© Libro N° 14839. Reina De Sangre. Más, Javier. Emancipación. Febrero 21 de 2026
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REINA
DE SANGRE
Javier
Más
Reina De Sangre
Javier Más
En el tumultuoso escenario de Nájera, Castilla, España, en el año 1367, la intriga y la ambición desatan una cruenta batalla por el trono.
Enrique de Trastámara, hermanastro de Pedro el Cruel, se ve derrotado ante las tropas de su rival. Sin embargo, en medio del caos y la desesperación, surge una figura inesperada: Juana Manuel de Villena, esposa de Enrique, quien emerge como una guerrera implacable decidida a reconstruir el bando enriquista y conquistar la Corona. Hija del ilustre Don Juan Manuel, infante de Castilla y renombrado escritor, Juana Manuel exhibe la legitimidad de su linaje para reclamar su derecho al trono. Con valentía y determinación, lidera ejércitos en feroces batallas libradas en Toledo y Zamora, mientras busca el respaldo de una fuerza ancestral: el Santo Grial, custodiado en el venerado monasterio de San Juan de la Peña, en Huesca, por el futuro Papa Luna y la Orden de San Juan del Hospital.
En esta búsqueda, Juana enfrentará desafíos y traiciones que pondrán a prueba su temple y su lealtad.
Javier Más
Reina De Sangre
ePub r1.0
Titivillus 07.02.2026
Título original: Reina de sangre
Javier Más, 2024
Editor digital: Titivillus
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Índice de contenido
Reina de sangre
Primera parte. Derrota
Segunda parte. San Juan de la Peña
Tercera parte. Asesino
Cuarta parte. Toledo
Quinta parte. Zamora
Sexta parte. Boda y alianza
Séptima parte. Coronación
Epílogo. Muerte de Juana
Sobre el autor
A los cuatro más uno, siempre animando cuando los desafíos se intensifican y las fuerzas del mal acechan.
JAVIER MÁS
Reina de sangre
Castilla lleva catorce años en lucha. Una guerra eterna que ha agotado a los habitantes de la corona, a los nobles que luchan por ella, a los soldados que defienden cada bando e, incluso, a sus líderes. Pedro el Cruel, por un lado. Enrique de Trastámara, por el otro.
No solo pelean por la corona. La guerra ha nacido del odio entre hermanastros. Compartían el mismo padre, Alfonso x. La maternidad los separaba. El rey se decantó por su favorita, Leonor de Guzmán, madre de Enrique. Pero la peste, esa enfermedad mortífera que lo arrasó todo desde mitad de siglo, se llevó por delante al padre de ambos. Era el momento para la venganza de Pedro y su madre, que pusieron en el punto de mira a Leonor e hijos.
La dureza del reinado de don Pedro dividió a la nobleza en dos. Los descontentos buscaron refugio en don Enrique, que había jurado odio eterno tras el asesinato de su madre a manos del hermanastro. Comenzaba así una guerra sin fin en la que, además, tomó parte la Corona de Aragón.
Durante los diez primeros años, las opciones de triunfo se alternaron con frecuencia. Pero en 1366, don Enrique se proclamó rey de Castilla en Calahorra y ambos contendientes se prepararon para el envite definitivo. Don Pedro reforzó su ejército con soldados mercenarios ingleses, las tropas del famoso Príncipe Negro, y el conde de Trastámara, con los homónimos de Francia, liderados por el también reconocido Du Guesclin.
Ahora, la posibilidad de reinar se jugaba a una carta en Nájera. Choque definitivo de ejércitos. Más de 10 000 soldados obedecían las órdenes de don Pedro frente a alrededor de 4500 por el bando enriquista. Seis mil mercenarios ingleses frente a mil franceses. Soldados navarros y mallorquines apoyaban a los petristas. Tropas aragonesas, a don Enrique.
Europa está pendiente de la batalla que se dilucida en las afueras de la pequeña población castellana. Solo puede quedar uno de los hermanastros vivo. El odio de décadas, volcado sobre la tierra fértil de Nájera al grito de «Pedro debe morir».
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PRIMERA PARTE
DERROTA
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Nájera. 3 de abril de 1367
Mediodía
El sol se oscurecía. Era incapaz de penetrar entre la lluvia de flechas. Los arqueros ingleses, incansables, no cesaban de disparar en oleadas sistémicas contra los soldados, que huían sin ningún control. El silbido incesante de aquellas saetas de la muerte los volvía todavía más locos. Lanzaban al suelo sus dagas, sus lanzas, sus espadas. Corrían, saltaban los cuerpos ensangrentados de sus compañeros en dirección al puente de Nájera. Nada valía la pena a su alrededor. Solo podían correr por su vida.
Entre aquel caos de gritos, sangre y relinchar de caballos heridos, Enrique se veía impotente para arengar a su tropa. Lo intentaba, se dejaba la voz para frenar la despavorida fuga de sus huestes. Alzaba la espada, obligaba a su caballo a cambiar de dirección una y otra vez, alternaba los insultos con los halagos, pero era incapaz de recuperar el ánimo de los suyos.
El Príncipe Negro ordenó detener a sus arqueros. Hizo avanzar la línea de infantería para preparar la embestida final. Cuando observó que la tropa de don Enrique relajaba la huida, cambió de criterio y lanzó a la caballería contra el puente, en un intento por aplastar de forma definitiva al enemigo. Tocaba la victoria con los dedos.
El conde de Trastámara, entre gritos y órdenes que daba a la entrada del estrecho paso sobre el río, vio aproximarse el final. Había sobrevivido de milagro a los arqueros, pero no podría hacer frente al avance combinado de los soldados mallorquines e ingleses. Envainó su espada, tensó las riendas del caballo, se mantuvo quieto un instante y miró hacia las tropas del rey. Fue entonces cuando gritó con furia incontrolada.
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—¡Pedro! Aquí estoy. Mátame o acabaré contigo.
Atardecer
El Príncipe Negro descabalgó con soberbia, dio unas palmadas en el lomo de su caballo y comenzó a andar por la calle empedrada en dirección al monasterio de Santa María la Real. En Nájera reinaba el desenfreno más aterrador de la condición humana. Los soldados reales entraban en las casas para llevarse todo cuanto de valor había en ellas. Violaban a las mujeres y degollaban a los hombres. Sin ningún tipo de piedad, remataban a los soldados del conde que habían buscado refugio en la pequeña población. No dejaban a nadie con vida.
Los más despiadados eran los ingleses. Sacaban a las jóvenes a la calle, a golpes, les desgarraban la ropa y, semidesnudas, delante de sus compañeros, las violaban una y otra vez. La compasión escaseaba. Los más ancianos recordaban las historias de atrocidades que la población había sufrido a manos de los musulmanes. Parecía no haber transcurrido el tiempo. Gritos, pánico, sangre y un viento cada vez más frío convirtieron las calles en la antesala del infierno.
Los desmanes de la soldadesca herían el alma de los que aún sobrevivían. La comida era derramada por el suelo. El vino se vaciaba en la boca de los soldados, en la cara, en los ropajes malolientes. Nada parecía que fuera a sobrevivir a aquel episodio de terror que anticipaba un futuro aún más desolador. Sin comida, sin recursos, sin un hogar en el que refugiarse, la vida carecía de sentido.
El saqueo fue tan intenso como la batalla. Mientras algunos soldados se desataban con las mujeres en las casas más humildes, los mandos se dirigían a las iglesias y templos para cargar cualquier objeto de valor que pudieran encontrar. Si nada hallaban, la ira se cebaba con lo más sagrado de aquellos lugares. Sus espadas atravesaban las sotanas que no habían podido escapar, derribaban crucifijos, destrozaban las imágenes virginales y proferían todo tipo de insultos en lengua extranjera.
Cuando el máximo responsable de aquella jauría humana llegó a la iglesia monacal, oscura, fría, de anchos muros y pequeñas aperturas de luz, encontró la figura de don Pedro, rey de Castilla, arrodillada junto al altar.
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—Tus soldados se han lanzado a devastar hasta la última de las calles que nos rodean. Espero que con ello se den por pagados.
—Espera usted mal, majestad. La deuda contraída sigue intacta. Se comprometió a sufragar nuestra ayuda y aún no hemos visto ningún pago
—contestó el Príncipe Negro.
—No es día ni lugar para hablar de dinero, ¿no le parece? Disfrutemos de esta victoria.
—De nada servirá la jornada de hoy si no encontramos el cadáver de su hermanastro, don Enrique.
—¿Aún no lo han arrastrado hasta la plaza Mayor? Ordene a sus hombres que dejen de violar y se afanen en encontrarlo. Cuando caiga la
noche será imposible reconocerlo. —Don Pedro se puso en pie, se santiguó y caminó con lentitud hacia el inglés—. Quiero su cabeza clavada en una lanza antes de medianoche.
Medianoche
La oscuridad intensa de aquel día sin luna se hacía infinita en el interior de una de las cuevas excavadas en los cerros que bordean el río Najerilla. Las lluvias que precedieron la jornada, un contratiempo para la tropa del conde de Trastámara, convirtieron las aguas tranquilas en torrente ruidoso. Ese reverberar agitado se alzaba como un muro aislante frente a los excesos del ejército del Príncipe Negro.
Parecía que ya nadie andaba cerca de la zona exterior del alcázar. Cuando se aseguró de esta circunstancia, salió a tientas por las paredes de piedra hacia la ladera. Al caer la luz de las antorchas, inició el descenso, agachado, hasta que el rugido del agua fue ensordecedor. Estaba más cerca de su objetivo. El tiempo apremiaba. Las garras de los soldados ingleses podían darle caza en cualquier momento. Intranquilo, con miedo, reinició la marcha parapetado en los árboles frondosos de la vera del río, que lo ayudaron en su huida.
Avanzó sin descanso. No miraba atrás. La mano derecha permanecía constante en la empuñadura de su espada. Tenso, cansado, jadeaba en silencio. Tras más de una hora de camino, se detuvo. Necesitaba recuperar
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el aliento. Volvió su mirada para comprobar que había dejado atrás la ciudad y respiró por primera vez con algo más de profundidad.
Allí estaba Nájera, iluminada por una luz naranja, zigzagueante, llena de inquietud. Las llamas subían enfurecidas hacia el cielo, rodeadas de humo blanco, de la huella que deja la madera vieja al incendiarse. ¡A saber la de objetos de fe que aquellos bárbaros habrían convertido en cenizas! Ya nada importaba. Todavía no se encontraba fuera de peligro. Necesitaba hacerse pronto con algún caballo. Estaba seguro de que, más pronto o más tarde, los mercenarios ingleses saldrían en su búsqueda. Don Enrique de Trastámara no había muerto en la batalla. Con toda seguridad, mientras algunos aún intentaban encontrar el cuerpo, su hermanastro don Pedro ordenaría salir a cazarlo.
Prosiguió su huida. Cada vez más cansado, cada vez con más dificultad. No cesó de andar durante un prolongado espacio de tiempo, hasta que su cuerpo le obligó a detenerse. Confiaba en la dirección que había tomado. Debía llegar a la sierra y cambiar su rumbo en dirección a Aragón, bordeando las montañas. Ese camino tenía que hacerlo a caballo. No se veía capaz de lograrlo sin hacerse con algún animal.
Apoyó la espalda en el tronco de un árbol, junto al río. Dejó caer el peso de su cuerpo y resbaló hasta quedarse sentado en el suelo. Su mejor opción era llegar al puente Arenzana y tratar de robar un caballo a alguno de los campesinos que vivían en torno a la guarnición de la pequeña fortaleza.
En ese momento, encorvado por la humedad del Najerilla, calado de frío hasta lo más profundo de su alma, casi exhausto después de la dura batalla, solo un pensamiento vino a su cabeza. Juana.
Desde antes de su boda, la joven había cautivado la mente del Trastámara. Intensa, inteligente, atractiva y, sobre todo, vital. Había trascendido la unión amorosa para convertirse en su mejor defensora. Compartían la misma causa, con la misma bravura, con la misma necesidad de reivindicar la legitimidad del trono de Castilla. Ellos eran reyes, con sangre real, con derechos reales.
Se habían convertido en una misma cosa. La amaba, la respetaba, la ensalzaba, la defendía. Su tez blanca, su pelo rubio, su cara suave, dulce, llena de una belleza que había mejorado incluso con los años. Ella y el pequeño Juan lo inundaban todo en la oscuridad de la noche. No sabía si los volvería a ver, pero ahora se sentía cerca de ellos. La causa estaba ya
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perdida. Pero intentar sobrevivir al ejército del Príncipe Negro ya era una victoria en sí misma.
Un ruido seco lo sacó de sus pensamientos. Giró la cabeza a un lado y a otro. Se esforzaba por ver en la oscuridad el motivo de su miedo. Se puso en pie para situarse en una posición defensiva y dejó su espada a medio desenvainar. Notaba en los oídos el bombeo cada vez más fuerte de su sangre. Estaba preparado para morir, pero quería llevarse por delante a cuantos soldados pudiera. Un nuevo chasquido le hizo levantar al completo el filo de su espada.
Plaza Mayor, Nájera
Medianoche
—¿A qué esperáis para salir en su búsqueda? Nunca me he encontrado con soldados más lentos e inútiles.
—Majestad, no sabemos a ciencia cierta hacia dónde ha huido. Esperábamos la ayuda de los soldados del Príncipe Negro para emprender la búsqueda.
—¡Callad! Si no volvéis con su cuerpo antes del mediodía, perderéis el vuestro.
Los soldados salieron del palacio donde se hospedaba don Pedro en dirección a las tropas inglesas. Después de torturar a dos hombres para conseguir alguna pista sobre el paradero de Don Enrique, habían obtenido una confesión alentadora. El conde de Trastámara había logrado huir en medio de la confusión durante la toma de la plaza. No pudieron sacar más información. Degollaron a los soldados y abandonaron sus cuerpos en mitad de la plaza.
El Príncipe Negro ordenó a tres de sus mejores hombres que acompañaran al grupo en la persecución de don Enrique. Los seis disponían de cabalgadura y conformaban la élite del ejército vencedor. Se despojaron de armadura para aligerar la carga, fijaron varias dagas en su cinturón y en sus calzas, subieron a los caballos y avanzaron hasta la
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muralla. No portaban antorchas en una noche oscura, a media luz, llena de los ecos ruidosos de la victoria. Querían sorprender al fugado.
—Nos lleva horas de ventaja. No sabemos si ha huido a caballo o a pie. Desconocemos en qué dirección y también si va o no acompañado. Va a ser una tarea casi imposible.
—Su vida o la nuestra, Fadrique. Ya conoces el carácter y las decisiones del rey.
A lo largo de treinta interminables segundos, solo el crepitar de los fuegos expandidos por la ciudad acompañaron al grupo. Los soldados ingleses aguardaban en silencio el inicio de la persecución.
—Sería una locura intentar escapar campo a través. Lo más lógico es que haya buscado el cobijo del río. Si yo fuera él, iría en busca de la ayuda del rey de Aragón. Marcharía hacia sus territorios. Si esa ha sido su decisión, habrá iniciado el camino río arriba.
—Let’s not waste any more time, please! —gritó uno de los ingleses. Sin saber lo que había querido decir, entendieron las prisas con las que
sus gestos increpaban a los castellanos. A regañadientes, incómodos con la presencia de los extranjeros, como solían denominarlos en el bando de don Pedro, tiraron de las riendas de sus caballos e iniciaron el descenso por la ladera exterior de Nájera.
Puente Arenzana
Medianoche
Un pequeño zorrillo salió a toda prisa de entre los matorrales en dirección opuesta al río. Don Enrique llegó a batir en el aire su espada, de un lado al otro. Al verlo correr, respiró con alivio, apoyó su arma en tierra e hizo que su cuerpo se destensara de golpe.
Solo había sido un susto, fruto del miedo, el cansancio y la tensión. Cuando recuperó el aliento, se alejó con cuidado del río para tratar de situarse en el entorno. Encaramado a una pequeña colina, divisó la tenue luz de las antorchas de lo que consideró una torre defensiva. Según sus
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cálculos, se encontraba frente al pequeño castillo de puente Arenzana.
Respiró aliviado.
Con algo de excitación volteó su cabeza a ambos lados. Buscaba casas, hogares donde pudiera encontrar un caballo. Sentía tener que robarlo, pero se jugaba la vida. Estaba seguro de que los soldados del Príncipe Negro lo seguían. Si no comenzaba a cabalgar en dirección a Calahorra y después a Calatayud, sucumbiría ante don Pedro.
A lo lejos avistó un pequeño caserío aislado. Apenas un hilillo de resplandor lo había delatado. Fijó su objetivo, envainó la espada, apretó el cinturón y se dirigió hacia él. Daba igual el animal que encontrase. Solo pensaba en el cambio de rumbo y el aumento de velocidad en dirección a Aragón. Eso le daría una oportunidad para salvar la vida.
Mientras corría hacia aquella casa perdida en el campo, la imagen de su esposa volvió a ocupar sus pensamientos. Tenía que llegar hasta ella por encima de cualquier circunstancia.
Illueca. 5 de abril de 1367
Anochecer
Don Enrique estaba exhausto, con las piernas entumecidas, la cara y las manos llenas de polvo, pero esperanzado. Desconocía la ventaja que sacaba a sus perseguidores, aunque confiaba en haberlos despistado una vez su caballo entró en el reino de Aragón. Necesitaba descansar. Asearse, dormir un poco, comer algo para recuperar fuerzas y continuar sin demora hacia Zaragoza.
Había improvisado sobre la marcha y decidió en el último momento poner rumbo a Illueca. Mientras galopaba de forma casi compulsiva, observó el esfuerzo al que sometía al animal. Si seguía con ese ritmo acabaría reventado, lo que retrasaría su llegada a la corte de Aragón. Fue entonces cuando decidió dirigirse a Jarque para hacer noche en Illueca. Confiaba en ser bien recibido por su amigo Juan Martínez de Luna. No era la primera vez que acudía a él para buscar ayuda. Desde aquel momento, habían trabado buena amistad.
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Al llegar a la población de los Luna, sin detener la marcha, se dirigió por las estrechas calles hasta lo alto. Allí se abría contundente el palacio fortaleza de la familia. Llegó hasta el mismo portón de entrada, soltó las riendas sin preocuparse por el animal, descabalgó, agarró con una mano, fuerte, la empuñadura de su espada, aún envainada, y golpeó con fuerza la puerta.
—¿Quién va?
—Enrique de Trastámara, rey de Castilla y buen amigo de don Juan.
Necesito hablar con él.
El guardia no dejó entrar al conde. Esperó bajo el frío primaveral, que poco a poco helaba su abundante sudor. Tras algunos minutos, eternos para don Enrique, por fin se abrió de nuevo el portón.
—¡Amigo mío! Alabados sean mis ojos. Lo daba a usted por muerto. Don Juan se echó encima del conde para abrazarlo. El saludo afectuoso
emocionó a don Enrique, que dejó aflorar toda la tensión acumulada durante las últimas horas.
—¡Gracias a Dios! Por fin una voz amiga. —El conde se había destensado—. Nunca he sentido el final de mi vida tan cerca. No sabía a quién acudir y he pensado en usted.
—Por supuesto, Enrique. Faltaría más. —Don Juan se separó de su invitado, lo agarró por el brazo y lo ayudó a entrar en el palacio—. Pasemos dentro y descanse. Tiene que ponerme al día de cuanto ha acontecido en Nájera. Ya supongo que no son buenas noticias, pero cuanto más sepamos, mejor le defenderemos.
Ambos comenzaron a subir las anchas escaleras en dirección al primer piso, donde se encontraban el salón noble y los aposentos principales. La familia Luna había convertido el palacio fortaleza en símbolo de su creciente poder. Ampliaciones, decoración y materiales nobles daban al antiguo castillo una imagen de confortabilidad difícil de olvidar.
—Aún no estoy a salvo, don Juan. Me persiguen los hombres del Príncipe Negro. No sé la ventaja que les he podido sacar o si han renunciado a darme caza al entrar en el reino de Aragón. Supongo que no, pero quién sabe.
—Tranquilo, descanse cuanto pueda. Mandaré que preparen un caballo fresco para acelerar su huida.
—Gracias. Creo que dormiré un poco y partiré en unas horas. Quiero llegar a Épila, donde los Urrea me darán cobijo y prepararán mi traslado a
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Zaragoza. En ellos puedo confiar, como en usted, el destino de mi vida. —Su futuro es también el de Castilla y, de rebote, el de Aragón. Lo
ayudaremos el tiempo que sea necesario. —El señor de Illueca se detuvo un instante—. Si no han podido acabar con su vida, tendremos más oportunidades de ganar la guerra. No se preocupe.
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SEGUNDA PARTE SAN JUAN DE LA PEÑA
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Zaragoza. 7 de abril de 1367
Media mañana
Doña Juana salió del dormitorio acalorada. Vestía ropa ceñida, ligera, con el pelo recogido y un cinturón ajustado que impedía el vuelo de la falda más allá de la cintura. Las grandes zancadas con las que se dirigía hacia el primer piso dejaban a la vista las botas de montar que usaba para cabalgaduras largas, intensas, veloces.
La reina llevaba tres días encerrada en los aposentos que don Pedro, rey de Aragón, le había acondicionado en el palacio real de la Aljafería. Tres jornadas completas de desánimo. Había permitido que las lágrimas bañasen sus sonrosadas mejillas cuando llegaron las primeras noticias de la derrota de Nájera. Nadie había visto a Enrique. Ni siquiera el enemigo. Su cuerpo se habría perdido entre las embravecidas aguas del Najerilla.
Incierto futuro para ella y para su hijo Juan. Volver a Castilla se tornaba casi un sueño por el que, sin embargo, estaba dispuesta a luchar. Sabía que recuperaría el ánimo, pero aún era pronto.
Cuando oyó la llegada de aquel soldado, a caballo, inquieto, se asomó a la pequeña ventana flanqueada por sendas columnillas y observó cómo descabalgaba rápido para cruzar la puerta de entrada al palacio. Su corazón comenzó a bombear con tal ímpetu que tuvo que regresar hasta la cama y sentarse en un lado. Después, se vistió a toda velocidad y salió de sus aposentos a la carrera.
Aunque lo había pensado en algún momento, no quería escuchar que habían encontrado el cuerpo sin vida de su esposo o, lo que era peor, que lo había ajusticiado el Príncipe Negro por orden del rey. Al llegar al patio, por fin se enfrentó con el soldado.
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—Señora, don Enrique cabalga hacia Zaragoza. Hará noche en Épila y
espera entrar en la ciudad mañana —indicó el soldado con voz entrecortada y palabras atropelladas.
No lo podía creer. El calor que subió desde los pies hasta la cabeza parecía quemarla. La fuerza de la noticia le produjo tal excitación que se quedó paralizada por unos segundos.
—¿Está usted bien? ¿Necesita que le traiga agua o que llame a su doncella?
—Que ensillen mi caballo. Partiré en cuanto baje. No quiero esperar ni un minuto más.
Doña Juana rodeó el patio interior para entrar en la sala donde descansaban sus doncellas. Tenía la misma intensidad en la mirada de la que presumía antes de la batalla de Nájera. Su respiración era tan fuerte como la de una joven, a pesar de que ya había cumplido 34 años.
—Mencía y Jimena, preparaos para montar. Salimos de inmediato hacia Épila.
—Pero señora, ¿lo sabe su majestad, el rey de Aragón? —contestó cariacontecida una de las doncellas.
—Ya se enterará. No quiero perder ni un minuto. Don Enrique, mi esposo, está vivo y llegará hoy a Épila. No voy a esperar para salir a su encuentro.
—Mañana o pasado lo podría tener aquí, entre estas mismas paredes. ¿Para qué correr riesgos y cabalgar toda esa distancia?
—Su causa es la mía. Cuánto antes programemos qué hacer tras la derrota, más posibilidades de sobrevivir. ¿Quién me asegura que el Príncipe Negro no le persigue y le da caza esta noche? Su vida sigue en peligro.
Épila
Anochecer
Hubo mucho revuelo en Zaragoza. La inquietud, los nervios y la incertidumbre se apoderaron de la corte del rey aragonés. Don Enrique
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había llegado a Épila en un nuevo quiebro del destino. La Aljafería se convirtió en un ir y venir de soldados. Don Pedro se había enterado de la rápida partida de doña Juana y ordenó a cuatro de sus jinetes salir de inmediato a su encuentro. Tenían orden de convencerla para que retornara a palacio. De no lograr hacerla entrar en razón, debían acompañarla hasta su destino y brindarle cualquier tipo de ayuda a ella y a don Enrique. El rey de Aragón conocía bien el fuerte carácter de la castellana.
Al anochecer, doña Juana y sus dos acompañantes llegaban a la casa señorial de los Jiménez de Urrea, en Épila. Había cabalgado sin tregua durante todo el día, parando tan solo para que los exhaustos caballos no desfallecieran. Tanto ella como sus doncellas dominaban la monta ecuestre, por lo que no les costó mantener el ritmo a pesar de la dureza del terreno.
Los Jiménez de Urrea lograron hacía décadas tener peso específico en la Corte. Esta circunstancia hizo crecer su popularidad. Nada ocurría sin que la familia tuviera conocimiento. Nada se solucionaba sin su intervención. Respetada, temida y querida en la misma proporción.
Ella conoció a Juan Jiménez de Urrea en la batalla que tuvo lugar en las afueras, hacía ya 19 años. Defendió la causa de su marido, Enrique de Trastámara. Después, en diversas ocasiones, tuvo la oportunidad de darle las gracias en persona. Por ello, estaba segura de que sería bienvenida en el seno de esa familia, al igual que su esposo.
Bajó del caballo, se acercó a la puerta y golpeó con fuerza el aldabón. Repitió la acción varias veces seguidas, de forma compulsiva, hasta que, al final, una mujer del servicio abrió el portón. Soltó las riendas del caballo, exhausto, con la respiración a punto de hacerlo colapsar. Al instante, las dos damas que la acompañaban descabalgaron y se hicieron cargo del animal.
—Buenas noches, señoras. ¿Qué desean? —Adivinó su origen noble por el ropaje y la cabalgadura de las tres mujeres.
—Buenas noches. Soy doña Juana Manuel de Villena. Me han informado de la llegada a Épila de mi esposo, don Enrique de Trastámara, rey de Castilla. He supuesto que el primer lugar donde acudiría sería a la casa de don Juan, buen amigo de la familia.
—Adelante, pasen vuesas mercedes. Don Enrique llegó a mediodía y conversa en estos momentos con el señor de Urrea. —La mujer hizo una
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pausa para mirar a los caballos—. Ahora mandaré salir a uno de los mozos para que lleve hasta las caballerizas a los tres animales.
Conforme avanzaban hacia el interior, el corazón de la reina se aceleraba. Había dado por muerto a su esposo y ahora lo tenía a tan solo unos minutos. Se le hicieron eternos. Cada paso era más intenso que el anterior. No prestaba atención a nada de lo que la rodeaba, ni a la decoración ni a la riqueza de la familia Urrea. Solo quería a su marido, recobrar el futuro que por unos días habían perdido ella y su hijo.
Cuando estaba a punto de llegar al salón principal, donde la familia se reunía a diario para repasar asuntos de la administración de los señoríos, le vino a la cabeza su padre. Don Juan Manuel era para ella su único referente. De él lo había aprendido todo, desde la paciencia hasta la prudencia, desde la valentía hasta el orgullo. Sabía que sobre ella recaía el peso de la casa, de la defensa de su historia, de su sangre real. No quería defraudarle, a pesar de haber estado a punto de perder la estela de su destino. Habían perdido en Nájera, pero el conde de Trastámara seguía vivo.
—¡Enrique, gracias a Dios!
Doña Juana corrió a fundirse con él en un fuerte abrazo. En verdad lo quería. Después de 17 años, tenían un vínculo especial. El primer amor pasional, aquel que los llevó al altar, a escondidas, en Sevilla, se había transformado con el tiempo en amor maduro. Se respetaban, confiaban el uno en el otro, se trataban de igual a igual, se querían, habían unido su futuro y luchaban codo con codo por él. Fruto de ese amor llegó Juan, que ahora tenía nueve años.
Imaginaba que había otras mujeres en la vida de Enrique. Estaba segura de que debían de existir. Pero entendía que vivían más tiempo separados que juntos. Su mente sabía que la guerra destruía la cabeza de los hombres y don Enrique era un guerrero. No le importaba. Leía en sus ojos, cuando lo veía, que él la llevaba en su corazón. De los posibles encuentros sexuales que tuviera, ya había comprobado que la discreción presidía cualquier relación y, sobre todo, que nunca estaban por encima de ella.
Enrique la quería con sinceridad, a pesar de sus largas ausencias en busca del trono de Castilla. Cuando esto ocurría, ella se convertía en reina con mando. Nadie osaba estar por encima de su persona: organizaba,
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distribuía, arengaba, ejercía de diplomática y, si era menester, se ceñía una espada a la cintura.
Doña Juana representaba el honor de su marido, pero también el suyo propio. Los Manuel eran legítimos herederos del trono desde Fernando III y Alfonso X. Por partida doble. Eso la llenaba de orgullo y de legitimidad para situarse por encima de cualquier noble, incluso de la Corona de Aragón.
—¿Cómo estás, Juana? ¿Cómo está nuestro hijo? —le susurró al oído—. Temí por mi vida y solo pensaba en vosotros.
—Estábamos preocupados. —Apretó todavía más su cuerpo contra el de Enrique—. Estás vivo. Has escapado. Dios ha escuchado nuestras plegarias.
Doña Juana separó su mejilla de la de don Enrique, le miró a los ojos y, casi sin tiempo para que él dijera algo, le besó. Durante unos segundos, nada existía en la sala, solo ellos dos. Siempre se sentían así, unidos, fundidos, lanzados hacia un objetivo del que ya no podía huir.
—Juan te echa de menos. Le hablo de ti a diario, de tus victorias, si no presentes, futuras. De nuestro destino, de que está llamado a ser rey de una nueva estirpe, la tuya y la de su abuelo, mi padre.
—En tus manos está a salvo. Yo lucharé por vosotros. Esta guerra la voy a ganar.
—Tenemos que huir, sin demora. Debemos abandonar Aragón. Don Pedro y el Príncipe Negro no cejarán hasta mataros. Sin vuestra cabeza, nada han logrado.
—Lo sé —contestó don Enrique mientras se separaba con delicadeza de su esposa sin soltar las manos de esta—. Con total seguridad, los soldados de mi hermanastro habrán salido en mi búsqueda. Cuanto antes partamos hacia Zaragoza, más seguros estaremos. No debo de llevarles mucha ventaja.
ENTREVISTA
Nerviosa. ¿Cómo no va a estarlo? Su marido derrotado, pero sano y salvo. ¡Normal que se haya alterado! Doña Juana es muy suya. Tratará de
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demostrar a los demás que está entera, pero por dentro la inquietud la corroerá.
Perdón, no me he presentado. Soy Mencía de Alagón y Urrea, nieta de Blasco de Alagón i, señor de Vistabella del Maestrazgo. Suena muy bien, aunque la verdad es que llegó poco poder y menos riqueza hasta mí y mis hermanos.
Yo no me puedo quejar, la verdad. He acabado de doncella de doña Juana, reina aspirante, por el momento, al trono de Castilla. Una vida que parecía resuelta y que se complica por momentos. Y no, no tengo compromiso alguno. Nunca me han faltado pretendientes, pero estar junto a la reina ha eclipsado el resto de mi vida personal. ¡Qué difícil es el amor cuando se va de un lado a otro sin parar!
¿Cómo acabé a su lado? No estaba yo destinada a tan altos fines, pero la casualidad o, quizás, el destino hicieron que el rey de la corona de Aragón, don Pedro IV, estableciese de forma temporal su residencia en Vistabella. A decir verdad, a mi familia aún le quedaba algo de peso en la Corte y al rey le interesaba consolidar la frontera sur. De su estancia en mi tierra salió el acuerdo para que un miembro de la familia pasase al servicio de don Enrique y doña Juana. Política. Tal cual. A don Pedro le venía bien atar en corto a los pretendientes al trono castellano con la nobleza aragonesa. A mi familia, intentar recuperar peso dentro de la Corte.
Y aquí me tienen. Como les decía, debo dar gracias a Dios. Doña Juana es una mujer enérgica, pero con una alta inquietud por la justicia. En todos los sentidos. Estar a su lado resulta fácil si se comprende que las idas y venidas forman parte de su día a día. No la culpo. Lleva en guerra casi década y media, con más derrotas que victorias, de ciudad en ciudad. Así no hay quien viva, la verdad.
¿Desde cuándo estoy con ella? Pues, la verdad es que hace ya algún tiempo. Una década diría yo. Más o menos, cuando tuvo que huir a Aragón tras la primera derrota de su marido en Nájera. En esa primera estancia en Épila concibió y nació su primer hijo. Ahí fue donde mi presencia se hizo ya imprescindible.
Quizás sea algo pretenciosa la siguiente afirmación, pero soy la persona a la que le consulta cualquier decisión sobre la que necesite una opinión neutral. No hablo solo de cuestiones políticas, donde ella tiene las cosas muy claras. Me refiero a su día a día, a sus sentimientos, a sus deseos, a sus odios. Quizás sepa más yo de su vida que ella de la mía.
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En fin, a lo que íbamos. Me preguntaban ustedes sobre el reencuentro con su marido. Ellos dos se quieren. Parecen estar hechos el uno para el otro. Es una de esas parejas que, cuando las ves, te hacen desear estar casada. Yo, de momento, puedo librarme, aunque con estas cosas nunca se sabe. Los dos son activos, se respetan, se admiran, se apoyan. Y, además, se quieren. Es cierto que se ven de uvas a peras, o quizás por eso se anhelan tanto. También que don Enrique vive más aventuras de las que debiera, pero es un soldado. Su vida pende de un hilo cada día. ¿Qué quieren que les diga? Pero les aseguro que cada vez que coinciden hay más que deseo.
Enrique confía en ella como en ningún otro. Si necesita algo, acude a sus consejos. Ella está por encima de cualquier noble. ¡No me extrañaría que encabezase ejércitos! Doña Juana siempre hace valer su intrépida inteligencia. Es astuta, rápida, perspicaz. ¡Qué difícil es engañarla!
¿Entienden ahora por qué ese encuentro ha sido tan intenso? Lo creía perdido y recuperó a su marido. Seguro que después de descansar juntos en la cama, o no descansar, según se mire, estudiarán codo con codo la mejor manera de disponer de un nuevo ejército para enfrentarse a Pedro. ¡Estos dos no pararán hasta reinar en Castilla!
Zaragoza
Noche del 7 de abril de 1367
Se sentó abatido en la esquina de la cama. Su corazón latía a gran velocidad. Tenso y, a la vez, triste. Estaba desnudo. Miró las palmas de sus manos y apoyó la cara sobre ellas. Entonces, empezó a llorar. Notaba que le faltaba la respiración. Perdió el equilibrio y cayó de rodillas sobre la loza marrón que cubría el suelo. Todavía se dejó vencer más, hasta apoyar las palmas en tierra.
—¡Es mía! ¡Solo puede quererme a mí!
Los gritos rebotaron por las paredes para volver sobre su cabeza una y otra vez, como si el eco insonoro se prolongase de forma infinita. Después,
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silencio. El vacío más absoluto que nunca había conocido. Esperaba una respuesta, unas palabras de amor que no llegaron.
Pasados unos minutos, se puso en pie. Su rostro había cambiado. Estaba orgulloso. Sentía que había hecho lo correcto. En ese momento, percibió de nuevo la realidad. Seguía desnudo. Giró la cabeza a la izquierda y observó unos arañazos ensangrentados en el exterior de su hombro. A pesar de que eran profundos, no le dolían. Llevó la mano derecha hasta ellos para sentir brotar la sangre despacio. Sin moverse, enderezó el rostro y se quedó inmóvil.
La cama estaba deshecha, fría, con las sábanas alborotadas. La luz de las velas bailaba sobre ellas. Ante sus ojos se mostró con plenitud el contraste de aquel movimiento caótico y embrujado con el cuerpo de Jimena.
Nada. Seguía de pie, impasible. Ni un solo músculo de la cara se movió. Apenas el parpadeo forzado de unos ojos llenos de ira.
La doncella se encontraba tumbada bocarriba. Desnuda. La belleza de su cuerpo, al natural, se detuvo en el tiempo. Las piernas separadas, más de lo normal. Los brazos sobre la cama, alejados del cuerpo, como dejados caer sin control. La cabeza, pétrea. Los labios morados. La boca abierta, como los ojos. La sorpresa, el miedo, la desesperación y la incredulidad aún se dibujaban en ellos. Permanecían detenidos en la eternidad. No parpadeaba. No lo haría nunca más. Aquella noche Jimena dejó Zaragoza para no volver jamás.
Sin sangre. No necesitó castigar su cuerpo. Lo miró por última vez, satisfecho, seguro de haber hecho lo que debía. Ella solo le pertenecía a él. No entendía que otro hombre pudiera tocar y sentir a aquella mujer.
Un pequeño broche se precipitó al suelo desde la cómoda. El sonido metálico lo despertó de sus pensamientos. Estaba muerta y él la había matado. Cuando entendió la situación, corrió hacia la ventana y recogió del suelo su ropa. Se vistió lo más rápido que pudo, se ciñó el cinturón, se calzó las botas y corrió hacia la puerta. Solo le dio tiempo a cerrarla de un portazo mientras huía. Ya no volvió atrás su mirada. Le esperaban los gruesos muros de la casa familiar. Se deslizó con más velocidad de la que conocía y la oscuridad de la noche acabó por hacerlo desaparecer.
9 de abril de 1367
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Mediodía
Zaragoza había amanecido cubierta por nubes densas, grises, que auguraban una fuerte tromba de agua. La comitiva aceleró la marcha para entrar cuanto antes en la ciudad. Dejó a su izquierda el convento de San Francisco, sin detenerse. No había tiempo para rezos.
Los jinetes trotaban por la calle de Santa Engracia, cuyos muros reverberaban el sonido de los cascotes, cuando, al llegar a la puerta de Cinegia, don Enrique y doña Juana se detuvieron.
—Entre estas murallas estaremos más seguros, aunque te recuerdo que los soldados de mi hermanastro pueden aparecer de un momento a otro. —El conde de Trastámara hablaba con miedo, temeroso de cualquier persona que hubiera a su alrededor—. Deberíamos plantear al rey que nos ayude a huir también de estas tierras cuanto antes.
—Juan y yo os acompañaremos donde vayáis. Recorreremos de nuevo
juntos los caminos franceses —respondió la reina sin mover la cabeza.
—Esta vez no. Será un viaje muy arriesgado, más para nuestro hijo. Hablaremos con el rey para que garantice vuestra integridad y la del pequeño Juan. —Don Enrique asió las riendas con tirantez y se preparó para reemprender la marcha—. Además, los nobles de Castilla que nos han apoyado deben entender que no los abandonamos. Tu presencia los tranquilizará.
El conde arrancó el paso del grupo para atravesar los muros en dirección a la seo. Allí esperaban reunirse con don Juan Martínez de Luna y, casi sin descansar, acudir a la Aljafería, donde debían comparecer ante el rey.
Doña Juana, experta jinete, se adelantó a su esposo para marcar la marcha por las calles de la ciudad. Era ella la que residía y pisaba a diario sus travesías. Conocía cada esquina, cada barrio, cada negocio de aquellos vecinos. No le importaban el protocolo ni las costumbres. Tampoco a él.
La fuerza con la que rompían los truenos obligó a acelerar la marcha hacia el templo. Al llegar, Enrique ordenó que nadie descabalgase, salvo él y su esposa. Se adentraron con rapidez y confiaron en que no irrumpiera la lluvia.
—Buenas tardes, don Juan. —Se adelantó el conde al ver a su interlocutor—. Si no le importa, partamos de inmediato hacia la Aljafería.
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Allí nos espera el rey.
—Querido conde, me alegra verle tan pronto de vuelta. —El noble parecía tomárselo con calma—. Su majestad nos recibirá de todas formas.
—Puede ser —interrumpió Doña Juana—. Pero nuestros acompañantes están fuera y amenaza tormenta. No quisiera que por nuestra culpa enfermase alguno de ellos.
—Es usted demasiado condescendiente, aunque tiene razón. Estos truenos atemorizan a cualquiera. Esperen que traigan mi caballo.
Don Juan había acudido a Zaragoza desde Illueca nada más marcharse don Enrique. Acababa de llegar a la capital, pero quiso acompañar al conde en su visita al rey de Aragón. Había apoyado de forma incondicional al Trastámara en su pretensión al trono castellano y la familia estaba decidida a acompañarlo hasta el final. Antes de partir, se acercó hasta el conde. Cuando estuvo a su lado, lo cogió del brazo para susurrarle con voz más suave, casi imperceptible:
—Mi hermano tiene especial interés en que visiten San Juan de la Peña. Está seguro de cambiar el curso de los acontecimientos con lo que sus muros encierran.
La Aljafería, Zaragoza
La doncella y los soldados que marchaban junto a doña Juana y don Enrique se retiraron al primer piso, donde debían preparar la estancia de la pareja castellana. Mientras, el conde y la reina, acompañados del señor de Illueca, cruzaron a grandes zancadas el patio de Santa Isabel. Las gruesas gotas de lluvia comenzaron a precipitarse sin que a doña Juana le hubiera dado tiempo de apreciar la abundante floración de abril. En otras ocasiones, el rey aprovechaba los paseos por el jardín para tratar temas del reino, pero aquella tarde se hizo imposible.
Al llegar al primer piso, los tres, conducidos por uno de los soldados del servicio real, se dirigieron al Salón Dorado. La tenue luz borrascosa impedía ver con todo su esplendor el resultado de los trabajos encargados por Pedro IV para mejorar el palacio, en especial, en esta estancia. A pesar de todo, el ronroneo de las danzarinas llamas que iluminaban el salón le conferían un aire misterioso y enigmático de hipnótico atractivo.
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—Adelante, adelante. Los esperaba.
El rey, en un gesto de amistad, se acercó y abrazó al castellano. Después, de forma muy cortés, tendió la mano hacia doña Juana e hizo una leve reverencia.
—A usted, don Juan, lo veo demasiado a menudo como para andarnos con formalismos.
—¡Majestad, conoce bien a los Luna! —sonrió el aragonés.
Los cuatro se acercaron al centro de la sala, donde había dispuesta una mesa de madera, cuadrada, con incrustaciones de estilo mudéjar. Tomaron asiento y dejaron la iniciativa al rey.
—Doña Juana y yo temimos por su vida. —En este punto, el monarca hizo una pausa para remarcar la seriedad de la conversación—. La derrota de Nájera ha sido un golpe muy duro. Ya le advertimos en diversas ocasiones que no se enfrentase al ejército del Príncipe Negro en inferioridad de condiciones. ¡Tenía usted la mitad de sus huestes!
—Lo sé, majestad, pero la guerra no está perdida y en ningún caso.
—Ahora mismo, todavía llevamos ventaja —interrumpió doña Juana—. En esta guerra solo puede quedar uno. Don Pedro no ha logrado el objetivo último, que es la muerte de mi esposo. Eso significa que habrá más batallas y, también, que tendrá que pagarlas. Está por ver si va a poder dar todo el dinero que le prometió al Príncipe Negro y a sus mercenarios. ¿Volvería usted a ofrecer su ejército a un rey que no paga las deudas?
—Doña Juana siempre tan precisa y… —de nuevo, el monarca hizo una pausa dramática de las que tanto gustaba usar— tan incisiva.
—Es la realidad. —La reina se había ganado fama de bravura—. Estamos a punto de vencer a ese tirano. Estoy segura de que usted lo ve tan real como yo misma.
—Necesitamos su apoyo para solicitar al rey de Francia un nuevo
esfuerzo —apuntó don Enrique.
—Majestad, si da su consentimiento, mi familia les acompañará de nuevo hasta Aviñón, e incluso hasta París si fuera necesario, para obtener el respaldo definitivo a la causa de don Enrique, que es también la suya.
—Está bien, está bien. No sigan con sus argumentos. Ya estaba convencido antes de que entrasen en esta sala. La guerra con Castilla no puede prolongarse por más tiempo. Es cierto, su rey no tiene con qué pagar a los mercenarios a los que ha llamado, así que tanto ingleses como
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portugueses o mallorquines abandonarán en breve la causa. Es el momento de firmar la paz y esta será con don Enrique, sin duda.
El monarca aragonés se levantó de la mesa en medio de la conversación, se dirigió a la entrada y mandó llamar a una de las sirvientas.
—Traed vino para mis invitados. Hay mucho que celebrar y poco tiempo para hacerlo.
Mientras esperaban, los truenos dieron paso a un fuerte aguacero. El agua corría por el tejado para vaciarse en el patio de Santa Isabel. Fuentes y canales rebosaban la lluvia en un festival de ruido del que disfrutaba, en particular, doña Juana.
Los cuatro observaban el espectáculo cuando dos mujeres entraron en el salón con el vino y las copas.
—Pueden retirarse. Ya serviré yo mismo el vino. —Don Pedro se acercó a la mesa, cogió la jarra y se dispuso a vaciarla—. Primero las damas, por supuesto.
Los cuatro se acercaron a la mesa. Levantaron sus copas, se felicitaron por la vitalidad de don Enrique y bebieron de una sola vez su contenido. En ese momento, don Juan creyó oportuno interrumpir la celebración.
—Ya conocen ustedes a mi hermano menor, don Pedro. Al saber de su huida —en referencia a don Enrique—, le hice venir desde Aviñón para que comparta diplomacia y contactos en Francia. Por supuesto, le acompañará en el viaje si decide volver a tierras galas.
—A ver si algún día tenemos un papa aragonés —interrumpió el rey con una sonora carcajada.
—No lo descarte, majestad —respondió con ironía.
El rey y sus invitados dejaron que las risas cómplices recorrieran las paredes y los arcos mudéjares del salón.
—Bueno, lo que les quería transmitir es una petición de mi hermano. Ya saben que es aragonés y muy persistente. —De nuevo, las risas se mezclaron con el vino—. Pedro me ha pedido que antes de atravesar la frontera, doña Juana y su hijo le acompañen, junto a su esposo, hasta el monasterio de San Juan de la Peña. Tiene una especial vinculación y afecto a ese complejo religioso.
—Descuide, don Juan. Viajaremos junto a mi esposo hasta el monasterio. Me permitirá disfrutar más de su presencia. Además —se detuvo un instante doña Juana—, cualquier ayuda divina será bienvenida a
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la causa de mi marido. Estoy dispuesta a hacer lo que me pida, por extraño que parezca.
ENTREVISTA
Me cogen en mal momento. Seré breve, lo siento. La reina requiere mi presencia. Llevo más de una jornada sin saber nada de Jimena y estoy preocupada. Si quiere pasarlo en grande a mi costa, no me hace ninguna gracia. Por su culpa, por no poder atender bien a mi señora, doy tumbos de un lado a otro. Eso hace que doña Juana tampoco pueda trabajar como en ella es habitual. Total, que su enfado lo tengo que sufrir yo. ¡Cuando coja a mi compañera se va a enterar!
Sobre la reina, ¿qué les voy a decir? Ella es muy racional, de las que necesita tocar para convencerse. No cree mucho en milagros, y menos, en amuletos o magia. Pero en la corte llevamos unos meses que, día sí, día también, se habla de la necesidad de rezar mucho para que las cosas salgan como esperan. Es un poco monótono, la verdad. Supongo que tanta guerra con Castilla acaba por cansar y tanto el rey como sus súbditos desean ya poner fin al conflicto, aunque sea a base de rezos. Ya les contaré lo que me diga doña Juana cuando vuelva del monasterio de San Juan, pero por ahí irá la cosa.
Sobre el tema del lío con el caballero Artal de Gilbert, es algo personal. No sé cómo se han enterado de tantos detalles, porque lo llevamos con bastante discreción. Él forma parte del servicio privado del monarca de Aragón, así que les ruego no comenten nada. Y sí, doña Juana lo sabe.
A mi señora le confieso cuanto me sucede. Se ha convertido casi en una hermana. Lejos de mi familia y de mi tierra, es mi mejor sostén. Nos llevamos poca edad, así que entiende bien cuando le planteo temas personales. No se ruboriza con nada. Más bien parece gustarle hablar sobre ciertos temas. Los mismos que pueden suponer ustedes. Pero por hoy, dejémoslo ahí.
Por favor, no digan nada de mi relación con don Artal. Él me ha pedido con insistencia que seamos discretos. No entiendo muy bien por qué, pero lo respetaré. A veces parece que se avergonzara de mí.
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La Aljafería, Zaragoza.
11 de abril de 1367
Mañana temprano
Doña Juana había madrugado esperanzada en que el tiempo mejorase, pero sus esperanzas se vieron frustradas. La lluvia había embarrado los caminos hasta hacerlos casi impracticables. Este pequeño contratiempo retrasó la partida de don Enrique hacia Francia y aumentó el nerviosismo en el que vivía instalada la corte.
Conforme la luz del día daba color al patio de Santa Isabel, la reina inició su habitual y frenética actividad. Lo primero que hizo fue repasar de nuevo los preparativos del viaje. Había ordenado el día anterior a su doncella disponer la ropa necesaria. Un baúl para ella y el infante don Juan. Otro para su esposo. En ambos, lo imprescindible. El conde se alojaría en Aviñón y en París, pero esperaba que sus anfitriones pudieran dotarle de ropaje, además de hospedarle. Ella y su hijo apenas estarían unos días fuera y regresarían desde San Juan de la Peña para permanecer en Zaragoza.
Cuando comprobó que el equipaje estaba en orden, meditó sobre la conversación del día anterior con el padre Evaristo. Le había provocado inquietud, por lo que intentó informarse acerca del Santo Grial depositado en el monasterio. La insistencia de don Juan Martínez de Luna en que estuviera allí presente junto a su hijo la llevó a pensar en esa reliquia de la que pocos presumían, pero que muchos conocían. La reina se entrevistó con el religioso, antiguo residente en el complejo monacal, sin obtener más información de la que ya conocía.
—Es su hijo el depositario de la legitimidad real, ¿no?
La pregunta la dejó confundida. No se le había olvidado. Casi un día después, volvía una y otra vez a su cabeza. ¿De qué legitimidad hablaba? Nadie había cuestionado la paternidad de don Enrique ni existía motivo para ello. Entonces, debía de referirse a su ascendencia real. Pero también era de sobra conocida la legitimidad de sus derechos al trono, tanto por vía paterna como materna. ¿Qué tenía que ver su hijo con aquella reliquia?
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Mientras meditaba, en silencio, inquieta, tuvo una extraña sensación. No era la primera vez que le ocurría esa mañana. Desde que se había levantado se sentía observada. Pero estaba sola en sus aposentos. Su esposo había salido más temprano en busca de don Juan para pasar revista a los soldados que debían acompañarle en el viaje.
Estaba incómoda. Necesitaba que alguien más hiciera acto de presencia.
—¡Mencía! —gritó desde la alcoba—. Por favor, venid a ayudarme con este vestido.
Al momento, la doncella apareció por la puerta. Preparaba el almuerzo para la reina, que gustaba de un pequeño vaso de leche fresca y una pieza de fruta para empezar el día. Lo dejó sobre la mesa y acudió de inmediato. Las obligaciones de su trabajo no estaban reñidas con cierto grado de amistad que había fomentado la reina.
—Doña Juana, ¿desea usted alguna cosa?
—Sí, por favor. Necesito que me ayudes a ajustar este corpiño.
—Sí, señora.
La joven se acercó hasta doña Juana, recogió los cordones que sobresalían a su espalda y trató de apretar la prenda aún más. Mientras la ayudaba, la reina no pudo evitar involucrarla en sus propios pensamientos.
—¿No ha notado nada raro esta mañana, Mencía?
—No sé a qué se refiere, mi señora.
—Tengo la sensación de que me observan.
—Es poco probable. Salvo que sea alguna persona al servicio del rey aragonés.
—Estoy algo confundida. Juraría haber notado la presencia de alguien al poco de levantarme. —Se hizo un silencio incómodo—. No quiero que te separes del infante. No hay que descartar la posibilidad de que los soldados del Príncipe Negro anden por la ciudad.
—¿Cree que puede ocurrir algo? Si estuvieran aquí, ya la habrían atacado.
—No, pero me siento intranquila. Mientras esté yo en palacio, trata de no perderme de vista. No dejo de pensar en los soldados del Príncipe Negro. —La reina se detuvo un instante mientras la doncella le encajaba bien la ropa—. Por cierto, ¿qué le ocurre a Jimena? Falta demasiado a sus obligaciones como doncella. No la veo y ando loca, igual que tú. ¿Sabes alguna cosa?
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—No, mi señora. La verdad es que estoy preocupada. Ella no suele ser así. Nunca se había ausentado del servicio ni me había abandonado a mí como amiga. No sé lo que puede haber ocurrido. —Yo también estoy extrañada, la verdad.
Media mañana
Las campanadas de la catedral comenzaron a golpear cada uno de los muros de la ciudad. Ese eco penetrante y celestial se oía con claridad en la puerta de Toledo. Hasta allí se había desplazado doña Juana, acompañada de su doncella, en busca de algo de fruta fresca con la que distraer al hambre durante el viaje. Tenía por costumbre pasear por el mercado cuando sentía ansiedad. Los gritos y la gente la ayudarían a disipar los pensamientos persecutorios que la acosaban.
Los puestos con mercadería de alimentación se encontraban intramuros, cobijados bajo la sombra de la gruesa y ya vieja muralla defensiva. Aquel tramo olía a verdura fresca, a hierbabuena y a ligeros toques de especias cuyo aroma provenía de la parte más septentrional del mercado. El calor del mediodía se impregnó de la humedad torrencial caída los días anteriores y convirtió la ciudad en un festival olfativo para quien lo quisiera disfrutar.
La reina se afanaba por rebuscar entre los puestos de venta. La temporada estival estaba cerca, pero aún era pronto para que la eclosión de color y variedades hubiera llegado a la ciudad. Se conformaba con algunas manzanas y, en el mejor de los casos, unas pocas peras de la zona baja de los Pirineos, donde la campaña era más larga.
Por su parte, la doncella trataba de convencer a doña Juana para que adquiriera algún tipo de carne ahumada y seca que aguantase bien durante el camino.
—Bueno, quizás tengas razón. Seguro que al conde le gustará este detalle. Aún no parece recuperado de la batalla y cualquier tipo de proteína
le hará bien —indicó la reina.
—Y le sorprenderá más de lo que piensa —añadió Mencía—. A los hombres hay que conquistarlos tanto por los dones físicos que Dios nos ha dado como por la boca. ¡No lo olvide nunca, mi señora!
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Una sonora carcajada las unió. Ambas se entendieron más allá de lo que se habían escuchado. Tras algunos segundos de desenfadada alegría, la reina tomó la palabra con la voz menos risueña.
—¡Lo que se pierde Jimena! En fin, abandonemos ya el mercado y tomemos rumbo a la Aljafería. Aún queda mucho por disponer para el viaje. —Se quedó pensativa e hizo un breve receso—. Detengámonos antes en la iglesia de San Pablo. Quiero orar por mi marido y mis hijos.
Las dos se pusieron en marcha. Anduvieron ligeras, esquivando a vecinos y puestos de venta con visible educación. Cuando cruzaron la puerta de Toledo, giraron a la izquierda y tomaron la tercera calle a la derecha, la de San Blas. Su marcha se aceleró todavía más para evitar detenerse en caso de toparse con algún conocido.
La calle se abría a una plaza justo en el lado contrario a la entrada del templo. Rodearon sus gruesos muros, no sin antes detenerse frente al exterior del ábside para contemplar la torre mudéjar recién terminada.
—Me encanta. Hace apenas veinte años que la han acabado, pero parece que lleve toda la vida ahí, como si fuera un hombre que esperase
novia —rompió el silencio la reina.
La doncella, en un reflejo casi juvenil, cogió las manos de doña Juana y tiró de ella para que avanzase hacia la entrada. Con una sonrisa en los labios, trotaron hasta adentrarse en el templo. En su interior, apenas había dos o tres personas mayores. No las contaron. Estaban seguras de que en pocos minutos ya no quedaría nadie.
Mencía marchaba ahora tras la reina en dirección al altar. Al llegar junto a la credencia, una robusta mesa de piedra, observó que en la pata trasera derecha había un pequeño relieve en forma de cruz, con los brazos más anchos en la zona exterior que en la interior, junto al centro. Le extrañó.
Un fuerte golpe asustó a las dos mujeres. Se giraron hacia la puerta y la vieron cerrada. Se les aceleró el pulso. Notaban el corazón como si se les quisiera salir del pecho. Sentían inquietud. A las dos les extrañó la repentina soledad del templo a esas horas del día en comparación con lo populoso del barrio.
La reina comenzó a caminar con lentitud hacia la puerta. Cuando había rebasado ya dos tercios del pasillo central, miró al suelo empedrado y observó un cáliz. Frenó en seco. Su doncella se situó al lado. Una extraña
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sensación, como un rayo que recorría a toda velocidad cada uno de sus nervios, inundó el cuerpo de doña Juana.
En ese momento apareció el párroco. Cruzó el arco de la sacristía y observó a las dos mujeres quietas en mitad de la iglesia. Se acercó sin excesiva prisa, ajeno a lo que ocurría, para interesarse por la situación.
—Señoras, ¿puedo ayudarlas en alguna cosa?
Las dos se giraron asustadas hacia él. Al ver que era un sacerdote, la mente de la reina se relajó por unos instantes. Avanzó un paso con respecto a su doncella y se dispuso a resolver dudas.
—¿Es suyo ese cáliz? No debería dejarlo en medio de la iglesia.
Cualquiera podría habérselo llevado.
—No entiendo, señora. ¿A qué cáliz se refiere?
—A ese.
Doña Juana y Mencía tornaron sus cabezas en dirección al pasillo. El sacerdote se mostró contrariado, aunque bastante menos que las mujeres. Un silencio extraño se adueñó del templo.
—Le juro que hace un momento había una copa sagrada en el suelo.
Ahí mismo. Lo hemos visto las dos.
—Yo no veo nada, señora. Habrá sido el reflejo de la luz en el suelo. La reina se quedó callada. Su mirada estaba extraviada. Notaba la
circulación de la sangre en el lateral del cuello. Quería encontrar una razón a lo que había sucedido.
ENTREVISTA
No. Mi señora no está loca. Para nada. Más bien todo lo contrario. Yo juraría que algo nos observaba en la iglesia. Es ese sexto sentido que tenemos las mujeres. Desconozco por qué, pero me siento también vigilada, como ella.
Doña Juana es una mujer culta, incapaz de dejarse llevar por la magia o por acciones irracionales. El tiempo ejercido junto a ella como doncella me ha permitido conocer tantos detalles de su vida que a veces parece mi hermana.
No dudo que fue la niña preferida de su padre. En alguna ocasión oí contar a mi tutora, cuando vivía con mi familia en Villafranca, las historias
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que escribía don Juan Manuel, padre de la reina. Me imaginaba a un hombre mayor, serio, callado, metido el día entero entre libros.
Parece que no fue tan tranquilo como yo pensaba. Se casó hasta en tres ocasiones y tuvo una cuarta mujer, aunque no oficial. Nada nuevo bajo el sol. Pero la gran aspiración de don Juan Manuel era la corona. El padre de mi señora era infante y se sentía legitimado para ocupar el trono. Descendía de una rama familiar de Fernando II que reclamaba su legitimidad desde hacía décadas. Y toda Castilla le reconocía esa aspiración.
Además, se casó con una hija de la familia De la Cerda, aspirante también al trono y que reclamaba su descendencia legal. La madre de doña Juana. Así que la pequeña reunía en su persona las aspiraciones de dos familias. Casi nada. Es entendible que fuera, pues, una de las jovencitas más deseadas por la nobleza castellana.
Para colmo, fue la última hija. Nacida cuando su padre superaba el medio siglo. ¡Imagínense! La educó con el esmero de un escritor culto y sembró en ella el gusto por el arte y las letras. Formaba parte de su día a día. ¡Hasta los representaron juntos en un retablo de la catedral de Murcia! En fin, auténtico amor fraternal. Siempre decía que si alguien podía devolverle el trono a la familia, esa sería doña Juana.
