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Ideas 

Historia Intelectual De La Humanidad

parte III

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«La tierra sólo se volvió de verdad redonda después de 1771, cuando la mitad del mapa intelectual dejó de estar oculta». Éstas son las palabras del erudito francés Raymond Schwab en su libro El renacimiento oriental, obra que toma su título de Edgar Quinet quien en 1841 describió la llegada de muchos manuscritos en sánscrito a Europa en el siglo XVIII y comparó ese acontecimiento con el impacto de la Ilíada y la Odisea de Homero.2802 Yo también he recurrido a Quinet y Schwab para titular este capítulo, y las páginas que siguen se basan en gran medida en sus obras. La idea de Schwab era que la llegada de manuscritos hindúes y el desciframiento, casi contemporáneo, de los jeroglíficos egipcios fueron un suceso de dimensiones más o menos comparables con la llegada de las obras de la antigüedad grecolatina (muchas de ellas en traducciones árabes) en los siglos XI y XII, un hecho que en su momento había transformado la vida europea (véase supra, capítulo 17). Schwab, de hecho, piensa que el descubrimiento del sánscrito y su literatura fue «uno de los grandes sucesos intelectuales de la historia».2803

Esta transformación empezó casi con certeza en 1771 cuando Abraham Anquetil-Duperron, «una luminaria desconocida», publicó en Francia su traducción del Zend Avesta. Ésta, afirma Schwab, era «la primera vez que alguien había conseguido abrirse paso en una de las amuralladas lenguas asiáticas».2804 Edward Said describe a Anquetil como un académico francés de «creencias ecuménicas

2802 Raymond Schwab, The Oriental Renaissance: Europe’s Rediscovery of India and the East,

1680-1880, Columbia University Press, Nueva York, 1984, p. 11.

2803 Ibid., p. 7.

2804 Abraham Hyacinthe Anquetil-Duperron, traducción, Zenda-Avesta: Ouvrage de Zoroastre, Tilliard, París, 1771.

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(jansenismo, catolicismo, brahmanismo)». Este estudioso transcribió y tradujo el Zend Avesta mientras se encontraba en Surat, «con lo que liberó al viejo humanismo de la cuenca mediterránea», según la opinión de Schwab.2805 Fue el primer investigador occidental que visitó la India expresamente para estudiar sus escrituras. Al principio se refirió al sánscrito como sahanscrit, samcretam o samscroutam.2806 Sin embargo, el suceso que de verdad marca el comienzo del renacimiento oriental fue la llegada a Calcuta de William Jones y la fundación de la Sociedad Asiática de Bengala el 15 de enero de 1784. Esta asociación fue creada por un grupo de talentosísimos funcionarios ingleses, empleados por la Compañía de las Indias Orientales, que además de cumplir con sus deberes oficiales en la administración del subcontinente, tenían también intereses más amplios, entre ellos el estudio de las lenguas, la recuperación y traducción de los clásicos indios, la astronomía y las ciencias naturales. Cuatro figuras destacan aquí. En primer lugar, Warren Hastings (1732-1818), gobernador de Bengala, y un político muy controvertido, al que más tarde se acusó de corrupción (y a quien se absolvió después de un juicio intermitente que tardó siete años), pero que siempre apoyó de forma decidida las actividades de la sociedad.2807 Fue él quien consiguió que brahmanes eruditos se reunieran en Fort William para proporcionar los textos más auténticos que ilustraran las leyes, la literatura y la lengua índicas.

2805 Ibid., p. XII.

2806 Las polémicas ideas de Edward Said sobre las actitudes occidentales hacia «Oriente» se discuten más adelante, en el capítulo 33.

2807 Patrick Turnbull, Warren Hastings, New English Library, Londres, 1975, pp. 199 y ss.

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Los otros miembros destacados del grupo eran William Jones, un juez, Henry Colebrooke (el «Maestro del Sánscrito») y Charles Wilkins. Entre ellos, estos hombres lograron tres cosas: localizaron, recobraron y tradujeron los principales clásicos hindúes y budistas; iniciaron la investigación de la historia india; y Jones, en un momento de verdadera inspiración, descubrió las enormes similitudes entre el sánscrito, por un lado, y el griego y el latín, por otro, con lo que contribuyó a reorganizar la historia de un modo que exploraremos a lo largo del resto de este capítulo.

Todos estos hombres eran lingüistas brillantes, en especial Jones. Hijo de un profesor de matemáticas, era, por encima de todo, un talentoso poeta, que a la edad de quince años había publicado poemas en griego y a los dieciséis (tras haber aprendido persa gracias a «un sirio que vivía en Londres») tradujo a Hafiz al inglés.2808 Años más tarde diría que había estudiado veintiocho lenguas y tenía un conocimiento profundo de trece.

Junto al importantísimo avance realizado por Jones, el otro gran logro fue el desciframiento de los jeroglíficos egipcios por Jean-François Champollion. En 1822 Champollion escribió su famosa Carta a M. Dacier, en la que proporcionaba la clave de la escritura jeroglífica, tras haber empleado como base el texto trilingüe de la piedra Rosetta. «En la mañana del 14 de septiembre de 1822, Champollion corrió por la calle Mazarine, en la que vivía, entró en la biblioteca de la Académie des Inscriptions, donde sabía que estaría trabajando su hermano, [JeanJacques] Champollion-Figeac. Al encontrarlo, le gritó: “¡Lo

2808 Schwab, Oriental Renaissance, p. 35.

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tengo!”; después regresó a su casa y se desmayó. Tras un coma de cinco días, se despertó y de inmediato pidió sus notas. El día 21 dictó una carta a su hermano, con fecha del día siguiente, que éste leyó en la Académie des Inscriptions el 27 del mismo mes».2809

Desde entonces los detalles básicos del proceso de desciframiento consiguieron gran publicidad. La cuestión fundamental es que en la piedra Rosetta había textos en tres lenguas, lo cual constituía una oportunidad pero también un inconveniente. Una de estas lenguas, el griego, era bien conocida. De las otras dos, una era alfabética (los signos representan sonidos) y la otra ideográfica (los símbolos representan ideas).2810 El significado de los ideogramas quedó al descubierto cuando se descubrió que una pequeña cantidad de caracteres desconocidos, y repetidos con frecuencia, debían ser vocales y que las cartelas estaban reservadas para los nombres de los reyes, con el del padre siguiendo al del hijo («A, hijo de B»). Champollion advirtió que la escritura alfabética desconocida era una traducción del griego, y que los jeroglíficos eran una versión taquigráfica del mismo mensaje.

Cuando la Sociedad Asiática de Bengala quedó establecida en 1784, se le ofreció primero la presidencia a Warren Hastings, pero éste la rechazó y el elegido finalmente fue Jones, quien apenas llevaba dieciocho meses en el país. Su gran descubrimiento, la relación entre el sánscrito y el griego y el latín, fue hecho público en un primer

2809 Lesley y Roy Adkins, The Keys of Egypt, HarperCollins, Nueva York, 2000, pp. 180-181, que reproduce precisamente los jeroglíficos sobre los que Champollion trabajaba al realizar su descubrimiento. [Hay traducción castellana: Las claves de Egipto: la carrera por leer los jeroglíficos, Debate, Madrid, 2000].

2810 Lewis, What Went Wrong?, p. 86.

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momento en el tercer discurso que ofrecía con ocasión del aniversario de la sociedad. Durante once años, Jones celebró la fundación de la sociedad con un gran discurso, y varios de los que redactó con este motivo incluían importantes observaciones sobre las culturas orientales. Sin embargo, su tercer discurso, «Sobre los hindúes», pronunciado el 2 de febrero de 1786, fue de lejos el más trascendental. En esta ocasión Jones sostuvo que «la lengua sánscrita, independientemente de cual sea su antigüedad, es una maravillosa estructura; más perfecta que el griego, más rica que el latín y muchísimo más refinada que estas dos, y sin embargo tiene con ambas una estrecha afinidad, tanto en las raíces de los verbos como en las formas de la gramática, que no puede haber surgido por accidente; tan fuerte es esta afinidad, de hecho, que ningún filólogo puede examinar los tres idiomas sin creer que emanan todos de una fuente común que, quizá, ya no existe».2811

Hoy resulta difícil comprender todo el impacto que esta idea tuvo en su momento. Al vincular el sánscrito al griego y el latín, y afirmar que la lengua oriental era superior y más antigua que las occidentales, Jones estaba propinando un duro golpe a los fundamentos de la cultura occidental y (al menos de forma tácita) a la suposición de que ésta era más avanzada que las demás culturas del mundo. Se hacía necesaria una enorme «reorientación» del pensamiento y las actitudes respecto de Asia. Y ésta fue mucho más que meramente histórica. La traducción del Zend Avesta realizada por Anquetil era la primera ocasión en un que texto asiático se había concebido de una forma que

2811 Ibid., p. 41 y ref.

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ignoraba por completo las tradiciones clásica y cristiana. Ésta es la razón por la que Schwab afirma que sólo entonces el planeta se volvió de verdad redondo: la historia de Oriente por fin aparecía a la par que la de Occidente y dejaba de estar subordinada a ella, de hecho, dejaba de tener que formar parte de esa historia. «La universalidad del Dios cristiano había terminado y un nuevo tipo de universalismo vino a sustituirlo». En su estudio de la Société Asiatique francesa, Felix Lacôte afirma en un artículo titulado «L’Indianisme» que «los europeos dudaban de que valiera la pena esforzase por conocer la antigua India. Se trataba de un prejuicio tenaz, y Warren Hastings todavía tendría que luchar contra él en el último cuarto del siglo XVIII».2812 En cualquier caso, hacia 1832 la situación se había invertido por completo y el romántico alemán August Wilhelm Schlegel adoptó un enfoque diferente y sostuvo que su propio siglo había producido más conocimiento sobre la India que «los veintiún siglos que habían pasado desde Alejandro Magno».2813 (Schlegel era, como Jones, un prodigio lingüístico. A los quince años ya hablaba árabe y hebreo, y para la edad de diecisiete, cuando aún era discípulo de Herder, daba conferencias sobre mitología.2814) En el siglo XIX, Friedrich Max Müller, un orientalista alemán que se convirtió en el primer profesor de filología comparativa en Oxford, se manifestó así: «Si se me preguntara cuál considero que sea el descubrimiento más importante del siglo XIX en relación a la historia antigua de la humanidad,

2812 Ibid., p. 21. Sobre la sabiduría de los indios, véase la traducción de E. J. Millington de: The Aesthetic and Miscellaneous Works of Friedrich von Schlegel, Bohn’s Standard Library, Londres, 1849.

2813 Schwab, Oriental Renaissance, p. 21.

2814 Ibid., p. 218.

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respondería con la siguiente línea: sánscrito Dyaus Pitar = griego Zeus Πατηρ = latín Júpiter = noruego antiguo Tyr».2815

El sánscrito era la clave. Pero no fue el único gran avance de la época. Schwab identifica cinco descubrimientos de importancia que provocaron una completa reorientación en el ámbito intelectual en esta era: el desciframiento del sánscrito en 1785, del pahlavi en 1793, del cuneiforme en 1803, de los jeroglíficos en 1822 y del avéstico en 1832; «cada uno de estos logros supuso la apertura de lenguas que durante mucho tiempo habían parecido infranqueables». Uno de los efectos inmediatos de estos acontecimientos fue que el estudio de Extremo Oriente dejó, por primera vez, de ser una empresa misteriosa y conjetural. En Oxford existía la cátedra Laudiana de árabe desde aproximadamente 1640, pero los estudios de índico y chino no empezaron en serio hasta esta época.2816

En 1822, los ingleses enviaron a Londres los libros sagrados del Tíbet y Nepal que estaban saliendo a la luz. Los textos más importantes de éstos eran los que conformaban el canon budista: cien volúmenes en tibetano y ochenta en sánscrito, descubiertos y enviados a Occidente por el etnólogo inglés Brian Hodgson. Fue gracias a las traducciones de estos textos que los estudiosos occidentales empezaron a advertir las similitudes entre el cristianismo y el budismo que hemos discutido antes en el capítulo 8. En Alemania, el filósofo de la historia Johann Gottfried von Herder se sintió profundamente conmovido por la traducción del Zend Avesta de Anquetil y tradujo al alemán ciertos

2815 H. G. Rawlinson, «India in European literature and thought», en G. T. Garratt, ed., The Legacy of India, The Clarendon Press of Oxford University Press, Oxford, 1937, pp. 35-36.

2816 Ibid., pp. 171 y ss.

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versos de la versión inglesa del Bhagavad Gita de Wilkins (publicada en 1784). Sin embargo, la principal transformación de Herder tendría lugar tras la lectura de una traducción alemana de la versión inglesa del Shakuntala de Kalidasa realizada por Jones en 1789. Schwab reseña así la importancia de este acontecimiento: «Es bien sabido que Herder, al volver a encender por la India descifrada el entusiasmo que había despertado la India imaginada, difundió entre los románticos la idea de que la cuna de la divina infancia de la raza humana se encontraba en India».2817 De igual forma, las traducciones alemanas del Bhagavad Gita y el Gita Govinda, publicadas en la primera década del siglo XIX, ejercieron una influencia tremenda sobre Friedrich Schleiermacher, F. W. Schelling, August Schlegel, J. C. Schiller, Novalis y, finalmente, sobre Johann Goethe y Arthur Schopenhauer. Con todo, el Shakuntala continuó siendo «el gran milagro». Además de seducir a Herder, conmovió a Goethe, quien pese a no prestar mucha atención al politeísmo hindú escribió la siguiente línea: «Nenn’ ich Sakontala dich, und so ist alles gesagt» («Cuando digo Shakuntala, todo queda dicho»). Shakuntala fue una de las cosas que impulsó a Schlegel a aprender sánscrito. Y Jones adquirió tanta fama por su traducción de este texto como por haber identificado las similitudes entre el sánscrito y el latín y el griego. Goethe llegó a referirse a él como «el incomparable Jones». «Shakuntala fue el primer vínculo con la India auténtica y el fundamento sobre el cual Herder construyó la idea de una patria índica para la infancia de la raza humana».2818

2817 Robert T. Clark Jr, Herder: His Life and Thought, University of California Press, Berkeley,

1955, pp. 362 y ss.

2818 Schwab, Oriental Renaissance, p. 59.

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Muchos versos de Heine tienen como modelo los de Shakuntala. En Francia, en 1830, la publicación de la traducción del clásico de Kalidasa realizada por Antoine-Léonard de Chézy «fue uno de los acontecimientos literarios que conformaron la textura del siglo XIX, no sólo por su influencia directa, sino porque introdujo una competición inesperada en la literatura mundial».2819 La traducción de Chézy tenía como epígrafe los famosos versos de Goethe en los que el poeta alemán confesaba que Shakuntala era «una de las estrellas que hacía sus noches más brillantes que sus días». Lamartine reconoció en la traducción de Chézy «el triple genio de Homero, Teócrito y Tasso combinado en un único poema».2820 Hacia 1858 Shakuntala era tan famoso en Francia, y tan bien considerado, que inspiró un ballet en la Ópera de París, con música de Ernst Reyer y guión de Théophile Gautier.

El efecto del Bhagavad Gita no fue menos profundo. Su poesía, su sabiduría, su complejidad y riqueza produjeron un gran cambio en la actitud de los europeos respecto de la India, Oriente y sus capacidades. «Fue una enorme sorpresa», escribió el estudioso francés Jean-Denis Lanjuinas, «hallar en estos fragmentos de un extraordinario y antiguo poema épico indio, junto al sistema de la metempsicosis, una teoría brillante sobre la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, todas las doctrinas sublimes de los estoicos… un panteísmo completamente espiritual y, finalmente, la visión de un

2819 M. Von Hersfeld y C. MelvilSym, traductores, Letters from Goethe, Edinburgh University Press, Edimburgo, 1957, p. 316.

2820 Alphonse de Lamartine, Cours familier de littérature, impresión privada, París, 1856, vol. 3, p. 338.

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Dios que todo lo incluye».2821 Otros encontraron en el pensamiento indio precursores de Spinoza y Berkeley, y el mismo Lanjuinas sostuvo que el Hitopadesha (enseñanzas sobre la política, la amistad y la sabiduría terrenal que se remontan al siglo III a. C.) contenía uno de los tratados morales más valiosos de todos los tiempos, al mismo nivel de las Escrituras y las obras de los padres de la Iglesia. Friedrich Schlegel confirmó estos veredictos, y en Über die Sprache und Weisheit der Indier (Sobre el lenguaje y la sabiduría de las Indias) exploró las tradiciones metafísicas de la India en pie de igualdad con las ideas griegas y latinas. Esto fue muchísimo más importante de lo que quizá hoy nos parezca, pues, en un contexto en el que imperaban el deísmo y la duda, un acercamiento similar permitió atribuir a los indios —los habitantes de Extremo Oriente— un conocimiento y una creencia en el Dios verdadero tan legítimos como los de los europeos. Esto se oponía de forma significativa a las enseñanzas de la Iglesia. Jones había especulado que el sánscrito, el griego y el latín tenían un origen común, pero había quienes sospechaban que el sánscrito (que significaba no «escritura sagrada», sino «perfecto», de samskrta) era en verdad la lengua original que se había hablado en el mundo tras la Creación. ¿Qué relación había entre Brahmán y Abraham?

La riqueza del sánscrito desafiaba además la idea ilustrada de que las lenguas habían empezado siendo muy rudimentarias y poco a poco habían ido ganando complejidad y elaboración.2822 Esto provocó una creciente convicción en que Vico había tenido razón, y que la

2821 Schwab, Oriental Renaissance, p. 161.

2822 Ibid., p. 177.

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estructura de los idiomas podía revelar muchísimo la antigüedad del hombre. También contribuyó a su vez a inaugurar la denominada gran era de la filología en el siglo XIX, a medida que los estudios de gramática y de vocabulario empezaban a revelar grupos lingüísticos (por ejemplo, la separación de las lenguas germánicas de los grupos griego, latino y balto-eslavo).2823 Las obras de Schlegel y de Franz Bopp ejercieron una influencia determinante sobre Wilhelm von Humboldt, el pastor que contribuyó a la creación de las primeras cátedras de sánscrito en Alemania en 1818.2824 Humboldt estaba interesado, en particular, por lo que el lenguaje puede decirnos sobre la psicología de los distintos pueblos. En esta época muchos espíritus religiosos estaban convencidos de que la lengua más antigua (y la más perfecta) tenía que ser el hebreo, o alguna similar a ella, ya que éste era el idioma del pueblo elegido. Bopp dio la espalda a estos prejuicios, y demostró lo complejo que era el sánscrito hace miles de años, y en el proceso puso en duda la idea misma de que el hebreo fuera la lengua primigenia. Fue de esta forma como se consiguió que se reconociera que el lenguaje tenía una historia natural y no tanto una historia sagrada, y que, de hecho, los idiomas podían ser objeto de estudio científico.2825

Schelling llevó las ideas de Jones un paso más allá. En su conferencia de 1799 sobre la Philosophie der Mythologie propuso que, así como había existido una «lengua madre», debía haber existido una

2823 Ibid., p. 179.

2824 Paul R. Sweet, Wilhelm von Humboldt, Ohio State UniversityPress, Cincinnati, vol. 2, 1980,

398 y ss., que muestra que Humboldt estaba tan interesado en las lenguas de los indígenas americanos como en el sánscrito.

2825 Schwab, Oriental Renaissance, p. 181.

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mitología mundial compartida por todos los pueblos. Su opinión era que la tarea de los académicos alemanes formados en el estudio de las lenguas era crear, para la Europa moderna, «una fusión de las tradiciones mitológicas de toda la humanidad… Todas las leyendas de la India y Grecia, de los escandinavos y los persas, “tenían que ser” aceptadas como componentes de una nueva religión universal que permitiría regenerar un mundo distraído por el racionalismo».2826 En una vena muy similar, Hippolyte Taine adoptó la postura de que la concordancia entre el budismo y el cristianismo era «el acontecimiento más grandioso de la historia» porque ponía de manifiesto los mitos originarios del mundo.2827 La India era tan grande y tan viva, y sus religiones eran tan complejas, que resultaba ya imposible limitarse a maldecir y despreciar a los paganos y esperar que algún día se convirtieran. El cristianismo tenía que ser capaz de asimilar una heterodoxia milenaria y especialmente muy viva.2828 Una última e importantísima forma en la que estos descubrimientos incidieron de manera profunda en la mentalidad europea la encontramos en la noción de «devenir». Si las religiones se encontraban en etapas diferentes de desarrollo y, al mismo tiempo, estaban todas vinculadas de alguna forma misteriosa, hasta el momento apenas vislumbrada, ¿significaba esto que Dios, en lugar de limitarse a ser, podía también «devenir» como el resto de la vida en la tierra de acuerdo con la tradición griega y cristiana? Ésta era con

2826 Ibid., p. 217.

2827 Ibid., p. 250.

2828 Marc Citoleux, Alfred de Vigny, persistances classiques et affinités étrangères, Champion, París. 1924, p. 321.

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claridad una pregunta de primer orden. El aspecto más importante de todas estas diferentes perspectivas es que proporcionaron al deísmo una segunda oportunidad. Dios empezaría a ser considerado no en un sentido antropomórfico, sino como una entidad metafísica abstracta. Había una diferencia muy grande y muy real entre Dios y el hombre.2829

Al igual que las nuevas clasificaciones en biología propuestas por Linneo y los avances en geología de Hutton (véase infra, capítulo 31), la comprensión sistemática cada vez mayor de las lenguas de la humanidad contribuyó de forma importante a respaldar una temprana idea de lo que luego se conocería con el nombre de evolución. Con todo, el renacimiento oriental también desempeñaría un papel crucial en un desarrollo bastante diferente y que continúa siendo dominante en la vida actual. Me refiero a su relación con los orígenes del movimiento romántico.

La relación más obvia y más viril fue, en este sentido, la de los estudios índicos con el romanticismo alemán. Los estudios índicos resultaron ser muy populares entre los académicos y eruditos alemanes por razones que, en términos generales, podemos considerar nacionalistas. Planteada sin rodeos, la cuestión es que los estudiosos alemanes pensaban que la tradición aria-india-persa estaba relacionada con los pueblos bárbaros que habían invadido originalmente el imperio romano desde el este y que, junto con los mitos escandinavos, constituía una tradición alternativa (septentrional) a la tradición clasicista grecolatina mediterránea que

2829 Schwab, Oriental Renaissance, p. 468.

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había dominado la vida y el pensamiento europeos durante los últimos dos mil quinientos años (véase el capítulo 10). Más aún, desde el punto de vista de los estudiosos alemanes, las similitudes entre el budismo y el cristianismo, así como las ideas hindúes a propósito del alma, sugerían una forma de revelación primitiva, de hecho, la revelación original, de la cual podrían haberse derivado el judaísmo y el cristianismo; ello sin embargo implicaba que el verdadero propósito de Dios se encontraba oculto en algún lugar de las religiones orientales, que la primera religión del mundo, aquélla anterior a todas las Iglesias, estaba de algún modo esperando ser encontrada en las antiguas escrituras indias. Semejante concepción suponía que había un único Dios para toda la humanidad, y que había una mitología mundial, cuya comprensión era una labor fundamental. Según Herder, esta mitología ancestral constituía «los sueños de infancia de nuestra especie».2830

Un factor adicional que influyó en el romanticismo fue el hecho de que las escrituras indias originales estuvieran compuestas en verso, que fueran poesía. Esto popularizó la idea de que la poesía era «la lengua madre», que el verso era la forma original en que se transmitía la sabiduría que Dios había encomendado a la humanidad («el hombre es un animal que canta»). La poesía, se pensaba, era el idioma originario del Edén, y, por tanto, a través de la antigua poesía de la India podía redescubrirse el mundo edénico. De este modo, los filólogos y los poetas se unieron para conseguir lo que Schwab

2830 Clark Jr, Herder, pp. 130 y ss.

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denomina «la venganza de la pluralidad en la unidad».2831 En este mismo momento, los científicos estaban buscando controlar el mundo, a medida que descubrían que funcionaba siguiendo un número cada vez más reducido de reglas. Así, en un momento en el que las teorías sobre el progreso reducían la experiencia y daban por sentado que todas las sociedades debían desarrollarse en una única y misma dirección, los poetas y los filólogos optaron por el camino opuesto y buscaron regenerar la sociedad a través de una nueva religión. Desde su punto de vista, había una primitiva unidad de la raza humana, que, no obstante, con el tiempo se había separado en diferentes religiones, todas las cuales eran igualmente válidas, poseedoras de mitos, leyendas y rituales de igual autoridad, todos igual de bien adaptados a los entornos y países en los que eran dominantes. Según esta argumentación, originalmente había habido un monoteísmo primigenio que, al dispersarse, se había transformado en politeísmo, lo que implicaba que, al menos en principio, el contenido de la revelación no era diferente del de las mitologías.2832

Este conjunto de ideas influyó de forma significativa en un importante abanico de poetas, escritores y filósofos a ambos lados del Atlántico. Emerson y Thoreau se iniciaron en el budismo. Uno de los primeros poemas de Emerson se titula «Brahma» y se inspira en el Bhagavad Gita. Sus Diarios contienen muchas referencias a Zoroastro y a los Vedas. El 1 de octubre de 1848 escribió: «Le debo…

2831 Schwab, Oriental Renaissance, pp. 273 y ss.

2832 Ibid., p. 217. Friedrich Wilhelm Schelling, Philosophie der Mythologies, C. H. Beck, Múnich, 1842/1943.

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un magnífico día al Bhagavad Gita. Fue el primero de los libros; es como si un imperio nos hablara, no hay en él nada pequeño o de poco valor, sino la voz, fuerte, consistente y serena, de una inteligencia antigua que en otra época y en otro clima sopesó y consideró las mismas preguntas que hoy nos planteamos».2833 Thoreau legó a Emerson su colección de libros orientales. Whitman confesó haber leído la poesía hindú para preparar su propia obra. Goethe aprendió persa y en el prefacio a Der Westostliche Divan escribió: «Quiero penetrar aquí en los orígenes primeros de las razas humanas, cuando ellas todavía recibían el mandato de Dios en lenguas terrenales».2834 Heine estudió sánscrito con Schlegel en Bonn y con Bopp en Berlín.2835 Como escribió en una ocasión: «Nuestra lírica está dirigida a cantar a Oriente». Schlegel creía que los arios, los habitantes originales de la India, habían sido «llamados» al Norte, esto es, que eran los ancestros de los alemanes y los escandinavos. Tanto Schlegel como Ferdinand Eckstein, otro orientalista alemán, creían que las epopeyas índicas, persas y helénicas descansaban en las mismas fábulas que constituían los cimientos del Nibelungenlied, la gran epopeya de venganza medieval alemana que Wagner retomaría para su drama musical El anillo.2836 Eckstein buscó «un cristianismo anterior… en las antigüedades del paganismo».2837 «Para Schleiermacher, así como para todo el círculo de Novalis, la fuente de

2833 Schwab, Oriental Renaissance, p. 201.

2834 Ibid., p. 211.

2835 Franz Bopp, A Comparative Grammar of the Sanskrit, Zend, Greek, Latin, Lithuanian, Gothic, German and Slavonic Languages, 3 vols., Madden and Malcolm, Londres, 1845-1853.

2836 Schwab, Oriental Renaissance, p. 213.

2837 Ibid., p. 220.

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todas las religiones “podía encontrarse”, según Ricarda Huch, “en el inconsciente o en Oriente, de donde todas las religiones provenían”».2838

El encuentro de Schopenhauer con Oriente lo transformó. Su opinión sobre el budismo era que «nunca un mito se ha acercado más a la verdad, y ninguno llegará a hacerlo».2839 Estaba convencido de que «nuestras religiones no han encontrado arraigo ni lo encontrarán en la India; la sabiduría primitiva de la raza humana no permitirá que se la desvíe de su propio curso por alguna aventura que tuvo lugar en Galilea».2840 El cristianismo, mas no el judaísmo, decía, «es indio en espíritu, y por tanto es más probable que sus orígenes sean indios, si bien sólo de forma indirecta, a través de Egipto».2841 El filósofo continuaba examinando, de forma no del todo lógica, lo que desde su punto de vista serían los orígenes indoiranios del cristianismo: «Aunque el cristianismo, en aspectos esenciales, enseña sólo lo que toda Asia sabía hace mucho tiempo y mucho mejor, para Europa éste constituyó una revelación completamente nueva y grandiosa». Y añadía: «El Nuevo Testamento… debe de haber tenido alguna especie de origen hindú; su ética, que traduce la moral en ascetismo, su pesimismo y su avatar son todos testimonio de tal origen… La doctrina cristiana, nacida de la sabiduría hindú, ha cubierto por

2838 Ibid., p. 219.

2839 Rüdiger Safranski, Schopenhauer and the Wild Years of Philosophy, Weidenfeld & Nicolson, Londres, 1989, p. 63. [Hay traducción castellana del original alemán: Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía, Alianza, Madrid, 1998].

2840 Schwab, Oriental Renaissance, p. 427.

2841 Ibid.

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completo el viejo tronco de un judaísmo burdo que le es por completo ajeno».2842

Lamartine confesaba que la filosofía india era la que más lo conmovía. «Eclipsa a todas las demás para mí: mientras ella es los océanos, nosotros somos sólo nubes… Leo, releo y vuelvo a leer… Lloro y cierro mis ojos, abrumado de admiración…».2843 Tenía planes (nunca realizados) de componer una gran secuencia de poemas, «una épica del alma», a la que denominaba Hindoustanique.2844 «De ella [la India] uno inhala un aliento al mismo tiempo santo, tierno y triste, que, me parece, no hace mucho ha transitado un Edén vedado a la humanidad».2845 Para Lamartine, el descubrimiento de la India y de su literatura no era simplemente «una nueva ala que añadir a las viejas bibliotecas; era una nueva tierra que había de ser recibida con ovación por los hombres náufragos».2846 Victor Hugo, otro de los grandes escritores franceses de este período, sentía que Oriente le atraía y le repugnaba al mismo tiempo. En septiembre de 1870, cuando pronunció su discurso «A los alemanes», en el que intentaba convencerlos de que respetaran París durante el asedio de la ciudad, el escritor acudió a una comparación que muchos otros habían antes utilizado y que, de hecho, a los alemanes les gustaba realizar: «Alemania es a Occidente, lo que India es a Oriente, una especie de

2842 Arthur Schopenhauer, The World As Will and Idea, R. B. Haldane y J. Kemp, trads., Trübner, Londres, 3 vols., 1883-1886, vol. 3, p. 281. [Hay traducción castellana del original alemán: El mundo como voluntad y representación, 2 vols., Trotta, Madrid, 2004-2005].

2843 Schwab, Oriental Renaissance, p. 359.

2844 Ibid., p. 357.

2845 Ibid., p. 361.

2846 Ibid.

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gran antepasado. Permitidnos venerarla».2847 Su poesía contiene muchas referencias a Ellora, al Ganges, a los brahmanes, a una «inmensa rueda» y a aves mágicas inspiradas en el Mantiq ut-Tair (Coloquio de los pájaros) de Farid al-Din.2848 Gustave Flaubert escribió de «un inmenso bosque indio donde la vida late en cada átomo»;2849 mientras que Verlaine pasó sus vacaciones «inmerso en la mitología hindú».2850

En 1865, el (autoproclamado) conde francés Joseph-Arthur de Gobineau, un teórico de las razas tristemente célebre, publicó Les religions et les philosophies dans l’Asie centrale, obra cuya tesis principal sostenía que todo el pensamiento europeo se había originado en Asia. Y para verificar su hipótesis llegó incluso a viajar a Persia en 1855, mientras preparaba su libro.2851 Aunque no compartía la idea de que las lenguas de Europa septentrional descendían de la India, pensaba que esto sí era cierto en el caso de los pueblos de esta región. En su opinión, los arios eran la nobleza de la humanidad y creía que la palabra «ario» estaba relacionada con el alemán Ehre (que significa «honor», «rectitud»). En la parte final de Sobre la desigualdad de las razas humanas, titulada «La capacidad de las razas nativas alemanas», sostuvo que el ario germánico era sagrado, la raza de los señores de la tierra, mientras que en la conclusión declaraba que «la raza germánica ha sido dotada de toda

2847 Joanna Richardson, Victor Hugo, Weidenfeld & Nicolson, Londres, 1976, pp. 217 y ss.

2848 Schwab, Oriental Renaissance, p. 373.

2849 Ibid., p. 417.

2850 Citado en Émile Carcassone, «Leconte de Lisle et la philosophie indienne», Revue de litérature comparée, vol. 11 (1931), pp. 618-646.

2851 Schwab, Oriental Renaissance, p. 431.

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la energía de la variedad aria… Después de eso las especies blancas no tienen nada más poderoso y activo que ofrecer».2852

Al final de su vida, Wagner «se lanzó a los brazos de Gobineau».2853 Lo conoció y escribió una introducción a sus obras reunidas. Wagner consideró que la filosofía y la «ciencia» del francés se adecuaban muy bien a sus propios objetivos, en un momento en el que buscaba desplazar a la ópera franco-italiana del lugar central que entonces ocupaba en el canon y sustituirla por «la música del futuro», que promovía una tradición radicalmente diferente: la epopeya alemana, el paganismo alemán, «la fuente inalterable de la pureza».2854 «Como relata Wagner en Mi vida, fue en 1855, mientras trabajaba en la orquestación de Die Walküre, que ocurrió el acontecimiento que decidiría su destino: “La Introducción a la historia del budismo indio de Burnouf se convirtió en el libro que más me interesaba, y en él hallé material para un poema dramático que desde entonces se alojó en mi mente… para la mente del Buda, la vida pasada (en una encarnación anterior) de cualquier ser que se presenta ante él resulta tan clara como la presente”».2855 Los diarios de Wagner están salpicados de referencias al Buda y a los conceptos budistas. «Todo me resulta extraño, y con frecuencia vislumbro con nostalgia el país del Nirvana. Pero para mí el Nirvana se convierte, con gran rapidez,

2852 Michael D. Biddiss, The Father of Racist Ideology, Weidenfeld & Nicolson, Londres, 1970, pp.

175-176.

2853 Schwab, Oriental Renaissance, p. 438.

2854 Richard Wagner, My Life, 2 vols., Dodds Mead, Nueva York, 1911, vol. 2, p. 638. [Hay traducción castellana del original alemán: Mi vida, Turner, Madrid, 1989]. Schwab dedica todo un capítulo al budismo de Wagner.

2855 También dijo que «odiaba» América, que era «una pesadilla horrible». Wilhelm Altman, ed., Letters of Richard Wagner, Dent, Londres, 1927, vol. 1, p. 293.

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en Tristán».2856 En el Parsifal encontramos elementos del Ramayana, y en un momento el compositor planeó un drama inspirado en el libro Stimmen vom Ganges (Voces del Ganges).2857

El renacimiento oriental fue muchas cosas. Arrojó nueva luz sobre la religión, sobre la historia, sobre el tiempo, sobre el mito y sobre las relaciones entre los distintos pueblos del mundo. En medio de la Ilustración y la revolución industrial, aportó una nueva vida a la lírica y al acercamiento estético y poético a los asuntos humanos. A corto plazo fue una de las fuerzas que contribuyó a crear la revolución romántica, el tema de nuestro próximo capítulo. Pero a largo plazo el descubrimiento de los orígenes comunes del sánscrito, el griego y el latín pasaría a formar parte de una moderna síntesis científica que vincula a la genética, la arqueología y la lingüística para comprender cómo se pobló el mundo, sin duda uno de los aspectos más maravillosos e importantes de nuestra historia. En este sentido, representó un significativo cambio de mentalidad que con frecuencia tiende a pasarse por alto en el contexto de los demás desarrollos que tuvieron lugar en el siglo XVIII.

2856 Schwab, Oriental Renaissance, p. 441.

2857 Judith Gautier, Auprès de Richard Wagner, Mercure de France, París, 1943, p. 229.

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Capítulo 30

La gran inversión de los valores: el romanticismo

El compositor francés Héctor Berlioz fue un hombre extraordinario. «Era inusual en todos los sentidos», anota Harold Schénberg en su Lives of the Composers. «Hizo pedazos el establishment musical europeo prácticamente en solitario. Después de él, la música nunca volvería a ser igual».2858 Incluso en sus épocas de estudiante destacaba de una manera que mucha gente encontraba chocante. «No creía ni en Dios ni en Bach», sostuvo el compositor, pianista y director de orquesta Ferdinand Hiller, quien describió a Berlioz de la siguiente manera: «La frente grande y alta, dominando sobre los ojos hundidos; la nariz aguileña, grande y curva; los labios finos y delgados; la barbilla algo corta; la enorme mata de pelo castaño claro, contra cuya fantástica abundancia nada podía hacer el peluquero: quienquiera que hubiera visto esta cabeza nunca la olvidaría». De hecho, Berlioz era casi tan famoso por su cabeza y su comportamiento, como por su música. Ernest Legouvé, el dramaturgo francés, se encontraba una noche viendo la representación de la ópera Der Freischütz de Weber, cuando de repente estalló un alboroto. «Uno de mis vecinos se levantó de su butaca y, dirigiéndose a la orquesta, empezó a gritar de forma atronadora: “¡Bestias, allí no queréis dos flautas! ¡Queréis pícolos! ¡Dos pícolos! ¿Oís? ¡Ay, qué bestias!”. En medio del tumulto general que produjo este arrebato, me di la vuelta y vi a un joven apasionado

2858 Harold C. Schonberg, Lives of the Composers, Davis-Poynter/Macdonald Futura, Londres, 1970/1980, p. 124.

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que temblaba, las manos apretadas, los ojos brillantes y una mata de pelo… ¡Qué mata de pelo! Parecía un enorme paraguas de pelo, que se proyectaba como una especie de toldo móvil sobre un pico de ave de presa». Los caricaturistas de la época tuvieron su agosto.2859 Berlioz no era un simple fanfarrón o un exhibicionista, aunque hubo quienes pensaron que lo era. Mendelssohn fue uno de los que lo consideraba afectado. Después de su primer encuentro, escribió: «Este entusiasmo puramente externo, esta desesperación en presencia de las mujeres, el supuesto del genio en mayúsculas, me resultan insoportables».2860 Estas palabras no hacen justicia a la grandiosa ambición de Berlioz, y en particular a su visión de la orquesta, que Yehudi Menuhin atribuye a una nueva concepción de la sociedad.2861 Que Berlioz fue el mayor innovador de la historia en lo que concierne a la orquesta es algo sobre lo que hoy el consenso es general. Hacia la década de 1830, las orquestas raras veces tenían más de sesenta músicos. Pero ya en 1825 Berlioz había reunido una orquesta de ciento cincuenta, aunque su «orquesta soñada», confesó, se componía de 467 y había de acompañarla un coro de trescientos sesenta miembros. Debía contar con 242 cuerdas, treinta arpas, treinta pianos y dieciséis trompas.2862 Berlioz estaba adelantado a su época, fue el primero de los verdaderos románticos de la historia de la música, un entusiasta, un revolucionario, «un déspota sin ley», el

2859 Sobre la amistad de Berlioz con Hiller, véase: David Cairns, Berlioz, Allen Lane The Penguin Press, Londres, 1999, pp. 263-278, passim

2860 Schonberg, Lives of the Composers, p. 126.

2861 Menuhin y Davis, Music of Man, p. 163.

2862 Schonberg, Lives of the Composers, p. 126.

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primer vanguardista consciente, como señala Schonberg.2863 «Desinhibido, extremadamente emotivo, ingenioso, voluble, pintoresco, era muy consciente de su romanticismo. Le encantaba la idea del romanticismo: la necesidad acuciante de expresarse y lo estrambótico en oposición a los ideales clásicos de orden y contención».2864

En el ámbito de las ideas el romanticismo fue una gigantesca revolución. Muy diferente de las revoluciones francesa, industrial y americana, no fue menos fundamental. Según Isaiah Berlin, en la historia del pensamiento político occidental (Berlin utiliza aquí el término «político» en su sentido más amplio) «ha habido tres grandes momentos decisivos, si por momento decisivo entendemos un cambio radical que altera todo el marco conceptual desde el que se formulan las preguntas: nuevas ideas, nuevas palabras, nuevas relaciones, en cuyos términos los viejos problemas no se resuelven en realidad sino que se los hace parecer remotos, obsoletos e incluso, en ocasiones, ininteligibles, de manera que los atroces problemas y dudas del pasado parecen producto de formas de pensar raras, o bien confusiones pertenecientes a un mundo que ha desaparecido».2865 El primero de estos momentos decisivos, sostiene, ocurrió a finales del siglo IV a. C., en el corto intervalo que hay entre la muerte de Aristóteles (384-322) y el ascenso del estoicismo, cuando las escuelas filosóficas de Atenas «dejaron de concebir a los individuos como seres

2863 Jacques Barzun, Classical, Romantic, Modern, Secker & Warburg, Londres, 1962, p. 5.

2864 Schonberg, Lives of the Composers, p. 124.

2865 Berlin, The Sense of Reality, Chatto & Windus, Londres, 1996. p. 168. [Hay traducción castellana: El sentido de la realidad, Taurus, Madrid, 2000].

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inteligibles sólo en el contexto de la vida social, abandonaron la discusión de las cuestiones vinculadas a la vida pública y política que habían preocupado a la Academia y el Liceo, como si estas cuestiones no fueran ya cruciales o hubieran dejado de ser significativas, y de repente empezaron a hablar de los hombres puramente en términos de experiencia interior y salvación individual».2866 Esta gran transformación de los valores —«de lo público a lo privado, de lo exterior a lo interior, de lo político a lo ético, de la ciudad al individuo, del orden social al anarquismo apolítico»— fue tan profunda que nada pudo seguir siendo igual después.2867 De esta transformación nos ocupamos en el capítulo 6.

Un segundo momento decisivo comienza con Maquiavelo (1469-1527) e implicó el reconocimiento de que había una división «entre las virtudes naturales y las virtudes morales, la idea de que los valores políticos no son simplemente diferentes de la ética cristiana, sino que en principio quizá sean incompatibles con ella».2868 Este cambio condujo a una visión utilitaria de la religión, y en el proceso cayeron en el descrédito todos los intentos de hallar justificaciones teológicas para los distintos sistemas políticos. Esto también era algo nuevo y asombroso. «Hasta entonces nunca se había invitado abiertamente a los hombres a elegir entre conjuntos de valores irreconciliables, privados y públicos, en un mundo sin propósito, y tampoco nunca se les había advertido antes de que en principio podía no existir un

2866

2867

2868

Ibid., p. 168.

Ibid., pp. 168-169.

Ibid., p. 168.

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criterio, último y objetivo, en que fundar esta elección».2869 A las ideas políticas de Maquiavelo hemos dedicado parte del capítulo 24.

El tercer gran momento decisivo —que Berlin considera el más grande de todos hasta el momento— tuvo lugar hacia finales del siglo XVIII, con Alemania a la vanguardia.2870 «En su forma más simple, la idea de romanticismo fue testigo de la destrucción de la noción de verdad y de validez en los ámbitos de la ética y de la política, y no me refiero meramente a la noción de verdad objetiva o absoluta, sino también a la de verdad subjetiva y relativa, de la verdad y validez en cuanto tales». Las consecuencias y efectos de esto, afirma Berlin, fueron enormes e incalculables. El cambio más importante, dice, lo encontramos en los supuestos mismos en los que se basa el pensamiento occidental. En el pasado, siempre se había dado por sentado que todas las preguntas generales eran, en términos lógicos, del mismo tipo, a saber, preguntas de hecho. De esto se seguía que las preguntas importantes de la vida podrían llegar a responderse algún día, una vez que hubiera logrado reunirse toda la información relevante. En otras palabras, se daba por hecho que los interrogantes morales y políticos del tipo «¿Cuál es la mejor forma de vivir para los hombres?», «¿Qué son los derechos?» o «¿Qué es la libertad?», podían responderse en principio exactamente de la misma manera que preguntas como «¿De qué está compuesta el agua?», «¿Cuántas

2869 Ibid., p. 169.

2870 Sobre el nacionalismo alemán como respuesta a Napoleón, véase: Howard Mumford Jones, Revolution and Romanticism, The Belknap Press of Harvard University Press, Cambridge (Massachusetts), 1974, p. 368; y sobre los salones berlineses, véase: Gerald N. Izenberg, Impossible Individuality: Romanticism, Revolution and the Origins of Modern Selfhood, 1787-1802, Princeton University Press, Princeton (Nueva Jersey) y Londres, 1992, pp. 45-47 y 94.

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estrellas existen?» o «¿Cuándo murió Julio César?».2871 Ahora bien, aunque se habían librado guerras por las distintas respuestas que se daban a tales preguntas, Berlin señala que «siempre se había supuesto que era posible encontrar las respuestas». La razón para ello es que, a pesar de la diversidad de las creencias religiosas que habían existido a lo largo de la historia, había una idea fundamental que unía a los hombres, una idea que tenía tres componentes.2872 «El primero es la noción de que la naturaleza humana es una entidad, bien sea natural o sobrenatural, que los expertos pertinentes pueden comprender; el segundo es la noción de que tener una naturaleza específica implica perseguir ciertas metas específicas, impuestas a ella o inscritas en ella ya sea por Dios o por una impersonal naturaleza de las cosas, y que perseguir tales metas es lo que hace a los hombres humanos; el tercero es la noción de que estas metas, así como los intereses y valores que implican (cuyo descubrimiento y formulación es tarea de la teología, la filosofía o la ciencia), no pueden entrar en conflicto entre sí, de hecho, deben formar un todo armónico».2873

Fue esta idea básica la que dio origen a la noción de ley natural y a la búsqueda de la armonía. La gente había advertido que había inconsistencias: Aristóteles, por ejemplo, había señalado que en Atenas y en Persia el fuego ardía de la misma manera, mientras que las reglas morales y sociales eran diferentes. No obstante, hasta el siglo XVIII, se seguía dando por hecho que toda experiencia en el

2871 Berlin, Sense of Reality, p. 170.

2872 Ibid., p. 171.

2873 Ibid.

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mundo era susceptible de armonización una vez se hubiera logrado reunir suficientes datos pertinentes.2874 Para subrayar su argumento, Berlin ofrece como ejemplos las preguntas «¿Debo perseguir la justicia?» y «¿Debo actuar con compasión?». Como cualquier persona reflexiva habrá advertido, puede haber situaciones en las que responder «sí» a ambas preguntas (algo con lo que la mayoría de la gente estaría conforme) resulta imposible. De acuerdo con la concepción tradicional, se daba por hecho que una proposición verdadera no podía contradecirse lógicamente con otra proposición verdadera. El punto de vista de los románticos rivalizaba con esta concepción al poner en duda la idea misma de que los valores, esto es, las respuestas a las preguntas sobre la acción y la elección, pudieran ser descubiertos en absoluto. Los románticos sostenían que algunas de estas preguntas no tenían respuesta, punto y aparte. Y de forma no menos original, afirmaron que, en principio, no existía ninguna garantía de que los valores no entraran en conflicto unos con otros. Sostener lo contrario, insistieron, era «una forma de autoengaño» que sólo provocaba problemas. En última instancia, los románticos no propusieron únicamente un conjunto de valores nuevo, sino que de hecho propusieron una forma nueva de concebir los valores, una forma radicalmente diferente de la antigua.2875

El primer ser humano que vislumbró esta nueva concepción fue Giambattista Vico (1668-1744), el estudiante de jurisprudencia napolitano al que ya encontramos en el capítulo 24 y quien saboteó,

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2875

Ibid., p. 173.

Ibid., p. 175.

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de forma increíblemente simple, las concepciones ilustradas sobre la centralidad de la ciencia. Como se recordará, Vico había publicado en 1725 su Scienza Nuova, obra en la que proclamaba que el conocimiento de la cultura humana «es más verdadero que el conocimiento de la naturaleza física, dado que los humanos pueden conocer con certeza lo que ellos mismos han creado y, por tanto, están en condiciones de fundar una ciencia al respecto». La vida interior de la humanidad, sostuvo, puede conocerse de un modo que simplemente no puede aplicarse al conocimiento del mundo que el hombre no ha hecho, el mundo «ahí fuera», el mundo físico, que constituye el objeto de estudio de la ciencia tradicional. De acuerdo con esto, decía Vico, el lenguaje, la poesía y el mito, todos ellos creaciones humanas, eran verdades que podían aspirar a una mayor validez que los grandes triunfos de la filosofía matemática. «Allí resplandece la luz eterna y constante de una verdad que está más allá de toda duda: que el mundo de la sociedad civil ha sido ciertamente creado por los hombres, y que sus principios deben, por tanto, hallarse dentro de las modificaciones de nuestra propia mente. Quien reflexione sobre esto no podrá sino maravillarse de que los filósofos hayan dedicado todas sus energías al estudio del mundo de la naturaleza, el cual, habiendo sido creado por Dios, sólo Él conoce; y de que hayan descuidado el estudio del mundo de las naciones, o el mundo civil, el cual, habiendo sido creado por los hombres, puede ser conocido por ellos».2876

2876 Sobre Vico como un opositor en términos filosóficos del naturalismo, véase: Israel, Radical Enlightenment, p. 668.

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De esto, decía Vico, se derivaban algunas cuestiones muy importantes, si bien muy simples, pero el hombre había estado demasiado ocupado en búsquedas exteriores a sí mismo para advertirlas. Por ejemplo, los distintos pueblos compartían una misma naturaleza y, por tanto, debían construir sus culturas de formas similares o análogas.2877 Esto, afirmaba, permitía que historiadores meticulosos reconstruyeran los procesos mentales de otras épocas y las fases que atravesaron, un estudio que Vico consideraba incluso imperativo.2878 En su opinión, era evidente que en toda sociedad civil los hombres necesitaban albergar ciertas creencias en común, y esto es lo que, pensaba, era el sentido común. En este sentido, Vico halló tres importantes creencias presentes en todas las culturas y todas las religiones a lo largo de la historia: la creencia en la Providencia, la creencia en el alma inmortal y el reconocimiento de la necesidad de regular las pasiones.2879 El hombre, sostuvo, expresaba su naturaleza en la historia, de lo que derivaba la conclusión de que el mito y la poesía «son el registro de la conciencia humana».2880 Al afirmar todo esto, Vico transformaba las ciencias humanas y las ponía en pie de igualdad con las ciencias naturales.

Las innovaciones de Vico permanecieron ignoradas durante varias décadas, y su nueva concepción no empezó a tomar cuerpo hasta Kant. La mayor contribución de Kant fue considerar que era la mente la que daba forma al conocimiento, que el proceso de la intuición era

2877 Ibid.

2878 Ibid., p. 666.

2879 Ibid., pp. 665 y 344.

2880 Ibid., p. 344.

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instintivo y que el fenómeno del que más seguros podíamos estar en el mundo era la diferencia entre el «yo» y el «no yo».2881 Desde este punto de vista, dijo, la razón como «luz que ilumina los secretos de la naturaleza» es inadecuada e inapropiada como explicación.2882 En lugar de ello, sostenía Kant, el parto es una mejor metáfora, pues implica que es la razón humana la que crea el conocimiento. Para descubrir qué debo hacer en una situación dada, debo escuchar a «una voz interior». Esto es lo que fue tan subversivo. Según las ciencias, la razón era esencialmente lógica y, aplicada al conocimiento de la naturaleza, se la usaba siempre de la misma forma.2883 Pero la voz interior no se adecuaba bien a este bonito escenario. Sus mandatos no eran necesariamente declaraciones factuales y, además, tampoco eran necesariamente verdaderos o falsos. «Los mandatos pueden ser correctos o incorrectos, corruptos o desinteresados, inteligibles u oscuros, triviales o importantes». El propósito de la voz interior es, con bastante frecuencia, determinar una meta o un valor, y ello no tiene nada que ver con la ciencia, sino que es creación del individuo. Esto suponía un cambio fundamental en el significado mismo de individualidad y fue algo completamente novedoso.2884 En primer lugar, se advertía (por primera vez en la historia) que la moralidad era un proceso creativo, pero, en segundo lugar, se planteaba un nuevo énfasis en la creación, algo no menos

2881 Mumford Jones, Revolution and Romanticism, p. 242; véase también: Hawthorn, Enlightenment and Despair, pp. 32-33.

2882 R. Smith, Fontana History of the Human Sciences, p. 337.

2883 Berlin, Sense of Reality, p. 176.

2884 Mumford Jones, Revolution and Romanticism, p. 229.

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importante, ya que elevaba al artista al nivel del científico.2885 Era el artista el que creaba, el que se expresaba a sí mismo, el que creaba valores. El artista no descubría, calculaba o deducía como lo hacía el científico (o el filósofo). Al crear, el artista inventaba su propia meta y luego imaginaba el camino que le conduciría hacia ella. «¿Dónde, se preguntaba Herzen, estaba la canción antes de que el compositor la hubiera concebido?». La creación era, en este sentido, la única actividad humana completamente autónoma y por ello pasó a ocupar un lugar preeminente. «Si la esencia del hombre es el autocontrol — la elección consciente de sus propios fines y forma de vida—, esto implica una ruptura radical con el antiguo modelo en el que se fundaban las nociones sobre el lugar del hombre en el cosmos».2886 De un golpe, insiste Berlin, la visión romántica destruía la noción misma de leyes naturales, en el sentido de la idea de armonía, la cual postulaba que el hombre podía descubrir su lugar en el mundo de acuerdo con leyes que eran válidas en todo el universo. De igual modo, la concepción del arte se transformó y amplió. Éste dejó de ser considerado mera imitación o representación, y pasó a ser expresión, una actividad mucho más importante, mucho más significativa y mucho más ambiciosa. Era cuando creaba, que el hombre era más auténtico, más él mismo. «Eso, y no la capacidad para razonar, es la chispa divina que hay en mi interior; en este sentido estoy hecho a imagen de Dios». Esta nueva ética invitaba al desarrollo de una nueva

2885 Berlin, Sense of Reality, p. 178.

2886 Ibid., p. 179.

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relación entre el hombre y la Naturaleza. «Ella es la materia con la que forjo mi voluntad, la que moldeo».2887

Todavía estamos viviendo con las consecuencias de esta revolución. Las dos formas rivales de ver el mundo —la luz fría e imparcial de la razón científica desinteresada, la pasión y el vigor de la creación artística— constituyen la incoherencia moderna. Ambas parecen ser igualmente ciertas e igualmente válidas, en ocasiones, pero son fundamentalmente incompatibles. Como anota Isaiah Berlin, nos movemos con inquietud entre uno y otro ámbito, conscientes de su incompatibilidad.

La dicotomía se manifestó por primera vez y de forma más clara en Alemania. El comienzo del siglo XIX fue testigo de la grandiosa serie de victorias de Napoleón sobre Austria, Prusia y varios otros estados alemanes más pequeños, y ello puso en evidencia el retraso económico, social y político del mundo de habla alemana. Este fracaso se tradujo en los territorios alemanes en un deseo de renovación y, en respuesta a ello, muchos alemanes se volvieron hacia su interior y buscaron en las concepciones intelectuales y estéticas una forma de unir e inspirar a su pueblo.2888 «El romanticismo está fundado en el tormento y la infelicidad, y a finales del siglo XVIII los países de habla alemana eran los más atormentados de Europa».2889

2887 Para una exposición sobre el desarrollo de las ideas acerca de la voluntad, véase: Barzun, Classical, Romantic, Modern, pp. 135 y ss.

2888 Berlin, Sense of Reality, p. 179.

2889 Hauser, A Social History of Art, vol. 3, p. 174.

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En la década de 1770 la vida cultural e intelectual giraba alrededor de las muchas cortes locales dispersas por los territorios de habla alemana y fue en una de ellas que se desarrolló la tradición de Vico y Kant.2890 El duque Carlos Augusto de Sajonia-Weimar contrató y llevó a su corte tanto a Johann Wolfgang von Goethe como a Johann Gottfried Herder. De Goethe nos ocuparemos en un momento, pero primero debemos concentrarnos en Herder. Herder había estudiado teología y en Königsberg, bajo la dirección de Kant, había entrado en contacto con las obras de Hume, Montesquieu y Rousseau.2891 Bajo su influencia, escribió los cuatro volúmenes de su Ideas para una filosofía de la historia de la humanidad, que aparecieron entre 1784 y 1791. En estos libros, Herder amplió las ideas de Vico al sostener que el aumento de la conciencia humana, tal y como se evidenciaba en la literatura y el arte, formaba parte de un proceso histórico (por lo general positivo).2892 «Vivimos en el mundo que nosotros mismos creamos».2893 Para Herder, era el «poder expresivo» de la naturaleza humana lo que había dado lugar a la existencia de culturas muy diferentes por todo el mundo, culturas a cuya conformación, estaba demostrado, también contribuían la geografía, el clima y la historia. Esta concepción le llevaba a concluir que la naturaleza humana sólo podía comprenderse a partir de una historia comparada de los diferentes pueblos.2894 Cada Volk, sostuvo, tenía su propia historia,

2890 R. Smith, Fontana History of the Human Sciences, pp. 346-347.

2891 Mumford Jones, Revolution and Romanticism, p. 66.

2892 Ibid.

2893 R. Smith, Fontana History of the Human Sciences, p. 347.

2894 Como diría más tarde Ortega y Gasset: «El hombre no tiene naturaleza, sino que tiene… historia». Ortega y Gasset, «History as a system», en R. Klibonsky y J. H. Paton, eds., Philosophy and History, Essays Presented to Ernst Cassirer, 1936, p. 313. [Para el texto original en

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resultado de la cual era su conciencia característica y sus formas artísticas y literarias, para no hablar de su lenguaje mismo.2895 «¿Tiene una nación algo más precioso que la lengua de sus padres?». La poesía y la religión, dijo, mantenían unido al Volk y sus verdades debían entenderse en sentido simbólico o espiritual y no en términos puramente utilitarios. (La poesía antigua, afirmó, era una especie de fósil).2896 Según Roger Smith, después de Herder, el estudio de las humanidades, en especial de la historia y de la literatura, se convirtió en elemento central de la nueva forma de entender la sociedad.2897 Un importante factor en el acto creativo era la voluntad. Esta idea fue introducida por primera vez y de forma particularmente vívida por Johann Gottlieb Fichte.2898 Partiendo de las conclusiones alcanzadas por Kant, Fichte argumentó que «yo adquiero conciencia de mi propio ser, no como elemento de algún patrón más amplio, sino en el choque con el no-ser, el Anstoss, el violento impacto de la colisión con la materia inerte, a la que opongo resistencia y debo subyugar con miras a liberar mi designio creativo». Desde esta perspectiva, Fichte describía al yo como «actividad, esfuerzo, independencia. Desea, altera y transforma el mundo, tanto en el pensamiento como en la acción, de acuerdo con sus propios conceptos y categorías». Kant había concebido todo esto como un proceso inconsciente e intuitivo, pero Fichte propuso en cambio que se trataba de «una actividad

castellano, véase: Ortega y Gasset, La historia como sistema y otros ensayos de filosofía, Alianza, Madrid, 2003].

2895 Mumford Jones, Revolution and Romanticism, p. 100.

2896 Ibid.

2897 R. Smith, Fontana History of the Human Sciences, p. 350.

2898 Berlin, Sense of Reality, p. 179.

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consciente y creativa… Yo no acepto nada porque deba hacerlo», insistía, «lo creo porque así lo deseo».2899 Existen dos mundos, sostuvo, y el hombre pertenecía a ambos. Está el mundo material, «ahí afuera», gobernado por las causas y los efectos, y está el mundo espiritual, interior, «en el que soy por completo mi propia creación».2900 Este planteamiento (en sí mismo una construcción) provocó un cambio radical en la forma de entender la filosofía. «Mi filosofía depende del tipo de hombre que soy, y no al contrario». De esta forma, se atribuyó a la voluntad una función cada vez mayor en la psicología humana. Todas las personas razonan básicamente de la misma forma, sostenía Fichte. En lo que se diferencian es en su voluntad; y esto puede producir conflictos (y de hecho los produce) en áreas en las que la razón no lo hace, pues la lógica es lógica.2901 Los efectos de esta concepción fueron trascendentales. En primer lugar, la forma de entender el trabajo cambió de forma radical. En lugar de ser pensado como una necesidad desagradable, se empezó a considerarlo «la sagrada tarea del hombre», pues sólo mediante el trabajo, en tanto expresión de la voluntad, puede el hombre imponer su personalidad distintiva y creativa a la «materia inerte» de la naturaleza.2902 El hombre se distanció aún más del ideal monástico de la Edad Media, ya que ahora se postulaba que su verdadera esencia no era la contemplación sino la actividad. En cierto sentido, y en especial entre los románticos alemanes, el ideal romántico

2899 Mumford Jones, Revolution and Romanticism, p. 242, dice que la idea de voluntad de Fichte podría considerarse una versión primitiva del concepto de superego.

2900 Mumford Jones, Revolution and Romanticism, p. 180.

2901 Ibid., pp. 181-182; véase también: Hawthorn, Enlightenment and Despair, pp. 238-239.

2902 Berlin, Sense of Reality, pp. 182-183.

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adaptó el concepto de vocación de Lutero, sustituyendo a Dios y el culto como meta principal de la actividad humana por la búsqueda de la libertad individual y, en particular, del «fin creativo que llena su propósito como individuo».2903 Lo que contaba ahora para el artista eran «los motivos, la integridad, la sinceridad… la pureza del corazón, la espontaneidad». Lo que importaba era la intención, no la sabiduría o el éxito. El modelo tradicional, el sabio, el hombre que conoce y alcanza «la felicidad, la virtud o la sabiduría mediante el entendimiento», fue sustituido por el héroe trágico «que busca realizarse a cualquier costo y contra cualquier adversidad».2904 El éxito mundano es irrelevante.

Es imposible exagerar las dimensiones de esta inversión de valores. En primer lugar, tenemos la negación de la naturaleza humana. Al afirmar que el hombre se creaba a sí mismo, se negaba la existencia de una naturaleza humana cognoscible que determinara cómo éste actuaba, reaccionaba y pensaba. Y además, a diferencia de cuanto se había dicho antes, se sostenía que el hombre no tenía que rendir cuentas por las consecuencias de sus actos. En segundo lugar, tenemos la negación de cualquier posible ciencia de los valores, una idea que probablemente resultaba aún más escandalosa. Dado que los valores humanos no eran algo que se descubriera sino algo que se creaba, la conclusión era que nunca se conseguiría describirlos y sistematizarlos, «pues no son hechos ni entidades del mundo»: los

2903 Ibid., p. 183.

2904 En su capítulo sobre el genio romántico, Mumford Jones sostiene que éste formaba parte de la teoría de que la mejor manera en que cada uno podía contribuir a la sociedad era desarrollándose de forma tan plena como fuera posible, Revolution and Romanticism, p. 274.

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valores, simplemente, estaban fuera del ámbito de la ciencia, la ética o la política. En tercer lugar, estaba la incómoda verdad de que los valores de civilizaciones, naciones e individuos diferentes podían ciertamente entrar en conflicto. Nada garantizaba la armonía, incluso dentro de un mismo ser humano, cuyos valores podían cambiar con el paso del tiempo.2905

Y tampoco es posible exagerar la importancia del cambio en el modo de pensar. En el pasado, si un cristiano mataba a un musulmán en una cruzada, por ejemplo, el primero podía lamentar que su valiente adversario hubiera muerto por una fe que era falsa. Pero, y ésta es la cuestión importante, el hecho mismo de que el musulmán defendiera sinceramente una fe falsa sólo contribuía a empeorar la situación. Cuanto más apegado estaba el enemigo a su falsa fe menos se lo admiraba.2906 Los románticos adoptaron una perspectiva absolutamente contraria. Para ellos, el ideal era el mártir, el héroe trágico que peleaba con valentía y arrojo por sus creencias contra adversidades insuperables.2907 Lo que valoraban por encima de todo era la derrota y el fracaso, que se alzaban desafiantes en oposición al éxito mundano y las concesiones.2908 Fue de esta forma como nació la idea del artista o héroe como outsider.

Se trata de un idea que condujo a un tipo de literatura, de pintura y (con mayor vitalidad) de música que reconocemos de forma

2905 Berlin, Sense of Reality, pp. 185-186.

2906 Ibid., p. 187.

2907 A pesar del nacionalismo de los alemanes, los románticos pensaban que los héroes de otras culturas podían acercarse más a esa «naturaleza invisible» que el hombre compartía con el creador. Mumford Jones, Revolution and Romanticism, p. 279.

