© Libro N° 14837. Imperio En Llamas. Cerezo, Lucía. Emancipación. Febrero 21 de 2026
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IMPERIO
EN LLAMAS
Lucía
Cerezo
Imperio En Llamas
Lucía Cerezo
No se huye de la muerte cuando esta viene a salvarte.
Eda ya no es la misma persona y Pramvera ya no es un misterio para ella. Ni siquiera lo es el temido emperador Dalton Basilius. Las batallas, la sangre y la fuerza del fénix la han cambiado. Sin embargo, entre las sombras, más allá de la oscuridad e incluso de la muerte, se esconden monstruos que aún no conoce y a quienes, por mucho que lo intente, no puede desamar…
Tras Imperio de fuego azul, con esta segunda entrega de la saga Fénix y Dragón vuelven la fantasía más poderosa y la magia más envolvente acompañadas de una pasión tan feroz que podría cambiar el rumbo del imperio…
¿Te atreves a arriesgar tu corazón?
Lucía Cerezo
Imperio En Llamas
Fénix & Dragón - 2
ePub r1.0
Titivillus 25.01.2026
Título original: Imperio en llamas
Lucía Cerezo, 2025
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Querido lector:
Que estas páginas te recuerden que, incluso en la noche más oscura, siempre hay un destello de luz.
Porque en el amor, como en la vida, no se trata de ser iguales, sino de encajar como el yin y el yang: diferentes, inseparables, equilibrados y perfectamente complementados.
PRIMERA PARTE
El ave fénix
Prólogo
Iron Shadow
Lo mejor de ser un monstruo es que nadie espera que te detengas, que hagas las cosas bien, que tomes decisiones justas. Iron Shadow lo sabía, lo entendía y lo disfrutaba. Ser un monstruo no era un castigo. Suponía un privilegio. Nadie le pedía explicaciones y, si lo hacían, no vivían lo suficiente para que él las escuchara.
En los últimos milenios, había visto mares de sangre derramarse por sus manos. No gotas ni litros: océanos. Y no sentía remordimiento alguno. Torturar a las almas más oscuras y destructivas que llegaban al territorio Bankai resultaba su placer más retorcido, su pasatiempo favorito. Esas almas, monstruos en vida, que se alimentaban del sufrimiento ajeno, que habían arrasado con los inocentes…, ellos conformaban su premio.
Iron Shadow no era un héroe. Ni lo pretendía. Era la oscuridad que acechaba en las esquinas de cada historia, el villano que todos temían pero nadie podía enfrentar. Era la muerte en su forma más pura, un apodo que se había ganado con cada grito, con cada alma rota, con cada vida que terminaba en sus dominios. Pero claro, ¿cómo no ganarse el título cuando todo lo que significaba muerte estaba ligado a él?
La humanidad necesitaba a alguien a quien culpar, un agujero negro donde arrojar toda su miseria y podredumbre. Y él estaba más que feliz de serlo. ¿Por qué? Porque era fácil. Porque las almas rotas que llegaban a su mundo no tenían las agallas para enfrentarse a sus propios errores. Era más sencillo odiarlo a él, a la oscuridad hecha carne, que mirar su propia mierda de frente. Y eso… eso lo divertía como ninguna otra cosa.
Iron Shadow se reclinó en su trono, un asiento construido con sombras y huesos que parecían respirar al compás de la oscuridad que lo envolvía.
En su mano, giraba una y otra vez una parte del colgante que siempre llevaba consigo, esa pieza rota que miraba cuando se sentaba allí, como si buscara respuestas en su forma incompleta.
A veces, incluso él tenía que admitirlo: su trabajo era una jodida mierda. Claro, jamás lo diría en voz alta. Gobernar Bankai, controlar el flujo interminable de almas, mantener el puto equilibrio entre los vivos y los muertos… Era agotador, un ciclo eterno que desgastaría a cualquiera. Pero no a él. Porque, por mucho que lo odiara, era suyo. Y nadie, absolutamente nadie, tenía los cojones ni la fuerza para cargar con ese peso como lo hacía él.
Aunque sí había alguien que lograba hacerlo todo un poco más soportable: Rai Raider, su mano derecha. O, como al maldito le gustaba llamarse a sí mismo, el Cuervo.
Rai era más que un simple acompañante; era los ojos y los oídos de Iron en los territorios más lejanos y en las zonas que no tenía tiempo de supervisar en persona. Si Iron era el creador y dueño absoluto de Bankai, Rai era el custodio silencioso que se aseguraba de que todo siguiera bajo control. Juntos controlaban cada paso de aquellos que se atrevían a cruzar sus dominios. Cada alma, cada intruso, cada ser que ponía un pie en Bankai estaba bajo su vigilancia. Nadie escapaba de la mirada de Iron Shadow y Rai Raider, ni siquiera aquellos que creían ser intocables en el mundo de los vivos.
Como Dalton Basilius.
Solo pensar en su nombre hacía que una sonrisa torcida se dibujara en los labios de Iron, un gesto que no contenía ni una gota de alegría. Era burla, puro desprecio, el reflejo de una aversión tan antigua como el propio Dalton.
—El hijo de un emperador que no merecía su trono —murmuraba para
sí.
Dalton Basilius no era más que el resultado de una dinastía de farsantes, un linaje que durante generaciones había fingido una grandeza que no les pertenecía. Para Iron Shadow, los Basilius siempre habían sido un chiste cósmico: débiles, cobardes envueltos en la apariencia de poder tratando de sostener un trono construido sobre mentiras. Eran mortales, con nada más que orgullo y tradición para mantenerlos en pie. No suponían nada comparados con él, con lo que él representaba.
Pero Dalton… Dalton era diferente.
El héroe perfecto en un mundo lleno de farsas.
La historia de su linaje decadente comenzaba mucho antes de Dalton, con el antiguo imperio de Pramvera.
Pramvera, un lugar que alguna vez había sido el centro del mundo, un reino lleno de magia y criaturas feéricas que hacían temblar el aire con su poder. Sus bosques cantaban con el murmullo de la magia y sus ríos parecían fluir con un brillo propio. Era un imperio donde la magia no solo existía: dominaba. Era la fuerza vital que daba forma a cada rincón del reino.
Hasta que cayó bajo las llamas.
La Gran Guerra.
La destrucción de los territorios de los vivos no fue un simple accidente. Fue un acto frío y calculado, una catástrofe provocada y desatada por una de las tres llamas, esas fuerzas primordiales y devastadoras, tan antiguas como el tiempo y tan poderosas que podían reducir mundos enteros a cenizas.
Un imperio devastado.
Un imperio en llamas.
Las consecuencias de esa destrucción fueron profundas, incluso para alguien como él. La magia desapareció casi por completo del mundo de los vivos. Sin Pramvera como epicentro, los mortales quedaron huérfanos de poder. Lo que alguna vez había sido un mundo de magia y maravillas se convirtió en una tierra gris.
Y como los mortales suelen hacer, comenzaron a fingir.
Pramvera se reconstruyó, pero nunca volvió a ser el glorioso imperio que alguna vez fue; la magia verdadera había desaparecido de sus venas. En su lugar, se alzaron leyendas e ilusiones cuidadosamente tejidas para mantener la apariencia de poder. Los Basilius, descendientes de emperadores caídos, reclamaron un trono vacío y se proclamaron herederos de una magia que ya no existía.
Iron había observado cómo esa farsa se extendía durante milenios, cómo los Basilius se aferraban a su falsa gloria, rodeándose de símbolos que no significaban nada.
Pero entonces hacía cuatrocientos años algo cambió.
En el recién fundado imperio de los farsantes, nació un niño. Un simple nacimiento, uno de tantos, que no habría significado absolutamente nada para Iron Shadow. Ni siquiera había girado la cabeza ante la noticia;
otro emperador de sangre Basilius, tan irrelevante como los que lo precedieron.
Sin embargo, algo ocurrió lejos de Pramvera, en un rincón muerto del mundo donde la historia había sido pisoteada y olvidada. En Valdemar, las tierras abandonadas, algo se desató, algo lo bastante jodido como para arrancar la atención de Iron y obligarlo a mirar.
Valdemar era un territorio que el imperio de Pramvera no tocaba, un lugar que preferían ignorar en sus mapas y crónicas. Oficialmente, no tenía valor: tierras salvajes, bosques oscuros, nada que mereciera la atención de un emperador o su corte. Pero Iron conocía la verdad. Valdemar no estaba vacío. Nunca lo había estado.
Las sombras lo sabían, y él también.
Esas tierras habían sido reclamadas mucho antes de que el imperio de los Basilius surgiera. Valdemar estaba envuelto en una magia antigua, un poder que había permanecido dormido durante siete milenios, desde la Gran Guerra de las Llamas.
Pero cuando ese niño nació en Pramvera, los bosques despertaron. Los árboles, antes muertos y rígidos como cadáveres, empezaron a
moverse de nuevo. Las raíces enterradas comenzaron a retorcerse, como si despertaran de una pesadilla. La magia, olvidada por los vivos, volvió a respirar. Iron lo sintió como un escalofrío que le atravesó hasta los huesos, un golpe seco en su mundo. Algo, o alguien, había jodido el equilibrio que él había mantenido a base de sangre y sombras durante tanto tiempo.
No fue un estallido ni una catástrofe repentina. Fue un maldito despertar, una corriente subterránea que creció con los años. Lo que más le preocupó no fue Pramvera, sino lo que latía en Valdemar. Algo dormía en esas tierras podridas, algo que el imperio temía tanto que había preferido borrar a Valdemar del mapa, fingir que no existía.
Pero los bosques de Valdemar hablaban una vez más, susurrando secretos que no tenían derecho a ser escuchados. Criaturas que llevaban milenios en un sueño profundo comenzaron a abrir los ojos, lentas, como si recordaran cómo respirar. Al principio fue sutil, casi imperceptible, pero pronto las señales se volvieron claras, imposibles de ignorar. Algo grande, algo peligroso, estaba despertando.
Iron Shadow sabía que todo esto tenía que ver con el niño nacido en Pramvera, el hijo de los Basilius.
Ese crío no era un simple mortal.
En los doce años que siguieron, pequeños destellos de poder empezaron a aparecer en lugares donde hacía siglos que no quedaba ni una gota de magia. Bosques podridos florecieron como si se estuvieran rebelando, aguas estancadas brillaban con un fulgor inquietante. Al comienzo, era casi imperceptible, una punzada aquí, un murmullo allá. Pero Iron Shadow lo notó. Siempre lo notaba.
Y luego, ocurrió lo imposible: nació un dragón.
No una criatura cualquiera, no un ser insignificante que los mortales pudieran comprender. Era un verdadero dragón, un vestigio de una era perdida.
Cincuenta años después, el caos tomó forma. Las criaturas de Valdemar, esas bestias antiguas que habían permanecido ocultas durante milenios, surgieron de los bosques. Eran tan variadas como aterradoras: bestias aladas, colosos de roca. Los mortales, siempre tan estúpidos, las llamaron «milagros». Para Iron no eran más que señales de que el equilibrio fallaba.
Y ahí estaba él.
Dalton Basilius.
El hijo de un linaje de farsantes, el heredero de un trono que no merecía, se levantó como líder en medio de aquel caos. El muy cabrón no solo sobrevivió al despertar de Valdemar, sino que lo utilizó en su beneficio. Domesticó a las criaturas hasta convertirlas en armas. Entrenó a hombres y a mujeres para que las montasen y formó un ejército imperial que no tenía precedentes en el mundo mortal.
Dalton Basilius, el emperador del dragón, pronto se convirtió en una leyenda viviente.
El héroe del imperio. El salvador de Pramvera.
La gente lo veneraba, lo seguía con fervor ciego. Veían en él a un líder destinado a restaurar el poder del imperio, a unificar los territorios bajo su bandera. Lo llamaban un milagro, un elegido.
Mientras Dalton era celebrado como un símbolo de esperanza, un faro de luz para los mortales, Iron Shadow permanecía como siempre lo había hecho: como la sombra que todos temían pero nadie quería mirar de frente. Era el villano en cada historia contada al calor de una hoguera, el monstruo que acechaba en los rincones más oscuros de las pesadillas. Parecía que el mundo hubiera decidido ignorar la verdad: que todo lo que Dalton tocaba, todo lo que construía, provenía de un poder que no entendía, de una magia que nunca había sido suya.
Y eso era algo que Iron no iba a permitir.
La rabia y el desprecio le ardían en el pecho como un fuego negro, constante y devorador. No era envidia. No. A él no le importaba ser adorado ni quería la jodida luz. Pero que a un farsante como Dalton, un emperador construido a base de mentiras y cenizas, lo veneraran como a un héroe… Eso era una maldita burla. Inaceptable.
Iron no buscaba la gloria, nunca lo había hecho, pero exigía respeto. Y si no podían dárselo, lo tomaría a la fuerza. Con sangre. Con terror. Con ruinas.
Él quería que su nombre fuera un cuchillo en la garganta del imperio, que las madres susurraran su nombre con miedo en lugar de oraciones, que los niños temblaran al oírlo. Quería ser la sombra que nadie podía ignorar, el monstruo que se escondía detrás de cada pesadilla, el peso que no podías quitarte de encima.
Iron no era un héroe. Tampoco lo quería. Él era la maldita muerte. Porque, al final, ¿para qué servía un héroe sin un monstruo? ¿En qué
se convertía un mundo que no tuviera algo a lo que temer?
Iron se levantó del trono, en su mano la mitad del colgante giraba entre sus dedos, un recordatorio constante de todo lo que faltaba. Lo miró durante un segundo más, con los ojos ardiendo de frustración, antes de colgárselo de nuevo al cuello.
La sala del trono se llenó de sombras agitadas cuando Rai Raider entró envuelto en una nube de humo y su figura tomó forma frente a él.
—El Zafiro ha despertado.
Iron no se movió de inmediato. Se quedó quieto, sus dedos rozando el colgante en su cuello. No había nadie en toda esa jodida tierra, ni mortal ni inmortal, que lo hubiera cabreado tanto como esa mujer.
Su Zafiro.
Una chispa que siempre quemaba más de lo que él podía controlar, una llama que siempre encontraba la forma de escupirle en la cara. Y ahora estaba otra vez en manos del imperio. Claro que eso era porque él lo había permitido. Nada, absolutamente nada, pasaba sin que él lo decidiera. Pero saberlo no hacía que fuera menos irritante.
Esa mujer era su caos, su problema, su maldita espina en el costado. —Entonces ya es hora de hacerle una visita, ¿no?
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Eda
Fue ese olor, tan fuerte y nítido, lo que me obligó a inhalar profundamente. Cada aroma era el más intenso que jamás había sentido, como si todo estuviera ocurriendo justo bajo mi nariz. Los olores se entrelazaban, invadiendo mis sentidos sin piedad. Notaba el frío cortante de la nieve y el hielo, helado y limpio, mezclado con el cálido y reconfortante aroma de la madera ardiendo, pero había algo más… Algo mucho más oscuro que parecía hallarse justo a un suspiro de distancia, tan cerca que casi podía
tocarlo.
Era un olor metálico, un olor a… sangre. Podía imaginarla goteando lentamente, espesa y viscosa, hasta formar un charco oscuro a mi alrededor. Ese inconfundible hedor a hierro se colaba en cada rincón de mi cabeza.
Y luego llegó otro aroma… El humo. Acre, sofocante, cubriendo todo a su paso, impregnándose en mi piel, en mi ropa, en mi mente…
Era el olor inconfundible de la muerte.
Abrí los ojos de golpe, y lo primero que vi fue un techo de roca. Lo extraño no era solo verlo, sino cómo lo percibía. Cada detalle de la fina capa de arena que lo cubría parecía estar ahí, al alcance de mis ojos: cada
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grano, cada irregularidad, cada imperfección en la superficie se mostraba con una nitidez que nunca había experimentado, como si mi visión se hubiera aguzado de forma antinatural.
Algo no estaba bien, lo sentía.
Intenté reunir mis pensamientos, desesperada por encontrar respuestas. ¿Por qué estaba allí? ¿Dónde me encontraba?
Me esforcé en recordar el último momento claro antes de abrir los ojos en ese lugar, pero mis recuerdos eran un desastre. Borrosos, rotos, como piezas dispersas que se negaban a encajar. Fragmentos sueltos rondaban en mi interior: un dolor agudo, una oscuridad opresiva y esa voz femenina que me susurraba…
Todo parecía lejano, como un sueño distorsionado del que acababa de despertar, aunque no estaba segura de haber escapado realmente de la pesadilla. Esa en la que una lanza oscura se clavaba en mi estómago, seguida de esa oscuridad…, esas sombras.
Por instinto, mi mano voló hacia mi abdomen, hacia el lugar donde la lanza me había atravesado. El recuerdo era tan vívido que mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera pensar.
Me incorporé de golpe, con los ojos buscando cualquier señal de la herida, de lo que había sucedido.
No había ni rastro de la lanza.
Ni de las sombras.
Ni siquiera del dolor.
En lugar de encontrar una herida abierta, me descubrí vestida con una camisa ancha, intacta. Ni una sola mancha de sangre, ni un desgarro ni la más mínima muestra de lo que había pasado.
Nada.
Era como si nunca hubiera sucedido, como si todo hubiera sido un producto de mi imaginación. Pero no podía serlo. Lo recordaba demasiado bien, el dolor, la lanza, las sombras…
Mis ojos recorrieron mi lado izquierdo mientras intentaba ubicarme. A mi alrededor, la habitación se extendía hacia el exterior, sin paredes que la confinaran del todo; solo unos pilares robustos, tallados en piedra, sostenían el techo, que parecía fusionarse con la montaña misma.
Cuando levanté los ojos, el paisaje me dejó sin aliento. Las montañas, cubiertas de nieve, se alzaban majestuosas y se extendían hasta donde
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alcanzaba la vista. Eran tan imponentes, tan cercanas, que por un momento tuve la absurda sensación de que si alargaba la mano podría tocarlas.
A sus pies, se abría un pequeño pueblo, con cabañas dispersas como piezas de un rompecabezas. En el centro, un lago cristalino reflejaba la luz como un espejo, devolviendo el brillo helado de las montañas que lo rodeaban.
No había duda, me encontraba en la Fortaleza de la Cumbre de Hielo, en la cordillera de Novadia.
Lo extraño era que, a pesar de estar rodeada de nieve y por completo expuesta al viento helado, no sentía el frío como siempre. Los copos de nieve entraban en la habitación empujados por la brisa, pero no me afectaban en absoluto.
El aire gélido, ese que normalmente me calaría hasta los huesos, parecía no tener ningún efecto en mí, como si mi cuerpo hubiera olvidado lo que era temblar.
Me obligué a concentrarme en los sonidos a mi alrededor, y lo que escuché fue casi abrumador. Podía percibirlo todo, el leve susurro del hielo derritiéndose, el canto de los pájaros sobre las cimas e incluso las risas lejanas de la gente en el pueblo, abajo en el valle.
Entre todos esos sonidos, uno sobresalió y capturó por completo mi atención: una respiración lenta y constante a mi derecha. Giré la cabeza, todavía algo mareada, y ahí estaba él.
Dalton Basilius, apoyado con una calma casi estudiada contra uno de los pilares bajo un arco de piedra, me observaba. Sus ojos estaban clavados en mí, como si esperara algo, una reacción, una palabra. Pero yo solo podía devolverle la mirada, intentando entender qué hacía él allí.
El viento levantó una brisa que movió el aire a su alrededor, y su aroma me alcanzó de lleno.
En esta ocasión era diferente. A diferencia de la primera vez, cuando había percibido las notas mágicas que emanaban de él, ahora su olor tenía algo más… familiar. Olía a papel viejo, como esos libros antiguos que guardan secretos de otras épocas. Era un olor que me hizo pensar en alguien que había vivido a través de los siglos.
Era el olor, inconfundible, de la inmortalidad.
—Nunca nadie me había preparado para la vinculación cuando me uní al dragón; apenas era un niño entonces. Las leyendas de la antigua Pramvera hablaban de jinetes inmortales que podían vivir milenios, con la
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fuerza de cien hombres. Pero es mucho más que eso —dijo mientras se separaba de la pared y avanzaba hacia mí, sin dejar de mantener los brazos cruzados sobre el pecho—. La vinculación te permite percibir olores a kilómetros de distancia, ver cada pequeño detalle a tu alrededor, incluso las motas de polvo que flotan en el aire. Tus sentidos se aguzan porque, en el fondo, ya no eres la misma. Quizá tu mente también cambie; después de todo, si cada célula de tu cuerpo se transforma, ¿por qué no lo haría también tu forma de ver el mundo?
¿Qué había pasado? La pregunta retumbaba en mi mente. ¿Por qué… estaba viva? Después de todo lo que había sentido, todo lo que había visto…
—Estaba envuelta en sombras… —murmuré—. Miles de sombras salían de la lanza, penetraban en mí, me rodeaban por completo.
Me toqué el pecho, como si pudiera volver a sentir aquella oscuridad invadiéndome, apoderándose de cada rincón de mi ser.
—¿Qué lanza, Eda? —preguntó Dalton, mientras bajaba los brazos y los dejaba caer a ambos lados del cuerpo.
Me llevé la mano al estómago con dedos temblorosos.
—Yo… no sé si fue un sueño, si fue real. Solo recuerdo sombras.
Muchas sombras.
Dalton me miró fijamente, y luego, con un suspiro, se pasó la mano por el cabello, despeinándolo aún más.
—No solo eran las sombras, tú… eras la oscuridad. Tu cuerpo, tu piel… Todo se cubrió de negro en cuestión de segundos. Cuando Long te atrapó entre sus garras… —hizo una pausa— todo sucedió demasiado rápido.
Miré a Dalton y, aunque estaba a cierta distancia, lo veía con una claridad sorprendente. Cada detalle de su rostro, cada pequeño brillo en sus ojos verdes, cada hebra de su cabello negro…, como si lo que percibía fuera más definido, más real.
Y entonces todo encajó. Por eso mis sentidos se habían intensificado de una forma casi antinatural, como si ya no fueran del todo míos.
La inmortalidad corría ahora por mis venas… Era inmortal.
Sentía que algo se me escapaba, como si partes de mí se desmoronaran y se deslizaran fuera de mi alcance. Lo único en lo que podía pensar era en esa oscuridad, en esa sensación de vacío que me había invadido.
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Un escalofrío me recorrió el cuerpo, y los pelos de los brazos se erizaron al instante. Podía imaginar esas sombras correr por mis venas, las sentía todavía allí, retorciéndose en mi estómago, acechando desde dentro como si nunca se hubieran ido.
—Sentí cómo se adentraban en mí —dije en voz baja, mis palabras saliendo casi temblorosas—, cómo me invadían. Salían directamente de la lanza que me atravesaba. Y luego… de repente… esa luz azul… —Me llevé la mano al estómago, como si pudiera revivirlo—. Surgió de mi cuerpo, justo aquí. Y después todo se volvió negro. En ese momento, pensé… pensé que había muerto.
Destrucción, vida y muerte. Esas tres palabras permanecían en mi mente. Ese era mi poder, lo que Iron Shadow me había dicho, lo que definía mi existencia. Y él… él siempre lo había sabido.
—Siempre supiste que no moriría, por eso nunca te asustó ponerme en peligro…
Dalton asintió lentamente.
—Nunca habría permitido que te pasara algo malo. Sabía que cualquier muerte podría desencadenar tu vinculación.
Dio un paso más hacia mí, pero se mantuvo a una distancia prudente. —La muerte nunca ha sido un problema para ti —continuó—. Nunca
tuve miedo de que te pusieras en peligro como mortal; si lo hubiera tenido, no habrías salido del palacio ni un solo día. Te habría… encerrado hasta que estuvieras vinculada. Nunca te habría dejado tan expuesta de no saber todo lo que atraes, Eda.
—¡Eso habrías hecho, Dalton! —grité—. ¿Encerrarme antes que contarme la verdad, antes que decirme lo que realmente tenía que pasar?
—Sabía que si te lo contaba, tú misma habrías sido la primera en clavarte una daga en el corazón. Lo habrías hecho para forzar la vinculación, ¡y lo sabes! ¡Lo sé!
—Pero ¡es mi decisión, Dalton! Mía y solo mía. No tienes derecho a decidir por mí.
—Valoro tu bienestar más que nada.
—¿También más que confiar en mí? —le espeté—. ¿Más que cómo podría llegar a sentirme al saberlo? ¿Más que mi derecho a elegir?
Cerré los ojos por un momento, procurando contener la rabia que me quemaba por dentro. Había demasiadas incógnitas, demasiadas mentiras, y
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no sabía por dónde empezar a desentrañarlas. Así que, al abrir los ojos, mi voz salió más baja, más controlada, tratando de entenderlo.
—¿Y cómo pensabas que sucedería, Dalton? ¿Cuál era tu plan? Él negó con la cabeza, y por un instante me pareció verlo temblar. —No había plan —confesó finalmente—. Nunca pude imaginarte
muriendo, Eda. No como… no como pasó con Kaiserin.
El nombre se quedó instalado en mi mente, persistente, como una sombra que se negaba a desvanecerse. De repente, la visión regresó con una fuerza arrolladora: la nieve que caía despacio, los cuerpos esparcidos como muñecos rotos sobre el suelo, la sangre negra derramándose y mezclándose con el blanco puro. La oscuridad avanzaba, lo engullía todo, como si el mundo entero estuviera cediendo. Y en el centro de aquel caos… Dalton caminaba hacia mí.
El dolor me atravesó, no como un simple golpe, sino como un rayo partiéndome el alma en dos.
Recordé el último instante antes de que todo se desvaneciera en aquella visión: la rabia en los ojos de Dalton, su paso firme mientras se acercaba a Kaiserin…, a mí. Su espada en la mano, alzada con una determinación implacable. No escuchó las súplicas, no titubeó. Y, en un movimiento mortal, la atravesó acabando con ella.
Conmigo.
Bajé la mirada a mis manos, que yacían temblorosas en mi regazo, y vi cómo las puntas de mis dedos empezaban a brillar en ese azul que ya conocía demasiado bien. Cerré los puños con fuerza, como si pudiera contener la tormenta que estaba a punto de estallar dentro de mí. Pero mi garganta se cerraba. Las palabras se atascaban ahogadas. Parecía que alguien me hubiera arrancado la voz.
¿Por qué no podía mirarlo? ¿Por qué no podía soltar todo lo que llevaba dentro? Cada parte de mí quería gritarle, pero algo me detenía. Era como si una fuerza invisible me atara, como si me impidiera decirle lo que pensaba, lo que sabía.
Él me había mentido tantas veces, y ahora lo tenía claro. Quería hablar, contarle lo que había visto, la verdad que había descubierto. Pero no podía. Algo me frenaba. Una voz femenina, suave, dulce, casi un susurro en mi oído: No lo hagas. No le digas nada sobre la visión, parecía advertirme.
—Eda, ¿qué pasa? —Por su voz Dalton parecía asustado, pero yo seguía sin poder mirarlo.
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Repetía mi nombre desesperado intentando arrancarme una respuesta. Pero yo no podía decir nada. Sentía que todo dentro de mí se había vaciado, como si alguien me hubiera extirpado cada emoción y la hubiera tirado al vacío.
No podía hablar. No podía moverme. Parecía que mi cuerpo y mi mente estaban en mi contra, bloqueándome, impidiéndome decirle lo que pensaba, lo que sentía. ¿Traición? Sí, claro que sentía traición. Pero había algo más, algo que no podía descifrar, que no tenía nombre.
No lo hagas. Esa voz volvió, suave, insistente, como un susurro que venía de lo más profundo de mi cabeza.
Me quedé congelada.
¿Qué era esa voz? ¿Quién estaba hablando en mi consciencia?
Intenté centrarme, escucharla mejor, entender de dónde procedía. Pero lo único que conseguí fue sentir una presión extraña en el pecho, como si algo, o alguien, estuviera ahí, empujándome, impidiéndome hacer o decir algo.
—Eda, no puedo leer tus pensamientos. Ya no… ya no puedo leerte… —Sus palabras temblaban, la seguridad habitual que siempre las acompañaba se había desvanecido.
Mis ojos por fin se alzaron hacia él, pero no había lágrimas ni rabia, solo un vacío que lo miraba de vuelta.
No sentía absolutamente nada en ese momento.
—¿Por qué no puedes leerme los pensamientos? —murmuré con apenas un hilo de voz. La pregunta había surgido sin que la hubiera pensado antes, como un reflejo, como si mi mente ya lo supiera.
—No… no lo sé —tartamudeó desconcertado—, pero no puedo… —No deberías leerme los pensamientos, son míos. Son mi privacidad.
Así que no vuelvas a intentarlo, Dalton. —Mis palabras salieron suaves. Él se detuvo en seco, con el rostro lleno de confusión y… miedo. Arrugó el ceño, procesando lo que acababa de decir, pero no dio un
paso más. Se quedó justo ahí, a un metro de distancia de la cama, tan cerca y tan lejos a la vez.
—Eda, sé que todo esto es confuso. La vinculación… resulta complicada, y ahora las emociones, los recuerdos… Todo puede parecer borroso…
Seguía hablando, su voz intentaba atravesar el muro que tenía delante, pero yo no lo escuchaba. Sentía como si algo en mí se hubiera roto y
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sellado al mismo tiempo, como si el dolor y la traición hubieran construido una maldita pared que no podía derribar.
Sin darme cuenta volví a llevarme la mano al estómago. La inmortalidad me había salvado, me había curado. Si no me hubiera vinculado…, estaría muerta.
—El fénix. —Mis ojos recorrieron frenéticos la habitación—. ¿Dónde está el fénix?
Era como si algo dentro de mí la buscara desesperadamente, como si cada fibra de mi ser la llamara.
Fragmentos sueltos golpeaban mi cabeza. La lanza de sombras clavándose en mi estómago, el dolor atravesándome, la caída en picado. Long atrapándome con sus garras antes de que todo se volviera negro. Y luego, esa luz… esa luz entre mis brazos que de pronto tomó forma hasta convertirse en un pequeño fénix de plumas azules, brillante como el fuego vivo.
—Tranquila —dijo Dalton en un intento por calmar mi ansiedad—. El fénix está bien. No se ha apartado de tu lado ni un momento, pero Misso se la llevó para alimentarla y entrenarla un poco. Lo hemos estado haciendo durante un par de semanas.
—¿Semanas? —pregunté—. ¿Cuánto tiempo he estado dormida? —Diecisiete días, para ser exactos.
Mis ojos se abrieron de golpe. Diecisiete días… Había estado inconsciente más de dos semanas, ajena a todo, como si hubiera desaparecido del mundo. Dios mío…
Me incorporé de golpe, cubriéndome el rostro con las manos. Mi mente estaba sumida en el caos, llena de preguntas sin respuesta, de recuerdos que parecían fuera de lugar.
—Eda… —me llamó—. Eda, por favor, mírame.
No pude. No podía levantar la cabeza y mirarlo a los ojos, no después de todo lo que había pasado, no con esa avalancha de emociones aplastándome, arrastrándome al fondo.
—¿Qué pasó con Iron Shadow aquel día? —pregunté de repente sin pensarlo. Su nombre atravesó mi mente como una maldita flecha. Una parte de mí no quería saberlo, pero la otra… lo necesitaba. Solo pensar en él hacía que mi pecho se apretara, como si algo oscuro y frío se enroscara alrededor de mi corazón.
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Dalton pareció dudar un momento hasta que sus labios formaron las palabras.
—Desapareció, Eda.
Levanté la mirada sorprendida.
—¿Cómo que desapareció? ¿A dónde fue? ¿Qué pasó exactamente? — Sentí cómo se me aceleraba la respiración mientras el miedo trepaba por mi cuerpo, la misma impotencia que había sentido la primera vez que lo vi.
Esa sombra, esa presencia… ¿cómo podía simplemente desaparecer?
¿Cómo alguien como él podía desvanecerse en el aire?
—Nadie resultó herido —contestó Dalton—. Pero él… se desvaneció. No quedó rastro alguno, como si nunca hubiera estado allí. Desde entonces, no hemos vuelto a saber nada de él ni de los wendigos. Ni un ataque ni un avistamiento en las zonas cercanas a las ciudades.
Diecisiete días. Eso era lo que había pasado desde aquel momento, y la muerte no había venido a por mí. Pero él…, Iron… sabía lo que hacía.
—Pero él… —Me llevé la mano a la frente, incapaz de procesarlo—. Dios mío…
Dalton no se movió, aunque ahora no podía leer mis pensamientos, algo que aún no entendía del todo pero que agradecía, parecía haberlo notado, quizá en mi lenguaje corporal. Sabía, o al menos parecía entender, que lo último que quería en ese momento era que me tocara.
—Llevamos diecisiete días rastreando cada rincón del imperio. Hemos puesto vigilancia en las ciudades, en las fronteras, incluso en las montañas más apartadas. Los jinetes de Novadia y Arcadia patrullan día y noche. Se turnan para asegurarnos de que no haya brechas, de que nada escape de nuestra vista.
—Pero, Dalton, ese… —La palabra «ser» atravesó mi mente—. Podría estar en cualquier parte.
Levanté la mirada hacia él buscando sus ojos. Esos iris verdes, no negros…, verdes. Diferentes a cuando Iron Shadow se había hecho pasar por Dalton y había olvidado ese detalle al plagiarlo. Ese error. Sus ojos entonces no eran los de Dalton, pero ahora sí.
Verdes.
—Soy yo, Eda —dijo con suavidad, como si supiera justo lo que pasaba por mi cabeza, aunque ya no pudiera leerme—. Él no está aquí, no va a volver…, no mientras yo esté.
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—Pero lo hará, ¿verdad? Volverá.
Dalton no dijo nada. Ese maldito silencio lo dijo todo.
En ese instante, lo supe. No estaba frente a un simple mentiroso. No. Era mucho peor. Era un traidor. Alguien que había destrozado mi confianza, que la había pisoteado desde el principio. Un hombre que había asesinado a Kaiserin sin pestañear, sin una pizca de remordimiento.
Y ahora, ahí estaba yo, atrapada entre un traidor y un psicópata que no descansaría hasta raptarme.
—¿Qué sabéis sobre él? —pregunté, incapaz de pronunciar su nombre.
Dalton tragó saliva antes de contestar.
—Hay muchas cosas sobre Iron Shadow que aún no comprendemos del todo. En este último mes, hemos descubierto que sus ataques al imperio han sido mucho más calculados de lo que pensábamos. Y lo más preocupante es que parece estar dispuesto a hacer lo que sea necesario con tal de…
—Tenerme a mí —lo interrumpí completando la frase.
Dalton no tuvo más que añadir, y aunque el silencio volvió a instalarse entre nosotros, fue suficiente para saber que la tormenta no había pasado. Solo esperaba el momento perfecto para estallar.
—Necesito… necesito pensar, y contigo aquí no puedo hacerlo. Por favor, déjame sola.
—Está bien —respondió en voz baja. Lo sentí mirarme unos segundos, pero yo ya no podía devolverle la mirada.
Me quedé ahí, sin moverme, escuchando cómo sus pasos se alejaban hasta que la puerta se cerró tras él. Y entonces las lágrimas empezaron a caer. Primero despacio, pero luego ya no pude contenerlas. Me empaparon las manos, gotearon entre mis dedos, y no hice nada por detenerlas. Ni quería.
¿Qué demonios me estaba pasando?
Por Dios… «Dalton, ¿cómo pudiste hacerme esto?», pensé, mientras las lágrimas seguían cayendo sin control. ¿Cómo había sido capaz de ocultármelo durante tanto tiempo? Siempre esperando al último momento para soltarme la verdad, como si todo fuera un maldito juego. Meses enteros, dejándome en la oscuridad, alimentando mis dudas, mis miedos, sin decirme nada.
Y luego… luego tenía el descaro de mirarme a los ojos, de llamarme «emperatriz» mientras me hacía el amor…, mientras me mentía con cada
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palabra, con cada gesto.
La rabia me atravesó, y con un gruñido golpeé el cojín con todas mis fuerzas. Las plumas volaron por la habitación, como si todo lo que sentía explotara junto con ellas.
Me acerqué al borde de la habitación y me asomé al vacío. El vértigo ni siquiera me rozó. Abajo, los hipogrifos y las mantícoras volaban con sus jinetes a sus lomos, se deslizaban entre las corrientes de viento. Había decenas de ellos.
Me sujeté al enorme pilar de piedra para no resbalar y cerré los ojos mientras respiraba profundamente. Sentía el mundo a mi alrededor de una forma por completo nueva. El aire traía olores distintos, desconocidos. Podía escuchar el batir de las alas, el crujir de la nieve bajo las patas de las mantícoras y las risas lejanas de los jinetes que volaban sobre ellas, como si cada sonido se colara directamente en mis sentidos.
¿Qué fue lo que en realidad ocurrió aquel día con Iron Shadow?
Si cerraba los ojos, lo veía. Esa maldita mirada. Aquella sombra no tenía ojos, no de verdad. Eran pozos sin fondo, abismos que tragaban toda la luz a su alrededor. No solo oscuros…, eran un vacío puro y absoluto, y el simple recuerdo me helaba hasta los huesos.
Solo pensarlo hacía que mi respiración se volviera errática. Sentía su sombra, como si todavía estuviera ahí, acechando, esperando. Pero no era solo eso, no. Era algo más profundo, algo que se arrastraba dentro de mí hasta colarse en mi pecho como un veneno. Me daba miedo reconocerlo, pero lo sabía.
Él era la muerte. Y, lo peor de todo…, me quería a mí.
—Iron Shadow… —dije su nombre en voz alta, con cuidado, mientras mis ojos se perdían en el horizonte—. ¿Qué quieres de mí?
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Eda
Salí de la habitación y, con cada paso que daba, algo en mí se sentía… extraño. Ajeno. Como si mi cuerpo no terminara de pertenecerme. Mis pies tocaban el suelo, pero era como si no lo sintiera, como si flotara…
¿Era esto parte de la inmortalidad? ¿Que incluso mi forma de moverme, de sentirme, cambiara? Tal vez era la agilidad el poder que ahora corría por mis venas. ¿Esto significaba no ser del todo humana? ¿Ser una pluma en un mundo que antes me pesaba demasiado?
La Fortaleza de la Cumbre de Hielo parecía vacía, como si el frío hubiera arrastrado a todos a algún rincón oculto. Todavía me costaba acostumbrarme a no sentir el hielo mordiéndome la piel, a no sentir… nada.
Me detuve en seco cuando reparé en una figura encapuchada junto a la barandilla de hielo, la misma que daba al abismo del corazón de la montaña.
—Faelan… —Tragué saliva.
El regente de la fortaleza siempre había tenido algo que ponía los nervios de punta. Envuelto en una capa oscura con su figura encorvada bajo la capucha, inclinó ligeramente la cabeza en una especie de
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reverencia, un saludo formal, pero había algo en ese gesto… que no parecía del todo correcto.
—Señorita Eda. —Bajo la capucha vislumbré lo que parecía ser una sonrisa—. ¿Cómo se encuentra?
—Estoy bien —respondí con cierta incomodidad, desviando la mirada hacia el entorno en busca de alguien más, cualquier señal de compañía—. ¿Dónde está…?
Mis ojos recorrieron cada rincón, pero no había nadie más. Sabía que Dalton no estaría lejos, siempre se mantenía cerca, pero, por alguna razón, la soledad en ese momento me hacía sentir vulnerable.
—Su Alteza Imperial ha abandonado la fortaleza, se ha dirigido al campo de entrenamiento. —Faelan habló con una lentitud calculada—. Pero no se preocupe, alguien la espera en el salón.
Sin decir más, giró sobre sus talones y comenzó a caminar. Su andar, aunque encorvado, era sorprendentemente ágil. A pesar de su aparente edad y fragilidad, había algo en su movimiento que me ponía nerviosa, como si tuviera el control de todo a su alrededor.
Lo seguí apresurada, aunque manteniendo una cierta distancia y, al entrar al salón, allí estaba mi hermano, apoyado despreocupadamente contra la pata de una enorme mantícora, con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Nolan! —grité, mi corazón saltando de alegría.
Corrimos el uno hacia el otro. Llegué mucho más rápido de lo que pensaba y, en cuanto me envolvió con sus brazos, lo apreté con fuerza.
—Menos mal que, si me rompes las costillas, en unas horas volverán a estar en su sitio por sí solas —bromeó mientras su pecho vibraba contra el mío por la risa sin dejar de abrazarme.
Me separé un poco para mirarlo, sus preciosos mechones rubios le caían sobre el rostro, un poco más largo que la última vez que lo vi. Estaba guapísimo, con esa luz en los ojos que me hacía sentir que todo iba a estar bien.
—¿La última vez que me viste fue hace casi un mes y lo primero que me dices es eso? —Le solté un manotazo en el hombro, tal vez un poco más fuerte de lo que pretendía.
Nolan se rio sacudiendo la cabeza.
—Oh, venga, Eda. He estado a los pies de tu cama dos semanas, mirando si respirabas cada dos por tres. Estaba preocupado, joder.
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Antes de que pudiera decir algo, me volvió a abrazar y, en ese momento, me di cuenta de lo mucho que lo extrañaba.
Hacía tanto tanto tiempo que no me abrazaba que casi había olvidado la sensación. Había olvidado su olor, ese aroma que siempre me hacía sentir en casa. Había olvidado lo que era tener un hermano.
—Bueno, espero que al menos hayas hecho algo útil por mí mientras yo estaba desaparecida —dije apartándome de él con una sonrisa que no pude contener, aunque intenté sonar molesta—. No te olvides de todas las veces que te cuidé cuando eras un mocoso enfermo… y de paso a papá también. Siempre me tocaba a mí, ¿recuerdas?
Su rostro cambió por un segundo, y el mío también. Ese recuerdo…, esa vida en la granja… Todo parecía tan lejano en ese momento, como si hubiera sido un sueño. Como si no hubiéramos pasado más de veinte años viviendo juntos bajo el mismo techo.
Nolan me tomó de la mano y su mirada se suavizó.
—Te sienta bien…, ya sabes… —Nolan me miró de arriba abajo con una sonrisa juguetona.
—¿La inmortalidad? —resoplé poniendo los ojos en blanco—. No puedo creer que acabe de decir eso.
Él soltó una pequeña carcajada, pero luego su expresión cambió y se volvió más seria.
—Eda…, hay muchas cosas que necesitas contarme. Especialmente sobre lo que pasó ese día… y, en realidad, todo lo que ha pasado en estos últimos meses. No me gusta cómo nos hemos distanciado. Lo entendía cuando eras mortal, tenías tus razones. Pero ahora… ahora no hay nada que te detenga. No más secretos entre nosotros, ¿de acuerdo?
Tenía razón, y lo sabía. Había tantas cosas que debía contarle. Cómo había pasado de los pasillos del palacio a volar hacia Novadia con el mismísimo emperador. Cómo mi vida había dado un giro completo en cuestión de días. Y luego estaba lo del fénix, la vinculación, el ataque de Iron Shadow…
Asentí.
—Tienes razón, hay muchas cosas que debo contarte, pero… necesito tiempo. Ni siquiera yo termino de entender lo que está pasando. Siento como si todo se moviera demasiado rápido, tanto que yo apenas logro mantenerme al día.
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—Está bien —dijo alzando una ceja—. Cuando estés lista, hablaremos. Pero por ahora, por orden del emperador, debo escoltar a la gran jinete al campo de entrenamiento.
—¿Jinete? —le sonreí de lado—. Eso suena… muy muy bien.
—Ni que lo digas, hermanita —respondió con un guiño mientras tiraba de mi mano—. Aunque no te acostumbres, todavía no tengo claro cómo alguien como tú terminó vinculada…
La mantícora dio un paso adelante, y tiré de Nolan como reflejo para obligarlo a quedarse detrás de mí. Era imponente, mucho más de lo que había imaginado. Había volado en un dragón, montado un hipogrifo, pero aquello… aquello era diferente.
Sus enormes ojos color caramelo se clavaron en los míos y se inclinó hacia delante, estirando su cuello musculoso y olfateando en mi dirección, como si intentara descifrar quién era yo.
Desde el cielo, aquellas criaturas parecían más pequeñas, casi manejables. Pero allí, frente a ella, con su pelaje espeso y brillante, me di cuenta de su verdadero tamaño. Su cuerpo, compacto pero poderoso, estaba diseñado para la caza, para la guerra. Las alas de dragón, plegadas a su costado, parecían capaces de matar a un ejército entero.
—Es impresionante.
Nolan me miró de reojo.
—Tienes suerte de verla tan tranquila —bromeó dándome un codazo
—. Créeme, no siempre son así. —¿Ah, no?
—No. La última vez un soldado imperial novato se acercó demasiado
sin permiso…, bueno, su bota terminó en las fauces de Nodin, y el tipo salió corriendo descalzo gritando como un lunático.
—¿Nodin? ¿Ese es su nombre? ¿Qué significa? —pregunté mientras extendía la mano, con la duda pintada en mi rostro.
—«Viento» —respondió Nolan con una sonrisa orgullosa—. Aunque ella es más como una tormenta, si me preguntas.
Nodin inclinó su enorme cabeza hacia mi mano y la olisqueó con curiosidad, como si estuviera evaluando si merecía o no su atención.
—¿Puedo…? —Miré a Nolan a la espera de su aprobación.
—Si no te arranca la mano, supongo que sí —bromeó, pero antes de que pudiera responder, añadió rápidamente—. Es broma, relájate. A Nodin no le interesa arrancarte la mano…, siempre y cuando no te pongas
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nerviosa. Si lo haces, bueno…, digamos que puede que quiera probar lo rápida que eres esquivando.
—Nolan, por Dios… —gruñí al tiempo que apartaba la mano, pero Nodin se inclinó más hacia mí, insistiendo con un leve gruñido en su garganta para que la acariciara.
—Estoy siendo honesto. Es una mantícora, no un perro de compañía. —Se encogió de hombros y añadió—: Pero si le gustas, probablemente te dejará intacta.
Le acaricié la cabeza de león, esperando que en cualquier momento reaccionase de forma agresiva, pero no lo hizo. Su pelaje era sorprendentemente suave, mucho más de lo que habría imaginado en una criatura tan imponente. Nodin cerró los ojos despacio, como si disfrutara del gesto, y dejó escapar un suave ronroneo.
Miré a mi hermano, con una pregunta rondándome la cabeza que no podía ignorar.
—¿Por qué te ha enviado el emperador a ti? ¿Y por qué al campo de entrenamiento?
Nolan arqueó una ceja y se cruzó de brazos mientras se apoyaba contra la mantícora, como si no le importara nada.
—No hago preguntas cuando me dan órdenes, Eda. Aunque sabes perfectamente por qué.
—El ave fénix…
Nolan asintió.
—No tienes ni idea del revuelo que has causado en estas dos semanas, Eda. Esa criatura… No encuentro palabras para describirla. Es majestuosa, aterradora. Cada vez que la gente la ve se detiene, los soldados la miran como si estuvieran frente a un dios. No importa cuántas veces la vean, sigue dejándolos sin aliento. Y tú… —Se detuvo, como si las palabras se le atascaran en la garganta—. Tú eres su jinete, Eda. ¿Sabes lo que eso significa?
Tragué saliva y me enderecé decidida. El nerviosismo seguía ahí, revoloteando en mi pecho, pero lo ignoré.
—Llévame con ella. Quiero ver al fénix.
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Eda
Sobrevolamos Novadia, y por un momento me quedé sin aliento, asombrada por cómo Nolan manejaba a la mantícora con una facilidad que rozaba lo natural, sin un atisbo de duda o miedo.
Yo, por otro lado, me sentía diferente, como si algo en mí hubiera cambiado por completo. Al subirme a la montura, todo fluyó. Mi cuerpo se movía con una agilidad nueva, como si cada músculo supiera exactamente qué hacer.
Mi equilibrio era perfecto. Esa inseguridad que había sentido otras veces al montar… había desaparecido. En su lugar, había una certeza tranquilizadora: no me caería. No me costaba nada adaptarme a los movimientos de la mantícora, como si mi cuerpo ya conociera el ritmo, como si en algún lugar de mi mente algo hubiera despertado y me guiara.
La inmortalidad lo había cambiado todo. No solo veía y escuchaba con más claridad, sino que cada parte de mí respondía con una precisión que nunca antes había tenido. Era como si todo en mí estuviera más lúcido, mejorado.
Era… impresionante.
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En apenas unos minutos llegamos al campo de entrenamiento de los jinetes, y al instante me di cuenta de que algo había cambiado. El lugar no se parecía en nada a lo que recordaba. La última vez que había estado ahí todo se hallaba más calmado, casi como si fuera un día cualquiera, pero ahora… ahora había algo en el ambiente que me ponía nerviosa.
Todo a mi alrededor se movía de una forma que no terminaba de entender. Las mantícoras, los hipogrifos y los jinetes estaban como atrapados en una especie de caos controlado en el que no había desorden. Lo más extraño de todo era cómo, en medio de tanto movimiento, todos — jinetes y criaturas— clavaban la mirada en un solo lugar.
Aterrizamos y, aunque Nolan me ofreció su mano para bajar, la ignoré. Me agarré al denso pelaje de Nodin y me las arreglé sola. No era como deslizarme por las escamas de Long, pero funcionó. Cuando mis botas tocaron la nieve, sentí un peso invisible sobre mis hombros.
Las miradas.
De repente, ya no estaban fijas en ese punto lejano, sino en mí. Cada una de las criaturas y de los jinetes que se encontraban alrededor dejaron lo que andaban haciendo y me observaron.
—Todo el ejército sabe lo que pasó en Pramvera ese día, ¿no? —le susurré a Nolan, mientras me encogía un poco detrás de él. Todas esas miradas en mí… me hacían sentir como si estuviera bajo una lupa, incómoda, expuesta.
—No es solo por lo que ha pasado con los wendigos —contestó Nolan, mirándome con esos ojos que siempre habían sido una mezcla de protección y preocupación. Por un momento, sentí que había algo más en esa mirada. ¿Sabría lo de Iron Shadow?—. Es por quién eres ahora, Eda. En quién te has convertido. Todo el mundo está hablando de ti, Eda. Los soldados, los jinetes, hasta los ancianos del consejo. No eres solo una jinete más. Eres la portadora del fénix, y eso significa algo. Algo enorme.
Abrí la boca, pero nada salió. ¿Quién era ahora? ¿Qué esperaban de
mí?
—¡Oh, Eda! —La voz de la capitana Misso resonó por todo el campo y atrajo aún más la atención sobre mí—. ¡Por fin te has despertado!
Misso se acercaba con una gran sonrisa. En cualquier otra ocasión, esta me habría desarmado, pero ese día me sentía… diferente. Menos confiada.
—Guau, la inmortalidad te sienta muy bien —dijo recorriéndome con la mirada de arriba abajo, como si realmente pudiera ver ese cambio en mí
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que todos parecían notar antes que yo.
Bajé la cabeza en señal de respeto.
—Encantada de verte, capitana.
Mis ojos se deslizaron detrás de ella, intentando ver a través de la multitud de jinetes y criaturas, pero no encontraba lo que realmente buscaba.
«¿Dónde está…?».
La capitana Misso siguió mi mirada y, al darse cuenta, gritó una orden con autoridad.
—¡Apartaos!
De inmediato, jinetes y criaturas se hicieron a un lado, como si una fuerza invisible los obligara a hacerlo. El ruido de sus pasos y alas cesó de golpe. El centro del campo de entrenamiento quedó despejado, y entonces la distinguí…
El ave fénix.
Era, sin duda, la criatura más impresionante que había visto en toda mi vida. Su plumaje era un espectáculo en sí mismo, un despliegue de azules que abarcaba todas las tonalidades posibles: desde los matices más oscuros y profundos hasta los más brillantes y luminosos. Cada pluma parecía brillar con luz propia y se extendía desde sus alas con una elegancia casi irreal.
La cola era lo más sorprendente: tres largas plumas que se arrastraban en la nieve. Aunque pequeña comparada con las enormes mantícoras y los hipogrifos que la rodeaban, el fénix había crecido mucho desde la última vez que la sostuve entre mis brazos. En tan solo diecisiete días había crecido hasta medir más de un metro de altura. Pero lo más hipnótico eran sus ojos. Completamente azules, brillaban como cristales, como si pudieran ver más allá de mi carne, más allá de mi alma.
Estás aquí, Eda.
La voz no fue como cuando Dalton me hablaba en mi mente. No, esta era diferente. Era más profunda, más arraigada, como si viniera de un lugar dentro de mí que ni siquiera sabía que existía.
Me tambaleé y sentí cómo Nolan intentaba sujetarme, pero apenas me dio tiempo a procesarlo. El fénix levantó sus alas y el aire cambió. En un segundo, un torrente de fuego azul salió disparado en nuestra dirección.
No hacia mí. Hacia Nolan.
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Mi corazón se detuvo. Todo se volvió lento, como si el mundo entero estuviera en pausa excepto esas llamas. Vi cómo se acercaban, cómo el azul brillante devoraba el espacio entre el fénix y nosotros. Quise gritar, moverme, hacer algo, pero mi cuerpo no respondía. Y entonces, de la nada, Dalton apareció.
Su fuego negro estalló con fuerza y nos envolvió a Nolan y a mí en un escudo oscuro y ardiente. El choque fue brutal, como dos tormentas colisionando. Las llamas negras y azules se encontraron en el aire y giraron y lucharon como bestias salvajes.
El fuego negro ganó. Se tragó las llamas azules en un instante, sofocándolas como si nunca hubieran existido.
Dalton no perdió tiempo y rugió con autoridad:
—¡Todos los jinetes fuera del campo de entrenamiento! ¡Ahora!
El tono de su voz fue suficiente para que todos reaccionaran al instante. Sin preguntas, sin titubeos. Los jinetes se movieron rápido y subieron a sus monturas en un abrir y cerrar de ojos. Las mantícoras rugieron, los hipogrifos batieron sus alas y, en cuestión de segundos, despegaron dejándolo todo atrás.
El círculo de fuego negro que Dalton había invocado seguía rodeándonos, vibrante y letal. Era una barrera que cortaba todo a nuestro alrededor y nos separaba del resto del campo.
¿Quién es? Escuché esa voz femenina otra vez. ¿Quién es y por qué te está tocando?
Miré a mi alrededor desconcertada, el caos de lo que acababa de pasar seguía haciéndome sentir desorientada.
«¿De quién es esta voz?».
Giré la cabeza de un lado a otro, tratando de descifrar qué demonios ocurría. Mis ojos se detuvieron en el fénix, que ahora mantenía las alas bajas, pero seguía inmóvil, como una estatua viva. Y entonces lo noté. No me miraba a mí.
Sus ojos azules, fríos y penetrantes, estaban clavados en Nolan. Era como si todo su ser rechazara su presencia. El fénix no lo aceptaba. No quería que estuviera cerca.
—Creo que deberías dejar de tocarme… —le balbuceé a Nolan, sin apartar los ojos del fénix. Él al ver hacia dónde estaba mirando me soltó lentamente, sin decir una palabra.
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En el campo de entrenamiento solo quedábamos Dalton, la capitana, Nolan y yo, todavía atrapados dentro del círculo de fuego negro. Dalton, detrás del fénix, me hizo un gesto rápido con la mano para que me apartara de Nolan.
La mantícora, justo a mi derecha, no se movió ni un centímetro. Respiré hondo, di una zancada hacia la izquierda y traté de no mirar al
fénix directamente.
—Nolan, súbete a la mantícora y ve con el resto de tu escuadrón — ordenó Dalton, y mi hermano, sin cuestionar, obedeció de inmediato.
—Sí, Su Alteza Imperial —respondió. Antes de marcharse, se dirigió a mí—: Luego te encuentro, Eda. —Y con eso, desapareció por donde habíamos llegado.
Volví a mirar al fénix. Seguía con los ojos clavados en mí, penetrantes. Sus alas volvieron a abrirse y, aunque no era un ave enorme, la intensidad de su magia parecía llenar todo a su alrededor.
Respiré hondo, como había aprendido a hacer con Dalton, y en mi mente le dije: No me hará daño, es mi hermano. Lo hice con calma mientras daba un paso hacia delante. Ellos, señalé mentalmente hacia donde estaban los demás, tampoco van a hacerme daño.
El fénix bajó sus alas despacio, casi con cautela.
Eso es, muy bien.
Caminé despacio por la nieve hacia al fénix, con cuidado, asegurándome de no realizar ningún movimiento que pudiera asustarla. Y entonces, de repente, el ave extendió sus alas de golpe y empezó a correr hacia mí. Mi cuerpo se tensó, lista para cualquier cosa, pero me quedé quieta.
Ella siguió corriendo, cada vez más rápido, y justo cuando pensé que iba a estrellarse contra mí, comenzó a saltar alrededor dando pequeños brincos como un cachorro emocionado. Sus plumas largas arrastraban en la nieve y dejaban surcos a su paso, mientras giraba en círculos, como si no pudiera contenerse. Estaba… ¿feliz? ¿Eso era felicidad?
¡Estás aquí, estás aquí, has despertado!, dijo una voz dulce en mi mente, llena de alegría y calidez.
Dios mío… Caí de rodillas en la nieve, incapaz de procesar lo que estaba pasando. El fénix seguía corriendo a mi alrededor, sus movimientos ligeros, casi juguetones. Me había hablado, se dirigía directamente a mí, pero… ¿cómo era posible?
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El fénix dejó de saltar y, con movimientos lentos, empezó a empujarme con suavidad con la cabeza, como si quisiera algo de mí. Era imposible no sonreír ante su insistencia.
—Está bien, pajarraca, te acariciaré —murmuré rindiéndome con una sonrisa.
Extendí la mano lentamente y dejé que mis dedos rozaran sus plumas azules. Al tacto, eran suaves, casi etéreas. Deslicé la palma por su cabeza y, cuando la acaricié, lo sentí. No era un simple contacto. Una corriente mágica recorrió mi cuerpo y burbujeó en mis venas como un río encendido. Pero no resultaba abrumadora; al contrario, desprendía una calma infinita. Como si, por primera vez en mucho tiempo, todo estuviera en su lugar. Era paz. Pura, absoluta, y solo ella podía transmitírmela.
—Es la vinculación. —Escuché la voz de Dalton delante de mí, más cerca de lo que había pensado—. Lo que sientes ahora mismo es la conexión con el fénix.
Seguí acariciándola, pero mi mente no paraba de volver a él, como si estuviera atada por una cuerda invisible que no podía cortar. Mis dedos temblaban sobre las plumas y, antes de darme cuenta, mi cuerpo empezó a retroceder, como si intentara escapar de algo que sabía que estaba dentro de mí, no fuera.
Me mordí el labio y me obligué a quedarme quieta. No podía permitir que esos malditos sentimientos tomaran el control, no en ese momento, no cuando todo pendía de un hilo. Pero el miedo… y la rabia… siempre estaban ahí, al acecho.
Tragué saliva antes de hablar.
—Ella… ella me está hablando, Dalton. Es como tú… también puede escuchar mis pensamientos. Atacó a Nolan porque pensaba que me iba a hacer daño. Creía que estaba en peligro, que tenía que actuar antes de que algo malo pasara…
Misso, que había estado observando en silencio, dio un paso al frente. —Lo sabemos, Eda —dijo la capitana, intercambiando una mirada
breve con Dalton.
—¿Qué quieres decir? —insistí.
—Uno de los poderes que obtienes con la vinculación es la capacidad de comunicarte —explicó Dalton, sus palabras medidas como si tratara de no asustarme más de lo necesario.
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—¿Comunicarme? —repetí arqueando una ceja—. ¿Comunicarme cómo? ¿Con quién exactamente?
—Con las criaturas —afirmó sin dudar, como si aquello fuera algo tan simple como respirar.
Me quedé en silencio tratando de digerir lo que acababa de decir. ¿Podía realmente comunicarme con ellas? La idea me revolvió el estómago a pesar de que, en el fondo, algo dentro de mí sabía que era verdad. Sentí la conexión con el fénix, pero… ¿con todas las criaturas? ¿Hasta qué punto?
Al ver que no respondía, retomó la palabra.
—La llama Kaiserin es tu poder principal —dijo, como alguien que recitaba algo que había memorizado hacía mucho—. Es el más letal que tienes. Sirve tanto para atacar como para defenderte, un arma en toda regla.
Asentí despacio mientras recordaba cómo había sentido ese fuego recorriéndome, quemándome desde dentro.
—Pero tu otro poder… es diferente —continuó—. Es estratégico. No sirve para destruir, Eda, sino para liderar. Puedes sentir a las criaturas, entenderlas, e incluso guiarlas. La vinculación no es solo una unión física con el fénix. Es una conexión con todas las criaturas feéricas.
—Eso significa que también pueden sentirme a mí… —murmuré dando un paso hacia atrás.
—Sí —dijo por fin con un suspiro pesado—. Pueden sentirte…
—Lo sabías, ¿verdad? —lo interrumpí—. Sabías que podría comunicarme con las criaturas.
Él asintió sin dudar, pero eso solo me hizo soltar un bufido.
—Por supuesto que lo sabías.
Misso se acercó hasta quedar a mi altura, aunque a una distancia prudente, e hincó una rodilla en la nieve.
—Tú… Kaiserin —rectificó—. Ella también tenía este poder. Al principio, solo podía comunicarse con el fénix. Eso ya era algo que ningún otro jinete puede hacer con su criatura. Pero tú… tú puedes…
Hizo una pausa y lanzó una mirada hacia el fénix, que seguía observándonos con sus ojos hipnóticos, antes de continuar:
—Con Kaiserin fue diferente. Al principio parecía algo limitado, algo único con el fénix, pero luego… luego empezaron las voces.
—¿Voces?
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—No eran humanas, si eso es lo que piensas —explicó ella—. Kaiserin comenzó a escuchar algo más. Una conexión, como una especie de susurro, algo parecido a lo que Dalton experimenta con su poder, pero mucho más específico.
Dalton asintió y tomó la palabra de nuevo.
—Al principio, pensamos que era lo mismo que yo hago. Ya sabes, sentir las consciencias de las personas, escuchar sus pensamientos más profundos si lo permito. Pero pronto nos dimos cuenta de que lo que ella oía no eran mentes humanas. Escuchaba a las criaturas.
—No es que este poder aparezca de repente —dijo Misso cruzando los brazos—. Es algo que ya estaba dentro de Kaiserin, y ahora está dentro de ti. La diferencia es el entorno. Kaiserin venía de un lugar donde estas criaturas no existían. No fue hasta que llegó aquí y estuvo rodeada de ellas que ese poder comenzó a manifestarse de verdad.
Mientras procesaba lo que me decían, no solté al fénix, que seguía dándome suaves empujones con la cabeza en busca de más contacto.
¿Cómo te llamas?, le pregunté mentalmente, y esperé una respuesta.
Pasaron unos segundos antes de que algo sucediera.
Kali, mi nombre es Kali, me contestó.
—Se llama Kali —dije en voz alta para que todos lo supieran—. Ese era su nombre en el pasado, ¿verdad?
—El mismo —confirmó Dalton con un leve asentimiento.
Sentí cómo mi pecho se apretaba, otra vez esa visión de Dalton asesinando a Kaiserin se clavaba en mi mente, esa a la que no quería enfrentarme. ¿Kali lo sabría? ¿Sabría quién había sido Dalton realmente? ¿Lo que había hecho?
—¿Crees que ella recuerda algo de su vida anterior?
No esperaba respuesta, era más una pregunta lanzada al vacío, pero Dalton, como siempre, no dejó que el silencio durara mucho.
—No lo sé, Eda. Tal vez… tal vez con el tiempo. Pero si lo supiera, creo que ya lo habría mostrado. Los recuerdos pueden tardar en regresar. A ella… y a ti también.
Mi corazón dio un vuelco. Había algo en su tono que no decía pero que insinuaba. ¿Qué más podía estar oculto? ¿Qué más permanecía enterrado en esa vida pasada que no pedí recordar?
—Sí, sobre todo después de… —La voz se me cortó de golpe.
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No se lo digas. La voz de Kali hizo que las palabras se quedaran atrapadas en mi garganta y me congelaran en el acto. No se lo digas al emperador. No, aún no…
Levanté la vista despacio hacia el fénix. Y lo entendí. Era ella. Era su voz la que me había estado diciendo que no podía contárselo a Dalton, la que me pedía que no hablara, que no dijera lo que sabía, lo que había visto, lo que recordaba.
Ella no quería que él lo supiera. No quería que le hablara de la verdad, de las cosas que habían empezado a resurgir en mi mente. Era ella quien me pedía que me quedara callada.
Misso carraspeó.
—Estas semanas, Kali ha estado dejando a todos los jinetes y soldados de Pramvera completamente boquiabiertos —comentó con una sonrisa—. El fénix siempre ha sido un símbolo de poder en el imperio, pero nadie había visto uno antes. O, al menos, nadie lo recuerda.
Misso lo recordaba todo. Sabía que Dalton no había borrado su memoria cuando Kaiserin murió, como hizo con tantos otros, para borrar cualquier rastro de que una emperatriz había gobernado a su lado con el ave fénix. Pero la pregunta que no dejaba de atormentarme era si ella conocía toda la verdad. ¿Sabía lo que en realidad había pasado ese día? ¿Sabía quién había sido el culpable de la muerte de la emperatriz?
—Kali ha pasado casi todo este tiempo a tu lado —continuó Misso—. Al principio apenas era una cría indefensa, pero ha crecido a un ritmo impresionante. Esta última semana se ha transformado por completo. Ahora necesita quemar toda esa energía que ha acumulado, por eso ha cambiado tanto. Ha empezado a confiar en mí lo suficiente como para dejar que la trajera hasta aquí con Aquilea. Pero… todavía no sabe volar.
Dalton cruzó los brazos y le lanzó una mirada burlona.
—Ha confiado en ti porque la chantajeabas con comida, Misso.
—¿Lo dices como dato o porque estás celoso? —respondió ella arqueando una ceja—. El fénix ni siquiera te ha mirado en todo este tiempo.
Dalton intentó defenderse.
—Eso no es verdad…
Me puse de pie lentamente y Misso me imitó y se sacudió la nieve de las rodillas.
—Entonces ¿no sabe volar? —repetí lo que ella había dicho.
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—No por ahora, pero he revisado sus alas. Los músculos ya están lo bastante desarrollados como para que pueda hacerlo, aunque no a grandes alturas ni distancias largas. Pero está lista.
Dalton añadió en un tono más serio:
—Será mejor que tengas cuidado. No te acerques demasiado a los soldados o a los jinetes cuando Kali esté cerca, al menos hasta que le quede claro que no representan un peligro para ti. No queremos más incidentes como el que acaba de pasar con Nolan. Ahora es pequeña, pero en unas semanas su poder crecerá, y su temperamento podría ser más difícil de controlar.
Asentí, pero no pude resistirme a lanzar una última pulla.
—Bueno, tal vez haya personas que sí resultan peligrosas, ¿no crees, Dalton? —Sabía exactamente dónde golpear.
Él tragó saliva y, por un segundo, pareció suplicarme con la mirada. —Eda…
Pero aparté la vista y la fijé en Misso.
—¿Cuándo puedo empezar con los entrenamientos, capitana? —Cuando quieras. Pero antes de cualquier entrenamiento, sería mejor
que te familiarices del todo con Kali. Si ella aún no sabe volar, lo más importante será que ambas os conozcáis bien primero. —Me estudió de arriba abajo—. Aún te estás recuperando, aunque no lo aparentes.
Miré a Kali, que seguía a mi lado. Sus plumas azuladas parecían brillar bajo la luz del sol, cada una moviéndose con el viento.
—Podemos empezar mañana con lo básico, pero… —Misso buscó discretamente la aprobación del emperador, quien permanecía en silencio
—. Dalton tiene bastante experiencia y ya conocía a Kali antes. Es quien más preparado está para ayudarte.
—No. Prefiero entrenar contigo, capitana —interrumpí lanzando una rápida mirada de reojo a Dalton—. No quiero que mi fénix se sienta incómoda y…, si no recuerdo mal, has dicho que a Kali no le caía muy bien. —Mi tono era afilado y le dejaba claro a Dalton que no quería tener nada que ver con él en ese momento.
Pude escuchar con claridad cómo apretaba los dientes, probablemente tratando de contenerse.
Misso sonrió y le lanzó una mirada retadora a su emperador.
—Parece que Eda ya ha tomado una decisión, Su Alteza —dijo disfrutando de la pequeña victoria—. Me toca a mí encargarme del fénix.
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Dalton no dijo nada, pero el crujido de sus dientes era casi audible. Lo ignoré y me concentré en Misso.
—¿Cuándo empezaremos el entrenamiento? —pregunté, ansiosa por poner algo de distancia entre Dalton y yo.
—Mañana por la mañana entrenarás sola —respondió Misso con una sonrisa astuta—. Conocerás a los jinetes y entrenarás con tu pelotón, los reclutas Calen y Nolan. Por las tardes, entrenaremos con Kali, más alejados de aquí. Ahora que eres inmortal, te has vuelto mucho más difícil de matar —añadió con tono despreocupado—. Es el momento perfecto para que empieces a descubrir algunos de los lugares mágicos más interesantes del imperio, señorita Eda.
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Eda
El cielo nocturno en Novadia era un espectáculo que no dejaba de asombrarme. Las auroras boreales se deslizaban por el firmamento llenando la oscuridad con ondas de luz verde y azul. Desde mi habitación en la Cumbre de Hielo, la montaña más alta de la cordillera, tenía una vista perfecta.
Estaba sentada al borde del acantilado, con los pies colgando sobre el vacío. Había empezado en la silla de la habitación, mirando hacia fuera cómo la nieve entraba por las aberturas, pero al final había terminado allí. La brisa fría rozaba mi piel, pero ni siquiera la sentía. El frío ya no existía para mí.
Llevaba un vestido de seda fino que había encontrado en un cajón. Era ligero, simple, casi un camisón, pero la nieve caía sobre mis hombros desnudos y mi cuerpo no reaccionaba. No me congelaba. Era como si estuviera fuera del mundo, desconectada, como si algo en mí ya no fuera del todo humano.
Bajo mis pies, el abismo parecía no tener fin. Me incliné un poco más para mirar hacia abajo, pero solo vi sombras, una oscuridad densa que no ofrecía respuestas. No había miedo ni vértigo, solo ese vacío en mi
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interior, más grande, más profundo que la propia oscuridad que me rodeaba.
Giré la cabeza hacia Kali, que yacía acurrucada en silencio en la cama. Había pasado horas observándola, estudiando cada detalle: el suave movimiento de su cola, el brillo de su pico…, pero desde que habíamos regresado a la cumbre, después de que Misso me hiciera un tour rápido por Novadia —los comedores, la zona de armas, el área de entrenamiento cuerpo a cuerpo y el sector de los poderes de vinculación—, no me había dirigido ni una palabra.
Kali… Su nombre seguía siendo el mismo que en el pasado. Y su advertencia retumbaba aún en mi mente: «No se lo digas al emperador». Pero ¿por qué? ¿Por qué no debía decirle a Dalton lo que había visto en esa visión?
Aparté la mirada de Kali y la dirigí hacia el cielo, tratando de encontrar respuestas en las estrellas que apenas se asomaban entre las nubes.
Debería sentirme en paz, pero no lo hacía. Algo estaba mal, algo dentro de mí se había roto. Como si me faltara una parte de mí misma, como si hubiera perdido algo…, pero no sabía qué era.
Lo primero que pensé al ver aquel lugar fue que, de no ser inmortal, ya me habría congelado y derretido al mismo tiempo, algo que mi cuerpo humano jamás habría soportado.
Misso y yo volábamos sobre el valle a lomos de Aquilea, el hipogrifo, rodeadas por montañas tan altas que parecían desgarrar el cielo. Abajo, un río de lava plateada fluía lentamente e iluminaba todo a su alrededor con un brillo metálico.
A un lado del valle, las llanuras de nieve se extendían como un manto blanco inmaculado, pero había algo inquietante en ella. No era pura; finas cenizas flotaban a su alrededor y se mezclaban con los copos, como si el lugar estuviera atrapado entre dos elementos opuestos, fuego y hielo.
Sobre el río de lava, enormes plataformas de piedra flotaban de manera imposible, suspendidas a pocos metros de la superficie incandescente, como si desafiaran las leyes de la naturaleza.
Aterrizamos en una de esas llanuras cubiertas de nieve. La pequeña fénix, que había viajado tranquila en mis brazos durante todo el vuelo,
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desplegó sus alas con calma en cuanto la dejé sobre la nieve y las meció suavemente.
Sus ojos no dejaban de moverse, recorriendo cada rincón del entorno como si buscara algo. Pero en mi cabeza… nada. Silencio total. No había ni un susurro de su parte. Después de todo, supongo que seguía siendo un ave, guiada más por sus instintos que por otra cosa. De hecho, tampoco había sentido nada de Aquilea ni de ninguna otra criatura.
—Este es el río Ígneo —dijo Misso mientras observaba el flujo lento de la lava plateada—. Volvió a fluir hace unos cuatrocientos años. O, mejor dicho, nunca dejó de existir del todo. Fue la magia la que lo reactivó cuando apareció el primer jinete.
La mención del «primer jinete» me hizo pensar en Dalton. Él fue ese primer jinete, el que hizo que aquel lugar volviera a la vida.
—¿Dónde nace?
—Dicen que proviene de las profundidades del imperio, alimentado por una magia tan antigua como estas mismas montañas. —Noté que Misso me observaba de reojo, pero mis ojos estaban fijos en el vasto valle
—. Este es el lugar perfecto para que Kali aprenda a volar. Fruncí el ceño y miré las corrientes abrasadoras. —¿Cerca de un río de lava?
Misso soltó una risa corta.
—Eda, te recomiendo que dejes de pensar como una mortal.
—No estoy pensando como una mortal.
—Sí lo haces. —Se cruzó de brazos—. Si pensaras como una inmortal, recordarías que tu cuerpo ahora es más fuego que agua y huesos. Y también que tu criatura puede hacer arder una montaña de hielo si se lo propone.
Respiré hondo, todo era nuevo para mí, pero tenía razón. No sentía frío ni calor. Era como si la temperatura de aquel lugar no me afectara en absoluto y, sin embargo, sentía la energía del fuego bajo mis pies.
—Las corrientes ascendentes de calor le permitirán practicar los despegues y aterrizajes sin tener que volar grandes distancias al principio. —Señaló los flujos de aire que surgían del río de lava—. Y el frío la ayudará a controlar su fuego sin depender de él para calentarse.
—¿Ella puede sentir la temperatura?
—Las criaturas sí notan los climas contrarios. El fénix, cuyo elemento principal es el fuego, siente el frío con más intensidad que cualquier otra
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cosa. Ese contraste la fortalece.
Miré hacia las plataformas flotantes, impresionada por lo mucho que debía aprender.
—Las plataformas flotantes las usaremos más adelante —continuó—. Serán para que practique el control de sus alas en espacios reducidos. Pero, por ahora, nos concentraremos en lo básico.
Giré la cabeza hacia las montañas, mis ojos recorrieron cada rincón, cada sombra entre los picos nevados buscándolos. Algo dentro de mí estaba alerta, un instinto que no lograba calmar.
—Aquí estáis a salvo —dijo Misso, que notaba la tensión en mis hombros—. Los hipogrifos han estado camuflados entre las montañas durante dos semanas. Tenemos vigilancia por todo el perímetro, cualquier amenaza sería detectada mucho antes de poder acercarse.
—Pero volverá, Misso…
Sabía que lo haría. Sabía que Iron Shadow no se quedaría quieto. —Volverá, Eda. —Desvió su mirada hacia Kali—. Pero no dejes que
eso se meta en tu cabeza, no cuando entrenes, no cuando intentes descansar. Eso es lo que él quiere. Quiere vivir en ti, sembrar miedo, no dejarte en paz. Tienes que cerrarle las puertas de tu mente.
—No sé cómo hacerlo… —admití dejando escapar el aire con frustración—. Es imposible no pensar en él, en esos seres…, en su sangre negra, en esos dientes que pueden arrancarte la piel…
Misso se inclinó hacia mí.
—Este es el momento más vulnerable del imperio. La oscuridad nos lleva mucha ventaja, y no sabemos cuál será su próximo movimiento. Pero ahora lo importante eres tú. Tienes que aprender a defenderte, a dominar tu poder. Resultará duro, sí, pero cuanto antes lo hagas, mejor será para ti… y para Kali.
Sentí una oleada de rabia. Estaba cansada de depender de otros, de esperar que alguien más me salvara. Ya no era esa chica indefensa.
—Nunca me han gustado las mujeres que dependen de los hombres para protegerse —dijo Misso con una sonrisa afilada—. Y ahora que has dejado atrás la mortalidad, es el momento de centrarte en ti misma. No por el imperio ni por Dalton. Por ti. Kali te necesita, y tú la necesitas a ella. Si no logras dominarte, te perderás, Eda. El imperio no puede permitirse perderte… y tú no puedes permitirte perder la cabeza.
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—Lo haré —murmuré y, por primera vez en mucho tiempo, sentí una fuerza dentro de mí, como si finalmente fuera capaz de enfrentarme a lo que viniera.
Desde hacía cuarenta minutos, el único avance que había logrado el fénix era correr por la nieve, clavando sus garras en el suelo mientras intentaba ganar velocidad, pero sin atreverse a extender del todo sus alas. Parecía que no confiaba en sí misma para hacerlo.
A pesar de la frustración que empezaba a sentir, me tranquilizaba que no liberara fuego de forma descontrolada. Lo último que necesitábamos era descongelar todo el valle.
Me di cuenta de que, aunque yo también corría tras ella, apenas me cansaba. De hecho, sentía que podía seguir moviéndome mucho más rápido y durante más tiempo que antes. Sin embargo, Kali parecía cada vez más nerviosa, más ansiosa.
Noté cómo su plumaje azul brillante comenzaba a teñirse de cenizas, esas que volaban desde el río de lava plateada cercano. Incluso mi uniforme se cubría de esa misma capa de polvo, lo que le daba un aspecto grisáceo.
—Mamá pájaro, no lo estás haciendo bien —canturreó Misso desde detrás, observándome mientras yo corría tras Kali. Aquilea, su hipogrifo, suspiraba tumbada en la nieve aburrida de vernos. Me giré hacia Misso y me crucé de brazos.
—Creo que me he dado cuenta de que no lo estoy haciendo bien. ¿Podrías ayudarme un poco, capitana? —dije mientras mi paciencia se agotaba.
Soltó una carcajada suave antes de contestar.
—Tienes que trabajar en su confianza, en el vínculo. Las criaturas necesitan sentirse seguras antes de lanzarse al aire, no la apures ni la fuerces. No se trata de obligarla, sino de guiarla. Es como con nosotros, los jinetes: solo podemos ayudarlos a descubrir sus límites, pero son ellos los que deben aprender a controlarse. —Su mirada se suavizó—. La clave es la vinculación. Confía en ella, y ella confiará en ti.
Suspiré y me arrodillé en la nieve. Kali, al verme agachada, dejó de correr. Giró la cabeza, observándome con esos ojos azules tan profundos y,
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sin pensarlo, corrió hacia mí. Cuando llegó, rozó su cabeza contra mi brazo.
¿Estás cansada? Su voz aterciopelada resonó en mi mente e hizo que mi corazón diera un vuelco.
Nunca me he sentido mejor en mi vida, le respondí mientras acariciaba con ternura sus plumas, deseando sentir el calor bajo mis dedos. Pero, en el fondo, sabía que nunca lo haría. Esa era una de las cosas que había perdido al dejar atrás mi humanidad, el calor del tacto, la sensación de la vida palpitando a través de la piel.
—Haz que extienda sus alas todo lo que pueda y que las mantenga así por unos segundos —me aconsejó Misso desde atrás, con esa calma que solo los que han vivido todo pueden tener.
Extiende tus alas, Kali, todo lo que puedas. No te preocupes, yo estoy aquí, le dije, transmitiéndole seguridad a través del vínculo.
Kali me miró y, poco a poco, comenzó a desplegar sus alas.
Al principio lo hizo con cautela, como si temiera fallar, pero con cada segundo que pasaba, noté cómo la confianza crecía en su interior. Sus alas, aunque temblorosas en un comienzo, se abrieron con más decisión, hasta que finalmente las extendió por completo.
—¡Muy bien! —la animé, sintiendo su progreso como si fuera mío también. Pasé mi brazo por su lomo.
Eso es, sigue así.
—Que las extienda y repliegue varias veces —continuó Misso. Durante los siguientes minutos, Kali y yo repetimos ese ejercicio una y
otra vez. Con cada extensión de sus alas, había más confianza, y aunque todavía le costaba, el vínculo que sentía con ella se fortalecía con cada intento.
Tras unos veinte minutos, algo cambió. Kali volvió a ganar velocidad, esta vez con una chispa diferente en su mirada. Sus pequeñas patas empezaron a despegarse de la nieve, apenas unos centímetros, pero fue suficiente para que mi corazón saltara de alegría.
—¡Lo estás haciendo! —grité, animándola con toda mi alma, mientras ella, con las alas completamente extendidas, trataba de mantenerse en el aire.
Estás empezando a confiar, pensé, sabiendo que era solo cuestión de tiempo que Kali pudiera levantar su cuerpo entero del suelo.
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Las corrientes de aire y ceniza la envolvían mientras intentaba mantener el vuelo, y cada pequeño salto era una victoria.
Y en ese momento, mientras la veía luchar por mantenerse en el aire, lo supe. Algún día, volaríamos juntas, porque ahora no era solo una jinete cualquiera.
Era la jinete de un fénix…
Esto es solo el principio, Kali, pensé mientras la observaba. Vamos a volar tan alto que nadie podrá alcanzarnos.
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Liral
Había transcurrido casi un mes desde que Liral se había vinculado con la bestia desplazadora, un lazo que había sellado su destino como arquera y guerrera.
En ese breve tiempo, Liral se había elevado como una de las mejores con el arco, su precisión inigualable y su destreza impecable. Pero, por excepcional que ella fuera, incluso sus habilidades quedaban eclipsadas por la magnificencia de su compañero: Dargan, la bestia desplazadora cuya presencia hacía temblar el suelo de Arcadia bajo sus patas.
Dargan no era una criatura común, ni siquiera para los estándares de las bestias desplazadoras. Su tamaño colosal y su pelaje azul oscuro, que brillaba como zafiros al sol abrasador del desierto de Arcadia, lo hacían destacar entre los de su especie.
Hacía siglos que no nacía una bestia desplazadora con semejante fuerza y velocidad; su andar era tan rápido y fluido que parecía volar sobre la arena, mientras esquivaba con facilidad a cualquier criatura que se cruzara en su camino, desde las más pequeñas hasta los imponentes nightmares, que llevaban décadas entrenando en el escuadrón.
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Liral se aferró con fuerza al brillante pelaje de Dargan mientras este esquivaba con precisión a las otras bestias que entrenaban en el desierto. La arena volaba a su alrededor, y el viento rugía en sus oídos, pero ella apenas lo notaba.
—¡Más rápido! —gritó inclinándose hacia delante, como si con ese movimiento pudiera impulsarlo aún más.
Dargan no necesitó más órdenes. Sus músculos se tensaron y en un instante aceleró como si fuera una ráfaga de viento oscuro.
Liral sabía que podía confiar plenamente en él, así que soltó las manos de su pelaje y apretó las piernas alrededor de su lomo para mantener el equilibrio.
El entrenamiento era un espectáculo en sí mismo. No solo se trataba de velocidad; era una prueba de coordinación, precisión y control absoluto entre jinete y criatura.
Juntos, tenían que correr a través del interminable desierto de Arcadia, esquivando obstáculos naturales y otras bestias, mientras los jinetes disparaban flechas a una serie de dianas colocadas a kilómetros de distancia. Cada una era más difícil de alcanzar que la anterior, ya fuera por la distancia, por el ángulo o por los constantes movimientos que el terreno requería.
No era algo que cualquiera pudiera hacer. Incluso entre los jinetes más experimentados, completar el recorrido constituía un desafío brutal. Pero Liral no era cualquiera, y no estaba dispuesta a fallar.
Dargan esquivó con una facilidad insultante a un grupo de nightmares que llevaban más de cincuenta años en el escuadrón de élite. Mientras pasaban, Liral no pudo evitar lanzarles una sonrisa de pura suficiencia, esa que decía «sí, soy mejor que vosotros».
No era arrogancia vacía; ella sabía que sería la mejor. No porque alguien se lo hubiera dicho, sino porque cada parte de ella estaba empeñada en demostrarlo.
Con un movimiento rápido Liral descolgó su arco de la espalda y tomó una flecha. El viento le golpeaba la cara, y la velocidad de Dargan hacía que el aire se sintiera como cuchillas cortando su piel, pero no se inmutó. Firme como una roca, alzó el arco, tensó la cuerda y clavó la mirada en la primera diana, un pequeño círculo rojo perdido en el horizonte.
—Calculamos el momento exacto y soltamos la flecha —murmuró para sí misma.
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El proyectil surcó el aire y, como si tuviera vida propia, se incrustó en el centro de la diana. No necesitó esperar para confirmar el impacto; sabía que había dado en el blanco. Siempre lo sabía.
Bajó el arco, cogió otra flecha y volvió a concentrarse. Dargan seguía corriendo como un vendaval mientras esquivaba obstáculos y dejaba atrás a otras criaturas sin pestañear.
La segunda diana apareció medio oculta entre unas rocas. Apenas era visible, pero Liral no dudó ni un segundo. Tensó la cuerda, entrecerró los ojos para fijar el objetivo y dejó volar la flecha. El sonido del impacto resonó en su cabeza como música: otra vez, en el centro.
—Dos de dos.
El sudor le resbalaba por la frente, pero no tenía tiempo para detenerse ni para saborear el éxito. Todavía quedaban más dianas, y sabía que cada una sería más complicada que la anterior.
Se movió rápido, su cuerpo respondía como si llevara años repitiendo los mismos movimientos. No podía errar, no porque los demás esperaran algo de ella, sino porque fallarse a sí misma no era una opción. No lo había sido nunca.
Volvió a tensar el arco y soltó otra flecha. El centro de la tercera diana estalló como si hubiera estado esperando su disparo. El sonido del impacto fue tan satisfactorio que no pudo evitar una ligera sonrisa. Guardó el arco con la misma rapidez con la que lo había descolgado y volvió a aferrarse al lomo de Dargan, quien seguía corriendo como si el mundo dependiera de ello.
Las bestias desplazadoras eran, sin duda, las más ágiles, capaces de esquivar y maniobrar a una velocidad imposible. Pero no eran las únicas. Los zengs competían en agilidad, aunque con más astucia que fuerza. Los nightmares, en cambio, jugaban en otra liga. No corrían como las bestias desplazadoras, pero lo compensaban con un poder devastador: el fuego.
Y eso los hacía especialmente peligrosos.
Liral lo sabía bien. Y justo cuando ajustaba su posición sobre Dargan, la vio. A la maldita pelirroja. Elandra. La espina clavada en su costado desde el primer día.
Iba delante de ella, sobre su nightmare, Afra, que se movía como una sombra ardiente entre la arena. Había salido antes que Liral, lo que le daba una ligera ventaja.
Liral apretó las riendas de Dargan y le dio una orden.
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—Dargan, acércate todo lo que puedas a esa creída. Vamos a enseñarle unas cuantas cosas.
Dargan obedeció y, en cuestión de segundos, estaban casi a la altura de Afra. El nightmare era impresionante, su pelaje oscuro como el carbón parecía arder, y las pequeñas llamas que brotaban de sus crines se movían como olas de fuego.
Una criatura de luz, fuego y sombra, diseñada para intimidar. Pero Liral no tenía tiempo para admirar nada.
Cuando Dargan redujo un poco el ritmo ponerse en paralelo, Elandra giró la cabeza con las gafas llenas de arena y reflejando una mirada de puro odio. Su trenza pelirroja ondeaba al viento mientras sus labios se torcían en una mueca de desprecio. Pero Liral estaba acostumbrada a esa cara. De hecho, casi la disfrutaba.
—¿Qué pasa, pelirroja? ¿Pensando en rendirte? —dijo Liral, con una sonrisa que sabía que la encendería más.
Elandra frunció el ceño y escupió las palabras como si le quemaran la lengua.
—Te recuerdo que, lamentablemente, estamos en el mismo equipo. Pero si quieres ser nuestra enemiga, dilo de una vez, para que mi próxima flecha acabe entre tus cejas.
Liral no pudo evitar soltar una risa burlona mientras se inclinaba un poco hacia Elandra.
—Primero aprende a apuntar bien, pelirroja, y luego hablamos. No quiero morir por accidente con uno de tus tiros ridículos.
Elandra gruñó, y Afra respondió al instante acelerando como si sintiera el enfado de su jinete. Liral observó cómo el nightmare, con su fuego y su fuerza, se lanzaba hacia delante. Era impresionante, sí, pero no lo suficiente. Dargan podía alcanzarlos fácilmente.
—Vamos, Dargan —murmuró, y su bestia desplazadora aumentó el ritmo y cubrió la distancia entre ellos.
Con una mano firme en el lomo de Dargan, Liral descolgó su arco y tomó una flecha. La siguiente diana estaba a kilómetros de distancia, apenas visible, un punto casi perdido en el horizonte.
Ajustó su posición y tensó la cuerda mientras el aire rugía a su alrededor. El mundo pareció detenerse un momento mientras su mirada se enfocaba únicamente en el objetivo.
—¡Cuidado, pelirroja! —gritó justo antes de soltar la flecha.
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Elandra apenas tuvo tiempo de reaccionar. Se echó hacia atrás por instinto y la flecha pasó rozándole la nariz. Un segundo después, el sonido del impacto resonó en el centro perfecto de la diana.
Liral soltó una carcajada de soberbia y levantó una ceja mientras veía a Elandra mirar hacia atrás con los ojos ardiendo, literalmente. Su expresión de odio era tan intensa que parecía que el fuego del nightmare había llegado a sus pupilas.
—¡Maldita imbécil! —gritó Elandra.
Liral se encogió de hombros, con esa sonrisa que sabía que la irritaba aún más.
—¿Qué? ¿Te ha rozado un poquito?
—¡Te juro que la próxima te atravieso la garganta! —rugió la pelirroja, haciendo que Afra soltase un relincho de fuego que iluminó el desierto.
—Inténtalo si puedes. Pero recuerda que el único tiro que importa es el que da en el centro.
Antes de que Adriel abriera la boca, Liral ya había sentido su olor en el aire. Siempre lo hacía, ese rastro peculiar que lo precedía, mezcla de sudor, cuero viejo y arrogancia desbordada.
Adriel estaba detrás y se acercaba con ese aire de suficiencia que tanto la irritaba.
—Malditas lagartas inmortales —soltó Adriel con su típica burla, ese tono que le hacía hervir la sangre—. ¿Se os ha olvidado que estamos en el mismo equipo? Aunque, oye, si vais a seguir matándoos con palabras, puedo unirme. Siempre es más divertido con tres. —Su zeng avanzó con facilidad hasta colocarse a la derecha de Elandra.
Liral apretó los dientes.
—El que nos faltaba… —murmuró con toda la paciencia que pudo reunir.
Adriel se acercó lo suficiente para que ella pudiera verle esa sonrisa socarrona.
—No sé qué bicho te picó al nacer, Liral, pero te dejó esa cara de amargada para toda la vida.
Elandra no pudo evitarlo. Se llevó una mano a la boca, pero el intento de contener la carcajada fue un fracaso total. Soltó una risotada que resonó entre la arena.
—Gracias, Adriel, en serio. Hacía falta esto. —Sonrió con una chispa de diversión en los ojos—. No recordaba lo que era reírme de verdad.
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Liral giró la cabeza hacia ellos.
—¿Ya habéis terminado de hacer el inútil? —dijo Liral arqueando una ceja con exasperación—. La puta guerra está a punto de empezar, ¿sabéis? Y aquí estoy yo, aguantando vuestras tonterías. Así que, por favor, intentad tomaros esto en serio por una vez en vuestra vida. Porque, como siempre, me tocará a mí salvaros el culo cuando os deis cuenta de que no sois capaces de entrenar como los dioses mandan.
Y sí, Liral había dicho «guerra». Porque, desde hacía tres semanas, no había escuchado otra palabra.
Wendigos.
Wendigos en Novadia. Ese era el rumor que corría por todas partes, y los escuadrones de Arcadia no tardaron en barrer la cordillera. No es que Liral lo supiera porque hubiera estado allí, ojalá. Cada día luchaba consigo misma para conseguir la oportunidad de ir a las misiones, aunque todo el mundo le recordaba que aún no era su momento.
Los jinetes más veteranos, como la líder Gwren de las bestias desplazadoras, que parecía tener siglos encima, no dejaba de repetirle lo mismo: «Aquí nadie va a las misiones importantes hasta años después de formar parte del escuadrón». Era la norma, la tradición, y a nadie le importaba que ella estuviera lista para demostrar que podía hacerlo ya.
Y lo estaba. Sabía que lo estaba. Podía sentirlo en cada entrenamiento, en cada flecha disparada y en cada carrera con Dargan. Quería salir, quería estar allí con ellos, vigilando, protegiendo a su ejército y al mundo al que, para ser sincera, había aprendido a apreciar. Porque antes lo odiaba, como también había desconfiado de todo y de todos. Pero ahora era diferente.
Lo que nadie sabía, lo que no le había confesado ni a Dargan, era que ser jinete le había salvado la vida. No solo su cuerpo, sino su mente. Ser parte del escuadrón había llenado un vacío que llevaba arrastrando años, uno que ni ella misma entendía del todo.
Adriel se llevó una mano al pecho y fingió estar herido.
—Ay, Liral, siempre tan cariñosa. Me derrites con tus palabras.
—Y tú, siempre tan… —Liral le dedicó una mirada rápida antes de centrarse nuevamente en su camino—. No sé cómo sobreviviste tanto tiempo sin que alguien te arrancara la cabeza.
Elandra se inclinó hacia delante en su nightmare, todavía con una sonrisa en los labios.
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—No te preocupes, Liral. Si la guerra se acerca, al menos nos aseguraremos de que te diviertas un poco. ¿No es eso lo que quieres? Entre salvarnos el culo y soportar a Adriel estarás entretenida. Liral bufó mientras se ajustaba el arco en la espalda.
—¿Sabéis qué? Tal vez debería dejar que os maten unos cuantos wendigos si se acercan aquí. Un poco de paz no me vendría nada mal.
Estaba enfadada con esos dos. Adriel y Elandra siempre lograban irritarla hasta el límite, pero, en el fondo, no lo decía en serio. Había visto lo que los wendigos eran capaces de hacer. Sus dientes afilados, sus garras que parecían hechas para arrancar carne con una precisión enfermiza, y esa mirada vacía que congelaba hasta los huesos. No, no deseaba eso ni siquiera para ellos, ni para su peor enemigo.
Adriel rio.
—Tú sin nosotros no durarías ni un día. Admitámoslo, Liral, lo que realmente te molesta es que somos la mejor parte de tu día. Pura diversión garantizada.
Liral se giró un segundo y le lanzó una mirada afilada como una daga. —La mejor parte de mi día será cuando os calle de un flechazo a los
dos.
Elandra levantó una mano fingiendo rendición.
—Tranquila, tranquila. Nadie quiere que saques el arco ahora…, aunque sería divertido verte intentarlo. —Le lanzó una mirada a Adriel—. Pero, oye, Adriel, a lo mejor puedes distraerla un rato más. Yo me adelanto.
Él sonrió de lado.
—Ni lo sueñes, Elandra. Si Liral va a matarnos, quiero estar aquí para disfrutarlo. Pero, eso sí, que sea rápido, ¿eh? Que tengo planes después.
Liral sacudió la cabeza al tiempo que apretaba los dientes y se mordía el interior de la mejilla para no gritarles. Entre Adriel y Elandra, estaba convencida de que acabaría muriendo de un ataque de nervios antes de que la guerra siquiera comenzara. Sin bajar el arco, se giró ligeramente y apuntó hacia otra diana que apenas se distinguía a lo lejos. Mientras ellos seguían perdiendo el tiempo con sus tonterías, ella estaba concentrada en lo que de verdad importaba.
—Joooder, Liral… —dijo Adriel, soltando un silbido cuando vio el impacto perfecto de su flecha en el centro.
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Liral apenas le dirigió una mirada fugaz, antes de inclinarse sobre Dargan, y con una sola señal a su bestia, se lanzó hacia delante como un rayo, dejando a Adriel y Elandra tragando arena.
Dargan se movía con una velocidad imposible, y mientras avanzaban, las dianas caían una tras otra, cada flecha encontrando su lugar exacto. No falló ni una y, cuando terminó, el silencio del desierto se sintió casi ensordecedor. Se permitió una pequeña sonrisa, esperaba que, entre las sombras de las formaciones rocosas, los líderes la hubieran visto. Porque lo necesitaba. Necesitaba estar en esas misiones, estar allí cuando llegara el momento de la verdad.
Todo lo que había ocurrido en Novadia en los últimos días pesaba sobre ella como una losa. Los rumores de los wendigos, las historias de su brutalidad avanzando hacia la cordillera, y, sobre todo, el regreso del fénix.
Tenía que demostrar que estaba lista, que no había nacido para quedarse atrás. Su lugar estaba en el frente, allí donde todo pasaba, donde cada flecha y cada decisión podían cambiar el rumbo de una batalla o incluso salvar una vida.
Quería sentir la adrenalina, el peso de la responsabilidad, y estar donde se jugaba de verdad. En el polvo, el sudor, la sangre…, ahí era donde quería estar, porque sabía que ese era su lugar.
No por capricho, sino porque cada parte de ella lo pedía a gritos.
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Eda
Caminaba en silencio por un bosque envuelto en penumbra. Los árboles se alzaban como gigantes, sus troncos cubiertos de un musgo espeso que parecía palpitar, mientras sus raíces serpenteaban por el suelo, como si intentaran atraparme. El suelo, húmedo y esponjoso, cedía ligeramente bajo mis pasos y pequeñas luces que brillaban en tonos azules y morados flotaban a mi alrededor, danzando como si tuvieran voluntad propia, guiándome.
No sabía a dónde, pero no podía evitar seguirlas.
Sentía una extraña atracción, algo en mi interior me empujaba hacia ellas. No había ni un solo sonido en el bosque, solo silencio. Ni el viento entre los árboles, ni los animales nocturnos, nada. Pero en mi mente, esa voz…, una profunda, oscura, masculina, que me susurraba: «Ven… Vuelve a casa…».
Era casi como un eco dentro de mi cabeza.
Seguí caminando hipnotizada, como si algo más allá de mí misma me empujara. No sentía miedo, solo una sensación de familiaridad que no podía explicar, como si ya hubiera estado allí antes. «Ven… Mírate… y verás quién eres realmente».
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Después de lo que pareció una eternidad, llegué a un claro en el bosque. En el centro, un lago esférico me esperaba, su superficie tan lisa que parecía un espejo.
Estaba rodeado por esas mismas luces mágicas, que parpadeaban con suavidad a su alrededor. El agua era oscura, negra, pero brillaba de una manera extraña, como si algo antiguo y poderoso se escondiera bajo su superficie. Me acerqué lentamente a la orilla de este, movida por una atracción inexplicable, mientras la voz seguía susurrando, cada vez más dulce, más íntima.
«Mírate… Verás lo que hay dentro de ti…, lo que siempre has sido…». Sin pensarlo demasiado, me arrodillé junto al lago sintiendo la humedad fría de la tierra bajo mis rodillas. Me incliné hacia delante, casi como si una fuerza invisible me empujara, y mis ojos buscaron con avidez
mi reflejo en la superficie oscura y brillante del agua.
Pero lo que vi ahí… no era lo que esperaba.
Lo que me devolvía la mirada no era mi rostro, al menos no el que había conocido toda mi vida. La figura que me miraba desde el agua tenía la piel completamente negra, pero no era un tono normal, era como si la oscuridad misma, la noche más profunda y densa, se hubiera apoderado de cada rincón de mi cuerpo. Mi piel, ese manto oscuro, parecía absorber la luz a su alrededor.
Y luego estaban mis ojos… O los de esa cosa…, no lo sabía. Brillaban con un azul intenso, tan profundo que casi parecían piedras
preciosas incrustadas en mi rostro.
Mi cabello…, siempre blanco, flotaba ahora en el aire como una cascada de un azul eléctrico que vibraba por si solo, como si estuviera vivo, como si se hallara sumergido en el agua.
Sentí cómo el aire se escapaba de mi pecho.
No podía apartar la vista de ese reflejo, aunque sabía que lo que veía no tenía sentido, no podía ser real. Sin embargo, había algo en ello, en esa figura, que me resultaba familiar, como si la hubiera estado llevando dentro de mí durante todo ese tiempo.
Tal vez… tal vez aquella era la verdadera yo.
Me estremecí al pensarlo.
Tal vez esa oscuridad siempre había estado dentro de mí, oculta bajo la superficie, a la espera del momento perfecto para salir. Todos los
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entrenamientos, las luchas, el miedo a lo que no entendía… y ahora, ¿era aquello lo que siempre había estado destinado a ser?
De repente, sin previo aviso, una mano surgió del agua. Era masculina, oscura como la mía, pero más grande, más fuerte. Sombras negras la envolvían, como si fueran una extensión de su propia piel.
No me agarró con brusquedad, ni fue el ataque que esperaba. Se movió despacio, con una precisión escalofriante, como si estuviera calculando cada movimiento. Sentí sus dedos fríos deslizarse por el cuello de mi uniforme hasta envolverlo con una firmeza que dejaba claro quién tenía el control. No hubo violencia, pero tampoco escapatoria. Me sostenía como si fuera una muñeca rota, completamente a su merced.
El frío de las sombras se deslizó desde esa mano y serpenteó por mi piel; me recorrió el cuello, la espalda, hasta envolver todo mi cuerpo en una sensación helada y opresiva.
Intenté resistirme, mis manos volaron hacia la tela en un intento por zafarme de su agarre, pero algo en mí sabía que era inútil, que no era un simple ataque físico, sino algo más profundo, más primordial.
Me estaba reclamando.
Las sombras se enroscaban a mi alrededor y tiraban de mí con una fuerza implacable hacia el lago. Mi cuerpo, como si ya no fuera mío, empezó a inclinarse hacia delante, arrastrado sin resistencia. El agua oscura, fría y estática, se acercaba demasiado rápido, reflejando un vacío que parecía querer devorarme.
Mis piernas temblaban débiles, incapaces de resistirse a la fuerza que me empujaba hacia abajo. Abrí la boca para gritar, pero nada salió. Mi voz estaba atrapada, como si las mismas sombras me hubieran arrebatado hasta el último aliento.
El mundo empezó a desvanecerse a mi alrededor. Los sonidos se apagaron, las luces se difuminaron y todo parecía romperse como cristal hecho trizas. Me hundía en la oscuridad, sin fin, sin rumbo. Pero lo más extraño de todo…, lo único que sentí fue paz.
Lo que me despertó no fue la sensación de ahogarme en la oscuridad, sino una luz cegadora que atravesaba mis párpados cerrados. Abrí los ojos de golpe y lo vi. Fuego. Azul y feroz, consumiéndolo todo a mi alrededor.
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Las llamas devoraban las sábanas, subían por las paredes, luchaban contra el frío eterno de la cumbre.
El caos era absoluto. El fuego no solo ardía, parecía estar vivo, una bestia que rugía con furia y se enfrentaba incluso a la roca sólida de los pilares. Miré frenéticamente de un lado a otro, buscando algo, cualquier cosa que tuviera sentido. Pero no había nada, solo ese fuego que no se detenía.
Entonces mis ojos bajaron al suelo y ahí estaba Kali. Tranquila, serena, sentada a mi lado como si todo aquello no fuera más que un espectáculo para ella. Las llamas azules la envolvían y acariciaban su cuerpo, pero en realidad no la tocaban. Ella solo me miraba mientras yo jadeaba, atrapada en el puro caos.
No hay sombras, Eda, solo fuego.
Estaba atónita.
—Kali, ¡¿estás viendo lo mismo que yo?! —grité desesperada, mientras levantaba las manos. Fue entonces cuando lo vi: de cada dedo brotaban llamas azules que se retorcían por mis brazos como serpientes vivas.
Son parte de ti, dijo Kali.
Salté de la cama como un resorte, mi corazón desbocado mientras buscaba, no sé, agua, un maldito milagro, algo para apagar el incendio que yo misma había desatado.
Se te está quemando el vestido.
Miré hacia abajo y, efectivamente, el borde de mi vestido estaba prendido. Intenté apagarlo con mis propias manos… en llamas. Brillante idea, ¿no? Mis dedos seguían envueltos en fuego, así que los moví frente a mis ojos horrorizada.
Era mi fuego, mi poder, y no tenía ni idea de cómo detenerlo.
Me obligué a tranquilizarme, a calmar mi respiración como pude, y las llamas de las manos comenzaron a apagarse poco a poco. Pero el maldito fuego en mi vestido no cedía. La tela ardía con rapidez y, antes de darme cuenta, las llamas ya habían alcanzado mis rodillas. Me apresuré a sofocarlas golpeando la tela con las manos hasta que, por fin, desaparecieron.
Miré a mi alrededor entre jadeos, con el corazón a mil. La habitación era un caos total. Las llamas azules se habían apoderado de todo: sábanas, muebles, paredes… Nada se salvaba.
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—Kali, no sé cómo… ¡No sé cómo apagarlo!
Es tu fuego, Eda, respondió ella. No puedo apagarte. Solo tú puedes hacerlo.
El fuego azul seguía envolviendo cada rincón, pero no era eso lo que realmente me aterrorizaba. No eran las llamas lo que me dejaba sin aliento.
Era mi falta de control.
Me llevé las manos a la frente y cerré los ojos con fuerza. Tenía que controlarlo, tenía que dominarme a mí misma. El fuego no obedecía a nadie más que a mí.
«Concéntrate, Eda», me dije a mí misma, intentando encontrar la calma en medio del caos. Sentí el fuego en mi interior, lo visualicé recorriendo mis venas, alimentándose de mis emociones, de mi miedo. Tenía que controlarlo, tenía que dominarlo. Porque si no lo hacía, el fuego me consumiría a mí.
—Visualiza la calma, lo que te da paz, lo que te permite controlar lo que eres… y, cuando lo encuentres, quédate ahí —dijo Dalton.
Abrí los ojos de golpe sorprendida. Se encontraba en el umbral de la puerta, observándome con esa mirada intensa que siempre me ponía los pelos de punta.
—No me mires, Eda. Cierra los ojos y concéntrate en controlarlo. Cerré los ojos de nuevo con los dientes apretados mientras intentaba
seguir su consejo.
«La calma», me repetí a mí misma. Tenía que encontrarla como fuera. Traté de imaginar un lugar donde todo estuviera en equilibrio, donde las llamas no pudieran alcanzarme.
Pensé en la noche. En un cielo oscuro, profundo, casi sin estrellas. Uno que no emitía más que serenidad, un vacío pacífico. El aire fresco de una noche de invierno.
«Respira, Eda», me dije. Y lo hice. Inhalé lento, profundo, dejando que la oscuridad de ese cielo se asentara dentro de mí y, cuando abrí los ojos de nuevo, las llamas aún permanecían, pero no tan salvajes como antes.
Dalton dio un paso adelante y, con un simple movimiento de su mano, su fuego negro surgió y envolvió el mío. Las llamas azules comenzaron a ceder, como si su fuego fuera una manta que las apagaba.
En cuestión de segundos, el azul brillante que antes devoraba la habitación se desvaneció. El fuego negro lo apagó todo de un solo soplo y, con su desaparición, sentí que algo dentro de mí también se apagaba, una
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pequeña chispa de mi esencia se había ido junto con las llamas. Mis rodillas temblaron y me dejé caer al suelo agotada, vacía por dentro.
—Es normal sentirse sin energía —dijo Dalton acercándose lentamente hacia mí. Podía oír cada uno de sus pasos, el sonido de sus botas sobre el suelo, su aroma llenando la habitación y la familiaridad de su presencia. Pero no me giré. No fui capaz.
—Podía haberlo apagado sola —siseé entre dientes, más frustrada conmigo misma que con él—. Casi lo tenía.
—Te costará semanas acostumbrarte a la cantidad de poder que llevas dentro. A encenderlo y a apagarlo a voluntad. —Sus pasos se detuvieron a un metro de mí, como si supiera que no debía acercarse más.
No le contesté. No me moví.
—Eda, por favor… —suplicó Dalton—. No puedes hacer como si no existiera. No sé qué es lo que ha pasado entre nosotros, pero… no puedes evitarme así. Me necesitas ahora más que nunca. Tu poder…, necesitas control. Yo puedo ayudarte. —Su voz se apagó—. Habla conmigo…
El vacío en mi pecho se hacía más profundo con cada palabra que pronunciaba. Podía escuchar el dolor en su voz, la desesperación. Pero incluso sabiendo eso, algo dentro de mí se resistía. Así que no dije nada. Ni siquiera me atreví a mirarlo.
Levanté la vista al frente, hacia el horizonte. Podía ver cómo la noche ya comenzaba a desvanecerse, dejando espacio para los primeros destellos del amanecer.
Suspiré hondo y me levanté mientras recordaba los últimos tres días que había pasado intentando que Kali aprendiera a volar. Al principio apenas lograba despegar unos centímetros del suelo, movía sus alas como si no supiera qué hacer con ellas. Pero con cada intento se alzaba un poco más, recorría distancias mayores.
Intenté hablar con ella a través del vínculo que compartíamos, pero Kali era… reservada. Quizá porque aún era una cría o porque simplemente no tenía mucho que decir. Solo me daba respuestas cortas o a veces tan solo silencio.
Durante esos días también me había asegurado de mantener la mayor distancia posible de Dalton. No tenía paciencia para sus explicaciones ni para enfrentarme a lo que significaba tenerlo cerca. Incluso Misso, con quien trabajaba en el entrenamiento de Kali, parecía entenderlo. Se
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mantenía profesional, directa. Si necesitaba algo sobre el fénix o sobre los ejercicios, me lo explicaba sin rodeos. Nada más. Y yo lo agradecía.
El comandante Kaiden, en cambio, había desaparecido del mapa. Seguramente seguía en Arcadia con los otros jinetes, organizando las patrullas o entrenando. Me frustraba no saber nada de sus avances ni de si habían tenido problemas. Pero estaba segura de que, si algo grave hubiera pasado, ya me habría enterado.
Mientras Kali dormía, lo que solían ser casi diez horas seguidas, aprovechaba para ejercitarme con Nolan y Calen en el campo de entrenamiento. Nada de magia, solo instrucción física básica. Mi prioridad era fortalecer mi cuerpo, acostumbrarme a esta nueva agilidad y fuerza que me daba la inmortalidad.
Ver a Calen de nuevo había sido una sorpresa agradable. La última vez estaba postrado en la cama, débil, casi irreconocible. Ahora era otro hombre por completo: músculos marcados, más fuerte que nunca. Se notaba que había estado aprovechando el tiempo mientras yo dormía para ponerse al día. Tanto él como Nolan no le quitaban los ojos de encima a Kali, como si fuera a desatar una tormenta en cualquier momento.
Lo mejor de todo había sido descubrir sus caras al verme entrenar. Mi velocidad, mi precisión, todo lo que la inmortalidad había cambiado en mí… los dejó boquiabiertos. Nolan casi se tropieza al verme esquivar un golpe con una rapidez que antes no tenía, y Calen soltó un «¿Qué demonios fue eso?» que me hizo reír. Verlos tan incrédulos me sacó más de una sonrisa.
Era gratificante notar cómo ellos, que habían sido protectores conmigo, ahora empezaban a percibirme de una forma diferente: como alguien que podía defenderse sola. Y esa sensación era, simplemente, increíble.
Suspiré volviendo al presente, atrapada en esa habitación de hielo y cenizas.
—¿Todas las noches serán así? —pregunté finalmente.
—¿Llenas de pesadillas? —respondió él con una calma que casi me irritó. Me giré solo un poco para mirarlo por encima del hombro. Su pelo estaba desordenado, como si acabara de levantarse, y llevaba una camisa ancha junto con unos pantalones holgados.
—Es la primera vez que tengo una —admití bajando la mirada, incapaz de sostenerla mucho tiempo—. Todas estas noches que he
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dormido no he soñado nada. Como si hubiera un vacío en mi mente. Y, de repente, soñar con esto… No quiero que él… —no pude decir su nombre
— consiga descontrolarme. No quiero que se meta en mis pesadillas. Dalton se quedó en silencio, su rostro endurecido, como si no supiera
cómo continuar. Yo, en cambio, tragué saliva y reuní el coraje para decir su nombre.
—Dalton.
—¿Sí? —Sus ojos verdes brillaron. —Las tierras Bankai… ¿eran mi casa?
—Lo eran, Eda. Antes de conocerme, esas tierras eran tu hogar. —Sus palabras cayeron como una piedra en mi pecho—. Sé que te gustaría saber más sobre tu vida antes de mí, pero nunca hablamos de ello… y no sé nada más, te lo prometo.
Así que esa voz… en el bosque, susurrando que volviera a casa… venía de Iron. Me estaba llamando, quería que regresara a casa.
Asentí sin palabras y, al girar la cabeza, vi a Kali acurrucada en lo que quedaba de las sábanas, envuelta en ellas como si buscara el calor que aún mantenían las telas chamuscadas.
Una idea me cruzó la mente, algo que podía hacer para que descansara mejor, pero dos golpes suaves en la puerta medio abierta hicieron que tanto Dalton como yo nos volviéramos instintivamente.
—Su Alteza. —Faelan, con el rostro enterrado como siempre bajo la capucha, inclinó la cabeza ligeramente hacia Dalton—. Señorita Eda. — Sonrió antes de inclinarse hacia mí en una reverencia más profunda.
—Buenos días, Faelan —respondió Dalton—. La señorita Eda tuvo un pequeño escape de poder.
—Pesadillas. —Me encogí de hombros mientras miraba la habitación llena de cenizas—. Pesadillas que terminan en humo y… desastre, al parecer.
Faelan echó un vistazo rápido a la habitación recorriendo cada rincón chamuscado con una mirada analítica. Sus ojos se detuvieron en las sábanas carbonizadas, en los muebles que aún soltaban humo. Al final, carraspeó con una leve incomodidad.
—No se preocupe, enseguida le preparo otra habitación.
—No será necesario —me apresuré a contestar—. Prefiero quedarme aquí. Si vuelve a pasar lo mismo, no quiero terminar incendiando otra estancia.
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Faelan era un hombre reservado, siempre envuelto en su capucha, y lo había visto un par de veces desde los pilares de la cumbre, observando en silencio entre las sombras. Nunca hablaba más de lo necesario, sus palabras eran tan escasas como sus apariciones, pero siempre parecía estar presente.
—Como desee —respondió antes de cambiar su atención a Dalton—.
Su Alteza Imperial, tiene visita. Alaric está aquí.
Alaric… Recordé que era el líder del escuadrón de nightmares.
—Dile que me reuniré con él en veinte minutos. Gracias, Faelan.
El hombre inclinó la cabeza una vez más y se retiró, dejándonos a solas otra vez.
—¿Por qué está aquí Alaric? ¿Ha pasado algo en Arcadia? —pregunté. —Nada que deba preocuparte. Cada semana, uno de los líderes de los escuadrones de Arcadia se reúne conmigo para ponernos al día, es un procedimiento estándar. Arcadia está demasiado lejos del territorio Bankai,
así que es improbable que haya ataques. Además…, tú no estás allí. —Gracias por decírmelo —contesté, notando un leve brillo en sus
ojos, quizá de esperanza.
Me giré hacia el tocador para comenzar a arreglarme. Sentí cómo inhalaba profundo antes de soltar el aire con fuerza, y luego, lo escuché moverse hacia la puerta.
—¿Quieres que te lleve al campo de entrenamiento? —preguntó—.
Alaric puede esperar, no me importa.
—Gracias, pero ya quedé ayer con Calen y mi hermano para ir juntos.
—Está bien.
Se detuvo de golpe y se giró hacia mí. Dalton me miró en silencio durante unos segundos, sus ojos buscando algo en los míos, pero yo no le di nada más. Después de lo que pareció una eternidad, asintió despacio, como si estuviera aceptando lo inevitable, aunque claramente no le gustaba.
—Me marcho unos días a la ciudad de Pramvera. Hay muchos asuntos pendientes en el palacio y no quiero dejar la ciudad sola. Allí es donde más mortales viven, así que me llevaré una parte del ejército imperial conmigo para asegurar la protección.
Se dio la vuelta, pero antes de irse señaló una de las mesas redondas en la enorme habitación. Con un gesto rápido, apuntó hacia la pila de libros que había sobre ella.
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—Te he dejado tus libros para que puedas leerlos. Y también puedes comunicarte conmigo. —Hizo una pausa y esbozó una sonrisa leve—. Escríbeme si lo necesitas. Cualquier cosa y volaré hacia aquí de inmediato.
Asentí sin mirarlo con los ojos fijos en el tocador. Necesitaba esconder la maraña de emociones que seguramente se me reflejaban en el rostro. Mi corazón se sentía hecho pedazos, lleno de preguntas que no me atrevía a formular.
Cuando la puerta se cerró detrás de él, me acerqué a mi pequeño arsenal. Me até las dagas al cinturón, asegurándome de que cada una estuviera en su lugar, y desenvainé mi espada por un momento para comprobar su filo. Tenía que concentrarme en el entrenamiento. En Kali. En nada ni nadie más.
Al menos, de eso intentaba convencerme a mí misma.
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Eda
Había pasado una semana y Dalton no había vuelto. Había levantado la tapa del libro mágico un par de veces con la esperanza de ver algo escrito, algún mensaje, pero no había nada. Él no había escrito, y yo tampoco iba a hacerlo.
Cada noche, antes del anochecer, me encerraba en mi habitación, lista para otro día que arrancaría con el amanecer. Siempre había odiado las mañanas, pero ahora no tenía otra opción. Nada de quedarme despierta hasta tarde, nada de escapadas nocturnas. Mi vida era simple: dormir temprano, despertar con el sol y entrenar hasta que mis músculos pidieran un descanso.
Esos días no habían sido tan malos, para ser honesta. El entrenamiento era duro, pero me mantenía ocupada. Lo mejor de todo era la compañía. No solo entrenaba con Calen y Nolan, sino que también había conocido a otros jinetes. Chicos y chicas de diferentes escuadrones que, para mi sorpresa, me hacían sentir bien.
Nolan lo había dicho con orgullo: «Aquí somos una familia ahora, Eda». Y tenía razón. Nunca lo había visto tan feliz como con su escuadrón.
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Yo tampoco era la misma. Ya no era la hermana solitaria que pasaba sus días perdida en los libros. Aquí no era eso. Aquí, era la jinete de un fénix.
No tenía un escuadrón al que pertenecer. Éramos solo Kali y yo, nuestro propio escuadrón. Y eso, de alguna forma, me hacía sentir más fuerte.
Tan solo unos días atrás, Kali apenas podía levantar vuelo, y ahora volaba a mi lado como si hubiera nacido para ello dejando a todos boquiabiertos. Cada vez que pasaba, las miradas la seguían, y algunos jinetes incluso inclinaban la cabeza en señal de respeto. Luego, sus ojos se posaban en mí…, la chica en llamas.
En Novadia las noticias volaban más rápido que las criaturas. El rumor de que podía hablar con Kali ya había llegado a todos, seguramente gracias a Nolan, mi hermano bocazas. Había intentado comunicarme con otras criaturas, pero hasta ese momento todo lo que recibía como respuesta era un silencio absoluto. Cuando los jinetes me preguntaban al respecto, tan solo respondía que aún estaba descubriendo esa parte de la vinculación.
Las comidas eran justo después del entrenamiento matutino, en un gran comedor reservado para jinetes, cerca del campo. Los soldados imperiales tenían su propio comedor, más hacia el centro de la ciudad. Durante los entrenamientos colectivos no usábamos magia, solo técnicas y tácticas básicas, iguales para todos. Pero el entrenamiento con los poderes de vinculación era otro asunto. Las mantícoras y los hipogrifos se iban con sus jinetes a entrenar entre las montañas, lejos de la ciudad, dejando el resto del espacio para nosotros.
Todo era muy organizado, pero yo aún me sentía como un pez fuera del agua, aunque trataba de no mostrarlo.
Entrenaba con Misso en el valle. Nos enfocábamos en el vuelo y, supuestamente, en mis poderes, pero no avanzaba. No había progreso. Nada. No podía controlar ni una chispa, a menos que algo me desestabilizara, me hiciera perder el control. Era frustrante.
Sin emociones fuertes, no había poder.
Me sentía inútil, aunque Misso insistía en que era normal. «Es demasiado pronto tras la vinculación —decía—. Cada habilidad se desarrolla a su ritmo». Pero esas palabras no aliviaban la comparación. Kali iba mucho más adelantada que yo. Ya hacía círculos de fuego azul en
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la nieve, y las llamas se apagaban solas después, como si siempre hubiera sabido cómo hacerlo.
La cría de fénix manejaba todo mejor que yo.
Por las noches, después de los entrenamientos, estaba completamente agotada. Siempre había alguien que me llevaba la cena a la habitación. Me sentaba y comía frente al vacío, mirando el paisaje o a Kali, que descansaba acurrucada en un rincón. Algunas noches, Nolan y Calen traían sus cenas y se quedaban conmigo. Hablábamos un rato, pero no durante mucho tiempo. Siempre terminábamos quedándonos dormidos sobre los platos. Y aquella era una de esas noches.
—Menuda mierda de inmortalidad —bufó Calen metiéndose una cuchara de sopa en la boca—. ¿Cómo es posible que pueda arrancar un árbol del suelo, pero no mantenerme despierto después de cenar? Estamos defectuosos o algo.
—Es normal, se llama poder genio —le soltó Nolan, igual de cansado al tiempo que dejaba caer la cuchara en el plato—. ¿No escuchabas nada en las clases básicas? Oh, espera, claro que no.
—Me hablas como si fuera Adriel, tío. Y, al menos, a mí no me falta un tornillo como a él —contestó Calen con una sonrisa pícara mientras seguía comiendo.
—Ojalá te quemaras la lengua con esa sopa, rubiales. Así no tendríamos que escucharte.
—Si me la quemo, se cura, ¿no lo sabías? —Calen se inclinó hacia él, parecía disfrutar del pique.
—¡Es regeneración, no estupidez infinita! —Nolan le dio un leve golpe en la cabeza, lo bastante fuerte como para hacerlo fruncir el ceño.
—Si no puedes con mi intelecto, dilo y ya, pero no recurras a la violencia.
—En serio —intervine intentando no reírme—. ¿Vais a estar así por los siglos de los siglos? Porque si es así, quiero ir acostumbrándome ya.
—Oh, por supuesto —respondió Calen alzando la cuchara como si fuera un trofeo—. Soy el entretenimiento de Nolan. Sin mí, estaría llorando en un rincón.
—No, sin ti estaría en paz. ¿Te suena la palabra? «Paz». Silencio. Tranquilidad. —Nolan puso los ojos en blanco y se llevó un pedazo de pan a la boca.
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—¿Y quién querría eso? —dijo Calen al tiempo que se inclinaba hacia mí con una sonrisa traviesa—. ¿Verdad, Eda? Vamos, dímelo, ¿qué harías tú sin mí? Admito que tu vida sería un aburrimiento total.
—¿Sin ti? Probablemente dormiría como una persona normal en vez de escuchar esta conversación. —Solté una carcajada mientras Nolan asentía con fervor.
—¿Ves? Hasta ella lo admite —dijo Nolan señalándome con su cuchara.
—Y sobre lo de que tienes que aguantarnos siglos… —retomó Calen
—. Bueno, al menos ahora tu hermano ya no será calcinado por un fénix. Todo un progreso, si me preguntas.
Miré de reojo a Kali, que dormía tranquilamente cerca de nosotros, del todo ajena a la conversación.
—Ella sabe que vosotros no sois un peligro para mí. Yo para vosotros, en cambio…, bueno, digamos que sí lo soy.
—Me gusta cómo te defendió, Eda —intervino Nolan, con una sinceridad que no esperaba—. Al menos sé que, si algún día no estoy contigo, ella estará ahí para protegerte. Siempre.
—Más bien para calcinar a cualquiera que se acerque demasiado — soltó Calen—. Lo siento, Nolan, pero si alguien te quiere lejos de su hermana, es ella. Así que, si desapareces un día de estos, ya sabemos a quién culpar.
—Cállate, Calen. Que tú no duras ni cinco segundos si Kali decide apuntar hacia ti.
Solté una carcajada mientras revolvía la sopa con la cuchara, jugando más que comiendo.
—Come, Eda —insistió Nolan con ese tono de hermano mayor que le salía tan natural—. Si gastas poder, necesitas recuperar energía. No me hagas repetirlo.
—No estoy usando poderes…, apenas puedo hacer nada últimamente —murmuré girando la cuchara en círculos lentos dentro del plato.
Ellos sabían que mi poder tenía que ver con el fuego azul. Lo veían en Kali, en el brillo de sus plumas, pero nunca lo habían visto salir directamente de mí. No tenían ni idea de lo que había pasado en Pramvera. Y mucho menos sabían el detalle de cómo mi cabello cambiaba de blanco a un azul brillante según mis emociones, o cómo se transformaba por
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completo cuando explotaba al usar el poder. Eso era algo que prefería mantener en secreto, al menos por el momento.
—Alexander me explicó que, aunque no utilices de forma activa los poderes, tu criatura los gasta por ti. Ellos siempre están un paso por delante —dijo Nolan, que señalaba mi plato como si fuera un oficial dando órdenes—. Al vincularnos, compartimos la energía. Así que come, Eda.
Alcé una ceja y giré la cabeza despacio para mirarlo fijamente. —¿Alexander? —repetí saboreando la palabra como si descubriera
algo—. ¿Te refieres al comandante Kaiden?
Nolan se tensó, visiblemente incómodo, y apretó los labios antes de contestar.
—Sí…, eso mismo. Pero cuando estamos aquí, en círculo, creo que es más conveniente usar nombres.
—Ajá… ¿«Más conveniente», dices? —Arqueé las cejas y me dejé caer un poco hacia atrás—. O sea, ¿ya sois amigos íntimos? ¿Tomáis el té juntos o qué?
—Pff, ¿«Alexander»? —Calen, como siempre, tenía que añadir su granito de arena. Soltó una risotada y sacudió la cabeza—. Ni siquiera sabía que se llamaba así. Vaya, Nolan, no me seas raro.
—¡No seas idiota, Calen! —bufó Nolan, y puso los ojos en blanco mientras se apretaba el puente de la nariz como si estuviera lidiando con un crío.
—Ah, claro, porque «Alexander y Nolan» suena tan natural — continuó Calen, imitando un tono pomposo—. Seguro que ahora compartís secretos y os peináis juntos el flequillo.
—Por favor, cállate. Te juro que, si no estuviera tan cansado, te lanzaba esta sopa a la cara —amenazó Nolan con la cuchara dispuesta como si fuera un arma.
—Pues no me molestaría. Tengo hambre todavía.
—¿Por qué últimamente te comportas como el idiota de Adriel? ¿Te has vinculado con él también o qué?
Estallé en carcajadas, casi agradecida de no tener sopa en la boca. Nolan lo había dicho para cambiar de tema, lo conocía demasiado bien, pero… ¿por qué? ¿Y qué tenía que ver el comandante en todo aquello?
Después de cenar, Nolan y Calen se arrastraron, literalmente, hacia sus habitaciones, pero yo no tenía intención de acostarme todavía. Me quedé observando a Kali, que dormía en su rincón.
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Su cama improvisada, hecha con troncos y ramas, estaba rodeada por un círculo de arenisca luminis que, al encenderse, contenía las llamas dentro de sus límites, asegurando que el fuego no se propagara más allá. Aprendí rápido que a Kali le encantaba el calor, el fuego directo, y me aseguré de que su espacio fuera perfecto para ella. Volví la mirada hacia los troncos en el círculo. Necesitaba encenderlos yo misma, sin depender de nada ni de nadie. Podía hacerlo, tenía que hacerlo.
Cerré los ojos y sentí los latidos de mi corazón acelerarse mientras me concentraba en el calor que siempre parecía dormir bajo mi piel. Traté de imaginarlo, de llamarlo, de sentir cómo las llamas azules emergían de mis manos y envolvían los troncos encendiéndolos con mi poder.
Nada.
Abrí los ojos frustrada y comprobé que seguían en el mismo estado. Ni una chispa. Fruncí el ceño y apreté los puños. Algo tenía que estar haciendo mal. Sabía que el poder estaba ahí, lo sentía, pero parecía que rehusaba obedecerme. ¿Qué más necesitaba? ¿Rabia? ¿Miedo? ¿Dolor?
Kali, como si sintiera mi frustración incluso dormida, emitió un suave brillo azul desde sus plumas, un destello que iluminó la habitación por un momento. Solté un suspiro y me dejé caer sobre la silla junto al círculo, derrotada por mi incapacidad. ¿Por qué no podía hacerlo? ¿Por qué siempre era tan complicado?
—Quizá debería probar otro enfoque. —La voz de Faelan emergió de las sombras de una manera tan sigilosa que casi me sobresaltó hasta el alma. Me giré bruscamente y allí estaba, de pie en la puerta que Nolan y Calen habían olvidado cerrar al marcharse.
—Faelan. —Me levanté de la silla.
—Se empeña demasiado en forzarlo, señorita Eda —dijo con ese tono tranquilo y pausado que siempre parecía tener—. Los poderes no salen de la mente, sino del alma.
—¿Cómo…? ¿Cómo se supone que se hace eso? —pregunté sintiendo que me exponía por completo.
—No soy un experto en poderes —continuó—, pero he presenciado cosas que la mayoría ni puede imaginarse. He visto mucho fuego en esta vida. —Levantó un dedo y señaló hacia la cama de ramas y troncos que había preparado para Kali—. Sople. No piense demasiado. Sople como si el fuego ya estuviera aquí, en el aire, y solo necesitara guiarlo.
Dudé y apreté los labios mientras lo miraba.
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—No creo que pueda… No sé cómo hacerlo, y mucho menos con usted aquí mirando.
Faelan esbozó una pequeña sonrisa antes de dar un paso hacia atrás. —Entonces la dejo sola, señorita Eda. Pero créame, todo lo que
necesita ya está dentro de usted. Solo debe confiar en eso.
Y con la misma calma con la que había aparecido, se desvaneció entre las sombras de la Cumbre de Hielo.
Caminé despacio hacia la cama de ramas y troncos de Kali. Cerré los ojos, exhalé despacio, como si estuviera llamando a algo dentro de mí, y solté todo el aire.
Primero lo sentí: una leve vibración en el ambiente, como si algo despertara a mi alrededor. Abrí los ojos justo a tiempo para ver cómo un destello azul chispeaba en el borde de las ramas. Las llamas se extendieron despacio y abrazaron la madera, suaves pero constantes, iluminando la cama de Kali con un fuego azul.
El fénix se removió y se acomodó entre las brasas que ahora rodeaban su cuerpo. Sus plumas brillaron más intensamente, y un leve sonido de satisfacción se escapó de ella, como un ronroneo.
Lo había hecho. No con rabia ni con miedo, sino con calma. Por primera vez, sentí que el fuego azul estaba bajo mi control. Y todo gracias al consejo de la persona menos esperada.
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Elandra
Los guerreros kailani eran, sin duda, puros asesinos.
Elandra no tenía otro nombre para describirlos. No había manera más sencilla ni directa de decirlo. Eran la élite, la cima de los mortales y, aunque no lo admitiera en voz alta, le fascinaban. Pero, desde que había llegado a Arcadia, su atención no se centraba solo en los kailani como grupo. Había alguien en particular que no podía quitarse de la cabeza: Alaric, el líder del escuadrón de nightmares.
Era imposible ignorarlo. Su sola presencia lo llenaba todo, como si el lugar entero girara en torno a él. Aunque a veces parecía ausente cuando las cosas se complicaban, siempre regresaba para tomar el control, especialmente cuando la capitana no estaba cerca.
Elandra había investigado a fondo sobre los kailani, porque, claro, la curiosidad le podía. En Novadia, los soldados imperiales eran comunes, mortales alistados para servir al ejército. Pero los kailani… Ah, ellos eran otra cosa. No había palabras para describirlo. Eran armas de guerra, pura fuerza y destreza, y para ser mortales, bueno…, estaban para chuparse los dedos. Literalmente. Y no podía ignorar a Alaric, con su melena pelirroja, su porte intimidante y esa forma de moverse entre sus hombres como si
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fuera el rey absoluto del fuego. A veces, Elandra se sorprendía a sí misma mirándolo demasiado. Pero qué le iba a hacer. Era un espectáculo.
Los jinetes más avanzados y buena parte de la población civil vivían en la ciudad de Arcadia, una maravilla de piedra y arena. Pero lo que realmente destacaba de la ciudad era la enorme grieta que dividía una parte del terreno, conocida como la grieta de Cristales Rojos.
Las paredes de esta estaban cubiertas de cristales granates que atrapaban la luz del sol y la reflejaban con un brillo que cambiaba sin cesar a lo largo del día. Durante el amanecer, la grieta se bañaba en tonos dorados y naranjas; al mediodía, los cristales resplandecían como si estuvieran a punto de estallar, y al anochecer, el lugar se transformaba en un espectáculo de luces rojas y púrpuras. Era hermoso, sí, pero también brutal.
Dentro de la grieta había una red de caminos que serpenteaban entre las paredes de roca, arena y cristales. Algunos pasajes llevaban a grandes salas abiertas donde los kailani entrenaban sin descanso. Otros se adentraban en las profundidades, bajo tierra, donde el calor era aún más sofocante.
Para los guerreros mortales, entrenar en la grieta resultaba una verdadera tortura. A diferencia de los jinetes, ellos no tenían la resistencia o las ventajas que la vinculación ofrecía. Sentían el calor en toda su intensidad, uno insufrible, indomable, como si el mismo sol se hubiera instalado en aquel lugar.
Pero no era solo eso. Las tormentas de arena eran constantes, impredecibles y peligrosas. En su punto más extremo, se transformaban en algo mucho más temido: las cataratas de Ceniza. Estas eran corrientes de arena y polvo que descendían desde lo alto, como cascadas infernales que cegaban, quemaban y ahogaban todo lo que tocaban. Solo los mejores sobrevivían a esos entrenamientos.
Elandra miraba hacia abajo desde uno de los balcones que daban a la grieta, con la barbilla descansando en una mano. Desde allí se tenía una vista perfecta de todo: los caminos, las salas de entrenamiento y, por supuesto, los guerreros.
Pasaba mucho tiempo en ese lugar, sobre todo cuando no estaba entrenando o comiendo en los comedores de los jinetes. La dieta era algo también peculiar del lugar. Si algo había que reconocerle a Arcadia, era su queso, sin duda, lo mejor que tenían para ofrecer.
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Conseguir carne, en cambio, resultaba casi imposible. Con tantas criaturas feéricas rondando, los animales apenas tenían oportunidad de sobrevivir. La mayoría terminaban siendo devorados antes de que alguien pudiera cazarlos. Era frustrante, pero bueno, el queso siempre estaba ahí para salvar el día.
Y no solo el queso, claro. También estaban los guerreros, muchos de ellos sin camiseta, lo que definitivamente hacía que el paisaje mejorara de forma considerable. Sí, Elandra se daba el lujo de observarlos, y no veía ningún problema en admitirlo. ¿Por qué no? Era una manera tan válida como cualquier otra de matar el tiempo.
Claro, sabía que debería estar más concentrada en su entrenamiento, en mejorar con el fuego, en no quemar nada importante, pero… qué demonios. Tampoco era de piedra.
—¿Necesitas un pañuelo, pelirroja? —soltó Liral mientras se apoyaba a su lado, como si hubiera aparecido de la nada—. Se te cae la baba y estás dejando la barandilla hecha un asco.
Elandra suspiró, pero no apartó la vista de Alaric. Siempre la misma Liral, siempre la amargada.
—¿Qué quieres ahora? ¿Ya te has cansado de torturar a alguien? — respondió sin siquiera girar la cabeza. Porque, joder, ¿cómo apartar los ojos de Alaric? El tipo no solo era líder, era criminalmente guapo. Ese pelo rojo como el suyo, esos músculos, esa actitud de líder implacable… Su alma gemela. ¿Por qué nadie más lo veía?
Liral resopló y se cruzó de brazos.
—Te saca más de trescientos años, Elandra. ¿Cómo puedes pensar en alguien tan viejo?
Elandra abrió los ojos indignada mientras apartaba a regañadientes la vista del cuerpo sin camiseta de Alaric por primera vez. Al girarse, se encontró con otra visión mucho menos agradable: los ojos color miel de Liral, enmarcados por su cabello negro, que le caía desordenado sobre los hombros. Su mirada no era precisamente amigable; más bien, parecía que albergaba a mil demonios listos para desatarse sobre ella en cualquier momento.
—Primero, de viejo no tiene nada. Y segundo, no lo estaba mirando a él, observaba… la técnica. Sí, la técnica.
Liral arqueó una ceja.
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—Ajá, claro, la técnica. Con lo primero que has dicho te has delatado tú solita, pelirroja.
—¡Mira quién habla! —bufó Elandra, que volvió a posar los ojos sobre Alaric—. Puedo mirar a quien me dé la gana. Además…, fíjate en Eda. El emperador tiene más años que todos aquí juntos, y bien que está con ella.
Liral torció los labios, claramente molesta por el giro de la conversación.
—Bueno, en su defensa, Eda es la más poderosa de todos nosotros. Si alguien puede estar al nivel del emperador, es ella.
—¿Acabas de decir un cumplido, Liral? —preguntó inclinándose hacia ella.
—No.
—Sí que lo has hecho. Te he oído.
—Cállate, pelirroja —le soltó Liral fulminándola con la mirada. —Oye, yo te salvé la vida una vez. Lo mínimo es que me tengas algo
de respeto.
Elandra se arrepintió al instante de haber sacado el tema. No era algo de lo que hablaran mucho, casi nunca, de hecho. Lo evitaban como si fuera un terreno prohibido: aquel día en que Elandra se vinculó.
Liral giró la cabeza hacia ella despacio, como si necesitara procesar que había escuchado esas palabras salir de su boca.
—¿Otra vez con esa misma mierda, Elandra? —espetó—. Créeme, no necesito que me lo recuerdes. Ese momento lo tengo grabado en la cabeza, todos los malditos días, para asegurarme de que no vuelva a pasar. Y, por si lo has olvidado, en ese entonces era completamente mortal cuando casi me calcinas viva con esas llamas tuyas que ni siquiera podías controlar. Así que ahórrate las lecciones. Ahora soy inmortal, pelirroja, y por si no te has dado cuenta… soy mejor que tú en todo.
—Tienes muy mal temperamento, Liral —dijo Elandra con una sonrisa burlona mientras empezaba a caminar hacia el comedor. A esas horas, varios jinetes estaban comiendo, aunque el lugar estaba lo bastante vacío como para evitar miradas incómodas.
En una hora tenía entrenamiento con los líderes, en concreto con Alaric. Era, para ser honestos, lo único que le motivaba a levantarse últimamente. Sí, adoraba pasar tiempo con Afra, su nightmare, y desde la vinculación no se habían separado ni un segundo. Pero el imperio…,
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bueno, el imperio le había dado algo más. Un propósito. Un reto. Y quizá un par de distracciones.
—No te atrevas a darme la espalda, pelirroja —gruñó Liral detrás de ella, con un tono que podría haber hecho temblar a cualquiera.
—Te estoy dando tu lugar, detrás de mí. Recuérdalo.
—¡Maldita…! —El sonido de sus pasos rápidos sobre la piedra confirmó que intentaba alcanzarla.
—Nos vemos en una hora —dijo con un guiño antes de abandonar el comedor.
Atravesó la puerta casi vacía justo a tiempo, antes de que el huracán que era Liral le clavara una flecha en la cabeza… o en el orgullo, que a veces dolía más. Mientras corría hacia la próxima sala, no pudo evitar soltar una risita. «Ah, qué haría sin ti, Liral. O mejor dicho, ¿qué harías tú sin mí?», pensó.
—Eso está muy bien —le dijo Alaric a Elandra—. Tardarás meses…, tal vez años en perfeccionar tu técnica. Solo hace un mes que te vinculaste, y ya puedes encender una vela. Eso está muy bien.
Elandra levantó la vista desde la vela que descansaba frente a ella en la mesa de hierro. La pequeña llama parpadeaba, casi burlándose de ella. Intentó ignorar la sensación de que su progreso era insignificante.
—¿Todos los jinetes empiezan así? —preguntó dejando escapar un suspiro.
—Bueno…, no todos. —Alaric se inclinó un poco y sopló sobre la vela hasta apagarla—. No todos prenden fuego al ala este de un palacio cuando se vinculan.
Elandra sintió que su rostro se encendía de inmediato.
La sala en la que estaban estaba tallada directamente en las paredes de arenisca luminis que formaban la red de caminos dentro de la grieta. Era uno de los pocos lugares de esta donde no había criaturas rondando ni tormentas de arena amenazantes. Ahí solo estaban ellos, enfrentándose a sus propias debilidades y tratando de dominar sus poderes en un ambiente controlado.
Elandra suspiró e intentó volver a concentrarse en la maldita vela, pero sus pensamientos no dejaban de desviarse. Era imposible ignorar cómo
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Alaric la miraba, esa calma que parecía gritar que lo tenía todo bajo control, mientras ella se sentía como un desastre ambulante.
¿Cómo podía alguien ser tan jodidamente intimidante y, al mismo tiempo, tan… bueno con ella?
Con los guerreros kailani era un monstruo implacable, alguien que podía helarte la sangre con una sola orden. Pero con ella… con ella era diferente. Más paciente, más tranquilo. Y, sinceramente, eso la ponía más nerviosa que si le gritara.
—Me cuesta cinco minutos encender una vela —murmuró al final frustrada, mirando de reojo a Liral, que estaba en la esquina, completamente absorta en sus propias sombras. Las pequeñas formas oscuras de un azul profundo se deslizaban alrededor de ella como serpientes, sutiles pero peligrosas—. Y luego está el poder de vinculación de las sombras —añadió Elandra, más para sí misma que para nadie.
Alaric la escuchó y negó con la cabeza, cruzando los brazos frente a la mesa.
—Deja de compararte, señorita Elandra. Cada jinete sigue su propio ritmo. Liral es buena con las sombras porque su vinculación principal es esa. Pero tú tienes prácticamente dos poderes. Eso conlleva más sacrificio, más tiempo y, sí, más paciencia. —Señaló la vela con la barbilla—. Ahora, vuelve a intentarlo.
Elandra respiró hondo para calmarse. Cerró los ojos y trató de conectar con su poder buscando dentro de sí misma. Pensó en la calma, en su familia, en el mar que rodeaba su hogar, en el color naranja de los atardeceres que tanto le gustaba. La imagen era nítida, casi tangible, y poco a poco comenzó a sentir su energía fluir. Por un momento, parecía estar funcionando… hasta que un grito la hizo abrir los ojos de golpe.
—¡No puedo deshacerme del maldito escudo! ¡Joder! —gritó Adriel desde el otro lado de la sala.
Elandra se sobresaltó y casi perdió el control de su conexión. Alaric giró la cabeza despacio hacia Adriel.
—Adriel…, esa boca.
El muchacho, que gesticulaba como un loco, se excusó mientras agitaba las manos para intentar deshacerse de un pequeño escudo invisible que había proyectado en su cuerpo.
—Lo siento, Alaric. Es que no puedo moverme. ¡Dioses, esto es ridículo! ¡No puedo quitarme esta cosa!
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Alaric suspiró, con la paciencia de quien está acostumbrado a lidiar con el caos.
—Enseguida vuelvo —murmuró en dirección a Elandra, como si le estuviera pidiendo disculpas por dejarla a solas con su frustración.
Ella asintió y vio cómo el líder cruzaba la sala para encargarse de Adriel, que parecía estar a punto de entrar en pánico. Desde el otro lado de la estancia, Liral levantó la vista y sus sombras se desvanecieron lentamente mientras observaba el espectáculo.
—¿Qué? —le dijo Elandra levantando una ceja—. ¿También tienes algo que decir sobre esto?
Liral no respondió.
Mientras tanto, Alaric trataba de calmar a Adriel, quien seguía agitando los brazos como si intentara despegar.
—Adriel, deja de moverte como un pollo sin cabeza y concéntrate. Ese escudo no se disipará solo por mucho que lo sacudas.
—Pero ¡es que no puedo! ¡Esto no es justo!
Elandra dejó escapar una carcajada por lo bajo y volvió a mirar la vela frente a ella. Era difícil concentrarse con todo el caos a su alrededor, pero tenía que intentarlo. No podía permitirse quedarse atrás, no con Liral lanzándole miradas asesinas, Adriel haciendo el ridículo y Alaric observando cada movimiento.
—Vamos, maldita sea… —invocó de nuevo su poder.
—Menuda panda de incompetentes tengo como pelotón —bufó Liral entre dientes, lo bastante bajo para que nadie más la oyera. No quería discutir. No otra vez.
Elandra no quitó la mirada de la vela. Se sentía inútil, y Liral no hacía más que recordárselo cada día. Aunque, claro, no necesitaba que nadie se lo dijera: ella ya lo sabía. Desde que la reclutaron, había sentido que no encajaba. Cada vez que cogía una espada, parecía que trataba de manejar un trozo de hierro inútil, mientras los demás se movían como si hubieran nacido con una en las manos.
Eda y Liral eran excepcionales en combate. Ambas parecían venir de mundos donde las peleas y la destreza eran el pan de cada día. Pero Elandra…, ella era distinta. Se encerraba en su cuarto por las noches y practicaba con su espada contra el aire, sintiéndose ridícula y derrotada. El entrenamiento era un muro imposible de escalar, y su confianza estaba por los suelos.
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La única vez que había sentido su poder fue durante aquella primera vinculación, cuando, en un arrebato incontrolado, prendió fuego al ala este del palacio. Pero ahora… ahora ese poder parecía haber desaparecido. Se preguntaba constantemente si el imperio había cometido un error al seleccionarla. Quizá no era más que una mortal con suerte, alguien que nunca alcanzaría el nivel que esperaban de ella. Todo lo que quería era meterse en la cama y desaparecer bajo las mantas.
—¿No puedes encender una maldita vela, Elandra? —La voz de Liral llegó desde el otro lado de la sala cortante, como siempre.
Elandra sintió cómo su sangre hervía, pero decidió ignorarla.
—Ni coger una espada, ni saber manejar un arco, ni pelear… —Liral dio un paso hacia ella—. ¿Hay algo que sepas hacer?
Siguió sin escucharla. Era lo mejor.
—Dime, pelirroja. ¿Eres una jinete o sigues siendo una mortal jugando a ser una? ¿Qué eres?
Elandra sintió cómo la rabia se apoderaba de ella. Esa vez no pudo contenerse. Golpeó la mesa de hierro fuerte con las manos, lo que hizo que un leve eco resonara en la sala.
—¡No todo el mundo nace sabiendo, Liral! —le espetó—. ¡No todo el mundo odia tanto a los demás como tú para que las sombras te respondan cuando las llamas! ¡No todo el mundo tiene que estar a la altura de tu perfección absurda!
Liral, lejos de inmutarse, tenía los ojos clavados en la vela frente a Elandra. Esta, jadeante, siguió su mirada y entonces lo vio. No quedaba nada de la vela. Su poder había encendido la llama, pero también había consumido la cera por completo. La vela, o lo que quedaba de ella, era ahora un pequeño charco de cera derretida sobre la mesa de piedra. Elandra parpadeó incrédula. Había liberado su poder sin siquiera darse cuenta y, aunque no sabía si sentirse orgullosa o preocupada, no pudo evitar notar un nudo en el estómago.
Liral arqueó una ceja, claramente consciente de lo que acababa de suceder.
—De nada. —Le lanzó una última mirada, se dio la vuelta y caminó hacia el otro lado de la sala, como si no acabara de echarle en cara toda su inseguridad.
Elandra se quedó allí, mirando la cera derretida, con los puños aún apoyados en la mesa. Su pecho subía y bajaba mientras intentaba procesar
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lo que acababa de pasar. ¿De nada? ¿Qué quería decir con eso? Sin embargo, no podía quedarse callada.
—¡Eres insoportable, Liral!
—Y tú demasiado emocional, pelirroja. Aprende a usarlo a tu favor.
Elandra apretó los dientes furiosa, pero también había algo más. Aunque no quería admitir, Liral había logrado algo: despertar esa chispa que creía perdida.
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Eda
Notaba cómo la piedra negra bajo mis pies se balanceaba de un lado a otro. No había nada que la estabilizara o que me diera seguridad. Todo dependía de mí: mi equilibrio, cómo movía el cuerpo. Cada movimiento contaba, y no podía permitirme un error.
Respiré hondo y me llené los pulmones con aquel aire cargado de cenizas que parecían pegarse a la garganta. Bajo mis pies, el río Ígneo se retorcía como una bestia viva. La lava plateada burbujeaba y rugía. Una caída ahí abajo… Dios. No podía evitar pensarlo. ¿Me consumiría antes de sentir el dolor? ¿O mi piel ardería lentamente dejando que cada fibra de mí sufriera?
Sacudí la cabeza. No debía pensar en eso ahora. Mi mente no podía permitirse ese lujo. Cada vez que la piedra oscilaba, me obligaba a concentrarme, a moverme con ella, a adaptarme.
El miedo estaba ahí, al acecho, pero lo empujé al fondo de mi mente.
No era el momento de titubear. Aquello era solo un entrenamiento.
«Deja de pensar como una mortal», me recordé mientras levantaba la cabeza. Ya no era la misma Eda. Tenía habilidades que ni siquiera entendía
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del todo, pero una cosa estaba clara: necesitaba cambiar de mentalidad. El miedo no podía tener espacio en mi nueva vida.
A mi alrededor, grandes copos de nieve caían despacio y cubrían todo con un manto blanco. Mi cabello y mi ropa estaban empapados, pero apenas lo sentía. El frío ya no existía para mí, como tampoco el calor. Eran solo conceptos, cosas que habían dejado de importar desde que todo cambió.
—¡Vamos, Eda! ¡Es para hoy, no para mañana! ¡Salta de una vez! — gritó Calen desde la nieve. A su lado, Nolan tenía los brazos cruzados, mientras los dos escuadrones de jinetes de Novadia miraban fijamente, como si esperaran un espectáculo.
—¿Qué pasa, jinete del fénix? ¿Te has congelado? —añadió Nolan con una sonrisa ladeada—. Porque si es eso, puedo buscarte una manta.
—¿No te cansas de hablar mierda? —le respondí clavándole una mirada asesina.
Las risas de los jinetes no ayudaban. No se trataba de un simple entrenamiento; era un maldito bautismo, un ritual que todos los novatos tenían que pasar. Apenas hacía una semana de la vinculación con Kali y ya me tenían allí, en la cima de aquella roca maldita, expuesta a la expectación de todos.
Aquello no era opcional. Allí no había tregua. Te vinculabas y enseguida te lanzaban a los entrenamientos más exigentes, a pruebas que desafiaban más tu mente que tu cuerpo. Apreté los puños. Debía saltar, maldita sea. Y no por ellos, sino por mí.
¿Lista, Kali?, le pregunté a través del vínculo.
Lista.
Sin pensarlo dos veces, me impulsé hacia delante y salté.
La distancia entre las piedras era de unos dos metros, pero, al llegar a la segunda plataforma, sentí cómo mi cuerpo inmortal respondía con una ligereza inesperada.
Volví a impulsarme, esa vez con más confianza. Salté a la siguiente piedra y luego a la más cercana.
Con cada salto, mi cuerpo parecía moverse con una facilidad sobrenatural. La velocidad y la fuerza que tenía ahora me permitían avanzar sin esfuerzo. Era como si los músculos se adaptaran a la energía que me corría por las venas. Cada vez que mis pies tocaban una piedra, ya
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estaba lista para lanzarme hacia la siguiente, mi mente completamente en sincronía con mi cuerpo.
Mientras yo saltaba de piedra en piedra sobre el río de lava, Kali apareció sobre mí surcando el aire.
El fénix volaba en eses entre las plataformas flotantes, sus alas azules cortando el viento con poder. Batía las alas con fuerza mientras ganaba altura y velocidad con cada aleteo.
Eso es, Kali, le dije mientras me movía sobre las rocas al mismo ritmo que ella.
—¡Danos más espectáculo! —gritó mi hermano desde la distancia, aunque lo escuché como si estuviera justo a mi lado.
Su tono era desenfadado, seguro, y me sorprendió cómo había cambiado su forma de tratarme desde que me vinculé con el fénix. Esa sobreprotección que solía estar siempre ahí había desaparecido, parecía que la inmortalidad nos hubiera dado a ambos la excusa perfecta para dejar de cuidarnos como si fuéramos de cristal.
Era como si ambos pudiéramos oler esa seguridad.
¿Quieres que se lo demos, Kali?, le pregunté, una chispa de emoción corriendo por el vínculo que nos conectaba.
Antes de que pudiera procesarlo, Kali ya estaba en movimiento. Con un simple batir de sus alas, desató una explosión de fuego azul que se extendió como una estela brillante ante mí, dibujando un camino incandescente que parecía llamarme. Y sin pensarlo dos veces, salté.
El fuego me envolvió. Lo sentí en las manos, en las piernas, como si me convirtiera en una bola de fuego azul que brincaba de roca en roca. No había miedo, ni siquiera dolor. Solo esa extraña sensación familiar, un cosquilleo que recorría cada parte de mi ser.
Era nuestro fuego.
Aterrizaba con más confianza en cada roca, mis movimientos eran cada vez más fluidos, más seguros. Y entonces lo vi: la última piedra, el último salto, el más grande, el más complicado, el que me llevaría directa hacia la nieve.
Sin pensarlo demasiado, flexioné las piernas y me impulsé con todas mis fuerzas. El mundo pareció ralentizarse mientras giraba en el aire en una voltereta rápida y, finalmente, mis pies tocaron el suelo blanco. Me dejé caer de rodillas, riendo y sintiendo cómo la adrenalina todavía corría por mis venas. Lo había conseguido. Lo habíamos conseguido. Habíamos
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superado ese maldito ritual de los jinetes, y lo habíamos hecho a mi manera.
—Podrías haber hecho uno o dos saltos más, y lo sabes —dijo Calen, acercándose con una sonrisa burlona a pocos metros de mí.
Pude ver cómo los demás jinetes se acercaban, todos con sonrisas y miradas de reconocimiento. Me levanté de un salto, justo a tiempo para que Calen me abrazara.
—¿Cuántos saltaste tú? —le pregunté divertida.
—Cuatro. Era un debilucho cuando lo hice. Espero que no lo recuerden, así que no se lo digas a nadie, ¿vale? —Me guiñó un ojo.
—Suena a que tendré que chantajearte por esto. Me lo pensaré más tarde.
Nolan fue el siguiente en rodearme con los brazos. Su apretón fuerte y firme me recordó lo mucho que había cambiado físicamente, aún tenía que acostumbrarme a esa nueva fuerza.
—Eso es, hermanita —dijo dándome una palmada en la espalda—. Lo has conseguido.
—Seguí tu consejo, me comí toda la sopa… Será por eso. —Enhorabuena, Eda. Bienvenida oficialmente al imperio —dijo Aya,
una de las compañeras de escuadrón de Nolan, mientras se acercaba con una sonrisa. Su cabello negro caía lacio hasta los hombros, y aunque su figura era sorprendentemente delgada para una inmortal, sabía de primera mano lo letal que podía resultar.
—Gracias, Aya —respondí agradecida.
—No, no. Esto se merece algo más que un simple «gracias». Te has ganado un sitio entre nosotros, y eso hay que celebrarlo. Esta noche iremos a uno de los mejores sitios de la ciudad a beber cerveza. —¿De verdad? —pregunté un poco sorprendida.
—Claro que sí. Es fin de semana y mañana tenemos el día libre. Y déjame decirte algo, novata, si no vienes, me encargaré personalmente de que cada día te arrepientas de ello. ¿Quieres empezar tu vida inmortal con esa culpa?
—Tiene razón, Eda —añadió Nolan con una sonrisa—. Una noche de cerveza con los escuadrones es casi una tradición. Tienes que ir.
—Además, no tienes excusa. Ahora que eres de forma oficial una de nosotros, tienes que aprender a disfrutar un poco. Te queda mucha vida por delante. Y por «mucha» me refiero a siglos y siglos, así que más vale que
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empieces con buen pie. —Aya me guiñó un ojo y me dio un codazo ligero antes de dejarnos solos otra vez—. Es más, la primera ronda la pago yo.
La idea era demasiado tentadora para rechazarla, así que acepté con una sonrisa.
—¡Es la única jinete de fénix! ¡Merece algo grande! —dijo Calen pasándome un brazo por los hombros.
—No sé si eso es un cumplido o una excusa para emborracharte —dije mientras negaba con la cabeza.
—¿Por qué no ambas cosas? Vamos, Eda. Jinetes, música, cerveza y el mejor ambiente que Novadia puede ofrecer. Y oye, tal vez hasta veas alguna pelea entre jinetes sin camiseta. Aunque bueno…
—¡Calen! —lo interrumpió Nolan con un suspiro, cortando lo que estaba a punto de decir—. Prométeme que esta vez no intentarás demostrar que puedes beber más que un jinete de mantícora. No quiero tener que arrastrarte hasta la cumbre otra vez.
—¿Esta vez?
—Esa historia es privada, Eda, y no necesitamos revivirla ahora — respondió Calen rápidamente, al tiempo que apartaba el brazo y fingía una falsa dignidad.
Justo cuando nos preparábamos para regresar a Novadia, algo cambió en el ambiente. El cielo, que hasta un segundo antes dejaba pasar débiles rayos de luz a través de las nubes, se oscureció abruptamente. Una sombra inmensa cubrió el valle y apagó por completo lo poco que quedaba de claridad.
Me detuve en seco, mis pies firmes en el suelo, mientras un escalofrío me recorría la columna y, despacio, alcé la mirada hacia el cielo. Entonces lo vi.
Un dragón negro surcaba los cielos. Su envergadura era tan vasta que cubría todo el valle, oscureciendo el río Ígneo y tiñendo el paisaje con una sombra opresiva.
Y ahí, sobre su lomo, iba Dalton.
Vestido de negro, con su figura imponente recortada contra el cielo, su mirada se clavó directamente en la mía. Aunque la distancia entre nosotros era inmensa, sentí ese impacto como si estuviera frente a mí. Su rostro, sus ojos, cada detalle estaba claro, demasiado claro, como si el mundo se hubiera enfocado únicamente en él. Hasta podía jurar que el viento trajo consigo su esencia, su presencia, envolviéndome, ahogándome.
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Pero entonces apartó la mirada. Sin detenerse, sin dudar, continuó su vuelo, llevando a Long en línea recta hacia Novadia.
A mi alrededor, los jinetes inclinaron sus cabezas al unísono, una reverencia solemne y calculada. Nadie dijo una palabra. El silencio era casi tan pesado como la sombra que cubría el valle.
Poco a poco, los jinetes regresaron a sus criaturas para retomar la marcha. Pero yo me quedé allí, inmóvil, con los ojos todavía fijos en el punto donde Long y Dalton desaparecían en la distancia.
—¿Vienes? —me dijo Calen suavemente rompiendo mi trance.
—Sí —contesté con un suspiro—. Creo que hoy voy a necesitar unas cinco cervezas.
Apuré el último trago de mi enorme vaso de cristal y lo dejé sobre la mesa con un golpe seco. A mi alrededor, el lugar estaba hasta los topes. Soldados imperiales, jinetes y quién sabe cuántos más llenaban cada rincón del local, hablando, riendo y, sobre todo, bebiendo como si el mundo pudiera acabarse con el amanecer.
Al día siguiente libraba junto con algunos de los jinetes con los que mejor me llevaba, mientras otros se quedarían vigilando el perímetro de la ciudad. Pero esa noche… no pensaba en sombras, ni en la muerte ni en wendigos. Solo quería estar allí, centrarme en la risa, dejar de lado todo lo demás.
A decir verdad, ya había perdido la cuenta de cuántas veces una de las camareras había venido a rellenarnos los vasos. Las jarras de cerveza iban y venían con la misma rapidez con la que las vaciábamos, y el ambiente se volvía más ruidoso y desenfadado con cada ronda.
El local era una joya en sí mismo, todo de madera pulida, con vigas altas y gruesas. Una enorme chimenea en el centro lo dominaba todo, con el fuego iluminando las caras de los soldados imperiales que se amontonaban alrededor, intentando empaparse tanto del calor como de la cerveza.
—¡Otraaa, otra por aquí, señorita, por favooor! —Calen alargaba las palabras y movía el vaso vacío en el aire sonriendo como un idiota. La camarera puso los ojos en blanco, pero se acercó de todos modos.
—No digas «otra», di «una», así al menos no suenas tan borracho —le dije entre risas cubriéndome la boca con la mano para no escupir la
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cerveza.
—Por los dioses, Eda, pareces un tomate de la huerta —dijo Nolan desde el otro lado de la mesa mientras se inclinaba hacia mí, como si así pudiera inspeccionarme mejor.
Lo empujé de vuelta a su asiento.
—Te juro que no es por la cerveza, ¿vale? —siseé arrastrando las palabras con complicidad—. Es por…
—El fuego que llevas dentro, ¿no? —interrumpió Nolan, y levantó una ceja con esa cara de listillo que siempre ponía.
—¡Chisss! —lo mandé callar, señalándolo con un dedo y poniéndome el vaso vacío delante de la cara—. No quiero que todo el mundo se entere de lo que soy, bocazas.
Calen, que se tambaleaba un poco a mi lado, me dio un suave pellizco en las costillas que me hizo dar un pequeño salto.
—Borracha… Borrachaaa perdiiidaaa.
Nolan levantó su vaso, su mirada divertida mientras bebía otro trago más. La cerveza mágica ya le había dado de lleno.
—No voy a negarlo, hermanita. No sabía que te gustaba tanto darle al tema.
—¿Qué tema? —preguntó Calen, casi tirándose sobre la mesa con un vaso en la mano—. ¿Qué tema, Eda?
—Eso, ¿qué tema, Nolan?
—No te hagas la tonta. —Se inclinó hacia mí y bajó la voz para que solo yo lo escuchara—. Mujer de dragones…
Le dio un trago largo a la cerveza, pero terminó tosiendo justo cuando tragaba y casi lo escupió todo.
—¿Mujer de dragones? —Me eché a reír ignorando la mirada de algunos curiosos—. ¡No soy mujer de nadie, charlatán!
Bajé la vista a mi vaso vacío y suspiré. Necesitaba más bebida, y pronto.
—Nolan, no me seas hermano mayor, ¿qué más te da? —dijo Calen, su voz arrastrada por el alcohol. Estaba a punto de caerse de la silla y todavía pedía más.
—¿A mí? —Nolan se señaló a sí mismo—. A ver, ya eres mayorcita para estar con quien quieras… Bueno, no, ¡claramente no! —Levantó la voz un poco más para que lo escucharan—. ¡Ahora soy lo bastante fuerte
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como para arrancar cabezas si alguien te hace daño, Eda! ¡Que lo sepa todo el mundo!
Me encogí en el asiento y me cubrí el rostro con las manos, avergonzada por su escena. Pero luego el alcohol hizo lo suyo y mi vergüenza se esfumó. Al fin y al cabo, estábamos en un local lleno de personas que al día siguiente no recordarían nada.
—Tú también puedes estar con quien quieras, hermanito. Con cualquieraaa —alargué la última palabra solo para molestar.
Calen, como siempre, se metió en medio apoyando los codos en la mesa, con los ojos brillantes por la cerveza.
—¡¿Estás con alguien, Nolan?! ¿Y no nos has contado nada? —¡Eso! ¡Cuéntanos! —grité riendo como una niña.
Nolan puso los ojos en blanco y volvió la cabeza hacia atrás. —Cállate, Calen, o en el próximo entrenamiento te romperé algún
hueso.
Calen sonrió de oreja a oreja y, justo en ese momento, Nolan le lanzó un beso en el aire con exagerada delicadeza. Él lo atrapó con una mano y se lo puso en la mejilla, cerrando los ojos con un gesto dramático.
—¡Oh, hermano mío! —exclamó Calen riéndose sin control—. ¿Cuándo te has vuelto tan romántico?
—Esos músculos te están ablandando, Nolan —me uní al tiempo que le daba una patada por debajo de la mesa.
Nolan se levantó de golpe.
—¿A dónde vas? ¡Aún nos quedan muchos barriles por vaciar! —dije con la cabeza ya dándome vueltas.
—No es asunto vuestro, tengo cosas que hacer esta noche. —Me señaló dándome un toque en la frente—. Pagas tú, Eda.
Me reí a carcajadas.
—No tengo ni un duro.
Se inclinó hacia mí para que solo yo lo escuchara.
—Estás con el hombre más rico del imperio, seguro que él te invita. Usa la cabeza, hermanita, no solo la lengua…
Lo empujé con torpeza.
—¡Te voy a patear el culo en el campo, Nolan!
—¡Ya somos dos! —añadió Calen, con una sonrisa de mejillas sonrojadas.
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—¡Tres! —gritó Aya mientras se acercaba a nosotros, jarra de cerveza en mano—. La pobre camarera no puede con todos los borrachos, así que aquí tenéis. Me ha dicho que todo lo de esta mesa está pagado.
Aya se dejó caer a mi lado, y yo me apreté más contra Calen para hacerle espacio. Lo que parecieron diez minutos resultó ser una hora, entre risas, brindis y más risas. Mi cabeza daba vueltas… gracias a la maldita cerveza mágica. No tenía idea de qué llevaba, pero, madre mía, pegaba más fuerte de lo que esperaba.
Eché un vistazo a mi alrededor. Los soldados imperiales y los jinetes estaban mezclados entre risas, anécdotas y el chocar de las jarras. Era un caos alegre. No notaba nada en particular, pero sí sentía esas miradas. Cuchicheos por ahí, comentarios por allá. ¿Qué decían? Ni idea, y, sinceramente, no me importaba.
—Mi casa está a una calle de aquí, Eda —dijo Aya de repente, mirándome con ojos vidriosos—. ¿Vienes conmigo? Necesito ir a mear o explotaré aquí mismo.
—¿No hay aseos aquí?
—¡Oh, por los dioses! Ir al baño aquí es peor que enfrentarse a una horda de wendigos. Créeme, da mucho más asco.
Asentí y me levanté para acompañarla. Salimos y, como siempre, la nieve lo cubría todo. Los copos caían sin parar silenciosos, mientras caminábamos por las calles llenas de gente. Había movimiento por todos lados, risas, conversaciones y una energía casi contagiosa. La ciudad estaba más viva que nunca.
Al llegar a la puerta de la casa de Aya, la vi maldecir mientras rebuscaba algo en su uniforme, con una cara de frustración que me hizo reír.
—Mierda, he perdido la llave… —bufó pateando la nieve.
—¿Conoces a alguien que tenga una copia?
—No va a ser necesario —dijo con una sonrisa traviesa.
Puso su dedo en el pomo de la puerta y vi cómo su mano comenzaba a brillar suavemente. Un rayo de energía chispeó desde su dedo y recorrió el metal. El pomo hizo un leve crujido, seguido de un clic, y la puerta se abrió de golpe, como si nunca hubiera estado cerrada.
—¿Para qué está la magia si no? —dijo con un guiño, mientras se metía dentro riendo.
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Me quedé en la puerta, con un cosquilleo recorriéndome la espalda, como si algo me empujara a estar alerta, aunque no tenía ni idea de por qué. Esa sensación extraña, esa incomodidad, no me dejaba en paz.
Sin pensarlo demasiado, giré la cabeza hacia la calle por la que habíamos venido. No sabía por qué lo hacía, solo… algo dentro de mí me obligaba.
Y ahí estaba. Lo vi.
Entre la multitud que se movía lentamente por las calles nevadas, una figura destacaba sin esfuerzo, como una sombra que no pertenecía al paisaje. Era enorme, cubierta por una capa negra que rozaba el suelo con cada paso, y su capucha ocultaba la mayor parte de su rostro. Pero no fue su altura ni la forma casi etérea en la que se deslizaba entre la gente lo que me dejó sin aliento.
Fue su mirada.
Bajo la penumbra de la capucha, dos ojos brillaban como dos orbes de ámbar líquido que parecían moverse por voluntad propia. No eran humanos; no, eran algo más. Algo antiguo. Dentro de esos iris dorados, pequeños destellos giraban en espiral, como si el tiempo mismo se doblara en su interior, moviéndose en sentido contrario a las agujas del reloj. Había algo terriblemente vivo en esa mirada, pero al mismo tiempo, algo que no debería existir en este mundo.
Nunca había visto algo así.
Esos ojos atravesaron más allá de mi carne, más allá de mi piel…, como si pudieran mirar dentro de mí, desnudando lo que ni yo sabía que estaba allí.
Mi corazón se aceleró y la adrenalina me recorrió mientras mi cuerpo se quedaba inmóvil. No podía apartar la mirada. Era como si el mundo hubiera desaparecido y solo quedáramos él y yo. Nadie más lo notaba, la gente pasaba junto a él como si no existiera, pero yo lo veía. Y él me veía a mí.
Un escalofrío me inundó. No era el alcohol, sino algo más profundo. Me decía que me acercara… y al mismo tiempo que huyera. Algo dentro de mí reconocía esa extraña energía, esa oscuridad.
—¿Vas a entrar, Eda? —La voz de Aya me sacó del trance y rompió esa conexión invisible que me ataba a la figura en la calle.
Parpadeé sacudida por sus palabras y me giré rápidamente hacia ella, tratando de sonreír aunque sentía el corazón aún acelerado en mi pecho.
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Me sujeté a la puerta, como si necesitara un ancla que me mantuviera en la realidad.
—Sí, claro, ya… ya entro.
Di un paso hacia dentro, pero antes de cruzar el umbral, giré la cabeza de nuevo hacia la calle. Ya no estaba. La figura, el hombre encapuchado de ojos inhumanos, había desaparecido sin dejar rastro.
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Eda
Nieve, nieve por todas partes. Creí que me costaría acostumbrarme, pero el alcohol hacía su trabajo y durante un tiempo hasta parecía soportable.
Aya y yo salimos tambaleándonos de su pequeña casa mientras nos reíamos como dos idiotas. El alcohol quemaba en mis venas y me daba esa falsa seguridad que solo viene con un par de jarras de más. Me sentía invencible. O al menos eso creía.
Hasta que volvió. Esa sensación.
Esos ojos.
Esos malditos ojos dorados que me habían mirado como si pudieran desarmarme por completo seguían clavados en mi mente. Sacudí la cabeza intentando despejarme, pero no sirvió de nada.
Caminamos hacia el local donde los demás nos esperaban y el bullicio de risas y gritos llenaba el aire. El crujido de la nieve bajo mis botas era casi hipnótico, o tal vez estaba mareada. Al llegar, los vi a todos fuera: Calen junto a Max, un jinete de hipogrifo, y un par más alrededor de ellos. Nolan, como siempre, desaparecido.
Sentí que todo giraba, y no era solo el alcohol. Esos ojos seguían ahí, flotando en mi mente como un maldito recordatorio de algo que no podía
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entender. Hundí los pies en la nieve para no resbalar y me encogí de hombros, como si pudiera sacudir esa sensación.
—Eda, vamos a por más cerveza —insistió Aya con una carcajada.
—¿Habéis visto a Nolan? —pregunté.
Max, con esa sonrisa eterna en la cara, se giró hacia mí con lentitud exagerada. La luz débil de la noche hacía que sus pecas parecieran más marcadas sobre su piel morena, pero todo me resultaba borroso.
—Desde que desapareció hace más de una hora… —soltó una risita tonta—, no le hemos vuelto a ver el pelo.
Un murmullo surgió desde atrás, de uno de los jinetes cuya voz se mezclaba con las risas de los demás.
—Ese cabrón me debe una ronda más —resopló otro.
Todo se volvió un borrón: las voces, las risas, mis propios pensamientos. Antes de que pudiera centrarme, Calen caminó tambaleándose hacia mí, con la cara roja y los ojos medio cerrados. Apenas tuve tiempo de reaccionar cuando lo vi desplomarse contra mí, su brazo cayendo pesado sobre mis hombros y casi arrastrándome al suelo con su peso.
—Aún queda mucha noche por delante —dijo con una sonrisa traviesa, a la par que me tendía su jarra—. Toma, acábate la mía mientras.
Sonreí y estiré la mano, lista para vaciarla de un trago. Mi cuerpo pedía más alcohol, algo que apagara ese maldito hormigueo bajo mi piel. Pero antes de que mis dedos rozaran el borde, una voz, cortante como una daga, atravesó el ruido del lugar e hizo que todos se quedaran helados.
—Creo que ya has bebido suficiente por hoy.
Todo se detuvo. Las risas, las conversaciones, incluso el crujir de la nieve bajo los pies. Todo se desvaneció. Mi corazón, que hasta ese momento latía rápido por el alcohol, dio un vuelco y se aceleró por algo mucho más visceral que la simple embriaguez.
Ahí estaba. Lo había visto aquella mañana, sobrevolando el río Ígneo, pero ahora estaba frente a mí. La última vez que habíamos estado así de cerca fue el día en que salió de mi habitación, después de que mis pesadillas casi lo envolvieran en llamas. Y ahora estaba ahí, como si nada de eso hubiera ocurrido. Inmutable.
El emperador.
Todos lo miraban, pero él solo tenía ojos para mí.
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A mi lado, Calen, que hacía apenas unos segundos trastabillaba y reía como un crío, se enderezó de golpe. Su brazo se apartó de mis hombros como si hubiese tocado algo ardiente. Y no fue solo él. Todos los demás hicieron lo mismo. El grupo entero, los jinetes y los que estaban cerca, se tensaron como cuerdas estiradas al máximo, y luego, en un movimiento unánime y sincronizado, inclinaron la cabeza en señal de respeto.
Toda la calle se inclinó en una reverencia. Cada uno de los presentes, hasta los más ebrios, respondieron al poder de su presencia. Nadie osaba moverse…, excepto yo.
No podía. No fui capaz de inclinarme, no porque no quisiera, sino porque mis pies parecían pegados al suelo. Era como si las raíces de mis nervios se hubieran extendido por la nieve congelándome en el lugar.
—Su Alteza Imperial… —susurró uno de los jinetes.
—Emperador… —murmuró otro.
Dalton dio un par de pasos más hacia nosotros, y los jinetes que lo rodeaban se apartaron sin dudar para abrirle el paso, como si se tratara de una marea.
No había fuego negro esa vez, ninguna de las llamas que solían rodearlo cuando su temperamento se encendía.
—Señorita Eda —su mirada descendió lentamente por mi cuerpo analizándome—, tu noche ha terminado. Hay asuntos que requieren tu atención.
Intenté enderezarme, pero el mundo seguía tambaleándose a mi alrededor y girando como una rueda.
—¿Asuntos ahora? —murmuré entre dientes, apenas podía ocultar la irritación que me hervía por dentro—. Es mi día libre.
No iba a irme. No esa vez. No cedería ante él.
Dalton no respondió de inmediato. En cambio, avanzó un paso más y luego otro hasta detenerse a escasos centímetros de mí, tan cerca que pude ver los detalles nítidos de su rostro. Todo a mi alrededor se sentía borroso, pero él… él estaba tan claro, tan real, que me asfixiaba.
Se inclinó hacia mí, sus labios casi rozando mi oído.
—Yo decido cuándo tienes días libres, Eda. Y el tuyo ha terminado.
Retrocedió unos pasos, pero su presencia no disminuyó.
Los jinetes, que habían estado bebiendo y riendo minutos antes, ahora parecían rígidas estatuas. Sus ojos estaban fijos en el suelo, sin atreverse a levantar la vista hacia el emperador. Él los escudriñó con una mirada llena
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de desprecio, como si cada uno de ellos le resultara una profunda decepción.
—Debería daros vergüenza —rugió—. Ahogándoos en alcohol mientras el imperio está en guerra. ¡Largo de mi vista ahora mismo! Porque os juro que mañana estaréis entrenando bajo el sol, sin tregua, desde el primer rayo del alba hasta que vuestras piernas no puedan sosteneros. ¡Desapareced!
El miedo en los rostros de los presentes era evidente. Nadie osaba cuestionarlo. El sonido de pasos apresurados rompió el silencio cuando la gente comenzó a dispersarse. Algunos se refugiaron en el local, mientras otros se desvanecían en las sombras de la calle, deseando desaparecer antes de que Dalton decidiera hacer cumplir su amenaza.
Yo no me moví. No podía. Era como si mis pies estuvieran pegados al suelo, y no por el frío de la nieve, sino por algo más. Algo invisible que me retenía. Sabía que si intentaba dar un paso, me desplomaría de lleno, pero también otra cosa: su autoridad todavía era una cadena que me envolvía, incluso después de todo.
Finalmente lo intenté. Di un paso… y, como había predicho, tropecé hacia atrás, tambaleándome como una idiota. Sentí que el mundo se inclinaba conmigo. Pero no caí. Una mano fuerte me atrapó antes de que la nieve me reclamara. Su tacto fue seguro, como si supiera de antemano que mi cuerpo fallaría.
En un solo movimiento, me arrastró hacia él, y mi pecho chocó contra el suyo. Todo lo demás desapareció en ese instante. Mi mente gritaba que me apartara, que recobrara el control, pero mi cuerpo no obedecía.
—Estoy bien, emperadorcillo —solté torpe entre risas, mientras me echaba ligeramente hacia atrás. Pero al hacerlo, inhalé de nuevo, y su aroma me golpeó como un puñetazo directo al estómago. Maldita sea. Mi cabeza seguía dando vueltas, mi corazón latía tan rápido que lo sentía en los oídos y lo único que podía pensar era en que no quería que me soltara.
—¿Emperadorcillo? Vaya, parece que estás graciosa hoy, Eda. Levanté la cabeza, más despacio de lo que debería, inclinándome un
poco en el proceso. Necesité alzarla más para encontrar sus ojos. Y ahí estaba, ese mechón negro rebelde que le caía sobre la frente. Como si lo hubiera hecho a propósito.
Casi… casi lo toqué. Mi mano, por puro instinto, se alzó. Mi dedo tembloroso estaba a punto de rozar su piel, como si su cuerpo me llamara,
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como si cada célula en mí pidiera acercarse. Pero me detuve. Algo en mi interior me frenó, una barrera invisible que no entendía.
«¿Por qué no podía tocarlo?». Mi mente nublada por el alcohol intentó darme una respuesta, pero lo único que encontré fueron más preguntas. ¿No era mío? ¿No me había dicho él mismo que yo le pertenecía? Entonces ¿por qué algo en mí no me dejaba cruzar esa línea?
—Puedes tocarme, Eda.
—¿Qué? —Mis palabras salieron como un susurro confuso—. ¿Me has leído la mente? ¿Es eso? ¿Otra vez estás hurgando en mis pensamientos?
Negó con la cabeza.
—Tu consciencia está en silencio para mí ahora. Pero no me hace falta leer tu mente. Tus ojos…, tus gestos lo dicen todo.
Sentí sus manos suaves deslizarse lentamente hacia mi cintura, sosteniéndome como si temiera que volviera a caerme.
—Te van… te van a ver conmigo —tartamudeé.
Vi cómo se pasaba la lengua por los labios despacio, un gesto tan deliberado que me hizo estremecerme antes de que hablara:
—Mejor, así sabrán con quién no deben meterse.
—Tonterías… —resoplé dejando caer contra su pecho mi frente, que golpeó su torso con suavidad una y otra vez. Era un gesto infantil, torpe, pero no podía evitarlo. Estaba buscando algo. Algo en mí que se deslizaba fuera de mi alcance cada vez que intentaba atraparlo. Sabía que había algo en él que me hacía retroceder justo cuando más deseaba avanzar, pero no lograba entender qué era.
Su respuesta fue tan baja que casi no la escuché.
—Creo que es hora de que te lleve a la cama. Si ya me das miedo sobria, no quiero imaginarte con alcohol en tu cuerpo.
Dios…, mi cama. Solo la idea de tumbarme entre las sábanas me hizo ronronear. Pero la idea de que él me llevara… No, no podía permitirlo.
Levanté la cabeza.
—No.
—¿No qué, Eda?
—No quiero que te metas en mi cama —siseé con el ceño fruncido mientras empujaba su cuerpo lejos del mío, aunque apenas logré moverlo.
Me miró un segundo, luego echó un vistazo rápido alrededor, como asegurándose de que nadie nos interrumpiera. Después, volvió a centrarse
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en mí. Levantó un dedo y lo puso sobre mi frente, justo encima de mi ceño fruncido, como si intentara alisarlo.
—No he dicho que me vaya a meter en la cama contigo —replicó—. He dicho, señorita Eda, que te voy a llevar a tu cama. ¿Me has entendido ahora?
Quitó su dedo de mi frente.
—Y el asunto que querías resolver, Su Alteza Imperial, ¿qué ha pasado con eso?
—Por lo visto, no estás en condiciones para hablar de cosas importantes ahora. —Su tono se volvió más seco—. Así que nos vamos.
Sin esperar más, me cogió del brazo para hacerme caminar. Pero me resistí, plantando mis pies en la nieve.
—No.
—Eda… —dijo entre dientes, su paciencia comenzaba a desmoronarse.
—No.
Fue entonces cuando lo escuché.
El impacto de las garras del dragón al aterrizar resonó como un trueno y sacudió el suelo bajo mis pies. Long era inmenso, descomunal, y su cabeza y su pecho sobresalían por encima de los tejados, como si el mundo a su alrededor fuera demasiado pequeño para contenerlo. El espacio destinado a las criaturas parecía ridículo en comparación con su tamaño. Había olvidado lo impresionante que era, y tenerlo tan cerca me hizo sentir diminuta, insignificante.
—Tarde —dijo Dalton con una sonrisa apenas perceptible—. Un dragón ha venido a recogernos, así que no le hagamos esperar.
De un momento a otro, estaba volando hacia la Cumbre de Hielo. Pero no como lo había hecho antes, subiendo y bajando con Nolan o Calen, o incluso con Misso. No. Esa vez volaba con Dalton, y lo hacía a lomos de un dragón.
Y, para colmo, atrapada entre sus brazos.
El aire cortante y la altura deberían haber sido lo único que acelerara mi corazón, pero no. Era el hecho de sentir su torso, duro como una roca, presionándome cada vez que Long batía sus alas. Cada movimiento hacía
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que mi cabeza diera vueltas, y no estaba segura de si se debía a la altura o al condenado Dalton. Probablemente, a ambas cosas.
Me maldije. ¿Por qué demonios había bebido tanto? Ah, sí. Maldito Calen. Siempre Calen. La próxima vez no me sentaría a su lado, era una pésima influencia. Por su culpa, estaba allí, volando de nuevo con Dalton. En un dragón. Otra vez.
El vuelo transcurrió en un silencio incómodo. Yo no dije una palabra, demasiado mareada y con la cabeza llena de pensamientos que no necesitaba tener. Era muy consciente de sus brazos, de su cercanía, y de no haber tenido aquel cuerpo inmortal, seguro que habría vomitado a mitad del camino. Algo bueno tenía ser casi invencible.
Cuando aterrizamos, salté de Long antes de que mi cerebro me traicionara aún más. Mis pies tocaron el suelo del gran salón con una agilidad que no esperaba tener en ese estado. Me sentí ligeramente orgullosa. Pero entonces me giré y ahí estaba él.
Su mirada.
Era la misma que me había escrutado tantas veces antes, cuando me hizo el amor hasta que el mundo dejó de existir, cuando sus manos recorrían cada centímetro de mi piel y sus labios suplicaban a los míos como si no pudiera vivir sin ellos, o cuando me arrastraba a un placer tan profundo que me hacía perderme por completo en él.
Pero en ese momento… en ese momento esa mirada no solo me recordaba lo que habíamos compartido. No, ahora me recordaba lo que nos había roto. Esas malditas medias verdades…
De repente, como si el alcohol me hubiera soltado de sus garras, mi mente se aclaró. Y entendí. Por fin comprendí por qué mi cuerpo se negaba a cruzar esa línea.
Mi piel aún respondía a él, pero mi corazón…, mi mente sabía que no debía. Sabía que algo estaba roto, algo profundo dentro de mí, y hasta este momento no me había dado cuenta. Y mientras todo esto caía sobre mis hombros como un peso insoportable, lo vi. Distinguí la tristeza en sus ojos, la más profunda que jamás había visto en él. Esa que reflejaba todo lo que habíamos perdido.
Esa visión de la que Kali me advirtió que nunca debía hablar, que nunca debía nombrar.
Las lágrimas, que había contenido durante toda una semana, finalmente cayeron. Rodaron por mis mejillas sin control, arrastrando con
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ellas todo el dolor que había reprimido. Era como si el alcohol hubiera derrumbado la barrera de hierro que había construido alrededor de mi corazón inmortal. Esa que me protegía, que me hacía sentir invulnerable, se desmoronó.
—¿Por qué me dijiste que no habías visto la lanza que pensé que me atravesó el estómago? —Mi voz tembló, pero no retrocedí—. Sabías que había muerto, ¿verdad, Dalton?
Él no dijo nada. Me miró inmóvil, como si mis palabras fueran un golpe directo. Y cuando por fin parpadeó, sus ojos se cerraron más de lo necesario, como si lo que había dicho fuera demasiado incluso para él.
—Dímelo, ¿cómo sabías que había muerto? —Mi voz bajó a un murmullo—. Sabías lo que significaba la palabra «resurrección». Que tenía que morir para renacer.
Sentí cómo mis hombros se hundían. Era como si mi propio cuerpo intentara desaparecer, volverse pequeño, insignificante. La inmortalidad que ahora me definía parecía ridícula, vacía. Debajo de todo ese poder, había algo roto que no podía repararse.
—Dejé de sentirte. Por un segundo… desapareciste. No había nada. Ni tu consciencia, ni tu presencia. Nada. Y luego… luego volviste. Pero tu mente era silencio.
—¿Silencio? —me burlé dejando escapar una risa amarga, rota—. ¿Y respecto a lo de la resurrección? Sabías que todo esto iba a pasar, ¿no? Que tenía que morir.
Él levantó la mirada directo hacia mí.
—Sí, lo sabía. Siempre he conocido las fases del fénix.
—Claro que lo sabías —escupí las palabras—. Por supuesto que lo sabías, Dalton. Pero nunca dices nada, ¿verdad? Estoy harta, completamente harta, de tus malditas medias verdades. De que siempre juegues a este juego en el que tengo que descubrirlo todo por mi cuenta, mientras tú… —lo señalé con un dedo acusador— tú ya tienes toda la maldita información guardada en tu cabeza, como si te divirtiera verme tropezar.
Di un paso hacia él, sintiendo cómo en mi interior ardía no solo ira, sino un fuego más oscuro, más profundo, que había estado creciendo dentro de mí todo ese tiempo.
—Tenías que morir para completar la vinculación —dijo al final, confirmando lo que ya sabía—. La muerte para ti siempre ha sido
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inevitable, Eda. Pero ¿cómo iba a decirle al amor de mi vida que tenía que matar su propia mortalidad?
Me reí amarga, rota, sin contener el veneno que me quemaba por dentro.
—¿El amor de tu vida? —repliqué—. ¿Ahora vienes con eso, Dalton? —Sentí las lágrimas corriendo por mis mejillas, pero no intenté detenerlas
—. El amor de mi vida nunca me habría mentido como tú lo haces. El amor de mi vida jamás me habría traicionado una y otra vez.
—Eda, por Dios, no te he mentido. Solo intento protegerte. Intento… Lo interrumpí antes de que pudiera terminar.
—¿Protegerme? ¿En serio, Dalton? ¿De qué? ¿De la verdad? ¿De decisiones que me afectan directamente? ¡Dices que intentas protegerme, pero aun así dejaste que él me matara! —Mi voz se quebró—. ¡Le dejaste! Y no me vengas con excusas, porque tú sabías lo que iba a pasar. Sabías que la fase necesitaba completarse. ¡Yo sentí cómo me mataba! ¡Cómo la muerte me atravesaba! ¿Dónde estabas entonces?
Dalton retrocedió como si cada una de mis palabras fuera un golpe directo.
—Hice todo lo que pude para evitar que fuera él quien lo hiciera. Joder, Eda, yo…
—¡No hiciste lo suficiente! —lo interrumpí mientras daba un paso más hacia él—. Dios, Dalton, eres la persona más poderosa del imperio, ¡y aun así lo dejaste pasar! ¡Dejaste que ocurriera justo delante de ti!
Sus hombros se hundieron, y por un segundo vi cómo todo el peso de mis palabras lo aplastaba. Pero eso no me detuvo, al contrario. Mi dolor y mi rabia eran el combustible que me impulsaba.
—¿Sabes qué es lo peor? Que ni siquiera tu poder, ni tus mentiras, ni tus excusas pueden cambiar lo que pasó. Me fallaste, Dalton. Y ahora no sé si alguna vez podré perdonarte.
Se pasó la mano por el pelo, en ese gesto tan suyo, el que hacía siempre que estaba nervioso… o cuando mentía. Ya no estaba segura de cuál de los dos era esta vez.
—Iron Shadow tiene esa maldita capacidad de aparecer y desaparecer, como si la oscuridad misma lo tragara y lo escupiera donde le da la gana. —Sus ojos se nublaban mientras hablaba—. Eso fue lo que pasó. Ese maldito monstruo… se me escapó de las manos en un segundo, de un momento a otro, y luego… No lo sé. No sé qué pasó exactamente.
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—¡Cómo pudiste permitir que eso sucediera! —grité, mi furia llenando cada rincón de la sala, como si esta tuviera su propia presencia física.
Mis manos temblaban, pero no de miedo. No era el alcohol. Ni los nervios. Era mi poder, el fuego interior que no podía contener más. Las llamas azules estallaron en mis puños, cada chispazo reflejando mi rabia, mi dolor y esa traición que no podía tragar.
Así que, en lugar de todo lo que realmente quería decir, lo único que me salió fue:
—Eres un mentiroso, Dalton. Un maldito mentiroso.
Tras esas palabras, me di media vuelta y comencé a caminar furiosa. Las lágrimas corrían por mi rostro, pero no se sentían como una debilidad. Eran parte de la ira que crecía dentro de mí y alimentaba el fuego que ardía en mis manos, azules y brillantes, como si las sombras mismas temieran mi ira.
—Eda —me llamó, pero yo no me detuve—. Eda, no te estoy mintiendo —insistió desesperado—. Eda, por favor…
Mis pies se frenaron justo antes de cruzar la puerta. Lo sentí andar detrás de mí, tan cerca que parecía que podía tocarlo, pero al mismo tiempo tan lejos.
Dalton se quedó quieto, a un par de pasos de distancia. Su rostro era el de siempre: esa calma forzada, esa máscara perfecta de alguien que tiene todo bajo control. Pero ahora… ahora no era nada para mí.
—Si de verdad Iron Shadow estuviera aquí… —empecé—. Si de verdad viniera a por mí, créeme, no dudaría en enfrentarme a él. Porque estoy segura de que él me diría la verdad. Una que tú me ocultas.
Dalton abrió la boca, pero no dijo nada.
—Así que no te sorprendas cuando empiece a buscar respuestas.
Porque si tengo que hablar con la misma muerte para obtenerlas, lo haré.
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No sabía qué odiaba más en ese momento: si la horrible resaca que me tenía el cuerpo hecho un trapo o la luz que entraba a raudales por la ventana abierta y que me impedía pegar ojo.
El dolor de cabeza resultaba insoportable, y el malestar en mi estómago no se quedaba atrás. Mejor aún, ¿por qué no las dos cosas al mismo tiempo? «Una experiencia completa», pensé con amargura.
Justo cuando estaba a punto de ceder a la tentación de enterrarme bajo las sábanas y arrancarme los ojos para escapar de la insoportable luz, una sombra negra se interpuso bloqueándola.
Despierta, tengo hambre, dijo Kali impaciente, aunque yo mantenía los párpados cerrados con firmeza. Despierta, tengo hambre, repitió el fénix.
Solté un gruñido y, a regañadientes, abrí los ojos, la cabeza aún dándome vueltas. Ahí estaba ella, me miraba con esas pupilas inteligentes, ladeando la cabeza de un lado a otro como si intentara comprender por qué yo no saltaba de la cama en ese mismo instante.
—A mí no me engañas, pequeña ave astuta —murmuré volviendo a taparme la cara con un cojín—. Sabes volar perfectamente, ya puedes
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buscarte la comida tú solita.
Me giré de nuevo en la cama para darle la espalda, esperando que así me dejara en paz. Pero no pasó mucho tiempo antes de que sintiera un ligero picotazo en la cabeza.
—¡¿Será posible?! —me quejé apartando el cojín—. ¡¿Acabas de picarme la cabeza?!
Kali me observaba desde el otro lado de la cama, con su pico grueso asomando apenas y sus ojos brillando con diversión, como si disfrutara de mi miseria. Por mucho que intentara resistirme, ella siempre conseguía lo que quería. Antes de que pudiera maldecirla, escuché las risas de dos hombres que entraban en mi habitación. Al levantar la vista, ahí estaban. El dúo. Mi pelotón.
—Sin duda, que una criatura feérica tan pequeña picotee la cabeza de mi hermana puede ser lo mejor que vea hoy —dijo mi hermano entre risas.
Calen, sin decir una palabra, se desplomó en mi cama con tanta fuerza que casi me hizo rebotar, y Kali, sorprendida, dio un pequeño salto.
—Maldita cerveza para jinetes —gimió Calen llevándose una mano a la frente—. Nadie me avisó de esto… ¡de esta resaca! —lloriqueó.
Kali se acercó a él con sus pequeñas patas y lo observó con curiosidad, como siempre hacía cuando alguien estaba en peor estado que ella. Se detuvo a su lado e inclinó de nuevo la cabeza, como si intentara decidir si debía compadecerlo o ignorarlo.
Con mucho esfuerzo, me liberé de las sábanas y me senté al borde de la cama, con la cabeza todavía dándome vueltas. Dios mío, aquella era la peor resaca de mi vida, y lo peor es que también era la primera. Nunca antes había bebido más de dos copas de vino o una cerveza en Valdemar…, pero eso había sido antes.
—Vaya, vaya… —rio Nolan—. Si no es mi hermana, sino la nueva alcohólica del imperio.
—No me hace gracia, Nolan —respondí con la cara entre las manos—. Tú lo haces todo el tiempo. Déjame disfrutar de una resaca al menos una vez en la vida.
Me dolía todo, pero en especial la cabeza. Era como si me fuera a explotar en cualquier momento.
—Eres libre de hacer lo que te plazca, hermanita —dijo mientras se sentaba a mi lado y se acercaba para susurrarme al oído—, pero la próxima
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vez que bebas, intenta no hacer que el emperador quiera incinerar a todos los jinetes.
Me dio un pequeño golpe en el hombro, y en ese momento algunos recuerdos empezaron a surgir, borrosos pero presentes. Volar con Dalton y Long hasta allí, y luego… una discusión. ¿Qué más? Todo lo demás era negro.
—¿Qué estáis haciendo aquí? —pregunté tratando de desviar la conversación—. ¿Qué hora es? ¿No es el día de descanso esta semana?
—Sí, es día de descanso, pero insistí en pasar por aquí antes de bajar a la ciudad para comer algo —respondió mi hermano—. Y como sé que todavía no puedes montar en Kali…
En cuanto mencionaron la palabra «comer», mi estómago rugió con fuerza, recordándome que la noche anterior no había cenado absolutamente nada. Kali me lanzó una mirada, como si ella también hubiera escuchado mi vergonzoso rugido. Estaba creciendo rápido, y se la veía más grande y fuerte cada día que pasaba. Pero, a pesar de su crecimiento, todavía no estaba lista para llevarme volando desde la cumbre hasta la ciudad.
Por ahora, eso significaba depender de mi pelotón o de la capitana para bajar. Era una situación extraña, ya que los jinetes no solían compartir sus monturas. No era por egoísmo, sino porque las criaturas simplemente no toleraban que alguien que no fuera su jinete se subiera a sus lomos. Era peligroso; las criaturas podían reaccionar de forma agresiva o, en el peor de los casos, generar un choque de poderes devastador.
Sin embargo, yo era una excepción. Ellas nunca parecían molestarse conmigo, como si algo en mí les resultara familiar o cómodo. Nunca había habido un incidente, ni un rayo fuera de control, ni una visión inesperada mientras volaba con ellas. Era extraño, pero había aprendido a no cuestionarlo demasiado.
—Creo que debería bajar a comer algo… y Kali también —dije, y le eché un vistazo a la pequeña fénix, que seguía entretenida observando a Calen, que estaba tirado bocabajo en el colchón—. Aún le cuesta un poco cazar sola.
—Gracias a los dioses que Nodin come por su cuenta —dijo Nolan, dejando escapar una risa—. Pobre de la oveja que se cruce en su camino…
Lo miré de reojo arrugando la nariz.
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—Pobres animales…, seguro que las mantícoras los calcinan antes de comérselos.
Nolan se encogió de hombros.
—No he estado cerca cuando caza, así que no tengo ni idea de cómo lo hace —dijo con una mueca—. Normalmente se va volando cuando estamos entrenando o durmiendo. Pero dudo que sea algo agradable de ver.
—¿Crees que habrá suficientes animales para alimentar a tantas criaturas enormes? —pregunté mirando a Kali.
Sabía que las mantícoras, los hipogrifos y el dragón necesitaban una alimentación carnívora, pero Kali… ella todavía dependía de mí. Misso me había estado ayudando aquellos días, dándole cuencos con carne e insectos, pero sabíamos que tendría que empezar a cazar sola pronto.
Calen se incorporó de golpe y se puso a mi otro lado. Los tres estábamos ahora sentados al borde de la cama, en una especie de tregua silenciosa.
—La verdad, no tengo ganas de hablar sobre si hay suficientes ovejas para alimentar a nuestras criaturas… y menos aún de imaginarme ovejas calcinadas. Siempre les he tenido aprecio a esos pobres animales.
Me quedé mirando un punto fijo en el suelo.
—Quizá, si alguna vez puedo comunicarme con las criaturas como lo hago con Kali, podría aprender más sobre ellas, sobre cómo piensan.
Nolan colocó su mano en mi pierna y la apretó ligeramente.
—Eso sería increíble, Eda. Realmente lo sería.
—Sé que el vínculo se asentará tarde o temprano —suspiré—. Que podré… podré hablar con ellas. Pero no sé cuándo pasará.
—No te presiones tanto —dijo Nolan con un tono más suave—.
Apenas han pasado dos semanas desde que despertaste. Date tiempo, Eda.
No te pidas más de lo que puedes dar ahora.
—Tienes razón, primero tengo que esperar y luego aprender a montar a Kali. Sé que se hará muy grande, al menos eso me dijo la capitana. Que será del tamaño de un hipogrifo. Pero ahora mismo, esa idea me parece completamente imposible.
—No la viste cuando nació, era superpequeña. —Nolan giró la cabeza hacia el fénix—. Y mírala ahora, está enorme.
Calen observó a Kali y, con voz baja, murmuró:
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—Ya pronto podría ser un poco peligroso tenerla aquí… en tu habitación…, ya sabes, por el tema del fuego. Me da un poco de miedo.
Lo miré con una sonrisa de lado divertida.
—¿Te doy miedo, Calen?
Hizo una mueca, dejando que su largo pelo rubio cayera por sus hombros. Entre él y Nolan, sentada en medio de ellos, me sentía diminuta.
—La palabra que usaría es respeto —dijo rascándose la cabeza—. El fuego siempre me ha puesto un poco nervioso.
—Por cierto —intervino Nolan desde el otro lado—, ayer estuviste increíble, Eda. Fue impresionante cómo saltaste por las piedras sobre el río —dijo dándome una palmada en la espalda—. No es por nada, pero nunca hubiera imaginado que tú…
Sabía de qué hablaba. La prueba del día anterior. Casi la había olvidado, pero la forma en que llevaban la conversación… Calen con lo del fuego, y ahora Nolan…
—Oye, ¿qué os pasa a los dos? —dije mientras los miraba—. ¿Qué soy, una persona distinta ahora? Soy la misma Eda de siempre, lo sabéis, ¿no?
—No es eso, Eda —respondió mi hermano, colocando su mano en mi pierna de nuevo, como si quisiera tranquilizarme.
Me dejé caer hacia atrás hasta quedar tumbada en la cama. Dios, mi cabeza iba a estallar en cualquier momento.
—Dejadlo ya.
El silencio que cayó sobre nosotros fue espeso. Éramos tres inmortales sentados al borde de una cama, con una resaca que nos hacía sentir más frágiles de lo que estábamos dispuestos a admitir, como si el mundo pudiera desplomarse sobre nosotros en cualquier momento.
—Oye, Nolan… —Calen rompió el silencio de repente, como si algo hubiera cruzado por su mente.
—A ver, ¿qué vas a soltar ahora?
—¿A dónde te fuiste anoche? Te levantaste de la mesa y desapareciste. Y sí, iba borracho, pero sé perfectamente cuándo pierdo a mi líder de pelotón.
Nolan se levantó de la cama de golpe y esquivó la pregunta con una sonrisa demasiado rápida.
—Venga, bajemos a comer ya, que me muero de hambre.
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Yo ya había intentado cambiar de tema antes, pero él lo había evitado por completo. Calen resopló frustrado, y yo miré a mi hermano con una ceja arqueada, como si ya supiera lo que estaba haciendo.
—Siempre haces lo mismo, Nolan —canturreé.
No sabía por qué ocultaba cosas, por qué desaparecía sin dar explicaciones y luego volvía como si nada hubiera pasado. No me contaba con quién pasaba las noches ni a dónde iba. Aunque, siendo justa, yo tampoco le contaba todo lo que ocurría en mi vida…, especialmente lo que ocurría en la íntima.
—No sé de qué hablas, hermanita.
Me levanté de la cama y Calen hizo lo mismo, dejándose caer ligeramente hacia un lado.
—Esperadme en el salón, me cambio, me aseo y bajo en un momento —dije al tiempo que los empujaba hacia la puerta—. Gracias.
La cerré detrás de mí, y los recuerdos del caos del día anterior volvieron a inundar mi mente.
Intentaba reconstruir lo que había pasado, recordar fragmentos sueltos, pero todo estaba envuelto en una neblina. Lo único que podía ver claramente en mi mente era yo llorando frente a Dalton… y luego esa discusión en el salón.
Caminé hacia el centro de mi habitación, con el estómago hecho un nudo, rezando por no haberle contado a Dalton sobre lo que vi durante la fusión.
No se lo contaste, Eda. Tranquila. La voz de Kali acarició mi mente mientras bajaba de un salto desde la cama, desplegando sus pequeñas alas. Pero tengo hambre, quiero comer.
Un alivio momentáneo me recorrió el cuerpo. Al menos no le había contado eso.
—¿Por qué no quieres que se lo cuente, Kali? —pregunté agachándome hasta quedar a su altura—. ¿Por qué no puedo hablar con él sobre lo que vi en aquella visión? ¿Por qué no puedo preguntarle si fue real?
Porque el emperador mentiría, respondió la pequeña fénix, que caminaba hacia mí con las alas azuladas extendidas. Y no queremos mentiras.
Me acerqué más a ella en busca de respuestas en sus ojos luminosos. —¿Qué sabes de Dalton? ¿Por qué no me cuentas nada?
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No sé por qué no puedo contártelo. Solo sé que no puedo.
Me puse de pie, un repentino dolor en el estómago me hizo doblarme un poco.
—Está bien, parece que tendré que encontrar mis propias respuestas. —Lancé una mirada hacia la puerta, por si Dalton estuviera escuchando, aunque sabía que ya no podía leerme la mente—. Gracias, Dalton, por nada. Y gracias a ti, mi queridísima Kali, por darme exactamente lo mismo.
Tengo hambre, insistió.
Suspiré, me cambié rápido y me puse el uniforme de siempre. Allí nadie llevaba otra cosa. Trencé mi cabello en un movimiento torpe, dejando el baño para después, porque si no Kali me atacaría por el hambre. Salí de la habitación con ella siguiéndome, sus pequeñas garras resonaban en el suelo de piedra. Antes de llegar al salón, me topé con Faelan, que se hallaba quieto junto a la puerta esperándome.
—Señorita Eda —me saludó con una reverencia.
—Faelan —le devolví el gesto con una inclinación de cabeza.
—Sus compañeros la esperan en la sala de reuniones. El emperador los ha convocado allí, y me temo que a usted también. —Me señaló hacia el pasillo que conducía a la sala de reuniones.
El nerviosismo me golpeó de inmediato. Ver a Dalton era lo último que quería hacer ese día, lo último.
Faelan comenzó a guiarme por el largo pasillo, y yo lo seguí, con Kali caminando en silencio tras de mí. Pensé en la noche en que me había ayudado a encender la cama de Kali. ¿Sabía él que había funcionado lo que me dijo?
Cuando llegamos a la puerta, Faelan se detuvo y me dejó pasar, pero antes de hacerlo, me giré hacia él.
—Gracias por lo de la otra noche. Confié en mí, como usted dijo. Y lo conseguí.
Debajo de la capucha que le cubría casi todo el rostro, vi su gesto de aprobación.
—Magia y suerte, ambas de su lado.
Con esas palabras, volvió sobre sus pasos, dejándome sola ante la puerta de la sala de reuniones. Respiré hondo y me preparé para lo que estaba por venir.
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En el interior, Calen, Nolan, la capitana Misso, el comandante Kaiden y Dalton estaban reunidos alrededor de la enorme mesa de hielo hablando en voz baja. Cuando me vieron, todos giraron la cabeza hacia mí.
—Hola —sonreí nerviosa—. ¿Ha pasado algo grave?
Dalton me miró con una expresión seria, su tono más seco que nunca cuando respondió:
—Hola.
Apreté los labios y caminé hacia ellos con la espalda recta. Ver de nuevo a las tres personas más poderosas del imperio reunidas me generaba respeto.
Tú eres la más poderosa, dijo Kali, que iba detrás de mí.
No lo soy, le contesté.
Por ahora, añadió con la seguridad de quien conoce verdades a las que yo no quería enfrentarme.
Ellos eran las mismas personas que me habían conocido hacía siglos. Ellos me habían visto gobernar, luchar y también caer como su emperatriz durante más de cien años. Una parte de mí, una muy pequeña, aún deseaba recordar esa vida. Pero esos recuerdos eran como arena entre mis dedos.
Ellos lo sabían todo. Quién había sido, quién era ahora. Todo sobre Dalton y sobre mí. Y aunque trataba de no pensar en ello, también hubo un tiempo, muy lejano, en el que fueron mis amigos.
Intenté no pensar en nada de eso mientras Misso me sonreía, su parche levantándose un poco con el gesto, e hizo espacio para que me uniera al círculo.
—Buenos días, Eda.
Le devolví una sonrisa rápida y asentí al comandante cuando me saludó. Por último, mis ojos se encontraron con los de Dalton. Estaba de brazos cruzados, y aunque no le sonreí, lo escuché con atención cuando comenzó a hablar.
—La prueba de ayer, Eda…, ha traído problemas. O mejor dicho, tu poder los ha traído.
Mis ojos se abrieron un poco más. Claro que podía haber problemas.
Era evidente que no habíamos pensado en todas las consecuencias.
—No me digas que han aparecido wendigos —solté sintiendo cómo se me hacía un nudo en la garganta.
Misso se adelantó y le lanzó una mirada de reproche al emperador.
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—No es tu culpa, Eda. Pero al utilizar tu poder de esa manera, y al hacer que Kali lo usara también, has atraído a los wendigos. Sabíamos que esto iba a ocurrir. Y seguirá sucediendo más y más veces. Pero es precisamente por eso que entrenamos cada día, por eso mantenemos la vigilancia constante. Para estar preparados cuando esto pase.
—¿Cuántos son esta vez? ¿Han causado algún daño? ¿Se han acercado a la ciudad? —pregunté rápidamente.
El comandante Kaiden respondió:
—Han sido cuatro. Son pocos, pero es una señal clara de que Iron Shadow no tiene intención de rendirse.
Dalton dejó escapar un suspiro enfadado.
—Por supuesto que ese monstruo no va a detenerse. Hará todo lo que esté en su mano para arruinarnos, para debilitarnos poco a poco. Esto puede acabar muy mal si no actuamos con rapidez.
Misso intervino de nuevo para añadir la información restante.
—Aparecieron lejos de la ciudad, a varios kilómetros del río Ígneo. Pero hay algo extraño. —Hizo una pausa—. No se movían en grupo. Se dispersaron, manteniendo una distancia considerable entre ellos. Al menos de quinientos metros.
Esa información me descolocó.
—¿Separados? Los wendigos siempre atacan en grupo. ¿Por qué harían algo así?
—Esa es la pregunta —admitió Kaiden, ajustándose el guantelete de cuero que llevaba—. Y no nos gusta la respuesta que estamos considerando.
Dalton asintió con rostro sombrío.
—Podría ser una estrategia. No subestimemos a Iron Shadow. Él no envía wendigos porque sí. Si los ha dispersado, significa que hay algo más detrás. Y necesitamos saber qué es antes de que actúe de nuevo. Fruncí el ceño pensando en lo extraño que sonaba todo eso.
—¿Y cómo se comportaron? —pregunté al recordar cómo en la última aparición de los wendigos no nos habían atacado directamente, sino que solo vagaban—. ¿Siguieron el mismo patrón?
Dalton asintió.
—El mismo. Los jinetes los localizaron y acabaron con ellos, pero los wendigos no ofrecieron resistencia, no atacaron. Simplemente… esperaron a morir.
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—Luego los quemaron, como siempre —añadió Misso.
Miré a Nolan y a Calen, que escuchaban en silencio atentos. Algo no encajaba. Sabía que no nos habían reunido aquí solo para hablar de los wendigos. Había algo más.
—¿Por qué estamos aquí? —pregunté mirando a Dalton, aunque fue Kaiden quien respondió.
—Es hora de que entrenéis como pelotón, los seis juntos. De que aprendáis lo que significa ser un verdadero equipo. No hay mejor protección para un jinete que su pelotón. Y en el caso de Eda, que aún no tiene su propio escuadrón, sois su única defensa.
—¿Y cuál es el plan, comandante? —preguntó Nolan.
Kaiden esbozó una sonrisa ligera, pero sus ojos permanecieron serios. —El plan es simple: partís hoy mismo. Ya es hora de que dejéis el
hielo atrás. Os enfrentaréis a algo completamente diferente. Vuestro destino son las montañas de Arcadia, el desierto. Debéis aprender a combatir en todas las condiciones.
Misso asintió.
—El enemigo está en movimiento. Y nosotros no podemos quedarnos atrás, limitados por un único terreno. El desierto no solo os pondrá a prueba físicamente. Os desafiará de formas que el hielo nunca podría. Adaptación. Ese es el verdadero campo de batalla.
—¿Cuándo? —pregunté aún procesando la información. Dalton descruzó los brazos e intervino por fin.
—Hoy. No hay tiempo que perder. El peligro que representan los wendigos es solo una distracción, algo más grande se está gestando, y no podemos esperar a que golpeen primero.
Miré a los demás. Misso, Kaiden y, por último, Dalton. Todos parecían estar de acuerdo. Mi pelotón y yo no estábamos listos, pero no había opción.
Viajaríamos a Arcadia.
Después de esa reunión improvisada, nos dijeron que cogiéramos lo justo y estuviéramos listos para volar hacia la cordillera de Arcadia ese mismo día. Nadie protestó ni hizo preguntas. Solo asentimos.
Todo lo que acabábamos de escuchar —los wendigos, el peligro que atraía mi poder cuando estaba sola, la amenaza constante sobre el imperio
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— era suficiente para borrar cualquier rastro de resaca.
No tenía mucho que llevarme conmigo, porque tampoco poseía demasiadas pertenencias. Ni allí ni en el palacio. Así que cuando llegó el momento de hacer la bolsa, no tardé. Uniformes, claro, porque lo más arreglado que alguna vez me dejó Camille estaba en el palacio.
Pensé en coger el uniforme más grueso, pero ¿para qué? Ya no hacía falta. En su lugar, me puse una camiseta de tirantes ajustada, los pantalones de cuero de siempre y aseguré las dagas en su sitio. Me até el pelo en una trenza rápida para que no me molestara al volar y cogí mi espada. Eso era lo esencial.
Los libros ni los toqué. Ni siquiera el que Dalton y yo habíamos usado para comunicarnos. Lo miré un segundo, lo suficiente para sentir ese nudo en el pecho…, pero al final lo dejé sobre la mesa.
Misso se llevó a Kali para darle de comer, pero no sin lanzarme una advertencia: esto tiene que acabar. Y tenía razón. Kali no podía seguir dependiendo de nadie para alimentarse.
Eché un último vistazo a la habitación, preguntándome si algún día volvería a sentirme en casa en algún lugar. Probablemente no. Desde que dejé Valdemar, ya lo había asumido: no tendría un hogar propio nunca más.
Cuando bajé al salón, estaban Calen, Nolan y Misso con los dos hipogrifos y la mantícora. Y, por supuesto, Kali, que parecía de mejor humor después de haber comido.
Ya te vale, pajarraca astuta.
Estoy enfadada contigo. No era tan difícil darme de comer, respondió Kali, aunque su tono seguía siendo igual de dulce.
Sabes lo que pienso de eso, le contesté mientras me acercaba al grupo. Calen ya estaba montado en el hipogrifo en silencio y con la mirada
fija en las montañas mientras acariciaba el lomo del animal lentamente. —Pararemos a descansar a medio camino. No habéis practicado vuelos
largos con vuestras criaturas aún —dijo Misso mirando a Nolan, que estaba junto a la mantícora.
—¿Podrá Kali seguirnos el ritmo volando con nosotros? —pregunté. —Esperemos que sí —respondió Misso—. Volaremos despacio por
ella. Por eso también tenemos que parar para comer y beber. Si se cansa mucho en la segunda mitad del trayecto, la llevarás en brazos.
¿Podrás?, le pregunté a través de nuestro vínculo.
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Podré.
Kali ya era más grande, pero sabía que, tal vez, si pasaba una semana ya no podría cargarla mientras volábamos. Aunque confiaba en que pronto volaría perfectamente por su cuenta.
—¿Vienes conmigo? —me preguntó mi hermano.
Asentí y me acerqué a él.
Miré de reojo hacia la puerta del salón en busca de algún rastro de
Dalton, pero no había señales de él. Por un momento, sentí una tregua.
Pero la sensación no duró. Antes de que pudiera respirar tranquila, él y
Kaiden entraron juntos, caminando hacia nosotros.
La enorme mantícora del comandante se plantó en el centro del salón y captó mi atención. Aparté la vista de Dalton, evitando mirarlo. No quería hacerlo.
El dragón, sin embargo, no estaba por ningún lado, y Kaiden aclaró la duda de inmediato:
—La capitana y yo volaremos con vosotros hasta Arcadia.
Supervisaremos vuestro pelotón hasta nuevo aviso.
Dalton no vendría. Por primera vez en mucho tiempo, sentí alivio. Necesitaba ese tiempo lejos de él. Pero no podía evitar pensar que él también lo había planeado así, que prefería mantenerme a distancia. Tal vez… tal vez ya no había un lugar para mí a su lado.
—Yo seguiré ayudando con Kali. Aún no han empezado los verdaderos entrenamientos —comentó Misso con una leve sonrisa a mi lado.
Apenas pude devolvérsela. Mi mirada se desvió hacia Dalton, que me observaba de arriba abajo. Por un instante, sentí que el aire me faltaba. Nos quedamos así, atrapados en una mirada que parecía durar más de lo necesario, más de lo permitido. El resto del mundo desapareció, hasta que Kaiden, ya montado en su mantícora, rompió el momento con su voz, y vi que Misso comenzaba a prepararse también.
Fragmentos de nuestra conversación de la noche anterior se colaron en mi mente. Pero su rostro ahora estaba vacío, como si nada de aquello importara. Como si yo no importara. Algo dentro de mí también se había apagado. Después de todo lo que se había dicho, y todo lo que él seguía sin decir, el resultado siempre era el mismo: Dalton no confiaba en mí para contarme la verdad.
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Apreté los labios y me obligué a apartar esos pensamientos. Pensar en él, seguir dándole vueltas a lo mismo, solo me hacía daño. Era hora de dejarlo atrás. Con un movimiento decidido, me giré, le di la espalda y subí a Nodin.
Ojalá esta distancia te sirva para encontrarte, Eda. Cuando regreses, de una manera u otra, yo estaré aquí. Sus palabras se filtraron en mí.
Me giré por última vez para mirarlo por encima del hombro, esperando que mis ojos no volvieran a encontrarse con los suyos al menos por un tiempo.
Le ofrecí mi mirada más sincera, una llena de dolor y que escondía las lágrimas que había derramado por él. Pero le sonreí. Lo hice como si nunca hubiera llorado por su causa, como si no doliera mirarlo, como si no me estuviera rompiendo por dentro aceptar que, aunque él seguía siendo el mismo hombre, ya no era el mismo para mí.
«Ojalá encuentre las respuestas que tú no me das —pensé con la esperanza de que algún día me trajeran paz—. Y cuando las tenga, que tu ausencia deje de darme esta paz amarga, Dalton».
Sabía que no podía escuchar mis pensamientos, pero igual los dije en silencio, para mí misma, porque necesitaba oírlos. Levanté la cabeza y miré al frente, obligándome a seguir adelante.
Sin mirar atrás, subimos al cielo. Kali, mi pequeño fénix, voló junto a nosotros, como si, al igual que yo, estuviera dejando algo atrás.
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Liral
Protege al fénix.
Protege al Zafiro.
Liral se incorporó de un salto en su camastro, con el corazón golpeándole las costillas como si quisiera salir de su pecho. La voz en su cabeza había sido clara y dulce, como una nana, pero al mismo tiempo, había algo profundamente inquietante en ella, algo que le erizó la piel al instante. Antes de que pudiera reaccionar del todo, su mano ya había alcanzado el puñal que guardaba bajo la almohada y lo había levantado en un gesto automático de defensa.
Sus ojos recorrieron cada rincón de la habitación en busca del origen de esa voz, pero no había nadie, solo el silencio opresivo de la madrugada.
«Protege al fénix. Protege al Zafiro».
Respiró profundo intentando calmarse. Su pecho subía y bajaba con fuerza, mientras su mente intentaba darle sentido a lo que acababa de escuchar. Sabía que no estaba soñando; esa voz no podía haber sido parte de un sueño. Había algo demasiado real en ella.
Se quedó sentada en la cama durante unos minutos, inmóvil, mientras la inquietud se enredaba en su estómago. Aún no había salido el sol. La
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penumbra de la habitación la envolvía, pero sus ojos seguían recorriendo con insistencia cada rincón a la espera de encontrar algo, cualquier cosa que confirmara que no había sido su imaginación.
Nada, no había nada, solo la calma de siempre.
Sacudió la cabeza y se enfundó rápidamente en el uniforme negro, ajustando la capa para protegerse del viento del desierto. Pasó la capucha sobre su cabello y, antes de salir, agarró el puñal que siempre llevaba escondido en la cintura.
El fénix… ¿en peligro? ¿Quién era el Zafiro? ¿Y por qué esa voz parecía tan… urgente?
Las palabras seguían rondando en su mente mientras se deslizaba con sigilo por los pasillos de la Fortaleza de Gea, el hogar de los jinetes más jóvenes y principiantes. Las torres de piedra se alzaban bañadas por la luz pálida de la luna, y todo permanecía en un silencio absoluto.
Cruzó el umbral hacia el patio principal y el aire frío del desierto nocturno la golpeó de inmediato. Las calles estaban desiertas; a esas horas, ningún soldado imperial se molestaba en patrullar. El único sonido era el de sus botas avanzando sobre la piedra.
Salir de madrugada a montar no estaba prohibido, y Liral lo hacía cada mañana. Era su manera de mantener la cabeza despejada, de recordarse que seguía siendo suficiente, que aún valía la pena.
Se dirigió a los establos improvisados, donde las bestias desplazadoras dormían amontonadas sobre la arena. Pero Dargan ya estaba despierto, esperándola, como siempre.
Liral no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa.
—Vamos, amigo —susurró mientras acariciaba el pelaje oscuro, luego subió con agilidad a su lomo, se ajustó la capa y, con una leve presión de las piernas, le indicó que avanzara.
El desierto de noche era algo mágico. Las dunas se extendían como olas congeladas en el tiempo, bañadas por el resplandor plateado de la luna. Todo parecía en calma, tranquilo. Pero Liral no podía sacudirse esa sensación de inquietud…
Con un movimiento rápido, descolgó el arco y ajustó una flecha en la cuerda, como había hecho incontables mañanas antes. Correr por el desierto mientras disparaba a las dianas dispersas por el terreno era más que una rutina; era su forma de demostrar que su puntería seguía impecable.
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Pero aquella madrugada no sería como las demás.
Antes de que el sol asomara por el horizonte, algo captó su atención. Un destello de fuego detrás de ella rompió la oscuridad e iluminó por un segundo las dunas de arena. Liral giró de inmediato y tensó su arco, sus músculos reaccionando antes de que su mente pudiera procesarlo. Sus ojos buscaron el origen del fuego, y fue cuando lo vio: un nightmare galopando a toda velocidad, y sobre él, una figura que reconoció al instante.
La pelirroja.
—¿Qué demonios haces aquí? —gritó Liral con irritación, sin dejar de apuntarla con su arco, aunque ya sabía que no era una amenaza.
Afra, el nightmare de Elandra, avanzaba veloz tras Dargan, tan cerca que parecía que las llamas de su crin querían alcanzar a la bestia desplazadora. Elandra no contestó. Su rostro estaba serio, concentrado, y mantenía la vista fija en algo que Liral no alcanzaba a ver. Eso no hizo más que irritarla aún más.
—¡Te estoy hablando! ¿Por qué me sigues? —gruñó, pero esta vez no pudo apartar la mirada de la expresión de Elandra. No era usual que estuviera tan callada.
Y entonces Dargan frenó de golpe, lo que casi la lanzó hacia delante.
—¡Liral, cuidado! —gritó Elandra.
La muchacha giró la cabeza justo a tiempo para verlo. Una figura alta y grotesca estaba plantada en medio de su recorrido.
Un wendigo.
El ser era una abominación de huesos retorcidos y piel desgarrada. Su cuerpo parecía a punto de desmoronarse, con extremidades alargadas y desproporcionadas. Los ojos hundidos brillaban con un rojo antinatural, pero lo más escalofriante era su inmovilidad. Se encontraba ahí quieto, mirándolas fijamente, como si las hubiera estado esperando.
No atacaba. No gruñía. Solo las observaba, y esa quietud resultaba más aterradora que cualquier movimiento. Parecía que ya sabía cómo iba a terminar todo.
Liral levantó el arco con rapidez y apuntó directamente a su cráneo. Sus dedos tensaron la cuerda, pero durante un segundo, solo un segundo, no disparó. Había algo en los ojos de esa cosa, algo que la hizo dudar. No era una mirada de furia o hambre. Era… resignación.
Como si estuviera entregándose.
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Con un suspiro, soltó la cuerda. La flecha voló directa y le atravesó el cráneo sin esfuerzo. El wendigo cayó a la arena con un golpe sordo, y el silencio volvió a tragarse el lugar.
Liral mantuvo el arco levantado un momento más, esperando algún movimiento, cualquier señal de que no había terminado. Pero no pasó nada. La criatura estaba muerta.
Dargan se detuvo, sus tentáculos inquietos moviéndose lentamente, como si todavía aguardara algo más. Un instante después, Afra apareció a su lado, y Elandra desmontó de un salto. Liral no dijo nada. Simplemente deslizó la pierna por el costado de Dargan y se dejó caer al suelo. Sus botas hundieron la arena mientras ella ajustaba el arco, todavía alerta.
—¡Dios mío, Liral! —dijo Elandra acercándose con la espada en la mano—. ¿Es un wendigo? ¿Qué hace un wendigo en Arcadia? Decían que hacía siglos que no aparecían por aquí…
Elandra dio un paso hacia el cuerpo derribado, pero Liral levantó una mano deteniéndola de inmediato.
—¡Ni se te ocurra acercarte a él, Elandra! Quédate donde estás.
Pero ni ella misma obedeció su propio consejo. Se acercó al wendigo, con el arco aún listo y una flecha preparada. No confiaba en esa quietud, no después de lo que había visto. Sabía que esas criaturas podían ser engañosas.
Elandra frunció el ceño, pero la siguió con cautela y la espada en alto. —Está muerto, ¿no?
Liral usó la punta de su arco para empujar el cuerpo del wendigo, examinándolo de cerca. La flecha había atravesado el cráneo, y la criatura no daba señales de vida.
—Sí, está muerto. —Movió el cadáver con una pierna para asegurarse
—. Pero eso no significa que no haya más.
Elandra miró a su alrededor con nerviosismo mientras apretaba la
empuñadura de su espada. La oscuridad del desierto hacía difícil distinguir cualquier movimiento, pero el fuego de Afra proporcionaba algo de luz, suficiente para mostrar las dunas cercanas.
—¿De dónde crees que ha salido? Pensaba que ya no existían en esta parte del mundo…
—No han desaparecido. Solo han estado esperando. —Liral escudriñó el horizonte con una mirada dura, sus ojos buscando cualquier señal de
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movimiento entre las montañas de arena y roca—. Y si hay uno, puedes apostar a que hay más.
—¿Cómo lo sabes?
Liral tensó su arco de nuevo y apuntó a su alrededor mientras giraba lentamente sobre sí misma.
—Porque un wendigo nunca viaja solo.
—¿Crees que tiene algo que ver con los wendigos que han aparecido cerca de Novadia? —preguntó Elandra.
—Sé que no nos cuentan ni la mitad de lo que pasa, pero esto… esto me da muy mala espina. Que después de tantos siglos vuelvan a aparecer merodeando sin rumbo, justo ahora, coincidiendo con el regreso del…
Las palabras se quedaron atoradas en su garganta cuando la voz volvió.
Esa voz.
Protege al fénix. Protege al Zafiro.
La misma melodía dulce e inquietante que la había despertado esa madrugada volvió a sonar en su mente, como un susurro persistente que no podía silenciar. Su cuerpo se tensó de inmediato, sus músculos rígidos como si alguien le hubiera clavado una daga en la espalda.
—¿Liral? —Elandra habló con cautela y lo acompañó de un leve toque en su hombro. La pelirroja se había acercado para comprobar si estaba bien. Pero el contacto hizo que Liral saltara hacia atrás como si la hubieran quemado.
—¡No… no me toques! —espetó, con los ojos todavía escudriñando las dunas como si algo más las acechara.
Elandra levantó las manos con calma para no provocarla más.
—Vale, tranquila. Solo quería ver si estabas bien… Parece como si hubieras visto un fantasma.
Liral no respondió de inmediato. Sus ojos seguían buscando entre las sombras y los destellos de las dunas en un intento por procesar lo que había escuchado y lo que acababa de ver. Los wendigos habían vuelto. Estaban allí. Pero algo más le rondaba la cabeza: esos ojos, los de la criatura que acababa de abatir. No había rabia en ellos. Ni hambre ni violencia. Quería morir… quería que la matara.
—Tenemos que avisar a los demás cuanto antes. —Liral se giró hacia el wendigo caído y empezó a caminar con decisión—. Y tenemos que quemar este cuerpo. Son las normas.
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Se inclinó hacia la criatura para moverla con un gesto brusco, pero su mente seguía dándole vueltas al asunto. ¿Por qué había aparecido allí? ¿Qué los había traído de vuelta después de siglos de ausencia? Había demasiadas preguntas y ninguna respuesta.
—Creo que no hace falta. —La voz de Elandra la detuvo en seco—. Ya están aquí.
Liral levantó la mirada de inmediato y su respiración se detuvo un segundo al ver las figuras que emergían desde detrás de las rocas. Los reconoció al instante: un grupo de jinetes avanzados. Al frente, montado en su imponente zeng de pelaje oscuro, estaba Luca, el líder de los escuadrones de zengs, acompañado por Gwren, su propia líder de escuadrón, que salió de entre las dunas a lomos de su bestia desplazadora, apenas levantando la arena a su paso. A su lado, el zeng de Luca se movía con agilidad, sus patas dejando marcas profundas en la arena mientras se acercaban al lugar donde las dos jóvenes jinetes yacían junto al cadáver del wendigo.
Gwren desmontó y no necesitó decir nada; su mera presencia hizo que Liral y Elandra enderezaran sus espaldas y esperaran instrucciones.
—Llevad este wendigo junto a los otros cinco y aseguraos de que sean quemados de inmediato —ordenó a los demás jinetes.
Liral frunció el ceño al tiempo que bajaba despacio el arco y lo guardaba en su espalda.
—¿Cinco más, líder Gwren?
Luca, que había permanecido en silencio hasta ese momento, desmontó también. Su rostro y su boca estaban cubiertos con una tela que lo protegía del polvo, pero su mirada se fijó en Gwren, como si buscara su permiso para hablar. La líder asintió, y él retiró la tela con un movimiento lento antes de tomar la palabra.
—Llevamos toda la noche recorriendo las dunas cerca de la cordillera. Nos informaron desde Novadia que han encontrado tres wendigos allí. Creíamos que ese era el foco, pero aquí, en Arcadia, ya hemos localizado seis. —Luca hizo una pausa—. Y no sabemos si habrá más.
Gwren dio un paso adelante, sus botas aplastando la arena.
—Esto no es una coincidencia. Los wendigos no aparecen en estas tierras sin una razón. Algo, o alguien, los ha traído de vuelta. —Sus ojos se movieron entre Liral y Elandra, como si midiera sus reacciones—. Que
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hayan aparecido aquí, después de siglos de ausencia, no es una buena señal.
Elandra, que hasta ese momento había permanecido callada, alzó la voz desde su posición, iluminada por el fuego de las crines de Afra.
—Esto no traerá nada bueno, líderes. Algo está cambiando.
Gwren sostuvo su mirada por un instante antes de asentir lentamente. —No, no traerá nada bueno. —Luego, sus ojos se movieron hacia
Liral, quien seguía con la mano cerca de su arco.
Luca fue quien habló entonces, devolviendo su atención a las dos jóvenes.
—Liral. Tus escapadas al desierto durante la madrugada se han terminado. Sé que lo haces para mejorar, que buscas demostrar tu valía. Pero ahora es peligroso. —Dirigió la mirada hacia Elandra—. Lo mismo para ti, Elandra. A partir de este momento, vuestro deber no es actuar por vuestra cuenta, sino centraros en vuestro pelotón, en entrenar como una unidad.
Gwren, con los brazos cruzados, añadió:
—La otra mitad de vuestro pelotón emprenderá el viaje desde Novadia al amanecer. Se unirán a vosotros en Arcadia. Es hora de que os consolidéis como un grupo.
—¿Eda vendrá con ellos? —preguntó Elandra.
Luca asintió con lentitud, pero su expresión era más pesada de lo habitual.
—El fénix estará con vosotros. —Hizo una pausa antes de añadir, en voz más baja—: Vuestro deber será protegerla. Vienen tiempos oscuros. Proteger al fénix será vuestra misión más importante.
«Proteger al fénix». Las palabras se clavaron en la mente de Liral. Ahí estaba. Eso era. La voz que había escuchado esa mañana, la advertencia, el propósito. Todo tenía sentido ahora.
Luca entrecerró los ojos con una expresión pensativa.
—Regresad a la fortaleza y esperad nuevas instrucciones. Y… —dudó por un instante, pero luego su mirada se endureció—. Lo que habéis visto esta noche, no lo contéis. A nadie.
Liral y Elandra asintieron, sabiendo que la orden no era negociable. Subieron de nuevo a sus respectivas criaturas, pero antes de que Liral pudiera marcharse, Gwren se le acercó.
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—Has hecho un buen trabajo, Liral. —Sus palabras fueron simples, pero ahí estaba. Ese reconocimiento, esa aprobación que había estado buscando desde que se unió al escuadrón.
El corazón de Liral dio un vuelco, pero esa vez no fue de miedo. Fue de algo mucho más profundo, una chispa de satisfacción que no podía ocultar. Y aunque sabía que estaba mal, Liral no pudo evitar sentirse aliviada, incluso agradecida, de haber escuchado aquella voz. Esa extraña advertencia que la había despertado esa madrugada, esa sensación que la había empujado a salir al desierto… Todo la había llevado a ese momento. Había encontrado al wendigo, le había hecho frente y ahora estaba en el punto de mira del imperio.
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Eda
Volamos durante dos horas antes de detenernos en un prado verde al borde de un bosque que marcaba el final de la nieve, pero no de la vegetación. Era un lugar intermedio, como si el invierno del norte y el calor del sur estuvieran en tregua.
Nos detuvimos a comer lo que Kaiden y Misso habían traído en sus bolsas. Raciones simples pero suficientes para llenar el estómago. Mientras ellos hablaban, aproveché la pausa para alejarme un poco, hacer mis necesidades y beber tanta agua como pude, intentando borrar el rastro del alcohol que aún me daba vueltas en la cabeza.
Kali había volado perfectamente, sin contratiempos. Aunque no alcanzaba la velocidad de los hipogrifos o las mantícoras, lo cual era normal dado su tamaño y la envergadura de sus alas, lo hizo bien y tanto la capitana como el comandante parecían satisfechos. Ver a Kali avanzar, a su ritmo, me despertaba una chispa de orgullo. Poco a poco, ella también estaba encontrando su fuerza, y eso era suficiente para mí.
Después de comer, nos acomodamos bajo los grandes árboles que bordeaban el bosque. Las criaturas más grandes, como los hipogrifos y las mantícoras, apenas parecían necesitar descanso, pero Kali sí lo requería, y
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la verdad, nosotros tampoco estábamos en condiciones de seguir sin una pausa. Lo supe porque, en cuanto Calen se apoyó en un tronco, cerró los ojos al instante, en silencio, buscando su postura ideal para dormir. Estaba mucho más callado de lo habitual y, aunque sabía que algo le rondaba la cabeza, aquel no era el día de hacer preguntas.
Nolan y el comandante Kaiden se habían adelantado para realizar una ronda de vigilancia llevándose a las mantícoras con ellos. Mientras tanto, Misso se quedó cerca de su hipogrifo, Aquilea, con la mirada fija en el horizonte, siempre vigilante. Podían fingir calma, pero no podían engañarme. Algo no estaba bien, y ellos lo sabían tanto como yo. La supuesta tranquilidad que intentaban mostrar no era más que una fachada. La verdad era que mi presencia no solo atraía miradas, sino algo más…
Aunque intentáramos aparentar normalidad, todos estábamos alerta. Las manos nunca estaban lejos de una daga, los sentidos aguzados ante cualquier sonido extraño. Sabíamos que había algo ahí fuera, moviéndose, observándonos. Y no podía evitar sentir que, de alguna manera, todo eso tenía que ver conmigo.
Kali se acomodó a mi lado y pronto se quedó dormida. Ese día no había cama de brasas para ella, pero no parecía importarle; dormía plácidamente sobre la hierba mientras respiraba con suavidad.
Me dejé caer contra el árbol, reposando la espalda en la corteza áspera mientras clavaba los ojos en el cielo. Las nubes pasaban despacio, se arrastraban como si no tuvieran prisa, ajenas a la inquietud que me carcomía por dentro. Pero incluso en esa calma aparente, una frase seguía dando vueltas en mi mente, en un bucle incesante que no me dejaba respirar: «Vendrá a por mí».
Sabía que Iron Shadow me buscaría. No sabía cómo ni cuándo, pero estaba segura de que él sabría dónde encontrarme. Lo sentía.
Vendría. Pero ¿a qué estaba esperando? Esa era la pregunta que me carcomía, la que no me dejaba dormir tranquila. No era solo la idea de enfrentarme a él, sino la incertidumbre, el juego del gato y el ratón en el que yo no tenía control. No podía bajar la guardia ni un segundo. Sabía que cuando por fin apareciera, no habría tiempo para dudas ni para miedo. Solo acción. «Vendrá a por mí». La frase se repetía en mi cabeza como un mantra, y yo, entre la ansiedad y el instinto de supervivencia, esperaba.
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Fue el olor a humo el que me despertó.
Abrí los ojos de golpe para ver que el cielo empezaba a teñirse de naranjas y rojos, el atardecer aún distante pero ya anunciándose. Me puse de pie de inmediato, y Kali se irguió casi al mismo tiempo. Calen ya estaba de pie, rígido como una estatua, con la mandíbula apretada y los ojos escaneando el horizonte. También lo había olido.
Misso, que hasta ese momento había estado junto a su hipogrifo, se levantó de un salto. Su postura se transformó de relajada a alerta en un instante. Sus ojos se entrecerraron, examinando con cuidado el horizonte en busca de la fuente del humo, mientras su mano descansaba sobre la empuñadura de su espada, lista para actuar.
—¿De dónde viene ese olor, capitana? —preguntó Calen.
Misso no respondió al instante. Parecía estar concentrada, olfateando el aire, evaluando la situación con una precisión casi animal.
—No es solo humo. También huele a magia. A destrucción.
Un escalofrío me recorrió la espalda al escuchar esas palabras. Kali, siempre atenta a mis emociones, habló a través de nuestro vínculo.
¿Qué crees que está pasando?
No lo sé, Kali…, pero nada bueno.
Misso se volvió hacia nosotros.
—Vais armados, ¿verdad? —nos preguntó, aunque era más una orden que una duda.
Asentimos al unísono. Sabíamos lo que venía.
—Nos vamos. Ya —soltó sin más, y comenzó a caminar hacia los hipogrifos que nos esperaban en posición, listos para volar en cualquier momento.
Ninguno de nosotros dijo una palabra. Seguimos las órdenes de la capitana con la precisión automática de soldados bien entrenados. Éramos un pelotón, y ella nuestra capitana.
Misso me miró mientras se acomodaba sobre Aquilea.
—Eda, volarás conmigo. Kali no puede volar ahora, será mejor que la lleves en brazos. Calen, ponte en posición detrás de mí, a no más de dos metros de distancia. ¿Entendido?
—Entendido —respondió Calen sin hacer preguntas. Pero yo no pude evitar hacerlo.
—¿No vamos a esperar al comandante y a Nolan, capitana?
Misso no dudó en su respuesta.
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—Lo más probable es que ya estén investigando el origen del fuego.
Sube, Eda. —Me tendió la mano y, sin vacilar, subí al hipogrifo.
Kali voló hacia mí y la estreché contra mi pecho, cuidando de no aplastar sus delicadas alas con mis movimientos torpes. Antes de que pudiera procesar lo que pasaba, Aquilea extendió sus poderosas alas y despegó, sus garras soltaron la hierba mientras nos llevaba al cielo. En cuestión de segundos, el panorama cambió, y desde la altura vimos lo que buscábamos.
El humo ascendía hacia el cielo, pero no era normal. No era negro ni gris como el de un incendio común. Era verde. Un verde brillante, casi esmeralda, que serpenteaba hacia las nubes como un río de luz enfermiza. Debajo, el fuego se extendía como una plaga oscura, devorando el corazón del bosque. Había algo profundamente antinatural en ello, algo que me heló la sangre incluso desde la distancia.
Las llamas no eran normales. Cada chispa que se elevaba desde el suelo parecía tener vida propia, como si fueran pequeñas criaturas danzando con rabia. No era el fuego que conocía, ese que devora lentamente y deja solo cenizas. Aquel era diferente. Vibrante, salvaje. Las llamas que se retorcían entre los árboles no eran rojas ni anaranjadas; eran de un verde brillante esmeralda que parecía latir y que iluminaba el bosque con un resplandor antinatural.
Y entonces lo supe. Lo reconocí al instante. Esa llama…, la tercera llama. Dalton me había hablado de ella, pero nunca la había visto con mis propios ojos. Cada llama tenía un propósito, un dueño, una intención. Estaba la llama idealis, negra como la noche, la de Dalton, inquebrantable y letal. Luego, la llama Kaiserin, mi fuego azul. Y esta… esta era la última: la llama valirio, de un verde intenso, vibrante como las esmeraldas.
Pero ¿de quién era? ¿Quién podía poseer un fuego así?
Mis pensamientos se agolpaban tratando de buscar una respuesta. Dalton jamás había mencionado el portador de la llama valirio, pero una cosa estaba clara: si esa llama estaba allí, significaba que alguien la controlaba. Y quien fuera… no podía estar muy lejos.
Mis labios pronunciaron el nombre en un murmullo.
—La llama valirio…
Misso, delante de mí, se enderezó de golpe al escucharme. Su postura cambió al instante, ambas nos quedamos inmóviles, observando con horror
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cómo esas chispas cubrían el cielo con su inquietante resplandor esmeralda.
—Lo es, Eda. Lo es.
—¿Qué está pasando, Misso?
—No lo sé… Nunca he visto algo así antes. Este fuego… —Misso, la capitana del imperio, temblaba. Esa simple reacción fue suficiente para que mi propio cuerpo comenzara a sacudirse también. El hipogrifo aceleró su vuelo y cortó el viento, descendiendo lo suficiente como para rozar las copas de los árboles.
Me giré un momento en busca de Calen. Estaba justo detrás, como Misso le había ordenado, a los dos malditos metros exactos. Su mirada seguía fija en el horizonte, sus manos aferradas al plumaje tan fuerte que los nudillos se le habían puesto blancos.
Apreté a Kali contra mi pecho, como si con eso pudiera protegerla de lo que veía abajo. Entre los árboles, había personas corriendo, pero no era una simple estampida. No. Era algo mucho peor. Tropezaban, chocaban entre sí, caían y se levantaban de nuevo, como si no sintieran nada más que el puro terror. Los gritos desgarraban el aire, mezclados con chillidos que no parecían humanos. Se movían como si algo les arrancara la cordura, como si el infierno mismo les pisara los talones.
No era solo el fuego lo que los hacía correr por sus vidas. No. Era algo mucho, muchísimo peor.
El fuego esmeralda devoraba todo a su paso. Granjas, casas, todo quedaba atrapado en esas llamas que parecían vivas, como si disfrutaran consumiendo a su paso. Cada estructura quedaba reducida a cenizas, pero eso no era lo peor.
Lo peor era lo que venía con las llamas.
Criaturas. Seres etéreos hechos de ese mismo fuego verde y que flotaban entre los árboles y las llamas como espectros. Sus cuerpos no eran completamente sólidos, pero tampoco solo humo. Se deslizaban con una velocidad que no parecía de este mundo, con movimientos tan fluidos que aparentaban danzar mientras cazaban. Porque eso era lo que hacían: cazaban.
Dios, lo que hacían era peor que cualquier cosa que hubiera imaginado.
Cuando esos seres atravesaban a las personas, estas se sacudían, sus cuerpos se retorcían de formas que no deberían ser posibles. Y sus ojos…
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sus ojos se volvían del mismo verde brillante que las criaturas. Pero no morían. Oh, no. Eso habría sido una bendición. Se levantaban, con esa mirada vacía y peligrosa, y atacaban a los suyos. Padres contra hijos, amigos contra amigos. Las personas que momentos antes habían estado corriendo juntas ahora se convertían en armas, destrozándose entre sí con una brutalidad que no parecía humana.
No era solo un ataque. Era una maldita cacería.
Los vivos no solo morían. Se convertían en marionetas, en esclavos de esas criaturas. El caos lo llenaba todo: fuego, gritos, cuerpos que caían al suelo, algunos yacían inmóviles y otros se levantaban transformados en otra cosa, algo mucho peor.
Mis ojos no podían apartarse de esa escena, de ese horror que ocurría frente a nosotros. Aquello no era solo una batalla. Esto era la destrucción en su forma más pura.
—¡Tenemos que ayudar a esas personas, capitana! —grité, apenas encontrando las palabras y con el miedo atrapado en mi garganta.
Misso no se movía, parecía congelada. El ardor en mi pecho era insoportable. No podía quedarme ahí parada mientras todo se desmoronaba.
—¡Tenemos que bajar!
Pero entonces Misso gritó más fuerte rompiendo su parálisis.
—¡Eda, no! Esos seres te están cazando. ¡Os siguen a ti y a Kali! ¡Te están mirando!
Mis ojos bajaron hacia las criaturas esmeralda que emergían del fuego como espectros, y lo entendí. Misso tenía razón. No estaban persiguiendo a los mortales que aún corrían por sus vidas… Miraban hacia arriba. Nos miraban a nosotros. A mí. A Kali.
Lo que la capitana decía era cierto. Aunque el desastre continuaba a su alrededor, los que lo habían provocado se habían detenido, como si hubieran encontrado algo más interesante. Nos seguían con sus ojos brillantes, vacíos de alma. Era como si el resto del mundo no existiera, como si todo su instinto depredador se hubiera centrado en nosotros.
Los mortales que ya habían sido alcanzados por esos seres resultaban aún más inquietantes. Sus cuerpos se movían de forma espasmódica, como si algo los controlara desde dentro. Sus ojos, iluminados por el mismo verde que el fuego, estaban llenos de rabia y locura. Eran humanos, sí,
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pero no los reconocía como tal. Ya no. Se habían convertido en bestias sádicas que cazaban a los que todavía intentaban escapar.
No eran wendigos, sino algo quizá peor. Eran humanos, pero transformados en armas vivientes, consumidos por esa maldad luminosa. Y ahora, todo eso se dirigía hacia nosotros.
Esas criaturas no son de él…, me susurró Kali por el vínculo. Teme, pero no a él.
«No son de él», pensé. ¿A qué se refería Kali? ¿Quién era él?
—¡Ahí están el comandante y Nolan! —gritó de repente Calen detrás de nosotras.
Al girarme, los vi. Las mantícoras volaban a nuestra altura, mantenían la distancia pero observaban cada movimiento del caos. Estaban listos.
Misso levantó una mano, trazando un círculo en el aire antes de señalar hacia las criaturas en tierra. El comandante, desde su montura, asintió al instante. Sin decir una palabra, entendieron el plan.
—¿Qué hacemos? —pregunté.
—No podemos usar ataques de vinculación destructivos —dijo con rapidez—. Si lo hacemos, podríamos acabar con los mortales que siguen con vida. No sabemos cuántos más están escondidos o corriendo.
—Entonces ¿qué piensas hacer? —insistí abrazando a Kali.
—Voy a cambiar lo que ven.
Misso extendió el brazo con una seguridad imponente y su palma abierta hacia abajo y entonces lo sentí. Una ola invisible pasó por nosotros, como un cambio en el aire, casi imperceptible. Lo siguiente que vi fue a las criaturas detenerse, sus movimientos erráticos cesaron. Sus ojos verdes, antes clavados en nosotros, se desconectaron de nuestra presencia. Nos ignoraron.
—¿Qué acaba de pasar? —susurré, mi voz apenas un murmullo. Misso, sin girarse hacia mí, levantó un dedo índice y lo llevó a sus
labios para indicarme silencio. Su mirada seguía fija en las criaturas. —Nos han perdido de vista gracias a mi vinculación con Aquilea. Les
he borrado nuestra existencia, pero no es perfecto. No hagas ruido, todavía pueden oírnos. Saben que estamos aquí, aunque no puedan vernos.
A su alrededor, las personas poseídas por ese fuego verde se movían como marionetas descompuestas, sacudidas por espasmos incontrolables. Sus ojos, vacíos de toda humanidad, brillaban como si ese fuego las hubiera consumido desde dentro.
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No podía apartar la mirada de las llamas. Eran demasiado familiares. Ese fuego… Lo reconocí, aunque una parte de mí deseaba no hacerlo. Era como el mío, como las llamas que ardían en mi interior, y un pensamiento me atravesó como una descarga eléctrica, uno que hasta ahora no había considerado. ¿Podría apagarlo yo?
—Capitana…, soy la única que puede apagar ese fuego. Tengo que bajar. Debo intentarlo.
Misso no me miró. Su voz salió cortante, como un látigo.
—No. Ni lo pienses. Es una locura, y no voy a permitir que la cometas. —Pero, capitana…
—¡No! No estás preparada, Eda. No has practicado lo suficiente como para controlar tu poder en medio de algo como esto.
Sabía que tenía razón. Claro que la tenía. Pero al mismo tiempo, no podíamos quedarnos de brazos cruzados mientras el fuego lo devoraba todo. Las llamas esmeraldas crecían sin control, y las criaturas que surgían de ellas no se detendrían.
—Dalton no llegará a tiempo para sofocar este fuego. —Mi voz salió más baja—. Sé que lo habéis avisado, pero no lo conseguirá. No podemos quedarnos aquí esperándolo.
—Este fuego… no es como el tuyo. Es algo más. Algo peor. Y si bajas ahora, no solo te pondrás en peligro, sino también a todos los que intenten protegerte.
Apreté los dientes con frustración. Sentía el poder vibrando dentro de mí, una chispa latente que pedía ser liberada. Una parte de mí sabía que podía hacer algo. Pero también que Misso tenía razón. No estaba preparada.
—Capitana… —empecé de nuevo, pero mis palabras se desvanecieron al ver cómo los espectros volvían a moverse.
Se los notaba más inquietos esta vez. Sus cabezas giraban, sus movimientos eran erráticos, como si siguieran algo invisible. Como si percibieran una presencia que no podían ver, pero sí sentir. Algo los llamaba. Los atraía.
Y yo sabía qué era lo que despertaba su interés.
Era yo.
—Escucha, Eda. No eres la única opción aquí. Aún podemos pensar en algo. Pero lo que no vamos a hacer es lanzarnos al fuego sin un plan. ¿Entendido?
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Mientras discutíamos sobre qué hacer, Calen nos sacó de nuestros pensamientos.
—Capitana…, creo que del fuego no van a dejar de salir esas cosas… —Tragó saliva, casi ahogándose en el proceso.
Mis ojos siguieron su mirada hacia el fuego, y lo vi con una claridad que me hizo estremecer. De las ruinas carbonizadas y humeantes de lo que alguna vez fue un pueblo, seguían emergiendo esas criaturas.
Los espectros esmeralda se alzaban uno tras otro, como si el fuego fuera su origen, como si las llamas los engendraran. Cada chispa que ascendía parecía dar lugar a una nueva figura, deformada, aterradora, apenas tangible.
El fuego chisporroteaba como si estuviera vivo, como si tuviera hambre. Y cada vez que una llama saltaba al cielo, una nueva criatura emergía de entre las cenizas, tomando forma despacio, sus ojos brillando con ese resplandor verde enfermizo.
Tenemos que detener esto, Eda.
No tenemos suficiente poder para sofocar este fuego, Kali, lo sabes. Pero no estás sola. Hizo una pausa, y lo que dijo después me heló la
sangre. Él vendrá. No estás sola.
¿Él?, pensé intentando sacarle una respuesta. ¿Quién, Kali?
Pero el fénix no me respondió.
—Capitana, voy a bajar. —Esta vez mi decisión era clara. Ya había en ella una súplica. Me volví hacia Aquilea, confiando en que el hipogrifo me entendería.
Bájame.
La criatura batió sus alas una vez más y, para mi alivio, comenzó a descender obedeciendo mis pensamientos. El viento azotaba con fuerza a medida que bajábamos, y el mundo parecía reducirse a esa caída. No necesitábamos tocar el suelo. Sabía que no hacía falta.
Aquilea me había escuchado…
—¡Aquilea, no! —gritó Misso tratando de impulsarla hacia arriba, de que volviera a ascender. Pero esa vez, Aquilea no le hizo caso. No escuchó a la capitana, porque en ese momento tan solo me obedecía a mí.
El hipogrifo siguió descendiendo y nos acercó al suelo y a los espectros que esperaban como depredadores. El aire cada vez se volvía más denso, cargado de magia y peligro, pero no sentí miedo. Estábamos justo donde debíamos estar.
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Cuando alcanzamos la altura perfecta, giré la cabeza y miré a Kali. En su mirada lo entendí todo. Ella ya sabía exactamente lo que iba a hacer.
Es tu turno, le dije y, con un pequeño impulso, la lancé hacia el cielo. Kali desplegó sus alas y se elevó para proporcionarme espacio. Respiré
hondo, sintiendo el vértigo en mi estómago, pero no me dejé paralizar por el miedo.
Era inmortal. No podía dudar ahora.
—¡Ni se te ocurra, Eda! —gritó Misso que intentaba atraparme con un brazo desesperado, pero me escurrí de su alcance con facilidad.
Aflojé las piernas y deslicé el cuerpo por el lomo de Aquilea. Mi corazón latía con fuerza, marcando el ritmo mientras el suelo se acercaba rápidamente. Por un instante, todo a mi alrededor pareció detenerse, un vacío lleno de ruido y caos que apenas registré.
Y entonces lo hice. Me lancé en caída libre.
La distancia desaparecía en segundos, y mi cuerpo respondía por instinto. No había miedo, no había duda. Solo quedaba esa sensación arrolladora en mi pecho, una mezcla de adrenalina y propósito que me empujaba hacia abajo. Tenía que hacerlo. Sabía que podía.
El suelo se acercaba a toda velocidad, y yo ya me estaba preparado para el inminente impacto. Abajo, los espectros levantaron sus cabezas hacia mí, como si pudieran olerme. La ilusión de Misso ya no me protegía. Para ellos, yo era la única presa visible, y no iban a desperdiciar esa oportunidad.
Sus movimientos se volvieron frenéticos, eran cazadores y yo había saltado directa a sus garras. Pero no caía para convertirme en su presa. No. Yo sería el problema que ellos no esperaban.
Caía con un propósito y, por primera vez en mucho tiempo, mi corazón no estaba roto, mi mente no estaba nublada. En este instante, era solo yo.
Solo el caos y yo.
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Eda
Mis pies golpearon la tierra con un impacto seco, brutal, que hizo crujir el suelo bajo mi cuerpo. El golpe debería haberme destrozado las rodillas, pero no sentí nada. La adrenalina corría como fuego líquido por mis venas, bloqueando cualquier dolor, cualquier miedo.
No hubo tiempo para pensar. Desenvainé mi espada en un solo movimiento, el metal reluciendo bajo la luz verdosa de las llamas.
Esta vez no iba a fallar. No podía permitírmelo.
Respiré hondo, el aire quemaba mis pulmones, pero no me importaba. Al frente, los mortales corrompidos me observaban con esos ojos verdes vacíos. Eran bestias. No quedaba nada humano en ellos y lo sabía. La forma en la que avanzaban, tropezando pero sin detenerse, me decía todo lo necesario. Ellos eran vulnerables y, como los wendigos, sus puntos débiles estaban claros: el corazón, la cabeza. Si era rápida y precisa, podía derribarlos.
Más allá de ellos, los espectros esmeralda flotaban como una amenaza silenciosa, sus formas etéreas deslizándose entre las llamas. Eran diferentes. Sabía que no bastaría con una espada para detenerlos. No eran como los mortales.
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Pero tu fuego sí podría…, susurró Kali, que volaba en círculos sobre
mí.
Nuestro fuego.
Estaba a unos cien metros de distancia de esos seres. Tenía tres alternativas. Podía darme la vuelta y correr, intentar escapar de la muerte que ya venía por mí. Pero sabía que no lo haría. No era una opción.
Podía enfrentarme a ellos directamente, como una idiota valiente. Aunque era consciente de cómo acabaría eso: igual que los mortales que ahora eran monstruos, devorada por el caos.
La tercera opción… era la única que tenía sentido. Correr hacia el fuego. Ese era el origen de todo. Si llegaba a él, si lograba apagarlo, tal vez, solo tal vez, podría detener a esas malditas criaturas. No estaba segura de si podría hacerlo, no sabía si mi poder sería suficiente, pero tenía que intentarlo. Era lo único que podía cambiar el curso de aquella masacre.
Tomé una decisión y corrí hacia el fuego. No había tiempo para dudar.
Era ahora o nunca.
No habían pasado ni unos segundos cuando Misso reaccionó. En un movimiento ágil, saltó de su hipogrifo y aterrizó a mi lado, su caída levantó un leve crujido en el suelo. La tierra pareció temblar bajo sus pies, pero ella ya estaba de pie, con su espada desenvainada.
—Eres una cabezona, niña —dijo sin apartar la vista de los espectros —, y un día esa valentía te llevará directa a la muerte. —Se puso en posición, espada en mano, lista para lo que viniera—. ¿Por qué no saltar hacia el peligro, eh?
Los espectros permanecían inmóviles, como si esperaran el momento perfecto para lanzarse.
—Tengo que llegar hasta el fuego, tengo que apagarlo. Podemos correr
y…
Misso me interrumpió:
—En cuanto demos un solo paso, esas cosas vendrán a por nosotras. Ya saben dónde estamos. Huelen tu poder, Eda. —Sus palabras se hundieron en mí—. No servirá de nada ocultarse tras una visión. Nos tienen localizadas.
No iba a arrepentirme de lo que había hecho. Sabía lo que tenía que hacer, aunque implicara lanzarme al peligro sin pensar. Apagaría ese fuego, viva o medio muerta.
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—Sígueme, capitana. —Y entonces corrí. Lo hice como si tuviera al mismísimo diablo persiguiéndome, porque así lo sentía. Con la espada en una mano y Kali volando por encima de mi cabeza, mi cuerpo reaccionó sin pensarlo y se movió más rápido de lo que nunca lo había hecho.
Rodeé los árboles, mis piernas golpeando el suelo con una fuerza que no sabía que tenía. Cada paso me hacía sentir más viva, más rápida. El aire no me faltaba, y mi visión era clara, como si el mundo a mi alrededor se hubiera ralentizado lo justo para permitirme esquivar cualquier obstáculo.
No tropezaba, no chocaba. Solo corría.
El fuego ardía en mi mente, lo percibía latente bajo mi piel. Y poco a poco, lo invocaba, lo hacía mío. Sentía los engranajes de la magia girar dentro de mí, encendiéndose, como si mi propio cuerpo estuviera preparado para liberar un torrente de poder en el momento justo.
«Rabia». «Ira». «Fuerza». «Rapidez». Repetía las palabras en mi cabeza, casi como un mantra. Pensaba en los mortales corrompidos, en las familias que habían sido destruidas, en los animales, en el hogar que se había convertido en cenizas.
La ira alimentaba mi fuego interior, que sentía crecer.
No miré hacia arriba ni hacia atrás. Solo corrí. Pero podía sentir a Misso detrás de mí, siguiéndome el ritmo, mientras Kali volaba sobre nosotras.
Detrás, el rugir de las mantícoras y el aleteo de los hipogrifos se escuchaban a lo lejos. Y luego los sentí. Los mortales poseídos, corrompidos por los espectros esmeralda, comenzaron a moverse. Podía oír sus pisadas, rápidas, desquiciadas, y el sonido gutural de sus gritos mientras corrían hacia nosotras, cada vez más cerca.
El aliento de la muerte soplaba en mi nuca, pero no miré atrás. No podía detenerme.
—¡Sigue corriendo, Eda! —gritó Misso. Sabía que en cualquier momento podrían estar lo bastante cerca como para obligarnos a luchar, pero no ahora. Teníamos que llegar al fuego.
Cuanto más corría, más sentía el fuego azul arder dentro de mí, vibrando como una fuerza viva, lista para liberarse. Estaba ahí, contenido, como un animal salvaje bajo control esperando a que lo soltara. No era el momento. Aún no. Lo estaba guardando para cuando llegáramos al fuego, para cuando estuviera frente a la llama valirio.
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—¡Ahora! —gritó Misso, y algo dentro de mí se activó, como si hubiera estado esperando ese momento toda mi vida. No fue una decisión consciente, sino instintiva, como si mi cuerpo recordara algo que mi mente no sabía.
Todo mi ser reaccionó sin dudar. Puse mis pies en posición junto a Misso y esperé solo dos segundos mientras me preparaba para lo que vendría a continuación. Mis ojos se clavaron en los mortales corrompidos que corrían hacia nosotras, la locura reflejada en sus rostros deformados.
Cuando levanté mi espada, algo sucedió.
Esta, de repente, comenzó a brillar con una luz azul intensa. Era como si el fuego que había estado luchando por liberar dentro de mí por fin hubiera encontrado un canal.
La espada ardía con mi fuego, un resplandor que envolvía el metal, un azul tan brillante que parecía querer devorar la oscuridad que nos rodeaba poco a poco. No era solo la espada de acero que siempre había llevado, ahora era una extensión de mí, de mi poder. Uno que no controlaba del todo, pero que ya no podía ignorar.
Misso y yo nos movíamos como una sola, sin necesidad de hablar, como si un instinto compartido nos guiara. Nunca habíamos entrenado juntas, pero en ese momento, parecía que llevábamos toda la vida luchando lado a lado.
Eran personas, lo sabía. Pero ya no eran ellos mismos. No había opción. No había vuelta atrás. Teníamos que detenerlos, y la única misericordia que podíamos ofrecerles era una muerte rápida.
Giré sobre mis pies, levantando la espada envuelta en mi fuego azul. El golpe fue limpio, el metal ardiente encontró su objetivo, la hoja atravesó carne y hueso como si no ofrecieran resistencia y las cabezas cayeron al suelo.
Sentí el peso de cada vida que estaba tomando. Cada uno de esos seres había sido alguien, un humano con una historia, una vida, aunque ya no fueran más que marionetas de los espectros esmeralda. La culpa amenazaba con consumir mi mente, pero no podía permitírmelo. No ahora.
Cada golpe que daba, cada corte que realizaba, era un recordatorio de lo que había perdido. De lo que estos malditos monstruos me estaban quitando, no solo a mí, sino a todos. Mi fuego ardía con rabia, guiaba cada movimiento y, por un instante, me pareció escuchar un grito. No de los
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espectros, ni de los mortales corrompidos, sino del fuego mismo. Como si también estuviera vivo luchando a mi lado.
Una lágrima rodó por mi mejilla mientras mis pies pisaban charcos de sangre. Estaba matando a personas. Pero en lugar de frenarme, eso solo alimentó mi rabia.
Sentía la ira quemarme desde dentro, creciendo con cada golpe que daba. Cada movimiento alimentaba el fuego en mi interior y lo hacía arder más brillante, más feroz. Aquel caos, aquella destrucción, era culpa de esas malditas llamas esmeralda y los espectros que las alimentaban. No sabía qué eran ni por qué estaban allí, pero lo único que importaba ahora era detenerlos.
Mis golpes eran más rápidos, mi espada, envuelta en fuego azul, cortaba los cuerpos con una facilidad aterradora. Misso, a mi lado, se movía como una sombra, su precisión era tan letal como su experiencia. Ella atacaba con una ferocidad controlada, con movimientos certeros, como si cada golpe estuviera calculado para ahorrar el máximo esfuerzo y causar el mayor daño.
Nos movíamos como un solo ser, sincronizadas sin necesidad de palabras ni miradas. Yo barría por la izquierda mientras ella atacaba por la derecha, cubriendo cada ángulo, cada posible hueco que pudiera dejarnos vulnerables. Nuestros pasos eran un baile brutal, una coreografía letal que hacía que los mortales poseídos cayeran a nuestro alrededor como hojas muertas.
Finalmente, el último de los humanos corrompidos tocó al suelo y, por un momento, pensé que podíamos respirar. Pero cuando alcé la vista, los verdaderos horrores seguían ahí.
Los espectros.
Nos miraban inmóviles, con esos ojos vacíos, transparentes, como calaveras envueltas en fuego esmeralda. Parecían saborear el momento, alargando la tensión como depredadores que jugaban con su presa antes de atacar. Había algo deliberado en sus movimientos, algo que no era ni humano ni animal.
Rodeadas de cadáveres, con nuestras espadas alzadas, Misso y yo estábamos listas para lo que viniera. Bueno, ella lo parecía. Yo aún intentaba encontrar la misma determinación en mi interior, aunque sabía algo con certeza: no iba a retroceder.
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Los espectros flotaban hacia nosotras, ajenos a cualquier lógica terrenal. Las llamas verdes danzaban a su alrededor.
Y entonces sucedió. Justo cuando el fuego azul dentro de mí comenzaba a hervir, una onda brillante cruzó el aire. Pasó sobre nosotras como un latigazo de luz pura y chocó contra los espectros hasta hacerlos retroceder. Estos se movieron hacia atrás, casi tambaleándose, como si algo los hubiera golpeado desde dentro.
No tuve tiempo para procesarlo cuando lo vi: una flecha. Silbó en el aire y atravesó uno de los espectros, y giré la cabeza en busca de su origen.
Ahí estaban.
Los zengs.
El poder de vinculación de los zengs había creado esa barrera invisible, la protección que nos envolvía en ese momento. No podía creer lo que estaba viendo.
Y allí, montada sobre una bestia desplazadora, estaba Liral. Vestía una capa negra y una capucha que le ocultaba parte del rostro, pero no había duda. Era ella. Ella había lanzado la flecha. Y a su espalda, los escuadrones de bestias desplazadoras, nightmares y zengs.
Habían venido a luchar.
No estábamos solas.
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Liral
Una hora atrás
Le habían dado órdenes explícitas de quedarse en la Fortaleza de Gea y esperar la llegada de la otra mitad de su pelotón. Pero Liral sabía que algo iba mal. Lo sentía en cada fibra de su cuerpo. Era como si vibrara desde dentro, como si su misma magia tratara de advertirle algo. Lo notaba en las sombras, en los pequeños filamentos oscuros que controlaba con su vinculación. Las sombras en la palma de su mano abierta se agitaban con nerviosismo, como si compartieran su inquietud.
Algo estaba mal. Muy mal.
Sentada en el gran comedor, rodeada por el constante murmullo de los demás jinetes que comían tranquilamente, intentó centrarse en el plato frente a ella. Pero su mente no dejaba de dar vueltas, atrapada en pensamientos que no podía ordenar.
Entonces una voz cortó de golpe el ruido de las conversaciones. —¡Hay un incendio a varios kilómetros de aquí! —gritó uno de los
jinetes de alto rango, dirigiéndose a los grupos de vigilancia—. Montad en las criaturas y partid de inmediato.
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Liral levantó la cabeza enseguida, sus ojos siguiendo los movimientos de los jinetes más experimentados. Sabía perfectamente que esa orden no era para ella. No pertenecía a los grupos de vigilancia ni tenía el rango ni la experiencia necesaria para misiones de ese calibre. Pero, francamente, le dio igual. Algo en su interior le gritaba que ese fuego no era normal y que tampoco sería seguro para los jinetes que se dirigían a enfrentarlo.
—Ni se te ocurra, Liral —dijo Elandra desde el otro lado de la mesa—.
Te meterás en un lío del que no podrás salir.
Liral apenas la escuchó. Su atención estaba en un lugar distinto, en el fuego que ya podía imaginarse ardiendo en la distancia, en el peligro que sentía en sus sombras.
—Nuestro pelotón está de camino, Elandra. —Se levantó de la mesa de un golpe, lo que hizo que los utensilios temblaran, y siguió con disimulo a los jinetes que ya se movían con rapidez hacia las puertas.
—¡Liral, ten cuidado! —gritó Elandra desde su asiento. Había algo en su tono, una preocupación que hizo que la recorriera un escalofrío.
Todo sucedió en cuestión de minutos, y Liral sabía que tenía que moverse con cuidado. Si uno de los líderes la reconocía, estaría en serios problemas. No solo podría enfrentarse a un castigo severo por desobedecer las órdenes de quedarse en la fortaleza, sino que lo peor sería perder cualquier posibilidad de demostrar su valía y de que la consideraran para futuras misiones. Esa idea la aterrorizaba más que cualquier reprimenda.
Los jinetes de vigilancia montaron rápidamente en sus respectivas criaturas, organizándose en formación. Delante de ellos, los líderes encabezaban el grupo con sus bestias desplazadoras, nightmares y zengs con precisión militar. La arena del desierto se levantó, creando remolinos bajo las patas de las criaturas mientras se alineaban para partir. Liral observaba desde las sombras con su capucha cubriéndole el rostro cuando lo vio.
Un fuego esmeralda.
No era el que conocía, ni rojo ni naranja. Era un verde irreal, antinatural. Las llamas se alzaban hacia el cielo devorando todo a su paso, y el humo que ascendía no era gris ni negro. Era del mismo color que las llamas: un verde venenoso que se acumulaba en el cielo, formando una nube oscura que parecía viva.
«Protege al fénix. Protege al Zafiro».
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Los jinetes comenzaron a partir, sus criaturas moviéndose como un ejército sincronizado, y Liral aprovechó el momento. Deslizó su capucha hacia delante para cubrir su rostro y se acercó con sigilo a donde estaba Dargan. La bestia desplazadora ya se hallaba de pie, como si hubiera sentido la agitación de su jinete antes de que ella llegara.
—Tenemos que proteger al fénix, Dargan. —Liral acarició el lomo de la bestia, ajustando su arco en la espalda y asegurándose de que todas sus flechas estuvieran en su lugar.
No siguió el mismo camino que los demás. En el último mes, había recorrido cada maldito rincón de Arcadia, explorando senderos ocultos, desvíos y rutas que nadie más usaba. Quería conocerlo todo, controlarlo todo, y ahora, por fin, ese conocimiento le servía. Sabía con exactitud cómo moverse sin que la vieran y llegar al fuego antes que ellos.
Mientras cabalgaba sobre Dargan, sintió cómo su poder se removía dentro de ella, como una corriente inquieta que no paraba de empujarla. Era una sensación extraña, como si las sombras mismas la tocaran, como si le advirtieran. Esa calma fría que siempre sentía antes de algo grande empezaba a invadirla.
Tenía que llegar al fuego.
Tenía que encontrar al fénix. Y, sobre todo, tenía que protegerlo.
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Eda
El filo de mi espada, envuelto en llamas azules hasta ese momento, comenzó a apagarse lentamente. Podía sentir cómo el poder dentro de mí menguaba al mismo tiempo, y una sensación de miedo helado me atravesó.
¿Qué pasaría si lo perdía justo cuando más lo necesitaba?
Intenté apartar ese pensamiento, pero la duda seguía ahí, persiguiéndome. Miré a Kali, que volaba detrás de nosotras. Había estado allí todo el tiempo, observando desde lo alto, sin acercarse a los espectros. «Pajarraca lista», pensé, agradecida por su instinto de no involucrarse.
Ojalá pudiera decir lo mismo de mí.
Has sido valiente, Eda.
Los escuadrones de zengs y nightmares estaban allí, mezclados, esperando órdenes. Las mantícoras y los hipogrifos también habían aterrizado poco después de la llegada de los zengs, listos para apoyarlos.
Era evidente que todos esperaban una señal, tal vez de Misso, tal vez mía. El campo de batalla parecía contener la respiración, como si una sola palabra pudiera desatarlo todo.
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Kali se posicionó a mi lado y, espada en mano, mi mirada se cruzó con la de Misso. No hizo falta hablar; simplemente señalé el fuego con los ojos. Ella lo entendió al instante. Sabía lo que le estaba pidiendo. Sabía que mi única opción era acercarme a esas llamas y tratar de apagarlas desde dentro, del mismo modo que mi poder había intentado hacerlo antes.
El escudo de los zengs nos envolvía, una barrera luminosa que mantenía a los espectros a raya y nos daba un respiro, pero eso no solucionaba nada. Esa protección no extinguiría las llamas verdes que seguían devorándolo todo.
No había tiempo para detenerme a pensar. Solo quedaba actuar.
Misso asintió con determinación, y eso fue todo cuanto necesité. No dudé ni un segundo más.
Salí corriendo hacia el fuego, con la respiración rápida y el corazón retumbándome en los oídos. Cada paso me llevaba más cerca, pero, para mi sorpresa, no sentía el calor. Mi piel no se quemaba, ni siquiera parecía reaccionar.
Los espectros me observaban desde el otro lado del escudo, sus ojos vacíos fijos en mí. No podían atravesar la barrera que los mantenía a raya, pero, aun así, su presencia me erizaba la piel.
Corrí con todas mis fuerzas mientras Kali volaba detrás de mí, sus alas casi rozándome. Estaba tan cerca que podía escuchar el batir de cada pluma contra el viento.
Las casas ardían. El fuego verde lo consumía todo: vigas, paredes, muebles, cada centímetro de esos hogares que habían sido abandonados. Pero al menos, por allí no parecían surgir más espectros del fuego. «Algo es algo», pensé, aunque fuera un alivio insignificante.
Giré la cabeza por un instante para ver qué pasaba a mi espalda. Las bestias desplazadoras corrían al mismo ritmo que yo, sus movimientos sincronizados con mis pasos.
Un destello captó mi atención. Uno de los zengs lanzaba una barrera mágica, un muro invisible que se extendía entre nosotros y los espectros, asegurándose de que tuviéramos tiempo y espacio para avanzar. El muro brillaba tenuemente bajo la luz de las llamas verdes y marcaba una línea que ninguno de ellos parecía dispuesto a cruzar.
Estamos protegidas por ahora, le dije a Kali.
Volví a mirar al frente. El fuego estaba cerca, demasiado cerca. Tenía que adentrarme más, pero… ¿me quemaría? No sentía el calor sofocante
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en mi piel, pero no sabía si las llamas me afectarían de alguna forma cuando estuviera más próxima.
Me detuve en seco y clavé los pies en la tierra mientras mis ojos buscaban el lugar más seguro para entrar. Necesitaba acercarme más, pero, por primera vez, la duda se coló en mi mente. ¿Y si me equivocaba? ¿Y si esas llamas verdes me consumían antes de que pudiera hacer algo?
Giré la cabeza para buscar una respuesta donde no había ninguna. Liral estaba detrás de mí, con el arco preparado y, aunque no decía una palabra, podía sentir su mirada fija en mí, como si estuviera esperando el momento justo para cubrirme. Sabía que no podía seguirme.
—Liral, necesito meterme dentro. Necesito estar más cerca del fuego. —¿Podría hacerlo?
Ella me observó, sus ojos pasaron de mí al fuego, y luego a los espectros que golpeaban desesperados contra la barrera de los zengs, como animales rabiosos chocando contra un muro invisible.
—Maldita cabezota, si te metes ahí, morirás.
—Vosotros no podéis avanzar más, pero yo… yo tengo que hacerlo. Tengo que apagarlo desde dentro, sé cómo… cómo apagarlo. —Las palabras se me atragantaron por un segundo, y maldije mi propia torpeza.
—Vas a matarte, Eda. ¿Lo entiendes? ¡Es un suicidio!
Los espectros, mientras tanto, parecían enfurecerse cada vez más, agitándose como si supieran que su tiempo se agotaba, como si su supervivencia dependiera de atravesar la barrera.
—Necesito apagar el fuego —repetí.
Liral me sostuvo la mirada, y por un momento creí que iba a seguir discutiendo, pero entonces asintió.
—Lo sé. Y lo harás. —Alzó su arco y soltó una flecha.
El proyectil voló directo hacia uno de los mortales poseídos que acababa de emerger de entre las casas en llamas. La flecha lo atravesó limpiamente.
Sin apartar la vista del campo de batalla, Liral añadió:
—Te cubro las espaldas.
Con esas palabras, supe que no estaba sola, pero el siguiente paso era mío. El fuego me esperaba, y no había manera de esquivarlo.
Miré hacia arriba, donde Kali volaba en círculos más altos, sus alas extendidas buscando algo en la distancia. A través del vínculo que compartíamos, sentí su presencia en mi mente, una voz clara y decidida.
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Sígueme, Eda.
Sin dudar, seguí su vuelo mientras giraba hacia la derecha, rodeando las llamas que devoraban todo a su paso. Cada movimiento de sus alas parecía mostrarme un camino invisible, un punto de entrada que no podía ver por mí misma.
Detrás de mí, Liral cumplía su promesa. Las flechas silbaban en el aire, certeras y letales, abatiendo a los mortales poseídos que intentaban acercarse desde el otro lado.
Si no fuera por el vínculo que compartía con Kali y por la resistencia de mi cuerpo inmortal, el calor sofocante y el intenso olor a magia que emanaba de ese fuego me habrían derribado. No se parecía a ningún fuego que hubiera conocido antes. No olía a madera quemada ni a humo común, sino a algo mucho más antiguo y oscuro. La magia impregnaba el aire, tan densa que parecía meterse en mi mente hasta nublarla, haciéndome sentir mareada.
Temía por Kali, aunque sabía que su tamaño le permitía moverse con agilidad entre las llamas, evitando quedar atrapada en ellas. Pero lo que realmente la mantenía a salvo no era su habilidad para volar, sino su naturaleza misma.
Era un fénix, nacido del fuego, una criatura forjada en las llamas.
Kali no podía quemarse; lo había visto tantas veces que debería ser algo que me tranquilizara. Siempre se acercaba a las chimeneas, a cualquier fuente de calor, como si buscara aquello que la mantenía viva, lo que la alimentaba. Era parte de ella. Pero yo… Yo no era un fénix. Y si no compartía esa inmunidad, si esas llamas esmeraldas me consumían como habían hecho con todo a su paso…
Continué corriendo tras Kali hasta que finalmente llegamos a un punto donde las llamas se dispersaban un poco, dejando espacio para avanzar. Fue entonces cuando la vi desaparecer dentro del corazón del fuego esmeralda, que consumía todo el pequeño pueblo y lo transformaba en una esfera de destrucción implacable.
—¡No! —grité ahogando el sonido antes de que saliera de mi garganta. Entra conmigo, susurró con suavidad. Tú eres el fuego, y el fuego eres
tú.
El miedo retrocedió lo justo para dejarme avanzar. Con la espada firmemente en la mano, di un paso al frente y crucé el límite del fuego.
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Sentí cómo el pánico se anclaba en algún rincón profundo de mi ser, pero lo ignoré. Ya no había vuelta atrás.
«Tienes que apagarlo —me repetía a mí misma—. Tienes que apagarlo. Yo soy el fuego, el fuego soy yo».
Me adentré más y, para mi asombro, el fuego no me quemaba. No había dolor, ni siquiera una sensación de calor insoportable.
Las llamas se enredaban alrededor de mis piernas como si fueran humo, deslizándose como caricias. No me dañaban. Era como si el fuego me conociera, como si supiera que no debía tocarme de la manera en que devoraba todo lo demás. Mi ropa, mi cabello, todo permanecía intacto mientras el fuego esmeralda danzaba a mi alrededor.
Por un instante, me recordó al poder oscuro de Iron Shadow, a cómo sus sombras solían rodearme como si quisieran ser parte de mí.
Levanté la vista y allí estaba Kali, volando por encima de mí, sus alas extendidas y brillando con un fuego azul intenso, casi deslumbrante. En contraste con las llamas verdes, su luz era un faro de poder puro. Kali no solo volaba; parecía dominar el caos, una criatura de fuego controlando lo indomable. Y yo, atrapada en medio de aquella danza entre los dos fuegos, me di cuenta de que tenía que encontrar la forma de terminar con eso.
Nosotras podemos, me dijo. Nosotras somos el fuego, el fuego es nosotras.
Respiré profundo, y algo dentro de mí se encendió, algo que no podía describir. Parecía que una chispa hubiera despertado en lo más profundo de mi ser y, al exhalar, se convirtió en algo tangible. Con mi aliento, la llama Kaiserin surgió, el fuego azul que ya había sentido antes, pero aquella vez era diferente. No era solo mío. Kali estaba conmigo.
Ella brillaba sobre mí, su cuerpo resplandeciente, sus plumas azules se hacían más intensas hasta convertirse en fuego puro. Era como si nuestros poderes se fusionaran, como si nuestra conexión creara algo más grande, más poderoso. Nuestro fuego combatía las llamas valirio, el fuego esmeralda que devoraba todo a su paso. Luchaba contra él para sofocarlo, dominándolo poco a poco.
Delante de mí, en medio del fuego, estaban los espectros. Decenas de ellos. Sus figuras distorsionadas y retorcidas se mantenían entre las llamas, como si esperaran el momento exacto para abalanzarse. Eran demasiados, pero no sentí miedo, sino un impulso violento que nació en mi pecho, una furia que se expandía con cada latido. Tenía que destruirlos.
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El fuego azul que Kali y yo habíamos desatado chocaba contra las llamas esmeralda, y aunque el fuego luchaba con una ferocidad que nunca había visto, yo lo hacía aún más. Sentía el poder corriendo por mis venas, ardiendo sin piedad, parecía que mi cuerpo hubiera dejado de pertenecerme por completo.
Mi cabello comenzó a elevarse, flotando como si estuviera suspendido en agua con un color distinto al habitual. Se volvió azul, incandescente. Miré a mi alrededor, y distinguí que cuanto me rodeaba compartía ese tono.
El poder que despertaba dentro de mí lo estaba consumiendo todo, pero no lo temía. Lo controlaba. Por primera vez, sentí que el fuego no solo era mi enemigo o mi herramienta. Era parte de mí. Era yo.
Y entonces, de repente, una imagen atravesó mi mente como un relámpago oscuro.
No era el tipo de oscuridad que te aplasta o te asfixia. Era la calma de la noche, el susurro del silencio absoluto. Y, contra todo pronóstico, me llenó de una paz que nunca había sentido en medio de una batalla. Una tranquilidad desconcertante, como si esa oscuridad no estuviera allí para devorarme, sino para guiarme.
Levanté las manos por instinto y fue entonces cuando lo vi: mi piel comenzaba a oscurecerse, tomaba un negro profundo que se deslizaba desde la punta de mis dedos y se extendía lentamente por mis brazos. Pero no era solo negro. Junto a él, llamas azules brotaban de mis manos y se retorcían como serpientes vivas. El negro se movía como si tuviera vida propia y cubría cada centímetro de mi cuerpo, hasta que no quedaba rastro de mi antigua apariencia.
Me estaba convirtiendo en algo más, en algo que nunca había sido.
Parecía que me transformaba en la noche misma.
—Sigue concentrándote.
La voz llegó como un susurro helado y se deslizó por mi oído como un filo cortante. Solté un grito ahogado y me giré de golpe, con el corazón desbocado y los dedos temblorosos, listos para desatar mi fuego.
Allí, entre las llamas de colores, una figura se alzaba, imponente y terrible, rodeada de sombras que parecían retorcerse con vida propia. Tanto el fuego esmeralda como el azul se inclinaban hacia él, como si reconocieran su autoridad.
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Sus ojos dorados me atravesaron como cuchillas. Reflejaban algo oscuro, una perversión que no tenía cabida en este mundo. Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro, lenta, y llena de una satisfacción que me revolvió el estómago.
—¿Quién… eres? —susurré.
Esos ojos… Ahora lo recordaba. Como un relámpago en mitad de una noche que había intentado borrar de mi mente. Aquella mirada penetrante, abrasadora, la había sentido antes. La noche anterior. En la calle, en medio de la oscuridad, cuando había percibido algo observándome desde las sombras.
Pero en ese momento no era un recuerdo ni una pesadilla. Esa vez, Iron Shadow estaba allí. Tangible. Entre el caos de las llamas, entre las sombras vivas que giraban a su alrededor como si fueran parte de él.
Él.
Sentí un temblor recorrerme, una corriente fría que nada tenía que ver con el fuego que nos rodeaba. Mi cuerpo se movió por instinto y retrocedió tambaleándose, como si de alguna manera pudiera escapar de su presencia. Pero no podía. Cada paso que daba hacia atrás era una confirmación de lo inevitable: Iron Shadow estaba allí.
Y yo me encontraba atrapada.
—Te estás agotando. Y la ira… —Chasqueó la lengua—. La ira te está consumiendo, como siempre lo hace. Vuelves a repetir tus pasos. Siempre igual.
Mis piernas comenzaron a fallar, pesadas como si mis músculos se transformaran en plomo. Un mareo me nubló la vista, y los colores de las llamas a mi alrededor se fundieron en un torbellino borroso. Cada aliento que tomaba era más difícil que el anterior.
Estaba perdiendo.
—Eres tú… —Mi voz salió temblorosa, rota—. Tú has hecho esto… Tú…
La ira prendió dentro de mí e hizo que mi fuego se alzara con más fuerza, luchando por dominar las llamas verdes que intentaban consumirlo todo. Pero mi cuerpo ya no podía más. Las piernas me fallaban, el mundo a mi alrededor era un borrón y la energía se me escapaba como si no pudiera contenerla.
Todo aquello era su culpa. Toda esa destrucción, esa maldita masacre.
Y yo… yo había caído en su maldito juego.
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Él seguía ahí, observándome con esa sonrisa que no se borraba, como si supiera algo que yo no. Inclinó la cabeza ligeramente, parecía que le divertía verme luchar.
—Sé que quieres quemarlo todo —susurró con voz ronca—, pero te estás agotando.
Sus ojos dorados me tenían atrapada, como una bestia acorralada ante su cazador. Cuanto más lo miraba, con mayor desesperación trataba de avivar mi fuego, pero el agotamiento comenzaba a resultar abrumador. Y para mi horror, mis llamas no le hacían el menor daño. Era como si él fuera inmune, como si la oscuridad a su alrededor fuera una parte de él, tan densa y profunda como la noche misma.
Retrocedí para alejarme, pero mis piernas ya no respondían. Apenas me mantenía en pie. Giré la cabeza en busca de Kali. Seguía lanzando un fuego que me cubría, pero incluso ella parecía atrapada, sin salida.
—No se huye de la muerte cuando esta viene a salvarte, Zafiro — ronroneó.
Y entonces lo sentí, como una puñalada directa al pecho: mi cuerpo ya no daba para más. Estaba rota. Mi energía se había agotado por completo. Intenté, con lo poco que me quedaba, invocar el fuego una última vez, pero no pasó nada. Nada.
Caí de rodillas mientras el mundo empezaba a desvanecerse frente a mis ojos y, con el último aliento que tenía, los cerré. Y todo se apagó.
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Eda
Silencio.
El silencio era tan espeso que por un instante me sentí transportada a otro lugar, a aquellas noches en la biblioteca, cuando todo quedaba en pausa después de cerrar. Era el mismo silencio que conocía bien, ese que me envolvía mientras miraba las estrellas desde la cama, sintiendo que el mundo entero se reducía a un susurro. Pero esa vez, traía consigo algo más. Algo que no encajaba.
Un crujido suave rompió el vacío, como el ruido de las hojas secas al ser aplastadas bajo pasos ligeros. Me concentré en el sonido intentando ubicarlo, pero algo no estaba bien. No sentía el suelo bajo mis pies. Mis sentidos se aguzaron, y entonces lo noté: me movía.
Era un vaivén lento, un balanceo arriba y abajo constante. No caminaba, no era mi fuerza la que me transportaba. Alguien me llevaba en brazos. ¿Quién…? ¿Dónde estaba?
La presión sobre mi cuerpo era aplastante, como si estuviera atrapada bajo un agotamiento abrumador. Tan cansada, tan débil que apenas podía obligar a mis ojos a abrirse. Pero mis sentidos captaban algo. Un aroma… ese olor… no era Dalton. No olía a madera quemada ni a libros viejos
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como él. Aquel perfume era diferente, más acre, un hedor denso, amargo, ahumado…
Lo recordé: el olor de la muerte. Lo había sentido antes de despertar en la cumbre aquel día.
Un miedo profundo se apoderó de mí. Y entonces, como si algo dentro de mí se encendiera, una chispa de energía atravesó mi cuerpo cansado. Abrí los ojos con un esfuerzo desesperado.
Y ahí estaban. Esos iris… dorados. Completamente inmortales, tan amarillos que no parecían de este mundo.
Me quedé inmóvil, atrapada por su mirada. La muerte misma me sostenía entre sus brazos, y no era una metáfora. Este ser podía arrebatarme mi inmortalidad si así lo decidía y, lo peor de todo…, sabía que lo haría. Sabía que no le temblaría la mano.
Iron Shadow.
Iba encapuchado con un manto de sombras que parecían vivas y que se movían como serpientes alrededor de su rostro, cubriendo su frente, su cuello. Resultaba aterrador. Su expresión, fría y seria, era lo más amenazante que había visto en toda mi vida. No decía nada, solo me miraba, examinaba mi rostro y yo… no podía moverme.
Hasta que él habló y el hechizo que me mantenía atrapada se rompió. —Qué mala suerte la mía —dijo en voz baja—. Pensé que tu
agotamiento duraría más. —Apartó sus ojos de los míos, como si ya no le interesara lo que veía. ¿Qué estaba haciendo en sus brazos? ¿Cómo había llegado allí?
Mi cuerpo, de repente, se rebeló. Me moví, me sacudí, mis manos lucharon por apartar esas sombras que cubrían su capa. Mis dedos las atravesaron como si fueran humo, y luego tocaron su pecho, empujándolo con todas mis fuerzas.
—¡Suéltame! ¡Suéltame, maldita muerte! —grité, mi voz por fin regresaba con toda la rabia que había acumulado.
Iron Shadow bufó, y todo a mi alrededor tembló. El sonido de su desprecio fue como un trueno sordo y, por un momento, el suelo pareció sacudirse bajo nosotros. Los árboles crujieron y las hojas cayeron a montones, como si su simple presencia pudiera alterar el mundo.
—Qué insoportables sois los vivos. Siempre hablando, siempre haciendo preguntas estúpidas —dijo con irritación.
¿Los vivos?
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No pensé. Mi reacción fue rápida, pura supervivencia. Deslicé mi mano izquierda por mi muslo y sentí la empuñadura de una daga oculta. La saqué con rapidez, el metal temblando un segundo en el aire y, con toda la fuerza que me quedaba, se la clavé en el costado.
Ferocidad pura.
La daga atravesó la capa de sombras, la rasgó como si fuera un tejido frágil y sentí cómo el metal se hundía en su carne. «Una pequeña victoria», pensé, pero no había tiempo para saborearla. Tenía que escapar, debía huir de esa criatura que me tenía prisionera.
Pero él… él ni siquiera se inmutó.
Me quedé paralizada, con la daga aún clavada en su torso, incapaz de comprender por qué no reaccionaba. ¿Cómo era posible que no le doliera? Ni siquiera una mueca, ni un cambio en su respiración. Tan solo siguió caminando, como si nada hubiera pasado, como si la herida no fuera más que una ligera molestia.
Mi incredulidad me dejó casi con la boca abierta.
Con la rabia y la desesperación como impulso, la hundí más profundamente en su carne, retorciéndola, esperando algún tipo de respuesta, alguna señal de dolor. Pero nada.
—Deja de hacer eso —dijo por fin—. Me estás destrozando la camisa.
Y es nueva. —Giró la cabeza para mirarme—. Y eso me cabrea. Mucho.
Mi sangre se heló.
Volví a agitarme entre sus brazos, pero era como estar atrapada en un cepo invisible. Mis movimientos eran inútiles, toda mi fuerza inmortal resultaba insignificante contra la prisión que representaba su agarre. Era como si estuviera anclada a él, encadenada por algo más que el simple contacto físico.
Era inútil. No podía liberarme.
Entonces, al inclinar la cabeza por encima de su enorme hombro, la vi. Kali. La pequeña fénix estaba allí, pero no como la criatura ágil y resplandeciente que conocía. Kali estaba tumbada, como dormida, apoyada sobre una nube de sombras que flotaba detrás de nosotros y que seguía cada paso de Iron Shadow.
Las sombras, tan etéreas y sinuosas, se movían como serpientes bajo el cuerpo de Kali, sosteniéndola con suavidad. Parecía como si estuvieran cuidando de ella, pero no había duda de que esas sombras eran tan mortales como lo era el propio Iron Shadow.
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Kali estaba atrapada igual que yo.
Kali, la llamé por el vínculo. Pero nada, no hubo respuesta.
El miedo, el agotamiento y la rabia se arremolinaron dentro de mí, pero me encontré de nuevo paralizada, sin saber cómo liberarnos a ambas. Mi daga, mis poderes, mi fuerza inmortal…, todo parecía inútil frente a él.
—No es lo que está pensando tu cabeza retorcida, Zafiro —gruñó a la par que me apretaba más contra su pecho, como si quisiera sofocar mis intentos de liberarme.
—¡Bájame! ¡Bájame, joder! —grité mientras me retorcía con todas mis fuerzas, pateando y empujando contra su agarre.
Dios mío, ¿iba a matarme? ¿Me estaba llevando directa a mi fin? ¿A dónde nos dirigíamos?
—¿Quieres bajar? —dijo de repente, y soltó su agarre con una indiferencia escalofriante—. Pues diviértete en el suelo.
Y antes de que pudiera reaccionar, me dejó caer.
Mi cuerpo se desplomó y golpeó la tierra con un impacto brutal. El impacto fue seco, mi espalda chocó contra el suelo y el aire se me escapó de los pulmones. Sentí cómo mis dientes castañeteaban y, por un segundo, todo mi organismo se sacudió. El dolor me atravesó, pero más que eso, sentí la humillación de haber sido arrojada como un muñeco roto.
—¡Maldito sádico! —grité con furia intentando levantarme, pero fue inútil. Mi cuerpo no me respondía. Mis piernas no reaccionaban, mis músculos se sentían como plomo y se negaban a moverse. Estaba completamente agotada, como si todo el poder y la energía que alguna vez tuve hubieran sido drenados hasta dejarme vacía.
Miré con rapidez a mi alrededor. Todo era oscuridad.
—¿A dónde me estás llevando?
Todo lo que veía era penumbra, el viento susurrando entre los árboles, el suelo bajo mi cuerpo inmóvil, y él… allí, de pie, mirándome sin prisa, mientras me hallaba completamente paralizada.
—En vez de preguntar cosas a las que no voy a responder porque no me da la puta gana, deberías decirme «Gracias por salvarme de mí misma». —Dio un paso hacia mí y su cuerpo enorme eclipsó todo a su alrededor—. Pero no, me clavas una maldita daga de juguete y me rompes mi camisa. Nueva. —Se llevó el dedo índice y el pulgar al puente de la nariz al tiempo que murmuraba algo entre dientes, como si intentara contenerse, repitiendo para sí mismo «Contrólate… contrólate…».
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Y entonces exploté.
—¡¿Gracias por salvarme, sádico?! —grité con la voz rota por la furia y el miedo—. Si no hubieras destruido esa aldea con tus malditos poderes, no habría tenido que meterme en ese fuego para apagarlo. ¡Has matado a decenas de personas! —Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas sin control, y mi pecho subía y bajaba con rapidez. Estaba frente a un verdadero asesino, y solo los dioses sabían qué sería de mí si seguía en sus manos. Miré a Kali desesperada en busca de una salida, algo de esperanza…
Pero la verdad era clara. Iba a morir, allí y en ese momento, y nadie sabría siquiera dónde estaba.
Iron Shadow rugió, y todo mi cuerpo se congeló, incapaz de reaccionar, mientras él se agachaba despacio y se ponía a mi altura. Y lloré, sin poder moverme, sintiéndome pequeña y vulnerable, como una presa a punto de ser devorada.
—¡Mátame ya! —grité con toda la rabia y el miedo que tenía dentro, cerrando los ojos como si así pudiera evitar lo inevitable—. ¡Mátame, mátame de una vez!
Pero el golpe nunca llegó.
Abrí los ojos lentamente con la visión borrosa por las lágrimas, parpadeando para intentar aclararla. Allí estaba él observándome. Su mirada dorada era fija, fría, pero también… inquietantemente calmada.
¿A qué demonios esperaba?
Entonces, con un movimiento tan rápido que apenas lo vi, se arrancó algo del cuello. Un collar. El colgante, una pequeña gota blanca con un punto negro en su base que parecía tan extraño como todo lo que lo rodeaba. Bajo la luz de la luna, brillaba débilmente, casi como si tuviera vida propia.
Él no dijo nada. Tan solo lo acercó a mi rostro, a mi mejilla mojada por las lágrimas.
Y entonces sucedió.
El colgante reaccionó. Brilló, primero con un destello sutil, luego con una intensidad azul cegadora que me obligó a apartar la mirada.
—¿Qué… qué es eso? —pregunté, mi voz rota y débil, pero él no respondió. No me miró siquiera. Con la misma calma implacable, pasó el collar alrededor de mi cuello.
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Y fue entonces cuando lo sentí. Al principio, fue solo un leve calor en mi piel, pero luego, poco a poco, una sensación diferente comenzó a extenderse por todo mi cuerpo. Como si algo se regenerara dentro de mí, como si, de alguna manera, mi energía se rellenara.
Mis músculos, antes pesados e inútiles, empezaron a responder. El aire volvió a mis pulmones y, con cada respiración, sentía que recuperaba algo de fuerza. Me incorporé despacio moviendo mi cuerpo con torpeza, sin entender del todo lo que estaba pasando. ¿Qué había hecho?
Miré el collar que ahora colgaba de mi cuello y sentí un extraño poder que latía en su centro. Nada tenía sentido.
—¿Qué ha sido eso? —pregunté tocándolo—. ¿Qué… es esto? Ni siquiera se molestó en girarse para responderme.
—Así que tu querido emperador no te lo ha contado, ¿eh? Ni sobre ti ni sobre… mí. —Su tono tenía una frialdad que me hizo estremecerme. Se detuvo y me miró por encima del hombro con una media sonrisa irónica pintada en sus labios—. Ni sabes quién eres… ni sabes qué soy.
No dijo «quién», sino «qué». Y la distinción me revolvió el estómago. Cuando sonrió más ampliamente, lo vi. De su sonrisa torcida sobresalían unos colmillos blancos, afilados como cuchillas, lo bastante
letales para desgarrar a cualquiera. Mi garganta se cerró al instante.
Apreté los labios y me obligué a no mirarlos, a no mostrar miedo.
Recordé todo lo que Dalton me había dicho, todo lo que creía saber… —Dalton vendrá a buscarme… y tú lo sabes.
—Oh, ¿eso crees? —Su figura imponente proyectó una sombra que parecía tragar la poca luz que nos rodeaba—. Claro que te buscará. Pero encontrarte… —Hizo una pausa deliberada y se inclinó un poco—. Eso podría llevarle milenios. Y te aseguro, Zafiro, que no tiene tanto tiempo. Porque mientras yo no quiera que te encuentre… no lo hará.
Sentí una oleada de fuego recorrer mi cuerpo al escuchar ese maldito apodo salir de su boca.
Zafiro.
—¡Deja de llamarme así! —grité—. ¡Me llamo Eda!
El collar emitió un destello azul, como si respondiera a mi rabia. Me llevé por instinto la mano a él, queriendo arrancármelo, deshacerme de ese objeto extraño que parecía latir como una maldición alrededor de mi cuello. Él levantó una ceja y sonrió como si mi furia le resultara entretenida.
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—Te sugiero que no lo intentes. No quiero verte caer otra vez como una muñeca de trapo. Llevarte en brazos no es precisamente mi pasatiempo favorito, pero mira tú… —Una sonrisa sarcástica curvó sus labios—. Al parecer, no he perdido del todo mi caballerosidad.
—Lo que has perdido, más bien, es tu humanidad —le reproché, deseando que mis palabras calaran en él.
Su respuesta fue un bufido aburrido.
—Dime algo que no sepa.
Sentía una frustración inmensa. Dejé escapar el aire por la nariz y mantuve la mano en el collar, como si pudiera extraer alguna respuesta de ese objeto extraño. ¿Qué demonios era? ¿Por qué me había dado fuerzas?
—¿Qué es este collar? Dímelo. —Mi tono fue más severo esa vez mientras buscaba cualquier indicio de verdad en su rostro.
Él puso los ojos en blanco, sin molestarse en ocultar su exasperación. —No sé qué es más divertido: verte desesperada por una respuesta o
patalear como una cría que no ha conseguido su juguete.
—Tengo veintiún años —le espeté apretando los dientes.
Él me miró de arriba abajo evaluándome con una mirada burlona. —Vaya, antes eras más entretenida. Cuando tenías un milenio encima,
hacías menos preguntas y seguías más órdenes y… —dejó la frase en el aire, como si recordara algo demasiado lejano.
Su mención de un «milenio» me dejó helada, pero él ya se había girado y seguía avanzando. Lo miré y un horror frío me recorrió la espalda. Caminaba detrás de Iron Shadow, el monstruo que acababa de raptarme. Avanzaba hacia mi propia tumba, lo sabía.
Pero ¿cómo había acabado allí? ¿Había logrado apagar el fuego? ¿Cómo había llegado hasta él sin que nadie se diera cuenta? Un miedo visceral me golpeó. ¿Los habría matado a todos? ¿A Nolan? ¿A Calen? ¿A Misso? La sola idea era una tortura.
—¿Qué has hecho con los jinetes?
Él se detuvo solo un segundo antes de continuar caminando.
—¿Querías que murieran?
—¡No!
Él guardó silencio un instante, como si deliberara si responderme. —Entonces, no están muertos. Puedes quedarte tranquila, aunque
parece que eso de «tranquilidad» no es algo que tengas muy claro.
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Miré a mi alrededor y agucé mis sentidos. Sabía que había algo más allí, algo que no veía, pero que podía sentir. Las sombras parecían cobrar vida entre los árboles y, aunque sabía que no era posible, era como si decenas de ojos me observaran desde la oscuridad. Podía escuchar el crujido de las ramas, el susurro de los pasos a mi alrededor, aunque no lograba distinguir a las criaturas que los hacían.
Recordé algo que Iron me había dicho aquella vez, con esa malicia en su voz: «Tiene que ser agotador sentir miles de ojos clavados en ti, oídos que no solo escuchan, sino que te persiguen sin descanso, ¿verdad?».
Las criaturas que sentía alrededor no eran monstruos ni demonios o, al menos, no como los imaginaba. Pero no importaba, porque el verdadero monstruo lo tenía justo delante de mí. Y lo peor de todo era que, aunque mis ojos estaban en alerta y mis manos en las dagas, sabía que ninguna de mis armas podría protegerme de él.
La muerte caminaba sin prisa, sin una sola mirada hacia atrás, como si tuviera todo el tiempo del mundo y la certeza de que yo no iría a ninguna parte.
Levanté mis ojos y vi cómo Iron se detenía. Me paré a unos metros de él, lista para correr si era necesario. Pero él no me miraba, solo mantenía la vista fija al frente, donde no había nada. Ningún árbol en el camino, solo oscuridad. Entonces, levantó su mano derecha hacia el cielo y, de algún modo, pareció robarle un pedazo de esa negrura, de la misma noche que nos envolvía.
Movió su mano hacia delante y las sombras comenzaron a tomar forma. Frente a mí, un enorme árbol de tinieblas empezó a crecer, expandiéndose hacia arriba hasta alcanzar una altura imposible.
Las ramas se estiraban sin lógica, serpenteando como si no siguieran las leyes de la naturaleza. Lo que comenzó como una masa oscura empezó a iluminarse lentamente con un brillo azul brillante. Las hojas, las raíces, cada parte del árbol destellaba con tonalidades azuladas, como si estuviera cubierto por miles de diminutas estrellas. El centro del árbol, justo en su corazón, tenía un agujero, y dentro de él, una luz empezó a formarse y a rotar en espirales infinitas.
Iron se giró hacia mí con una mano extendida, y de su cuerpo salieron sombras negras como el humo que se arremolinaron como si tuvieran vida propia.
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Antes de que pudiera reaccionar, esas sombras me envolvieron las muñecas y los brazos. Me empujaron hacia delante, y no pude hacer otra cosa que ceder, como si estuviera encadenada a ellas. Me arrastraron hasta que quedé justo a unos pasos de él.
—Dijiste que hablarías con la misma muerte para obtener respuestas, ¿no? Eso le dijiste a tu querido Basilius anoche —giró ligeramente la cabeza dejando ver su mandíbula marcada en el perfil de su capucha—. Pues aquí estás, conmigo.
Sentí un nudo en la garganta, apenas podía respirar.
—¿Cómo…? ¿Cómo sabes que yo…?
Una sonrisa burlona se dibujó en su rostro, apenas perceptible bajo las sombras.
—Lo sabrás, Zafiro —murmuró sin una pizca de emoción, como si todo aquello fuera solo un juego. Ladeó la cabeza, sus ojos dorados centelleando mientras sus colmillos blancos asomaban en una sonrisa lenta
—. Pero dime, ¿es verdad? ¿Es cierto que harías cualquier cosa por conseguir respuestas?
Dudé. Claro que dudé. Mis pensamientos volaron hacia Kali, que flotaba cerca, envuelta en una especie de paz, ajena a la tensión que me rompía por dentro. Miré el collar en mi cuello, aún tibio, el mismo que, al contacto con mis lágrimas, me había devuelto una fuerza que ni siquiera sabía que existía en mí.
—¿Entonces? —insistió Iron—. ¿Es verdad? ¿Cuánto estás dispuesta a pagar por saber quién eres realmente?
Asentí, porque las palabras no salían, atrapadas en el terror que me invadía. En el fondo sabía que cada paso que daba me hundía más en esa oscuridad, que él no me proporcionaría respuestas sin hacerme pagar un precio. Pero aun así… asentí.
—Por las buenas o por las malas, ¿verdad, Iron? —Sabía que él estaba disfrutando por mis dudas.
—Solo un necio confiaría en la muerte —replicó burlón y casi satisfecho—. Tarde o temprano, terminarías aquí, Zafiro. Llámalo como quieras, pero yo lo llamo destino inevitable.
Pasó la lengua despacio por uno de sus colmillos sin dejar de mirarme. —Así que decide: vienes por las buenas… o te arrastro.
Mis manos temblaron, pero no dejé que el miedo me dominara. Respiré hondo, sentí el peso del collar en mi cuello y di un paso hacia él.
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Las sombras que me habían aprisionado empezaron a aflojarse liberando mis brazos poco a poco.
Avancé lento, tragándome las lágrimas que amenazaban con salir. Me planté a su lado y tuve que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo. Era gigantesco, me sacaba al menos dos cabezas y su presencia hacía que el aire a nuestro alrededor se sintiera espeso, casi asfixiante. Miré a Kali, que flotaba a nuestro lado, dormida en una especie de nube de sombras, del todo ajena a lo que pasaba.
Iron levantó su mano y señaló hacia el árbol resplandeciente con su brillo azul, la luz girando como una especie de portal a otro lugar desconocido.
—Métete dentro —ordenó sin mover un solo músculo de su rostro—.
Hazlo sola, si no quieres que te empuje.
Apreté los dientes sabiendo que no tenía otra opción. Mis pies avanzaron con lentitud hacia el árbol, pero antes de entrar, giré mi rostro hacia él.
—Te voy a hacer la vida imposible, maldito sádico —sentencié.
—Lo sé —respondió tranquilo—. Y eso me gusta.
Él sonrió aún más, una sonrisa enfermiza, como la de un loco.
—Bienvenida a mi mundo. Verás algunos monstruos por los pasillos. No te asustes demasiado y tampoco hagas mucho ruido, les entra hambre cuando huelen el miedo. —Su mano rozó mi espalda, enviando un escalofrío de puro terror a través de mi cuerpo—. Pero, tranquila, sé que hay algo de bestia en tu alma indomable.
Y, sin previo aviso, me empujó hacia la luz del árbol.
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SEGUNDA PARTE
Tierra de muertos. Destino de todos
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Eda
Caía a toda velocidad sin nada que me detuviera.
Era como lanzarse al vacío, un salto directo hacia un abismo interminable. El viento rugía en mis oídos, arrancándome el aliento mientras el cielo oscuro se desdibujaba a mi alrededor. Abajo, cada vez más cerca, el suelo —o lo que fuera— se acercaba con una rapidez aterradora. ¿Había sido todo una trampa? Si lo era, había caído de lleno, sin siquiera sospecharlo. Qué fácil había resultado.
Entre la negrura que me rodeaba, algo llamó mi atención: un brillo tenue, lejano, justo debajo de mí. A medida que caía, lo veía con más claridad. Agua. Pero no era normal, sino negra, como una balsa de tinta líquida que absorbía toda la luz a su alrededor.
El impacto llegó antes de que pudiera gritar.
El agua me recibió con un golpe brutal y me robó cualquier esperanza de aliento. Me hundí de inmediato, arrastrada por la velocidad de la caída. Sentí cómo el líquido presionaba mi pecho, colándose por mi nariz y mi boca. Traté de patalear, de nadar hacia la superficie, pero no había superficie. Solo oscuridad. Mi cuerpo seguía hundiéndose, cada vez más profundo, cada vez más lejos de cualquier salvación.
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Abrí los ojos desesperada, buscando algo, lo que fuera. Entonces lo vi: el maldito colgante. La gota blanca y negra que llevaba al cuello ahora brillaba con una luz azul intensa, como si justo ahora quisiera hacerse notar. Su luz atravesaba la oscuridad a mi alrededor, revelando pedazos de esa negrura asfixiante.
El colgante parecía querer guiarme, como si su resplandor marcara un camino hacia la salida de aquellas aguas. Pero mi cuerpo estaba agotado, y mis pulmones ardían rogando por aire. ¿Sería suficiente esa luz para sacarme de allí? ¿O acabaría atrapada en aquel abismo, ahogada y sola?
Lo sentí de repente.
Una mano me cogió y tiró de mí hacia arriba. Mi cuerpo empezó a ascender, luchando contra el peso que me hundía. El agua giraba a mi alrededor en remolinos caóticos, pero la superficie estaba cada vez más cerca. Y, por fin, mis pulmones explotaron de alivio cuando rompí la barrera líquida y aspiré.
Tosí, ahogándome con cada jadeo, como si pudiera expulsar toda el agua que había llenado mis pulmones. Cada ataque de tos me sacudía con violencia, pero el aire volvía poco a poco a entrar, aunque quemara.
Sentí unas manos fuertes que me levantaban y me dejaban caer sobre algo duro y tambaleante. Probablemente una tabla flotante en esa agua negra.
—Tose, tose —me habló una voz femenina—. No necesitamos más muertos aquí.
Todavía jadeando, levanté la cabeza y la vi. Era una mujer mayor, con la piel arrugada y el cabello recogido en un moño tirante. Al principio parecía normal…, hasta que reparé en su rostro. La mitad de este era el de una anciana cualquiera, pero la otra… era hueso. Una calavera desnuda que se asomaba como si la piel nunca hubiera estado allí.
—¿Qué…? —Intenté hablar, pero mi garganta estaba en llamas. —Venga, niña, no es tan difícil. Respira, tose y saca esa agua de tus
pulmones. —La mujer suspiró con desgana sacudiendo la cabeza como si todo aquello fuera un fastidio—. No tengo todo el día.
—¿Quién… quién eres?
—¿Ya has conseguido enfadar al amo, niña tonta? —dijo con desdén, mientras sus ojos se desviaban hacia el horizonte.
Aún tosiendo y jadeando, me incorporé con dificultad, y me di cuenta de que estábamos en una barca, flotando en un lago negro como la noche
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misma.
Santo cielo, ¿dónde estaba?
Miré a mi alrededor, parpadeando mientras trataba de enfocar la vista. Todo era abrumador. Las montañas se alzaban imponentes, con sus cimas perdidas en una oscuridad sin fin. Los árboles que las rodeaban no se parecían a nada que hubiera visto antes. Sus hojas brillaban con un resplandor sobrenatural: morados intensos, azules centelleantes, verdes luminosos. Era como si estuvieran bañados en magia.
Sobre mí, el cielo se extendía como un lienzo de colores vivos. Ondas de auroras boreales lo atravesaban, con azules, verdes y rosas que se movían como olas, iluminando la noche eterna. Entre las auroras, millones de estrellas parpadeaban, cada una más brillante que la anterior, lo que creaba un contraste imposible con la profundidad oscura que lo rodeaba todo.
Cuando levanté la mirada hacia el frente, lo vi. Al otro lado del lago, que reflejaba el cielo como un espejo de tinta, se alzaba un castillo colosal. Estaba construido con piedra negra como el abismo, más oscura que cualquier sombra conocida. Cada torre, cada muralla, parecía haber sido diseñada para encerrar algo monstruoso, algo que jamás debía ser liberado. Su magnitud eclipsaba cualquier estructura que hubiera conocido antes; incluso el majestuoso palacio de Pramvera parecía insignificante a su lado, un mero juguete en comparación.
La mujer, con la mitad de su rostro humano y la otra reducida a hueso desnudo, habló de nuevo:
—Territorio Bankai. Tierra de muertos. Destino de todos.
El cielo, oscuro y profundo, comenzó a transformarse. Miles de pájaros espectrales surgieron de la nada, sus figuras translúcidas volando en bandadas sincronizadas. Sus cuerpos, de un azul verdoso, parecían no pertenecer a este mundo. Había águilas, halcones veloces y cuervos, y todos se movían en un silencio absoluto, trazando intrincados caminos entre las estrellas y las auroras que danzaban sobre nuestras cabezas mientras sus alas dejaban rastros de luz que se desvanecían lentamente.
Territorio Bankai.
Mi corazón inmortal ya no podía soportar más sorpresas.
Aquel día había vivido experiencias que habrían quebrado a cualquier ser mortal. Desde el despertar con una resaca infernal hasta sumergirme en el fuego esmeralda, había presenciado a mortales huyendo de espectros,
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había luchado por mi vida y finalmente me había enfrentado a Iron Shadow. Y ahora… ahora estaba allí.
La barca se movió suavemente, el agua negra chocaba contra los bordes y me encontré temblando otra vez.
—Niña, deja de moverte o nos iremos al agua. Enseguida llegaremos con el amo, y podrás… —la mujer se inclinó un poco hacia mí y arrugó la nariz al olerme— darte un baño.
Mi estómago se revolvió al instante. Su humor ácido no hacía más que aumentar mi desasosiego.
—Aquí, seguramente la única opción de baño sea en sangre —repliqué
—. Prefiero quedarme como estoy, gracias.
Me acurruqué más en mi rincón de la barca, tratando de poner la
mayor distancia posible entre ambas. Pero sentía su presencia tan cerca que era como si sus ojos vacíos me perforaran.
El sonido de la madera rozando algo sólido rompió el incómodo silencio. La barca se detuvo con un leve vaivén. Habíamos llegado. Miré hacia delante y vi una playa de arena negra, tan oscura que parecía hecha de cenizas.
La anciana fue la primera en bajar. Se movía con una soltura inquietante, como si caminar sobre esa arena maldita fuera lo más natural del mundo. Yo me quedé atrás, mirando la orilla, dudando de si debía seguirla. Al final, respiré hondo, agarré los bordes de la barca para estabilizarme y bajé, dejando que mis botas se hundieran ligeramente en la arena.
Alcé la vista y me topé con el castillo, una mole de piedra negra que parecía absorber toda la luz a su alrededor. No había ventanas, ni un solo destello que sugiriera vida en su interior. Las torres se alzaban imposibles, desafiando toda lógica, como si hubieran sido construidas por algo que no pertenecía a este mundo. No era solo grande, era una bestia. Algo tan vasto y opresivo que mi mente apenas podía procesarlo.
La anciana no se detuvo ni una vez, ni siquiera miró atrás. Caminaba con la confianza de alguien que estaba en casa, como si cada piedra del camino le perteneciera. Yo, con el corazón apretado y las piernas temblorosas, la seguí, tragándome el miedo que amenazaba con detenerme.
«Bienvenida al infierno», me dije mientras avanzaba hacia lo que claramente era mi destino inevitable.
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Al caminar por el castillo no pude evitar que un recuerdo fugaz de Pramvera cruzara mi mente. Pero rápidamente me di cuenta de que no tenía sentido compararlos. No se parecían en nada. Aun así, pensé en cómo me había sentido la primera vez que entré en aquel palacio: aterrada, consumida por la incertidumbre, convencida de que estaba rodeada de demonios. Incluso Dalton me había parecido uno de ellos. Qué irónico, considerando dónde me encontraba ahora.
Mis ojos iban de un lado a otro, recorriendo cada pared oscura, cada rincón que parecía esconder algo. La anciana avanzaba sin vacilar, como si conociera cada grieta del lugar. Después de lo que se sintió como una eternidad, llegamos a unas puertas. No eran de madera ni de piedra, sino de unas sombras que se movían y ondulaban como si tuvieran vida propia.
Sombras que no pude evitar asociar con Iron Shadow.
—El amo está dentro. Pasa, niña. —La anciana señaló las puertas y, sin más, se fue, dejándome sola frente a ellas.
«El amo». Aquello rebotaba en mi cabeza, y recordé cómo Iron Shadow lo había pronunciado aquella primera vez, con esa calma fría y aplastante que lo caracterizaba.
Él era mi amo.
Lo había dicho como si siempre hubiera sido así, como si, desde el instante en que nuestras vidas se cruzaron, mi destino ya le perteneciera. Como si nunca hubiera existido otra posibilidad.
Mi amo.
La sola idea me revolvía el estómago y encendía en mí una rabia visceral. ¿Cómo alguien podía adueñarse de mi vida, de mi futuro, sin siquiera consultarme? ¿Cómo podía tener ese control sobre algo tan íntimo, tan mío?
Las puertas de sombras se abrieron despacio y lo que vi al otro lado me robó el aliento. Frente a mí, una escalera descomunal ascendía hacia un trono colosal de piedra negra, perdido en la penumbra. Los escalones, cada uno gigantesco, estaban ocupados por figuras inmóviles. Wendigos. No docenas, sino cientos. Un ejército que parecía haber estado esperándome.
Sus cuerpos eran un espectáculo macabro. Huesos afilados sobresalían de su carne marchita, y sus rostros… sus rostros eran máscaras de pesadilla. Sus bocas, llenas de dientes irregulares y afilados como dagas,
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parecían retorcidas en un hambre constante, ansiosas por desgarrar cualquier cosa que se acercara demasiado.
Las extremidades de esas criaturas eran una aberración, largas y desproporcionadas, deformadas de una manera antinatural. Algunos se movían ligeramente, como si sus cuerpos no pudieran contener del todo la inquietud, mientras que otros permanecían congelados en posiciones que solo hacían que su imagen fuera aún más aterradora.
Y en lo más alto, sentado en el trono, estaba Iron Shadow. Su figura, oscura e imponente, dominaba toda la sala. Parecía desinteresado mientras se limpiaba las uñas con una daga que reflejaba la tenue luz del lugar. A su lado, sobre una nube de sombras, estaba Kali. Mi Kali. Acurrucada, con sus plumas brillando tenuemente en tonos azules, dormía tranquila, ajena al horror que la rodeaba.
Quería gritarle, correr hacia ella, sacarla de ese lugar, pero mis piernas estaban clavadas. El ejército de wendigos no se movió, pero su presencia pesaba sobre mí. Era como si cada uno de ellos estuviera esperando una señal. Una palabra. Una orden. Y sabía justo quién sería el que la diera.
La muerte levantó la vista y me observó con una sonrisa torcida.
—Me alegro de volver a verte, Zafiro. Sube, hazme el favor.
Se enderezó en su trono de carbón, envuelto en su capa de sombras, que parecía ocultarlo por completo. Era como si no quisiera permitirme ver ni un atisbo de lo que realmente era. El miedo escaló por mi columna como un frío punzante, pero lo aplasté antes de que pudiera dominarme. No iba a darle el gusto de verme flaquear. No otra vez.
Saqué las dagas que llevaba en los muslos, una en cada mano, sintiendo el peso familiar del metal en mis palmas. Estaba empapada, con el cabello goteando y la camiseta de tirantes pegada a mi piel, marcando cada curva como si fuera una segunda capa. Pero me daba igual. Si iba a morir, que al menos tuviera algo de espectáculo.
Con la mirada encendida por la rabia, comencé a subir las escaleras. Los wendigos me observaban desde las sombras, sus ojos inyectados de hambre brillaban mientras se relamían los labios.
—Si uno de tus perros se atreve a lanzarse sobre mí, le clavaré una daga en la cabeza.
Iron rio, pero no se molestó en mirarme.
—No lo dudo. Pero te diré algo…, están hambrientos. Y tú apestas a miedo.
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Subí los escalones uno tras otro, mientras los wendigos permanecían quietos, pese a que sus ojos, esos malditos iris inyectados en sangre, seguían cada movimiento mío, atentos a la más mínima señal para abalanzarse sobre mí. Pero no podían. No sin la orden de Iron Shadow. Él era su amo, el creador de esas aberraciones que nunca tendrían descanso, que nunca se saciarían. Y él… él estaba sentado ahí, como si todo le perteneciera.
Cuando estuve lo bastante cerca, no lo pensé dos veces. Dejé que el odio tomara el control. Mis dagas salieron volando de mis manos, directas hacia su cabeza. Usé toda mi fuerza, toda mi rabia. Si tenía suerte, lo mataría ahí mismo.
Pero no la tuve.
Iron levantó las manos y las atrapó como si fuera un juego. Los filos se hundieron en sus palmas, atravesaron su carne y la sangre comenzó a gotear de inmediato, oscura y espesa, formando charcos en el suelo negro a sus pies. Las gotas caían con un sonido hueco que llenaba la sala, pero él ni se inmutó. Ni un gruñido, ni una mueca.
—No esperaba menos de ti —murmuró con una sonrisa en los labios
—. Muy valiente por tu parte lanzarme esas putas dagas frente a mi ejército, nada menos. —Sus ojos dorados se clavaron en mí con malicia. No era solo diversión, era crueldad pura—. Aunque… —se inclinó un poco hacia delante—, ¿cómo era que me habías dicho que te llamabas?
—Eda —le escupí.
—Eda… —repitió, como si saboreara el nombre arrastrando la palabra —. Puede que ahora seas Eda, pero te guste o no, Zafiro, hay algo de Kaiserin en ti, algo que no puedes arrancarte.
Mi cerebro procesó lo que acababa de decir.
—Claro… Digo el nombre de Kaiserin y tus ojos brillan como los de un puto perro con hambre. —Con un movimiento despreocupado, lanzó las dagas hacia los wendigos. Las criaturas se abalanzaron sobre ellas como hienas sobre carne fresca, devorando el metal con una ferocidad inhumana.
—¿Qué sabes de ella?
—Despacio, niña. Aquí las cosas no funcionan como tú crees.
Sentí la rabia encenderse dentro de mí; mis puños se apretaron y las uñas se clavaron en mis palmas mientras intentaba contenerme.
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—¡Deja de jugar conmigo! —grité dando un paso adelante—. ¿Qué quieres de mí?
Iron Shadow ladeó la cabeza, sus ojos dorados recorriéndome lentamente, disfrutando cada segundo de mi frustración.
—Mmm… —murmuró pensativo.
—Si lo que piensas es que voy a matar al emperador, estás muy equivocado —le solté sosteniéndole la mirada—. No voy a destruir el imperio. No soy Kaiserin, y no voy a seguir ni una sola de tus malditas órdenes.
Con un movimiento rápido, desenvainé una daga oculta en la parte baja de mi espalda y la coloqué contra mi cuello. La hoja fría presionó mi piel, pero no aparté los ojos de él.
—Y si piensas lo contrario, dilo de una vez, porque me corto el cuello aquí mismo. Estoy harta de juegos y de trampas. —Mi voz tembló ligeramente, pero no me importó—. No soy tu marioneta, y no soy una niña a la que puedas seguir manejando sin contarme la verdad. ¿Entendido?
La muerte me sonrió despacio, una sonrisa que no contenía ningún rastro de humanidad.
—¿De verdad crees que me importa si decides cortarte el puto cuello ahora mismo? Hazlo, Zafiro. Dame el espectáculo.
Apreté la mandíbula, mi mano temblando al mantener la hoja fría contra mi garganta.
—¡No me llames así!
—¿No quieres que te llame Zafiro? Qué lástima, porque eso es lo que eres. Eda no habría sobrevivido al fuego esmeralda. Eda no habría caminado entre espectros y vivido para contarlo. Pero Zafiro… Zafiro es otra cosa. Es lo que eres, aunque te cueste aceptarlo.
—No soy tuya.
—Oh… —Iron dejó escapar una risa baja—. Todavía no entiendes nada. No tienes idea de lo que soy capaz. Y si sigues creyendo que puedes enfrentarte a mí con valentías baratas, solo terminarás arrastrándote. — Iron Shadow sonrió ampliamente, dejando ver los colmillos afilados que sobresalían en su boca—. Pero hazlo. Córtate el cuello si eso te hace sentir mejor.
Los wendigos se movían inquietos en los escalones, esperando una orden que no llegó. Iron Shadow se levantó del trono con una calma
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aterradora y bajó un escalón para acercarse.
—Hazlo, si es tu deseo morir. —Extendió los brazos, como si ofreciera el infierno mismo en una bandeja—. Tierra de muertos. Destino de todos. Pero, aunque murieras aquí mismo, despertarías en algún rincón de este mundo, renaciendo una y otra vez. —Bajó otro escalón—. Así que baja esa daga y te concederé el privilegio de una pregunta. Solo una.
Él tenía las respuestas, cada una de las verdades que me atormentaban.
Todo sobre mi pasado, sobre Kaiserin, sobre el poder que llevaba dentro.
Y ahí estaba él, mi enemigo, dueño absoluto de todo lo que ansiaba saber.
—No quiero solo una respuesta, las quiero todas.
—Ya he hablado demasiado por hoy.
—Quiero respuestas. —Apreté la daga contra mi cuello, un hilo de sangre comenzó a resbalar por mi piel. Por primera vez, su rostro mostró un leve gesto de incomodidad.
—¡¿Cuándo dejarás de intentar destrozarte una y otra vez?! —Su paciencia estalló como un trueno. Se pasó una mano por el puente de la nariz—. ¡Es que no aprendes! ¡Llevas todo el maldito día intentando salvar el mundo, cuando ni siquiera entiendes el tuyo! Eres una cría jugando a ser guerrera, sin tener ni idea de quién demonios eres ni del poder que llevas dentro.
Bajé la daga de golpe y la dejé caer al suelo.
—¡Fuiste tú quien desató ese fuego verde! —grité—. ¡Había familias, niños, animales… y te dio igual! La única opción que tuve fue usar mi propia llama para detener la tuya. ¡Y todavía tienes la osadía de hablarme como si no supiera quién soy! —Respiré hondo, intentando controlar la rabia que me quemaba por dentro—. Estoy harta. No me importa quién haya sido antes, ni esa maldita Kaiserin de la que todos hablan. Estoy cansada de que me lancen su nombre como una maldición y nadie tenga el valor de decirme la verdad.
Iron se inclinó ligeramente hacia delante. Había algo en sus ojos dorados que no podía descifrar. Oscilaba entre desprecio y… curiosidad.
—¿Qué recuerdas de tu pasado?
—Nada que te importe.
—¿Qué sabes de Kaiserin? —insistió.
—Kaiserin fue enviada como un arma. Una marioneta diseñada para acabar con el emperador. —Mi voz se endureció, cada palabra cargada de una mezcla de rabia y certeza—. Fue creada para destruirlo todo, para
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desatar un caos que otros no se atrevieron a provocar. Alguien la manipuló, la moldeó, la entrenó para ser la herramienta perfecta de destrucción. Venía de una tierra sumida en la oscuridad, un lugar donde la muerte es la única ley. Un ejército de muertos la seguía, un batallón de sombras hambrientas, bestias que no conocen el descanso. Cada uno de sus movimientos, cada paso… estaba guiado por un ser. —Sentí el peso de las palabras que estaba por decir—. Un ser capaz de manipular cada pensamiento, de cambiar de forma, de infiltrarse en la mente de cualquiera. Un maestro de las sombras. Ese ser eras tú…, ¿verdad?
—Es fascinante que hables como si Kaiserin fueras tú. —Iron dejó escapar una risa seca—. Pero no te confundas. Solo compartís el mismo cuerpo, el mismo poder…, nada más. Kaiserin era algo que tú jamás llegarás a ser.
—Entonces ¿por qué me has traído hasta aquí? ¿Para recordarme todo lo que no soy? —le espeté.
Iron se acercó mirándome con esa maldita sonrisa cruel que hacía que quisiera desgarrarle la garganta.
—¿Y tú? ¿Por qué parece que quieres quedarte?
—Porque no hay mejor manera de destruir a tu enemigo que tenerlo cerca. Y si insistes en mantenerme aquí, será bajo tu propio riesgo. Porque cada noche, cuando cierres los ojos, recuerda que hay alguien en este castillo que no dejará de soñar con matarte.
—¿Algo más que deba saber?
—¿Y yo? —le respondí tratando de mantener el control.
Iron llevó los dedos a su cuello y, con un movimiento lento y deliberado, desabrochó su capa de sombras. Cuando se quitó la capucha, tuve la sensación de que el tiempo había decidido detenerse.
Sus ojos dorados se clavaron en los míos, como si estuviera evaluando cada parte de mí sin pestañear. Pero lo que realmente me dejó helada fue su cabello. Blanco. Tan blanco como la nieve recién caída. Igual que el mío. Caía en mechones desordenados sobre su frente, despeinado de una forma que parecía intencional y que contrastaba con sus cejas oscuras.
Era imposible decidir si era un rey o un asesino.
Llevaba una camisa de jubón azul oscuro con bordes dorados, algo que habría pasado por ropa propia de la realeza de no ser por el aura que lo rodeaba. No era un hombre cualquiera. Todo en él gritaba poder y peligro.
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Y luego estaba su postura: hombros anchos, espalda recta, una presencia tan dominante que parecía llenar cada rincón de la sala. Alto, imponente, casi sofocante. Mirarlo era como enfrentarse a una tormenta; sabías que no tenías posibilidades, pero tampoco podías apartar los ojos.
Iron Shadow levantó su brazo hacia mí, y el instinto de retroceder casi me hizo tropezar.
—Veo que el emperador te ha contado algo… algo de la verdad. — Iron dio un paso, y antes de que pudiera reaccionar, su mano rozó la herida en mi cuello. Su pulgar recogió un poco de mi sangre y se lo llevó a su boca, lamiéndolo lentamente, saboreándolo como si fuera el mejor de los manjares—. Pero lo que te ha contado no es ni la mitad. —Su sonrisa se ensanchó—. Soy mucho peor.
Se relamió los labios, degustando cada gota, como si mi miedo le diera aún más sabor.
—Y tú… —continuó—, ¿realmente crees que eres tan inofensiva como te imaginas?
Su mano cayó sobre mi hombro, y el mundo a mi alrededor se desmoronó en un torbellino de sombras. Todo se desvaneció en cuestión de segundos, como si la realidad misma fuera una ilusión que él había decidido romper.
Cuando abrí los ojos, ya no estábamos allí. Nos encontrábamos en una habitación inmensa, en una especie de salón de baile abandonado hacía siglos, con largos balcones abiertos. A mi derecha, Kali seguía sobre su nube de sombras, todavía dormida.
Kali… ¿puedes oírme?, lo intenté una vez más. Nada. Ni un movimiento, ni una respuesta.
—Te quedarás aquí un tiempo, Zafiro. El que yo decida. Esta será tu humilde morada, mientras tanto, haz lo que quieras, pero cuidado con las ventanas. A veces, los espíritus se cuelan… y no les gusta que los interrumpan. Podrían molestarte mientras duermes. —Una sonrisa torcida asomó a sus labios mientras me observaba, disfrutando del efecto de sus palabras.
—¿Qué quieres de mí?
—Te daré respuestas, una por una, pero cada una tendrá su precio. Y solo bajo una condición. —Iron se relamió los colmillos—. Harás exactamente lo que te diga, sin cuestionarlo.
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Sus ojos se oscurecieron, como si escarbara en mi alma en busca de algo que ni siquiera yo sabía que estaba ahí.
—Pero lo que más me interesa estas semanas… es descubrir si sigues siendo el arma de guerra que eras. Si ese poder que llevas dentro todavía tiene el mismo camino: uno que solo sabe de destrucción.
Y, sin más, se desvaneció, dejando oscuridad tras de sí.
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Liral
Eda había desaparecido.
El fénix había desaparecido.
Liral había fallado.
La pequeña aldea había quedado reducida a escombros y polvo, consumida por un fuego que no había dejado nada en pie. Había arrasado con todo. No quedaba nada.
Liral cerró los ojos tratando de contener la tormenta que rugía dentro de ella. Recordaba perfectamente lo que había visto momentos antes. Las llamas azules de Eda habían luchado desesperadas contra aquel fuego esmeralda antinatural, dos colores enfrentados como si el destino del mundo dependiera de ellos.
El fuego azul… era el fénix. Era Eda. Liral lo sabía. Lo había sentido vibrar en cada fibra de su cuerpo mientras observaba la batalla. Había visto la espada de Eda brillar con un resplandor cegador, un azul tan puro e intenso que iluminaba la oscuridad como si intentara borrar cualquier rastro de sombra. Era imposible no reconocerlo.
Eda era el Zafiro.
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Y esa voz… esa maldita voz que la había despertado aquella mañana, esa melodía inquietante y dulce que no podía olvidar, se lo había advertido. «Protege al fénix, protege al Zafiro». Ahí estaba la clave. Había estado frente a ella desde el principio. Pero era demasiado tarde.
Eda ya no estaba, y el fénix tampoco. Todo lo que quedaba era el rastro de su fracaso y un desierto cubierto de cenizas.
Dargan, su bestia desplazadora, permanecía inquieto. Sus tentáculos oscuros se movían en todas direcciones, como si buscaran algo. Estaban tensos, como si esperaran el regreso de esos espectros verdes que habían traído el caos. Pero no había nada. Solo un vacío implacable.
Liral apretó los dientes. Sabía que no era el fuego azul de Eda lo que había destruido a los espectros. Había algo más. Antes de que todo terminara, antes de que las llamas esmeraldas fueran consumidas, había sucedido algo extraño.
Una sombra… había cubierto la aldea entera.
El suelo, el cielo, los árboles. Todo. Su visión quedó entonces completamente sumida en una oscuridad tan densa que ni las llamas pudieron atravesarla.
Por unos segundos, las sombras lo abarcaron todo…, la rodearon a ella, que sintió cómo esa oscuridad se ceñía a su piel de una forma que nunca había experimentado. Era la sensación más extraña del mundo, como si esas sombras no fueran del todo malignas, como si, por un breve e incomprensible instante, algo en ellas resonara en su interior, algo que la conectaba con esa oscuridad.
El pensamiento era absurdo e irracional, pero no podía evitarlo. Sabía, con una certeza que la hacía temblar, que esa sombra no tenía nada que ver con los poderes de vinculación de las bestias ni con las habilidades de los nightmares. No, aquello era diferente. Algo más antiguo. Algo más poderoso. Algo que no entendía.
Y entonces, entre las sombras, Liral lo vio.
Una figura monstruosamente alta, cubierta por una capucha y envuelta en una oscuridad que parecía devorar la poca luz que quedaba a su alrededor. Era más que una sombra; una presencia que lo absorbía todo y que se alzaba frente a Eda como un depredador que no necesitaba moverse para demostrar su dominio.
No podía apartar los ojos de él, había algo en esa entidad que la aterrorizaba y, al mismo tiempo, despertaba en ella una certeza
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inquietante: aquello no era humano. Y cuando todo desapareció, Eda también lo hizo.
Ni rastro de ella. Ni rastro del fénix.
Dargan se movía con cautela entre los árboles sacándola de sus pensamientos. Habían cruzado el límite del desierto y ahora avanzaban despacio por los restos del bosque que rodeaba la aldea. Los árboles, ennegrecidos y torcidos por el fuego, parecían cadáveres en pie. Cada rama crujía con el más leve movimiento, como si el bosque mismo estuviera a punto de derrumbarse. Dargan esquivaba los troncos quemados con precisión, pero Liral sabía que no había nada que encontrar allí. Solo cenizas. Solo muerte.
¿Quién era ese hombre cubierto de sombras? ¿Qué era ese fuego verde, esas malditas llamas esmeralda que lo habían devorado todo a su paso?
Apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas, pero el dolor no apagó su furia. Nada de aquello tenía sentido. Nada de lo que estaba ocurriendo en el imperio últimamente parecía tenerlo.
¿Qué demonios pasaba en el imperio y por qué parecía estar en llamas? El suelo comenzó a retumbar bajo la hierba, un sonido profundo y constante que subía desde el suelo hasta los huesos. Liral reaccionó al instante, su cuerpo se puso alerta antes de que pudiera procesar del todo lo que estaba ocurriendo. Sabía lo que significaba. Todos los jinetes lo
sabían.
El dragón del emperador estaba llegando.
La enorme criatura apareció en el cielo, su silueta recortándose contra las nubes cargadas de cenizas y humo. Un rugido atronador rompió el silencio y sacudió los restos de la aldea quemada. Cuando el dragón aterrizó, sus patas gigantescas se hundieron en el suelo ennegrecido y su cuerpo se replegó con precisión, doblando lentamente las alas contra su lomo. Era como si el mundo entero hubiera detenido su movimiento, cautivo ante su presencia.
Dalton Basilius, el emperador, descendió del dragón y Liral, que había estado observando desde las sombras, se apresuró a ajustarse la capucha para asegurarse de que el tejido cubría por completo su rostro. No podía permitirse que la reconocieran, aunque cualquiera que viera a Dargan sabría de inmediato quién lo montaba. Pero incluso con ese riesgo, no se arrepentía. Había desobedecido las órdenes, sí, pero quedarse en la Fortaleza de Gea mientras el mundo parecía arder habría sido mucho peor.
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Dalton caminaba rápido, casi tropezando con su propia urgencia. Su rostro, siempre frío y calculador, ahora mostraba algo que Liral rara vez había visto en él: pura desesperación. Sus manos iban y venían hacia su cabello, despeinándolo como si tratara de arrancarse las ideas que no podía ordenar. Sus ojos, normalmente afilados y seguros, ahora parecían perdidos y se movían de un lado a otro como si buscara algo que sabía que tal vez nunca encontraría.
Liral conocía perfectamente el motivo de su desconcierto.
—¡¿Dónde está?! ¡¿Dónde está ella?! —gritó.
Los jinetes se congregaron rápidamente a su alrededor en un círculo, pero nadie tenía respuestas. Los líderes de los escuadrones avanzaron hacia él e intentaron calmarlo o, al menos, obtener instrucciones. Pero el caos era tangible, un hervidero de murmullos y pasos mientras el emperador exigía respuestas.
Liral observaba la escena más enfadada consigo misma que con el fuego esmeralda que había arrasado la aldea. Había fallado. Había protegido a Eda, sí, pero no lo suficiente.
—Liral. —La voz firme de Gwren la detuvo en seco. Se giró poco a poco para enfrentarla—. Desobedeciste las órdenes, jinete. Te dije que te quedaras en la fortaleza, pero nos seguiste, ignoraste lo que se te indicó y te pusiste en peligro. Todo por orgullo.
Liral quiso responder, decirle que había hecho lo correcto, que había protegido a Eda, que había seguido su instinto.
—Recibirás tu castigo… —Gwren empezó a hablar, pero antes de que pudiera continuar, la voz de Dalton la interrumpió.
—No recibirá ningún castigo.
Dalton se acercó y Liral desmontó de Dargan casi por instinto y se inclinó en una reverencia mientras intentaba calmar su corazón desbocado. Él se detuvo frente a ella y se agachó lo suficiente para mirarla a los ojos, con una expresión que rozaba lo salvaje, como si estuviera a punto de perder el control.
—Liral, sé que fuiste la última en verla. Sé que estabas cubriéndole las espaldas. Dime qué viste.
Liral tragó saliva. «¿Cómo sabe que yo fui la última en verla? ¿Cómo sabe que intentaba protegerla?».
—Eda… y el fénix… se adentraron en el fuego. Yo me quedé cubriéndole las espaldas. Había mortales… o, al menos, lo parecían, pero
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no lo eran. Eran demonios vivos, creados por ese fuego esmeralda. Podía matar a los mortales que parecían poseídos, así que los abatí mientras ella avanzaba. Pero… esos espectros no morían con las flechas, así que Eda… —Hizo una pausa y cerró los ojos un instante para recordar—. Eda entró en las llamas.
—¿Y qué más? ¿Qué viste después, jinete?
Liral continuó:
—Dentro de las llamas… apareció un hombre. Era enorme, superaba fácilmente los dos metros. Su figura aparentaba estar hecha de oscuridad pura y era imposible de distinguir, no pude ver su rostro. No era humano. Parecía que las sombras hubieran cobrado vida.
Dalton abrió los ojos de par en par, como si hubiera atado unos cabos que los demás ni siquiera sabían que existían. Se giró de golpe y miró a los jinetes que se habían congregado cerca.
—¡Todos fuera de aquí! —ordenó—. ¡Todos menos los líderes! —Sus ojos se movieron hacia el pelotón de Liral y los señaló con un gesto—. Vosotros, tampoco os vayáis. Quedaos aquí.
Los jinetes obedecieron sin dudarlo. Montaron en sus criaturas y comenzaron a alejarse, dejando atrás a los líderes y al pequeño pelotón que ahora incluía a Liral, a Nolan y a Calen.
Dalton se giró de nuevo hacia Liral, sus ojos casi perforándola.
—Voy a meterme en tu cabeza, jinete —susurró y sus palabras cayeron como un muro sobre ella—. Necesito saber exactamente qué viste. Cada detalle.
Liral retrocedió de inmediato mientras el pánico crecía en su interior. —¿Qué? ¿Cómo? No… —Las palabras apenas lograban salir de su
boca. Nadie, absolutamente nadie, tenía derecho a meterse en sus recuerdos. No, no, no… No iba a permitirlo.
Antes de que pudiera protestar más, un escalofrío recorrió su cuerpo. Fue como si su mente hubiera sido invadida sin su permiso. No era algo físico, pero podía sentirlo. Dalton estaba allí, revisando sus memorias, buscando lo que necesitaba. Sus sombras temblaron a su alrededor, como si supieran que no podían hacer nada para detenerlo, y cuando el emperador por fin salió de su trance, su rostro se había endurecido y apretaba los dientes con tanta fuerza que parecía que se romperían.
—Se la ha llevado. Iron Shadow se ha llevado a Eda.
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Eda
Las manos suaves de mi madre me acariciaban el cabello mientras me acurrucaba en su regazo. Sabía que era ella por su perfume, un aroma que siempre reconocía sin esfuerzo: olía a lirios, a lluvia fresca y a verano.
—No temas a la noche, corazón de melón —me susurró. Siempre me llamaba así, porque decía que era tan dulce como el centro de aquella fruta
—. No temas a la oscuridad, porque a veces, esta trae cosas buenas al mundo.
Estábamos sentadas en el pequeño banco de madera frente a nuestra casa, y se escuchaban los grillos cantar a lo lejos mientras el viento jugaba entre los árboles.
—No me gusta la oscuridad, mamá —dije mientras me encogía más en sus brazos, como una bolita—. Quiero que el sol salga ya.
Ella rio con suavidad y me apretó un poco más contra su pecho. —Verás, cielo, la noche y el día son dos grandes aliados. Uno no puede
existir sin el otro. A veces, la vida nos muestra ambas caras, la luz y la oscuridad, y tenemos que aprender a aceptarlas. Lo importante es encontrar el equilibrio, entender que ambas viven dentro de nosotros. Pero, al final, está en nuestras manos decidir cómo las usamos.
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—No quiero tener un lado oscuro dentro de mí… —balbuceé con miedo, y apreté los ojos y escondí la cara en sus brazos.
—Lo tienes, mi vida, todos lo tenemos. Pero eso no significa que sea malo. La oscuridad solo es… otra parte de nosotros —me dijo mientras sus manos apartaban las mías de mi cara.
—Pero, mamá…
—¿Te gustan las estrellas, Eda? —preguntó, y yo asentí mirando hacia arriba. Allí estaban, miles de ellas brillaban sobre nosotras, pequeñas luces en el cielo negro.
—Son preciosas.
—Recuerda siempre que las estrellas solo pueden brillar gracias a la oscuridad. Y algunas flores, las más especiales, crecen mejor bajo la luz de la luna.
Lo primero que sentí al abrir los ojos fue rabia. No una irritación pasajera, sino un deseo irracional, violento, de acabar con todo a mi alrededor. ¿De dónde venía? Nunca antes había sentido algo así. Era como si esa ira no fuera mía, como si se hubiera colado en mí mientras dormía.
¿Sería aquello de lo que hablaba Iron? ¿Lo de los espíritus molestándome en mis sueños? Meses sin soñar con mi madre, y, de repente, ahí estaba, tan nítida que dolía, removiendo algo dentro de mí que no sabía cómo enterrar de nuevo.
Me quité las legañas de los ojos y dirigí la mirada hacia las ventanas. El sol no existía allí o, al menos, así lo sentía. La noche eterna seguía fuera indiferente, pero, siendo honesta, tampoco me importaba.
Sin darme cuenta, me había quedado dormida en una esquina de la habitación. Había arrastrado una silla al rincón más oscuro aferrando una daga con fuerza en mi mano, con la mirada fija en la puerta, preparada para lo peor. En algún momento, el agotamiento me venció.
Y aun así seguía viva…
Pero entonces reparé en que Kali no estaba. El fénix, que había estado conmigo antes de que el cansancio me aplastara, había desaparecido.
La puerta se abrió de golpe. Me levanté de un salto, con la daga en alto y el corazón acelerado. Allí estaba ella: la anciana cadáver. Sus ojos muertos recorrían la habitación y se detuvieron un segundo en la cama
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vacía antes de posarse en mí. Esa sonrisa burlona apareció en su rostro, como si supiera exactamente lo que pasaba por mi cabeza.
—Das pena, niña —murmuró analizando la daga que sostenía como si fuera mi única arma contra el mundo—. No has dormido, ¿verdad?
—¿Dónde está el fénix? —gruñí sin caer en su burla.
La anciana ladeó la cabeza.
—Se nota, y tampoco te has bañado, ¿no? —Chascó la lengua con una mueca de desaprobación—. Qué desastre. Pobrecita.
—No necesito tu compasión. ¿Dónde está Kali?
Probé llamarla a través del vínculo. Nada. Ni una respuesta.
La anciana soltó una risa seca, apagada, y me miró como si estuviera evaluando a un animal herido.
—Muévete —ordenó finalmente, y se dio la vuelta mientras salía de la habitación.
—¡¿Dónde está?!
Levanté una de mis dagas, lista para clavársela en el cráneo. No pensaba, solo actuaba. El odio me nublaba la vista, y lo único que quería eran respuestas. Con un movimiento rápido, la lancé.
Pero la anciana chasqueó los dedos antes de que pudiera llegar a su destino. En un parpadeo, la habitación desapareció y nos encontramos en una sala inmensa, sin límites visibles. La daga, que antes iba directa a la anciana, ahora volaba hacia la cabeza de Iron Shadow.
Él no se movió. Ni siquiera parpadeó. Justo antes de que lo alcanzara, se desvaneció en humo, y la daga cayó con un sonido metálico contra el suelo negro.
¿Qué demonios estaba pasando? En aquel lugar parecía que la realidad podía cambiar con un simple gesto.
—Ya veo que te has levantado con ganas de matarnos a todos. —La voz áspera de Iron Shadow resonó en la sala y extinguió cualquier atisbo de razón. Siempre con su maldita superioridad.
Giré sobre mis talones y busqué su rostro entre la inmensidad. El suelo bajo mis pies era liso, negro como un abismo pulido, como si estuviera pisando la superficie de un lago helado hecho de obsidiana. Columnas gigantescas e irregulares como las raíces de un árbol antiguo se alzaban hacia el cielo imposible. Y arriba… esas luces, verdes y azules, que serpenteaban como si estuvieran vivas, iluminando aquel espacio vacío, sin alma.
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Y ahí estaba él.
Y a su lado, Kali.
Mi corazón se detuvo un segundo. Mi fénix estaba despierta y batía sus alas tranquilamente, como si todo fuera normal, como si no estuviera al lado del ser más despreciable del mundo.
Iron extendió una mano hacia ella, con la misma calma con la que solía disfrutar de mi sufrimiento. ¿Qué mierda hacía Kali tan tranquila tan cerca de él? ¿Cómo demonios podía estarlo con ese monstruo al lado?
—Relájate, solo le estoy dando de comer, no envenenándola. Aunque claro, parece que en tu mundo cada cosa que hago es un intento de asesinato. Interesante perspectiva, Zafiro.
Di un paso hacia ellos hecha una furia, pero la anciana se cruzó en mi camino.
—Deberías calmar esos humos dándote un baño.
—¿Qué demonios te pasa con los baños?
Iron dejó escapar una carcajada baja, como si toda aquella situación fuera un chiste para él. Sin siquiera mirarme, le dedicó un asentimiento despreocupado a la anciana.
—Gracias por traerla, Syera. —El tono era suave, casi agradable, pero esa sonrisa torcida y maldita me encendía la sangre. Incluso sin necesidad de mirarme me hacía sentir insignificante.
—La niña aún no se ha bañado. —Syera dijo «niña» como si fuera un insulto—. Deberías explicarle lo que sucede cuando alguien se sumerge en las aguas malditas y no se purifica después. Aunque, por la forma en que te mira, quizá prefieras que lo descubra por las malas.
—¿Qué está diciendo? —pregunté mirando a Iron para confirmar de algún modo que la anciana cadavérica exageraba. Pero su sonrisa se ensanchó.
—Ah, las aguas negras… —murmuró, como si estuviera a punto de contar una historia que adoraba repetir—. Parecen inofensivas, ¿verdad? No tienen olor, no dejan quemaduras visibles…, pero lo que esas aguas tocan lo corrompen desde dentro. Te cambian lentamente, y ni siquiera te das cuenta hasta que es demasiado tarde.
Mis manos empezaron a temblar. Recordé esa sensación extraña, la incomodidad que había sentido desde que desperté. Algo había estado mal en mí, pero lo había ignorado.
—¿Cambiarme? ¿A qué te refieres?
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—Empieza como un susurro en tu cabeza —continuó él—. Apenas perceptible al principio. Pero con el tiempo, te vuelves más irritable, más violento. Cada pensamiento se torna más oscuro, cada impulso más destructivo… hasta que solo queda un deseo: matar. —Una sonrisa maliciosa asomó a sus labios—. Si no te bañas, te consumirás por completo. Te convertirás en lo que estás destinada a ser: un arma perfecta.
Mi corazón golpeaba contra mi pecho, como si quisiera escapar de la oscuridad que crecía dentro de mí. Esa rabia, esa maldita rabia que había estado conmigo desde que desperté, ahora me dominaba por completo. Era como un veneno que corría por mis venas, un impulso oscuro que nublaba cada pensamiento.
Todo lo que me rodeaba se sentía mal, distorsionado, como si no perteneciera a este mundo. Kali, mi pequeña fénix, me observaba en silencio, sin palabras, solo con un vacío que me desesperaba aún más.
Era como si el vínculo se hubiera roto.
—Así que me lanzaste allí a propósito, ¿verdad? Sabías perfectamente lo que haría el agua…
—No, Zafiro. No necesito empujarte a ningún lugar para que te destruyas sola. Lo haces de maravilla por tu cuenta.
Sentí un nudo de pura rabia en la garganta.
—Necesito… un baño —murmuré aferrándome a cualquier excusa para escapar de allí. Me giré bruscamente para buscar la puerta o alguna salida, pero no había dado ni dos pasos cuando un espejo gigantesco emergió del suelo y me bloqueó el camino.
Al verme reflejada en él me quedé paralizada. Mi rostro estaba pálido, demacrado, con los ojos rodeados de sombras profundas, como si no hubiera dormido en semanas. Parecía… rota.
—¿Qué es esto? —gruñí intentando moverme hacia un lado. Pero antes de que pudiera avanzar, otro espejo apareció frente a mí y reflejó la misma imagen de alguien que apenas reconocía.
—¿A dónde crees que vas? —Iron, con esa mueca retorcida en los labios, se acercó despacio disfrutando del espectáculo.
—¡Déjate de juegos! —Quería arrancarle esa maldita sonrisa de la cara, destrozarlo.
Iron dio otro paso hacia mí, cada movimiento suyo llenando el espacio con una presencia que me hacía sentir diminuta. Su reflejo en el espejo era tan imponente como en la realidad: cabello blanco como la nieve cayendo
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sobre su frente, ojos dorados que brillaban con un cruel deleite. Ese monstruo disfrutaba con lo que veía.
—Mírate… —Acercó su rostro al mío a través del espejo—. Mira bien, porque esto es lo que realmente eres. Lo que siempre has sido.
Quise apartar la vista, escapar de aquella imagen, pero algo en el reflejo me mantenía atrapada y me obligaba a enfrentarla. Y entonces lo
vi: mi piel se oscureció y se transformó en un negro puro, brillante, como cuando luchaba contra el fuego esmeralda, como en ese sueño…, esa pesadilla en la que la oscuridad había reclamado mi cuerpo, mi ser… Estaba ocurriendo otra vez.
De mis manos surgían llamas azules que se retorcían y se deslizaban por mis dedos. Pero no eran solo llamas. No eran solo poder. Sino algo más oscuro, más visceral. Eran caos. La furia enterrada en mi interior se manifestaba a través de ese fuego, una rabia incontrolable que brotaba de lo más profundo de mi alma.
Iron Shadow sonrió y se inclinó hacia mí hasta que su voz se coló en mi oído como un escalofrío.
—¿Lo ves, Zafiro? Este es tu verdadero rostro. Esa rabia, esa furia que sientes… no están ahí por accidente. Es lo que eres. Es tu esencia. Esa oscuridad que se arrastra en tu piel, ese fuego azul que quema incluso a quienes amas…, es tu mayor poder. Pero no puedes tenerlo sin consumirlo todo.
Mi respiración se volvió errática mientras sus palabras perforaban cada uno de mis pensamientos.
—¿De verdad crees que resistirte cambiará algo? Esa lucha interna que crees estar ganando… es solo una ilusión. Deja que te consuma, Zafiro. Abraza tu caos. Destruye. Porque esa es tu verdadera naturaleza.
Mi respiración se volvía más rápida, irregular. El pánico luchaba contra algo más oscuro, algo que no quería admitir: el deseo. La tentación de dejarme consumir por el fuego, de desatarlo y acabar con todo, me carcomía. Mis manos ardían con un calor que no podía controlar, y el fuego azul que crecía en ellas parecía tener voluntad propia. Quería destruir. Quemarlo todo: a Iron, aquel maldito castillo, ese territorio que parecía absorber todo lo bueno que quedaba en mí.
«Son las aguas —me dije a mí misma, desesperada por encontrar una explicación—. Esas malditas aguas. Esto no soy yo».
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Pero entonces, como si mis pensamientos no importaran, otro espejo emergió frente a mí, y esta vez me mostró algo que casi me hizo caer de rodillas.
Era yo…, pero no era yo. Mi reflejo estaba distorsionado, convertido en una versión monstruosa de lo que temía ser. Mi rostro se hallaba marcado con cicatrices profundas, los ojos vacíos, apagados, como si hubieran arrancado de mí todo rastro de humanidad. El fuego azul envolvía mi cuerpo consumiéndolo, pero no era yo quien lo controlaba.
Era el fuego quien me usaba.
No era una persona. No era una guerrera. Sino un arma, un receptáculo, un instrumento de destrucción hecho para cumplir un único propósito: arrasar.
—Esto es lo que eres sin las mentiras, sin esas cadenas que te has puesto a ti misma. Este es tu verdadero yo. El poder está ahí esperándote. Solo tienes que aceptarlo.
Sabía lo que estaba haciendo. Aquello no tenía el objetivo de enseñarme a controlar mi poder, ni siquiera de hacerme entender lo que llevaba dentro. No. Quería que me ahogara en ello. Quería que me perdiera en aquella oscuridad, que dejara de ser yo misma y me convirtiera en lo que él necesitaba: un arma, un monstruo.
Me giré hacia el espejo más cercano y, con un grito desgarrador, lo golpeé con todas mis fuerzas. Pero no se movió. No se rompió. Era como si se burlara de mi incapacidad, de mi desesperación.
—¡No soy esto! —grité con la voz rota, el fuego en mis manos amenazaba con descontrolarse aún más—. ¡Yo no soy como tú! No uso mi llama para destruir ni para sembrar el mal. ¡No soy un monstruo!
Entonces habló con voz más calmada, pero no menos cruel:
—Entonces aún no es tarde.
Con un chasquido de sus dedos, los espejos desaparecieron, dejando la habitación nuevamente vacía. Mi respiración seguía agitada y las manos me temblaban por la rabia y el miedo.
—¿Qué significa eso?
Él no respondió. Solo me miró, su expresión volviéndose más insondable, como si supiera algo que yo no podía comprender.
¿No era demasiado tarde para qué?
Iron metió la mano en su bolsillo y sacó algo que reflejaba un destello bajo la tenue luz: una daga. Mi cuerpo reaccionó al instante y retrocedí un
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paso levantando la guardia.
—No temas…, aún no.
Antes de que pudiera decir algo, deslizó la hoja por la palma de su mano, dejando tras de sí un corte profundo. La sangre comenzó a gotear lentamente, oscura y densa. Dio un paso hacia Kali, que yacía en el suelo, casi inmóvil. Ella levantó la cabeza con esfuerzo y, sin decir una palabra, Iron dejó que las gotas de su sangre cayeran en el pico de Kali. Una, dos, tres. Y entonces, como si la vida misma hubiera sido inyectada en su cuerpo, Kali batió las alas lentamente y el brillo de sus plumas regresó poco a poco.
Eda. La voz de Kali resonó en mi mente, clara y fuerte, por primera vez en… horas. Dale las gracias. Iron me ha salvado.
Me quedé paralizada mientras miraba a mi fénix con incredulidad. Mi pecho subía y bajaba rápido, tratando de procesar lo que acababa de escuchar. ¿Gracias? ¿A Iron?
—¿Ya ha vuelto a hablar por el vínculo? —preguntó él—. Cuando tu fénix está débil, necesita algo más que descanso. Necesita beber unas gotas de sangre… —Su sonrisa se ensanchó hasta mostrar los colmillos—. Y no cualquiera, claro. Tiene que ser sangre como la tuya. Como la mía. Tu sangre tiene poder, igual que la mía. Es especial, única, como tus…
Se detuvo, como si hubiera dicho más de lo que quería.
—¿Como qué?
—Tu maldito emperador te tiene bien engañada, ¿eh? Te trata como a una muñequita, como a su pequeña mascota perfecta… Qué pobre infeliz.
Sentí el fuego azul empezar a encenderse dentro de mí, una chispa que subió desde mis entrañas y que amenazaba con estallar. Mi cabello comenzó a iluminarse con ese resplandor azul de la llama Kaiserin, pero apreté los puños y respiré hondo intentando contenerla. «No. No aquí, no delante de él».
Iron me miraba como si ya hubiera ganado, su rostro era pura diversión, pura arrogancia. Sabía lo que estaba haciendo, me llevaba al límite y lo disfrutaba. Y lo peor era que no estaba del todo equivocado. Dalton no me había contado todo, no confiaba en mí como debería. Pero eso no le daba a aquel monstruo el derecho de destrozarme cada vez que abría la boca.
Apreté los dientes luchando contra el fuego que me pedía quemarlo todo, incluida esa sonrisa que tanto odiaba. Si quería respuestas, tendría
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que soportarlo, pero no pensaba hacerlo sin pelear.
—Ni se te ocurra hablar así de Dalton. Él es diez veces más hombre que tú, Iron —le escupí, con los puños cerrados tan fuerte que las uñas casi perforaban mi piel.
—¿Diez veces más hombre? —repitió saboreando cada palabra—. Por favor, Zafiro, no me hagas reír. El gran emperador ni siquiera es capaz de mirarte a los ojos y decirte la verdad. ¿Qué clase de hombre te protege ocultándote quién eres realmente? ¿De verdad confías en alguien que te trata como si fueras de cristal? Qué triste. Qué patético.
—Dalton no me esconde nada. Él me protege porque se preocupa por mí. No porque piense que soy débil.
Iron se enderezó y dejó caer su sonrisa torcida, luego chasqueó la lengua como si le diera lástima.
—¿Eso es lo que te dices a ti misma? ¿Que te protege porque te quiere? Qué conveniente. Pero, dime algo, ¿por qué nunca responde cuando le preguntas sobre Kaiserin? ¿Por qué siempre tiene una excusa preparada? —Hizo una pausa—. No es protección. Es miedo. Miedo de lo que eres, de lo que podrías llegar a ser si dejaras de lado esa patética necesidad de aprobación. Él no te protege. Te contiene. Porque sabe que, si descubrieras tu verdadero poder, ya no lo necesitarías. Y eso, Zafiro, lo aterra.
—Estás equivocado. No tienes ni idea de lo que hablas. Dalton no me controla, no me teme y mucho menos necesita contenerme.
—¿No? Entonces, dime, ¿por qué estás aquí buscando respuestas en el infierno? ¿Por qué no acudiste a él? —Su tono cambió y se volvió más frío
—. Porque sabes que él nunca te contará todo. Porque, incluso ahora, mientras te aferras a esa idea de protección, en el fondo te das cuenta de que él no confía lo suficiente en ti como para decirte quién eres en realidad.
—¡Cállate! —grité sin poder contenerme más.
Sentí una punzada en el estómago. No quería admitirlo, pero lo que decía tenía algo de verdad. Estaba allí, con Iron, para buscar las respuestas que Dalton no me había dado, persiguiendo una verdad que parecía esquiva. Y el hecho de que Iron lo supiera y lo utilizara contra mí solo hacía que la rabia creciera más.
—No eres más que un monstruo. Hasta la misma Kaiserin, a la que enviaste a matar a Dalton, te dio la espalda. Huyó de ti, de lo que eras, y
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decidió quedarse con él. Porque, dime, ¿quién, Iron? ¿Quién en su sano juicio se quedaría con algo tan jodido como tú? ¡Nadie!
El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier rugido. Todo se detuvo. No había risas, ni el más mínimo eco de su habitual sarcasmo. Su rostro estaba vacío, muerto. Me miró de arriba abajo y, por un momento, sentí que el mundo se congelaba.
—Esta vez prometo utilizar nuevas técnicas contigo. —Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta—. Esta vez será muy diferente. No habrá tortura…, eso ya es cosa del pasado. Pero, créeme, utilizaré métodos nuevos.
Mi respiración se cortó. Mis manos se encendieron en llamas y las levanté frente a mí, intentando mantenerlo a distancia.
—¿La torturaste? —tartamudeé. Ahora sí, ese era mi fin.
Iron alzó una ceja, como si mi pregunta le hiciera gracia.
—Fue solo un pequeño error, un fallo técnico…, ya sabes, el tema del renacimiento puede ser complicado de entender. —Se encogió de hombros como si hablara de algo trivial, como romper un vaso—. Pero, tranquila, esta vez no habrá dolor, ni sangre…, ni lágrimas. Y si lloras, no será mi culpa. Aunque, sería mejor que no lo hicieras…, no quiero tus malditas lágrimas mágicas ensuciando mi suelo.
Comenzó a caminar y me dejó a su espalda como si yo no fuera una amenaza. Pero di un paso adelante, incapaz de quedarme quieta, mis llamas temblando en mis manos.
—¿Lágrimas mágicas?
Iron se detuvo. Giró lentamente el rostro por encima del hombro, y esa maldita sonrisa apareció de nuevo, como si se estuviera divirtiendo a costa de mi ignorancia.
—Como viste ayer… —dijo señalando el colgante en mi cuello—, utilicé tus lágrimas para activarte. No para sanarte, sino para sanar lo que verdaderamente importa: tu poder. Tu inmortalidad se encarga de tus heridas físicas. Pero tus lágrimas… tus lágrimas regeneran tus habilidades. Todos tus poderes.
Me quedé perpleja, había sido… sincero.
—¿Ese es uno de mis poderes de vinculación? —Sabía que uno de mis dones era comunicarme con las criaturas. Pero aquello… aquello era nuevo.
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—Si quieres saber más sobre ti misma, tendrás que ofrecerme algo a cambio. Te lo dije ayer, Zafiro: aquí las cosas no se dan por nada. Las reglas no cambian por tus caprichos.
—No voy a destruir el imperio. Tampoco voy a matar a Dalton ni voy
a…
—¿Matar a tu emperador? —Iron inclinó la cabeza, como si la idea le divirtiera—. Por ahora eso no me interesa. Hay algo mucho más… —hizo una pausa teatral, dando una palmada al aire que me hizo saltar— mucho más importante que ese juego de niños al que llamas imperio. Tu imperio, Zafiro, no es más que un maldito castillo de arena a mis ojos.
Mi imperio…
—«¿Mucho más importante?» —escupí—. No hay enemigo como tú. Nadie tiene un ejército de muertos vivientes, sombras capaces de arrasar una ciudad entera. Nadie controla el poder de la llama valirio como tú. Nadie haría lo que tú hiciste ayer, nadie…
Iron soltó otra profunda carcajada.
—¿Así que piensas que la llama valirio me pertenece?
Me quedé helada, incapaz de responder. ¿Qué quería decir con eso? —Ah, sí…, ya veo que es eso lo que crees. —Dio otra palmada, como
si estuviera recordando un chiste que solo él entendía—. Me encanta que no tengas ni idea de quién eres. Que tu pasado sea un misterio para ti resulta… delicioso. Perdóname si a veces se me olvida recordarte lo poco que sabes.
—Mientes.
Claro que esa era su llama. La había visto en ese fuego maldito. Estaba allí. Lo había sentido. Esa llama que devoró todo, que dejó esa aldea en cenizas… no podía ser mía.
—Te equivocas. La llama valirio no es mi poder. Yo no tengo dominio sobre la luz ni sobre el fuego. Mi reino es la oscuridad. La sombra, la corrupción.
Sus ojos brillaron con un destello peligroso, mientras daba un paso para acercarse a mí.
—Pero me alegra saber que al menos tenemos un enemigo en común, ¿no?
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Eda
Me froté la piel con tanta fuerza que comenzó a escocerme, como si quisiera arrancarme algo más que la suciedad. El jabón que me había dado Syera se deslizaba sobre la esponja, y con cada pasada sentía cómo mi cuerpo empezaba a volver a su equilibrio, como si esas ansias de matar, esa rabia descontrolada que me había invadido, comenzaran a disiparse.
Por fin podía respirar sin sentir esa necesidad de destruir.
Kali flotaba a mi lado en la bañera, mientras sus ojos curiosos no dejaban de observarme, inclinando la cabeza como si intentara descifrar qué demonios hacía ahí.
—Tranquila, Kali, volaremos pronto —le dije, mientras ella hacía un sonido suave, como si comprendiera.
Cuando dejé de frotarme, me abracé las rodillas bajo el agua. Por alguna razón, aquella bañera parecía ser el epicentro de mis tormentas mentales, el lugar donde todo se desbordaba. Y en este momento, había demasiado que asimilar, demasiado que no podía controlar.
Primero, la llama valirio.
Iron había dejado claro que no era su poder, que esos espectros que cazaban a los mortales no tenían nada que ver con él. Pero eso no lo
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eximía de ser el mal encarnado. Porque allí, en sus tierras, ese odio se sentía en el ambiente, casi como si pudiera tocarse.
Segundo, Iron tenía razón sobre Dalton, y admitirlo era como recibir una puñalada en el orgullo. Me dolía más de lo que quería aceptar, pero no podía ignorarlo. Me enfurecía que mi enemigo entendiera algo de mí que yo misma no quería admitir. Dalton me ocultaba cosas y, aunque sabía que era su forma de protegerme, odiaba la idea de que él decidiera por mí qué debía saber y qué no.
Las lágrimas… Mis lágrimas tenían poder. Iron lo sabía, y seguramente Dalton también. ¿Cómo no iba a saberlo si había conocido a Kaiserin? Pero entonces ¿por qué no me lo había dicho? ¿Por qué siempre parecía que guardaba para sí más de lo que compartía?
Y lo peor era que lo extrañaba.
Extrañaba a Dalton o, al menos, lo que había sentido por él. Antes, solo pensar en él me llenaba de esa calidez que me hacía sentir segura, como si nada en el mundo pudiera salir mal. Pero ahora… ahora todo estaba cubierto de sombras. Las mentiras, las verdades a medias, todas esas cosas que me ocultaba, habían envenenado lo que alguna vez sentí por él. Y aun así lo extrañaba.
Tanto que dolía.
Echaba de menos nuestras conversaciones, esos momentos en los que el mundo parecía tan sencillo, tan claro. ¿Por qué había cambiado todo? ¿Por qué tenía que ser tan complicado?
Me mordí el labio tratando de contener las lágrimas que amenazaban con caer de nuevo. Pero fue inútil. Mis ojos comenzaron a llenarse de agua y, antes de darme cuenta, ya estaba limpiándolas con el dorso de la mano, frustrada conmigo misma.
Si tan solo le hubiera preguntado a Dalton sobre la verdad de Kaiserin, sobre su muerte, antes de que todo aquello pasara… Quizá habría obtenido respuestas. Quizá habría algo de claridad. Pero no lo hice, y ahora estaba allí, atrapada en aquel lugar. Tal vez ellos —Dalton, Nolan, Calen, Elandra, Liral y Adriel— me buscaban.
Y yo allí. En una bañera, en medio del maldito infierno, mientras ellos se desvivían por algo que ni siquiera entendía del todo.
Me hundí en el agua y contuve la respiración sin poder ignorar lo que venía después: Iron Shadow.
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Ese ser maldito que no solo jugaba con mi mente, sino que la arrancaba en pedazos para reconstruirla a su antojo. Cada palabra suya era una daga, cada sonrisa, un recordatorio de que nunca estaría a salvo, ni siquiera de mí misma. Sabía que tenía planes oscuros para mí y para mi poder y, aunque la idea me revolvía el estómago, también sabía que no podía permitir que se alejara demasiado.
Mantener a Iron cerca era una tortura en sí misma, pero dejarlo fuera de mi alcance sería mucho peor. Por el imperio, por la gente que amaba, no podía soltarlo. Él era la clave. La única fuente de respuestas sobre quién era yo y qué era capaz de hacer.
Cuando salí del agua, me detuve un momento. Sobre la cama alguien había dejado algo de ropa: unos pantalones de satén y una blusa de tirantes finos. Negué con la cabeza soltando un bufido. ¿Satén? ¿De verdad?
Me acerqué al balcón desnuda sin importarme nada. Desde allí, el territorio Bankai se extendía interminable, un océano de sombras interrumpido solo por las auroras boreales y esa luna gigantesca que parecía observarme desde arriba. La luz pálida bañaba las montañas lejanas, los bosques luminosos que no deberían parecer tan vivos en un lugar que apestaba a muerte.
—Todo es tan hermoso como aterrador.
Miré al horizonte en busca de algo, cualquier cosa. Pero no había rastro de los wendigos, ni de Syera, ni siquiera de Iron. Estaba sola, y esa soledad me golpeó en el pecho con una fuerza inesperada, como una piedra lanzada desde lo alto. Recordé Pramvera. La música, las risas en las calles, el calor del sol en la piel. Caminar entre libros viejos.
Deseaba volver a la ciudad…
Me aparté del balcón y cerré las puertas con un golpe. No quería ver más. No quería pensar más. Me vestí con el satén negro y, aunque traté de ignorarlo, no pude evitar pensar en una verdad que dolía más que cualquier herida: incluso si alguna vez lograba escapar de aquel lugar, no estaba segura de que pudiera volver a ser quien era antes.
Cuando me acerqué a la puerta y posé la mano en el pomo, un escalofrío recorrió mi espalda. El metal bajo mis dedos parecía hielo vivo, tan helado que me obligó a retirarla de inmediato. Fruncí el ceño. Desde que me había vuelto inmortal, el frío había dejado de ser un problema… Entonces ¿por qué sentía aquello?
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Volví a tocar el pomo, más despacio esa vez, y el frío seguía ahí, como si el metal estuviera cubierto de un invierno invisible. Apreté los dientes, lo giré, abrí la puerta y lo que vi al otro lado me dejó helada.
No era el castillo sombrío de Iron Shadow. Frente a mí se extendía una calle empedrada, bordeada por casas que parecían sacadas de un sueño olvidado. Todo tenía una cualidad irreal, como si la ciudad estuviera hecha de humo y recuerdos. Era como caminar entre las memorias de los muertos.
Giré la cabeza hacia atrás. La habitación del castillo seguía ahí, como si la puerta conectara dos mundos distintos. Pero al mirar de nuevo al frente, me encontré completamente envuelta por esa ciudad extraña.
Había movimiento. Figuras fantasmales vagaban por las calles, sus cuerpos traslúcidos, pálidos, suspendidos en un punto intermedio entre lo vivo y lo muerto. Se movían como si esa existencia fuera tan común para ellos como la vida misma.
Resultaba perturbador, pero no podía apartar la vista.
Algunos de esos fantasmas llevaban ropas elegantes, vestidos de épocas que ya no existían o trajes que parecían sacados de un tiempo distante. A pesar de sus cuerpos incompletos, había una dignidad extraña en ellos, como si aún intentaran aferrarse a las apariencias de la vida. Pero sus ojos…, la mayoría tenían cavidades vacías, huecas, que no miraban, solo existían. Otros estaban incompletos: sin brazos, con rostros deformados o cuerpos marcados por las cicatrices de una muerte que parecía haberse aferrado demasiado a ellos.
Lo más siniestro era cómo se movían. Sus pies apenas rozaban el suelo, como sombras tratando de recordar cómo caminar, imitando la vida que habían perdido.
Un grupo de niños apareció entre risas corriendo. Algunos no tenían bracitos, otros mostraban marcas negras y profundas, demasiado oscuras para ser simples heridas. Eran imágenes inquietantes, pero lo que me destrozó fue la naturalidad con la que jugaban, parecían no saber, o tal vez no les importaba, cómo se veían.
Sentí un nudo en la garganta mientras algunos de ellos me miraban de reojo al pasar. Ninguno se detenía, pero sus ojos —o la falta de ellos— me seguían, evaluándome con una curiosidad, como si supieran que yo no pertenecía a aquel lugar, que era una intrusa en un sitio que no me correspondía.
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Un hombre fantasma que arrastraba un carro de madera cargado con mercancías irreconocibles pasó junto a mí y estuvo a punto de arrollarme.
—¡Ten cuidado, humana! —me espetó sin detenerse.
—P-perdón… —murmuré apartándome de inmediato.
Me pegué a la pared de una casa cercana con el corazón a mil. Sin pensarlo, me volví hacia la puerta por la que había salido antes y tiré del pomo, pero estaba cerrada, como si nunca se hubiera abierto.
Desesperada, me acerqué a una ventana e intenté mirar al interior. No había nada. Ni rastro de la habitación de donde había salido, solo un salón vacío. ¿Dónde demonios estaba? Hacía un segundo me hallaba en mi habitación, y ahora… ahora estaba atrapada en aquella ciudad fantasma.
De repente, una voz canturreó detrás de mí.
—Te ves un poco perdida, humana.
Me giré de golpe y vi a una joven al otro lado de la calle empedrada. Su cabello rubio caía en ondas suaves sobre sus hombros, y llevaba un vestido rosa que flotaba a su alrededor, casi como si fuera una extensión de su piel. Parecía… normal. O, al menos, más que los demás.
—¿Humana? —repetí confundida—. He escuchado «mortal» e «inmortal», pero ¿humana?
La joven sonrió mientras se acercaba con pasos ligeros y gráciles, como si apenas tocara el suelo.
—Humana, de carne y hueso, sí —respondió entre risas suaves.
—Supongo que sí, soy humana.
—Eres graciosa. —Su sonrisa se amplió y, al acercarse más, me di cuenta de lo increíblemente hermosa que era. Tenía rasgos tan delicados, tan perfectos, que parecían irreales—. ¿Qué te trae por aquí, humana? — preguntó.
—La verdad es… que no tengo ni idea —suspiré, intentando recuperar la compostura—. Estaba en mi habitación, abrí una puerta y, de repente, aparecí aquí. Nada tiene sentido.
Ella soltó una risa suave, musical, mientras cruzaba los brazos.
—Así que llegas a Bankai sin saber cómo funciona. —Sus ojos chispearon—. Fascinante. Aunque un poco imprudente, ¿no crees?
—No vine por elección propia.
—Oh, no, claro que no. Nadie viene por elección propia. Pero todos se quedan.
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Algo en su tono me dio escalofríos. La forma en que lo dijo, como si lo supiera todo sobre mí, como si supiera algo que yo no.
—¿Quién eres? —pregunté por fin, con más dureza de la que esperaba, y antes de que pudiera responderme, un grito rompió el extraño silencio de la calle.
—¡El fénix ha vuelto! —gritó alguien y, al girar la cabeza la vi, Kali había salido detrás de mí y volaba en círculos sobre las calles, completamente libre.
—¡Por la muerte misma, el fénix ha regresado! —clamó otra voz desde una esquina y, en cuestión de segundos, sus palabras se propagaron como el fuego. Los murmullos crecieron hasta llenar la calle.
La joven rubia que estaba frente a mí me miró de nuevo, pero su expresión cambió entonces por completo. El tono juguetón y la diversión maliciosa se desvanecieron, reemplazados por un asombro puro.
—Tú… tú eres el Zafiro…
—¿Qué? —murmuré aturdida, mirando a mi alrededor mientras más voces se unían al coro.
—¡El fénix está aquí! —clamaban otros, con susurros de reverencia mezclados con el sonido de las rodillas golpeando el suelo. Uno a uno, los habitantes de la calle comenzaron a arrodillarse, sus cabezas inclinadas hacia mí como si estuvieran ante una reina olvidada o una deidad renacida.
¿Acaso era yo eso?
Mis ojos se movieron frenéticos entre ellos buscando una explicación. Fantasmas, figuras espectrales, todos postrados, y yo no tenía ni idea de por qué.
—¿Zafiro? —murmuré intentando comprender lo que sucedía—. ¿Cómo sabes ese nombre?
Un humo denso me tragó de golpe, un torbellino oscuro que ya me resultaba sospechosamente familiar. Apenas tuve tiempo de respirar antes de que el mundo cambiara de nuevo. En un instante, estábamos en un callejón estrecho, escondidas detrás de un muro de piedra. Mi espalda estaba pegada a la pared, la mujer rubia se hallaba frente a mí y Kali estaba ahora junto a mí, moviendo la cabeza de un lado a otro, visiblemente desconcertada por el repentino cambio. Un segundo antes había estado volando libre, y ahora…
—¿Qué haces aquí? —preguntó la mujer frunciendo las cejas mientras me examinaba de arriba abajo como si fuera una rareza en exhibición.
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Ignoré su pregunta y me llevé las manos a los costados buscando instintivamente mis dagas. Nada. Ni un arma. Solo el ridículo conjunto de seda que me habían dejado. Maldije entre dientes.
—¿Quién eres? —le espeté, sin molestarme en ocultar mi desconfianza.
Ella suspiró con teatralidad, luego, con una sonrisa exagerada, se puso el cabello rubio detrás de la oreja.
—Ay, perdona. Qué falta de modales, cielo. Mi nombre es Savannah, encantada. —Levantó una mano—. Y ahora, si me permites, voy a hacer una cosita completamente inofensiva que te salvará la vida aquí, aunque no lo aprecies.
Antes de que pudiera reaccionar, sopló sobre su palma y un polvo rosa brillante se arremolinó en torno a mi rostro.
—Pero ¡¿qué demonios haces?! —grité apartándome rápidamente mientras el polvo me hacía cerrar los ojos y estornudar.
—Oh, no seas dramática. —Savannah agitó una mano para disipar el polvo restante—. Créeme, me lo vas a agradecer. Este polvito es para que no te reconozcan aquí. Parece que hasta ahora no te ha ido muy bien, ¿eh? —Miró a Kali, que observaba la escena sin moverse—. Y también cubre a tu pajarito, así que tranquila, cielo.
Gracias, Kali, excelente trabajo como protectora, le dije con sarcasmo a través del vínculo. Si fuera una asesina ya estaría muerta.
No quiere hacerte daño, Eda.
—Aunque bueno… —continuó Savannah, sin prestar atención a mi evidente incomodidad—. Ya es un poco tarde para evitar que te reconozcan. Una vez que alguien se arrodilla, los rumores se esparcen como la pólvora. Ahora, hasta en Valdemar lo sabrán muy pronto.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Valdemar?
—¿Qué sabes sobre Bankai? —preguntó Savannah, inclinando la cabeza como si de verdad quisiera escuchar mi respuesta.
Casi me reí. ¿Me preguntaba a mí? La que debería estar haciendo preguntas era yo. Qué ironía.
—¿Qué sabes tú sobre mí o sobre el fénix? —le solté ignorándola—. ¿Y por qué no deberían reconocerme? ¿Cómo sabes lo de Zafiro? — Apreté la mandíbula en un intento por contenerme para no estallar. Quería
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correr. Alejarme de esa mujer, de ese lugar. Pero Kali estaba tranquila. No mostraba ninguna señal de peligro.
No es una amenaza, Eda. Confía en mí. También en ella.
Miré a Kali y observé sus ojos azules serenos.
¿Cómo sabes en quién confiar?
Soy el fénix, ¿recuerdas?
Suspiré, dándome por vencida, y volví a mirar a Savannah.
—No sé nada de Bankai —admití.
Savannah sonrió satisfecha y comenzó a hablar:
—El territorio Bankai es mágico. Todo aquí se basa en los deseos. No es un simple reino de muerte. Aquí, lo que uno desea puede hacerse realidad. Es una copia exacta del mundo del imperio de Pramvera y de Valdemar. Todo lo que hay en la vida está aquí. —Extendió un brazo hacia la calle, como si estuviera mostrándome un trofeo—. Los que han muerto viven en este lugar, pero la vida no se detiene. No siempre es fácil, pero es una segunda oportunidad. La mayoría de nosotros solo deseamos tranquilidad.
Fruncí el ceño y asomé la cabeza fuera del callejón para mirar hacia la calle principal y hacia las casas que la flanqueaban. Había algo familiar en cada esquina, en cada roca del empedrado. Lo reconocí al instante. Aquello era Pramvera. O, al menos, una versión distorsionada, fantasmal, de la ciudad. Un escalofrío recorrió mi cuerpo mientras procesaba lo que estaba viendo.
—Espera, espera. Más despacio… ¿Cómo que «deseos»?
Savannah sonrió aún más.
—¿Has deseado estar en la ciudad de Pramvera? ¿O has tenido algún pensamiento parecido?
La miré sin dejar de parpadear. ¿Lo había deseado? Recordé el momento en el balcón, cuando había pensado en cómo extrañaba la vida sencilla de la ciudad.
—Yo… —bajé la mirada—, sí. Lo he deseado.
—Como suponía. —Savannah asintió, como si todo estuviera bajo control—. Entonces apareciste aquí. Suele pasar. Pero no ocurre nada, cielo. Es la magia del lugar.
Mi mente seguía intentando procesar lo que decía cuando una pregunta escapó de mis labios antes de que pudiera detenerla.
—¿Todos los que están aquí… han fallecido?
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Savannah inclinó la cabeza un poco con una expresión más suave, aunque sus ojos seguían brillando con esa chispa burlona.
—Bueno…, todos excepto tú —respondió casi canturreando, como si disfrutara demasiado de la revelación—. Lo sabemos por el brillo de tu cuerpo. Tú no eres un fantasma. Pero no te entristezcas. Aquí la vida sigue después de la muerte.
—Nunca imaginé que algo como esto existiera… —murmuré. Algo se retorcía en mi interior mientras la pregunta tomaba forma en mi mente—. ¿Es posible que alguien que he perdido esté aquí?
—Por supuesto. —Se inclinó ligeramente hacia mí, como si compartiera un secreto—. Aquí en Bankai, todos nos reencontramos con aquellos que hemos perdido. Es un lugar donde los hilos del pasado y del presente se entrelazan. Los que alguna vez amamos, los que partieron demasiado pronto… siempre están aquí, esperando.
—¿Esperando qué? —murmuré temiendo la respuesta.
Savannah se encogió de hombros.
—Esperándote a ti quizá. O a que los dejes ir. Eso depende de ti. Solo necesitas desearlo lo suficiente, y… bueno, Bankai tiene una forma peculiar de cumplir los deseos. Pero cuidado. No todos los reencuentros son tan dulces como imaginas.
Sentí cómo mi corazón martilleaba en mi pecho. ¿Podía ser tan fácil?
¿De verdad era posible?
Las emociones me golpearon de lleno, el vacío que había dejado la muerte de mi madre, ese hueco que había llevado dentro durante tanto tiempo, de repente parecía menos permanente. ¿Y si podía verla otra vez? ¿Hablar con ella? ¿Sentir su abrazo, oír su risa? Era una posibilidad tan hermosa que dolía con solo imaginarla.
Pero también había algo que me inquietaba. Algo en las palabras de Savannah, en aquel lugar mismo, parecía demasiado perfecto, demasiado fácil. Bankai no era un lugar cualquiera.
—¿Cómo… cómo funciona esto? —pregunté, mi voz temblando—. Si deseo ver a alguien… ¿simplemente aparecerá? —Las palabras sonaban ridículas incluso para mí.
Savannah me miró y, por primera vez, su sonrisa se suavizó.
—Aquí, en Bankai, los deseos tienen poder. Pero no se trata solo de querer algo. Es la intensidad de lo que sientes, lo que guardas en tu corazón. Aquí, la línea entre la vida y la muerte es más delgada, casi
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inexistente. Si realmente deseas ver a esa persona, si ese deseo es más fuerte que cualquier otra cosa dentro de ti, entonces ella vendrá.
Sentí un nudo en la garganta, la idea resultaba tan tentadora que casi me ahogaba.
—Pero… —continuó con una gravedad que no había mostrado hasta ahora—, debes estar preparada para lo que encontrarás. Los que amamos… no siempre son como los recordamos. Bankai no es solo un lugar de descanso. Es un sitio de transformación. Este mundo afecta a los que están aquí de maneras que nadie entiende del todo.
Encontrarme con mi madre, después de tanto tiempo. Pero ¿podría soportarlo? ¿Y si ya no era la misma mujer que recordaba? ¿Y si ese encuentro no traía paz, sino más dolor?
—Los lazos que nos unen a quienes amamos son más fuertes que la muerte misma. Pero las heridas, las emociones no resueltas… también cruzan esa línea. Aquí, en Bankai, encontrarás respuestas, pero no siempre serán las que esperas. —Sus ojos se tornaron serios, como si entendiera perfectamente el peso de sus palabras—. Los muertos tienen su propio camino, y a veces este no se cruza con el nuestro de la manera en que deseamos.
—Pero…
—Cielo, deja esos pensamientos para después —me interrumpió con una sonrisa ligera. Antes de que pudiera decir algo más, me tomó del brazo y tiró de mí con un entusiasmo que no esperaba—. Ven conmigo, voy a enseñarte Bankai.
No tuve otra opción más que seguirla.
—Como verás, aquí no tenemos sol —dijo señalando el cielo, que permanecía en esa penumbra constante, teñido por las auroras danzantes
—. Solo la luna y las luces iluminan nuestras noches eternas. No existe el día en Bankai, pero, bueno, es un pequeño precio a pagar por todo lo demás.
—¿Y el castillo? —pregunté de golpe, casi tropezando mientras caminábamos. La pregunta me quemaba en la garganta—. Yo… necesito encontrarlo.
Savannah se detuvo de inmediato y se giró hacia mí con una mirada penetrante. En sus ojos claros vi algo más que curiosidad, algo que no terminaba de descifrar.
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—Nadie puede encontrar el castillo de Iron Shadow. —Por supuesto. Ella sabía quién era él. Todos allí lo sabían, ¿no?—. Es el castillo quien te encuentra a ti. Sus puertas te buscan y se abren solo cuando la muerte lo decide.
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Eda
Savannah y yo nos sentamos en el césped junto al río, uno que conocía muy bien, aunque ahora solo fuera un eco de aquel en Pramvera. Recordé la vez que lo navegué en una barca con Dalton, mientras el cielo se iluminaba con fuegos artificiales. Qué extraño me resultaba pensar en eso ahora. Me dolía recordar esos momentos con él, pero consideraba aún más duro saber que esa ciudad era solo el reflejo de un lugar que esos muertos amaron alguna vez.
No era real.
Suspiré dejando que el peso de los últimos días se asentara en mí. Necesitaba esa pausa. Sentir el césped bajo mis manos fue un alivio inesperado. Kali, por su parte, parecía disfrutar de la compañía de Savannah; se había acurrucado en su regazo y le pedía que le acariciara la cabeza.
—Parece que tienes buen gusto, pequeña —comentó Savannah, sonriendo mientras miraba a Kali—. Aunque, claro, ¿quién podría resistirse a mí? Soy adorable.
Me reí con suavidad a pesar de mí misma.
—«Adorable» es una palabra fuerte. Yo diría… tolerable.
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Savannah fingió ofenderse y se llevó una mano al pecho. —¡Tolerable! Qué cruel. Aquí estoy, siendo la mejor guía de Bankai
que podrías pedir, y así me lo pagas. Increíble.
—Gracias por recordarme que estoy perdida en un territorio de muertos. De verdad, tu carisma es inigualable.
Ella solo rio y se recostó ligeramente, su cabello rubio caía en cascada sobre sus hombros.
—Es broma, cielo. No estás perdida. Aquí nadie lo está realmente.
Solo… estamos donde debemos.
Levanté la vista hacia el río. ¿Era verdad eso? ¿Que nadie estaba perdido allí? Porque yo no podía sentirme más fuera de lugar.
—¿Cómo puede este sitio ser tan grande? Tan… completo —pregunté por fin, incapaz de contener la duda.
—Magia, ¿qué más puede ser? —respondió haciendo un gesto amplio con las manos—. Bankai está impregnado de ella. Siempre lo ha estado. Una magia tan antigua que se siente en el aire, en cada rincón. Aquí, los límites entre lo imposible y lo real no existen. Todo lo que fue amado alguna vez, todo lo que se recuerda con fuerza…, sigue existiendo aquí, de una forma u otra.
—En Valdemar, la magia siempre ha sido como un susurro. Silenciosa, escondida en las raíces de los árboles, tal vez. —Hablé sin pensar demasiado, con la vista fija en el río frente a nosotras.
Savannah me miraba con curiosidad, su cabeza inclinada. No decía nada, así que continué:
—En Pramvera, la magia resurgió hace unos cuatrocientos cincuenta años, justo con la aparición del primer jinete de dragón. Dalton Basilius. Tal vez por eso ni Pramvera ni Valdemar pueden compararse con este lugar. Aquí… la magia parece que siempre ha estado presente, como si nunca se hubiera extinguido.
—No se extingue porque no puede, cielo. Bankai no es como tu mundo. Aquí la magia es parte de nosotros, de lo que somos. Pero, dime…, ¿realmente no sabes por qué estás aquí? ¿Qué buscas?
Dudé un segundo. Hablar con ella me hacía sentir expuesta, pero necesitaba que alguien me escuchara.
—Busco la verdad. —La miré fijamente—. Sobre el fénix. Sobre…
mí.
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—Ah, el fénix —dijo mientras acariciaba suavemente a Kali, que seguía en su regazo como si estuviera en casa—. Es un símbolo, ¿sabes? Una historia que aquí todos conocen, aunque nadie parece ponerse de acuerdo en los detalles.
—¿Un símbolo de qué?
—De renacimiento, de poder, de destrucción. —Savannah me miró con una chispa de emoción en los ojos—. ¿Te has preguntado por qué la gente se arrodilló? Porque aquí, en Bankai, hay historias sobre el fénix y sobre la emperatriz. Dicen que resurgen una y otra vez. Y muchos creen que tú eres ella. Aquí todo el mundo ha oído hablar de ella. Dicen que era una emperatriz con un poder tan inmenso que incluso la muerte tuvo que doblegarse ante ella. —Se inclinó hacia mí—. ¿No es curioso que nadie en vida recuerde nada sobre Kaiserin, pero aquí, entre los muertos, sea una leyenda?
—Eso no tiene sentido. —Negué con la cabeza tratando de procesarlo. —Para ti, tal vez no. Pero para nosotros sí. —Savannah volvió a
reclinarse sobre el césped.
—Iron Shadow… —murmuré mirando el agua—. Él sabe cosas. Lo sé.
Y las respuestas que busco, tal vez solo él pueda dármelas.
Savannah dejó escapar un suspiro dramático mientras jugaba con un mechón de su cabello rubio y me observaba con ojos astutos.
—Lo domina todo, sí. Pero aquí las cosas no funcionan como en Pramvera. Él no es un emperador a quien todos le hagan reverencias al pasar. Aquí… —susurró acercándose ligeramente— las almas cierran puertas y ventanas si saben que está cerca. Rezarán, llorarán si hace falta. Iron Shadow es la clase de historia que cuentas para asustar a los niños antes de dormir.
—¿Y qué historias son esas? —pregunté entrecerrando los ojos.
—Ya sabes…, las clásicas. —Savannah sonrió, encantada con su papel de narradora—. Que roba la vida incluso a los que ya han fallecido. Que su ejército no son solo sombras. Los wendigos, cielo…, no son simples criaturas. Son almas esclavizadas. Personas atrapadas en cuerpos que no pueden controlar.
—¿Almas esclavizadas?
—Exacto. —Savannah asintió—. Dicen que los muertos que él reclama para su ejército, aquellos que vuelven del otro lado, sufren sin
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descanso. No pueden hablar ni moverse por sí mismos. Están ahí, atrapados, conscientes de cada maldito segundo…
—Es una condena —susurré—. Un castigo, una prisión eterna…
De repente, como si se aburriera de su propia historia, recuperó su tono alegre y despreocupado.
—Sí, sí, todo muy aterrador. Pero, vamos, es solo una leyenda, ¿no? A mí me parecen divertidas. La gente aquí vive con miedo, pero yo las encuentro… fascinantes. —Se encogió de hombros sonriendo como si acabara de contarme un chiste.
—¿Divertidas? —La miré incrédula. Esa mujer era imposible. —Claro. Dicen que la muerte puede adoptar cualquier forma. Que
puede ser quien quiera, cuando quiera. Nadie ha visto jamás su verdadero rostro… —Me dio un codazo juguetón, su sonrisa se hizo más grande—. ¿Lo has visto tú acaso?
Quise decirle la verdad: que sí lo había hecho. Que su cabello blanco contrastaba con sus ojos dorados, ardientes como brasas. Que había algo que lo hacía parecer humano, que algo en su esencia no era de este mundo.
—No, nunca he visto su verdadero rostro —mentí—. Siempre lleva esa capa y esa capucha que lo ocultan todo. Pero tampoco es algo que quiera descubrir. Solo estoy aquí por respuestas y, en cuanto las tenga, me iré.
Savannah asintió, como si aceptara mi mentira sin cuestionarla, y siguió hablando, compartiendo más sobre Bankai y sus secretos. Pero, de repente, dejé de escucharla. Otra cosa capturó mi atención.
A unos metros de distancia, un fuego fatuo apareció flotando en el aire. Era de un azul etéreo, como si se tratara de un fragmento del cielo nocturno arrancado y suspendido entre nosotras. Su luz me hipnotizó y me llamó de una manera que no podía explicar, como si conociera mi nombre, como si fuera una parte de mí que había perdido hacía mucho tiempo. Todo lo demás se desvaneció; mi mirada estaba fija en esa luz.
Savannah siguió mi línea de visión y sus ojos se arrugaron ligeramente llenos de preocupación.
—¿Pasa algo?
Parpadeé y rompí el hechizo del fuego fatuo para volver a mirarla. —Yo… creo que debo irme… Necesito terminar con esto. Cuanto
antes lo haga, antes podré regresar. —La miré con sinceridad—. Si quisiera encontrarte de nuevo, ¿cómo podría hacerlo?
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—Solo deséalo con todo tu corazón —respondió con voz suave, como si fuera lo más obvio del mundo—. Aquí en Bankai, tienes una amiga, Eda. Ojalá regreses a casa.
Sin dudarlo, me incliné y la abracé y, cuando me aparté, sentí un peso menos en el pecho, pero la urgencia de seguir adelante seguía latiendo con fuerza. Kali, que había observado en silencio, voló por encima de mi hombro batiendo sus alas y, sin decir nada más, comencé a caminar hacia el fuego fatuo, su luz azul guiando mis pasos.
El fuego fatuo parpadeaba, apareciendo y desapareciendo al final de las calles empedradas como si jugara con nosotras, nos llamara y luego escapara de nuestra vista justo cuando creíamos alcanzarlo. Kali, frustrada, lo persiguió, volando cada vez más rápido.
¡Casi lo tenía!, dijo enfadada, mientras el fuego se desvanecía de nuevo y reaparecía más lejos.
—Sí, claro, «casi», pajarraca, casi…
Llevábamos al menos una hora caminando y habíamos dejado atrás las calles plagadas de espectros. Seguíamos esa luz azul, hipnotizante, que parecía saber exactamente a dónde debía llevarnos. La ciudad había quedado apartada, y ahora nos dirigíamos por un estrecho camino de tierra que se adentraba en el bosque.
A ambos lados del sendero, los árboles parecían cobrar vida. Sus troncos tenían un brillo suave, y sus hojas, iluminadas en tonos celestes y verdes, pulsaban como si respiraran.
Me detuve un instante y miré a mi alrededor.
—¿Crees que es buena idea meternos en este bosque? —le susurré a Kali insegura.
No, pero quiero cazar al fuego fatuo… Y tengo hambre.
Bufé y luego recordé lo que había visto antes: Iron ofreciéndole su sangre a Kali.
—Oye, Kali, cuando bebiste su sangre…, ¿qué sentiste? ¿De verdad te dio fuerzas? —pregunté a la espera de que me diera una respuesta que, por lo menos, me tranquilizara un poco.
Sí.
—¿Eso es todo? —suspiré frustrada. Kali me miró, pero no dijo nada más. A veces, su aire de misterio y sus respuestas cortas me recordaban
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demasiado a Dalton. Ambos parecían disfrutar dejando las cosas en suspenso.
Kali voló hasta detenerse frente a mí.
Eda, sé que tienes miedo. Lo leo en tus pensamientos, lo siento dentro de ti…, pero cuando estoy cerca de Iron, no percibo peligro.
—¿No percibes peligro? —pregunté confundida y tratando de entender
—. ¿Qué significa eso exactamente?
Es simple. Siento cuando alguien quiere hacerte daño, no solo en
cuerpo, también en alma. Y cuando estoy con él… no lo siento. Ni con Savannah.
¿Sentir el peligro, no solo físico?
—Espera un segundo… —Fruncí el ceño—. ¿Estás diciendo que puedes detectar si alguien quiere herirme… emocionalmente?
Exacto. Es algo que viene con mi conexión contigo, no es magia, sino instinto. Puedo protegerte de algo más que espadas y flechas.
¿Cuántas cosas sobre aquel vínculo aún no entendía? Me giré hacia el bosque.
—Entonces… —Miré hacia los árboles con más atención—. ¿Qué hay ahora? ¿Sientes peligro aquí?
Kali ascendió un poco y giró su pequeña cabeza de un lado a otro, observando el entorno como si analizara cada rincón.
Por supuesto que siento peligro. Desde que despertaste como inmortal, el peligro nunca ha desaparecido.
—Así que… —murmuré—, ¿el peligro siempre estará ahí?
Siempre, Eda. Mientras estemos en este territorio, el peligro será parte del aire que respiras.
Dejé escapar una risa seca y amarga antes de poder detenerme.
—Oh, genial, Kali. Gran consuelo. Gracias por eso.
No vine para consolarte, Eda. Vine para ayudarte a enfrentarte a él. Nos adentramos en el bosque y mi cuerpo se tensó al instante. A pesar
de la extraña belleza que lo rodeaba, algo en aquel lugar no dejaba de inquietarme.
«¿Por qué nos habrá guiado hasta aquí el fuego fatuo? —pensé—.
¿Qué es lo que quiere que veamos?».
Cada paso que daba hacía que el miedo se clavara más profundo en mi pecho, como si el bosque estuviera drenando cada gota de mi energía. Las sombras parecían jugar con mi mente y dibujaban figuras distorsionadas
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que desaparecían cuando intentaba enfocarlas. No podía sacarme de la cabeza la idea de que algo se movía más allá de mi vista. Wendigos, o quizá algo aún más aterrador. Aquel lugar tenía la misma atmósfera opresiva que Iron Shadow; era imposible ignorar la sensación de que estábamos caminando directas a su terreno de caza.
Un golpe de arrepentimiento me sacudió. Habíamos entrado sin un plan, sin pensar a lo que podríamos enfrentarnos. Y peor aún… sin la certeza de que encontraríamos una forma de regresar.
Peligro. Escucho voces, susurró Kali cortante en mi mente, como si intentara alertarme sin alarmarme.
Me detuve en seco y agucé mis sentidos. Al principio, todo parecía quieto, pero luego llegaron susurros, voces de hombres hablando en tonos bajos, cargados de algo que no podía definir. El fuego fatuo, nuestra única guía, se apagó de repente y nos dejó solas en una penumbra inquietante.
Escóndete conmigo detrás de este árbol, le dije a través del vínculo. Me aplasté contra el tronco y, aunque me lanzó una mirada de
reproche, el fénix obedeció. Le hice un gesto más firme hacia las alturas, y esa vez, sin protestar, se elevó entre las ramas.
«Mierda. Mierda», maldije en mi cabeza mientras intentaba controlar mi respiración. Ni una daga, ni una espada, ni siquiera un maldito palo. Estaba completamente indefensa y me movía entre los árboles como una presa que sabía que estaba a punto de ser cazada.
Cada paso que daba era un riesgo; cada crujido bajo mis pies, una sentencia. Las voces se acercaban, claras como el agua, y sentí cómo el sudor frío me empapaba la espalda. ¿Qué estaba pensando? Aquello era una trampa. Y yo, como una idiota, había caído de lleno.
—Dicen que la putilla de la emperatriz anda rondando por la ciudad — habló uno de los hombres con odio.
Otro, con una voz tan lasciva que me hizo estremecer, respondió con una risa morbosa:
—¿A qué sabrán sus huesos?
Mi pecho subía y bajaba rápidamente. Hijos de puta. Me apreté más contra el tronco mientras las uñas se clavaban en mi propia piel y trataba de calmar el temblor que amenazaba con delatarme.
Me asomé inclinándome lo justo para echar un vistazo. Y ojalá no lo hubiera hecho. Cinco figuras se movían alrededor de una hoguera que ardía con un fuego esmeralda. No eran hombres. No podían serlo. Eran
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monstruos: altos, de piel pálida y translúcida, como si los hubieran despojado de su humanidad. Sus orejas puntiagudas, sus ojos hundidos y vacíos…
Y lo peor no eran ellos.
Sino las mujeres.
Colgaban bocabajo de las ramas de un árbol, sus cuerpos flácidos, inertes. Las cuerdas que las sostenían se hundían en sus tobillos, dejando marcas profundas. Sus cabellos caían hacia el suelo y ondeaban con la brisa, y sus rostros… sus rostros estaban congelados en puro horror, como si hubieran muerto atrapadas en el peor momento de sus vidas.
Tuve que desviar la mirada, mientras la bilis me subía hasta la garganta y me forzaba a tragarla. No podía perder el control en ese momento. Me apreté contra el tronco del árbol, las piernas tensas como si estuviera a punto de correr, y me mordí el labio con tanta fuerza que sentí el sabor metálico de la sangre.
—La recuerdo bien… —dijo otra voz—. Esa maldita putilla con la piel tan suave… Me daban ganas de arrancársela, capa por capa, y ver si el poder se le escapaba al morir.
La rabia hervía dentro de mí. Quería sangre. Su sangre.
—¿Crees que sus huesos serán suficientes para lo que quiere la Dama? —preguntó otra criatura.
«La Dama…».
¿Quién era la Dama? ¿Qué tenía que ver con mi cuerpo, con mi vida? El más bajo del grupo soltó una risa gutural y repugnante.
—La Dama quiere la esencia. Dice que en sus huesos, en su maldita sangre, está el poder. Un regalo de Bankai…, una semilla de muerte.
—Semilla de muerte…
—Si tenemos suerte —añadió uno con un tono más lascivo—, nos dejarán probar un poco antes de llevar el cuerpo completo…, solo de pensarlo se me hace la boca agua.
El último, que había permanecido en silencio hasta ahora, alzó la voz con un gruñido:
—¡Callaos de una puta vez! La Dama quiere todo su cuerpo. Si alguno se atreve a probar antes de tiempo… —se inclinó hacia la hoguera y dejó que el fuego iluminara su rostro deformado con una sonrisa retorcida—, acabará en un lugar peor del que jamás podría imaginar.
Uno de ellos hizo ruido al tragar saliva y murmuró casi temblando:
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—Nadie desobedece a la Dama.
El que parecía el líder asintió con una sonrisa que provocó que se me erizara piel, y sus ojos se dirigieron hacia los cuerpos colgantes de las mujeres.
—Nadie desobedece a la Dama. Ni siquiera ella —murmuró y, por un instante, me di cuenta de que hablaba de mí.
No tenía armas. Frente a mí, cinco de esos malditos monstruos. Podía sentirlo: si me encontraban, estaría muerta antes de poder hacer algo. ¿Y Kali? No podía depender de ella. Tenía que hacer algo yo misma.
Retrocedí despacio tratando de hacer el menor ruido. ¡Crac! Una rama bajo mi pie traicionó cualquier intento de sigilo.
—¿Qué cojones ha sido eso? —gruñó uno de ellos, y sus pasos comenzaron a acercarse, pesados, rompiendo hojas y ramas mientras se dirigían hacia mí.
«Corre, corre, corre».
Di un paso hacia atrás, luego otro, desesperada por ganar distancia, pero mi pie tropezó y casi caí. Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, una mano gigantesca se cerró sobre mi boca. No fue un movimiento torpe; sino brutal, calculado. El grito que intentaba escapar murió al instante, sofocado contra esa palma áspera que me obligaba a callar.
Un segundo después, un brazo como una garra envolvió mi cintura y me levantó del suelo como si fuera un saco vacío. Mi cuerpo quedó pegado contra un pecho sólido, como una maldita muralla de piedra que no se movía ni un milímetro.
Intenté luchar, patalear, pero el brazo apretó más robándome el aliento. Mi garganta quemaba con el esfuerzo de un grito que no llegaba, mientras una lágrima solitaria resbalaba por mi mejilla. Mi espalda estaba completamente inmovilizada contra ese cuerpo monstruoso, y su mano no cedía, como si me dijera que cualquier intento de resistir sería inútil.
Entonces un susurro bajo y letal rozó mi oído:
—Tranquila, Zafiro…, solo soy la maldita muerte.
Fue entonces cuando comprendí que aquellos cinco desgraciados habían cavado su propia tumba. Habían invocado a la muerte sin saber que él ya estaba allí, y que su sentencia estaba a punto de cumplirse.
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Eda
Iron Shadow me tenía atrapada entre sus brazos.
La muerte.
Antes de que pudiera asimilarlo, me arrastró consigo, moviéndose tan rápido que el bosque se desdibujó en sombras y ramas confusas. En cuestión de un segundo, estábamos escondidos detrás de otro árbol, y su mano se retiró de mi boca tan despacio que apenas tuve tiempo de tomar aire.
Los pasos se acercaban, y ahí, entre la presión de su brazo que aún me rodeaba y su presencia, no sabía qué me aterraba más: aquellos cinco seres que querían despedazarme o la criatura que me sujetaba, quien tenía el poder para acabar con mi alma sin pestañear.
Giré la cabeza poco a poco y levanté la vista hasta sus ojos dorados ocultos bajo la capucha. Su boca entreabierta mostraba una mueca peligrosa, y me estremecí al comprender que el único ser más letal que mis perseguidores… era quien me tenía ahora bajo su control.
Las voces de esos seres rasgaban el silencio entre carcajadas. —Vamos, preciosa, no te escondas más. Podemos olerte desde aquí…
Tan dulce, tan viva.
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—¿No quieres venir a conocernos? —intervino otro—. Estamos ansiosos de probarte… digo, de verte más de cerca.
—¿Qué tal si nos dejas acercarnos? Podríamos arrancarte esa ropa con las manos, poco a poco, mientras te hacemos gemir y gritar nuestros nombres uno por uno.
—Aunque… —continuó otro—, tal vez prefieras que lo hagamos rápido. Directo al grano, ¿verdad? Hazlo fácil, preciosa, solo déjate atrapar.
Por instinto, me aferré al pecho de Iron Shadow, con el cuerpo temblando y la respiración atrapada en mi garganta. El miedo quemaba en mi pecho, pero él se mantuvo completamente inmóvil, como una estatua de pura amenaza, sus ojos dorados clavados en la dirección de las voces. Era imposible saber si estaba calculando su próximo movimiento o tan solo disfrutando del momento.
Una sonrisa retorcida y peligrosa se dibujó en sus labios. No era de odio, no. Sino de algo mucho peor: satisfacción. La sonrisa de alguien que no teme la violencia, que la busca, que la vive. Esa sonrisa decía todo: él era el depredador, y ellos ni siquiera lo sabían.
—Veremos quién termina gritando el nombre de quién. —Iron Shadow apretó los dientes. Y entonces empezó la matanza.
La muerte no utilizó espadas, dagas ni ningún arma que un humano reconociera. Él era el arma. Antes de que los cinco monstruos tuvieran tiempo de reaccionar, se lanzó hacia ellos con una velocidad que desafiaba la lógica, dejando tras de sí un torbellino de sombras vivas.
Su cuerpo dejó de ser sólido y se descompuso en una marea de oscuridad que serpenteaba entre los hombres. Las sombras parecían tener filo, una precisión monstruosa que cortaba con una facilidad imposible. Gritos de agonía comenzaron a llenar el bosque, pero duraban apenas un segundo antes de que la muerte los silenciara.
—Suplícame —murmuró Iron con una calma gélida mientras uno de ellos retrocedía para alejarse. Las sombras lo alcanzaron antes de que diera dos pasos más, enroscándose en su pierna y tirándolo al suelo con un golpe seco. Iron se materializó frente a él y se agachó para mirarlo a los ojos.
—¡Por favor! ¡Por favor, ten misericordia! —gimió la criatura.
Iron lo agarró por el rostro y sus dedos se enterraron en la carne pálida como garras.
La sonrisa en sus labios era peor que cualquier grito.
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—¿Misericordia? —ironizó mientras inclinaba la cabeza—. ¿La misma que tenías para esas mujeres? ¿O tal vez para la «putilla de la emperatriz»? —Sus dedos se apretaron con más fuerza, y el sonido de los huesos crujiendo resonó en el aire. La cabeza del hombre estalló como un melón bajo presión y bañó el suelo de sangre y trozos de cráneo.
—¡Corre, idiota! —gritó otro de ellos, que se giró para huir. Pero una sombra afilada como una lanza se clavó en su espalda y lo atravesó de lado a lado. Cayó de rodillas tosiendo sangre, mientras Iron aparecía detrás de él.
—¿A dónde ibas? —Lo tomó del cabello y lo levantó del suelo—. ¿Pensabas escapar? ¿Pensabas que tu vida era algo que yo no podía arrancar de ti? —Con un giro de muñeca, le rompió el cuello y dejó caer su cuerpo al suelo.
El tercero intentó atacar. Con una daga curva, lanzó un golpe desesperado hacia Iron. Pero antes de que el filo pudiera tocarlo, Iron lo detuvo con una sola mano, atrapó la hoja y la sombra en su otra mano se convirtió en un látigo oscuro que atravesó el torso del hombre partiéndolo en dos.
—¡BASTA! —gritó uno de los últimos que quedaban en pie levantando las manos en señal de rendición—. ¡Haré lo que quieras! ¡Cualquier cosa!
Iron caminó hacia él, las sombras bailando a su alrededor como depredadores listos para el festín.
—¿Harás cualquier cosa? —repitió—. ¿Y qué podría querer yo de alguien que ya está muerto?
—Por favor…, por favor… —balbuceó el hombre.
—No hay lugar para las súplicas en esta conversación.
—Muerte mía… —gimió la criatura, el terror haciendo que su voz se quebrara—. No sabíamos que… que era usted. Perdónanos. Solo seguíamos órdenes.
Iron soltó una carcajada baja y peligrosa. La risa de alguien que no había conocido el perdón.
—Cierra la maldita boca. Hoy no te mato, no porque lo merezcas, sino porque necesito un perro que lleve un mensaje a tu ama.
El hombre temblaba tanto que parecía que sus rodillas colapsarían bajo su peso.
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—Dime, muerte, dime qué mensaje debo llevarle… Por favor…, dime qué debo hacer…
Iron se acercó más con el rostro tan tranquilo que resultaba aún más aterrador.
—Dile a esa maldita perra que si sigue buscando a la emperatriz, voy a arrancarle su miserable existencia con la misma facilidad con la que acabo con sus lacayos. —Señaló los restos desmembrados que cubrían el suelo, la sangre aún goteando de las ramas—. Y la próxima vez no necesitaré treinta segundos, lo haré en un jodido parpadeo.
Antes de que el hombre pudiera siquiera responder, Iron movió la mano con una precisión brutal. Un cuchillo de sombras surgió de la nada y cortó ambos brazos del hombre como si fueran de papel. Los gritos desgarradores llenaron el bosque, un sonido tan crudo que hizo que incluso las sombras parecieran encogerse.
—¡Por favor, por favor! —chilló mientras se retorcía en el suelo y su sangre formaba charcos bajo él.
—¿Qué parte de «cierra la boca» no entiendes? —gruñó, antes de lanzarle una patada directa al rostro. El golpe fue tan brutal que el hombre rodó varios metros, dejando un rastro de sangre y gemidos—. No necesitas brazos para llevar un mensaje, escoria, pero asegúrate de decírselo bien o volveré a por ti. Y créeme, lo que te haré hará que esto parezca una caricia.
El hombre, roto y gimoteando, se arrastró como pudo, hasta que desapareció en la distancia.
Cuando el silencio volvió a reinar, Iron se giró hacia mí, su expresión tan tranquila como si acabara de pasear por un jardín.
—¿Aún tienes dudas sobre quién manda aquí, Zafiro? —Dio un paso hacia mí y mi espalda chocó contra el tronco del árbol—. Porque parece que voy a tener que atarte a la cama para mantenerte quieta.
Tragué saliva esforzándome por mantener la compostura.
—No te atreverías…
Iron dejó escapar una carcajada seca.
—Oh, claro que me atrevería. No sería la primera vez… ni la última.
—Sus ojos dorados se clavaron en los míos mientras avanzaba otro paso.
La distancia entre nosotros se hacía más pequeña, demasiado.
La idea de correr cruzó por mi mente, pero él pareció leerlo en mi rostro, porque se detuvo justo a un suspiro de distancia.
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—Ni se te ocurra, Zafiro. Eres una experta en meterte en problemas y arrastrarme contigo. ¿Sabes lo frustrante que es matar por obligación? Prefiero hacerlo por placer, no porque alguien sea tan inútil que no sabe protegerse sola.
—¡Fue ese maldito fuego fatuo el que me trajo aquí! —protesté. —Así que eres lo bastante estúpida como para seguir cualquier cosa
brillante que se cruce en tu camino, ¿no? Esto no es un cuento de hadas.
Esto es el infierno. Y aquí solo los idiotas persiguen sombras.
Sí, había sido una idiota. Y, peor aún, había arrastrado a Kali conmigo al peligro.
—¿Quién es esa… Dama? —pregunté abrazándome a mí misma en un intento por esconder mi inquietud.
—No es asunto tuyo —replicó con un desdén que me hizo sentir más pequeña.
—Necesito saberlo. Esa tal Dama me está buscando.
—¿Y qué? Todo el maldito mundo te está buscando. Lo que importa es que yo ya te he encontrado.
Mis palabras salieron con furia contenida:
—El imperio me busca, y todo porque tú me has… raptado. Pero ¿por qué ella me quiere? ¿Por qué los has matado? ¿Quiénes eran?
Iron chasqueó la lengua, como si la conversación le aburriera. —¿Amabilidad? No es parte de este trato, niña. Y si lo fuera, tú no
estarías en mi lista de destinatarios. —Su mirada recorrió mi cuerpo con desdén, como si quisiera recordarme lo insignificante que era—. Los maté porque eran unos desgraciados. Parásitos. Y porque, al menos por ahora, no quiero que te maten.
Sentí su mirada clavarse en mí, cada palabra cayendo como un golpe. —Pero, escucha bien…, cuando termine contigo, me importa tan poco
lo que hagan con tus huesos como el color del cielo. Si queda algo de ti, será por puro capricho mío. Por ahora, solo tengo que soportar el fastidio de verte respirar. —Se inclinó hacia mí, su rostro oscurecido por las sombras—. No olvides eso, Zafiro.
Mis manos temblaban de puro odio y miedo, pero no podía dejarlo ahí. —¿Cómo… cómo se acaba con un inmortal? —pregunté apenas en un susurro. No sabía por qué lo decía. Tal vez era la única pregunta que mi
mente podía formular, y él lo notó.
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—¿De verdad quieres saberlo? Está bien. Si te clavo un puñal en el corazón, no morirías. Si te rajas el cuello como la idiota que intentaste ser ayer… —Soltó una carcajada seca—. No, tampoco morirías así. Pero si te destrozan, pedazo por pedazo, arrancándote cada hueso de tu cuerpo, entonces sí. Tu regeneración se te complicaría un poco. —Hizo un gesto con la mano, como si todo fuera una molestia irrelevante—. Ahí tienes tu respuesta.
Me sentía inútil, como una niña jugando en un terreno que no comprendía. Había creído que con amenazar con cortarme el cuello tendría algún tipo de control, y ahora descubría que no habría servido para nada.
—¿Satisfecha?
—Que sepas que esos hombres merecían morir —solté de golpe, y Iron arqueó una ceja, una leve mueca de curiosidad asomando a su rostro.
—¿Ah, sí?
—Tú mismo lo has dicho antes. —Señalé hacia el árbol donde colgaban las mujeres bocabajo y aparté la vista—. Has dicho que prefieres matar cuando la presa realmente merece la muerte, y esos… esas criaturas la merecían.
Iron siguió mi gesto con la mirada, sus ojos recorriendo los cuerpos como si estuviera evaluando un paisaje insignificante.
—No me voy a ir sin descolgarlas de ese árbol. —Di un paso hacia delante, pero Iron me agarró del antebrazo y me detuvo en el sitio.
—¿Quién te ha dicho que merecen algo mejor?
—No importa lo que hayan hecho. Esto… esto es inhumano.
Él aflojó su agarre y me soltó de golpe, como si de repente recordara el desprecio que sentía hacia mí.
—No son humanas, Zafiro. Y créeme, están mejor muertas y colgadas. Apreté los puños y me mordí el labio para no responder de inmediato,
pero la imagen de las mujeres colgando me revolvía el estómago.
—Nadie merece acabar así.
Él soltó un suspiro de impaciencia.
—Es su castigo, su ciclo de poder y fracaso —dijo sin un ápice de compasión en su voz—. Aquí, en Bankai, el poder se paga con dolor. Aquí las reglas son distintas.
—Entonces ¿qué son? —insistí, sin dejar de mirar los cuerpos colgados—. ¿Y por qué están aquí… así?
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—Son zarkass. Una especie de cazadoras de almas, expertas en tortura mental y en hacer hablar a los muertos. Son herramientas de sus propios machos.
—¿Herramientas de sus propios machos? —pregunté horrorizada. —Entre los zarkass, los machos las ven como recursos. Cuando
pierden su utilidad o no cumplen su papel, son ejecutadas, dejadas para pudrirse a modo de advertencia para las demás. Les encanta tener a sus «cazadoras de almas» bajo control, y si alguna falla, su muerte se convierte en espectáculo.
La palabra «espectáculo» me hizo apretar los dientes.
—¿Y los zarkass son los lacayos de la Dama que está buscándome? Iron me lanzó una mirada fugaz.
—No son las únicas criaturas bajo su mando. En esta muerte, es necesario… buscar aliados.
Respiré hondo, así que Bankai estaba dividido, un lugar donde incluso la muerte misma necesitaba alianzas para sobrevivir. Pero recordé el gesto del zarkass antes de huir, arrodillado ante él, casi reverente. No lo veían como un enemigo…, sino como algo más.
—¿Como tú con los wendigos? —dije, mi tono lleno de frialdad.
—Yo no busco aliados —replicó—, yo los creo.
Me estremecí y di un par de pasos hacia los cuerpos. Al acercarme, noté algo que antes me había pasado desapercibido. La piel de las mujeres colgadas no solo era pálida, sino que tenía un tono grisáceo, una especie de matiz enfermizo que no pertenecía a ningún ser humano. Inquieta, extendí una mano y apenas rocé el aire frente a una de ellas sin llegar a tocarla.
—Esas marcas… —susurré al notar pequeñas líneas que recorrían sus brazos, como venas negras que se ramificaban bajo la piel.
—Así se ven cuando su esencia empieza a pudrirse.
—¿Pudrirse? ¿Qué significa eso?
—Significa que fallaron. Que no estuvieron a la altura. Entre los zarkass, fracasar en tu «deber» tiene un precio. Su esencia es drenada, hasta la última maldita gota, y lo que queda… —Se inclinó hacia mí—. Lo que queda es un cascarón que se marchita de dentro hacia afuera. Ese gris asqueroso que ves en su piel es lo que pasa cuando te arrancan todo, cuando no sirves ni para ser esclavo.
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Fruncí el ceño y di otro paso hacia delante. Uno de los cuerpos, al balancearse suavemente con el viento, dejó entrever una expresión congelada de terror absoluto.
—¿Drenadas?
—Ayer tú misma casi te drenaste, pero claro, es normal cuando no tienes ni idea de cómo usar tu magia.
Pensé en el momento en que me había derrumbado, sintiendo cómo toda mi fuerza se evaporaba, como si algo me la arrancara desde dentro. ¿Era eso a lo que se refería? Esa sensación de vaciarme por completo, de perderme…
—¿Drenarse es usar todo el poder hasta quedar vacío?
—Las zarkass luchan. Utilizan todo su poder hasta el final. Son seres particularmente… brutales —soltó con desprecio, sin ningún asomo de empatía.
Abrí los ojos al escucharlo y miré hacia los cadáveres recientes de los machos que Iron acababa de despachar sin pestañear. ¿Acaso se estaba burlando?
Iron notó mi mirada y sonrió malicioso. —¿Preferirías acabar tú así? —Preferiría que nadie acabara así.
Él me examinó de arriba abajo, sus ojos llenos de algo muy parecido al asco. La capa de sombras que llevaba retrocedió brevemente y vislumbré el destello de su cabello blanco como la luna llena, tan similar al mío.
—El día que termines colgada como ellas —murmuró con un tono cruel—, sabré que te lo habrás ganado.
Sin decir una palabra más, Iron se giró y comenzó a caminar, alejándose de los cuerpos mutilados como si no fueran más que una distracción pasajera. Su andar era calmado, casi despreocupado, como si la sangre que empapaba el suelo y el hedor de la muerte no fueran dignos de su atención.
Volví los ojos a las zarkass colgadas, sus cuerpos se balanceaban levemente. Cada una de ellas había luchado hasta el final, drenadas por completo, convertidas en cascarones vacíos. Ojalá nunca terminara como ellas. Pero la idea de que alguien de mi propia especie pudiera hacerme eso, de que pudieran usarme y descartarme como a ellas…
Era repugnante.
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Iron levantó un brazo y lanzó un silbido bajo, prolongado. Y antes de que pudiera procesarlo, Kali descendió desde las ramas y aterrizó en su brazo con un movimiento elegante.
La imagen de mi fénix, mi protectora, posándose tan cómodamente en el brazo de ese monstruo me molestó. Kali no solo estaba tranquila con él, se sentía a gusto.
Me quedé mirándola y un pensamiento me golpeó.
—¿Cómo supiste dónde estaba?
Giró despacio la cabeza y sus ojos dorados se tornaron casi negros. —Zafiro, desde el momento en que abriste esa puerta y pisaste la
ciudad ya estaba detrás de ti.
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Elandra
El imperio estaba al borde del colapso. En apenas dos días, todo lo que sostenía su estabilidad había desaparecido. El orden, los entrenamientos, la seguridad de que todo estaba bajo control… se habían desmoronado.
Elandra había logrado ponerse al día con su pelotón, pero no con Eda. Su amiga estaba desaparecida, y su ausencia no era solo un asunto de su escuadrón, sino de todo el imperio. Jinetes, líderes y hasta el emperador estaban volcados en su búsqueda. Los planes y los entrenamientos habían quedado relegados a un segundo plano; todo giraba en torno a un solo objetivo: encontrar al fénix.
El imperio se había dividido para su búsqueda. Algunos jinetes permanecían en Arcadia, defendiendo la fortaleza y sus fronteras. Otros habían sido enviados a Novadia para reforzar las tropas. Pero su pelotón…, a pesar de ser principiantes, ellos no se quedaron. Por alguna razón que nadie entendía del todo, el emperador quería que se mantuvieran juntos, que permanecieran como un grupo. Y esa unidad, esa insistencia, los había llevado a unirse al grupo que avanzaba hacia la cordillera de Aurik.
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El camino hacia Aurik estaba siendo largo y agotador. La marcha había durado todo un día, con decenas de jinetes de diferentes escuadrones avanzando en una formación interminable. Guerreros kailani, soldados imperiales y jinetes se movían a pie, abriéndose camino a través del terreno cada vez más hostil.
Mientras tanto, los jinetes más experimentados de mantícoras e hipogrifos sobrevolaban sus cabezas, dejando atrás a los que avanzaban por tierra. Elandra había perdido la cuenta de cuántas veces había visto esas enormes criaturas pasar sobre ellos a toda velocidad hacia el oeste.
El pelotón de Elandra seguía adelante, manteniendo la formación con una precisión casi mecánica. No había tiempo para conversaciones ni distracciones. Las paradas eran mínimas: un bocado rápido, aliviarse tras algún árbol y de vuelta al camino. Cada rostro reflejaba el mismo objetivo: continuar la búsqueda. Encontrarla. Todo lo demás era irrelevante.
A medida que avanzaban, Elandra notó cómo el paisaje se transformaba, y con él, su propia inquietud. Las tierras de Aurik tenían algo profundamente perturbador. Lo primero que captó su atención fue la vegetación… o la ausencia de ella. El vibrante verde del imperio se había desvanecido. Allí, la maleza era negra, seca, quebradiza, como si el suelo mismo estuviera maldito. Los árboles no eran árboles, sino sombras de lo que alguna vez fueron. Retorcidos, desnudos, sus ramas deformadas se alzaban como garras en un intento desesperado de rasgar el cielo gris y sin vida.
—Restos de la guerra de las Sombras Eternas.
Elandra giró la cabeza hacia la derecha, donde un jinete de nightmare montaba cerca de ella. Era Leone, uno de los miembros de su escuadrón.
—¿Tú… tú estuviste allí? —preguntó Elandra curiosa.
Leone negó con la cabeza y dejó escapar un leve suspiro.
—No, fue mucho antes de mi tiempo. Yo fui reclutado hace doce años, tres generaciones antes que tú. Pero sé la historia. Se cuenta mucho sobre Aurik entre los nuestros. Aunque, en todo este tiempo, solo he pasado por aquí dos veces.
Elandra asintió, sus ojos recorrían el paisaje destruido buscando algún indicio de lo que había sido.
—¿Qué pasó exactamente aquí?
—Aurik era la región más mágica del imperio. Antes de la guerra, esto era un paraíso, lleno de energía y vida. Las leyendas dicen que la magia
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aquí era tan densa que podías sentirla al respirar. Pero durante la guerra de las Sombras Eternas… —señaló un árbol retorcido con una rama caída al suelo— todo cambió. Fue aquí donde el enemigo más peligroso del imperio lanzó su último ataque. No dejó nada en pie.
Iron Shadow…
—¿Por qué parece que… todavía funciona? —preguntó inclinando ligeramente la cabeza—. Quiero decir, parece muerto, pero aún crece algo de hierba, el aire sigue moviéndose…
—Esa es una de las cosas extrañas de Aurik. La magia aquí está rota, pero no destruida del todo. Este lugar sigue las leyes de la naturaleza. En verano, hace un calor insoportable, y en invierno, nieva como si estuvieras en las montañas de Pramvera. Pero nada vuelve a ser como era. Es como si estuviera atrapado entre la vida y la muerte.
Elandra echó un vistazo por encima del hombro en busca de alguien. Allí estaba Liral, como siempre, envuelta en esa capucha negra que parecía absorber la poca luz que quedaba en el paisaje. Montaba en Dargan con su mirada afilada y esa postura de quien tiene todo bajo control aunque el mundo se esté desmoronando a su alrededor.
No había abierto la boca desde que todo comenzara. Ni una palabra desde que decidió, por cuenta propia, salir tras el fuego esmeralda, desobedeciendo órdenes directas. Cualquier otro jinete habría terminado con una reprimenda pública, tal vez hasta en las celdas durante un tiempo, pero con Liral… nada. Eso a Elandra le hervía la sangre. ¿Cómo era posible que no la hubiesen castigado?
Sabía que algo había pasado. Algo importante que Liral no estaba dispuesta a compartir. Su silencio era casi más ruidoso que cualquier palabra. Elandra podía sentirlo en el aire, en esa forma en que Liral evitaba las miradas del resto del pelotón, pero mantenía los ojos bien abiertos hacia delante, como si el camino tuviera todas las respuestas que necesitaba.
Y lo peor de todo era que Elandra sabía que no tenía sentido preguntarle. Liral era un muro. Si no quería hablar, no lo haría, y cualquier intento de arrancarle información terminaría con un «No es asunto tuyo» o, si estaba de humor, una mirada lo bastante helada como para dejar claro que no había nada más que decir.
—¿Y por qué cruzamos por aquí? —preguntó Elandra intentando sacudirse la incomodidad.
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Leone miró hacia delante, hacia el camino que se extendía frente a ellos.
—Estamos bordeando Aurik para llegar a la costa. Es donde el imperio quiere reunirnos.
—¿La costa?
—Sí. Es la parte del imperio que está más cerca de las tierras de Bankai. Allí es donde parece que quieren enfocar la próxima ofensiva.
—Al parecer, Iron Shadow es el dueño de la llama valirio. Y no solo eso. También es el amo de este puto infierno llamado Bankai, el creador de los wendigos… y, por si fuera poco, el bastardo que se llevó a mi hermana. — Nolan estaba sentado en la arena, con las piernas estiradas y su mantícora justo detrás de él.
Elandra, de pie y con los brazos cruzados, cambiaba el peso de una pierna a otra con el ceño fruncido.
—Pero no es seguro todavía. No sabemos con certeza si… si se la ha llevado.
—Se la ha llevado, pelirroja. —Liral levantó la mirada, apoyada sobre Dargan—. Se la llevó delante de mis putas narices. No me vengas con dudas.
—Joder, maldita sea. —Adriel, de pie con los brazos en jarra, pateó la arena con frustración, como si eso pudiera arreglar algo.
El grupo se había apartado del bullicio de la playa, alejándose de las tiendas y del ir y venir frenético de soldados y jinetes. Las bestias descansaban cerca, algunas tumbadas sobre la arena húmeda, otras moviendo las colas con impaciencia, lo que reflejaba el nerviosismo de sus jinetes. Habían formado un círculo cerrado, los cinco y sus criaturas, separados del caos que los rodeaba.
—¿Esto es un maldito circo o qué? —gruñó Elandra al tiempo que lanzaba una mirada hacia atrás. Los soldados apenas podían coordinarse; había más gritos que órdenes claras, y algunos parecían más ocupados discutiendo que haciendo algo útil.
—Lo de siempre —respondió Nolan, sin apartar la vista del mar mientras giraba una daga entre los dedos—. La mitad no sabe qué hacer, y la otra mitad no sabe cómo hacerlo.
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—Y mientras tanto, nosotros aquí, esperando como idiotas —añadió Liral—. Como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
Nadie respondió de inmediato. Estaban cansados, frustrados. Habían perdido demasiado en los últimos días.
—¿Sabéis qué me jode más? —dijo Nolan de repente—. Que mientras estos imbéciles no saben ni dónde tienen la cabeza, Eda está… —Se detuvo y apretó los dientes—. Está con él. Con Iron Shadow.
—Sabes que no fue su elección. Si Iron Shadow la tiene, es porque la arrastró a ese maldito lugar —dijo Calen.
—¿Y qué hacemos nosotros? —Nolan se levantó de un salto, la daga aún en su mano—. ¿Esperar? ¿Jugar a ser buenos soldados mientras ella está… quién sabe dónde, rodeada de wendigos y de ese cabrón?
Liral lo miró fijamente.
—Si crees que lanzarte al fuego es la solución, adelante. Pero Iron Shadow no es alguien a quien puedas matar con una daga y una mantícora. Esto no es una pelea, Nolan. Es una cacería, y nosotros somos la presa.
Nolan se pasó las manos por el cabello rubio, despeinándolo aún más, antes de hablar de nuevo:
—El poder de la llama de Eda estaba atrayendo a los wendigos.
Durante sus entrenamientos, era como si los llamara. —Lanzó la daga—.
Joder, lo sabía. Sabía que algo iba mal, sobre todo el día que se vinculó.
—¿Qué pasó exactamente ese día? —preguntó Elandra.
Nolan suspiró.
—Yo no estuve allí cuando ocurrió, pero esto es lo que sé. —Se limpió las manos llenas de arena mientras hablaba—. Los escuadrones de Novadia se desplegaron hacia Pramvera. Fue como si sus cuerpos les pidieran que tenían que ir. Nadie entendía qué estaba pasando. Y luego… trajeron a Eda inconsciente. Con el fénix. Decían que este había nacido de ella. —Nolan tragó saliva—. Decían que nació cuando… murió.
—¿Cómo que murió? —Los ojos de Adriel se abrieron como platos—. ¿De qué coño estás hablando? ¿Qué significa eso?
Antes de que Nolan pudiera responder, Calen, que hasta ese momento había estado observando en silencio, tomó la palabra:
—Se dice que ella contó que la atacaron mientras volaba montada en el dragón. Que alguien le lanzó una lanza —hizo un gesto con la mano, como si lanzara algo invisible—, y que la atravesó. Fue mortal. Y entonces… el fénix nació. Eso es lo que escuchamos hace dos semanas, pero no…
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—¿Y saben quién lo hizo? —preguntó Elandra.
Nolan negó con la cabeza frustrado.
—Ni puta idea. Ni Calen ni yo supimos quién fue. Solo rumores. Elandra entrecerró los ojos, su mente trabajaba rápidamente. —¿Creen que fue Iron Shadow? —preguntó mirando a Nolan y luego
a Calen.
—No tengo ninguna duda. No después de todo esto. No después de que se la haya llevado.
Elandra apretó los labios intentando encajar todas las piezas. —Pero… —comenzó Liral mientras se alejaba un poco de Dargan y se
cruzaba de brazos—. ¿Por qué querría que Eda se vinculara? Si realmente fue él quien le lanzó esa lanza…, tenía que saber lo que pasaría, ¿no? ¿Por qué lo haría?
Nolan se encogió de hombros.
—No lo sé. Joder, no sé nada. Pero si ese cabrón le hace algo…
—No creo que su intención sea hacerle daño. —Liral miró a Nolan—. No cuando tiene al fénix con él. No cuando tiene la llama de Eda. Sería un completo idiota si intentara destruir lo que claramente necesita para sí mismo.
Nolan dio un paso hacia ella, sus ojos ardían de ira.
—¿Que su intención no es hacerle daño, Liral? ¿De verdad estás diciendo eso? ¡Si sigue viva, es de milagro! —exclamó, mientras tiraba de su melena rubia.
—Liral tiene razón, Nolan —intervino Calen—. Si Iron Shadow realmente quisiera destruirla, ya lo habría hecho. No tiene sentido mantenerla con vida si su intención es acabar con ella.
—¿No tiene sentido? —le espetó Nolan señalando a Calen con un dedo acusador—. ¡Nada de esto tiene sentido!
Antes de que pudiera responder, Adriel alzó la voz desde el círculo:
—Entonces, estamos hablando de tres llamas, ¿no? —Señaló con los dedos mientras enumeraba—. La del emperador, que es negra. La de Eda, azul. Y la de Iron Shadow, que es esmeralda.
—¡Joder! —Nolan explotó interrumpiéndolo—. Ni de coña es lo mismo. ¿No viste lo que salió de ese fuego verde? ¿No oíste los gritos? ¡Eso no es una llama, es puro mal!
—Yo estuve allí —dijo Liral sin levantar la voz, pero logrando que todos se giraran hacia ella. Elandra, que había intentado mantenerse al
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margen, frunció el ceño mientras la miraba.
—¿Qué fue lo que viste?
—No estoy segura de que el fuego esmeralda le pertenezca a Iron Shadow.
—¿Cómo que no le pertenece? —preguntó Calen adelantándose con curiosidad.
—El fuego esmeralda… —Liral hizo una pausa, como si organizara sus pensamientos—. Fue apagado por las sombras. No se extinguió por voluntad propia. Iron Shadow lo apagó. Lo hizo usando pura oscuridad, sus propias sombras.
Nolan soltó una carcajada amarga y dio un paso hacia ella.
—¿Estás diciendo que ese cabrón, ese hombre que raptó a mi hermana y la tentó con su maldita oscuridad, intentó hacer el bien? ¿Que apagó ese fuego por algún tipo de… de misericordia?
—Nolan, cálmate. —La voz de Calen sonó autoritaria esa vez—. Está intentando explicarlo. Déjala hablar.
—¡Nada de esto tiene sentido! —gruñó Nolan, dando la espalda al grupo mientras se pasaba una mano por el rostro.
Liral, sin inmutarse, se encogió de hombros.
—No sé si tiene sentido o no, pero estoy contando exactamente lo que vi. Nada más.
La conversación se desbordó. Todos comenzaron a hablar al mismo tiempo, lanzando teorías y preguntas que nadie podía responder. Elandra, que había estado observando en silencio, sintió que el ruido se volvía ensordecedor.
Miró a su alrededor, al grupo perdido en discusiones, al mar rompiendo contra la orilla y a los enormes barcos que se acercaban a la costa. Las tiendas seguían levantándose, y las criaturas volaban de un lado a otro como si el mundo se preparara para algo inminente.
El sonido de una voz fuerte y autoritaria rompió el caos.
—¡Se acabaron las discusiones, novatos! —Alaric, líder de su escuadrón, se acercaba a ellos montado en su majestuoso nightmare, sus patas levantando pequeñas nubes de arena con cada paso.
Todos se quedaron callados al instante y se enderezaron en el acto. —Tenéis entrenamiento en diez minutos. —Alaric los observó a todos
con dureza, sus ojos pasando de uno a otro como si evaluara sus ánimos—.
Vais a entrenar en grupo. Se acabaron las distracciones.
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Elandra no estaba de humor para nada, pero no podía negar que ver a Alaric imponiéndose le alegraba el día, aunque solo fuera porque rompía la tensión. Todos asintieron en silencio y comenzaron a moverse hacia sus criaturas, y mientras los demás jinetes se organizaban, Elandra se acercó a Alaric.
—Líder… —comenzó enderezándose en su montura con la espalda recta—. ¿Qué es con exactitud lo que estamos haciendo aquí, en esta playa? ¿Estamos esperando algo?
Alaric giró la cabeza hacia ella.
—Señorita Elandra, no estamos esperando a nadie. —Su tono era bajo, casi un susurro—. Ellos nos van a esperar en Bankai.
Elandra frunció el ceño, pero antes de que pudiera preguntar algo más,
Alaric añadió:
—Cruzaremos el mar. Atravesaremos la niebla. Y entraremos en su territorio. Vamos a por el fénix.
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Eda
El agotamiento de semanas de miedo constante me hundió en un sueño profundo, un letargo de tres días.
Cuando desperté, sentí la humedad en mi rostro, las lágrimas secas que se acumulaban en mi piel, como si en esos tres días de absoluto silencio el dolor me hubiera carcomido desde dentro, abriéndose paso, desgarrándome poco a poco. Cada rincón de mí se sentía débil, vacío… y, aun así, el peso en mi pecho no cedía.
Las imágenes de las últimas semanas danzaban en mi mente como pesadillas que no lograba sacudirme. La visión de las mujeres colgadas en el bosque, suspendidas bocabajo como trofeos, sus cuerpos inertes, reducidos a simples cadáveres bajo los árboles oscuros, y esos hombres…, esos seres inhumanos que se reían y burlaban esperando verme a mí colgada como a ellas, ansiando mi muerte.
Me había dejado atrapar tan fácilmente. Sin armas, sin protección, sin la mínima idea de los horrores que acechaban esos bosques. Me sentía estúpida y expuesta, vulnerable como nunca.
Sin duda, Dalton me habría gritado por ser tan inconsciente.
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Dalton… El nombre me hirió al recordarlo. La imagen de sus ojos, de su voz… Aquel en quien creía ciegamente, quien decía amarme, me había mantenido en la ignorancia. Todo ese tiempo me había ocultado la verdad, protegiéndome como si fuera débil, sin reconocer lo que yo era en realidad. Y ahora estaba allí, en el lugar al que sus secretos me habían llevado, prisionera del ser más oscuro que jamás había conocido.
Resultaba irónico que Iron, un monstruo despiadado, estuviera llenando el vacío de respuestas que Dalton nunca quiso ofrecerme.
La decepción era una espina clavada. Yo, que le había entregado mi cuerpo y mi alma, que había creído en cada promesa y que había terminado en ese castillo oscuro, bajo el mismo techo que el mismísimo demonio. Rodeada de enemigos, de sombras, de un poder que nunca imaginé.
A pesar de todo, el conocimiento que había reunido allí tenía un peso que no podía negar. Sabía cosas que en el imperio ni sospechaban, secretos que podían cambiar el rumbo de lo que estaba por venir, si lograba regresar con vida.
Miré alrededor y, al no ver a Kali, me dio un vuelco el estómago. Justo cuando el miedo empezaba a colarse en mi cuerpo, su voz sonó en mi cabeza y me tranquilizó al instante.
No te preocupes por mí, Eda. Estoy en la cocina comiendo.
Solté un suspiro de alivio y, tras recomponerme, me dispuse a alcanzarla. Pero antes busqué alguna ropa entre los muebles oscuros y antiguos de la habitación. Allí encontré mi antiguo uniforme, impecable y sin manchas, doblado con cuidado, pero no había rastro de mi espada. Solo tenía mis dos dagas.
Resoplé colocándolas en el cinturón y, con un deseo firme de encontrar a Kali, giré el pomo de la puerta. Al abrirla, la magia de Bankai pareció responderme: en lugar de los interminables pasillos del castillo, me encontré en la enorme cocina, un salón de piedra de superficies frías y de un tamaño que parecía hecho para alimentar ejércitos.
Kali estaba allí, picoteando carne cruda sobre una isla de carbón mientras unas jóvenes de aspecto etéreo la rodeaban encantadas y acariciaban sus plumas con admiración. Noté a Kali más grande, enorme, sus alas extendidas con un brillo más vivo que nunca, como si el tiempo también hubiera pasado para ella en esa habitación oscura.
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Syera, la anciana cadavérica, estaba al otro lado, observando a las jóvenes con esa expresión de desaprobación.
Apenas entré, el bullicio de las jóvenes se apagó y, con miradas rápidas entre ellas, se apartaron de Kali tras dedicarme una rápida reverencia antes de deslizarse en silencio hacia la salida. Todas tenían algo… roto. Una mostraba una herida abierta en el corazón, otra poseía una marca en la frente y la última presentaba una mancha oscura a la altura del estómago. Ver tanto vestigio de muerte me revolvió. Aquel lugar era más oscuro de lo que había imaginado.
—Buenos días, Syera —dije mientras me acercaba.
Syera, con su voz seca y sin mirarme, dijo:
—Después de dormir tres días enteros, niña, buenos días es decir poco. Acaricié a Kali, quien se acomodó a mi lado contenta y
despreocupada.
—¿Estaba haciendo esto mientras yo… dormía?
—Supongo que preguntas si andaba buscándose la vida mientras tú te desmoronabas en la cama como una niña perdida… —respondió con un destello de ironía—. Ha descansado bien, igual que tú, aunque parece que tiene un apetito más insaciable que el tuyo. No se conforma con lo que le dejamos.
Dicho esto, se giró y empezó a limpiar la cocina con un trapo, sin ningún interés en mí.
—¿Tienes hambre?
—Pues sí —respondí tratando de no parecer intimidada.
—Entonces prepárate algo. No soy tu madre ni tu sirvienta —me soltó con desdén, sin detenerse un instante en su limpieza.
Reprimí una sonrisa, aunque la rabia me hizo apretar los dientes. Aun así, recordé las palabras de Savannah sobre cómo funcionaban los deseos allí, así que cerré los ojos y me concentré en la imagen de una tarta de queso, la misma que mi madre solía hacerme cuando era pequeña. Cuando los abrí, ahí estaba, perfectamente servida.
Di un pequeño salto de alegría y, con una sonrisa triunfante, le dije:
—¿Lo ves, Syera? Aquí una aprende rápido. Parece que podrías
empezar a tomarte un descanso de tanta cocina…
Syera me miró midiendo cada palabra que iba a soltar con ese desprecio que parecía caracterizarla.
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—En menos de cinco minutos se te quitará esa sonrisita de la cara, niña.
La tarta de queso me levantó el ánimo… durante unos minutos, pero la sonrisa se me borró en cuanto Syera me dijo que tenía que ir al gran salón a ver a su «amo». Menudo arrogante, ¿de verdad hacía que todos lo llamaran así? Resoplé solo de pensarlo.
Cuando llegué a la puerta, el salón se desplegaba frente a mí como una escena de otro mundo en la que una mesa de madera oscura se extendía por lo menos cincuenta metros.
Al final de esta, Iron Shadow se inclinaba hacia delante, sus manos firmemente plantadas sobre la superficie, irradiando control absoluto. Su cabello blanco caía desordenado sobre su frente, donde algunas manchas de sangre aún se marcaban, vestigios de una cacería reciente. La misma sangre moteaba su jubón negro, que llevaba desabrochado y remangado hasta los codos, lo que dejaba al descubierto sus brazos tensos, en los que las venas se marcaban como líneas oscuras por toda la piel.
Parecía alguien que acababa de regresar del mismísimo infierno y se sentía cómodo trayéndolo consigo.
A su lado, había un hombre de cabello color chocolate, con un porte imponente pero curiosamente más humano, más terrenal que cualquier otra criatura que hubiera visto en aquel lugar.
El ruido de mis pasos sobre el cristal retumbaba por toda la sala. De repente, Iron asintió con un gesto leve, casi imperceptible, y antes de que pudiera reaccionar, el hombre a su lado se desvaneció en un segundo en un remolino de humo negro. Fue como si nunca hubiera estado allí.
—¿Quién ha sido tu víctima hoy? ¿Algún niño, tal vez? —le pregunté. Iron levantó la vista, sus ojos dorados captaban la luz tenue de las auroras que se reflejaban en el suelo de cristal negro. Su boca se curvó en una sonrisa cruel, como si mis palabras hubieran sido la broma más
insignificante que alguien le hubiese contado.
—Oh, Zafiro, no… Un niño no, aunque confieso que disfruto con tu imaginación —dijo con un tono que rezumaba sarcasmo—. Hoy me he ocupado de alguien mucho más importante para ti.
Sentí un escalofrío recorrerme y la sangre se me heló en las venas, pero le mantuve la mirada. No quería darle el placer de verme temblar.
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—¿Qué has hecho?
Iron dejó que el silencio se extendiera disfrutando de cada segundo.
Por fin, se incorporó y sus manos avanzaron sobre la mesa.
—Relájate, pequeña mártir. No he tocado a tu querido emperador… aún. Pero debo decir que está teniendo una semana interesante, con todos esos planes ridículos. —Su sonrisa se ensanchó—. Digamos que no es muy ingenioso, pero sí persistente.
El alivio fue inmediato, pero la rabia no tardó en seguirlo. Cada vez que Iron hablaba de Dalton era como si me clavara una espina en el pecho.
—Estás enfermo —solté tratando de mantenerme firme aunque el miedo me traicionara—. Dime…, ¿qué está haciendo Dalton?
Observó mi reacción sin un atisbo de emoción, era consciente de que estaba desesperada por saber algo de cómo andaban las cosas en el imperio, de si Dalton estaba bien…
—Haré lo que quieras a cambio de esa respuesta. Solo… contéstame.
Por favor.
Iron esbozó otra sonrisa helada.
—No ruegues, Zafiro. No es propio de ti. Menos de Kaiserin.
—No soy Kaiserin.
—Lo sé.
Iron mantuvo su silencio mientras me miraba como si midiera cuánto de mí podía destrozar solo con sus palabras. Finalmente habló:
—Basilius está reuniendo sus fuerzas, preparándose para cruzar el mar y adentrarse en el territorio Bankai.
Sentí como si el suelo se hundiera bajo mis pies. ¿Dalton iba a cruzar el mar? ¿Hacia aquel lugar? Mis pensamientos se arremolinaron, un torbellino de miedo y esperanza al saber que estaba buscándome, junto con el terror de imaginarlo allí, en ese reino sombrío que lo consumiría.
—¿Está… está intentando cruzar con los jinetes?
—Es más estúpido de lo que imaginaba. —No se molestó en suavizar su desprecio—. La niebla de ese mar ha destruido a cientos antes de él. Incluso si logran sobrevolarla, los absorberá. El mar no es indulgente. Y yo… tampoco lo soy.
La desesperación me atenazó al imaginar a Dalton y a los jinetes perdidos en ese mar. Todo en aquel lugar parecía creado para destruirnos, y yo sabía que él no entendía la magnitud de la oscuridad que habitaba allí.
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—Iron, tienes que detenerlo. Mándale un mensaje, dile que estoy bien y que no tiene que venir. Por favor, dile que… dile que estoy aquí porque yo… porque yo quiero.
Levantó una ceja y su expresión se endureció aún más.
—¿Y dejarlo irse con esa tranquilidad? —Soltó una carcajada—. No me hagas reír. Prefiero ver hasta dónde está dispuesto a llegar, hasta qué punto puede ser tan estúpido para intentar salvarte.
—¿Por qué te empeñas en hacerle sufrir? ¿Qué ganas con ello? — repliqué notando cómo mis manos temblaban al cerrar los puños.
—Gano el placer de verlo arder en su propia desesperación, de saborear cada error que comete por haberte dejado tan desprotegida. Su precioso Zafiro, al que abandonó a mi merced. ¿Y sabes qué es lo mejor? —dijo acercándose tanto que podía sentir su respiración—. Él lo sabe. Sabe que cometió un error al bajar la guardia, y no va a perdonárselo.
—Iron… —Traté de mantener la calma, aunque sentía que me desgarraba por dentro—. Al menos dile… dile que no es lo que piensa. La llama valirio… no es tu poder. Ese fuego pertenece a otro enemigo, a alguien más. No le hará bien enfrentarse a la niebla y la oscuridad sin saber que aquí no solo estás tú… —Las palabras se deshicieron en mi garganta.
Estaba rogando, y odiaba hacerlo.
—¿Y por qué debería advertirle de algo que no entiende, cuando puedo sentarme y verlo precipitarse en su propia perdición?
—¡Por una vez en tu vida, deja de pensar en tu maldito orgullo! —le grité, el dolor en mi pecho se tornó insoportable—. Esto no es un juego. ¿A cuántos más va a arrastrar en su desesperación? ¡Dile la verdad!
Iron Shadow soltó un gruñido bajo y oscuro, y en un movimiento explosivo, su puño impactó en la mesa de madera sólida, que se partió en dos como si estuviera hecha de vidrio. La fisura recorrió la superficie de un extremo al otro en un temblor que resonó a través del salón.
Retrocedí un paso y de pronto me di cuenta de la locura que cometía. Estaba cara a cara con el mismo enemigo que juré destruir, pero, por un segundo, una parte absurda de mí había creído que podía razonar con él.
—¿Te has olvidado de quién soy? Tus putas emociones humanas me importan tanto como el polvo. Basilius, tus seres queridos… son los primeros que arderán cuando acabe contigo. Cuando deje de usarte, Zafiro,
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iré a por cada uno de ellos, y no quedará nadie en tu imperio que no tiemble bajo mi sombra.
Antes de que pudiera pensar, mi cuerpo se movió por instinto.
Saqué la daga y, en un impulso lleno de odio, se la clavé en el pecho, directa al corazón. Mis manos temblaban, pero apreté con todas mis fuerzas y hundí el metal hasta la empuñadura.
Lo único que sentía era una furia que había sobrepasado el miedo. —Eres un monstruo —le escupí, las palabras impregnadas de asco y
rabia. Pero él no retrocedió. Sus labios se torcieron en una sonrisa gélida y sin vida.
En un parpadeo, su mano rodeó mi cuello y, antes de que pudiera procesarlo, me estampó contra la pared. El golpe fue tan brutal que me pareció que el cráneo se me partía en dos. El aire me abandonó y su mano fuerte me cerró la garganta.
—Y tú eres la única que aún no ha entendido lo que eso significa.
Sus ojos eran pozos de oscuridad, sin un rastro de vida. Mientras me sujetaba, pude ver un reguero de sangre escurriéndose por la daga clavada en su pecho, pero no parecía importarle. Ni siquiera mostró un atisbo de dolor; solo una quietud escalofriante.
Por fin, me soltó y caí al suelo, tosiendo y jadeando mientras intentaba recobrar el aliento y me llevaba las manos al cuello.
Con calma, Iron rodeó la empuñadura de la daga con sus dedos, y, con un tirón lento, la sacó de su pecho. La sangre goteaba de la herida, cada gota marcando el suelo con su oscuro rastro. Sostuvo la daga en la mano y la observó antes de lanzarla lejos, sin siquiera dignarse a mirarme.
—Es la segunda vez que intentas apuñalarme —dijo en un tono sin rastro de humor, ladeando la cabeza y con sus ojos ahora fijos en mí con esa mirada vacía.
—Y no será la última.
—Perfecto. Cada vez que esa rabia crezca en ti, será solo otra victoria para mí. Porque el odio, Zafiro… —Se acercó un paso y se inclinó hasta que su rostro quedó a un par de centímetros del mío, luego susurró—: El odio es el arma que más fácilmente se vuelve contra uno mismo.
Retrocedí, mis manos aún temblando. Había visto su verdadera naturaleza en ese momento, y era más aterradora que la de cualquier monstruo o sombra que jamás hubiera imaginado.
Él desvió la vista hacia el vacío.
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—¡Syera! —llamó, y en un instante la anciana apareció, sus ojos cadavéricos fijos en él a la espera de instrucciones—. Prepárale una bolsa con ropa, comida para dos semanas… y todo lo que pueda necesitar.
Syera observó la escena con una frialdad casi desquiciada, como si el hecho de que Iron tuviera el pecho aún sangrando por una herida abierta y yo buscara aire con la garganta amoratada no le provocara ni una pizca de sorpresa o compasión.
Sus ojos recorrieron a Iron de arriba abajo y se detuvieron apenas un instante en la mancha oscura que se extendía desde su corazón perforado para luego posar su mirada en mí, con esa expresión carente de emoción.
Entonces, con la misma indiferencia con la que había aparecido, se dio media vuelta y su figura se desvaneció entre las sombras, dejándome ahí, todavía tosiendo, mientras sentía la asfixia y el dolor arder en mi garganta.
—¿A dónde vamos?
Iron clavó sus ojos en los míos.
—Primero, nos aseguraremos de que tu querido emperador reciba el mensaje. Sabrán que estás… bien y, lo más importante, que ahora eres de mi propiedad. —Sus palabras cayeron en mi mente como piedras frías—. Y luego haremos aquello por lo que realmente has venido aquí. Se acabó el tiempo de llorar en la cama como una frágil humana.
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Eda
Nos desvanecimos a uno de sus bosques oscuros, donde el aire era húmedo y terroso, y el suelo crujía bajo mis botas como si las raíces muertas intentaran aferrarse a mí. El dolor punzante en el cráneo comenzaba a disiparse, pero el ardor en la garganta me recordaba que mi cuerpo aún estaba en guerra consigo mismo tratando de curarse.
Caminaba al lado de Iron, quien avanzaba como si aquella espesura no tuviera secretos para él. Cada detalle a mi alrededor me ponía los pelos de punta: las ramas de los árboles, retorcidas como garras enredadas, goteaban un polvo brillante que caía en cascadas lentas, como si lloraran estrellas. Pequeños destellos, como luciérnagas, flotaban entre el follaje, pero sus movimientos eran demasiado deliberados, parecían observar más que iluminar.
Entonces lo vi. Un lago oscuro y profundo, escondido entre el denso abrazo de los árboles. Su superficie no reflejaba el bosque que lo rodeaba; en cambio, parecía guardar un cielo entero en su interior, un cosmos infinito de estrellas titilantes atrapadas en el agua. Alrededor del lago, los árboles brillaban con un resplandor fantasmagórico, sus troncos cubiertos de un musgo plateado, con las hojas translúcidas y llenas de pequeñas
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vetas que brillaban como hilos dorados y que dejaban caer un polvo que quedaba suspendido en el aire como diminutos fragmentos de luz.
Era como si reconociera ese lago… como si lo hubiese visitado antes en un sueño, en esas noches en que una voz desconocida me llamaba desde las profundidades.
—¿Qué es este lugar? —pregunté con la vista fija en la superficie del agua—. Este lago… lo he visto antes, en sueños.
—Mis puertas son caprichosas. Son conexiones entre mundos, lugares que solo yo puedo controlar. Pero este… —dijo haciendo un ademán hacia el lago— es más que eso. Y, por lo visto, también es una de esas puertas. —Se giró y volvió a mirar el agua con indiferencia—. Aunque, claro, tú no necesitas saber a dónde nos llevará exactamente.
Se metió la mano en el bolsillo, sacó una cinta roja y me la tendió con una sonrisa.
—¿Qué es esto? —pregunté sospechando sus intenciones.
—Es para ti. Vas a taparte los ojos —dijo con una ceja levantada—. No necesito que veas a dónde vamos. No quiero que puedas describir estos caminos cuando vuelvas y le cuentes todo a tu emperador. ¿Entendido?
Lo miré, mi mandíbula apretada, pero sabía que no tenía otra opción. Asentí, aunque cada parte de mí se rebelaba contra la idea. Solo quería llegar a Dalton, verlo, escuchar lo que tenía que decir. Ahora ya no importaba el precio.
Tomé la cinta de sus manos con brusquedad y me la coloqué sobre los ojos, tratando de ignorar su mirada fija. Pero antes de que pudiera atarla, sentí su presencia detrás de mí.
—¿Es necesario que me lo ates tú?
—Sí. No me fío de que hagas algo tan simple sin estropearlo. Además…, disfruto con tu incomodidad. Me divierte verte luchar contra ti misma. —Sus manos se posaron sobre la tela y la ajustaron con una precisión que me sacaba de quicio.
Apenas unos minutos atrás había intentado matarlo. Él había respondido casi rompiéndome la garganta. Y ahora estábamos allí, fingiendo que nada de eso había ocurrido, como si este juego entre los dos fuera lo más natural del mundo.
—No podemos dejar que nos vean así —murmuré en un intento de llenar el incómodo silencio mientras ajustaba la cinta sobre mis ojos—. Si
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Dalton me ve con estas marcas en el cuello, y a ti con la ropa ensangrentada, no creerá nada de lo que le diga.
Sentí su proximidad detrás de mí y, de repente, su mano rozó mi mejilla. El olor metálico, ácido, era inconfundible. Sangre.
El corazón me dio un salto y, sin pensarlo demasiado, levanté un poco la cinta de mis ojos, solo lo suficiente para poder ver. Y allí estaba. Su palma abierta mostraba una herida que goteaba lentamente, una gota de sangre deslizándose hasta el borde antes de caer.
—¿Qué quieres que haga con…?
—Lame mi sangre.
Retrocedí de inmediato, pero él se movió más rápido. Tomó mi mandíbula y acercó su mano herida a mis labios.
—Hazlo —ordenó.
La herida rozó mi boca y el aroma acre invadió mis sentidos. El sabor, dulce y embriagador, completamente distinto a cualquier otra cosa que hubiera probado o imaginado, inundó mi lengua. Mi resistencia se desmoronó como cenizas en el viento. Sin pensar, mis labios se cerraron alrededor de la herida y una ola de calor se expandió por mi cuerpo, empezando desde el estómago hasta cada extremidad. Mi voluntad se desvaneció, borrada por el deseo primitivo que aquello provocaba.
No podía detenerme. Estaba atrapada, sumergida en un sabor que me dominaba. Mi espalda se pegó a su pecho buscando más, como si la distancia entre nosotros fuera insoportable. Mis manos se alzaron y se aferraron a su muñeca, temiendo que pudiera apartarme, que me privara de aquel… placer.
Su respiración, controlada y casi burlona, era lo único que escuchaba mientras continuaba rendida. Hasta que, de repente, quitó su mano de mi boca, rompiendo el hechizo con una facilidad casi cruel. El vacío fue inmediato y abrumador. Me tambaleé hacia atrás y mis manos intentaron aferrarse al aire en busca de algo que ya no estaba allí. La realidad me golpeó como un cubo de agua fría y trajo consigo la vergüenza y la confusión. Miré sus ojos dorados, que ahora brillaban con un placer cruel mientras observaba mi desconcierto.
—Bien, eso bastará para sanar las marcas en tu cuello, la herida de tu cabeza y… —Su voz me hizo levantar la vista tras la cinta. Estaba ahora frente a mí—. Para borrar esa cara de niña que parece haber llorado durante años.
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Sentí cómo el calor subía por mi rostro, más de vergüenza que de rabia.
—¿Qué… qué acaba de pasar? ¿Por qué tu sangre…? —balbuceé tocando mis labios con los dedos, todavía aturdida.
Iron limpió la sangre de su mano con una despreocupación insultante en sus pantalones oscuros.
—Ahora me toca a mí —anunció, y esa sonrisa torcida apareció en su rostro, dejando entrever unos colmillos largos y afilados.
Dio un paso hacia mí y yo retrocedí de inmediato, levantando las manos como defensa.
—Si das un paso más, te juro que te arranco esos colmillos, uno por uno.
—Tranquila, Zafiro. Incluso puedes elegir dónde quieres que te muerda. No dolerá… mucho.
Su tono me hizo querer lanzarle algo, pero en su lugar toqué mi cuello sorprendida. El dolor había desaparecido. No solo eso; sentía la mente despejada, como si una nube pesada se hubiera disipado. Algo extraño estaba pasando.
—¿Qué diablos ha sido eso?
—Tu sangre y la mía son iguales, Zafiro. Ambas llevan magia, más poderosa de lo que imaginas. Pero aquí está el truco: mi sangre no funciona en mí, y la tuya no funciona en ti. Si las intercambiamos… aceleran la cicatrización. Es útil, ¿no crees?
Lo miré con desconfianza y di un paso hacia atrás.
—¿Útil? Suena a una excusa barata para morderme.
—Bueno, técnicamente lo es —admitió—. Ahora, dame tu muñeca. Necesito algo que cubra el agujero que me dejaste en el pecho. —Antes de que pudiera procesarlo, me tomó la muñeca y la acercó a sus labios.
Sus colmillos se deslizaron aún más, mientras mantenía los ojos fijos en los míos, como si me advirtiera de un peligro invisible que solo él controlaba.
No tuve tiempo de retroceder antes de sentir la presión de sus colmillos hundiéndose en mi piel, una punzada leve, apenas una molestia…, pero el pulso se me disparó como una tormenta desatada en mis venas.
Cada latido retumbaba en mis oídos amplificado, y un extraño cosquilleo me recorrió desde la muñeca hasta cada rincón de mi cuerpo,
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despertando una sensación de alerta. Las piernas flaquearon y, en mi intento de estabilizarme, él me sostuvo con más fuerza sin apartar la vista.
Odiaba esa mirada.
Puso los ojos en blanco y entendí con horror que estaba disfrutando cada segundo de aquello. Cuando al fin se apartó, se pasó una mano lentamente sobre su boca para limpiar con su pulgar el rastro de mi sangre. No dejó de mirarme ni un segundo, como si disfrutara de mi incomodidad.
Con rapidez aparté la mirada hacia mi muñeca, donde los dos puntos marcados por sus colmillos comenzaban a cerrarse. Aún sentía aquel cosquilleo extraño recorriéndome… La froté contra mis pantalones, desesperada por borrar cualquier rastro de él, y luego intenté limpiar la sangre de mi boca.
—Eres un…
—Bien, ya estamos listos para ver a tu amado —me interrumpió Iron
—. Aunque, claro, hay un pequeño detalle. Me olerá en ti. Y a ti en mí. Espero que no le moleste nuestro pequeño… intercambio.
—Eres un miserable.
Iron dejó escapar una carcajada seca y apartó los ojos como si mis palabras no fueran más que un zumbido molesto.
—Ponte la cinta sobre los ojos. Nos vamos —ordenó.
A mis pies, Kali se movió inquieta, observándonos con esos iris luminosos que parecían saber demasiado.
—¿Y qué pasa con Kali?
—La dejaré dormida —respondió con total calma—. Estará segura en las sombras y se moverá con nosotros sin problemas.
—¿Dormida? ¿Cómo que dormida? Ella no necesita descansar. —Ella ya sabe lo que va a pasar —dijo con sencillez.
—¿Cómo que lo sabe? ¿Acaso puedes hablar con ella? —Sentí una punzada de celos que no esperaba, un resentimiento que me golpeó antes de poder contenerlo. Se la veía siempre tan tranquila con él, tan… confiada.
Iron se inclinó ligeramente.
—Pregúntaselo a ella, si tienes tanto interés. —Se giró sin esperar respuesta—. Ahora, cúbrete los ojos. Y deja de cuestionarme si no quieres que esta conversación termine de una forma que no te guste.
Menudo idiota. Quería matarlo, destrozarlo, pero sabía que sería inútil. Quise insistir, gritarle, pero el miedo a lo que podría escuchar me dejó la
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lengua pegada al paladar. No tenía sentido seguir luchando; no con alguien como él. Su poder y su maldita certeza de que todo lo sabía y todo lo controlaba eran inalcanzables para mí. Por ahora.
Entonces, sin previo aviso, me alzó en sus brazos como si no pesara nada.
—¡Suéltame, imbécil! —gruñí retorciéndome, pero su agarre se hizo más fuerte y sus dedos se clavaron en mis costados hasta arrancarme un jadeo de dolor.
Antes de que pudiera replicar, saltó. Sentí cómo mi estómago se hundía, pero no hubo impacto ni agua como aquella vez en el lago negro. Aquello era diferente, peor. Parecía como si el mundo hubiera desaparecido bajo mis pies, tragándonos en un vacío infinito.
—¡¿Qué estás haciendo?! —grité mientras apretaba mis brazos contra su cuello y todo a nuestro alrededor se descomponía en sombras que giraban como un torbellino.
—No hagas tanto ruido. Nadie va a escucharte aquí.
La ausencia de todo, de olor, de sonido, incluso del tiempo, me hacía sentir como si cruzáramos un lugar que no pertenecía a este mundo.
—¿Qué es este sitio?
—Un atajo. —Su respuesta fue escueta.
Después de lo que parecieron minutos eternos, una sacudida repentina me alertó de que habíamos frenado en seco. Sus dedos me oprimieron, casi como un recordatorio de que seguía siendo su maldita carga. Cerré los ojos y traté de calmar el vértigo que me recorría el cuerpo.
—Ya puedes dejar de estrecharme como si fuera tu emperador.
Bajé como pude, mis piernas se tambalearon al tocar el suelo, pero lo logré sin que él tuviera que ayudarme. Me mantuve en silencio, tragándome las palabras que me hervían en la garganta mientras él tiraba de la cinta sobre mis ojos y la dejaba caer al suelo.
Lo primero que noté fue el olor a sal, ese aroma familiar que me llenó los pulmones de golpe, y luego el sonido de las gaviotas.
Estábamos en una playa desierta. El mar se extendía hasta donde alcanzaba la vista, infinito y sereno, con olas que rompían suavemente contra la orilla.
Me giré hacia él esperando alguna explicación, pero Iron estaba de pie y observaba el horizonte con las manos en los bolsillos, como si ese lugar
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no tuviera más importancia que cualquiera de los otros por los que ya habíamos pasado.
—¿Por qué aquí? —quise saber.
—Porque es lo que pediste. —Me miró de reojo—. Querías ver a tu amado, ¿no?
—Pero ¿dónde está el ejército? —pregunté mientras mis ojos escudriñaban el horizonte buscando un indicio, cualquier señal de los soldados imperiales de Dalton.
Y entonces llegaron los olores y uno tras otro invadieron mis sentidos sin piedad. Primero, el inconfundible aroma a cuero y metal de las armaduras, mezclado con algo más salvaje: el sudor y el aliento de las criaturas que acompañaban a los soldados. Hipogrifos, mantícoras…
Luego, un hedor amargo y agresivo que me revolvió el estómago: los nightmares y las bestias desplazadoras. Había algo en ellos que siempre olía a podredumbre, como si pertenecieran más a la muerte que a la vida. Pero en medio de todo ese caos y violencia, algo sobresalió.
Un rastro familiar.
Mi mente se detuvo. Era un aroma que conocía demasiado bien, incluso cuando intentaba ignorarlo. Dalton.
Sentí que el aire se detenía en mis pulmones y, por un instante, mi visión se nubló. Mis piernas flaquearon, y antes de darme cuenta, tuve que apoyarme en una roca que nos mantenía ocultos.
—Asómate —ordenó Iron sin mirarme siquiera.
Tragué el nudo en mi garganta y, con cautela, obedecí.
Ahí estaban. La playa era un despliegue impresionante de fuerza imperial: cinco enormes barcos, anclados no muy lejos de la costa, idénticos a los que recordaba de aquella vez que había navegado en uno de ellos. En la arena, los soldados formaban filas interminables en perfecta sincronía, algunos preparaban los barcos, otros afilaban las armas, como si se alistaran para una guerra sin retorno.
Y luego los jinetes. Criaturas de guerra alineadas, listas para el combate. Hipogrifos, mantícoras y otras bestias letales, todos entrenados, inquietos, esperando la orden para atacar. Todo el imperio parecía haber llegado a aquel lugar prohibido.
—Deshazte de cualquier idea de escape, Zafiro. No porque no puedas, sino porque si lo intentas, me aseguraré de que lo paguen todos. No me
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importa si es tu emperador de pacotilla, tus amiguitos o cualquier miembro de tu preciosa familia. ¿Lo tienes claro?
Quería gritarle, decirle que no era nadie para decidir sobre las vidas de los demás, pero el brillo cruel en sus ojos me detuvo. No estaba mintiendo, y eso me aterrorizaba más que cualquier otra cosa. Me tragué la rabia, lo miré con odio y asentí, porque sabía que no tenía otra salida. No por ahora.
—No pretendo escapar —murmuré casi gruñendo—. Solo deseo que me permitas enviarles un mensaje para que dejen de buscarme. No quiero más muertes, maldita sea. ¿Es tan difícil de entender?
—¿No quieres más muertes? —repitió con una burla helada—. Qué noble de tu parte. Pero, dime, Zafiro, ¿de verdad crees que si mandas un mensajito todo se resolverá? ¿Que tu emperador y sus perros se quedarán sentados mientras tú estás aquí conmigo?
Me crucé de brazos y le sostuve la mirada, aunque mi corazón latía como un tambor.
—Debo intentarlo. No sé cómo piensas que terminará esto, pero al menos no quiero que sea con más sangre en mis manos.
—Esa sangre ya está en tus manos. No importa cuántos mensajes mandes. —Se inclinó y alcé la mirada—. Tres minutos. Ni un segundo más. Hazlo breve, porque cuando termines, nos desvaneceremos. Tenemos cosas más importantes que hacer hoy.
—Me queda claro —dije dándome cuenta de que aquella era la única oportunidad que tendría para intentar detener a Dalton. Para decirle que no arriesgara su vida por mí.
Iron me hizo un gesto para que me acercara a la orilla.
—Ve, dile lo que quieras. Pero recuerda, Zafiro, no habrá otra ocasión como esta. —Sus palabras cayeron como un golpe—. Hazlo bien o prepárate para las consecuencias. Que empiece el espectáculo.
El mundo a nuestro alrededor volvió a disolverse.
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Liral
La escena era desoladora.
La playa, antes tranquila, parecía un campo atrapado en la antesala de un desastre. Montones de arena se apilaban junto a fragmentos de madera dispersos, como si el viento y las olas hubieran conspirado para crear un desorden inquietante.
Y en el centro, estaba el imperio, alistando sus fuerzas.
Sabían que, en algún lugar cercano, estaba Eda. Era el enigma que todos querían resolver, el objetivo por el cual moverían cielo, mar y tierra.
Liral tenía la mirada fija en cada soldado, en cada líder que andaba por la playa con nerviosismo. Pero su atención se centró en Dalton Basilius, el emperador, quien discutía acaloradamente con el comandante y la capitana. Había algo en la manera en que su voz se tensaba, en la rigidez de sus hombros… Algo iba mal. Muy mal. Y no tenía que ver con la desaparición de Eda, no de forma directa. Aquello era diferente.
Liral ladeó la cabeza para observarlo con más atención. Sabía que
Dalton ocultaba más de lo que decía, pero algo en su manera de actuar…
Cómo le había cogido la cabeza a ella para leerle los pensamientos…
Quería destrozarlo, quería destripar a su emperador.
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Los demás no parecían notarlo, o quizá no querían. Nolan seguía histérico y lanzaba órdenes sin una dirección clara, mientras aseguraba que Iron Shadow tenía todo que ver con ese fuego esmeralda. Pero Liral sabía que no. Esas llamas no pertenecían a Iron.
Su mirada se desvió hacia Elandra, quien montaba a Afra distraída y le acariciaba el lomo mientras miraba fijamente a Alaric. Y ahí estaba, ese suspiro de la pelirroja que irritaba a Liral más de lo que quería admitir. «Menuda pervertida está hecha», pensó, y de repente su irritación se convirtió en algo más.
«¿Qué tiene él que no tenga…?». El pensamiento la golpeó antes de que pudiera detenerlo, pero no tuvo tiempo de explorar esos celos. Porque entonces algo sucedió. Un movimiento fugaz por el rabillo de su ojo izquierdo, una sombra que se coló en la playa.
El Zafiro.
Lo que todos estaban buscando, justo frente a sus ojos.
Allí estaba Eda, de pie en la playa, con la mirada fija en los soldados, como si buscara algo o a alguien entre ellos, y a su lado, una figura encapuchada se alzaba, alta y aterradora. Las sombras se retorcían a su alrededor y caían en pliegues infinitos.
Detrás de ellos, el fénix flotaba en una nube de humo negra que lo sostenía como si fueran manos etéreas, su llama se hallaba completamente apagada.
Dalton fue el primero en reaccionar. Con un movimiento rápido, desenfundó su espada y la apuntó directa hacia Iron Shadow. Desde debajo de la capucha oscura, una sonrisa apenas visible pareció dibujarse en el rostro de la muerte, como si se deleitara con la tensión que había creado.
Sin previo aviso, Iron Shadow soltó a Eda, con un gesto que parecía decir «Aquí la tienes, si tanto la quieres». Pero ella no se movió. Ni un maldito paso dio. Su cuerpo seguía quieto, sus ojos fijos en Dalton, vacíos de emoción. No había cuerdas, ni sombras sujetándola. Eda era libre, pero seguía plantada al lado de Iron Shadow, pegada a él como si su lugar fuera ese, como si no tuviera intención alguna de moverse.
—Dalton, ni un maldito paso. Por favor, no te muevas —ordenó Eda alzando un brazo hacia él—. Y que nadie use su poder. Ni un jinete, ni un soldado ni una criatura. Que nadie actúe. Absolutamente nadie.
La respuesta fue inmediata. Los soldados, los jinetes e incluso las bestias se quedaron paralizados. No era miedo lo que los frenaba, sino algo
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peor: esa autoridad implícita en su tono que no dejaba lugar a dudas.
Eda ni siquiera se molestó en llamarlo «emperador» o «alteza». No, simplemente «Dalton». La familiaridad en su voz era tan descarada que Liral no pudo evitar alzar una ceja. Los rumores de lo cerca que estaban esos dos, por muy negados que fueran, parecían contener más verdad de lo que nadie quería admitir.
Dalton Basilius seguía con la espada levantada, mirándola como si fuera un fantasma. Era como si intentara convencerse de que realmente estaba allí, viva y respirando frente a él. Después de lo que había ocurrido, después de las historias que habían corrido como la pólvora, todos habían asumido que la llama valirio la había consumido por completo.
Pero Liral sabía mejor que nadie que eso era mentira. Ella lo había presenciado todo. Había estado ahí viendo cómo Eda entraba en esas malditas llamas. Y sí, Dalton también lo sabía.
A Liral le recorrió un escalofrío al ver cómo en la sonrisa de Iron Shadow brillaban unos colmillos afilados, hechos para desgarrar carne y romper huesos. Pero no fueron estos los que la hicieron temblar. Fueron las sombras.
Se retorcían a su alrededor como si estuvieran ansiosas por devorar algo, lo que fuera. La manera en que enroscaban le resultaba enfermizamente familiar. Sombras que no solo existían; susurraban, llamaban, como si estuvieran conectadas a algo dentro de ella que no quería reconocer.
La capitana lo había dicho una vez: «La oscuridad es oscuridad». Pero ahora lo entendía. No eran solo palabras. Era real. Y esa maldita sombra que rodeaba a Iron Shadow era como mirar un espejo torcido.
Echó una rápida mirada a Elandra, que permanecía rígida sobre su nightmare. Había algo en la forma en que sus manos se tensaban en las riendas, en la postura demasiado fija de su espalda. Ella también lo sentía. Ese vacío oscuro, esa conexión retorcida que las unía a las sombras. Y aunque no lo admitieran, ambas sabían que algo de eso les pertenecía.
—Dalton, sé que esto no tiene sentido, que todo lo que estás viendo parece una locura. Pero tienes que escucharme, y rápido, porque no voy a repetir esto. —Eda sostuvo la mirada del emperador—. Iron Shadow no me ha secuestrado. Estoy aquí por voluntad propia. Y escucha bien: él no tiene nada que ver con la llama valirio.
El silencio fue brutal.
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Dalton apretó los dientes y su mano se apretó alrededor de la empuñadura de la espada, pero a lo lejos, Liral sonrió. Una sonrisa pequeña, cargada de satisfacción. Por fin, por fin todo encajaba. Ella había tenido razón. Joder, qué bien se sentía tener la razón. No pudo evitar arquear una ceja, disfrutando un poco más de lo que debería.
Dalton Basilius, el emperador de Pramvera, rugió como un animal herido:
—¿Voluntad propia? —La incredulidad le cortó la voz—. ¿De verdad esperas que crea esto? ¿Que acepte esto? —Dio un paso hacia delante—. Esto es un maldito truco. Una manipulación suya. Porque esta… —hizo un gesto hacia Eda con la punta de la espada— esta no eres tú. La Eda que conozco nunca se pondría de su lado. Nunca permitiría esto.
Eda quedó en silencio un instante, como si buscara algo en sus palabras. Luego apartó la mirada y, con una tranquilidad que bordeaba la frialdad, se giró hacia Iron Shadow.
—Hazlo —le ordenó a la muerte—. Transfórmate.
Eda acababa de darle una maldita orden al hombre de las sombras, al monstruo que comandaba un ejército de muertos vivientes, de horrores que podían arrancarte el alma con un solo toque. Y lo que más sorprendió a Liral no fue la orden en sí, sino lo que ocurrió después.
Iron Shadow dejó escapar un gruñido profundo, una vibración grave que pareció sacudir la playa entera. Era un sonido primitivo, amenazante, como si la bestia que llevaba dentro estuviera a punto de liberarse. Aquel rugido no venía de un hombre; era algo más oscuro, algo que ni siquiera pertenecía a este mundo.
Entonces sucedió.
La figura sombría de Iron se desvaneció como humo, y en su lugar quedó algo que hizo que incluso el emperador retrocediera un paso. Ahí estaba, de pie, con un rostro idéntico al del Dalton Basilius. La misma mandíbula fuerte, el mismo cuerpo, esa postura de quien está acostumbrado a mandar. Era como si el verdadero Dalton Basilius se mirara en un espejo, un reflejo que lo retaba y se burlaba de él.
—¿Contento, Basilius? —dijo Iron Shadow, imitando a la perfección no solo la voz de Dalton, sino su arrogancia, su cadencia, cada matiz de su tono.
El emperador retrocedió un paso.
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—¡Suéltala, muerte! —rugió, y al hacerlo, un torrente de llamas negras brotó de su cuerpo hasta envolverlo en un aura que parecía arder con cada palabra. Su poder se desató, feroz e implacable, iluminando el espacio con un resplandor que devoraba las sombras a su alrededor.
Eda dio un paso adelante con una mano levantada, como si pudiera detener esa tormenta que crecía en Dalton, como si sus palabras pudieran apagar las llamas que lo consumían.
—¡Dalton, por favor, escúchame! No me ha secuestrado. Estoy aquí porque necesito respuestas. Necesito saber quién soy de verdad, lo que soy.
«Lo que soy…».
Dalton la miró como si acabara de recibir un golpe en el pecho, su rostro era una mezcla de rabia y algo que se parecía demasiado al dolor.
—¿Qué te ha hecho, Eda? —espetó con el rostro descompuesto—. ¿Qué te ha metido este demonio en la cabeza?
—Dalton Basilius, siempre tan desesperado por creer que el maldito mundo gira a tu alrededor. Qué trágico es verte jugar al héroe. Pero, dime, ¿alguna vez, en esa cabecita llena de títulos y ego, se te ocurrió pensar que Eda no necesita que la rescaten? —Iron Shadow, aún con la figura de Dalton, soltó una risa grave mientras daba un paso—. Quizá, Basilius, lo que realmente necesita es que la dejen ser quien es, sin que un emperador con complejo de salvador decida por ella. Porque, créeme, lo último que quiere alguien como ella… es ser encadenada por un hombre tan predecible.
—¡Cállate, puto monstruo! —escupió el emperador.
Iron Shadow avanzó otro paso hacia Dalton Basilius, su sombra extendiéndose como un río oscuro que amenazaba con tragarse la playa entera. Pero antes de que su furia pudiera desbordarse, Eda se movió. Sin titubear, deslizó un pie hacia delante y se interpuso entre ambos, su cuerpo delgado enfrentado la presencia imponente de la criatura. Dalton se detuvo, sus ojos clavados en ella, incrédulo de que tuviera la audacia de frenar a esa bestia.
En un abrir y cerrar de ojos, Iron Shadow cambió, dejando atrás cualquier apariencia que tuviera que ver con Dalton Basilius. Su forma se expandió y las sombras lo envolvieron hasta convertirlo en una figura mucho más alta y grotesca. Su cuerpo parecía alimentarse de la oscuridad misma.
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Eda quedó completamente eclipsada bajo su sombra, su figura diminuta contrastaba con la monstruosidad que tenía detrás. No retrocedió, ni siquiera pestañeó. Las sombras rozaron sus pies, treparon por sus piernas, como si intentaran engullirla, pero ella permaneció inmóvil.
Desde su montura, Liral observaba e intentaba comprender lo que veía. «¿Qué está pasando? —pensó mientras su piel se erizaba—. ¿Cómo puede esta criatura ceder ante alguien como Eda?».
Iron Shadow no se movió, pero sus ojos, ahora dorados, miraban desde muy por encima de la cabeza de Eda, como un depredador que aún consideraba si atacar o retroceder. Su sola mirada era suficiente para aplastar la voluntad de cualquiera…, excepto la de ella…
Eda, sin un solo poder de vinculación activado, estaba frenando el avance de esa abominación, como si tuviera el control absoluto sobre la criatura más peligrosa que había conocido en su vida.
—No envíes a tus soldados, Dalton. No mandes a los jinetes cruzar el mar hacia Bankai. No hagas nada —dijo Eda—. Por favor, no me busques. Te prometo que volveré cuando entienda lo que debo hacer.
Dalton dio otro paso atrás, como si sus palabras lo hubieran golpeado. —No… no eres tú. —Su voz tembló—. La Eda que conozco jamás permitiría que la muerte ganara terreno. ¡Jamás! —Su mirada se endureció mientras apretaba los puños—. Mi Eda no se pondría al lado de ese
monstruo ni por un segundo.
«Mi Eda…».
—Dalton… No lo entiendes. Esto no va sobre ti, ni sobre nosotros. Es sobre lo que soy. Sobre lo que debo descubrir. Volveré, te lo prometo, pero ahora… no me busques.
Dalton apretó los dientes, temblando de rabia mientras su espada vibraba en su mano.
—Voy a matarte, Iron. Te juro que te arrancaré la vida con mis propias manos por esto, por lo que le estás haciendo. ¡Por lo que le hiciste a ella! —Sus palabras escupían veneno, su mirada fija en el hombre que representaba todo lo que odiaba.
—¿Matarme? —Iron Shadow levantó una ceja en un gesto burlón—. Basilius, llevo décadas esperando que digas esas palabras, pero ¿sabes qué? —Se inclinó ligeramente—. Ni siquiera puedes cumplir tus malditas promesas. Nunca lo has hecho. Es más, el primer juramento que rompiste… fue con tu amada esposa. Cuando la mataste.
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—¡Cierra esa maldita boca! —rugió Dalton, su fuego vibrando con furia.
El impacto de las palabras de Iron dejó al emperador paralizado un instante con la mirada fija en Eda. Ella, con la respiración entrecortada, parecía haber recibido el mismo golpe. Pero cuando notó los ojos de Dalton sobre ella, algo cambió.
Eda se giró hacia Iron Shadow, dejando claro a quién buscaba realmente para obtener respuestas.
—¿Es verdad, Iron? —preguntó, cada palabra llena de dolor—. ¿Dalton mató a Kaiserin?
Las olas rompían a lo lejos, pero nadie parecía escucharlas. Los soldados, las criaturas e incluso los líderes más curtidos contenían la respiración. La escena era un golpe directo a la autoridad de Dalton, pero lo que realmente desconcertó a todos fue en quién había elegido Eda confiar.
No le había preguntado al emperador. Ni siquiera lo miró. Como si supiera que la verdad no saldría de sus labios, como si la única persona capaz de responderle con franqueza fuera Iron Shadow.
Liral observó a su alrededor desconcertada. Kaiserin. Un nombre que jamás había oído en Arcadia ni en ninguna parte del imperio. Pero algo estaba claro: ese nombre lo cambiaba todo.
Iron asintió mientras Eda volvía a girarse hacia Dalton, quien permanecía en silencio. Y eso la hizo estallar.
El cabello de Eda, blanco como la nieve más pura, comenzó a iluminarse. Al principio, era un resplandor tenue, casi imperceptible, pero en cuestión de segundos las hebras flotaron como si una energía invisible las hubiera liberado. Un azul vibrante, como el fuego del fénix, comenzó a envolverla. No era solo un brillo, sino una advertencia, una amenaza hecha poder.
Las llamas azules chisporroteaban, recorriendo sus mechones y desprendiéndose en pequeñas partículas que flotaban en el aire como estrellas vivas, llenas de un poder imposible de contener. Alrededor de ella, las sombras de Iron Shadow parecieron retroceder, no como si temieran al fuego, sino como si lo aceptaran, como si quisieran iluminarla más y mostrarla así en toda su furia.
Liral, desde su montura, observó cómo las sombras no huían ni se disipaban, no se repelían; no temían. Simplemente se apartaban, para que
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Eda brillara más, como si supieran que ese momento le pertenecía.
Eda, con las llamas azules iluminando cada hebra de su cabello, miró a Dalton, pero ya no con los ojos de una mujer que buscaba respuestas. Sus pupilas parecían dos brasas ardiendo, y la ira se desbordaba de ella y alimentaba su fuego.
—¡Contéstame, Dalton! —rugió Eda—. ¿La mataste?
No respondió. Y eso fue todo lo que ella necesitó. Una risa amarga, llena de dolor y rabia, escapó de sus labios.
—Por supuesto que lo hiciste. Lo vi. Lo vi en la maldita visión que el fénix me mostró antes de vincularme. Vi cómo la matabas. ¡Cómo me matabas!
Las llamas azules le recorrían los brazos, creciendo como un incendio sin intención de detenerse.
—Eda, por favor…, vuelve a casa. Déjame explicártelo, te lo contaré todo. Todo, te lo prometo. Solo…, por favor, vuelve conmigo.
—¿Explicármelo? —le espetó—. No hay nada que explicar. Lo vi. Cómo clavabas la espada en el corazón de tu esposa. Cómo asesinaste a Kaiserin. Vi cómo me arrebataste la vida. —Las llamas se alzaron e iluminaron la playa con un resplandor abrasador—. ¿Y ahora pretendes que confíe en ti? ¿Que crea una sola palabra de lo que dices? ¡Del único del que tengo que protegerme… es de ti, Dalton! ¡De ti!
En ese instante, Dalton Basilius cayó de rodillas sobre la arena, sus llamas negras se extinguían como si su propia voluntad se hubiese apagado junto con ellas.
—Eda…, por favor…
Pero ella no escuchaba. No había espacio para súplicas, no en medio de ese torbellino de ira y traición que la envolvía.
—No me busques, no me esperes. Olvídate de mí. No quiero volver a verte nunca más.
Dalton alzó la mirada hacia ella, sus ojos suplicantes, pero Eda ya no era la misma. La furia azul que la rodeaba no solo la protegía, sino que parecía erguirla más alta, inalcanzable, como un ser que había dejado atrás todo lo humano.
Se giró hacia Iron Shadow, sus ojos en llamas.
—Llévame lejos de aquí. Lejos de este mentiroso o lo mataré yo misma.
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Iron Shadow dejó escapar una risa baja, oscura y cruel. La sonrisa que cruzó su rostro era la de alguien que había ganado más de lo que esperaba.
Antes de que Dalton pudiera reaccionar, de que alguien pudiera moverse, Iron Shadow extendió una mano hacia Eda y las sombras se los tragaron. Las llamas azules se extinguieron en el aire y los rodeó el olor a azufre y desolación. En un parpadeo desaparecieron, dejando al emperador de Pramvera arrodillado en un campo de batalla sin guerra.
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Eda
Estaba rota.
El dolor en mi pecho era como un puño cerrado que aplastaba cada pedazo de lo que alguna vez fui. Era un dolor que iba más allá del cuerpo, profundo, punzante, alojado en mi alma.
Esa imagen… no podía sacarla de mi cabeza. Dalton, ahí de pie, sin pronunciar ni una sola palabra cuando le pregunté si había sido él quien me había matado hacía doscientos treinta y dos años. No lo negó, no intentó defenderse. Ni una excusa ni un argumento desesperado.
Nada.
Después de eso, dejé de existir. Iron me arrastró, nos desvanecimos juntos, y yo no hice nada por impedirlo. Caí sin vida ni voluntad. Porque no quedaba nada dentro de mí, porque el dolor me había vaciado, arrancándome hasta la última chispa de fuerza.
Me rompí.
Rodeada de fuego y sombras, me desmoroné por completo. Las lágrimas brotaban sin descanso, y con cada sollozo, la angustia se hacía más intensa, más insoportable. No había forma de escapar, ningún lugar a
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dónde huir. Era un incendio interno, un fuego que no tocaba mi cuerpo, pero que consumía cada pedazo de mi ser.
Quería que todo se detuviera, pero no había escapatoria.
Acurrucada en la hierba, el mundo seguía girando como si mi dolor no importara, como si mi alma rota no fuera más que un susurro insignificante. Iron me había dejado ahí, un ovillo destrozado, tirado en el suelo. El crujir de las ramas, el murmullo del viento…, todo a mi alrededor parecía burlarse de mi miseria, ajeno, indiferente.
Entonces sentí el roce suave de las plumas de Kali contra mi piel, un recordatorio de que no estaba sola, aunque todo dentro de mí gritara lo contrario. La rodeé con los brazos, aferrándome a ella como si fuera la última cuerda que me mantenía a salvo del abismo que amenazaba con tragarme por completo. Hundí el rostro en su plumaje mientras las lágrimas se desbordaban y la empapaban.
Quédate conmigo, le susurré.
Algunos fuegos no pueden apagarse, Eda, solo consumirse, respondió el fénix.
Los recuerdos me asaltaban como puñales que no dejaban de hundirse en mí, cada uno más profundo que el anterior. Nuestro primer beso, el temblor en sus manos al tomar mi rostro, como si temiera romperme, sus caricias mientras me hacía el amor…
Todo aquello que alguna vez creí verdadero, las palabras que me susurró, las promesas que juró nunca romper… ¿habían sido solo polvo, soplado para mantenerme dócil, ciega a lo que realmente era?
Con los ojos aún nublados por las lágrimas, oí pasos acercándose. Levanté la mirada lo suficiente para verlo. Iron estaba allí, acuclillado frente a mí, sosteniendo una especie de cantimplora.
No llevaba la capucha ni estaba envuelto en sus habituales sombras, solo vestía el jubón desabrochado, limpio, sin rastro de la sangre que antes lo manchaba.
—Bebe agua —ordenó extendiéndome el recipiente—. O acabarás deshidratada. Y, créeme, ninguno de los dos quiere lidiar con eso. —Su tono era casi casual, como si mi desmoronamiento no fuera más que un inconveniente menor en su día.
Tomé la cantimplora y bebí sin detenerme, dejando que el agua apagara la sequedad abrasadora en mi garganta. Pero mientras lo hacía, algo llamó mi atención. Mis manos. Mis brazos. La piel que una vez
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reconocía ahora era distinta. Oscura, pero no como una sombra…, sino como un manto de estrellas diminutas, como si la noche misma se hubiera fundido con mi cuerpo.
Me incorporé lentamente, con las piernas temblando, sobre la hierba húmeda que se aplastaba bajo mis pies descalzos, y entonces lo noté: no estábamos solos.
Desde la penumbra, decenas, cientos, tal vez miles de ojos observaban en silencio. Eran criaturas etéreas, animales espectrales de formas y colores que desafiaban toda lógica. Algunos se parecían a los que había conocido en Pramvera, pero más grandes, como si hubieran renacido en Bankai, despojados de toda mortalidad.
Sin apartar la vista de ellos, devolví la cantimplora a Iron, que ya estaba de pie y me miraba con una expresión inescrutable.
—¿Qué está pasando? —pregunté mientras sentía el peso de todas esas miradas sobre mí.
—Atraes tu oscuridad con tu dolor.
Bajé la vista a mis manos, a esa negrura que parecía haber salido de mi interior. Estaba salpicada de estrellas, galaxias enteras que parecían girar en un cosmos propio.
—Cuando tu dolor y tu rabia se estabilicen, tu piel y tu cabello volverán a la normalidad —continuó diciendo.
—¿Crees que quiero que este dolor esté aquí, rondando cada pensamiento? —espeté incapaz de contenerme—. ¿Crees que disfruto al saber que el amor de mi vida me traicionó, que fue capaz de matarme en otra vida? ¿Crees que no me destroza pensar que, si lo hizo una vez, podría hacerlo de nuevo?
—¿Quieres que te mienta? Que te diga que este dolor desaparecerá, que todo volverá a ser como era antes, que él no te fallará esta vez. —Dio un paso hacia mí, y el suelo pareció oscurecerse a su alrededor—. No necesitas mi respuesta. La respuesta ya la tienes. Siempre la has tenido. Solo que no quieres aceptarla.
Sabía que él me odiaba, pero lo peor no era su odio, sino la manera en que encendía el mío, el desprecio hacia mí misma por esa sensación de fragilidad, de estar hecha pedazos, de ser alguien que se aferra desesperadamente a los demás sin recibir lo mismo a cambio.
Solo quería volver a casa. Quería sentirme otra vez yo misma, esa joven que había sido antes. Anhelaba la calma que siempre encontraba en
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los brazos de Nolan, esa paz que parecía posible cuando estaba con él. Quería perderme en las risas de Theo, en sus bromas ligeras. Quería abrazar a Elandra, sentir su fuerza tranquila, esa certeza de que todo estaría bien.
En la playa, todo mi mundo había girado alrededor de Dalton. Su presencia lo había consumido todo, cegándome, haciéndome incapaz de ver más allá de él. Y ahora, ese pensamiento me dolía más que nunca. En mi necia obsesión, quizá había perdido la oportunidad de reconocer a quienes también estaban allí por mí. A Nolan, a mis compañeros, a mi pelotón. Tal vez ellos también me buscaban, compartían mi dolor, sufrían conmigo… y yo ni siquiera les había dedicado un segundo de atención.
Eda, todo estará bien. Yo estoy aquí. Cuando necesites abrazar a alguien, aquí estaré para ti.
—Claro que te tengo a ti, Kali. Te abrazaré todas las veces que haga falta, pequeña hambrienta.
Iron no me dio tiempo para hundirme más.
—Nos vamos. Ahora. Cuanto más te arrastres, más tardaremos en cumplir este maldito trato.
Lo miré con los ojos pesados agotada, sintiendo que no me quedaban fuerzas ni para discutir.
—¿Tiene que ser ahora? —murmuré—. Estoy hecha polvo.
—Claro, lloremos un rato más, ¿no? Tal vez eso resuelva todos tus problemas. —Se inclinó—. No dejaré que vuelvas a acurrucarte en esa cama. Tu dolor no es para desperdiciarlo, así que muévete, Zafiro. Te vendrá bien caminar.
A regañadientes, anduve tras él, y esa vez fue durante horas.
Nos adentramos más en el bosque, un mundo suspendido entre lo tangible y lo ilusorio. Sobre nuestras cabezas, las auroras boreales ondulaban como un río celestial, derramando reflejos espectrales que pintaban las colinas y las montañas lejanas. El territorio Bankai parecía diseñado para confundir, un lugar donde cada curva del camino, cada sombra en el horizonte, te hacía dudar de lo que era real. Allí no existían el día ni la noche, solo una perpetua penumbra mágica que te envolvía.
El sendero que seguíamos serpenteaba al borde de acantilados que se asomaban a un abismo infinito. No había suelo que alcanzara la vista, solo un vacío negro, y cada vez que mi mirada se dirigía hacia ese precipicio, un vértigo abrasador se enroscaba en mi estómago.
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Alrededor de nosotros, un desfile de almas etéreas se movía en silencio. Algunas se mantenían a distancia, sus ojos vacíos observándonos con una extraña indiferencia. Otras se deslizaban por el aire como una niebla viviente o se desvanecían entre los árboles, persiguiendo caminos que solo ellas entendían. Kali volaba por encima de nosotros, sus alas desplegadas junto a las aves espectrales que se perdían entre las luces del cielo.
No le pregunté a Iron hacia dónde íbamos ni por qué no usaba su magia para acortar el trayecto. En el fondo, agradecía el tiempo. Con cada paso, mi cabeza parecía despejarse poco a poco.
Después de lo que parecieron horas interminables de caminata, nos detuvimos en un claro cerca de un acantilado y, sin esperar su permiso, me dejé caer bajo un árbol y solté la bolsa de mis hombros. Él, mientras tanto, se apoyó en el tronco, cruzado de brazos y manteniendo esa expresión indiferente que siempre me hacía querer gritarle.
—¿Te molesta? —Saqué un poco de pan y queso de la bolsa. No tenía hambre, pero sabía que necesitaba comer algo, aunque fuera a la fuerza.
—¿Que paremos el trayecto para atender tus necesidades de humana común? No.
Levanté la mirada hacia él mientras partía un trozo de pan y me obligaba a comer.
—Tal vez porque sí soy humana. Aunque ese parezca un concepto demasiado básico para ti.
—No. No lo eres. Pero si quieres seguir pretendiéndolo, no es asunto mío.
Lo ignoré y volví a concentrarme en la comida. El pan no sabía a nada, pero me obligué a seguir masticando mientras miraba cómo las raíces del árbol parecían hundirse hasta las entrañas de la tierra. Iron, por su parte, seguía sin moverse, como si el tiempo y las necesidades básicas no tuvieran ningún efecto sobre él. Ni siquiera se molestó en mirar las provisiones que llevaba, como si comer estuviera por debajo de su existencia.
En algún momento, el cansancio me venció y, sin darme cuenta, me quedé dormida bajo el árbol. No supe cuánto tiempo pasó hasta que sentí unas sombras sacudiéndome, indicándome que debíamos continuar.
Nos pusimos en marcha otra vez, Iron iba unos pasos delante de mí, su figura alta y robusta bloqueaba casi toda la vista del camino. Su andar era
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inquebrantable, como si nada en ese mundo o en el siguiente pudiera desviarlo de su propósito. Lo había tachado de engreído, de insensible, pero ahora que lo observaba mejor, había algo en su forma de caminar, en la rigidez de sus hombros, que casi parecía… vulnerable. No. Me negué a continuar con ese pensamiento. Era absurdo, y no podía permitírmelo.
Sacudí la cabeza, tratando de enfocar mi atención en cualquier otra cosa, y mis ojos se desviaron hacia mi muñeca. Las marcas que habían dejado sus colmillos ya no estaban, pero mi piel todavía sentía su mordida, como un cosquilleo que se negaba a desaparecer. De repente, mis mejillas se enrojecieron al recordar lo que había sucedido. Había bebido de mi sangre, y yo… casi le mordí la mano en mi desesperación por más.
Perdida en mis pensamientos, no vi la roca que sobresalía del suelo. Tropecé y, en un parpadeo, mis pies resbalaron hacia el borde del acantilado. El vacío parecía dispuesto a tragarme por completo, pero antes de que pudiera siquiera procesarlo, una mano férrea se cerró alrededor de mi codo.
Iron tiró de mí hacia atrás con una fuerza que me hizo sentir como si no pesara nada y me plantó de nuevo en el sendero.
—¿Es mucho pedir que mires por dónde caminas? —bufó mientras me soltaba con un movimiento brusco.
Me enderecé furiosa y me zafé de su contacto como si me quemara.
—Tal vez te habría hecho un favor si me hubiera caído.
—¿Tanto drama para qué? Si quieres tirarte al vacío, adelante, pero hazme un favor: que sea en silencio.
Sentí unas ganas casi irresistibles de empujarlo al acantilado, pero sabía que sería inútil. Iron no moriría con tanta facilidad, y era probable que el único resultado fuera que me odiara aún más por intentarlo. En lugar de eso, alcé la vista al cielo, buscando un respiro en la figura de Kali, pero no la vi.
—Está cazando —murmuró Iron.
Lo miré de reojo, desconfiando de cada palabra que salía de su boca. ¿Cómo podía saber eso? Pero antes de que pudiera decir nada, un revoloteo entre los árboles a nuestra izquierda captó mi atención. Kali apareció con algo que parecía una ardilla atrapada en su pico. La maldita criatura revoloteaba haciendo piruetas, como si quisiera presumir de su caza.
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Una sonrisa se formó en mis labios antes de que pudiera evitarlo. La primera del día. No era gran cosa, pero ver a Kali cazar sola me llenó de orgullo.
Qué grande eres, pajarraca, le dije en mi mente. Espero que ahora ya no haya excusas para que me pidas comida.
Kali voló frente a nosotros con su presa aún en el pico, pavoneándose como si hubiera cazado un dragón en lugar de una ardilla miserable. Sabía que en unas semanas lo que atraparía sería algo más grande, quizá un conejo o una oveja. Y en unos meses…, mejor no imaginarlo. Tal vez hasta un ciervo o alguna otra pobre criatura que tuviera la mala suerte de cruzarse en su camino.
Seguimos caminando y, aunque al principio el silencio era un alivio, después de unas horas empezó a irritarme. Si él pensaba que me iba a quedar callada como una buena niña, estaba completamente equivocado.
—¿Puedo hacerte unas preguntas?
—Lo vas a hacer de todos modos, así que adelante.
Puse los ojos en blanco, ya molesta antes de empezar, y me mordí el labio mientras elegía las palabras con cuidado.
—Kaiserin… —comencé sintiendo que solo decir su nombre era encender un polvorín—. Dalton me dijo que, cuando llegó a Pramvera, estaba destrozada, como si… como si le hubieran arrancado algo. Que él la ayudó a dejar atrás esa oscuridad y que… —hice una pausa incómoda, tragándome las palabras— que se enamoraron. Pero quiero saber la otra versión. ¿Quién era ella realmente?
Iron siguió caminando sin girarse.
—¿La otra versión? Hubo muchas Kaiserin, ¿acaso eso no lo sabías? Me detuve en seco.
—¿Cómo que muchas? —pregunté incrédula—. ¿A cuántas Kaiserin has conocido?
Se giró con lentitud.
—A bastantes —respondió con indiferencia—. Y, sí, he torturado a muchas también, si eso satisface tu curiosidad. Pero ninguna, ni una sola, fue tan horrenda como la primera. Y lo admito: el miedo me cegó.
Abrí la boca para responder, pero la cerré de golpe al ver su expresión.
Iron Shadow había sentido miedo.
—Mi miedo era que todas las que renacieran después fueran iguales a ella —confesó—. Y me equivoqué. Contigo he aprendido la puta lección
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de asegurarme primero de que no eres ella… antes de torturarte.
Mi respiración se cortó. No había mentiras en sus palabras, solo una brutal transparencia.
—¿Quién fue ella, Iron?
Su mirada se endureció.
—Kaiserin fue alguien a quien la rabia consumió. Y, sí, el mundo acabó destruido por ello.
Antes de que pudiera preguntar algo más, él continuó:
—¿Fui yo quien la convirtió en eso? No. No hice nada que ella misma no buscara. Kaiserin era repulsiva.
Había algo en su tono que iba más allá del desprecio. Era odio puro, corrosivo…
Así que las había torturado. A cada una que renacía, creyendo que su poder… mi poder… era una amenaza. Negué con la cabeza, no entendía nada, no aún, pero sabía que no podía exigirle más respuestas de las que ya me estaba dando.
Por lo menos no en ese momento.
—La odiabas, ¿verdad? Por eso me trataste como lo hiciste cuando nos conocimos. Porque pensaste que yo era como ella.
—¿De verdad crees que te trato bien? —se burló—. ¿Piensas que soy «amable»? —Soltó una risa seca, carente de cualquier rastro de calidez—. Guarda tus alabanzas, Zafiro, porque no me interesan.
—No digo que me trates bien, pero… al menos ya no intentas cazarme como si fuera una presa.
—Tal vez no.
Respiré hondo reuniendo el valor para la siguiente pregunta. —Entonces, si no soy Kaiserin, ¿qué esperas que sea?
—Todo el mundo espera que seas Kaiserin. Pero escucha bien esto: si Dalton supiera lo que ella era de verdad, no se atrevería a compararos, así que más te vale no convertirte en esa… —se detuvo y escupió las palabras como si fueran veneno— perra despreciable. ¿Lo entiendes?
Asentí sin poder encontrar respuesta.
—¿Por qué tu sangre…? —intenté preguntarle.
—Se acabaron las preguntas por hoy.
Sin esperar una contestación, Iron se dio la vuelta y siguió caminando mientras yo me quedaba ahí, con las preguntas ahogándose en mi garganta y un nudo en el estómago que no hacía más que crecer.
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Cuanto más avanzábamos, más sentía que aquel lugar me desgarraba por dentro. Cada paso parecía drenar algo de mí, dejándome frágil, expuesta. Los recuerdos me golpeaban sin piedad: errores, palabras llenas de rabia, decisiones que nunca debí tomar. ¿Qué era aquel sitio y por qué me hacía sentir tan rota?
Iron se detuvo de golpe y se giró hacia mí.
—Bienvenida al Camino del Renacimiento.
De repente, empezaron a surgir voces arrastradas entre las raíces y las sombras de los árboles.
Mi primer impulso fue aferrarme a mis dagas, sentir el tacto familiar de las armas en mis manos. Pero antes de que pudiera desenvainarlas, Iron extendió su brazo y me detuvo sujetándome de la muñeca.
—Aquí esas cosas no te van a servir. Y si insistes, terminarás haciéndote daño a ti misma antes de tiempo.
—¿A dónde me has traído?
—Este es un sendero antiguo, más de lo que puedas imaginar. Aquí, en Bankai, todos se enfrentan a lo que son en realidad. No hay escapatoria. Es un lugar donde cada dolor, cada pérdida, cada error regresa… y no se calla.
Su agarre se hizo más intenso.
—¿Y qué esperas de mí aquí?
—Espero que te enfrentes a cada rincón podrido de tu ser, que entiendas lo que eres capaz de hacer y lo que no. No tengo tiempo para alguien que no sabe quién es ni de qué está hecha. Quiero que estés completa para lo que necesito de ti. —Sonrió—. No te preocupes, no vas a morir.
Su indiferencia me caló más profundo que cualquier insulto. Noté cómo algo extraño se expandía dentro de mí, como si mi propia fuerza me abandonara. La rabia y el odio, esas emociones que me habían sostenido durante tanto tiempo, se disipaban como humo dejándome con un vacío insoportable. Quise gritarle, maldecirlo, lanzar alguna palabra que recuperara mi orgullo, pero cuando abrí la boca, no salió nada.
Él me observó con esa expresión que parecía hecha para desarmar a cualquiera, de arriba abajo, como si fuera un objeto que estuviera evaluando.
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—Parece que este lugar ya está haciendo su trabajo. ¿Cómo te sienta, Zafiro?
Intenté tomar aire, pero mi pecho se cerraba más y más, como si una mano invisible me apretara. Cada vez me sentía más pequeña, más vulnerable. Era como si todo el poder que alguna vez creí tener se hubiera desvanecido y lo único que quedara fuera una versión rota de mí misma.
—¿Qué… qué me está pasando? —logré decir.
Iron giró la cabeza y observó el bosque, luego me miró de nuevo, sus ojos dorados destellando con una satisfacción depredadora mientras se pasaba la lengua por un colmillo.
—Estás en la primera fase del camino: la debilidad. Aquí, cada alma revive sus fracasos, se enfrenta a sus decepciones. En este lugar, el peso de las pérdidas te aplasta hasta que no queda nada… excepto el dolor. Y ahora te toca a ti.
Antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando, Iron me tocó el hombro y el mundo se desvaneció. Cuando volví a abrir los ojos, estábamos junto a un lago. Pero no era uno cualquiera, el agua, de un tono morado, parecía emitir su propia luz…
Pequeñas luces flotaban sobre la superficie, titilando como luciérnagas, pero no eran insectos. Eran algo más que no podía entender del todo. Parecían fragmentos de almas que habían quedado atrapados en aquel lugar.
Kali se posó cerca de mí, sus alas se agitaban con inquietud y sentí su tensión, el reflejo de mi propio nerviosismo.
—Tu poder no es solo fuego, Zafiro. Eres también el agua que fluye desde el dolor. Las lágrimas que derramas, ya sea por rabia o amor… ¿No te has dado cuenta de cómo las criaturas se sienten atraídas hacia ti cuando lloras? —habló Iron detrás de mí, mientras notaba una lágrima deslizándose por mi mejilla, tan natural que ni siquiera la sentí caer.
—¿Mis lágrimas atraen a las criaturas? —pregunté mirando de reojo a los seres que parecían flotar entre los árboles.
—Aquí, en Bankai, el dolor es poder, y tus lágrimas lo contienen. Cuanto más profundo resulta tu sufrimiento, más potente se vuelve. Por eso todas estas criaturas, vivas o muertas, se sienten atraídas por ti cuando estás rota. —Su voz era apenas un susurro—. Eres un imán de poder en este lugar.
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Miré hacia el lago morado, parecía que el agua me llamara, como si me arrastrara hacia algo que no podía comprender del todo, ondulándose con cada lágrima que caía.
Pero el lago no solo aceptaba mis lágrimas; las transformaba.
Varias imágenes comenzaron a emerger de las profundidades. No eran reflejos, sino visiones. Fragmentos de mi vida que creía enterrados: días junto a Dalton, risas que parecían eternas, caricias que una vez me hicieron sentir segura. Y luego, como un giro violento, apareció el vacío. Su traición. Su última mirada en la playa.
Mis lágrimas seguían cayendo y se mezclaban con el agua morada, y las imágenes se volvieron más oscuras, más inquietantes. No solo reflejaban mi pasado; mostraban algo que no podía identificar y que me esperaba en el futuro. Era como si el lago escarbara en cada rincón de mi alma, revelando lo que ni siquiera sabía que existía.
Caí de rodillas, mis manos temblorosas buscaban apoyo, pero en lugar de detenerme, las sumergí en el agua. Quería borrar esas visiones, arrancarlas de mi mente y del lago, pero cada vez que movía las manos en el agua, las imágenes solo cambiaban, mostrándome más. Más dolor, más pérdida, más verdades que no estaba lista para enfrentar.
—Este lago no es solo un charco cualquiera. Es el lago de los Recuerdos. Un reflejo de todo lo que llevas dentro. Lo que te hace ser débil —dijo Iron, sus palabras frías como el mismo aire de Novadia cuando aún lo sentía.
—No —susurré mientras movía el agua con más fuerza tratando de romper el hechizo de esos recuerdos—. Te equivocas.
—¿En qué me equivoco, Zafiro?
Me giré hacia él con los ojos llenos de lágrimas, pero también de algo más, algo que no podía contener.
—El amor no es debilidad. Es lo que te hace fuerte. El amor por mi familia, por aquellos a quienes intento proteger… Eso es lo que me da fuerza.
Iron me miró en silencio, pero había algo en sus ojos que reflejaba un cansancio que nunca había notado antes.
—¿El amor? —repitió—. El amor… es eso que te llena de ilusiones y promesas huecas que nunca se cumplen. Te lo susurran una o dos veces, y tú, tan ingenua, te lo crees. ¿Eso es lo que llamas amor?
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Sabía hacia dónde iba. Él hablaba de Dalton, y yo no quería oírlo. Me levanté para hacerle frente.
—No sabes nada —dije ahogada de dolor—. No tienes idea de lo que es amar, de lo que es sentir que alguien te quiera de verdad. Porque nunca lo has sentido, porque no eres capaz. Eres un maldito monstruo sin alma.
Por un momento, el silencio cayó entre nosotros. Su mirada no cambió, seguía siendo esa máscara fría.
—Seguramente nunca has tenido un corazón humano en tu pecho — continué—. Solo sabes lo que es tenerlo aplastado entre tus manos, porque eso es lo que haces, ¿verdad? Destruir. Tú no entiendes lo que es vivir una vida tranquila, levantarse cada día sin miedo, pensar solo en el trabajo, en los sueños… sin que cada decisión sea una cuestión de vida o muerte.
Las palabras salían solas y, por primera vez, no me importaba. No pensaba en sus reacciones ni en sus respuestas.
—Tú no sabes lo que es que alguien te saque de esa vida de paz y te arrastre a su mundo lleno de bestias propias de las leyendas que te contaban antes de irte a dormir. —Me llevé las manos a la cara, tratando de detener las lágrimas, pero no podía—. Y un día, en ese mundo extraño, empiezas a olvidar de dónde vienes, a acostumbrarte, hasta que… hasta que te enamoras.
La voz me falló y bajé la vista. No sabía por qué le contaba aquello a él, al monstruo que tenía delante. Y sin embargo continué, porque el dolor era más fuerte que la razón.
—Al principio, lo odiaba. Le temía. Era tan… ajeno a mí. Pero con el tiempo, me mostró una parte de mí misma que nunca había conocido. Me hizo sentir como si el mundo no fuera tan oscuro. —Las palabras se ahogaron—. Hasta que tuve la visión. Esa en la que él… él mismo me mataba, con sus propias manos. Y hoy, con ese silencio, me lo ha confirmado.
Miré al suelo, la garganta apretada de rabia y de dolor.
—Sé que me ves ahora y piensas que estoy destruida. Que el dolor me ha consumido. Pero esto… esto me va a hacer más fuerte. Porque el amor, Iron, correspondido o no, siempre te hace más fuerte. Es lo único que me sostiene.
Miré el fuego azul que había empezado a rodear el lago, pero no era como las otras veces… No estaba descontrolado, no intentaba devorar todo a su paso.
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—Apágalo —me ordenó Iron.
—No sé cómo.
Siempre había sido Dalton quien me ayudaba a extinguirlo, quien ponía fin a esa llama cuando yo perdía el control.
Iron suspiró exasperado.
—Si has podido encenderlo, puedes apagarlo. Concéntrate. Visualiza tu poder, hazlo retroceder, y luego… apágalo.
Respiré hondo y cerré los ojos para concentrarme. Sentía cada fibra de mi cuerpo agotada, cada músculo resentido por las lágrimas, por el dolor que había desgarrado mi pecho todo el día. Pero tenía que intentarlo. No quería que él me viera fracasar de nuevo.
Me enfoqué en el fuego azul e imaginé cómo lo haría retroceder, cómo lo haría desaparecer. Al principio, no sentí nada, solo el agotamiento que se intensificaba. Pero entonces noté una leve respuesta, como si mi mente lograra conectar con esa llama y tirara de ella obligándola a reducirse.
Una gota de sudor recorrió mi frente mientras forzaba el fuego a apagarse. Este comenzó a ceder, la intensidad de su azul disminuía, pero el esfuerzo era cada vez mayor. Sentí las rodillas doblarse y tuve que apoyarme en el suelo, mi respiración se volvió errática, pero mantuve la mente fija en mi objetivo.
Por fin, abrí los ojos y vi el lago rodeado por la misma calma de antes, sin llamas ni el resplandor abrasador del fuego azul.
Iron habló:
—Pasaremos la noche en una aldea cercana. Nuestro camino atraviesa el centro de ella. No quiero que te desmayes a mitad del trayecto, y el fénix también necesita descansar.
—¿Y tú no? —pregunté, fijándome en que ni había comido ni se había tomado un momento para cerrar los ojos en todo el día.
Él soltó una leve risa.
—Tu sangre me ha saciado lo suficiente para evitar esas «necesidades básicas». —Sus palabras, tan tranquilas, hicieron que mis ojos se abrieran de golpe horrorizada—. Vamos, ponte a caminar, Zafiro. Nos queda al menos una hora, y no pienso llevarte en brazos.
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Eda
Cuando Iron dijo que pasaríamos la noche en una aldea, nunca imaginé que eso significara compartir una habitación… y mucho menos una con solo una cama en el centro.
Cuando llegamos a la aldea, noté de inmediato que esta era completamente diferente a la ciudad donde había conocido a Savannah. No había bullicio ni risas, solo un murmullo bajo que parecía provenir de las mismas paredes.
Había menos fantasmas, menos… muerte. Tal vez porque aquel no era un lugar donde quedarse, sino uno de paso, donde los edificios eran simples, como si hubieran sido levantados sin intención de durar. Las ventanas no tenían cristales, y las puertas colgaban de sus marcos, dando la impresión de que nadie tenía nada que proteger. La aldea parecía existir solo porque alguien, alguna vez, decidió detenerse allí.
Iron se cubrió con su capa y me lanzó una mirada que me invitaba a hacer lo mismo. Saqué la capucha de mi bolsa, oculté bajo ella mi cabello y lo seguí en silencio. Kali se quedó fuera del alcance de cualquier mirada curiosa.
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Apenas cruzamos la entrada del pueblo, todo cambió. Las figuras espectrales desaparecieron, las puertas se cerraron de golpe y, en segundos, el lugar quedó desierto, mientras Iron Shadow avanzaba sin detenerse, indiferente al vacío que dejaba su paso, como si el miedo lo persiguiera pero jamás lo alcanzara.
Llegamos a una posada lúgubre. Parecía vacía, pero los susurros y los pasos en las plantas superiores delataban lo contrario. Iron ignoró todo, se acercó al mostrador y dejó un puñado de monedas. El anciano posadero palideció al verlo.
—Una habitación sin ventanas. Ahora —le ordenó.
El posadero, ya pálido como un espectro, se volvió casi transparente. —Sí…, muerte mía… —murmuró temblando mientras alcanzaba una
llave y se inclinaba hasta casi tocar el suelo en una muestra de sumisión absoluta.
Iron no le dedicó ni una mirada más. Subimos en completo silencio. Al llegar a la habitación, abrí la puerta con desgana. Una cama solitaria
en el centro del cuarto me recibió junto con las paredes desnudas y la opresiva ausencia de ventanas. El cansancio me golpeó de repente, pero no lo suficiente como para contener mi protesta. Me giré hacia Iron, lista para hablar, pero él se adelantó:
—La habitación es tuya —dijo cortante, mientras sus ojos recorrían el lugar con rapidez—. No salgas de aquí hasta que yo vuelva a buscarte.
Y, sin esperar una respuesta, cerró la puerta tras de sí, dejándome sola con mi agotamiento y las sombras.
Los siguientes cinco días pasaron en un borrón monótono. Caminábamos en silencio, atravesando aldeas desiertas y posadas durante kilómetros interminables de montañas, bosques y acantilados. Siempre bajo un cielo apagado, sin sol, sin lluvia.
El ritmo era agotador pero necesario. Me mantenía en movimiento, en pie, sin tiempo para pensar demasiado en lo que había perdido. Sin tiempo para quedarme rota en una cama por alguien que ya no estaba.
Cinco días sin apenas intercambiar palabra.
El nombre de Dalton era un fantasma que no se mencionaba. No pregunté nada sobre el imperio, ni él ofreció respuestas. No tenía fuerzas para abrir esa puerta, y en realidad, prefería no saber. Mi mente estaba en
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silencio, un vacío que me recordaba a esas almas que seguían el Camino del Renacimiento. Me sentía como ellas: un fantasma atrapado en un rumbo sin un claro propósito.
Al quinto día, Iron rompió el silencio.
—La fase de la ira se acerca.
No entendí de inmediato a qué se refería, pero pronto lo sentí. El camino ya no solo desenterraba mis recuerdos; ahora se adentraba en las partes más profundas de mi ser, revolviendo emociones que ni siquiera sabía que tenía. La furia comenzó a crecer en mí y parecía venir de todas partes y de ninguna. No sabía si era mía, si había estado ahí siempre o si aquel maldito sendero me la estaba inyectando.
Y no era solo yo. Lo vi en Iron también. Cada vez que mencionaba la fase de la ira, algo en su postura cambiaba: sus hombros se tensaban, y esa calma distante que tanto lo definía parecía tambalearse durante un segundo.
A medida que avanzábamos, la vegetación comenzó a desvanecerse. Los árboles, antes oscuros y retorcidos, se desdibujaron hasta desaparecer por completo, dejando paso a una vasta extensión de nieve. El suelo estaba cubierto por una capa blanca que parecía prolongarse hasta el horizonte.
Aunque no sentía el frío mordiendo mi piel, el paisaje me hacía temblar. Todo parecía atrapado en un invierno eterno, donde la vida no podía florecer, y lo que esa vez rompió el silencio fueron los gruñidos, los chillidos, los gritos inhumanos.
Sin querer, mis manos se dirigieron hacia las dagas que colgaban de mi cinturón, pero recordé sus palabras, la advertencia que me había dado antes: «Aquí esas cosas no te van a servir».
—No te detengas —dijo Iron sin girarse, como si leyera mis pensamientos.
Entonces empezaron a aparecer en la distancia. Al principio, eran solo sombras borrosas en medio de la niebla, pero, poco a poco, sus formas se hicieron más claras. A lo largo del camino, como guardianes siniestros, nos escoltaban esas figuras gigantescas que podían medir treinta metros de alto, cuerpos humanos descomunales que parecían salidos de la peor de las pesadillas.
Eran hueso y piel marchita, como cadáveres abandonados a medio descomponer, convertidos en simples esqueletos que aún conservaban retazos de carne. Sus rostros, si es que se les podía llamar así, eran
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calaveras incompletas, y de sus cuencas vacías salían dos puntos de luz amarillos que brillaban como soles en miniatura en la oscuridad.
Algunos de ellos permanecían agazapados, sentados y observándonos con una inmovilidad perturbadora; otros se habían puesto de pie, sus figuras altísimas recortándose contra la niebla y la nieve. Ninguno cruzaba la línea imaginaria que separaba el camino de su territorio, pero sus miradas eran puro odio.
No pude resistir el impulso de preguntar.
—Iron…, ¿qué… qué son esas cosas?
Él siguió avanzando, como si esos gigantes fueran parte del paisaje, como si no le importaran en absoluto.
—La fase de la ira no solo te muestran tus recuerdos. También en qué te convertirías si permites que la rabia te consuma.
Miré nuevamente a las figuras. ¿En qué me convertiría yo? ¿En uno de ellos?
—¿Te refieres a que… ellos… alguna vez fueron como nosotros? Iron soltó un leve gruñido, sin molestarse en frenar su paso.
—Sí. Son almas. La viva imagen de lo que pasa cuando solo alimentas tu poder con rabia, con envidia, con orgullo… —Hizo un gesto hacia ellos con la barbilla—. Son las almas más podridas, las que dejaron que esos sentimientos las dominaran. Así terminan.
Nos detuvimos frente a uno de esos gigantes, que inclinaba su cabeza hacia nosotros, sus ojos fijos en mí, penetrantes, casi como si pudieran ver a través de mi piel y huesos.
—¿Así acaban todos los que caen en esa oscuridad?
Iron se giró hacia mí con expresión dura, pero sus ojos tenían un destello que no lograba identificar. ¿Era de advertencia? ¿De juicio?
—Esa es la elección de cada uno. Nadie te obliga a caer. Solo el que se abandona a la ira y al odio acaba aquí, atrapado en la misma oscuridad que ayudó a crear.
—¿Qué querían? —pregunté en voz baja señalando a uno de los gigantes, que no había dejado de observarnos con esos ojos encendidos; como si quisiera decir algo, pero no pudiera.
—Poder. Venganza. Control. Cada uno tenía su razón para aferrarse a la ira. Pero la ira… siempre toma más de lo que te da. —Hizo una pausa, como si sus palabras resonaran también dentro de él—. Quien cede a eso termina convertido en esto.
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Miré a uno de los gigantes de nuevo con un nudo en el estómago. La figura movió apenas la cabeza, como si entendiera, como si recordara. Y entonces sentí un impulso extraño, casi absurdo, de hablarle, de preguntarle qué había hecho, quién había sido.
—No te acerques —me advirtió Iron—. No son recuerdos. Son ellos mismos. Y si los escuchas, podrían arrastrarte con ellos.
Aquellas criaturas, esas almas… ¿Eran realmente seres atrapados en un estado de furia eterna?
—¿Y están aquí… para siempre? —pregunté.
Iron asintió despacio.
—No hay redención para ellos. Aquí vagan como monumentos a la furia que no quisieron dejar ir.
Horas después, finalmente llegamos a la siguiente aldea. La ira, el odio, cualquier otro tipo de sentimiento oscuro que me había envuelto durante la fase anterior comenzó a disiparse. No había brotado ni una llama de mí en días, y, en parte, me sentí agradecida. Era casi como sentir que volvía a ser humana, aunque sabía, en el fondo, que eso no podía ser cierto.
Iron me acompañó hasta una habitación sin ventanas. Antes de irse, lanzó su advertencia habitual:
—Solo abre cuando yo llame.
No pregunté, como siempre. Esa rutina se había convertido en un acuerdo mudo, uno que ninguno parecía dispuesto a romper.
Me tomé un baño rápido, dejando que el agua arrastrara el polvo, la nieve y todo lo que el día había dejado en mí. Me vestí con ropa limpia: mi pantalón de cuero y una camiseta simple. Justo cuando iba a meterme en la cama, me detuve quieta en la penumbra.
Desde el otro lado de la puerta, podía escuchar la respiración de Iron. Profunda, constante, como si realmente pensara quedarse allí toda la noche, vigilando en silencio, y ese sonido fue lo último que me acompañó antes de que el sueño me envolviera.
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Eda
No fue Iron Shadow quien llamó a la puerta para despertarme.
Fueron los gritos.
Me incorporé de golpe con el corazón martillándome en el pecho. La voz de Kali resonó clara en mi mente.
Son ellos. Nos están buscando. Ya están aquí.
Ponte a salvo, Kali.
Lo estoy.
«Ya están aquí». No necesitaba más explicación; reconocí esos gritos. Eran los mismos que había escuchado cuando los espectros surgieron de la llama valirio arrasando con todo.
Sin pensarlo demasiado, me calcé las botas, abandoné la habitación a toda prisa y bajé las escaleras hacia el exterior de la posada.
Cuando salí, el paisaje era un infierno vivo. Las casas alrededor estaban envueltas en llamas esmeralda, mientras el humo espeso y tóxico se me colaba en los pulmones, haciéndome toser y lagrimear. Cada aliento era una lucha, y cada paso me llevaba de vuelta a ese día que tanto quería olvidar: la misma destrucción, los mismos gritos que se apagaban demasiado rápido.
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De las llamas surgían los espectros, pero no avanzaban al azar; cada uno de ellos tenía un propósito claro, un objetivo: yo.
No prestaban atención a los fantasmas que aún rondaban por la aldea, ni a las criaturas que se escabullían entre las sombras huyendo de ellos. Esos ya estaban muertos, su existencia no les interesaba.
Pero yo… yo estaba viva.
Mis piernas no respondían. Quería moverme, correr, pero permanecía congelada en el lugar. El pánico se enroscaba en mi pecho, apretando cada resquicio de fuerza, solo podía mirar a esas figuras de un verde enfermizo que parecían un cruce grotesco entre cadáveres y fuego.
Intenté llamar a mi rabia, esa chispa que siempre aparecía en el último momento, la que me había salvado tantas veces antes. Pero en aquella ocasión… no llegó.
—¡Maldita sea! —grité intentando invocar algo, cualquier cosa. Pero mis manos temblaban, y lo único que parecía crecer dentro de mí era la ansiedad, devorándome desde dentro.
El miedo.
No eran solo los espectros esmeralda los que avanzaban hacia mí surgidos de entre las llamas como un enjambre sin fin. Más allá de ellos, entre el fuego y las ruinas, distinguí otro grupo de siete figuras que caminaban con una confianza aterradora.
Los zarkass.
El estómago se me encogió al reconocer a uno de ellos al instante: le faltaban ambos brazos. Era el mismo que Iron había dejado vivo la última vez, el único que había escapado de su furia. Ahora se encontraba allí, y lo acompañaban algunos aliados.
Estaba desarmada, sola, y no había rastro de Iron por ninguna parte. Los otros zarkass se detuvieron junto a él, cerrando el semicírculo
como una jauría de lobos. Uno de ellos, con cicatrices que le cruzaban la cara como un mapa de guerras pasadas, escupió al suelo antes de mirarme con una sonrisa torcida.
—Vaya, vaya…, aquí estás, temblando… —se relamió—. ¿Qué pasa, perra? ¿Te han dejado sin armas? Sin tus fueguitos no eres nada.
Otro zarkass, más bajo pero con unos dientes amarillentos que parecían afilados a propósito, inclinó la cabeza hacia Kali, que había volado a mis pies.
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—Oh, ¿y esto qué es? Un lindo pajarito azul. Creo que le arrancaré las plumas una a una. Tal vez hasta me haga un puto taparrabos con ellas. ¿Qué opinas, zorra? —Me miró directamente. Mis piernas temblaban de puro miedo.
El manco, el mismo que Iron había dejado con vida, levantó su voz y cortó las burlas de los demás.
—¡Callaos! —rugió—. La Dama los quiere a los dos. A la puta y a su maldito pájaro. A quien los toque sin permiso yo mismo le arrancaré las tripas.
—Siempre tan aburrido, Orik. Pero eso no significa que no podamos divertirnos antes de entregarlos —dijo otro, recorriéndome con la mirada de arriba abajo—. Qué cara tan bonita. Me dan ganas de romperla a mordiscos, de ver cómo lloras mientras te destrozo.
El manco, Orik, lo interrumpió:
—¡Basta de tonterías! Atrapadla de una puta vez. —Uno de ellos avanzó primero, y los otros seis lo siguieron rodeándome.
Retrocedí mientras sentía el fuego esmeralda a mi espalda y a los espectros que salían de él con los brazos extendidos hacia mí.
Estaba atrapada. No había escape.
Kali, estamos muertas. Vuela. Huye ahora antes de que te atrapen.
Nunca te dejaré sola, Eda. Estamos juntas en esto. Siempre juntas.
Pajarraca estúpida.
Inmortal cabezota.
La terquedad de Kali me sacó una chispa de vida. Di un paso hacia atrás, sin saber si prefería enfrentarme a los espectros o a las manos inmundas de los zarkass.
—¿A dónde vas, bonita? —se burló uno, su cuchillo giraba entre sus dedos como si fuera parte de él—. No temas, tu destino es mucho peor que cualquiera de nuestros juegos. No vas a escapar de nosotros…, ni de los noctífagos que te respiran en la nuca.
«Noctífagos», así se llamaban los espectros esmeralda…
—Y pensar que la Dama no nos dijo lo guapa que eras. No sé vosotros, pero yo tengo ganas de marcarle esa carita perfecta.
—Qué desperdicio, ¿no? —dijo otro—. Pero bueno, si te resistes, será más divertido.
El manco se giró hacia él con una sonrisa enferma.
—Entonces atrápala. Que no se te escape, y rápido.
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Cuando los vi lanzarse hacia mí, algo se rompió dentro de mi mente. No era un quiebre de desesperación, sino una grieta de pura furia instintiva, una chispa que encendió lo que quedaba de mi voluntad.
«Sobrevive. Hazlo. Mata si tienes que hacerlo».
Cerré los ojos un segundo, no para esconderme del horror, sino para invocar algo que pudiera igualar a esos monstruos. Y entonces lo sentí: el acero en mis manos, pesado, mortal. Mi espada había respondido a mi llamada.
La levanté, y su brillo casi eclipsaba el de las llamas esmeraldas. El miedo corría por mis venas como veneno, pero entonces lo entendí: era el Camino del Renacimiento. El miedo era una debilidad; una prueba, una fase. Y lo sabían, esos malditos noctífagos y zarkass podían olerlo, saborearlo.
Mi miedo era su festín.
—¿A qué esperáis? —grité—. ¡Venid, cobardes! ¡Vamos a ver quién queda en pie!
Uno de los zarkass lanzó una carcajada.
—Vaya, la zorra tiene agallas. Lástima que se las vayamos a arrancar en un segundo.
No le respondí. No había necesidad. Tomé aire, planté los pies en la tierra y me preparé para la embestida. Cuando el primero se lanzó, moví la espada con una rapidez que no sabía que tenía. El filo se hundió en su pecho, desgarrando piel, músculo y hueso. Su sangre, espesa y oscura, brotó cubriendo mis manos y gritó, un sonido gutural y furioso, pero no me detuve. Giré la espada y lo empujé hacia atrás, viendo cómo caía al suelo con un golpe seco.
—Uno menos, hijo de puta —espeté, y levanté la mirada hacia los otros seis.
Un segundo zarkass intentó aprovechar mi movimiento y se lanzó desde la izquierda. Sentí su presencia antes de verlo, el ruido de su respiración acercándose. Sin pensarlo, saqué la daga de mi cinturón y la lancé con todas mis fuerzas. El filo voló limpio por el aire y se hundió entre sus ojos.
—¡Qué! ¿Esto es todo lo que tenéis? —rugí al tiempo que me giraba hacia los otros cinco, con la sangre de sus compañeros aún goteando de mi espada.
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—Vas a pagar por eso, puta —gritó uno, y corrió hacia mí con los dientes expuestos, como una bestia rabiosa.
Lo dejé acercarse a la espera del momento justo. Cuando levantó su brazo para atacarme, di un paso al frente y hundí la espada en su abdomen. La giré dentro de su cuerpo, sintiendo cómo sus órganos se desgarraban, y luego la saqué. Cayó de rodillas, tosiendo sangre, pero no esperé a que se desmoronara del todo. Un corte rápido a su garganta, y el silencio lo envolvió.
Quedaban cuatro.
Dos de ellos avanzaron juntos, rápidos y coordinados. Uno fue directo a mis piernas, mientras el otro apuntaba a mi pecho. Los vi venir. Salté hacia atrás para esquivar el primer ataque, y cuando el segundo zarkass intentó abalanzarse sobre mí, giré la espada en un arco amplio. El filo hizo un corte limpio en su brazo desde el hombro, lo que le arrancó un grito de agonía que resonó por todo el lugar. No le di tiempo para recuperarse; la hoja bajó de nuevo, esa vez separando la cabeza de su cuello.
El otro zarkass, viendo cómo sus compañeros caían uno tras otro, intentó retroceder, pero yo ya estaba sobre él. Blandió sus garras en un golpe desesperado dirigido a mi rostro. Lo bloqueé girando mi espada en un ángulo ascendente para desviar sus dedos afilados, y con un viraje de mi pie derecho, lancé una patada directa a su rodilla.
El chasquido fue nítido, como el de las ramas secas al partirse. Cayó al suelo, su cuerpo inclinándose hacia un lado mientras intentaba sostenerse con una mano. No le di tiempo para recuperarse. Me agaché y coloqué la punta de mi espada contra su garganta.
—¿Dónde está la Dama? —le pregunté.
El zarkass levantó la cabeza lentamente, sus dientes manchados de sangre por algún golpe previo. Escupió un hilillo rojo hacia un lado.
—Vas a saberlo… cuando ella misma te arranque el alma.
Saqué mi daga con la mano izquierda y la hundí en su cuello, con tanta fuerza que mis nudillos chocaron contra su carne. La sangre brotó, manchándome las manos y el rostro. Sentí la daga atravesar músculos, arterias, hasta llegar al hueso. El zarkass se atragantó, sus manos arañando el aire y se desplomó con un último chasquido de su garganta.
Sin tiempo de apartarme, un movimiento a mi izquierda me hizo girarme. Otro zarkass se abalanzó sobre mí. Levanté la espada, pero él fue
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más rápido. Me golpeó en la muñeca con un puño cerrado desarmándome, y antes de que pudiera reaccionar, lanzó una patada directa a mi abdomen.
El impacto fue brutal. Sentí el aire escapar de mis pulmones en un gemido forzado mientras mi cuerpo caía hacia atrás. Aterricé contra la tierra, el dolor irradiando desde mi estómago hasta mi espalda. Intenté rodar, recuperar el equilibrio, pero el zarkass no me dio tregua. Su pie conectó directo con mi cara, y el mundo estalló en un destello rojo.
El dolor era insoportable; sentía la sangre correr desde mi ceja abierta, mezclándose con el polvo y el sudor. Mis oídos no oían más que un pitido agudo y solo sentí un tirón brusco en mis piernas y la tierra rasgando mi piel herida mientras tiraban de mí.
El zarkass que me arrastraba se inclinó sobre mí, su aliento apestoso invadió mi nariz.
—Mira qué fácil es derribarte.
Intenté moverme, resistirme, pero mi cuerpo estaba rendido, y mi mente gritaba un solo nombre: Kali. ¿Dónde estaba? ¿La habían atrapado también?
—No vas a escapar, zorra de fuego azul. Eres nuestra.
Entonces, una bota pesada se plantó en mi cara y me aplastó contra el suelo. Sentí el barro frío cubriendo mi mejilla mientras intentaba girar la cabeza en busca de una salida, cualquier resquicio de esperanza.
—¿Es la primera vez que te apalizan, niñata? —dijo una voz ronca. Reconocí al manco, Orik, que se había inclinado sobre mí y presionaba mi cabeza—. Disfrútalo. Esto es solo una muestra de lo que ella te tiene preparado. Y ahora, bájale los pantalones —le ordenó al otro.
Sentí las manos del otro zarkass tirando de mis pantalones de cuero, sus uñas afiladas desgarraban mi piel y parecían alcanzar mis huesos.
—¿Qué pasa, zorra? ¿Tu fuego te está fallando? —se burló—. ¿La llama ya no te quiere?
Y justo cuando estaba a punto de ceder, cuando el terror había ganado terreno y mis fuerzas me abandonaban, lo sentí: un calor ardiente, pero no el mío.
Era Kali.
La pequeña fénix estaba sobre mí, sus alas desplegadas en todo su esplendor. Llamas azules brotaban de su cuerpo y nos envolvían en un escudo abrasador. Su fuego no era solo calor; sino una tormenta viva, una venganza desatada.
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Los zarkass soltaron gritos de horror.
—¡Apágala! ¡Mátala! —rugió Orik desesperado intentando retroceder. Pero era tarde. Kali había formado un muro de fuego alrededor de nosotros, una prisión ardiente que los había encerrado en su propia condena. Las llamas no solo quemaban sus cuerpos; parecían devorar todo lo que ellos eran. Podía oír el crujido de sus pieles, los chillidos desgarradores que se alzaban mientras las llamas azules les arrancaban
pedazos de carne y hueso hasta desintegrarlos en cenizas.
Y entonces lo escuché.
Un rugido profundo y atronador, como si la misma tierra se estuviera partiendo en dos. No era Long. Ese sonido era distinto, más oscuro, más primitivo.
Intenté enfocar mi vista a través de las cenizas y el resplandor de las llamas azules, y su figura emergió de la oscuridad. Primero vi las alas: enormes, se extendían hasta donde alcanzaba la vista, pero no eran alas de escamas ni carne. Eran sombras puras, ondulantes, como un humo vivo que amenazaba con tragarse el cielo.
Luego, unos ojos dorados e inhumanos…
Era un dragón, pero no como Long. Aquel no era un dragón de este mundo. Su cuerpo, enorme y deformado, parecía estar compuesto de sombras densas, como si el vacío mismo hubiera tomado forma.
Era una criatura nacida de las pesadillas más profundas.
Y lo supe en ese instante, antes de que cualquier palabra pudiera confirmarlo. No era cualquier dragón. Era él.
Iron Shadow.
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Eda
No sabía cómo seguía consciente.
Estaba rota y me desangraba, con el cuerpo cubierto de heridas abiertas, polvo y cenizas que se pegaban a mi piel como una segunda capa, sentía cómo mi vida se escurría entre mis dedos. Apenas podía mantener los ojos abiertos, pero lo poco que veía…
Era a él.
El cielo, antes lleno de estrellas, ahora era un abismo absoluto. No porque se hubiera apagado, sino porque la criatura que tenía frente a mí lo devoraba todo. El aire, la luz, la vida misma.
Un dragón de sombras.
Cada sombra era una corriente hambrienta, deslizándose por su pecho, extendiéndose por sus alas colosales que parecían capaces de envolver el mundo entero.
Intenté moverme, pero mi cuerpo no respondía. Estaba atrapada, clavada al suelo por el dolor que me arrancaba cada segundo de vida.
Iron Shadow me lo había advertido: «Ni sabes qué soy». En su momento, esas palabras habían sonado como un desafío arrogante, una
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amenaza envuelta en su habitual desprecio. Pero ahora entendía lo que realmente quería decir.
Aquello.
Él no era un hombre. Ni siquiera una bestia. Era la maldita oscuridad, algo salido de los rincones más oscuros del universo, un monstruo que no tenía rival, ni reglas ni límites.
Su cabeza gigantesca descendió hacia mí, como si quisiera que sintiera cada segundo de su presencia, que supiera que no tenía a dónde correr. Estaba rota, sangrando, apenas consciente, pero cada músculo en mi cuerpo me gritaba lo mismo: huye.
Sus ojos dorados, fríos e infinitos, se clavaron en los míos. Eran los de un juez, pero no los de uno justo, sino los de uno que ya había decidido el veredicto. Culpable. Mi sangre, mi vida, mis decisiones…, todo lo que era parecía ridículo bajo esa mirada.
Gruñó.
El sonido fue como un trueno bajo, profundo, que parecía salir de las mismas entrañas de la tierra. Sentí el impacto en mi pecho, como si no solo me hablara, sino que me atravesara y me arrancase hasta la última gota de voluntad. Lo escuché saborear mi miedo, casi podía verlo inhalando el olor de mi sangre, registrando cada herida, cada temblor de mi cuerpo.
Eso era lo que él quería. Aquel era mi punto más bajo, mi vida desmoronándose frente a él. No solo quería matarme, quería que sintiera, en cada maldito hueso, lo pequeña, lo insignificante, lo débil que era.
De reojo, vi cómo el fuego esmeralda crecía y devoraba lo poco que quedaba de la aldea. No solo tenía al dragón de sombras frente a mí, acechándome como la misma muerte, sino que ahora los noctífagos de la llama valirio se acercaban.
El dragón inclinó su cabeza hacia mí, tan cerca que pude ver las sombras ondulando entre sus colmillos, una marea oscura que parecía viva. Cerré los ojos a la espera del final, convencida de que en cualquier momento todo se desmoronaría.
Pero el rugido llegó antes que la muerte.
Mis ojos se abrieron justo a tiempo para verlo: el dragón desvió bruscamente su atención hacia los noctífagos. Su boca se abrió, y entonces, el infierno mismo se desató.
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Un torrente de oscuridad salió de su interior, un fuego negro que no era tal, sino algo más profundo, más absoluto. Como si la misma noche hubiera decidido consumirlo todo, devorar cada fragmento de luz que se atreviera a existir en su presencia.
Los noctífagos no tuvieron ninguna oportunidad. La ola de oscuridad los golpeó, desgarrándolos, desintegrándolos en gritos silenciosos que se apagaron tan rápido como surgieron. El fuego esmeralda que los había creado se convirtió en humo, una niebla etérea que se alzaba hacia el cielo.
Sube, Zafiro.
La voz retumbó en mi mente. No había confusión: era Iron Shadow, el dragón mismo hablaba en mi consciencia…
Dudé, como siempre. Pero entonces escuché la voz de Kali en mi interior calmándome. No va a hacerte daño, Eda.
Sin pensarlo más, me obligué a levantarme. El dolor era insoportable, pero no me detuve. Mis pies apenas respondían, arrastrándose sobre la tierra manchada de sangre y ceniza. Kali revoloteaba a mi lado, sus garras rozando mi brazo para intentar estabilizarme mientras yo daba un paso tras otro hacia el monstruo.
Cuando quedé a unos metros de él, mis piernas cedieron. Caí de rodillas, jadeando, con la vista tan nublada que apenas podía distinguir el contorno del dragón. Pero antes de que pudiera rendirme, las sombras se movieron.
Las sentí envolviéndome, se deslizaban por mi piel herida, y lo que debería haber sido frío y cruel no lo fue. Las sombras me alzaron, pero había algo extraño en su movimiento: no era violencia lo que transmitían, sino algo que no lograba entender, algo que parecía rozar la delicadeza. Me levantaron con un cuidado desconcertante.
Intenté luchar, mi instinto me gritaba que no confiara, pero mi cuerpo no tenía fuerza para resistir. Las sombras ignoraron mi resistencia inútil, envolviéndome por completo mientras me alzaban.
El lomo del dragón era extraño bajo mis manos: no era carne, ni escamas, sino pura sombra sólida, un abismo tangible que se movía bajo mis dedos. Todo en él era vivo, y todo parecía odiarme y protegerme al mismo tiempo.
Mis manos temblaban al aferrarse a la oscuridad que era su cuerpo, pero mi mente estaba fija en una sola cosa: no me caería. No ahora. No hasta entender por qué ese monstruo había decidido salvarme.
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La voz de Kali llegó otra vez a mi mente: Yo volaré a tu lado, Eda. Asentí como pude, sintiendo que cada rincón de mi cuerpo estaba a
punto de ceder. Las sombras que me habían sostenido se retiraron, y de inmediato el mareo me golpeó. Estaba realmente allí, encima de un dragón, encima de Iron Shadow.
Las enormes alas de sombra se desplegaron a ambos lados, y en un poderoso impulso, Iron se lanzó hacia el cielo. La sensación de elevarme a esa velocidad, de ver el mundo desaparecer bajo mí, fue sobrecogedora.
Pero esa vez no volaba con un aliado, sino con mi enemigo.
Me aferré como pude, rodeada de sombras y, poco a poco, mientras nos perdíamos en las alturas, mi consciencia comenzó a desvanecerse y cedió al agotamiento absoluto.
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Liral
Así que aquello era Novadia.
Todo cubierto de nieve, hielo y un frío que sabía que no podía sentir, porque su cuerpo inmortal resultaba inmune a las temperaturas. Sin embargo, no podía evitar notar lo diferente que era de Arcadia.
Todos los jinetes, provenientes de distintos escuadrones, se encontraban reunidos en una enorme sala. Solo faltaban algunos que seguían cumpliendo su deber en los puestos de vigilancia. El espacio era imponente, con grandes ventanales que daban a las montañas nevadas y la interminable cordillera que las rodeaba.
El emperador, de pie al final de la mesa, imponía con su presencia mientras daba instrucciones.
—De ahora en adelante, las rondas de vigilancia se harán en grupos combinados con miembros de diferentes escuadrones. Ya no estaremos divididos. Trabajaremos en conjunto. ¿Entendido?
Un murmullo de asentimiento recorrió el lugar, aunque algunos rostros mostraban dudas. Fue entonces cuando el líder de los zengs, levantó la mano para hablar.
—Alteza Imperial, ¿eso quiere decir que los escuadrones se disuelven?
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—Por el momento, sí —confirmó Dalton Basilius.
Un jinete del escuadrón de mantícoras preguntó:
—Su Alteza, ¿trabajaremos con los pelotones asignados durante nuestro reclutamiento?
El emperador giró la cabeza hacia el comandante Kaiden, quien dio un paso al frente.
—Sí. Los pelotones formados en el reclutamiento serán nuestra base. La diversidad de criaturas y poderes de vinculación será nuestra mayor ventaja. Si un pelotón se encuentra con wendigos u otra amenaza, será mejor contar con una combinación de habilidades que pueda adaptarse a cualquier situación.
Dalton asintió a las palabras del comandante antes de hablar nuevamente:
—Esto no es solo una reorganización. Es una estrategia de supervivencia. El enemigo conoce nuestras divisiones, y es hora de que aprendamos a pensar como uno solo. No se trata de quién lidera a quién, sino de proteger el imperio. Cada uno de vosotros tiene un papel crucial en esto.
Con esas palabras, Dalton y Kaiden se inclinaron sobre el enorme mapa que ocupaba el centro de la mesa principal para trazar las rondas de vigilancia y ubicar los pelotones en los puntos más vulnerables del imperio. Señalaban los lugares donde los ataques recientes habían sido más feroces, debatiendo con rapidez y precisión sobre las mejores estrategias de defensa.
Los jinetes más experimentados comenzaron a recibir órdenes claras y detalladas. A algunos se los envió a los puntos fronterizos más críticos, mientras que otros reforzarían las defensas en los asentamientos cercanos. Entretanto, los pelotones más jóvenes, como el de Liral, permanecían al margen, esperando pacientemente su turno para ser asignados.
Liral mantenía la espalda recta, con la mirada fija en el mapa central mientras escuchaba con atención cada instrucción que salía de los labios de Dalton Basilius y el comandante Kaiden. Sin embargo, a su lado Elandra tenía la cabeza gacha y movía el pie de manera nerviosa contra el suelo, un tic que no le pasó desapercibido. Liral desvió los ojos hacia ella, no porque le preocupara lo que le estaba pasando, sino porque era demasiado observadora para ignorar algo tan evidente.
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—¿Pelirroja? —murmuró en un susurro apenas audible entre el bullicio de la sala, llena de ruido y movimiento.
Elandra levantó la cabeza de golpe.
—¿También lo sentiste, Liral? No puedo dejar de pensarlo, no sé, es muy extraño lo que siento, lo que sentí hace casi una semana en esa playa… Esa oscuridad. Es como si… —Elandra se interrumpió para morderse el labio.
Liral frunció el ceño y, sin previo aviso, se giró hacia ella y le colocó ambas manos sobre los hombros.
—Cálmate, pelirroja —le ordenó en voz tan baja como para no llamar la atención de los demás—. Habla más despacio. Si sigues soltando tantas emociones de golpe, me saturarás.
Elandra suspiró, miraba a Liral con esos ojos verdes que solían estar llenos de vida, pero que ahora parecían inquietos, como si algo dentro de ella girara sin control.
—Desde hace seis días, mis sombras… —murmuró—. Apenas se sienten, pero han empezado a moverse.
—¿A moverse?
Elandra miró alrededor, asegurándose de que nadie les prestaba atención. Después, con cuidado, se levantó la manga del uniforme y dejó al descubierto su muñeca. Unas pequeñas sombras se deslizaban por su piel como hebras vivas, con diminutas motas de un brillo anaranjado.
—Mira, no se van.
Liral no podía ignorarlo: las sombras en la muñeca de Elandra eran pequeñas, pero el simple hecho de que ya se estuvieran manifestando significaba algo. No podía entender cómo Elandra no lo veía de la misma forma.
Sabía que las sombras de Elandra no se comparaban con las suyas propias. Su poder de vinculación estaba mucho más desarrollado, era más fuerte, pero eso no significaba que el avance de Elandra fuera insignificante. Era un comienzo, y Liral, aunque jamás lo admitiría en voz alta, estaba impresionada.
—Es… extraño, Liral. No importa lo que haga, no desaparecen… Y por la noche…
Liral no dijo nada al principio, tan solo observó las sombras, sus ojos entrecerrándose.
—¿Qué más, Elandra? —preguntó al final—. No me mientas.
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Elandra tragó saliva nerviosa.
—Por la noche tiran de mí. De mi muñeca, como si intentaran… como si quisieran mostrarme algo.
—¿Mostrarte algo?
—Sí. —Elandra miró hacia abajo, como si le avergonzara admitirlo—.
Es una tontería, pero siento que tratan de llevarme a algún lugar.
—¿Y has intentado seguirlas?
Elandra negó con la cabeza con rapidez.
—No, pero cada noche… tiran con mayor fuerza. No me atrevo a seguir el impulso, Liral. No sé qué quieren.
Liral alzó una ceja.
—Por eso no has dormido bien, ¿verdad? Por eso llevas días con esas ojeras.
Elandra asintió con un suspiro derrotado.
—Sí… Pero no quiero hacer nada. Solo quiero que desaparezcan. Tal vez mi poder de vinculación esté… dañado.
—Eso es imposible.
—En mí todo es posible —murmuró Elandra—. Todo me sale mal, y esto… esto no sé por qué me está pasando.
—¿Por qué crees que empezó? —preguntó.
Elandra levantó la vista lentamente con una mirada de duda. —Después de lo de la playa…, después de sentir esa oscuridad… —Yo también lo sentí en esa playa, ¿vale? Pero ¿sabes qué? Yo no
sentí miedo hacia esas sombras de Iron Shadow, sino curiosidad. Maldita sea, llevo seis días con ganas de salir de mi cama y buscar respuestas. Estoy harta de esta mierda. Si esas pequeñas sombras tuyas pueden llevarnos a algo, lo que sea… iré contigo.
Elandra la miró sorprendida, sus ojos suaves, casi agradecidos, y Liral de inmediato se arrepintió de haber sido tan honesta.
—¡No, Liral! No vamos a seguir nada. Esperaré a que desaparezcan.
Liral chasqueó la lengua y negó con la cabeza.
—Tienes que aprender algo, pelirroja. Las cosas que ignoras no desaparecen. Crecen. Así que esta noche iré a tu habitación. Vamos a ver qué quieren esas sombras.
Elandra se quedó en silencio, pero Liral notó el leve temblor en sus labios antes de que susurrara:
—No sé si quiero saberlo…
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Liral suavizó un poco su expresión, aunque su tono seguía siendo firme.
—Confío en ti, Elandra. Si dices que intentan guiarte, es porque lo están haciendo.
Antes de que Elandra pudiera protestar, una voz firme resonó en la sala.
—Último pelotón —los llamó Dalton Basilius—. Vuestro turno.
Salir de la Fortaleza de la Cumbre de Hielo no era tarea sencilla, y menos sin la ayuda de criaturas como hipogrifos o mantícoras. Liral no podía evitar pensar que aquel lugar había sido diseñado como una trampa, un laberinto que parecía querer atrapar a quienes intentaran escapar. Cada metro que bajaban por la escalera rocosa en forma de espiral las arrastraba más hacia las entrañas de un sitio que parecía no querer dejarlas ir.
Elandra iba delante, con la muñeca extendida como si fuera una brújula viviente. Las sombras que danzaban en su piel eran cada vez más visibles en la penumbra, pequeñas hebras de oscuridad anaranjadas que parecían guiarla. Liral observaba todo con atención, sus ojos entrenados no dejaban escapar ningún detalle.
—¿Crees que esto nos está llevando fuera de la fortaleza? —preguntó Elandra, mientras una mano se aferraba a la pared para no resbalar y la otra seguía extendida hacia el vacío.
Liral, que había perdido la paciencia hacía rato, bufó.
—No lo sé. Pero lo que sí sé es que podrías dejarnos de joder con tus inseguridades y encender algo de luz con tu vinculación. A menos, claro, que quieras que nos matemos en estas escaleras de mierda.
Elandra se detuvo un segundo y giró la cabeza para mirarla por encima del hombro.
—Sabes que me cuesta, Liral. No es tan fácil para mí.
—¡Ya sé que te cuesta! —respondió Liral, sin molestarse en bajar la voz—. Pero si no haces algo, la próxima que caiga por estas escaleras seré yo, y no va a ser bonito. Hazlo. Ahora.
Elandra apretó los labios insegura. Se mordió el inferior antes de cerrar los ojos. Su otra mano se tensó mientras intentaba concentrarse. Durante unos segundos, no pasó nada, y Liral estaba a punto de soltar otra queja
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cuando una chispa tímida apareció en la palma de Elandra, apenas suficiente para iluminar unos metros más adelante.
Liral frunció el ceño insatisfecha. Necesitaba presionarla más.
—¿Eso es todo? —dijo señalando la pequeña llama que temblaba débil en la mano de Elandra—. En serio, pelirroja, si ese es todo tu poder, mejor volvemos.
La respuesta fue inmediata. Elandra apretó los dientes, claramente enfadada, y el fuego creció un poco más y se extendió tanto como para iluminar las paredes agrietadas y el camino helado frente a ellas. No era mucho, pero bastaría.
El silencio se instaló entre ellas mientras seguían bajando por la interminable escalera. Cuando por fin llegaron al pie, se encontraron en un pasillo oscuro, donde la luz de Elandra apenas revelaba los contornos de varias puertas iguales, viejas y desgastadas, como si nadie las hubiera tocado en siglos.
—¿Por qué nos han traído hasta aquí? —preguntó Elandra, mirando su muñeca con frustración, como si quisiera arrancarse las sombras de la piel
—. Te lo dije, Liral. Mi vinculación está rota. No sirve para nada. Esto no tiene sentido.
Liral soltó una risa seca.
—¿Rota? —dijo alzando una ceja—. No está rota, pelirroja. Está funcionando. Y de puta madre, diría yo. Mira tus sombras.
Elandra levantó su muñeca con lentitud, y ambas observaron cómo las que antes eran finas y dispersas ahora parecían más… definidas. No era solo que su vinculación estuviera activa; parecía crecer.
Fue entonces cuando lo escuchó. Pasos. Y voces.
Liral reaccionó al instante. Sus oídos, siempre alerta, captaron el sonido mucho antes de que Elandra se diera cuenta. Las voces eran bajas, pero no había duda de que se acercaban.
—Mierda… —murmuró Liral mientras cogía a Elandra del brazo y la arrastraba hacia un rincón oscuro entre dos pilares muy próximos. La llama en la mano de Elandra parpadeó peligrosamente antes de apagarse por completo.
Liral cerró los ojos concentrándose. Había practicado aquello antes, muchas veces a escondidas, pero nunca en una situación como aquella. Las sombras en sus manos respondieron a su llamada y surgieron lentas de su palma, deslizándose como serpientes oscuras. Visualizó un recuerdo,
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algo que encendiera su fuerza. Y entonces, las sombras comenzaron a extenderse y cubrieron el hueco entre los pilares, tejiendo un velo negro que hacía que el escondite pareciera solo un rincón vacío y oscuro.
—Espera —susurró mientras sus sombras terminaban de cubrirlas—.
Aguanta hasta que pasen.
Elandra asintió débilmente, aunque la cercanía entre ambas parecía afectarle más de lo que quería admitir. Su respiración era irregular, y Liral podía sentir cómo su corazón latía rápido, tanto que casi lo notaba en su propio pecho.
—Vale… —susurró Elandra, que tragó saliva con dificultad, pero era evidente que no solo el miedo la afectaba. Liral tampoco estaba cómoda. Era extraño estar tan cerca de alguien después de tanto tiempo evitando cualquier tipo de contacto. Años de soledad física y emocional, y ahora estaba apretujada contra Elandra…
Pero ¿por qué estaba pensando en eso? ¿Por qué en ese momento? Los pensamientos de Liral fueron interrumpidos por unas voces
masculinas que se aproximaban por el pasillo.
—Tranquilízate —dijo la primera voz—. Dalton está haciendo todo lo que puede por encontrarla. Sabe cuánto la quieres, cuánto necesitas que vuelva, pero… tú, yo y todo el maldito imperio vimos lo mismo ese día. Ella eligió irse con él.
La segunda voz respondió con furia, casi temblando de rabia. Liral la reconoció al instante: Nolan.
—¿Elegir? ¿Eso crees? —soltó con un bufido—. Joder, Alexander, yo no sé qué coño vi. Pero sé lo que no es cierto. Eda no elegiría irse con ese puto monstruo por voluntad propia. Jamás.
¿Alexander?
—Lo viste, Nolan. Todos lo vimos. Esa conversación fue muy clara. —¿Sabes lo que pienso? Que tú sabes más de lo que dices. ¿Por qué no
me cuentas a qué mierda se refería Eda cuando dijo que tenía que protegerse de él? ¿Eh? —Su tono se volvió más agresivo—. ¿Y quién coño es Kaiserin?
Liral sintió a Elandra tensarse aún más junto a ella.
Ese nombre…
—Cálmate, Nolan. —La voz de Alexander intentó ser conciliadora—.
Sabes que esos asuntos son del emperador. No nos incumben.
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—¡A mí sí! —le espetó Nolan—. Porque es mi hermana. Porque, si alguien la está poniendo en peligro, tengo derecho a saberlo.
El sonido de los pasos resonaba más cerca, y tanto Liral como Elandra parecieron dejar de respirar.
Hablaban de lo que pasó en la playa, de esas preguntas que habían quedado sin respuesta. ¿Quién era Kaiserin? ¿Qué había ocurrido con Dalton?
—Alexander, háblame…, cuéntame, ábrete conmigo —suplicó Nolan, con una desesperación que Liral entendía demasiado bien.
El hombre que caminaba junto a él, ahora visible para Liral, dejó escapar un suspiro pesado. Era el comandante Kaiden.
—Kaiserin fue la esposa de Dalton hace más de doscientos años. — Kaiden se detuvo un momento, como si buscara las palabras correctas—. Durante la guerra de las Sombras Eternas hubo un… accidente. Algo que lo cambió todo. Deberías hablar con Eda sobre esto. Ella puede contártelo todo. Yo no soy quién para revelar esa historia.
Nolan se pasó una mano por el cabello.
—Joder, Alexander…, me lo contará si la encuentro, ¡si aparece viva! —exclamó alzando los brazos.
Liral lo sintió, ese quiebre. Era algo que conocía bien. Ese peso de perder y no saber si alguna vez recuperarías lo perdido.
—Todo va a salir bien, ¿vale? —Kaiden dio un paso hacia él y, con un gesto inesperadamente tierno, tomó el rostro de Nolan entre sus manos—. Te lo prometo. Estamos haciendo todo lo que podemos… Yo estoy haciendo todo lo que puedo, porque quiero verte bien. Quiero verte feliz.
Se inclinó un poco más hacia Nolan, acercándose lo justo como para que no quedara espacio entre ellos. Nolan, con un gesto igual de instintivo, lo cogió de la cintura y lo atrajo hacia sí.
—Ya perdí a una madre…, al parecer también a un padre… y ahora a una hermana.
Liral notó el leve temblor de Elandra junto a ella y bajó la mirada hacia su compañera. Una lágrima silenciosa trazaba un camino por su mejilla, mientras las sombras en su muñeca parecían inquietas y tiraban con más fuerza, exigiendo que se movieran. Sin decir nada, Liral le tomó la mano y la apretó.
Elandra la miró a los ojos y, por un instante, Liral sintió algo extraño en el estómago, un nudo que no había estado allí antes. Fue como si su
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cuerpo reaccionara por su cuenta, sin permiso, como si algo se hubiera activado dentro de ella, robándole el control que siempre había tenido. No era dolor, pero tampoco resultaba cómodo. Era algo nuevo, algo que no entendía, y eso la enfureció aún más.
Se obligó a soltar la mano de Elandra y se cruzó de brazos en una fingida indiferencia. No era momento para sentirse extraña.
—No te olvides, Nolan…, yo también sé lo que es perder a tu familia, sé lo que se siente al perder a quienes más quieres. Pero, joder, no quiero perderte a ti también.
Sus labios se encontraron en un beso dulce y desesperado, mientras los dos se abrazaban en busca de consuelo.
Liral apartó la mirada dándoles un momento de privacidad, aunque la escena no la incomodó como habría esperado. Había algo crudo y genuino en ese instante. Pero no pudo evitar sentir una punzada de incomodidad al pensar en esos momentos íntimos. A veces, la cercanía le resultaba extraña… porque hacía tiempo que ella misma no la experimentaba.
Cuando alzó la vista, Elandra, con el rostro aún húmedo por las lágrimas, se las secaba con movimientos rápidos, pero su atención no se apartaba de la pareja frente a ellas. Había algo en su mirada: una especie de anhelo que Liral no entendía del todo.
De repente, las lágrimas de Elandra se detuvieron como si hubieran sido cortadas por un cuchillo, justo en el momento en que el comandante se quedó inmóvil.
¿Las habían descubierto?
—¿Qué pasa? —preguntó Nolan.
—Es Dalton. Acaba de comunicarse conmigo —respondió el comandante. Con la mirada fija en el vacío, parecía escuchar algo que solo él podía oír—. Una de las patrullas de vigilancia ha encontrado un grupo de siete wendigos… a solo cinco kilómetros de aquí.
—¿Hay heridos?
Kaiden negó con la cabeza, aunque su expresión seguía siendo sombría.
—Los wendigos están muertos. Pero eso no es todo… Han encontrado a una mujer luchando contra ellos.
—¿Una mujer? —repitió Nolan incrédulo.
—Espera. —Se quedó quieto de repente, sus ojos perdiendo el enfoque, como si estuviera atrapado en algún tipo de trance o visión.
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Liral no pudo evitar quedarse atónita. ¿Cómo demonios se estaban comunicando? ¿Era algún tipo de vinculación?
—Kaiden, ¿qué pasa? —insistió Nolan dando un paso hacia él. —Ella… dice que sabe cómo derrotar a Iron Shadow. —Respiró
profundamente, como si la conexión lo agotara—. Dice que conoce la forma de encontrarlo, de acabar con su poder.
—¿Qué? ¿Cómo sabe eso? ¿Quién demonios es ella?
—No lo sé. Pero está hablando con Dalton ahora mismo, exige que la escuchen. Dice que ha estado buscando a Iron Shadow durante años, que ha seguido su rastro y ha estudiado cómo funciona su vínculo con los wendigos. Ella… afirma que puede guiar al imperio hasta él.
Kaiden salió de su trance de forma abrupta y parpadeó como si acabara de despertar de un sueño.
—Tenemos que irnos. El emperador nos espera.
Sin aguardar respuesta, el comandante y Nolan se giraron y comenzaron a correr por el pasillo por el que habían venido.
Liral y Elandra esperaron unos segundos antes de salir de entre los pilares. Sin decir una palabra, Liral tomó la delantera y siguió deprisa el camino que Nolan y Kaiden habían tomado.
Mientras corrían, algo le llamó la atención, las sombras en la muñeca de Elandra se agitaban más, se movían con una fuerza que antes no tenían, empujándola hacia delante.
—Putas sombras… —murmuró Liral.
Pero Elandra, justo detrás de ella, soltó con frustración:
—Putos wendigos.
Liral bufó sin detenerse.
—Ellos no son el problema.
—¿Ah, no? Entonces ¿qué lo es? —replicó Elandra.
—El problema no es lo que son, sino hacia dónde se dirigen. Y, siendo sincera, creo que algo los está guiando. Y tengo la sensación de que ese algo los lleva al mismo lugar que a nosotras.
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Elandra
Liral y Elandra deberían habérselo pensado dos veces antes de seguir adelante, pero ya era tarde para arrepentirse. Las sombras tiraban de ellas con insistencia, como si supieran exactamente a dónde debían ir.
Maldita sea, Elandra esperaba con todo su corazón que aquello acabara llevándolas a una salida. Aquel lugar apestaba a encierro, y lo único que ella quería era estar en su cama, dormir durante días y olvidarse de todo.
—¡Este pasillo es interminable, Liral! —gritó Elandra jadeando.
El sudor le perlaba la frente. La idea de tener una montaña encima le daba pavor. Sentía que le picaba la piel, y se rascaba los brazos de forma compulsiva mientras la claustrofobia la asfixiaba.
—¡Si supiera cómo salir, ya estaríamos fuera, pelirroja! —le espetó Liral, pero de pronto se detuvo, y Elandra vio algo en su rostro que nunca había visto antes: miedo.
—¿Qué pasa? —preguntó Elandra.
—Estamos muertas. —Dio un paso atrás, y luego otro.
—¿Muertas? —repitió Elandra.
—Y enterradas. El emperador viene hacia aquí.
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Por supuesto, su suerte era tan miserable como siempre. Todo en ella era nulo: su vinculación, su fuerza, su capacidad para mantenerse alejada de los problemas. Y ahora estaban atrapadas.
El pasillo, aunque ya no tan estrecho, era un túnel recto, y no había pilares ni recovecos para esconderse como habían hecho antes. Elandra se giró desesperada y empezó a empujar las puertas que había a los lados.
—¡No se abren! ¡Joder! ¡Ninguna de estas malditas puertas se abre! — gritó casi sollozando mientras probaba una tras otra.
—Aquí las sombras no pueden ayudarnos, no hay rincones. Necesitamos… —Liral dejó la frase en el aire, sus ojos clavados en la oscuridad que se acercaba.
—Pegaos a la pared ya, preciosas —dijo Calen, que emergió de las sombras con una sonrisa.
Elandra casi se atragantó al girarse.
—¡¿Qué haces aquí?!
—No me jodáis, haced lo que os digo o nos meteremos todos en un lío enorme —contestó Calen.
—Eso, mis mujeres, contra la pared. Obedeced al hombre, por favor.
—Adriel apareció detrás de él.
Liral apretó la mandíbula, cogiendo a Elandra del brazo, y ambas se pegaron a la pared de piedra, lo más cerca posible la una de la otra.
—¿Qué coño hacéis aquí? —gruñó Liral en voz baja.
—¿Nosotros? —Calen alzó una ceja mientras extendía la mano frente a ellos—. Qué hacéis vosotras aquí, ¿eh? ¿Jugando a las exploradoras o qué?
—¿Nos estabais siguiendo?
—¿Siguiéndoos? Por supuesto, ¿qué más haríamos en un sitio como este? ¿Dar un paseo? —murmuró Adriel.
—Espero que esto funcione —dijo Calen.
Elandra sintió algo. Era como un velo, algo sutil que rozó su nariz al pasar. Casi transparente, pero ahí estaba. Lo reconoció de inmediato: el poder de vinculación de los hipogrifos. Había presenciado alguna demostración en entrenamientos en el palacio con la capitana Misso, pero nunca había visto a Calen usarlo así.
—¿Esto es lo mejor que puedes hacer? —susurró Liral.
—¿Te apetece salir ahí y preguntarles si funciona? —le respondió Calen, sin apartar la vista de lo que hacía.
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Adriel, mientras tanto, apoyó una mano contra la pared y añadió en un tono burlón:
—Tranquilas. Si no funciona, yo estoy seguro de que serán amables…, bueno, por lo menos conmigo.
Elandra tragó saliva mientras observaba cómo la visión de Calen cubría el espacio frente a ellos, proyectando la imagen de una pared lisa donde en realidad estaban los cuatro jinetes ocultos.
—¿Cómo de seguro estás de esto, Calen? —preguntó Elandra con un hilo de voz.
—Como que no quiero que me caiga un castigo por insubordinación. ¿Te vale con eso?
El sonido de pasos y murmullos se hacía cada vez más fuerte. Elandra apretó los dientes y contuvo la respiración. Aquel maldito pasillo ahora parecía más largo que nunca, y sus sombras seguían tirando de ella con fuerza, como si quisieran arrastrarla al centro del desastre.
—Si nos descubren, yo te mato primero, Calen —murmuró Liral.
La voz del emperador sonó clara:
—Subiremos a la fortaleza por aquí. Estas criaturas no se dejan montar fácilmente por cualquiera. Ascenderemos por las escaleras. —Dalton Basilius apareció al final del pasillo, llevaba una espada en la mano, pero, para sorpresa de todos, el característico fuego negro que solía rodearlo no estaba allí.
—Sé perfectamente cómo se comportan las criaturas, Alteza Imperial, y estoy de acuerdo: subir a pie es más conveniente —respondió una voz femenina. No podían verla aún, pero había algo en ese tono que le erizó la piel a Elandra.
—¿Está herida? —preguntó el emperador, girándose un poco hacia la figura que lo seguía.
Entonces, al doblar la esquina, apareció ella. Elandra, que había estado conteniendo la respiración, no pudo evitar soltar un leve jadeo. La mujer era… impactante. Tenía el cabello largo, oscuro como el ala de un cuervo, y su piel morena brillaba como si el sol la hubiera acariciado durante días. Llevaba un vestido negro impecable, que caía con elegancia hasta sus pies, ajustado en la cintura, pero no demasiado ostentoso.
Elandra frunció el ceño al instante. ¿Cómo era posible que alguien luciera así después de haber luchado contra siete wendigos? No había una sola arruga en el vestido, ni una mota de polvo. Y cuando se acercó más,
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Elandra se fijó en sus ojos: eran verdes. Uno tan intenso que dolía mirarlos.
—No, Alteza Imperial, ya le dije que estoy entrenada para enfrentarme a enemigos. Un par de muertos vivientes no son nada para mí. Sé cómo defenderme, cómo matarlos, y le aseguro que compartiré todos mis conocimientos —dijo la mujer, pasando junto al emperador con una gracia casi sobrenatural.
Dalton, que siempre mantenía ese aire gélido e imperturbable, tenía una expresión extraña en el rostro. No era desconfianza, pero tampoco neutralidad. Cuando respondió, lo hizo con un tono que Elandra jamás le había oído antes.
—Estoy impaciente por escuchar lo que tiene que decirnos —murmuró Dalton, con una nota de interés que parecía fuera de lugar.
Elandra no podía apartar la vista de la mujer mientras esta pasaba, seguida de cerca por Nolan y Kaiden, que al contrario de antes, estaban completamente serios.
Cuando el grupo desapareció por el pasillo, la ilusión de invisibilidad que Calen había creado se desvaneció, como una tela arrancada por el viento. Los cuatro quedaron al descubierto y formaron un círculo apresurado.
Calen fue el primero en hablar, con un paso al frente, señaló hacia el pasillo con el ceño fruncido.
—Vale, empezad a largar por esa boca de una vez. ¿Qué está pasando y quién cojones era esa mujer?
Elandra y Liral no se dejaron nada fuera. Les explicaron todo: desde lo que sintieron en la playa hasta las sombras en la muñeca de Elandra y lo que habían escuchado sobre esa mujer misteriosa que acababa de pasar de largo. Bueno, todo menos lo del comandante y Nolan. Eso no era asunto suyo para andar divulgándolo; era privado.
Los cuatro se pusieron al día, pero, para sorpresa de nadie, Calen no estaba nada convencido.
—Todo esto huele fatal, os lo digo. Y encima es insubordinación, ¿sabéis?
—Pues felicidades, porque ahora ya estás metido hasta el cuello con nosotras —le soltó Liral.
Calen bufó, pero no discutió más. Sabía que tenía razón, aunque aquello lo carcomiera por dentro.
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—¿Y si esas sombras de Elandra no solo quieren sacarla de la fortaleza, sino también fuera de Novadia? ¿Qué vais a hacer si es así? — preguntó.
Elandra miró a Liral, buscando algo en su expresión. Pero esta solo parpadeó mientras esperaba su respuesta. Elandra tragó saliva, apartó su inseguridad y habló:
—Iremos a donde mis sombras nos guíen. No creo que estén intentando hacerme daño. Si lo pensara, ya habría parado, me habría negado a seguirlas desde el principio. Puede que suene a una locura, pero no puedo ignorarlo más. No quiero ignorarlo más.
Por un segundo, vio algo en los ojos de Liral. Una chispa. ¿Era aprobación? Quizá se lo estaba imaginando, pero algo le decía que había acertado.
Calen suspiró.
—Deberíamos hablarlo con Nolan y…
—No. Si quieres, se lo cuentas después, pero primero vamos a donde las sombras nos lleven. Si eso nos saca de Novadia, saldremos. Luego decides lo que haces con Nolan —lo interrumpió Liral.
—Pero es peligroso, chicas…
—Tengo la corazonada de que esto tiene algo que ver con Eda y el fénix —dijo Liral dando un paso hacia él—. No he dejado de sentirlo desde la playa. Algo no está bien. Eda decidió irse, lo sé. Pero lo hizo por un motivo, porque quería respuestas. Y decidió…
—¡Decidió irse con el enemigo, Liral! —Calen alzó la voz—. ¡Con el puto enemigo! Y qué casualidad, él manipula las sombras, igual que tú y Elandra. Todo esto es una trampa.
—Sea o no una trampa, yo voy a seguir a mis sombras. Fin del tema — sentenció Elandra.
Calen cerró los ojos un segundo, conteniendo su frustración, mientras Liral esbozaba una leve sonrisa.
—Yo voy, Calen. Lo siento mucho, pero aquí me aburro de la hostia — soltó Adriel cruzándose de brazos—. Y ellas tienen razón. Además, desde que llegamos al imperio no las he dejado solas ni un maldito día, así que voy con ellas a donde sea.
Por primera vez, todos se quedaron en silencio.
—Adriel… —empezó Calen, que intentaba argumentar algo.
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—Somos inmortales, ¿recuerdas? —lo interrumpió Adriel encogiéndose de hombros—. Yo solo quiero vivir aventuras, y si ellas buscan problemas, yo voy con ellas. A mis mujeres no las dejo. Punto.
Elandra no pudo evitar sonreír. Y Liral, que rara vez dejaba entrever emoción alguna, parecía… ¿orgullosa?
—¿Calen? —Elandra lo miró directamente a la espera de su respuesta. —Yo sería un inconveniente. Si necesitara volar, me verían de inmediato, y eso haría que encontraros fuera demasiado fácil. Pero… — hizo una pausa y miró a Elandra y Liral— os llevaré hasta los comedores. Cogeréis provisiones, por si las sombras os llevan demasiado lejos. Después de eso… —se detuvo un instante, como si le costara decirlo— tendréis hasta mañana por la mañana antes de que dé el aviso de que os
habéis ido.
Elandra no pudo contenerse y se lanzó a abrazarlo.
—¡Gracias, gracias, gracias! —repetía emocionada, mientras Calen la rodeaba torpemente con un brazo, incómodo con la situación.
—Si esto tiene que ver con Eda…, con ayudarla…, entonces no hay más que hablar —añadió él, bajando la voz mientras miraba al suelo. Luego alzó la vista con determinación—. En marcha.
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Eda
Había perdido la cuenta de las veces que la muerte me había sostenido en sus brazos.
No sabía en qué lugar me encontraba ni cuánto habíamos avanzado, todo lo que tenía claro era que Iron me sujetaba, como si, por una vez, yo fuera algo más que una misión, como si importara. Con cada paso, sentía la solidez de su agarre, olvidando por un segundo quién era él realmente.
Qué era.
En algún momento, había vuelto a ser de carne y hueso —si es que alguna vez lo había sido—, dejando atrás la forma de ese dragón de sombras, esa criatura inmensa que apagaba las llamas con fuego del mismo dorado de sus ojos. Y ahora estaba allí cargando conmigo como si nada hubiera ocurrido, como si no hubiera mil preguntas atrapadas en mi garganta.
En medio del dolor y la confusión, mis brazos rodearon su cuello, apoyé la cabeza en su pecho y dejé que su paso constante me arrullara. Por primera vez, Iron Shadow no parecía ser mi enemigo. En ese momento, era solo una sombra protegiéndome del resto del mundo.
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—Me duele… duele como el maldito demonio —maldije en su pecho, apenas resistiendo.
El ardor en mis piernas era tan fuerte que casi me hacía perder el control, y apreté mis brazos alrededor de su cuello para tratar de anclarme, como si ese agarre pudiera disminuir el dolor.
—Lo sé, Zafiro, lo sé. Pero no podemos desvanecernos en sombras.
Tenemos que seguir el camino.
Seguir el camino…
Él aceleró el paso, y yo apenas entendía por qué seguir el camino era tan importante.
Me obligué a levantar la cabeza sobre su hombro, con el cuerpo hecho trizas, apenas capaz de enfocar lo que tenía frente a mí. Las almas en la calle nos observaban, pero no con el pánico que había esperado. Sus rostros reflejaban curiosidad, no miedo. Sin su capa de sombras, Iron Shadow parecía casi irreconocible y pasaba desapercibido como uno más. Y luego estaba yo, temblando y ensangrentada en sus brazos, una humana rota que se aferraba a él como si fuera mi única ancla.
Al llegar a la posada, noté cómo el posadero nos miraba con los ojos desorbitados, aunque apartó la vista rápidamente. El lugar estaba oscuro, impregnado del olor a madera vieja, cera derretida y un espacio que había visto demasiadas noches.
—¿Cuántos huéspedes hay aquí? —preguntó Iron directo.
—Los últimos se marcharon hace apenas un momento, señor… — empezó a responder el hombre.
—Quiero la posada entera para mí. Tengo suficiente dinero.
—Sí, sí, claro, señor. ¿Por cuánto tiempo?
—Todo el que ella necesite —respondió Iron con frialdad.
Mi cuerpo estaba tan al límite que cada movimiento era puro tormento. Intentaba contener los gemidos de dolor mientras Iron avanzaba conmigo en brazos, cada escalón que subía parecía multiplicar el sufrimiento. Cuando por fin llegamos a una puerta, ni siquiera se detuvo; con un movimiento brusco, levantó una pierna y la pateó abriéndola de golpe.
La habitación estaba completamente a oscuras, y apenas noté cuando Iron me dejó caer sobre una cama mullida. El roce de las sábanas contra mis piernas heridas me arrancó un siseo que no pude contener.
Me quedé quieta, aferrada a la cama y conteniendo la respiración, a la espera de que el dolor disminuyera aunque fuera un poco. Entonces
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escuché sus pasos alejándose.
—No me dejes sola, Iron…, no te vayas, por favor —murmuré a la oscuridad, rogando a quien menos me imaginé que lo haría.
Un suave resplandor rompió la penumbra. La tenue llama de una vela se encendió en el rincón opuesto, y con cada paso suyo, otra vela cobraba vida. Cuando encendió la última, se giró hacia mí. No supe si era el dolor o el agotamiento, pero algo en sus ojos me pareció… diferente.
—Me quedaré contigo, Zafiro. No voy a irme.
Caminó hacia mí despacio, y sentí el impulso de intentar enderezarme, de mostrarme fuerte, pero mi cuerpo no resistió y el mareo me hizo desplomarme de nuevo en la cama.
Iron tomó una vela grande de la cómoda y la encendió con un movimiento eficiente. La colocó cerca, dejando que su luz cálida llenara la habitación y proyectara sombras que bailaban en las paredes. Luego se inclinó hacia mis piernas heridas, su mirada recorriendo cada corte y moratón.
Fue entonces cuando lo noté. Estaba casi desnuda, vestida solo con una camiseta de tirantes y ropa interior que apenas cubría lo esencial. El rubor subió a mis mejillas de inmediato y, sin pensar, cogí la manta y tiré de ella para cubrirme, buscando proteger tanto mi piel expuesta como el poco orgullo que me quedaba. Pero me detuvo.
—No tienes nada que esconder. Ahora hay más sangre que piel, así que no hay mucho que ver —dijo con esa risa baja y oscura que conocía tan bien. Hacía días que no la escuchaba.
—¿Por qué… por qué duele tanto? —siseé.
Iron se dejó caer en el borde de la cama y sus ojos volvieron a mis piernas. Intenté juntarlas, pero estaba tan agotada que apenas logré moverme un par de centímetros. Él lo notó y, por un segundo, algo extraño cruzó su rostro, como si hubiera bajado la guardia.
Sus manos, acostumbradas a acabar con vidas, descansaban a un lado contenidas. Era extraño verlo así, midiendo cada movimiento, como si se obligara a no hacer nada que pudiera asustarme más de lo que ya lo estaba.
—Voy a… —Se quedó callado unos segundos—. Tengo que tocarte. Asentí con los dientes apretados mientras lo veía deslizar sus manos
hacia mi pierna derecha. Aunque me había tocado antes, aquella vez fue diferente. Sus dedos se cerraron sobre mi piel herida y la rozaron con una
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suavidad que no esperaba, como si estuviera lidiando con algo frágil, casi sagrado.
Su tacto bajó hasta mi gemelo y lo sostuvo mientras su mirada seguía cada corte y rasguño. Y luego, sus ojos se movieron más arriba, hacia mis muslos desgarrados, ahí donde ese zarkass había intentado hacer lo impensable.
—Ellos… los zarkass… —mi voz se rompió— me arrancaron los pantalones. Querían… querían violarme…
Sus dedos se apretaron en mi piel, y por un segundo sentí la furia latente, como si esa ira ardiera en él.
—Querían llevarme con la Dama…, a mí y a Kali. —Temblé, incapaz de apartar de mi mente las imágenes de esos segundos de terror, cuando me habían arrastrado y habían desgarrado mi ropa sin piedad.
Iron apenas alzó la vista, concentrado en cada arañazo.
—Me alegra que el fénix los haya reducido a cenizas. Ahora sus almas me pertenecen. Y créeme, sabrán lo que es sufrir.
—¿Todas las almas… te pertenecen? —Quería tratar de entender la magnitud de su control.
No respondió de inmediato. En cambio, dejó que su pulgar rozara otro de los cortes profundos, y el dolor me atravesó como un rayo. Cerré los ojos, apretando los dientes para no gritar, pero, aun así, él no retiró la mano. Para mi sorpresa, tampoco sentí el impulso de apartarlo.
—Todas las almas de cualquier criatura, mortal o inmortal me pertenecen cuando mueren…, todas menos una.
—¿Todas… menos una? —pregunté, y en ese momento, sus dedos presionaron otra herida, lo que me arrancó un gemido ahogado y me obligó a clavar las uñas en las sábanas, tensando los puños hasta oír cómo el tejido se rasgaba bajo mi fuerza.
—Las garras de los zarkass contienen veneno. Se llama necrotina. Se adhiere a las heridas y envenena el flujo de poder, haciendo que los cortes no solo queden abiertos, sino que duelan de una forma insoportable. Es una especie de magia parasitaria.
Antes de que pudiera preguntar algo, continuó:
—Mi sangre te ayudará a regenerarte más rápido. Aliviará el ardor, pero esta vez voy a aplicarla directamente en las heridas.
Sin tiempo para procesarlo, deslizó una sombra afilada sobre su palma hasta abrir un corte del que brotó su sangre oscura, luego me miró un
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segundo, con ese destello perverso en los ojos que ya conocía. —Prepárate para odiarme aún más, Zafiro —advirtió, y luego dejó caer
las primeras gotas sobre la herida de mi gemelo.
El dolor fue inmediato. Me retorcí intentando escapar de su alcance, pero entonces algo oscuro me envolvió los tobillos y me sujetó contra la cama para inmovilizarme. Esa fuerza invisible se hizo más intensa y me separó las piernas.
—Necesito que te estés quieta, solo hasta que haya terminado.
Las gotas de su sangre continuaron cayendo en mis heridas, y cada una era como una puñalada de fuego. Intenté contenerme y me mordí el labio tan fuerte que casi lo rompí, pero pronto las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.
—Menos mal que no hay ni un alma en esta posada —dijo soltando una risa perversa mientras me retorcía—. Y que he pagado lo suficiente para que el dueño no se atreva a acercarse ni a cien metros. Porque si alguien escuchara estos gritos, solo podrían pensar una de dos cosas: que te estoy torturando hasta la muerte… o que estamos en una noche de bodas tan depravada que haría huir hasta a los espectros.
—Maldito monstruo… —gruñí entre dientes, furiosa por el dolor y por la sonrisa en su rostro.
Sabía que intentaba distraerme.
—Tengo que tocar el interior de tu muslo, Eda —dijo sin levantar la vista de la herida, la más profunda de todas.
Entonces rasgó un trozo de la manta y comenzó a limpiarla con una precisión casi delicada, mientras sus dedos mantenían mis piernas abiertas.
Mis ojos no podían apartarse de él, aunque quería. Era el mismo sádico que días atrás me había estampado contra una pared sin pestañear, casi rompiéndome el cuello, como si mi vida no significara nada. El mismo que me había raptado, que había amenazado con hacerme sufrir y jurado no tener ni una pizca de piedad. Pero ahora… ahora estaba allí, y sus manos ensangrentadas atendían mis heridas. La muerte misma, el ser que encarnaba todo lo oscuro y cruel de este mundo, se estaba tomando el tiempo para salvarme. Sabía que lo hacía por él mismo, por su propio interés, porque me necesitaba viva. No lo hacía por bondad ni por compasión, sino porque yo le servía de alguna forma.
Estaba tan inmóvil, tan absorta, que no noté su mirada en mí hasta que habló:
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—¿Hay algo en especial de mi cara que te guste tanto? Te has quedado callada y, créeme, nada me da más miedo que tu silencio.
—Es la primera vez que me llamas por mi nombre… —murmuré intentando cruzar las piernas en un gesto instintivo, pero él mantuvo la derecha en su lugar con firmeza.
—¿No es tu nombre?
—No para ti. —Y era cierto. Su apodo había penetrado tanto en mi ser que ya lo sentía como parte de mí, como algo que él me había impuesto y que yo había asumido.
Dejó el trapo ensangrentado a un lado y dejó caer otra gota de su sangre sobre la herida en mi muslo. El ardor fue tan intenso que me arqueé hacia atrás, viendo destellos blancos mientras contenía un grito que amenazaba con desgarrarme la garganta.
—Oh… —ronroneó, su voz goteando una perversidad que disfrutaba abiertamente—. Dime, ¿tu querido emperador alguna vez te ha hecho arquearte así? —Una sonrisa cruel se dibujó en su rostro al tiempo que saboreaba cada segundo de mi dolor.
Quería patearlo, golpearlo, cualquier cosa para borrarle esa sonrisa.
Pero apenas podía moverme.
—Al menos él sabe lo que es dar placer y no solo miedo —escupí. —¿Placer y miedo? —suspiró, y se inclinó hacia el interior de mi
muslo—. Quizá algún día aprendas que el placer y el miedo no son tan distintos como crees.
—Tú solo sabes lo que es dar miedo.
Él apenas se inmutó, seguía concentrado en la herida.
—Yo no te doy miedo, Zafiro.
Solté una risa amarga.
—Te equivocas. Cuando te he visto en tu forma de dragón, pensé que sería el final. Y no es la primera vez. Cada día pienso en cuándo decidirás que ya no soy útil y me borrarás de tu camino.
Las palabras salieron antes de poder detenerlas, sabía que era absurdo confesarle algo así, pero en ese instante ya no tenía nada que perder.
—Yo sé lo que es el verdadero terror. He visto el miedo en cada alma que me cruzo. Pero en ti… en ti nunca he visto miedo. Quizá tus pensamientos humanos sean otra historia, pero en tus ojos no hay rastro de él.
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Otra gota de su sangre cayó sobre la herida y me arrancó una nueva punzada de dolor.
—Entonces ¿qué es lo que ves en mis ojos?
Por fin alzó la vista y sus iris dorados parecieron brillar cuando se cruzaron con los míos, absorbiendo todo el espacio entre nosotros, como si no existiera nada más en la habitación.
—Fuego, Zafiro. Veo puro fuego.
Iron continuó tratando mis heridas en silencio, dejando caer las últimas gotas de su sangre en cada corte mientras la quemazón empezaba a disminuir poco a poco.
Cuando terminó, levanté la mirada hacia él, quería agradecerle o gritarle por haberme hecho pasar por aquello. Pero no logré pronunciar una sola palabra. Sus ojos dorados me miraban inamovibles, como si buscaran algo más allá de mi sufrimiento. Su cabello blanco, aún manchado de sangre, caía en mechones desordenados sobre su frente.
—¿Cómo… cómo tengo la cara? Si la tengo hecha un desastre, mejor no me lo digas.
—Tienes la cara de alguien que acaba de pelear contra siete criaturas y que aún sigue en pie. No está mal.
Se alejó de mis piernas, y las sombras que había sentido envolviendo mis tobillos desaparecieron. Con cuidado, junté las piernas y dejé que el alivio comenzara a reemplazar el dolor insoportable.
—Me pegaron en el estómago, en las costillas. Sé que sanaré, pero… ¿cuánto tardará? —le pregunté tocándome el abdomen.
—Tus heridas y moratones se curarán rápido, pero cualquier hueso roto podría tardar un día. —Se detuvo un momento, y luego añadió—: Tus lágrimas no sanan esto. Ellas curan el poder, no la carne. Solo mi sangre puede hacer eso.
—No más sangre por hoy. —Solo el recuerdo de la última vez, cuando casi le devoré la muñeca, me hizo apretar la mandíbula. No más debilidad frente a él—. Puedo aguantarlo.
Lo observé mientras se ponía de pie y caminaba hacia mí, tan alto que casi me rompía el cuello al levantar la cabeza para seguir su mirada. Su jubón estaba lleno de sangre, mi sangre, teñida en cada pliegue y línea.
—Déjame revisar si tienes alguna costilla rota.
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Yo solo asentí y él se acercó y se sentó de nuevo en el borde de la cama.
Me incorporé un poco para apoyarme en los codos, intentando no pensar en lo expuesta que estaba. Sentí sus manos en mi cintura y me miró un segundo, en silencio, como esperando algún tipo de permiso. Tragué, y volví asentir con un nudo en la garganta.
Sin decir nada, deslizó sus manos hacia el borde de mi camiseta y la levantó, dejando al descubierto mi abdomen y costado. Apenas llevaba puesta esa camiseta y mi ropa interior, pero su mirada no mostró ni un atisbo de lujuria, ni siquiera esa sonrisa irónica que siempre parecía burlarse de todo.
Mi piel estaba marcada con un moratón profundo y oscuro que cubría gran parte de mi abdomen y subía hasta mis costillas.
—El zarkass que dejaste vivo… vino a buscarme.
Iron apenas levantó la vista, sus dedos recorrían cada rincón. Hice una mueca de dolor cuando presionó una costilla, y casi maldije por no poder sentir ni el calor ni el frío de su piel. Quizá era mejor así. No tenía por qué saberlo.
—He estado siguiendo el rastro del zarkass desde el segundo en el que salió corriendo —dijo sin pausar su inspección—. Tardó dos días en llevar mi mensaje a la Dama. Pero, si me preguntas, no sé quién de los dos fue más inútil: ellos, que tardaron una semana en encontrarte, o ella, que pensó que enviándolos podrían matarte.
Su mano se apartó de mi costado.
—Los zarkass me dijeron que los espectros que surgían de la llama valirio se llaman noctífagos. Pero ¿quiénes son exactamente? ¿Qué tienen que ver la Dama, los zarkass y esos…? —Entonces lo entendí—. La Dama es la dueña de la llama valirio…, ¿verdad?
—Lo es —respondió sin rodeos.
Ahí estaba. Por mucho que había intentado atar cabos, necesitaba escucharlo de él.
—Pero no la vi a ella. Solo a los zarkass, a los noctífagos… y a las almas que huían de sus casas gritando…
—No la viste porque ella no estaba allí.
Intenté incorporarme más para quedar erguida, pero el esfuerzo fue inútil. Mi cuerpo aún no cooperaba. Desde mi posición, lo miré fijamente buscando respuestas en su rostro.
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—¿Por qué no estaba? Si ellos se encontraban allí en su nombre, ¿por qué no apareció? ¿Se esconde detrás de ellos? ¿Qué clase de poder tiene alguien que puede incendiar una aldea entera sin siquiera estar allí?
Iron no parpadeó.
—Las llamas buscan a las llamas, Zafiro. El poder siempre reconoce al poder. Puedes intentar esconderlo o apagarlo, pero da igual. Esa fuerza te encontrará, te perseguirá.
Esas palabras me hicieron detenerme. Recordé otra conversación, un recuerdo que se me clavó como una espina. Fue Dalton quien me dijo algo similar. «Es como si nuestras esencias se reconocieran, se llamaran mutuamente», me había susurrado una noche.
—Dalton… —logré murmurar con esfuerzo, como si el nombre me pesara en la lengua—. Dalton me lo dijo. Y hasta ahora no lo había pensado.
«Eres una luz en la oscuridad para esos monstruos», me dijo una vez. Claro que lo era. Claro que todo aquello era culpa mía. Dos aldeas reducidas a cenizas, y en una… en una había habido muertos. Todo por esa maldita atracción que tenían hacia mí y que las llamaba como polillas al fuego.
—Pero tú no posees el poder de ninguna llama. Solo Dalton, la Dama y yo…, y aun así, me sentías, aun así la oscuridad y los wendigos… — dejé la frase en el aire sin poder terminarla.
—Lo opuesto llama a su contrario, Zafiro.
Iron alzó la mano despacio hacia mi cuello, y yo me quedé quieta, sin atreverme a mover un músculo. Sus dedos rozaron el colgante que él mismo me había dado, ese con forma de gota blanca con un punto negro en el centro. No se había encendido desde que me lo puse, pero tampoco me lo había quitado.
Sus dedos lo acariciaron mientras fijaba su atención en el objeto, como si en él guardara algún secreto.
—Después de tantos siglos, volví a sentirte. Al principio, fue… curioso, casi entretenido. Pero cuando esa llamada se repitió, unas semanas después, era más fuerte, más insistente. —Su sonrisa se torció—. Y Basilius, tan listo como se cree, no se dio cuenta de que al encender tu fuego estaba llamando a lo que más teme. Le abrió la puerta, directa hacia ti.
—Te equivocas. Él sabía perfectamente lo que hacía.
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Recordé bien esa noche. La discusión. Él lo sabía. Era consciente de que encendiendo mi fuego atraía a los monstruos, a los wendigos… y a Iron. Sacudí la cabeza intentando apartar esa escena de mi mente.
Iron me observó, sus dedos aún en el colgante.
—Vaya…, entonces debería agradecerle personalmente a tu amado emperador, ¿no? Quizá le envíe una nota de cortesía.
—Ni se te ocurra —le gruñí, y aparté su mano.
—Lo que Basilius no calculó es que, jugando a convertirte en una antorcha viviente, no solo me llamaba a mí…, sino a ella.
—¿Ella? —pregunté en apenas un susurro. La Dama. Claro. Si alguien más podía sentir este tipo de llamada, era ella.
—¿Acaso crees que la Dama no percibió el cambio? ¿Que no sintió el calor cuando tus llamas empezaron a despertar? Ella lo supo, y lo ha sabido desde entonces. Por eso envió a los noctífagos, a sus zarkass.
Mis dedos se cerraron en torno al colgante, sin saber si me daba más miedo la posibilidad de que la Dama me buscara o el hecho de que Iron lo tuviera todo tan claro, como si hubiera estado observando desde el primer momento.
—Entonces… ¿por qué no viene ella misma? Si sabe dónde estoy, si sabe que estoy aquí…, ¿por qué no viene?
Iron se puso de pie.
—Porque sabe que estás conmigo. Porque estás en mi territorio, y en Bankai nadie tiene los cojones de desafiar a la maldita sombra. La Dama no es estúpida, sabe que para llegar a ti tendría que enfrentarse a mí. Pero no te hagas ilusiones, Zafiro. Esa zorra no va a detenerse. Solo está esperando el momento en que te alejes lo suficiente de mí… para joderte sin que nadie la detenga.
—¿La Dama… vive aquí, en Bankai? ¿Ella está aquí? —Intenté levantarme, impulsada por la necesidad de respuestas, pero el dolor me obligó a caer de nuevo sobre la cama. Las piernas me dolían, y sentía pinchazos en las costillas con cada respiración.
—Mañana hablaremos de eso.
Las preguntas sobre la Dama quedaron atrapadas en mi mente, como un enjambre de abejas enloquecidas, pero pronto se desplazaron para dar espacio a una sola cuestión que exigía respuesta.
—¿Dónde estabas cuando la aldea empezó a arder? —solté sin rodeos —. ¿Por qué no llamaste a mi puerta esta mañana? —Hasta ese momento,
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siempre había sido él quien controlaba cada detalle: cerraba y abría las puertas de las habitaciones en las que dormía, me dejaba siempre en dormitorios sin ventanas. Pero esa vez… no había estado.
Iron levantó una ceja negra y dejó escapar una media sonrisa, una de esas que lograban encender mi furia en un instante.
—¿Decepcionada por mi ausencia? —Se lamió uno de los colmillos—. Quería ver lo que te enseñó tu querido emperador, comprobar si seguías siendo tan buena con las dagas como antes.
«Como antes…».
—Fui sin armas, solo tenía dos dagas.
Su sonrisa se ensanchó disfrutando de mi frustración.
—¿Y fue un problema? Aun así, lograste invocar tu espada. No necesitaste ayuda ni instrucciones. Fue puro instinto, ¿no?
—Pero quedaban dos, y fallé. De no ser por Kali…
Él se inclinó más, su rostro quedó apenas a un par de centímetros del mío.
—Sabías que el miedo te estaba dominando —susurró—. Estabas jodidamente aterrorizada, muerta de miedo. Pero incluso así pensaste. Supiste moverte, qué hacer para armarte. Y sin una sola maldita chispa de poder te cargaste a esos zarkass. Tú sola. Contra ellos.
—¡Podrían haberme violado ahí mismo, Iron! —Levanté una mano, lista para darle una bofetada, pero él atrapó mi muñeca al vuelo, y me atrajo hacia él, su rostro peligrosamente cerca del mío.
—No hubiera dejado que eso pasara.
—Mira mis piernas.
—Las he curado yo mismo.
Solté un bufido, pero él no aflojó su agarre, y la burbuja de delicadeza que había mostrado antes desapareció; ahora solo quedaba la sombra, fría y mortal, que siempre había sido.
—Esta es la cruda realidad de tu vida, Zafiro. Aquí todos te buscan, todos quieren tu poder, todos quieren un pedazo de ti. —Su agarre en mi muñeca se hizo más fuerte—. Yo ya te he cazado. No te olvides de eso. Que te haya curado no cambia las cosas. Sabes bien quién soy. Y lo hice porque, si no estás entera, no eres más que un lastre para mí.
Finalmente, me soltó y aparté la muñeca de inmediato, como si su roce me quemara. Él se apartó y lanzó una última mirada a mis piernas
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cubiertas de sangre, a las sábanas desgarradas, al desastre en que me encontraba.
Lo miré con el odio hirviendo en mi pecho, y no pude callar más. —¿Un lastre para ti? Qué fácil es decirlo desde ese pedestal tuyo,
desde ese papel de la muerte que tanto disfrutas. No soy un peón en tu juego, ni en el de nadie. No perdoné al amor de mi vida por usarme en sus planes, y no voy a dejar que tú hagas lo mismo. No soy otra alma para tu colección, Iron.
Sentí cómo el calor subía a mis ojos, una chispa que crecía en mi interior.
—Soy una cazadora, igual que tú, y lo sabes. Lo has visto con tus propios ojos. Me he levantado y he peleado. Me he lanzado contra esos malditos monstruos sabiendo que nadie vendría a salvarme.
—Por fin lo entiendes —escupió Iron—. Nadie va a salvarte de lo que viene. Nadie encenderá ni apagará esa llama cuando pierdas el control. O aprendes a dominarla… o te consumirá. Así de simple.
Él sabía exactamente de lo que hablaba, conocía mi lucha con el control. Sabía que solo lograba manejar mi poder cuando las emociones se apoderaban de mí, y aun así, en la fase de miedo, no pude invocar mi llama. Parecía que la ira era lo único que de verdad despertaba mi poder, pero depender solo de eso… me haría un peligro para el mundo, y yo no quería eso.
Nuestras miradas chocaron, y luego él se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Las velas se apagaron de golpe, devoradas por una oscuridad que parecía seguirlo. Justo antes de salir, se detuvo, girando la cabeza lo justo para mirarme una última vez.
—Recuerda quién eres.
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Eda
Todos éramos asesinos de una forma u otra.
Había acabado con esos zarkass, había visto cómo ardían convertidos en cenizas. Y cuando los noctífagos tomaron a los mortales, tampoco titubeé. Desenvainé mi espada y destrocé sus cuerpos sin pensarlo dos veces, porque tenía que sobrevivir. Pero ahí estaba la maldita diferencia: yo mataba por necesidad.
Iron Shadow, en cambio, lo hacía por placer.
No era un simple enemigo; era la muerte encarnada, un dragón de sombras. Aquel lugar, ese reino de almas condenadas, los wendigos, ese ejército de criaturas sedientas de sangre…, todo le pertenecía. No solo tomaba vidas; las arrancaba de su esencia, las deformaba y las convertía en oscuridad pura, en monstruos que solo vivían para destruir.
Pero cuando me había curado, por un instante, lo había olvidado. Olvidé qué era realmente Iron Shadow. Olvidé el abismo que caminaba a mi lado, el monstruo que respiraba en el mismo aire que yo.
No sabía qué hora era. La noción del tiempo había desaparecido desde que cruzara el umbral de este lugar. Allí no había mañanas ni amaneceres
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que trajeran esperanza. Solo una noche infinita que parecía burlarse de mi desorientación.
Pensaba que nunca te ibas a despertar, me habló Kali.
¿Cuántos días han pasado?, le pregunté, tratando de orientarme mientras me incorporaba. Sentía los músculos entumecidos, como si hubiera estado inmóvil durante siglos.
Tres días.
¡¿Tres?!
Tu cuerpo inmortal se debilitó mucho, pero Iron te ha salvado, Eda. Puse los ojos en blanco. Tres días…, demasiado tiempo teniendo en
cuenta todo lo que había ocurrido. Y durante esos días que yo había estado inconsciente, Kali…, bueno, había seguido demostrando de lo que era capaz. La había visto evolucionar, día tras día. Había reducido a cenizas a esos zarkass sin titubear, sin vacilar. Mi pequeña se estaba volviendo poderosa, letal. Y mientras tanto yo…
Suspiré.
Necesitaba luz. Cerré los ojos y me concentré en las velas que había apagado Iron. Tomé aire, lo solté, y en un segundo, las llamas azules surgieron, iluminando la habitación. Aparté las sábanas y miré mis piernas. La sangre seca aún manchaba mi piel, aunque las heridas estaban cerradas.
Me obligué a levantarme, pero en cuanto puse los pies en el suelo, una punzada me recorrió los músculos. Me sostuve en el borde de la cama con los dientes apretados. Caminar dolía, cada paso era un recordatorio de lo débil que estaba, pero quedarme en la cama no era una opción. Si tenía que arrastrarme, lo haría.
Busqué algo con lo que cubrirme, y recordé que la pequeña bolsa que llevaba con ropa se había quedado en aquella otra posada ahora quemada. Frustrada, miré a mi alrededor y lo vi: un jubón de Iron colgado cerca. Era enorme, aunque serviría. Lo tomé y me lo puse sin pensarlo mucho, solo para arrepentirme al instante. Su olor impregnaba la tela y me envolvía por completo. Como si necesitara un recordatorio no solo de que me había curado, sino de que había pensado en dejarme algo, sabiendo que no tenía nada más.
Con el jubón hasta las rodillas, el pelo hecho un desastre y manchas de sangre en la piel, abrí la puerta con cuidado. Antes de dar un paso, la voz de Iron resonó en el pasillo, y justo cuando iba a salir, escuché a otro
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hombre responderle. Me quedé en el sitio y agucé el oído conteniendo la respiración.
—La aldea está destruida, no queda nada. Las almas ya encontraron otro lugar, así que ya no es asunto mío —dijo Iron.
—¿Y las de los zarkass? ¿Todo… arreglado? —respondió el otro hombre, su voz algo más ligera.
—Esas almas ya están convertidas en wendigos, esperando en las filas del ejército, y cuando vuelva… los destrozaré lentamente, como se merecen. Pero, por ahora, no son más que polvo bajo mis botas —contestó Iron.
Mi curiosidad me ganó y me pegué más a la puerta para no perder ni una palabra. ¿Zarkass convertidos en wendigos? Sabía lo que eran los wendigos, o al menos eso pensaba, pero nunca habría pensado que las almas de los zarkass también pudieran transformarse en algo así…
—¿Y qué hay de los noctífagos? —preguntó el hombre.
—Devueltos a su perra de dama —gruñó Iron con evidente desdén—. Esos espectros son peor que una plaga, un puto cáncer. Siempre rondando, como moscas sobre cadáveres podridos.
Escuché cómo tomaba un trago e imaginé el líquido bajando de golpe.
Luego oí el sonido seco de la copa al golpear la mesa.
—Ya veo… Y cuéntame, ¿qué demonios pasó en Pramvera? —le preguntó casi divertido—. Sabes que por ahí no suele haber muchas muertes masivas. Pero cuando de repente llegaron veinte nuevas almas al registro de esa zona, Syera y yo empezamos a sospechar. Pensábamos que había sido obra tuya.
¿Registro de almas? ¿Aquellos tipos tenían un control tan absoluto que sabían de cada muerte que ocurría? Era como si existiera una red oculta, una telaraña invisible y oscura que se extendía por todos los rincones de este mundo y, quizá, incluso más allá.
Iron bufó.
—Perder el tiempo con mortales… no es mi estilo, Rai Raider. —El tono de su voz me hizo imaginar su rostro endurecido, como si la mera sugerencia de estar involucrado en algo tan insignificante lo ofendiera.
—Aun así, algo salió mal, ¿no? —insistió el hombre al que llamaba Rai Raider—. El plan se te fue a la mierda, admítelo.
—Rai, hago lo que me da la jodida gana. Si el plan se tambaleaba, ya lo hacía desde antes.
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Rai soltó una carcajada breve y seca.
—Llevamos siglos trabajando juntos. Siglos hablando de estas mierdas, de estos… planes. Y de pronto, te encierras y dejas de contarme todo. ¿Qué? ¿Ahora te crees demasiado bueno para compartir? Ah, no…, claro. Yo sé perfectamente por qué estás tan perturbado últimamente.
—Voy a hundirte el maldito cráneo en el suelo si no cierras esa boca de una vez —lo amenazó Iron.
Rai se quedó en silencio, como si estuviera evaluando el riesgo, pero, al final, continuó con su tono despreocupado.
—Todo empezó a irse al demonio cuando esos wendigos… —dejó la frase en el aire, como si esperara que Iron lo confirmara.
Hubo un momento de silencio y luego Iron soltó un breve «Sí». —Sabemos de sobra que tus wendigos no han cruzado ese territorio en
siglos, no desde la guerra. Ni una sola alma de Bankai ha pisado ese lugar. Entonces, dime…, ¿restos? ¿Fueron los restos los que…?
—Residuos —corrigió—. Residuos de mis viejos guerreros. Fueron tras lo que los llama, Rai Raider, y sabes perfectamente qué es lo que buscan ahora. Pero sí, también fueron a buscarla.
Iron me había advertido que «jugaba con fuego», que mis entrenamientos recientes habían atraído a esas criaturas. Siempre había asumido que era él quien las enviaba, que cada wendigo y cada espíritu eran extensiones de su poder. ¿Acaso Iron no tenía el control total de esos monstruos? ¿No era él quien dirigía cada uno de sus movimientos? ¿Podía ser que algunas de esas criaturas actuaran por su cuenta, movidas por algún tipo de residuo de su poder?
—Así que el plan se te fue al infierno, ¿eh? Todo el maldito imperio en estado de alerta gracias a tu metedura de pata.
Iron soltó una risa fría sin rastro de arrepentimiento.
—¿Y qué importa? Llevaba doscientos treinta años jugando a ser el vecino perfecto sin mover un maldito dedo. Ya era hora de darle algo para entretenerse, un recordatorio de que aquí seguimos. —Bebió un trago de su copa.
—Vaya regalo, ¿eh? —soltó Rai con una carcajada—. Dejas que el gran emperador se ahogue en su propia mierda durante años, y justo cuando recupera a su precioso Zafiro, apareces tú y se lo arrancas, como el maldito ladrón que eres.
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—Doscientos treinta años —prosiguió Iron disfrutando cada palabra— para que ese patético emperador creyera que lo tenía todo bajo control, y ahora…, bueno, ahora la tiene tan lejos como el primer día.
—Es una lástima, ¿no? Tener a alguien en las manos, tan cerca, para luego perderlo… Qué desastre para él —pronunció burlón—. Tantos años de espera y ahora… se le ha escapado. Irónico, ¿verdad?
Iron tomó otro trago, y pude casi oír la sonrisa cruel formarse en sus labios.
—El Zafiro volverá.
Sentí cómo mi corazón comenzaba a golpear con fuerza, cada latido traicionándome. Maldije cada pulso y deseé que se calmara antes de que me escucharan, antes de que descubrieran mi presencia. Pero era inútil. Estaban hablando de mí como si les perteneciera, como si fuera un premio en su retorcido juego de poder. Como si mi voluntad no importara, como si yo no fuera más que un trofeo.
Las voces se apagaron de repente, y antes de que pudiera procesar el cambio, un remolino oscuro se materializó frente a la puerta. Sombras espesas giraron en espiral hasta condensarse en una figura alta y familiar. Iron surgió de la penumbra con una sonrisa que alcanzaba cada rincón de su rostro.
—Es de mala educación escuchar conversaciones ajenas —dijo Iron como si hubiera estado esperando encontrarme ahí, espiando.
Disimulé como pude y bajé la mano que aún tenía apretada en un puño, pero no le di el gusto de verme intimidada.
—No es entrometerse cuando mi nombre es el tema de conversación.
—¿Tu nombre? —se burló—. Yo no he dicho tu nombre.
—Pero sí usaste el apodo que insistes en darme, como si fuera más que un maldito objeto.
—Técnicamente, eres una gema, Zafiro.
Me hervía la sangre. Apenas había comenzado el día y ya sentía el impulso de arrancarle esa sonrisa de la cara. ¿Cómo había permitido que me curara? ¿Cómo había sido tan vulnerable?
—¿Quién era ese hombre con el que hablabas? —solté cruzándome de brazos.
La sonrisa sádica en su rostro permaneció intacta, como si mi reacción fuera justo lo que había estado esperando. Se apoyó con desgana en el marco de la puerta y tamborileó los dedos en la madera.
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—Ese hombre es quien seguirá matando cuando yo esté demasiado ocupado.
Me estaba tomando el pelo… o quizá no.
Suspiré una vez más.
—¿Es verdad lo que has dicho sobre los wendigos? ¿Que no los enviaste a por mí?
Por un momento dudó. Algo oscuro cruzó su mirada antes de responder:
—No. Yo no los envié. Tú los llamaste. Fue tu error, tu problema… y el de tu ejército. —Su sonrisa se ensanchó, como si disfrutara de verme descolocada.
Hizo el amago de darse la vuelta, pero no se lo permití.
—¿Y cuál era tu verdadero plan, Iron Shadow?
Se detuvo, apenas un segundo, antes de girarse hacia mí. Sabía que había algo más, y ahora, tras haber escuchado todo, lo sentía en cada fibra de mi ser.
—Hacer que desaparecieras sin dejar rastro. Que tu emperador se levantara una mañana, mirara alrededor… y descubriera que ya no estabas allí. Que te habías esfumado de la noche a la mañana. —Se inclinó hacia mí, acorralándome entre su terrible altura y el marco de la puerta—. Y destrozarle el alma de tal manera… que ni los infiernos lo hubieran querido recibir. Ese era mi plan.
La forma en la que siempre se reía de él, cómo hablaba con ese desprecio absoluto…
—¡Tú eres el maldito infierno! —solté entre dientes.
—Sí, ¿quieres otra demostración?
La última vez que habíamos tenido una conversación como esa, sus dedos se habían cerrado alrededor de mi cuello implacables. Tal vez debería haber sentido miedo, pero no iba a darle esa satisfacción.
—Ya me lo demuestras constantemente —le espeté, clavándole la mirada como si pudiera atravesarlo con ella.
Pero él ni parpadeó. Esos ojos dorados me recorrieron de arriba abajo, con una lentitud descarada, como si pudiera desnudarme con solo mirarme. Era incómodo, invasivo, y lo sabía. Finalmente, su mirada se clavó en mis piernas, donde la sangre seca aún manchaba mi piel. Luego continuó subiendo por la ropa.
—Y sin embargo llevas mi camisa.
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—No porque quiera.
—Pero la llevas —replicó con una ligera curva en sus labios, como si acabara de ganar algo.
Devolvió su atención a mis piernas, en las que la sangre aún trazaba un rastro oscuro, desordenado. Sin querer, seguí la dirección de sus ojos. Ahí estaba: su sangre y la mía, mezcladas en una maraña perversa sobre mi piel desnuda. Por instinto apreté los muslos, como si eso pudiera ocultar algo que él ya había visto demasiado bien.
Levanté la mirada para enfrentarme a él, dispuesta a sostenerla con todas las fuerzas que me quedaban. Pero cuando volví los ojos hacia la puerta, Iron ya no estaba y había dejado tras de sí algo que no había estado allí antes.
Dos muletas de madera reposaban en el umbral.
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Eda
Iron Shadow me había dejado unas muletas.
Iron Shadow…
No iba a darle las gracias por ellas, aunque fueran lo único que me mantenía en pie mientras caminaba por la aldea, que era más grande en comparación con las otras.
No había tenido tiempo de observar antes las calles, la gente. Normalmente, bastaba con la presencia de Iron para que las puertas se cerraran y las calles se vaciaran. Pero ahora, todas las miradas estaban puestas en mí. No por respeto, sino por pura curiosidad.
Con una camiseta enorme que apenas me cubría, heridas abiertas y manchas de sangre seca, y torpemente apoyada en unas muletas, era imposible no llamar la atención. Sin embargo, no eran mi ropa ni mi estado lo que en realidad importaba. Me miraban porque era diferente, una humana de carne y hueso.
Una viva entre ellos.
Caminaba tambaleándome por las calles, consciente de cada par de ojos que se posaba en mí. En Pramvera también me miraban, ya fuera por ser jinete, por acompañar a Dalton en aquel baile o por simplemente existir
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bajo su sombra. Al parecer, ser el centro de atención era ya mi estado natural.
«Es ella», escuché susurrar a alguien. «¿Lo es?», murmuró una mujer en voz baja, pero mi oído captó la conversación con claridad. «¿Qué hace aquí? ¿Estará haciendo el Camino del Renacimiento?».
Al parecer, en la vida y en la muerte, la gente no podía resistirse a cuchichear, observar y hacer comentarios. Algunas cosas nunca cambiaban.
Los murmullos siguieron, pero no me importaron. Continué mi camino mientras echaba de vez en cuando un vistazo al cielo nocturno esperando ver a Kali.
¿Qué tal la caza?, le pregunté, aunque no pude evitar una punzada de inquietud al recordar a los noctífagos y a los zarkass. Disipé esos pensamientos; Kali era astuta.
Quiero probar una oveja, pero las únicas que he encontrado son fantasmas… Una lástima, seguiré buscando, me respondió, y tuve que reír con disimulo para que nadie notara.
¿Dónde te escondes? No te he visto por la aldea; estoy cojeando por aquí en muletas como una campeona.
Me mantengo oculta, como Iron dijo que debía hacer, respondió Kali, y puse los ojos en blanco. Claro, a él sí que le hacía caso.
Buena suerte con la caza.
Y a ti en tu paseo con muletas.
La aldea, que en un primer vistazo me había parecido simplemente hermosa, se fue transformando bajo mis pies de manera insidiosa. Al principio, solo eran detalles pequeños: un ángulo de las casas, el trazo de las enredaderas sobre las paredes de piedra, el destello familiar en las antorchas. Pero a cada paso que daba, esa aldea extraña y desconocida comenzó a… cambiar.
Mis pasos se hicieron más lentos, como si algo tirara de mí, un ancla invisible. Miré a mi alrededor, y mi corazón se paró un instante cuando la reconocí. Esa curva de la calle…, esa pequeña bifurcación, el olor de la madera de los marcos de las ventanas.
Sabía exactamente dónde estaba.
Valdemar.
La calle de mi infancia, el camino de mis primeros pasos. Era imposible. Todo el escenario era una copia exacta de cada rincón por el
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que había caminado durante más de veinte años. Una réplica perfecta. ¿Qué clase de truco oscuro era aquel? ¿Quién podía haber recreado mi ciudad natal en un rincón desconocido de esa tierra?
Mis manos temblaban sobre las muletas, y cada parte de mí se resistía a seguir avanzando. Temía que si daba un paso más, los recuerdos se harían tan vívidos que no podría soportarlos. ¿Había deseado yo aquello? ¿Había soñado con regresar a Valdemar sin siquiera darme cuenta? Tal vez en mi subconsciente un anhelo oculto había provocado aquella ilusión macabra, esa burla cruel de un lugar que ya no existía para mí.
Tenía que encontrarla. La librería. Mi lugar seguro, mi refugio…, necesitaba estar allí una última vez.
Mi respiración era un caos mientras me esforzaba por avanzar, cada paso una punzada de dolor que quemaba en mis músculos. Y entonces la
vi: la puerta de madera, con el cristal en el centro que reflejaba la luz tenue del interior.
El olor me golpeó antes de entrar, tan familiar que mis ojos se llenaron de lágrimas al instante. Bankai, ese lugar de muerte y sombras, había recreado la librería. ¿Por qué? ¿Cómo era posible algo tan especial en un sitio como ese?
Apoyé las muletas junto a la puerta y empujé con las manos temblorosas. El suave tintineo de una campanilla rompió el silencio, seguido del perfume de las páginas viejas, la ceniza… y su esencia. Una sensación que, por un segundo, casi me devolvió la calma.
Mis ojos recorrieron el lugar hasta que lo encontré. Theo, detrás del mostrador, inclinado como siempre, con su barba blanca y esa sonrisa cálida que iluminaba el ambiente y me hacía sentir una seguridad que creía perdida.
Ahí estaba, el hombre que había sido como un padre para mí. Pero algo en él no era normal. Su cuerpo parecía incompleto, rodeado por un brillo suave, casi irreal, como si fuera un recuerdo hecho luz. No era el Theo de carne y hueso…, sino su alma, su esencia.
—Mi pequeña Eda —susurró sonriendo aún más al ver mis lágrimas. Me abalancé hacia él y envolví sus hombros en mis brazos, él me
devolvió el abrazo. Mis lágrimas cayeron sin control mientras enterraba mi rostro en su hombro, y él me sostuvo, con esa calma eterna que siempre había tenido.
—Theo… Theo… —susurré—. ¡Dios mío, Theo!
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Nos quedamos así, abrazados en medio de la librería, y no me importó si estaba rodeada de sombras o muerte; en ese momento, él estaba ahí conmigo, y eso era lo único que importaba. Pero cuando me separé, el dolor volvió de golpe al darme cuenta de lo que eso significaba.
—¿Falleciste…? —logré decir.
Theo asintió con serenidad, sus ojos llenos de compasión mientras me cogía las manos entre las suyas. Llevaba el mismo chaleco marrón de lana de siempre, y del bolsillo colgaba su reloj de oro, el que jamás se había quitado.
Él notó mi mirada hacia el reloj y sonrió mientras lo tocaba con cariño. —¿Acaso pensabas que iba a dejar atrás mi reloj? —dijo con un
destello de humor en sus ojos—. Eso nunca.
—¿Cuándo…? Theo, lo siento tanto. Siento no haber estado allí. —Las palabras se ahogaron en mi garganta, el dolor era un nudo que apenas podía soportar. Pero él negó con la cabeza tranquilizador.
—No te preocupes, pequeña Eda. Se llama vejez, y llega para todos nosotros. Tarde o temprano, tenía que despedirme del mundo de los vivos. —Su mirada recorrió la librería—. Yo solo deseé, al cerrar los ojos, regresar aquí, a este rincón donde viví tantas vidas y leí tantas historias.
Miré alrededor recordando las últimas palabras que me había dicho antes de que me fuera.
—Tus últimas palabras, Theo… Tenías razón.
Él sonrió, y las arrugas se acentuaron en su rostro, dándole esa apariencia sabia y tierna que siempre había tenido.
—Te dije que volverías, que regresarías cargada de historias para compartir —dijo suavemente—. Porque eres fuerte y eres valiente. Ahora, dime…, ¿es así?
Tragué saliva y traté de contener el nudo en la garganta. Todo lo que había pasado…, no tenía ni idea de por dónde empezar. Theo lo notó. Con esa sonrisa tranquila, señaló el pequeño sofá al fondo de la librería, nuestro rincón de siempre, donde solíamos sentarnos a leer.
Nos acomodamos en él y las palabras empezaron a brotar sin control, como si llevara demasiado tiempo conteniéndolas. Le conté todo, vaciándome de recuerdos que parecían pesar más de lo que podía soportar. Hablé de los jinetes y de aquellos días en Pramvera, de cómo una aparente primavera de paz se transformó en un torbellino de traiciones y secretos.
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Le hablé de Kali, de cómo mi vínculo con el fénix se había convertido en mi única fuente de fuerza. Luego vino Dalton. Al llegar a su traición, sentí cómo el dolor me atravesaba de nuevo, crudo, fresco, como si nunca hubiera dejado de doler. Theo me escuchaba en silencio, sus manos sobre las mías, sin juzgar, solo ofreciendo ese consuelo que creía haber olvidado.
Y Kaiserin… Esa parte de mi pasado que había vuelto a hundirme, a recordarme quién fui y quién ya no podía ser. Pero entonces estaba Iron, ese ser que lo había cambiado todo, arrancándome de lo que conocía y lanzándome de lleno en un mundo de sombras, poder y muerte.
Al final, después de un largo silencio, su mirada se suavizó aún más, y me dio una palmadita en las manos, como hacía cuando era pequeña y me encontraba en apuros.
—Eda —empezó—, has vivido más en estos últimos tiempos de lo que muchos experimentan en toda una vida. Sé que cargas un peso inmenso, que cada paso parece una prueba. Pero tienes algo que ni la muerte misma, ni esos monstruos ni siquiera el emperador pueden arrebatarte. Tienes tu espíritu. Eso, querida mía, es más fuerte que cualquier llama o sombra que intente devorarte.
Hizo una pausa, su mirada tan sabia y clara que sentí como si estuviera viendo más allá de mis miedos y angustias.
—Las traiciones duelen… Lo sé. Y las promesas rotas son como cuchillos. Pero recuerda esto: tus enemigos, tus aliados, incluso los fantasmas de tu pasado… son solo pruebas, Eda. Pruebas para ver si mantienes tu esencia, tu integridad. No dejes que el odio o la venganza sean los que guíen tu llama. La ira es poderosa, pero puede consumirlo todo si no la controlas.
Theo me miró, sus arrugas parecían más profundas, como si el mismo tiempo se detuviera en sus ojos.
—Este camino que llamas el Renacimiento no se trata solo de fuerza, de ganar o perder. Es una prueba de quién eres en el fondo, de quién decides ser cuando todo parece romperse. Tienes poder, sí, pero también un corazón humano. No dejes que esa humanidad se apague. El poder sin humanidad es solo destrucción.
Tomó un profundo respiro antes de continuar:
—Vivirás muchas pruebas, Eda, y sé que a veces te sentirás como si no pudieras seguir. Pero eres fuerte. Y no porque seas inmortal o porque tengas el poder de la llama, sino porque tienes la voluntad de hacer lo
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correcto, incluso cuando duele. No olvides quién eres y, por encima de todo, no dejes que estos caminos oscuros cambien tu esencia.
Las lágrimas seguían cayendo, pero no pude evitar sonreír mientras asentía.
—Vaya, Theo, parece que aquella chica tranquila que solo leía historias de monstruos ahora está en busca y captura —bromeé.
Él miró mis piernas llenas de heridas visibles bajo la camisa de Iron, y la preocupación se reflejó en su rostro.
—¿Él te ha hecho esto? —preguntó refiriéndose a Iron.
Sacudí la cabeza.
—No, él no me hizo esto. Iron… Iron me curó, en realidad. Las heridas me las hicieron unas criaturas. Pero ya me estoy regenerando; solo estoy un poco dolorida.
Mientras hablaba, noté que mi mano, casi sin darme cuenta, acariciaba el colgante que colgaba de mi cuello. Mis dedos pasaban una y otra vez por la superficie, como si buscaran consuelo en el objeto. Fue entonces cuando sentí su mirada y, al alzar los ojos, lo vi: Theo observaba fijamente mi mano, su atención parecía completamente atrapada en el movimiento nervioso de mis dedos.
—Es un colgante especial —dijo señalándolo con un gesto ligero, casi casual.
—Lo es. —Bajé la mano de inmediato, apartándola del colgante. Luego me puse de pie, y él hizo lo mismo. Nos encontramos en un abrazo que deseé, con todo mi ser, que pudiera durar para siempre.
—Gracias…, de verdad, Theo.
—Gracias a ti, pequeña Eda, por haber sido como una hija para mí, por estar ahí cuando nadie más lo hizo.
Me detuve un momento para grabar cada detalle en mi memoria: su chaleco marrón, el brillo apagado del reloj dorado asomando del bolsillo, las arrugas que parecían mapas de historias vividas y esos ojos tranquilos.
Cuando me despedí, mi corazón estaba lleno, pero mi alma llevaba una herida dulce y dolorosa. Comprendí que tal vez este territorio oscuro y desconocido podía ser un poco mi hogar. Porque aquí, en este rincón entre la vida y la muerte, permanecían aquellos que habían dejado el mundo de los vivos. Y mientras ellos estuvieran ahí, habría algo, una chispa de pertenencia, que me ataría sin remedio a este lugar.
—Volveré, Theo —le prometí.
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—Vuelve cuando el mundo brille un poco más para ti, y cuando tengas más historias que contarme.
Con una última mirada, grabé cada rincón de la librería en mi memoria y, conteniendo un sollozo, cerré la puerta.
Al hacerlo, el mundo cambió. Donde mi mano había tocado el pomo ya no estaba la puerta de la librería. Las calles familiares de Valdemar, las fachadas que conocía tan bien, todo había desaparecido, como si la librería hubiera sido un puente que ahora se había desvanecido, dejándome al otro lado.
No quedaba nada de mi pasado.
Me apoyé con torpeza en las muletas, tratando de ignorar el dolor punzante que me latía no solo en las piernas, sino también en el pecho. Pero apenas logré dar un paso cuando un estruendo ensordecedor desgarró el aire, seguido por un pitido agudo que invadió mis oídos.
El ambiente cambió en un instante, como si algo enorme hubiera descendido sobre la aldea y, cuando levanté la vista, sobre mí se alzaba un dragón de sombras, con sus alas desplegadas cubriendo el horizonte como una noche interminable.
Entonces lo escuché: un rugido profundo, como un trueno, que me atravesó por completo y me hizo temblar hasta los huesos. Ignoro cómo lo supe, no había palabras para explicarlo, pero podía sentirlo. La furia que emanaba de él, como una tempestad contenida, como si el mismísimo aire estuviera a punto de estallar en llamas y sombras. Iron Shadow estaba enfadado… muy enfadado.
Y esa rabia, oscura e imparable, no traía nada bueno.
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Eda
Con las piernas destrozadas, fui tras él.
Tras el dragón.
Los habitantes corrían a refugiarse, cerrando ventanas y atrancando puertas en un pánico casi ritual que dejaba la aldea sumida en un silencio aterrador. Yo no podía correr, pero seguí avanzando, torpe y lenta, paso a paso, notando que el camino se acortaba, como si Bankai respondiera a mi deseo de llegar lo más rápido posible hasta él.
La inmensa silueta del dragón de sombras volaba justo encima de mí, sus alas extendidas cubriendo el cielo y proyectando una mancha de oscuridad absoluta sobre la aldea. Su vuelo era bajo, tanto que parecía rozar las copas de los árboles en el bosque cercano. Lo seguí con la mirada y, en ese instante, lo supe: estaba descendiendo.
Apresuré el paso, ignorando el dolor en mis piernas, mientras la tierra empezaba a temblar, primero como un susurro y luego como un terremoto que parecía anunciar el fin de todo. Por un segundo, creí que el suelo se partiría, que el mundo se rompería en dos.
El dragón aterrizó con un impacto brutal que derribó los árboles a su alrededor. Miles de criaturas voladoras, como espíritus fantasmales,
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huyeron en todas direcciones, dispersándose en el cielo nocturno, como si también temieran ser alcanzadas por su ira.
Las sombras se extendieron rápido, como un manto oscuro que parecía tragarse el bosque entero. Lo sentía en el aire: ese poder aplastante que te dejaba sin aliento. Era más que miedo, como si todo estuviera bajo su control, como si el mundo entero le perteneciera.
De repente, Kali apareció volando junto a mí, sus plumas azules resplandecían.
Está enfadado, muy enfadado, me advirtió.
Lo sé. Me he dado cuenta.
Pasé frente a la posada, sintiendo el peso de las miradas que se ocultaban en las sombras de la aldea. Cada ventana entreabierta, cada rendija, estaba llena de ojos vigilantes, llenos de terror y de un odio que no necesitaba palabras para sentirse.
Sabía lo que pensaban: lo odiaban, lo temían, pero ahí estaba yo, avanzando con pasos torpes tras un dragón de sombras, con el alma tan confundida como el camino frente a mí. Era fácil imaginar lo que dirían: que estaba loca, perdida, atrapada en un delirio peligroso…
Quizá tenían razón.
Pero mientras todos le guardaban rencor, mientras lo condenaban con su silencio y sus cuchicheos, yo caminaba hacia él, aunque estaba allí por su culpa, aunque él era un asesino. Lo sabía, lo entendía, pero esas palabras seguían en mi cabeza, como una melodía imposible de ignorar.
«Me quedaré contigo, Zafiro». Cerré los ojos un instante. «No voy a irme». Lo repetí como un mantra, una y otra vez, recordando que no se había ido, no hasta que había estado curada.
Cuando me acerqué sentí su furia. Pero esa vez no iba a dejar que me contaminara. No dejaría que su rabia se convirtiera en mía.
El dragón se alzaba frente a mí, con sus alas descomunales desplegadas a ambos lados, como dos velos oscuros. Cada pliegue estaba hecho de sombras difusas, de humo que serpenteaba, como si su forma no fuera sólida, sino una ilusión de oscuridad pura.
Su cola, larga y pesada, se extendía sobre el suelo como una serpiente de sombras, arrastrándose y creando pequeñas vibraciones en la tierra. Las escamas a lo largo de esa cola parecían espinas afiladas que se hacían más pequeñas hacia el final, hasta desaparecer en una bruma negra.
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Cojeando pero sin detenerme me acerqué. Cada vez que él exhalaba, un torrente de aire sacudía los árboles y les arrancaba las hojas, y hasta los últimos rastros de luz parecían desvanecerse con cada resoplido suyo.
Pasé junto a su cola con cuidado de no tocarla, aunque sentía su presencia tan viva como si ya me hubiera cortado. Una parte de mí quería darse la vuelta y correr. No porque fuera un dragón, ya había estado cerca de uno antes. Aquello era distinto. Aquello no era una criatura.
Sino algo más. Algo que no debía existir.
No era un dragón. Era el abismo.
Mientras avanzaba, pasé junto a una de sus patas traseras, y me detuve por un segundo para admirar sus alas. Allí vislumbré lo que parecía ser la salida al otro lado, pero no me engañaba. Si él lo quisiera, esas alas caerían sobre mí en un instante, aplastándome sin siquiera esforzarse.
No había luz aquí, ni una chispa. La negrura lo consumía todo, así que cerré los ojos un instante y busqué dentro de mí algo que pudiera desafiar aquello. Algo que no me permitiera romperme.
Mi cuerpo me pedía que retrocediera, que me rindiera, pero sabía que no podía. Era ahora o nunca.
«Nadie encenderá ni apagará esa llama cuando pierdas el control». Recordé las palabras de Iron y de repente… lo entendí. No necesitaba miedo, ni rabia ni desesperación para encenderme. Esas emociones no eran mi combustible, nunca lo habían sido. Lo único que necesitaba era confianza, una chispa de amor propio, un recordatorio de que ese poder era mío.
La llama no estaba ahí para salvarme, sino para demostrarme de qué era capaz.
Entonces, lentamente, sentí un calor en mi pecho, una energía que crecía y fluía por mis venas. Y sin abrir los ojos, sin un atisbo de duda, supe que mi luz estaba allí.
Pensé en cada vez que había fallado, en cada momento en que mi poder me había abandonado. Estaba cansada. Ese era mi fuego, mi poder, y era mío para controlarlo.
Así que dejé que fluyera.
Mi cabello empezó a brillar, primero con un destello suave, luego con una luz azul que se intensificaba y me envolvía. Miré mis manos y las vi arder, las llamas subiendo hasta los codos, un fuego azul que se movía en
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silencio. Me remangué la camisa de Iron para dejar que el fuego fluyera y avancé hacia el dragón.
Al pasar bajo su ala, noté que mi fuego no disipaba las sombras; al contrario, parecía que estas cobraban vida. Se movían en sincronía con las llamas, danzando a su ritmo, como si reconocieran algo en mí, como si llevaran tiempo esperando ese momento. Las sombras se arremolinaban en un manto oscuro que se entrelazaba con mi fuego, girando y extendiéndose a mi alrededor con cada paso que daba.
Levanté la vista al frente y unos ojos dorados me miraban caminar hacia ellos…, los mismos que habían empezado a perseguirme en cada pesadilla. Esos ojos no necesitaban ejércitos ni armas, porque con esos ojos perturbadores podría ganar cualquier guerra, sin batallas, sin tropas.
Hola, Zafiro, su voz acarició mi mente, profunda y antigua.
El dragón me había hablado, tal como Kali lo hacía en mi cabeza.
Hola, muerte.
No retrocedí ni un paso cuando vi cómo esa descomunal figura se deshacía en una neblina de sombras. El humo oscuro se arremolinó a mi alrededor rozándome la piel. Era como si el dragón se diluyera en miles de partículas, hasta que, en cuestión de segundos, toda aquella inmensa criatura había desaparecido.
Y allí, en medio de esa niebla negra, estaba Iron Shadow.
Se hallaba de pie en la hierba, con la cabeza inclinada hacia delante, el cabello blanco cayendo en mechones desordenados sobre su rostro y atrapando la luz de la luna como si fuera una maldición.
Parecía casi irreal, un espectro bajo la noche estrellada.
Sus puños permanecían cerrados, las venas y tendones se marcaban bajo su piel. Su espalda, ancha y desnuda, se erguía como un muro, cada músculo definido con la intensidad de quien está a punto de desatar algo incontrolable.
Di un paso hacia él, sin dejar de mirar aquella espalda que parecía un campo de batalla entre el caos y el control, pero allí, en el centro, desde la base de su cuello hasta la línea baja un enorme tatuaje cubría su piel.
Un ave fénix.
Me puse detrás de él, sintiendo cada pluma grabada en su cuerpo con tinta dorada. Las alas se extendían sobre sus omóplatos, y las puntas de estas llegaban hasta sus brazos, bordeando sus bíceps. En el centro de su
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espalda, la cabeza del fénix se alzaba, con el pico inclinado y la mirada fija, trazada con una tinta dorada que parecía brillar por sí sola.
—Iron…, ¿qué significa esto? —susurré incapaz de apartar la mirada
—. ¿Por qué tienes tatuado un fénix…?
Él apenas giró la cabeza para mirarme por encima del hombro, y por
un instante, aquella furia con la que había aterrizado desapareció de su expresión, y una sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus labios.
—Todavía me sorprende que no recuerdes nada de tus vidas pasadas, Zafiro. —La sonrisa desapareció.
Desvié la mirada de sus ojos, y mi mano, como si estuviera guiada por una fuerza que no entendía, se alzó y trazó suavemente las líneas del fénix tatuado en su espalda. Y aunque me odié un poco por ceder a ese impulso, por no contener la curiosidad, no aparté la mano.
—¿Qué ha pasado? —dije sin dejar de rozar el dibujo.
Él suspiró.
—Tú, Eda…, tú eres lo que ha pasado.
Mi mano se quedó inmóvil sobre su piel, sin atreverme a retirarla. Era como si algo en ese tatuaje, algo en su piel, me atrapara…
Eda… Me había llamado Eda.
De pronto, como si recuperara la consciencia de lo que estaba haciendo, bajé la mano bruscamente, rompiendo ese momento. Mi respiración se aceleró, y sin pensarlo demasiado, di un paso hacia el frente hasta quedar justo frente a él.
Fue entonces cuando noté que el tatuaje en su espalda no era el único. Otras marcas doradas se extendían por su pecho, como sombras con un brillo extraño y misterioso. En su pectoral derecho, un dragón dorado serpenteaba y las sombras de tinta continuaban descendiendo por su abdomen, su torso definido, donde cada línea y curva parecía trazada para tentar, para provocar. Mis ojos siguieron la senda de esas sombras, que descendían y se perdían en la «V» de su torso, que se asomaba peligrosamente bajo el borde de sus pantalones.
¿Qué estás mirando, Eda? La voz burlona de Kali me sacó de mis pensamientos, y de inmediato levanté la vista en un intento por disimular.
Maldita pajarraca.
Sentí el calor subiéndome a las mejillas y, cuando mis ojos se encontraron con los suyos, no vi ni una pizca de burla, ni esa sonrisa arrogante que solía dedicarme. Su expresión era seria, como si ni siquiera
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se hubiera dado cuenta de mi vergüenza… o, peor aún, como si no le importara.
Pero entonces, como un golpe repentino, el recuerdo de Dalton se abrió paso en mi mente. Fue como un balde de agua fría que apagó esa sensación al instante.
No estaba bien acercarme así.
No estaba bien tocarle como lo había hecho.
No estaba bien mirarlo como lo estaba mirando.
Di un paso atrás, y él comenzó a hablar:
—Como todos los mortales saben, o deberían saber, hace milenios la magia no estaba limitada a unos pocos rincones. El mundo entero estaba saturado de ella. Cada maldito rincón. Las criaturas no eran armas ni herramientas para ejércitos; este mundo les pertenecía. Eran los dueños, los reyes, y los mortales…, los intrusos.
Ya me sabía la historia. La había escuchado mil veces, en canciones, en cuentos y en boca de quienes aún recordaban retazos del pasado. Pero desde que había conocido a esas criaturas que tanto había temido, mi visión había cambiado. Ya no las veía como bestias. Ahora las entendía como algo más, como una parte esencial de ese mundo que habíamos arrancado de su propio lugar.
Pero ¿por qué me estaba contando eso ahora? ¿Qué era lo que en realidad quería decirme?
—¿Por qué desapareció la magia? —pregunté al fin.
—Bueno, técnicamente, la magia desapareció hace milenios en los territorios donde había vida, pero nunca aquí. —Sus ojos se movieron lentamente, observando el horizonte como si pudiera ver más allá de lo que yo era capaz—. Nadie recuerda lo que pasó. Pero yo sí.
Ahí estaba, otra vez esa maldita palabra: «milenios».
—¿Cuántos años tienes, Iron?
Sus ojos me parecieron más oscuros, más antiguos de lo que debería ser posible.
—Muchos más de los que realmente recuerdo. Muchos milenios más de los que quiero admitir. Tal vez diez mil…, tal vez más.
Asentí despacio, aceptando su respuesta sin querer profundizar más.
No era lo que quería saber en ese momento.
—Cuéntame qué pasó.
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Iron me miró, sus ojos afilados parecían evaluar si podía soportarlo.
Finalmente, negó con la cabeza en un gesto casi reprobatorio.
—No aquí. Las almas son demasiado curiosas. Vayamos a otro lugar. —Su mirada se desvió hacia Kali, que estaba posada en un árbol cercano, sus enormes alas apenas cabían entre las ramas—. Nosotros nos desvaneceremos, pero Kali irá al castillo. A donde vamos no es lugar para criaturas.
Extendió su mano hacia mí y vacilé un segundo y, antes de aceptar, murmuré:
—¿A dónde exactamente?
—A la Biblioteca Silente. Donde los secretos más antiguos de Bankai y de este mundo esperan.
Sin más, mi mano tocó la suya.
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Eda
Un arco tallado en una roca de obsidiana viva emergía de la montaña como si hubiese estado allí desde el principio de los tiempos. La montaña, un gigante solitario envuelto en niebla, se alzaba hacia un cielo oscuro, perdiéndose en la inmensidad de Bankai. En su base, una entrada monumental se abría paso y en la parte superior, grabada con una caligrafía antigua, había una advertencia:
Entra solo si el peso de tu vida puede ser soportado por el pasado.
Aquí, la muerte no juzga; tú lo harás.
El conocimiento requiere vacío.
Ofrece una parte de ti y cruza.
Leí las palabras talladas en el arco, no como un simple aviso, sino como un desafío que no terminaba de entender. Mi mirada se desvió hacia Iron, que estaba de pie a mi lado. Ahora vestía una camisa azul oscura, un cambio que le daba un aire más solemne, aunque en él siempre parecía fuera de lugar cualquier cosa que no aparentara pura amenaza. Mientras
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tanto, yo seguía envuelta en su camisa, que me cubría hasta las rodillas, con las muletas bajo las axilas.
—¿Qué significa eso? —pregunté, pero él no me dirigió la mirada. Iron extendió su muñeca con la misma facilidad de quien repite un
gesto mil veces. De su piel emergió una pequeña esfera de sombras que flotó lentamente hacia la estructura antes de desaparecer, absorbida por la obsidiana como si tuviera hambre de ella.
—Para entrar en la biblioteca el arco exige una gota de nuestro poder. No dudé. Algo en la forma en que lo hizo me dio seguridad, aunque la
idea de entregar una parte de mí debería haberme asustado. Extendí mi muñeca y una pequeña esfera de fuego azul surgió de mi piel, flotando antes de que el arco la reclamara y la devorara como si no pudiera esperar.
—La biblioteca entrega secretos, cuenta historias. Lo justo es que le demos algo a cambio —me explicó.
Antes de que pudiera soltar palabra, la puerta de obsidiana se abrió con un estruendo grave, como si la montaña misma se moviese. Iron avanzó sin dudar, seguro como siempre, dejando la niebla atrás, y no me quedó más remedio que seguirlo. Al cruzar esa entrada imponente, sentí un escalofrío, como si algo invisible y vivo hubiera rozado mi piel.
El lugar sabía que estaba allí.
El corredor frente a nosotros parecía alargarse eterno, un camino interminable rodeado por estanterías colosales hechas de huesos blanqueados y cristales oscuros que reflejaban la escasa luz del lugar. Los libros no estaban simplemente colocados; flotaban sobre sus estantes como si respiraran, como si estuvieran… vivos. Algunos vibraban con suavidad, otros giraban despacio y unos pocos emitían un brillo tenue que parecía invitarte a abrirlos, como si aguardaran ansiosos por ser leídos.
Seguimos caminando, y aunque intenté centrarme en el camino, no podía apartar la vista de los libros flotantes que nos rodeaban. Pero lo que me dejó sin aliento fueron las estanterías que se alzaban más adelante.
No eran normales. En lugar de libros, estaban llenas de cristaleras oscuras incrustadas directamente en la roca. Dentro de ellas, algo se movía… Almas. Al principio, creí que era mi imaginación, pero entonces las vi retorcerse, flotar lentamente o, lo que era aún más aterrador, quedarse del todo inmóviles. Pero aunque no se movieran, sus voces estaban ahí, y no cesaban. Algunas susurraban palabras ininteligibles, otras cantaban melodías tan hermosas como inquietantes.
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Me quedé clavada en el sitio, sin poder apartar la vista de todo aquello.
Iron, al notar que no me movía, se giró hacia mí.
—Esas almas son las contadoras de secretos. Cada una de ellas está aquí porque delató a inocentes en vida, traicionó confidencias, no supo guardar los secretos que le fueron confiados. Así que, cuando murieron, sus almas fueron encerradas aquí como castigo. Ahora susurran y cantan para siempre, atrapadas en la biblioteca.
Mis ojos se movieron de un cristal a otro, observando cómo las almas parecían empujarse contra el vidrio como si pudieran verme, como si quisieran decirme algo. Me obligué a apartar la mirada y lo seguí mientras trataba de ignorar los susurros y las melodías, pero era casi imposible no escuchar las palabras que intentaban filtrarse en mi mente.
Chivatos. Eran chivatos. Y ahora estaban pagando el precio.
Caminé detrás de Iron apoyándome sobre las muletas mientras me sentía cada vez más pequeña y avanzábamos por los pasillos de la Biblioteca Silente.
Por fin llegamos a una sala circular. Las paredes, cubiertas de runas antiguas, brillaban débiles, activándose con cada paso que dábamos, reaccionando a nuestra presencia.
En el centro de la sala flotaba una esfera de energía oscura, como si una tormenta hubiera sido atrapada en su interior. Relámpagos de sombras serpenteaban en su núcleo, chocando con destellos dorados que chispeaban de forma impredecible. Cada estallido proyectaba figuras en las paredes: formas caóticas, distorsionadas, que se movían como si quisieran salir.
Iron se detuvo frente al vórtice y levantó una mano, y la oscuridad pareció moverse hacia él, como si lo reconociera, haciendo que las runas en las paredes se iluminaran al mismo tiempo y arrojaran sombras y luces que comenzaron a moverse de forma inquietante.
—Hola, Silente —le habló Iron.
Por un momento, todo quedó en silencio. Luego la esfera de energía respondió. Una voz femenina surgió de su interior.
—Mi creador ha vuelto a verme después de algunos siglos. —Había algo en su voz que me hizo querer dar un paso atrás, pero me obligué a quedarme quieta. Luego continuó—: ¿Qué te trae por aquí, amo? —Hubo una pausa, como si estuviera examinándome, y entonces añadió—: Puedo sentirlo… Has traído a alguien conocido para mí contigo.
«Creador». Había llamado a Iron su creador.
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—Necesito que me muestres el mapa del Umbral de los Mundos — dijo Iron sin vacilar.
—¿Qué parte deseas ver, amo?
—El mundo cuando el imperio cayó bajo las llamas. Antes y durante la guerra.
La esfera vibró, y las runas en las paredes comenzaron a girar. Las luces y sombras se entrelazaron, formando un espectáculo hipnótico, y de repente, frente a nosotros, apareció un mapa inmenso flotando en el aire.
No era uno cualquiera. Los territorios no estaban quietos. Los ríos fluían, las montañas se alzaban y caían lentamente, y en los bordes del mapa, sombras serpenteaban con un propósito desconocido. Era tan detallado y real que resultaba casi imposible apartar la mirada.
—El mundo cayó bajo la guerra de las Tres Llamas —empezó a contar Silente—. Fue la destrucción del mundo de los vivos. La destrucción de la magia.
Mientras hablaba, el mapa mostraba cómo los territorios cambiaban. Vi un imperio que reconocí de las historias: Pramvera, el corazón de la magia antigua. Sus tierras estaban llenas de jinetes montados en criaturas espectaculares. Todo parecía perfecto, glorioso… hasta que las llamas lo consumieron.
—El imperio de Pramvera fue gobernado por jinetes, y en su corazón ardía la llama idealis. Su propósito siempre ha sido el mismo: mantener el orden, liberar lo que debe ser liberado. Pero idealis no es solo equilibrio. También es sacrificio. La necesidad de traicionar para preservar, de romper lo necesario para salvar lo imprescindible.
La palabra «traicionar» hizo que un escalofrío recorriera mi columna. Sentí que Silente no hablaba de algo tan simple como una traición entre amigos o aliados. Aquello era más… profundo.
—Se dice que la llama idealis es la llama del orden, pero también de la traición.
Pensé en Dalton. En su capacidad para unir y liderar. En su poder de vinculación. Todo parecía encajar, pero no podía ignorar esa sensación de vacío que dejaba en mi pecho. ¿Sacrificar a unos pocos por el bien de muchos? ¿Traicionar para preservar? ¿Era esa realmente la esencia de Dalton Basilius?
—¿Y la llama valirio? —pregunté.
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El mapa cambió. El imperio de Pramvera desapareció, y ocupó su lugar Valdemar: una zona cubierta de bosques y montañas que parecían latir con magia.
—La llama valirio gobernaba en Valdemar —continuó la biblioteca—, pero Valdemar nunca fue un imperio. Era un territorio indómito, salvaje, olvidado por todos, excepto por la magia que lo devoraba desde sus raíces. Valirio no representa únicamente el caos; encarna la manipulación en su forma más pura. Es la habilidad de torcer voluntades, de enredar la verdad hasta volverla irreconocible. Es el engaño, pero también la libertad desenfrenada, sin control ni límites. Su naturaleza es seducir y consumir.
Valdemar. Claro que esa era la dirección hacia la que nos llevaba esa conversación.
Manipulación. Torcer voluntades. Miré de reojo a Iron, que permanecía inmóvil, observando las proyecciones que Silente había empezado a desplegar en el aire.
—Dalton me habló del origen de las criaturas… —murmuré recordando las pocas cosas que él había compartido—. De cómo el bosque Lavender las crea, las nutre. Pero él nunca supo por qué los jinetes solo podían ser mortales nacidos en Valdemar. No me dio respuestas para eso.
Iron dejó escapar un suspiro.
—Porque él no las tiene.
—¿Y tú sí? ¿Tú tienes esas respuestas?
No respondió de inmediato. Solo se limitó a dirigir su mirada hacia Silente.
—Muéstranos Valdemar en los últimos quinientos años —ordenó.
La esfera de energía respondió al instante, expandiéndose hacia las paredes de la sala.
Silente retomó su explicación:
—El mundo de los vivos estuvo latente de magia durante milenios después de la guerra de las Tres Llamas. Valdemar quedó en el olvido, una tierra abandonada por el imperio de los Basilius. —La proyección mostraba imágenes de un trono—. Los Basilius, descendientes de emperadores caídos, reclamaron un trono vacío y se autoproclamaron herederos de una magia que ya no existía.
—Eso… eso sí lo sabía —interrumpí recordando las palabras de Dalton—. Él me lo contó.
Iron soltó un sonido que parecía un gruñido de burla.
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—Vaya, al menos uno de los Basilius tuvo el valor de admitir la verdad. Enhorabuena.
Lo ignoré y me centré en Silente, que continuaba:
—Pero hace cuatrocientos años, algo cambió. Valdemar, la tierra abandonada, despertó. Los bosques, que habían estado dormidos durante milenios, comenzaron a susurrar secretos. Criaturas que habían permanecido enterradas en el tiempo empezaron a abrir los ojos. Al principio, fue sutil. Los susurros eran débiles, pero con el tiempo, las señales se volvieron imposibles de ignorar. Algo más grande estaba despertando.
Me quedé mirando la proyección mientras mi mente trataba de entender lo que veía. Las criaturas, los bosques, los cambios…, todo apuntaba a algo mucho más antiguo y… peligroso.
—¿Crees que la llama valirio está detrás de todo esto? ¿De lo que está pasando con las criaturas? —pregunté.
—No lo creo —respondió Iron—. Lo sé.
Mis pensamientos se agolparon, confusos y desordenados. No quería aceptar lo que significaba. Valdemar. Mi hogar. El lugar donde estaba mi familia, mis recuerdos, todo lo que alguna vez consideré seguro. ¿Podía ser ese territorio la raíz de algo tan caótico?
No quería pensar en ello. No quería que fuera cierto.
Iron se volvió hacia mí.
—Todo se remonta a siete mil años antes. —Hizo un gesto hacia Silente, y el mapa cambió frente a nosotros. Ya no mostraba el imperio de Pramvera ni las tierras de Valdemar. Ahora era Bankai. Un territorio que parecía arder desde su núcleo, con ríos de fuego y sombras entrelazadas. Era como si el mapa mostrara el latido de un corazón oscuro.
—Se decía que las tres llamas podían unirlo todo o destruirlo. —Su voz se volvió más grave, y sus ojos buscaron los míos—. Hemos hablado de las otras dos. Pero ahora toca hablar de la tuya, Zafiro. —Iron hizo una pausa y luego dijo—: Muéstraselo, Silente.
La biblioteca obedeció. La esfera flotante proyectó una escena: un lugar en el corazón de Bankai, un núcleo ardiente donde el fuego y la sombra nacían juntos, como si fueran dos lados de la misma moneda.
—La llama Kaiserin fue creada directamente del caos y del fuego primigenio —empezó Iron—, en el corazón de Bankai. El universo creó el
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mundo de los muertos como un territorio destinado a albergar el equilibrio perfecto.
Las imágenes cambiaron. Dos mitades comenzaron a formarse: una luminosa, cálida y llena de vida, y la otra oscura, densa.
—El universo forjó dos mitades. Una debía ser la luz, el fuego y la renovación. La chispa que da inicio a todo. La otra, la oscuridad, el final y la muerte. Juntas, estas mitades estaban destinadas a sostener el equilibrio de Bankai, el mundo de los muertos, y con ello, mantener en armonía el de los vivos. Su existencia no era opcional, sino la única forma de evitar la destrucción total.
Mi garganta se secó.
—La llama Kaiserin fue creada como un reflejo del sufrimiento que habitaba en el mundo. Su poder era inmenso, tanto que debía ser equilibrado por su otra mitad: yo. Pero algo salió mal. —El mapa cambió nuevamente y mostró un mundo en llamas—. Su naturaleza era la destrucción pura. Tomó demasiado de la oscuridad que yo representaba y el equilibrio se rompió.
Su mirada me atravesó, pero no con la dureza de siempre. Había algo ahí, algo que no lograba descifrar, pero que sentí como una grieta en su armadura.
No era cualquiera, aquella era su historia.
—La guerra empezó cuando Kaiserin decidió que el equilibrio ya no era suficiente —continuó—. Su percepción del mundo se torció. Para ella, el equilibrio significaba empezar de nuevo desde cero. Quiso destruirlo todo, incluidos los otros portadores de llamas, porque veía sus existencias como un obstáculo para la purificación total.
El mapa mostró Pramvera consumida por las llamas azules.
—La llama valirio manipuló a Kaiserin. Le hizo creer que su propósito era destruir todo. —Las sombras en el mapa se extendieron como tentáculos alrededor del mundo—. La llama valirio, en realidad, quería usar la guerra para imponer su control absoluto. Manipulación, eso es lo que hace. Y Pramvera, gobernada por la llama idealis, intentó resistir. Mantener el orden. —La luz en el mapa titiló, como si luchara contra la oscuridad que la rodeaba—. Pero no fue suficiente. Kaiserin arrasó con todo. Quemó sus tierras, quebró a sus jinetes y convirtió el equilibrio en cenizas.
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Las imágenes proyectadas en el mapa eran devastadoras: ciudades enteras reducidas a cenizas, torres colapsando bajo cielos teñidos de rojo y azul. Los ríos de fuego azul se desbordaban y serpenteaban como bestias vivas que devoraban todo a su paso. No quedaba nada: ni piedra, ni tierra ni vida.
—Idealis y su portador, el antecesor de Dalton, no pudieron detenerla. —La voz de Iron se volvió más baja, casi inaudible—. El mundo cayó en el caos, y la magia desapareció de los territorios humanos.
—¿Dónde estabas? ¿Por qué no la detuviste, Iron? —Mi tono subió más de lo que pretendía, pero no me importó. Necesitaba respuestas.
Él desvió la mirada hacia el mapa, sus ojos fijos en las llamas que aún danzaban en su superficie.
—Lo intenté.
—¿Lo intentaste? —lo interrumpí—. Todo se destruyó, todo quedó en cenizas, y tú estabas… ¿dónde? ¿Dónde estabas, Iron Shadow? ¿Por qué no la detuviste? ¿Por qué no hiciste algo?
—¿Quieres saber por qué? —Me miró furioso—. Porque detener a Kaiserin no era tan simple como perseguirla y luchar. No era un enemigo al que pudiera simplemente arrancarle la vida.
Se acercó un paso.
—Mi poder… no funciona como el suyo. Kaiserin no era furia sin control. Ella era furia con un propósito. Su llama no arrasaba por arrasar. Cada chispa, cada incendio, tenía un objetivo, una razón. Mi poder, en cambio, no destruye para ganar. Mi poder termina. Mi fuerza no es el fuego que arde; es el silencio que queda cuando todo se apaga.
Me quedé mirándolo, pero él continuó antes de que pudiera decir algo: —Si me hubiera enfrentado a ella en su apogeo, con su llama desatada y su furia consumiéndolo todo, ¿sabes qué habría pasado? —Su mirada era
como una daga que se clavaba en mí—. Habría consumido más de mí de lo que podía permitirme. Más de lo que debía. Y aun así, no habría sido suficiente. ¿Eso es lo que querías? ¿Que me lanzara al fuego sabiendo que no había vuelta atrás?
Apreté los puños.
—¿No valía la pena arriesgarlo todo para salvar el mundo? —Arriesgarlo todo significaba renunciar a lo que soy. ¿Sabes lo que
habría pasado de haberlo hecho? —Se inclinó hacia mí—. Mi poder no tiene término medio. Si hubiera desatado mi esencia por completo, no
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habría quedado nada. Ni ella, ni tú, ni yo ni el mundo. Mi poder es la muerte absoluta. El vacío.
—Pero… tú podrías haberlo hecho. Podrías haberla detenido antes de que… —empecé, pero él negó con la cabeza.
—No podía detenerla hasta que su llama se consumiera. La destrucción tiene que seguir su curso, Zafiro. Kaiserin no era solo poder; era voluntad. Todo lo que el fuego representa: una chispa que arde hasta que no queda nada más. Yo no podía apagarla hasta que ella misma estuviera lista para ser extinguida.
—Entonces ¿qué hiciste? —pregunté, e Iron soltó un suspiro. —Esperé. Vi cómo lo destruía todo y esperé. Hasta que no le quedó
nada más que consumir… ni siquiera a sí misma.
La idea de él viendo cómo el mundo se derrumbaba mientras esperaba el momento adecuado…
—Ella se destruyó sola —dijo, más suave esa vez—. Y yo fui quien puso fin a lo que quedaba. Bankai soportó su furia porque es lo único que puede hacerlo. Porque soy yo quien lo sostiene.
—Por eso no me detuviste —susurré con la voz temblorosa.
—No pude detenerla… porque no se puede apagar un fuego que aún tiene algo que quemar. Y Kaiserin era un incendio, Zafiro. Un incendio que ardía hasta consumirlo todo, incluso a sí misma. Pero tú… tú eres diferente.
Su mirada se hundió en la mía, como si estuviera arrancando cada capa de mi ser hasta dejar al descubierto todo lo que no quería mostrar.
Mi propia mente, traicionera como siempre, me arrastró de vuelta a ese momento frente al espejo. A ese instante en que mi piel comenzó a teñirse de negro, como si la oscuridad misma se filtrara a través de mis poros y me devorara desde dentro. La forma en que mi reflejo me devolvía la mirada, como si no fuera yo…, como si algo más hubiera tomado mi lugar.
«¿De verdad crees que resistirte cambiará algo? Esa lucha interna que crees estar ganando… es solo una ilusión. Deja que te consuma, Zafiro», me había dicho mientras mi reflejo me devolvía una imagen que no quería reconocer.
«¡No soy esto! ¡Yo no soy como tú! No uso mi llama para destruir ni para sembrar el mal. ¡No soy un monstruo!».
«Entonces aún no es tarde».
—Yo… yo destruí el mundo. Destruí la magia…
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Iron se acercó más a mí, y algo en su postura me hizo levantar la vista hacia él.
—No. Tú no destruiste el mundo. Fue tu poder, no tú. No eres ella. No lo eres. —Dio otro paso más—. Podéis tener el mismo físico, el mismo cabello, los mismos ojos…, pero ella era pura maldad. Kaiserin no tenía elección, pero tú… tú si la tienes.
Negué con la cabeza una y otra vez.
—Entonces ¿por qué siento que todo esto… está dentro de mí?
Se hallaba tan cerca que por un instante olvidé dónde estábamos. Todo se desvaneció, excepto sus ojos. Esos iris dorados que parecían tintinear como si escondieran un brillo que no pertenecía a alguien como él. Incluso siendo la oscuridad encarnada, había luz en ellos.
—El fuego no define al portador.
Hubo algo en la forma en que lo dijo que me atravesó el pecho como una flecha. Porque aunque las palabras fueran para mí, su tono me decía que no era solo mi lucha. Era la suya también.
—En eso lleva razón el amo. —Silente habló con un tono sereno, casi reconfortante—. Puedo sentir el equilibrio en ti, portadora. No eres Kaiserin. Eres algo… nuevo.
«Yo… algo nuevo», pensé intentando comprender. Pero dentro de mí, había algo destructivo que no dejaba de arder.
Por fin, las palabras escaparon de mis labios, aunque no estaba segura de querer escucharlas.
—¿A qué te refieres cuando dices que se destruyó sola?
—Su poder la consumió hasta no dejar nada. Y cuando eso pasó, Bankai cambió. Se volvió más cruel, un reflejo distorsionado de lo que había sido. Pero sabía que renacería. Sabía que el equilibrio, aunque roto, buscaría repararse. Lo que no sabía era cuánto tiempo llevaría… ni lo oscuro que podría volverse este lugar mientras tanto. Bankai no volvió a ser lo que era, y yo tampoco.
Antes de que pudiera reaccionar, su mano se alzó con una lentitud deliberada, y sus dedos rozaron la piel de mi cuello. Mi respiración se atascó, como si el aire se negara a abandonar mi pecho.
Otra vez nos volvíamos a tocar. En cuestión de una hora, todo había cambiado. Una hora desde que mis dedos recorrieron el tatuaje en su espalda, el del fénix. Ese símbolo que parecía arder bajo mi tacto.
Pero ahora era él quien me tocaba.
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—La falta de tu poder me vuelve inestable, Zafiro.
Mi corazón latía desbocado, como si intentara escapar de mi pecho, y recé en silencio para que no lo notara, para que no pudiera oír el tamborileo incontrolable que me traicionaba.
Sus dedos se movieron lentamente, casi como si saboreara cada instante. Entonces bajaron y se deslizaron por el borde del escote de la camisa que llevaba puesta, perdiéndose en el tejido.
Era como si supiera exactamente lo que hacía, como si su roce arrancara algo que ni siquiera sabía que llevaba dentro. Cuando su mano se apartó, tenía entre sus dedos el colgante que había estado colgando de mi cuello desde el instante en que llegué a aquel lugar.
El collar blanco pareció brillar débil, y lo que dijo después lo cambió todo:
—Porque yo soy tu yin. Pero tú… tú eres mi yang, Eda.
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Eda
Mi madre solía decir que, milenios atrás, en el corazón del universo, coexistían dos fuerzas eternas y opuestas: el yin y el yang. Según ella, estas, aunque contrarias, no podían existir la una sin la otra, como dos mitades inseparables de un todo.
El yang era luz, bondad, el calor del sol al tocar la piel y el amanecer que vencía a la noche. El yin representaba la oscuridad, el caos, el frío que llegaba cuando el sol se escondía. Sin luz, no habría sombra; sin sombra, la luz perdería su propósito. Esa conexión, ese delicado equilibrio, era lo que mantenía todo en armonía.
Me repitió esa historia tantas veces que se convirtió en parte de mí. En las noches tranquilas, sus palabras parecían un intento de atarme a algo mucho más grande, algo que iba más allá de mi comprensión. Por aquel entonces, lo tomaba como un simple cuento, una lección para entender el mundo. Ahora, esas palabras resonaban con un significado distinto, algo más tangible, más real. Ya no era solo un mito; sino algo escrito en mi existencia.
En él. En Iron. Y en mí.
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Él era el yin: la oscuridad pura, el final inevitable, el guardián de Bankai, el lugar donde todo encontraba su término. Su poder era la sombra que se extendía, el equilibrio llevado al extremo más brutal. Pero, por imponente que fuera, esa sombra no podía existir sin su opuesto.
Yo era el yang. No solo por la luz que él decía ver en mí, sino porque en mi interior ardía algo que aún no entendía del todo. Mi llama no era solo destrucción, también renovación, lo que él nunca podría ser. Aquello que Kaiserin, en su apogeo, había representado antes de que todo se torciera.
Mi madre no lo sabía, pero con esa historia me preparaba para ese momento. Estaba dándome las herramientas para entender mi lugar en algo mucho más grande que yo. Las palabras de Iron sobre el equilibrio, sobre Kaiserin y su destrucción me hicieron ver que aquella historia no era solo un cuento para calmarme por las noches. Era una advertencia, un mapa que señalaba lo que estaba por venir.
Kaiserin no había entendido eso. Ella había perdido su equilibrio, su luz. Había tomado demasiado de la oscuridad de Iron, rompiendo el delicado balance que sostenía no solo a Bankai, sino el mundo entero. Y su caída había dejado cicatrices que aún sangraban y que ahora parecían estar escritas en mi propio fuego.
«Es un colgante especial», había dicho Theo.
Él lo había sabido…
Sentí como si el aire se atascara en mis pulmones, mientras mis ojos caían sobre el colgante. Esa vez lo vi diferente. Ya no era solo un adorno, sino algo más que había estado oculto a plena vista.
Yo era el yang, y él… él era el yin, la sombra que siempre me perseguía, inevitable y voraz.
Él y yo éramos las mitades de esa leyenda.
Iron Shadow y yo…
Entonces levantó el colgante y lo llevó hasta la altura de mis ojos. La luz jugaba con la superficie blanca de este, destacando la gota negra que parecía flotar en su centro. Cuando lo giró…, ahí, en la parte trasera, distinguí algo grabado.
Mi nombre.
—Eda… —susurré incapaz de creerlo.
—Si hubieras girado el colgante antes, habrías visto tu nombre escrito en él.
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Y entonces, sin previo aviso, soltó el colgante y lo dejó caer. Pero lo atrapé al vuelo y mis manos se cerraron alrededor de él. Lo giré de nuevo, como si necesitara confirmar que mis ojos no me habían engañado.
Eda.
Eda.
Eda.
El mundo pareció detenerse mientras lo miraba y lo acariciaba con los dedos, sintiendo las letras grabadas en la superficie.
—¿Qué clase de magia es esta?
—Tus lágrimas curaron tu poder —respondió Iron—. Y, cuando eso ocurrió, el colgante se activó y grabó tu nombre detrás.
Mis dedos temblaron al recorrer las letras una y otra vez.
Era real.
—El nombre de Kaiserin también estuvo grabado detrás, ¿verdad? —Lo estuvo —admitió.
Solté el colgante y lo atraje contra mi pecho una vez más. Mis ojos se alzaron lentamente en busca de los de Iron.
Cuando los posé en los suyos su mirada se suavizó. Había una calma extraña en él, casi vulnerable. Era como si, por primera vez, la sombra que siempre lo rodeaba hubiera retrocedido un poco, dejando entrever algo más humano, más real.
Iron y yo éramos la leyenda. Éramos los dos extremos.
Los polos opuestos que no podían existir sin el otro.
Vi cómo él tomaba aire, respirando fuerte, como si buscara contener algo que estaba a punto de desbordarse. Y antes de que sus palabras cruzaran la distancia entre nosotros, me soltó con un gruñido bajo:
—Deja de mirarme así, Zafiro.
—Yo no… —intenté decir algo, pero las palabras no salieron.
—Lo estás haciendo. Y te prefiero cuando me miras con odio, o cuando ni siquiera lo haces… —Apretó la mandíbula—. Esos ojos no merecen mirar a un monstruo como yo.
Iron apartó la mirada y volvió a centrarse en el mapa, dejando mis pensamientos hechos un desastre.
—Gracias por contarnos esta historia, Silente.
—Es un placer ayudarte, amo —le respondió la biblioteca.
Iron extendió su mano hacia la esfera y de su palma surgieron unas figuras translúcidas, desdibujadas, que comenzaron a flotar despacio hacia
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el vórtice de energía. Los fantasmas eran etéreos, casi como humo que podía disiparse al menor roce. Pero no estaban en silencio. Sus voces, débiles y confusas, se entremezclaban en una cacofonía de palabras perdidas: fragmentos de confesiones, risas ahogadas, promesas rotas.
Una tras otra, el vórtice, que vibraba más intensamente con cada nuevo fantasma, se tragó las almas.
—Aquí tienes más almas contadoras de secretos. Estas proceden del imperio. Añádelas a tu colección. —Iron habló como si lo que acababa de suceder fuera un intercambio rutinario.
—Gracias, amo. Las guardaré a buen recaudo.
Y entonces la esfera que flotaba en el centro de la sala comenzó a apagarse. Su brillo decreció hasta que solo quedó un tenue parpadeo, como el último aliento de una estrella moribunda.
Iron Shadow empezó a caminar hacia la salida, pero esa vez, no iba a seguirlo.
—¿Por qué habías adoptado tu forma de dragón, Iron? ¿Y por qué parecías tan enfadado? —le pregunté.
Se detuvo y, sin girarse del todo, me lanzó una mirada por encima del hombro.
—Tu maldito amante debería haber tenido un poco más de cerebro cuando le dijiste que no tenía nada que ver con la tercera llama. Pero parece que ese idiota no escucha ni una palabra. Hace caso omiso a todo, como si le hablaras al maldito viento.
Dalton. Por supuesto que aquello tenía que ver con él. Había algo en la forma en que Iron hablaba que me hizo sentir que la situación era más grave de lo que imaginaba. Y si Iron estaba así de enfadado, significaba que…
—¿Qué ha hecho Dalton, Iron?
Él no contestó y yo di un paso hacia él.
—Iron —repetí su nombre.
Cerró los ojos un instante, como si intentara calmar la furia que ardía dentro de él.
—Cada vez que usas la llama, eres como un faro para todos nosotros.
Para mí. Para Basilius. Y para la Dama.
La Dama. Sabía que ahora era su objetivo, pero ¿por qué? ¿Acaso creía que yo era Kaiserin? ¿Que había renacido para continuar con su plan de destruirlo todo?
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—La llama valirio… —murmuré, más para mí que para él—. En realidad, quería usar la guerra para imponer su control absoluto. Ella quiere el control de todo, ¿verdad?
—Así es. Pero para eso necesita tener bajo su dominio a las dos llamas restantes.
Mis pensamientos se aceleraron. La conversación había comenzado con el nombre de Dalton, pero ahora todo parecía girar alrededor de la Dama y su maldito plan. Algo no encajaba.
—¿Qué pasó con las otras llamas durante la guerra? —pregunté, buscando algo que me ayudara a entenderlo—. Sé que la llama idealis fue destruida. Por eso el imperio quedó sin magia. Pero… ¿y la valirio? ¿Qué pasó con ella después de la guerra? Valdemar también se quedó sin magia… Y hasta el día de hoy, parece que la única magia que queda está en sus bosques.
—La llama valirio fue la única que no desapareció del todo. La Dama utilizó toda la magia que le quedaba para esconderse en Valdemar, en las profundidades de la tierra. Y ahí permaneció, latente, esperando su momento. —Sus ojos nunca dejaron los míos—. Pero la vuelta de tu poder, Zafiro…, la alimenta. La despierta. Las llamas se retroalimentan. La tuya, la de Basilius, la de la Dama… Todas son más fuertes ahora. Todas se enredan las unas con las otras.
Sentí un nudo en el estómago, pero antes de que pudiera decir nada,
Iron continuó, más cortante, más frío:
—La Dama está abriéndose paso en el imperio.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Qué…?
El suelo bajo mis pies pareció desaparecer. El mundo se tambaleaba, pero lo peor era la chispa de azul que vi reflejada en las paredes y que procedía de mi cabello. Volvía a brillar débilmente, como un faro traicionero de lo que hervía dentro de mí.
¿Cómo había pasado? ¿Cómo había llegado la Dama hasta Basilius?
¿Pramvera? ¿Estaban bien los demás?
—¿Él sabe quién es ella? —pregunté.
Iron negó con un movimiento seco.
—No.
Mi mano voló a mi pecho, tratando de calmar la respiración que se escapaba de mi control. Pero el brillo azul de mi pelo solo aumentaba.
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—Iron, tengo que volver. —Retrocedí un paso y luego otro. Mis pies se movían por instinto, antes de que mi mente pudiera seguirlos. No podía pensar. No podía procesar todo aquello. Solo sabía que tenía que volver. Tenía que advertirle. Tenía que salvarlo—. Debo decirles que están en peligro.
No llegué lejos. Iron recuperó el espacio entre nosotros con un solo paso. Su mano se cerró alrededor de mi muñeca y tiró de mí hacia él.
—Si vuelves a Pramvera ahora, sin control sobre tu poder, lo único que harás es empeorar las malditas cosas. Ella te lleva miles de años de ventaja. Y nunca olvides que uno de sus muchos poderes es la manipulación.
—Pero… —empecé a replicar.
—Haremos esto a mi manera, y tú acatarás exactamente lo que te diga. Quise responder, quise gritarle, quise… —Iron…
—Puedo odiar a Basilius, pero la Dama… Ella es otra cosa. Destruirla no es solo una prioridad. Es una necesidad. La única opción, para mí, para ti y para todos los que quieren seguir vivos. Puede que la llama Kaiserin fuera la destrucción del mundo hace milenios, pero este no puede caer en manos de la llama valirio. Bankai no puede pertenecerle.
—¿Y cómo podemos acabar con ella?
Iron me soltó la muñeca, pero no se movió ni un centímetro.
—Ese plan ya está en marcha. Hay algo que necesito antes de que podamos enfrentarnos a la Dama. —Iron hizo una pausa, como si decidiera cuánto decirme. Luego me miró de nuevo, serio, pero con ese tono que siempre parecía un puto mandato—. Y tú…
¿Algo que necesitaba? ¿Qué quería decir con eso?
—Tú solo tienes que centrarte en una cosa. —Su voz se endureció—. Es hora de que demuestres que no solo portas el poder de la llama Kaiserin, Zafiro. Es hora de que pruebes que eres una jinete de fénix.
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Elandra
Cuando Calen le dijo que los llevaría a buscar provisiones, no mencionó que también los armaría hasta los dientes con todo lo necesario para un viaje largo y peligroso. Y menos mal que lo hizo. Las sombras en la muñeca de Elandra no solo los estaban sacando de Novadia, sino que los llevaban más allá de la cordillera, lejos del hielo eterno y hacia un terreno completamente diferente.
Habían dejado atrás las montañas nevadas, donde el frío ni siquiera les rozaba la piel gracias a su inmortalidad. Ahora trotaban hacia el sur, donde la vegetación comenzaba a espesarse. La dirección era inconfundible: avanzaban hacia un lugar que preferirían evitar, pero al que no cabía duda que las sombras de Elandra señalaban.
—Deberíamos descansar al menos un par de horas —dijo Adriel detrás de ellas, montado sobre su zeng, que agitaba las orejas peludas con cansancio—. Podríamos buscar algún árbol y comer algo. Xilon está agotado.
Liral, que iba unos pasos por delante con la vista fija en cada rincón del camino, se giró con una ceja alzada.
—¿Xilon está cansado o tú estás cansado?
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—Los dos. —Adriel se encogió de hombros.
Liral suspiró mientras echaba un vistazo rápido al perímetro. Los árboles que los rodeaban eran altos, retorcidos, y Elandra no pudo evitar notar cómo las hojas parecían marchitarse con cada metro que avanzaban. Las ramas se volvían más oscuras, más podridas. Esa negrura… no podía ser una coincidencia. Se acercaban a Aurik, la cordillera abandonada por el imperio hacía siglos. Pero ¿por qué las sombras los llevaban allí?
—Estamos demasiado expuestos —apuntó Elandra—. Deberíamos buscar un lugar mejor para descansar. Como ayer, algo más cubierto. Una cueva, quizá. Tengo un mal presentimiento.
Un silencio incómodo se instaló entre ellos. No era nuevo. En los dos últimos días apenas habían hablado.
—Por supuesto que algo malo está cerca. El imperio nos está buscando, los wendigos probablemente también sigan el mismo rastro que nosotros y para colmo está ese maldito fuego esmeralda que, según dicen, no tiene nada que ver con Iron Shadow. Tres problemas bien jodidos, si me preguntas —dijo Adriel.
Liral se giró hacia él.
—No es que digan que no tiene nada que ver con él, esa es la verdad. Y sí, tres problemas distintos, Adriel. Tres. Podrían ser dos, pero no, son tres.
—Gracias por la aclaración, Liral. —Adriel puso los ojos en blanco—. Pero, insisto, ¿podemos parar?
Liral resopló y lanzó una mirada rápida a su alrededor.
—Más adelante. Necesitamos un sitio menos expuesto.
—Ahora —insistió Adriel.
Elandra caminaba en silencio, dejando que los murmullos y las discusiones de sus compañeros se desvanecieran en el fondo. Adriel y Liral siempre encontraban algo por lo que discutir, y aunque normalmente le arrancaban una sonrisa de vez en cuando, esa vez no tenía paciencia. Liral apenas le había dirigido la palabra desde que salieron de Novadia, y eso le pesaba más de lo que estaba dispuesta a admitir. Pero lo que más rondaba su mente no era su silencio, sino aquel momento entre los pilares, cuando ella le había tomado la mano. Ese gesto, tan inesperado, se había quedado grabado en su mente. Había algo en esa conexión, en el calor de su palma, que la confundía.
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Al final, se detuvieron para descansar cerca de un grupo de árboles altos y frondosos que los escondían de la vista aérea. Si pasaban mantícoras o hipogrifos, no serían fácilmente detectables. Parecía un buen lugar. Calculaban que le llevaban suficiente ventaja al imperio, tal vez un día o más. Además, ni siquiera estaban seguros de que alguien del imperio los estaba buscando, y menos aún en qué dirección. Eso jugaba a su favor.
Elandra se separó un poco del grupo, alejándose de la conversación que sus compañeros mantenían. Las sombras en su muñeca seguían moviéndose y la empujaban hacia delante, insistentes como siempre. Se detuvo y la levantó para observarlas. Esas motas naranjas que flotaban dentro de la oscuridad tenían algo hipnótico. No eran completamente negras, y eso le gustaba.
Perdida en sus pensamientos, sus pies siguieron avanzando casi por instinto, hasta que el crujido de unas ramas rompió el silencio. Elandra giró despacio hacia el sonido.
—Liral, si me he alejado de vosotros es porque ya no quiero escucharos más…
Cuando alzó la mirada, el mundo pareció detenerse. Frente a ella, a tan solo cincuenta metros, una horda de wendigos se hallaban inmóviles, mirándola fijamente. Eran al menos veinte, agrupados tan juntos que sus cuerpos se superponían como un muro de carne y huesos podridos. Pero algo andaba mal. Ninguno mostraba sus colmillos ni hacía ese sonido gutural y aterrador. Solo estaban allí, quietos como estatuas macabras a la espera de una señal, como aquel wendigo en Arcadia que Liral y ella habían encontrado.
El pecho de Elandra se oprimió e intentó retroceder, pero su brazo se levantó por sí solo, como si algo invisible lo controlara. Su muñeca, donde las sombras seguían danzando, tiraba de ella hacia delante. Las sombras no la guiaban esa vez. La empujaban hacia los wendigos.
—¡No! —gritó Elandra al tiempo que desenvainaba una daga con la otra mano. Atrajo su brazo, intentando recuperar el control, pero las sombras en su muñeca tiraban implacables, como si quisieran entregarla a la horda.
Los wendigos no se movieron.
—Quédate muy quieta, Elandra. —La voz de Liral le llegó desde detrás de ella. No se giró para mirarla, pero escuchó el leve crujido de la
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cuerda de su arco tensarse—. Si haces un movimiento en falso, tendremos una avalancha de dientes podridos encima.
—No puedo… —Elandra tembló, su brazo extendido sin control mientras las sombras seguían impulsándola—. Mis sombras… están guiándome hacia ellos, Liral. No puedo detenerlas.
—Ya me he dado cuenta. —Liral avanzó un paso, y Elandra sintió su presencia a su lado. Entonces vio tres flechas colocadas en su arco, listas para que las lanzaran.
—Son veinte, Liral. Estamos muertas.
Liral dio otro paso al frente. Su arco seguía tenso y apuntaba directo al centro de la horda.
—¿De verdad crees que me dejaría matar por esas cosas? ¿De verdad crees que permitiría que te tocaran un solo pelo delante de mis narices? Entonces no me conoces, pelirroja.
El corazón de Elandra se detuvo un instante, como si algo dentro de ella hubiera cambiado de ritmo al escuchar a Liral. Era ridículo que eso le afectara más que la horda de wendigos que las rodeaba, pero ahí estaba, un calor extraño que crecía en su pecho. ¿Qué le estaba haciendo esa mujer con su carácter insoportable?
Elandra escuchó a Adriel acercarse montado sobre Xilon, y notó que, a pesar de la cercanía, los wendigos seguían inmóviles.
—¡Escudo, Adriel, ahora! —ordenó Liral sin quitar la vista de las criaturas.
Xilon inclinó la cabeza, y su cuerno brillante emitió un destello apenas perceptible. Una barrera fina y transparente como el cristal se materializó alrededor de ellos. Elandra nunca había estado tan agradecida de que Adriel hubiera insistido en acompañarlas. Sentía que podía respirar de nuevo, aunque fuera por un momento.
Sin previo aviso, Liral soltó tres flechas.
La primera se clavó en el cráneo de un wendigo, mientras la criatura se desplomaba con un gemido gutural. La segunda flecha atravesó la mandíbula de otro, arrancándole un fragmento de su deformada cara antes de caer al suelo y la tercera perforó el ojo de un tercero, que se tambaleó un instante antes de derrumbarse en una masa grotesca, dejando un charco viscoso bajo su cuerpo inmóvil.
Pero lo extraño fue lo que sucedió después.
Nada.
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Los wendigos restantes no se movieron. Ninguno reaccionó, ni siquiera cuando Liral bajó el arco y se quedó quieta.
—¿Por qué no se mueven? —Elandra rompió el silencio—. ¿A qué están esperando? Liral, ¡coge más flechas y acaba con ellos!
—Cálmate, pelirroja. Parece que su objetivo no es cazarnos.
—¿Qué? —Elandra parpadeó incrédula.
—¡Mátalos, Liral! —gritó Adriel detrás de ellas—. ¡El escudo no aguantará mucho más!
—¡Callaos los dos! —estalló Liral, que bajó el arco y lo colocó detrás de su espalda, dejando sus manos desnudas. Antes de que nadie pudiera detenerla, dio un paso adelante y salió del escudo. Elandra sintió que el corazón se le detenía.
El escudo parpadeó y, como le había advertido Adriel, desapareció. La barrera transparente se desvaneció y dejó a los tres expuestos frente a la horda.
—Liral, ¡vuelve aquí! —rugió Adriel.
Elandra lo entendió en ese momento. Las sombras en su muñeca tiraban con más fuerza, como si quisieran arrancarla de donde estaba y arrastrarla hacia los wendigos. Las sombras no querían luchar, sino protegerla. Querían ir hacia ellos.
Elandra avanzó con el brazo extendido, pero las criaturas no se movían, no había dientes expuestos ni gruñidos amenazantes. Solo estaban allí, mirándola, antes de girarse y empezar a avanzar despacio en la dirección hacia la que ya parecían dirigirse.
Parecía que los wendigos y sus sombras buscaban el mismo destino, Liral tenía razón.
Dargan y Afra aparecieron detrás de ellas alerta, aunque Elandra sabía que si los wendigos hubieran intentado atacarlas, habrían sido los primeros en defenderlas con todo. Pero no hubo necesidad. La horda, ahora de diecisiete wendigos, avanzaba hacia delante y los ignoraba por completo.
—Ellos no quieren cazarnos… —murmuró Elandra, repitiendo las palabras de Liral—. Los wendigos… quieren guiarnos.
Liral giró la cabeza y sus ojos se encontraron.
—Supongo que ahora, en vez de tres problemas, tenemos dos —dijo Liral, que se montó en Dargan mientras los tentáculos de la criatura se movían inquietos—. Sigámosles.
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Eda
—Súbete de una vez, ahora mismo, y móntala. No me hagas repetirlo. —¡No es lo bastante grande, Iron! —le grité mientras señalaba a Kali. —¿De verdad no eres consciente de lo que mides ni de lo que pesas?
Por la muerte, hasta un bebé podría cargarte en brazos. —Señaló a Kali—.
Es un fénix. Y tú, en comparación con ella, poco más que una pluma.
Intenté replicar, pero la mirada que me lanzó me hizo cerrar la boca sin siquiera abrirla.
—Así que, por última vez…, súbete, antes de que me arrepienta de intentarlo contigo.
Solté un suspiro exasperado, mi corazón latía rápido mientras daba un paso hacia Kali. Estaba allí, perfectamente posicionada, con las alas medio plegadas como Iron le había indicado. Yo había pasado todo el día eufórica, ansiosa por ese momento, porque finalmente volaríamos juntas. Pero ahora que estaba frente a ella, sentía que el miedo me paralizaba.
No era un enorme dragón, con espacio de sobra para sostenerme, ni la mantícora de Nolan, con su denso pelaje para agarrarme si algo salía mal. Kali era más pequeña, ágil y elegante, sí, pero eso solo hacía que dudara
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aún más. ¿Y si me caía? ¿Y si no estaba lista? O peor aún… ¿y si Kali no estaba preparada?
Deja de darle vueltas a esa cabeza loca, Eda.
No estoy preparada, pensé.
Estamos preparadas, corrigió ella. Esto mejorará nuestro vínculo, confía en mí.
Miré a Iron, que estaba detrás de mí, con los brazos cruzados y esa expresión de aburrimiento permanente que parecía estar pegada a su rostro. No llevaba su capa de sombras, aquel día solo iba vestido de negro, sin armas visibles…
Pero recordé que el arma era él.
Habíamos dejado la Biblioteca Silente en cuanto él decidió que «el entrenamiento debía comenzar». Sin previo aviso, nos desvanecimos en las sombras. No hubo tiempo para preguntas, y cuando volví a abrir los ojos, estábamos frente a su castillo. Esa monstruosidad que parecía surgir de la nada, como si el maldito lugar no existiera hasta que él lo quería.
Un castillo que solo podría encontrar él.
Apenas tuve unos minutos para comer algo rápido, darme un baño y cambiarme de ropa. No hubo descanso. Ni un segundo para procesar lo que estaba pasando: ni la Dama, ni Dalton ni lo que ocurría en el imperio. Ni siquiera había tenido tiempo para pensar en nosotros.
Había algo dentro de mí que había cambiado, y lo sabía. Pero no entendía el qué. Era como si estuviese dividida en dos partes opuestas: una en llamas que se consumía, y la otra que se ahogaba en un océano sin fondo. Pero no había tiempo para detenerme a descifrarlo. No cuando Iron me miraba como si fuera un experimento al borde del fracaso.
Me alegraba, de una manera retorcida, que el odio entre nosotros estuviera de vuelta. Era más fácil así. Más sencillo querer matarlo que enfrentarme a lo que sentía cuando ese odio se desvanecía, cuando bajaba la guardia y lo miraba como algo más que un enemigo. Era más fácil no pensar en la leyenda, en lo que éramos para el mundo. En lo que nuestras almas podían significar. En el poder que compartíamos, ese que parecía tejido de la misma esencia, y que, de alguna manera, me aterraba tanto como me atraía.
—¿Qué pasa si me caigo?
Iron arqueó una ceja y soltó un bufido, como si la pregunta fuera la cosa más ridícula que había escuchado.
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—Entonces te caerás a las aguas malditas y saldrás nadando. Al menos no te partirás ningún hueso volando sobre el lago. No tengo intención de perder tiempo mientras espero a que te recuperes otra vez.
Desvié la mirada de él y me centré en Kali.
Con movimientos lentos y cuidadosos, me subí a su lomo, como lo hacía con cualquier criatura que desconocía mis intenciones. Kali estaba tranquila, pero podía sentir su energía, su emoción contenida, como un río a punto de desbordarse.
Sus plumas eran tan suaves que parecía imposible que pertenecieran a una criatura tan poderosa. Al tocarlas, un leve cosquilleo recorrió mis dedos. No solo lo provocaba el tacto, sino la conexión, algo que me hacía sentir más que bienvenida. Cuando por fin me senté sobre ella, esa sensación se acentuó. Era su confianza. Como si estuviera diciendo sin palabras: «Eres parte de esto, eres parte de mí. Aquí estás segura».
¿Lista?, me dijo por el vínculo.
Lista, respondí, y me incliné ligeramente hacia delante casi por instinto.
Kali empezó a batir sus alas, un movimiento poderoso que me hizo aferrarme a su cuello. Estas se movían arriba y abajo y cada batida generaba una ráfaga de viento, tal vez caliente, que envolvía mi rostro, como si encendiera el aire a su alrededor.
Sentí cómo sus patas traseras se separaban del suelo y, al mirar hacia abajo, vi cómo la arena negra frente al lago quedaba atrás, mientras Kali ascendía como si la gravedad no tuviera efecto sobre ella. Pero la sensación no era la misma que volar sobre un dragón. Kali no tenía el mismo tamaño ni estabilidad; su vuelo era más ágil, más salvaje, y mi cuerpo tuvo que adaptarse al constante movimiento.
Cada músculo de mi abdomen se tensó mientras Kali volaba bajo, rozando la superficie del lago. Su vuelo fue suave al principio, casi como si estuviera probándome, pero luego sentí un cambio, y antes de que pudiera prepararme, sus alas se replegaron un instante. Y cayó.
El viento me azotó el rostro cuando se lanzó en picado hacia el agua, un movimiento tan rápido que apenas tuve tiempo de gritar. Mi cuerpo se tambaleó hacia delante, mis manos intentando aferrarse desesperadas a sus plumas.
Kali abrió sus alas en el último momento y frenó el descenso con un movimiento tan brusco que sentí mi estómago dar vueltas. Me agarré con
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todas mis fuerzas mientras ella planeaba a ras del agua.
—¡Guau! ¡Eso es, Kali! —grité, eufórica por lo que acabábamos de hacer—. ¡Maldita pajarraca, casi me da un infarto!
El reflejo del lago negro me atrapó por un momento. Allí, en el agua, podía ver el brillo azul que emanaba de Kali y de mi cabello, que había empezado a resplandecer con fuerza propia.
Nuestros poderes se están conectando, me dijo Kali.
Y tenía razón. Podía sentirlo en cada fibra de mi ser, esa sincronía entre nosotras, esa unión. Miré el reflejo, deslumbrada por cómo parecíamos una sola figura en movimiento, y una risa de pura emoción se escapó de mis labios.
—¡Iron, lo he conseguido! ¡Estamos…!
Pero mi alegría duró poco. Sin previo aviso, resbalé del lomo de Kali y caí al agua negra con un chapuzón que me dejó sin aliento.
Antes de que el pánico pudiera instalarse, saqué la cabeza para respirar. Tosí para escupir el agua, y ahí estaba él, observándome desde la orilla, con los brazos cruzados y esa maldita expresión aburrida.
Yo, por alguna razón incomprensible, no pude evitar reír. Las carcajadas salieron de mi pecho mientras flotaba en el agua, el subidón de adrenalina mezclado con la completa ridiculez de la situación.
—¡Sal del agua nadando, Zafiro! Ahí abajo viven algunos amigos que tienen hambre.
—¡¿Qué?! —chillé, el pánico sustituyó rápido a la risa mientras empezaba a nadar como si mi vida dependiera de ello. Y, probablemente, lo hacía.
Moví los brazos con todas mis fuerzas e ignoré el dolor que empezaba a apoderarse de mis músculos. Por suerte, la orilla no estaba lejos. Llegué entre jadeos, sintiendo el barro bajo mis pies, y empecé a correr hacia tierra firme.
Cuando por fin estuve fuera del agua, con el cuerpo empapado y el cabello pegado a mi cara, fijé la vista en Iron, que perfectamente seco me observaba con una ceja arqueada y esa sonrisa de superioridad que me hervía la sangre.
—¡Eres un idiota! —le grité mientras me acercaba a él a grandes zancadas—. ¡¿Cómo no has sido capaz de avisarme antes?!
—No has preguntado.
Estuve a punto de lanzarme sobre él.
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—¡Eres un maldito monstruo! —le espeté enfadada sin dejar de acercarme a él.
—¿Combate cuerpo a cuerpo? ¿Eso es lo que quieres?
—Eso es lo que quiero —respondí sin pensar, la rabia nublando mi juicio.
Por un momento, él pareció sorprendido. Pero luego su sonrisa se ensanchó, un destello peligroso en sus ojos dorados.
—Entonces, ponte en posición —dijo, y su voz se volvió más baja, más seria—. Muéstrame lo que te han enseñado.
No dudé.
—Sin trampas.
—Trato hecho. —Iron soltó una risa suave, y sin molestarse en darme tiempo para reaccionar, empezó a desabotonarse la camisa. Cuando la dejó caer al suelo, me quedé sin excusas para apartar la mirada.
Su pecho estaba cubierto de tatuajes dorados, líneas que se entrelazaban como si contaran una historia que yo no entendía. Cada movimiento hacía que sus músculos se marcaran aún más, tensándose con esa maldita precisión que parecía diseñada para recordarme lo fuerte que era.
Todo en él gritaba poder, y lo peor era que lo sabía.
Y su maldito cabello blanco, que le caía desordenado sobre su frente, completaba la escena. Despreocupado, casual, como si disfrutara cada segundo de verme debatirme entre el odio y el deseo de arrancarle esa arrogancia de un golpe. Sabía que me sacaba de quicio, y parecía disfrutarlo más de la cuenta.
Me obligué a apartar la mirada.
«Concéntrate —me dije a mí misma, ignorando el nervio que subía por mi cuello—. Concéntrate».
—Cuando quieras —me invitó a un juego que sabía que tenía todas las de ganar.
La arena negra crujía bajo mis botas mientras me plantaba frente a Iron. Su tamaño, maldita sea, era imposible de ignorar. Cada movimiento suyo, aunque mínimo, parecía controlar el espacio, como si incluso su sombra tuviera el poder de hacerme retroceder. Y yo… yo estaba ahí, desafiándolo, sabiendo perfectamente que, aunque odiara admitirlo, parte de mí reconocía su superioridad.
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Cargué hacia él sin pensar demasiado y lancé un golpe directo hacia su torso, apuntando a una apertura en su defensa, pero Iron lo esquivó y su mano atrapó mi muñeca con una facilidad humillante. —Demasiado lento —susurró junto a mi oído.
Tiré de mi brazo, pero antes de que pudiera liberarme, giró su cuerpo y me llevó con él. Mi pie resbaló en la arena suelta, y cuando trataba de recuperar el equilibrio, sentí su mano presionando contra mi espalda y obligándome a girar.
—¿Eso es todo lo que él te ha enseñado? —Cállate —gruñí, y me lancé de nuevo hacia él.
Esa vez fui más rápida, agachándome para esquivar el brazo que intentó detenerme. Giré sobre mis pies y lancé una patada directa hacia su abdomen. El impacto fue como golpear una pared de piedra, pero lo sentí retroceder, apenas un paso, lo suficiente para saber que lo había sorprendido.
Su sonrisa se ensanchó peligrosa, como si acabara de aceptar un desafío.
—Mejor.
Cuando llegó a mi espacio, su mano atrapó mi antebrazo antes de que pudiera golpearlo de nuevo. Me giró con fuerza y mi cuerpo chocó contra el suyo.
—¿Qué pasa? ¿Ya te has cansado?
Apreté los dientes mientras luchaba por apartarme. Deslicé mi pie detrás del suyo en un intento por desequilibrarlo, pero apenas tuve tiempo de ejecutar ningún movimiento, porque él me levantó por el brazo y me empujó hacia atrás. Mi espalda chocó contra la arena, y antes de que pudiera reaccionar, él ya estaba encima, con una rodilla clavada junto a mi costado.
—Eres rápida, pero no lo suficiente. —Su mano rozó mi muñeca mientras intentaba levantarme, y el simple contacto hizo que mi piel se erizara.
—¡Quítate! —grité, levantando mis piernas para intentar desestabilizarlo.
La arena negra se pegaba a mi piel mientras me levantaba jadeando y con el sudor resbalando por mi frente. Había logrado empujarlo hacia un lado, un pequeño triunfo que me hacía sentir más fuerte, más capaz. Pero entonces sus sombras cobraron vida y se extendieron como tentáculos
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oscuros que se enredaron en mis pies antes de que pudiera reaccionar. Me tiraron al suelo, y el impacto consiguió arrancarme el aire de los pulmones.
—Se acabó el no hacer trampas. Utiliza tu poder.
Sentí un calor subir desde mi pecho, una chispa de rabia que me hizo apretar los dientes mientras me levantaba de nuevo y empujaba las sombras con las manos.
Iron arqueó una ceja y entonces se desvaneció.
Un segundo estaba frente a mí y, al siguiente, se había convertido en humo, reapareciendo a mis espaldas con un movimiento que me hizo girar sobre mis talones. Pero antes de que pudiera reaccionar, su puño impactó contra mi costado y me hizo tambalearme.
—Demasiado lenta.
Encendí las llamas azules en mis manos.
El fuego danzaba en ellas, salvaje e indómito, rodeando mis dedos con un resplandor casi hipnótico que iluminaba la arena negra a nuestro alrededor. Pero lo sentía inestable, como un animal que quería soltarse y destruir todo a su paso.
No era suficiente.
Sabía que no podía usarlo así, no desde la rabia que hervía en mi interior. Esa chispa de ira que me quemaba por dentro solo serviría para consumirlo todo, incluso a mí.
Cerré los ojos un instante y me esforcé por recordar las fases del camino, esas lecciones que Iron me había obligado a aprender. Recordé a los gigantes que habíamos visto, deformados por su propia furia, atrapados en un ciclo interminable de destrucción.
Respiré profundo, ese poder no era solo una herramienta, sino una parte de mí. Una extensión de mi ser que necesitaba armonía, no caos.
Abrí los ojos, el azul brillante de mis llamas se reflejaba en la superficie negra del lago, y lo supe.
No era la rabia la que me haría fuerte. Era mi control.
Iron se lanzó hacia mí de nuevo, sus sombras envolviéndolo como un manto mientras reaparecía frente a mí.
Esa vez estaba lista.
Esquivé su golpe y contraataqué, lanzando un puñetazo envuelto en fuego directo a su abdomen. Lo sentí retroceder ligeramente, pero antes de que pudiera aprovechar el momento, una sombra serpenteó hacia mí y envolvió mi muñeca hasta detenerme en seco.
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—¡Más velocidad, más fuerza, más fuego! —rugió Iron, tirando de mí hasta que quedamos cara a cara—. Quiero verte arder, no fracasar.
Un grito de pura frustración escapó de mis labios mientras las llamas envolvían mi cuerpo, un destello de fuego azul que estalló a mi alrededor. La sombra que me sujetaba se desintegró en el aire con un chisporroteo, y la arena bajo mis pies crepitó, iluminada por el calor que emanaba de mí.
Sin pensarlo, giré con toda la fuerza que tenía, canalizando el fuego en un golpe directo a su pecho. Esa vez, el impacto fue claro. Iron retrocedió varios pasos, su figura tambaleándose un poco antes de estabilizarse.
Sonreí de forma perversa, consciente de que no estaba usando toda su fuerza ni desatando todo su poder.
—Que lo sepas, muerte. Estás entrenando a tu enemiga. Y cuando acabemos con la Dama, tú serás el siguiente.
La calma antes del fuego.
Cerré los ojos un instante, permitiendo que las llamas en mi interior se estabilizaran. Cuando los abrí, ya no era solo rabia. Era algo más grande.
El fuego azul estalló de mis manos, rodeándome como una barrera
protectora que hizo que Iron retrocediera de un salto. Me puse de pie, con
los puños envueltos en llamas.
—Eso es lo que quería ver.
—No he terminado —respondí, y lancé una ráfaga de fuego directo hacia él.
Las llamas iluminaron la noche mientras volaban hacia su cuerpo, un destello de azul que parecía capaz de consumirlo todo. Pero las sombras lo envolvieron en el último segundo, absorbiendo el impacto como si fueran un escudo. Desapareció de mi vista y reapareció a mi izquierda, se movía con una rapidez que debería haberme desconcertado, pero en esa ocasión lo esperaba.
Giré mi cuerpo con toda la fuerza que tenía y lancé un puñetazo directo a su rostro, las llamas de mis manos impulsaron el golpe con toda la rabia contenida. El impacto fue sólido, pero él no se inmutó. Ni un paso atrás, ni una grieta en su postura.
—Por fin, Zafiro. —Su voz era baja, casi complacida—. Por fin empiezas a ser interesante.
Antes de que pudiera reaccionar, las sombras a su alrededor se alzaron como una tormenta, retorciéndose en sincronía con sus movimientos.
Era rápido, demasiado rápido.
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Un golpe en mi costado me dejó sin aire, seguido de una patada que me hizo caer de rodillas en la arena negra. Jadeé e intenté levantarme, pero antes de que pudiera hacerlo, sentí su mano en mi hombro anclándome a la arena.
—Si lo que te motiva es mi muerte, entonces no te detengas. —Se inclinó hacia mí—. Imagíname muerto de mil maneras, Zafiro. Visualiza cómo arrancarías mi vida, cómo cada golpe, cada llama, me destruiría. Pero mientras lo haces, recuerda esto: yo no caeré fácilmente. Si vienes a matarme, será lo último que hagas antes de morir tú misma. Porque no hay mil maneras de matarme, pero si hay mil formas en las que yo podría destruirte a ti primero.
Estábamos demasiado cerca, y maldije haber sido yo quien sugiriera ese combate cuerpo a cuerpo. Había algo en esa cercanía que se sentía peligroso, algo que cruzaba la línea de lo que debería ser un simple entrenamiento. Lo había sentido antes, con Dalton, esa tensión que no era solo física, pero aquello… aquello era distinto.
Con Iron no había nada elegante, nada medido. No era un intercambio de golpes perfectamente coreografiados. Era bruto, feroz, casi primitivo. Él no era un adversario cualquiera, sino un animal salvaje, uno que no se contenía.
Y entonces lo vi claro. Aquello no era solo entrenamiento. No era para convertirme en algo mejor. Iron me estaba preparando para enfrentarme a lo inevitable.
Iron me estaba entrenando para acabar con él.
Se hallaba sobre mí, su cuerpo enorme y desnudo de la cintura hacia arriba bloqueaba cualquier otra cosa a mi alrededor. No había cielo ni arena. Solo él. Su piel rozaba la mía, los músculos tensos y marcados dejando claro que podría aplastarme con solo decidirlo.
Todo lo que tenía frente a mis ojos era él.
Mi enemigo.
«Esos ojos no merecen mirar a un monstruo como yo».
La daga brilló bajo la luz de las auroras boreales mientras en solo un movimiento la presionaba contra su cuello, hasta que unas gotas de su sangre cayeron sobre mi piel.
Fue un error. Un error tremendo.
Iron no se inmutó. Sus ojos dorados destellaron mientras se pasaba la lengua por los colmillos. Antes de que pudiera reaccionar, una sombra
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serpenteó desde su cuerpo y se enroscó alrededor de la daga. Con un movimiento brusco, la arrancó de mi mano y la lanzó lejos, muy lejos.
—Qué sádica eres —susurró—. Ya casi puedo saborear lo mucho que te estás pareciendo a mí. —Sin esperar mi respuesta, su mano se deslizó por debajo de mi cabeza y atrapó mi cabello en un puño—. Déjame probarte, Eda.
De un tirón me arrastró hacia él, forzando mi cuerpo a seguir el movimiento, mi cuello arqueándose como si le perteneciera. La respiración se detuvo en mi garganta, y antes de que pudiera siquiera entender lo que pasaba, su boca encontró mi piel.
No fue un roce ni una provocación. Fue un ataque calculado y feroz. Sus colmillos se hundieron en el espacio exacto entre mi cuello y mi hombro. El dolor llegó como una chispa fulminante, pero antes de que pudiera procesarlo, fue reemplazado por algo mucho más fuerte. Más ardiente.
El mundo desapareció.
Mi visión se desvaneció y, por un instante, juro que vi el cielo azul, pero no era un consuelo. Era una condena. Cada músculo de su cuerpo se aplastaba contra mí, dejándome claro que no había escapatoria posible.
Mis manos, que antes empujaban con desesperación su pecho desnudo, comenzaron a traicionarme. Dejaron de resistirse. Mis dedos, como si ya no fueran míos, se deslizaron sobre su piel sin voluntad, mientras sus colmillos se hundían en mi clavícula.
Una parte de mí quería gritar, quitármelo de encima, detenerlo como fuera. Pero otra parte… simplemente se rindió.
Levanté mi mano temblorosa e indecisa, y la llevé hasta la suya. No para apartarla, no para luchar. No hubo resistencia, ni rabia ni intención de escapar.
Mis dedos se deslizaron con suavidad sobre los suyos, apenas un roce, apenas un movimiento, pero lo suficiente como para que incluso él lo notara. Fue tan sutil, tan extraño, que no supe qué significaba. ¿Era un intento de calmarlo? ¿Una súplica muda para que se detuviera? ¿O, peor aún, para que nunca lo hiciera?
Fue una eternidad y un segundo al mismo tiempo. Un gemido escapó de mis labios, bajo, tembloroso, porque eso era lo que sentía: puro placer. Gemí contra su oído y me perdí por completo, deshaciéndome en su tacto.
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De repente, se apartó, y el frío que dejó me devolvió de golpe a la realidad. Jadeé, mirando cómo se ponía de rodillas. Frente a mí, su cuerpo enorme bloqueaba toda mi visión.
La luz de las auroras boreales iluminaba cada línea de sus músculos, sus tatuajes dorados brillando como si estuvieran hechos de fuego líquido. Una línea de mi sangre bajaba lentamente por la comisura de su boca y resbalaba hasta su barbilla.
Con la sonrisa más terrible que había visto nunca, pasó la palma de su mano por sus labios y limpió la sangre con un gesto lento, casi sensual.
—Me vas a volver jodidamente adicto a tu sangre, Zafiro. —Su voz era un gruñido oscuro, ronco, lleno de algo que me hizo estremecer hasta los huesos—. Y haberla probado… —deslizó su pulgar por su labio inferior para retirar el rastro de mi sangre—, va a ser, sin duda, la puta cosa más peligrosa que he hecho en mi vida.
Me quedé inmóvil en el suelo, incapaz de moverme o siquiera pensar.
—Levántate. —Extendió su mano.
La tomé, y en un solo movimiento me levantó hasta dejarme frente a él. Mis piernas temblaban, pero no me importó. Sin pensarlo, lancé un puñetazo directo a su rostro, rápido y con toda mi fuerza. Apenas se movió.
Un maldito centímetro. Solo eso.
—¡Como me vuelvas a morder, te rajaré la boca de lado a lado y te puliré esos malditos colmillos! —le espeté rabiosa, aunque ni siquiera estaba segura de si era por lo que acababa de hacer… o por cómo me había sentido mientras lo hacía.
Su sonrisa se ensanchó, y traté de sostenerle la mirada, pero fue inútil. Me di la vuelta bruscamente y me alejé, intentando ignorar el calor en mi cuerpo y el odio hacia mi propia debilidad.
Su risa baja y grave resonó detrás de mí, disfrutaba de mi enfado. Sin detenerme, levanté una mano y le saqué el dedo corazón antes de seguir adelante, con la mente aún enredada en lo que acababa de suceder.
—Tienes tres horas para quitarte el agua del lago de la piel y dormir.
Después, volvemos a entrenar. Pero esta vez no habrá compasión.
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Eda
Contemplaba atónita los cuerpos mutilados de al menos veinte zarkass, colgados bocabajo, goteando sangre en hilos que se extendían por el suelo del gran salón. Era allí donde se suponía que debía encontrarme con Iron para continuar con el entrenamiento, pero, en cambio, me recibió esa escena grotesca.
Los cuerpos estaban despedazados, desmembrados de formas que parecían más obra de un artista macabro que de una batalla. Las sombras, retorcidas y vivas, los sostenían en el aire y se alzaban como columnas hasta el techo.
—¿Te gusta el arte que le gusta crear a la muerte? —habló una voz masculina, áspera y burlona, que reconocí de inmediato.
Me giré desconcertada solo para encontrarme con un hombre de cabello castaño claro, con una sonrisa torcida que no escondía su regocijo ante el espectáculo. Rai Raider. Claro que lo conocía. Era aquel con el que Iron había estado conversando hacía unos días en la posada.
Enderecé mi postura de inmediato, si él estaba allí, con esa escena de fondo, dudaba que fuera muy diferente a Iron.
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—Esto es una jodida obra maestra, ¿no crees? —continuó—. Digna de ser colgada así, para recordarle a cualquiera lo que les pasa a los que desafían las reglas.
Mis ojos volvieron a los cuerpos, y mi garganta se cerró un poco más. No era solo la visión de los cadáveres, sino la forma en que él lo decía, como si realmente creyera que aquello era arte.
—¿Qué clase de aliados tiene Iron? —murmuré más para mí misma, incapaz de apartar la vista del horror ante mí.
Rai Raider esbozó una sonrisa amplia.
—Aliados que saben lo que hacen. Tal vez deberías aprender un poco de nosotros. Quizá algún día también puedas hacer arte como este.
—¿Esto lo ha hecho él? —Señalé los cuerpos colgados.
—Bueno…, solo les hizo unos cuantos cortes por aquí y por allá, ya sabes. —Su tono era desenfadado, como si hablara de arreglar una pintura y no de cuerpos destrozados.
Sin duda, compartía la misma maldad endiablada que Iron. Las frases afiladas, la sonrisa torcida que parecía disfrutar de cualquier muestra de sufrimiento. Pero, a diferencia de Iron, no tenía colmillos. Su piel era más morena, más cálida bajo las luces parpadeantes del salón.
No, definitivamente no eran hermanos, aunque esa misma energía oscura los conectaba de alguna manera.
Volví la vista a los zarkass colgados, sus cuerpos desmembrados y sus rostros congelados en expresiones de puro terror.
—Si te parece que eso es «unos cuantos cortes por aquí y por allá»… —Vaya, vaya… —Rai Raider dio un paso hacia mí, inclinándose
levemente como si analizara cada detalle de mi rostro—. Parece que este Zafiro también tiene carácter.
—Este Zafiro. —Crucé los brazos, dejándole claro que no me intimidaba—. Lo único que tengo en común con Kaiserin es el cuerpo y sus poderes. Nada más.
—Te equivocas. —Su sonrisa se amplió y, por un momento, algo extraño brilló en su mirada. Había una especie de belleza inquietante en él, un aura que, aunque diferente de la de Iron, era igual de maligna.
Antes de que pudiera replicar, dio dos palmadas al aire, un gesto casual que hizo aparecer a Syera.
La anciana cadavérica emergió de las sombras con su andar rígido, su rostro permanentemente borde y su moño apretado. Me recordaba a
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Camille, una de las trabajadoras que solía atenderme en el palacio de Dalton, pero Syera carecía de esa energía brillante y simpática. Todo en ella era seco, apagado. Claro, tenía sentido. Al fin y al cabo, estaba muerta.
—Syera, tengo unas preguntas para ti.
—Le escucho, señor.
Rai Raider se llevó los dedos a la barbilla, fingiendo estar pensativo. —¿Crees que es la verdadera Kaiserin y nos está engañando a todos?
—preguntó ladeando la cabeza hacia el otro lado como si estudiara una pintura.
Syera, con su rostro inexpresivo, respondió sin titubear:
—Si fuera Kaiserin, señor, este castillo ya habría ardido al menos cinco veces en un solo día, y ella estaría bañada en la sangre de los inocentes. —Syera levantó las cejas, como si le explicara algo obvio a un niño—. Pero como puede observar, el castillo sigue en pie, y sus manos están limpias.
—Por ahora, Syera. —Rai Raider sonrió de manera escalofriante y se inclinó hacia ella—. Por ahora.
Iron me lo había dicho: Kaiserin no era como yo. Era una asesina, una mala persona, según sus palabras. Pero ahora, mirándolos a todos, observando aquello que había hecho Iron con tanta facilidad, me preguntaba si Kaiserin simplemente había imitado lo que veía allí, lo que le habían enseñado a ser. Matar. Tal vez solo era un reflejo de ese lugar y de la gente que la rodeaba.
Una risa femenina, ligera y dulce, rompió el silencio, tan fuera de lugar que giré por instinto la cabeza hacia el pasillo.
Savannah.
Su cabello dorado parecía atrapar la luz, como si el sol viviera en sus mechones, y su vestido rosa, etéreo y delicado, flotaba a su alrededor. Sus tacones resonaban contra el suelo de cristal, acompañando su risa suave. Pero lo que realmente me congeló no fue verla del brazo de Iron, sino su sonrisa.
Porque Iron Shadow le sonreía de vuelta.
No era la sonrisa torcida o cruel que solía dedicarme ni la de superioridad que dirigía a los demás. No. Esta era dulce, cálida, como si hubiera encontrado algo que de verdad le hacía feliz.
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Lo observé, incapaz de apartar los ojos de esa sonrisa. La curva de su boca, el roce de sus colmillos contra su labio inferior… Sentí la marca en mi clavícula vibrar, un recordatorio de lo que había dejado en mí. No era un dolor físico, sino algo peor.
Dolía más verlo sonreírle así que cuando sus colmillos atravesaron mi piel.
Savannah, desbordando felicidad, giró su cabeza hacia mí.
—¡Ay, Eda, cielo! Qué bien tener a una humana con sentido del humor aquí. —Lanzó una mirada fugaz a Syera y añadió con sarcasmo—: Y simpática, además.
Antes de que pudiera decir nada, Savannah cruzó el espacio entre nosotras, sus tacones resonando con firmeza contra el suelo, y me envolvió en un abrazo repentino. Por reflejo, le devolví el gesto, aunque no sabía por qué.
—Siento no haber…, ya sabes…, no haber deseado verte. —Mis palabras salieron torpes.
Me sentía fuera de lugar, pequeña bajo su mirada, pero más aún bajo la de Iron, que seguía allí observándonos. Ella lo conocía, eso estaba claro. Pero no me lo había dicho. Aunque… una parte de mí lo había sospechado. Cuando me llamó Zafiro aquella vez lo noté, esa chispa en sus ojos. Pero la forma en que se sorprendió al verme aquel día…, como si no supiera que el plan de Iron era raptarme y traerme a Bankai.
¿A esto te referías con que ella no me haría nada? ¿Que confiara en ella?, le pregunté a Kali, probablemente interrumpiendo una de sus siestas.
Te lo dije.
Claro que lo sabías. Sabías que ella tenía algo que ver con Iron Shadow.
No sé de qué hablas.
Mentirosa, solté con frustración.
Celosa, me respondió sin perder un segundo acallándome. Savannah se separó de mí de golpe y empezó a hablar con rapidez: —¡Ay, ni te preocupes! Skylar me ha puesto al día de todo, y es normal
que no hayas tenido tiempo para desear mi presencia, que por supuesto sabes que estoy encantada de ofrecerte, ¿eh? Pero entiendo que con todo lo que está pasando, y con todo lo que tienes que hacer estos próximos días…
Skylar. ¿Quién era Skylar?
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Abrí la boca para preguntar, pero Savannah continuó como si el silencio no existiera.
—Savannah. —La voz de Iron cortó el aire y ella giró la cabeza hacia él, pero ni siquiera eso la detuvo por completo.
—Bueno, supongo que ahora estás muy ocupada, pero me encantaría que tú… —me señaló con una sonrisa resplandeciente— y tú… —miró a Iron con una expresión traviesa— dejarais los entrenamientos durante algunas horas. Dentro de cinco días.
Mis ojos fueron directos a Iron. —¿Qué pasa dentro de cinco días? —Savannah. —Iron repitió su nombre.
—¡Oh, venga, es el mejor día del año! —exclamó Savannah, como si no hubiera escuchado su advertencia—. Las auroras boreales se tiñen de sangre, de rojo. Todo el cielo, cada hoja de los árboles, cada sombra se vuelve carmesí. Es el día más hermoso para…
—¡Basta! —La voz de Iron fue un látigo, y dio un paso hacia nosotras. Lo vi tensar la mandíbula, pero justo después su gesto aflojó. Tosió un poco, como si recuperara el control—. Creo que debería hablar de esto con ella… personalmente.
Savannah lo miró y asintió con una sonrisa que no perdió ni una pizca de su calidez.
—Perdona. Ya sabes cómo soy. Me gusta hablar de más. —Se giró hacia mí, como si quisiera disculparse—. Hacía tanto que no tenía tan buena compañía desde que vivo aquí que me he emocionado un poco.
Me quedé helada. ¿Vivía en el castillo? ¿Desde cuándo? Era la primera vez que la veía allí, y no entendía por qué no me lo había mencionado cuando le dije que buscaba a Iron.
Giré la cabeza hacia él, que chasqueaba la lengua con calma. Nunca lo había visto así. Hasta ahora, solo conocía al depredador, a la sombra implacable. Pero mi mente, traicionera, me llevó de vuelta unos días atrás, cuando curó mis heridas. Su roce, su mirada… Sacudí la cabeza apartando el recuerdo.
—A mí no me esperéis esa noche —habló Rai Raider—. Tengo planes.
Y sí, señoras, incluyen mucho vino y mujeres.
Syera carraspeó con fuerza y lo miró como si fuera la peste.
—Vaya novedad…
Iron, que parecía ignorarlos a ambos, dejó escapar un suspiro pesado.
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—Cada quien elige cómo desperdiciar sus noches.
—Sin duda alguna. —Savannah sonrió antes de girarse hacia el resto de la sala. Sin embargo, su expresión se torció al instante al notar los cuerpos colgados detrás de nosotros—. Espera…, ¿qué demonios es esto? —preguntó dando un paso hacia atrás—. ¿Otra vez fardando de tus habilidades sanguinarias?
—¿«Fardar»? —Iron se cruzó de brazos—. Llámalo una muestra de arte, Savannah.
Los observaba hablar, incapaz de apartar la vista, casi con la boca abierta. Algo en mí se retorció cuando la llamó por su nombre, una punzada bajo la piel incómoda y absurda. Era ridículo.
—El arte de un carnicero, más bien. —Rai Raider soltó una carcajada que se ganó una mirada fulminante de Savannah—. Admito que le pone estilo, eso sí.
—No sé qué es peor: el «arte» o que tú lo aplaudas —le dijo Savannah.
—Oh, vamos. —Hizo un gesto amplio hacia los cuerpos—. Admítelo.
Si le quitamos la sangre, resulta casi decorativo.
—¡Eres un maldito enfermo! —Savannah le lanzó una mirada furiosa antes de girarse hacia Iron—. En serio, ¿esto es necesario?
Iron solo se pasó la lengua por uno de sus colmillos, lento, casi distraído. El mismo colmillo que había hundido en mi piel hacía apenas unas horas.
Maldita sea.
—Me aseguré de que no ensuciaran demasiado.
—¡Eso no lo mejora! —exclamó Savannah.
Iron puso los ojos en blanco.
—Hace dos días encontré a estos lacayos merodeando cerca de los bosques del Camino del Renacimiento. —Su sonrisa se ensanchó mientras señalaba los cuerpos—. Ahora sus almas son mías, y sus cuerpos también. —Sus ojos brillaron cuando se giró hacia mí—. ¿Te gusta lo que ves?
Mis ojos recorrieron los cuerpos desmembrados, las sombras que los sostenían como si fueran trofeos. Tal vez esos zarkass habían venido a por mí, enviados por la Dama. Quizá querían acabar lo que los otros no lograron.
Apreté la mandíbula.
—Espero que sus almas sufran infinitamente más de lo que lo hicieron cuando les arrebataste la vida.
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Iron me lanzó una sonrisa peligrosa, y aparté la mirada antes de que me atrapara. Algo en sus ojos me obligaba a retroceder, como si mirar demasiado tiempo significara perder algo.
—¿Lo ves, Syera? —intervino Rai Raider—. Tal vez el castillo sí arda antes de que termine el día.
—Cállate la boca —contestó Iron.
—¿Qué? Solo digo lo que todos estamos pensando. —Hizo un gesto amplio hacia Iron—. Quizá deberías preocuparte, amigo. Parece que nuestra querida Zafiro tiene suficiente fuego en ella como para reducir este castillo a cenizas.
—Rai, ya te lo he dicho, cállate la maldita boca.
Savannah se miró las uñas perfectas e inclinó ligeramente la cabeza con ese aire despreocupado tan propio de ella.
—Por favor, Rai. Si vas a hablar, al menos di algo útil. Aunque, claro, pedirte eso es como esperar que los wendigos aprendan modales.
Rai Raider se llevó una mano al pecho como si sus palabras lo hubieran herido profundamente.
—¡Qué golpe bajo, Savannah! Y yo que pensé que éramos amigos.
Ella soltó una risa suave y volvió a sus uñas como si él no existiera.
—Lo somos, Rai. Pero eso no te hace menos inútil.
Iron soltó un bufido, pasando junto a ellos sin siquiera molestarse en mirar.
—Bueno, al menos alguien mantiene esto interesante. —Savannah se volvió hacia mí—. Pero en serio, Eda, si decides incendiar el castillo, avísame con tiempo. Quiero verlo desde el mejor ángulo.
No pude evitar soltar una risa seca.
—No estoy aquí para quemar castillos, Savannah.
—Claro que no. —Rai Raider sonrió con picardía—. Pero si cambias de opinión, yo estaré en primera fila.
—Callaos los dos o el que le prenderá fuego a todo seré yo, empezando por vosotros. —Iron se llevó los dedos al tabique de la nariz y se lo pellizcó—. Y si os queréis seguir entreteniendo, hacedlo fuera de mi vista.
Rai Raider, por su parte, levantó las manos como si se rindiera, aunque una sonrisa traviesa seguía en su rostro.
—¿Te das cuenta de lo tenso que está últimamente? Deberíamos organizarle un día de relajación. Ya sabes, algo con vino y mucho…
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—Fuera.
—En fin, ya os dejo solos. —Se giró hacia la puerta, encogiéndose de hombros mientras desaparecía con pasos casuales. Syera, como siempre, se desvaneció en una nube de humo sin decir una palabra.
—Bueno… —dijo Savannah, su sonrisa aún en su rostro, como si todo aquello fuera parte de su rutina diaria—. Te cedo el placer de explicarle a Eda lo de la luna de sangre. —Se detuvo justo delante de Iron—. Y, por favor, dime que vendrás. No me hagas rogarte más.
Iron guardó silencio por un momento, su expresión se volvió más fría, pero Savannah no mostró ni un rastro de intimidación.
—Sabes que lo odio.
—Lo sé. —Savannah asintió, y su sonrisa se amplió aún más, adquiriendo ese toque de dulzura que parecía caracterizarla—. Pero también sé que nunca me dices que no. Además…, este año es diferente.
Savannah le cogió la mano con una suavidad inesperada, y lo peor fue que Iron no se apartó. No solo eso, sino que le devolvió el gesto con una sonrisa. Esa maldita sonrisa que antes me había desconcertado. Algo dentro de mí se retorció.
¿Qué era Savannah para él? ¿Solo una aliada? ¿O algo más?
¿Iron enamorado? Absurdo. Pero atracción…, eso sí podía creerlo. Savannah era perfecta: hermosa, elegante, incluso tenía esa facilidad para hablar. Todo lo que yo no era. Y él lo veía. Lo veía y respondía a ello.
—Me alegro de volver a verte, Eda. —Savannah se giró hacia mí con su sonrisa intacta—. Descansa cuando no estés entrenando. Y, por favor, intenta que la rabia asesina de… —miró a Iron— no te consuma.
Sin esperar respuesta, empezó a caminar hacia la puerta.
—Estaré por aquí. —Me sonrió una última vez antes de desvanecerse en la distancia.
Comencé a caminar hacia la gran mesa en el centro de la sala mientras me obligaba a mantener la vista fija en el frente y me alejaba de los cuerpos colgantes sin mirarlos ni una sola vez.
O tal vez no estaba huyendo de los cuerpos.
Tal vez escapaba de él.
—Bien. Me harías un favor si empezaras a hablar de lo que pasa en Bankai dentro de cinco días. Estoy harta de…
No me dejó terminar.
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—En seis días llega la luna de sangre. Esa noche, Bankai no será el mismo. Las auroras dejan de ser azules y verdes, y todo el cielo se vuelve rojo, como si todo estuviera sangrando. Es el único momento en que las almas cruzan al mundo de los vivos.
—¿Es como… un día festivo? —pregunté con sarcasmo.
—Para ellos sí. Para mí no. Pero Savannah siempre insiste en que «me despeje», como lo llama, y Rai…, bueno, ya has visto cómo se divierte.
«Lo ayuda a despejarse», pensé con amargura, intentando no fijarme demasiado en lo que eso implicaba. No quería pensarlo. No quería imaginarlo.
Intenté cambiar el rumbo de la conversación.
—¿Sabes algo más de la Dama?
Iron no me miró, tampoco se movió.
—No es de tu incumbencia.
Sentí un pinchazo en el pecho, pero no retrocedí.
—No me hagas esto, Iron. No seas como él. No me dejes fuera de los planes, de las verdades. No vine aquí para eso. No me quedé aquí, en este maldito lugar, para irme con las manos vacías.
Iron estaba junto a la mesa y apoyó las manos en la superficie, sus venas, como raíces oscuras, se marcaban bajo la piel.
No retrocedería, no esa vez.
—No estás fuera de los planes —gruñó—. Estás en los planes. En todos. Sean buenos, malos o una condena absoluta.
Sus manos se tensaron aún más sobre la mesa y, por un segundo, pensé que la partiría en dos.
—¿Para qué me quieres entonces? —solté—. ¿Para qué quieres que entrene? ¿Que sea mejor? Sé que ahora dices querer que siga un camino distinto al de Kaiserin, sin su maldad, sin su veneno. Pero… a veces no sé qué pensar, Iron. —Las palabras se desbordaron antes de poder detenerlas
—. Ahora estamos juntos en esto, pero… ¿y después? Iron alzó la cabeza.
—¿Quieres saber lo que pienso? —dijo finalmente. Se separó de la mesa y dio un paso hacia mí—. Contigo estoy atrapado en una maldita encrucijada.
Sabía lo que iba a decir.
—Claro que sí. Por supuesto que lo estás. —Levanté las manos exasperada, antes de dejarlas caer de golpe—. Eres igual que él.
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Iron avanzó otro paso.
—¿Eso es lo que piensas? ¿Que soy igual que él? —Sus palabras salieron como un rugido bajo, y vi cómo sus fosas nasales se abrían—. Pues escucha bien, Zafiro, sé que mientes. Mientes a cada maldito paso, y lo peor es que crees que puedes engañarme. Pero no puedes.
—¿De qué estás hablando? —murmuré, pero él no se detuvo.
—Oh, sé exactamente de lo que hablo. Estás aquí ahora, jugando a ser parte de esto, pero sé que a la mínima me darás la espalda. Que correrás a los brazos de tu emperador de pacotilla. Por eso prefiero guardarme algunos detalles para mí y para los míos.
—No confías en mí. —La conclusión salió de mis labios antes de que pudiera pensarla.
Iron no lo negó. Se limitó a cruzarse de brazos y su silenció lo confirmó por él.
—Entonces ¿por qué me llevaste a la Biblioteca Silente? ¿Por qué me contaste la historia?
Iron suspiró cansado y sacudió la cabeza antes de responder:
—Porque esa es tu historia. Y mereces saberla. Mereces saber de dónde vienes, quién eras y lo que puedes llegar a ser. Eso no tiene nada que ver con confiar en ti.
Parecía molesto, su voz había tomado un tono más afilado, y su postura rígida lo delataba. Algo le pasaba.
—No es justo —susurré.
—Lo es. Este territorio lo he creado yo. Lo he levantado yo. Y sí, puede que a los ojos del mundo sea un lugar jodidamente horrible. Pero es mi lugar horrible. Bankai es magia. Mi magia. Todo aquí es lo que soy. Todo lo que tengo. Y no voy a permitir que alguien me lo arrebate. Ni la Dama. Ni Basilius. Ni siquiera tú.
Iron avanzó hacia los zarkass colgados bocabajo. Lo seguí con la mirada confundida, intentando comprender qué hacía.
Se detuvo frente a ellos y alzó una mano. De pronto, la tormenta de sombras que lo rodeaba se agitó y envolvió los cuerpos mutilados. Los zarkass desaparecieron en ese vórtice oscuro, tragados por la tempestad como si nunca hubieran existido.
—¿Qué haces? —pregunté.
Las sombras comenzaron a moverse, y en el centro de la oscuridad, vi algo que me hizo contener el aliento: un remolino de espectros, almas
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furiosas que gruñían y gritaban desde las profundidades del abismo. Sus voces eran desgarradoras, llenas de rabia y desesperación. Estas no eran como las almas de la biblioteca, llenas de secretos y susurros. No. Aquellas eran algo completamente distinto.
Eran puro odio.
Ante mis ojos, esas almas empezaron a cambiar. De las sombras comenzaron a formarse figuras retorcidas, grotescas. Las extremidades se alargaron de forma antinatural, y sus rostros se deformaron, perdiendo cualquier vestigio de humanidad. Sus ojos, o lo que quedaba de ellos, brillaban con un fuego oscuro que parecía gritar peligro. Sus garras emergieron de la nada, afiladas como dagas, y sus cuerpos, cubiertos de algo parecido a un exoesqueleto de sombras, se retorcían con cada movimiento.
Wendigos.
Estaban inmóviles detrás de él, como anclados a su presencia. No se movían, pero su misma existencia parecía pulsar, amenazante, a la espera de una orden.
—Cada alma que camina por este territorio, cada sombra que existe aquí, me pertenece.
Mis pensamientos traicioneros tomaron esa frase y la retorcieron.
«Yo le pertenezco».
—Por eso todos te temen —respondí intentando recuperar el control—. Porque llamas a sus puertas y les arrancas a sus familias, obligándolos a unirse a tu ejército de wendigos. Los conviertes en asesinos sin alma, sin pensamiento, sin voluntad. Solo obedecen tus órdenes. ¿O me equivoco?
Iron ladeó la cabeza.
—¿Eso crees?
—No lo creo. Lo sé.
—Pues estás muy equivocada.
—Yo misma lo he visto. —Di un paso adelante desafiándolo—. He visto cómo cada alma se esconde cuando te ve venir, cómo cierran las puertas con miedo, cómo todo el mundo tiembla cuando te paseas por ahí.
Su mirada no se apartó de mí mientras hablaba.
—Cada alma de mi ejército de wendigos es un alma oscura —empezó a decir—. Son asesinos, violadores, depredadores. Personas que, en vida, no fueron más que escoria. Aquí, en Bankai, ese tipo de almas no
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encuentran descanso. No les espera la paz, sino algo peor que el mundo que dejaron atrás.
Hizo una pausa, su mirada parecía quemarme.
—Son mis perros. Mi ejército de maldad. Aquí, en Bankai, se ven justo como son por dentro: deformes, retorcidos, monstruosos. Reflejan su verdadera naturaleza. Aquí no hay máscaras, no hay disfraces. Lo que son por dentro lo son por fuera.
Miré a los wendigos detrás de él, inmóviles, pero era como si sus cuerpos brillaran con la misma oscuridad que emanaba de Iron.
Continuó hablando:
—Pero hay veces… hay veces en que esas familias, esas personas, ni siquiera saben que han vivido con un monstruo todo el tiempo. Depredadores. Asesinos. Personas que sonríen mientras se sientan a la mesa, comparten el pan, te miran a los ojos y fingen que todo está bien. Gente que lleva el mal tan profundamente enterrado que ni ellos mismos lo reconocen. ¿Y sabes qué hago? Yo me encargo de eso. Yo los saco a la luz. Los arranco de sus vidas perfectas y los muestro por lo que son. Y cuando lo hago, cuando les quito esas máscaras de mierda, me aseguro de que nunca más puedan esconderse. Así que ahí tienes tu respuesta. ¿Te gusta? ¿O necesitas que te la pinte con colores bonitos?
Su explicación me dejó helada. Las palabras quedaron atrapadas en mi garganta, incapaz de formar siquiera una respuesta coherente. Él dio un paso más hacia mí, reduciendo la distancia entre nosotros, y se inclinó ligeramente, lo justo para que su sombra pareciera devorarme.
—Eres libre de juzgarme, Zafiro. Pero recuerda algo: no soy yo quien crea los monstruos. Yo solo les pongo el rostro que siempre han tenido. — Dio un paso más—. ¿Y sabes qué? Tienes razón en lo que seguro que estás pensando. Yo también soy un puto asesino. No voy a justificarlo ni endulzarlo. No estoy aquí para defender lo que soy, solo para mostrarte las cosas como son. Si eso me convierte en un hipócrita, si me hace peor de lo que ya piensas que soy, que así sea. No fingiré ser algo que no soy.
Lo miré. Lo hice como si, por un segundo, la fachada monstruosa que siempre había visto en él empezara a agrietarse y dejara al descubierto algo más.
Por un instante, no vi solo al depredador. Vi al hombre que había detrás, al que gobernaba sobre su propia oscuridad, aunque eso lo estuviera destrozando desde dentro.
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—Deja de castigarte como si no merecieras más que este maldito mundo de sombras —solté sin poder contenerme—. Porque, aunque te niegues a verlo, hay algo en ti que todavía lucha. Algo que no está dispuesto a hundirse del todo, aunque lo intentes con todas tus fuerzas.
Mis palabras lo detuvieron. Por un momento, su máscara impenetrable titubeó, como si se hubiera resquebrajado. Sus ojos dorados, siempre fríos y calculadores, ardían con algo diferente que no supe descifrar del todo. ¿Era rabia? ¿Súplica? ¿O ambas cosas al mismo tiempo?
Di otro paso hacia él hasta quedar más cerca, lo suficiente como para que no pudiera evitar mi mirada.
—No protejas tu corazón fingiendo que no tienes uno, Iron Shadow, porque lo tienes, aunque quieras enterrarlo bajo toda esta maldita oscuridad.
Él tragó saliva.
—No tengo corazón. Y así es el puto equilibrio. El maldito equilibrio de este territorio. Yo soy el malo. El verdadero monstruo. El mal en su forma más pura.
—¡No lo eres! —le espeté—. Lo he visto, Iron. Lo vi aquel día cuando me curaste. Lo vi cuando me tocaste.
—Eda…
Y ahí estaba otra vez, mi nombre en sus labios. Cada vez que lo decía era como si lanzara una flecha directa a mi pecho. Al centro. Y dolía. Dolía porque con cada palabra, con cada mirada, me deshacía un poco más. Me desintegraba.
—También hay algo bueno dentro de toda esa maldad que llevas encima. Lo sé. Pero parece que tú te niegas a verlo. Parece que no puedes aceptar que no eres tan monstruo como te convences que eres.
Él no dijo nada, así que seguí:
—Dime que me salvaste la vida solo porque me necesitas para tus planes. Dímelo, Iron. Dime que no hay nada más. Que solo soy un peón para ti. Que no significa nada lo que pasó…
Él no respondió, y ese silencio, esa maldita ausencia de respuesta, me estaba volviendo loca.
—¿Por qué no puedes simplemente decirlo? ¿Qué escondes, Iron? Dime que lo que vi aquel día no fue real. Dime que no hubo nada en tus ojos cuando me tocaste, cuando me salvaste. Porque si no lo haces…
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—¡Te salvé porque no tienes ni idea de cuánto te necesito! —Su pecho subía y bajaba—. Me vuelve loco, Eda. Me vuelve jodidamente agresivo depender de alguien. Depender de ti. —Acortó toda distancia entre nosotros—. ¿Y sabes qué?
—Qué, Iron.
—Que no tienes ni idea de los milenios que llevas en mi cabeza. De lo que es verte una y otra vez renacer en diferentes vidas, con distintas personalidades, y siempre estar ahí. ¿Y sabes lo peor?
—Dímelo.
—Era más fácil cuando no me importabas una mierda. Cuando eras mala, cruel, cuando eras una sombra de lo que eres ahora.
Sentí su aliento contra mi piel furioso, y mi corazón latió sin cesar traicionándome.
—Y no ahora… cuando eres la puta perfección. Justo delante de mis narices. Tan jodidamente perfecta que me rompe por dentro. Me duele mirarte, me duele respirarte. Eres el brillo que le falta a este mundo podrido. La chispa que debería incendiar toda esta oscuridad. Pero, maldita sea, hasta ese brillo me duele. Y aun así, aquí estoy, incapaz de apartarme de ti.
Quería retroceder, salir corriendo, escapar de esa mirada que parecía desnudarme, arrancando cada capa de defensa que había construido con tanto cuidado. Pero no podía. Mis pies estaban anclados al suelo, como si su presencia fuera una fuerza gravitacional que me mantenía ahí, atrapada.
Di un paso hacia atrás, un intento desesperado por recuperar algo de control, por respirar, pero antes de que pudiera poner más distancia entre nosotros, sus manos se alzaron. Sus dedos rozaron mis mejillas, como si exploraran algo sagrado. Luego las rodearon por completo y me sujetaron con una delicadeza engañosa.
Por un instante, deseé algo que no debía. Deseé que todo fuera diferente. Que nos hubiéramos encontrado en un mundo donde no hubiera sombras ni sangre, donde él no fuera el monstruo que me perseguía, y yo no fuera la llama que lo desafiaba.
Lo que sentía ahora no era simple ni limpio, y definitivamente no era justo. Mi corazón estaba dividido, partido en dos direcciones imposibles. Una parte de mí seguía atada a Dalton, a lo que significaba, a lo que habíamos compartido. La otra, rebelde y traicionera, me arrastraba hacia Iron, hacia lo que él despertaba en mí. No era un puente, no era un
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equilibrio. Era una batalla. Dos fuerzas que tiraban de mí en direcciones opuestas intentando reclamar pedazos de algo que ni siquiera sabía si seguía siendo mío.
Me sentía como un campo de guerra, con cicatrices que no podía mostrar, con heridas abiertas que ninguno de ellos podía ver. Dalton representaba lo que había sido, lo que había querido ser. Iron era lo que nunca pensé que desearía, lo que no debería desear.
Y entre ambos yo estaba al borde de desmoronarme.
No, no, no. Eso no estaba bien.
Lo odiaba.
«Es mi enemigo —me repetí a mí misma—, mi némesis».
Pero algo dentro de mí susurró con fuerza: «Él es tu yin y tú eres su yang».
No, no, no.
«Sois la leyenda. Sois las dos mitades».
No.
No podía permitirme caer en eso. Necesitaba claridad, resolver las cosas con Dalton antes de siquiera pensar en las otras partes de mi corazón. Él me había herido, me había traicionado, pero eso no significaba que se mereciera aquello. No podía permitir que la muerte me tuviera entre sus manos.
Si me quedaba un segundo más, sabía que terminaría cayendo.
Di un paso atrás y me alejé de Iron. De su cuerpo, de su presencia, de esos ojos dorados que parecían desarmarme con solo mirarme.
—Voy a entrenar con Kali durante todo el día. —Recé para que él no captara el ligero temblor en mi voz—. Ella y yo podemos apañárnoslas solas.
No apartó la vista de mí, y por un momento pensé que iba a decir algo, pero no esperé. No podía mirarlo un segundo más sin sentir cómo el mundo se desmoronaba bajo mis pies.
Me di la vuelta con decisión y empecé a caminar hacia la salida, obligándome a no mirar atrás y, al llegar a la puerta, me detuve en seco y mi atención se dirigió hacia los zarkass, ahora transformados en wendigos.
—No los quiero aquí. —Hice un gesto hacia ellos, casi como si con solo mover mi mano pudiera desterrarlos de mi vista—. Llévate tus juguetes a otra parte y limpia tu maldito desastre.
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Liral
Liral no les quitaba los ojos de encima. Seguía cada movimiento de los wendigos mientras avanzaban con el arco listo. Elandra iba detrás, justo donde Liral le había indicado, asegurándose de que nadie quedara demasiado expuesto. Sabían que los estaban siguiendo, pero eso no hacía que fuera menos aterrador. Porque, en cualquier momento, esas cosas podían cambiar de idea. En cualquier momento, la horda de muertos vivientes podía volverse contra ellas.
Sin embargo, habían pasado tres días ya. Tres días siguiendo a los wendigos, y lo más inquietante no era su presencia, sino cómo parecían adaptarse a los ritmos de los jinetes y sus criaturas. Cuando ellos se detenían para descansar, los wendigos también lo hacían, agrupándose en silencio, sin moverse más de lo necesario.
La primera noche, nadie pegó ojo. Liral se mantuvo en vela, con el arco a su lado, observándolos sin descanso. Dargan y Afra tampoco durmieron del todo, sus ojos vigilaban, inquietos, listos para saltar al menor movimiento. Pero el ataque nunca llegó.
Al tercer día, Adriel perdió la paciencia. Con la espada en la mano, aunque sin verdadera intención de usarla, se acercó a la horda con paso
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cauteloso, su expresión dividida entre la curiosidad y el asco.
—Joder, huelen a muerto. —Arrugó la nariz cuando la peste a carne podrida lo golpeó de lleno.
—Venga ya, Adriel, por supuesto que huelen a muerto. Son muertos vivientes —respondió Elandra a su espalda, usando su cuerpo como escudo humano.
La escena rayaba en lo absurdo. Elandra, que a veces parecía tener más valor que nadie, ahora se escondía como un cervatillo asustado. Adriel, espada en mano, fruncía la nariz con disgusto, claramente más preocupado por el asqueroso hedor a carne podrida que por cualquier amenaza real. A unos metros, Liral los observaba sin mover un músculo, pero el brillo en sus ojos la delataba. No necesitaba hablar para dejar claro lo que pensaba: «Menudo par de imbéciles».
«Esta mujer…», pensó. «Peculiar» era una palabra que no alcanzaba a describirla. Había algo en Elandra que Liral no lograba entender del todo. Esos días, había aprendido más sobre ella que en los últimos meses de entrenamientos conjuntos. Había visto cómo Elandra se esforzaba por mantener una fachada de fuerza, pero también cómo sus pesadillas la perseguían por la noche. Liral no sabía de qué trataban, pero estaba segura de que no tenían nada que ver con los wendigos.
Y lo peor era que no podía dejar de mirarla. Especialmente cuando Elandra pensaba que nadie la observaba. Había algo fascinante en sus gestos, en cómo intentaba ocultar su miedo tras esa fachada suya.
Los tres jinetes siguieron el rastro de los wendigos, moviéndose entre los árboles, siempre a cubierto. Era desconcertante, pero Liral no podía ignorar lo obvio: aquellas criaturas eran mucho más inteligentes de lo que el imperio les había enseñado en las clases de combate. No se movían como bestias sin cerebro, no avanzaban a lo loco. Sabían lo que hacían. Evitaban espacios abiertos, se mantenían lejos de cualquier punto donde pudieran ser detectados desde el cielo. Si había mantícoras o hipogrifos patrullando la zona, ellos lo sabían, y se aseguraban de que nadie los viera.
Pero no había vigilancia. Nada. Y eso resultaba aún más inquietante. Tal vez porque nadie en el imperio imaginaba que tres jinetes habrían sido lo bastante idiotas o valientes como para cruzar las montañas hacia Aurik.
Siguieron cabalgando durante horas, mientras el paisaje a su alrededor empezaba a transformarse. La tierra árida y muerta quedó atrás, y la hierba ennegrecida se tornó violeta y azulada, brillando bajo la luz del
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crepúsculo. Los árboles, antes retorcidos y sin vida, se alzaban ahora con hojas translúcidas que reflejaban destellos, como si estuvieran hechas de cristal.
Y luego las casas. O lo que quedaba de ellas.
Las ruinas de una ciudad se alzaban ante ellos, devoradas por la vegetación mágica. Algunas estructuras de piedra resistían, pero la mayoría eran apenas esqueletos de lo que alguna vez fue un hogar. Raíces y ramas crecían desde el suelo y trepaban por las paredes derruidas.
No era solo naturaleza recuperando su espacio. No, parecía como si ese lugar intentara volver a la vida.
—¿Es esto…? —Adriel parecía incapaz de apartar la mirada de aquel lugar.
Los wendigos avanzaban sin pausa, atravesando las calles de la ciudad abandonada como sombras errantes, sin titubear, sin desviar la mirada, como si supieran exactamente a dónde iban.
—Los restos de la guerra de las Sombras Eternas —murmuró Elandra, recorriendo con la mirada las ruinas cubiertas de enredaderas cristalinas.
—Miles de vidas se perdieron aquí —añadió Adriel—. Misso lo mencionó una vez, pero nunca pensé que fuera real.
—En la guerra siempre hay daños colaterales —replicó Liral—. Ninguno de los dos bandos es tan puro como dicen, ni tan malvado como nos hicieron creer. Así funciona cuando juegas a ser un dios.
Adriel se detuvo frunciendo el ceño.
—¿Cómo puedes decir eso? ¿Que ninguno es tan malo? —Se giró hacia ella y señaló la devastación a su alrededor—. Esto no es un «daño colateral», Liral. Este lugar es la prueba de que algunos solo quieren destruir.
—Llevamos tres días siguiendo a una horda de wendigos y aún no nos han intentado arrancar la cabeza, ¿no crees que eso merece replantearnos lo que sabemos?
Adriel abrió la boca para responder, pero la cerró de inmediato.
Chasqueó la lengua y apartó la mirada.
—Siguen siendo bestias.
—Sí. Bestias con un propósito —susurró Elandra observando cómo los wendigos avanzaban sin detenerse, con la misma certeza con la que ellos los seguían.
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Elandra hizo avanzar a Afra y pasó al frente, colocándose más cerca de los wendigos.
—¿Hacia dónde nos estáis llevando, eh? —les preguntó Elandra a los muertos vivientes—. ¿Era aquí, a Aurik, a donde queríais traernos? ¿Al lugar de la guerra? ¿Por qué? ¿Qué buscáis?
Liral vio cómo Adriel, desde atrás, alzaba una ceja con escepticismo.
—Elandra, no te oyen. No hablan. No te escuchan. Son… lo que son.
Elandra giró sobre Afra y lo fulminó con la mirada.
—Te equivocas, Adriel. Nos escuchan. ¿Sabes por qué? Porque son personas, o lo fueron alguna vez. No son solo monstruos. Solo están atrapados…
Liral estaba a punto de responder cuando vio parpadear un destello azul por el rabillo del ojo. Su cuerpo reaccionó antes que su mente y se giró con rapidez, alerta. A lo lejos, entre las sombras de la ciudad en ruinas, una luz azul titilaba en el horizonte como una estrella caída, justo cuando el atardecer daba paso a la noche.
—¿Qué es eso? —preguntó Adriel, que también la había notado. Elandra se giró hacia donde miraban, sus pupilas dilatadas en un
intento de captar más detalle.
—Es… —siguió la dirección de la luz—. Es del mismo color que el fuego de Eda.
—No… —Adriel tragó con dificultad—. Es el mismo azul que vimos en la playa. No puede ser. No puede ser ella…, ¿verdad?
Liral no esperó respuesta. Dio un leve toque a Dargan con el pie y la bestia desplazadora reaccionó de inmediato, moviéndose entre los wendigos. Las criaturas, sin oposición, se apartaron a ambos lados, abriendo un camino, como si ya supieran que ese era su destino.
Afra y Xilon los siguieron y bajaron por una calle medio empedrada, invadida por raíces gruesas y brillantes. Liral observó cómo las casas destruidas formaban un círculo, rodeando lo que parecía ser un lago… sobre el cual flotaba aquella luz azul.
—Es como el lago de Novadia. Todas las casas parecen rodearlo — habló Adriel en voz alta, poniendo palabras a lo que todos pensaban.
—No, esto es distinto. —Elandra negó con la cabeza ajustando el agarre—. El lago de Novadia permanece congelado, atrapado en el tiempo. Pero este… este no está quieto, no está muerto. Es como si…
—Es como si de él naciera toda la magia —completó Liral.
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Frente a ellos, el lago parecía el corazón de Aurik, la hierba que lo rodeaba resplandecía, y las raíces que emergían del agua se extendían por la tierra. Justo en el centro, flotando sobre la superficie, estaba la esfera de fuego azul, pero esta no era solo luz, no era solo magia, sino un núcleo, un epicentro de poder puro.
Elandra desmontó de Afra con movimientos torpes, tropezando ligeramente al saltar sobre las enormes raíces que serpenteaban por la tierra.
—Por eso… —Su voz apenas era un hilo mientras se aproximaba más al agua—. Por eso al acercarnos a la cordillera de Aurik todo seguía siendo negro, podrido, sin vida, sin magia. Es aquí… aquí está el núcleo. Aquí es donde todo comienza.
Adriel, aún sobre Xilon, inclinó el cuerpo hacia delante.
—¿Crees que el imperio sabe algo de esto? —preguntó señalando con la cabeza el lago y el paisaje a su alrededor—. Lo que está pasando en esta cordillera, en esta ciudad…
Liral desmontó de Dargan.
—Ya no sabemos qué sabe el imperio o deja de saber, Adriel. Pero está claro que aquí no ha puesto un pie nadie en mucho tiempo. —Se inclinó hacia el lago, sus ojos intentaron atravesar la superficie oscura, pero todo lo que vio fue la profundidad insondable que parecía extenderse como una boca hambrienta.
Observó con cautela cómo los wendigos, esos mismos que habían seguido durante días, se movían en perfecta sincronía y formaban un círculo cerrado alrededor del lago.
Liral se fijó de inmediato en la muñeca de Elandra que, levantada, la arrastraba hacia el lago, como si quisiera hundirla en el fondo.
Elandra dio un paso atrás.
—No… no puede ser. —Negó con la cabeza, apretando su mano contra su pecho—. No creo que esto sea lo que las sombras querían. Aquí no hay nada. Solo… esa esfera. Esa maldita esfera que…
La esfera de fuego azul, como si respondiera a sus palabras, comenzó a descender lentamente bajo la superficie. Su resplandor no se apagó, siguió ardiendo incluso bajo el agua, iluminando las profundidades con un fulgor irreal.
—Lo que buscamos está dentro del lago. —Liral se quitó el arco y lo dejó a un lado, se recogió como pudo el cabello corto y oscuro y luego
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desató las dagas de su cintura para ajustárselas en las manos.
—¿Qué demonios estás haciendo? —preguntó Adriel desde atrás al tiempo que desmontaba de Xilon.
Con pasos rápidos, Elandra recorrió la distancia entre ella y Liral y atrapó su antebrazo con una fuerza que no dejaba espacio para dudas. Liral giró la cabeza con un destello de irritación en los ojos, pero no se apartó de inmediato. Elandra pareció notarlo y reforzó su agarre, sus dedos hundiéndose en su piel.
—¡Ni se te ocurra tirarte ahí! ¿Me estás escuchando? —La empujó ligeramente hacia atrás, lejos del agua.
—Voy a hacerlo, pelirroja. Tengo que hacerlo. —Liral le quitó el brazo de un golpe seco, pero Elandra no se rindió y le cogió el rostro con ambas manos para obligarla a mirarla.
—¡Liral! Sé que odias este jodido mundo. Sé que en tu cabeza hay más deber que sentido común. Pero no sabes lo que hay ahí abajo. No sabes lo profundo que está lo que buscas, ni si saldrás viva. Así que, por favor, pensemos en otra cosa.
—¡No puedo, Elandra! —Liral gritó su nombre—. Tengo que hacerlo. Antes de que Eda desapareciera… esa noche, cuando vimos al wendigo, una voz me despertó. Me dijo que protegiera al fénix. Que protegiera al Zafiro. Y no lo hice. ¡No lo hice!
Elandra abrió los ojos, su rostro reflejaba más dolor que sorpresa. —¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Porque nunca he sentido que tenía que contarle nada a nadie. Siempre he estado sola, completamente sola. —Los ojos de Elandra se encontraron con los suyos, y en ellos no había la indiferencia de siempre, ni la dureza con la que solía mirarla. Había algo más que parecía rogarle, algo que parecía suplicar—. Hasta ahora. Hasta que te conocí.
Elandra apretó más las manos contra su rostro.
—No estás sola. Ya no. Somos un equipo, ¿vale? Te lo dije desde el principio. Te he contado lo de mis sombras, te lo he confiado todo. Y aquí estamos. Si tienes un deber, lo cumpliremos. Sea lo que sea, lo enfrentaremos. Pero juntas.
Liral negó con la cabeza, debía ir, tenía que hacerlo.
—Esto no se trata de nosotras. No es sobre un equipo, ni sobre confianza, ni siquiera sobre promesas. Este es mi deber, Elandra. Solo mío. Lo fue desde el principio. Y si no lo hago yo… nadie más lo hará.
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Liral no dudó y dio un paso hacia atrás.
—¡Liral! —escuchó a Elandra gritar detrás de ella, pero el sonido quedó ahogado cuando se lanzó al lago.
«Protege al fénix. Protege al Zafiro».
La presión del agua la empujaba hacia arriba, intentando arrancarla de su camino. Pero Liral no cedió. Siguió adelante, sus pulmones ardiendo mientras la esfera azul seguía brillando.
Las sombras que siempre habían respondido a su llamada se soltaron con una furia que nunca antes había sentido. Se extendieron desde sus manos y descendieron al lago con un propósito, un instinto ciego que las guiaba más allá de su voluntad. Se movían como si Dargan mismo se hubiera fundido con su poder.
Y entonces lo sintió.
Algo pequeño. Algo que no pertenecía a aquel lugar.
Las sombras lo atraparon y tiraron de él, arrastrándolo hasta la superficie, hasta sus manos. En el instante en que sus dedos rozaron aquel objeto, un estallido de fuego azul la envolvió y explotó a su alrededor sin quemarla, llenándola de un poder tan desbordante que la sacudió hasta la médula.
Todo cambió.
El agua dejó de ser agua. La oscuridad ya no la asfixiaba. Todo colapsó en una oleada de energía tan intensa que su propia existencia pareció desmoronarse dentro de ella.
En el último segundo, antes de que la luz se lo tragara todo, antes de que la magia la reclamara, vio un destello rojo entre el resplandor. Ese cabello pelirrojo que siempre había sido su razón para levantarse cada día.
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Elandra
Elandra odiaba a Liral.
La odiaba como nunca había odiado a nadie más.
La odiaba por su maldita indiferencia, por esos ojos siempre fríos que nunca parecían titubear, por la forma en que se apartaba de todo y de todos, como si el mundo no mereciera ni un solo fragmento de lo que ella guardaba dentro. Pero más que nada, la odiaba porque veía en ella algo que le resultaba demasiado familiar.
Ese anhelo de estar en otra parte.
Esa necesidad de desaparecer.
Lo había notado desde el principio. En cada entrenamiento, cada vez que se lanzaba contra el enemigo como si su vida no importara. En las comidas donde comía en silencio, apartada de los demás. Liral no quería vivir. Su deber, ese afán de ser la mejor, no era más que un grito desesperado contra la única villana que tenía en su cabeza: ella misma.
Y Elandra la odiaba por ese empeño en destruirse, por esa manera de arrojarse al abismo sin mirar atrás. Le enfurecía de formas que no podía entender, le quemaba por dentro, le recordaba todas las veces que había sentido lo mismo, esas noches en las que había deseado que las sombras la
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arrastraran y la hicieran desaparecer, solo para no tener que seguir enfrentándose al mundo.
Pero cuando el lago estalló en un destello azul, seguido de una oscuridad que se derramó como un vacío implacable, todo cambió.
No hubo tiempo para dudas, para preguntas. Liral había saltado, y Elandra no podía quedarse quieta, no podía permitirse verla desaparecer sin más. Su cuerpo se movió antes de que su mente pudiera alcanzarla, sus pies dejaron el suelo y, sin pensarlo, se lanzó tras ella. Porque si alguien iba a protegerla, si alguien salvaría a esa mujer testaruda, destructiva y jodidamente imposible, sería ella.
Elandra nadaba con los ojos abiertos, ignorando el ardor en sus pulmones y la presión aplastante del lago, que intentaba empujarla hacia abajo. Su única misión era encontrar a Liral. No podía perderla. No así. No allí.
La vio.
Rodeada completamente por sombras, Liral flotaba a la deriva inconsciente bajo el agua. Las sombras que habían sido su mayor fortaleza ahora parecían consumirla y se arremolinaban a su alrededor como un capullo oscuro que la arrastraba más y más hacia el fondo.
Su rostro estaba pálido, casi translúcido, y Elandra sintió un nudo en el pecho al darse cuenta de lo lejos que estaba. Más hundida que en su propia mente. Más perdida que nunca.
No podía perderla.
El dolor en sus pulmones se volvió insoportable, pero Elandra siguió descendiendo, y cuando parecía que la sombra había engullido por completo a Liral, algo en Elandra despertó.
Su cuerpo inmortal respondió.
Su piel empezó a brillar, primero con un tenue resplandor naranja, como brasas encendidas, y luego como una antorcha en la noche. El fuego que llevaba en su interior ardía bajo su piel, como si el mismo lago reconociera su poder y retrocediera. Motas de luz, como estrellas diminutas, flotaban a su alrededor e iluminaban la oscuridad.
Elandra nadó y nadó hasta que, por fin, sus dedos tocaron los de ella. Cogió la mano de Liral y con la otra notó algo apretado en el puño de su compañera. Algo duro que no debía soltar.
Pero el lago no las dejaría ir tan fácilmente.
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Elandra tiró de Liral, pero el agua parecía más pesada. Más espesa. La oscuridad no quería soltarlas y, por un instante, Elandra sintió que era su fin. Sus músculos temblaban, sus pulmones suplicaban oxígeno, pero no podía dejarla ir. No la soltaría.
Fue entonces cuando lo sintió. Manos. Docenas de ellas. Negras, huesudas, frías como la muerte, emergiendo de la oscuridad para aferrarse a su cuerpo.
Los wendigos.
Los monstruos que habían seguido su rastro durante días estaban allí.
En el agua. Rodeándolas. Pero no para hundirlas. No para devorarlas.
Las manos huesudas de estos se alzaron desde las profundidades, aferrándose a sus cuerpos, pero no con violencia. No con la brutalidad con la que siempre habían imaginado que serían atacadas. En lugar de arrastrarlas hacia la oscuridad, las empujaban hacia arriba.
Elandra apretó a Liral contra su pecho, mientras sus sombras se agitaban a su alrededor, revolviéndose como tentáculos enloquecidos, pero los wendigos no cedieron. Seguían empujándolas, una y otra vez, hasta que la presión del agua empezó a cambiar, hasta que Elandra sintió el aire en su piel y comprendió lo que estaba pasando.
No las atacaban.
Las empujaban fuera del lago.
Cuando por fin logró sacar la cabeza de Liral del agua y luego la suya, Elandra inhaló tan profundamente que sus pulmones ardieron, pero no soltó a su compañera. Sus brazos la mantenían cerca, sus dedos apretados alrededor de los de ella, como si soltarla significara perderse también.
Adriel corrió hacia ellas mientras los wendigos las arrastraban hasta la orilla, y ayudó a sacar sus cuerpos empapados del agua.
Elandra se dejó caer de rodillas y depositó a Liral con cuidado sobre la hierba y las raíces brillantes.
—¡Liral! —gritó Elandra inclinándose sobre ella—. Vamos, no puedes morirte, maldita sea. No puedes.
El agua no podía matarla. ¿O sí?
Elandra colocó las manos sobre el pecho de Liral y presionó con fuerza mientras murmuraba maldiciones.
—¡Respira! —le pidió Elandra—. Respira, Liral, ¡hazlo!
Nada.
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—¡Joder, Liral! —la sacudió con desesperación—. ¡Abre los malditos ojos!
Pero nada. Ni un movimiento.
—No me hagas esto, Liral. No ahora. No llegaste a mi vida para desaparecer así de golpe, ¿vale? No me has arruinado cada día con tu jodido carácter para largarte ahora.
Las lágrimas se deslizaron por su rostro mientras Elandra bajaba la cabeza hasta apoyar la frente sobre el pecho de Liral, buscando algún signo de vida, algo, cualquier cosa.
—Por favor… —susurró, sus dedos apretando los hombros de Liral—.
No me dejes sola. Tú no.
Entonces percibió un sonido. Un maldito sonido.
Liral tosió, débil al principio, pero suficiente para que Elandra levantara la cabeza de golpe. El alivio la golpeó tan fuerte que casi se desplomó.
—Te olvidas, pelirroja… —murmuró al cabo de un rato, sus labios curvándose en una sonrisa débil—, de que soy inmortal. No te vas a librar de mí tan fácilmente.
Elandra la miró atónita y entonces bajó la vista hacia su sonrisa. No sabía por qué, pero algo en ella la dejó paralizada. Nunca había visto a Liral sonreír, no así, no de esa forma.
Desde un lado, Adriel dejó escapar un largo suspiro y se llevó una mano a la frente.
—Las dos me vais a matar algún día, lo juro.
Elandra ignoró su comentario, su atención seguía fija en Liral. Despacio, la ayudó a incorporarse sobre la hierba húmeda. Fue entonces cuando Liral extendió la mano y mostró algo: un colgante.
El objeto era pequeño, una cadena fina sostenía un colgante en forma de gota negra con un punto blanco en su centro.
—¿Un colgante? —Elandra frunció las cejas—. ¿Eso era lo que buscaban mis sombras? ¿Todo esto por un colgante?
Cuando levantó el brazo, se dio cuenta de que estas ya no estaban en su muñeca, habían desaparecido. Se habían desvanecido por completo, como si su tarea hubiera terminado.
—Cuando lo toqué… todo explotó. —Liral sostuvo el colgante con cuidado en su palma—. Y supongo que después perdí la consciencia. Pero aquí está. Esto es lo que nos ha traído hasta aquí. Un colgante.
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Adriel se agachó junto a ellas e inspeccionó el objeto desde una distancia segura.
—¿Por qué nosotros? ¿Por qué este colgante? —preguntó—. ¿Qué se supone que tiene de especial?
Y fue entonces cuando lo escucharon. Un zumbido sordo se coló entre los árboles, rompiendo el silencio absoluto de la noche. Se escuchaba el sonido de alas, decenas de ellas, creando un estrépito que hacía temblar la tierra. Elandra alzó la vista y sus ojos se agrandaron al ver lo que se acercaba. Mantícoras e hipogrifos volaban en formación y venían directos hacia ellos.
—Nos han encontrado. —Liral se puso de pie con el colgante apretado en su puño, y Adriel la imitó colocando una mano en el mango de su espada.
Elandra no sabía si sentirse aliviada o aterrada. Estaban en medio de un lago mágico, con una horda de wendigos a su alrededor y un colgante que parecía valer más que todas sus vidas juntas.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó mirando a Liral con urgencia. —Lo único que sé es que este colgante no puede caer en manos del
imperio. Si algo nos trajo aquí, fue porque quería que lo encontráramos.
Nosotros. Y nadie más.
El sonido de las alas crecía cada vez más, pero antes de que pudiera reaccionar, una voz invadió su consciencia sin aviso.
Tiraos al lago. Ahora.
Elandra abrió los ojos de par en par y se giró hacia Liral, que parecía tan desconcertada como ella. Ambas lo habían oído. No era imaginación suya, no era una alucinación.
¡Ahora!
El lago, oscuro y silencioso hasta ese momento, comenzó a transformarse. La superficie cambió y el agua adquirió un color morado brillante, profundo, como si un poder antiguo se despertara en su interior. Los bordes del lago resplandecían, destellos de luz púrpura se elevaban en espirales hacia el cielo.
—¡Qué mierda está pasando! —rugió Adriel, que desenvainó su espada mientras se giraba hacia la explosión de luz morada—. ¡Liral! ¡Elandra!
Estas intercambiaron una mirada rápida. No había tiempo para discutir; o seguían la voz y confiaban en lo que no entendían, o todo lo que habían
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hecho hasta entonces no serviría para nada.
—Vamos —dijo Liral con un asentimiento breve, sin apartar la vista del lago que ahora parecía una puerta a otro mundo.
Elandra no dijo nada. Su mirada saltó de Adriel a sus criaturas y al lago.
Con un movimiento brusco, se aferró al brazo de Adriel, y Liral le tomó el otro.
—¡No hay tiempo! —gritó Elandra, y juntos se lanzaron al lago.
La caída no fue como antes. No hubo agua que los recibiera. Esa vez, fue como atravesar un velo de luz líquida. El mundo alrededor de ellos desapareció en un destello cegador.
Detrás, las criaturas feéricas, sus compañeras leales, se lanzaron sin dudar. Estas no eran criaturas imperiales, no obedecían órdenes.
Irían a donde sus jinetes fueran.
Siempre.
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Eda
Hacía tres días que no cruzaba palabra con Iron.
Me había centrado en mejorar con Kali, volando durante horas, días enteros, sin descanso. Solo aterrizábamos cuando el hambre o el agotamiento nos obligaban, y a veces ni siquiera regresaba al castillo para dormir en una cama. Cuando el cansancio me vencía, simplemente me dejaba caer donde estuviera: sobre la hierba, en la arena negra junto al lago o bajo la luz suave de algún árbol solitario de Bankai.
Volar con Kali se había vuelto mi obsesión, mi única necesidad. No
podía detenerme. Cuanto más tiempo pasábamos juntas en el cielo, más lo
anhelaba, más lo necesitaba.
Y Kali sentía lo mismo.
Pero a Iron… Lo vi en las cocinas mientras comía, haciendo un intento perezoso por entablar conversación con Syera, lo cual, como siempre, era inútil. Él estaba allí, moviéndose con esa tranquilidad imperturbable que siempre lo rodeaba, como si nada ni nadie pudiera acelerar su ritmo. Su mundo giraba a su propio compás, indiferente a los demás.
Ni siquiera me miró. No hasta que, por fin, lo hizo. Y cuando sus ojos se posaron en mí, fue solo para negar con la cabeza, como si no fuera más
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que un estorbo.
Ese gesto fue suficiente para que algo se retorciera dentro de mí. Sabía que había sido yo quien lo había apartado, quien había elegido alejarse de sus manos, de sus palabras, de todo lo que me había dicho. Había sido yo la cobarde. Y ahora, su frialdad y su indiferencia me enfurecían de una manera que no podía controlar.
Antes de salir de las cocinas, le dije a Syera:
—Volveré cuando esta presencia monstruosa desaparezca.
Me di la vuelta antes de ver su reacción, alejándome para entrenar de nuevo. Pero en cuanto las palabras salieron de mi boca, me arrepentí. Me sentí como una idiota.
Ahora, tenía las manos apoyadas en el lavabo de mármol negro de mi habitación, del mismo color, por supuesto. Era la primera vez en días —¿o semanas?— que me tomaba unos minutos para mí misma, y todo por culpa del dolor en el vientre, como si mil dagas se clavaran en mi interior. Al parecer, tener el periodo siendo inmortal resultaba aún más cruel que cuando no lo era. Una especie de ironía cósmica que, sinceramente, podía haberme ahorrado.
Le había pedido a Syera, mi siempre encantadora Syera, que me consiguiera un poco de tela de algodón. Y, fiel a su estilo, me dio exactamente eso: un puñado de tela áspera y tosca, acompañado de una sonrisa ladeada, cargada de una lástima apenas disimulada.
Esa sonrisa me recordó algo.
Seguía viva.
Aunque estuviera en el mundo de los muertos, mi sangre aún corría por mis venas. Aún era humana. Y si todavía podía sentir este dolor, significaba que también podía hacer algo más.
Podía crear.
Hoy no habrá vuelo, Kali. Lo siento.
Kali tardó unos segundos en responder: Lo he notado, Eda. No pasa nada. Cazaré sola.
Cuidado, Kali. Ya sabes lo peligroso que puede ser el mundo ahí fuera.
Y tú ya sabes lo que haré con el peligro.
Salí de la habitación y me adentré en los pasillos del castillo. Esa vez, no escuché los pasos ligeros de Savannah, ni las bromas sarcásticas de Rai Raider, al menos durante las pocas horas que había pasado dentro de esa prisión de piedra. En esa ocasión, no había ni un solo ruido, incluso las
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presencias errantes que siempre parecían merodear por las esquinas estaban ausentes. Era como si el castillo entero hubiera decidido desaparecer conmigo dentro.
Miré a ambos lados para asegurarme de que nadie estuviera cerca, y un pensamiento fugaz me atravesó. Decidí probar la magia del territorio, esa fuerza que siempre respondía a los deseos más profundos, aunque no los entendiera del todo. Cerré los ojos y dejé que mi mente comenzara a dibujar lo que quería, lenta, cuidadosamente, como si el simple acto de imaginarlo pudiera traerlo a la realidad.
Imaginé suelos de roca lisa, iluminados por una luz tenue que parecía emanar de este. A ambos lados, arbustos resplandecientes, luego, pequeñas lámparas colgarían de ramas invisibles, oscilando con una brisa que surgiría de ningún lugar, su luz semejante a luciérnagas atrapadas en cristal.
No era un lugar cualquiera. Pensé en los jardines que había leído en libros antiguos, con palabras que describían paraísos que jamás había creído reales. Me concentré en cada detalle, en la textura de la roca bajo mis pies descalzos, en el suave murmullo de agua que imaginé fluyendo entre las piedras.
Cuando abrí los ojos, el castillo había cedido a mi voluntad. Se había convertido exactamente en lo que había imaginado. Las paredes de piedra habían desaparecido, reemplazadas por un cielo nocturno lleno de estrellas, y el aire traía consigo el aroma fresco de la hierba húmeda y las flores nocturnas. Pero… ¿seguía dentro del castillo? ¿O aquel lugar había dejado de existir, convertido en otra cosa? ¿Algo de ese territorio era real o todo era una ilusión?
Con el vestido largo de seda rozando mi piel y los pies descalzos sobre la hierba, caminé por el jardín de mi mente.
—¿Estás herida? —preguntó la voz profunda del hombre que, sin esfuerzo, habitaba cada segundo de mi día en mis pensamientos.
Me giré de inmediato, sorprendida de encontrarlo ahí, en medio de mi jardín nocturno. Su cabello blanco parecía más corto, recortado por la frente, y llevaba puesta una camisa ligeramente arrugada, como si acabara de levantarse de la cama de un salto.
—¿Herida? —pregunté, todavía algo aturdida por su presencia—.
No… no estoy herida. Solo…, bueno, no podía dormir más.
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Iron me miró de arriba abajo, con esos ojos dorados entrecerrados, como si buscara cualquier señal de que le ocultaba algo.
—Pero estás sangrando. Lo huelo.
Abrí los ojos de golpe. Mi cuerpo reaccionó de inmediato, y aunque no sentía ni frío ni calor, juraría que mi rostro ardía.
—Ah…, eh…, bueno… —balbuceé—. Estoy sangrando, sí, pero no estoy herida. Es solo…, ya sabes…, cosas de mujeres.
Su reacción fue casi graciosa. Se quedó completamente quieto, como si no supiera cómo procesar lo que acababa de escuchar. Su rostro, siempre tan calmado y controlado, mostró una mueca de incomodidad tan evidente que, por un momento, casi me hizo olvidar el dolor en mi vientre.
—¿Quieres que llame a Syera? O a Savannah, quizá…, aunque ellas…, bueno…, ya sabes… —Su voz, que solía ser firme, ahora tartamudeaba con torpeza, y se pasó una mano nerviosa por el cabello despeinándolo aún más.
—¿Porque están muertas?
—Están muertas. Pero… puedo llamarlas.
No pude evitarlo. A pesar del dolor, una carcajada escapó de mis labios, inesperada y tan liberadora que incluso me incliné ligeramente hacia delante. Me reí de su incomodidad, de su manera de evitar mirarme y de lo absurdo que era ver a la muerte misma balbucear sobre algo tan… terrenal.
—¿Qué es tan gracioso? —preguntó con el ceño fruncido.
—Tú —dije entre risas mientras me llevaba una mano al vientre—. Solo estoy teniendo un recordatorio breve de lo que es ser mujer. Créeme, hoy en día sufro por cosas mucho peores que esto, pero…, no sé, me hace gracia.
—¿Qué te hace gracia?
—Que a la muerte le incomode tanto la idea de que pueda crear vida. Su expresión cambió de inmediato. Por un segundo, juré que iba a
replicar, a soltar una de sus frases llenas de arrogancia y desdén. Pero no lo hizo. En su lugar, me observó en silencio, como si intentara comprender lo que acababa de decir. Era casi como si hubiera tocado algo en él, algo que prefería mantener enterrado.
Finalmente, con un leve suspiro y un tono que intentó ser indiferente, murmuró:
—La creación nunca ha sido mi fuerte.
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Dejé de reírme al instante, algo en su tono me detuvo.
—¿Tienes hijos? —pregunté directa sin rodeos. Iron retrocedió un paso, como si la pregunta lo hubiera golpeado—. Bueno, ya sabes, con tantos milenios a tus espaldas… ¿nunca has…?
—Lo he hecho todo en esta vida, pero no. Nunca he probado la blasfemia de que la muerte tenga descendientes.
Sus palabras me dejaron callada. Milenios completamente solo. Lo decía con tanta frialdad, pero sus ojos… había algo ahí que intentaba ocultar.
Antes de que pudiera responder, un mareo me sacudió por completo. Cerré los ojos y respiré hondo para no caer, y en ese instante sentí su mano sosteniéndome del brazo.
—Será mejor que te sientes.
Un banco de piedra apareció detrás de mí como por arte de magia. Por supuesto, porque él lo había creado, como cada rincón de aquel lugar.
Me dejé caer con un suspiro, e Iron retiró la mano. Parecía incómodo, como si el contacto físico le quemara más que cualquier fuego.
—Gracias. —Apoyé mis manos sobre la piedra mientras miraba hacia la luna que pendía sobre nuestras cabezas.
Iron se sentó a mi lado, aunque mantuvo una distancia considerable entre nosotros. No estaba acostumbrado a compartir espacio, y se notaba.
—Si tuvieras hijos, no nacerían con ningún tipo de poder ni inmortalidad —dijo de repente—. Serían mortales.
Giré la cabeza hacia él, tratando de descifrar la razón detrás de esas palabras.
—Nunca había pensado en eso —murmuré perpleja.
Iron no apartó la vista de las pequeñas luces que flotaban a nuestro alrededor y que parecían luciérnagas. ¿También las había creado él?
—Todavía eres joven para pensar en esas cosas.
—Por eso los jinetes en el imperio no tienen hijos…, ninguno de ellos. —Sacudí la cabeza intentando procesarlo—. Porque morirían antes que ellos. Eso es… horrible.
—Es la realidad. Por eso muchos ni lo intentan. Evitan ese dolor antes de que llegue.
Por primera vez en mucho tiempo, decidí hacerle una pregunta más personal.
—¿Te habría gustado ser padre?
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Giró la cabeza hacia mí con lentitud y, en ese instante, sus ojos se encontraron con los míos.
—No —respondió con franqueza sin dudar ni un instante—. No le veo sentido a traer vida a un mundo que estoy destinado a destruir. Sería cruel, ¿no crees?
Antes de que pudiera pensar en su respuesta, continuó, con una voz que ahora parecía más suave:
—Pero a ti… ¿te habría gustado ser madre?
«¿Te habría gustado?». Lo dijo en pasado. Como si fuera un sueño que ya debía enterrar, como si mi tiempo para desear esas cosas hubiera pasado sin que siquiera me diera cuenta. Me tomé un momento antes de responder, mi mirada perdida en las luciérnagas que seguían bailando a nuestro alrededor.
—Mi sueño siempre ha sido formar una familia. Ser madre, vivir una vida tranquila y ver crecer a mis hijos. Pero… —Sentí que mi voz vacilaba y aparté la vista—. No había pensado en que tendría que verlos morir. Ahora… ya no lo sé.
La inmortalidad, ese regalo maldito que me había sido impuesto, no solo me había quitado la oportunidad de envejecer junto a las personas que amaba, sino también la posibilidad de formar una familia sin sufrir.
Iron me observó con detenimiento, no era empatía lo que distinguía en su mirada, no del todo, pero quizá entendía lo que yo sentía. Tal vez no le era tan ajeno como creía.
—A las mujeres inmortales les cuesta quedarse embarazadas —dijo—. Y si lo logran, muchas pierden al bebé antes de tenerlo. Y las que llegan a dar a luz… lo más probable es que pierdan a su hijo después. Hay muchas cosas de la inmortalidad que son un regalo, pero también una maldición. Crear vida no está en nuestra naturaleza, no sin un precio.
Nunca había escuchado a Iron Shadow hablar así. Con tanto cuidado a la hora de elegir sus palabras, sin rabia, sin palabrotas…
—¿Y a dónde van las almas de los bebés, Iron?
—Los bebés… Los niños pequeños que mueren son adoptados aquí, en Bankai. Cada alma que llega aquí está destinada a ellos. Savannah es quien se encarga de la organización. Ella se asegura de que no se queden solos.
—¿Adoptados?
Iron asintió lentamente.
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—Aquí, cada alma encuentra un propósito. Incluso las más pequeñas. Pero no significa que sea fácil. No todas están preparadas para recibirlas. Y no todas las almas de los niños llegan a Bankai… Algunas quedan atrapadas en el limbo, esperando algo que nunca llegará. Es un tema complicado, pero está en mis manos resolverlo.
Y lo miré, esas palabras que me había dicho hacía dos días volvieron a mí: «No fingiré ser algo que no soy. Yo soy el malo. El verdadero monstruo. El mal en su forma más pura». Sentí cómo una lágrima se deslizaba por mi mejilla, pero la limpié con el dorso de la mano antes de que él pudiera notarlo.
Él continuó:
—No todo tiene un final aquí, ya te lo dije. Bankai no es tan oscuro como lo ves. Los niños que perdieron la vida demasiado pronto, las almas que murieron de vejez, las tragedias humanas…, todos siguen aquí. Tal vez para algunos la vida eterna sea un castigo, pero para otros es una segunda oportunidad. Porque, ¿no es triste que los humanos solo se den cuenta de sus errores cuando ya no tienen más tiempo para corregirlos?
Se quedó en silencio y miró hacia la luna en lo alto.
—¿Y sabes qué es lo peor? —me preguntó—. Que a veces, perder no significa que todo haya terminado. La oscuridad no es siempre el final. No puede decidir tu destino. Eso lo decides tú. Solo tú eliges quién quieres ser después de morir… y qué haces con esa segunda oportunidad.
Extendí la mano y la coloqué sobre la suya. Él no la apartó, y yo tampoco quise retirarla. La apreté ligeramente, buscando un anclaje en medio de tanta confusión. Una única lágrima rodó por mi mejilla, y esa vez no la detuve. La dejé caer, y en el silencio que siguió, noté cómo su otra mano subía despacio para quitarla.
—Siento lo que te dije —murmuré—. No eres una presencia monstruosa. Solo estaba enfadada. —Hice una pausa mientras trataba de buscar las palabras adecuadas—. He pensado en ello y creo que no puedo imaginar lo que significa haber vivido milenios. Supongo que has pasado por muchas fases, ¿no? Quizá ahora me ha tocado la más sádica.
Intenté sonreír, aunque no estaba segura de si lo lograba.
—Pero hay algo de lo que sí estoy convencida…, nadie puede aferrarse a la rabia para siempre. No es posible. En algún momento, tuviste que sentir algo más. Algo que no fuera solo oscuridad.
Otra lágrima cayó, y esa vez, él la retiró con más delicadeza.
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—Perdona…, hoy estoy más sensible —susurré bajando la vista, pero su mano en mi mejilla no me dejó. Me obligó a mirarlo de nuevo.
—Creo que puedo ayudarte con eso.
—La tarta de tres chocolates siempre será mejor que la de queso, pero… —Empujó el plato de tarta de queso hacia mí, arrastrándolo por la enorme encimera de la cocina del castillo—. Aquí tienes. Quédate esta, yo me sacrifico con la de chocolate.
Le sonreí mientras cogía la cuchara, lista para hundirla en la tarta. Estaba sentada en la encimera de piedra oscura, con las piernas colgando y ligeramente inclinada hacia la tarta. La perfección redonda del postre, como si acabara de salir de un horno mágico, casi me hacía reír. No esperaba que «ayudarme» significara traerme a las cocinas y llenarme de azúcar. Pero, claro, él parecía saber perfectamente lo que necesitaba en mis venas.
—Esto no tiene mérito. No la has hecho tú, la has hecho aparecer. — Le saqué la lengua, puse los ojos en blanco y levanté la cuchara como si fuera una espada.
—Espera. Aún le falta algo. —Extendió su mano hacia la tarta, y en un segundo, una pequeña vela apareció en el centro.
Fruncí el ceño y lo miré con incredulidad.
—¿Una vela? ¿Qué estamos celebrando?
Iron caminó hacia mí y el ambiente cambió, las risas se apagaron, y de repente todo pareció ralentizarse. Me puse rígida sobre la encimera, mis dedos apretando la cuchara mientras lo miraba acercarse.
—Feliz cumpleaños, Zafiro.
Me detuve en seco, congelada en mitad del movimiento. Lo miré como si acabara de decir algo en un idioma que no conocía. Él se rio con esa risa baja y burlona que parecía disfrutar de cada segundo de mi desconcierto.
Por la muerte… Había olvidado por completo en qué día estábamos. —¿Qué? —parpadeé intentando procesar sus palabras—. Iron…, ¿es
mi cumpleaños? —Empecé a reírme incrédula—. Es mi cumpleaños y lo he olvidado por completo. ¿Cómo demonios me he olvidado de algo así?
Me llevé una mano al pecho, aún riéndome como una idiota.
—Dicen que cuando te conviertes en inmortal dejas de preocuparte por el tiempo. —Su tono bajo, ese que usaba cuando quería sonar sabio o
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superior, me hizo poner los ojos en blanco—. Los cumpleaños dejan de importar. Son solo un número más.
—¿Tú recordando mi cumpleaños? ¡Venga ya, no me lo creo! —Lo miré con una ceja arqueada retándolo—. Por la muerte, si apenas te importa nada más que tú mismo. ¿Cómo sabes cuándo nací? ¿Acaso he llegado a importarte tanto como para que investigues?
Sonreí, disfrutando el momento, pero él solo bufó, como si mis palabras fueran absurdas. Sin embargo, se quedó en silencio, su mirada fija en la vela. Mis rodillas apuntaban hacia él mientras estaba sentada en la encimera, y por un instante, no pude evitar notar lo enorme que era. Su presencia resultaba intimidante, sus brazos, todo él… Y aun así, había algo casi… vulnerable en su expresión.
—¿Iron? —lo llamé inclinándome un poco hacia él.
Parpadeó y volvió a la realidad.
—Acabas de decir «Por la muerte».
Sonreí con diversión.
—Claro, ¿acaso no es lo que se dice aquí? ¿«Por la muerte», en vez de «por los dioses»?
Bufó otra vez y señaló la tarta.
—Enciende la vela y sóplala, Zafiro.
Obedecí con un simple gesto. La llama azul parpadeó suavemente, y luego me incliné para soplarla, pero me detuve en seco y giré la cabeza hacia él.
—Solo si me cuentas dos cosas que no sepa.
Alzó una ceja.
—¿Dos? ¿Por qué no una?
—Bueno, la primera puede ser algo corto, un secretito… Pero la segunda tiene que ser algo interesante, que valga la pena. Vamos, sorpréndeme.
Iron me observó un largo rato, como si estuviera considerando seriamente mi propuesta, antes de cruzar los brazos y soltar un suspiro exagerado.
—Siempre negociando, ¿eh? Está bien. Dos cosas. Pero solo porque hoy es tu maldito cumpleaños.
Iron se llevó a la boca otra cucharada de su tarta de tres chocolates, como si ignorara a propósito mi vela aún encendida. Era extraño verlo comer, tanto que me quedé un momento mirándolo. ¿Lo había visto hacer
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algo tan normal alguna vez? No podía recordarlo. ¿Era algo que hacía porque quería o porque estaba conmigo?
Terminé siendo yo la que rompió el hielo.
—Cuando luché contra los espectros y la llama valirio por primera vez, en aquella aldea…, lo que pensé para soltar mi poder fue en la oscuridad. Pensé en la calma de la noche, en el silencio absoluto. Y eso… eso me llenó de paz. La oscuridad me guio, no me hundió.
Iron apoyó los codos en la encimera y entrelazó los dedos frente a su rostro.
—La oscuridad te guio… —repitió, casi como si estuviera saboreando esas palabras.
—Sí, no me sentí perdida. Era como si estuviera… —«en casa», quise decir—. Fue como si me perteneciera tanto como yo le pertenecía a ella. ¿Crees… crees que es por ti?
«Sois la leyenda. Sois las dos mitades», me recordé a mí misma. Él levantó la mirada de su tarta de tres chocolates y luego habló: —Skylar. Skylar O’Hara es mi verdadero nombre y apellido. —Me
quedé sin respiración, mi mente en blanco—. Iron Shadow es el nombre de la muerte, de mi papel en el territorio.
Parpadeé.
—Savannah dijo tu nombre ayer…, te llamó por tu verdadero nombre —apreté la mandíbula, recordando esa sonrisa que él le había dedicado a ella. La pregunta que me carcomía no salió de mi boca, pero estaba ahí. ¿Quién era realmente ella para él?
Como si hubiera sentido mi duda, él apoyó una mano en la encimera. —Solo los más cercanos me llaman por mi nombre. Nadie más sabe
cuál es el verdadero.
—Pero ahora yo sí —le dije intentando esbozar una sonrisa débil.
—Ahora tú sí.
Bajé la mirada hacia la tarta de queso, cerré los ojos y, por un momento, me quedé quieta. Finalmente, soplé la vela y pedí un deseo. Uno que jamás diría en voz alta.
—Cuidado con lo que deseas, podría hacerse realidad. —Cuando abrí los ojos, estaba mucho más cerca de lo que esperaba.
—Lo sé. —Sonreí ligeramente, clavé la cuchara en la tarta y me llevé a la boca un gran bocado, luego otro, y otro, muriendo de puro placer con cada uno.
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Así estuvimos, comiendo nuestras tartas en silencio, durante unos minutos que se sintieron extrañamente… normales. Como si el mundo no estuviera en guerra, como si yo no estuviera en medio de una pesadilla.
—¿Te sigue doliendo? —preguntó mirándome de reojo.
—¿Qué? —Lo miré confundida.
—El vientre —aclaró—. ¿Sigues mareada?
Negué con la cabeza, todavía con un trozo de tarta en la boca. No esperaba que se preocupara tanto. ¿Por qué estaba siendo tan… humano? ¿Tan diferente de lo que siempre había sido?
—Estoy bien. Solo me encuentro un poco débil estos días. Pero mañana… —Sonreí con desafío, señalándolo con la cuchara—. Mañana te retaré a una pelea cuerpo a cuerpo y voy a destrozarte.
—Débil o no, seguirás sin poder conmigo.
—Eso ya lo veremos —repliqué, decidida a ignorar la extraña calidez que sentía entre nosotros.
—¿Sabes cuál es la segunda cosa? —dijo él moviendo la cuchara sin apenas mirarme.
—Sorpréndeme, muerte.
—No ha habido ni un solo cumpleaños en el que estuvieras sola. He estado ahí, Eda, en cada momento de tu vida, en cada uno de tus cumpleaños, aunque nunca te dieras cuenta.
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Skylar O’Hara
Dieciséis años atrás
—Sé que la luz del día te hace querer arrancarte la piel a tiras, Skylar, pero deja de gruñir como un puto animal —dijo Rai, hombro con hombro junto a él, cruzando los brazos sobre el pecho para imitar su postura.
Skylar no se molestó en mirarlo. Sus labios se torcieron en una mueca que no era ni sonrisa ni burla, mientras gruñía:
—Porque soy un puto animal.
Rai soltó una risa seca, sabía que empujar a Skylar cuando estaba así era jugar con fuego, pero no pudo evitarlo.
Skylar estaba cabreado. Jodidamente cabreado. Tanto que su mente ya maquinaba a qué almas torturaría esa noche. Solo necesitaba algo, alguien, en quien descargar la furia que lo carcomía por dentro. No necesitaba un motivo de peso. Bastaba con el simple hecho de que hubieran tocado lo que era suyo. Intentar robar algo de él era una sentencia de muerte.
—¿Quieres calmarte un poco? —se burló Rai con esa maldita sonrisa que siempre parecía pedir un puñetazo.
—¿Te divierte esto, Rai? —Lo fulminó con la mirada—. ¿Te parece divertido? Porque lo único que me separa de destrozar algo ahora mismo es que todavía estoy decidiendo por dónde empezar.
Estaban en medio de la granja, un lugar tan insignificante que cualquier mortal pasaría de largo sin dedicarle una segunda mirada. Pero para quienes sabían buscar, para aquellos que entendían los secretos de los mundos ocultos, aquel lugar contenía mucho más de lo que parecía.
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Eran del todo invisibles, no solo para los ojos mortales, sino también para aquellos con un mayor sentido de lo oculto. La maldita mujer hipogrifo había utilizado su poder de vinculación para tejer un hechizo que distorsionaba la realidad, ocultándolos tanto a ellos como a su entorno de cualquier percepción externa. Era un poder impresionante, algo que la mayoría consideraría imposible de superar.
Pero Skylar O’Hara no era la mayoría.
Las ilusiones, por complejas que fueran, resultaban insignificantes para él. No se molestaba en intentar desenredar los hilos de la magia ni en tratar de comprenderlas. Simplemente no importaban. No había poder en ese mundo capaz de esconder algo de su mirada.
Los veía a la perfección.
Sentía en su nariz el olor de los dos jinetes y del emperador, un hedor que lo irritaba más de lo que ya estaba. Lo sentía todo: sus respiraciones, sus almas agitándose dentro de esos cuerpos inmortales. Arrugó la nariz y su mandíbula se apretó con tanta fuerza que le dolió.
La habían encontrado.
Ese pensamiento bastó para que otro gruñido escapara de su garganta, bajo y amenazante. Nada lo cabreaba más que eso. Ellos allí, tan cerca, porque habían osado acercarse a ella otra vez.
—¿Cinco años? —escupió Rai, como si el tiempo mismo lo insultara
—. Cinco años han tardado en encontrarla. Vaya mierda de ejército imperial tienen. ¿Cómo se supone que esta panda de inútiles va a gobernar algo si ni siquiera pueden encontrar una pista a tiempo?
Skylar se giró despacio hacia Rai.
—Bueno, ahora nosotros tenemos cinco años de ventaja.
Su mirada volvió al claro de la granja, justo a donde estaba él. Dalton Basilius, el cabrón que siempre se las arreglaba para cabrearlo más de lo que cualquier otro humano podía soñar. El emperador estaba oculto tras un árbol, jadeando como un perro moribundo, una mano en el pecho, como si eso fuera a mantenerlo con vida.
Skylar puso los ojos en blanco con disgusto, dejando escapar otro gruñido.
No podía soportar verlo. No podía soportar a Dalton. No podía soportar que estuviera vivo, que estuviera tan cerca de ella otra vez.
Bastardo.
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Lo único que impedía que Skylar lo destrozara allí mismo era la promesa de hacerlo después, cuando no hubiera escapatoria. Cuando Dalton supiera exactamente quién era el verdadero monstruo.
La puerta de la granja se abrió de golpe, y su Zafiro salió corriendo como si estuviera persiguiendo el viento, o tal vez como si el viento mismo la empujara. Amaba correr. Ese simple acto la hacía sentir libre, invencible, como si nada pudiera atraparla. Aquel día llevaba un vestido azul, el mismo que había insistido en que su madre le comprara. Insistido no, manipulado, porque esa niña sabía cómo conseguir lo que quería.
A Skylar le arrancó una sonrisa torcida. Si tan solo supiera que todo su maldito armario estaba lleno de vestidos azules gracias a él… Azul, porque era su color. Porque era su Zafiro. Probablemente se enfadaría si lo descubriera, pero no le importaba. Esa era su prerrogativa, ¿no? Cuidar lo que era suyo.
El Zafiro se detuvo junto a la puerta y recogió la espada. Su espada. Esa que él mismo había tallado para ella con un propósito que ni siquiera ella entendía todavía. Recordaba claramente el momento en que la dejó apoyada contra la entrada de la casa una noche. Sabía que la tomaría, sin hacer preguntas, sin cuestionarse de dónde había salido. Porque, aunque ella no lo sabía, todo lo que tocaba estaba destinado a ser suyo.
Skylar se quedaba mirándola desde las sombras, como hacía siempre. La observaba moverse con una intensidad que no tenía sentido para alguien tan pequeño. Cómo sus manos, aún diminutas, agarraban esa espada de madera como si fuera parte de ella. Y cómo se lanzaba contra su hermano sin una pizca de miedo, con esos ojos brillando como si estuviera lista para comerse el mundo.
Lo hacía maldecir. Y al mismo tiempo, no podía apartar la mirada.
Era fascinante.
Ella era su Zafiro. Su joya, su tesoro, su maldita debilidad.
Le gustaba verla aprender a defenderse desde pequeña. No porque creyera que lo necesitaba —nadie se atrevería a tocarla mientras él existiera—, sino porque era cautivador. Verla pelear, entrenar, caer y levantarse una y otra vez era como contemplar cómo su Zafiro se endurecía, cómo se afilaba para un mundo que no estaba a su altura.
Cinco años. Cinco jodidos años observándola, vigilándola de cerca, asegurándose de que no era el mal que temía, de que no repetiría la historia. Skylar había torturado y eliminado a las otras mujeres, lo admitía.
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Y aunque ahora se arrepentía de algunas de esas decisiones, en ese momento le parecieron necesarias. No era fácil esconder un poder así.
Pero ella… ella era diferente.
Desde que nació, algo en él decidió que esa vez sería distinto. En lugar de destruirla antes de que se convirtiera en una amenaza, trató de guiarla, de mantenerla en el camino correcto, de evitar que la oscuridad en su interior la consumiera como había pasado con Kaiserin. Cinco años asegurándose de que no fuera letal. Cinco años en los que intentó no encariñarse, en los que juró no bajar la guardia.
Pero falló.
Porque por mucho que lo negara, había algo en esa niña, en esa risa fácil y en esos ojos llenos de vida, que hacía que todo en él se tambaleara. No había ni una gota de maldad en ella. Ni una. Al menos, no aún.
Y esa parte de él, esa que todavía tenía una pizca de humanidad, había empezado a verla como algo más que una amenaza: una niña. Graciosa, valiente y jodidamente pura. Y por primera vez en milenios, se preguntó si en realidad era él el encargado de decidir su destino.
Skylar estaba sumido en sus pensamientos cuando el maldito emperador, ese cabrón, dio un paso hacia Eda, y sin pensar, avanzó hacia él con una determinación asesina, cada músculo de su cuerpo clamando por destrozarlo. En su mente, la escena ya estaba escrita: arrancarle los huesos uno por uno, despellejarlo mientras seguía consciente, descuartizarlo lentamente hasta que no quedara nada más que restos irreconocibles.
—Sabías que esto pasaría tarde o temprano —dijo Rai, que tiró de él hacia atrás tratando de contenerlo.
Skylar giró bruscamente y rugió con los puños apretados.
—Como la toque, está muerto. La tregua se acaba aquí.
Dalton levantó su mano derecha y, con un chasquido, dos mariposas de fuego negro surgieron de su palma. Skylar sintió cómo su sangre hervía al verlas.
—Voy a cortarle las manos.
Las mariposas negras rodearon a Eda, que las vio y se detuvo de golpe, respirando con fuerza, sus ojos fijos en los pequeños cuerpos oscuros que flotaban a su alrededor.
—¡Joder, Rai! —rugió, casi dando un salto en el sitio—. ¡Haz que su maldito hermano salga!
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—¿Y qué quieres que haga exactamente?
Skylar casi explotó y agitó los brazos como un maniático mientras daba un paso hacia Rai.
—¡Que la llame, imbécil! ¡Que la detenga! ¡Que deje de acercarse a ese idiota ahora mismo!
Rai inclinó la cabeza, evidentemente entretenido con el espectáculo. —¿Y si tan solo la dejas? Tal vez le apetece saludar, no todo tiene que
ver contigo.
Skylar lo fulminó con la mirada y apretó los puños tan fuerte que parecía a punto de romperse los dedos.
—¡Por la muerte, me va a dar un puto infarto! ¡Muévete ya antes de que haga algo de lo que me arrepienta! —gritó mientras lo señalaba, como si agitar su brazo fuera a resolverlo todo.
Rai suspiró, puso los ojos en blanco y murmuró para sí mismo mientras desaparecía en una nube de humo:
—Un día de estos, a este cabrón le va a explotar la cabeza. Y yo seré quien tenga que recoger los pedazos.
Skylar no lo escuchó, porque ya estaba a dos pasos de arrancarse el pelo.
El hermano de Eda salió de la casa mientras gritaba:
—Eda. Eda, ven aquí, mamá no nos deja acercarnos al bosque, ya lo sabes.
Skylar dejó escapar una maldición al escuchar al niño.
—Mierda…, joder.
El imbécil había dicho su nombre. Ahora Dalton Basilius sabía cómo se llamaba. Sabía el nombre de su Zafiro.
Skylar sintió cómo la rabia lo devoraba por completo, una sombra descontrolada que le nublaba las entrañas. Si ya estaba cabreado antes, ahora estaba listo para arrasar con todo lo que se cruzara en su camino.
Aquel día alguien iba a pagar por eso.
Eda desapareció corriendo hacia la granja, ajena al caos que dejaba tras de sí, mientras Dalton se quedaba petrificado, arrodillado en el suelo. Skylar lo miró fijamente, con los ojos encendidos de odio, mientras el emperador mantenía su mirada clavada en la granja, como si pudiera atravesarla con la mente. Como si pudiera ver a Eda a través de esas paredes.
El muy cabrón la quería de vuelta.
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Skylar lo supo en ese instante, lo vio en la forma en que Dalton no apartaba los ojos de la casa, en cómo sus manos temblaban, no de miedo, sino de deseo. Quería recuperarla.
—Ni lo sueñes, maldito bastardo —murmuró Skylar entre dientes, tan bajo que solo Rai, que había vuelto a aparecer a su lado, lo escuchó.
Pero lo que más lo mataba, lo que lo retorcía por dentro como un cuchillo clavado, era que ahora Dalton tenía el maldito control. El nombre de su Zafiro estaba en las manos del emperador, y con eso tenía la llave para llegar a ella. Eda estaba en las garras del imperio, aunque ella no lo supiera.
Skylar apretó los puños mientras su mente trabajaba a toda velocidad. Cada fibra de su ser le pedía que se lanzara ahora mismo, que lo destrozara, que arrancara cada fragmento de poder que Dalton pudiera usar en su contra. Pero algo lo hizo detenerse.
¿Y si aquello no era tan malo?
Por un instante, una chispa de estrategia atravesó su rabia. Dalton quería a Eda, eso era evidente. Y él podía usar ese deseo en su contra. Podía dejar que la obsesión de Dalton lo cegara, que cometiera errores. Skylar sabía jugar a largo plazo, y si Dalton estaba tan desesperado por recuperar lo que él ya había reclamado, bueno…, ese error le costaría caro.
Skylar dejó escapar una sonrisa torcida mientras miraba al emperador, aún de rodillas, como si estuviera rezando a un dios que no lo escucharía.
—Eda no te pertenece, cabrón. Y ahora que estás tan cerca, voy a asegurarme de que no vuelvas a respirar tranquilo. Ni una puta vez.
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Eda
La magia existía.
Lo había visto con mis propios ojos en esos últimos meses: fuego esmeralda, sombras vivientes, criaturas que solo deberían existir en pesadillas. Tanta magia que me costaba recordar cómo era la normalidad. Pero lo que nunca había pensado era que también existían las personas mágicas. No por hechizos o poderes, sino por cómo, de repente, aparecían en tu vida y la trastocaban. Personas que un día llegaban y, sin darte cuenta, te preguntabas cómo demonios sobreviviste antes de conocerlas.
Ahí estaba él, frente a mí. Iron Shadow. O, como ahora lo llamaría, Skylar O’Hara. Porque Iron era para el mundo, pero Skylar… Skylar era solo para mí.
«No ha habido ni un solo cumpleaños en el que estuvieras sola. He estado ahí, Eda, en cada momento de tu vida, en cada uno de tus cumpleaños, aunque nunca te dieras cuenta».
La cuchara cayó de mi mano y chocó contra el plato de cristal con un golpe sordo, mientras lo miraba esperando algo, cualquier cosa: una reacción, una explicación. Pero él seguía como si nada, llevándose un
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pedazo de tarta de tres chocolates a la boca, como si las palabras que acababa de soltar no lo hubieran cambiado todo.
—Skylar… —susurré, y en el instante en que pronuncié su verdadero nombre, vi algo cambiar en él. Como si escucharme decirlo hubiera despertado algo que llevaba milenios muerto en su interior.
—Yo te sentí, Zafiro —dijo—. Desde el principio. Incluso cuando estabas en el vientre de tu madre, ya sabía que existías. Bankai lo supo. El territorio entero lo sintió. —Su mandíbula se apretó—. No sé cómo explicarlo, pero yo te sentí primero.
—¿Qué… qué quieres decir? —balbuceé.
—Así fueron los cinco primeros años de tu vida. Nadie más sabía de ti, nadie. Solo yo. Fui el primero en encontrarte, en sentir tu existencia. —Su mirada estaba fija en algún punto más allá de mí—. Pero entonces… entonces Basilius también te encontró.
Sentí un golpe en el pecho al escuchar su nombre. Dalton. Recordé lo que me había contado, cómo también me había conocido cuando era solo una niña. Cómo había sabido de mí incluso antes de que yo entendiera quién era. Iron y Dalton…, ambos me habían conocido antes de que yo supiera siquiera que existían.
—Pero… —intenté hablar, pero Skylar me interrumpió antes de que pudiera terminar la frase.
—¿Sabes qué es lo peor? Que no puedo culparlo del todo. No puedo reprocharle que también quisiera verte crecer. Porque, aunque me reviente admitirlo, entiendo por qué lo hizo.
—¿Te molestó? —pregunté.
Negó lentamente con la cabeza.
—Basilius no tenía ni idea del peligro que había en Valdemar. No lo entendía. Pero yo sí. No quería que te criaran en otro lugar…, pero esa granja donde creciste… —Se detuvo y cerró los ojos un momento antes de continuar—: Me gustaba. Fue una decisión difícil, pero dejé que te quedaras allí, y cuando Basilius finalmente supo de tu existencia, sabía que habría más protección. —Se encogió de hombros—. Y aunque me cueste admitirlo, una parte de mí lo agradeció, porque no podía estar en todas partes.
Me quedé en silencio, incapaz de apartar los ojos de él. Skylar no me miraba; su atención estaba fija en un punto cualquiera de la cocina, como si lo que acababa de confesar no fuera más que una anécdota sin
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importancia. Pero para mí… para mí lo era todo. Aquella no era una simple historia. Era la verdad. Una que había estado esperando toda mi vida sin siquiera saberlo.
—No puedo… no puedo creerlo.
Skylar dejó escapar un leve suspiro.
—Lo más divertido de todo eran tus cumpleaños. Tus regalos siempre terminaban siendo una pelea. Savannah insistía en que te diéramos cosas bonitas, como vestidos, muñecas… —Su sonrisa se torció—. Yo, en cambio, siempre proponía armas.
Me reí, aunque una lágrima corría por mi mejilla. Era tan surrealista escucharlo hablar de esa manera, como si esos momentos fueran recuerdos felices para él.
—¿Armas? ¿A una niña, Skylar?
Frunció el ceño y, por fin, giró la cabeza para mirarme directamente. Cada vez que decía su nombre, parecía que algo en él se sacudía, como si esas sílabas tuvieran un poder extraño sobre él.
—¿Quién te crees que hizo esas espadas de madera que tanto adorabas?
Parpadeé.
—No puede ser… ¿Mi primera espada? ¿La hiciste tú?
—¿Quién si no? —respondió arqueando una ceja con un gesto irritante de suficiencia—. Alguien tenía que enseñarte a usarla.
Me enderecé sobre la encimera.
—¡Fue Nolan quien me enseñó a pelear! —exclamé aferrándome a esa idea como a un salvavidas.
Y entonces vi esa sonrisa que siempre me ponía los pelos de punta. —¡Te hacías pasar por mi hermano!
—Algunas veces, sí. ¿Quién más te enseñaría a manejar una espada como lo hice yo?
—¿Te gustan los niños? —pregunté incrédula. La idea de Iron Shadow interactuando con niños parecía tan absurda que no pude evitar preguntarlo.
—Odio a los niños —bufó—. Son ruidosos, hacen cosas irracionales y me ponen de los putos nervios. Pero contigo fue diferente. Contigo no tenía opción. Tenía que protegerte.
Se enderezó y quedó demasiado cerca, invadiendo mi espacio, y todo dentro de mí se descontroló: miedo, confusión…, algo más que no quería
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admitir. Porque aquel hombre, ese maldito hombre, iba a matarme. Lo sabía. Después de todo lo que había dicho esa noche, de todo lo que había confesado, ¿cómo no iba a hacerlo? Y, sin embargo…, también sabía que nunca dejaría que nadie más me tocara. Porque yo era su opuesto, su yang, su conexión.
Su equilibrio.
¿Cómo no iba a protegerme? Tal vez lo hacía porque le convenía, porque sin mí no estaba completo. Pero ¿quién en su sano juicio aparecería en cada uno de tus cumpleaños dejando regalos? ¿Quién se quedaría en las sombras cuidándote sin que lo supieras? Aquello no era simple obligación, era su verdad. Esa parte de él que había estado enterrada en la oscuridad y que ahora, por primera vez, dejaba que viera.
Sin pensarlo demasiado, abrí un poco las piernas y tomé su mano, tirando de él con más fuerza de la que pretendía. Lo necesitaba cerca, tanto que ni siquiera el aire tuviera espacio entre nosotros. Skylar no se resistió. Se dejó llevar y se movió despacio hasta quedar entre mis piernas, su cuerpo encajando a la perfección con el mío.
Al principio, sus manos no se movieron, suspendidas, como si dudara, como si midiera hasta dónde podía llegar. Pero sus ojos decían otra cosa. Decían que ya había cruzado todos los límites.
—¿Por qué me lo dices ahora? —susurré finalmente, solo centímetros nos separaban, y mi respiración chocaba contra la suya.
Y por primera vez, vi algo en sus ojos que nunca había estado allí: honestidad. Cruda, desnuda y arrolladora. Sus manos se habían posado en mis muslos y rozaban mi piel donde el vestido se había subido sin darme cuenta.
—Porque estoy cansado. Cansado de que no sepas la verdad, de fingir que no me importas, de pretender que no eres nadie para mí. Pero, Zafiro, hay partes de mí que solo existen cuando estoy contigo. —Me apretó entre sus dedos—. Tú me haces sentir que estoy en casa, en un mundo donde siempre he estado solo.
Puse mi mano en su mejilla con suavidad y la dejé ahí, mirando esos ojos dorados que ahora no tenían máscaras. Era él. Todo él, abierto, desnudo, y solo para mí.
—¿Sabes algo, Skylar O’Hara? Llegaste a mi vida y me enseñaste que estar rota no es una debilidad. Que las cicatrices no significan que seamos irreparables.
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No me di cuenta de que otra lágrima había escapado de mi ojo hasta que se inclinó y, con una ternura que me rompió aún más, besó esa lágrima en mi mejilla. Sus labios se posaron sobre mi piel por un instante eterno antes de separarse.
Cuando volvió a mirarme, quedamos frente a frente. Yo sabía lo que quería. Lo sabía con cada fibra de mi ser. Quería besarlo. Besarle hasta las heridas, hasta olvidar el dolor, hasta encontrar la paz que solo él parecía darme.
Y entonces me di cuenta. Había encontrado la calma en alguien que era mi tormenta. Mi enemigo. Mi maldito enemigo. Allí estaba, entre mis piernas, con mis manos aún en su rostro, sus labios húmedos por mis lágrimas y mi corazón desbocado. Esa oscuridad suya, esa que tanto odiaba, había empezado a atraerme de una forma que no quería admitir.
—Los kholdrath han vuelto. —La voz de Rai Raider irrumpió en la cocina.
Skylar se separó de golpe con un movimiento tan brusco que me dejó fría. Cerré las piernas con rapidez, como si eso pudiera ocultar lo que había pasado. Mis manos me picaban, sintiendo aún su roce. Tragué saliva, tan fuerte que parecía que tragaba una piedra.
«He estado a punto de besar a Iron Shadow».
—Joder…, siento haber interrumpido —se excusó Rai esbozando una sonrisa fugaz que se desvaneció al instante, borrada por la mirada fulminante que Skylar le lanzó.
—¿Qué son los kholdrath? —solté de repente, y me bajé de la encimera de un salto, mis pies golpeando el suelo. La diferencia de altura entre nosotros volvió a hacerse evidente.
Rai abrió la boca, pero Skylar lo cortó de inmediato.
—Son lo que pasa cuando Bankai se desmorona. Aparecen cuando la magia se desequilibra, cuando las fisuras mágicas que mantenemos cerradas empiezan a romperse. Esas son las mismas por donde los zarkass entran y salen de Bankai como les da la puta gana.
—Esos cabrones se cuelan más que un murciélago en una cueva —se quejó Rai, y Skylar giró la cabeza hacia él.
—Sabes algo más. No has venido hasta aquí para contarme solo esa mierda.
Rai tragó saliva y me miró antes de volver a Skylar.
—Están atacando Bankai. Y sabes perfectamente a quiénes buscan.
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Eda
Un segundo después de que Rai Raider soltará la noticia de que los kholdrath atacaban Bankai, ya estaba en mi habitación, arrancándome el camisón de seda y cambiándolo por el uniforme de cuero que parecía destinado a acompañarme a donde fuera. Mientras me trenzaba el cabello
vi a Skylar apoyado en el marco de la puerta, observándome a través del reflejo del espejo.
Me giré hacia él sin pensarlo dos veces.
—Voy a ir, ya lo sabes. Y no quiero ni un maldito gesto ni comentarios al respecto. Es mi decisión.
—Solo venía a decirte que no lleves armas.
—¿Ni una daga? —pregunté incrédula frunciendo el ceño. —Ni una daga —repitió—. Si te ves muy apurada, usa tu llama.
Me quedé mirándolo sorprendida. Vaya, eso sí que no me lo esperaba. —Al parecer algunos no me dejan dar ni un paso hacia los problemas —murmuré con ironía, refiriéndome claramente a Dalton sin mencionarlo —, y otros me lanzan de cabeza sin siquiera darme un arma. No sé cuál es
peor.
Sí lo sabes, dijo Kali.
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Silencio, pajarraca.
Skylar se separó del marco de la puerta, pero no se aproximó lo más mínimo a mí. Había algo en esa distancia que me irritaba. Hacía cinco minutos, su cuerpo había estado entre mis piernas, sus labios a un centímetro de los míos y ahora todo volvía a ser frío, distante. Éramos los de siempre, pero al mismo tiempo… nunca volveríamos a ser iguales.
—Ese será tu regalo de cumpleaños. —Se cruzó de brazos—. Luchar sin armas.
Me inflé de aire y clavé los ojos en él como si pudiera atravesarlo. Despacio, me agaché y me quité las dagas escondidas en mis botas. Las dejé caer al suelo, una a una, sin apartar la mirada de él. Luego desabroché las correas de las cuchillas que llevaba en los muslos y las arrojé junto a las otras.
—¿Contento? —espeté alzando el mentón—. Ni una sola arma en mi cuerpo. Completamente indefensa.
Skylar soltó un resoplido.
—Olvidas que tú eres el arma aquí —dijo entrecerrando los ojos mientras su mirada bajaba hasta mi cintura—. Y ahora quítate la daga que tienes detrás de la espalda.
Mi mandíbula se tensó. Claro que lo había notado. Sin decir nada, retiré la daga asegurada con el arnés invisible y la dejé caer al suelo.
—¿Algo más? ¿Puedo conservar mi ropa? —murmuré con sarcasmo. —Con eso basta. Por ahora. —Giró sobre sus talones y empezó a
caminar hacia el pasillo haciendo un gesto para que lo siguiera—. Y ya que estamos listos, te explicaré lo que está pasando.
Anduve tras él.
—Bien, ¿dónde están atacando esos seres? —exigí, y aceleré el paso para alcanzarlo.
—En la cordillera de Arcadia —comenzó a decir sin detenerse—. No hablo de las que ves en los mapas del imperio, las que están físicamente allí, sino de las de Bankai. Para que lo entiendas mejor, en Novadia tienes a los soldados imperiales y a los jinetes. Pero en Arcadia… es diferente. Allí no solo están los soldados y los jinetes. También están los guerreros kailani.
—Los Kailani…
—Son la élite del imperio —continuó—. Guerreros mortales, pero entrenados como si fueran armas vivientes. Son mucho más que simples
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soldados. Cada uno de ellos fue moldeado para la guerra, llevado al límite hasta que no quedó más que instinto y lealtad.
—Ya lo sé, en eso Dalton fue sincero conmigo. La capitana Misso es quien los lidera, quien los entrena —lo corté con impaciencia—. Pero ¿qué tienen que ver con el ataque? ¿Por qué mencionarlos ahora?
—Cuando mueren, sus almas no buscan descanso en los valles ni se pierden en Bankai. Regresan a la cordillera de Arcadia, al lugar donde nacieron, donde vivieron y entrenaron.
No entendía por qué me decía aquello. Algo no encajaba.
—¿Y no los conviertes en wendigos? —pregunté sin dejar de seguirlo
—. Pensaba que todas las almas que mueren pasaban por tus manos, sobre todo si son leales al imperio.
—Que sean leales al imperio no significa que tenga que torturar sus almas. Los wendigos son otra historia. Solo los más corrompidos terminan así, y te aseguro que los kailani no encajan en ese perfil. Son leales al bien.
—Entonces ¿a dónde quieres llegar? —lo presioné deteniéndome de golpe.
—¿A dónde quiere llegar? —La voz de Savannah resonó antes de que sus tacones anunciaran su llegada—. Es que los kailani son almas poderosas. Y los kholdrath quieren su esencia. Esa esencia mortal que casi roza lo inmortal. Son almas fuertes, y esas son las primeras que buscan cuando las fisuras mágicas de Bankai se abren. —Hizo una pausa teatral —. Sus almas son valiosas, sí. Pero no te confundas: siempre serán inferiores a las almas de los jinetes.
Almas de jinetes… Claro que tenía sentido que existieran. Los que cayeron hace dos siglos en la guerra de las Sombras Eternas, y los que murieron hace milenios durante la guerra de las Tres Llamas. Pero ¿dónde estaban? ¿En qué rincón de Bankai habían encontrado su descanso?
—¿Qué haces aquí, Savannah? —dijo Skylar cortante.
Esta solo le sonrió mientras movía su cabello rubio de lado a lado. —¿Qué hago aquí? Por favor, hermanito, ya deberías saberlo. Yo
nunca me pierdo nada. Desde hace algunos siglos, esto está tan aburrido que es un milagro que no me haya vuelto loca.
Me congelé. «Hermanito». ¿Qué? ¿Skylar y Savannah eran hermanos? ¿Qué demonios estaba pasando?
—¿Sois hermanos? —solté atónita, pero Skylar ignoró por completo mi pregunta y siguió hablando con ella.
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—La última vez que apareciste, sabes perfectamente lo que pasó. — Skylar le lanzó una mirada que hubiera hecho temblar a cualquiera, pero no a Savannah.
—Tranquilo, hermanito. Hoy he hecho mi buena acción del día. — Levantó las manos como si quisiera demostrar que era inocente—. Dos gemelos de tres años. Murieron ahogados al este de Valdemar, pero ya tienen una familia nueva. —Me miró y su sonrisa se desvaneció un poco
—. Hoy ya he cumplido.
Savannah hablaba de lo que Skylar y yo habíamos discutido antes,
sobre los niños menores que morían… Ignoré el nudo en la garganta y me planté frente a ambos, con las manos en las caderas.
—Vale, un segundo, vamos por partes porque me va a explotar la cabeza y estoy de pésimo humor hoy. —Respiré hondo y los apunté con un dedo—. Primero, sois hermanos. ¿Y nadie pensó que era una información importante que compartir conmigo?
Savannah ladeó la cabeza.
—¿No lo sabías? —preguntó, aunque claramente ya lo había deducido por mi gesto.
—¡No! —grité, y me giré hacia Skylar.
—Creo que mejor dejamos este tema para más tarde, ¿vale? —Skylar se giró hacia su hermana y me esquivó—. Eda y yo iremos volando. Quiero ver el perímetro desde arriba. —La señaló—. Savannah, aparece en el punto de encuentro cuando yo esté allí. Ve con Raider, ya sabes dónde encontrarlo. —Hizo una pausa antes de añadir—: Y no te pierdas por el camino.
Savannah chasqueó la lengua ofendida y desapareció, al igual que hacían Rai y Syera. Genial. Todo el mundo desaparecía en Bankai menos yo.
—Estás mejor, ¿verdad? —me preguntó Skylar con ese tono neutral que usaba para disfrazar la preocupación que, por mucho que intentara, nunca lograba ocultar del todo.
—Lo estoy. La adrenalina hace que me olvide de cualquier dolor.
Y no mentía. Esa punzada desgarradora en mi vientre, que antes había hecho que mi cuerpo casi se rindiera, parecía haberse desvanecido. El alivio físico era real, pero no podía dejar de pensar en la tarta. ¿Había algo en ella? ¿Era eso lo que había hecho que mi cuerpo se recuperara tan rápido?
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—Entonces démonos prisa.
Prepárate para volar con un dragón de sombras, le dije a Kali mentalmente al salir por las puertas del castillo.
Nada que no haya hecho antes.
Fui la primera en lanzarme al cielo estrellado. Las enormes alas de Kali se desplegaron como un incendio que devoraba el firmamento, y su cuerpo… cada hora que pasaba parecía más inmenso. Era como si estuviera destinada a llenar todo el cielo con su presencia. Me posicioné sobre ella, las piernas apretadas con firmeza contra su cuerpo, el pecho pegado a su curva delantera.
Cuatro días.
Cuatro días volando juntas, como si nuestras almas estuvieran entrelazadas.
El ave fénix y su jinete.
Nos abrimos paso entre las estrellas, sus largas plumas dejando un rastro de fuego azul, como si cada batir de sus alas marcara el cielo con su magia. Ignoraba exactamente hacia dónde nos dirigíamos, pero sabía que Skylar o, mejor dicho, Iron Shadow en su forma de dragón no tardaría en alcanzarnos.
Avancé con Kali, dejándome llevar por la libertad del vuelo, cuando lo sentí antes de escucharlo. Un rugido me atravesó el pecho como un trueno, y cuando me giré sobre el lomo de Kali para buscarlo allí estaba.
Era tres veces más grande, tres veces más imponente de lo que había imaginado. Una creación de pura oscuridad, su cuerpo hecho de sombras vivas, de las mismas profundidades de Bankai. Era el dios de aquel territorio. Su maestro. Su verdugo.
Mis ojos quedaron atrapados en los suyos.
El dragón estaba a menos de doscientos metros, salvando la distancia con una rapidez que me hizo apretar los nudillos contra el plumaje de Kali.
Veamos qué sabes hacer, Zafiro. La voz de Skylar retumbó en mí.
Vi su enorme boca abrirse, llena de colmillos que parecían capaces de destrozarme y, por un segundo, sentí que iba a devorarme.
Kali, ¡encima de él!
Eso está hecho.
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Con un giro ágil, Kali se alzó en el aire, sus alas brillando mientras nos colocaba justo sobre el dragón. Su inmensa figura oscura dominaba el cielo bajo nosotras. Skylar apenas movía las alas, solo planeaba.
«Idiota arrogante», pensé apretando los dientes.
Desde mi posición, lo observé con detenimiento, incapaz de apartar la mirada. Ese cuerpo… ese maldito cuerpo. El mismo que había estado sobre el mío cuando entrenábamos, el que me había levantado como si no pesara nada, el que parecía estar diseñado para el control absoluto. Pero ahora, ese cuerpo se había transformado en algo más, y me di cuenta de que todo lo que me había mostrado hasta ese momento no era más que una sombra de lo que realmente era. Su poder, su verdadera naturaleza no eran algo que pudiera contener en su forma humana.
La voz de Skylar rasgó mi conciencia:
Vuela por encima de mí en todo momento. Si hay alguna amenaza desde abajo, mi cuerpo será el que reciba los golpes. ¿Entendido?
Me puse recta de forma automática sobre el lomo del fénix.
Deja de meterte en mi cabeza como si fueras Kali.
Solo puedo hacerlo cuando estoy en esta forma, respondió, podía notar el deje de satisfacción en su tono. Parece que, además de ser la dueña de una de las tres llamas destructivas, también tienes la habilidad de hablar con las criaturas. Muy interesante.
Resoplé irritada, pero él continuó:
Quizá me quede en esta forma todo el tiempo, leyendo tus pensamientos, solo para entretenerme con lo que pasa por esa cabecita tuya.
Abrí la boca sorprendida, pero no dije nada. Claro que podía leerme los pensamientos. ¡Por supuesto que podía hacerlo! Como Kali, como Dalton…
¿Acaso tu emperador puede leerte la mente? Vaya, ahora empiezan a cuadrarme muchas cosas.
Mierda. Lo había soltado. Acababa de dejar salir algo que Dalton había guardado en silencio durante siglos. Sentí cómo la sangre me bajaba del rostro. ¿Qué había hecho?
«No, no, no…», pensé con desesperación, pero antes de que pudiera desviar la conversación, noté cómo Skylar cambió de dirección, y Kali le siguió casi de inmediato.
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Volaremos así durante veinte minutos, me dijo. Aquí el tiempo y el espacio son caprichosos. Bankai no funciona como el mundo humano. Los caminos se acortan dependiendo de cuánto desees llegar a tu destino.
Suspiré de alivio por que no hubiera insistido más sobre Dalton. Pero Skylar siguió hablando, como si aquello fuera un tema más casual.
Creé Bankai de esta manera porque el tiempo no manda sobre mí. Y las distancias largas… a la mierda con ellas.
Así que Bankai funcionaba de esa forma. Las piezas encajaron en mi cabeza de repente. Cuando corrí en la aldea después de ver a Theo, tras el dragón, los caminos parecían acortarse, como si el terreno se plegara solo para dejarme llegar antes. Todo tenía sentido ahora.
¿Querías llegar hasta mí lo antes posible?
—¡Deja de hacer eso! —espeté apretando los dientes.
Es muy poco caballeroso meterte en mi cabeza. Al menos Dalton respetaba eso.
Skylar soltó una carcajada baja que vibró en mi mente y la llenó de un calor incómodo.
Tu «emperador» no respetaba una mierda. Claro que leía tus pensamientos. ¿Cómo no hacerlo? Hizo una pausa, como si deliberara algo. ¿Sabes? Nunca lo he hecho con nadie más, nunca he podido comunicarme con nadie en mi forma de dragón, pero ahora contigo… no puedo evitarlo. Quiero saberlo todo. Tus pensamientos son demasiado ruidosos.
«Eso mismo me dijo Dalton una vez», pensé.
Iba a contestarle cuando vi por el rabillo del ojo una bandada de pájaros fantasma acercándose hacia nosotros como un torbellino. Estaban asustados, desesperados, como si huyeran de algo mucho peor que ellos mismos.
—¡Skylar! —le advertí.
Te daré una oportunidad para probarte. Fuego.
Lo entendí de inmediato. Levanté la mano con rapidez, mi cuerpo reaccionando antes que mi mente. Los pájaros fantasma venían directamente hacia nosotros, y yo no podía fallar. Cerré los ojos por un instante, concentrándome en lo único que sabía: protección. Pensé en crear una barrera, un escudo de fuego azul que nos cubriera en el aire, lo bastante grande como para proteger tanto a Kali como a Skylar del golpe.
Y sucedió.
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Un círculo de fuego azul se expandió desde mi mano, y en cuestión de segundos la barrera creció, una cúpula brillante que iluminó los cielos. Los pájaros fantasma no chocaron contra nosotros. Esquivaron la barrera, como si hubieran sentido su calor o su energía, elevándose hacia el cielo en un movimiento caótico. Subieron más y más, y en segundos, la bandada desapareció en la negrura del cielo nocturno, dejándonos intactos.
La barrera había funcionado. No había acabado con ellos, pero tampoco lo necesitaba. La simple presencia del fuego los había obligado a cambiar de dirección, a alejarse. Miré mi mano, todavía brillaba un poco con la energía restante, y noté que mi pecho subía y bajaba con rapidez.
«Funciona…», pensé aún incrédula, mientras el fuego se desvanecía lentamente.
No está mal, pero la próxima vez asegúrate de que no queden dudas. Volamos en silencio durante unos minutos más, ambos concentrados
en seguir la dirección en la que los pájaros fantasma habían huido. El suelo bajo nosotros parecía tranquilo, cubierto por árboles brillantes y envuelto en el eterno silencio nocturno de Bankai. Por un momento, pensé que todo estaba en calma.
Pero pensé demasiado pronto.
El paisaje cambió, los árboles dejaron de brillar, y en su lugar apareció un desierto que no tenía sentido. No era un desierto cualquiera. Toda la arena era cristal, un mar interminable de fragmentos morados que destellaban bajo la luz de la luna. Había montañas de cristal, como si la tierra hubiera sido arrasada y convertida en aquella brillante pesadilla.
¿Esto es Arcadia?, pregunté mientras volábamos hacia lo que parecía una ciudad fantasma en el horizonte.
¿Nunca has estado?
No, admití entrecerrando los ojos para tratar de distinguir los detalles más allá de las montañas cristalinas. Lamentablemente, ese era mi destino cuando la muerte decidió raptarme.
El rugido bajo nosotras fue ensordecedor y reverberó a través de la ciudad que parecía en ruinas. Miré hacia abajo en busca de un punto de referencia, algo que me ayudara a entender la magnitud de aquello a lo que nos enfrentábamos. A lo lejos, una torre imponente de piedra oscura se alzaba en medio de la ciudad: la Fortaleza de Gea.
Volamos más bajo sobre la ciudad, las calles estaban cubiertas por una capa de ceniza púrpura que se arremolinaba con cada ráfaga de viento y
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quedaba atrapada entre los filamentos de telarañas que cubrían todo. Las estructuras que alguna vez fueron edificios o casas estaban envueltas en esas redes pegajosas y grotescas, como si la ciudad fuera prisionera de una inmensa araña hambrienta.
Y ahí estaban los kholdrath.
No eran como me los había imaginado. Medían cerca de dos metros, y aunque la parte superior de sus cuerpos conservaba una forma vagamente humana, el resto parecía una grotesca fusión con algo mucho más monstruoso. Sus torsos eran humanos pero deformes, como si la piel se hubiera estirado demasiado sobre huesos puntiagudos. Bajo ellos, en lugar de piernas, había un caparazón negro brillante que se extendía hacia ocho patas largas y afiladas.
Sus brazos humanos no eran mejores. Habían mutado, convirtiéndose en extensiones idénticas a sus patas, cubiertas por un exoesqueleto oscuro que parecía una réplica de las extremidades de un depredador arácnido.
—¡Mira abajo! —grité.
Las almas del lugar luchaban desesperadas contra aquellas criaturas, intentando defender lo poco que quedaba en pie, pero resultaba inútil. Los kholdrath se movían en grupos perfectamente sincronizados, como una cacería planeada. Sus patas largas les permitían avanzar con rapidez y rodear a los espíritus translúcidos que intentaban enfrentarlos, pero era una batalla perdida. Los kholdrath desgarraban los cuerpos etéreos como si fueran meros hilos de telaraña.
Cuando acababan con un alma, no solo la destruían. Abrían sus mandíbulas y succionaban la esencia de los fantasmas en un vórtice oscuro, como si la absorbieran de su pecho palpitante.
Eso es lo que hacen. Se alimentan de las almas libres, de la energía del territorio Bankai. Las almas de los soldados imperiales también tienen valor, pero no son su objetivo principal.
Van a por las almas de los guerreros kailani, completé la frase.
Nos elevamos más sobre la ciudad, y el panorama que se desplegaba ante nosotras solo confirmaba sus palabras. Los kholdrath estaban en todas partes, en cada esquina de Arcadia. Fantasmas caían como hojas marchitas, y los monstruos absorbían sus energías con una voracidad insaciable.
Me aferré al plumaje de Kali, buscando algo de control, algo que pudiera anclarme a la realidad.
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¿No vamos a ayudarlos? ¿No haremos nada?
Kali permaneció en silencio, pero fue Skylar quien respondió:
Primero, tenemos que llegar hasta los guerreros kailani.
Pasamos por encima de Arcadia, y los kholdrath, al notar nuestra presencia, alzaron sus rostros hacia el dragón que surcaba el cielo sobre ellos, pero aparté rápidamente la mirada de sus espeluznantes cuerpos.
Sobrevolamos la cumbre de Gea, y poco a poco el paisaje volvió a transformarse. Dejamos atrás la ciudad y regresamos al vasto desierto, que reflejaba la tenue luz del cielo nocturno como si fuera una constelación invertida.
Y justo en el centro del desierto, una enorme grieta se abría paso, como si el mundo mismo hubiera sido partido en dos. Mis ojos se clavaron en ella. No era solo un abismo en la tierra; dentro, algo rojo y cegador parecía latir como un corazón cristalino.
Esa es la grieta de Cristales Rojos, dijo Skylar. Es donde los guerreros kailani entrenan. Donde se adiestran, se corrompen y se convierten en la élite.
No entendía nada, pero tampoco había tiempo para preguntas.
Antes de que pudiera abrir la boca, todo a mi alrededor cambió. Skylar empezó a desvanecerse en una nube de humo negro, y, para mi horror, me di cuenta de que yo también lo hacía. Era como si el espacio se rompiera y se plegara sobre nosotros, tragándonos en un abismo oscuro que no dejaba lugar para entender o resistirse.
Dentro de la nube, todo desapareció. Excepto el sonido. El silencio que había reinado en los cielos se rompió como un cristal estrellado, y ahora solo había gritos lejanos y cercanos al mismo tiempo, el choque metálico de espadas, el zumbido de flechas y el rugido de criaturas que no podían ser humanas.
De repente, lo sentí: habíamos aterrizado. Mi cuerpo, que aún temblaba por la transición, sintió el suelo firme bajo mis pies. Frente a mí, Skylar volvía a ser completamente humano, con una calma insultante que parecía burlarse de mi confusión. Se había transformado, así de fácil.
Desmonté de Kali con movimientos torpes y me detuve frente a él.
Cuando se giró, sus manos se posaron en mis hombros.
—Te dije que no llevaras armas porque ninguna que tengas encima podrá matarlos. —Fue directo, sin concesiones—. Los kholdrath no son como los zarkass. No son simples criaturas que puedes abatir con una
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espada bien afilada o una daga. No. Los kholdrath son magia pura. Y la magia solo puede enfrentarse con magia.
Su explicación cayó sobre mí como un balde de agua fría. Sabía que me faltaba demasiada información, pero asentí de todas formas, intentando procesar lo que me decía. No tenía elección.
—¿Son como los noctífagos? —pregunté—. Los espectros de la Dama… ¿Son lo mismo?
Skylar me apretó los hombros un poco más fuerte, mientras la nube negra aún nos rodeaba.
—Podría decirse que pueden eliminarse de la misma forma. Pero hay una gran diferencia, los noctífagos no quieren matarte…, al menos no todavía. Solo quieren llevarte hasta la Dama. —Sus ojos ardían cuando continuó—: Los kholdrath, en cambio, no tienen interés en jugar con su presa. No te capturarán. No te arrastrarán. Ellos querrán matarte. Y no dudarán ni un maldito segundo en hacerlo.
Asentí de nuevo, más por reflejo que por entender realmente lo que decía, pero algo cambió, como si una chispa se encendiera dentro de mí. Sentí mi poder recorriendo cada rincón de mi cuerpo, y de repente todo cobró sentido.
—Mi poder… ¿Es mi poder el que abre las fisuras mágicas? ¿Soy yo quien está atrayendo a estas cosas? ¿A todos los seres de Bankai?
Me lo había dicho en aquella posada, pero ahora entendía que no solo hablaba de la magia de la Dama. No. Hablaba de toda la magia de aquel mundo. Lo supe en el instante en que miré a Skylar, y vi la confirmación en sus ojos incluso antes de que abriera la boca.
No había sido del todo sincero conmigo. Claro que no. Porque sabía que, tarde o temprano, yo llegaría a esa conclusión. Y también sabía que, cuando lo hiciera, me sentiría culpable.
—No es solo tu poder. Es la combinación de tu poder y el de la Dama moviéndose en Bankai. Eso es lo que abre las fisuras. Los kholdrath y otras criaturas aprovechan la oportunidad para colarse aquí. Pero no pienses en eso ahora. —Me sacudió ligeramente, como si quisiera arrancarme de mis pensamientos—. Mantén la cabeza en su sitio. La misión es proteger las almas de los kailani. Eso es lo que importa.
La nube negra que nos envolvía comenzó a disiparse lentamente y dejó al descubierto la noche eterna de Bankai. Cuando el humo desapareció por
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completo y miré a mi alrededor, a unos metros de donde habíamos aterrizado se hundía la grieta de Cristales Rojos.
Pero no era lo único que estaba allí.
Había cientos de figuras. Fantasmas. Guerreros. Todos inmóviles, pero alerta. Cada uno de ellos empuñaba armas hechas de sombras: espadas, dagas, lanzas. Parecían una extensión de ellos mismos, forjadas de magia oscura, de la magia de Iron Shadow… Sus ropajes eran de otro tiempo, túnicas desgastadas y armaduras que habían visto mil batallas. Había hombres y mujeres por igual, y todos ellos nos miraban. Primero a Kali, luego a Skylar… y finalmente a mí.
El silencio era insoportable. Las miradas de esas figuras me dejaron clavada en el sitio. Todos ellos no estaban allí para defender al imperio, ni para luchar contra Iron Shadow, como debería ser.
Uno de ellos dio un paso al frente. Era un hombre mayor, con un porte rígido y un rostro severo, marcado por cicatrices que ni la muerte había borrado. Sus ojos se posaron en Skylar.
—Nos alegramos de que estés aquí, Iron Shadow. —Hizo una ligera inclinación de cabeza hacia Skylar, un gesto que hablaba de respeto, pero no de sumisión—. Es un honor que luches para mantener nuestro lugar de descanso.
Yo estaba petrificada. ¿Luchar? ¿Iron Shadow, el gobernante de Bankai, el supuesto enemigo del imperio, luchando para proteger a aquellas almas?
El guerrero mayor se giró hacia mí. Su expresión cambió, se suavizó, y luego, sin aviso, clavó una rodilla en la arena morada.
—¿Qué…? —empecé, pero mi voz murió en mi garganta cuando vi lo que ocurrió a continuación.
Todos los guerreros Kailani, cientos de ellos, siguieron su ejemplo. Uno tras otro, las almas de los guerreros muertos se arrodillaron. Sus armas descansaban junto a ellos, pero sus cabezas permanecían inclinadas, como si estuvieran ante algo que los superaba.
Miré a Skylar, buscando respuestas, pero él simplemente me devolvió una sonrisa tranquila, una que decía que aquello era justo lo que había esperado.
—No se arrodillan ante mí, Zafiro, sino ante ti.
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Eda
Frente a mí, un mar de guerreros arrodillados. No se habían postrado por Iron Shadow, sino por mí. Por Kali. Como si todo lo que Skylar me había contado sobre mi pasado también estuviera grabado ellos. Y aunque no podía estar segura, había algo que parecía claro: las almas de Bankai recordaban quién había sido hacía milenios, quién había sido hacía trescientos treinta años. Pero ¿acaso sabían lo destructivo que podía ser mi poder? ¿Lo que en realidad significaba inclinarse ante mí?
Mis pies se hundieron en la arena al dar un paso atrás, como si mi cuerpo intentara huir de la responsabilidad que se alzaba frente a mí. Pero antes de que pudiera retroceder más, sentí la mano de Skylar en la parte baja de mi espalda.
—Los muertos no olvidan, y aquí no existe forma de borrar la memoria. En este lugar, las historias no mueren, fluyen como ríos, y las almas de Bankai conocen la verdad —susurró Skylar, su voz perdiéndose entre los gritos lejanos.
Los guerreros kailani se levantaron al unísono, como si fueran uno solo. Ni un murmullo ni un movimiento fuera de lugar.
Un ejército en su forma más pura.
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—Es un privilegio para todos nosotros luchar junto a la jinete del fénix. —El guerrero que había hablado antes dio un paso al frente de nuevo.
Abrí la boca, pero no pude hablar. Quería decirles que no merecía aquello, que esa batalla, esa interrupción de su descanso, era culpa mía. Pero antes de que pudiera pronunciar palabra, Skylar retiró su mano de mi espalda y se puso recto, imponiéndose como un muro entre mis pensamientos y la realidad.
—Eda, este es el comandante Kael Dravok —anunció—. Él lidera a las almas de los guerreros kailani aquí en Bankai. Su misión es proteger la cordillera fantasma de Arcadia.
Incliné la cabeza ligeramente en señal de respeto.
—Es un honor conocerle, comandante Dravok.
El hombre me devolvió el gesto, su rostro tan serio que parecía esculpido en piedra. Detrás de él, los guerreros comenzaron a moverse en perfecta sincronía. Cientos de almas trabajaban en un silencio absoluto, repartiendo tareas con una precisión inhumana. Las escaleras que descendían hacia la grieta de Cristales Rojos parecían un portal hacia un arsenal interminable. De allí surgían espadas cuyos filos relucían como sombras líquidas, arcos con hilos que destellaban como auroras en miniatura y dagas que parecían haber sido moldeadas del abismo.
—¿Necesitáis más armas? —preguntó Skylar.
El comandante giró la cabeza hacia el armamento que seguía saliendo de la grieta y luego respondió:
—El abastecimiento es suficiente esta vez. Estamos extrayendo las reservas subterráneas, ya que muchas armas se quedaron en la ciudad tras el ataque. Sin embargo, con vuestra presencia aquí, Iron Shadow, podemos permitirnos una mayor seguridad.
Una mujer de armadura oscura y nariz aguileña se inclinó hacia el comandante y le susurró algo. Dravok miró a Skylar, como pidiendo permiso para dejarnos a solas, y este asintió con un gesto breve.
—¿De dónde sacan las armas? —le pregunté en voz baja a Skylar—. ¿Y por qué están hechas de sombras?
Él soltó un ligero carraspeo.
—¿En serio quieres meter más información en tu cabeza hoy? ¿No has tenido suficiente?
Lo fulminé con la mirada negándome a ceder.
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—Puedo soportarlo. Así que ahora dime por qué tu poder está en esas armas.
—Se llama proyección de esencia. —Sus palabras eran lentas, medidas
—. Puedo proyectar mi magia hacia un objeto, un arma o incluso un ser. Aquí, en Bankai, todo sigue mis reglas. Puedo imbuir mi esencia donde quiera y cuando quiera.
—¿Proyectar tu esencia…? —repetí tratando de asimilarlo mientras mi mirada seguía fija en las armas. De repente, todo empezaba a encajar: no solo las armas, sino también cómo Rai, Savannah y Syera podían moverse en las sombras como lo hacía Skylar. Estaban conectados a esa magia, a él.
—Entonces ¿puedo hacerlo yo? —pregunté sin pensarlo demasiado—. ¿Puedo proyectar mi esencia? ¿Con mi llama?
Él sonrió. —Ya lo hiciste.
La respuesta me desconcertó. —¿Qué? ¿Cuándo?
—La primera vez que te enfrentaste a los noctífagos, cuando usaste tu espada, proyectaste tu esencia sin siquiera darte cuenta. Tu poder respondió a tu voluntad.
A nuestra derecha, un torbellino de humo negro se formó de la nada y Rai Raider se materializó. Su figura humana tomó consistencia, y ahí estaba él, con su habitual camisa desabotonada y parte del pecho al descubierto, como si nada pudiera alterarlo.
El comandante Dravok terminó de hablar con uno de sus guerreros y se giró, interrumpiendo su conversación para saludar a Savannah y a Rai con un leve asentimiento, sin mostrar la más mínima reacción a sus extravagantes apariciones.
—Ponnos al día, Dravok —habló Rai Raider con esa sonrisa insolente, los brazos cruzados, como si estuviera a punto de disfrutar de un espectáculo.
—Hemos evacuado las almas de los niños, las mujeres y los ancianos que no saben luchar. Están a salvo en lo más profundo de la Fortaleza de Gea. —Señaló hacia la lejanía—. Pero los gritos que escucháis son de los soldados imperiales que se quedaron atrás para contener el ataque. Han luchado con valentía, pero en cuestión de minutos los kholdrath acabarán con las almas que quedan en la ciudad. Y después vendrán hacia la grieta.
Skylar dio un paso adelante.
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—¿Has visto por dónde han entrado? —preguntó.
—No, Iron. Solo nos hemos centrado en sacar a las almas de la ciudad.
No hemos podido averiguar más.
Savannah se colocó al lado de su hermano.
—¿Estás seguro de que todas las almas de los niños están a salvo? — preguntó con un deje de urgencia—. ¿No ha quedado ninguno atrás?
—Todas están a salvo —respondió Dravok.
Mientras ellos hablaban, mi mente trabajaba a toda velocidad. Todo en Bankai parecía moverse con reglas que aún no comprendía por completo. Pero si Skylar preguntaba por un punto de entrada, entonces tenía sentido. Los kholdrath no aparecían por azar. Había una fisura mágica, una fuente de la que estaban emergiendo. Todo debía empezar ahí, y tal vez, también podría terminar.
—Si entraron por una fisura mágica… —Mi voz rompió el flujo de la conversación y noté cómo todos me miraban; incluso Rai, que alzó una ceja—. Entonces significa que el núcleo de su poder está ahí. ¿Se puede cerrar la fisura? Si logramos sellar ese núcleo, ¿acabaríamos con ellos?
Skylar asintió despacio, como si estuviera evaluándome.
—Exacto. Siempre lo he hecho solo, pero esta vez… —Se pasó la lengua por el colmillo—. Esta vez lo haremos juntos. Tu poder y el mío. Combinados.
Parpadeé, confundida por un instante. Quería probarme. Ver si nuestras fuerzas eran compatibles, si nuestras energías podían enfrentarse juntas a algo tan grande como aquello.
—¿Crees que funcionará? —lo interrumpió Savannah—. No habéis entrenado juntos. Es peligroso, para ella, sobre todo.
Skylar se giró hacia Savannah.
—La mejor forma de entrenar es en el campo de batalla. Y eso es lo que vamos a hacer. Ella tiene poder, y lo usaremos.
Me removí incómoda. Hablaban de mi poder como si discutieran sobre el clima, cuando yo aún dudaba sobre él, cuando todavía lo sentía incompleto, como si no estuviera listo para lo que venía. Pero Skylar confiaba en mí. Y lo demostraba frente a todos, sin contemplar la más mínima posibilidad de que fallara.
—Muy bien. Pero si algo sale mal, será tu responsabilidad —exhaló Savannah resignada—. Ahora cuéntanos tu plan, hermanito.
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Los ojos de Skylar se clavaron en la distancia y estudiaron la ciudad con detenimiento.
—Comandante Dravok, ordena a todos tus guerreros que se replieguen —dijo por fin—. Que devuelvan las armas a la grieta de Cristales Rojos.
Rai Raider reaccionó al instante y dio un paso adelante.
—¿Qué mierda estás diciendo, Iron? Eso es un suicidio.
Skylar ni siquiera lo miró.
—Ya conoces sus planes, Cuervo —intervino Savannah—. Siempre dramáticos, siempre al borde del desastre.
¿«Cuervo»? ¿Ese era el apodo de Rai? Guardé ese dato en mi cabeza. Skylar ignoró el comentario de Savannah y se giró hacia el
comandante Dravok, haciéndole un gesto claro y decidido.
—Hazlo. Dales la instrucción.
Dravok no dudó. Asintió con respeto y comenzó a dar órdenes rápidas, precisas, a sus guerreros. El movimiento a su alrededor fue inmediato, como un río cambiando su curso. Los guerreros empezaron a retroceder y llevaron las armas hacia la grieta. Aunque pareciera ilógico, nadie cuestionó las palabras de Skylar. Sabían a quién obedecían.
—De verdad, Iron, esta vez te has superado —murmuró Rai con sarcasmo—. Espero que tengas algo brillante bajo la manga.
Skylar se giró hacia él, su tono más afilado que nunca.
—Tu tarea será asegurarte de que no haya noctífagos cerca. Si la Dama detecta un punto débil, no dudará en aprovecharlo. Luego, localiza la fisura mágica por la que entraron los kholdrath y ciérrala. Ya lo hemos hecho antes, pero mantenme informado si algo se complica. Hazlo rápido y bien. Aquí no hay margen para errores ni tiempo para juegos.
—Entendido, muerte. —Rai inclinó la cabeza ligeramente, desviando sus ojos hacia mí—. Espero ver algo digno de ti, pequeño Zafiro —dijo justo antes de desvanecerse.
Ahora solo quedábamos nosotros tres.
—¿Y yo, hermanito? ¿Qué quieres que haga? —preguntó Savannah. —Lo primero, asumir que no deberías estar aquí. No porque no sepas
manejarte, sino porque nunca sigues mis putos planes.
—Eso fue hace siglos, Skylar. Olvídalo ya.
Quise preguntar qué había pasado entre ellos, pero Skylar cortó cualquier posibilidad de conversación.
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—Procura que ninguna de las almas que están en las profundidades de la Fortaleza de Gea esté en peligro. Si algo o alguien intenta entrar, lo destruyes.
Savannah resopló, su expresión pareció perder un poco de la ironía habitual, y asintió.
—Como digas. —Y, con un movimiento elegante, desapareció dejando tras de sí una ligera bruma rosada.
Skylar se giró hacia mí y, por un momento, su expresión cambió. No era la máscara fría e impenetrable que siempre llevaba. Había algo más en sus ojos, algo crudo, casi vulnerable, como si dejara entrever un fragmento del hombre detrás de toda esa fuerza.
—Escucha, puedo encargarme de los kholdrath sin la ayuda de nadie. Pero no quiero hacerlo solo. Quiero que luches conmigo. Porque sé que una parte de ti vino a Bankai buscando respuestas, pero la otra… la otra lo hizo para enfrentarse a lo que realmente eres. Para serlo de verdad —bajó el tono para que solo yo pudiera oírlo—, pero si todo esto es demasiado, si lo único que quieres es salir de aquí, solo dímelo. Te llevaré de vuelta al castillo, tú y Kali estaréis a salvo, y yo me encargaré de todo.
Sus palabras hicieron que diera un paso para acortar toda la distancia posible.
—Skylar.
Y ahí estaba, la frase que me había dicho hace unas horas, aún rondando mi cabeza, como si no quisiera dejarme ir.
«Tú me haces sentir que estoy en casa, en un mundo donde siempre he estado solo».
—Dímelo —me susurró—. Dime que no quieres esto, y lo haré desaparecer para ti.
—Esto es exactamente lo que quiero —le aseguré—. Solo indícame qué tengo que hacer. Qué emoción debo usar para potenciar mi poder. Enséñame cómo proyectar mi esencia, cómo usar todo esto que tengo dentro. Y, por una vez, dime qué está pasando por tu cabeza. Porque si vamos a hacer esto, si de verdad vamos a enfrentarnos a esto juntos, necesito saberlo. Necesito que confíes en mí.
Skylar asintió lentamente y su mandíbula se tensó un momento antes de relajarse. Me giré hacia Kali, que observaba todo con la misma intensidad de siempre.
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¿Quieres hacerlo, Kali?, le pregunté mientras sentía su energía vibrando bajo mi piel.
Olvidas que he renacido más veces de las que podrías contar, pero nunca he dejado de arder. Claro que quiero hacerlo, Eda.
Había mucho más detrás de esas palabras, pero me limité a girarme hacia Skylar.
—Lo haremos.
Él dio un paso atrás, su presencia creciendo con cada movimiento. Luego, con un rugido que parecía sacudir el suelo, alzó la voz como un auténtico líder de guerra.
—¡No lucharemos a campo abierto! —tronó—. Los llevaremos a la grieta y ahí terminaremos con ellos.
Abrí los ojos de par en par y torcí el gesto.
—Más te vale, Iron Shadow, que ese plan macabro que tienes en mente funcione, o serás el primero en caer —le espeté.
—Que empiece la matanza —dijo sin perder ni una pizca de confianza.
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Eda
Los cristales rojos de la grieta eran conductores naturales de magia. Eso era lo que Skylar me había explicado durante los últimos quince minutos mientras me detallaba su plan. La grieta no era solo un abismo, estaba llena de estructuras subterráneas, balcones de cristal que descendían hacia las entrañas de la tierra y conductos que se extendían bajo toda la ciudad de Arcadia. Era como un sistema nervioso mágico.
Kali se mantenía varios metros sobre nosotros, completamente fuera de peligro, vigilando desde las alturas. Si las cosas se complicaban, Skylar proyectaría su esencia sobre ella para hacerla desvanecerse en cuestión de segundos, ya que su poder no solo era capaz de imbuir armas, sino también de invocar y transportar seres, lo que me tranquilizaba.
Los guerreros kailani se habían replegado rápido. Sabían moverse como si conocieran cada rincón de esa grieta, cada cristal. Aquel plan no era improvisado; lo habían trazado, practicado y perfeccionado durante quién sabe cuánto tiempo. Sin embargo, el propósito de traer a los kholdrath hasta allí seguía siendo suicida.
Me encontraba oculta tras uno de los cristales rojos que sobresalían como columnas. Miré hacia arriba, donde los guerreros kailani estaban
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repartidos en los balcones de la grieta, escondidos en las sombras como si fueran parte del paisaje. Los arcos tensados y las dagas impregnadas de magia oscura estaban listos. Todo parecía calculado a la perfección, estratégicamente colocado. Pero, por más que lo fuera, la presión en mi pecho no desaparecía.
—Sabes que nos pueden sacar ventaja, ¿verdad? —razoné manteniendo la voz baja—. Con esas patas y sus telarañas tomarán la grieta antes de que podamos reaccionar. Raider tenía razón, esto es un suicidio.
Skylar estaba pegado a mí, tan cerca que apenas podía concentrarme, pero su mirada seguía fija hacia arriba mientras respondía:
—Los kholdrath pierden todo lo aterrador en su estupidez. Solo buscan almas, no tienen estrategia —dijo con la seguridad de alguien que se había enfrentado a ellos cientos de veces—. Y me duele que pienses que esas cosas podrían sacarme ventaja, que hayas olvidado quién soy y de lo que soy capaz.
El ruido de las patas rompió el silencio en la grieta. Los gritos habían cesado, dejando un vacío lleno de ese sonido escalofriante. Corrían sobre el desierto, haciendo caer la arena en cascadas desde los bordes. Ajusté el pañuelo que Skylar me había dado para cubrirme del polvo.
—Última oportunidad, Zafiro. —Se acercó más a mi oído—. ¿Quieres seguir con el plan? ¿O quieres marcharte? Todavía estás a tiempo.
Tragué saliva, pero no dudé. Me bajé el pañuelo solo lo suficiente para susurrar:
—Las almas que dejaron la vida también merecen una buena muerte. Me quedo aquí. Seguimos con el plan que trazamos. No vuelvas a preguntármelo, Iron Shadow.
—Esa es la mujer que entrené cuando tenía cinco años. —Vi cómo una sonrisa se dibujaba en sus labios—. Recuerda: no te drenes, no te lleves al límite. Buena cacería. —Y se desvaneció. Su figura se disolvió en sombras que se movían con rapidez hacia el punto acordado. Me quedé sola en mi posición. Ahora él estaba en un extremo de la grieta, y yo en el otro, justo como habíamos planeado.
No podíamos comunicarnos directamente. Todo dependía de Kali, ella daría la señal. Y yo sería quien la ejecutara.
Iron Shadow confía mucho en mí, dije por el vínculo.
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Y tú confías mucho en él. Sabes que no te pasará nada; si corres peligro, ambos os desvaneceréis de inmediato, me contestó mi fénix.
Hablas como si fueras sabia, Kali. ¿Desde cuándo eres tan profunda?
He crecido, ¿no lo ves?
Me pegué más al cristal rojo detrás de mí, con el oído aguzado, escuchando el sonido de las patas correr y acercarse más y más. Intenté que el miedo no me dominara, que el dramatismo no se apoderara de mí. Pero la rabia…, tal vez podía utilizar un poco de esta. Solo un poco.
Avísame cuando quede un minuto, Kali.
Levanté la vista hacia el cielo. Un fuego azul giraba muy alto, lejos del peligro, pero lo bastante cerca para avisarnos en el momento exacto.
Cuarenta segundos, Eda.
Comenzaba la cuenta atrás.
Respiré hondo y extendí las manos al frente concentrándome. Tenía que pensar en el arma perfecta, algo que pudiera hacer frente a esas monstruosidades con patas. Una lanza. Larga y afilada. Cerré los ojos, dejando que el poder que corría por mis venas fluyera libremente mientras sentía cómo Kali me ayudaba, compartiéndome su energía, como si ambas fuéramos una sola.
Dejé que el deseo tomara forma en mi mente. Skylar me lo había explicado: «Proyecta tu esencia, tu intención. Bankai responderá. El mundo a tu alrededor está hecho de magia, y si sabes lo que quieres, el territorio te lo dará».
El aire frente a mis manos comenzó a ondular, como si estuviera hecho de agua líquida en movimiento. Una chispa azul surgió de mis dedos, y luego otra, hasta que el fuego azul comenzó a tomar forma.
Veinte segundos.
Primero apareció el eje, largo y perfectamente recto, forjado de fuego sólido, pero con la textura del metal más fino que había visto. Era casi translúcido, como si el arma misma respirara magia. Los extremos comenzaron a formarse: dos puntas afiladas como cuchillas, cada una goteando un fuego azul que no caía al suelo, sino que flotaba alrededor de la lanza como pequeñas motas de luz.
Era hermosa. Letal. Perfecta.
La cogí con ambas manos y la lanza tintineó, como si reconociera que yo era su dueña, que había nacido de mi voluntad.
Esa era mi arma.
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Ese era mi poder.
Los tienes encima. Ya están aquí.
El grito de Kali rasgó el cielo e hizo vibrar los cristales rojos de la grieta. Fue la señal. Los kholdrath no tardaron en lanzarse, un mar de torsos deformes y patas afiladas que descendía como una avalancha de pesadillas.
—¡Flechas a los torsos! ¡A sus corazones! —gritó el comandante Dravok.
Desde los balcones que colgaban sobre la grieta, los guerreros kailani reaccionaron al instante. Las flechas de sombras volaron hacia los kholdrath, cada disparo preciso, apuntando directamente a los torsos humanos. Cada impacto era mortal. Las criaturas caían una tras otra, sus patas retorcidas convulsionándose antes de quedar inmóviles.
Los kailani no eran solo buenos, sino implacables. Un ejército de almas que había perfeccionado el arte de la guerra incluso después de la muerte.
—¡Sellad la grieta! —ordenó Dravok.
Detrás de Skylar, las sombras comenzaron a moverse. Desde los balcones superiores, los guerreros kailani pasaban cuerdas negras, reforzadas con la esencia misma de la muerte. Una tras otra, las cuerdas tejían una red que cerraba los lados de la grieta hasta sellarla por completo. No era un simple bloqueo físico; constituía una barrera mágica, una prisión diseñada para impedir cualquier escape de los kholdrath.
En el extremo opuesto, detrás de mí, los guerreros hicieron lo mismo. Las cuerdas se entrelazaban, creando un muro impenetrable que cerraba la salida trasera. La grieta quedó reducida a un espacio de cien metros, un campo de batalla estrecho donde las criaturas no tendrían más opción que enfrentarse a nosotros.
Estaban acorraladas, y era mi turno.
Con la lanza de fuego azul en mis manos, avancé hacia el centro del estrecho pasillo y miré al otro extremo de la grieta. Ahí estaba Skylar, que caminaba con la misma determinación. Nuestros ojos se cruzaron, y no necesitamos palabras. Era la hora.
Cargué hacia los kholdrath.
Con un solo movimiento, clavé la lanza en el pecho de una de esas criaturas. Atacaba con un extremo de la lanza y luego giraba para usar el otro, golpeando con furia. Sin embargo, cuanto más blandía mi arma, más
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parecía que se echaban hacia atrás. Sus patas frenéticas arañaban el suelo, pero ninguno se atrevía a atacarme.
Tienen miedo al fuego. Huyen de él, informé a Kali.
Aprovéchalo entonces. Eres la única en Bankai con ese poder.
Somos las únicas, le corregí con un destello de orgullo.
Las criaturas retrocedían por instinto al verme avanzar, como si mi fuego las aterrara, pero no les di tiempo para reagruparse. Era un tornado de fuego, y los kholdrath no tenían ninguna oportunidad. Me lanzaba contra ellos con rapidez al tiempo que me agachaba, giraba, clavaba la lanza y me impulsaba sobre los cristales. Gracias a mi agilidad inmortal, saltaba más alto y golpeaba más fuerte.
Lo sorprendente era que no intentaban atacarme. Sus movimientos eran erráticos, frenéticos, como si estuvieran dominados por el miedo. Pero me daba igual. Si ellos no se atrevían, yo sí lo hacía, sin tregua, sin dudar, porque el fuego era mío y no había forma de escapar de él.
La sangre negra y viscosa de las criaturas cubría mi piel, y mi uniforme de cuero se volvió pegajoso y nauseabundo, pero todo lo que veía era el fuego que me rodeaba, consumiendo a mis enemigos.
¡Detrás de ti!, me avisó la voz de Kali.
Me giré justo a tiempo para clavar la lanza en el torso de otro kholdrath que se abalanzaba sobre mí, y fue cuando lo noté. Sus cabellos negros caían sobre sus rostros deformes, pero sus ojos… esos malditos ojos eran de un verde esmeralda…
¡A tu derecha, Eda!
Salté hacia un lado, girando la lanza y corté a una de las criaturas por la mitad con toda la fuerza que mi cuerpo inmortal pudo reunir. Sus chillidos retumbaban en la grieta, un sonido que me hería los oídos. No hablaban, no emitían palabras, solo esos gritos agudos que parecían surgir desde lo más profundo de su miseria. Parecían humanos, con esos torsos y rostros grotescamente familiares, pero no había nada de humanidad en ellos. Eran bestias, esclavas de una sed insaciable de almas.
Algunos, en su frenesí por atacarnos, corrían sin cuidado hacia los cristales puntiagudos que sobresalían del suelo. Sus cuerpos se clavaban en las afiladas estructuras mágicas y morían al instante, desmoronándose en un charco de sangre negra que parecía corroer la arena a su alrededor.
Iron Shadow ya está cerca de ti, Eda.
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Sentí la presencia de Skylar incluso antes de que lo viera. En menos de un parpadeo, había arrasado con setenta metros de grieta. Sus sombras se movían como un manto viviente que devoraba a los kholdrath a su paso. Sabía que podía hacerlo solo, que no necesitaba ayuda. Pero él había apostado por mí. Me había dado la confianza que necesitaba para creer en mí misma.
Entre toda la masacre, nuestros ojos se encontraron y esa mirada me bastó. Acabé con una de las criaturas que tenía a mi lado al deslizarme por debajo de sus patas y clavar la lanza en su pecho. Entonces me alejé antes de que su sangre negra me alcanzara, corriendo hacia uno de los cristales rojos de la pared derecha, como habíamos planeado.
¡Lanza el grito, Kali!
Y cuando lo hizo coloqué mi mano en uno de los cristales conductores, y fue mucho más fácil de lo que imaginé. Sentí mi esencia fluir hacia ellos, encendiendo cada cristal de fuego azul. Uno a uno, comenzaron a arder, las llamas recorriendo la pared derecha de la grieta como un río de destrucción. Pero las llamas se detuvieron al llegar a las cuerdas de sombras que los guerreros kailani habían colocado para protegerse. Las sombras actuaron como un escudo y separaron a los guerreros de la batalla, dejándolos a salvo detrás de la barrera.
En la pared izquierda, las sombras de Skylar se alzaron y devoraron a los kholdrath que intentaban volver a escalar.
Habíamos cerrado la trampa.
El grito de las criaturas era tan agudo que me hizo sangrar los oídos. Los kholdrath, atrapados entre las llamas y las sombras, comenzaron a desintegrarse. Sus cuerpos se desmoronaban, y las paredes de la grieta amplificaban nuestra magia, haciéndola más mortal. El fuego azul y las sombras negras se unieron y recorrieron el interior de la grieta como una ola.
Nunca había sentido tanto poder.
Con las manos pegadas al cristal rojo, parecía que este absorbía y dirigía mi magia, alimentándola sin descanso. El tiempo dejó de tener sentido. ¿Minutos, horas? No lo sabía. Lo único que percibía eran las llamas que brotaban de mi interior reduciendo todo a cenizas. Los gritos de los kholdrath se apagaban, uno tras otro, hasta que solo quedó el sonido del fuego devorándolo todo.
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Cuando el mundo se desvaneció, sentí unas manos en mi rostro que intentaban arrancarme de ese abismo que me había consumido. ¿Qué estaba pasando?
—Zafiro. —La voz de Skylar sonó distante y lejana, como si viniera desde el fondo de un océano—. Zafiro, quita la mano de los cristales rojos. Están todos muertos.
Intenté enfocar su rostro, pero solo percibía una maraña confusa. —No puedo… —murmuré, las palabras tropezando en mis labios. —Lo has hecho genial —dijo—. Los hemos matado a todos, pero
necesito que quites la mano del cristal o la próxima que morirá aquí serás tú.
Quería escucharlo, hacerle caso, pero no podía. Algo dentro de mí se negaba a obedecer. Sentía el poder fluyendo en mi cuerpo a través de los cristales. Tenía que seguir luchando. Tenía que acabar con los kholdrath. Tenía que salvar las almas. Tenía que quemarlo todo.
—No puedo… —dije de nuevo—. No puedo quitar la mano…
—Eda, por favor —me suplicó—. La oscuridad te está consumiendo.
Tu cuerpo está negro por completo, me has quitado demasiadas sombras.
Por favor…, retira la mano.
Miré hacia abajo y vi cómo mi cuerpo parecía desmoronarse en sombras. Mi piel no estaba quemada, no estaba herida. Pero sí cubierta de la oscuridad de Skylar. Su poder. Su magia. Había tomado más de él de lo que debía, y ni siquiera lo había notado.
—Skylar… —Estaba completamente ida.
—Por favor. —Se hallaba tan cerca que podía ver cada línea de sus ojos—. Si sigues así, no quedará nada de ti. Tú no eres ella. No eres Kaiserin. Esto no te define. Pero tienes que detenerte.
Kaiserin.
«Yo… yo destruí el mundo. Destruí la magia».
Yo misma había dicho esas palabras en la biblioteca, y su respuesta había sido la misma que ahora:
«No. Tú no destruiste el mundo. Fue tu poder, no tú. No eres ella. No lo eres. Kaiserin no tenía elección, pero tú… tú sí la tienes».
Negué con la cabeza una y otra vez.
«Entonces ¿por qué siento que todo esto… está dentro de mí?».
«El fuego no define al portador».
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Y sin embargo ahí estaba, volviendo a hacerlo. Lo mismo que había pasado hacía milenios, porque todo eso estaba dentro de mí.
Una lágrima cayó por mi mejilla y se evaporó al instante. Quería quitar la mano y parar, pero no podía. Las llamas seguían brotando, furiosas, voraces, como si fueran una extensión de algo oscuro y profundo dentro de mí.
Una parte de mí no quería parar.
Una parte de mí quería quemarlo todo.
Destruirlo todo.
Era como si dos mitades de mi alma lucharan entre sí. Una quería salvar, proteger, ser mejor. La otra era pura destrucción, pura rabia.
La llama azul no era solo un arma. Sino una maldición. Una prisión que nunca podría dejar atrás.
—Por favor, Eda. El mundo no soportaría otra Kaiserin. No te pierdas ahora. Suelta la mano. Vuelve conmigo.
Quería creerle y volver. Pero ¿y si ya era demasiado tarde?
Skylar me atrajo hacia él y, antes de que pudiera entender lo que estaba ocurriendo, sus labios se encontraron con los míos.
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Eda
Iron Shadow me besó.
La muerte me estaba reclamando con un beso.
Sus labios se posaron en los míos con la urgencia de alguien que no podía esperar un segundo más, mientras su mano, fuerte y posesiva, se cerraba en mi cintura y me atraía contra él como si quisiera fundirnos en un solo ser. Nuestras lenguas se encontraron, buscándose y desafiándose, como si todo lo que habíamos reprimido estallara en ese momento.
Solté la lanza, que cayó de mis manos como si nunca hubiera existido, y me abandoné al momento.
Quité la otra mano del cristal y enredé mis dedos en esas hebras blancas, tirando con suavidad mientras sus manos recorrían mi espalda y me obligaban a arquearme contra él, buscando más, queriendo más.
Su boca dejó la mía solo para atrapar mi labio inferior entre sus dientes y morderlo con una delicadeza que arrancó un gemido de mis labios, un sonido que pareció liberar algo salvaje en él.
Las sombras nos envolvieron en un abrazo oscuro y posesivo y se deslizaron por mi piel, reclamándome con la misma intensidad que sus manos lo hacían.
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Iron Shadow me estaba besando.
Me aferré a su torso y me presioné contra él mientras me alzaba de puntillas para seguir besándolo, desesperada, hambrienta, como nunca había besado a nadie. Su mano seguía descansando en mi cintura, mientras la otra se hundía en mi cabello y me obligaba a alzar el rostro. Y lo hice, lo hice porque lo quería todo, porque necesitaba perderme en él, en ese instante que ardía tanto como la magia que vibraba en mi interior. Era como si nuestras almas estuvieran destinadas a encontrarse, a pelearse y completarse al mismo tiempo, el perfecto equilibrio entre destrucción y renacimiento, fuego y oscuridad.
Skylar y yo estábamos condenados, pero perfectamente unidos.
—Has vuelto, Zafiro —susurró contra mis labios.
Abrí los ojos de golpe y me separé de él como si acabara de despertar de un sueño. Tragué saliva en un intento por recuperar el control sobre lo que sentía dentro de mí.
Muerte mía…, ¿qué demonios había sucedido?
Había besado a Iron Shadow.
Miré a mi alrededor, pero todo estaba cubierto por la nube de humo negro que nos aislaba del mundo, de la realidad misma. Mi llama… mi llama ya no ardía. La sentía apagada, sofocada por él.
Él la había apagado.
Y yo… yo estaba aterrorizada. Pero no era el poder lo que me daba miedo, ni siquiera lo que acabábamos de hacer. Lo que me aterraba era la certeza de que aquello había sido real.
—¿Qué he hecho? —murmuré, más para mí misma que para él. Me llevé una mano al pecho y levanté la mirada hacia sus ojos, buscando respuestas que no quería escuchar—. Dime que no lo hiciste porque… porque tenías que detenerme, porque era la única manera de evitar que destruyera todo. Dime que no fue por eso.
Skylar intentó acercarse, pero levanté la mano para guardar la distancia.
—Eda, escúchame…
—No puede ser… —Sentí cómo las palabras me desgarraban por dentro—. Te he obligado. Te he hecho besarme porque no puedo controlar mi poder. Porque… porque no soy capaz de controlar nada. Porque sigo siendo ella. Sigo siendo Kaiserin. Lo siento…
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La nube de humo seguía rodeándonos sofocante, pero el verdadero peso estaba en mi pecho. Di un paso atrás, incapaz de sostenerle la mirada, sintiendo que si lo hacía me rompería en mil pedazos.
—Eda…
—Si no lo hubieras detenido…, si no me hubieras detenido…, habría destruido todo. Otra vez.
—Pero no lo has hecho —dijo acercándose un poco más—. Sigues aquí. Seguimos aquí. Hemos acabado con todos los kholdrath, y no me has obligado a nada, ¿vale?
—Soy un monstruo, Skylar. —Las lágrimas corrían por mis mejillas sin control—. Yo soy el monstruo aquí… y tú lo sabes.
Skylar no dijo nada, pero no hacía falta. Su reacción lo dijo todo. Sus brazos se cerraron a mi alrededor como si con ese gesto pudiera contener las piezas rotas de mi ser antes de que cayeran al suelo.
—Voy a sacarte de aquí —me prometió apoyando mi cabeza en su pecho, dejando que mis lágrimas empaparan su camisa—. Necesitas descansar. Lo has hecho increíble, Zafiro, más de lo que nadie podría haberlo hecho. Estoy aquí. No voy a dejarte, ¿me oyes?
Pero yo ya no lo escuchaba. Su voz se desvanecía en la distancia, ahogada por la niebla densa que se extendía en mi mente. Dejé de oír, de sentir, mientras los límites entre los recuerdos y los sueños se desdibujaban, arrastrándome a un vacío donde todo se volvía borroso… hasta que no quedó nada.
Lo siguiente que recuerdo es estar en mi cama, con la piel limpia y el cabello húmedo, envuelta en sábanas suaves que llevaban un aroma familiar, uno que me hacía sentir en casa, como si, por un momento, yo también estuviera en paz.
Todo estaba borroso: las lágrimas, la falta de energía, ese vacío que los cristales habían dejado en mi interior… Sabía que me habían drenado, que mi magia se había apagado por completo. Era como si hubieran arrancado un pedazo de mí. Pero, a pesar de todo, había algo más, algo que sentía incluso en mi estado más débil: Skylar estaba allí conmigo.
No sé cuánto tiempo pasó, pero lo recuerdo sentado junto a mí, su cuerpo enorme a mi lado, rodeándome con sus brazos, sosteniéndome como si temiera que me deshiciera en cualquier momento. Sentí cómo pasaba sus dedos por mi cabello, cómo lo apartaba con cuidado para que
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no me molestara, y luego, sin decir nada empezó a trenzarlo, mientras me susurraba palabras que mi mente apenas podía captar.
En algún momento, recuerdo la presión de una cuchara rozando mis labios, su mano sosteniendo mi cabeza con una suavidad que parecía imposible en alguien como él. Me alimentaba, me daba agua, y yo solo podía obedecer, abrir la boca, tragar lentamente. No tenía fuerzas para nada más, pero él no parecía molestarse. Lo hacía todo con paciencia, como si no le importara el tiempo, como si solo importara que yo estuviera allí, respirando.
Cuando la realidad comenzó a abrirse paso de nuevo, lenta y difusa, logré entreabrir los ojos y, con esfuerzo, incorporarme en la cama. Pero él ya no estaba. Por un instante, el vacío a mi alrededor me hizo dudar. Tal vez todo había sido solo un espejismo, una ilusión tejida por mi mente desesperada para no sentirme sola.
Hasta que lo sentí.
Su olor estaba allí, impregnando las sábanas, adherido a mi piel. Y en ese momento lo supe: no había sido un sueño. Había estado de verdad, no solo a mi lado, sino para mí, sosteniéndome cuando ni siquiera yo sabía cómo hacerlo.
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Eda
Me levanté de la cama con el cuerpo aún pesado, pero la necesidad de obtener respuestas era más fuerte que el agotamiento. Tenía que saber qué había ocurrido, cómo había terminado todo.
Me dirigí al gran salón, el lugar donde siempre encontraba a Skylar.
Antes de cruzar el umbral, ya podía oír las voces alzadas en una discusión.
—Los preparativos para la luna de sangre están listos. Hoy, como cada año, las almas se reunirán en la playa, y nada ni nadie les impedirá encontrarse con sus familiares —dijo Skylar con firmeza.
—¿Y si los kholdrath vuelven a colarse por alguna fisura mágica? — intervino Savannah—. Hoy es el día más importante en Bankai, cuando más almas se concentran en un solo lugar. Si nos atacan, sería un desastre.
Así que eso era el día de la luna de sangre…
—Entonces lo solucionaremos, como siempre. Joder, ¿cuál es la novedad? —contestó Skylar, como si ya estuviera harto de la conversación.
Me pegué a la pared y contuve el aliento, porque su voz tenía el poder de recorrerme de pies a cabeza con solo escucharla.
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—Sabes cuál es la novedad, Skylar —soltó Savannah—. Lo que ocurrió hace tres días no tiene precedentes. Nunca había pasado algo así, no de esa manera.
Tres días. Sentí un nudo en el estómago al escucharlo. Había estado fuera de combate durante tres días…
—Tiene razón —intervino Rai Raider—. Cuando cerré la fisura, era mucho más grande de lo que habíamos anticipado. La magia no solo está inestable, sino completamente desequilibrada, y lo sabes.
Así que Rai Raider había cerrado la fisura. ¿Con la ayuda de Skylar? Quizá. Lo importante era que lo habían conseguido.
—Los kholdrath siempre han sido un problema, molestos y predecibles —continuó Rai, aunque su tono no coincidía con su actitud—. Pero no son la verdadera amenaza. Los noctífagos, en cambio, son distintos. Piensan, planifican, y eso los convierte en un peligro mucho mayor.
—El problema aquí no son solo ellos. —Skylar golpeó la mesa con la palma abierta haciendo que el sonido retumbara por la sala—. El problema es que la Dama mueve los hilos en todo. Los kholdrath no llegaron aquí por casualidad, vinieron por ella. Los noctífagos no actúan al azar, están aquí por ella. ¡Todo en este conflicto tiene su marca, todo gira en torno a ella!
Su voz subió de volumen, llena de furia, y ese fue el momento en que decidí entrar al salón. Todas las miradas se volvieron hacia mí al instante. Skylar se quedó paralizado, Rai tenía la boca ligeramente abierta, como si acabara de olvidar cómo hablar y Savannah, que estaba sentada con los brazos cruzados, dejó caer las manos sobre la mesa.
—Los kholdrath estaban poseídos —solté, y me detuve a unos metros de ellos.
—¿Qué dices, Eda? —Savannah se levantó de la mesa de golpe—. ¿Cómo que estaban poseídos?
—Lo vi mientras luchaba contra ellos —respondí con la cabeza alta—. Sus ojos… tenían un brillo esmeralda profundo, exactamente el mismo que vi en los de los mortales poseídos por los noctífagos en la aldea, antes de que llegáramos a Bankai. No es coincidencia lo que está pasando. No es casualidad que todas las criaturas que han atacado vayan directamente a por mí, ni que todas compartan el mismo brillo esmeralda de la llama valirio.
Rai frunció el ceño pensativo, como si buscara un patrón.
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—Entonces ¿por qué la Dama abriría una fisura tan grande en
Arcadia? —preguntó—. No tiene sentido. Las almas de los guerreros
kailani no son su objetivo.
Savannah alzó la voz:
—A ella no le interesan las almas de los guerreros kailani, pero a nosotros sí. Tal vez manipular las fisuras fue una estrategia para forzarnos a proteger lo que valoramos, para atraernos a ese lugar exacto.
—Justo a donde sabía que iríamos —concluyó Skylar, que tamborileó con los dedos en la mesa pensativo.
—Me dijiste que la Dama tiene la habilidad de torcer voluntades, de enredar la verdad hasta volverla irreconocible —intervine mirando a Skylar—. Su naturaleza es seducir, manipular y consumir. Y eso es exactamente lo que está haciendo.
—¿Sentiste que los kholdrath intentaban matarte? —me preguntó. Cerré los ojos un segundo, dejando que los recuerdos de la pelea
volvieran a mí: cada movimiento, cada detalle.
—Al principio pensé que no se lanzaban a por mí porque temían al fuego —dije al abrirlos—. Retrocedían, se alejaban…, pero si estaban poseídos o hechizados por la Dama, no retrocedían por el fuego. Lo hacían por mí.
—Eso tiene sentido —concluyó Rai—. Pero lo que no encaja es esto: si la Dama te quiere viva por encima de todo, ¿por qué enviar a los kholdrath? Ella sabe cómo son. Conoce su sed de poder y destrucción. No son controlables.
Skylar se inclinó sobre la mesa, y su camisa negra, abierta, se deslizó un poco, dejando al descubierto parte de su pecho tatuado. Las venas de sus antebrazos se marcaban mientras apoyaba las manos, esos mismos brazos que me habían sostenido esos días, mientras su mirada se perdía en un punto indeterminado.
—¿Qué piensas, Sky? —le presionó Savannah.
Skylar levantó la cabeza despacio, como si por fin hubiera encontrado la respuesta que buscaba.
—La Dama los envió allí para intentar debilitar nuestras fuerzas. Fue una maniobra estratégica. Quiso distraernos, dividirnos, tal vez incluso asustarnos. Su plan era sembrar el caos y llevarnos a perder a nuestros guerreros. Pero hay algo que no tuvo en cuenta.
Hizo una pausa, sus ojos dilatados clavándose en los míos.
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—Nunca pensó que yo podría llevarte allí.
—Ella no cree que yo tenga suficiente poder… —Di un paso hacia delante—. Está tan segura de que tú nunca me pondrías en peligro que planeó esa matanza, convencida de que jamás arriesgarías mi vida. Porque soy demasiado valiosa para ella… y para ti.
—Pero se equivocó. Se equivoca contigo una y otra vez —contestó Skylar—. Lo primero, tienes más poder del que ella o incluso tú misma crees. Y lo segundo, aunque seas valiosa para mí, nunca te negaría la oportunidad de luchar. No forma parte de mis valores, y sé que tampoco de los tuyos. No estás hecha para quedarte atrás.
Apreté los labios mientras sentía los ojos de Skylar clavarse en mí. No necesitaba palabras para entender lo que pensaba. Él lo sabía perfectamente.
—Gracias —murmuré.
—No me las des, Eda. Dalton Basilius tenía demasiado miedo de perderte porque nunca había visto de lo que eras capaz. Yo sí.
Ahí estaban las palabras, la diferencia entre mi primer amor e Iron Shadow. Por muy valiosa que fuera para él, para su territorio, para su poder, nunca me negaría ir a una batalla. Algo que a Dalton Basilius le costaría horrores permitir.
Skylar se giró hacia Rai con un gesto.
—Ponle al día sobre la situación en el imperio.
Escuché a Rai suspirar y se adelantó unos pasos antes de hablar.
—La Dama está en Novadia. Ha utilizado la manipulación para infiltrarse en el ejército imperial, ganando influencia sobre Basilius.
Sentí cómo se me tensaba la mandíbula.
—Han pasado siete días desde que recibimos esa noticia… ¿y ella sigue ahí, Skylar? —Me giré hacia él, mis palabras casi un gruñido—. Me dijiste que el plan para acabar con ella estaba en marcha.
—Y lo está.
Volví a mirar a Rai, buscando algo más en su expresión, una pista, cualquier cosa.
—Dime que no hay muertos. Dime, por favor, que las ciudades siguen intactas.
Rai sacudió la cabeza.
—Todo sigue igual. En caso contrario, ya habríamos movido ficha. Para el imperio, nada ha cambiado. Siguen viendo el problema aquí,
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mientras ella juega con su percepción y los manipula desde las sombras. —Y eso es justo lo que esa maldita zorra quiere que todos piensen —
escupió Savannah.
La rabia me recorrió, y alcé los brazos mientras dejaba que mis emociones me dominaran.
—¿Y entonces qué? ¿Por qué no la detenéis? —dije, y clavé la mirada en Skylar ignorando deliberadamente a los demás—. ¿Por qué no haces algo? Algo antes de que sea demasiado tarde, antes de que ella gane más terreno.
—¿Y crees que no quiero hacerlo? Eso es lo que ella busca, Zafiro. Quiere que actuemos cegados por la rabia, que seas tú quien dé el primer paso directo a su trampa —dijo mientras superaba la distancia entre nosotros—. Créeme, no dudaría en plantarme allí y hacerla pedazos. Me importa una mierda si el imperio me odia más de lo que ya lo hace. —Se acercó más, demasiado, hasta invadir por completo mi espacio, lo que me desestabilizó—. Pero lo que no voy a permitir es que te odien a ti.
—Dalton nunca podría odiarme.
Skylar exhaló, sus fosas nasales se ensancharon mientras soltaba el aire. Solo mencionar su nombre parecía enfurecerlo aún más.
—Basilius está aterrado. Cree que yo te he manipulado, que me he adueñado de cada parte de ti. Está convencido de que no eres capaz de pensar por ti misma porque, según él, yo he invadido cada rincón de tu ser, porque te he convertido en algo mío.
No lo dejé terminar. Di un paso adelante y puse fin al espacio entre nosotros, luego apoyé mi mano en su pecho desnudo. Antes de que pudiera contestar, Savannah y Rai se desvanecieron en una nube de humo, dejándonos completamente solos.
—No es verdad, Skylar. Tú no te has metido en mi cabeza. No te has adueñado de ninguna parte de mí. —Hundí más mi mano en su pecho, sintiendo el latido constante bajo mis dedos—. Y si has invadido cada rincón de mi ser, es porque yo lo he permitido. Nadie más tiene ese poder, ni Dalton ni la Dama. Solo yo.
Sus manos enormes se posaron en mis mejillas, como había empezado a hacer últimamente, y el calor de esa chispa familiar volvió.
—El mundo entero está equivocado contigo Skylar. Todos creen que eres el villano, el enemigo de su historia. Pero la verdadera villana…
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—No lo digas —me interrumpió—. No digas que eres tú, porque no es cierto. La única enemiga aquí es ella. No tú.
Negué con la cabeza, atrapada en sus manos.
—Dalton me dijo que Kaiserin era su enemiga, que sabía que ella quería acabar con él, que era su némesis —susurré—. Pero estaba equivocado. Porque aquí la única persona que tiene una… eres tú.
Él entrecerró los ojos, pero no apartó las manos de mi rostro y yo continué:
—Yo soy tu monstruo, Skylar. Soy tu enemiga. Por eso siempre has querido acabar conmigo, porque te hago daño. —Mi voz tembló—. Yo soy la única capaz de destruir tu mundo.
Sus dedos apretaron mis mejillas.
—Y aunque así fuera —dijo con firmeza—, jamás apagaría tu llama, Zafiro. Nunca. Porque de todas las almas que han renacido con el poder del fénix, tú eres distinta. Yo lo sé. Mi poder lo reconoce. Bankai lo siente. Y la Dama lo sabe.
—Te equivocas…
—Eso es lo que ella quiere, Zafiro. Ella sabe lo mucho que te necesito, mucho más de lo que te necesita ella. Sabe que manipularte, meterse en tu cabeza, es esencial para hacerse con el poder. Quiere que creas que eres mi enemiga, que autodestruirte es la única forma de salvar este mundo. Pero no lo es. No puedo permitir que pienses así.
—Prométeme que mientras ella siga abriéndose paso en el imperio, nadie morirá. Que mi hermano, mi pelotón…, incluso Dalton Basilius… estarán a salvo. —Mis ojos se volvieron vidriosos—. Dime que tu plan funcionará. Dime que si me quedo aquí, si no hago nada, ella no usará eso en mi contra para destruirlos.
—Te lo prometo.
Inspiré profundo y bajé las manos al mismo tiempo que él. Casi por instinto, mi mirada descendió hasta sus labios. Esos que habían estado sobre los míos.
Había sido real, ¿verdad? ¿O solo un sueño? ¿Había sentido él lo mismo que yo en ese momento?
Pero lo único que logré preguntar fue:
—¿Estuviste conmigo durante estos últimos tres días, Skylar?
Él asintió despacio.
—¿Por qué? —le pregunté.
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—Porque, como ya he dicho, nunca te negaría la oportunidad de luchar, de usar tu poder. Pero eso no quita que me sienta culpable por haberte llevado tan al límite, por permitir que canalizaras tanto. Si estabas hundiéndote en ese abismo, no iba a dejarte sola. Si sufrías, yo estaría contigo. Era lo mínimo que podía hacer.
—Gracias por quedarte a mi lado.
Me dedicó una sonrisa débil, esa que apenas dejaba entrever algo más profundo.
—Skylar, ¿puedo pedirte algo?
Algo en sus ojos pareció encenderse.
—Dime, Zafiro.
—Llévame al mejor lugar de Bankai. Quiero ver la luna de sangre desde allí.
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Eda
Sobrevolábamos Bankai, yo a lomos de Kali, mientras Skylar se deslizaba debajo de nosotras, transformado en su colosal dragón de sombras.
Volar se había convertido en una de mis mayores pasiones, en especial sobre el lomo de Kali. La sensación de libertad, el viento cortando mi piel, el mundo desplegándose bajo nosotras como un lienzo infinito. Pero volar junto a Skylar…, eso era diferente. Algo imposible de comparar, imposible de poner en palabras.
La ruta que él había elegido nos llevó entre montañas negras como la obsidiana. Las paredes brillaban bajo la tenue luz incrustada en ellas, y una espesa niebla cubría todo, haciendo que cada giro y cada movimiento fueran un desafío. Kali, con más energía que nunca tras tres días de descanso, esquivaba las rocas dejando rastros de llamas azules que iluminaban nuestro camino. Su tamaño había aumentado notablemente, y me pregunté hasta dónde podría llegar, cuánto más podía expandirse su forma antes de alcanzar su verdadero límite.
Tan grande como un dragón, respondió Kali en mi mente, con un orgullo que me hizo sonreír.
Ya te gustaría, pajarraca.
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Kali giró con brusquedad para esquivar una roca enorme, y me aferré a sus plumas con todas mis fuerzas para no caer. Mi corazón se disparó, pero la adrenalina corría por mis venas encendiéndome. Skylar, por su parte, volaba debajo de nosotras, su cuerpo masivo se movía con una agilidad que no tenía sentido para su tamaño. Sus alas de sombras apenas rozaban las rocas, pero nunca se frenaba, nunca dudaba. Parecía encajar entre los estrechos pasos como si el terreno hubiera sido diseñado para él.
Kali hizo otro giro repentino, pero esa vez no me preparé. Mis dedos resbalaron de sus plumas.
El vacío me tragó.
El aire me golpeó el rostro mientras el suelo de Bankai se precipitaba hacia mí, y antes de poder reaccionar, un grito desgarró mi garganta.
—¡Skylar!
Mi cuerpo descendía hacia él, directo al inmenso dragón que volaba debajo. Vi cómo sus ojos brillaban al verme caer. En un instante, extendió sus enormes alas de sombras al máximo para crear una barrera que me hizo tambalearme en el aire. Pero no fue suficiente para detener mi caída. Estaba a punto de chocar contra el oscuro suelo de Bankai cuando algo me atrapó.
Sombras. Poderosas, implacables, deslizándose a mi alrededor como garras que se cerraban con firmeza y me contenían en su interior.
¡Serás idiota!, le grité, furiosa, mientras intentaba estabilizarme dentro de su agarre. ¡Podrías haberte puesto debajo de mí y haber parado mi caída con tu lomo!
Eso no habría sido divertido.
Alcé la mirada hacia él. Desde las sombras, sus ojos brillaban con burla, como si se divirtiera a mi costa. Mi cuerpo, diminuto comparado con la inmensidad de su forma, seguía atrapado en su garra, fuerte y envolvente. Sin pensarlo, levanté la mano y le dediqué una peineta.
Skylar no dijo nada, no le hizo falta. En su lugar, giró bruscamente y el mundo se volcó conmigo dentro, descendiendo en picado sin darme ni un segundo para prepararme. Mi estómago se revolvió como si fuera a salírseme por la boca, y un escalofrío me recorrió al darme cuenta de lo insignificante que era en comparación con él.
Por un momento, no podía creerlo. El mismo hombre que me había besado, que había velado mi sueño durante días, ahora me tenía en sus
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garras como si fuera un maldito juguete con el que podía hacer lo que quisiera.
No estaré siempre ahí para recogerte cuando te caigas del fénix. La próxima vez te dejaré caer un poco más antes de hacerte desvanecer hasta mi lomo. ¿Contenta?
¿Y por qué no me haces desvanecer ahora?, gruñí enfadada y agitada.
Porque me gusta tenerte entre mis manos.
Me quedé con la boca abierta, incapaz de responder. Antes de que pudiera procesar sus palabras, me lanzó de vuelta al lomo de Kali. La caída no fue nada elegante. Aterricé con las piernas abiertas y el pecho golpeó sus plumas azules mientras intentaba aferrarme y mi corazón latía desbocado.
—¡No soy un maldito balón, Iron Shadow! —le grité, todavía tratando de recuperar el aliento.
Escuché su risa oscura resonar en mi mente.
Perdona, Eda, no quería que te cayeras, dijo Kali con suavidad.
Aunque yo te habría atrapado.
Pasé una mano por su cuello acariciándola.
No te preocupes, Kali. Practicaremos esto en el lago.
Seguimos volando, esa vez estuve más atenta a cada giro, con las piernas apretadas contra el cuerpo de Kali mientras intentaba mantener el equilibrio. Sentía el viento cortando mi piel, el aleteo firme de mi fénix bajo mí, y la sombra de Skylar moviéndose justo debajo, siguiéndonos como un cazador paciente.
Las montañas quedaron atrás, los estrechamientos desaparecieron, pero lo que nos esperaba al otro lado no era un respiro. Sino algo peor. Mucho peor.
El paisaje se abrió bajo nosotros como el retrato de un infierno desatado. Un valle en ruinas, destrozado hasta los cimientos, con la tierra abierta en heridas profundas que escupían fuego y humo negro. Todo apestaba a azufre, a muerte, a algo podrido desde hacía siglos.
Y en medio de esa pesadilla, los wendigos.
No eran decenas. No eran cientos. Eran miles.
Cuerpos deformes que se arrastraban entre las grietas, sombras huesudas que se retorcían y gruñían en la penumbra, con ojos brillantes y bocas hambrientas. Se movían como una plaga, una marea imparable de monstruos que no deberían existir.
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El sonido de sus chillidos y jadeos se entrelazaba con algo peor: gritos humanos. Voces desgarradas, suplicantes, atrapadas en la bruma, como si el mismo valle estuviera impregnado de su sufrimiento.
Me encogí ligeramente sobre Kali, aunque ella seguía firme, como si nada en aquel valle la perturbara.
No hay peligro esta vez, me respondió Kali. No para ti.
¿Es aquí a donde querías traerme?, le pregunté a Skylar, sintiendo un escalofrío recorrerme la espalda. Algo en aquel sitio estaba mal. No eran solo la destrucción y el hedor de la muerte. Había algo más que se aferraba a la piel y se metía bajo la carne.
Aquí es donde vienes cuando ya no perteneces a ningún lugar. Cuando no eres de los vivos ni de los muertos. Cuando el mundo no tiene espacio para ti.
Miré hacia abajo. Skylar planeaba bajo nosotras, su enorme forma deslizándose entre el humo y el fuego como si fuera parte del paisaje. Luego comenzó a descender.
Bienvenida al infierno.
Kali y yo aterrizamos sobre el suelo polvoriento y negro del valle, mientras Skylar caía detrás de nosotras con un impacto que hizo estremecer la tierra. Bajé con cautela, sintiendo cómo mis botas se hundían ligeramente en las grietas del terreno árido.
En un instante, la forma de dragón de Skylar se desvaneció en una densa nube de sombras que se extendió como un manto sobre el suelo. Cuando emergió de entre la penumbra, ya en su forma humana, su presencia seguía siendo igual de imponente.
No estaba segura de qué me desarmaba más: si la colosal criatura que acababa de presenciar o la peligrosa perfección de su figura humana, esa belleza afilada que parecía hecha para desconcertarme.
Llevaba mi espada al hombro y la desenvainé casi sin pensarlo al notar cómo los wendigos empezaban a rodearnos, formando un mar inquietante de carne podrida y huesos expuestos.
—¿Acaso te han atacado como para sentirte amenazada? —preguntó Skylar.
Me giré más hacia él, mi espada aún alzada aunque, siendo honesta, parecía una idiota. Se me había olvidado que, quizá, ahora tenía el poder
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de hacerlos cenizas a todos con un simple movimiento.
Podemos hacerlo, y lo sabes perfectamente, dijo Kali. ¿Eso es lo que quieres?
Iron Shadow se cabrearía.
¿De verdad te importa?, respondió.
¿En serio? Ahora hasta mi propio fénix se atrevía a vacilarme. Claro que sí. Perfecto.
—Estoy rodeada de miles de esas cosas con dientes, que claramente están deseando arrancarme los músculos de los huesos. Así que, por favor, entiende mi reacción.
Skylar dejó escapar un resoplido y se cruzó de brazos.
¿En qué punto estábamos? Ya ni lo sabía.
—Perdóname si me pongo un poco histérica, pero me entrenaron para matarlos.
Los wendigos, como si pudieran escuchar cada palabra, comenzaron a moverse en círculos cada vez más pequeños. Mi instinto me traicionó, y antes de darme cuenta, había dado un paso hacia Skylar.
—¿Tienes miedo? —preguntó.
No respondí. Mi mano temblaba alrededor del mango de la espada. No por los wendigos. Por él. Maldita sea, mi cuerpo me traicionaba. Me aparté bruscamente y levanté mi espada, como si eso pudiera poner distancia entre nosotros, pero era inútil.
—Kali —llamó a mi fénix—. Vuelve al castillo.
—¡No puedes darle órdenes! —espeté furiosa, girándome hacia él mientras veía a Kali alzar el vuelo sin siquiera mirarme.
Los wendigos levantaron sus cabezas podridas, sus ojos vacíos brillando con hambre mientras seguían a Kali con la mirada.
Skylar chasqueó la lengua con impaciencia.
—Oh, preciosa, aquí las cosas se hacen a mi manera. —Sonrió con descaro, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón negro, como si no hubiera nada en el mundo que pudiera desafiarlo.
¿Preciosa? ¿Acababa de llamarme preciosa?
Me volví de golpe, casi tropezando conmigo misma, con la esperanza de que no notara el ardor en mis mejillas ni el descontrol de mi respiración. Ese beso, esas palabras, la verdad que me había contado… No habíamos tenido tiempo de hablarlo, todo había pasado demasiado rápido, sin darme un segundo para procesarlo.
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Me obligué a mirar a los wendigos. Prefería enfrentarme a ellos que a Skylar.
—Ellos no piensan, ¿verdad? —murmuré, casi temiendo que pudieran escucharme.
—Piensan lo suficiente. —Skylar se colocó detrás de mí—. Piensan que yo soy su amo. Y para ellos eso es todo lo que importa.
Por un instante, sentí pena.
Bankai estaba lleno de ciudades habitadas por almas que, de alguna forma, habían encontrado paz en aquel lugar entre la vida y la muerte. Pero esos miles… no eran como ellos. No querían estar allí. No querían estar en ningún lado. Eran los condenados, los que ni siquiera la muerte podía aceptar.
Aquello era el infierno. No por el paisaje desolado, ni por el aire pesado que costaba respirar. El verdadero infierno estaba en sus cabezas, en cada pensamiento retorcido que los consumía. Eran prisioneros de sus propias mentes, de sus errores, de sus crímenes.
Tal vez, como había dicho Skylar, esas almas eran puro mal. Personas que habían fallado como humanos, que habían elegido el camino de la destrucción, ignorando cualquier redención. Y ese era su castigo: enfrentarse eternamente a lo que eran. Sin máscaras, sin disfraces, sin final.
—Pronto empezará, sígueme —ordenó Skylar al pasar junto a mí, su tono despreocupado, como si todo aquello fuera rutina para él.
Y entonces se movieron.
Los wendigos, como si hubieran recibido una orden muda, comenzaron a apartarse despacio. El círculo que habían formado se rompió en un silencio sepulcral, retrocediendo hasta formar un pasillo por el que Skylar avanzó con la autoridad de un maldito dios al que todos reverenciaban.
Era su rey. Su amo.
Sin querer, sin entender por qué, lo seguí hasta el corazón del lugar más oscuro y perverso del mundo, a la única persona a la que había jurado mantener fuera de mi vida.
Mientras caminábamos algo comenzó a tomar forma entre la neblina oscura que cubría el valle. Al principio, solo era una sombra más, pero cuanto más nos acercábamos, más clara se volvía su silueta.
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Era una cúpula oscura, como arrancada de otro mundo y dejada en medio de aquel infierno. El mármol negro de su estructura brillaba con un resplandor frío, y sus pilares, finos y retorcidos, estaban cubiertos de inscripciones que parecían cambiar cuando las mirabas demasiado tiempo.
Las barandillas que rodeaban la base estaban talladas con patrones imposibles, cada trazo tan perfecto que no parecía hecho por manos mortales, y lo más perturbador en su presencia era que entre las ruinas, la ceniza y la podredumbre, esta estructura permanecía intacta, como si nada pudiera tocarla, como si incluso el tiempo tuviera miedo de dejar su marca en ella.
Skylar se detuvo al pie de la cúpula y giró ligeramente la cabeza hacia
mí.
—Me pediste que te llevara al mejor sitio de Bankai para ver la luna de sangre. Supongo que esperabas otra cosa. Algún puente antiguo, una ciudad brillante, algo que pareciera digno de la ocasión. Pero para mí, este es el mejor lugar. —Levantó la mirada hacia la cúpula—. Vengo aquí porque soy el único que quiere estar cerca de ellos. De estas almas.
Mi pecho se apretó y él continuó:
—Siempre he pasado aquí el día de la luna de sangre. Porque aquí es donde se esconden mis demonios.
Por primera vez, Iron Shadow, el dios de las sombras…, se encogió. No físicamente, pero hubo un ligero movimiento en sus hombros, tan fugaz que dudé si lo había imaginado, pero ahí estaba.
—Si prefieres pasar la noche con los demás, lo entendería.
Me mordí el labio sin darme cuenta, atrapando la piel entre mis dientes con nerviosismo. No era aquel lugar lo que me aterraba, ni los wendigos. Era él. Estar con él. Rodeada de su presencia, sin distracciones, sin nadie más.
La sola idea de pasar la noche juntos, después de todo lo que había ocurrido entre nosotros en los últimos días, me hacía sentir como si un nudo invisible me apretara el pecho.
Habíamos estado solos antes, pero ahora… ahora tenía miedo de que él notara lo que me pasaba. Que escuchara mi respiración entrecortada. Que sintiera la forma en la que mi corazón latía demasiado rápido.
—Me quedaré contigo esta noche. —Le sonreí—. Quizá descubra que tal vez la muerte puede ser una compañía interesante después de todo.
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Puse un pie dentro de la cúpula y me giré para observar a mi alrededor. Los miles de wendigos seguían allí, expectantes. Pero, de repente, como si una orden silenciosa los hubiera atravesado a todos al mismo tiempo, se giraron al unísono, dándonos la espalda sin una sola vacilación.
—¿Tú… tú has hecho que hicieran eso?
Skylar dio un paso hacia delante.
—Digamos que no tienen voluntad propia. No ven, no sienten, no piensan. Solo perciben órdenes y rastrean el olor de la sangre. —Su sonrisa torcida se ensanchó—. Me gusta que me miren a mí. Me hace sentir su devoción, su miedo…, lo que sea que queda dentro de ellos. Pero a ti… —Se detuvo ladeando la cabeza—. No quiero que te miren.
«Esos ojos no merecen mirar a un monstruo como yo».
Asentí nerviosa y caminé hacia la barandilla, apoyando las manos en el mármol, como si eso pudiera anclarme a la realidad. Intenté ignorarlo todo: su presencia detrás de mí, y el constante murmullo de mi mente.
Mis ojos se alzaron al cielo nocturno en busca de respuestas entre las estrellas. Sabía que, en cualquier momento, el cielo se teñiría de rojo, que las auroras boreales se convertirían en una cortina de sangre. Pero no
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entendía qué significaba realmente la luna de sangre. Ni por qué sentía una presión en el pecho.
—Aunque ahora estemos aquí… —mi voz salió más débil de lo que quería—, sí que pensaba asistir a donde sea que hubieran ido hoy. Tenía pensado…
—¿Qué tenías pensado?
No me giré, mantuve mi mirada fija en el cielo, observando las trazas de estrellas y la enorme luna.
—Savannah vino hace cinco días a mi habitación mientras me preparaba para salir a volar. Me habló de lo que ibais a hacer hoy. Insistió en que dejara por unas horas las ropas de jinete y lo cambiara por un bonito vestido. —Me giré, apoyándome de espaldas en la barandilla. Él seguía ahí, quieto en la misma posición—. Pensé que sería una buena idea. Después de todo este tiempo… arreglarme, aunque solo fuera por una noche.
—¿Eso es lo que deseas? —preguntó, con un tono que me hizo bajar la mirada al suelo de mármol.
—Yo…, bueno, era una tontería. Ahora no tiene importancia… — empecé a decir, pero no terminé.
—Zafiro, ¿es lo que deseas esta noche?
Mis ojos se encontraron con los suyos, su cabello blanco caía despeinado por su frente y su ropa negra se ajustaba a cada línea de su figura.
Asentí, y de inmediato las sombras comenzaron a arremolinarse a mi alrededor. Espirales oscuras se deslizaron por mi piel con una suavidad inesperada. Me aparté de la barandilla, sorprendida por la sensación, y observé cómo, poco a poco, mis pantalones de cuero y la camiseta que llevaba se desvanecían, transformándose en algo nuevo.
La tela cambió ante mis ojos, se hizo más larga y me envolvió en un vestido rojo que brillaba como una joya bajo la luz de la luna. Era de tul, delicado y precioso, y caía hasta el suelo con una abertura en la pierna que dejaba ver la piel al caminar. La parte superior del vestido tenía un escote en forma de corazón, adornado con pedrería fina que atrapaba la luz como si fuera fuego cristalizado. El tul caía en cascadas suaves, deslizándose con cada uno de mis movimientos.
En mis pies aparecieron unos tacones del mismo rojo vibrante, decorados con una pedrería que hacía juego con el vestido. Eran altos,
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pero perfectos, y encajaban como si siempre hubieran sido míos.
—Es precioso… —Me llevé las manos a la boca asombrada, mientras giraba sobre mí misma—. ¿Cómo has… cómo lo has hecho?
Skylar soltó una carcajada real, profunda, que retumbó en la cúpula.
—Me ofende la pregunta.
Yo seguía fascinada, perdiéndome en cada pliegue del vestido, en la manera en que caía sobre mi cuerpo como si siempre hubiera estado ahí, como si hubiera sido hecho para mí, y cuando finalmente alcé la mirada hacia él, lo encontré observándome.
No, devorándome.
Sus ojos se deslizaron por mí, me recorrían como si quisiera memorizar cada detalle, cada línea, cada maldito respiro. Desde mis hombros, bajaron por el contorno del vestido y se detuvieron un instante en la curva de mi cintura antes de seguir su camino. Oscilaron entre la tela que se ceñía a mi piel y la abertura sutil que dejaba mi pierna apenas al descubierto.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Mi respiración se volvió errática, y un calor extraño me subió por el pecho hasta incendiarme la garganta. Pero no era solo su expresión, sino lo que había en ella. No era simple interés ni admiración pasajera. No era la forma en que alguien distraído o curioso observaría a otro.
Era hambre.
Pura. Lenta. Sofocante.
Era la primera vez que me miraba así, como si fuera algo que quería devorar y proteger al mismo tiempo. Algo suyo.
—Sé que el azul es tu color —dijo rompiendo el silencio—. Pero el mío es el rojo.
Lo miré curiosa, tratando de retomar el control de la situación.
—¿Por qué? ¿Por la sangre? Qué ingenioso. El color favorito de la muerte es el rojo. —Solté una risa nerviosa, pero él no rio.
—No. —Su respuesta fue rápida—. Por el color de tus mejillas cuando me miras con ese odio. Ese rojo que aparece cuando peleamos, cuando estás furiosa, cuando una y otra vez intentas mutilarme. —Su voz se volvió más grave—. Y de alguna forma, se ha vuelto mi color favorito.
Mi risa murió en mis labios. Mi pecho se comprimió, como si algo invisible lo presionara. Mi mente se quedó en blanco, y lo único que pude hacer fue agachar la mirada, incapaz de sostener la suya.
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—Mírame —me dijo.
—No puedo.
—¿Por qué no?
—Porque… —tragué saliva— me pongo nerviosa.
El dio un paso hacia mí, lento, medido. Lo sentí tan cerca que su olor se metió de lleno en mí, pero no me tocó.
—Así que… la persona que me ha apuñalado tres veces, que me llama monstruo, que me desafía día tras día desde que la encontré, la misma que hace tres días arrasó con una manada de kholdrath usando solo su poder… ¿se pone nerviosa conmigo?
El calor me subió al rostro de inmediato.
—Cállate. —Lo empujé con todas mis fuerzas, sintiendo cómo su cuerpo apenas se movía—. Había olvidado lo egocéntrico que eres.
Me di la vuelta sin darle oportunidad de seguir con su juego, pero él tampoco me dio la de apartarme. Su mano atrapó mi muñeca en un movimiento rápido, seguro, y antes de poder reaccionar, tiró de mí con fuerza. Giré bruscamente, intentando recuperar el equilibrio, pero lo único que encontré fue su pecho, sólido como una pared, que me detuvo de golpe.
—No voy a dejarlo.
—Skylar… —empecé.
—Dímelo. —Su aliento rozó mi piel—. ¿Por qué te pones nerviosa conmigo?
El espacio entre nosotros era inexistente. Mi respiración subía y bajaba rápidamente contra su pecho, y aunque mi mente me gritaba que me apartara, mis pies estaban pegados al suelo, incapaces de moverse.
—Mírame.
Su mano subió despacio, soltando mi muñeca con una lentitud insoportable, como si quisiera que sintiera cada segundo de ese contacto. Sus dedos se deslizaron por mi piel, rozando la línea de mi mandíbula con la misma confianza con la que lo había hecho tantas veces en los últimos días. ¿Cuántas? No lo sabía. Pero cada roce, cada contacto, ardía más que el anterior.
Mi respiración se atascó en mi pecho cuando su mano descendió lenta, como si tuviera todo el tiempo del mundo, hasta detenerse en mi clavícula. Justo ahí, donde días atrás sus colmillos se habían hundido en mi piel, donde me había mordido.
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—El sabor de tu sangre todavía está en mi lengua desde ese día, y no tienes ni idea de las ganas que tengo de volver a hundir mis colmillos en tu piel, de volver a marcarte como mía.
El monstruo sediento de sangre fijó sus ojos en mí, y en ellos no había nada más que puro instinto, puro deseo.
—Ese maldito gemido que escapó de tus labios cuando te besé… no ha dejado de perseguirme cada noche desde entonces. Tres días, Zafiro. Tres noches en las que he dormido en tu cama, en las que has descansado entre mis brazos…, y aun así no puedo sacarlo de mi cabeza.
Había mencionado el beso. Lo había dicho él, y yo, como una maldita idiota, continuaba ahí, con la mirada atrapada en la suya, el cuerpo ardiendo por su cercanía. Como si, en silencio, le suplicara que no dejara de tocarme, que su mano siguiera en mi piel, que no se apartara nunca.
—Pero no lo haré. —Soltó un gruñido bajo y se apartó. Pero mi mano se movió por sí sola y lo atrapó por la muñeca, negándome a dejar que se alejara.
—Me pones nerviosa porque cada vez que te miro todo mi mundo se desmorona. Cuanto más lo hago, más apareces en mis pesadillas. Más me pierdo en mí misma porque no debería… Solo debería sentir odio, pero parece que ese sentimiento… está desapareciendo. Y…
—Acaba.
Cerré los ojos un segundo, intentando recomponerme, pero cuando los abrí, ahí estaban los suyos, como si se asegurara de que no iba a escaparme. Como si estuviera diciendo, sin palabras, que no tenía salida.
—Tengo miedo de que ese beso no haya significado lo mismo para ti que para mí.
Skylar abrió la boca, a punto de decir algo, pero lo frené levantando una mano. La forma en que había tomado aire… no traía nada bueno.
—Sé que no soy coherente con mis acciones, ni siquiera con mis propios sentimientos. Todavía tengo a Dalton muy presente, pero me he dado cuenta de que cada día que paso contigo pienso menos en el dolor que me causó y solo queda aceptarlo. Y sé que tampoco tiene sentido lo que voy a decir, pero… algo se revolvió en mí cuando te vi sonreírle a Savannah de esa forma, antes de saber que era… —me puse roja y me odié por ello— tu hermana.
El cambio fue inmediato.
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Ya no era yo quien lo sujetaba a él; ahora era su mano la que me tenía atrapada.
—¿De qué forma?
Me mordí el labio, queriendo callarme, pero ya era demasiado tarde.
—De esa forma en la que sé que nunca me sonreirías a mí.
Su agarre se apretó apenas un segundo, pero lo noté.
—Y me odio por sentirme así. Me odio cuando mi cabeza intenta verte más allá de lo que muestras, más allá de lo que pretendes ser. Odio buscar siempre otro camino, con más luz, para entenderte, para verte detrás de toda esa oscuridad. —Tragué saliva—. Nunca pensé que algo tan simple como una sonrisa pudiera dolerme tanto.
—Zafiro…
Negué con la cabeza una y otra vez, como si pudiera borrar lo que estaba a punto de decir.
—Soy una completa idiota por esperar algo tan simple como una sonrisa de mi enemigo. Porque sé que solo me utilizas para conseguir lo que quieres. Sé que todo esto es para molestar a Dalton: cuando me muerdes, es para irritarlo; cuando me tocas, es para provocarlo, y eso me duele, porque sé que ese beso no significó lo mismo para ti que para mí.
Solté todo, pero el silencio que vino después me golpeó como un vendaval. Por primera vez en mucho tiempo, vi a Skylar quedarse sin palabras. Fue solo un instante, hasta que sus manos volvieron a mis mejillas.
—Si alguna vez vuelves a sentirte así, arráncame el puto corazón. Quémalo, hazlo cenizas, destrózalo. Apuñálame una y otra vez cuanto quieras, hasta que no quede nada de mí. Pero no te atrevas a sentirte así de nuevo. No cuando yo soy la maldita causa de ello.
—No te contradigas, Skylar… —Apreté los labios.
—¡No me contradigo, Eda, me miento! —Su respuesta fue un rugido áspero, desgarrado—. ¡Me miento todos los días desde que volviste a mi vida!
Sus manos temblaron.
—Estaba aterrado cuando me separé de tus labios. Nunca en mi vida había sentido un miedo así, el temor de que un solo instante pudiera cambiarlo todo. Y si a ti te dolía siquiera imaginar que ese beso no significó nada para mí, debes saber que yo me consumía por dentro pensando que tal vez no había estado a la altura.
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Una lágrima resbaló por mis mejillas y mojó sus dedos.
—Te he visto crecer. Te he protegido como si fueras mi propio corazón. No solo porque eres la mitad de mi poder, sino porque eres la mitad de mi mundo. —Su voz se quebró apenas un segundo, pero lo sentí
—. Algo se partió dentro de mí cuando pensaste que te había besado solo para apartarte del cristal.
Sus dedos se hundieron un poco más en mi piel, y su aliento chocó contra mis labios cuando susurró:
—Te besé porque, a pesar de tu maldito genio y tu obsesión por destruir todo lo que consideras una amenaza, sigues siendo el alma más pura que ha pisado Bankai. Pero no te confundas, Zafiro…, yo te he visto en tus peores momentos. Te he visto tropezar, con el corazón hecho pedazos, caer por un hombre que no supo sostenerte. Y aun así siempre te has levantado.
Su voz bajó hasta hacerse apenas audible.
—Te besé porque mi oscuridad no puede existir sin tu luz, Zafiro. Lentamente, deslicé mis manos hasta el colgante que descansaba en mi
cuello, ese pequeño símbolo que parecía contener todo lo que éramos.
Mi madre me lo había dicho: «A veces, la vida nos muestra ambas caras, la luz y la oscuridad, y tenemos que aprender a aceptarlas. Lo importante es encontrar el equilibrio, entender que ambas viven dentro de nosotros. Pero, al final, está en nuestras manos decidir cómo las usamos».
Levanté el colgante y lo mantuve entre nosotros.
—Y yo te recuerdo… que dentro de la luz siempre hay un punto de oscuridad. Dentro de este yang… siempre estará tu yin.
Él me sonrió, de la forma en la que había deseado que lo hiciera, y sentí cómo mi mundo se desmoronaba en silencio.
—Esa es la sonrisa que quería de ti. —Intenté devolverle otra pero fue débil, rota, como si no pudiera sostenerla.
—Te he regalado millones de sonrisas. Cuando te das la vuelta. Cuando duermes. Cuando miras el horizonte con esa expresión perdida, concentrada. Cuando te frustras porque algo no sale como quieres. Pero nunca dejo que las veas. Porque no quiero que, algún día, llegues a plantearte elegirlas. —Su mirada bajó a mis labios, apenas un instante—. Elegirme a mí.
Mis manos, casi sin pensarlo, subieron hasta sus muñecas y las sujeté con suavidad.
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—Perteneces a alguien que no soy yo. Y por mucho que odie a ese cabrón, por mucho que sea un mentiroso, él siempre será mejor que yo. Porque yo nunca seré la opción buena. Nunca.
—Skylar…
No respondí de inmediato. No podía. Solo lo miré, sintiendo cómo mi propia vulnerabilidad se desbordaba. Porque ahí estaba él, el lado más humano de la muerte, y de alguna manera, lo único que podía hacer era quedarme quieta… y sostenerlo.
—¿Por qué nunca serías la buena opción? —le pregunté.
—Porque yo no soy él.
—No quiero que seas él —dije sin dudar—. Quiero que sigas siendo tú. La persona que saca mi lado destructivo, este instinto asesino que nunca pensé que llegaría a tener. Quiero que sigas tratándome como lo que soy, como la inmortal en la que me he convertido, no como la humana que fui.
—Yo solo destruyo las cosas cuando las toco. —Su mirada descendió hasta mis labios, su rostro se inclinó hacia el mío, pero sin llegar a tocarme —. ¿Eso es lo que quieres, Eda? ¿Quieres que te destruya?
—Quiero saber lo que se siente al quemarse. —Mis propias palabras me traicionaron—. Quiero saber cómo es arder…, de verdad.
Sus manos descendieron de mi rostro hasta mi cuello, como si saboreara cada segundo, cada centímetro de contacto entre su piel y la mía. Su tacto no era suave, pero tampoco brutal. Era una advertencia, un recordatorio de lo que podía hacerme si quisiera. Mi espalda chocó contra la barandilla, mis manos cayeron a los lados, vulnerables, entregadas. No me moví. No intenté detenerlo.
Sus dedos se cerraron un poco más alrededor de mi garganta. No lo suficiente para hacerme daño, pero sí para dejar claro que podía hacerlo. Que con un solo gesto podía romperme.
Y aun así seguí ahí.
—Joder, Eda… —Skylar susurró mi nombre como una maldición, pero su mirada me decía otra cosa. Sus ojos dorados, ahora oscurecidos por el deseo, brillaban como si estuviera al límite de perder el control—. No quiero que te asustes.
Mis labios se entreabrieron, mi respiración entrecortada.
—Hazlo, Iron Shadow… —le supliqué a la muerte mientras mis dedos se aferraban a la barandilla detrás de mí. Entonces sentí la presión de sus
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manos aumentar—. Destrúyeme. Quiero ver de lo que eres capaz.
Por un segundo, pensé que lo haría. Que sus colmillos atravesarían mi piel como la última vez, reclamándome de nuevo.
Pero no fueron estos los que sentí.
Sino sus labios.
Un roce lento, demasiado suave para la brutalidad con la que me sostenía, que logró, en parte, desconcertarme. No había urgencia en su contacto, pero sí una promesa oscura en la manera en que su boca se deslizó sobre mi cuello, como si estuviera probándome, como si disfrutara de mi incertidumbre, de la forma en que mi cuerpo temblaba bajo su control.
Mis manos se aferraron con más fuerza a la barandilla, mis nudillos blancos, mis piernas débiles. Mi cabeza cayó hacia atrás, ofreciéndole más espacio. Más de mí.
Y allí estaba, la luna de sangre, ardiendo en lo alto del cielo como si alguien hubiera desgarrado el universo. El rojo lo cubría todo, una mancha implacable que parecía sangrar sobre nosotros, mientras las auroras boreales, ahora carmesí, se retorcían y bailaban a su alrededor, como llamas vivas alimentadas por la furia del mundo.
Mis ojos estaban fijos en el espectáculo sobre nosotros, en la luna de sangre que devoraba el cielo, pero su boca… su boca seguía trazando su propio camino en mi piel y me reclamaba de una forma muy distinta.
Otro beso más abajo, intencionado. Y luego otro.
—Tu cuello… —susurró contra mi piel—. Es el único punto de tu cuerpo donde voy a ser delicado. El único. —Su lengua trazó un pequeño camino sobre mi clavícula antes de volver a hablar—: Pero todo lo demás… —Su mano bajó despacio y rozó mi pierna desnuda, que salía por la raja del vestido. Sus dedos apenas me tocaban, pero era suficiente para hacerme perder la maldita cabeza—. Todo lo demás va a ser completamente mío. Mi propiedad. Y no voy a tener compasión.
—Hoy no soy Eda. Hoy solo soy tu Zafiro —jadeé, apenas logrando mantener el hilo de mi voz mientras sus dedos subían por mi pierna.
—Solo hoy.
—Solo hoy… —murmuré, aunque en el fondo no estaba segura de a quién intentaba convencer: si a él o a mí.
Cada roce era una tortura. Un juego sucio que me obligó a apretar los dientes para no soltar el gemido que amenazaba con escaparse de mi
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garganta. Pero él lo sabía. Claro que lo sabía.
Y antes de que pudiera procesar lo que estaba haciendo, me levantó con un solo movimiento. Sin esfuerzo. Como si no pesara nada.
Mis piernas se enredaron instintivamente alrededor de sus caderas, buscando equilibrio, algo que me anclara a la realidad mientras su cuerpo se pegaba al mío. Mis manos subieron sin pensar y se hundieron en su maldito cabello blanco, ese que siempre me recordaba al mío, como si estuviéramos hechos de la misma sombra.
Entonces apareció esa sonrisa.
Oscura. Perversa. Jodidamente sádica.
—Esto… —gruñó mientras sus manos se aferraban a mi culo desnudo bajo el vestido, sus dedos clavándose en mi piel con tanta fuerza que casi sentí que podía perforarme—. Esto es de mi propiedad hoy. ¿Entendido?
«Solo hoy —me repetía—, solo hoy…».
Quería que me besara, que reclamara mi boca con la misma brutalidad con la que me sostenía. Lo deseaba como si fuera una necesidad vital, pero no lo hizo.
En su lugar, se desvaneció.
Como humo. Como sombra. Como lo que realmente era.
Antes de que pudiera procesarlo, mi espalda chocó contra el mármol frío del pilar. El impacto me sacudió, pero no me importó. No quería delicadeza. No quería fragilidad. Podía soportarlo. Podía con todo lo que él quisiera darme. Las marcas que dejara desaparecerían en segundos, pero el fuego que había encendido dentro de mí…, ese no se extinguiría con tanta facilidad.
Su boca volvió a mi cuello, pero esa vez no era un beso. Era un asalto.
Más demandante. Más hambriento.
Me apreté más contra él, sintiendo lo malditamente duro que estaba. Un gruñido bajo escapó de su garganta cuando me moví por instinto, y en respuesta, empujó su cuerpo más contra el mío.
Dejé escapar un jadeo ahogado cuando se frotó contra mí otra vez, ahora sin pretender sutileza, como si quisiera que sintiera cada maldita parte de él, como si me recordara exactamente quién tenía el control ahí.
—Soy tuyo esta noche, Zafiro.
«Solo hoy —me mentí—. Solo hoy…».
—Y yo soy tuya esta noche, muerte. —Las palabras salieron entre jadeos mientras mis uñas se clavaban en su nuca.
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Profirió un ronroneo profundo, gutural, mientras enterraba el rostro en mi cuello, enviando un escalofrío directo a mi columna. Muerte… La humedad de su boca, la forma en que gruñía contra mi carne, me arrancó un gemido traicionero, uno que apenas pude contener.
Me mantuvo contra el pilar con una sola mano, asegurándose de que no me moviera, de que no escapara, mientras la otra mano ascendía por mi cuerpo, reclamando cada centímetro de piel que tocaba hasta llegar a mi pecho.
—Y estas preciosas tetas… —no me dio tiempo a pensar, a prepararme, en un solo movimiento, la tela del vestido cayó hasta la cintura— también son de mi puta propiedad hoy.
Y antes de que pudiera soltar siquiera un suspiro, su boca se cerró sobre mi pezón con un roce húmedo y una succión tan descarada que me robó el aliento.
—Solo hoy… —gemí.
Con una facilidad insultante, atrapó mis muñecas con una sola mano y las levantó sobre mi cabeza. Lo hizo sin esfuerzo, como si no pesaran nada. Instintivamente, forcejeé, pero era inútil. No tenía ninguna oportunidad contra su fuerza.
Las sombras empezaron a deslizarse desde su brazo, envolviendo mis muñecas, serpenteando por mi piel hasta que me encontré atada contra el pilar.
Su boca se aprovechó y volvió a mi clavícula, pero no con un beso. Fue un mordisco, lo justo para que sus dientes se hundieran en mi piel, apenas lo suficiente para romperla.
—Eres una maldita pesadilla, Iron Shadow —lo escupí entre dientes, odiándolo y deseándolo en la misma medida.
—Tu maldita pesadilla, Zafiro.
La mano que había estado en mi pecho descendió lentamente y se deslizó bajo el vestido, recorriendo mi muslo desnudo con una tortuosa calma que hizo que me estremeciera contra el pilar.
Mi piel ardía en cada centímetro que recorrían sus dedos, como si su mano dejara un rastro imborrable en mí. Intenté contenerme, no reaccionar, pero mi cuerpo lo traicionó todo y se movió hacia él buscando más. Mordí mi labio con fuerza para obligarme a no suplicarle. Para no rogarle que no parara. Que no quitara la mano de donde la estaba llevando.
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Cuando sus dedos alcanzaron el extremo de mi ropa interior, se detuvo. Me miró con esa sonrisa arrogante que tanto odiaba, que tanto me desquiciaba, y tiró despacio del borde, como si quisiera alargar la tortura.
—Tu ropa interior… —Sus dedos jugaron perezosamente con el elástico, estirándolo un poco, como si lo estuviera considerando—. Es extremadamente molesta.
No me dio tiempo a reaccionar. Un tirón seco. Un desgarrón brusco. La tela se partió entre sus dedos y un jadeo escapó de mis labios. Antes de que pudiera asimilarlo, ya la tenía en su mano, apretada en un puño como si fuera un maldito trofeo.
—Quémala. Ahora.
Mi mirada se desvió hacia la tela negra atrapada en su puño. Mi ropa interior. Apreté los dientes y dejé que el fuego naciera en mi interior. No fue difícil. Quería que ardiera. Que se desintegrara entre sus dedos, que desapareciera como si nunca hubiera existido.
Y lo hizo.
Una llama azul estalló de la nada, envolviendo la tela con un calor abrasador que no me tocaba, pero que sentía. Mi magia respondió como si hubiera estado esperando esa orden, como si disfrutara cumpliéndola. En cuestión de segundos, la tela se convirtió en cenizas que se esparcieron como polvo sobre el suelo.
Levanté la mirada.
—Ya las he quemado. ¿Qué me vas a dar a cambio?
Su cuerpo se apretó más contra el mío. Cada vez lo sentía más duro, más grande, como si su propio deseo creciera con cada segundo que pasaba sin tomar lo que quería. La idea de que pudiera hacerme suya allí, rodeados por un ejército de muertos, debería haberme asustado. Pero no había miedo. Lo deseaba tanto que me quemaba más que el fuego que acababa de invocar.
—¿Qué quieres que te dé a cambio? —me preguntó, y yo me moví contra él, rozando mis caderas contra las suyas en una provocación lenta.
—Yo no tengo que rogarte lo que quiero que me hagas, muerte. —Mis palabras salieron entrecortadas mientras seguía moviéndome—. Creo que ya eres lo bastante mayor para saber cómo satisfacer a una mujer, ¿no crees?
Su respuesta no fue verbal. Sus labios se curvaron en una sonrisa peligrosa, y sus dedos encontraron de nuevo mi pezón.
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—¿Quieres comprobar los milenios de experiencia que tengo sobre ti, Zafiro? —Su mirada bajó, recorriendo cada parte de mi cuerpo—. Solo percibí su olor en ti una vez. No creo que hayas tenido tiempo de experimentar mucho con tu querido emperador.
Mis ojos se abrieron de golpe, y lo vi inclinar la cabeza, casi divertido con mi reacción. Su dedo trazó un círculo lento y tortuoso sobre mi pezón que me hizo retorcerme contra él.
—¿Cómo…? —empecé a hablar, pero él me interrumpió.
—Aún recuerdo los moratones en tu piel después de aquella vez. Qué poco considerado fue tu emperador, sabiendo que aún eras mortal. Pudo haberte matado, ¿sabes? —Su tono se volvió más oscuro mientras apretaba mi pecho un poco más fuerte, sin apartar esa mirada asesina de la mía—. Lo mataré por eso, Zafiro. Lo mataré por haberte puesto en peligro.
Tragué saliva al tiempo que recordaba el momento exacto en el que Skylar había tocado esos moratones por primera vez, algo que entonces no entendí del todo.
—Eso no es de tu incumbencia.
—Ahora sí es de mi puta incumbencia —rugió, mientras inclinaba la cabeza hacia mí, sus labios a centímetros de los míos—. Eres mía esta noche, y si ese cabrón vuelve a tocarte sin haber sido sincero contigo antes, arrastraré su alma hasta aquí. —Se giró ligeramente y señaló con un gesto el mar de wendigos que nos rodeaba.
Lo que él no entendía…, de lo que aún no se daba cuenta era que yo ya no quería que nadie más me tocara. Que nadie más me hiciera temblar. Que nadie más arrancara de mi garganta los gemidos que él estaba sacando con una facilidad que me aterrorizaba.
Era un monstruo, sí. Pero esa noche, ese monstruo era mío.
Esa noche, él era mi única realidad.
La única prueba de que yo también era su monstruo.
Volví a sentir sus manos en mi culo, posesivas, firmes, como si tuviera todo el derecho del mundo a sostenerme, a tocarme, a reclamarme. Sus dedos se hundieron en mi piel mientras me levantaba con una facilidad insultante, sin la más mínima dificultad, con esa fuerza que me hacía sentir diminuta entre sus manos.
Mi respiración se aceleró al darme cuenta de lo que estaba haciendo…, hasta que finalmente mi intimidad quedó justo frente a su rostro.
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—Pon tus piernas en mis hombros —ordenó, y lo hice temblando, sin saber si era de vergüenza, deseo o ambas cosas—. Eso es…
Ahora estaba completamente a su merced. Mis piernas abiertas sobre sus hombros, mi cuerpo expuesto, vulnerable, entregado como si ya le perteneciera. El vestido, con esa raja interminable, había caído a los lados, dejando al descubierto todo lo que él deseaba. Todo lo que ahora mismo era suyo.
Me revolví, un movimiento instintivo para escaparme, pero no sirvió de nada. Sus manos me mantenían quieta, como si estuviera clavada a él. Intenté cerrar las piernas, pero él las mantuvo abiertas sin esfuerzo, de par en par.
—Vaya, vaya… —Me sostuvo con una sola mano, y la otra se movió lentamente, hasta que sus dedos rozaron mi centro. Fue apenas un segundo, justo sobre el clítoris—. Tus labios pueden insultarme todo lo que quieran… —Su dedo volvió a pasar por mi punto más sensible—. Pero parece que otras partes mojadas de tu cuerpo tienen mucho más que decir.
—Cierra la maldita boca… —gruñí, apretando los ojos en un intento por no dejarme llevar, no sucumbir.
—¿Quieres que… —uno de sus gruesos dedos se hundió dentro de mí — pare?
No pude responder. Me deshice, mi cuerpo, de nuevo, reaccionando antes que mi mente. Apreté los talones contra su espalda ancha y dura.
—Sky… —Estaba perdida entre el placer y la vergüenza.
—Dime, Zafiro —gruñó empujando su dedo más adentro—. ¿Paro? —Si paras… —Intenté respirar entre palabras, pero la sensación me
robaba el aliento—. Te haré cenizas…, a ti y a tu puto ejército.
Él se rio y entonces lo hizo: añadió un segundo dedo y los movió dentro de mí con un ritmo que no dejaba espacio para la calma. Sus movimientos eran duros, rápidos, como si quisiera dejarme claro que no había lugar para suavidad en su mundo, ni en sus gestos.
—Me encantaría verlo, Zafiro. —Me penetró con más fuerza—. Que reduzcas todo a cenizas mientras mis dedos te destrozan, mientras estoy dentro de ti, llevándote al límite. —Otra nueva embestida—. Quiero verte arder. —Y otra—. Verte morir de placer solo por mí. Porque lo sabes, Zafiro…, nadie más puede incendiarte como lo hago yo.
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Puse los ojos en blanco, y en ese instante supe que nunca había sentido algo tan devastador. No era solo placer. Era puro caos recorriendo cada rincón de mi ser, como si fuera a desmayarme bajo su roce. Mi cuerpo entero estaba entregado, y él lo sabía.
—Joder… —jadeé, y mi espalda se arqueó mientras intentaba encontrar algo de control, pero sus manos eran implacables. Mis piernas temblaban, mis pensamientos se desvanecían, y cualquier vergüenza por estar abierta delante de su rostro desapareció. No existía, no había rastro de ella.
Aquello no era dulzura, no era ternura. Sino crudeza. Pasión. Y una destrucción que yo misma había pedido. Porque esa noche era solo eso: una distracción, una forma de quebrarme un poco más mientras él me hacía gemir y retorcerme.
—Estás tan apretada… —murmuró contra el interior de mi muslo antes de dejar un beso lento—. Tan mojada… solo por mí. —Su boca se acercó—. Tan preciosa que, si alguien más te viera así… —otro beso—, no me lo pensaría dos veces antes de matarlo.
—No pares, Skylar… Ni se te ocurra parar —grité, la voz rasgada, el placer ahogándome, y no me importó si su ejército entero podía escucharme.
—Te sientes tan bien… —gruñó contra mi piel, aumentando el ritmo
—. Rompiéndote así, en mis dedos. Pero quiero que te rompas en mi boca, joder…
Y entonces sucedió lo que más deseaba, y sin previo aviso, sus labios descendieron y se cerraron sobre mi centro húmedo.
El primer contacto de su lengua fue un golpe directo a mi cordura, un desliz húmedo que recorrió toda mi intimidad con una lentitud tortuosa. Se movía con un ritmo devastador: largos y lentos lamidos que me hacían temblar, seguidos por rápidos movimientos circulares que arrancaban todo el aire de mis pulmones.
Cuando su boca se cerró completamente sobre mi punto más sensible, succionándolo, un grito desgarrado escapó de mis labios. No sentí sus colmillos, pero su lengua era un arma por sí sola que se deslizaba entre mis pliegues y se hundía en mí con un ansia salvaje y voraz.
Sus dedos nunca se detuvieron, entraban y salían, profundizando más con cada movimiento, empujándome más allá de cualquier límite que
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pensé tener. Cada lametón, cada succión, era un golpe directo a mi control, hasta que no quedó nada de mí más que el placer que él provocaba.
—Skylar… —gemí su nombre otra vez, en esa ocasión como una súplica, mientras mi cuerpo entero se arqueaba involuntariamente contra él para buscar más, restregándome contra su boca como si no pudiera soportar un segundo de distancia entre nosotros.
—Eso es… Gime mi nombre, porque soy yo quien hará que te corras esta noche. Solo yo. —Alternaba entre besarme como si fuera algo sagrado y consumir cada parte de mí como si no pudiera esperar otro segundo para poseerme.
—Por favor… —No sabía si le pedía que parara o que nunca lo hiciera, pero no importaba.
—Déjate ir. Arde para mí.
Para él.
Cuando pensé que no podía soportarlo más, su boca volvió a cerrarse sobre mi clítoris, succionándolo mientras sus dedos se hundían una vez más dentro de mí, llevándome al límite.
No había espacio para nada más en mi mundo. Solo él. Su boca, su lengua, sus dedos. Su dominio absoluto sobre mi cuerpo.
El éxtasis me golpeó como una tormenta desatada. Mi cuerpo se arqueó contra él, mi mente destrozada por la intensidad de lo que sentía. La tensión explotó en una oleada de placer tan brutal que por un instante sentí que todo a mi alrededor se fracturaba, que el universo mismo se resquebrajaba bajo la fuerza de mi orgasmo.
El placer me quemaba desde dentro, un incendio descontrolado que no podía contener. Hasta que sentí un rugido que parecía venir de la tierra misma.
El fuego azul estalló a mi alrededor, como una ola salvaje, un cataclismo de llamas que devoró el aire, el suelo, las rocas, consumiéndolo todo en un solo latido.
Los wendigos más próximos a la cúpula no tuvieron ninguna oportunidad.
Sus gritos se ahogaron en la vorágine ardiente, sus cuerpos reducidos a cenizas antes de que pudieran huir. El fuego los devoró sin piedad, implacable, como si mi propio poder hubiera decidido reclamar aquel lugar, borrar su existencia. Como si mis emociones más profundas se hubieran propuesto quemar el mundo entero.
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Pero lo que más me sorprendió no fue el fuego, sino el temblor. No el del suelo, ni el de las montañas. Era algo más grande, más poderoso, algo que venía de él…
Las montañas no temblaban por el fuego ni por las llamas que había desatado. Temblaban por él. Por el maldito poder que había liberado justo cuando mi cuerpo alcanzó su límite. En ese momento, él era capaz de todo.
Podría haber hecho pedazos el mundo entero, y yo ni siquiera habría parpadeado.
—Mírate… Estás preciosa cuando te corres así, solo para mí, y que no se te ocurra olvidar que es solo para mí. —Apartó su boca de mi piel, pero no se alejó—. Tal vez otros rompieron una cama cuando te tuvieron, pero yo, Zafiro… —besó mi muslo—, cuando esté dentro de ti, haré que las montañas caigan, que la tierra tiemble y que el mundo entero se arrodille ante nosotros. Eso es lo que soy. Eso es lo que soy contigo.
Sabía que Iron Shadow no era el indicado, pero sí mi favorito.
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Skylar O’Hara
La cabeza de Eda descansaba sobre el pecho de Skylar, que subía y bajaba al compás de su respiración profunda y controlada.
No tenía ni puta idea de qué estaba haciendo, ni si lo que hacía era lo correcto. Pero ahí estaba, tumbado en el suelo bajo la cúpula, y a su alrededor, estaban las mantas y los cojines que había hecho aparecer con un simple chasquido.
Sobre ellos, el cielo se extendía como una herida abierta, teñido de un rojo profundo que parecía no tener fin. Un océano de sangre líquida que se derramaba sobre el mundo hasta cubrirlo todo. La luna de sangre brillaba alta, opresiva, derramando su luz carmesí. Ese color no era un simple reflejo. Era un maldito presagio.
La luz rojiza bañaba su piel, la de ella, el suelo bajo sus cuerpos, incluso el aire que respiraban. Era un color que lo definía, que siempre lo había definido. Destrucción. Guerra. Fuego. Ese rojo era la esencia que dejaba atrás cada vez que arrasaba un mundo. Y ahora había tomado otro significado. Algo más visceral, más suyo.
Ella.
El rojo de las mejillas de su Zafiro cuando la furia la consumía, cuando lo miraba con esos ojos brillantes y quería destruirlo con las manos desnudas. Esa rabia era fascinante, hermosa. Pero ahora… ahora había otro rojo que lo atormentaba, que lo perseguía incluso en sus pensamientos.
El rojo de su rostro cuando explotaba de placer bajo su roce, cuando su mirada se nublaba y su cuerpo temblaba. Ese rojo, desesperado y crudo, lo marcaba como algo que no podía dejar ir. Un color que no le pertenecía al
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caos ni a la destrucción, sino a ella. El rojo de su Zafiro rogándole —sí, rogándole— que no parara, que la embistiera con sus dedos más allá de cualquier límite, que le quitara todo y a la vez se lo devolviera.
Ese color lo reclamaba como suyo. Y Skylar lo aceptaba. No lo olvidaría nunca.
Se quedó mirando el techo de la cúpula, la mente atrapada en un bucle, como un perro fantasma persiguiendo su propia cola. No debería pensar en ello, pero ahí estaban las jodidas preguntas. ¿Debería acariciarle el pelo? ¿Sería demasiado? ¿Le gustaría? ¿O la cagaría como un imbécil?
Y lo peor de todo… ¿a quién demonios iba a preguntarle?
Nadie le había dado un maldito manual sobre cómo actuar después de casi hacer que una mujer se rompiera en sus manos. Normalmente, desaparecía antes de que estas cosas fueran un problema, antes de que cualquier tipo de cercanía se convirtiera en un peso que no quería cargar.
Pero con ella… con ella todo era diferente.
Ella no era como las demás. Nunca lo había sido. Ella era su maldita ruina. Y, al mismo tiempo, lo único que no quería perder.
Resopló, frustrado consigo mismo, y decidió dejarse de tonterías. Joder, qué patético. Como un cobarde, movió la mano despacio y deslizó los dedos por su cabello blanco. Suave. Demasiado suave. Como el suyo, pero distinto, y por alguna razón, eso lo irritó. ¿Por qué estaba pensando en eso? ¿Por qué diablos le importaba cómo se sentía su cabello?
Pero Eda no se apartó. Ni siquiera protestó. De hecho…, parecía gustarle, porque levantó la cabeza de su pecho, y sin una sola palabra, lo miró directamente a los ojos.
Azul.
Hacía siglos que no veía ese color. Su mundo estaba lleno de rojo, negro, sombras y el desastre que él mismo había provocado. Pero azul… Ese color no pertenecía a su realidad, y sin embargo ahí estaba, mirándolo, haciéndolo sentir como si todo lo demás en su existencia fuera jodidamente irrelevante.
Ese tono lo golpeó como un puñetazo, lo desarmó. Lo odió por eso. Lo odió porque lo hacía sentir cosas que no quería. Cosas que lo hacían parecer menos como lo que era: un depredador, un destructor.
—¿Te molesta que… que esté sobre tu pecho? —preguntó ella, su voz un poco insegura, como si no supiera lo que él respondería.
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Skylar frunció el ceño confuso. ¿Molestarlo? ¿Por qué iba a molestarlo? No entendía esa pregunta ni por qué ella lo veía como una posibilidad. El silencio se alargó, lo suficiente como para que ella empezara a moverse, tratando de apartarse de él como si su presencia fuera un error.
No. Ni hablar.
Con un movimiento rápido, Skylar la empujó de vuelta contra su pecho. Su mano en su espalda dejó claro que no iba a dejarla ir, no mientras él lo decidiera. Había algo en esa sensación, en tenerla ahí, que lo hacía querer detener el mundo, congelarlo en ese instante.
No estaba listo para que desapareciera. No todavía.
—Quédate donde estás, Zafiro —gruñó, y sus ojos se clavaron en los de ella, y aunque vio algo que no terminaba de entender, no le importó. No necesitaba entenderlo—. Te he dicho que hoy eres mía. Y todavía queda mucha noche antes de que se acabe el día. ¿Entendido?
Ella no respondió, pero tampoco se movió. Su cabeza volvió a caer contra su pecho, y él dejó escapar un suspiro que no supo interpretar. Entonces, Eda levantó la mano para darle una palmada en el pecho. Una palmada. Como si eso pudiera afectarle lo más mínimo.
Skylar parpadeó, sorprendido por su atrevimiento, y luego dejó escapar una sonrisa lenta, arrogante, de esas que hablaban más que cualquier palabra. Era en su propio y maldito estilo caótico, con ese descaro de golpearlo como si realmente pudiera hacerle daño. Como si no supiera que él podría aplastarla con un solo pensamiento. Nunca se lo diría, claro. Prefería verla intentarlo.
Después de eso, ella volvió a acomodarse y sus ojos se perdieron en la gran luna de sangre que dominaba el cielo mientras él volvía a repetirse la frase que ella le había dicho.
«Tengo miedo de que ese beso no haya significado lo mismo para ti que para mí».
Skylar reflexionó sobre ello, sobre cómo ella podía haber creído algo así. Tal vez tenía razón. Tal vez él le había dado esa impresión. Pero, joder, cuando la besó en la grieta, fue porque lo anhelaba desesperadamente. Llevaba meses conteniéndose, deseándolo con cada fibra de su ser. Y, aun así, en el momento en que sus labios tocaron los de ella, algo dentro de él le hizo sentirse como un bastardo.
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Eda no estaba en su mejor momento. Se hallaba perdida, atrapada en el torbellino de su propio poder, y él lo sabía. No era solo su magia la que se descontrolaba, sino también la de él. Ella no lo entendía, no se daba cuenta, pero tenía acceso a cada sombra, a cada parte de su esencia, de su fuerza. Lo sostenía en sus manos sin siquiera ser consciente de ello.
Skylar sintió cómo ella absorbía su magia, cómo la drenaba sin esfuerzo. Los cristales rojos brillaban con intensidad y canalizaban no solo todo lo que ella era…, sino también todo lo que le pertenecía a él.
Después del beso, cuando su Zafiro comprendió lo que había hecho, su cuerpo cedió. Se desplomó contra su pecho, y él la sostuvo sin dudar, sin un solo titubeo, porque no iba a soltarla.
La llevó consigo, la puso en manos de Syera para que la bañara, para que la vistiera con ropa cómoda. Pero él… él no se fue. Se quedó, porque irse era impensable. Porque verla tan frágil lo destrozaba de una manera que no sabía cómo manejar.
Skylar deslizó los dedos por su cabello, peinando cada mechón húmedo con una delicadeza que ni él mismo creía poseer. La arropó con cuidado y la acomodó en la cama antes de rodearla con sus brazos. Hundió el rostro en su cabello, sintiendo su respiración tranquila contra su piel.
Podría haberla sostenido así durante milenios, porque no quería soltarla.
Sabía que ella estaba sufriendo. Lo sentía en su propia carne, en cada latido, porque el tatuaje del fénix en su espalda ardió sin tregua durante tres días seguidos. Un recordatorio de lo que había hecho. De lo que ella había soportado.
Eda nunca le había preguntado por ese tatuaje, si lo hubiera hecho, le habría contado que cada vez que ella sufría, cada vez que lloraba, la marca se encendía como fuego vivo, ardiéndole en la carne como si fuera su propio dolor. Durante aquellas últimas semanas, ese tormento lo había consumido más de lo que jamás habría imaginado…, pero se lo merecía. Se merecía cada segundo de ese sufrimiento, porque ella estaba destrozada por su culpa, y lo único que podía hacer era compartir su dolor, cargarlo con ella, aunque eso no cambiara nada.
Quizá ella no lo quería ahí. Quizá su presencia no era más que un recordatorio de todo lo que había sufrido, de todo por lo que él la había hecho pasar. Puede que su sombra no la protegiera, sino que la sofocara,
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persiguiéndola incluso en su momento más vulnerable, arrastrándola aún más hacia la oscuridad.
A quien realmente necesitaba era a él. A Basilius. Porque ese cabrón jamás habría permitido que aquello pasara. Nunca la habría llevado tan al límite, nunca habría dejado que su cuerpo se consumiera en su propio poder hasta quedar rota, agotada, drenada hasta la última gota de energía.
—No termino de comprender del todo este día —dijo Eda rompiendo el silencio—. ¿No es el momento en que las almas cruzan este territorio? He estado observando el cielo durante una hora y no he notado nada. ¿No es hoy cuando viajan de un lugar a otro?
Skylar levantó una ceja, su atención atrapada en el pequeño gesto que siguió a su voz. Sus dedos se movieron inconscientemente hacia su nariz respingona, un tic involuntario, una costumbre que no controlaba. ¿Estaba nerviosa ahora?
La observó en silencio, evaluándola como si fuera un rompecabezas que aún no terminaba de encajar. Sabía leer su lenguaje corporal, cuándo estaba a punto de atacar, cuándo estaba lista para pelear… pero aquello era diferente.
Por un instante, consideró la idea de volver a romperla de placer, de dejarla sin aliento, sin pensamientos, hasta que la única maldita preocupación en su cabeza fuera él.
La idea lo tentó más de lo que debería, pero decidió contenerse. Skylar giró la cabeza hacia el cielo, como si reflexionara sobre su
pregunta, aunque en realidad solo estaba disfrutando del momento.
—La luna de sangre es un premio para los que en su otra vida se portaron bien… y un castigo para los que no. —Levantó un dedo y señaló a su ejército de almas condenadas, que les daban la espalda pero que miraban fijamente la luna, como si esperaran algo que nunca llegaría—. No todas las almas tienen derecho a cruzar. Algunas están condenadas a permanecer aquí, en Bankai, para siempre.
—¿Y cómo cruzan si no es por el cielo? —preguntó, ladeando la cabeza mientras jugueteaba con un mechón de su cabello blanco.
—El cielo no tiene nada que ver con esto. Las almas cruzan por el mar. Cuando la luna de sangre está en su punto más alto, la niebla que cubre Bankai desaparece y las almas se sumergen en las aguas. El mar las arrastra al territorio al que quieren llegar… si tienen el derecho.
Eda parpadeó, y su nariz respingona se arrugó ligeramente.
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—¿Y si no lo tienen? ¿Qué les pasa?
—El mar las rechaza. Las almas que no son dignas no tienen ningún lugar al que ir, y el océano se encarga de recordárselo. Cuando la luna de sangre está en su punto, el agua se transforma en corrientes de energía, como si fuera un río vivo hecho de luz. Las almas que merecen cruzar se mezclan con esas corrientes, convirtiéndose en partículas que brillan como auroras mientras se mueven entre los territorios. Pero no todas tienen ese privilegio.
—¿Y las que no lo merecen? —preguntó.
—Las que no lo merecen quedan atrapadas en la tormenta. —Se inclinó ligeramente hacia ella—. Esas almas no se mezclan con la luz; son rechazadas, arrancadas del flujo y devueltas a Bankai. Pero no vuelven igual. La energía del mar las consume, las transforma. Pierden su forma, su esencia, y vuelven como sombras. Fragmentos de lo que alguna vez fueron.
—¿Y qué pasa después con esas sombras? —Se movió inquieta. Skylar levantó la mirada hacia el cielo rojo, como si la misma luna de
sangre le susurrara la respuesta.
—Se quedan aquí, atrapadas. Sin voz, sin propósito. Solo existen, un recordatorio eterno de lo que les fue negado. Algunas intentan resistirse, buscar otra oportunidad, pero es inútil. Bankai no perdona, Zafiro. El mar no da segundas oportunidades, y mucho menos yo.
Ella tragó saliva, pero no apartó la mirada. Eso era lo que más le fascinaba de ella: esa forma de tratarlo, como si lo que él decía no fuera suficiente para hacerla retroceder.
—¿Podemos ir a verlo? —preguntó, con ese tono casual que a él no lo engañaba ni un poco—. Bueno, me… Estoy cómoda aquí, pero creo que eso merece verse de cerca.
Eda se separó de su pecho y se incorporó con un movimiento ligero. Skylar no dijo nada al principio, solo la observó mientras se sacudía un poco el vestido para acomodarlo.
—¿Te importaría si vamos? Me encantaría enseñarle a Savannah el vestido. Ya sabes… —añadió, casi como si buscara una excusa.
Skylar dejó que su semblante se volviera neutro, pero, por dentro, su sangre hervía. Sus ojos la recorrieron despacio. Ese maldito vestido… Cuando ella mencionó que quería uno así, no lo pensó dos veces antes de hacerlo aparecer. Pero ahora, la idea de que alguien más la viera como él la
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veía, de que otro bastardo pudiera fijarse en lo jodidamente preciosa que estaba, le daba ganas de matar.
—No creo que yo sea bienvenido a ese tipo de ceremonias.
Eda se puso frente a él de un salto.
—Si te quitas esa capa de sombras y guardas esa maldita rabia asesina por una vez en tu vida, nadie te reconocerá. —Giró ligeramente sobre sus pies, haciendo que el vestido se moviera con ella, como si bailara sin proponérselo, y en ese momento él quiso danzar con ella—. Créeme, nadie va a perder tiempo mirándote a ti.
Ella se rio con suavidad, como si aquello fuera obvio, y le tendió la mano con esa confianza que siempre parecía ponerlo al límite.
Skylar no dijo nada. Tan solo se desvaneció en un parpadeo y apareció justo frente a ella, lo que hizo que Eda diera un pequeño salto hacia atrás sorprendida.
—¿Tengo que soportar que todo el mundo vea lo preciosa que estás? —gruñó, y levantó una mano para colocarla suavemente en su cuello, sus dedos manteniéndola cautiva bajo su tacto sin apretar.
Eda lo miró con los ojos entrecerrados.
—Te recuerdo que si me haces enfadar, muerte, te apuñalaré.
Skylar levantó la mirada hacia las cenizas que aún flotaban en el aire, un recuerdo claro de lo que ella había hecho antes, cuando el éxtasis la consumió por completo. Había reducido las primeras filas de su ejército de wendigos a polvo sin siquiera darse cuenta.
—Solo te llevaré a ver la ceremonia en la playa si es bajo mis condiciones —dijo finalmente, y soltó su cuello con una lentitud que no era casual.
Eda lo miró con desconfianza.
—¿Cuáles? —preguntó cruzándose de brazos.
—Hoy no es el mejor día para usar la magia de desvanecerse. Me apetece algo diferente. Volaremos. Así que, te montarás sobre mí y volarás conmigo.
Ella hizo algo que él no esperaba. Sonrió, una de esas sonrisas suyas que siempre lo descolocaban.
—Me gusta la idea de ser la única jinete de un fénix —dijo Eda, con ese tono tan casual que lo hacía querer poner los ojos en blanco o tal vez arrancarle la ropa allí mismo. Luego añadió, como si nada—: pero ser la primera jinete de un dragón de sombras… Eso me gusta mucho más.
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Skylar casi perdió el control. Casi. Por un instante, el dominio de sí mismo estuvo a punto de romperse mientras la miraba. Por la muerte, aquella mujer lo encadenaría un día de esos. Su sangre, su presencia, su jodida existencia lo consumía, lo empujaba al borde de lo que podía soportar.
Cada vez que respiraba su olor, cada vez que la veía desafiarlo, tocarlo, provocarlo sin darse cuenta… era como si lo tentara a cruzar un límite del que no habría vuelta atrás. Y él quería cruzarlo. Quería devorarla. Marcarla. Hacerla suya de una manera que nadie más pudiera siquiera imaginar.
Pero no. Aún no.
Porque si se rendía ahora, no habría marcha atrás. Y él no era un hombre que hiciera las cosas a medias. Cuando la tomara, sería por completo. Y para siempre.
Como si supiera justo lo que estaba haciendo, Eda se giró, empezó a caminar hacia la salida de la cúpula y descendió los escalones. El vestido rojo se movía con ella, deslizándose sobre su piel como una provocación hecha tela, como si hubiera nacido para tentarlo, para atormentarlo. Como si supiera que cada paso suyo lo volvía loco.
Skylar la observó con la mandíbula apretada, sintiendo la tensión recorrerle el cuerpo y atenazarlo por dentro. Otra vez. Otra maldita vez ella lograba endurecerlo con solo caminar. Cada curva de su cuerpo bajo ese vestido, cada balanceo de sus caderas, cada mínimo gesto que hacía sin siquiera intentarlo…, todo en ella lo provocaba. Y lo odiaba. Joder, lo odiaba.
Cuando llegó al final de los escalones, ella se giró despacio y lo miró por encima del hombro, con esos ojos que lo desafiaban, lo ponían a prueba, lo retaban de una manera en la que nadie más se atrevía. Y Skylar lo supo. Ella estaba jugando con él. Y lo peor era que había ganado.
—¿Vas a transformarte en dragón o no? —preguntó con ese tono que siempre lo sacaba de quicio—. No me hagas impacientarme, Skylar O’Hara.
Sin decir nada, Skylar se desvaneció, su cuerpo se disipó en la nada y la dejó sola en la cúpula. La oscuridad se agitó a su alrededor cuando reapareció fuera, en el centro de un claro lo bastante amplio para lo que estaba a punto de hacer.
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El ejército de wendigos lo rodeaba, sus ojos podridos observándolo. Las almas condenadas eran útiles, pero en momentos como ese solo representaban un estorbo. Sin perder tiempo, levantó una mano y gruñó una orden con la voz impregnada de poder.
—Fuera de mi camino.
Los wendigos se movieron rápidamente hacia los lados como ratas, dejando un espacio enorme para su amo. Skylar chasqueó la lengua y lo dejó suceder.
La oscuridad comenzó a arremolinarse a su alrededor absorbiendo la poca luz que quedaba. La energía que lo rodeaba se expandió y se alargó hasta envolverlo por completo. Su figura humana se distorsionó, retorciéndose en algo mucho más grande, más letal. En cuestión de segundos, Iron dejó de existir. En su lugar, una bestia colosal emergió, oscura como la noche, con alas que podían eclipsar el cielo.
Sus ojos brillaban con un dorado intenso, dos orbes ardientes que perforaban la oscuridad como llamas en medio del vacío. Las garras, largas y curvas, parecían capaces de destrozar montañas con un solo golpe, mientras su cola, afilada como una lanza, se movía con un poder destructivo contenido.
El suelo bajo sus patas tembló y crujió como si no pudiera soportar su peso, cada una de ellas lo bastante grande y poderosa como para aplastar a un centenar de wendigos en un solo movimiento, dejando solo polvo y huesos destrozados a su paso.
Skylar giró su enorme cabeza hacia Eda, que lo observaba desde la distancia con esos ojos azules capaces de atravesar hasta la oscuridad que lo envolvía. Pero entonces, ella dio un paso hacia él.
El vestido rojo se movía con ella, era hermosa. Un caos hecho carne. Cada parte de ella diseñada para atormentarlo, para empujarlo más allá de sus propios límites.
—Te veo, Skylar. —Otro paso—. Te veo dentro de ese enorme dragón de sombras. No puedes engañarme. Ya no.
Skylar dejó escapar un gruñido mientras sus garras se clavaban en la tierra, como si necesitara anclarse.
Desde su forma de dragón, la observó acercarse. Tan pequeña. Tan frágil en comparación con él. Pero esa fragilidad era una ilusión, porque a pesar de la diferencia de tamaños, a pesar de la monstruosidad que
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representaba en ese momento, ella seguía avanzando. Y entonces, lo golpeó la realidad. Ella iba a montarlo.
Joder. Ella iba a montarlo.
Era la primera persona en ese mundo que daba un paso hacia él de esa forma, la primera que le hacía frente sin miedo, sin dudar. Sin retroceder. Siempre avanzando.
Te recuerdo, Zafiro, que no llevas ropa interior.
Le encantaba poder comunicarse con alguien de esa forma, algo que jamás creyó posible, no después de milenios de soledad en su propia oscuridad.
Soy plenamente consciente de ello, Iron Shadow.
Su pecho se hinchó y dejó escapar un gruñido bajo y gutural, un sonido tan profundo que hizo vibrar el suelo bajo sus garras. Solo un poco, lo suficiente para que el temblor la hiciera tambalearse ligeramente hacia atrás. Quería que viera que él no era un simple dragón.
Su mente divagó un instante. Ojalá pudiera tenerla en su cama durante días, años, siglos, milenios. Hacerla arder. Encenderla hasta que el mundo entero quedara en llamas. Hasta que no hubiera nada más que cenizas, hasta que su nombre fuera lo único que existiera en su piel, en su sangre, en su alma. Pero no quería solo su cuerpo. Necesitaba su corazón. Quería que fuera suyo. Solo suyo.
Y no de otro hombre.
Skylar no podía soportarlo. Verla moverse con tanta soltura sobre su lomo, con tanta naturalidad, con una habilidad que no le pertenecía. Basilius le había enseñado eso. Ese maldito cabrón.
No dijo nada mientras la veía trepar, pero cuando su cuerpo reaccionó antes que su mente, supo que estaba hundido. Porque no pudo evitar ayudarla. Desde su propio ser, las sombras se alzaron como tentáculos oscuros que se movieron para sostenerla, para guiarla, para asegurarse de que cada parte de ella quedara exactamente donde debía estar. Ella ni siquiera lo pidió. No lo necesitó. Él simplemente lo hizo.
Muéstrame tu infierno, Skylar, le pidió cuando estuvo lista, y él se lanzó al cielo escarlata.
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Eda
Skylar se transformó en los cielos antes de llegar a la playa.
La arena bajo mis zapatos era oscura, casi negra, como la del lago frente al castillo. Pero allí, junto al mar, todo se sentía diferente. Más vivo. Más mágico. El océano se extendía ante mí, inmenso y profundo, con sus aguas reflejando la luz de la luna de sangre como si fueran un espejo en llamas. Rojo y negro, sangre y sombra. El mar parecía un portal, un límite entre los vivos y los muertos. Y la playa… la playa estaba llena de ellos.
Las almas avanzaban en una procesión hacia el agua, sus figuras brillando con un resplandor etéreo mientras dejaban tras de sí un rastro de luz. Parecía un desfile de estrellas fugaces moviéndose en dirección contraria. En cuanto sus pies tocaban el agua, su esencia se fundía con las olas, como si el mar los absorbiera en su abrazo rojo. Familias enteras caminaban juntas, algunas riendo, otras en silencio, sosteniéndose de la mano como si temieran perderse en el viaje. Había niños que corrían por la arena, sus risas elevándose por encima del murmullo del océano, persiguiendo luces invisibles que solo ellos podían ver.
Pero la playa no era solo un lugar de despedida. Era una fiesta. Hogueras y más hogueras iluminaban la arena, y a su alrededor, grupos de
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almas reían, hablaban, cantaban. Algunos tocaban instrumentos que nunca había visto antes, creando melodías. Había mesas improvisadas, mantas extendidas sobre la arena, cestas llenas de pan, frutas y jarras con lo que parecían ser bebidas. Una gran cena, una celebración en honor a aquellos que cruzaban.
Era hermoso. Tal vez porque todos sabían lo que significaba esa noche. Una oportunidad. No para volver a la vida, pero sí para volver a casa. Para acercarse, aunque fuera por un instante, a aquellos que dejaron atrás. Aunque sus seres queridos no pudieran verlos, aunque no pudieran tocarlos, ellos estarían ahí.
Mientras veía las almas desvanecerse en el mar, un pensamiento se aferró a mi mente. Mi madre. ¿Alguna vez estuvo allí? ¿Cruzó esas aguas buscándonos, aunque fuera solo por un instante?
El pecho se me oprimió al imaginarla invisible a nuestros ojos, pero lo bastante cerca como para rozarnos sin que lo supiéramos. ¿Y si había estado allí? ¿Y si alguna vez miró hacia el mundo de los vivos con la misma desesperación con la que yo la buscaba ahora?
Tragué saliva. ¿Estaría ahí esa noche? ¿O su alma ya habría encontrado descanso en otro lugar?
Di un paso atrás, pero choqué contra algo sólido. O, mejor dicho, alguien. El cuerpo de Iron estaba justo detrás de mí, firme, inmóvil. Antes de que pudiera reaccionar, su mano se posó en mi espalda baja.
—¿Estás bien? ¿Quieres volver al castillo? —Su voz llegó como un susurro, solo para mí.
Me giré sorprendida por la cercanía. Había cambiado. Vestía por completo de negro, como siempre, pero con una camisa de corte más elegante. Su cabello, usualmente desordenado, ahora se encontraba en su sitio.
Estaba a punto de decir algo, cualquier cosa, pero entonces la voz de Savannah irrumpió detrás de nosotros.
—¡Habéis llegado! No puedo creerlo. ¡Mi mismísimo hermano está aquí! —La risa melodiosa de Savannah estalló entre las demás voces, y antes de que pudiera reaccionar, di un paso instintivo hacia un lado para alejarme de Skylar.
—Hola, Savannah.
Ella, con su vestido rosa de tul y mangas transparentes, se acercó con la emoción pintada en el rostro.
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—¡Por la muerte, Eda! ¿De dónde has sacado ese vestido? —exclamó rodeándome en un abrazo—. No estaba en tu habitación antes. ¿Cómo lo has conseguido? Es espectacular. —Su mirada se deslizó de inmediato hacia Skylar, una ceja alzada con sospecha—. ¿Tienes algo que ver con esto?
Skylar, con esa sonrisa peligrosa que parecía burlarse de todo, se encogió de hombros.
—También sé de vestidos, Savannah.
Ella soltó una carcajada.
—¿Tú? Por favor. Tú sabes más sobre cien formas de desmembrar a alguien que sobre moda. ¿Vestidos? No me hagas reír.
—Estás preciosa —desvié la conversación con rapidez. Savannah me soltó, pero su sonrisa traviesa permaneció intacta. —Gracias, Eda. Pero vamos a lo importante… ¿Cómo has conseguido
traer a la muerte aquí? ¿Algún plan malvado? Seguro que sí. —Se giró hacia Skylar, colocó una mano sobre su bíceps y la apretó—. Hacía milenios que no veía a mi hermano aquí. Gracias por traerlo. Sé que ha sido cosa tuya.
Sonreí algo incómoda. No podía evitar pensar en cómo ella y Rai habían desaparecido esa mañana justo cuando Skylar y yo casi nos arrancábamos la cabeza. ¿Lo habrían escuchado todo?
Skylar, que nunca perdía oportunidad para fastidiar, inclinó ligeramente la cabeza hacia mí.
—Sí, Zafiro. ¿Cómo lo has conseguido? Dímelo, que yo también tengo curiosidad.
Le lancé una mirada fulminante antes de devolver la atención a Savannah.
—No ha sido un plan malvado. Solo… accedió.
—Oh, por favor. —Savannah puso los ojos en blanco—. Skylar nunca accede a nada. Nunca. Si está aquí, es porque tú se lo pediste de la forma correcta.
El calor subió por mi cuello, pero me obligué a mantener la compostura.
—¿Y qué forma sería esa?
Savannah me estudió con diversión.
—No lo sé, pero si has logrado que este desgraciado salga de su trono de muerte y oscuridad…, es porque lo tienes bien agarrado por los
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cuernos.
Skylar soltó una carcajada.
—Vas a arrepentirte de esa frase, Savannah.
Ella se giró hacia un grupo de almas que reían y bailaban cerca de una hoguera.
—¡Rai! —gritó, con esa energía despreocupada que siempre tenía—. ¡Rai Raider!
Desde la multitud, Raider se separó de las almas y se acercó con una jarra de cerveza en la mano. Su paso era relajado, despreocupado, y cuando llegó hasta nosotros, nos dedicó una sonrisa que delataba que estaba más que un poco ebrio. Skylar, por otro lado, no sonreía. Su mirada oscura recorrió a Rai de arriba abajo como si evaluara si valía la pena el esfuerzo de romperle algo. Rai, en respuesta, alzó la jarra en un gesto burlón.
—Relájate, Iron Shadow —dijo dando un sorbo largo a su bebida—. Todo está controlado. Nada de fisuras mágicas hoy, nada de inconvenientes, nada de… llamas descontroladas. —Giró la cabeza hacia mí y me guiñó un ojo—. Podemos disfrutar la noche tranquilos.
—Yo no estoy tranquilo. —Skylar paseó su mirada por la playa, como si esperara que algo saliera mal en cualquier momento.
—Venga, Sky, relájate un poco. —Savannah puso los ojos en blanco antes de darle un beso en la mejilla con una sonrisa, mientras Rai, sin perder el tiempo, se acercaba a mí y me ofrecía su jarra.
—¿Quieres un trago? Vamos, no me dejes beber solo.
Dudé un segundo, pero al final cedí, tomé la jarra y le di un pequeño sorbo. La bebida ardió en mi garganta, fuerte y especiada, como me gustaba.
—Vaya, vaya… —murmuró Rai, inclinándose hacia mí con una sonrisa torcida—. Parece que llevas un poco del olor de Iron Shadow encima. ¿Cómo puede ser eso?
Yo me quedé petrificada. Mi mente se puso en blanco por un segundo, pero luego mis ojos buscaron desesperados a Savannah. Ella estaba igual de sorprendida que yo. ¿El olor de Skylar? Mi mirada voló hacia él.
Skylar no se inmutó. Ni un solo músculo de su rostro se movió. No se apresuró a negarlo, no fingió estar confundido. Nada. Solo se quedó ahí observando, como si aquello no acabara de destrozarme los nervios.
—¿Qué me he perdido? —preguntó Savannah cruzándose de brazos.
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—Nada que te incumba —habló Skylar con total tranquilidad.
Rai, demasiado borracho para captar el peligro en el ambiente, se acercó otro paso. Mala idea.
Skylar extendió una mano y lo empujó hacia atrás con una facilidad insultante, ni siquiera usó su fuerza, pero lo alejó como si fuera un insecto molesto. Rai arqueó una ceja tambaleándose antes de recomponerse.
—Uf, alguien está un poco territorial hoy.
—Si no cierras la maldita boca, Rai…, la próxima vez que me convierta en dragón, te juro que te devoraré vivo —lo amenazó Skylar.
Un escalofrío recorrió mi espalda. No lo había dicho en broma.
Rai, sin embargo, solo se echó a reír. Completamente ebrio, pasó un brazo por mis hombros como si fuéramos los mejores amigos del mundo.
—Vamos, no hará eso. —Me miró con una mueca divertida—. ¿A que no lo hará, Zafiro? Y si lo hace, seguro que te asustas.
No sé qué me poseyó en ese momento, pero le sostuve la mirada con una sonrisa.
—La verdad, Rai…, lo siento mucho, pero me encantaría ver a un dragón de sombras devorándote. Solo por curiosidad.
Savannah soltó una carcajada, Rai pestañeó y Skylar apretó la mandíbula.
Yo me limité a darle otro sorbo a la jarra, ignorando el calor en mi rostro mientras Savannah me rodeaba con el brazo y me alejaba de ellos con rapidez.
—Anda, ven, déjalos que se maten en silencio. —Me estrechó contra ella—. Skylar ahora mismo está un poco nervioso y ya sabes que tiene un carácter complicado.
—Lo sé. —Reí entre dientes.
—Entonces, hagamos algo más interesante. Vamos a bailar…, que nos miren.
Escuché detrás de mí el gruñido bajo de Skylar, tan sutil que podría haber pasado desapercibido…, pero no para mí. No pude evitar sonreír, mordiéndome el labio con picardía, mientras Savannah me arrastraba hacia la multitud.
La música lo envolvía todo en la playa, con tambores y cuerdas que marcaban el compás. Savannah y yo nos movíamos con soltura alrededor
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de una hoguera, rodeadas de almas que aplaudían y reían, mientras los niños se unían al baile con esa despreocupación tan pura que hacía que el corazón doliera un poco. Savannah tenía una facilidad innata para conectar con ellos, para tomarlos de las manos y hacerlos girar con una gracia que los hacía reír a carcajadas. Y yo… hacía tanto tiempo que no estaba cerca de niños que, por un momento, me sentí parte de ese mundo otra vez. No importaba que fueran almas, ni que la muerte los hubiera reclamado. Esa noche parecían más vivos que nunca.
Íbamos de mano en mano, bailando con ancianos, con mujeres, con hombres que sonreían con nostalgia. Y yo me permití sentirlo. Me permití reír. Olvidar. Pero incluso en medio de aquella alegría, sentí su mirada, quemando cada centímetro de mi piel sin tocarme.
Levanté la vista y lo encontré allí, de pie, con los brazos cruzados y la mirada fija en mí. Sus ojos dorados me devoraban en la distancia, intensos, insondables. Pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, una niña pequeña, de cabellos rubios y enredados, corrió hacia él.
Skylar no se movió, pero sus ojos descendieron hasta ella con una lentitud casi cautelosa, como si temiera romper algo frágil con su sola presencia. La niña, en cambio, no mostró ni un atisbo de miedo.
—¿Puedo poner mis pies encima de tus botas? —preguntó con esa inocencia que no conoce el peligro—. Así no me pisarás.
Sentí un nudo en el pecho. Skylar parpadeó, claramente desconcertado. Su mirada saltó de la niña a mí, como si necesitara asegurarse de que aquello pasaba de verdad. Pero yo solo me encogí de hombros divertida.
—¿Quieres bailar conmigo? —le preguntó él, con esa voz grave que normalmente hacía temblar a cualquiera.
—Bueno… —La niña ladeó la cabeza—. Te he visto solo, y como a mí no me gusta estar sola, pensé que podíamos bailar juntos.
Solté una risa baja y me cubrí la boca con los dedos.
Skylar parecía elegir sus palabras con cautela, como si su mente inmortal aún intentara procesar lo que estaba ocurriendo. Aun así, terminó por extender la mano.
—Adelante, pon tus pies en mis botas.
La niña sonrió y apoyó sus pequeños pies sobre los de él. Skylar la sostuvo, moviéndose con cuidado, como si temiera romperla. Con total confianza, ella se aferró a sus muñecas con sus manitas diminutas y dejó
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que él la guiara en el baile. Y yo… yo no podía apartar la vista, porque quizá, por primera vez, Skylar no se veía a sí mismo como un monstruo.
—Señorita… —dije con dulzura acercándome a ellos al cabo de unos minutos—. ¿Me permitiría robarle a su acompañante para el próximo baile?
Skylar se quedó quieto de inmediato, como si no hubiera notado que me había acercado. La niña levantó la cabeza y me miró con sus enormes ojos azules, y fue entonces cuando la vi… la cicatriz. Una herida aún fresca marcaba su mejilla, como un rastro de lo que había sido su final. Pero ella no pareció notar mi reacción, simplemente asintió con una sonrisa radiante y, con un pequeño salto, bajó de los pies de Skylar y corrió en busca de otro compañero de baile.
Él siguió observando a la niña mientras se alejaba, pero cuando volvió los ojos hacia mí, yo ya tenía mi mano extendida hacia él.
—¿Me concederás este baile?
Skylar no respondió con palabras, no lo necesitó. En su lugar, su mano se deslizó hasta mi cintura con una posesividad silenciosa que hizo que mi piel se erizara. No me empujó, no tiró de mí con brusquedad… solo me atrajo hacia él, como si mi sitio hubiera estado ahí desde siempre.
Mi respiración se aceleró cuando nuestros cuerpos quedaron completamente alineados. La música seguía sonando a nuestro alrededor, pero ya no la escuchaba, solo sentía el ritmo de sus manos al recorrerme, el movimiento lento e inseguro con el que intentaba seguirme.
—Para alguien con siglos de experiencia, eres sorprendentemente torpe bailando, ¿eh? —Mis dedos se deslizaron hasta la parte trasera de su cuello y juguetearon con su cabello, dibujando círculos suaves sobre su piel.
Él soltó un sonido bajo, parecido a una risa, aunque apenas perceptible. —Perdona si me equivoco con los pasos, pero es que ninguna mujer me había pedido que bailara con ella antes. —Me estrechó contra su
pecho.
—¿Por qué?
Me separé de él solo lo suficiente para dar una vuelta completa, sintiendo cómo el vestido giraba conmigo, y antes de que pudiera alejarme del todo, sus manos volvieron a atraparme, reclamándome de nuevo.
—Porque nunca nadie había querido bailar con la muerte —respondió cuando una de sus sombras se deslizó por mi pierna desnuda y ascendió
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por mi muslo.
—Baila conmigo las horas que quieras… —susurré—. Porque esta noche… soy toda tuya.
Pero, de repente, Skylar se tambaleó. Fue un movimiento mínimo, tan sutil que por un instante creí haberlo imaginado. Pero no. Dio un paso atrás, y su cuerpo, siempre imponente, pareció vacilar, como si una fuerza invisible lo estuviera empujando.
—¿Skylar…?
Se giró hacia mí y, cuando nuestros ojos se encontraron, un escalofrío me recorrió la columna. Algo en su mirada andaba mal, algo que no pertenecía a alguien como él. Abrió la boca, como si intentara decir algo, pero las palabras nunca llegaron; en su lugar, su mano subió hasta su pecho y lo presionó, como si intentara sostener algo invisible, algo que se le escapaba.
Su rostro se contrajo de golpe, sus facciones marcándose en una mueca de dolor puro, uno que nunca antes había visto en él, como si algo lo estuviera rasgando desde dentro, algo que lo consumía. Aquello no era posible. Él no podía sentir dolor.
No Skylar.
No la muerte misma.
—¿Estás…? —Sin previo aviso, él cayó de rodillas en la arena y las sombras estallaron desde su cuerpo como un huracán oscuro, retorciéndose y agitándose como bestias enloquecidas.
—¡Skylar! —grité, el pánico apoderándose de mí mientras me arrodillaba a su lado y mis manos se extendían para alcanzarlo.
Pero antes de que pudiera tocarlo, sus sombras se alzaron como un muro, deteniéndome en seco. Retrocedí atónita. Las sombras gruñían y se retorcían a su alrededor como si estuvieran protegiéndolo…
—¡Dejadme entrar! —grité chocando contra la barrera de sombras. Seguí avanzando mientras las empujaba y sentía cómo se aferraban a mi piel como garras afiladas. Vacilaron, se agitaron… y entonces, cedieron. Se apartaron a mi paso, retrocediendo como si me reconocieran, como si supieran que yo era la única que podía alcanzarlo.
Me arrojé hacia él y lo sacudí con fuerza.
—¡Dime qué sucede! ¡Esto no puede estar pasando! ¡Tú no puedes sufrir! ¡Tú no tienes…! —Su cuerpo temblaba bajo mis manos—. ¡Tú no tienes un corazón que duela!
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Él alzó la mirada, y sus ojos, siempre llenos de ese poder que tanto odiaba y admiraba, estaban apagados. Parecían… vacíos.
—Bankai… —murmuró finalmente.
Giré la cabeza y el aire se atascó en mi garganta al ver a las almas, que hacía apenas unos segundos cruzaban el mar en calma. Se habían detenido, no porque quisieran, sino porque algo invisible las frenaba. Algunas intentaron seguir avanzando, pero el agua las rechazó con una violencia desgarradora y las arrojó de vuelta a la orilla como si fueran meros desechos.
Volví la mirada hacia Skylar. Seguía de rodillas en la arena temblando, pero lo peor eran las sombras. No eran como antes. No fluían con su control habitual, no, estaban fuera de sí y se agitaban como si intentaran desgarrarlo desde dentro, como si quisieran consumirlo o escapar de él por completo.
Algo iba terriblemente mal.
—¡Las almas no pueden cruzar! —gritó Savannah corriendo hacia nosotros. Su rostro desencajado mientras señalaba el mar—. ¡Algo anda mal! ¡¿Qué demonios está pasando?!
—¡Skylar, respóndeme! —rugió Rai Raider, que se había acercado a toda velocidad—. ¡Dime qué hacer, maldita sea! ¡No te quedes ahí!
Pero Skylar no respondió, ni siquiera pareció escucharlo. Nunca lo había visto así. Nunca había visto a la muerte… rota.
—Eda, ¡¿qué hacemos?! —gritó Savannah, señalando a las almas que seguían en la orilla—. ¡No pueden cruzar! Esto no había pasado nunca…
Skylar, con un esfuerzo visible, levantó la cabeza.
—¡Rai! —gruñó—. ¡Dime qué cojones está pasando en el imperio! Rai se quedó paralizado. Su confianza habitual se había desmoronado
en un instante, su mirada perdida en el mar de almas atrapadas. Abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.
—¡Ya sabes lo que tienes que hacer, infórmame de inmediato!
El impacto de su voz fue suficiente para sacudir a Rai de su trance, pero aún dudaba. Su mirada vaciló entre obedecer y quedarse.
—¿Quieres que te deje así? —preguntó.
Skylar inspiró con fuerza.
—¡Obedece! —le espetó—. ¡Si te quedas aquí, solo estorbarás!
Rai apretó los dientes y asintió, su cuerpo ya había comenzado a fundirse con las sombras.
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—¿Qué puedo hacer yo? —Savannah se giró hacia su hermano. —Recorre Bankai de extremo a extremo. Busca cualquier fisura
mágica abierta, revisa los límites del dominio. Si hay anomalías, infórmame. Luego dirígete a Arcadia, encuentra a los guerreros kailani y ponlos en marcha. Ellos saben qué hacer.
Savannah apretó los puños.
—Pero…
—Hazme caso por una vez en tu vida. —No dejó espacio para más discusión.
Ella vaciló un instante, pero al ver la resolución en su hermano, finalmente asintió con rigidez y desapareció.
Mis manos seguían aferradas a los hombros de Skylar. A nuestro alrededor, sus sombras comenzaron a elevarse, formando un muro oscuro que nos aislaba del resto del mundo. El desorden se extendía a mi alrededor, las almas huían en todas direcciones, pero sus formas parecían desvanecerse, como si el mundo mismo las borrara poco a poco…
Mis manos descendieron por su torso buscando algo, cualquier indicio de lo que ocurría. Lo toqué con cuidado, como si esperara encontrar una herida, algo físico que justificara lo que veía ante mis ojos. Pero no había nada. Su pecho subía y bajaba con dificultad, como si luchara contra algo invisible.
—No estás herido… —Mis manos volvieron a subir hacia su rostro—.
Pero algo te está pasando…, algo que no entiendo.
Su mirada estaba perdida, fija en algo más allá de mí, parecía hallarse atrapado en una visión a la que yo no podía acceder.
Y entonces, con un esfuerzo casi doloroso, levantó la mano. Su movimiento fue lento, como si el simple acto de alzar el brazo le costara la vida. Su palma se acercó a mi rostro y, en lugar de apartarme, incliné la cabeza hacia él y permití que me tocara.
—Ella… —susurró, y esa sola palabra hizo que mi sangre se congelara. No necesitó decir más. Sabía exactamente a quién se refería—. Ella está aquí… La Dama.
Lo vi moverse, su otra mano se alzó, no para tocarme, sino para hacerme desaparecer, para arrancarme de allí.
—¡No! —Di un paso atrás negándome a irme, y su mano nunca llegó a alcanzarme. Antes de que pudiera reaccionar, su cuerpo se desplomó, como si algo le hubiera arrebatado la vida.
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Y entonces los gritos comenzaron.
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Eda
Esos gritos… Me giré en busca del origen, pero lo único que me rodeaba era la oscuridad densa que parecía cernirse sobre mí. No podía ver más allá, como si estuviera atrapada dentro de una prisión.
Pero no me detuve. No podía detenerme. Cada paso era una lucha contra esa negrura viva que se enredaba en mis piernas, en mis brazos, reteniéndome sin lastimarme, como si intentara protegerme de lo que había más allá. Era su esencia, su poder desbordado sin control, un último reflejo de su voluntad que se aferraba a mí incluso en ese estado.
Pero ahora, en aquella playa, solo quedaba yo. Nadie más. Y si él no podía detener aquello, tendría que hacerlo yo.
Inspiré hondo y avancé con más fuerza. Empujé todo lo que pude y sentí cómo esa barrera oscura se resistía por un instante antes de ceder, desmoronándose ante mi determinación. Y cuando logré atravesarla, lo vi.
Lo que había más allá no era nada que pudiera haber imaginado.
El cielo, antes teñido de escarlata por la luna de sangre, ahora ardía en un verde esmeralda enfermizo que se expandía como una plaga sobre el horizonte. Pero no era solo el color, sino las nubes de formas humanas,
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como espectros atrapados en un remolino eterno. Rostros deformes emergían y desaparecían entre los giros.
Y el mar…
El agua había cambiado. Ya no era la marea oscura y profunda que conocía. Ahora reflejaba ese brillo venenoso del cielo, convirtiéndose en un océano de pesadillas. Pero lo peor no era el color. Lo peor estaba debajo.
No había olas ni había corriente, solo una negrura infestada de humo esmeralda, como si el agua estuviera podrida desde dentro. No eran simples sombras. Era un veneno etéreo que se retorcía bajo la superficie, formando figuras que no deberían existir. Cuerpos, espíritus, fragmentos de algo que había sido humano alguna vez, pero que ahora solo era una masa condenada.
Noctífagos.
No nadaban. No flotaban. Se deslizaban como espectros hambrientos, avanzando con un propósito que no podía entender. No había orden en su movimiento, solo caos. Un enjambre de muerte que se extendía más allá de lo que mis ojos podían ver.
Era una tormenta de almas en pena.
Un ejército que no debería existir. Algo que no pertenecía ni al mundo de los vivos ni al de los muertos.
Y venía directo hacia mí.
Las almas que habían intentado cruzar el mar estaban atrapadas y se deformaban en medio de esa neblina esmeralda. Lo que antes eran figuras tranquilas y etéreas ahora se convulsionaban, estirándose como si algo las arrancase de sí mismas, como si sus cuerpos espirituales estuvieran siendo desmembrados por una fuerza invisible.
Volví mi mirada a Skylar, aún desplomado en la arena.
—¡Tienes que levantarte! —le rogué, pero él no reaccionó. Ni un parpadeo, ni un aliento profundo. Nada.
El rugido de la tormenta se hizo más fuerte, arrastrando los gritos de aquellas almas condenadas que ya no eran lo que alguna vez fueron. Se acercaba, pero yo no me moví.
Volví a entrar en su prisión de sombras, ignorando la oscuridad que aún se aferraba a su cuerpo como un escudo. Me arrodillé junto a él y lo rodeé con mis brazos, apretándolo contra mí como si pudiera protegerlo de algo que ni siquiera entendía. Mis dedos temblorosos se deslizaron hasta
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su rostro y lo acaricié con una delicadeza que no tenía sentido en medio de tanta destrucción.
—Skylar… —susurré—. Tienes que volver. Por favor. Vuelve conmigo…
Sabía que él no era el tipo de hombre que se dejaba salvar, que aceptaba ayuda, que permitía que alguien lo viera caer. Pero en ese momento, entendí algo que había estado negando todo ese tiempo: incluso la muerte podía tambalearse. Incluso él podía necesitar que alguien lo sostuviera.
—No voy a dejarte, ¿me oyes? —Apoyé mi frente sobre la suya, sintiendo su respiración entrecortada contra mis labios—. Aunque el mundo entero se derrumbe, aunque todo lo que conocemos se desvanezca en la nada…, seguiré aquí. No importa si me rompe, no importa si me destroza. Me quedaré contigo.
Me aparté de Skylar y me puse de pie, mi vestido rojo se movía con cada paso que daba hacia delante. Sentí la arena bajo mis pies al quitarme los tacones, y con cada fibra de mi ser, deseé el peso de mi espada en mis manos, el ardor del fuego azul recorriéndome. Extendí los brazos para canalizar mi esencia, dejándola fluir como nunca antes.
Entonces, como si Bankai hubiera escuchado mi llamada, como si mi voluntad hubiera despertado algo dormido en lo más profundo, la espada apareció.
No como un arma de acero y filo tangible, sino etérea, una extensión de mí misma, forjada de luz y sombra al mismo tiempo. Brillaba con una intensidad imposible vibrando en mis manos, como si siempre hubiera estado ahí a la espera de aquel momento.
Mi cuerpo reaccionó sin pensar y adoptó la postura que conocía desde siempre, la que estaba impresa en mi piel y mis huesos. Y entonces la escuché.
Juntas, Eda.
Mi mirada se alzó al cielo justo cuando un destello azul rasgó la negrura.
Kali…
Apareció como un cometa, su fuego azulado desafiando el verde enfermizo del horizonte. Sus plumas ardían, cada batida de sus alas iluminando la playa como si el mismísimo sol hubiera descendido a la
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tierra. Sus tres colas se agitaron tras ella, y cuando aterrizó, la arena tembló bajo sus garras, marcando su territorio con un poder innegable.
Has venido.
Yo también he deseado estar a tu lado, Eda. Siempre, respondió por el vínculo.
Volví la vista hacia la tormenta de espectros esmeralda que se retorcía en el horizonte y que avanzaba sin piedad. Ajusté mi postura, cerré los ojos un instante y busqué en mi interior. No el poder, no la rabia…, sino algo más profundo. Algo que me recordara quién había sido antes de eso.
La niña que temía a la oscuridad. La mujer humana y mortal que alguna vez tuvo miedo de las bestias, del abismo, de lo desconocido. Que se escondía bajo las sábanas pensando que si no miraba, los monstruos desaparecerían. Pero esa ya no era yo.
Ahora era la mujer inmortal destinada a portar ese poder. La que había aceptado lo que corría por sus venas. Porque las bestias ya no eran una amenaza para mí. Porque la oscuridad ya no era algo que debía temer. Caminaba con ella en cada paso que daba.
Porque no hay luz sin oscuridad.
Pero, aun así, el miedo seguía ahí. No a los espectros, no a la muerte. Sino a mí misma. A perder el control. A volver a desear lo que una vez me llevó a la ruina. A sentir, aunque fuera por un segundo, que destruir el mundo sería la respuesta más fácil. ¿Y si tomaba demasiado de mi poder? ¿Y si el fuego que ardía en mí no era solo mío? Porque lo sabía. Lo había sentido desde el principio. Había algo que me unía a Skylar. Algo que todavía no comprendía.
Hacía milenios, mi poder había consumido el mundo entero. Pero ahora era diferente. Esta vez, yo era diferente. Yo tenía algo que Kaiserin nunca tuvo: un corazón.
Abrí los ojos de golpe.
Los espectros emergían del agua, uno tras otro, acercándose como una ola imparable. No los conté. No necesitaba hacerlo. Eran incontables. Y todos tenían el mismo objetivo: yo.
Apreté la empuñadura de mi espada mientras sentía el calor de las llamas recorrer mi piel. A mi lado, Kali agitó sus alas, su fuego azul iluminando la arena.
Eda, ¿recuerdas las fases del camino?
Asentí sin apartar los ojos de la horda de espectros que avanzaban.
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Las recuerdo, respondí, más para mí misma que para ella. La debilidad…, sentirte frágil, rota. La ira, ese fuego que puede consumirte por completo si lo dejas. Y el miedo, que te paraliza, que te deja inmóvil cuando más necesitas avanzar.
Kali movió sus alas.
Y la más importante, Eda. La que más poder puede darte.
¿Cuál, Kali? ¿Cuál es la última fase del camino?
La miré, y en su resplandor azul, supe que me estaba preparando para algo más grande que aquella batalla.
El amor, Eda. El amor. Es lo único que puede sostenerte cuando todo lo demás falla.
Me giré un instante, solo un segundo, para mirar el muro de sombras donde Iron Shadow seguía hundido, atrapado en su propia tormenta.
Tenía que protegerlo. A él. A Kali. A cada alma que habitaba Bankai. Aquel territorio no era solo un reino de muertos; era el último refugio, el equilibrio que sostenía tanto el mundo de los vivos como el de los muertos. Si no lo defendía, si no hacía lo imposible por mantenerlo de pie…, ¿qué quedaría después? ¿A dónde irían las almas? ¿Qué sentido tendría todo?
«Nadie va a salvarte de lo que viene». Esas fueron las palabras de Skylar en aquella posada, y tenía razón. Nadie me salvaría de aquello. Nadie tomaría aquella carga por mí. Pero lo que él no sabía, lo que nunca habría imaginado, era que esta vez sería yo quien lo salvaría a él.
Sentí el fuego dentro de mí y lo dejé crecer y tomar el control. Si el mar era fuego valirio, yo era un océano de llamas azules, infinito y poderoso.
Pensé en el amor. No solo el sencillo, sino cada parte de mí que había aprendido a amar. Pensé en mi familia, en los abrazos de mi madre, en mi padre y en mi hermano. Pensé en Theo, en la calidez de sus palabras cuando todo parecía perdido. Pensé en mi pequeña biblioteca, en las páginas de mis libros favoritos, en las historias que me habían enseñado a soñar. Pensé en Kali, mi fénix, mi aliada, mi alma gemela. Pensé en Dalton, en lo que una vez fue, en lo que había significado para mí. Y finalmente pensé en él.
En Skylar. En el odio que me hacía sentir viva, en la rabia que me desafiaba a ser mejor, en las palabras que me arrancaban los cimientos. Pensé en la forma en que me miraba, como si pudiera ver cada parte de mí,
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incluso aquellas que yo no quería mostrar. Y sentí el amor que empezaba a brotar en mí, algo tan incontrolable como el fuego que no podía ni quería detener.
Lo solté todo. Cada emoción contenida, cada herida abierta, cada recuerdo que alguna vez me hizo dudar. Lo dejé ir, lo transformé, lo convertí en llamas. Mi poder estalló y envolvió la playa, devorando la marea de espectros que intentaba alcanzarme.
Protegía lo que amaba.
A Kali, que rugía junto a mí. A Skylar, que yacía atrapado en su propio abismo.
Aquello no era solo poder. No era solo fuego y destrucción.
Era mi voluntad. Mi amor.
Yo era su yang.
Y ahora, más que nunca, estaba dispuesta a demostrarlo.
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Skylar O’Hara
Skylar dejó de sentir la arena áspera de la playa bajo su cuerpo. Ahora, mientras movía los dedos, notaba algo completamente distinto: piedra. Fría, dura y desigual.
Despacio, Skylar levantó la cabeza. Su visión fue borrosa al principio, pero poco a poco comenzó a aclararse. Todo a su alrededor estaba sumido en la oscuridad, pero podía distinguir unas luces azules que titilaban en la distancia mientras sus ojos se esforzaban por captar más detalles. Sabía que esas luces no eran el fuego de su Zafiro. No, eran luces frostfire. Y cuando su visión por fin se enfocó, se dio cuenta de que estaba en una especie de cueva de piedra, como si hubiera sido tragado por una montaña.
No sabía con exactitud qué ocurría, pero no necesitaba demasiadas explicaciones. Lo sentía en cada fibra de su ser: aquello era obra de la Dama. Ella estaba detrás de todo. Lo sabía como respirar, como sabía que él era la muerte. Lo que no entendía era cómo estaba pasando. Su poder, esa fuerza imbatible que había sido suya desde siempre, parecía encogerse dentro de él, ocultándose en lo más profundo de su ser.
Era como si Bankai mismo lo rechazara, como si alguien o algo lo desconectara del territorio que él mismo había creado. Nunca había sentido algo así antes. Y nunca, jamás, lo iba a aceptar. Pero incluso con la debilidad que lo atenazaba, Skylar no era alguien que se quedara inmóvil.
Cuando alzó la vista para ver dónde estaba realmente, lo único que hizo fue sonreír. No fue una sonrisa amable ni una burlona. Era afilada, peligrosa, un desafío en sí misma. Como si el mero hecho de estar de rodillas no significara una maldita mierda para él.
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Y ahí estaba ella. La Dama. La reina de su propio tablero, construido con sangre y mentiras. De pie, impoluta, como si aquel fuera su escenario y todos los demás meros peones en su juego. Su cabello negro brillaba bajo la luz frostfire, pero sus ojos…, joder, esos ojos verdes.
No eran hermosos. No tenían alma. Estaban huecos. Eran piedras incrustadas en su rostro, frías, muertas. Un abismo donde no había ni odio, ni ira ni placer. Nada.
Ella era un maldito parásito que se había aferrado a todo lo que podía para destruirlo desde dentro.
A su lado, como un perro obediente, estaba Basilius. Dalton Basilius. El emperador del imperio, o al menos lo que quedaba de él. Skylar no pudo evitar soltar una risa baja y amarga al verlo. Ahí estaba el gran emperador, con un rostro que pretendía autoridad, pero que Skylar conocía demasiado bien. Era el de alguien que había sido manipulado hasta la médula.
«Qué patético», pensó.
Skylar se movió, o al menos lo intentó. Su cuerpo no le respondía, cada esfuerzo era como intentar salir de un pantano que lo hundía más con cada maldito movimiento.
Ella. Su mente volvía una y otra vez a ella. Estaba sola, joder. La había dejado sola. ¿Cómo coño había pasado eso? Iron Shadow no era alguien que dejara cosas sin hacer ni mucho menos que abandonara a las personas que le importaban, pero ahí estaba, atrapado en aquel agujero, mientras ella…
El tatuaje del fénix en su espalda ardió como si alguien hubiera presionado una brasa al rojo vivo contra su piel. Joder. Sabía lo que significaba. Lo había sentido antes, tantas veces que ya no podía fingir que no lo entendía. Zafiro estaba en peligro. Algo jodido le estaba pasando. Pero el dolor no significaba la muerte. No todavía.
Si ardía, quería decir que seguía viva. Viva, pero en peligro.
Y eso lo enfurecía aún más.
—¡Joder! —rugió.
Tenía que salir, volver con ella porque lo necesitaba y él no estaba allí. No podía permitírselo, no podía quedarse quieto mientras todo a su alrededor se iba a la mierda.
La Dama avanzó un paso.
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—Iron Shadow…, mírate. —Su voz era suave, pero tenía ese tono asqueroso que parecía pegarse a su cuerpo como miel en mal estado—. El gran Iron Shadow reducido a esto… Agotado, débil…, perdido. Todo por culpa de tu orgullo.
Skylar no respondió. No necesitaba hacerlo. Sabía justo lo que ella pretendía: jugaba con él provocándolo para intentar meterse en su cabeza. La muy maldita creía que podía romperlo con palabras, que podía moldearlo a su antojo como había hecho con tantos otros.
No funcionaría. No con él.
—No tienes que seguir así, Iron. Mírate. Mira lo que has hecho con Bankai. La oscuridad, el dolor, el caos…, todo eso lo has sembrado tú. Es tu legado. —Ella avanzó un paso más—. Dime, ¿de verdad vale la pena seguir aferrándote a algo que ya está condenado?
—Eres una perra manipuladora —le escupió con odio.
La Dama ahogó un grito.
—Pobre Iron… Siempre tan empeñado en pelear…, incluso cuando ya has perdido. —Bajó la voz, como si intentara hacerle partícipe de un secreto—. No tienes que cargar con este mundo tú solo. No siempre tienes que ser el héroe.
Skylar la fulminó con la mirada, su sonrisa torciéndose hasta convertirse en algo casi animal. No era un gesto afable, sino una jodida advertencia. La idea de ceder, de rendirse, era el chiste más patético que jamás había escuchado.
—¿Dónde está ella, Iron? —rugió Dalton dando un paso al frente—. ¡Dímelo ahora mismo o juro por todo lo que me queda que te arrancaré la respuesta con mis propias manos!
Las llamas negras que envolvían a Dalton explotaron hacia Skylar. Pero, en lugar de detenerse o chocar contra algo sólido, atravesaron su figura como si él no estuviera realmente allí, como si fuera un simple reflejo. La llama idealis continuó su curso y se dispersó más allá de él y consumió el aire y golpeó las paredes de la cueva con un rugido ensordecedor.
—¡Habla! ¡No me hagas arrancarte cada jodida palabra de ese agujero que llamas boca! —rugió avanzando un paso hacia Skylar; las llamas negras chisporroteaban como si compartieran su rabia.
—¿Eso es todo lo que tienes, Basilius? —Su voz era baja, casi perezosa, y precisamente por eso dolía más—. Escucha bien, emperador
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de nada, ni tú, ni tus malditas llamas, ni siquiera tus patéticos intentos de jugar a ser fuerte, pueden tocarme. Así que, hazte un favor y cierra esa bocaza antes de seguir humillándote.
Las venas del cuello de Basilius se marcaron mientras daba otro paso al frente.
—¡Dime dónde está! ¡DÓNDE LA TIENES!
—Ella está en peligro, imbécil —gruñó—. Por tu puta culpa. Porque te dejaste manipular como el idiota que eres. ¿Es que no lo ves, Basilius? ¡Te está usando!
El cuerpo de Dalton temblaba, pero no de miedo. Era pura rabia, tan intensa que parecía a punto de estallar.
—¡Basta! —lo interrumpió la Dama—. Basta, Iron. Deja de mentirnos, de intentar confundirnos. Dinos dónde está. Dinos dónde tienes escondida a Eda. O iremos a Bankai nosotros mismos y…
Skylar gruñó con un sonido gutural, casi animal, que cortó sus palabras. Su cuerpo se sacudió con fuerza, como si intentara liberarse de las cadenas invisibles que lo mantenían allí.
—Ni te atrevas…, ni se te ocurra decir su maldito nombre. No te atrevas a ensuciarlo con esa boca tuya.
Intentó moverse de nuevo y sus sombras se agitaron débiles a su alrededor como si buscaran ayudarlo, pero sin la fuerza suficiente. Aquello no era real. No era su territorio. Joder, ¿qué demonios estaba pasando?
Basilius lo miró con los ojos abiertos de par en par.
—¿Cómo que está en peligro? —preguntó finalmente en apenas un tartamudeo—. ¡Qué le has hecho, Iron Shadow!
Skylar se sacudió de nuevo, más fuerte esa vez, como un animal atrapado en una jaula demasiado pequeña.
—Ella, Basilius —gruñó inclinándose hacia él, aunque no podía moverse más allá de las cadenas invisibles—. Pregúntaselo a ella. —Su mirada se giró hacia la Dama, como un cuchillo que buscaba sangre.
Basilius giró la cabeza hacia la Dama, la confusión pintando cada línea de su rostro y esta alzó las manos, como si quisiera calmarlo con una expresión que era pura dulzura envuelta en veneno.
—Alteza Imperial, no dejes que te arrastre a su juego. Él es un maestro en esto. En provocar, en dividir, en hacerte dudar. Todo lo que dice es para sembrar caos, para manipular. ¿De verdad vas a dejar que te controle?
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—¿Eso es lo que te dice? —escupió Skylar volviendo su mirada al emperador—. ¿Que soy yo el que manipula? ¡Joder, Basilius, abre los putos ojos! ¡Ella te está llevando directo al infierno y ni siquiera lo ves, maldito imbécil!
Su cuerpo se inclinó hacia delante hasta acercarse lo suficiente como para que cada palabra fuera un golpe directo.
—Por una vez en tu jodida vida, escúchame. Eda está en peligro. Y si sigues dejándote arrastrar por esta maldita perra, no salvarás a nadie. Ni a ella ni a ti mismo.
Basilius apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos, su mandíbula tan tensa que parecía que podría romperse los dientes.
—¡Devuélvemela! —rugió—. Devuélveme a Eda y acabemos con esta mierda de una vez.
—¿Sabes qué, Basilius? Eres más estúpido de lo que pensaba. —Se enderezó, su sombra alargándose—. ¡¿De verdad crees que esto trata de ti?! ¡Ah, emperador de nada, no tienes ni puta idea de dónde te estás metiendo!
La Dama volvió hablar:
—Iron, no tienes por qué seguir luchando. Estás agotado. Mira dónde te encuentras…, déjalo ya. Basta de esta lucha inútil.
—¿Lucha inútil? —repitió—. Esto ni siquiera ha empezado, perra manipuladora. —Se giró hacia el emperador—. Ella te está usando, Basilius. ¡Te está manipulando como el jodido títere que eres!
—Sé lo que eres, Iron. Sé lo que escondes. ¡Tú eres el dueño de la llama valirio! Todo esto, todo lo que está pasando, es por tu culpa.
—Demuestra que soy yo, Dalton. —Skylar apretó los dientes—. ¡Dame una puta prueba, una sola, que confirme que ese poder es mío! — Dalton, desquiciado, casi se arrancaba la mata de pelo negro mientras las llamas a su alrededor parpadeaban como si compartieran su locura.
—Y tú, ¿eh? Dime algo, Dama —continuó Skylar—. ¿También les has contado dónde te has escondido durante milenios para ocultar tu llama, como la cobarde que eres? ¿O esa parte la omitiste convenientemente en tu estúpido cuento? Me pregunto qué clase de mentiras has usado para que te creyeran.
Basilius parecía sacudirse, como si saliera de ese maldito hechizo de pacotilla que ella le había metido en la cabeza. Y joder, Skylar tenía que
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aprovecharlo. Tenía que seguir empujando, que romper ese control.
Odiaba a ese cabrón, no podía soportarlo, pero ahora no importaba.
Basilius era la única salvación de Eda.
—No dejes que te enrede con sus palabras. No le des ese poder sobre ti. Sabes perfectamente lo que es. Siempre ha sido esto —dijo la Dama dirigiéndose con calma a Basilius.
Y entonces lo vio. Allí, en el cuello de la Dama, balanceándose como si no fuera más que un simple adorno, cuando en realidad era todo lo contrario. Brilló un segundo, solo uno, pero fue suficiente para que Skylar lo reconociera.
El Ojo de Nyxar.
Ese artefacto no era un simple objeto, no. Era un monstruo disfrazado de joya, forjado en las entrañas corruptas de Valdemar, el bastardo territorio original de la llama valirio. No solo era una reliquia antigua, sino un arma, un jodido parásito diseñado para drenar el equilibrio de los territorios mágicos, para consumir su esencia y someterlos al control absoluto de esa llama.
Skylar sintió cómo su furia se encendía aún más, eso era lo que lo estaba drenando, lo que le arrancaba su magia, su conexión con Bankai. Ese puto collar era la raíz de todo, y ella lo lucía como si fuera un trofeo, como si no fuera el cáncer que estaba pudriendo todo lo que tocaba.
Su mente corría mientras pensaba en cómo romperlo. Tenía que arrancárselo del cuello, destruirlo y recuperar lo que le pertenecía. Pero primero tenía que llegar hasta ella, hasta el Ojo de Nyxar. Y para eso tenía que salir de esa prisión en la que lo había metido.
El tatuaje le ardió como si alguien le hubiera clavado fuego vivo en la piel. Nada, absolutamente nada en ese mundo, lo atravesaba como ese dolor que ahora le calaba hasta los huesos.
No, no, no. Aquello no podía estar pasando. Si el tatuaje le quemaba así, significaba que su Zafiro estaba al límite, que lo que fuera que estuviera haciendo la llevaba al jodido borde.
Tenía que volver. Tenía que volver con ella.
Skylar se giró hacia Dalton, su mirada más salvaje y desesperada que nunca.
—¡Vas a matar a Eda! ¡Vas a matarla si no me dejas volver! ¡VAS A MATARLA! —Debía seguir, convencerlo. Joder, solo un poco más.
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Basilius parecía tambalearse entre la duda y la rabia, sus puños temblando mientras las llamas negras a su alrededor titilaban con cada respiración.
—¡Tú eres el que la está matando! —chilló la Dama, su voz cortante, llena de falsa autoridad—. ¡Devuélvenos a Eda, Iron! ¡Tráela de vuelta!
Y fue en ese momento, en ese pequeño instante, cuando todo cambió. La Dama, siempre calculadora y en control, cometió el error que lo desató todo. Sus puños se encendieron, y no con un fuego cualquiera. No eran las llamas negras de Dalton. Fue un destello de fuego esmeralda, puro, voraz, que parpadeó solo por un segundo, pero fue suficiente.
Solo un segundo, un maldito segundo, pero Basilius lo vio. Skylar también. Todos lo vieron. Ese puto fuego era inconfundible. No había duda de lo que significaba, de lo que era: la llama valirio. La verdad que ella había intentado enterrar durante siglos se desató con ese chispazo, y ya no podía esconderlo.
Basilius giró la cabeza hacia ella tan rápido que casi se escuchó el crujido de su cuello.
—No. —La voz de Basilius fue un susurro al principio, apenas un murmullo—. No, no, no…
La Dama no dijo nada. Su rostro se mantuvo inmutable, pero Skylar vio la grieta en su máscara perfecta. Pequeña, casi imperceptible. Pero estaba ahí.
—Dime que no es cierto. —Basilius la miró, pero no con el deseo ciego con el que la había observado antes. No. Ahora la miraba como si fuera una maldita pesadilla de la que no podía despertar.
—Dime que no es lo que parece.
La Dama alzó la barbilla y, por un segundo, Skylar creyó que intentaría negarlo. Que intentaría mentir una última vez. Pero entonces, en lugar de responder, sonrió.
Fue solo una sonrisa. Pero lo dijo todo.
—¡¿QUÉ COJONES HAS HECHO?!
La Dama dio un paso atrás, pero no tuvo tiempo de reaccionar antes de que Basilius se abalanzara sobre ella. Su mano se cerró alrededor del colgante que reposaba en su cuello y lo arrancó con un movimiento brutal que la hizo tambalearse. El Ojo de Nyxar brilló en su mano, ese artefacto que había estado drenando a Skylar.
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—Da igual lo que hagas, Dalton. —La voz de la Dama se alzó—. Ella ya está muerta. Está sola, enfrentándose a una horda de espectros y al fuego valirio que he contenido durante milenios. ¿Lo entiendes? ¡Ya está muerta! No puedes salvarla.
Por un momento, todo se congeló. Skylar, aún atrapado en esa visión de pesadilla, observaba cómo las llamas de ambos comenzaban a intensificarse y crecían en un torrente de furia que amenazaba con desatar una guerra en ese mismo instante.
—¡Sálvala! —le gritó Basilius a Skylar—. Sálvala, y considéralo mi única jodida redención.
Basilius estrelló el Ojo de Nyxar contra el suelo. El artefacto se rompió en mil pedazos, y con él, el mundo que Skylar estaba viendo comenzó a desmoronarse. La oscuridad se tragó todo a su alrededor, y la última imagen que vio fue la de Basilius y la Dama, sus llamas enfrentándose en una explosión de poder tan intensa que iluminó la cueva como si fuera el día.
Y en ese último instante, Skylar murmuró entre dientes, con más convicción que nunca:
—La salvaré. Porque ella es mi mitad, mi puta mitad.
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Eda
El poder salía de mi interior como un río desbordado.
Mi llama, mi esencia, se liberaba en ráfagas que iluminaban la playa con un resplandor azul cegador. Fuego contra fuego.
Era una batalla que no solo se libraba en el aire; la sentía dentro de mí, en cada fibra de mi cuerpo. Cada chispa que salía era un trozo de mi alma, una parte de mi ser arrancada con fuerza, pero no podía detenerme. No podía permitírmelo.
Por un instante, no vi nada. Todo lo que me rodeaba desapareció, como si el mundo se hubiera reducido a ese torrente de poder incesante, brutal, que fluía sin cesar de mi cuerpo. Nunca había sentido algo tan puro, tan devastador, y con cada segundo que pasaba, entendía que aquello era peligroso. Muy peligroso.
Tenía que mantenerme allí. Tenía que sostenerme, aunque el peso de todo aquello me estuviera aplastando. Si perdía el control, si dejaba que el miedo, la rabia o la desesperación se colaran, el poder se volvería en mi contra, lo sabía.
Me forcé a pensar en lo bueno, en lo que había jurado proteger. Tenía que llenar mi mente con esos recuerdos, con esos sentimientos que me
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daban fuerza. El amor, no el odio. La esperanza, no el miedo.
Kali y yo éramos una sola, conectadas por ese vínculo que había resistido a todo, y juntas desatábamos un fuego implacable. Los noctífagos que se acercaban no tenían oportunidad; el fuego los tocaba y, al instante, sus gritos llenaban el aire antes de desvanecerse como si nunca hubieran existido.
El fénix y yo nos movíamos como si nuestros pensamientos estuvieran entrelazados en un solo propósito: destruir, erradicar, proteger. Porque eso era lo único que importaba. Porque no dejaríamos que avanzaran ni un solo paso más.
No sabía cuánto tiempo llevábamos así. Los segundos se deslizaban pesados y se convertían en minutos, tal vez en horas.
Las piernas me temblaban, la respiración se volvía errática, y mi pulso golpeaba como un tambor de guerra, cada latido una advertencia brutal de que estaba al borde del colapso.
«Sigue. Protege».
Esa única orden retumbaba en mi cabeza acallando todo. No había espacio para el miedo, para el dolor, para el agotamiento que me devoraba por dentro. Solo quedaba la certeza de que debía resistir.
La playa, las almas, Bankai, Kali… Él.
Todo dependía de mí. No podía caer. No podía ceder. Tenía que seguir, aunque mi cuerpo se quebrara, aunque el fuego dentro de mí me consumiera por completo. Porque si yo no lo hacía, si mis llamas se extinguían…, nadie más lo haría.
—¡Eda, te vas a consumir!
Esa voz… ¿de dónde venía? ¿Era mía? ¿Del cielo? Todo estaba borroso, difuso. Y entonces, otra voz, más baja, más cálida, apenas un susurro, llegó hasta mí.
—Vuelve, Eda… Despégate, vuelve. Estás bien. Solo retrocede.
Vuelve.
—¿Volver? —Mi propia voz sonó extraña, desgarrada—. No tengo a dónde volver…
Pero entonces algo me arrancó del abismo.
Dos manos.
Reales.
Una en cada hombro.
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Parpadeé, como si el mundo estuviera acomodándose de golpe. La visión borrosa se aclaró. Y ahí estaban. Elandra y Liral.
Elandra, con su cabello pelirrojo como un incendio domado, con esos ojos verdes… Liral, al otro lado, fuerte, con su habitual expresión severa, pero con sus dedos temblando sobre mi piel.
—Vuelve con nosotras, Eda —me rogó Elandra—. Déjalo. Suelta ese poder. Estamos aquí contigo.
Yo no podía moverme.
No podía soltarlo.
No podía permitir que todo se derrumbara si lo hacía.
—Si no lo dejas, te consumirás —habló Liral—. No podrás proteger a nadie más. No puedes sola.
No podía… ¿sola?
—No… —intenté decir algo, pero mi garganta era un desierto, seca, rota—. No puedo. Tengo que protegerlos. Protegerlos a todos.
—No estás sola. —Elandra apretó mi hombro con más fuerza, como si pudiera devolverme a la realidad con ese simple gesto—. Estamos contigo. Siempre. Pero necesitas detenerte. Suelta el poder antes de que te consuma.
Mi pecho subía y bajaba de manera errática. No podía. No debía. ¿Qué pasaría si lo soltaba? ¿Y si fallaba? ¿Y si todo lo que amaba se convertía en cenizas porque no había sido lo bastante fuerte?
—Confía en nosotras, Eda. —Liral inclinó la cabeza hacia mí, su voz más suave de lo que jamás la había escuchado—. Tienes que hacerlo. Estamos aquí.
Mis piernas cedieron, y finalmente, como si algo dentro de mí se rompiera en pedazos, el poder comenzó a retroceder.
Lo sentí retirarse, como si por fin bajara la marea, como una bestia herida volviendo a su cueva. Mi piel, que ardía en fuego azul, comenzó a enfriarse. Volvía a ser mía. No un arma. No una llama incontrolable. Yo seguía allí.
El fuego se apagó, pero la horda de noctífagos no había desaparecido y corría hacia nosotras. Mi cuerpo se tensó, mi mente gritó que nos preparáramos para el impacto, pero entonces… Un escudo.
El impacto fue silencioso, pero lo sentí recorrer mi piel como una descarga helada. Invisible, pero innegablemente real. Nos atravesó como una onda expansiva hasta cubrirnos a las tres, a Kali, al nightmare y a la
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bestia desplazadora en un domo inmenso y poderoso. Algo lo había invocado.
Giré sobre mis talones, con el pecho aún agitado, y allí estaba Adriel, con las manos extendidas y la mirada clavada al frente, canalizando toda su magia. Bajo su cuerpo, el zeng, con su propia energía entrelazada con la de Adriel, fusionándose en el escudo que nos cubría a todos, incluido a Skylar, que seguía inconsciente.
¿Qué hacían ellos allí? ¿Cómo me habían encontrado? —Descansa un segundo. —Elandra puso una mano en mi hombro. Negué con la cabeza. No podía. No aún. No cuando él seguía atrapado. Mi mirada volvió a Skylar. Algo dentro de mí se rompió al verlo así. Él
no había vuelto. Seguía encerrado en su propia oscuridad, y si no despertaba…
—Tenemos que protegerlo, tenemos que… —Mis palabras salieron arrastradas mientras me acercaba a él y mis rodillas cedían en la arena, pero no me detuve. Me arrastré hasta su cuerpo, mis manos temblorosas extendiéndose hacia él.
Las sombras dudaron al principio, pero luego comenzaron a apartarse lentamente, como si supieran que yo era la única que podía alcanzarlo.
—¿Ese escudo… es Iron Shadow? —preguntó Liral, y su voz fue suficiente para ponerme en alerta.
No lo pensé. No dudé. Me incliné más y pegué mi cuerpo al suyo. —Él no es lo que creéis. —Mis dedos acariciaban su rostro en un
intento desesperado por traerlo de vuelta—. No es el dueño de la llama valirio. No ha tenido nada que ver con esto. Él no…
—Lo sabemos —me interrumpió Liral.
—Lo sabemos todo, Eda. —Elandra dio un paso al frente—. Hemos venido a ayudarte.
Supe, en ese momento, que no estaban allí por casualidad. No habían venido solo porque sabían que algo iba mal. Ellas sabían más de lo que yo imaginaba.
—Tenemos que proteger a Iron Shadow hasta que vuelva en sí. No sé qué le está pasando, pero volverá. Tiene que hacerlo. Y hasta entonces, debemos protegerlo o será el fin de todo.
—Lo haremos. —Liral no dudó ni un segundo.
El nightmare avanzó hacia Elandra, sus ojos llameantes como brasas ardían en un cuerpo de humo y sombra. La bestia desplazadora, con sus
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patas capaces de devorar la luz misma, rugió con una fiereza que heló la sangre en mis venas. Ellos no solo estaban listos para pelear. Ellos eran la batalla misma.
Tenéis que luchar como lo que sois. Como jinetes, me susurró mi fénix. Sois parte de nosotros. De nuestro poder. Y sin vosotras, solo somos fragmentos vulnerables e incompletos.
Me giré hacia los demás.
—Se llaman noctífagos, son espectros creados por la Dama, la portadora de la llama valirio. —Me dirigí a Liral—. Los viste aquel día en la aldea, sabes lo que hacen si tocan a un mortal, pero no sé qué pasaría si rozan a un jinete. La única forma de detenerlos es acabar con esa nube que los trae. Yo y Kali iremos directas a por ella, vosotros os quedaréis en la playa.
Elandra dio un paso al frente.
—No estarás pensando en ir sola…
—No hay otra opción —la interrumpí sin titubear—. Si destruyo el origen, se acabó.
Liral negó con la cabeza, su mirada recorría mi cuerpo notando lo obvio: el temblor de mis piernas, la falta de aire en mi respiración.
—Eda, estás débil. Apenas puedes mantenerte en pie.
—Puedo soportarlo. —Y lo haría. No importaba si tenía que quemarme hasta los huesos, no había alternativa.
Bajé la vista a mi espada, que seguía enterrada en la arena, ardiendo con la llama azul que ya se había vuelto parte de mí. Tal vez, si infundía mi esencia en las armas de ellas, podrían acabar con los espectros sin depender solo de mí.
—Dadme vuestras armas.
Elandra desenvainó su espada y me la tendió antes de correr hacia Adriel. Sin perder tiempo, tomó la de su compañero y las dagas mientras él continuaba reforzando la barrera, esa frágil defensa que quizá nos daría unos minutos de ventaja. Liral, en cambio, vaciló antes de descolgar su arco.
—¿Las flechas también?
Asentí. No había probado a infundir mi llama en armas que no fueran las mías, pero si Skylar podía hacerlo con las espadas de los guerreros kailani, yo también podía encontrar la manera. Aunque lo suyo eran sombras y lo mío… fuego. ¿Y si las flechas ardían hasta consumirse?
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—Voy a imbuirlas de mi esencia, de mi fuego. Serán letales contra los noctífagos, pero, escuchadme bien…, no toquéis los filos una vez estén cargados. Sostenedlas solo por los mangos y no os las acerquéis al cuerpo. No quiero descubrir qué os haría este fuego si se vuelve contra vosotros — advertí mientras colocaba las armas en la arena, una tras otra.
—Mujeres de mi vida, ¡¿os podéis dar un poco de prisa?! —rugió Adriel desde la línea del escudo que los noctífagos ya habían comenzado a golpear, tratando de abrirse paso.
Me giré hacia las armas y cerré los ojos para concentrarme.
Sentí la llama en mi interior, esa energía que palpitaba con el ritmo de mi corazón. La dejé fluir, guiándola hacia mis manos. Al principio, fue un susurro, un leve fulgor en mis palmas. Luego el fuego se avivó.
Las puntas de las flechas de Liral se encendieron, pero no ardían como un fuego normal. No consumían la madera, no carbonizaban la punta. Solo vibraban con el poder contenido en ellas.
Luego tomé las espadas de Elandra y Adriel y canalicé la luz azul hasta que se concentró únicamente en el filo, dejando el mango intacto para que pudieran blandirlas sin riesgo.
—Está hecho. —Levanté la vista de las armas.
Liral tomó su arco y sujetó una flecha entre los dedos observándola. —Nunca había visto nada así…
—Pues más te vale que funcione —gruñó Adriel, que retrocedió unos pasos cuando un noctífago golpeó con fuerza el escudo.
Me puse en pie, tomé mi espada y me giré hacia el fénix. Kali estaba junto a las demás criaturas, las tres en posición de ataque frente al escudo. La bestia desplazadora mostraba los dientes, sus tentáculos retorciéndose con furia. El nightmare ardía en llamas oscuras, su cuerpo una silueta incandescente en la penumbra. Y Kali… Kali extendía sus alas, su fuego azul iluminando la arena. Sabía que Elandra dominaba las llamas, pero su fuego no era como el mío. No como el de Kali.
Los noctífagos seguían presionando contra el escudo, desesperados por atravesarlo. No quedaba mucho tiempo. Adriel lo sostenía con todas sus fuerzas, pero no podría aguantar para siempre. Y entonces lo supe. No estaban allí por la playa ni por las almas. No estaban allí por Iron, sino por mí.
Caminé hacia Kali. Sentía mis piernas temblar por el esfuerzo, pero la adrenalina seguía bombeando con tanta fuerza que apenas lo notaba.
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¿Puedes volar, Kali? ¿Tienes fuerzas?
Tengo hambre. Su tono era casi divertido, pero luego añadió, con una chispa oscura en su mente: Hambre de espectros, Eda. Quemémoslos hasta las cenizas.
Elandra y Liral montaron detrás de mí, sus armas imbuidas de mi esencia, afiladas y letales. Se ubicaron a mis flancos, listas para el combate.
—Eda, llega hasta la nube de noctífagos. —Liral habló con una firmeza inquebrantable—. Elandra, Adriel y yo nos quedaremos en la playa, asegurando la defensa y protegiendo a Iron.
Me coloqué sobre el lomo de Kali y sentí el leve temblor de sus plumas bajo mis piernas, como si respondieran a la tensión del momento. Deslicé mi espada a la espalda. No la usaría. No la necesitaba.
Aquello lo haría con mis manos. Con mi poder.
Justo antes de despegar, Elandra me habló con la determinación de alguien que sabía que aquello podía terminar muy mal:
—No mires atrás, Eda. No importa lo que pase, no importa quién caiga. Solo vuela y destruye esa maldita nube.
Kali se agitó bajo mi cuerpo preparada. Liral apretó el arco, los dedos en la cuerda, lista para soltar la primera flecha. Elandra alzó su espada sin tocarla, el filo brillando con furia, dispuesta a abrirse paso a golpes.
No hay debilidad, Eda. Ni miedo. Estamos juntas, me dijo Kali.
Y entonces, lo dije. No como una promesa. No como un deseo. Lo dije como un juramento que haría arder al mundo si era necesario.
—Nadie morirá hoy en esta playa. Nadie.
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Liral
Liral no podía ignorar la sensación de que el destino las había mantenido separadas hasta ahora, como si el tiempo hubiera tejido una distancia entre ellas, esperando el momento adecuado para reunirlas. Sabía que, de haberse encontrado antes, habría sido demasiado. Demasiada intensidad, demasiada fuerza, demasiada energía para cualquier tipo de equilibrio. Pero ahora lo entendía.
No supo cuánto tiempo había pasado desde que el lago los tragó. Solo sabía que ya no estaban en el imperio. El agua, de un morado profundo y sobrenatural, los había expulsado en un lugar que parecía existir más allá del tiempo, un lugar ajeno a cualquier tierra conocida.
Estaban en Bankai.
Lo supo por la vibración en su piel, por la magia que palpitaba en cada partícula de oxígeno que respiraba. No había lugar en Pramvera ni en Valdemar que pudiera acercarse, siquiera, a lo que sentía allí.
Habían terminado en un bosque lleno de cenizas que flotaban en el aire, como copos de nieve atrapados en un vaivén eterno. No caían ni se desvanecían, simplemente danzaban… Las luces en los árboles no eran solo reflejos, sino guías, caminos que brillaban en la oscuridad señalando
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direcciones sin palabras. Pero lo que en realidad los impulsó a seguir adelante no fueron ni las luces ni la ceniza.
Fueron las sombras.
La magia de Elandra se extendía como tentáculos, aferrándose a ella con la misma fuerza insistente de los últimos días. No había manera de ignorarlo. La magia los guiaba, los empujaba. Y fue entonces, mientras avanzaban, cuando unas figuras empezaron a materializarse en los árboles, en los caminos que seguían.
Al principio, eran solo siluetas borrosas, como espectros errantes, pero pronto tomaron forma. Eran almas. Familias enteras, hombres, mujeres y niños, envueltos en un resplandor azul pálido que flotaban serenamente entre los árboles retorcidos del bosque, como si fueran parte del mismo tejido del lugar, atrapados entre el presente y el olvido.
No hablaban. No se lamentaban. Solo observaban.
Algunas se quedaban quietas, otras se movían a su lado. Pero todas señalaban, con sus manos traslúcidas, el camino que debían seguir.
Nadie preguntó a dónde las llevaban ni por qué, ya no había fuerzas para cuestionarlo. Por fin, las manos de Liral, que antes estaban tensas sobre el pelaje de Dargan, se relajaron. Su cuerpo dejó de estar alerta, y sus sentidos ya no gritaban que el peligro estaba cerca.
¿Cómo podían haber llamado a aquel mundo el infierno cuando era allí donde, por primera vez en su vida, sentía que podía respirar?
—¿Así se siente morir? —preguntó Elandra con una curiosidad extrañamente serena, como si, después de días de caminar sin rumbo, su voz hubiera decidido regresar a ella.
Liral giró la cabeza hacia la pelirroja, aunque no había apartado los ojos de ella en ningún momento. Su mente no dejaba de dar vueltas a la manera en que se había lanzado tras ella en aquel lago.
—Tal vez por eso nadie ha vuelto —murmuró Adriel, dejando que su mirada recorriera las figuras espectrales que los rodeaban—. Porque la muerte aquí… es demasiado apacible. ¿No lo sentís? Como si todo se desvaneciera…
Las almas seguían moviéndose a su alrededor, algunas recogían frutos luminosos de los árboles, otras tan solo descansaban contra los troncos, con expresiones de paz. No había lamentos ni sufrimiento. Solo un silencio extraño, casi acogedor.
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—Al final… todos mueren. —Volvió a hablar Adriel, señalando a las almas que se deslizaban entre las sombras—. Nadie escapa a esto.
—Sí. Todos mueren. —Elandra clavó sus ojos verdes en Liral—. Pero, por desgracia, no todos llegan a vivir de verdad.
Continuaron avanzando, guiadas por las almas y las sombras, y todo las condujo a ese mismo momento, a ese instante preciso en el que Elandra empuñaba la espada bañada en fuego azul. El momento en que el escudo de Adriel cayó. Cuando Eda se lanzó al cielo, envuelta en llamas azules, dirigiéndose hacia la nube de noctífagos.
Liral no apartó la vista de Elandra hasta que la vio montar su nightmare con la precisión de una guerrera nacida para ello.
En un abrir y cerrar de ojos, Elandra se lanzó contra la nube de noctífagos, desatando la furia de su espada. Y fue entonces cuando Liral, girando sobre su montura con el arco en mano y el carcaj lleno de flechas imbuidas con el poder de Eda, empezó a disparar sin cesar. Cada flecha era un dardo de fuego azul que perforaba los torsos de los noctífagos. Y cuando estas los alcanzaban, los cuerpos se desintegraban, pero eran demasiados. No dejaban de llegar, una oleada tras otra, y a pesar de la lluvia constante de flechas, no parecía suficiente para detenerlos.
Dargan zigzagueaba entre ellos con agilidad, esquivando a los espectros por puro instinto. Cada giro, cada movimiento, era ejecutado con una destreza perfecta para evitar el contacto con aquellos seres.
—¡No dejéis que os toquen! —gritó Liral—. ¡No dejéis que toquen a las criaturas!
Afra, la montura de Elandra, levantó sus patas delanteras y soltó una ráfaga de fuego sobre los noctífagos, pero no tuvo efecto. El fuego común no podía matarlos. Solo la llama de Eda tenía el poder de destruirlos.
—¡Son imposibles de matar con fuego ordinario, Liral! —rugió Elandra, clavando su espada en el pecho de una de las criaturas. Cuando el filo la atravesó, el azul de la espada se expandió como veneno en su interior, desintegrándolo al instante.
Uno menos. Mil más en camino.
Adriel estaba detrás, cubriendo el cuerpo de Iron Shadow, que seguía tendido en la arena.
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—¡Van a por Iron Shadow! —Liral lanzó una nueva flecha y derribó a otro de esos monstruos—. ¡No podemos dejar que lleguen a él!
La batalla se había convertido en una matanza. Por cada uno que caía, dos más emergían, como si nunca fuera a terminar.
Liral alzó la vista hacia el cielo. Eda estaba en el centro de la tormenta, y verla era como contemplar a un dios en plena guerra. Su fuego azul chocaba contra las lenguas de fuego esmeralda en una lucha titánica, pero la nube no cedía.
De repente, el suelo rugió. Al principio fue solo un crujido sordo, una línea sombría que serpenteó por la arena como un relámpago negro. Pero de pronto una grieta se abrió con un estallido de magia cruda, expandiéndose sin compasión. Era un abismo devorador, una herida en la tierra que se extendía imparable, tragándose todo a su paso, como si la misma magia del lugar estuviera siendo arrastrada hacia su interior.
Los noctífagos comenzaron a caer en la grieta. No hubo tiempo para huir; ahora solo quedaban gritos y cuerpos retorcidos, deformados, en su último vestigio de vida antes de ser devorados por la oscuridad.
La grieta los arrastró sin esfuerzo, pero no se detuvo allí. No diferenciaba entre enemigo y aliado. Se expandía devorando todo a su paso, y Elandra estaba demasiado cerca.
—¡Elandra! —gritó Liral.
Todo pasó en un segundo, en un maldito segundo.
Afra intentó atraparla, pero falló. El nightmare saltó hacia ella con una rapidez mortal, sus enormes dientes aferrándose desesperadas a la tela de la camiseta de Elandra, tratando de sujetarla, de evitar su caída. Pero fue inútil. La tela se rasgó y, en un parpadeo, Elandra se deslizó de sus dientes. Su cuerpo cayó hacia atrás al interior del abismo.
Y Liral sintió cómo el mundo se detenía.
—¡NO!
Corrió.
No pensó, no respiró, solo corrió. Su cuerpo se movió antes que su mente, antes de que el terror pudiera alcanzarla. Cuando llegó al borde, su brazo se extendió sin dudar, sin pensar, como si el instinto ya hubiera tomado el control, sabiendo exactamente lo que debía hacer.
Las sombras emergieron de ella, rápidas y fluidas, como extensiones de su propio ser. Cruzaron el vacío con una agilidad feroz y se extendieron
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en el aire, envolviendo a Elandra en su abrazo oscuro antes de que la negrura pudiera devorarla por completo.
Liral miró hacia abajo, su corazón golpeando contra sus costillas. Elandra colgaba, sus manos buscando frenéticas algo a lo que aferrarse, pero lo único que tenía eran las sombras, enredadas a su alrededor, sujetándola con una fuerza que Liral nunca imaginó que poseía. Sin embargo, el peso de Elandra era insoportable, demasiado para cualquier ser, incluso para las sombras.
—¡Agárrate bien a ellas! —le rogó desesperada.
Elandra levantó la cabeza, y en sus ojos Liral pudo ver el terror. —¡No me dejes caer, Liral, o juro que te mataré!
Liral sintió el tirón en su propio cuerpo, un latigazo brutal, como si la grieta no solo quisiera llevarse a Elandra, sino también a ella. Las sombras que las unían vibraban y se tambaleaban bajo el peso, a punto de romperse.
No podía sola…
Y como si le leyeran la mente, unas manos se cerraron sobre sus hombros y la anclaron a la arena.
—¡No te dejaremos caer! —rugió Adriel, y ambos tiraron, luchando contra la fuerza que amenazaba con tragarlas.
Los noctífagos seguían cayendo a su alrededor, arrastrados por la grieta como si el mundo mismo los devorara.
—¡Casi lo tienes, maldita sea! —Liral rezó y rezó, aunque no sabía a quién se dirigía, pidiendo con todo lo que le quedaba que no dejaran caer a Elandra. Si la soltaban, nunca podría perdonarse. Y por un breve y aterrador segundo, pensó que si Elandra caía, ella iría detrás.
Elandra gruñó, jadeó y, con un último esfuerzo, estiró el brazo.
Adriel y Liral la sujetaron, tiraron con cada fibra de sus cuerpos ardiendo por el esfuerzo, con cada músculo temblando al borde de la ruptura, pero con un último y desmesurado tirón, lograron sacarla del abismo.
Los tres cayeron al suelo, sus cuerpos golpearon la arena con un impacto seco mientras respiraban entrecortadamente, agotados pero vivos. Elandra rodó sobre su espalda, su pecho subiendo y bajando con violencia, las manos temblando.
Estaba viva.
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Liral la miró, el aliento aún atrapado en su garganta, el pulso acelerado, la adrenalina corriendo por su piel. No dijo nada, y Elandra tampoco.
El silencio entre ellos hablaba más que cualquier palabra. Solo se quedaron ahí, con la arena pegajosa adherida a sus pieles y el rugido del combate retumbando a su alrededor.
La grieta seguía abierta, hambrienta, tragando noctífagos como si el mundo entero se desmoronara bajo sus pies. Las llamas aún devoraban el paisaje, el suelo seguía temblando, y lo único que podían hacer era respirar, sintiendo el peso de haber estado a un segundo de desaparecer.
En medio de esa locura, en medio de ese caos, Elandra soltó una risa.
—Te odio.
Liral resopló, demasiado exhausta para reír.
—Lo sé.
El rugido de Eda atravesó el cielo como un trueno.
—¡Escudo, Adriel! ¡Ya! ¡Cubríos!
Adriel se incorporó de inmediato, pero antes de que pudiera siquiera alzar las manos, su zeng reaccionó antes que él. La bestia lanzó un bramido, y su cuerno destelló con un resplandor cegador. Una barrera invisible estalló a su alrededor, envolviéndolos a todos en un escudo inquebrantable. Arena, ceniza y espectros golpearon contra él, pero nada podía atravesarlo.
Y entonces el cielo explotó.
Eda y su fénix descendieron como una maldita tormenta viviente, un cataclismo de llamas y furia. Kali agitó las alas, y ráfagas de fuego azul se desataron como relámpagos, cayendo sobre la grieta, sobre los noctífagos que aún intentaban arrastrarse fuera del abismo.
El fuego no solo los golpeó, los consumió. Se deslizó sobre ellos como un depredador, devorándolos desde dentro, reduciéndolos a nada antes de que pudieran soltar un último lamento.
Las llamas se extendieron con una violencia incontrolable, chocando contra la barrera de zeng. Pero el escudo se mantuvo firme y protegió a los jinetes y a las criaturas. Liral vio las brasas azules reflejadas en la superficie de la barrera, como si el cielo mismo estuviera incendiándose sobre ellos. Alzó la vista y observó el infierno desatado en el aire, el azul luchando contra el verde esmeralda de la nube.
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El rugido de Kali se mezcló con el estruendo de la batalla y, por un instante, fue lo único que se escuchó, una fuerza primitiva que dominó el caos. Y luego, como si la propia tierra respirara aliviada, la nube se rompió. Se desgarró en jirones de humo venenoso y se desintegró en el aire, desvaneciéndose como si nunca hubiera existido.
El fénix era una maravilla, un huracán de plumas ardientes que se retorcían en el cielo como una deidad desatada. Su fuego iluminó la playa con el resplandor de un amanecer, como si estuviera forjando un nuevo mundo, uno que aún no existía. Sin embargo, el campo de batalla seguía rugiendo. La voracidad de la grieta abierta no disminuía, y aún podían distinguirse cientos de noctífagos en la playa, buscando destruir lo que quedaba de ese mundo.
De repente, la tormenta cambió.
Ya no era solo fuego azul, sino algo más oscuro, una presencia que no pertenecía ni al cielo ni a la tierra.
Una ráfaga de oscuridad surgió desde la playa, un torrente de sombras que arrasó lo que quedaba de los noctífagos. Se movía rápida, de lado a lado, arrastrando a los espectros uno tras otro, sin piedad.
No era solo poder ni magia. Era un ser desatado que no conocía límites. Cada sombra que se levantaba parecía una criatura salvaje que desbordaba vida propia. Aplastaba a los noctífagos en un solo golpe. Parecía como si esa oscuridad hubiera venido a reclamar todo lo que quedaba, no importaba qué o quién se interpusiera.
No pedía permiso, no daba advertencias.
—Es… Iron Shadow —susurró Elandra arrodillándose sobre la arena sin apartar la vista de la batalla.
Iron Shadow se había despertado.
Pero no como antes, no como el hombre que dominaba las sombras. Ahora, él era la sombra misma, un humo viviente, un ser de puro poder que se deslizaba a través del aire, desapareciendo y reapareciendo con una velocidad inhumana.
Los noctífagos, desesperados, se arrojaron sobre él, su fuego esmeralda intentando consumirlo, pero no había cuerpo que quemar, no había carne que atravesar, solo un vacío impenetrable.
Iron Shadow se deslizó entre ellos como un depredador entre presas indefensas, arrasando a los cientos de noctífagos con una facilidad
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aterradora. De decenas, pasaron a ser solo unas pocos, y luego, nada. Liral nunca había visto algo así, nunca había presenciado tanto poder en acción.
Adriel bajó lentamente la mano, y con ella, la barrera se desvaneció, dejando que el aire se respirara de nuevo.
Todo había llegado a su fin.
Eda pasó volando sobre ellos, su cuerpo inclinado hacia delante. Su cabello se extendía detrás de ella, ondeando con la misma magia que su poder. Se deslizó por el lado derecho de su ave fénix, y aterrizó sobre la arena, levantando pequeñas nubes de polvo a su alrededor.
La presencia de Eda era tan imponente, tan deslumbrante, que la luz misma parecía doblegarse ante ella, dejando a su paso una estela de energía abrasadora, como si el aire alrededor se fundiera con su fuego.
Al otro extremo de la grieta, Iron Shadow se había detenido y la observaba. Era como si el mundo mismo se dividiera en dos, como si estuviera asistiendo a la batalla entre el día y la noche, la luz y la oscuridad. Eda, envuelta en su fuego abrasador, desafiaba la marea de sombras que rodeaba a Iron Shadow, quien permanecía inmóvil.
Eran la manifestación misma de la lucha eterna entre opuestos.
—Me alegra volver a verte, Zafiro —dijo con una sonrisa lo que parecía ser la misma muerte.
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Eda
El cansancio me golpeó de lleno en cuanto la adrenalina se disipó y me arrastró con él, dejándome con el cuerpo tenso y el pulso aún inestable.
Mi corazón, que hasta hacía unos minutos retumbaba con un ritmo frenético, comenzó a calmarse hasta volver a su compás habitual. Solté el aire en un suspiro y, sin pensarlo, dejé caer la espada sobre la arena, las llamas chisporrotearon antes de apagarse, pero ni siquiera les presté atención, porque mis ojos seguían clavados en él.
Skylar se mantenía al otro lado de la fisura mágica, la grieta que, por razones que aún escapaban a mi comprensión, había salvado a los jinetes. Los noctífagos habían sido arrastrados a ese abismo, devorados por la oscuridad, pero… ¿y si no era suficiente? ¿Y si la Dama aún tenía más horrores esperándonos? ¿Y si de esa grieta emergían los kholdrath?
Todos estábamos agotados. Kali, los jinetes y sobre todo Skylar. Aunque su camisa permanecía impecable, sin una sola mancha, sin un solo rasguño o arruga, sabía que por dentro estaba hecho trizas después de haber quedado atrapado en su propia mente, inconsciente, mientras la batalla rugía a su alrededor.
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El silencio cayó sobre la playa, solo el murmullo de las olas al romper contra la orilla seguía ahí, constante, lejano, casi irreal. Pero para mí, nada de eso importaba. Lo único que veía era a él. Lo único que sentía era su presencia.
El resto del mundo podría haberse desvanecido y ni siquiera lo habría notado, porque ese día… pensé que moriría, que él caería conmigo. Pero olvidé lo más importante.
Él era la muerte.
Y yo… su verdugo.
Di un paso atrás, y de inmediato, mi pierna derecha cedió, pero antes de que pudiera siquiera tambalearme, Skylar ya estaba a mi lado, su mano cerrándose alrededor de mi codo.
—Estás herida. —No fue una pregunta.
—Estoy bien —me adelanté a decir, notando cómo su agarre no cedía
—. Después de todo esto… podría estar peor. Si lo único que tengo es un dolor en la pierna, supongo que eso me convierte en una afortunada.
Skylar aún me sostenía y, durante un segundo eterno, creí que iba a besarme. Lo sentí en la forma en que su respiración se ralentizó, en cómo su tacto sobre mi brazo se afianzó, como si temiera soltarme. Pero entonces, sin previo aviso, se apartó de golpe, y antes de que pudiera reaccionar, unos brazos me rodearon por la espalda.
Elandra.
Me giré de inmediato y le devolví el abrazo, hundiendo el rostro en su cabello rojizo.
—Por fin te hemos encontrado —exclamó rebosante de emoción—, ¡por fin! Después de tantas señales, de tanto buscar, maldita sea, Eda, ¿tienes idea del susto que nos has dado?
Se separó apenas un poco, lo suficiente para mirarme con esos ojos verdes chispeantes y su rostro cubierto de pecas.
—Nos debes demasiadas explicaciones, pero nosotras también a ti, tantas cosas, tantas que no sé ni por dónde empezar. —Hablaba tan rápido que apenas la entendía, pero no importaba, el simple hecho de que estuviera allí, viva, después de todo lo que acababa de pasar, era suficiente.
—Elandra… —empecé.
—¿Cómo puedes tener tanta energía? —Adriel se acercó, caminando con esfuerzo, una mano presionada contra su pecho que subía y bajaba con
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agotamiento—. ¿Te das cuenta de que casi te pierdo cuando esa fisura estuvo a punto de tragarte?
—¡Adrenalina, Adriel! —respondió ella alzando las manos—. La jodida adrenalina.
Adriel negó con la cabeza, pero era evidente que no tenía fuerzas para discutir, todos estábamos en las últimas.
—¿En qué momento ha…? —Mi mirada se movió, aún sin procesar del todo lo que había pasado.
—Te dije que no miraras atrás, y no lo hiciste —intervino Elandra con una media sonrisa—, bien hecho.
Su comentario hizo que el peso de lo ocurrido golpeara mi estómago como un puño. ¿Cómo que la fisura había estado a punto de tragársela? No me había dado cuenta, no había estado atenta, y si hubiera mirado atrás…
No tuve tiempo de seguir con esos pensamientos.
—¿Alguien me puede explicar qué cojones ha pasado aquí? —Liral apareció como una tormenta—. ¡Los noctífagos, la nube que parecía un maldito criadero de espectros asquerosos, esta fisura en la tierra…! ¿Dónde demonios estamos?
Nadie respondió al instante.
Fue en ese momento cuando lo noté: Skylar, callado por primera vez, de pie detrás de nosotros, nos observaba a todos con una mirada oscura e inescrutable.
Yo intenté abrir la boca para decir algo, para organizar mis pensamientos y responder, pero no sabía por dónde empezar, y como si me hubiera leído la mente, Skylar dio un paso adelante.
—Liral —su voz fue baja pero letal—, tienes algo que me pertenece.
Liral parpadeó confusa.
—¿Qué?
Skylar la señaló.
—Y es exactamente por eso por lo que estáis todos aquí. —Luego, con un leve gesto de la barbilla, señaló a Adriel—. ¿Quién es este?
No lo preguntó con curiosidad. Lo dijo como si su sola existencia fuera un error, como si el hecho de que estuviera respirando en su presencia fuera una ofensa personal. Adriel, que ya parecía tenso desde que Skylar había empezado a hablar, se quedó completamente paralizado. Su piel oliva perdió el color, y por un segundo, pensé que iba a desplomarse.
—Te estoy hablando. —La voz de Skylar descendió.
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Adriel tragó saliva con dificultad, pero antes de que pudiera responder, me adelanté.
—Es un jinete de zeng. —Me coloqué rápidamente entre los dos—.
Está conmigo.
—¿Contigo? —repitió Skylar sin emoción.
—Con nosotras —corrigió Liral.
Adriel, sin previo aviso, cayó de rodillas ante Skylar.
—¡Iron Shadow! —jadeó suplicante—. Estoy aquí porque me es imposible separarme de mis mujeres. No podía dejarlas solas, sin mí podrían haber muerto, no podía permitirlo, ¡tenía que venir aquí!
Yo me giré hacia Skylar para encontrarme con su ceja arqueada, luego miré a Adriel, aún postrado en la arena, la cabeza inclinada en sumisión.
—¿Así que no ibas a permitirlo? —Skylar dio un paso más cerca, su sombra proyectándose sobre él.
—No, señor.
Skylar dejó escapar una risa baja, fría, sin el más mínimo rastro de humor.
—Interesante.
—Iron… —solté un suspiro exasperado y me arrodillé para ayudarlo a levantarse—. Vamos, Adriel, no hagas esto más dramático de lo que ya es… —Le sujeté de los brazos para incorporarlo.
Cuando me puse de pie de nuevo, me giré de golpe hacia Skylar y lo fulminé con la mirada.
—Para que lo sepas, este hombre ha protegido tu cuerpo tirado en la arena más que nadie. Gracias a su poder de vinculación, te ha mantenido a salvo, evitando que te partieran en dos mientras estabas inconsciente. Lo mínimo que podrías hacer es darle las gracias…, de hecho, lo mínimo que podrías hacer es agradecérnoslo a todos.
El silencio fue absoluto.
Skylar abrió los ojos.
Liral y Elandra tenían la mandíbula en el suelo.
Adriel, aún recuperándose, me observó como si no pudiera creer lo que acababa de hacer.
Hablarle así a Iron Shadow… no era algo que se esperara de nadie, no era algo que alguien con un mínimo de sentido común haría. Pero me daba igual.
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—Ahora, Liral —continué sin apartar la mirada de Skylar—, ¿por qué estáis aquí?, ¿qué os ha traído hasta este lugar?, ¿qué es lo que tenéis que le pertenece?
Liral respiró hondo, como si necesitara ordenar sus pensamientos antes de responder, y comenzó a hablar, contándonos todo, cómo habían llegado, lo que les pasó con los wendigos, las sombras de Elandra, el lago, el camino hasta allí…
Cuando terminó, sin apartar la vista de Skylar, metió la mano en su cinturón y sacó un objeto envuelto en tela. Dio un paso adelante y lo ofreció mientras decía:
—Esto es lo que encontré en aquel lago, y creo que es lo que estás buscando. Aquí tienes, Iron Shadow.
Skylar lo tomó sin prisa. Era una cadena plateada, sencilla, con un pequeño colgante en el centro. Desde mi posición no pude distinguirlo bien, pero algo en la forma en que lo sostuvo me dejó claro que significaba algo. Se quedó mirándolo un segundo, exhaló lento, casi imperceptible y se lo puso al cuello. Como si siempre hubiera estado ahí.
—Gracias. Gracias por devolvérmelo.
Liral asintió rápido, sin necesidad de palabras. Skylar alzó la mirada hacia Elandra e inclinó ligeramente la cabeza en un simple gesto de cortesía. Luego, se giró lentamente hacia Adriel, que había dado un paso atrás, como si intentara deshacerse de la atención de la muerte.
—Al parecer, los jinetes de zeng pueden ser más útiles de lo que pensaba, estoy seguro de que, sin ti, tus mujeres habrían muerto.
Adriel mantuvo la compostura.
—Lo sé, Iron Shadow. Por eso hice este viaje… —Cállate. No necesito escuchar más.
Chascó la lengua con fastidio, como si Adriel no hubiera entendido la ironía. Luego, sin previo aviso, levantó la mano mientras nos inspeccionaba, pero su mirada se detuvo especialmente en las criaturas detrás de los jinetes. Skylar entrecerró los ojos y, antes de que alguien pudiera reaccionar, chasqueó los dedos. Una sombra envolvió a los jinetes y, en un pestañeo, desaparecieron en una nube de humo.
Me giré de inmediato hacia él.
—¡¿Por qué has hecho eso?! —le espeté.
Me detuve al verlo pasarse la mano por la frente, como si intentara borrar el sudor que perlaba su piel. Luego, su mano bajó lentamente hasta
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su pecho, cerrándose sobre él, como si intentara sujetarse el corazón… —¿Skylar…?
—Pensaba… —suspiró—. Pensaba que había llegado tarde. Joder… —Cerró los ojos un segundo, pasándose la lengua por el colmillo—. Joder, lo siento.
Ahora entendía por qué había hecho desaparecer a los demás. No quería que lo vieran así, no quería que nadie viera lo jodido que estaba.
Sin pensarlo, me acerqué y tomé su rostro entre mis manos.
—No me gusta que me subestimes, muerte. —Mis pulgares acariciaron con suavidad su piel—. No me gusta nada.
Él negó con la cabeza, exhalando con fuerza, pero no se apartó. —¿Qué has hecho, Zafiro? —Sus ojos me buscaban y me
escudriñaban como si quisiera encontrar alguna fisura, algo roto en mí que él tuviera que reparar—. He estado fuera demasiado tiempo, joder… ¿Cómo lo has hecho?
Sonreí débilmente, cansada.
—Ardiendo.
Skylar frunció el ceño.
—Eso es lo que he hecho —me sinceré—. Sin rabia, sin miedo, sin debilidad… —Mis dedos siguieron el contorno de su mandíbula, deseando sentir si su piel estaba caliente o fría.
Él me observó en silencio, y después de un largo segundo, susurró:
—Esa es la última fase del camino… y es el sentimiento que más
olvidamos. Yo el primero.
Bajé las manos despacio.
—¿No eras tú el que decía que el amor es una debilidad?
Su sonrisa apenas fue una sombra amarga.
—Hay muchos tipos de amor, y tú has ardido con cada uno de ellos. Skylar finalmente se separó, pero su mirada aún recorría el terreno en
busca de cualquier resto de amenaza. Pero yo lo vi. Vi la forma en que tensó los puños, en que su cuerpo aún estaba listo para pelear, como si no supiera qué hacer con todo ese vacío tras la batalla.
—¿Qué pasa, Iron Shadow? —Ladeé la cabeza—. ¿Te avergüenza que una mujer te haya salvado el culo?
En un solo movimiento, sus manos se cerraron alrededor de mi cintura y me atrajeron contra él, con esa brutalidad suya que no pedía permiso, con ese dominio que exigía sin palabras.
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—No me da vergüenza eso. —Su aliento chocó contra mis labios—.
Me avergüenzo de mí mismo.
No me moví.
—¿Por qué?
Skylar profundizó su agarre.
—Por haberte dejado sola aquí, por no haber estado cuando me necesitabas. —Su frente casi rozó la mía—. Porque te recuerdo… que mi trabajo es mantenerte con vida.
No retrocedí.
—Me dijiste que tu trabajo era mantenerme entera, ¿no? —Sonreí ladeando la cabeza—. Pues, mírame, sigo aquí, intacta. Y además de mantenerme con vida…, dime, Skylar, ¿no era yo solo un lastre para ti? — Me incliné un poco más provocándolo—. Vamos, sé sincero…, ¿todavía piensas lo mismo?
Un gruñido bajo escapó de su garganta.
—Eres un lastre, Zafiro.
Mis labios se entreabrieron.
—¿Ah, sí?
Skylar bajó la cabeza hasta que su boca quedó a centímetros de la mía.
—Sí. Mi puto lastre.
Mis brazos se enredaron en su cuello, como si mi cuerpo hubiera tomado la decisión antes que mi mente. Sentí cómo se tensaba bajo mis manos, cómo su respiración se detenía un instante ante el contacto. Mi frente rozó la suya, apenas un susurro de piel contra piel, un choque fugaz que encendió algo entre nosotros, algo salvaje, algo inevitable. En ese instante, el mundo dejó de importar. No había batalla, no había cicatrices, no había sombras entre nosotros.
Cerré los ojos y lo besé.
Besé a mi enemigo, al dragón de sombras, a la muerte, al hombre que había prometido protegerme y destruirme al mismo tiempo. Besé a Iron Shadow, el guardián de Bankai, el portador de la oscuridad que complementaba mi luz. Besé a mi yin, porque en ese instante supe, con una claridad que dolía, que era él.
Siempre había sido él.
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Skylar O’Hara
Ella lo besó, y todo dentro de él explotó.
Sus labios chocaron contra los suyos como un golpe directo al alma, y él reaccionó por instinto. No hubo vacilación ni control. Su mente era un jodido desastre mientras la devoraba. Cada fibra de su ser le gritaba que estaba mal, que no debía hacerlo, que no podía permitirse perderse en ella. Pero ya estaba perdido, y lo peor de todo… era que no le importaba.
Quería arrancarle el dolor, borrar de su memoria cada grito, cada herida, cada miedo. Quería que su piel recordara solo sus manos, que sus labios olvidaran cualquier otro nombre que no fuera el suyo.
Quería que supiera que estaba ahí.
Con ella, para ella.
Aunque eso lo destruyera.
Había querido besarla esa tarde en la cúpula, con todo su ejército de wendigos observándolos. Había querido tomarla por la cintura, estrecharla contra él hasta que no quedara un solo resquicio de aire entre sus cuerpos. Quería sentirla, reclamarla, hasta borrar cualquier rastro de alguien más.
Antes, Skylar había creído que, si la besaba, sería solo para hacerla olvidar, para hundirse en su cuerpo hasta que su nombre fuera lo único que escapara de sus labios, para consumirla en placer hasta dejarla temblando, perdida. Pensó que sería solo eso, un instante, un arrebato sin consecuencias. Pero ahora sabía que un beso de ella nunca sería solo eso. Nunca lo había sido.
No lo había sido cuando la sostuvo entre sus brazos aquella primera vez.
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No lo había sido cuando la deseó como un hombre y no como un monstruo.
Porque ella nunca había sido un momento, nunca había sido solo deseo.
Sus brazos la rodearon, aferrándose a ella con una necesidad brutal, como si fuera lo único que lo mantenía entero. Sus labios se encontraron en un choque feroz, un desastre glorioso de dientes, lenguas y deseo descontrolado que los consumía sin tregua.
Ella abrió la boca, un gemido ahogado escapó de su garganta y lo atravesó como una maldita daga. Su lengua, cálida, desesperada, se enredó con la suya, y el sabor de ella —su fuego, su esencia— arrasó con lo poco que quedaba de su control.
Muerte mía, necesitaba más.
Él la besaba como si fuera la última vez, como si su existencia misma dependiera de ese contacto. Y quizá así era. Porque ella era su luz, su condena, su puto equilibrio. Y ahora que la tenía entre sus brazos, soltarla no parecía una opción.
Ella se alzó sobre las puntas de los pies, hambrienta de más, de él. No era pequeña, pero Skylar era inmenso, inalcanzable para cualquiera…, excepto para ella.
Él sintió cómo las piernas de Eda vacilaban contra las suyas, y por un segundo casi se detuvo. Casi. Pensó que tal vez estaba demasiado agotada, que quizá aquello era demasiado para ella. Porque sabía que no estaba bien. ¿Cómo podría estarlo después de todo lo que había vivido? ¿Cuánto tiempo había combatido sola antes de que sus amigos llegaran? ¿Cuánto tiempo había cargado con ese peso, uno que debió haber llevado él?
—Zafiro… —gimió su apodo, el que sabía que la hacía estremecer cada vez que lo pronunciaba.
—Sigue besándome, muerte. Sigue besándome —le rogó con los labios entreabiertos, como si no pudiera soportar que se detuviera.
Joder, por supuesto que iba a besarla. La besaría hasta que el mundo se rompiera, hasta que ninguno de los dos pudiera respirar. Y cuando pensara en parar, la besaría de nuevo, porque ahora ella era lo único que tenía sentido.
Eda se tambaleó, y en lugar de apartarse de ella, él la empujó para que ambos cayeran de rodillas en la arena. No separó sus labios de los de ella ni por un segundo. La mano de Eda se deslizó desde su cuello hasta su
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cabello, y la forma en que tiraba de él lo hizo desear embestirla allí mismo, marcarla hasta que no pudiera pensar en nada más que en él. Hasta que cada rincón de su mente, cada fibra de su cuerpo, estuviera completamente saturado de su nombre.
Él era suyo, pero lo jodido era que, aunque él le perteneciera, ella nunca sería del todo suya, y esa certeza lo estaba destruyendo.
—Maldito demonio… —murmuró ella contra sus labios, separándose apenas—. Pues que sepas que este lastre te ha protegido, y estaba lista para morir aquí contigo antes que dejar que esos espectros tocaran tu cuerpo.
Lo habría hecho. Su Zafiro se habría quedado a su lado hasta el final, habría caído con él si hubiera sido necesario.
Skylar la observó con los labios aún entreabiertos por el beso. Algo en su pecho se apretó con una fuerza que no reconocía. Le gustaba. Le gustaba que lo desafiara, que peleara con él incluso cuando estaba confesando que habría muerto a su lado.
—¿Lo habrías hecho? —Necesitaba escucharla, que ella lo dijera.
Las mejillas de Eda se tiñeron de rojo, y Skylar no pudo evitar sonreír al ver la contradicción. La muerte misma estaba frente a ella, acababa de salvarlo, de salvar su territorio, su mundo entero, y aun así, ella se sonrojaba como una mortal avergonzada.
—No iba a dejarte. No después de lo que me explicaste, de lo que conlleva tu poder. No cuando ella estaba ganando… No cuando tú…
Skylar inclinó la cabeza.
—¿Yo qué?
—¡No cuando tú eres mío, Skylar O’Hara! —Levantó la barbilla—. Si alguien tiene que acabar contigo, voy a ser yo y nadie más. No dejaré que otros se lleven el mérito de matar a la muerte. —Sus labios se curvaron en una media sonrisa peligrosa—. De eso nada. Ese honor me pertenece a mí. Así que, por ese motivo, he protegido tu cuerpo.
Skylar dejó escapar una risa baja y se volvió a inclinar hacia ella. —No está moralmente bien besar a tus víctimas. —Antes de que ella
pudiera responder, antes de que pudiera replicar con su lengua afilada, él se inclinó un poco más y le dio un beso en la comisura de los labios, apenas un roce—. Pero, maldita sea…, no sabes cuánto me gusta besarte, cuánto me gusta tocarte…
Eda se quedó paralizada, pero su respiración la delató, no estaba tan tranquila como trataba de aparentar. Intentó echarse hacia atrás, pero algo
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la detuvo. Skylar sintió cómo su cuerpo se tensaba contra el suyo y bajó la mirada, al mismo tiempo que ella.
Sus colgantes…
Las dos mitades del colgante, la de ella y la suya, se habían unido en el instante en que sus cuerpos se encontraron. El yin y el yang. La luz con una pizca de sombra, la oscuridad con un destello de luz. Dos piezas que, por sí solas, parecían incompletas.
Skylar apretó la mandíbula. No le gustaban las metáforas baratas, pero, joder, aquello… aquello no era una metáfora. Era real. Como si el destino mismo se estuviera riendo en su cara, como si el universo hubiera estado esperando el momento exacto para demostrarle que, por mucho que intentara luchar contra eso, ella y él siempre habían estado destinados a encontrarse.
Eda no apartó los ojos de las dos mitades del colgante, ahora unidas como si nunca hubieran estado separadas. Su mente trabajaba rápido, tratando de encajar las piezas.
—¿Lo que te dio Liral era esto? —preguntó, su voz un poco más baja de lo normal—. Pero… ¿cómo? ¿Este era tu plan todo este tiempo?
Skylar asintió lentamente, su mirada oscura clavada en el colgante como si estuviera viendo algo más allá de lo visible.
—La oscuridad llama a la oscuridad, igual que las llamas se alimentan entre sí. Mi poder está ligado a las sombras, a todo lo que tenga acceso a ellas. Al principio, mi plan era utilizar el pequeño poder de Elandra para rastrear el colgante, para atraerlo hacia donde yo pudiera alcanzarlo. Pero la que realmente lo encontró fue Liral.
Eda parpadeó confusa.
—Pero ¿por qué ellas?
—Porque cuando la Dama movió ficha dentro del imperio, yo moví la mía. Y las únicas jinetes en las que confiaba lo suficiente para encontrarte, sin importar lo que costara, eran ellas.
Eda frunció el ceño.
—¿Confiabas en ellas?
Skylar chasqueó la lengua impaciente.
—No me malinterpretes, no es que confíe ciegamente en nadie. Pero sí sabía que ellas harían lo imposible por llegar hasta ti. Lo sabía porque ellas no tienen miedo de desafiar lo que se supone que está escrito. Liral,
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Elandra…, su lealtad no está atada a ningún título ni a ninguna corona.
Solo a las personas que eligen proteger. Y tú eres una de ellas.
Eda bajó la mirada, sus dedos rozando el metal, la mitad negra con su pequeña gota de luz blanca.
—Yo no sabía que faltaba una parte…
—Llevé conmigo tu parte durante milenios, pero la mía… —Hizo una larga pausa—. La mía se perdió.
Ella frunció el ceño.
—¿Se perdió… o te la quitaron?
—Fue robada —admitió—. Hace siglos. Cuando la Dama aún no era tal. Cuando ella todavía jugaba a ser algo que nunca fue.
—¿Y qué significa esto? —preguntó sujetando el colgante entre sus dedos.
Skylar la observó un momento antes de hablar.
—Esto… —murmuró señalando el colgante que ahora descansaba en sus manos unidas—. Es lo único que puede acabar con ella. Con la Dama. Por eso era tan importante recuperarlo.
Eda asintió, pero él sabía que sus pensamientos no se detenían.
—Es ahí donde ha estado tu mente, ¿verdad? Cuando no estabas aquí…, cuando te desvanecías…, estabas con ella.
—Sabía que la Dama seguía moviéndose, pero no sabía qué estaba buscando, hasta que lo encontré.
—¿Sabe que ya lo tenemos?
Skylar negó con la cabeza, el gesto casi imperceptible pero lleno de una certeza que no necesitaba palabras.
—Aún no. Pero lo sabrá. Y cuando lo haga, vendrá a por él. A por nosotros.
—Pero…
Skylar se puso de pie en un solo movimiento, y extendió una mano hacia ella.
—Tenemos que darnos prisa.
Eda no se movió de inmediato. Skylar sabía que ella lo había notado, que sentía que algo más había pasado.
—Skylar… —Tomó su mano y dejó que la ayudara a levantarse—. Dime qué ha pasado realmente. Sé que hay algo más, lo siento…, lo veo en ti.
—Zafiro…
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Tenían que largarse cuanto antes. Los Kailani vendrían pronto y, después, Raider o él mismo cerrarían esa fisura antes de que volviera a respirar magia. Skylar no tenía dudas de que en cuestión de horas, algo acudiría a buscar aquel agujero en la realidad. Alguna bestia, algún espectro, alguna puta aberración que sintiera que la grieta la llamaba. Y cuando eso pasara, él estaría listo para destrozarlo. Con rabia, con poder, con toda la furia que tenía contenida. Pero no ahora. Ahora tenían que moverse.
Miró la grieta una última vez antes de volver la vista a ella.
Joder…, lo sabía. Podía verlo en la forma en que su pecho subía y bajaba, en cómo sus dedos se aferraban al colgante como si pudiera darle respuestas. Ella entendía lo que él no había querido decir en voz alta. Lo que había estado intentando ignorar, que donde estaba la Dama… tal vez también estuviera Basilius.
Skylar, con la frialdad de quien está a punto de soltar un golpe, lo dijo en voz alta:
—Creo que Dalton Basilius está muerto.
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Eda
—¿¡Sabes si está muerto!? —grité, y mis manos golpearon la mesa de la sala de reuniones de Skylar—. ¡Por favor, necesito saber si Dalton está muerto!
Cada bocanada se sentía insuficiente, como si algo invisible me atenazara el pecho, como si cada aliento me quemara los pulmones. Estaba al borde de perder el control cuando una silla apareció detrás de mí, no sabía si él la había conjurado o si había estado allí todo el tiempo.
Me dejé caer en ella y mis manos se apretaron contra mi cabeza, tratando de ordenar los pensamientos que ya no lograba entender. El mundo se redujo a un nudo insoportable en mi garganta, un dolor tan profundo que casi no podía respirar.
—Eda. —Sentí las manos de Elandra en mis rodillas, las sujetaba como un ancla que me obligó a quedarme en el presente—. No lo sabemos con certeza. No sabemos exactamente qué ha pasado…
Levanté la cabeza. Solo para encontrarme con él.
Skylar estaba al otro lado de la mesa y me observaba con una expresión indescifrable. Parecía llevar allí siglos, inmóvil e impasible, como si el tiempo se hubiera detenido en el mismo instante en que empecé
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a perder el control, exigiendo respuestas. Desde el momento en que nos arrancó de la playa con un chasquido de sombras, desde que, con esa frialdad inhumana que solo él podía transmitir, nos contó lo que había sucedido, lo que había visto.
—¡Me prometiste que estaría bien, Skylar! ¡Me lo prometiste! —le grité, las lágrimas cayendo sin control—. Y has dejado que ella se metiera en su cabeza, y ahora, si está muerto, ¡es por tu culpa!
—Era él o tú, Eda —dijo—. Y sabes que te elegiría por encima de todo el mundo. Así que grítame lo que haga falta, ódiame si quieres.
—¡Podrías haberlo ayudado! ¡Podrías haber cortado este problema de raíz y aun así seguiste confiando en tu maldito plan! —Suspiré con frustración—. ¿Qué plan? ¡Me prometiste que ella no lo tocaría! Estaba furiosa, enfadada con él, conmigo misma, con todos.
—El plan se vino abajo cuando ella sacó su poder a relucir. Fue entonces cuando Basilius entendió que la llama valirio le pertenecía a ella, no a mí. Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que lo había usado como su arma, que lo había manipulado para sus propios fines, y entonces atacó. Y me dijo… —Su voz se cortó.
Me incliné hacia delante, desesperada por entender.
—¿Qué te dijo?
—Que te salvara.
Me volví a dejar caer en la silla.
Dalton no podía estar muerto, no podía…
Respira, Eda. Esto es exactamente lo que la Dama quiere, que te pierdas en ti misma. No le des ese poder. Sentía el cansancio en la voz de Kali.
—Si estuviera muerto ¿lo sabría? —La pregunta salió de mis labios.
Skylar tomó aire antes de responder:
—Si te refieres a tu conexión con él por ser dos de las tres llamas… entonces sí. Si Basilius estuviera muerto, lo sentirías. No de inmediato, pero con el tiempo.
La angustia me atravesó como un latigazo.
—Y tú… ¿Tú lo sentirías también? ¿Acaso sientes algo ahora?
—No. Me costaría meses saber si una de las llamas se ha apagado. Pero si te refieres a ti… —Vi su nuez moverse cuando tragó—. Sabes perfectamente los motivos por los que lo sentiría si te perdiera.
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Claro que lo sentiría, estábamos conectados de una forma que iba más allá de lo que cualquier alma en ese mundo podría comprender.
—Debería haberme dado cuenta cuando la vi, esos ojos verdes… — escupió Liral—. Debería haberlo sabido, debería haberlo visto venir. La forma en que el emperador le hablaba… Ese tono…
Apreté los dientes y aparté la mirada de Skylar, obligándome a enfocarme en Liral.
—¿Cómo llegó ella allí? —pregunté, mi propia voz resonando extraña, como si no fuera mía. Aún jadeaba y todavía rota luchaba por recuperar el aliento.
Liral estaba recostada contra la pared, los brazos cruzados con fuerza sobre su pecho, y sus dedos tamborileaban contra su codo izquierdo, una señal clara de que estaba tan impaciente como el resto. Finalmente, dejó escapar un suspiro y se separó de la pared hasta quedar junto a Adriel, que estaba desplomado en una silla, con un vaso de agua en la mano y los ojos pesados por el agotamiento. Sabía que él había utilizado más poder del que debía, más vinculación de la que su cuerpo podía soportar, y se lo agradecería toda la vida.
—Después del incidente en la playa, el emperador estaba convencido de que el fuego esmeralda provenía de Iron Shadow —empezó a explicar —. Pero yo sabía que no era cierto.
Su mirada se desvió un instante hacia Elandra, que se había puesto de pie a su lado, como si su sola presencia reafirmara su siguiente confesión.
—Aun así, Basilius aumentó la seguridad, redobló la vigilancia en busca de Iron Shadow, en busca de wendigos. Elandra y yo no le contamos a nadie lo de sus sombras… cuando aparecieron en su muñeca, guiándola hacia el colgante.
—El imperio encontró un grupo de wendigos cerca de Novadia — intervino Elandra—. Eran siete. Se hallaban a cinco kilómetros de la ciudad, pero cuando el grupo de vigilancia más cercano llegó a la zona… los wendigos no estaban vivos. Liral y yo escuchamos a dos jinetes decir que había una mujer junto a ellos, una mujer que los había matado a todos… sola.
—Ella afirmó que podía llevar al imperio hasta Iron Shadow. —Liral clavó la mirada en Skylar—. Dijo que había estudiado tu vínculo con los wendigos.
Skylar resopló y se pasó una mano por su mandíbula con fastidio.
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—¿Así de fácil? ¿De verdad? —Su tono era puro veneno—. ¿Me estás diciendo que la seguridad del imperio es tan laxa que dejaron pasar a cualquiera que dijera saber dónde encontrarme?
Adriel, que hasta ese momento había permanecido en silencio, se removió en su asiento y alzó la mano, como si pidiera permiso para decir algo. Skylar lo fulminó con la mirada, pero, tras unos segundos, levantó la barbilla en señal de que hablara.
—Debo decir que al emperador se lo veía bastante… interesado en la mujer.
Liral giró la cabeza bruscamente.
—Adriel…
—Digo lo que vi. —Levantó las manos en un gesto de defensa—. Esa mujer, por muy peligrosa que fuera, era… preciosa. No es extraño que el emperador la haya dejado entrar tan fácilmente. No sé hasta qué punto…
Se calló de golpe cuando Elandra le tapó la boca con la mano.
—Ya es suficiente, Adriel —le advirtió Elandra—. Primero, el emperador estaba fuera de sí. Y segundo, no vamos a hablar así de él.
Me giré hacia Skylar, esperando encontrar esa media sonrisa suya, ese destello de burla en sus ojos dorados, su comentario mordaz. Pero no. No había sonrisa. No había burla. Su rostro era puro mármol.
Skylar sabía que no podía bromear sobre aquello. No ahora. No cuando existía la posibilidad de que Dalton… estuviera muerto.
Me dejé caer en la silla de nuevo, sin darme cuenta, con la mente atrapada en un remolino de pensamientos. Dalton. Basilius. Muerto. No, no, no… No podía ser. No después de todo. No después de cómo terminaron las cosas entre nosotros, con la distancia llena de mentiras, con palabras no dichas, ahogadas en la garganta.
Pero tal vez me lo merecía, ¿no? Quizá me merecía sufrir. Me merecía cada pedazo de aquel tormento, cada fragmento de culpa que se clavaba en mis costillas. Él pensaba que lo despreciaba, que lo había echado de mi vida como si no significara nada. Lo dejé con la certeza de que lo veía como un mentiroso, y lo era, sí, pero… ¿resultaba eso tan grave? ¿Tan grave como para condenarlo a eso? A ese final. A ese vacío entre nosotros.
Me cubrí el rostro con las manos. Toda mi fuerza, todo mi poder, no servían de nada cuando la culpa me arrastraba al abismo, sumiéndome en la oscuridad de mis propios errores.
—Zafiro… —me habló Skylar, pero lo ignoré.
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—¿Y qué hay de mi hermano? ¿Qué hay de Calen? —pregunté de inmediato apartando las manos—. ¿Están bien? ¿Qué es lo último que supisteis de ellos?
—Están bien, Eda, pero Nolan… —Elandra vaciló un segundo—. No te voy a mentir, está inquieto, desesperado por saber dónde estás, por saber si estás viva, por saber si… —Le dedicó una mirada fugaz a Skylar—. Si él te ha hecho daño.
Skylar se removió incómodo. Claro, todo el mundo pensaba eso, que tal vez estaba muerta o que él me había matado.
—¿Alguien más sabía lo que ibais a hacer, aparte de vosotras dos y de…? —preguntó Skylar señalando a Adriel—. ¿De ti?
Adriel tragó saliva, pero no respondió. Fue Liral quien tomó la palabra. —Calen era el único que sabía sobre las sombras. Él iba a venir también, pero los hipogrifos son demasiado fáciles de detectar. Si hubiera intentado cruzar las fronteras con nosotras, nos habrían descubierto. Así que nos ayudó desde Novadia, nos guio hasta los suministros y nos sacó
de allí.
Skylar inclinó la cabeza levemente procesando la información.
—¿Y Nolan? ¿Lo sabía? —Su pregunta cayó como una losa en la sala. Liral y Elandra se miraron entre sí, como si compartieran un
entendimiento tácito. Como si dudaran de qué decirme.
—¿Qué pasa? —Mi paciencia se estaba agotando.
—Nolan no pensaba como nosotras. Él no veía posibilidad alguna de que Iron Shadow no fuera el verdadero enemigo y… —Elandra hizo una pausa—. Si se lo hubiéramos contado, tal vez…
—El comandante Kaiden —susurré entendiendo de golpe.
—Sí. —Elandra asintió con lentitud—. Habría sido el primero en enterarse. Por la relación… íntima que parecen tener.
Mi estómago se revolvió. No por la confirmación de algo que ya intuía, sino por lo que implicaba.
Mi hermano con el comandante del imperio… Siempre lo había sospechado, por la forma en que Alexander lo miraba cuando pensaba que nadie se daba cuenta, por esos silencios entre ellos. Pero ahora, aquello tenía un peso completamente distinto. Sabía que Kaiden lo protegería, haría lo que fuera necesario para mantenerlo a salvo. Pero ¿hasta dónde llegaría? ¿Hasta el punto de protegerlo de mí?
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Un humo negro con destellos rosas apareció por el rabillo de mi ojo derecho, cerca de donde estábamos todos. Antes de que pudiera reaccionar, vi cómo Liral, Elandra y Adriel se tensaban y depositaban las manos sobre las dagas, listos para atacar. Pero entonces, entre la neblina oscura, apareció Savannah, con su vestido rosa palo aún impecable, al contrario que el mío, que parecía haber pasado por el mismísimo infierno.
Skylar cruzó la sala en un par de zancadas y se interpuso entre su hermana y el resto.
—¿Por qué has tardado tanto? —gruñó—. ¿Dónde has estado? Savannah no se detuvo. Se acercó a él con el repiqueteo de sus tacones
contra el suelo, y antes de que pudiera decir nada más, se lanzó sobre él y lo abrazó con fuerza.
La observé en silencio, fijándome en cada mínimo detalle. Savannah siempre había sido un enigma para mí. No era solo la hermana de Skylar, ni solo un espectro cualquiera. Había algo más en ella que no mostraba a simple vista, un poder latente, oculto bajo su fachada despreocupada, disfrazado de sonrisas y comentarios ligeros. De repente, Savannah se apartó de golpe y lo fulminó con la mirada.
—¿Cómo que dónde he estado? ¿De verdad me preguntas eso después de hacerme pensar que te perdía? ¡Por la muerte, nunca te había visto así! —Su respiración se agitó, pero antes de que Skylar pudiera responder, sus ojos recorrieron la sala y aterrizaron en nosotros. Frunció el ceño, mirando a mis amigos de arriba abajo—. ¿Y estos quiénes son? ¿Y por qué son de carne y hueso? ¿Por qué cuando te dejo solo dos segundos acabas rodeado de humanos?
Paseó la mirada entre nosotros y entonces se detuvo.
—Oh… —dijo, su tono cambiando por completo—. Son jinetes.
Jinetes del imperio.
Adriel se enderezó de inmediato, la sonrisa más descarada en su rostro.
—Hola, preciosa. Soy…
Skylar soltó un gruñido bajo.
—Ni se te ocurra dirigirle la palabra —le advirtió sin apartar la vista de Savannah—. Ahora contéstame, Savannah, ¿qué has hecho?
Savannah se giró hacia él con expresión ofendida.
—Lo que me pediste. Los guerreros kailani están en la playa, donde al parecer no ha ocurrido absolutamente nada. —Luego me miró—. Supongo que Eda te ha salvado el culo otra vez. Y supongo que estos jinetes tienen
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algo que ver. Y tú… —Lo señaló con un dedo acusador—. ¿Dónde te has metido? ¡Me tenías muerta de miedo! Y eso que ya estoy muerta…
Liral y Elandra intercambiaron una mirada al escuchar mencionar a los guerreros kailani, y yo les prometí con la mirada una explicación.
—¿Qué hay de Rai Raider? —intervine—. Le ordenaste ir al imperio para investigar qué estaba pasando. Creo que ahora sería más útil aquí… o en la grieta. Hay que cerrarla cuanto antes.
Savannah asintió, su rostro volviéndose más serio.
—Llevas razón.
—¿Quién es Rai? —interrumpió Adriel.
Justo detrás de nosotros, frente a la puerta y sobre el suelo de cristal, el espacio comenzó a distorsionarse. Al principio, fue apenas un vórtice de sombras girando con lentitud, casi inofensivo. Pero en cuestión de segundos, la espiral creció y se expandió con violencia, como si algo forzara su salida desde dentro. Las sombras se arremolinaban dejando de ser meros jirones de negrura para transformarse en algo más sólido, más real.
Vi a Liral moverse instintivamente hacia Elandra y tirar de ella hacia atrás. Un reflejo de protección que se activaba antes incluso de comprender el peligro. Pero cuando miré a Skylar, vi que él no se movía. No retrocedió ni alzó una mano, solo observaba.
El remolino alcanzó su punto máximo, vibrando en una frecuencia imposible, y entonces se rompió con un chasquido seco. Y de su interior emergieron dos figuras.
Dalton Basilius, el emperador de Pramvera, cayó de rodillas en el suelo, su cuerpo sacudido por la fuerza del traslado.
Estaba vivo… Completamente vivo.
La segunda figura se irguió a su lado.
—¡Suéltame! ¡Maldito mentiroso! ¡Sois todos unos mentirosos! — gritó Dalton sacudiéndose con furia.
Faelan, el regente de la Fortaleza de la Cumbre de Hielo, dio un paso adelante, y en ese momento, lo vi… No era Faelan.
Las sombras comenzaron a retirarse. Su capucha cayó hacia atrás, su silueta pareció temblar, distorsionarse, como si su forma anterior no hubiera sido más que una máscara. Su postura, su rostro, su esencia misma cambiaron ante nuestros ojos.
No era Faelan. Nunca lo había sido.
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Era Rai Raider.
Mi mente intentaba procesar lo que mis ojos veían, lo que mi instinto me gritaba. Todo aquel tiempo… Faelan no había existido. Todo aquel tiempo, había sido Rai. Y aún más imposible que eso… Dalton Basilius estaba en Bankai.
Mi respiración era errática, mi pecho subía y bajaba con cada latido desbocado. No podía apartar la mirada de él. Dalton seguía en el suelo aturdido, como si el mundo acabara de darle un golpe que aún no comprendía. Despacio, alzó la cabeza, y entonces nuestros ojos se encontraron.
Verde. Pero algo en su mirada no era igual. Algo había cambiado. —Eda… —susurró como si no pudiera creer que realmente me tenía
frente a él.
Pero la que no podía creerlo… era yo.
—Dalton.
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Eda
Ver a Dalton Basilius de pie frente a mí fue como ser arrastrada de vuelta a aquel lago, a ese instante en el que el atardecer se filtraba entre las copas de los árboles, tiñendo el agua de destellos dorados. Volví a ese momento en el que solo existía el sonido del viento y el latido contenido en mi pecho. Y entonces recordé cuando le pregunté: «¿No vas a matarme?» y cómo él, con esa media sonrisa que parecía saber demasiado, me respondió: «Hoy no».
Y tenía razón. Ese día no acabó conmigo. Pero ahora, con él de pie frente a mí, lo estaba haciendo.
Dalton no dijo nada. Se levantó con un movimiento pausado, como si el tiempo se hubiera ralentizado a su alrededor. Sus ojos no se apartaron de los míos ni un segundo, como si no existiera nada más en el mundo, como si el resto de la sala hubiera desaparecido por completo.
—Estás vivo… —fue lo único que pude decir.
—Lo estoy… —murmuró Dalton—. Pensé que no volvería a verte.
Mi garganta se cerró.
—Estás aquí…
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Lo vi avanzar un paso, y sentí cómo cada músculo de mi cuerpo se tensaba, preparándome para lo inevitable, para que el mundo se rompiera en pedazos de una vez. Pero no lo hizo. No hubo gritos, no hubo reproches, no hubo acero desenvainado.
En cambio, Dalton me atrapó contra su pecho. Su abrazo no fue suave, ni cuidadoso ni temeroso. Fue feroz, un gesto de desesperación, un hombre aferrándose a lo único que lo mantenía entero.
Su aroma, a libros antiguos y madera quemada, me invadió de golpe y trajo de vuelta semanas de recuerdos enterrados.
—¿Eda…? —susurró contra mi cabello.
No pude responder, solo lo abracé, y sin previo aviso, las lágrimas comenzaron a caer. No hice el menor intento por detenerlas. Lloré aferrándome a él mientras sentía cómo algo dentro de mí se rompía de una manera que dolía más que cualquier herida física.
—Pensaba que estabas muerto… —Mis dedos se ciñeron a su espalda. —Eda…, por los dioses, tú también estás viva. —Sus manos pasaron de mi cintura a mis mejillas, obligándome a mirarlo a sus ojos enrojecidos
—. Ella… ella me dijo que estabas muerta, que te había matado, que había acabado contigo.
—Dalton… Estoy aquí. —Me separé lentamente de sus brazos y sentí las lágrimas correr sin control por mi rostro mientras él me estudiaba de arriba abajo—. No estoy herida, estoy bien…
Su cabello negro, revuelto y enredado, le hacía parecer un hombre que había caminado al filo de la desesperación, alguien que había luchado contra la sombra de la muerte con la certeza de que yo ya había cruzado ese umbral. Y quizá no estaba equivocado. Porque lo hice, porque sentí el vacío llamarme y me hundí en la oscuridad, tendiéndole la mano a la muerte… y, contra todo pronóstico, ella me había sostenido.
Dalton comenzó a observar su entorno hasta tomar plena conciencia de dónde se encontraba y, sobre todo, con quién. Sus ojos recorrieron a Liral, luego a Elandra y finalmente a Adriel, con la severidad de un emperador que aún creía tener control sobre ellos. Sin embargo, sus manos no me soltaron, su agarre permaneció firme en mi cintura, como si temiera que, al dejarme ir, me desvanecería una vez más.
—Más tarde hablaré con vosotros tres. —Su voz fue un filo de autoridad mal disimulada—. Jinetes.
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Y entonces, como si el destino se estuviera burlando de mí, su mirada se encontró con la de Skylar.
Mierda.
Skylar estaba a solo cuatro pasos y nos observaba en silencio, con una quietud que resultaba más peligrosa que cualquier amenaza directa. Su cuerpo parecía contener algo a punto de estallar, algo que no sabía si debía liberar. Pero Skylar no miraba a Dalton, no, su atención estaba centrada en sus manos, en la forma en que me tocaban, en cómo mi cuerpo seguía pegado al suyo.
No respiraba.
No pestañeaba.
Sus puños estaban tan apretados que la piel de sus nudillos se estiraba, volviéndose pálida, como si le costara contener la rabia que bullía en su interior. Muerte mía…, ¿qué había hecho? No había pensado, no con claridad ni con lógica. Tenerlos a los dos juntos en la misma sala cayó sobre mí como un balde de agua helada.
Frente a mí estaban las dos únicas personas que habían marcado mi vida, las únicas que habían roto y vuelto a construir todo lo que era. Dos hombres a los que les había entregado mi alma, mi cuerpo, mi corazón…, cada parte de mí. Y ahora, todo estaba a punto de desmoronarse. A punto de estallar.
Y la culpable de esa explosión… era yo.
Dalton miró a Skylar con todo el orgullo que aún le quedaba, con la altivez de un emperador que se niega a arrodillarse.
—Jamás te perdonaré que te la llevaras, que la apartaras de mí. Eso nunca te lo perdonaré. —Su mirada bajó hasta mi cuerpo y se detuvo en el vestido rojo que aún colgaba de mí, rasgado, hecho jirones, un testigo mudo de todo lo que había ocurrido.
—Pero el asunto con la Dama… —continuó posando sus ojos en Skylar—. Es mi responsabilidad. Todo esto es culpa mía. Y aunque me destroce admitirlo… solo puedo darte las gracias. —Sus palmas seguían en mis mejillas, familiares, pero tan distintas…, tan ajenas a las de Skylar —. Gracias por salvar al amor de mi vida.
No tuve tiempo de reaccionar, sus manos se deslizaron hasta mi nuca y, con la certeza de un guerrero dispuesto a lanzarse a la batalla, me atrajo hacia él y me besó.
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Fue un beso casto, breve, pero su agarre decía lo contrario. Me sostenía como alguien que aún creía que podía retenerme, que aún me tenía. Y lo peor de todo fue que, mientras sus labios rozaban los míos, mis ojos no estaban cerrados, sino clavados en Skylar.
No tuve tiempo de reaccionar. El suelo de cristal se rompió con un crujido profundo, como si el mundo mismo se desgarrara, y en un parpadeo Dalton desapareció de mi alcance. Salió disparado hacia atrás y su cuerpo se golpeó con brutalidad contra la pared. El impacto fue devastador, la piedra no solo crujió, se hundió bajo el golpe, rajándose en un patrón irregular que se extendió como venas rotas. La cabeza de Dalton cayó hacia delante, pero antes de que pudiera mover un músculo, un estruendo seco lo sacudió.
Skylar lo tenía del cuello.
Sus dedos estaban hundidos en su garganta, con la presión exacta de quien sabe cuánto apretar antes de romper.
—¡Iron, no! —grité avanzando un paso, pero Skylar no me escuchó. Sus ojos eran fuego. No el azul de mis llamas, no la sombra que
siempre lo rodeaba. No. Eran algo peor. Una furia salvaje, letal, primitiva. Elevó a Dalton unos centímetros del suelo. Él intentó aferrarse a su
brazo, luchando contra el agarre, pero este no se inmutó.
—Escúchame bien, pedazo de mierda —gruñó Skylar—. Si vuelves a ponerle una mano encima, aunque sea un puto dedo sin que ella lo permita, te juro que te arrancaré cada extremidad de tu cuerpo una por una y se las daré de comer a mis wendigos mientras contemplo cómo te desangras.
Sus dedos se hundieron aún más en la garganta de Dalton, como si con cada segundo que pasaba estuviera decidiendo si terminar con él ahí mismo. Otro crujido seco sonó en la sala, y no supe si provenía de la pared que se fracturaba por la presión o de la tráquea de Dalton a punto de ceder.
Dalton jadeó y se aferró al brazo de Skylar, tratando de forzarlo a soltarlo. Su cuerpo temblaba de rabia, y entonces rugió. De repente, llamas negras estallaron desde su cuerpo, brotando en un torbellino de fuego maldito que se lanzó contra Skylar.
—¡Suéltame, maldito desgraciado! ¡Voy a matarte!
Pero Skylar ni siquiera pestañeó.
Las sombras surgieron a su alrededor como una ola de oscuridad viviente, arrastrándose sobre el fuego negro, engulléndolo, sofocándolo
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hasta que no quedó nada. Las llamas de Dalton se extinguieron como una vela en mitad de una tormenta.
—¿Vas a matarme? —Skylar inclinó la cabeza—. Te lo advierto, Basilius… No sigas tentando a la muerte, porque esta vez, no saldrás vivo.
Sin pensarlo, dejé que mi poder se desatara.
Una ráfaga de fuego azul brotó de mis manos como un torrente descontrolado que se interpuso entre ellos con la fuerza de una tormenta desatada. No era solo un muro, sino una maldita barrera viviente, una criatura hecha de llamas rugientes que los separó con una brutalidad innegable. Skylar soltó a Dalton, obligado a dar un paso atrás, sus sombras retrocediendo instintivamente ante la furia de mi fuego.
Pero no paré ahí.
Las llamas se retorcieron a mi alrededor y danzaron como si fueran parte de mí, como si cada chispa estuviera conectada a mi respiración, a mi rabia. No solo las sentía en mis manos…, estaban en mis venas, en mi piel, en mi puta alma. Y en ese momento, lo supe. Si quería, podía consumirlos a ambos en un solo parpadeo.
Di un paso al frente.
—¡Os juro por todo lo que me queda que, si no os alejáis el uno del otro, os haré arder hasta que no quede nada más que cenizas!
Las llamas chisporrotearon como si celebraran mis palabras, extendiéndose por el suelo como raíces hambrientas.
—¡Aquí la que toma las decisiones soy yo! ¡Yo! —continué mientras las llamas corrían por mis brazos—. Y ya soy lo bastante mayorcita como para hablar por mí misma y decidir lo que quiero. ¡Hay cosas más importantes en juego que vuestra pelea de egos!
Cerré los ojos un segundo, inhalé profundo y, con un esfuerzo consciente, absorbí el fuego de vuelta. No desapareció, solo esperó. Dormido, listo para ser liberado de nuevo si alguien se atrevía a tentarme.
El silencio fue brutal.
Dalton estaba allí boquiabierto, observándome como si no me reconociera, como si el fuego azul que aún parpadeaba en mis pupilas le hiciera dudar de que realmente fuera yo.
—Tu poder… Por todos los dioses… —Su voz fue apenas un susurro. —He aprendido algunas cosas nuevas estas semanas, Dalton. —Mi tono fue seco, sin emoción. No tenía fuerzas para más—. Y ya he gastado
suficiente poder por hoy. Así que más os vale no hacerme usarlo otra vez.
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Dalton asintió lentamente, aún aturdido, como si su mente siguiera intentando procesar lo que acababa de presenciar.
Esperé ver el mismo asentimiento por parte de Skylar, pero lo que encontré fueron sus ojos trazando su próxima ejecución, sus sombras no estaban quietas, se agitaban en sus puños, vibraban como si contuvieran un ansia voraz, listas para desgarrar, para despedazar sin piedad.
—Iron… —lo llamé.
Nada. No respondió. No reaccionó.
—Sky… —comencé a decir su verdadero nombre y él giró la cabeza hacia mí.
—Te ha llamado el amor de su vida, Zafiro. El jodido amor de su vida.
A mi puta mitad.
—¿Mitad? —repitió Dalton dando un paso hacia atrás, como si necesitara espacio para procesar lo que acababa de escuchar—. ¿Qué cojones está pasando aquí, Eda?
No contesté, nadie en la sala se movió. Dalton volvió a hablar, esa vez más bajo: —Eda…
Lo vi dar un paso hacia mí, con los ojos llenos de todo lo que no podía decir, de todo lo que estaba implorando en silencio. Pero antes de que pudiera siquiera acercarse, se detuvo. Porque si hubiera seguido, Skylar lo habría matado.
Los ojos de Dalton se alternaron entre nosotros dos, primero se posaron en mí, luego en Skylar, luego de vuelta en mí. Sus labios se entreabrieron, y su rostro, que siempre había llevado la compostura de un emperador, se desmoronó.
—No… —susurró, su mano subiendo hasta su pecho—. No me lo puedo creer. No me hagas esto, Eda… No puedes estar haciéndome esto. Por favor…
Y fue ahí cuando sentí que lo había arruinado todo. Las lágrimas que había estado conteniendo cayeron, una tras otra, sin poder detenerlas. No podía negarlo. No podía huir de lo que ya era tan evidente.
Dalton estaba ahí, ante mí, desmoronándose porque no había sido capaz de pensar con claridad, de resolver lo que tenía con él antes de sumergirme en algo aún más grande. Me había sentido un juguete, pero ahora era yo la que estaba jugando con ellos. Y me sentí como la peor persona del mundo.
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—¿Por qué? ¿Por qué, Eda?
Miré a Skylar.
Luego a Dalton.
Lo había sabido desde hacía días, tal vez semanas. Pero ese momento, en toda su crudeza, me dejó claro lo que había estado intentando ignorar.
Las cosas ya no eran las mismas. Yo ya no era la misma.
—Lo siento…
Dalton cerró los ojos, como si necesitara un segundo para recomponerse, como si un suspiro pudiera reunir las piezas rotas de su alma.
—Sé, Eda, que para ti lo nuestro fueron solo unos meses, pero para mí… han sido cien años. —Abrió los ojos y en ellos vi el dolor—. Siglos pensando en ti, respirando por ti. Amándote con una intensidad que ni siquiera sé medir. Durante tanto tiempo… que he olvidado cómo era mi vida antes de ti.
—Dalton… —Di un paso hacia él, lo bastante cerca como para ver cada grieta en su rostro—. Tú me cambiaste la vida, más que nadie. Y te lo agradezco. Te agradezco que me mostraras quién soy, cuál es mi camino. Pero lo que hiciste… —Tragué saliva—. No puedes arrancar a las personas de sus vidas, decidir por ellas como si no importaran. Eso no está bien, Dalton. No está bien.
—Pero ¡sus vidas ya están decididas, Eda!
—No, Dalton, tú eres quien elige los nombres, quien arranca a las personas de sus hogares, de sus familias, de todo lo que conocen… solo para llevarlas a una guerra.
—Todas las vidas de los jinetes ya están escritas. Es el destino quien pone sus nombres en las listas, es el destino quien me susurra quién debe ser jinete.
Hablaba con rabia, con esa convicción ciega que siempre lo había caracterizado. Pero ahora, lo vi. Vi lo que nunca antes había querido ver: que en su fe inquebrantable, en su lealtad al destino, había un error.
Un engaño…
—¿No te das cuenta? —Mis ojos se abrieron todavía más—. La Dama ha estado detrás de esas decisiones. Ha estado manipulándote, como hace con todos. ¡Como lo ha hecho durante siglos!
—Eso no es…
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—¿No es cierto? —Sacudí la cabeza, intentando apartar las lágrimas que amenazaban con volver a caer—. Entonces, dime, ¿qué pasó cuando mataste a Kaiserin?
Dalton se quedó inmóvil, y yo continué:
—Eso fue lo que vi en la visión… Vi cómo te manipuló. Cómo se metió en tu cabeza, cómo te usó para que la mataras…
Dalton tropezó con sus propios pies.
—Yo… yo estaba confundido en ese momento. Lo viste, Eda, lo viste en la visión. Estaba lleno de rabia. Creí que Iron Shadow se estaba haciendo pasar por ella, por Kaiserin.
Se giró bruscamente hacia Skylar, como si quisiera aferrarse a su odio, a esa rabia que le servía de escudo contra la verdad.
—Fue él quien me engañó. ¡Fue él quien jugó conmigo!
—¡No fue él! ¡No fue Iron! Fue ella, la Dama. ¡Siempre ha sido ella! —sentencié—. La dueña de la llama valirio… se metió en tu cabeza, Dalton. Lo ha hecho siempre. Ha tirado de tus hilos como si fueras su marioneta.
Dalton negó con la cabeza.
—No…
—Sí, Dalton. Te ha usado. Te ha cegado con su influencia. Fue ella quien te manipuló hace doscientos treinta años para que acabaras conmigo, porque sabía que solo las llamas podemos destruirnos entre nosotras.
—Quise contártelo, Eda… —Sus manos se cerraron sobre las mías con suavidad—. Quise decirte lo de Kaiserin, lo intenté, pero no podía. Algo dentro de mí… algo me lo impedía. Tienes que creerme.
Entrecerré los ojos mientras lo estudiaba, buscando la verdad en sus palabras. Y la encontré. Porque yo también lo había sentido. Esa fuerza invisible que me retenía, la misma que me ataba cada vez que Kali me decía que no debía hablar. Cuando quería revelar lo que sabía pero algo dentro de mí me sellaba la boca.
¿Por qué? ¿Por qué no podíamos hablar?
—Te creo, Dalton —le dije con sinceridad, y vi cómo sus hombros se hundían—. Pero eso no significa que no duela. No te odio, pero odio las mentiras. Odio que me dejes fuera, que tomes decisiones por mí como si no pudiera soportar la verdad. Odio que nunca me cuentes nada, que me mantengas en la oscuridad cuando más necesito entender. Odio que no
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confíes en mí. Que siempre creas que es mejor protegerme a base de silencios.
—Perdóname, Eda… —me rogó—. Te juro que haré las cosas bien. Volveré a ser el hombre que mereces, el que siempre debí ser. No voy a fallarte otra vez. Te lo prometo.
—Te perdono, Dalton. —Las palabras apenas escaparon de mis labios, y en cuanto las pronuncié, él apretó mis manos, como si fueran la única verdad en la que podía sostenerse.
—Volveremos a ser lo que una vez fuimos —sollozó forzando una sonrisa, una que se desmoronaba en los bordes—. Volvamos a escribir nuestra historia sin mentiras, sin sombras entre nosotros. Siendo el apoyo del otro. Siendo solo tú y yo.
—Dalton…
—Necesito saber si puedes amarme otra vez, Eda. Solo una vez más. Mis ojos buscaron a Skylar solo un instante, pero fue suficiente. No
necesitaba verlo para saber que seguía ahí, que su presencia pesaba en cada palabra no dicha, en cada latido contenido. Pero cuando nuestras miradas se encontraron, algo en él ya no era lo mismo. Las sombras de su interior reptaban por los bordes de su pupila dorada, devorando, tal vez, la última chispa de luz que aún quedaba en él, y eso fue lo último que vi antes de que Dalton Basilius cayera sobre una rodilla.
—Te dije que quemaría el mundo por ti, que si tenía que movilizar un ejército de cien mil hombres, lo haría. Que destruiría ciudades, derribaría montañas y atravesaría océanos de sangre para protegerte. Y lo sigo pensando, Eda. Lo he seguido pensando cada segundo después de habértelo dicho, incluso cuando ya no estabas a mi lado.
Sus manos sostuvieron las mías con la devoción de alguien que estaba entregando todo lo que le quedaba.
—Sé mi emperatriz, Eda. Sé la emperatriz de un imperio que siempre te ha pertenecido. Cásate conmigo.
Dalton Basilius, emperador de Pramvera, se arrodillaba ante mí pidiendo mi mano, pero todo lo que vi fue la sombra que se desvanecía a mi lado, evaporándose como si nunca hubiera estado allí.
Mi mitad…, mi yang…, ya no estaba para escuchar la respuesta.
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Skylar O’Hara
Milenios atrás, cuando la magia aún existía en los lugares más escondidos del mundo, Skylar O’Hara se alejaba de la sombra eterna de Bankai como quien escapa de una condena.
La sombra de Bankai era todo lo que conocía, pero él se despojaba de ella con la facilidad de quien se arranca una venda de los ojos, sumergiéndose en el mundo como un ser nuevo, sin más rostro que el que elegía en ese momento.
Skylar podía ser cualquiera. Se desvanecía en la multitud, se mezclaba con el mar de rostros anónimos que poblaban las ciudades, sin que nadie sospechara que era más que un hombre entre ellos. Podía ser un desconocido sin importancia, un reflejo distorsionado en el cristal empañado de una taberna, o una sombra sin dueño que se deslizaba entre los callejones, evitando ser vista, pero observando todo. No había reglas para él ni límites en su habilidad para transformarse, para ser cualquier cosa que deseara.
Aún recordaba aquel día, como si el tiempo no hubiera logrado borrar la escena de su mente. Sus pasos lo llevaron a una pequeña librería donde los libros flotaban entre las estanterías y los plumeros, encantados con algún hechizo antiguo, danzaban por el aire, barriendo el polvo de siglos sin necesidad de manos que los guiaran.
Skylar recorrió los estantes sin prisa, sin un destino claro, simplemente dejándose llevar por la quietud del lugar, por la sensación de que el tiempo allí no existía, o al menos, no era el mismo que fuera de esas paredes. Sus dedos pasaban por los lomos de los libros, tocando las cubiertas gastadas,
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las páginas amarillentas que crujían al ser acariciadas. Pero fue uno de esos libros en particular el que lo llamó.
Era viejo, y se hallaba cubierto de polvo, como si hubiera permanecido allí durante siglos esperando ser encontrado. El cuero de la tapa estaba agrietado, como una herida mal cerrada. Sin pensarlo, Skylar lo tomó, y al abrirlo, una dedicatoria apareció en la primera página, escrita con una caligrafía tosca y casi desvanecida.
La ira más peligrosa es la que se oculta detrás de un buen corazón. Es una furia silenciosa, latente, que espera pacientemente el momento en que la bondad ya no pueda contenerla. Y, cuando al final estalla, es capaz de arrasar con todo.
—¿Cómo puede un buen corazón ocultar tanta ira que sea capaz de arrasar con todo? —preguntó una voz femenina.
Skylar no necesitó girarse para saber que era ella. No la vio, pero la sintió, y en un parpadeo, apareció frente a él, envuelta en su propia magia.
—Que te deje parte de mi esencia no significa que puedas aparecer y desaparecer cuando te dé la gana, Zafiro.
Cerró el libro con calma, sin prisa, sin levantar la vista.
Kaiserin dio un paso más cerca y deslizó un dedo por el lomo del libro que él aún sostenía.
—No has respondido a mi pregunta.
Skylar soltó un suspiro, como si aquella conversación le pareciera agotadora.
—Si insistes tanto en saberlo, es porque sientes que detrás de tu buen corazón hay algo peligroso.
Ella ladeó la cabeza.
—¿Crees que tengo un buen corazón?
Fue entonces cuando él se giró, y sus ojos dorados la recorrieron con frialdad evaluándola.
—Lo tienes —respondió—. Y ese corazón es lo que te mantiene aquí, lo que mantiene esta librería en pie, lo que hace que tú y yo sigamos teniendo esta conversación. Así que, por el bien del equilibrio, deberías seguir teniéndolo.
—¿Y si ya no quiero tenerlo, Skylar? ¿Y si ya no quiero ser la buena?
¿Y si quiero estallar y arrasar con todo?
Skylar observó la forma en que sus dedos recorrían la polvorienta estantería, rozando los lomos de los libros que flotaban con un vaivén casi
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perezoso. Pero no fue el movimiento de sus manos lo que capturó su atención, sino la manera en que su cuerpo se tensaba, cómo su tono cambiaba con cada palabra.
¿Lo estaba desafiando?
—Entonces destrúyelo todo —le contestó él casi indiferente—. Pero recuerda que, una vez lo hagas, no habrá vuelta atrás.
Ella no parpadeó.
—Tal vez eso es lo que quiero.
Skylar soltó una risa seca, sin humor.
—No, Zafiro. Lo que quieres es que alguien te dé una razón para no hacerlo.
—Entonces ¿qué se supone que debo hacer? —preguntó ella.
Skylar no vaciló en su respuesta.
—Enamórate de alguien que te haga querer mantener el mundo en pie, que te empuje a apagar el incendio en lugar de echarle más leña. Alguien que convierta tu rabia en algo que merezca la pena. Alguien que no te consuma, sino que te haga sentir que todo este caos tiene un propósito, Zafiro.
Se giró y comenzó a alejarse sin mirar atrás, como si la conversación ya no le perteneciera.
—Pero ya estoy enamorada, Skylar.
Él se detuvo. Solo un segundo. Solo un respiro. Pero no dijo nada, no llenó el silencio.
—¿Por qué no puedes amarme? —insistió ella—. Tal vez eso sea suficiente para no querer destruirlo todo.
Skylar dejó escapar un suspiro lento, arrastrado, como si cada palabra le costara un pedazo de sí mismo. Se pasó una mano por el cabello en un gesto lleno de frustración contenida y, al final, la miró por encima del hombro.
—Porque yo no tengo corazón, Zafiro. Y si lo tuviera…, no sería tuyo.
No había una sola noche en Bankai en la que Skylar no escuchara la voz de Kaiserin, cortante como un cuchillo en su memoria, justo antes de que el imperio cayera, antes de que la magia se desvaneciera, antes de que todo se redujera a cenizas. Pero ¿cómo atreverse a culpar al viento del desastre
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cuando fue él quien abrió la ventana? ¿Cómo maldecir la tormenta, cuando su propia mano la llamó?
Fue su indiferencia lo que la rompió, su rechazo lo que la empujó al borde, su frialdad lo que le dio la excusa perfecta para destruirlo todo. Y él le dejó hacerlo. La vio arder y no movió ni un solo músculo para detenerlo. Porque no la amaba. Nunca amó a Kaiserin. Nunca se enamoró de ella. Y pasó milenios convenciéndose de que tal vez tenía razón con las palabras que le dijo, de que no tenía corazón, de que dentro de su pecho solo había sombras y oscuridad.
Tal vez su existencia estaba condenada a la nada, a la ausencia, a la indiferencia, a ser un vacío en la historia de los demás.
Pero entonces llegó ella y, por primera vez, Skylar sintió algo que no debería haber sentido jamás. Un pinchazo en el pecho que se enredaba en sus entrañas como raíces malditas que se aferraban a lo más profundo de su carne. Algo que no le pertenecía, que no debía pertenecerle.
Algo que latía.
Un corazón. Uno real. Uno que no había pedido, que nunca había necesitado, pero que ahora palpitaba con su nombre en cada latido, como si siempre hubiera estado esperando reconocerla. Como si siempre hubiera estado esperándola a ella.
Y ahora, ese mismo corazón se retorcía y golpeaba con más fuerza contra sus costillas, más y más rápido, mientras Basilius se arrodillaba frente a ella. Mientras ese maldito emperador pronunciaba las palabras que él nunca había dicho.
Dalton Basilius, con toda su arrogancia, con toda su seguridad, con toda su humanidad, le estaba pidiendo matrimonio a su mitad.
A su yang.
A la única persona que había logrado que algo dentro de él volviera a moverse, y él, el jodido Iron Shadow, no podía hacer nada, no podía moverse, no podía hablar, no podía respirar.
Si Skylar llegaba a mover un solo músculo, sería para matar a Basilius, para arrancarle esa propuesta de matrimonio de la boca con sus propias manos, para destrozarlo antes de que Eda pudiera darle una respuesta. Pero la forma en que ella lo miró… Joder.
No a Dalton, a él.
Porque mientras Basilius se arrodillaba ante ella, mientras le ofrecía su imperio, su vida, su amor, ella miraba a Skylar, como si su verdadero
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dilema estuviera ahí, como si en silencio le pidiera que le diera una razón para no aceptar.
Y casi lo hizo.
Pero ¿y si solo era su mente jugándole una mala pasada?, ¿y si esa mirada no era un ruego, sino una despedida?, ¿y si lo único que Eda quería era que los dejara solos?
Skylar O’Hara no se quedó para averiguarlo.
Se desvaneció antes de que su propia oscuridad lo devorara, cruzó los portales sin un destino, sin un plan, solo con la rabia ardiendo en su pecho, arrancándole el aliento, nublándole la razón. La magia lo arrastró sin rumbo, y cuando volvió a materializarse, el sol de Pramvera lo golpeó como un puñetazo. Brutal. Abrasador. Cruel.
Se dejó caer sobre la inmensa estatua de piedra del fénix, junto al fiordo, con las piernas colgando sobre el vacío, la mirada perdida en la ciudad que no era suya, en el territorio de un hombre al que quería arrancarle la garganta, pero al que no podía tocar sin destruirlo todo, sin destruirla a ella.
Cerró los ojos un momento y dejó que el calor abrasador de Pramvera se filtrara en su piel, pero cuando los abrió, allí estaba.
El dragón de piedra.
Skylar le sostuvo la mirada con el ceño fruncido, los dientes apretados, como si con solo fulminarla pudiera romperla. Pero la maldita estatua seguía ahí, como si nada pudiera tocarla, como si nada pudiera derribarla.
Tal vez, en el fondo, no había diferencia entre los dos. Tal vez, en ese instante, Skylar O’Hara no estaba mirando una escultura, sino a sí mismo. Una figura esculpida en piedra, jodidamente sólida por fuera, pero podrida por dentro.
Skylar apartó la mirada del dragón de piedra y, en un solo pensamiento, dejó de ser hombre para convertirse en un águila negra. Extendió las alas y se lanzó al vacío, surcando el cielo de Pramvera bajo un sol que quemaba, uno que no pertenecía a su mundo, pero que, por alguna razón, seguía buscándolo.
Voló durante horas, perdido en las corrientes de aire, dejando que el viento le arrancara lo que quedaba de su rabia, de su frustración. Porque Skylar era eso. Podía ser cualquier cosa en el mundo. Una sombra, una bestia, un dios de la guerra. Podía moldear su cuerpo a voluntad,
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desaparecer cuando le diera la gana, desvanecerse en la nada. Podía serlo todo.
Pero lo único que quería… era ser suyo.
Solo quería ser de ella.
Skylar batió las alas con fuerza y se elevó lejos del calor sofocante de Pramvera. El sol dejó de quemar su espalda, la brisa se volvió más fría, mordiéndole las plumas. La hierba quedó atrás, sepultada bajo la nieve, los árboles desaparecieron, reemplazados por montañas que se alzaban como dientes afilados.
Desde lo alto, con su vista de águila, divisó la Cumbre de Hielo al fondo, más allá de los picos nevados. Abajo, un grupo de mantícoras se movía sobre la nieve, sus cuerpos enormes resaltando contra el blanco.
Movió sus alas para estabilizar su vuelo, y comenzó a hacer círculos sobre Novadia mientras observaba. No era solo un vistazo, era un estudio. Sus pupilas dilatadas captaban cada mínimo movimiento, cada respiración tensa de los jinetes que intentaban domar a las criaturas.
Pero algo estaba mal.
Una de las mantícoras se movía de forma extraña, su cuerpo masivo convulsionando como si algo dentro de ella pugnara por salir. Su cola venenosa cortó el aire con un látigo feroz, sus garras arañaron el suelo, partiendo la nieve y la roca bajo ella.
Skylar aleteó y descendió apenas unos metros, aguzando su visión sobre la criatura.
—¡Cuidado! —bramó un soldado, pero su advertencia se ahogó con el rugido infernal de la bestia.
Un relámpago cegador estalló desde la boca de la mantícora, una descarga salvaje, descontrolada, que no tenía nada de natural. La energía chisporroteó en el aire antes de impactar de lleno contra un grupo de soldados imperiales a los que lanzó por los aires como muñecos rotos. Sus cuerpos se estrellaron contra el suelo con un sonido sordo, inertes.
—¡Por los dioses! —chilló un jinete, tirando de las riendas de su hipogrifo con tanta fuerza que casi lo desmonta mientras esquivaba otro rayo. A su alrededor, los soldados corrían, dispersándose en un caos absoluto, algunos huyendo, otros tratando de contener el desastre.
—¡Retirada, soldados! ¡Todo el que no pertenezca al escuadrón de mantícoras, fuera de aquí, ya! —rugió Alexander Kaiden, que se abría paso entre la nieve.
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El cielo se iluminó de nuevo. La mantícora, sacudida por espasmos violentos, giraba sobre sí misma, su cuerpo temblando como si algo la desgarrara desde dentro. Un soldado imperial intentó acercarse, con las manos en alto para calmarla.
—¡Ni se te ocurra acercarte! —le gritó Kaiden, pero el soldado imperial, que intentaba controlar a su bestia, no tuvo oportunidad de reaccionar.
Un nuevo rayo estalló y lo golpeó de lleno. Su cuerpo se arqueó mientras la electricidad lo devoraba desde dentro. Luego cayó como un saco de huesos, inmóvil, el humo saliendo de su piel chamuscada.
La mantícora lanzó un rugido que hizo temblar la tierra.
Skylar observó desde las alturas cómo Alexander Kaiden corría hacia la mantícora, tratando de detenerla antes de que fuera demasiado tarde. Pero lo que el comandante no vio, y Skylar sí, fue la silueta de Nolan moviéndose rápida y sigilosamente por detrás de la bestia, acercándose demasiado.
—¡Jinete! ¡Aléjate de ella ahora mismo! —rugió Alexander, su voz atravesando el caos como un latigazo.
El jinete, aún aferrado a las riendas con desesperación, apenas pudo girar la cabeza.
—¡No sé qué le pasa, comandante! —gritó—. ¡Es como si no me reconociera!
Skylar vio el momento exacto en que la mantícora levantó la cabeza y sus ojos resplandecieron. No con el brillo feroz de una bestia enloquecida. No con la rabia salvaje de un depredador acorralado.
Era algo peor.
Un verde esmeralda fulgurante, idéntico al color de la llama valirio, consumía sus pupilas.
«Joder».
El jinete seguía luchando, tiraba con fuerza de las riendas, pero en ese instante Nolan saltó sobre la bestia desde atrás, como un jodido suicida, intentando domarla con las manos desnudas aferradas a su cuello, tratando de someterla por pura fuerza.
—¡Nolan, no! —gritó Alexander, viendo cómo el idiota de los idiotas se subía a la criatura que acababa de intentar masacrar a todo el que se le acercaba.
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Nolan no escuchó, o no le importó. Sujetó la espesa melena de la mantícora con ambas manos y clavó las piernas a los costados de la criatura, luchando contra sus violentos espasmos.
—¡Aléjate! ¡Ahora! —rugió Nolan al jinete.
Pero fue demasiado tarde.
Con un movimiento brutal, la mantícora giró la cabeza, abrió sus fauces y, en un parpadeo, arrancó la cabeza de su propio jinete de un solo mordisco.
El sonido fue grotesco. Un chasquido húmedo seguido del repulsivo crujir de huesos desgarrados. La sangre brotó como una maldita fuente, manchando la nieve de un rojo sucio y espeso. El cuerpo del hombre cayó sin vida, con los brazos aún extendidos, como si en su último aliento hubiera seguido aferrado a la esperanza de controlarla.
La bestia rugió y sacudió la cabeza con la mandíbula aún manchada, antes de lanzar el cráneo lejos.
Nolan apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que la mantícora se sacudiera con violencia, intentando destrozarlo. El impacto lo lanzó al suelo.
—¡Nolan! —Alexander corrió hacia él sin pensarlo, sin importarle la bestia que aún rugía sobre ellos.
Pero no iba a llegar a tiempo.
La mantícora giró con la mandíbula abierta, lista para arrancarle la cabeza a Nolan, que seguía tirado en la nieve, y Skylar se materializó antes de que eso ocurriera. Cayó del cielo como una sombra viviente, su forma aún deshaciéndose en jirones de oscuridad, y al tocar el suelo, arrastró a Nolan fuera del alcance de las fauces de la bestia, alzando un muro de sombras a su alrededor para bloquear el siguiente ataque.
No fue suficiente.
La mandíbula de la mantícora ya se había cerrado en torno al brazo de Nolan.
Skylar sintió el desgarro antes de verlo. Carne, hueso, músculo, todo se rompió en un solo tirón. La bestia le arrancó el brazo de cuajo, la sangre brotando en una lluvia espesa que salpicó la nieve como un lienzo de guerra. El rugido de la mantícora se mezcló con los alaridos de Nolan, que se retorcía en el suelo, con el muñón palpitante y rojo ardiendo en su cuerpo.
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No hubo tiempo para otra reacción. Skylar dejó de ser hombre y se convirtió en arma.
Las sombras se alzaron como cuchillas vivas, se retorcieron. La mantícora intentó moverse, pero Skylar ya estaba sobre ella. Sus fauces volvieron a abrirse, pero esa vez, él fue más rápido. Un filo oscuro, afilado como la muerte, cortó su garganta antes de que pudiera lanzar otro ataque.
Un rugido ahogado, un espasmo, y la bestia cayó.
Su cuerpo se desplomó en la nieve entre convulsiones, intentando aferrarse a los últimos segundos de vida que le quedaban. Pero Skylar no le dio tregua. Sus sombras se enroscaron alrededor del cuello de la mantícora y tiraron. Un chasquido. Un desgarrón. Y la cabeza de la criatura rodó por el suelo.
La nieve bajo ellos se tiñó de rojo, el cuerpo de la bestia aún palpitaba con restos de energía, su boca abierta en un último intento de morder algo que ya no existía. Skylar exhaló y dejó que las sombras se disiparan de su cuerpo. Miró a Nolan, tirado en la nieve, con los ojos abiertos de par en par, su boca entreabierta en un grito que ya no tenía fuerzas para soltar.
Alexander llegó en ese momento y se arrodilló junto a él, sus manos temblaban mientras presionaban la herida en un intento desesperado por contener la hemorragia.
—No, no, no… —Sostenía a Nolan contra su pecho—. ¿Qué has hecho, cariño? ¿Qué has hecho?
—Alexander…
—Chiss, mírame, cariño, sigue conmigo, ¿vale? —Alexander sollozó, su frente presionada contra la de Nolan—. Respira, aguanta, presiónalo fuerte, no pasa nada, ¿me oyes? No es nada que tu inmortalidad no pueda arreglar…, pero tienes que aguantar.
Skylar no lo pensó. Se dejó caer de rodillas junto a ellos y, sin titubear,
pasó sus colmillos por la palma de su mano, desgarrando la piel. La sangre
brotó al instante, espesa y oscura.
—Bebe —le ordenó a Nolan.
Alexander alzó la vista, su mirada nublada por las lágrimas, pero incluso en su angustia, un destello de reconocimiento cruzó sus ojos. Por un instante, su agarre sobre Nolan se endureció, instintivo, posesivo, como un reflejo de su necesidad de protegerlo a toda costa.
—¿Qué coño estás haciendo, Iron Shadow? —rugió Alexander, su cuerpo tensándose como si fuera a apartarlo.
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Nolan dejó escapar un jadeo de agonía y su cuerpo convulsionó con un espasmo violento.
—Bebe, joder. —Skylar apretó su mano contra los labios de Nolan, su paciencia agotándose—. No me hagas repetirlo.
Nolan dudó un segundo, pero el dolor era una bestia insaciable dentro de él que lo desgarraba desde dentro. Y entonces su instinto lo venció. Sus labios se abrieron, su lengua tocó la sangre oscura y un escalofrío recorrió su cuerpo al absorberla.
Los gritos cesaron.
Las convulsiones se detuvieron.
Alexander soltó un jadeo ahogado cuando sintió el cambio en el cuerpo de Nolan, su presión sobre él se aflojó.
—Nolan… —susurró mientras le acariciaba el rostro y observaba con incredulidad cómo el temblor en su cuerpo disminuía.
Skylar retiró la mano de su boca y lo contempló un instante más antes de ponerse en pie. Su mirada se deslizó hasta la cabeza de la mantícora, que yacía a unos metros, separada de su cuerpo, con los ojos verdes, abiertos, congelados en la muerte.
Skylar entrecerró los ojos. Lo sabía.
—Dile a Basilius que la Dama tiene el poder de volver a vuestras propias criaturas contra vosotros. —Giró su cabeza hacia Alexander—. Y que la guerra ha empezado.
Agradecimientos
Escribir los agradecimientos siempre es uno de esos momentos que me tocan la fibra. Es cuando miro atrás y veo quién ha estado a mi lado mientras escribía esta historia, pero también es como dejar una cápsula del tiempo para la yo del futuro, para que dentro de diez años recuerde en qué punto de mi vida estaba.
Y aquí estoy, un domingo por la noche, volcando todo lo que siento en estas páginas, detrás de un libro al que le he dejado un pedacito de mi corazón y de mi alma.
Primero, quiero dedicar este libro a mis lectores. A esos lectores silenciosos que están ahí, acompañándome desde las sombras, y a aquellos que se toman diez minutos de su día solo para enviarme un mensaje, para decirme que mis palabras les han llegado al corazón. No tienen idea de lo mucho que eso significa para mí.
Estoy profundamente agradecida por cada uno de vosotros, por cada mensaje, cada comentario y cada muestra de cariño. Y sé que este agradecimiento crecerá aún más el día en que pueda conoceros en persona. Gracias por creer en mí, por darle vida a mis historias y por hacer que todo este viaje valga la pena.
También quiero dar las gracias a Clara, mi editora, por darme la oportunidad de compartir mis libros con el mundo. Gracias por creer en mi historia y apostar por ella. Y, por supuesto, gracias a todo el equipo que hay detrás, trabajando para hacer que este sueño se convierta en realidad.
Y no puedo olvidarme de mi diseñadora, Alinne. Gracias por aguantarme a altas horas de la madrugada, por entenderme con solo unas pocas palabras y por plasmar mis ideas a la perfección. Piensas como yo, y juntas vamos a arrasar. No tengo ninguna duda de que llegarás muy lejos.
A mis amigos, que aunque siempre se burlen de mi libro y solo quieran leer las escenas más picantes (sí, os tengo calados), sois una parte esencial de mi vida. Cada vez que escribo sobre la amistad, pienso en vosotros, porque tengo la suerte de teneros a mi lado. Gracias por estar ahí cuando el agobio de escribir me pasa factura, por sacarme una sonrisa incluso en los días más caóticos y por recordarme que, fuera de las páginas, también hay historias que valen la pena vivir.
Mi María Bochons, que sé que si pudiera, me tendría secuestrada en su casa escribiéndole libros sin parar. Porque sí, eres mi fan número uno, la que siempre me lee, la que me escucha hablar de libros durante horas sin quejarse.
Fuiste tú quien me motivó a enseñarle Imperio de Fuego Azul al mundo, y gracias a ti soy la escritora que soy hoy. No sé cómo agradecerte por ser esa amiga de luz, por estar siempre, por creer en mí incluso cuando yo dudaba.
Papá, puede que nunca leas esto y, si lo haces, sé que no dirás nada al respecto. Pero igual lo voy a escribir. Eres mi lugar seguro, mi persona. La mejor que conozco. Tienes un corazón enorme, aunque a veces te hagas el tipo duro y pocos lo vean. Pero yo sí lo veo. Veo todo lo que haces por los demás, todo lo que callas, todo lo que das sin pedir nada a cambio. Y no puedo estar más orgullosa de ser tu hija.
No hay palabras suficientes para agradecerte todo lo que haces por mí. Por estar siempre, sin importar la hora ni el motivo. Por ser el mejor casero del mundo (y, sinceramente, el único que me aguantaría). Por contestar mis llamadas a cualquier hora sin una sola queja, sin un «no» por respuesta.
Mamá, estoy segura de que somos el yin y el yang. Chocamos todo el tiempo, pero al mismo tiempo somos tan parecidas que hasta damos miedo cuando estamos juntas.
Siempre hacemos bromas sobre quién de las dos va a estirar la pata primero, pero lo que nunca te digo es que, si algún día te fueras, sería como si nos fuéramos las dos. Porque no me imagino un mundo sin ti. Sin nuestras peleas tontas, sin esas charlas eternas sobre la abuela (gracias, abuela, por ser la mujer tan fuerte que eres), sin rajar de Toni, y sin esas tardes de pelis romanticonas y música antigua.
Y sí, mamá, como dijo Jerry Maguire: tú me complementas.
Y por último, mi amiga Yanira.
Siempre he estado sola. Hija única, sin hermanos, sin saber lo que era ese amor de «hermanas»… hasta que llegaste tú. Ya sabes que soy una romántica empedernida, que amo el amor y que me encanta escribir sobre parejas que lo darían todo la una por la otra. Pero contigo me he dado cuenta de que las almas gemelas no solo son de pareja, también pueden ser amigas. Y tú, Yanira, eres la mía.
Has estado conmigo desde el minuto uno con este libro. Has visto todo mi proceso, lo bueno, lo malo y lo catastrófico. Eres la única que vive conmigo este caos diario. Te agradezco cada charla nocturna en mi cama, cada comida que me haces cuando me olvido de existir, cada vez que me cuidas como si fueras mi hermana mayor (aunque la mayor soy yo, pero bueno).
No quiero ni pensar cómo habría sido este año sin ti, porque sin ti, esta casa no sería lo mismo. Eres la que le da alma, la que llena los silencios con risas, la que convierte un espacio en un hogar. Eres mi equilibrio, mi refugio, la que siempre está cuando todo se tambalea… La que me mantiene en pie. Te quiero.
P. D.: No te cases nunca ni te vayas a vivir con tu novio, ¿vale? Quédate conmigo para siempre.
LUCÍA CEREZO vive en Valencia. Tras leer a autoras como Sarah J. Maas y Jennifer L. Armentrout, se propuso escribir su primera novela, Imperio de fuego azul, y enseguida obtuvo un gran reconocimiento entre las lectoras del género.
La autora continúa la historia de Eda en Imperio en llamas, el segundo libro de la saga Fénix y Dragón, con la que ha logrado posicionarse como una de las voces más potentes del romantasy en España.
De este modo, Lucía Cerezo da el pistoletazo de salida a la carrera fulgurante de una voz narrativa que entra en el panorama nacional como un vendaval.
FIN

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