Y sí, también se la rifaban. No solo por la legitimidad real, sino por su cuerpo y por su rostro, ambos de una delicada belleza que no pasa inadvertida. Pero en política, la imagen tiene poco recorrido en comparación con el poder.
No seré yo quien diga si mi señora ha tenido o no alguna aventura. Con las larguísimas ausencias de su marido, no creo que a nadie le extrañara. De posibilidades ha dispuesto cuantas ha querido. Recuerdo una con especial sonrojo. Bueno, no sé si me ruborizo por ella o por mí. Pero lo dejamos para otro momento. Hoy no tengo el cuerpo chismoso. El caballero de Artal ni se ha acordado de mi cumpleaños. ¿Creen que merezco ese desprecio? A veces creo que no significo mucho para él. Intercala rudeza y ternura con una facilidad que me desconcierta. ¡A ver con qué me sale hoy!
Mediodía
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Doña Juana y Mencía recorrían en silencio el camino de regreso a palacio. Sus cabezas aún procesaban el incidente en la iglesia de San Pablo. No entendían muy bien lo que había sucedido, pero poco a poco comenzaban a relajarse. A medida que volvían a la normalidad, despertaba algo el hambre y, en menor medida, un ligero cansancio. Por delante aún las separaban seis cuadras de la Aljafería.
Al pasar junto a la posada de un judío viejo conocido en la ciudad por sus caldos calientes, doña Juana pareció despertar. Frenó en seco, hizo detenerse a su doncella y la miró a los ojos.
—Estamos preocupadas por algo que parece no existir y nos olvidamos de quien sí es real pero ha desaparecido.
—¿Se refiere usted a Jimena?
—Así es, Mencía. No podemos esperar a que aparezca sin más. —La reina cogió del brazo a su doncella e inició de nuevo la marcha—. Si ha sido una irresponsable y su cabeza no ha soportado las noches de fiesta, las que tanto gusta programar con su amante, mañana mismo la quiero fuera de palacio.
—No es de ese tipo de personas, señora.
—Lo sé, pero las alternativas son peores. O bien ha sufrido algún tipo de accidente grave o ha desaparecido con un triste final.
—No hay por qué ponerse en lo peor, señora.
—Sí. Hay que estar preparada para cualquier cosa. Así se evitan muchos disgustos. —La reina se detuvo de nuevo y habló con gran seriedad a su doncella—. Esta tarde, en palacio, escribiré dos cartas a mi amiga sor Lucía de Ribera. Las llevarás al convento de las clarisas para que se las entreguen con urgencia. Una le explica lo sucedido. La segunda incluye diversos permisos a modo de salvoconducto para que sor Lucía pueda investigar a su antojo qué ha ocurrido con Jimena.
—¿Debo transmitirle algún mensaje?
—No hace falta, pero deberás cumplir lo que voy a pedirte. Cuando vuelva de mi visita a San Juan de la Peña, yo misma hablaré con ella. Mientras tanto, preocúpate de que nadie se inmiscuya en su trabajo. Deberás estar al tanto de cuanto ocurra. Nada debe quedar al margen de ti. Nada.
—Algunos ya conocen a la monja, señora. Igual sería mejor alguien más discreto para capitanear la búsqueda.
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—Al revés, Mencía. Cuando vean que ella está en el asunto, sabrán que yo estoy detrás. Espero que la respeten como hacen conmigo.
La Aljafería. 16 de abril
Inicio del día
Juana había madrugado. Vestía un traje cómodo, con falda de amplio diámetro en el bajo para ir ligera durante la marcha a caballo. Ella, en persona, había descartado el carruaje. Quería llegar cuanto antes a San Juan de la Peña y el pequeño Juan, pese a su minoría, podía montar también durante el trayecto.
El grupo se redujo a cinco personas. Don Enrique no creyó conveniente a su lado más de un soldado. Debían llegar al monasterio con poco equipaje y, desde allí, continuaría solo hasta Francia junto a Pedro de Luna.
La reina había vestido al infante de forma solemne, aunque no con sus mejores atuendos. Quería causar buena impresión a su anfitrión, de naturaleza austera. En más de una ocasión, su hermano describía al joven eclesiástico muy de las normas benedictinas, pese a no pertenecer a la orden.
Había reorganizado el pequeño baúl de equipaje para ella y su hijo. Quería aligerar todavía más el peso. Redujo su contenido a lo justo y necesario. Solo iban a pasar una noche, la que se tomaría de descanso al finalizar la entrevista, cuyo motivo aún desconocía. Odiaba que no le facilitasen el máximo de información cuando iba a tener una reunión, pero debía resignarse. Lo importante del viaje era la huida de su esposo.
A medida que se acercaba la hora de partir, sus sensaciones eran contradictorias. No sabía por qué y eso le generaba intranquilidad. El Príncipe Negro estaba obsesionado con su esposo. La derrota de Nájera estaba demasiado cerca y el fulgor de la batalla no habría apagado las brasas del odio que sentía el inglés. El mismo que le profesaba el otro rey de Castilla, hermanastro de Enrique. Sabía que algo fallaba. Le gustaba
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planificar cualquier detalle en las acciones políticas y de gobierno, pero esta huida no la había preparado ella.
—No he dormido bien, Mencía. Veo sombras por todas partes.
Cualquier pequeño ruido me hace saltar de la cama.
—Es normal, señora. Sabemos lo despiadado y cruel que es el hermanastro de don Enrique. Pero mientras estemos bajo la protección del rey de Aragón, descarte el peligro.
—¡No hables así, Mencía! Una sola persona de las que nos rodea, aquella de la que menos te lo imaginas, puede estar a sueldo del enemigo. Ten por seguro que, si es así, no dudará en hundir su daga en nuestros pechos.
—Exagera usted, señora. Debe relajarse.
Media mañana
Los cinco caballos intercambiaban relinches en el patio de San Martín. El sol empezaba a salir de su letargo, aunque aún no inundaba el suelo adoquinado que daba la bienvenida a la Aljafería. Hacía frío. Gélido día de abril que el cierzo se encargaba de propagar.
Cuando sonaron las campanas, el rey salió de la iglesia acompañado por el aspirante en Castilla, don Enrique, además de su mujer e hijo y don Juan de Luna, fiel amigo de ambos.
El monarca y el conde de Trastámara andaban dos pasos por delante. Antes de llegar al centro del patio, donde estaban las dos doncellas y el soldado junto a los caballos, doña Juana aprovechó para intercambiar reflexiones con el señor de Illueca.
—Don Juan, debemos acelerar la salida de la ciudad. Temo por la vida de mi esposo. Además, antes me gustaría visitar la seo.
—¿Por su vida? —respondió sorprendido su interlocutor—. Mis hombres vigilan día y noche cualquier paso que damos. Estamos en Zaragoza. Sería muy pretencioso por parte del Príncipe Negro introducir algunos esbirros suyos en la ciudad para acabar con la vida de don Enrique.
—Le insisto en que estoy intranquila. Intuyo que están acechándonos desde hace un par de días.
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—No creo que sea posible, pero dada su preocupación, adelantaremos la salida y el recorrido. La entiendo y comparto su inquietud.
—Gracias, don Juan. Cualquier precaución es poca. —La reina dejó fija su mirada en la silla de montar—. Por cierto, ¿su hermano sigue tan implicado en nuestra causa como la primera vez?
—No lo dude. Pedro está llamado a hacer grandes cosas. Tiene una
inteligencia y unas dotes naturales imposibles de superar —matizó Don Juan, a la vez que hacía una pausa—. ¿Le ocurre algo, señora?
La reina seguía con la mirada clavada en la silla del caballo. Parecía absorta en sus propios pensamientos. No escuchaba nada, ni quería. Las palabras del noble se perdían en el infinito. Solo oía un rumor lejano y cansino.
—Señora, ¿se encuentra bien?
—Sí, sí —contestó dudosa, como si quisiera volver a la conversación—. Solo ha sido un pequeño lapsus. Prepárelo todo para partir en una hora como mucho.
Doña Juana se adelantó a los compañeros de viaje y se colocó junto a su montura. La revisó con atención, por los laterales, por debajo, tiró fuerte de las cinchas y, por último, comprobó la sujeción. En ese instante, detuvo su mano en la hebilla. La miró con atención, pasó sus dedos una y otra vez, hasta que descubrió una hondura de corte de lado a lado.
El corazón comenzó a bombear con más intensidad. Después de dos o tres manzanas, aquella cincha habría cedido. Ahora tenía claro que no eran sueños infundados los temores que había trasladado al señor de Illueca. Soltó la correa de golpe, se giró hacia su doncella y procuró alzar la voz para que cualquiera le oyera.
—Mencía, por favor. Volved a las caballerizas y cambiad mi montura.
No hay tiempo para explicaciones —indicó sin dejar que hablara—. Y repasa bien las sujeciones antes de traerlo.
—Sí, señora.
Final de la mañana
Por indicación de doña Juana y con la complacencia del señor de Luna, el grupo se detuvo en la seo. La reina se impuso a las protestas de su marido,
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inquieto ante el retraso. Quería estar dentro. Quería el reconocimiento de su hijo como futuro rey. El viaje había alterado su tradicional templanza y no estaba dispuesta a poner en riesgo al pequeño Juan ni a la dinastía que iba a consolidar.
—La providencia no es suficiente. Debemos ayudarla siempre. —Solía indicar la reina a su marido.
Madre e hijo entraron en el templo. Pese al polvo de las obras del cimborrio mudéjar, la seo mantenía el lustre de las postreras reformas. Incluso la luz de las vidrieras góticas irrumpía con la fuerza del color en los muros de piedra. Entrar en aquel templo producía una sensación especial, algo distinto, una idealización celestial.
Los dos se dirigieron hacia la sacristía. La reina conocía cada rincón de la seo tras meses alternos en los que había tenido que refugiarse en Zaragoza para huir de Castilla. Una vez dentro, acercó con sus manos un reclinatorio hasta el muro lateral, frente al mueble donde se guardaban las casullas. Después, cogió un segundo reclinatorio y lo puso junto al primero.
—Ven, hijo mío. Arrodíllate aquí.
Doña Juana hizo lo propio y se colocó a su lado. Estaba tranquila, segura. Quería que aquella mañana, aunque solo fuese testigo el Altísimo, su hijo quedara ungido para siempre.
—¿Ves aquel cuerno sobre el mueble? —dijo, indicando con la mano hacia dónde tenía que mirar.
—Sí, madre.
—Es el olifante de Gastón de Bearn. Solo los caballeros que están llamados a ser reyes pueden hacerlo sonar. Don Pedro, rey de Aragón, fue conducido a esta sala, como tú, cuando aún era un niño. Lo cogió en sus manos, palpó los relieves y lo llevó a su boca para que toda la seo retumbase con el sonido. —En este punto, la reina se detuvo, respiró con profundidad y miró a su hijo—. Ahora, tú tienes que hacer lo mismo.
—¿No se enfadará el rey si cojo ese cuerno?
—Tú naciste en Aragón y estás llamado a reinar en Castilla. O quizás a algo más importante, porque en ti se unen las dos tierras.
—Yo no me atrevo, madre.
La reina se levantó del reclinatorio con rabia. Se dirigió hacia el cuerno tallado que tenía frente a ella y lo agarró con fiereza. Entonces, se giró hacia su hijo y puso sobre él ojos inquisidores.
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—Cógelo con las dos manos. Llévatelo a la boca y sopla lo más fuerte que puedas. Quiero que pongas tu alma en lo que te acabo de mandar, porque estas paredes deben retumbar hasta hacer que caiga la techumbre si es necesario.
El niño obedeció sin gran entusiasmo. En un primer intento, el soplido no dio más que para extraños y débiles sonidos que apenas traspasaron la sacristía. Su madre lo miró enfadada. No hizo falta que mediase una sola palabra. En el segundo intento, una nota aguda, hueca, sin corte, ancestral, emergió del cuerno. Rebotó por las paredes hasta encontrar la salida del templo, donde estaban don Enrique, don Juan y la doncella.
—Rápido, subid a los caballos y esperadme listos para partir.
El señor de Luna, contrariado, identificó el sonido y se metió dentro de la seo. Corrió hasta la sacristía, donde madre e hijo se disponían a salir. Con cara de enfado, se dirigió a la reina.
—Salgamos deprisa de aquí, señora. No creo que al rey le haga mucha gracia que el pequeño Juan haya hecho sonar el olifante antes que uno de
sus hijos. —Descansó un segundo y caminó hacia la puerta—. Dense prisa. Partamos sin demora.
La reina, tranquila y con un aire de satisfacción evidente, cogió a su hijo de la mano, se agachó hasta su oreja y le susurró al oído.
—Solo los llamados a ser reyes pueden hacer sonar ese cuerno.
Recuérdalo.
Después, se volvió hacia el mueble y alargó el brazo para dejar el olifante. Al desprenderse de él, casi de soslayo, pudo observar tallado en la madera un pequeño relieve en la parte lateral trasera. Pasó la mano por él. Se acercó todavía más para verlo con detenimiento. Era una cruz latina, con los brazos ensanchados en la zona exterior y más estrechos a medida que se acercaban hacia el centro.
—Qué extraño. Se les excomulgó hace demasiados años.
Atardecer
Mencía salió de palacio a media tarde. Con la partida de la reina hacia San Juan de la Peña, y una vez sola, se aprestó a cumplir lo que le había pedido. Caminó en dirección al convento de San Damián, en el que
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habitaban las monjas clarisas. El edificio estaba situado en la calle San Miguel, fuera del antiguo centro, donde los viales eran más anchos y el trasiego de personas con mercadería, mucho menor. Un espacio tranquilo dentro de la ciudad.
Al llegar a la entrada, la doncella descubrió su cabeza, protegida hasta ese momento por la capucha prolongada de su capa. Se dirigió al torno, junto al portón de acceso al convento, hizo sonar la campanilla y esperó a que alguien contestara.
—Ave María purísima.
—Sin pecado concebida.
—Me gustaría hablar con sor Lucía de Ribera. Me envía la reina de Castilla, doña Juana Manuel.
—Espere un momento. Voy a avisarla.
La doncella estaba preocupada. Pese a las palabras de la reina, seguía intranquila por la ausencia de Jimena. Había preguntado en palacio a cuantas personas pudo, pero nadie conocía su paradero. Era demasiado tiempo silenciosa, desaparecida, retirada de sus obligaciones en la corte.
Esa tarde acudía a las clarisas sin mucha confianza en que pudieran ayudarla. Seguía a pies juntillas los consejos de doña Juana, pero aquello le parecía inútil. Se había convencido de la incapacidad de las religiosas para investigar un asunto tan mundano.
—Acompáñeme.
La monja condujo a Mencía a través del claustro románico del convento. Los arcos se sucedían unos tras otros, modestos, anaranjados por el sol crepuscular de la tarde. Caminaron en estricto silencio. La doncella iba un paso por detrás de la religiosa, inquieta, con ganas de conocer a la persona recomendada por la reina.
Al doblar la segunda esquina del patio, entraron por una pequeña puerta de madera. Ambas, de forma involuntaria, agacharon la cabeza antes de pasar al interior de la sala. Era un habitáculo modesto, humilde, sin decoración. Apenas dos sillas de madera y una sencilla mesa decoraban la estancia. En el extremo contrario, un arco de medio punto, estrecho, daba paso a otro espacio que se adivinaba más amplio y luminoso. A esas horas del día, varios candiles ya daban luz a las paredes.
—Buenas tardes, Mencía. La doncella de doña Juana tiene las puertas de esta casa del Señor abiertas como si fuera la suya.
—Gracias, hermana.
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—Soy sor Lucía de Ribera. Imagino que la reina la habrá enviado a hablar conmigo.
—Encantada, sor Lucía. —La doncella hizo una reverencia con claro significado religioso—. Es un placer conocerla.
—Levántese, por favor. En esta sala y fuera de ella somos dos mujeres iguales. Solo nos diferencia el color de nuestra ropa. —La monja lanzó una sonrisa cómplice—. Sor Inés, puede dejarnos a solas. Tengo que conversar con Mencía. Y cierre la puerta al salir.
Sor Lucía se acercó a la doncella, la cogió con cercanía por el brazo y la acompañó a la silla. Después, hizo lo propio y se sentó frente a ella.
—Y dígame, ¿qué la trae hasta este convento?
—Mi señora me ha pedido que le entregue dos cartas. Estamos muy preocupadas por la desaparición de mi compañera Jimena, doncella también de doña Juana. No sabemos nada de ella desde hace dos días. Nadie la ha visto. No ha vuelto por palacio ni ha dado señales de vida.
—Bueno, a veces la juventud tiene estas cosas.
—En ella, imposible. —Mencía acercó su mano a la falda y sacó del bolsillo las dos cartas—. Aquí tiene lo que la reina me pidió que le entregase.
Con gesto pausado, la monja tomó las misivas en su mano. Abrió las dos y, tras mirar su contenido, eligió leer la que parecía más corta. La doncella estaba nerviosa, deseaba que el tiempo transcurriera más deprisa. Quería conocer qué debía hacer para encontrar a su amiga.
—Bien. —La monja tomó la palabra tras unos minutos de lectura—.
No sé si conoce el contenido de las cartas.
—De una de ellas, sí. Es un salvoconducto para que pueda moverse con libertad.
—Exacto. —Hizo un pequeño descanso—. Bueno, en la otra me solicita de forma personal y comprometedora que haga cuanto esté en mi mano por averiguar el paradero de Jimena. Además, me pide que, si hubiera ocurrido lo peor, aclare las circunstancias de cualquier desenlace, por muy extraño que parezca.
—Espero que nos pongamos en marcha pronto.
—Usted no cree en mí, ¿verdad?
Mencía balbuceó algún sonido incomprensible. Estaba sorprendida. No esperaba que la monja fuese tan directa. Aquello la había desconcertado y no sabía por dónde salir.
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—Yo quiero saber dónde está mi amiga. Debe usted comprender, hermana, que no es habitual ver a una monja en tamaños menesteres.
—Voy a contarle algo. Y lo hago por la relación que me une a doña Juana, consciente de que confía en usted como si fuera su hermana. —La monja se remangó con precaución las mangas del hábito y apoyó los antebrazos en la mesa—. La orden de las monjas clarisas tiene una relación especial con los reyes de la corona de Aragón. Le agotaría escuchar ahora las razones que llevaron a esa confianza mutua, así que, trataré de abreviarlo mucho. Ya habrá ocasión de extendernos.
—Gracias, sor Lucía.
—Hace varios lustros, a la vez que crecía nuestra orden, se sentaron las bases para crear un grupo de trabajo discreto, silencioso, opaco al común de los mortales, que pudiera investigar cualquier cosa anormal que ocurriera en torno a los monarcas. Tres monjas clarisas residentes en conventos de la corona de Aragón fueron entrenadas por antiguos soldados templarios y por miembros de la Orden del Hospital. Entrenadas no tanto en aspectos físicos como en técnicas de investigación, estrategia y desarrollo mental. Con buen criterio, pensaron que una monja generaba menos suspicacias que un hombre a la hora de acercarse a un sospechoso y que podía llegar más lejos para averiguar temas sensibles.
—¿Usted es una de ellas?
—Es evidente. Nos distinguimos de las demás por nuestro apellido. Todas somos De Ribera. Y así será por los tiempos de los tiempos, hasta que el rey o el papa decidan poner fin a nuestro trabajo.
—Si la reina no pensara que a Jimena le ha podido pasar algo grave, no hubiera acudido a usted.
—No lo dude. —Esperó un momento para continuar—. Doña Juana tiene muchos enemigos que, tras la huida de su marido, han aumentado su actividad. Es normal que tema por ella y por los que la rodean.
—¡Pero solo es una doncella!
—No. Es la doncella de la aspirante a reina de Castilla. Un enemigo a batir. Pero bueno, tranquilícese. Comenzaré a trabajar hoy mismo. No se impaciente.
—Puede contar conmigo para que la ayude en cualquier cosa.
—Lo sé. Empecemos, antes de irse, por contarme cuantas cosas sepa de su amiga. Sus costumbres, sus conocidos, los lugares que suele
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frecuentar, amigos, novios, amantes, lo que come. Dígame lo que pueda y también lo que crea que no debe sobre Jimena.
—¿Cree que dará con ella?
Anochecer
El grupo había cabalgado sin parar desde hacía tres horas. Tenían prisa. La luz del día menguaba y no era aconsejable viajar con la oscuridad de la noche. Abril alargaba la puesta del sol, pero no lo suficiente.
Un pequeño reposo para los animales era cuanto se habían permitido desde que partieran de Zaragoza. Los cinco estaban agotados. Casi siete horas programadas de caminos poco trabajados hacían de la marcha una dura experiencia.
La reina estuvo pendiente de su hijo durante el trayecto. Aún no tenía edad suficiente para manejarse con soltura a caballo por la montaña. Durante años, el entorno urbano de Zaragoza fue su hábitat natural. La educación en palacio constituía el día a día del llamado a ser futuro rey de Castilla. Huir entre aquellos bosques de carrascas, boj, tomillo y aliagas no era fácil para un joven de corta edad. Por eso, los ojos de doña Juana estuvieron pegados a él en todo momento.
En algunos tramos, don Enrique y don Juan parecían conversar sobre el futuro de su reino. La confianza nacida años atrás, entre las espadas y las flechas de la batalla, se había tornado en amistad sincera. Hablaban de futuro, de una Castilla sin la presencia de su hermanastro en el trono, de la recuperación de la economía y de la paz. Sobre cualquier otra cosa, de paz. El reino estaba exhausto, cansado de tanta guerra.
Antes de que el sol desapareciera tras las montañas, el grupo llegó a Bernués. La pequeña aldea dependía de San Juan de la Peña, motivo suficiente para que comenzaran a tranquilizarse. Al pasar junto a la iglesia románica de San Martín de Tours, observaron a dos jinetes que montaban a toda prisa y se dirigían hacia ellos.
—Buenas tardes, señores. Buscamos a don Juan Martínez de Luna. —Soy yo —respondió con rapidez—. ¿Vienen ustedes del monasterio
de San Juan?
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—Así es. Don Pedro Martínez de Luna nos ha pedido que los esperásemos para acompañarlos en el último tramo del viaje.
—Tomaremos un poco de agua para refrescarnos, si no les importa
—interpeló don Enrique.
—Dense prisa, señores. Queda menos de una hora para llegar, pero la luz desaparecerá en poco tiempo. No es bueno viajar de noche.
—Somos conscientes. Déjenos un momento para aliviar nuestras gargantas y nos pondremos en marcha.
Los cinco descabalgaron con urgencia. Se acercaron a los caños de agua que había junto al muro norte de la iglesia y se mojaron manos, cuellos y cabezas. Los otros dos jinetes los esperaron montados en sus respectivos animales. Al volver, uno de ellos se dirigió a doña Juana.
—Perdone, señora, los dos caballeros que los siguen en la lejanía, ¿forman parte de su guardia?
—¿Cómo dice? Nadie nos acompaña. Venimos solo los cinco desde que saliéramos hace horas. ¿A quién se refiere?
ENTREVISTA
Estoy preocupada. No crean que hablar con la monja me ha tranquilizado. Sigo sin ver a una religiosa en el oficio de averiguar entuertos. Aunque, si lo piensan con detenimiento, ¿quiénes se enteran de cualquier cosa? Me troncharía si no fuera porque mi amiga sigue desaparecida.
De verdad que me inquieta la situación. Si doña Juana se ha involucrado hasta el punto de llamar a sor Lucía, es porque intuye o sabe más de lo que parece. Cualquiera de las opciones no es buena para Jimena.
Espero que solo sea un susto y que mi reina haya querido demostrar cuánto nos aprecia. Las horas pasan y su otra doncella sigue sin dar señales de vida.
Les confieso que hoy no me apetece hablar. En realidad, no me apetece hacer nada. Le voy a decir al caballero Artal que hoy dormiré en palacio. No tengo humor ni estómago para jugar a sus deseos.
Monasterio de San Juan de la Peña
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Noche
La oscuridad de la noche se había tornado en una extraña luz anaranjada que rebotaba en la enorme pared vertical alzada frente a ellos. Habían llegado a su destino. Delante de los cinco viajeros se levantaba por fin el misterioso convento.
Los caballos se detuvieron en la entrada románica de uno de los laterales. Al fondo, el fuego serpenteante de las antorchas atraía sus miradas hacia los arcos del claustro, que se fundía con la piedra.
—Sobrecogedor, ¿verdad? —rompió el silencio el señor de Luna.
La familia seguía callada. El monasterio los tenía cautivados. Había algo entre aquellos muros que los llamaba hacia su interior, como sirenas que aplacaban su voluntad.
—Démonos prisa —interrumpió don Enrique—. Es tarde, estamos cansados y no me siento seguro fuera de esos gruesos muros.
—Acompañadme hasta el patio de entrada. Mi hermano nos espera. Le avisé por carta de nuestro viaje hace unos días.
Los cinco desmontaron con presteza y continuaron a pie. Riendas en mano, se adentraron en el monasterio hasta llegar al edificio central. Tras de sí escucharon cómo se cerraba el portón de un golpe seco, sordo, que rebotó por la pared rocosa una y otra vez.
—Bienvenidos. Este es su hogar hoy, mañana y cuando así lo deseen. —Don Pedro Martínez de Luna se presentó sin avisar—. Es un placer acoger entre estos muros a tan ilustre matrimonio, los futuros y únicos
reyes de Castilla. Por cierto —acercó su cabeza hacia ellos y bajó el tono de la voz—, aprovechen la estancia para intentar relajar cuerpo y espíritu.
Un crujido de madera interrumpió la conversación. Provenía del exterior. El eco intensificado por el muro de piedra asustó al pequeño Juan. Su madre, de inmediato, se acercó a él y le pasó la mano por encima del hombro.
—No se preocupen. Siempre hay una explicación para todo. —Trató de calmar a los invitados don Pedro de Luna.
ENTREVISTA
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Agotada. Entre los preparativos de la marcha de mi señora y la visita a la monja, no podía más. Les había dicho que me iba a palacio a descansar, pero tuvo que aparecer el victimismo del caballero Artal cuando fui a decirle que me retiraba ya, que no tenía el cuerpo para mucho vaivén. De verdad, a veces no sé si es que él es un embaucador o que yo soy muy sumisa. El caso es que acaba por vencerme en la mayoría de ocasiones, aunque sea en contra de lo que yo deseo. En fin, que sí, que he estado con él, pero he vuelto después a mis aposentos.
No creo que el rey sepa nada de lo nuestro, pero por si acaso, lo mantenemos en secreto. Por el bien de Artal, o eso me hace creer. Es un poco pusilánime, pero me gusta estar con él. Al menos, no me siento sola. Mientras no surja el amor de mi vida, que se hace de rogar, no tengo otra alternativa.
Con los tiempos que corren, la mayor parte de gente vive de una forma intensa, casi día a día. Una cosa es lo que diga la Iglesia, que siempre está bien para marcar unos límites. Otra muy distinta, sobrevivir a lo que nos rodea. La moral oficial castiga la sexualidad fuera del matrimonio, tanto si estás casada como si no. Pero claro, cuando la guerra es parte de nuestra vida y, por tanto, también lo son la violación, la esclavitud o el abuso, esas imposiciones morales se relajan.
Sí, soy bastante activa. Mucha gente lo es. No sé si mañana morirá mi señora o su esposo. No sé lo que me ocurriría entonces. Así que decidí hace tiempo disfrutar de cuanto me rodea. Con cierta mesura, claro está. Vivir con intensidad, pero llevarlo con discreción, con decoro, con educación.
Doña Juana está al tanto de mi aventura, porque de eso se trata, de algo pasajero. O no. Él partirá a la guerra y yo, más pronto que tarde, estaré con mi señora en Castilla. Así que, la vida es breve. ¡Disfrutémosla!
Hagan el favor de no juzgarme. No saben lo que es estar atada a la vida de doña Juana, en constante sobresalto, de un lugar a otro, siempre amenazada. Seria, inteligente, sistemática. ¿No les parece que mi mente necesita destensarse al final del día? Pues sí. Para eso está el caballero Artal. Me encanta cómo me mira, cómo me desnuda con los ojos, cómo me desea. Cuando entra por la puerta, mi cuerpo se excita. Me gusta sentir el calor de sus manos cuando acarician mi piel, cuando me coge en brazos, desnuda, y me echa sobre el lecho… y notar cómo se abalanza. En esos momentos, desparecen de mi cabeza doña Juana, don Enrique, la guerra de
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Castilla, las huidas inesperadas, las decepciones. Solo lo noto a él dentro de mí, solo percibo mi cuerpo disfrutar.
Imagínense cómo he acabado de agotada esta tarde. Menos mal que a la hora de desayunar debo estar presente junto al rey, si no, aún estaríamos en mi alcoba. En fin, hay que aprovechar mientras no esté la reina. Aunque en Épila no tuvimos problema ni ella ni yo para… ¡Ay, si mi lengua se soltara! El disfrute y el sexo no están reñidos con la inteligencia y la seriedad. Es más, diría que se complementan muy bien. Si ellos disfrutan meses y meses de soledad guerrera, o eso dicen, ¿creen que nosotras no disfrutamos también en esos larguísimos periodos? Ya les contaré, ya.
Bueno, que me retiro a descansar.
17 de abril de 1367
Primera hora de la mañana
Doña Juana acostumbraba a levantarse temprano. Era metódica, cuidadosa, dogmática hasta en el más mínimo detalle. Disfrutaba con el orden. Había heredado de su padre la perseverancia, la persecución de un objetivo hasta la extenuación.
Esa fría mañana de primavera, aquella cabeza inquieta quedó inundada por el recuerdo de don Juan Manuel. Cerró los ojos y lo volvió a ver cuando entraba en la alcoba para despertarlas a ella y a su hermana. Se sentaba al borde de la cama, invitaba a la mayor, Constanza, a tumbarse junto a Juana y les contaba alguno de sus cuentos. Era un despertar mágico. El comienzo del día que ambas llevarían siempre en el corazón.
Por su progenitor sentía fervor, admiración, gratitud. Esa devoción la había arrastrado a que amase y odiase las mismas cosas que él. Despreciaba al rey de Castilla, cuya sangre consideraba inferior a la suya. Se sentía culta, especial y legítima, de la misma forma que don Juan Manuel. Un carácter fuerte e indomable cuya chispa había sabido descubrir y alimentar el padre, para quien Juana era su pequeña luz. En ella depositó las esperanzas de restablecer a la familia en el trono.
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Una vez aseada, procedió a vestirse sola, sin ayuda de doncella alguna. Salvo excepción, sentía que su intimidad le pertenecía. Para la ocasión, había traído un vestido discreto, austero, de tonos oscuros. En realidad, solo disponía de dos mudas para su estancia en San Juan de la Peña, pero la que ahora cubría su cuerpo la había elegido a conciencia. Nunca se debía competir con la Iglesia en lujos externos.
Bajó las escaleras del claustro interior y se dirigió con paso firme a la sala capitular. Allí la esperaba don Pedro de Luna, tal y como le había informado su hermano. Al entrar, este extendió su mano hasta coger la de la reina, hizo una leve reverencia y se situó junto a la puerta.
—Buenos días, majestad. Espero que haya podido descansar en sus aposentos. Yo mismo he dispuesto cuanto creí necesario al objeto de que su estancia sea lo más cómoda posible.
—Gracias, don Pedro. Sin duda, ha hecho un buen trabajo.
Entre los dos se hizo una leve pausa. El religioso se acercó a la reina, la cogió del brazo y comenzó a caminar hacia la puerta.
—Se preguntará por qué he insistido tanto en que estuviesen presentes usted y su hijo en este monasterio.
—No le quepa la menor duda —respondió con inquietud doña Juana.
—Seguro que lo entenderá. —El religioso, mientras, andaba—.
Vayamos hasta al altar mayor.
Rodearon el claustro, arco tras arco, sin mediar palabra alguna. La reina observaba cuanto veía a su alrededor. Al llegar a la iglesia, quedó sorprendida ante la austeridad de aquel templo de gruesos muros y pequeñas ventanas. Don Pedro avanzó hasta el altar a través de los bancos, esquivó la mesa de piedra situada en el centro y abrió una pequeña y humilde caja de madera que había al fondo, junto a la pared. Se giró hacia doña Juana y, con gesto imperativo, le pidió que se acercara.
—Al amor se llega a través de la humildad. Del mismo modo que a la verdad se llega a través de la austeridad. Es algo que los benedictinos tienen muy claro y que deberíamos poner en práctica más a menudo, doña Juana.
—Sin duda, don Pedro, aunque son tiempos difíciles. El dinero lo puede todo.
—No crea usted. Es apariencia. Si somos capaces de traspasar esa delgada fachada de impostura, conoceremos la realidad. —En este punto, don Pedro hizo un leve descanso—. Me han hablado muy bien de doña
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Juana Manuel. No solo es culta sino también perseverante en los objetivos que se traza.
—Me tiene en demasiada buena consideración.
—No creo. Usted es humilde como esta caja de madera. Quien la ve piensa que no puede esconder nada de valor. —Con su mano derecha acarició la pequeña tapa que cerraba el interior—. Sin embargo, aquí lo tiene: el mayor tesoro de la cristiandad.
La reina miró la caja. En efecto, era sencilla, sin decoración, de una madera vulgar y virgen. A simple vista se podía observar la aspereza del material. En uno de los movimientos que don Pedro realizó con aquella caja, se fijó en un pequeño dibujo con forma de cruz. Esos trazos ya los había visto antes. Pensó algunos segundos hasta que cayó en la cuenta. Era el mismo símbolo que vio al dejar el olifante en el interior de la seo.
El religioso abrió la caja con delicadeza, sin prisas. La agarró por los laterales, la inclinó levemente hacia la reina y se quedó en silencio.
Los ojos de doña Juana se clavaron en aquel objeto. Era reluciente como un pequeño sol al atardecer. El brillo del oro destelleaba desde la base hacia el exterior. Cuando recuperó la perspectiva, pudo descubrir que se trataba de un cáliz. La veneración con la que lo trataba don Pedro la hizo intuir de qué se trataba. En los últimos días había perdido horas de sueño por su culpa. Desde que aparecieron los Luna en la vida del pequeño Juan, esa reliquia estaba omnipresente, pero su mente era racional. Creía en los hechos, en el trabajo, en la lucha, por eso esperaba poco de la providencia. Aun así, estaba impactada, en silencio, con una extraña sensación de hallarse ante algo más que un objeto.
—Parece que la impresione tanto como a mí —interrumpió el religioso—. Es el cáliz de Cristo, el santo cáliz, el grial de todos los tiempos.
—He de confesarle que así es, me ha impactado. No se trata del objeto en sí, sino de lo que representa. Si le digo la verdad, es como si te llenases de energía, de valor. Es como haber encontrado aquello que siempre te va a respaldar, que siempre va a estar ahí para darte tranquilidad. Eso es lo que transmite: serenidad, paz, confianza.
Le reina permaneció inmóvil. Volvió a observarlo de cerca. Quedó absorta. A la cabeza le vinieron las imágenes de su padre y de su nodriza, cuando le contaban historias de Jesús, de los milagros y de la pasión. Ante
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sus ojos estaba el objeto real de aquellos relatos. No solo era un tesoro, también una reliquia cuya cercanía inflamaba y hacía arder su fe.
De repente, una ráfaga de incredulidad la devolvió a la realidad.
—Mi marido y yo luchamos por gobernar la corona de Castilla. No sé qué puede aportarnos el grial a nuestra causa.
—Todo, mi reina, todo. Su futuro, el de ambos y también el de su hijo, está ante usted.
No entendió la respuesta, así que volvió la mirada sobre el santo cáliz. Por unos instantes voló hasta Jerusalén y sintió el peso de los siglos, la fuerza de la historia que la rodeaba, la intensidad de la fe que desprendía. Estaba como hipnotizada por el movimiento seseante de las velas que se reflejaba en la dorada base del cuenco milenario. Ese pequeño vaso, sin lujos, sin decoración, irradiaba humildad. Solo el oro que lo bañaba, desde el cuerpo central hasta la base, podía llevarte a engaño.
Un pensamiento fugaz recorrió su cabeza. Aquel cuenco había estado en las manos de Jesucristo. Era una reliquia verdadera. Era la fe misma convertida en objeto. Esa fe que estaba ante ella la llenaba de una fuerza de espíritu plena, vital. Si era capaz de unirse al destino del grial, sería heredera, de alguna forma, de Cristo.
—La misma determinación que nuestro Señor tuvo para afrontar los difíciles momentos que lo esperaban antes del triunfo, antes de subir a los
cielos, debe tener usted para luchar por la corona de Castilla —afirmó don Pedro.
La reina seguía en silencio, abstraída por el cáliz. Ella y su marido habían sufrido derrotas contundentes frente a las tropas de Pedro el Cruel. No olvidaba la primera huida de Castilla tras sucumbir en Toro. Ahora, derrotados de nuevo en Nájera, las cosas se complicaban todavía más. Pero en el momento en que ese pensamiento le rondó por la mente, una fuerza repentina invadió su cuerpo. Una energía que la hizo creer en la victoria y en la legalidad de su título de reina.
—Usted sabía que el grial haría crecer mi fe y la esperanza en la victoria. —Doña Juana dejó de mirar el cáliz y se giró hacia don Pedro de Luna—. Pero ¿por qué ha insistido tanto en que mi hijo nos acompañase?
—Porque usted es el presente, pero su hijo es el futuro. El pequeño Juan está llamado a lograr los designios del grial. Un objetivo que está escrito y que lograremos completar. Es lo que debe conocer ahora.
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—No ha respondido a mi pregunta. ¿Por qué mi hijo de entre los príncipes y reyes de Europa?
—Vuelva a media tarde con su primogénito. Quizás llegue a entenderlo entonces.
Zaragoza
10 de la mañana
Sor Lucía de Ribera había acudido a la Iglesia de Santa María Magdalena para hablar con el párroco. Conocía bien a don Pablo, un sacerdote sin aspiraciones, volcado en los feligreses y con fama de inocente.
La monja había esperado a que terminara la misa de la mañana. No era una hora a la que afluyera una gran cantidad de creyentes, pero tuvo que aguardar en el exterior. Lo prefería. Así, disfrutaba de aquel templo mudéjar enladrillado y de su característica torre decorada con azulejo, muy al estilo del momento. Cuando la miraba, su imaginación volaba. Recreaba el color y los jardines musulmanes de Granada, sobre los que tanto había leído. No odiaba a los árabes. Borraba de su cabeza la sangre y las penurias que infringían a los cristianos. Prefería disfrutar de la belleza estética que su mezcla peninsular sembró desde Valencia hasta Coímbra.
—Buenos días, hermana.
Don Pablo interrumpió los pensamientos de sor Lucía. Había salido a la calle, una vez concluido el oficio, en donde lo aguardaba la monja. Estaba intrigado con su presencia.
—Buenos días, querido amigo. No me he dado cuenta de que la misa había acabado.
—No pasa nada. Ya estoy a su entera disposición para responder a cuantas preguntas quiera plantearme.
—No sea tan diplomático, que ya me tiene muy vista.
—Bueno, debe reconocer que, cuando usted aparece, nadie respira tranquilo. Alguna vez debería probar a ser portadora de gratas noticias.
—No sea malo, don Pablo, que el demonio siempre está dispuesto a llevarse a cualquier pecador en el momento más inesperado.
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Ambos sonrieron. El religioso recogió sus muñecas por detrás de la cintura y comenzaron a caminar. Las calles estrechas de alrededor de la iglesia les resultaban incómodas, por lo que dirigieron sus pasos hacia la muralla, un espacio más abierto y agradable en el que las palabras se perdían sin ser escuchadas por nadie.
—¿Qué sabe usted de Jimena, la doncella de doña Juana?
—Una joven muy risueña. Suele acercarse algunas tardes a misa o a rezar el rosario. Después, desaparece hasta pasado unos días. Pero en general, es una persona amable, educada, de trato correcto y risueña, mucho. A veces la veo y pienso que estará de sol a sol con una sonrisa en la cara.
—La reina está preocupada. Hace más de dos días que no la han visto y su trabajo es insustituible.
—Pues, no sé. Ella solía venir, desde hace cuatro meses, a los oficios de la mañana. En más de una ocasión, un caballero no muy alto, de constitución débil pero mirada retadora, venía a buscarla.
—¿Cómo se saludaban? ¿Había cierta complicidad entre ambos? —Pues, tampoco sabría decirle. El trato solía ser correcto, educado,
aunque confieso que los he visto en un par de ocasiones alejarse por los callejones de alrededor con actitudes y acciones poco virtuosas, por denominarlo de alguna forma.
—Vamos, que ha visto cómo se besaban.
—Era más que eso. Era una falta de compostura, algo pecaminoso. Las manos de él rastreaban el cuerpo de la joven sin que ella, la verdad, opusiera mucha resistencia.
—Ya entiendo. Es suficiente. —La monja se detuvo un instante—. No sabrá dónde vive o cómo puedo localizar a ese hombre, ¿verdad?
—Lo siento. No tengo ni idea. Aunque uno de los monaguillos, en cierta ocasión, hizo un comentario despectivo sobre el joven. Cuando le pregunté por qué lo había hecho, me dijo que era un buscavidas y que se había peleado con su padre en una taberna del centro.
—¿Cómo se llama el local?
—Creo que me dijo algo así como «la taberna de José». No tengo claro que sea el nombre, pero al menos su dueño se llamará así. —Una sonrisa interrumpió la conversación—. Me parece que dijo que estaba por la calle de los Cesteros.
—Bueno, es un comienzo.
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Tras algunos minutos más de charla, ambos retornaron a la iglesia, donde cada uno siguió su camino. La monja aprovechó la caminata para reflexionar sobre la conversación. Estaba claro que Jimena tenía una vida fuera de palacio. Agitada, placentera, de disfrute típico de la edad que tenía. La siguiente parada sería la taberna.
Media mañana
—Ha elegido usted un curioso espacio para que nos reunamos, don Juan. No sé si lo que busca es silencio o ausencia de espías. —Una sonrisa sorda se dibujó en la cara de don Enrique.
El monasterio disponía en la parte alta de un patio interior descubierto, pero cercado por los imponentes muros de piedra de la montaña. El abad de San Juan de la Peña había mandado construir una escalera para acceder a esa zona a principios de siglo. Allí estaban enterrados los principales nobles de la corona de Aragón, desde Fortuño Blázquez y doña Jimena hasta Aznar Fortuñones y su esposa Endregoto. Deseaban descansar cerca de la reliquia más importante de la cristiandad, aquella que unía lo terrenal y lo celestial.
—Uno se siente extraño en este lugar. Parece que estemos libres, sin techo, sin rejas, sin ojos que nos observen. Sin embargo, todas esas lápidas nos escuchan y esos enormes muros se levantan hasta el cielo para encerrarnos aquí dentro. ¡Qué extraño lugar!
—No se preocupe por los muertos. Ellos no nos pueden molestar. Quizás sus almas nos ayuden en la victoria, pero ninguno de ellos contará lo que aquí hablemos usted y yo, majestad. —Don Juan le devolvió la sonrisa a su invitado.
Don Enrique había sido citado esa mañana para mantener un largo encuentro y despachar asuntos de gobierno relacionados con la guerra. La victoria sobre su hermanastro se había puesto cada vez más complicada, a pesar de lo cual, el aragonés mantenía la esperanza casi intacta. Temeroso de que alguien pudiera escuchar su conversación, don Juan lo había llevado al rincón más aislado del monasterio.
Las noticias de Castilla llegaban con rapidez. El rey Pedro, de forma inexplicable, había partido hacia Sevilla. Renunciaba con ello a la
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explotación de la victoria en Nájera y a dar caza a don Enrique. Sin embargo, el Príncipe Negro seguía obsesionado con el Trastámara, cuya vida podría proporcionarle el triunfo total.
—Majestad, aunque no lo crea ahora, estamos más cerca que nunca de la victoria.
—No entiendo cómo tiene tanta fe en la derrota de mi hermanastro. Hace pocas jornadas que fui vencido en Nájera y mi ejército casi se ha disuelto. Creía que solo yo seguía con ánimos de luchar.
—Los Luna pensamos más a largo plazo que el resto. Eso supone analizar lo que ha ocurrido tras la derrota. —Don Juan, en silencio, se acercó con mirada cómplice hacia el rey—. Don Pedro no se ha trasladado a Sevilla por placer. Evita a toda costa tener que sentarse con el Príncipe Negro para atender el pago de sus servicios. No tiene dinero. No dispone de riqueza suficiente para satisfacer lo que firmó con el inglés. ¿Qué cree que hará el Príncipe Negro cuando se dé cuenta de que no va a cobrar?
—Eso no me da a mí ventaja para someterlo. Le recuerdo que mi ejército se ha evaporado y que los nobles que me apoyaban ahora temen por su vida.
—Es cierto. Por eso vamos a Francia. Ese rey tiene más interés que usted en derrotar a don Pedro y a los ingleses. ¡Aproveche la circunstancia! Vuelva a Castilla con un ejército y venza a su hermanastro. Mientras tanto, que doña Juana recomponga la fortaleza de su bando y le dé nuevas esperanzas.
—Supongo que puedo contar con su ayuda, ¿no es así?
—Me he jugado la vida por usted en anteriores batallas y me la juego ahora. —Don Juan agarró el antebrazo del rey con fuerza—. Mi hermano y yo lo ayudaremos a buscar en Francia aquello que anhela. Otra cosa muy distinta es que lo consigamos. Recemos para ello.
ENTREVISTA
Muy breve, que tengo algo de prisa.
Aunque esté sola, no he parado. Pudiera parecer que al no estar mi señora tengo más tiempo para mí, pero no. Quiero aprovechar para
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avanzar cosas que tengo retrasadas y para estar más tiempo con el caballero Artal, pero ni por esas. Bueno, tendré que aceptarlo.
Ahora mismo, mi cabeza está en que aparezca Jimena. Lo demás es cosa menor.
En cuanto a la reina, pues imagino que hará trabajar a su mente más de lo habitual, que ya es difícil. Con tanto grial y tanta guerra, me la van a volver loca.
A mí, qué quieren que les diga, eso del santo grial me suena a tonterías de la Iglesia sobre reliquias y cosas parecidas. Si no creo en huesos y clavos que aparecen en cualquier templo, tampoco voy a hacerlo con esta copa. Mi fe es profunda, pero le cuesta creer en objetos tan materiales y terrenales como las reliquias. Más bien me dan algo de repelús. Aunque también les digo que si es cierto lo que dicen sobre él, hay que tenerlo cerca. Nunca se sabe.
Media tarde
Doña Juana marcaba el paso al entrar en la iglesia. Acudía al encuentro citada por don Pedro de Luna. Tras ella, el pequeño Juan, vestido con una túnica corta abotonada de color oro sobre otra larga de tono azul oscuro. La reina quería dejar clara la condición de su hijo, infante de Castilla. Caminaban tranquilos, con un forzado ademán de solemnidad.
Al fondo, junto al altar, los esperaba el religioso. Casi en la cuarentena, recio, enjuto y con la amabilidad característica de la familia reflejada en su rostro. Era consciente de que escalaba poco a poco en la jerarquía eclesiástica, algo que aportaba autoafirmación incluso en la compostura. Su capacidad intelectual hacía tiempo que la valoraban en Montpellier, donde ejercía como profesor de Derecho Canónico. Pero ahora, una buena preparación y el apoyo incondicional de algunos linajes aragoneses lo situaban a las puertas de la corte papal de Aviñón. El apellido Luna comenzaba a sonar con fuerza entre los más cercanos al pontífice.
La edad y el carácter parecían haberlos conectado a la reina y al religioso. Doña Juana estaba dispuesta a confiar en él, al menos, entre aquellos muros. Respetaba los consejos de un inteligente miembro de la
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Iglesia. Llevaba su corazón impregnado de fe, aunque tomaba las decisiones de gobierno en función de su propia percepción racional.
—Puntual hasta el extremo, doña Juana.
—No me gusta impacientar a mis citas, y menos aún, si se va a tratar un asunto familiar.
—Su hijo es importante para usted y también para Castilla.
—Ningún reino de este mundo puede ocupar más espacio en mi cabeza que el pequeño Juan.
Don Pedro sonrió y llevó a ambos ante la caja de madera que contenía el grial. La abrió y, con cuidado, cogió el cáliz para depositarlo sobre el altar. El infante bajó la mirada y observó en el apoyo izquierdo de la enorme losa de piedra un pequeño relieve en forma de cruz cuyos brazos se estrechaban al llegar al centro. Su madre le cogió con disimulo la cabeza y la dirigió hacia el grial.
Don Pedro se fue entonces a la sacristía. A los pocos minutos, salió de ella cubierto con una dalmática en cuyos extremos inferiores podía apreciarse una cruz hospitalaria bordada en oro. Sobre los hombros, una estola blanca con encajes en rojo cuyos símbolos no supo distinguir la reina.
Al llegar al altar, depositó junto al cáliz una pequeña jarra dorada sobre la cual se extendía una tela blanca y roja. La reina y el infante estaban expectantes. No sabían lo que quería don Pedro. Habían ido dispuestos a escuchar al religioso y se encontraban con lo que parecía un acto ceremonial.
—No os preocupéis, doña Juana. El grial ha sido custodiado desde hace decenios por unos caballeros elegidos por la Orden del Temple. Pocos han sido reconocidos y, menos aún, los ungidos por esta reliquia. Considere a su hijo un privilegiado.
—El privilegio es poder luchar por sus súbditos, por la corona de Castilla.
—Entiendo que esté a la defensiva, pero esto trasciende sus deseos o, quizás, se une a ellos.
—Sorpréndame. De momento, aún no sé qué hago aquí.
—Este cáliz solo ha estado entre las manos de aquellos que están llamados a ser reyes. Pero en esta ocasión, queremos algo más. Esperamos que este acto selle una unión eterna entre su familia y la orden. Una unión
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de objetivos comunes, pero también de mutua defensa. La sangre del grial, al servicio de una nueva dinastía.
La reina permanecía callada, sorprendida, expectante. Su cabeza procesaba mil pensamientos a la vez. Aquella declaración de intenciones podía servir de gran ayuda para su esposo y para la victoria sobre Pedro el Cruel. No importaba la liturgia rodeada de fe que emanaba de aquel grial. Ella veía abiertas las puertas de Francia, la fuerza de sus soldados, los contactos de la Orden Hospitalaria, los apoyos internacionales, el papado. Veía el triunfo de su esposo y el de ella misma.
—Don Pedro, ¿por qué no está aquí mi marido? ¿Por qué no es ungido él con este grial?
—Usted es inteligente. ¿Cree casual que elijamos a un infante llamado Juan para comenzar esta empresa? La Orden Hospitalaria hereda al Temple y expande sus caballeros por la península. Su hijo ha nacido en la corona de Aragón y está llamado a reinar en la corona de Castilla. La unión de ambos territorios será el primer paso para la construcción de un gran reino en Occidente capaz de enfrentarse al islam en Oriente. Ese reino es la península entera, la Hispania romana, el reino visigodo. En su persona se unen ya dos coronas. Y el siguiente objetivo llevará su vida a integrar Portugal.
—Podría haberlo hecho mi marido, insisto.
—Don Enrique no tiene la legitimidad dinástica de su familia, Juana. Solo la mitad de su sangre es real. Sin embargo, la del pequeño Juan es doble por vía paterna y materna. Y, a su vez, es doble por vía materna, por abuelo y abuela.
—Reconocéis en él la herencia de mis ancestros y la mía propia. Me alegra oír eso, don Pedro.
—El fruto de vuestra unión con don Enrique será quien logre el objetivo templario y hospitalario. Será el pequeño infante, o su hijo, o el hijo de su hijo. Este grial se encargará de que se convierta en realidad, de que un monarca de nombre Juan gobierne ese gran reino cristiano de Occidente.
—Está bien. Vayamos a lo terrenal. Quiero su compromiso para ayudarnos a ocupar el trono castellano. Usted tiene las llaves de Francia, de nuevo. Ábranos la posibilidad de un ejército nuevo y más grande al servicio de mi esposo.
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—Si obtiene mi ayuda, a cambio, la Corona de Castilla será fiel a nuestra cruzada, a nuestros objetivos. Facilitará el asentamiento de los hospitalarios en sus reinos y la consolidación de los Luna en los poderes civil y eclesiástico.
—Creo que nuestra alianza será provechosa. Veremos si también se convierte en amistad, don Pedro.
—Usted y yo somos muy parecidos, doña Juana. Caminamos con determinación hacia el objetivo invariable que marcamos. Y ahora tenemos el mismo. La amistad surgirá de forma irremediable.
—Eso espero.
Don Pedro se acercó hacia el infante. Pronunció una pequeña oración en latín y puso el grial entre sus manos. El niño, aún desconcertado, agarró el cáliz por la base de oro. Antes de que hiciera nada con él, el religioso corrigió sus manos y las llevó al cuenco tallado en piedra de calcedonia. Miró a los ojos del infante y le hizo apretar todavía más sus dedos contra el frío cáliz. Entonces, lo condujo hacia la boca del futuro monarca.
—Bebed el vino y la sangre de Cristo de la misma copa que el Señor lo hizo. Bebed y adquiriréis la legitimidad divina para reinar sobre la tierra. Bebed y adquiriréis el compromiso de servir a la Iglesia frente al infiel. —El pequeño Juan abrió sus labios e ingirió el contenido del grial—. Con este acto, Castilla y Occidente dan la bienvenida al hombre que facilitará la unión de los reinos peninsulares, en su persona o en las venideras.
Doña Juana no perdió un detalle de la pequeña ceremonia. Cuando concluyó, se acercó a don Pedro para hablarle de forma más personal.
—Llegados a este punto, una pequeña duda asalta mi discreto entendimiento. Solo mi hijo ha cogido entre sus manos el verdadero cuenco en el que se vertió la sangre de nuestro Señor. Si el rey de Aragón o el de Francia, o quien sea, quiere sujetarlo también con sus propias manos, se mezclarán con el destino reservado a mi hijo.
—Veo que ya ha hecho suyo el mensaje del grial, señora.
—Así es —contestó con ironía la reina—. ¿No cree que sería mejor que existieran unas asas de metal para coger la copa sin tocar el cuenco verdadero de Cristo? Si algún poder tiene, no sería bueno repartirlo por ahí a diestro y siniestro.
—Lo que toque Juan que no lo toque nadie. —Una leve sonrisa se dibujó en el rostro del aragonés—. El peor de los castigos caerá sobre aquel que ose beber de este cáliz sin el ofrecimiento de quien lo custodie.
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La furia divina se abatirá sobre él, sea rey o mendigo. Y para asegurarme de que nadie manosee el cuenco, yo mismo encargaré unas preciosas asetas por donde se sujetará la reliquia.
—Creo que sería interesante que no trascendiera esta reunión.
—Sólo usted y yo conocemos lo que hoy ha ocurrido aquí. Nadie más debe saberlo, al menos, de momento. Ahora necesitamos también la complicidad de su esposo. ¿Cree doña Juana que la conseguirá?
—La tiene y la tendrá. Pero esta ceremonia no ha acabado de resolver mi duda inicial. ¿Por qué es tan importante el nombre de mi hijo para ustedes?
Zaragoza
Media tarde
Sor Lucía caminaba tranquila por la estrecha calle de los Cesteros. Los artesanos, tras la jornada de trabajo, aprovechaban la luz menguante de la tarde para sentarse a las puertas de sus negocios y compartir historias burlonas.
El paso de la monja entre aquellas cestas y sillas de mimbre levantó la mirada curiosa de sus fabricantes. No era habitual la visita de religiosas a esas horas del día. Sin embargo, sor Lucía andaba erguida, segura, estirada, con pasos cortos y lentos. Dominaba la situación y, a su paso, hacía agachar la cabeza a aquellos hombres rudos.
Al llegar al final de la calle, antes del cruce, a la derecha, sobresalía con intensidad el rumor bullicioso de la taberna de José. Era la única información que había podido obtener del cura de Santa María Magdalena, el bueno de don Pablo. Llegaba sin ninguna esperanza, aunque había aprendido que la mejor forma de obtener resultados era estar atenta a cualquier pequeño detalle.
Ya desde la calle olía a alcohol. Se armó de paciencia, subió el peldaño de piedra y entró en la taberna. El ruido se apagó al instante, casi por completo. Algunos campesinos del fondo, con vasos de vino en la mano, alzaban la voz ajenos a la presencia de la monja. Uno de ellos arrastró la
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silla hacia atrás y se puso en pie para brindar. Al darse cuenta del silencio del resto de la taberna, miró alrededor y descubrió la presencia del hábito de la clarisa. Bajó su brazo, dejó el vaso sobre la mesa, derramó algo de vino y se quedó callado.
—Prosigan con sus quehaceres, señores, prosigan.
El tono irónico de sor Lucía tampoco devolvió la normalidad al local. A esas horas de la tarde, artesanos de toda índole se citaban allí para ahogar su cansancio en vino. No era habitual, por no decir casi imposible, compartir el espacio con una religiosa.
Al acercarse a la barra, una de las mujeres que servía las mesas apartó de forma abrupta a tres canteros con las manos aún llenas de polvo que obstaculizaban el paso.
—Gracias, muchacha. Querría hablar con el dueño.
—Por supuesto, hermana. Ahora voy a llamarlo. ¿Quiere que, mientras espera, mi compañera le sirva algo?
—No, gracias.
La joven, que vestía con un delantal atado a la cintura y los hombros al aire, se dirigió hacia la puerta del fondo, que daba acceso a la cocina.
—¡Bonita sotana, hermana!
Una voz grave y algo temblorosa rompió el silencio. Las risas se repartieron por toda la taberna de forma discreta.
—Si vistiera sotana, no creo que le agradara saber lo que llevo debajo
—contestó la monja sin inmutarse.
La explosión de carcajadas, esta vez sí, rebotó por las paredes. Fue motivo para destensar la situación y que cada uno volviese sobre sus asuntos. El vino comenzó a llenar las gargantas y a derramarse, de nuevo, en el suelo. El griterío se extendió tan rápido como había desaparecido y las mesoneras volvían a correr de mesa en mesa cargadas con jarras, a la vez que esquivaban alguna que otra mano en busca de su cuerpo.
—Buenos días, hermana. Creo que pregunta por mí —indicó el tabernero.
—Buenas tardes. Imagino que es usted José, dueño de este local. —Así es. ¿Qué se le ofrece?
—Me gustaría hacerle algunas preguntas acerca de un cliente suyo. —¿Acaso ha pecado y le quiere reprender? —Una sonrisa aparatosa
inundó el rostro del tabernero.
—Quizás algo peor. No quisiera estar en su piel.
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José le hizo un gesto para que lo acompañase y se dirigieron hacia el fondo del local. A la derecha, en un quiebro de la pared, escondida de la vista de la mayor parte de los clientes, había una mesa pequeña, similar a las del resto de la taberna pero recortada en un extremo para que cupiese en aquel hueco. Ambos tomaron asiento en silencio.
—Bien, hermana, dígame. ¿De quién se trata?
—Bueno, eso es lo que quiero que me diga usted. No hace mucho, hubo una pelea entre dos hombres. Uno de ellos era de complexión fuerte, moreno, habitual en su local. Se le ha visto a menudo acompañado de una joven también morena, no muy alta, bien vestida, perteneciente al servicio de los reyes en la Aljafería.
—Déjeme pensar. Aquí hay peleas casi todos los días.
—Estoy segura de haberle dado datos más que de sobra para refrescar su memoria. —La monja tenía un gesto serio. No estaba para bromas—. Necesito saber su nombre y domicilio. No me haga perder el tiempo.
—Para ser una monja, tiene unas formas algo ásperas.
—No se confunda al ver mis hábitos. No estoy aquí para rezar. —Sor Lucía guardó un breve silencio—. Seguro que ya ha recordado algo de la persona que busco.
—Quizás se refiera a don Jaime. Aunque no lo he visto con la mujer a la que se refiere, es cierto que habla a menudo sobre ella.
—¿Qué dice de la joven?
—Como comprenderá, barbaridades de un buscavidas. No parece respetar mucho a esa joven. Tanto por cómo la trata como por lo que cuenta de sus intimidades. No es el tipo de hombre que me gusta tener en mi local, pero por desgracia, es un cliente que gasta bastante.
—¿Dónde puedo encontrarlo?
—Creo que vive en el barrio de Cinegia, por la zona de la Calderería. Si no recuerdo mal, dijo tener una habitación amplia en un primer piso cuyo bajo era una tienda taller. Siempre se queja de que no lo dejan dormir por la mañana.
—¿Sabe si vive solo?
—Creo que sí. Nunca ha comentado que tenga familiares a su cargo. La verdad es que tampoco se le conoce oficio. Ya le he dicho antes que es un joven de bien vivir, por decirlo de alguna forma. Habla a menudo de mujeres y de viajes, así que, usted se puede imaginar.
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—Bueno, ha sido más fácil de lo que creía. Parece que al tal don Jaime no le gusta pasar desapercibido.
La monja se levantó de la mesa, estiró sus hábitos y retrocedió un paso. El tabernero se incorporó de forma apresurada e intentó corresponder con educación a la religiosa.
—Muchas gracias, José. Ha sido de gran ayuda.
—Espero que encuentre a don Jaime.
—En realidad, no es él quien me preocupa, es la joven de la que le he hablado.
—Tenga cuidado, hermana. Ese hombre no es trigo limpio.
ENTREVISTA
No imaginen cosas raras. Yo sigo aquí, en Zaragoza. Pongo a buen recaudo el honor y el nombre de mi señora. Aunque ella solo se haya ausentado unas jornadas, debo estar muy atenta por los movimientos constantes del rey de Aragón y del de Castilla. Debo ser los ojos y los oídos de doña Juana, porque los nobles que militan en el bando de don Enrique siguen asustados. Cualquier noticia que llega de una u otra parte los pone en alerta y son muy capaces de traicionar por casi nada. Tengo que estar pendiente hasta de lo más mínimo.
Cuando una busca, siempre encuentra. A lo mejor, no lo que esperaba, pero nunca se vuelve a casa de vacío. ¡Y eso que esta ciudad es ágil y poco dada a los corrillos de alcahuetas! Será el frío del Ebro. Pero como ocurre en cualquier población, se mueven más secretos de los que piensan. No son historias de alcoba, para nada. O mejor dicho, no son solo de eso. Bueno, esas me encantan, pero doña Juana quiere algo más. Así que suelo pisar mercados e iglesias para empaparme de cualquier chisme.
La gente no acostumbra a hablar mucho de lo que ocurre en los aposentos, la verdad. ¡Quizás tienen algo que esconder! Como ya les comenté, la mayoría piensa que puede hacer de su intimidad lo que le place, pero nunca lo darán a conocer. Sí, es verdad, es más común de lo que a la Iglesia le gustaría, aunque tampoco Sodoma y Gomorra, no se vayan a pensar. Los curas aconsejan no tener sexo fuera del matrimonio,
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pero el deseo es algo irrefrenable. No se puede hacer esto, tampoco lo otro, mucho menos lo de más allá. Demasiada prohibición.
A la hora de la verdad, unas y otros hemos encontrado la forma de vivir al margen del púlpito. Eso, en la capital del reino, lejos de los campos de batalla, suele ser habitual. Pero en zona fronteriza, mejor ni pensarlo. Que sí, que sí, que la Iglesia prohíbe hasta tocarse, pero cuando la muerte está tan cerca y el hambre, tan presente, cada día es una bendición que hay que disfrutar de la mejor manera posible.
Yo tengo una amiga, no les diré su nombre, pero sí que pertenece a la nobleza, a la que le gusta no ajustarse a las normas morales, por decirlo de alguna forma. Siempre en privado, con discreción absoluta. Un día nos encontramos cerca de la seo. Como la vi con ganas de hablar, la invité a caminar junto al río. Sin darnos cuenta, o mejor dicho, con toda la intención del mundo, acabamos por chismotear sobre sexo. Así que, le dije: «¿No habrás probado ya la famosa fornicación interfemoral?». Imagínense las risas. Y su contestación ni siquiera me alteró: «No me digas que aún no la has disfrutado tú».
La primera vez que oí algo sobre la famosa fornicación interfemoral fue hace unos días, en el sermón vespertino en San Gil Abad. ¡Sospechen la vergüenza que pasé después, al indagar sobre el tema! Total, que el pecado al que se refería el cura no era ni más ni menos que yacer con un hombre sin que este entre dentro de la mujer y que todo el juego se haga entre las piernas. ¿Para eso tanto revuelo? Algunos religiosos están obsesionados con la procreación, de verdad. Para ellos, todo lo que suponga que la semillita del hombre no acabe dentro de la mujer es pecado. ¡Madre mía! ¿Les digo lo que piensa la gente? Nadie hace caso.
Huelga que les confirme que mi amiga lo había practicado. De igual manera me dijo que se quedaba con la fornicación tradicional. Menudas risas nos echamos.
Aún pensarán si yo lo he practicado. Se van a quedar con las ganas. Me temo que por hoy es suficiente chismoteo. Para compensarles, prometo contar el próximo día algo que sí hago y que la Iglesia castiga. ¡Cómo no!
19 de abril
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Amanecer
La claridad del alba dejaba entrever el lento despertar de los colores en San Juan de la Peña. Apenas unos grados sobre cero endurecían la escarcha que rodeaba el muro exterior del monasterio. La jornada se preveía con sol, con una temperatura agradable para el largo viaje que don Enrique y don Pedro iban a iniciar.
En la puerta del monasterio se personaron la reina, su hijo y don Juan de Luna, vestidos con ropa de abrigo. Doña Juana no había pegado ojo durante la noche. Estaba nerviosa. Por segunda vez iba a perder a su marido en dirección a Francia. Aceptaba con estoicismo sus ausencias, la guerra, el temor de la derrota, pero no se acostumbraba a verlo partir. El tiempo los había unido más allá de la carne. Maldecía tener que decir adiós. Odiaba la incertidumbre de su regreso.
Para don Enrique, el tiempo volaba a la misma velocidad que crecía el peligro. No había podido disfrutar de su familia lo que él hubiera deseado, pero temía el ataque de los soldados enviados por el Príncipe Negro. Era conocedor de su presencia en Zaragoza, de lo que dedujo que podrían alcanzar San Juan de la Peña antes de su partida. Esa circunstancia rodó por su cabeza desde que entró en la alcoba y ya no le dejó dormir. Mantuvo la espada cerca de su mano y, al final, decidió adelantar unas horas la marcha.
Con el objetivo de acelerar el paso de los Pirineos, decidieron prescindir del animal de carga y disponer tan solo dos caballos con lo justo y necesario para llegar a tierras francesas. Junto al rey cabalgaría don Pedro, experto jinete y buen conocedor del paso a través de Jaca. Habían pensado pasar la noche en Oloron Sainte Marie, donde el religioso tenía relación con el deán de la catedral. Una vez a salvo, marcharían hacia Foix, cuyo señor era aliado de la corte papal de Aviñón. Desde la seguridad de dicho castillo, emprenderían el viaje que los llevaría primero a la corte papal y, más tarde, a París.
—Ten cuidado, padre. Queremos verte pronto.
Don Enrique apretó bien la cincha de la silla, dio dos palmadas en la pata trasera del caballo y se giró hacia su hijo. Lo miró en silencio y se acercó aún más hasta él. Puso su rodilla en el suelo, cogió de la mano al joven Juan y ancló sus ojos en los del infante.
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—Volveré. Y cuando regrese, no tendrás que despedirte más de mí. Espérame junto a tu madre, cuida de ella, estudia, prepárate en el manejo de la espada y reza por tu padre. Reza para que el ejército que me siga sea tan grande que se nos abra Castilla de par en par.
Una pequeña lágrima corrió muda por la mejilla del infante. Durante unos segundos, los dos estuvieron quietos, inmóviles, como si no se atreviesen a poner fin a la despedida. En ese instante, la mano de la reina empujó con suavidad y discreción a su hijo. Este, como si de una explosión se tratase, se lanzó al cuello de su padre y lo abrazó con todas sus fuerzas.
—No temas por mí, hijo. Me marcho por vosotros, para que el día de mañana tú ocupes también el lugar que te corresponde. —El silencio se hizo de nuevo entre los dos mientras seguían abrazados. Entonces, se acercó todavía más al oído y le susurró—: Tu padre te quiere más que a nada en este mundo. Nunca lo olvides. Siempre estaré aquí para protegerte.
—Don Enrique, debemos partir ya, antes de que el día se nos eche
encima —interrumpió don Pedro de Luna—. Cuanto antes salgamos, antes se pondrá a salvo.
El rey se levantó, caminó hasta su esposa y la miró mientras le cogía las dos manos. Había sido mucho más que una reina consorte. Era la única persona en la que confiaba. No solo la respetaba, sino que admiraba su inteligencia, su voluntad, su determinación. Comenzó como una joven alianza para transformarse en una relación de amor. La dureza de las pruebas a las que se habían enfrentado juntos no evitó que fueran amantes, primero, y compañeros en la lucha, después. De nuevo debía abandonarla para adentrarse en territorio francés y no había otra persona en la que más confiase su causa que en ella.
—Volveré para cumplir nuestro sueño. La corona de Castilla será para ti y para mí, como el resto de nuestras vidas. —Don Enrique se fundió en un intenso beso con doña Juana. Un beso eterno, lleno de calor, en el que los labios de ambos se amalgamaron en uno solo para transmitir en el recuerdo el deseo llameante que los fundía—. Cuida del pequeño Juan y mantén viva la tensión de nuestra empresa entre quienes nos apoyan.
—Descuida. Ya sabes que Juana Manuel, hija de don Juan Manuel, es la única reina capaz de someter a la nobleza y de animar a nuestras huestes
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en tu ausencia. Marchad tranquilo, yo reforzaré nuestro bando frente a vuestro hermanastro.
—Siento interrumpir de nuevo, majestad, pero no podemos esperar más. —Don Pedro hizo un gesto hacia el interior del monasterio con la mano derecha—. Durante el viaje nos acompañarán dos caballeros hospitalarios encargados de la protección del grial. Cualquier prevención es poca.
—Disculpe, don Pedro —interrumpió la reina—, ¿desde cuándo se encuentran en el monasterio estos caballeros?
—Como le decía, forman parte de la orden y han sido enviados para reforzar su seguridad después de que mi hermano me pidiera ayuda para la huida de su esposo.
—¿Nos han seguido y vigilado desde Zaragoza?
—Así es. Les encargué personalmente que no les ocurriera nada a ninguno de los tres. Pero nadie conoce su existencia, salvo usted ahora.
—¿Cuántas cosas más nos oculta?
El religioso sonrió de forma irónica y se dirigió al caballo. Antes, se acercó a su hermano, le puso la mano en el hombro y le entregó una pequeña carta lacrada.
—Juan, entrégasela al rey de Aragón. Contamos con su apoyo para que los Luna, a través de ti, se instalen también en Castilla.
—Descuidad, nada me desviará de nuestros objetivos.
Al momento, aparecieron en sus caballos dos jinetes con túnica negra, cota de malla alrededor del cuello y cinturón de cuero portando espada. En el pecho, una cruz hospitalaria no dejaba lugar a dudas.
Al verlos, don Enrique y don Pedro subieron a sus caballos, tensaron las riendas y comenzaron a trotar en dirección a Jaca. Llevaban al menos un día de ventaja a los hombres del Príncipe Negro, salvo que hubieran partido ya de Zaragoza.
Mediodía
Los cuatro jinetes cabalgaban de forma ligera, aunque sin apretar a los caballos para no agotarlos antes de tiempo. Don Pedro recomendó realizar una parada para repostar en la pequeña aldea de Villanúa, que pertenecía al
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señorío de la familia. Se apostaron en una venta, junto al río Aragón, mientras los animales saciaban su sed en la orilla. Apenas llevaban dos horas y media a caballo. El resto de la jornada lo dedicarían a subir por el paso de Somport y querían encararlo con los animales en plenas condiciones.
Don Enrique y don Pedro se sentaron a una mesa, junto a la ventana. Los dos caballeros que los acompañaban permanecieron fuera para vigilar la entrada. Buscaron un sitio discreto, escondido entre los troncos de dos grandes árboles, se separaron unos metros y, con la mano en la empuñadura de sus espadas, observaban los alrededores de la casa.
Apenas habían podido beber media jarra de vino aguado cuando escucharon el relinchar de los caballos, seguido de fuertes voces de los soldados que esperaban en el exterior.
—¡Al suelo, don Pedro!
El rey trató de reaccionar rápido para proteger al religioso. Levantó la mesa para apoyarla sobre la ventana y se acercó hacia su compañero. Pese a la acción, no pudo evitar que una flecha se colara junto al marco hasta clavarse en el poste de madera que sujetaba parte de la escalera. En el exterior, otra saeta negra logró impactar en el muslo de uno de los caballeros.
—Son los hombres del Príncipe Negro. Quédese aquí dentro y no se
acerque a las ventanas —susurró don Enrique antes de correr hacia la puerta.
—El señor me hizo no temer a la muerte. Tranquilo.
Los dos soldados ingleses arrojaron los arcos al suelo y, espada en mano, se abalanzaron sobre los hospitalarios. Iban uniformados para el combate. A la cota de malla sumaron placas en pecho y espalda como armadura, lo que hacía que sus movimientos fueran más pesados que los de los aragoneses. Para soportar la malla de metal, una túnica de manga larga ajedrezada en rojo y azul cubría sus cuerpos hasta las rodillas.
—¡Atacad sobre las piernas! —gritó el rey mientras corría hacia la posición de los soldados—. ¡Descargad la espada en muslos y rodillas!
El caballero herido repelió la primera carga del soldado inglés. Este se revolvió sobre sí mismo para descargar de nuevo su arma, a la vez que el hospitalario dirigió la espada hacia el muslo. Los hombres del Príncipe Negro no habían colocado grebas en las piernas para agilizar los
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movimientos, lo que las convertía en la parte más vulnerable de sus cuerpos.
El filo del caballero penetró en la carne inglesa hasta desgarrar los músculos. Antes de caer al suelo, la punta de la espada negra se introdujo en el pecho del monje guerrero hasta traspasarlo y tocar tierra.
Postrado de rodillas, apoyado en la empuñadura, no se percató de la llegada del rey. Don Enrique, lleno de rabia por la aún cercana derrota de Nájera, lanzó con fuerza el brazo que sujetaba su arma para atravesar el pecho del soldado desde la espalda. Miró cómo su cabeza se vencía hacia delante y empujó el cuerpo de una patada mientras la espada quedaba liberada, goteando sangre.
Entretanto, don Pedro, que había salido de la venta, soltó a un perro que ladraba en el exterior. El animal salió disparado hacia el soldado inglés, que luchaba a muerte con el otro hospitalario. El atacante se percató de la llegada del can y apuntó su arma contra él. Cuando el perro se abalanzó, al soldado le dio tiempo a herir la pata trasera del animal y zafarse del golpe. Fue un instante, pero suficiente para que el caballero hospitalario aprovechase la ocasión. Hincó en tierra su rodilla y lanzó el filo de la espada a la parte trasera de las piernas del inglés. El corte de ambos gemelos produjo un alarido desgarrador y llevó al suelo al guerrero. Don Enrique, que ya se había incorporado, cercenó la cabeza del atacante. Un río de sangre brotó del cuello seccionado mientras el cuerpo se desplomaba sobre la tierra húmeda de los Pirineos.
—Dios los tenga en su gloria. Nosotros no nos apiadaremos de sus
almas —sentenció don Pedro.
—Rezad por el hospitalario. Esperemos que su pérdida no sea en balde
—respondió el monarca—. Y cubramos nuestras espaldas. No sé si esto ha acabado.
ENTREVISTA
Igual piensan que mi relación con el caballero Artal es bucólica, muy al estilo de hazañas épicas con amores platónicos. Pues no. Nada de eso. Es una relación tensa, donde me respeta más bien poco, en la que impone su
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criterio cada dos por tres, donde el sexo es mediocre pero siempre está presente en su cabeza.
Y se preguntarán ustedes por qué sigo con él. Pues, la verdad, no lo sé. En más de una ocasión nos hemos distanciado, pero él acaba de rodillas y con lágrimas en los ojos para que volvamos a vernos. Yo le creo, pero no cambia nada. O sí. Hay avances tan pequeños que me hacen pensar en que va a mejor. ¿Se lo creen? Pues yo tampoco. Aunque eso lo digo ahora porque estoy enfadada, pero luego claudico y me miento a mí misma con su carácter.
Quizás estemos hechos el uno para el otro y solo seamos una de esas parejas extrañas pero inseparables. Prefiero creer eso, soy así.
Les voy a confesar que cuando más me dispara la libido es esas dos veces al año en que se viste de caballero. Un ritual ya casposo y algo trasnochado, pero les gusta tanto aparentar que lo mantienen unos pocos rancios. Me refiero al Alarde. Sí, cuando por marzo y septiembre salen fuera de la muralla con caballo, armadura y espada, como para ir a la guerra. Antes, eso servía para que los funcionarios del rey comprobasen que eran lo que decían ser, caballeros. Se ve que alguno se hacía pasar por ellos para quedar libre de impuestos o para acceder a empleos en los concejos e incluso en las alcaldías. Pero la picaresca se ha trasladado ya a otras cosas.
Cuando sale así vestido, me gusta. Es la verdad. Me encanta verlo uniformado, guerrero, rodeado de una valentía que a diario sé que no tiene. Ese día suele haber más que risas en su alcoba. La noche se convierte en una guerra en la que sudamos, nos retorcemos, nos imponemos y explotamos varias veces. Y paro ya, que esto se me va de las manos.
Luego llega el día a día, el momento en el que tiene que ser un verdadero caballero, pero no es más que un pusilánime.
Sobremesa
Los tres viajeros se recuperaron en casa del maestre, representante de la familia Luna en el pueblo. Curaron las heridas más graves y cogieron a toda prisa un poco de carne para el camino. No quisieron probar bocado ni
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tampoco hablar mucho. La muerte de uno de los caballeros de la Orden de San Juan los había pillado por sorpresa.
Al terminar de reponerse, azuzados por el rey, recogieron lo poco que portaban, llenaron sus jubones de botas de piel con agua y se apresuraron a montar los caballos y partir hacia Francia.
—Denle cristiana sepultura al caballero. Ha dado su vida por nosotros
—afirmó don Pedro mientras entregaba una pequeña bolsita con algo de dinero al representante de la familia—. No han de temer que vuelvan más soldados por la zona. Nos siguen a nosotros y no buscan someter poblaciones.
—Muchas gracias, señor Luna. Y descuide, cumpliremos sus deseos.
El primero en montar a caballo fue don Enrique. Tenía prisa por partir.
No se sentía seguro.
—No podemos perder ni un minuto más, don Pedro. No sabemos si el Príncipe Negro ha mandado más soldados suyos a darnos caza. Cuanto antes lleguemos a suelo galo, antes esquivaremos el peligro de nuevos mercenarios. Solo les valen nuestras cabezas, a las que habrán puesto, seguro, buen precio.
—Avancemos con ligereza, aunque sea entre montañas, para cruzar los Pirineos antes de que anochezca. Espero que Dios nos proteja, don Enrique.
ENTREVISTA
No me lo puedo creer. ¿Me han seguido por todo el patio para que hiciera también hoy una entrevista? Me da que, más que en doña Juana, están interesados en saber de mi vida y de mis intimidades.
Hoy regresa la señora. Debo preparar su llegada. Imagino que tanto ella como el infante don Juan estarán agotados por el viaje a caballo.
Hay que ver cómo cuida la reina a su hijo. A veces siento cierta envidia del pequeño. ¡Ojalá hubiera disfrutado yo de la atención de mi madre de esa forma! ¿Me ayudará el Señor a ser madre?
Bueno, no tengo mucho tiempo para dedicarles hoy. Tendrán que esperar a mañana para que cuente ese pecado prohibido que les adelanté. Y
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sí, tras hablar con mi amiga practiqué la fornicación interfemoral con Artal. Nada del otro mundo.
Atardecer
Sor Lucía había cumplido con sus tareas monacales durante la mañana. Su especial función dentro de la orden le permitía estar menos comprometida con las reglas, las tareas y los oficios exigidos al resto de clarisas. No obstante, ella procuraba cumplir con la mayor parte de las obligaciones, por convicción propia y por dar ejemplo al resto de hermanas.
Una vez concluidas las oraciones privadas en su celda, partió en dirección al barrio de Cinegia. Como tenía tiempo de sobra, decidió dar un rodeo hasta la Puerta Nueva y encarar la entrada al barrio por la calle de Azoque. Evitó a propósito andar por el Coso de Sogueros, que la obligaba después a cruzar toda la morería. No le molestaba en absoluto el barrio, pero odiaba el intenso olor de las especies a esa hora del día.
Cuando llegó a la Calderería, comenzó a prestar atención casa por casa para localizar el lugar donde vivía el joven amigo de Jimena. No le costó mucho encontrarlo. La tienda que albergaba la planta baja destinada a utensilios de metal era el único comercio del entorno y volcaba su producto sobre la calle de tierra y gravilla. Era una casa bien cuidada, con vigas de madera al exterior. Un edificio característico de artesanos que no pasaban escaseces.
—Buenas tardes, buen hombre. ¿Podría atenderme un segundo? —Buenas, hermana. Por supuesto. ¿Necesitan algún caldero en el
monasterio? Los tengo a muy buen precio.
—No, no. Gracias. Solo quería hablar con usted.
—Aquí estoy también para lo que desee, hermana.
La monja pasó dentro del local, agarrando la falda de su hábito para que no se enganchara con los recipientes y las herramientas de metal amontonados en cada rincón. Con cuidado, se acercó hasta el tendero.
—Soy sor Lucía de Ribera, monja clarisa. Resido de forma temporal en el convento de Zaragoza. La reina de Castilla, doña Juana Manuel, me ha encargado que averigüe el paradero de una de sus doncellas, de nombre Jimena. Hace ya algunas noches que no ha regresado a palacio.
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—Entiendo, hermana. Pero ¿en qué puedo ayudarla?
—Al parecer, la muchacha tonteaba, por decirlo de alguna manera, con un joven que vive aquí mismo, encima de su tienda. Quería saber si lo había visto en los últimos días.
—Pues no. Don Jaime me paga una pensión por el uso de la primera planta. Apenas hay dos alcobas y una gran sala común, pero como vive solo, le es suficiente. Eso sí, hace ya dos o tres días que no lo he visto entrar ni salir. —El tendero se detuvo un instante y caminó hacia la puerta—. La verdad es que no me había preocupado mucho porque también se ha ausentado en otras ocasiones, pero siempre vuelve y me paga.
—¿Le importaría si pudiéramos comprobar que no está en la casa? Es trascendental que pueda hablar con él.
—Por supuesto que no. Déjeme que coja la llave y la acompaño arriba. Ambos penetraron hasta el fondo de la tienda, donde una pequeña puerta comunicaba con la escalera que ascendía hasta el primer piso. Al llegar arriba, el tendero introdujo la llave y abrió con cuidado, por si don Jaime se encontraba dentro. No se oyó nada. Apenas un pequeño olor les molestaba al respirar. Al fondo se veía la ventana que daba a la calle y la gran sala que hacía las veces de comedor. Antes, a uno y otro lado, sendas alcobas. Se asomaron a la de la derecha, la más pequeña, y la encontraron vacía. Al asomarse a la de la izquierda, el tendero tuvo que apoyarse en el
marco de la puerta y, tras unos segundos, retrocedió sobre sus pasos. —¡Dios mío! —lamentó el dueño mientras se llevaba la mano a la
nariz.
—Ave María purísima.
La monja no dio un paso atrás. Avanzó hacia la cama y observó con una mezcla de sorpresa, repugnancia y rabia aquella escena. Extrajo de sus hábitos un pañuelo y se tapó la boca y la nariz. El olor aún no era intenso, pero la cercanía del cadáver lo hacía incómodo para respirar.
Tumbado sobre la cama, bocarriba, se encontraba el cuerpo desnudo de la joven Jimena. Piernas separadas, brazos abiertos, con la cabeza un poco ladeada y echada hacia atrás y el pelo revuelto. Ni una gota de sangre sobre la cama. Los ojos permanecían abiertos, al igual que la boca. Las moscas se agolpaban alrededor de los orificios de la cara en una imagen que no pudo soportar el tendero, quien de nuevo salió de la alcoba para vomitar.
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La monja cogió una pequeña vara que había en el suelo y se acercó todavía más hasta el cuerpo sin vida de la doncella. Pudo observarlo lleno de magulladuras y moratones, a pesar de que ya había perdido el sonrosado y característico color de la piel. Miró con minuciosidad la escena, desde los pies de la cama hasta el cabezal. Subía poco a poco a la vez que grababa en su cabeza algunos datos significativos. En los pechos de la joven podía distinguirse el dibujo de las manos y los dedos en forma de moratones. Cuando llegó al cuello, se detuvo.
—Esta mujer ha sido estrangulada. No hay ninguna duda —comentó
sor Lucía en voz alta para sí misma—. No debió de ser algo rápido. Ojos rojos, hundimiento del cuello, boca abierta. Está clarísimo.
La monja agitó el brazo para espantar a las moscas que aún revoloteaban alrededor de la cara de Jimena. Con un extremo del palo, separó el pelo de la joven y observó el cuero cabelludo. Encontró los pequeños puntos rojos que buscaba para confirmar el estrangulamiento. Después, soltó el palo y se dio la vuelta. A su alrededor pudo encontrar la ropa de la joven desperdigada por la alcoba. Avanzó hacia la ventana, se apoyó en la silla de madera, dobló sus rodillas hasta el suelo y agarró una prenda femenina que había tirada. Al estirar de ella, un ruido metálico llamó la atención de la monja. Era una daga. La recogió, se puso en pie, la miró con detenimiento y se la guardó entre los hábitos.
—Perdone, ¿está usted bien? ¿Se ha recuperado ya? Debemos avisar de inmediato a los soldados del rey y al alcaide. Hay que dar cristiana sepultura a esta mujer y avisar a la reina Juana.
—Sí, por supuesto, hermana —contestó a duras penas el propietario. —Ahora, lo más importante es que el alma de esta mujer descanse en
paz y que quienes la buscaban sean conocedoras de lo sucedido. De encontrar al asesino ya me encargaré yo, con la ayuda de Dios.
Zaragoza. 20 de abril
Al alba
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La primera claridad del día dibujó la silueta de doña Juana en su habitación. El frescor de esa mañana aventuraba una jornada cálida, alegre, de las que llenaban el entorno de la seo de algarabía y vitalidad. Aunque la reina estaba cómoda en la Aljafería, agasajada por su anfitrión, su mente no paraba de dar vueltas. Era activa. No podía permanecer sin hacer nada mientras su marido viajaba por Francia para recabar apoyos. Desde que llegara del corto viaje a San Juan de la Peña, había pensado una estrategia diplomática para reagrupar al bando castellano que apoyaba a don Enrique.
El día anterior supo de la llegada de uno de los informadores del rey aragonés. Sin pensarlo dos veces, dispuso con su doncella una entrevista para obtener información de primera mano.
Antes de partir hacia la cita, que tendría lugar en el centro de la ciudad, se dispuso a tomar un baño perfumado. La reina había heredado de su padre el gusto por el agua. Era una obligación no muy común que la diferenciaba del resto de damas de la corte. Cuando el frío del invierno arreciaba, recordaba las palabras de su progenitor: «Ser limpio implica mostrarse limpio y, por tanto, debes manifestarte como tal».
Para doña Juana, el aseo personal no era solo una cuestión de higiene. Era una forma de vivir y pensar. El cuidado de su cuerpo y de su imagen comportaba disciplina, emanaba orden. Ella era consciente de que ese pensamiento llegaba a quienes la observaban, por eso lo potenciaba. Cuanto más lo ponía en práctica, más respeto se granjeaba.
No soportaba la mala costumbre, demasiado extendida en su opinión, de camuflar el olor corporal y la suciedad con lo que ella llamaba el aseo seco. Las mujeres usaban perfumes intensos y ungüentos varios para limpiar el cuerpo. Sin agua. Odiaba que solo la utilizasen para la cara y las manos. Prefería la naturalidad de un cuerpo que la mentira de las fragancias. Por suerte para ella, apenas quedaban un par de semanas para que el buen tiempo generalizase el baño. Mayo no solo era el mes de las flores.
Después del aseo, en el que prefería que no estuviera presente su doncella, comenzaba la tarea diaria de los vestidos. Era presumida. Le gustaba causar buena impresión, sobre todo, tras su viaje por Francia. Desde entonces, había adoptado con alegría la nueva moda de los tejidos ajustados y abotonados.
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Su piel estaba suave, recién lavada con agua tibia y cubierta con una fina película de aceite corporal. Con tranquilidad, dejó sobre la cama una tela amplia y gruesa con la que se había secado. Su cuerpo maduro, en la mitad de la treintena, quedó al desnudo. No le importaba. La actividad diaria y su propia constitución se reflejaban en el terso, firme y silueteado atractivo físico. Era consciente. La hacía sentirse fuerte y segura.
Cogió una camisola de lana y la vistió por la cabeza. Con una suavidad casi etérea, cubrió cada centímetro de su piel hasta los tobillos. Al trasluz de la ventana, la transparencia apenas disimulaba las curvas de su blanca piel.
—Mencía, por favor, ¿podéis ayudarme con el vestido?
Al momento, la doncella entró en la alcoba, cerró la puerta tras de sí, se dirigió a la cama y cogió el vestido que ya había preparado la reina. Para la ocasión, doña Juana dispuso un atuendo austero, oscuro, que transmitiera la seriedad que el encuentro requería. Mangas largas, con un ligero ensanche en las muñecas. La cintura elevada hasta la base del pecho y el cuello tan amplio que parecía disputar al hombro su desnudez.
En la corte aragonesa, la cofia aún estaba presente en gran parte de las mujeres. A doña Juana se le indigestaba usarla. Comprendía la rápida desaparición de la moda de llevarla con redecilla y rodete en la frente. Apenas unas pocas cortesanas de Barcelona la lucían, como un reducto rancio del sometimiento femenino, según lo describía, entre risas, al resto de la corte. Ella exhibía su cabello claro, de color miel, que disponía en diferentes recogidos según la ocasión.
—Por favor, alcanzadme el collar con el rombo de perlas. Quiero que mi cuello refleje la misma austeridad que mi vestido.
Mencía acercó la joya hasta el cuello de la reina. Con cuidado, colocó el cordón de oro con dos vueltas sobre la parte alta del escote y dejó el colgante centrado a media altura. Tan solo las perlas hacían gala de su posición social, pero lo compensaba con la austeridad decorativa de metal dorado.
—Estupendo. —La reina se levantó, estiró un poco el vestido y se giró sobre sí misma—. ¿Cómo me ves?
—La veo discreta, majestad. Creo que su interlocutor estará más pendiente de lo que dice que de lo que viste.
—Entonces, voy perfecta. Esa es la intención, Mencía.
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Doña Juana mandó ensillar su caballo. Después, tras recoger algunas cosas, salió de la alcoba, bajó hasta el patio de Santa Isabel y aceleró el paso para llegar al empedrado de la entrada. Allí la esperaba un soldado con dos caballos, el suyo y el de su doncella. Montó sin ayuda del soldado y, una vez las dos estuvieron listas, salieron al trote hacia la seo. El correo de Castilla merecía puntualidad.
Cruzaron la ciudad al trote mientras disfrutaban del despertar bullicioso de sus calles. Al llegar a la catedral, la reina indicó a Mencía que permaneciera fuera, junto al pórtico mayor. Doña Juana se adentró en el templo y caminó hacia la sacristía, donde había quedado con el soldado. El lugar de encuentro había sido elegido de forma personal por ella, que apreciaba la discreción de las paredes del templo, dominado por los Luna.
—Buenos días, mi reina.
—No lo son tanto como los que disfruta el Cruel. Espero que no por mucho tiempo. ¿Qué noticias me traes y qué has hablado con el rey de Aragón?
—A ambos les tenía que informar de la partida del hermanastro de don Enrique a Sevilla. Se ha alojado en el alcázar junto a María de Padilla.
—Retozando al calor del Guadalquivir. —Una sonora risa rebotó por las paredes de la sacristía—. ¿Acaso huye del Príncipe Negro?
—Me temo que sí, majestad.
—¡Explícate!
—Al parecer, el rey no tiene dinero para pagar los servicios del inglés y de su ejército, tal y como se comprometió a hacer antes de la batalla de Nájera. Los nobles que le apoyaban tampoco están dispuestos a financiar dichos dispendios y consideran que don Pedro negoció un precio muy alto por esos mercenarios.
—Maravillosas noticias. Los nobles y burgueses que lo rodean le dan la espalda. Es el momento de asestar un golpe definitivo. —La reina comenzó a andar alrededor de la mesa en silencio—. Quiero que lleves un mensaje a Juan Alfonso de Alburquerque.
—Dígame, señora.
—Comunícale que don Enrique va a disponer de un nuevo ejército con el apoyo explícito del rey de Francia. Necesito que reúna a los nobles que nos apoyan y que les transmita la necesidad de mantenernos unidos y de frenar cualquier iniciativa que, mientras tanto, tome el Cruel. Hay que ganar tiempo hasta la llegada de mi esposo.
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—Partiré dentro de dos días con dirección a Burgos.
—No. Preciso que transmita cuanto antes la disposición de don Enrique a continuar la guerra y a entablar nueva batalla. La nobleza debe saber que mi marido está vivo y con todas las posibilidades intactas para derrotar de forma definitiva al indigno que ahora se pasea por Sevilla. —La reina se acercó hasta la puerta para terminar la conversación—. Disponga de cuanto sea necesario para su marcha, incluido el cambio de caballo. Partirá al amanecer.
ENTREVISTA
No estoy de humor. El caballero Artal es una persona deleznable. Nada esperaba de él. Le falta valor, inteligencia y fidelidad. Su pelo rizado y ahuecado le da un aspecto afeminado. Machista, posesivo, con arrebatos de celos cuando nota que a mí me va bien. Creía que llegaríamos a ser una pareja, a casarnos, a pasar frente al altar mayor de la seo, pero no.
Todo sueños vacíos. Aún no sé cómo me he fiado de él. ¿Pueden creerse que ha roto conmigo por exigirle un futuro? Demasiadas horas ya, días incluso, que no sé nada. Le he entregado mi cuerpo, mi deseo, mi preocupación incluso. Pero es una persona egoísta.
Yo ya tengo una edad. Cerca de los treinta y no estoy casada. Sé que he dado mi vida al servicio de doña Juana, pero eso no significa que no pueda crear una familia. Sí, la quiero tener. Puedo parecer todo lo movida que quieran, pero deseo ser amada, tener un hijo, compartir momentos juntos. La mayoría de las mujeres que conozco, de mi edad, ya tienen pequeños a su alrededor. Y yo sigo vacía. Tengo la impresión de que no voy a llegar a tiempo para disfrutarlos. Además, ya se sabe, a más edad, mayor riesgo en el parto. ¡Ese pusilánime me ha robado una de mis últimas esperanzas!
Tengo parientes en la familia Martínez de Urrea que se casaron con catorce años. ¡Casi unas niñas! Sí, sí, ya sé que no es lo normal, pero no crean que anda muy lejos la media. Con la veintena ya están la mayoría colocadas. Fíjense en doña Juana, que se casó en Sevilla a los 17 años. No obstante, perseveraré en encontrar mi media naranja. Si no es el caballero Artal será otro.
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Eso sí, no me queda más remedio que faltar a la plegaria semanal del cura y su «honesta copulatio». Es decir, que tendré que buscar el disfrute sin estar casada. ¿Les he contado alguna vez cómo le gusta pecar a una amiga mía?
Mediodía
La mañana había sido larga para sor Lucía. Cuando al fin logró terminar sus tareas en el convento, se dirigió hacia la Aljafería. Sabía que doña Juana estaba ya de vuelta en palacio y creyó oportuno informarla cuanto antes.
Como era habitual en ella, se trasladó hasta la residencia real a pie. Le gustaba observar a la gente en su vida diaria. No obstante, esa mañana, su cabeza no paraba de dar vueltas a la muerte de la doncella. Caminaba sin mirar nada en concreto. Solo trataba de atar cabos en torno al asesinato de la joven.
Los soldados del rey de Aragón hicieron esperar a la monja en el patio de Santa Isabel. Al poco tiempo, doña Juana, acompañada de su doncella, se presentó ante la religiosa. Un saludo lleno de tensión sirvió para que las tres comenzaran a andar alrededor de los jardines del patio. Mencía iba dos pasos por detrás, pero lo bastante cerca como para escuchar la conversación.
—Tiene usted el rostro serio, hermana. Creo que no me va a gustar lo que tiene que contarme.
—No puedo decir que esté sorprendida, majestad. Estas cosas suelen acabar así. Pero una nunca se acostumbra del todo.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Se ha marchado de la ciudad? ¿Está embarazada? No crea que va a molestarme cualquier decisión que haya tomado, aunque hubiera preferido que me lo dijera antes.
—Han asesinado a Jimena, señora.
Doña Juana y Mencía se detuvieron en seco. Ambas notaron cómo se aceleraba el ritmo de su corazón hasta que pareció explotarles dentro de su cuerpo. Mencía necesitó acercarse a una de las columnas que rodeaban el patio para apoyarse. Había llegado a pasar por su cabeza esa posibilidad, pero se censuró a sí misma con dureza. Era verdad. Estaba desorientada.
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No podía creerlo. Sentía cómo sus piernas se aflojaban y perdían consistencia. Para evitar caer, reposó la espalda en la columna.
Mientras tanto, la reina seguía paralizada. No podía creer lo que le había transmitido la monja. Su mente era incapaz de pensar.
—El joven con el que andaba liada, un tal don Jaime, la estranguló en su casa y ha huido. Es posible que la misma noche que no volvió a palacio estuviese ya muerta.
—¿Sufrió en su último suspiro? —interrumpió la reina para salir de su parálisis.
—Creo que no. La muerte por estrangulamiento suele ser rápida. Tras la falta de oxígeno, la rotura de los huesos del cuello hace que el fallecimiento sea definitivo. El cuerpo tenía algunas contusiones y moratones. Imagino que intentó defenderse, pero no había sangre en el lugar de los hechos.
El silencio se apoderó de nuevo del patio. Doña Juana no podía entender lo que había ocurrido. Desconocía la relación sentimental de su doncella y no era capaz de imaginar quién podría ser su asesino.
—Lo sabía. Sabía que iba a pasar algo. ¡Se lo advertí y no me hizo ni
caso! La avisé mil veces de que era mala persona —interrumpió Mencía entre lágrimas.
La monja y la reina se giraron hacia ella con sorpresa. Ambas se acercaron deprisa y acompañaron a la doncella hasta un banco de madera que había junto a la pequeña fuente del patio. La sentaron para que reposara, le mojaron la frente con agua y dejaron que se relajase.
—¿Por qué no me dijo nada cuando hablé con usted? —interpeló la religiosa.
—Solo eran suposiciones mías. Nunca pensé…
—Era eso lo que yo quería saber, el tipo de persona con el que iba Jimena. Nos hubiéramos ahorrado algún tiempo.
—¡Sí, era un hombre agresivo! Era de esas personas que solo saben tratar mal a las mujeres. Era de los que humillaba siempre que podía a Jimena sin ni siquiera rozarla. ¡Era mala persona!
—¿Por qué lo escondiste, Mencía? —interrumpió la reina.
—No lo escondí.
—Eso no es cierto —la increpó la monja.
—Ella se merecía una oportunidad.
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La reina estaba callada. Miraba a Mencía y no la entendía. Ese tipo de comportamiento no tenía cabida en la forma de pensar de doña Juana y creía que tampoco en la de su doncella. La oía hablar, pero no comprendía la reacción hasta que, como una chispa, un pensamiento asaltó su mente. Entonces se dio cuenta.
—Mencía, ¿acaso te proteges tú?
Las dos mujeres se quedaron en blanco. Calladas, giraron sus miradas hacia la reina. Sor Lucía se sentía espectadora de una representación que no acaba de comprender. Su cabeza procesaba datos, pero faltaban los más importantes.
—Yo no tengo que protegerme de nada. Ni de mí misma ni del caballero Artal.
—Sí lo haces. ¿Acaso él te trata mal? Dímelo. No sientas vergüenza, estás entre amigas.
La doncella giró su rostro y se echó a llorar. Las lágrimas brotaban en silencio, con la respiración entrecortada. La reina se acercó hasta ella y trató de consolarla, mientras que la monja seguía perpleja por el giro de los acontecimientos.
—Desahógate, Mencía. Saca lo que llevas dentro. No quiero que te pueda llegar a ocurrir lo que a la pobre Jimena.
—Doña Juana —la respiración acelerada le impedía hablar con fluidez—, no sé cómo escapar. Me he enganchado a él a pesar de que sé que no me trata bien.
—No busques más. Los hombres llegarán a ti cuando tenga que ser. Quien no te respeta, quien no te valora, quien no te trata de igual a igual no merece tu amor.
—Lo sé. Pero temo a la soledad. Quiero una pareja como cualquier otra mujer. Quiero una familia, un marido que me cuide, que me ame. Quiero hijos, sentirme deseada, reconocida, querida.
—Lo tendrás. Con unas personas la vida es más dura que con otras. Cuando asumas eso, comprenderás que nada te va a llegar con la misma facilidad que a otras mujeres, incluidos los hombres. Deja que tu vida se construya sola y olvídate de los demás.
Las tres mujeres permanecieron en silencio durante algunos minutos. Cuando pareció que la doncella se relajaba, sor Lucía las invitó de nuevo a caminar. Las tres lo hacían a la misma altura, sin mediar palabra. Fue de nuevo la monja la que rompió el hielo.
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—Doña Juana, debemos cerrar el asunto de Jimena.
—Tiene razón, hermana.
—Me comprometo ante usted a encontrar a ese malnacido. Cuando lo haga, lo pondré a su disposición. Pero sois vos la que tiene la capacidad para hacer justicia. En vuestras manos está honrar la memoria de la doncella.
—Lo sé, hermana. Usted localice a ese indeseable que yo me encargaré de mostrar al mundo su cabeza. Por cierto, necesito hablar con usted. No se ausente. En una hora la espero en la capilla de San Martín.
ENTREVISTA
No. ¡Déjenme en paz! ¿Creen que estoy para hablar?
Mediodía
Doña Juana llegó puntual a la capilla. Estaba seria. Su rostro reflejaba aún el impacto del asesinato de su doncella. No acababa de creerlo. Sentía rabia infinita, profunda, difícil de digerir. No creía que fuera momento para rezar, para meditar en la fe sobre Jimena. La ira invadía su razonamiento.
Había citado a sor Lucía para tratar otro asunto. Lo barruntaba desde su visita al monasterio, aunque dudó si trasladárselo a la monja después de la noticia.
—Buenos días, hermana.
—Ave María purísima.
—¿Prefiere que nos sentemos?
—Como usted vea, majestad.
—Yo estoy más a gusto si camino. —Doña Juana se acercó al costado de la monja, la cogió por el brazo y comenzó a andar en el lado opuesto al altar—. Todavía estoy impactada por el asesinato de mi doncella.
—A veces es difícil comprender los caminos que nos marca el Señor. Pero si me lo permite, voy a hacer lo posible por ayudar al Altísimo a
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hacer justicia.
—Lo sé, hermana. Nadie mejor que usted para este trabajo. Tómese el tiempo que estime oportuno, pero tráigame al culpable. Yo impartiré justicia.
—Así será.
—Bueno, sor Lucía. No la he hecho venir para recordarle lo que ya tenía claro sobre mi doncella. He dudado de si era oportuno o no hablar hoy de esto, pero es un tema que me inquieta y necesito que se ponga también en marcha.
—Usted dirá, doña Juana.
—Los Luna insistieron en que viajásemos mi hijo y yo hasta San Juan de la Peña para acompañar a mi esposo en su huida. Una vez allí, don Pedro ungió al pequeño Juan con el santo grial y me insinuó que quienes están tras la reliquia van a apostar por mi hijo para consolidarlo en el trono y que los ayude a lograr sus objetivos.
—¿Usted ha aceptado?
—Me ha parecido que debía hacerlo. La inestabilidad de la guerra contra Pedro el Cruel para que mi esposo y yo consolidemos la corona de Castilla hace que necesite sumar todos los apoyos posibles. No voy a distinguir si son de la nobleza, del pueblo o de la Iglesia.
—¿Quería saber mi opinión? Creo que es una decisión acertada. —Gracias, hermana. Me reconforta su respaldo. —La reina se detuvo,
soltó el brazo de la monja y se puso frente a ella—. Lo que quiero de usted es más que su opinión. Aunque confío en la familia Luna, quiero estar segura del paso que doy. Quiero que averigüe por qué razón es mi hijo el objeto de su apoyo. Me resulta extraño que no elijan a otros príncipes con mayores expectativas de poder. E incluso que no se fijen más en mi marido o en el propio monarca aragonés. Le pido que investigue qué hay tras la decisión de don Pedro de Luna de bendecir a mi hijo con el santo grial.
—¿No le han convencido las explicaciones que le dio?
—No lo suficiente.
—Me pongo, pues, a su disposición. Nuestra amistad es suficiente garantía para mí, ya lo sabe.
—No le pediré que lo priorice sobre el asesinato de Jimena, pero sí que lo trabaje a la vez.
—Descuide, simultanearé ambas investigaciones. La tendré al tanto de cualquier avance que logre.
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Aviñón. 8 de junio de 1367
El Ródano discurre tranquilo cuando se acerca el verano. Caudaloso, amplio, calmado. Es la serena visión que sosiega los rigores del gobierno cristiano. Desde el patio oeste del palacio, los sucesivos pontífices podían acomodar sus ojos al relajado paisaje del río.
Ese año, la actividad había crecido de forma notable. Barcazas de diverso tamaño navegaban por sus aguas en un comercio incesante que llegaba hasta Marsella. Economía, política y religión confluían de forma especial en una advertencia extraña, en un latente punto de ebullición. El Mediterráneo a la vuelta de la esquina. Aviñón convertida en una ciudad abierta, en pugna directa con la decrépita Roma e, incluso, con París.
La sede papal la había transformado en la segunda ciudad de Francia, lo que permitía una comunicación permanente con los reyes. París, lejana y discutida en el norte, proyectaba su sombra hasta el rincón más escondido del despacho pontifical.
En la parte trasera del palacio de los papas, a mitad de la calle Banasterie, se encontraban reunidos a media mañana don Pedro de Luna, don Enrique y don Juan Fernández de Heredia. El pequeño palacio, perteneciente a los Hospitalarios, apenas significaba nada para los grandes de la ciudad. La discreción estaba garantizada.
—Excelente lugar de encuentro, don Pedro.
—No soy yo el que lo ha elegido. Es don Juan Fernández quien propicia esta reunión.
—Un acierto pues, prior —reafirmó el rey.
—Bienvenidos a este pequeño palacio. Pequeño, escondido, pero muy acogedor. Si le parece bien, don Enrique, puede alojarse aquí durante su estancia en la ciudad. Los Hospitalarios estaremos orgullosos de su presencia.
Los tres se dirigieron a la sala de la chimenea, ventilada por sendas ventanas a cada lado. Tomaron asiento alrededor de una mesa de madera noble, maciza pero austera, carente de decoración. Tras más de media hora de conversación, en la que los dos invitados pusieron al día al prior de la Orden de San Juan del Hospital, don Pedro reorientó la charla.
—Don Juan, el rey necesita apoyo del papado y, sobre todo, del monarca francés. Es el momento de ayudarlo.
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—Don Pedro, sabe bien cómo le aprecio. Cualquiera que usted me proponga como aliado, yo lo consideraré como tal.
—No esperaba menos, prior.
—No obstante, creo que también debemos tratar las condiciones de nuestro compromiso.
—¡Por supuesto! —interrumpió don Enrique.
—Tanto don Pedro como yo mismo podemos abrirle las puertas de París. Incluso, diría más, conseguiremos convencer al rey de la necesidad de una alianza estratégica con los Trastámara y, por ende, con Castilla. —En este punto, el prior se detuvo un instante para beber un sorbo de vino que quedaba en su copa—. ¿Qué podemos obtener a cambio cuando se consolide en el trono?
—No cabe duda de que mi presencia aquí reafirma el compromiso de los Trastámara con la orden. Poned precio a vuestro apoyo. Seguro que podemos llegar a un acuerdo.
—El apoyo incondicional de Castilla a nuestros objetivos. Eso incluye también el respaldo y la ayuda de la Corona a la consolidación de los Luna en los principales cargos de todos sus reinos.
—No me parece que pidáis mucho. Pensaba que el dinero aparecería en esta conversación.
—Guarde sus riquezas para pagar el ejército del rey francés. Nosotros trabajamos por unos ideales mucho más importantes que el dinero.
—Sus objetivos no son fáciles.
—Nada lo es en esta vida. Nuestra orden nació antes que la del Temple y le hemos sobrevivido. Compartimos las mismas metas y casi los mismos principios. Casi tres siglos después, estamos muy cerca de conseguirlo. ¿Cree que ha sido un camino de rosas? ¿Cree que vamos a renunciar a algo por dinero?
—Tienen mi compromiso y mi palabra de que las puertas de Castilla estarán abiertas para ustedes.
Don Enrique se puso en pie, alargó su mano y esperó la reacción de don Juan. El prior, con la cautela que lo caracterizaba, se levantó despacio, miró a los ojos al rey y se la estrechó.
—Esta alianza traerá cosas muy buenas para ambas partes. —Don Pedro se alzó también de su silla y rodeó con ambas manos las de sus compañeros, aún entrelazadas—. Mañana dispondré una visita de rigor al
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papa y, lo antes posible, partiremos hacia París. Nos queda aún mucho camino por recorrer.
ENTREVISTA
Lo siento. Déjenme tranquila. Aún no estoy preparada. Entiendan que no les diga nada. La muerte de Jimena ha sido un golpe muy duro de digerir. En el fondo de mi cabeza sabía que esto podía haberle sucedido, pero no creía que acabaría siendo real.
Ese malnacido no hará que pierda ni un minuto en él. Mi vida va a continuar como hasta ahora, salvo por el hecho de que presionaré cuanto pueda a mi señora para que haga justicia. Jimena no merecía acabar así.
Talance, Aquitania.
15 de septiembre de 1367
El Príncipe Negro y el caballero Jacob de Gante paseaban tranquilos por el jardín del castillo. Eduardo de Woodstock se relamía aún de la amarga victoria en Nájera, en la que había prestado apoyo a Pedro I frente a Enrique de Trastámara. Por si no fuera bastante, las noticias sobre el fracasado intento de asesinato de este último y la pérdida de dos de sus mejores hombres le habían causado gran conmoción.
Caminaban despacio, con abundantes silencios que el caballero Jacob sabía respetar. El Príncipe Negro estaba arruinado, casi en bancarrota. Había tenido que asumir los gastos de su propio ejército en tierras castellanas por culpa de los impagos del rey. Harto de las falsas promesas de don Pedro, a pesar de la victoria contra Enrique, el inglés replegó sus tropas y abandonó Castilla en el mes de julio. Desde entonces, trataba de poner orden en sus territorios franceses y recuperar la salud que había dejado atrás.
—Mi señor, la situación económica y política empeora por momentos.
—Soy consciente, Jacob. No es necesario que me lo recuerde.
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—Pues debe reaccionar cuanto antes. El rey de Castilla no tiene intención de saldar su deuda y, aunque le entregue el señorío de Vizcaya, no llegará a tiempo para evitar la bancarrota.
—Ese señorío no tengo duda de que llegará, pero tal vez, cuando sea demasiado tarde.
—Entonces, reaccione. El rey de Francia está crecido y dispuesto a aprovechar su debilidad para atacarle y usurpar estas tierras.
Ambos se detuvieron junto al grueso tronco de un pino centenario. Eduardo tosió repetidas veces, apoyó su mano en el árbol y respiró con profundidad para recuperar el aliento.
—¡Esta maldita tos! No logro acabar con ella.
—Tómese unos días de reposo absoluto. Yo me encargaré de mantener los territorios a raya.
—No es el mejor momento para descansar, Jacob.
El Príncipe Negro reinició la marcha. Tras él, de forma inmediata, lo hizo el caballero. Se situó a su altura, se armó de valor y lanzó la propuesta sin mirarlo, mientras caminaban.
—Tengo un plan para poner fin a su pésima situación financiera. Si sale bien, a la vez, podría asestar un fuerte golpe a la moral de Enrique de Trastámara, que seguro se avendría a negociar con usted.
—A ver, sorpréndame, Jacob. Si la idea es buena, será bienvenida. —Para nosotros, el santo grial no es más importante que las leyendas
del rey Arturo. Pero para Aragón, es su reliquia más importante. Quizás nos encontramos ante la más venerada de la cristiandad. La ansían Francia, Roma, Castilla y cualquier país que se precie.
—Estás en lo cierto.
—Pues bien, ¿por qué no la robamos y la trasladamos a la abadía de Westminster? Eso le reconciliará con su padre y con Inglaterra, de la que puede obtener ayuda inmediata para sostener Aquitania.
—En caso de que Inglaterra no lo quiera, ¿qué hacemos con la reliquia y sin dinero?
—Eso es lo bueno. Que podemos negociar con la Corona de Aragón el rescate de la reliquia por una buena suma de dinero. Quizás, más del que le debe el rey castellano.
De nuevo se detuvieron, esta vez, por iniciativa de Eduardo, que se giró hacia el caballero e hizo una pequeña mueca de sorpresa.
—Me gusta. En cualquiera de los dos escenarios ganamos nosotros.
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—Así es. La empresa no es nada fácil. Unos caballeros custodian día y noche el santo cáliz. Eso, en el supuesto de que nuestros hombres lograsen penetrar los muros del monasterio. En cualquier caso, la operación debería realizarse en el secreto más absoluto. Si alguna información fuera filtrada, haría inviable sacar la reliquia rumbo a Inglaterra.
—Lo veo, Jacob. Me gusta su atrevimiento. El único problema que podríamos tener es la Iglesia. El asalto a un monasterio y el robo de uno de sus tesoros puede hacer que Roma se lance contra mí.
—Bueno, dudo que su situación empeore más de lo que está ahora. —¡También es verdad! —El Príncipe Negro dedicó unos minutos a
pensar—. Disponga cuanto necesite para el asalto a San Juan de la Peña. No escatime esfuerzos. Pero le advierto que, si se produce un fracaso como el de los dos soldados en la frontera, lo pagará muy caro.
Zaragoza. 24 de septiembre de 1367
Sor Lucía cerró la puerta de la pequeña biblioteca que distinguía la Casa del Obispo de las del resto de la nobleza. Las recientes obras para la ampliación de este palacio se empleaban a fondo en lograr la imagen neomudéjar que los Luna dejaban por toda la ciudad. Al salir a la calle, la monja se detuvo para espolsarse el hábito. Después, metió las manos en los bolsillos y comenzó a caminar.
La hermana clarisa había acudido al obispo Lope Fernández de Luna conocedora de la importante colección de libros que tenía en propiedad. Esperaba encontrar alguna referencia, siquiera lejana, al santo grial. A juzgar por la relajación de su rostro, la visita había sido positiva.
Al llegar junto al apaciguado Ebro, buscó el cobijo de un árbol joven, se detuvo y sacó las manos de los bolsillos. Desenrolló con ligereza un pequeño papel en forma de pergamino y procedió a leerlo. Lo enrolló de nuevo y lo guardó con cuidado.
—José de Arimatea. —La monja comenzó a hablar para sí misma—. Parece ser el origen del santo grial. Con ese vaso recogió la sangre de Cristo en el sepulcro. Después, vino a Europa y acabó en Bretaña. Y poco más. O, quizás, no tan poco. Quiso mantener en secreto que era discípulo
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de Cristo y el único que se atrevió a decirlo fue San Juan Evangelista.
Curioso.
Sor Lucía parecía descubrir aspectos de las Escrituras que habían pasado inadvertidos para ella. Después, continuó con su conversación a solas para tratar de interpretarlo.
—No es que aporte mucho la visita de hoy a los manuscritos del arzobispo, pero algunos datos interesantes sí que he podido recabar. Creo que me hago una idea, poco a poco, de lo que representa el grial para esta gente. Fanáticos o incrédulos, que al final casi es lo mismo. No sé si hacer mucho caso a esta historia. Si no fuera porque es un encargo directo de la reina, ya lo habría dejado. Lo mejor será que prepare una visita al monasterio de San Juan de la Peña. Veré si de allí puedo extraer alguna idea nueva.
La Aljafería, Zaragoza.
29 de septiembre de 1367
Doña Juana entró en la biblioteca enfadada. Cerró con un intencionado y sonoro portazo. Había oído a su hijo quejarse varias veces esa misma mañana. En un silencio tenso, mientras los tres la miraban, se acercó hasta el fraile.
—Que sea la última vez que pone una mano encima de mi hijo, infante de Castilla y futuro rey.
—Mi reina, no aprende al ritmo que debiera.
—Entonces, el problema lo tiene usted, no él. ¿Le azoto por no saber transmitirle conocimiento?
—No creo que sobreprotegerlo sea una buena forma de educar, con todos mis respetos, señora.
—Me da la sensación de que usted confunde la sobreprotección con el buen trato. Don Juan y doña Leonor están aquí para aprender, no para ser castigados. No quiero que vuelva a levantarles la mano nunca más.
Los dos niños, de apenas nueve años, miraban sorprendidos la discusión. Desde hacía meses, el infante se educaba, además de jugar, con
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a la hija del rey de Aragón, don Pedro. Ambos corrían, reían, comían o montaban a caballo juntos. Había complicidad infantil.
Doña Leonor y don Juan nacieron el mismo año. Seis meses mayor que él, se había convertido en una luz de alegría para su padre. La última en nacer, la que daba vida al palacio real y que ahora compartía crecimiento con el infante de Castilla. Era lógico pensar que don Pedro y doña Juana vieran con buenos ojos que aquella complicidad infantil se convirtiera, con los años, en matrimonio real.
—Aunque su hijo hubiera sido bendecido con el santo grial, no debería ser tratado de forma diferente al resto.
—No mezcle usted cosas, fray Mateo. El infante está llamado a gobernar Castilla o quién sabe si mucho más. Su hábito no le da libertad para maltratar a los niños. Ni al mío ni a doña Leonor. Le advierto que no los vuelva a tocar.
—Como usted desee, majestad.
—Ahora, retírese. Don Juan debe acudir a sus clases de arco y, a mediodía, al manejo de la espada. Para mantenerse en el trono hay que saber luchar. Para ganar una guerra hay que leer.
La reina llevaba más de un mes sin noticias de su esposo. La última carta le informaba de su paso por Aviñón, junto a don Pedro. No estaba preocupada. Su cabeza no cesaba de trabajar para consolidar la unión de la nobleza castellana contra el hermanastro de don Enrique. Había logrado alguna importante incorporación a su bando, aunque lo que más tiempo le robaba en esos momentos era despachar asuntos políticos con el rey de Aragón. Los rumores de una nueva batalla comenzaban a circular por ambas coronas a pesar de que don Enrique no había confirmado nada acerca de su nuevo ejército.
Mientras tanto, la reina había incrementado su actividad, cada vez más frenética, en Zaragoza. Departía con unos y con otros, estrechaba lazos con los Luna y se servía semana tras semana de correos que transmitían sus órdenes más allá de Burgos. Parecía estar siempre preparada para lo peor. Era más que la cabeza visible del bando Trastámara. Era el punto de referencia activo para Castilla, Aragón y Portugal. Cada día se exponía más, lo que aumentaba el peligro y el precio por su cabeza.
ENTREVISTA
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Me temo que no estaremos mucho más tiempo en Zaragoza. Según las noticias que llegan de Francia, don Enrique parece contar con el favor del rey. Conozco al marido de doña Juana y sé que volverá con un gran ejército. Además, mi señora ha intensificado sus contactos con la nobleza castellana que le es afín a la vez que el rey de la corona de Aragón prepara sus tropas.
Sí, la ciudad huele a guerra. Cuando los soldados de mi señor crucen los Pirineos, partiremos a su encuentro y, luego, dirección a Burgos. Doña Juana no sabe estar parada. Manda como un rey y entrena como un príncipe. Con discreción, pero a diario desenvaina una espada para ejercitarse con el maestro armero. Estoy segura de que acompañará en el campo de batalla a su marido más pronto que tarde.
No he olvidado a Jimena, pero prometí sacarla de mi cabeza hasta que sor Lucía encuentre al culpable. De momento, prefiero centrarme en lo positivo del día a día que en lo negativo del pasado. Y sí, he recuperado parte de mi humor.
A veces parece que a ustedes les interese más mi vida que la de mi señora. Ya lo sé. No hace falta que me lo recuerden. He sido yo la que les he sacado mis intimidades en estas charlas, pero es que cada vez me preguntan más.
Pues sí, seguro que lo piensan. ¡Con tanto ajetreo es imposible enamorarse! Pretendientes no me faltan, la verdad, pero es que a mí me gustan curtidos, mayores que yo, inteligentes, decididos. Alfonso Gilabert, señor de Daroca, viene a palacio día sí, día también. No está mal. Buena familia, aragonés, agasajador. Lo tiene casi todo, menos interés por desplazarse a Castilla. Con mi edad, no puedo arriesgarme a abandonar a doña Juana. Ella llegará a reina y mi posición social mejorará. ¿Qué más puedo desear? Quien me pretenda deberá entender esta vida itinerante y ligada a Castilla. Y no parece que el señor de Daroca lo conciba.
En una ocasión, la reina me trasladó su preocupación por las oportunidades que yo dejaba pasar. Pero sé que abandonar a doña Juana acarrearía consecuencias graves para mi familia, que vive en el entorno del rey de Aragón, el cual ha apostado su futuro a una victoria de don Enrique. Es lo que hay. Estoy encerrada en un laberinto de difícil solución. Pero encontraré esa oportunidad. Mientras, seguiré con mi diversión discreta.
Don Jimeno de Urrea, señor de Alcañiz y Bejís, es un buen partido. Un poco mayor, más de una década me lleva. Pero cuando puede, no es un
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mal amante. Le encanta observarme, acariciar mi piel desnuda, dejarme tumbada en la cama, bocabajo, mientras él anda alrededor del lecho. Es ahí cuando cruzamos los límites del sermón del domingo y me monta sobre la espalda. ¿Pecado? Es para troncharse. ¿Cómo la Iglesia puede determinar que una postura es pecado y otra no? Qué tontería más grande. No diré que todas, pero la mayor parte del servicio femenino de la Aljafería ha yacido con su marido de esa forma. Cosas de los tiempos que nos rodean. Si supieran cómo cohabitó doña Juana con don Enrique en Épila, la excomulgarían. El día que me lo contó saltaban chispas por doquier.
¡Ah, sí! Es verdad. Les prometí que chismearía sobre los gustos sexuales de una buena amiga mía. Insisto, no crean cualquiera de las historias que se cuentan por ahí sobre prohibiciones y castigos. Una cosa son los sermones de algunos curas y otra, lo que en realidad ocurre en las casas y en las vidas privadas. Seguro que han oído a algún religioso nombrar al obispo de Canterbury, con aquello de que «eyacular en la boca es el peor de los pecados». Cuando mucho se habla de un pecado es que no hay forma de frenarlo. Me troncho.
Pues ahí es donde deben situar a mi amiga. Para gustos, colores. Tiene una fijación lujuriosa con el miembro viril que no alcanzo a entender. Casi es un juguete para ella, más que una parte del global en el que hay que concebir al hombre.
Pues bien, me contaba cómo se divertía con el de su pareja en la cocina del palacio de los señores. Sus juegos se vieron sorprendidos cuando entró el ama de llaves y los interrumpió en susodicha postura. Primero se dio cuenta él, que mezcló su explosión de felicidad con la sorpresa de ser visto. No pudo avisar a mi amiga, embebido en su particular disfrute. La consecuencia fue que mi amiga se llenó de él a la vez que tuvo que escabullirse a toda prisa mientras el ama la miraba. Total, que no pudo ni respirar. No les digo más.
En fin, pecar ha pecado. Y, según el obispo de Canterbury, ya se ha ganado un hueco en el infierno. A mí que no me esperen allí abajo, al menos por esa razón.
Zaragoza. 21 de octubre de 1367
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La lluvia no había dado tregua a la ciudad desde hacía casi una semana. Las aguas del Ebro bajaban densas, de un marrón intenso y embravecidas por las aportaciones permanentes de sus riveras. A duras penas se podía caminar, a pesar de que los alrededores de la basílica estaban empedrados. Peor lo tenían en las calles de extramuros, donde los charcos eran infinitos y las zonas que estaban despejadas de agua constituían un barrizal.
Sor Lucía aprovechó el tímido sol del mediodía para visitar, por fin, a Hernando de Tierzo, cobrador de impuestos reales. Él y su familia habían entregado su destino a la gestión del dinero real desde hacía tres generaciones. Habían hecho una pequeña fortuna, suficiente para vivir como la nobleza, aunque carecían, aún, de título. Si alguien en la ciudad conocía a todos y cada uno de sus habitantes, ese era Hernando.
El pequeño palacio donde residía estaba situado en la parte trasera de la seo, en la plaza de Don Lope, cerca de donde se cocinaba la política de la ciudad, pero escondida de miradas rencorosas. El edificio era discreto. El propietario llevó a rajatabla la sobriedad externa, con la que también quería disimular las comodidades interiores que sus ingresos podían darle.
La monja conocía a la familia desde hacía una década. En alguna otra ocasión había tenido que acudir a ella en busca de datos y documentos guardados bajo siete llaves o a su influencia sobre determinados linajes. Con la seguridad de que le abrirían de nuevo sus secretos, se presentó en la puerta para hablar con Hernando.
—Adelante, sor Lucía, siéntase como en su propia casa. Usted siempre es bienvenida entre estas humildes paredes.
—Don Hernando, no peque de falsa modestia antes de empezar. La humildad escasea en esta casa. —Una sonrisa burlesca se dibujó en la cara de la religiosa.
—No perdona una. ¡Con razón se ha ganado la fama que tiene! —Esta vez, la carcajada se hizo sonora.
Ambos tomaron asiento alrededor de la mesa de madera noble con pequeñas incrustaciones en marfil que presidía la estancia principal. Estaban cómodos el uno frente al otro. Existía entre ambos cierta complicidad de la que ninguno quería prescindir.
Sor Lucía, antes de comenzar a hablar, sacó de su hábito una daga y la puso sobre la mesa. Con cierta sorpresa, don Hernando alargó la mano, la cogió por el doble filo y la acercó hasta él.
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—Necesito que me diga a quién o a qué familia pertenece. Es importante para la investigación que llevo a cabo.
—Hermana, ojalá pudiera retener en mi cabeza cualquier cosa que deseo.
—No ponga paños calientes antes de comenzar. Si alguien sabe en la ciudad de quién es propiedad este puñal es usted, don Hernando.
El anfitrión cogió la daga por la punta del filo, la levantó, reposó la empuñadura sobre su otra mano y comenzó a observarla con detenimiento. Su vista estaba centrada en el escudo que presidía el mango dorado y en la calidad del grabado.
—Puedo saber la familia que la mandó realizar y, por tanto, a la que perteneció algún día. Pero no sé qué miembro de ellos la tenía a su cargo ni si ahora también estaba con ellos.
—¡Sorpréndame! Cualquier dato que tenga me será útil.
—El escudo es el resultado de la unión de dos familias, la de Salinas y la de Padilla. ¿Ve aquí? Son las tres mazas características del linaje castellano y los seis puntos que las rodean, propios de la de Aragón. Está coronado por el yelmo de caballero, aunque sin el penacho habitual. No se distinguen colores, como es lógico, pero suele ir en fondo azul.
—¿En resumen, don Hernando?
—Yo me atrevería a decir que la daga pertenece a la familia Padilla de Salinas, que se afincó en Zaragoza hace dos generaciones. Es una rama menor de los Padilla castellanos. A pesar de su actividad en la ciudad, no han logrado ampliar sus tierras ni sus riquezas y el apellido languidece con rapidez.
—¿Sabe si tienen algún hijo que ronde la treintena?
—Solo tienen un descendiente. Tuvieron otra hija, pero murió a los nueve años de edad. La familia malvive como puede, intenta mantener el poco patrimonio que le queda y dudo que el hijo haya mejorado en algo su fortuna.
—Gracias. Necesitaría saber también dónde tienen su palacio, o lo que quede de él.
—Bueno, no sé si llamar a eso palacio. No pueden ya ni pagar impuestos. Se alojan en la vía del Coso, cerca de la entrada nueva.
—Le reitero mi agradecimiento, don Hernando. Siempre es usted de gran ayuda.
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—Sor Lucía, no espere gran cosa de esa familia. Los padres están siempre malhumorados y deprimidos. Casi nadie sabe a qué se dedica el hijo. Y se rumorea que se quieren trasladar a Burgos, donde tienen parentela. Ándese con cuidado.
Palacio de la Aljafería.
29 de octubre de 1367
La mañana había quedado soleada, tranquila, con ese calor creciente que invadía el patio de Santa Isabel y lo hacía deseable a cuantos habitaban el palacio. La intensa luz se abría paso por la zona sur, el lado opuesto a las salas que utilizaba el rey para actos de gobierno.
Doña Juana se acercó hasta esa zona y se detuvo junto a uno de los soleados naranjos. Los frutos del árbol, que se abrían paso poco a poco entre el verde intenso y oscuro de las hojas, comenzaban ya a amarillear.
Al momento, llegó don Ginés, párroco de una pequeña iglesia en las afueras de la ciudad, pero que ayudaba en las labores religiosas al titular de la seo. Muy vinculado a la familia Luna, se había ganado la amistad de don Pedro, con quien compartía edad y vocación.
—Buenos días, majestad.
—Bienvenido, don Ginés. Acérquese y disfrute de este sol, aún otoñal, antes de que la dureza del invierno nos caiga encima. Mire cómo golpea el sol estas hermosas naranjas.
Conocía al religioso algunos meses, desde que comenzó a visitar con mayor asiduidad la seo y, sobre todo, desde que entablara relación con el primogénito de los Martínez de Luna, don Juan.
—Parece mentira cómo pasa desapercibida la discreta belleza de este árbol. Siempre verde, siempre vivo. Nos regala el aroma del azahar sin que nos demos cuenta y, cuando el invierno empieza a caer, ofrece sus frutos hasta convertirlos en una explosión de color. Verde, blanco y naranja. Es como una planta ornamental convertida en árbol.
—Más al sur, con la humedad del mar, crecen mejor —apostilló el religioso.
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—No lo dudo. Pero aquí lo disfruto con alegría. —Doña Juana dio la vuelta y agarró al religioso por el brazo—. Caminemos por este patio. Quiero conocer cuanto pueda contarme sobre el santo grial.
—Por supuesto, señora. Para eso me ha hecho llamar.
—¿Alguna novedad, don Ginés?
—Nunca se sabe, señora. Con la inestabilidad que reina estos meses en Castilla, Aragón y Francia, cualquier cosa es posible. De hecho, lo que más me llama la atención es la tranquilidad que reina en torno a San Juan de la Peña y la ausencia del grial en las conversaciones de Zaragoza.
—Bueno, tengan cuidado. Con una guerra de por medio, nada ni nadie está a salvo.
—Lo tendremos, doña Juana.
—Lo había hecho llamar para mucho más que eso. Exprima lo que sepa del santo cáliz. A mis oídos han llegado rumores sobre un aumento de actividad de los caballeros que lo custodian.
—En realidad, los caballeros del grial tienen su origen en los caballeros templarios, que fijaron como objetivo la preservación de tan importante reliquia. Pero como casi todo lo que tiene que ver con el Temple, su organización pasó a manos de la Orden Hospitalaria. Son ellos ahora los que se encargan de velar por la seguridad del santo cáliz.
—Me lo temía. Ahora entiendo que el nombre de don Juan Fernández de Heredia aparezca en cualquier conversación sobre el tema.
—Así es, majestad. Se considera que es una reliquia verdadera. La copa fue llevada a Roma por el mismo san Pedro. Allí quedó custodiada por los papas hasta que Sixto II se la da en custodia a su diácono, san Lorenzo, para que la proteja de las garras del emperador Valeriano. El grial salió de Roma con destino a Huesca, de donde era oriundo el diácono. Allí permaneció hasta la invasión de los musulmanes, ante la cual, para evitar que cayera en sus manos y se perdiera, comenzó un peregrinar por distintas parroquias de la zona. Yebra, Siresa, Santa María de Sasabe, Bailio y, donde ahora reposa, el monasterio de San Juan de la Peña.
—¿Por qué tanta seguridad alrededor del grial? Podría estar en manos del monarca y encargarse él de que nadie lo rozara siquiera.
—La historia se complica con el libro que escribió Eschenbach hace poco más de un siglo. Según creemos, este pudo ser un caballero templario, lo que daría mayor veracidad a la reliquia del monasterio.
—Pero se complica… ¿por qué?
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—Porque en el texto se vincula al rey Arturo. Es decir, a Inglaterra. Creemos que este reino puede intentar reclamarlo o, lo que es peor, sustraerlo en cualquier momento. Seguro que aprovecharían un momento de debilidad para trasladarlo a Londres.
—Las tropas del Príncipe Negro han campado a sus anchas en los últimos meses por toda Castilla.
—Así es. Demasiado cerca de la frontera con Aragón. Si fueron capaces de perseguir a su marido hasta Zaragoza, hay que estar preparados por si se les ocurre asaltar San Juan de la Peña. ¿Entiende ahora que traten de aumentar la seguridad en San Juan de la Peña?
San Juan de la Peña.
1 de noviembre de 1367
A pesar de que el claustro del monasterio estaba protegido por la enorme roca sobre la que se apoyaba, el frío matinal helaba los sillares hasta crear una fina película blanca que parecía adelantar las nevadas de fin de año. Sor Lucía no parecía tener miedo al gélido aire que se respiraba esa mañana. Cubrió su hábito con una gruesa manta, enfundó las manos en sendas telas de lana y comenzó a andar bajo la techumbre de los corredores laterales.
Caminaba despacio. Se detenía cada pocos pasos y observaba los capiteles. Le gustaban el arte, la creatividad de los canteros, la picaresca de algunos talleres a la hora de trabajar el bajo relieve que decoraba el final de las columnas… Los ojos grandes y almendrados, los cuerpos desproporcionados, los animales más increíbles que salpicaban las escenas. En algunos momentos, una sonrisa se dibujaba en su rostro.
La monja analizó con tranquilidad la decoración de cada una de las arcadas de los dos primeros laterales del claustro. Al llegar a tercer pasillo, se detuvo más tiempo en el quinto capitel. Tenía labrada una escena bautismal en la que el agua se había representado con un cayado en vertical y tres líneas horizontales onduladas con tres picos y tres valles. Se acercó hasta tocar la misma piedra de la columna para observar mejor los
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detalles. Después, se echó unos pasos atrás y, tras mirarlo con perspectiva, retrocedió hasta el segundo capitel.
La misma representación del agua, con el cayado y las líneas de tres ondas, bajo el cuerpo yacente de Cristo. La miró algo excitada. Esta vez, se entretuvo menos tiempo y retrocedió cinco capiteles más. Miró alrededor, acercó un tronco grueso que había en la pared y se subió a él para tocar con sus manos el relieve. De nuevo, el cayado, las líneas y las ondas, pero esta vez bajo la representación de la última cena.
Sor Lucía volvió varias veces sobre los capiteles para mirarlos, tocarlos y labrar en su cabeza cada una de las imágenes. Después, solicitó papel y pluma al prior del monasterio y tomó algunas notas junto a diversos garabatos. El dibujo no era uno de los fuertes de la hermana.
Ya no esperó al almuerzo. Se reunió de nuevo con el prior y recogió una copia del grial, dibujada sobre papel desde diversos ángulos, que le había solicitado el día anterior. Por último, le rogó que alguno de los caballeros del monasterio le preparase la silla de montar y la acompañase de vuelta a Zaragoza.
ENTREVISTA
Pobre Jimena. Entramos las dos tan jóvenes al servicio de la reina que era casi como una hermana. No crean que se me pasa la pena. La muerte es algo tan habitual durante estos años, que deberíamos haber normalizado ciertas situaciones. Es cierto. El hambre, la familia, el trabajo, la guerra… hacen que nuestras penas se queden en el corazón y volvamos a la actividad diaria como si tal cosa.
Pero no puedo dejar de pensar en cómo murió. A manos de un monstruo que la odiaba, por mucho que dijera que la amaba. Al recordarla creo verme también a mí. Eso me asusta, porque las dos buscamos el amor antes de dejar que llegase a nosotras. ¿El destino reserva para mí un final tan cruel? Se me pone la piel de gallina solo de imaginarlo.
En estos momentos es cuando echo en falta el calor humano de un esposo, el abrazo profundo de la persona con la que compartes tu vida. ¿El caballero Artal? Me río. Es tan frío que me he tenido que lanzar yo a sus
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brazos, y no crean que parecía entender la situación. No entiendo cómo me gusta ese hombre, de verdad.
Zaragoza. 6 de noviembre de 1367
Después de mes y medio, sor Lucía por fin había podido quedar con don Pedro López de Padilla, el propietario de la daga hallada en el lugar del asesinato de Jimena. La monja intentó en varias ocasiones acceder al pequeño palacio de los Padilla de Salinas, sin éxito alguno. Durante ese tiempo percibió el interés del matrimonio por esquivarla, lo que levantó todavía más sospechas.
La investigación se centró, a pesar del desencuentro, en localizar a don Jaime, a quien apuntaban los indicios del crimen. En varias ocasiones volvió a la taberna de José, sin que nadie lo hubiese vuelto a ver. También preguntó por él en la guarnición real, por si hubiese elegido las armas para partir fuera de la ciudad. Incluso se atrevió a presentarse en alguno de los más afamados prostíbulos, por si los solía frecuentar. Nada. Parecía haber desaparecido sin más. Por eso, insistió más allá de lo creíble para mantener un contacto con sus padres.
—Buenos días, hermana.
—Buenos días, don Pedro. Por fin nos encontramos.
—La actividad diaria me lo había impedido hasta ahora.
—No importa. Sé esperar. Es un don que nos entrega el Señor cuando cogemos los hábitos.
—Puedo dar fe, hermana.
—Tomemos asiento en este banco, si le parece. Ahora no hay nadie en la iglesia y, además, está lo bastante alejado del altar como para que pasemos desapercibidos.
Sor Lucía había citado a don Pedro en la iglesia de San Felipe. Un pequeño templo románico sin una gran feligresía, pero situado cerca de la Puerta Nueva y de la vía del Coso, barrio donde se alojaba la familia Padilla de Salinas. Era extraño no ver fieles en el interior de la iglesia, que ya se quedaba pequeña para las necesidades del entorno. Grandes y gruesas columnas, una nave central discreta y dos laterales en las que apenas cabía una bancada. Sin un despliegue artístico que admirar, la
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construcción de un nuevo templo se convertía ya en un lamento constante de los vecinos.
La monja había estudiado bien las horas de máxima afluencia de personas para los oficios y fuera de ellos. Sabía casi con exactitud las personas que acudían a orar en cada hora del día, así que, no le costó mucho garantizar la discreción a su cita.
—Don Pedro, hace semanas que busco a su hijo. Lo curioso es que nadie lo ha vuelto a ver tras las lluvias de abril. —La religiosa se detuvo un instante para ver cómo reaccionaba el rostro de su interlocutor—. ¿Sabe usted dónde se encuentra?
—No —contestó con una extraña rapidez—. Mi hijo vive su vida al margen desde hace un tiempo.
—Lo sé. Estuve en su casa hace casi un año.
—¿Eso era cuánto me quería preguntar? —apuntó con nerviosismo don Pedro.
—Sabe bien que no. La ciudad entera conoce el asesinato de la joven Jimena. Presumo que usted también está al tanto de lo ocurrido. —La monja esperó antes de proseguir para ponerlo más tenso—. Su hijo es el principal sospechoso. Le vuelvo a hacer la misma pregunta, ¿sabe usted dónde se encuentra?
—Ya le he dicho que no. Está acusando a mi hijo sin pruebas y esto no va a quedar así. En cuanto salga de esta iglesia voy a hablar con el obispo.
Don Pedro se levantó con aparente enfado, arrastró el banco hacia atrás y el eco rebotó con brusquedad por las paredes del templo. Sor Lucía, sin alterarse, se puso también en pie.
—¡Espere, don Pedro! —Introdujo su mano derecha en el hábito y sacó la daga sobre la palma abierta—. Quizás esto debe de ser suyo o de su familia. Al menos, el escudo de la empuñadura así lo indica.
Sorprendido, se acercó de nuevo hasta ella, recogió el puñal con tibieza y se puso a observarlo de cerca.
—Como no creo que haya sido usted el asesino, debo entender que su hijo la perdió aquella noche en la alcoba. Las prisas por abandonar la escena del crimen lo cegaron.
Don Pedro, abatido, se dejó caer de nuevo sobre el banco. La decadencia de su familia, llamada a ser un linaje importante en la ciudad, había tocado fondo. Estaba marcada para siempre. Solo le quedaba renegar de su hijo, pero no podía.
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—No sé dónde está. Partió de la ciudad hace un mes sin decirnos cuál era su destino.
—¿Cree que pensaba servir de nuevo como soldado?
—Si lo ha pensado, no lo sé. No cogió nada que pudiera aprovechar para unirse a la guerra. Pienso que no será capaz de volver a luchar.
—Quiero que sepa que no voy a parar hasta dar con su hijo. Si tengo que viajar a Burgos para hablar con su familia, lo haré. Pero Jaime Padilla de Salinas rendirá cuentas ante la reina antes de rendirlas ante Dios.
Monasterio de San Juan de la Peña.
2 de diciembre de 1367
El soldado llegó exhausto a caballo. Sin bajar de él, cruzó la primera de las puertas del complejo, se dirigió hacia la entrada del edificio, descabalgó y corrió hacia el interior.
Ninguno de los monjes que le salió al paso pudo detenerlo hasta que, ya frente al refectorio, uno de los caballeros que custodiaban el monasterio desenvainó su espada y se encaró a él.
—Deténgase o no volverá a ver la luz del día. En voz alta, pronuncie su nombre y diga qué viene a hacer aquí.
—Tengo que ver al prior. Me manda don Pedro Martínez de Luna para que le transmita un mensaje urgente.
—Lance la espada hacia delante y permanezca de pie. El hermano Carlos irá a avisar al prior de su llegada.
Durante varios minutos, eternos, agotadores, el soldado esperó de pie. Aún respiraba algo entrecortado, pero poco a poco recuperaba el aliento. De repente, el monje apareció por la esquina del pasillo claustral hasta llegar a la altura del caballero. Le dijo algo al oído y, de forma inmediata, le pidió que lo acompañase. Los tres se dirigieron hasta la sala capitular. Una vez dentro, el prior pidió al caballero y al hermano que se retirasen.
—Me comentan que viene usted en nombre de don Pedro de Luna. —Así es. Mi señor me ha pedido que le transmita un mensaje urgente. —Adelante. La familia Luna es más que una buena benefactora del
grial.
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—Ha llegado a oídos de don Pedro la posibilidad de que los ingleses, con o sin ayuda de Pedro el Cruel, intenten robar la reliquia para trasladarla a la gran sala del castillo de Winchester. Don Pedro de Luna le ruega que esconda durante un tiempo el santo cáliz y aumente la protección del monasterio. Debe hacer un llamamiento especial a los caballeros del grial para que estén en máxima alerta, al menos, hasta que la guerra en Castilla concluya.
El prior permaneció en silencio durante algunos segundos. Estaba expectante, aunque no sorprendido, con la información que acababa de recibir. Desde la llegada de los ingleses a suelo castellano para ayudar al rey en su lucha contra don Enrique, habían sido avisados al menos en dos ocasiones de la pretensión del Príncipe Negro de asaltar el monasterio.
—Descanse hoy y mañana en una de nuestras celdas. Recupere fuerzas y parta hacia Montpellier para trasladarle a don Pedro que tomamos buena nota de su mensaje. Indique que esconderemos y pondremos a buen recaudo el grial. Confírmele también que puede estar tranquilo acerca del secreto de la reliquia. Nada saldrá de estos muros.
La Aljafería. 17 de diciembre
La reina había hecho llamar a sor Lucía para que se presentara a primera hora de la tarde. Quería tener tiempo para pasear por la ciudad después de la reunión y disfrutar del ambiente prefestivo que ya comenzaba a circular por las calles. Zaragoza se preparaba para las celebraciones de la Natividad del Señor. Llenaba las tabernas, las plazas y las alamedas en un desafío constante al frío del Ebro. Mantenían intacta la alegría a pesar del pesimismo. La última cosecha había sido más corta que el año anterior y aventuraba un invierno duro, con más voluntad que alimentos.
La hermana clarisa se presentó puntual a la cita. No era persona de retrasos ni quería que el encuentro se alargase más de lo debido por su culpa. La noche cubría pronto la ciudad y el frío se apoderaba de las calles de fuera de la muralla hasta dejarlas vacías. Vivir la algarabía del centro estaba bien, pero volver a solas extramuros hasta el convento no era su plan preferido.
—Buenas tardes, hermana. Adelante.
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—Ave María purísima.
—Ya sé que anda liada con la investigación del asesino de mi doncella. Estoy segura de que más pronto o más tarde se verá con él cara a cara y, entonces, espero que mi mano justiciera caiga sobre él.
—Estoy cerca, majestad. Más pronto que tarde haré que confiese su crimen. Debe estar tranquila.
—Confío en usted. Lo estoy. —Doña Juana se acercó hasta la monja y la acompañó junto a la chimenea—. Pero no le he hecho llamar por esa cuestión.
—Dígame, pues.
—Quería que me informase sobre el asunto de los Luna y el grial.
Hace tiempo que no sé nada.
—Ya imaginaba.
—En breve partiremos hacia Burgos, nos alejaremos de esa noble familia y del monasterio de San Juan. No me gustaría que dejase parada la investigación.
—Habría venido antes a comentarle los avances, pero tengo algunos indicios que necesito confirmar.
—¿Están obsesionados con mi hijo por algo bueno o malo?
—No lo sé aún, pero ni una cosa ni la otra. Son un grupo con sus propios planes y objetivos. Trabajan en ellos desde hace tiempo, más del que creía, y están convencidos de servir a la fe y de luchar hasta lograrlos.
—Bueno, eso no me aclara nada.
—Poco puedo adelantarle aún. Han escondido aquello que usted desea saber entre arte y escritos. Es lo que descifro en estos momentos.
—No me impacienta, pero me gustaría tener avances cuanto antes para saber lo que cuecen. —La reina cogió las manos de la monja—. Como siempre, sé que trabajará hasta la extenuación para lograrlo. Tiene mi confianza plena.
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TERCERA PARTE
ASESINO
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Burgos. Enero de 1368
Frío. Un aire gélido que penetraba por la ropa hasta encoger la piel. Viento helado por la nieve que ya cubría la ciudad desde hacía cinco días. Los vecinos salían de sus casas lo justo. Mercado, misa y gestiones que no se podían posponer. El resto del día lo pasaban en casa o en la taberna de turno. Era época de sumar el calor humano al que generaban las chimeneas, que trabajaban esos días a máximo rendimiento.
La ciudad vivía acelerada desde que el nuevo rey, don Enrique de Trastámara, entrase al frente de la tropa financiada por Francia. Eran semanas para recomponer lazos de influencia, ocupar nuevos puestos de gobierno y recuperar la tranquilidad que la guerra les había quitado.
Entre aquellas calles burgalesas adormecidas por la nieve andaba desde hacía dos semanas la hermana sor Lucía. Se alojaba en el convento de las clarisas, desde donde frecuentaba a diario el centro y a las principales familias de la ciudad. No se movía bien con tanto frío, pero tenía pendiente un trabajo con la reina Juana. Ella siempre concluía los encargos, tardara lo que tardara.
La investigación sobre el asesinato de Jimena, la doncella de la reina, había avanzado tras la marcha de las tropas por el norte de Castilla. El nuevo Gobierno permitió acercar la investigación hasta el entorno del linaje de los Padilla, aliados de los nuevos monarcas.
La familia, aspirante a alguno de los títulos nobiliarios que otorgaban Enrique y Juana a quienes les habían apoyado en su guerra frente a Pedro el Cruel, había afianzado su posición gracias a los cargos públicos en la Administración de la ciudad. Si existía un linaje al alza en la zona y alrededores, esos eran los Padilla.
Sor Lucía llegó al palacio que don Pedro López de Padilla poseía en el centro de la ciudad, cerca del castillo. Era mediodía, momento en que los
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rayos del sol daban una pequeña tregua a la ciudad.
—Buenos días. Soy la hermana sor Lucía de Ribera. Me espera el señor de Padilla.
Una doncella de formas elegantes y gestos educados la hizo pasar al interior. Una vez dentro, la condujo hasta el gran salón situado en la planta baja, con una enorme chimenea a la derecha desde la que emanaba un intenso calor. La monja sacó las manos de su hábito, se desprendió de la capa, la depositó sobre una jamuga de cuero oscuro y esperó junto a la ventana, cerca de las brasas llameantes del hogar.
—Buenos días, hermana. Soy don Pedro López de Padilla. Es un placer conocerla.
Sor Lucía se giró sobre sí misma, sin avanzar, y observó, antes que nada, a su interlocutor.
—Buenos días, don Pedro. Espero no importunarlo a estas tardías horas de la mañana.
—Para nada, hermana. Acostumbro a levantarme temprano para aprovechar al máximo el calor del sol. Al final de la mañana procuro acercarme a mi palacio para poner en orden los temas de familia.
—El trabajo ennoblece, sin duda.
—Una monja que no bendice nada más encontrarse con un desconocido. Eso es una novedad.
—La ocasión no lo requiere. La fe hay que vivirla desde el interior y sin falsas apariencias. Además, no soy yo una monja convencional.
—Ya veo. —El señor se adelantó hasta la religiosa y la invitó a sentarse en la mesa de madera que había junto a la chimenea—. Bien, y ¿qué la trae por mi casa?
—Desde luego, ya le adelanto que no es por una buena noticia, aunque tampoco le afecta, así que, no debe alarmarse.
La contestación de la monja incomodó al anfitrión, que se acomodó mejor en la silla y no pudo evitar tensar los músculos del rostro.
—Dígame, soy todo oídos.
—Hace demasiados meses que sigo la pista a un miembro menor de su linaje. Don Jaime Padilla de Salinas. —Sor Lucía hizo una pausa para observar la reacción de su interlocutor a través de los microgestos de su rostro—. Es el autor del asesinato de una doncella de la reina y huyó de Zaragoza hace demasiados meses.
—Prosiga. La escucho.
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—Tengo suficiente información como para deducir que ha pasado las últimas semanas en esta ciudad, al amparo de su familia. Vengo a pedirle a usted que lo retenga en su casa para que pueda interrogarlo. La reina tiene un especial interés en resolver este caso y sabrá agradecerlo a quien colabore.
Don Pedro permaneció en silencio algunos segundos. Después, se levantó con tranquilidad y se acercó aún más a la chimenea. Aproximó las manos a las brasas llameantes y comenzó a frotarlas.
—Mi familia tiene una trayectoria intachable que no estoy dispuesto a ensuciar ahora. La reina sabe de mi posición en favor de su marido cuando este se ha enfrentado a don Pedro, de ingrato recuerdo. —En ese momento, se dio la vuelta y miró a los ojos a la religiosa—. Espero que usted sepa transmitirle el sacrificio que para mi linaje va a ser entregar a uno de los nuestros.
—Puede usted estar tranquilo, que así se lo transmitiré a doña Juana.
Estoy segura de que sabrá valorar su colaboración.
—A partir de esta noche, don Jaime quedará retenido en este palacio a la espera de su interrogatorio y de la decisión de la reina.
Castillo de Burgos. Enero de 1368
Don Enrique y doña Juana esperaban en la sala del trono. Habían hecho llamar a don Ambrosio Bocanegra, hijo del afamado almirante de Castilla asesinado por Pedro el Cruel. El avance de las tropas de los Trastámara era constante y la adhesión de pueblos y villas del reino no cesaba.
La intensidad del momento y de la guerra dejaban en un segundo plano el frío que azotaba aquel año las tierras burgalesas. Las chimeneas del salón trabajaban la mayor parte del día, sobre todo, si los reyes esperaban visita o tenían recepciones oficiales, que solía ser a diario. Ese calor recorrió el cuerpo del invitado para enervar todavía más su disposición guerrera.
—Buenos días, majestades.
Ambrosio se situó ante el trono de los reyes, que lo esperaban sentados. Una vez se produjo el saludo inicial, el rey y la reina se levantaron para acompañar al invitado junto a la chimenea. Allí, de pie, al
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calor de las brasas, esperaban tener una conversación menos formal y más cercana que en el trono.
—Ambrosio, deseaba con inquietud recibir noticias suyas. No deberíamos detener la marcha de nuestro ejército ni con el frío invierno que nos rodea.
Don Enrique dio comienzo al encuentro sin rodeos. Centró el interés en la guerra y se olvidó de los formalismos con los que de manera habitual hablaba en ese salón.
—Sin dejar de movernos, debemos ser cautos con las nieves que están por llegar. Los soldados no luchan cómodos en esas condiciones, y si no lo están, la victoria se aleja.
—Lo sabemos —interrumpió la reina—, pero mi esposo y yo no queremos dar espacio a Pedro para que se rearme. Si logra apoyos dentro del reino, la guerra será larga.
—Acabamos de recibir información sobre los movimientos de su hermanastro. Al parecer, ha solicitado ayuda al reino de Granada y a algunos señores del norte de África.
—¡Qué deleznable! Es capaz de aliarse con el demonio con tal de vencerme. No se puede caer más bajo. Pactar con los moros cuando lo que debería hacer es expulsarlos de una vez por todas de la península.
—No se preocupe, don Enrique. La capacidad militar de esos reinos es mucho menor que la nuestra y la de Francia. Seguimos teniendo más fuerza que su enemigo, además de contar con el apoyo cada vez más numeroso de la nobleza castellana.
—Hay que organizar un golpe definitivo que merme la moral y las
posibilidades de don Pedro cuanto antes. —Doña Juana tomó la palabra con ímpetu—. Al inicio de la primavera deberíamos estar preparados para asaltar Toledo.
—Eso son palabras mayores, majestad.
—Juana, debemos tener cuidado con los pasos que damos —contestó el rey.
—Tu hermanastro no espera que tomemos esa ciudad tan pronto ni que nos atrevamos a conquistarla sin haber entablado antes batalla frontal con él. Asestémosle un espadazo inesperado. Cambiemos la estrategia, adelantemos nuestros esfuerzos y forcemos que pierda algo tan emblemático como la capital visigoda.
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Los tres permanecieron en silencio durante algunos segundos. El crepitar de las brasas resonaba en todo el salón, mientras sus cabezas eran un hervidero de pensamientos enfrentados. La propuesta de doña Juana era atrevida y peligrosa.
—Bien, adelante. —El rey rompió el silencio—. Mi esposa es más arriesgada que yo, pero la imprudencia de sus planteamientos ha hecho que hasta el momento llevemos la iniciativa. Si somos capaces de tomar Toledo, la guerra caerá de nuestro lado de forma definitiva. ¡Ya es hora de poner fin a este enfrentamiento infinito!
—Me siento en la obligación de alertarle del paso que va a dar, majestad. Es una plaza muy complicada de tomar y desviará recursos que podríamos destinar a perseguir a su hermanastro.
—Doña Juana se hará cargo del asedio en caso de que tengamos que perseguir y buscar el encuentro con ese sanguinario hijo de mi padre. Si lo preparamos con tiempo, el cerco de la ciudad no menguará mucho nuestro ejército.
—Estoy con mi marido. Seamos valientes de nuevo. Es lo único que teníamos hace un año y ahora estamos en disposición de derrocar al enemigo.
—Está bien. Permaneceré durante algunos días en Burgos para estudiar las mejores opciones. Ahora bien, ustedes deben recabar más apoyo y financiación para poder acometer la empresa. La nobleza debe involucrarse si quiere obtener después favores. Es el momento de que aporten dinero y hombres para asaltar Toledo.
—Necesitaremos mucho más que eso. El Señor está de nuestra parte y también es hora de que lo demuestre. Quizás debamos utilizar los recursos que en varias ocasiones ha puesto a nuestra disposición la Orden Hospitalaria. —La reina miró con desafío las llamas que salían de los troncos de la chimenea y, sin girar la cabeza, lanzó una advertencia—. En el corazón de San Juan de la Peña debería oírse nuestra oración.
Burgos. 14 de enero de 1368
La celda del monasterio apenas podía contener la gélida temperatura que los sillares de las paredes desprendían sin tregua. Un pequeño brasero bajo
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la humilde mesa de madera sobre la que trabajaba sor Lucía era la única arma para atemperar aquel minúsculo habitáculo.
La monja observaba con detenimiento los apuntes que había tomado hacía semanas en San Juan de la Peña. A su derecha, diversos libros amontonados ocupaban casi la mitad del espacio, pero servían para apoyar dos candiles con los que iluminar la lectura.
Entre sus manos sostenía el dibujo del grial que había encargado al prior. Sus ojos se habían posado aquella mañana en la base de la copa, donde descubrió una pequeña inscripción cúfica. El día anterior había hablado con la hermana sor Ana, que tenía conocimientos de hebreo y árabe, para ver si podía traducir aquella inscripción. Esperaba que no se retrasase mucho en darle una respuesta.
Durante más de media hora estudió la inscripción y los dibujos del grial. De pronto, como si el rayo luminoso del sol en primavera cegase por un instante su vista, cayó en la cuenta. Sin soltar el dibujo de la inscripción del grial, cogió con la mano izquierda lo que ella misma había dibujado en su visita a San Juan de la Peña. Miró atenta aquellas representaciones de los capiteles y volvió sobre la inscripción. Durante algunos minutos, su cabeza fue una y otra vez de un dibujo a otro. Al final, soltó ambas representaciones, se puso en pie y buscó una pluma con la que hacer anotaciones.
—Las coincidencias no existen cuando hay intencionalidad. ¡Lo tengo!
ENTREVISTA
¿Qué les voy a contar? Pues frío, mucho frío. La verdad es que estábamos mejor en Zaragoza. Al menos el clima no era tan extremo. La ciudad es vital, no hay que negarlo. Se nota que viven del comercio. Pero la ciudad aragonesa ha disfrutado de más años de paz y eso se nota.
Además, con este frío no hay quien salga por las calles. Así es imposible encontrar a ningún hombre que valga la pena. Si ves a alguno, va tan abrigado que no sabes si se trata de un montón de pieles andante o de una persona. No se puede elegir nada de esa forma.
Y de cruzar la mirada ya ni hablamos. La nieve y el viento hacen que camines con la mirada baja, como si buscases el calor enroscándote en ti
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misma. Gorro, guantes, pañuelo al cuello y andar deprisa. Eso es lo que hacemos cuando el atrevimiento nos lleva a la calle.
Lo dicho, imposible socializar. Al final, una debe juguetear en palacio, que es el único espacio en el que hay personas de un lado a otro. Y no, yo no soy de alcahuetas. Eso, para los que carecen de valentía. A mí me gusta mirar a la cara, desafiar con los ojos, con el cuerpo, con las palabras. Es mucho más interesante ese juego que andar con liantas. Menos mal que son pocas y pocos los que las usan.
Burgos. 27 de enero de 1368
Sor Lucía entró en la sala acompañada de don Pedro. Hacía pocos días que había estado sentada junto a la chimenea con su anfitrión, pero ahora sentía una profunda repulsión por quien la esperaba. Jaime Padilla de Salinas no se levantó. Ni siquiera miró a la monja. Se sentía encerrado y, a la vez, traicionado por don Pedro, que había puesto a dos soldados a custodiarlo día y noche.
—Buenos días, Jaime. Le presento a la hermana Lucía, que desea hacerle algunas preguntas sobre Jimena, la doncella de la reina ya fallecida.
La monja caminó hasta la ventana y evitó sentarse frente al joven. Había interrogado a numerosas personas en su vida y sabía cómo tratarlos solo con ver su actitud corporal.
—Si no le importa, hermana, voy a retirarme para que pueda preguntar lo que desee sin condicionamiento alguno. En la puerta permanecerán dos soldados. Solo tiene que llamarlos para que acudan de inmediato en su ayuda.
—Gracias, don Pedro, aunque creo que no hará falta.
El cabeza de familia se retiró tras facilitar a la religiosa el prisionero solicitado. Esperaba que finalizase cuanto antes el tema y que ambos salieran de su palacio. Temía por su prestigio, por que aquellos hechos emborronasen la trayectoria ascendente de su linaje.
—Buenos días. —La monja trató de ser lo más fría posible con el asesino—. Llevo tras de usted meses. No ha sido fácil encontrarlo pero al final, aquí está, sentado, en silencio, encarcelado en un cómodo palacio.
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Cree que le asiste la razón y que es injusto mantenerlo encerrado. ¡Cuán equivocado está! La paradoja de esta triste historia es que aquello que quiere someter y usar a su antojo, la mujer, es quien le va a juzgar y a castigar.
—¡Usted no es nadie para condenarme!
—No, no lo soy. Aún no se ha dado cuenta de la situación en la que se encuentra. —La monja se acercó a la mesa—. Ya se dará.
—Estúpida beata.
—Se equivoca. Soy una hermana de la orden de las clarisas. Sobre la estupidez, habría mucho de lo que hablar, pero parece que el que ha cometido errores es usted.
—Yo no he hecho nada.
—Ha matado a una mujer inocente. Podría haber tenido más suerte y salir indemne de este trance, pero eligió a la pareja equivocada.
—Yo no conozco a Jimena.
—Ni yo la he nombrado. —El silencio se hizo entre los dos—. La doncella de la reina apareció muerta en la alcoba donde usted vivía, en Zaragoza. Por si eso no fuera ya difícil de explicar, hallamos una daga en el lugar del crimen que pertenece a su familia. En su pequeña conciencia, sabía que no había hecho bien las cosas, así que huyó de la ciudad al día siguiente. Para rematarlo, su madre reniega de usted.
La monja, que notaba el calor de las brasas en su falda, volvió a alejarse de la chimenea. El detenido escuchaba tenso, silencioso, con un nivel de ira cada vez más insoportable.
—La pobre Jimena se había enamorado de usted. Pero Jaime Padilla no quiere a nadie, no desea compartir su vida con otra persona. Odia a las mujeres y las usa para su propio placer, por no decir beneficio económico. No soportaba la cercanía de la doncella a la reina. La envidiaba, sentía celos hasta de ella. Usted se sentía inferior. Yo diría incluso que, de hecho, es inferior.
—¡Cállese, monja mentirosa!
—¿Acaso no es verdad lo que digo?
—Ella no tenía ningún derecho a mirarme por encima del hombro.
—¿Por qué? Algunas mujeres somos más inteligentes que los hombres.
O eso dicen.
—¿Qué sabrá una religiosa de lo que deseamos los hombres?
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—Del resto no sé. De usted, que quería matarla, que no soportaba sentirse inferior a ella y que reaccionaba mal cuando no le hacía caso.
—La maté porque la quería.
—Exacto. Libérese, Jaime, suelte lo que lleva tantos meses escondido en su cabeza.
—Yo no podía vivir sin ella. No lo soportaba. Me quería dejar ella a mí. ¡Seguro que tenía a otro hombre! Era una puta. Con lo que yo la amaba y la amo…
—Se lo merecía, ¿no es eso?
—Sí, eso es. No tenía derecho a dejarme. Era mía y de nadie más. Me daban mareos, arcadas, sudores fríos solo de pensar en verla con otro. Tenía que morir o volver.
—Y decidió que lo mejor era acabar con ella cuando menos lo esperara, en la cama, en el momento en que aún sintiera algo por usted.
—Sí. Bueno, no. No quería hacerle daño. Estaba debajo de mí, desnuda, entregada, hermosa. Brillaba como una luz incandescente. La quería, así que le pedí que se casara conmigo. Ella se rio. Aún oigo sus carcajadas. No logro olvidarlas. Aprovechó que le abrí mi corazón para humillarme. Entonces, con una fuerza que no logro entender, la agarré del cuello y lo apreté hasta que dejó de respirar. —El silencio invadió la sala. Don Jaime agachó la cabeza y escondió su rostro—. Lloré, como nunca antes lo había hecho. Mi mente no podía pensar en perderla.
—¿Se arrepiente de lo que hizo?
—No lo sé, hermana. Me arrepiento porque ya no podré verla más.
Pero si yo no la iba a ver, prefiero que no lo haga nadie.
—¿Lo volvería a hacer?
—Tampoco puedo contestarle a eso. Aún noto la suavidad de su piel en la yema de mis dedos. Por las noches creo oír sus risas traviesas. Cuando me levanto, deseo poder encontrarme de nuevo con ella en algún jardín. —Se puso en pie y miró hacia el fuego—. ¿Por qué quería abandonarme? ¿Por qué no sentía lo mismo que yo?
—La reina lo juzgará en la tierra y Dios hará lo propio en el lugar donde se guardan las almas.
Sor Lucía caminó hacia la puerta. A la vez, llamó a uno de los soldados que custodiaban la entrada.
—Ocúpense de él. No puede salir de este palacio hasta que la reina determine su sentencia. Si el asesino confeso lograse escapar, su majestad
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los haría responsables únicos del suceso.
Burgos. 29 de enero
La hermana Ana llamó a la puerta de la celda de sor Lucía. Después de terminar los rezos del mediodía, se acercó para hablar con ella. Sabía que su compañera aprovechaba esas horas antes de la comida para encerrarse entre sus libros y papeles.
—Buenos días, hermana Lucía.
—Adelante, adelante, hermana Ana. Qué sorpresa verla a estas horas.
—Bueno, tenía pendiente entregarle hace días el encargo que me pidió.
Después de darle muchas vueltas, creo que tengo la traducción.
—¡Qué alegría! No sabe lo importante que es para mí. Iba a preguntarle por eso mañana, ya que necesito comprobar algunas cuestiones de mi estudio.
—Pues aquí la tiene. He de reconocer que me ayudó a certificar la traducción el padre Hernando, que, aunque es anciano, conoce la lengua hebrea mejor que yo. Pero lo importante es que ya la tengo.
—Estupendo, así la leeré antes de acudir al refectorio para el almuerzo.
—Tome. Espero que le sirva de gran ayuda.
La monja le entregó un pequeño papel enrollado. Después, como si quisiera desentenderse de los trabajos de su compañera, se dirigió rápido hacia la puerta, se despidió y aligeró la marcha para alejarse lo antes posible.
Sor Lucía, aún de pie, desenrolló el papel donde estaba la traducción. Sus ojos leyeron hasta en tres ocasiones aquellas palabras. Volvió a enrollar el papel, se acercó a su mesa, rebuscó entre las cosas que tenía sobre el pequeño escritorio y, cuando encontró sus anotaciones, las leyó otra vez. Después de unos minutos de reflexión, se sentó y comenzó a bucear de nuevo entre anotaciones y libros.
El tiempo corrió hasta que golpearon la puerta con insistencia. Sor Lucía se levantó sorprendida. Estaba concentrada en la investigación. Se acercó al portón y lo abrió para ver qué ocurría.
—Hermana, ¿le ocurre alguna cosa? No ha venido a la comida y la priora estaba preocupada.
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San Juan de la Peña.
6 de febrero de 1368
Los jinetes galopaban a gran velocidad entre los frondosos árboles que prefiguraban el bosque pirenaico. A pesar de la enorme distancia que llevaban recorrida sus cuatro patas, todavía tenían fuerza para descender hacia el objetivo.
Iban desprovistos de la cota de malla para reducir la carga sobre el animal. Un gambesón acolchado hasta la barbilla los protegía del intenso frío, mientras que una larga capa de piel hacía las funciones de cortavientos. Ceñían ya la espada en la cintura, seguros de que su objetivo estaba cerca.
Eran cinco de los mejores soldados del Príncipe Negro. Habían descansado la noche anterior en una cabaña escondida en las inmediaciones de Jaca. Estaban excitados y su sangre bullía ante la cercanía de San Juan de la Peña.
Al llegar a Santa Cruz de la Seros, al pie de la sierra de San Juan de la Peña, se detuvieron junto a la iglesia románica de Santa María. Los caballos necesitaban descansar. Rodearon el pequeño templo y decidieron descabalgar para dar de beber a los animales.
Una flecha impactó en el pecho del caballero Roland, que notó cómo lo atravesaba, poco a poco. No sintió dolor, pero el gambesón comenzó a humedecérsele hasta que se volvió rojo por completo. Miró hacia su pecho, suspiró, llevó la mano al punto por donde había penetrado la flecha y cayó de rodillas. Ahora sí notaba dolor. Era como si el fuego lo quemara por dentro, cada vez más intenso. Entendió que la muerte estaba cerca, y cuanto más se aproximaba, más sangre bombeaba hacia el exterior su corazón.
Antes de dejar de respirar, giró su cabeza y escuchó varios silbidos a su alrededor. Dos de ellos impactaron en la cabeza y en el torso de otro compañero. Estaban siendo atacados, sorprendidos, acorralados hasta la muerte. Entendió que habían encontrado aquello que pretendían llevar a cabo. La muerte que portaban estaba ahora en su cuerpo.
Diez jinetes aparecieron al galope. Salieron de entre los árboles y se dirigieron a gran velocidad hacia los tres caballeros que aún estaban con
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vida. Desenvainaron las espadas y cargaron contra ellos en nombre del grial. Durante más de media hora combatieron cuerpo a cuerpo. Ya no existían arcos. Los golpes magullaban a unos y otros como paso previo a que alguna de las espadas atravesara el cuerpo.
Cuando ya solo quedó un soldado francés en pie, acorralado por los otros ocho caballeros que aún podían luchar, cesó el combate.
—Entrega el arma y podrás partir de regreso a tu tierra. Es bueno que tu señor conozca el destino de sus soldados.
—¿Cómo sabíais que veníamos?
—Hace semanas que fuimos alertados. Hemos establecido un perímetro de seguridad y nada se escapa a nuestra protección. ¿Quién os envía?
El soldado francés se dejó caer de rodillas. Veía cerca su final y había decidido abandonar la lucha. Solo esperaba el momento de rendir cuentas ante Dios. El caballero se acercó hasta él, alargó su espada y colocó el filo junto a su cuello.
—Te lo vuelvo a repetir, ¿quién y para qué veníais a San Juan de la Peña? Supongo que en busca del santo grial, pero quiero que me aclares quién ha ordenado su robo. Después, podrás volver a tu tierra. Tienes mi palabra.
—El Príncipe Negro.
El caballero apretó con ligereza el filo de la espada contra la mejilla y la dejó deslizar hasta que la sangre brotó de forma abundante. Después, montaron en sus caballos y abandonaron al francés.
Burgos. Febrero de 1368
Mediodía
Desde su llegada a la ciudad, la hermana clarisa había sorprendido a las compañeras de convento por su infinita paciencia. La conocían poco y quizás fuera esa imperturbabilidad frente a los contratiempos lo que más les llamó la atención. Si tenía un objetivo marcado en su agenda, lo perseguía con determinación hasta conseguirlo. La admiraban por ello.
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Pero aquella mañana su paciencia llegó al final del recorrido. Al acabar los rezos matutinos y las tareas del día, salió del convento en dirección al palacio de los Padilla. Andaba con paso firme, segura, enfadada. Había esperado durante dos semanas que algún mensajero de don Pedro le enviara la confirmación del arresto de don Jaime. Pero no llegó nadie. Ahora le tocaba a ella actuar.
Una chica joven del servicio de los Padilla la atendió en el portón exterior. Sacó las manos de su hábito y bloqueó la puerta. La entereza con la que comenzaba sus conversaciones sor Lucía había desaparecido.
—No hace falta que le diga nada al señor. Yo misma hablaré con él. La monja entró en el palacio, pese a las protestas de la joven, y
comenzó a caminar decidida hacia el salón de la chimenea. Entró, se situó junto a la ventana e introdujo de nuevo sus manos en el hábito.
—Dígale a don Pedro que estoy aquí. No abandonaré esta estancia hasta que no baje a hablar conmigo.
La joven salió nerviosa de la sala. Una vez en el patio, corrió a trompicones hasta las estancias superiores. Al final de las escaleras, al girar a la derecha, en la pequeña biblioteca que poseía la familia se encontraba don Pedro.
—La he oído, tranquila. Comuníquele que bajaré en un momento.
Mientras tanto, ofrézcale un poco de agua.
La familia se había enriquecido durante años con el comercio de vino y uva en Medina del Campo. Numerosos mercaderes del norte de Europa viajaban hasta allí para comprar sus productos. Una economía que algunos valientes completaban con el ganado y el trigo. Este contacto diario con el dinero había conformado en sus habitantes un carácter especial, pausado, dispuesto siempre a entablar diálogo.
—Buenos días, hermana. No parece que haya madrugado dadas las horas que son.
—Sabe bien que comenzamos nuestros rezos a las siete. Siempre nos acompaña alguna persona mayor, pero a usted lo he echado en falta.
—Bueno, sor Lucía, no hace falta que tengamos una conversación
tensa. Ya sé que usted no es una persona manipulable. —Asintió mientras soltaba una carcajada sonora.
—No debe temerme tanto cuando ha sido incapaz de comunicarme el arresto o no de su pariente.
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—No ha salido de este palacio, si esa es la preocupación. Pero la palabra arresto suena muy fea, hermana.
—Suena peor la palabra asesino, y también la puede usar.
Un atronador silencio se adueñó de la sala. Tan solo el crepitar de la chimenea era capaz de romper la situación. Don Pedro comprendió en ese instante la magnitud de lo que ocurría.
—Creo que aún no entiende bien que es la propia reina la que me ha encargado el caso. Hablo por boca de doña Juana. Si le pido que encierre a don Jaime, es la propia reina la que se lo exige.
—Lo sé, hermana —contestó con sequedad don Pedro—. No es necesario que lo repita. Ya le he dicho antes que el encierro se ha cumplido, como usted pidió.
—No es suficiente. Dos soldados deberían custodiar al asesino día y noche, jornada tras jornada. Y quiero que se me informe de cualquier cosa que pueda suceder de aquí en adelante.
—Tiene usted mi palabra.
—En los próximos días partiré hacia Toledo para entrevistarme con la reina. Le hago a usted responsable último de que don Jaime permanezca en este palacio durante mi ausencia.
—Comunique a su majestad que don Pedro Padilla cumplirá su compromiso con la Corona.
Talance, Aquitania.
15 de marzo de 1368
El ruido golpeó las paredes del salón de forma estruendosa. Decenas de pequeños, diminutos cristales se esparcieron por el suelo. El Príncipe Negro descargó toda su ira contra aquel muro después de conocer el fracaso de sus hombres en el asalto al monasterio de San Juan de la Peña.
Eduardo, indignado, lleno de rabia, se dirigió hasta su amigo y consejero Jacob de Gante. En una reacción poco habitual en él, lanzó su brazo hacia el pecho del caballero y lo empujó hasta apoyarlo contra la pared.
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—Tú me garantizaste que tendríamos el grial en nuestras manos y lo único que hemos conseguido es que nos humillen.
—Señor, esos… —La presión de la mano del Príncipe Negro sobre la parte alta de su pecho no le dejaba hablar con claridad—. Nadie podía prever la fuerza de esos caballeros del grial. Ahora… Ahora podemos ver dónde se refugiaron algunos de los templarios perseguidos.
Eduardo soltó de golpe a su consejero y se giró hacia el otro soldado que estaba en la sala, el mismo que había sobrevivido al ataque.
—Jamás pensé que los cinco mejores soldados de mi ejército fueran derrotados como niños por un grupo de caballeros a los que ni siquiera conocemos. ¡Sois unos inútiles!
—Señor, alguien los había avisado. Estaban en alerta.
—¿Crees que eso es excusa? En la guerra, en la mayor parte de las ocasiones, el enemigo está informado de cuanto acontece. ¿Iba a ser esto diferente? Vuestra obligación era estar prevenidos. Merecéis la suerte que habéis corrido.
El Príncipe Negro se alejó hacia la ventana, cruzó las manos por la espalda y se puso a mirar hacia el infinito. Estaba rabioso por la humillación y, a la vez, decepcionado por dejar escapar la oportunidad de acabar con los problemas financieros por los que atravesaba.
—Olvidaos de los trucos de bufón, Jacob. Si Inglaterra quiere el grial, tendrá que pagar por él o buscarlo con sus propios medios. Nosotros centrémonos en aumentar los ingresos y paliar la grave situación financiera por la que atravesamos al modo tradicional. Subid los
impuestos. —Cuando parecía que había terminado la reunión, Eduardo, inmóvil hasta ese momento, volvió a alzar la voz—. Y usted, soldado incompetente, queda expulsado de mi ejército, desposeído de su armadura y desterrado de Aquitania. No quiero volver a verlo, salvo que desee ser decapitado en plaza pública.
Montpellier. 6 de mayo de 1368
El centro de la ciudad vivía la primavera con la efervescencia intelectual de los exámenes universitarios. Por aquellas aulas, pegadas a la imponente y encastillada catedral, transitaban aquellos días con frenética actividad los
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alumnos. El Derecho Canónico se había convertido en la asignatura más complicada y, a la vez, la más demandada de un centro que atesoraba en su interior el saber cristiano de Occidente.
Don Pedro Martínez de Luna había retomado su labor docente después de lanzarse en ayuda de Enrique para huir de Castilla y para entablar negociaciones con el rey de Francia. Estaba bien considerado en la corte de Aviñón y había despertado tantas simpatías como odios en los mentideros eclesiásticos.
Aquella mañana no había acudido a la universidad. No tenía docencia y los exámenes comenzaban la semana siguiente. Esperaba impaciente en la pequeña sala de estudio de la casa en la que residía, frente a la catedral. El día anterior, un soldado de la Orden Hospitalaria le había comunicado la visita de Don Juan Martínez de Heredia.
Se sentía intrigado. Habían compartido espacio y colaborado en numerosas ocasiones, como en la ayuda prestada a don Enrique en su huida a Francia hacía casi un año. Sentía gran admiración por él y por el linaje al que representaba. Además, conocía la estrecha relación que sí mantenía con su pariente, don Lope Fernández de Luna.
—Buenas tardes, don Pedro. Es un placer volver a coincidir con el Luna del que tanto se habla en Zaragoza.
Don Juan había llegado puntual a la cita. Entró en la vivienda y su anfitrión lo acompañó hasta la pequeña estancia de estudio. Ambos se sentaron alrededor de la mesa donde había depositados algunos libros de Derecho y un pequeño candil. Desde la silla del hospitalario se podía divisar la fuerza de las dos grandes almenas que custodiaban la entrada a la catedral.
—Buenas tardes, don Juan. Me honra con su presencia. Hacía demasiado tiempo que no nos veíamos. Como sabe, mi familia lo tiene en muy alta estima, entre ellos, don Lope, arzobispo de Zaragoza, que habla maravillas de su capacidad negociadora.
Ambos conversaron con tranquilidad sobre los últimos acontecimientos en los reinos de Aragón y Castilla. El hospitalario exhibió su preocupación por la lucha permanente en la península y por la necesidad de apaciguar la situación. Cuando el sol comenzó a entrar por la ventana y atravesar la estancia de un lado a otro, el invitado se puso en pie, de espaldas a la calle, para recuperar un tono más formal y menos distendido.
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—Don Pedro, imagino que desconoce para qué he venido aquí.
—Lo cierto es que sí.
—Desde la Orden del Hospital, creemos que hay que hacer fuerza ante el papado y apoyar a personas que compartan nuestra idea caritativa de entender el cristianismo y Occidente. Le podrá parecer muy exagerado, pero necesitamos personas honestas, con un gran bagaje intelectual y de un linaje intachable para la defensa de nuestros valores. Usted encarna a ese individuo que buscamos y que nos ayudará a resolver el permanente caos en el que vivimos en Europa.
—Con humildad, creo que me sobrevalora, señor.
—Sabe usted bien que no. Nosotros creemos en don Pedro Martínez de Luna y estamos dispuestos a ayudarlo a llegar lo más lejos posible.
—Yo no he pedido nada.
—Lo sé. Pero por eso mismo creemos en usted. El cristianismo y los reinos europeos en los que se fundamenta estamos aún en peligro frente al islam. Debemos poner paz, engendrar un gran poder en Occidente y librar la batalla definitiva para recuperar Jerusalén de manos de los infieles.
—Esos son objetivos muy ambiciosos.
—Pongamos las bases para lograrlo. Si nosotros no lo conseguimos, que lo alcance la siguiente generación, o la siguiente. Pero nada sobrevivirá al caos actual si no damos lugar ahora a un plan claro.
—Ya adivina que comparto lo que me acaba de mostrar, pero ¿en qué puedo yo ayudarlos?
—En crecer. En continuar por el mismo camino. Yo me ofrezco para atender su sustento y los gastos que necesite durante su estancia en Montpellier. Esperemos que también pueda pagar su mantenimiento en Aviñón. Ese sería el objetivo.
—Confía usted mucho en mí.
—No lo dude. Me comprometo a hacer cuanto esté en mi mano para que su ascenso no tenga fin.
—¿A cambio de qué?
—De su compromiso para lograr los objetivos de la Orden del Hospital y del grial mismo. —Don Juan se acercó un poco más a su anfitrión—. Usted comparte la misma devoción que nosotros por esa reliquia. Lo invito a que despleguemos su fuerza y su secreto por un bien común.
Don Pedro se puso en pie. Estaba sorprendido por el mensaje que le había trasladado su paisano, pero a la vez, halagado. Era su oportunidad.
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Toda la fuerza de la Orden Hospitalaria, heredera del Temple, se ponía a su servicio. No sentía miedo, tenía ilusión por comenzar cuanto antes. Entonces, alargó su brazo derecho mientras miraba a los ojos de don Juan.
—Al estrechar nuestras manos sellamos el destino. Debe tener claro que jamás renunciaré a mis convicciones. —Se detuvo un instante y apretó más la mano—. Hoy brillará como pocas veces el santo grial.
Burgos. 12 de mayo
Al concluir las oraciones de media mañana, sor Lucía solía retirarse a su celda a trabajar. Con la llegada del buen tiempo se le hacían más cómodas las largas horas que pasaba entre aquellas frías paredes. Además, le gustaba aprovechar el espléndido brillo del sol primaveral para observar los detalles de las ilustraciones que la trémula luz de las velas ocultaba.
Caminó con rapidez por el claustro. Tenía prisa. Ese día estaba impaciente. Había recibido una carta de don Pedro Martínez de Luna y la intrigaba su contenido. Ignoraba si el aragonés estaba al tanto de su investigación sobre el grial. No habían llegado a tener contacto, aunque conocía de cerca su evolución dentro de la Iglesia.
Cerró la puerta, se dirigió hacia el escritorio y cogió la carta que había dejado horas antes de acudir al oratorio. Sentía algo más que curiosidad. Ningún temor. Había sido entrenada para enfrentarse a ese tipo de miedos, pero estaba segura de que don Pedro estaría al tanto de sus movimientos y quería analizar la reacción de quien estaba tan ligado al grial.
Sor Lucía tenía entre sus manos la misiva. Rompió la lacra con cuidado. Ya no había prisa. Desdobló con tranquilidad el grueso papel y se dispuso a leerlo.
Querida hermana clarisa:
Espero y deseo que se encuentre bien. La voluntad de la Virgen resplandece estos días con la misma intensidad que la naturaleza abre sus manos al renacer de los campos, y a buen seguro usted forma parte de esa fuerza renovada de la madre de nuestro Señor.
Estoy al tanto de su amistad con la reina doña Juana Manuel de Villena. Como bien sabe, entre su majestad y yo existe un fuerte vínculo y confianza. Por esta razón, entiendo que, si ella ha depositado sus esperanzas en usted, es por su integridad, honradez y pureza de alma. Cuanta seguridad tenga la reina en sus criterios será también la mía.
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Quisiera transmitirle que nada debe temer del paso de doña Juana y su hijo por el monasterio de San Juan de la Peña. Le sugiero que confíe en el santo grial de la misma forma en que lo hago yo. Su fuerza, emanada de la misma sangre de Cristo, nos ayudará a ver la justicia de nuestro propósito y la legalidad de los justos.
Estaré encantado de que entienda y comprenda los principios que rigen la fe depositada en la reliquia, la más importante de la cristiandad. Tiene mis brazos abiertos para ayudarla a esclarecer nuestros propósitos. Pero sin esfuerzo, sin trabajo, sin lucha no hay premio divino. Ese es su camino, como el mío o el del futuro rey de Castilla.
No obstante, me complace recomendarle la lectura del Evangelio de San Juan, capítulo 5, versículo 35. Sin duda, la ayudará a entender mejor la fuerza que nos asiste y queremos y deseamos también para el infante Juan.
Sin más, se despide de usted, con la esperanza de una pronta visita,
Don Pedro Martínez de Luna
Sor Lucía releyó la carta por segunda vez para ver si había pasado por alto algún detalle importante. Después, la soltó sobre la mesa y rebuscó entre los libros hasta dar con una biblia. La abrió con rapidez. Sabía lo que quería. Avanzó las páginas hasta el Nuevo Testamento y buscó el evangelio de San Juan. Pasó las páginas una tras otra mientras con el dedo índice rastreaba los versículos.
«Él era una antorcha que ardía y alumbraba, y vosotros quisisteis regocijaros por un tiempo en su luz».
Leyó el capítulo entero varias veces. Dejó la biblia abierta sobre la mesa, cogió la pluma y apuntó de forma literal el versículo. Al lado, con letra clara, anotó el nombre de san Juan Bautista. A él hacían referencia esas palabras.
Segovia. 10 de junio de 1368
El cielo, de un azul intenso y salpicado por pequeñas nubes aisladas, blancas y algodonadas, recibía a la ciudad al mediodía. Desde la llegada de los nuevos monarcas al Gobierno, se percibía un aire fresco, positivo, lleno de una alegría que recorría las languidecidas y algo desiertas calles de la ciudad. Segovia estaba viva de nuevo, acogía a los reyes de Castilla y sus nobles veían el futuro con la esperanza que tan solo unos años atrás habían perdido.
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En el alcázar residía desde hacía meses, de forma intermitente, doña Juana. No le gustaba permanecer mucho tiempo en las estancias del palacio mayor. El recuerdo triste de la pérdida de su hijo Pedro la alteraba. Al año y medio de nacer, el infante dejaba este mundo. Aquello cambió el carácter de la reina, que pasó a ser más seria y dura que en los años anteriores.
—Buenos días, señora. —La reina la esperaba en el salón del trono—.
No quisiera interrumpir nada importante.
Sor Lucía llevaba solo dos días en la ciudad. Se hospedaba en una pequeña casa del señor Día Sanz, la tercera generación heredera del caballero ilustre que había dado origen a la Junta de Nobles Linajes de la ciudad. Ante la falta de un monasterio de clarisas cercano, la reina se había encargado de gestionar su estancia con los Sanz.
—Adelante, hermana. Considérese en su propia casa.
—Ya me han contado la triste noticia de su hijo. Mis condolencias. —Gracias, sor Lucía. Sé que es algo para lo que debemos estar
preparadas hoy día las madres, pero aún siento dolor en el corazón. —La reina se detuvo un momento. No le salían las palabras. El peso de la pérdida del infante todavía oscurecía su corazón—. ¡Nuestro señor se lo llevó de mis brazos!
—El mundo en el que vivimos es difícil para cualquiera. Los infantes no están libres de enfermar. Las fiebres, la peste, la tuberculosis… Las terribles y devastadoras epidemias que nos asolan no distinguen entre niños y adultos. Tampoco es nuestro Señor quien decide llevarse a su seno a este o aquel. Es el destino, mi reina. Y tenemos que aprender a vivir con él.
—Pero es duro, durísimo, hermana.
—No lo dudo. No quisiera ni imaginar pasar por esa situación. Pero tiene otros dos hijos y un reino por el que luchar. Ni ayer ni hoy ni mañana se acabará el mundo, así pues, sobreponerse a los males no es un deseo, es una obligación.
La reina se acercó hasta sor Lucía y la abrazó. Las dos permanecieron unidas durante algunos segundos, en silencio, con la sola compañía del bombeo de sus corazones. Después, doña Juana se separó, con los ojos humedecidos, y se acercó hasta los bancos de piedra, junto al ventanal, e invitó a la monja a acompañarla.
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—Dígame, sor Lucía. ¿Qué era eso que con tanto empeño quería trasladarme? Ha pasado ya mucho tiempo desde que abandonamos Zaragoza. Casi daba por perdido volver a verla.
—El asesino de su doncella.
La reina se quedó paralizada. Habían transcurrido meses sin tener noticias sobre el asunto de Jimena. Menos su familia, el resto parecía haberla dejado atrás.
—Yo no olvido y tampoco he querido perdonar. Si viene a decirme que lo ha encontrado, mandaré un ejército a detenerlo ahora mismo. Prometí a su familia juzgar al asesino y no voy a faltar a mi palabra.
—Pertenece a una familia separada del linaje de los Padilla. Don Pedro, el cabeza de familia, lo tiene retenido en su palacio, en Burgos, a la espera de que usted tome una decisión al respecto.
Doña Juana se puso en pie, rápido, acelerada, con el pulso lleno de rabia y ávida de justicia. Caminó hasta el centro del salón, ajena a cuanto la rodeaba. Tras ella, con una actitud mucho más templada, avanzó sor Lucía. Cuando ambas estaban junto al trono, la reina se giró hacia la monja.
—Quiero que trasladen a don Pedro que la reina es conocedora de la situación. Que ordena que el asesino permanezca prisionero. Y que le comunique a esa bestia humana que medito su castigo. ¡Yo seré la justicia, sor Lucía!
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CUARTA PARTE
TOLEDO
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ENTREVISTA
Harta. Estoy harta de tanta guerra. Hace semanas y semanas que se inició el sitio de Toledo. Prefiero ni contarlas ya. Al final, la reina se salió con la suya y las tropas enriquistas se han lanzado a por la ciudad.
¡A vivir de nuevo en tienda de campaña! Que cansada estoy de tanto polvo y tanto desorden. Así no hay quien mantenga una vida social con algo de naturalidad. Solo soldados alrededor. Imagínense ustedes.
Casi un año hace ya que don Enrique se plantó aquí y comenzó los trabajos para el asedio. Doña Juana y yo llegamos más tarde, aunque a mí este tiempo se me ha hecho eterno. He visto de todo, desde ataques tensos y crueles de los defensores hasta las acciones de destrucción sin piedad por parte de nuestra artillería. Incluso hubo una rebelión de ciudadanos que nos apoyan dentro de la ciudad y que llegaron a tomar la Torre de los Abades.
Pero nada. Aquí estamos. Sin conquistarla y cada vez más exhaustos. Encima, don Enrique ha partido en busca de Pedro el Cruel y ha dejado a su mujer al frente del asedio. Así que, de un día para otro, vuelvo a ser casi guerrera.
Hartita me tienen.
Burgos. 23 de noviembre de 1368
Mediodía
Galopaba por las calles de la ciudad como loco. No respetaba el trasiego de los vecinos, que se apartaban despavoridos al verlo venir. Se movía sin
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una dirección clara. Solo quería huir, alejarse cuanto antes de aquel lugar. Atravesó una calle estrecha, empedrada, por la que no había mucha
circulación. Al llegar al final, giró a la derecha y arreó al caballo para que corriera todavía más. No tenía miedo a nada, a pesar de que podía resbalar en cualquier momento y tirar por tierra sus esperanzas.
Sin saber muy bien cómo, apareció en la plaza Mayor del Mercado. Se detuvo y la observó por un instante. Bulliciosa, llena de gente. Fruta, verdura, animales de corral, especias, ropa y hasta pasto. Era imposible salir de aquella ratonera.
Hacía poco más de media hora que había comenzado su aventura. Había planeado la huida dos semanas antes. Estaba cansado de aquellas cuatro paredes. Jaime Padilla no había nacido para estar encerrado. Observó durante días los horarios de las mujeres del servicio y de su anfitrión. Antes de media mañana, la mayor parte de los Padilla se ausentaban con parte de las doncellas, lo que le dejaba más capacidad de maniobra. En el patio interior, a esa hora solían dejar un caballo atado a la argolla de la pared a la espera de que el hijo pequeño del señor lo montara para pasear por los alrededores de Burgos.
Esa mañana se había armado de valor. Sin pensarlo dos veces, desató el caballo y salió al galope del palacio que había sido su cárcel durante meses.
—¡No será el mercado lo que me detenga!
Miró el laberinto de tenderetes. Tensó las riendas, espoleó al caballo con sus botas y se lanzó por el medio de los puestos de venta. Los vecinos se apartaban asustados. El caos se apoderaba de las calles por donde pasaba. Los gritos y reproches se agolpaban en sus oídos.
Después de varios minutos, por fin veía cerca la puerta de San Pablo. Era su oportunidad. A la salida, un puente le permitiría cruzar el río Arlanzón y cabalgar hacia la libertad. Sentía el latido de su corazón en la boca, los manotazos de la gente indignada en las piernas, el impacto de algunas frutas en su espalda… Al llegar a la esquina, estiró la rienda de su mano derecha. El animal respondió con agilidad a pesar de que las patas traseras resbalaron. Volvió a espolearle con los pies a la vez que gritaba y cruzó, por fin, bajo el arco de San Pablo.
Mientras se alejaba, sin mirar atrás, empezó a pensar su destino. Quizás debería volver a Zaragoza, con sus padres. Allí le darían cobijo mientras ordenaba su futuro. Quería abandonar la ciudad que se había
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convertido en su prisión durante demasiado tiempo. Se acordó de la monja y una sonrisa se dibujó en su rostro.
Media tarde
Don Pedro gritaba sin cesar. Sus insultos se oían desde el patio. Había reunido al servicio de palacio y a la familia en el salón principal. Estaba desconocido, lleno de ira, nervioso. Se movía sin parar de un lado a otro, de forma caótica. Tras más de media hora de recriminaciones, se acercó hasta la chimenea y miró a cuantas personas se habían reunido ante él. Durante algunos segundos, el silencio más absoluto cubrió las paredes de piedra. Después, el fuerte ruido metálico de un candelabro al caer al suelo hizo retroceder un paso a la mayoría de los presentes. La patada de Pedro, llena de rabia, puso fin a los reproches.
—Quiero que preparen una partida de diez hombres para dar caza al fugitivo. No volverán a este palacio hasta que, vivo y encadenado, aparezca por esa puerta.
—Padre, nos lleva mucha ventaja. No sabemos hacia dónde ha podido huir.
—¡Excusas! Tú liderarás el grupo. No quiero volver a verte hasta que me lo traigas.
—Pero ¿dónde buscamos?
—¿En serio? No sé si eres más tonto tú que él. Ese idiota no tiene capacidad para pensar. Lo más probable es que vaya camino de Zaragoza en busca del cobijo de sus padres. Id hasta allí y traédmelo vivo.
—Sí, padre.
—Y a todos los presentes os doy una orden que, a la vez, se convierte en advertencia. Nadie debe decir nada de lo ocurrido. Si os preguntasen por el fugitivo, decidle que es cosa mía. Si la noticia de la huida llega a la reina, mi familia caerá en desgracia y yo, en persona, me encargaré de que ninguno de los presentes vuelva a ver la luz del día. ¿Entendido?
Toledo. 14 de marzo de 1369
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A media mañana
Mencía corría de un lado a otro por el campamento. Buscaba a doña Juana. Tras ella, un soldado, polvoriento y sudado, la seguía sin saber bien hacia dónde se dirigían. La doncella pensó en el ímpetu de doña Juana y redirigió sus pasos a las caballerizas, en la parte posterior. Se cogió la falda con las dos manos y echó a correr entre las tiendas, seguida de forma atolondrada por el soldado.
Algunas gotas de lluvia parecían querer abrirse paso con el transcurrir del día. Esa agua primeriza era peligrosa. Formaba una película de barro con la que parecía imposible no resbalar. Mencía llegó por la esquina interior, pero tuvo que agarrarse a un poste de madera al notar cómo se le deslizaba el pie izquierdo hacia delante. Inmóvil, jadeante, junto al soldado, vio por fin a su señora a punto de montar a caballo.
—¡Doña Juana, espere un momento!
La reina se volvió contrariada ante el grito de su doncella. Vestía armadura completa. Peto bombeado a la altura del pecho, falda de loriga sobre otra de tela dorada, greba en ambas piernas y los brazos desprotegidos, cubiertos solo por el mismo tejido que la falda. A doña Juana le gustaba disponer de mayor movilidad, lo que le permitía arengar a los soldados en la batalla. Tampoco usaba yelmo ni babera. Prefería que le viesen la cara y la escuchasen con claridad.
Estaba preparada para luchar.
—¿Qué ocurre, Mencía? Vamos a lanzar un nuevo ataque sobre la Torre de los Abades. Este no es un buen momento para hablar.
—Ha llegado un correo de su esposo. Trae noticias sobre don Pedro. La reina soltó las riendas del caballo, sujetó la espada y corrió cuanto
pudo hasta la doncella. A su lado vio al joven soldado, aún jadeante, con la cara llena de chorretones de barro provocados por el sudor y el polvo del camino.
—Acompáñenme al interior de la tienda.
Los tres entraron en la carpa más cercana, la que servía a los jinetes para depositar víveres y correo. La primera fue doña Juana, que, al llegar al centro, se giró con brusquedad hacia la doncella y el soldado.
—Bien, contadme. No tengo mucho tiempo.
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—Majestad —se apresuró a responder el soldado—, su esposo acampó anoche frente al castillo de Montiel, donde se ha refugiado don Pedro. La resistencia de los soldados enemigos ha sido escasa y las tropas de don Enrique asedian ya la fortaleza. Es solo cuestión de tiempo que se produzca el desenlace final.
—¿Don Enrique corre algún tipo de peligro?
—No, señora. Aunque insiste en participar en primera persona en el asalto final.
—¿Tiene capacidad don Pedro para resistir en el castillo de Montiel? —Sí, majestad. No sabemos cuánto tiempo podrá aguantar, pero la
fortaleza había sido preparada por sus huestes y la posición estratégica dificulta todavía más el asedio.
—Bien. —La reina se dio la vuelta y comenzó a caminar en círculo, en silencio—. Mencía, dejad marchar al correo. Debe prepararse para transmitir a mi marido que detendré el asalto a Toledo hasta que concluya sus operaciones. De momento, permaneceré aquí, junto a nuestro ejército.
—Sí, mi reina.
—Y vos, asearos, comed algo y partid de forma inmediata.
El soldado salió de la tienda para disponerse a cumplir las órdenes. Dentro, la reina permaneció en silencio, pensativa, mientras su doncella esperaba intranquila.
—Avisad al capitán para que se vea conmigo al mediodía en la tienda real. Hay que detener el avance y preparar a los soldados por si debemos partir hacia Montiel en ayuda de mi marido. —La reina miró a Mencía mientras caminaba—. Y vos, acompañadme a mi tienda para quitarme esta pesada armadura. Antes, pasad por el campo de entrenamiento y traeros a mi hijo. Quiero que sea consciente de la situación en la que nos encontramos. Es ahora o nunca. Llevamos varios meses de avance sin tregua, desde que tornó de Francia con su nuevo ejército. Si mi hijo va a ser rey de Castilla en un futuro, debe conocer la guerra en primera persona. Quiero que esté conmigo.
ENTREVISTA
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Acumulamos demasiados días de tensión, de nervios, de desvelos. Cuanto más parece acercarse el final, más dudas surgen. No es la primera vez que el triunfo de don Enrique está a punto de ser una realidad y al final se convierte en derrota.
Doña Juana lleva a su hijo detrás. Lo quiere cerca. Lo educa en la dureza de la guerra y en el ejemplo del mando. Reconozco que a diario me sorprende. Tiene un carácter decidido, a la vez que justo. Nadie podrá decir de ella que sea pusilánime. Cree en sus objetivos y hará cualquier cosa por lograrlos. Entre ellos se encuentra convertir al pequeño Juan en un gran rey. ¡Ya veremos!
En estos días tan difíciles, de guerra, de intensidad, de movimiento, resulta complicado mantener la feminidad que se nos presupone. Me baño en un gran barril que hizo trasladar la reina para mi uso. No sabrá nunca cuánto lo agradezco. Salvo la jornada de marcha intensa, de cabalgaduras eternas, me encanta relajarme en el agua. Con el buen tiempo, prefiero la corriente del río, pero cuando el frío se apodera de ciudades y campos, no renuncio al agua del barril. Doña Juana es igual. Diría que incluso más. La limpieza corporal es para ella algo fundamental. Muchas mujeres con las que me cruzo en el mercado deberían aprender de mi señora.
Ayer tuve una charla más o menos larga con uno de los correos de la reina, el que se encarga de la comunicación con Zaragoza y la Corte. Es un joven bien parecido, para qué voy a engañarles. No procede de una familia acomodada, pero creo que desconocen el hambre. Bueno, a lo que iba. Me contó que el caballero Artal había anunciado su enlace con doña María de Saviñán. Es un miserable. ¿No podía haber esperado más tiempo? Qué poco me quería. Parece que lo haya hecho a conciencia. ¿En serio me ha olvidado tan pronto?
Mal. Estoy mal. No tengo suerte o nuestro Señor no desea que encuentre un hombre con el que formar familia. Parece como si nadie quisiera ayudarme, como si tuviera que sacar las cosas adelante por mí misma. Incluso algo tan sencillo como tener marido e hijos se me resiste.
El caballero Artal era un juego. Eso creía yo. Pero no, lo llevaba dentro de mi corazón. Me equivoqué al pensar que los dos jugábamos. En el fondo, yo no lo hacía, pero él, sí. Me duele. No veo mucha luz en mi vida, la verdad. No sé cómo salir de aquí.
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Zaragoza. 12 de marzo de 1368
Durante tres días habían seguido a sus padres hasta estar seguros de que escondían en el interior del pequeño palacio a Jaime Padilla. Los diez hombres, liderados por el hijo de don Pedro, se presentaron esa mañana a primera hora ante la casa, dispuestos a poner fin a una huida que se había prolongado demasiado.
Ataron cuerdas a varios caballos y, a una única señal, tiraron de ellas. La fuerza de los animales logró echar la puerta abajo. El fuerte ruido despertó a algún vecino que todavía dormía y puso en alerta al resto.
Seis de los diez hombres entraron a la carrera en la casa. Otros cuatro se quedaron fuera para cubrir la posible huida del prófugo. Con la espada desenfundada, subieron las escaleras y, a grandes gritos, exigieron la rendición de Jaime. Reventaron puerta tras puerta. Cuando los padres salieron al pasillo para ver qué ocurría, los empujaron con violencia para apartarlos de su camino. Al llegar a la habitación del fondo, la abrieron a patadas y entraron en tromba.
En medio de la alcoba se encontraba Jaime Padilla a medio vestir. Con el pánico en el rostro, vio venir hacia él al hijo de don Pedro, espada en mano, y profiriendo insultos de distinto calibre.
Ya no le dio tiempo a más. Una fortísima patada impactó en su pecho y lo hizo caer al suelo. Los seis hombres se le echaron encima mientras puños y piernas llenaban de golpes su cuerpo. Cuando el vástago de don Pedro se dio cuenta de que su víctima había perdido el conocimiento, paró a los demás, los hizo retroceder y miró el cuerpo tendido y ensangrentado de su pariente.
—Subidlo a la cama, acabad de vestirlo y atadle bien las manos y las piernas. Cuando despierte, pondremos rumbo a Burgos. Ya es hora de volver a nuestras casas. Este asesino no nos hará perder más tiempo.
Campamento a las afueras de Toledo.
16 de marzo
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Atardecer
El día comenzaba a alargar con timidez a la vez que las gélidas noches daban paso a agradables y soleadas tardes.
A pesar del sitio de la ciudad y de la guerra, algunos rincones junto al río ofrecían un remanso de paz. La reina conocía uno de ellos. Gustaba alejarse del campamento para meditar, para pensar, para recordar cada uno de los escalones que había tenido que subir, peldaños de sufrimiento y de lucha en la mayoría de ocasiones.
Al terminar la sobremesa, mientras el resto del ejército real descansaba, doña Juana se ciñó la espada a la cintura, sin armadura, sobre el vestido de día, montó su caballo y se alejó en silencio. Al llegar a la orilla del Tajo, tomó el rumbo contrario a la corriente. Cabalgó tranquila hasta que la silueta de la ciudad empequeñeció a su espalda. Cruzó el río por el viejo paso de madera con intención de llegar a un extraño claro donde los robles jóvenes, salpicados por algún que otro almez, se entrelazaban en forma de círculo. En el centro, nada. La tierra vestida por un aterciopelado manto verde. Silencio del viento y reflejo lejano del trinar de los pájaros. Paz. Un círculo de tranquilidad en mitad de la guerra.
Doña Juana ató su caballo al tronco seco de uno de los viejos olmos que la rodeaban. Caminó en silencio hasta el centro, se desabrochó el cinturón que fajaba su espada y se sentó en el suelo. Al notar la brisa suave del viento en su rostro, echó atrás los brazos, apoyó las manos y miró hacia la copa de los árboles. Su mente comenzó entonces a trabajar.
«Qué difícil es tomar decisiones. Dudas que tengo a diario y que nadie ve. A mi alrededor, unos y otros esperan órdenes, acciones de mando, determinación en cada una de las cosas que hago. Hasta lo más pequeño e insignificante. Y eso agota».
Estoy cansada. Una y otra vez los caminos se abren ante mí. En cada una de las decisiones temo errar y, sin embargo, debo elegir.
Me gustaría descansar. Que acabasen cuantos problemas hay a mi alrededor y descansar. Disfrutar como otros hacen. Preocuparme solo por mis hijos.
¡Pedro, hijo mío!
No es fácil para una madre olvidar. Ya sé que la muerte está a nuestro alrededor, a diario, en cada familia. Pero lo llevo siempre conmigo. No lo
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puedo soltar. Nunca notarán ni Juan ni Leonor que su hermano está en mis pensamientos a diario. Ellos también ocupan mi corazón, lo llenan, lo inundan. Espero que nunca lleguen a saber lo que se siente con la pérdida de un hijo.
Jimena. Lo sé. Por ella estoy aquí hoy. ¿Qué hacer? Mi corazón quiere matar a ese hombre, a ese asesino. Muerto, igual que él le hizo a mi doncella. Asesino. Peor que un soldado en la guerra. Mató a traición. Engañó al amor que ella sentía por él. Celos. Envidia insana a la que hay que poner fin. Debe ser una sentencia ejemplar que atemorice a otros monstruos como él.
A veces creo que la muerte no es la mejor de las humillaciones. Quizás no debería acabar con su vida. Ese monstruo debe ser humillado ante el resto de personas. Y ya veremos si con el tiempo también debe transitar al otro mundo. Pero primero, humillado. Yo me comprometí con los padres de Jimena a hacer justicia y yo misma seré quien la imparta. Sí, justicia. Implacable, firme, sin dudas. No me importa su origen ni el linaje al que pertenece. Importa la vida que quitó. ¿Quién sabe cuántas vidas salvaremos si no somos débiles ante el monstruo?
Castillo de Mora de Rubielos.
7 de marzo de 1369
A pesar del sol que lucía a principios de la tarde, la chimenea permanecía encendida. El fuego llameante empezaba a dar paso a brasas enrojecidas cuyo calor se extendía por cada rincón de la estancia.
Juan Fernández de Heredia estaba sentado frente a la mesa del ventanal. Desde allí observaba las obras de construcción de la muralla perimetral que se habían iniciado hacía solo un mes. El caballero hospitalario, principal de uno de los linajes más importantes de Aragón, había decidido establecer en esa población su centro de operaciones. Después de tener casi completada la construcción del castillo y las estancias palaciegas, se había lanzado a fortificar la población y a dotarla de los servicios necesarios para su desarrollo.
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El señor de Mora, consejero del rey, basaba también su poder en la influencia sobre la corte papal y en el inmenso peso que tenía en la Orden de San Juan del Hospital. Gracias a su amistad con Inocencio VI, había logrado que las posesiones de la Orden del Temple en Castilla pasaran al Hospital, asentando su poder en esa corona y en la de Aragón. Ello le permitió apoyar con toda la fuerza de los hospitalarios la causa de Enrique de Trastámara contra Pedro el Cruel. Don Juan allanaba el camino para controlar los dos reinos.
—Mi señor, ha llegado el caballero del grial que esperaba
—interrumpió el secretario mientras permanecía en la puerta.
—Gracias, Bertrán. Dígale que espere en el salón de las chimeneas. En cuanto termine de escribir esta página de la crónica, me reúno con él.
—¿Desea que lo atienda yo mismo mientras usted termina sus ocupaciones?
—No —respondió con brusquedad—. El cáliz es un tema que me concierne solo a mí. —Don Juan se giró hacia el secretario en tono serio—. La reliquia es un asunto privado de máxima importancia para la Orden del Hospital y para el futuro papado. Mientras esté bajo mi control, no quiero que nadie pueda acceder a él. Es de vital importancia que los caballeros del grial respeten la jerarquía de mando y entiendan que solo yo puedo recibir noticias al respecto.
—Entendido, señor.
—Por supuesto que le voy a hacer partícipe de cuanto hablemos, pero los caballeros me deben obediencia. Los secretos de la reliquia, los movimientos en el monasterio que la custodia o cualquier novedad que se produzca deben pasar primero por mí.
—No parece que traiga ninguna novedad importante. Se le nota relajado.
—Esta vez no espero noticias suyas. Quiero transmitirle la necesidad de que estén prevenidos. Ha llegado el momento de apostar por el papado y, al menos yo, tengo claro quién es el candidato al que voy a apoyar. El grial será testigo de su nombramiento.
—Por cierto, ¿está al corriente de la monja clarisa que anda tras la pista de la reliquia?
—Sí. Don Pedro Martínez de Luna me ha puesto al corriente. No debemos temer nada, más bien al contrario. En la medida en que una
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monja de su condición se involucre en nuestros objetivos, estaremos más seguros.
—Le diré al caballero que espere. No se preocupe.
—¡Bertrán! —lo llamó antes de que saliera de la estancia—. Nos adentramos en un tiempo de cambios. Debemos estar preparados, trabajar más que nunca y esperar que los acontecimientos nos acompañen, grial mediante.
Toledo. 23 de marzo de 1369
Atardecer
El campamento comenzó a revolucionarse. Los gritos y las arengas rebotaban por todas las tiendas mientras un soldado a caballo avanzaba hacia la carpa real. Doña Juana salió para ver qué ocurría. En ese momento, el correo desmontó de su caballo. Casi sobre la marcha, soltó las riendas y se acercó a la reina. Jadeaba, el rostro estaba amarillento por la cantidad de polvo del camino y apenas se podía sostener en pie.
—¡Don Pedro ha muerto, mi reina!
Una ola de gritos y vítores se expandió por todo el campamento. La celebración fue de tal índole que se escuchaba al otro lado de las murallas. Los vítores corrieron sin tregua por las montañas y por los campos alrededor de la ciudad hasta llegar al corazón mismo de Toledo.
Los sitiados comprendieron entonces la situación que se les venía encima. El arzobispo Gómez Manrique, que encabezaba las tropas resistentes, observó los hechos desde la ventana de su palacio. Delante de los soldados, lanzó sus guantes al suelo. Se sintió derrotado, abatido, enfrentado a un futuro incierto.
En el bando de la reina, el primer abrazo fue el del joven Juan a su madre. Vestido con una ligera armadura de entrenamiento, había salido al encuentro del alboroto lleno de esperanzadora curiosidad.
—Se acabó, madre. Usted es la única reina legítima.
—Hemos derrotado a ese indeseable de don Pedro, pero todavía queda una guerra que ganar. Aprende bien esta lección, hijo: nunca hay victoria
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mientras no haya paz.
Al momento, la doncella se fundió también en un cálido abrazo con doña Juana, mientras la soldadesca las rodeaba en un caos de ruido y movimiento.
—¡Viva la reina! ¡Viva doña Juana! ¡Larga vida a don Enrique! Cuando se disipó en cierta medida la euforia, la reina pidió al correo
que entrase en la tienda. No lo dejó descansar ni asearse. Estaba ávida de información. Quería saber si su marido estaba bien, si habían sufrido bajas, si don Pedro había intentado huir.
—Tome asiento, soldado.
—Gracias, mi reina. Prefiero permanecer en pie mientras estoy ante usted.
—¿Cómo ha sido la victoria?
—En los primeros días de sitio, su marido ordenó construir una empalizada alrededor del castillo para evitar la huida de don Pedro. A partir de ahí, se sucedieron nueve largas jornadas de lenta agonía. Logramos infiltrar un espía en la fortaleza con el objetivo de envenenar el
agua del pozo. Lo consiguió. —Mencía le acercó un poco de agua para que se mojase los labios. Después, el soldado tomó algo de aire antes de continuar—. Era solo cuestión de días que cayera Montiel, pero esta noche pasada, don Pedro intentó huir. Descubierto por Du Guesclin, este lo convenció para negociar la rendición. Pero el capitán francés lo condujo a la tienda de su marido y allí se vieron frente a frente.
—No quiero ni imaginar ese momento. La cabeza de mi esposo sería un volcán en erupción. Seguro que le vendría el recuerdo de su madre y de su hermano, asesinados por don Pedro. No sé qué hubiera hecho yo en su lugar.
—Se abalanzó sobre su hermanastro, daga en mano. Bueno, en realidad, después de varios reproches mutuos y diversos gritos, ambos sacaron sus armas para batirse a muerte. No fue una pelea fácil. Más bien todo lo contrario. Hubo un momento en que el rey quedó tumbado en el suelo, bajo los golpes de don Pedro. Entonces, Du Guesclin, que presenciaba la escena como el resto, agarró de los tobillos al Cruel, lo separó y propició que don Enrique clavase su daga en el costado de su hermanastro. A duras penas, ambos se pusieron en pie y el monarca herido miró al francés: Me habíais prometido negociar mi rendición, indicó.
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Majestad, yo ni quito ni pongo rey, solo sirvo a mi señor, contestó el francés.
—¿Qué hizo mi marido?
—Se lanzó sobre don Pedro y comenzó a clavarle la daga una y otra vez, sin parar, hasta que cayó al suelo. Después, con sus propias manos, le cortó la cabeza, la clavó en una lanza y ordenó pasearla por la muralla del castillo.
—¡Dios mío!
—Antes de salir hacia Toledo, formó un grupo de cuatro hombres y les encargó que mostrasen la cabeza por las principales ciudades de Castilla.
Las dos mujeres y el niño estaban inmóviles. Habían oído la crueldad con la que don Pedro trataba a sus enemigos, pero no esperaban esa reacción de don Enrique.
—Cuando montaba a caballo camino de Toledo, vi cómo ataban el cuerpo decapitado a dos tablas y lo colocaban en la muralla del castillo. Imagino que después de eso, las puertas de la fortaleza se abrirían de par en par.
—¿Le ha dado algún mensaje para mí?
—Sí, mi reina. Me ha dicho que en los próximos días se unirá a usted con su ejército para terminar de tomar Toledo. Debe preparar a los soldados para el asalto final.
—Ojalá termine la guerra con esta ciudad. El rey ha muerto, pero sus seguidores buscarán otro por quién luchar. No creo que sea tan fácil someter a los nobles rebeldes.
Campamento de las tropas reales. Toledo.
26 de marzo
Media mañana
Sor Lucía acudió a Toledo desde Segovia. La reina, centrada en la toma de la ciudad, le había pedido que fuera a verla para tratar el asunto del asesino
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de su doncella. Había meditado sobre la sentencia y estaba decidida a poner fin cuanto antes al tema.
La monja tuvo que sortear decenas de soldados antes de llegar a la tienda real, donde se alojaban Doña Juana y sus hijos. A media mañana, el trasiego de caballos, alimentos, lanzas y armería confería al campamento una vitalidad especial. Parecía una ciudad más que una comunidad guerrera. Por esta razón, su presencia pasó desapercibida entre la multitud.
—Siéntese, hermana.
—Gracias, majestad. A ver si concluye de una vez esta guerra tan presente por doquier.
—¡Qué más quisiera yo, hermana! Pero me temo que pacificar el reino llevará su tiempo.
Doña Juana tomó asiento junto a la monja, al fondo de la tienda. No le importaba que la escuchasen sus hijos pero en previsión de que pudiera hablarse de algún dato desagradable, mandó a la doncella a pasear con los infantes por las zonas menos transitadas del campamento.
—Usted dirá, doña Juana.
—Quiero que la Justicia actúe de forma ejemplar con el asesino de Jimena. He pensado mucho acerca del castigo que hay que infligirle y quiero que sea lo antes posible.
—Me parece una decisión acertada, señora. No podemos prolongar más esta situación. No confío en que don Pedro Padilla mantenga por mucho tiempo al asesino alojado en su palacio.
—Así es, hermana. Quiero que se traslade de nuevo a Burgos y transmita a don Pedro mi determinación a actuar de forma inmediata. —La reina se puso en pie, se acercó a su escritorio, recogió un sobre lacrado y se lo entregó a sor Lucía—. Haré llegar esta orden a Burgos para que ejecuten ya la sentencia contra el asesino. Mientras, yo buscaré un hueco para tramitar el procedimiento.
—Descuide, señora. Me aseguraré de que se cumplen sus órdenes.
Burgos. 13 de abril de 1369
Jaime Padilla entraba, de nuevo, en el palacio de don Pedro. Iba atado, falto de aseo, con la barba crecida, sucio y con sangre de haber recibido
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golpes no hacía mucho. Cabizbajo, cruzó el umbral del primer portón para ser llevado después a empujones hasta el patio central.
—Padre, aquí tiene al asesino que ha puesto en peligro nuestra casa. Don Pedro se acercó hasta su hijo y lo abrazó. Después, dio una vuelta
alrededor del prisionero y se plantó delante de él.
—¡Mírame a los ojos! Yo te di cobijo y permití que tu prisión se convirtiera en una dulce estancia palaciega. ¿Y cómo me lo devuelves? Has puesto en peligro a mi familia, mi apellido, mi carrera política e incluso mi vida. Dios ha querido que la reina no se haya enterado de vuestra huida. ¡Gracias, Señor! —Miró al cielo mientras hablaba.
—Su hijo ha descargado más golpes sobre mi cuerpo de los que puedo contar. ¿Así trata a un miembro de su linaje?
—¡Cállate! Eres basura. No daría tu cuerpo ni para que comieran los puercos. ¿Te atreves a cuestionar a mi hijo en mi cara? Si hubiera sido yo, tú estarías ahora mutilado. Agradece que no te hayas tropezado con mi ira.
—No tenían derecho a tratarme como a un animal.
—Ni siquiera puedes compararte a eso. Eres menos que nada. —¿Qué hago con él, padre?
—Llevadlo a la habitación de la planta superior. La hemos preparado con especial cuidado para que no vuelva a ocurrir nada parecido. Su cuerpo no saldrá de este palacio hasta que la reina decida qué hacer con él. Nadie le hablará, ni le permitirá cruzar la puerta de su alcoba, ni le entregará mensajes, ni compartirá espacio con este desperdicio humano. Racionaréis su comida a lo justo y necesario, no podrá usar la chimenea y la ventana permanecerá siempre cerrada. ¡Proceded!
El hijo de don Pedro empujó a Jaime Padilla para que comenzase a andar. Con la cabeza gacha, a sabiendas de su destino, el prófugo no opuso resistencia. Su aventura había terminado.
—Por cierto, nada de esto ha ocurrido jamás. ¿Está claro?
Toro. 10 de septiembre de 1369
Doña Juana se encontraba a punto de cruzar el pórtico de la Majestad. Levantó con imperceptible levedad sus ojos para admirar a su paso la policromía de las esculturas. Aquella entrada a la colegiata le fascinaba. El
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azul celeste, el dorado y el granate ocupaban la mayor parte de la decoración en una eclosión de color que le recordaba a su añorada Murcia. La vida de la Virgen o el Juicio Final. Los ojos solo podían observar una u otra historia. Los de la reina se iban hacia la Virgen, hacia la mujer que presidía la entrada al templo. Ella quería reivindicarse ante las Cortes como María lo hacía ante la Iglesia.
Tras la reina, los representantes de la nobleza, el clero y las ciudades se abrían paso para constituir las Cortes de Castilla, la institución política más importante de la Corona. El rey no podía gobernar sin ellas. Los nobles las usaban como instrumento de control al monarca al tiempo que las ciudades la tenían como espacio de reivindicación permanente.
—Doña Juana Manuel de Villena, reina de Castilla.
Aquella frase pronunciada por el escribano al entrar en la iglesia llenó de orgullo a la reina. Eran sus primeras Cortes como monarca única y legítima, sin la alargada sombra de Pedro el Cruel.
La ciudad había sido elegida para Cortes por su cercanía a Zamora, donde estaba el último foco de la guerra en aquel momento y al cual se combatía. Era una convocatoria de trámite. Sus integrantes tratarían sobre la justicia de la casa real, comestibles, pagos a la tropa o jornales que se debían pagar. Doña Juana era consciente del carácter rutinario de la reunión, pero también del momento preciso para demostrar la legitimidad de su mandato. Ella, hija de don Juan Manuel, por fin ocupaba el trono que le habían hurtado a sus abuelos.
Mientras caminaba hacia el altar mayor, acompañada por el obispo de Zamora, don Álvaro Gómez, recordó a don Pedro de Luna en San Juan de la Peña.
—Reverendísimo don Álvaro, ¿ha oído usted algo acerca del aragonés de quien tanto hablan en la corte papal de Aviñón?
—Majestad —contestó en voz casi susurrante—, quién no está al tanto de los Luna. Se comenta, incluso, que en breve podrían hacerlo cardenal.
—No lo pierdan de vista. Puede que lo necesitemos mucho más de lo que parece.
—En Castilla, la mayor parte de los nobles que la respaldaron son conscientes del papel de los Luna en apoyo a su causa. Puede estar segura de que verían con buenos ojos su ascenso dentro de la Iglesia.
—Mi linaje está ungido por el destino. El aval pontificio sería definitivo para legitimar a mi hijo en empresas más grandes.
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—Sin duda, majestad. Puede contar para ello también con mi apoyo.
Burgos. 14 de septiembre de 1369
La iglesia de San Esteban tenía un sentido balsámico para sor Lucía. Cuando su mente estaba cerca del colapso, acudía al interior de aquel frío templo gótico para relajar su cerebro. Oraba, meditaba, entraba en un estado de contemplación que le permitía reconectar su mente a la realidad circundante. No buscaba ni quería el éxtasis de fe que otras religiosas perseguían de forma intensa. Quería descansar, aclarar sus ideas, dejar que las neuronas estrechasen de nuevo lazos para ver con mayor claridad lo que tenía ante sus ojos y que no lograba descifrar. Había vuelto hacía unos días a la ciudad por el asunto de los Padilla, pero primero, necesitaba reflexionar.
La investigación del asesinato de Jimena había sido más sencilla. Persiguió un hecho físico, unas consecuencias tangibles y unas pistas palpables. No había nada intelectual. Todo lo contrario que ocurría con el tema del santo cáliz. Requería un esfuerzo mental constante, un desarrollo intensivo de cultura y una lucha cognitiva incesante contra aquellos que, con toda la intención del mundo, habían intentado esconder sus pasos. El tema del grial la desgastaba. Debía espaciar los pasos de su investigación para poder avanzar.
Se sentó en la primera bancada de la iglesia. Estaba cansada. Cerró los ojos y trató de dibujar en su mente los garabatos constantes con los que anotaba cada revelación sobre la reliquia.
Frente a ella se encontraba el altar mayor. Sencillo, humilde, con tintes góticos tan acusados que muchos se sorprendían del atrevimiento de sus formas. No se paró a observarlo. Ya lo conocía. Podía detenerse en mil detalles de la decoración sin necesidad de verla.
Cuando se cansó de meditar, estimó oportuno comenzar sus rezos con alabanzas a la Virgen. Mientras oraba, dibujó en su cabeza el rostro de santa María que presidía el retablo mayor.
Frenó en seco. Abrió los ojos sorprendida. La Virgen era la imagen más importante del cristianismo, pero ¿lo había sido siempre? La cita del Evangelio de san Juan que le había mandado Pedro de Luna enaltecía a la
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persona del Bautista. Si tan importante era, si solo Cristo estaba por encima, debía existir una tradición que lo sostuviera, una cultura donde se expresara, unos mensajes donde se recordara el destacado papel del profeta.
Eso es. Profeta. Pero no solo para el cristianismo, sino también para musulmanes y judíos. Por eso está escrito en caracteres cúficos. No es lo que parece, sino lo que oculta. No hay mejor manera de esconder letras que hacerlas desaparecer entre imágenes. Sí. Eso es. Los capiteles.
Sor Lucía se puso en pie, movió su mano derecha para santiguarse y se marchó del templo con rapidez en dirección al monasterio. Quería llegar cuanto antes a su celda.
Zamora. 22 de septiembre de 1369
Las lluvias estaban a punto de hacer acto de presencia en la ciudad, aunque el calor seguía presente. No golpeaba como en el mes de julio, pero se hacía notar. La temporada de luchas y espadas seguía, por tanto, en marcha, a la espera de que el duro invierno llevase a los soldados a sus hogares y castillos.
Los reyes continuaban en guerra. La muerte de don Pedro no había sido suficiente. Sus partidarios se apoyaban ahora en Portugal para derrocar al Trastámara. El caos continuaba en Castilla a la vez que don Enrique y doña Juana intentaban consolidar su recién estrenado poder.
Las carpas de lona blanca se habían convertido en algo habitual para los reyes desde que atravesaran la frontera del reino de Navarra, hacía casi un año. La reina añoraba en no pocas ocasiones su vida acomodada en Zaragoza, pero no despreciaba luchar por la Corona y, sobre todo, por el futuro de su hijo Juan. La atraía la vida castrense y estaba dispuesta a ayudar a su marido en cuantas batallas fuera necesario.
—Juana, debo tomar una decisión, no puedo permanecer más aquí. El rey de Portugal, que había penetrado por Galicia, acaba de conquistar La Coruña. ¿Crees que tengo que enfrentarme a él en batalla o avanzar poco a poco hasta aislarle?
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—Enrique, bien sabes mi respuesta. Es mejor que entres por el sur de Galicia, recuperes las plazas defendidas por Ruiz de Castro y obligues por indefensión al rey a retornar a Lisboa. Un choque directo se puede ganar o perder. Debilita tanto al perdedor como al ganador. Al final, hace la guerra insostenible.
—Tienes razón. Hablaré con Du Guesclin para que prepare sus Compañías Blancas y partamos sin falta mañana al amanecer.
—¿No pensarás levantar el sitio de Zamora?
—¿Qué otra cosa puedo hacer? Necesito toda la fuerza posible para recuperar la iniciativa en Galicia.
Doña Juana se quedó en silencio, se acercó a la puerta de la tienda, miró hacia la ciudad y permaneció unos minutos inmóvil.
—Yo lideraré el asalto.
—No pienso poner en peligro de nuevo tu vida y la de nuestro hijo. —Ya he vestido mi armadura en otras ocasiones. ¿Acaso no confiáis
en mí?
—Eres la única persona a la que dejaría el mando de mis ejércitos, que también son los tuyos. Pero me preocupa tu seguridad.
—Nuestra vida va unida, para bien y para mal. Llevamos muchos años de lucha juntos. No es momento ahora de dejarte luchar.
De nuevo, se hizo el silencio entre ambos. Don Enrique sabía que podía confiar en ella. Había conocido sus dotes de estratega en otras ocasiones y la creía más capaz que el resto de sus mandos. Pero ahora eran reyes, monarcas legítimos. Debía preservar su legado en caso de que él sucumbiera. También era verdad que solo ella tenía el arrojo para empujar a los Trastámara hacia la victoria final.
—Está decidido, Enrique. Vestiré mi armadura y rendiré Zamora para nuestra causa.
—Déjame al menos que nombre a mi camarero mayor, don Pedro Fernández, al frente de un pequeño contingente adelantado en Toro. De esta forma, tendrás un escudo de protección en caso de que algo fallase.
—Gracias. Será de gran ayuda.
Doña Juana se acercó a su esposo, cogió sus manos con suavidad, juntó su cuerpo al de don Enrique, levantó con ligereza la mirada y lo besó. Lo besó primero con amor para, a medida que sus labios se encendían, llenarlos de pasión.
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Ambos se habían casado muy jóvenes, pero el deseo aún encendía sus cuerpos a pesar de la casi veintena de años que llevaban de matrimonio. Las largas ausencias de Enrique y la vida en permanente guerra no habían hecho sino reforzar la confianza mutua, a pesar de las otras experiencias carnales del rey.
—Juana, parto sin saber si volveré.
—¡Calla!
—No, escucha. Cuida bien de nuestro hijo. Juan está en edad de reinar, pero aún le queda mucho por aprender. Lucha para que lo logrado vea en él su gloria.
—Ya sabes que no soy muy de creer en estas cosas, pero el santo grial está con nosotros. No dejará que nada te ocurra.
Burgos. 1 de octubre de 1369
Sor Lucía acudió al castillo tras ser citada por el alcaide. No sabía muy bien de qué podía tratarse, pero estaba tranquila.
Antes de cruzar la puerta que daba acceso al palacio, una doncella joven se interpuso en su camino para acompañarla al salón del trono. Andaba despacio, con zancadas largas y las manos dentro del hábito. Aquellas paredes le eran familiares. Su proximidad a la reina la había convertido en un personaje público, conocido, inquieto, capaz de estar presente en cualquier espacio de poder.
—Buenos días, hermana.
—Ave María purísima, señor alcaide.
—Seré breve para no hacerle perder el tiempo. —La relación entre ambos era tensa debido al asunto de Jaime Padilla—. Ayer se presentó en mi palacio un mensajero real. La reina lo había mandado para que le hiciera llegar a usted esta carta de forma urgente y en privado.
El alcaide, con el rostro serio, sacó una pequeña bolsa de cuero, estiró el brazo y se la entregó a la monja. Sin mediar palabra, esta la tomó en sus manos y la abrió para asegurarse de que contenía la misiva de doña Juana.
—Muchas gracias, alcaide. Comuníquele a la reina que la leeré con detenimiento. Imagino que esperará una confirmación por su parte, así que, puede dársela ya con total tranquilidad.
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Ninguno de los dos quiso alargar la reunión por más tiempo. Se despidieron con cortesía y la doncella la acompañó de nuevo hasta la puerta. Una vez allí, la monja caminó con tranquilidad en dirección al convento. Quería disfrutar del sol que bañaba en esos momentos la ciudad.
Al pasar por la iglesia de San Román, se detuvo junto a la tupida sombra de un ciprés. No podía esperar más. Estaba ansiosa por saber lo que la reina le contaba en la carta. Abrió de nuevo la bolsa de piel, extrajo de su interior la misiva lacrada, rompió el sello y comenzó a leerla.
Querida sor Lucía,
Espero verla pronto. Necesitaría de su experiencia para aconsejarme sobre asuntos del reino que no pueden esperar más.
Mientras tanto, le ruego detenga la investigación sobre el grial. La situación internacional se complica por momentos y prefiero no levantar sospechas innecesarias. Además, necesito aclarar mis ideas al respecto del asesino Jaime Padilla. Hay decisiones que debo tomar y que quizás no sean la solución que los que seguimos vivos desearíamos.
En cualquier caso, le rogaría que no llevase a cabo ningún movimiento que los demás puedan entender como hostil. Me refiero, una vez más, a la investigación sobre el cáliz del monasterio de San Juan de la Peña.
Atentamente,
la reina
Juana Manuel de Pimentel
ENTREVISTA
Con sinceridad, estoy harta de tanta guerra. Permanecer al lado de una reina debería ser algo cómodo, simple, lleno de momentos placenteros y de castillos. Pero parece que a mí me ha tocado la señora más inquieta del mundo. No tuvo bastante con Toledo, que ahora quiere liderar también el ejército en Zamora. ¡Qué pesadez!
Añoro los días de Zaragoza. Aquellos paseos matutinos, tranquilos, llenos de conversación y de miradas furtivas con el caballero Artal. La higiene, la ropa, los banquetes, la ciudad alegre… Es normal que lo eche de menos. Aquí solo hay guerra, sangre, ruina, dolor, suciedad, muerte. ¡Qué ganas de que termine la guerra!
La única buena noticia es que por fin mi reina va a hacer justicia con esa bestia que mató a mi amiga. No se merece vivir, ni siquiera respirar.
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Un cobarde que asesinó a su amada, que mató a una mujer, que se escondió como una rata, que huyó, que se ha hartado de pedir clemencia. ¿Acaso él se la dio a la pobre Jimena? No. Es de esos hombres indignos llenos de celos, llenos de envidia hacia la mujer. De esos hombres que no nos respetan como iguales. ¿Qué se creen? Ese vividor despreciaba a mi amiga, la humillaba, la chuleaba. Y la muy tonta siempre le daba otra oportunidad después de llorar juntos.
Lágrimas de traición. Nunca lo encontré con el rostro mojado por sus propias lágrimas. Era falso y mentiroso. Pero lo hacía tan bien que Jimena caía una y otra vez. La muy tonta no se daba cuenta de la falsedad diaria que vivía con ese monstruo. Lo perdonaba, sin parar, y cada vez estaba más atrapada en su tela de araña.
No. No quisiera eso para mis hijas. Quizás nunca las tenga. A este paso, me quedo para vestir santos. Pero odiaría que ellas, si existieran, fueran así. Una mujer sin sensatez, una persona sin criterio, no merece la compasión de los demás.
Me alegraré cuando vea colgado por el cuello a ese personaje. Cuando lo vea secándose como un jamón en lo alto del cadalso. Cuando vea que los cuervos y las alimañas devoran sus ojos y sus entrañas.
Solo entonces descansaré.
Burgos. 13 de agosto de 1370
Media mañana
Sor Lucía caminaba ligera, como de costumbre. Cruzó el barrio de San Nicolás en dirección al castillo. Había madrugado para acompañar a las hermanas clarisas en sus rezos matutinos. Después de despachar con la abadesa del monasterio donde se alojaba, se encaminó por la puerta de Santa María hacia su entrevista con el alcalde y juez de la ciudad. No hacía mucho que habían tenido una tensa reunión donde el máximo mandatario le entregó la misiva real para frenar la investigación sobre el santo cáliz. Ahora era ella la que había provocado la reunión.
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La monja portaba consigo el laudo reginal con el que esperaba impartir justicia sobre Jaime Padilla. Se lo había entregado un correo mandado desde Zamora y se aprestaba a cumplir su petición. Ella representaba a doña Juana. Lo sentía en la diligencia con la que le habían atendido y abierto el acceso a los miembros del concejo. Estaba tranquila. Cada paso que la acercaba al alcalde y al juez la fortalecía todavía más.
Al entrar en la sala de recepciones, notó la mirada inquisidora del alcalde. Burgos se sabía sometida al rey, pero le gustaba alardear de independencia. Las últimas medidas introducidas por Alfonso XI para controlar la ciudad no sentaron bien, aunque las promesas de Enrique y doña Juana parecían haber calado en los nobles que integraban el concejo.
—Buenos días, hermana Lucía. ¡Otra vez por aquí! Siempre es un
placer recibir a una persona que representa a su majestad —indicó con evidente ironía.
—Encantada de estar ante usted, alcaide. —La tirantez entre ambos se reflejaba en sus rostros, más que en las palabras—. Como sabe, vengo en nombre de la reina para transmitirle su intención de hacer justicia sobre un asesino que se encuentra recluido en esta ciudad.
—Lo sé, sor Lucía. Don Pedro Padilla me ha puesto al tanto del asunto. Con buen criterio lo ha mantenido encerrado en su palacio durante los últimos meses a la espera de la decisión de la reina. Parece, pues, que ha llegado el momento.
—Traigo un laudo de su majestad para entregarle a usted en persona y que sea el juez o el concejo quien aplique las instrucciones aquí contenidas.
—Seguro que la reina será justa y ecuánime, a la vez que tendrá en cuenta que se trata de una de las familias más importantes de la ciudad. Hay que estudiar con cuidado cualquier paso que se dé.
—Si me lo permite, alcaide, el sujeto en cuestión es un asesino. Mató a sangre fría a una mujer, que, además, era la doncella de la reina. Si el concejo de esta ciudad quiere ser justo, no mirará el origen ni el linaje del asesino.
—Las cosas son más complicadas, hermana.
—La justicia no es complicada. Los hombres la manipulan y la distorsionan. ¿Acaso no piensa que ese animal ya ha sido juzgado por nuestro Señor? Hagamos que las leyes de los hombres coincidan con las de Dios.
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—Los Padilla son importantes en esta ciudad. —La reina está por encima de ellos, ¿no cree?
El alcaide se levantó de su asiento, contrariado, enfadado por tener que callar ante una monja. Caminó hasta el centro de la sala, se dio la vuelta y volvió a sentarse.
—Hermana, ¿puede entregarme el laudo? Al fin y al cabo, es a lo que ha venido.
—No se equivoque, señor alcaide. No solo estoy aquí para entregarle esta orden real, sino que tengo el encargo de comprobar que se cumpla.
La monja se puso en pie, sacó de su hábito el laudo, despacio, sin prisa, con la intención de no parecer atemorizada por el alcaide.
—Aquí tiene. Si no le importa, esperaré a su lectura.
El alcaide se mantuvo sentado mientras le entregaba el laudo. Rompió el sello real, desdobló el documento y comenzó a leerlo.
Sepan quienes este laudo leyeran que yo, Juana Manuel de Villena, reina de la corona de Castilla y de todos sus reinos, en virtud de los reales privilegios que así me asisten, ordeno hacer justicia sobre la persona de don Jaime Padilla de Salinas, natural de Zaragoza, cuya familia enlaza con el linaje de los Padilla, originarios de Burgos.
Que habiendo sido el asesino confeso de doña Jimena de Mora, doncella al servicio de la reina, y permaneciendo retenido en el palacio de don Pedro Padilla, establezco la determinación de que sea trasladado al castillo de Frías, de propiedad real, y permanezca encerrado en él hasta que se determine un nuevo destino. El condenado deberá ser tratado de igual forma que cualquier otro preso sito en dicha fortaleza, sin privilegio alguno ni consideración por su origen noble. No podrá tener visitas ni le será permitido salir de su encierro bajo ningún concepto.
Teniendo en cuenta las sentencias arbitrales y otros justos títulos que por más de doscientos años han disfrutado los vecinos de la villa de Burgos, espero que alcaide, concejo y juez de esta villa hagan efectivo el presente laudo a la mayor brevedad posible, haciéndoles responsables a ustedes en caso de que el acusado lograse huir de su reclusión actual en Burgos.
Y debe decir en cada una de estas palabras por mandato de la reina Juana, esposa del rey Enrique i, en Zamora, por día 1 del mes agosto del año 1370.
El alcaide dobló el laudo, se puso en pie y esperó a que la monja hiciera lo mismo. Su rostro estaba tenso. Cuando sor Lucía se levantó, caminó sin esperarla hasta la puerta y se despidió con tono serio.
—Hágale saber a la reina que cumpliremos de inmediato sus órdenes. Es una decisión que disgustará a parte del concejo, pero la acataremos sin fisuras.
—No esperaba menos de ustedes. Supongo que antes de ejecutar los deseos de la reina tendrá que reunir a los doce miembros del concejo.
—Sí, por supuesto, hermana.
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—Por cierto, como le comentaba, tengo el encargo de permanecer en Burgos hasta que se lleve a efecto el laudo. Supongo que no tendrá inconveniente en que supervise el proceso.
—La avisaremos, hermana.
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QUINTA PARTE
ZAMORA
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Zamora. 26 de febrero de 1371
Media mañana
La reina montaba su caballo. Vestía armadura completa, sin yelmo, con el pelo suelto. Marchaba al frente. Abría el paseo militar que discurría por la calle de Santa Clara. Había elegido para la ocasión la entrada más al este, con el Duero a su izquierda. De esa manera, la marcha del ejército real atravesaría toda la ciudad en una procesión triunfal hasta el castillo. Junto a ella cabalgaba el infante don Juan, vestido también con armadura y desprovisto de yelmo. Por detrás de la reina, el camarero mayor, don Pedro Fernández. Después, decenas de caballeros seguidos por la infantería. El cortejo lo cerraban los artilleros, que habían logrado desplazar algunos cañones de mediano tamaño para la marcha.
Zamora había sido tomada después de que el ejército de doña Juana la cercara durante meses.
La ciudad estaba agotada tras el interminable asedio que había tenido que soportar. Los habitantes que salían al paso del desfile de doña Juana miraban cansados, hambrientos, muchos de ellos enfermos y algunos, aun sin saberlo, contagiados de peste. Los muertos se acumulaban en las calles más estrechas. Emanaban un olor putrefacto que, a pesar del incienso que volteaba el ejército victorioso, no se podía respirar.
Al llegar a la plaza del Hospital, la reina pudo ver soldados heridos, con las piernas amputadas, tumbados en el suelo, toallas con sangre, mujeres con lágrimas en los ojos y niños junto a algunos cuerpos todavía calientes. Al otro lado de la calle, la artillería había logrado derribar dos muros laterales de un pequeño palacio. Las piedras y los escombros
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derrumbados cerraban un estrecho callejón. Desde lo alto de ellos, varios niños saludaban a las tropas al pasar.
El cortejo triunfal continuó hasta llegar frente a la catedral, en el extremo opuesto a la puerta de Santa Catalina. Uno de sus soldados reales la interceptó. El desfile se detuvo y la reina avanzó un par de metros para encontrarse con él.
—Mi reina, el alcaide, don Alfonso López de Tejada, se niega a aceptar las capitulaciones ya firmadas y se ha hecho fuerte en el castillo junto a su mujer e hijo mayor, parte del ejército y varios nobles. Considera injustas las condiciones de la rendición y nos alerta de la llegada de refuerzos por parte del rey de Portugal.
—¡Cretino! Don Alfonso aún no se ha dado cuenta de la soledad en la que se encuentra. Nadie va a venir a socorrerlo.
—Es muy posible, señora, pero los muros del castillo son fáciles de defender y difíciles de conquistar.
—¿Acaso cree que con mi ejército puedo temer algo de él? —Supongo que solo quiere mejorar las condiciones de su derrota. —No hay nada que negociar ahora. Cuando deponga las armas,
hablaremos.
En ese momento, el silbido de una flecha interrumpió la conversación. El proyectil pasó cerca del joven Juan y se clavó en tierra. Doña Jimena volvió rápida la cabeza hacia su hijo. Bajó del caballo, corrió hasta su posición, cogió la flecha con la mano y se giró hacia la entrada del castillo, situado más atrás de la catedral.
En lo alto de la gran torre que se alzaba tras la entrada, la silueta de un hombre con actitud desafiante se grabó en los ojos de la reina. Esa flecha había intentado acabar con la vida de su hijo. Durante algunos minutos, eternos, inacabables, miró a aquel individuo. Era el alcaide, don Alfonso.
—Don Pedro, reordene a los soldados alrededor del castillo. Que queden a cubierto tras la catedral y que preparen todo el fuego de artillería que sea posible antes del anochecer.
—Mi reina, la tropa necesita descansar. Contaban con disponer del resto del día.
—¿Acaso ve ondear el pendón de mi marido en lo alto de ese castillo? Disponen de armas, soldados y algún cañón. ¿Necesita algo más para reordenar a sus hombres?
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La tropa comenzó a organizarse. Los soldados corrían de un lado a otro. Los arqueros, los lanceros, la artillería y la caballería encajaban al son de las órdenes de don Pedro. El movimiento era frenético. Los sitiadores comenzaron a montar algunas tiendas parapetadas tras los ábsides de la catedral. Cuando la reina terminó de colocar a cubierto al infante, el alférez mayor se presentó con un hombre.
—Mi reina, traigo información que podría sernos útil.
—Dime. Espero que lo sea.
—Este lugareño asegura conocer la casa donde se esconden los otros tres hijos del alcaide.
Al anochecer
La tarde avanzaba deprisa. Los soldados de la reina habían encendido antorchas alrededor del castillo. El frenesí de la batalla volvía a dominar la ciudad. Era un escenario extraño, una mezcla de miedo, tensión e impaciencia. Las luces anaranjadas y temblorosas se unían al relinchar de los animales que descansaban cerca de la catedral. El ambiente intimidaba hasta al último de los sitiados.
Doña Juana apareció a caballo, vestida con su armadura completa. Por delante, cinco soldados llevaban maniatados a tres jóvenes que sollozaban. Se detuvieron frente a la entrada al castillo y los hicieron arrodillarse.
—Don Alfonso, ¿son estos tus hijos?
El centinela de la fortaleza corrió a la torre principal para avisar al alcaide. Subió las escaleras hasta el primer piso y entró en el salón. Allí estaba don Alfonso, junto a su mujer y su hijo mayor. La esposa no paraba de llorar, abatida sobre una jamuga de cuero oscuro.
—Ya sé lo que venís a decirme. No es necesario que habléis.
El alcaide se dirigió hacia la puerta, subió las escaleras con lentitud, como si no quisiera que llegara el momento de salir a la terraza. Cuando estuvo en ella, se asomó por el lado sur y vio a la reina montada a caballo. Delante de ella estaban sus tres hijos menores. El corazón comenzó a bombear con fuerza, lleno de rabia e impotencia a partes iguales.
—¡Don Alfonso, voy a tener con usted la deferencia que no ha tenido conmigo esta mañana! La flecha que partió de su arco iba directa al
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corazón de mi hijo. Solo la providencia ha impedido que hoy vistiera yo de luto. ¿Le parece digno?
—Mi ciudad ha padecido semanas de asedio, de hambre, de enfermedad, de sed. Solo para que usted y su marido usurpen el trono de Castilla. Alguien debe pararle los pies.
—Ha intentado matar a mi hijo. Eso nada tiene que ver con la guerra.
—La batalla no distingue de edades, solo de bandos.
—Voy a darle la oportunidad que usted no quiso para mi hijo. Rinda el castillo, entregue las armas y reúnase con sus vástagos. Si mañana con la salida del sol no ha capitulado, su familia se reunirá con el resto de caídos en esta batalla.
ENTREVISTA
¿Les sorprende mi señora? Parece mentira que no la conozcan ya. Era una pequeña inquieta, preguntona y diablilla cuando estaba al lado de su padre. La niña de sus ojos. Imagínense, casi hija única. De aquellos polvos, estos lodos. Ahora es una mujer indomable, entera, que lucha como una fiera por su familia, por su marido, por el infante don Juan.
Ha manejado los hilos del bando de don Enrique en Castilla desde el principio. Ha liderado su aspiración al trono. Se ha puesto al frente del ejército en más de una ocasión. Hasta condujo el asedio en Toledo. Una mujer así, una mujer acostumbrada a la guerra, ¿creen que se iba a ablandar ante su enemigo?
Ella es ahora quien comanda la toma de Zamora. Los soldados la respetan, los nobles la obedecen, el enemigo la teme. Con sinceridad, junto a ella no tengo miedo.
El triunfo definitivo está cada vez más cerca. Espero que eso suponga asentarnos por fin en una corte más estable. Me da igual que sea Burgos o Segovia. Necesito paz, tranquilidad, rutina. No sé si encontraré a alguien con quien formar una familia. Quizás ya lo dé por perdido. No me obsesiona, la verdad, aunque no desfallezco. Pero me apetece terminar con esta etapa tan inestable.
Por eso me parece bien la actitud de doña Juana. No titubea, quiere el final de una guerra que debió acabar con la muerte de don Pedro. Necesita
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tranquilidad, como yo. Ella misma me ha confesado en más de una ocasión cuánto desea pasar tiempo con su hijo, terminar de prepararlo para el reinado que le espera. ¡Que ponga fin a este conflicto de una vez! Que lo haga cuanto antes. La conozco bien y lo hará, sin dar nunca un paso atrás. Habrá quien piense que no es justa, pero se equivocan. ¿Quieren los habitantes de Zamora una guerra sin fin? Seguro que aclaman a mi reina cuando ponga paz.
Serenemos un poquito la conversación. Creo que me he venido arriba. Pero es que la gente hace juicios de valor sin pensar. Ella y yo nos tenemos de forma permanente. Reímos, lloramos, nos preocupamos, nos confesamos cosas que solo nosotras sabemos. Confianza mutua.
Mi reina no tiene miedo a saltarse las normas. Nunca lo ha sentido, ni en las cosas más frugales. Como en la divertida tarde en la que ambas nos escandalizamos de las cosas que salían por nuestras bocas. Era la época en la que residimos en Épila. Más jóvenes que ahora, claro, pero no tanto como piensan. Doña Juana me confesó que había yacido con su esposo, don Enrique, en actitud pecaminosa, según predicaba el religioso de aquella población. Asustada, le pregunté de qué se trataba. Ella, ufana como solía cuando la retaban, me confesó que, al entrar su esposo en los aposentos, después de meses sin verse, la lujuria se apoderó de ambos. Sí, de los dos. Él se abalanzó sobre ella de forma ruda, como la soldadesca. Comenzó a besarla sin tregua. Primero desnudó sus hombros y, casi sin tiempo, rebajó su corpiño hasta la cintura, dejando sus pechos al aire.
La verdad es que aún me ruborizo al contarlo, pero bueno. Continúo con su historia. Me dijo que luego, entre abrazos y besos, de un lado a otro, acabaron apoyados contra la pared. Entonces, la miró don Enrique, le dio la vuelta, levantó su falda, la hizo apoyar las manos en los muros de piedra y entro en ella para consumar su pasión.
Eso es pecado. Pecado de los mortales. Al menos, así lo dice el obispo de Canterbury, recuerden. Me da la risa, qué quieren que les diga. El caso es que me lo contó con carcajadas, en una demostración de valentía, de rebeldía, de buscar siempre lo que ella creía que estaba bien.
Pues así es también ahora. Lidera un ejército. Bueno, no solo eso, yo diría que lidera el bando de don Enrique. Ella ha sido la persona que los ha unido, incluso en las ocasiones en que más debilidad han demostrado. ¿Creen que va a ceder ante la desesperación de un incauto alcaide que estuvo a punto de matar a su querido hijo?
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Frías. 27 de febrero
Al atardecer
Jaime Padilla vestía ropa de abrigo. El frío azotaba la zona desde hacía tres días. Hasta los animales se juntaban unos con otros para aprovechar mejor el calor. Llevaba grilletes en las manos y una cadena que los unía con el cuello. Parecía tranquilo. No temblaba, no hablaba, no oponía resistencia.
Tras él, dos soldados lo acompañaban desde su entrada a la fortaleza. Un poco más atrás vigilaban el proceso tanto el legado del alcaide de Burgos, que debía certificar su ingreso en las mazmorras, como sor Lucía. Ambos acompañaban al condenado desde que saliera del palacio de los Padilla.
Al llegar a la sala de guardia, redonda, estrecha, fría e iluminada por una antorcha colgada en la pared, vieron un pequeño hueco en el suelo. Se acercaron. Don Jaime se detuvo a mitad de camino. Ya no parecía tan entero como al llegar a la fortaleza. Levantó la vista sin querer hacerlo y por fin vio lo que había tras el agujero. Fue entonces cuando sus rodillas no pudieron sostenerlo. Cayó al suelo, casi desfallecido.
Los dos soldados lo ayudaron enseguida a levantarse. La monja y el enviado del alcaide de Burgos miraban la escena desde atrás, quietos, atentos a lo que pudiera ocurrir.
Uno de los guardias levantó una reja redonda que cubría el agujero, deslizó al interior de este la escalera de cuerda y ató el extremo a una de las argollas de la pared. Dio dos pasos hacia atrás e hizo una señal a su compañero. Este retiró los grilletes de las manos y del cuello al condenado. Tuvo que empujarlo para que avanzara hasta el agujero. De nuevo las piernas le fallaron hasta hacerlo caer de rodillas. Esta vez, nadie acudió a ayudarlo.
El soldado que estaba junto a él desenvainó su espada y la puso sobre la espalda de Jaime Padilla.
—¡Vamos! No tenemos todo el día. Haga el favor de bajar por las escaleras.
El condenado, acobardado por la presencia de aquella arma cerca de su cuerpo, le hizo caso, se puso en pie y comenzó a descender. Al llegar al
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fondo, subieron la escalera, le lanzaron una manta vieja y sucia y cerraron con la verja de hierro.
La monja se acercó entonces a la boca del agujero. Miró con atención al condenado y se quedó en silencio.
—¿Qué mira usted vieja monja? Márchese a susurrarle a la reina mi desdicha.
—Espero que durante el largo tiempo que le espera en esta mazmorra oscura y fría encuentre algún momento para rezar por Jimena. —Sor Lucía se acercó todavía más—. Muchos deseamos que no tarde en reencontrarse con ella.
Zamora. 27 de febrero de 1370
Al amanecer
La noche había sido eterna para ambas partes. El frío húmedo del Duero parecía haber helado los corazones de los contendientes. Nadie se atrevía a vaticinar el desenlace de aquella arriesgada acción entre la reina y el alcaide.
Cuando el día comenzaba a clarear, doña Juana salió de su tienda y ordenó traer a los hijos de Alfonso frente a la puerta del castillo. Montó en su caballo y se situó por detrás de ellos. La armadura destellaba con el reflejo de las aún crepitantes antorchas. Estaba seria. No creía que llegaría al amanecer sin haber rendido la ciudadela. En el fondo, estaba segura de que el alcaide capitularía. Su posición era de extrema debilidad y, sobre todo, la vida de sus hijos estaba en juego.
—Don Alfonso, ha llegado el momento —gritó uno de los soldados que custodiaba a los tres vástagos.
En ese instante, su figura apareció de nuevo sobre la torre. Se mantuvo en silencio, con el rostro ensombrecido y los brazos pegados al cuerpo. Había pasado la noche despierto. Durante ese tiempo, trató de consolar a su mujer. Después, explicó la situación a su hijo mayor. Por último, se reunió varias horas para estudiar el escenario junto al resto de la nobleza que lo acompañaba.
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—Aquí me tenéis. —Por fin respondió el alcaide—. Esta plaza jamás caerá en sus manos. Antes de que asalte la torre, el rey de Portugal se presentará ante usted para aniquilar sus tropas y evitar que los Trastámara reinen en Zamora.
—Sus hijos morirán, don Alfonso. No me temblará el pulso —contestó sorprendida la reina—. Le ruego que deponga las armas y entregue la ciudad antes de que esas almas inocentes sucumban.
—Solo lamento no haber matado a su hijo. La flecha debía atravesar el corazón de aquel que solo puede perpetuar la desgracia de su nombre y el de su marido. Si no fue ayer, será más adelante, pero acabaré aquello que he comenzado.
—Por última vez, le ruego que se rinda.
—¡Jamás! Nunca me rendiré.
La reina quedó muda. Por un momento dudó. No creía que el alcaide renunciaría a la vida de sus hijos por defender el castillo. Pero estaba atada por sus propias palabras. Además, la arrogancia de don Alfonso superaba la insensatez. Estaba loco. Debía estarlo para permitir que aquellas tres personas, sangre de su sangre, murieran.
Giró la cabeza y vio a su hijo en el interior de la tienda. No había nada en este mundo que amase más que a sus hijos. Aquel perturbado fanático se había reafirmado en su deseo de matar al pequeño Juan. La ira comenzó a quemarle de dentro afuera. La incapacidad del alcaide para aceptar la muerte de Pedro el Cruel lo había llevado a defender Zamora más allá de toda lógica. Cientos y cientos de cadáveres ocupaban las calles de una ciudad devastada. Estaba loco. Su actitud era incomprensible a ojos de la reina. No lo entendía y a la vez lo odiaba.
—Matadlos aquí mismo. Que el alcaide pueda ver con sus propios ojos que solo él es el responsable de la muerte de esos inocentes.
Media tarde
Los cuerpos yacentes de los tres vástagos permanecieron en el suelo, ensangrentados, durante la mañana. Desde las murallas del castillo, su sola imagen producía tristeza y rabia a partes iguales. La reina había ordenado
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que los dejaran a la vista de los asediados por su resistencia a entregar el último bastión de la ciudad.
Cuando el sol comenzaba a aflojar su luz, seis soldados llegaron frente a la entrada del castillo. Envolvieron los cuerpos con mantas blancas y los cargaron a lomos de tres caballos. Agarraron las riendas para comenzar a bajar por la calle principal hasta el palacio donde moraban varios familiares del alcaide que no se habían atrincherado.
—Preparad las armas de asalto. Que la artillería comience a bombardear sin descanso y que la infantería esté lista, tras la catedral, para tomar el castillo.
Doña Juana dio instrucciones al camarero mayor para poner en marcha la ocupación definitiva de la ciudad. Entró a su tienda, a solas, con cara seria, rasgos duros y ojos llenos de furia. Se acercó a la mesa, se colocó los guantes y recogió su espada.
—Madre, ¿no le apenan esos niños que ha ordenado matar?
—Cuando gobiernas, debes ser consciente de que vas a ser capaz de tomar decisiones contra tu propia voluntad. ¿Cómo el alcaide dejó a sus hijos fuera de los muros del castillo? ¿Acaso no quería protegerlos? De ese error no soy yo la culpable.
—Pero ¿era necesario?
—Don Alfonso, en lugar de tener una actitud conciliadora, intentó matarte delante de mí. Incluso se vanaglorió de ello después. ¿Cómo me desafió así sabiendo que sus hijos podían caer en mis manos? A él no le importa su familia, solo la posibilidad de mantener el poder. —La reina se giró, cogió de los hombros a su hijo y lo miró—. Para mí, tú eres más importante que nada. Esa es la diferencia. Yo hubiese entregado mi vida por ti. Aprende esa lección para cuando gobiernes.
Los cascos de los caballos se escuchaban por todas partes. Gritos, el sonido metálico de las espadas, de los cañones, incluso el crepitar de una hoguera donde se encendían las antorchas y las flechas para el asalto.
La reina salió de su tienda, se situó frente a la entrada al castillo, en la retaguardia, y esperó la confirmación del camarero mayor para iniciar el ataque.
A la izquierda, cuatro hileras de soldados cargaban escaleras de asalto. A la derecha, dos hileras de arqueros se alineaban en dirección a las murallas. Tras unos y otros, al menos doce cañones apuntaban al interior
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de la fortaleza. En el centro, tras la reina, la caballería se preparaba para entrar sin piedad una vez abierta la brecha.
Los primeros cañonazos hicieron retumbar los oídos. El humo blanco se escampó frente a los muros, lo que complicaba la visibilidad desde dentro. Las órdenes, vociferadas de forma consciente, empezaron a movilizar a la tropa. Silbidos de las flechas volando, nuevas explosiones de los cañones, gritos que provenían desde dentro de las murallas… Los caballos comenzaron a ponerse nerviosos. Relinchaban. Golpeaban sus patas contra el empedrado.
Tras más de veinte minutos de lluvia de proyectiles y flechas, la reina ordenó iniciar el asalto a los soldados. En lo alto de los muros, cada vez se veían menos soldados. Al frente, una docena de hombres corría con un gran tronco acabado en una cabeza de hierro contra el portón de entrada. A la vieja usanza. Doña Juana había calculado que la tropa del alcaide era escasa y que el asalto no requería grandes habilidades. Golpeó una vez. Dos. Tres. A la cuarta, la entrada comenzó a ceder.
En el otro extremo del castillo, el alcaide, acompañado de su mujer, su hijo y otros dos nobles de la ciudad, se abrió paso por el tramo de muro que habían derribado los días anteriores. Primero avanzaron ellos para, una vez fuera, dejar pasar a los caballos. La luz se apagaba mientras el caos del asalto se mantenía en todo lo alto. Apenas nadie se dio cuenta de la huida. Bajaron a toda prisa por la ladera hasta el amplio y caudaloso Duero. Detuvieron los caballos. El alcaide y su hijo desbrozaron el matorral hasta que quedó al descubierto una pequeña barcaza. Levantaron el mástil, prepararon la vela, soltaron los remos y la acercaron a la orilla.
—Marchad vosotros con mi mujer por el río. Mi hijo y yo cabalgaremos sin tregua hasta San Román. Llevaremos vuestros caballos con nosotros. Una vez reunidos, continuaremos todos por tierra hacia Portugal. Allí estaremos a salvo y podremos reunir una tropa con la que vengar este triste día.
Mientras la barcaza se alejaba, la reina dio la orden de tomar la ciudadela. Los soldados habían logrado abrir la puerta. La caballería, con ella al frente, comenzó a galopar hacia el interior. Los defensores huían, corrían sin rumbo, soltaban sus armas e intentaban ponerse a cubierto. Apenas opusieron resistencia. Doña Juana, extrañada ante la facilidad del choque, detuvo su caballo y miró hacia la torre.
—¡Alcaide! —gritó con todas sus fuerzas.
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El desconcierto inundaba el interior del castillo. Tras gritar en varias ocasiones, doña Juana dirigió su caballo hacia el capitán. La resistencia era ya inexistente.
—Buscad a don Alfonso y traedlo ante mí.
Al cabo de una hora, el pendón de don Enrique ondeaba ya en la torre del homenaje. Alguna columna de humo permanecía activa mientras los soldados se apresuraban a saquear lo poco que quedaba en el castillo. Por la puerta de la torre salió el capitán, que empujaba cada dos pasos a un civil atado de manos.
—Majestad. Don Alfonso, su mujer y su hijo han huido al iniciar el ataque. Este soldado los ha acompañado hasta el muro trasero, en donde ya habían preparado una apertura.
—¡Cobarde! Ha preferido vivir él y dejar morir a sus hijos. No vale la pena que los persigamos. Estarán ya lo bastante lejos como para alcanzarlos.
Doña Juana subió a su caballo, cogió las riendas, las tensó y lo dirigió en sentido a la ciudad.
—Ha caído la última resistencia. Don Enrique y doña Juana reinarán en Castilla.
Segovia. 25 de octubre de 1371
Medianoche
Castilla se proyectaba hacia el exterior. Una vez consolidado el reinado de Enrique y Juana, los compromisos adquiridos con sus aliados exigían ser devueltos. La firma del Tratado de Toledo entre el rey y los delegados del monarca francés, hacía tres años, hizo que Castilla mantuviera la tensión de la guerra a pesar de finalizar el conflicto interno. Francia exigía el apoyo y la participación de las tropas de Enrique frente a Inglaterra para terminar con la guerra de los Cien Años.
La situación exterior mantuvo la actividad frenética en la Corte. El rey se sentía a gusto como guerrero y doña Juana debía atender la gobernabilidad de la Corona. No había descanso.
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La noche se vislumbraba ya en el horizonte. A esa hora, la reina se encontraba en sus aposentos, en el interior del alcázar. Había sido un día intenso. Sin embargo, el brillo de la luna llena que acompañaba la noche de fiesta popular apenas le permitía relajarse.
Los vecinos aún se encontraban por las calles del centro en la fiesta de su patrón, San Frutos. Al llegar la noche, los menos devotos se dejaban llevar por la alegría del santo y olvidaban su rutina con un mayor consumo de alcohol. La celebración les permitía combatir el frescor propio de las veladas de otoño. Vino barato y un buen plato de sopa del santo, la tradicional cena de ajo bendecida para la ocasión, eran el mejor abrigo del que disponían.
Doña Juana miraba por la ventana. Estaba de pie, vestida aún con la ropa de protocolo. Observaba con la vista perdida en las montañas que rodeaban la iglesia de la Vera Cruz. Se sentía madura, dispuesta a transferir el peso del gobierno a otras manos. Su hijo estaba preparado para tomar las riendas cuando el señor lo determinase y ella sentía que el ciclo maternal había llegado a su fin.
Una carcajada risueña interrumpió sus pensamientos. Movió la cabeza y vio cómo corrían dos jóvenes en dirección al centro de la ciudad. Sonrió con nostalgia. Los años de alegre lozanía los recordaba ya lejanos. Entonces, le vino a la mente un instante de la agitada tarde. Antes del comienzo de la misa en honor a San Frutos había sido testigo de la rebeldía de una joven que abofeteaba a otro chico delante de la gente. Se sintió orgullosa por ella.
Ese pensamiento la hizo recordar, no sabía bien por qué, a la ya lejana Jimena, su doncella asesinada. Había hecho justicia. Estaba segura. «Ese infecto criminal pasa sus días encerrado, solo, olvidado, aislado de la vida, muerto sin estar enterrado. Pero ¿y si lograse, por algún motivo, escapar? ¿He hecho justicia con Jimena? Ese hombre merecía mayor castigo».
La conciencia persistía martilleante en la cabeza de la reina. Se olvidó de la festiva noche y del cansancio de su cuerpo. Sus pensamientos daban vueltas una y otra vez al mismo recuerdo.
«Ese asesino debió morir. Si su familia reuniera el dinero suficiente para sobornar a cuantos estuvieran delante y sacarlo de su encierro, lo harían. ¡Y eso no lo puedo permitir! ¿Dónde estaría la justicia? No importa si su linaje es alto o bajo. Ella estaba junto a mí y hubiera dado su vida de presentarse la ocasión. Se lo debo. Merece algo más que un asesino en la mazmorra».
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Durante casi una hora esgrimió argumentos en contra y a favor. Los alternaba con recuerdos amables en los que aparecían sus dos doncellas y ella misma. La tensión emocional subió hasta que ya no pudo más.
«Muerto. Debería criar malvas. Alguien tendría que poner fin a su vida, de la misma forma que él hizo con la pobre Jimena».
ENTREVISTA
Voy a serles sincera, aunque en verdad siempre lo soy. San Frutos me ha ayudado a olvidar. Sí, sí, al menos durante unas horas no he tenido que recordar que estoy soltera. Y no ha sido el vino, que bastante malo es, por cierto. Se sube a la cabeza rápido y luego le cuesta mil mareos desaparecer.
Dirán ustedes que soy algo superficial. Pues, al menos en esta ocasión, sí. El muchacho al que me refiero se dedica a la perfumería. Un pequeño local en la calle paralela más cercana a la plaza Mayor, donde no solo vende, sino que también fabrica él mismo los mejores olores de la ciudad.
Lo conocí por casualidad, cuando acompañaba a la reina en busca de un perfume con aroma a jazmín, tan de moda en el sur de Castilla y en Sevilla. Al menos, eso dicen.
Ya lo sé, es mayor que yo. Lo habrán adivinado, seguro. ¿Qué le voy a hacer si me gustan maduros? Tienen un punto intelectual que me fascina. Don Felipe no es guapo, ni fornido, ni valiente, ni rico. La verdad es que no destaca por nada en especial. Pero me atrae o, al menos, así era hasta anoche.
Fue un desastre. Podría adornarlo un poco, pero no. La cama tampoco es lo suyo. Soso, rápido, egoísta y, al final, tan blando como se ve a diario. Y no será porque yo no lo haya intentado ver de forma más benévola. Pero no puedo. La cabeza ya se me va a otro tipo de hombre.
En definitiva, no tengo suerte en el amor. Pero es que parece que, cuando no lo hay, tampoco la tengo. Voy a dedicarme a la lectura. Lo digo en serio. Quizás eso me saque de esta mala racha permanente en la que me veo inmersa.
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Yo soy una mujer bien situada. Junto a la reina, ni más ni menos. Creo que atractiva. Mi familia me dio una educación amplia. Dispuesta a amar, a ayudar, a volcarme en una relación. Pero no encuentro con quién realizarme. Yo creo que, a estas alturas, el problema no son las personas con las que me encuentro, sino yo misma. ¡No he hecho nada para merecerlo! Nada. Pero estoy sola.
La soledad puede parecer interesante. Al principio, durante los primeros meses, lo es. Disfrutas de libertad plena. Te conviertes en dueña de ti misma. Nadie condiciona las decisiones que tomas. Pero poco a poco, los silencios se hacen más largos, y más, y más, pero mucho más. Hasta que odias no tener con quien hablar, con quien discutir, a quien amar.
Y eso que yo tengo a la reina, que es más que una amiga. Pero echo en falta que alguien te espere por las noches, te abrace por las mañanas, te cobije del frío y se ría de las locuras del verano.
En fin, veremos qué nos depara el destino. De momento, les voy a confesar que hay un capitán de la reserva de soldados asignada a la reina al que ya le he echado el ojo. A ver cómo nos sale este.
Segovia. 20 de diciembre de 1371
El cálido fuego de la chimenea templaba la alcoba de la reina a primera hora de la tarde. Aquellas brasas no descansarían hasta la mañana siguiente. Era la única forma de mitigar el frío que reinaba en la ciudad a pocas jornadas de la Navidad.
Las tempraneras nieves lucían espesas en los tejados del alcázar a la espera de que el sol de los siguientes días atemperase un poco los rigores del invierno. Blancos tejados que anticipaban la dureza con la que enero acostumbraba a castigar a sus habitantes. Durante esas semanas, el interior de casas y palacios se convertía no solo en refugio sino también en punto de encuentro de familias y conocidos.
En esta etapa invernal, cuando la reina quería compartir confidencias con su doncella, se sentaba junto a la ventana acompañada de dulces de las monjas clarisas. En un tono relajado y poco convencional, se contaban secretos de los que solo ellas eran cómplices.
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Hacía dos semanas que no habían podido compartir esos momentos y doña Juana lo echaba de menos. Mencía formaba parte importante de su vida. Era, quizás, la persona de mayor peso aparte de sus hijos y su marido.
—Acércate —indicó con un tono amable—. Aún llegamos a tiempo de ver la puesta de sol desde el ventanal. Este frío parece dar un color diferente al atardecer.
Mencía se remangó la falda con las dos manos y aligeró el paso hasta el mirador. Se sentó en la bancada de piedra, sobre los cojines algodonados de terciopelo, y dirigió la mirada hacia el exterior.
—Hay que reconocer que la nieve de diciembre relaja. Es un blanco infinito, lleno de sombras y pequeños huecos. En ocasiones me recuerda un mar agitado y espumoso. ¿No lo echa de menos?
—No, Mencía. Estamos siempre de un lado para otro, sin una ciudad en la que enraizar. He visto montañas, mares, valles, llanuras. Pero lo único que echo de menos es una vida tranquila, descansada, dedicada a devolver a los demás, sobre todo, a la población, un poquito de la ayuda que nos han prestado.
—Es lo que nos ha tocado vivir, majestad. Y demos gracias por lo bien que nos ha ido.
—Es cierto. Ni tú ni yo nos podemos quejar. ¿Recuerdas los duros inicios?
—Cómo lo voy a olvidar. Los momentos más bajos hay que tenerlos siempre presentes para que nos recuerden de dónde venimos. Las tres vivíamos en permanente sobresalto mientras estuvimos en Zaragoza.
—Pobre Jimena. A pesar de la guerra, cuánto hubiéramos disfrutado juntas. —La doncella se detuvo. Aquel recuerdo aún humedecía sus ojos. Ojalá estuviera muerto su asesino.
—¿Crees que debería morir?
—No. Debería estar ya muerto.
—Está encerrado en el castillo de Frías. Elegí esa fortaleza porque su mazmorra, inexpugnable, está excavada en la roca. No puede entrar la luz del día y el frío es capaz de matar a una persona imprudente. A estas alturas, si sigue con vida, estará marcado por una profunda locura.
—No se merece ni eso, señora. Mató a nuestra amiga a sangre fría y debería morir de la misma forma.
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—Es un muerto viviente. No hay que odiarlo, hay que borrar su existencia.
—Eso también. En el fondo, debería seguir vivo para que su conciencia lo volviera loco.
—Cuánto te equivocas, Mencía. Ese tipo de personas no tiene conciencia. No sienten culpabilidad. En el fondo, su cabeza no rige.
—Puede ser, pero ¿a usted no le alegraría saber que ha muerto? —Me encantaría. No lo dudes.
—Estoy segura de que antes de irnos a acompañar a nuestro Señor, ese hombre infecto pasará a mejor vida.
—Correrán tiempos tranquilos en los que los baúles encerrarán nuestros pensamientos más oscuros. Mientras tanto, solo nos queda apelar a la providencia para que fallezca más pronto que tarde. La justicia se ha encargado de humillar a ese asesino delante de toda la población. Ahora, el tiempo apuntillará a ese desdichado.
Burgos. 2 de diciembre de 1371
La monja se encontraba en su celda. Había pasado la noche en vela. Por alguna razón, antes de dormir, volvió a su cabeza la imagen de la Virgen que se le había quedado grabada hacía casi dos años en la iglesia de San Esteban. Durante todo este tiempo había tratado de olvidarse del grial, como le pidió la reina. Al principio, el tema de Jaime Padilla ocupó su cabeza lo suficiente como para evitar la tentación de volver sobre la otra investigación. Una vez cumplido el encargo de la reina para con el prisionero, el cáliz de Cristo retornó con la misma fuerza a sus pensamientos. Hasta que sucumbió y decidió trabajarlo por su cuenta.
Al principio, le costó procesar de nuevo los detalles más significativos que había recabado. Cuando logró penetrar de nuevo en la investigación, se estancó. Pasaban los días y no era capaz de descifrar el mensaje del grial. Se le resistía. Las últimas semanas creyó encontrar una pequeña pista, pero no tuvo éxito. Sabía que estaba ante sus ojos, lo rozaba con la punta de los dedos y, sin embargo, permanecía oculto.
Se levantó del pequeño camastro para vestirse. Debía acudir temprano a la oración de la mañana. Antes de salir, se acercó un momento hasta el
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escritorio. Era un caos. Libros, papeles, dibujos, varios candiles, una pluma, tinta y su crucifijo, entre otras cosas. En la esquina izquierda vio la transcripción hebrea del nombre de san Juan Bautista. Por curiosidad, lo pronunció en voz alta. Se detuvo unos segundos y lo volvió a pronunciar. Hasta en tres ocasiones más repitió la misma acción. Después, rebuscó alterada los dibujos de los capiteles y volvió a pronunciar en hebreo el nombre de Juan.
—Ahí está. Es eso. Representa vocales, pulsos rítmicos de la palabra. El agua es el bautismo, que referencia a san Juan. Y las ondas son las vocales rítmicas de su nombre en hebreo. ¡Sí, señora! San Juan bajo el cáliz en la última cena. San Juan bajo el grial. ¡Estoy a un paso de
resolverlo, don Pedro! —indicó para sí misma excitada.
La monja esbozó una sonrisa que ocupó su rostro completo. Estaba contenta. Solo faltaba el último empujón para trasladar una respuesta convincente a la reina.
—¿Qué significará la inscripción de la copa?
Segovia. 18 de enero 1372
Primera hora
El año comenzaba para Castilla con la tranquilidad de la que había carecido desde hacía décadas. Enrique y Juana ostentaban en solitario la corona después de haber reprimido los últimos focos rebeldes. El rey había podido, incluso, firmar la paz con Portugal en Santarém, con lo que cerraba el frente occidental y podía fijar objetivos más allá de sus fronteras. Francia reclamaba su apoyo. Ya no había excusas para no devolverle el favor.
Don Enrique se encontraba en Burgos. El rey preparaba, junto a sus más allegados, la posición de Castilla en la guerra de los Cien años. El propósito del Trastámara era unir sus tropas a las de Francia para derrotar a Inglaterra en La Rochelle y debilitar las pretensiones del duque de Lancaster de arrebatarle el trono castellano.
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La reina, mientras tanto, centró sus esfuerzos en recuperar la iniciativa urbana. Debía aunar simpatías de las principales ciudades de la corona para establecer una política común. Además, preocupada por la justicia, empezó a involucrarse en acciones administrativas y legales. Una vez asentada su corona con la derrota de don Pedro en Montiel, deseaba más que su marido disfrutar de la paz. Sin embargo, el control de algunas ciudades díscolas todavía la ataba al gobierno de Castilla.
Doña Juana había madrugado esa mañana. Ni siquiera la claridad del día lucía aún en el cielo cuando mandó llamar al capitán Íñigo de Molina, que había servido con ella en la toma de Zamora. Formaba parte ahora de la guarnición que permanecía en la ciudad junto a la reina. Era de los pocos militares que constituían su círculo de confianza.
El capitán se presentó puntual a la reunión con la reina. Cuando se trataban asuntos de Estado, doña Juana era inflexible con los horarios. Elegía de forma invariable el salón del trono y daba carácter formal y distante a la conversación.
Las lámparas todavía estaban encendidas. Los amplios ventanales no ofrecían suficiente luz para la reunión.
—Buenos días, capitán.
—Buenos días, majestad. Me tiene a su disposición para cualquier mandato.
—Lo sé, Íñigo. Por eso lo he hecho llamar. —La reina se sentó en el trono con gesto solemne—. Ya sabe que valoro su valentía con la espada y su capacidad de liderazgo entre los hombres a los que lleva a la batalla. Lo respetan.
—A los soldados hay que tratarlos como si fueran parte de la familia. Ellos están dispuestos a sacrificar su vida cuando no son ni despreciados ni humillados. Ese es mi trabajo, formar un equipo de soldados capaces de entregar su destino por los reyes y por los compañeros que tienen al lado.
—Usted fue un ejemplo en el sitio de Zamora. Por eso lo traje a Segovia y por eso lo requiero ahora para que acuda a Burgos antes de que se desaten las hostilidades con Inglaterra.
—Lo que disponga mi reina lo cumpliré con gusto.
—Necesito que acuda a la ciudad, usted solo. Podrá disponer de aquello que necesite, sin límite de ningún tipo. Antes de partir, una de mis doncellas le entregará de forma personal una carta con las instrucciones sobre su viaje. Después, deberá volver a Segovia. No acabo de fiarme de
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las consecuencias que pueda tener la guerra con Inglaterra. Lo quiero a mi lado por si la situación empeora.
—Sí, majestad. Cumpliré su encargo como si en ello me fuera la vida.
Segovia. 28 de junio de 1372
De nuevo sonaban tambores de guerra. Doña Juana accedió a regañadientes a los requerimientos del rey de Francia para atacar La Rochelle. Su esposo se dedicó en cuerpo y alma a los preparativos del enfrentamiento mientras la reina volvía a tomar las riendas del gobierno en su globalidad.
Empezaba a estar cansada. Dudaba de la necesidad de la guerra. Había decidido comenzar a trabajar en apoyo de los más desfavorecidos del reino y en la plena educación regia del príncipe. En la madurez de su vida, también se veía privada de la compañía de Enrique y comenzaba a preguntarse a sí misma si su fortaleza no necesitaba también de cariño. Calor humano que echaba en falta.
La fuerza de los colores inundaba la ciudad. Verdes, rojos, amarillos y marrones se hacían presentes allá donde mirases. La agradable temperatura de la mañana invitaba, casi sin poder evitarlo, a pasear por los jardines del alcázar.
Doña Juana se encontraba acompañada de su hijo Juan. Quería poner a prueba el aprendizaje de las últimas semanas con el padre Santiago. Mientras caminaban por los frondosos rosales, la reina preguntaba al príncipe acerca de la política en Europa. Al pasar junto a la cara norte de la muralla, la madre levantó la mirada y se detuvo.
—Hace un año apenas superabas esa piedra que corona la fuente. ¡Parece mentira cómo pasa el tiempo!
—Bueno, madre, ahora ya estoy listo para la lucha.
—¿Listo? Si solo eres un niño.
—No olvide, madre, que puedo empuñar una espada tan bien como cualquier otro soldado. Yo diría que, incluso, mejor. Ayudo a padre en lo relacionado con la planificación de la guerra.
—Aún es pronto. Lo que tenemos que hacer es pensar en tu enlace. En pocos años, las principales aspirantes de las cortes europeas llamarán a la
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puerta.
—¿No habían acordado el enlace con Leonor de Aragón?
—¿Qué piensas de ella, Juan?
—Que no habría mejor candidata —sonrió el príncipe.
En ese momento, un soldado de la guardia personal de la reina interrumpió la conversación. No parecía urgente, pero tenían la orden de informarla de cuanto sucediera. Doña Juana estaba pendiente de las operaciones de su marido en suelo francés. La ayuda prestada por el rey galo en la guerra contra Pedro el Cruel había estrechado la alianza con Castilla, que estaba obligada a procurarle apoyo en su lucha contra Inglaterra.
—Majestad, traigo una carta que don Pedro de Luna ha enviado a través del obispo. Va dirigida a usted.
La reina se acercó, extendió el brazo y recogió la carta. No estaba nerviosa, pero esperaba noticias acerca de la armada que su marido había enviado a La Rochelle para auxiliar a Francia.
—Puede retirarse, gracias.
Junto a su hijo, bajo la sombra de un roble joven, con tranquilidad, rompió el sello lacrado y desdobló la carta con ambas manos. Inició su lectura con expectación.
Querida Juana:
Con la confianza que me ha demostrado en numerosas ocasiones, me permito dirigirme a usted, majestad, para valorar los recientes hechos acaecidos en Francia y de los que aún no se ha dicho la última palabra.
Castilla puede dormir tranquila. La flota enviada por su marido, el rey Enrique i, a pesar de enfrentarse en inferioridad a la de Inglaterra, ha salido victoriosa del envite. Los barcos de su majestad se enfrentaron en una batalla naval sin igual el pasado 22 de junio. Era una veintena de barcos castellanos por una treintena de ingleses en una lucha desigual, de la que hay que destacar la brillante astucia de Bocanegra. El comandante ha hundido la totalidad de la flota inglesa, ha apresado a más de cuatrocientos caballeros y han fallecido unos ochocientos marineros enemigos.
La victoria ha sido total y ha reafirmado el dominio de la flota castellana en el Atlántico. Ahora, las tropas francesas preparan el asalto a La Rochelle con la tranquilidad y el convencimiento de la derrota inglesa.
Parece que ya nada se podrá interponer en el asentamiento de los Trastámara en Castilla. Con esta demostración de fuerza de la Corona, ni Portugal ni Inglaterra se atreverán a disputarles el trono a usted y a su marido. Las esperanzas puestas sobre el heredero, el príncipe Juan, están más vivas que nunca.
El acuerdo forjado entre su esposo y el rey de Francia, del que puedo presumir como artífice, nos permite creer con mayor intensidad en la meta de un gran reino en Occidente capaz de
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enfrentarse en Oriente a los musulmanes. Debemos avanzar en la dirección correcta y promover la unión de las coronas de Castilla y Aragón como el siguiente paso hacia nuestro objetivo.
Las máximas esperanzas tanto mías como de la Orden del Hospital están puestas en su hijo. Él ha sido el elegido por el santo grial. El joven Juan debe ser garante de los principios con los que fue investido en San Juan de la Peña.
Aquí, en Aviñón, la política parece invadir cada rincón de la Iglesia. Con ayuda de los hospitalarios, lograremos avanzar dentro de la curia para tener una mayor influencia y lograr los objetivos con determinación.
Confío en usted más que en nadie para que aquello por lo que luchamos sea una realidad lo antes posible.
Siempre a sus pies,
Don Pedro de Luna
Castillo de Frías.
30 de enero de 1373
El soldado cruzó el puente de madera levadizo que daba acceso al castillo. Dejó atrás las almenas y troneras que defendían la posición para abrirse al patio de armas. Al mirar alrededor, el paisaje le pareció desolador. Restos de nieve se acumulaban junto a los pilares de madera. Todo estaba gris, silencioso, vacío. Tan solo la pequeña techumbre de madera daba cobijo a la guarnición. A través de ella corría el soldado al que le anunció su llegada. Debía dar cuenta de su presencia.
Descabalgó, acercó las riendas a uno de los pilares interiores y amarró al animal. No esperó al soldado con el beneplácito. Sin mediar palabra, caminó hasta la torre del homenaje, donde se hallaba refugiado del frío el alcaide de la fortaleza. Nadie se interpuso en su camino. Estaba sorprendido, aunque entendió lo extraño que debían de ser allí las visitas.
—Buenos días. —El alcaide no se molestó en levantarse para atender al caballero—. Ha sido usted rápido para entrar.
—Cuanto antes se cumplen las órdenes, antes se acaba el trabajo. —Cierto. Ahora, dígame, ¿cuáles son esas órdenes?
—Como bien sabe usted, vengo a verificar el estado en el que se encuentra el prisionero que se aloja en sus mazmorras. Corren rumores de que intentan liberarlo.
—¿Asaltar el castillo? No me haga reír. Mientras yo sea su alcaide, nadie podrá tomar esta fortaleza. —Se levantó de su asiento para acercarse
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al caballero—. ¿Acaso no ha visto cómo abraza la peña rocosa esta torre en la que ahora se encuentra? Doble muralla, foso, saeteras, entrada quebrada y dominio del territorio. Habría que estar loco para intentar asaltarlo.
—No lo dudo. Pero mi obligación es comprobar el estado del cautivo y dar cumplida información al respecto.
—Proceda. Y cuanto antes termine, mejor. No quiero extraños dentro de mi fortaleza.
—Necesitaré estar a solas con él. Debo realizar un pequeño interrogatorio al condenado. Espero que no sea un problema.
—No se preocupe. Disponga del tiempo que estime oportuno hasta mediodía. Después, lo quiero fuera del castillo.
El soldado cruzó el patio en dirección a las mazmorras, instaladas en el interior de la roca viva del peñón. El jubón acolchado y relleno de pelaje animal lo aislaba del frío. Por encima, el peto de cuero, hasta las rodillas, sustituía a la cota de malla. La dureza del clima y el largo viaje aconsejaban prescindir de cualquier elemento de la armadura. Ceñía un cinturón donde envainaba la espada, además de una pequeña daga en el interior de la parte alta de la bota derecha. Por encima, una enorme capa forrada de piel de cordero se encargaba de mantener el calor corporal cuando el viento arreciaba.
Al entrar por la puerta, pidió al guardia que esperase fuera. Bajó las estrechas escaleras de caracol hasta la sala de guardia, se acercó al centro, abrió la verja que cubría el acceso a la mazmorra y lanzó a su interior una escalera de cuerda.
Al mirar dentro, pudo comprobar que el convicto se encontraba tumbado sobre un pequeño catre de madera y paja situado al fondo. Cogió una de las antorchas de la pared y bajó con cuidado por las escaleras.
—Don Jaime Padilla de Salinas, ¡póngase en pie!
El reo, desorientado por la visita, apenas pudo incorporarse sobre la cama. Balbuceó algunas palabras ininteligibles e hizo un esfuerzo por ponerse en pie, apoyado en la pared del fondo.
—Fue condenado por el juez y concejo de Burgos tras reconocer el asesinato de la joven Jimena de Mora, doncella de la reina de Castilla, doña Juana Manuel de Villena. ¿Es así?
—Sí, es cierto. —El prisionero tuvo que parar para respirar. No tenía fuerzas ni para hablar—. Pero pero ya he cumplido pe… penitencia. Viene
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a liberarme, ¿verdad?
El soldado miró a don Jaime. Apenas un montón de huesos y piel. El poco pelo que aún le quedaba estaba blanco, sucio y le superaba en largura los hombros. Tenía el cuerpo cubierto de llagas y piel seca. Apenas unos harapos le cubrían el torso y las piernas. Desnutrido, enfermo, casi ciego por la oscuridad de la celda.
El silencio invadió aquel pequeño habitáculo. Después de algunos segundos, eternos, el soldado colocó la antorcha en la argolla de la pared, sacó del interior de su ropa una carta y la prendió en la llama zigzagueante. La sostuvo en su mano hasta que notó el calor en la yema de los dedos. La lanzó al suelo, esperó hasta que se consumiera y la aplastó con su bota.
Don Jaime seguía en pie. En la poca cordura que aún le quedaba, pensó que la hora de su liberación había llegado. Imaginaba que el fuego había consumido su castigo. Notó cómo se le aceleraba el corazón y la sangre volvía a recorrer partes de su cuerpo que ya casi ni sentía.
El soldado se acercó a él, desenvainó su espada y miró a los ojos del asesino.
—En nombre de la reina y de la difunta doña Jimena, lo sentencio a muerte, al mismo final que usted dio a la joven doncella.
Con la fuerza de un guerrero, insertó la espada en el cuerpo casi agónico de don Jaime. La punta entró a la altura del pecho y salió por la espalda. Con rapidez, el capitán Íñigo sacó la espada de su víctima. Esta cayó arrodillada al suelo, con los ojos desorbitados ante la sorpresiva ejecución. Llevó la mano a su pecho en un intento absurdo de parar la hemorragia de sangre y curar su moribundo cuerpo. Después, levantó la mirada hacia el capitán y abrió la boca para susurrar sus últimas palabras.
—La maté porque me pertenecía.
Al escucharlo, el intruso se situó a espaldas de don Jaime, lo agarró por la cabeza, la echó hacia atrás y pasó el filo de su espada por la mayor parte de su cuello. La sangre comenzó a brotar, despacio, densa, enferma, sin fuerza. Cuando las primeras gotas cayeron al suelo, soltó el cráneo del asesino y lo dejó desplomarse contra el frío empedrado.
Durante algunos minutos, observó aquella imagen que había visto cientos de veces en la guerra. Estaba acostumbrado a la muerte, pero aquella le regocijaba. Un extraño sentido de justicia recorrió su mente. Después, salió de la mazmorra, en silencio, con tranquilidad. Se despidió
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del guardia como si no ocurriese nada y abandonó el castillo de Frías en dirección a Segovia.
Segovia. 13 de octubre de 1373
La reina se encontraba en la sala de ajimeces. Estaba de pie, frente a la puerta abierta a la terraza exterior. Observaba, cobijada del fresco viento del atardecer, la potente luz anaranjada que golpeaba un pequeño templo en el horizonte. Junto a ella, su hija Leonor, recién estrenados los trece años, con una mente más adulta que infantil, pero con un gran apego maternal.
—¿Qué mira con tanto interés, madre?
—La iglesia de la Vera Cruz, Leonor.
La reina pareció despertar de su ensimismamiento. Sentía una comunión especial con Enrique. Trascendía el amor joven y pasional de hacía dos décadas. Ahora, la intensidad de su unión la amalgamaba una relación madura, llena de amor y respeto, de confianza y apoyo. Pero su cuerpo añoraba la presencia a diario. Estaba enfadada, molesta por que después de tanto tiempo no hubieran logrado pausar sus vidas, hacerlas más confortables, pasar más tiempo juntos. Aún se sentía atractiva.
—¿Ves lo pequeña que se ve desde aquí? —Trató de olvidar sus pensamientos y atender a Leonor—. Pues no te dejes engañar por tus ojos. Su interior encierra muchos más secretos de lo que crees.
—Tiene una extraña forma, madre.
—¿Ves? Te dejas guiar de nuevo por el exterior, por lo que tus ojos
ven, no por lo que tu corazón siente. —Doña Juana se giró hacia su hija, que ya casi la igualaba en altura, para conversar—. Esa es la iglesia a la que nos recomendó acudir a rezar don Pedro de Luna, que está en Aviñón y no tardará en llegar al cardenalato. Siempre que hemos podido, tu hermano Juan y yo hemos cruzado sus puertas, nos hemos arrodillado en el centro y hemos orado hacia Tierra Santa.
—Si tan importante es, ¿por qué no construir un templo más grande y bonito?
—Porque la fe, como la solidaridad con los pobres, no hay que pregonarla, hay que ejercerla en silencio.
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Las dos avanzaron por la terraza hasta la balaustrada. Se detuvieron frente a ella mientras la reina buscaba en el horizonte. Leonor esperaba atenta, refrescada por el discreto viento que acariciaba su rostro.
—Mira allí, a la derecha. ¿Ves esos árboles altos que ocultan la seca colina a sus espaldas?
—Sí, madre.
—Allí me gustaría que se construyera un monasterio. Una gran casa de contemplación, pero también de acogida para los más necesitados. Nunca dejes de pensar en lo privilegiada que eres. Las miles de personas que viven en una ciudad como esta —dijo girando su mano para señalar el casco urbano— no han tenido la suerte de la que tú dispones al nacer infanta. ¡Ayúdalas! Socórrelas cuanto puedas, porque entonces ellas estarán dispuestas a luchar también por ti.
—Pero ese monasterio costará mucho dinero y esfuerzo.
—Bueno, ahora parece que las cosas comienzan a marchar por buen camino. Ya casi nadie usa como moneda el cruzado real. Así lo determinamos hace unas semanas tu padre y yo en las Cortes de Toro. Los campos producen sus cosechas enteras, el ganado pasta sin temer a la guerra, el comercio fluye de nuevo. ¿Por qué no soñar con construir un edificio que ayude a los más pobres?
—¿Derribará entonces la ermita de la Virgen?
—Para construir algo mejor. No lo dudes. —La reina miró a los ojos a su hija—. Pero ya que lo dices, haremos que el nuevo monasterio se llame de Santa María del Parral, igual que la ermita.
—Me gusta, madre.
—Don Pedro de Luna, que es una de las personas de confianza del papa Gregorio, ha impulsado la creación de una nueva orden religiosa, la de San Jerónimo. ¡Qué bonito sería poder verla en el monasterio que ahora soñamos!
—La Vera Cruz y la nueva orden. Don Pedro parece estar presente en cualquier sitio al que mires.
—Buena observación, Leonor. —La reina sonrió de forma ostensible—. Ese aragonés es mucho más que un buen amigo de la familia. Nunca lo pierdas de vista.
ENTREVISTA
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Pasan los años y sigo soltera. Ya me hago a la idea de no encontrar esposo. ¡Y eso que sirvo a la reina de Castilla! Debería ser un buen partido para cualquier hombre, pero no. Creo que debo de ser yo, aunque no sé por qué.
Si no hubiera tenido la suerte de servir a doña Juana, creo que habría terminado de prostituta. Sí, no se escandalicen. Algunas de las mujeres más decentes de este reino, y de otros, acaban por vivir de su cuerpo cuando no pueden formar familia. ¡De algo hay que comer, digo yo!
A mí no me parece mal. Cada cual busca su sustento con las armas que tiene a mano. Muchos hombres las demandan, luego ellas cobran por satisfacerles. Hay diferentes tipos de prostitutas, algunas incluso se alarmarían por llamarlas así. Esas son las amancebadas, las que viven mantenidas por caballeros o gente adinerada. No son pocas, pero abundan menos.
Luego están las pupilas de mancebías, las casas de lenocinio o las que trabajan la calle. Nada que no sepan ya. Eso sí, desde la Iglesia hasta la nobleza toleran e incluso alientan su existencia. Algunas ciudades, como Valencia, las protegen y las cuidan. Así que, visto lo visto, habrá que considerarlo casi un oficio más.
Por suerte, yo no necesito a nadie que me mantenga. En el tema sexual, como bien saben, elijo yo. A veces acierto y otras, las menos, no. Pero depende de mí, nadie que yo no quiera habita mi cama. Y sí, sí, lo sé. Ahora parece que desea calentar mis sábanas el capitán Diego de Castro. Me gusta. Me parece interesante.
Es activo, enérgico, intenso. Besa de forma maravillosa. Ya sé que me ilusiono enseguida. Pero es que don Diego me gusta. He montado a caballo y me he perdido por el bosque con él y he disfrutado de su cuerpo. Como lo oyen. Tal cual. No es lo mejor que he vivido, pero se defiende bien, ya me entienden.
¿Que si me noto ya alguna arruguilla? Pues claro. La intento disimular con los polvos de harina reposada. Ya saben, la harina común que se mezcla con agua y se deja secar durante quince días. Bueno, yo no los hago, los compro en la perfumería. Pero para el caso, es lo mismo. Si se sabe poner bien, disimula bastante las arrugas, sobre todo de los ojos.
Cuando ya están extendidos por la cara, entonces, aprovecho para resaltar los labios con los polvos rojos. Por cierto, les confieso que también extiendo un poco de esa rojez por las mejillas. Te devuelve la
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juventud. No sé si será la cera, el vino o el bálsamo que utilizan para hacerlos, pero son mano de santo.
Por hoy, creo que ya me he extendido demasiado. Tengo una cita con el capitán y no quiero llegar tarde. Voy a sincerarme un poco más con respecto a nuestro futuro. A ver por dónde me sale.
Burgos. 19 de abril de 1374
Ya solo se oía el silencio en la capilla de San Pedro. La girola de la catedral había permitido a la reina pasar desapercibida frente a los fieles que se acercaron al templo, pero una vez concluida la misa, los soldados tuvieron que pedirles que se marcharan a sus casas. Doña Juana quería estar sola. Cuando lo logró, su lloro desconsolado llenó las paredes góticas con un eco desgarrador e infinito.
Estaba apoyada en el reposabrazos del reclinatorio. Respiraba con dificultad después del llanto que la había invadido. No quería nadie a su alrededor.
Aquella pobre niña, que tan solo contaba siete años de edad, había sufrido. Las fiebres altas fueron los primeros síntomas en aparecer. Después, falta de apetito, deposiciones sanguinolentas, pus y mocos. La enfermedad galopó en el joven cuerpo de la infanta.
Juana de Trastámara había cruzado el umbral del cielo para convertirse en un ángel. Es lo que su madre había dicho antes de entrar a la catedral. Lo había hecho con la dignidad de una reina, con entereza, como demostración viva de reservar para su interior la pena. Notaba un dolor profundo, intenso, como no lo había sentido hasta ese momento.
Juana era la hija menor, el último reflejo del amor y respeto que sentían sus padres, el uno por la otra y viceversa. La madre, además, se veía reflejada en ella. La hija tardía que iluminó cada rincón de la aburrida corte. Cuando la miraba, veía una criatura vivaz y despierta. Recordaba para sí misma cuando jugaba con su padre, don Juan Manuel. Cada noche entraba en la alcoba y las dos hermanas, tumbadas en la cama, leían una historia de El conde Lucanor. En ocasiones, el sueño llegaba con tanta fuerza que acababan descansando juntas después de comentar la moraleja.
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Doña Juana había disfrutado de una segunda juventud mientras la criaba. Sus hermanos eran mayores y no requerían tanto el cuidado materno. Aquella niña no podía vivir sin ella y la madre empezaba a no querer separarse ni un minuto.
Don Enrique, el padre, estaba más tiempo sin la familia que en su compañía. Guerras, diplomacia, leyes, rebeliones y vuelta a empezar. La Corona ya no necesitaba tanta atención como antes, lo que permitió a doña Juana centrarse más en la educación de sus hijos.
Llegó un momento en que la reina no pudo pensar ni recordar. El dolor era tan profundo que nada cabía en su cabeza. Se incorporó poco a poco, sin dejar de mirar el sarcófago. Dio dos pasos hacia delante y puso su mano sobre el frío mármol donde yacería para la eternidad su hija.
—Te has llevado a mi hija. La has arrancado de mis brazos para tenerla contigo. ¡No, no puedo resignarme! No quiero. Algún mal he debido de hacer para que ella no esté hoy conmigo. ¿Tanto castigo merecía por ello? —La reina se detuvo emocionada—. Redoblaré mi labor benefactora hacia los más necesitados. Son ellos quienes me requieren, como mi hija Juana. Expiaré mi culpa, cualquiera que haya sido, para que jamás tenga que ver a mis otros dos hijos encontrarse con Juana en el cielo antes que yo.
ENTREVISTA
Poco les puedo contar que no sepan ya. La verdad es que llevamos tres años de relativa tranquilidad. Los reyes se han dedicado a reorganizar el reino y la Cancillería, a labores internas, a atender las demandas de los vecinos de cada una de las ciudades que gobiernan.
Yo disfruto del día a día. Sin más pretensión. Cuando mis labores como doncella me dejan, me gusta pasear por las calles de Burgos, leer en la soledad del palacio, compartir momentos en el mercado y, cómo no, seguir con la búsqueda que tanto anhelo. Ya saben ustedes.
He de reconocer que últimamente estoy menos activa con el sexo. Ya no me llena tanto o, quizás, no haya encontrado a quien me aporte algo más que placer. No lo sé. El caso es que me dedico más a mí misma, a meditar, a pensar, a sosegar mi vida, que a disfrutar sin más. Igual es que me hago mayor.
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Además, la ausencia de guerras ha llevado a una mayor actividad de las Cortes. Las ciudades las piden sin cesar y los reyes las atienden sin parar. El año pasado ya tuvimos aquí unas que, aunque con ausencias, apretaron las cuerdas al rey. Más justicia, más freno al poder desmedido de alcaides y jueces, más control al monarca. En fin, lo de siempre.
Y ahora, para este año, otra vez. Las mismas historias y más peticiones de las ciudades, sobre todo. Yo me sé de arriba abajo lo que se dice y se debate. Me he convertido en la principal asesora de la reina, que, aunque no lo crean, o quizás sí, tiene tanto poder y predicamento como el rey. Nada se cuece sin que doña Juana lo sepa o lo autorice.
También les digo una cosa. Veo a la reina cada vez menos activa. Creo que le ocurre lo que a mí. El tiempo nos pausa, ya sea en el amor o en la guerra. Vemos la vida de otra forma y queremos disfrutar más de ella. Son años de calma, es normal que vivamos menos aceleradas. Ahora parece más preocupada por lo que ocurre en Aviñón. ¡Cuánto le gustaría a la reina tener un papa cercano! De la corte papal tiene cumplida cuenta a través de la familia Luna.
Es hora de merendar. Si no les importa, hablamos en otro momento. He quedado con una amiga en las inmediaciones de la iglesia de San Esteban. Todo truculencias e infidelidades. Ya les contaré.
Burgos 30 de mayo de 1374
—¿Tenías que regar media corona con la semilla de tu deseo irrefrenable? —gritó la reina en medio del claustro.
—Sabes que a nadie he amado como a ti. Ojalá el destino me hubiera dado más tiempo a tu lado, pero eso es lo único que me negó.
Los reyes discutían en el claustrillo que usaban las monjas del monasterio de Santa María la Real. Escondido, discreto, alejado del ajetreo del claustro mayor, el de San Fernando, ofrecía un espacio ideal para las confidencias y el trato personal. Las religiosas utilizaban este patio para su recreo y meditación. La propia reina había llevado a Enrique hasta allí sabedora de la soledad que discurría entre las delgadas columnillas que rodeaban el claustro.
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Dentro de aquellos muros se había coronado Enrique como rey de la Corona castellana. También su hermanastro y su padre. El monarca reafirmaba así su legitimidad en el mismo lugar donde la habían proclamado sus antecesores. Se sentía fuerte entre las paredes monacales a las que volvía muy de vez en cuando.
—Juana, ya sabías que iba a incluir en el testamento el reconocimiento a otros herederos.
—No me importa la existencia de esos otros hijos tuyos. Siempre lo he sabido y tolerado. Nuestro matrimonio es un acuerdo por el que te entregué la legitimidad de mi familia a cambio de la corona que ciño y ceñirán mis hijos. Pero ¿era necesario incluirlos en las cláusulas del testamento que acabas de firmar?
—Ven aquí. —El rey cogió las manos de la reina y la miró a los ojos—. Eres la única persona en este mundo en quien confío. Ayer, hoy y siempre. Y también la única persona a la que he amado y amo desde el corazón. Solo tú y yo sabemos lo que hemos tenido que pasar, luchar, pelear, padecer y, ahora, disfrutar. Nadie ni nada estará nunca por encima de ti.
—Lo sé, Enrique. Nos hacemos mayores y el triste recuerdo de tu familia, de la sangre que fue capaz de derramar, de los asesinatos de tu
madre, de tu madrastra, de tus hermanos… —Juana se detuvo y bajó la vista—. Nuestros hijos no pueden pasar por eso.
—Estate tranquila. Mis hijos, mis herederos, nuestro futuro… están en Juan y en Leonor. Nadie más ocupará nunca su sitio ni en mi corazón ni en la Corona.
—¿Era necesario tener tantos hijos con otras?
—Juana, en diez años apenas nos hemos visto. Meses, casi docenas, sin poder rozarte, sentirte, amarte. Los dos decidimos asentar nuestro amor en la confianza y en la amistad. Y sé que comprendes las necesidades de un hombre que a diario se enfrentaba a su último día, a la batalla, a la guerra durante lustros.
—Prométeme que nos serás fiel a mí y a nuestros hijos, a nuestra familia. Y prométeme también que siempre confiaremos el uno en el otro.
—Ambas cosas las has tenido y las tendrás.
—No te pediré fidelidad de pareja.
—Tú y yo sabemos que nuestras vidas han creado caminos paralelos, tanto en ti como en mí. Pero también, que siempre hemos estado unidos.
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Esto es lo que no pueden destruir nuestros enemigos y lo que más les molesta. Tú eres mi esposa y yo, tu marido. Inquebrantable unión, no solo legal, sino también de corazón.
—Esos otros hijos no pueden ni deben aspirar a la corona.
—Solo les he otorgado un medio de vida. La corona que tanto nos ha costado lograr les pertenece a Enrique, a Juana, a Juan y a Leonor. Tú y yo hemos comenzado una nueva dinastía. Los Trastámara se harán grandes porque seremos una sola familia.
Zaragoza. 27 de marzo de 1375
Las obras continuaban a buen ritmo en el palacio episcopal. El arzobispo supervisaba casi a diario el desarrollo de los trabajos, que habían cogido un nuevo impulso con la llegada de la primavera. Don Lope Fernández de Luna pretendía convertir aquel espacio en un referente de poder y cultura en la ciudad. Para ello, apostó por el arte mudéjar, muy del gusto de la familia Luna, presente en la mayor parte de su mecenazgo.
El arzobispo solía despachar a primera hora de la mañana con su secretario. Tras dar un repaso al estado de las obras, trataron de analizar y poner remedio a los problemas económicos de las parroquias del sur del reino. Al finalizar, cerca del mediodía, decidieron adentrarse en temas políticos. El secretario solía abordar los asuntos más complicados mientras caminaba junto al arzobispo, así que aprovechó el traslado a la seo y ralentizó la marcha.
—Excelencia, debemos dar solución al tema de los rehenes de Du Guesclin.
—Cierto. —El arzobispo pareció no dar importancia al asunto—. Esas pobres familias están preocupadas por sus parientes.
—Así es. Pero además, he de recordarle que son principales del reino. Tres linajes importantes para el sostenimiento de los gastos de la Corona: los Johannes, los Ramírez y los Gómez. Y también para la financiación de algunas obras importantes de la Iglesia.
—No tenemos otra salida que pagar.
—En efecto, excelencia. Cualquier acción solo serviría para poner en juego la vida de esos rehenes y, por supuesto, para enemistarnos con la
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Santa Sede.
—Financiaré el rescate. —El eco de la frase rebotó de muro en muro y se perdió entre las callejuelas—. Si sale bien, consolidaremos nuestra posición en Castilla, Enrique de Trastámara estará en deuda, una vez más, con los Luna y sacaremos a los franceses de nuestras tierras.
—Se refiere usted a Du Guesclin, ¿no es así?
—Sí. Ese mercenario aparece siempre cuando menos te lo esperas, así que, cuanto antes nos lo quitemos de encima, mejor.
—Es mucho dinero. Cuarenta mil francos de oro más alguna otra cosa menor.
—Lo sé. Pero servirá para allanar el camino a don Pedro de Luna en Aviñón.
—Un Luna de mayordomo del rey Enrique, un Luna de arzobispo de Sevilla, un Luna de arzobispo de Toledo y otras cosas que vendrán. Creo que don Pedro y su obsesión con el santo grial se verán satisfechos.
—No lo dude. Esta es una gran inversión.
—Quizás este movimiento allane también su candidatura a cardenal. El papa siempre ha visto con buenos ojos a la familia Luna.
—Espero que sí, querido amigo. Aunque aún tengo enemigos a los que hay que reducir. Y, por supuesto, mi pariente, don Pedro, cuya fama crece por momentos.
—Él aún es joven, excelencia.
—Pero posee dos cosas de las que yo carezco. Tiene a sus pies el santo grial y reside en la corte papal. Ninguna de las dos es fácil de batir. —El arzobispo se detuvo frente a la entrada de la seo—. Proceda con el pago para liberar a los rehenes. Sea a quien sea, beneficiará a los Luna.
ENTREVISTA
Cómo son los jóvenes. Todo es amor. Hasta la pasión queda relegada por ese sentimiento puro, ciego, enloquecedor.
No diría que nuestro pequeño Juan haya perdido el norte, pero es evidente que se casa enamorado. En su condición, no es lo más importante, pero qué bien sienta ver coincidir ambas cosas. A su madre y a mí nos encanta verlo estos días. Sonriente, feliz, presto a realizar cualquier
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trabajo, diligente. También hay que decir que en ocasiones se queda pensativo, abobado, pero oye, ¡son cosas del amor!
No, en serio. Me siento orgullosa, en lo poco o mucho que a mí me corresponde. Ya es todo un hombre, capaz de valerse por sí mismo, formado, atento, respetuoso. En eso tiene mucho que ver su madre.
Antes de que su gran amor apareciese en el horizonte con la fuerza de un toro, se dejó llevar por la sangre en ebullición de un joven. Sin que su madre lo sepa, he tenido que acudir en más de una ocasión para ayudarlo a salir de algún entuerto en el que se había metido por culpa del deseo sexual irrefrenable de su edad. No se lleven las manos a la cabeza. Ese deseo lo hemos sentido todos en algún momento, más si eres hombre, siempre faltos de la cordura de una mujer.
Yo también tuve una época loca. Bueno, bastante menos irracional que la del príncipe. Aún recuerdo haber ido a las eras, en mi pueblo, a ver las estrellas estivales. O eso decíamos. Dejémoslo ahí.
¿Del capitán Diego? Me enfrío por momentos. No sé. Estoy con él, sí. Y muy a gusto. Hacemos locuras cuando queremos y pasa bastante tiempo conmigo. No me puedo quejar. Pero rehúye el futuro. Tal cual. ¡Si hasta he tenido que ser yo la que se insinúe sobre una vida en común! Pero evita el tema. Cuando piensa que me voy a detener en ello, se abalanza sobre mí y comienza a comerme entera. Uf, al principio una no era de piedra. Siempre me ganaba. La cosa acababa como tenía que acabar. Pero ahora, lo he frenado en más de una ocasión y parece no haberle gustado, por no decir que en ese momento termina toda conversación.
¿De verdad solo me quiere por mi cuerpo? No puede ser que desprecie lo que soy, lo que mi mente es capaz de desarrollar. Pero lo parece. ¿Acaso no entiende que parte de las decisiones de la reina se deben a mí? ¿Con quién se cree que comparte doña Juana sus miedos y sus temores?
A pesar de la falta de compromiso, voy a perseverar. Yo creo que lo voy a conseguir. Voy a lograr que se enamore con tanta intensidad que no pueda vivir ni un segundo sin mí. Ese hombre caerá a mis pies.
Soria. 10 de abril de 1375
Mediodía
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El reino volvía a estar intranquilo. Tras la victoria frente a los ingleses en la batalla de La Rochelle y el fin de la guerra de los Cien Años, doña Juana albergaba la esperanza de que la paz se instalase por fin en Castilla. Durante los últimos meses había disfrutado tanto de Enrique como de un gobierno sereno. Tutorizaba la preparación de su hijo con el propósito de que heredara en las mejores condiciones físicas y mentales.
Sin embargo, los nubarrones volvieron a aparecer en el horizonte. La reina entró en una fase triste ante el aumento de la tensión con Inglaterra. Su esposo recuperó el afán guerrero que lo caracterizaba y puso en guardia a la Corona. Juan de Gante, duque de Lancaster, reclamaba la corona castellana. Humillados en La Rochelle, los ingleses habían declarado enemistad eterna a los Trastámara, así que, recuperaron la vieja reivindicación de la corona para hostigar a Enrique y Juana. Juan de Gante se había casado con Constanza, hija de Pedro el Cruel, por lo que podían reclamar su derecho al trono.
Don Enrique vio aparecer de nuevo en el horizonte el fantasma de su hermanastro y la ira que había adormecido se despertó con el mayor de los ímpetus posible. Castilla se preparaba para lo peor, una vez más.
Doña Juana, por su parte, se volcó en su primogénito. Si algo podía evitar las aspiraciones del inglés era la fortaleza de su hijo como rey de Castilla. A partir de ahí, buscó con esmero acelerar la preparación del príncipe para el trono, que pasaba por un pronto matrimonio.
La reina y su hijo caminaban por el exterior de la iglesia de San Francisco. El verde intenso impregnaba los alrededores sorianos del alargado templo románico en el que descansaban las incontables miradas de Aragón y Castilla.
Ambos habían hecho noche en la ciudad antes de acometer el último tramo de su viaje con destino a Almazán. La villa, fronteriza entre las dos coronas, acogería el momento político más importante para doña Juana. Los reyes de ambos territorios firmarían la paz y la sellarían con el enlace de su hijo Juan y de Leonor, la pequeña de la familia real aragonesa.
—¿Estás nervioso, Juan?
—¿Por qué habría de estarlo, madre? El tratado con don Pedro consolidará para siempre en el trono a los Trastámara.
—Eso lo sé, hijo. Me refiero a tu boda. —La reina se detuvo y cogió por el brazo a su hijo—. Sé que amáis a Leonor. Lo supe cuando os veía jugar en la Aljafería, en Zaragoza, entre clases y prácticas de espada.
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—Aquello eran juegos de niños, madre.
—Sabes muy bien que no. Siempre os habéis mirado de forma
espacial. Eso es algo que no se le olvida a una madre. —Doña Juana, sin soltar el brazo de su hijo, comenzó a caminar de nuevo—. Y luego está el tema de las cartas. Sé muy bien que habéis mantenido contacto durante estos años.
El infante apenas tenía 17 años, pero su instrucción había sido intensa, tanto en lo intelectual como en lo físico. Su padre lo trataba ya como un firme apoyo para el gobierno de Castilla. Desde hacía año y medio, se desplazaba de una ciudad a otra en función de las necesidades militares o políticas de don Enrique.
—Me sobreprotegéis, madre. Ya puedo valerme por mí mismo. —Hasta que seáis rey, me preocuparé por cada paso que deis. Incluso
cuando lo seas, estaré pendiente para ofrecerte los consejos que sean necesarios.
—Puedo empuñar una espada como el mejor de los soldados de Castilla.
—No seáis pretencioso. Eso es una debilidad que siempre derrota a quien la posee. —La reina se detuvo otra vez—. Yo te he preguntado por Leonor. ¿La amáis?
—Sí.
—Este matrimonio es un pacto entre coronas. Sellará la paz entre Castilla y Aragón. Será el principio de una dinastía nueva, la que heredas de tu abuelo don Juan Manuel. Pero si la amáis, os unirá también a la persona en la que más podréis confiar. Yo he sido el mejor apoyo, el mejor amigo, el mejor aliado, el mejor defensor de tu padre. Gracias a la confianza mutua, hoy somos reyes de Castilla. Edifica también tú el mejor reinado que jamás se haya conocido junto a ella.
—Vos la conocéis. Es activa, divertida, dulce cuando se requiere y enérgica cuando es necesario. Rebelde sin llegar al límite, hermosa, culta.
—Bueno, veo que la tenéis en muy buen concepto —interrumpió la reina.
—¿Acaso no veis lo mismo que yo, madre?
—Casi lo mismo que tú. Te recuerdo que el amor siempre ciega. Eres aún un niño. Cuando pasen los años, esa ceguera dejará paso a la mujer en quien debes confiar. No importa cuántas relaciones tengas, ni hijos que no sean de ella. Lo importante es el respeto y la complicidad que haya entre
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los dos. Ten siempre claro, como lo tiene tu padre, que ella y vuestros hijos deben estar por delante de cualquier otra cosa. ¡Cualquiera!
—Ella lo estará.
—Bueno, hijo —comenzaron de nuevo a caminar—, en Almazán compórtate como un rey. Ella aún no estará delante de ti, así que demuestra que eres mucho más responsable y adulto de lo que tu rostro evidencia. Allí representarás a tu abuelo y a tu padre. Sé digno del linaje que corre por tus venas.
Almazán. 12 de abril de 1375
Una mesa alargada, ocho sillas en el centro y dos pendones, uno de Castilla y otro de Aragón. La sala capitular del monasterio de San Francisco se mostraba austera a pesar de las personas que la iban a ocupar. Hasta los muros parecían ser conscientes de lo que entre ellos se fraguaba.
Desde el interior se oían ya los pasos desordenados de la comitiva. Al frente marchaba la reina. A un lado y al otro, su hijo y el representante de Aragón. Rostro serio, protocolario, como si quisieran teatralizar el acto ante sus conciudadanos. Pero estaban solos. Los únicos testigos de la firma eran los nobles de uno y otro bando, además del prior del convento.
Aquellas paredes románicas, gruesas, frías, iban a presenciar el final de una guerra eterna. Durante casi veinte años, ambos contendientes habían luchado y derramado la sangre de sus soldados por tierras fronterizas. Ya no importaba tanto rendir a los últimos moros como liderar el futuro reino de reinos, aquel que emularía a los visigodos, a los romanos o a los íberos incluso.
El cortejo político entró en la sala capitular. Doña Juana y su hijo se dirigieron por la derecha a un extremo de la mesa. El representante de Aragón, don Lope Fernández de Luna, arzobispo de Zaragoza, y su acompañante, don Ramón Alemán, al otro. No había tensión, aunque tampoco la cordialidad que vivió la reina en Zaragoza. En la puerta de entrada, ancha, abierta, decorada con sutilidad, había dos soldados, uno por cada Corona.
La reina esperó a que el representante aragonés estuviera delante de su silla, en pie. Entonces, con solemnidad, hizo una señal para que también su
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hijo se sentara a la vez. Los tres tomaron asiento despacio, sin prisas. —Buenos días, majestad. Mi rey, don Pedro, le manda un caluroso y
afectivo saludo. Recuerda su alegre sonrisa cuando paseaba por las calles de Zaragoza.
—Gracias, don Lope. Dígale, cuando lo vea, que fueron años muy agradables en los cuales nos sentimos queridos tanto mi hijo como yo misma.
—Así lo haré, señora. —El arzobispo esperó unos segundos mientras ordenaba los papeles que había llevado en una gran carpeta de piel—. Seguro que le agrada su comentario.
—Bien, señores. Hemos venido a esta villa, a media distancia entre las
dos coronas, para sellar la paz entre Castilla y Aragón —interrumpió la reina—. La solemnidad del día y de los pactos que aquí se firmen no debe cegarnos sobre un acuerdo que cambiará el destino de quienes poblamos la península.
—Se refiere usted al enlace de la princesa aragonesa con el príncipe castellano, ¿no?
—Así es. Para mí, como madre, hoy es un día de júbilo. Mi hijo Juan, príncipe y futuro rey, sellará su enlace con la infanta Leonor de Aragón. Se conocieron cuando eran niños y el destino los ha vuelto a unir como adultos.
—Don Pedro está orgulloso de que su querida hija se comprometa en matrimonio con vuestro heredero. Este acuerdo matrimonial sellará el destino de las coronas y el de la gran Hispania matizó don Lope.
En ese momento, Juan decidió tomar la palabra. El ímpetu de la juventud había crecido de forma desproporcionada y no vio inconveniente en saltarse el protocolo.
—Como representante de Castilla, junto a mi madre, la reina, me complace añadir mi alegría por la unión matrimonial con doña Leonor. Nuestro enlace logrará que las dos coronas, en un futuro no muy lejano, se conviertan en un territorio fuerte, capaz de enfrentarse a los musulmanes allá donde estén. No habría nada que me enorgulleciera más que expulsar de nuestra península al último reducto de los infieles que nos la robaron, como también hicieron con Tierra Santa.
El arzobispo de Zaragoza, que formaba parte del entramado familiar de los Luna, sonrió con disimulo. Las palabras del joven desvelaban la
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positiva influencia de don Pedro de Luna y don Juan Fernández de Heredia.
—Mi rey renuncia a su derecho sobre el reino de Murcia y cede la villa de Molina de Aragón a Castilla, como gesto inequívoco de buena voluntad y predisposición para este acuerdo. —El arzobispo se detuvo un instante y miró al príncipe—. Por supuesto, Aragón ayudará en cuanto sea necesario y posible a expulsar a los musulmanes allá donde no son bienvenidos.
Doña Juana, que guardaba la imagen de su padre en la cabeza, se puso en pie. Su rostro reflejaba alegría, tranquilidad y una extraña mezcla entre sensación de triunfo y de final de etapa. Su hijo, al que había cuidado y educado para ese momento, estaba a su lado. Se sentía orgullosa de él, como don Juan Manuel lo estuvo de ella. Giró la cabeza para observarlo y sonreír de forma casi imperceptible. Después, apoyó sus manos en la mesa y miró a los allí reunidos.
—Estos acuerdos son mucho más que una paz. Suponen el hermanamiento definitivo que durante tanto tiempo han buscado nuestros reinos, a pesar de no haber encontrado más que la guerra por respuesta. Hoy no gana ni pierde nadie. Más allá de los puntos que hablan de compensaciones económicas o de cesión de territorios, se asegura para el futuro la convivencia pacífica entre dos coronas hermanas. Les pido que trabajemos a partir de ahora por un objetivo común, por hacer que nuestros vecinos y enemigos teman el poder que acaba de nacer. Mi hijo Juan y su esposa en ciernes, doña Leonor, serán garantes del futuro que nos aguarda.
ENTREVISTA
No. Déjenme en paz hoy. No tengo ganas de hablar con nadie.
Siempre es lo mismo. Es la historia de mi vida. Se acuerdan del capitán, ¿verdad? Pues nada. No quería nada, solo mi cuerpo. Se ha divertido, lo ha pasado en grande conmigo y ahora se va. Ha sido movilizado por el ejército, o eso dice. Así, sin más. Sin consultarme, sin preguntarme, sin invitarme. Se marcha. Y no lo hace por un tiempo, no. Ha roto conmigo. A la cara. Sin tacto, sin miramiento, sin escrúpulos.
Un nuevo fracaso que añadir a mi errática vida. Ríanse, pero no les gustaría estar en mi lugar. La soledad es difícil de sobrellevar, sobre todo,
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en las oscuras noches de invierno. ¡Prueben a dormir solos una noche tras otra!
Mora de Rubielos.
24 de abril de 1375
Al llegar la noche, los fríos muros del castillo necesitaban el calor intenso de las llamas para hacer confortables los aposentos. Antes de servir la cena en el salón principal, algo más que dos linajes tenían una cita en aquella estancia alargada, sencilla, luminosa y confortable. El salón de las chimeneas era inmenso, tan imponente como el resto de la recién renovada fortaleza. Las paredes norte y sur se separaban tanto la una de la otra, que era posible alternar interminables ventanas y chimeneas.
Don Juan Fernández de Heredia, señor de aquella plaza, entró el primero en el salón. En su vestimenta gustaba lucir la cruz de la Orden del Hospital, a la cual pertenecía. Tras él, don Lope Martínez de Luna, arzobispo de Zaragoza. Caminaron hasta el extremo norte, donde dos sillones de respaldo alto habían sido colocados junto a la última chimenea y orientados hacia el ventanal.
Los dos tomaron asiento con tranquilidad. En la pequeña mesa de madera que había entre ambos descansaba una gran jarra de metal con agua y dos vasos de cristal. Don Lope se sirvió con alegría para, después, beber el contenido de su vaso de un trago.
—Bueno, don Juan, parece que las cosas van encajando poco a poco como habíamos previsto.
—La verdad es que sí. Algunas circunstancias aceleran nuestro proyecto.
—Pues, hombre, deberíamos celebrarlo con un excelente vino. El agua
no suele acompañar a los buenos presentimientos —sonrió don Lope. —Seamos prudentes. El camino es tan largo que cualquier paso en
falso nos hundiría.
Durante más de una hora analizaron los últimos acontecimientos. No estaban tensos, más bien al contrario. Entre los temas más importantes se encontraba la firma de la paz entre Castilla y Aragón. Don Lope se aprestó
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a dar cumplida cuenta de todos los detalles de esa jornada, de forma que su anfitrión tuviera una perfecta imagen de lo acontecido.
—¿Cómo ha visto al infante don Juan?
—Sin duda, don Pedro de Luna acertó al elegir a ese crío. Nuestros objetivos pueden estar más seguros con él que con ningún otro candidato
—respondió el arzobispo.
—Sería providencial que su reinado comenzase cuanto antes. Hemos de estar preparados para expandir por Castilla nuestra red de influencia y atar los dos reinos en uno solo.
—La boda con Leonor ayudará.
—No es suficiente. Debemos crear un entramado de apoyos e introducir a nuestros hombres en el Gobierno de Castilla.
—Eso va a ser complicado. El rey de Aragón es demasiado beligerante.
—Esto es al margen de la Corona. Don Juan de Luna, hermano de don Pedro, ya ocupa un puesto relevante en la corte de don Enrique y doña Juana. Los monarcas castellanos confían en la familia Luna. Además, Pedro estableció una relación estrecha con el príncipe Juan, a quien cobijó bajo el poder del santo grial.
—Mi linaje está preparado para ocupar puestos clave en Castilla. —Lo sé. Cuento también con su apoyo para asaltar el priorato de la
Orden del Hospital. —El anfitrión miró a don Lope para ver su reacción—. Desde ahí, podré apoyar y financiar el nombramiento de don Pedro de Luna como cardenal y, una vez logrado, convertirlo en legado papal en Castilla.
—Esa maniobra va a ser complicada y no está claro que la nobleza castellana la acepte tan fácilmente.
—Soy consejero del rey de Aragón y un hombre influyente en la corte papal. Además, tenemos el grial y a sus caballeros. ¿Cree que ayudaría que uno de ellos fuera también rey?
Soria. 18 de junio de 1375
Oleadas de ciudadanos inundaban las calles. Los reyes habían decretado un mes de festejos. La alegría desbordaba al alcaide, convertido en
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epicentro de las coronas de Castilla y Aragón. Las iglesias acompañaban la jornada volteando sus campanas de forma incesante desde las doce de la mañana, mientras los vecinos abarrotaban la entrada al templo del convento de San Francisco. Querían ver a la futura reina, pero también a don Enrique y a doña Juana. No importaba cuándo. Esperarían hasta que saliesen por la puerta principal.
En el interior del templo románico, amplio, espacioso, iluminado por la intensa luz del mediodía primaveral, se encontraban los contrayentes. Jóvenes, atractivos y educados para gobernar. Se conocían desde pequeños. Habían compartido juegos, aprendizaje, castigos y premios. Se habían ayudado el uno al otro y habían logrado establecer un vínculo especial. Fueron más que amigos hasta que la adolescencia tornó todo aquello en amor. Don Juan, primogénito de doña Juana, acudía al altar para desposar a doña Leonor, la más pequeña de las hijas de don Pedro, rey de Aragón, la niña de sus ojos.
En el altar, Pedro de Luna se disponía a dar la bendición a los recién casados. El religioso los había visto jugar en Zaragoza, pelear y darse abrazos, compartir el frío y el calor, repartir los premios y los castigos. Recordaba con especial cariño las pocas ocasiones en las que había charlado con ellos. Eran sinceros, llenos de una vitalidad contagiosa. Del joven Juan nunca olvidaría aquellos ojos de sorpresa al coger con sus manos el santo grial. Muy pocos en este mundo habían tenido ese privilegio. Aquel día comenzó a cimentarse en su cabeza la arquitectura de un nuevo ciclo. Los casaba como un simple religioso, pero su nombre sonaba ya para ministerios más altos.
Por detrás de la pareja se sentaban los progenitores. A la derecha, los de Aragón. A la izquierda, los de Castilla. Ambos matrimonios se conocían desde hacía años. Habían establecido una relación de amistad e interés mutuo fraguado durante décadas. Convivieron largo tiempo en Zaragoza, en el palacio de la Aljafería. El apoyo y la alianza de Aragón con el conde de Trastámara y posterior monarca de Castilla fue constante. Esa boda representaba para los cuatro su máxima aspiración como políticos, pero también como familias.
El resto de invitados fue dispuesto tras ellos, en los bancos, ordenados por relevancia señorial de mayor título a menor. No había noble en la ciudad, incluso en la península, que no quisiera estar representado en la catedral soriana en aquella jornada.
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La reina trataba de respirar despacio. Abría los pulmones al máximo. De repente, se sentía mayor, sola, desprovista de aquello que había cuidado con tanto ahínco. Más que en otras ocasiones, debía mantener la calma. Había imaginado, deseado, ese momento en innumerables ocasiones, pero estaba alterada. No eran nervios, era la satisfacción de haber cumplido con la principal meta diaria: sus hijos.
Cada vez que la mirada se posaba en el rostro de Juan, recordaba a su padre. Se sentía orgullosa de ofrecerle, allá donde estuviera el alma del escritor, la consolidación de aquello que tanto había perseguido: la legitimación del trono, la corona misma, el reconocimiento de la realeza en su sangre.
Estaba conmovida ante la posibilidad de instaurar una nueva dinastía heredera de Fernando III. Su marido, Enrique, aportaba la masculinidad, pero nadie ponía en duda que la legitimidad del trono corría por su sangre. Aquellos ojos no eran capaces de ver a nadie más en la iglesia. Tan solo recordaba a su padre contándole un cuento cada noche antes de dormir y, justo en el momento en que se despedía, susurrarle siempre la misma frase: «Llevas sangre real en tus venas. Haz que se haga realidad».
Enrique y Juana se sentían cómodos juntos. Se respetaban, se admiraban, se necesitaban y también se amaban, a pesar de otras circunstancias. Habían convertido ese deseo explosivo de los primeros años en necesidad pausada, en amor conyugal, en amistad verdadera.
El rey la miraba orgulloso. Dibujaba la silueta de su cuerpo mientras recorría el vestido de tonos verdes. Estaba hermosa. El pellote remarcaba la fina cintura y se ensanchaba en el pecho. Estaba decorado por multitud de bordados en rojo y oro que fijaban la expectación lejos del sayón de terciopelo al sobresalir por sus brazos. Perlas, blancas como la luna, derramadas por su vestimenta. Y una capa, larga, majestuosa, como correspondía a su condición. La habían bordado en Zaragoza con una cenefa geométrica de cordón dorado entrelazado con más perlas.
Era doña Juana Manuel de Villena, reina de la corona de Castilla, madre del futuro rey, hija de don Juan Manuel. Su figura se elevaba por encima del resto. Admirada y temida, madre y guerrera. La nobleza le consultaba acciones de justicia y gobierno. El pueblo la amaba.
Cuando las campanas comenzaron a doblar enloquecidas, los vecinos de Soria querían observar de cerca a la pareja y deseaban ver los ojos de la madre. Ese día todo era expectación, pero no solo por las nupcias, sino
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también por ver a la reina madre, a la guerrera implacable, a la forjadora de la paz.
Era la reina legítima.
ENTREVISTA
No tengo mucho tiempo. La ceremonia es de las que hay que disfrutar antes, durante y después. Una boda real, sí. Pero también una historia de amor. Conozco a estos dos críos desde que nacieron. Han compartido tanto tiempo y tantas cosas juntos que lo normal es que acabaran enamorados.
Estoy muy contenta. No tanto como la madre, pero casi igual. ¡La de veces que lo he tenido en mis brazos! Espero que tenga aquello que la vida no me ha dejado disfrutar a mí. Una pareja que lo ame y unos hijos a los que dar amor.
Sobre mí, ya les contaré. No es el día ni el momento. Les adelanto que parece que he encarrilado mi vida privada. Si no hay pasión, al menos hay respeto.
Bueno, bueno, los dejo. Disfruten de la boda.
Roma. 19 de diciembre de 1375
Media mañana
Aún había restos de verdura y fruta de invierno en los alrededores del templo de Hércules, frente a la basílica de Santa Maria in Cosmedin. Los vecinos preparaban ya, como podían, los festejos de la Navidad, incluidas también las personas más necesitadas. Eran demasiadas para la capital del cristianismo, que iba de mal en peor.
Don Juan Fernández de Heredia y don Pedro Martínez de Luna se encontraban en la ciudad como parte de la corte papal. Gregorio XI confiaba en ambos de una forma creciente, hasta delegar en ellos las decisiones más relevantes de su gobierno. Dos de las familias más
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distinguidas de la corona de Aragón ayudaban a conducir la fe de Occidente.
El hospitalario había convocado a don Pedro a final de mañana para evitar el frío despertar romano. Iba vestido como un ciudadano medio y pidió a su invitado que acudiese al encuentro con ropa discreta y civil. El barrio no estaba en la mejor zona de Roma y, sobre todo, no deseaba que nadie los viera juntos ese día.
—Buenos días, don Pedro.
—Buenos días nos dé Dios. No se quejará en esta ocasión de mi puntualidad.
—En absoluto. Me ha costado reconocerlo vestido como un vecino más, aunque le sienta mejor el ropaje religioso, sobre todo, el ceremonial.
—Sonrió de forma ostensible.
Tras hablar durante algunos minutos sobre la actualidad política que rodeaba al papado, don Juan puso la mano en la espalda de su invitado y lo dirigió hacia la basílica de Santa Maria in Cosmedin, situada frente al templo romano alrededor del que habían caminado.
—¡No querrá usted ponerme a prueba en la boca de la veritá, don Juan!
—¿Debería?
Ambos se echaron a reír de forma disimulada. Se profesaban una profunda amistad, surgida desde la llegada de don Pedro a Montpellier para estudiar Derecho Canónico en la universidad. Fernández de Heredia había costeado poco tiempo después la manutención del religioso y financiaba su carrera dentro de la jerarquía de la Iglesia.
—Lo he hecho llamar para anunciarle algo importante, don Pedro. —El hospitalario se detuvo en el nártex, frente a la entrada principal del templo—. Como sabe, durante los últimos meses he negociado con el rey la necesidad de que el papa nombre un cardenal aragonés. Al final conseguí que nuestro monarca hiciera la petición formal al pontífice. Mientras tanto, hablé con Gregorio para que esa persona fuese usted.
Don Pedro notó el fuerte impulso de la sangre a consecuencia del aumento de pulsaciones. Alargó su mano hasta el antebrazo de su amigo y deseó escuchar lo que su cabeza le pedía.
—Mañana será nombrado cardenal diácono de Santa Maria in Cosmedin. —Puso también su mano sobre la del futuro cardenal, lo miró y después recuperó el paso hacia el interior de la basílica—. No tiene que
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decirme nada aún. Este es un paso importantísimo para nuestra causa. Los plazos y las metas se cumplen. No hay que dormirse en los laureles y, ahora más que nunca, debemos mantener claros los objetivos. Usted deberá ir después como legado papal a Castilla y comenzar a trabajar. Entre tanto, hay que pensar qué hacemos con el grial. Debemos controlarlo todavía más y mantenerlo cerca.
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SEXTA PARTE
BODAYALIANZA
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Burgos. Febrero de 1376
El claustro mayor del monasterio de las Huelgas recogía el tibio sol del invierno para hacer más agradables los paseos entre sus columnas. Aquellas galerías se habían convertido en el lugar preferido por la reina para tratar asuntos de Estado que requerían cierta discreción. Sus paredes mudas, aisladas, impregnadas de fe, garantizaban a doña Juana que nadie interfiriese en sus pensamientos.
La comida se servía temprano en la comunidad. Una norma que permitía a las religiosas aprovechar mejor las pocas horas de luz de esa época del año y ajustar la dieta a las madrugadoras jornadas de oración. Al terminar en el refectorio, cada cual marchó a su celda. Solo una, con permiso de la madre superiora, se dirigió al claustro para entrevistarse con la reina.
Al doblar la esquina para entrar en la galería norte, la monja vio a unos pasos a doña Juana. Las dos caminaron con mayor rapidez y se fundieron en un afectuoso y cálido abrazo.
—¡Cuánto tiempo ha pasado ya, sor Lucía!
—Demasiado, diría yo. Las obligaciones no deberían ser un impedimento para que nos viésemos más a menudo.
Doña Juana se separó despacio de la hermana clarisa, la cogió del brazo y comenzó a caminar cerca de los arcos claustrales para que el sol iluminase sus rostros y, sobre todo, diera calor a los ropajes. Conversaron sobre el gobierno, sobre el futuro del príncipe e incluso sobre los destinos, diversos y peligrosos, de la monja. Cuando iban a completar la segunda vuelta, se hizo el silencio durante algunos segundos.
—¿Hicimos bien, hermana?
—Majestad, no seré yo quien hable contra mi propia fe. Matar nunca es la solución. —Sor Lucía se detuvo para mirar de frente a la reina—.
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Pero nuestro Señor permite en ocasiones que el libre albedrío haga justicia por él. En ese momento, nosotros equilibramos la balanza con el castigo al culpable.
—A veces pienso si no hubiera sido mejor dejar que aquella bestia muriese en su mazmorra.
—El pasado no lo podemos cambiar. ¿Para qué preguntarse acerca de él? Ese hombre recibió su merecido y usted solo aceleró el juicio celestial que lo condenaría al infierno. Debe estar tranquila. Hizo lo correcto.
—Cuando dudo sobre lo que ordené, me obligo a recordar a Jimena. Entonces entiendo que mi deber como reina es ser justa, sin importar el origen del mal. Así me educó mi padre y así he enseñado a mi hijo. Si los súbditos no hubieran visto en mí una garantía de justicia, no me habrían respetado como lo hacen.
—No lo dude, doña Juana.
—¡Cuántas barbaridades habrá visto usted desde entonces!
—No lo sabe bien. Y mejor que no lo sepa. Yo entendí cuál iba a ser mi trabajo en el mismo instante en que lo acepté. Ahora estoy convencida de que debemos existir para hacer justicia allá donde la legalidad no llega. Estoy cansada, sí, pero aún no ha llegado el momento de retirarme. ¿Acaso el suyo sí?
—Con sinceridad, creo que sí. Cuando mi hijo acceda al trono, mi misión habrá concluido.
—Esa no parece una buena elección.
—Lo es, hermana. Prometí a mi padre que devolvería a mi linaje la estirpe real. Yo he luchado por ella y ahora soy reina. Pero no será una realidad hasta que mi hijo Juan acceda al trono. —Fue doña Juana la que se detuvo en esta ocasión para mirar a los ojos de sor Lucía—. Mi destino se ha cumplido. Creo que merezco descansar.
—No la veo a usted sentada en el mirador de palacio con una aguja de coser y su doncella al lado.
—Por supuesto que no. Nunca voy a dejar de ayudar a mi hijo o a mi marido. Pero me apetece descansar y dedicar mi tiempo a devolver al pueblo aquello que él me ha dado, aunque solo sea un poquito.
—No la entiendo, señora.
—Es hora de ayudar a los más pobres. Quiero apoyar y poner en marchar iniciativas que estén dirigidas a paliar la dureza de esta vida a quien lo necesite. Comida, fe, atención a los enfermos, refugio para los
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más necesitados, cuidado de los niños huérfanos, de las madres, de las mujeres…
—Trabajo propio de la Iglesia. No veo a una reina en esos menesteres. —Pues ya es hora de que lo vea. Ya sé que sus obligaciones no le permitirán ayudarme, pero me encantaría que, cuando estas finalicen,
tenga a bien unirse a mí en tan ardua tarea.
—Sigamos nuestro paseo claustral, doña Juana. ¿Sabe que me ha convencido? Igual es momento de que una nueva hermana ocupe mi lugar.
—Pues si decide descansar, antes debe terminar un trabajo que le encargué.
—¿No había dicho que quería dedicarse a los más necesitados?
—Por supuesto. Pero me gustaría saber por qué es tan importante para don Pedro de Luna y para los hospitalarios mi hijo Juan.
—Esa investigación la paró usted en seco hace demasiado tiempo. —Es cierto. Pero ahora que estoy más calmada, vuelvo a ver con
claridad la obsesión política de don Pedro con mi hijo. Va más allá de la persona, lo sé.
—Ya le expliqué que existen demasiadas coincidencias en el nombre.
La Orden de San Juan sabe muy bien lo que hace.
—¿Y qué significa eso? No eligieron a mi marido Enrique. Ni tampoco al rey de Aragón, don Pedro. Ni al rey de Francia, llámese Felipe o Carlos. Se obsesionaron con mi hijo Juan.
—No le dé muchas vueltas. Creo que estoy a punto de dar con la respuesta que busca. Durante este tiempo he investigado por mi cuenta
—concluyó la monja con un gesto amable.
—Ya me extrañaba que lo dejase parado.
—Creo que se sorprenderá de las conclusiones a las que he llegado.
Burgos. 30 de septiembre de 1377
Media tarde
Doña Juana salía apresurada del palacio, en el interior del castillo, para dirigirse a la misa mayor de las siete de la tarde. El día aún alargaba lo
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suficiente como para que el sol luciese en lo alto. Quedaban dos horas para el oficio, pero antes había quedado con la condesa de Mendoza para tratar asuntos de la ciudad. Ella era un contacto fundamental a la hora de ejercer influencia sobre el juez, algo que interesaba a la reina.
En el patio habían preparado el caballo con el que solía pasear por la ciudad. Cuando se disponía a cruzarlo, se le abalanzó un soldado con un sobre lacrado en la mano.
—¡Mi reina! Traigo una carta de don Pedro de Luna.
—¿Desde dónde la manda? Con el cardenal, nunca se sabe. Igual es
Aviñón que Roma —matizó con una sonrisa sarcástica la reina.
—Viene desde Roma, señora.
A pesar de la prisa, la monarca cogió el sobre, le dio la vuelta, quitó la lacra cardenalicia y lo abrió por ambos lados a la vez. La musculatura de su rostro pasó a relajarse hasta que se tensó de nuevo, esta vez, de alegría.
Al terminar de leerla, llamó a su doncella, que la acompañaba siempre cuando salían de palacio, e hizo que escuchara la lectura pausada de la misiva. Después, la miró a los ojos en un gesto de complicidad.
—Han nombrado a don Juan Fernández de Heredia como prior de la Orden de San Juan del Hospital.
—Un cargo importante, sin duda.
—Mucho más de lo que pudiera parecer. Es un paso importantísimo para que, durante el reinado de mi hijo Juan, se consolide de forma definitiva a los reinos peninsulares como árbitros de la política europea.
—Eso ha sonado excesivo, ¿no cree?
—Quizás. Pero hoy debemos estar de enhorabuena. Mi hijo se ha unido por matrimonio a la corona de Aragón. Sus principales familias, los Luna, los Fernández de Heredia o los Jiménez de Urrea, nos apoyan. La corte papal cuenta con el cardenal don Pedro de Luna, quien legitimó con el santo grial a mi hijo. Y ahora, este nombramiento. ¿Te parece a ti que el legado que recoja el príncipe Juan va a ser poco significativo?
—No, señora, pero hay que ser prudentes antes de lanzar las campanas al vuelo.
—Lo soy. Eso no significa que no pueda mostrarme alegre por la noticia. Cuando mi hijo lo sepa, lo primero que hará será preguntarme por el grial. Seguro. ¿Qué piensa que puede sucederle ahora a la reliquia?
—Espero que nada.
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—Otro Juan en lo más alto del poder. No se me va de la cabeza ese nombre.
Monasterio de las Huelgas, Burgos.
21 de diciembre de 1378
—Siéntese aquí, junto a la chimenea. El frío de este año no nos deja casi ni pensar.
—¡Cuánta razón tiene, hermana! —La reina se acercó a la humilde jamuga de madera y destapó sus manos—. Recuerdo a mis abuelos hablar de inviernos más cálidos y de lluvias menos densas. El tiempo está loco.
Doña Juana había acudido al monasterio a instancias de sor Lucía. Desde antes del verano habían recuperado las reuniones habituales, con largos paseos en los que se hacían confidencias y planificaban el futuro. La monja se había adelantado en esta ocasión a la reina, que, aunque no era nada importante, prefería la discreción del convento y el calor del hogar llameante.
—Tome, Juana, le he preparado un poco de hipocrás. Seguro que así entra en calor.
—Muchas gracias. Con esta nieve, el vino caliente entra solo. —La reina sopló varias veces la copa y bebió un pequeño sorbo—. Dulce y con ese toque a romero que tanto me gusta. La verdad es que sus compañeras preparan el mejor hipocrás de la ciudad.
—Bueno, ya sabe que solo es cuestión de juntar vino dulce, romero, miel, canela y jengibre. Removerlo bien y calentarlo a fuego lento.
—Ya, ya, pero la receta exacta se la callan. —La reina respondió con una sonora carcajada.
Durante un buen rato, ambas debatieron sobre asuntos de gobierno del reino. A doña Juana le gustaba escuchar los consejos de la monja. Cuando las llamas alegres dieron paso a intensas brasas, sor Lucía interrumpió la conversación.
—Juana, hoy quería comentarle algo que, aunque no es importante, sé que le preocupa.
—¿No será sobre la vida de Mencía? —sonrió la reina.
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—He investigado algo más acerca de Juan, ya sabe, sobre el nombre en particular. Creo que estoy a punto de descifrar los códigos que maneja la Orden de San Juan, pero tengo que confirmarlo antes de hacérselos saber.
—Dígame lo que sabe hasta el momento, hermana. Quiero conocer cómo evoluciona la investigación.
La reina se puso sería, inclinó un poco el cuerpo hacia la monja y puso en guardia sus cinco sentidos. Hacía tiempo que no meditaba sobre el tema, pero lo tenía muy presente. La actividad creciente de don Pedro de Luna y las noticias que llegaban de Aviñón la habían hecho recuperar el interés por los interrogantes recurrentes sobre el grial.
—El nombre significa «hombre fiel a Dios». Eso creo que ya lo sabe. Los miembros de la Orden de San Juan justifican así ser siervos eternos de la fe cristiana. Pero si indagamos un poco más en algunos personajes históricos, la cosa se hace más atractiva. La orden fue creada bajo la advocación de san Juan Bautista, no de san Juan Evangelista.
—Cierto. Cada vez que ponen un ejemplo lo sacan a colación.
—Pues resulta que al primo de Jesús apelan los cuatro evangelistas como el que anuncia la llegada del Mesías. Es decir, el significado fundamental de este personaje bíblico es que precede y anuncia un orden nuevo.
—Continúe.
—Debemos tener también en cuenta su querencia por el otro san Juan, el apóstol. A este, a través del texto apócrifo de Hechos de Juan, se le asocia con un cáliz. Por esa razón, a lo largo de estos siglos, se le ha representado en algunos cuadros sosteniendo una copa de la que sale una serpiente.
—Nos acercamos al grial.
—Así es. Hay algo en esa copa que la ata a la Orden Hospitalaria, a los sanjuanistas.
—Lo tocamos con la punta de los dedos, hermana, pero no sabemos aún qué es. En lugar de aclararme dudas, ha despertado mil preguntas más.
La monja aprovechó para levantarse mientras se reía. Sabía que la reina reaccionaría así después de contarle esos detalles.
—Le traeré más hipocrás. Seguro que la tranquiliza, y así podemos volver a hablar de otras cosas, como los amoríos de Mencía. Espero avanzar en los próximos días en la investigación.
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ENTREVISTA
La pasión es una de esas cosas a las que te enganchas, pero el tiempo sabe desconectarla. No es que no la sienta ya. Parece que en mí no mengua. Sin embargo, la edad ha cambiado mis prioridades. Sí, como lo oyen. Ahora no es suficiente vivir con intensidad cada día, sino con calidad. Me quedé sin posibilidad de conformar una familia, pero no por ello renuncié a formar un hogar.
¿No hay pasión? Pues hay cariño. Lo primero lo he vivido en multitud de ocasiones. Lo segundo, en muchas menos. Ahora me gusta sentirme querida, protegida, arropada; saber que desean mi compañía sin mediar sexo, acompañarme, conversar… vivir, en definitiva. Porque cada edad debemos sentirla con plenitud y cada etapa tiene su momento. Ya toca que me quieran.
¿Que si echo de menos la fuerza explosiva del sexo? Puedo asegurarles que mi privacidad sigue activa, aunque ha rebajado su intensidad y sus expectativas. El deseo incontrolable se ha transformado en gustoso placer. A mi cuerpo le sienta bien, lo mismo que a mi cabeza.
No, no me puedo quejar.
¿No les he dicho aún con quién comparto mi vida? Claro que no. Déjenme que lo mantenga, por el momento, en privado. Ya llegará el momento en que los haga partícipes.
Burgos. 17 de febrero de 1379
La reina observaba alejarse la corriente del río Arlanzón desde la ventana de su alcoba. Estaba preocupada. No era mujer de una fe intensa y ardiente, pero vivía con preocupación los problemas religiosos que iban más allá de la política.
Doña Juana trataba a la jerarquía eclesiástica de igual forma que a los nobles de la corte o a sus enemigos. Pensaba en ellos como personas que se representaban a sí mismas. Egoístas, bondadosos, amantes del dinero,
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del poder, de las mujeres, de los hombres, sedientos de guerra o valedores de la paz. Unos y otros eran para ella iguales. La condición humana los igualaba.
Pero los asuntos de fe eran diferentes. Creía de forma firme, individual, discreta, sin exhibirlo. Se alegraba de las buenas acciones de los hombres y mujeres de la Iglesia, como también la llenaban de tristeza los problemas que envilecían a la cristiandad.
Desde el otoño anterior, la fe de la reina, como la de todos los reinos de Occidente, estaba intranquila. En más de una ocasión había buscado la soledad para meditar, para pensar en lo que sucedía. Dos papas y dos obediencias. Como si a un hijo le pidieran elegir entre la madre y el padre, a los cristianos los dejaban ante la duda de seguir a uno u otro.
—Buenos días, señora.
—Adelante, sor Lucía. —La reina se alejó del ventanal para saludar a su amiga—. Se ha adelantado. Creí que habíamos quedado para caminar un poco más tarde.
—Así es, pero imaginaba que estaría en sus aposentos y quería cazarla antes de que se le ocurriese atender deberes de gobierno.
Las dos se abrazaron mientras sonreían. La complicidad que habían llegado a acumular durante los últimos años las había convertido en grandes amigas.
—¿En qué pensaba cuando he llegado? La he visto absorta frente a la ventana.
—En el Cisma. Parece que no es una pelea de pocos meses. Las noticias que me llegan de Roma y de Aviñón confirman los peores presagios. La Iglesia se rompe.
—Bueno, Juana, las cosas de política las pervierten los políticos. Las cosas de la fe las mantienen las personas. Es momento de que creamos más que nunca y de que dejemos que otros jueguen con el poder.
—¿Acaso podemos quedarnos de brazos cruzados?
—Es evidente que no. Pero su fe, la nuestra, la de los comerciantes, agricultores y ganaderos que viven en Burgos o en Castilla, debe reforzarse. Hay que trabajar, mucho, para ser capaces de abstraernos de lo que digan unos y otros y reforzar las enseñanzas que nos dio Jesús.
—Eso lo tengo claro, sor Lucía. Pero soy reina. Tanto el papa romano, Urbano VI, Como el aviñonés, Clemente VII, me presionan para que la
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Corona se adhiera a uno u otro bando. Solo acabamos de comenzar esta pelea. Ni imaginar quiero si esto se prolonga en el tiempo.
—Para tomar esa decisión debe escuchar a su corazón. Por supuesto que, como reina, pensará en la mejor estrategia geopolítica. Pero ¿de quién se fía más?
—Es una elección complicada. —Se detuvo un instante—. Lo peor es si el problema se alarga en el tiempo. Tendrá que ser mi hijo Juan quien deba enfrentarse a él.
—Quizás sea mejor. Los años lo convertirán en un tema político y no de fe.
—Es posible que tenga razón, hermana.
—Don Pedro Martínez de Luna. ¿No lo considera uno de sus amigos y un apoyo? Pues converse con él, deje que le exponga argumentos, que le hable de fe, que le exhiba la realidad de la situación.
—Es cierto. Su opinión puede ser muy importante. Al fin y al cabo, ha estado en la elección de los dos papas y sabe de primera mano lo que ha ocurrido. Sus palabras pueden ser determinantes.
—Así es.
—Hermana, no olvide avanzar con la investigación. Sigo a la espera de noticias.
Burgos. 20 de marzo de 1379
La reina había mandado llamar al príncipe. Cuando Juan entró en la alcoba, doña Juana estaba junto al ventanal norte, desde donde se divisaba gran parte de la ciudad y, a lo lejos, el fluir constante del río Arlanzón. Los monarcas, dadas las largas temporadas que pasaban en la ciudad, habían hecho del castillo un palacio real. Tuvieron que mejorar poco las dependencias ya creadas por el rey Alfonso VII, pero lo suficiente como para acomodar los espacios a la presencia habitual de la familia real.
—Buenos días, madre. ¿Me ha hecho llamar?
—Sí, hijo mío. Acércate y toma asiento.
El príncipe solía escuchar con interés los consejos de doña Juana. Sentía admiración por ella y la consideraba artífice de la política
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castellana, mientras que dejaba a su padre el papel militar y, sobre todo, de relaciones con otros reinos europeos.
La reina se quedó sentada en el banco izquierdo, donde llegaban directos los rayos de sol, y cedió a su hijo el asiento opuesto. La primavera burgalesa era más dura que en Segovia, pero el príncipe se había acostumbrado mejor a ella.
—Me acaban de informar de que han nombrado al cardenal Pedro de Luna como legado para los reinos peninsulares. Al parecer, su intención es instalarse en Castilla y lograr el apoyo de nuestro reino al papa Clemente VII.
—Es una gran noticia, madre. Don Pedro es un buen aliado y estoy seguro de que lograremos grandes cosas para Castilla con su apoyo. —Don Juan se detuvo un instante para observar a su madre—. Gracias a él seré caballero. El cardenal me bendijo cuando solo era un niño. No podemos por menos que alegrarnos de su nombramiento. Al final, se convertirá en una realidad lo que nos confesó junto al grial.
—Ahora estamos en un momento delicado, Juan. Céntrate en los próximos movimientos. Puede que sean definitivos. —La reina contestó con un tono recriminador a su hijo—. El cristianismo está dividido en dos obediencias, en dos papas. Nada bueno saldrá de este Cisma si no se soluciona en un tiempo prudencial. Nuestro apoyo va a estar siempre con el que marque el cardenal don Pedro.
—¿Acaso tenía alguna duda, madre?
—No. Sé que tú opinas también como yo. Tienes idealizado a ese aragonés.
—No lo idealizo. Gracias a él y a su hermano, mi padre es rey de Castilla. ¿Le parece poca la deuda contraída con los Luna?
—No hace falta que me lo recuerdes. Cuando tú acababas de llegar al mundo, yo ya lo conocía.
—Pues, entonces, no diga que lo idealizo.
—En mi mente pesan los temas políticos. En la tuya, los sueños de caballería. Me da que no has olvidado el santo grial.
—Por supuesto que no.
—Bueno, me parece bien. Pero ahora lo importante es que ayudemos a don Pedro a asentarse en Castilla. —La reina miró entonces hacia el río a través de la ventana—. Nunca pierdas de vista al cardenal. No me
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extrañaría que llegase al papado. Tú serías rey y él, máximo pontífice. ¿Lo entiendes?
Burgos. 13 de abril de 1379
—Adelante, cardenal. Ya sabe que esta es su casa.
—Gracias, majestad. Me complace su hospitalidad.
—Déjese de protocolos, don Pedro. Nos conocemos demasiado. —Eso no quiere decir que no guarde el debido respeto, doña Juana
—contestó con una agradable sonrisa el cardenal.
—Son tiempos inestables. No sé si hoy debería hablar como reina o como amiga.
—Siempre van a existir problemas. La amistad es lo que nos ayuda a superarlos.
—Usted tiene una frase para cada momento —dijo sonriendo doña Juana.
La reina había citado al recién nombrado legado papal en Castilla para tratar el asunto del Cisma. La división de la Iglesia se había convertido también en un asunto de Estado. El rey había convocado una primera asamblea en diciembre anterior para dilucidar qué posición adoptaba Castilla en este asunto. La reunión de Illescas no tuvo conclusiones claras.
Durante los siguientes meses, don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, tomó parte por Urbano VI y utilizó su cercanía a la familia real para tratar de convencerlos de la necesidad de apoyar a Roma.
Don Pedro Martínez de Luna hubo de emplearse a fondo para hacer valer las ideas de Clemente VII y su apoyo a Aviñón. El cardenal esperaba contar con la amistad de la reina y su hijo en Castilla. Además, pretendía crear un frente único en la península que apoyase su causa.
—Acerquémonos a la ventana. El sol ilumina con intensidad la ciudad.
Estaremos más cómodos aquí.
—Hay que reconocer que las calles se ponen preciosas en esta época. ¡Menudo contraste con la fría nieve que lo cubre todo hasta febrero! —El cardenal se acercó a la reina y trató de relajar la conversación.
—Don Pedro, ya sabe que no tiene que ganarse mi apoyo. Pero la decisión que tome Castilla dependerá también de los movimientos que
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realicen otros países. Lo que más temo es que Inglaterra y Portugal se alineen con el papa de Roma, lo que provocaría una reacción inmediata de Francia a favor de Aviñón. Eso nos obligaría a aliarnos de nuevo con ellos. Lo peor es que este asunto, llegados a tal punto, llevase a un nuevo enfrentamiento entre ingleses y franceses que arrastrase a la península. Después del final de la guerra de los Cien Años, solo faltaba que volviésemos a comenzar.
—Entiendo su preocupación. Desde el punto de vista del derecho canónico, nos asiste la ley. Esta división de la Iglesia es una realidad triste que rechazamos desde cualquier esquina europea. Pero debe prevalecer la ley, porque para eso existe. El papa legítimo es Clemente VII. Debemos luchar por unir de nuevo a la cristiandad en torno a su figura.
—La situación se ha complicado mucho. No es tan fácil la solución como la plantea.
—No digo que sea fácil, solo expongo del lado de quién hay que estar. Tengo facultades plenas sobre la Iglesia de los reinos peninsulares, sobre sus universidades y sobre la justicia. Represento al papa y mi deseo es que Clemente VII tenga un mandato unificado. Si don Pedro Tenorio intenta otra cosa, tendrá que rendirme cuentas.
—El arzobispo de Toledo sabe moverse bien.
—Le aconsejo que envíen emisarios tanto a Aragón como a Portugal para pulsar su posición sobre el Cisma. Conviene unificar criterios. Yo, por mi parte, voy a hacer cuanto esté en mi mano para que el punto de vista de la península sea una sola voz de apoyo a Aviñón.
—¿No pudo evitarse el Cisma?
—Me temo que no, doña Juana. La actitud despótica y anticristiana de Urbano hacía necesario deponerlo y nombrar un nuevo representante. Se había quedado solo. No tenía el apoyo de ninguno de los cardenales que lo habían elegido. Ni corto ni perezoso, nombró un nuevo colegio cardenalicio para perpetuarse al frente de la Iglesia y ahí se desató todo. Los cardenales legítimos hemos tenido que nombrar un nuevo papa y exigir la renuncia de urbano.
—La diplomacia es fundamental en estos casos.
—Lo sé. Es lo que voy a tratar de desarrollar a partir de ahora. Pero la política se ha metido por medio y se han creado dos bandos irreconciliables.
—Estamos en peligro de guerra, ¡otra vez!
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—Esperemos que no, doña Juana. Ármese de paciencia y trate de no dejarse arrastrar por las fuerzas que pretenden llevarla al lado de Urbano. Es el momento de estar unidos y aguantar con templanza.
—No sé si podremos quedarnos al margen si Inglaterra y Portugal unen sus fuerzas. Solo faltaba que amenazasen también a la corona que tanto esfuerzo nos ha costado lograr a mi esposo y a mí. —La reina miró a los ojos de don Pedro—. Si le soy sincera, tengo miedo.
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SÉPTIMA PARTE
CORONACIÓN
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Santo Domingo de la Calzada.
29 de mayo de 1379
La reina se encontraba sola, a los pies de la cama, en los aposentos reales del antiguo palacio del obispo. Estaba en silencio, cabizbaja, agotada tras doce días de desvelo, con el alma abatida y el corazón herido. Sentía que ese dolor que lo había perforado ya no desaparecería jamás.
Había pedido que le permitieran estar allí sola durante una hora. Necesitaba despedirse en privado, incluso sin la presencia de su hijo. Un mensajero había partido a primera hora hacia Burgos para transmitir la noticia al príncipe.
Enrique yacía sobre la cama, pálido, inmóvil, sin el impulso vital del que había hecho gala desde que lo conoció. El dolor lo había consumido día tras día en una enfermedad interminable. Primero se le hinchó el dedo gordo del pie derecho. Después, el empeine, el tobillo, el pie entero. Le costaba andar por las fuertes molestias en las articulaciones, hasta que quedó postrado en el lecho.
Doña Juana acudió a Santo Domingo al cuarto día, después de comprobar que las dolencias no remitían. Desde ese momento, no se separó de su lado. Se convirtió en su asistenta más fiel, la que lo acompañaba, lo aseaba, le extendía los ungüentos por la pierna, la que lo obligaba a comer o la que se despertaba a medianoche para sofocar sus dolores.
La suave mano de ella se posó sobre la del rey. La apretó con fuerza y miró el rostro sin vida de su esposo. Los ojos, cansados y secos de tanto llorar, dejaron caer sendas lágrimas silenciosas, afligidas, llenas de una ternura infinita.
Me dejas una vez más sola. Tantas veces temí tu muerte y regresabas, que llegué a creer que nunca te vería marchar hacia el cielo. Me equivoqué.
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Hemos tenido una vida intensa, llena de desdichas y de triunfos. Has llenado cada instante de mi existencia, a pesar de tus ausencias, y ahora no sé qué voy a hacer.
¿Crees que tiene sentido seguir aquí? Nuestro hijo ya está preparado para reinar. Hemos convertido Castilla en un reino fuerte, temido, respetado, donde por fin la paz no es algo extraño. ¿Qué puedo aportar yo a lo que ya habíamos conseguido?
Necesito discutir contigo, mandarte, obedecerte, añorarte, desearte, compartir el lecho en invierno y desear que vuelvas de la guerra en verano. Pero no, has tenido que irte antes de tiempo. Has tenido que dejarme sola una vez más.
No sé si me apetece gobernar sin ti. Estoy cansada.
Espero que no te pierdas allá donde vayas. No sé si tardaré en reunirme contigo.
La reina posó también su mano izquierda en la de Enrique, la agarró con fuerza, apoyó la cabeza sobre la cama y trató de recordar el rostro joven de su esposo. En ese momento, entró su doncella en los aposentos.
—Señora, siento interrumpir. Se ha adelantado el correo que mandamos para avisar a su hijo. Nos ha dicho que en una hora como mucho estará en palacio. Convendría que no la viera así.
—Tienes razón, Mencía. Pero lo echo ya tanto de menos, que no puedo recuperar mi alma.
—Pues no le queda más remedio. Su hijo se lo agradecerá.
—¡Está bien! —Doña Juana se incorporó para dirigirse a su doncella—. Que preparen cuanto sea necesario para trasladar el cuerpo yacente de mi esposo a Burgos. Aunque él quería que lo enterrásemos en Toledo, en la capilla nueva, antes debe recibir honores en la ciudad más importante de Castilla. Después, deberá ser trasladado a Valladolid y, por último, a su morada eterna en la catedral de Toledo. Espero que a principios de año esté concluida la sepultura.
—Sí, señora. Ahora doy las órdenes oportunas para que preparen el viaje.
—Por cierto, no hace falta que se lo recuerde, pero por si acaso, que dispongan una misa por todo lo alto en Toledo. La gran ceremonia de su sepultura la haremos allí.
—Me pongo con ello, majestad.
El silencio volvió a inundar los aposentos. Doña Juana no quería salir. Pensaba que en cualquier momento le hablaría su esposo. Pero sabía que eso no iba a ocurrir.
Un profundo vacío comenzó a abrirse paso en su cabeza. Se sentía incapaz de gobernar sola. No sabía si las decisiones que tomara acabarían con su reinado. Los acontecimientos internacionales se complicaban por la
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candidatura del duque de Lancaster al trono castellano. Por un instante sintió miedo, temor a que su hijo no llegase a gobernar la corona.
ENTREVISTA
Extraña. Me siento rara sin la presencia del rey en este mundo. Ya sé que he compartido con él mucho menos tiempo que con doña Juana, pero siempre sabías que estaba vivo y que en cualquier momento podía volver.
Ahora ya no está. Es una situación nueva en mi vida. Triste y llena de interrogantes, pero no me queda más remedio que dar ánimos a la reina. Ella me los ha dado a mí siempre que lo he necesitado. Ahora es mi turno, por desgracia.
Temo por cómo se lo va a tomar ella. Parece fuerte, lo es en muchas ocasiones, pero también sufre como cualquiera de nosotras. Por suerte, tiene a su hijo. Seguro que será un gran apoyo para no caer en la oscuridad.
Si me lo permiten, creo que hoy no es día de entrevista. Dejémoslo para más adelante.
Burgos. 15 de junio de 1379
La reina y sor Lucía habían programado su paseo matutino junto a la iglesia de Santa María la Blanca. La brisa que a esas horas de la mañana corría por la ladera del castillo refrescaba la suave piel de ambas, sobre todo, cuando el calor comenzaba a colonizar la ciudad.
Doña Juana se mostraba aún apagada, triste, cabizbaja. Se sentía sola. La muerte de su marido había pesado como una losa en su antaño vivaz carácter. Ya no exhibía frescura de ánimo, alegría e hiperactividad como hacía unos años. Trataba de esconder su melancolía en público con el impostado regocijo por la próxima coronación de su hijo Juan. Sin embargo, sus sentimientos no podía ocultarlos ni a la monja ni a Mencía, los dos apoyos morales más importantes en aquellos momentos.
—Doña Juana, el ciclo de la vida nunca se detiene.
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—Lo sé, hermana, pero cuando mi vida se unió a la de don Enrique, comenzamos una lucha contra el destino que nos hizo inseparables. Y ahora ya no está. Es como si hubiese puesto fin a nuestra carrera vital con la crueldad de su muerte. Tengo la triste sensación de que ya ha terminado un ciclo.
—No diga tonterías. Empieza una nueva etapa crucial para su hijo.
Saber aconsejarle en el momento adecuado hará de él un magnífico rey.
Cuando caminaban por la parte trasera de la iglesia, al llegar a la altura del ábside, la monja quiso dar un giro a la conversación. Sabía que debía inocular un nuevo objetivo en doña Juana y decidió adelantar parte de la información que había recabado sobre el grial.
—Por fin tengo información nueva sobre ese cáliz que tanto le preocupa.
—Bueno, me intriga, más que me preocupa, la obsesión por Juan. Ese nombre aparece por todas partes siempre que hablamos del grial, de los Luna o de los hospitalarios. Mi hijo está obcecado con ellos y yo quiero saber el trasfondo del tema.
—No sé si le he contado que hace un tiempo estuve en San Juan de la Peña.
—No lo recordaba. ¿No le pusieron objeciones?
—Le recuerdo que soy algo más que una monja. Es difícil, por no decir imposible, que no pueda llegar allí donde me propongo.
—¿Y qué averiguó?
—La base del grial tiene una pequeña inscripción cúfica, árabe. La realizó un judío converso de Huesca hace un siglo. ¿No le parece curioso que las tres religiones estén unidas en este cáliz? —La monja logró captar, por fin, la atención de la reina—. Lo raro es que, según la posición en la que cojamos la copa, el significado varía.
Doña Juana se quedó callada. Ambas continuaron su paseo en silencio, en dirección al castillo. La monja esperaba la reacción de su amiga. La conocía bien y sabía que su cabeza estaba ocupada con los datos que le había proporcionado. Sin dejar de andar, con la mirada al frente, volvió sobre la conversación.
—¿Qué significa esa inscripción?
—Esa es la cuestión principal, señora. En estos momentos trabajo en ello. No podría hacerle ahora mismo una valoración concluyente. Podría significar cualquier cosa.
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—Eso no aporta nada sobre Juan.
—Cierto. Cuando lo aclaremos, le recomiendo que invite a pasear al nuevo legado papal en Castilla, a don Pedro Martínez de Luna. Creo que él sabe o puede saber mucho más de lo que aparenta. Ese es su gran secreto.
Monasterio de las Huelgas, Burgos.
25 de julio de 1379
Habían transcurrido casi dos meses desde la muerte del rey Enrique. El calor había conquistado los días y se encontraba en su fase más dura. Tan solo la noche permitía un ligero descanso con el que, al menos, se podía dormir. Pero en esa jornada, poco importaban las inclemencias del tiempo. Era la festividad de Santiago Apóstol. Era la fecha elegida. La fecha perfecta.
Juan de Trastámara iba a ser coronado de forma solemne en la capilla de Santiago, dentro del monasterio de las Huelgas. Allí habían sido investidos también Alfonso XI, su abuelo, y el padre al que tanto añoraba, Enrique I. No solo heredaba el título, sino que recibía una corona llena de territorios para gobernar con rectitud y justicia, algo que pesaba sobremanera en el espíritu del futuro rey. El joven monarca había establecido, en una de las primeras decisiones, que el acto fuese también su nombramiento como caballero.
Juan se sentía preparado para gobernar. Pero también había sido educado para luchar, a imagen de sus padres. Deseaba guerrear, consolidar la hegemonía de sus reinos, ampliar las fronteras de su progenitor.
Desde hacía doce años, soñaba cada noche, recordando sin tregua el ritual de iniciación del santo grial. Sentía que aquello no solo fue una locura de su madre y de Pedro de Luna, sino que había nacido para emular los grandes logros de aquellos que lo custodiaron. Para cerrar el círculo, necesitaba ser caballero. Deseaba luchar contra el infiel. Quería ser rey cristiano.
La ceremonia para nombrar caballero debía dirigirla una persona que estuviera por encima de las demás. En la mayoría de los casos, era el propio rey quien investía con su espada al pretendiente. En ausencia del
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monarca, el noble de mayor rango asumía el rol. Los allí presentes se preguntaban quién sería el maestro que impondría su espada sobre el mismísimo rey.
Juan estaba nervioso. El orden lógico de las cosas le había reservado que más pronto o más tarde fuese rey. Pero ser caballero era su sueño. La idea por la que había entrenado cada día, por la que había empuñado la espada y sostenido la lanza. La imagen de aquellos caballeros de cruz en el pecho que acompañaron a su padre cuando partió hacia Francia quedó grabada en su memoria de forma indeleble.
Santiago Apóstol lo nombraría caballero. Era la mismísima autoridad divina. El maestro por el que todos preguntaban. Un rey no podía aspirar a menos. Era el designio de Juan.
La talla del santo presidía ese día el monasterio. Aquella figura de madera había realizado ya, en otras ocasiones, el famoso movimiento de brazo que no dejaba de sorprender al público. Su rostro, su pelo y su barba recordaban a Cristo. Pero el pellote que cubría el blusón marrón se asemejaba más al peto de una armadura que a la vestimenta de un santo. Fe y guerra. La mano izquierda volvía la palma hacia arriba, ahuecada, como si ofreciera la gracia divina a aquel a quien investía caballero. La derecha empuñaba una espada, que caería sobre el hombro regio para convertir al rey en un nuevo hombre.
Juan se arrodilló ante él, inclinó la cabeza y esperó. Notaba el bombeo de la sangre por todo el cuerpo. A su alrededor ya no existía nada. El vacío. El sonido rítmico y acelerado de su corazón. No se atrevía siquiera a mirar de soslayo la imagen de Santiago. En ese instante, recordó las horas de vigilia, de rezo, de recogimiento de la noche anterior. Nunca se había sentido así, solo, expuesto a su propia expiación. La espada bajó con lentitud hasta casi tocar su cabeza. En ese instante, el religioso pronunció las palabras más deseadas por el príncipe.
—Juan, ¿en este acto te comprometes a no dudar en morir por tu fe, por tu señor natural y por tu tierra?
—Sí, lo juro.
Santiago Apóstol, por fin, le dio la pescozada. El filo de la espada se apoyó en su cabeza.
—Recibe este golpe como símbolo de tu compromiso, para que no se os olvide, caballero, el juramento que acabáis de realizar ante Dios.
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El monarca se levantó con lentitud y orgullo. Su cara reflejaba la mayor de las satisfacciones. Cuando estuvo erguido, se acercó a la imagen del santo, agarró su cabeza con ambas manos y lo besó en la boca. Entonces, un fuerte alborozo recorrió toda la capilla.
—Don Juan, por favor, retiraos hasta el reclinatorio y, ahora sí, ceñid vuestra propia espada —le indicó don Pedro de Luna.
El arma del rey había quedado en el suelo, desenvainada, como símbolo del vasallaje de fe. Cuando su dueño llegó a su altura, doña Juana se acercó de forma ceremonial, la recogió del suelo, y se la ofreció.
—Tomad, hijo mío. Os hago entrega de la espada con la que defenderéis la fe y nuestros reinos de aquellos que pretendan derribarlos. —La reina madre se detuvo, emocionada, mientras contenía las lágrimas en sus ojos—. Ceñidla, pues, y haced honor a quien hoy os ha nombrado caballero.
Juan agachó la cabeza mientras su madre depositaba la espada en sus manos. Después, la envainó en su cintura y se giró hacia los presentes.
—¡Súbditos! Haré que os sintáis orgullosos de la defensa que vuestro
nuevo monarca hará de este reino y de la corona entera. —Descansó unos instantes para recuperar la voz—. Os prometo justicia y rectitud en mi gobierno. No os exigiré más esfuerzo del que yo mismo pueda realizar. Seremos todos uno.
ENTREVISTA
Parece que encadenamos grandes celebraciones. ¡Ya era hora! Tantos años de guerra tenían que compensarse con años de paz. ¿No creen?
Nuestro Juan, por fin, rey. Doña Juana está tranquila, orgullosa. Yo diría que incluso completa. Aquello por lo que había luchado su vida entera es hoy una realidad. Su padre estaría orgulloso de ella. Ha logrado perpetuar a la familia en la Corona. Un hijo sano, fuerte, preparado en las armas y en las letras, caballero, bendecido por el mismísimo grial, símbolo de la unión de las dos coronas, con un futuro tan brillante como el destino quiera trazar. Mi señora se siente plena. Yo me siento plena.
Si no les importa, hoy también seré breve. Primero, porque quiero disfrutar del pequeño Juan vestido de caballero. Para mí será siempre
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pequeño. Y segundo, porque me espera mi prometido. Sí, como lo oyen. ¡Por fin voy a casarme!
Reconozco que algo mayor estoy. Rozo los cuarenta, pero creo que los llevo bien lozana. ¿No creen? Será que no he tenido hijos. De algo me tiene que haber servido.
No se rían, que es verdad. Solo faltaba que el señor me hubiera castigado con una temprana decrepitud corporal. Menos mal que en eso me ha tratado con piedad.
Lo conocí el pasado año, cuando residimos unos meses en Burgos. Ya sé que no se lo había contado, pero es que no estaba segura. Es mayor que yo, viudo de su anterior mujer. Sin ser uno de los principales nobles del reino, pertenece a ese grupo que tiene contacto con los reyes. Un gran partido, sí, soy consciente. No es que hayan saltado las chispas del amor, ni tampoco del sexo, pero nos respetamos. Yo diría que ha surgido una amistad profunda y bonita entre los dos.
Ya he vivido a lo largo de estos años las sensaciones que cualquier mujer desea en su vida. He tenido amor, desamor, sexo explosivo, y también mediocre y malo, desengaños, loca pasión, cariño, afecto… Ahora, tocaba compartir mi vida, formar un hogar, saber que alguien que me quiere me espera en casa. No podré tener hijos. Dios lo ha querido así. Pero quiero afrontar los años que tengo por delante con la paz que da una familia, por muy corta que sea.
Quizás, no poder crear una familia ha sido el destino escrito que me permite ahora estar junto a doña Juana. Ella y yo somos ya hermanas. Nos tenemos la una a la otra y nos consolamos, nos acompañamos, nos necesitamos.
No, no me arrepiento de haber estado estos años junto a ella. Ayer era aspirante al trono, hoy es reina madre. Pero siempre será mi amiga.
Burgos. 30 de julio de 1379
Sor Lucía oraba en la capilla de San Martín de Tours, un pequeño espacio de la catedral que pasaba desapercibido. Había entrado en el templo para cumplir con sus obligaciones de fe a mitad de la tarde. Cuando la actividad fuera del convento era intensa, mantenía el culto lejos de sus hermanas.
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El calor a esa hora de la tarde ahuyentaba a los vecinos, que retornaban a las calles de la ciudad cuando el sol caía. La catedral apenas estaba transitada y la capilla elegida por la monja se disponía entera para ella.
Estaba sola, concentrada en la oración. La investigación sobre el grial la tenía preocupada. A pesar de haber avanzado de forma muy notable, sentía que se había estancado. No encontraba la manera de desatascarla. No se daba por vencida, pero quería liberar su mente y ocuparla en otros menesteres. La reina la requería cada vez con más frecuencia para asesorarla sobre acciones de gobierno, pero sobre todo, para asistirla en su labor de ayuda a los más necesitados.
Mientras estaba arrodillada frente al pequeño altar, escuchó unos pasos que se acercaban. Sin moverse, su cuerpo se puso en guardia. Estaba entrenada para eso.
—Buenas tardes, hermana.
Una voz masculina interrumpió los rezos de sor Lucía. Ella permaneció quieta, con cierto aire de desprecio hacia su vista.
—No está bien entorpecer los rezos de una religiosa.
—Ya me han hablado de su fuerte carácter. Debería tener más cuidado con él. A alguno puede no gustarle cómo responde.
—¿A estas alturas me va usted a decir cómo debo comportarme? Lo primero que debería hacer es presentarse. Es una norma de educación.
—No vengo a charlar con usted. Me envían para que le entregue esta biblia. Espero que sepa apreciar el presente.
El hombre dejó sobre el banco de madera un ejemplar de reducidas dimensiones. Dio media vuelta y se dispuso a abandonar la capilla. Mientras lo hacía, sor Lucía giró la cabeza para investigar quién era aquel individuo.
—Capa negra con capucha y una gran cruz blanca, ancha en los extremos y estrecha en el centro. Estos hospitalarios no saben pasar nunca desapercibidos.
La monja se sentó sobre el banco, cogió la biblia y la observó con detenimiento. Un fino cordel marcaba el Evangelio de San Lucas, abierto por el capítulo siete. Extrañada, comenzó a leerlo.
Lo repasó por segunda vez. Incluso una tercera. A la cuarta, fue directa al versículo que había llamado su atención.
—Eso es. Creo que ahora sí encajan las piezas.
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Sor Lucía estaba nerviosa. Se levantó con rapidez, se recogió la falda con las dos manos y comenzó a caminar deprisa. Quería llegar cuanto antes a su celda y comprobar lo que había hallado con el resto de la investigación sobre el grial.
San Juan de la Peña.
3 de agosto de 1379
Primera hora de la tarde
Los sillares del altar mayor, protegidos por la gigantesca roca exterior, enfriaban la temperatura hasta hacer olvidar por completo que el tórrido mes de agosto reinaba desde hacía un par de días. La escasa luz de las velas amarilleaba el espacio al tiempo que la sombra de los arcos que rodeaban el ábside bailaba al son de las llamas.
Ni un ruido. Nada. El silencio más absoluto. El marco espiritual ideal en el que los monjes y religiosos sentían la fe de forma más personal y profunda.
Tan solo la respiración tranquila de don Pedro rompía el monótono vacío. El cardenal buscaba ese entorno, necesitaba un tiempo para hablar consigo mismo, para entender los designios divinos.
Frente a él, sobre la mesa del altar, el santo grial. Lo observaba, lo miraba con detenimiento, se dejaba cegar por el brillo dorado de su soporte. Después de quedar absorto durante un buen rato, se centró en el cuenco de piedra tallada. Ese era el tesoro. Sin lujos, sin brillo. No solo confiaba en la reliquia, estaba convencido de que era la que había sostenido entre sus manos el mimo Jesucristo. Lo creía desde lo más profundo de su alma.
Orar ante el grial lo animaba, lo ayudaba a pensar, a meditar no solo sobre temas de fe, sino también sobre política. Había llegado hasta el cardenalato en una carrera de constante ascenso. Ahora, se encontraba inmerso en la difícil división de la Iglesia. El Cisma amenazaba al cristianismo, pero también a los reinos de Occidente. Meditaba si había
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elegido el bando correcto, si la expresión del derecho canónico era suficiente para justificar la lucha por el papado.
A medida que se cuestionaba su papel en la crisis eclesiástica, se sentía más fuerte en el bando de su amigo Clemente vi. Si ese era el designio divino, debía también hacer cuanto estuviese en su mano para lograr el apoyo de los reyes europeos a su causa. Esa era su misión.
Mientras meditaba, una pequeña chispa de inspiración lo sorprendió. Lo tenía ante sus ojos y no se había percatado. El santo grial, el motivo que uniría y ungiría su mandato o el de cualquiera que lo poseyera. No era el poder que podía desprender sino el símbolo que representaba en sí mismo. Exhibir el grial significaba legitimidad. Poseer la reliquia era expresión natural de superioridad.
¿Quién puede cuestionar la copa de nuestro Señor Jesucristo? Su propietario será soberano de soberanos, primero entre iguales, proclamado por la misma divinidad. Si nosotros poseemos el santo grial, seremos los jueces que elijan a su monarca. Al rey que creará en Occidente un reino fuerte para enfrentarse y derrocar al islam en Oriente, recuperar Tierra Santa y vivir en la armonía del catolicismo.
Hay que mover el grial.
Burgos. 8 de octubre de 1379
—Salid de aquí. No quiero a nadie a mi alrededor.
El embajador de Castilla en Aviñón, Juan Ramírez de Arellano, abandonó el salón del trono. Entendía el enfado de la reina tras la información que le acababa de proporcionar. La situación era inestable y comprometía el reinado de su hijo Juan.
Cuando recorría el pasillo, de camino al exterior, se tropezó con Mencía. Esta, al ver el semblante serio del embajador, lo detuvo. Quería saber qué ocurría antes de entrar a hablar con doña Juana.
—Juan de Gante maniobra de nuevo para aspirar al trono castellano. Cree que tiene alguna opción en los primeros años de reinado de don Juan. Ha convocado una reunión con el rey de Portugal y se ha presentado ante el papado como monarca legítimo de Castilla.
—¿No tuvo suficiente con la derrota que le infligió Ambrosio en sus propias tierras? —La doncella estaba extrañada por la actitud beligerante
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del duque—. La armada de Castilla invadió hace dos años Rye, Portsmouth, Darmouth y Folkstone, humilló al rey inglés y situó a Castilla muy por encima de ese reino de isleños.
—Pues, parece que no. El duque y su mujer, sobre todo esta última, no olvidan. Constanza es hija de Pedro el Cruel. Lleva la venganza escrita en su frente.
—No quiero ni pensar en una nueva guerra. Ahora que parecía que todo andaba tranquilo, de nuevo, nubarrones en el horizonte. Y amenazan con fuertes truenos.
Mencía se despidió del embajador para acompañar a la reina en el salón de tronos. Estaba aún allí, sola, junto a la ventana. Mientras caminaba hacia ella, la observó. No se había dado cuenta hasta ese momento del paso del tiempo. Su pelo había perdido el color intenso de antaño, jalonado por la blancura de los años. Las arrugas de sus ojos empezaban a ser permanentes y la postura de su cuerpo había abandonado la electricidad con la que solía levantarse cada día.
—Buenos días, majestad.
—Buenos días, Mencía. Si no te importa, me gustaría estar a solas. —Sé lo que piensa. Nos conocemos hace demasiado tiempo. —La doncella se acercó hasta colocarse a su lado, sin mirarla, con la vista también puesta más allá de la ventana—. La vida es así, con idas y venidas, con subidas y bajadas, con triunfos y fracasos. Ahora, ha llegado el momento de su hijo. Él debe forjar su camino. ¿No cree que tiene
derecho a un destino propio?
—Mi vida ha estado encaminada a dotarlo a él de un futuro. A él y a Castilla entera.
—Se lo ha dado ya. Usted le entrega la mejor de las situaciones. Pero el mundo continúa. Se va a encontrar problemas nuevos y viejos. Tendrá que resolverlos él, con su ayuda o sin ella, porque doña Juana Manuel de Villena no va a ser eterna.
—Temo por su corona. Esa maldita bruja de Constanza y el cretino de su marido, el duque de Lancaster, no pararán nunca.
—Pues tendrá que ser Juan quien solvente la situación. Usted lo ha formado para ello. No lo podía haber hecho mejor. Ahora, ha llegado el momento de demostrarlo.
—Dios te oiga, Mencía. Yo estoy ya cansada de luchar.
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ENTREVISTA
Sí, sí. Ya lo sé. Esperan como agua de mayo que les diga con quién he decidido compartir mi vida. Les prometí la última vez, o la anterior, que hablaría sobre ello, así que hoy pagaré mi deuda.
Les dije que no era nada del otro mundo. Un hombre normal, tranquilo, al que no le gusta llamar la atención más de lo debido. Pero me adora, me cuida, se preocupa por mí y porque esté a diario atendida. Es considerado, educado, dispuesto siempre a cederme el paso. No le importa mi vitalidad innata, ni mi permanente deseo de hablar, ni mis ausencias por estar junto a la reina. Es el hombre bueno que muchas desean de compañero.
¿Le falta algo de sal? Pues sí, para qué les voy a mentir. Pero el encanto de la vida no está solo en los chispazos permanentes, también en el disfrute del tiempo, en la calidad de la compañía, en encontrar aquella persona que te compensa, no que solo te suma.
Don Fadrique de Zúñiga. Como ya saben, porque se lo conté sin decirles nombres, es viudo de su anterior mujer, bastante mayor que yo y pertenece a la familia de los Zúñiga, de gran importancia en el reino. Ya tienen a la persona por la que tanto me habían preguntado.
La verdad es que estas semanas está siendo un gran apoyo para mí, porque logra destensar mi cabeza después de pasar el día entero junto a doña Juana. La reina está de los nervios, otra vez, por culpa del famoso Cisma. El tema es ya preocupante y no parece que se vaya a solucionar, aunque al menos lo intentan. Fíjense que, hasta el verano pasado, mi señora tenía tiempo, incluso, para coquetear con un caballero burgalés.
Ni se les ocurra decírselo a nadie. Ella se merece que admiren su belleza y su cabeza. Si el rey ya no está presente entre nosotros, alguien debe darle calor. Aunque, en verdad, no llegó a tanto, pero bueno.
El caso es que ahora no tiene un hueco en su mente ni para eso. Le preocupa que haya una escalada de tensión que termine en guerra entre Francia e Inglaterra. Eso arrastraría sin freno a Castilla y, lo que es peor para ella, a su hijo. El peligro del duque de Lancaster es real. Pues ahí está,
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preocupada un día sí, otro también, sobre el asunto. Y sobre otros tantos temas. En fin, un sinvivir.
Veremos qué ocurre en los próximos meses.
Burgos. 12 de noviembre de 1379
El salón del trono quedó en silencio. Al fondo esperaba sor Lucía de Ribera, que observaba la ciudad desde el gran ventanal norte. Doña Juana había salido a la vez que el resto de consejeros tras la reunión que debía preparar el solemne entierro de su marido en Toledo. Antes, mandó llamar a la hermana clarisa, con quien había quedado el día anterior a instancias de la monja.
Doña Juana no tardó en volver. Cerró la puerta y se acercó hasta sor Lucía. Estaba ansiosa por conversar en privado.
—Bueno, hermana, por fin solas.
—Así es, majestad. Creo que es importante lo que tengo que contarle.
—Me tiene en ascuas desde ayer.
—He concluido la investigación que me pidió sobre su hijo, el grial y don Pedro de Luna.
Doña Juana se volvió hacia ella sorprendida, pero excitada. No pudo evitar que de sus ojos emanase un gesto de ilusión. Por fin iba a poder satisfacer su propia inquietud y determinar si debía confiar en don Pedro de Luna, aunque eso era algo que ya había empezado a hacer.
—¿Corre peligro mi hijo?
—En absoluto. Quizás, incluso, todo lo contrario.
Sor Lucía cogió el brazo de la reina y comenzó a caminar. Doña Juana se dejó llevar. Sabía que la conversación adquiría ahora otro tono.
—Casi había perdido la esperanza en este tema, la verdad.
—No era sencillo. Navegar entre manuscritos y creencias es difícil, doña Juana. Si, además, se trata de algo que sus protagonistas quieren mantener oculto, imagínese cómo de cuesta arriba se pone la investigación.
—Pero hermana, usted está capacitada para problemas mucho más difíciles que este.
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—Sí, pero en este asunto no se podía desplegar cualquier estrategia.
Nadie debía saber lo que yo buscaba. O casi nadie.
—Y bien, ¿qué ha averiguado? Me tiene expectante.
—Puede estar tranquila, aunque no debe bajar la guardia. En efecto, la elección de su hijo Juan no es casual.
—Eso ya lo intuía. No es nada nuevo.
—Pues no. Pero ya sabemos por qué. —Se detuvo, respiró con profundidad y miró a la reina—. Juan es el elegido. Estaba escrito desde hace siglos. Elegido por Dios y por la Orden del Hospital. Al menos, eso creen ellos. La fuerza de la orden se desplegará para ayudar a esa persona, para que alcance los objetivos que ellos han establecido. Su hijo reúne cuanto los hospitalarios requieren.
—¿Qué tiene que ver el grial en eso? ¿Por qué bendijo a mi primogénito en el monasterio?
—Porque es el símbolo de san Juan Bautista. En él está depositada no solo la legitimidad de Jesús, sino la del cristianismo mismo.
—Solo es una reliquia más. ¿Qué la distingue de otras tantas?
—La inscripción. —Sor Lucía se detuvo un instante—. Como ya le comenté, en la base aparece algo que confirma lo que hasta ahora eran sospechas. Ya lo habíamos comentado usted y yo. Se trata de un par de palabras, escritas en lenguaje cúfico, que en sí mismas son un acertijo lleno de misterio. Para empezar, la inscripción puede leerse de diversas formas e, incluso, interpretarse también en más de un sentido.
—Vaya, interesante. De forma que tienen pensamientos ocultos. ¿Cuáles son?
—Tenga calma, majestad. El conocimiento requiere tiempo.
—No me venga con formalismos, hermana.
—Si traducimos la inscripción del árabe, podemos leer «lilzahira», que viene a significar «resplandeciente». Como ve, nada extraordinario para un neófito. Es lógico pensar que la base del cáliz, trabajada en oro, reluce como el día. Así, la inscripción no aportaría gran cosa ni tendría sentido haberla realizado.
—Siempre hay más de lo que se ve.
—Eso es. El tema empieza a ponerse interesante cuando lo traducimos al hebreo, que era la lengua de nuestro Señor Jesucristo. Si leemos la inscripción en árabe transliterado al hebreo actual, quedará más claro el
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origen del cáliz. «Jesús es Dios», una evidencia de que el santo grial es la verdadera reliquia de Cristo.
—Continúe. No parece que fuera razón suficiente para que una orden como la del Hospital se interesase tanto por poseerla, protegerla y, en cierto modo, ocultarla.
—Como decía, si lo leemos en hebreo, pondría «Joshua Yahve». Hasta ahí, todo normal. Sin embargo, la Orden del Hospital interpretó esa inscripción de otra manera. Como bien sabe, en hebreo, el nombre de Dios no se puede pronunciar y, por tanto, reforzaron las vocales en detrimento de las consonantes. Al trabajar sobre ellas, los expertos descubrieron que los golpes fonéticos de la primera palabra coincidían con los del nombre de Juan, que en hebreo es Johannan. Igualaron el nombre de Jesús al de Juan, tanto al sustituirlo como al identificarlo.
—Entiendo. La inscripción señala a Juan como figura máxima junto a Dios.
—Así es. Durante muchos años, esta idea se ha reforzado a vista de los cristianos sin que estos lo hayan apreciado. Ya le comenté que la representación iconográfica de Juan se realiza, en numerosas ocasiones, con el cáliz, del que emerge una serpiente. Ahí obtuve la confirmación de mis sospechas.
—Soy consciente.
—De modo que ellos han interpretado que la inscripción hace referencia a Juan como interlocutor de Dios a través de Cristo. Los hospitalarios nacieron bajo la advocación de san Juan Bautista y no es casualidad, pues, que el grial sea su reliquia. Si solo Dios está por encima de Cristo y solo este está por encima de Juan, quien represente a Juan estará legitimado para conducir a los cristianos en la tierra.
—¿Quién dice eso? ¿Los hospitalarios?
—No. El propio Jesús. «Entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan». Puede repasarlo en el Evangelio de Lucas, capítulo 7, versículo 28.
La reina quedó en silencio. Trataba de asimilar la información que le había dado la monja. Doña Juana era pragmática. Odiaba la superchería y no acababa de confiar en creencias intangibles. Pero las argumentaciones de sor Lucía tenían un sentido lógico.
—Es decir, que esa orden cree que alguien llamado Juan está destinado a cumplir los objetivos del grial.
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—Podría decirse así. Tanto ellos como don Pedro de Luna piensan que el santo cáliz es una reliquia que nos hará fuertes frente al islam. Pero a la vez, defienden que sin el trabajo y el esfuerzo del hombre nada podrá hacerse realidad.
—Y la orden cree que mi hijo Juan está llamado a ser quien lidere esos objetivos.
—Sí. Pienso que don Pedro de Luna está convencido de eso. Pero también de que, si no se alcanzasen con él, encontrarán otros juanes en el camino. Su objetivo está por encima de las personas.
—A mi hijo lo ungió don Pedro en San Juan de la Peña. Lo valora casi tanto como yo. Pero ha crecido y va a iniciar su propio camino. ¿No temerá que cambie de opinión?
—He aprendido de ellos su pragmatismo. Creen en el trabajo del hombre, en la realidad que nos rodea, pero también, en que tenemos el don del libre albedrío. El grial es un símbolo, no un objetivo. Y Juan es el camino. El cáliz los legitima como faro del cristianismo. Con esa reliquia en la mano, sienten que pueden vencer, por muchas dificultades que aparezcan. La última de ellas, el Cisma. ¿Pueden esgrimir lo mismo los partidarios de Urbano VI? Han decidido apoyar a Aviñón frente a Roma. Si ellos representan a Dios en la tierra y han apostado por que Clemente VII es el verdadero papa, no le quepa la menor duda de que esperan que su hijo y usted apoyen su causa. San Juan es luz y guía de un nuevo orden en Occidente.
Capilla de los Reyes Nuevos. Catedral de Toledo.
Febrero de 1380
Juana estaba sentada en el primer banco de madera, en silencio. Había ordenado que la dejasen a solas.
Hacía frío. Las velas empezaban a iluminar la capilla al tiempo que la luz solar se apagaba. No quitaba los ojos del sepulcro. La catedral estaba ya desierta, a excepción de los tres religiosos que habían oficiado. Silencio. Profunda e intensa soledad la que corría por su cabeza en esos
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instantes. Siempre había podido contar con él, aunque no estuviera presente. Pero ahora, ya no volvería del lugar hacia el que había partido.
Por primera vez en su vida se sentía sola. Cuando era pequeña, su padre siempre la guio por el difícil camino del orgullo y la valentía, por la defensa de su sangre y de sus derechos. Después, fue Enrique quien la ayudó a mantenerse firme, a reivindicar lo que le era legítimo, a luchar, a no ser menos que nadie.
Estaban sus hijos, sí. Hacia ellos había proyectado su futuro. Se sentía orgullosa de Juan, del nuevo rey de Castilla. Era el caballero que lograría enraizar la dinastía Trastámara y la herencia de los Manuel. Y estaba Leonor, bella, inteligente, consorte en Navarra. Aunque nunca lo había reconocido ante nadie, le gustaba verse reflejada en Juan. Sus sueños, la idealización de la vida, la preparación, la fuerza. Leonor era más dócil, más sumisa. Le hubiera gustado haberle transmitido esa necesidad que tenía ella por reivindicarse de forma permanente. Pero la quería igual que a su hermano. La familia lo era todo para ella.
Delante estaba Enrique, yaciente, convertido en una hermosa figura de mármol. Lo recordaba con cariño, con ese amor transformado a través de los años. Fueron amantes, intensos, desbocados, con una furia solo entendida por quienes guerrean en todas las facetas de su vida. Lo echó de menos cada vez que partía y lo sentía en cada centímetro de su cuerpo cuando regresaba. La pasión tornó en amistad y respeto, en orgullo mutuo. Se necesitaban. Gobernaban, impartían justicia, guerreaban.
Por un momento, una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Recordó la noche en la que Enrique tornó de Francia al frente de un nuevo ejército. Estaba exultante. Al verla, en el lecho, pareció encenderse como una antorcha desbordada de tea. Aún recordaba sus ojos. Eran tan intensos que la desconcertaron. Le encantó. La apasionó. Disfrutó de cada centímetro de su cuerpo desnudo. Ardía y eso la hizo arder a ella todavía más. No solo fue intenso, fue eterno. Ni siquiera el frío y las sábanas pudieron secar el sudor que desprendían. Una lucha pasional, una exhibición corporal, con las manos que llegaban a cada una de las partes del cuerpo del otro. Todo. Nada quedó sin que ambos lo explorasen.
Enrique era así, furia y sensibilidad a partes iguales. Y ella le correspondía con su misma moneda. No era una dama dócil. Su padre había sabido educar a una mujer fuerte, incapaz de doblegarse, dispuesta a
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luchar en cualquier circunstancia. Ahora entendía que habían nacido para compartir toda una vida.
Se había marchado de forma definitiva. Ahora sí. En su reposo eterno, en la catedral de Toledo. En la capilla nueva que había mandado construir para albergar el sepulcro que ahora lo contenía. Había sido una celebración gloriosa, digna del final de un gran rey.
No sabía cuánto tiempo lo sobreviviría, pero lo iba a echar de menos.
Mucho.
Una sonrisa fugaz volvió a iluminar su rostro. Enrique había llegado al mundo un año después que ella y se había ido antes. Siempre habían bromeado acerca de quién sobreviviría a quién. Esta vez había ganado la apuesta. Entonces, miró a los ojos de la escultura de Enrique y comenzó a susurrar.
—Nuestro hijo ya gobierna como rey junto a su esposa. Ha aprendido cada una de las cosas que tanto tú como yo le hemos enseñado. ¿Crees que tengo algo que hacer ya en este mundo? —Su cabeza se detuvo por un instante—. No te alejes mucho allá donde estés. Quizás sea la hora de acompañarte.
Burgos. Noviembre de 1381
Doña Juana había acudido junto a Mencía al convento dominico de San Pablo para atender la necesidad de comida que a diario solicitaban los más humildes de la ciudad. Le gustaba estar entre aquellas paredes austeras de piedra. La convertían en una persona más, carente de título, de riqueza, de las comodidades diarias. Sentía más cerca la fe y, por alguna extraña razón, la necesidad de permanecer en ella.
A lo largo de la mañana, ambas habían repartido comida junto a los monjes. Cuando acabaron, se reunieron con el prior del convento para tratar las necesidades más urgentes de los pobres que a diario acudían al monasterio. La reina se comprometió a proveer de cuanto el prior le pidió en el plazo de una semana.
Al acabar, doña Juana requirió a Mencía que la acompañase a orar a la iglesia. Sentía la necesidad de alimentar su fe cada vez con más regularidad. Caminaron por las arcadas interiores del claustro cubiertas
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con un mantón sencillo con el que hacer frente al frío que ya cubría la ciudad.
—Me siento cansada, Mencía. Cada día se me hace más difícil hacer frente a las labores de gobierno. Creo que la edad me pasa factura más rápido de lo que creía.
—No diga tonterías, señora. Lo que debería hacer es reponerse ya de la ausencia de su esposo. La vida sigue para su hijo, para su nuera, para mí, incluso. Y la necesitamos tan viva como antes.
—Lo sé, pero noto cómo mi cuerpo pierde vida. En ocasiones siento dolor sin causa alguna que a los pocos días desaparece sin haber hecho nada. Es como si toda la tensión con la que he vivido me pasase factura ahora. ¿Y sabes una cosa? Creo que no me importa.
—No diga eso.
—Es cierto. Ya he completado aquello por lo que he luchado durante décadas. Si viviera Enrique, sería el momento de descansar, de vivir con mayor intensidad aquello de lo que no disfrutamos cuando éramos jóvenes. Pero sin él, la vida es cada día más monótona y vacía.
—Si se encuentra mal, si el dolor castiga su cuerpo, ¿por qué no acude a los médicos? Creo que esas cosas solo están en su cabeza. Es eso lo que debe sanar.
Las dos caminaron en silencio hasta la entrada a la iglesia, en un lateral del claustro. Allí se detuvo doña Juana en los resquicios de sol que entraban entre las arcadas.
—Cuando más triste me encuentro, mi mente vuela hasta Sevilla. Era una cría, capaz de comerme el mundo yo sola. Apenas tenía 17 años cuando Enrique y yo, a escondidas, nos casamos en el Palacio Real. —Una sonrisa iluminó su rostro—. Mi esposo llamó al padre Enríquez y, en el Patio de las Doncellas, con el solo sonido de la pequeña fuente a ras del suelo, nos prometimos amor eterno. Era finales de julio de 1350. Sabía dónde me metía y no me dio miedo. Luché contra el rey Pedro, contra su madre, contra parte de la nobleza. Años y años en los que parecíamos una causa perdida. Enrique me tenía a mí y yo, a él. Nos dábamos fuerza el uno al otro, peleábamos, negociábamos, fuimos derrotados mil veces y otras tantas nos levantamos para luchar.
—Aquellos tiempos ya pasaron, señora. Piense ahora en su hijo, en los nietos que le va a dar y en que necesitan que usted les cuente la valentía de esas historias.
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—Mi padre sí sabía contar historias. A veces parece como si lo oyera cuando me voy a dormir. Su templada voz vuelve para narrar cuentos que nunca olvidaré.
—¿Cómo no recordar al conde Lucanor?
—¿Sabes, Mencía? En las últimas semanas parecen agolparse en mi mente los recuerdos de quienes he perdido. Mi esposo, mi padre, mis hijos. Sueño y los veo felices. Los añoro. Quiero estar sonriente junto a ellos. —Los ojos de la reina se enrojecieron—. Ese dolor, que no es físico, me aprieta el corazón de una forma tan intensa que no puedo soportarlo.
—¡No vuelva a hablar así, señora!
—Es la verdad, Mencía. Estoy muy cansada y sola.
—Entremos a la iglesia. Sentémonos y recemos con la esperanza de que el Señor limpie de su cabeza esos pensamientos.
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EPÍLOGO
MUERTE DE JUAN
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Toledo. Abril de 1381
El cardenal Luna presidía el altar gótico de la capilla nueva, en la catedral de Toledo. Hacía apenas un año que había oficiado la misma ceremonia. La tristeza que sintió entonces se había transformado ahora en dolor. La lápida que guardaba los restos de Enrique I esperaba, como los allí presentes, las palabras tristes de don Pedro hacia doña Juana Manuel de Villena.
El cardenal estaba en silencio, afligido. No centraba su mirada. Había sido una noticia inesperada. La reina había dejado este mundo el 27 de marzo en Salamanca, sin que su amigo pudiera despedirse de ella. Solo ahora podía decirle adiós, en el momento de darle sepultura junto a su marido. Los allí presentes seguían con atención cualquier movimiento del cardenal, pero este parecía absorto en sus propios pensamientos.
Don Pedro perdía a su mejor aliada en el Cisma de la Iglesia, a la madre del rey Juan, a la legitimadora de la dinastía Trastámara, pero sobre todo, a una amiga. Sentía con intensidad su pérdida como también lo hacía Castilla. Había sido una dolencia imprevista, de esas que llegan sin avisar y que arrancan de este mundo a las personas sin apenas dejar tiempo para hacerse a la idea.
Los hechos se produjeron cuando visitaba Salamanca, de donde era gobernadora. La ciudad se acostó con la alegría de la visita de la reina y se despertó ensombrecida por su muerte. Cerraron comercios y los templos de la ciudad hicieron sonar sus campanas en señal de duelo. La primera de las misas se ofició en la iglesia de San Martín, cerca del palacio donde se alojaba doña Juana. No solo el interior estaba abarrotado, también las calles de alrededor se llenaron de vecinos que, sorprendidos por la repentina muerte, acudieron a dar el último adiós a la reina de los pobres, como se la conocía en los últimos años.
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Cuando las autoridades asistieron al templo, el silencio más profundo ensordecía las calles a la misma velocidad que la melancolía se abría paso entre los salmantinos. El pueblo la quería, la adoraba, reconocía en su gobernadora a una persona valiente y justa. Era la mujer más respetada y admirada, aquella por la que rezarían también en privado.
Su hijo, el rey Juan, ordenó a los pocos días que la ciudad de Toledo se preparase para honrar a su madre como esta merecía. Hasta allí trasladaron el cadáver, que recibiría sepultura junto a su añorado marido. El rey no dudó ni un segundo en solicitar a don Pedro Martínez de Luna que oficiase la misa.
La llegada a Toledo estuvo marcada también por la presencia de miles de vecinos. Ella había liderado la toma de la ciudad, pero con el tiempo, sus habitantes reconocieron el buen gobierno de la reina y las medidas que ayudaron a recuperar la vitalidad urbana.
Había llegado la hora. El cardenal estaba frente al sepulcro de la reina. Doña Juana se convirtió en alguien especial para el legado papal en Castilla. La entendía, comprendía su modo de actuar, la admiraba y, en más de una ocasión, la había defendido ante sus enemigos. Ella le correspondió no solo con la confianza de acercar a su hijo a la estela del cardenal, sino también con la defensa, en los últimos meses, de la causa del legado en Castilla y de Aviñón frente al papa de Roma.
Don Pedro miró al frente. En la primera hilera de bancos estaban su hijo Juan y la reina Leonor, nuera siempre querida. Ya no quiso ver a nadie más. Sabía que la nobleza al completo se había dado cita ese día en la catedral. Había visto también cómo los vecinos de la ciudad se agolpaban en las calles adyacentes para acompañar en su último viaje a la reina. Pero prefirió cerrar los ojos por un instante antes de darle su adiós definitivo.
Gracias, Juana. Gracias por luchar conmigo durante estos meses para sofocar el Cisma que ha desunido a la Iglesia. Entendiste como nadie el mensaje de Aviñón. Y en esa creencia cristiana, supiste acoger el mandato y el destino del grial. ¡Qué gran rey será tu hijo Juan!
Me alegra haberte conocido, haber colaborado contigo en un proyecto que, más pronto o más tarde, será una realidad. Juntos lo compartimos en el monasterio de San Juan de la Peña y juntos lo quisimos construir.
Allí donde vas, te reencontrarás con tu otra media vida, con Enrique. Seguro que disfrutáis ese momento. En ambos encontré amistad, en ambos confié y por ambos rezaré.
Goza del viaje eterno, Juana. Yo cuidaré el reinado de tu hijo. O, quizás, él cuidará de mí. Al fin y al cabo, es un caballero fiel al santo grial, fiel a los principios que nos han unido.
Gracias, Juana, por todos estos años.
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El cardenal abrió de nuevo los ojos. Aún los tenía enrojecidos. Separó sus manos, caminó hasta el sepulcro y lanzó agua bendita sobre él. El atronador silencio hizo que se escuchasen los golpes de las pocas gotas de agua al caer sobre el mármol labrado con la imagen de la reina.
—Señor, dadle a doña Juana Manuel de Villena descanso eterno y haced que brille sobre ella la luz eterna. Descanse en paz.
El murmullo de la gente empezó a romper el profundo silencio que había presidido el acto. No solo el de la nobleza que acompañaba al cardenal en la capilla nueva, sino el de los cientos de personas que se habían congregado en las naves de la catedral. La ciudad quiso despedir a la reina, a la misma persona que durante el último año había destinado su tiempo a acciones benéficas, a acoger a los pobres, a ofrecer alimento, a cuidar a los necesitados.
Esa fría jornada de marzo, no solo el rey de Castilla sino muchos de sus habitantes quedaban huérfanos de doña Juana.
ENTREVISTA
Se apagó su luz. No hubiera imaginado el inmenso vacío que siento dentro de mí. Me falta algo. Me cuesta incluso respirar cada vez que noto su ausencia. ¡Qué sensación tan extraña! Ha formado parte de mi vida desde hace más de dos décadas. Pero ya no está. Ni estará. Ni la podré recuperar jamás. ¿A quién voy a acudir ahora cuando tenga un problema? ¿A quién le voy a llorar por mis tropiezos? ¿A quién voy a cuidar?
No me consuela don Juan. Lo quiero como a un sobrino, pero él tiene ya su vida, como yo la mía. Me refugiaré en don Fadrique, en mi esposo. Él me ha dado la serenidad que tanto anhelaba. Una madurez tranquila, cómoda, querida, que esperaba disfrutar con doña Juana, algo que ya no podrá ser.
Siempre la necesitaré. Era de esas personas que transmiten energía. Te daba la fuerza que necesitabas cuando la tuya menguaba. Sus ojos, sus gestos, sus palabras se convertían en un impulso vital. Ella era luz.
Dios ha querido llevársela solo dos años después de que su esposo falleciera. Tras una vida tan intensa como la que vivimos juntas, es difícil encontrar sentido a los días. Yo fui testigo de cómo se apagaba poco a
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poco, cómo se dejaba extinguir el fuego que la había rodeado siempre. La animaba cada día. Salíamos a pasear, a recordar, a tratar de contagiarnos de lo que nos rodeaba. Pero no. Nada pudo con la melancolía que se iba adueñando de su alma desde que perdió a don Enrique. Sus ojos recuperaban el brillo de antaño cuando el pequeño Juan, ya rey de la Castilla, venía a visitarla. Pero solo era un espejismo.
Ya no está. No regresará nunca. Se marchó un 27 de marzo mientras dormía en sus aposentos, en Salamanca, para unirse a su esposo. Rezaré por doña Juana cada día. Hablaré con su espíritu a diario, le preguntaré, le pediré consejo. Sé que me escuchará y que hará lo posible por ayudarme.
Adiós, amiga, hermana, compañera, señora, reina. No dejes de esperarme allí en el cielo. Yo haré lo posible por encontrarme contigo.
Gracias por haber compartido tu vida conmigo. Gracias por dejarme que yo la compartiera contigo. La luz eterna nos acompañe.
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PEDRO MARTÍNEZ DE LUNA
El cardenal y legado en Castilla tenía 53 años cuando doña Juana falleció. Por delante, aún le quedaba media vida más. Hasta ese momento, había tenido una existencia llena de intensidad y conocimiento. Inteligente, culto, impregnado de una fe inquebrantable y de unos principios incorruptibles, estaba dispuesto a acabar con el Cisma de Occidente desde el lado de Aviñón, del papa Clemente vi.
Don Pedro Martínez de Luna, a pesar de la cercanía al heredero, Juan I de Castilla, tuvo que emplearse a fondo para convencer al rey de la necesidad de apoyar a Aviñón. El arzobispo de Toledo, don Pedro Tenorio, fue enviado por Juan I a Portugal para atraer al monarca hacia la unidad de acción frente al Cisma. Lo mismo ocurrió con el rey aragonés, a quien también consultó Juan I. Poco a poco, las tesis del cardenal se impondrían y el rey castellano mostraría su apoyo público a Clemente VI.
El destino quiso que el matrimonio entre Juan y Leonor no pudiese perdurar en el tiempo. En agosto de 1382, fallecía la reina en el transcurso de un parto. El amor que floreció con la niñez entre ambos se vio truncado por el destino. Al año siguiente, en 1383, el cardenal oficiaba la boda del monarca con Beatriz de Portugal. Tal y como había planificado don Pedro de Luna, la unión peninsular caminaba al ritmo requerido.
El legado papal desarrolló durante esos años una gran labor de mecenazgo tanto en Aragón como en Castilla. Destacó, sobre todo, en el desarrollo de estudios universitarios. Se convirtió en pieza fundamental en la reorganización y proyección de la Universidad de Salamanca, a donde acudió en diversas ocasiones.
De forma paralela, aupó a miembros de su familia a los principales puestos de gobierno tanto eclesiástico como civil. Álvaro de Luna llegó a condestable de Castilla durante el reinado de Juan i, Rodrigo de Luna se convirtió en prior de la Orden del Hospital en Castilla, además de obispos,
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arzobispos e, incluso, la monarquía, que llegaría de la mano de María de Luna, reina en la Corona de Aragón.
Su prestigio aumentaría mes a mes, año tras año, hasta que en 1394 fue nombrado pontífice de la Iglesia por el colegio cardenalicio de Aviñón. A partir de ese momento, comenzaría la leyenda del personaje más influyente y determinante de Occidente durante los últimos años del siglo XIV y primeros del siglo XV.
JUAN I DE CASTILLA
El hijo de Juana Manuel de Villena estaba llamado a ser el rey que unificase la península bajo su mandato. Llegó a ser nombrado rey de Portugal tras su boda con Beatriz. Preparado en las armas y en las letras, supo hacer frente a la crisis con el duque de Lancaster, que amenazaba con derrocarlo del trono y acabar con su dinastía.
La carrera monárquica del hijo de Juana parecía marchar de forma tan brillante como la de sus padres, hasta que fue derrotado en la batalla de Aljubarrota por las tropas portuguesas que se oponían a su reinado en suelo luso. Juan se había proclamado rey de Portugal con la aprobación y el reconocimiento del legado del papa, don Pedro Martínez de Luna, primero, y más tarde, con la aquiescencia misma del pontífice de Aviñón. Aquello que parecía estar al alcance de la mano se vino abajo tras la derrota. El momento de debilidad fue aprovechado por sus enemigos para destronarlo en Portugal e intentar hacer lo mismo en Castilla.
El inglés Juan de Gante llegó a invadir tierras castellanas con ayuda de Portugal. Sin embargo, fue derrotado y en la paz se puso como condición la boda de la hija del duque, Catalina de Lancaster, con el hijo de Juan y futuro rey de Castilla, Enrique II.
Durante el resto del reinado pareció apaciguarse el aire de guerra que lo perseguía. Sin embargo, el destino se interpuso en su camino y, con apenas 32 años, falleció de forma imprevista. Cuando residía por un corto periodo de tiempo en Alcalá de Henares, montó un caballo que le acababan de regalar con tan mala fortuna que cayó de él para no levantarse más. Aquel accidente truncó las expectativas depositadas en su mandato. Tan sorpresiva fue la muerte, que, durante unos días, hubo de ocultarse
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para preparar bien la sucesión en su hijo Enrique, que aún era menor de edad.
Don Pedro Martínez de Luna sufrió con dureza la pérdida. En pocos años, los tres pilares en los que había edificado el futuro de los reinos peninsulares habían pasado a mejor vida. Además de compañeros políticos, los tres eran grandes amigos.
EL CISMA DE OCCIDENTE
El gran problema político, religioso y diplomático de la segunda mitad del siglo XIV y de la primera del siglo XV fue el Cisma de Occidente. Las fuertes tensiones para legitimar a cada uno de los bandos dentro de la Iglesia se trasladaron también al interior de los reinos occidentales. La lucha de poder por el control de cada corona no cesó durante esos años.
Uno y otro bando pusieron los ojos en el cardenal Pedro Martínez de Luna. Su prestigio y su fama lo hicieron ser determinante para las aspiraciones de Aviñón y las de Roma.
Todo comenzó con el regreso del papa Gregorio XI a Roma. La situación en la Ciudad Eterna seguía tan tensa que el pontífice decidió volver a Aviñón, pero justo cuando iba a marchar, falleció. Los cardenales que permanecían en ese momento en Roma eligieron nuevo papa en la figura del italiano Urbano VI. La oposición de algunos cardenales, las divisiones internas y la actitud despótica del nuevo pontífice hicieron que los cardenales se reunieran de nuevo y anulasen la elección de Urbano para designar a Clemente VI. El francés rechazó renunciar al cargo y la Iglesia de Occidente se dividió en dos.
Desde ese momento, ambos bandos buscaron los apoyos políticos necesarios que les permitieran imponerse al enemigo. Ninguno consiguió dominar la situación, aunque Aviñón tuvo un peso específico mayor que Roma.
El Cisma no concluyó con la muerte del papa Benedicto XIII, el papa Luna, sino que aún duró más de una década con el también aragonés Clemente VII. A pesar de la presión ejercida por Roma, Francia y el Sacro Imperio, Pedro Martínez de Luna se mantuvo en sus trece y no renunció al
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cargo pontificio. El aragonés argumentaba, con razón, que era el único cardenal legal, al ser el único cargo vivo elegido en la era precismática.
El sucesor de Benedicto XIII, Clemente VIII, se convirtió en un instrumento del rey de la corona de Aragón, Alfonso el Magnánimo, quien mantuvo el Cisma hasta que obtuvo el reino de Nápoles y la rendición del papa de Roma a sus pretensiones. En ese momento, hizo renunciar a Clemente VII a su cargo y puso fin al Cisma en la localidad de San Mateo, en julio de 1429.
El momento determinante en el declive de Benedicto XII fue el Concilio de Constanza, que encumbró a Martín V como papa de Roma y declaró a don Pedro Martínez de Luna como antipapa en 1418. A partir de ese momento, el pontífice peñiscolano se convirtió también, poco a poco, en instrumento de Alfonso el Magnánimo.
EL SANTO GRIAL
San Juan de la Peña fue el hogar del santo grial durante los siguientes años. Protegido entre las rocosas montañas del Prepirineo, siguió como principal referente para la Orden del Hospital, liderada ya por don Juan Fernández de Heredia como prior máximo, y para el papa Benedicto xii.
El gran momento para la reliquia llegó en 1399, cuando el rey de Aragón, Martín el Humano, recibió el santo grial a petición propia y lo trasladó a Zaragoza. El nuevo rey había llegado al trono ese mismo año. Estaba casado con María de Luna, familia de Benedicto xii (don Pedro Martínez de Luna). Entre el pontífice y el monarca se entabló una gran amistad que los llevó a compartir objetivos políticos y religiosos. Martín acudió a Aviñón para jurar fidelidad como rey a Benedicto. Este le correspondió al apoyar su derecho sobre Sicilia en detrimento de Francia.
En 1403, cuando las tropas francesas asediaban Aviñón, Martín acudió con su ejército para ayudar en la huida a su amigo Benedicto xii, lo que conllevó el traslado de la sede pontificia a Peñíscola, dentro de la corona de Aragón, donde residiría el papa el resto de su vida.
Sería la reina María de Castilla, casada con Alfonso el Magnánimo, quien recogería el testigo del santo grial. Entabló gran amistad con Benedicto xii y en 1424 propició el traslado, auspiciado también por su
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marido, del santo grial a Valencia. La reliquia formó parte del Palacio Real, cerca de los aposentos de la reina, hasta que las campañas militares del rey por Italia favorecieron la cesión del grial a la catedral de Valencia a cambio del dinero para pagar el rescate de Alfonso el Magnánimo.
En la catedral reposó a partir de 1437. La desaparición de don Pedro Martínez de Luna, don Juan Fernández de Heredia y don Rodrigo de Luna hizo que el grial cayera en años de discreción y de veneración como reliquia en la catedral de Valencia. El símbolo de poder en el que se había convertido en el siglo anterior acabó por perderse en el tiempo de la memoria.
JAVIER MÁS (Castellón, 1971). Doctor en Historia Contemporánea y académico de la Real Academia de Cultura Valenciana.
En la actualidad, compagina su labor empresarial con la docencia en la Universidad Jaime I o en la Universidad Católica de Valencia. Además, ha sido profesor en la Universidad Cardenal Herrera, en el CEU San Pablo o en la Universidad de Bucarest.
Su pasión por descubrir la raíz de los hechos históricos le ha llevado a formar parte del Grupo de Investigación sobre Política y Cultura de la universidad madrileña CEU San Pablo. Además, ha colaborado en equipos interdisciplinarios de trabajo sobre relaciones interestatales con países como Portugal, Italia o Austria. Colaborador en diversos medios de comunicación escritos y radiofónicos, ha participado también en documentales sobre mujeres en la historia de España. En los últimos años, ha escrito varias novelas y ha sido galardonado en diversas ocasiones, consolidándose como autor de novela histórica.
FIN

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