2908 Berlin, Sense of Reality, p. 188.

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instantánea: el héroe martirizado, el héroe trágico, el genio marginal, el sufridor salvaje, el hombre que se rebela contra una sociedad domesticada y filistea.2909 Como señala con toda razón Arnold Hauser, no hay aspecto del arte moderno que no deba algo importante al romanticismo. «Toda la exuberancia, anarquía y violencia del arte moderno… su exhibicionismo incontrolado e implacable, derivan de él. Y esta actitud subjetiva y egocéntrica se ha convertido para nosotros en cosa normal, algo tan absolutamente inevitable que nos resulta imposible reproducir incluso un hilo de pensamiento abstracto sin aludir a nuestros propios sentimientos».2910

La década de 1770, que marca el comienzo del movimiento romántico, fue testigo de la aparición del Sturm und Drang, «la tempestad y el ímpetu», una generación de jóvenes poetas alemanes que se rebelaron contra la educación estricta y las convenciones sociales para explorar sus emociones.2911 La más célebre de estas obras fue Las penas del joven Werther (1774) de Goethe.2912 En ella nos encontramos con el perfecto escenario romántico: el individuo enfrentado y en desacuerdo con la sociedad. Werther es un joven, apasionado y entusiasta, aislado en medio de luteranos estrictos, secos y piadosos. Pero Goethe fue sólo el comienzo. Junto al maestro alemán, la desesperación y la desilusión, el sentimentalismo y la melancolía de Chateaubriand y Rousseau sirvieron de pistoletazo de salida al romanticismo, en su exploración de las formas en que la sociedad

2909 El capítulo XII de la obra de Mumford Jones, Revolution and Romanticism, se titula «Los rebeldes románticos».

2910 Hauser, A Social History of Art, vol. 3, p. 166.

2911 R. Smith, Fontana History of the Human Sciences, p. 346.

2912 Mumford Jones, Revolution and Romanticism, p. 274.

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convencional es incapaz de satisfacer las necesidades espirituales de sus héroes. Los amplísimos panoramas de Victor Hugo y el mundo bohemio de Théophile Gautier y Alexandre Dumas, en los que las ambiciones políticas y personales se entretejen, confirman el argumento del primero de éstos según el cual «el romanticismo es el liberalismo de la literatura».2913 El acercamiento de Stendhal y de Prosper Mérimée, para quienes el arte es «un paraíso secreto vedado a los mortales ordinarios», subraya una de las metas del romanticismo, lo que llegaría a conocerse como l’art pour l’art, el arte por el arte. Balzac hacía hincapié en la «necesidad ineludible» de elegir bando en las grandes cuestiones de la época, argumentando que no se puede ser artista y pretender mantenerse al margen.2914 Mientras el romanticismo francés fue básicamente una reacción a la Revolución Francesa, la versión inglesa fue una reacción a la revolución industrial (Byron, Shelley, Godwin y Leigh Hunt eran todos radicales, aunque Walter Scott y Wordsworth eran o se convirtieron en tories). Tal y como lo plantea Arnold Hauser, «el entusiasmo de los románticos por la naturaleza es impensable sin el aislamiento del campo que supone la vida en la ciudad y, de igual forma, su pesimismo es inimaginable sin la miseria y desolación de las ciudades».2915 Fueron los románticos más jóvenes —Shelley, Keats y Byron— quienes desarrollaron un humanismo inflexible, consciente de los efectos deshumanizadores de la vida en la fábrica en general, e incluso los representantes más conservadores del movimiento,

2913 Hauser, A Social History of Art, vol. 3, p. 192.

2914 Ibid., p. 188.

2915 Ibid., p. 208.

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Wordsworth y Scott, compartieron sus simpatías «democráticas» en el sentido de que sus obras se proponen la popularización, e incluso la politización, de la literatura.2916 Como sus colegas alemanes y franceses, los poetas románticos ingleses creían en un espíritu trascendental que era la fuente de la inspiración poética. Se regodearon en el lenguaje, exploraron la conciencia y vieron en todo aquel que tenía la capacidad de crear formas poéticas con palabras un eco del punto de vista platónico que defiende la existencia de alguna especie de intención divina. Esto es lo que quería decir el famoso epigrama de Coleridge: «los poetas son los legisladores no reconocidos de la humanidad». (Wordsworth temía un «apocalipsis de la imaginación».2917) En cierto sentido, el poeta se convirtió en su propio dios.2918 Shelley es acaso el romántico clásico: rebelde de nacimiento, ateo, veía el mundo como una gran batalla entre las fuerzas del bien y el mal. Y se ha señalado incluso que su ateísmo era más una revuelta contra la tiranía divina que una negación de Dios propiamente dicha. De forma similar, la poesía de Keats está dominada por la melancolía y constituye un luto por «la belleza que no es vida», por una belleza que está más allá de su comprensión. El misterio del arte empieza entonces a reemplazar el misterio de la fe.

Byron fue probablemente el más famoso de los románticos. (Al describir «el moi romántico», Howard Mumford Jones anota con acierto que mientras el egotismo de Wordsworth era interno, el de

2916 Izenberg, Impossible Individuality, pp. 142-143.

2917 Ibid., p. 144.

2918 La expresión es de Hauser, A Social History of Art, vol. 3, p. 210.

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Byron estaba «a la vista de toda Europa».2919) El retrato del héroe romántico como un eterno vagabundo sin hogar, en parte condenado por su propia naturaleza salvaje, que Byron nos ofrece en su obra, no es en ningún sentido original. Sin embargo, mientras los anteriores héroes de este tipo invariablemente vivían con culpabilidad o melancolía el hecho de no pertenecer a la sociedad, en Byron el estatus de outsider se convierte en «un pretencioso motín» contra la sociedad, «el sentimiento de aislamiento evoluciona en culto resentido de la soledad», y sus héroes son poco más que exhibicionistas, «dispuestos a mostrar abiertamente sus heridas».2920 Estos rebeldes en guerra declarada con la sociedad dominaron la literatura del siglo XIX. Si el modelo había sido inventado por Rousseau y Chateaubriand, para la época de Byron éste se había vuelto narcisista. «[El héroe] es implacable consigo mismo y despiadado para con los demás. Desconoce las disculpas y no pide perdón, ya sea a Dios o al hombre. No se arrepiente de nada y, a pesar de llevar una vida desastrosa, no desea tener otra diferente… Es rudo y salvaje, pero de alta cuna… emana un encanto peculiar al que ninguna mujer es capaz de resistirse y ante el que todos los hombres reaccionan con simpatía o animadversión».2921

La importancia de Byron fue mucho más amplia incluso. Su idea del «ángel caído» fue un arquetipo que adoptaron muchos otros, incluidos Lamartine y Heine. Entre otras cosas, el siglo XIX se caracterizó por la culpa, producto de la caída y el alejamiento de Dios (véase el

2919 Mumford Jones, Revolution and Romanticism, p. 288.

2920 Hauser, A Social History of Art, vol. 3, p. 212.

2921 Ibid., pp. 213-214.

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capítulo 35), y el héroe trágico de dimensiones byronianas reúne todos los requisitos a la perfección. Pero los demás cambios que introdujo el poeta inglés fueron igualmente significativos si consideramos sus efectos a largo plazo. Fue Byron, por ejemplo, el que animó al lector a identificarse íntimamente con el héroe, algo que, además, aumentó el interés de los lectores por el autor. Hasta el movimiento romántico, la vida privada de un escritor era en gran medida una cuestión sobre la que los lectores nada sabían y en la que no estaban muy interesados. Byron y su capacidad para autopublicitarse cambiaron todo esto. Después de él, la relación entre un escritor y su público pasaría a asemejarse, por un lado, a la del terapeuta y sus pacientes y, por otro, a la de una estrella de cine y sus seguidores incondicionales.2922

Asociado a esto hubo otro cambio importante, la noción de «segundo yo», la creencia en que dentro de cada figura romántica, en los oscuros y caóticos intersticios del alma, había una persona completamente diferente y que una vez se lograra acceder a este segundo yo, se descubriría una realidad alternativa y mucho más profunda.2923 Esto es, de hecho, el descubrimiento del inconsciente, interpretado aquí como una entidad que está escondida, fuera del alcance de la mente racional, y que no obstante es la fuente de soluciones irracionales a los problemas, un algo secreto y extático que es ante todo misterioso, nocturno, grotesco, fantasmal y

2922

2923

Ibid., p. 216.

Ibid., p. 181.

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macabro.2924 (Goethe en alguna ocasión describió el romanticismo como «poesía de hospital» y Novalis describió la vida como una «enfermedad de la mente»). El segundo yo, el inconsciente, fue considerado como un camino hacia el crecimiento espiritual y se esperaba que contribuyera al gran lirismo que caracterizó el pensamiento romántico.2925 El descubrimiento del inconsciente es el tema del capítulo 36 de este libro.

Por otro lado, la idea del artista como un espíritu más sensible que los demás, poseedor acaso de un vínculo directo con lo divino (una concepción que se remonta a Platón), implicaba un conflicto natural entre éste y la burguesía.2926 La primera mitad del siglo XIX fue la época en que surgió el concepto mismo de avant-garde: el artista visto como alguien adelantado a su tiempo y, con seguridad, por delante de la burguesía. El arte era un «fruto prohibido», sólo disponible para el iniciado y, ciertamente, negado a la burguesía «inculta». De esto a la idea de que la juventud era más creativa que la vejez y, por tanto, inevitablemente superior a ella, sólo había un paso. La juventud sabía inevitablemente qué era lo que estaba por venir, forzosamente tenía la energía para abrazar nuevas ideas y modas, ya que por naturaleza estaba menos familiarizada con las convenciones establecidas. El concepto mismo de genio reforzaba la idea de una chispa instintiva

2924 En la sección titulada «Dos conceptos de individualidad», Gerald Izenberg explora la idea que los románticos tenían de las diferencias entre hombres y mujeres. Izenberg, Impossible Individuality, pp. 18-53.

2925 Sobre la poesía como purificación, véase: Nicholas Boyle, Goethe: the Poet and the Age, vol.

1, The Poetry of Desire, The Clarendon Press of Oxford University Press, Oxford, 1991, pp. 329-

331.

2926 En Revolution and Romanticism, p. 264, Mumford Jones discute aspectos relevantes de esto.

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en el nuevo talento a expensas de los saberes adquiridos con trabajo y esfuerzo a lo largo de una vida.

En el campo de la pintura, el romanticismo estuvo representado por Turner, cuyos cuadros, dijo John Hoppner, eran como una hoguera (una metáfora aplicada a la música de Berlioz), y por Delacroix, quien sostuvo que una pintura debía, ante todo, ser una fiesta para los ojos. Pero fue en realidad en el campo de la música donde el romanticismo se superó a sí mismo. Los miembros más destacados de la grandiosa generación de compositores románticos nacieron todos en un lapso de diez años: Berlioz, Schumann, Liszt, Mendelssohn, Verdi y Wagner. Antes de todos ellos, sin embargo, estaba Beethoven. Mumford Jones sostiene que toda la música conduce a Beethoven y, también, que toda la música proviene de él.2927 Beethoven, Schubert y Weber conforman un pequeño grupo de los que podríamos denominar compositores prerománticos, y fueron ellos quienes cambiaron tanto el pensamiento musical como el aspecto de las representaciones musicales.

La gran diferencia entre Beethoven (1770-1827) y Mozart, que era sólo catorce años mayor, es que Beethoven pensaba en sí mismo como un artista. La palabra no aparece en la correspondencia de Mozart, quien se consideraba un artesano calificado que, como Haydn y Bach antes que él, suministraba una mercancía. Beethoven, en cambio, se consideraba parte de una raza especial, un creador, y eso lo ponía al mismo nivel que la realeza y otras almas elevadas. «Lo

2927 Ibid., p. 394.

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que está en mi corazón», decía, «debe salir».2928 Goethe fue sólo uno de los que advirtió la fuerza de su personalidad, y escribió al respecto que: «nunca he conocido un artista con tanta concentración espiritual, tanta intensidad, tanta vitalidad y gran corazón. Entiendo muy bien lo difícil que debe resultarle adaptarse al mundo y sus formas».2929 Incluso las enmiendas en sus partituras autógrafas tienen una violencia de la que carecen las de Mozart, por ejemplo.2930 Como Wagner después de él, Beethoven sentía que el mundo le debía una vida porque él era un genio. En alguna ocasión, dos príncipes vieneses acordaron pagar algún dinero a Beethoven para mantenerlo en la ciudad. Después de que uno de ellos muriera en un accidente, Beethoven llevó a sus herederos a los tribunales para obligarlos a pagarle. Sentía que estaba en su derecho.2931

En la obra de toda una vida dedicada a crear música hermosísima hay dos trabajos que destacan, dos composiciones que cambiaron el curso de la historia de la música para siempre: la sinfonía Heroica, estrenada en 1805, y la Novena sinfonía, interpretada por primera vez en 1824.2932 Harold Schonberg se pregunta qué pudo pasar por la mente del público que estuvo presente en ese trascendental acontecimiento que fue la primera interpretación de la Heroica. «Estaban ante un monstruo de sinfonía, una sinfonía más larga que cualquiera de las que se habían escrito hasta entonces y con una

2928 Schonberg, Lives of the Composers, p. 83.

2929 Ibid.

2930 Véase, por ejemplo: Alfred Einstein, A Short History of Music, Cassell, Londres, 1953, p. 143.

2931 Schonberg, Lives of the Composers, p. 86.

2932 Originalmente, la Heroica estaba dedicada a Napoleón, pero, según la leyenda, Beethoven cambió de idea después de que Bonaparte se autoproclamara emperador. George R. Marek, Beethoven, William Kimber, Londres, 1970, p. 343.

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partitura muchísimo más rica; una sinfonía de armonías complejas,

una sinfonía de una fuerza titánica; una sinfonía de disonancias

feroces; una sinfonía con una marcha fúnebre de una intensidad

paralizante».2933 Éste era un nuevo lenguaje musical, y son muchos

los que consideran que la Heroica y su patetismo no han sido

superados. George Marek dice que lo ocurrido debió de haber sido

similar a escuchar la noticia de la división del átomo.2934

Beethoven ya era una figura bastante romántica, sin embargo, las

dificultades auditivas que empezaron a afligirlo aproximadamente por

la época en que la Heroica se presentó al público por primera vez y

que    terminarían  dejándolo    completamente     sordo, también       lo

volvieron retraído. Fidelio, su gran ópera (aunque acaso demasiado

abarrotada de personajes), sus magníficos conciertos para violín y

piano, la famosas sonatas para piano como la        Waldstein    y la

Appassionata,       tienen todas elementos    misteriosos, místicos      y

monumentales. Pero la Novena sinfonía fue crucial, y siempre fue

tenida en muy alta estima por los románticos posteriores. Según

todos los testimonios, el estreno, realizado tras sólo dos ensayos y

cuando muchos de los cantantes no podían llegar a las notas más

altas, fue desastroso. (Los solistas le rogaron a Beethoven que las

cambiara, pero él se negó: nadie tuvo un testamento más magnífico

que él.2935) Con todo, lo que la Heroica y la Novena sinfonía tenían en

común y lo que hacía que sus sonidos resultaran tan novedosos y

diferentes de, digamos, la música de Mozart, era que Beethoven

2933 Schonberg, Lives of the Composers, p. 89.

2934 Einstein, A Short History of Music, p. 146. Marek, Beethoven, p. 344.

2935 Mumford Jones, Revolution and Romanticism, p. 293.

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estaba interesado, por encima de todo, en los estados interiores del ser y tenía una apremiante necesidad de expresar la dramática intensidad del alma. «La música de Beethoven no es cortés. Lo que él ofrecía a sus oyentes era un sentimiento de drama, de conflicto y de resolución, como ningún compositor ha conseguido hacerlo luego… La música [de la Novena] no es bonita y tampoco atractiva. Es simplemente sublime… es música interior, música del espíritu, música de una subjetividad extrema».2936 Fue la Novena sinfonía, su colosal lucha «de protesta y liberación», la que más influyó en Berlioz y Wagner, la que constituyó un ideal (en gran medida inalcanzable) para Brahms, Bruckner y Mahler.2937 Debussy confesó que la obra se había convertido, para los compositores, en una «pesadilla universal». Lo que quería decir era que pocos otros compositores podían igualarse a Beethoven, y que quizá sólo uno, Wagner, había logrado superarlo.

Franz Schubert ha sido descrito como «el romántico clásico».2938 Tuvo una corta vida (1797-1828), durante la cual siempre estuvo a la sombra de Beethoven. Con todo, él también sentía que únicamente podía ser un artista, y había dicho a un amigo suyo que «he venido al mundo con ningún otro propósito diferente al de componer». Empezó su vida como niño cantante en un coro y luego como maestro de escuela después de que le cambiara la voz. Pero Schubert odiaba ese trabajo y se dedicó a la composición. Al igual que Beethoven, era bajito, medía un metro cincuenta y seis, y Beethoven un metro

2936 Schonberg, Lives of the Composers, pp. 93-94.

2937 Mumford Jones, Revolution and Romanticism, p. 394.

2938 Einstein, A Short History of Music, p. 152.

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sesenta. Se le apodaba Schwammerl («Fofito») y así como Beethoven tenía problemas de oído, Schubert los tenía de vista. Más importante aún: fue el perfecto ejemplo del romántico con dos personalidades. Mientras por un lado era una persona instruida, que se hizo un nombre poniendo música a poemas de Goethe, Schiller y Heine, por otro, bebía más de la cuenta, contrajo varias enfermedades venéreas y, en general, consintió que sus ansias de placer lo arrastraran al fondo. Esto es algo que se manifiesta en sus composiciones, en especial en su «Canción triste», de la Sinfonía en B menor.2939 También fue el maestro de la música para voz sin acompañamiento.2940 Schubert murió un año después que Beethoven. Para esa época, buena parte de lo que consideramos el mundo moderno ya empezaba a existir. Los nuevos ferrocarriles conectaban a la gente con rapidez. Gracias a la revolución industrial, la burguesía estaba amasando enormes fortunas, al mismo tiempo que la pobreza de muchos se disparaba. Algo de esto se trasladó al mundo de la música, que dejó de ser simplemente una experiencia de la corte y empezó a ser disfrutada por la burguesía emergente. Los burgueses habían descubierto la música bailable, en particular el vals, que hizo furor en la época del Congreso de Viena, de 1814-1815. En la década de 1820, en los días de carnaval, Viena era escenario de hasta mil seiscientos bailes en una sola noche.2941 Pero la ciudad también tenía cuatro teatros que ofrecían funciones de ópera en algún momento, y

2939 Ibid.

2940 Ibid., p. 154.

2941 Schonberg, Lives of the Composers, p. 98.

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muchos salones más pequeños en las universidades y otros lugares.

Había nacido la música de las clases medias.

Junto a los nuevos teatros para conciertos y ópera, por ejemplo, las nuevas tecnologías tuvieron un profundo impacto en los instrumentos mismos. Beethoven había aumentado el tamaño de la orquesta y, como anotamos al comienzo de este capítulo, Berlioz lo aumentaría todavía más. Paralelamente, la nueva tecnología del metal mejoró de forma notable los poco fiables instrumentos de viento del siglo XVIII. Se idearon llaves y válvulas que permitieron que las trompas y los fagotes, por ejemplo, tocaran con mayor precisión y de forma más consistente.2942 Las nuevas llaves metálicas articuladas también permitieron a los intérpretes utilizar agujeros a los que de otra forma sus dedos no habrían llegado. La tuba evolucionó y Adolph Sax inventó el saxofón.2943 Al mismo tiempo, a medida que aumentaba el tamaño de las orquestas, surgió la necesidad de alguien que asumiera el control. Hasta entonces, muchos conjuntos eran dirigidos por el primer violinista o por quienquiera que estuviera a cargo de los teclados. Pero después de Beethoven, hacia 1820, aparece el director de orquesta tal y como hoy lo conocemos. Los compositores Ludwig Spohr y Carl Maria von Weber fueron de los primeros en dirigir la interpretación de sus propias obras con una batuta, al igual que François-Antoine Habeneck, el fundador de la orquesta del Conservatorio de París (en 1828), quien dirigía con su arco.

2942 Ibid., p. 109.

2943 Barzun, Classical, Romantic, Modern, pp. 545-546. Sobre el desarrollo del saxofón, véase también: Baines, ed., Musical Instruments Through the Ages, p. 260.

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Fue también por esta época cuando apareció el piano moderno. En este proceso intervinieron dos elementos. Por un lado, la evolución del bastidor de acero que permitió hacer pianos mucho más grandes y robustos de lo que habían sido, digamos, en época de Mozart. Por otro, el genio (y promoción) de Niccolò Paganini (1782-1840), que debutó a la edad de diecinueve años y acaso haya sido el más grande violinista de todos los tiempos.2944 Poseedor de una técnica espléndida y un supremo artista del espectáculo —le encantaba romper deliberadamente una de las cuerdas durante su actuación y continuar el resto de la velada con sólo tres cuerdas—, fue el primero de los supervirtuosos.2945 Pero además amplió la técnica del violín, al introducir nuevos armónicos y nuevas formas de usar el arco y los dedos, con lo que estimuló a los pianistas a intentar imitarlo con sus nuevos instrumentos, mucho más versátiles.2946

El hombre que emuló en el piano los logros de Paganini fue Franz Liszt, el primer pianista de la historia que dio un concierto solo. En parte gracias a estos virtuosos se construyeron cientos de salas de conciertos por toda Europa (y, en menor medida, en Norteamérica) para satisfacer la demanda de la nueva burguesía, ansiosa de escuchar a estos talentos. Y paralelamente surgió una avalancha de compositores y músicos que aprovecharon estos hechos: Weber,

2944 Menuhin y Davis, Music of Man, p. 165; Mumford Jones, Revolution and Romanticism, p. 391; y véase: Baines, ed., Musical Instruments Through the Ages, pp. 124-125, sobre Paganini y la evolución final del violín, y p. 91, sobre la diferencia entre los pianos ingleses y alemanes (vieneses).

2945 Se decía que debía su talento y excelencia a que había vendido su alma al diablo (tenía una apariencia cadavérica). Paganini nunca se preocupó por negar esta acusación. Menuhin y Davis, Music of Man, p. 165; y Mumford Jones, Revolution and Romanticism, p. 410.

2946 Schonberg, Lives of the Composers, p. 110.

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Mendelssohn, Chopin y Liszt fueron los cuatro pianistas más importantes de su tiempo y Berlioz, Mendelssohn, Weber y Wagner fueron los cuatro mejores directores.2947

«En el lapso de una década, aproximadamente entre 1830 y 1840», anota Harold Schonberg, «todo el vocabulario armónico de la música cambió. De forma repentina, sin que se pudiera decir de dónde había empezado, los compositores empezaron a usar acordes séptimos, novenos e incluso undécimos, acordes alterados y una armonía cromática en oposición a la armonía diatónica clásica… los románticos se deleitaron con inusuales combinaciones tonales, acordes sofisticados y disonancias que las mentes más convencionales de la época hallaban insoportables».2948 La música romántica tuvo así su propio sonido, rico y sensual, y su propio tono, místico, pero una novedad adicional era que tenía un «programa», es decir, contaba una historia, algo que hasta entonces había sido inimaginable.2949 Este acontecimiento subrayaba una nueva y estrecha alianza entre la música y la literatura, cuya meta era describir los estados más profundos del sentimiento y la mente, algo en lo que Beethoven fue un pionero.

Carl Maria von Weber fue, como Schubert, otra figura muy romántica, si bien no precisamente en el sentido en que Beethoven o Berlioz lo fueron. Sufría de problemas de cadera y caminaba cojeando, y además de ello padecía tuberculosis, acaso la enfermedad de la era

2947 Edward Dent sostiene que el romanticismo queda establecido para la época en que Weber entra en escena. Winton Dean, ed., The Rise of Romantic Opera, Cambridge University Press, Cambridge (Inglaterra), 1976, p. 145.

2948 Schonberg, Lives of the Composers, p. 112.

2949 Einstein, A Short History of Music, p. 152.

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romántica: se desarrollaba de forma lenta y trágica e iba consumiendo al enfermo (la heroínas de La Traviata y La Bohème padecen tisis). Weber también fue un virtuoso de la guitarra y un cantante excelente, hasta que destruyó su voz al beber por accidente un vaso de ácido nítrico. Pero además tenía unas manos enormes, lo que le permitía tocar ciertos pasajes de sus obras que estaban fuera del alcance de los ordinarios mortales.2950 Fue invitado a Dresden para encargarse de la ópera de la ciudad, donde convirtió al director (función que desempeñaba él mismo) en la fuerza dominante de la orquesta, con lo que impuso una moda. Con todo, también realizó grandes esfuerzos por contrarrestar el auge de la ópera italiana, basada principalmente en las obras de Rossini. Gracias a Weber surgió la tradición operística alemana que culmina con Wagner. La propia ópera de Weber Der Freischütz, estrenada en 1820, abrió un mundo nuevo. Trataba de lo sobrenatural y de los poderes místicos del mal, un tema que sería muy popular a lo largo del siglo XIX. Él mismo llegó a anotar que el verso más importante de la obra es pronunciado por el héroe, Max: Doch mich umgarnen finstre Mächte! («Pero los oscuros poderes me enredan»).2951

Berlioz fue el primer compositor que se expresó con franqueza en sus obras de forma autobiográfica, si bien también «halló su fuego» en Shakespeare, Byron y Goethe.2952 Se lo ha descrito como «el primer salvaje auténtico de la historia de la música», eclipsando en este sentido incluso a Beethoven. Poseedor de una personalidad

2950 Schonberg, Lives of the Composers, p. 119.

2951 Mumford Jones, Revolution and Romanticism, p. 410.

2952 Einstein, A Short History of Music, p. 176.

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revolucionaria y voluble, Berlioz compartía con el músico alemán esa conciencia sobre el propio genio que se convertiría en sello distintivo del movimiento romántico, y aunque escribió una vívida autobiografía, también su música era autobiográfica. Su primera obra maestra, y quizá la mayor de todas sus obras, su «pesadilla de opio», la Symphonie fantastique, describe su apasionada relación amorosa con la actriz irlandesa Harriet Smithson.2953 En un principio, la relación difícilmente fue romántica, al menos en el sentido convencional. El compositor la vio en el escenario y empezó a bombardearla con cartas antes de haberla conocido. Estas cartas eran tan apasionadas y tan íntimas, que Smithson se sintió desconcertada e incluso asustada. (Berlioz acudía a verla al teatro sólo para gritar enfurecido y marcharse cuando el que hacía el papel de su amante la abrazaba en el escenario). Tan perturbado estaba el músico por su conducta que cuando le llegaron rumores de que ella estaba teniendo un romance, decidió convertirla en una prostituta en la última parte de su sinfonía. Cuando se enteró de que los rumores no eran ciertos, cambió la partitura. La tarde en que ella finalmente accedió a dejarse ver en público en una de las representaciones de su enamorado, dice David Cairns, coronó «una de las fechas cumbres del calendario romántico».2954 Hasta Berlioz, las obras musicales nunca habían contado una historia con tal intensidad y semejante idea cambió a los compositores y al público. Entre aquellos a los que más impresionó esta innovación se encontraba Wagner, quien

2953 Mumford Jones, Revolution and Romanticism, p. 410.

2954 Cairns, Berlioz, vol. 2, p. 1.

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pensaba que había sólo tres compositores dignos de que se les prestara atención: Liszt, Berlioz y él mismo. Ello no hace justicia a Schumann y Chopin.

En cierto sentido, Robert Schumann fue el romántico más consumado. Rodeado por la locura y el suicidio en su familia, vivió toda su vida preocupado por la posibilidad de que él también terminara sucumbiendo de una u otra forma a la enfermedad. Hijo de un librero y editor, creció rodeado por las obras de los grandes escritores románticos —Goethe, Shakespeare, Byron y Novalis— que ejercieron una enorme influencia sobre él. (Estalló en lágrimas al leer el Manfredo de Byron, al que luego pondría música.2955) Schumann intentó escribir poesía él mismo y, también, procuró imitar a Byron de otras maneras, embarcándose, por ejemplo, en numerosas aventuras amorosas. A principios de la década de 1850, padeció durante una semana de alucinaciones, durante las cuales pensaba que los ángeles le dictaban música, en medio de amenazadores animales salvajes. Llegó a arrojarse de un puente sin conseguir acabar con su vida y, por petición propia, se le encerró en un asilo. Su obra más conocida, y quizá la más apreciada, es Carnaval, en la que propone retratos de sus amigos, su esposa Clara, Chopin, Paganini y Mendelssohn. (Carnaval ejerció una gran influencia sobre Brahms.2956)

Aunque fue amigo de muchos de los románticos más importantes, incluido Delacroix (que fue el destinatario de muchas de las cartas

2955 Mumford Jones, Revolution and Romanticism, p. 375.

2956 Menuhin y Davis, Music of Man, p. 178.

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que escribió en relación con su apasionado romance con George Sand), Chopin fingía menospreciar sus búsquedas. Apreciaba con cortesía, pero no precisamente con entusiasmo, las pinturas de Delacroix, y no manifestó ningún interés por la lectura de los grandes autores románticos, pero compartía con Beethoven, Berlioz y Liszt la conciencia de que era un genio. Polaco de nacimiento, se trasladó a París en las décadas de 1830 y 1840, cuando la ciudad era la capital del movimiento romántico; en las veladas celebradas en el salón del editor musical Pleyel, llegaría a tocar el piano a cuatro manos con Liszt, mientras Mendelssohn se encargaba de pasar las páginas.2957 Chopin inventó una nueva forma de tocar el piano, aquella que hoy nos resulta familiar. Tenía ciertos reflejos en sus dedos que lo diferenciaban de los demás músicos (en su época, al menos) y esto le permitió crear una música para piano que era al mismo tiempo experimental y, no obstante, refinada. Schumann la describió como «un cañón sepultado en flores». (El elogio no le fue devuelto).2958 Chopin introdujo nuevas ideas sobre el uso de los pedales, los dedos y los ritmos, que se revelarían en extremo influyentes. (Prefería los pianos Broadwood ingleses, menos avanzados que algunos de los entonces disponibles).2959 Sus piezas tienen la delicadeza y, también, el vívido colorido de las pinturas de los impresionistas, y así como cualquiera puede diferenciar un Renoir de un Degas, cualquiera puede reconocer a Chopin cuando lo escucha. Es posible que él no

2957 Jeremy Siepmann, Chopin: The Reluctant Romantic, Gollancz, Londres, 1995, pp. 132-138, passim.

2958 Ibid., p. 103. Schonberg, Lives of the Composers, p. 153.

2959 Menuhin y Davis, Music of Man, p. 180.

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pensara en sí mismo como un romántico, pero sus polonesas y sus nocturnos son implícitamente románticos (tras él y sus polonesas, la música se vería invadida de sentimientos nacionalistas).2960 Sin Chopin es imposible entender el piano de forma plena.

Y tampoco sin Liszt. Como Chopin, era un músico brillante desde un punto de vista técnico (dio su primer solo con sólo diez años), y como Beethoven (cuyo Broadwood compró) y Berlioz, tenía carisma.2961 Un hombre apuesto, lo que contribuía a su carisma, Liszt inventó el estilo «bravura» de interpretación al piano. Antes de él, los pianistas tocaban desde la muñeca manteniendo sus manos juntas y cerca del teclado. A diferencia de ellos, Liszt fue el primer pianista cuya actuación empezaba con su entrada al escenario. Se sentaba, se quitaba los guantes y los dejaba caer en cualquier parte, alzaba sus manos y a continuación atacaba el teclado (las mujeres se peleaban por hacerse con uno de sus guantes).2962 Él mismo, por tanto, era un espectáculo, y para mucha gente de su época eso lo convertía en un payaso.2963 No obstante, es indudable que fue el pianista más romántico, y quizá pueda decirse que fue el más grande que ha existido, el que supo aprovechar la influencia de Berlioz, Paganini y Chopin. Inventó el recital y pianistas de toda Europa acudían en gran número para estudiar con él. Su influencia sobre Wagner fue enorme, ya que introdujo nuevas formas musicales, en particular el poema

2960 Einstein, A Short History of Music, p. 199.

2961 Eleanor Perényi, Liszt, Weidenfeld & Nicolson, Londres, 1974, p. 56. Véase también: Baines, ed., Musical Instruments Through the Ages, p. 100.

2962 Menuhin y Davis, Music of Man, p. 165.

2963 Aunque Alfred Einstein nos recuerda que Liszt rescató la música de la Iglesia católica en el siglo XIX. A Short History of Music, p. 180.

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sinfónico, obras de un solo movimiento de gran contenido simbólico inspiradas en un poema o un drama.2964 En su audaz cromatismo introdujo disonancias que luego copiaron todos sus colegas, desde Chopin hasta Wagner. Liszt creció hasta convertirse en el gran patriarca de la música y de hecho, sobrevivió a la mayoría de sus contemporáneos en varias décadas. Uno de «los esnobs de la historia», su pelo blanco, largo y suelto, y su «colección de verrugas» le daban a su cabeza una apariencia tan distintiva en su ancianidad como la que había tenido en su juventud.2965

Felix Mendelssohn fue posiblemente el músico más consumado en términos generales después de Mozart. Magnífico pianista, fue también uno de los más grandiosos organistas y directores de orquesta de su época, así como un violinista excelente, que, además, había leído muchísima poesía y filosofía. (Según Alfred Einstein, era un clasicista romántico.2966) Provenía de una familia de ricos banqueros judíos, y era nieto del filósofo Moses Mendelssohn. Ferviente patriota, creía que los alemanes eran excelentes en todas las artes. De hecho, podría decirse que Mendelssohn estaba cultivado en exceso (si tal cosa es posible). De niño se le obligaba a levantarse a las cinco de la mañana para estudiar música, historia, griego, latín, ciencia y literatura comparada. Cuando nació, su madre había comentado al ver sus manos: «¡Dedos de fugas de Bach!».2967 Como tantos otros músicos románticos, Mendelssohn fue un niño prodigio,

2964 Ibid.

2965 Perényi, Liszt, p. 11. pp. 158 y 178.

2966 Einstein, A Short History of Music, pp. 158 y 178.

2967 Ibid., p. 179.

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si bien también hay que añadir que fue doblemente afortunado al contar con unos padres que podían permitirse contratarle su propia orquesta para que él pudiera dirigir sus propias composiciones. En París conoció a Liszt, Chopin y Berlioz. Para su primera obra se inspiró en Shakespeare: Sueño de una noche de verano, un país de hadas que constituía un material perfecto para un romántico (aunque Mendelssohn nunca fue alguien de demonios interiores).2968 Después de París, se trasladó a Leipzig como director y en muy poco tiempo convirtió la ciudad en la capital musical de Alemania. Uno de los primeros directores en usar batuta, la empleó para convertir a la orquesta de Leipzig en el instrumento musical más destacado de la época: preciso, parco y con cierta predilección por la velocidad. Mendelssohn aumentó el tamaño de la orquesta y revisó su repertorio. De hecho, parece haber sido el primer director que adoptó el estilo dictatorial que parece gozar de tanta popularidad en nuestros días, además de haber sido el principal organizador del repertorio básico que hoy escuchamos, con Mozart y Beethoven como columna vertebral, Haydn, Bach (cuya Pasión según san Mateo rescató de un sueño de un centenar de años) y Händel no muy lejos, y la inclusión de Rossini, Liszt, Chopin, Schubert y Schumann.2969 Fue él quien concibió la forma de muchos de los programas que hoy oímos: una obertura, una obra de gran calado como, por ejemplo, una sinfonía, y finalmente un concierto. (Antes de él, se consideraba que la mayoría de las sinfonías eran demasiado largas para ser escuchadas sin

2968

2969

Ibid., p. 158.

Ibid., p. 160.

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interrupción, por lo que entre movimiento y movimiento se intercalaban piezas más cortas y menos exigentes).2970

La gran avalancha de innovaciones románticas en el ámbito de la música se vio coronada por los desarrollos de la que posiblemente sea la más apasionada de todas las formas artísticas: la ópera. Los dos grandes colosos de la ópera, uno italiano, el otro alemán, son hijos del siglo XIX.

A diferencia de la mayoría de sus contemporáneos, Giuseppe Verdi (1813-1901) no fue un niño prodigio. Su destreza como pianista no era excepcional y no consiguió entrar al conservatorio de Milán en su primer intento. Su primera ópera tuvo algún éxito, su segunda fue un fracaso, pero la tercera, Nabucco, lo hizo famoso en toda Italia. Durante los ensayos de esta obra no se realizaba ningún trabajo entre bastidores, pues los pintores y tramoyistas se emocionaban tanto por la música que abandonaban sus tareas y se congregaban, conmovidos, alrededor del foso de la orquesta. Además de la música y del hecho de que Verdi usara una orquesta más amplia que la convencional, Nabucco se hizo popular en Italia debido a que se la interpretó como un símbolo de la resistencia italiana a la dominación y ocupación del país por los austriacos. «Todos los italianos identificaron en el coro “Va, pensiero”, que trata de la añoranza del hogar que sienten los exiliados judíos, su propio deseo de libertad».2971 En la primera noche el auditorio se puso de pie y aplaudió.2972 Verdi era un fervoroso nacionalista, y viviría para ver la

2970 Schonberg, Lives of the Composers, p. 183.

2971 Ibid., p. 214.

2972 Menuhin y Davis, Music of Man, p. 187.

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unificación de Italia y convertirse luego en diputado (renuente) del nuevo parlamento. Cuando las letras V.E.R.D.I. aparecían escritas en los muros de cualquier ciudad italiana bajo ocupación austriaca, la gente las interpretaba como: «Vittorio Emmanuele, Re d’Italia».2973 En las óperas que siguieron a Nabucco —I Lombardi, Ernani y, en particular, Macbeth— Verdi consiguió crear un tipo de música que nunca antes se había oído, pero que tenía como estímulo la que estaban produciendo los compositores románticos. En lugar de escribir música graciosa, melódica y controlada, Verdi buscaba que las voces de los cantantes reflejaran mediante el sonido la riqueza de su vida interior, su confusión, su amor, su odio, sus tensiones y angustias psicológicas. El mismo compositor comentó esto de forma explícita en una carta que escribió al director de la Ópera de París justo en el momento en que iban a empezar los ensayos de Macbeth. Entre otras cosas, se oponía a la elección de Eugenia Tadolini, una de las cantantes más importantes de la época, para la obra. «Tadolini tiene cualidades demasiado grandes para este papel [Lady Macbeth]. ¡Quizá usted piense que se trata de una contradicción! Pero Tadolini es hermosa y tiene una buena apariencia, y yo quisiera que Lady Macbeth fuera torcida y fea. Tadolini canta a la perfección, y yo no quiero que Lady Macbeth cante. Tadolini tiene una voz maravillosa, clara, brillante, fuerte, y para Lady Macbeth me gustaría una voz áspera, falsa, ahogada. La voz de Tadolini tiene algo de angélico. Y la voz de Lady Macbeth debe tener algo de demoníaca».2974 Verdi estaba

2973 Mumford Jones, Revolution and Romanticism, p. 325n; y Menuhin y Davis, Music of Man, pp.

187-188.

2974 Charles Osborne, ed. y trad., The Letters of G. Verdi, Gollancz, Londres, 1971, p. 596.

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en camino hacia el drama musical y el melodrama, en los que la emoción se representa en escena sin refinar «en sus grandiosos colores primarios: el amor, el odio, la venganza, el ansia de poder».2975 Esto se fundaba más en la melodía que en la armonía de la orquesta y, por tanto, su obra tiene un humanismo del que carece Wagner.2976 Pero aun así, la música de Verdi era diferentísima de todo lo que hasta entonces se había oído, y ello hizo que mientras sus óperas gozaban de un enorme éxito entre el público (el día del estreno las puertas del teatro tenían que abrirse cuatro horas antes, tal era la aglomeración de quienes querían asistir), eran objeto de ataques críticos sin precedentes. Con ocasión de una presentación de Rigoletto, en Nueva York en 1855, dos hombres intentaron llevar la producción a los tribunales y conseguir que se prohibiera, pues consideraban que era demasiado obscena para ser vista por las mujeres.2977

Al final de su larga vida, cuando ya era una institución en Italia, Verdi volvería a Shakespeare, con Otello y Falstaff. Como la obra original de Shakespeare, Falstaff es una tragicomedia, quizá uno de los géneros más difíciles de llevar a cabo (en el contrato de Verdi se especificaba que él podía retirar la ópera después del ensayo general si éste no salía bien). Falstaff es un personaje que nos gusta y nos disgusta. Es difícil creer que un tonto pueda ser un personaje trágico, pero es claro que lo consigue. La música de Verdi, su majestuosidad,

2975 Mumford Jones, Revolution and Romanticism, p. 216.

2976 Einstein, A Short History of Music, p. 172.

2977 Mary-Jane Phillips-Matz, Verdi, Oxford University Press, Oxford, 1993, p. 204. [Hay traducción castellana: Verdi: una biografía, Paidós, Barcelona, 2001].

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sumada a las historias de Shakespeare, nos permite ver que la tragedia puede tener lugar incluso en una situación en que no hay un héroe trágico en un sentido obvio. Desde esta perspectiva, con el estreno del Falstaff de Verdi en La Scala de Milán, en febrero de 1893, el romanticismo llega a su fin.2978

Para entonces Wagner y el tipo de romanticismo que preconizaba estaban ya muertos. Fuera o no un músico más grande que Verdi, Wagner era sin duda alguna un hombre más grande y más complejo, de las dimensiones de Falstaff y, quizá, una figura con la que resultaba igualmente difícil simpatizar. En lo referente al carácter, Wagner era del tipo de Beethoven y Berlioz, siempre consciente de su genialidad, algo en lo que acaso eclipse a ambos maestros. Llevaba el drama en sus huesos.2979 «Yo no estoy hecho como la demás gente. Tengo que tener brillo y belleza y luz. El mundo me debe lo que necesito. No puedo vivir con la miseria de organista que ganaba su maestro, Bach».2980 Al igual que Verdi, sus comienzos fueron lentos y hasta que escuchó la Novena sinfonía de Beethoven, y Fidelio, cuando tenía quince años, no decidió hacerse músico. Nunca llegó a hacer algo más que juguetear con el piano, y reconocía que no era el mejor lector de partituras posible. Sus primeras obras, señala Harold Schonberg, «no demuestran talento».2981 Como le ocurriera a Berlioz, la intensidad de Wagner atemorizaba a sus primeras amantes, y al igual que Schubert, estaba constantemente endeudado, al menos en

2978 Ibid., p. 715.

2979 Einstein, A Short History of Music, p. 185.

2980 Schonberg, Lives of the Composers, p. 230 y ref.

2981 Ibid., p. 232.

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los primeros años de su carrera. En Leipzig, donde recibió algunas clases (pero fue rechazado), se le conocía por su afición a la bebida y el juego y por ser un hablador compulsivo y dogmático.

Pero después de una serie de aventuras, cuando sus acreedores lo perseguían a diestra y siniestra, finalmente escribió la ópera en cinco actos Rienzi y, como Nabucco en el caso de Verdi, ésta lo hizo famoso.2982 Se estrenó en Dresden, que de inmediato se garantizó los derechos de Der fliegende Holländer, después de la cual Wagner fue nombrado Kapellmeister allí. Luego vinieron Tannhäuser y Lohengrin, que fueron bien acogidas por el público, en especial la última, con su novedosa combinación de maderas y cuerdas. No obstante, Wagner tuvo que salir huyendo de Dresden después de haberse puesto del lado de los revolucionarios durante el levantamiento de 1848.2983 Primero se trasladó a Weimar, donde estuvo con Liszt, y luego a Zúrich, donde durante cerca de seis años prácticamente no compuso nada. Wagner estaba intentando desarrollar sus teorías artísticas, se familiarizó con Schopenhauer, y ello lo llevaría a producir varias obras escritas —Arte y Revolución (1849), La obra de arte del futuro (1850), Judaísmo y músic a (1850) y Ópera y drama (1851)— y así mismo un gran libreto basado en la leyenda teutónica medieval: Nibelungenlied. Ésta representaba lo que Wagner denominaba Gesamtkunstwerk, la obra de arte unificada, un concepto fundado en su idea de que todo gran arte (palabras, música, escenografía y vestuario reunidos) debía basarse en el mito, el primer registro de las

2982 Einstein, A Short History of Music, p. 185.

2983 Ibid., p. 187; pero véase también: Nike Wagner, The Wagners, Weidenfeld & Nicolson, Londres, 2000, p. 25, sobre el «problema Tannhäuser».

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palabras de los dioses, y convertirse en una especie de glosa moderna (y romántica) de una escritura sagrada. Para Wagner, los artistas debían indagar necesariamente en las tradiciones precristianas porque el cristianismo había pervertido lo que vino después. Una posibilidad, señalada por el Renacimiento, era acudir a los mitos arios de la India, pero Wagner, siguiendo a los expertos alemanes de la época, prefería la tradición septentrional, opuesta a la tradición clásica mediterránea. Y así fue como llegó al Nibelungenlied teutónico.2984 En adición al nuevo mito, Wagner desarrolló sus ideas acerca de una nueva forma de discurso o, mejor, recreó una antigua forma, el Stabreim, que evocaba la poesía de las sagas, en la que las vocales con las que finalizaba un verso se repetían en las primera palabras del siguiente. Culminando todo esto, tenemos sus nuevas ideas para la orquesta (que para Wagner debía ser incluso más grande que las de Beethoven y Berlioz). Aquí desarrolló su concepto de música ininterrumpida a lo largo de toda la composición. De esta forma, la orquesta se convirtió en parte integral del drama, al mismo nivel que los cantantes. (Wagner se enorgullecía de no haber escrito nunca «recitativo» sobre un pasaje, y él mismo consideró que éste era «el mayor logro artístico de nuestra era».2985)

El efecto de todo esto, señala un crítico, fue que, por un lado, Europa silbaba las melodías de Verdi, mientras que, por otro, hablaba sobre Wagner. Muchos odiaron los nuevos sonidos (algunos todavía lo hacen) y un crítico (británico) juzgó que Wagner era «simple ruido».

2984 The Nibelungenlied, nueva traducción de A. T. Hatto, Penguin Books, Londres, 1965.

2985 Einstein, A Short History of Music, p. 188.

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Otros, sin embargo, pensaban que el compositor era «una fuerza elemental» y cuando Tristan und Isolde fue estrenada, vieron confirmada su opinión. «Nunca en la historia de la música se había presentado una ópera de aliento comparable, con semejante intensidad, riqueza armónica, orquestación, sensualidad, fuerza, imaginación y color. Los acordes con los que empieza Tristán fueron para la segunda mitad del siglo XIX lo que la Heroica y la Novena sinfonía habían sido para la primera: una ruptura, un nuevo concepto». Wagner diría después que se encontraba en una especie de trance mientras escribía la obra. «Me zambullí, con absoluta confianza, en las profundidades interiores de los acontecimientos del alma, y partiendo del centro más íntimo del mundo construí, sin temor, su forma externa». Tristán es una obra implacable que «de forma gradual, va retirando las capas del subconsciente y revelando el abismo que aguarda en su interior».2986

La posición única de Wagner se reveló con mayor claridad en la última etapa de su vida, cuando, por fortuna, le salvó el enloquecido rey de Baviera, Luis II. Éste, que era homosexual, estaba sin duda enamorado de la música de Wagner, y es probable que también haya estado enamorado del compositor mismo. En cualquier caso, el monarca le dijo a Wagner que en Baviera podría hacer más o menos lo que quisiera, y no necesitó repetirlo. «Soy el más alemán de los seres. Soy el espíritu alemán. Pensad en la magia incomparable de mis obras».2987 Aunque se había visto obligado a exiliarse durante un

2986 Schonberg, Lives of the Composers, p. 239.

2987 Sobre sus opiniones acerca del Rin, por ejemplo, véase: John Louis Di Gaetani, Penetrating Wagner’s Ring, Associated Universities Press, Nueva York y Londres, 1978, pp. 206-207.

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tiempo, debido a su extravagante y escandalosa incursión en política, su relación con Luis II le permitiría finalmente llegar a la culminación de su carrera, que fue también otra cumbre del romanticismo: la idea de un teatro y un festival dedicados exclusivamente a sus obras y el Anillo en Bayreuth. El primer festival de Bayreuth se celebró en 1876, y fue allí donde Der Ring des Nibelungen, el fruto de veinticinco años de trabajo, se presentó por primera vez.2988 Con ocasión del primer festival, unos cuatro mil discípulos de Wagner acudieron a Bayreuth, así como el emperador alemán y el emperador y la emperatriz de Brasil, siete testas coronadas más y unos sesenta corresponsales de prensa de todo el mundo, incluidos dos de Nueva York, a quienes se permitió usar el nuevo cable trasatlántico para que sus artículos pudieran publicarse casi de forma inmediata.2989

Aunque Wagner tenía sus críticos, y siempre los tendría, la arrasadora maestría del Anillo constituye otro momento crucial de la historia de las ideas musicales. Una alegoría, un «drama cósmico sobre la fuerza redimida por el amor», que expone por qué los valores tradicionales son lo único que puede salvar al mundo moderno de su inevitable destrucción, la obra no ofrecía consuelo al cristianismo.2990 Aunque fundada en el mito, el Anillo es curiosamente moderno, y éste era su atractivo. (Nike Wagner dice que la obra también tiene muchas similitudes con la familia Wagner). «El auditorio es arrojado a algo primigenio, intemporal, y sometido a fuerzas elementales. El Anillo no

2988 Einstein, A Short History of Music, p. 190; y véase: Baines, ed., Musical Instruments Through the Ages, pp. 258-259, para información sobre los nuevos instrumentos de que se disponía en Bayreuth.

2989 Schonberg, Lives of the Composers, p. 244.

2990 Einstein, A Short History of Music, p. 191.

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trata de las mujeres sino de la Mujer; no de los hombres, sino del Hombre; no de la gente, sino del Pueblo; no de la mente, sino del subconsciente; no de la religión, sino del ritual fundamental; no de la naturaleza, sino de la Naturaleza».2991 Wagner vivió desde entonces como un híbrido entre rey y deidad, honrado, alabado, vestido con las mejores sedas, bañado en el más fino de los inciensos, y aprovechó la oportunidad para desarrollar su escritura tanto como su música. Sus opiniones —sobre los judíos, la craneología, la posibilidad de que los arios fueran descendientes de dioses— han envejecido peor que su música, muchísimo peor, de hecho. Algunas de ellas eran claramente absurdas, pero no hay duda de que a finales del siglo XIX Wagner, gracias a su confianza en sí mismo, a su voluntad nietzscheana y a la creación de Bayreuth como un asilo en el cual refugiarse del mundo cotidiano, contribuyó a forjar un clima de opinión, particularmente en Alemania (véase el capítulo 36).2992 En el ámbito de la música su influencia fue enorme: Richard Strauss, Bruckner y Mahler, Dvorák, e incluso Schönberg y Berg. Whistler, Degas y Cézanne fueron todos wagnerianos, mientras que Odilon Redon y Henri Fantin-Latour pintaron imágenes inspiradas en sus óperas. Mallarmé y Baudelaire se declararon cautivados por él. Y mucho más tarde, Adolf Hitler llegaría a decir: «Quienquiera entender la Alemania nacionalsocialista debe conocer a Wagner».2993

2991 Nike Wagner, Wagners, p. 172.

2992 Einstein, A Short History of Music, p. 192.

2993 Di Gaetani, Penetrating Wagner’s Ring, pp. 219-238. Véase también: Erik Levine, Music in the Third Reich, Macmillan, Londres, 1994, p. 35, sobre el patrocinio que Hitler ofreció a los estudios sobre Wagner.

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Un comentario desafortunado. La verdadera meta del romanticismo, el objetivo en el que se fundaba, había sido expuesto por Keats, quien afirmaba que escribía poesía para aliviar «el peso del misterio». El romanticismo siempre fue, en parte, una reacción a la decadencia de las convicciones religiosas, tan evidente en el siglo XVIII y, aún más, a lo largo del siglo XIX. Mientras los científicos intentaban explicar (o esperaban explicar) el misterio, los románticos se deleitaban en él, lo aprovechaban, lo usaban de maneras que los científicos no podían o no querían entender. Ésta es la razón por la que las principales respuestas románticas fueron la poesía y la música: ambas servían mejor para aliviar el peso del misterio.

Esta dicotomía, lo que Isaiah Berlin denomina la incompatibilidad o incoherencia entre la visión de mundo científica y la poética, no podía continuar. El mundo de los románticos, el mundo interior de las sombras y el misterio, de la pasión y la interioridad, podía producir una belleza redentora, podía producir sabiduría, pero el mundo práctico y victoriano del siglo XIX, dominado por las nuevas tecnologías y los recientes avances científicos, en el que el planeta empezaba a conocerse, conquistarse y controlarse como nunca antes lo había sido, exigía una nueva clase de solución o al menos exigía que se la intentara. Esta solución condujo a dos desarrollos con los que concluiremos este libro. En la literatura y en las artes, en la música, la poesía y la pintura, el resultado fue el movimiento que conocemos como «modernismo» o «vanguardia». Y al otro lado de la barrera, dio lugar al fenómeno quizá más extraordinario de los

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tiempos modernos: el intento de construir una ciencia del inconsciente.

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Capítulo 31

El auge de la historia, la prehistoria y el tiempo profundo

En mayo de 1798 partió de Toulon, Francia, una de las expediciones más extraordinarias de la historia de las ideas. No menos de 167 químicos, ingenieros, biólogos, geólogos, arquitectos, pintores, poetas, músicos y médicos, acudieron al puerto meridional para acompañar como savants a la tropa de treinta y ocho mil hombres que también se había reunido allí. Al igual que los soldados, los «sabios» ignoraban a dónde se dirigían, pues su joven comandante, Napoleón Bonaparte, había mantenido en secreto el destino de la expedición. La edad media de los «sabios» era de veinticinco años, y el más joven de ellos tenía sólo catorce; no obstante, también había en el grupo figuras reconocidas, entre las que se encontraban: Pierre-Joseph Redouté, el célebre pintor de flores, Gratet de Dolomieu, el geólogo que dio su nombre a las montañas Dolomitas, y Nicolás Conté, un destacado químico y naturalista.2994

El destino real de la expedición era Egipto, y el lugar en el que desembarcó fue Alejandría, adonde Napoleón, aclamado por Victor Hugo como «el Mahoma de Occidente», llegó en una nave llamada L’Orient. La empresa era una mezcla de colonialismo y aventura cultural e intelectual. El propósito manifiesto de Bonaparte no era simplemente la conquista, según él mismo dijo, su objetivo era sintetizar la sabiduría de los faraones con la piedad del islam y, con este fin, todo lo que la Armée hizo en Egipto «se explicó y justificó con

2994 Frank McLynn, Napoleon, Jonathan Cape, Londres, 1997, p. 171.

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precisión en árabe coránico». Junto a la Armée, los «sabios» tenían completa libertad para estudiar el mundo de Oriente Próximo. Los resultados de su trabajo fueron en muchos sentidos asombrosos. Las condiciones eran severas y se vieron obligados a improvisar. Conté inventó un nuevo tipo de bomba y un nuevo tipo de lápiz, sin grafito. Larrey, un cirujano, se convirtió en un antropólogo y tomó notas sobre las distintas relaciones que se daban en una población en la que se mezclaban judíos, turcos, griegos y beduinos. Cada diez días aproximadamente publicaban un periódico, en parte para entretener a las tropas, en parte para dar cuenta de sus propias actividades y descubrimientos. El mismo Napoleón organizó debates en los que se discutían cuestiones relativas al gobierno, la religión y la ética, en una especie de sofisticado divertimento para los «sabios».2995 Más importante todavía, a largo plazo, fue que los «sabios» reunieron el material para lo que se convertiría en La descripción de Egipto, una gigantesca obra en veintitrés volúmenes (cada página medía un metro cuadrado: el metro, recuérdese, era entonces una nueva unidad de medida) que se publicaría a lo largo de los siguientes veinticinco años. Fueron muchas las áreas cubiertas por la Descripción. La obra empezaba con una introducción de más de un centenar de páginas escrita por Jean-Baptiste-Joseph Fourier, secretario del Institut de l’Égypte, que Napoleón había creado con cierto sigilo. Fourier aclaraba que los franceses consideraban a Egipto «un centro de grandiosas memorias», un punto de encuentro entre Asia, África y

2995 Jacques Barzun, From Dawn to Decadence, 500 Years of Western Cultural Life, Harper-Collins, Nueva York y Londres, 2000, pp. 442-444. [Hay traducción castellana: Del amanecer a la decadencia: 500 años de vida cultural en Occidente, Taurus, Madrid, 2002].

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Europa (como lo había sido Alejandría en épocas anteriores) y, por tanto, «repleto de significado para las artes, las ciencias y el gobierno», y del que había que esperar grandes cosas en el futuro. La Descripción continuaba con un esbozo de la fauna, la flora, y las características geológicas del país, así como de las sustancias químicas que allí existían de forma natural. Con todo, lo que más llamó la atención de muchos de los «sabios», y lo que los convirtió en los primeros egiptólogos de la historia, fueron los tesoros arqueológicos del país; éstos eran de tales dimensiones y de tal abundancia que cuantos entraron en contacto con ellos quedaron cautivados por su esplendor, algo que ocurriría también en Francia cuando sus descubrimientos fueron revelados al gran público. La maravilla de los estudiosos se multiplicó con el descubrimiento de un gran bloque de granito en Rosetta, donde un contingente de soldados estaba limpiando un terreno que planeaban convertir en fortificación. La piedra contenía tres textos, uno en jeroglíficos, otro en caracteres demóticos (una forma de escritura cursiva egipcia) y otro más en griego. La piedra prometía permitir el desciframiento de los jeroglíficos. (Véase supra el capítulo 29).2996

Es posible sostener que la arqueología occidental comienza con esta expedición y que esto es algo que hay que agradecer a Napoleón. De hecho, en el ámbito de las ideas, es mucho más lo que tenemos que agradecerle. Tras regresar de Egipto, organizó una campaña contra Alemania, que también resultó, indirectamente, muy fructífera. A comienzos del siglo XIX, las cerca de dos mil unidades territoriales

2996 Ibid., p. 442.

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autónomas de habla alemana que habían sobrevivido a la guerra de los Treinta Años se habían reducido a unas trescientas. Esto todavía era muchísimo de acuerdo con el patrón de otros lugares, pero en 1813, los alemanes, liderados por Prusia, consiguieron derrotar por fin a Napoleón, y en el proceso aprendieron las virtudes del orden y el respeto que tan maravillosos resultados les daría a partir de entonces.2997 Éste fue un importante paso en el camino hacia la unificación, que no llegaría hasta 1871.

En el siglo XVIII, en este fragmentado caleidoscopio de estados alemanes, el pensamiento se había quedado muy atrás respecto de países como Holanda, Bélgica, Gran Bretaña o Francia, en términos de libertades políticas, éxito comercial, avances científicos e innovaciones industriales. Estos avances llegaron con los rápidos progresos realizados por Napoleón antes de su derrota definitiva. El siglo XIX sería testigo del ascenso de Alemania, no sólo en términos políticos sino intelectuales. Hasta que Napoleón se abrió paso por Europa hacia la segunda década del siglo, las universidades alemanas brillaban por su ausencia. En el siglo XVIII únicamente Gotinga gozaba de cierto prestigio académico. Sin embargo, incitados a actuar por el ejemplo y las campañas de Napoleón, que humillaron a muchos alemanes, el ministro prusiano Wilhelm von Humboldt (1767-1835), un francófilo que había pasado algún tiempo en París antes del ascenso de Napoleón, se encargó de poner en marcha una serie de reformas administrativas que tendrían un profundo impacto en la vida intelectual alemana. En particular, Humboldt concibió la

2997 Ibid., pp. 395-396.

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idea de la universidad moderna. Las universidades dejaron de ser meramente una colección de colegios para la formación de clérigos, médicos y abogados (el formato tradicional) y se convirtieron en instituciones en las que la investigación era la principal actividad. De forma paralela, Humboldt impulsó la idea de que todos los profesores de instituto del país debían contar con un grado para poder enseñar, lo que vinculó las universidades con la escuela de forma mucho más directa, algo que contribuyó a difundir el ideal del estudio fundado en la investigación original en toda la sociedad de habla alemana. Se introdujeron los doctorados, el grado más alto basado en una investigación original. De esta manera, la vida intelectual alemana se transformó y los efectos de ello no tardaron en dejarse sentir en toda Europa y en Norteamérica.2998

Éste fue el comienzo de una era dorada de la influencia intelectual alemana, que sólo acabaría con los estragos provocados por la llegada de Adolf Hitler al poder en 1933. Los desarrollos impulsados por Humboldt se advirtieron por primera vez en la Universidad de Berlín, institución que posteriormente adoptaría el nombre de Universidad Humboldt. Entre los notables pensadores que se dieron cita allí destacan los nombres de Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831) en filosofía, Bartold Georg Niebuhr en historia y Friedrich Karl Savigny en jurisprudencia. Sin embargo, más importante que estas figuras, fue el hecho de que la universidad alemana fue más allá de la tradicional división entre derecho, medicina y teología, e introdujo nuevas disciplinas. Por ejemplo, fue por esta época cuando nacieron

2998 R. Smith, Fontana History of the Human Sciences, p. 372.

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las especializaciones en filosofía, historia, química y fisiología, tendencia que se profundizó y difundió.2999 La idea de especialización se vio reforzada por la aparición de una nueva literatura: historia para historiadores, química para químicos. Como ha señalado Roger Smith, fue entonces cuando surgió la diferencia entre literatura especializada y literatura para el público en general. Ahora bien, como el mismo Smith anota, entre estas nuevas disciplinas académicas no se encontraban la sociología o la psicología, que empezarían de modo mucho más práctico, como resultado de observaciones realizadas muy lejos de las universidades, en prisiones, sanatorios y asilos para pobres.3000

El surgimiento de la historia como disciplina se debe en parte a Hegel. En sus Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, propuso la idea de que la «voluntad divina» se revelaba en el tiempo, a medida que el universo mismo lo hacía, lo que le llevaba a concluir que la historia era, de hecho, una descripción de la voluntad divina. Para Hegel, esto implicaba que la historia debía sustituir a la teología como modo de conocer las verdades últimas. Desde esta perspectiva, el hombre no era una criatura pasiva, un mero observador de la historia, sino un sujeto partícipe que creaba o co-creaba la historia junto a la divinidad. La célebre teoría de Hegel de que la historia avanza mediante tesis, antítesis y síntesis, y su creencia en que, en determinados momentos críticos, aparecen «figuras históricas mundiales» (como Napoleón) que encarnan las cuestiones centrales

2999

3000

Ibid., p. 373.

Ibid., p. 374.

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de su época, fueron consideradas por muchos la explicación más

satisfactoria del pasado y de cómo éste conducía al presente.3001

En cualquier caso, Hegel no fue el único responsable del nacimiento

de la historia moderna. Ya antes nos hemos referido a la disciplina

que contribuyó a impulsar el renacimiento de los estudios históricos

en Alemania: la filología, la ciencia comparativa del lenguaje. En el

siglo  XIX,  las      lenguas       clásicas        mantenían   aún    cierta posición

privilegiada, pese a la transformación de los estudios sobre el

lenguaje propiciada por las observaciones de sir William Jones sobre

los vínculos entre el sánscrito y el latín y el griego (de las que nos

hemos ocupado en el capítulo 29). Los descubrimientos de Jones

tuvieron el impacto que tuvieron debido a que, en aquella época,

había muchísimas más personas familiarizadas con las lenguas

clásicas que en nuestros días, entre otras razones por el hecho de que

(incluso en las ciencias «duras») las tesis doctorales debían escribirse

en latín. En las escuelas, se ponía especial énfasis en el griego y el

latín debido a la importancia de los autores clásicos en el desarrollo

de la lógica, la retórica y la filosofía moral. La propuesta de William

Jones, y el descubrimiento y traducción de antiguos textos indios que

le siguieron, transformaron no sólo la filología, sino el estudio de los

textos en general. El esfuerzo más importante en este sentido tuvo

lugar en Gotinga a finales del siglo XVIII, cuando la Biblia misma fue

sometida a estudio crítico. Con el tiempo esto tendría profundos

efectos sobre la teología y haría que, en la primera mitad del siglo

3001 Boorstin, Seekers, p. 210, sobre las críticas a Hegel propuestas por Bertrand Russell y Benjamin Franklin.

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XIX, la filología se convirtiera en una disciplina central de las nuevas universidades, al menos en el ámbito de las humanidades.3002

El mismo Humboldt estaba particularmente interesado en la filología. En París, había forjado una amistad con Condillac, y el francés había ayudado a subvertir la idea convencional de que las distintas lenguas se derivaban de una única lengua dada por Dios. Humboldt compartía con Condillac la idea de que las lenguas evolucionan y de que, por ello, constituyen un reflejo de las diferentes experiencias de tribus y naciones.3003 El lenguaje, opinaba Humboldt, era una «actividad mental» y como tal reflejaba la experiencia y el desarrollo de la humanidad.3004 Así fue como la filología y la historia se convirtieron en partes fundamentales de la investigación universitaria, y su importancia continuaría aumentando a lo largo del siglo XIX. En conjunción con el renacimiento oriental, la filología convirtió la India en un campo de estudios de moda durante un tiempo, y el análisis de los cambios lingüísticos sugirió que Europa había sido colonizada por cuatro oleadas distintas de pobladores que habían llegado al continente a través de Oriente Próximo procedentes de la India. Aunque ésta no es la concepción vigente, resultaría muy importante, pues en el contexto de este debate, en 1819, Friedrich Schlegel usaría por primera vez la palabra «ario» para referirse a los

3002 Paul R. Sweet, Wilhelm von Humboldt: A Biography, Ohio University Press, Columbus, 1980, vol. 2, pp. 392 y ss.

3003 R. Smith, Fontana History of the Human Sciences, p. 379.

3004 Esto ya era bastante moderno, pero Humboldt fue todavía más lejos al sostener que algunas lenguas, como el alemán (a pesar del triunfo de Napoleón), eran más «idóneas» para propósitos «elevados». Éste fue el comienzo de lo que se convertiría en una idea peligrosísima.

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pueblos indoeuropeos originales. Ideólogos posteriores tergiversarían con consecuencias terribles esta idea.3005

En el sistema universitario alemán reformado por Humboldt, la investigación histórico-filológica más polémica e influyente fue la crítica textual de la Biblia y otros documentos asociados con ella.3006 A medida que el mundo se abría gracias al renacimiento oriental y las incursiones de Napoleón en Egipto y otros lugares de Oriente Próximo, se iban descubriendo cada vez más manuscritos (en Alejandría y en Siria, por ejemplo), manuscritos que diferían de formas muy interesantes y muy instructivas, y que no sólo permitieron a los estudiosos conocer el desarrollo de ideas antiguas, sino que les resultaron de gran utilidad para perfeccionar técnicas de datación. Filólogos convertidos en historiadores, como Leopold von Ranke (1795-1886), fueron pioneros en la datación e inspección crítica de fuentes primarias.

En particular, el Nuevo Testamento se convirtió en el centro de atención de los eruditos. La exégesis, la interpretación del significado de un texto, no era una actividad nueva, como vimos anteriormente. Sin embargo, los nuevos filólogos alemanes tenían un proyecto mucho más ambicioso: aprovechando las nuevas técnicas que tenían a su disposición, su primer logro fue conseguir datar con bastante exactitud los evangelios, algo que arrojó nueva luz sobre las inconsistencias detectadas en las diferentes versiones sobre la vida de Jesús, cuya fiabilidad en términos generales empezó a ser

3005 R. Smith, Fontana History of the Human Sciences, p. 382.

3006 Ibid., p. 385.

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cuestionada. Es importante subrayar que esto no ocurrió de un día para otro, y también que no fue una consecuencia deliberada de la investigación. Inicialmente, el deseo de estudiosos como F. D. E. Schleiermacher (1768-1834) no era más que proponer una trayectoria razonable para el relato bíblico, esto es, una que pudiera ser aceptada por cualquier persona racional. Sin embargo, en el proceso, se plantearían tantas dudas sobre los textos que la misma existencia de Jesús como figura histórica empezó a ser cuestionada, con lo que la investigación corría el riesgo de socavar por completo los cimientos y el significado del cristianismo.3007 La más polémica de las bombas textuales alemanas fue La vida de Jesús, examen crítico, publicado en 1835 por David Strauss (1808-1874). Strauss fue un autor muy influido por el romanticismo alemán: escribió una tragedia romántica que llegó a representarse, y tenía un gran interés por la curación mediante el magnetismo y la hipnosis. Fue así como se familiarizó con la idea de que Dios era algo inmanente en la naturaleza, pero no alguien que pudiera intervenir en el curso de la historia.3008 Strauss, por tanto, empleó la historia en contra de la religión al argumentar que los detalles que ésta proporcionaba eran insuficientes (muy insuficientes) para sustentar la idea de cristianismo vigente en el siglo XIX. Sus conclusiones afirmaban, por ejemplo, que Jesús no era una figura divina, que los milagros nunca habían tenido lugar y que la Iglesia, tal y como la conocemos, tenía muy poca relación con Jesús, lo que resultaba tan escandaloso e

3007 Ibid., p. 387.

3008 David Friedrich Strauss, The Life of Jesus, Critically Examined, Peter C. Hodgson, ed., SCM Press, Londres, 1972, p. XX.

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incendiario que su nombramiento como profesor en Zúrich en 1839 provocó un disturbio tan alarmante a nivel local que las autoridades optaron por «jubilarlo» incluso antes de que tuviera la oportunidad de ocupar su cátedra. Sin embargo, «jubilar» sus conclusiones no era igual de sencillo. En Inglaterra, Marian Evans, mejor conocida con el nombre de George Eliot, «estuvo cerca de la desesperación con el esfuerzo que, en términos emocionales, exigía la traducción de la obra de Strauss al inglés, algo que hizo con el alma estupefacta, pero pensando que era su deber para con la humanidad».3009 Como veremos en el capítulo 35, la obra de Strauss fue sólo uno de los elementos del conflicto con la religión del siglo XIX, y de lo que algunos empezaban a llamar «la muerte de Dios».

«Una vez que los parisinos me vean tres o cuatro veces», dijo Napoleón Bonaparte, que entonces tenía veintiocho años, después de su victoriosa campaña en Italia, «ni una sola alma volverá la cabeza para mirarme. Lo que quieren ver es hazañas».3010 Su siguiente campaña, como hemos visto, tuvo como destino Egipto, adonde llevó consigo a esos 167 «sabios» o estudiosos que descubrieron y luego revelaron a Europa los logros más destacados y fascinantes de una civilización desaparecida. Estos descubrimientos pronto fueron ampliados por otros, con lo que el siglo XIX se convirtió en la cuna y la época dorada (en Occidente al menos) de otra nueva disciplina: la arqueología.

3009 Sobre Strauss y la diferencia entre mito y falsedad, véase: John Hadley Brooke, Science and Religion, Cambridge University Press, Cambridge (Inglaterra), 1991, p. 266. Véase también: Strauss/Hodgson, The Life of Jesus, p. XLIX.

3010 Vincent Cronin, Napoleon, Collins, Londres, 1971, p. 145. [Hay traducción castellana:

Napoleón, Bruguera, Barcelona, 1974].

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La arqueología (un término que se usó por primera vez en la década de 1860) amplió y profundizó el trabajo de la filología, al ir más allá de los textos y confirmar que, en efecto, los hombres tenían un pasado distante anterior a la escritura, una prehistoria. En 1802, el maestro de escuela Georg Friedrich Grotefend (1775-1853) envió tres artículos a la Academia de Ciencias de Gotinga en los que revelaba que había descifrado la escritura cuneiforme de Persépolis, algo que había conseguido principalmente reorganizando los grupos de cuñas («similares a las huellas de los pájaros sobre la arena») y añadiendo espacios entre grupos de letras, y relacionando luego su forma con el sánscrito, una lengua (geográficamente) cercana. Grotefend consideraba que algunas de las inscripciones eran listas de reyes y que el nombre de algunos de éstos era conocido.3011 Las demás formas de cuneiforme, incluida la babilónica, se descifraron algunos años más tarde. En la década de 1820, Champollion descifró los jeroglíficos egipcios, como vimos en el capítulo 29, y en 1847 sir Austen Layard excavó Nínive y Nimrud, en lo que hoy es Irak, y descubrió los maravillosos palacios de Assurnasirpal II, rey de Asiria (885-859 a. C.), y Sennacherib (704-681 a. C.). Los enormes guardianes de las puertas encontrados allí, semitoros y leones de dimensiones mucho más grandes que las reales, causaron sensación en Europa y contribuyeron en buena medida a popularizar la arqueología. Estas excavaciones conducirían finalmente al descubrimiento de una tablilla en cuneiforme en la que estaba escrita

3011 C. W. Ceram, Gods, Graves and Scholars, Londres, Gollancz, 1971 pp. 207-208. [Hay traducción castellana: Dioses, tumbas y sabios, Destino, Barcelona, 2001].

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la epopeya de Gilgamesh, notable por dos razones: en primer lugar, era mucho más antigua que los poemas homéricos y la Biblia; en segundo lugar, diversos episodios del relato, como el de la gran inundación, eran similares a los que recogía el Antiguo Testamento. Cada uno de estos descubrimientos aumentaba la edad de la humanidad y arrojaba nueva luz sobre las Sagradas Escrituras. Sin embargo, con excepción de la epopeya de Gilgamesh, ninguno de ellos aportaba nada radicalmente nuevo en términos de datación, en el sentido de que no contradecían de forma significativa la cronología bíblica. Todo ello empezó a cambiar hacia 1856 cuando se empezó a limpiar a fondo una pequeña cueva en un costado del valle Neander (Neander Thal en alemán), a través del cual el río Düssel desemboca en el Rin. En ella se encontró un cráneo, enterrado bajo más de un metro de barro, así como algunos otros huesos. Los trabajadores que hallaron los huesos se los entregaron a un amigo local que, pensaron, era lo bastante culto como para saber qué hacer con ellos, y éste a su vez se los entregó a Hermann Schaaffhausen, profesor de anatomía de la Universidad de Bonn. Schaaffhausen identificó la parte superior de un cráneo, dos fémures, partes de un brazo izquierdo, parte de una pelvis, y algunos otros vestigios de menor tamaño. En el artículo que sobre el descubrimiento escribió a continuación, Schaaffhausen llamaba la atención sobre el grosor de los huesos, el gran tamaño de las marcas dejadas por los músculos que estuvieron unidos a ellos, el pronunciamiento de los arcos supraorbitales, y la frente pequeña y estrecha. Un hecho importantísimo fue que Schaaffhausen concluyó que el aspecto de los huesos no era consecuencia de una deformación

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debida al lugar en el que se habían conservado todos estos años o a algún proceso patológico. «Hay indicios suficientes para sostener», escribió, «que el hombre coexistió con los animales descubiertos en el diluvio; y muchas razas bárbaras quizá hayan desaparecido antes de todo el tiempo histórico, junto a los animales del mundo antiguo, mientras que las razas cuya organización mejoró continuaron el género». Por último, el profesor proponía que el espécimen «probablemente perteneciera al pueblo bárbaro original que habitaba el norte de Europa antes de los Germani».3012 Esto no es exactamente lo mismo que hoy entendemos por hombre de Neandertal, pero en cualquier caso el hallazgo supuso un gran avance. El descubrimiento no provocó un cambio de actitud inmediato debido a que era demasiado polémico, pero formó parte del contexto intelectual de la segunda mitad del siglo XIX en el que se enmarcaron los hallazgos de Boucher de Perthes y otros investigadores que hemos reseñado en el prólogo de este libro. Uno de los primeros esbozos de la prehistoria tal y como hoy la entendemos lo encontramos en Los orígenes de la civilización y la condición primitiva del hombre (1870) de John Lubbock: «Los testimonios arqueológicos revelaban una mejora constante de la habilidad técnica desde las primeras herramientas de piedra rudimentarias hasta el descubrimiento del bronce y el hierro. En ausencia de pruebas fósiles del desarrollo biológico del hombre, los evolucionistas aprovecharon las pruebas de progreso cultural que, consideraban, respaldaban al menos de forma indirecta sus ideas. El

3012 Ian Tattersall, Fossil Trail, p. 14. H. Schaafhausen, «On the crania of the most ancient races of Man», traducción e introducción de G. Bush, Natural History Review, vol. 1 (1861), pp. 155-176.

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gran desarrollo de la arqueología prehistórica que tuvo lugar en la última parte del siglo XIX permitió construir una secuencia de períodos culturales que, se creía, se habían sucedido el uno al otro a medida que la raza humana progresaba. No se prestó mucha atención a la posibilidad de que culturas diferentes coexistieran en la misma época».3013

Por esta época, la palabra «ciencia» había empezado a adquirir su significado moderno. (El término «científico» fue acuñado por William Whewell en 1833). Hasta finales del siglo XVIII, se había preferido el uso de las expresiones «filosofía natural» e «historia natural». La razón para ello es que se trataba de expresiones que sonaban más suaves, más humanas, y que eran términos híbridos: muchas sociedades de «historia natural» celebraban también conferencias sobre temas literarios, humanísticos y filosóficos. De forma gradual, a medida que diversas disciplinas especializadas fueron surgiendo, primero en Alemania y después en otros lugares, ciencia empezó a ser el término preferido para designar a estas nuevas actividades.

Aunque hoy acaso nos resulte difícil comprender las razones para ello, cuando los filólogos de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX empezaron a cuestionar los fundamentos básicos del cristianismo, la mayoría de los hombres de ciencia no se apresuró a apoyarlos. Por lo general, los biólogos, químicos y fisiólogos de la época eran todavía hombres religiosos y devotos. El caso de Linneo es en este sentido ejemplar. Pese a ser una de las principales figuras de la Ilustración y uno de los padres de la biología moderna, cuyos

3013 Bowler, Evolution, p. 65.

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aportes forman parte de los antecedentes de la teoría de la evolución, Linneo era muy diferente de, por ejemplo, Voltaire. El naturalista John Ray (1627-1705) ya había advertido que no todas las especies (miles de las cuales se habían encontrado en el Nuevo Mundo y África) podían ordenarse en una jerarquía significativa, y que las formas de la vida variaban de muchas maneras diferentes, una concepción que suponía una temprana ruptura con la idea de una gran cadena del ser. Linneo, por tanto, pensaba que reclasificar los distintos organismos del mundo le proporcionaría alguna pista sobre el plan de Dios. Aunque nunca afirmó que conociera la mente de Dios, y abiertamente declaró que su sistema de clasificación era una construcción artificial, Linneo sí creía que éste le permitiría tener una noción aproximada de los designios del Creador. Lo que resultaría ser crucial fue que en su propio campo, la botánica, Linneo aprovechó el descubrimiento de la sexualidad de las plantas realizado por R. J. Camerarius en 1694, lo que le llevó a considerar los órganos reproductivos como la característica clave en la que podía basar su sistema.3014 (En esa época, se creía que la reproducción sexual era provocada bien espontáneamente por «gérmenes», bien por la «mezcla» de semen masculino y femenino en el útero, y se pensaba que estos gérmenes o fluidos seminales contenían una especie de «memoria» que garantizaba que «supieran» qué formas debían desarrollar). Por otro lado, la nomenclatura doble propuesta por Linneo en Species plantarum (1753), Genera plantarum (1754) y Systema naturae (1758), llamó a atención sobre las similitudes

3014 Ibid., p. 65.

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sistemáticas entre las especies, géneros, familias, etc. Resultaba obvio, a partir de todo esto, que el plan del Creador no era lineal y ello llevó a Buffon a proponer, en su crítica de Linneo, su teoría de la «degeneración», según la cual, por ejemplo, las doscientas especies de mamíferos por él conocidas derivaban de treinta y ocho formas «originales», una primitiva versión de la idea de evolución.3015

No obstante, había otra disciplina en proceso de formación que proporcionaría a la historia, y en particular a la prehistoria, una base diferente y contribuiría a preparar el camino para las ideas de Darwin: la geología. La geología se diferenciaba radicalmente de todas las demás ciencias y de la filosofía. Se trataba, como ha señalado Charles Gillispie, de la primera ciencia que se ocupaba con la historia de la naturaleza más que con su orden.

En el siglo XVII Descartes había sido el primer pensador que había combinado la nueva astronomía y la nueva física en una visión coherente del universo, en la que incluso el sol (por no hablar de la tierra) no era más que una estrella entre muchas. Descartes había especulado que era posible que el planeta se hubiera formado a partir del enfriamiento de una bola de cenizas atrapada en el «vórtice» del sol. (Para evitar las críticas de la Iglesia, se limitó a decir que esto era algo que «podría» haber ocurrido). Por su parte, en su obra Una pluralidad de mundos (1688), Bernard de la Fontenelle subrayó la insignificancia del hombre en el nuevo orden de las cosas e incluso llegó a plantear la posibilidad de que otras estrellas pudieran estar

3015 Ibid., p. 75.

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habitadas.3016 La idea de que la física funcionaba de acuerdo con los mismos principios en todo el universo fue un cambio intelectual de gran trascendencia que no habría podido darse en el contexto del pensamiento medieval, ya que entonces las ideas básicas acerca de los cielos y de la tierra, al menos como se los entendía en Occidente, eran de origen aristotélico y afirmaban que se trataba de dos ámbitos fundamentalmente diferentes: el uno no podía dar origen al otro.3017 En su momento, la física de Descartes sería reemplazada por la de Newton, y el «vórtice» por la gravedad, pero ello no alteró mucho las teorías geológicas vigentes. En 1691 Thomas Burnet publicó su Teoría sagrada de la tierra, en la que argumentaba que materiales diversos se habían unido para formar el planeta, cuyo centro estaría formado por roca densa, a la que se sumaba una capa menos densa de agua y, por último, una corteza ligera que era sobre la que vivíamos. Esta concepción tenía la virtud de explicar el Diluvio universal: justo bajo la delgada corteza en que los hombres vivían había enormes cantidades de agua. Un lustro después, en 1696, William Whiston, el sucesor de Newton en la Universidad de Cambridge, propuso que la tierra podría haberse formado a partir de una nube de polvo dejada por un cometa, que se habría fusionado para dar origen a un cuerpo sólido que luego se habría inundado con el agua procedente de un segundo cometa.3018 Esta idea de que la tierra estuvo alguna vez cubierta por un vasto océano se mostró

3016 Ibid., p. 26.

3017 Suzanne Kelly, «Theories of the earth in Renaissance cosmologies», en Cecil J. Schneer, ed., Towards a History of Geology, MIT Press, Cambridge (Massachusetts), 1969, pp. 214-225.

3018 Bowler, Evolution, p. 31.

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resistente al paso del tiempo. Y G. W. Leibniz añadiría luego su idea de que la tierra había sido en otra época mucho más caliente de lo que era en la actualidad, y que, por tanto, en el pasado los terremotos eran mucho más violentos. (Ya entonces resultaba evidente que los efectos sobre la superficie terrestre de los terremotos actuales eran limitados).

En el siglo XVIII, Kant propuso su «hipótesis nebular», según la cual todo el sistema solar se habría formado a partir de la condensación de una nube de gas, una concepción que respaldaron las observaciones de William Herschel, cuyos mejoradísimos telescopios mostraban (o parecían mostrar) que algunas de las nebulosas o «manchas difusas» que se veían en el cielo nocturno eran gases o nubes de polvo «que aparentemente se condensaban en una estrella central».3019 Buffon desarrolló estas ideas, no obstante, al igual que había ocurrido con Descartes antes que él, buscó conciliarlas con las de la Iglesia y, así, propuso que la tierra había empezado siendo muy caliente, pero que progresivamente se había enfriado en siete etapas (equivalentes a los siete días de la creación del relato bíblico), la última de las cuales había sido testigo de la aparición del hombre.

Por tanto, lentamente la idea de que la tierra misma cambiaba con el paso del tiempo fue afianzándose. No obstante, independientemente de cómo se hubiera formado la tierra, el principal problema al que se enfrentaban los primeros geólogos era el de explicar cómo era posible que hubiera en tierra firme rocas sedimentarias, resultado de la deposición de materiales transportados por el agua. Como Peter

3019 Ibid., p. 37.

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Bowler ha señalado, había sólo dos repuestas posibles: o bien el nivel de los mares había descendido, o bien la tierra era la que había subido. «La hipótesis de que todas las rocas sedimentarias se habían formado en el suelo de un vasto océano que luego había desaparecido recibió el nombre de neptunismo, en alusión al dios romanos del mar».3020 La teoría alternativa se conocería como vulcanismo, en alusión al dios del fuego. El neptunista más influyente del siglo XVIII fue sin duda Abraham Gottlob Werner, quien, de hecho, era el geólogo más influyente de la época. Profesor en la escuela de minas de Friburgo, Alemania, Werner propuso que la formación de las rocas podía explicarse partiendo del supuesto de que la tierra, al enfriarse, tenía una superficie desigual y que las aguas se retiraron a diferentes ritmos en diferentes áreas. Las rocas primarias serían las que primero quedaron expuestas. Luego, dando por sentado que el descenso de las aguas había sido lo suficientemente lento, estas rocas primarias se habrían erosionado, sus sedimentos habrían llegado al gran océano y más tarde habrían quedado expuestos en forma de rocas secundarias al darse un nuevo retroceso de las aguas, en un proceso que se habría repetido varias veces. De esta manera, se habrían formado los distintos tipos de rocas en una sucesión que abarcaba cinco etapas. La primera habría producido rocas «primitivas» — granito, gneis, pórfido— que se habían cristalizado a partir de la solución química original durante el Diluvio; las últimas rocas, las cuales no se formaron hasta que las aguas del Diluvio retrocedieron por completo, se habían producido debido a la actividad volcánica

3020 Ibid., p. 40.

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como, por ejemplo, las lavas y la toba volcánica. Según Werner, los volcanes del planeta eran consecuencia de la ignición de depósitos de carbón.3021 Werner pensaba que el efecto de la actividad volcánica en la formación de la tierra había sido trivial, y aunque la religión no entraba dentro de sus intereses, el hecho de que su teoría neptunista encajara tan bien con el relato del Diluvio del Antiguo Testamento contribuyó a popularizarla en toda Europa. Fue esta teoría la que dio origen a la expresión «geología bíblica».

La coherencia de esta concepción era uno de sus puntos fuertes, sin embargo, más allá de ello, la teoría tenía varios inconvenientes serios. Para empezar, no conseguía explicar por qué algunos tipos de roca, que según Werner eran más recientes que otros, se encontraban con frecuencia situados precisamente bajo esos tipos más antiguos. Todavía más problemática era la simple magnitud del agua que hubiera sido necesaria para diluir toda la corteza terrestre, lo que habría requerido de una inundación de kilómetros de profundidad y planteaba a su vez un problema todavía mayor: ¿qué había pasado con toda esa agua cuando retrocedió?

El principal rival de Werner fue un escocés perteneciente a la Ilustración de Edimburgo, James Hutton (1726-1797), aunque su vulcanismo nunca llegó a ser tan influyente como la teoría del geólogo alemán. Desde mediados del siglo XVIII, algunos naturalistas habían empezado a sospechar que la actividad volcánica había producido algún efecto en la tierra. Se había advertido, por ejemplo, que algunas montañas de la Francia central tenían forma de volcanes, aunque no

3021 Ibid., p. 44.

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se tenía noticias de que hubieran actuado como tales en algún momento del pasado. Otros pensaban por ejemplo en la Calzada del Gigante, en Irlanda, cuyas columnas de basalto parecían ser consecuencia de la solidificación de material de origen volcánico. Hutton no empezó por interrogarse por los orígenes de la tierra, y en lugar de a la especulación se dedicó a la observación. Estudió los cambios geológicos que podía ver a su alrededor y asumió que estos procesos habían estado ocurriendo siempre. De esta forma, advirtió que la corteza terrestre, la capa más exterior del planeta, está formada por dos tipos de rocas, unas de origen ígneo, formadas por efecto del calor, y otras de origen acuoso. A continuación, observó que las principales rocas de origen ígneo (granito, pórfido, basalto) por lo general se encontraban bajo las rocas de origen acuoso, excepto en aquellos lugares en los que movimientos subterráneos habían empujado las rocas ígneas hacia arriba. Además, señaló algo que cualquier otro podía apreciar por sí mismo, a saber, que la acción de los elementos y la erosión continuaban todavía creando un fino cieno de arenisca, piedra caliza, arcilla y guijarro en el lecho oceánico cerca de los estuarios. A continuación, Hutton se preguntó qué podía haber transformado estos cienos en la roca sólida que vemos en todos lados, y pensó que esto también podía deberse a la acción del calor. El agua estaba descartada (un importante avance) porque era claro que muchas de estas rocas eran insolubles. Lo que quedaba por resolver era de dónde había salido el calor. La conclusión de Hutton fue que éste provenía del interior del planeta y que se manifestaba mediante la acción de los volcanes. Esto, comprendió, explicaría los intrincados

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patrones e inclinaciones de los estratos en muchos lugares del mundo, y señaló que los volcanes continuaban actuando, que diferentes masas de tierra estaban aún surgiendo y desapareciendo (en la época había pruebas de que partes de Escocia y Suecia estaban levantándose) y que los ríos seguían transportando cienos al océano.3022

Hutton publicó por primera vez sus teorías en las Transactions de la Royal Society de Edimburgo en 1788, y después en 1795 en una obra en dos volúmenes, Teoría de la tierra, «el primer tratado que puede considerarse una síntesis geológica auténtica y no un ejercicio de la imaginación».3023 Una de las premisas importantes de Hutton era que el origen de los fósiles había quedado plenamente establecido (en un principio «fósil» era cualquier cosa desenterrada). En el siglo XVII Nicholas Steno y John Woodward habían determinado que los fósiles eran vestigios de antiguas criaturas vivientes, muchas de las cuales se habían extinguido.3024 Sin embargo, también se pensaba que la presencia de fósiles en las montañas se explicaba por el Diluvio de Noé. En la época en la que el libro de Hutton apareció, la historicidad del Diluvio estaba fuera de discusión. «Cuando se pensaba en la historia de la tierra desde un punto de vista geológico, simplemente se daba por hecho que el Diluvio universal debía haber provocado

3022 Charles Gillispie, Genesis and Geology, Harvard University Press, Cambridge (Massachusetts), 1949; Harper Torchbook, 1959, p. 48.

3023 Ibid., pp. 41-42.

3024 Nicholas Steno, The Prodromus of Nicholas Steno’s Dissertation concerning a Solid Body Enclosed by Process of Nature within a solid. Edición original: 1669; traducción al inglés de J. G. Winter, University of Michigan Humanistic Studies, vol. 1, par. 2 (1916), reimpreso por Hafner Publishing Company, Nueva York, 1968. John Woodward, «An Essay Toward a Natural History of the Earth and Terrestrial Bodyes», publicada originalmente en Londres en 1695, reimpreso por Arno Press, Nueva York, 1977.

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enormes cambios y que era el principal agente en la formación de la actual superficie terrestre. El que hubiera tenido lugar era prueba de que Dios era no sólo el creador del mundo sino también su Señor». De la misma forma en que el Diluvio estaba fuera de discusión, la verdad del relato bíblico de la creación del mundo, tal y como se revelaba en el Génesis, se consideraba indudable. Desde este punto de vista, seguía considerándose que el lapso de tiempo transcurrido desde la creación era de aproximadamente seis mil años, y aunque ya había quienes empezaban a preguntarse si esto era suficiente, nadie pensaba que la tierra fuera mucho más vieja. Una cuestión aparte era si los animales habían sido creados antes que la humanidad, pero incluso ésta no decía por sí misma gran cosa sobre la antigüedad del hombre.3025

Que el vulcanismo de Hutton se adecuaba mejor a los hechos que el neptunismo de Werner estaba fuera de discusión. Sin embargo, muchos críticos se opusieron a él porque una teoría semejante implicaba unos lapsos de tiempo geológico enormes, «eras inconcebibles, que superaban con creces cualquier extensión de tiempo que hubiera sido imaginada hasta entonces».3026 Como Werner y otros estudiosos habían observado, la acción de volcanes y terremotos sólo producía en realidad efectos «triviales» sobre la faz de la tierra. Pero además, el problema de la teoría de Hutton no era sólo que, si era correcta y esto siempre había sido así, el planeta debía

3025 Gillispie, Genesis and Geology, p. 42. Jack Repcheck, The Man Who Found Time: James Hutton and the Discovery of the Earth’s Antiquity, Simon & Schuster, Londres, 2003, quien dice que la prosa de Hutton era «impenetrable» y que, en la época, la gente no tenía mucho interés en la cuestión de la antigüedad de la tierra.

3026 Véase, por ejemplo: Gillispie, Genesis and Geology, p. 46.

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tener una gran antigüedad —de otro modo no hubiera sido posible, por ejemplo, la formación de las enormes montañas que conocemos—

sino que postulaba un «estado de estabilidad» y ello contradecía la idea de que la tierra había sido en otra época mucho más caliente de lo que hoy era, un período en el que (independientemente de que hubiera o no ocurrido el Diluvio) los acontecimientos geológicos habrían sido de dimensiones mucho mayores. Mientras esto implicaba cierto desarrollo de la tierra, la teoría de Hutton era de algún modo poco romántica, ya que afirmaba que el planeta que conocemos era el resultado de una sucesión de «acontecimientos infinitesimalmente pequeños» y no de catástrofes espectaculares, como el susodicho Diluvio. Por otro lado, se requería una enorme cantidad de argucias intelectuales para reconciliar el vulcanismo de Hutton con la Biblia. Una propuesta, por ejemplo, era que en otra época había tenido lugar una «gran evaporación», lo que, se esperaba, permitiría explicar por qué todas las aguas del Diluvio habían desaparecido. Ahora bien, como ha mostrado Charles Gillispie, pese a las ventajas, desde un punto de vista científico, de las teorías de Hutton, en el siglo XIX hubo muchos destacados hombres de ciencia que seguían defendiendo el neptunismo: sir Joseph Banks, Humphry Davy y James Watt, para no hablar de W. Hyde Wollaston, secretario de la Royal Society.3027 La propuesta de Hutton no empezaría realmente a imponerse hasta 1802, cuando John Playfair publicó una versión popular de su teoría (sobre la importantísima labor llevada a

3027 Ibid., p. 68.

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cabo por los divulgadores en el siglo XIX y su contribución al declive de la fe, véase el capítulo 35).

Con todo, Hutton (que era deísta) no era el único que creía que la observación de los procesos geológicos aún vigentes terminaría triunfando. En 1815, William Smith, un constructor de canales a quien con frecuencia se ha llamado el «padre» de la geología británica, señaló que, dispersas por todo el planeta, había formaciones rocosas similares que contenían fósiles similares. Muchas de esas especies ya no existían. Esto, por sí solo, implicaba que las especies surgían, florecían y se extinguían en los enormes períodos de tiempo necesarios para que las rocas se depositaran y endurecieran. Esto era significativo en dos sentidos. En primer lugar, respaldaba la idea de que las capas de roca sucesivas se formaban no de manera repentina y completa sino con el paso del tiempo. Y, en segundo lugar, reforzaba la noción de que a lo largo de la historia habían ocurrido numerosas creaciones y extinciones separadas, algo bastante distinto a lo que se afirmaba en la Biblia.3028

No obstante, aunque las objeciones a la versión que ofrecía el Génesis iban en aumento, a comienzos del siglo XIX apenas existían aquellos que se atrevían a cuestionar el Diluvio, y el neptunismo, que encajaba con el relato bíblico, continuaba siendo la versión más popular. Peter Bowler afirma que en esta época las obras de geología superaban en ocasiones las ventas de las novelas populares, pero que, en cualquier caso, la ciencia «sólo era respetable mientras no pareciera perturbar

3028 Ibid., p. 84.

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las convenciones religiosas de la época».3029 El neptunismo, sin embargo, experimentó un giro significativo en 1811 con la publicación de Recherches sur les ossements fossiles (Investigaciones sobre los huesos fósiles) del naturalista francés Georges Cuvier. La obra, que tuvo cuatro ediciones en diez años, proponía un neptunismo renovado y actualizado que fue del gusto del público. Cuvier, conservador en el Musée d’Histoire Naturelle, surgido a partir del Jardin du Roi anterior a 1789, sostenía que a lo largo de la historia del planeta no había ocurrido uno sino varios cataclismos, incluidos los diluvios. Observando a su alrededor, a la manera de Hutton, Cuvier había llegado a la conclusión de que, para que los mamuts y otros vertebrados de tamaño considerable hubieran quedado por completo encerrados en hielo en las regiones montañosas, los cataclismos a los que había estado sometido el planeta tenían que haber sido en realidad bastante repentinos. Respaldaba esta idea el que, en su opinión, para que las montañas se hubieran alzado del lecho oceánico se requería, por definición, de cataclismos de una violencia inimaginable, una violencia que, precisamente, era capaz de exterminar especies enteras y, quizá, formas primitivas de la humanidad.3030 Por otro lado, las excavaciones realizadas en la cuenca de París habían mostrado una alternancia de los depósitos de agua salada y agua dulce, lo que sugería «una serie de grandes cambios en las posiciones relativas de la tierra y los océanos».3031 Sin embargo, las indagaciones de Cuvier no eran del todo coherentes con

3029 Bowler, Evolution, p. 110.

3030 Gillispie, Genesis and Geology, p. 99.

3031 Bowler, Evolution, p. 116.

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el relato bíblico. Por ejemplo, él también observó (y esto también fue importante) que, en las rocas, los fósiles encontrados a mayor profundidad eran más diferentes de las formas de vida actuales que aquellos situados en capas menos profundas y, además, que los fósiles aparecían en un orden coherente en todo el mundo. Este orden era: peces, anfibios, reptiles, mamíferos. Esto llevó a Cuvier a sostener que cuanto más antiguo era un estrato de roca mayor sería la proporción de especies extintas que contenía. Dado que en esa época no se habían hallado aún fósiles humanos, el estudioso francés concluyó que «la humanidad debe haber sido creada en algún momento entre la última y la penúltima catástrofe».3032 Cuvier también señaló que la expedición a Egipto había descubierto animales momificados hacía miles de años que eran idénticos a los actualmente existentes, algo que confirmaba la estabilidad de las especies. Las especies presentes en el registro fósil debían por tanto haber habitado la superficie del planeta por un largo período de tiempo antes de desaparecer.3033 De cierta forma, ésta era una versión a medias de la historia bíblica. El hombre había sido creado antes del Diluvio, pero los animales eran aún más viejos.

En cualquier caso, gracias a la obra de Cuvier el neptunismo y el catastrofismo continuaron siendo populares, en especial en Gran Bretaña, donde la aceptación de las teorías de Hutton se retrasó hasta la década de 1820. Robert Jameson, el líder de la Wernerian Society de Edimburgo, incluso consiguió impedir que las ideas de

3032 Gillispie, Genesis and Geology, p. 101.

3033 Bowler, Evolution, p. 116.

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Hutton tuvieran mucha influencia en su ciudad natal.3034 Además, había una razón adicional por la que muchos geólogos (de nuevo, especialmente en Gran Bretaña) respaldaban la teoría del gran Diluvio: la existencia de inmensas rocas de un tipo completamente diferente del paisaje que las rodeaba. Más tarde se demostraría que éstas habían sido depositadas por las capas de hielo durante la Edad de Hielo, pero inicialmente su distribución se atribuyó a una gran inundación. La figura que más insistió en este punto fue William Buckland, el primer profesor de geología de la Universidad de Oxford. En 1819, en una famosa lección inaugural, titulada Vindiciae Geologicae; or, the Connexion of Geology with Religion Explained, intentó «mostrar que el estudio de la geología tendía a confirmar las pruebas de la religión natural, y que los hechos descubiertos por ella concuerdan con los relatos de la Creación y el Diluvio recogidos en las escrituras mosaicas».3035 Además, en 1821, no mucho tiempo después de su llegada a Oxford, algunos mineros se toparon con una cueva en Kirkdale, en el Valle de Pickering, en Yorkshire, en la que descubrieron un inmenso depósito de «diversos huesos». Buckland vio en ello una oportunidad y se apresuró a viajar a Yorkshire, donde con rapidez determinó que aunque la mayoría de los huesos pertenecían a hienas, también había muchos de aves y otras especies animales, algunas de las cuales ya no existían en Gran Bretaña: leones, tigres, elefantes, rinocerontes e hipopótamos. Por otro lado,

3034 Ibid., p. 119.

3035 Brooke, Science and Religion, p. 203, anota que en una ocasión Buckland «retuvo» a la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia hasta la medianoche, «explayándose» sobre el «diseño» del gran perezoso.

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dado que todos los huesos y cráneos estaban deformados o rotos más o menos de la misma forma, concluyó que los mineros habían encontrado una madriguera de hienas. Buckland redacto un informe sobre el descubrimiento, que convirtió primero en un ensayo académico, con el que ganó la medalla Copley de la Royal Society, y luego en un libro destinado al gran público. Su objetivo con este libro era defender la existencia del Diluvio y la reciente creación del hombre. Su tesis era ante todo muy pulcra: la mayoría de los huesos de la cueva de Kirkdale pertenecían a especies extintas en Europa; tales huesos nunca se habían encontrado en depósitos aluviales (ribereños) de arena o cieno; no existían pruebas de que estos animales hubieran vivido en Europa desde el Diluvio. De todo ello se seguía, decía Buckland, que los animales cuyos restos habían sido hallados por los mineros habían quedado sepultados antes de los tiempos de Noé. Por último, el hecho de que la parte superior de los restos hubiera quedado preservada con tanta belleza en barro y cieno le llevaba a pensar que los animales «debieron de haber quedado sepultados de forma repentina y, a juzgar por la capa de estalactitas post-diluviales que cubrían el barro, no hacía mucho más de cinco o seis mil años».3036

Con todo, la teoría del Diluvio no dejaba de ser problemática. Uno de los inconvenientes más significativos, como incluso Buckland reconocía, era que las diversas pruebas del Diluvio encontradas alrededor del mundo situaban el acontecimiento en una gran variedad de épocas diferentes. (Buckland, como muchos otros

3036 Gillispie, Genesis and Geology, p. 107.

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pensadores, no permitía que su fe pervirtiera su rigor científico).3037 Además, hacia la década de 1830 la teoría del enfriamiento del planeta resultaba cada día una explicación más coherente de por qué la actividad geológica había sido mayor en el pasado que en la actualidad, lo que contribuía a respaldar la idea de que el desarrollo de la tierra y las formas de vida en ella habían sido muy diferentes en el pasado. En 1824 el mismo Buckland describió el primer dinosaurio conocido, el gigantesco megalosaurio, si bien el gran anatomista Richard Owen no acuñaría la palabra «dinosaurio» hasta 1841. Ese mismo año John Phillips identificó la secuencia temporal de las grandes formaciones geológicas: el paleozoico, la era de los peces y los invertebrados, el mesozoico, la era de los reptiles, y el cenozoico, la era de los mamíferos.3038 Esto se basaba en parte en el trabajo realizado en Gales por Adam Sedgwick y sir Roderick Murchison, con el que empezó el desciframiento del sistema paleozoico. Al final, se mostraría que el período paleozoico se extendía aproximadamente desde hace quinientos cincuenta millones de años hasta hace doscientos cincuenta millones de años, y que había sido la época en la que la vida vegetal había salido de los océanos, los peces habían aparecido, y luego los anfibios y después los reptiles habían alcanzado la tierra. Todas estas formas de vida se extinguieron hace unos doscientos cincuenta millones de años, por razones que todavía no se conocen plenamente. Ahora bien, de los análisis de Sedgwick y Murchison resultaba claro que las formas de vida primitivas eran

3037 Bowler, Evolution, p. 110.

3038 Ibid., p. 124.

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muy antiguas y que la vida en el planeta había comenzado en el agua antes de salir a tierra. Hubiera existido o no un diluvio universal, todo ello contradecía de forma espectacular el relato bíblico.3039

Los hallazgos del estudio de los fósiles y de las secuencias de rocas se unieron a la entonces naciente ciencia de la embriología. La figura clave aquí fue Karl Ernst von Baer, quien, en contra del saber convencional de la época, sostenía que el embrión humano recapitulaba en su desarrollo la progresión de invertebrado-pez-reptil-mamífero, y afirmaba que todos los embriones eran en un principio simples y que luego desarrollaban características especiales que les permitían ocupar su lugar en el mundo: los animales inferiores no eran, como se pensaba, formas inmaduras del hombre.3040 Fue también von Baer quien mostró que la organización de las formas de vida no daba lugar a una «jerarquía centrada en el hombre» y que los seres humanos no eran más que una entre muchas formas de vida posibles. En Archetypes and Homologies of the Vertebrate Skeleton (1848) y On the Nature of Limbs (1849), Robert Owen demostró que los vertebrados compartían una estructura básica similar, que adoptaba diferentes formas, pero que en ningún sentido tenía como «meta» al hombre.3041

Sin embargo, en lo que a la historia de la geología se refiere, estamos adelantándonos a los hechos. Más allá de su mérito intrínseco, los descubrimientos de Cuvier, Buckland, Sedgwick y Murchison fueron importantes porque provocaron un cambio de mentalidad decisivo en

3039 Gillispie, Genesis and Geology, pp. 111-112 y 142.

3040 Bowler, Evolution, p. 130.

3041 Ibid., p. 132.

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Charles Lyell, que en 1830 publicó el primero de los tres volúmenes de sus Principles of Geology. El argumento de Lyell quedaba expuesto en el subtítulo de la obra: «Un intento de explicar los cambios experimentados por la superficie terrestre en el pasado de acuerdo con causas todavía operantes». Las ideas de Lyell se inspiraban también en los estudios de Georges Scrope, un geólogo francés que había demostrado a partir de su trabajo en el macizo Central en Francia que «los ríos creaban sus propios valles en un lapso de incontables siglos». Antes de la publicación de su obra, Lyell recorrió Europa para entrevistarse con otros geólogos como Étienne de Serres y estudiar algunos accidentes geológicos y, en particular, los volcanes activos de Sicilia, donde descubrió que el gigantesco cono era el resultado de la acumulación gradual de una prolongada serie de pequeñas erupciones. Pero además, el volcán descansaba sobre rocas sedimentarias de origen reciente, algo que se infería del hecho de que los moluscos fósiles del lugar eran idénticos a los de la actualidad. Esto convenció a Lyell de que, para explicar la existencia de la montaña, no había necesidad de postular ninguna catástrofe.

Con todo, los Principles fueron básicamente una obra de síntesis, más que de investigación original. Allí Lyell aclaraba e interpretaba materiales ya publicados que respaldaban dos conclusiones. La primera, como es obvio, era que las principales características geológicas de la tierra podían explicarse como resultado de procesos exactamente iguales a los que podían observarse en el presente. En una reseña del libro, alguien empleó el término «uniformismo», cuyo uso terminaría imponiéndose. El segundo objetivo de Lyell era refutar

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la idea de que un gran diluvio, o una serie de diluvios, era el causante de las características de la tierra que observamos a nuestro alrededor. Lyell daba mucho valor a los trabajos de Scrope, y respaldó su idea de que los ríos creaban sus propios valles y de que «la delicada sinuosidad de los lechos fluviales» no podía ser el resultado de acontecimientos violentos y, todavía menos, de catástrofes. En el terreno religioso, Lyell adoptó una postura de sentido común al sostener que era improbable que Dios actuara en contra de las leyes de la naturaleza para provocar una serie de grandes cataclismos. En lugar de ello, Lyell proponía que si se asumía que el tiempo se extendía lo suficientemente lejos hacia el pasado, los procesos geológicos que aún observamos bastaban para explicar «lo grabado en las rocas».3042 No faltaban pruebas de que los volcanes habían estado erupcionando de forma regular a lo largo de la historia y esto no tenía ninguna relación con diluvios o grandes cataclismos. Y mediante el estudio comparado de los hallazgos de la estratigrafía, la paleontología y la geografía física, identificó tres épocas diferentes, cada una con sus formas de vida características. Éstas recibirían luego el nombre de plioceno, mioceno y eoceno, la última de las cuales se remontaba a hace aproximadamente cincuenta y cinco millones de años, de nuevo, muy lejos del marco temporal que ofrecía el Antiguo Testamento.

El primer volumen de los Principles planteaba su desacuerdo con el Diluvio y daba comienzo al proceso que acabaría de forma definitiva con la idea. En el segundo volumen, Lyell demolía la versión bíblica

3042 Ibid., pp. 134 y ss.

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de la creación. Al estudiar los fósiles presentes en el registro geológico, Lyell mostraba que había habido un flujo constante de creación y extinción en el que participaban, literalmente, incontables especies. En el siglo XVIII, Linneo había especulado que en alguna época debía de haber existido «un rincón especial del globo» que habría hecho las veces de «incubadora divina» y en el que se habrían originado la vida y las nuevas especies. Lyell intentó demostrar lo equivocada que era esta concepción. La vida, anotó, había comenzado en distintos «centros de creación». