© Libro N° 14836. La Sociedad Transatlántica. Taján, Alfredo. Emancipación. Febrero 21 de 2026
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LA
SOCIEDAD TRANSATLÁNTICA
Alfredo
Taján
La Sociedad Transatlántica
Alfredo Taján
En diciembre de 1999 regresan a Buenos Aires Guillermo Brown y Lidia Grandi, dos de los herederos de una extraña sociedad de espías socio-culturales, llamada La Sociedad Transatlántica, que había actuado activamente, entre Argentina y España, desde los años veinte hasta 1946, fecha en que el general Perón asumió la presidencia del país.
El reencuentro de los herederos de esta sociedad secreta desata una trama de maquinación y mentira y, al tiempo, desvela los entresijos de su alma.
En un Buenos Aires misterioso y, en ocasiones, agobiante, Guillermo Brown y Lidia Grandi irán descubriendo su pasado a través de una galería de personajes que practican una suerte de seducción ambigua y letal, y de situaciones sorprendentes donde la invención y la trama se mezclan manteniendo al lector intrigado hasta la última página.
En La Sociedad Transatlántica el hielo arde y el sol es gélido, como la febril mundaneidad que exudan sus páginas. Con una prosa cuidada al extremo y un argumento original y trepidante, Alfredo Taján vuelve a construir una novela memorable.
Alfredo Taján
La Sociedad Transatlántica
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Titivillus 03.02.2026
Título original: La Sociedad Transatlántica
Alfredo Taján, 2005
Fotografía de cubierta: Leonard Freed
Colección: Áncora & Delfín, n.º 1037
Editor digital: Titivillus
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Y comprendí que había llegado el momento de aprovechar el olvido y la distancia que me ofrecía aquel país llamado República Argentina.
Witold Gombrowicz
Hace cien millones de años, cuando enormes masas de tierra navegaban a la deriva, el territorio que hoy ocupa la República Argentina formaba un escudo compacto al sur de nuestro planeta, un territorio habitado por dinosaurios hambrientos, algunos de los cuales, dicen, han sobrevivido y habitan entre nosotros…
Hace cien millones de años, el territorio que hoy ocupa la Península Ibérica apenas existía, por no existir ni siquiera existía el mínimo atisbo del que con el tiempo se llamaría continente europeo, sin que Dios ni su capricho corrupto, el hombre, sospecharan su grandeza posterior, sus hondos ríos, gélidas montañas, catedrales y palacios…
Transcurrieron millones y millones de años y la vasta extensión que hoy se conoce con el nombre de Argentina se convertiría en una magnífica tesela natural favorecida por el Supremo Creador que la privilegió alejándola del mundo. Sin embargo, hacia el 12.000 a. C., unos cazadores del Neolítico se asentaron en la provincia de Jujuy, en Mal Paso, por lo que, desde aquel mal paso, en la futura república austral, un grupo de hombres en proyecto iniciaron una atropellada, espinosa más bien, relación con su hábitat.
Por su parte, la Península Ibérica, con un envidiable destino en lo universal y en lo particular, hizo y deshizo reinos sobre su piel de toro, se dibujó en perfil de océano, en centro y frontera, en encrucijada pacífica o violenta. España, término que apareció por vez primera en un pagaré de la monarquía imperial, se ungió de gloria, se hizo gárgola marina y vertió sobre los territorios conquistados vida y muerte, luz y sombra…
Desde entonces, desde que alguien escribió Terra de Solis y Terra de Patagones en un pergamino cartográfico, sin pensar que serían dos caras de una misma moneda, la interdependencia entre la República del Mal Paso y la España Gloriosa y Miserable ha basculado, hacia arriba o hacia abajo, siempre descompensadamente…
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HACE CIEN MILLONES DE AÑOS
—Esto no es una novela —repetía Guillermo Brown mientras fijaba su mirada en las nervudas ramificaciones del estuario porteño a través de la ventanilla del Airbus que le traía desde Madrid como pasajero de segunda clase, sentado junto a una adolescente que apenas le había dirigido la palabra durante el trayecto, pero que, al menos, le había permitido, durante aquellas interminables horas, estirar sus piernas hacia el espacio contrario, calmar sus rodillas, sin rozarla ni agobiarla.
Se conformó con eso, Guillermo no rechistó.
Cavilaba Brown para sus adentros: dudaba. Guillermo era un enfermizo de la autoexigencia, implacable con su producción literaria y con la de los demás, feroz en sus silenciosas diatribas, no concedía carta blanca a sus obsesiones. Precisamente aquellos análisis le habían creado algún prestigio aunque también serias enemistades. Y es que habían sido muchos días, con sus noches respectivas, de lecturas apasionadas, estudios en el filo, y a esas alturas de su vida Guillermo ya no soportaba retóricas huecas. Por eso no sabía cómo disimular su hastío y al escuchar la palabra cultura, ya no digamos literatura, afloraba en su cara una espontánea mueca de asco.
Pero el novelista no rompía del todo con la institución cultural, no podía hacerlo, porque, de alguna manera, sobrevivía gracias a la institución cultural publicando regularmente sus novelas en editoriales conocidas y sus artículos de opinión en periódicos y revistas de tirada nacional, dictando cautelosas conferencias en las que sorteaba los lenguajes del poder a través de múltiples formas, contenidos, estrategias y estéticas.
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También se sobrevivía a sí mismo, a sus manías y depresiones. Algunos mantenían que luchaba contra el bel letrismo con una dignidad encomiable, a pesar de que su tendencia a lo extravagante le perseguía y en textos diversos escribía sin pudor palabras tales como vincapervinca o lansquenetismo, abordase el tema que abordase: tampoco Guillermo hacía mal a ningún ser vivo recuperando esas palabras antipáticas aunque medio moribundas.
—Les rogamos abrochen sus cinturones de seguridad, en breves momentos procederemos a aterrizar en el aeropuerto Pistarini de Buenos Aires.
Al oír la voz del comandante del vuelo anunciando el aterrizaje a Guillermo le dio un pellizco en el estómago y, poco después, una ligera taquicardia; le vinieron a la cabeza instantáneas de su pasado, un pasado construido con renuncias. Guillermo empezó a dar ligeros respingos cuando la adolescente que viajaba junto a él descendió de su Olimpo particular, le miró e intentó calmarlo:
—Tranquilo, viejo, respirá hondo, yo respiro hondo —exhaló e inhaló—, ¿ves?, y no pasa nada. Te relaja un montón.
Guillermo se estaba poniendo amarillo.
En ese momento una azafata, melenita al viento, pasó como un rayo, la nena hizo de pararrayos, la frenó en seco y le dijo:
—El pelirrojo se nos muere, tráigale algo: un jugo, un vasito de agua.
Aquella mujer alada se acercó:
—¿Necesita algo?
—No, no se preocupe —balbució Guillermo mientras su camisa se empapaba y una riada de sudor inundaba su cuello.
—Le voy a traer un vaso de agua.
—¡No!, perdón, no es lo que se imagina. —Guillermo contestó con los ojos cerrados.
—Entonces ¿quiere que le acompañe a la toilette? —insistió.
—Hágame el favor, no me pasa nada, déjeme solo.
La azafata, acostumbrada a reacciones incluso más secas, respondió:
—Como quiera.
La adolescente intervino:
—¿Por qué la trató de esa forma?, ¿no se dio cuenta de que lo quiso ayudar?
Guillermo intentó explicarse:
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—No, si a mí no me da miedo aterrizar, lo que me da miedo es Buenos Aires, es que vuelvo a Buenos Aires después de casi veinte años, ¿me comprendes?
La pendejita canturreó:
—Volver, con la frente marchita…
Guillermo pegó su pómulo derecho a la ventanilla del avión que sobrevolaba la metrópolis, el espejismo porteño, la ciudad de Buenos Aires, fortín incendiado y reconstruido, flor del contrabando, capital de sí misma, ciudad estado, rica y pobre, monja y cortesana, fastuosa como pocas, excesiva hasta en los excesos.
El novelista rumió los versos de Borges:
No nos une el amor sino el espanto;
será por eso que la quiero tanto.
El avión buscaba su ruta aérea entre las nubes mientras Guillermo rastreaba sus raíces. Se trataba de que el destino dejara de removerlo. En realidad no le había mentido a la adolescente, ni siquiera había matizado la verdad: Guillermo regresaba, no con la frente marchita, como decía el tango, porque su frente pintaba pecas de pelirrojo irredento y ni una cana nevaba su sien; marchito tampoco estaba: si a los treinta y siete años un hombre está marchito es que no le ha ido bien en la vida. Recapitulemos: Guillermo se acercaba a la letra del tango en el aspecto finalista que establece el tango. No había mucho más, no había nada más.
¿Quién es Guillermo Brown?, ¿quién es este argentino de nacimiento con pasaporte español?, un documento que abre y hojea constantemente, un documento que revela el vagabundeo individual y el familiar: tribu anómala satisfecha con el cambio continuo, el viaje continuo, con la idea de la patria móvil, esa patria inexistente que te acomete y, al final, te expulsa. Guillermo releyó su nombre como si no supiera de quién se trataba, un ser ajeno. Nombre y apellidos: Guillermo Brown Acosta. Ciudad y fecha de nacimiento: Buenos Aires, 9 de enero de 1962. Hijo de Armando Guillermo Brown y Luisa Acosta Figali. Nacionalidad: española. Profesión: Escritor, ¿escritor?
Escritor, concretemos, narrador. Narrador hispanoargentino con raíces semovientes, novelista de perturbadores círculos minoritarios, círculos de prestigio, círculos concéntricos sobre el agua estancada del idioma, narrador con críticas favorables en la página izquierda de algún
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suplemento cultural. Su paradoja biográfica se había trasladado al mercado editorial. Guillermo tenía asumida su imposibilidad para crear relatos radicales, pero no cejaba, por si las moscas, de sacar brillo al cristal de las formas y de los conceptos. Paradojas: la primera es que siendo argentino de nacimiento, y habiendo vivido en Argentina hasta los diecinueve años, ni uno solo de sus títulos se había editado, ni distribuido, en Buenos Aires, no digamos ya en el resto del país, ¿por qué?, ¿cuál había sido la causa de esa inhibición?
Durante algunos años Guillermo esperó alguna respuesta pero no encontró ninguna. Nadie, absolutamente nadie, de uno u otro lado del Atlántico, se atrevió a poner el dedo en la llaga de su mala suerte editorial.
En ese sentido la situación de su obra literaria —aunque él detestaba el concepto pretencioso de obra—, más que patética se tornaba ridícula: en Argentina los escasos editores con quienes se puso en contacto lo consideraban un escritor español, mientras que, por el contrario, en España, prensa y crítica no se cansaban de etiquetarlo como «el escritor argentino afincado en nuestro país».
La biografía de la familia de Guillermo Brown estallaba en el mismo árbol genealógico. El Santo Grial de la estirpe le entroncaba con uno de los apellidos fundadores de la República Argentina, no la del Mal Paso, sino la de su primer presidente, Bernardino Rivadavia. Otro Guillermo Brown, a principios del siglo XIX, fue un marino irlandés, árbitro y contendiente en las guerras desatadas entre la Junta Porteña y La Banda Oriental montevideana. El marino Brown creó la primera flota de guerra argentina y por ello es en nuestros días uno de los próceres más respetados y menos cuestionados incluso por la historiografía que lo cuestiona todo. Su posterior neutralidad en los enfrentamientos civiles en los que se sumió Buenos Aires, contra el resto de las provincias unidas, elevó a Brown al pedestal que hoy sostiene su actual busto en la avenida Leandro Alem.
En los grabados y retratos de la época al prócer homónimo del novelista se le representa con la mano perdida en el horizonte, allí donde se funden mar y cielo, apartado de la jauría de perros y caudillos, caudillos y perros, que fueron masacrándose unos a otros mientras masacraban al indio. Con el transcurso del tiempo, la figura de Brown se agigantó y hasta un partido entero —no político sino administrativo— del gran Buenos Aires hoy lleva su nombre.
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Precisamente de aquel almirante —sostenía Armando Brown, el abuelo del novelista— descendía toda la familia, y no de un famoso personaje literario, o de un personaje del cómic, remedo del anterior, o de cualquier otro personaje que despreocupado por la probada ascendencia le hubiera procurado una expansión interestelar y más imaginativa: era el prócer quien inspiró al abuelo ese mundo levemente maniático y ficticio, el prócer y sólo el prócer. Y, claro, este hecho nunca pudo constatarse: el blasón sonaba inventado, además, los herederos directos del almirante nunca quisieron saber nada de aquella rama de la familia ni del asunto, aunque don Armando sostuviera el parentesco hasta el final de su vida, y era sabido que don Armando no era un fabulador ni un charlatán.
En realidad el abuelo de Guillermo había desembarcado en el puerto de Buenos Aires, también procedente de Irlanda, en una de las más importantes oleadas migratorias registradas en Argentina, la del año 1919. Al año siguiente, Armando Brown contrajo matrimonio con Olga Biron, una atractiva joven de ondulado cabello negro y ojos azul cobalto, nacida en Córdoba, pero de ascendencia francesa. Unos meses más tarde la joven pareja se estableció a pocos kilómetros de la capital, en Haedo, donde, gracias a la ayuda económica del padre de Olga, boyante mercero en la ciudad de Córdoba, fundaron una imprenta, la Nacional Brown-Biron, que prosperó rápidamente, tan rápidamente que a mediados de la década, Olga y Armando, con sus dos hijos, Armando Guillermo, progenitor de nuestro novelista, y Estela, se trasladaron a una casa neocolonial de dos pisos, con salón deliberante, balconada, torrezuela y patio.
La casa se encontraba en el barrio de San Telmo, en concreto en la calle Brasil, frente al parque Lezama, junto a la iglesia ortodoxa rusa. La Casona de Brasil, como se la llegó a conocer con los años, poseía, además, un porche generoso, ceibos flotando en un pequeño estanque y un amplio zaguán del que partía una escalera que desembocaba en el refugio del abuelo: la biblioteca, idéntica biblioteca que años más tarde provocaría un incendio sin vísperas y casi toda esta historia. Pero no desvelemos acontecimientos.
Ahora, nuestro personaje se hunde en el pasado, su pasado es un barco fantasma surcando las aguas mansas del estuario platense cuando apenas faltan unos minutos para que aquel pajarraco de acero que le trae de Madrid pose sus garras neumáticas en el aeropuerto de Ezeiza-Pistarini. Su memoria se reactiva a una velocidad superior, si cabe, que la de aquel
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pterodáctilo de hierro. A través de la ventanilla Guillermo presencia cómo el dinosaurio de metal sobrevuela la Costanera, rebasa el Aeroparque Newberry, donde el helicóptero verde langosta de Isabel Martínez de Perón fue detenido por los milicos, el 24 de marzo del 76, cuando intentaba huir a ninguna parte. En Newberry la presidenta que toleró al Brujo y a la Triple A fue arrestada por los gorilas del exterminio, de los Ford Falcon azabache, gorilas del Punto Final.
Todo eso recordó Guillermo mientras el monstruo metálico se acercaba a Pistarini: percibió una inversión de roles. Ahora era su acompañante quien intentaba, sin conseguirlo, controlar un temblor intermitente. Al sentirse observada la joven dedicó a su vecino una inexpresiva sonrisa de zombie. Y Brown, compadecido, extrajo una petaca del bolsillo interior de su chaqueta y se la ofreció. Al principio la flaquita no supo qué hacer. Entonces Guillermo ensayó en el idioma de los argentinos, ese acento que pretendía olvidar desde hacía veinte años.
—Tomá un traguito, después aspirás y espirás, como me dijiste hace un rato, dale.
Su recomendación surtió efecto, la niña grande se ofrendó un trago largo, tosió un poco y le devolvió la petaca a su ángel de la guarda mirando para otro lado. Guillermo se hundió otra vez en el buque fantasma de su pasado que ya se había transformado en un submarino descendiendo a las profundidades abisales.
Las imágenes le sorbían el seso. Y es que el recuerdo le aplastaba. Años atrás Guillermo palideció aún más, mucho más, que su frágil compañera de asiento. Fue aquella tarde que conoció, en conciencia, la biblioteca de su abuelo.
A pesar de ser hijo único Guillermo no había tenido una infancia fácil, la sobreprotección le hizo padecer una terca soledad. En la escuela siempre se había visto rodeado de chicos y chicas de escaso vibrato cultural; irremediablemente atraía a los más golfillos y a las más golfillas, con quienes mantuvo precoces iniciaciones sexuales, ninfúlicas noches de Cabiria: todos se aprovechaban de él sin que sus padres lo supieran y pudieran remediarlo. Por esas fechas, en mitad de aquel caos personal, intervino el abuelo, el impresor Armando Brown, un caballero, y al que el nieto veneraba tanto como imponía respeto. El mismo día que Guillermo cumplió once años se llevó una grata sorpresa: el abuelo había ido a recogerlo al colegio. Tenía la imagen clavada en su retina como si hubiera
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sido ayer; llovía a cántaros y el viejo, altísimo, con ese porte suyo tan british, aunque se consideraba enemigo declarado del Imperio Británico, le esperaba en el portón de la escuela, bajo un enorme paraguas negro, don Armando aguardaba a su nieto, lo aguardaba estático, impasible, como si la lluvia no fuera con él, y cuando lo vio salir, no le dijo nada, lo agarró de las solapas del sobretodo, le alzó hasta su cara y le besó; a continuación un taxi les condujo a la Casona de calle Brasil. La abuela Olga no salió a recibirlo, como solía hacer siempre que el nieto los visitaba, la abuela Olga con su corte de pelo a lo garçon, su aroma a esencia de magnolia y un nudo de perlas sobre el pecho, figurita anclada en los años veinte, brazo de mar ofreciendo turrón de maní y galletitas saladas con dulce de leche, empezaba a renunciar al mundo.
—¿Y la abuela?
—Descansa.
Don Armando, sin ser más explícito, le brindó la llave de la habitación del primer piso, allá donde dormían los libros, la biblioteca.
Le dijo:
—Tomá, abrí vos mismo.
Fueron dos horas inolvidables.
Años más tarde, en todas y cada una de las entrevistas que Guillermo concedía con motivo de la publicación de alguna de sus novelas, siempre sacaba a colación aquella primera visita a la biblioteca de su abuelo.
—Alguien se oculta detrás de cada lector, alguien te abre los ojos y te convierte a la religión de la lectura. En mi caso no cabe la menor duda de que fue mi abuelo Armando. Él, y sólo él, me transmitió la toxina, el virus, el amor a los libros.
No obstante, aquella tarde, don Armando no le habló a su nieto sólo de libros, le habló de muchas más cosas, le habló de su azarosa existencia, de las causas que le obligaron a huir de Irishmore, en Aran Island, no de Dublín, como mintió al llegar a Buenos Aires, harto de guerras y miseria; le habló de su amistad con Liam O’Flaherty, el autor nacionalista de quien tendría el placer de editar, años más tarde en Argentina, la traducción argentina de la novela Insurrección donde describía aquella dura lucha irlandesa por la independencia.
Sin ahorrarle detalles escabrosos don Armando le contó a su nieto su batalla por sobrevivir durante los primeros meses de su llegada a Buenos Aires, su controvertida boda con la abuela Olga, niña bien del interior
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despreciada por sus padres, que estuvieron un año sin dirigirle la palabra porque consideraban que su matrimonio con aquel gringo, sin porvenir, era un desatino, un descenso en la escala social.
—La relación cambió al nacer tu papá. El franchute se ablandó y un día se presentó en Haedo, sin avisar, y enternecido con el bebé, se reconcilió con nosotros, hasta me dio un abrazo, a mí, al gringo, al cerdo irlandés, como me solía llamar cuando no estaba delante. Lo mejor fue que decidió invertir unos miles de pesos en la imprenta que tu abuela y yo manteníamos a duras penas. Gracias a ese dinero salimos adelante.
Fue una tarde de descubrimientos. Los puntos oscuros de la saga Brown se hicieron mágicos cuando Guillermo oyó de los labios de su abuelo tres palabras, tres palabras que le perseguirían hasta obligarle a regresar a Buenos Aires, veinte años más tarde, tres palabras que serían las causantes de su trastorno y de su retorno.
Don Armando habló, con toda naturalidad, de La Sociedad Transatlántica.
Antes de continuar con sus historias, el impresor hizo poner la manita derecha de su nieto sobre una antediluviana Biblia de pastas duras con páginas miniadas en oro y jurarle por Dios que no iba a transmitirle a nadie, pero a nadie, la confesión que a partir de ese momento saldría de sus labios:
—Ni a ese cretino de tu papá, que desgraciadamente es hijo mío, ni a esa maravillosa mujer que es tu mamá, a nadie le vas a contar lo que te voy a decir esta tarde, al menos mientras yo esté vivo. Vamos a mantener entre nosotros este secreto, es un secreto entre hombres duros, un juramento malevo, ¿me lo jurás?
El niño, un poco asustado, asintió con una débil vocecita:
—Sí, te lo juro por Dios que no se lo digo a nadie.
El gaucho de la frontera no era sino un enano pelirrojo de once años.
—Nunca fuimos masones, nunca.
—¿Qué? —El niño, lógico, no entendía el significado de la palabra masón, eso sí, sonaba un poco mal.
—Vas a grabar con letras de fuego esta afirmación: La Sociedad Transatlántica jamás perteneció a la masonería ni fuimos, como se llegó a mantener, su brazo intelectual en Latinoamérica; mantuvimos, eso sí, algún que otro contacto esporádico con la masonería durante los tres años de la Guerra Civil española, pero te repito, jamás, escuchame bien, jamás
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tuvimos relación con la masonería, nunca fuimos masones, ni yo ni ninguno de sus miembros fundadores. ¿Cómo iban a ser masones Castelau, Grandi o el cónsul Sweir?
El niño abría los ojos mientras don Armando intentaba definir, más calmado, los fundamentos de aquella extraña sociedad. El niño grababa en su cabeza muchas palabras que no alcanzaba a comprender:
—La Sociedad Transatlántica fue un club de amigos, un club de utópicos hambrientos de arte, música, literatura, arquitectura, y yo qué sé más: unos filántropos diletantes, unos locos que pretendíamos, ilusos, la armonía espiritual, sin olvidar, por supuesto, el progreso social, entre los países latinoamericanos, con España incluida. Lo que nos pasó —don Armando enmudeció brevemente mientras se desanudaba la corbata—, es que tuvimos mala suerte, fue una época difícil, la historia nos traicionó, la Historia con mayúsculas y la historia con minúsculas, la del día a día, la pequeña historia, nuestras mezquinas existencias.
Y concluyó:
—Nos equivocamos.
Hasta ahí esa noche.
Transcurrieron ocho años. Guillermo obedeció a su abuelo y guardó el secreto que le había confiado aquella tarde de su undécimo cumpleaños en la biblioteca, pero ocho años después, justamente el día del entierro multitudinario de don Armando, Guillermo no pudo aguantar más, hizo un dramático aparte con sus padres y vomitó lo que sabía y había callado tanto tiempo:
—Dijera lo que dijera, tu abuelo era masón, hijo, lo era aunque lo negara.
—No, no lo era —Guillermo contestó airado—, el abuelo me dio a entender que ustedes tratarían de hacerle pasar por masón, a él y al resto de los miembros fundadores de La Sociedad Transatlántica. Al escuchar ese nombre su padre puso un mal gesto:
—¿Qué sabes de eso?
—El abuelo me contó más de lo que puedan imaginarse.
La madre terció:
—Si don Armando te dijo que no era masón, así sea.
Sus padres cerraron la boca y permanecieron con la boca cerrada. La verdad es que no hubo tiempo para la controversia. Guillermo, de vez en cuando, sacaba el tema a colación sin obtener ninguna respuesta, silencio
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en la noche, ya todo está en calma: no hubo tiempo porque acontecimientos impredecibles cercaron a la familia Brown, bastaron sólo un par de años para que los Brown se convirtieran en unos parias:
—Par y parias. —Repetía mentalmente el novelista como un crupier cantando números.
Acontecimientos en cascada, imparables en la caída, como cae el agua a borbotones de La Garganta del Diablo, la fisura más profunda de Iguazú, acontecimientos que arrojaron a los Brown a otro continente como si los hubieran arrojado a otro planeta. Primero fue la abuela Olga, la dulce Olga Biron se marchó en silencio, como había vivido, fiel al recuerdo de una Argentina acomodada en el universo, un país déco y sensacional.
Guillermo aún conservaba, como oro en paño, un retrato fotográfico de su abuela que con los años había adquirido un tono sepia; en el retrato, fechado en 1929, se la ve salir del Teatro Colón por la fachada de plaza Lavalle: ojos transparentes, tapado de nutria hasta los tobillos, botines acharolados. Durante años y años esa foto emitirá a Guillermo señales de otro país, de un país que existió alguna vez en el mismo sitio donde hoy se encuentra la actual Argentina.
A la muerte de la abuela Olga siguió la crisis escalonada de la Imprenta Brown-Biron, ya retirado don Armando, y dirigida por el padre de Guillermo, que había roto relaciones con su hermana Estela:
—¡Qué vergüenza! —había exclamado el abuelo, ¿o lo dijo de verdad?—, por unas cuantas chirolas, a causa de una herencia ridícula, se matan entre hermanos.
Guillermo rememoraba aquella época como un desagradable magma personal y colectivo, todo se confundía en su mente: el regreso de Perón y su fallecimiento, unos meses más tarde, en agosto del 74, el ascenso de López Rega, el Brujo y las matanzas de la Triple A, los Tres Gorilas de la Junta, el primer terror, la porquería pública mezclada con sus descubrimientos literarios, con lecturas conscientes e inconscientes de autores que extraía a hurtadillas de la biblioteca de calle Brasil, vivo el abuelo, muerto después, y la casona habitada en soledad por la tía Estela, soltera y sin compromiso, que a pesar de no hablarse con su hermano, veía a escondidas a su sobrino, al que dejaba rastrear a su antojo en la biblioteca, porque ella, mujer sensible más que culta y leída, ya empezaba a estar preocupada por el destino de aquellos miles y miles de volúmenes de escritores clásicos y modernos, simbolistas franceses, estetas ingleses y
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norteamericanos: Pater, Ruskin, Wilde y James, trufados con Valle-Inclán, Ortega, Gómez de la Serna, y un diverso muestrario de los nacionales, como Lugones, Girondo, Macedonio Fernández, Borges, Bioy, Bustos Domecq, las Ocampo, Güiraldes, Artl, Mujica Lainez, y otro largo etcétera, o las colecciones completas de las revistas murales Proa y Prisma, Claridad, Martín Fierro y Sur; o tesoros inmediatos como la primera edición, aquella que fue traducida al castellano en una cafetería, de la novela Transatlántico de Witold Gombrowicz, o un poemario de la suicida Alejandra Pizarnik en el que ardían estos versos: madre, toda la vida que me diste, toda la vida que te he dado.
Aunque la biblioteca sería mitificada por Guillermo, en ella podían admirarse títulos raros como las hoy inencontrables Memorias de María Rosa Oliver o El pintor ante el espejo, autobiografía del artista de las vanguardias Emilio Pettoruti, ambas obras emparentadas con los gloriosos años veinte, treinta y cuarenta argentinos. A pesar de que tía Estela dejaba hurgar a su sobrino durante horas, y en absoluto silencio, entre aquellos anaqueles burdeos, Guillermo jamás osó pedirle la llave que abría las vitrinas inferiores, sobre todo la vitrina inferior izquierda, donde se encontraba el diario inédito del abuelo, encuadernado en seis volúmenes de unas quinientas páginas cada uno, un testimonio escrito a mano, día a día, desde 1924 a 1945, y desde 1955 hasta su muerte, ocurrida en 1982. Guillermo nunca osó pedirle la llave a su tía porque la propia Estela le aseguró que lo tenía terminantemente prohibido. Como última explicación, y dando el caso por cerrado, tía Estela le dijo que no hacía más que cumplir una orden que le dio el impresor antes de morir: aquel diario nunca se leería hasta pasados muchos años. Guillermo se plegó a ese mandato pero cada día que visitaba la biblioteca miraba con lujuria aquellos tomos y tiraba de las puertas inferiores por si, a causa de un descuido, alguna había quedado abierta.
Ese daguerrotipo familiar se pudrirá en tres inviernos.
El primer curso universitario de Guillermo coincidió con la reconciliación entre su padre y tía Estela, enferma de cáncer. Pero el hecho superior y doloroso, antes y después de sus andanzas solitarias en la biblioteca, fue la muerte del abuelo. Cuando don Armando murió su nieto desconocía la resistencia, su mente se vaporizaba en la niebla del riachuelo mientras el impresor aparecía muerto en el sillón donde leía hasta altas horas de la madrugada, seleccionaba sus recuerdos y corregía su diario, el
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mismo diario que dormía bajo llave, inexpugnable, tras la vitrina inferior izquierda. Guillermo lloró a su abuelo en soledad pero a voz en grito; desde entonces pactó con la muerte un pleito extenuante: matar la muerte sería su consigna, la muerte, traidora, que acecha en el río al despistado bañista como un hambriento yacaré; se dijo que no iba a consentirlo, que a partir de ese momento navegaría a contracorriente y no se fiaría de las aguas quietas, desde entonces, la mansedumbre se convirtió en algo sospechoso para Guillermo Brown.
Las imágenes seguían agolpándose en su cabeza. Ahora, hundido en el asiento del avión, en pleno descenso, de vuelta a Buenos Aires, a Guillermo aún le costaba explicarse cómo en tres inviernos había podido venirse abajo una familia, y a través de una familia un país, la debacle en treinta meses, más o menos, sin dramatizar, comprobado: treinta meses y a mil imágenes por hora.
Al novelista se le escapó:
—¡Qué horror!
—¿Horror a qué?
Su compañera de asiento, la adolescente, salió al quite sugestionada, muerta en vida, después corrigió:
—Sí, qué horror.
Pero Guillermo no la oyó hundido como estaba en el mantillo celestón de la memoria, arsenal disparando en múltiples direcciones, sucesión apresurada de acontecimientos, andrajos de la memoria, los escollos del río de la vida que fluye incansablemente, aunque uno pretenda borrar los recuerdos o pretenda borrarse. A Guillermo Brown le era imposible olvidar determinados hechos, los últimos meses en Buenos Aires, veinte años antes: el cierre de la imprenta Brown-Biron, de la que se efectuó el traspaso como si se cometiera un asesinato, con nocturnidad y alevosía; la muerte de tía Estela, al final desahuciada, aunque sacó fuerzas para pedirle a su hermano, el padre de Guillermo, que no permitiera por nada del mundo la dispersión de la biblioteca del impresor, que todos y cada uno de los libros, incluido el fantasmagórico diario que nadie había leído, los cuidaría como nadie Guillermo, «tu hijo, ¿quién si no?», él era el único indicado.
Y el hermano prometió obedecerla para cumplir en ese momento nomás.
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Papel mojado: el progenitor sustanció la venta de los libros paralelamente a la venta de la Casona de calle Brasil. Desaparecidos los obstáculos, fallecidos don Armando y Estela, el padre de Guillermo vendió su presente y liquidó su pasado, enseres incluidos, de forma apresurada y al mejor postor.
Días antes del desalojo Guillermo fue obligado a elegir:
—Selecciona unos cuantos libros. —Le ordenó su querido progenitor.
—Cuántos.
—Pocos.
—¿Es que vas a vender los libros?
—No, voy a vender la casa.
—¿Vas a vender la casa con los libros? ¿Vas a ser capaz de hacer eso cuando le juraste a la tía Estela que los libros eran intocables?
—Sos un egoísta, estás fuera de la realidad.
Con la complicidad de los muertos, el abuelo y tía Estela, Guillermo había experimentado todos y cada uno de los rincones de aquella biblioteca, pero la última visita le produjo un embotamiento hipnótico, algo se revelaba más allá de lo comprensible, una atracción que con el paso de los años interpretó similar al vínculo indiscernible que se establece entre un chamán y su discípulo. A fin de cuentas el único y tangible chamán de su existencia había sido su abuelo, y los libros no eran sino una prolongación suya.
Guillermo se puso manos a la obra. Al llegar a la Casona se dirigió a la vitrina inferior izquierda, donde se encontraba el diario de su abuelo que nunca había podido hojear y que seguramente le iluminaría respecto a La Sociedad Transatlántica e iluminaría otras muchas cosas. Pero el diario no estaba, había desaparecido, como esos dos compañeros suyos de la universidad que se volatilizaron una mañana muy temprano y nunca más se supo de ellos. Las puertas de la vitrina, donde reposaban los volúmenes del diario, se hallaban abiertas, los anaqueles, vacíos. Guillermo, desolado, buscó y rebuscó anaquel por anaquel, se sumergió en dobles filas, rastreó en cajones inferiores y superiores: nada, el diario se había volatilizado mientras él comenzó a estornudar debido a una mezcla explosiva de ácaros y rabia.
Casa y biblioteca desmanteladas.
A medianoche su padre llegó a la Casona y encontró a Guillermo dando vueltas alrededor de una montaña de libros, sin decidirse por
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ninguno; entonces el padre perdió los nervios y a los gritos le obligó a elegir unos cuantos volúmenes. Guillermo, atropelladamente, echó mano al azar, se tapó los ojos, recogió unos cuantos títulos y soportó como pudo la humillación. Tras aquel incidente la relación entre padre e hijo se deterioró para siempre. Guillermo comenzó a detestar lo que su padre le había obligado a hacer, lo que su padre representaba, lo que su padre pensaba acerca de la vida.
La diferencia entre padre e hijo no hubiera sido nada excepcional de no haber mediado la traumática salida del país.
Años más tarde, ya en España, el novelista zanjó el asunto: la prematura muerte de su padre significó para él una liberación, pero ¿cómo había llegado a eso? Quizá tantas pérdidas en tan poco tiempo le habían hecho más fuerte, tal vez más obsesionado. Lo cierto es que los años ochenta, ochenta y uno y ochenta y dos, marcaron su existencia. La marcaron como te marca una persona que jamás has visto, que no tienes el gusto de conocer, y a la que un día te cruzas por la calle y sin venir a cuento te dedica una mirada asesina. Te costará olvidar esa mirada y esa persona.
Faltaban escasos minutos para que el reactor posara sus garras de caucho sobre la reina del Plata y aquellos tres años cruciales de su vida resucitaron a velocidad de vértigo, evocación próxima al dislate, años negros en blanco, flash histórico demente: un alcohólico con galones de general vociferando, desde el balcón de la Casa Rosada, un terrible pareado: las Malvinas son argentinas, y dos meses después, el mismo general desde el mismo balcón, vociferando aún más fuerte que el ejército argentino se había rendido con honor, honor a tumba gélida y anónima de la que Guillermo Brown se libró gracias a un certificado médico, expedido por un pariente lejano vinculado al régimen militar, en el que se le describía «aquejado de una grave enfermedad nerviosa» que le impedía cumplir «con su deber patriótico».
Guillermo dudaba: quizá el certificado no era falso, a lo mejor estaba loco.
Flashes y más flashes: la inexplicable goleada que sufrió su cuadro de fútbol favorito, el River Plate, una tarde lluviosa en propia cancha, la apasionada lectura de Una sombra donde sueña Camila O’Gorman, novela del poeta Enrique Molina, que efecto/causa de las influencias, nunca al contrario, produjo su deserción de la poesía, y eso a pesar de
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algunos versos de Olga Orozco, a pesar del sufrimiento metafísico de Lucio Sansilvestre en Los ídolos, a pesar del grandioso neobarroso lezamiano en Paradiso, ¡pero a quién se le ocurre leer a Lezama en Buenos Aires!: voces narradas, globos aerostáticos, decisiones que fueron tomadas sin su consentimiento. Quizá se hizo novelista para determinar el destino de sus personajes ya que el suyo lo habían decidido otros.
Voces narradas. Una voz martillea su cabeza, es la voz de su padre:
—¿Te acordás de Carlos Breca? No, no te acordás. Te explico. Breca fue el último diseñador gráfico de la Imprenta. Era un profesional de primera, hizo unos diseños bárbaros, pero se cansó de trabajar sin futuro y hará unos diez años se fue a vivir a España. La gente dijo de todo, que si le habían ofrecido un dineral, que si había dejado a la mujer por una gallega, de todo, nada seguro. Bueno, te cuento, Breca se acomodó muy bien allá, nos enteramos por amigos comunes que lo visitaron en España; bueno, no te lo vas a creer, precisamente hace de esto menos de un mes, Carlitos Breca me telefoneó desde Madrid y me ofreció, imaginate después de tanto tiempo, me ofreció, te decía, la dirección del departamento tipográfico de una de las imprentas para las que hace sus diseños. No te conté nada hasta hoy porque no había nada seguro, pero ahora sí, firmé el contrato, incluidos seguros sociales, un dulce. No te preocupés, Guillermito, son gente seria, el sueldo es más que digno y Madrid es clavadita a Buenos Aires. En cuanto a tus estudios, tenés que homologar varias materias y entrás directo a tercer año, ¿qué te parece?, ¿por qué ponés esa cara?, no pongas esa cara, tu mamá está de acuerdo, yo estoy de acuerdo y en este país de porquería es imposible levantar cabeza.
La segunda voz es, más bien, un coro de voces: se trata de su fiesta de despedida organizada por sus compañeros universitarios en la casa de Martita Bianich en Quilmes; están todos apiñados en la habitación de Marta, a Guillermo le embroman, le regalan biromes, banderines del River, fotos del viaje de fin de año a Bariloche, un cartel electoral de la esperanza del momento, el doctor Raúl Alfonsín, una postal en la que aparecen las hermanas Ocampo, Adolfo Bioy, Norah Lange y Borges, paladeando un té inglés en la quinta de San Isidro y, sobre todo, un regalo de los compañeros, un regalo que aún conserva y acaricia: su pluma Parker bañada en oro. Y él sin saber cómo reaccionar, con el dolor de la despedida. Guillermo sufre con aquella representación del tiempo ido, siguiendo el rastro de aquellos seres invisibles.
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La frase era de su abuelo:
—Argentina está lejos.
Salvo por su físico de perdedor elegante, salvo por el lejano deje y los giros inconfundibles de un acento que procuraba disimular forzando las eses, las elles y las zetas, conjugando en español, sintiendo en español, sintiéndose español, excepto por el empeño de la crítica literaria en inscribirlo en la estela de los autores nómadas, melancólicos, nuevos viajeros románticos, hace cien millones de años…, salvo por nacimiento y educación, una vez que pisó Barajas, en marzo del ochenta y tres, Guillermo se consideró automáticamente más lejos de su país que el mismísimo Bruce Chatwin de Londres cuando escribió Patagonia. Desde ese exacto momento, ni antes ni después, sin pena ni gloria, sin lamentos ni quejas, Guillermo se convirtió en novelista, pero, a la vez, se convirtió en un paria.
La conversión fue pareja.
Ahora, veinte años más tarde, la obsesión por reencontrarse con sus raíces congeladas devuelven a Guillermo Brown a un centro inmóvil llamado Buenos Aires. Guillermo regresa un poco chamuscado, como buen argentino que se precie. La reparación de sus enigmas habían cobrado tal fuerza que vuelve al punto de partida: aquella tarde en que su abuelo, con delicada simetría, le obligó a tomar conciencia del valor simbólico que poseían los libros de aquella biblioteca, malvendida, después, dentro de un paquete, como explican coimeros y políticos, de idéntica estirpe, fundidos en el ideal del latrocinio, capaces de vender no unos libros sino a su propia madre por unos cuantos dólares. Fue la misma tarde que escuchó, por vez primera y de los labios de su abuelo, tres palabras misteriosas: La Sociedad Transatlántica.
Regresaba.
—Señor, ¿le ocurre algo?
La azafata le zarandeó el brazo:
—¡Señor!
Guillermo, abrió los ojos y empapado en sudor, volvió en sí.
—¿Tiene algún problema?
—Muchos. —Ironizó Guillermo.
—El avión tomó tierra, los pasajeros descendieron —la azafata esperaba de su interlocutor una mínima reacción y como no se producía continuó—; si necesita ayuda médica el doctor aún se encuentra a bordo…
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Guillermo miró a su alrededor. No había ni un alma en el Airbus, incluso su vecina de asiento había desaparecido.
—¿Cuánto tiempo llevamos en Buenos Aires?
—Unos veinte minutos.
Veinte minutos en Buenos Aires y él sin enterarse, ensimismado, en el punto de llegada y sin fijar el punto de partida.
—Lo siento, muchas gracias.
—No, por nada, ¿le echo una mano con el equipaje?
—No, por favor, puedo solo.
Se desabrochó el cinturón de seguridad y al incorporarse notó su camisa húmeda, pegada al torso y también notó un cosquilleo en sus rodillas. Guillermo recogió su equipaje de mano y cuando descendía por la escalerilla levantó la vista, entonces distinguió unos puntitos de luz roja en el amanecer porteño y sintió, otra vez, después de tantos años, la bruma del estuario acariciando su rostro, bruma de astillero, de tierra ignota, viento cálido del sur más allá del sur.
Percibió todo eso, pero no cayó en la cuenta de que su mano derecha estrujaba con fuerza la carta que le había enviado Claudia Sweir hasta que alcanzó la ventanilla de control de pasaportes y tuvo que guardarla y enseñar el suyo, un pasaporte español, al funcionario de turno.
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LIDIA GRANDI RELEE LA CARTA
DE CLAUDIA SWEIR
En el mismo avión que traía a Guillermo Brown desde Madrid se encontraba, rodeada de artefactos mágicos, Lidia Grandi, hija menor del famoso arquitecto Roberto Grandi, el benjamín de los fundadores, junto a Brown, Sweir y Castelau, de La Sociedad Transatlántica.
Lidia no realizó la travesía asediada por fantasmas de la infancia ni por adolescentes envejecidas prematuramente, Lidia hizo el recorrido en business class con los músculos relajados. Sin embargo, a mitad de la noche, fue presa de un profundo malestar a causa del tratamiento de choque que empezó a aplicarle una intrépida azafata cuando, al sobrevolar San Salvador de Bahía, rompió fuego y comenzó a picotear la reflexión de los privilegiados preguntando, cada diez minutos, como el Big Ben en expansivo big bang: ¿no desean un zumito, un sandwichito, un caramelito, una chocolatina?, o ¿se atreve con un whisky, señor?, ¿no quiere nada, de verdad? No, no, se lo agradezco, pero no, gracias, así cada diez minutos sobre el frondoso Mato Grosso.
Lidia no tuvo más remedio que poner barreras físicas entre ella y la azafata hiperactiva, una suerte de línea Maginot: se vio obligada a autoliquidarse y sentirse soñada, pensó en arrojarse por la escotilla, inmolarse antes de descubrir qué pasó con el diario del impresor o quién demonios respondía al nombre de Claudia Sweir, pero resistió desplegando con furia sus artefactos mágicos, pintoresca línea de defensa que esperaba no provocaran un Dunquerque doméstico a miles de kilómetros de altura.
—Llegará un día —cavilaba Lidia sin perder el sarcasmo, medio dopada, y por tanto, lenguaraz—, en que la venganza se apoderará de los
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pasajeros de clase turista y a los cretinos de business class nos arrojarán al mar sin paracaídas, nos convertiremos en Ícaros de Dior.
Esbozó una sonrisa mientras pensaba en la revuelta pero de pronto se detuvo. A Lidia, dotada de ciertos poderes extrasensoriales, le asaltaron las imágenes de una biblioteca que quizá fuera la del abuelo del novelista Guillermo Brown, la biblioteca de la Casona de calle Brasil. Lidia no se asustó: ese universo le resultaba familiar, tenía una cosmogonía propia y palpable, no se trataba de una visión sino de una constatación teosófica, como si la doctora Helena Blavatsky hubiera resucitado para advertirle acerca de los vertiginosos acontecimientos que se desarrollaban al otro lado del avión.
Rara, sí, desde luego Lidia era rara. El privilegio de la rareza, hoy tan mal visto, lo había adquirido de nacimiento, vía paterna, pero después lo cultivó de forma intercontinental. Rareza: llámese así a un conjunto de fenómenos y actitudes que sumadas anatemizan; esto es: independencia de criterio, selección natural, aporte náufrago, pasión por el abandono, en fin, para entendernos, la suya era una rareza cartesiana con brillos ocultos. Rareza y magia, en este caso, aire físico y representación, porque cuando hablamos de artefactos mágicos, al margen de la línea defensiva condenada al fracaso, nos referimos a un sorprendente neceser desplegado sin contención de derecha a izquierda: barras de labios y de rímel, pomadas médicas, cremas embellecedoras y restauradoras, spray, revistas de moda de un grosor considerable, una biografía del poeta Aleister Crowley abierta por la página ciento once, peines, cepillos, toallas de papel y, sin ánimo de frivolizar, un pequeño misal en caja de nácar, regalo de su primera comunión en las Madres Adoratrices, cuatro denarios romanos pertenecientes a los cuatro emperadores del año sesenta y ocho, que no francés, Galba, Otón, Vitelio y Vespasiano, y un colmillo, sí, un pequeño colmillo de animal o ser humano no identificado.
A primera vista Lidia podía parecer una mujer estrambótica. En su juventud, levemente iniciática, se precipitó en algunos procedimientos de la magia autómata y de la desaparición absoluta, quién iba a decirlo después, y aunque se trató de un pasatiempo, de una curiosidad que luego abandonó, aquella inmersión le dejó huella. Lidia ya ha cumplido los cincuenta y aparenta diez menos porque, como una vez le echó en cara su impresentable marido, estaba producida y reproducida por los mejunjes y afeites de la multinacional de cosméticos para la que trabaja desde hace
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unos años. Aquel idiota de marido jamás captó la otra parte, la parte fundamental de su mujer: su voz interior, su intuición, el elixir de un alma cándida.
Esta mujer es delegada de una multinacional de cosméticos en Barcelona, ciudad en la que ha nacido y en la que siempre ha tenido domicilio fijo, excepto entre los años setenta y cinco al ochenta y tres, los terribles ocho años que vivió en Buenos Aires, época dura en la que enterró a su padre, su dios, el arquitecto argentino de origen italiano Roberto Grandi, héroe nacionalista en la conquista de Málaga, amigo del presidente Edelmiro Farrell, aquella marioneta en manos de Juan Domingo Perón.
A pesar de sus errores ideológicos, con un desgarrador arrepentimiento final, Grandi demostró ser un hombre sabio, honesto, rabiosamente moderno para su época, un profesional de la arquitectura que trasladaba a todos y cada uno de sus proyectos todo cuanto sabía y todo cuanto podía dar de sí mismo. El padre de Lidia nunca fue el obediente lacayo de la clase poderosa porque tenía la firme convicción de que la armonía arquitectónica era un derecho que debía exigirse y un deber de las naciones. Roberto Grandi defendía que los gobiernos tenían la obligación de procurar que los ciudadanos vivieran no sólo en condiciones dignas sino también rodeados de cierta belleza. Hasta tal punto era un utópico que el profesor Francisco Castelau, otro miembro fundador de La Sociedad Transatlántica, consciente de las contradicciones del joven arquitecto, aunque también consciente de su potencial atractivo, le apodó el furibundo futurista, apodo que prosperó y se extendió más allá del grupo transatlántico.
Lidia sufría retornando a Buenos Aires, pero sufría sin ensimismarse en el sufrimiento como su compañero de viaje, el novelista Guillermo Brown. La hija del arquitecto Roberto Grandi y su segunda mujer, Mariana Luba, sufría hondo, aunque sufría a distancia, se trataba de un sentimiento más próximo al despecho que a otra cosa. Y es que los ocho años que residió en Buenos Aires, representando a la multinacional de cosméticos, recorrió con frialdad los extremos: ganancias y pérdidas, escenas inolvidables y anécdotas tortuosas. En esos ocho años, sin tener en cuenta su casamiento, maternidad y divorcio, Lidia presenció la creación del Gran Monstruo, lo palpó y un día hasta llegó a verlo salir de una tienda de la calle Florida. Ella se aventuró y lo siguió un buen trecho, pero luego se
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cansó y lo dejó marchar. El Gran Monstruo era la percepción del aniquilamiento colectivo. A partir de ese día le fue imposible pasear por la plaza de Mayo y fijar sus ojos en la Casa Rosada sin que aquello no le produjera, como mínimo, un vómito. Inexplicablemente una tarde, la fecha no se le olvidará nunca: dos de febrero de mil novecientos ochenta y dos, Lidia cayó fulminada, con un dolor de picana en la entrepierna, en la puerta del edificio Alas. Tuvieron que trasladarla en ambulancia al sanatorio Parque y cuando despertó se sintió como una basura, una piltrafa, se sintió miserable.
Sin ninguna advertencia el Monstruo se había instalado en su familia, habitaba silencioso en las casas de sus dos mediohermanos, hijos del primer matrimonio de su padre, el mayor, edecán de marina, el menor, abogado de empresa. De casta les venía a los dos pájaros la connivencia y convivencia con el Monstruo, al que habían conocido de pequeños, se lo había presentado un padre con camisa negra o azul, un padre equivocado, épico, delirante. Con todo, la bestia esteticista y transparente de Roberto Grandi era mil veces preferible al bicho exterminador nacido la madrugada del veinticuatro de marzo de mil novecientos setenta y seis en Buenos Aires, tras el golpe militar que derrocó a Isabel Martínez de Perón.
Esto debe explicarse. Cuando el arquitecto Grandi fue poseído por el
Monstruo, a mediados de los años treinta —fecha de su enrolamiento en el ejército franquista—, los restantes miembros de La Sociedad Transatlántica procuraron apaciguarlo obligándole a jurar que jamás se dejaría manchar las manos con una sola gota de sangre republicana. De esa forma, no fue hecho fortuito, sino razón de juramento, el que Roberto Grandi volviera de España convertido en héroe, condecorado, pero sin haber matado a un solo miliciano. Su vida merecería otra novela. Media docena de años más tarde de su regreso triunfal de la Guerra Civil española, diversos acontecimientos transformaron el paisaje social, político y cultural argentino y el arquitecto, a cuestas con su Monstruo estático, con su Monstruo eléctrico, con su ardor irracional, comenzó a sentir escalofríos cuando veía aparecer a la pareja protagonista de aquellos cambios, Evita y Juan Domingo Perón. No podía soportar los escalofríos, un rechazo profundo, y así lo manifestó en cuanto le dieron oportunidad. Se trató de un error que pagó caro. Desde que expresó sus dudas sobre los conductores Roberto Grandi tuvo el honor de engrosar las listas negras del régimen peronista junto con un larguísimo etcétera de intelectuales,
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creadores y artistas. Fueron años negros para el arquitecto y su familia: nadie le contrataba, y su primer matrimonio se iba a pique. Un sonado divorcio en Montevideo se añadió a la sequía laboral.
Sorprendentemente Grandi y su segunda esposa, la joven y bellísima Mariana Luba, decidieron trasladarse, en el año de gracia de mil novecientos cuarenta y nueve, a Barcelona, la ciudad donde Lidia vino al mundo. En Buenos Aires nunca se entendieron bien las razones que habían llevado al arquitecto a meterse en aquel túnel repleto de cadáveres llamado España, en vez de recalar, en cualquier caso, en Italia, también repleta de odio y de cadáveres, pero de donde provenían sus antepasados, o en otro periplo continental, establecerse en México o en Estados Unidos. Menos aún se entendía que teniendo tendencias fascistas no fuera peronista; sin embargo, el arquitecto decidió emigrar a Barcelona justo en el momento en que se producía la última gran oleada migratoria de españoles a la Argentina, pero él de alguna manera intuía que a partir de ese momento lo suyo sería tomar el movimiento inverso.
Antes de embarcar hacia Barcelona los tres miembros de La Sociedad Transatlántica se acercaron a la dársena del puerto de Buenos Aires para despedirse del furibundo futurista que encendía hogueras en su propia vida y en la de aquellos que lo rodeaban. El profesor Castelau, exiliado en Argentina a causa del régimen franquista, no ocultó su indignación y advirtió al benjamín del grupo acerca del movimiento inverso, el tortuoso recorrido que se disponía a iniciar.
Fue más explícito:
—Lo siento, te vas al mismo sitio, viajas a ninguna parte, franquismo y peronismo son hermanos de sangre, il fascio.
Castelau fue algo exagerado pero sus palabras resultaron proféticas: el caudillo regordete y acultural por el que había arriesgado su vida en Málaga, Francisco Franco, distaba de parecerse al níveo condotiero medieval que vagaba en su cabeza, es más, las semejanzas entre el Fuero de los Españoles y la Doctrina Justicialista culminaban en similares listas negras, arrogante fraseología, y algo más en clave apocalíptica: unos meses más tarde de su llegada a España tuvo la ocasión de ver en el Nodo a una poderosísima Eva Duarte saludando desde un balcón a las masas congregadas en plaza de Oriente.
—Mi general, cuando lo necesite vengo otra vez y se la lleno.
Eva se refería a la plaza.
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En la castigada Barcelona de la posguerra, al igual que en el resto de la Península, no encajaron para nada los proyectos del arquitecto, y Grandi se vio obligado a buscar trabajo en el extranjero, en Italia y México, dos de los países a los que en un principio se había negado a emigrar. Precisamente en México sus proyectos fueron escuchados y él contratado, como colaborador externo, en un relevante estudio de Distrito Federal.
Poco después en Italia se repetiría la suerte.
La confianza italomexicana dio sus frutos: a mediados de los cincuenta, nos encontramos a Grandi dirigiendo dos de sus principales obras, obras por las que aún hoy se le recuerda y respeta: la Residencia José Vasconcelos, en Oaxaca, y la villa industrial de Il Viatelino en Cremona, ambas intervenciones reconocidas por la búsqueda de gráciles proporciones a través de materiales viriles, como a él le gustaba llamarlos, materiales duros como el hormigón, la carpintería metálica y vidrio de ancho grueso.
A pesar de que el arquitecto debía trasladarse al extranjero un mes sí y otro también, decidió establecerse, junto a su esposa Mariana y su hija Lidia, en Barcelona, donde, sin embargo, sus propuestas arquitectónicas apenas tenían predicamento. Durante los primeros años se mudaron a un ático de generosas proporciones situado en Vía Augusta, ático que reformaron hasta transformarlo, en pequeña escala, en una de las límpidas obras del arquitecto. El matrimonio allí vivió horas álgidas, apasionadas; años más tarde, en mil novecientos sesenta, Roberto Grandi adquirió un solar en Horta y construyó Lidia I, dedicada a su hijita predilecta y embrión de la famosa vivienda unipersonal que luego ensayaría con éxito en diversas urbanizaciones de Escandinavia y de la costa oeste de Estados Unidos: New Jersey, Boston y Filadelfia.
Durante años Lidia Grandi compartirá el nomadismo de su padre, pero tan pronto respiró sin accesorios paternos, tomó importantes determinaciones: se nacionalizó barcelonesa, lo que ya era por nacimiento, pero queremos decir, se identificó de tal manera con la ciudad que le vio nacer, echó raíces tan fuertes, que no dudó en completar en Barcelona sus estudios, en vez de marcharse a Inglaterra o a Suiza, ni tampoco dudó, cuando tuvo que hacerlo, en orientarse allí profesionalmente.
El arquitecto regresó a la Argentina en el año sesenta y cuatro, nueve después de la caída de Perón, quince después de su partida. Volvió porque tenía necesidad de reunirse con sus dos hijos mayores, los habidos del
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primer matrimonio, a quienes no veía desde tres quinquenios atrás, pero su regreso también se debió a que el presidente radical Arturo Illia le había encargado, mediando el apoyo económico del flamante Instituto Di Tella, la dirección y montaje de un taller de arquitectura cuyas sesiones, conferencias, debates y clases prácticas, entre junio y noviembre del sesenta y cuatro, sentarían las bases de discusión entre funcionalidad y estética, vanguardia y experimentalismo, realidad y posibilidad de la disciplina arquitectónica que se practicaba en aquellos años en la República Argentina y, por extensión, en el resto de los países latinoamericanos.
En el discurso inaugural del taller Roberto Grandi puso el dedo en la llaga:
—Argentina sobresale en todas y cada una de las vertientes, no sólo de la arquitectura, sino de la expresión cultural contemporánea. Es uno de los países más cultos y alfabetizados del mundo, no obstante, si observan bien, la estética de su clase dominante continúa anclada en un exuberante estilo rococó. Argentina posee figuras míticas como Jorge Luis Borges, y ha dado a luz empresas culturales de la envergadura de la revista Sur, en cine tenemos a Leopoldo Torre Nilsson, en música al gran Astor Piazzolla, además, el argentino medio posee una visión peculiar y encantadoramente retorcida de las cosas… (risas); pero Argentina, no debemos olvidarlo, también se encuentra en la variedad de sus registros, en sus villas miseria, en unos políticos que se bancan a la Historia, se roban todo y cuando llegan los milicos pisando fuerte, se operan la cara, se borran, se establecen en Miami y con dólares calentitos se convierten en los clientes snobs, pobres víctimas, fisiócratas, de los estudios de arquitectura que están más en boga, a los que encargan casas de un aberrante manierismo. Y es que no hacen más que volver a sus orígenes… (aplausos). No, por favor, no me malinterpreten, yo quiero ser optimista, soy optimista, por ese motivo estoy acá, de nuevo, gracias a la amable invitación de los Centros de Arte del Instituto Di Tella, esta articulación dinámica, vital, portentosa, de la utopía contemporánea en pleno Buenos Aires. Hoy por hoy, lo único que espero, sinceramente, es poder responderles a cuantas cuestiones me planteen ustedes, también espero, y esto se lo pido entre nosotros nomás (alguna risa floja), que me enseñen a recuperar a este gran país que, recurriendo a la letra del tango, está de niebla siempre gris…
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Aquel día nació otro arquitecto, resucitó un Roberto Grandi de tinte radicalizquierdista que arrancó una ovación cerrada en todos los rincones del recinto: aplaudieron profesores, alumnos, intelectuales independientes, y aplaudieron dos de los supervivientes de La Sociedad Transatlántica, el impresor Armando Brown, y el cónsul Albert Sweir, que escucharon atónitos las palabras del antaño furibundo futurista, héroe nacional en la toma de Málaga, liberador de la horda roja, defensor de Marinetti y Mussolini, que había subido hacia atrás la montaña y ahora mantenía planteamientos cercanos a Ernesto Che Guevara. Albert Sweir y Armando Brown se miraron cómplices imaginando la sorpresa y satisfacción que se hubiera llevado Paco Castelau de haber podido oír el discurso del arquitecto, en la línea más incómoda y social del irigoyenismo.
—Lo que no cura el tiempo lo curan los viajes y los libros, o las dos
cosas —sentenció el impresor Brown.
Los dos antiguos correligionarios de La Sociedad Transatlántica habían acudido a recibir al arquitecto al puerto de Buenos Aires. Le habían despedido quince años atrás en la dársena y en la misma dársena esperaron con ansiedad al retornado. Esta vez sería la motonave Eugenio C quien devolvía a sus pagos a Roberto Grandi, precisamente desde Barcelona. Brown y Sweir aguardaron emocionados a su amigo, no así el profesor Francisco Castelau, fallecido un mes antes. Al arquitecto le habían ocultado la noticia, y al enterarse, nada más desembarcar en un sitio anónimo de la explanada del puerto de Buenos Aires, lloró sin contención sobre el hombro izquierdo de Armando Brown, acto seguido, Grandi abrazó a sus dos hijos mayores a los que abandonó, de inmediato, para trasladarse al cementerio de La Chacarita y visitar la tumba de Francisco Castelau, donde permaneció de pie, demudado, inmóvil, más de una hora.
Durante aquellos meses de finales del sesenta y cuatro, el arquitecto tuvo la tentación de establecerse definitivamente en la Argentina. Estaba cansado de vagar por estudios de arquitectura, y había cumplido más de sesenta años. A Grandi le tentó recuperar a su otra familia, le tentó recuperar a sus dos hijos y a los tres nietos que no conocían a su abuelo más que en foto; sin embargo, el proyecto fue abortado: a la solapada negativa de su esposa, Mariana Luba, se sumó la frontal oposición de su hija, la entonces adolescente Lidia, que no se le ponía al teléfono desde que se había enterado de las intenciones de su padre, y que, incluso,
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amenazó con una huelga de hambre si la obligaban a marcharse de Barcelona con destino a Buenos Aires.
Pero no fue la rebelión de su hija la que le quitó de la cabeza aquel retomo: una conversación con Armando Brown, mientras caminaban a paso lento por la avenida Santa Fe, influyó decisivamente para que desistiera de su obcecada idea de volver; ya lo había oído, años atrás, en boca del finado Paco Castelau, esta vez fue el impresor Brown, quien tuvo que recordarle los estragos producidos por el movimiento inverso:
—Roberto, haceme caso, tenés que quedarte en Barcelona.
Y le hizo caso. El arquitecto regresó a Barcelona y siguió vagando de estudio en estudio de arquitectura, de continente en continente, aunque ya de distinta manera, nostálgico y melancólico, en general bastante triste. El que había sido letrero luminoso de los transatlánticos se dejó llevar, por primera vez en su vida, hacia la negra laguna del estancamiento.
Con el paso de los años Lidia Grandi se haría la única responsable de aquella amargura invisible de su padre, el sentimiento de culpa de Lidia creció al morir su madre, víctima de un infarto repentino, para colmo, la muerte de Mariana Luba sumió al arquitecto en una profunda depresión. La causa larvada en Lidia, día tras día, tendría sus efectos once años más tarde, en mil novecientos setenta y cinco, año en que la multinacional de productos de belleza que ella representaba inauguró sede en Buenos Aires. Entonces Lidia Grandi no dudó ni un momento y solicitó su traslado a la capital argentina invitando a su padre a que le acompañara. Se lo debía en lo más íntimo.
En octubre del setenta y cinco el general Franco agonizaba en Madrid y la presidenta María Estela Martínez de Perón llegaba a pesar cuarenta kilos. Se iniciaba la quiebra irreversible de Argentina: mientras la viuda del general adelgazaba, el Monstruo no paraba de engordar; era la percepción doméstica del declive. España aprendió y ejecutó a la perfección los pasos de la contradanza, el movimiento inverso: Franco fallecía plácidamente en la cama y cambiaban las tornas para la otrora gran potencia.
El arquitecto Grandi dejó de existir en julio del ochenta pero hacía años que estaba muerto. La vejez no le degradó, en todo caso, le degradó la vejez lúcida, las cosas que percibió y quiso denunciar. En sus últimos años, su cara huesuda, ojeras pronunciadas, cabellos blancos y chalecos escoceses, se habían hecho famosos en los círculos universitarios y
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culturales porteños. También era conocida la independencia crítica que mostraba respecto a la Junta Militar, esa inmunda cloaca, como la denominaba. Su hijo mayor, el edecán de marina, fue advertido por sus superiores y sin darse un respiro reprendió al anciano con violencia:
—¡Querés que maten a tus nietos!, ¡querés que nos maten a todos!
El arquitecto no volvió a ver a sus hijos. En el fondo ellos se alegraron porque el viejo no causaba más que problemas. Entonces Grandi, suelto, libre, sin control, se dedicó a combatir al Monstruo que anidaba en su corazón desde la conquista de Málaga por las tropas nacionales, el Monstruo que se inflamaba con los manifiestos de Marinetti y ante los lienzos de Giacomo Balla. Todavía tardaría unos meses, pero una vez asesinado el Monstruo de su pasado, decidió arremeter contra el que habitaba, invisible e higienista, en casa de sus hijos, la misma Bestia que se ufana de estar reorganizando la República Argentina. En su descenso, humillado por el deterioro físico aunque elevado por su visión moral, el arquitecto suplantó reorganizar por masacrar, secuestrar y torturar en silencio, de madrugada, arrojando luego los despojos al estuario.
Y no quiso callarse.
Aquel combate acabó con su vida. Una mañana Lidia sintió que su padre llegaba a buen puerto, porque era buen puerto aunque fuera el de la muerte. Ella entendió que debía ayudarle. Minutos antes de expirar el anciano levantó la cabeza, asió con fuerza la mano de su hija y le murmuró al oído con un hilo de voz:
—Lidia, yo me equivoqué, jurame que vos no te vas a equivocar.
Hablá con Armando Brown, él te va a explicar.
En el funeral del arquitecto a Lidia le fue imposible hablar con Armando Brown, y cuando lo intentó el impresor no la dejó emitir una palabra, le dio el pésame y se escabulló tras una enigmática sonrisa.
Lidia no claudicó. Una semana después se presentó de improviso en la casona de calle Brasil y don Armando no tuvo más remedio que atenderla.
—¿Qué quiere que le cuente?, no le conviene hurgar en cosas que pasaron hace tanto tiempo, una época que parece inventada, unos hechos que parecen soñados. Yo mismo, a mis años, no sé cuáles de mis recuerdos son ciertos y cuáles producto de mi imaginación, mi memoria falla, distorsiona. A veces pienso que mi memoria es una lente que agranda unos acontecimientos mientras achica otros.
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—Pero don Armando, usted me debe una mínima explicación, ¿acaso me subestima?
—No diga tonterías. Apenas la conozco e intuyo su inteligencia, su carácter, hasta su tremenda, cómo llamarla, intuición; pero insisto en que no hay nada que explicar, más quisiera. Hay algo cierto: su papá nunca se equivocó, nunca, al contrario, siempre fue una persona honesta, coherente como pocos, uno de los mejores arquitectos argentinos. Eso es lo único que debe importarle.
Lidia, molesta, lanzó sobre el impresor su energía sinestésica con el objeto de desarmarlo, pero éste le hizo frente.
—Por favor, soy un anciano, estoy débil, pero sus poderes no me apabullan.
—Me he comportado como una estúpida.
—No lo es, yo a su edad hubiera reaccionado de la misma forma.
Al despedirse Armando Brown bajó la guardia:
—Lidia, fíjese, con la muerte de Paco Castelau, y ahora con la triste despedida de su padre, soy el único superviviente de La Sociedad Transatlántica, y ayer cumplí ochenta y cinco primaveras, ¿qué le parece?
—¿No se olvida de alguien?
—¿Se refiere a Albert Sweir?
—Sí, me refiero al cónsul Sweir, que no acudió al entierro.
—Hace algunos años que no sé nada de él, ni sé ni quiero saber nada, para mí es como si también hubiera muerto, además, creo que si aún vive no reside en Buenos Aires. Puedo decirle que cuando tu papá y yo nos enteramos de su defección, el caso no nos importó, nos dio igual. Estoy seguro de que Albert Sweir ha sufrido un castigo mayor del que nosotros le pudimos haber infligido, porque se ha convertido en un fantasma sin rostro ni vergüenza, un fantasma mitad asesino, mitad intelectual, o ambas cosas a la vez, que es muy común.
—Pero ¿de qué defección y de qué castigo me habla?
Armando Brown mantuvo un corto silencio que rompió mientras la ayudaba a ponerse el abrigo; en ese instante clavó sus vidriosas pupilas en su interlocutora y confesó:
—Es curioso, de todos los transatlánticos fui el que menos viajó y el que menos se inmiscuyó en la acción política, Sweir sí lo hizo, y lo hizo mal, se pasó al enemigo. Lamento decepcionarla, no estoy especialmente
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dotado para adivinar lo que sucede más allá de El Tigre. En el fondo he sido un hombre normal y rutinario hasta el aburrimiento.
Y completó la frase:
—Normal, excepto en dos cuestiones: una enfermiza pasión por los libros, viejos y nuevos, por todos los libros, y una obsesiva manía por escribir lo que me ha pasado desde el año veinticuatro hasta hoy.
—¿Todo lo que le ha pasado?
—No, todo no, no estoy loco. Durante diez años, del cuarenta y cinco al cincuenta y cinco, mi diario se convirtió en una especie de acta notarial de cien páginas. Después de la caída de Perón lo reanudé, más epigramático, hasta hoy, perdón, hasta ayer. Por ejemplo, su visita quedará registrada esta noche en el diario. En total ocupa seis volúmenes de quinientas páginas cada uno.
En la puerta Lidia no pudo contenerse:
—Pero ¿qué le hizo tomar la decisión de iniciar un diario, día tras día, desde mil novecientos veinticuatro hasta hoy?
—¿No lo sabe?, ¿nunca se lo dijo su papá?
—No.
—El año mil novecientos veinticuatro fue el año en que su padre, Paco Castelau, Albert Sweir y yo fundamos La Sociedad Transatlántica.
Lidia se quedó petrificada porque comprendió el valor de aquellas tres palabras que había oído desde niña: La Sociedad Transatlántica. En Barcelona, Roma, Oaxaca, Buenos Aires, en cualquier otra ciudad del globo terráqueo en la que se encontrara, Lidia había escuchado a su padre referirse con veneración a los gloriosos años transatlánticos, y contar jugosas anécdotas de sus estrambóticos colegas Brown, Sweir y Castelau; ahora, con la perspectiva del tiempo, caía en la cuenta de que su madre, Mariana Luba, siempre que salía el tema a colación, con igual persistencia, lo desviaba hacia otros lares.
Sociedad transatlántica, movimiento inverso: Lidia salió impresionada de la Casona de calle Brasil y aquella tarde gris, entre los deliciosos iconos de la iglesia ortodoxa rusa, vagando en soledad por el parque Lezama, Lidia reparó en que la devoción que había sentido por su padre había sido más simbólica que real, el contacto con su familia se había reducido a aspectos intrascendentes, cosméticos, vínculo superficial de una niña consentida y caprichosa. Lidia había amado a su padre aunque jamás había compartido su mística, la mística transatlántica.
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Y al fin recapituló.
A pesar de su fortuito nacimiento y de sus denodados esfuerzos, ella nunca pertenecería a una ciudad, a Barcelona, ella pertenecería a la errancia, una tierra inexistente que no se hereda, que está en todas partes y en ninguna, que carece de aduanas y pasaportes, y que supone estar yendo cuando se vuelve y retornando cuando se llega. Ése había sido el legado dejado por su padre y era el legado de los transatlánticos: hacer de cualquier ciudad tu ciudad, convertir en eterno lo pasajero, y viceversa.
La curiosidad aguijoneó a Lidia: la oscura defección del cónsul Sweir y las páginas de aquel meticuloso diario debían salir a la luz. No era simple curiosidad, era parte de su búsqueda interior. Sin embargo, la estrategia se escribió con renglones torcidos, sus iniciativas se amputaron de raíz, fueron una quimera fugaz. Tres meses más tarde del fallecimiento de su padre Lidia tuvo que hacer frente a otro acontecimiento convulso: su marido, un ser anodino que no merece nombre ni rostro en esta historia, la abandonó sin mediar razones ni mediar el hijo fruto de aquella relación, nacido dos años atrás. Se desató en su entorno un drama personal en varios actos, un invierno biográfico carnívoro que no pudo contener la pólvora brillante de su resistencia.
Cuando el dos de abril de mil novecientos ochenta y dos el ejército argentino ocupó las islas Malvinas, en el corazón de Lidia, maquillado por el trabajo y por el cuidado de su hijo, aún quedaba un mínimo lugar, agazapado en una arteria recóndita, para el dolor ajeno. La noche del uno de mayo del ochenta y dos Lidia sufrió una pesadilla en la que presenció con nitidez el naufragio de un viejo navío de guerra, en la pesadilla oyó alaridos y después contempló cientos de cadáveres flotando a la deriva, junto a chatarra ardiente, sobre las gélidas aguas atlánticas.
Al despertar, biliosa y arisca, Lidia no sabía quién era, cómo se llamaba, no diferenciaba ficción de realidad. Se incorporó como pudo pero, de inmediato, se desplomó al suelo aturdida, volvió a incorporarse y ya más calmada telefoneó a su mediohermano, el edecán de marina, al que no encontró; entonces, desesperada, llamó una y otra vez a la Comandancia Militar del puerto de Buenos Aires, hasta que por fin alguien se puso al teléfono. Lidia no informó de su sueño, a ver si la tomaban por loca, pero sí advirtió de la catástrofe. Fue inútil, no le hicieron caso, y como ella imaginaba —aun sin describir el sueño— la tomaron por una desequilibrada, y hubo más, cuando insistió le dijeron:
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—¡Váyase al carajo, no estamos para bromas!
Unas horas más tarde se conoció el hundimiento, fuera de la zona de exclusión de las doscientas millas, del vetusto crucero General Belgrano, decano de la marina argentina, a causa de dos torpedos del submarino inglés Conqueror. Hubo centenares de muertos. Ese día, en una edición especial de la tarde del diario Clarín, apareció una escueta noticia, recuadro inferior, página izquierda, en la que rezaba:
ADIVINA ESPAÑOLA PREDIJO
EL HUNDIMIENTO DEL BELGRANO
Buenos Aires
Agencia.
Según fuentes anónimas de la Comandancia de Marina del puerto de Buenos Aires, una mujer, que rehusó identificarse, vaticinó telefónicamente a altos mandos de Comandancia de Marina el trágico hundimiento del crucero Belgrano algunas horas antes de que se produjese.
Siguiendo idénticas fuentes, esta mujer, que se dedujo por su acento era de nacionalidad española, en ningún momento dio su nombre por temor a ser arrestada y tratada como una observadora de un servicio extranjero de inteligencia, cosa que no nos extraña dadas las ambigüedades del gobierno de Madrid en el conflicto que nos enfrenta con el Reino Unido, conflicto que el canciller de Exteriores español, señor Pérez Llorca, por una parte, ha calificado en los organismos internacionales como distinto y distante, mientras que, por otra parte, ofrece su apoyo diplomático a la causa argentina.
En realidad —siguiendo al anónimo informante de Comandancia—, la advertencia de la ciudadana española no fue tomada en cuenta al margen de cualquier consideración política y a pesar de que fueron dos las oportunidades en que intentó comunicarse con los altos mandos.
Al leer la noticia Lidia esbozó una sonrisa amarga mientras se preguntaba si el gobierno español que presidía Leopoldo Calvo Sotelo estaría al tanto de las intenciones del submarino Conqueror, a través del Foreign Office, y usó directamente un medio que no le comprometiera, la utilizó a ella, y a sus pálpitos extrasensoriales, para avisar a los insensibles altos mandos argentinos.
Los meses posteriores a la rendición de Puerto Argentino, y a la destitución de otro Leopoldo, el general Leopoldo Galtieri, cerebro etílico de aquel conflicto absurdo y sangriento, Lidia llegó a la conclusión de que poco o nada tenía que hacer en Buenos Aires después de enterrar a su padre, después de fracasar su matrimonio, después de que apenas se
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hablaba con sus mediohermanos, que tras la muerte del arquitecto Grandi la habían excluido de la familia.
Para confirmar aquel aciago año ochenta y dos el impresor Brown falleció repentinamente. La contradanza del movimiento inverso hizo que Lidia perdiera a un ser próximo al universo utópico de su padre, un ser al que había tomado cierto afecto. Lidia acudió al velorio y saludó a la familia del impresor: nunca olvidaría la mirada inexcrutable y desafiante de un joven pelirrojo y enigmático, que le fue presentado como nieto del impresor, aquella mirada, aquellos ojos los reencontrará, años más tarde, en la solapa de una novela adquirida en una conocida librería de Barcelona.
Sumados los vacíos, las pérdidas, desgarros e intuiciones, a Lidia le resultó imposible transferir identidades. Le trajeron al fresco los vientos democráticos, la refundación de una nueva República, de un nuevo país, como clamaba Ernesto Sabato. A Lidia no le impresionaron esos cambios: perforados su tuétano y su alma, una voz interior le aseguraba que el Monstruo se adormilaba, pero que no pasaba a mejor vida.
Solicitó su traslado a Barcelona, y por suerte para ella los cosméticos, las máscaras, eran objeto de demanda en cualquier lugar del mundo, y mucho más en una España que debía maquillar mejor que nunca su árida piel para ingresar en Europa. El mismo día que el general Reinaldo Bignone entregaba el bastón presidencial a Raúl Alfonsín, un Jumbo transoceánico de Lufthansa despegaba de Ezeiza con destino a Barcelona. En él viajaban Lidia y su hijo Roberto.
Durante los cinco años vividos en Buenos Aires había hurgado en llagas profundas, había perdido a su padre, había tenido un hijo y roto su matrimonio, ahora recuperaba el espejismo de otra gran ciudad, la que por cosas del destino la vio nacer, intentando rehacer su vida sin experiencias demasiado complejas. En Barcelona Lidia se volcó en su trabajo y en su hijo, aunque el universo cabalístico del pasado la perseguirá constantemente, una sensibilidad como la suya superará los artilugios embellecedores. En ocasiones, en mitad de la noche, Lidia oirá voces intraducibies, presentirá situaciones que intentará olvidar sin éxito, porque su objetivo era la amnesia, embotar el dolor y las causas que lo habían provocado. No serían suficiente la topicaína y los sedantes para calcinar la raíz del recuerdo, impidiendo el rebrote. Lidia seguirá haciéndose las mismas preguntas: ¿qué papel jugó aquella oscura Sociedad Transatlántica
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en la torturada existencia de su padre y en la suya propia?, ¿qué escondían y quién poseería en esos momentos el diario del impresor Armando Brown?
En Barcelona Lidia pasó por momentos difíciles.
Una noche cayó en un trance que sus amigos interpretaron como un agudo estrés a causa de su frenético ritmo de trabajo. La sedaron, la acostaron, pero lo peor de todo, la dejaron sola en casa, sola: su hijo dormía fuera, con un compañero de colegio. Entonces, más sola que nunca, viajó hacia dentro, atravesó en sentido contrario una autopista iluminada, sorteando Pegasos y Lambrettas; al final, cuando volvió a su casa, su padre, el arquitecto Grandi, estaba esperándola delante de la cama y con voz muy grave, cavernosa, le dijo:
—Tengo frío, ¿por qué no vienes a verme?
Tres días más tarde Lidia se encontraba frente al panteón familiar de la familia Grandi en el cementerio de la Recoleta, y allí, entre mausoleos y tumbas de ilustres apellidos con los que el arquitecto jamás comulgó, deseó acompañar a su padre, irse al otro lado, como si fuera tan fácil, como si la Dama Azabache acudiera cuando uno la reclama y no cuando a ella se le antoja, injusta, imprevista y voraz. Fue un breve instante pero ni siquiera su hijo la sostuvo en aquel terrible debate entre muerte y belleza, belleza y muerte. Sintió pánico y no pudo permanecer más de veinticuatro horas en Buenos Aires, aunque se hacía, una y otra vez, las mismas preguntas, esa nube de polvo que la ofendía con sus enigmas, las incógnitas se ampliaban: ¿qué significado último tenía aquel reclamo de su padre?, ¿cuáles habían sido los verdaderos fines de La Sociedad Transatlántica?, ¿estaría el diario de Armando Brown publicado o el original a la venta?, ¿qué causas llevaron a que el cónsul Sweir decidiera borrar su rastro?, y lo que más le intrigaba: ¿estarían los transatlánticos en el origen de sus propias suspensiones y ataques?
Lidia tuvo el valor de responder a la primera pregunta: la voz cavernosa de su padre, miniaturizada en el trance, era quien la empujaba al punto de partida. La voz de su padre y una ira fascinante, ira dulce desde un fondo abisal. Lidia tomó la determinación de localizar al novelista Guillermo Brown en Madrid, recordaba al veinteañero pelirrojo de mirada altiva y sabía que años atrás se había establecido con sus padres en la capital; Lidia quería romper los maleficios, o por lo menos compartirlos, a Guillermo le había leído en página y ahora deseaba leer de sus propios
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labios la información que manejaba, si es que manejaba alguna información, sobre La Sociedad Transatlántica.
No hizo falta. Esos días recibió por correo certificado una carta remitida desde Buenos Aires y firmada por una tal Claudia Sweir. En la carta, tanto ella como Guillermo Brown, el nieto de Armando Brown, eran invitados a volver a la Argentina.
Sin inmutarse, Lidia asumió que ya no había marcha atrás para ella ni para el novelista, que ambos estaban destinados a volverse a encontrar después de diecisiete años. Quizá Guillermo Brown no la recordara, ella, en cambio, no había olvidado al pelirrojo que la escrutó con sus ojos. Lidia aceptó la rueda del movimiento inverso en que había girado la existencia de su padre, la misma rueda en que ahora parecía girar la suya, y tomó aquel avión de vuelta. Por eso ahora resistía estoicamente el asedio de la azafata mientras construía una línea de defensa a su alrededor, por ese motivo Lidia releía por undécima vez la carta que le había enviado Claudia Sweir. Pensaba que aquellas líneas tenían alma de ensayo.
Lidia releía la carta, estudiaba una a una sus frases, incluso, mientras leía con atención, movía un poco sus labios, como rezando el rosario. La azafata se acercó para ver qué le pasaba a aquella extravagante pasajera, pero la pasajera hizo caso omiso y le dio la espalda: le daba exactamente igual que la azafata la tomara por una extraviada, ¿será por loca?
Bs. As, 21 de noviembre de 1999
A/a Sra. Dña. Lidia Grandi
Estimada Lidia,
Me dirijo a usted de la misma manera que a los señores Guillermo Brown y Vicente Castelau. Me llamo Claudia Sweir y como podrá suponer por mi apellido, soy nieta de uno de los fundadores de La Sociedad Transatlántica.
El nombre de mi abuelo era Albert Sweir Müller y ejerció el consulado alemán en Buenos Aires entre los años mil novecientos veintitrés a mil novecientos cuarenta y siete. Como sabrá mi abuelo fue el único miembro de ascendencia no latina de los transatlánticos, por cuya causa es hoy demonizado dentro y fuera de la Sociedad, pero en estos momentos no quiero valorar las razones por las que se ha cometido esta injusticia, pospongo la cuestión para más adelante.
Por otra parte quiero tranquilizarla porque no tomo contacto con usted para que me ayude a encontrar trabajo en Barcelona; no se encuentra dentro de mis planes establecerme en la Península, ni en ningún otro sitio de Europa, como ocurre estos días con miles y miles de argentinos; yo quiero permanecer en mi país, que sigue siéndolo a pesar de todo. Precisamente la razón que me obliga a escribirle a usted y a los señores Brown y Castelau es producto de una reflexión
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dolorosa sobre esta nación que, no nos engañemos, también puede considerarse la suya, porque forma parte de su existencia, y de su memoria, tanto como de la mía. Usted sabe a lo que me refiero, usted ha experimentado el movimiento inverso, un movimiento continuo, devastador, inclemente.
La Historia de las naciones desatiende a los seres anónimos que soportan desde abajo el peso de la pirámide, no hay equilibrio en la balanza. Pero también sabemos que los seres humanos somos, en esencia, egoístas, egoístas individuos, egoístas familias y egoístas colectividades; mientras unos ascienden hasta codearse con los poderosos, otros descienden hasta el sumidero. Y así lo será hasta el fin de los tiempos. Creo que el símil ascendente es aplicable a España que tras años de agonía y represión ha logrado colocarse en la órbita de sus poderosos vecinos; la situación contraria, la miseria, el resentimiento, se sirve en millones de hogares de la antaño gran República Argentina, que llegó a ser la cuarta nación más poderosa de la tierra y estos días comparte su suerte con Nigeria.
El movimiento inverso se ha cumplido con lógica aplastante, con exactitud demoledora. Hace más de medio siglo los argentinos nos lanzamos por el tobogán de las mentiras en el justo momento en que los españoles reclamaban a Europa su porción europea, incluso bajo una cruel dictadura.
Al fin y al cabo, en la Guerra Civil, el león ibérico murió matando, después, se produjo el milagro. Muchos aseguran que el milagro español ni fue tan milagro ni tan español, y que no todo han sido luces, que la fiebre especuladora, vicio del nuevo opulento, ha olvidado ostentosamente su pasado, un pasado que le pesa; pero esto ya lo escribió hace muchos años Miguel de Unamuno: «Si fuera posible expondría una doctrina sobre la que pudiera descansar todo el mundo».
Pero no quiero irme por las ramas.
La razón primordial de esta carta es que le invito tanto a usted como a los señores Brown y Castelau, a regresar a Buenos Aires y entrevistarse conmigo. Acaricio un proyecto que, al menos de cumplirse en la medida de nuestras fuerzas, ayudaría simbólicamente —los símbolos son muy importantes—, a que algunos argentinos recapacitaran sobre las causas y las consecuencias de que su país no pueda salir de la postración. Intuyo que al leer estas líneas pensará que mi proyecto es un disparate; no obstante, le ruego no desconfíe ni se burle de mí. Nuestro país es pura contradicción: cosmopolita y endogámico, bárbaro y civilizado, satisfecho de sí mismo y repleto de carencias. Hemos falsificado una y mil veces nuestra identidad y, sin embargo, el mundo entero observa con lupa cuanto hacemos y poseemos, el mundo entero observa nuestra identidad compleja y cambiante.
A la luz internacional somos materia de estudio: un éxito trocado en fracaso siempre llama la atención. También somos la paradoja de una resistencia.
He dejado para el final, muy a propósito, un motivo, quizá el único motivo, que supongo jugará a mi favor para que no rechace mi invitación a Buenos Aires. Se trata de un motivo de naturaleza superior que la compromete a usted conmigo, y a ambas con Brown y Castelau, ese motivo es el espíritu transatlántico de nuestros mayores, el espíritu de su padre, el arquitecto Roberto Grandi, y el de mi abuelo, el cónsul Albert Sweir, despreciado injustamente aunque fue un hombre comprometido con sus ideas. Por lo que sé el espíritu transatlántico de nuestros mayores se alimentaba de un sentimiento aristocrático de la virtud, aristocrático no en un sentido exclusivo ni excluyente, sino en un sentido ejemplar, «la virtud
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como gimnástica del bien», según escribió Armando Brown: una visión conciliatoria entre orden estético y orden moral.
Comprendo que eran otros años, otros los protagonistas, otros los intereses, pero precisamente por eso, Lidia, le ruego acuda al pie de la Torre de los Ingleses, a las tres y media de la tarde del próximo viernes diecisiete de diciembre. Si lo hace se cerrarán algunas heridas, aún abiertas, de su pasado, y se explicarán muchas cosas de su presente e incluso de su futuro.
Hemos sido víctimas del movimiento inverso, un equilibrio inestable que nos persigue, a usted, a mí, a Brown y a Castelau, a todos los herederos de La Sociedad Transatlántica.
Es hora de transformar lo que parece imposible; ustedes tienen que saber todo lo que pasó y aniquilar a sus fantasmas.
La espero. Un cordial saludo.
Claudia Sweir
Posdata:
¿De qué manera nos reconoceremos? No se preocupe, yo les reconoceré a ustedes y ustedes a mí. No es necesario disfrazarnos. Si yo no les reconozco seguro que me reconocerán: hay un signo, una marca, un blasón vivo, que me antecede.
Lidia dobló cuidadosamente la carta y la guardó en su cartera. Después
fue introduciendo con lentitud sus artefactos —maquillajes, objetos, revistas, misal, monedas y otros símbolos intraducibles—, que repartió en diferentes bolsos. Con un leve gemido de rechazo impidió de nuevo que la entrometida azafata interviniera en el repliegue de aquellos tesoros que le habían servido de línea de defensa y que volvieron a su origen, como muñecos articulados, en menos de cinco minutos.
Se puso seria: un hondo pálpito le dictaba regresar a Barcelona, pero frenó el instinto porque le debía a su adorado padre, al piranésico arquitecto Roberto Grandi, y se debía a ella misma, una respuesta.
Había tantas cuestiones en el aire, tantas incógnitas, tanta ceguera, que por primera vez en su vida tomó la decisión de actuar de manera autónoma a la que le dictaban sus íntimas predicciones: se arriesgaría a reconstruir los contornos de aquel mundo desaparecido.
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LA SOCIEDAD TRANSATLÁNTICA
En la remise que les trasladaba del aeropuerto al hotel Continental, Lidia y Guillermo sintieron el cielo plomizo de Buenos Aires sobre sus cabezas. La ciudad vacía, desolada, anunciaba, a primera hora matinal, la miserable humedad del resto del día. Lidia y Guillermo habían coincidido en el mostrador de una empresa privada de transporte buscando un taxi seguro hasta la city.
Nada más reconocer a Guillermo Lidia se había presentado, portadora de estrellas diminutas, de reverberaciones, Guillermo, en cambio, más bien retraído, no pronunció palabra hasta llegar a la puerta del hotel. Lidia se contuvo, hubiera querido intercambiar alguna opinión, tentada de reavivar su primer encuentro en el entierro de don Armando, aquella mirada altiva, pero advirtió el talante seco y abstracto de su acompañante y no se atrevió.
La cuestión es que venían a lo mismo y por lo mismo. Ya era algo.
El taxi se detuvo delante de un semáforo entre las calles Viamonte y Uruguay, desde donde leyeron tres enormes grafitis sobre una valla publicitaria.
Si la vida que vivimos no es digna,
dignidad es luchar para cambiarla.
Argentina, nadie te ama,
alguien te Usa.
Eva y Perón:
Menem conducción.
Incluso en diciembre del noventa y nueve aquel trinar resultaba desfasado.
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Sólo unos días antes el líder radical Fernando de la Rúa había asumido la presidencia de la nación después de diez años de mandato del justicialista Carlos Saúl Menem. En la capital, como siempre que los radicales accedían al poder, se hablaba de refundación de la república, de lucha contra la corrupción, contra el narcotráfico, de retorno a la cultura y al progreso.
Mientras rebasaba el semáforo en verde el taxista saldó:
—Éstos y los otros son dos gotas de agua.
—¿Usted cree? —respondió Lidia con otra pregunta.
—Señora, ¡por favor!, exactamente iguales.
No se atrevió a llevarle la contraria.
Guillermo permaneció mudo hasta el final del trayecto. Al llegar a la puerta del Continental le dijo a Lidia que iba a intentar quedarse en el mismo hotel porque desde Madrid no había hecho ninguna reserva. El hotel Continental se hallaba semivacío y Guillermo logró su habitación sin ninguna dificultad y sin que mediara coima, mordida, comisión: en ese hotel no se estilaba. Una vez recogido el equipaje Lidia desistió de su papel de embajadora, supuso que tendrían tiempo de hablar más adelante.
Se retiraba a su cuarto cuando el novelista la siguió y le preguntó:
—¿Te parece que almorcemos juntos?
—¿Cuándo?
—Ahora. —Guillermo vaciló y mirando su reloj dijo—: Dentro de dos horas.
A Lidia no le dio tiempo a contestar porque en ese instante la reclamaban desde recepción:
—Señora Grandi, un momentito, ayer noche telefoneó el señor Vicente Castelau. Dijo que se pasaría por el hotel a la una.
Lidia recordó la cita. Días atrás había logrado hablar con Vicente Castelau desde Barcelona. Al tanto de que impartía clases en la Universidad Popular de Buenos Aires no cejó hasta dar con el número de teléfono del profesor. Por fin, una tarde, sus voces se enlazaron a más de diez mil kilómetros de distancia. No se dijeron gran cosa pero ella le informó de que estaría alojada en el Continental, entonces Vicente Castelau le aseguró que iría a visitarla al hotel, no obstante, Lidia se sorprendió del inmediato cumplimiento de su promesa.
—Somos tres para el almuerzo.
—¿Tres?
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—Sí, se incorpora el profesor Vicente Castelau. Guillermo bajó la vista, entonces Lidia le preguntó: —¿No te apetece que venga?
—Es que no tengo el gusto de conocerlo.
—Ni yo.
Lidia completó:
—A las doce y media estaré en la coctelería saboreando un dry martini muy seco y muy frío.
A las doce y media Lidia parecía camuflarse en la coctelería del hotel. Su traje rojo burdeos se fundía con el rojo adamascado de las paredes, el rojo aterciopelado de los sillones, el rojo sanguinolento de la esfera de un reloj de pared que, le confesó el versado camarero que servía las mesas, se detuvo a las cuatro de la mañana del seis de septiembre de mil novecientos treinta y nunca más volvió a dar la hora.
Como Lidia no reaccionaba el camarero le refrescó la memoria:
—¿No le dice nada esa fecha?
—No, lo siento.
—Fue el día que destituyeron a Hipólito Yrigoyen.
En el almuerzo Lidia les refirió a Guillermo y al profesor Vicente Castelau el comentario del camarero:
—Sutil metáfora —resumió el profesor—, el reloj nunca volvió a dar la hora, se detuvo, como la historia argentina.
La sonrisa de Vicente Castelau no conseguía borrar la amargura de sus gestos, su escaso pelo cano peinado hacia atrás, su nariz picuda, el traje gris raído, el portafolios de cuero sucio que parecía, también, de la época de Yrigoyen. Lidia y Guillermo observaron una dignidad a prueba de bomba en aquel hombre envejecido prematuramente, aunque también Lidia notó un rencor amargo, aunque apenas perceptible, advirtió su inquina, su memoria envenenada.
Vicente Castelau era hijo del respetado profesor de filosofía, español y republicano, Francisco Castelau, exiliado en Argentina en el año treinta y ocho, aunque con estrechas relaciones en Buenos Aires desde principio de los años veinte, debido a sus ensayos, artículos y publicaciones sobre los complejos lazos de unión, y abismos de desunión, entre la antigua metrópoli, entonces desgarrada por terribles problemas sociales, y su, en ese momento, opulenta hija. Francisco Castelau, fronterizo entre dos generaciones de intelectuales españoles: la generación del 98 y la del 14,
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se hizo conocido en determinados círculos porteños porque sus polémicas y concurridas conferencias solían terminar, casi siempre, a coces, a trompadas; en el año veinticuatro, el profesor Castelau dio dos pasos definitivos para oficializar sus vínculos argentinos, el primero fue su matrimonio con la pianista mendocina Elvira Príes, el segundo vínculo se mantuvo en el ámbito de lo privado, aunque tenía una naturaleza pública: Castelau se convirtió en el miembro fundador de más edad, fuste cultural y experiencia de La Sociedad Transatlántica.
Vicente fue el tercero de los cuatro hijos habidos de aquel matrimonio, y el único que había sobrevivido. Nacido en Oviedo en el fatídico treinta y seis, se convirtió en un argentino de pura cepa tras el obligado exilio de su familia a Buenos Aires dos años más tarde.
—Soy argentino de pura cepa —les contaba Castelau a Lidia y a Guillermo—, si esa pureza es posible en los argentinos que, dicen, descendemos de los barcos, de las ratas de los barcos, de gallegos y tanos muertos de hambre, de una diáspora de sirios y libaneses con pasaporte otomano, de algún nazi que otro y de una pequeña legión de putas francesas.
Vicente Castelau no tuvo más remedio que imitar la carrera universitaria de su padre, su honestidad en el trabajo, su amor nostálgico por una España que no había visitado ni siquiera de turista, ese amor nostálgico que sienten muchos de los gallegos —en Argentina aunque un español haya nacido en Lanzarote es y será siempre un gallego— exiliados, un amor sólo superado por el odio cervical al régimen de Franco.
—Bueno, chicos, si me permiten, los voy a tutear como espero me
tuteen. —Rompía el fuego Castelau saboreando un humeante café negro.
—Gracias por lo de chicos —contestó Lidia.
—A mí, qué quieren que les diga, esta carta de la nieta del cónsul Sweir no me convence.
—¿Y entonces? —disparó Guillermo al profesor.
—Brown, como tu abuelo, un irlandés claro, brillante, tenés razón ¿y entonces?
—¿Conociste a mi abuelo?
—Por supuesto. Le vi muchas veces porque yo acompañaba a mi papá a la Casona de calle Brasil, los oía conversar durante horas y yo sin abrir la boca, hablaban sobre lo divino y lo humano: arte, política, literatura, de
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sus aciertos y fracasos, de los años gloriosos, de La Sociedad Transatlántica. Cuando tu abuelo murió acudí al entierro, ¿no te acordás?
—Guillermo negó con la cabeza—, fue todo un acontecimiento, la gente lo quería mucho, ¿cómo no iban a quererlo?, era un tipo generoso, un erudito, y aquella biblioteca, Dios, qué biblioteca.
Guillermo sacó el tema inmediatamente:
—¿Y nunca se refirió a su diario?
—De vez en cuando hablaba de su diario, aunque yo no prestaba excesiva atención. De quien sí parloteaban todo el rato era de Roberto Grandi, y lo hacían con cariño, con nostalgia; como sabrás, Lidia, mi padre tenía en gran aprecio al tuyo, lo quería como a un hijo, lo llamaba el furibundo futurista, le gastaba bromas a costa de este apodo, pero se le llenaban los ojos de lágrimas cuando hablaba de él.
—Era un sentimiento correspondido —contestó Lidia—, me consta que mi papá durante toda su vida guardó gran aprecio y admiración por el profesor Castelau, le tenía respeto, le admiraba.
—Aunque tengo entendido que ambos se dijeron cosas muy fuertes en el cuarenta y nueve, cuando el arquitecto decidió irse a Barcelona.
—Exacto. Se lo oí decir a mi papá en alguna ocasión, me dijo que el profesor le recriminó marcharse a la España que él detestaba, esa España que le había expulsado, la que le había obligado a exiliarse; también me contó que por primera vez le habló del movimiento inverso.
—¡El movimiento inverso! —exclamó Guillermo Brown en voz alta. Lidia y Vicente se miraron mientras Guillermo formulaba su pregunta: —¿Me pueden explicar qué es eso del movimiento inverso? Y como ni uno ni la otra le respondía, Guillermo continuó:
—El movimiento inverso parece ser que inspira nuestra forma de pasar por el mundo, la de los tres, y quizá inspire la carta que nos envió esta mujer, Claudia Sweir. Ahora les escucho hablar de recuerdos, de viajes que han hecho otros, del diario de mi abuelo, que ni siquiera he leído, de que si uno dijo al otro, de lugares que desconocemos, de un tiempo distinto en que operaba una sociedad fantasmal llamada Sociedad Transatlántica, con la que, no sé por qué, me siento identificado.
Vicente Castelau pidió otro café mientras intentaba explicarles lo que él entendía como movimiento inverso, aquella alucinación en sentido contrario:
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—Puede que Lidia y yo exageremos al evocar un tiempo distinto, un tiempo perdido, pero Guillermo, oíme bien, antes que nada debes saber que el concepto de movimiento inverso fue la piedra de toque de los transatlánticos, y sin lugar a dudas, y acaso sin querer, influyó en nuestras idas y venidas, en nuestro descreimiento y en nuestra amnesia.
Mientras decía eso Vicente Castelau abría el manoseado portafolios del que extrajo una carpeta rebosante de papeles.
—Este breve informe resume mi investigación acerca de La Sociedad
Transatlántica. —Colocó la carpeta en un costado de la mesa, puso sus dedos amarillentos, de fumador empedernido, sobre ella y continuó:
—Como habrán imaginado la fuente directa de este trabajo ha sido mi padre, Francisco Castelau, sus artículos, conferencias, archivos, anotaciones, incluso los comentarios que hizo en vida; lo restante es producto de años de búsqueda en hemerotecas, de entrevistas a personas que estuvieron en relación directa o indirecta con La Sociedad Transatlántica.
—¿Y el diario de mi abuelo?
Vicente Castelau, de repente, torció el gesto con cierta violencia:
—Ya te dije, Guillermo: nunca he visto ese diario; sé que existía porque el impresor comentaba alguna incidencia que había anotado en él, pero nunca a mí, sino a mi padre, yo nunca vi ese diario, digamos, físicamente, ni sé dónde fue a parar. A lo mejor alguien puede tener pistas.
Lidia, al quite, se adelantó:
—Quizá Claudia Sweir.
—Sí, al menos alguna pista.
—¿Usted la conoce personalmente?
—No la he visto en mi vida.
—Y al cónsul, al abuelo de Claudia, a Albert Sweir, ¿lo conoció? —Al Judas transatlántico lo vi una vez de refilón en la Casona de
calle Brasil. El único dato que tengo es que la familia paterna de Claudia está afincada en Santiago de Chile desde hace, por lo menos, veinticinco años. Se sospecha que el cónsul trocó Buenos Aires por Santiago de Chile a principios de los años setenta, después del derrocamiento de Salvador Allende, también se sospecha que residió en Santiago con una identidad falsa.
—¿Residió?
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—Supongo que habrá muerto, porque de estar vivo habría cumplido más de cien años.
—¿Y entonces qué significado tiene la carta que nos acaba de enviar
su nieta? —Guillermo quería acortar etapas.
—Vayamos por partes. Yo no soy detective privado, ni espía, ni nada por el estilo, yo me dedico a la enseñanza universitaria y sólo pretendo aclarar algunas zonas oscuras de mi pasado familiar, zonas que están relacionadas con la cultura y la política argentina de los años veinte, treinta y cuarenta. Puedo decirles que, según mis investigaciones, a Claudia Sweir la trajeron de Santiago a Buenos Aires siendo una niña, en pleno proceso militar. En realidad ha estado bajo la tutela de una tía materna, porque su madre, y creo entender, su padre, murieron jóvenes; Claudia se crió con ella en Belgrano, después cursó estudios de Economía y Ciencias Empresariales en Buenos Aires. Y ahí concluyen mis datos.
Liquidó de un sorbo el café que le quedaba en el posillo y prosiguió:
—Les dije que esa carta no me gusta y, repito, no me gusta porque silencia más que esclarece, además, no dice nada, esta carta engaña a primera vista y al leerla un par de veces uno, claro, desconfía.
Lidia carraspeó:
—Perdón, ¿y en qué datos te basas para afirmar que Claudia pueda poseer el diario?
—En ningún dato: pura cábala. Y yo no he afirmado en ningún momento que Claudia posea el diario, sólo digo que quizá tenga alguna pista para localizarlo.
—En la carta que me dirigió a mí, no sé a ustedes —Guillermo indagaba a toda velocidad—, Claudia Sweir cita textualmente a mi abuelo, escribe: «la virtud como gimnástica del bien»; me pregunto de dónde extrae esa frase que dice ser de mi abuelo, una frase que yo mismo, su nieto, desconocía.
—Sí, es cierto, en mi carta también cita la misma frase y se la adjudica a don Armando —dijo Lidia con un tinte de asombro en el gesto.
—Bueno, pues con más razón, me parece que esta mujer puede, o ha podido, tener acceso al dichoso diario. No hay que darles más vueltas.
Dicho esto el profesor Castelau abrió, por fin, la carpeta que había dejado dormir sobre la mesa y extrajo dos montones de hojas que alcanzó primero a Lidia y después a Guillermo.
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—Una copia para cada uno. Como les anticipé, aquí se resumen mis averiguaciones sobre la época en que operó La Sociedad Transatlántica. Me gustaría darles forma, publicarlas, a ver qué opinión te merecen, Guillermo, vos que sos novelista, a lo mejor te doy argumento para alguna novela.
De pronto, Castelau cerró el portafolios y se levantó:
—Con gusto seguía charlando con ustedes pero mi sueldo universitario no me permite llegar a fin de mes, así que a mi edad, y con más de treinta años dedicados a la enseñanza, me veo obligado a impartir clases particulares, en pleno diciembre, con este calor y a horas increíbles. Como ven, este país no es generoso con sus educadores.
Antes de despedirse el profesor Castelau les dijo:
—Lamento ponerles deberes el primer día de su estada en Buenos Aires, pero, aun así, les pido, por favor, que lean estas hojas, es importante
que lo hagan. Léanlas. —Recalcó.
Entonces Lidia se estremeció sin motivo aparente.
Al entrar en su habitación Guillermo puso el aire acondicionado a dieciocho grados. El sol caía como un arco de fuego sobre la calle Roque Sáenz Peña, y su reflejo bañaba el hotel Continental; una densa humedad intentaba asfixiar a los huéspedes. Guillermo se echó en la cama a merced de la corriente gélida y en menos de cinco minutos se moría de frío oyendo la voz de Vicente Castelau escrita en aquellas páginas, un susurro hipnótico, palabras heladas, semántica del frío. Mientras leía, su mente se disparó imaginando cientos de talleres de literatura y ciencia política esparcidos por América Latina, con la subsiguiente edición de revistas culturales y artísticas, desde La Plata a Veracruz, efectos de una Era Pleistocénica Moderna, puente hacia una civilización renovada desde Centro y Sudamérica: sangre y fonemas nuevos, visceralismo vanguardista que exiliaría al esteta, ejecutaría al académico y representaría el retorno a un caos orgánico-ideológico: la revolución.
Guillermo se dejó convencer: cincuenta años atrás Buenos Aires dialogaba con las capitales civilizadas, era parte esencial de ese mundo, el novelista sintió que el lenguaje no bastaba para aprehender aquellas décadas envenenadas con el almíbar de la diferencia. Guillermo Brown anotó en los márgenes: ¿fracaso de la imaginación o triunfo de la realidad imaginada?, tras la anotación desconectó el aire, temblaba de frío y descendían por sus sienes gotas de sudor helado: las vanguardias de los
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años veinte, en todo su esplendor, se desplegaban como alas de mariposa. Vicente Castelau escribía al comienzo de aquel trabajo resumido: El movimiento inverso no es un concepto estático sino una acción interminable. Se trataba de mantener continuamente el ojo alerta abierto a las nuevas formas, ese ojo, esa mirada, determinaría y conformaría un pensamiento latinoamericano global e independiente. El profesor Castelau transcribía algunos fragmentos de su investigación, se trataba de una historia perteneciente a la oligarquía de las ideas y destacaba, sobre todo, el estilo periodístico, la ironía lacerante y algunos súbitos asedios. Desgraciadamente la carambola del tiempo y el descarado flirteo con objetos simbólicos de la época desbarataban las posibilidades de un texto vivo y lo convertían en una simple e inmoral curiosidad, eso que molesta a Vetusta.
PRELIMINARES DE LA SOCIEDAD TRANSATLÁNTICA
Conferencia tumultuosa
del profesor español Francisco Castelau
Durante el mandato presidencial del patricio Marcelo Torcuato de Alvear, el siete de octubre del año mil novecientos veinticuatro, se celebró en el café Dorrego, sito en el barrio de San Telmo, la reunión fundacional de La Sociedad Transatlántica. Asistieron el impresor Armando Brown, el cónsul de Alemania en Buenos Aires, Albert Sweir, el arquitecto alevín Roberto Grandi y el profesor de filosofía Francisco Castelau.
Los componentes de la flamante Sociedad habían coincidido quince días atrás en la polémica conferencia impartida por el profesor Castelau en el Centro Asturiano, titulada «Mito y realidad de la República Argentina», y que finalizó como solían hacerlo casi todas sus intervenciones, dada la naturaleza de su discurso: a cachetada limpia; sin embargo, en aquella ocasión, la fuerza pública actuó no sólo contra los alborotadores sino también contra la mesa constituida, arrestando al profesor y trasladándolo sin contemplaciones a la comisaría.
Minutos más tarde, allí se presentaron los futuros transatlánticos, sin conocerse aún entre ellos, inspirados por un acto de justicia, libre y gratuito, con el objeto de liberar al profesor de sus raptores. Incluso el cónsul alemán Sweir llegó a amenazar, en un momento dado, con telefonear al presidente Alvear, con quien mantenía muy buenas relaciones, si el comisario jefe no daba la orden inmediata de excarcelación del conferenciante.
Cuando, por fin, tras algunos tiras y aflojas, Francisco Castelau apareció en la puerta de la comisaría, los futuros transatlánticos se abalanzaron sobre él, lo alzaron en volandas, como si hubiera sido el torero Joselito, y lo vitorearon. Fue tan escandalosa la manifestación de apoyo que el comisario jefe reaccionó de
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inmediato, salió él mismo a la calle y les conminó a abandonar la vía pública, «si no es así —dijo, según testigos presenciales—, me veré obligado a cargar de nuevo».
El café Richmond les serviría de refugio provisional; el Richmond estaba en boga en aquellas fechas porque allí celebraba sus reuniones el consejo de redacción de la entonces revista cultural más avanzada de Buenos Aires, la revista Martín Fierro, o sea, Jorge Luis Borges, Leopoldo Marechal, Ricardo Güiraldes, Norah Lange, Córdoba Iturburu, Evar Méndez, y un larguísimo etcétera de colaboradores y allegados. Sobra afirmar que la conversación se prolongó hasta bien entrada la madrugada, y aunque parezca mentira, apenas se tocaron temas políticos sino que estrictamente se abordaron cuestiones estéticas, los ismos: cubismo, futurismo, surrealismo, corrientes que hacían furor en Europa.
Las crónicas coinciden en que aquella noche se deslizó por el aire cargado del Richmond el concepto en que posteriormente basaría su acción La Sociedad Transatlántica: por primera vez se determinó la fuerza del movimiento inverso —el ¡ojo alerta!— que pareció iba a socavar las estructuras del orden bienpensante, movimiento sanífico que Argentina, como potencia económica y pionera cultural, no podía, ni debía, dar la espalda.
El profesor Castelau se emocionó tanto con la enérgica actuación de sus rescatadores, con el apasionado y joven arquitecto Grandi, con la altura intelectual del impresor Brown, con la espléndida disposición cosmopolita del cónsul Sweir, que, sin dudarlo un instante, les propuso que aquella reunión debía convertirse en algo periódico, tangible y provechoso para la nación argentina, y les ofertó la constitución de una sociedad que defendiera el acercamiento intelectual de los pueblos latinoamericanos, incluida España.
Ése, y no otro, es el preciso momento en que nace La Sociedad Transatlántica, como en un fugaz rapto de genialidad bautizó aquel embrión el arquitecto Roberto Grandi; el título de Grandi se consideró acorde con las aspiraciones éticas y estéticas de la flamante agrupación, de tal manera se suscitó el quórum que aquel nombre se registró de inmediato con un pacto entre caballeros que no necesitó firmas, ni sellos ni actas.
Dado que Francisco Castelau debía regresar a España veinte días más tarde, se dispuso una nueva reunión, esta vez en el café Dorrego, para el siete de octubre siguiente. Castelau se comprometió a presentar una propuesta mecanografiada de estatuto que, a su vez, el impresor Armando Brown editaría cuando se aprobara unánimemente por la recién constituida tetrarquía.
CONSTITUCIÓN DE LA SOCIEDAD TRANSATLÁNTICA
Reunión fundacional en el café Dorrego,
7 de octubre de 1924
En otro café, en el café Dorrego, sito en la plaza del mismo nombre, en el barrio de San Telmo, nace oficialmente, el siete de octubre de mil novecientos veinticuatro, La Sociedad Transatlántica. El profesor Castelau leyó en voz alta su
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propuesta estatutaria que, por cierto, no tuvo tiempo de mecanografiar, y que fue aclamada unánimemente. Sólo se conservan unas anotaciones del profesor en las cuales se sientan las bases programáticas del movimiento inverso, se fijan los límites y se establecen las estrategias de la futura sociedad. Castelau recela de la confusión que la nueva asociación podrá crear entre artistas, «órdenes de la
creación» los llama, y políticos que, «por otro lado —escribe—, quizá tomen esto como una revolución de clases altas, algo que detesto y que no encontrará en mí un aliado. La Sociedad Transatlántica será cualquier cosa antes que un clan elitista».
El profesor continúa: «nada tenemos que ver con las sociedades económicas de la Ilustración borbónica que ahora vuelven a estar de moda y se afanan en revitalizar en España una falsa cultura manejada por la dictadura del general
Primo de Rivera con el apoyo del mismísimo monarca —Alfonso XIII está cavando su tumba (sic)—, y que si bien cumplieron su papel doscientos años atrás, hoy día el nuestro es rotundamente otro: expandir lo moderno entre las dos orillas, y más allá de las dos orillas, renovar el Pensamiento tanto como la Poesía y las Bellas Artes; se trata de mirar de otro modo, sentir de otra manera, de luchar contra la retórica y contra las injusticias sociales, se trata de perseguir ese alto ideal de bondad y beldad unidas…».
Con tan elevadas premisas La Sociedad Transatlántica inició sus actividades dos días después, asistiendo en bloque todos sus miembros, excepto el profesor Castelau, de gira en Córdoba, a la crucial exposición para el arte contemporáneo latinoamericano del pintor Emilio Pettoruti, que nada más llegado de Italia, casi al mismo tiempo que su amigo el pancreador Xul Solar, traían con ellos a Buenos Aires nuevos aires estéticos, los que soplaban en Milán, Roma, París y Berlín: la vanguardia plástica en estado puro.
A la inauguración de Pettoruti en la galería Witcomb —nueve de octubre de mil novecientos veinticuatro—, acudió por la mañana el presidente de la república Marcelo T. de Alvear, amante de las Bellas Artes y del teatro —él mismo estaba casado con la soprano Regina Paccini—, que se mostró comprensivo y abierto con el arte objetivo de Pettoruti, aunque le advirtió al artista: «en la inauguración oficial, estoy seguro, tendrá usted problemas», y efectivamente Alvear no se equivocó: la noche inaugural se desató una violenta reacción del público ofendido por aquellos abominables mamarrachos cubista-futuristas, reacción acompañada por discusiones vehementes e insultos.
Hasta se llegó a temer por los lienzos. Alertado, el pintor, astrólogo y amigo íntimo de Pettoruti, el inefable Xul Solar, al que su elevada estatura permitía una visión privilegiada de la batalla que estaba a punto de librarse, reclamó a voces el apoyo de los martinfierristas y de los transatlánticos, en total una docena de personas, que lograron repeler varios ataques («algunos desaprensivos arrojaban cigarrillos encendidos a los cuadros», confesó años más tarde Armando Brown), pero no pudieron hacer nada: muy pronto la masa exaltada los acorraló y casi los muele a palos. Menos mal que el dueño de la galería solicitó los servicios de la fuerza pública que actuó en escasos minutos porque se hallaban apostados en las inmediaciones por si las moscas. La policía desalojó la sala y arrestó a los que no se hicieron humo, es decir, arrestó, de nuevo, a los miembros de la recién constituida Sociedad Transatlántica.
Al irrumpir de nuevo en la comisaría Brown, Grandi y Sweir, contusionados y descompuestos tras la batalla, el comisario jefe —el mismo que había ordenado
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la liberación de Castelau días antes— estalló en sonoras carcajadas; sin embargo, cuando el cónsul alemán intentó explicarse, le cortó en seco:
—¡Silencio!, ya sé que usted tiene inmunidad diplomática y que se va a librar, pero estos dos —puso cara de ogro mientras alzaba el dedo acusatorio contra el impresor Brozan y al arquitecto Grandi—, estos dos, por mi santa madre, pasan esta noche en el calabozo.
INTERVENCIÓN EN EL VUELO DEL PLUS ULTRA
Podemos asegurar que si en Buenos Aires La Sociedad Transatlántica se proyecta más hacia las Bellas Artes y la literatura, en Oviedo y en Madrid, ciudades donde la influencia del profesor Castelau se deja sentir, su actividad se confunde con las preocupaciones éticas y sociales del catedrático.
Así parece desprenderse de la contestación de Armando Brown a una carta del profesor Castelau, en la que por lo que se ve, ya que el original no se conserva, Castelau parece aconsejar a sus colegas un acercamiento a la revista Los Pensadores y al diario La Protesta, órganos de la izquierda suburbial argentina, en detrimento del grupo Martín Fierro, cuyo espíritu más selecto flotaba en la céntrica calle Florida. Armando Brown replica de esta forma: «Querido Paco, no yerres con nosotros, ni tampoco con ellos —se refiere a los martinfierristas—; si nosotros los apoyamos con ímpetu, sufragamos algunos de sus talleres poéticos y colaboramos en su impecable revista, no es porque nos guste alternar en salones de alcurnia sino porque son antitradicionalistas, defensores de la educación, son el paradigma cultural bonaerense: la única vinculación real entre la cultura argentina y la europea».
Castelau solapa sus críticas pero —en una carta que sí se conserva— contesta al impresor Brozan: «¡Ay!, si supieras cuánto me entristece imaginarlos en un palco junto a la Paccini, escuchando Dido y Eneas…; por mucho que la primera dama haya impulsado el Teatro Colón como un espacio público, yo me pregunto si algún día lograremos que la flor del suburbio ocupe esas butacas».
Un acontecimiento histórico jugaría a favor de la permanencia y unidad de los transatlánticos, a pesar de que aquella actuación fuera considerada, incluso por ellos mismos, como un rotundo fracaso: el vuelo transoceánico del Plus Ultra.
A pesar de estar subvencionada por las arcas del gobierno de Primo de Rivera, el profesor Francisco Castelau consideró que la expedición aérea del Plus Ultra debía encontrarse por encima de las manipulaciones coyunturales que se harían de ella y en un breve firmado por él, y aparecido en el diario Sol el cuatro de noviembre del año veinticinco, manifestó que aquel vuelo «sobrevolaría la Dictadura, la sobrepasaría por el aire»; un mes más tarde en el Ateneo de Madrid el profesor expondría las razones de su apoyo a la travesía del bimotor Dornier Wal por las aguas del Atlántico sur:
1— Plus Ultra no tenía por qué recordar la conquista española de los territorios americanos, sino todo lo contrario, señalaría una nueva etapa de hermanamiento igualitario entre las naciones americanas y España, una nueva época de amistad, comprensión y colaboración mutuas. Castelau repitió varias
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veces la consigna «Océano, aire, libertad» y dio un aliento, y un acento, helicoidal, cercano a los futuristas de la sevillana revista Grecia, a toda su intervención, lo que alentó aún más la campaña de recibimiento a los heroicos aviadores que preparaba el furibundo futurista Grandi en la capital argentina.
2— El vuelo del Plus Ultra simbolizaría en progreso conjunto de España y todas las naciones americanas, y mitigaría los graves perjuicios que desde un siglo atrás venían provocando los espadones de una y otra orilla. Sin querer, el profesor Castelau dejó al descubierto alguno de los objetivos transatlánticos: «No
cejaremos —afirmó— hasta ver cumplido nuestro sueño de instruir a todos los pueblos latinoamericanos; desde nuestra famélica y analfabeta España hasta los remotos confines patagónicos, de Monterrey a Valparaíso, de Antofagasta a California, de Ipacaragüí a Querétaro, de Texas a Colonia del Uruguay, para nosotros el término Plus Ultra, más allá, comprende el empeño de llevar instrucción e igualdad a todas las naciones latinoamericanas, incluidas las bañadas por el océano Pacífico».
Tras desarrollar estos dos puntos el profesor alzó su copa y ofreció un brindis
por la expedición «que se encuentra —concluyó— al mando de un hombre cabal, uno de los nuestros, el comandante Ramón Franco Bahamonde»; el mismo Ramón Franco que algunos años más tarde hizo despegar sus aviones, desde el aeródromo de Cuatro Vientos, contra la monarquía. Ya en el año veinticinco quizá el inquieto aviador manifestara sus ideales republicanos y las palabras de Francisco Castelau le sirvieran de consuelo, o quizá aspirara a convertir aquel viaje, vendido por las instancias oficiales como una hazaña de corte medievalista, en todo lo contrario, en un emblema de progreso y modernidad, un símbolo de la evolución social: aviso del cambio de régimen que se produciría algunos años más tarde.
Pero los hechos no dieron la razón ni a Castelau ni a Ramón Franco. Cuando el hidroplano Dornier Wal aterrizó en la ensenada porteña vibró, como hacía siglos no había vibrado, el alma del nacionalismo hispanoargentino; se celebraron cientos de misas solemnes a lo largo y ancho del continente americano, se impuso la medalla Virgen de Loreto al comandante Ramón Franco y a sus acompañantes Ruiz de Alda, el marino Durán y el mecánico Rada. Por un instante pareció que España brillaba de nuevo como gran potencia colonizadora, a pesar de su larvado enfrentamiento social y de su catastrófica política exterior.
El fracaso moral de la aventura, convertida en una gesta de cartón piedra, revitalizadora de anclados ideales imperiales, también supuso el fracaso de los transatlánticos; y es que informados del éxito publicitario de la empresa, en su palacio de Madrid el rey Alfonso y su generalito bailaron, arrebatadamente, una milonga, mientras que en Buenos Aires el presidente aristócrata aprovechaba para regalar a su filantrópica mujer un broche con veintisiete diamantes que dibujaban el hidroplano Dornier Wal.
Llama la atención el sepulcral silencio que durante muchos años mantuvo el profesor Castelau sobre aquella fallida empresa del Plus Ultra, silencio que no rompería hasta muchos años después, ya exiliado en Argentina, en una conferencia que pronunció en el salón del Casino de Mar del Plata, en el avanzado año de mil novecientos cuarenta y siete. La conferencia se tituló «Los (in)felices años veinte» y en ella confesó, por primera vez en tantos años, «su desatinado apoyo a los aventureros del Plus Ultra a los que el sol quemó las alas, al igual que a nosotros, poetas sin versos, ingenuos utópicos, que creíamos que
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por sí solo un frágil aeroplano iba a establecer una moral social bella, justa y libre en todos y cada uno de los pueblos latinoamericanos».
ALGUNAS ACTIVIDADES
CULTURALES DE LA SOCIEDAD TRANSATLÁNTICA
Sería tedioso enumerar, una a una, las actividades culturales y las políticas (siempre puntuales y periféricas) en las que participó La Sociedad Transatlántica, sólo queremos dejar constancia de su incansable presencia entre bambalinas y para ello vamos a glosar las más destacadas:
a— La Sociedad Transatlántica publicitó y protocolizó, junto con sus aliados los martinfierristas, la visita de Marinetti a Buenos Aires, idéntica actividad realizó con el arquitecto Le Corbusier, Luigi Pirandello y el filósofo José Ortega y Gasset. Asimismo debe anotarse que los príncipes herederos de Italia, Humberto de Saboya, y de Gran Bretaña, Eduardo Windsor, declinaron, y se desconocen las causas, cualquier contacto con los transatlánticos en sus sendas visitas a la capital argentina.
b— La Sociedad Transatlántica patrocinó, junto con otras entidades, la primera locución radiada de la ópera Rigoletto desde el Teatro Colón, corrió con los gastos de la segunda edición del libro El idioma de los argentinos de Jorge Luis Borges, y su ideario estuvo presente, con sus acostumbradas veladuras, a través de las colaboraciones, esporádicas aunque puntuales, que el arquitecto Roberto Grandi realizó en el edificio Kavanagh, sito en la esquina de Florida con plaza General San Martín, y en la vivienda racionalista que Victoria Ocampo encargó al dúctil Alejandro Bustillo, en la calle Rufino Elizalde al 2831.
Y ya que ha salido a colación Victoria Ocampo a continuación transcribimos una entrevista con la escritora y empresaria cultural que tuvimos el honor de realizar el siete de julio de mil novecientos setenta y siete, en la cual la famosa escritora y empresaria cultural cita, en varias ocasiones, a La Sociedad Transatlántica y opina acerca de sus miembros fundadores.
UNA CONVERSACIÓN CON VICTORIA OCAMPO
por Vicente Castelau
El jardín de Victoria Ocampo en San Isidro, acosado por las enredaderas, abandonado y mustio, parecía esperarme desde tiempo atrás. Y es que nunca podré olvidar los matices contradictorios de placer y, a la vez, de angustia que me invadieron mientras atravesaba aquel jardín que la maleza del tiempo pretendía ocultar para siempre.
Si en alguna ocasión desean experimentar eso que se denomina refinamiento existencial deben visitar el jardín de la quinta de San Isidro, sentirán como muere la tarde y la noche se asienta, como el crepúsculo se adueña de la luz; ese jardín es la metáfora aún palpitante de una herencia cultural dilapidada, de un diálogo
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borrado a conciencia, sobre ese jardín cae hoy una franja de niebla más dura que el acero, es nuestra memoria viva aunque agonizante.
Temo que algún día el fuego lo consuma, que la quinta y esos libros sean pasto de las llamas, temo que lo perdamos todo, incluso el testimonio de un tiempo que ya no nos pertenece.
Victoria me recibe. Avanza hacia el hall embutida en un abrigo de nutria, dice tener frío pero me tiende una mano cálida mientras fija sus ojos en mis ojos, me habla con sus ojos, me advierte que estoy ante la gran Victoria Ocampo; después me hace pasar a la biblioteca —más de quince mil volúmenes—, donde nos espera un humeante té inglés y, dispuestas en dos bandejas de plata, masas finas y bombitas de crema Chantilly.
Los años han hecho estragos en el rostro de Victoria Ocampo, no obstante, aún conserva intactos pulso, memoria y buenas maneras. Ella misma sirve el té.
Sólo transcribo el principio de la entrevista y las referencias a La Sociedad Transatlántica.
V. C.— Victoria, ¿dónde ha ido a parar todo ese patrimonio cultural, la enseñanza que usted, y los restantes miembros de la revista Sur, pusieron en pie con tanto esfuerzo y ahínco durante años y años?
V. O.— Qué quiere que le diga, el patrimonio físico pervive, son los números ininterrumpidos de Sur, pero la enseñanza se perdió. La gente de Sur estábamos abiertos al resto del mundo como una forma de supervivencia intelectual, sin embargo, acá en la Argentina, nunca quisieron entender nuestro trabajo; todavía hoy, para mucha gente, somos el símbolo de la oligarquía vende-patria. Y ésa es la gran mentira que se ha ido alimentando. Usted sabe que nosotros fuimos plurales y por eso fuimos absolutamente necesarios. Mire, en nuestra revista publicaron autores de ideologías y estéticas dispares, desde Drieu de la Rochelle a Victoria Kent.
V. C.— Sur mantuvo posiciones progresistas, ustedes, por ejemplo, apoyaron la causa republicana durante la Guerra Civil española.
V. O.— Incluso editamos un manifiesto en defensa de las víctimas del franquismo, y cada dos por tres íbamos al puerto a recibir a los intelectuales exiliados; sin ir más lejos, nuestras páginas dieron cabida a los poetas Rafael Alberti o Pedro Salinas, yo misma escribí una carta muy sentida, y que me trajo algunos problemas, cuando Federico García Lorca fue fusilado. Mire, Vicente, su propio padre, Paco Castelau para los amigos, colaboró con nosotros —Victoria
da un sorbito y sonríe—; y hablando de su padre, ¡qué carácter!, su padre tenía un carácter dominante, un carácter podrido, malas pulgas, como dicen en España, un carácter muy parecido al mío, ¿sabe que un día discutimos?
V. C.— No, no lo sabía.
V. O.— Nos dijimos de todo y pasamos varias semanas sin dirigirnos la palabra, pero al poco tiempo nos reconciliamos, no podía ser de otra manera, fuimos amigos hasta el final. Tengo que decirle que la muerte de su papá me impresionó mucho. —Por un momento el gesto de Victoria se ensombreció, se le vino a la cabeza la larga lista de amigos muertos.
V. C.— ¿Por qué discutieron?
V. O.— Aquella discusión la provocó un diplomático alemán con cierta influencia en Buenos Aires, no recuerdo bien su nombre, ¿Stein, Zweig…?
V. C.— Sweir, Albert Sweir.
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V. O.— Efectivamente, Albert Sweir pretendía que yo utilizara mis influencias para conceder asilo político a un militar alemán, un ex oficial nazi, que había venido a parar acá, como tantos otros, con su mujer y sus hijos. Yo me negué. Hoy no sé lo que hubiera hecho, con los años una se ablanda, pero aquellos días estaba muy sensibilizada, compréndame, terminaba de llegar de una Alemania arrasada, había sido testigo presencial del proceso de Nuremberg; vi las pruebas fehacientes del holocausto: asesinatos en masa, cremaciones, cadáveres apilados, lo que salió años más tarde a la luz pública, y también vi a los responsables de todo aquel horror sentados en el banquillo, sin pronunciar una sola palabra de arrepentimiento, arrogantes y altivos.
V. C.— Pero ¿qué tuvo que ver mi padre con todo eso?
Victoria me acerca la bandeja con bombitas de Chantilly, yo me pongo dos en el plato mientras ella reflexiona la respuesta.
V. O.— Evidentemente nada; sin embargo, Castelau defendía que teníamos que ayudar al oficial alemán, al menos a su mujer y a sus hijos, decía que no podíamos repetir los métodos que ellos habían empleado, que era un riesgo pero que precisamente ahí estaba la diferencia entre ellos y nosotros. Quizá tuviera razón y yo no, con todo me negué, incluso intervino el arquitecto Grandi, que también era amigo de su padre, pero yo me negué.
V. C.— Ahí quería llegar, Victoria, ¿usted sabía que ellos formaban una especie de sociedad filantrópica?
La Ocampo asintió con la cabeza.
V. O.— ¿La Sociedad Transatlántica?
V. C.— Sí.
V. O.— Extraña sociedad. Me habló de ella Roberto Grandi que colaboró, no sé si sabe, con Bustillo, en el proyecto de mi casa de Buenos Aires, ¡qué lindo muchacho era Grandi!, ¡qué inteligente!, creo que ahora vive en Argentina, que volvió después de muchos años en Europa; precisamente él fue quien me puso al tanto de los transatlánticos. Yo, al principio, pensé que Grandi me estaba embromando, que en el fondo se burlaba de la forma de vida que llevábamos la gente de mi clase, que viajábamos en los mejores paquebotes internacionales, en los buques más lujosos, ciudades flotantes, con aires de superioridad, ya sabe, el argentino opulento que aplastaba con su poder y su dinero allá donde pisaba; pero recuerdo que Roberto Grandi me aseguró que no se trataba de una broma, en absoluto, sino que La Sociedad transatlántica era un grupo de presión intelectual con bastante actividad cuya consigna era, a ver si recuerdo, algo así como ¿el movimiento contrario?, ¿puede ser?
V. C.— Algo así: el movimiento inverso, el ¡ojo alerta!
V. O.— ¡Eso es!, el movimiento inverso, ahora recuerdo, una especie de breve manifiesto similar al de las vanguardias europeas, algo muy de la época, muy de los veinte y los treinta, entre futurismo, cubismo y surrealismo.
V. C.— Y usted, Victoria, ¿tuvo constancia de esa actividad?
V. O.— Si quiere que le diga, no, no tuve constancia. Le digo más, ni siquiera hoy sé quiénes pertenecían a dicha Sociedad.+6
V. C.— La integraban Roberto Grandi, el impresor Armando Brown y el cónsul Sweir.
V. O.— ¿Sweir?, ¿el cónsul alemán?
V. C.— Sí.
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V. O.— Ahora entiendo por qué su papá puso tanto énfasis en salvar al oficial nazi.
V. C.— Le advierto, Victoria, que según mis investigaciones, La Sociedad Transatlántica no era una sociedad secreta, ni se dedicaba al espionaje, ni nada por el estilo.
V. O.— No se ofenda, pero a su papá lo vi comprometido con Sweir. No quiero que me malinterprete, Castelau era un republicano honesto, intachable. Pero debe entender mi sorpresa, al enterarme, cuarenta años más tarde, que estaba asociado con Sweir, un tipo que nunca me gustó, ni él ni el régimen que representaba. Fíjese si no me gustaba que había borrado su nombre de mi cabeza.
V. C. —También estaban Grandi y Brown.
V. O.— Grandi, sí, un renacentista, uno de los mejores arquitectos argentinos: polémico, brillante, audaz. Conversar con él suponía dar saltos de gacela entre diversas disciplinas artísticas: literatura, arte, arquitectura, tenía unas capacidades extraordinarias. En cambio con Armando Brown tuve poca relación, aunque siempre excelente, era un profesional en su trabajo, amante de los libros, discreto y puntual. Para su información le diré que en la Imprenta Brown se imprimieron dos números consecutivos de la revista Sur, a mediados de los años treinta, y debo confesarle que Armando Brown se negó a cobrar su trabajo, como le estoy contando: Brown no nos cobró nada por imprimir aquel par de números.
V. C.— Quizá fuera una de las actividades ocultas de los transatlánticos. V. O.— Quizá, y si fue así, eso les honra, no cabe la menor duda, les honra y
les honrará a lo largo de mucho tiempo: gente como aquélla falta hoy día.
Victoria Ocampo falleció en San Isidro el veintisiete de enero de 1979.
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AL PIE DE LA TORRE DE LOS INGLESES
Tras la lectura, el desasosiego. Después de todo, nada: una catarata de nombres enumerados con celo y contención, los papeles de Vicente Castelau no aclaraban apenas nada, aunque sugerían cosas, describían situaciones, pura seducción de la palabra: traiciones desapercibidas, voluntades quebradas, danza y contradanza de fantasmas, un alud de fechas y datos, unos encabalgados sobre otros.
Guillermo vagaba por calle Maipú, vagaba y cavilaba, eran las tres de la tarde y creía hallarse en el centro de un infierno húmedo. Guillermo se dirigía a la cita con Claudia Sweir, a las tres y media al pie de la Torre de los Ingleses, indicaba la carta. Había avisado a Lidia, pero la hija del arquitecto Grandi le dijo que ella iría por su cuenta; Guillermo escuchó su voz rota, su malestar profundo, y no quiso saber nada, no quiso seguir indagando. A través del hilo telefónico Guillermo experimentó la conciencia terminal del tiempo, el tiempo pretendía aniquilarlo. La cuestión es que no debía conceder demasiado tiempo al tiempo, y Buenos Aires no sólo era el centro del tiempo argentino, sino también de un espacio simbólico inconmensurable que se extendía miles de kilómetros hacia el norte y otros tantos miles hacia el sur. El binomio espacio/tiempo jugueteaba con Guillermo Brown, que no estaba para juegos.
Nada ni nadie se movía por la calle Maipú, ni los escasos viandantes se movían, eran sólo espejismos de una calle incendiada, un kiosquero
—estoy acá desde las cinco de la mañana—, en fracción de segundos, sacó la mano de su búnker y le alargó La Nación, el matutino voluminoso, autosuficiente. Al cruzar la plaza General San Martín un sol en primer plano, fruto dorado de palmera, motivó un receso: Guillermo se sentó debajo de un palo cortado esperando que el árbol convirtiera su vacío en
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un tropel de claves, por eso necesitaba sombra. Guillermo descansó unos segundos, se levantó, anduvo otro tramo, se acercó al mirador de la plaza que le pareció un soberbio puente de mando, un teatro de operaciones, oteó la barranca arbolada y herbosa, el ligero y sutil descenso, el césped. Fue en ese instante cuando atisbó, a lo lejos, la Torre de los Ingleses, y justo enfrente la Estación del Retiro. Se fijó mejor y vio una figurita diminuta que reconoció como Lidia. La figurita volvió la cabeza, el cuerpo entero, como si hubiera percibido la mirada.
Se hicieron señas.
No se equivocaba Guillermo respecto al estado de ánimo de Lidia Grandi, su voz quebrada salía de un túnel de insomnio, catalepsia alterada por la sospecha y el miedo. La noche anterior no había pegado ojo. Presentía que alguien intentaría asesinar a Vicente Castelau. Su frase de despedida la dejó atónita: espero volver a verlos. Lidia palpó aquella frase, la sopesó, presenció una huida sincopada, se le representó un lienzo con imágenes conocidas. Y aquella mujer no frivolizaba, ni dramatizaba, sólo sentía. En la habitación del hotel la hija del arquitecto no tuvo problemas con el aire acondicionado. Devoró la crónica del profesor sin apenas sorpresas, al margen de la acumulación de datos, de las cosas ni dichas ni escritas y más que presentes sin decirse ni escribirse; devoró la crónica a pesar del asfixiante calor que exhalaban los abrigos de marta cibellina, las boquillas de ámbar, los poemas herméticos, las revoluciones, los golpes de estado y las gestas gloriosas de una Argentina inexistente.
Fue convenciéndose de que sus especulaciones se fundaban en algo más que en una simple venganza. Entonces la habitación empezó a darle vueltas y se incorporó con la humedad del estuario en las entrañas, empapada, pegajosa, se arrastró como una cobra con el rímel corrido, tuvo varios vómitos, imploró como si rezara y salió del baño más tranquila: en el último momento algo fallaría, pero ¿y si su intuición fallaba? A lo largo de los años había aprendido a resistir sus presagios, sus corazonadas, las acometidas inexplicables, y ella aguantaba. Lidia no imaginaba, ni hablaba con espíritus no cualificados, se limitaba a intuir, y su intuición, quirúrgica y letal, casi siempre daba en la diana.
Eso causaba sus caídas y recaídas. Por la mañana procuró recomponerse con la ayuda de sus milagrosos cosméticos, inútil, la situación se había agravado, cada diez minutos su cuerpo parecía escapársele a través de enérgicos tiritones de frío mientras en la pantalla
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del televisor una presentadora anunciaba cuarenta grados a la sombra y doscientos por ciento de humedad. Al segundo desplome rechazó la invitación telefónica de Guillermo, se metió en la cama y pidió que le subieran una sopa bien caliente, desde recepción no daban crédito:
—¿Bien caliente, señora?
—¿No me han oído?
Le trajeron la sopa humeante, se la bebió y se quedó dormida. Unas horas más tarde despertó y miró el reloj:
—Las dos y diez. Me da tiempo.
Esta vez se levantó con precaución, el espejo le devolvió a la realidad. Se encontraba repuesta, pisaba con firmeza el suelo, salvo una ligera taquicardia producto de su mortificante duda sobre el destino de Vicente Castelau. Después de todo llegaría la primera a la Torre de los Ingleses: el taxista, versión urbana de Fangio, llegó puntual a la cita, y su cliente detrás, demudada. Lidia comprobó que ninguno de los convocados se encontraba en la explanada de la Torre de los Ingleses, cuyo nombre se cambió tras el maldito conflicto con el Reino Unido por la soberanía de las Malvinas. Lidia leyó en una placa el nuevo nombre, Torre Monumental, y pensó que para ella aquella torre seguiría llamándose Torre de los Ingleses hasta que el mundo fuera reducido a pavesas, como la de los miles de pibes caídos a los que el pebetero rinde honores. Qué indignante.
De pronto Lidia se percató de que alguien le estaba lanzando una mirada como un dardo. La mirada partía de la plaza General San Martín, allá enfrente, y se clavaba con fuerza en su nuca. Volvió la cabeza y sintió el sol como una pared blanca, un minuto después atisbó la figurita de Guillermo Brown. Levantó sus dos brazos, hizo señas a Guillermo con cierta furia nerviosa, furia que no iba a remitir hasta que Vicente Castelau hiciera acto de presencia vivito y coleando. Guillermo alcanzó, por fin, la explanada. Le hubiera querido preguntar cómo se encontraba, pero no se atrevió, sólo le sonrió, no pronunció una sola palabra, no le salían las palabras, la voz no le acompañaba.
—Buenas tardes, soy Claudia Sweir.
Allí estaba, entre el sol y ellos. Guillermo y Lidia estrecharon la mano de aquella mujer mientras se asombraban del tamaño de sus ojos negros con espesas pestañas. En la carta que les había enviado, Claudia aseguraba que no tendrían problemas para reconocerla, y no mintió; si bien sus ojos eran dos lucernarios y poseía, además, un cuerpo espigado y atlético, una
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cicatriz facial, costurón de dos centímetros de ancho, partía de su oreja izquierda, cruzaba su mejilla, y terminaba en la comisura del labio superior; la cicatriz afectaba ligeramente el movimiento del labio superior, es decir, al hablar Claudia hacía una extraña mueca que disimulaba con media melena de pelo negro, brillante y lacio, que caía como un cortinaje sobre ese lado de su cara y camuflaba, en parte, aquel tic incontrolable. Por eso en la carta que les había enviado Claudia les prevenía: «Hay algo en mí que me antecede»; la nieta del cónsul estaba acostumbrada, se dejó estudiar un instante y sin ambages pasó página.
—¿Nos vamos?
A Lidia le dio una arcada pero sacó fuerzas:
—¿Y al profesor Castelau lo dejamos en ruta?
—Allá viene. —Claudia señaló a Castelau que venía al trote desde Ramos Mejía.
Lidia le miró como si mirara a un muerto, aunque logró controlarse:
nunca renunciaba, así como así, a sus premoniciones.
Castelau llegó jadeando y disculpándose:
—Perdonen, perdí el ómnibus de las dos y el siguiente llegó con retraso.
Lidia viró los ojos, pero aquella mímica cómplice no fue correspondida por Vicente Castelau.
—Imagino que sos Claudia Sweir.
—¿Cómo se encuentra profesor?
—Asado. —Y al estrecharle la mano—: ¿Y vos, qué tal?
Vicente y Claudia se saludaron como si se conocieran desde tiempos remotos y en realidad acababan de presentarse.
—¿Les parece que sigamos hablando en mi departamento?
Claudia hizo su ofrecimiento como una orden, Castelau miró para otro sitio, Guillermo se encogió de hombros, sin embargo, Lidia le preguntó:
—¿Y entonces por qué nos citaste acá?
—Bueno, pensé que los nuevos transatlánticos teníamos que conocernos al pie de esta torre, homenaje a la injerencia, y a la vez, homenaje a la resistencia, algo simbólico. No te preocupes, mi departamento está cerca, a menos de una cuadra, acá nomás, en Libertador.
—No se te ocurrió pensar en esta temperatura. —Lidia apretaba las tuercas.
—Un poco de calor nunca viene mal.
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Y sin más explicaciones Claudia empezó a caminar. Lidia no encajó muy bien la respuesta aunque imitó a Guillermo y a Castelau que la siguieron sin rechistar.
—Los nuevos transatlánticos —repetía el novelista con media sonrisa. Entablaron una conversación banal, monosilábica por ambas partes, hasta que Lidia abrió la puerta y les invitó a pasar a su apartamento de dos ambientes repleto de libros, papeles, revistas, recortes de periódicos y un ordenador. Era un décimo piso con vistas a la avenida Libertador y a los raíles carcomidos de la ferroviaria nacional: el destripado mecanismo lo completaba la bóveda metálica de la Estación del Retiro, que emergía a la izquierda, y una villa miseria, a la derecha, levantada del derribo y de la
desesperación.
Claudia nunca había practicado la cortesía, jamás la había necesitado. Hasta ese momento su existencia se había deslizado entre fenómenos naturales más o menos consecutivos y bastante abruptos. Para ella las buenas maneras eran vestigio de su pasado y un verdadero engorro. Aquella tarde había realizado un esfuerzo previo al quitar los libros del sofá para que sus invitados pudieran sentarse. El esfuerzo se duplicó cuando tuvo que ordenar el placard y como buena anfitriona ofrecer café, refrescos y cerveza, y después servirlos. Claudia detestaba algunas virtudes argentinas mundialmente conocidas, odiaba a sus sabelotodo compatriotas, a muchos de los cuales consideraba productivos de la improducción, profesionales de la retórica, hipócritas tendentes a la traición, argentinos fallidos con su envoltorio de caramelo usado. Sin duda exageraba. Exaltada pero inteligente, Claudia era candidata de honor a la catástrofe: en ella se había cebado más de uno y sin ir más lejos su cicatriz facial era el exponente de lo incómoda que podía llegar a ser, y lo valiente.
A Claudia le interesaba, más que nada, conocer la reacción de sus invitados, a los que ella había bautizado como los nuevos transatlánticos, por eso, sin esperar que se relajaran, se lanzó sin prolegómenos. Guillermo volvió a su media sonrisa cuando la anfitriona expuso su plan desde la little kitchener del apartamento transformada, de improviso, en un púlpito; mientras hablaba Claudia parecía un Savonarola femenino con el rostro marcado y la melenita de paje, mientras que su exhausto auditorio soportaba lo mejor que podía aquella filípica, cuatro de la tarde, avenida Libertador, diciembre húmedo en Buenos Aires, y para colmo con De la Rúa en la presidencia del gobierno.
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Los invitados se aferraban a sus copas heladas, mordían hielo.
El plan de Claudia era una prolongación de la carta que había enviado y a pesar de su trasnochado carácter programático, de su estilo de ukase imperial, el tono resultaba divertido, el ritmo era frenético, la situación, Dios nos perdone, hilarante. Claudia enumeró las causas por las que había convocado a ese grupo de notables (¡!), un análisis en toda regla.
El disparate estaba servido:
1— La historia argentina ha sido la representación de una jauría de perros devorándose unos a otros.
2— ¿Qué significa país emergente? Desde su lógica egoísta los países del Primer Mundo no son, ni han sido nunca, aliados fiables de los argentinos.
3— La oligarquía argentina ha sido comisionista y ha abierto la puerta al latrocinio internacional.
4— Argentina es una tierra esplendorosa sobre la que se han ensayado los peores experimentos.
En la coda final Claudia citó a Cortázar, qué le vas a hacer, ñato, cuando estás abajo todos te fajan, y a Ernesto Sabato, con los años, el pasado va aumentando de peso y la gravedad de la existencia parece desfondarse por ese costado.
Para terminar añadió:
—Si somos capaces de hacer autocrítica y dejar de considerar todo lo nuestro como perfecto, este país quizá salga adelante.
Entonces se hizo el silencio. Los nuevos transatlánticos se miraron y Castelau, algo excepcional en él, decidió romper el fuego.
—Bueno, Claudia, ¿y para enumerarles tu programa hiciste venir a estos señores desde España?
Claudia bajó del púlpito, salió de la little kitchener, se sentó en el suelo y dijo:
—Somos una referencia.
—¿Quiénes? —preguntó Lidia.
—La Sociedad Transatlántica.
—En cualquier caso fueron una referencia —Guillermo abandonó su mutismo aunque no su media sonrisa—, conjuguemos en pasado.
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Lidia apoyó al novelista:
—Pero ¿qué tiene que ver La Sociedad Transatlántica con tu discurso anterior?, y, mejor aún, ¿qué tenemos que ver nosotros con todo eso?
Claudia se puso de pie impulsada por un resorte:
—La Sociedad Transatlántica tuvo más influencia de la que nos imaginamos, ¿no es así, profesor?, influencia social y cultural; sus miembros crearon una forma de estar y de ser, defendieron altos ideales, mantuvieron una distinción moral insobornable durante años. Nosotros debemos estar a la altura de su legado, de su ejemplo, de su actitud ante determinadas situaciones. No somos sólo sus hijos o nietos, somos los herederos de su pensamiento y de su obra, por eso hablaba de los nuevos transatlánticos.
—¿Y qué? —Guillermo intentaba exprimir el mal genio de Claudia. No contó con que aquel furor idealista, aquella piel, aquella cicatriz, y aquel aliento, terminarían excitándolo. Guillermo sufrió una poderosa erección y se vio obligado a cruzar las piernas.
Claudia se acarició la cicatriz con el dedo índice y se dispuso a desgranar al milímetro un guión que tenía estudiado meses atrás:
—Yo les convoqué por carta y aquí están. Será por una malsana
curiosidad que puede llamarse búsqueda de raíces —dedicó su mirada a
Guillermo—, o puede tener una justificación ideológica —señaló a Castelau—, o estrictamente se trata de una cuestión sentimental, ¿no, Lidia?; yo les convoqué, y sin presionarles han venido hasta Buenos Aires, una simple invitación por escrito y acá están. Sé muy bien lo que esto significa.
Era tan apasionado su alegato que ni Lidia ni Guillermo ni Castelau osaron interrumpirla; parecía poseída por la verdad y su energía sobrepasaba cualquier límite. Sin embargo, a pesar de su incómoda erección, al novelista no le sentó nada bien esa manipulación de la nostalgia, qué sabía esa mujer del desarraigo, qué intentaba con aquella perorata, significando, señalando, etiquetando; a Guillermo le molestó que Claudia Sweir dispusiera de las palabras como si fueran inocentes estructuras autónomas, ¿acaso los había tomado por idiotas?
Se plantó con talante desabrido:
—Sí, Lidia y yo vivimos, como bien sabes, en el extranjero, en España, vivimos extrañados, y estamos de nuevo en Buenos Aires para formular algunas preguntas y encontrar sus correspondientes respuestas,
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preguntas y respuestas que son, sin duda, prioritarias para seguir hablando contigo.
—¿Y a qué esperás?
Guillermo fue al grano:
—Concretamente queremos conocer el paradero del diario de mi abuelo, en esto coincidimos Lidia y supongo que Vicente Castelau. Tengo la sospecha de que tiene que andar por ahí el manuscrito original, los seis tomos encuadernados en piel, que misteriosamente desaparecieron antes de mi salida del país. Si es posible desearía conocer a la persona que lo posee, y si es así me gustaría saber por qué, cómo y con qué fin adquirió o se apoderó de ese diario. En segundo lugar —a Guillermo le importó un comino romper la baraja—, me gustaría saber qué papel jugó tu abuelo, el cónsul Sweir, en La Sociedad Transatlántica. Hay, digámoslo de esta forma, algo misterioso, oscuro y perdóname si te molesta, algo abyecto, en torno a tu abuelo, ¿por qué el resto de los transatlánticos lo despreciaron?
Guillermo respiró hondo y concluyó:
—Con respecto a tus apreciaciones políticas, estoy de acuerdo, pero creo que este país no se está hundiendo, este país se hundió hace más de cincuenta años. Por muy transatlánticos que seamos ¿qué podemos hacer nosotros?
Claudia oyó a Guillermo sin inmutarse y sin inmutarse planteó su réplica:
—Imaginé que iban a sacar a relucir estas porquerías, aunque para serles sincera, no pensé que iban a plantearlas en la primera reunión.
Guillermo soltó una carcajada mientras Claudia, más seria que nunca, encendía un cigarrillo y continuaba:
—No voy a negarles que poseo datos que pueden saciar su curiosidad, pero estoy convencida de que éste no es el momento de darlos. Les pido un voto de confianza, les pido que atiendan mi razonamiento y después pasamos a hablar del diario del impresor Brown, de la supuesta traición de mi abuelo y de otras cuestiones que desconocen y a lo mejor se quedan petrificados cuando puedan valorarlas.
Aplastó con fuerza el pucho en el cenicero y después abrió una libreta negra (Lidia presintió el celo demagógico de la Sweir, su negación de la otredad) y comenzó a hablar escogiendo las palabras con pinzas, parecía diseccionarlas.
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—Por favor, olvídense de tanta infamia. Les juro que más adelante contestaré a sus preguntas. Nuestro pasado familiar está repleto de incógnitas, lo importante es que los transatlánticos nos trasmitieron una enseñanza que a pesar de dictarse desde la oscuridad fue superior a sus errores tácticos.
Claudia, automáticamente, encendió otro cigarrillo:
—Entiendo que ustedes tengan una memoria selectiva, pero deben saber que se hicieron cosas impensables; por ejemplo, el impresor Brown arriesgó su pecunio y su seguridad imprimiendo, durante años y años, cuanto manifiesto y revista vanguardista se le pusiera por delante; en el caso de tu papá, Lidia, qué voy a decirte: en el mítico taller de arquitectura que dirigió, bajo el estímulo del Instituto Di Tella, se inscribieron más de trescientos alumnos que eran en ese momento la joya intelectual de Argentina; del profesor Castelau, para qué hablar, todas son alabanzas de su magisterio, de su coherencia, de su honestidad, incluso de mi abuelo el cónsul, demonizado a diestro y siniestro, ¿no les contaron que se pasó media vida sacando gente de la cárcel sin importarle su color ideológico?
De pronto Claudia Sweir cesó de hablar: su encendido discurso palideció, su mente pareció jugarle una mala pasada, la utopía social se quedó en blanco; entonces se incorporó, abrió la heladera y se llevó a la boca un sifón de soda del que succionó varias veces, después, cerró la puerta con fuerza y volvió a reunirse con sus invitados. Lidia advirtió la disfunción:
—¿Te encuentras bien?
—Perfectamente, ¿por qué?
—No sé, me había parecido…
La temperatura ascendía en el departamento de Claudia Sweir, los nuevos transatlánticos parecían desmayarse a plazos: Vicente Castelau secaba con un pañuelo su frente empapada, Lidia entraba y salía del túnel, Guillermo, confuso y algo abatido, soportaba como podía el particular Everest de su entrepierna. Claudia activó otro ventilador, uno de pie, que transportó del baño al salón, viajó por quinta o sexta vez al frigorífico y sacó dos porrones de cerveza, colocó cuatro vasos sobre la mesa y destapó las botellas:
—Sírvanse, están heladas.
Bebieron. Claudia retomó su plan del principio, su documento base era la carta de invitación que les había enviado, pero ella expuso su teoría: se
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trataba de hacer realidad una aspiración tan antigua como la redistribución de la riqueza, de los ingresos, un sistema de corrección modélico y puntual, se trataba de crear un fondo asistencial independiente, una cuenta bancaria abierta a donaciones de particulares y de empresas, un fondo activo y controlado que revertiría en las zonas más empobrecidas del país.
—No es caridad, cuidado, no se confundan.
El plan de Claudia residía en la esperanza de que, con el tiempo, algunos oligopolios que operaban en Argentina destinaran un tanto por ciento de sus beneficios a dicho fondo asistencial. Si al principio se nutriría de donaciones particulares, Claudia proponía que con aquel ejemplo se lograría grabar un canon a todas y cada una de las operaciones comerciales que se realizaran en territorio argentino, una delicada y sutil plusvalía para paliar el cada vez mayor empobrecimiento nacional. El planteamiento de la Sweir en absoluto era novedoso, mezclaba los primitivos falansterios de Fourier, los crepúsculos idílico-fabianos de William Morris y el programa electoral de José Vasconcelos en el México lindo de los años treinta; su aspiración tampoco distaba demasiado, a no ser por la improvisación y el personalismo, de los manifiestos programáticos que hoy día mantienen los movimientos ciudadanos contrarios a la integración económica supranacional que empobrece aún más a los más pobres y enriquece aún más a los más ricos. En Argentina, la primera legislatura de Yrigoyen, Lisandro de la Torre y el ex presidente Arturo filia podían considerarse sus modelos.
—Porque el mundo no es una mercancía ni la humanidad un recurso.
—Finalizó con contundencia Claudia Sweir.
Cuando Castelau oyó la máxima final rompió el mutismo del que había hecho gala al principio:
—Mirá, Claudia, entiendo tu propuesta, pero en concreto qué querés que hagamos nosotros.
La ironía de Lidia saltó por sus vértices:
—Sí, qué hacemos. Nos anunciamos en el periódico: «Los herederos de la prestigiosa y secretísima Sociedad Transatlántica le invitan a ustedes, millonarios, a ingresar veinte millones de dólares de sus beneficios brutos a favor de los desheredados: Dios y su conciencia se los agradecerán. ¡Anímense e ingresen sus beneficios en el banco de Boston, número de cuenta tal y tal!, ¡ah!, y no nos pidan justificantes».
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A Claudia Sweir no le gustó nada la broma y contestó fríamente, como si ensayara una alocución ante un auditorio vacío:
—No hay que anunciarse en ningún sitio, no hay que invitar a nadie a perder dinero, sólo hay que aprovechar la oportunidad y dar ejemplo.
—¿Y cuál es, si puede saberse, esa oportunidad y ese ejemplo?
—Guillermo hiló dificultosamente la pregunta mientras seguía intentando mitigar la erección de su entrepierna.
—No sé si están al corriente, no sé si saben a qué me dedico, cuál es mi puesto de trabajo y, sobre todo, no sé si saben las relaciones que cultivo gracias a mi puesto de trabajo.
Guillermo, Lidia y Vicente negaron con la cabeza.
—Soy responsable del departamento de contabilidad de una de las empresas más importantes de productos cárnicos de este país, la M. F. T. Mataderos y Frigoríficos Trepper; no sé si han oído hablar de la familia Trepper, una de las más influyentes de este país; pues bien, aparte de ser su asalariada, soy íntima amiga de los propietarios, de Bibiana Trepper, presidenta de la empresa, y de su hijo Julio, con quien mantengo, especialmente, una relación que trasciende la amistad, es decir, somos compañeros, novios, amantes, como les convenga.
Claudia apoyó su brazo izquierdo en la pared y quedó en escorzo:
—Bibiana Trepper enviudó hace unos años y no ha vuelto a contraer matrimonio. Bibiana viaja continuamente, le apasiona la literatura y el arte de la vanguardia histórica; precisamente como porteña culta y adinerada, posee una significada colección de arte argentino de las décadas veinte, treinta y cuarenta: Emilio Pettoruti, Xul Solar, Berni, Spilimbergo, Hlito, incluso algo excepcional: una maravillosa pieza de Lucio Fontana. Como ven, nada de instalaciones, ni últimos experimentos, cosas raras, como ella los llama, arte famélico. Ella elige obras contrastadas, únicas. Aparte de esto, es una mujer discreta, nada ambiciosa, le repelen las cámaras de televisión, los chimentos, los cotilleos, y por su forma de ser, abierta y decidida, es popular tanto en el matadero como en los frigoríficos: sus mejores amigos son los líderes sindicales.
Vicente Castelau activó su memoria y acotó:
—Hace unos meses leí un artículo acerca de Bibiana Trepper. En las últimas elecciones apoyó al bloque progresista. La verdad es que dada su posición social me chocó que optara por la fórmula del centroizquierda.
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—Sí, hizo campaña a favor de la Alianza para el Progreso, y es que, a su manera, está sensibilizada con los problemas ajenos, le preocupa el bienestar de los demás. Conmigo ha sido espléndida, regia, cuando se enteró de mi relación con su hijo Julio, y sin conocer apenas nada de mí ni de mi origen familiar, abrió de par en par las puertas de su casa, me enseñó su colección de arte, en fin, me aceptó.
Al decir «me aceptó», Claudia volvió a rozar con su dedo índice el rastro profundo de su cicatriz facial. Fue un movimiento imperceptible para todos excepto para Guillermo, que observaba al milímetro sus movimientos. Desde hacía un buen rato Guillermo flotaba entre sentimientos contradictorios: vencida la erección otras cuestiones inflamaban su flequillo pelirrojo. No daba crédito a cuanto escuchaba, para él ficción y realidad se solapaban en aquella historia inaudita. Ni el narrador más avezado hubiera podido idear aquella historia laberíntica, sucesos que daban lugar a otros sucesos, la trama se complicaba asfixiando, una a una, las posibilidades de salida.
Compromiso político y ciencia-ficción. Claudia Sweir no sólo se negaba a responder a las preguntas que le habían planteado, sino que derivaba a unos absurdos objetivos, a una quimérica acción social, y además, encadenaba sin pudor, palabras y palabras, cuando él, pobre hombre, procuraba día a día trasladarlas al papel sin que brotara demasiada sangre, hacerlas creíbles. Y ella malgastándolas.
Pero la excitación volvió a su entrepierna cuanto más alargaba Claudia los capítulos de aquel culebrón fantástico:
—Bibiana y yo confiamos mutuamente la una en la otra. A Bibiana le gusta hablar con personas que están fuera de su mundo. Un día, sin tenerlo planeado, le conté que mi abuelo había pertenecido a una especie de sociedad de ilustrados llamada La Sociedad Transatlántica; en realidad le conté casi todo lo que yo sabía de los transatlánticos, su febril actividad en las décadas doradas, el destino de cada uno de sus componentes, el periplo de sus herederos, todo lo poco que sabía, todo lo que se quebró y perdió, entonces, no se lo van a creer, Bibiana se obsesionó con la historia; su hijo Julio, por supuesto, influyó en que se fuera animando; ¿saben?, tengo ganas de que conozcan a Julito, ahora se encuentra en Piriápolis, cerca de Punta del Este, pero regresa mañana; él también tiene ganas de conocerlos, sobre todo a vos, Guillermo.
—¿Y por qué a mí?
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—Porque Julio escribe.
—Qué bien.
A causa del shock matinal Lidia se encontraba cansada e incómoda y deseaba que concluyera aquel galimatías babélico para poder marcharse al hotel, dar por concluido un asunto tan surrealista y tomar el primer avión con destino a Barcelona: ya estaba echando de menos a su hijo. Lidia quería acortar etapas:
—¿Y la oportunidad de la que hablabas?
—Primero quiero decirles —prosiguió Claudia Sweir— que le mentí a Bibiana y también les mentí a ustedes.
—¡Por fin dijiste la verdad! —Lidia se disculpó de inmediato—. ¿Me das un cigarrillo, por favor?
—Cómo no. —Claudia le alcanzó el atado de cigarrillos, encendió uno y con un manotazo giró hacia otra dirección el ventilador de pie para que refrescara el ambiente. Lidia interpretó que aquellos ademanes duros, viriles, eran forzados.
—Le mentí a Bibiana —continuó Claudia—, le dije que en este mes ustedes tenían pensado reunirse en Buenos Aires y que me habían invitado a la reunión como nieta del cónsul Sweir. También les mentí a ustedes al no informarles sobre esta situación en mi carta, pero pensé que para conseguir que vinieran, ante todo debía tocarles el corazón, hacerles razonar con la boca del estómago, más que con la cabeza.
—No entiendo nada. —Lidia se dejó ir.
—Está claro. —Guillermo intuía las intenciones de la anfitriona.
—Si lo tenés tan claro, seguí vos. —Claudia se cruzó de brazos.
—No, por favor, continúa.
—Bueno, aunque tampoco se lo crean, Bibiana me telefoneó hace más o menos dos semanas, estaba bastante excitada, me dijo que cuando llegaran a Buenos Aires quería concertar una entrevista con ustedes, que deseaba conocerlos personalmente, a todos juntos, no quiere entrevistarse solamente con el profesor Castelau, quiere verlos a todos juntos. También me dijo que planea invitarlos a comer, el día que ustedes fijen, ella pasa, como tiene costumbre, toda la Navidad en su casa de El Tigre.
—¿Y te manda a vos de mensajera? —preguntó Castelau instaurando un filtro exclusivo de sospecha, de simulación.
—Más o menos.
Nadie dijo nada, ninguno se miraba. Claudia siguió hablando:
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—A mí me gustaría que conocieran a Bibiana Trepper. De alguna manera ella se siente identificada con el espíritu de nuestros antepasados los transatlánticos, para ella la historia transatlántica se ha transformado en un refugio, en un mito, en una posibilidad real, una de las razones para seguir creyendo en este país. Además, Bibiana necesita opiniones e influencias externas para desprenderse de sus miedos, para saciar, digamos, su ansia filantrópica, porque no sé si les dije que pretende desprenderse de una parte de su colección de arte.
—¡Acabáramos! —exclamó Guillermo.
—Tengo que confesarles que Julito y yo contagiamos a Bibiana nuestra idea del fondo asistencial, de lo que podía suponer que alguien con tanta influencia diera un primer paso desprendiéndose de algo tan íntimo y de tanto valor, no sólo económico, sino sentimental, eso se convertiría en un prototipo a seguir para las clases acomodadas de nuestro país, e incluso, quién sabe, un ejemplo que se imitaría en otros países latinoamericanos.
—Ya comprendo —Lidia avanzó sin tregua—, quieren organizar una donación o una subasta de la colección de arte propiedad de Bibiana Trepper para sufragar el fondo asistencial.
—Una subasta —corrigió Claudia—, y no de la colección completa, sino de una parte sustanciosa; Bibiana está dispuesta a que todos los beneficios que se generen reviertan en el fondo.
—¿Y está plenamente convencida del paso que va a dar? Una
colección, dicen, es una vida paralela. —Castelau dudaba.
—Absolutamente convencida.
—Pues yo creo que no lo está y para que se convenza tú nos necesitas a nosotros, necesitas a los nuevos transatlánticos, como nos bautizaste.
—Guillermo se plantó—. Nos necesitas como referencia arcádica, utilizando tus propias palabras, como avales, necesitas la fantasmagoría transatlántica para que Bibiana se sienta segura y no desconfíe. Y, la verdad sea dicha, veo lógico que desconfíe, yo también desconfiaría, porque a ver quién va a gestionar, controlar y administrar las partidas que nutrirán ese fondo y, sobre todo, en qué acciones sociales va a emplearse el dinero recaudado.
Claudia miró fijamente a Guillermo Brown, lo miró como una androide espacial suele mirar a los humanos en una película de serie B, con la fría seguridad de que, aunque se estaba quejando, lo tenía en su poder lo asedió con los ojos, lo petrificó, después lo fue humillando en
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etapas mínimas, fugaces. Guillermo notó que sus palabras se iban convirtiendo en humo.
Lidia intervino conciliadora:
—No soy una experta en estos temas, pero si se trata de subastar una colección de arte y buscar publicidad del hecho, ¿por qué no se deposita la colección en una casa de subastas internacional?, no sé, se me ocurren las más famosas, Christie’s o Sotheby’s, y que ellos se encarguen, ¿no?; lo que estoy diciendo no está reñido con que nos entrevistemos, almorcemos, cenemos, tomemos un café, o lo que se disponga, con Bibiana Trepper. Estoy deseando conocerla.
—En cuanto sea posible —apostilló el profesor Vicente Castelau— concertamos una entrevista con la señora Trepper.
Guillermo mantuvo sus labios sellados, Claudia también, entonces Lidia aprovechó el momento para levantarse, lo mismo hizo Castelau.
—¿Se van cuando empieza el baile? —Claudia ensayó la simpatía gaucha.
—Al menos yo me voy. —Lidia, agotada, fue determinante.
—Y yo. —La voz del profesor simulaba un eco.
Guillermo no movió un músculo: se mantenía paralizado y a merced de su contradictoria atracción.
Se despedían.
—Hasta luego. —Confirmó el novelista.
—¿Te quedás? —Castelau sorprendido.
Guillermo asintió con la cabeza.
En la avenida Libertador soplaba la ponzoñosa brisa del estuario. Lidia detuvo el primer taxi, le dolía la cabeza y estaba confusa; sin embargo, antes de subirse al automóvil se le ocurrió repentinamente prevenir al profesor acerca del peligro que le acechaba, pero no lo hizo.
Lidia palpó la ciénaga y, sin dudarlo, desistió.
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ESCENAS CAÓTICAS EN LA BIELA
Un compás sincopado de malambo marca la velocidad de un automóvil que circula por la Costanera; hay algo antediluviano en ese Rambler del 66, algo sórdido en su búsqueda aniquiladora. El Rambler avanza lentamente escrutando los márgenes con sus luces largas, parece extraviado a lo largo de la infinita circunvalación, en algunos tramos reducida a muro insoslayable, a extensión de cemento, a pérdida y a olvido. De pronto se detiene en seco: tiene su objetivo al alcance. Antes que nada el conductor se cerciora con técnica maleva, dos de la madrugada, sin testigos, de vez en cuando, huyendo de sí mismo, pasa algún automóvil; a lo lejos sólo se escucha el sonido renqueante de un desvencijado convoy de la ferroviaria nacional. Ya no hay dagas que brillen en la noche, desde hace algunas décadas un mecanismo frío, magnético, autóctono, modernizó la faz del crimen en Buenos Aires. Doble repique de boleadoras: el Rambler ajusta la distancia, da marcha atrás, vuelve a detenerse, espera. Al llegar a ese punto la víctima se ha convertido en el títere de un mandato superior, no tiene más remedio que cruzar la calle, no tiene opción ni escapatoria, cruzará.
Mientras tanto el asesino aguarda. El Rambler arranca de nuevo, acelera, invade unos metros el sentido contrario con el objeto de abortar cualquier intento de fuga; aumenta aún más la velocidad, no brotará una brizna de sangre, propinará a la víctima un solo golpe, un golpe seco, certero, absoluto. No sufrirá.
Pero, dicen, la suerte es infinita e ignotas las razones de la supervivencia: el títere romperá los hilos y arrojará sobre el tablero de su muerte los dados de la vida. Se mantendrá impertérrito, se escudará en dos prórrogas sucesivas, aplicará con exactitud sus reflejos. Un ligero
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requiebro y el Rambler le rebasa a menos de un metro: ni siquiera lo roza. Por lo menos se ha cumplido una parte de la acción: no ha brotado la sangre.
Vicente Castelau reanudó su marcha como si nada hubiera ocurrido aunque sabe que ha vuelto a nacer. Cabizbajo, después, se pierde entre las sombras.
El intento de atropellar al profesor Castelau no se reprodujo en la mente de Lidia Grandi hasta veinticuatro horas más tarde. Si aquella terrible premonición se alzaba en su cabeza desde días atrás, las imágenes del atentado se le aparecieron en diferido y fueron causa de una escena embarazosa, la mañana siguiente, cuando disfrutaba de un aperitivo en La Biela; Lidia saboreaba uno de sus dry martini, un poco resentida con Guillermo que no se había dignado a emitir una señal, ni una mísera llamada, ni un recado en el hotel: quince horas sin tener noticias, quince horas en manos de Claudia Sweir.
Lidia consideraba que no debía quejarse. Disfrutaba con el lujo glacial que a veces ofrece una copa, paz rebosante con hielo, y ya había decidido organizar su agenda sin contar con el novelista; tampoco había querido molestar a Vicente Castelau, aunque no pudo ocultar su alegría cuando el profesor la telefoneó al Continental para concertar una cita. ¿Qué noticias traería? Y allí estaba Lidia, en La Biela, saboreando un dry junto al espectro del escritor Adolfo Bioy Casares, asiduo de aquella cafetería tanto en la vida como en la muerte. Lidia siente que el Bioy fantasma es un dandi metafísico alejado del canon, igual de seductor, pero muy lejos del canon, en todo caso, reflejo polar de su imagen canónica: suelto, parlanchín, escéptico con la literatura realista pero también con la literatura fantástica, nada de Borges, nada de mujeres, nada de política.
Proyectado, para siempre, al infinito.
La portentosa inventiva de Lidia recrea una charla ficticia con el espectro cansado de Bioy Casares, ella también le cuenta cosas, andrajos de la memoria, le cuenta que sus hermanastros la llaman bastarda, que la odian como odian al resto de la humanidad. Ahora, cree, sus hermanastros tienen problemas con la justicia, problemas bien merecidos.
Pero, de repente, sin previo aviso, Lidia descendió más allá del Sur, la paz con hielo se derritió, su mente sobrevoló una avenida, intuyó un aplastamiento, se dejó ir, se le pusieron los ojos en blanco, se echó hacia atrás, rígida. Acto seguido fue expulsada violentamente hacia delante bajo
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el efecto de un colapso. La convulsión nerviosa no cejó ahí. Al
incorporarse expelió uno de sus vómitos de isogrifo —monstruo de desagüe, badajo fértil—, el vómito salpicó a una pareja de patricios coetáneos de La Sociedad Transatlántica, época fundacional, domicilio: Museo de Cera. Los ancianos habían salido a tomar el fresco aburridos de exponerse en sus vitrinas, los pobres, no sabían que con Lidia llegaba el escándalo. Cuando Vicente Castelau se acercaba a su cita el espectro de Adolfo Bioy Casares se retiraba, «señorita, repórtese»; el profesor observó un revuelo en torno a una de las mesas de la terraza, sin dudarlo se acercó y al ver a Lidia rompió el cerco.
Un caballero la incriminaba mientras ella se defendía:
—¿Qué quiere que haga si me descompuse?
Y al reconocer al profesor:
—Vicente, ¡por fin!, tuve un desmayo.
Uno de los ancianos con las solapas de su traje celeste manchadas de dry martini se volvió con parsimonia, se acercó a Vicente y le dijo:
—Sí, así es, su señora se descompuso y nos regó a todos los de alrededor.
—¡Cuánto lo lamento!
—Nosotros también. Yo no sé si esto lo arreglan en la tintorería.
—Corre de mi cuenta. —Lidia se estaba hartando.
—Señora, no lo estropee con impertinencias —contestó el anciano, ofendido.
—No se preocupe, es una manchita que pasa desapercibida, casi no se
ve —terció Castelau—, esa mancha desaparece, se lo aseguro. —¿Es tintorero?
—No, no, soy profesor de literatura, pero le aseguro que en la tintorería le dejan el traje a cero kilómetro.
—Más vale —repuso el octogenario.
Y antes de regresar a su asiento aquel anciano asió al profesor del brazo y le hizo una confidencia:
—Le recomiendo vayan a visitar a un sacerdote.
—Un sacerdote, ¿para qué?
—Sí, hágame caso, llévela ante un sacerdote: deben exorcizarla. Conozco los síntomas, su señora está poseída por el diablo, si usted viera los brincos que daba, y el par de cabezazos en la mesa, ¡espectacular!,
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tuvimos que intervenir, tranquilizarla, al volver en sí no nos quiso explicar nada, al contrario, se puso muy agresiva.
Castelau zanjó el asunto:
—Descuide, voy a tener en cuenta su consejo, muchas gracias.
Al volver a la mesa Lidia le preguntó qué le había dicho el prócer:
—Dice que te pusiste muy agresiva, que no les quisiste explicar nada.
—¿Y qué tenía que explicarles?
—No sé. —El profesor abrió los ojos.
—¿Y qué más dijo?
—Me dijo que estás poseída por el diablo, que él conoce los síntomas, me recomendó que te hiciera exorcizar por un sacerdote.
Se miraron con cara de asombro y estallaron en una risa nerviosa: reían como posesos, irrefrenablemente. El camarero que atendía la terraza se acercó por si se reproducían los disturbios, y ellos, procurando contener la risa, hicieron otra comanda. El profesor seguía riéndose cuando a Lidia ya se le había descolgado la sonrisa:
—Vicente —le preguntó—, ¿por qué no me has contado lo que te ocurrió anoche?
—¿Anoche?, nada especial.
—¿Nada especial? ¿No es especial que intentaran atropellarte?
—¡No puede ser!, ¿y cómo lo sabés?
—Cómo lo sé es lo de menos, son intuiciones, poseo un don especial, mis suspicacias cobran vida, se escenifican, se proyectan dentro de mi cabeza, en blanco y negro y sin sonido, como en una película de Gloria Swanson. En mis videncias no interviene agente sobrenatural alguno, se basan en hechos concretos, y para que no creas que estoy desequilibrada te diré que en estas visiones tampoco hay nada mágico, perverso o demoníaco, como mantiene nuestro amigo de la mesa de al lado.
—¿Estás segura de que no fuiste vos la que trató de matarme? —Hablo en serio.
—¿Hablás en serio?, entonces yo también voy a hablar en serio: sí, anoche, en Costanera Norte intentaron dejarme hecho fiambre; era un auto anticuado, un modelo de los años sesenta, o principios de los setenta, un Torino o quizá un Rambler, color verde claro, del color me acuerdo, también recuerdo que tenía la puerta del conductor despintada o pintada de otro color. Lo vi desde lejos, me iluminaba con sus faros y hacía maniobras raras. Decidí cruzar la circunvalación a paso lento y cuando lo
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estaba haciendo el auto arrancó, aceleró y vino hacia mí a la velocidad de la luz. No me explico cómo pude esquivarlo.
—¿Identificaste al conductor?
—No, pasó muy rápido, el ángel de la muerte pasó en un suspiro. Lidia aceleró como el Rambler y aprovechó para despejar otra
sospecha:
—Vicente, sigue habiendo cosas que no son ciertas, elementos de esta historia que no encajan, nos has mentido.
—¿Te referís a Claudia, nocierto?
—Efectivamente, ¿por qué nos dijiste a Guillermo y a mí que no conocías a Claudia, que no la habías visto en tu vida?
—Tiene razón el tipo de al lado: sos una bruja.
—No, no, aquí no interviene mi intuición, mis visiones ni mis corazonadas, esto es pura matemática, ¿cómo no se iban a conocer viviendo los dos en Buenos Aires y teniendo en común los fantasmas de La Sociedad Transatlántica?
—En realidad te adelantaste, precisamente te quería contar todo esto, era la causa de nuestra cita. Claudia y yo nos vimos por primera vez hace unos seis meses. Me visitó en la universidad, se presentó en mi despacho como la nieta del cónsul Sweir, me quedé helado, yo no tenía constancia de que el cónsul tuviera una nieta; como sabés, habíamos perdido su rastro; yo creía que toda la familia Sweir se había establecido en Santiago de Chile y chau; por supuesto me interesó, pensé, bueno, no pierdo nada si me tomo un café con esta chica. La verdad es que Claudia me sorprendió, no sólo por su aspecto físico, ya viste la cicatriz y esos ojos increíbles, sino porque me dijo que había leído mis ensayos sobre Victoria y Silvina Ocampo, las dos Noras, Girondo, Pettoruti, etcétera, la verdad es que se mostró bastante versada en aquella época de la cultura argentina, conocía las publicaciones, incluso, recuerdo, sacó a colación a Aldo Pellegrini y la revista Qué, lo que me impresionó. En esa ocasión no hablamos de los transatlánticos, yo no saqué el tema, no me atreví aunque me moría de ganas de hacerlo, esperaba que Claudia diera el primer paso, pero no lo dio y nos despedimos sin hablar de La Sociedad Transatlántica.
—¿Y eso es todo?
—Lidia, piano, parecés un secreta. En total la vi tres veces.
Vicente Castelau deglutió un trozo de pizza que mantenía con dificultad en su mano derecha y continuó:
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—La segunda vez que nos vimos fue, aproximadamente, hace dos meses, en una muestra de Rogelio Polesello en el Bellas Artes. Claudia iba acompañada por un muchacho rubio, buen mozo, que después de lo que nos contó la otra tarde en su departamento, podía tratarse del hijo de Bibiana Trepper, ¿cómo dijo que se llamaba?
—Julio.
—Justo, Julio Trepper. En el Bellas Artes apenas hablamos. Claudia me saludó y aprovechó para decirme que tenía pensado telefonearme para concertar otra cita, esta vez sí hablamos, bueno, habló ella, de La Sociedad Transatlántica, que tenía datos reveladores sobre la participación de su abuelo el cónsul en la Sociedad, y quería, me dijo textualmente, limpiar de mierda el nombre de su abuelo; como comprenderás, me quedé intrigado. Aquellos meses yo estaba investigando de nuevo el mundo transatlántico, atando cabos sueltos, redactaba el trabajo cuyo resumen les entregué anteayer.
—¿Y no se te ocurrió que Claudia podía conocer el paradero del diario del editor Brown, que incluso lo tuviera ella misma, o que manejara documentación inédita del asunto?
—Por supuesto; pasé unos días intranquilo hasta que se produjo su llamada telefónica, me preocupaba que todos esos supuestos datos que decía manejar pudieran cambiar el curso de mi investigación sobre La Sociedad Transatlántica.
—Eso se llama deformación profesional.
—La cuestión es que esta vez Claudia tampoco descubrió sus comodines; no quiso o no pudo descubrirlos porque a lo mejor no existían, no existen. Lo que sí me sugirió fue que el diario del impresor Brown quizá se hallara en Buenos Aires, y en buenas manos, que inmediatamente interpreté debían ser las de un librero antiguo; también reivindicó a su abuelo el cónsul, toda la cantinela que escucharon la otra tarde, de que si se pasó la vida sacando a gente de la cárcel, pero ni un documento, ni una fecha, ni un motivo cierto sobre su desaparición en Santiago de Chile, ni siquiera me aclaró si el cónsul vivió y murió en Santiago con un nombre falso, nada.
—¿Y por qué nos ocultaste que la conocías?
—Para no causarles mala impresión.
—¿A nosotros?
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—Sí. La tarde en que se produjo el encuentro entre Claudia y yo, ella me entregó una carta similar a la que les había enviado a ustedes a España; me llevé una sorpresa cuando me comunicó las fechas en que tanto Guillermo como vos tenían planeado llegar a Buenos Aires. Unos días más tarde recibí tu llamada desde Barcelona e inmediatamente quise conocerte, conocerlos, para ponerlos al corriente de mis investigaciones sobre La Sociedad Transatlántica. Pensé que sería mejor que ante ustedes Claudia y yo simuláramos que no nos habíamos visto, que no nos conocíamos, se me ocurrió que si nos relacionaban podrían confundirnos: una camandulera y un farsante se ponen de acuerdo, etcétera. Yo se lo dije a Claudia, y accedió a representar la comedia.
—Interpretaron muy bien sus papeles.
Hubo un silencio que Lidia aprovechó para continuar preguntando:
—¿Y entonces quién le facilitó, o mejor dicho, cómo se las arregló
Claudia para conseguir nuestras direcciones en España?
—Yo, desde luego, no le facilité ninguna dirección precisamente porque no las tenía, ni las tengo. Ya les dije, y te repito, que no soy detective privado sino investigador histórico.
—Todo esto suena a disparate.
Al profesor no le sentó bien la frase de Lidia. No le gustó ni el tono ni la autosuficiencia. El hombre ultrajado se sobrepuso al consumido por la miseria del día a día. Y decidió no contestar. Permanecieron en silencio unos minutos: un grupo de adolescentes pasó con aire vencido, venían de algún club particular con piscina, caminaban medio derrengados, se echaban el pelo hacia atrás con gestos lánguidos, tenían los ojos colorados a causa del cloro y el sol de frente, parecían muertos de cansancio: el cansancio acuático de los hijos de la clase alta porteña. Mientras tanto Lidia cavilaba sobre lo acertado o no de su última frase. Aunque lo que acababa de oír seguía pareciéndole un disparate, intuía la existencia sin futuro del profesor, lo imaginaba de ómnibus en ómnibus para llegar a tiempo a las clases particulares, de un sitio para otro en aquella ciudad que a veces, demasiadas veces, se ponía cruel y caprichosa, y todo para ayudar a sus dos hijas mal casadas, y para pagar el tratamiento psiquiátrico de su mujer con brotes esquizoides. Lidia observó la indumentaria de Vicente Castelau: chaqueta raída, camisa empapada, y el corazón a punto de estallarle, sólo por cuatro pesos, un prestigioso profesor de la Universidad de Buenos Aires tirado en la calle por cuatro pesos, la vida por cuatro
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pesos, vida de sumidero por no prevaricar a tiempo, por mantenerse al margen, como su padre, gallego honesto con la cabeza alta, republicano de los que ya no existían, ni existen, republicano ético, intelectual.
Lidia rozó el alma del profesor Castelau y le vio asido al pasado utópico de La Sociedad Transatlántica, quizá lo único que le quedaba para no tirar la toalla, tímido rayo de luz en el cuarto oscuro y mal ventilado de su memoria. Había estado un poco agria y ahora estaba aturdida.
Vicente Castelau pidió la cuenta y mientras pagaba:
—No podré verlos en unos días. Este fin de semana voy a Funes, a casa de una de mis hijas. Cuando vuelva combinamos.
Pero antes de irse el profesor sentenció:
—Tengo la sensación asfixiante de que en esta historia nadie está diciendo la verdad, la verdad al cien por cien me refiero; por supuesto, no creo que estemos mintiendo sistemáticamente, pero hay claroscuros, indefiniciones, qué sé yo: no estamos llamando las cosas por su nombre. Sólo quería que te quedara claro que no soy un mentiroso, no lo fui nunca, no lo voy a ser ahora; si les oculté que conocía a Claudia fue para no embrollar aún más las cosas.
—Y al final se embrolló el doble —dijo Lidia.
Castelau asintió pero saltó al vacío con una mueca espeluznante:
—Y respecto a quién y por qué intentaron atropellarme, atropellar a un tipo como yo, más pobre que una rata, no tengo la menor idea, te lo juro, no lo sé; a lo mejor se trató de un psicópata o de un accidente fortuito, quién sabe, o a lo mejor alguien quería matarme de veras. Alguien, pero ¿quién?, confieso que me asusta más la pregunta que el hecho en sí mismo.
El profesor se puso de pie:
—Ahora sí me voy, hasta pronto.
Y así, sin más, se perdió en dirección a la iglesia del Pilar.
Mientras regresaba al hotel Lidia pensó que quizá el laberinto de aquel relato lo propiciaban ellos mismos. Una idea venenosa le turbaba: los herederos de La Sociedad Transatlántica, los neotransatlánticos, no eran sino vulgares copias de sus antepasados, medias verdades, sombras, viajeros sin talento, débiles y oblicuos, a los que el fracaso parecía no haberles afectado.
Lidia durmió una siesta larga y al levantarse presenció el ocaso desde las ventanas de su habitación, su figura se reflejaba en el espejo porteño. A
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esa hora, las nueve de la noche, toda la calle Roque Sáenz Peña se sumergía en delicados tonos ocres; fue sólo entonces cuando se sintió liberada de aquellas voces intraducibies que oía en la noche.
El Adonis del Plata
Claudia Sweir siempre había hecho gala de su lado más dogmático pero aquella tarde de diciembre la flor abierta del sexo la doblegó y la tendió en el lecho con dos heridas: la del rostro y la del bajo vientre. A su lado Guillermo tenía el cuerpo dolorido: habían repetido el contacto varias veces. Ya en el tercer embate la energía inusitada se había trocado en estúpida enajenación. No eran amantes al uso: Guillermo penetraba aquella húmeda plaza porticada mientras se sentía al arbitrio de cámaras ocultas; Claudia, a su vez, notaba su piel como si fuera la hoja de una planta rugosa y carnívora.
¿Qué había ocurrido?, ¿habían perdido el control?
Permanecieron acoplados durante toda la noche: rozaban sobre la perfección del desgaste. Perseguidos por un ansia vampírica, no podían frenar. Humillados por el demonio de la carne, por la hipnosis sensual, no podían pensar. Los dos amantes, presas apresadas, giraban sobre sí mismos, poseídos, extenuados, y se dejaban caer, los cuellos con moratones como estigmas religiosos, las bocas como frutas maduras. Hasta el fin de la satisfacción momentánea, y vuelta a empezar.
A las siete de la mañana el teléfono sonó y sonó. En dos ocasiones Claudia dejó que el aparato chillara hasta desgañitarse. Cuando vociferó por tercera vez lo hizo a tumba abierta. Claudia se levantó con pasmosa lentitud y acudió sinuosamente a la llamada, con pasos de pantera, dispuesta a matar.
Guillermo la escuchó murmurar algo. Al regresar anunció la aparición:
—Es Julito, está abajo. Sube dentro de cinco minutos.
—¿Quién dijiste? ¿Julio Trepper?
—No importa, sabe que estás acá, conmigo.
—¿Y quién se lo dijo?
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—Yo. —Y después esbozó una sonrisa—: ¿Quién si no yo puede traicionarlo?
Guillermo se dio la vuelta para el otro lado. Le indignó el comentario y no le gustaba la situación. Miró el reloj: las ocho menos cuarto. Con el mal humor del mal despertar Guillermo pensaba que todos eran unos degenerados: Claudia, su novio y él, con el cuello y los brazos magullados, y sin poder contenerse.
¡Carajo de República degenerada!
Se vistió como un rayo.
«Un golpe de dados no abolirá el azar», a Guillermo le vino a la cabeza el verso de Stephan Mallarmé mientras se lavaba la cara y escuchaba la voz grave de Julio Trepper, voz y personaje cuya súbita aparición ocasionaban un contratiempo: ya no podría sondear a Claudia acerca de los misterios de La Sociedad Transatlántica, sobre el diario desaparecido de su abuelo, sobre las sombras colaboracionistas del cónsul. Debía posponer todas las preguntas.
Guillermo abrió la puerta del baño un poco avergonzado y se enfrentó a la visión del hijo de Bibiana Trepper; se llevó otra sorpresa: apareció ante él un andrógino, melena rubia, alto, delgado, ojos aguamarina, un efebo crecido que se le echó encima:
—Guillermo, qué ganas de conocerte.
Le abrazó efusivamente, le rozó a propósito y no le permitió contestar. La catarata era incontenible. Julio Trepper, veintiocho años, conocido en algunos ambientes de la capital como el Adonis del Plata, si se terciaba seducía con facilidad a dos, seis y hasta diez personas una misma tarde. Su relación con la Sweir databa de un par de años atrás, un handicap teniendo en cuenta la larga lista de novias que arrastraba el Adonis, una terribilitá temida en ambas orillas del Río de la Plata; en Uruguay, sin ir más lejos, mantenía embarazada a una criatura de balneario, nívea y pulida, apenas nínfula, por eso venía Julito de Piriápolis, de calmar a la niña, de engañar a sus padres, de engañarse a sí mismo.
Julio es anómalo a causa de los dictados de su madre, a la que le une un hilo umbilical aterrador: Bibiana le tiene asignada una exigua pensión, lo que alimenta su parte irascible cada vez que se la menciona; y es que la escasa economía del Adonis no puede soportar tantos traslados, tantas frustraciones, una suerte de paseo horizontal en torno a la existencia. Julio
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no es inmune a su madre, pero tampoco reacciona: es una incógnita resuelta, un peligro sin flama.
Para colmo siempre se precipita. Su famosa capacidad de seducción, que a primera vista podría imaginarse inteligente, a largo plazo no lo es: primero se le desea, pero inmediatamente después se huye de él sin mirar atrás. Su atracción conquista y marea, aunque con el tiempo resulta el peldaño de una escalera hacia ningún sitio. Lo que duele de Julio es su belleza higienista, su fatídica transparencia tirada por la borda, metástasis de un cáncer larvado que se llama angustia y miedo. Quizá Julio nunca fue querido por sus padres, preocupados por estar antes que en ser, preocupados por esas tres aberraciones que preocupan a los ricos: acumulación, poder y representación operística de ambos elementos.
A Julio Trepper sólo le sujetan sus propias reglas, reglas tiránicas que filma en la agenda de una existencia materialista. Si algún día esa agenda se extraviara Julio perdería su imagen clonada, todas sus imágenes posibles. Nada más verlo el novelista catalogó al personaje, su fascinante perfil, sus dedos largos, como un pianista de los sentimientos. Bastaron otros cinco minutos para que Guillermo Brown cayera en la cuenta de que tenía frente a él a un pequeño traidor que podía apropiarse de tu más hondo secreto y en un segundo expandirlo urbi et orbe. Ese detalle lo puso alerta.
Julio ansiaba conocer al novelista, deseaba atraerlo a través de sus versos hasta entonces inéditos, excepto para los ojos de Claudia, aquellos ojos que parecían contener todos los enigmas.
—Estaba loco por conocerte. Me gusta mucho tu obra.
—¿Mi obra?
—Sí, tus novelas, son muy buenas.
—¿A cuál te refieres?
—¿A cuál me refiero?
—Sí, a qué título concreto.
—Ahora no me acuerdo de ningún título, todas me gustaron. —Ah…
—Es que hace tiempo que no leo novelas, sobre todo si son voluminosas, me cansan, yo de chico lo leí todo: ahora me canso; pero sí leí La amazona desnuda una plaquette de sextinas y tiranas que publicaste en homenaje a Daniela Montecristo.
Guillermo se echó las manos a la cabeza:
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—De eso hace mil años.
—Mil novecientos ochenta y siete: doce años.
—Mil años. Fue lo primero que me publicaron en España. En aquel tiempo todavía escribía versos.
—Publicando novelas se puede vivir, o sobrevivir, la poesía es para gente romántica, rebelde, asocial, como yo.
Julito estalló en fingidas carcajadas y gritó:
—¡Claudia!
Claudia, que preparaba el desayuno, respondió con desgana:
—¿Sí?
—¿Dónde está el cuaderno?
—¿Qué cuaderno?
—El mío, pelotuda, ¿cuál va a ser?
—Bocasucia, agarralo vos: está en la mesita de luz.
Julio se levantó del sofá como un ciclón y en dos segundos se encontraba sentado junto a su objetivo con el cuaderno en mano. Guillermo miró hacia el techo. Se sentía perro, sombra, presidiario. Las preguntas fundamentales sobre el diario de su abuelo, sobre La Sociedad Transatlántica, pendían de un hilo invisible, y encima se veía obligado a improvisar una crítica literaria de urgencia a las ocho de la mañana. Contrasentidos: al novio de Claudia no le importaban los indicios, la cama revuelta, la noche en caferata, la cópula intensa. Hasta ese momento Julito despreciaba la fidelidad y estaba únicamente obsesionado con la opinión del novelista acerca de sus dos periodos líricos: el barroco (op. cit.: él mismo) y el vanguardista americano (op. cit.: también él mismo); de la primera época le dio a leer un soneto inacabado:
Tiene cada palabra su contrario
como cada poeta su enemigo:
hiatos y sinalefas van conmigo,
la síncopa depende del horario.
Y si me dicen que el acento falla,
o que mis rimas son vulgares ripios,
debo dejar bien claros mis principios,
y disparar los versos con metralla.
Por eso no me fío del oficio
que me deja al albur del diccionario.
El soneto caía abrupto: soneto incompleto.
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—¿Qué no pasó?, ¿por qué no lo terminaste? —Puedo terminarlo cuando quiera, pero no quiero.
La verdad es que Julio no lograba concluir los tercetos. Y es que se cansaba pronto y si no atinaba con un verso abandonaba o destruía todo el poema. Si hubiera sido arquitecto una puerta mal encajada hubiera sentenciado el edificio. De la segunda época, la americana, Julio le recitó un poema misógino, en la línea punitiva de Frank O’Hara.
El poema se titulaba «Muchas gracias, querida Betsie», y la voz arenosa de Julio contrastaba con su aspecto de frágil rapsoda:
Mamá, limpia la cocina antes de que padre regrese a casa y haga con nuestros despojos un estofado de carne.
Limpia la cochera antes de marcharte, si es que puedes huir, que tu esposo se enteró, gracias a Betsie Mitchell,
de tu relación con su tímido hijo Jimmy, veinte años menor que tú.
Mamá, saca la inmundicia del garaje
y deja reluciente la carrocería del Plymouth, porque tu marido te va a propinar una buena tunda, y tendremos que llevarte al hospital, si hay suerte, o al tanatorio, zorra, si los golpes son certeros. Mamá, limpia tu lecho nupcial, que así se notarán mejor las gotas de sangre sobre la blanca colcha de organdí, saca brillo al espejo de la cómoda:
déjala impoluta antes de iniciar otras tareas domésticas.
Pero antes de ponerte a trabajar duro,
dime, mamá, por qué te revolcaste con mi mejor amigo estando yo en casa: ¿no hubieras preferido un gaucho con un par de grandes boleadoras?
Guillermo enmudeció. Inmediatamente relacionó el vértigo misógino con la interdependencia entre Bibiana Trepper y el autor, pero no se sintió autorizado a abrir el armario (skeleton in the cupboard, en inglés da un tono superior), y que de él salieran esas causas secretas que avergüenzan a tantas familias, causas no sólo de índole sexual, sino social e incluso estéticas. Sin embargo, una cosa era el texto y otra el trasunto biográfico, por eso el novelista se limitó a preguntar al improvisado rapsoda si el hijo de Betsie padecía el complejo de Edipo porque él lo percibía en lugares comunes del poema: amor imposible y posible venganza.
Julio sonrió maléficamente:
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—No te enteraste de nada. —Y después dijo—: Este poema parodia a todos los seres humanos que sin descanso escriben y borran su pasado, su presente y su futuro y se convierten, por sí mismos, en un palimpsesto.
A Guillermo le resultó chocante oír a esas horas de la mañana, la palabra palimpsesto; pero, no supo por qué, asoció palimpsesto con amnesia, con recuerdo borrado, con cartas que aparecen años después y revelan pasiones y traiciones, renuncias y apropiaciones. Guillermo abrió los ojos; en realidad se despertaba en el momento en que Claudia traía una bandeja con café con leche y deliciosas medias lunas.
—¡Café con leche! —exclamó la Sweir mientras Julio cerraba con brusquedad el cuaderno donde guardaba sus tesoros literarios.
—Me voy —dijo cortante—, un gusto conocerte. Seguimos hablando, ¿les parece bien comer en el Tortoni, por ejemplo, a la una y media?
Claudia, que devoraba una medialuna, no emitió palabra. Se limitó a seguir deglutiendo, como si su novio no existiera.
—¿Les parece? —repitió Julio.
Claudia por fin respondió:
—No sé.
—Una respuesta inteligente —dijo Julio enrojeciendo de ira—. ¿En el conventillo no te enseñaron a comer con la boca cerrada?
Claudia siguió empapando las medias lunas en el café con leche sin dignarse contestar. Entonces Julio dio media vuelta y salió del apartamento dando un portazo.
—¡Qué bruto! —exclamó Claudia.
—Se enojó.
—No creo, y si se enojó que se joda; es un malcriado, ¿sabés?, resulta
difícil alfabetizar al muñequito, es un hijo de… su clase —Claudia por sus fueros—, pero en el fondo tiene buenas intenciones. No te confundás, yo no soy tan inhumana, me gusta Julio, es compañero, solidario, forma parte del proyecto.
—¿De qué proyecto? —Guillermo se perdía.
—De lo que les conté ayer, ¿no te acordás?; del fondo asistencial, de la sociedad igualitaria, del reparto equitativo, de lo que aspiraban nuestros antepasados, los transatlánticos, ¿ya se te olvidó?
Guillermo no daba crédito, otra vez le estaba dando aquel absurdo mitin, y encima intentaba hacerle creer que Julito Trepper era persona solidaria cuando en realidad se trataba de un ogro muy poco filantrópico,
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de un oportunista. De repente se encontró incómodo, estaba cansado, habían sido demasiadas emociones en veinticuatro horas. Decidió la retirada, retomaría más tarde. Cortó por lo sano.
—Claudia, me vas a disculpar. Me voy al hotel, estoy reventado.
—Hacé lo que se te dé la gana. Yo quería hablar de muchas cosas, del diario de tu abuelo, por ejemplo. Pero bueno, decidí vos mismo.
Guillermo hubiera jurado que le estaba tomando el pelo, otra oscura
maniobra. No obstante, si Claudia tenía datos, tarde o temprano se vería
obligada a compartirlos con él.
—¿Vas a comer con Julio?
—Seguramente, no.
—¿Y no le vas a avisar?
—Si no le aviso, no pasa nada. Conoce a todo el mundo, seguro que morfa con alguien. No te preocupés.
Guillermo mantuvo su determinación de regresar al Continental; pensó que apenas dos horas antes estaban haciendo el amor como animales y resultaba antinatural despedirse como dos icebergs; se acercó a Claudia con intención de besarle los labios, pero ella desvió la cara. Entonces, sin querer, los labios de Guillermo recorrieron aquella cicatriz hasta llegar al lóbulo de la oreja izquierda.
Al novelista le excitó la rasgadura, aunque le escoció el desprecio. Mientras regresaba caminando al hotel Guillermo Brown escribirá en
su mente, si es que supera esta historia de espionaje estático, los primeros renglones de un relato que titulará, años más tarde, Cenizas venideras:
Caminó un buen rato sin esperar soluciones: al fluir del aire denso y letal de Buenos Aires. Subía las escalinatas de la plaza San Martín cuando la plaza entera empezó a desmoronarse, la plaza se le venía encima, pero él continuó subiendo porque no había nada que le gustara más que el aislamiento y la resistencia.
Avanzó aturdido hasta hallarse ante los portones del Palacio Anchorena, testigo de levitas y escarpines, de opulencia y oro, de revistas culturales y oleadas de emigrantes, de la promesa de un horizonte eterno más allá del riachuelo.
Repasó extasiado aquel mito y todos los mitos en torno a la Argentina.
Cayó de nuevo en la trampa pero palpó la realidad. Entonces reanudó su marcha por el damero de una ciudad en cuyo sueño, y pesadilla, habitaban él, y como él, millones de seres anónimos.
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TOMANDO DECISIONES
Guillermo llegó al hotel Continental aquejado de un malestar múltiple. Le dolían la cabeza, el estómago y la conciencia, estaba herido por el lance con Claudia y por su posterior reacción: negarle un beso tras haber copulado como fieras, qué estúpida prepotencia. Guillermo estaba tocado porque sumaba a su depresión el desagradable encuentro con Julito Trepper, ese niño aprovechado y frío. Por unas horas el novelista no quiso saber nada de nadie. Se metió en la cama a las doce en punto de un mediodía caluroso mientras componía mentalmente, para lograr conciliar el sueño, patéticos pareados: dolor e injusticia con sangre e inmundicia, locos asesinos con brillantes adivinos. Si no le daba un ataque de risa con sus ocurrencias, y aun así, solía relajarse con esos juegos mentales, pero esa mañana no consiguió vencer el insomnio porque le asaltaba un caudal de dudas. Echó las cortinas, se tendió de nuevo y casi se dormía cuando abrieron con fuerza la puerta de su habitación. Guillermo se sobresaltó, cubrió su torso desnudo con la sábana: se trataba, viste, de la mucama. La escena, analizada objetivamente, reproducía una versión agnóstica del Cristo de Mantegna: la de un Cristo que no creía en su resurrección.
—Perdóneme, pensé que la pieza estaba vacía.
—No está vacía, estoy yo, ¿no me ve?
Cuando la mujer del servicio cerró la puerta, el huésped, más cansado que nunca, entornó la puerta, sacó la mano, dejó sobre el picaporte el cartelito de NO MOLESTAR y, antes de regresar a la cama, fue al cuarto de baño y se tragó un barbitúrico. A los cinco minutos viajaba por una galería blanca, aséptica, sin ningún pareado, ni una palabra. Había llegado a la meta: simulaba dormir.
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A esas horas Lidia caminaba por las calles de Buenos Aires sin dirección fija, se demoraba frente algunos escaparates, se perdía, como Emma Zunz, avenida Nueve de Julio arriba, por la Recova, se diluía hacia el norte. Lidia telefoneó a su hijo a Barcelona, su voz le calmó, mientras caía otra vez la tarde, la ingrávida atmósfera cero del continente austral. Lidia Grandi experimentaba en su piel la ciudad suspendida y el aire melancólico, soñando con el espionaje estático que practicó La Sociedad Transatlántica, los diferentes estilos y movimientos literarios y plásticos que apoyó o desautorizó, los gobiernos democráticos o de facto a los que dio su fantasmagórico plácet o, al contrario, ofrendó sus cápsulas de odio.
Aquella tarde en la capital federal predominaba la ausencia de elección, nadie movía ficha, los pioneros estaban mal vistos, ni el gato hambriento aullaba, menos todavía nuestros actores: Lidia agotada de su caminata, Guillermo varado en la travesía onírica, Claudia, tomando notas acerca de su utópico Fondo Asistencial y de cómo organizar una subasta para captar dinero, Julio, hermoso pero sin un céntimo, mirando al vacío en el Hipódromo de San Isidro, la filantrópica Bibiana Trepper iniciando los preparativos de una cena de gala en su mansión de El Tigre, ¿y dónde podría encontrarse el profesor Castelau en aquel ocaso amarillo?
No se sabía, pobre hombre, de acá para allá.
Al día siguiente se pondrá en marcha el demoledor mecanismo de los acontecimientos. Lidia y Guillermo han tenido tiempo suficiente para asumir que es el momento de tomar decisiones, de llevar la iniciativa, para algo han venido a Buenos Aires, con algo han de marcharse de regreso a España.
Impulsados por un resorte invisible Lidia y Guillermo coincidieron por la mañana en la cafetería del hotel, desayunaron juntos, y por fin se comunicaron sin dificultad. Lidia transmitió toda su información al novelista: sus convulsiones en La Biela, el intento de atropellar a Castelau, sus sospechas hechas realidad cuando el profesor le confirmó no sólo que habían intentado atropellarlo sino también que Claudia Sweir y él se conocían anteriormente, la reacción calculada, aunque firme y lógica, del mismo. Siguieron aclarando detalles lejanos: Lidia le contó a Guillermo la profunda impresión que le había causado, veinte años atrás, en el entierro del impresor Armando Brown, su porte altivo y hasta agresivo, sus ojos fijos en ella, sin mirarla siquiera, y su asombro al ver aquel rostro, no muy cambiado, en la solapa de un libro, años después.
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—¿Me recordabas?
Sí, la recordaba, pero no le dio pistas porque le dolían mucho aquellos años. La situación provocó más confidencias. Guillermo le confesó a Lidia que había hecho el amor con Claudia Sweir; Lidia percibió el tremendo esfuerzo de su interlocutor y trató de quitarle hierro a la industria pesada, pero Guillermo vomitó toda su angustia, represiones y miedos, y lo hizo sin dramatizar: miedo al ser humano que se aprovecha de los débiles en una escala infinita, miedo a uno mismo, por reflejarse en el espejo de la impotencia. Nunca perdonaría a su padre, ni siquiera después de muerto, los enjuagues de la herencia familiar, la venta de la biblioteca, los libros dispersos, la memoria borrada, el diario del abuelo: desaparecido, intangible, ¿inexistente?
Y la sensación de provisionalidad que le causó el extrañamiento, la salida del país, abandonar a sus amigos, posponer sus primeras decisiones. Y Guillermo Brown no dramatizaba, simplemente alcanzaba una extrema lucidez: el tiempo le estrechaba el cerco y él había desatado una desesperada carrera contra los días escasos, contra la falsa retórica, contra las historias escritas al revés.
Llegaba la hora de actuar como lo hubieran hecho los transatlánticos. Lidia y Guillermo, ahora en Palermo Chico, merodeando por el barrio
de las embajadas, un barrio alto de palacetes francosuizos y calles impolutas que contemplaron, semovientes, hasta marcar la estrategia: Lidia vigilaría de cerca al profesor Castelau mientras que Guillermo aprovecharía a fondo su relación con Claudia para conocer sus auténticas aspiraciones, que con toda posibilidad eran las mismas que las de Julio y Bibiana Trepper.
Lidia zanjó:
—No podemos hacer otra cosa: si hay fraude debe destaparse. Mientras realizaban una visita relámpago al Palais de Glace y bajo su
cúpula dorada, en ese preciso instante y no en ningún otro, Lidia Grandi y Guillermo Brown dieron rienda suelta a su imaginación y hasta idearon puentear a los intermediarios para llegar a la mismísima Bibiana Trepper: pretendían una entrevista con la filantrópica. Ilusos: los acontecimientos fueron, otra vez, por delante de las decisiones.
Se despedían, reventados de cansancio, en el hall del hotel Continental, cuando intervino el recepcionista:
—Señor Brown, perdone, tiene un llamado desde Madrid.
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Guillermo se alteró, sintió un pellizco en el estómago, un trastorno bipolar:
—¿Desde Madrid? —Atinó sin fuerzas, después se dirigió a Lidia—:
Por favor, espérame un momento en la cafetería, no sé quién puede ser.
En virtud del pacto neotransatlántico Lidia le obedeció.
—¿Guillermo?
—Sí, soy yo.
—¡Qué alegría!, Sergio, desde Madrid.
Se trataba de Sergio Baur, consejero cultural de la Embajada de la República Argentina en España; Baur, aparte de diplomático de carrera y activista de la cultura, era, y es, un sesudo investigador de las vanguardias plásticas y literarias latinoamericanas de los años veinte y treinta: el pensamiento rompedor, el goce no objetivo del arte nuevo, ese espejismo maquinista y transatlántico, poemas pintados y pinturas escritas, que volaron de París a Madrid y de Madrid a Buenos Aires, para hacer, años después, el camino inverso.
Baur contaba entre los pocos amigos argentinos que Guillermo mantenía en Madrid; les unían afinidades estéticas, chistes privados y algunas travesuras.
—¡Baur! ¿Qué hacés? —Siempre que hablaba con compatriotas a Guillermo se le contagiaba el acento.
—Me dio tu teléfono de Buenos Aires tu mamá, ¿te molesta?
—¿Estás loco? ¿Y a qué debo el honor?
—Te llamo porque navegando en Internet termino de leer un artículo que editó la semana pasada el magacín literario Tranvía Girando; en el artículo se habla de revistas y movimientos literarios y pictóricos porteños durante la presidencia de Alvear: te podés imaginar mi sorpresa cuando vi citado el nombre de tu abuelo, del impresor Armando Brown, al que vinculan, te leo textualmente: «con una oscura sociedad, un club de ilustrados, que, en ningún caso, debe confundirse con la Sociedad de Amigos del Arte, al contrario, la sociedad a la que nos referimos prefirió mantener su anonimato, aunque, por lo que hemos podido averiguar, se mantuvo presente en casi todas las iniciativas culturales y políticas que marcaron aquel periodo».
Tras un breve silencio, Baur prosiguió:
—Después de lo que me contaste, de esa carta que te mandaron y estando vos allá, supuse que te iba a interesar el descubrimiento.
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—Por supuesto que me interesa, ¿y quién firma ese artículo?
—Una tal Lía Felbenzi.
—¿Y quién es?
—Es la primera vez en mi vida que leo ese nombre, yo no la conozco. —Y, decime —Guillermo argentinizando—, ¿el artículo está bien
escrito?
—Me ponés en un aprieto, no sé qué decirte. No está mal escrito, pero desde mi punto de vista el análisis de un momento tan complejo como aquél necesita registros distintos, una interpretación más ambiciosa, científicamente es pobre, oculta datos. Además, el material gráfico también es mediocre, lo de siempre: la misma foto de Borges, las Ocampo con Bioy en San Isidro, Marinetti y Gómez de la Serna en Buenos Aires, lo de siempre, lo hemos visto mil veces, un auténtico happening; el artículo insiste en cosas archisabidas, salvo la cita, digamos, extrasutil, sobre tu abuelo y, sin nombrarla, una referencia velada a La Sociedad Transatlántica.
—Ahora mismo voy a comprar un ejemplar.
—Y si no lo encontrás, entrás en la página de Internet, si me esperás un segundito, te doy los datos.
Guillermo le preguntó a Baur:
—¿Qué me aconsejás?
—Que estés muy atento. Me hago una pregunta: ¿de dónde sacó Lía Felbenzi toda esa información para afirmar las cosas que afirma sobre los transatlánticos?, y sobre todo teniendo en cuenta que el diario de tu abuelo sigue perdido, ¿no?, da la sensación de que quiere dar un poquito al lector y luego dejarlo con ganas, un coitus interruptus.
Otro silencio.
—Guillermo ¿me escuchás? —se oía muy lejana la voz de Sergio Baur.
—Te escucho regular.
—Bueno, tengo que cortar, cuidate, no te metás en líos, hay mucha gente desalmada, gente que se aprovecha de cualquier cosa.
—Chau, viejo, gracias.
—No, por nada. Un abrazo.
Cuando llegó a la cafetería a Lidia la habían devorado los confortables sillones burdeos del sofá Chester y emitía levísimos ronquidos.
Guillermo, excitado, no tuvo más remedio que despertarla.
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Riachuelo
Unas horas antes de producirse la llamada telefónica de Sergio Baur a Guillermo, un ómnibus transportaba al profesor Vicente Castelau desde la avenida General Paz al microcentro de la capital. El profesor tenía que impartir una de sus clases particulares cerca de la Estación Lacroze y aún faltaba un buen trecho.
Castelau leía el artículo aparecido en Tranvía Girondo y al llegar a la última hoja cerró con lentitud el ejemplar de la revista; después se quedó mirando el paisaje, un paisaje que conocía de memoria porque venía reproduciéndose a diario en su retina desde muchos años atrás.
Un calor plomizo caía sobre la extensa zona industrial del sur de Buenos Aires, suburbio atravesado por potentes camiones y desvencijadas estancieras de la época de Levingstone, embajador en Washington, y luego topo de Alejandro Lanusse; suburbio congelado, a medio hacer, periferia de galpones provisionales, suburbio de mate cocido, pochoclo, caracú con mostaza Savora, ñoquis los jueves y el domingo empanadas criollas.
Aquella tarde el profesor observó con nuevos ojos aquella nave alargada que se extendía por un tramo de Riachuelo, miró de otra forma el voluminoso letrero negro escrito en un lateral de la nave, aquellas letras que había leído en tantas ocasiones; cuando el ómnibus rebasó el objeto de su mirada, volvió la cabeza para no olvidar, para darse, de una vez por todas, por enterado:
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Castelau esbozó una sonrisa y pensó que debía ponerse inmediatamente en contacto con Guillermo para enseñarle el artículo de Tranvía Girondo; quería presenciar la reacción del novelista cuando leyera que su abuelo el impresor estaba vinculado a una extraña sociedad, su reacción ante la prueba escrita de que La Sociedad Transatlántica había
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desarrollado una reseñable, aunque bastante solapada, actividad política y cultural durante aquellos años.
¿Y Claudia?, pensó Castelau, ¿habrían leído el artículo Claudia y Julito, Lidia Grandi o, incluso, Bibiana Trepper?
De repente a Vicente Castelau se le vino a la cabeza la máxima de los transatlánticos, el ¡ojo alerta!, el secretismo, los inteligentes silencios de su padre y se dijo:
—Vicente, quieto, no te muevas, quizá los muchachos ya están al tanto, lo mejor será esperar hasta mañana.
Y no se equivocaba el profesor: si los muchachos no estaban al tanto, iban a estarlo muy pronto. Guillermo despertó a Lidia y le trasmitió lo que Sergio Baur le había contado. Aunque estaban muertos de cansancio se dirigieron a calle Corrientes y, tras una corta búsqueda, en diez minutos encontraron el último número de Tranvía Girondo:
—Se lo llevan calentito, me lo trajeron hace una hora. —Les confesó el joven kiosquero.
Se sentaron en una cafetería de calle Florida y se enfrascaron en la lectura del artículo; su conclusión no distó mucho de la que Sergio Baur les había adelantado desde Madrid: el reportaje no estaba mal redactado, pero apenas aclaraba el papel de los transatlánticos durante aquel periodo, muy al contrario, la cita al impresor Brown, y su vinculación con la oscura sociedad, parecía sobrar y carecía de interés histórico, es más, en ningún caso podía utilizarse como fuente bibliográfica seria, todo el artículo hacía gala de una falsa meticulosidad científica, de un falso pedigrí personalista, se trataba de un discurso ampuloso, retórica hueca.
Permanecieron callados hasta que Lidia hizo reír a Guillermo: —¿No vamos a conocer a una persona cuerda en Buenos Aires? —Sí —contestó Guillermo—, Lía Felbenzi, la autora del artículo. —Sinceramente, ¿crees que alguien puede llamarse Lía Felbenzi? Al día siguiente Guillermo pudo contestarle a Lidia:
—Esta mañana me puse en contacto con la redacción de Tranvía Girondo, les pregunté por Lía Felbenzi y me respondieron que se encontraba de viaje en Mar del Plata, o quizá fuera del país, que no lo sabían con seguridad, pero era seguro que no estaba en Buenos Aires; entonces les dije que debía entrevistarme con ella de inmediato, y para hacer más convincente el asunto me inventé un encargo para el suplemento cultural de un importantísimo diario español, que si hacían el
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favor de facilitarme algún teléfono o si conocían a alguien que pudiera facilitármelo. Como insistí varias veces, me pasaron con el redactor jefe,
un tipo antipático, cortante: «Escúcheme, señor —respondió—, no podemos facilitar los teléfonos y direcciones de nuestros colaboradores, en este caso el celo es aún mayor, la señora Felbenzi nos tiene absolutamente prohibido hacerlo»; como último recurso le di la dirección de nuestro hotel, pero creo que colgó el teléfono antes de que terminara de hablar.
—Por lo tanto, no existe. —Lidia desafiante—. Me da el pálpito.
—Conociendo tus alucinaciones, no existe.
—No te burles, Guillermo. A lo mejor es un seudónimo.
—De quien sabemos.
—¿De Vicente Castelau?
—Puede.
—¿Y con qué objeto?
—Ojalá lo supiera.
Desorientados, la ciudad damero les invitaba a perderse por las esquinas oblicuas de San Telmo, para un poco más tarde, en una pulpería de La Boca, escuchar un tango afilado de Pugliese. El pacto que habían firmado, con tinta invisible, les servía para permanecer unidos en aquella espera sin final. Aunque no jugaba a su favor, cada minuto transcurrido sirvió para que Lidia y Guillermo se apoyaran mutuamente, evitando así la estampida, de uno u otro, en el primer avión que saliera con destino a Madrid o a Barcelona: esta vez reprimirían el desplazamiento mercurial.
Lo cierto es que no comprendían por qué Claudia, Castelau, y los Trepper, de pronto, les estaban haciendo el vacío, tres días sin llamar, sin aparecer, sin ofrecerles una mínima explicación, los ignoraban ostensiblemente, ni una nota en el hotel, nada de nada. Pero ellos tampoco se inmutaron, aguantaban el embate; decidieron apostar por la indiferencia, decidieron actuar como sus antepasados: nómadas refractarios al sedentarismo, opuestos al samovar, alimento de la caverna nacional-caníbal; Lidia y Guillermo decidieron actuar por su cuenta, como caudillos de provincia, sin patria ni frontera, y transcurridos tres días sin recibir noticias de sus amigos consideraron absurda cualquier barrera que les impidiera actuar al margen de Claudia, de Castelau y de la familia Trepper.
—Para hacerse valer subrayan la ausencia.
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—No te preocupes, Lidia, nos necesitan y tarde o temprano tienen que aparecer.
Como privilegio de su instaurada independencia no se quedaron quietos: hicieron una visita a la Casona de calle Brasil, un simple merodeo por la puerta, un vistazo al zaguán donde Guillermo había jugado tantas veces cuando era niño, y arriba, la biblioteca, donde se había formado como escritor, pero ante todo como persona. Al ver de nuevo aquella casa, Guillermo, con un nudo en la garganta, se impuso la orden de localizar todos aquellos libros, aquel fondo bibliográfico, la memoria de una época y de una vida.
Fue Lidia, sin fetiches ni intuiciones aladas, quien dio en el clavo:
—A mi padre le surtía un anticuario muy prestigioso, el más
prestigioso de Buenos Aires, pero ahora no recuerdo su nombre. —¿El más prestigioso?
—Sin ninguna duda.
—¿Aldo Eisemann?
—¿Lo conoces?
—¿Quién no conoce a Aldo Eisemann? Es verdad, claro, él puede ayudarnos.
—Hace veinte años ya era un anciano, ¿vivirá?
—Ni idea, pero si vive seguro que sabe algo, tiene que saber algo, mi abuelo le conocía, pero ¿cómo no se me ocurrió? Lidia, eres formidable.
Era como buscar una aguja en un pajar pero tuvieron suerte a la primera. Se dirigieron a la librería Ateneo, y el máximo responsable les informó: todo el mundo recordaba y respetaba al viejo Aldo Eisemann, y por supuesto que aún estaba vivito y coleando. Había cerrado al público años atrás, pero atendía a sus escasos y selectos clientes en su domicilio particular, calle Uruguay al setecientos y pico, donde enseñaba sus tesoros, y como excepción, realizaba alguna venta a los que se presentaban con excelentes referencias:
—¿Las tienen? —Se cercioró el responsable de la librería.
—Las mejores.
—Voy a telefonear al viejo, vayan.
Y allá fueron.
—¿Quién llama?
—El nieto del editor Armando Brown y la hija del arquitecto Roberto
Grandi —contestó Guillermo en tono grave y sin mostrar ninguna duda
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sobre la relevancia de sus blasones.
—Un momentito.
La consigna surtió el efecto deseado: unos segundos más tarde se escuchó un traqueteo de llaves, cerraduras y cadenas que franqueaban el paso al extraño reino. La puerta se abrió y ante ellos hizo su aparición un hombre enjuto, ojos mínimos tras unos anteojos de carey y barba blanca, sus rasgos se diluían, y de su físico sólo destacaba un progresivo encorvamiento.
Sin darles las buenas tardes el anticuario Eisemann les interpeló:
—¿No se habían ido a España?
Les hizo pasar.
Sin dar tiempo al tiempo los neotransatlánticos se presentaron formalmente:
—Estoy al tanto.
En realidad Lidia y Guillermo no tenían tiempo, así que le contaron al viejo Eisemann la desaparición del diario del impresor Armando Brown. No tuvieron que explayarse demasiado porque Aldo Eisemann, en el punto en que convergía lo real con lo libresco, al tanto de órbitas celestes y endriagos abisales, les dejó estupefactos:
—Si el diario era inédito, sigue siendo inédito, y forzosamente seguirá siendo inédito si no lo han destruido. La realidad supera la ficción, casualidades del destino: ¿ustedes sabían que yo adquirí una partida de libros de la biblioteca de Armando Brown, buen cliente mío, poco después de su fallecimiento? Esto ocurrió a principios de los años ochenta.
—Ochenta y dos —puntualizó Guillermo.
—A la fecha concreta no llego, pero sí recuerdo que fue el hijo del propio Brown, su padre si no me equivoco, quien me ofreció la biblioteca en bloque porque, me explicó, ustedes dejaban la Argentina para establecerse en España. Debo decirle que durante toda la operación yo consideré que su padre tenía demasiada prisa por vender y que vendía, perdóneme mijo y no se me ofenda, sin demasiado criterio; fíjese, le hago esta observación porque algunos volúmenes que me ofertaba su abuelo, a su vez, los había comprado en mi librería, o en otras ocasiones, gracias a mis pesquisas. Su padre no tenía idea y, además, no actuó directamente, sino que utilizó un testaferro al que llamaba por teléfono, lo tenía muy presionado.
—¿Y, señor Eisemann, qué libros adquirió?
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—El diario que ustedes mencionan, no, nunca lo vi, ni tengo constancia, por tanto, de que existiera en ese momento, o exista ahora. De aquella biblioteca me limité a seleccionar en torno a doscientos volúmenes, muchos de los cuales, lo que son las cosas, retornaban a mis anaqueles, el lugar de donde originariamente habían salido.
—¿Dígame, señor Eisemann —se atrevió Lidia—, conserva alguno de aquellos volúmenes?
—Así que usted es la hija de Roberto Grandi. —Eisemann se la quedó mirando y se salió por la tangente—: El arquitecto Grandi, Armando Brown, ¡qué gente más preparada!, gente así no existe hoy en la Argentina.
Al librero se le llenaron los ojos de lágrimas, sacó un pañuelo, se lo llevó a los ojos y continuó:
—¿Qué me preguntó?, ¡ah!, sí, los libros de Brown, noooo, me queda muy poco, casi nada, los fui vendiendo, necesito dinero para ir tirando, el día a día es muy duro en este traspaís, me pregunto qué pasó con el auténtico país, dónde está. Hace tres años me vi obligado a cerrar la librería, mis clientes de toda la vida se fueron muriendo, y lo que es peor, los supervivientes no tienen donde caerse muertos; si yo les contara, muchos de ellos todavía acuden a mí para que les haga alguna changuita, para que les venda no sólo ediciones únicas sino también muebles y joyas familiares, un desastre. Cuando me llegue la hora mis herederos van a tener que aguantarse: tengo dispuesta una donación.
Guillermo, obsesionado con el paradero del diario, al que ahora se añadía el de los fondos bibliográficos, volvió a la carga:
—Y el resto de los ejemplares, unos cinco mil, ¿no sabe dónde habrán podido ir a parar?
—Esto pasó hace veinte años, hace mucho tiempo, pero déjeme rebuscar entre mis documentos, déjeme un par de días. Tengo la impresión de que a su padre le facilité una dirección, la de uno de mis clientes, que ahora no retengo de quién se trata, y es que la edad no perdona: acabo de cumplir ochenta y seis años.
—Firmaba yo con quien tuviera que firmar —contestó Lidia lisonjera— si llego a los ochenta y seis años con su lucidez e inteligencia.
—Gracias señorita Grandi, pero no diga pavadas. Firme lo que quiera, pero le aconsejo que no lo haga en territorio argentino, esta República se
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ha convertido en un salón de ilusionistas, un transatlántico que hace aguas por todos lados en el que ni siquiera el papel firmado tiene validez.
La pareja salió de la casa de Eisemann con un sentimiento contradictorio. Se trataba de la primera iniciativa que tomaban juntos y que parecía llegar a buen puerto, aunque el barco en el que viajaban, como afirmaba el librero, hiciera aguas por los cuatro costados. Lo cierto era que Guillermo había contagiado a Lidia su maníaca idea de que las voluminosas notas de su abuelo eran de vital importancia, no sólo para traducir un tiempo heroico en que la cultura flotaba espontáneamente entre la calle Florida y avenida Nueve de Julio, y se colaba, aeróvaga, por las ventanillas de los tranvías que hacían el trayecto desde Retiro a Balvanera, sino también porque en aquel diario, cincelado con palabras de mármol, estaba escrito el pasado, el presente, y quizá el futuro, de los nuevos transatlánticos: libres y ligeros como el viento.
Aldo Eisemann había anotado hotel Continental en su diminuta libreta y ellos confiaban en su sabiduría e interés, era uno de los más prestigiosos libreros de Buenos Aires, incluso cabía la posibilidad de que localizara a ese tercer cliente, y que ese tercer cliente poseyera el diario o alguna información complementaria, y así sucesiva y escalonadamente.
Llegó el día temido: veinticuatro de diciembre, cena de Navidad, noche en que resurgen, desde el nacimiento de Jesús, controversias inesperadas y asciende con la sensibilidad religiosa a flor de piel, a lo largo y ancho de este mundo, el número de asesinatos, suicidios o automutilaciones.
Lidia cayó en un frenético éxtasis consumista, huir comprando, y arrastró a Guillermo a Galerías Pacífico; después, desde un locutorio, telefonearon a España: Guillermo a su madre y Lidia a su hijo. Festejando, más que la Navidad, la sensación de libre abandono, decidieron hacer el gasto extra y reservaron mesa en el bistrot Katrina, en Puerto Madero. En el fondo ambos esperaban encontrar, de regreso al hotel, una nota en la que los supuestos anfitriones se dignaran romper la regla del silencio, al menos para felicitarlos. Pero en el hotel no había mensaje alguno, aún no se producía la señal, persistía el inexplicable silencio, llevaban ya cuatro días en silencio.
Cenaron como monarcas en el Katrina.
Alcanzaron fugazmente la felicidad: el menú estaba firmado por Petrona C. de Gandulfo, nieta de una gastrónoma de renombre, cuya foto
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presidía esa noche la cocina del bistrot, Petrona aparecía hojeando un ejemplar de Para ti, fechado en un lejano diciembre de mil novecientos cuarenta y siete.
CENA DE NAVIDAD BISTROT KATRINA
Se servirá un vermut
Ensalada Talleyrand
Huevos pochés con jamón cocido
Pejerrey con salsa agridulce
Gateau de Nuez
Café y Tentaciones Bagley
Cabernet Sauvignon
Sidra / Champagne
Pan dulce, turrones, fruta glaseada
Los diques iluminados otorgaban al muelle un aspecto futurista; los docks, naves comerciales rojizas que a principios de siglo habían albergado millones de kilos del mejor cereal, ahora se habían convertido en amplios espacios destinados a restaurantes, boutique y gimnasios de tres mil metros cuadrados donde ejecutivos agresivos se calmaban braceando al estilo crol en piscinas rodeadas de peristilos rosáceos y narcisos y nínfulas de primera. Tras los cristales del bistrot, atrapados por la nostalgia, Lidia y Guillermo observaban Puerto Madero sin mortificación adicional, a merced de la plata dulce.
A los postres Lidia, un poco cabalística e iridiscente, le dijo a
Guillermo:
—Todo lo que nos está pasando, que no sé muy bien qué nos está pasando, resulta inverosímil, pero tenemos que seguir adelante. Un país del que salimos para no volver nos recibe con los brazos abiertos, bastó para que nos enviaran una carta enloquecida, ambigua, y aquí estamos, entregados en cuerpo y alma, ¿qué te parece?, buscando un manuscrito, visitando libreros, intentando recuperar no se sabe qué de nosotros mismos. Y ahí, en la calle, la tremenda realidad, y nosotros en un universo desplazado, en un mapa sin fronteras, con aspiraciones que se diluyen al mínimo contacto con el aire exterior.
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—Me gustaría saber —contestó Guillermo— con qué elementos artísticos ocultos jugaron nuestros antepasados los transatlánticos, qué cánones manejaban, me gustaría constatar, comprobar, las injusticias que denunciaron, su capacidad de resistencia, su celo para no dejar rastro, su desprecio a la ignorancia.
—A mí también me gustaría. —Le dio la razón Lidia Grandi.
Sorpresas en el Continental
El reloj del hotel, detenido en mil novecientos treinta, se había puesto de nuevo en marcha y sus manecillas marcaban las tres de la mañana; sin embargo, el aire meloso del estuario no terminaba de decidirse y convertirse, de una vez por todas, en fuego, en caldera, en río de lava. Reinaba cierto ambiente festivo en la coctelería del Continental, fiesta con rumor alcohólico: grupos varados de la noche porteña y extranjeros al acecho de sí mismos, hundiéndose en el fondo de sus copas, hacían comentarios en voz baja; se oía, de lejos, la voz de Susy Leyva entonando Frente al mar.
Lidia y Guillermo se llevaron ración doble de sorpresa.
Vicente Castelau había dejado una nota en recepción invitándolos a comer «mañana al mediodía, una parrillada de verdad en un boliche modesto, pero de chuparse los dedos. Ustedes agarran un taxi y le dicen al tachero que les lleve a El Horno de María, en avenida Alejandro Alem al 112, les espero sobre la una y media, ¿ok?».
Se retiraban cuando les avisó una somnolienta recepcionista: —Hay dos señores en el bar, llevan un buen rato esperándoles. Y Lidia le contestó:
—Y nosotros casi una semana.
Luego añadió:
—¿Están sirviendo todavía?, ¿no es muy tarde?
—Aprovechen, hoy servimos toda la noche, hasta las siete de la mañana —dijo la chica intentando ser simpática, aunque se le cerraban los ojos.
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Claudia Sweir y Julio Trepper yacían retrepados en un sofá del salón damasco. Al verlos entrar Julio se puso de pie, les hizo señas con la mano, muy diligente; Claudia, sin embargo, permaneció sentada manteniendo una sonrisa espontánea que no le deformaba la cara, sus dientes eran perfectos, hasta la cicatriz parecía un agradable complemento. Julio los saludó efusivamente. Mientras rompían el hielo, ¿dónde cenaron?, ¿lo pasaron bien?, ¿y ustedes?, Guillermo no daba crédito y rumiaba para sus adentros: «pero cómo se atreven, aparecer así, sin avisar, a las tres de la mañana, después de habernos tratado como la última vagoneta del tren a Santiago de Chile».
¡Desfachatados!, hubiera exclamado tía Estela, que en español significa caraduras.
—Perdonen este asalto. —Julio se esforzaba en actuar como aquel embajador de Chamberlain que intentaba convencer a los nazis con letra y música de Cole Porter: Do do that voodoo / that you do so well—. Perdonen este asalto, pero decidimos ceder a la tentación y venir a decirles en persona que mi mamá quiere invitarlos a la cena del treinta y uno en nuestra casa de El Tigre.
—Sí. —Claudia corroboró reseca, sin una disculpa, sin mirar a Guillermo—. Sí, a Bibiana le encantaría que ustedes fueran a cenar a su casa en Nochevieja.
Guillermo protestó con elegancia:
—Bueno, por qué no, pero no creo que sea el momento de plantearle lo que nos dijiste del fondo, y todo eso, Claudia, en una cena con tantos invitados.
—Se trata de un primer contacto —dijo Julio.
—¿Un primer contacto? —Guillermo, erre que erre, tenía preparado el formol—. No sé qué decirles, primer y único contacto, nosotros no vamos a permanecer más que unos días en Buenos Aires; tenemos trabajo, familia y obligaciones en España, incluso esta noche, mientras cenábamos, Lidia y yo hablamos de la posibilidad de adelantar nuestros respectivos vuelos.
Julito Trepper se echó para atrás, brillaron sus ojos azules, se acarició el flequillo rubio y respiró hondo: estaba harto del asunto, presionado por Claudia y despreciado por mamá. Lidia admiró aquella desequilibrada belleza cuando el Adonis pidió más cócteles y volvió a su labor de intermediario. No era el más indicado: se despeñaba entre el nerviosismo y la ansiedad:
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—¿Y qué hicieron estos días?, sentí no llamarles, pero estuve muy ocupado preparando tantas cosas, yo quería venir a verlos, de veras, pero ya se arregló, y acá estamos Claudia y yo, después de todo son nuestros invitados y…
—Pará, Julio. —Claudia tomó las riendas e indirectamente contestó a la amenaza de Guillermo de abandonar Buenos Aires—. Bueno, si se van a ir les recomiendo que antes, por simple cortesía, traten de hablar con Bibiana. No es bueno desconfiar de toda la especie humana, miren cómo nos va en Argentina por desconfiar en la especie humana. Hablen con Bibiana y después Julito y yo perfeccionamos.
Cuando Lidia oyó «perfeccionamos» le dio una arcada que reprimió como Dios y los demonios le dieron a entender. Se había extralimitado con el cabernet sauvignon pero la náusea era más bien producto de una indignación mal contenida. La especie humana: qué podían saber estos dos gaznápiros de la especie humana, la especie humana, por ejemplo, de los emigrantes europeos que llegaron a la Argentina hacinados en las entrecubiertas de los paquebotes y construyeron un país, qué sabían éstos de los galpones, del hampa y de las barracas al sur, pero sobre todo, qué querían de ella, manipulando la memoria de su padre. Lidia no había cruzado nunca el otro lado, jamás traspasó la línea, pero era consciente de que existía el otro lado, al margen de lociones, pócimas, cremas antiarrugas, ediciones venales y no venales, estetas, taumaturgos, magos, teósofos y cenas pantagruélicas en El Tigre.
El otro lado: hálito putrefacto de la miseria que fulmina, de la desesperanza que aplasta, del futuro inexistente.
Lidia blandió una daga invisible:
—Hablando de perfeccionar, ¿conocen a una tal Lía Felbenzi? Claudia y Julio negaron con la cabeza.
—¡Ah!, me parece que no saben nada, les voy a dar una sorpresita.
—Lidia forzó el acento.
Abrió su bolso y les enseñó el artículo, en el que se citaba a La Sociedad Transatlántica, publicado en el número veintitrés de Tranvía Girondo y firmado por esa mujer desconocida que se hacía llamar Lía Felbenzi.
Claudia devoraba las páginas, Julito echó un vistazo general: se cansaba de todo lo que no fuera él mismo, la forma de sacar dinero o hacerse famoso, apagaba el piloto automático, a la primera de cambio se
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obstruía, desconectaba, no se centraba y se entretenía con un mosquito que pasara volando.
—¿Y quién es Lía Felbenzi? —Claudia movía negativamente la cabeza.
—¿No les comentó nada el profesor Castelau? —Lidia hurgaba.
—¿Y por qué y de qué iba a comentarnos? —Ahí Claudia estuvo rápida.
—No sé, imaginé que estaban al corriente, creí que, por lo menos, habían hablado entre ustedes, como el artículo resalta el compromiso social de nuestros antepasados. —Lidia paladeó compromiso social.
—No imaginés tanto. —Por fin Claudia entendió la indirecta—. La imaginación a veces juega malas pasadas.
Guillermo trató de calmar los ánimos:
—Imaginar tampoco cuesta nada, Claudia, lo que Lidia quiere decir es que el subrayado político del artículo a lo mejor sirve de precedente para que la señora Trepper se decida a poner en marcha la subasta y los donativos para el fondo.
—No creo —contestó Claudia—, no creo, al contrario, si da a entender que los transatlánticos eran un grupo casi clandestino, este reportaje no sirve para nada. No sé lo que querés decir.
Lidia se incorporó:
—Lo que yo quiero decir es que me voy a la cama. Estoy destruida.
—La hija del arquitecto volvió a forzar el acento porteño.
—Lidia, por favor, quedate un ratito más. —Julito de pie, con una sonrisa penetrante y una agresiva sinceridad, le asió del brazo pero ella le miró de tal forma que el Adonis del Plata la soltó inmediatamente.
Para arreglarlo Julito le susurró al oído:
—Espero que no le fallés a mi mamá.
—Por supuesto que no, ni tú tampoco. —Y dirigiéndose a Claudia—: Te dejo este ejemplar de Tranvía Girondo, tengo más en la habitación. Que lo pasen bien, buenas noches.
Guillermo acompañó a Lidia al ascensor y telegramáticamente resumió los dos puntos a seguir:
—Primer punto: tenemos que entrar en el apartamento de Claudia sin que Claudia sospeche ni, claro, se encuentre allí; segundo punto: debemos indagar con cautela acerca de la relación entre Castelau, Claudia y Julio; ninguno de los dos conocía la publicación del artículo.
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—Tercer punto —añadió Lidia—: mañana almuerzo a solas con Vicente Castelau porque cualquiera sabe cómo vas a terminar la noche.
—Cuarto punto —Guillermo ya en broma—: ¿cómo diablos llevabas un ejemplar de Tranvía Girando en el bolso?
—Tú lo has dicho: cómo diablos.
La puerta del ascensor se cerró, Lidia temblaba. La puerta volvió a abrirse y Lidia salió del ascensor, pero Guillermo Brown ya se dirigía a toda prisa hacia el bar dispuesto a seducir y a ser seducido. —¡Cuídate! —exclamó, pero el novelista no pudo oírle.
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MOVIMIENTOS ESPECULARES
Buenos Aires, últimos días del siglo XX. Las nubes se podían rozar con la yema de los dedos, las nubes avanzaban por Nueve de Julio como cualquier otra noche de verano, la gente daba vueltas alrededor del Obelisco, viéndoselas venir.
Año Cero Cambalache,
problemático y febril,
que el que no llora no mama
y el que no mama es un gil.
Cambalache del Año Cero, del año dos mil: milenio de los locos.
En la avenida Libertador, en el apartamento de Claudia, después de enlazarse una y otra vez, ninguno de los dos amantes aprovecha su triunfo para tomar la fortaleza en llamas, al revés, se desgastan cada vez más; en ellos cualquier triunfo es relativo, disfrutan sin teatralidad.
Guillermo aceptaba los acontecimientos tal como venían; tenía la ligera sensación de que Claudia succionaba su voluntad porque siempre que la veía acababa enredándose con ella, pero también sabía que él provocaba esa manipulación. La noche anterior, en la coctelería del Continental, habían bebido los tres hasta caer rendidos, después, el Adonis del Plata, Julito Trepper, se disolvió alegando «el tradicional almuerzo familiar del veinticinco»; Julio no hizo ni un ligero reproche ni una mínima insinuación triangular, a Guillermo no le hubiera importado compartir otro tipo de placer, aparte del literario, con ese Adonis macabro y tormentoso, sobre todo porque se alzaba la posibilidad de observar a la extraña pareja a través del mismo periscopio. Julio se había contenido, se mostró suave, diestro, después del fracaso de su gestión diplomática con Lidia, pero el resto de la velada no agobió a Guillermo, como el día en que
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se conocieron, respecto a sus proyectos literarios, no le dio a leer nuevos poemas, sólo una vez manifestó, de pasada, que se había reconciliado con el género narrativo, había vuelto a leer novelas, aunque no especificó si leía una o varias a la vez.
—¿Por qué Julio y tú no están juntos? ¿Por qué no comparten el
mismo techo? —Guillermo no pudo ser más explícito.
—No, imposible por ahora. Acá no entro ni yo, además, Julio alquila un ático en la calle French y lleva una vida social de acuerdo a su clase, y a mí ese mundo no me interesa. Julito pasa temporadas conmigo, eso nos basta a los dos, viene y se va cuando le apetece, es libre, como yo. Desde afuera nuestra relación parece bastante rara, pero no lo es en absoluto.
Guillermo no formuló ninguna otra pregunta porque no hizo falta: la nieta del cónsul Sweir siguió hablando en voz baja. Claudia inició un monólogo acerca de su vida, fue curioso porque parecía describir la existencia de una tercera persona; fijaba imágenes e inmediatamente después las borraba para dar paso a otras: las imágenes aparecían y desaparecían como esas fotos que, sin saber por qué, uno guarda en un cajón desde hace treinta años y cuando las vuelve a ver, al cabo del tiempo, ni siquiera recuerda quiénes son las personas que están a su lado, dónde está hecha la foto, ni siquiera sabe por qué está allí.
Claudia abordó lo de su cicatriz:
—Me rajó la cara el capataz de una estancia, allá en Río Negro. Un desalmado que vendía a través de una cooperativa de su propiedad, pero en las tierras del amo, a la mano de obra, al campesino, gente buena, gente curtida, les vendía, el hijo de mala madre, todo lo necesario para seguir viviendo: alimentos, ropa, alcohol, cualquier cosa que se necesitara en aquella extensión desprovista.
Claudia le explicó que esa fórmula social se había ensayado con más o menos normalidad en el norte de Argentina, en la frontera con Paraguay, Bolivia y Chile, pero que en el sur, en Río Negro, era una excepción, y todavía más en una estancia cuyas dimensiones podían equivaler a media Andalucía española.
—Te lo juro: después de trabajar a destajo durante horas y más horas, los empleados terminaban debiendo su salario, de esa forma acumulaban deudas que pagaban trabajando el doble; finalmente se veían obligados a laburar como esclavos para soportar la situación: los solteros o aventureros sin familia ni raíces se borraban en pocos meses, pero un
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padre con mujer y varios hijos, ¿qué podía hacer?, no tenía más remedio que quedarse y aguantar.
Claudia transmitió sin tapujos a Guillermo las razones de su radicalismo político y de su comportamiento seco y, a veces, autoritario. Sin haber cumplido veinte años, se había escapado de la casa de su tía, hermana de su madre, con quien residía desde que era una pendeja en el barrio porteño de Belgrano, ya que sus padres se habían separado cuando ella contaba pocos meses, rehaciendo sus vidas sin ni siquiera contar con ellos mismos, de tal modo que, sobresaltos del destino, los dos murieron juntos, y muy jóvenes, en un accidente de aviación; Claudia se fue para el sur con un camionero que la levantó en Bahía Blanca, muerta de frío y sin tener donde meterse. El rudo pero atractivo conductor solía hacer semanalmente la ruta Buenos Aires-Bahía Blanca-Río Negro con docenas de reses Beresford en el tráiler. Claudia llegó desvirgada a Río Negro pero con techo y puesto de trabajo porque el camionero la recomendó en una estancia.
—Yo quería huir de Buenos Aires y estaba dispuesta a trabajar en cualquier cosa, era una piba joven, inexperta y, efectivamente, hice un poco de todo en la estancia, finca le dicen en España, ¿no?, hice de todo, desde lavar ropa hasta atender, detrás del mostrador, a los clientes de la cooperativa, donde tuve ocasión de presenciar de cerca el sistema de explotación, lo que me quemó la sangre y casi me cuesta la vida. Un día reventé y le planté cara al capataz, un ser ladino, despreciable; le dije que era su deber construir una escuela y dotarla de maestros porque los hijos de sus empleados tenían la más cercana a ochenta kilómetros y les resultaba imposible ir y venir en la misma jornada. Se rió de mí, ni siquiera me contestó, y eso me dolió mucho; así que otro día le sugerí que tuviera cuidado con lo que estaba haciendo a través de la cooperativa, que algún empleado se podía ir de lengua y llevar el asunto a las autoridades. Tampoco me contestó, pero el hijo de puta, esa misma noche, lo recuerdo como si hubiera sido ayer, aprovechando que no había nadie, se metió en el barracón donde yo dormía y me armó un escándalo: empezó a insultarme, me llamó zorra, y sin detenerse, pretendió violarme, así que no se lo puse fácil, me resistí, entonces me fajó de lo lindo, y en un éxtasis violento me marcó la cara con un facón de los grandes, de esos que usaban los gauchos para cortar el asado.
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Mientras Claudia narraba su historia, la mente de Guillermo recreaba una novela con los parámetros de otra novela, la famosa Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, pero situada un poco más al sur y con el Orinoco trastocado en Río Negro. Como si le hubiera leído el pensamiento Claudia le corrigió:
—No estoy exagerando ni te estoy contando una historia del siglo pasado. Esto ocurrió, esperá que haga cuentas, en el año ochenta y cuatro, ya se habían ido los milicos, y había subido Alfonsín, mirá vos qué justicia: el tipo pasó unos días en la cárcel, después lo dejaron libre, y a mí me hicieron una cura de urgencia y me pagaron un billete de vuelta a Buenos Aires. Cuando mi tía me vio casi se muere del susto. La herida me desfiguró el rostro por completo pero me sometieron a varias operaciones de cirugía facial mientras rendía las materias de Ciencias Económicas en la Universidad Católica de Buenos Aires: iba a los exámenes con la cara vendada, un desastre. Y poco más, Guillermo: me recibí en el año noventa y asesoré varias empresas hasta que fui contratada en Mataderos Trepper, hace cuatro años. El resto, más o menos, lo sabés.
Guillermo no dejó pasar la oportunidad:
—¿Cómo que el resto lo sé? Todavía estoy esperando que me hables de tu abuelo el cónsul, ¿no te parece?
—Mi abuelo el cónsul —repitió Claudia mientras una calculada precisión se apropiaba de su relato.
—Albert Sweir murió, muy anciano, en Santiago de Chile, un año después de que me rajaran la cara, en el año ochenta y cinco. ¿Qué es eso de que desapareció y que se desconoce el sitio y el año en que murió? A mi tía y a mí nos avisaron una semana después de su muerte, cuando nos avisaron ya estaba enterrado. No sé de qué manera el cónsul se las arregló para vivir en Chile, cómo sobrevivió a su mundo, el gran mundo porteño del que fue testigo, partícipe. Con mi familia chilena no tengo relación, mis padres se separaron y, como te dije, murieron muy jóvenes, así que con mis tíos no tengo relación, nunca la tuve. Mejor así, son unos renegados, mala gente, unos fachistas. Nunca se interesaron por mí, nunca, al contrario, ellos impidieron que mantuviera relaciones con mi abuelo, al que de una u otra forma manipularon para llevárselo a Chile cuando triunfó el golpe de Pinochet. Al viejo lo borraron del mapa, lo acorralaron, y después convirtieron su memoria y su recuerdo en un cagadero.
—¿Estás segura de lo que dices? Yo tengo otros datos.
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—¿De dónde provienen esos datos? ¿Del Informe Castelau? Lo conozco y no aclara nada. No se sabe lo que pudo pasar entre los distintos miembros de La Sociedad Transatlántica, no tengo ni idea de cuáles fueron los motivos por los que, al final, Grandi y tu abuelo lo repudiaron de ese modo, pero cualquier cosa que ocurriera me parece que no está directamente relacionada con la salida del cónsul de Buenos Aires, ocurrió mucho antes y no fue decisorio.
—¿Y entonces por qué, así, sin razones aparentes, el cónsul Sweir decidió marcharse a vivir a Santiago?
—No te quepa la menor duda: le obligaron mis tíos chilenos quizá por cuestiones de oportunidad política que ahora no puedo precisarte. Pero la causa directa de su salida de Buenos Aires en absoluto fue el enfrentamiento del cónsul con Grandi y con tu abuelo, eso es imposible. Y te voy a decir por qué: al hacerse la partición de la herencia conseguí recuperar material biográfico y bibliográfico de mi abuelo que mi querida familia chilena pretendía destruir: libros, catálogos de exhibiciones, fotos en periódicos, postales amarillentas, revistas de la época, y un pequeño cuaderno con anotaciones deslabazadas hechas acerca de los acontecimientos culturales que se sucedían en Buenos Aires: conferencias, conciertos y exposiciones, en los que el cónsul siempre hacía un breve comentario marginal de su puño y letra: «acto cultural promovido por la S. T.»; incluso en ocasiones escribe, uno a uno, los nombres de los transatlánticos; en una de las últimas anotaciones fechada a mediados de los años sesenta, los nombra con estima y reconocimiento.
Guillermo notó que Claudia empezaba a calibrar las palabras:
—Por este material, que se completaba con algunas fotos de la inauguración del Obelisco, por primera vez tengo noticias de la existencia de los transatlánticos, la S. T. eran las siglas de La Sociedad Transatlántica, con la que mi abuelo se sintió vinculado hasta el final de su vida.
De pronto la confesión de Claudia se tomó fría y programática, pero a la vez ambigua y generalista: gracias a su abuelo ella había podido iniciar una sesuda investigación de aquellos años heroicos, aquellos años de vanguardia artística y ruptura política en Argentina, en los que estaban presentes, dijo, «mudos, aunque efectivos, los transatlánticos», cuyo espíritu y cuya actividad ejemplar le habían servido a ella, precisamente, para armarse de valor, «y enviarles la carta que les envié».
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—¿Y quién te facilitó nuestras direcciones en España? —Precisamente un funcionario de la embajada española en Buenos
Aires.
—Qué amable pero, sobre todo, qué discreto.
Explorar desde dentro, no podía desfallecer: Guillermo debía olvidar las contradicciones en las que incurría el gran cuento de Claudia porque, en virtud de su pacto con Lidia Grandi, tenía que meterse no sólo en su cama sino en un dominio más íntimo, en su mente.
—¿Y no me vas a enseñar el material que te dejó el cónsul? Esas postales amarillentas y el cuaderno con las anotaciones, que debe ser fantástico.
—Más quisiera, pero no los tengo.
—¿No están en tu poder?
—No.
Guillermo se acercaba a un terreno cenagoso:
—¿Y quién posee ese material? ¿No lo tendrá el profesor Castelau?
Claudia acusó el golpe bajo pero ni se inmutó:
—Sí, los tiene el viejo.
Daba la sensación de que Claudia no quería ocultar nada, quizá ya tenía conocimiento de todo lo que Lidia y él sabían. Guillermo se quedó descolocado mientras la Sweir, glacial y metódica, realizaba con pulcritud una nueva finta:
—Le entregué ese material cuando fui a verlo a la universidad. Había leído un libro suyo acerca del grupo Boedo, del expresionismo y las ideologías progresistas y periféricas en la capital federal; en fin, cuando me enteré que era hijo de Francisco Castelau, el rojo de los transatlánticos, fui a verlo inmediatamente y le di ese material por si le servía de algo, no para reivindicar a mi abuelo, si podía reivindicarlo mejor, pero yo no le di el material estrictamente para eso, sino para que completara sus investigaciones.
Y antes de que Guillermo moviera los labios Claudia prosiguió:
—Vicente y yo decidimos representar ante ustedes la patética comedia de que nunca nos habíamos visto, de que no nos conocíamos, para no darles una mala imagen, pensamos, y por lo que se ve pensamos mal, que podían creer, qué sé yo, que se trataba de un complot, de una conspiración, de un chantaje de dos muertos de hambre que a lo mejor lo que querían era sacarles bastante plata aprovechando la coincidencia transatlántica.
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Estamos tan devaluados en el extranjero que, como argentinos, pero de los buenos, nos pusimos el parche antes de que nos saliera el grano.
—¿Y yo de dónde soy, eh? ¿Soy checo, soy malgache? Soy argentino, igual que ustedes.
—Sí, pero estás españolizado.
Aparte de la discusión sobre su procedencia, Guillermo Brown comprobó que la respuesta de Claudia era idéntica a la que le había dado Vicente Castelau a Lidia. Por lo tanto, o era cierta, o estaba pactada de antemano. Él podría haberle respondido: «¿Y por qué pensaron que íbamos a dudar de ustedes?», o «¿Por qué nos esquivaron durante cinco días? ¿Estaban haciendo tiempo, preparando mentiras?», cualquier argumento ajustaría los remaches, pero se negó a darle mayor importancia a la coincidencia y se mantuvo en silencio provocando un impasse que calmara su indignación, y mientras callaba logró colocarse una sonrisa, como un prestidigitador, sonrió un par de veces, y hasta consiguió mostrarse despreocupado por el sutil aroma de espionaje de toda la historia.
Guillermo se detuvo, no hizo ningún comentario sino que abundó en su imagen de novelista distraído, abrió un número atrasado de Gente, lo hojeó durante un rato sin abrir la boca, y después, sacando fuerza de su corazón laico, obvió el tema, lo trituró, y le pidió permiso a la anfitriona para ducharse; minutos después, debajo de la ducha, el novelista respiró con fuerza e ingirió dos pastillas que le produjeron el suficiente shock vitamínico para seguir fingiendo con estilo transatlántico, internacional.
Al salir del baño Guillermo invitó a Claudia a almorzar en el Tortoni.
—Okey.
Y en el Café Tortoni, mientras deglutían unos soberbios gnocchi al pesto, y entre verdades, mentiras y confesiones retocadas, los dos se iban percatando del precio de rebaja con el que estaban liquidando su relación, pero lo aceptaban y hasta parecía gustarles aquel círculo de hacer el amor, engañarse y, vuelta a empezar. En un momento Claudia vio reflejadas sus falsas estrategias en los espejos con marcos dorados del Café Tortoni. Ella necesitaba contrincantes y no mequetrefes, así que le planteó el tema central, el diario desaparecido del impresor Armando Brown. Lo hizo a bocajarro, le ayudaba una sensación de paz climática y el capuchino con hielo que pidió en sustitución de un postre.
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—Tengo entendido que cuando se sustanció la venta de la biblioteca de tu abuelo, el diario fue vendido por tu padre con el resto de los libros.
Guillermo, confiando en sus propias investigaciones, trató de seguir con batallas imaginarias, incluso añadiendo ingenuos ecos pastoriles. Intentó un drible:
—Papeles y más papeles. Estoy cansado. Todo lo anterior a nosotros, llámalo pasado, llámalo recuerdo, se reduce a páginas que se escribieron y que se han perdido después; analiza: el diario de mi abuelo, el cuaderno del tuyo, el dossier del profesor Castelau, nada certero, nada real.
Su actitud se hizo transparente y Claudia le cortó:
—No te comprendo, hace dos horas querías aclararlo todo y ahora no querés entrar en detalle.
Guillermo recapituló:
—No te esquivo. Los tomos de ese diario no se vendieron con el resto de los libros. Días antes de sustanciarse la venta de la biblioteca, yo mismo la visité por última vez y, fíjate por dónde, aquellos volúmenes ya no estaban allí, habían desaparecido. Además, ¿qué es eso de que tienes entendido que el diario se vendió con el resto de la biblioteca?, en nuestra primera reunión sugeriste que conocías el paradero del manuscrito, ahora dices que tienes entendido se vendió con el resto de la biblioteca, en qué quedamos.
Claudia estaba satisfecha, por fin había hecho saltar a Guillermo, así que clavó sus ojos en él:
—Me limito a transmitirte la información que recabé en algunas librerías de la capital, porque, para qué voy a engañarte, intenté hacerme con ese diario, intenté comprarlo, me pateé medio Buenos Aires para hacerme con él.
—Bueno, entonces enséñamelo.
—¿Cómo?
—¿O también lo tiene el profesor Castelau?
El par de pastillas propiciaban el milagro: Guillermo interpretaba su papel con una credibilidad digna de Alfredo Halcón en Eduardo II, devolvía la pelota.
—¿No oíste bien? Termino de decirte que intenté hacerme con el diario, no que me hiciera con él. La búsqueda resultó infructuosa, pero…
—Claudia pareció dudar un momento.
—Pero qué.
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—Hay un librero, ya retirado, que quizá pueda ayudarnos a seguir el rastro de ese maldito diario.
Guillermo atendía con atención, aunque ya sabía el nombre del librero:
—¿Quién es ese librero?
—Aldo Eisemann.
—Claro, Eisemann, le vendía libros a mi abuelo.
Con un resquicio de credibilidad Claudia propuso una estrategia:
—Supongo que puedo conseguir su dirección, y si no seguro que
Castelau tiene que saberla, vamos a telefonearlo.
—No vamos a telefonearlo.
—¿Qué me querés decir?
—Ya hablé con Aldo Eisemann, y no sabe nada del diario, nunca lo vio, no tiene idea de su existencia.
Claudia reaccionó mal:
—¡Pero qué juego te traés entre manos!
—El mismo que tienen ustedes: por qué no me dijiste una palabra del intento de atropello que sufrió Castelau la otra noche.
Claudia arqueó las cejas:
—¡Y qué tiene que ver eso con la búsqueda del diario y con todo lo demás!
—Mucho, lo mínimo es que si conocías el hecho me lo hubieras comentado.
Entonces se produjo un corte fatal entre ellos, un cortocircuito imperceptible que podría haber sido, como siempre ocurría, un corte efímero, fugaz, pero que con el transcurso de los días se ahondará y se convertirá en apagón definitivo; Guillermo ahora no sospecha que Claudia ha entrado en el grado superior de ofuscamiento en el que cae cuando se ve obligada a dar explicaciones a la fuerza; detesta dar explicaciones a la fuerza porque una vez le obligaron a hacerlo, le arrancaron la razón de manera violenta y le marcaron el rostro.
Cortocircuito, la Sweir no soportó la situación:
—Tengo mucho trabajo para estar discutiendo estupideces. Me voy. Claudia se levantó de su asiento y sin despedirse salió a paso rápido
del Tortoni. La vio perderse, volando, entre la muchedumbre.
Guillermo se quedó plantado, inmóvil, con mal sabor de boca, sin saber qué hacer, cómo reaccionar; no se trataba de una sensación nueva: se
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trataba de una sensación de vacío, de angustia, que confiaba que después se disolvería en la calle, en el anonimato.
Pero no está seguro, y es que intuye que Claudia, esta vez, ha decidido marcar distancias.
San Juan 589
Febo asoma, ya sus rayos,
iluminan el histórico convento;
tras los muros, sordo ruido oír
se dejan de corceles y de acero;
son las huestes que prepara
San Martín para luchar en San Lorenzo,
el clarín estridente sonó y a la voz
del gran jefe a la carga ordenó.
El objetivo de Guillermo era la ciudad de Rosario. Será un fugaz desplazamiento, un viaje onírico por la autopista Panamericana. El cómodo ómnibus de la línea Chevalier cortaba el aire mientras Brown recordaba la Marcha de San Lorenzo, música: Cayetano Silva, letra: Carlos Benielli, himno oficial del ejército argentino que rememora el decisivo encuentro entre los Granaderos a Caballo y las tropas realistas, a escasos kilómetros del hoy puerto fluvial, allá por el tórrido verano de mil ochocientos trece. Guillermo Brown conocía la letra de memoria porque era obligatorio aprendérsela en las clases de música de quinto grado de escuela primaria.
Aún hoy sigue siendo obligatorio.
La entrada a la ciudad que besa el río Paraná fue de una absoluta tristeza, aunque al ir acercándose al centro y surgir la catedral, las plazas, la calle Córdoba, las mansiones déco y noucentistas del bulevar Oroño, el racionalista Monumento a la Bandera, lo axial respecto a lo natural, Guillermo percibió que la ciudad cambiaba radicalmente y aparecía esa urbe mercantil y esplendorosa que fue llamada la Chicago argentina y que posee rincones sorprendentes, como el parque de la Independencia, con estanques surcados por ánades que no merecen invectivas poéticas y una majestuosa glorieta neoclásica donde van a fotografiarse los recién
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casados, y un museo contemporáneo, el Castagnino, cuya singular colección nada tiene que envidiarle a otros museos latinoamericanos.
¿Quién iba a decirle que volvería a Rosario?
La había visitado con doce años, acompañado de sus padres, y apenas recordaba la verdosa frondosidad de los márgenes del Paraná, ese ancho mar de chocolate que a veces desciende furioso de Santa Fe y arrastra la tierra desprovista, los llamados cachalotes, rodeados de insaciables pirañas que pueden dejar en los huesos a una vaca o a un caballo, ya no digamos a una persona, en apenas unos minutos; recordó un fatídico accidente que ocurrió cuando era niño: una barca repleta de colegiales volcó en la isla de Espinillo, en mitad del Paraná y no se encontró un solo cadáver porque todos fueron devorados velozmente por las insaciables pirañas.
¿Quién iba a decirle que volvería a Rosario?
Y es que cuando llegó al hotel, en Buenos Aires, le entregaron una nota de Lidia:
Ha llamado varias veces Aldo Eisemann, quería hablar contigo, pero como no estabas me puse al teléfono, y el anciano, un poco ofuscado, no entiendo por qué, me dijo que encontró los datos que te interesan, y que son los siguientes: una parte significativa, por calidad más que por cantidad, del fondo de la biblioteca de tu abuelo, fue vendido a un abogado rosarino, Ernesto Baclini, cuya dirección en Rosario es calle San Juan, número 589.
Él avisó a Baclini, que espera tu visita por la mañana. Supongo que cuando leas esta nota saldrás inmediatamente de viaje.
Suerte.
L. G.
Cuando descendió del Chevalier decidió ir dando un paseo desde la estación a la calle San Juan, algo lejos, una docena de cuadras, pero quería estirar las piernas, vagar libre antes de entrevistarse con Baclini y enfrentarse a la verdad. Al llegar al número 589 de la calle San Juan Guillermo se encontró ante una casa erigida en los años treinta que hacía esquina con la calle Laprida, una casa con aspiración de estilo, ventanas góticas no demasiado grandes y cuya fachada, que se conservaba mejor en el bajo y peor en el entresuelo, primer piso y terraza, estaba coronada por un original ornamento en forma de concha marina.
Pulsó el timbre y le abrió directamente Ernesto Baclini. Se presentaron.
—Le estaba esperando. —El dueño de la casa le tendió la mano.
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Baclini podía ser descrito como un dandi, si es que aún quedan dandis; se trataba de un delgado caballero, entre cincuenta y sesenta años, enfundado en un traje azul eléctrico de verano con chaqueta doble pecho, fino bigotito sobre el labio superior, camisa blanca sin corbata y calzado por unos Bentley arena; ¿por qué sin corbata?, porque era imposible aguantar una corbata a causa de los rigores húmedos provenientes del Saladillo y la sensación de agobio producida por las incesantes plagas de mosquitos que suelen invadir Rosario en los terribles, climatológicamente hablando, meses de diciembre y enero.
Subieron al primer piso por una estrecha escalera de mármol blanco, una escalera nada espectacular, aunque sí curiosa por los recovecos de su recorrido; el abogado abrió la puerta del living e hizo sentar a Guillermo en una butaca Luis XVI mientras él ordenaba que la asistenta sirviera un café.
—¿Desea un café?
—Gracias.
—Irma, el café.
Baclini había mantenido una conversación telefónica con Aldo Eisemann y estaba al tanto de sus investigaciones.
—Mirá, Guillermo —le tuteó sin permiso y eso le encantó al novelista—, no tengo idea de la existencia de ese diario, a mí no me llegó ningún volumen inédito, nunca lo vi, te digo más, si me lo hubieran ofrecido lo hubiera rechazado, a mí me interesan las ediciones raras, no soy editor sino bibliófilo.
Sirvió el café y mientras le alcanzaba el posillo a Guillermo acotó:
—Me acuerdo de la adquisición de aquellos libros como si fuera ayer, y han transcurrido, por lo menos, veinte años. Como es usual en él, Aldo Eisemann me telefoneó para decirme que se trasladaba a Rosario el intermediario de una familia que se iba a vivir a España y estaba vendiendo su biblioteca privada, una de las más importantes del país. El viejo librero sabe poner la carnaza en el anzuelo, siempre me hace picar, en aquella ocasión me preguntó si yo le daba permiso para facilitarle mi número de teléfono a ese tipo con objeto de que me llamara nada más llegar a Rosario, después añadió que, sin lugar a dudas, valía la pena que yo echara una ojeada a aquellos volúmenes porque había joyas inencontrables.
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El abogado invitó a Guillermo a seguirle y entraron en una habitación no demasiado grande pero forrada de libros. Baclini abrió una vitrina y apareció parte de aquel tesoro.
—Lo más disparatado del asunto —continuó— es que aquel individuo no se trasladaba a Rosario con un catálogo de muestra sino que venía con los libros a cuestas, venía a Rosario físicamente con aquellos volúmenes porque acá decía tener otros compradores y muchísima prisa por deshacerse de ellos. Por supuesto, Aldo Eisemann le había indicado que primero me los ofreciera a mí, uno de sus mejores clientes, y claro, al verlos, no me pude contener y los compré.
Entre otras maravillas Baclini le enseñó un Manifiesto de los persas, fechado en Valencia en mil ochocientos quince, una biografía del caudillo Juan Manuel de Rosas editada durante la primera presidencia de Julio Roca por el Ministerio de Fomento, una edición francesa del De profundis de Wilde sufragada por Robert Ross y encuadernada en tafilete color sangre pichón, y otros títulos raros, desde una traducción de Las siete lámparas de la arquitectura de John Ruskin, publicada en Montevideo en 1907, hasta la plaquette titulada El correo de ultramar hasta Fisherton, de un destetado poeta Vilaseco que posteriormente sería reseñado en las famosas Crónicas de Bustos Domecq, y etcétera, etcétera, así hasta cerca de cuatrocientos volúmenes, que de inmediato Guillermo había reconocido como parte integrante, quizá los mejores títulos, de la biblioteca de su abuelo en la Casona de calle Brasil.
—¿Pertenecían a tu abuelo?
Guillermo asintió.
—Desde un principio intuí que estos libros procedían de la colección del impresor Brown, era imposible que vinieran de otro sitio, pero como Eisemann me dijo que tenía absolutamente prohibido revelar el nombre de la familia, yo tampoco me manifesté en otro sentido, me limité a cerrar la boca, me hice el tonto, no pregunté nada más. La cuestión es que aquel tipo misterioso me citó al día siguiente, muy temprano, en el hotel Italia, no quiso decirme su nombre, sólo me dio el número de la habitación que ocupaba, acudí y al ver estas joyas se me fue la cabeza y compré la partida completa, en total trescientos noventa y seis volúmenes. No hay ningún incunable pero, como ves, no hace falta.
Al observar aquellos ejemplares que formaban parte de su vida, de su sangre, al acariciar sus lomos y sus páginas, Guillermo tuvo una súbita
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reacción:
—¿Y no sabes cómo se llamaba el testaferro?
—¿Testaferro? Hasta hoy no se me había ocurrido, mirá vos, siendo yo abogado, pero, sí, es el término apropiado, aquel tipo era un testaferro de…
—De mi padre.
Baclini arqueó las cejas.
—Se negó a darme su nombre, aludió al secretismo profesional que se exige en estas ventas, al expreso deseo de los vendedores de permanecer en el anonimato, y yo respeté ese deseo, no podía hacer otra cosa.
—Al menos podrás describirme su aspecto físico.
El abogado miró al vacío y entrecerró los ojos tratando de recordar:
—Que yo recuerde no tenía muy buena pinta, tendría unos cuarenta y tantos años, pero estaba prematuramente envejecido, nariz aguileña, tez cetrina, pelo canoso, iba trajeado, aunque el traje estaba raído, ya te digo, no tenía muy buen aspecto; pero era, eso sí, muy culto, lo noté por los conocimientos que desplegó con alguno de los títulos, en sus comentarios se le notaba una gran cultura, se le notaba entre sarcástico y resentido, era un personaje, parecía profesor, no lo sé.
—Yo sí lo sé, no era, es, profesor de literatura en la Universidad Popular de Buenos Aires y se llama Vicente Castelau.
Cabral, soldado heroico,
cubriéndose de gloria,
cual precio a la victoria,
su vida rinde
haciéndose inmortal.
Tras despedirse de Ernesto Baclini, Guillermo regresó a Buenos Aires; las piezas del rompecabezas se iban encajando, aunque todavía eran densas y muy oscuras las motivaciones que habían convertido a su padre en un bibliófago, y al profesor Castelau en su obediente testaferro. Las piezas del tablero, más que nunca, exigían astucia y contención, y si el complot, como podía suponerse, venía de tantos años atrás, sin lugar a dudas merecía el calificativo de terrorífico, porque terrorífico son los hechos que se suceden en cadena y desde la oscuridad, encabalgándose unos a otros, hechos que ocultan fines y dañan, en su loca carrera, a personas inocentes.
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Y allí salvó su arrojo
la libertad naciente
de medio continente
¡Honor, honor al gran Cabral!
El veintisiete de febrero de mil ochocientos doce el general Belgrano enarboló por primera vez, en las barrancas frente al Paraná, la blanquiazul insignia argentina; cuando el Chevalier que devolvía a Guillermo a la capital federal, rebasó el Monumento conmemorativo de aquella gloriosa gesta, con su propileo, amplias escalinatas de ritmo lento, heroicas esculturas y, por fin, volumen neto y desafiante de la torre sobre el río, símbolo de la patria abanderada, al novelista se le ocurrió pensar, paradójicamente, acerca del escaso valor simbólico que a veces tiene una bandera.
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ESCUELA MECÁNICA DE LA ARMADA (ESMA)
Lidia no entendía por qué Julito Trepper llevaba dando vueltas por Roque Sáenz Peña desde las cinco de la tarde y a las seis y media aún seguía vagando, calle abajo, calle arriba. El calor volvía a asfixiar Buenos Aires; la ciudad transformada en un damero iridiscente y pegajoso a esas horas invitaba muy poco a pasear. Desde la ventana de su habitación Lidia espiaba los bandazos del Adonis del Plata, autor de dos poemas, uno de ellos inacabado, gélido seductor, cuentista en sus horas ocupadas, desequilibrado, hijo de su madre; mientras tanto, Lidia, esquinada, veía y no era vista, controlaba ajena al control.
En un descuido Julito se le perdió y Lidia se inquietó:
—¿Recepción?
—Sí, dígame señora Grandi.
—Le quiero hacer una pregunta.
—Sí, dígame.
—Mire, ¿no ha pasado por ahí un chico alto, rubio…?
—¿Muy rubio, ojos celestes, con buena pinta?
—Sí, claro, muy buena pinta.
—Sí, ahora mismo se encuentra en el hotel, creo que en cafetería, ¿desea que le avise?
—No, no, por favor, sólo quería saber si estaba reunido con alguien. —No, que yo sepa no, me parece que está solo. Entró y preguntó por
su amigo, cómo se llama, al ser apellido extranjero se me olvida, tiene el mismo apellido que el prócer…
—No se preocupe, preguntaría por el señor Brown.
—Por el mismo, el huésped de la sesenta y cuatro.
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—Si no le importa, ¿me puede decir lo que usted le respondió? —Le dije que el señor Brown estaba ausente. Y Lidia indagatoria:
—¿Y no le dijo nada más?
—No señora Grandi, no le dije nada más por una sencilla razón.
—¿Cuál? —Lidia súbitamente alterada.
—No tengo la más remota idea de dónde se encuentra el señor Brown.
La recepcionista percibió el nerviosismo de su interlocutora.
—¿De veras no desea que le avise?
—Todo lo contrario. Esta conversación no ha existido y si pregunta por mí, yo tampoco estoy en el hotel.
—De acuerdo.
—Gracias.
—Por nada.
Lidia se acercó a la puerta y cerró con llave.
Agotada, negaba sus premoniciones, las desatendía. Había comido entrañas y chinchulines con Vicente Castelau en la espaciosa parrilla de Leandro Alem, todo de chuparse los dedos; sin embargo, el profesor, más que nunca, mareó la perdiz, la conversación se había estancado en el mismo punto con el agravante de que Castelau empezó a categorizar sobre una y otra cosa, categorías ajenas a las razones del almuerzo; para colmo a Lidia le cayó bastante mal que el profesor no dijera una sola palabra acerca de sus verdaderas relaciones con Claudia Sweir y con los Trepper y se quedó atónita cuando opinó con insultante indolencia acerca del artículo sobre La Sociedad Transatlántica aparecido en Tranvía Girondo:
—Ese artículo está bien escrito, es absolutamente reivindicable.
—Su autor no puede decir lo contrario.
—¿De qué estás hablando?
Lidia comprobó que algo empezaba a oler a podrido, y si bien ella le engañó cuando el profesor le preguntó el porqué de la incomparecencia de Guillermo, «no tengo la menor idea», tenía la impresión de que la persona con quien almorzaba no era la misma a la que telefoneó desde Madrid apenas diez días antes sino una réplica o su doble.
Julio esperaba en la cafetería del hotel, esperaba a Guillermo exactamente a la misma hora en que Guillermo ya tenía conciencia del complot, aunque no sabía muy bien cuáles era sus motivos, sus directores y su finalidad, la añagaza había sido una carta con fraseología izquierdista,
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apelando a los buenos sentimientos, al recuerdo familiar, a la memoria de los años dorados; las acciones siguientes debían ser certeras y fugaces, o no serían. Esa misma mañana Julio y Claudia habían discutido. Era el cúmulo de diversas furias: estaban mal coordinados, Castelau se les escapaba y Bibiana no les recibía: Julio no veía demasiado a su madre, sólo la visitaba para dirimir cuestiones monetarias.
Claudia hacía cuentas y empezaba a redactar los estatutos de aquel fondo contra la pobreza, la explotación y el hambre, ese fondo utópico que carcomía su pensamiento. Julio Trepper hacía cuentas pero sus cuentas eran incompletas, como sus versos, y al final no distinguía las cifras de los versos, la realidad de la imaginación. Se dijeron cosas terribles, se lanzaron amenazas, y al final Claudia no tuvo más remedio que echarlo del apartamento: por eso Julio aguardaba al novelista en la cafetería del hotel, ansioso y arrepentido. Quería desvelarle múltiples secretos, lo fascinante que podía llegar a ser, quería descubrirle algunos misterios: seducirlo. Pero los hechos se sucedieron tal y como siguen.
Al amanecer, una vez descendió del ómnibus, en Retiro, Guillermo se fue al hotel y durmió a pierna suelta durante toda la noche. Por la mañana desayunó con Lidia. Se intensificaron los intercambios, Lidia le puso al día del oscuro pretendiente que se había pasado la tarde haciendo la ronda, Julito Trepper:
—Si lo hubieras visto toda la tarde de ayer merodeando por los alrededores del hotel, Sáenz Peña arriba, Diagonal abajo, como un perro guardián, como un perro fiel, esperándote. Esta mañana me dijeron en recepción que permaneció hasta las ocho en cafetería, y que después de tres horas desistió y se fue.
Guillermo no le concedió mayor importancia a la frustrada visita de Julio Trepper, su mente estaba ocupada por la información que le había dado Ernesto Baclini, sus sospechas cobraban cuerpo. Por lo tanto, desvió la conversación y contagió a Lidia la necesidad de controlar al triángulo formado por Claudia Sweir, Julito Trepper y Vicente Castelau; pero debía hacerlo sólo ella, ella debía localizarles, atraerles y entretenerles a una celada virtual, mientras él estuviera operando solo, y lo que era principal: libre. Lidia debía inventar sobre la inventiva, tentar la suerte, ocupar el primer plano mientras el novelista accediera al apartamento de Claudia en ausencia de Claudia, revolviera sus papeles, conectara el ordenador, la computadora, hurgara sus carpetas y abriera sus documentos, en
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definitiva, franqueara la trastienda de aquel escaparate para conseguir razones, motivos, testimonios reveladores que respondieran a tantas preguntas y al porqué de la manipulación. Debía quedar claro: ella con ellos, y él solo. Mediaba un aprovechamiento: dos días atrás Claudia le había entregado las llaves de su apartamento, «para lo que se te antoje»; Guillermo sintió cómo se deslizaba hacia abajo, palpó su caída moral, además, probaba la ponzoña de la inseguridad, ¿y si se equivocaba? ¿Y si lo descubrían, como decían en España, en plena faena?, pero ya no había vuelta atrás, debía seguir adelante.
La voz de Lidia repitió la misma frase tres veces:
—En la cafetería Oswald en plaza Lavalle, dentro de una hora, o sea, a las cuatro, tengo cosas importantes que decirles, apreciaciones y datos sobre La Sociedad Transatlántica y sobre mí misma. Se van a sorprender.
Lidia reiteró esas palabras a Claudia, a Julito Trepper y al profesor Castelau, habló con calma, tal como le había aconsejado Guillermo. Milagrosamente logró localizar a los tres, y los tres, por separado, confirmaron su presencia. Lidia supo entonces que la suerte trabajaba para ella, y a qué negarlo, para su indómita energía, pero también era consciente de que carecía de argumentos que justificaran el desplazamiento de tres personas a plaza Lavalle a las cuatro de la tarde del tórrido verano porteño.
Respecto a los argumentos, sólo tenía una hora para inventarlos.
—Ya está. —La confirmación surtió el efecto de un laxante—. Ya sé lo que les voy a contar.
A eso de las tres Guillermo salió disparado de la habitación de Lidia, se dirigió a la suya y recogió un cuaderno de notas, su pluma Parker y su máquina de fotos. El teléfono no cesaba de sonar y él lo dejó sonar, incluso oyó que seguía chillando una vez había cerrado la puerta, avanzaba por el pasillo, se subía en el ascensor y traspasaba la línea de recepción. Incluso hora y media más tarde, en el apartamento de Claudia, en el que había entrado sudando, alterado, casi en un estado deplorable, creía estar oyendo aquel martilleante sonido telefónico. Guillermo abrió la puerta del frigorífico, extrajo una cerveza Quilmes, se la bebió de un trago, conectó el ventilador de pie, lo colocó delante del sofá y con toda la calma del mundo se retrepó en él.
¿Y si, de repente, aparecía Claudia? Era improbable, pero si en ese momento aparecía nada iba a ocurrirle: respondía a la entrega de las llaves,
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a su confianza, a su invitación, pero no había entrado ahí para eso; sin pensárselo dos veces dio un respingo y se puso manos a la obra. Le desquiciaban los libros y montañas de periódicos desparramados en torno al despacho, en ese maremágnum resultaba prácticamente imposible descubrir nada de nada, entonces Guillermo decidió encender el ordenador.
Al principio aparecieron en la pantalla carpetas previsibles referidas a M. F. T. Mataderos y Frigoríficos Trepper (1995-1998): balances anuales, anotaciones contables, correspondencia y facturaciones; buceó entre porcentajes, ingresos, gastos, beneficios y pérdidas. Durante un buen rato se mantuvo frente a la pantalla sin demasiado éxito hasta que al cerrar una de las carpetas emergió inesperadamente otro documento titulado Epístola Española, que, como resultaba previsible, incluía la carta que Claudia Sweir les había dirigido a sus colegas transatlánticos peninsulares, aquel cebo que luego la nieta del cónsul alemán copió a mano quizá para hacerla más emotiva; Guillermo sobrevoló como un rayo unas páginas que conocía de memoria, cuando, al final del documento, se revelaron dos subcarpetas que parecían contener fotos digitales: el descubrimiento aterrador.
En la primera foto aparecía un retrato de Julio Trepper bajo la llamada óptica del esplendor frío (kalte pracht); la figura fulguraba sobre un fondo negro, Julio despedía intensos brillos basados en el contraste. Guillermo recordó que en los años veinte el expresionismo berlinés había cultivado ese truco lumínico, y que ya mediada la década siguiente, en los treinta, Von Steinberg, la Dietrich y Leni Rieffensthal, sobre todo esta última, explotaron al máximo el aura gélida en sus modelos para alcanzar una especie de vínculo mitológico con Dios, con el poder, y en definitiva, con la muerte. La foto perturbaba: Julio, sentado en el sillón de una clínica dental, miraba a la cámara con los ojos virados en blanco. De su boca entreabierta destacaban los caninos, tenía ambas manos atadas a la nuca, brazos y nalgas al aire, y un calzón ajustado marcando el sexo protuberante; salvo por un complicado corsé fijado al torso y dos aparatosas rodilleras, nada ni nadie le protegía de la posible agresión de una sombra, ¿quizá el dentista?, que simulaba descargar un objeto punzante sobre aquel pulcro ecce homo; por último, un teléfono negro sobre la mesa supletoria sustituía el instrumental del odontólogo y dos
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hileras de monitores de televisión encendidos remarcaban el contexto aurático.
Guillermo no se percató del colapso de Julio hasta observar el derrame, un punto de luz negra, que hería su pupila derecha, una ligera moradura en la mejilla y un par de guantes de boxeo en el suelo; el espía se estremeció: en la performance el paciente aguardaba satisfecho una segunda intervención, una nueva y violenta acometida, aunque hasta ese momento se mantenía impoluto. Los golpes anteriores habían sido propinados a la perfección, y excepto por las diminutas hemorragias, no se notaba el brutal ensañamiento. La procesión iba por dentro. Pero Guillermo se detuvo en otro detalle estremecedor que definía la fuerza destructiva de aquella foto, su pútrida metáfora de muerte, su homenaje a la tortura colectiva: tres de los monitores inferiores no estaban en blanco sino que reproducían escenas inquietantes que al principio no logró descifrar. De esa forma se vio obligado a practicar un zoom tras otro, hacia delante y hacia atrás, Guillermo avanzó y retrocedió hasta que pudo centrar y ampliar la zona inferior de la foto. Y allí palpó el horror en tres secuencias. En la primera pantalla una mujer daba a luz maniatada, en la segunda a la misma mujer se le practicaba, inmediatamente después del parto, la picana en sus genitales ensangrentados, en la tercera, la mujer era penetrada por un gorila del ejército, desnudo de cintura para abajo. Por todas partes se percibía un mudo e inmenso dolor mientras que la sangre derramada salpicaba el suelo y las paredes.
Pero lo más impactante no fue eso, hubo más, lo más impactante fue que el novelista pudo leer, en un faldón explicativo, que aquellas terribles instantáneas eran reales y habían sido grabadas en las dependencias de la ESMA, sigla fatídica de la Escuela Mecánica de la Armada, en el año 1978. Guillermo echó para atrás la cabeza y apretó con fuerza la mandíbula: ¿qué inmundo rito parodiaba esa foto? ¿No sería la clínica dental una sutil recreación de la ESMA, donde se torturó, y después se asesinó, a miles de personas? ¿Cómo podía hermanarse en frío, y por mucho esplendor frío, aquel higienismo exterminador con el arte fotográfico? ¿Cómo permitía Claudia que aquella monstruosidad durmiera en sus documentos?
Guillermo se puso en pie y movido por un extraño impulso corrió las cortinas del salón y del dormitorio. El apartamento quedó a oscuras, solamente iluminado por la pantalla; al novelista empezaron a temblarle
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las manos, así que se puso delante del ventilador y respiró hondo varias veces hasta que consiguió refrescarse y calmarse un poco. Entonces volvió a la tarea, cogió su cámara y disparó varias veces, fotos sobre foto: el flash iluminaba la pantalla congelando aún más aquellas atrocidades en blanco y negro. Acto seguido dejó la cámara y pinchó el siguiente icono del que surgió una nueva composición fotográfica: aún no estaba curado de espanto. Pero no pudo proseguir con su trabajo porque oyó el golpe brusco del ascensor, oyó los pasos de alguien que salía del ascensor, oyó cerrarse la puerta tras de sí y oyó que ese alguien se dirigía al apartamento. Guillermo, sin inmutarse, esperó la catástrofe. Durante breves segundos tuvo la certeza de que la maniobra de distracción de Lidia había fracasado y que Claudia se disponía a descubrirle, y a él se le habían secado las ideas y las justificaciones, no sabría qué decirle. Sin embargo no fue así, Claudia pasó de largo e introdujo la llave en la puerta contigua; no se trataba de Claudia sino de un vecino.
Por un instante el novelista de prosa demorada imaginó un Tiranosaurio Rex engullendo a la gente y destruyendo edificios a lo largo de la avenida Santa Fe.
Mundo fotográfico: el segundo retrato le recordó a Guillermo la portada de un disco editado en UK en 1973, concretamente la portada de un long play del guitarrista inglés Mick Ronson, donde se versioneaba Love me tender de Elvis. La imagen era bien simple: una casa, una mujer, un hombre y un automóvil, todos inmersos en la eterna grisalla del mal tiempo londinense. En el primer piso de la casa aparecía Claudia, asomada a una ventana, sólo medio busto, el pelo suelto y más largo, se mostraba pálida y ausente, apenas se le notaba la cicatriz. De nuevo aparecía, en primer plano, Julio Trepper, apoyado en el capó del coche. Esta vez lucía camisa blanca, gafas de sol con montura dorada: llamaba la atención su cabello rubio engominado. La composición neutra, aunque difusa, se transformará, de repente, en pesadilla, cuando, nuevamente gracias al zoom, Guillermo descubra que el automóvil, sobre el que se apoya Julio, es un Rambler del 66 color verde claro con la puerta del conductor despintada, idéntico al que, le había dicho Lidia, intentó atropellar al profesor Castelau aquella noche en la Costanera. Aquel coche no sólo se había utilizado como elemento de la fotografía sino también como instrumento letal.
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Guillermo hizo una mueca de repugnancia: el trío no se limitaba a engañar a los demás sino que también atentaba contra sí mismo. Sin embargo, las cosas no estaban tan claras, cuanto más se acercaba a resolver los enigmas más se alejaba de ellos: el manuscrito aún inencontrable, la esteticista, políglota y semisecreta Sociedad Transatlántica hundiéndose en las sombras, incluso los datos que le había dado el mismo abogado Ernesto Baclini, con quien había estado charlando apenas unas horas antes en Rosario, quedaban desdibujados, muy atrás.
Encendió la impresora pero de inmediato se arrepintió, la apagó y optó por seguir haciendo fotos con su cámara. Lo último que deseaba era que le oyesen, levantar sospechas. Otra vez empezó a disparar, no sabía si saldría bien alguna foto —foto de foto: mala foto—, pero siguió disparando. Mientras fotografiaba un ruido cercano le obligó a cesar el reportaje. Ya no esperaba nada, ni la catástrofe, estaba agotado, sudoroso, así que se limitó a sentarse delante de la pantalla, no se atrevió a volver la cabeza, la vista se le nublaba, le dolía tremendamente la cabeza. Mal sin barreras, mal en estado puro: oyó un extraño sonido, el ruido se hacía más nítido hasta que sintió un golpe seco en la frente, sintió que se desplomaba, que la cámara fotográfica se le escurría de las manos: dejó de pensar; de pronto comenzó a viajar hacia dentro, como una estrella supernova a través de pasadizos galácticos, surcando el espacio hacia ninguna dirección.
Tres encapuchados le asaltaron desde atrás, él no los vio, le arrastraron de las axilas, lo sacaron a rastras del apartamento; para disimular lo mantuvieron de pie en las zonas comunes del edificio, pasillo, ascensor, entrada: marioneta en sus manos. Un Ford Falcón negro les esperaba en la puerta.
Semiinconsciente, Guillermo se preguntó cómo era posible que esto pudiera suceder todavía en Argentina.
Unos minutos más tarde el novelista despertó y comprobó que viajaba en el asiento de atrás de un automóvil; le habían maniatado de la misma forma que a Julio Trepper en el primer retrato: se encontraba incómodo, sangraba por la herida frontal, y le dolían las muñecas, las sienes, la nuca.
De repente había anochecido en Buenos Aires. Las luces de otros autos que pasaban a su lado le rasgaban los ojos y sufría lo indecible:
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quería apartar la vista pero no podía fijarla en ningún sitio. Tampoco podía resistirse, ni gritar, ni rezar: su pecho se estrechaba más y más.
El Ford, ¿o un Rambler?, estacionó frente a una especie de nave industrial, Guillermo no supo distinguir a qué sitio le habían llevado. Los tres encapuchados descendieron del vehículo dando portazos y como Guillermo permanecía en el interior del vehículo, sin moverse, le conminaron a salir. Por fin abrió la puerta, salió con dificultad, cuando logró ponerse en pie caminó lentamente. Entonces los matones se habían quitado sus capuchas y empezaron a insultarlo con voces roncas, varoniles, insultos humillantes pronunciados en voz baja: «la puta que te parió, caminá como los hombres, maricón». Al acceder a la nave se encendió una linterna: el espacio era muy grande pero Guillermo no percibió más que ráfagas de color naranja y algo parecido a un rumor de cuerpos arrastrándose.
Olía mal, olía a estiércol y a desinfectante.
Lo trasladaron junto a una pared, le obligaron a sentarse con la espalda apoyada en la pared; el novelista comprobó que estaba sentado sobre paja seca, palpó con los dedos. El olor era insoportable, olía a orín y a excrementos. Le alumbraron con la linterna y uno de los secuestradores le recomendó: «Ahora sí, ahora rezá»; en ese momento tuvo el presentimiento de que iban a liquidarlo, la idea no estaba madura en su mente pero ya había visto lo justo para constatar la violencia que le circundaba: cerró los ojos, los volvió a abrir, en ese intervalo habían encendido unas luces de intenso color azul eléctrico. Guillermo abrió otra vez los ojos y vio que se hallaba, calentito, entre reses vacunas; desde luego, se encontraba en un matadero. Y sin dar tiempo al tiempo se puso en marcha el mecanismo exterminador: las vacas iban pasando por un estrecho pasillo hasta llegar al corralito de la muerte, vértice de la riqueza nacional. La mayoría de las reses avanzaban tristes, melancólicas, pero algunas, muy pocas, se resistían, se echaban para atrás, intentaban resistir, pero ya era inútil.
El mecanismo proseguía rígido, inflexible. Un certero golpe en la testuz, a lo sumo dos. No había tiempo para más: las vacas eran destripadas tras sufrir un desmayo, si había suerte. Otras reses chillaban despavoridas porque si llegaba a fallar el golpe presenciaban su propia muerte, veían cómo el cuchillo las abría en canal, cómo estallaban sus
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vísceras a borbotones, cómo su sangre inundaba el sumidero y sus miembros descuartizados iban a parar a las cámaras frigoríficas.
Lidia sale a flote
—En resumen, éstas son las razones por las que les hice venir.
Julio Trepper y Vicente Castelau se miraron sin saber qué decir.
Lidia acababa de protagonizar otra de sus escenas, pero esta vez sin viajes astrales: recogió elementos de un naufragio argumentai e hizo cuanto estuvo a su alcance para justificar el haberlos convocado bajo aquel clima de fuego en el café Oswald, a las cuatro de la tarde. Pero a Lidia la magia sincrética le llegó tarde y casi hunde la estratagema de Guillermo y casi se hunde ella detrás con aquel absurdo guión. Y siguió erre que erre: hizo piruetas acrobáticas con el discurso, alteró sin venir a cuento a Vicente Castelau cuando sacó a la palestra, «esa porquería de artículo sobre La Sociedad Transatlántica», dijo, y «estoy averiguando quién es Lía Felbenzi, para, si viniera el caso, demandarla»; el profesor llegó a abrumarse, Lidia lo notó, en el mismo momento en que hacía su entrada al Oswald, brisca e inaccesible, Claudia Sweir.
—Espero que lo que tengás que decirnos sea importante. Tengo trabajo: estoy redactando los estatutos del Fondo Asistencial y preparando la subasta; esta noche quiero presentar a Bibiana un primer borrador, después de hacerse las ventas oportunas, por eso debo volver rápido a casa.
A Lidia se le pasó el dato de la subasta, sólo resonó en su cabeza «debo volver rápido a casa» y reconstruyó la escena: Guillermo sorprendido in fraganti, Claudia exigiéndole una explicación y el novelista en silencio con un sinfín de razones degradadas. Lidia ofreció a Claudia Sweir kilos de carnaza:
—Si ustedes conocieran mis contradicciones.
Julito bostezó de aburrimiento y Lidia pensó, «su magnetismo es su codicia, no le importa nada ni nadie, sólo él se importa».
—Sólo quería decirles —continuó— que Guillermo y yo no estamos en el mismo barco; por supuesto, viajamos juntos, pero en barcos distintos;
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Guillermo está obsesionado con el diario de su abuelo, desea recuperarlo a toda costa, se ha marchado de Buenos Aires, no sé adónde, se ha ido sin avisarme, como tampoco me avisa si va a un sitio o a otro; en fin, a mí me gustaría llegar a un acuerdo con ustedes, quiero decir, cuenten conmigo para lo que les haga falta.
Lidia se dio cuenta de que aquella retahíla de insensateces no tenía ni pies ni cabeza, ofrecer un pacto o una entrega, así, de cualquier modo, no tenía ni pies ni cabeza. Aquel ciudadano de oro que era Julito Trepper, sin venir a cuento, lanzó al aire una cuota de su incongruencia:
—¡Qué linda mujer sos, Lidia!
Claudia, Castelau y la propia Lidia empezaron a reír con aquella absurda salida de tono.
—¿No es linda mujer, profesor?
—¿Y quién dijo lo contrario? —corroboró Castelau.
—Muchas gracias —contestó Lidia agitando la cabeza como una boludita.
Y el Adonis del Plata insistió:
—Eres una linda mujer, sí, pero Guillermo, no sé, es tan distante. —Julio paró un segundo y prosiguió—: Yo intenté acercarme a él y, la verdad, no obtuve respuesta: lo busqué y no lo encontré, se me escapó de las manos.
—Ayer, por lo menos, lo buscaste y no lo encontraste. —Lidia no pudo soportar más a ese cretino que hablaba sin ton ni son.
—¿Ayer? —Julio frunció el ceño.
—Sí, ayer, en recepción me dijeron que preguntaste varias veces por Guillermo. Yo fui al cine y no coincidimos, cuando regresé terminabas de irte.
La blanquísima piel de Julio se tiñó de rojo bajo la atenta mirada de Claudia y de Castelau.
—Es verdad, ayer se me ocurrió hacerle una visita de cortesía a Guillermo, no se preocupen porque no fui a contarle secretitos.
—Y qué secretos le ibas a contar, anormal —dijo Claudia sin perder la calma.
La tensión se palpaba: Julio hizo ademán de levantarse pero el profesor le sujetó el brazo con determinación y le devolvió a la silla con mano firme mientras rompía el silencio, que siempre le caracterizaba en las reuniones, para templar entre unos y otros.
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—Bueno, muchachos, no se peleen, qué imagen se va a llevar Lidia de ustedes, no olviden que hemos venido hasta plaza Lavalle para escucharla.
Lidia terminaba de constatar la mezquina disidencia, el caos entre ellos, y eso la indignó: Guillermo probablemente estaba en lo cierto y estaban siendo engañados, manipulados, por distintos motivos. Dijera lo que dijera daba igual pero decidió hablar con el corazón, o con el trozo de corazón que le quedaba:
—En Barcelona vivo bien, estoy integrada, tengo un hijo formidable, un trabajo envidiable, pocos pero buenos amigos…
Claudia quiso intervenir, sin embargo, Lidia levantó su mano, un simple gesto que advertía «sigue siendo mi turno, querida», y Claudia enmudeció:
—Les quiero decir que he sufrido mucho en esta ciudad, Buenos Aires me trae un sabor agridulce a los labios, y a pesar de todo estoy aquí, ahora, con ustedes, sin saber por qué, a lo mejor a causa de este presente que nos ha tocado vivir, que es un basural, a lo mejor para superar el pasado, que casi siempre es otro basural, la muerte de mi padre me pesa, desde luego, en fin, quién sabe, quiero decir, y con esto termino, me gustaría que hicieran el esfuerzo de ser más transparentes conmigo, que no malgastemos las palabras ni juguemos a la ruleta rusa con personas y situaciones. Sinceramente, al episodio de La Sociedad Transatlántica no le doy un significado mítico, superior, intocable, pero tampoco me gustaría ensuciar su nombre para otros fines.
Claudia no abrió la boca, fue el profesor Castelau quien, esta vez, le contestó:
—Estoy de acuerdo con vos: hay que sofocar esa tendencia a mitificar. Me gusta esa negatividad tuya: no hay nada, la esencia es nada, Dios es la nada.
—No somos nada —terció Julio con sonrisa pícara. Otra vez todos rieron menos Claudia.
Castelau aprovechó su turno:
—Efectivamente Julito, no somos nada. Vos no sos nada y cuando heredés todos los millones que te va a dejar tu mamá vas a seguir siendo nada, y yo nunca voy a dejar de ser nada, aparte de un profesor miserable, con una esposa enferma, dando clases particulares de un barrio a otro de esta maldita ciudad, con este calor espantoso, para completar el sueldo ridículo que me paga la universidad; no somos nada, y aunque
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descubramos algún día qué carajo hicieron los transatlánticos, vamos a seguir siendo nada. Incluso aunque Claudia consiga el dinero para ese Fondo la situación de los pobres va a cambiar muy poco en la Argentina.
—¿Qué está diciendo, Castelau?, no le permito que bromee con eso.
—Claudia Sweir se erizó, se transfiguró, la cicatriz se le adhirió al músculo, la boca se le torció dolorosamente.
Ambos callaron pero el profesor no se resignó a exhibir su disidencia:
—No entiendo tu reacción, te hace falta sentido del humor, muchacha; yo digo lo que digo: desde décadas atrás en este país hay asco y descreimiento, la cuestión es sobrevivir pisoteando a los demás, y punto; ésa es la Argentina real, un país opulento de gente culta que, sin embargo, pasa hambre.
Claudia no pudo aguantar más y saltó:
—Siempre igual, profesor, usted siempre tan clarividente, tan lúcido. Yo me pregunto para qué nos sirve tanta clarividencia. Si usted habla de mitos, yo hablo de tópicos: los argentinos vivimos del mito y recreamos el tópico, y usted no hace más que balancearse de un sitio a otro.
Lidia quiso echar un poco de leña al fuego, pero su pregunta no estuvo a la altura, Claudia la interpretó como alusión y se produjo una tremenda réplica:
—¿Cómo va la redacción de los estatutos?
—No va mal. —Claudia miró el reloj y luego mirando a Lidia—: ¿Hay algo más que tengas que decirnos?
—No.
—Yo sí quería decirte que no te sientas obligada a ir a la cena que Bibiana ofrece esta noche, que si lo prefieres regreses a Barcelona hoy mismo. Mis objetivos están claros, y te los repito: la organización de una subasta cuyos beneficios se van a ingresar en la cuenta corriente de un Fondo Asistencial, precisamente un instrumento creado para captar dinero y destinarlo a obras sociales, a sectores necesitados de la sociedad argentina. Y Lidia, si deseas que te explique algo más, con más detalle y de forma transparente, como dijiste, no te quepa la menor duda de que la carta que les mandé fue una excusa, y que La Sociedad Transatlántica fue otra, como mucho un modelo de actuación, una referencia. El aspecto intelectual, cultural, siendo importante, para mí es secundario, lo siento profesor, es así.
Dio un trago largo y continuó:
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—Donde calibré mal fue en la reacción de ustedes, creí que iban a comportarse de una manera más coherente, más relajada.
—¿No te estás pasando un poco? —Lidia quiso frenar el ataque. —No me lo parece, ¿me permites una última cuestión?
Lidia escuchaba estupefacta, aquello era pura inquina, pero a ella le daban igual la modalidad y el género si el tiempo transcurría y Guillermo podía salir, cuanto antes e ileso, del apartamento de Claudia Sweir.
—Creo —continuó Claudia— que perciben sombras por todas partes, que sospechan de todo: Guillermo actúa como un fantasma, sus actos se supeditan sólo y exclusivamente a la búsqueda del diario de su abuelo; y en tu caso, bueno, te agradezco la sinceridad que estás demostrando, pero ¿de verdad creías que para decirnos que volvés a Barcelona hacía falta convocar esta reunión?
Lidia percibió el tiempo vencido, derrotado: Guillermo ya había salido del apartamento, había mediado un golpe, pero ya no se encontraba allí.
—Para mí esta reunión era necesaria, porque he cambiado de opinión y no voy a regresar a Barcelona, por lo menos hasta después de conocer a Bibiana Trepper.
—¡Así se habla! —exclamó Julito.
Entonces Claudia Sweir le preguntó:
—¿Por qué nos odian tanto?
—¿Quiénes?
—Guillermo y vos, por qué nos odian tanto.
—Odio no, por favor, recelo quizá, quizá miedo.
—¿Miedo a nosotros? —Cuestionaba Julito, mientras se relamía los labios—. Mirá lo que dice, miedo a nosotros, a Claudia, al profesor, ¿miedo a mí?
Lidia lo miró de soslayo y le contestó aterrorizada:
—No, tenés razón, a ustedes no, en cualquier caso, miedo a nosotros mismos.
El duro deseo de durar
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Guillermo yacía tendido en la cama con una bolsa de hielo sobre la frente. En el apartamento de Claudia nadie le había atacado, ni secuestrado ni trasladado al matadero, aquéllas habían sido las tortuosas imágenes de una pesadilla. Guillermo, víctima de un frágil sistema nervioso, se desplomó de la silla y al caer tuvo la mala suerte de darse con el pico de la mesa. El espía se había desmayado, como una colegiala, a causa de la consternación que le habían producido las fotografías.
Despertó transcurridos unos minutos con la cámara de fotos a su lado y la pantalla del ordenador encendida. Se levantó aturdido y mientras se lavaba la cara en el espejo del baño vio el moratón en su frente: ahora debía inventar otra mentira y, la verdad, estaba harto de enmascaramientos. Puso todo en orden, no fuera que por un mínimo detalle echara a perder lo conseguido, aunque no sabía muy bien qué había conseguido: apagó el ordenador, descorrió las cortinas, procuró dejar todo tal cual se encontraba cuando entró en el apartamento. Después salió sigilosamente.
Ahora, tendido en la cama, el día postrero del siglo, y con una desmedida protuberancia frontal, parecía un extraterrestre. Guillermo había decidido quedarse en la habitación del hotel y no acudir a la cena de Bibiana Trepper, con ese burujón caliente y amoratado que el hielo no lograba enfriar, tampoco lograba enfriar sus ideas: su negativa a acudir a la cena era definitiva. Sopesaba a su favor: si acudía, tendría que estar preparado para cualquier cosa, tendría que responder demasiadas cuestiones. Lidia y él habían sido convocados a las diez en el primer embarcadero de El Tigre. Eran ya las siete y la hija del arquitecto aún no había dado señales de vida, lo que alimentaba su negativa a trasladarse al estuario. En recepción Guillermo dio orden de que no le pasaran una sola llamada, excepto de la señora Grandi, incluso ordenó que se le avisara en el momento en que ella pisara la puerta del hotel. Sus intermitentes llamadas telefónicas a la habitación de Lidia indicaban que hasta esa hora no había llegado.
Guillermo oyó unos suaves golpecitos en la puerta, y después:
—Soy yo.
—¿Quién es yo?
—Mata-Hari.
Guillermo abrió la puerta:
—¡Dios, qué te han hecho!
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—Un simple desmayo.
Medio minuto más tarde se había instaurado, de nuevo, entre ellos, la era de los intercambios, el parte de guerra. Vertiginosa era de intercambios: impresiones, encrucijadas, discusiones, misterios. Lidia y Guillermo narraban e interpretaban y volvían al principio, y a veces ni se veían, sólo se escuchaban. Lidia le contó sus terribles dificultades para justificar la excéntrica cita, a las cuatro de la tarde en el Oswald, para mantenerlos tranquilos, y luego las evidentes disensiones, el incidente entre Julio y Claudia, «si no es por Castelau, casi se matan», el que, a su vez, tuvieron Claudia y el sarcástico profesor, que daría lugar a un masivo contraataque de la Sweir.
—… que es una iluminada o una gran actriz, no sé, y su falta de educación, me echó en cara que dudáramos de ellos, ¿no te parece surrealista?
El parte de guerra de Guillermo será todavía más apasionante.
Lidia estaba ansiosa por oírlo aunque al novelista aún le costaba encajar en su sitio algunas piezas del rompecabezas. Había zonas oscuras, más que oscuras, negras. Efectivamente, Vicente Castelau había sido el testaferro de su padre en la venta de la biblioteca de la Casona de calle Brasil; Baclini le había dado los datos concretos y él mismo había visto aquellos volúmenes entre los cuales, por cierto, el diario del abuelo no se hallaba; pero no lograba conectar una cosa con la otra: quizá Castelau tuviera en su poder el diario de Armando Brown, y posiblemente de ahí había extraído algunos datos, exagerándolos o no, de sus investigaciones sobre La Sociedad Transatlántica, pero, incluso, si ocultaba el diario, ¿con qué objeto lo hacía?, ¿por qué no lo había publicado o, en el peor de los casos, falsificado? Respecto a la subasta, Guillermo era aún más escéptico y aunque Claudia se mostrara indignada él seguía manteniendo sus interrogantes: ¿cuándo se organizaría esa subasta?, ¿quién controlaría los beneficios producidos de la venta?, ¿a qué cuenta bancaria irían a parar?, ¿quién o quiénes dispondrían libremente de ella?
Todavía iba más allá: ¿qué significado último tenía aquel Fondo?
La idea básica en absoluto tenía que ver con una ideología revolucionaria o radical como la que se jactaba de liderar Claudia Sweir. Era pura y dura caridad, esquematismo irracional, bálsamo efímero, nunca remedio efectivo.
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Y para colmo ¿qué pintaban ahí el propio Castelau y el inenarrable Julito Trepper? Al mencionar a Julito a Guillermo se le ensombreció la cara. Omitió dar detalles descriptivos de las fotos descubiertas pero cuando le dijo a Lidia que se trataba de una recreación de torturas y crímenes cometidos en la ESMA. Ella comprendió. Guillermo, con la voz rota, le explicó que la primera foto era un ejemplo de conducta extraviada. El novelista no daba crédito, en aquella instantánea la denuncia sobre el dolor y el sufrimiento de padecerlo, se diluía en un gesto estático, sublime, hasta heroico, extraña mixtura: un mártir en suspenso, glorificado, único, se ofrecía, para cualquier experimento, al dentista militar:
—Te juro que no había dignidad en el modelo, sino una actitud de placentera sumisión. El cuerpo de Julio no mostraba demasiadas suturas ni heridas, tenía las justas, y no muy visibles. Quiero decir, no había resistencia frente a la brutalidad sino placer y sometimiento.
Un campo de horrores. Y aún más en la segunda foto. En ella Julio Trepper se apoyaba en el capó de un Rambler del 66, color verde, con la puerta del conductor despintada o repintada, el mismo automóvil que intentó atropellar al profesor Castelau en la Costanera, ¿sería Julio el conductor?
—Y en la suma de despropósitos —concluyó Guillermo— en esta foto aparece la mismísima Claudia, impávida, serena, su cicatriz facial reducida a una línea apenas perceptible, un simple toque. Me pregunto cómo pudo Claudia, con su fraseología y su moral a prueba de bomba, cómo pudo colaborar, e incluso posar como modelo, y me pregunto más cosas, me pregunto cómo pudo siquiera guardar esas fotos en su ordenador, resulta espeluznante porque las fotos son tan repulsivas que ni siquiera fascinan por serlo, hay que dejar de mirarlas, quieres borrarlas de tu mente, son intolerables.
Por primera vez desde que llegaron a Buenos Aires Guillermo le insinuó a Lidia que quería arrojar la toalla, le sobraban razones para hacerlo, mirara donde mirara. La decisión inmediata era no acudir a la cena de Bibiana Trepper:
—Con este chichón en la frente, tendría que dar explicaciones.
—Una caída.
—Me duele la cabeza, estoy muy cansado, han sido tres días sin un mínimo descanso, estos terribles descubrimientos, y además, el viaje a Rosario.
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Lidia fue determinante:
—Excusas. Creo que estás obligado a acompañarme a la cena, es una cuestión que nos supera, hemos venido a conocer a Bibiana Trepper, su mundo, su gente, sus estratagemas. Además, la casa de los Trepper es una de las más famosas de Argentina.
—Será por eso.
—Y por algo más.
—¿Por qué?
—Por La Sociedad Transatlántica.
Guillermo sintió la llamada, cuando lo tenía todo preparado para borrar su rastro, de repente, sintió su vinculación con una entelequia llamada Sociedad Transatlántica, sintió el canon de la diáspora.
Lidia le dijo al despedirse:
—Son las ocho, me voy, tengo un par de horas para arreglarme y para llegar al estuario. Y no sé qué ponerme. Si cambias de opinión, me avisas.
Cuando Lidia cerró la puerta Guillermo pensó que su negativa a ir a la cena de Nochevieja no era una abstracción, sino era peor que una abstracción, era una insensatez, un ofuscamiento. Su rostro, frío y monótono, reflejado en el espejo del baño, con aquella protuberancia marciana, le devolvió a la realidad: quedaban por resolver algunos enigmas y no podía permitirse el lujo de desistir en el último tramo.
Descolgó el teléfono y marcó el número de la habitación de Lidia:
—A las nueve y cuarto en la coctelería.
Lidia corrigió:
—No me da tiempo, mejor a las nueve y media.
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9
AÑO CERO EN EL TIGRE
—A toda velocidad.
El taxista volaba hacia El Tigre, treinta y dos kilómetros hasta el delta. Lidia era la responsable de la tardanza, más de media hora, porque se había probado varios vestidos antes de decidirse por un traje de cóctel rosa con zapatos a juego, nada complejo pero nada simple: un estilo transversal entre Chanel y Jackie O.; el novelista, en cambio, manipuló su atuendo con el calculado efecto del desarreglo y logró esa ambigüedad que escasos escritores llevan a gala sin hacer el ridículo. A pesar de que Guillermo Brown, puesto de perfil, recordaba el alado unicornio de poetas y príncipes, hacían una pareja fantástica, de un feroz cosmopolitismo: siempre a punto de partir, siempre a punto de llegar.
Cuando el taxi les dejó en la estación fluvial se emplearon en una frenética carrera hacia el embarcadero, el más próximo a la estación de los tres existentes, donde, según instrucciones de Julito, les vendría a recoger una lancha particular, «celeste, blanca y celeste, como la bandera patria, aunque sin sol en el medio»; pero, gran desilusión cuando llegaron, en el embarcadero no había nadie, estaba desierto, la pareja creyó que ya habían pasado a recogerlos, habían esperado y habían desistido, media hora era un poco demasiado, y si al distanciamiento de los últimos días se sumaba la absurda escena de Lidia en la cafetería Oswald, esa misma tarde, y los esquinazos de Guillermo, el retraso seguramente había sido interpretado como ausencia y, por lo tanto, como un desprecio.
Lidia y Guillermo se sentaron en un banco de madera, amparados en la humedad de aquel lento anochecer; ambos movían las manos y hacían breves gestos de asombro, aunque no emitían una sola palabra: tras los frenéticos cien metros lisos respiraban hondo en la orilla de aquel
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laberíntico río. Barcazas y lanchas fugaces se diseminaban hacia la trama espesa del río, sugiriendo vida oculta entre la maleza, otras embarcaciones de recreo se desvanecían por los pasajes del estuario; también se veían barquitas inmóviles en mitad del río que perdían su precario equilibrio a causa del oleaje producido por algunos navíos interisleños que atracaban rápidamente y de los que desembarcaban excursionistas que, como Lidia y Guillermo, pretendían llegar puntuales a la cena de Nochevieja.
Transcurrieron cinco minutos desconcertantes, estaban aquejados de cierta parálisis, la acción no existía, y si existía, sobraba, se limitaban a observar a los últimos remeros del siglo XX que después del máximo esfuerzo dejaban ir el bote hasta la orilla con los brazos caídos. Fue Lidia, que se sentía culpable de lo sucedido, quien para su tranquilidad avistó la lancha celeste, blanca y celeste de los Trepper:
—¡Ahí están!
Se acercaron al embarcadero y vieron a Julio que nada más reconocerlos les gritó:
—¡Chicos!
En el asiento delantero de la lancha venían Claudia y Julio y, en medio de ambos, una quebradiza mujer que llevaba puestas unas enormes gafas de sol y un pañuelo de seda cruda en la cabeza. Tuvieron que disculparse:
—¡Todavía estamos recogiendo algunos invitados!, ¿me van a perdonar?
Bibiana Trepper saltó a tierra firme ayudada por su hijo y se sacó las gafas que le protegían el rostro de un sol ya inexistente. Lidia apreció inteligentes capas de maquillaje sobre sucesivas cirugías faciales.
—¿Llevan mucho tiempo esperando? —Apenas diez minutos; no se preocupe. —Mamá, te presento a Lidia Grandi.
—Mucho gusto. —Bibiana Trepper rozó ligeramente la mejilla derecha de Lidia mientras la observaba de arriba abajo. Lidia se sintió intimidada.
—Y a Guillermo Brown.
—El novelista, ¿no?, Julio me habla mucho de usted.
Guillermo extendió la mano.
—Ah, no, por favor, un besito. A mi edad aprovecho con la gente joven.
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Bibiana le dedicó una sonrisa congelada y al acercarse se interesó por su protuberancia frontal.
—¿Qué le pasó en la frente, muchacho?
—Me caí, esta mañana, en el hotel.
—¿Y duele?
—Un poco.
—¿Se puso hielo? El hielo es un remedio único.
Guillermo no contestó porque ya había derretido dos bolsas de hielo sobre su frente y porque no salía de su asombro narrativo: Bibiana Trepper respondía a un arquetipo fijado en el tiempo y en el espacio: dedos y uñas largas pintadas de rojo con media luna en la cutícula, piel chamuscada de tomar el sol a todas horas, todos los días del año, dentadura perfecta, silueta transparente, un spot publicitario: la existencia como perpetuo veraneo. Lo que no casaba era su atuendo informal: el pañuelo en la cabeza, el traje pantalón color crema, y ni una joya.
Claudia permaneció sentada hasta que se puso de pie y preguntó a
Bibiana:
—¿Te parece que volvamos?
—Seguro. Tengo un centenar de invitados abandonados en Pichincha. —No están abandonados, están tomándose un aperitivo; y ya te advertí
que no hacía falta que vinieras.
—Julio, no seas impertinente, a los señores transatlánticos les quería recibir en persona. —Y Bibiana guiñó un ojo cómplice a Guillermo.
Bibiana Trepper se acomodó en la parte trasera de la lancha mientras hacía un comentario:
—Lidia y yo nos ponemos atrás, póngase adelante, Guillermo, con los chicos, la juventud siempre adelante.
Lidia acusó el golpe bajo, Guillermo también: Claudia ni siquiera le había saludado, ni le miró al verlo, como si no existiera. Después de la espantada del Tortoni, la relación se había congelado; Guillermo se puso muy tenso con sólo pensar que hubiera descubierto su labor de espionaje, su traición.
Partieron.
La lancha era una preciosa pieza de museo, parecía copiada de uno de aquellos dibujos de Rockwell, símbolo de la utópica country life norteamericana de los años cincuenta: bordes de madera pulida, mullidos asientos de cuero rojo, desmesurado volante de nácar. La verdad es que el
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delta evocaba una época de esplendor acuático, que si bien se inmoló con el poeta Lugones en el fatídico treinta y ocho, aún pervivía en la conjunción, entre islas ignotas y fincas de recreo, muchas derruidas, otras mantenidas con empeño ejemplar, casi todas pobladas por espectros que provocaban en Lidia y Guillermo un lujurioso vértigo de abandono, ese temblor que ocasiona rozar los mitos de la infancia.
Surcaron el arroyo Cataraguá donde avistaron, a ras de superficie, a un surubí zafándose del cebo, con la consiguiente retahíla de injurias del pescador; Julio aceleró en la zona donde los antiguos astilleros son devorados por la broza crecida y el óxido de las décadas infames. En el tramo final surgió una mansión con techos voladizos que debió de ser, setenta años atrás, una de las más ostentosas: rico artesonado, tres torres, sendas buhardillas; los estanques de agua negra que la rodeaban, ahora repletos de irupés y ceibos putrefactos, emanaban el aroma de la muerte. La casa emergía de brumas y neblinas, la puerta principal, entornada, les permitió echar un vistazo al interior en el que aún resistía un lienzo oscuro y torcido que representaba una extraña escena de caza y un búcaro azul, con ligeros matices cinabrios, sobre la chimenea. Al rebasar el flanco izquierdo pudieron comprobar el devastador paso del tiempo, herrumbre y caída que Guillermo interpretó como metáfora de la existencia. No exageraba: ante sus ojos apareció lo que seguramente había sido una muy bien surtida biblioteca, incluso en algunos estantes se conservaba algún ejemplar suelto que ni la flora ni la fauna aún habían logrado engullir.
Aquel museo del olvido, aquella centenaria casa de muñecas abierta en dos, era la última visión que iban a tener de Argentina antes de abandonar el siglo XX. Bibiana describió aquellas ruinas con una máxima despiadada:
—Casi dejan abandonado al abuelo.
Después, trató de explicarse:
—Muchas familias que vivían en el delta, vivían fuera del mundo, se creían intocables, y pasó lo que tenía que pasar, el mundo les pasó factura, les arrebató los derechos y, más tarde, los expulsó.
Mientras decía aquello caía la noche sobre El Tigre, y ya era noche cerrada cuando abordaron Pichincha, finca de recreo de los Trepper, anverso de la oscura decadencia anterior. En su origen Pichincha no había sido una finca de recreo sino una islita con charca que regentaban tres familias, víctimas del desahucio, a las que el juez Leandro Jacinto Yangües, padre de Bibiana, liberó adquiriéndola él mismo a bajo precio,
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más o menos en los años en que se suicidó Lugones; el juez levantaría una residencia sencilla pero elegante, dos pisos, porche inglés y fuente central, bautizada con el nombre de Pichincha, que en dialecto lunfardo significa, precisamente, compra ventajosa.
Bibiana había pasado allí los mejores veranos de su juventud e incluso de casada acudía todos los estíos a pasar unos días con sus padres; cuando el juez murió, Pichincha pasó íntegramente a su hija y al marido de ésta, el caudaloso banquero Víctor Trepper, que la mejoró encargando a un arquitecto el envoltorio de la casa original con otro edificio superpuesto en forma de transatlántico, (¡quién lo iba a decir!), con proa y popa, siguiendo el estilo internacional, la moda del relax: reinterpretación sui generis del art déco y del movimiento moderno, que también florecería en los albores turísticos de la Costa del Sol malagueña.
Dos mujeres vestidas de negro ayudaron a reconquistar su posesión a Bibiana Trepper una vez que la lancha se aproximó al embarcadero y Julito detuvo el motor; Bibiana desapareció exclamando: «¡Ahora nos vemos!», y salieron detrás de ella, al galope, las dos mujeres; de inmediato se encendieron luces en los flancos y a ras de suelo del jardín, y los invitados, esparcidos en grupos distintos, y en semipenumbra, quedaron al descubierto y empezaron a saludarse, primero de lejos, con un tímido brindis con las copas, aunque a los dos minutos ya se fueron acercando, mezclando, e incluso algunos se besaron efusivamente, «por lo visto, se conocen», le comentó Lidia a Guillermo.
El jardín no era francés ni frondoso, ni, a excepción de la fuente que mandó a construir el padre de Bibiana, el juez Yangües, albergaba manantiales ocultos, parterres, glorietas, invernaderos o estanques con pastorcillos de mármol de Carrara orinando sobre los nenúfares; el jardín reinterpretaba la cubierta de un crucero marítimo, sustituyendo el suelo de madera por una generosa extensión de césped con aspersores expeliendo nerviosamente una lluvia de tan fina imperceptible: aquella mezcla lograba transmitir la sensación, y también, por qué no, la ideología, del confort transoceánico, aquel espacio donde se produce el delicioso declinar de las especies; en Pichincha los Trepper habían logrado un lujo pacífico inserto en puntos níveos, mesas y sombrillas blancas en torno a una piscina de aguas traslúcidas que simbolizaba, más que la sumisión de la naturaleza al hombre, un suave acoplamiento entre ambos.
—Dan ganas de intentar un smacht libre.
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—¿Un saque seco?
—¿Nunca olvidas tu oficio?
Claudia permanecía detrás de Lidia y de Guillermo. Se dignó dirigirles la palabra.
—El profesor lleva toda la noche preguntando por ustedes.
Dicho esto les adelantó sin volver la cabeza y con un leve movimiento de su mano derecha les indicó que la siguieran: una malla negra pegada al cuerpo había transformado a la sigilosa pantera en una espléndida mujer. Lidia pensó que desde su llegada a Buenos Aires no había hecho otra cosa que ir detrás de Claudia Sweir.
El profesor Castelau se encontraba tendido en una hamaca cercana al lugar donde se servían los cócteles; Vicente Castelau estaba solo y parecía fuera de contexto; nada más verlos se incorporó. Guillermo vio reflejarse al tambaleante investigador de las vanguardias en las mamparas Sullivan que siempre citaba en sus novelas y que esta vez, sin embargo, formaban parte de una historia real; en ese instante Claudia apartó a Lidia, con otra señal, de los honorables caballeros.
—Lidia, quería decirte… —las palabras no le salían—, quería pedirte disculpas por mi reacción de esta tarde.
—No tuvo ninguna importancia.
—Me porté como una imbécil.
—Te digo que no, olvídalo.
Lidia notó que su interlocutora se tensaba, percibió su alma hosca, notó que le estaba mintiendo, que aún estaba más furiosa que antes, en un instante Lidia percibió que la mejilla de la nieta del cónsul Sweir se partía en dos de forma brutal, por eso trató de calmarla.
—Fue una reacción lógica, yo no voy a tenerla en cuenta, y espero que hagas lo mismo.
Claudia se esforzó en sonreír sin conseguirlo, al contrario, le salió una mueca desagradable, un gesto repulsivo; en ese momento se iluminó el interior del yate anclado en tierra llamado Pichincha; la casa lucía esplendorosa, las dos mamparas Sullivan se abrieron lentamente, como en un desfile de la casa Worth, y del salón neurálgico, convertido en cabina de mando, hizo su aparición la anfitriona, la bienaventurada y filantrópica Bibiana Trepper.
—¡Cuánta beyesa! —exclamó uno de los invitados que no pudo aguantarse y que tampoco tenía desperdicio.
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Haciendo uso de su preciado don, el don preciado de la metamorfosis, Bibiana se había transformado, en apenas diez minutos, en otra persona: siendo ella misma era otra, todos los invitados la miraban ansiosos, nadie podía sustraerse a aquella fascinante mutación en vivo: avanzaba como una esfinge, recortada por un Balenciaga verde, subida en altos escarpines de piel de lagarto, también teñidos de verde, en su cuello bruñía un collar de esmeraldas mientras que sus largos dedos sostenían un bolsito de charol; el lascivo chal cardenillo que cubría sus hombros dejaba al descubierto, sin embargo, parte de su fértil escote, porque a pesar de la dieta apocalíptica, a la que estaba sometida desde el sesenta y siete
—lechuga, choclo y mate cocido un mes al año—, Bibiana había ordenado a su dietista y cirujano plástico que los senos ni tocarlos, los senos abultados, en otras palabras: las tetas en su sitio.
Aquella aparición había sido cuidadosamente preparada para suscitar aclamaciones en cadena. Julio fue a recibir a su mamá, le extendió la mano para ayudarla a descender, lo hacía todos los años desde la muerte del padre; Julito conocía, uno a uno, a todos los invitados; había invitados antiguos, gente entregada, gente comprada, discretos, estridentes, un poco de todo: Julito disfrutó oyendo algún silbido que Bibiana acalló:
—¡Detesto la comparsa!
Julio cerró los ojos, movió la cabeza y pensó: «Y para qué la provocás».
Madre e hijo se fueron acercando a sus invitados como majestades europeas, rotaban con parsimonia entre los grupos. Había invitados famosos e invitados de relevante rango social: la eternamente joven actriz y presentadora Mirtha Legrand, distintas ramas de las familias Anchorena, Alzaga y Paso, estancieros, abogados y médicos privados, escritores en edad provecta, artistas talluditos, un egocéntrico, antipático y autoritario director de museo, grupos de matrimonios internacionales y amigos varios de la anfitriona: las luces encendidas iluminaron el selecto popurrí, incluidos los sindicalistas de M. F. T. Mataderos y Frigoríficos Trepper, acompañados por sus respectivas esposas, a las que Bibiana dedicó más tiempo que al resto —lo hacía normalmente—, no sólo vindicando sus tan traídas y llevadas ideas sociales sino porque los sindicalistas, más que élite, eran el tuétano de la movilización popular, de las barras bravas, y debía cuidarlos.
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Mientras tanto Julito daba vueltas sobre sí mismo y alrededor de su mamá: asentía, sonreía, saludaba con la mano, bondadoso y gentil.
—¿Ves lo que yo veo? —le preguntó Guillermo a Lidia.
Lidia no le respondió porque no tenía palabras, al fin salieron.
—Hace gestos de no haber roto un plato en su vida, dulce candor, y dedica a los invitados miradas de carnero degollado.
Vicente Castelau, que había aprovechado el descenso de Bibiana Trepper para replegarse a un baño y vomitar, reapareció, a los cinco minutos, recompuesto, remojado, repeinado.
—¿Cómo te encuentras?
—El organismo me avisa: ni una copa más. Mi organismo o mi conciencia.
—O ambas cosas.
Bibiana se acercó a ellos:
—Vengan conmigo, los puse a mi lado, no hagan caso de los cartelitos y síganme.
Los invitados fueron pasando al comedor y se distribuyeron en torno a una larga mesa rectangular presidida por Bibiana; se colaba del jardín una agradable brisa fresca alterada por algunos cénzalos del delta que se lanzaban cual kamikazes sobre la yugular de sus víctimas, pero los camareros y camareras no se inmutaban; acostumbrados a los temerarios ataques, solían colocar una toallita, bañada en alcohol y vinagre, debajo del primer plato, la toalla aplicada sobre la picadura calmaba el comezón y prevenía de posibles infecciones.
Para amortiguar las oleadas de mosquitos también se encendieron espirales en los flancos del comedor y rotó alguna que otra pomada de espontáneo efecto curativo. El servicio se inició sin apenas incidentes:
—Si no fuera por esta arquitectura —explicaba el profesor Castelau a Lidia—, yo hubiera dicho que estábamos en mil novecientos treinta, como indica el reloj del hotel Continental.
—¿Y los invitados? —preguntó Lidia.
—De mil novecientos —contestó Vicente Castelau con una sonrisa en los labios.
«Y de la pluma de Manucho», iba a intervenir Guillermo que escuchaba la conversación sin hablar, pero se arrepintió.
Unas cien personas. Guillermo observó que las manos se mezclaban con los cubiertos con una rapidez encomiable: el convite se había
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retrasado más de una hora y muchos de los convidados desfallecían; la cabecera de la mesa estaba dispuesta de la siguiente manera: Guillermo Brown, sentado a la izquierda de la anfitriona, que presidía, junto a él Lidia Grandi, frente a Lidia, Claudia Sweir, el profesor Castelau y Julito enfrentados, en el lado opuesto a Guillermo el obispo de una ciudad norteña que al serle presentado al novelista éste ni entendió su nombre ni el de la diócesis donde ejercía su apostolado, y es que el reverendo padre, a modo de saludo, se limitó a mover ligeramente la cabeza, inmóviles los labios. Contiguo al obispo se hallaba un hombre joven y elegante, acompañado de la que, a todas luces, era su mujer: muñequita linda, rubia, distante y estirada. Al oírlos hablar a Guillermo no le cupo ninguna duda de que se trataba de españoles.
A causa de la tardanza muchos de los invitados se mostraban desdeñosos, conversaban con cierta dejadez. Bibiana anunció:
—Lo siento señores, hay que brindar por el Nuevo Milenio: son las doce menos diez.
Entonces se volvió a los camareros ordenando:
—¡Champagne!
Lidia oyó el comentario sobre su madre que Julito Trepper le hizo a
Claudia:
—¿Viste cómo ordenó el champán?
Y Julio, poseído por una inexplicable descarga eléctrica, se revolvió contra sí mismo, y haciendo uso, él también, de una sobrevenida metamorfosis, se puso de pie, echó ostentosamente la cabeza hacia atrás, viró los ojos, cerró las dos manos y a voz en grito parodió a su madre:
—¡Champagne!
Resistió unos segundos pero no pudo contenerse: a Lidia le dio un ataque de risa que primero se manifestó con un extravagante chillido continuado de una mueca muda y culminado por un estertor, como el de una oca en celo; los gritos, susurros y gesticulaciones de Lidia fueron contagiando uno a uno a quienes la rodeaban, rieron hasta Claudia y el príncipe de la Iglesia, que trató de disimular tapándose media cara con la servilleta. La histeria se extendió como un incendio: muchos invitados se desternillaban sin saber por qué y mediada la mesa, a causa de los pateos y golpes secos que producían los muertos de risa, se desmoronó el exuberante centro de alhelíes y campanillas, lo que renovó sin piedad las
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estruendosas risotadas. Incluso Bibiana, el principal objeto de burla, aún de pie, no pudo replicar a su hijo y se dobló descoyuntándose:
—Pero qué bobo… ja, ja, ja.
Los invitados del extremo opuesto de la mesa asomaban sus cabecitas porque no entendían aquellas altisonantes y espasmódicas risotadas, ni las mandíbulas desencajadas, ni algunos baboseos. A Guillermo y a Lidia la sonrisa se les congeló cuando Alberto Tifoni, comisario de exposiciones de arte, argentino con residencia en España, sentado junto a nuestros protagonistas, comentó, sarcástico:
—Si persiste la joda, ni brindamos ni se hace la subasta.
—¿Qué subasta? —preguntó Guillermo sin darle la menor importancia.
—La que va a celebrarse esta noche, la subasta de la colección de Bibiana. —Esta vez quien contestó fue Sabrina Sibeglio, media naranja de Tifoni, pelo corto, damita tranquila, aunque con un punto de terror en sus ojos.
—¿Has oído? —le preguntó Guillermo a Lidia.
—No.
Guillermo le repitió al oído la información que acababa de escuchar.
Lidia ni siquiera parpadeó, la sonrisa borrada de los labios.
—¿No estaban enterados?
Lidia y Guillermo movieron negativamente sus cabezas.
—Espero —completó Tifoni—, que les vaya mejor que a nosotros, si supieran… —Y se disponía a relatarles su odisea cuando Claudia Sweir, que tenía clavados sus ojos en ellos, se levantó automáticamente y empezó a dar golpes con un cuchillo sobre su copa de cristal, propinaba los golpes con tal ímpetu que casi hace añicos la copa:
—¡Las doce menos tres minutos! ¡Señores, a brindar!
Los invitados se fueron poniendo de pie, Lidia y Guillermo imitaron al resto, el profesor Vicente Castelau se levantó lentamente, sin ganas; en esto Sabrina, la compañera del crítico Tifoni, les comentó:
—No se preocupen, cuando concluya esta comedieta —remarcó la palabra «comedieta» con una voz meliflua y hueca—, les contamos nuestra experiencia.
Los camareros fueron llenando las copas como verdaderos profesionales, no se derramó ni una gota ni hubo bajas en el cristal de Bohemia:
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—¡Las doce! —Anunció Bibiana y se produjo el brindis, besos, abrazos, manos entrelazadas, tópicos: felicidades, buen año, happy new year, todos los idiomas y corazones convocados.
—Estoy acostumbrada a las doce uvas y me falta algo. —Explicaba
Lidia a Sabrina y a Alberto, mientras que Claudia y Guillermo se observaron de lejos y alzaron levemente sus copas, parecía mentira la frialdad de aquellos amantes despechados tras la agria disputa en el Tortoni.
Transcurrido el último brindis, las congratulaciones y deseos lanzados al aire, los invitados comenzaron a mirar a Bibiana Trepper esperando, como solía hacer todos los años, sus palabras. Ella les rogó que se sentaran:
—Damas y caballeros, ¡feliz año a todos! —Se produjo un atisbo de aplauso.
Bibiana levantó las dos manos, un ademán que adoraba en parte porque mientras frenaba a la horda aprovechaba para comprobar el estado de sus uñas y, de paso, admiraba la esmeralda que lucía en su dedo meñique.
—No, no aplaudan. A ver, cada vez que hablo o aplauden o se mueren de risa, ¿no pueden comportarse como gente normal? —Se produjo un murmullo que fue acallándose—. Atiéndanme un momentito, por favor. Esta noche se encuentra entre nosotros el señor Federico Montes del Rey y Díaz de Azcárate, delegado de una importantísima empresa española de telecomunicación que, como ustedes saben, se estableció hace unos meses en nuestro país. Los gallegos —otro murmullo jocoso y alguna carcajada— están invirtiendo mucho, y muy bien, en la Argentina, quieren modernizar nuestra industria, quieren ayudarnos a salir del estancamiento; yo sé que Federico tiene esa vocación, está en esa lucha. Dado que esta noche no sólo festejamos un nuevo año sino un nuevo siglo y un nuevo milenio, me gustaría que el señor Federico Montes del Rey y Díaz de
Azcárate nos dedicara unas palabritas, ¿no? —Bibiana miró al invitado de honor.
Federico Montes se levantó. Se trataba de un apuesto treintañero de traje azul marino, camisa blanca inmaculada, gemelos de oro y corbata rosa: entre él y el obispo se encontraba su mujer, la rubia distante que Guillermo caló como a las sandías:
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—Reverendísimo señor obispo, doña Bibiana, señoras y señores, amigos todos. Es para mí un honor, y la verdad es que estoy sorprendido, por el hecho de que entre tantas personalidades de la vida política, social y cultural argentina, la señora Trepper me haya elegido a mí, un gallego, para dirigirles unas palabras…
Más que murmullos, murmuraciones, ahogó el comentario de Alberto Tifoni:
—Mirá vos: un honor.
—Callate, Berto, que nos van a echar a patadas. —Le aconsejó Sabrina.
—… en realidad el trabajo que venimos realizando no resulta nada fácil. Doña Bibiana habló, hace un instante, de modernización y a mí, si ella me lo permite, me gustaría añadir enriquecimiento. Y esta noche quiero ir más allá: quiero felicitar a los sectores sociales de la nación argentina que están colaborando, codo con codo, con nosotros, sectores que desean situar a este gran país en el lugar que se merece, el lugar que se encontraba hace más de medio siglo.
—¡Mentiroso! —A Sabrina se le escapó.
—¿Y ahora quién es la provocadora? —le preguntó Alberto Tifoni. —Por eso —continuaba Federico Montes— les invito a que alcen sus
copas conmigo para que se produzca la definitiva confluencia de intereses entre Argentina y España. Ahora nos toca a nosotros, a los españoles, estar a la altura de las circunstancias, lo mismo que estuvo a la altura, décadas atrás, este país, cuando recibió con los brazos abiertos a millones de emigrantes, ofreciéndoles tierra, casa y trabajo, en definitiva, un futuro mejor. Por eso brindo por el año, qué digo, el siglo, el milenio argentino. ¡Por Argentina!
—¡Por España! —contestó Bibiana.
Tras el brindis los aplausos estallaron en el comedor de Pichincha y su estruendo salió a través de las ventanas del paquebote varado en tierra, navegó por los nervios del delta, y días después algunos afirmaron que aquella cerrada ovación llegó a escucharse en calle Corrientes. A este brindis algunas patricias y patricios, ancianos representantes de viejos apeyidos, no se adhirieron porque estaban indignados, desfallecidos: ya pasaba media hora del año dos mil y aún no se había servido el segundo plato. Bibiana advirtió las históricas defecciones y movió ligeramente la cabeza reiniciándose de inmediato el servicio. El segundo plato se
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acompañó de un espectacular vino Rothschild/Lafitte añejo, mientras empezó a escucharse, tout va bien, la suite Alceste de Lully.
La atmósfera se recompuso, y el efecto de fugaz felicidad conseguido, café y naranjas bajo el sol una mañana de domingo, no estuvo nada mal. Pero ni Sabrina ni Alberto podían abrir la boca, y contarles sus experiencias a Lidia y a Guillermo, porque, con especial tino, Claudia se encargó de ficharlo a él, y, vaya sorpresa, Vicente Castelau había entablado un extenso monólogo con Sabrina; se encargaron de ellos en el mejor sentido: brillante conversación como estrategia disuasoria, vivo interés hasta por lo imprescindible. Pero tanto Alberto como Sabrina, supervivientes a batallas más duras, se limitaron a seguirles el juego, tenían tiempo, la noche era larga y el delta laberíntico, las lenguas, al final, se confundirían. Un aire de muda complicidad se estableció entre las dos parejas mientras Claudia y Castelau le daban sin parar a la sin hueso, intentando distraerlos, o peor, dividirlos; sin embargo, ellos se guiñaban, asentían con eléctricos monosílabos, y se dedicaban inapreciables mohínes.
Bibiana fue al grano: liquidó su conversación con el obispo y dirigiéndose a Guillermo le dio las gracias.
—¿Por qué me da las gracias?
—Porque con su presencia está apoyando la subasta que vamos a celebrar esta noche y que hemos puesto en marcha con muchísimo amor. Gracias por su presencia como escritor y también como nieto del impresor Armando Brown, protagonista de esa historia tan nuestra, La Sociedad Transatlántica, tengo que decirle que me quedé fascinada cuando los chicos me pusieron al tanto.
—En ese caso —Guillermo tragó saliva— debe hacer extensivo el agradecimiento a Lidia y al profesor Castelau.
—Por supuesto.
Y Bibiana llamó a Lidia que se hallaba ajena a todo, en las nubes, princesa nefelibata, desde donde divisaba peligros y amenazas, así que la viuda Trepper tuvo que reclamar su atención tres veces hasta que su invitada amerizó en el río de cénzalos y culebras, y repitió la consigna, ya muy cansada: le agradeció su presencia, alabó a su padre, «uno de los arquitectos argentinos con mayor prestigio internacional», Lidia pensó, «no porque lo diga usted precisamente», y empezó a sospechar que aquella mujer estaba calentando el volcán y que cuando el volcán estallara con
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virulencia un río de lava verde, vómito mefistofélico, arrasaría Pichincha y de ella quedaría un leve montículo de cenizas.
A Castelau Bibiana ni lo miró, ni siquiera lo mencionó, pero el profesor no se dio cuenta de nada, a pesar de que había sacado sus antenas porque, aunque oía las palabras de la viuda Trepper, como ésta se expresaba en voz baja, no percibía su significado; Guillermo notó los esfuerzos de Castelau, la forma en que intentaba leer en los labios de la anfitriona sin conseguirlo. Se servían los postres cuando Julito, que se había ausentado en el primer plato y si te he visto no me acuerdo, regresó a su sitio con la tez pálida, poseído por un galvánico y plácido nerviosismo, Julio era otro Julio, ni el culturalista ni el cómico ni el modelo de las terribles fotografías que descubrió Guillermo en el ordenador de Claudia Sweir, otro Julio: parecía afectarle el preciado don de la metamorfosis del que había hecho gala su querida madre. Ahora el hijo de Bibiana Trepper transmitía sensaciones contradictorias: sonrisa desafiante, ojos dilatados, gestos teñidos de una mueca brusca, quizá un doloroso reproche. El Adonis del Plata se zampó un trozo de pan dulce mientras asentía a unos y a otros. Le bastaron dos cabriolas eléctricas para que Lidia sancionara:
—Conozco sus efectos: ha esnifado cocaína.
Al Julito encocado le siguió el súbito interés que, de repente, mostró el joven ejecutivo español Federico Montes por Lidia y por Guillermo.
Desde el primer momento les tuteó:
—Oye, qué apasionante debió de ser la época transatlántica.
—Sí —contestó Guillermo—, y nosotros sin saberlo.
—Chico, qué quieres que te diga, la modestia no es útil ni para el modesto, lo digo por experiencia, dejaos de tonterías; concretamente en el tema de la subasta, os habéis comportado con una generosidad que hoy día en España, oye, nadie, o poquísimas personas, practican.
—Apenas nadie. —Lidia Grandi hubiera deseado preguntarle cuáles habían sido los méritos de su obra pía o mariana, pero siguió el juego—. Y no es para tanto.
—¿Te parece poco que, gracias a vosotros, Bibiana Trepper haya accedido a desprenderse de su colección de arte, que supone desprenderse de parte de su vida, y todo para poner en marcha una obra social? Os lo digo yo: eso no lo hace nadie.
Guillermo iba a contestarle pero la mujer del joven ejecutivo, pija irredenta, se lanzó a opinar con una vocecilla que cincelaba el aire
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húmedo:
—Creo que Bibiana invirtió más de treinta años en reunir la colección de arte que esta noche subasta por una causa justa, pero, como dice Federico, no se debe olvidar que todo ha sido puesto en marcha, y puesto en valor, gracias al prestigio de vuestros antepasados los transatlánticos, sólo por avalar la iniciativa deberíais estar superorgullosos.
Bastó una mirada entre Lidia y Guillermo: por fin comprendían la forma en que estaban siendo utilizados, no sólo ellos, sino también sus antepasados.
En esto Bibiana, sol y alma de la fiesta, dirigió la cabalgata de invitados al jardín: los más ancianos avanzaban lentamente mezclados con diplomáticos, artistas y críticos literarios talluditos, ejecutivos agresivos del grupo de Montes, algún intelectual con cincuenta y tantos que en su juventud había sido hippie y ahora era simplemente kitsch, y varios adolescentes, obligados por sus padres a acudir a aquella cena, y con cara de mortal aburrimiento. Menuda fauna escoltaba a Bibiana Trepper hacia el universo público de la subasta, al mejor postor para la mejor de las causas, causa decimonónica, cristiano-humanista, a la antigua usanza: enmascaramiento de la caridad de toda la vida por la que ahora se denominaba actividad compensatoria.
Habían iluminado de nuevo la piscina mientras un cuarteto de cuerda dulcificaba las abruptas síncopas de Astor Piazzolla. Bibiana, delicada anfitriona, a la que el señorito Montes había regalado una rosa blanca, dudó un momento en abandonar la rosa sobre una mesa blanca por temor a arañar la mesa, y por temor a arañar, de paso, su corazón, pero finalmente se decidió, lo hizo, y al depositar la rosa algo crujió en su conciencia. Entonces se asió del brazo del caballero español, don Federico Montes del Rey y Díaz de Azcárate y suspirando le susurró al oído:
—Me traicionan los años, Federico.
—Está usted hecha un pimpollo, doña Bibiana.
Se abrieron tres barras libres colapsadas de inmediato: ¡Año Cero en El Tigre!, a beber se ha dicho, queda poco tiempo, esto se hunde. Claudia se encontró, de pronto, desasistida sin Vicente Castelau, otra vez en el baño, descompuesto y a solas con sus vómitos; Claudia seguía manteniendo el duro mareaje a Alberto y a Sabrina para impedir su acercamiento a Guillermo y a Lidia, no los dejaba en paz: lo que más temía en el mundo es que se produjera aquella conversación. Pero de poco
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le sirvió gastar saliva, tuvo que desistir cuando recibió una orden fulminante de la anfitriona:
—Nena, mira cómo va todo, si están correctos los precios de salida. Cuando se marchaba a cumplir la orden Guillermo se le interpuso: —¿No sabes si subastan el diario de un tal Armando Brown? Claudia fue cortante:
—¿Qué te salió en la frente, un champiñón?
A Guillermo, que se le había olvidado la protuberancia frontal, se encogió de hombros. Claudia le miró con desprecio y se limitó a rogarle:
—¿Me dejás pasar?
—Sí, cómo no. —Guillermo se apartó y Claudia pudo seguir su camino.
Alberto y Sabrina, ya liberados, no perdieron el tiempo y propusieron a sus socios dirigirse a un lugar cercano al embarcadero donde estarían protegidos de los espías y podrían conversar tranquilamente. Así lo hicieron: las dos parejas se deslizaron con disimulo señalando el cielo y las estrellas como excusa, destacaban planetas y constelaciones aunque en realidad buscaran las sombras: Urano, Marte, Osa Mayor, Osa Menor, la Cruz del Sur.
Cuando se sintieron a buen recaudo, en un pequeño pabellón desierto detrás del embarcadero, Alberto y Sabrina destaparon el simulacro. La historia era la siguiente: un año antes se habían establecido en Madrid con el objeto de poner en marcha una muestra retrospectiva de las vanguardias artísticas argentinas, artistas que, con la excepción de Xul Solar y Emilio Pettoruti, apenas se conocían en la Península; el proyecto, largamente madurado, desde el principio contó con la buena acogida del patrocinio público y privado español; sin embargo, como dijo Alberto Tifoni, «ahí empezó la milonga», porque entre las diversas ayudas económicas que consiguieron se encontraba la de la empresa de comunicación en la que Federico Montes desempeñaba importantes cargos ejecutivos.
—Estuvimos investigando por nuestra cuenta, riesgo y pecunio, localizando coleccionistas acá en Argentina y en Europa y Estados Unidos. Como no firmamos ningún convenio, ese trabajo, un dineral, fue asumido enteramente por nosotros.
—El dineral, y sobre todo, el tiempo —completó Sabrina.
—Hace un mes, cuando se produce el traslado de Federico Montes a Buenos Aires, decide traernos con él, prometiéndonos su máximo apoyo
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personal y el de su empresa; pero una vez en la capital el apoyo de este señor se esfumó.
Sabrina intentó aclarar las razones:
—No vayan a creerse que tardó tiempo en producirse ese cambio; apenas una semana después de nuestra llegada, Federico nos llamó a su despacho y nos comunicó, sin más explicaciones, que ellos se descolgaban de nuestra exposición, que habían decidido producir, por su cuenta y riesgo, una muestra con fondos provenientes de una prestigiosa colección de arte vanguardista argentino, y que, por tanto, no les interesaba nuestro proyecto, que lo sentía mucho, pero se veía obligado a prescindir de nosotros.
Lidia no tuvo que utilizar sus dotes paranormales:
—La prestigiosa colección con la que contaba este individuo era, claro está, la de Bibiana Trepper.
—¿Entonces qué hacen ustedes aquí esta noche? —Guillermo no quiso perder la ocasión.
—Conocemos a Bibiana desde hace más de veinte años, venimos a pasar el fin de año en Pichincha desde mil novecientos ochenta, con decirles que asesoramos y documentamos varias de sus adquisiciones: Spilimbergo, Hlito, o la tan traída y llevada pieza de Lucio Fontana. Cuando Federico Montes toma contacto, por primera vez, con Bibiana, ella conoce nuestro proyecto, y lo conoce precisamente por nosotros, incluso nos había prometido una escultura de Nuria Broqui que no estaba
en nuestros cálculos. —Mientras Sabrina más hablaba más le brillaban los ojos. Alberto Tifoni, por fin, destapó la grotesca fanfarria:
—Fue la propia Bibiana quien nos telefoneó, días después, al enterarse de que Montes nos había despedido, nos llamó para jurarnos por su difunto esposo que no había tenido nada que ver en nuestra defenestración, que a instancias de su hijo y de esa señorita tan agradable, Claudia Sweir, se estaba preparando una subasta pública de su colección que posiblemente iba a adquirir en su totalidad, ¿no adivinan quién?
—Federico Montes. —Lidia dio el nombre pero Guillermo los apellidos.
—Bueno, la empresa que le paga.
Alberto también se descolgó:
—Lo cierto es que nosotros nos alegramos, a Bibiana le viene que ni pintada esta operación.
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—¿Qué quieren decir? —Guillermo se imaginaba lo peor.
—Ah, no lo sabían. Los negocios no le van nada bien a los Trepper, entre otras cosas, el fisco argentino persigue a Bibiana; ¿se imaginan cuál será el montante de la deuda para que el fisco te persiga en Argentina?
Lidia y Guillermo permanecieron en silencio, y Sabrina les preguntó:
—¿Ustedes qué piensan?
—Nosotros ya no pensamos. —Lidia contestó abatida.
—No, eso sí que no, no dejen de pensar. —Y Sabrina finalizó picarona—: No hay que dejar de pensar: una de las ventajas del macrocapitalismo es que cada día hay menos patrocinadores, aunque más fuertes y más enfrentados, por lo que si se descuelga uno, se cuelga otro.
No pudieron reflexionar sobre los fines lícitos o ilícitos de aquella subasta, sobre el destino de aquellos beneficios, porque Julio apareció por sorpresa. Brotó como un vampiro del celaje. Al trasluz se asemejaba a una calavera, Guillermo recordó las fotos que había visto en el ordenador de Claudia y con el placebo de la coca realmente estaba a tono: bibelot a merced de un torno dental.
Julio era una auténtica ganga:
—¡Qué están haciendo acá, escondidos!, ¡vamos!, mamá les quiere con ella en la mesa presidencial, la subasta empieza dentro de cinco minutos.
La mesa estaba presidida por Bibiana, por el reverendísimo señor obispo, por un impresentable director de museo, tipo sucio y antipático, un crítico apestoso, que en la capital le conocían con el apodo de la mofeta necrótica, al que acompañaban el presidente de una fundación, una conocida galerista alemana y su amante, el poeta sirio-libanés Yamil Mansur; la mesa presidencial se completó cuando Lidia y Guillermo, los nuevos transatlánticos, se acomodaron en una esquina y Bibiana los presentó solemnemente:
—Esta noche también tengo el honor de contar con la presencia de la señorita Lidia Grandi, hija de Roberto Grandi, como ustedes saben gloria de arquitectura argentina e internacional, y del novelista Guillermo Brown, nieto del fundador de la Imprenta Brown-Biron, una de las figuras que más promocionó la cultura en Argentina y en el resto de las naciones latinoamericanas. Desde hace unos años Lidia y Guillermo viven en la Madre Patria pero al hacerles llegar mi invitación no dudaron en cruzar el charco y están hoy acá conmigo, con ustedes, para apoyar esta subasta por la que me desprendo de mi querida colección de arte. —Se quedó en
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silencio para controlar un pucherito mientras Lidia y Guillermo se frotaban las manos, desesperados.
Claudia le cuchicheó a Bibiana, y ésta, algo desdeñosa, añadió:
—¡Ah!, sí, se me olvidaba, además se encuentra entre nosotros el profesor Vicente Castelau, hijo del catedrático Francisco Castelau, que, por supuesto, viene a apoyar nuestra causa; Vicente, perdoname, pero es que no hay sitio en la mesa presidencial, no te ofendás, estás acá, con nosotros.
—Yo no quiero presidir nada, vengo a apoyarla y punto —contestó el profesor, que terminaba de regresar, por sexta o séptima vez, del baño, por fin, más aliviado.
Se inició la subasta. Lidia y Guillermo observaron la forma discreta en que Federico Montes (y etcétera) se colocaba junto con su mujer en un sitio lateral y semioculto del jardín; les sorprendió que Montes y su mujer eligieran ese recoveco porque desde tan lejos posiblemente le costaría trabajo hacerse con la colección de Bibiana Trepper, o a lo mejor no deseaban hacerse con la colección de Bibiana Trepper, contradiciendo los datos que Alberto y Sabrina les habían suministrado cinco minutos antes. Las escasas sillas libres se ocuparon de inmediato, el conductor de la puja consideró tenerlo todo listo y sobre bastidores empezaron a salir los cuadros; el conductor hizo una señal, los peritos se acercaron, certificaron y, acto seguido, se marcaron los precios de salida. Fechas de realización, firmas y calidad intrínseca de las piezas provocaron que las adquisiciones se decidieran a una velocidad de vértigo. Salvo una acuarela de Fernando Fader, un busto de Sibelino y un retrato de Gómez Cornet, toda la vanguardia posterior, piezas nutrientes de la colección de Bibiana Trepper, fueron a parar a un ser anónimo, un hombre que nadie conocía. Se trataba de un tipo de mediana edad, algo obeso, sentado al borde de la piscina, que desde que se abrió la puja se dedicó a perseguir al conductor hacia arriba, hacia los precios más altos, obligándole a emplear un ritmo frenético y un verbo vertiginoso, utilizó la que se denomina técnica de bloqueo, técnica que impide a los restantes compradores, no ya alcanzar cifras elevadas, sino maniobras fluctuantes hasta llegar al precio convenido. Con aquel efecto al alza ese hombre misterioso se apoderó de obras de Victorica, Quinquela Martín, Spilimbergo, Pettoruti, Xul, Arden Quin, Lidy Prati, Maldonado, Vardánega, Tomasello. Le Parc, Marta Boto, Polesello y, entre otras, de la famosa pieza de Lucio Fontana de la que se apropió de un solo
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golpe, asfixiando el precio de salida, por ochocientos mil dólares. En poco más de una hora aquel ser anónimo, entrevisto, fumador empedernido, se hizo con más de ochenta piezas del mejor arte austral del siglo veinte.
Crecían rumores de admiración mientras el conductor de la puja reclamaba la asistencia de los escribanos (¿en España se les llama notarios? —Y asentía Guillermo a la pregunta de Bibiana), de los peritos, de Claudia y de Julio, para sumar, y hacer pública, la cifra total recaudada, que iría a parar, en su totalidad, al Fondo Asistencial, o de Compensación, o como quiera que se llamase. En el momento en que se hacían las cuentas aquel hombre misterioso, y algo obeso, miró hacia la zona donde se encontraba, a media luz, Federico Montes y señora, y levantó el dedo pulgar, como en señal de cumplimiento, aquel gesto sustituía al okey. No había más que hablar: Lidia y Guillermo se encontraban inmersos en una escena que liquidaba a sus propios actores.
Nunca mejor dicho: estaba todo vendido.
El sabueso se acercó al conductor de la puja, firmó los avales de adquisición y sin despedirse de nadie, ni siquiera de la anfitriona, se dio la vuelta y se perdió a toda prisa hacia el embarcadero. Ventajas del cronómetro: en el momento en que el intermediario se diluía, avanzaba hacia el centro del jardín el auténtico protagonista de la noche, Federico Montes, acompañado de su esposa, nunca más satisfecha y distante de los pobres mortales. La operación se había realizado de manera límpida, la jugada rozaba la perfección: una multinacional española con intereses inversores en Argentina, adquiría una de las colecciones de arte más significativas del país, de paso desgravaba al fisco, iniciaba su colección propia, que mostraría como trofeo en la capital, y además, la cifra desembolsada iría a parar a un fondo de compensación social.
—Atención, señoras y señores, mucha atención —el conductor de la puja, en medio de Claudia y de Julio, fingía un estado de suprema felicidad—, presten mucha atención: se han recaudado tres millones ochocientos noventa y siete mil dólares, que supone, una vez realizadas las liquidaciones pertinentes, la cantidad exacta de tres millones ochocientos mil dólares, cantidad que se depositará, justo pasado mañana, en la cuenta abierta del Fondo de Compensación Social que presiden esta simpática pareja, la señorita Claudia Sweir y el señor Julio Trepper.
Atronaban de nuevo los aplausos cuando en una actuación imprevista Julio Trepper desplazó al conductor de la puja del micrófono y por poco
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no se hunde el tinglado:
—Damas y caballeros, no lo duden, hemos ganado todos, ¿quién ha perdido?, nadie: por supuesto, ha ganado su comisión la empresa de
subastas, mi mamá y su conciencia —primer murmullo—, el señor Montes
y su multinacional —segundo murmullo—, mi novia Claudia, aunque ella prefiere que le diga camarada, pero sobre todo han ganado los pobres.
Entonces se detuvo en seco y le salió del alma una grave incongruencia:
—Ja, los pobres. —Y se quedó paralizado, con la vista perdida, un zombi.
La tensión se hizo insoportable, los invitados, estatuas de sal, esperaban que el suceso no fuera a mayores; esta vez el niño bien no había tenido ninguna gracia. Bibiana Trepper se llevó las manos a su collar de esmeraldas, un gesto simbólico que escondía la frase crucial, «este hijo mío me va a matar»; pero ahí se encontraba, gracias a Dios, Claudia Sweir, acostumbrada a esas reacciones, y aun a otras muchísimo peores, de Julito. En dos segundos Claudia arregló el asunto, se apoderó del micrófono y se dirigió, convincente, al público:
—La emoción juega malas pasadas —dijo, intentando explicar lo
inexplicable—; ahora, permitime, Julio, dejame a mí. —Claudia le dedicó a Julio una mirada de Gorgona y éste no tuvo más remedio que replegarse y regresar a su asiento—. Lo verdaderamente importante es que esta noche se han recaudado cerca de cuatro millones de dólares, aunque no cuatro millones, falta una mínima cantidad, doscientos mil dólares, para llegar a los cuatro millones, yo les quiero proponer que intentemos, entre todos, redondear la cantidad.
Y como experta vendedora Claudia se sacó el as efectista de su manga:
—Para dar el primer ejemplo, voy a empezar yo: pongo a disposición
del Fondo todos mis ahorros, en total veintiséis mil dólares.
—No se sabe quién está más loco de los dos —le comentó Lidia a Guillermo.
Los asistentes, paralizados, no hicieron ningún movimiento, les parecía todo surrealista, fuera de cualquier efecto / causa, o viceversa, se quedaron quietos, estupefactos, incluso un poco aterrados, por la velocidad con que circulaban los miles de dólares: ¡arriba las manos! Un anciano patricio, con disimulo, palpó el bolsillo trasero de su pantalón, donde guardaba su billetera, pero no con objeto de pujar o donar unos miles de dólares, sino
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para constatar que permanecía en su sitio, que no había sido desvalijado a la entrada, o que no sería desvalijado a la salida. De forma espontánea los invitados a la fiesta comenzaron a dirigir sus miradas al flanco donde se hallaba La Madre Patria transada, encarnada, transustanciada, en Federico Montes de no sé cuántos y no sé qué, y señora; el apuesto ejecutivo, de repente, se sintió juzgado, en el ojo del huracán, mientras Claudia Sweir, audaz microfonista, presionaba:
—¡Vamos! No se rajen ahora.
Federico Montes no tuvo más remedio que salir a la luz:
—A ver allá, sí, el señor Federico Montes.
El enviado de la metrópoli alzó con timidez su mano, aunque habló con voz segura, grave:
—Nos hacemos cargo de la diferencia.
—¡Bárbaro! ¡Así se habla!
Esta vez nadie aplaudió, pero como Bibiana se puso en pie haciendo palmas desaforadamente, la mesa presidencial y el resto de invitados se vieron obligados a seguirla, consiguiéndose, poco después, una aceptable aclamación de arrastre. Sólo la aclamación: unos segundos más tarde un olor infecto subió del delta, inundó el jardín y enturbió la piscina de aguas traslúcidas.
Los invitados se taparon las narices: Pichincha apestaba.
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VULGAR FUE TODO: EL DESIGNIO,
LA FÁBRICA Y EL MODO
Veinticuatro horas después de ingresarse los cuatro millones de dólares recaudados en la subasta, ya se habían desviado tres millones a bolsillos particulares. Guillermo se quedó estupefacto en la ventanilla de cobros y pagos del Banco Argensiano mientras leía los movimientos de aquella cuenta, pero sobre todo, el extracto final: sólo quedaba intacto un millón de dólares; el novelista pudo comprobar el desvío del dinero porque había conseguido el número de la cuenta del fondo principal, el Fondo de Compensación Social, lo había conseguido gracias a un sorprendente acto gratuito de Claudia Sweir cuando el sol recalentaba Pichincha.
Una vez superado el olor nauseabundo que provenía del delta, una vez que los invitados oficiales huyeron despavoridos, se inició una fiesta paralela en los jardines, patrocinada por Julio y sus amigos. Los amigos del Adonis del Plata desembarcaron cuando el mal olor comenzaba a remitir y sólo resistían unas cuantas anticuallas que fueron barridas de escena como se barre el material inservible. Al final los numantinos claudicaron y Pichincha se llenó de gente joven.
Lidia decidió marcharse cuando la peste estaba en su momento álgido y la atmósfera era irrespirable; también Bibiana Trepper, agotada y reseca, se replegó a sus habitaciones, el escondrijo desde donde manejaba lealtades, deslealtades y fingimientos. Tanto Lidia como Guillermo notaron el súbito cambio de actitud de Bibiana respecto a ellos, que hasta cinco minutos antes habían sido su referencia ética y una vez concluida la subasta a Bibiana pareció no importarle ni siquiera algo elemental para una persona de su clase y posición: las buenas maneras. Fue excesiva su frialdad de trato cuando al despedirse de Lidia Bibiana confundió su
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nombre, le dijo Laura, luego rectificó sin ganas, en fin, la despedida se convirtió en un feo trámite. La anfitriona quería borrar y borrarse.
En el party que estalló a continuación el novelista siguió espiando. Su labor de espionaje se inspiraba en sus antepasados los transatlánticos, sin embargo, Guillermo carecía del arrojo de sus antecesores, era más que tímido, timorato, y por mucho que lo intentaba no lograba mimetizar, ni sintetizar, la cadena inacabable e inabarcable de estéticas e ideologías contrapuestas que confluyó en los límites, tan estrechos como a veces irreales, en los que ejerció su actividad La Sociedad Transatlántica.
Entre Claudia Sweir y Guillermo Brown la sensualidad asustaba con sólo nombrarse: habían llegado a ser tan impermeables el uno con el otro que podían estar odiándose mientras hacían el amor sin mortificación ni optimismo. En aquel universo precipitado y terrible, ambos se atraían y repelían con la misma energía: si dejaban de hablarse, si se insultaban en silencio, horas después el deseo podía embaucarlos de nuevo, y no pasaba nada, absolutamente nada. Lo hemos dicho, lo vamos a repetir: deseo, nunca un sentimiento que superara una posesión inmediata, un desgarramiento epidérmico.
Claudia, Julio y Guillermo, en el epicentro de la fiesta, bebieron como cosacos, y en honor al cosmopolitismo transatlántico tardío llegaron a recitar un poema de Wallace Stevens, «El Emperador de los helados»: mortaja de tres gustos en un inglés metafísico, deportivo y sensorial. Con la poesía, el alcohol y los alucinógenos, fueron limándose los limes y de madrugada la amistad pareció haberse recuperado, todos felices, hasta tal punto se limaron los enfrentamientos, que el paso posterior, el acabar acabándose, fue, ni más ni menos, que un simulacro sexual a tres bandas; se trató de una exaltación sexual, muy al gusto de Julio, incluso con un suave sabor a sangre, sangre de la mutación, del viraje: Julio irisado, arrodillado, Claudia estática, insondable, Guillermo, camaleón enhiesto, hacia dentro y hacia fuera, en fin, un trío narcotizado de ases a ritmo ensimismado y autónomo: ellos por un lado, la fiesta juvenil por otro. Días después, cuando Guillermo recordaba algunas escenas, se quiso morir, en ellas Julito se contorsionaba, rodeado de una corte ambidiestra, como Heliogábalo en Emesa, mientras Claudia y él, siempre tan comedidos, oficiaban de bacantes.
Las imágenes se superponían en la mente del novelista, pecaminoso espía que no había tenido ningún reparo en dejarse aprovechar por Julio, a
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pesar de sus abyecciones fotográficas —el hijo de la Trepper convertido en uno de sus viles instrumentos—, o de Claudia, a la que repudiaba por mujer taimada e insectívora, ¿y él era mejor?; ya se le había olvidado a Guillermo su estación en el infierno, el ángel de la parca homenajeando el proceso militar, arcángel de la tortura y el miedo, tanto miedo para nada. Se quiso olvidar: después vomitaría. No obstante, en aquel mundo suspendido le fue muy fácil bailar, drogarse, hacer el amor, pero siempre desde la perspectiva del agente doble cuyo único objetivo era hacerse con el número de cuenta donde iba a ingresarse los cuatro millones recaudados en la subasta, y así, definitivamente, comprobar el desfalco.
—¿No te importaría darme el número?
—Por qué iba a importarme, es lógico, no hay ningún problema, viejo, acá lo tenés, ¿querés anotar?, y hay una sorpresa: sos cotitular de esa cuenta.
—¿Cotitular?
—Sí.
Al principio Guillermo no se lo creyó, pero Claudia Sweir pronunció aquellas palabras con libertad y alegría, estaba muy contenta, lo estaba de verdad, por primera vez la veía con talante positivo, amable y simpática; sin embargo, a Guillermo, con los efluvios báquicos, se le nubló la mente y dejó pasar ese dato fundamental, cotitular de la cuenta, dejó pasar ese detalle, dejó pasar el comentario crucial, no podía ser cierto, cotitular.
Inconscientemente postergó su incertidumbre y la pregunta que le corroía el alma: ¿se trataría de un chantaje?
Cuando amaneció todos aquellos jóvenes optaron por reconquistar la ciudad vacía, la ciudad desolada, la ciudad en llamas, el calor era sofocante a las diez de la mañana. Los últimos desayunaron en la cafetería Richmond, en la calle Florida, donde Borges, Evar Méndez, Prebish, Güiraldes, Marechal y Norah Lange, discutieron, allá por el año veinticuatro, sobre el vínculo transatlántico. Mientras engullía un vigilante Guillermo pensó que todos los amigos del Adonis del Plata, el modelo letal, iban a vivir una temporada, de fiesta en fiesta, a costa de los fondos del Fondo, por lo menos de la parte correspondiente a Julito Trepper. La sospecha acentuó su condición crítica; no obstante, a esas horas, se limitaba a asentir y a consentir, porque ya no le era posible dar marcha atrás: se encontraba inmerso en un cuento latinoamericano en el que poco podía añadirse.
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De esto no sabemos más que lo justo y necesario.
Fue curioso.
De repente Claudia y Julito se levantaron de la mesa y dejaron a Guillermo en compañía de aquellos jóvenes leones y agresivas amazonas.
—Hasta dentro de un rato —le dijo Julio, pero Guillermo sabía que estaba mintiendo. Sobró la mirada de Claudia.
«Hasta dentro de un rato», él sabía que era mentira, tenía el presentimiento de que ahí se terminaba todo, él ya no servía para nada, ni él ni Lidia servían, su utilidad había cesado, en el tablero de juego eran simples peones sin objeto, habían creado unas expectativas que no se cumplieron, eran el vestigio de un pasado inexistente, desde ese instante estorbaban. Guillermo pensó que el ejemplo de La Sociedad Transatlántica se diluía con el primer calor de la mañana porteña. Y otra vez empezó a dolerle el chichón que lucía su frente, se había convertido en el unicornio sin poderes.
Dos días más tarde Guillermo se levantó muy temprano, se puso su mejor chaqueta y se presentó en la sede principal del Banco Argensiano, que se hallaba a tres cuadras del hotel Continental. Se dirigió directamente a la ventanilla de cobros y pagos y confirmó sus sospechas: los buitres habían devorado la carroña y con la carroña también habían devorado su pasado, su memoria, habían devorado el espíritu filantrópico de los transatlánticos; apenas veinticuatro horas habían bastado para que desaparecieran tres millones de dólares. Guillermo releyó, una y otra vez, los movimientos de aquella cuenta, y aunque imaginaba la carnicería, le sobrecogió la rapidez del complot. El novelista pudo acceder sin dificultad a la cuenta, efectivamente estaba autorizado, Claudia no le engañó, al menos en ese aspecto, pero necesitaba más información y se acercó de nuevo a la ventanilla donde le mostró al empleado los movimientos y aprovechó para preguntarle cómo estaba permitido retirar tanto dinero en tan poco tiempo, si no existían límites para evitar la fuga de capitales.
El empleado sonrió:
—Precisamente para realizar este servicio estamos nosotros. En esta operación intervinieron antiguos clientes del banco, muy antiguos y muy buenos, señor; en cualquier caso son decisiones que toma la dirección de esta entidad, yo sólo obedezco órdenes.
Y repasando los movimientos continuó:
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—Sí, son cifras altas. De la cuenta se retiró, hace media hora, la cantidad de un millón de dólares, en dos movimientos de quinientos mil cada uno, los dos en esta misma ventanilla, con sendos cheques al portador; y ayer se ordenaron dos transferencias, la primera de un millón y medio de dólares, la segunda de medio millón. Como usted puede comprobar en el extracto que le facilité quedan a disposición un millón de dólares.
El empleado paladeó sus palabras:
—Una cantidad muy linda.
Acto seguido le pidió el documento de identidad:
—Claro, es usted.
—¿Por qué me pregunta eso?
—No pasa nada, señor, no se preocupe, se trata de una comprobación. —Y sin cortarse un pelo volvió a preguntar—: ¿Su cheque es nominal, al portador o saca directamente de ventanilla?
—Ninguna de las opciones.
—Prefiere transferencia, ¿me puede facilitar su número de cuenta y la entidad a la que desea transferir?
Guillermo ocultó su ira:
—Quiere devolverme mi carnet de identidad.
—Cómo no, disculpe.
—¿Me permite otra pregunta?
—Por supuesto, señor.
—Puede decirme nombres y apellidos del resto de los titulares de la cuenta.
El empleado hizo un gesto de calculado estupor, una cara de «esto sí es raro: desconocer con quién comparte la cuenta», y permaneció en silencio.
Entonces Guillermo se adelantó:
—Los conozco, no se inquiete, sólo quiero confirmar que todo se encuentra en regla.
La complicidad se extendió como un velo.
—Mire —dijo el empleado—, vamos a llegar a un acuerdo: usted me va diciendo los nombres y yo me limito a asentir con la cabeza.
—De acuerdo.
Guillermo empezó:
—Guillermo Brown.
—¿Y ése quién es?
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—¡Yo! ¡Quién va a ser!
El empleado se desternillaba y Guillermo rió también, víctima de la cruel ironía porteña.
—Por favor, continúe —dijo el cajero aguantando la risa.
—Claudia Sweir, Julio Trepper y…
Guillermo se la jugaba:
—Vicente…
—¿Vicente? —El empleado movió la cabeza negativamente pero se compadeció—. Vicente no, Federico.
—Seré estúpido, claro, Federico Montes.
—Del Rey y Díaz de Azcárate.
—Tengo una memoria desastrosa.
—No, no la tiene, un apellido tan largo se le olvida a cualquiera.
Las piezas empezaban a crujir aunque encajaban en aquel rompecabezas.
—Oiga, señor —la voz del empleado le devolvió a tierra—, detrás de usted hay gente esperando, ¿va a realizar alguna operación?
—No, muchas gracias.
Guillermo abandonó un millón de dólares en el mostrador de mármol de Banco Argensiano y alcanzó la calle a toda velocidad. Se le salía el corazón por la boca al pensar en la conexión española a través de Federico Montes del Rey y Díaz de Azcárate, cuya lepra moral corrompía el ejemplo de la Madre Patria, o de cualquier otra madre. La estrategia de Montes había quedado al descubierto: adquiría la colección para su empresa y por hacerlo cobraba su parte alícuota. El mismo ejecutivo lo sugirió en su discurso en casa de Bibiana Trepper: tan importante era el progreso social como el enriquecimiento personal.
El novelista volvió a revisar los movimientos de la cuenta porque, cuanto antes, debía asignar nombres al enmascaramiento. Los más necesitados, los niños que morían de hambre en Salta y Tucumán, habían recibido su trozo de pastel de la siguiente manera: un millón quinientos mil dólares para Bibiana Trepper, medio millón para su hijo Julio, medio para Vicente Castelau y otro medio para Federico Montes. Guillermo revisó de nuevo y se preguntó por el millón restante, por el millón intacto. Uno de los implicados aún no había hecho la operación, había mantenido el resto millonario: se trataba de Claudia Sweir.
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Llegó al hotel y le entregaron un sobre que dormía en su casillero, lo abrió:
Guillermo, cuando leas estas letras estaré en el aeropuerto. No se te ocurra venir, mi vuelo sale a las cuatro y media. Ayer te oculté mi decisión de regresar a Barcelona para no discutir contigo ni arrepentirme en el último momento. La primera razón que tengo para volver es mi hijo, lo único tangible y real que me queda, lo único por lo que sigo adelante; la segunda razón es que debo salir del túnel en el que entré desde mi llegada a Buenos Aires, el túnel que me hace oír de nuevo la voz de mi padre gimiendo, el túnel que me asalta con imágenes no demasiado distintas a las que descubriste en la pantalla del ordenador de Claudia.
No tomes mi huida como algo definitivo. Dentro de algunas semanas te estoy llamando a Madrid y voy a verte, o vienes tú a Barcelona. Tenemos que hablar de un montón de cosas, pero sobre todo tenemos que hablar de cómo nos han manipulado y de cómo nos hemos dejado manipular. Me imagino lo que «ya no hay» en la cuenta del fondo. Te confieso que incluso antes de la subasta intuía la maniobra, aunque jamás pensé que fuese tan rápida y descarada.
Quería decirte que si bien fui yo quien insistió en que debíamos acudir a la cena de Bibiana Trepper, y te di ánimos suficientes para que no tiraras la toalla, ahora me desintegro así, sin avisar, casi a traición: espero me perdones pero creo que lo que queda por hacer debes hacerlo tú solo. Yo sería un estorbo. Por eso quisiera resarcirte, aunque sea a distancia, y confío en que aceptes otro de mis pálpitos, mi último consejo, mejor no dramatizar, el penúltimo consejo.
Lee bien: tienes que regresar esta noche a Pichincha. No sé lo que vas a encontrarte allí, pero tengo absoluto convencimiento de que la situación se va a aclarar, y va a ser esta noche. Si vuelves al delta, quizá te acerques a lo que fue, y después dejó de ser, el mundo transatlántico, y al menos puedas, de una vez por todas, conjurarlo. Por favor, regresa a Pichincha.
Un beso de Lidia G.
En un rapto de ira a Guillermo le entraron ganas de retirar el millón de dólares del Banco Argensiano y desaparecer. Lidia se demarcaba sin dar la cara, se despedía con unas breves líneas. Guillermo tiró la nota a una papelera pero volvió a recogerla de inmediato, lo pensó mejor, pensó que aunque no se encontrara físicamente junto a él, Lidia podría deslizarse como una sombra detrás de él, incluso podría convertirse en su sombra y aunque no tenía el don de ubicuidad y su reclamo carecía de territorio estable, Lidia Grandi, con sus invisibles artefactos mágicos, con sus ácidas e inteligentes observaciones, seguramente le acompañaría y le aconsejaría aunque mediaran miles de kilómetros.
Guillermo necesitó un buen rato hasta que logró tranquilizarse; desmenuzó y racionalizó su rabieta como un capricho de la ira, ira por despecho, ira por soledad, y poco a poco, supo valorar las razones que
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había tenido la hija del arquitecto Grandi para marcharse, más bien, la razón superior, su única razón, su hijo. Lo que guardaba en Buenos Aires era una suma de pérdidas: la resurrección de fantasmas familiares, la trágica muerte de su padre, su fracasado matrimonio, el rechazo de sus hermanastros, la época pútrida y sucia del proceso militar. Razones poderosas, heridas abiertas.
Aunque era novelista, en la vida real Guillermo jamás se había puesto en el sitio de los demás, pero por una vez lo hizo. Las razones de Lidia eran poderosas si se comparaban con sus propias razones: la búsqueda de una entelequia, la obsesión de encontrar los volúmenes de un diario que sólo había visto durante unos años tras una vitrina a la que tenía el paso vedado, en realidad aquella manía denunciaba la carencia de una memoria a la que asirse, la necesidad de mitificar su pasado platense.
Guillermo logró calmarse. A la última persona que debía guardarle rencor era a Lidia Grandi. Cuando regresara a Madrid esperaba arreglar las cosas.
—Por cierto —le dijo al recepcionista—, hace un calor espantoso.
Luego, se quedó mirando al vacío.
Menos agua que barro
Siluetas en negro se recortaban sobre el cielo austral.
Guillermo viajaba en un ómnibus de la línea sesenta, que los porteños llaman internacional porque recorre centro, barrios, astro rey y constelaciones; era el único pasajero de aquel ómnibus, exceptuando el chófer, pero se bastaban los dos para circular por aquellas avenidas interminables, por aquel Buenos Aires interplanetario, capital de tango trágico, no ves que vengo de un país que está de niebla siempre gris, y el grito de un gol radiado desde algún cuartucho, pasillo interior, con dos chirolas en los bolsillos: gooooool fuera del mundo, del tiempo, del espacio, gol a ras de asfalto, gol cósmico, peronista, radical, gooool de gorila. Guillermo observaba la infinita sucesión de plazas solitarias, paredones derruidos, terraplenes, vías y andenes que no llevaban a ningún sitio, mercerías y boliches de otro tiempo, de otro lugar, de otra Argentina;
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más de una vez le entraron ganas de bajar del ómnibus y ponerse a caminar sin más dirección que la luna suburbana, melancólica y fatal.
Le vino a la cabeza una canción que aprendió en los estudios secundarios:
Chófer, chófer, apure ese motor,
que en esta cafetera nos morimos de calor.
Una equivocación le había hecho vagar por la ciudad inédita: en vez de tomar la línea directa, la diferencial, al delta, se subió en otra línea, la que va parando de cuadra en cuadra, así cien cuadras, por lo menos, la línea que recorre desde Recoleta a Belgrano y de Belgrano a General Mitre, y cuando uno cree que ya se encuentra en Bahía Blanca, o incluso en Neuquén, ¿dónde si no?, por fin asoma Riachuelo. Resultado: se demoró tres horas antes de que lo dejaran frente a la estación fluvial.
—Última parada, que tenga buen viaje, señor.
Al ver la cara de desesperación de su único pasajero, el chófer se apiadó:
—No se desanime, seguro que le alquilan una lancha.
Guillermo no estaba desanimado, no se lo podía permitir, había tomado el ómnibus equivocado, pero la decisión acertada de irrumpir por sorpresa en Pichincha. A paso rápido se acercó al embarcadero: ni un alma, desolación, la última lancha interfluvial había salido a las diez de la noche y hasta la mañana siguiente no se iniciaba el servicio, por tanto, le quedaban dos opciones, o buscar alojamiento en el delta o llamar un taxi y regresar de inmediato a la ciudad. Reflexionó: si seguía las instrucciones que Lidia le había dejado en su carta de despedida, la situación debía aclararse esa noche, si no, no sólo perdería el barco, también perdería la oportunidad. Prefirió obedecer las garantías especulares, el hondo pálpito, de Lidia Grandi y decidió quedarse.
Se oyeron un par de truenos con sus respectivos relámpagos: el cielo austral se rebelaba. Miró a su alrededor y vio luces encendidas a no más de trescientos metros de donde se encontraba, provenían de lo que quizá fuera una cantina. Salió apresuradamente de la estación fluvial y aligeró el paso, pero mientras intentaba alcanzar su objetivo aquellas luces se apagaron, no podía ser, qué desastre, en ese momento le invadió el desánimo, fueron segundos: un instante después dos hombres salieron de aquel tugurio de sombras.
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—Son los míos —se dijo a la vez que sus piernas corrían hacia aquellos individuos. Cuando se les acercó fue disminuyendo la velocidad aunque se vio obligado a exagerar, y como era cuentista profesional no le costó ningún trabajo, al contrario, fue un ejercicio práctico. Trastocó la realidad, se convirtió en un viajero, lo que no era mentira, la mentira fue asegurar que venía desde muy lejos con la única finalidad de darle una noticia crucial a la viuda Trepper, por ese motivo necesitaba, con toda urgencia, que alguien le trasladara a Pichincha.
—¿Saben de alguien que quisiera llevarme a casa de doña Bibiana? —Nosotros.
Uno de los hombres dijo que conocía el sitio exacto donde se encontraba la casa a la que se refería porque hacía unos años había trabajado para la señora Trepper. También dijo que poseía un barco y sentenció con voz pausada:
—Sé de quién se habla cuando se habla de Bibiana Trepper.
Aclararon el tema monetario, aunque no hubo nada que aclarar: mediaron los dólares; no obstante, Guillermo no hizo ninguna contraoferta sino que aceptó la cifra que le propusieron sin rechistar, así que embarcaron. El destartalado vapor estaba sucio, despintado y encima apestaba, era la antítesis de aquella lancha celeste-blanca-celeste, con mullidos asientos rojos, con la que Claudia, Julito y Bibiana Trepper fueron a recogerlos, a Lidia y a él, apenas tres días antes. El motor roncó y la mugrienta nave comenzó, lentamente, a remontar el río. Fue un breve instante, breve aunque suficiente: desde la orilla un reflector enfocó la nave macilenta y Guillermo pudo fijarse con detenimiento en la tez cetrina, ojos esquivos y podrida dentadura del patrón de yate; entonces no tuvo más remedio que detener su mirada en el otro individuo que les acompañaba y comprendió el riesgo, aquel hombre tenía un aspecto aún más desagradable que su compañero, y además hedía, como el barco. Al producirse un acercamiento involuntario Guillermo bebió su aliento a alcohol y muerte, y descubrió que una generosa faca pendía de su cinturón.
Se encomendaba a las tinieblas del estuario cuando una obertura de truenos anunció, de súbito, el agua. Empezó a llover con furia, caían gotas violentas, abiertas, agua ocre, fango sideral antes de convertirse en torrente fangoso, en bíblico lodazal. Guillermo sopesó la oportunidad narrativa de aquel diluvio, la creación de un clímax: el protagonista embarcado con dos asesinos en potencia, el desconcierto, el mal flotando en las ramificaciones
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del estuario, el calor húmedo, putrefacto, y aquella nave demoníaca a merced de la corriente natural del río: Joseph Conrad revisitado en El Tigre.
Pero llovía realmente, llovía a mares, llovía tanto que el río se mostraba inmóvil en su desmesura; a Guillermo no le importaba mojarse, lo que de verdad le importaba era disimular su debilidad, no podía permitirse mirar atrás con el antifaz del miedo. Se deslizó sin prisas hacia la proa aguardando cualquier extraño movimiento de los dos espectros náuticos que tenía a sus espaldas. Sus ropas estaban empapadas, por su cara se deslizaban los goterones, sus zapatos eran dos barcazas anegadas, sentía el pelo pegado a la nuca, las ondas pelirrojas transformadas en hilillos de áspero vino tinto. Pero no se le ocurrió hacer el mínimo movimiento. Transcurrieron unos interminables minutos hasta que Guillermo reconoció el paquebote anclado en tierra, el Nautilus de los Trepper, Pichincha.
Entonces respiró. El barco fue disminuyendo su velocidad a medida que se acercaba al embarcadero, de manera que paró antes de atracar.
—¿Qué ocurre?
—Oiga señor, creemos que debe pagarnos algo más.
—¿Y por qué debo pagarles más?
—Porque con la correntada el motor gastó el doble de gasolina.
—¿Cuánto quieren?
—El doble.
—¿El doble? Es una barbaridad.
—No es una barbaridad, doble gasto de gasolina, doble precio de alquiler.
Guillermo extrajo el dinero de su billetera, lo contó, y se arrimaba para pagarles cuando sospechó una jugarreta y sin pensárselo dos veces hizo el camino contrario, se fue hacia la otra punta de la embarcación y desde allí, agitando los billetes con su mano derecha, gritó:
—Acerquen la lancha al embarcadero, para que yo pueda bajar, o no hay dólares que valgan.
La lluvia arreciaba y los tipos dudaron un momento. No sabían qué hacer, el alitoso ya acariciaba la empuñadura del cuchillo.
Guillermo repitió con firmeza:
—Acerquen la lancha; si por culpa de ustedes no puedo hablar con la señora Trepper se van a arrepentir toda la vida.
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El motor recobró su ritmo y se acercaron al embarcadero. Cuando el barcucho estuvo lo bastante cerca Guillermo saltó rápidamente y subió aún más rápidamente los peldaños de la escalera que lo llevaba a tierra firme; se volvió y con un gesto displicente esparció en el aire mojado los billetes, siguió subiendo mientras oía algún insulto apagado por la lluvia, pero continuó adelante sin volver la cabeza. No estaba empapado sino calado hasta los huesos, sus genitales se habían reducido a la mitad y nadaban dentro de su ropa interior como los pececillos de Tiberio en Capri. Ascendió por el sendero interior que comunicaba con el lateral izquierdo del jardín, justo enfrente de la piscina, y se sorprendió de que nadie le hubiera impedido la entrada, era posible que Bibiana hubiera concedido vacaciones al servicio tras la cena multitudinaria; ni un ladrido: quizá habían conseguido merecidas vacaciones los perros, y sus consortes, las perras guardianas, días de asueto los guardias de seguridad y el resto de sustitutos: el invasor avanzó sin que nadie interceptara sus pasos.
Igual esa noche no había ni un alma en Pichincha.
Una cólera húmeda se colgó de sus hombros, el tifón se inflamaba, llovía a punto de hervor, caían gotas ocres y se formaban sucios arroyuelos; Guillermo respiraba agua tibia, buceaba al aire libre, un líquido marrón se colaba por sus fosas nasales. Decidió arrastrarse por el césped, buscó puntos ciegos de luz, bordeó la piscina, ya no de aguas traslúcidas, y al fin ratificó que en el interior del paquebote se alzaba la existencia: atisbó a Bibiana Trepper evolucionando de forma similar que tres noches atrás, la noche del Año Cero, en la frontera de dos milenios. La emperatriz de la estafa caminaba con seguridad, al verla se congelaba el viento más cálido; se preguntó si estaría acompañada por alguien, volvió a mirar y allí estaba, cómo no, otro de los implicados, el ocultista de las vanguardias y germen intelectual del fraude, el profesor Castelau, repantigado en el sofá, moviendo las manos con enjundia explicativa. Guillermo reptó, como una lagartija por el chaflán de un muro, procurando pasar inadvertido, pero antes de hacer su aparición apoyó su espalda contra la pared, a sólo unos metros de los conjurados.
Las cortinas transparentes no le impidieron escuchar fragmentos de aquella conversación, frases sueltas:
—Al principio me hice el borracho, después me descompuse de verdad…
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—Estuvo bien Castelau, lo hizo muy bien… estoy preocupada por Julio, no sé dónde se encuentra, ha desaparecido, ¿se da cuenta profesor?, con las deudas que tiene…
—Esta tarde llamé por teléfono al hotel Continental y me dijeron que Lidia Grandi regresó a Barcelona…
—Esa mujer no me gustó, estaba ausente, un poco ida.
A su vez Bibiana preguntó:
—¿Y ese chico, el escritor?
—Sigue en Buenos Aires.
Hubo un silencio. Era el momento de utilizar el factor sorpresa. Guillermo dio un paso, traspasó las cortinas y entró. El asombro fue mayúsculo. El nieto de Armando Brown permaneció de pie, quieto, mirando alternativamente a Bibiana y a Castelau, que, a su vez, se quedaron paralizados, inmóviles, pasmados, sin saber cómo reaccionar.
—Sí —dijo Guillermo mientras a su alrededor se iba formando un
charco de agua, como si estuviese orinando—, sí —repitió—, aún sigo en Buenos Aires.
Castelau se incorporó y Bibiana exclamó:
—¡Mijito, qué susto!, no se mueva, a ver si me estropea la alfombra
—dicho esto salió al trote, a por unas toallas y a por ropa seca, ropa de Julio—, a Julito le gustan las prendas anchas, seguro que algo le sirve.
Guillermo pensó que si Bibiana se ocupaba personalmente de esas cuestiones domésticas es que, excepto ellos tres, no debía de haber ni un alma en Pichincha, absolutamente nadie, ni siquiera aquellas dos sirvientas de la anfitriona, aquellas dos mujeres que la estaban esperando en el embarcadero la noche de la fiesta, ni un guarda de seguridad, qué extraño.
—Pero ¿cómo se te ocurrió venir con este temporal? —Castelau preguntó intrigado.
—Tuvimos la misma idea, ¿no te parece?
Bibiana regresó con una enorme toalla de baño color índigo y ropa seca. Le invitó a pasar a uno de los cuartos de baño de la planta baja. Cuando Guillermo se secó, se cambió de ropa y volvió al salón donde la viuda Trepper le esperaba con un whisky en la mano.
—Gracias.
Dio dos tragos y de pronto se sintió reconfortado, lúcido; la lluvia y el alcohol lo habían tonificado, se encontraba a gusto con las prendas de Julio, prendas de marca, prendas caras, una camisa blanca realzaba sus
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ojos pardos, su piel lechosa con pecas, sus rizos pelirrojos. Se prometió no ser más cruel de lo estrictamente necesario pero las dudas bullían en su cabecita mojada, ordenadas unas tras otras, dudas que aclarar, misterios que resolver, mentiras y traiciones que desenmascarar. Preso de un placentero embotamiento disfrutó de su copa y por unos minutos pospuso la declaración de guerra. Guillermo no estaba dispuesto a iniciar ninguna conversación ni a explicar nada, quería ser requerido, gozaba con la tensión del momento, por una vez llevaba la iniciativa. Bibiana Trepper no aguantó más:
—Bueno, ¿y a qué se debe esta inesperada visita?
Antes de entrar en faena Guillermo Brown deseaba atormentarlos un poco y se salió por la tangente:
—Estoy con ustedes de milagro porque los hombres que me trajeron hasta aquí estuvieron a punto de robarme y de asesinarme.
Bibiana hizo un gesto de asombro:
—Santo Dios, de dónde salieron.
—Pues esa gente dice conocerla.
—¿A mí?
—Sí, a usted, uno de ellos me dijo que había trabajado para usted. —Mire, conmigo ha trabajado tanta gente, ¿y a qué nombre respondía
ese individuo?
—No lo sé, cómo voy a saberlo.
—¿Quién será?
Entonces Guillermo lanzó el primer dardo:
—No se preocupe, su hijo Julio no era ninguno de ellos.
—No entiendo, ¿Julio?, qué tiene que ver Julio con todo esto, ¿está de broma?
—Sí, claro, estoy de broma, no estoy hablando en serio, pero cuando intentó atropellar al profesor Castelau su hijo no estaba de broma.
Bibiana miró a Castelau:
—¿Lo está oyendo, Vicente?
—No le haga caso. —Y dirigiéndose a Guillermo, Castelau le preguntó sin ningún convencimiento—: ¿Qué tomaste, muchacho?
—Ojalá estuviera bebido o drogado.
Dicho esto se levantó y ante la atónita mirada de Bibiana y del profesor continuó:
—Ojalá todo esto fuera pura invención.
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Bibiana terció comprensiva:
—Dígame, ¿le hicieron algo allá afuera?, por favor, cuéntenos qué le pasa.
Guillermo se sentó a su lado:
—¿Y por qué no lo hacemos al revés?, ¿por qué no me cuentan ustedes lo que está pasando?, a ver, Bibiana, haga un esfuerzo, ¿por qué tengo yo esta reacción?, ¿cómo puede sentirse alguien después de haber sido utilizado, manipulado, incluso estafado?
—Ah, no lo sé, a mí nunca me estafaron.
Guillermo contuvo la ira, pero no logró contener el sarcasmo:
—¿Estafarla a usted?, no, no, imposible, los papeles están cambiados,
¿cómo van a estafar a la estafadora?
Al principio Bibiana se quedó de piedra pero después fue enrojeciendo de ira. De pronto se incorporó, cogió su teléfono móvil, agarró el celular, y se dirigió a Guillermo con voz grave y amenazadora, signo de una nueva y sorprendente metamorfosis, ese don único y preciado que poseía:
—¿Usted qué se ha creído?, se cuela en mi casa como un vulgar
ladrón, sugiere que mi hijo quiso matar al profesor, y encima me acusa de
ser una estafadora.
Y acto seguido:
—Si no se va inmediatamente, llamo a la policía.
Guillermo contestó muy tranquilo mientras saboreaba el whisky:
—Llame a la policía, estoy deseando hablar con la policía, me hace un
favor llamando a la policía, me ahorra un trámite.
Como la Trepper no se decidía a marcar los números, Guillermo estalló:
—¡Vamos! ¿No va a llamar a la policía? —Se levantó del sofá y se acercó a Bibiana—. Si no se atreve, déjeme a mí y hago la llamada por usted, no tengo ningún problema.
Guillermo alargó su mano y Bibiana dio un paso hacia atrás:
—No se me acerque. —Y a Castelau—: Vicente, ¿por qué no hacés nada?
El profesor, que observaba el cuadro con un asco indescriptible, intervino sin ganas. Antes, apuró su copa.
—¿Se pueden calmar?
Castelau ordenó a Bibiana que se sentara a su lado, y una vez que lo hizo, le rogó a Guillermo que dijera de una vez lo que tuviera que decir, y
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se dejara de rodeos. El novelista cumplió la orden con sumo placer, estaba esperando este momento, incluso había seleccionado algunas frases para que la filípica sonase enérgica y rotunda: la puesta en práctica de un imaginario golpeado, una y otra vez, por la mentira y por la estafa. Guillermo vomitó todo lo que sabía acerca del venenoso Fondo de Compensación Social, acerca del dinero recaudado y retirado de la cuenta pocas horas después de depositarse en ella los beneficios de aquella modélica subasta dirigida, ¡eufemismo!, a la población más débil y necesitada de la República, a la que pasa hambre, y que en realidad fueron desviados a bolsillos particulares nacionales y extranjeros, porque la Madre Patria se había convertido en una potencia extranjera, en una multinacional del Primer Mundo, aliada de la Bella Albión y de los yankis, y como clamaba Claudia Sweir cuando se ponía montonera: España nos ha vuelto a traicionar.
Y aunque eso no era cierto existían españoles que a veces te obligaban a pensar al contrario.
Igual pasaba en Argentina, exactamente igual, un desastre: —¿Es que los argentinos no nos esquilmamos unos a otros? Guillermo expresó con claridad la manipulación de su nombre y el de
Lidia Grandi, el manoseo de sus memorias, de sus familias, de su desarraigo, el ambiguo papel jugado por La Sociedad Transatlántica, utilizada como cebo, como trampa biográfica: una gran mentira; desde la carta autógrafa que les envió a España Claudia Sweir, sedal con gancho, hasta las variaciones sinfónicas por el Gran Buenos Aires, vagando de un sitio a otro para nada, igual que las investigaciones del profesor Castelau o los supuestos, consecutivos e inexistentes paraderos del diario de su abuelo. Nada de eso importaba, lo que importaba era el botín, el reparto de cuatro millones de dólares, la intuición se había convertido en una realidad palpable, fehaciente, definitiva.
Cuando el novelista acabó, Bibiana bajó la cabeza y el profesor miró para otro lado. El acusador dejó de hablar y pasó a un silencio incómodo tras el cual se planteaban varias cuestiones resumidas en una sola: ¿acaso nuestros héroes, nuestro orgullo e independencia, el ojo alerta vanguardista, absolutamente todo, se había tirado por la borda a cambio de un abismo empapelado de dólares?
Y la pregunta más directa: ¿en qué nos hemos convertido?
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Ojo alerta: la mirada dura y argentina de Guillermo Brown escrutaba los ojos escurridizos de sus contrincantes. Necesitaba una explicación, al menos una sola explicación. En ese instante la señora Trepper cometió una imprudencia:
—¿Y usted cómo pudo acceder a la cuenta del Fondo?
Castelau sintió el latigazo del error ajeno sobre su piel y se llevó las manos a la cabeza. Hasta ese momento el profesor hubiera negado cualquier implicación en la trama pero ahora le era imposible porque con su estúpida pregunta Bibiana Trepper confirmaba el latrocinio, la complicidad y la traición:
—¿No lo saben? —Guillermo se divertía—. Claudia me facilitó el número, me dio un papelito donde había escrito los dígitos de la cuenta, fue en esta misma casa, la noche de la fiesta, la noche, no, la madrugada, esa madrugada yo sí estaba borracho, muy borracho, no como hoy, por eso cuando Claudia me dijo que era uno de los titulares de la cuenta, que era lógico que así fuera, que en buena parte gracias a mí, y a lo que mi abuelo representaba, se había recaudado el dinero, no entendí muy bien, no le di la suficiente importancia a sus palabras, o no quise dárselas, en mi estado, seguí bebiendo, no la tomé en serio.
Guillermo sonrió:
—Dos días después, cuando me acerqué al banco y me facilitaron el extracto y los movimientos que se habían realizado, y comprobé, además, uno a uno todos los desvíos, con fechas, nombres y apellidos, no me lo podía creer.
A pesar de su humillación, vergüenza y oprobio, al profesor Castelau le salió de su alma atormentada:
—Esa idiota.
Bibiana, que estaba muy alterada, abrió un cajoncito lateral de un mueble chino y de una pitillera de plata extrajo un cigarrillo y lo encendió:
—No fumaba desde hacía once años, desde la muerte de mi marido.
Y sin importarle las terribles acusaciones de malversación de fondos que acababa de hacerle Guillermo se encaró con el profesor:
—Dígame, Vicente, ¿es cierto que mi hijo quiso atropellarle?
Al profesor tampoco le importaba representar papel alguno, se sentía tocado y hundido, entonces arremetió contra aquella mujer, su hasta entonces aliada, y dejó caer la verdad como un delgado y punzante estilete sobre las partes blandas del estómago:
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—Sí, Bibiana, sí, así es, su hijo intentó atropellarme hace exactamente dos semanas, cuando yo iba paseando por Costanera, intentó aplastarme con su Rambler.
Bibiana crispó las manos:
—¿Usted lo reconoció?
—Sí, reconocí al conductor y reconocí el automóvil: un Rambler verde del 66.
—Y dígame, ¿por qué iba a hacer eso? ¿Qué motivos tenía mi hijo para hacer eso?
Vicente Castelau fue inmisericorde:
—Ningún motivo, Bibiana, ningún motivo tangible, directo. A Julio no le hacen falta motivos concretos para actuar, usted lo conoce mejor que yo, supongo, por algo es su madre, quizá todo se resume a un puro divertimento, pura experimentación, quizá fue una obsesión pasajera o una idea captada al vuelo, como en las novelas policíacas: «al viejo lo elimino esta noche y nos queda más dinero para repartir», qué sé yo, una acción simple y gratuita, elige el blanco y dispara, algo que se ve fácil si se hace bajo los efectos de cualquier alucinógeno, no es nuevo que obsesiones y drogas mezcladas lleven al homicidio, porque usted también debe saber, Bibiana, que su hijo está enfermo, que su hijo es drogodependiente, que se droga casi todos los días, y que ésa es una de las causas por las que debe tanto dinero, debe porque, entre otras cosas, pide prestado para drogarse.
Como Bibiana negaba con la cabeza Castelau insistió:
—¿Usted no está informada de este asunto?
—Claro que estoy informada —Bibiana saltó agresiva en defensa de Julio—, soy su madre, pago sus deudas, cómo no voy a estar al tanto de lo que dice usted y de lo que hace él, pero no relaciono una cuestión con la otra, no veo un motivo, una causa lógica, nítida, para que haya querido atropellarlo, mi hijo es de todo menos un asesino.
Y lanzó una velada acusación:
—Me pregunto si no estará Claudia Sweir detrás de todo esto.
Castelau fue claro:
—En absoluto. Claudia no tenía ni idea, se enteró días después y no por mí sino por el propio Julio, que le confesó la hazaña. A causa de esto Claudia y Julio tuvieron una tremenda discusión que casi acabó en ruptura.
—Ojalá hubieran roto mucho antes. Esa mujer ha sido una mala influencia para mi hijo.
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—¿Cómo puede decir esto ahora, después de lo que se ha aprovechado de esa chica?
—¿Yo?
—Sí, ¿ya se le olvidó?, desde hace unos años, arreglándole las desastrosas cuentas de la empresa y durante estos últimos meses para realizar la subasta de su colección de arte sin que el fisco le tocara ni una obra, ¿o ya no se acuerda?
Como Bibiana no era capaz, ni por una vez, de asentir, Castelau, ofuscado, aprovechó la presencia del nieto del impresor Brown para dibujarle a Bibiana Trepper la verdadera naturaleza de su hijo. No tuvo descanso:
—Escúcheme, Bibiana, efectivamente, Julio está enfermo a causa de las drogas, pero también está enfermo de sí mismo y enfermo de usted, a Julio no le interesa nada, no se interesa por nada, carece de opinión propia, sus gustos son prestados y sus acciones precipitadas, contar con él es arriesgarse a que todo salga mal, y contarle un secreto es vocearlo por todo Buenos Aires.
Bibiana aplastó su cigarrillo en el cenicero y balbució con rabia:
—Está denigrando a mi hijo, se pone del lado de este mequetrefe —dijo señalando a Guillermo— que ha entrado a mi casa sin permiso y lanzando falsas acusaciones. Ya me habían informado, Castelau, de que era usted un pobre hombre, un fracasado, no lo quise creer, pero esta noche me he dado cuenta de que es peor, de que es usted un mentiroso y un traidor a la amistad que le brindamos Julio y yo en Pichincha. Mi muchacho tendrá sus defectos, pertenece a otra generación que nosotros no podemos juzgar tan a la ligera, pero sin duda posee un alma noble, generosa y hasta sensibilidad artística, escribe, pinta…
—Y también es fotógrafo —apuntó Castelau.
—Sí. —A Bibiana se le iluminó la cara—. Conozco unas instantáneas de Liniers, de Colonia del Uruguay y de Piriápolis, unos paisajes espectaculares.
—¿Y ha tenido ocasión de disfrutar de los que denomina retratos
simbólicos? —Guillermo comprobó que el profesor estaba al tanto de la brutalidad de aquellas fotografías en las que lo más cautivante era el lado mórbido del sacrificio.
—No.
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—Es una serie dedicada a la tortura: torturados y torturadores durante la época del Proceso, pero no se trata de una denuncia sino de una parodia, los retratos parodian y se refocilan en las escenas más espeluznantes.
A Bibiana se le heló la sangre. Le habían llegado algunos rumores sobre esa serie fotográfica, pero, como en todo a lo que atañía a su amado arcángel, se había puesto una venda en los ojos, a pesar de que incluso tenía conocimiento de que una galería de arte del antiguo Berlín Este vendía a muy buen precio copias en gran formato de aquellas representaciones de horror higienista.
Bibiana preguntó con la voz quebrada: —¿Usted vio alguna de esas fotos, Castelau? —Julio me enseñó todas las series. —¿Y usted? —preguntó a Guillermo.
—Vi una y me bastó para saber de lo que se trataba: repugnante.
Castelau hurgó en la herida:
—No son realmente fotos, son performances fotográficos.
El profesor describió, con orden gélido y aterrador, las variaciones del traje zen, los guantes de boxeo, las moraduras, la hemorragia del ojo izquierdo, los tornos y monitores encendidos con la imagen del soldado de pie que viola a una mujer embarazada, la sangre a borbotones, la sangre inundándolo todo. Y algo que desconocía Guillermo: los baldes de zotal y los trozos de carne humana en el suelo, hasta llegar a la visión demoníaca, quizá, manipulada, quizá real, aunque algo desenfocada, de una cabeza desprendida del tronco.
—Se percibe la nefasta influencia del fotógrafo del mal, Carlos Wieder: es una experiencia irritante, aún peor, dolorosa, que tiene muy poco que ver con el arte de la fotografía, es una experiencia repulsiva, despiadada.
Bibiana se incorporó del sillón tambaleándose. Tenía la cara descompuesta, los pómulos se le habían venido abajo. Vicente Castelau se puso de pie, en cambio Guillermo permaneció sentado porque no le debía honores a aquella reina ilegítima que le llamaba mequetrefe, le hurtaba el dinero a los pobres y luego concedía entrevistas jactándose de demócrata y solidaria cuando en realidad se trataba de una comisionista que decía donar su colección de arte y se llevaba su porción para no declarar al fisco: momia hidrocéfala cazada el vuelo, fósil estampado en el cristal, ahora con
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el pellejo desprendiéndose del hueso, gesto desencajado y mustio que ya ni los mejores cirujanos, dietistas y rayos uva podrían reparar.
—Buen golpe —se dijo Guillermo inclemente.
—Estoy confundida y cansada. —La viuda Trepper hablaba con un hilo de voz—. Les ruego abandonen de inmediato mi casa. En la cocina se encuentran las llaves de nuestra lancha, les permito que la utilicen y una vez atraquen en la estación fluvial, guardan las llaves en la guantera y yo me encargo mañana.
Sin darles las buenas noches Bibiana Trepper se alejaba dando pasos cortos y rápidos cuando el profesor la llamó:
—¡Bibiana!
La mujer se detuvo pero no se dio la vuelta:
—Quiero decirle, por si le sirve de consuelo, que… —Castelau tosió—, que ni usted ni yo somos mejores que su hijo.
Bibiana continuó su camino sin emitir palabra mientras el profesor se volvió hacia Guillermo y le dijo:
—Estarás satisfecho.
Guillermo se encogió de hombros y Castelau le preguntó:
—¿Sabés manejar esa lancha?
—Creo que sí, es casi igual que conducir un automóvil.
—Voy a buscar las llaves.
El profesor se dirigió a la cocina, arrastraba los pies, respiraba con dificultad. Guillermo le siguió. Castelau se movía de un sitio a otro sin encontrar el juego de llaves mientras que Guillermo, a su lado, de pie y sin moverse, le piropeó:
—Buen traje.
Sin dejar de dar absurdas vueltas sobre sí mismo el profesor le contestó:
—Hace siete años que no me compraba un traje, y los zapatos, ¿te gustan? —Se alzó un poco el pantalón y aparecieron unos relucientes, pero algo anticuados, zapatos de rejilla.
—No están nada mal para un testaferro ni tampoco para un estafador. Castelau no contestó y continuó buscando el juego de llaves, se movía
pesadamente, cada movimiento le costaba trabajo, como si le atormentara; el profesor se fue acercando a Guillermo con lentitud y cuando lo tuvo bastante cerca realizó una fugaz pirueta y con las dos manos se asió de su cuello.
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—¿No te parece bastante? ¿Qué querés?
Aunque lo sujetaba con fuerza las manos del profesor no apretaban el cuello de Guillermo, que contestó muy tranquilo:
—Quiero que me diga la verdad.
Castelau lo soltó, cerró los ojos y después se desplomó en una banqueta: era un hombre avergonzado y derrotado.
—¿Qué verdad, la tuya, la mía?, ¿cuál de ellas?, hay distintas versiones.
En ese momento entró por la ventana de la cocina el resplandor de un relámpago, dos segundos más tarde estaba de nuevo diluviando; Guillermo observó la mirada vacía y perdida, labios finos y nariz puntiaguda de su contrincante.
—Ninguna verdad, sólo cuentan los hechos.
El profesor se explicó sin tapujos; con tono de voz grave y neutro inició una oscura letanía: si había sido testaferro en la venta de los libros que componían la biblioteca de Armando Brown fue precisamente porque el padre de Guillermo se lo había pedido con insistencia, le vino con la monserga de la antigua amistad cuando en años apenas se habían dirigido la palabra:
—Tu papá me utilizó y yo me dejé utilizar.
Para tentarlo le ofreció una suculenta comisión hasta que Castelau, como siempre sin un peso, cedió e hizo aquella gestión en un santiamén con la ayuda del viejo librero Aldo Eisemann: los volúmenes fueron vendidos a los mejores coleccionistas del país, Eisemann se quedó con algunos; el profesor recordó que uno de los lotes con títulos y ediciones más destacadas los adquirió un cliente de Eisemann, el abogado rosarino Ernesto Baclini.
Vicente Castelau sacó un pañuelo de su traje recién estrenado y secó su frente sudorosa:
—Por razones que desconozco tu papá manifestaba una profunda aversión a la biblioteca donde don Armando se encerraba horas y más horas a leer, donde recibía a sus amigos, ese universo diminuto que representaba la historia de otra nación que se llamaba Argentina y cuya expresión más sublime fue La Sociedad Transatlántica; él nunca me hizo el menor caso, jamás, si se cruzaba conmigo cuando iba de visita a la Casona de calle Brasil volvía la cabeza, nunca me hizo el menor caso hasta que se vio obligado, años más tarde, a utilizar mis contactos en el sector de
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la compraventa de libros antiguos, porque tampoco deseaba actuar directamente, aquello podía ocasionar un escándalo, saltar a prensa: el hijo del impresor Armando Brown vendiendo la biblioteca de su padre, uno de los mejores fondos del país; lo cierto es que quería deshacerse de aquellos libros, más que por el dinero, por reacción a un modelo de vida que detestaba. Era un individuo pragmático, buen impresor, nunca como tu abuelo, pero hizo trabajos correctos. Quizá es que no amaba ni a su país ni a su profesión.
La memoria de Castelau ahondó en las heridas abiertas del novelista:
—Tu padre dejó morir la Imprenta Brown en cuanto murió don Armando y tu tía Estela; ella, por el contrario, y me consta, sí estaba preocupada en vida por el destino de los libros; pero tu papá no, cuando desaparecieron los obstáculos le faltó tiempo para liquidarlo todo: la imprenta familiar, la Casona de calle Brasil, los muebles y la biblioteca, todo; creo que por diversas causas aborrecía la urbe mitificada, aquel Buenos Aires de élite europeísta, transatlántica, en realidad, desde joven andaba obsesionado con establecerse en España, hasta que tarde o temprano lo consiguió. Desde luego le ayudó nuestra caótica situación y un contacto argentino, creo, en la Península.
Guillermo comprendió el rechazo de su padre a todo lo que significaba una profesión que le había venido impuesta por la tradición familiar, así que nunca se sintió menos culpable por no haber enjugado una lágrima el día en que su progenitor fue enterrado en Madrid después de sufrir un fulminante ataque cardíaco. De repente, el pasado se le desmoronaba como un castillo de naipes, no obstante, le sobraron fuerzas para formular la pregunta principal:
—¿Sabes dónde puede encontrarse el diario de mi abuelo? —Muchacho, ese diario nunca lo vi, te juro que nunca lo vi, ni en la
biblioteca de la Casona donde vos asegurás ocupaba el anaquel inferior izquierdo, ni en ningún otro sitio, tu abuelo jamás me lo enseñó; efectivamente sé de su existencia por comentarios y sugerencias, pero nada más.
Castelau estaba pálido, desgastado, muerto en vida, hablaba en una u otra dirección, aclarando puntos oscuros del pasado, descubriendo puntos oscuros del presente; estaba agotado y aterrado, aunque quería seguir explicándose:
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—De la biblioteca llegarían a mis manos unos dos mil volúmenes, algunas cartas, y un par de cuadernos con algunas anotaciones. Si querés, te los devuelvo.
—¿Me los devuelve? —Guillermo Brown repitió: ¿me los devuelve?, ¿pueden repararse los errores cometidos en el pasado?, ¡contésteme profesor! —De pronto dejó de tutearle—. ¿Qué valor tienen sus investigaciones frente a mi sentimiento de pérdida o al sentimiento de desarraigo que ahora debe sentir Lidia Grandi en Barcelona?, ¿no se redujo todo a una trampa para atraernos a Buenos Aires y convertirnos en la justificación de una estafa?, ¿no se trató de eso?
El profesor guardó silencio y Guillermo se puso de pie, delante de él e insistió:
—¿No me contesta?
Castelau se levantó y dijo:
—Tenemos que irnos, ahí están las llaves.
Y sin darse un respiro cogió el juego de llaves y salió disparado hacia el jardín. Sin pensárselo Guillermo fue tras él; en el exterior la tormenta arreciaba, Vicente Castelau se encontraba debajo del pequeño atrio donde habían colocado la mesa presidencial la noche del Año Cero. El profesor reaccionó a la defensiva:
—Tengo las llaves —le dijo enseñándole el llavero—, si intentás agredirme me tiro al río y no sé cómo vas a volver a Buenos Aires.
Guillermo observó que Castelau estaba a merced de un shock de ansiedad y sufría espasmos. Trató de calmarlo:
—No tengo intención de pegarte —Guillermo volvió a tutearle—. Y no quiero ese llavero, sólo quiero hablar contigo, si te apetece, si no, lo dejamos. Ahora vamos a entrar otra vez dentro de la casa, con esta lluvia no podemos regresar a Buenos Aires.
No consiguió terminar la frase. Castelau cruzó el jardín como un rayo y desapareció por el camino que comunicaba con el embarcadero. Guillermo salió de nuevo en su busca: le preocupaba la fulminante turbación que parecía aquejar al profesor, aquella repentina intoxicación psicológica, la amenaza de ser agredido y el absurdo chantaje de tirarse al río, disparates que casaban a la perfección con toda aquella historia, una historia real que superaba cualquiera de sus novelas: un delicioso infierno de androides, ásperos cambios de humor, verdades a medias, conjeturas, misterios y estafas.
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Y al fondo la pantalla transatlántica.
Guillermo descendió la escalerilla hasta llegar al embarcadero pero no divisó más que el abismo tormentoso del río; se acercó a la flamante lancha de los Trepper cuya carcasa celeste-blanca-celeste, símbolo vivo de los colores patrios, brillaba en el piélago nocturno; con suma precisión saltó dentro cerciorándose de que allí no había nadie, con otro ligero brinco reconquistó la pequeña dársena de madera, pero a causa del suelo resbaladizo faltó el grosor de un papel de fumar para que no se desnucara, no obstante, recuperó el equilibrio, miró a su alrededor y siguió avanzando hacia la izquierda; cuando llegó al extremo del embarcadero atisbó una forma semihundida en el lodo o eso creyó: aliadas como nunca la noche y la tormenta elevaban muros negros a su laberinto visual y le impedían ver con claridad o deslizarse con seguridad y rapidez.
Guillermo gritó a la oscuridad:
—¡Vicente, estás ahí! —El ruido era ensordecedor por lo que decidió sumergirse en aquel barrizal que le cubrió hasta los tobillos.
—Vicente, por favor, si estás ahí, responde.
Lo repitió varias veces y por fin:
—Sí, estoy acá.
El profesor yacía tendido y quieto, el fango le cubría hasta la cintura, las piernas, anegadas por el lodo, no se le veían, estaba inmovilizado. La primera reacción de Guillermo fue arrancarlo de aquel cenagal:
—No, muchacho, ni se te ocurra.
—¿Qué ha pasado?
—Salí por la puerta equivocada.
—¿Te puedes mover?
—Ni hablar, es posible que me haya fracturado la cadera.
—Voy a avisar a un médico.
—No.
—¿Cómo que no?
Castelau jadeaba.
—¿No te alegra verme con la mierda hasta el cuello?
—Déjate de idioteces, voy a llamar a un médico.
El profesor no le dio ninguna opción:
—Esperá, quiero decirte algo.
—¿Ahora?
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—Sí, escuchame, es importante: La Sociedad Transatlántica existió más allá de sí misma, y sus miembros, los transatlánticos, no fueron santos, héroes ni villanos, eran personas de carne y hueso, como nosotros, personas con sus servidumbres, disputas, fidelidades, traiciones, éxitos, fracasos… La Sociedad Transatlántica fue real en la medida que los mitos
primero son reales y luego se convierten en otra cosa. —Castelau empezó a toser, no podía parar, se trataba de un espasmo muy fuerte; Guillermo le ayudó a tenderse con sumo cuidado, la lluvia estaba amainando aunque caían gruesos goterones.
El profesor le dedicó una mirada temerosa y desgraciada, tenía enfangado el traje de estreno, y su cara y su pelo estaban manchados de barro fresco; Guillermo dudaba entre seguir escuchando a aquel ser en el límite de la angustia o pedir auxilio: Castelau tenía el rostro desencajado, su frente ardía, y también ardía su conciencia. El novelista decidió aguardar unos minutos y oír el lastimero responso de aquel maestro con sueldo mísero, esposa clínicamente muerta y un ayer cegado, durante años y años, por la rutina gris y las mil privaciones que minaron su moralidad y le empujaron, no sólo a consentir, sino a idear y a participar en aquel fraude.
Castelau continuó hablando entre lúcido y afiebrado:
—Ni mi padre, que nos inculcó una moral de hierro y nos mantuvo toda la vida pobres como ratas, ni este país, que aniquila a sus educadores,
sirven para justificar lo que hice —empezó a tiritar—, ¿razones?, ninguno de nosotros tuvimos verdaderas razones, ninguno, ¿las tuvo Bibiana?, bueno, ella sí, ella es millonaria en deudas y se tragó su orgullo, ¿no viste cómo reaccionó hace un momento?, qué vergüenza, me equivoqué, hasta Julio es mejor que su madre, Julito es escoria humana, de acuerdo, quiso matarme, de acuerdo, pero se trata de un caso clínico, está verdaderamente enfermo: he visto fotos suyas todavía más comprometedoras, en esas fotos dos tipos lo flagelaban —el profesor levantó el brazo como si sostuviera una fusta—, y después lo… —el profesor vocalizaba mal—, le sangraban la espalda, los muslos, el pecho, si vieras, en una de las fotos aparecía con el pecho negro de moraduras, y de las nalgas le caían chorreones de sangre, no sé qué clase de bichos tenía pegados a las piernas, no sé qué parásitos, si eran garrapatas o sanguijuelas, la cuestión es que Julio
—Castelau se acercaba al delirio febril— miraba a cámara satisfecho, el degenerado se reía, ¿cómo se puede llegar a eso?
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Guillermo se negó a seguir escuchando; tenía que subir y despertar a la anfitriona. Se retiraba con cautela cuando el profesor le preguntó:
—¿Me vas a dejar acá tirado?
—No, al contrario, voy a pedir ayuda.
Castelau lo agarró del brazo:
—¿Y de Claudia no me preguntás nada?
Movió negativamente la cabeza.
—Claudia es la única que no se va a llevar tajada de todo este asunto, la única que hizo lo que hizo por sus ideas de justicia social, por una sociedad más equilibrada, qué loca, hay una cantidad de dinero intacto en el banco, tengo entendido que Claudia quiere emplear ese dinero para fundar un colegio en el norte, o en el nordeste, no sé bien… —Guillermo
se incorporó: no podía creer que la situación se retorciera tanto—… su cara cortada, su mal genio, no tienen nada que ver con sus buenas intenciones, nada que ver.
De repente el profesor cesó de hablar. Guillermo se inclinó por si se había desmayado o algo aún peor, pero observó que tenía los ojos abiertos y se mordía los labios a causa del dolor que debía ser espantoso. Era un hombre con quinientos mil dólares en el bolsillo pero despojado de la más mínima dignidad, un individuo que jamás se absolvería a sí mismo.
Antes de pedir ayuda, el novelista convocó a todos sus fantasmas y acercándose al oído del profesor le preguntó:
—¿Escribiste el artículo que se publicó en Tranvía Girondo? Castelau asintió: daba lástima.
El nieto de Armando Brown apartó su vista de aquel cadáver viviente, corrió hasta la casa, franqueó la puerta y nada más entrar se encontró cara a cara con Bibiana Trepper que, hierática y distante, le alargaba su teléfono móvil.
Transcurrió por lo menos una hora entre la llamada telefónica y la llegada de un médico a Pichincha; durante esa hora Guillermo, de nuevo con sus ropas empapadas pero ya sin posibilidad de cambiarse, bajaba de cinco en cinco minutos al embarcadero para ver cómo evolucionaba Castelau, y volvía a subir a la casa, donde la Trepper le observaba con un odio reconcentrado y espeso. Guillermo estuvo a punto de estrangularla cuando ésta le indicó, con voz meliflua, que estaba poniendo la alfombra persa perdida de barro, pero se contuvo al pensar en la ligera incomodidad de las cárceles argentinas; sin embargo, estaba aún más molesto porque
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Bibiana no se interesó en ningún momento por la salud del accidentado, apenas dos horas antes su cómplice y amigo, y sólo pensaba en la alfombra. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para dirigirle la palabra y suplicarle que diera una versión normalizada de los hechos, una versión ajustada a la realidad, no al engaño ni a la podredumbre:
—Queríamos regresar a la ciudad, estalló la tormenta y a causa de la lluvia el profesor resbaló y cayó.
—¿Y no fue que lo empujaste?
—Por favor, Bibiana, no diga tonterías porque tiene mucho que perder. Por fin llegó la lancha con el médico, dos enfermeros, ¡y un agente de la policía!, mientras salían de la boca del profesor, víctima del delirio
febril, disparates diversos e inconexos:
—Tengo que dormir —decía—, debo descansar: los ilusionistas debemos morir unas horas al día para engañar durante siglos.
Guillermo tembló al pensar que en un rapto de enajenación Vicente Castelau diera claves sobre el asunto transatlántico: subasta, fango y estafa, y al final todo se liara como una madeja de largos hilos. El agente policial, un moreno imperativo, solicitó hablar con la dueña de la casa, entonces decidió acompañarlo, para cerciorarse de que Bibiana Trepper no perdía los nervios y se fuera todo al traste, temía esa estúpida resistencia de patricia, un postrero sentido del decoro, tirarlo todo por la borda. Pero, muy al contrario, qué poco la conocía, los temores eran infundados: Bibiana utilizó su mejor sonrisa, se desenvolvió de manera amable y resolutiva, y argumentó la versión que más convenía a todos los implicados con sorprendente veracidad y lucidez. Guillermo no daba crédito al ver a la dama compungida y desolada a causa del accidente de su gran amigo, el profesor Castelau, haciendo lo que no había hecho antes, se interesó por su estado de salud:
—Estoy tan preocupada, ¿y cómo se encuentra, pero qué le pasó? —Según el doctor ha sido un golpe limpio; piensa que quizá se haya
fracturado la cadera, no sabe si hay más fracturas. Lo que sí se le ha detectado es una fuerte crisis nerviosa.
—El profesor tiene problemas con su mujer, enferma terminal.
El agente no contestó y sin moverse del sitio echó una rápida ojeada al interior de la casa fijando su mirada primero en Guillermo y después en Bibiana, que sin darse por aludida, volvió a la carga:
—¿Y a qué hospital lo llevan?
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—Al Británico.
—Les ruego me avisen si surge algún contratiempo.
—Por supuesto, no se preocupe.
—¿Y el doctor no quiere subir y tomar algo?
—No, se excusa en mi nombre.
Acostumbrada a mentir, Bibiana mentía sobre la mentira con pasmosa facilidad, incluso al despedirse le canturreaba al policía:
—¿De verdad que no necesitan nada?
—No, señora, muchas gracias.
Cada vez que oía su voz a Guillermo se le quemaba la sangre, por eso no tuvo más remedio que vengarse. Se despedían el agente y Bibiana, y al tocarle el turno a él, la multimillonaria en deudas se le acercó y sin ningún pudor le estampó un sonoro beso, como la noche en que se conocieron, cuando fueron a recogerlo en aquella lancha de colores patrióticos a la estación fluvial:
—Querido, cuidá del profesor y cuidate vos. —Había elevado el tono de voz para que el agente la escuchara.
—Descuide.
—¿De verdad?
—Segurísimo —contestó el novelista mientras frotaba con esmero, sobre la alfombra persa del salón, el lodo fresco que se le había pegado a las suelas de sus zapatos. Bibiana, inmutable, se esforzó en sonreír pero le salió una mueca de las que enloquecían a Aristófanes, tras aquella dolorosa sonrisa se atisbaba a una mujer acabada, enlodada.
Guillermo se alejó junto al policía y no volvió ni una vez la cabeza, juró que a partir de esa noche jamás volvería la cabeza.
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LA GARGANTA DEL DIABLO
Durante dos días siguió sin éxito el rastro de Claudia Sweir a lo largo y ancho de Buenos Aires aunque todos y cada uno de los intentos por localizarla resultaron infructuosos: incluso telefoneó a la fantasmagórica tía de Claudia en Belgrano, número que consiguió con milagrosa serenidad en el listín telefónico del hotel: aquella sorprendida mujer le preguntó si había pasado algo grave porque no veía a su sobrina desde las navidades del año anterior y sólo hablaba con ella de tarde en tarde. Al fin decidió acudir al apartamento de Claudia en Libertador, el apartamento al que había entrado como amante y como espía, el apartamento donde había descubierto las fotos higienistas de Julio Trepper; tenía el pálpito de que la nieta del cónsul Sweir no se encontraba en su casa, pero ¿y si fallaba su intuición?, él no era Lidia Grandi para traducir aquellos terribles abismos interiores, entonces optó por arriesgarse, «si no hay riesgo no hay vida», reflexionó; le costó trabajo abrir la puerta con las mismas llaves que había utilizado para torcer los caminos de la estafa y sacar la porquería de la colecta, pero entró: el apartamento estaba ordenado como se ordenan las casas cuando uno se va de viaje, pensando en volver antes de partir.
Guillermo dejó las llaves sobre una mesa de noche y escribió la siguiente nota:
Claudia, te ruego una disculpa; me gustaría verte antes de regresar a Madrid, tenemos que hablar, si lees esta nota, por favor, llámame, sigo en el mismo hotel hasta pasado mañana. Un beso.
G. B.
Cuando caminaba por avenida Libertador detuvo un taxi que lo trasladó a Riachuelo, hasta la puerta de M. F. T. Mataderos y Frigoríficos
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Trepper, qué estúpido, cómo no se le había ocurrido antes. La nave desolada era exactamente idéntica a la de aquel mal sueño que sufrió en el apartamento de Claudia, campaba a sus anchas una sensación de olvido y exterminio digna de una película de denuncia política o de ciencia ficción, que a veces vienen a ser lo mismo. Guillermo cruzó la nave y subió por una escalera hasta la puerta tras la cual se suponía se encontraban las oficinas: debajo de la uralita el calor era terminal e insoportable el olor, peor que en Pichincha, un amasijo de excremento y sangre seca. Dos despachos mal ventilados y peor iluminados componían la oficina de M. F. T.; un hombre estaba de espaldas, frente a un ventilador de pie, Guillermo tuvo que pulsar el timbre varias veces hasta que aquel individuo se dio por aludido:
—Perdone, con el ruido del ventilador no oigo nada.
El novelista observó que su interlocutor tenía profundas arrugas en la cara:
—La señorita Sweir no se encuentra en Buenos Aires, además, aunque estuviera, durante estos días no viene nadie por acá, absolutamente nadie, ni ella, excepto el que le está hablando y los dos compañeros que están afuera y pertenecen al servicio de seguridad. Pero, siéntese por favor, aguarde un momentito, voy a ver si puedo ayudarle. —A aquel hombre se le cambió el semblante, parecía satisfecho por que se le hubiera encomendado alguna tarea, se dirigió hacia un mueble gris metalizado, abrió un cajón y sacó una agenda de cuero sucia y manoseada que manejó con suma delicadeza, se mojaba la punta del dedo anular y pasaba las hojas con muchísimo tacto:
—Acá apareció —dijo—, antes de irse la señorita Sweir apuntó la dirección y el teléfono de su residencia por si surgía algún problema, la verdad, desde que entró a trabajar en el matadero, que yo sepa, es el primer año que toma vacaciones; fíjese, qué original, se fue a Misiones y está alojada en el hotel Resort, apunte, si quiere, la dirección y el teléfono.
Guillermo vio el cielo abierto: tras dos días de intensa búsqueda por fin había localizado a Claudia Sweir, a la que primero deseó volcánicamente, y a la que, días después, llegó a espiar y a despreciar: un viaje contradictorio de sentimientos en sólo tres semanas, contando con la infame noche del Año Cero, en la que le dio tiempo a experimentar un triángulo sin garantías narcóticas. Ahora en él no había bondad ni maldad, sólo la intención de verla cara a cara y hablar y hacer justicia; el nieto de
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Armando Brown era víctima de un fenómeno curioso: se le habían borrado de su memoria, esa de la que tanto alardeaba y por la que había cruzado el océano Atlántico, se le habían borrado de su memoria y de su mente las facciones, el rostro, de Claudia, y por más que hacía el esfuerzo sólo conseguía recordar la cicatriz, aquella cicatriz que le partía la mejilla y le torcía la sonrisa, pero del rostro no recordaba los ojos, la nariz, la boca, ni siquiera los contornos.
La primera vez que intentó recuperar la imagen de Claudia Sweir fue la madrugada que había velado, durante algunas horas, en el hospital Británico, el semicadáver de Vicente Castelau, hasta que hicieron acto de presencia las hijas del profesor y pudo marcharse; no las saludó, no quiso que se las presentaran ni se ofreció para dar explicaciones, cuando le comunicaron que habían llegado él estaba saliendo por la puerta del hospital sin volver la cabeza; se fue tranquilo: los médicos le habían dicho que Castelau sufría una fractura de cadera, nada sencillo aunque nada grave, lo grave se rumiaba en la conciencia del ilustre fracasado, en la que Guillermo no quería, ni debía, inmiscuirse, ni en su cuenta corriente. Por eso le preocupaba su inexplicable lapso mental: quería olvidar con todas sus fuerzas al profesor Castelau y en su mente se reproducía a la perfección la imagen del viejo arrojado al fango, el regreso en barcaza surcando el río, los primeros auxilios en el Británico, la habitación con tubos, frascos, vendas y líquidos para el dopaje, y hasta, palabra tras palabra, algunas frases sueltas que le habían dirigido los angustiados familiares de otros enfermos; sin embargo, seguía fracasando cuando intentaba recuperar las líneas faciales de Claudia, como por arte de magia otras situaciones le asaltaban y una mancha borrosa se extendía en su memoria.
No pudo resistir la tentación de telefonear inmediatamente al hotel Resort. Marcó, y mientras esperaba que alguien descolgara el teléfono, recordó el comentario de Castelau: «quiere fundar un colegio, allá en el norte», en el nordeste más bien, aunque el hotel Resort, un country de cuatro estrellas, no era el lugar más idóneo para dirigir una obra social de esa magnitud; era lo de menos: cuando oyó la voz en el auricular Guillermo tenía claro que su relación con Claudia no había sido precisamente un modelo a seguir, ni siquiera por su efímera rutina profiláctica: muerto el apetito carnal aquel lío se convertiría en una anécdota añadida a la historia transatlántica.
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—No puedo pasarle con la habitación de la señorita Sweir porque la señorita Sweir no reside en este hotel, pero, efectivamente, acá recibe sus mensajes y desde acá se comunica con Buenos Aires. Dígame su nombre y un teléfono de contacto y tan pronto regrese se comunicará con usted.
—¿Y cuándo regresa?
—Viene todos los días, pero mañana no sé si lo hará porque nos dijo que iba a llevar a los chicos de un orfanato de Posadas a visitar las cataratas; hoy tengo entendido que iban a visitar La Garganta del diablo.
—Por favor —dio su nombre, repitió sus datos—, dígale que me llame.
—Descuide.
Desde el locutorio aquella voz lejana recibía órdenes y nosotros ya no podemos hacer ni decir más que lo dicho y escrito, por unas líneas debemos dejar de inmiscuirnos. Es el propio Guillermo Brown quien toma la palabra:
Desde muy joven dudé de la posibilidad de una vía mística, dudé de los que me aseguraban haber visto la luz, o haber sido iluminados por ella de una u otra forma, dudé de todo o de casi todo, pero aun así mis prevenciones se desmoronaron cuando aquella voz lejana pronunció La Garganta del diablo; entonces tuve un acceso de plenitud, un aviso superior, una experiencia totalizadora: en ese mismo instante, sin pensármelo dos veces, tomé la determinación de seguir a Claudia Sweir hasta Iguazú, región donde reinan los dones acuáticos, antorcha encendida bajo el piélago abisal de tres ríos.
La Garganta del diablo. Es terrible pensar que esta demoníaca hendidura purifique y también que este nombre suponga para alguien un renacimiento. Voy tras Claudia, la persigo más allá del sol y por fin doy con ella: la veo al pie de un abismo, al borde de un brutal desfiladero, en los restallantes vértices del agua, en la precipitación, en caída libre, errando a la deriva, sin dirección, ubicua, inasible; y yo, detrás, sonámbulo, desde un ultramundo de partículas anónimas, esclavo de la geografía, descendiendo y ascendiendo, sin descanso, en el más vivo desgaste.
Voy hacia ella, qué me importa el fraude, si el fraude no ha cesado, ni va a cesar nunca: fraude de la existencia, de la literatura, fraude de la moral, de la política y del arte. Y ella no me ha defraudado, ni ha defraudado a nadie, sino que ha consentido que otros defrauden para lograr la consecución de su obra social, un colegio público con dinero privado, una misión en Misiones, una obra filantrópica, transatlántica, qué importan los métodos, el heroísmo de cartón piedra, la repetición de voces grabadas, el escenario de los ecos, los gestos únicos, en este Eldorado de sombras que es Argentina, todo esto ya no vale nada.
Nada me impide convertir esta confesión en una escena dramática, pero no, no voy a hacerlo. La verdad es que he venido hasta aquí a través de caminos ruinosos y desórdenes, buscándome en la búsqueda de Claudia, en el resto de pasión o de entrega, que aún puede quedar en mí, buscando lo que debí buscar hace tiempo en la invertida faz del diablo: ahora ruge la garganta del ángel caído, el ángel de alas negras y lustrosas que alguna vez amó.
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Los acontecimientos se rigen por reglas autónomas, inalterables. Guillermo no acudirá a Iguazú a recuperar a Claudia Sweir, aunque sus palabras intenten convencernos de lo contrario; Guillermo no irá a La Garganta del diablo porque no es un héroe ni un romántico: los héroes caducaron hace tiempo, los románticos perdieron a las musas, y el novelista no puede inventarse una novela, un cuento paralelo. En este último capítulo Guillermo Brown no puede trufar tormento y literatura y quedarse tan tranquilo; no puede porque al primer impacto la bola de nieve se derretiría, el jardín secreto abriría sus puertas a todo el mundo, lo profético contagiaría vida suprema a personajes y lectores que no tienen la culpa de nada de lo acontecido y la revelación proclamaría su vía fácil. No será Guillermo quien nos traicione. Al fin y al cabo hemos de ser fíeles a esta fabula seca y abolir, o explicar, la distancia entre Claudia y Guillermo sin rendir cuentas a nadie. Por eso otra novela y otra vida son absolutamente imposibles.
La empresa sería ruinosa. Un estado de indolencia y abatimiento ahora invade a mi antihéroe: un estado convulso, piélago alquímico y contranatural, un estado de desesperada soledad.
Aquí no hay misericordia.
Cuando Guillermo Brown abandonó el locutorio, tras haber constatado una vez más la determinación de hierro de Claudia Sweir, sus piernas le hicieron vagar y vagar por Buenos Aires, yira, yira, con preguntas sin respuestas; aunque su pensamiento le trasponía a Iguazú para retornar rápidamente: lo hizo varias veces, enajenado, solo. Su atracción no dependía de los actos que Claudia hubiera cometido o dejado de cometer, incluida la redacción a mano de aquella carta-cebo que desencadenó el cuento transatlántico, la simulada invitación, su interés por reavivar el diario perdido de aquel abuelo que resumía su mito infantil, la subasta donde picaron el gallego, inversor corrupto, y la pestilente oligarquía nacional: ¡qué inteligencia!; y aunque Claudia hubiera sido la más pura representación del mal, que no lo era, sino la fría compañera de viaje de unos enloquecidos egoístas, aunque hubiera convivido con el mal, pobres congéneres, las dudas de Guillermo iban más allá del avispero de su conciencia, sus dudas oscilaban entre alimentar las imágenes de aquella belleza asimétrica sin exigir nada o pedir todo tipo de explicaciones: una cosa llevaba a la otra; por eso Guillermo intuía que Claudia jamás se pondría al teléfono ni contestaría a su llamada.
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¿Cómo era, en realidad, esa mujer?, ¿por qué toleró la estafa cuando sus objetivos eran diametralmente opuestos?, ¿por qué no se quedó, en el doble juego, con todo el botín?
Guillermo desconocía hasta qué punto Claudia estaba relacionada con la conspiración, hasta qué punto inspiró o dejó de inspirar a sus compañeros de viaje, hasta qué punto estaba imbuida de un espíritu incorruptible, pero sin una brizna de humanismo. Claudia se había situado en el selecto lugar del ladrón ultraelegante, el lugar del aprovechamiento, y desde esa abdicación consintió los desmanes de Bibiana Trepper, ratera de lujo, prepotente y fatua, consintió el resentimiento del profesor Castelau, herido por su propia mano, y por el que ya no cabía sino conmiseración; consintió a Julio Trepper, sobre todo consintió a Julio, flor repulsiva y venenosa, le consintió parodiar el dolor ajeno, su ofrenda de muerte: la enfermedad del Adonis del Plata no era de manicomio; al contrario, simplemente se trataba de un ser vil cuya vileza desconocía límites: sus múltiples actos gratuitos —que no provenían de la estirpe gideana sino de un ánimo terminal de aplastamiento—, al intentar arrollar, como a un perro callejero, a Vicente Castelau en la Costanera, o aquellas fotografías nauseabundas, esa mirada de lacayo sadomasoquista sobre la carne troceada, eran injustificables.
De este paisaje emerge la calidad insectívora de Claudia, Claudia misma, pudorosa en lo social aunque estéril en lo individual; Claudia pasó de puntillas sobre la podredumbre, mucho peor, tragó sapos y culebras; aunque era de esas personas que soportan cualquier climatología extrema con tal de conseguir sus fines, soportan tormentas, sequías, verano o invierno, las estaciones atmosféricas resbalan por su piel y no influyen en sus estrategias. Claudia tampoco necesitaba antídotos para la lepra moral porque era inmune a sus ramificaciones.
Guillermo daba vueltas y más vueltas a sus pensamientos, y daba vueltas y más vueltas alrededor del Obelisco. Obelisco Cero del nuevo milenio, ya sin paradas militares, como en los años treinta, cuando se inauguró el monumento: la época del orondo general Juan José Justo, presidente con el voto comprado por la inmunda Concordancia; en provincias se le daba una zapatilla al indio para que votara a los conservadores, y la otra zapatilla, hasta formar el par, sólo se le entregaba si triunfaban los conservadores, el voto por un par de zapatillas: década infame, y mientras tanto, en la megalópolis del oro el oro no cabía, oro del
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trigo, trigo de oro, el oro se desbordaba en las cámaras blindadas, oro a raudales para la fachada del edificio de las Luces, oro para los desmanes de la Casa Rosada, oro para la reforma urbanística, para los edificios institucionales y las delirantes casonas de oligarcas e interventores, oro y más oro, el oro de los choros: el comienzo del fin: cuando los muchachos usaban gomina y el chanta con esmoquin hecho a medida y zapatos de charol bailaba un tango lerdo, sin piruetas, tango sentido, arrastrado, con una rosicler de buena familia, una recontraputa, decían las beatas de la virgen de Luján, porque la chica, rubia Margot, vino de Europa fumando en boquilla y con los pechos al aire, sin corpiño, casi desnuda, con una túnica rubia Margot pegada al cuerpo, ideal para el puente aéreo París-Berlín, pero no todavía para Buenos Aires: aquellos pliegues dóricos de seda cruda todavía no hacían furor en Buenos Aires.
Principio del fin, amargo despertar del sueño transatlántico… —Claudia logra lo que se propone —se decía Guillermo, hablando
solo, como los locos, dando vueltas y vueltas alrededor del Obelisco—, cueste lo que cueste, incluso si eso le lleva a pactar con el diablo, del que ahora visita la Garganta.
Pero no se había tratado sólo de eso. Aquella pandilla de buitres carroñeros se hubieran devorado entre ellos de no existir la mano dura de Claudia Sweir, mano dura, mano de plata, pero no mano a la plata.
Y Guillermo volvió a preguntarse cómo era en realidad esa mujer de la que no conocía sino imágenes contradictorias, esa mujer a la que había traspasado su sexo pero nunca su mente, y que si estaba movida por un buen fin, falló en el método, porque en el día a día el método sí importa: hay actos en la vida que levantan muros insoslayables, palabras en mala hora pronunciadas que causan estragos y rompen vínculos hasta entonces considerados inamovibles. La ruptura entre ellos fue silenciosa, la recuperación, compartida y efímera, al final no hubo casi nada, o muy poco, páginas escritas en un idioma intraducibie, páginas que quizá habían sido pasto de las llamas o de la compraventa secreta, páginas que, a lo mejor, ni siquiera existieron, como el diario de Armando Brown.
Sórdida trama.
Tenía previsto el vuelo de regreso a Madrid para el lunes siguiente y era sábado por la noche, durante todo el domingo esperaría la llamada que no iba a producirse, esperaría esa llamada con hambre emocional, ¿por qué no?, aunque también con el sabio aplomo del que ha perdido la partida, del
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que sabe de pérdidas, una actitud que en su caso no era lastimosa, sino que emanaba de ese profundo escepticismo que desconfía de las recompensas de última hora. Y todo hay que decirlo: a pesar de su aplomo Guillermo estaba perplejo, desorientado, porque en el colmo de su duplicidad Claudia le había facilitado la cuenta del banco para que leyera en papel el desvío de la colecta a bolsillos particulares, le había puesto en bandeja la posibilidad de denunciar, de pelear o de robar, le había trasladado todo lo que de inmoral, y también de indecente, tenía aquella historia transatlántica, y él, de réplica, no había hecho más que una escenita, había provocado una caída en el fango, había manchado con barro fresco una alfombra persa, en vez de acudir a la policía o a la prensa y armar un escándalo, o visitar directamente los juzgados y denunciar el latrocinio, si hubiera hecho eso, ¿dónde estaría ahora el intocable prestigio social de Bibiana Trepper, quién disfrutaría entonces del millón y medio de dólares, el mayor trozo del pastel?
Guillermo, que no estuvo a la altura de los acontecimientos, cayó en la cuenta de que moralizaba excesivamente; pensándolo bien Claudia no había actuado con tanta carencia de escrúpulos ni se había comportado como una malvada; en realidad sus cómplices estaban desenfocados, fuera de juego, enfermos de inmundicia, desequilibrados; la actuación de Julio Trepper, sin ir más lejos, esteta de la muerte, no podía justificarse simplemente por ser hijo de su madre; tampoco el profesor Castelau merecía consuelo porque hasta hoy se desconoce regla matemática que mida con absoluta fiabilidad la causa del rencor, pero lo cierto es que ambos, nos guste o no, necesitaban huir de sus respectivas, pésimas, violentas situaciones. Y eligieron el peor camino.
El domingo por la mañana Guillermo había asumido que Claudia no le devolvería la llamada, el teléfono de su habitación permanecía mudo, el silencio se oía; nunca el vínculo entre ellos había sido más ligero, más ligero que el aire, un espejo de fondos trucados, breve intoxicación: cuerpos a merced del caprichoso imán de Eros. Guillermo Brown no va a responder a una llamada inexistente, ahora se encuentra bastante ocupado terminando el último capítulo de nuestro relato: le queda poco que hacer en este melancólico Buenos Aires cubierto por un cielo cercano y demoledor, pero también cielo resignado al espíritu contradictorio del país que observa desde arriba, olimpo enamorado de la ciudad a la que rozan
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sus nubes: todos, hasta el cielo, anhelan una eclosión, al menos una conversación. Y no pasará nada.
Guillermo echó un vistazo a los libros que había adquirido en los suculentos fondos de las librerías de la calle Corrientes y seleccionó dos citas, dos extremos tradicionalmente enfrentados de la literatura austral, en uno leyó una frase del escritor polaco Witold, Don Witoldo, Gombrowicz, una frase cuya autoría perfectamente podía atribuirse a Borges y que decía: ¿Por qué admiramos a Proust? Lo admiramos por no haber vacilado en mostrarse tal como era, un poco en frac, un poco en bata de casa, con una pizca de maquillaje homosexual-histérico, con fobias, neurosis, debilidades y esnobismos, con todas y cada una de las miserias de un francés ultrasutil; en cambio, un verso del maestro Borges bien podía haber sido escrito por el autor de Ferdydurke:
De la patria —¡escribió Borges!— ni siquiera los símbolos.
Aquella desoladora tarde del domingo porteño un escritor argentino con pasaporte español y el alma partida en dos empezó a ordenar el equipaje, de nuevo abandonaba su país, ya estaba acostumbrado a irse y a volver, no era la primera vez que se encontraba en esa tesitura, ni sería la última. No perdía la esperanza de poder presentar alguna de sus novelas en Buenos Aires, después de todo había nacido y vivido allá durante muchos años, y no sólo su pasado más próximo sino su presente, su hoy, y quizá su mañana, se hallaban marcados por este lado del mar. Despreció su singularidad: cuántos argentinos como él estaban desperdigados por el mundo, ¿metástasis o expansión incontrolada? Ni una cosa ni otra, ni tragedia ni comedia, sólo la tendencia, desde años atrás, al fiasco prolongado. Fiasco prolongado: pensó que los presidentes Yrigoyen, Alvear e Illia, eran Historia, que Argentina nunca volvería a mil novecientos treinta ni siquiera a mil novecientos sesenta, ni sería llamada de nuevo la buena periferia, como Australia o Canadá, sino que ahora padecía un síndrome egoísta, carroña para cuervos: la Cruz del Sur columpiándose en sus efectos corrosivos, la Cruz del Sur se dejaba corromper adentro, se malvendía afuera, recorría un movimiento inverso, se lanzaba por un tobogán siniestro.
En uno de sus relatos Guillermo Brown había escrito:
Huir para seguir huyendo.
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Hay un elevado sentido de libertad tras esa máxima, si quieren libertad forzada o intelectual, un sentido de libertad al que debo de estar agradecido porque impidió que me convirtiera en un parásito o estuviera padeciendo la existencia marginal del inmigrante sudaca en cualquier ciudad española o del resto de Europa: el ave migratoria no lo es tanto por su éxodo sino por la continua permanencia de su vuelo.
Guillermo Brown volvía a partir.
No acudirá a despedirlo el fantasma del escritor Adolfo Bioy Casares, ajustado, por fin, al canon de su inmortalidad literaria, ese fantasma seductor, ¿recuerdan?, que se le apareció en La Biela a Lidia Grandi, aquel primer día de encuentros y desencuentros con el profesor Castelau; hoy no está aquí con él Adolfo Bioy, no, pero a Guillermo le visitarán otros espectros, se le vendrán encima, como el pesado telón del Teatro Colón, los espectros convocados por La Sociedad Transatlántica, turbios protagonistas de tres décadas de incesante progreso en las vanguardias latinoamericanas, semioculta sociedad de espías al servicio de los amigos del arte y la cultura.
Los transatlánticos despiertan después de años de aletargamiento, despiertan del sueño de los Años Dorados, y van a despedirse de Guillermo como si se marchara al extranjero uno de sus miembros. Acuden todos. En la habitación del hotel Continental está Roberto Grandi, furibundo futurista, bello héroe de la toma de Málaga por las tropas franquistas, ejemplo de la arquitectura argentina en Italia, México y Estados Unidos, exiliado por propia voluntad, al fin acérrimo enemigo de los gorilas, aunque entre ellos se encontrarán los dos hijos varones de su primer matrimonio; también acude a despedirlo el catedrático de filosofía Francisco Castelau, el gallego más honesto del mundo, Francisco Castelau no cesa de hablar, con su voz cavernosa, acerca de la educación universal y gratuita, republicano hasta la médula, siempre provocando a la concurrencia; y llega tarde, pero llega, el cónsul plenipotenciario de Alemania en Buenos Aires, Albert Sweir, viene de no se sabe dónde, después de haberse hecho desaparecer a sí mismo; inmediatamente los restantes transatlánticos le dan la espalda, no le dirigen la palabra, y él, sin embargo, pulcro y refinado, parece no darse por aludido, permanece alejado a ellos mientras frota lentamente con un pañuelo blanco el cristal de su monóculo; claro está, no falta su adorado abuelo, el honesto impresor Armando Brown, acude a saludar a su nieto, es el que más se le aproxima, Guillermo nota la presión cuando lo abraza, Guillermo se siente
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un niño de once años: el impresor de la Brown-Biron le dice que no se preocupe, que él conoce el paradero exacto de todos y cada uno de los ejemplares que componían la biblioteca de calle Brasil y sin lugar a dudas el que más le gusta es la casa del abogado Ernesto Baclini, en Rosario, calle San Juan 589, esquina con calle Laprida, donde duermen trescientos noventa y seis volúmenes, menos de un cinco por ciento del total de la biblioteca, pero se trata de las ediciones más raras, las únicas, las que consiguió para él, y sólo para él, Aldo Eisemann; pues bien, Baclini salvó del aluvión esas ediciones y las trató como merecían ser tratadas, como joyas bibliográficas inencontrables.
Por supuesto, del diario, el impresor no quiere oír hablar.
—Olvídate, criatura, de ese manuscrito.
Guillermo desea olvidar pero no puede.
Es un desacato incomprensible: no puede obedecer la orden expresa de su abuelo, una cena de cinco tenedores, con derecho a orgía, sobre el panteón de la memoria transatlántica, violación de su naturaleza mágica, mistérica, especular, desprecio a su aristocracia biológica. Guillermo no puede olvidar porque si olvida la amnesia acabará borrando su pasado, su presente, su futuro, borrará todo lo soportable que se le habían hecho los años imaginando las páginas de ese diario.
—Si olvido —le contesta a su abuelo—, olvidaré a mi familia, a mi país, olvidaré mi nombre, te olvidaré a ti.
Para Guillermo Brown La Sociedad Transatlántica se asociará a una época suspendida en un limbo de miles de libros y miles de pesos, cuando se formaba una gran nación, más que una nación, una referencia continental, ignorando la anchura de su espacio. En cualquier caso, aún tratándose de una atractiva aventura intelectual, con sus éxitos y fracasos, los transatlánticos jamás fueron el mascarón de proa de la agitación cultural argentina, cómo iban a serlo siendo coetáneos de los muchachos de Martín Fierro, o de esa dama inspiradora de la revista Sur, Victoria Ocampo; no obstante, siempre se mantuvieron sinuosos, vigilantes, cultivando la tolerancia y una vocación cosmopolita desacomplejada, no sabemos si también defendían el amor libre; se mantiene la incógnita de por qué, en un momento dado, fecha inconcreta, se disolvieron como perlas en copas de champán en vez de salir de sus agujeros, o quién sabe, de detrás de biombos japoneses, en vez de salir a chillar, a protestar, buscando amigos a uno y otro lado de la cancha, coaligándose, si hubiera
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hecho falta, con los activistas radicales del grupo de Boedo, inundando Buenos Aires de pasquines nihilistas, envolviendo sus paredes de affiches expresionistas, imponiendo a sus millones de habitantes, como lengua patria, el ininteligible neocriollo de Xul Solar, o como último recurso, contando la verdad y toda la verdad del transoceánico vuelo Plus Ultra.
No fue así: prefirieron el anonimato.
Guillermo durmió mal la noche del domingo al lunes a pesar de que había ingerido un par de somníferos; al despertar pidió que le llevaran un café y una tostada a la habitación y terminó de hacer su equipaje dando tumbos: el calor era insoportable a las ocho de la mañana y Guillermo acabó dando patadas a las valijas, estaba mareado. Se asomó a la ventana y observó una ciudad desierta, desvinculada de sí misma, encerrada en su esfera hermética, disparada y disparatada, circo de vidas proyectadas en otras vidas.
Esperó nervioso y alerta, no salió de su habitación durante toda la mañana por si sonaba el teléfono, su última mañana en Buenos Aires transcurría en una habitación de hotel; a la una devoró un sándwich y media hora más tarde traspasó la puerta de su habitación con destino al aeropuerto, al avión supersónico, a Madrid. Entonces sonó el teléfono. Guillermo volvió a poner las maletas en el suelo y descolgó el auricular, le dio un vuelco el corazón: tras la noche de violento insomnio no acudía a su mente ninguna palabra.
¿Qué decirle a Claudia Sweir?, ¿que la amaba si no era cierto? Tampoco tenía por qué darle las gracias por permitirle acceder a la cuenta del fondo, al fondo de la colecta: en ese aspecto se había comportado como mandan los cánones, ¿o es que acaso quería ponerlo a prueba?
Guillermo dejaría las cosas claras:
—Yo no quiero ese dinero, puedes quedártelo, no quiero un dinero que no me pertenece, que ha sido conseguido con malas artes. Ese dinero me quemaría en las manos, estoy seguro de que Lidia es de mi misma opinión, y si no lo es pronto recibirás noticias de ella; así que puedes disponer de mi parte sin ningún problema, te la regalo, dedícalo a tus obras sociales.
—¿Dígame?
—Un momentito, le paso la llamada.
Guillermo reunió fuerzas.
—Buenas tardes. —Sintió un espasmo de gozo.
—Sí.
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—¿Guillermo?
—Sí, soy yo.
—¿Cómo estás?, soy Lidia.
El novelista se apoyó en el marco de la puerta, habían huido sus palabras, tanto las espantosas como las placenteras, no le quedaba ninguna palabra, todas se habían inmolado, todas quedaban abolidas. Era Lidia en vez de Claudia, Lidia, desde Barcelona, Lidia, que aunque estaba a once mil kilómetros de inmediato tuvo la sensación de hablarle a una pared, pero continuó su monólogo, como si nada hubiera pasado; de pronto, dando saltos en el aire, se veía en una ambulancia de ventrílocuos. Se invirtieron los papeles: Lidia Grandi pronunció casi las mismas palabras que su interlocutor tenía pensado dedicar a Claudia Sweir, ella sabía que esas palabras actuarían como un suave bálsamo sobre Guillermo Brown:
—No tengo ni idea de lo que ha podido pasar, aunque me lo imagino, tú sabes que soy muy imaginativa, ya me contarás cuando llegues a Madrid, pero quería decirte una cosa, por eso te llamo, no sé cómo decírtelo, mira, se trata de que si hay algún dinero a repartir yo no quiero nada, mi parte se la pueden quedar. Me parece no sólo lo más honesto, sino lo más lógico.
Guillermo le contestó con un escueto:
—Lo tenía previsto, no te preocupes.
—Vete corriendo al aeropuerto, a ver si por mi culpa pierdes el vuelo. Desde las nubes el novelista observó aquella ciudad excéntrica y
fatalista, villana y aristocrática, se trataba de un último reconocimiento, la gran urbe se alejaba convirtiéndose en un torbellino de la materia, y de la existencia, después vendría la noche oscura, el espacio vacío, el cielo inmenso. Y el silencio. No sé si habrán notado el profundo silencio que por unos minutos estalla en los aviones intercontinentales después de producirse el despegue, otro momento de brutal silencio es cuando empiezan a apagarse las luces de los viajeros que huyen de sí mismos a través del sueño, excepto la del lector insomne, cuya luz cenital sobre su asiento seguirá brillando toda la noche.
Guillermo otra vez miró a Buenos Aires desde el cielo y ya sólo consiguió atisbar unos diminutos puntos que se iban diluyendo: le resultó patético sentir esa sensación de nostálgico abandono, esa sensación de paria de la que no podía sustraerse, a pesar de que estaba advertido. Siempre le ocurría lo mismo, ¿por qué seguía sintiéndose tan mal cuando
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abandonaba Argentina si en definitiva nadie le había obligado a salir de ella? El novelista volaba más rápido que el reactor ¿cómo puede amarse enloquecidamente una nación como aquélla si no es desde muy lejos?, ¿cómo puede valorarse su negación de la realidad, su planicie, su elitismo cultural, su sofisticado salvajismo, si no es desde otro punto del planeta o desde otro planeta?
Abrió su carpeta de anotaciones y leyó algunas de las frases que había escrito durante sus intensos veinticinco días en Buenos Aires y hasta sonrió con algunas de sus ocurrencias. En realidad cuánto hubiera disfrutado si llega a descubrir que La Sociedad Transatlántica había sido, al cien por cien, una sociedad secreta de espías internacionales, héroes atléticos y cultos, activos estetas por la defensa de otra noción de americanidad, una sociedad de agresivos samuráis cuyo único objetivo fue la consecución de un ideal social y cultural superior, ajeno al caos, pero aún más ajeno al orden.
Pero la trama fue muy otra, la trama se desarrolló en la piel de los supervivientes: una vulgar estafa en la que le habían ofrecido hasta un pellizco económico nada desechable, y él lo había desechado. Lo hizo por la obra social de Claudia Sweir, más bien por Claudia Sweir, aunque también dejó el dinero depositado en el banco por él mismo. Actuaba como un sonámbulo, se marchaba sin explicar nada, sin pronunciar palabra.
Entonces, antes de apagar la luz que iluminaba su asiento de clase turista, encontró el principio de aquella novela que precisamente había empezado a escribir veinticinco días antes, en el vuelo de ida, de norte a sur:
Hace cien millones de años…
Y se dijo que no, que efectivamente aquel texto no se ajustaba a los cánones de una novela, que más bien se trataba de un ensayo antropológico o de un ajuste de cuentas, nunca de una novela; y otra vez Guillermo Brown se volvió a preguntar: pero ¿qué es una novela?, ¿de qué se habla hoy día cuando se habla de novela? De nuevo la pesadilla.
Estaba agotado, apagó la luz y cerró los ojos con intención de dormir. Al menos tenía claro que, a pesar de todo lo ocurrido, no dejaría pasar
tantos años antes de volver a esa gran nación llamada Argentina, debía regresar para buscar el diario de su abuelo, debía regresar para rastrear de
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nuevo en su pasado, debía regresar para hablar largo y tendido con Claudia Sweir.
Y sobre todo debía regresar porque ni él ni su país podían evitarse.
Buenos Aires, noviembre de 2002
Málaga, diciembre de 2004
ALFREDO TAJÁN (Rosario, Argentina, 1960). Poeta, novelista, narrador, crítico de arte y gestor cultural.
De ascendencia siria y española, desde principios de los años setenta reside en Málaga. Licenciado en Derecho, se ha dedicado a la música, a la edición, a la crítica de arte y literatura y a la gestión cultural. Asimismo es colaborador en prensa. En poesía ha publicado los libros Golpe de Estado en Mombassa, Náufrago ilustrado, La ciudad del limbo y Noche dálmata. En 1993 su novela breve El salvaje de Borneo consiguió el premio Juan March Cencillo. En 1996 la novela El pasajero fue premio Café Gijón.
FIN

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