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© Libro N° 14838. Canción audaz. Saga Montgomery 3. Deveraux, Jude. Emancipación. Febrero 21 de 2026

 

Título Original: © Velvet song. Jude Deveraux, 2005

 

Versión Original: © Canción audaz. Saga Montgomery 3. Jude Deveraux

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/cancion-audaz/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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CANCIÓN AUDAZ

Saga Montgomery 3

Jude Deveraux


Canción audaz

Saga Montgomery 3

Jude Deveraux

Inglaterra, Enero 1502.

Tras una amarga tragedia, Alyx Blackett, huye a los bosques escondiendo su belleza bajo la apariencia de un muchacho. Allí conocerá a Raine Montgomery, un noble que vive al margen de la ley. Alyx trabajará para él como escudero, intentando olvidar así su amargura.

Pero ¿por cuánto tiempo logrará esconder su infinita belleza? ¿Podrá Montgomery reprimir sus ardientes deseos?

En la profundidad de aquel bosque, entre las sangrientas luchas que les rodean, despertará la pasión de un hombre por una mujer capaz de cambiar su destino.

Jude Deveraux

Canción audaz

Saga Montgomery 3

ePub r1.0

Titivillus 31.01.2026

Título original: Velvet song

Jude Deveraux, 2005

Traducción: Álex Lomónaco

Editor digital: Titivillus

ePub base r3.0 (ePub 3)

Índice de contenido

Canción audaz

Primera Parte

Segunda Parte

Primera Parte

EL Sur de Inglaterra.

Enero de 1502

La pequeña aldea de Moretón estaba rodeada por una alta muralla, y el gris de sus piedras proyectaba una larga sombra sobre las muchas casas apiñadas en su interior. Senderos muy gastados unían los edificios entre sí, abriéndose desde el centro mismo, donde se ubicaba la iglesia con su torre y el ayuntamiento blanco y elevado. Ahora, a la pálida luz de la mañana, unos pocos perros comenzaban a desperezarse, mujeres de ojos adormilados caminaban perezosamente hacia el pozo de agua del pueblo y cuatro hombres esperaban, con hachas sobre los hombros, mientras que los guardianes abrían las pesadas puertas de roble del muro de piedra.

Dentro de una casa sencilla, angosta, de dos pisos y de un blanco lavado, Alyxandria Blackett escuchaba por cada poro de su piel el rechinar de los portones. Cuando lo percibió, tomó sus zapatos de delicado cuero y comenzó a caminar de puntillas hacia las escaleras que, desafortunadamente, se encontraban al otro lado del dormitorio de su padre. Hacía horas que estaba vestida, se había despertado mucho antes de que saliera el sol y se había puesto un sencillo vestido de lana, un tanto burdo, sobre su etérea figura. Y hoy, por una vez, no se miró el cuerpo con disgusto. Parecía que toda su vida había estado esperando crecer para ganar algo de peso y, sobre todo, adquirir algunas curvas. Pero a sus veinte años ya sabía que siempre habría de tener poco pecho y estrechas caderas. Al menos, pensó con un suspiro, no tenía necesidad de usar corsé. En el cuarto de su padre, lanzó a éste una rápida mirada para asegurarse de que estaba durmiendo, levantó su falda de lana, comenzó a bajar y evitó el cuarto escalón porque sabía que crujía sonoramente. Una vez al pie de la escalera no se atrevió a abrir los postigos. El ruido podría despertar a su padre y él estaba muy necesitado de descanso. Sorteando una mesa cubierta con papeles y tinta y un testamento a medio terminar que su padre

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estaba redactando, fue hasta la pared más alejada, mirando con amor los dos instrumentos musicales que colgaban de ella. Todos los sentimientos de autocompasión por lo que Dios había olvidado darle físicamente, desaparecieron cuando pensó en su música. Una nueva tonada ya comenzaba a tomar forma en su cabeza, una melodía suave y envolvente. Obviamente, era una canción de amor.

—¿No puedes decidirte? —La voz de su padre llegó desde el pie de la escalera. Instantáneamente, corrió hacia él, le rodeó la cintura con el brazo y le ayudó a sentarse a la mesa. Aun en la oscuridad de la habitación pudo ver los círculos azulados debajo de sus ojos.

—Deberías haberte quedado en la cama. Hay tiempo suficiente para hacer el trabajo de un día sin tener que empezar antes del amanecer. — Tomando su mano un instante, la miró y sonrió. Él sabía bien lo que su hija pensaba de su pequeño rostro de duende con rasgados ojos violetas, la ínfima nariz y la minúscula boca curva, la había oído lamentarse bastante al respecto, pero todo lo que tenía que ver con ella le era muy querido. Ver casi todo el pueblo, con su gente que comenzaba cruzando directamente las grandes puertas, Alyx podía.

—Sigue —la urgió, empujándola suavemente—. A ver qué instrumento eliges antes de que alguien venga a quejarse por no tener una canción para su último amor.

—Quizás esta mañana sena mejor que me quedara contigo —susurró, la preocupación pintada en su rostro.

En tres ocasiones durante el último año él había sufrido horribles dolores en el corazón.

—¡Alyx! —le advirtió—. No me desobedezcas. ¡Ahora reúne tus cosas y vete!

—Sí, milord —rió ella, con lo que para él era una sonrisa que derretía el corazón. Con soltura, tomó la cítara de la pared, dejando el salterio donde estaba.

Volviéndose, miró a su padre.

—¿Estás seguro de que vas a estar bien? No tengo por qué salir esta mañana. —Ignorándola, le alcanzó su estuche escolar que contenía una pluma, tinta y papel.

—Prefiero tenerte creando música que prisionera en casa con un viejo enfermo. Alyx —le previno—. Ven aquí. —Con un gesto familiar comenzó a hacerle una gruesa trenza que le caía por la espalda. Su cabello

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era pesado, espeso y totalmente lacio, sin el más mínimo rastro de un rizo, y el color era, incluso para su padre, muy extraño. Casi parecía que una criatura hubiera entremezclado todos los colores de cabello posibles en una sola cabeza Había hebras de oro, amarillo brillante, rojo profundo, cobrizo, marrón y, según juraba Alyx, algo de gris. Cuando la trenza estuvo terminada, descolgó su abrigo de la pared, lo echó sobre sus hombros y se sujetó la capucha en la cabeza.

—No te concentres tanto como para olvidar que debes mantenerte abrigada —dijo burlándose, mientras la hacía girar—. Vete ahora, y cuando vuelvas quiero oír algo bello.

—Haré todo lo posible —respondió ella riendo mientras salía y cerraba la puerta tras de sí.

Desde la casa, detrás mismo del muro de la aldea, animarse y a prepararse para empezar la jornada. Entre las casas sólo había algunos centímetros, lo mismo que en el pasaje que corría a lo largo del muro. De madera y piedra, ladrillo y estuco, las casas estaban muy juntas entre sí, y su tamaño variaba desde la casa del alcalde hasta las más pequeñas de los artesanos y los abogados, como su padre. Un poco de brisa movía el aire y los carteles de las tiendas se agitaban.

—Buenos días —saludó a Alyx una mujer que barría la grava delante de su casa—. ¿Vas a hacer algún trabajo para la iglesia hoy? Deslizando la cítara hacia su espalda, devolvió el saludo a su vecina.

—Sí… y no. ¡Todo! —rió, saludando y apresurándose hacia las puertas. Se detuvo bruscamente, casi a punto de ser arrollada por un carretón. Con una sola mirada se dio cuenta de que John Thorpe había tratado de cerrarle el paso a propósito.

—Ea, veamos, pequeña Alyx, ¿no hay una sola palabra amable para mí? —Hizo una mueca mientras ella esquivaba al viejo caballo.

—¡Alyx! —llamó una voz desde la parte posterior de la carreta. La señora Burbage vaciaba bacines en el carretón que conducía John—. ¿Podrías entrar un momento? Mi hija menor está desolada y pensé que tal vez una nueva canción de amor la podría consolar.

—Ah, y para mí —agregó John desde lo alto del carro—. Yo también necesito una canción de amor —dijo, frotándose ostensiblemente el costado donde, dos noches antes, Alyx le había propinado un duro golpe cuando él había intentado besarla.

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—Para ti, John —respondió ella muy dulcemente—, escribiré una canción tan dulce como la mercancía de tu carreta. —El estallido de su risa casi tapó la respuesta a la señora Burbage cuando le dijo que iría después de la misa vespertina. Jadeando, comenzó a correr hacia las puertas. En pocos momentos quedaría atrapada y ya no podría disfrutar de su tiempo a solas, fuera de los muros, para trabajar en su música.

—Llegas tarde, Alyx —dijo el guarda de la puerta—, y no olvides una música arrulladora para mi niña enferma —le gritó mientras ella corría hacia los huertos fuera de las murallas.

Finalmente, llegó al lugar donde se encontraba su manzano favorito, y con una sonrisa de total felicidad, abrió el pequeño escritorio transportable y comenzó a prepararse para registrar la música que ocupaba su cabeza. Se sentó, se recostó contra el árbol, puso la cítara sobre su falda y comenzó a rasguear la tonada que había creado esa mañana. Totalmente absorbida con el trabajo de las melodías y los poemas, no sentía el paso de las horas. Cuando se interrumpió para tomar un poco de aire, con los hombros rígidos y los dedos ardiendo, había escrito dos canciones y comenzado un nuevo salmo para la iglesia.

Estirándose largamente, puso a un lado la cítara, se levantó, la mano sobre una rama desnuda del manzano, y contempló los campos cultivados, más allá de los cuales se encontraban los pastizales bien delimitados para las ovejas del conde.

¡No!, no iba a permitirse pensar en el conde, que había echado a tantos campesinos de sus tierras subiéndoles la renta, para después cercarlas y llenarlas de provechosas ovejas. Piensa en algo agradable, se ordenó a sí misma, mirando hacia otro lado. Y, claro está, ¿qué otra cosa aparte de la música había de bello en la vida? Desde niña había escuchado música en su cabeza. Mientras que el sacerdote zumbaba en latín durante la misa, ella ocupaba su mente creando una canción para los niños del coro. Durante el Festival de la Cosecha vagaba por ahí, preocupada con melodías que sólo ella podía escuchar. Su padre, viudo hacía años, se volvía loco tratando de encontrar a su niña perdida. Un día, cuando tenía diez años, había ido hasta el pozo para recoger agua. Un trovador que visitaba la aldea estaba sentado en un banco junto a una joven mujer y próximo al pozo, inadvertido, se encontraba su laúd. Alyx nunca antes se había acercado a

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un instrumento musical, pero había visto y oído lo suficiente como para saber básicamente como se tocaba un laúd. En un corto lapso había tocado una de los cientos de canciones que le rondaban en la cabeza. Iba por la cuarta canción cuando se dio cuenta de que el trovador estaba a su lado, olvidado completamente de su cortejo. Silenciosamente, sin intercambiar una sola palabra, usando sólo el lenguaje de la música, él le había mostrado cómo poner los dedos sobre el instrumento. El dolor de las afiladas cuerdas cortando sus pequeños y tiernos dedos no fue nada comparado con la alegría de poder escuchar la música surgida de su mente. Tres horas más tarde, cuando su padre, con aire resignado, salió a buscar a su hija, la encontró rodeada por la mitad de los habitantes del pueblo; todos ellos susurrando que se hallaban frente a un milagro. El sacerdote, viendo una magnífica oportunidad la llevo a la iglesia y la puso frente a los clavicordios. Después de algunos momentos de prueba, Alyx comenzó a tocar, mal al principio, un Magníficat, una canción de alabanza a la iglesia, diciendo suavemente las palabras mientras tocaba. El padre de Alyx se sintió profundamente aliviado porque su única hija finalmente no era una cabeza hueca, sino que estaba tan llena de melodías que a veces ella no respondía a todo lo que se le decía. Después de ese día trascendental, el sacerdote se hizo cargo de la formación de Alyx, diciendo que su don venía de Dios y que, como su emisario, él se haría cargo de ella. No necesitó agregar que, como abogado, su padre estaba bien lejos de la santidad de Dios y que cuanto menos tuviera que ver ella con él, tanto mejor.

Siguieron cuatro años de rigurosa práctica, durante los cuales el sacerdote se las arregló para pedir prestados todos los instrumentos existentes para que Alyx pudiera aprender a tocar. Se entrenó con los teclados, los vientos, las cuerdas con y sin arco, tambores, címbalos y el enorme órgano que el sacerdote obligó al pueblo a comprar para honra del Señor (y según algunos, para él y para Alyx).

Cuando el sacerdote estuvo seguro de que ella estaba lista para interpretar, mandó buscar a un monje franciscano quien le enseñó a escribir música para registrar las canciones, baladas, misas, letanías, todo lo que pudiera componer.

Como estaba tan ocupada tocando instrumentos y transcribiendo notas musicales, no fue sino hasta que cumplió quince años cuando se hizo evidente que también podía cantar. El monje, que ya estaba casi listo para

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regresar a su abadía, puesto que Alyx había aprendido todo lo que él podía enseñarle, entró en la iglesia muy temprano una mañana y se vio envuelto por una voz tan potente que pudo sentir cómo temblaban los botones de su hábito. Cuando llegó a darse cuenta de que ese magnífico sonido provenía de su pequeña alumna, cayó de rodillas y comenzó a dar gracias a Dios por permitirle estar en contacto con una criatura tan bendita.

Alyx, cuando vio al anciano monje de rodillas en la parte posterior de la iglesia, apretando su cruz y con lágrimas rodando por sus mejillas, dejó de cantar instantáneamente y corrió hacía él, rogando que no estuviera enfermo o, como ella sospechaba, ofendido por su canto, que ella había interpretado en voz muy alta.

Después de ese episodio se le prestó tanta atención a su voz como a los instrumentos, y ella comenzó a preparar grupos corales usando todas las voces disponibles en la pequeña aldea amurallada.

Muy pronto cumplió veinte años y ella esperaba crecer y, sobre todo, desesperadamente, desarrollar su cuerpo. Pero siguió siendo pequeña y sin formas, y mientras que las otras muchachas de su edad se casaban y tenían hijos, Alyx tenía que contentarse con cantar canciones de cuna a niñitos desdentados.

«¿Qué derecho tenía ella de estar disconforme?» Pensaba ahora, apoyada contra ese árbol Sólo porque todos los jóvenes la trataban con gran respeto, excepto, por supuesto, Jóhfi Thorpe, quien con demasiada frecuencia olía a lo que transportaba, no era motivo para estar descontenta. Cuando tenía dieciséis años, en la edad de merecer y no tan mayor como ahora, cuatro hombres le habían propuesto matrimonio, pero el sacerdote había dicho que ella estaba predestinada para el servicio de Dios y no para la lujuria de ningún hombre, y se había negado a permitir ninguna boda. Alyx en aquellos tiempos se había sentido aliviada, pero cuanto más crecía, más le pesaba su soledad. Ella amaba su música y particularmente lo que hacía para la iglesia, pero a veces… como dos veranos atrás, cuando se había servido cuatro vasos de un vino muy fuerte en la boda de la primogénita del alcalde, había tomado la cítara y subida sobre una mesa había cantado una canción muy, pero muy impúdica, que fue inventando sobre la marcha.

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Por supuesto, el sacerdote debía haberla interrumpido, pero como tenía encima más vino que ningún otro de los presentes y rodaba por el suelo sosteniéndose el estómago de la risa por la canción de Alyx, no estaba en condiciones de ponerle freno a nadie. Ésa había sido una velada maravillosa, cuando ella había formado parte de la gente que conocía de toda la vida y no fue dejada de lado por orden del sacerdote, como una reliquia sagrada de la calavera de San Pedro en la iglesia, muy inspiradora de respeto pero absolutamente intocable.

Ahora, como lo hacía siempre, comenzó a transformar sus pensamientos en canciones. Respirando profundamente, espaciando su respiración como le habían enseñado, empezó una balada sobre la soledad de la vida de una muchacha que buscaba el verdadero amor.

—Y heme aquí, pajarito cantor. —Una voz de hombre surgió detrás de ella.

Al concentrarse para empezar a cantar, verdaderamente su voz hubiera cubierto cualquier sonido, no había oído a los jóvenes jinetes acercarse.

Eran tres, todos grandes, fuertes, saludables, vigorosos como sólo podía serlo la nobleza, sus caras encendidas por lo que ella supuso una noche de jarana. Sus ropas los suaves terciopelos y las pieles con joyas destellando aquí y allí, eran cosas que ella sólo había visto en el altar de la iglesia. Aturdida, se quedó mirándolos y ni siquiera se movió cuando un hombre rubio, el más corpulento, desmontó.

—Vamos, sierva —dijo, con un aliento pestilente—. ¿Ni siquiera conoces a tu propio señor? Permíteme que me presente. Pagnell, futuro conde de Waldenham.

El nombre devolvió a Alyx a la realidad. La poderosa familia Waldenham, rapaz y terrible, despojaba a los granjeros de cada centavo que poseían. Cuando ya nada les quedaba los echaban de sus tierras y los dejaban morir de hambre vagando por la comarca, mendigando su pan. Alyx estaba a punto de abrir la boca para decirle a este detestable joven lo que pensaba cuando él la agarró violentamente, su fea boca acercándose a la suya, su lengua empujándola hasta hacerla callar.

—¡Puta! —jadeó, cuando ella cerró los dientes sobre su lengua—. Te enseñaré quién es el amo. —De un manotazo le arrancó la capa y en un instante sus manos estaban en el cuello de su vestido, rasgándolo con

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facilidad y dejando a la vista un hombro pequeño y vulnerable y la parte superior de sus pechos.

—¿Devolvemos al agua este pez tan insignificante? —gritó por encima de su hombro a sus amigos, que ya estaban desmontando. La referencia a su falta de atributos físicos por encima de la cintura hizo que el miedo de Alyx se transformara en furia. Aunque había nacido en una posición socialmente inferior a la de este hombre, su talento le había valido no ser tratada como la inferior de nadie. Con un gesto que ninguno de los hombres pudo prever, Alyx se recogió las faldas, levantó una pierna y malignamente le dio una patada a Pagnell exactamente entre las piernas. Al instante se desató un gran estruendo. Pagnell se dobló en dos por el dolor, mientras sus compañeros trataban desesperadamente de oír lo que decía, ya que estaban demasiado borrachos como para comprender lo que estaba sucediendo. Sin saber adónde iba o en qué dirección, Alyx echó a correr. Su capacidad pulmonar por los muchos años de ejercitar la respiración la ayudó. Corrió a campo a través tropezando dos veces, tratando de sostenerse las ropas desgarradas y con la falda levantada para tener sus pies en libertad.

A la altura de la segunda cerca, el odiado corral de las ovejas, se detuvo, aplastándose contra el poste, las lágrimas rodando por sus mejillas. Pero aun a través de las lágrimas podía ver a los tres hombres peinando el área para encontrarla.

—¡Por aquí! —Oyó una voz a su izquierda—. ¡Por aquí! Volviéndose en esa dirección, vio a un anciano a caballo, vestido con ropas tan ricas y lujosas como las de Pagnell. Con la mirada de un animal atrapado echó a correr nuevamente, lejos de este nuevo hombre que la perseguía.

Fácilmente, él se le puso a la par con su caballo.

—Los muchachos no quieren hacerle daño —dijo—. Sólo están eufóricos y bebieron de más anoche. Si viene conmigo la alejaré de ellos, la esconderé en alguna parte. Alyx no estaba segura de poder confiar en él. ¿Y qué pasaría si él la entregaba a esos nobles borrachos y lascivos?

—Vamos, muchacha. —La apuró el hombre—. No quiero verte lastimada.

Sin pensarlo otra vez ella tomó la mano que le ofrecía. El hombre la alzó hasta ponerla delante de él en la silla y lanzó su cabalgadura al galope, hacia la distante línea de árboles.

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—Los árboles del rey —jadeó Alyx aferrándose a la montura para no caer. A ningún aldeano se le permitía penetrar en el bosque del rey, y ella había visto a muchos hombres colgados por haber cazado conejos allí.

—Dudo que Henry se moleste por esta vez —dijo el hombre.

Tan pronto estuvieron dentro del bosque, él la hizo descender del caballo.

—Ve ahora y ocúltate, y no abandones este lugar hasta que el sol esté bien alto. Espera hasta que veas a otros siervos ocupados en sus tareas, y entonces regresa a la protección de tus muros. Retrocedió un momento mientras él le hablaba, sintiéndose una mujer libre, y se internó rápidamente en el bosque.

El mediodía tardó mucho en llegar, y mientras esperaba en el bosque oscuro y frío con el vestido destrozado y sin su capa, se dio cuenta con claridad de lo que habría podido ocurrirle a manos de los nobles. Tal vez fueran sus estudios con el sacerdote y el monje lo que la hacía creer que los nobles no tenían derecho a usar a la gente a su antojo. Ella tenía derecho a la paz y a la felicidad, tenía derecho a sentarse bajo un árbol y tocar su música, y Dios no le daba a nadie el derecho de quitarle tales cosas a otra persona.

Después de sólo una hora, la furia contribuyó a mantenerla caliente, por supuesto, sabía que el enfado venía en parte por algo que había sucedido el verano anterior. El sacerdote había hecho arreglos para que los niños del coro y Alyx cantaran en la capilla privada del conde, el padre de Pagnell. Habían trabajado durante semanas, llegando al agotamiento de tanto ensayar.

Cuando por fin llegó el momento, el conde, un hombre gordo afectado de gota, había gritado a voces que a él le gustaba que sus mujeres tuvieran más carne en el cuerpo y le dijo al sacerdote que la volviera a llevar cuando ella pudiera entretenerlo en algún otro lado que no fuera la iglesia. Y se había retirado antes de que se terminara el servicio. Cuando el sol estuvo directamente sobre su cabeza, Alyx se arrastró hasta el límite del bosque y se tomó un buen rato para estudiar la campiña, buscando con la vista a cualquiera que pudiera parecerse a un noble. Cautelosamente, regresó hasta el manzano; ya no más suyo, puesto que ahora estaba lleno de horribles recuerdos.

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Allí Alyx sufrió un golpe mayor, pues rota en tiras y despojos yacía su citara, obviamente aplastada y pisoteada por los cascos de los caballos. Pronto, lágrimas ardientes de furia, odio, frustración e impotencia brotaron de su cuerpo, cayendo por sus mejillas descuidadamente. «¿Cómo habían podido hacer esto?», se decía, recogiendo de rodillas un trozo de madera. Cuando su falda estuvo llena de astillas se dio cuenta de la inutilidad de lo que estaba haciendo y con toda su fuerza comenzó a arrojar los trozos contra el árbol. Con los ojos secos, los hombros echados hacia atrás, comenzó a caminar hacia la seguridad de la aldea, su furia aplacada por el momento pero aún muy cerca de la superficie.

El gran salón de la mansión feudal estaba atestado de maravillosos tapices, los espacios vacíos cubiertos con armas de todo tipo. El mobiliario pesado, macizo, mostraba cicatrices de hojas de hachas y cortes de espadas. A la inmensa mesa se sentaban tres jóvenes, sus ojos muy enrojecidos por una corta vida de poco sueño y mucho vino.

—Fue más astuta que tú, Pagnell —rió uno de los hombres, llenando su copa de vino y salpicándose la sucia manga—. Te venció y desapareció como la bruja que es. Ya la oíste cantar. Ésa no era una voz humana y sólo trataba de atraerte, y cuando te acercaste… —Se calló, se golpeó la palma de la mano con el puño y rió a carcajadas.

Pagnell apoyó un pie en la silla del hombre y la empujó, mandando hombre y silla al suelo.

—Es humana —gruñó—, y es indigna de mi tiempo.

—Bonitos ojos —agregó otro de los hombres—. Y esa voz. ¿No creíste cuando le metías la lengua que podía soltar una nota tal que los pelos de tus piernas se iban a rizar solos? El primer hombre rió, enderezando su silla.

—¡Romántico! Yo habría hecho que me cantara una canción sobre lo que ella hubiera querido que yo le hiciera.

—Basta, vosotros dos —protestó Pagnell, bebiendo su vino—. Os digo que era humana y nada más.

Los otros hombres no dijeron nada y permanecieron silenciosos por un momento, pero cuando una muchacha de la servidumbre cruzó el salón, Pagnell la detuvo.

—En la aldea hay una joven que sabe cantar. ¿Quién es?

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La sierva trató de desasirse de su doloroso apretón.

—Se llama Alyx —susurró.

—Deja de retorcerte o te rompo la mano —le ordenó Pagnell—. Y dime ahora exactamente dónde vive esta Alyx en ese miserable pueblecito vuestro.

Una hora después, en la oscura noche, Pagnell y sus tres compinches estaban en las afueras de la aldea amurallada de Moretón, lanzando ganchos dentados de acero por encima del muro. Después de tres intentos, dos ganchos quedaron bien sujetos y las cuerdas colgaban a lo largo del muro hasta tocar el suelo. Con mucha menos agilidad de la que tendrían si hubieran estado sobrios, los hombres treparon por las cuerdas hasta lo alto del paredón, deteniéndose un momento antes de retirar los ganchos y las cuerdas y deslizándose hasta el suelo por el angosto pasaje detrás de las apiñadas viviendas.

Pagnell hizo un gesto con el brazo ordenando a sus hombres que lo siguieran mientras él se dirigía lentamente hacia la parte delantera de las viviendas, buscando con sus ojos los nombres de las calles que colgaban sobre las silenciosas casas.

—¡Una bruja! —Gruñó con furor—. Ya os voy a mostrar cómo es de mortal. La hija de un abogado, la hez de la tierra.

En la casa de Alyx hizo una pausa, deslizándose con rapidez hacia uno de sus laterales donde había un postigo con su aldaba. Con un fuerte golpe que provocó un sonido sordo, el postigo se abrió y él logró introducirse en el interior. Arriba, el padre de Alyx yacía tranquilamente, sus manos agarradas sobre su pecho por el dolor que nuevamente se dejaba sentir. Al oír el ruido del postigo cediendo, se puso alerta, sin estar seguro del todo de lo que había escuchado. En la aldea no había habido robos desde hacía años.

Raspando con rapidez pedernal y yesca, encendió una vela y comenzó a bajar las escaleras.

—¿Qué es lo que están haciendo, granujas? —preguntó en voz alta mientras Pagnell ayudaba a sus amigos a entrar por la ventana.

Fueron sus últimas palabras, porque en un segundo Pagnell había cruzado la habitación, tomando al anciano por el cabello y hundiéndole profundamente una daga en la garganta. Sin mirar siquiera el cuerpo sin

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vida que se desplomaba en el suelo, volvió a la ventana para ayudar a sus amigos. Cuando todos hubieron entrado, se lanzó a subir las escaleras.

Alyx no había podido dormir después de la odisea de ese día. Cada vez que cerraba los ojos veía a Pagnell, olía su aliento fétido, sentía la lengua dentro de su boca. De alguna manera le había ocultado a su padre lo sucedido para no preocuparle, pero por primera vez en su vida había algo aparte de la música que ocupaba sus pensamientos.

Estaba tan alterada que al principio no oyó los ruidos en el piso inferior, cayendo en la cuenta de que algo sucedía cuando escuchó la voz enojada de su padre y el extraño sonido que percibió a continuación.

—¡Ladrones! —murmuró, deshaciéndose de las mantas de lana para quedar desnuda en medio de la habitación. Rápidamente, alcanzó su vestido y se lo puso por la cabeza. «¿Por qué quería robarles alguien?». Eran demasiado pobres para que valiera la pena asaltarlos.

«¡El cinturón de Lyon!», pensó, quizá se hayan enterado de eso. Corrió un pequeño panel en la pared, hábilmente levantó el falso fondo y retiró la única cosa de valor que poseía, un cinturón de oro, y lo ajustó a su cintura. Un ruido en el cuarto de su padre la sobresaltó y oyó pisadas que se dirigían a su propia habitación. Se apoderó de un banquillo y de un pesado candelabro de hierro y se escondió detrás de la puerta, conteniendo el aliento.

La puerta se abrió muy lentamente girando sobre sus goznes de cuero y, cuando Alyx tuvo perfectamente a tiro la cabeza del desconocido, descargó sobre ella el candelabro, con todas sus fuerzas. Pagnell cayó a sus pies encogido y mantuvo los ojos abiertos un solo instante para mirarla, antes de caer en la inconsciencia. La vista del noble en su reducida vivienda le hizo revivir el terror de la tarde. Éste no era un robo ordinario, y ¿dónde estaba su padre? Más ruidos de pisadas, sólidas, trepando las escaleras, la devolvieron a la realidad. Después de una mirada desesperada, supo que la ventana constituía su única vía de escape.

Corriendo hacia ella, no se detuvo a pensar en lo alto que se encontraba cuando se deslizó hacia afuera y saltó.

En su caída se estrelló contra el suelo, donde rodó hasta el pie de la pared, atontada y sin aliento durante un horrible minuto. No había tiempo

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para permanecer en medio de la suciedad del suelo y trató de recomponerse.

Renqueando por un dolor que le atenazaba un lado de la pierna izquierda, se arrastró hasta un lateral de su vivienda donde estaba entornado un postigo. La luz de la luna no constituía una buena fuente de luz, pero junto a su padre había un candelabro con una vela encendida: todo lo que hacía falta para poder ver con claridad el enorme agujero en la garganta de su padre, cuya cabeza yacía en medio de un charco de su propia sangre. Atontada, Alyx se retiró de la ventana y comenzó a alejarse de la casa. No sintió el aire helado en los brazos ni el frío penetrando a través de su vestido de lana toscamente tejido. Ya nada le importaba de Pagnell o de lo que éste pretendía hacer con ella o llevarse de la casa, porque ya la había despojado de lo más valioso que en ella había. Su padre, la única persona que la había amado no porque fuera una chica dotada para la música sino simplemente porque la quería, estaba muerto. ¿Qué más que la vida de su padre podía él tomar? Caminando, sin ver adónde se dirigía, mitad cayó, mitad se desplomó frente a la iglesia, de rodillas y con las manos juntas, y comenzó a rezar por el alma de su padre para que fuera recibido en el paraíso como merecía.

Tal vez fueron los años de estudio de Alyx los que le permitieron concentrarse con tanta profundidad, o quizá fuera su dolor, porque no llegó a oír la algarabía que se formó a su alrededor, y no vio ni oyó tampoco las crepitantes llamaradas que consumían su hogar y quemaban el cuerpo sin vida de su padre. El constante miedo a que se declarara un incendio dentro del perímetro de la muralla hizo que la mayoría de los aldeanos salieran de sus casas y, aterrados, no vieron la silueta frágil de Alyx acurrucada contra las puertas de la iglesia. Al rayar el alba se abrieron las puertas, y esperando fuera aparecieron seis caballeros armados portando el emblema del conde de Waldenham. Los cascos de los poderosos sementales irrumpieron en los angostos pasajes entre las viviendas, y los soldados desgarraron con sus espadas todo cartel o proyección de los techos que se interponían en su camino, mientras avanzaban lenta y posesivamente, adentrándose en el pueblo. Las mujeres atrapaban a sus hijos y los alejaban del paso de los peligrosos caballos sujetándolos, paralizadas, al tiempo que observaban a esos hombres imponentes, formidables y con armaduras, abrirse camino por el pueblo.

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Los caballeros se detuvieron un instante ante las ruinas calcinadas de la casa Blackett y su jefe extrajo un pergamino de su montura, clavándolo en un poste calcinado que aún se mantenía en pie. Sin quitarse el casco, miró hacia abajo desde lo alto de su caballo a los habitantes del pueblo azorados y con los ojos muy abiertos. Con un gesto fácil, agarró su lanza y malignamente despanzurró a un perro, arrojando el cuerpo muerto entre las cenizas.

—¡Lean esto y estén advertidos! —dijo con un rugido que reverberó contra las murallas del pueblo.

Sin más consideración por la gente del pueblo, los hombres espolearon sus cabalgaduras y se lanzaron fuera del recinto por el lado opuesto por donde habían entrado, destruyendo otra calle más antes de perderse de vista por las puertas, dejando atrás a un populacho completamente aturdido.

Pasaron algunos instantes antes de que la gente se recuperara lo suficiente como para acercarse a mirar el pergamino clavado en el poste, y el sacerdote, que era el único que sabía leer, dio un paso al frente. Se tomó su tiempo para leerlo mientras los aldeanos esperaban silenciosamente. Cuando finalmente el sacerdote se volvió hacia ellos, su rostro aparecía pálido, desencajado.

—Alyx —comenzó lentamente—. Alyxandria Blackett ha sido acusada de herejía, brujería y robo. El conde de Waldenham dice que la muchacha utilizó poderes otorgados por el diablo para atraer a su hijo y que, cuando éste se le quiso resistir, ella profanó la iglesia. Cuando todavía él se resistía, ella lo atacó con sus poderes malignos y le robó.

Durante un momento nadie pudo respirar. ¿La voz de Alyx un don del demonio? Tal vez ella estuviera magníficamente dotada, pero no había dudas en cuanto a que su don provenía de Dios. ¿No usaba ella su voz para cantar las alabanzas del Señor? Por supuesto, había algunas canciones que nada tenían que ver con la iglesia, pero… Como una sola persona, levantaron la vista cuando vieron a Alyx cruzando el espacio que separaba su casa de la parte posterior de la iglesia, y la vieron tropezar ligeramente contra un montículo de tierra dejado por los caballos de los soldados. Con expresiones azoradas, algunos con la duda pintada en el rostro, se echaron hacia atrás para dejarla pasar. Ella permaneció quieta y silenciosa, mirando aquello que había sido su casa.

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—Ven, hija mía —dijo prestamente el sacerdote rodeándole los hombros con el brazo y guiándola hacia la casa parroquial. Una vez en su interior comenzó a trabajar con rapidez, echando pan y queso en una bolsa de tela.

—Alyx, debes abandonar este lugar.

—Mi padre —dijo ella suavemente.

—Lo sé, vimos su cuerpo en medio de las llamas. No te inquietes, ya estaba muerto, y ofreceré veinticinco misas por su alma. Ahora debes preocuparte por ti misma. —Cuando vio que ella no le estaba escuchando la sacudió con fuerza, agitándole la cabeza.

—¡Alyx! Debes escucharme. —Cuando vio que sus ojos daban señales de entender, le notificó su orden de arresto—. Hay una recompensa por ti, viva o muerta.

—¿Recompensa? —susurró—. ¿Qué valor puedo tener yo?

—Alyx, tú eres muy valiosa, pero por alguna razón has enfurecido a un conde. No he dicho a nadie lo de la recompensa, pero pronto lo averiguarán y no todos estarán dispuestos a protegerte. Algún canalla ambicioso podría querer entregarte a cambio de dinero.

—¡Que lo hagan entonces! Soy inocente y el rey… —La risa del sacerdote la interrumpió mientras la arropaba con un abrigo pesado, demasiado largo—. Te encontrarían culpable y lo menos que podrías esperar sería la horca. Ahora quiero que partas y que me esperes en el límite de los bosques del rey. Esta noche iré a buscarte y espero tener un plan que podamos llevar a cabo. Vete ahora, Alyx, y pronto. Déjate ver por la menor cantidad de gente posible. Te recogeré por la noche y te llevaré un instrumento y más comida. Quizás encontremos la forma de que una muchacha como tú pueda ganarse la vida.

Antes de que Alyx pudiera responder a lo que estaba escuchando se encontró fuera de la puerta, con la bolsa de comida al hombro y sujetándose con las manos el largo abrigo. Se apresuró hacia las puertas sin intentar ocultarse, pero como casi todos los aldeanos todavía permanecían reunidos en torno a las ruinas de su casa, nadie la vio. Una vez en el bosque se sentó, exhausta, traspasada por la pena, sin que su mente pudiera comprender o creer lo que había ocurrido en las últimas horas. Pasó un tiempo durante el cual seguía fija ante sus ojos la imagen de su padre muerto, al tiempo que recordaba su vida juntos y cómo él la había cuidado. Finalmente, después de una noche de oración y una

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horrible mañana, ella lloró, lloró y lloró, y envolviéndose la cabeza con el abrigo, acurrucada hasta quedar del tamaño de un bulto pequeño, dio rienda suelta a su dolor. Después de un largo rato, sus músculos cansados comenzaron a relajarse y se quedó dormida, temblando todavía, enterrada bajo los pliegues del abrigo.

Cerca del crepúsculo se despertó, los músculos doloridos, la pierna izquierda resentida por el salto desde la ventana, sus sienes latiendo. Con cuidado retiró la lana de su rostro, para ver a un hombre sentado en un tronco no lejos de ella. Con un gesto de miedo, miró a su alrededor para encontrar una vía de escape.

—No tienes por qué huir de mí —dijo el hombre suavemente, y al oír su voz ella le reconoció. Era el sirviente de Pagnell, aquel que la había ayudado el día anterior a huir de los nobles.

—¿Has venido por la recompensa? —preguntó en medio de un sollozo

—. Tal vez les diga cómo me ayudaste antes. No creo que a tu amo le agrade eso. Para su sorpresa el hombre se rió entre dientes.

—No tengas miedo de mí, niña. —Le contestó—. Tu sacerdote y yo hemos tenido una charla larga y 26 productivas mientras dormías, y tenemos un plan para ti. Si tienes la bondad de escucharme pienso que podríamos esconderte lo suficientemente bien como para que nadie te encuentre.

Asintiendo con prontitud, ella fijó sus ojos en él, esperando que continuara. A medida que explicaba el plan, sus ojos se abrieron con una mezcla de horror, miedo y algún sentimiento de anticipación ante la perspectiva de una aventura.

El sirviente tenía un hermano que una vez había sido soldado del rey, pero como el hombre había tenido la desgracia de sobrevivir a todas las batallas y llegar a viejo, había sido separado del servicio y no tenía medios para mantenerse. Durante dos años había recorrido solo las comarcas, desfalleciendo de hambre, hasta que se topó con una banda de forajidos, sinvergüenzas y ladrones, que vivían en un inmenso bosque precisamente al norte de la aldea de Moretón. Por un momento Alyx permaneció tranquilamente sentada.

—¿Me estás proponiendo que me una a esta banda? —preguntó con incredulidad—. ¿Cómo una… una fugitiva? El sirviente comprendió que se sintiera ultrajada. El sacerdote no había tenido más que alabanzas para las virtudes de la muchacha.

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—Sí y no —respondió—. Una joven como tú no estaría segura con la banda. Sin embargo, actualmente tienen un líder y un cierto grado de bondad cristiana, y también hay una cierta disciplina, pero con todo una personita como tú no duraría mucho.

Con un gesto de alivio, Alyx mostró una débil sonrisa.

—Y también —continuó el sirviente—, ninguno dudaría en entregarte al conde por la recompensa.

—Yo sé cantar. Tal vez alguien podría darme trabajo… Con un gesto de la mano la interrumpió.

—Sólo los nobles pueden darse el lujo de tener sus propios músicos, o quizás algún rico mercader, pero de todos modos, una muchacha sola, sin protección… Desilusionada, los hombros de Alyx cayeron.

¿Habría algún lugar seguro para ella? Cuando el sirviente vio que se daba cuenta del problema que significaba encontrar un escondite, continuó explicando su plan rápidamente.

—Si tú te transformaras en un muchacho, podrías ocultarte con los bandidos. Con un corte de pelo, ropas de varón, tal vez una faja alrededor de tu pecho, podrías pasar. El sacerdote dice que puedes modificar tu voz a voluntad y tu apariencia te da la oportunidad de parecer tanto un muchacho como una chica.

Alyx no estaba segura de si debía reír o llorar por su último comentario. Ciertamente, ella no era ninguna belleza clásica de labios carnosos y grandes ojos azules, pero le gustaba pensar que…

—Oh, vamos. —Cloqueó el sirviente—. No hay necesidad de que te pongas así. Estoy seguro de que cuando crezcas un poco más te vas a desarrollar y lucirás como una adorable damita.

—Tengo veinte años —agregó ella, empequeñeciendo los ojos. El sirviente carraspeó incómodo.

—Entonces deberías estar agradecida por tu apariencia. Vámonos ahora, que ya está oscureciendo. He traído algunas ropas de muchacho, y cuando estés lista viajaremos. Quiero estar de regreso antes que alguien me eche de menos. Al conde le gusta saber dónde están sus sirvientes.

Esta idea de que podría estar poniéndole en peligro la hizo moverse con rapidez, cogiendo las ropas dobladas que él le ofrecía. Al tocar la tela dudó un momento, pero finalmente corrió a cambiarse detrás de los árboles. En pocos segundos se había desembarazado de su vestido, pero no sabía bien qué hacer con las ropas de muchacho. Un pantalón de algodón

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de tejido apretado cubría sus piernas hasta la cintura, donde lo sujetó lo mejor que pudo. A continuación apareció un trozo de tela, y Alyx trató de no deprimirse por el hecho de que sus pechos desaparecieran con sólo ponerse una faja floja. Siguió con una camisa de algodón, fina y suave, otra camisa más abrigada de lana, con anchas mangas, y sobre ella un jubón de lana pesada. El jubón llegaba a cubrirle las nalgas, y estaba bellamente adornado con volutas doradas. Ella nunca había tenido sobre su piel ropa tan fina y pudo sentir que los sitios lastimados de su cuerpo por el roce de la áspera tela de su vestido comenzaban a sanar. «¡Y qué libertad de movimientos permitía la ropa de varón!», pensó lanzando una patada al aire primero con una pierna y luego con la otra.

Se calzó un par de botas que le llegaban a las rodillas, las ató a los lados, recogió el cinturón de oro del montón de ropas desparramadas por el suelo y lo sujetó a su cintura, entre el jubón y la camisola de lana.

Lista por fin, y después de atarse una faja bordada alrededor del talle, se dirigió hacia donde el sirviente del conde la estaba esperando.

—¡Bien! —dijo él, haciéndole dar un giro para inspeccionarla, frunciendo el ceño al ver las piernas un poco delgadas para ser de muchacho—. Veamos ahora tu cabello. —Tomó un par de tijeras de un zurrón que había a su lado.

Alyx dio un paso atrás, sus manos en el largo cabello lacio. Jamás se lo había cortado.

—Oh, vamos. —La apuró el hombre—. Se hace tarde. Es sólo cabello, niña. Crecerá otra vez. Es mejor cortarte el cabello que permitir que se queme junto con tu cabeza en una hoguera para brujas.

Con valentía Alyx le dio la espalda al sirviente y le permitió acercarse a su cabeza. Extrañamente, a medida que caían los mechones, se fue sintiendo más liviana y la sensación no era para nada desagradable.

—Mira cómo se te ondula —le advirtió el hombre, tratando de agradarla, para no acentuar la horrible situación. Una vez que hubo terminado la hizo girar, asintiendo con aprobación ante los rizos y ondas que enmarcaban su carita traviesa. Pensó para sí que el cabello corto y las ropas de muchacho la favorecían más que el espantoso vestido que llevaba antes.

—No entiendo —expresó ella, mirándole—. Tú trabajas para el hombre que asesinó a mi padre, ¿por qué me estás ayudando?

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—He estado con ese mozalbete, —ella supo que se refería a Pagnell— desde que era una criatura. Siempre tuvo todo lo que quiso, y su padre le enseñó a tomar lo que no le correspondía. A veces trato de compensar en lo que puedo la mala conducta del muchacho. ¿Ya estás lista?

Obviamente, no tenía intenciones de seguir discutiendo la cuestión. Alyx cabalgó detrás del hombre sobre su tranquila cabalgadura, dirigiéndose hacia los límites del bosque, hacia el norte. Durante todo el trayecto el sirviente la instruyó sobre cómo debería actuar para mantener su secreto. Debía caminar como un muchacho, los hombros echados hacia atrás, con pasos largos. No debía gritar ni reírse estúpidamente, debía lanzar juramentos, evitar los baños demasiado frecuentes, debía rascarse y escupir y no temerle al trabajo, cargar y transportar cosas y hacer caso omiso de la suciedad y las arañas. Y continuó hablando y explicando hasta que Alyx casi se quedó dormida, lo que le costó otro sermón sobre la flaqueza de las muchachas. Una vez en el límite del bosque donde se ocultaban los forajidos, él le entregó una daga para que la llevara en un costado y tuviera algo con que defenderse y le dijo que debía practicar con ella. Cuando entraron en el bosque oscuro y prohibido dejó de hablar, y Alyx pudo percibir la tensión haciendo presa de su cuerpo. Sus manos, aferradas a los bordes de la montura, tenían los nudillos blancos.

La llamada de un pájaro nocturno llegó hasta ellos y el sirviente respondió. Más adentro del bosque hubo otro intercambio de llamada y respuesta y el sirviente se detuvo, poniendo a Alyx en el suelo y desmontando él mismo.

—Esperaremos aquí hasta que amanezca —dijo con una voz que era casi un susurro—. Querrán averiguar quiénes somos antes de permitirnos entrar en su campamento. Ven, muchacho —dijo en voz más alta—. Vamos a dormir.

Alyx no pudo conciliar el sueño, y, en cambio, permaneció muy quieta bajo la manta que le había dado el sirviente, y repasó mentalmente todo lo que le había sucedido, que por el capricho de un noble ella se encontraba en ese bosque frío y amenazador, mientras que la vida de su padre había sido brutalmente truncada. A medida que estas ideas iban rondando su mente, la furia comenzó a remplazar su miedo y su dolor. Ella habría de sobreponerse a esta situación y algún día, de alguna manera, se vengaría de Pagnell y de todos los de su calaña. Con la primera luz del día ya

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estaban nuevamente sobre el caballo, internándose más y más profundamente en el laberíntico bosque.

Después de un largo rato de serpentear entre la maraña de árboles y malezas, sin seguir ningún sendero visible, Alyx comenzó a oír voces masculinas.

—Oigo hombres hablando —susurró.

El sirviente le lanzó una mirada incrédula por encima de su hombro, puesto que no escuchaba otra cosa que el silbido del viento. Siguió un momento de calma después del cual él también pudo percibir las voces. De repente, y por sorpresa una oscura maraña de malezas se abrió ante ellos y se encontraron frente a un pequeño conjunto de tiendas de campaña y rústicos albergues. Un hombre de cabellos grises, con una profunda cicatriz que le corría desde la sien, por la mejilla, el cuello y desaparecía dentro de su ropa, tomó las riendas del caballo.

—¿Has tenido algún problema, hermano? —preguntó el hombre de la cicatriz, y cuando su hermano negó con un gesto, miró a Alyx—. ¿Es éste el mozo?

Ella contuvo el aliento bajo su escrutinio, temiendo que descubriera su sexo, pero él la ignoró como si no tuviera importancia.

—Raine te espera —agregó el hombre de la cicatriz dirigiéndose a su hermano—. Deja al muchacho con él, después cabalgaremos juntos cuando te vayas y me contarás las últimas noticias.

Asintiendo, el sirviente guio a su caballo en la dirección que le marcara su hermano.

—No se ha dado cuenta de que no soy un muchacho —murmuró Alyx, mitad complacida, mitad ofendida—. ¿Y quién es Raine?

—El líder de este colorido grupo. Hace sólo un par de semanas que llegó, pero ha logrado poner un poco de orden entre los hombres. Si piensas quedarte aquí deberás obedecerle en todo momento o te sacará de una oreja.

—El rey de los bandidos —dijo ella con aire soñador—. Debe de ser feroz. No será un… un asesino, ¿no? —jadeó.

El sirviente se volvió a mirarla, riendo por sus femeninos cambios de humor, pero cuando vio su rostro se detuvo y siguió con los ojos al lugar hacia donde ella miraba hipnotizada. Sentado sobre un banco bajo, con el

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torso desnudo, afilando su espada, se encontraba el hombre que sin ninguna duda era el líder del grupo. Era un hombre corpulento, muy alto, con grandes músculos protuberantes, pecho fuerte y caderas estrechas dentro del ajustado pantalón negro que llevaba puesto. Que no usara camisa en enero en el bosque frío y sin sol ya era sorprendente, pero aun a esa distancia, Alyx pudo ver que estaba cubierto por una fina capa de sudor.

Su perfil era atractivo: una nariz delgada, el cabello muy negro con los rizos que le cubrían el cuello humedecido por la transpiración, ojos profundos bajo cejas espesas y negras, y la boca formando una línea delgada, mientras se concentraba en la piedra que tenía ante sí para afilar la espada.

La primera impresión de Alyx fue que su corazón iba a dejar de latir. Jamás había visto a un hombre como éste, del cual emanaba el poder como la transpiración de su cuerpo. La gente decía con frecuencia que había poder en la voz de ella, y se preguntaba si se trataría del mismo poder de este hombre, como un aura que enmarcaba su enorme y magnífico cuerpo.

—Cierra la boca, muchacha, —cloqueó el sirviente—, o te pondrás en evidencia. Su señoría no va a tener interés en un mozo que babea a sus pies.

—¿Señoría? —preguntó Alyx, volviendo a la realidad—. ¡Señoría! — musitó, y de pronto creyó comprender.

No era poder lo que ella percibía en este hombre, sino la sensación de que todo el mundo le pertenecía. Generaciones de hombres como Pagnell se habían ido reproduciendo hasta crear hombres como el que tenía delante, arrogante, orgulloso, convencido de que todos estaban destinados a ser sus sirvientes personales, tomando todo aquello que deseaban, hasta un anciano y enfermo abogado que se cruzó en su camino. Alyx se encontraba en este bosque inhóspito y no en casa practicando su música por culpa de hombres como éste, que se sentaban en un banco y esperaban que los otros fueran a él. El hombre se volvió, observándolos con un par de ojos azules, ojos serios que no perdieron detalle de lo que veían. Como si fuera un rey en su trono, pensó Alyx, y realmente él hacía que ese tosco banco pareciera un trono, mientras esperaba que sus pobres súbditos se acercaran. ¡De manera que ésta era la razón por la que ella había tenido que vestirse como un muchacho! Este hombre con sus modales señoriales, superiores, exigiendo que todos se inclinaran ante su presencia, que se

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arrodillaran para que pudiera poner sus zapatos enjoyados sobre sus traseros, era el líder de este grupo de forajidos y asesinos, y ¿cómo es que había llegado a tener este dudoso honor? Seguramente porque todos ellos creían en la natural superioridad de la nobleza; en que este hombre, sólo por su nacimiento, tenía el derecho de mandarlos, y ellos, tan estúpidos como habían de ser los criminales, no cuestionaban su autoridad, sino que simplemente se preguntaban hasta dónde era correcto arrastrarse ante su señoría.

—Ése es Raine Montgomery —le explicó el sirviente que no vio los ojos endurecidos de Alyx, un gran cambio de su dulzura original—. El rey le ha declarado traidor.

—Y seguramente bien merecido se tiene tal título. —Escupió ella,

todavía observando a Raine a medida que se acercaban al hombre,

aparentemente atraídos por su fuerza.

El sirviente la miró con sorpresa.

—En otros tiempos fue un favorito del rey Henry y se encontraba conduciendo hombres hacia Gales cuando se enteró de que su hermana había sido tomada prisionera por lord Roger Chatworth y…

—¡Un feudo entre ellos mismos! —soltó ella—… Y seguramente muchos inocentes murieron para satisfacer el gusto por la sangre de estos nobles.

—Nadie murió —respondió el hombre, sorprendido por la actitud de ella—. Lord Roger amenazó con asesinar a la hermana de Raine, de manera que lord Raine se retiró; pero el rey Henry le declaró traidor por usar al ejército real en una guerra personal.

—¡Lores! —refunfuñó Alyx—. Sólo hay un Señor, y el rey Henry hizo bien en declararlo traidor, ya que bien se merecía ese título por usar los hombres de nuestro buen rey para una cuestión personal. De manera que ahora se oculta en el bosque y toma a estos rufianes como sus súbditos. Dime, ¿los mata según su capricho o se conforma con que le sirvan su cena en platos de plata?

El sirviente rió ante este comentario, comprendiendo por fin su hostilidad hacia lord Raine. Seguramente los únicos nobles que ella había conocido eran Pagnell y su padre. Si pensaba que todos los nobles eran iguales, no le faltaba razón para despreciar a Raine.

—Ven, siéntate —ordenó Raine, tomando las riendas y observando al fatigado jinete. El primer pensamiento de Alyx fue: ¡puede cantar!

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Cualquier hombre con una voz tan grave y rica estaba capacitado para cantar. Pero al instante siguiente sus pensamientos amables se evaporaron.

—Y tú bájate, muchacho, deja que te mire un poco —dijo Raine—. Me pareces un poco delgado. ¿Podrás soportar un día de trabajo?

Alyx nunca había cabalgado como un hombre antes y el nuevo ejercicio le había endurecido y raspado la cara interna de sus muslos. Cuando trató de saltar del caballo mostrando un poco de agilidad, sus pobres piernas no le respondieron y la izquierda, que seguía resentida por la caída, se le dobló… Raine le puso una mano firme en el antebrazo, y para fastidio de Alyx su cuerpo reaccionó instantáneamente ante el contacto de este hombre que representaba todo lo que ella odiaba.

—¡Quíteme las manos de encima! —refunfuñó, viendo la mirada sorprendida en su atractivo rostro antes de agarrarse de la montura para evitar la caída. El estúpido caballo dio un paso de costado, haciendo que Alyx nuevamente trastabillara antes de lograr enderezarse.

—Bien, si ya has terminado —rió Raine, los ojos azules encendidos, su maravillosa voz llegando a ella como miel derretida—, quizá podamos enterarnos de algo sobre tu persona.

—¡Esto es todo lo que debe saber sobre mí, señor noble! —siseó ella, sacando la daga de su cintura y amenazándole con ella, sintiendo un gran desprecio por su aire de seguridad al pensar que ella no era nadie, mientras que él era un don de Dios para el mundo.

Completamente aturdido por la hostilidad del muchacho, Raine no estaba preparado para el pequeño cuchillo que salió disparado hacia él y apenas tuvo tiempo de esquivarlo antes de que le hiriera, no adonde había sido dirigido, a su corazón, sino en la parte superior de su brazo. Atónita por lo que había hecho, Alyx permaneció inmóvil, sus ojos fijos en el fino hilo de sangre que manaba del brazo desnudo del hombre. Nunca antes en su vida había herido a nadie. Pero no tuvo tiempo de pensar demasiado en su agresivo acto porque antes de poder disculparse, en un abrir y cerrar de ojos, Raine Montgomery la había agarrado de los fondillos y del cuello y la había lanzado 37 deslizándola, boca abajo, a lo largo de medio acre de suelo boscoso. Debió haber cerrado la boca entreabierta, porque sus dientes inferiores actuaron como una pala y recogieron montones de hojas, suciedad y la basura que producía ese suelo esponjoso.

—¡Qué te has creído, diablillo! —dijo Raine desde donde se encontraba detrás de ella.

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Sentándose y usando ambas manos para quitarse la basura que le llenaba la boca, quitando su peso de la pierna lastimada, miró hacia arriba para verle de pie a una buena distancia de ella. Entre ellos se había abierto un surco profundo y pulido causado por el cuerpo de Alyx. Y lo que vio reavivó su furia. Raine Montgomery, ese vil noble, estaba rodeado por un grupo siniestro de hombres y mujeres que reían a carcajadas, mostrando sus dientes negros y podridos, chasqueando la lengua, disfrutando enormemente su agonía. El mismo Raine reía más que ninguno y la visión de profundos hoyuelos en sus mejillas destacando no hizo nada para calmar su mal humor.

—Ven —dijo una voz junto a ella, el hombre que la había traído, mientras la ayudaba a ponerse de pie—… Sujeta tu lengua o terminará por echarte de aquí.

Alyx quiso comenzar a hablar, pero se detuvo para quitarse una porquería que se le había alojado entre la encía y la mejilla. El hombre aprovechó esa oportunidad para hablarle a Raine, mientras sus dedos apretaban el brazo de Alyx en señal de advertencia, casi gritando para que su voz se oyera por encima de las risas.

—Milord, por favor, perdone al muchacho. Ayer un noble asesinó a su padre y quemó su casa. No le faltan razones para odiar y me temo que su rencor se extiende a todos los de su clase.

Instantáneamente, Raine se puso serio y miró a Alyx con comprensión, lo que hizo que ella se pusiera tensa y mirara para otro lado. No quería su compasión.

—¿Qué noble lo hizo? —preguntó Raine, su voz cargada de preocupación.

—El hijo del conde de Waldenham. Escupiendo de puro disgusto, el rostro de Raine se torció por un momento, sus finos labios curvándose con desdén.

—Pagnell —dijo con la voz llena de desprecio—… Ese hombre no merece llamarse ni hombre ni noble. Ven conmigo, muchacho y te enseñaré que no todos estamos cortados por el mismo patrón. Necesito un escudero y tú podrás hacerlo muy bien. —En un segundo estuvo junto a ella, rodeándole los hombros con un gesto de compañerismo.

—No me toque —jadeó ella, alejándose bruscamente de su lado—. No necesito su lástima ni el trabajo liviano de atender a sus necesidades

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personales. Soy… un hombre y puedo arreglármelas solo. Trabajaré y me ganaré el pan.

—Trabajo liviano, ¿eh? —preguntó Raine, mientras un hoyuelo aparecía en su mejilla—. Tengo la sensación, muchacho —agregó, mirándola de arriba a abajo—, que no tienes idea de lo que es trabajar. Tus piernas y brazos más bien parecen de muchacha.

—¡Cómo se atreve a insultarme de esa forma! —Gruñó, asustada por ser descubierta en cualquier momento y echando mano de su daga, para tocar solamente su funda vacía.

—Otro de tus errores —dijo Raine—. La dejaste caer al suelo. — Lentamente, con cuidado, tomó la pequeña daga de la cintura de su pantalón, esos pantalones tan ajustados que se le pegaban al cuerpo, un parche triangular sujeto descuidadamente sobre su masculinidad—. Te enseñaré a mantener las armas a tu alcance y a que no las pierdas de vista tan fácilmente. —Descuidadamente, pasó un dedo por la hoja—. Hace falta que la afiles.

—Sin embargo, el filo fue suficiente para cortar su grueso pellejo — dijo ella con presunción, devolviéndole la sonrisa, contenta de poder mostrarle un poco de su autosuficiencia. Como si acabara de recordar el sangrante corte él miró su brazo brevemente, antes de decirle:

—Ven conmigo, escudero, y ocúpate de mi herida —dijo simplemente, dándole la espalda como esperando que ella le siguiera.

Alyx repentinamente decidió que no deseaba quedarse en este campamento a merced y capricho de este tal Raine, quien la atraía y al mismo tiempo le provocaba tanta furia. Y además no le gustaba esa gente sucia que la rodeaba observándola con voracidad, como si ella fuera parte de una comedia que se representara allí para su diversión. Se volvió hacia el sirviente que la había llevado allí.

—No deseo quedarme aquí. Lo intentaré en cualquier otro sitio —dijo, dirigiéndose hacia el caballo ensillado.

—Y tampoco sabes obedecer una orden. —La voz de Raine le llegó desde atrás, un instante antes que su pesada mano la agarrara por el cuello

—. No permitiré que algo tan ridículo como tu terror por mí me prive de tener un buen escudero.

—¡Aléjese de mí! —aulló ella mientras él la empujaba delante de sí—. No deseo permanecer aquí. No me quedaré.

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—En mi opinión estás en deuda conmigo por la sangre derramada. ¡Y ahora entra ahí! —le dijo, metiéndola por la fuerza en una tienda de tela. Tratando de no llorar por el dolor de su pierna, por el castigo que estaba recibiendo su cuerpo ya debilitado, se aferró a uno de los postes de la tienda tratando de mantenerse en pie.

—¡Blanche! —Raine vociferó bajo el alero de la tienda. ¡Tráeme agua caliente y algunos paños, y asegúrate de que estén limpios!—. Y ahora, muchacho —agregó, volviéndose hacia ella y estudiándola un momento —… Tienes la pierna lastimada. Quítate esos pantalones y déjame echarle un vistazo.

—¡No! —bramó ella, retrocediendo. Él parecía francamente perplejo. —¿Es a mí a quien temes o —dejó escapar una sonrisa— es que eres

tímido? Oh, en fin —dijo, sentándose en el catre en el extremo de la carpa —, tal vez lo seas. Si yo tuviera unas piernas como las tuyas también me sentiría avergonzado. Pero no te preocupes, jovencito, ya le sacaremos músculos a ese flacucho cuerpo tuyo. Ah, sí, Blanche, deja las cosas ahí y vete.

—¿Pero no quiere que le vende su herida?

Alyx dejó de estudiar sus piernas, pensando que nada tenían de malo, para observar a la mujer que había hablado. Su sensibilidad para con los sonidos y particularmente las voces hizo que fijara la vista en ella. Un dejo de lamentación, un tono de súplica, cubierta levemente por un toque de insolencia, le recorrió la espalda. Ante ella vio a una mujer rolliza, de cabellos rubios sucios y enredados, que miraba a Raine como si fuera a devorárselo en cualquier momento. Asqueada, Alyx miró hacia otro lado.

—El muchacho se ocupará de la herida.

—¡Por supuesto que no lo haré! —exclamó Alyx con vehemencia—. Deje que se ocupe la mujer, es un trabajo de mujeres y parece que a ella le gustaría hacer la tarea. —Sonriendo, Alyx pensó que tal vez no fuera tan malo ser un muchacho y no tener que ocuparse de las pesadas ocupaciones de las mujeres que nadie agradecía. Raine, con un gesto rápido, repentino, se inclinó hacia adelante, agarró una de las piernas de Alyx con sus grandes manazas y tiró. Al salir disparada su pierna de debajo de ella, aterrizó con fuerza sobre sus ya maltrechas nalgas.

—También te hace falta un poco de educación, además de músculos. Vete ahora, Blanche —dijo tranquilamente a la mujer que miraba. Cuando estuvieron solos se volvió hacia Alyx—. Tendré paciencia contigo durante

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algunos días, ya que no provienes de familia noble, pero si tus modales no mejoran rápidamente, voy a azotar ese mezquino cuerpecito tuyo y ya verás cómo aprendes a comportarte. El agua se enfría, de manera que ven aquí a limpiar está herida y después la vendas.

No muy convencida, Alyx permaneció de pie, frotándose las nalgas y renqueando sobre su pierna.

Cuando llegó adónde se encontraba Raine él estiró su brazo, un brazo largo, bronceado y musculoso, que chorreaba sangre desde el hombro hasta el antebrazo, para que ella se lo limpiara. Cuando le tocó con el paño caliente se dio cuenta de lo frías que estaban sus manos, de la tibieza de su piel y de la profundidad del corte. No la hacía sentirse bien haber lastimado a alguien de esa forma.

—¿Es la primera vez que derramas sangre? —le preguntó Raine con suavidad, su rostro próximo al de ella, su voz dulce mientras la miraba hacer. Ella apenas asintió, no queriendo encontrarse con sus ojos porque las lágrimas comenzaban a ahogarla al recordar lo que había sido su vida sólo dos días atrás—. ¿Cómo te lastimaste la pierna? —preguntó él.

Parpadeando rápidamente para no echarse a llorar, ella le miró.

—Escapando de uno de su clase —le espetó.

—Bien hecho. —Sonrió y otra vez aparecieron los hoyuelos—. No permitas que nadie te asuste. Manten alta tu cabeza, no importa lo que suceda. —Ella retiró el paño ensangrentado y se dedicó a lavar todo su brazo—. ¿Necesitas que te instruya en los deberes de un escudero? — preguntó él.

—Al no haber tenido nunca la ventaja de disfrutar de sirvientes personales, temo no estar al tanto de lo que un… —Casi dijo «una»— uno debe hacer por su amo.

Un bufido fue la respuesta de Raine a su explicación.

—Deberás limpiar mi armadura, cuidar mis caballos, ayudarme en todo lo personal lo mejor que puedas y, —sus ojos parpadearon— servirme mis galletas dulces. ¿Piensas que podrás con todo ello?

—¿Eso es todo? —preguntó con sarcasmo.

Un verdadero escudero debe aprender los rudimentos del entrenamiento para llegar a ser un caballero, usando la espada, la lanza, ese tipo de cosas y también escribir las cartas de su señor y en ocasiones entregar mensajes importantes. Sin embargo, no espero tanto de ti, ya que…

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Alyx le interrumpió bruscamente.

—¿Ya que no pertenezco a su clase y supone que no voy a poder aprender? Mi padre era abogado y puedo leer y escribir mejor que cualquier noble, se lo puedo apostar, y sé hacerlo en latín y francés, además de inglés.

Raine probó su brazo durante un momento, cerrando el puño y haciendo que su bíceps se hinchara, sonriendo levemente, sin mostrarse ofendido por sus acusaciones. Finalmente la miró.

—Eres aún muy pequeño para emprender un entrenamiento pesado — le dijo—, y esto nada tiene que ver con tu nacimiento. En cuanto a leer y escribir seguramente eres mejor que yo, puesto que lo único que sé leer son los nombres de mi familia. ¡Bien! —terminó, poniéndose de pie—. Tienes una mano delicada con las heridas. Quizá Rosamund pueda aprovechar tu habilidad.

—¿Otra de sus mujeres? —dijo Alyx despectivamente, haciendo un gesto con la cabeza hacia el alero de la tienda por donde había salido Blanche.

—¿Estás celoso? —preguntó Raine, y antes de que Alyx pudiera articular que ella no estaba celosa de ninguna mujer, él añadió— ya tendrás tus propias mujeres cuando te salga un poco de barba y eches un poco más de carne en tu esqueleto. —Enderezando la cabeza y mirándola, agregó—. Eres bastante guapo si no traes cicatrices del campo de batalla. A las mujeres les gusta que sus hombres tengan un bonito rostro.

—¿Cómo el suyo? —soltó y deseó haberse mordido la lengua.

—Me las arreglo bastante bien —respondió, evidentemente muy divertido—. Ahora, tengo algo de trabajo para ti. Esta armadura necesita una limpieza y después intenta pulirla para quitarle la herrumbre. — Rápidamente, apiló las piezas de la armadura de acero, juntando las partes delanteras y posteriores hasta formar una gran cáscara a la que agregó las protecciones de brazos y piernas. Encima de todo colocó el casco. Alyx estiró sus brazos con arrogancia y un segundo después trastabillaba y se hubiera caído si Raine no la hubiera sostenido por la espalda—. Es un tanto pesada para un mozo de tu tamaño.

—¡Mi tamaño! —protestó, tratando de recuperar el equilibrio—. Si usted no fuera tan grande como una yunta de bueyes la armadura no sería tan grande.

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—Tu insolencia te puede costar algunos azotes, y te aconsejaría que mostraras un poco de respeto por tu legítimo amo. —Antes de que Alyx pudiera responder, él la sacó a empujones de la tienda—. Hay un arroyo más al norte —dijo, apilando algunos trapos sobre la armadura manchada de barró, que cargaba—. Lávala bien y tráela de vuelta. Y si llego a encontrar una sola abolladura nueva, te voy a abollar el pellejo cinco veces. ¿Está perfectamente claro, muchacho?

Alyx sólo pudo asentir, concentrada en su esfuerzo por mantenerse derecha bajo su pesada carga y tratando de imaginar cómo haría para caminar, de manera que no pensó en ninguna respuesta ingeniosa para Raine. Lentamente, un paso cada vez, comenzó a avanzar, los brazos doloridos y la cabeza ladeada para poder ver a través del alto bulto de acero que transportaba. Cuando el cuerpo le dolía tanto que las lágrimas comenzaban a asomar a sus ojos, divisó el arroyuelo. En la orilla comenzó a dejar caer la armadura a sus pies, pero recordando las amenazas de Raine separó las piernas, se agachó y con mucho cuidado depositó en el suelo las setenta libras de peso de armadura. Por un momento permaneció allí, sentada, con los brazos extendidos, pensando si alguna vez le dejarían de doler. Cuando los calambres pasaron y sólo quedó el dolor, sumergió los brazos con camisa y todo, en las claras y frías aguas del arroyo. Unos minutos más tarde giró para echarle un vistazo a la armadura, suspirando. El trabajo de las mujeres. ¿Qué diferencia había entre lavar platos y lavar una armadura? Con otro suspiro cogió los trapos y comenzó a trabajar sobre las costras de barro, sudor, herrumbre y todo lo demás que podía mantener la suciedad tan sólida. Una hora más tarde había conseguido quitar la mugre de la armadura y traspasarla a su persona. Nunca en su vida había sudado tanto, y cada gota de sudor hacía que la mugre se pegara más a su piel. Se quitó la túnica y usó un trozo de tela limpio para dejarla en buenas condiciones, y más tarde la colocó a secar sobre una roca, mientras ella se lavaba la cara y los brazos.

Cuando terminó de quitarse el barro y estiró la mano buscando un trapo seco, alguien se lo alcanzó. Secándose la cara con rapidez, abrió los ojos y se encontró con un hombre extraordinariamente atractivo. Un pelo oscuro y ondulado enmarcaba el rostro perfectamente dibujado, de altos pómulos. Los ojos negros e intensos refulgían bajo unas pestañas largas y espesas. Alyx parpadeó un par de veces para asegurarse de que este ángel

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moreno era real, y en su atónito silencio no vio la espada que le apuntaba al estómago.

—¿Quién eres tú? —preguntó este hombre, demasiado perfecto para ser real. Alyx, que no estaba habituada a las situaciones de peligró, no reaccionó completamente ante la espada, pero a lo que sí reaccionó fue a la música en la voz del hombre. Ella había sentido que Raine con su voz grave, podía cantar si así lo deseaba, pero estaba segura de que este hombre cantaba realmente.

—Soy el nuevo escudero de Raine dijo suavemente, usando su voz y sus muchos años de entrenamiento para que el sonido saliera de lo más profundo de su pecho.

Por un momento él la miró, intrigado, sin hablar, y muy lentamente envainó la espada sin dejar de observarla.

—Hay algo en tu voz. ¿Has cantado alguna vez?

—Un poco —contestó ella vivamente, poniendo en evidencia toda la confianza que tenía en sí misma con esta sencilla declaración. Sin pronunciar palabra él cogió una flauta de la funda de flechas que llevaba en la espalda. Comenzó a tocar una canción simple, conocida, que Alyx había escuchado muchas veces. Por un momento cerró los ojos, dejando que la música flotara a su alrededor.

Nunca había pasado tanto tiempo lejos de la música como últimamente, desde aquel día diez años atrás cuando había cogido el laúd del trovador. Cuando la música la envolvió por completo, sus pulmones se llenaron de aire y abrió la boca para cantar. Después de sólo cuatro notas el joven dejó de tocar, la boca abierta por la incredulidad, los ojos muy grandes. Alyx hizo un gesto, siguió cantando y le instó a que continuara con la flauta. Él miró hacia el cielo haciendo una mueca de agradecimiento y rió de pura felicidad, poniendo nuevamente la flauta entre sus labios. Alyx siguió la melodía durante algún tiempo, pero su necesidad de crear era demasiado grande para pasarla por alto. Aquí tenía a alguien que sabía tocar, y se preguntaba qué otra cosa sabría hacer. Buscando con la vista algo que pudiera proporcionarle una posibilidad de crear otros sonidos, divisó cerca de ella un tronco hueco. Sin dejar de cantar, sin perder un compás, cogió la pechera y el protector de los muslos de la armadura de Raine y los colocó cerca del tronco. Un par de ramas sirvieron de palitos para la improvisada batería y dejando de cantar, empezó a marcar el ritmo. A continuación, comenzó a tararear la música que le llenaba la cabeza.

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Fascinado, el joven la miraba, y cuando ella comenzó a cantar, una canción nueva esta vez, él la acompañó con su flauta, despacio al principio, hasta que pudo captar la melodía y el ritmo. Cuando improvisó una variación por su cuenta, ella rió, todavía cantando, y le siguió con facilidad. Siguieron en una especie de competición, Alyx, por un lado, y el hombre por el otro, pero sin dejar de acompañarse, probando cada uno las habilidades del otro. Y cuando el hombre arrojó la flauta al suelo y sumó a la de ella una voz fuerte y clara, fue Alyx la que se quedó atónita y perdió un compás, lo que a juzgar por su expresión, dio al joven una gran alegría. Dándose las 48 manos, de rodillas los dos y uno frente al otro, unieron sus voces que volaron hacia el cielo. Finalmente, callaron, y a su alrededor se hizo un completo silencio, como si el viento y los pájaros hubieran permanecido inmóviles para oír esa magnífica música. Con las manos todavía unidas se quedaron quietos, mirándose uno a otro con una mezcla de amor, respeto, sorpresa, encantamiento y compañerismo.

—Jocelin Laing —articuló finalmente el hermoso joven, rompiendo el silencio.

—Alyx… ander Blackett —contestó ella, tartamudeando con la masculinización de su nombre. Una de las cejas perfectas de Jocelin se arqueó y comenzó a decir algo, pero la voz de Raine le paró en seco.

—Joss, veo que ya conoces a mi nuevo escudero.

Casi con culpa, Alyx soltó las manos de Jocelin y se puso de pie, sólo para trastabillar nuevamente sobre su pierna lastimada.

Con rudeza, Raine la sostuvo del brazo.

—Si habéis terminado de divertiros, podéis devolverme mi armadura y rasparle el óxido. Joss, ¿has obtenido alguna pieza?

Con evidentes manchas de color en las mejillas, Jocelin encaró a Raine, y su cuerpo delgado de anchos hombros apareció como una miniatura junto a la gran masa muscular de Raine.

—Tengo cuatro conejos que cacé junto al río.

—¡Conejos! —Gruñó Raine—. Más tarde saldré a buscar uno o dos ciervos, pero ahora muchacho, vuelve al campamento y echemos un vistazo a esa pierna. No vas a serme de ninguna utilidad tullido.

Con resignación, Alyx reunió las piezas de la armadura y Jocelin las cargó sobre sus brazos, junto con la túnica mojada. Ella siguió a Raine en el camino de regreso, preguntándose durante cuánto tiempo los habría

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escuchado cantar. Si lo hizo, no emitió ningún comentario; entró en la tienda y le indicó a Alyx que depositara la armadura.

—Ahora quítate las calzas y veamos esa pierna.

—Mi pierna está sanando muy bien —contestó ella, permaneciendo de pie donde estaba. Mirándola con los ojos entornados, él avanzó un paso.

—Debes entender que cada uno en este campamento debe cargar con su propio peso. No podemos permitirnos tener enfermos aquí. Desvístete mientras traigo a Rosamund —dijo él, poniéndose una camisa y un jubón sobre los pantalones antes de abandonar la tienda.

Tan pronto como hubo salido, Alyx se quitó prestamente las ajustadas calzas, tomó un trozo de tela y lo ató a su cintura, cubriendo completamente el cinturón de Lyon, escondido bajo sus ropas, y fabricándose una especie de taparrabo. Buena parte de sus caderas y muslos quedaron a la vista, y mientras ella los observaba pensando que no estaban del todo mal, se dio cuenta de que en un instante se descubriría que era una mujer. Oh, en fin, suspiró, era agradable pensar que alguna parte de ella, aunque no fuera el rostro, era lo suficientemente linda como para tener que pertenecer a una mujer. Un ruido a la entrada de la tienda hizo que levantara la vista, y allí encontró la silueta recortada de una de las mujeres más bellas que podía haber sobre la tierra. Las pestañas eran tan largas que parecían irreales, y se curvaban sobre bonitos ojos verdes, una nariz perfecta y una boca curva con labios finamente formados, cincelados, una belleza clásica, lo que toda mujer soñaba con llegar a ser. Y detrás de ella estaba Raine. «¡Con razón no le había prestado ninguna atención a su escudero!», pensó. Con mujeres como ésta rondando por ahí, ¿por qué habría de mirar algo chato y sin formas como ella?

—Ésta es Rosamund, una curandera —explicó Raine, y su voz tenía una dulzura que hizo que Alyx le mirara pensativa. Sería agradable que él usara esa voz para dirigirse a ella. Un instante después Rosamund volvió el rostro y Alyx dejó escapar un jadeo involuntario, porque todo el lado izquierdo del rostro de Rosamund aparecía cubierto por una mancha roja oscura, la marca del diablo. Instantáneamente, levantó una mano para persignarse y alejar de sí su maligno poder, pero sus ojos se cruzaron con los de Raine, cuyas pupilas azules la miraban fijamente con una mezcla de advertencia y amenaza.

—Si prefieres que no te toque… —comenzó Rosamund con un tono de voz que mostraba que estaba perfectamente acostumbrada a causar

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repulsión.

—No, claro que no —contestó Alyx sin mucha firmeza, recobrándose poco a poco—. Mi pierna no tiene nada de malo, es este hombre parecido a un caballo el que cree que tengo algo.

Con ojos sorprendidos Rosamund miró a Raine, pero éste solamente resopló.

—El muchacho no tiene modales… todavía —explicó, con tono amenazador. Parecía satisfecho de que Alyx tratara a Rosamund con respeto y se alejó de ellas, sin mirar ni una sola vez a las piernas de Alyx, notó ella con frustración.

Con cuidado Rosamund sostuvo la pierna de Alyx, la levantó, la hizo girar a un lado y otro y no vio signos externos de lesiones.

—Mi nombre es Raine Montgomery —dijo él, dándoles la espalda—. Y prefiero que me llamen por mi nombre y no por el de… algún animal que se te pueda ocurrir.

—¿Y deberé decirle antes «su majestad», o con «su señoría» es suficiente? —Sabía que se estaba arriesgando demasiado y no tenía idea de hasta dónde podía llegar la furia de él, pero todavía estaba disgustada por la forma en que él la había obligado a permanecer en el campamento.

—Raine será suficiente —dijo él, observándola con una sonrisa—. Supongo que las reglas de la sociedad no son muy útiles aquí, pero ¿cómo quieres que te llame?

Alyx comenzó a hablar, pero Rosamund le tiró de la pierna de una forma que la obligó a lanzar un grito involuntario, enderezándose en su asiento. Tratando de controlar las lágrimas que pugnaban por salir, apretó los dientes y contestó.

—Alyxander Blackett.

—¿Qué le pasa al muchacho? —preguntó Raine.

—Se ha rasgado algunos músculos y lo único que se puede hacer es vendarle y dejar que se cure solo. No hace falta que le dé medicinas; tal vez alguna poción esta noche, pero nada más.

Raine ignoró el gesto de «ya lo decía yo» de Alyx y sostuvo el alero de la tienda para que Rosamund saliera en cuestión de segundos. Alyx volvió a vestirse mientras Raine seguía de espaldas, e intentó hablar con un tono de voz adecuado.

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—Es una mujer hermosa —dijo, tratando de que no se notara cuánto le interesaba la respuesta de él.

—Ella no lo cree así —contestó él—, y según mi experiencia con las mujeres, en primer lugar ellas tienen que considerarse bonitas, para realmente llegar a serio.

—Y seguramente usted tiene mucha experiencia con las mujeres. — Una de sus oscuras cejas se levantó mientras le sonreía.

—Levanta ese flaco trasero y pongámonos a trabajar.

Tratando de no sentirse lastimada por sus comentarios demasiado personales acerca de su cuerpo Alyx le siguió fuera de la tienda, tratando de seguirle el paso largo y furioso de sus poderosas piernas sin detenerse él tomó una gran rebanada de pan de un homo de ladrillos, la partió por la mitad y le dio una parte a Alyx, quien miró su rodaja un tanto consternada puesto, que ese tamaño de pan era más de lo que ella comía en un día entero.

Raine, mordiendo el pan pesado y sólido le fue guiando por la aldea de bandidos. Las viviendas eran casi todas de tela, sin el más leve rastro de estabilidad y el hedor que emanaba de ellas era nauseabundo.

Obviamente, aquí no había servicios sanitarios como en su bonita aldea amurallada.

—No muy bonito, ¿verdad? —preguntó Raine mirándola a la cara—. ¿Pero qué se puede esperar de gente que vacía sus bacinillas frente a sus propias casas?

—¿Quiénes son estas personas? —indagó ella mirando con disgusto a las mujeres sucias y con apariencias gastadas que deambulaban de un lado a otro ocupándose de las tareas domésticas, mientras los hombres, sentados displicentemente, lanzaban escupitajos, mirando insolentemente a Raine y Alyx sin darse cuenta de lo que hacía, se acercó más a Raine.

—Mira —dijo él, señalando un punto—, ese hombre de ahí mató a cuatro mujeres. —Su voz estaba cargada de disgusto—. No te acerques a él. Le encanta aterrorizar a todo lo que sea de menor tamaño que él. Y ese otro hombre con un parche en el ojo es el Fugitivo Negro, un salteador de caminos. Se hizo tan famoso que tuvo que retirarse en la cúspide de su carrera —agregó sarcásticamente.

—¿Y aquéllos? ¿Los hombres junto al fuego? Raine se estremeció levemente.

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—Aquellos sufren de melancolía. Son campesinos, desplazados por las cercas. No saben más que ocuparse del campo, y por lo que yo sé, no tienen interés en aprender nada nuevo.

—¡Cercas! —exclamó ella—. Ahora entiendo por qué le odian.

—¿A mí? —preguntó él, genuinamente sorprendido—. ¿Por qué habrían de odiarme?

—Usted les ha quitado sus granjas, ha puesto cercas en lo que eran sus tierras y las ha llenado de horribles ovejas —dijo ella rencorosamente, dándole a entender que no todos los que eran nobles eran tan ignorantes como esos patanes.

—Yo he hecho todo eso, ¿verdad? —contestó sin sonreír, pero con un hoyuelo que delataba su regocijo—. ¿Siempre juzgas a todo un grupo de gente por las acciones de uno? ¿Es que no hay villanos en tu aldea? Si este villano me robara, ¿debería colgar a todo el pueblo para actuar con justicia?

—No… no, supongo que no —admitió reticentemente.

—Ten, come esto —dijo él, alcanzándole un huevo duro, quitándole lo que quedaba de la rebanada de pan y comiéndosela él mismo.

—Jamás vas a crecer si no te alimentas. Ahora veamos qué se puede hacer por tu falta de musculatura.

Con este comentario la guió a través de los árboles hacia el lugar de donde provenían los sonidos que había estado escuchando desde su llegada al campamento. Cuando se aproximaron a un amplio claro ella se detuvo, con los ojos muy abiertos, mirando la escena que tenía lugar frente a ella. Hombres, muchos hombres, parecían querer matarse unos a otros, a sus caballos o a ellos mismos. Los hombres se lanzaban unos contra otros con espadas, embestían muñecos con sus lanzas o realizaban contorsiones corporales con piedras colgando de sus cuerpos.

—¿Qué es esto? —susurró ella, sin saber cómo reaccionar.

—Si estos hombres tienen que sobrevivir, deben saber luchar —repuso él, observándolos—. ¡Eh, vosotros dos! —gritó con tanta fuerza que Alyx saltó involuntariamente. Con dos largas zancadas se puso junto a dos hombres que habían dejado caer sus espadas y se preparaban a luchar con sus puños. Raine les agarró por la espalda de los andrajos que usaban, los sacudió como perros y los separó—. Los hombres honorables no pelean con los puños. —Gruñó—. Mientras estéis bajo mi mando lucharéis como

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si fuerais hombres decentes y no la carroña que sois. Si volvéis a quebrantar mis reglas, seréis castigados. ¡Y ahora volved al trabajo!

Callada, un tanto espantada por su fiereza, Alyx se… quedó inmóvil como una piedra hasta que Raine se volvió hacia ella. La voz del hombre iba desde la dulzura que usaba para hablarle a Rosamund hasta los rugidos como el que acababa de oír.

—Bien —dijo él, con la fría voz que usaba con ella—, veamos cuánta fuerza tienes. Túmbate y levanta el cuerpo usando nada más que los brazos.

Alyx no tenía la menor idea de lo que él pretendía, y ante su mirada vacía él hizo un gesto de profundo cansancio, se quitó la camisa y el jubón, se echó al suelo sobre su estómago y procedió a levantar repetidamente el cuerpo con los brazos. En realidad no parecía tan difícil, de manera que Alyx se puso en la misma posición. Al primer intento sólo la parte superior de su cuerpo se elevó y al segundo, sus brazos la sostuvieron a mitad de camino y acto seguido se derrumbó.

—¡Demasiada pereza! —declaró Raine, y le agarró los pantalones por el trasero, levantando la parte más pesada de su cuerpo—. ¡Ahora empuja! ¡Haz algo con esos mezquinos bracitos!

Al oír esto Alyx rodó lejos de él y se sentó.

—No es tan fácil como parece —dijo, frotándose los brazos temblorosos.

—¡Fácil! —resopló él, cayendo sobre su estómago nuevamente—.

Súbete a mi espalda.

Alyx tardó unos momentos en comprender lo que acababa de oír. ¿Debía subir sobre esa masa grande, desnuda, sudada, de piel bronceada por el sol? Con impaciencia él le hizo un gesto y Alyx obedeció. Usando una sola mano, él comenzó a levantarse una y otra vez, con ella a horcajadas, pero en lo último que Alyx estaba interesada era en una demostración de su fuerza. Nunca antes había estado tan cerca de un hombre y obviamente jamás había tenido uno entre sus piernas. El sudor de él comenzó a humedecerle la cara interna de sus muslos, o tal vez fuera su propio sudor; lo único cierto era que estaba empezando a mojarse. Sus músculos protuberantes, forzados al levantar su considerable peso y el de ella con un solo brazo, ondeaban a lo largo del interior de sus piernas, proyectando olas de calor por todo su cuerpo. Sus manos, al contacto con la piel caliente, parecían muy vivas, muy sensitivas. Los músculos de él y

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su piel estaban fabricando música, tocando en su cuerpo una canción que nunca antes había oído.

—¡Muy bien! —dijo Raine, rodando hacia un lado y arrojándola al suelo—. Alguna vez cuando seas un hombre serás capaz de hacer lo mismo.

Sentada en la suciedad y mirándole a él y a toda esa hermosa piel suya, el cuerpo todavía martilleándole, pensó que lo último que le interesaba en la tierra era ser un hombre.

Detrás de Raine apareció Jocelin, encendidos sus hermosos ojos, mirándola, y fue casi como si supiera lo que ella estaba pensando. Turbada, desvió la mirada.

—Me parece que tu escudero se ha quedado mudo por la impresión — le dijo Jocelin a Raine—. Te olvidas que la gente de nuestra clase no está habituada a tu fuerza física.

—Estás demasiado ocupado andando por ahí contando tu dinero — agregó Raine, mortalmente serio—. ¿Y qué te tiene tan feliz el día de hoy? ¿No tienes trabajo que hacer? Joss ignoró el comentario.

—Sólo tengo curiosidad, eso es todo. En este momento iba a practicar con el arco. —Sin más, se fue para dirigirse hacia los blancos que estaban situados en el otro extremo del extenso campo.

—¿Tienes intención de echar raíces? —preguntó Raine, mirando al suelo donde Alyx se encontraba.

Cuando ella se puso de pie, él cogió la espada de un hombre que pasaba por allí y se la alcanzó.

—Agarra la empuñadura con las dos manos y atácame.

—No quiero hacerle daño a nadie —dijo ella instantáneamente—. Ni siquiera quise lastimar a Pagnell cuando…

—¿Y si yo fuera Pagnell? —Acotó él jocosamente—. Ven a por mí o iré yo por ti.

El dolor, tan reciente, tan profundo, la hizo levantar la pesada espada desde donde su punta tocaba el polvo, y se lanzó contra él. Cuando la hoja llegó casi a tocarle el estómago, él dio un paso al lado evitándola.

Nuevamente, ella le buscó, una y otra vez, pero en ningún momento llegó a tocarle. Le atacó, por un lado, luego por el otro, pero sin importar lo que hiciera no lograba alcanzarle.

Jadeando por el esfuerzo se detuvo, descansando la punta de la espada contra la suciedad, los brazos doloridos, temblando por el ejercicio,

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mientras Raine, sonriente y confiado, la miraba burlonamente, hasta que deseó poder clavarle el acero que sostenía.

—Ahora te daré otra oportunidad. Me quedaré totalmente quieto mientras tú me atacas.

—Usted hace trampa —dijo ella, con tal aire de fatalidad que él rompió a reír a carcajadas.

—No hay ninguna trampa, sólo tienes que levantar la espada sobre tu cabeza y descargarla hacia abajo. Si logras hacerlo, me tendrás.

—No podría hacerle daño a nadie. Derramar sangre… La cara de él mostró una cierta confianza en su habilidad.

—Piensa en todas mis ovejas, en todos los campesinos que han muerto de hambre por mi culpa, por mi avaricia. Piensa en…

Alyx alegremente levantó la espada por encima de su cabeza, pensando dejarla caer sobre él, pero cuando la tuvo levantada, la maldita y poco cooperativa espada comenzó a caérsele hacia atrás. Cansada y debilitada, sus brazos no atinaban a sostenerla, y durante algunos segundos luchó, aunque el horrible pedazo de acero le ganó. La mueca en la cara de Raine, mientras ella permanecía de pie, sosteniendo la espada entre sus talones, la puso furiosa.

—Eres el muchacho más débil que he visto nunca. ¿Qué es lo que has hecho de tu vida?

Se negó absolutamente a responder a esa pregunta, mientras volvía a colocar la espada frente a ella.

—Levántala por encima de tu cabeza, bájala y hazlo una y otra vez hasta que yo regrese. Si te veo flaquear, duplicaré tu tiempo de entrenamiento —dijo, alejándose de ella.

Arriba y abajo, repetidamente, levantaba la espada, los brazos destrozados por el ejercicio.

—Ya aprenderás —dijo una voz a sus espaldas, y ella se volvió para ver al hombre de la cicatriz, el hermano del sirviente que la había acompañado hasta allí.

—¿Ya ha partido tu hermano? Me hubiera gustado agradecérselo, aunque no estoy segura de que esto sea mejor de lo que me esperaba en mi pueblo.

—Él no necesita que le agradezcas nada —dijo el soldado ásperamente —, y será mejor que no te detengas porque lord Raine está mirando hacia aquí.

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Con brazos temblorosos Alyx retomó el ejercicio, pocos minutos antes de que Raine volviera para mostrarle cómo se sostenía una espada con los brazos estirados, un brazo cada vez, levantándolo y bajándolo repetidamente.

Después de lo que le pareció una eternidad, él le quitó la espada y comenzó a caminar de regreso hacia el campamento. Con los brazos y los hombros como si hubiera estado en el potro de tormento, Alyx le siguió silenciosa.

—Comida, Blanche —dijo él por encima del hombro mientras caminaba hacia la tienda.

Agradecida, Alyx se sentó en un banco mientras Raine tomaba otro y comenzaba a afilar la punta de una larga lanza. Con la cabeza apoyada en uno de los postes de la tienda, estaba casi dormida cuando Blanche entró llevando unos cacharros de loza llenos de guisado y requesón y leche mezclados con lentejas tiernas y más pan negro, además de vino áspero en unos tazones.

Cuando Alyx levantó la cuchara de madera, sus brazos comenzaron a sacudirse espasmódicamente, en protesta por lo que ella acababa de hacerles.

—Eres demasiado blando —refunfuñó Raine con la boca llena—. Va a llevarnos meses endurecerte.

En silencio, Alyx supo que moriría si tenía que soportar la misma tortura durante una semana. Comió lo mejor que pudo, demasiado cansada para prestar mucha atención a la comida, y estaba quedándose dormida cuando Raine la asió del brazo y la hizo levantarse.

—El día es joven todavía —dijo, obviamente riéndose de su fatiga—.

El campamento necesita comida y debemos ir a buscarla.

—¿Comida? —gimió ella—. Que se mueran de hambre y déjeme dormir.

—¡Morir de hambre! —bufó—. Se matarían unos a otros por la comida y sólo los más fuertes sobrevivirían. Y tú —agregó, apretando los dedos que le sujetaban el brazo—, tú no durarías ni una hora. Así que partimos de caza para mantenerlos vivos a ellos y a ti.

De un tirón logró desasirse de él. Estúpido, pensó, ¿no se daba cuenta de que ella era una mujer? Sin agregar palabra él salió de la tienda y ella corrió detrás, siguiéndole hasta el límite del campamento donde se

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guardaban los caballos. Por todo el lugar vio a la gente descansando, haciendo la digestión; ninguno trabajaba salvo Raine.

—¿Tal vez tengamos la suerte de que sepas montar? —preguntó él, sin demasiadas esperanzas en su voz.

—No —susurró ella.

—¿Qué has hecho con tu vida? —preguntó él nuevamente—. Jamás he conocido a un muchacho que no supiera cabalgar.

—Y yo jamás he conocido a un hombre que supiera tan poco de la gente que no pertenece a su propio mundo. ¿Ha pasado usted su vida en un trono enjoyado sin hacer otra cosa que pelear con espadas y montar grandes caballos?

Colocando una pesada montura con armazón de madera sobre su caballo, él dijo:

—Tienes una lengua afilada, y si nosotros no nos entrenáramos para pelear, ¿quién os protegería a vosotros en caso de guerra?

—El rey, por supuesto —contestó ella presumidamente.

—¡Henry! —siseó Raine con un pie en el estribo—… ¿Y quién crees que protege a Henry? ¿A quién te crees que recurre cuando es atacado sino a sus nobles? Dame tu brazo —agregó, y con toda facilidad la subió a las ancas de su caballo detrás de la montura. Antes de que pudiera decir una palabra, ya habían partido a paso ligero.

Después de lo que le parecieron horas de rebotar sobre el anca huesuda del caballo, con los nudillos blancos por el esfuerzo de sujetarse al borde de la montura, Raine detuvo al animal bruscamente y Alyx estuvo a punto de salir disparada por la cola.

—Sujétate —refunfuñó él, agarrando la parte de ella que le quedaba más próxima y que resultó ser su pierna dolorida, haciéndole soltar un gemido de dolor—. ¡Silencio! —ordenó—. Allí, al otro lado de los árboles, ¿los ves?

Secándose las lágrimas de dolor con su manga, pudo ver finalmente a una familia de jabalíes gruñendo entre la maleza. Los animales se pusieron alerta, mirando hacia arriba con sus ojitos malignos brillando en los cuerpos deformes, burdos y refunfuñaron entre los colmillos largos y afilados que emergían de sus bocas.

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—Mantente cerca de mí —gritó Raine segundos antes de espolear a su caballo en persecución del cerdo más grande, con la lanza apuntando hacia abajo—. Sujétate al caballo con las rodillas —dijo, cuando Alyx, con la boca abierta, contuvo la respiración al ver que el jabalí cargaba hacia ellos. El animal era enorme comparado con las delgadas patas del caballo.

De repente Raine se inclinó hacia un lado, con el cuerpo paralelo al suelo. Como Alyx se sujetaba a él, se vio arrastrada por su cuerpo. Perdido el equilibrio, cayéndose, se agarró a Raine con todas sus fuerzas mientras él arrojaba la lanza a la columna vertebral del furioso animal. El horrible grito era la voz de la muerte y Alyx enterró su cara en las anchas espaldas de Raine.

—¡Suéltame! —aulló él, sacudiendo al cerdo de la lanza, separando los dedos de Alyx de su pecho—. Casi me derribas. Ahora sujétate a la montura con todas tus fuerzas.

Con esa orden salió disparado nuevamente a través de la foresta, esquivando ramas de árboles con la cabeza y troncos a ambos lados, persiguiendo otro jabalí. Dos más fueron derribados con la misma limpieza que el primero antes de que se detuviera y tratara nuevamente de desanudar los dedos de Alyx de su estómago. Ella no sabía cuándo le había agarrado de esa forma y se alegró de que él no hiciera ningún comentario sobre su cobardía.

Cuando estuvo libre de su abrazo, él desmontó, cogió algunas tiras de cuero de su montura, y después de aproximarse con cautela a los animales les ató las patas.

—Bájate —le dijo, y esperó pacientemente a que ella obedeciera.

Sus piernas, poco acostumbradas al ejercicio, se doblaron bajo su cuerpo y tuvo que sostenerse de la montura para evitar caerse al suelo.

Ignorándola, Raine depositó los jabalíes muertos sobre la grupa del caballo, e inmediatamente se le acercó a la cabeza para tranquilizarlo mientras corcoveaba, nervioso por el olor a sangre tan próximo.

—Trae el caballo y sígueme —le indicó a ella, dándole la espalda y avanzando. Después de una temerosa mirada al semental que mostraba las orejas echadas hacia atrás, los ojos nerviosos, sudado por la carrera, Alyx

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aspiró una bocanada de aire, de puro terror, y trató de sujetar las riendas. El caballo bailoteó hacia un costado y Alyx salto para atrás, echándole una rápida mirada a Raine que se alejaba entre los árboles.

—Vamos, caballito —susurró, acercándose lentamente al animal, pero éste nuevamente la esquivó. Frustrada, permaneció quieta, sus ojos fijos en los del caballo, y muy suavemente comenzó a tararear probando notas diferentes, distintos ritmos, hasta que percibió que al animal le gustaba una tonada más bien simple y muy antigua. Cuando el caballo comenzó a calmarse, ella alcanzó las riendas y a medida que cobraba confianza iba elevando el tono de su canto. Juntos después, jactándose orgullosamente de su hazaña, llego al pequeño claro donde Raine esperaba impaciente con el tercer jabalí.

—Qué suerte que tengo guardias apostados en las cercanías —dijo él, subiendo el cerdo atado al lomo del caballo—, porque de otro modo con todo ese ruido cualquiera a una milla a la redonda te hubiera escuchado.

Su frase fue un duro golpe para Alyx. Desde los diez años, los únicos comentarios que había escuchado sobre su canto eran de profusas alabanzas y ahora se referían a sus canciones como «ruido». Sin pronunciar una palabra, permitió que Raine la subiera a la montura delante de él, y juntos cabalgaron de regreso al campamento, la espalda de ella golpeando contra su pecho.

Una vez en el campamento Raine desmontó ignorando a Alyx, quien aún seguía sobre la montura y desato los jabalíes, arrojándolos en dirección al fogón Cuando Jocelin se le acercó, Raine le pasó las riendas.

—Muéstrale al muchacho cómo se limpia un caballo —le pidió, antes de dirigirse hacia su tienda Sonriendo a Alyx con confianza, Joss guió el caballo hacia el claro donde se guardaban los demás animales.

—¡Muchacho! —murmuró Alyx mientras desmontaba, sujetándose a la montura para no caer—. Muchacho, haz esto; muchacho, haz lo otro. Es lo único que sabe decir. —Cuando Joss hubo terminado de aflojar la cincha, Alyx se puso de puntillas, agarró con fuerza la montura y tiró, cayendo desgarbadamente al suelo con la montura encima de ella.

Esforzándose por no reír, Jocelin le quitó la montura de encima mientras Alyx se frotaba el mentón, donde la montura la había golpeado.

—¿Te está haciendo Raine la vida imposible?

—Lo está intentando —dijo ella, quitándole la montura y logrando al tercer intento colocarla sobre un armazón de madera—. Oh, Joss —jadeó

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—… Estoy tan, tan cansado. Esta mañana hizo que le limpiara la armadura, después pasé horas con esa pesada espada. Ahora vengo de cazar y tengo que atender a ese enorme animal.

Ante ese comentario el semental hizo girar sus ojos y comenzó a corcovear. Sin pensarlo dos veces, Alyx cantó seis notas y el animal se calmó.

Jocelin tuvo que controlar su mirada azorada ante su uso instintivo de la voz, antes de poder responderle.

—Raine tiene que ocuparse de mucha gente.

—Mucha gente con la cual jugar al gran señor, querrás decir. —Soltó, imitando la forma en que Joss cepillaba al caballo.

—Tal vez. Tal vez un hombre como Raine está tan acostumbrado a las responsabilidades que las asume sin pensarlo.

—En lo que a mí respecta, me gustaría recibir menos órdenes — contestó ella—. ¿Por qué le da órdenes a todo el mundo? ¿Por qué cree que tiene autoridad sobre todos? ¿Por qué no deja descansar a la gente?

—¡Descansar! —dijo Joss desde el otro lado del caballo—. Deberías haber visto este lugar pocas semanas antes de que él llegara. Era como el peor barrio de Londres, la gente se degollaba por monedas y había tantos robos que debías quedarte despierto toda la noche para proteger tus posesiones. Los campesinos desplazados estaban a merced de los asesinos y…

—Y entonces este virtuoso Raine Montgomery puso a cada uno en su lugar, ¿verdad?

—Sí, así fue.

—¿A alguien se le ocurrió alguna vez que lo hizo porque consideraba que era un derecho que Dios le había dado para gobernar a los demás?

—Eres demasiado joven para estar tan amargado, ¿no crees? —señaló Joss. Alyx dejó de cepillar al caballo.

—¿Y tú por qué estás aquí? —le preguntó ella—. ¿Cómo encajas en este grupo? No eres un asesino y no pareces alguien perezoso para el trabajo. Lo único que se me ocurre es que te persigue algún marido celoso —dijo jocosamente.

Instantáneamente, Jocelin dejó caer el cepillo.

—Debo volver al trabajo —contestó con una voz dura, categórica, y se alejó de ella.

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Durante un minuto completo Alyx no pudo continuar, perpleja. Nunca en su vida se le habría ocurrido insultar a Jocelin. Él era el único con quien podía hablar, cantar juntos, y…

—Cuando termines con eso tráeme un poco de agua del río. —Oyó una voz plañidera a sus espaldas, interrumpiendo sus pensamientos.

Con lentitud, deliberadamente, se volvió hacia Blanche. A pesar de los comentarios de Alyx sobre la arrogancia de Raine, ella también tenía su orgullo de clase. Esta mujer, con su vestido desaliñado, su voz vulgar, su acento burdo, obviamente no pertenecía a la misma clase social que Alyx. Ignorándola, ella continuó ocupándose del caballo.

—¡Muchacho! —repitió Blanche—. ¿Has oído lo que te he dicho? —Claro que lo he oído —respondió Alyx, con la voz baja y

estremecida—. Y estoy seguro de que la mitad del campamento también lo ha hecho.

—Te consideras demasiado para mí, ¿verdad?, con tus bonitas ropas y tus modales delicados. Que hayas pasado el día de hoy con él no quiere decir que vayas a pasar todos los días en su compañía.

Con una mirada despectiva Alyx siguió trabajando con el caballo.

—Ocúpate de tus asuntos, mujer. No tengo nada que ver contigo.

Blanche agarró a Alyx de un brazo y la hizo girarse.

—Hasta esta mañana yo atendía a Raine, le llevaba su comida, y ahora él me ordena que prepare una cama en la tienda para ti. ¿Qué clase de muchacho eres tú?

Alyx tardó un momento en entender la insinuación de Blanche, y cuando lo hizo los ojos le relampaguearon de furia.

—Si supieras algo de la nobleza estarías enterada de que todos los nobles tienen escuderos. Simplemente, hago las tareas de cualquier buen escudero. —Blanche, obviamente tratando de aparecer como parte de la nobleza, trató de mantenerse erguida.

—Por supuesto —respondió—. Estoy enterada de los escuderos. Pero tú recuerda —le espetó amenazadoramente— que Raine Montgomery es mío. Yo me ocupo de él como si fuera su dama, en todos los sentidos. — Con ese comentario giró sobre sus talones y desapareció entre los árboles.

—¡Dama! —refunfuñó Alyx, volviendo hacia el caballo con violencia

—. ¿Qué sabrá una sucia como esa de lo que es ser una dama? — Enfadada, no se dio cuenta del paso del tiempo hasta que oyó la voz de Raine cerca de ella.

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—Muchacho —le dijo, haciéndola saltar—. Tienes que ser más rápido con los caballos. Todavía hay mucho trabajo por hacer.

—¿Más? —susurró, con tanta tristeza en el semblante que Raine sonrió, parpadeando, mientras ella se enderezaba. No iba a darle motivos para que se riera de ella nuevamente.

Después de dejar a un lado el cepillo y tarareándole una última canción al semental, Alyx siguió a Raine de regreso al campamento, en donde él se dirigió directamente hacia un grupo de hombres de dudosa reputación que se encontraban amontonados alrededor de una fogata. Raine, con su orgullosa presencia y su noble porte, hizo que estos hombres parecieran aún más mugrientos de lo que eran.

—Vamos, vosotros tres —dijo Raine con un gruñido bajo—. Haréis la primera guardia.

—No pienso quedarme en los bosques —dijo un hombre, mientras giraba para alejarse del lugar.

Atrapándolo con una mano, Raine lo atrajo hacia sí y le dio un empujón que le hizo tambalearse.

—Si comes, trabajas —le espetó con una voz mortífera—. Ahora ocupad vuestros lugares. Volveré más tarde, y si alguno de vosotros se queda dormido, puede estar seguro de que será su último sueño.

Con los rasgos contraídos, Raine observó a los hombres alejarse del campamento, enfurruñados como criaturas.

—Ésos son tus buenos amigos —le dijo a Alyx en un tono bajo mientras le daba la espalda.

—¡No son mis amigos! —contestó ella.

—¡Pagnell tampoco es amigo mío! —le respondió él.

Deteniéndose un instante le miró las anchas espaldas. Era verdad, lo sabía. No tenía derecho a odiarle por lo que otro hombre había hecho.

—¡Blanche! —Gruñó Raine—. ¡Comida!

Al oír esto Alyx trotó detrás de él porque estaba hambrienta. Dentro de la tienda, Blanche sirvió jabalí asado, pan, queso y vino caliente y Alyx se abalanzó sobre la comida con avidez.

—¡Así se hace, muchacho! —rió Raine, palmeándole la espalda y haciéndola atragantarse—. Sigue comiendo así y te pondrás corpulento.

—¡Hágame trabajar como hoy y en una semana voy a estar muerto! — respondió ella, tratando de desalojar un trozo de cerdo de su garganta, ignorando la risa de Raine.

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Una vez terminada la comida, Alyx miró con añoranza el jergón que estaba junto a la pared de la tienda. Descansar, pensó, recostarse y permanecer descansando durante unas pocas horas sería la mejor de las maravillas.

—Todavía no, muchacho —dijo Raine, tomándola del brazo y haciéndola ponerse de pie—. Todavía tenemos trabajo pendiente antes de poder dormir. Hay que controlar a los guardias, tengo colocadas trampas para animales y los dos necesitamos un baño.

Eso la despertó violentamente.

—¡Baño! —exclamó—. No, yo no.

—Cuando yo tenía tu edad tenían que obligarme a que me bañara. Una vez mi hermano me frotó con un cepillo para caballos.

—¿Alguien le ha obligado alguna vez a hacer algo? —Quiso saber, incrédula.

El orgullo de Raine había sido puesto a prueba.

—En realidad, sólo pudieron hacerlo entre mis dos hermanos mayores, y Gavin terminó con un ojo morado. Ahora, vamos. Tenemos trabajo que hacer.

Alyx le siguió con desgana, pero a pesar de sus esfuerzos no podía poner ninguna energía en la caminata. Como un cuerpo muerto siguió a Raine por el bosque, en ocasiones chocando contra los árboles o tropezando con las rocas, mientras él recorría el perímetro del campamento asegurándose de que los guardias estaban en sus puestos y despiertos, y retirando conejos y liebres de las trampas. Al principio él trató de hablarle, explicándole lo que estaba haciendo, cómo arrojar una roca para ver si los guardias respondían, pero después de un momento de estudiarla bajo la luz de la luna, notó su agotamiento y dejó de hablar.

En el arroyo próximo al campamento él le ordenó que se sentara y le esperara mientras tomaba un baño.

Medio dormida, recostada en la orilla y con la cabeza inclinada sobre sus brazos, Alyx miraba con un lánguido interés cómo Raine se quitaba sus ropas y se introducía en el agua helada. La luz de la luna plateaba su cuerpo, acariciaba sus músculos, jugaba en sus muslos, le rozaba suavemente sus magníficos brazos. Incorporándose de forma lenta, Alyx le observó desenfadadamente. Toda la vida se había dedicado a la música. Mientras que las otras muchachas flirteaban con jóvenes junto a la fuente del pueblo, Alyx componía letanías en latín para cuatro voces. Mientras

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sus amigas se casaban, ella estaba en la iglesia organizando el coro de niños. Nunca había tenido tiempo de hablar con otros jóvenes, de conocerlos; en realidad, jamás había estado interesada en ellos, había estado demasiado ocupada como para notar que existían.

Ahora, por primera vez en su vida mientras observaba bañarse a este hombre desnudo, sentía la primera excitación de… ¿De qué? Ciertamente, sabía todo lo referente al acto del amor y hasta había escuchado algunas murmuraciones de mujeres recién casadas, pero nunca se había mostrado interesada en el proceso. Y este hombre delante de ella, emergiendo del agua como algún centauro celestial, le hacía sentir cosas que jamás había creído posibles.

Lujuria, pensó, sentándose más lejos. Lujuria pura y simple era lo que sentía. Le hubiera gustado que él la tocara, que la besara, que yaciera a su lado y le habría agradado sobremanera tocarle su piel. Recordando lo que había sentido cuando cabalgó a sus espaldas, comenzó a sentir un hormigueo, las piernas parecían más vivas, hasta sus pies entraron en calor.

Cuando él salió del agua y fue hacia ella, casi le echó los brazos al cuello.

—Pareces cansado —comentó Raine, secándose—. ¿Seguro que no quieres tomar un baño?

Todo lo que Alyx podía hacer era mirar el trozo de tela que él frotaba por su cuerpo para secarse, y negó distraídamente con la cabeza.

—Quiero advertirte muchacho que, cuando huelas tan mal que no pueda soportarte en la tienda, te bañaré yo mismo y te aseguro que no va a ser agradable.

Con los ojos muy abiertos, Alyx le miró, con un leve cambio en el ritmo de su respiración. «Ser bañada por esta especie de dios hecho hombre, pensó».

—¿Te encuentras bien, muchacho? —preguntó Raine, preocupado, arrodillándose a su lado y estremeciéndose ante su extraña expresión.

«¡Muchacho!», hizo una mueca. Él la creía un muchacho, ¿y qué pasaría si se descubriera que era una mujer? Él era de la nobleza y ella la hija de un pobre abogado.

—¿No va a coger frío? —le preguntó tranquilamente, alejándose de él para no mirarle mientras se vestía.

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Cuando él hubo terminado, ella le siguió silenciosamente de regreso al campamento donde cayó pesadamente en su jergón, pero no se durmió hasta que Raine se instaló en su catre. Finalmente, tranquila, se durmió.

Inclinada sobre el borde del agua, Alyx estudiaba su propia imagen reflejada. Sí, parecía un muchacho, pensó con disgusto. ¿Por qué no había podido nacer hermosa, con rasgos encantadores que no pudieran confundirse con los de un varón, no importa la ropa que usara? Su pelo hecho una masa de rizos, con un color que no era ni una cosa ni otra, cada hebra distinta entre sí, los ojos rasgados hacia arriba, labios como de duende, nada era como debía ser en una mujer.

Precisamente cuando las lágrimas empezaban a nublar su visión, la voz de Jocelin le hizo dar un respingo.

—¿Limpiando más armaduras? —le preguntó. Con un suspiro, volvió a su tarea.

—Raine es muy exigente con ella. Hoy tuve que martillearle una abolladura.

—Pareces preocuparte mucho por sus cosas. ¿Tal vez estás empezando a pensar que los nobles tienen algún valor?

—Raine siempre valdría mucho, sin importar su nacimiento —dijo demasiado rápidamente y después desvió la vista, avergonzada.

Ella llevaba una semana en el campamento, había pasado casi cada segundo en su compañía y su opinión con respecto a él había cambiado por completo en ese lapso. Al principio ella había creído que él se había apoderado del campamento, pero ahora sabía que los mismos fugitivos le habían obligado a que se hiciera cargo de ellos. Eran como niños que exigían sus cuidados y que al mismo tiempo se le rebelaban cuando él les marcaba el camino. Se levantaba más temprano que nadie y atendía a las necesidades de todos, y siempre, tarde por la noche, se aseguraba de que el guardia estuviera alerta y preparado para todo. Obligaba a la gente a mantenerse en actividad y ganarse su propio pan, porque de lo contrario se sentaban a esperar que él proveyera, como si esa fuera su obligación.

—Sí —dijo suavemente—. Raine es una persona valiosa, aunque no es justamente recompensado por lo que hace. ¿Por qué no abandona directamente a este montón de personas despreciables y se va directamente

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de Inglaterra? Con toda seguridad un hombre de su fortuna podría crearse un hogar decente en otra parte.

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—Quizá debieras preguntárselo tú mismo. Estás más cerca de él.

Cerca de él, pensó. Ahí es donde quería estar, todavía más cerca de él. Sólo ahora estaba comenzando a funcionar a través de su ciega fatiga, a vivir con las extenuantes sesiones de entrenamiento de cada mañana, pero a medida que los músculos se le iban endureciendo se iba sintiendo mejor y se sentía más involucrada con la vida del campamento.

Blanche ocupaba una posición importante en el lugar, haciendo creer a todos que compartía el lecho de Raine y que él escuchaba todo lo que ella le decía. Alyx trataba de no tener en cuenta que ella hubiera pasado alguna noche con Raine, porque deseaba creer que él tenía el suficiente buen gusto como para no servirse de una zorra como Blanche. Y Alyx había averiguado otra cosa de Blanche: le tenía terror a Jocelin.

Jocelin, tan increíblemente guapo, tan bien educado, tan considerado, tenía a todas las mujeres del campamento locas por él. Alyx había visto mujeres que empleaban toda su astucia para atraerle a su lado, pero hasta donde ella sabía, él nunca había aceptado una invitación. Él prefería sus deberes y la compañía de Alyx por encima de cualquier otra cosa. Y aunque nunca la mencionaba, se mantenía bien apartado de Blanche. Cuando la mujer se cruzaba con él, daba media vuelta y desaparecía.

Además de Joss, la única otra fugitiva decente era Rosamund, con su belleza y la marca del diablo en la mejilla. Rosamund mantenía su cabeza baja, esperando siempre el odio y el temor de la gente. Una vez Raine había encontrado un par de hombres que estaban discutiendo sobre si venderían o no sus almas si la tomaban por la fuerza. Cada uno recibió veinte azotes como castigo seguido de la expulsión y Alyx sintió un arranque de celos al ver que Raine protegía con tal vehemencia a la hermosa y deformada curandera.

—¡Alyx! —se oyó un aullido entre los árboles que sólo podía provenir de Raine. Por lo menos ahora la llamaba por su nombre.

Usando toda la potencia que podía contener su voz, ella le respondió gritando.

—¡Estoy trabajando! —Al hombre le obsesionaba el trabajo.

Apareciendo entre los árboles, él hizo una mueca.

—Esa voz tuya me da esperanzas de que algún día crezcas, aunque en realidad me parece que te estás encogiendo.

Con aire crítico le miró las piernas que ella tenía extendidas delante de sí. Con una pequeña sonrisa, Alyx se alegró de ver que al menos una parte

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de ella era indudablemente femenina. Sus largas extremidades y su diminuto trasero redondo se habían beneficiado con el duro ejercicio de esa semana. Tal vez ahora, finalmente, alguien se daría cuenta de que ella era una mujer y entonces… ¿Qué? Ella sería expulsada de la tienda de Raine y entonces él no tendría, sino a la zorra de Blanche para atenderle. Con reticencia, golpeó contra su pierna la funda de acero de una espada.

—Creceré —dijo—, y cuando lo haga le clavaré en el suelo con su propia espada. —Cuando alzó la vista para mirar a Raine vio que él parecía intrigado por algo.

—¿Querías a Alyx para algo? —preguntó Joss con voz divertida, interrumpiendo el silencio.

—Sí —dijo Raine tranquilamente—. Necesito escribir algunas cartas y que me lean otras. Ha llegado un mensajero de parte de mi familia. Tú sabes leer, ¿verdad?

La curiosidad hizo saltar a Alyx. Ella estaba muy interesada en saber algo acerca de la familia de Raine.

—Sí, por supuesto —contestó, guardando la armadura y siguiendo a Raine.

Un hombre lujosamente vestido, su jubón bordado con rebordes dorados, esperaba sentado fuera de la tienda, aguardando pacientemente las órdenes de Raine.

Con un gesto el joven fue despedido, y Alyx se preguntó si todos los hombres de Raine obedecerían tan bien y qué gran distancia había entre ellos y los fugitivos.

Había dos cartas para Raine, una de su hermano Gavin y la otra de Judith, la esposa de su hermano. Las noticias de Gavin eran malas. La otra cuñada de Raine había sido hecha prisionera por el mismo hombre que había capturado a la hermana de Raine, Mary. El esposo de Bronwyn no hacía más que esperar y esperar, temeroso de hacer algún movimiento por miedo a que Roger Chatworth asesinara a su esposa.

—Su hermano Stephen —preguntó Alyx cautelosamente—, ¿ama a su esposa?

Raine sólo asintió con la cabeza, sus labios contraídos en una línea fina y sus ojos perdidos en un punto vago.

—Pero aquí dice que ella estaba en Escocia cuando fue capturada. ¿Por qué estaba en Escocia? Los escoceses son gente vulgar, viciosa, y…

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—¡Reprime tu lengua! —ordenó él—. Bronwyn es la señora de un clan escocés y no hay mejor mujer que ella: Léeme la otra carta.

Castigada, Alyx abrió la carta de Judith Montgomery, muy consciente de cómo se suavizaban los ojos de Raine a medida que ella leía. La carta estaba llena de buenos deseos en cuanto a la seguridad de Raine, y le instaba a abandonar Inglaterra hasta que pudiera regresar sin correr peligro. Preguntaba por su grado de comodidad, si tenía alimentos y ropas decentes, lo que le hizo chasquear la lengua a Raine y sobresaltarse a Alyx, por el tono de esposa que contenía la misiva.

—¿Sabe su marido que ella se preocupa tanto por su cuñado? — preguntó frunciendo los labios.

—No voy a tolerar que hables así de mi familia —la reprendió él, y Alyx bajó la cabeza, avergonzada por su explosión de celos. No era justo que ella tuviera que pasar por un muchacho y que jamás se le brindara la oportunidad de llamar su atención. Si pudiera usar un bonito vestido quizás él repararía en ella, pero, por otro lado, era evidente que ella no era ninguna belleza.

—Baja de las nubes, muchacho, y escúchame.

Su voz la hizo volver a la realidad.

—¿Puedes escribir lo que yo te dicte? Quiero mandar unas cartas de vuelta con el enviado de mi hermano.

Cuando ella estuvo preparada con pluma, tinta y papel, Raine comenzó a dictarle. La carta que ella había de escribir a su hermano estaba llena de furia y determinación. Juraba estar tan cerca como le fuera posible de sus dos hermanas y que esperaría todo lo posible antes de descargar su puño en la cabeza de Chatworth. En cuanto al rey, no sentía temor, puesto que la mayor fuente de ingresos de Henry provenía de hombres que habían sido declarados traidores. Le explicaba a Gavin que Henry le perdonaría tan pronto como él accediera a cederle una buena porción de sus tierras.

Raine ignoró los jadeos nerviosos de Alyx ante la forma insolente en que él se refería a su soberano.

La carta para Judith era tan cálida y afectuosa como había sido la de ella, y mencionaba a su escudero quién pensaba que él no tenía ningún sentido común, ni siquiera para mantenerse abrigado, puesto que frecuentemente le tapaba durante la noche. Alyx escribía con la cabeza baja para que Raine no notara sus mejillas encendidas. Ella no tenía ni idea de que él se hubiera dado cuenta de la cantidad de veces que se levantaba

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de puntillas en la tienda para cubrirle los hombros con su manta forrada de piel.

Durante el resto de la carta Alyx se limitó a escribir, demasiado avergonzada para siquiera leer lo que estaba apuntando, y cuando terminó con las misivas se las alcanzó extendidas, para que Raine estampara su firma. Cuando él se inclinó hacia ella, su cara próxima a la suya, inhaló el olor de sus cabellos, esa masa espesa, oscura y ondulada, y tuvo deseos de hundir su cara en ella. En cambio, se atrevió a tocarle un bucle, que se le enredó en la yema de los dedos.

Raine enderezó la cabeza como si se hubiera quemado, su rostro a centímetros del de ella, los ojos muy abiertos mientras la observaba. Alyx supo que se había quedado sin aliento y que el corazón se le había subido a la garganta. Ahora mismo se va a dar cuenta, pensó. Ahora va a decir que soy una joven, una mujer.

Con un escalofrío Raine se alejó un paso de ella, mirándola como si no pudiera decidir qué era realmente lo que estaba pasando.

—Sella las cartas —dijo suavemente—, y entrégaselas al mensajero.

—Con esto abandonó la tienda.

Alyx emitió un suspiro que hizo que una de las cartas revoloteara hasta el suelo y rápidamente las lágrimas asomaron a sus ojos. Fea, pensó. Eso es lo que soy. Muy muy fea. Está claro por qué ningún hombre quiso nunca contradecir al sacerdote y tomarme por esposa. ¿Para qué luchar por un premio que no vale la pena ganar? ¿Quién habría de querer a una muchacha de pecho chato y aire masculino, además de una voz demasiado potente, por esposa? Y no era de sorprender que Raine no notara nada a través de su disfraz.

Con un brusco gesto del revés de su mano se enjugó los ojos y volvió a las cartas que tenía delante.

Seguramente las cuñadas y la hermana serían hermosas, bellas mujeres con pechos bien formados…

Con otro suspiro terminó las cartas, las selló y salió a entregárselas al mensajero, caminando junto a él hasta su caballo.

—¿Usted ha visto alguna vez a lady Judith o a lady Bronwyn? — preguntó al mensajero.

—Oh, sí, muchas veces.

—¿Y son tal vez mujeres atractivas?

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—¿Atractivas? —rió él montando a caballo—. Dios debía estar de muy buen humor el día que creó a estas damas. Lord Raine jamás dejará Inglaterra como tampoco lo haría yo si tuviera alguna de esas mujeres en mi familia. Anda, muchacho, trata de encontrarle a alguien que le consuele —agregó, dirigiendo su cabalgadura hacia la tienda—. La pérdida de toda esa belleza aunque no sea más que por un momento, debe tenerle destrozado.

«¡Consolarle!» Alyx pensó para sus adentros mientras regresaba a la tienda, para encontrarse en medio de una conmoción, en cuyo centro divisaba a Raine.

—Es bueno para tu vida que no la hayas matado. —Estaba diciéndole a dos hombres, un ladrón y un pordiosero. Ambos habían estado de guardia toda la mañana—. Alyx —dijo por encima de sus cabezas—. Ensilla mi caballo. Saldremos dentro de un momento.

Partiendo al trote, Alyx tenía el gran caballo ensillado y listo cuando Raine salía de la tienda, portando un hacha de guerra y una maza. Montó y la subió en ancas antes de que ella pudiera hacer ninguna pregunta y pocos segundos después galopaban por el bosque a una velocidad vertiginosa.

Después de una buena carrera, tan rápida como lo permitían los árboles, Raine hizo un alto y saltó del caballo. Tomando las riendas, Alyx se deslizó sobre la montura y echó un primer vistazo a lo que estaba ocurriendo. Una bonita mujer de grandes ojos castaños, con un vestido como Alyx jamás había visto, estaba aplastada contra un árbol mirando con terror a tres hombres del campamento que la amenazaban con cuchillos y espadas.

—Fuera de aquí, escoria. —Gruñó Raine, arrojando a un lado primero a un hombre y después a otro.

La mujer, temblando de miedo, miró a Raine con total incredulidad. —Raine —susurró antes de cerrar los ojos y comenzar a deslizarse a lo

largo del tronco.

Raine la tomó en sus brazos, y la levantó, meciéndola contra él.

—Anne —murmuró—. Ya estás a salvo. Alyx, trae un poco de vino.

Lo encontrarás en mi montura.

Impresionada por la escena que se desarrollaba delante de ella, Alyx desmontó y le alcanzó la dura bota de cuero mientras él se sentaba sobre un árbol caído y sostenía a la mujer cerca de su cuerpo.

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—Anne, bebe un poco de esto —le dijo con voz dulce, suave, y la mujer agitó un poco las pestañas y comenzó a beber—. Y ahora, Anne — agregó cuando ella pareció completamente consciente—. Dime qué estabas haciendo en la espesura del bosque.

La mujer parecía no tener ninguna prisa en abandonar los brazos de Raine, pensó Alyx, totalmente fascinada por el hermoso vestido que llevaba. Era de seda roja muy profunda, una tela que ella sólo había visto en la iglesia; y estaba completamente bordado con dibujos de pequeñas liebres, conejos, ciervos, peces y todo tipo de animales. El escote cuadrado era muy bajo, mostrando buena parte de los generosos pechos de la mujer, y alrededor del cuello y la cintura brillaban fabulosas joyas.

—¡Alyx! —dijo Raine impaciente, alcanzándole la bota de vino—. Anne —agregó con suma ternura, abrazando a la mujer adulta como si fuera una criatura.

—¿Qué haces aquí, Raine? —preguntó ella con voz tranquila.

No sabe cantar, pensó Alyx de inmediato. No tiene fuerza en la voz y habla con un tono levemente quejoso.

—El rey Henry me ha declarado traidor —contestó Raine, formándosele un hoyuelo.

Anne le sonrió.

—Está detrás de tu fortuna, ¿verdad? Pero ¿qué has hecho para darle motivos para que se quede con tus tierras?

—Roger Chatworth ha capturado a mi hermana Mary y a la nueva esposa de Stephen.

—¡Chatworth! —exclamó ella—. ¿No se casó con un Chatworth esa mujer de quien Gavin estaba tan enamorado?

—Mi discreto hermano —comentó Raine con disgusto—. La mujer es una zorra y de la peor clase, pero Gavin nunca quiso darse cuenta. Si hay algo que mi hermano tiene es lealtad. Aun después de haber desposado a Judith seguía amando a Alice Chatworth.

—¿Pero eso qué tiene que ver con que tú te encuentres aquí?

«¿Por qué no se asienta sobre sus propios pies?, —pensó Alyx—. ¿Por qué permanece sentada tan tranquilamente sobre sus rodillas hablando tan elegantemente como si estuviera en los salones de algún noble?».

—Es una larga historia —dijo Raine—. A causa de un accidente, Alice Chatworth quedó muy desfigurada y lo poco que tenía de cerebro se perdió junto con su belleza. Su cuñado se hizo cargo de ella desde que enviudó, y

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tal vez esta mujer le envenenó las ideas, porque al poco tiempo Roger desafió a mi hermano a combatir y el vencedor habría de quedarse con la esposa que el rey Henry le había prometido a Stephen.

—Sí —contestó Anne—. Ahora recuerdo. Había propiedades muy valiosas implicadas.

—La Bronwyn de Stephen es una mujer rica, sí, pero Stephen quería a la mujer tanto como a las tierras —sonrió—. Pero Chatworth no pudo soportar ser derrotado y ha tomado prisioneras a mis hermanas.

—Raine, qué horrible. Pero cómo es que el rey Henry…

—Yo estaba conduciendo algunos de los hombres de Henry a Gales cuando me enteré de que Mary había sido capturada, y emprendí el regreso para ir tras Chatworth.

—¿Estabas al mando del ejército de Henry? —preguntó ella, y cuando él asintió, hizo una mueca—. Entonces Henry tiene algo de razón al declararte traidor. ¿Es por eso que andas vestido como un campesino y te escondes en estos bosques tenebrosos?

—¡Ah! —dijo él mirándola—. Estás muy bien, Anne. Ha pasado mucho tiempo desde…

Ante estas palabras ella saltó de sus rodillas y se quedó frente a él arreglándose el vestido, un traje que Alyx deseaba fervientemente tocar.

—No volverás a seducirme, Raine Montgomery. Mi padre ha prometido encontrarme pronto un marido y pienso llegar a él tan pura como pueda, de manera que no pienso prestarme a escuchar ninguna de tus palabras bonitas. Volviéndose, miró a Alyx por primera vez.

—¿Y quién es este jovencito que nos mira fijamente con la boca abierta?

Inmediatamente, Alyx cerró la boca y miró hacia otro lado.

—Es mi escudero —respondió Raine, con voz risueña por el comentario de Anne—. Puedo verme obligado a vivir en estos bosques, pero me permito algunas amenidades. Trabaja duro y sabe leer y escribir.

—Me imagino que nadie ha podido introducir esos conocimientos en tu cabeza. —Soltó ella—. ¡Raine! Deja de mirarme de esa forma. No te servirá de nada. Y tú, muchacho, ¿cómo te llamas?

—Alyxander Blackett.

—¿Blackett? ¿Dónde he oído ese nombre antes?

«De la cuestión de mi arresto, —pensó Alyx inquieta—. ¿Por qué no se había cambiado su apellido?».

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Ahora esta odiosa mujer le revelaría la verdad a Raine.

—Es un nombre bastante común —dijo Raine restándole importancia a la cuestión—. Alyx, regresa al campamento y espérame allí.

—Oh, no, muchacho —dijo Anne—. Raine, lo digo en serio. No permitiré que me uses nuevamente y no me quedaré aquí sola contigo. Tienes que llevarme adónde se encuentran los demás cazadores. Cuando vean que me he perdido tratarán de encontrarme.

—Tengo guardias —dijo, atrapándola por la cintura y apretándola contra él—. Tendremos todo el tiempo que haga falta para nosotros. Alyx, déjanos.

—Quiero que ese guapo escudero tuyo se quede aquí —agregó Anne con las manos sobre los hombros de él, empujándole hacia atrás—… Has estado en estos bosques durante tanto tiempo que tal vez a esta altura prefieras lindos muchachitos a…

No pudo terminar la frase porque Raine la apretó contra su pecho y puso su boca sobre la de ella.

Alyx los observaba descaradamente. Nunca había visto a nadie besar así a otro, los cuerpos juntos, moviendo la cabeza. Más que nada en el mundo, Alyx deseó ser ella la que Raine aprisionara en sus brazos.

Tan ensimismada estaba con la escena que se desarrollaba delante de ella, que cuando la primera flecha pasó silbando por el aire para clavarse a centímetros de la pierna de Raine, se quedó quieta, sin saber lo que estaba pasando. Raine reaccionó inmediatamente, empujando con un solo movimiento tanto a Alyx como a Anne contra el suelo del bosque.

—Están detrás de mí —dijo Raine calmadamente—. Alyx, tú eres pequeño y puedes moverte pegado a los árboles. —Hizo un gesto con la cabeza—. Trata de llegar a mi caballo y tráeme las armas.

—¿Y qué pasará con usted? —exclamó ella, cuando una segunda flecha aterrizó justo por encima de sus cabezas.

—Tengo que llevar a Anne a un lugar seguro. ¡Obedéceme! —le ordenó.

Sin pensarlo dos veces, Alyx comenzó a arrastrarse sobre su estómago, abriéndose camino lentamente hasta la espesa protección de la foresta.

Cada vez que una flecha se clavaba detrás de ella, su cuerpo se endurecía de miedo. Temerosa de mirar hacia atrás y ver a Raine muerto, siguió adelante. Cuando llegó al extremo del tronco del árbol caído, se

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levantó, y agachada se lanzó a la carrera. Cuando las flechas sonaron en la distancia, ella pudo detenerse y recuperar el equilibrio.

El caballo, ese gran semental de mal carácter de Raine, corcoveaba salvajemente alrededor del sitio donde estaba atado, mientras un hombre trataba de llegar a las riendas. Si lograban hacerse con el caballo no habría posibilidad alguna de luchar, porque casi todas las armas estaban sujetas a la montura. Maldito Raine, pensó ella. Estaba tan excitado con la mujer vestida de seda que había olvidado todo lo demás.

Después de rezar un instante silenciosamente, Alyx abrió la boca y dejó escapar una corta melodía que al caballo le gustaba. Inmediatamente, se calmó, las orejas erguidas, y en ese momento el hombre se apoderó de las riendas, deshizo el nudo y tuvo al caballo bajo control.

«El caballo es tan estúpido como su dueño», dijo para sí antes de comenzar con otra serie de notas altas, agudas y discordantes que sabía que el caballo odiaba.

El animal saltó violentamente, liberándose de sus captores. Cuando galopó hacia ella Alyx contuvo la respiración, espantada por el gran animal, hasta que nuevamente comenzó a cantar y el caballo se tranquilizó, permitiéndole llegar a él y montarlo.

—Ahora, te ruego que hagas lo que te digo —susurró cuando el caballo volvió su inmensa cabeza hacia ella, las aletas de su nariz agitadas, los ojos muy abiertos, entrenado para cargar el peso de un hombre durante la batalla y disgustado por ese peso pluma sobre su lomo—. ¡Adelante! — ordenó, con el mismo tono de voz que empleaba para controlar un coro de veinticinco niños muy activos.

El caballo tomó la dirección equivocada y Alyx tuyo que usar toda su fuerza para tirar de las riendas y guiar al animal por el camino correcto.

—¡No, Raine! ¡No!

Alyx oyó a la mujer gritar precisamente cuando ella lograba dominar al caballo, y cuando se abrió camino a través de los árboles vio a Raine, con la espada en la mano ensangrentada, y la mirada fija en un hombre muerto que yacía a sus pies, mientras se enfrentaba a otros dos hombres, también armados y Anne se protegía detrás de sus anchas espaldas.

—Son los hombres de mi padre —gritaba ella—. Han venido a buscarme. Te dije que lo harían. —Con esto, Anne dejó a Raine para dirigirse al hombre caído.

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—No está muerto. Podemos llevarlo de vuelta con nosotros —dijo ella, fulminando con la mirada a Raine—. ¿Por qué nunca prestas atención a nadie? —le espetó—. ¿Por qué primero desenvainas y después haces las preguntas?

Alyx, sintiendo la furia trepar por su cuerpo, saltó del caballo. Era obvio por la forma en que mantenía los labios apretados que Raine no tenía intención de defenderse.

—¡Mi señor fue atacado primero! —gritó, exasperada—. Cuando una flecha vuela sobre su cabeza, ¿debe permanecer tranquilo y preguntar quién la ha arrojado antes de desenvainar su espada? Usted, mi encantadora dama, se mostraba muy satisfecha mientras él protegía su precioso y rollizo cuerpo con el suyo propio, pero ahora que tiene que ocuparse de atender a un hombre no se acuerda de cómo trató de atraer a mi amo entre los arbustos.

—Alyx —dijo Raine detrás de ella, con una mano sobre su hombro—. Recuerda que no es caballeroso…

—¡Caballeroso! —aulló ella, girando para enfrentarse a él—. La muy zorra…

Raine le plantó una mano sobre su boca, la atrajo hacia sí, la espalda apretada contra su pecho mientras ella trataba de desasirse de su abrazo.

—Anne —dijo él suavemente, ignorando a Alyx—, perdóname a mí y a este muchacho también. No tiene mucho entrenamiento. Coge a tus hombres y vuelve al arroyo. Enviaré a alguien para que te conduzca fuera del bosque.

—Raine —contestó ella, levantándose del lado del hombre inerte—. Yo no he querido decir…

—Vete ahora, Anne, y si llegas a ver a algún miembro de mi familia, diles que estoy bien.

Ella hizo un gesto de asentimiento, un hombre la ayudó a montar un caballo que traía de las riendas, cargaron al herido sobre la montura y partieron.

Cuando el grupo estuvo fuera de la vista, Raine dejó ir a Alyx. —¡Ellos trataron de matarle! —gritó ella, mirándole fijamente—. Y

esa mujer se enfadó con usted por herir a su hombre.

Raine alzó los hombros.

—¿Quién puede entender a las mujeres? A ella siempre le han preocupado el dinero y las propiedades.

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—Y por lo visto la conoce usted bien —agregó Alyx, frotándose el mentón, consciente del contacto de la mano de Raine sobre su boca.

—Una vez su padre propuso que nos casáramos. —Esto hizo que Alyx se interrumpiera.

—¿Y usted decidió no hacerlo o fue ella la que no le aceptó?

Él hizo un gesto torcido, haciendo que se le formara un profundo hoyuelo.

—Ella me aceptaba completamente, pero fui yo quien no la pidió en matrimonio. Cambia de humor de un momento a otro. Ni siquiera puede decidir qué vestidos usará cada día. Estoy seguro de que no le habría gustado transformarse en una esposa fiel y a mí no me complace castigar a las mujeres.

—A usted no le complace… —Alyx tartamudeó.

—Y ahora —dijo él, despegándose del árbol donde había estado apoyado—, si ya hemos terminado por hoy con tus lecciones sobre mujeres, me gustaría hacer algo por mi pierna.

Al oír esto miró hacia abajo y por primera vez se percató de la oscura mancha de sangre que empapaba los pantalones de Raine.

—Está usted herido —dijo ella con una voz que parecía que en realidad él estaba muerto.

—No creo que sea nada serio, pero convendría echarle un vistazo. Corriendo hacia él, pasándole el brazo por la cintura, se inclinó para

atenderlo.

—Siéntese aquí. Iré a buscar a Rosamund y…

—Alyx —dijo él, divertido—. No es una herida mortal y puedo cabalgar perfectamente de regreso al campamento. Sabes, eres el peor escudero que he tenido.

—¡El peor! —explotó ella mientras él se sentaba en el tronco de un árbol—. Es usted un ingrato…

—¿Por qué tardaste tanto con el caballo? Yo luchaba por mi vida y oía cómo cantabas en el bosque. ¿Estabas intentando divertir al enemigo?

Decidió que jamás, jamás volvería a hablarle, mientras le daba la espalda y salía en busca del caballo.

Al oírle reír entre dientes levantó aún más su cabeza. Aun cuando él trató de levantarse, ella se negó a ayudarlo y se alejó donde no pudiera verlo.

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—Alyx, tengo que montar del otro lado y al caballo no le va a gustar. Necesito que lo sujetes con fuerza. No quiero mover esta pierna más de lo necesario.

Ella sujetó la cabeza del caballote miró a los ojos y comenzó a cantar, controlándolo con la voz. Raine se quedó un momento inmóvil en la montura antes de hablarle y ofrecerle su mano para montar. Durante todo el trayecto de regreso al campamento, ella se aferró a la montura mirando la sangre que corría por el muslo de Raine. El caballo, oliéndola, comenzó a encabritarse y Raine, en un acto reflejo, apretó las rodillas para dominarlo. Alyx sintió cómo se ponía rígido por el dolor que se había provocado él mismo.

—Quizá puedas calmarlo con tus canciones —dijo él tranquilamente. —¿No querrá decir con mis ruidos? —respondió ella, todavía herida

por sus palabras.

—Como te parezca —contestó con voz seria. Alyx jamás le había oído ese tono antes, pero lo reconoció como una voz que intenta disimular el dolor. Él había dicho que la herida era leve, pero no dejaba de sangrar. No era momento para mostrarse enojada.

Comenzó a cantar y el animal se tranquilizó.

—Tengo que hacer que mis hermanos te conozcan —murmuró él—.

No van a creer esto a menos que lo vean con sus propios ojos.

A medida que se aproximaban al campamento algunas personas, percibiendo que había algo que no andaba bien, se acercaron a recibirlos.

—Sería mejor que no se dieran cuenta de que estoy herido —le dijo Raine—. Son ya bastante difíciles de controlar y no querría tener problemas por ahora.

Rápidamente, ella se deslizó del caballo y cubrió con su cuerpo la pierna de Raine, caminando a su lado.

—Hemos oído que hubo una pelea —dijo un hombre de dientes negros, con mirada rapaz.

—Sólo en tu mente, anciano —gritó Alyx sorprendiendo a todos con la potencia de su voz. La multitud se agitó visiblemente, al igual que el caballo de Raine.

—Atrás —ordenó ella—. El animal se ha puesto nervioso. Tendremos que azotarlo para poderlo dominar.

Mientras el grupo miraba con temor al enorme caballo que hacía girar los ojos olisqueando la sangre de Raine, éste tomó una maza de la

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montura.

—¿No tienen ningún trabajo que hacer? —gruñó—… Joss, ven a mi tienda. Tengo una tarea para ti.

Protestando, la gente comenzó a dispersarse para volver a sus fogatas y cobertizos. Una vez que el caballo estuvo frente a la tienda, se detuvieron, y Alyx se preparó para ayudar a Raine a desmontar.

—Por el amor de Dios no me ayudes —murmuró él con los dientes apretados—. Te van a ver. Aléjate y sostén la cabeza del caballo. Canta en voz bien alta y atrae toda la atención sobre ti.

Alyx hizo lo que se le pedía y verdaderamente llamo poderosamente la atención sobre su persona, tanto que pasó más de media hora hasta que pudo desembarazarse de la turba que le exigía cantar una canción tras otra. Finalmente, cuando consideró que había cubierto la forzada retirada de Raine, se introdujo en su tienda. Él estaba apoyado en su catre, en camisa y calzón y Rosamund se encontraba arrodillada junto a su muslo, con una vasija llena de agua ensangrentada junto a sus rodillas.

—¡Aquí estás por fin! —gruñó Raine—. ¿Es que no puedes hacer otra cosa que lucir tu voz? Dios nos ayude si estuviéramos en guerra. El enemigo te pediría que cantases y tú dejarías caer tus armas para ponerte a actuar. Vete ahora, Rosamund, y revisa al hombre que herí. Jocelin, muéstrale el camino. Y tú, mi inútil pájaro cantor, fíjate si puedes vendar esta herida, o quizá quieras entonar una canción para que cicatrice.

Alyx abrió la boca para hablar, pero Joss le puso una mano en el hombro, de espaldas a Raine.

—Está herido, recuérdalo. —Le susurró, antes de abandonar la tienda.

Una mirada al pálido rostro de Raine le hizo caer en la cuenta de que Jocelin estaba en lo cierto.

—¡Deja ya de mirarme! Haz algo útil —le gritó Raine.

Ella no estaba dispuesta a soportar semejante trato.

La furia y hostilidad de él sólo lograrían hacerle sentirse peor. —Quédese tranquilo, Raine Montgomery —ordenó—. No tengo ganas

de tolerar más insultos. Recuéstese y yo cuidaré de su herida, pero no hay nada que pueda usted hacer para revertir el hecho de que ha sido herido. Con maltratarme sólo conseguirá sentirse peor.

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Él comenzó a erguirse, pero una mirada de Alyx hizo que se acostara nuevamente.

—Se matarán unos a otros —dijo desesperanzado, refiriéndose a los fugitivos del campamento.

—No importa si lo hacen —dijo ella ácidamente, corriéndose hacia el lado opuesto del catre para ponerse cerca de la pierna herida de Raine—. No hay cinco entre ellos que merezcan un lugar en el mundo.

Arrodillándose, se situó junto al muslo de Raine y retiró el paño que Rosamund le había colocado. Era la primera vez que observaba una herida de ese tipo, la piel cortada, feamente inflamada por la cortante herida, la sangre manando todavía y sintió que el estómago le daba vueltas.

—¿Tienes en mente vomitar tu cena? —preguntó Raine, cuando la vio palidecer—. He tenido heridas mucho peores, sólo que ésta parece bastante profunda.

Las piernas de él con los fuertes muslos extendidos frente a ella, mostraban algunas huellas anchas de cicatrices. Tentativamente, tocó una de ellas.

—El filo de un hacha —murmuró él, acostado, sintiendo finalmente que la pérdida de sangre le había debilitado.

Con tanta delicadeza como pudo, ella limpió la herida estremeciéndose al ver lo sucia que estaba, como si la flecha hubiera estado llena de basura y se hubiera limpiado al hundirse en la carne de Raine. Una vez que hubo terminado, acercó un banquillo a su cama y se quedó observándole mientras él yacía con los ojos cerrados, la respiración poco profunda pero pareja, y supuso que se habría dormido.

Después de un largo rato habló, con los ojos aún cerrados.

—Alyx —murmuró, y ella inmediatamente se reclinó sobre él—. Debajo del catre hay una caja. ¿Podrías cogerla?

Inmediatamente, ella retiró un estuche de cuero y sonrió al reconocer que se trataba de la funda de un laúd.

—¿Sabes tocarlo? —preguntó él. Sonriendo confiadamente, abrió el estuche y retiró laúd con los dedos bailándole de ansiedad al rozar las cuerdas. Suavemente, comenzó a tocar y cantar una de sus propias composiciones.

Varias horas después comprobó que Raine estaba profundamente dormido, pálido y quieto sobre su catre, y dejó el laúd a un lado. En ese silencio, con su respiración entrecortada, ella deseó que Rosamund

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estuviera allí. Raine parecía peor y ella necesitaba que alguien le dijera que se iba a recuperar.

Una mirada por la tienda le indicó que necesitaban agua, y el costado de su jubón estaba empapado con la sangre de Raine, por lo que habría que lavarlo. Por la mañana los fugitivos comenzarían a preguntar de dónde procedía toda esa sangre.

Silenciosamente, con una cubeta en cada mano, salió de la tienda y se dirigió al río, evitando todo contacto con la gente del campamento. Con un suspiro de alivio vio a Blanche ocupada jugando a los dados con un grupo de hombres y supo que la mujer no se movería de allí para visitar a Raine. Ya era casi de noche cuando llegó al río, llenó los baldes y comenzó a restregar su jubón. Para su desgracia, la camisa también se le había manchado de sangre. Después de un momento de duda, se la quitó, al igual que la faja que cubría sus pechos, y comenzó a lavarlo todo, incluyendo su propia piel sucia y el cabello. Casi congelándose se secó con el lienzo que usaba de faja y apretó los dientes cuando se vistió con la camisa y los pantalones helados y empapados, echándose el jubón sobre los hombros, cargando los baldes y casi corriendo de vuelta al campamento.

Dentro de la tienda contuvo el aliento y escuchó, contenta, que Raine aún dormía. Cuando se deshizo de los baldes, rápidamente se quitó las ropas mojadas y las cambió por una camisa de Raine que le llegaba a las rodillas. Sabía que se estaba arriesgando, pero a decir verdad, no estaba muy segura de no desear que él se despertara y se diera cuenta de que era una muchacha.

No bien había terminado de ponerse la camisa, cuando un gruñido de Raine la hizo volverse.

—Mary —dijo—. Mary, te encontraré.

De un salto estuvo junto a él. Él debía mantenerse tranquilo para que la gente del campamento no llegara a saber que él no se encontraba bien. Los idiotas estaban convencidos de que Raine tenía joyas escondidas en la tienda y Alyx estaba segura de que les encantaría poder meterse a revisar.

—Mary —Raine llamó en voz más alta, moviendo uno de sus grandes brazos que pasó rozando la cabeza de Alyx.

—Raine, despierte —murmuró ella—. Está teniendo una pesadilla. — En el momento en que cogió su brazo y le tocó la piel, supo que tenía fiebre. La piel ardía en sus manos.

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—No —jadeó, y maldijo a Rosamund por haberse ido del campamento cuando Raine todavía la necesitaba. ¡Fiebre! ¿Qué podía hacer? Sintiéndose totalmente inútil, sumergió uno de los paños en el balde de agua y se lo colocó sobre la frente, pero Raine se lo arrancó con una mano. De la manera que agitaba los brazos, poco faltaba para que golpeara uno de los postes de la tienda y ésta se derrumbara sobre sus cabezas.

—Raine —dijo fieramente, con voz de mando—. Debe quedarse quieto. —Le sujetó las manos entre las suyas, y en un momento se encontró izada del suelo, casi cruzada sobre él—. Debo encontrar a Mary —dijo él, mucho más fuerte, arrastrando las palabras, cambiando de posición y arrastrando a Alyx con él.

—Oh, tú, toro gigante —siseó ella—. ¡Quédate quieto!

Él pareció entender lo que ella le decía, porque abrió los ojos y Alyx pudo ver el brillo de la fiebre aún dentro de la oscura tienda.

Por un instante la miró sin verla, y entonces sus ojos parecieron enfocarla; tomándola por detrás de la cabeza con una de sus manos, acercó la boca de ella a la suya.

Protestar, aunque a Alyx se le hubiera ocurrido hacerlo, no era posible. En el momento en que sus labios se tocaron, se sintió irremisiblemente perdida. Ella era una mujer apasionada, de sentimientos profundos y siempre había aplicado toda esa pasión a la música. Al primer contacto de Raine la música explotó en cada poro de su cuerpo, los ángeles cantaron, los demonios martillearon, los coros alcanzaron nuevas e increíbles notas con canciones alegres, con canciones tristes.

Él le dobló la cabeza mientras le separaba los labios buscando la dulzura interior de su boca, tocándole la punta de su lengua con la de él. A Alyx le llevó sólo un momento darse cuenta de cómo tenía que devolverle el beso. Con un pie en el suelo y el otro en el aire, sintiéndose en el cielo, con el cuerpo a medias sobre él de él, le puso los brazos alrededor de la cabeza y le atrajo más hacia sí, hundiéndole más y más la lengua en la boca. Esto era lo que ella había deseado desde el primer momento en que le vio, no ser tratada como un muchacho sino como la mujer que en realidad era.

Raine reaccionó vigorosamente ante la agresividad de ella, succionándole los labios, mordiéndoselos, poniéndolos entre sus dientes para pasar la lengua sobre su dulce hinchazón.

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Atrapada en ese juego, sin disfrutar de estos juguetes de él, Alyx levantó las rodillas hasta su pecho y trató de echarse hacia atrás. Le causó algo de placer ver que hicieron falta los dos brazos de él para contrarrestar la fuerza de sus piernas.

Divertido con la posición enroscada que ella había adoptado, la sujetó y le pasó las manos por la espalda y las piernas, curvándolas alrededor de las nalgas, acariciándola sin interrupciones, dejando un rastro de calor hasta que Alyx sintió que su cuerpo ardía tanto como el de él, y de repente, nuevamente serio, aplastó sus labios contra los de ella con mucha mucha fuerza, con pasión creciente, tangible, una sensación que ella percibió en el aire y sintió en el abrazo con que sus cuerpos se fundían.

Con impaciencia él le hizo estirar nuevamente las piernas de manera que quedaron de costado, frente a frente, y sus manos ya no fueron suaves, sino que se tornaron exigentes, atrayendo el cuerpo ligero de ella contra el suyo, como si quisiera que la piel de ambos se fundiera.

Cegada, con una música magnífica rugiendo en su cabeza Alyx trató de acercársele aún más pasándole una pierna por encima, envolviéndole una cadera, enroscándole el pie en su rodilla.

Las manos de Raine bajaron por su espalda, lentamente, tocando cada rincón y cada hendidura hasta que llegó al centro de su ser. Jadeando, con los ojos muy abiertos, Alyx apartó levemente el rostro y vio que él mantenía los ojos cerrados, concentrado en sus sensaciones. Cuando el dedo de él estuvo dentro de ella comenzó a temblar, asustada por esta nueva experiencia, temerosa de lo que pudiera ocurrirle, de lo que su cuerpo y su mente estaban sintiendo.

La mano de él se movía acariciándole el interior de los muslos, tocándola muy levemente y haciendo que abriera las piernas más y más envolviéndole sus caderas, manteniéndose tan apretada contra él que temía aplastarle.

Cuando retiró la mano ella emitió un gemido, pero él le tapó la boca con la suya, y Alyx, al borde de las lágrimas, se agarró más fuertemente de él. El taparrabos que usaba Raine desapareció, y cuando su virilidad tocó su femineidad, ella, literalmente, saltó sobre él. Él la sostuvo penetrándola lenta, muy lentamente, poco a poco, centímetro a centímetro.

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Él se quedó quieto, llenándola, descansando, permitiendo que las sensaciones fluyeran de un cuerpo al otro hasta que Alyx, ansiosa, inexperta, comenzó a moverse, a sacudidas, ineptamente. Las manos de Raine le rodearon las nalgas y comenzaron a guiarla, moviéndola con un ritmo fluido, lento, rítmico, fácil, transportándola cada vez más alto en esa sensación de dolor y placer.

Cuando ella comenzó a moverse con más rapidez la reacomodó, penetrándola más y adoptando un ritmo más acelerado, cada vez más hondo dentro de ella, basta que Alyx comenzó a clavarle las uñas en la espalda, a mordisquearle el cuello, mientras su propio cuerpo giraba y se retorcía como si al mismo tiempo luchara contra él y le exigiera algo.

Con un solo movimiento él la acostó violentamente sobre su espalda y bajó su magnífico, delicioso y glorioso peso sobre ella, apretándola contra el catre con tanta fuerza que ella temió caerse, apretándose contra su cuerpo, pasándole las piernas por los tobillos, empujando las caderas contra él mientras Raine la embestía ciegamente, con fuerza… y Alyx sintió que se moría.

Una música blanca, intoxicante, explotó en su cuerpo, desgarró su piel y separó todo su ser mientras su cuerpo temblaba y se agitaba, estremeciéndose hasta que toda su fuerza se transformó en gelatina. Pegajosa, horriblemente débil, insegura de lo que su cuerpo acababa de hacer, se abrazó a Raine, permitiéndose sentir su piel ardiente, su respiración irregular. Moviendo un brazo y sintiendo como si acabara de caer rodando por una empinada cuesta llena de piedras, Alyx le tocó el pelo húmedo pegado a su cuello. Con un movimiento rápido y violento él le agarró la mano y rodó hacia un costado arrastrándola con él y todavía apretándole la mano con tal fuerza que ella temió que le rompiera los dedos.

—Mía —susurró él y le besó dos dedos, antes de quedarse dormido donde estaba.

Por un momento, Alyx se quedó sumida en un sopor, dormida a medias. Tenía el cuerpo exhausto y, sin embargo, se sentía más viva que nunca antes en su vida. No sintió ninguna vergüenza por haberse unido a un hombre que no era su esposo, y tal vez debería sentirla, pero en este momento lo único que necesitaba era la pierna de este hombre querido cruzada sobre la suya, esta humedad pegajosa uniendo mucho más que sus cuerpos.

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—Te amo —le dijo muy quedamente al hombre, que dormía en sus brazos—. Sé que nunca serás mío, pero en este instante lo eres. Te amo — le dijo nuevamente mientras le besaba un mechón de pelo húmedo y caía otra vez dormida, más feliz de lo que nunca lo había sido antes.

Alyx despertó en una tienda iluminada por la temprana luz del alba, y la piel de Raine pegada a la suya listaba más caliente que la noche anterior. Dormido, él se movía inquieto girando sobre sí mismo y sobre ella, amenazando con romperle los huesos. Empujando con todas sus fuerzas logró quitársele de encima y rápidamente comenzó a vestirse con las ropas que todavía estaban en parte mojadas, en parte secas, por haber sido amontonadas unas sobre otras toda la noche. Le hubiera gustado poder ponerse un vestido y dejar de fingir que era un muchacho. Las ropas masculinas y los modales de los hombres daban una buena dosis de libertad, pero si realmente hubiera sido un muchacho, se habría perdido una noche como la que acababa de pasar.

Estaba terminando de ajustarse el jubón cuando el capote de la tienda se abrió y apareció Jocelin, con Rosamund detrás de él, y ambos entraron.

—¿Cómo está? —preguntó Joss, mirando lamente a Alyx. Antes de que ella pudiera responder, Rosamund los interrumpió. —Tiene fiebre y hay que bajársela. Traigan agua fría mientras voy a

buscar mis hierbas.

Inmediatamente, Alyx cogió los baldes y partió prestamente hacia el

río.

Los siguientes tres días fueron una tortura constante para ella. Junto con Rosamund trabajaron incansablemente para disminuir la fiebre de Raine. Su corpulento cuerpo estaba cubierto con emplastos y las mujeres debían hacerle tragar distintas pociones curativas. Estos forcejeos iban acompañados de órdenes imperativas por parte de Alyx, que se dirigía a él llamándole desde miserable pordiosero hasta pavo real gigante y orgulloso, haciendo que Rosamund eventualmente sonriera y hasta se sonrojara. Alyx le cantó constantemente, tocando el laúd, buscando tranquilizarle para evitar que se agitara tanto.

Y mientras Raine ardía de fiebre, Jocelin trataba de mantener el orden en el campamento, continuando con los entrenamientos que Raine había comenzado y tratando de evitar que los forajidos se degollaran entre sí.

—Creo que ellos no valen la pena —dijo Joss, sentándose en el suelo cerca del catre de Raine—. ¿Por qué siente él —agregó, haciendo un gesto

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hacia el hombre que dormía a su izquierda— que debe hacerse cargo de sus problemas? —Acto seguido aceptó un tazón de guisado que le ofrecía Rosamund.

—Raine adopta a todo el mundo —dijo ella tranquilamente, con la cabeza inclinada hacia abajo, como siempre—… Él está convencido de que vale la pena salvarnos.

—¿Salvarnos? —cuestionó Alyx levantando los ojos del rostro de Raine. Jamás se alejaba de su lado, dormía sentada sobre un banco y con la cabeza reclinada en el borde del catre—. Yo no me considero igual que un asesino.

—¿Y tú, Rosamund? —preguntó Jocelin—. ¿Qué crimen has cometido

tú?

Rosamund no contestó, pero cuando Joss desvió el rostro ella le miró de una manera que hizo que Alyx soltara un gemido asombrado, tratando de disimularlo de inmediato con una nerviosa tosecita. Rosamund estaba enamorada de Jocelin. Mientras Alyx contemplaba a uno y otro, cada cual de una extraordinaria belleza, se dio cuenta de qué buena pareja podrían hacer. Ella sabía que Rosamund estaba en ese horrible campamento porque la gente creía que había sido marcada por el diablo, ¿pero qué hacía Joss allí?

Por la mañana siguiente temprano, la fiebre de Raine cedió. Alyx dormía con la cabeza muy cerca de su brazo desnudo, cuando sintió que algo había cambiado en él. Le miró y vio que tenía los ojos abiertos y miraba a su alrededor, hasta que finalmente su mirada se detuvo en la cara de ella.

De pronto el corazón de Alyx comenzó a golpearle en el pecho y su piel traicionera se sonrojó. ¿Cómo reaccionaría él frente al hecho de haberse amado? Un momento después él miraba hacia otro lado, con expresión vacía.

—¿Cuánto tiempo he estado enfermo?

—Tres días —contestó ella, y la voz se le trabó en la garganta.

—¿Y has mantenido el orden en el campamento? ¿O se han estado matando unos a otros?

—Ellos… ellos están bien. Jocelin mantuvo una espada sobre sus cabezas y eso los tranquilizó. —Como él no respondió, ella contuvo la

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respiración.

Seguramente ahora hablaría de ellos, de su pasión.

Pero, en cambio, él se esforzó por sentarse, y cuando Alyx se inclinó para ayudarlo él la hizo a un lado como si nada. Echando a un lado la manta de lana, se arrancó los vendajes del muslo e inspeccionó impersonalmente la herida de la pierna, haciendo presión sobre ella.

—Se está curando —aventuró ella—. Rosamund dice que la herida no es grave, pero no le gustó la fiebre. Temíamos por su vida.

Volviéndose hacia ella él le lanzó una mirada fría, dura, y ella casi podía jurar que había furia en sus ojos.

—Tráeme algo de comida y que sea mucha. Tengo que recuperar las fuerzas.

Alyx se quedó en su sitio.

—¡Maldición! —Raine aulló y su voz hizo temblar las paredes de la tienda. Obviamente, la explosión le hizo perder la poca fuerza que le quedaba, y por un momento se puso una mano sobre la frente—. Obedéceme —agregó, suavemente, recostándose otra vez—. Y oye muchacho —agregó él mientras ella se preparaba para salir, cargando los baldes—. Tráeme un poco de vino caliente.

—¡Muchacho! —se horrorizó Alyx una vez fuera de la tienda—. ¡Muchacho!

—¿Alyx? —preguntó Joss— ¿Ha sido Raine a quien acabo de oír? Ella asintió lúgubremente.

—¿Te encuentras bien? ¿Se puede saber por qué gritaba?

—¿Cómo puedo saber por qué gritaba ese toro gigante? —protestó ella

—. ¿Cómo puede un ser despreciable como yo saber lo que piensa un amigo del rey?

Para su consternación, Jocelin se rió a carcajadas y la dejó, silbando una canción obscena que Alyx conocía bien.

—¡Hombres! —masculló, sumergiendo los baldes en el río y retirándolos con arena y piedras mezcladas con el agua, por lo que tuvo que repetir la operación. La segunda vez hizo una pausa, las lágrimas humedeciéndole los ojos.

—Muchacho —susurró hablándole al torrente de agua fría. ¿Es que ella significaba tan poco para él que ni siquiera recordaba la noche que habían pasado juntos? Tal vez necesitara algunas horas para recordar,

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pensaba mientras caminaba de regreso a la tienda, deteniéndose por el camino para avisar a Blanche de que Raine quería comer.

—Me lo imagino —dijo Blanche, con voz suave e insinuante—. Ya me ha hecho llamar, y debo decir que Raine Montgomery no ha perdido nada de su fuerza —agregó en voz alta, sujetándose ostentosamente la parte superior de su sucia camisa—. Ya le he llevado su comida.

Con la cabeza alta Alyx entró en la tienda, los hombros caídos por el peso de los baldes.

—¿Por qué has tardado tanto? —preguntó Raine con la boca llena.

Ella se giró para mirarle.

—Tengo más cosas que hacer que buscar la comida —dijo enojada—.

Y por lo visto esa puta suya puede ocuparse muy bien de su persona.

—Me parece bastante justo —dijo él tranquilamente, partiendo una pata de cerdo—. Tal vez deberíamos ocuparnos de tu gazmoñería. Una mujer es una mujer, una cosa frágil e indefensa, alguien a quien hay que proteger y amar, no importa cuál sea su posición en la vida. Si tratas a una puta como si fuera una dama, llegará a serlo, y una dama puede transformarse en una puta. Todo depende del hombre. Recuérdalo. Todavía te falta mucho para ser un hombre, pero cuando llegues a serlo…

—Cuando llegue a serlo no voy a necesitar de sus consejos —casi gritó antes de volverse hacia la salida, donde se llevó por delante a Jocelin. Dirigiéndole una mirada furiosa, le empujó y siguió su camino.

Joss le echó una mirada a Raine, tomó asiento en un banquillo y perezosamente comenzó a tocar el laúd mientras Raine comía silenciosamente. Después de un momento dejó de tocar.

—¿Hace cuánto que sabes lo de Alyx? —preguntó Joss.

Sólo una pausa mientras masticaba indicó que Raine le había oído. —En realidad unas pocas horas —dijo con calma—… ¿Y tú desde

cuándo lo sabes?

—Lo he sabido todo el tiempo —rió, ante la expresión de Raine—. Me sorprende que nadie más lo haya notado. A mí siempre me pareció una niñita con las ropas de su hermano mayor. Cuando te dirigías a ella como si fuera un muchacho no podía creer lo que estaba oyendo.

—Hubiera deseado verdaderamente que me lo advirtieras —dijo Raine enfáticamente, un hoyuelo apareciéndole en la mejilla—. Hace unos días estaba escribiéndome una carta y casi la beso. Después me sentí mal durante horas.

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—Sabes, la has hecho trabajar más que a nadie en el campamento. —Tal vez trataba de mejorar su estado físico —rió Raine—. Durante

algún tiempo he estado fascinado por sus piernas.

—¿Y ahora qué piensas hacer con ella?

Quitándose de encima la bandeja, Raine volvió a recostarse en su catre, sintiéndose muy cansado, muy agotado.

—¿Sabes cuánto hay de cierto en su historia? ¿Qué fue lo que le hizo Pagnell?

—La acusó de robarle, la declaró bruja y ofreció una generosa recompensa por su cabeza.

Raine levantó una ceja, sintiéndose un tonto por no estar bien al tanto de lo que pasaba delante de sus narices.

—¿Cómo crees que reaccionaría la carroña de este campamento ante una muchacha? ¿Una joven por la que se ofrece una recompensa? —Un bufido de Joss fue la única respuesta.

—Me parece mejor que siga siendo un muchacho —dijo Raine pensativo— y que esté bajo mi protección. Cuanto menos personas sepan su verdadera identidad, mejor.

—Pero le vas a decir a Alyx que sabes que es una muchacha, ¿verdad? —¡Ja! —gruñó Raine—. Deja que la damita sufra como he sufrido yo.

Me ha pasado su lindo transcrito por delante todo lo que le ha dado la gana, y esta mañana cuando me di cuenta de cómo me había tomado por un tonto, le hubiera retorcido el pescuezo. No, déjala que se cocine un poco en su propio jugo. Ella supone que yo no me acuerdo… —Miró a Joss rápidamente—. Ella supone que yo no sé qué es una mujer. Que lo siga creyendo. Jocelin se quedó pensando.

—Pero no serás muy duro con ella, ¿verdad? A menos que esté equivocado, creo que ella está convencida de que te ama.

El gesto de Raine partía el corazón.

—Bien. No, no le haré daño, pero le haré probar un poco de su propia medicina.

Una hora después, cuando Alyx regresó a la tienda, con el mentón levantado, Raine y Jocelin jugaban displicentemente una partida de dados, y ninguno de los dos parecía demasiado interesado en lo que hacían.

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—Alyx —dijo Raine, sin molestarse en mirarla—. ¿Has hecho tu práctica de campo hoy? Eres lo suficientemente enclenque como para perder los pocos músculos que has echado.

—Práctica —gimió ella, calmándose después—. Por alguna razón que ahora no llego a comprender, me sentía muy preocupada pensando si usted habría de vivir o morir, y no me he ocupado de fortalecer mi flaco cuerpo.

Con expresión azorada y dolida Raine la miró.

—Alyx, ¿cómo puedes hablarme así? ¿Tan enojado estás porque he logrado sobrevivir? Vete Joss, estoy demasiado cansado para seguir jugando. Quizá vaya a buscar un poco de vino tan pronto como me sienta un poco más fuerte —agregó, recostándose otra vez en el catre dando grandes muestras de fatiga.

Joss tosió y rió entre dientes antes de deslizarse los dados en el bolsillo, y mirando pícaramente a Raine abandonó la tienda.

Alyx trató de mantenerse indiferente, pero cuando vio a Raine desplomado en su catre, tan pálido, tan indefenso, cedió.

—Yo traeré el vino —suspiró, y cuando se lo alcanzó la mano de él temblaba tanto que ella tuvo que pasarle un brazo por los hombros, sostenerlo y acercarle la taza a los labios; esos labios que todavía hacían que se le cortará la respiración.

—Estás cansado —dijo Raine con simpatía—. ¿Y cuánto hace que no te bañas? Nadie en el mundo puede ensuciarse tanto como un muchacho de tu edad. Ah, en fin —agregó sonriendo, recostándose sobre la almohada

—. Algún día encontrarás la mujer de tus sueños y querrás complacerla. ¿Nunca te he contado cuando fui a participar en un torneo cerca de París? Había tres mujeres que…

—¡No! —exclamó ella, haciendo que él pestañeara inocentemente—. No me interesa saber nada de esas sucias historias.

—Un escudero debería tener más educación que la que se refiere únicamente a las armas. Por ejemplo, cuando tocas el laúd, las canciones que eliges y las palabras que recitas convienen más a una mujer que a un hombre. A una mujer le gusta que el hombre sea fuerte, seguro de sí mismo; nunca le va a complacer un joven que aúlla y emite sonidos de mujer.

—¡Que aúlla! —comenzó ella, sintiéndose profundamente insultada. Podía no ser hermosa, pero estaba convencida de la belleza de su música

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—. ¿Y qué sabe usted de mujeres? —bufó—. Si sabe tanto de mujeres como de música, es tan ignorante como…

—¿Cómo qué? —dijo él con interés, incorporándose sobre un hombro para mirarla mejor—. ¿Como soy de guapo? ¿De fuerte? ¿De vigoroso? — preguntó, prácticamente mirándola con total socarronería.

—¡Tan engreído! —gritó ella.

—Ah, me gustaría que tu tamaño fuera igual que la potencia de tu voz. ¿Alguna vez has probado echar abajo los muros de algún castillo con uno de tus alaridos? Tal vez seas capaz de soltar una nota y hacer que el ejército enemigo se pierda en la espesura.

—¡Basta! ¡Basta! —gritó ella—. ¡Le odio, noble estúpido, gigante, cobarde! —Con eso giró para retirarse de la tienda, pero Raine, en voz baja, autoritaria, la detuvo.

—Busca a Rosamund, ¿quieres? No me siento nada bien.

Ella se adelantó un paso hacia él, pero cambió de idea y salió de la tienda. Afuera había mucha gente que obviamente había escuchado la discusión que tenía lugar en el interior. Tratando lo mejor posible de ignorar a la gente que reía y se codeaba entre sí, Alyx fue al campo de prácticas y se pasó tres horas enteras entrenándose con el arco y la flecha.

Finalmente, agotada, fue hasta el río, tomó un baño, se lavó el cabello y comió antes de regresar a la tienda.

Estaba oscuro adentro, y como no escuchó ningún sonido proveniente del catre de Raine, supuso que él estaría durmiendo. Ahora, pensó, si fuera lo suficientemente valiente, abandonaría el campamento para no volver jamás. ¿Qué le había hecho pensar que lo que era especial para ella debía serlo para este señor de sus dominios? Sin duda él estaba acostumbrado a que las mujeres se le deslizaran en la cama y no les prestaba demasiada atención. ¿Qué importaba una más? Si ella se revelaba como su última conquista, ¿se reiría o tal vez trataría de mantenerla como a una de sus muchas mujeres? ¿Tendría que turnarse con Blanche para entretenerlo?

—¿Alyx? —preguntó Raine adormilado—. Has estado fuera mucho tiempo. ¿Has comido?

—Un balde lleno —dijo ella con antipatía—, así voy a poder ponerme del tamaño de su semental.

—Alyx, no estés enojado conmigo. Siéntate a mi lado y cántame una canción.

—No sé canciones de las que le gustan a usted.

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—Me conformaré —dijo él, con una voz tan cansada que ella cedió, tomando el laúd y tocando suavemente, tarareando la canción.

—Le gustarás a Judith —murmuró él.

—¿Judith? ¿La bella esposa de su hermano? ¿Por qué una dama como ella habría de preocuparse por la… el hijo plebeyo de un abogado? — estuvo a punto de decir hija en lugar de hijo.

—A ella le gustará tu música —dijo él, la voz cargada de sueño, y Alyx continuó tocando.

Cuando estuvo segura de que él dormía se le acercó, se arrodilló junto a su cama y le miró un momento, no haciendo otra cosa que asegurarse de que estaba vivo. Finalmente, se dirigió hacia su propia cama dura y tuvo que emplear toda su fuerza para no echarse a llorar.

Por la mañana Raine insistió en ir hasta el campo de prácticas. Ninguna protesta de Alyx ni de Jocelin lograron persuadirle de que guardara cama un día más.

Mientras caminaba, Alyx podía verle el sudor resbalando por su frente y su mirada embotada mientras se esforzaba por seguir adelante.

—Si muere ¿de qué nos ha de servir? —le espetó Alyx.

—Si muero, ¿irás personalmente a darle la noticia a mi familia? —dijo en un tono tan serio que ella se quedó sin aliento. Entonces le apareció un hoyuelo en la mejilla y ella supo que le estaba tomando el pelo.

—Arrojaré su gran esqueleto sobre un caballo y lo entregaré a su perfecta familia, pero no me arrodillaré con sus hermanas a llorar por usted.

—Habrá otras mujeres además de mis hermanas que llorarán a mi paso. ¿Nunca te he hablado de Joan, una de las sirvientas de Judith? Jamás en mi vida he encontrado una mujer tan entusiasta como ella.

Al oír esto Alyx dio media vuelta y se alejó, rígida la espalda, ante el sonido de las estrepitosas carcajadas de Raine.

Después de una hora de entrenamiento, Alyx corrió de regreso a la tienda para buscarle a Raine una de las pociones de Rosamund que debía beber, y se topó con Blanche, revolviendo las ropas de él.

—¿Qué se supone que haces aquí? —exigió saber Alyx, haciendo que Blanche saltara con expresión culpable.

—Vengo a… para lavar la ropa —dijo, con los ojos muy abiertos.

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Alyx se rió.

—¿Y desde cuándo tienes idea de que el jabón existe? —con un rápido movimiento agarró a Blanche por un brazo—. Mejor dime la verdad. Ya sabes cuál es el castigo por robar. La expulsión del campamento.

—Igual debería irme de aquí —gimoteó Blanche, tratando de desasirse de Alyx—. Ya no queda nada para mí en este lugar. ¡Suéltame!

Blanche tiraba y Alyx empujaba, y la primera fue a parar al otro extremo de la tienda, golpeando con su espalda uno de los postes que sostenían el lugar.

—Pagarás por esto —masculló Blanche—. Te arrepentirás por haber alejado de mí a Raine.

—¿Yo? —preguntó Alyx, tratando de evitar que se notara el placer en su voz—. ¿Y cómo he hecho para quitarte a Raine?

—Ya sabes que no me lleva más a su cama —dijo ella, levantándose

—. Ahora que tiene un muchacho a su disposición…

—Mucho cuidado —le advirtió Alyx—. Me parece a mí que deberías

preocuparte por mi enojo contra ti. ¿Qué es lo que estabas buscando cuando entré?

Blanche se negó a responder.

—Entonces creo que no tendré más remedio que contárselo todo a Raine —dijo Alyx, dando media vuelta para salir.

—¡No! —dijo Blanche, con la voz llorosa—. No tengo otro sitio adónde ir. Por favor no le digas nada. No robaré. Jamás lo he hecho.

—Tengo un precio para guardar silencio.

—¿De qué se trata? —preguntó Blanche, asustada.

—Cuéntamelo todo acerca de Jocelin.

—¿Jocelin? —preguntó Blanche, como si nunca antes hubiera escuchado el nombre.

Alyx únicamente la miró de refilón.

—Pronto me echarán en falta, y si no conozco la historia para cuando alguien venga a buscarme, Raine sabrá que has estado robando.

De inmediato Blanche comenzó con su relato.

—Jocelin era un trovador y todas las damas de gran alcurnia estaban detrás de él, no sólo por su talento musical sino por… —ella dudó—. El

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hombre era incansable —dijo con avidez, como si tuviera un conocimiento de primera mano.

—Una vez fue al castillo Chatworth a petición de lady Alice.

El nombre de Chatworth hizo que Alyx levantara la cabeza. Chatworth era el hombre que había capturado a la hermana y a la cuñada de Raine.

—Lady Alice es una mujer malvada —continuó Blanche—, pero lord Edmund, su esposo, era aún peor.

Le gustaba golpear a las mujeres, ver cómo se debatían mientras él las tomaba. Hubo una mujer, Constance, a quien mató a golpes, al menos él creyó que la había matado. Y le dio a Joss el cuerpo para que se deshiciera de él.

—¿Y? —la alentó Alyx—. No me queda mucho tiempo.

—La mujer no estaba muerta y Joss la escondió, la atendió hasta que se recuperó y se enamoró de ella.

—¿Y esto era extraño en un hombre de sus… talentos?

Blanche de pronto pareció muy nerviosa, se restregaba las manos y se apoyaba primero en un pie, luego en el otro.

—No creo que haya amado a nadie antes que a ella. Cuando lord Edmund averiguó que la muchacha aún estaba con vida, la tomó para sí otra vez y arrojó a Joss a un calabozo. Y la chica… esta Constance…

—¿Sí? —dijo Alyx con impaciencia.

—Ella creyó que Joss estaba muerto y se quitó la vida.

Al oír esto Alyx se persignó ante tal pecado.

—Pero Joss consiguió fugarse y llegó hasta aquí —concluyó ella. —Pero primero asesinó a lord Edmund —dijo Blanche suavemente, y

con esto pasó junto a Alyx y huyó de la tienda.

—Asesinar a un lord —susurró Alyx para sí. Sin duda habría una gran recompensa por su cabeza, y ahora entendía por qué no quería involucrarse con ninguna de las mujeres del campamento. Alyx sabía muy bien lo que significaba amar a un hombre y después perderle.

—¿Qué es lo que estás haciendo aquí? —preguntó Raine con tono enojado detrás de ella—. Desapareciste hace por lo menos una hora y te encuentro aquí solo y sin nada que hacer.

—Haré mi trabajo —farfulló ella, alejándose.

—Él la agarró de un brazo, pero la soltó apenas sintió su contacto. —¿Has tenido alguna mala noticia?

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—Ninguna que le interese —soltó ella antes de dejar la tienda. Durante el resto de la jornada Alyx sólo pensó en Jocelin. Joss era un hombre dulce, amable, sensible, y merecía que alguien le amara. Deseó haberse enamorado de Joss; cuánto más fácil sería todo. Algún día, tal vez muy pronto, Raine abandonaría el bosque para volver con su poderosa familia, y ella se quedaría sola.

Mientras distraídamente levantaba una espada sobre su cabeza para descargarla luego hacia abajo, vio con el rabillo del ojo un movimiento en una esquina del campo. En las sombras, muy quieta, observando, se encontraba Rosamund. Siguiéndole la mirada, Alyx descubrió que la mujer miraba únicamente a Jocelin y que en sus ojos brillaba el fuego y la pasión, y según creyó Alyx, la lujuria. Esta vez no tenía la cabeza baja y por primera vez no había una actitud de sometimiento, de pedir perdón por haber nacido.

—¡Alyx! Tú, flojo —le gritó Raine, y con un gesto ella trató de concentrarse nuevamente en el entrenamiento.

Esa noche, Raine, exhausto y todavía muy débil, se acostó en el catre para descansar, mientras que Alyx se quedó sentada fuera de la tienda, en el aire frío, comiendo un cuenco de judías. A su lado se encontraba Jocelin.

—Te has roto la camisa —comentó ella—. Alguien debería cosérsela. Antes de que Alyx pudiera respirar, tres mujeres se ofrecieron

alegremente para remendarla.

—No —murmuró Joss, sin levantar la mirada de su cuenco—. Está bien así como está.

—Dale tu camisa a cualquiera de ellas —dijo Alyx impacientemente

—. Te traeré una de Raine para que estés abrigado. Él tiene muchas. Desganadamente, Joss se quitó la prenda mientras Alyx entraba en la

tienda, le echaba un vistazo rápido a Raine que dormía, y salía con una de sus camisas. Una vez fuera se detuvo un momento. Jocelin estaba acurrucado frente al fuego, con el torso desnudo, completamente rodeado de mujeres que le miraban con ojos hambrientos, observando su belleza, su obvia melancolía; un poco más alejada estaba Rosamund. Pero Jocelin no levantó la vista hacia ninguna de ellas. En la fogata, Alyx le alcanzó la camisa a Joss y se sirvió un tazón de sidra hirviendo, soplando para enfriar el líquido.

De repente, un ruido fuera del círculo del fuego hizo que todos se volvieran en esa dirección.

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Más tarde Alyx no pudo recordar a ciencia cierta haber planeado lo que llevó a cabo en ese momento.

Nadie miraba, ella estaba de pie junto al cuerpo desnudo de Jocelin sosteniendo el tazón de sidra caliente. Sólo pensó que si Joss estuviera herido tendría que ser curado por Rosamund, y en el instante que siguió derramó la sidra en el brazo de Joss.

Instantáneamente, se arrepintió de lo que había hecho. Jocelin se levantó de un salto y la camisa cayó al suelo.

—Joss… yo… —comenzó ella, mirando con horror cómo la piel de su brazo comenzaba a ponerse morada.

—Rosamund —susurró alguien—. Traigan a Rosamund.

Segundos después ahí estaba Rosamund, sus dedos fríos sobre el brazo de Joss, mientras lo llevaba con ella hacia las sombras.

Alyx no se dio cuenta al principio, pero había lágrimas en sus ojos y le temblaba el cuerpo por lo que acababa de hacer. Todo había pasado demasiado rápido y no había tenido tiempo para pensar.

Una manaza la agarró del cuello por detrás inmovilizándola.

—Me seguirás al río, y si no lo haces te voy a azotar la espalda ahora mismo —susurró Raine en su oído, con la voz cargada de furia.

La culpa por lo que le había hecho a Joss fue remplazada por un horrible temor. ¿Azotarla en la espalda? Tragando forzadamente, siguió a Raine hacia el bosque en tinieblas. Se merecía un castigo, porque no tenía derecho alguno a lastimar a un amigo.

Una vez en el río, Raine se volvió hacia ella, los labios curvados en un gesto de disgusto.

—Debería azotarte —le dijo con fiereza y la empujó una vez, sin mucha fuerza, haciendo que ella cayera al frío suelo.

—¿Y qué desaire imaginas que te ha hecho Jocelin? —preguntó, con los dientes apretados— ¿Estabas celoso del corte de su jubón? ¿Te dijo algo que te disgustara? Tal vez cantó una canción mejor que tú.

Eso llamó la atención de ella.

—Nadie canta mejor que yo —dijo en tono convincente, con el mentón bien levantado mientras miraba a Raine.

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—¡Maldición! —dijo él, agarrándola de la camisa y levantándola en el aire—. Yo confiaba en ti. Creí que eras uno de los pocos de tu clase que tenía sentido del honor. Pero eres como todos los demás, permitiendo que tus tontos berrinches sean más importantes que tu honor.

Ambos formaban una extraña pareja. Raine la doblaba en tamaño y la miraba furioso desde su altura, pero Alyx no iba a permitir que nadie le tapara la voz.

—¡Honor! —le gritó a su vez—. Usted no conoce el significado de esa palabra. Y Jocelin es mi amigo. Él y yo no tenemos ningún problema. — Dejó bien claro con quién sí tenía diferencias.

—¡Qué bien! Tu pequeño cerebro le echó la sidra encima sólo por diversión. Eres igual a Alice Chatworth. A esa mujer le encanta provocar y recibir dolor. Si hubiera sabido que eras como ella…

Al oír esto Alyx cerró el puño y golpeó a Raine en el estómago. Mientras él pestañeaba sorprendido, ella desenvainó el cuchillo de su costado.

—Ahórreme la historia de su estúpida familia —gritó, apretando la punta de la daga contra el abdomen de él— Yo le voy a explicar a Jocelin lo que pasó y por qué lo hice, pero usted, usted, bravucón engreído y arrogante, no se merece nada. Usted juzga y condena sin escuchar razones.

Con impaciencia, Raine trató de llegar al brazo de ella para quitarle el cuchillo, pero los reflejos de Alyx se habían agudizado las últimas semanas y los de Raine se habían vuelto más lentos por la fiebre. La hoja le cortó la palma de la mano y el costado, e hizo que ambos se detuvieran para mirar la sangre que manaba del corte.

—Tienes sed de sangre, ¿no? —dijo Raine—. No importa si es mía o de mi amigo. Te voy a enseñar lo que es el dolor. —Trató de alcanzarla, pero ella se escabulló hacia un lado.

Tuvo que intentarlo dos veces antes de atraparla, y cuando lo hizo la sujetó por los hombros con fuerza, mientras ella se resistía.

—¿Cómo has podido hacer esto? —exigió saber—. Yo confiaba en ti. ¿Cómo has podido traicionarme? Era difícil registrar las palabras cuando ella sentía que iba a perder la cabeza, pero finalmente comenzó a entender lo que él decía. Jocelin era responsabilidad suya y él tomaba sus deberes muy en serio.

—Rosamund, Rosamund, Rosamund —comenzó a recitar ella.

Cuando por fin él la escuchó dejó de zarandearla.

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—Cuenta —le rugió en la cara.

Sentía el cuerpo débil por las sacudidas.

—Rosamund está enamorada de Jocelin, y yo pensé que ella podría reemplazar a Constance, pero para eso tenían que tener la oportunidad de estar juntos.

Esto no tenía sentido para Raine. Los dedos de él apretaron aún más sus hombros, y ella pensó que pronto se los atravesaría. Rápidamente, le contó la historia de Joss y Constance, sin mencionar el nombre de Chatworth.

Un silencio sorprendido de Raine llenó el aire.

—¿Estás tratando de que formen una pareja? —gruñó él—. ¿Has herido a Jocelin por unas idiotas ideas románticas?

—¿Qué sabe usted de amor? —le exigió ella— Sabe tan poco de mujeres que no es capaz de reconocer una cuando la ve.

—Muy cierto —respondió él con rapidez—. Soy un inocente cuando se trata de las maneras falsas y engañosas de las mujeres.

—No todas las mujeres son mentirosas.

—Nómbrame una que no lo sea.

Se moría por mencionarse a sí misma, pero no podía hacerlo. —Rosamund —tartamudeó—. Ella es una persona buena, amable. —No cuando usa esas artimañas para atrapar a un hombre. —¡Atrapar! ¿Quién querría atrapar un espécimen tan despreciable

como un hombre? —Interrumpió su discurso cuando vio el brillo en los ojos de Raine—. Lo sabe —jadeó—. Lo sabe.

No perdió mucho tiempo especulando sobre la verdad de sus suposiciones, y en cambio, se levantó del suelo y se arrojó sobre él, los puños apretados.

—¡Tú…! —comenzó furiosa, pero Raine la detuvo. La atrapó, aplastando su liviano cuerpo contra el de él y bajando su boca hacia la de ella. La besó, hambriento, una mano detrás de su cabeza y la otra alrededor de su cintura, manteniéndola levantada del suelo.

—Recuerda que soy un hombre debilitado —susurró él—. Y un día largo en el campo de entrenamiento ha…

Alyx le mordió un hombro.

—¿Hace cuánto que lo sabes?

—No tanto como hubiera querido. ¿Por qué no me lo dijiste desde el principio? Comprendo que hayas preferido vestirte como un muchacho,

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pero yo habría sabido guardar el secreto.

Ella le restregó la cara contra el cuello, contra esa piel suave, de delicioso sabor.

—No te conocía. Oh, Raine, ¿estás realmente, verdaderamente, muy débil? —La carcajada de Raine retumbó por todo su cuerpo mientras él la separaba de sí y la hacía volar por el aire.

—Le has cogido el gusto al amor por primera vez y ahora no puedes detenerte, ¿verdad?

—Es como la música —dijo ella soñadora—, como la mejor de todas las músicas.

—Entiendo que tengo que tomar eso como un cumplido —dijo él, comenzando a desabotonarle el jubón.

Por un momento a Alyx le cruzó por la mente que a él no le iba a gustar su pecho chato, ahora que la fiebre no obnubilaba sus sentidos.

—Raine —dijo ella, con una mano sobre la de él—, me veo como un muchacho.

Pasó un momento antes de que él comprendiera el significado de sus palabras.

—¿Me distraes con esas piernas que tienes y después me dices que pareces un muchacho? Hice todo lo que estaba de mi parte para hacer de ti un hombre y no lo logré. Pero sí te hice mujer.

Conteniendo la respiración, Alyx le permitió que la desvistiera, y cuando él le miró el cuerpo frágil con los ojos encendidos y llenos de deseo, ella olvidó por completo su sensación de invalidez. Riendo, le arrancó sus ropas, quitándole todo lo que le cubría la piel.

Raine la recostó sobre el suelo y mantuvo las manos en la espalda de ella mientras Alyx jugaba con él. Nunca había visto entusiasmo tal.

—¿No te hago daño? —murmuró él abrazando el pequeño cuerpo. —Sólo un poco y en los lugares apropiados. Oh, Raine, pensé que

jamás te recobrarías de la fiebre. —Diciendo esto saltó sobre él, y después de una mirada de asombro, él puso sus manos sobre las delgadas caderas.

—Canta para mí, pajarito cantor —susurró, mientras la levantaba y la colocaba sobre su miembro. El jadeo de Alyx fue verdaderamente musical, y sólo le llevó un momento captar el ritmo de los movimientos de él, mientras sus manos le subían hasta los pechos, transmitiéndoles calor,

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excitándola. Sus manos le recorrieron todo el cuerpo, deteniéndose sólo un momento en el cinturón de oro de Lyon, para llegar a los muslos que subían y bajaban sobre él.

Los dedos de Raine la exploraron, la acariciaron, hasta que su urgencia creció y le puso las manos sobre las caderas sosteniéndola, manipulándola como deseaba. Con un violento empujón hacia arriba llegó al clímax mientras Alyx se estremecía, temblaba y se recostaba sobre él.

—¿Cómo ha podido pasar semejante mujer por un muchacho? — murmuró él, sus manos enredadas en el pelo de ella y besándole las sienes

—. Ahora entiendo por qué casi me vuelves loco.

—¿Oh? —preguntó ella, tratando de esconder su interés por la

respuesta de él— ¿Cuándo ha ocurrido eso? Nunca me imaginé que repararías en mí como no fuera para servirte.

—Quizá cuando te agachabas o me pasabas una pierna por las narices, o alguna otra cosa no muy masculina.

—¡Pasarte una pierna…! Jamás hice tal cosa. ¿Y tú qué? Haciendo que me montara en tu espalda. ¿Así es como tratas a todos los muchachos? — El rió.

—Los muchachos se muestran entusiasmados por mi fuerza. ¿Tienes frio?

—No. —Ella se arrimó a él, tocándole levemente el cuerpo.

—¡Alyx! —Levantó la cabeza—. ¿Cuántos años tienes? —Había miedo en su rostro. Ella le dirigió una mirada arrogante.

—Veinte, y si crees que voy a crecer… —Riendo entre dientes, él le apoyó la cabeza contra su pecho.

—Dios te ha dado el don de la música, ¿qué más quieres? Temía que fueras una niña. No pareces tener más de doce años.

—¿Te gusta mi música? —preguntó ella inocentemente, con voz suave y seductora.

—Ya no voy a halagarte más. Parece que otros lo han hecho suficientemente. ¿Quién te enseñó? Brevemente, ella le habló del sacerdote y el monje.

—De manera que así es como has llegado virgen a los veinte, y Pagnell… Cállate —dijo, cuando ella intentó hablar—. Es un cobarde, pero no tienes nada que temer mientras estés conmigo.

—Oh, Raine, sabía que dirías eso. ¡Lo sabía! Hay muchas ventajas en ser un noble. Tú puedes presentarte ante el rey y pedirle su perdón, y

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entonces los dos podríamos irnos a tu casa. Yo cantaré y tocaré para ti, y seremos muy felices.

Raine, con un solo movimiento se la quitó de encima y comenzó a vestirse.

—Pedir el perdón del rey —dijo ahogadamente— ¿Y qué es lo que yo he hecho para ganar su misericordia? ¿Te olvidas que dos miembros de mi familia están prisioneros? ¿Te olvidas de por qué estoy aquí? ¿Y qué hay de toda la gente del campamento? En un momento hablas del problema de los cercados y al siguiente propones que los campesinos abandonen este nuevo hogar que han encontrado.

—Raine —suplicó ella, poniéndose la camisa alrededor del cuello—, yo no he querido decir… Seguramente si el rey Henry escuchara tu versión de las cosas se mostraría dispuesto a ayudarte. Ese Chatworth no debería tener permiso para retener a tu familia.

—¡Henry! —gruñó él— Tú hablas de él como si fuera un dios. Es un hombre codicioso. ¿Sabes por qué me declaró fuera de la ley? ¡Por mis tierras! Quiere quitarle todo el poder a los nobles y quedárselo él. Por supuesto, tu clase desea que esto sea así porque le conviene, pero ¿qué pasa cuando un mal rey tiene todo el poder? Con los nobles, por lo menos, cuando uno de ellos no es bueno su poder es relativo. ¿Qué pasaría si Pagnell fuera rey? ¿Te gustaría tener que obedecer a un hombre como él?

Apresuradamente, se puso la camisa. Ella nunca había visto a Raine tan furioso.

—Yo no hablaba de la totalidad de Inglaterra —aclaró ella—. Hablaba de nosotros. Seguramente podrías hacer más por tu familia si estuvieras con todos ellos.

—¿Y por eso querrías que me presentara de rodillas ante el rey? — susurró él—. ¿Es eso lo que quieres? ¿Quieres verme arrastrándome, olvidando mis votos de honor?

—¡Honor! —replicó ella, en voz alta—. ¿Qué tiene que ver el honor con esto? Tú hiciste mal al utilizar los hombres del rey. Por un momento tuvo la seguridad de que él la iba a golpear, pero él dio un paso atrás, con los ojos desencajados.

—El honor lo es todo para mí —murmuró él antes de emprender el camino hacia el campamento. Tan rápido como pudo se terminó de vestir y fue tras él.

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Ante la tienda de Raine se encontraba uno de los hombres de su hermano, portando un mensaje. A ella le alegró verle. Quizás alguna buena noticia de su hogar disiparía el enfado de Raine. Adelantándose, cogió el mensaje y sin una mirada para Raine se introdujo en la tienda. Sonriendo, abrió el mensaje, y un momento después dejó caer los hombros, apesadumbradamente.

—¿De qué se trata? —la urgió Raine—. ¿Alguien está enfermo? Había lágrimas en los ojos de Alyx cuando levantó la vista para mirar a Raine. Cuando sus miradas se encontraron, los ojos de él se endurecieron.

—¿Qué es? —le exigió saber.

—Tu… hermana Mary… ha muerto —susurró.

—¿Y Bronwyn? —El rostro de Raine no dejó traslucir ninguna emoción, salvo dos manchas blancas, que se formaron a los lados de su boca.

—Escapó de Roger Chatworth, pero no ha sido hallada aún. Tus hermanos la están buscando.

—¿Hay algo más?

—No. Nada. Raine… —comenzó ella.

—¡Vete! Déjame solo. —Él la hizo a un lado. Alyx comenzó a obedecerle, pero cuando miró hacia atrás y vio su espalda rígida supo que no debía dejarle.

—¡Siéntate! —le ordenó, y cuando él se volvió para mirarla sus ojos eran dos impresionantes carbones encendidos.

—Siéntate —le pidió ella, más tranquila—, y hablaremos.

—¡Déjame solo! —aulló él, pero se sentó en un banco y se sujetó la cabeza con las manos.

Inmediatamente, Alyx se sentó a sus pies, sin tocarle.

—¿Cómo era ella? —susurró— ¿Era de poca estatura o gorda? ¿Reía a menudo? ¿Os molestaba a ti o a tus hermanos? ¿Qué hacía cuando te mostrabas muy obstinado y sentía deseos de romperte un palo en la cabeza?

Él levantó los ojos, todavía oscurecidos y enfadados.

—Mary era buena, dulce. No tenía ningún defecto.

—Qué maravilla —dijo Alyx—. Debía ser una santa para soportar tu testarudez, y sin duda tus hermanos son iguales a ti.

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Las manos de Raine se cerraron sobre su garganta cuando se abalanzó sobre ella, el banco volando por el aire.

—Mary era un ángel —le gritó en la cara, levantándola del suelo y apretando aún más.

—Vas a matarme —dijo ella resignadamente con un jadeo—. Pero eso no hará que ella vuelva.

Después de un momento, las manos de él cayeron y la apretó contra su cuerpo, retorciéndola en ángulos imposibles mientras sus brazos la envolvían. Lentamente, comenzó a acunarla mientras le acariciaba el pelo. —Háblame de ese ángel. Háblame de tus hermanos. ¿Cómo es Judith?

¿Cómo es Bronwyn?

No era sencillo hacerle hablar, pero a medida que las palabras empezaron a surgir, ella tuvo la visión de una familia unida, amorosa. Mary era la mayor de los cinco y sus hermanos menores la adoraban. Raine habló de su generosidad y de cómo, no hacía mucho, ella y Bronwyn habían arriesgado sus vidas para salvar al hijo de un siervo. Habló de Judith, de cómo su hermano se había portado mal con ella y cómo, gracias al gran cariño que le tenía, había llegado a perdonarle.

Alyx, al haber vivido en su pequeña aldea amurallada, no se había detenido a pensar en cómo sería la vida familiar de la nobleza, pero suponía que los problemas eran casi inexistentes. Escuchando a Raine, percibió algo de dolor y pena, de vida y también de muerte. Se alegró de no haber leído en voz alta el mensaje de Gavin. Roger Chatworth había violado a la virginal Mary, y ella, en un rapto de horror, se había arrojado desde la ventana de la torre.

—Alyx —murmuró Raine—. ¿Puedes comprender ahora por qué no debo buscar el perdón del rey? Chatworth es mío. Tendré su cabeza antes de terminar con este asunto.

—¡Qué! —masculló ella, alejándose de él—. Estás hablando de venganza.

—Él mató a Mary.

—¡No! ¡No lo hizo! —miró hacia otro lado, maldiciéndose por haber hablado. Con firmeza la hizo volver el rostro.

—No me has dicho todo lo que había en el mensaje de Gavin. ¿Cómo murió Mary?

—Ella…

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Los dedos de él se contrajeron sobre su mandíbula, sacándole lágrimas de dolor.

—¡Dímelo! —le ordenó.

—Ella se quitó la vida —susurró Alyx.

Los ojos de Raine se entornaron.

—Ella era muy creyente y no hubiera hecho algo así sin un motivo. ¿Qué fue lo que le hicieron?

Alyx pudo ver que él había adivinado, pero que estaba deseando que alguien le dijera que estaba equivocado. Ella no podía mentirle.

—Roger Chatworth… la llevó a su lecho.

Violentamente, Raine empujó a Alyx al otro lado de la tienda. De pie donde estaba, echó hacia atrás la cabeza y lanzó un grito de tal desesperación, tal furia, tal odio, que Alyx se encogió a los pies de su camastro. Afuera todo estaba inusualmente tranquilo y hasta el viento se había detenido.

Cuando le miró de nuevo, Alyx vio que él había comenzado a temblar, a sacudirse, y cuando él bajó la cabeza, ella supo que era el odio lo que le causaba esas convulsiones. Instantáneamente, se levantó del suelo y le arrojó los brazos al cuello.

—¡No, Raine, no! —suplicó— No puedes ir tras Chatworth. El rey… Él se la quitó de encima.

—Él estará contento de tener menos nobles. Así podrá quedarse con las tierras de Chatworth además de las mías.

—Raine, te lo ruego. —Se apretó contra él nuevamente—. No puedes ir solo, y tus hermanos están buscando a Bronwyn. ¿Y qué pasará con la gente del campamento? No puedes abandonarlos para que se maten unos a otros.

—¿Desde cuándo te sientes preocupada por ellos?

—Desde que tengo terror de que puedan matarte —contestó sinceramente—. ¿Cómo vas a luchar, contra Chatworth? Tus hombres no están aquí. Tienes soldados, ¿verdad? ¿Chatworth a su vez tiene caballeros?

—Cientos —dijo Raine con los dientes apretados—… Siempre está rodeado de ellos, siempre está bien protegido.

—Y si tú fueras por él, ¿se enfrentaría a ti limpiamente, uno contra uno, o primero tendrías que luchar con sus hombres? —Raine miró hacia otro lado, y ella se dio cuenta de que sus palabras comenzaban a tener

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sentido para él. «¡Cómo hubiera deseado saber algo más de la nobleza! El honor, piensa en el honor y no se te ocurra mencionar el dinero», se advirtió a sí misma.

—Chatworth no es honorable —continuó ella—. No puedes tratarlo como si fuera un caballero. Debes unirte a tus hermanos. — Silenciosamente, rogó para que no fueran tan cabezas duras como Raine

—. Por favor, espera a estar más calmado. Escribiremos a tus hermanos y planearéis algo juntos.

—No estoy seguro…

—Raine —dijo ella suavemente—. Mary lleva muerta varios días. Quizá Chatworth ya haya sido llevado ante la justicia. Quizás haya escapado a Francia. Quizá…

—Estás tratando de engatusarme. ¿Por qué? —Ella respiró hondo. —He llegado a amarte —susurró ella—. Preferiría morir antes de

quedarme quieta y ver cómo te matan, y eso es lo que seguramente pasará si decides atacar a Chatworth por tu cuenta.

—No le temo a la muerte. Ella le miró con disgusto.

—Ve, entonces —le gritó—. Ve y entrégale tu vida a Chatworth. Él estará encantado, sin duda. Podrá destruir a tu familia uno por uno. Y tú le facilitarás la tarea. Ven, te ayudaré a recoger tus armas. Usarás tu mejor armadura. Buscaremos todas las armas que poseas, y cuando te sientas invencible podrás cabalgar y enfrentarte con todo el ejército de Chatworth. Anda, vamos —dijo, cogiendo la pechera de su armadura—. Mary desde el cielo estará encantada de ver cómo despedazan a su hermano. Será un gran alivio para su alma.

La mirada de Raine era tan fría que sintió como si le atravesara la piel. —Déjame —dijo él por fin, y ella lo hizo. Alyx jamás había sentido tanto miedo como en ese momento. Aun en el aire frío fuera de la tienda,

sudaba profusamente.

—Alyx —oyó una voz susurrada que pertenecía a Jocelin. En cuestión de segundos estaba en sus brazos, llorando.

—La hermana de Raine —sollozó— Mary ha muerto y Raine quiere enfrentarse solo al ejército de su asesino.

—Sh… —la calmó Joss— Él no es como nosotros. Se nos enseñó a ser cobardes, a dar media vuelta y salir huyendo, a salvarnos para poder luchar otro día. No hay muchos hombres como Raine. Él preferiría morir que afrontar el deshonor.

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—Yo no quiero que muera. ¡Él no puede morir! He perdido a todos… mi madre, mi padre. Sé que no tengo derecho, pero le amo.

—Tienes todo el derecho. Ahora tranquilízate y piensa qué se puede hacer para evitar que se suicide. Seguramente sus hermanos saben cuán testarudo es. ¿Podrías persuadir a Raine de que le escriba a su hermano y agregar una nota tuya?

—Oh, Joss —añadió ella, asiéndole de los brazos. Ante su gesto de dolor, ella le soltó— El hombro donde derramé la sidra. Perdóname, yo… —Tranquila —contestó él, poniéndole un dedo sobre su boca— Rosamund me está cuidando. Es una herida pequeña. Ahora ve con Raine

y háblale, y no pierdas el control de tus nervios.

En silencio, Alyx entró nuevamente en la tienda. Raine estaba sentado en el borde de su camastro, sosteniéndose la cabeza entre las manos.

—Raine —le llamó, tocándole el cabello. Con fiereza, él le agarró la mano y besó su palma.

—Soy un inútil —dijo él— Un hombre asesina a mi hermana y no puedo hacer nada. ¡Nada! Ella se sentó junto a él y le pasó el brazo por su hombro, apoyándole la cabeza en el brazo.

—Acuéstate. Ya es tarde. Mañana le escribiremos a Gavin. Tal vez él pueda hacer algo. Dócilmente, Raine permitió que ella le metiera en la cama, pero cuando Alyx se dirigió a su propio jergón, él la detuvo tomándola de un brazo.

—Quédate conmigo. Por ninguna razón ella iba a rechazar su oferta. Con una sonrisa se deslizó entre sus brazos. Durante toda la noche, mientras dormitaba a intervalos, fue consciente de que Raine yacía despierto a su lado.

Por la mañana sombras oscuras rodeaban sus ojos y su humor era negro.

—¡Te he pedido vino! —le gritó a Alyx— Y trae pluma y papel. La carta que Raine dictó para que fuera entregada a su hermano era un mensaje de odio y venganza. Deseaba tomar la vida de Roger Chatworth, y si Gavin no se prestaba a ayudarle, iría solo.

Alyx agregó su propio mensaje al pie, rogándole a Gavin que tratara de hacer que Raine recuperara el buen sentido, ya que estaba dispuesto a

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enfrentarse con todos los hombres de Chatworth él solo. Selló la carta, y se preguntó qué pensaría lord Gavin de su presunción.

Pasaron dos días antes de que llegara una respuesta. El mensajero, medio muerto por la marcha forzada que se había impuesto, prácticamente se desplomó sobre Alyx. Con manos temblorosas, ella rompió el sello. El rey Henry estaba furioso tanto con los Montgomery como con los Chatworth. Había fijado una multa importante contra Roger Chatworth y continuaba diciendo que Raine era un traidor. Deseaba que ambos nobles abandonaran Inglaterra y estaba haciendo todo lo posible para que así fuera. Le enfurecía que Raine estuviera oculto en Inglaterra y corría el rumor de que éste estaba reuniendo un ejército para luchar contra el rey.

Con los ojos llenos de miedo, Alyx levantó la vista para observar a Raine.

—Tú no harías una cosa así, ¿verdad? —preguntó quedamente.

—El rey se preocupa más a medida que va envejeciendo —dijo Raine, quitándole importancia al asunto—. ¿Quién podría entrenar a esta escoria para luchar?

—Esto prueba que debes permanecer oculto. Tu hermano dice que al rey Henry le encantaría usarte como ejemplo de lo que le podría pasar a cualquier otro que pusiera en duda su poder.

—A Gavin le preocupa perder sus tierras —dijo Raine con disgusto— A mi hermano le importan más sus propiedades que su honor. Ya ha olvidado la muerte de nuestra hermana.

—¡No ha olvidado nada! —exclamó Alyx— Tiene presente que hay otros miembros de la familia. ¿Te sentirías mejor si él te enviara a tu propia muerte? Ha perdido a su bebé no hace mucho, ha perdido a su única hermana, la esposa de su hermano ha desaparecido ¿y ahora se supone que debe alentarte a que ofrendes tu vida en algo tan idiota como una venganza?

—¡Por la vida de mi hermana! —él le gritó—. ¿Esperas que me quede tan tranquilo después de lo que me han hecho? ¿No hay alguna forma de que la gente de tu clase entienda lo que significa el honor?

—¡Mi clase! —le gritó ella— ¿Crees que porque naciste noble eres el único que tiene sentimientos? En una sola noche uno de tu clase degolló a mi padre y redujo mi casa a cenizas. Como si eso no bastara, fui declarada ladrona y bruja. Y todo por la lujuria de un hombre. Y tú me hablas de

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venganza, quieres saber si comprendo lo que significa. No puedo dar un solo paso fuera de estos bosques porque mi vida corre peligro.

—Alyx —comenzó él.

—¡No me toques! —gritó ella—. Tú y tus modales superiores. Nos ridiculizas porque nos preocupamos por el dinero, pero ¿qué otra cosa tenemos? Nos arrastramos toda la vida y tenemos que entregar parte de nuestros ingresos para manteneros a vosotros y a vuestros lujosos castillos, para que podáis daros el lujo de hablar de honor y venganza. Si tuvieras que preocuparte por comer al día siguiente, veríamos cuánto te preocuparía el honor.

—Tú no lo comprendes —dijo él hoscamente.

—Lo comprendo todo y tú lo sabes perfectamente —agregó ella, antes de salir de la tienda.

Pasaron varias horas antes que Alyx consiguiera calmarse. Fue a sentarse sola a orillas del río. Tal vez tuviera razón en odiar a Raine porque él era parte de la nobleza. Había barreras entre ellos que nunca podrían salvarse. Todo aquello que él creía era lo opuesto de lo que ella consideraba verdad. Ella había tenido que trabajar toda la vida, con los coros y su música. Tenían la preocupación constante de no saber si habría suficiente dinero para alimentarse. Si no hubiera sido por el sacerdote, muchos inviernos hubieran padecido hambre. Algunas veces Raine se quejaba de la comida del campamento, pero la verdad era que los alimentos eran muy variados y los había en una cantidad que ella no había visto antes.

Cuando Pagnell asesinara a su padre, ella debería haber estado dispuesta a lo que fuera para sobrevivir. ¡Sobrevivir! Esta era una palabra sin sentido para alguien como Raine y sus poderosos hermanos. Guerra, venganza, odio, estos juegos infantiles de raptarse unos a otros eran algo que jamás había formado parte de su vida.

—¿Puedo sentarme junto a ti? —preguntó Jocelin—. ¿Te gustaría compartir tus pensamientos conmigo?

Los ojos de ella relampaguearon.

—Estaba tratando de imaginarme a Raine detrás de un arado. Si tuviera que preocuparse por el cultivo de sus campos no tendría tiempo de andar pensando en asesinar a ese Chatworth. Y si éste tuviera que conducir una yunta de bueyes no tendría energías para secuestrar a la hermana de Raine.

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—Ah, si todos fueran iguales —dijo—. Lo que dice el rey Henry. Hay que darle todo el poder a un hombre y nada a todos los demás.

—Hablas igual que Raine —lo acusó ella—. Pensé que estarías de mi parte.

Jocelin se recostó contra una roca y sonrió.

—No estoy del lado de nadie. He observado ambas formas de vida, y la pobreza de la clase baja no me gusta, como tampoco… la decadencia de la clase alta. Por supuesto hay gente en el medio. Creo que me gustaría ser un rico mercader, un comprador y vendedor de sedas y llegar a echar una gran barriga.

—En Moretón había ricos mercaderes, pero ellos tampoco eran felices.

Siempre estaban temerosos de perder su dinero.

—¿Así como Raine está temeroso de perder su honor? Alyx le sonrió, comprendiendo que él estaba preparando el terreno para algo.

—¿Qué es lo que estás tratando de decirme?

—Que todos nosotros somos diferentes, que nada es del todo bueno o malo. Si pretendes que Raine te comprenda, ten paciencia. Provocarle no será de ningún provecho.

Ella rió por el comentario.

—¿Provocarle, eh? Tal vez exagero un poco.

—Te das cuenta de que eres tan testaruda como él, ¿verdad? Los dos estáis tan seguros de tener razón que no llegáis a entender los razonamientos del otro —gruñó Jocelin enfáticamente.

Por un momento, tranquila, Alyx consideró lo que había oído. —¿Joss, por qué crees que lo amo? Sé que es muy atractivo, pero tú

también lo eres. ¿Por qué habría de amar a Raine cuando sé muy bien que nada bueno puede resultar de este amor? Lo más que. Puedo esperar es llegar a ser la que le proporciona música a su familia, la sierva de su… esposa y sus niños.

—¿Quién sabe qué es lo que nos hace amar? —dijo Joss, con mirada distante.

—Es casi como si hubiera conocido bien a Raine antes de encontrarle por primera vez. Mientras viajaba por el bosque no podía dejar de pensar en cuánto odiaba a la nobleza, pero no bien vi a Raine… —rió ella—… Realmente lo intenté.

—Ven, volvamos. Seguramente Raine tendrá trabajo para nosotros. Y recuerda que por ahora necesita que le reconforten, además de recordarle

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que es terco como una mula.

—Lo intentaré —contestó ella, aceptando la mano que le tendía para ayudarla a ponerse de pie. En la oscuridad, entre los árboles, estaba una mujer que todos parecían haber olvidado: Blanche. Hizo un gesto de profundo disgusto cuando vio que Jocelin la cogía de la mano. Durante los últimos días Alyx y Raine habían estado discutiendo entre ellos como sólo los amantes podrían hacerlo. Parecían pensar que el interior de la tienda les daba suficiente privacidad, pero las voces de ambos se elevaban tanto que ni muros de piedra podrían haberlas amortiguado. La gente del campamento se preguntaba quién habría de ganar la discusión, y consideraban que el muchacho defendía bien sus ideas.

Se entusiasmaron cuando Alyx dijo que los plebeyos como ella tenían demasiado trabajo como para preocuparse por cuestiones de honor.

Pero había cosas que toda esta gente no podía escuchar, cosas que sólo Blanche había oído aplicando su oído al costado de la tienda: que Alyx había sido declarada bruja a causa de la lujuria de un hombre, que Alyx amaba a Raine, y que por la noche se percibían sonidos inequívocos del acto de amor.

Una vez ella había disfrutado de una buena posición en un castillo, el castillo de Edmund Chatworth, y Jocelin había sido su amante. Ahora, en las raras ocasiones en que Joss la miraba, sus labios se curvaban con desdén, los ojos brillantes de odio. ¡Y todo por esa horrible zorra de Constance! Constance le había quitado a Joss, y él ya no le prestaba atención a ninguna mujer. Joss, quien solía reír y cantar, quien se llevaba tres mujeres a la cama y todas quedaban satisfechas, ahora parecía un sacerdote con votos de castidad. Y, sin embargo, recientemente él había estado mirando a esta Rosamund marcada por el diablo con algo más que un interés casual.

Y ahora estaba perdiendo a Raine, al guapo, grande, poderoso y rico Raine. ¿Y todo por qué? Por una chica/muchacho flacucha, de pelo corto y con poco pecho. Si yo me viera obligada a usar ropas de hombre, pensó Blanche, nadie podría tomarme por un muchacho.

Pero Alyx no tenía curvas y su cara parecía la de un duende. ¿Cómo podía Raine estar interesado en ella? No era una dama de alcurnia, sino una plebeya como Blanche. Antes de que Alyx llegara al campamento, Blanche era la ayudante personal de Raine y una vez, ¡oh maravillosa

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noche!, había compartido su lecho. Ahora seguramente esto no se volvería a repetir, a menos que lograra deshacerse de Alyx.

Con una mirada de determinación se encaminó nuevamente hacia el campamento.

Durante semanas Alyx se esforzó para evitar que Raine le declarara la guerra a Roger Chatworth. Las cartas que iban y venían desde el castillo Montgomery mantenían una periodicidad semanal. Más de una vez, Alyx se alegró de que lord Raine no supiese leer, porque al pie de las cartas a Gavin, ella agregaba una nota con su propia versión de los hechos. Le contó a Gavin cómo la furia de Raine crecía día a día, cómo trataba de desahogarse trabajando durante muchas horas en el campo de entrenamiento, preparándose para la batalla con Chatworth.

A su vez Gavin escribía que Bronwyn había sido hallada y que su bebé llegaría en agosto. Contaba la furia de su hermano menor por la muerte de Mary, y cómo Miles había sido enviado con otros parientes a la isla de Wight, con la esperanza de que su tío lograra calmar su fogoso temperamento. En tono más ligero, Gavin contaba que quién estaba sumamente enfadado ahora era el tío, porque su pupila se había enamorado de Miles y estaba dispuesta a seguirlo hasta los confines de la tierra.

—¿Qué clase de hombre es ese hermano tuyo? —preguntó ella con curiosidad.

—A las mujeres les gusta Miles —fue todo lo que Raine pudo decir. No había ningún humor en sus ojos estos días. Hasta al hacer el amor ponía un toque dramático.

Stephen, otro hermano, escribió desde Escocia. La carta, según la impresión de Alyx, era extraña y estaba llena de odio contra los ingleses, cuando hablaba de la pobreza de las cosechas de ese año.

—¿Tu hermano es escocés? —inquirió ella.

—Se ha casado con una MacArran y ha tomado el nombre de ella. —¿Ha dejado de lado su nombre inglés por un apellido escocés? —

preguntó con incredulidad.

—Bronwyn es capaz de hacer que un hombre haga cualquier cosa por ella —dijo él sin expresión. Alyx se mordió la lengua para no hacer un comentario descortés sobre las mujeres perezosas y ricas que Raine había amado hasta entonces. Una vez dijo algo al respecto que le hizo sonreír.

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—Judith —dijo él con tanta añoranza que Alyx sintió una punzada de dolor—. En toda mi vida junta no he trabajado como lo hace ella en una sola jornada.

—Muy caballeroso de tu parte —rezongó Alyx, sin creer del todo en sus palabras.

Y fue en abril cuando los hechos comenzaron a sucederse. En el campamento de fugitivos todo se había desarrollado con docilidad durante el invierno, pero cuando los árboles comenzaron a florecer y la brisa se hizo cálida, comenzaron a luchar entre sí. No eran enfrentamientos directos, sino que se escurrían en las sombras de la noche y se peleaban unos con otros. El trabajo de Raine se multiplicó. Estaba dispuesto a mantener el orden en el campamento.

—¿Para qué te molestas? —le azuzaba Alyx—. Ellos no se merecen tus fatigas. —Por primera vez en mucho tiempo, vio que aparecía un hoyuelo en sus mejillas.

—No se puede inculcar nociones de honor a los de su clase ¿no es verdad? Sólo nosotros somos sensibles a esos sentimientos.

—¿Nosotros? —refunfuñó ella—. ¿Desde cuándo he pasado a ser una de tus damas vestidas de satén? Apuesto a que puedo manejar una espada tan bien como tu Judith maneja su aguja.

Por alguna razón esto pareció divertir mucho a Raine.

—Ganarías esa apuesta —rió él—. Ahora ven aquí y dame un beso.

Nadie te supera en eso. Contenta, se colgó de él.

—¿Es verdad eso, Raine? —le preguntó con seriedad. Ella trataba de vivir cada día según se presentaba, pero de vez en cuando pensaba en el futuro, veía a Raine con la dama que sería su esposa y a ella relegada a las sombras.

—¿Qué significa esa mirada? —preguntó él, levantándole el mentón

—. ¿Soy tan difícil de soportar?

—Tengo miedo, eso es todo. No vamos a permanecer en este bosque

para siempre.

—¡Y eso es algo por lo que deberíamos estar agradecidos! —dijo con pasión—. Sin duda mi casa ha decaído mucho en estos últimos meses.

—Si te presentaras ante el rey… —comenzó ella tentativamente. —No discutamos —murmuró contra la boca de ella—. ¿Es posible

amar a una mujer y detestar lo que pasa por su cabeza?

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Antes de que Alyx pudiera contestar comenzó a besarla, y ya no hubo otro pensamiento que no fuera la sensación de estar junto a su cuerpo. No se cuidaban mucho de ser discretos; no podían. Aunque Alyx aún pretendía seguir adelante con la comedia de practicar en el campo de entrenamiento, no se lo tomaba en serio.

Cada vez que sentía los ojos de Raine sobre ella, hacía todo lo posible por atraerle. Podía llegar a molestarle sin piedad.

Y, ¡ah!, ¡qué libertad de movimientos le daban las ropas de muchacho! Una vez cuando salieron de caza y ya estaban a buena distancia del campamento, Alyx giró sobre la montura para quedar frente a él y desató el triángulo que cubría la parte delantera de sus calzas. Raine, atónito al principio, pronto reaccionó a su creatividad. En segundos él también se había liberado de la ropa y la colocó encima.

Pero no tuvieron en cuenta al semental de Raine. El caballo, olfateando el aire, enloqueció por lo que sucedía en sus grupas. Raine luchaba para controlarlo y para mantenerse aferrado al pequeño cuerpo ardiente de Alyx. Pero llegó un momento en que ya no pudo controlar nada. Cuando su cuerpo explotó en el de ella, la enorme bestia se encabritó, haciendo que los ojos de Alyx giraran con preocupación.

Raine rió tanto de su expresión que ella se sintió insultada.

—No, no lo volveré a hacer —dijo él, gesticulando—. Y pensar que has pasado la mayor parte de tu vida adentro de una iglesia. Y ahora — movió las cejas— montas a caballo.

Ella hizo un intento por rechazarlo, pero cuando trató de darse la vuelta se dio cuenta de que no estaba el parche triangular de sus calzas. Durante una hora tuvo que soportar las carcajadas de Raine mientras ambos se arrastraban entre los matorrales tratando de encontrar el trozo de tela.

Pero Alyx se rió la última. La visión de ella tan provocativamente vestida muy pronto hizo que sus risas se transformaran en miel. Ella, con todo el orgullo que había aprendido de él, le hizo ponerse de rodillas para suplicarle por sus favores. Por supuesto, ella no había calculado a qué altura quedaba la boca de él al estar arrodillado y ella de pie. Segundos después era Alyx quién pedía misericordia.

Después de hacer el amor largamente, sin prisa, Raine extrajo de su bolsillo el trozo de tela perdido; donde había estado todo el tiempo.

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Mientras ella le golpeaba el pecho con los puños, furiosa, él la besó hasta dejarla sin aliento.

—Debes aprender quién es el amo aquí, mujer mía —dijo él, frotándole la boca contra su cuello—. Ahora tenemos que volver al campamento. Quiero decir, si mi caballo me permite que lo monte. Con toda seguridad él está tan enamorado de ti como tú de él.

Ella quiso evitarlo, pero se ruborizó furiosamente ante la broma. Raine le dio una palmada en el trasero amigablemente y la subió a la montura. Y gritó riéndose a carcajadas cuando el caballo comenzó a bailotear molesto por haber sido montado.

—Seguramente se queja de tu peso —dijo ella con presunción.

—Si tú no protestas por mi peso, ¿por qué habría de hacerlo él? — Alyx pensó que sería mejor cerrar la boca porque Raine seguramente ganaría la discusión. Ahora, apretándose contra él, trató de no pensar en el futuro, cuando ya no pudieran tratarse como iguales. Un grito los hizo sobresaltarse.

—¿Qué pasa ahora? —gruñó Raine—. ¿Otro robo u otra pelea? Una turba se acercaba a la tienda y parecían todos enojados.

—Exigimos que dé con el ladrón —dijo el líder—. No importa dónde escondamos nuestras cosas, él las encuentra.

Alyx se sintió invadida por la furia.

—¿Y qué derecho tienes tú a exigir nada, pedazo de idiota? —vociferó ella—. ¿Desde cuándo lord Raine es vuestro protector? Deberían haberos mandado a las galeras hace mucho tiempo.

—Alyx —le advirtió Raine, apretándole los hombros con tal fuerza que ella creyó que se caería—. ¿Habéis mantenido la vigilancia? — preguntó al jefe del grupo—. ¿Habéis escondido bien vuestras posesiones?

—¿Escondido bien? —contestó éste, mirando a Alyx con hostilidad—. Algunos de nosotros las hemos enterrado. John, aquí presente, puso el cuchillo debajo de su almohada y por la mañana ya no estaba.

—¿Y, sin embargo, nunca nadie ha visto a ese ladrón? —preguntó Raine. Blanche dio un paso adelante.

—Tiene que ser alguien pequeño, alguien lo suficientemente ligero como para poder escabullirse con facilidad. —Sus ojos se fijaron en Alyx. La turba proyectó una mirada malévola hacia el muchacho que estaba junto a Raine.

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—Tiene que tratarse de alguien que no sienta miedo —continuó Blanche—. Alguien que crea estar bien protegido. —Involuntariamente, Alyx dio un paso atrás, acercándose más a Raine.

—Blanche —dijo Raine con calma—, ¿sospechas de alguien en particular? Si es así dilo ya.

—De nadie en especial —dijo ella, encantada de ser el centro de atención—. Pero tengo mis ideas. —Alyx, que sintió su coraje renovarse, intentó avanzar, pero Raine la detuvo.

—Atraparemos a ese ladrón —dijo uno de los hombres—, y cuando lo tengamos, ¿será castigado como se merece? —Alyx quedó tan aturdida por la mirada de odio que le dirigió el hombre que no escuchó la respuesta de Raine. De alguna manera había logrado conformarlos, porque protestando, comenzaban ya a dispersarse.

—Me odian —susurró Alyx, mientras Raine la introducía en la tienda —. ¿Por qué será?

—Tú los odias a ellos, Alyx —contestó Raine—. Lo perciben aunque tú no se lo digas. Creen que te consideras superior. Ella creía estar acostumbrada a la manera franca de hablar que tenía Raine, pero no estaba preparada para esto.

—Yo no los odio.

—Son personas como tú y yo. Nosotros tenemos la ventaja de haber tenido una familia. ¿Has visto esa mujer a la que le falta la mano derecha? ¿Maude? Su padre se la cortó cuando tenía tres años para que cuando mendigara le dieran más dinero. A los diez años ya era una prostituta. Son ladrones y asesinos, pero no han conocido otra cosa.

Alyx se dejó caer pesadamente en un banco.

—En todos estos meses nunca has mencionado nada así, ¿por qué? —Es tu opinión. Cada uno de nosotros tiene que hacer lo suyo.

—Oh, Raine —lloró ella, echándole los brazos al cuello—. Eres tan bueno y amable, tan noble. Parece que tú amas a todo el mundo mientras que yo no quiero a nadie.

—Un santo es lo que soy —asintió él solemnemente—. Y mi primer acto de santidad es declarar que mi armadura está sucia y comisionar a un angelito flacucho para que la limpie.

—¿Otra vez? Raine, ¿en la próxima carta podrías pedirle a tu hermano que te envíe un escudero de verdad?

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—Arriba, perezosa —ordenó él cogiendo las partes de la armadura, pero como ella se quedara de pie con su pesada carga, él le dio un sonoro beso—. Para que no me olvides —susurró, antes de sacarla de la tienda.

En el arroyo encontró a Jocelin, que traía cinco conejos atados colgando de sus hombros. Hablaron brevemente antes de que Joss se encaminara al campamento. Él pasaba cada vez más tiempo con Rosamund.

Alyx hizo todo lo posible por no pensar en el incidente de los robos.

Seguramente nadie creería las insinuaciones de Blanche.

Pasaron dos días sin novedad, y entonces hubo otro robo, y una vez más la gente del campamento miró a Alyx con los ojos cargados de sospecha. Blanche, pensó Alyx. Seguramente la mujer ha estado muy ocupada estos últimos días.

Una vez, mientras se estaba sirviendo un cuenco de guisado, alguien le dio un empujón y la comida hirviendo le quemó la mano. Parecía un accidente, pero no estaba demasiado segura. En otra oportunidad escuchó cómo dos hombres hablaban en voz alta sobre las personas que se creían superiores.

Durante el cuarto día, mientras ella caminaba por el campo de entrenamiento, accidentalmente una espada le cortó el brazo. Ante el interrogatorio de Raine, pareció que nadie en ese momento había tocado una espada, y cuando él les alargó una hora el período de entrenamiento, todos miraron a Alyx con rencor.

En la tienda, Raine, tranquilo, le vendaba la herida.

—¡Di algo! —exigió ella.

—Esto no me gusta nada. No quiero verte herida. Mantente cerca. No te alejes de mi vista.

Ella hizo un gesto de asentimiento. Tal vez había sido demasiado hostil con esta gente. Tal vez si merecieran que ella les brindara algo de su tiempo. Ella en realidad no sabía mucho de personas, sólo de música. En Moretón ella había sido apreciada porque hacía música para todos, pero aquí parecían querer algo más. Sabía que Blanche estaba poniendo a todos en su contra, pero si ella se hubiera mostrado un poco más accesible durante los meses pasados, la tarea de Blanche se hubiera vuelto más difícil.

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Esa noche tomó prestado el laúd de Raine y se sentó junto a la fogata del campamento a tocar. Uno por uno de los presentes se levantaron y se fueron. Por alguna razón esto la asustó más que ninguna otra cosa.

Durante los dos días que siguieron no se alejó de Raine. La gente del campamento ahora tenía a alguien contra quien volcar su odio y no dejaban pasar ninguna oportunidad.

Fue en la noche del segundo día, mientras Alyx se encontraba a pocos pasos de Raine, que un hombre la agarró violentamente y comenzó a registrarla. Antes de que Alyx tuviera tiempo de gritar, el hombre lanzó un alarido de triunfo mientras mostraba con el brazo en alto un cuchillo que ella nunca había visto antes.

—El muchacho lo robó —vociferó el hombre—… Tenemos la prueba.

Instantáneamente, Raine estaba junto a Alyx y la escondía tras de sí—.

¿Qué significa esto? —exigió saber.

Los hombres gesticularon hacia la multitud que comenzaba a juntarse a su alrededor.

—Tu engreído muchachito no puede negar esto —contestó, sosteniendo el cuchillo para que todos lo vieran—. Lo encontré en su bolsillo. Hace tiempo que sospecho de él, pero ahora estamos todos seguros. —Acercó el rostro al de Alyx, y su aliento era fétido—. Ahora ya no vas a seguir fisgoneándonos. —En cuestión de segundos se encontraba levantándose del suelo donde Raine lo había arrojado.

—¡Vuelve a tu trabajo! —le ordenó. La gente, una multitud que crecía a cada momento, se negó a moverse.

—Es un ladrón —alguien dijo tercamente—. Azótalo.

—Arráncale la piel de la espalda y vamos a ver qué orgulloso es.

Alyx, con los ojos muy abiertos, se quedó detrás de Raine.

—El muchacho no es ningún ladrón —contestó Raine con firmeza. —Ustedes los nobles hablan de la justicia —gritó alguien desde atrás

—. Este mozo roba y no hay nadie que le castigue.

—¡Eso es! —vociferaron por lo menos cinco más. Raine desenvainó

su espada y la apuntó contra ellos.

—Idos de aquí, todos vosotros. El muchacho no es ningún ladrón. Y ahora, ¿quién quiere perder la vida primero por defender esta mentira?

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—Nosotros castigaremos al muchacho, —gritó alguien, antes que la turba comenzara a dispersarse.

Pasó un largo rato antes de que Alyx se atreviera a alejarse de la protección del cuerpo sólido de Raine. Le temblaban las rodillas y se colgó de su brazo.

—Yo no he robado el cuchillo —logro articular finalmente.

—Claro que no —contestó Raine, pero ella supo por su expresión que no le restaba importancia al incidente.

—¿Qué sucederá ahora?

—Van a hacer todo lo posible para salirse con la suya.

—¿Y qué es lo que quieren?

—Un juicio y tu expulsión. Antes de que tú vinieras les prometí hacer justicia. Les juré que todos aquellos que obraran mal serían castigados.

—Pero yo no he hecho nada malo —respondió ella, al borde de las lágrimas.

—¿Te gustaría explicar eso ante un grupo de ellos? Te encontrarían culpable aunque tú fueras la Santa Madre.

—Pero ¿por qué, Raine? No les he hecho nada. Anoche hasta traté de cantar para ellos, pero me dieron la espalda.

Cuando la miró sus ojos estaban muy serios.

—¿La música siempre te ha sido suficiente con la gente? ¿Nunca nadie te pidió algo más aparte de que cantaras algo bonito? No supo qué responderle. Para ella no había habido vida separada de su música. La gente de su aldea no esperaba otra cosa de ella que su música y con eso estaban satisfechos, al igual que ella.

—Ven —dijo Raine—. Tenemos que planear algo. Con expresión sombría ella le siguió, la cabeza baja, sin atreverse a mirar de frente a nadie. Toda esta furia dirigida contra ella le resultaba algo completamente nuevo.

Una vez dentro de la tienda, Raine habló con calma.

—Mañana abandonaremos el bosque.

—¿Irnos? ¿Nosotros? No comprendo.

—Esta gente está envenenada contra ti, y ya no estás segura aquí. Yo no puedo protegerte cada minuto del día, pero no puedo permitir que te hagan daño. Mañana temprano nos iremos. Alyx, plenamente consciente del odio de toda esa gente fuera de la débil protección de la tienda, apenas le escuchaba.

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—Tú no puedes irte —murmuró—. El rey te encontrará.

—¡Al diablo con el rey! —dijo Raine enojado—. No puedo quedarme aquí pensando que en cualquier momento uno de ellos puede volverse contra ti. Esto no se arregla con tus canciones, Alyx. Ellos son más inteligentes que esos caballos que dominas con tu voz. Harán lo posible por hacerte daño.

Alyx comenzaba a escucharle con atención.

—¿Y tú te irías conmigo?

—Por supuesto. No podría dejarte partir sola. No durarías un día ahí afuera.

Las lágrimas le nublaron la vista.

—¿Por qué otra gente puede averiguar quién soy? ¿Pueden saber que soy un ser engreído y arrogante que no se preocupa por nadie?

—Alyx, tú eres una criatura muy dulce y te preocupas por mí.

—¿Y quién podría no amarte? —pregunto ella llanamente—. Tú tienes más ternura en tu dedo meñique que yo en todo mi cuerpo. Y ahora te arriesgas a ser capturado y puesto en prisión para salvarme.

—Te llevaré con mi hermano y…

—Y Gavin se arriesgará a despertar la cólera del rey por proteger a una mujer que es buscada por brujería. ¿Pondrías en peligro a toda tu familia por mí, Raine? ¿Tanto me amas?

—Sí. —Los ojos de Alyx quedaron clavados en los suyos y percibieron el amor que había en ellos, pero en lugar de alegrarse sintió un gran dolor.

—Tengo que estar sola —murmuró—. Tengo que pensar.

La acompañó hasta el alero de la tienda, y cuando ella salió, él llamó a Jocelin.

Mientras Alyx se dirigía hacia él no a través del denso bosque, la cabeza le bullía de ideas. Se sentó sobre una roca mirando fijamente el agua negra y brillante.

—¡Sal de ahí ya, Joss! —dijo ella—. No eres un buen sabueso —le dijo con desánimo cuando él se sentó a su lado—. ¿Te ha ordenado Raine que me protegieras? Joss guardó silencio.

—Ahora tiene que protegerme —agrego ella—. No puede dejarme sola ni un momento por temor a que alguien me castigue.

—Tú no has hecho nada malo.

—Yo no he robado nada, eso es verdad, ¿pero que cosa buena he hecho? Mira a Raine. Ahora podría estar en otro país viviendo

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cómodamente, pero, en cambio, prefiere quedarse en este frío bosque y ayudar a sus compatriotas. Los protege, cuida de que estén bien alimentados, siempre está trabajando para ellos. Y, sin embargo, hay una recompensa por su cabeza y debe permanecer aquí cuando su familia le necesita. Su hermana es violada, se suicida, y en medio de su dolor no interrumpe el trabajo ni por una hora.

—Raine es un buen hombre.

—Es un hombre perfecto —agregó ella.

—Alyx —murmuró Jocelin, poniéndole una mano en el brazo—, Raine te va a proteger de esta gente, y cuando él no pueda estar cerca lo estaré yo. Tu amor le ha sido de mucha ayuda para superar su dolor. —A ella no le cogió por sorpresa que él supiera que era una mujer.

—¿Para qué sirve mi amor? Planea abandonar el campamento mañana, para cabalgar tranquilamente a la luz del sol en una comarca donde será blanco fácil de la cólera del rey. Va a dejar la protección del bosque arriesgándose a terminar en prisión sólo por protegerme.

Nuevamente, Jocelin se quedó callado.

—¿No tienes nada que decir? ¿Ninguna palabra tranquilizadora para convencerme de que la vida de Raine no correrá peligro?

—Correrá un gran peligro si abandona estos bosques. Raine es muy conocido y le reconocerán fácilmente.

Alyx emitió un profundo suspiro.

—¿Cómo puedo permitir que se arriesgue tanto por mí?

—Entonces, ¿qué tienes pensado hacer? —Preguntó Joss ásperamente. —Partiré sola. No puedo quedarme y causarle más preocupaciones y él

no debe acompañarme. Por lo tanto, me iré sola.

La risa de Joss le tomó por sorpresa.

—Estoy seguro de que Raine Montgomery se mostrará tan dócil como un perro faldero. Tú le informarás de tus planes, y él obedientemente te besará en la mejilla y te deseará mucha suerte.

—Estoy preparada para una pelea con él.

—Alyx —siguió riendo Jocelin—. Raine te va a echar sobre su montura y te va a sacar de este bosque. Podrás chillar todo lo que quieras, pero cuando llegue el momento, los músculos podrán más que las palabras.

—Tienes razón —aceptó Alyx—. Oh, Joss, ¿qué puedo hacer? Él no debe arriesgar su vida por mí.

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—Ámale —dijo Joss—. Eso es todo lo que él quiere. Ve con él, quédate con él. Atiéndele en todo.

Ella saltó de la roca que le servía de asiento, las manos sobre sus caderas, mirando a Jocelin.

— ¿Y qué se supone que deberé hacer cuando le maten por mi culpa? ¿Deberé sostener sus manos frías y cantar una dulce canción al Señor? Seguramente la música será magnífica y todos dirán cuánto debí haberle amado. ¡No! No quiero manos frías. Quiero manos tibias que me amen, o que amen a cualquiera, dado el caso. Prefiero que Raine vuelva con Blanche antes de verle muerto.

—¿Entonces cómo harás para que se quede aquí? —le preguntó Jocelin calmadamente.

Ella se sentó nuevamente.

—No lo sé. Seguramente debe haber algo que yo pueda decir. Tal vez si insultara a su familia.

—Raine se reiría de ti.

—Es cierto. Si le dijera que él es un… —No se le ocurrió nada que no le hubiera dicho muchas veces con anterioridad. Obviamente, los insultos no le alteraban—. Oh, Joss —dijo con desesperación—, ¿qué puedo hacer? A Raine hay que protegerle de sí mismo. Si abandonara el bosque seguramente iría tras Chatworth, el rey terminaría involucrado en la pelea y… no puedo dejar que eso suceda. ¿Qué puedo hacer? —Pasaron algunos minutos antes de que Joss hablara nuevamente, y cuando lo hizo, ella apenas le escuchó.

—Acuéstate conmigo.

—¡Qué! —vociferó Alyx—. Te estoy hablando de la seguridad de un hombre, de su probable muerte, ¿y tú tratas de convencerme para que me meta en tu cama? Si quieres una mujer, toma una de esas brujas que te persiguen constantemente. O acuéstate con Rosamund. Estoy segura de que ella lo disfrutaría mucho más que yo.

—Alyx —rió él entre dientes, con la mano sobre su hombro—. Antes que sigas atacándome de esa forma, escúchame. Si de veras deseas que Raine permanezca aquí, no habrá nada que puedas decirle que le convenza, pero tal vez haya algo que puedas hacer. Él no te conoce demasiado, en verdad, por lo menos no lo suficiente como para tenerte plena confianza, o tal vez un hombre nunca confía del todo en una mujer.

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Si Raine te encontrara con otro hombre no podrías convencerle de ninguna forma de que volviera contigo. Te dejaría ir y se quedaría aquí.

—Me odiaría —susurró ella—. Puede ponerse muy violento.

—Creí que hablabas en serio. Hace un momento dijiste que preferías que Blanche se quedara con él. —Casi se atragantó al pronunciar el nombre de la mujer—. ¿Supones que puedes dejar a Raine ahora y que después, cuando haya hecho las paces con el rey, puedes volver a él? Eso sólo podría pasar en una de tus canciones. De la única forma que Raine Montgomery te permitiría dejar estos bosques es que sus sentimientos por ti se invirtiesen completamente.

—Que su amor se transforme en odio —murmuró ella.

—¿Te imaginas que puede quedarse ahí, despidiéndote con lágrimas en los ojos mientras tú te vas? —preguntó Joss con sarcasmo—. Alyx, tú le amas demasiado como para hacerle daño. Mañana, deja que él te saque de aquí. Sus hermanos le protegerán hasta que el rey le otorgue su perdón.

—¡No! —gritó ella—. Nadie puede protegerle de una flecha. Incluso en este bosque rodeado de guardias fue herido. Salir de aquí sería exponerlo a la muerte. —¿De qué peor manera podría lastimarle que permitiendo que muera? Enterró la cara en sus manos—. ¡Pero provocar su odio! Hacer que su mirada sea de odio en vez de amor… Oh, Joss, es un precio muy caro.

—¿Quieres su amor o su vida? ¿Preferirías cantar una canción sobre su tumba o saber que vive aunque esté en brazos de otra mujer?

— No es mucho lo que sé del amor, pero en este momento la idea de que otra mujer le toque me hace preferir que esté muerto.

Joss trató de no sonreír.

—¿Es eso lo que quieres en verdad?

—No —dijo ella suavemente—. Le quiero vivo, pero también le quiero a mi lado.

—Debes elegir.

—¿Y tú crees que de la única manera que él estaría dispuesto a quedarse es si sabe que yo me he… acostado con otro?

—No se me ocurre otra solución. Los ojos de ella se agrandaron.

— ¿Pero qué pasará contigo, Joss? Raine se enfurecerá contigo. —Seguramente así será.

—¿Y qué harás? Podría hacerte la vida imposible. —Joss se aclaró la

garganta—. Si quiero conservar la vida, creo que también deberé partir. No

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querría tener que batirme en duelo con Raine después de haberle hecho el amor a su mujer.

—Oh, Joss —suspiró ella—. Arruinaría tu vida tanto como la mía. Te buscan por asesinato. ¿Qué pasaría si alguien te reconoce? —No pudo ver cómo Joss se sorprendía por sus palabras. No tenía ni idea de que ella estuviera al tanto de su historia.

—Me dejaré crecer la barba, y tú, vestida de muchacho, no correrás peligro. Cantaremos juntos, tocaremos y podremos ganarnos la vida. El primer pensamiento de ella fue para Pagnell, pero lo dejó de lado. Por primera vez en su vida pensaría en alguien más antes que en su persona.

—Raine ha tenido tantas tragedias en su vida. La muerte de su hermana está muy reciente, y ahora…

—Decídete de una vez, Alyx, y quítate la ropa. Si no me equivoco, Raine viene hacia aquí ahora mismo.

—¿Ahora? —jadeó ella—. Necesito tiempo.

—Elige —le dijo él desde muy cerca—. Muerto y tuyo o vivo y de alguna otra.

La imagen de Raine quieto, silencioso para siempre, hizo que echara los brazos al cuello de Jocelin y que sus labios buscaran los de él.

Durante muchos años Jocelin había sido un experto en desvestir mujeres y no había olvidado cómo se hacía. Aunque Alyx usaba ropas de muchacho, fue sorprendente la velocidad con que Joss la despojó de ellas. Antes de que ella pudiera respirar, ambos estaban desnudos de la cintura para arriba, piel contra piel. Jocelin juntó sus manos en el cabello de Alyx y le echó la cabeza hacia atrás besándola vorazmente, mientras los ojos de ella se abrían de miedo. No tuvo tiempo de pensar en el beso de Joss porque las poderosas manos de Raine los separaron, haciendo que ambos cayeran a la orilla del río.

—Te mataré —dijo Raine en un susurro, clavando los ojos en Jocelin. Alyx, atontada por el golpe recibido a causa del empujón de Raine, le cogió violentamente de la camisa al ver que éste desenfundaba su espada, gritando: «¡No!, —lo suficientemente fuerte como para hacer caer el rocío de los árboles—. Dame fuerzas», rogaba mientras se ponía de pie.

Tapó a Joss con su cuerpo.

—Daré mi vida por la de este hombre —dijo apasionadamente. Vio la expresión de Raine que iba del azoramiento al dolor, la furia, la frialdad, y sintió una carga en su corazón.

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—¿Me he estado portando como un tonto? —preguntó calmadamente. —Los hombres son como la música —dijo ella con el tono más ligero

que pudo.

—Yo no puedo vivir con una dieta de canciones de amor o de letanías fúnebres. Necesito de todo. Debo tener una variedad de hombres lo mismo que de canciones. Tú, ah, tú eres una canción de furia, de címbalos y percusión, mientras que Joss —agitó las pestañas— Joss es una melodía de flautas y arpas.

Por un instante pensó que tal vez Raine le arrancaría la cabeza del cuerpo, y en lugar de sentir miedo casi lo deseó. Dentro de sí rogaba que Raine no la creyera. ¿Podría él pensar que verdaderamente la música significaba más para ella que él?

—Fuera de mi vista —murmuró él desde muy dentro de sí—. Vete… y que tu amigo se ocupe de ti de hoy en adelante. Partid esta noche. No quiero volver a veros.

Dio media vuelta para alejarse, y Alyx corrió unos pasos hacia él, pero Joss la agarró de un brazo.

—¿Qué podrías decirle ahora, salvo la verdad? —preguntó—. Déjale solo. Rompe todo lazo ahora. Espera aquí que volveré enseguida. ¿Tienes algo más de ropa o algo que sea tuyo? Ella negó con la cabeza y casi no lo notó cuando Joss la dejó sola.

Su mente quedó vacía de pensamientos mientras esperaba que regresara. Raine le había creído, había creído que su música era tan tan importante. La gente del campamento estaba dispuesta a creer que ella era una ladrona y deseaba verla castigada. ¿Pero qué había hecho ella en la vida para hacer que los demás tuvieran confianza en ella, para que creyeran que era una buena persona?

—¿Estás lista? —Jocelin le preguntó, mientras Rosamund como una sombra se mantenía detrás de él.

—Siento tanto haberte causado… —comenzó.

—Ya basta —dijo Joss con firmeza—. Ahora hay que mirar hacia el futuro.

—Rosamund, ¿le cuidarás? ¿Harás que coma bien? ¿Que no se entrene demasiado?

—Raine no me escuchará como te escucha a ti —contestó ella con su voz suave, mientras devoraba a Joss con la mirada.

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—Bésala —murmuró Alyx—. Alguien debe mostrar su amor en lugar de esconderlo. —Con estas palabras giró sobre sí misma, y cuando los miró nuevamente Rosamund se abrazaba desesperadamente a Jocelin. Cuando éste se acercó a Alyx, había una mirada de sorpresa en su rostro.

—Ella te ama —dijo Alyx tranquilamente, mientras comenzaban el largo viaje hacia los límites del bosque.

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Segunda Parte

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AGOSTO DE 1502

Alyx puso una mano en su espalda y se recostó en un trozo con hierba al lado del camino, agradeciéndoselo a Joss con una sonrisa cuando él le alcanzó una taza de agua fresca.

—Descansaremos aquí esta noche —dijo él, estudiando las líneas de cansancio de su rostro.

—No, esta noche debemos cantar… necesitamos el dinero.

—¡Lo que tú necesitas es descansar más! Respondió él, sentándose a su lado. Está bien. Tú ganas. Siempre lo haces. ¿Tienes hambre?

Alyx le miró de una forma que le hizo sonreír, y él bajó la vista para mirarle la gran barriga que le inflaba la lana del vestido. El calor del verano y su andar constante hacían que Alyx se sintiera francamente mal.

Haría poco más de cuatro meses que habían abandonado el campamento de Raine, y durante ese tiempo casi no habían detenido su marcha. Al principio no había sido difícil. Ambos eran fuertes y saludables y se habían transformado en unos músicos muy populares. Pero después del primer mes en los caminos, Alyx empezó a sentirse enferma. Vomitaba tan frecuentemente que la gente comenzó a negarse a viajar con ellos, temiendo que el muchacho padeciera alguna enfermedad. Y Alyx se puso tan débil que casi no podía caminar, Permanecieron durante una semana en una pequeña aldea mientras Jocelin se sentaba a las puertas del poblado y cantaba a cambio de algunas monedas. Una vez Alyx llegó hasta él, trayéndole pan y queso, y al mirarla, él pensó cuánto había cambiado ella desde los tiempos del campamento. Quizá fuera porque últimamente él le había tomado cariño que, la veía más linda, más dulce, más encantadora. Su andar un tanto masculino se había transformado en una forma de caminar lenta, cadenciosa, típicamente femenina. Y a pesar de haber estado enferma, había ganado peso. Repentinamente, Joss se sintió golpeado al comprender qué le pasaba de «malo» a Alyx: ella llevaba

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dentro suyo al hijo de Raine. Cuando ella llegó hasta él le encontró riendo a carcajadas, y si hubieran estado solos, la habría hecho volar por el aire.

—Seré una carga para ti —dijo Alyx, con los ojos brillantes. Antes de que Joss pudiera responder, ella comenzó a parlotear—. ¿Tú crees que se parecerá a Raine? ¿Está mal rezar para que un niño tenga hoyuelos?

—Ahorrémonos las plegarias y tratemos de ver cómo conseguirte ropas de mujer. Si sigo viajando con un muchacho embarazado no creo vivir mucho tiempo.

—Un vestido —sonrió Alyx, algo suave y bonito que la hiciera sentir nuevamente mujer.

Una vez que Joss dejó de estar preocupado pensando que Alyx podía morir de alguna extraña enfermedad, sintió que renacía su confianza para seguir viajando de castillo en castillo. Y Alyx, al saber que no había perdido a Raine por completo, estaba de mucho mejor ánimo. Hablaba constantemente de su criatura, qué aspecto tendría, cómo resultarían los rasgos de Raine en una niña, y si finalmente venía una niña, esperaba que no llegara a tener el tamaño de su padre.

Alyx también se reía por el hecho de no hacer nada como era debido. En lugar de sentirse mal los primeros tres meses, había estado enferma los segundos tres. Joss escuchaba el mismo parloteo una y otra vez. Se sentía feliz porque ella había abandonado su mutismo y esa tristeza que la habían acompañado los primeros días después de haber salido del bosque. Por la noche dormían en jergones en el suelo de la casa en que hubieran estado cantando, y muchas veces la había oído llorar, pero durante el día jamás mencionaba su dolor.

Una vez tocaron y cantaron en una gran finca propiedad de uno de los primos de Raine. Alyx había permanecido nuevamente silenciosa, pero él casi pudo sentir el esfuerzo por parte de ella para oír cualquier cosa que fuera una noticia. Jocelin había deslizado algunas preguntas en los oídos de la esposa de Montgomery, y la mujer le había contado muchas cosas. Raine seguía en el bosque, y el rey Henry, muy apesadumbrado por la muerte de su hijo mayor, prácticamente había olvidado al noble proscrito. El rey estaba mucho más preocupado pensando qué hacer con su nuera, la princesa Catalina de Aragón, que con un feudo privado. Había ignorado las peticiones de los Montgomery de castigar a Roger Chatworth. Después de todo, Chatworth no había asesinado a Mary Montgomery, sólo la había violado. Él no le había hecho daño alguno. El alma de la muchacha había

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de cargar con el pecado de haberse suicidado. Supieron que en julio Judith Montgomery había tenido un varón, y que después, en agosto, Bronwyn MacArran también había dado a luz un muchacho. Los primos Montgomery todavía no habían logrado aceptar que Stephen adoptara el nombre y las costumbres escocesas.

Alyx escuchaba ávidamente lo que Jocelin le contaba.

—Es bueno que ya no esté con él —dijo calmadamente, haciendo sonar un laúd—. Su familia está llena de damas, mientras que yo no soy más que la hija de un abogado. Si me hubiera quedado a su lado creo que jamás habría logrado ser amable y gentil con su esposa, y ella no me hubiera querido cerca, aunque muchas veces estas damas pueden ser sumamente desaprensivas. Tal vez a él no le vendría mal un poco de ternura.

Jocelin trataba de hacerle entender que la diferencia que había entre esas damas y ella se podía resolver con un vestido de seda, pero Alyx no estaba dispuesta a creerlo. Él sabía que ella se refería tanto a Raine como al odio de la gente del campamento. A medida que avanzaba el embarazo de Alyx, ella se mostraba más tranquila, menos impulsiva, y parecía mucho más en contacto con el mundo que cuando la había conocido. De vez en cuando, realmente no muy menudo, interrumpía su práctica para ayudar a alguien en alguna tarea. Cuando viajaban siempre lo hacían en grupo para no correr riesgos con los ladrones, y Alyx de vez en cuando se llevaba a pasear a los niños para proporcionar a las madres un momento de descanso; una vez compartió su comida con un mendigo desdentado. Otra vez preparó la comida para un hombre cuya esposa yacía debajo de un árbol trayendo al mundo a su octavo hijo. La gente les sonreía con gratitud y como resultado de estas actitudes tenían amigos dondequiera que fueran. En una ocasión un niño le regaló a Alyx un ramo de flores silvestres y los ojos de ella se llenaron de lágrimas.

—Esto significa mucho para mí. —Había dicho ella, apretando fuertemente las flores contra sí.

—Te está recompensando por haberle ayudado ayer. A la gente de aquí le caes bien. —Hizo un gesto señalando al grupo de viajeros.

—Y sin música —susurró ella.

—¿Cómo dices?

—Que yo les gusto por algo más que mi música. Les he dado una cosa distinta de la música.

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—Les has brindado tu persona.

—Oh, sí, Joss —rió ella—. He tratado de hacer las cosas que me resultan difíciles. Cantar es tan tan fácil. —Jocelin rió con ella. Que alguien dijera que la música que Alyx producía era algo sencillo resultaba sorprendente.

Ahora, en agosto, cuando la carga del robusto niño fatigaba, sus pasos se habían vuelto más lentos y Joss deseaba que se pudieran quedar en un sitio fijo durante algún tiempo.

—¿Estás listo para partir? —Pregunto ella, tratando de levantarse, con esfuerzo—. Llegaremos al castillo al anochecer, si nos damos prisa.

—Quedémonos aquí, Alyx —la urgió él. Tenemos comida.

—¿Y perdernos la celebración de los esponsales de la dama? No, cuando estemos allí vamos a tener mucho para comer, y todo lo que tendremos que hacer es crear un hermoso interludio musical que festeje los encantos de la heredera. ¡Espero que ésta sea bella! La última era tan fea que confesé la cantidad de mentiras que canté en la iglesia.

—¡Alyx! —Dijo Joss, con una parodia de reproche en la voz—. Quizá la dama era bella por dentro.

—Sólo tú podrías creer una cosa así. Y claro está, con el rostro que tienes bien puedes permitirte ser generoso. Yo vi cómo te miraba la madre de esta fea muchacha, devorándote con los ojos. ¿Te propuso alguna cosa para después de terminar nuestra actuación?

—Haces demasiadas preguntas.

—Joss, no puedes seguir aislándote de la gente y la vida. Constance está muerta.

A Alyx le había llevado bastante tiempo hacer que Joss le hablara de la mujer que una vez había amado. Jocelin apretó las mandíbulas, y Alyx entendió que se negaba a tocar ese tema. Entre ellos, los problemas de ella eran de propiedad común, pero los de él no los compartía.

—Y por supuesto ninguna de todas las mujeres es tan encantadora como Rosamund. Excepto claro está por la marca del diablo. Esa cosa horrible oculta toda otra belleza. Me pregunto si realmente será la marca de Satanás.

Jocelin giró hacia ella.

—Más bien parece una señal del favor de Dios, porque ella es una mujer buena, cariñosa y apasionada.

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—¿Has dicho apasionada? —se burló Alyx, mientras él le daba la espalda.

—Eres cruel, Alyx —susurró él.

—No, sólo deseo que veas que no hay razón alguna para que tú te entierres conmigo. No debes encerrarte tanto. Tienes tanto para dar y, sin embargo, te mantienes apartado de todo.

Cuando la miró, sus ojos eran fríos.

—Raine no está aquí, de manera que, ¿por qué no encuentras algún otro a quien amar? He visto a muchos hombres, desde nobles hasta cuidadores de establos, mirándote. Te aceptarán hasta con tu gran barriga. ¿Por qué no te casas con algún comerciante que le dará un hogar a tu hijo y que te hará el amor todas las noches? —Después de este ataque, ella se quedó callada un momento.

—Perdona Joss. Yo esperaba que Rosamund pudiera reemplazar a Constance, pero veo que no es así. —Jocelin miró hacia otro lado porque no quería que Alyx le viera el rostro. Muchas veces en los últimos meses la cara que veía de noche era la de Rosamund, no la de Constance. Rosamund, tan silenciosa, como pidiendo perdón por existir, era la mujer en quién pensaba con frecuencia, no como la mujer tranquila y callada que él conocía, sino como la mujer que le había besado para despedirle. Por primera vez desde la muerte de Constance, se había encendido una chispa en él. No es que no hubiera habido algunas mujeres aquí y allí, pero esto fue antes de conocer a Constance, y desde entonces se había mantenido apartado, sin mostrar interés alguno por estas mujeres. Sólo durante esos breves instantes en que tuvo a Rosamund en sus brazos sintió una pizca de verdadero deseo, de verdadero interés por una mujer.

Joss tomó la mano de Alyx y juntos se encaminaron hacia el castillo que se erguía frente a ellos. Era una construcción antigua, con una torre casi Desmoronada, y Alyx supo que tampoco en esa Oportunidad disfrutarían de un lugar cómodo para pasar la noche. En los últimos meses de viajar sin descanso había aprendido no pocas cosas sobre la nobleza. Quizá la más importante era que las mujeres nobles tenían tan poca libertad como las mujeres de cualquier otra clase social. Había visto a grandes damas con los ojos amoratados por los golpes de sus maridos. Había visto nobles débiles, cobardes, que eran tratados con desprecio por sus esposas. Había parejas que se amaban, parejas que se odiaban uno al otro, hogares en decadencia y otros basados en el amor y el respeto. Ella

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había comenzado a darse cuenta de que los nobles tenían problemas muy parecidos a los de cualquier habitante de una pequeña aldea.

—¿Estás soñando despierta?

—Estoy pensando en mi hogar, en la niñez tan protegida que tuve. Casi podría desear que mi música no me hubiera apartado tanto de todo lo demás. Me siento como si realmente no perteneciera a ningún sitio.

—Tú perteneces a dónde se te ocurra.

—Joss —dijo ella con seriedad—. No te merezco ni a ti ni a Raine.

Pero algún día espero hacer algo que valga la pena.

—¿Sabes que cada día hablas más como Raine?

—¡Bien! —rió ella—. Espero poder educar a su hijo para que sea la mitad de bueno que él.

Al acercarse al viejo castillo tuvieron que esperar un buen rato antes de ser admitidos, porque había cientos de personas antes que ellos. La boda uniría a dos casas poderosas y ricas, y la cantidad de invitados y los festejos iban a ser suntuosos.

Joss mantuvo su brazo en torno a los hombros de Alyx, mientras la hacía avanzar entre la multitud.

—¿Ustedes son los cantantes? —le preguntó a Alyx una mujer muy alta. Alyx asintió con un gesto, impresionada por si cabello oscuro partido en dos y por la riqueza de su vestido.

—Síganme. —Agradecidos, Alyx y Jocelin la acompañaron hacia una escalera angosta que conducía a una gran cuarta circular en lo más alto de la torre, donde ya había varias otras mujeres que aguardaban con signos de agitación. En el centro del salón había una mujer joven que gritaba sin cesar.

—Aquí está ella —dijo una mujer junto a Alyx. Alyx pudo contemplar un rostro angelical, de cabello rubio, ojos azules, con una sonrisa etérea y delicada.

—Soy Elizabeth Chatworth.

Los ojos de Alyx se abrieron de par en par cuando oyó el nombre, pero no dijo nada.

—Me temo que nuestra futura esposa está aterrorizada —dijo en tono exasperado y con disgusto—. ¿Cree usted que podría calmarla un poco, como para que podamos llevarla a los salones de abajo?

—Lo intentaré.

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—Si no lo logra, tendré que ponerle mi mano en sus mejillas, a ver si esa música logra serenarla.

Alyx sonrió ante las palabras de esta mujer de apariencia tan dulce. No concordaba en absoluto con su…

—¿A qué le teme? —preguntó, tratando de decidir qué tipo de música sería más conveniente.

—A la vida. A los hombres. ¿Cómo puedo saberlo? Acabamos de salir del convento y cualquiera diría que Isabella debe afrontar la muerte.

—Tal vez su prometido…

—Él es muy manejable —dijo Elizabeth con un gesto que le restaba importancia a la cuestión. Sus ojos se posaron en Jocelin, quien a su vez miraba a Elizabeth abiertamente—. Eres lo suficientemente agradable como para no atemorizar al conejo —dijo—. Un prolongado sollozo de Isabella hizo que Elizabeth corriera a su lado.

—Dios mío —murmuró Alyx, como si acabara de estallar una tormenta—. Creo que nunca he conocido a alguien así.

—Y espero que no se repita —agregó Joss—. Nos llaman. Que el cielo ayude al hombre que se atreva a desobedecerla, aunque… —Alyx lo observó, y vio una mirada especulativa en los ojos.

—Te arrancará los cabellos si no haces lo que desea.

—No es mi cabello lo que va a arrancar, y no creo me importaría mucho permitírselo.

Antes de que Alyx pudiera responder, Joss la Imputó hacia la sollozante novia. Tardó una hora en calmar a la muchacha, y durante todo ese tiempo Elizabeth Chatworth no dejó de mecerse impacientemente detrás de su asiento, mirando con los ojos entornados de furia a la pobre Isabella. Una vez abrió la boca para decir algo, pero Alyx, temiendo que la mujer estropeara lo que ella y Joss habían logrado, comenzó a cantar con más ímpetu para tapar la frase que Elizabeth estaba comenzando. Cuando por fin Isabella estuvo lista para bajar, toda su servidumbre lo hizo con ella, dejando a Jocelin y a Alyx solos con Elizabeth Chatworth.

—Lo habéis hecho muy bien —dijo Elizabeth—. Tú tienes una voz magnífica, y a menos que me equivoque has estudiado mucho.

—Durante algún tiempo he tenido buenos maestros —dijo Alyx con modestia.

Los ojos de Elizabeth se fijaron en Jocelin con una mirada inquisitiva. —Le he visto antes. ¿Dónde?

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—Conocí a su cuñada, Alice —contestó él calmadamente.

Los ojos de Elizabeth se endurecieron.

—Sí —dijo, echando una mirada insolente al Cuerpo de Joss—. Usted muy bien podría ser su tipo. Como cualquier hombre bien equipado. — Jocelin tenía una expresión en su rostro que Alyx no le había visto antes. Deseó que no agregara nada más. Después de todo, era Joss quién había matado a Edmund Chatworth, hermano de Elizabeth.

—¿Y cómo están sus hermanos? —preguntó Joss, y había desafío en su voz.

Por un largo momento los ojos de Elizabeth se enterraron en los de él y Alyx contuvo el aliento, rogando que Elizabeth no supiera quién era Joss.

—Mi hermano Brian se ha ido de casa —dijo suavemente— y no sabemos dónde se encuentra. Hay rumores de que ha sido capturado por uno de esos horribles Montgomery.

La mano de Jocelin se cerró brutalmente sobre el hombro de Alyx.

—¿Y Roger? —preguntó él.

—Roger… ha cambiado. ¡Muy bien! —dijo animadamente—. Si ya hemos terminado de hablar de mi familia, estoy segura de que necesitan de ustedes abajo. —Con estas palabras abandonó el recinto.

—¡Horribles! —aulló Alyx antes de que la puerta terminara de cerrarse

—. ¡Su hermano mata a la hermana de mi Raine y ella se atreve a llamarnos horribles!

—Alyx, cálmate. No te puedes meter con una mujer como Elizabeth Chatworth. Te comería cruda. No sabes con qué tipo de hermanos se crió. Edmund era vicioso, malvado, y yo he visto a Elizabeth hacerle frente aun cuando Roger se echaba atrás. Y adora a su hermano Brian. Si ella supiera que los Montgomery son la razón de que él se mantenga alejado del hogar, los odiaría a muerte.

—¡Pero no tiene ningún derecho! Todo fue culpa de los Chatworth. —¡Calma! Y bajemos ya. —La miró fijamente a los ojos—. Y nada de

trucos inventando canciones sobre feudos. ¿Me has comprendido? — Asintió con un gesto, pero no le gustó tener que hacer una promesa como ésa.

Era muy tarde por la noche y gran parte de los invitados yacían borrachos en el piso o aparecían tendidos sobre las mesas, cuando un

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sirviente se acercó y murmuró algo a un hombre que se sentaba en el rincón. Con una sonrisa, el hombre se levantó y salió a recibir a los invitados recién llegados.

—Jamás creerás quién está aquí —dijo el hombre a la persona que estaba desmontando.

—¡Cómo! ¿No hay bienvenida? —Preguntó éste sarcásticamente—. ¿A nadie le preocupa mi seguridad? Vamos, John, estás dejando que se te vean los dientes.

—Me he mantenido sobrio para decirte esto. Debería bastarte. —Realmente, eso es un gran sacrificio. —Le dio las riendas de su

caballo a un sirviente que aguardaba—. Y ahora, ¿qué es eso tan importante que no puede esperar a que me sirva unas copas de vino?

—Ah, Pagnell, eres demasiado impaciente. ¿Recuerdas al pequeño pajarito cantor de este invierno? ¿La que te golpeó en la cabeza? —Pagnell se puso rígido y miró a John. Fue todo lo que pudo hacer para evitar pasarse un dedo por la fea cicatriz que le cruzaba la frente. Desde esa noche no había cesado de tener jaquecas, y aunque él había torturado hasta la muerte a algunos habitantes de la aldea de ella, nadie había querido decirle dónde estaba.

Cada vez que una punzada le atravesaba la cabeza, él deseaba verla quemándose en una hoguera por lo que le había hecho.

—¿Dónde está ella?

John rió desde lo profundo de su garganta.

—Adentro, y está acompañada por un mocoso. Viaja con un guapo muchacho y los dos cantan tan maravillosamente bien como se te ocurra.

—¿Ahora? Yo pensaba que todo el mundo estaba durmiendo.

—Lo están, pero me fijé bien dónde se instalaron el pajarito cantor y su acompañante. —Pagnell permaneció quieto un momento, analizando su próximo movimiento. Cuando él y sus amigos habían ido a la aldea a buscar a Alyx, estaba borracho y por eso había hecho fracasar el plan. Ahora no cometería el mismo error.

—Si ella gritara —preguntó Pagnell— ¿recibiría ayuda de alguien? —Casi todos están completamente borrachos; roncan de tal forma que

no creo que se oiga ni una bala de cañón.

Pagnell miró los viejos muros de piedra.

—¿Tendrá este lugar un calabozo, algún sitio donde dejar a los prisioneros antes de ejecutarlos?

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—¿Para qué esperar? La ataremos a un poste y la quemaremos a la salida del sol.

—No, a mucha gente eso no le gusta, y con el humor tan melancólico del rey, ¿cómo sabemos de qué forma puede reaccionar? Vamos a hacer las cosas legalmente. Un primo mío está a cargo de una corte de justicia no lejos de aquí. Encerraremos a esa perra en el sótano, hablaré con mi primo, y cuando regrese celebraremos un juicio. Y entonces la veremos arder. Ahora dime dónde se encuentra.

Alyx dormía un sueño inquieto, tratando de situarse lo más cómodamente posible con su gran barriga, cuando un susurro horrible llegó a sus oídos. Una voz que no había podido olvidar, que jamás olvidaría, le provocó escalofríos e hizo que su cuerpo se contrajera.

—Si quieres que tu compañerito de canciones viva, será mejor que no grites —dijo la voz. Apretada contra su garganta estaba la hoja afilada de un cuchillo. No necesitó abrir los ojos para ver el rostro de Pagnell inclinándose sobre el suyo. Era un rostro que durante meses había rondado sus sueños—. ¿Has pensado últimamente en mí, amorcito? —susurró, con su cara muy cerca de la de ella. Las manos de él descendieron para acariciarle su abultado estómago—. Le has dado a otro todo por lo que luchaste conmigo. Vas a morir por eso.

—No —murmuró Alyx, mientras el cuchillo presionaba más contra su cuello.

—¿Te vas a quedar tranquila, o tengo que clavarle un cuchillo en el corazón? —Ella sabía bien a quién se refería. Jocelin dormía a pocos centímetros de ella, respirando profundamente ignorando que su vida estaba en peligro—. Iré contigo. —Logró articular.

Temblando, demasiado asustada para gritar, Alyx consiguió ponerse en pie, mientras la hoja de Pagnell la raspaba, haciéndole un corte en la piel de su garganta. No era fácil abrirse paso entre los cuerpos que se encontraban por doquier. Cada vez que tropezaba, Pagnell le retorcía el brazo detrás de su espalda, casi rompiéndoselo por la articulación.

Cuando llegaron a la escalera de piedra oscura, fría, que conducía hacia abajo, empujó a Alyx con tanta fuerza que ésta se estrelló contra la pared y cayó cuatro escalones hacia abajo, hasta que logró recuperar el

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equilibrio. Quedándose quieta un momento con las manos protectoramente sobre su estómago, trató de recuperar el aliento.

—Adelante. —Gruñó Pagnell, empujándola nuevamente.

Alyx consiguió llegar al pie de la escalera sin caerse otra vez. El cuarto donde se encontraban era frío y estaba totalmente a oscuras; el techo era muy bajo. El piso estaba repleto de barriles y sacos de alimentos. Se estremeció cuando oyó el crujido de una puerta que se abría.

Pagnell estaba de pie frente a una pesada puerta abierta que revelaba un interior absolutamente negro.

—Entra aquí —masculló él.

—No. —Ella se echó hacia atrás, pero el cuarto estaba tan repleto que no había adónde ir. Él le agarró un mechón de cabello y de un tirón la arrojó a la oscuridad. Acurrucada en un rincón, rodeada por la fría oscuridad vio cómo la puerta se cerraba bloqueando el último rayo de luz, y oyó el pesado pasador de hierro al ser trabado en su sitio.

El espantoso cuartito parecía ser el epítome de toda pesadilla, de todo pensamiento horrible, de todos los cuentos de terror que ella había escuchado. No había luz, y aun después de una hora no lograba verse la mano delante de su rostro. Durante largo rato se quedó acurrucada en el mismo lugar donde Pagnell la había arrojado, temerosa de cualquier movimiento. Si no podía ver, podía oír claramente los ruidos de insectos en los muros y el suelo, que sonaban amenazadoramente. Lo que finalmente hizo que se moviera fue algo que se arrastró sobre el cuero suave de sus zapatos. Con un pequeño grito se levantó, tratando de agarrarse a la pared de piedra que había a sus espaldas.

—Cálmate, Alyx —se dijo en voz alta, y su voz reverberó en las paredes. No debía faltar mucho para el amanecer y Jocelin comenzaría a buscarla… si es que todavía seguía con vida. No, no podía esperar que nadie la sacara de allí. Debía encontrar la forma de huir por sí misma.

Cautelosamente, con las manos extendidas frente a ella como si fuera ciega, dio un paso adelante y casi cayó al tropezar con un banco bajo. Arrodillándose, pasó sus manos por la superficie del banco y se alegró de poder delimitar su contorno. Cuando terminó con su revisión, se acercó a las paredes, abriéndose camino hacia la puerta. Por lo que la puerta se movió cuando ella empujó, hubiera dado lo mismo que ella hubiera tratado de mover las paredes de piedra. El cuartito debía medir unos dos metros de lado, con muros de piedra y un sucio suelo; el único mobiliario era el

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banco con el que había tropezado poco antes. La puerta no tenía ventanuco alguno, y no entraba luz por ningún lado. El bajo techo le permitió explorar cada centímetro del cuarto. No había ventanas, no había rejas, ningún escape posible. Cuando terminó su inspección, la mitad superior de su cuerpo estaba cubierta de telas de araña, y había lágrimas en sus ojos. Con enfado trató de limpiarse los hilos pegajosos de la cara y el cuerpo, mientras lloraba y maldecía a Pagnell y a todos los hombres como él.

Después de varias horas se sentó en el banco con las rodillas encogidas y apoyó la cabeza en ellas. Distraídamente, empujó hacia abajo un pie del bebé, quien le daba patadas en las costillas, y como el niño se ponía más activo e inquieto, ella comenzó a cantarle. Gradualmente se tranquilizó, al igual que Alyx. Por encima de su cabeza oyó personas caminando, y supo que su techo era el suelo del castillo. En algún lugar ahí arriba Jocelin debía estar tratando de encontrarla. Comen,zó a imaginar maneras de huir y deseó tener los medios para iniciar un fuego, pensando que tal vez pudiera escapar de esa forma. Pero probablemente el humo la mataría antes de que la puerta terminara de quemarse. Cuando la puerta se abrió, el sonido, muy fuerte en la quietud de ese cuarto, la hizo sobresaltar de tal forma que casi se cayó del banco. La luz de unas velas inundó la habitación y casi la cegó.

—Así que aquí estás. —Le llegó una voz que reconoció como la de Elizabeth Chatworth. Alyx no tuvo en cuenta la clase a la que pertenecía cuando le echó los brazos al cuello.

—Estoy tan tan feliz de verla. ¿Cómo me ha encontrado?

Elizabeth abrazó a Alyx con un solo brazo.

—Jocelin vino a buscarme. ¿Es ese idiota de Pagnell, no es así? Ese hombre es lo más vicioso que el Señor ha creado. Ahora vámonos, antes que ese estúpido regrese.

—Demasiado tarde. —Se oyó una voz lenta, medio divertida, medio enojada, desde el vano de la puerta—. No has cambiado mucho, Elizabeth, siempre dándole órdenes a todo el mundo.

—Y tú Pagnell, sigues arrancándole las alas a las mariposas. ¿Qué es lo que te hizo ésta? ¿Rechazó tus insinuaciones como haría cualquier mujer en su sano juicio?

—Tienes una lengua afilada, Elizabeth. Si tuviera tiempo te enseñaría mejores maneras.

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—¿Tú y cuántos más? —Escupió Elizabeth—. Estás muerto de miedo porque lo que digo es verdad. Ahora quítate del camino y déjanos pasar. Ya hemos tenido suficientes de tus perversos jueguecitos. Busca a alguien más con quien jugar. Esta muchacha está bajo mi protección.

Él se plantó delante de Elizabeth y Alyx, impidiéndoles el paso, no dejándolas salir de la pequeña celda.

—¡Vas demasiado lejos! —siseó Elizabeth—. Ya no estás amenazando a una sierva indefensa. Mi hermano te cortará la cabeza si te atreves a hacerme daño.

—Roger está demasiado ocupado conspirando contra los Montgomery para pensar en nadie más. Sé que está borracho permanentemente ahora que el querido, dulce y enfermizo Brian ha desaparecido enfadado por algún motivo. Alyx no vio la pequeña daga de mesa que Elizabeth retiró de una vaina de su cintura, pero Pagnell sí la vio. Saltando hacia un lado la esquivó y consiguió atraparle la muñeca; retorciéndosela, la atrajo hacia sí.

—Me gustaría sentirte debajo de mí, Elizabeth. ¿Le pones tanto fuego a tu cama como a todo lo demás que haces? —Alyx vio que había llegado su oportunidad. En la pared de fuera de la celda, a su izquierda, había un grueso aro de llaves. Con un ágil movimiento lo cogió y golpeó violentamente a Pagnell en la cabeza, alcanzándole en la sien.

Éste soltó a Elizabeth, dio un paso atrás y se llevó las manos a la cabeza, mirando la sangre entre sus dedos. Cuando recobró los sentidos, Elizabeth y Alyx estaban a mitad de camino por la escalera. Pagnell consiguió dar un manotazo a la falda de Elizabeth y tiró con tal fuerza que ésta se cayó hacia atrás, chocando duramente contra su pecho.

—Ah, mi querida Elizabeth. —Le susurró en un oído, con un brazo rodeándole la cintura y la otra mano tratando de tocar sus pechos—. Hace mucho tiempo que sueño con este momento.

Alyx sabía que Pagnell estaba concentrado en Elizabeth y sabía que podía huir fácilmente, pero no podía dejar sola a la mujer porque era obvio lo que éste tenía en mente hacer con la joven noble. No se le ocurrió nada mejor que lanzar todo el peso de su cuerpo contra ambos.

Pagnell trastabilló hacia atrás, sujetando todavía a Elizabeth, mientras Alyx rodó más lejos, protegiéndose el abdomen con ambas manos. Elizabeth vio su oportunidad y clavó uno de sus codos en las costillas de Pagnell, haciéndole gruñir de dolor. Con un movimiento ágil cogió un pequeño barril de roble y lo dejó caer con todas sus fuerzas sobre la cabeza

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de Pagnell. Las tablas del barrilito se rompieron y el vino tinto empezó a chorrear por su rostro, sus ropas, y después de una mirada de azoramiento, se hundió en la inconsciencia.

—Qué lástima perder este buen vino —dijo Elizabeth, mirando a Alyx con el hombre inconsciente entre ellas—. ¿No le has hecho daño a tu bebé, verdad?

—No, creo que está a salvo.

—Gracias —dijo Elizabeth—. Pudiste haber huido, pero te quedaste para ayudarme. ¿Cómo puedo premiarte por esto?

—Disculpen —dijo una voz desde la puerta. Ambas se volvieron para ver a un hombre alto, de piel oscura, con su espada en la mano.

—Lamento mucho interrumpir esta pequeña reunión, pero a menos que hagan reaccionar a mi amigo, y pronto, tendré mucho gusto en matarlas a las dos. —Elizabeth fue la primera en moverse, saltando al lado de Pagnell hacia la derecha del hombre.

—Ve hacia el otro lado, Alyx —le ordenó—. No podrá atacarnos a las dos al mismo tiempo.

Inmediatamente, Alyx obedeció y el hombre comenzó a mover su cabeza de un lado a otro, como un toro acorralado, tratando de no perder ningún movimiento de las dos mujeres. Un gruñido de Pagnell hizo mirar a su amigo. En ese momento, Alyx hizo un rápido movimiento hacia él. Éste se echó atrás protegiendo la entrada con su cuerpo.

—¡Por los dientes de Dios! —maldijo Pagnell, tratando de aclarar su visión—. Te vas a arrepentir de esto, Elizabeth. —Gruñó—. Mantenlas ahí, John. No dejes que se te acerquen más. Ninguna de las dos es humana. Qué desgracia para el hombre el día que se creó a la mujer.

—No tienes idea de lo que es una mujer —siseó Elizabeth—. Ninguna mujer en sus cabales te permitiría que te le acercaras.

Temblando Pagnell se puso de pie, mirando con disgusto a su jubón empapado de vino. De repente levantó la cabeza y comenzó a sonreír a Elizabeth de forma siniestra.

—Anoche mientras cabalgaba hacia aquí vi el campamento de Miles Montgomery. —Rió más abiertamente al ver que Elizabeth se ponía tensa

—. Me pregunto si Miles sabría apreciar una invitada. Supe que estaba tan furioso por la muerte de su hermana que su hermano tuvo que enviarlo a la isla de Wight para evitar que le declarara la guerra a la familia Chatworth.

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—Mi hermano le aniquilaría —dijo Elizabeth—. Ningún Montgomery…

—Cállate de una vez Elizabeth, sobre todo después de lo que he oído. Roger atacó a Stephen Montgomery por la espalda. —Elizabeth se abalanzó sobre él, sus manos transformadas en garras, y Pagnell la atrapó.

—También he oído que Miles es un soberbio amante y que tiene muchos bastardos. ¿Te gustaría agregar uno tuyo a su descendencia, mi princesita virginal?

—Moriría primero —dijo con pasión.

—Puede ser. Pero dejaré que Miles se ocupe de ti. Te atendería yo mismo, pero primero tengo que cobrar una antigua deuda con esa. —Hizo un gesto para señalar hacia donde se encontraba Alyx, de pie, con la espada de John apoyada en su espalda.

—¿Y cómo piensas sacarme de aquí? —preguntó Elizabeth, sonriendo

—. ¿Crees que nadie se va a interponer en tu camino cuando me hagas cruzar el salón? —Pagnell pareció pensar en esto durante un momento, mientras paseaba su mirada por el sótano oscuro. Con una nueva sonrisa, se volvió para mirarla.

—¿Crees que a Miles le gustaría hacer el papel de César?

Intrigada, Elizabeth no respondió. Pagnell le torció un brazo en la espalda.

—John, vigila con atención a ésa mientras me ocupo de Elizabeth. Me duele demasiado la cabeza para ocuparme de las dos otra vez.

—Te va a doler mucho más si te atreves a hacerme daño —le advirtió Elizabeth.

—Dejaré que Miles se preocupe por eso. Los Montgomery tienen un concepto muy alto de sí mismos. Me gustaría verlos humillados, con sus tierras dispersas.

—¡Jamás! —gritó Alyx—. Ninguna vil carroña como tú podrá jamás destruir a un Montgomery. —La potente voz de Alyx hizo que todos permanecieran quietos mirándola. Elizabeth dejó de forcejear con Pagnell y miró a Alyx especulativamente. La mirada de Pagnell era calculadora. John empujó a Alyx con la punta de su espada.

—Se dice que Raine Montgomery se escondió en los bosques y que es el rey de una banda de criminales.

—Esto merece investigarse —dijo Pagnell, retorciéndole más el brazo a Elizabeth—. Pero primero tenemos que ocuparnos de ésta. —

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Arrastrándola con él, cogió un trozo de cuerda de encima de un montón de barriles y comenzó a atar las manos de Elizabeth a su espalda.

—Piensa en lo que estás haciendo —dijo Elizabeth—. Yo no soy ninguna…

—¡Cállate! —le ordenó Pagnell, golpeándola en el hombro con el puño. Cuando sus manos estuvieron sujetas la empujó sobre unos sacos de grano y procedió a atarle los tobillos. Con su cuchillo cortó un trozo de seda roja del vestido de ella—. ¿Me das un beso, Elizabeth? —se burló, acercándole la tira de seda a la boca—. ¿Aunque sea uno solo antes de que Miles Montgomery se quede con todos?

—Preferiría estar en el infierno primero.

—Estoy seguro de que allí terminarás si alguien no te recorta un poco esa lengua afilada que tienes. Antes de que pudiera hablar de nuevo la amordazó fuertemente con la tira de su vestido.

—Ahora hasta pareces atractiva.

—¿Qué harás con ella ahora? —preguntó John—. No podremos sacarla de aquí tan fácilmente.

De un rincón alejado del sótano Pagnell cogió un paño apilado y después de sacudirlo un par de veces para quitarle la suciedad lo desplegó a los pies de Elizabeth.

—La envolveremos con esto y nos la llevaremos sin que la vean.

Alyx miraba a Elizabeth, que ahora tenía los ojos muy abiertos por el miedo, pero lo único que se le ocurría pensar era que Elizabeth estaría mucho mejor con Miles que con cualquier otro.

—Con Miles estarás segura —le dijo, tratando de levantarle el ánimo. Nuevamente, todos se volvieron para mirar a Alyx, pero ella los

ignoró. Elizabeth necesitaba de su ayuda ahora.

Sin ninguna delicadeza, Pagnell empujó a Elizabeth sobre el paño sucio y la enrolló en él, con lo que quedó completamente oculta.

—¿Puede respirar? —preguntó Alyx.

—¿Y a quién le importa? Si muere ya no podrá andar contando historias. Como están las cosas, cuando Miles termine con ella no va a recordar ni quién soy.

—Miles no le hará ningún daño —dijo Alyx enfáticamente—. Es bueno y gentil como su hermano. —Al oír esto Pagnell se rió.

—No conozco a nadie con un carácter como el de Miles. En cuanto averigüe que ella es una Chatworth… oh, casi le envidio, pero no soy un

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tonto como Miles. Él no va a pensar en Roger Chatworth y cuando Roger se entere de lo que Miles le ha hecho a su querida hermanita… el rey va a ocupar todas las tierras de los Montgomery para premiar a aquel que le ofrezca sus favores. Y yo estaré allí para llevarme mi parte.

—Realmente eres un vil cerdo.

La mano de Pagnell se estrelló contra la cara de Alyx, haciéndola trastabillar.

—Pediré el consejo de una subordinada como tú cuando me dé la gana. ¿Es Raine Montgomery quien ha estado metiéndote extrañas ideas en la cabeza? Él cree que puede reformar toda Inglaterra. Se esconde en el bosque y desprecia las cosas materiales, defiende las viejas costumbres del honor y la nobleza, y mientras tanto la gente de tu clase engorda y se enriquece. —Alyx se limpió la sangre que manaba de un lado de su boca.

—Raine vale más que cien hombres como tú —le dijo—. Con que Raine, ¿eh? ¿No «lord Raine»? ¿Ese mocoso que cargas es de él? ¿Es eso lo que te hace pensar que eres tan superior y poderosa? Cuando las llamas comiencen a lamer tus piernas veremos si el nombre de Montgomery te sigue pareciendo tan dulce. ¡John! —llamó rudamente—. Llévate a Elizabeth. Entrégasela a Miles Montgomery y fíjate qué quiere hacer con ella. Y John —le advirtió—, la virginidad de Elizabeth es cosa bien sabida y quiero que llegue intacta a manos de Miles. Que toda la furia de Roger Chatworth caiga sobre su cabeza y no sobre la mía. ¿He sido lo suficientemente explícito? —John le miró con insolencia mientras se echaba al hombro el bulto de Elizabeth.

—Montgomery la recibirá en las mejores condiciones posibles. —Pero asegúrate de que él se sienta inclinado a olvidar que es una

dama de alcurnia. Trata de arreglarle la ropa para que él la encuentre atractiva. —Con un gesto de despedida, John abandonó el sótano.

—¿Qué quiere de mí? —preguntó Alyx retrocediendo, al ver que Pagnell se le acercaba—. No le he hecho ningún daño.

Él le miró el abultado vientre.

—Le has dado a otro hombre lo que debió haber sido mío. —La agarró de un brazo y apretó una daga contra sus costillas—. Ahora, sube las escaleras, sal por la puerta y dirígete a los establos. Si emites un solo sonido será lo último que hagas. —Conteniendo el aliento, Alyx no tuvo más remedio que obedecer. Una vez en el gran salón vieron invitados rondando por el lugar, pero nadie le prestó atención a Pagnell y a su

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acompañante pobremente vestida. Estaban ocupados tratando de mejorar el estado de sus cabezas embotadas y de sus cuerpos doloridos por haber dormido sobre bancos y mesas.

Alyx buscó a Jocelin con la mirada, pero no vio rastro de él. Cada vez que intentaba mover la cabeza el cuchillo de Pagnell se apretaba más contra ella, hasta que sólo miró al frente. Quizá Jocelin no supiera que ella estaba en apuros. Quizás estaba con alguna mujer y no había caído en la cuenta de que ella había desaparecido del salón. A pesar de llevarse muy bien, cada uno respetaba mucho la intimidad del otro. Podían pasar días enteros sin verse y cuando lo hacían no había preguntas de por medio.

Una vez fuera, Pagnell la empujó hacia los establos, donde le gritó a un siervo que ensillara su caballo. Antes de que Alyx tuviera tiempo de nada, se encontró sobre la montura con Pagnell detrás de ella, y partieron a todo galope. Era casi de noche cuando finalmente se detuvieron frente a una alta casa de piedra en el límite de una pequeña aldea. Pagnell la bajó del caballo, la agarró por el brazo y la arrastró hacia la entrada. Un hombre bajo, gordo y calvo los esperaba.

—Has tardado más de lo que pensaba. ¿Y ahora qué es tan importante como para tenerme esperando hasta esta hora de la noche?

—Esto —dijo Pagnell, haciendo entrar a Alyx de un empujón. Era una habitación amplia, oscura y en el extremo de una mesa había algunas velas encendidas.

—¿Y qué me interesa una plebeya sucia y embarazada como ésta? Seguramente podías haber encontrado un bocado más sabroso para tus diversiones.

—¡Hacia allá! —ordenó Pagnell, enviándola contra la mesa—. Si dices una sola palabra te corto la garganta.

Demasiado agotada para responder, Alyx se dejó caer en el suelo frente a una chimenea vacía y allí se quedó acurrucada.

—Explícate —le exigió el hombre gordo a Pagnell. —¿Qué sucede, tío? ¿No hay una bienvenida, no hay vino?

—Si las noticias que traes valen la pena, te daré de comer. —Pagnell se sentó en una silla frente a la mesa, estudiando las formas de las velas. No era que su tío fuera tan pobre como para verse obligado a usar un cebo tan barato, sino que durante los últimos tres años no había hecho otra cosa sino esperar la muerte.

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—¿Cuáles son tus sentimientos hacia Raine Montgomery? —preguntó Pagnell calmadamente, mirando con interés la expresión de su tío mientras su rostro iba del blanco ceniciento a un rojo púrpura.

—¿Cómo te atreves a pronunciar el nombre de ese sujeto en mi propia casa? —jadeó éste.

Tres años antes, en un torneo, Raine había matado al único hijo de Robert Diges. No importaba que el hijo hubiera tratado de ultimar a Raine en lugar de desmontarlo, o que el hijo ya hubiera matado a un hombre y herido a otro de gravedad ese mismo día. Había sido la lanza de Raine la que había segado la vida del hijo de Robert.

—Me imaginé que seguirías sintiendo lo mismo —sonrió Pagnell—.

Ahora estoy en condiciones de hacer que él pague por lo que hizo.

—¿Y cómo es eso? Él se esconde en el bosque y ni siquiera el rey puede dar con su paradero.

—Pero nuestro buen rey no tiene la carnada que tengo yo.

—¡No! —Alyx gritó, poniéndose de pie con lo que le quedaba de fuerza.

—Ya ves —dijo Pagnell divertido—, le defiende como una gata. ¿De quién es el hijo que llevas? —Alyx le dirigió una mirada obstinada. Si ella no hubiera tratado de infundirle confianza a Elizabeth sobre los hombres de Montgomery, Pagnell no habría descubierto su relación con Raine, pero Elizabeth la había ayudado.

—Pagnell —le ordenó Robert—, cuéntame la historia completa. — Brevemente, Pagnell le relató su versión de los hechos, explicándole que Alyx había usado su voz para hechizarle. Que cuando él se había acercado ella había desaparecido transformándose en aire. Más tarde, él había salido a buscarla y ella se le había echado encima con la fuerza de mil demonios. Le mostró a su tío la cicatriz de su cabeza. ¿Podría alguien tan pequeño como ella provocar semejante cicatriz a menos que estuviera ayudada por el diablo? Robert emitió una risita ahogada, un bufido de burla.

—A mí me parece que ella fue más lista que tú.

—Te digo que es una bruja.

Robert hizo un gesto con la mano.

—Todas las mujeres son brujas hasta un cierto punto. ¿Y qué tiene que ver esta muchacha con Raine Montgomery?

—Creo que ella ha pasado estos últimos meses en su escondite y que el hijo que va a tener es de él. Si nosotros hiciéramos correr el rumor que

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tenemos la intención de quemarla por bruja, seguramente él saldría a rescatarla. Y cuando esto pasara, estaríamos preparados para recibirle. Tú podrías atraparle y nos repartiríamos la recompensa del rey.

—Espera un poco, muchacho —lo interrumpió Robert—. ¡Mírala bien! ¿Piensas que ella puede ser nuestra carnada? Raine Montgomery puede elegir las mujeres que quiera. Sin duda no debe haber mucho para elegir en el bosque y seguramente este niño es de él, pero ¿por qué habría él de arriesgar su vida por eso? ¿Y por qué has empleado tanto tiempo buscando una criatura sin pechos, sin caderas y con una cara tan vulgar como la de ella? —Pagnell miró con desprecio a su tío antes de volverse hacia Alyx.

—¡Canta! —le ordenó.

—No lo haré —respondió ella decididamente—. Usted planea asesinarme de una u otra forma. ¿Por qué habría de obedecerle?

—Morirás —dijo tranquilamente—, la cuestión es si te quemarán antes o después del nacimiento de tu hijo. Si me desobedeces me ocuparé de que el niño muera contigo. Y ahora canta si valoras la vida de tu hijo. Alyx le obedeció inmediatamente, apoyando las manos sobre su vientre mientras entonaba una plegaria rogándole a Dios por la vida del niño. Se hizo un largo silencio cuando ella terminó, y ambos hombres se quedaron mirándola fijamente. Robert, frotándose los brazos a causa de los escalofríos habló primero.

—Montgomery vendrá a buscarla —dijo con convicción. Pagnell sonrió con satisfacción, contento de ver que por fin su tío podía comprender por qué había pasado tantos meses buscando a la joven.

—Por la mañana comenzará su juicio, y cuando se la encuentre culpable la ataremos a una estaca. Montgomery vendrá a rescatarla y le estaremos esperando.

—¿Cómo puedes estar seguro de que él se va a enterar de todo esto a tiempo? Y si viniera, ¿estás seguro de poder prenderle?

—Arrojé a la chiquilla en un sótano por algunas horas y le hice saber al guapo joven que estaba con ella lo que planeaba hacer. Salió como un rayo, y estoy seguro de que se dirigió al sur hacia el bosque donde se esconde Montgomery. Y, en cuanto a otros hombres, no creo que tenga tiempo de reunirlos. Por ahora se encuentra rodeado de criminales y vagos. Ninguno de ellos sabe montar a caballo y mucho menos manejar una espada.

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Alyx se mordió los labios para no defender a Raine. Era mucho mejor que Pagnell creyera que él estaba indefenso; tal vez entonces Pagnell no mandaría más que unos pocos hombres para capturar a Raine. ¿Pero qué estaba pensando ella? Raine jamás vendría a buscarla después de lo que ella le había hecho. Dudaba mucho que llegara a oír a Jocelin. Los guardias del bosque avisaban a Raine en cuanto alguien se aproximaba, y todo lo que Raine tenía que hacer era negarle el paso a Joss, lo que probablemente haría. Si Jocelin trataba de deslizarse por el bosque, Raine podía ordenar a los guardias que le mataran. ¡No! Raine no haría algo así, ¿o sí? ¿Y qué pasaría si de alguna forma Jocelin lograba llegar hasta Raine? ¿Creería éste a Joss? ¿Le importaría lo que pudiera ocurrirle a ella?

—Él vendrá —repetía Pagnell—. Y cuando lo haga, le estaremos esperando.

Alyx miraba por la ventana del pequeño cuarto hacia el patio de abajo, observando horrorizada cómo los carpinteros construían el armazón para su hoguera. Ya habían transcurrido ocho largos y aterradores días desde que Pagnell la había capturado, y durante ese tiempo la habían juzgado en una parodia de tribunal. Los hombres que habían estado a su cargo eran parientes de Pagnell, y éste los convenció fácilmente con sus argumentos. Alyx había podido escucharlo todo, puesto que ellos hablaban como si ella no estuviera allí, y no podía dejar de recordar las palabras de Raine. Raine y ella habían discutido muchas veces acerca de la clase media en ascenso. Alyx siempre había adorado al rey Henry, estaba encantada de la forma como él le quitaba poder a los nobles, obligándolos a pagar salarios y prohibiéndoles poseer siervos. Pero Raine decía que el rey estaba transformando a los nobles en gordos comerciantes, que si la clase dirigente debía ocuparse de contar su dinero se olvidaría de sus virtudes caballerescas y ya no respetarían el sentido del honor. Ella hablaba de una mayor igualdad entre la gente, pero Raine se preguntaba quién haría la guerra si Inglaterra fuera atacada. Si no hubiera una clase de gente que estuviera liberada de tener que ganarse la vida para poder mantenerse fuerte y practicar el arte de la guerra, ¿quién protegería a Inglaterra? Mientras transcurrió su «proceso», ella comenzó a comprender con más claridad lo que Raine quería decir. Ni por un momento los jueces creyeron que ella fuera una bruja, y Alyx se sorprendió con esto, porque los

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pobladores de su aldea creían muy firmemente en las brujas y tenían mil recursos para protegerse del mal de ojo.

Todo lo que a los jueces les importaba era ganarse el favor del rey y hacerse con las recompensas que éste repartía cuando se sentía satisfecho. Pagnell les dijo que ella esperaba ese hijo de Raine Montgomery, y como cuervos, se aprovecharon de esta situación. Raine había sido declarado traidor, y con un pequeño impulso extra, sus tierras podrían pasar a manos de terceros. El rey Henry se complacía en crear sus propios nobles, en otorgar títulos a cualquiera lo suficientemente rico como para comprarlos. Los jueces esperaban que éste les diera parte de sus tierras si le entregaban, a él o su cabeza, al rey.

Alyx permaneció silenciosa durante todo el juicio mientras ellos conspiraban y hacían planes, reían y discutían. Finalmente, la empujaron sobre una carreta y la hicieron cruzar el pueblecito, ni siquiera conocía su nombre, mientras un hombre que avanzaba delante de ella iba anunciando que era una bruja. Como si se tratara de otra persona, Alyx observaba cómo la gente se persignaba, cruzaban los dedos y desviaban la vista cuando ella los miraba, temiendo el mal de ojo, y los más atrevidos le arrojaban comida y desperdicios. Ella quería gritar que lo que le estaba sucediendo no tenía nada que ver con la brujería sino con la codicia, la codicia de hombres que ya eran poderosos. Pero al mirar las expresiones fascinadas o asustadas de esas personas sucias y enfermas, supo que no podría razonar con ellas. No era posible barrer cientos de años de ignorancia en unos pocos minutos.

Cuando el viaje en carreta llegó a su fin, Alyx fue arrastrada a las ruinas de un viejo castillo de piedra con una sola torre y forzada a subir las escaleras. Muchas horas después alguien le acercó una pequeña jofaina de agua, y ella se lavó la suciedad lo mejor que pudo. La tuvieron allí durante varios días, con guardias en el piso inferior y en el superior. Por la noche, los aldeanos se reunían en torno a la torre para cantar exorcismos que los resguardaran del demonio. Alyx permanecía sentada en el centro del pequeño cuartito frío, tratando de escuchar la música que bullía en su cabeza. Sabía que los jueces retrasarían la ejecución para darle tiempo a Raine para ir en su rescate. Rezaba con todas sus fuerzas por la seguridad de él, rogándole a Dios que se diera cuenta de que todo era una trampa. Los jueces y Pagnell estaban en lo cierto cuando afirmaban que no podía contar con sus propios caballeros. En realidad, Pagnell había llevado a sus

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propios hombres hacia el norte, al hogar de Raine, para asegurarse de que él no pasaría por allí… Alyx pensaba en los hombres del campamento, en qué poco sabían del arte de la guerra, qué perezosos se mostraban para el entrenamiento ¡y cuánto la odiaban! «Por favor, —rogaba ella—, no permitas qué Raine venga solo. Si viene, permite que traiga una guardia y que los hombres le protejan».

Antes del amanecer del noveno día, una mujer gorda y maloliente le llevó una burda túnica blanca para que Alyx se la pusiera. Sin una protesta, calmadamente, ella la pasó por su cabeza, dejando suelta la cintura. Durante el proceso había pedido por la vida de su hijo, pero los hombres no le habían prestado ninguna atención, mostrando una absoluta falta de interés en ella. Uno de los jueces le dijo a Pagnell que la hiciera callar, y un bofetón de él hizo que Alyx sujetara su lengua. No había nada que pudiera decir para hacerlos cambiar de idea. Suponían que habían de quemarla pronto, mientras Raine siguiera excitado con ella y la vida del niño también estuviera en peligro. Pagnell reía y decía que él forzaría a Raine a que viera cómo ardía ella en la hoguera.

Con el mentón en alto, haciendo un supremo esfuerzo para controlar el temblor de sus rodillas, Alyx bajó las escaleras antes que la vieja que llevaba el vestido de ella en sus brazos; el pago por arriesgarse a estar en la misma habitación con la bruja. Un sacerdote esperaba al pie de las escaleras y rápidamente Alyx hizo su confesión, negando que fuera una bruja y que su niño fuera fruto del demonio. Con expresión escéptica él le dio la bendición y la dejó continuar su camino. Debía resultar extraño, pensó Alyx, que alguien de su tamaño tuviera que ser escoltada por tantos hombres corpulentos: uno delante, uno atrás, dos a cada lado. El rechinar de la armadura completa que llevaban era el único sonido que se escuchaba por encima de los latidos de su corazón mientras observaba la plataforma que se levantaba delante de ella. Un poste se elevaba a bastante altura y alrededor había una pila de arbustos y hierba secos.

La plebe estaba enardecida mirándola pasar, jubilosa por el espectáculo que pronto habrían de presenciar. No se quemaban muchas brujas en esos días. Mientras Alyx subía las escaleras los guardias no dejaron de rodearla, dándole la espalda y vigilando atentamente el horizonte. Involuntariamente, Alyx también miró hacia la lejanía. La

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esperanza y el miedo colmaban su corazón. Temía por la vida de Raine si él intentaba salvarla y al mismo tiempo deseaba no tener que morir.

Un guardia la agarró de un brazo, la puso contra el poste y le ató apretadamente las muñecas a la espalda. Alyx levantó sus ojos al cielo, plenamente consciente de que sería la última vez que podría contemplar la luz del día. La temprana luz del sol apenas comenzaba a iluminar el cielo, y ella miró a la multitud a través de la alta pira. Era malo, muy malo que éstas fueran las últimas caras que vería, que llegara al paraíso, o al infierno, con estos rostros fijos en la mente.

Cerrando los ojos trataba de concentrarse en la imagen de Raine.

—Manos a la obra. —Oyó una voz que hizo que Alyx abriera los ojos. Las voces eran vida para ella; con toda seguridad podía recordar mejor las voces que un rostro o un nombre. Examinando a la multitud, no vio a nadie conocido. Todos parecían un grupo especialmente sucio y desaliñado.

—Déjenme encender la hoguera —dijo nuevamente la misma voz, y esta vez Alyx se encontró con los ojos de Rosamund. Un escalofrío le recorrió la piel, su cuerpo se tensó y renació en ella una leve esperanza. Los guardias que la rodeaban no tenían prisa en encender el fuego, mientras no dejaban de mirar a los alrededores, buscando algún indicio del caballero y sus hombres.

Sin poder dar crédito a sus ojos, miró nuevamente a la turba.

—¿Qué es lo que están esperando? —Se oyó una voz que Alyx conocía tanto como la de ella.

Allí, en primera fila, con los dientes ennegrecidos y un vendaje sucio y ensangrentado sobre la frente, estaba Jocelin. A su lado estaba un hombre que Alyx recordaba del campamento del bosque, uno de los hombres que la había acusado de robo. Estaban cambiados, parecían más sucios de lo que ella recordaba, pero todo el campamento se encontraba allí, mirándola con sonrisas conspiradoras al ver que los había reconocido. A pesar de todo, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, pero a través de su visión nublada pudo ver que Joss trataba de decirle algo. Tardó un rato en entender lo que él pronunciaba desde lejos.

—Este fuego debería hacer que la bruja cantara bien alto —dijo, y Alyx notó exasperación en su voz. Subrepticiamente, echó una mirada a los guardias que la rodeaban, que no se dignaban mirar a la multitud que se congregaba a los pies de la plataforma.

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—Ya hemos esperado demasiado —dijo uno de los jueces de hábito negro detrás de Alyx—. Que se queme la bruja.

Uno de los guardias acercó una antorcha encendida a la pira, y cuando lo hizo, Alyx llenó sus pulmones de aire al máximo de su capacidad. La desesperación, el miedo, la esperanza, la alegría, todo se combinó en su voz cuando emitió una nota tan potente, tan alta, que por un momento todos quedaron estupefactos.

Jocelin fue el primero en reaccionar. Con un grito muy similar al de Alyx, trepó a la plataforma y de inmediato veinte hombres y mujeres le siguieron. Un asesino confeso echó todo su peso sobre el guardia que sostenía la antorcha mandando la llama hacia atrás, a la pira que se encontraba detrás de Alyx, donde se encendió de inmediato. Había seis guardias y cuatro jueces en la plataforma. Los jueces huyeron al primer indicio de problemas con las togas levantadas sobre sus rodillas, volando como el viento. El humo se enroscó en el cuerpo de Alyx mientras los hombres y las mujeres luchaban con los caballeros cubiertos por sus armaduras. Cada golpe que daban sobre carne humana Alyx lo sentía en su propio cuerpo. Esta gente que ella había tratado tan mal estaba arriesgando la vida para salvarla.

El humo se hizo más espeso haciéndola toser e irritándole los ojos. El calor, similar al del más fuerte sol, le lastimó la espalda. Tratando de ver, enfocó la mirada en la gente que estaba a su alrededor, dándose cuenta de cuán frágiles eran en comparación con los soldados con sus fuertes armaduras. Su único consuelo era que Raine había sido lo suficientemente sensato como para no arriesgar su vida en esta batalla. Al menos se había quedado en algún lugar a salvo. Pasó algún tiempo antes de que cayera en la cuenta de que uno de los caballeros armados no estaba siendo atacado por la gente del bosque. Sólo cuando oyó un rugido por parte de él, saliendo de dentro del casco, se dio cuenta de que uno de sus guardias era Raine.

—¡Jocelin! ¡Suéltala! —ordeno Raine mientras aplastaba un hacha de doble filo sobre el hombro de un guardia, haciéndole caer de rodillas. Una mujer se tiró sobre el soldado caído quitándole el casco, mientras que un hombre tuerto propinaba un sonoro garrotazo en la cabeza del aturdido caballero. El humo era tan denso que Alyx ya no podía ver y le ardía la garganta de tanto toser. Las lágrimas seguían cayéndole mientras Joss

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cortaba las cuerdas que sujetaban sus muñecas, la agarraba de la mano y la alejaba rápidamente de la pira ardiente.

—Ven conmigo —le dijo, sacándola del lugar. Ella se había detenido, mirando la plataforma a sus espaldas. Raine luchaba con dos hombres al mismo tiempo, danzando a su alrededor con una poderosa maza de acero, haciéndose a un lado, moviéndose con gracia dentro de la pesada armadura. Atrás ardía el fuego, reflejándose en las armaduras y transformándolas en un atemorizante rojo sangriento.

—¡Alyx! —le gritó Jocelin—. Raine me ha dado órdenes sobre dónde llevarte. Ya está bastante enfadado con nosotros dos. Por una vez, obedécele.

—¡No puedo dejarle aquí! —Trató de decir, pero su garganta lastimada y la hinchazón hizo que sus palabras sonaran como un graznido. Con un fuerte empujón de Joss comenzaron a correr juntos. Después de bastante tiempo vio que algunos caballos se les aproximaban.

—Se están retrasando —aulló Joss, jadeando por la carrera—. ¡Vamos, Alyx! —Al menos la huida le hizo olvidar por un momento el peligro que corría Raine. El peso de la criatura que llevaba en su vientre la hacía sentirse débil y ella necesitaba de todas sus fuerzas.

Cuando llegaron a los caballos, Jocelin montó y la hizo hasta la grupa del caballo detrás de él, y para desesperación de ella, partieron dejando en plena lucha a Raine y los demás. Alyx trató de protestar, pero nuevamente le falló la voz. Su silencio era tan poco típico de ella que Joss se volvió para mirarla, y su gruñido de risa le demostró que había comprendido su inquietud. Cabalgaron raudos durante dos horas, y cuando finalmente se detuvieron se encontraban frente a un monasterio. Alyx, exhausta por el miedo que había soportado durante los últimos días, casi no podía tenerse en pie cuando Joss la bajó de su montura.

—¿De verdad has perdido la voz? —preguntó Joss, medio divertido, medio preocupado. Ella trató nuevamente de hablar, pero sólo emitió un sonido áspero que le lastimó la garganta.

—Tal vez sea mejor así. Raine está tan enfadado que podría arrancarnos la lengua a los dos. ¿Estás bien? ¿No te han hecho daño mientras estuviste cautiva? —Alyx negó con la cabeza. Antes de que Joss pudiera volver a hablar, un monje con hábito marrón abrió la pesada puerta de madera.

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—¿Por qué no entran, hijos míos? Les estábamos esperando. —Alyx tocó el brazo de Jocelin y se estremeció de inquietud. «¿Qué quería decir con que les estaban esperando?».

—Entra, ya lo sabrás —le dijo Joss, sonriendo. Dentro de los muros había un hermoso y gran jardín, verde y sombrío a la luz de la temprana mañana de agosto. Había puertas en tres de los lados y una gruesa pared de piedra detrás.

—Tenemos algunos cuartos para las mujeres que nos visitan —dijo el monje, mirando la rústica túnica blanca de Alyx—. Lord Raine ha hecho todos los arreglos para que esté usted cómoda.

Momentos más tarde Alyx se encontraba en una espaciosa habitación frente a los jardines, con un tazón de leche recién ordeñada que le habían ofrecido. Había tomado la mitad cuando el sonido de hierro entrechocando se oyó a través de la puerta.

—¡Alyxandria! —Semejante vozarrón sólo podía ser de Raine. Según su costumbre Alyx abrió la boca para responderle con la misma agresividad, pero sólo pudo emitir un lastimoso graznido. Con una mano en la garganta, abrió la puerta. Raine giró para mirarla y por un momento sus ojos se encontraron. Había sombras oscuras bajo los ojos de él y su pelo estaba pegado por el sudor formando oscuros rizos. La armadura estaba llena de marcas de golpes. Pero lo que resultaba impresionante era la furia que se leía en su mirada.

—Sal de ahí. —Gruñó él, y el tono de su voz no admitía desobediencia. Cuando ella estuvo frente a él, Raine la cogió por los hombros, miró un momento su vientre y luego volvió a mirarla a los ojos.

—Debería castigarte por esto —dijo. Alyx trató de hablar, pero el ardor de la garganta la hizo llorar. Por un momento él pareció intrigado y entonces un hoyuelo apareció en sus mejillas.

—¿El humo te ha afectado la voz? Ella asintió.

—¡Bien! Son las mejores noticias que he tenido en meses. Cuando terminemos con este asunto tengo un par de cosas que decirte y por una vez me vas a oír. —Diciendo esto, la agarró por los hombros y la condujo hacia una pequeña abertura en el muro. Fuera había una puerta retirada que obviamente pertenecía a una capilla. Sin esperar a que ella entrara por su cuenta, Raine abrió la puerta y la empujó adentro del recinto. Ante el altar estaba Jocelin con un hombre alto, delgado, que Alyx no había visto antes.

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—¿Con la armadura puesta? —preguntó el desconocido, mirando a Alyx con curiosidad.

—Si me tomara el tiempo suficiente para cambiarme seguramente ella se me escaparía de entre los dedos otra vez. ¿Tienes el anillo, Gavin? — Los ojos de Alyx se abrieron por la sorpresa al oír el nombre. De manera que éste era el hermano mayor de Raine, el hombre a quien ella le había escrito rogándole que ayudara a controlar la furia de Raine contra Roger Chatworth. Mientras miraba a Gavin y pensaba que no tenía ningún parecido con Raine, que físicamente Raine era mucho más guapo, apenas si se había dado cuenta de que había un sacerdote frente a ellos hablando.

—Presta atención, Alyx —le ordenó Raine a Gavin tosió para disimular la risa. Consternada Alyx miro a los hombres que la rodeaban. Los ojos de Jocelyn bailaban divertidos, Raine ardía de furia apenas controlada, y Gavin parecía consentirlo todo placenteramente.

El sacerdote esperaba pacientemente que ella dijera.

—¡Alyx! —vociferó Raine—. Sé que no puedes hablar, pero al menos podrías hacer un gesto con la cabeza, a menos por supuesto que no quieras casarte conmigo. ¿Tal vez prefieres a Jocelin… otra vez?

—¿Casarme? —Ella articuló,…

—¡Por amor de Dios, Raine! Lo siento. Padre —dijo Gavin—. Ten un poco de piedad. Acaba de pasar por un shock. Por un momento parecía que iba a ser quemada en la hoguera y cinco minutos después se está casando. Creo que necesita tiempo para recuperarse.

—¿Y desde cuándo se supone que sabes tanto de mujeres? —preguntó Raine con aire hostil—. Tú pusiste a Judith en la puerta de tu casa sólo minutos después de desposarla y si yo no me hubiera roto una pierna se hubiera quedado sola.

—Si no hubieras estado allí probablemente hubiera venido a mí más pronto. Como quiera que…

—¡Silencio! —Gritó Jocelin, para dar enseguida un paso atrás cuando los dos hermanos Montgomery se volvieron coléricos hacia él.

Inspiró profundamente, Alyx estaba mirando a lord Gavin y no estoy seguro de que comprendiera que se estaba desposando con lord Raine. Tal vez si le explicaran la situación, podría contestar las preguntas con propiedad, aunque se hubiese quedado sin voz. La clara comprensión de lo que estaba ocurriendo golpeó a Alyx, y con su femenina delicadeza habitual, abrió mucho los ojos y se quedó con la boca abierta.

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—¿Es eso una muestra de horror ante la idea? —dijo Gavin. Raine desvió la mirada de Alyx, obviamente inseguro de lo que significaba su expresión.

—Ella lleva a mi hijo. Se casará conmigo —dijo animadamente. Alyx no podía hablar, pero podía silbarle entre sus dientes, y como Raine siguió sin mirarla echó un vistazo alrededor tratando de ver por cuál otro medio podía llamar su atención. Él no la había pedido en matrimonio, no le había permitido el dulce placer de echarse en sus brazos para decirle que la amaba, y, en cambio, estaba ahí, hosco e iracundo anunciando que se casarían.

—¿Desearías tomar mi espada prestada? —preguntó Gavin, riéndose de tal forma que apenas podía hablar—. Oh, Raine. —Dio una palmada en el hombro de su hermano haciendo resonar la armadura, pero Raine no hizo ningún movimiento—. Espero que ella te permita una caza entretenida. Judith estará encantada de tener una cuñada que mire a su marido con puñales en los ojos. La hará sentirse menos sola en el mundo. —Raine no se molestó en mirar a Gavin y Alyx percibió que estaba en juego alguna vieja disputa. Nunca en su vida había deseado tanto contar con el poder de su voz como en ese momento. Si ella pudiera hablar, haría que Raine la mirara.

—Señora —dijo el sacerdote, y Alyx tardó un momento en darse cuenta de que se dirigía a ella—. No es función de la iglesia alentar matrimonios no deseados. ¿Quiere desposarse con lord Raine?

Ella miró el perfil de Raine, furiosa porque él no la miraba. En dos pasos se plantó frente a él, que tenía los ojos enfocados hacia algún punto por encima de su cabeza. Lentamente, ella le agarró una mano y la sostuvo entre las suyas. La mano mostraba varios cortes, sangre, raspones, y cuando ella la miró supo que él se la había herido por salvarla. La levantó hasta sus labios y le besó la palma, y cuando levantó la vista los ojos de él estaban sobre ella. Por un momento la mirada parecía haberse suavizado.

—Ella se casará conmigo —dijo Raine mirando al sacerdote. Alyx quería maldecirle por su confianza en sí mismo y por negarse a sobreponerse de la furia que le embargaba. Silenciosamente, volvió a ponerse a su lado y la boda siguió adelante; Raine le deslizó un anillo en el dedo. Raine no dio tiempo para que ninguno de los presentes la felicitara.

—Vamos, lady Alyx —dijo, con los dedos enterrados en el antebrazo de ella—. Tenemos mucho que discutir.

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—Déjala en paz, Raine —dijo Gavin—. ¿No te das cuenta de que está muy cansada? Y además, éste es el día de tus esponsales. Regáñala en otro momento. —Raine ni se molestó en mirar a su hermano mientras salía con Alyx de la capilla, cruzaban el jardín y entraban en el cuarto de ella. No bien la puerta se cerró, Raine se inclinó hacia ella.

—¿Cómo pudiste, Alyx? —susurró—. ¿Cómo pudiste decir que yo te importaba y hacerme pasar todos estos meses de infierno? —Era muy decepcionante no poder hablar. Ella buscó con la mirada papel y pluma, pero enseguida recordó que Raine no sabía leer.

—¿Sabes cómo me he sentido estos últimos meses? —Arrojó el casco sobre la cama—. Durante años he estado buscando una mujer a quien pudiera amar. Una mujer que tuviera coraje y honor. Una mujer que no me temiera, o que no le interesara mi dinero o mis tierras. Una mujer que me hiciera pensar. —Él comenzó a soltar las tiras de cuero que sujetaban su armadura, amontonando sobre la cama las distintas partes—. Primero casi me vuelves loco con esas ajustadas calzas, bailoteando frente a mí, mirándome con esos ojazos tan hambrientos que me causaban temor. — Con un movimiento, apartó toda la armadura a un lado, se sentó en el borde de la cama y comenzó a desatarse las protecciones de sus piernas. Alyx se arrodilló delante de él y le ayudó.

—Cuando supe que eras una mujer yo estaba con fiebre y no estaba muy seguro de no estar soñando, y a pesar de todo esa noche fui feliz como nunca. No había timidez por tu parte, no te echaste atrás, sólo había exuberancia, placer ofrecido y placer recibido. Más tarde me enfurecí contigo por haberme jugado un truco tan sucio, pero te perdoné. —Dijo esto último como si fuera la persona más magnánima del mundo, ignorando el gesto de disgusto de Alyx cuando le puso frente a la cara la segunda pierna para que le desatara las protecciones de acero. Una llamada a la puerta hizo que se detuviera. Varios sirvientes, vestidos con ropas más costosas de las que jamás había usado Alyx, entraron en la habitación portando una gran tina de roble y algunos baldes de agua caliente—. Pongan todo allí —dijo Raine distraídamente. De pie, Alyx miraba esta procesión sin poder dar crédito a sus ojos. Una tina llena de agua caliente, traída por sirvientes e instalada frente a ellos como si pertenecieran a la realeza. Nunca en su vida había tomado un baño caliente de cuerpo entero. En Moretón se bañaba con una jofaina y en el bosque lo había hecho en el arroyo helado.

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—¿Qué tienes, Alyx? —preguntó Raine cuando estuvieron solos otra vez—. Parece que hubieras visto un fantasma. Silenciosamente, ella señaló la tina que emergía de una nube de vapor.

—¿Quieres bañarte primero? Adelante. —Con cautela, se arrodilló junto a la tina, puso sus manos dentro del agua y le sonrió a Raine, mientras él comenzaba a desembarazarse del chaleco de cuero que usaba debajo de la armadura.

—No trates de distraerme —dijo él demasiado dulcemente—. Todavía tengo ganas de zurrarte. ¿Sabes cómo me sentí después de haberte encontrado con Jocelin? —Ella desvió la vista, recordando su mirada dolorida de esa noche.

—Me costó años encontrarte, para que terminaras diciéndome que tu… tu música era más importante para ti que yo. ¡Cierra la boca! En efecto eso fue lo que dijiste. Sabes Alyx, en realidad es bueno que no puedas hablar. Mi hermano no podía creer que una cosa pequeñita como tú pudiera tapar con la voz a cincuenta hombres adultos. Ofrecí ponerle dinero en su bocaza, pero él declinó.

—Alyx —advirtió—, no pongas esa cara de ofendida. No tienes derecho a estar ofendida. ¡No! Yo soy el que ha vivido un infierno estos últimos meses. No sabía dónde estabas, con cuántos hombres te estabas acostando. —Al oír esto ella le lanzó una negra mirada.

—Tú fuiste la que me hizo creer que carecías de virtud… y ésta es la forma más suave de decirlo. En el campamento casi vuelvo locos a todos. Algunos de ellos se rebelaron y se negaron a presentarse en el campo de entrenamiento. —Él se estremeció por un momento por la forma en que ella le estaba señalando.

—Yo pasé mucho tiempo allí, si eso es lo que quieres decir. Estaba tratando de agotarme para no pensar en Joss y en ti. —Alyx entrecerró los ojos y usó sus manos para formar una gran curva delante de su pecho.

—Oh, Blanche —dijo él, comprendiendo con toda facilidad que ella le estaba provocando—. Me hubiera atendido bien si la hubiera llamado a mi cama, pero después de ti no quise a ninguna otra mujer. ¡Maldición, Alyx! Deja de parecer tan satisfecha de ti misma. Me sentí miserablemente mal sin ti. —Ella se señaló a sí misma y todo el amor que sentía se reflejó en sus ojos. Él desvió la mirada y cuando volvió a hablar tenía la voz ronca.

—Casi mato a Joss cuando vino a buscarme. Me negué a verle y los guardias no le dejaron pasar, pero él conoce muy bien el bosque. Una

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noche bebí de más y cuando desperté por la mañana le encontré sentado en un banco junto a mi cama. Me llevó algún tiempo decidirme a escucharle. —Alyx captó el doble sentido en sus palabras y movió los ojos tan exageradamente que Raine directamente la ignoró.

—Te diré que no ayudó a mi dolor de cabeza enterarme de que Pagnell te había capturado y que ese hombre miserable planeaba hacerme caer en una trampa. —Alyx, sentada junto a la tina, agarró una mano de Raine. El ahora sólo llevaba puesto un calzón. Pensar que había arriesgado su vida por ella.

—Alyx —dijo él con dulzura, arrodillándose frente a ella—. ¿No te das cuenta de que te amo? Por supuesto que iba a venir a buscarte. —Ella trató de mostrarle, con sus manos y la expresión de su rostro, cuán preocupada había estado pensando que Pagnell podía dañarle de alguna forma.

—¿Cómo? —respondió Raine, poniéndose de pie—. ¿Pensabas que yo nada sabía de la trampa? —Obviamente se sentía insultado—. ¿Piensas que un mosquito como Pagnell podía salirse con la suya con un Montgomery? —Con un gesto ágil se quitó el calzón y se metió en la tina.

—El día que una basura como él… Alyx, ¿no habrás creído realmente que Pagnell…? —Ella juntó las manos, inclinándose ante él con falsa humildad.

—Bien, tal vez tenga que perdonarte. No le conoces, tal vez para ti todos los nobles sean iguales. —Ahora ella era la que se sentía insultada. Tal vez ese «para ti» significaba la gente de su clase, súbditos que creían en brujas y en la bondad del rey, que pensaban que los juicios eran honestos y otras estupideces por el estilo. Estrelló el puño contra el agua, salpicando completamente el rostro de Raine. Él le sujetó la muñeca.

—¿Y ahora por qué has hecho eso? Aquí estoy yo perdonándote por haberme dejado, te salvo el pellejo de quemarte en la hoguera, me caso contigo y ni siquiera te sientes agradecida. —Oh, cuánto, cuánto hubiera deseado poder hablar. Podría decirle con una voz que le taladraría los tímpanos que le había abandonado para protegerle del rey y de su cólera, y que había estado a punto de morir quemada porque cargaba a su criatura. En cuanto a desposarla, seguramente él lo había hecho por su estúpido sentido del honor.

—No me gusta lo que estás pensando —agregó él, atrayéndola más hacia sí—. Gavin se burló de mí cuando le dije que me agradecerías lo que

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iba a hacer por ti. Dijo que las mujeres nunca reaccionaban como debían, esto es, con lógica. ¿Qué es lo que he hecho ahora? —Ella cerró el puño y le amenazó con golpearle la nariz.

—Alyx, realmente estás agotando mi paciencia. ¿No tienes siquiera un pensamiento amable para mí? He pasado dos días horribles. Tuve que escalar la pared de esa torre de noche, matar al guardia del tejado y ponerme su armadura, todo muy sigilosamente para que el otro hombre no pudiera oírme. —Cuando él le agarró ambas muñecas, ella comenzó a sentir que se derretía. No importaba que hubiera corrido el riesgo de ser quemada; él había arriesgado mucho por salvarla.

—¿No estás contenta conmigo ni siquiera un poquito? —murmuró él con sus labios muy cerca de los de ella—. ¿No estás ni un poquitín contenta de estar casada conmigo?

Mientras Alyx sentía que su cuerpo se disolvía, que desaparecía frente a su férrea voluntad, no se dio cuenta de que él la atraía hacia la tina. Con un terrible chapoteo la instaló sobre sus rodillas, mientras el agua chorreaba por los costados.

—Ahora te tengo —rió él mientras ella trataba de sentarse—. Ahora te haré pagar tu falta de gratitud. —El rió nuevamente cuando Alyx trató de protestar con una voz que era un graznido, pero cuando comenzó a besarla, ella olvidó por completo todo lo referente a su garganta.

Los brazos de Alyx rodearon el cuello de Raine, y todos los sentimientos de furia desaparecieron. Hacía tanto tiempo que no le veía, que estaba absolutamente hambrienta de su persona. Con ansias le acercó más a ella, su boca pegada a la de él, su lengua invadiéndola, buscando tanto de él como pudiera tomar.

—Alyx —murmuró él, y había lágrimas en su voz—. Te vi cuando trepaba esa pared, sentada sola en esa torre, llorando, tan pequeña, tan triste. Ahí mismo hubiera matado a todos los guardias, pero sabía que no podía confiar demasiado en la ayuda de la gente del bosque. Si mis hermanos hubieran estado libres lo hubieran intentado, pero no podía correr el riesgo de que salieras herida.

Ella levantó la cabeza repentinamente ante la mención de sus hermanos. ¡«Elizabeth»!, pero su voz era ininteligible. Después de varios intentos, consiguió articular «Miles».

—¿Has conocido a mi hermanito menor? No, no es posible. Ha estado en la Isla de Wight. Después de que Mary… muriese, Miles casi

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enloqueció, y Gavin le convenció de que le hiciera una visita al tío Simón.

Dejó la isla hace pocas semanas.

Raine se sentía intrigado por la forma vigorosa como Alyx agitaba su cabeza. «Miles», seguía pronunciando.

—¿Le ha pasado algo a Miles? ¿Está en peligro? —Alyx asintió con la cabeza, y antes de que asintiera nuevamente Raine había salido de la tina, con Alyx debajo del brazo. Con gran rapidez la sentó, la envolvió en un trozo de tela y se puso su propio calzón.

—Vamos a ver a Gavin y escribirás todo lo que quieras decirme.

El rostro de Alyx estaba rojo cuando abandonaron el cuarto. No tenía puesta más que una capa sobre la túnica empapada, mientras que Raine iba prácticamente desnudo llevándola consigo por todo el monasterio. Encontraron a Gavin en los establos.

—Me imagino que no estarás listo para cabalgar tan pronto, ¿o sí, hermano? —se burló—. Seguramente tu esposa se merece alguna atención. —Raine ignoró el tono divertido.

—Alyx dice que Miles está en apuros. Va a escribir lo que está pasando.

La cara de Gavin se puso sería de inmediato.

—Vayamos al estudio del monje.

Los guio con zancadas tan largas que Alyx no hubiera podido seguirlo si Raine no la agarra del brazo y la arrastra con él. «Hace bien en sacar provecho de que no puedo hablar», pensó ella. El monje estaba en su estudio y se quejó por la presencia de una mujer, pero los hombres no le prestaron atención.

—¡Aquí tienes! —dijo Gavin, poniendo delante de ella papel, pluma y tinta. Le llevó varios minutos escribir cómo Pagnell había atado a Elizabeth Chatworth y los planes que abrigaba de entregarla a Miles. Raine y Gavin miraban por encima de su hombro y las palmas de sus manos comenzaron a transpirar.

—Elizabeth Chatworth —dijo Gavin—. Creí que todavía era una criatura.

Alyx negó con la cabeza.

—¿Qué aspecto tiene? —preguntó Raine con seriedad.

La expresión de Alyx fue suficiente para que ambos comprendieran. —Al rey no le va a gustar esto —dijo Gavin—. Ha impuesto una multa

muy fuerte sobre las tierras de Chatworth y le ha ordenado a Roger

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mantenerse apartado de las propiedades de los Montgomery.

—¡Las propiedades! —gritó Raine—. ¿Es eso todo lo que te importa? Chatworth raptó a Bronwyn y asesinó a Mary. ¿Cómo hay que hacer para que pienses en las personas y no en las tierras?

—Me importan más mis hermanos que cualquier propiedad. ¿Qué pasará si Miles viola a esta joven Chatworth? Parecería que estamos desobedeciendo al reverendo y ¿quién sufriría entonces? ¡Tú! Jamás te perdonará y deberás pasar el resto de tu vida en el bosque con esa pandilla de degolladores: ¿Y cómo castigará el rey a Miles? ¿Proscribiéndole, también? Me preocupa perder a dos de mis hermanos por los sucios trucos de Pagnell. —Raine aún observaba a su hermano mientras Alyx miraba a Gavin con un nuevo respeto.

—Ya han pasado varios días —agregó Raine finalmente—. Apostaría mi vida a que esa muchacha ya no es virgen y apostaría a que Miles no violaría a nadie. Tal vez si supiera quién es ella la soltaría, y todo lo que podemos esperar es que no haya quedado embarazada. —El gruñido de Gavin fue elocuente.

—Llevaré a la mitad de mis hombres, partiré ahora mismo y trataré de encontrar a Miles. Tal vez pueda hacerle entrar en razón. Tal vez la muchacha se haya enamorado de él y no exija su cabeza. —Alyx agarró el brazo de Gavin y sacudió su cabeza vigorosamente. Elizabeth Chatworth jamás llegaría a enamorarse de un Montgomery en menos de dos semanas.

—Ella es un demonio, ¿es eso? —Preguntó Gavin, luego hizo una pausa y se llevó una mano de Alyx a los labios—. Raine va a llevarte a casa y allí conocerás a mi Judith. Lamento que tu boda se haya hecho con tanta prisa. Cuando todo esto esté arreglado, vamos a organizar un torneo en tu honor. —Sosteniendo aún su mano, se volvió para mirar al hermano

—. Estarás a salvo en el castillo Montgomery por algún tiempo. Llévala allá, déjala descansar. Tampoco has tenido oportunidad de conocer a mi hijo aún. ¡Y cómprale algo de ropa a ella! —Alyx estaba segura de que Raine se ofendería ante el tono de Gavin, pero Raine sonreía.

—Es estupendo verte otra vez, hermano —dijo suavemente, con los brazos abiertos. Los hermanos se abrazaron fuertemente durante un largo momento.

—Dale mis saludos a Miles y trata de que no se meta en líos —sonrió Raine—. Y cuando vuelva le presentaré a mi esposa. —Con un gesto

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brusco, Gavin les dejó solos. Raine volvió con Alyx. La capa de ella se había abierto y la túnica mojada se le pegaba al cuerpo.

—Bien, si lo recuerdo correctamente, estábamos a punto de comenzar algo cuando el problemita de mi hermano nos interrumpió. —Alyx se alejó un paso de él, haciendo gestos que indicaban el lugar donde se encontraban. Con una carcajada Raine la envolvió en sus brazos y la cargó por todo el jardín hasta su cuarto. Sin reparar en las partes de la sucia armadura que se encontraban sobre la cama, la puso en medio de ellas y con un movimiento se colocó encima de Alyx.

—¿Puedo dañar a la criatura? —murmuró él mordiéndole el lóbulo de la oreja. Ella sacudió la cabeza con tanta fuerza que él rió cálida y seductoramente, mientras hacía descender su mano sobre la túnica mojada. La prenda burda y pobre cayó de su cuerpo al primer tirón.

Alyx nunca había estado demasiado orgullosa de su cuerpo, siempre había deseado tener más curvas, pero ahora, embarazada como estaba, no quería que él la viera a plena luz del día. Los intentos que hizo por cubrirse no le sirvieron de nada. Desplazándose hacia un lado, él le besó el vientre y lo acarició.

—Es mi criatura la que te deforma y yo la amo tanto como a su madre.

—¿Hija? —Logró decir, lastimándose la garganta.

—Sólo me importa tu seguridad, y si Dios quiere, la vida de la criatura. Me encantaría tener una hija. Contigo por madre y con Bronwyn y Judith por tías, le dejaría todas mis propiedades con confianza. Las manejaría mejor que yo. —Ella trató nuevamente de hablar, pero él no la dejó y comenzó nuevamente a besarle el cuello. Cuando sintió que él se quitaba su calzón, cuando sintió su piel pegada a la de ella, olvidó todas las preocupaciones sobre su aspecto.

No tenía ni idea de cuánto le había extrañado físicamente, cuánto necesitaba que sus manos la acariciaran. Él le tocó todo el cuerpo, pasándole las ásperas yemas de sus dedos de pies a cabeza, haciendo que ella se sintiera cuidada, amada. Aún ahora que podía sentir la fuerza del deseo de ella, él se tomó su tiempo, la amó, la tocó. Ella yacía acostada de espaldas, con los ojos cerrados y los brazos relajados alrededor del cuello de él mientras Raine la acariciaba. Cuando él le tocó el interior de sus muslos, ella abrió los ojos, le miró y ese azul oscuro traspasándola la hizo estremecer. La fuerza de este hombre, el poder, su tamaño, todo junto a ella mientras él la acariciaba, la excitaba horriblemente. Con un impulso

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de su cuerpo se apretó contra él, besó su boca con pasión, y le hizo reír profundamente mientras se ponía de espaldas y la colocaba a ella sobre él. La armadura resonó y un par de sus partes cayeron al suelo.

Alyx recorrió con los dientes el cuello de Raine, mientras sus manos se hundían en la masa de músculos de sus antebrazos. «¡Glorioso!, —pensó —, ¡un hombre tan magnífico, tan espléndido… todo de ella!». La risa que salió de su garganta quemada no fue agradable, pero su cualidad profunda y áspera era seductora. Ella trató en broma de apretarle las costillas con sus dedos, pero él la alejó de sí buscándole la boca. Alyx lo intentó con la otra mano y volvió a reír cuando él se escabulló.

—¡Demonio! —murmuró, agarrándola por el cabello y echándole la cabeza hacia atrás, mientras se incorporaba para morderle el estómago.

Jadeando, Alyx levantó los pies, tratando de alejarse de él. Raine la atrapó por el pie izquierdo y procedió a morderle cada uno de los dedos. La sensación que la traspasó le impidió todo movimiento. Ella estaba sobre él, estirada, con los pies en la cara de él, los de él en la de ella. «Éste es un juego para dos», pensó ella mientras le lamía la suavidad de los dedos del pie. Se sentía feliz sintiéndole temblar debajo, cuando otra pieza de la armadura cayó estrellándose en el suelo. Los brazos de Raine, más largos que los de ella, se deslizaron por los lados de sus piernas, acariciándola y tocándola tan provocativamente que después de un momento ella no pudo pensar en otra cosa que en las manos de él sobre su cuerpo.

Comenzó a temblar, a estremecerse, y tenía la piel tan caliente como cuando el fuego le lamía la espalda en la hoguera. Raine le sujetó las caderas y como ella era sumamente liviana la levantó y la colocó sobre su masculinidad, con un movimiento tan certero que Alyx dejó escapar un quejido áspero.

—Juego de espadas —rió Raine—. Yo soy muy hábil con las espadas. Alyx se inclinó hacia adelante, y con sus fuertes muslos comenzó un ritmo que no le permitió a Raine seguir parloteando. Se quedó quieto, su rostro casi una máscara de dolor, mientras se concentraba únicamente en disfrutar lo que Alyx le estaba haciendo. Cuando no pudo soportarlo más, la atrajo hacia sí, la hizo darse la vuelta y con dos fuertes y violentas acometidas alcanzaron juntos el clímax, temblando, estremeciéndose,

abrazados como si aún pudieran estar más cerca uno del otro.

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Después de unos momentos, Raine levantó la cabeza y sonrió a Alyx de una forma que decía más que todas las palabras del mundo. Con un gruñido de satisfacción, rodó hacia un costado apretándola contra sí, sin separar la piel húmeda y pegajosa de ambos y juntos se durmieron.

Eran las primeras horas de la tarde cuando despertaron y Raine hizo un extraño sonido mientras retiraba de debajo de su espalda una rodilla huesuda.

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—¿Cómo algo tan pequeño puede ser tan peligroso? —Preguntó a una Alyx somnolienta. Dándole una fuerte palmada en el trasero se alejó de ella para ponerse de pie y desperezarse—. ¡Arriba! —ordenó—. Ya nos hemos quedado demasiado tiempo aquí. Al paso que vamos tardaremos dos días en llegar a casa. —Alyx no parecía muy contenta de tener que levantarse y montar a caballo, y su expresión lo dio a entender. Le hubiera gustado mucho más poder quedarse aquí, en la cama, con Raine unos días más.

—Alyx, no me tientes. Levántate en este instante o volveré al bosque y mandaré que algunos hombres de Gavin te escolten hasta el castillo Montgomery. —Esto la hizo ponerse en movimiento. En pocos segundos saltó de la cama y se puso la tosca túnica blanca por la cabeza.

—Horrible —dijo Raine señalándola—. Judith te encontrará vestidos apropiados para una Montgomery. Será agradable verte vestida como corresponde, aunque debo decir que tu cabello me gusta así como está. — Le tocó los bucles como si todavía la considerara su escudero. No hubo tiempo para nada más mientras él la condujo a través de la puerta y la arrojó sobre la montura de un caballo. A excepción de mensajeros, Alyx nunca había visto caballeros en compañía de sus amos. Raine no tenía más que hacer un gesto para dar una orden, y los hombres de Gavin saltaban para obedecerle. Con rapidez y eficiencia hicieron Desaparecer la montura que Raine tomara de la guarnición de Pagnell, mientras Raine vestía las ropas de lana verde oscura que usaba en el bosque. Uno de los caballeros le miró tan sorprendido que Raine se rió.

—Y son ásperas, también —dijo—. ¿Estás lista, Alyx?

Antes de que pudiera contestar, ya habían partido al galope a un paso al que ella ya debería haber estado acostumbrada. No fue una sorpresa para Alyx que Raine cabalgara hasta la mitad de la noche. Pero lo que sí la sorprendía era cómo la trataban los hombres de Gavin. Le preguntaron por su salud, si estaba cansada. Cuando se detuvieron a comer y a que descansaran los caballos, algunos de los hombres le regalaron flores. Un hombre estiró su capa para que ella se sentara encima. Nadie pareció notar que la capa forrada en pieles era de mucha mejor calidad que el espantajo que ella vestía.

Con sorpresa y descreimiento en los ojos miró a Raine, pero se dio cuenta de que a él no le llamaba la atención la forma en que era tratada. Un caballero pidió permiso para tocar el laúd para ella y mientras que tres

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de los hombres comenzaron a cantar juntos, Raine la miró levantando una ceja, pues la música no era ninguna maravilla. Alyx desvió la mirada, porque para ella, los caballeros, tan amables, tan bien educados, eran perfectos.

Cuando Raine volvió a colocarla sobre el caballo, dijo:

—Están practicando su caballerosidad contigo. Espero que los puedas soportar. —«¡Que los pueda soportar!» pensó ella mientras partían nuevamente. Se sentía como si hubiera tenido una visión celestial, y no había dudas, podría soportarlos.

Por la noche se detuvieron en una posada y Alyx se sintió avergonzada por la forma en que estaba vestida. No había necesidad de estarlo. El posadero echó un vistazo a Raine y a los veinte hombres con sus ricos atavíos verdes y dorados y prácticamente se tendió en el suelo para que le usaran de alfombra. Les fue servida una comida como Alyx jamás había visto, en una cantidad que la hizo jadear.

—¿Pueden sentarse contigo? —inquirió Raine.

Tardó un momento en darse cuenta de que él estaba pidiendo su permiso para que estos hombres encantadores compartieran la mesa de roble con ella. Con una amplia sonrisa les indicó que ocuparan sus lugares en las sillas. Los modales de estos hombres eran tan perfectos que Alyx tuvo mucho cuidado con los suyos. Durante toda la comida le ofrecieron sabrosos bocados de carne y frutas. Un hombre peló una manzana, puso una rodaja en un plato y le preguntó si la aceptaba. Le expresaron su tristeza por la pérdida de su voz, lo que hizo que Raine riera, diciéndoles que se perdían mucho más de lo que creían. Formalmente, pidieron a lord Raine que se explicara. Él les respondió que de todos modos no le creerían, lo que hizo que Alyx se sonrojara. En el cuarto que les asignaron había una cama grande y mullida, escrupulosamente limpia, y Alyx se deslizó de inmediato bajo la tibia manta. En pocos segundos Raine estuvo con ella y la atrajo hacia sí mientras le acariciaba el vientre, sonriendo al sentir que el bebé se movía.

—Fuerte —murmuró, cayendo rendido—. Una preciosa y fuerte criatura. Por la mañana el posadero llamó a su puerta y les entregó pan recién horneado y vino caliente, junto con veinte rosas rojas de los caballeros de Gavin.

—Esto es obra de Judith —explicó Raine, mientras se vestía—. Todos están medio enamorados de ella y parece que tú también has conquistado

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sus corazones. —Alyx negó con la cabeza, indicando que sólo se ocupaban de ella por su relación con Raine.

—Tal vez todos los hombres se enamoren de las mujeres que no pueden hablar. —Él le besó la nariz. Alyx cogió una almohada y se la arrojó, alcanzándolo en la parte posterior de la cabeza.

—¿Es esa la forma de actuar de una dama? —se burló. A pesar de aparentar indiferencia, Alyx estuvo preocupada durante toda la jornada por sus palabras. Ella no era una dama y no sabía cómo debía actuar. ¿Cómo iba a poder enfrentarse con ese ejemplar de lady Judith Montgomery, vestida con esa bolsa manchada sin forma?

—Alyx, ¿qué te sucede? ¿Son lágrimas lo que estoy viendo? —le preguntó Raine de pie a su lado. Ella trató de sonreír y de hacerle entender que había algo dentro de su ojo, pero que estaría bien en un momento. Después trató de controlarse, pero cuando avistaron el castillo Montgomery tuvo deseos de dar media vuelta y salir huyendo. La gran fortaleza de piedra, de siglos de antigüedad, era más formidable de lo que ella había imaginado. A medida que se fueron acercando, las paredes de piedra parecían querer desplomarse sobre ella, aplastándola.

Raine los condujo por la entrada posterior para anunciar su llegada a la menor cantidad de gente posible. El camino hacia las puertas estaba flanqueado por altos muros de piedra, y a medida que lo rodeaban, los hombres iban saludando alegremente a Raine. Él parecía estar tan a sus anchas aquí que el hombre que ella había conocido parecía muy lejano. Los hombres que le obedecían sin chistar, el amplio panorama de este lugar, parecían más propios de él que ese campamento artificial de proscritos.

Cabalgaron hasta un patio y para sorpresa de Alyx, en el interior de los muros había casas que parecían muy confortables, con muchas ventanas. En los pocos castillos donde ella y Jocelin habían cantado, la mayoría de la gente vivía en las torres, que eran tan incómodas que los dueños del lugar las habían abandonado. Apenas se habían detenido cuando de un pequeño jardín amurallado se acercó corriendo una mujer increíblemente hermosa vestida con un llamativo vestido de satén rojo.

—Raine —llamó ella, corriendo con los brazos abiertos.

«No puede cantar», pensó Alyx a la defensiva, mirando cómo su esposo desmontaba y también corría hacia la mujer.

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—Judith —dijo él, abrazándola y levantándola por aire, besándola en los labios de una manera que a Alyx le pareció un tanto exuberante.

—Señora. —Se oyó una voz a la izquierda de Alyx—. Sin desviar los ojos de Raine y de la exquisita Judith, dejó que la depositaran en el suelo.

—¿Dónde está ella, Raine? —Estaba preguntando Judith—. Tu mensaje era tan confuso que casi no lo comprendimos. Algo debemos haber entendido mal por qué aparentemente el mensajero quería transmitirnos que tu esposa estaba a punto de ser quemada en la hoguera.

—Es verdad. La rescaté en el último momento. —Su voz sonaba orgullosa. Rodeando a Judith con un brazo la llevó hasta donde esperaba Alyx, a quien abrazó displicentemente.

—Esta es Alyx, y esta visión es la esposa de mi indigno hermano. — Alyx saludó con la cabeza, observando abiertamente a su cuñada. Nunca antes había visto a nadie con una apariencia así: ojos dorados, cabellos rojizos, apenas visibles debajo de una cofia bordada de perlas, y una figura pequeña pero voluptuosa. Judith se separó de Raine.

—Debes de estar cansado. Ven conmigo y haré que preparen un baño caliente para ella. —Cogió una mano de Alyx en las suyas y comenzó a caminar hacia la casa.

—Oh, Judith. —La detuvo Raine desde atrás—. Alyx ha perdido la voz por el humo —a su lado, Alyx sintió que Judith se ponía tensa y supo que era porque Raine se había atrevido a desposarse con alguien como ella. Rápidamente, trató de disimular las lágrimas.

—Estás cansada —le dijo Judith comprensivamente, pero había algo en el tono de su voz. Alyx no tuvo tiempo de mirar la casa porque Judith la condujo escaleras arriba hasta una amplia habitación artesonada. Cuatro casas como la de Alyx en Moretón, hubiesen entrado en este cuarto. Unos pesados pasos en las escaleras hicieron que Judith se volviera. Raine estaba de pie en la puerta, gesticulando.

—Es bonita, ¿verdad? —dijo cariñosamente, mirando a Alyx—. Lástima que haya perdido la voz, pero estoy seguro de que sólo será temporalmente.

—No gracias a ti —contestó Judith, llevando a Alyx hasta una silla. —¿Y eso qué quiere decir? —preguntó Raine sorprendido—. Yo la he

rescatado. —Judith se enfrentó a él.

—¿De qué? ¿De la trampa de Pagnell? Ella era la carnada para atraerte a él. Raine —se calmó—, creo que debes irte ahora. No creo que tu dulce

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esposa quiera oír lo que tengo pensado decirte.

—¡Dulce! —rugió Raine—. ¿Y qué razones tienes tú para estar disgustada conmigo? —Estaba ofendido.

— Estás agotando mi paciencia, Raine —le advirtió—. Alyx, ¿tienes hambre?

— Mira, Judith, si tienes algo que decir, dilo.

— Muy bien, nos iremos de este cuarto. Tu esposa necesita descansar. —Alyx estaba comenzando a hacerse una idea de lo que Judith quería decir. Apretó la mano de su cuñada y con la mirada la instó a que continuara. Había tantas cosas que ella hubiera deseado decirle a Raine. Judith asintió atentamente y se abalanzó hacia donde estaba Raine.

—Muy bien, te diré lo que pienso. Vosotros los hombres, todos vosotros, los cuatro hermanos, no sentís ningún reparo en arrastrar a una mujer por toda Inglaterra, sin pensar en su seguridad o su comodidad. — Las mandíbulas de Raine se endurecieron.

—Anoche descansamos en una posada muy confortable.

—¿Qué? ¿Llevaste a tu esposa a un lugar público vestida así? ¿Cómo te atreves, Raine? ¿Cómo te atreves a tratar así a ninguna mujer?

—¿Y qué se supone que debía hacer? ¿Salir a comprar vestidos? Tal vez hubiera debido cabalgar hasta Londres y pedirle al rey un corte de seda.

—No trates de ganar mi voluntad por haber sido declarado un traidor. Fue tu propia cabeza calenturienta de Montgomery lo que te metió en todos esos problemas. —Al oír esto Alyx comenzó a aplaudir. Judith miró rápidamente a Alyx con una sonrisa comprensiva, mientras Raine observaba.

—Veo que no soy necesario aquí —dijo él.

— No permitiré que huyas ahora —contestó Judith—. Quiero que corras al piso de abajo, arranques a Joan del rincón, o la cama en que se encuentre y le ordenes que prepare un baño inmediatamente y que lo traiga aquí. Oh, Raine, ¿cómo pudiste hacerle esto a esta pobre criatura? ¿A la madre de tu hijo? Ya han pasado varios días desde la hoguera y todavía está cubierta de hollín, ¡y cómo debes haber cabalgado para llegar aquí tan pronto! Ahora vete y ocúpate de lavarte y vestirte adecuadamente.

Con las mandíbulas todavía apretadas, negándose a hablar, Raine dejó la habitación, dando un portazo detrás de él. Suspirando, Judith se volvió para mirar a Alyx.

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—Tienes que aprender a defenderte por ti misma o los hombres se aprovecharán de ti. ¿Estás bien? ¿Raine no te hizo daño con su apresuramiento, o sí? —Alyx solamente negó con la cabeza, mirando a Judith con admiración y con un principio de afecto.

—Menos mal que nosotras tres somos testarudas y fuertes, porque si no, a estas alturas estaríamos muertas. —Alyx levantó tres dedos, en señal de pregunta.

—Bronwyn, la esposa de Stephen. Ya la conocerás. Es encantadora, absolutamente encantadora, pero Stephen la lleva de aquí para allá a todas partes, la hace dormir en el suelo enrollada en una manta de lana.

Es realmente espantoso. Una llamada a la puerta hizo que Judith interrumpiera su discurso, y segundos más tarde algunos sirvientes hicieron su entrada portando una tina y varias jofainas de agua caliente.

—Debería mandar a Raine más a menudo —dijo Judith—.

Ciertamente, consigue que las cosas se hagan con rapidez.

Alyx soltó una pequeña risita y Judith a su vez le sonrió.

—Son hombres buenos. No cambiaría a Gavin por ninguno, pero a veces es necesario levantar un poco la voz. Algún día vas a perderle el temor a tu esposo y verás cómo le devuelves los gritos. Tal vez ahora no lo creas posible, pero el día llegará. —Alyx simplemente sonrió y permitió que Judith la llevara hasta la tina.

Raine, sumergido hasta el cuello en una tina de agua caliente y con los ojos aún brillantes de furor, miró con aire hostil cuando la puerta de su habitación se abrió. Gavin irrumpió en su interior.

—Miles se ha llevado a la joven Chatworth a Escocia, y por lo que he podido averiguar tuvo que llevarla a rastras, mientras ella le insultaba. ¡Maldición! —dijo con apasionamiento—. ¿Por qué mis hermanos más jóvenes me dan tanto trabajo? Sólo Stephen…

—Mejor, cállate —le advirtió Raine—. Mi humor sólo da para clavar mi espada en el estómago del primero que se presente.

—¿Y qué es lo que ha sucedido ahora? —preguntó Gavin con cansancio, sentándose cerca de Raine—. Tengo más problemas de los que puedo manejar. ¿Tu esposa te ha dicho algo descortés?

—No mi esposa. —Se detuvo—. ¿Qué tienes pensado hacer con respecto a Miles? ¿Crees que va a llevarla con Stephen?

— Eso espero. Sir Guy está con él, y quizás él pueda hacerle entrar en razón.

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—¿Se te ocurre alguna razón por la que Miles pueda querer conservar a la muchacha? Quiero decir aparte de su placer personal. No puedo imaginarme a nuestro hermanito obligando a una mujer a hacer lo que no desea, pero tampoco puedo imaginarme que una dama se le resista. Nunca he sabido que tuviera problemas con las mujeres.

—Uno de los hombres de Miles se rompió un brazo justo después de que lady Elizabeth fuera llevada allí y no pudo acompañarlo a Escocia. Lo encontré en el camino.

— ¿Y cuáles fueron las malas noticias? No puede ser tan malas como parecen en tu rostro.

En ese momento había cuatro hombres en la tienda de Miles. Al hombre de Pagnell se le permitió entrar mientras todos los hombres le rodeaban espadas en mano. Llevaba una gran alfombra al hombro. Se quedó junto a la entrada, arrojó su carga al piso, la empujó con el pie y la desenrolló.

—¿Y bien? —inquirió Raine.

—Se desenrolló a los pies de Miles y apareció Elizabeth Chatworth; lo único que cubría su cuerpo era su larga cabellera rubia.

—¿Y qué hizo nuestro hermanito? —preguntó Raine, riendo y gruñendo ante la imagen que se había formado en su mente.

—Por lo que pude averiguar, los hombres se quedaron inmóviles mirándola hasta que lady Elizabeth saltó, cogió un trozo de tela de un camastro para cubrirse y un hacha, lanzándose sobre Miles.

—¿Consiguió herirle?

—Se las arregló para esquivar sus golpes e hizo salir al resto de los hombres de la tienda. Cuando la dama empezó a lanzar los peores insultos que nadie pueda imaginar, sir Guy se llevó a los hombres donde no pudieran escuchar.

—Y seguramente al día siguiente ronroneaba como un gato —dijo Raine sonriendo—. Nuestro hermanito sabe bien cómo tratar a las mujeres.

—No sé qué pasó después de eso. Una hora más tarde este hombre del que te hablé se rompió el brazo y fue enviado de regreso a la casa de Miles.

—¿Entonces cómo supiste que se habían marchado a Escocia? — preguntó Raine.

—Fui hasta el campamento de Miles y cuando no encontré a nadie allí hice algunas preguntas a los comerciantes de la zona. Hacía más de una

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semana que Miles y sus hombres habían partido y algunos le habían oído decir que su destino era Escocia.

— ¿Hay alguna clave de por qué tomó esa decisión?

—¿Quién puede decir lo que pasa por la cabeza de Miles? Estoy completamente convencido de que no le hará daño a la joven, pero sí la retendrá para castigar a Chatworth.

—Miles puede enfrentarse a un hombre, a muchos hombres, pero no creo que saque algún beneficio de una mujer. Ese es el juego de Chatworth —dijo Raine sombríamente.

—Estoy seguro de que tiene alguna razón para haberla sacado de Inglaterra. ¿Qué piensas hacer ahora?

Gavin se quedó pensativo un momento.

—Dejaré que Stephen vea qué puede hacer con Miles. Y Bronwyn tiene la cabeza bien puesta sobre los hombros. Tal vez ella pueda hacer algo por Miles. —Raine se puso de pie en la tina.

—Dudo que nadie pueda razonar con él habiendo una mujer por medio. Si ella tardó más de diez minutos en enamorarse de él sería la primera vez que ocurre una cosa así. Tal vez Miles sintió que era una especie de desafío.

—Cualquiera que sea su razonamiento, se está arriesgando a provocar la ira del rey. El rey Henry ha cambiado desde la muerte de su primogénito —resopló Gavin. Secándose, Raine salió de la tina y propinó un puntapié a las ropas apiladas a sus pies.

— Será bueno poder desembarazarme de éstas por un tiempo.

— ¿Cuánto tiempo crees que podrás permanecer aquí?

—Tres o cuatro días, como máximo. Debo volver al campamento.

— ¿Tan importantes son tus fugitivos? —Raine se tomó un momento para pensarlo.

—No todos son fugitivos, y tal vez si tú hubieras vivido sus vidas tendrías una idea distinta del bien y del mal.

— Robar está mal siempre —dijo Gavin con firmeza.

—¿Te quedarías sentado tranquilamente mirando cómo Judith y tu hijo recién nacido se mueren de hambre? Si estuvieran hambrientos y pasara por el lugar un hombre arrastrando una carreta de pan, ¿pensarías en tu elevada moral y le dejarías seguir de largo?

—No quiero discutir contigo. ¿Sabe Alyx que planeas regresar?

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—No, aún no. No estoy muy seguro de decírselo o simplemente desaparecer. Si no lo hago de este modo querrá seguirme. Yo quiero que se quede aquí contigo y con Judith. Quiero que viva como nunca ha vivido antes.

Con un rápido movimiento levantó del suelo sus viejas ropas y las arrojó a un rincón, cogiendo el traje de terciopelo negro bordado en plata que se encontraba sobre el lecho.

—¿Qué es esto? —preguntó Gavin, agachándose para recoger algo de entre las ropas sucias de Raine. Levantó en alto un cinturón de oro.

— Es el cinturón de Lyon de Alyx, como ella lo llama, pero por mi vida que no puedo distinguir ningún león en él. Uno de los guardias durante el juicio se lo quitó, y yo pasé por los tormentos del infierno para recuperarlo. —Con un estremecimiento, Gavin acercó el cinturón a la ventana y lo estudió a la luz del sol.

— Parece muy antiguo, ¿verdad?

— Eso creo. Alyx dice que en la familia fue pasando de madre a hija durante tanto tiempo que ya nadie lo recuerda.

—Leones —masculló Gavin—. Hay algo familiar en este cinturón. Baja conmigo al jardín de invierno. —Cuando Raine estuvo vestido siguió a su hermano hasta el salón. De una de las paredes colgaba un tapiz antiguo y desteñido. Hacía mucho tiempo que estaba ahí y a Raine le era tan conocido que casi no reparaba en él.

—¿Alguna vez nuestro padre te contó algo sobre este tapiz? — preguntó Gavin. Cuando Raine negó con la cabeza, Gavin continuó—. Fue tejido en la época de Eduardo I, y el motivo es la celebración del más

grande caballero del siglo, un hombre que se llamó León Negro. Ves, aquí lo tienes sobre su caballo y esta encantadora dama era su esposa. Mírale la cintura. Raine miró, un tanto aburrido por la explicación de Gavin sobre la historia familiar, pero no alcanzó a reconocer nada especial. Él era un hombre preocupado por el «aquí y el ahora, no por siglos atrás».

Gavin miró a su hermano con exasperación.

—Yo vi un dibujo de este cinturón… —señaló al tapiz— hace mucho. El nombre de la esposa del León Negro tenía algo que ver con un león y como regalo de bodas el León le obsequió un cinturón de un león con su leona.

—No creerás que el cinturón de Alyx sea ese. Debería tener un par de siglos de antigüedad.

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—Mira cómo está de desgastado —dijo Gavin, mostrándole el cinturón de Alyx—. Los eslabones están sujetos con hierro y el dibujo está muy borrado, pero por lo que parece pueden ser leones.

—¿Cómo puede Alyx haber obtenido este cinturón? —Gavin no necesitaba que le recordaran los orígenes de su nueva cuñada.

—El León Negro era un caballero fabulosamente rico, pero tuvo un varón y ocho mujeres. Le dio a todas sus hijas riquísimas dotes, y a la mayor le entregó además el cinturón del león para que a su vez se lo pasara a su hija mayor.

—No creerás que Alyx… —comenzó Raine.

—El primogénito del León Negro se llamó Montgomery, y de él provino la rama de toda nuestra familia. ¿No recuerdas, ya que, nuestro padre te decía que eras como el León Negro? Nosotros cuatro éramos altos, delgados y rubios, mientras que tú eras más bajo, más fuerte.

Raine recordó cómo se habían burlado de él de pequeño, haciéndole preguntarse si realmente era hermano de su hermana y de los tres varones. Pero su padre había muerto cuando él contaba doce años de edad y había muchas cosas que ya no recordaba.

—Nuestro padre decía que eras como él. —Señaló al hombre de cabellos negros montado en un semental que aparecía en el tapiz.

—Y tú crees que este cinturón de Alyx podría haberle pertenecido a la esposa de este hombre. —Raine cogió el cinturón de manos de su hermano

—. Ella lo valora mucho, nunca lo pierde de vista. Yo sabía que en el juicio se lo tenían que quitar. Ella no me ha mencionado una palabra, pero anoche debía estar soñando cuando pidió a gritos su adorno de oro.

—¿Sabías que el León Negro se desposó con una mujer que no pertenecía a su clase? No tanto como el estatus de Alyx, pero comparados con él, los Montgomery son tan pobres como guardabosques. —Raine restregó el desgastado cinturón entre sus dedos.

—Es demasiado rebuscado para ser verdad. Pero a veces siento que conozco a Alyx mucho más de lo posible en estos pocos meses. He conocido mujeres más bellas que ella, y ciertamente mujeres que me trataban con mucho más respeto, pero la primera vez que la vi… —Rió y se detuvo—. La primera vez que la vi creí que era un muchacho y pensé que si yo tuviera un varón se parecería a ella. Había algo… No sé cómo explicarlo. ¿Te pasó lo mismo con Judith?

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—No —dijo Gavin llanamente, mirando hacia otro lado. Odiaba que se le recordara cómo había tratado a Judith de recién casados.

—Hablando de tu esposa —dijo Raine—. Ella la tomó conmigo cuando llegué. Gavin rió al escuchar esto.

—¿Y qué se supone que habías hecho? Si mal no recuerdo, ella siempre te halaga interminablemente.

—Me dijo que había tratado a mi esposa sin ninguna consideración por haberla traído aquí.

—¿Por el rey? —preguntó Gavin—. Ya lo hemos discutido y ella estaba de acuerdo en que por unos pocos días estarías a salvo aquí. Ese es el tiempo que se requeriría para que alguien te reconociera y le diera la noticia al rey.

—No, no fue por eso. —Raine se mostró realmente desconcertado—. Fue por no comprarle suficientes vestidos. A lo mejor piensa que yo cargo vestidos en mi montura.

—Pues me alegro muchísimo de llegar a tiempo para defenderme — dijo Judith desde la puerta, sonriendo. Inmediatamente, se acercó a su esposo y le besó—. ¿Estás bien? ¿A salvo?

— Estoy tan bien como puedo estarlo —dijo él, estrechándola—. ¿Y qué es esto que acabo de escuchar, que has atacado a mi hermano? Espero que no le hayas hecho daño. Él no es tan fuerte como yo.

—Delicado —dijo Judith con dulzura—. Todos tus hermanos son tan delicados como florecitas de primavera. —Ella le sonrió a Raine y ambos hombres admiraron sus ligeras formas—. Simplemente, le dije que no debería haber arrastrado a su esposa por toda la campiña estando embarazada y enferma por el humo de la hoguera y además vestida peor que la más baja de las siervas.

Judith comenzaba a decir algo más, pero no lo hizo, porque en el vano de la puerta había aparecido Alyx, una Alyx que nadie había visto antes. Llevaba un traje de terciopelo oscuro, púrpura, y del escote cuadrado pendía una gruesa cadena de plata con una gran amatista púrpura en el centro. Su cabeza estaba cubierta con una pequeña cofia plateada bordada con flores del mismo tono. Los ojos violeta le brillaban intensamente. Raine se acercó a ella, le agarró una mano y se la besó.

—Estoy aturdido por tanta belleza —le dijo con sinceridad. —Tú también estás diferente —susurró ella.

—Y puedes hablar. ¿Ya puedes cantar?

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—No la presiones, Raine —dijo Judith—. Le he dado miel y hierbas, pero creo que se curará antes si no usa la voz. La cena está lista. ¿Tenéis hambre? —Alyx se sentía feliz por no poder hablar porque de todas formas no creía posible hacerlo. Raine siempre había parecido muy superior a la gente que le rodeaba aun cuando vestía ropas burdas, pero ahora, con ese traje negro, estaba impresionante. Encajaba muy bien en esa magnífica casa y no parecía sorprendido en absoluto de que toda esa gente le saludara con tanto respeto.

Mientras Raine la conducía hacia el Gran Salón, ella tuvo que esforzarse para no demostrar sorpresa. La comida que se les había servido en la posada le había parecido un festín, pero en estas mesas había comida como para una aldea completa.

—¿Quiénes son estos hombres? —le preguntó a Raine en un susurro.

Había más de cien hombres compartiendo la comida.

Raine levantó la mirada, notando también a los demás presentes.

—Son los hombres de Gavin, algunos míos y otros de Stephen. Aquellos son Montgomery, primos, creo. Tendrás que preguntarle a Gavin el parentesco exacto. —Señaló hacia el extremo de la mesa donde se sentaban—. Algunos de ellos son jornaleros del castillo. Puedes preguntarle a Judith. Estoy seguro de que conoce bien a todos.

—¿El tuyo es tan grande? —preguntó ella con voz ronca.

—No —hizo una mueca—. Mis propiedades son pequeñas comparadas con ésta. Judith es la rica. Ella, aportó mucha riqueza a nuestra familia cuando se casó, y debe mantener a mucha gente. Siempre está comprando y vendiendo, y pesando los granos en los almacenes.

—¿Y yo? —preguntó Alyx asustada. A Raine le llevó un momento entenderla.

—¿Quieres saber si deberás administrar mis propiedades? No veo por qué no. Sabes leer y escribir. Eso es más de lo que yo puedo hacer. —Miró hacia otro lado cuando uno de sus primos le dirigió la palabra. Alyx tuvo dificultades para comer, y después de un rato se sentó tranquilamente mientras continuaban trayendo bandeja tras bandeja. Muchos de esos platos le eran totalmente desconocidos y se le mezclaban los nuevos nombres y sabores.

Pasado un tiempo, Raine se puso de pie y la presentó, y todos los comensales le dieron la bienvenida gritando vivas. Judith le preguntó a Alyx si deseaba descansar, y juntas se retiraron al cuarto de Alyx.

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—¿Te resulta un tanto sorprendente todo esto? —preguntó Judith. Alyx asintió con la cabeza.

—Mañana hay una feria en el poblado e intentaré que Raine te lleve. Tendrás un poco de diversión y no te verás obligada a tratar con tanta gente nueva. Pero ahora, ¿por qué no reposas? Gavin y Raine están preparando un mensaje para Miles, y tendrás tiempo para descansar porque imagino que discutirán un largo rato. —Cuando Alyx se hubo quitado el vestido metiéndose bajo las abrigadas mantas, Judith le dio la mano—. No tienes nada que temer de nosotros. Ahora somos tu familia, y todo lo que tú hagas merecerá nuestra aprobación. Me doy cuenta de que todo esto —señaló la elegante habitación— es nuevo para ti, pero pronto aprenderás y aquí estamos nosotros para ayudarte.

—Gracias —susurró Alyx, y se quedó dormida antes de que Judith abandonara el lugar.

Alyx jamás imaginó lo que sería la feria que se había organizado en los campos de Montgomery. Había dormido mucho y profundamente, y al despertar su voz se encontraba casi recuperada. El sonido estaba ahí, aun cuando carecía de los matices de los distintos tonos.

—¿Crees que podré cantar otra vez? —Raine rió ante el miedo que ella dejaba traslucir, y la ayudó a abotonarse el vestido púrpura que Judith había hecho arreglar a su medida.

—Estoy seguro de que en unos días más los pájaros invadirán esta habitación nada más que para oírte. —Riendo hizo unos giros por el salón y la falda acampanada se agitó con ella.

—¿No es hermoso? Es el vestido más bonito del mundo.

—No —rió Raine, abrazándola—. Eres tú la que lo hace precioso. Y ahora deja de dar vueltas porque mi hijo se mareará. ¿Estás lista para la feria?

La feria era como una ciudad, una ciudad compuesta por personas procedentes de todo el mundo. Había establos para animales, puestos de plomo y estaño de Inglaterra, pellejos de vino español, artículos alemanes, ropas italianas, jugueterías, torneos de lucha, juegos de habilidades, carniceros, pescaderos.

—¿Por dónde comenzamos? —preguntó Alyx, colgándose del brazo de Raine. Iban rodeados por seis caballeros de Gavin.

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—¿Tal vez milady siente apetito? —preguntó uno de ellos.

—¿O sed?

—¿Milady desearía ver los malabaristas o los acróbatas?

—Por allí se escucha un trovador bastante bueno.

—El trovador —dijo Alyx con firmeza, haciendo que Raine riera.

—¿Para ver con quién tienes que competir? —se burló él.

Ella le sonrió, demasiado feliz como para molestarse con él. Después de una breve visita al trovador, que no era nada bueno según la opinión de Alyx, se detuvieron en un puesto donde se vendía pan de jengibre y Raine le compró un sabroso trozo con forma de muñeca.

Mientras lo comía y miraba de un lado para otro, no se dio cuenta de que Raine se había detenido frente al puesto de un italiano.

—¿Qué te parece esto? —preguntó él, mostrándole unos metros de seda violeta.

—Hermoso —dijo ella distraídamente—. Oh, Raine, allí hay un oso haciendo un número.

—El oso de tu marido comenzará a hacer un número si no le prestas atención. —Cuando ella le miró, él continuó—: Ya he tenido suficientes regañinas de Judith. Elige los colores que te gusten y haré que lo envíen todo al castillo.

—¿Elegir? —preguntó aturdida, ante las riquezas que tenía ante sí. —Denos todo lo que tenga en púrpura —dijo Raine rápidamente—. Y

aquellos verdes. Te quedarán bien, Alyx. —Se volvió hacia el comerciante

—. Corte lo suficiente de cada tela como para hacer un vestido y lleve todo al castillo. El administrador le pagará. —Después de esto tomó a Alyx del brazo y continuaron su camino.

Como una niña, Alyx volvió la mirada atrás, masticando todavía su pan de jengibre. Debía haber tres tonos de púrpura y cuatro verdes en cada tipo de tela, y había sedas, satenes, terciopelos, brocado y otras que Alyx no supo reconocer. Raine se detuvo frente al oso que hacía piruetas, pero cuando se dio cuenta de que Alyx no estaba mirando, la llevó hacia otro puesto, el de un peletero.

Esta vez no esperó que Alyx eligiera, sino que ordenó una capa adornada con piel de cordero y otra con leopardo de Asia. Le pidió al peletero que hablara con el tendero y agregara pieles que combinaran con las telas que había comprado.

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A estas alturas Alyx se estaba recuperando. La estaban vistiendo sin ni siquiera consultarla sobre sus gustos. Si tuviera alguna idea de lo que era de su agrado hubiera protestado por la arbitrariedad de Raine.

—¿Así es como eliges tu ropa? —se aventuró a decir—. ¿Dejas que los mercaderes elijan por ti?

— Casi siempre me visto de negro porque de esa forma ahorro tiempo. Miles es el que entiende de ropas. —Él se encogió de hombros.

—¿Y Stephen? ¿Él sabe algo?

—Se mantiene separado de Gavin y de mí, y todo lo que usa son ropas escocesas que no le cubren casi nada.

— Parece interesante —murmuró Alyx, haciendo que Raine le dirigiera una aguda mirada.

— Compórtate. Mira, ¿has visto esto antes? —Lo que Alyx vio era una mujer que trabajaba con cientos de carretes entretejidos sobre un almohadoncillo gordo.

—¿Qué es? —El producto terminado parecía una telaraña de seda blanca.

— Son encajes, milady —dijo la mujer, alcanzándole a Alyx un cuello para que lo inspeccionara. Con suavidad Alyx lo tocó, casi temerosa de que fuera a deshacerse en sus manos.

— Veamos —dijo Raine, sacando una bolsa de oro del interior de su jubón—. Déme tres de esos. Elige, Alyx, y le regalaremos uno a Judith y enviaremos el otro a Bronwyn.

—Oh, claro que sí. —Se entusiasmó ella, ante la idea de hacerle un regalo a Judith.

Los cuellos de encaje fueron cuidadosamente colocados en pequeñas cajas de madera y entregados a uno de los caballeros para que los llevaran. Las horas siguientes fueron las más felices que Alyx había pasado en mucho tiempo. Ver a Raine en su entorno natural, recibiendo todo el respeto que merecía, le producía una tremenda alegría. Y, sin embargo, este hombre que recibía tantos honores era capaz de sentarse con el último de los pordioseros e interesarse por lo que leste tuviera que decirle.

—Me miras de forma rara —dijo Raine.

—Estoy contando mis bendiciones. —Ella miró hacia otro lado—. ¿Qué está mirando toda esa gente?

—Ven y veamos.

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La multitud frente a ellos se abrió para dejar pasar a los siete corpulentos hombres y a la pequeña mujer. En medio del círculo había cuatro mujeres semidesnudas con sus tersos vientres a la vista, las piernas percibiéndose claramente a través de sedas transparentes y bailando al son de una extraña música. Después de su sorpresa inicial, Alyx echó una mirada a su esposo y vio que estaba completamente cautivado por las mujeres, lo mismo que los guardias que los acompañaban. ¡Y pensar que pocos momentos antes había pensado que Raine era lo más próximo a un ángel del cielo! Con una exclamación de disgusto, que Raine ni siquiera oyó, Alyx comenzó a alejarse de la multitud dejando a los hombres solos con su obsesión.

—Milady —dijo alguien a su lado—. Permítame que la aleje de esta chusma. Es usted tan pequeña que temo por su seguridad. —Ella levantó la vista hasta los ojos oscuros de un hombre muy guapo. Tenía el cabello rubio veteado por el sol, y una nariz aguileña sobre una boca de rasgos firmes. Había una cicatriz curva debajo de su ojo izquierdo y sombras debajo de sus ojos.

—No estoy segura… —comenzó ella—. Mi esposo…

— Permítame que me presente. Soy el conde de Bayham, y su familia y la mía se conocen bien. He hecho un largo viaje para hablar con Gavin, pero cuando vi la feria supuse que encontraría a alguien de la familia aquí.

Un hombre robusto que había bebido más de la cuenta cayó sobre ellos, y el conde extendió su brazo, protegiendo a Alyx.

—Considero que es mi deber protegerla de esta turba. Permítame que la saque de aquí. —Ella tomó el brazo que el conde le ofrecía. Había algo en él que le daba una apariencia triste y gentil al mismo tiempo, e instintivamente ella tuvo confianza en él.

—¿Cómo se ha enterado usted de mi boda? —preguntó—. Ha sido muy reciente y no procedo del mismo grupo social que mi esposo.

— Tengo un especial interés en todo lo que hace la familia Montgomery. —Él la alejó de la ruidosa feria y la condujo hasta un banco dentro de una pequeña arboleda.

—Debe estar usted muy fatigada, ya que, no ha estado sentada en toda la mañana. Y seguramente el niño debe ser una pesada carga. — Agradecida, tomó asiento descansando sus manos sobre el vientre y le miró.

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— Evidentemente, ha estado usted observándonos. Ahora bien, ¿de qué quiere hablarme a mí en particular como para haberme alejado de mi esposo? —Al oír esto el conde sonrió ligeramente.

— Los Montgomery eligen bien a sus mujeres, tanto por su inteligencia como por su belleza. Tal vez deba presentarme nuevamente. Soy Roger Chatworth.

Alyx, que se había sentido muy halagada al pensar que este caballero iba a pedirle que usara su influencia sobre su esposo, repentinamente sintió miedo. Desmañadamente, con el temor reflejado en el rostro, comenzó a ponerse de pie.

— Por favor —dijo él suavemente—. No tengo intención de hacerle ningún daño. Sólo deseo hablarle un momento. —Se sentó en el extremo opuesto del banco, lejos de ella, con la cabeza baja y las manos apretadas —. Váyase si lo desea. No la detendré…

Alyx ya había pasado frente a él cuando se detuvo y se giró para

mirarle.

—Si mi esposo le encuentra aquí, le matará. —Roger no respondió, y Alyx, temblando, sintiéndose una tonta, tomó asiento nuevamente en el banco.

—¿Por qué se ha arriesgado a venir aquí? —le preguntó. —Me arriesgaría a cualquier cosa para encontrar a mi hermana. —¿Elizabeth? —Tal vez fue la forma como ella pronunció su nombre

lo que hizo que Roger levantara la cabeza violentamente.

— ¿Usted la conoce? ¿Qué es lo que sabe? —Sus manos se transformaron en puños.

—Pagnell, el hijo del conde de Waldenham…

— Conozco a ese pedazo de carroña.

Rápidamente, Alyx le relató la historia de cómo Elizabeth la había ayudado y cómo Pagnell se había vengado de ella.

—¡Miles! —dijo Roger poniéndose de pie. Estaba ricamente vestido de terciopelo azul oscuro, un jubón de satén brocado y sus largas y musculosas piernas enfundadas en calzas oscuras. Este no era el hombre que Alyx había imaginado como el enemigo de nadie.

— ¿Y qué es lo que ha hecho Miles con mi inocente hermana? — exigió saber Roger, lanzando chispas por los ojos.

—No lo que hizo usted con lady Mary. —Le disparó Alyx.

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—La muerte de esa mujer me pesa en el alma, y la he pagado con la pérdida de mi hermano. No tengo intención de perder a mi hermana también. —Alyx no tenía idea de qué estaba hablando. ¿Qué tenía que ver el hermano de Roger con la muerte de Mary?

—No sé dónde está Miles y Elizabeth. No he estado bien últimamente. Quizá mientras yo descansaba Raine averiguó algo de Miles, pero en lo que a mí concierne no se nada.

— ¿Y qué hay de lady Judith? No creo que haya algo que ella desconozca. ¿Ha hablado con ella?

— No. ¿Por qué está usted en libertad mientras mi esposo debe esconderse, cuando fue usted quien mató a Mary?

—¡Yo no la maté! —dijo él con vehemencia—. Yo… ¡No! No quiero discutir eso, y en cuanto a estar libre, el rey ha decidido quedarse con mis rentas durante los próximos tres años. Casi todos mis hombres me han abandonado porque no puedo pagarles. No tengo más que una pequeña propiedad donde albergar a lo que queda de mi familia, que en este momento se reduce a una cuñada viciosa. Mi hermano me odia y ha desaparecido de las tierras, y ahora mi encantadora y dulce hermana es prisionera de un joven que es famoso por desflorar vírgenes. ¿No he sido suficientemente castigado? Su esposo aún conserva su heredad, su propio mayordomo la administra, mientras que es un hombre del rey quien maneja las mías. ¿Sabe lo que va a quedar de ellas de aquí a tres años? Su esposo tiene a su familia completa. Hasta puede darse el lujo de enamorarse y contraer matrimonio, mientras que yo no tengo a nadie; un hermano muerto, otro que se ha vuelto contra mí, mi hermana cautiva. ¿Y dice usted que no he sido castigado? ¿Que soy libre? Después de pronunciar estas palabras se detuvo, mirando hacia otro lado, a un punto indeterminado en la lejanía.

—No sé lo que ha sucedido con Elizabeth. —Gavin salió tras de Miles, pero regresó prácticamente de inmediato. No he hablado con él después de su vuelta.

—Le mataré si le hace daño.

—¿Y qué ganará con eso? —gritó Alyx lastimándose la garganta, pero al menos su tono de voz le hizo parpadear—. ¿Alguno de ustedes se va a detener antes de que estén todos muertos? Miles no se llevó a Elizabeth; se la entregaron. Él es inocente. Pagnell es quien se merecería un cruel

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castigo. Pero ustedes están muy acostumbrados a odiar a todos los Montgomery y echarles la culpa de todos sus problemas.

—¿Qué puedo esperar de una Montgomery? —preguntó él sombríamente—. Ya está usted convencida de que son dioses sobre la tierra.

—¡Hombre estúpido! —escupió ella—. Yo sólo quiero que esta guerra entre ustedes se termine. Raine tiene que vivir en el bosque rodeado de criminales y todo por su culpa.

—Gavin empezó todo esto jugando con mi cuñada. Una mujer no era suficiente para él. También tenía que tener a Alice. —Alyx se llevó las manos a la cabeza.

— No sé nada de todo esto. Debe irse ahora. Seguramente Raine me estará buscando.

— ¿Quiere usted protegerme?

—Quiero proteger a mi esposo de una pelea y a mí de su furia.

— No puedo partir sin saber exactamente qué ha pasado con Elizabeth. —Alyx apretó los dientes.

— Yo no sé dónde está Elizabeth.

— ¿Podría usted averiguarlo y decírmelo?

— ¡Definitivamente no! —Ella no podía creer que él le estuviera pidiendo esto—. Miles está con ella, y no estoy dispuesta a hacer nada que pueda ponerle en peligro. Los labios de Roger se transformaron en una línea dura.

—Ha sido usted una tonta por haberme acompañado aquí. Podría retenerla y exigir la liberación de Elizabeth a cambio de usted. —Tragando saliva, Alyx supo que debía salir sola de la situación sin mostrarle temor a ese hombre.

—No tiene guardias que le respalden. ¿Será capaz de golpear a una mujer embarazada? ¿Cuán lejos piensa que podría llegar conmigo? Elizabeth aún considera que es usted un buen hombre. ¿Lo seguiría creyendo si hiciera prisionero a otro Montgomery? —Alyx adivinó por los gestos de él que estaba dando en el clavo—. ¿Cómo le explicó a ella la muerte de Mary? Alyx hizo una pausa para observarle.

—Debe irse. —Antes de que ninguno de ellos pudiera reaccionar, de entre los árboles irrumpieron Raine y sus hombres. Instantáneamente, cuatro espadas apuntaban a la garganta de Roger Chatworth. Raine agarró a Alyx con fuerza, sosteniendo su espada desenvainada.

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—¿Te ha hecho daño este bastardo? —rugió Raine—… Mátenle — dijo un instante después.

—¡No! —gritó Alyx con toda la fuerza de sus pulmones, y afortunadamente logró que los hombres se detuvieran. Instantáneamente, se puso delante de Roger.

—No me ha hecho ningún daño. Todo lo que quiere saber es qué se ha hecho de su hermana.

— Está en una tumba junto a la mía —dijo Raine, con los ojos entornados.

— No está muerta —dijo Alyx—. Raine, por favor, terminemos ahora con esta enemistad. Jura que harás todo lo posible para que Elizabeth le sea devuelta a Roger.

—Con que Roger, ¿eh? —siseó Raine entre sus dientes, mirándola hasta que ella dio un paso atrás, acercándose más a Roger—. ¿Desde cuándo le conoces?

— ¿Cómo…? —comenzó ella, sorprendida—. Raine, por favor, no estás siendo razonable. Este hombre está solo y no quiero verle muerto. Él quiere a su hermana. ¿Sabes dónde se encuentra?

— Ahora me pides que traicione a mi hermano por esta basura. ¿Te ha hablado de los últimos momentos de Mary? —Miró a Roger, gruñendo entre dientes—… ¿Disfrutaste del sonido de sus huesos contra las piedras? —Alyx comenzó a sentirse mal al evocar las imágenes que Raine estaba reviviendo, y estuvo a punto de dejar que se apoderara de Roger. Pero entonces el rey tendría otra excusa para quedarse con las tierras de su esposo. Jamás perdonaría a Raine si éste asesinaba a un conde.

—Debes dejarle ir —dijo suavemente—. No puedes matarle a sangre fría. Vamos, Roger, iré con usted hasta su caballo. —Sin una palabra, Roger Chatworth caminó con ella hacia la feria, donde había dejado su caballo. No fueron seguidos ni por Raine ni por sus guardias.

— Jamás la perdonará —dijo Roger.

—No lo he hecho por usted. Si Raine le matara, el rey jamás se lo perdonaría. Váyase ahora y recuerde que una Montgomery fue considerada con usted cuando no lo merecía. No quiero que ni Miles ni Elizabeth sufran daño alguno y haré todo lo que esté a mi alcance para que ella le sea devuelta.

Con una mirada de desconcierto, respeto y gratitud, él montó en su caballo y se alejó de las tierras de los Montgomery.

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Alyx permaneció donde estaba por un momento, su corazón latiendo con violencia al pensar en el próximo enfrentamiento con Raine. Por supuesto estaría enfadado, pero cuando ella le explicara por qué había ayudado a su enemigo, él lo comprendería. Lentamente, preparándose para la escena que vendría, caminó nuevamente hacia la arboleda donde se encontraban los guardias. Sólo tardó segundos en darse cuenta de que Raine no estaba allí.

—¿Dónde está? —preguntó, con la certeza de que él había buscado un sitio más privado para su discusión.

— Milady —empezó a decir uno de los guardias—. Lord Raine ha regresado al bosque.

— Sí, lo sé —dijo ella—. Donde podamos estar solos. ¿Pero en qué dirección se ha ido? —Durante un momento Alyx se quedó mirando al hombre, y sólo después de algunos minutos comenzó a comprender lo que éste había querido decirle—. ¿El bosque? ¿Quiere decir el campamento de fugitivo?

—Sí, Milady.

—¡Traigan mi caballo! Iré tras él. Todavía podemos alcanzarle.

—No, Milady. Tenemos órdenes de llevarla devuelta con lord Gavin. No debe usted seguir a lord Raine.

— Debo ir —dijo ella, mirando a los hombres con ojos suplicantes—. ¿No ven que tenía que impedir que Raine matara a Chatworth? El rey le podría condenar si llegara a matar a un conde. Debo explicarle esto a mi esposo. ¡Llévenme con él de inmediato!

—No podemos. —El guardia endureció su mandíbula para borrar el gesto de simpatía que se notaba en su mirada—. Nuestras órdenes vienen de lord Raine.

—Tal vez si Milady quisiera hablar con lord Gavin —sugirió otro de los guardias.

— Sí —contestó ella ansiosamente—. Regresemos al castillo. Gavin sabrá qué hacer.

Una vez montada en su caballo, Alyx partió a todo galope, haciendo que a los guardias les costara trabajo alcanzarla. Tan pronto como los cascos de los caballos resonaron sobre las piedras del patio, Alyx desmontó y comenzó a correr hacia la casa. Entró rápidamente en un salón vacío y luego se dirigió a otro; entonces se quedó donde estaba y aulló:

—¡Gavin!

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En pocos segundos, bajando las escaleras corriendo, apareció Gavin, el rostro una máscara de incredulidad. Judith le seguía de cerca.

— ¿Has sido tú quien ha llamado? —preguntó Gavin, espantado—. Raine dijo que tenías una vozpoderosa, pero… Alyx le paró en seco.

—Raine ha vuelto con los fugitivos. Debo ir a buscarle. Me odia. No puede comprender por qué lo hice. Debo explicárselo.

—Cálmate —interrumpió Gavin—. Dime qué ha sucedido, pero desde el principio. Alyx trató de respirar profundamente.

—Roger Chatworth… —El nombre bastó para que Gavin explotara—. ¡Chatworth! ¿Te ha hecho daño? ¿Raine fue tras él? Busca a mis hombres —le dijo a un guardia que se encontraba detrás de Alyx—. Armadura completa.

—¡No! —gritó Alyx, cubriéndose el rostro con las manos. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Judith le pasó el brazo por los hombros.

— Gavin, habla con los hombres mientras yo me ocupo de Alyx. —La condujo hasta un nicho acolchado junto a una ventana y tomó sus manos entre las de ella.

—Ahora cuéntame qué ha sucedido. —Las lágrimas de Alyx y su urgencia por hablar hicieron que pareciera incoherente. Sólo después de hacerle varias cuidadosas preguntas Judith pudo armar la historia completa.

—Yo no entendía —sollozaba Alyx—. Roger no hacía más que hablar de cosas que yo no comprendía. ¿Quién es Alice? ¿Quién era su hermano? ¿Qué tenía que ver con la muerte de Mary? Raine estaba tan furioso. Ordenó que mataran a Roger y yo tuve que detenerle. ¡Tuve que hacerlo!

—Menos mal que lo hiciste. Ahora quiero que te quedes aquí tranquila mientras busco a Gavin. Le contaré tu historia y Gavin seguramente podrá razonar con Raine. —Judith encontró a su esposo y a veinte caballeros en el patio, con una apariencia tal que parecía que iban a la guerra.

—¡Gavin! ¿Qué estás haciendo? —Vamos tras Chatworth.

—¿Chatworth? ¿Pero qué hay de Raine? Él cree que Alyx se puso de parte de Chatworth. Debes buscar a Raine y hacerle entrar en razones. Alyx estaba protegiendo a Raine, no a Chatworth.

—Judith, ahora no hay tiempo para arreglar una rencilla de enamorados. Debo encontrar a Miles y advertirle de Chatworth, o bien

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tengo que encontrar a Chatworth y asegurarme de que no reunirá un ejército para ir tras de mi hermano.

—Haz que Miles libere a Elizabeth. Eso es lo que Chatworth desea — dijo Judith—. Devuélvele sana y salva a su hermana.

— ¿Cómo él nos devolvió a la nuestra? ¿Cruzada sobre un caballo con la cabeza colgando?

—Gavin, por favor —suplicó Judith. Él se detuvo un momento y la atrajo hacia sí—. Raine está más seguro en el bosque. Sin duda Chatworth le contará al rey las amenazas de Raine y esto reavivará su cólera. Y de todas formas Alyx iba a quedarse aquí, de manera que en ese aspecto todo está en orden. Ahora estoy más preocupado por Miles. No creo que le haya hecho daño a la joven, pero preferiría disponer de algún tiempo antes de que Chatworth se entere de dónde ha estado. Debo advertir a mi hermano y brindarle mi protección en caso de que la necesite.

—¿Y qué pasará con Alyx? Raine cree que ella le traicionó.

—No lo sé —contestó Gavin, restándole importancia a la cuestión—. Escríbele y mándale un mensajero. Raine está a salvo; enfadado tal vez, pero el enfado no le hará ningún daño. Ahora debo irme. Cuida de Alyx mientras no estoy y alimenta bien a mi hijo. —Ella le dedicó una sonrisa y él la besó lentamente.

—Cuídate —agregó ella, mientras él y sus hombres partían al galope. La sonrisa de Judith no duró mucho cuando entró y encontró a Alyx sentada sola junto a la ventana.

—¿Ha ido Gavin tras Raine? —susurró Alyx, con la voz cargada de esperanza.

— Ahora no. Tal vez lo haga más tarde. Por el momento debe advertirle a Miles que Chatworth sabe que un Montgomery tiene a Elizabeth en su poder. —Alyx se recostó contra el repecho de piedra.

—¿Cómo puede pensar Raine que yo le he traicionado? Chatworth me pidió que averiguara dónde se encontraba Elizabeth y yo me negué. Sólo querrá ayudar a Raine, ayudar a toda la familia. Y ahora las cosas están peor que nunca.

—Alyx —dijo Judith, cogiendo las manos frías de su cuñada—. Hay cosas que tú no sabes, cosas que sucedieron antes que tú formaras parte de nuestra familia.

— Lo sé todo sobre la muerte de Mary. Yo estaba con Raine cuando él se enteró.

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— Antes que eso ocurrieron otros hechos…

— ¿Qué tienen que ver con esta Alice que ha mencionado Roger y con su hermano?

— Sí, Alice Chatworth lo comenzó todo. —Alyx se sorprendió por la fría mirada de Judith, por la forma en que habían cambiado sus adorables facciones.

—¿Quién es Alice? —susurró Alyx.

— Gavin estaba enamorado de Alice Valence —contestó Judith con un hilo de voz—. Pero ella no quiso casarse con él. En su lugar prefirió a un acaudalado conde, Edmund Chatworth.

—Edmund Chatworth —dijo ella. El hombre que Jocelin había matado.

—Edmund fue asesinado una noche por un trovador que nunca fue atrapado —continuó Judith, desconociendo lo que Alyx sabía.

—Yo siempre creí que Alice Chatworth sabía más sobre lo ocurrido de lo que pretendía. En su calidad de viuda decidió que le resultaría conveniente casarse con Gavin; pero Gavin se negó a dejarme de lado para desposarla. Alice no se comportó como una buena perdedora. —La voz de Judith estaba llena de sarcasmo—. Me hizo prisionera y amenazó con echar aceite hirviendo sobre mi rostro. Hubo un forcejeo y el aceite cayó sobre Alice marcándola con cicatrices.

—Roger dijo que la única familia que le quedaba era una cuñada malvada. No puede ser que hiciera daño a Mary por las cicatrices de Alice.

— No, más adelante Roger estaba en Escocia y conoció a la mujer que el rey Henry había prometido por esposa a Stephen. Bronwyn era rica y bien merecía que peleasen por ella. Roger la reclamó para sí y él y Stephen lucharon. Roger es un hombre orgulloso y un caballero de renombre, pero Stephen le venció, y en un ataque de furia atacó a Stephen por la espalda.

—Stephen no resultó herido, ¿verdad?

—No, pero la reputación de Roger quedó echa trizas. Toda Inglaterra se rió de él y comenzaron a llamar «Chatworth» a los ataques por la espalda.

— Y por eso Roger se desquitó llevándose a Mary. Debía considerar que los Montgomery eran la causa de todas sus humillaciones —dijo Alyx.

— Así fue. Le rogó a Stephen que le matara en el campo de batalla, pero Stephen no quiso hacerlo y Roger se sintió aún más insultado. De manera que Roger mantuvo a Mary y a Bronwyn prisioneras por un

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tiempo. Yo no creo que le hubiera hecho daño a Mary si no hubiera sido por Brian.

— ¿Y quién es Brian?

—El hermano menor de Roger, un muchacho lisiado y tímido que se enamoró de Mary. Cuando Brian le dijo a Roger que pensaba casarse con Mary, Roger se emborrachó y se metió en la cama de ella. Ya sabes lo que hizo Mary. Brian fue quien nos devolvió su cuerpo.

—Y ahora Miles tiene a Elizabeth —agregó Alyx—. Raine ha sido proscrito. Roger ha perdido a su familia y a sus bienes, y en este momento la vida de Miles puede estar en peligro. ¿No hay forma de poner fin a este odio? ¿Qué pasaría si Roger matara a Miles? ¿Qué sucedería entonces? ¿Quién sería el siguiente? ¿Alguna vez el resto de nosotros podría sentirse a salvo? ¿Nuestros hijos tendrán que crecer odiando a los Chatworth? ¿Mi hijo deberá enfrentarse con el hijo de Roger?

—Cálmate, Alyx —la interrumpió Judith suavemente, tomando a Alyx en sus brazos—. Gavin ha ido a poner a Miles sobre aviso y él estará a salvo. Además, Bronwyn está allí con sus hombres, y aunque Chatworth lograra reunir un ejército, no estaría en condiciones de enfrentarse a los MacArran.

—Ojalá tengas razón. Y Raine estará seguro en el bosque.

—Vamos ahora y escribamos una carta a Raine. Esta noche enviaremos un mensajero.

—Sí —contestó Alyx, sentándose y enjugándose las lágrimas—. Tan pronto como Raine sepa la verdad estoy segura de que me perdonará. — Raine devolvió sin abrir la carta de Alyx. Si bien leyó las explicaciones de Judith acerca de lo ocurrido, no hizo ningún comentario en el mensaje verbal que mandó con el contacto. Ahora no tenía escudero, de manera que Judith debía cuidarse de enviar únicamente mensajeros que supieran leer. Alyx pareció soportar estoicamente todo lo que estaba ocurriendo, aunque todas las mañanas amanecía con los ojos rojos y casi había perdido el apetito por completo. Cuando Gavin regresó de Escocia se quedó petrificado ante el aspecto de Alyx.

—Encontramos a Chatworth y conseguimos retenerle por un tiempo, pero finalmente logró escapar.

— ¿Le hiciste algún daño? —preguntó Judith.

— ¡No le toqué un pelo! —le contestó Gavin—. Cuando se perdió de vista fuimos a Escocia, pero no había aparecido por allí. Yo creo que

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Chatworth ha ido directamente a ver al rey Henry.

—¿Has visto a Miles? —Gavin asintió con gesto frustrado.

— Siempre ha sido terco, pero esta vez ha llegado demasiado lejos. Se niega a liberar a Elizabeth y nadie logra hacerle cambiar de idea.

—¿Y qué hay de Elizabeth?

— Ella se enfrenta a él constantemente. Pelean hasta por el color del cielo, pero a veces he visto que ella le miraba con algo distinto al odio. Y ahora bien, ¿cómo está Alyx?

—Raine le devuelve sus cartas sin abrir y no he recibido ningún comentario suyo al respecto, aunque en mis cartas le suplico que me escuche. El mensajero dice que Raine le hace saltarse las partes donde menciono a Alyx. —El estremecimiento de Gavin dio a entender muchas cosas.

—Mi hermano puede perdonar a un triple homicida, pero cuando cree que su honor ha sido mancillado no tiene remordimientos. Le escribiré yo mismo diciéndole el estado en que se encuentra Alyx. ¿Cuándo llegará el niño?

— Dentro de unas pocas semanas.

Raine tampoco respondió el mensaje de Gavin hablándole de Alyx. En noviembre, Alyx dio a luz una hermosa y fuerte niña que sonrió segundos después de su nacimiento, mostrando los mismos hoyuelos de su padre.

— Catherine —susurró Alyx antes de caer rendida. Pero en las semanas que siguieron la niña no se mostró tan feliz. Catherine lloraba constantemente—. Ella llora por su padre —decía Alyx desolada y Judith estuvo a punto de sacudirla.

— Si no supiera cómo son las cosas —dijo Judith—, yo diría que llora de hambre.

Las palabras de Judith resultaron proféticas, porque cuando le consiguieron un ama de leche, Catherine se tranquilizó.

—¿Para qué sirvo? —se lamentaba Alyx. Judith finalmente la sacudió.

— ¡Escúchame! Debes pensar en tu hija. Tal vez no puedas alimentarla, pero hay muchas otras cosas que sí puedes hacer. Y si con la niña no te alcanza, yo puedo encontrarte muchas otras cosas para hacer. — Alyx asintió aturdida, y antes de darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, Judith le dio más trabajo del que ella hubiera creído posible. Recibió libros mayores para leer, columnas de cifras para sumar, barriles de granos para

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contar y registrar. Había almacenes para limpiar, comidas que supervisar y cientos de personas a quienes atender.

A Alyx le encargaron el cuidado del hospital durante dos semanas y supo que tenía talento para levantar el ánimo de los pacientes. A Judith le agradaba la habilidad musical de Alyx, pero no vio ninguna razón para que pasara el día trabajando en su música. Ella componía canciones mientras vendaba una pierna herida o mientras cabalgaba hacia la aldea al pie del castillo Montgomery. Para Alyx resultó un tanto extraño que ni Judith ni Gavin mostraran una admiración particular por su talento, ignorándolo. Ellos también tenían los suyos, pero esto no los eximía del cumplimiento de sus obligaciones. Alyx nunca supo cuándo comenzó a darse cuenta de lo egoísta que había sido su vida. A causa de su talento, se había apartado de la gente de su aldea. Todos se habían mostrado reservados con ella, la habían tratado como si hubiera recibido un toque celestial. En su presumida seguridad, había decidido odiar a todos los nobles por lo que un hombre le había hecho. Pero en el fondo estaba celosa. Siempre se había sentido la igual de todos, pero en realidad, ¿qué es lo que ella había brindado a los otros? ¿Su música? ¿O su música había sido solo para ella? Se daba cuenta de que los hombres de Gavin y los sirvientes eran considerados con ella porque era la esposa de Raine, pero quería dar algo que le costara un poco más de trabajo que el simple hecho de hacer música.

Organizó una escuela para los muchos niños que albergaba el complejo del castillo, y comenzó a enseñarles a leer y escribir. Muchas veces sentía deseos de dejarlo todo, pero siguió adelante y en ocasiones llegaba a sentirse recompensada cuando alguno de los niños aprendía una palabra nueva. Por las tardes trabajaba con los heridos y los enfermos. Una vez un hombre quedó aplastado bajo un tonel de vino y hubo que amputarle una pierna. Alyx le sujetó la cabeza en sus manos y usando todo su entrenamiento, todos sus sentimientos, trató de hipnotizarlo con su voz. Cuando todo terminó, lloró durante horas.

—Es doloroso comprometerse con los demás —le dijo a Judith—. Uno de mis niños, un chiquillo encantador, se cayó ayer del muro y murió en mis brazos. No quiero amar a la gente. La música es más segura.

Judith la sostuvo y le dio aliento, y hablaron durante horas. Por la mañana Alyx regresó a su escuela. Más tarde, el hombre que había perdido

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su pierna llegó preguntando por ella, y con lágrimas de gratitud en los ojos le agradeció su ayuda. Judith se encontraba detrás de Alyx.

—¿Dios te dio ese talento para que ayudaras a los necesitados o para que lo usaras con la gente bien vestida que va a la iglesia?

En Navidad, la mamá de Judith decidió hacerles una visita. Helen Bassett no parecía tener edad para ser la madre de nadie. A su lado se encontraba su esposo John, con un aire absolutamente satisfecho. Ambos jugueteaban con su hija de once meses, quien para esa época estaba aprendiendo a caminar. El hijo de Judith tenía seis meses, y la niña de Alyx tan sólo dos. Todos juntos trataron de que las fiestas resultaran alegres y ninguno de ellos mencionó a los miembros que faltaban de la familia.

—El año pasado estábamos todos juntos —murmuró Gavin sosteniendo su copa de cerveza. No había noticias de Raine.

En enero, los sucesos comenzaron a precipitarse. Roger Chatworth sí había ido a ver al rey Henry… pero no solo. Por casualidad o por un arreglo previo, Pagnell había aparecido en la Corte al mismo tiempo. Roger dijo que Miles estaba en posesión de su hermana, que la tenía prisionera en Escocia, y Pagnell por su parte dijo que él tenía pruebas, no simplemente los vagos rumores que circulaban, de que Raine estaba entrenando a un grupo de plebeyos para que pudieran combatir como caballeros, con el fin de reunir un ejército y atacar al rey.

El rey Henry dijo que estaba completamente harto de la enemistad entre los Chatworth y los Montgomery y que deseaba que lady Elizabeth fuera liberada. Si Miles no la dejaba ir, sería declarado traidor y sus tierras le serían confiscadas. En cuanto a Raine, si continuaba armando a ese grupo de proscritos, el rey estaba dispuesto a quemar el bosque con todos ellos dentro. Gavin envió un mensajero a Escocia, suplicándole a Stephen que tratara de obligar a Miles a rendir obediencia al rey. Antes de que hubiera una respuesta, corrió el rumor de que Pagnell había sido encontrado muerto y que los Montgomery eran los responsables. El rey agregó esto a una larga lista de reproches.

—Él desea lo que nos ha pertenecido durante siglos —dijo Gavin—. Otros reyes han tratado de quitarnos nuestras propiedades y no lo han

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conseguido. Este tampoco podrá. —Descolgó una maza de la pared—. Si Stephen no puede razonar con Miles, yo podré.

Una hora después partía nuevamente a Escocia.

— ¿Y qué hay de Raine? —preguntó Alyx suavemente sosteniendo en brazos a Catherine—. ¿Quién le pondrá sobre aviso acerca de las amenazas del rey?

— El rey Henry no va a quemar el bosque —dijo Judith en tono práctico—. Son pocos los que quedan. Y Raine no va a ir contra el rey con su banda de bravucones, ¿o sí?

— Tal vez. Raine sería capaz de arriesgarlo todo frente a la injusticia. Si pensara que su hermano corre peligro no sería fácil predecir hasta dónde podría llegar.

— Miles escuchará a Gavin esta vez… espero —agregó Judith—. Roger va a recuperar a su hermana y todo quedará arreglado. Se miraron una a otra durante un largo momento, sin que ninguna de ellas tuviera demasiada fe en las palabras de Judith.

—Voy a buscar a Raine —dijo Alyx suavemente, abriendo mucho los ojos por la sorpresa.

— ¿Crees que te permitirá entrar en el bosque? Oh, Alyx, no estoy segura de que sea lo adecuado. Los hombres Montgomery son capaces de terribles ataques de furia.

— ¿La furia de Gavin te ha impedido hacer alguna vez lo que creíste necesario? Si Gavin estuviera en peligro ¿dudarías en ayudarle de cualquier forma que pudieras? Judith lo pensó un momento.

— Una vez conduje los hombres de Gavin contra un individuo que le tenía prisionero.

—Yo simplemente cabalgaré hacia un bosque. ¿Podrías ocuparte de Catherine? Es muy pequeña para llevarla conmigo. Hace mucho frío allí.

— Alyx, ¿estás segura?

— Puede ser que logre distraer un poco a Raine. Estoy segura de que está mascullando todo lo que ha pasado y sin duda tiene en mente todo tipo de atrocidades contra Roger Chatworth. A veces puedo gritar más fuerte que él y obligarle a que me escuche. Probablemente, no esté al tanto de lo que Gavin está haciendo para persuadir a Miles de que libere a Elizabeth.

Se quedó donde estaba, abrazando fuertemente a su niña.

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—Debo prepararme. Necesitaré una tienda, porque no creo que Raine sienta deseos de compartir la suya conmigo.

—Tal vez te perdone en cuanto te vea —comentó Judith, con picardía en los ojos.

— ¡Perdonarme! —contestó Alyx, antes de darse cuenta de que ella estaba bromeando—. Va a lamentar haberme acusado de traicionarle. Y voy a necesitar medicinas. Tengo una deuda con esos fugitivos que Raine protege. Una vez me ayudaron y yo nunca he hecho nada por ellos. Quiero borrar mi antigua falta de interés y mi arrogancia.

—¿Cuándo deseas partir? —preguntó Judith.

— Antes de que Gavin regrese o podemos tener problemas. ¿Cuánto tardaremos en preparar todo lo necesario?

—Un día, si nos damos prisa.

—Judith —agregó Alyx—. Eres un ángel.

— Tal vez sólo esté interesada en ver a mi familia a salvo. Ven conmigo ahora, tenemos mucho que hacer.

En silencio, Alyx lanzó un gemido. Una vez Raine le había dicho que Judith podía hacer en un día el trabajo de dos personas. Alyx sospechaba que podía hacer el trabajo de tres. Rápidamente, entregó a Catherine a una mujer del servicio y corrió detrás de su cuñada.

—No me gusta este lugar —dijo Joan cabalgando junto a Alyx—. Está demasiado oscuro. ¿Está usted segura de que lord Raine vive en un sitio como éste?

Alyx no se molestó en contestar. Judith había dicho que su sirvienta Joan sería un buen elemento para la aventura que estaba a punto de emprender, que Joan podía hacer que Alyx estuviera guapa en todo momento para ablandar a Raine y que también era fantástica para hacerse con todo tipo de información. Judith le había advertido además que Joan ocupaba una posición de mucha confianza y que en ocasiones había que escucharla o ignorarla, Alyx dirigiéndose a un árbol. Joan la miró como si hubiera perdido la razón.

— ¿Espera usted que el árbol le responda? —Y agregó—. Milady. — Cuando Alyx la miró con furia. De las altas ramas del árbol cayó lo que para Joan resultó un hombre divino.

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—¡Joss! —rió Alyx, y antes de que pudiera desmontar Jocelin la agarró por la cintura y la rodeó fuertemente con sus brazos. Por un momento sólo rieron y se abrazaron hasta que Alyx se separó de él para observarle.

—Has cambiado —dijo suavemente—. Hay color en tus mejillas.

Joan tosió con fuerza.

—Tal vez al caballero le gustarían las rosas en otro lugar que no fueran sus mejillas.

—¡Joan! —le advirtió Alyx—. Te dejaré toda la noche sola en este bosque si no te comportas.

— ¿Lo que oigo es una voz de mando? —preguntó Joss, estirando los brazos para mirarla de lejos—. Estás más que cambiada. Nunca he visto una dama tan encantadora. Camina conmigo y hablemos.

Cuando estuvieron lejos de Joan y de los caballos cargados, él preguntó:

—¿Tienes un hijo?

—Una hija, con los hoyuelos de Raine y mis ojos. Es muy dulce y perfecta en todos los sentidos. ¿Cómo está él?

Jocelin sabía a quién se refería.

—No muy bien. ¡Espera! Está físicamente bien, pero está triste, jamás sonríe y cuando llega un mensajero de su hermano se muestra iracundo durante varios días. —Hizo una pausa. ¿Qué sucedió después de tu boda?

Brevemente, ella le contó todo lo referente a Roger Chatworth.

— Así que has dejado a tu niña y has venido a buscar a Raine.

— Sin duda me va a recibir con los brazos abiertos. —Hizo un gesto de disgusto—. Hay varias razones que me han hecho volver. Tengo una deuda con la gente de aquí por salvarme de la hoguera. ¿Cuántos… murieron?

—Tres, y un cuarto más tarde. —La mano de ella apretó más el brazo de Joss.

—La ira del rey contra los Montgomery y los Chatworth crece día a día. Gavin ha ido a Escocia para razonar con su hermano y me toca a mí ocuparme de Raine.

—¿Ya sabes que no le permite a ningún mensajero leer cosas que tengan que ver contigo en las cartas?

—Lo imaginaba. ¡Maldito Raine y su honor!. Si sólo me hubiera escuchado diez palabras se habría dado cuenta de que no le he traicionado.

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Lo más que puedo esperar es distraerle un poco. Temo que decida perseguir a Roger Chatworth por su cuenta, y no dudo de que hará precisamente eso si cree que su hermano; pequeño está en peligro. Si su «hermanito» no fuera todo un seductor de mujeres, tal vez nada de esto habría ocurrido. Pero los hermanos Montgomery se defienden unos a otros sea como sea.

—¿Distraerle? —le preguntó Joss sonriendo—. Seguramente lo lograrás. ¿Tienes idea de lo bella que estas? El violeta de tu vestido hace que te brillen los ojos.

—Hablando de seductores —se burló Alyx, mirándole de arriba a abajo—. Yo quería usar ropas más adecuadas para el bosque, pero Judith se ocupó de preparar mi guardarropa argumentando que los bellos vestidos harían que Raine me tuviera más en cuenta. ¿Crees que realmente he cambiado?

— Sí, te has redondeado. Y dime, ¿quién es esa bruja que has traído contigo? —Durante un momento Alyx estudió a Joss. Desde que le conocía, jamás le había visto tan alegre y juguetón.

—¿Cómo está Rosamund? —preguntó tentativamente. Jocelin echó su cabeza hacia atrás y rió.

—Eres demasiado inteligente. Ella es magnífica y está cada día mejor. Bien, vamos al campamento. Raine se alegrará de verte aunque diga lo contrario.

Aunque Alyx creyó estar preparada para el primer encuentro con Raine, no lo estaba. Había perdido peso y las estrías de sus músculos eran prominentes. Estaba de pie frente a una fogata escuchando a dos hombres que hablaban acaloradamente.

Durante un momento Alyx permaneció completamente quieta, observándole, recordando cada centímetro de su cuerpo, deseando correr hacia él, echarse en sus brazos, sentir que era bienvenida. Pero cuando Raine se volvió hacia ellos Alyx se quedó sin aliento. Podía haberse enfrentado al odio, pero los ojos de él no mostraban el fuego del odio. No había nada en ellos, salvo un hielo total: un azul tan frío que le hizo estremecerse. No había ningún indicio de que la hubiera reconocido, mucho menos de hacerla sentir bienvenida.

Sin moverse, Alyx vio cómo Raine le daba la espalda para dirigirse hacia el campo de entrenamiento.

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—Un poco enfadado, ¿verdad? —dijo Joan detrás de Alyx—. Estos Montgomery sí que tienen temperamento. ¿Nunca le he contado el pozo por el que tuvo que escalar lady Judith para salvar a lord Gavin? Por supuesto, cualquier mujer con sentido común arriesgaría todo por un hombre como lord Gavin. Y por Miles también. Nunca me he acostado con lord Raine, ¿es él complaciente?

—¡Vas demasiado lejos! —le gritó Alyx, dándose la vuelta. Joan emitió un ronroneo de gato—. Al menos he logrado que dejara de sentir lástima por usted misma. ¿Y bien? ¿Dónde desea instalar la tienda? Decida, mientras busco algunos hombres que nos ayuden.

Diciendo esto se dirigió silenciosamente a mezclarse entre el grupo de gente que se estaba reuniendo lentamente en torno a ellas y a los cuatro caballos cargados.

—Por lo que vemos no se ha quemado usted demasiado —dijo uno de los hombres, mirando a Alyx con insolencia.

— Las brujas de verdad no se pueden quemar —agregó una mujer.

— Bonito vestido. —Se oyó otra voz—. ¿Con quién se ha acostado para conseguirlo?

Alyx levantó la cabeza.

— Deseo agradecer a todos vosotros que fuerais a rescatarme cuando estaba en apuros. Me doy cuenta de que no lo merecía, pero gracias.

Esto pareció silenciar a la chusma por un momento.

—Nadie tenía intención de ayudarla —dijo un hombre con una cicatriz en el rostro—. Lo hicimos por lord Raine. Y ahora, por lo que parece, él hubiera preferido que la dejáramos arder.

Esto causó un rugido de risas de todos los presentes, que sacudiendo las cabezas y dándose palmadas unos a otros, volvieron al campamento, dejando a Alyx sola.

—¿Tiene pensado ponerse a llorar? —le preguntó Joan con aspereza —. Eso les encantaría. Venga, mire lo que he encontrado.

Con un sollozo profundo, Alyx se alejó del campamento. ¿Tal vez

esperaba que todos notaran cuánto había cambiado? Miró a Joan, que estaba rodeada por cuatro hombres jóvenes, corpulentos y de buena apariencia.

— Ellos nos ayudarán a instalar la tienda —dijo Joan, pasando sus brazos por los hombros de dos de los muchachos.

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Alyx tuvo que sonreír, pensando que ella era feliz con muy poco. Judith había dicho que Joan era una gata que pasaba de cama en cama. Con sorpresa, Alyx vio que Joan comenzó a dar órdenes a los cuatro muchachos, mientras les hacía caricias aquí y allá. En un momento dado Joan la miró y le guiñó un ojo. «¡Muchacha insolente!», pensó Alyx, volviéndose para ocultar una sonrisa. Se acercó a los caballos y comenzó a desatar los bultos que ella y Judith habían preparado.

—¿Puedo ayudarla? —preguntó uno de los jóvenes de Joan a sus espaldas, quitándole uno de los bultos de las manos.

—Gracias —contestó ella, sonriéndole—. ¿Eres nuevo en el campamento? —La pregunta le hizo reír y sus ojos marrones lanzaron destellos.

—Yo llegué aquí antes que Raine, ya estaba aquí cuando usted era un muchacho. Le diré que ha cambiado un poco —se burló, mirándola.

— Yo no… —comenzó ella, antes de desviar la mirada.

— Me imagino que no se interesó mucho por ninguno de nosotros. Era a él a quien siempre miraba. —Señaló con la cabeza la tienda de Raine—. No la culpo, siendo él un noble rico y usted… que era… una… —Se detuvo.

—¿Eso es lo que parecía? —dijo Alyx, casi para sí.

—Entendimos muchas cosas cuando lord Raine nos dijo que debíamos salvarla.

—Él se lo dijo, ¿verdad? —preguntó—. Sin duda todos ustedes estarían felices ante la perspectiva de salvarme a mí.

El joven se aclaró la garganta y cambió la carga de brazo.

— Llevaré esto al campamento.

—¡Espera! —le llamó—. ¿Cuál es tu nombre?

— Thomas Cárter —contestó él sonriendo satisfecho.

Muy pensativa Alyx terminó de descargar el caballo. Había pasado meses en este campamento y jamás había visto a Thomas Cárter y, sin embargo, él había estado allí todo ese tiempo y había arriesgado su vida para salvarla. Temblando, volvió al campamento y se sintió alegremente sorprendida cuando Thomas le sonrió. Joan y los jóvenes habían levantado la tienda con bastante rapidez y la carga ya se encontraba en su interior. Fuera ardía una cálida fogata.

—¿Ha subido de categoría, no es cierto? —le preguntó una mujer desde el otro lado del fuego, mirándola fijamente. Tenía un enorme bocio

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en el cuello que no le permitía mantener la cabeza erguida.

—¿Podríamos compartir algunas de las cosas con usted? —preguntó Alyx calmadamente y luego se volvió hacia Joan, quien comenzó a expresar una protesta. La mujer negó con la cabeza, con los Ojos muy abiertos, y se alejó.

—¡No puede dejar que esa chusma enferma se nos aproxime! —siseó Joan—. ¿Le gustaría tener una de esas cosas en el cuello? Bastaría con que ella se sentara con nosotros para…

—¡Cállate! —le ordenó Alyx, viéndose reflejada en Joan—. No te permitiré que desaires a esta gente. Ellos me salvaron la vida y a pesar de su suciedad y sus enfermedades merecen más de lo que puedo pagarles. En cuanto a ti, los tratarás con corrección… y no me refiero sólo a los hombres.

Joan apretó las mandíbulas firmemente, mascullando algo sobre que

Alyx traicionaba a su propia clase y que cada día se parecía más a lady

Judith. Sin un ruido se perdió en la oscuridad.

«Como lady Judith», pensó Alyx, y se dio cuenta de que nunca había recibido un cumplido tan agradable. Sonriendo se puso de pie y entró en la tienda. Sola en el pequeño camastro recordó las noches con Raine. Al menos ahora se encontraba cerca de él y por primera vez en meses logró dormir profundamente. Sus últimos pensamientos antes de caer rendida por el sueño fueron para Catherine.

Por la mañana Alyx despertó refrescada, sonriente. El aire del bosque limpio y frío le hacía bien y se sentía casi en su casa. Joan no estaba a la vista, de manera que Alyx se vistió sola, poniéndose un vestido verde esmeralda de lana adornado con bordados de oro. La pequeña cofia en su cabeza no logró esconder los bucles que le caían sobre el rostro. Su cabello estaba más largo, y ella ya no odiaba ese color extraño por el cual cada mechón parecía de una tonalidad diferente.

Fuera de la tienda recibió el saludo de una Joan que parecía exhausta, sentada en un banco hecho con un tronco de árbol. Tenía el cabello suelto sobre la espalda y un hombro del vestido rasgado. En el cuello se veía la mancha de un moretón. Miró a Alyx con un par de ojos brillantes.

—Son hombres libidinosos —dijo con cansancio, pero con tanta alegría que Alyx tuvo que hacer un esfuerzo por no reírse.

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—Ve a descansar —le ordenó Alyx con firmeza—. Y cuando despiertes hablaremos de tu deplorable conducta. —Pesadamente, Joan se puso de pie y se encaminó hacia la tienda. Alyx agarró a su criada del brazo—. ¿Con los cuatro? —preguntó curiosamente. Joan simplemente asintió con la cabeza, mientras se le cerraban los párpados, y se metió en la tienda. Alyx estaba pensando—: «¿cuatro hombres a la vez?», cuando Raine se presentó ante ella, los ojos flameantes de ira. Ella tragó un par de veces.

—Buenos días. —Logró decir.

—¡Serán buenos para ti! —gruñó, observándola—. Esa ramera que has traído contigo ha agotado a cuatro de mis hombres. No sirven para nada esta mañana. No pueden siquiera levantar una espada. No sé por qué has venido aquí, pero creo que es hora de que regreses por donde has venido.

Ella le sonrió con dulzura.

— Qué encantadora bienvenida, esposo mío. Pido disculpas por mi criada, pero como bien podrás recordar no tengo mucha práctica en manejar súbditos. No todos hemos tenido la suerte de nacer nobles. En cuanto a la razón de mi venida, tengo que pagar una deuda.

—No me debes nada.

—¡A ti! —escupió Alyx, para luego calmarse, obligándose a sonreír—. Tal vez te deba algo, pero le debo mucho más a esta gente.

—¿Desde cuándo han comenzado a importarte? —Sus ojos se hicieron más pequeños.

—Desde que arriesgaron sus vidas para salvarme —dijo ella tranquilamente—. ¿Te gustaría acompañarme con algo de comida para el desayuno? Puedo ofrecerte un pastel de carne fría.

Él tuvo la intención de decir algo, pero finalmente se volvió y se alejó de ella. Alyx siguió sonriendo, con el corazón latiéndole con fuerza mientras observaba, mientras él se alejaba, esas anchas espaldas.

—¿Satisfecha contigo misma? —le preguntó Jocelin desde atrás. Alyx rió en voz alta.

—¿Soy tan transparente? Raine Montgomery es un hombre arrogante, ¿no es verdad? Cree que estoy aquí únicamente por él.

— Y no es así —inquirió Joss.

— Le voy a volver loco —dijo Alyx alegremente—. ¿Te gustaría comer algo? ¿Tienes un momento para sentarte aquí conmigo y responderme algunas preguntas?

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Las preguntas de Alyx tenían que ver con la gente del campamento, preguntas cuyas respuestas debería conocer, puesto que había vivido allí durante muchos meses. Pero se sentía muy ajena.

—No les vas a conquistar fácilmente —le dijo Joss—. Tienen muchos argumentos en tu contra. Blanche te ha echado la culpa de varias cosas.

—¡Blanche! —Respondió Alyx, sentándose muy erguida. Las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar en sus lugares—. Blanche fue la mujer que causó la muerte de Constance. ¿Cómo si no podría saber de Edmund Chatworth? Debes odiarla.

— Ya no odio a nadie. —Se puso de pie.

—¿Te gustaría ver a Rosamund? Si tienes intención de ayudar a la gente, ella puede decirte por dónde comenzar.

Alyx no estaba preparada para los cambios que notó en Rosamund. Sus ojos brillaban tanto cuando miraba a Jocelin que la mancha de nacimiento que tenía en el cuello apenas si se notaba. Los ojos de Joss no brillaban menos.

—A Alyx le gustaría ayudarte —dijo él con voz suave y dulce, agarrándola de la mano. Rosamund le dirigió a Alyx una mirada tolerante y ella sintió que la espalda se le ponía tensa, mientras agradecía al cielo todo lo que había tenido oportunidad de aprender con Judith.

—Seguramente encontraremos algo que usted pueda hacer —le dijo Rosamund con su dulce voz. A Alyx le costó una semana lograr que Rosamund entendiera que verdaderamente quería trabajar. En ese tiempo Alyx trabajó desde muy temprano y hasta muy tarde, y ninguna tarea le parecía despreciable. Lavo y vendó heridas abiertas. Ayudó en el parto de una mujer carcomida por la viruela y cuando el niñito ciego murió, ella le enterró; nadie más quiso tocar a la pobre criatura. Cantó para una anciana que gritaba incoherencias a fantasmas que sólo ella podía ver.

—Su señoría nos está haciendo un favor a nosotros los de abajo —le dijo un hombre mientras ella caminaba por las sombras hacia su tienda—. Antes tenía miedo de ensuciarse las manos, pero ahora nada es demasiado sucio para ella. Pero no veo que Raine le rinda honores.

Una vez en la tienda, Alyx se llevó las manos a las sienes. Le dolía la cabeza de tantos ruidos y olores desagradables. Los enfermos permitían

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que ella les tocara, pero aquellos que no lo estaban la ignoraban como no fuera para provocarla. Y en cuanto a Raine, sólo le veía en raras ocasiones.

—¿Ha venido aquí para ganarse a Raine o a esta chusma enferma? — le preguntaba Joan con frecuencia.

— Raine —había susurrado Alyx, frotándose las sienes. La tienda estaba vacía y obviamente Joan había ido a dormir a otro lado. Alyx no estaba acostumbrada a tener sirvientes, y era un fracaso para controlar a Joan. Al ver que las cubetas de agua estaban vacías, las agarró y se dirigió al río.

Arrodillada en la orilla, miró a su alrededor, a la brillante superficie del agua que parecía de diamantes rotos a la luz de la luna. Un sonido la hizo girar y el corazón se le subió a la garganta cuando vio a Raine, con su gran cuerpo, un cuerpo que ella conocía tan bien, tapando la luna.

—¿Ya has probado lo que querías? —le preguntó tranquilamente, con una voz tan lisa y dura como el acero—. ¿Esperabas vendar una herida abierta para que la gente cayera a tus pies llena de gratitud? Ellos son mejores jueces de las personas que yo.

— Por favor, dime a qué te refieres —contestó ella horrorizada.

— Eres una buena actriz. Una vez creí que eras… honesta, pero aprendí de mala manera. Espero que ellos no sean traicionados como yo.

Ella permaneció de pie, con las manos apretadas a sus lados. —Ahórrame tu autocompasión —le dijo entre dientes—. Pobre lord

Raine, que se rebajó a enamorarse de una plebeya y cuando ella hizo lo mejor para salvarle de la ira del rey, él supo de inmediato que había sobrepasado sus límites. —Su voz se elevó—. Hay algo que quiero decirte, Raine Montgomery. No me interesa si esta gente de verdad me odia. Me lo tengo bien merecido. Y en cuanto a tenerlos a mis pies, no es eso lo que pretendo. Por lo menos ellos son los honestos. Tú te mantienes en las alturas como un mártir y no escuchas a nadie. Prefieres creer que has sido engañado y que sólo tú tienes sentido del honor.

—¿Y qué es lo que sabes tú, una mujer, de honor? —le replicó él.

— Muy poco. En realidad, sé muy poco de todo lo que no tenga que ver con la música. Pero al menos estoy dispuesta a aceptar que tengo fallos. He tratado mal a esta gente, y estoy intentando enmendar mi error. Tú, mi gran señor, me has tratado mal a mí… y a tu hija, de quien ni siquiera te interesa saber nada.

—Estoy informado sobre ella —dijo él con rigidez.

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Alyx dejó escapar un sonido que recorrió la piel de Raine como si fuera un acero afilado.

— ¡Qué grandeza la tuya! —escupió ella—. El gran lord Raine, amo de los bosques, rey de los proscritos, ha oído algo de su propia hija. —Se tranquilizó—. He venido aquí para conseguirte de nuevo, pero ahora no estoy segura de quererte conmigo. Aléjate de mí. Vete a la cama con tu frío honor.

—Hay otras mujeres que estarían dispuestas a compartir mi cama — dijo él con los ojos duros.

— Lo siento por ellas. —Se forzó a decir Alyx—. En lo que a mí respecta, prefiero otro tipo de hombre, uno que no sea tan rígido y frío, uno que todavía parezca vivo.

Ella no vio cuando los brazos de él la atraparon. Siempre era más rápido, más fuerte de lo que ella pensaba. Sus fuertes dedos le apretaron la parte de atrás de la cintura y cuando sus miradas se encontraron él sonrió ligeramente, con humor, atrayéndola hacia sí. Inclinando la cabeza, sus labios buscaron los de ella.

—¿Con qué frío, verdad? —dijo él, y su voz hizo correr un escalofrío por su espalda.

Una pequeña porción del cerebro de Alyx todavía podía razonar. Él quería darle una lección, ¿o no?, pensó ella, mientras se ponía de puntillas y le rodeaba el cuello con sus brazos. Cuando sus labios se tocaron, ambos contuvieron el aliento al mismo tiempo alejándose uno de otro, mientras un par de ojos violetas miraba fijamente a un par de ojos azules. Alyx parpadeó una vez, dos, antes de que la boca de Raine descendiera sobre la de ella con el hambre de un moribundo. Él se enderezó, rodeándola con los brazos, y los pies de ella se separaron del suelo cuando él la agarró de la nuca con sus fuertes manos y le hizo inclinar la cabeza. Su lengua irrumpió en la boca de ella, enviando chispazos tan fuertes a lo largo de su cuerpo que parecía que toda su fuerza se estaba consumiendo. Rindió totalmente su cuerpo al de él, permitiéndole que la cargara totalmente.

Sus labios comenzaron a trabajar sobre los de ella, atrayéndola más, mientras las manos le frotaban el cuello, le acariciaban la cabeza, y sus dedos jugaban con los músculos de su espalda.

Alyx comenzó a abrazarlo con más fuerza en un intento por tenerlo aún más cerca. Las piernas de ella se movieron hacia arriba hasta que las

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puso a la altura de su cintura. Ella inclinó la cabeza tomando la iniciativa, mientras su lengua chocaba contra la de él y le mordía los labios con furor.

El sonido de jinetes acercándose, un grupo de varios caballos, despertó el sentido del peligro de Raine. Lentamente, aturdido, trató de salir de esa niebla roja y con rudeza, con furia, alejó a Alyx de sí Por un momento su expresión fue suave; al instante siguiente era nuevamente fría.

— ¿Esperabas volver a hechizarme? —susurró él—. ¿Usaste estas mismas armas con Chatworth?

Alyx tardó un momento en comprender lo que él quería decir.

—Eres un tonto, Raine Montgomery —le dijo con suavidad—. ¿Tu odio es más grande que tu amor? —Con estas palabras se levantó las faldas, olvidando las cubetas que yacían a sus pies, y regresó al campamento. Detrás de ella oyó que Raine hablaba con los jinetes, con una voz innecesariamente violenta.

—Por lo que le pueda interesar —decía Joan mientras peinaba los rizos de Alyx—, la gente ya no está tan enfadada con usted. —No había una felicitación en la voz de Joan—. ¿Cuándo se va a decidir a dejar de perder el tiempo yendo tras lord Raine? Ya llevamos aquí dos semanas enteras y todavía lo único que él hace es mirarla de lejos. Debería usted arrancarse las ropas y meterse en la cama con él.

—Él se regocijaría demasiado —contestó Alyx, abotonándose la lana púrpura de su manga—. No le daré la satisfacción de ganar tan fácilmente. Me ha dicho algunas cosas horribles.

Al oír esto Joan se rió.

—¿Y qué importa lo que digan los hombres? Sólo tienen cerebro para matarse unos a otros. Ponga una espada en manos de un hombre y le verá feliz. Las mujeres deben intentar enseñarles que hay otras cosas en la vida además de la guerra…

— Tal vez tengas razón. Raine se preocupa más por pensar que yo le he traicionado que por su hija, que debe arreglárselas sola, sin su madre. Quizá debería volver con mi Catherine y dejar que Raine siga con sus cavilaciones.

—Cavilar no está mal —dijo Joan—. ¿Sabía usted que no ha dormido con ninguna mujer desde que volvió de casa de lord Gavin?

La sonrisa de Alyx comenzó siendo pequeña, pero terminó por ampliarse.

—Él la ama, Alyx —agregó Joan suavemente.

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— ¡Entonces por qué no lo demuestra! ¡Por qué me espía y me mira de lejos! Cuando estoy con Rosamund y levanto la vista ahí está él, mirándome con esos ojos fríos. Yo siento como si alguien me tirara encima toda el agua helada del río.

Joan rió encantada.

—Él está demostrándole que le importa. ¿Qué espera que haga? ¿Que se disculpe? —Joan rió más alto ante esta idea—. El Señor hizo más fuertes a las mujeres para que pudieran soportar las debilidades de los hombres. Usted dice que estuvo maltratando a la gente del bosque como lo hizo, lo admitió y estuvo dispuesta a enmendar su error. ¿Piensa usted que un hombre sería lo suficientemente fuerte como para hacer lo mismo?

—Raine me acusó de ser una traidora —dijo ella tercamente.

—El rey ha dicho que lord Raine es un traidor. El rey está equivocado, pero ¿llegaría a admitirlo? No más que su esposo, que no vendrá a usted pidiéndole perdón.

—Esto no me gusta —dijo Alyx, proyectando hacia fuera su labio inferior—. No le he hecho ningún daño a Raine. Roger Chatworth…

—¡Maldito Chatworth! —agregó Joan—. El orgullo de Raine está herido. Usted defendió a un hombre que no era su esposo. Por encima de todas las cosas, los hombres esperan una lealtad ciega.

—Yo soy leal, es que…

Se detuvo bruscamente cuando Jocelin, sin aliento, irrumpió sin anunciarse en la tienda.

— Deberías venir —le dijo a Alyx—. Tal vez puedas evitar una muerte.

—¿De quién? —preguntó Alyx, poniéndose inmediatamente de pie para seguir a Joss antes de que éste hubiera contestado.

—Brian Chatworth acaba de pedir permiso para entrar en el campamento. Raine está preparando su armadura para recibirle.

—Pero Judith me dijo que Brian amaba a Mary. Que fue él quien trajo su cuerpo sin vida.

—Quizá sea el nombre de Chatworth. Basta y sobra para que Raine se enfurezca. —Jocelin ayudó a Alyx a montar un caballo y partieron raudos esquivando las ramas de los árboles a medida que avanzaban. Cuando por fin se detuvieron, lo que se les presentó ante la vista sorprendió a Alyx. En un pequeño claro, iluminado por el primer sol de la mañana, se hallaba un joven. Era pequeño, ligero, hasta delicado. Aun así tenía los rasgos faciales

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de Roger Chatworth. Si Alyx le hubiera visto en cualquier otro lado hubiera asegurado que se trataba del hijo de Roger.

Alyx se deslizó del caballo antes de que Joss pudiera desmontar. —¿Puedo darle la bienvenida? —dijo, caminando hacia el muchacho

—. Soy Alyxandria Montgomery, la esposa de lord Raine. Conozco a su hermano. Brian se estiró hasta alcanzar su máximo de altura.

— Yo no tengo ningún hermano —dijo con una voz sorprendentemente masculina—. Vengo a unirme a lord Raine en su lucha para vengar la muerte de su hermana.

—Dios mío. —Acotó Alyx, atónita—. Yo tenía la esperanza de que usted pudiera aportar alguna solución para poner fin a esta enemistad.

—Es lo que todos deseamos. —Se oyó una voz por encima de la cabeza de Alyx. Ella levantó la mirada, pero no vio a nadie.

—¿Quién está ahí? Usted no es uno de los guardias de Raine. —Oh, sí lo soy, y ¿es usted realmente la esposa de Raine?

Alyx escuchó la voz, segura de no haberla oído antes; sin embargo, había en ella algo familiar. Definitivamente, era una voz llena de humor. Miró a Brian y a Jocelin. El rostro de Brian estaba inmóvil, demasiado adusto para alguien de su edad, mientras que Joss tuvo un estremecimiento.

Repentinamente, su atención fue atraída por Raine que llegaba montante su brioso caballo de guerra, con su armadura completa, cubierto de acero de pies a cabeza. Desmontando, se dirigió hacia Brian Chatworth y el joven no retrocedió. Un solo golpe de Raine hubiera bastado para hacerle rodar por el suelo.

—¿Planea usted esconderse detrás de las faldas de mi esposa? —dijo Raine en voz baja—. Ella es conocida por proteger a los Chatworth.

Alyx se puso en medio de Brian y Raine.

—¿Y tú le haces la guerra a criaturas? —aulló ella—. ¿No puedes siquiera escucharle? ¿O eres tan cabeza dura que no vas a darle una oportunidad?

Raine no alcanzó a decirle ni una palabra a Alyx porque la risa que provino de los árboles le interrumpió. Alyx miró, con la boca abierta, cómo un hombre se deslizaba hasta el suelo. Usaba las ropas más extraordinarias que ella jamás hubiera visto: una camisa de anchas mangas, de un amarillo claro, estaba cubierta por una manta azul sujeta a la cintura de tal forma que formaba una falda, la que a su vez le pasaba por

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encima de los hombros, con un grueso cinturón que sujetaba todo en su lugar. Sus rodillas estaban descubiertas, sus piernas protegidas con gruesas medias de lana y grandes zapatones.

—Stephen —respiró Raine aliviado.

—Sí, soy yo —dijo este hombre tan extravagantemente vestido. Era alto y delgado de cabellos rubio oscuro; un hombre muy atractivo—. He traído a este muchacho hasta ti. Él desea compartir tu exilio y le gustaría aprender cosas de ti.

—Es un Chatworth —dijo Raine, con los ojos nuevamente serios. —Sí, es un Chatworth —dijo Alyx—. Y tú no se lo perdonarás,

¿verdad? Sin duda también odiarás a este hombre porque le ha traído hasta aquí. Vete. —Le sugirió a Stephen—. No tiene sentido tratar de razonar con él. Tiene un pedazo de madera por cerebro.

Para su sorpresa Stephen comenzó a reír, con una carcajada enorme, profunda, feliz.

—Oh, Raine —gritó, dándole una palmada en los hombros de la armadura haciendo que el acero rechinara—. Cómo hemos rezado Gavin y yo para que llegara un momento así. ¿Así que te has dado de bruces con una mujer que te dice todo lo que piensa? Gavin nos escribió contándonos qué dulce, comedida y simpática era nuestra nueva cuñadita. —Se volvió hacia Alyx—. Judith dijo que tenías una voz poderosa, pero hace un momento casi me haces caer del árbol.

—Tú eres Stephen Montgomery —agregó Alyx con ternura. Se parecía un poco a Gavin, pero además de sus ropas, su acento también era extraño.

— MacArran —la corrigió Stephen, sonriéndole—. Yo estoy casado con una MacArran y mi nombre es el suyo. ¿Me vas a dar un beso o prefieres pelear con mi hermano?

—¡Oh, un beso! —respondió Alyx con tanto entusiasmo que Stephen volvió a reír antes de tomarla en sus brazos. Su beso no fue demasiado fraternal.

— ¿Puedes ayudarme a hacerle entrar en razón? —susurró ella—. Está obsesionado con los Chatworth.

Stephen asintió mientras la soltaba, volviéndose hacia Raine.

—He hecho un largo camino, hermano. ¿No vas a ofrecerme algo para comer?

—¿Y qué hay con él? —Raine hizo un gesto hacia Brian.

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—Él también puede venir —rió Stephen—. Puede ayudarme a desarmarte. Y tú, Alyx, ¿vendrás con nosotros?

— Si soy invitada —contestó ella, mirando directamente a Raine.

— Yo te invito —aclaró Stephen, pasándole un brazo por los hombros y comenzando a caminar—. Síguenos, Brian —dijo por encima de su hombro.

— ¿Siempre eres tan valeroso? —preguntó Alyx, mirando a Stephen. La cara de Stephen estaba seria.

—¿Desde cuándo está así?

—Creo que no entiendo a qué te refieres.

—Sin sonreír, enfadado, fulminando a todos con la mirada. No es

típico de Raine.

Ella pensó un momento antes de responder.

—Ha estado así desde la muerte de Mary. Stephen asintió una vez. —No resulta fácil para Raine. Esa es una de las razones por las que he

traído a Brian. Se parecen mucho. A Brian le carcome el odio por su hermano. ¿Y qué pasa contigo? ¿El deplorable humor de mi hermano no te atemoriza?

—Está convencido de que le he traicionado.

—Sí, Gavin y Judith me lo han contado.

La voz de ella se elevó.

—No quiere escucharme. He tratado de explicárselo, pero él devolvía mis cartas sin abrir. Y tampoco quiere escuchar a Gavin. —Stephen hizo presión sobre los hombros de ella.

—Gavin siempre considerará a Raine y a Miles como niños. Raine y Gavin no pueden estar dos minutos en la misma habitación sin discutir. Quédate conmigo y veré si puedo hacer algo para que te escuche.

Alyx le obsequió una radiante sonrisa y Stephen rió.

—Mi Bronwyn pedirá tu corazón en una bandeja si sigues mirándome de ese modo. ¿Es verdad que cantas tan bien como dice Judith?

— Mejor —dijo Alyx con tanta confianza que Stephen rió nuevamente. Se detuvieron ante la tienda de Raine y Stephen murmuró algo acerca de derrochar el dinero que Alyx no llegó a comprender. Casi como un muchacho malhumorado Raine entró detrás de ellos y, después de lanzarle una malévola mirada a Alyx, se volvió hacia Stephen.

—¿Qué te ha hecho viajar tan al sur? ¿Es que esos escoceses ya quieren desembarazarse de ti?

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—He venido para conocer a mi nueva cuñada, por supuesto.

— Ella preferiría que fueras un Chatworth.

Stephen hizo una pausa, con el casco de Raine en sus manos.

—No puedo permitir que digas esas cosas —dijo tranquilamente—. No provoques una pelea entre nosotros. ¿Tienes pensado repudiarme porque he traído un Chatworth a tu campamento?

—Tú eres mi hermano —dijo Raine llanamente.

— ¿Eso quiere decir que confías en mí? —Había un toque de risa en su voz—. Dime, hermano, ¿qué fue lo que más te molestó, que tu esposa hablara con un Chatworth o que se atreviera a hablar con cualquier hombre atractivo?

—¡Chatworth! —dijo Raine casi gritando y mirando a Alyx, quien estaba observando distraídamente sus uñas.

—¿Alguna vez te he contado la trampa que me preparó Hugh Lasco? —Stephen se puso de rodillas y comenzó a desatar las perneras de Raine. Mientras Stephen comenzaba a relatar una larga y algo increíble historia, Alyx observaba a Raine. Después de un momento comenzó a entender la actitud de Stephen. Stephen había escuchado y aceptado todo tipo de bajezas de su esposa, y como resultado de su falta de confianza en ella había estado a punto de perderla.

—Alyx. —Stephen repentinamente se volvió hacia ella—. ¿Estás enamorada de Roger Chatworth? ¿Estás pensando en la posibilidad de abandonar a Raine por él? —La idea era tan absurda que Alyx rió… hasta que se topó con la mirada de Raine.

— Roger Chatworth merece morir por lo que le hizo a Mary, pero no a manos de mi esposo. No vale lo suficiente como para que cuelguen a Raine por asesinato.

Por un momento Alyx pensó que Raine la estaña escuchando, pero el momento pasó y él se sentó en el camastro para comenzar a quitarse las cubiertas de algodón que le protegían de la armadura de acero.

— Las mujeres tienen muy suelta la lengua —murmuró. Stephen miró a Alyx y vio llamaradas en sus ojos.

—Tienes mi permiso para atacarle con un hacha —dijo amigablemente —. Alyx, ¿podrías traernos algo de comida?. Siento que me muero de hambre.

En cuanto estuvieron solos Raine se volvió hacia su hermano.

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—¿Por qué has venido? Seguramente pretendes algo más que inmiscuirte en mis asuntos con mi mujer.

— Alguien debería hacerlo —le replicó Stephen—. Se ve en sus ojos lo que tiene en el corazón. ¿No puedes perdonarla? Ella no conoce nuestras costumbres, y las mujeres tienen ideas muy extrañas acerca del honor. Estoy enterado de que no conoces a tu hija. Se parece a ti.

—¿Por qué has traído a Chatworth aquí? —Raine no iba a dejar que su hermano cambiara de tema.

— Por lo que ya te he dicho: quiere entrenarse contigo. Al rey no le gustaría la idea de entrenar a un noble para que más tarde se enfrente a otro. ¿Y qué es esa versión que corre según la cual estás preparando un ejército de criminales para derrocar al rey? Raine bufó ante esta pregunta.

— ¿Quién ha sido el mentiroso que te ha dicho eso?

— Pagnell de Waldenham se lo dijo al rey Henry. ¿No lo sabías? Pensé que Alyx había venido para advertírtelo. Los oídos del rey están llenos de mentiras sobre los Montgomery.

—Alyx no ha considerado necesario decirme nada —respondió Raine.

— Y me imagino que seguramente te habrás sentado a su lado y le habrás preguntado dulcemente por qué abandonó a su niña y las comodidades de la casa de Gavin para venir a instalarse en este frío bosque.

—No necesito ni quiero que interfieras en mi vida. Stephen se encogió de hombros.

— Recuerdo algunos buenos consejos que recibí cuando Bronwyn y yo tuvimos problemas.

— Y ahora todo es dulzura y resplandor entre vosotros, ¿no es así? — preguntó Raine, con una ceja levantada. Stephen se aclaró la garganta.

— Tenemos… ah, algunas diferencias de opiniones una que otra vez, pero en general las cosas marchan bien.

— Me gustaría oír la versión de Bronwyn de todo esto —contestó Raine antes de cambiar de tema—. ¿Has visto a Miles?

Stephen pudo esquivar la respuesta porque en ese momento entró Alyx portando una bandeja, seguida de Joan que llevaba otra. Stephen no quería decirle a Raine que su problema con las mujeres no era nada comparado con el de Miles.

Tan pronto como Alyx se dio cuenta de que Joan no iba a comportarse adecuadamente delante de Stephen, le ordenó salir de la tienda. La comida

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transcurrió en un clima tenso, era la primera que Raine y Alyx compartían desde que ella se había instalado en el campamento. Stephen se ocupó de la conversación, entreteniéndoles con historias de Escocia.

— Y deberías conocer a mi hijo —alardeó Stephen—, Tam ya lo ha puesto sobre un caballo cuando todavía no se sabe sentar. Tú y yo no montamos nunca antes de haber aprendido a caminar. ¿Y cómo está tu hija, Alyx?

Por primera vez en dos semanas Alyx se encontró pensando únicamente en su hija.

— Es fuerte —dijo soñadoramente—, pequeña y saludable, y grita de tal forma que también hace llorar al niño de Judith.

—Y protege a su primo, seguramente. —Acotó Stephen—. Tiene tus ojos.

— ¿La has visto? —Alyx se levantó de su banco—. ¿Cuándo? ¿Se encontraba bien? ¿Ha crecido algo?

— Dudo que haya cambiado mucho desde la última vez que la viste, pero lo que dices de su voz es cierto. ¿Crees que ella tendrá talento para cantar? —Se volvió hacia Raine—. Tiene los hoyuelos que tú heredaste de la familia de nuestra madre.

—Debo atender el campamento. —Raine se levantó tan rápidamente que estuvo a punto de volcar la bandeja de comida que Alyx le había llevado. Sin más, abandonó la tienda.

— Ya volverá —dijo Stephen conciliadoramente, sonriendo a los llorosos ojos de Alyx.

Alyx trató de no pensar en la furia constante de Raine, y, en cambio, revirtió sus atenciones hacia Brian Chatworth. Era un joven muy desdichado, con un par de ojos negros llenos de odio y que jamás sonreía ni parecía encontrar placer alguno en nada de lo que hacía. Alyx no podía persuadirle para que hablara o confiara en ella. Cuando le preguntó dónde había estado durante los últimos meses después de la muerte de Mary no obtuvo ninguna respuesta. Después de un tiempo Alyx se dio por vencida y le dejó en manos de los hombres del campo de entrenamiento. En cuanto a Raine, no miraba ni hablaba con el muchacho, pasando casi todo su tiempo con Stephen.

Tres días después de la llegada de Stephen, Joan se acercó a Alyx. —Creo que están discutiendo —dijo Joan muy excitada. —¿Quiénes? ¿No será Raine con Brian Chatworth, verdad?

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La voz de Joan se mostraba impaciente.

—¡Claro que no! Lord Raine y lord Stephen han ido a lo más profundo del bosque y uno de los guardias ha informado que se oyen voces furiosas. Todo el mundo se está acercando a ver lo que sucede.

—¡Tú no irás! —exclamó Alyx, dejando sola a su sirvienta y saliendo al aire frío—. Jocelin —gritó, cuando vio a su amigo—. Detenlos. Que dejen tranquilo a Raine. Y tú —se volvió hacia Joan—. Ayuda a que los hombres no salgan del campamento. Haz lo que puedas. Pero nada que sea lujurioso —agregó por encima de su hombro, mientras echaba a correr.

Jocelin buscó la ayuda de algunos ex soldados mientras algunos de los heridos ayudaban a Alyx, y Joan utilizaba sus propios métodos para que los hombres la obedecieran. Entre todos lograron hacer que la gente del campamento se mantuviera apartada de donde Raine y Stephen «discutían».

—Parece que se están calmando —dijo un guardia que regresaba del lugar para ser reemplazado por otro. Alyx se alejó; ya no le interesaba oír más del asunto. Raine era bastante más pesado que su hermano, obviamente bastante más fuerte. Stephen no tenía ninguna oportunidad de ganarle una pelea y Alyx rogaba que Raine se contuviera y que no fuera a hacerle daño a su estilizado hermano.

A la hora del crepúsculo Alyx llevó los baldes de agua al río, tratando de escapar de las molestas voces de la gente del campamento. Todos se encontraban reunidos en torno a las fogatas, escuchando con sumo interés el relato de los guardias.

Permaneció junto al río, muy quieta, disfrutando de esa paz, cuando un ruido la hizo volverse. Caminando pesadamente, cansadamente, Raine se acercaba a ella. Tal vez hubiera debido escuchar los comentarios de la gente y entonces estaría preparada para lo que aconteciera. El lado izquierdo de su rostro estaba hinchado y comenzaba a ponerse morado. Había raspones en su mandíbula y los ojos eran una mezcla extraña de colores no naturales.

—Raine —susurró ella, haciendo que él la mirara y que luego se alejara un poco para arrodillarse a la orilla del río. Ella olvidó todo rastro de enfado entre ellos y corrió hacia él, poniéndose de rodillas a su lado—. Déjame ver —dijo. Dócilmente, él volvió la cabeza y ella le puso sus dedos fríos sobre el rostro deformado. Sin pronunciar una palabra, ella se

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levantó las faldas, arrancó una tira de lino de su ropa interior, la sumergió en el agua fría y la apoyó sobre su cara.

—Cuéntamelo todo —le pidió con firmeza—. ¿Qué clase de garrote ha usado Stephen contra ti?

Pasaron algunos segundos antes de que Raine contestara.

— Sus puños.

Alyx hizo una pausa en la limpieza del rostro de Raine.

—Pero un caballero… —comenzó. Ella había oído a Raine gritar cien veces que era muy poco caballeroso, muy poco de hombres luchar con los puños. Muchos hombres honorables habían muerto con tal de no deshonrarse peleando con los puños.

— Stephen ha adquirido algunas costumbres muy raras en Escocia — dijo Raine—. Dice que hay más de una forma de pelear.

—Y seguramente te quedaste ahí quieto como un gran buey dejando que te pegara antes de hacer algo que no cuadrara a un caballero, como por ejemplo pegarle también.

—¡Lo intenté! —gritó Raine haciendo un gesto de dolor y calmándose después—. Bailoteaba alrededor mío como una mujer.

—No insultes a mi sexo. Ninguna mujer te ha dejado así la cara. —Alyx. —Le agarró la muñeca—. ¿No sientes nada por mí? ¿Es que

siempre te vas a aliar con otros en contra mío? —Ella le asió suavemente el rostro con las manos, sus ojos buscando los de él.

—Te he amado desde el primer momento en que te vi. Aun entonces, cuando deseaba odiarte, me sentía atraída hacia ti. Luché contra mi deseo de amarte, pero era como si algún gran poder me controlara y no tuviera voluntad sobre mis acciones. ¿No te das cuenta de que siempre estoy de tu lado? Ese día en la feria, si hubieras matado a Roger Chatworth podrías haber sido enviado a la horca. Y te hice creer que había compartido el lecho con Jocelin para evitar que abandonaras la seguridad del bosque. ¿Qué más puedo hacer para probarte mi lealtad y mi amor? —Él se apartó de ella.

—Tal vez sean tus métodos los que me disgustan. ¿Por qué no puedes decirme lo que tienes en mente? ¿Por qué discutes conmigo todo el tiempo?

— Porque sólo me escuchas cuando te grito —dijo ella con exasperación—. Te dije que no podías dejar el bosque cuando esa gente me acusó de ladrona, pero no quisiste escucharme. Te dije que no mataras

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a Roger Chatworth, pero te quedaste ahí parado, como un toro con las venas del cuello hinchadas. —La voz de ella comenzaba a elevarse.

—No sé qué me hace más daño, si mi hermano o tú. —El tono de su voz era tan de niñito, tan de autocompasión que Alyx hizo un esfuerzo por no reírse.

— ¿Por qué os habéis peleado Stephen y tú? —Raine se frotó la mandíbula.

— Stephen me sugirió que considerara la posibilidad de que tal vez tú no me hubieras sido desleal al evitar que terminara con Chatworth y su miserable vida. —Raine se volvió y la miró.

— ¿Me he equivocado todo este tiempo? ¿Te he maltratado mucho? ¿Aún queda en tu corazón algo de amor por mí?

Ella le tocó la mejilla.

—Siempre te amaré. A veces pienso que nací amándote. —Un hoyuelo apareció en su mejilla y ella contuvo el aliento, pensando que él iba a levantarla en sus brazos. Pero, en cambio, él metió la mano debajo de su jubón y se revisó los bolsillos.

—Tal vez pueda comprarme un par de sonrisas —dijo, mientras hacía que el cinturón de Lyon se balanceara ante los ojos de ella.

— ¡Mi cinturón! —jadeó Alyx—. ¿Cómo lo encontraste? Creía que lo había perdido para siempre. ¡Oh, Raine! —Le echó los brazos al cuello y comenzó a besarle el rostro con tanto entusiasmo que sólo logró hacerle daño, pero él pareció no darse cuenta—. Eres el mejor de los esposos — susurró, besándole el cuello—. Oh, Raine, cuánto te he echado de menos.

No dijo nada más porque las manos de él se enredaron en su pelo y le tiraron la cabeza hacia atrás, mientras la buscaba con la boca. Alyx estaba segura de que estallaría en pedacitos. Ella proyectó todo su peso contra él, y como Raine estaba en una posición precaria cayó hacia atrás tratando de mantener el equilibrio, después cambió la posición de su boca y se dejó caer, arrastrando a Alyx con él.

Con las bocas aún unidas rodaron hacia un lado, luego hacia el otro, y en un movimiento rápido cayeron abrazados en las aguas heladas del río, Alyx debajo de Raine.

—¡Raine! —chilló ella dolorida cuando el cuerpo pesado de él la aplastó contra una roca—. ¡Me estás destrozando! —Ya sus dientes comenzaban a castañetear.

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—Sería un pago más que justo por todo lo que me has hecho —dijo él, acostado en el agua como si fuera un lecho de plumas—. Antes de conocerte mi vida era pacífica y tranquila. Ahora hasta mi propio hermano me golpea.

—¡Te lo merecías! —replicó ella—. Es la única forma de hacerte entender. Ahora deja que me levante y me seque antes de que muera congelada.

—Conozco una manera de hacerte entrar en calor. —Comenzó a acariciarle el cuello.

—¡Pero qué estúpido e inmenso jabalí! —aulló ella en su oído, haciéndole cambiar de posición y sacudir la cabeza ante el impacto de su grito—. Estoy helada y empapada, y si no me dejas levantar haré que todo el campamento venga a rescatarme.

—¿Crees que vendrían a rescatarte o que se pondrían de mi lado? Ella le empujó.

—No te reconocerían con esa cara toda amoratada. —El rió y con un grácil movimiento la liberó de su peso.

—Estás muy guapa, Alyx —agregó él con los ojos encendidos, mirándole el vestido mojado que se le pegaba al cuerpo. Alyx puso los brazos detrás de sí y trató de levantarse, pero se dio cuenta de que el vestido mojado se había vuelto muy pesado. Con otra risa Raine se puso de pie, la levantó y enfiló hacia la parte más oscura del bosque.

—El campamento es para el otro lado —señaló ella.

—Alyx, alguien debería enseñarte que no puedes estar todo el tiempo dando órdenes. Quizá tengas razón de vez en cuando, pero a veces tendrías que detenerte a escuchar y dejar que los hombres sean quienes tomen la iniciativa.

—Debo hacer lo que sea correcto y si es necesario salvarte de ti mismo, lo haré —dijo Alyx con arrogancia.

—Te estás buscando una paliza como nunca has recibido antes… si es que alguna vez alguien te ha castigado, cosa que dudo. El sacerdote que te entrenó debería haberte golpeado con el laúd en tu mitad inferior de vez en cuando, y quizá de esa forma hubieras adquirido un poquito de humildad.

—Tengo tanta humildad como tú —dijo ella mirándole—. Si haces tonterías ¿debo quedarme muda mirándote, sin poder levantar la voz?

—Alyx, estás yendo demasiado lejos —le advirtió—. ¿Y cómo piensas castigarme por hablar sinceramente?

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—No como a ti te gustaría.

—¿Cómo puedes amenazarme después de todo lo que he hecho por ti? Te salvé de Roger Chatworth. Casi me queman en la hoguera porque los jueces querían tus tierras. Me fui con Jocelin para que pudieras quedarte a salvo en el bosque. —Raine la agarró por los hombros y la mantuvo a distancia, con los pies elevados del suelo. Una mitad de su rostro era una masa púrpura, pero la otra mitad estaba roja de furia.

—Has ido demasiado lejos —dijo gruñendo entre dientes. Antes de que Alyx tuviera tiempo de respirar, Raine se había sentado en un tronco, había cruzado a Alyx boca abajo sobre sus rodillas y le había levantado las faldas sobre la cabeza. Le propinó un doloroso y fuerte azote en las nalgas.

—No fuiste juzgada por bruja por mi culpa —gruñó él—… Tú tuviste el problema con Pagnell antes de conocerme. —Alyx no tenía ninguna oportunidad de contestar y Raine volvió a golpearle el trasero—. Es verdad, estaba enfadado y no debería haber ordenado la muerte de Chatworth, pero como estábamos en un lugar cerrado, ¿quién se hubiera enterado para contárselo al rey? No soy tan estúpido como te gusta considerarme y no hubiera dejado el cuerpo dentro de las tierras de mi hermano. —Otra vez descargó su mano—. No me gusta que mis órdenes sean discutidas y menos delante de mis hombres. ¿Está claro?

Otra vez enfatizó sus palabras con un golpe.

Alyx, con los ojos llenos de lágrimas, asintió en silencio.

— ¡Bien! Ahora, en cuanto a Jocelin y tú, no me gustan los juegos y las bromas cuando el blanco soy yo. Me dolió mucho verte con otro hombre y después, cuando supe que todo había sido un truco, como si yo fuera un zopenco que cualquiera puede engañar, hubiera podido matarte. Y además arriesgaste la vida de mi hija con tus estúpidos juegos. —Esta vez el golpe fue muy duro—. Casi pierdo mi hija en la hoguera lo mismo que con los peligros de los caminos, mientras Jocelin y tú os dedicabais a recorrer la comarca. No voy a soportarlo más, Alyx. —La mano bajó nuevamente—. ¿Me comprendes? Eres mi esposa y por todos los santos del cielo más te vale comenzar a actuar como tal.

Le aplicó otro golpe doloroso y la hizo rodar de sus rodillas al suelo. Alyx se sentó, gesticulando de dolor cuando su trasero dio contra el suelo del bosque. Había tantas lágrimas en sus ojos que casi no podía enfocar la mirada.

Raine permaneció de pie, enorme frente a ella.

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—Cuando se te haya pasado el mal humor —dijo él— vuelve a la tienda y te haré el amor tan apasionadamente que te olvidarás hasta de quién eres. —Con estas palabras, se alejó, dejándola sola. Por un momento Alyx se quedó sentada, mirándole marcharse, pero luego logró cerrar la boca y se puso de pie. Ningún mal humor del mundo justificaba perderse una buena sesión de amor. Tan pronto como sus piernas entumecidas se lo permitieron, corrió detrás de Raine.

Alyx yacía de espaldas sobre el camastro de Raine, con una pierna desnuda colgando del borde, mientras que un suave zapato de cuero se balanceaba en dos de los dedos de sus pies. Toda ella se sentía inmensamente feliz, desde los pies hasta las raíces de los cabellos. Raine había sabido cumplir su promesa. La noche anterior se había mostrado insaciable y no la había dejado dormir, arrojándola de un lado a otro como si fuera una muñeca de trapo. Ella había estado encima de él, después debajo, más tarde la había recostado junto a él para luego colocarla entre sus piernas. A ratos parecía dulce y gentil, o fiero y violento, o parecía pasar por períodos de aburrimiento, como si hubiera olvidado que ella estaba allí. En esos momentos Alyx hacía algo desagradable para que él le prestara atención. Pero su risa sensual la hacía caer en la cuenta de que la estaba manipulando y que no estaba aburrido en absoluto.

El sol ya estaba saliendo cuando ella finalmente le pidió que se detuviera. Él le había besado la nariz, había sonreído de costado con su cara golpeada, se había levantado, lavado, vestido y por fin había abandonado la tienda. Alyx decidió permitir que su cuerpo exhausto y agotado, disfrutara de unas pocas horas de sueño Ahora, despierta por fin, permaneció quieta, pensando y recordando la noche pasada.

— Parece que por fin ha aprendido qué se hace con un hombre —dijo Joan, deslizándose dentro de la tienda—. Me preguntaba si todos los hermanos serían tan buenos como lord Miles. Y parece que usted cree que así es. ¿Sabe usted que sonreía mientras dormía?

—Cállate, mujer insolente —dijo Alyx con un tono tan amistoso que Joan se echó a reír.

—Será mejor que se levante. Lord Stephen ha recibido noticias de Escocia y partirá muy pronto.

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—No ha pasado nada malo, ¿o sí? —preguntó Alyx, sentándose con grandes esfuerzos y gesticulando por un dolor que sentía en su espalda.

Había veces que Raine debía pensar que ella era un trozo de tela por la forma en que hacía que su cuerpo le envolviera, una pierna aquí, otra por allá, un brazo para el otro lado. Sintió un crujido en el cuello, y al recordar lo que Raine le había hecho para dejarle esa área dolorida, rió para sí. Joan la miraba sin ocultar su interés.

—Mis cuatro hombres juntos no habrían logrado dejarme con el aspecto que usted tiene ahora. ¿Es lord Raine verdaderamente tan buen amante? —Alyx le lanzó una mirada peligrosa.

—Pediré tu corazón en una bandeja si siquiera te atreves a mirarle.

—He tratado durante años de llamar su atención y jamás lo he logrado.

¿Qué ropa desea ponerse hoy? —rió Joan para sí.

Alyx se vistió cuidadosamente con un vestido lavanda pálido, adornado con piel de conejo teñida de un color púrpura profundo, exquisito.

—¡Ah! —dijo Stephen cuando la vio—, semejante belleza en medio de estos salvajes parajes. —Le tomó la mano y se la besó.

Alyx no le soltó y le examinó los nudillos que aún estaban pelados, cortados, sin cicatrizar.

—Ojalá se te caiga la mano si le vuelves a pegar a mi esposo — murmuró con pasión. Stephen parpadeó antes de lanzar una risotada.

—Y mi hermano se preocupa por tu lealtad. Debes visitarnos y conocer a mi Bronwyn. Le caerás muy bien.

—Me han contado que has recibido noticias. —El rostro de Stephen se ensombreció—. Roger Chatworth encontró solos a Miles y Elizabeth, e hirió a Miles con su espada en un brazo. Lady Elizabeth ha regresado a Inglaterra con su hermano.

—Entonces tal vez pronto se termine este odio. Roger recuperó a su hermana sana y salva. Lo único que queda por hacer es que el rey otorgue su perdón a Raine.

—Tal vez —dijo Stephen—. Ahora debo volver a casa y ayudar a mi clan. Mi hermanito está furioso y quiere salir tras Chatworth.

—¡Ve! —dijo ella—. Detenle. —Él le besó la mano nuevamente—. Haré lo que pueda, y ahora sé que Raine queda en buenas manos. Es un hombre terco. —Al oír esto Alyx rió.

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—En vuestra… charla de ayer, ¿mencionaste por casualidad a Brian Chatworth? Ahora que Roger ha herido a Miles, ¿querrá Raine desquitarse con Brian?

—No, no lo creo. Esta mañana Raine y Brian hablaron durante un largo rato y creo que el muchacho le llegó al corazón. No creo que haya más problemas. De hecho, en este momento se encuentran en el campo de entrenamiento. Debo partir. Mis hombres me esperan.

—¿Tus hombres? —Preguntó Alyx, atónita—. No he visto a ninguno.

Supuse que habías venido solo. —Stephen pareció complacido al oír esto.

—Hay seis MacArran conmigo, todos están en el bosque vigilando. —Pero nosotros tenemos guardias. Deberían haberse acercado al

campamento, a las fogatas, deberían haberse alimentado. Se congelarán ahí afuera. —Stephen rió muchísimo con esto.

—Los ingleses son todos unos flojos. Nuestros veranos son más fríos que vuestros inviernos. Alguna vez deberías venir a las tierras altas. Douglas dice que tus canciones harán llorar a sus hermanos. —Había tantas preguntas por hacer, pero Alyx no sabía por dónde empezar. Sus emociones se le reflejaban en la cara.

—Tienes que venir algún día. —Stephen sonrió, depositó un beso en su mejilla y desapareció entre los árboles, con su corta falda agitándose al viento.

Los que siguieron fueron para Alyx tres días de relativa paz. Parecía que Raine estrechaba un lazo de amistad con el lisiado Brian y que estaba sorprendido por la voluntad de aprender de éste.

—El odio le está carcomiendo —le comentó Raine mientras yacían en su camastro—. Cree que si se entrena lo suficiente estará en condiciones de enfrentarse a su hermano, pero Roger es formidable. Le cortaría en pedacitos de un solo golpe.

—Hermano contra hermano —susurró Alyx y se estremeció. Alyx sentía pena por Brian, que dormía solo separado del resto de la gente del campamento.

—No confío en él —dijo Joan—. Habla demasiado poco y no se mete con nadie.

—Le han hecho mucho daño. Ya lo superará. —Alyx defendió al muchacho.

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—Está planeando algo. Ha estado juntando cardos y ayer le pagó a un hombre para que le llevara un mensaje a alguien.

—¿A quién? —quiso saber Alyx consternada. Quizá finalmente Brian fuera leal a su hermano y estuviera intentando guiar a Roger hacia el escondite de Raine; o lo que era peor, a los hombres del rey.

—No sé para quién era el mensaje.

— Debemos decírselo a Raine —dijo Alyx, agarrando a su sirvienta por la cintura y empujándola hacia 1 a zona de entrenamiento.

— Estoy enterado del mensaje —contestó Raine a la información que le dio Alyx—. Brian desea averiguar cómo se encuentra su hermana.

—¿Ha tenido ya alguna respuesta? Raine dejó la espada a un lado.

—La semilla de mi hermanito ha fructificado y lady Elizabeth está embarazada de él. —Alyx recordó a la encantadora Elizabeth… y a su peligrosa lengua.

—Esto no le va a gustar a ella. No le gustará que un hombre la haya llevado a la cama y que luego se haya deshecho de ella. Raine la miró duramente.

—Pareces darle todo el crédito a mi hermano. Tal vez esta Elizabeth no sea más que una zorra que le haya seducido. Entonces, una vez que él estuviera enamorado, ella se las ingeniaría para dejarle. Si Chatworth hirió a Miles, quizá fue porque Miles combatió para conservar a la mujer.

—Tal vez, pero Miles… —Ella se detuvo al oír el sonido de lejanas trompetas—. ¿Qué ha sido eso? Raine se volvió hacia algunos ex soldados que estaban próximos a él.

—Averigüen de qué se trata. —En pocos segundos los hombres montaban y se adentraban en el bosque. Minutos más tarde, regresaron.

—Roger Chatworth acepta su desafío, milord. —¡Raine! —le gritó Alyx.

Después de una mirada sofocada, él la ignoró.

—Yo no he lanzado ningún reto. Tal vez Chatworth tiene pensado hacer el primer movimiento.

—No, milord. Él… Yo lancé el reto —dijo Brian Chatworth detrás de ellos, y todos se giraron para mirarle—. Sabía que mi hermano no respondería a un reto mío, de manera que se lo hice llegar en nombre de Raine Montgomery.

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—Pues ahora mismo irás a decirle lo que has hecho —le regañó Alyx, como si hablara con un niño.

Las trompetas, a lo lejos, sonaron nuevamente.

—Ve ahora —urgió Alyx— y explícate.

—Alyx —dijo Raine en voz baja—. Ve a la tienda. Este no es asunto de mujeres. —Ella le miró, su rostro todavía magullado por la paliza de Stephen, y lo que vio no le gustó.

—Raine, ¿no estarás pensando en aceptar el reto? Tú no lo lanzaste. Seguramente tienes más sentido común que…

—Jocelin —ordenó Raine—. Llévate a Alyx de aquí.

Alyx esperó a su marido dentro de la tienda paseándose de un lado a otro y molestando sin cesar a Joan, hasta que ésta salió del lugar. Cuando Raine finalmente apareció y sus ojos se encontraron, Alyx jadeó.

—No, Raine —le dijo, pasándole los brazos por la cintura—. No fuiste tú quien lanzó el desafío.

Él la alejó de sí, poniéndole las manos sobre los brazos.

—Debes entender que es una cuestión de honor y que este tema está pendiente desde hace mucho. Cuando Chatworth esté muerto, quizá mi familia pueda nuevamente vivir en paz. Si no le mato ahora, él irá tras Miles por haber dejado embarazada a su hermana. Él jura que Miles la tomó por la fuerza.

—¡Deja que Miles arregle sus cosas con Chatworth! —gritó Alyx—. No me importa. Que tus hermanos peleen todo lo que quieran, pero no lo hagas tú.

—Alyx —respondió Raine suavemente—. Me doy cuenta de que eres una mujer, y además que no has sido educada dentro de nuestros códigos de honor, pero ahora debo pedirte que no me insultes más. Ayúdame a vestirme.

—¡Que te ayude! ¡Honor! ¿Cómo puedes hablarme de cosas así? ¿Qué me importa el honor cuando el hombre que amo puede correr peligro de muerte? He hecho muchos esfuerzos para verte a salvo y ahora por los tontos juegos de un muchacho tú debes pagar el precio. Deja que Brian se enfrente a su hermano.

Los colores empezaban a subir por el cuello de Raine.

—Brian no es rival para Roger Chatworth. Y es la familia Montgomery la que ha sido insultada. ¿Ya te has olvidado que fue mi hermana la que murió por lo que Chatworth le hizo? No lucharé por Brian, sino por Mary

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y por Miles y por una paz futura. —Ella se puso de rodillas delante de Raine cuando él se sentó en el borde de su camastro.

—Por favor, no vayas. Si no resultas muerto, serás malherido. —Alyx. —Casi le sonrió mientras le acariciaba el cabello—. Tal vez

no lo sepas, pero las tierras que poseo las gané durante años de combatir en torneos. Tengo experiencia en cientos de enfrentamientos como éste.

—No —dijo ella con énfasis—. No como éste. Él odio que tú y Chatworth sentís el uno por el otro no estaba presente en esos otros torneos. Por favor, Raine. —Él se puso de pie.

—Ya no escucharé nada más. Ahora, ¿me ayudarás a armarme, o debo llamar a Jocelin? —También ella se puso de pie.

—¿Me pides que te ayude a prepararte para tu muerte? ¿Debo comportarme como una esposa virtuosa y murmurarte palabras suaves acerca del honor? ¿O debo hablar de Mary y de cómo murió para darle alas a tu odio? Si Mary estuviera viva, ¿querría ella que pelearas? ¿No fue toda su vida una persona deseosa de lograr la paz?

—No quiero que nos separemos ahora disgustados uno con el otro. Esto es simplemente algo que debo hacer. —Ella estaba tan enfadada que no podía dejar de estremecerse.

—Si nos separamos ahora porque te vas a responder un reto que no has lanzado, será con palabras desagradables… y será para siempre. —Se quedaron mirándose fijamente durante un rato.

—Piensa con cuidado lo que dices —dijo Raine con voz tranquila—.

Ya hemos discutido otras veces por este tema.

—Raine, ¿no te das cuenta cómo te está devorando este odio? Hasta Stephen notó cuánto te había cambiado. Olvida a Roger Chatworth. Ve ante el rey, pídele su perdón y dediquémonos a vivir y a no hablar más de matar y de morir.

—Soy un caballero. He jurado vengar las injusticias.

—¡Entonces haz algo con respecto a las Leyes de Cercados! —gritó ella—. Son injustas. Pero abandona de una vez esta espantosa enemistad con Roger Chatworth. Su hermana dará a luz un Montgomery. Una nueva vida por la de Mary. ¿Qué más podrías pedir? —Afuera sonaron las trompetas y el sonido llegó a oídos de Alyx.

—Debo vestirme —insistió Raine—. ¿Me ayudarás?

—No —contestó ella suavemente—. No puedo.

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—Que así sea —susurró él. Posó su mirada sobre ella una vez más y se volvió hacia su armadura.

—Hoy estás eligiendo entre Roger Chatworth y yo —agregó ella. Él no contestó y siguió ocupado con su armadura. Alyx salió de la tienda.

—Ve a ayudarle, Jocelin —dijo una vez que estuvo fuera. Y a Joan le ordenó— ven, preparemos nuestras maletas. Vuelvo a casa con mi hija. — Alyx tenía la intención de no estar ya en el campamento cuando el combate comenzara. Por supuesto, Raine podía triunfar, pensó, pero ¿podría ella quedarse mirando cómo le cortaban pedazos de su cuerpo? Estaba segura de que Roger Chatworth estaba tan lleno de odio como Raine. Pasaron dos horas antes de que ella comenzara a oír los ruidos de acero contra acero que le llegaban desde el bosque. Lentamente, dejó de lado el traje que estaba doblando y salió de su tienda. Cualquier cosa que hiciera, a quienquiera que se enfrentara, por no importa qué razón, él le pertenecía.

Estaba casi llegando al claro donde los hombres combatían cuando Joan la detuvo.

—No mire —le previno Joan—. Chatworth es implacable.

Alyx miró a su sirvienta un momento, pero luego continuó avanzando.

—Joss —dijo Joan—. Detenla.

Jocelin agarró a Alyx del brazo y la obligó a permanecer en su sitio. —Es una carnicería —explicó, mirándola a los ojos—. Tal vez el odio

de Roger fuera más grande dándole más fuerzas. Pero cualquiera sea la razón, Raine está perdiendo miserablemente. —Alyx se soltó de Joss.

—Raine es mío tanto en la muerte como en la vida. ¡Déjame pasar! — Después de echarle una mirada a Joan, Jocelin la dejó ir.

Alyx no estaba preparada para el espectáculo que se le ofrecía. Los dos hombres combatían a pie y la armadura de Raine estaba tan cubierta de sangre que los leopardos dorados de los Montgomery casi no se podían distinguir. El brazo izquierdo parecía pender de un hilo, pero seguía luchando valientemente con el brazo derecho. Roger Chatworth parecía estar jugando con el hombre debilitado y ensangrentado, haciendo círculos alrededor de él, molestándole.

—Está muriéndose —dijo Alyx. Raine siempre había creído tanto en el honor, pero ahora, morir así, como un animal enjaulado, a merced de los tormentos de Chatworth… Ella avanzó aún más, pero Joss se lo impidió.

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—¡Raine! —aulló. Roger Chatworth se volvió hacia ella, la miró, aunque su rostro no estaba visible debajo del casco. Como si comprendiera su angustia, giró una vez más y golpeó con su hacha la espalda de Raine. Raine se sostuvo durante un momento y enseguida cayó hacia adelante, con el rostro contra el suelo, mientras Roger permanecía de pie inclinado sobre él. Instantáneamente, Alyx se soltó de los brazos de Joss y corrió hacia adelante. Lentamente, se arrodilló junto al cuerpo destrozado de Raine y puso la cabeza de él sobre sus rodillas. No derramó una lágrima, sólo se sentía aturdida, sentía que también su sangre se estaba derramando sobre el suelo. Con gran reverencia, le levantó la cabeza y le quitó el casco.

El grito entrecortado que emitió ante lo que vio debajo del casco hizo que Roger Chatworth se volviera. Después de un largo momento de incredulidad, echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un horrible grito… un grito muy parecido al que había soltado Raine cuando se enterara de la muerte de Mary.

—Vida por vida —susurró Brian desde las rodillas de Alyx—. Ahora Mary puede descansar en paz. —Con mano temblorosa, Alyx tocó la mejilla sudorosa de Brian y lo miró exhalar su último suspiro cuando murió en sus brazos.

—Déjenlo —dijo Roger, inclinándose y tomando en sus brazos el cuerpo de su hermano muerto—. Es mío ahora. —Alyx permaneció donde estaba con su traje empapado en sangre mirando cómo Roger llevaba a Brian hacia donde esperaban sus hombres y sus caballos.

—Alyx —dijo Joss junto a ella—. No comprendo. ¿Por qué se lleva Chatworth el cuerpo de Raine? —El cuerpo de ella temblaba tanto que casi no podía articular palabra.

—Brian se puso la armadura de Raine y Roger ha matado a su hermano menor.

—¿Pero cómo…? —comenzó Joss. Joan recogió lana de cardo empapada en sangre—. Debe haber planeado esto hace tiempo. No hay duda de que usó la lana para acolchar la cota de malla y que, de este modo, la armadura le quedara bien. Alyx los miró con los ojos muy abiertos.

—¿Dónde está Raine? Él no pudo haber permitido dócilmente que Brian tomara su armadura.

Les llevó algún tiempo encontrar a Raine, sin su armadura, con el chaleco de cuero puesto y profundamente dormido debajo de un árbol.

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Joan rió cuando le vio, pero Alyx no lo hizo. La posición poco natural del cuerpo de Raine la alarmó…

—¡Veneno! —gritó Alyx, corriendo hacia su esposo. El calor de su cuerpo le hizo saber que no estaba muerto, pero podría haberlo estado porque no había forma de hacerle reaccionar.

—Busca a Rosamund de inmediato —le ordenó Joss a Joan.

Alyx comenzó a golpear las mejillas de Raine cuando éste no respondió a sus llamadas.

—Ayúdame a sentarle.

Joss tuvo que emplear toda su fuerza, al igual que Alyx, para mover la forma inerte de Raine, quien aún no despertaba.

Rosamund llegó corriendo y después de echar una rápida mirada a Raine se volvió hacia Joss con temor en sus ojos.

—Pensaba que estaba equivocada. Alguien robó mi opio hace dos días y sólo esperaba que el ladrón supiera cómo usarlo.

—¿Opio? —preguntó Alyx—. ¿No es acaso una droga para dormir? Mi cuñada la usaba.

—Es bastante común —respondió Rosamund—, pero lo que casi nadie sabe es que si se toma una dosis excesiva la víctima puede no despertar de su sueño. —Los ojos de Alyx se agrandaron.

—¿No creerás que Brian Chatworth le dio a Raine mucha cantidad, o

sí?

—Un dedal ya es demasiado. Debemos asumir que lord Raine ha tomado una dosis grande. Vamos, hay mucho, mucho trabajo por hacer.

Llevó un día entero limpiar el organismo de Raine. Rosamund le dio pociones de muy mal sabor que le hicieron vomitar, que vaciaron sus intestinos. Y constantemente, los hombres se turnaban para hacerle caminar.

—Dormir, déjenme dormir —era todo lo que Raine podía articular, con los ojos cerrados y tropezándose con sus propios pies. Alyx no permitió que nadie dejara de hacerle caminar ni que se negara a tomar los líquidos que le obligaban a pasar por la garganta. Después de muchas horas comenzó a recuperar el control de las piernas y pudo empezar a caminar por sus propios medios. Tenía el cuerpo vacío de toda sustancia sólida, y entonces Rosamund le hizo beber baldes llenos de agua, buscando depurarle aún más. Raine ya estaba lo suficientemente consciente como para protestar más enfáticamente.

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—No me abandonaste —le dijo una vez a Alyx.

—Debería haberlo hecho, pero no lo hice —le espetó ella—. ¡Bebe! Hacia el segundo día, Rosamund finalmente permitió que Raine

durmiera, y más tranquila, ella y Jocelin también descansaron. Completamente agotada, Alyx hizo un recorrido para visitar a la gente del campamento y agradecerles personalmente la ayuda que le habían brindado con Raine.

—Usted también debería dormir. —Oyó una voz áspera, y Alyx reconoció a uno de los hombres que la habían acusado de ladrona—. No queremos que se salve uno de ustedes para después perder al otro. —Ella le sonrió con tanta gratitud que el hombre se sonrojó y miró hacia otro lado. Sonriendo todavía, ella entró tambaleándose en la tienda de Raine y cayó dormida a su lado.

Alyx se quedó con Raine otra semana más, hasta que él la vio cargando en brazos el bebé de otra mujer y sollozando en silencio.

—Debes volver a casa de Gavin —le dijo Raine.

—No puedo dejarte.

Él levantó una ceja.

—Ya viste que tu presencia aquí no evita todo aquello que tiene que suceder. Chatworth pondrá su hermano a descansar, y después veremos qué pasa. Vuelve a casa y atiende a nuestra hija.

—Tal vez podría hacerle una visita —dijo ella con los ojos brillantes

—. Quizá de una semana más o menos, y entonces regresaré contigo. —No creo que pueda vivir demasiado lejos de ti. Vete ahora y dile a

Joan que te ayude con tus cosas. En tres días podrás estar con nuestra Catherine.

El agradecimiento de Alyx, la alegría de pensar que vería a su hija nuevamente, hicieron que se echara en brazos de Raine. Y los besos pronto terminaron en otra cosa. Antes de que ninguno de los dos se diera cuenta de lo que estaba pasando, se encontraban rodando sobre la alfombra sarracena, arrojando partes de su vestimenta a un lado y a otro. Gozosamente, hicieron el amor y Raine estaba feliz de ver tanta alegría en los ojos de su esposa. Después la mantuvo abrazada largo tiempo.

—Alyx, para mí fue muy importante que te quedaras aquí durante el combate con Chatworth. Aunque no lo quieras admitir, tienes un alto sentido del honor… no del honor en el que yo creo sino en uno muy personal. Y, sin embargo, lo dejaste de lado por amor a mí. Te lo

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agradezco. —Sonrió cuando notó que las lágrimas de ella le estaban mojando la camisa.

—Vas a ver a nuestra hija y, sin embargo, lloras.

—¿Soy muy egoísta por quererlo todo? Quiero que tú veas a nuestra hija, quiero que los tres estemos juntos.

—Pronto será así. Ahora mírame y dame una sonrisa. ¿Quieres que te recuerde con lágrimas en los ojos o con esa sonrisa tuya tan especial? — Ella sonrió y Raine la besó—. Vamos, ayudemos a preparar todas tus cosas. —Alyx no hacía más que decirse que la separación sería cosa de un mes nada más, pero tenía una sensación de cosa permanente, como si nunca más fuera a volver a ver ni el bosque ni el campamento. La gente parecía tener iguales sentimientos.

—Para su niña —dijo un hombre alcanzándole un muñeco tallado en un trozo de roble verde. Le entregaron más regalos, todos hechos artesanalmente, todos muy sencillos y ella lloró al recibir cada uno de ellos.

—Usted se quedó velando a mi hija cuando estuvo enferma —dijo una mujer.

—Y usted enterró a mi bebé —dijo otra. Cuando llegó el momento de la partida, Raine se quedó tranquilamente junto a Alyx abrazándola por los hombros, y su mirada irradiaba orgullo.

—No te quedes demasiado tiempo —le susurró, dándole un último beso antes de ayudarla a montar. Alyx se alejó, mirando hacia atrás por encima de su hombro cómo toda la gente del campamento la despedía con la mano, hasta que los árboles le taparon la visión.

Durante dos semanas enteras Alyx fue sumamente dichosa jugando con su niña y componiendo canciones de cuna para el hijo de Judith y para Catherine. Enviaba largos y apasionados mensajes a Raine, describiendo la perfección de la hija y agregando paquetes con medicinas para Rosamund. Un mensajero traía los mensajes de vuelta y en uno de ellos le informaban que Blanche había sido descubierta robando y, por lo tanto, se la había expulsado del campamento. Alyx no sintió ninguna alegría por la novedad. Después de las dos semanas de dicha, comenzó a extrañar a Raine, y dejando el cuarto de juegos de los niños salió en busca de los mayores de la familia.

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—Me habían llegado rumores de que estabas aquí nuevamente —se burló Gavin—, pero no estaba del todo seguro. Ven aquí con nosotros un momento. Judith está con el halconero y en este instante salía a buscarla.

—¿Tú crees que al rey le gustará este halcón, Simón? —Judith le preguntaba al viejo y grisáceo halconero.

—Seguramente, milady. No hay otro mejor en toda la región. —Judith sostenía el gran pájaro encapuchado sobre la muñeca de su brazo enguantado estudiando al halcón, temblando ligeramente.

—¿Estás planeando hacerle un regalo al rey? —preguntó Alyx.

—Voy a hacer cualquier cosa que esté a mi alcance —dijo ella con vehemencia—. Desde la muerte de Brian Chatworth y el embarazo de Elizabeth el rey desprecia el nombre de los Montgomery.

—Y ahora, desde la muerte de la reina… —comenzó Gavin.

—¡La reina ha muerto! —dijo Alyx sorprendida, mientras el halcón sacudía sus alas y Judith trataba de tranquilizarlo—. Lo siento —dijo, al darse cuenta de que había asustado al pájaro. Ella no sabía nada de halcones ni del arte de la cetrería—. No sabía que la reina había muerto.

—Ha perdido a su primogénito y a su esposa en menos de un año y ahora la princesa Catherine amenaza con retirar su dote. Por el momento el rey no hace más que cavilar. Si las cosas fueran distintas podría ir a verlo y hablar con él.

—¿Y de qué hablarías? —le preguntó ella, con la voz llena de esperanza.

—Quiero poner fin a este odio —dijo Gavin—. Los Montgomery hemos perdido un ser querido y los Chatworth otro. Tal vez si pudiera acercarme al rey podría pedirle el perdón para Raine.

—¿Y qué pasaría con Miles? —Preguntó Alyx—. Él ha abusado de Elizabeth Chatworth. No creo que su hermano esté dispuesto a perdonarle. —Gavin y Judith intercambiaron una mirada.

—Hemos mantenido correspondencia con Miles, y si el rey da su permiso, él estaría dispuesto a casarse con Elizabeth.

—Y sin duda Roger Chatworth estaría encantado de tener un Montgomery en la familia —sonrió Alyx—. ¡Bien! Usarás el presente del halcón para persuadir al rey. ¿A él le gusta la cetrería? —Nuevamente Gavin y Judith se miraron.

—Alyx —comenzó Gavin—, hemos estado esperando el momento oportuno para hablar contigo. Sabíamos que deseabas estar un tiempo con

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Catherine, pero ya no queda tiempo que perder. —Por alguna razón, Alyx comenzó a sentirse angustiada. Absurdo, por supuesto, pero, sin embargo, sentía un frío que le subía por la espalda.

—¿Y de qué queríais hablarme?

—Será mejor que entremos —dijo Judith, pasándole el halcón a Simón.

Una vez que el anciano hubo entrado en la halconería de piedra, Alyx se plantó firme en el suelo.

—Ahora decidme aquello que debo saber —dijo calmadamente. —¡Gavin! —dijo Judith—. Déjame que yo le hable. Alyx, el rey no

tiene ningún interés especial en la cetrería. En este momento no hay nada ni nadie que le interese… excepto una cosa. —Hizo una corta pausa—. La música —terminó Judith con suavidad. Alyx se quedó quieta unos momentos, mirando a uno y otro.

—¿Queréis que me presente ante el rey de Inglaterra, que le cante una canción y, aprovechando la oportunidad, que le niegue el perdón para mi esposo y le pida la mano de una poderosa heredera para el peor enemigo de ella? —Sonrió…— Yo nunca he dicho que fuera una maga.

—Alyx, tú serías la única capaz —la alentó Judith—… Nadie en este país tiene una voz o un talento que se te puedan comparar. El rey te ofrecería la mitad de su reino si tú le hicieras olvidar su dolor por una hora o dos.

—¿El rey? —gruñó Alyx—. ¿Qué me importa a mí el rey? Me encantaría tocar y cantar para él. Pero mi preocupación es por Raine. Se ha pasado un año haciendo lo posible para que yo entienda su sentido del honor y lo ha logrado… por lo menos para saber que no le gustaría que yo fuera a suplicarle al rey su perdón.

—Pero si consigues el perdón para Raine… —argumentó Judith.

Alyx se volvió hacia Gavin.

—Si estuvieras en lugar de Raine, ¿te gustaría que Judith se presentara ante el rey para pedir por ti o preferirías pelear tus propias batallas? —El rostro de Gavin estaba serio.

—No me sería fácil tener que tragarme semejante humillación. —¡Humillación! —exclamó Judith—. Si Raine fuera libre podría

volver a casa y seríamos una familia otra vez.

—Y tendríamos una batalla interna —respondió Gavin—… Entiendo el punto de vista de Alyx. No creo que deba ir en contra de los deseos de

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su esposo. Pelearemos nuestras propias batallas y dejaremos al rey fuera de esto. —Judith parecía querer agregar algo, pero cuando paseó la vista de Gavin a Alyx decidió permanecer callada.

Pero lo que hizo que Alyx cambiara de idea fue la furia creciente de Roger Chatworth. Gavin envió espías y éstos regresaron con la noticia de que Roger deseaba la muerte de Raine y de Miles para vengar a su hermano menor y la virtud perdida de su hermana.

—Raine no tiene hombres con que enfrentarse a Chatworth —dijo Alyx—. ¿Y tiene Miles alguna oportunidad contra un veterano guerrero como Roger?

—Tiene el respaldo de todas las fuerzas de los Montgomery —dijo Gavin pausadamente.

—¡Estás hablando de una guerra! —aulló ella—. Una guerra privada que hará que todos vosotros perdáis vuestras tierras y el rey… —Se detuvo. Todo parecía conducir finalmente hacia el rey.

Con lágrimas en los ojos abandonó la habitación. ¿Quizá fuera ella la única que podría evitar una guerra? Una vez le había dicho a Jocelin que era capaz de hacer cualquier cosa con tal de mantener a Raine con vida, que prefería verle en brazos de otra mujer que muerto. Y, sin embargo, él se había mostrado tan furioso cuando ella hizo lo que creyó mejor para él. Su esposo no quería que interfiriera en su vida y muy especialmente en lo que tenía que ver con su honor.

¿Qué podría suceder si se quedaba de brazos cruzados, si no hacía el intento de conseguir el perdón del rey? ¿Se sentiría feliz de saber que Raine había muerto con su honor intacto? ¿O se lamentaría toda la eternidad por no haber tratado al menos de evitar las batallas? Con tranquila dignidad se puso de pie, arregló la falda de su vestido y bajó al jardín de invierno donde Judith y Gavin jugaban a las damas.

—Iré a la corte —dijo Alyx pausadamente—. Cantaré con todo el fervor de que sea capaz y pediré, rogaré, suplicaré, haré cualquier cosa que sea necesaria para que el rey le dé el perdón a Raine y se arregle la boda de Elizabeth con Miles.

Alyx se encontraba ante la puerta de la cámara del rey, su cuerpo temblando de tal forma que temía que se le cayera el vestido. ¿Qué hacía ella allí, la hija de un desconocido abogado? Un grito procedente del

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interior de la habitación y el sonido de algo que se rompía la sobresaltó. Después de un momento, un hombre delgado salió de puntillas del salón con una marca roja sobre su mejilla y una flauta en la mano. Le dirigió a Alyx una mirada insolente.

—Hoy está de pésimo humor. Espero que usted tenga más talento del que aparenta. —Alyx se estiró hasta alcanzar el máximo de su corta altura y le miró.

—Tal vez sea la música que hoy no ha escuchado lo que le tiene de mal humor. —El hombre gruñó y la dejó sola.

Alyx se acomodó de nuevo el vestido, una hermosa combinación de terciopelo verde oscuro con mangas y camisa profusamente bordadas con hilo dorado, de tal forma que la tela parecía armada. El vestido había sido diseñado por Judith y el bordado mostraba dibujos de centauros y hadas tocando diversos instrumentos musicales.

—Para que tengas suerte. —Había dicho Judith.

—Pase usted y espere —le dijo un hombre de traje oscuro, asomando la cabeza por la puerta—. Su Majestad estará listo para escucharla en un momento. —Alyx cogió su cítara, un magnífico instrumento de palisandro con aplicaciones de marfil, y siguió al hombre.

La cámara del rey era un salón enorme revestido de roble ricamente trabajado, aunque no era mejor que los salones del castillo Montgomery. Esto sorprendió a Alyx. Tal vez esperaba que las habitaciones del rey fueran de oro.

Tomó asiento donde el hombre le indicó y siguió con su inspección. El rey se encontraba en un asiento de almohadones rojos y Alyx no hubiera podido saber que se trataba de Su Majestad si no hubiese sido porque ocasionalmente alguna que otra persona se inclinaba ante él. Era un hombre alto, sombrío, de aspecto fatigado, y mientras bebía de una copa de plata ella notó que tenía pocos dientes y que éstos eran negruzcos. Él se estremeció ante la presencia del cantante, y el nerviosismo del joven se hacía aparente en cada nota que modulaba. El aire estaba cargado de tensión mientras el músico hacía lo posible por agradarle.

En ese cuarto tan grande y con eco, con todos los presentes en evidente estado de tensión, era fácil deducir que el rey no se sintiera a gusto, pensó Alyx. No era esa la música adecuada para que el rey pudiera olvidar su tristeza ni por un momento. «Si yo estuviera al mando, —pensó—, pondría a todos los músicos juntos y los desafiaría con una música totalmente

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nueva. Cuando ellos se estuvieran divirtiendo, el rey por su parte se sentiría feliz».

Alyx permaneció sentada y quieta otro momento más. Había once músicos frente al rey ese día. Últimamente, no había salido de su recámara, negándose inclusive a asistir al funeral de la reina. Alyx había tenido que esperar una semana para tener la oportunidad de tocar y cantar para él. ¿Se pondría a temblar y estremecerse ante él como le sucedía a estos músicos? «Piensa en Raine, —se dijo a sí misma—. Piensa en todos los Montgomery».

Aspiró profundamente y se puso de pie, ofreció una plegaria silenciosa y dejó oír su voz.

—¡Oye! —llamó al cantante—. Estás haciendo llorar a todos los presentes. Lo que necesitamos son risas, no más lágrimas. —Alguien le puso una cautelosa mano sobre el brazo, pero Alyx miró directamente al rey Henry—. Con su permiso, Su Majestad. —Ella hizo una reverencia, y el rey hizo un gesto displicente de asentimiento con la mano. Alyx sentía el corazón en la boca. Sólo le faltaba que los músicos cooperaran con ella

—. ¿Sabes tocar el clavicordio? —le preguntó a un hombre que le devolvió una mirada hostil.

—Espere su turno —siseó él.

—Yo tengo más que perder que tú. Quizá juntos podamos crear algo de magia. —Levantó la cabeza—. ¿O es que tu talento es muy limitado?

El hombre, después de pensarlo un momento, se dirigió hacia el clavicordio. Como si se tratara de los niños del coro a quienes ella había dado clases en Moretón, comenzó a ordenarlos según su gusto, dándoles distintos instrumentos de los que abundaban en el salón. Una vez que estuvieron en sus posiciones, de pie o sentados, ella hizo un recorrido tarareando una melodía aquí, poniendo ritmo allá. Después de algunos acordes comenzó a cantar, y dos de los músicos inmediatamente comenzaron a acompañarla. Sonriendo, se apoderaron de la melodía y cooperaron con ella. A Alyx le pareció que todo estaba tardando demasiado, y sólo comenzó a sentirse animada cuando el hombre del clavicordio sumó su voz a la de ella. El hombre del arpa reconoció la melodía y demostró su talento con esas cuerdas celestiales.

Alyx había elegido una antigua canción esperando que todos la conocieran, pero tal vez fue su versión de ella lo que les había desconcertado al principio. El hombre a quien le había entregado un

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tamboril lo cambió por un timbal que había permanecido oculto en un rincón oscuro y el sonido de éste hizo que el suelo comenzara a vibrar.

Finalmente, todos los músicos habían reconocido la canción, y Alyx se atrevió a darse la vuelta y mirar al rey. Su rostro estaba impasible, silencioso, pero los hombres que le rodeaban se mostraban atónitos. Al menos ella estaba segura de que lo que estaban interpretando salía de la rutina diaria. Repitieron tres estribillos de la canción y Alyx pasó a una tonada nueva, esta vez música de iglesia, y cuando hubo terminado con ella, comenzó una canción popular.

Hacía una hora que cantaba, cuando decidió detener a los músicos. Ahora se preparaba para cantar sola, sin acompañamiento. Una vez, cuatro años atrás, un juglar había llegado a Moretón y los aldeanos habían comentado que por fin Alyx iba a tener con quien competir. Alyx, temerosa de no estar a su altura, se había quedado despierta toda la noche y había compuesto una canción difícil de cantar hasta para ella, una canción que exigía absolutamente el máximo de sus habilidades. Al día siguiente había cantado la canción, y el visitante la había contemplado con lágrimas en los ojos, besándola en ambas mejillas, diciendo que todos los días Alyx debería dar gracias a Dios por el don recibido. Y ahora Alyx planeaba cantar la misma canción. La había odiado desde que la compusiera, porque el cantante a quien había querido deslumbrar la había hecho sentirse acongojada. Pero ahora debía hacer todo lo posible para ganar el favor del rey.

La canción permitía que resaltaran los altos y bajos de la voz de Alyx, al igual que la controlada dulzura y su extraordinario volumen. Llegó al punto de mayor potencia de su voz lentamente, con cautela, y cuando parecía que ya no se podía esperar más de ella, se concentró totalmente en una nota aún más alta y la sostuvo… y la sostuvo hasta que los ojos se le llenaron de lágrimas y sintió los pulmones vacíos.

Cuando terminó, hizo una profunda reverencia y se hizo un silencio total y absoluto a su alrededor, mientras que el sonido de la última nota que había emitido aún reverberaba en las paredes, girando entre la gente como luces azules y amarillas.

—Acércate, criatura. —El rey rompió el silencio. Alyx se acercó, besó su mano y mantuvo la cabeza gacha. Él se inclinó hacia adelante, levantándole el mentón.

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—De manera que tú eres la más reciente esposa de un Montgomery. — Sonrió cuando ella le dirigió una mirada sorprendida—. Trato de estar al tanto de lo que sucede en mi reino. Y pienso que los Montgomery se casan con las damas más entretenidas. Pero esto… hizo un gesto señalando a los músicos dispersos por el salón—… esto vale el rescate de un rey.

—Me hace muy feliz poder complacerle. Su Majestad —susurró Alyx.

Él esbozó algo parecido a una sonrisa.

—Has hecho algo más que complacerme. ¿Y ahora qué deseas a cambio? Vamos, seguramente no has dejado la casa de Gavin por nada. — Alyx trató de reunir coraje.

—Me agradaría poder terminar con la enemistad entre los Montgomery y los Chatworth. Propongo un lazo de sangre entre ellos, con la boda de Miles y Elizabeth Chatworth. —El rey Henry se estremeció.

—Miles es un bandido según la ley de 1495. Él secuestró a lady Elizabeth.

—¡No lo hizo! —gritó Alyx según su costumbre—. Perdone usted, Su Majestad. —Cayó de rodillas delante de él—. Miles no secuestró a Elizabeth, fue por mi culpa todo lo que ella ha sufrido.

—¡Tú! Trae un taburete —ordenó el rey Henry, y cuando Alyx se hubo sentado, le dijo—. Ahora cuéntame toda la historia. —Alyx le relató todo lo referente a Pagnell, su acusación de querer hechizarlo con su voz, como tuvo que huir al bosque, cómo se enamoró de Raine. Alyx miró los ojos del rey y supo que estaba interesado en la historia, de manera que continuó relatándole cómo Pagnell la había capturado y lo que había sucedido con Elizabeth.

—¿Quieres decir que él pensaba enroscarla en una alfombra y entregársela a lord Miles? —preguntó el rey Henry. Ella se inclinó hacia él.

—Le ruego a usted que no repita esto, pero he oído que le fue entregada sin una hebra de ropa sobre su cuerpo y que atacó a lord Miles con un hacha. Por supuesto la versión puede no ser exacta. —El rey emitió algo parecido a una risa.

—Continúa con tu historia. —Ella le habló acerca de su juicio por brujería y de cómo esos hombres pretendían usarla como carnada para capturar a Raine.

—¿Y él te salvó en el último momento?

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—Un poco después del último momento. El humo era tan intenso que perdí la voz durante varios días. —Él le asió una mano entre las suyas.

—Eso —dijo gravemente— fue una tragedia. ¿Y qué sucedió después de este glorioso rescate? —La voz de ella cambió cuando le habló sobre su hija y su regreso al bosque y el hecho de haber conocido a Brian Chatworth. Le relató cómo Brian había usurpado la armadura de Raine y cómo Raine casi pasa a mejor vida por el opio ingerido.

—De manera que ahora querrías que lord Miles desposara a lady Elizabeth. ¿Sí? —la animó él.

—Por favor, perdone a Raine —dijo ella—. Él es tan bueno. No está tratando de reunir ningún ejército para enfrentarse a usted. La gente del campamento está compuesta de fugitivos y personas sin tierras. Raine los entrena únicamente para que los criminales tengan algo que hacer y los campesinos no mueran de melancolía.

—Melancolía —suspiró el rey—. Sí, conozco bien esa enfermedad. ¿Pero qué hay con lady Elizabeth? ¿Estaría ella dispuesta a casarse con lord Miles?

—Ella es inteligente y sin ninguna duda apreciará las ventajas de esta unión, y si Miles es como sus hermanos, ¿cómo podría ella no aceptarle?

—Algún día tendré que conocer el secreto de los Montgomery por la lealtad que saben inspirar. Si lady Elizabeth está de acuerdo, estoy dispuesto a consentir esa boda para que el niño tenga un nombre.

—¿Y Raine?

—Para eso tendrás que trabajar. ¿Qué dirías si te pidiera que pasaras una semana aquí cantando para mi noche y día?

—Dedicaría mi vida a complacerle si tal cosa salvara a mi esposo — dijo Alyx vehementemente.

—No, no me tientes criatura, que ya tengo suficientes problemas. Ahora retírate y sigue cantando, que yo haré preparar todos los papeles. — Hizo una seña a un hombre que se encontraba detrás de él y éste se retiró presuroso. Alyx cantó durante todo el resto del día, hasta quedar casi afónica. Sólo cuando el sol estuvo bien oculto, el rey se quedó dormido en su asiento.

—Vaya ahora a descansar —le dijo uno de los hombres del rey—. Lord Gavin la espera afuera y él la guiará hasta sus habitaciones. Estoy seguro de que Su Majestad requerirá su presencia por la mañana temprano.

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Tan pronto como Alyx vio a Gavin, su cansancio desapareció.

Sonriendo de oreja a oreja, se dejó caer en sus brazos.

—¡Ha aceptado! ¡Ha aceptado! —murmuró. Gavin la abrazó con fuerza, haciéndola girar.

—Vamos a contárselo a Judith, y además tenemos que hacer algo por tu voz. Por otra parte, estamos dando pie para que comiencen a correr horribles rumores. —Alyx se enderezó no bien Gavin la soltó, para escoltarla formalmente a lo largo de extensos corredores decorados con tapices de colores llamativos hasta el conjunto de habitaciones que había sido destinado para ellos.

Alyx bebió el preparado de miel que le dio Judith y se sentó a esperar… una espera que duró días. El rey Henry mantuvo a Alyx a su lado constantemente, y como un perro entrenado, le presentó a su hijo Henry y a la viuda de su hijo, Catherine. Alyx se vio envuelta en los chismes de la corte, según los cuales, el rey mismo planeaba desposar a la joven princesa. A ella le resulto muy agradable el joven príncipe Henry, de doce años de edad y muy buena apariencia.

En lugar de la semana que había mencionado el rey, Alyx permaneció en la corte dos, hasta que los papeles para el perdón de Raine y la orden para el matrimonio de Elizabeth y Miles estuvieron listos. Tanto Gavin como Judith se alegraban de dejar ya la corte, pero Alyx se sentía muy preocupada ante su próximo encuentro con Raine. ¿Cómo reaccionaría él ante su interferencia? Les llevó días preparar el abultado equipaje que habían tenido que llevar a la corte, y más días regresar al castillo Montgomery. Con el corazón latiéndole en el pecho, Alyx desmontó y esperó, deseando que Raine se encontrara allí.

Él no estaba, pero había algunos mensajes aguardándolos. Roger Chatworth se había negado a liberar a Elizabeth, pero Miles había escrito que él la encontraría. Gavin se mostró molesto con esto, lamentando que su hermano menor tuviera tan poco en cuenta la ley. Se habían casado no lejos de las tierras de Chatworth, e inmediatamente después de la ceremonia, Elizabeth había regresado con su hermano. Esto les sorprendía, pero Miles no había dado ulteriores explicaciones. Transcurrió una semana entera sin que se tuvieran noticias de Raine. Hacia finales de la segunda semana, Gavin envió mensajeros al bosque, pero los hombres regresaron informando que no habían sido recibidos por guardias, como de

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costumbre, sino que habían buscado por todas partes durante dos días, sin encontrar rastro de nadie.

Al día siguiente Gavin partió al bosque con sus hombres y tardó otra semana en volver.

—Raine está en sus propias tierras ahora —informó Gavin—. Y se ha llevado con él a toda la gente del bosque. Debe tener cinco granjeros en cada campo e insiste en pagarles a todos. En tres años no va a ser más que un pordiosero.

—Gavin —comenzó Alyx. Gavin le tocó una mejilla.

—Ahora está furioso, pero ya se le pasará. Con tranquilidad, Alyx abandonó la estancia, mientras Gavin y Judith la miraban.

—Dime la verdad —dijo Judith.

—¡Maldición con este hermano mío! —gritó Gavin, aporreando la mesa con su puño—. Raine dice que Alyx le ha insultado por última vez, que ya no va a consentirlo más. Dice que se lo ha advertido repetidamente, pero que ella no quiere escucharle, y que sabe que nunca lo hará.

—Tal vez Stephen deba hablar con él… —comenzó Judith.

—Stephen lo intentó, pero tampoco quiere escucharle. Se pasa todo el tiempo con esos criminales. —Se detuvo y rió—. Ha sucedido la cosa más curiosa Alyx siempre menciona que le debe mucho a la gente del bosque y que no sabe cómo pagarles. Con la banda de Raine hay un cantante, Jocelin, quien según creo viajó un tiempo con Alyx, y este Jocelin conoció a un hombre que había estado presente el día que Alyx cantó para el rey. No estoy seguro de lo que sucedió ese día, pero según el testigo, Alyx estuvo magnífica y una de las cosas que le pidió al rey fue la salvaguarda de la gente que estaba con Raine.

—No recuerdo que Alyx haya mencionado nada al respecto.

—No creo que lo haya hecho… directamente, quiero decir. Pero sí mencionó que estuvo contándole al rey historias de su vida en el bosque. Me he enterado de que el rey Henry una vez la hizo vestirse de muchacho para probar que en verdad su historia era real.

—¿Tú crees que Alyx le dijo al rey Henry que buena parte de esa gente había sido tratada injustamente? —Gavin sonrió.

—A veces Alyx es tan inocente. Con sus antecedentes dudo que se haya dado cuenta del poder que tenía en ese momento. Hay hombres que han matado para tener la atención que el rey le dio a ella durante todos

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esos días. Si hubiera tenido un enemigo, habría logrado que le enviaran a las galeras. —Judith miró a su esposo especulativamente.

—O habría logrado salvar a varios cientos de personas. ¿Por casualidad se otorgaron otros perdones? —Gavin rió entre dientes.

—A Raine se le permitió perdonar a todo aquel que fuera digno de tal cosa, según su criterio. Según Jocelin, Alyx cantó tantas canciones acerca de la lealtad y el honor de Raine que el rey Henry estuvo a punto de declararle un santo. Dio la vuelta a las cosas de tal forma que parecía que Raine le estaba haciendo un favor al rey cuando atacó a Chatworth.

—Muchacha inteligente Puede hacer tanto con esa voz que posee. ¿Sabe la gente que fue ella la que obtuvo su perdón?

—Este hombre, Jocelin, se aseguró de que así fuera. Cuando se trata de alabanzas, es tan exagerado como Alyx. Todos ellos le envían saludos a Alyx y mandan decir que le desean lo mejor. Casi todos son tan malos como los escoceses de Stephen… el mundo está perdiendo el respeto por la virtud. —Judith rió al escuchar esto.

—Debemos decirle a Alyx todo el bien que ha hecho y comenzar a ocuparnos de Raine. Debe darse cuenta de que Alyx no le ha insultado por haber ido a la Corte.

—Espero que puedas razonar con él.

—Yo también espero poder hacerlo.

Pasó un mes sin noticias de Raine y toda la correspondencia que le era enviada no recibía respuesta. Durante las primeras semanas Alyx se sintió triste, pero pronto su tristeza se transformó en furia. Si su orgullo significaba más que su amor y su hija, había que aceptarlo.

Fue alimentando su ira durante todo el verano. Veía crecer a Catherine y ya se hacía evidente que la pequeña había heredado la robustez de su padre.

—No tiene sentido que esperemos una damita alta y elegante —suspiró Alyx, mirando las piernitas regordetas de Catherine cuando daba sus primeros pasos.

—Todas las niñas pequeñas son gorditas. —Reía Judith, tirando a su hijo por el aire—. Catherine se parece más a Raine cada día que pasa. Qué lástima que él no la pueda ver. Si mirara una sola vez esos ojos violetas y los hoyuelos se derretiría instantáneamente. Raine nunca pudo resistirse a un niño. Las palabras de Judith persiguieron a Alyx durante días, y hacia el final de la cuarta jornada tomó una decisión.

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—Enviaré a Catherine con su padre —anunció Alyx una noche mientras Judith regaba las rosas.

—¿Qué has dicho?

—Puede ser que él no me perdone, pero no hay razón para que la niña sea castigada. Ya tiene casi un año y jamás ha visto a su padre. —Judith permaneció donde estaba, secándose las manos.

—¿Y qué pasará si Raine no la devuelve? ¿Podrías soportar perder a tu marido y también a tu hija?

—Le aclararé que permitiré que esté con él hasta Navidad, y entonces Gavin irá a buscarla. Raine sabrá cumplir el acuerdo.

—Si es que hay acuerdo.

Alyx no respondió. Deseaba con todo su corazón que Catherine conquistara el corazón de su padre, que le hiciera derretirse. Días más tarde, cuando Catherine estuvo lista para partir, Alyx estuvo a punto de cambiar de idea, pero Judith la sostuvo por los hombros y Alyx pudo juntar valor para despedir a su hija, quien partió escoltada por veinte de los hombres de Gavin y dos niñeras.

Durante las siguientes semanas Alyx esperó conteniendo el aliento. No llegaba ningún mensaje por parte de Raine, pero una de las niñeras escribía regularmente y le enviaba las cartas por medio de una complicada red de comunicaciones que Gavin había arreglado junto con Jocelin. La niñera escribió contando el gran alboroto que había provocado la llegada de lady Catherine, y cómo la niña se había comportado muy valientemente. La casa de Raine, sus hombres y Raine mismo la habían atemorizado mucho. Al principio la niñera había creído que lord Raine iba a ignorar a su hija, pero una vez, mientras la niña jugaba en el jardín, Raine le había devuelto la pelota y se había sentado en un banco a contemplarla. Catherine había comenzado a arrojarle la pelota a su padre y éste se había quedado jugando con ella durante una hora.

Las cartas de la niñera comenzaron a describir más y más incidentes entre padre e hija. Lord Raine había llevado a Catherine a cabalgar. Lord Raine se había ocupado de acostar a la niña. Lord Raine juraba que su hija sabe hablar y que era la niña más inteligente de toda Inglaterra. Alyx estaba feliz con las noticias, pero se sentía muy sola. Quería compartir los placeres de su hija con Raine.

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A mediados de noviembre las cartas dejaron de llegar y no fue sino hasta Navidad que recibió más noticias. Gavin fue a buscarla y le informó que Catherine estaba de regreso y que la esperaba abajo, en el jardín de invierno. Alyx voló escaleras abajo con los ojos nublados de lágrimas y vio a su hija con un precioso vestido de seda dorada, de pie ante la chimenea. Habían pasado meses desde la última vez que se habían visto y Catherine al verla dio un paso atrás.

—¿No te acuerdas de mí, cariño? —susurró Alyx suplicante.

La niña dio otro paso atrás y cuando Alyx trató de acercársele, Catherine giró y salió corriendo, para prenderse en las piernas de su padre. Alyx levantó la vista sorprendida y se encontró con los intensos ojos azules de Raine.

—Yo… yo no te había visto —murmuró—. Creí que Catherine estaba sola.

Raine no dijo una palabra.

El corazón de Alyx le saltó a la garganta amenazando con ahogarla.

—Estás muy bien —dijo tan calmadamente como pudo.

Él se agachó y levantó a su hija y, llena de celos, Alyx vio cómo la niñita se aferraba a él.

—Quería que conocieras a tu hija —susurró.

—¿Por qué? —preguntó él, con esa profunda y rica voz que ella conocía tan bien, y que casi la hizo llorar. Su voz tranquila, de tono bajo, la interrumpió—. ¿Por qué habrías de mandarla a un hombre que te abandonó, que te dejó sola para que pelearas por sus batallas? —Los ojos de Alyx se agrandaron. Raine acarició el cabello de su hija—. Es una hermosa criatura, gentil y generosa como su madre.

—Pero yo no soy… —comenzó Alyx, pero se detuvo al ver que Raine comenzaba a aproximársele. Él pasó de largo, abrió la puerta y entregó a Catherine a la niñera que aguardaba allí.

—¿Podríamos hablar? —En silencio, Alyx asintió con la cabeza. Raine caminó hacia la chimenea y miró las llamas por un momento.

—Creo que podría haberte matado cuando supe que habías ido a la Corte —dijo con vehemencia—. Sentí como si estuvieras anunciándole al mundo que Raine Montgomery no podía manejar sus propios problemas.

—Nunca tuve la intención…

Él alzó una mano para silenciarla.

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—Esto no es fácil para mí, pero tengo que decirlo. Durante el tiempo que vivimos en el bosque, no me resultó difícil entender por qué le disgustabas a la gente. Te ponías en una posición de tanta superioridad que les molestaba sobremanera. Cuando llegaste a comprender lo que estabas haciendo, trataste de remediarlo. Cambiaste, Alyx. —Hizo una larga pausa

—. No es muy… cómodo mirarme a mí mismo, juzgarme a mí mismo. — Él le estaba dando la espalda y tenía la cabeza inclinada; el corazón de Alyx se le salía del pecho.

—Raine —susurró—. Yo lo entiendo. No tienes que agregar nada más. —¡Pero debo hacerlo! —Se volvió para mirarla—. ¿Crees que es sencillo para mí —un hombre— aceptar que una cosita tan pequeña como

tú, mitad niña, mitad mujer, puede hacer algo que yo no puedo?

—¿Qué he hecho? —Ella estaba realmente atónita. Ante su pregunta él hizo una pausa y sonrió, y había mucho amor en sus ojos.

—Tal vez yo pensaba que debía hacer las cosas a mi modo porque estaba sacrificando todo lo que tenía por un grupo de sucios pordioseros. Tal vez me gustaba ser el rey de los criminales.

—Raine. —Ella estiró la mano para tocarle su manga. Él le tomó la mano y la llevó hasta sus labios.

—¿Por qué fuiste a ver al rey Henry?

—Para pedirle que te otorgara su perdón. Para persuadirle de que permitiera la boda de Elizabeth y Miles.

—Eso hirió mi orgullo, Alyx —susurró él—. Yo quería presentarme ante el rey Henry con mi armadura plateada y hablar con él de igual a igual. —Un hoyuelo apareció en su mejilla—. Pero en vez de eso, mi mujer fue en mi lugar a pedir por mí. Me dolió mucho.

—Yo no quise… Oh, Raine, le pediría cualquier cosa a cualquiera con tal de salvarte. —Él pareció no notar que estaba a punto de romperle la mano por la fuerza con que la sostenía.

—Mi orgullo lo distorsionó todo. Quiero… pedirte que me perdones. —Alyx quería gritar que estaba dispuesta a perdonarle cualquier cosa, pero no era el momento de mostrarse petulante.

—Sin embargo, estoy segura de que en el futuro haré otras cosas que herirán tu orgullo.

—De eso estoy seguro. —Ella levantó levemente el mentón—. ¿Y qué harás tú cuando te sientas ofendido?

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—Enfurecerme contigo. Enojarme mucho, mucho. Te amenazaré de muerte.

—Oh —dijo Alyx con un hilo de voz, tratando de contener las lágrimas—. Entonces tal vez…

—Alyx, yo te quiero a ti, no a alguien que esté de acuerdo conmigo en todo. —Tragó saliva, hizo una mueca—. Hiciste bien en ir a la Corte.

—¿Y qué hay de Roger Chatworth? —Por un momento los ojos de Raine lanzaron llamaradas.

—Estabas equivocada con respecto a él. Si yo le hubiera matado, entonces Miles no…

—¡Si lo hubieras matado, el rey Henry te habría ejecutado a ti! —le gritó Alyx.

—Podría haberme deshecho del cadáver. Nadie…

—Probablemente, hubieras sentido la necesidad de confesar tus pecados en público —dijo ella disgustada—. No, creo que hice lo correcto. —Raine comenzó a decir algo pero se detuvo.

—Tal vez tengas razón.

—¿Tal vez qué? —dijo Alyx, estupefacta, y entonces vio uno de los hoyuelos de Raine—. Te estás burlando de mí. —Echó la mandíbula hacia adelante. Raine, con una risa profunda, la abrazó y la apretó contra sí cuando ella trató de apartarse.

—Parece que nunca estaremos de acuerdo en todo, pero quizá podamos ponernos de acuerdo para hacer las cosas juntos. ¿Estarías dispuesta a discutir tus planes antes de ponerlos en práctica?

Ella consideró la pregunta un momento.

—¿Y qué pasará si tú me dices que no haga algo? Creo que lo mejor será que siga haciendo las cosas a mi modo.

—Alyx —dijo él casi gruñendo, para luego comenzar a reírse—. Alyx, Alyx, Alyx. —Riendo, la levantó en el aire, la volvió a atrapar—. Creo que jamás dejaremos de discutir. ¿Estás dispuesta a vivir de esta forma?

—No tendríamos que discutir si de vez en cuando tú pensaras un poco antes de actuar. Aunque no fuera más que una vez deberías pensar en el mañana. Si te hubieras detenido a pensar lo que estabas haciendo, tal vez no habrías conducido los hombres del rey contra… —Ella se interrumpió porque él le estaba acariciando el cuello.

—Soy un hombre apasionado —murmuró él—. ¿Te gustaría que también cambiara en ese sentido? —Ella ladeó la cabeza para facilitarle la

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tarea.

—Tal vez me sea posible aguantar tu apasionamiento. ¡Raine! —Ella se apartó de él para mirarle fijamente y su semblante estaba serio—. ¿Me abandonarás otra vez? Si hago algo que te disguste, ¿nos dejarás solas a tu hija y a mí?

Los ojos de él también se pusieron serios.

—Te haré un juramento, Alyxandria Montgomery, un juramento tan sagrado como cualquier juramento de un caballero. Jamás volveré a abandonarte por enfadarme contigo. —Por un momento ella le miró, buscando algo en su rostro, y finalmente sonrió y le echó los brazos al cuello.

—Verdaderamente, te amo.

—Por supuesto puedo encerrarte en tu cuarto, ponerte guardias, todo lo que considere necesario. Pero nunca más te dejaré sola con mi hermano para que él se haga cargo de mis problemas.

—¡Problemas! —aulló ella junto a su oído—. Yo soy una bendición para tu familia. Tú eres quien les ha roto el corazón. Eres un gran tozudo… —Raine se frotó el oído agredido.

—Ah, la delicada voz de una mujer, tan suave como una mañana primaveral, tan gentil como… —Se detuvo porque Alyx le tapó la boca con la suya y él olvidó todas las palabras.


FIN

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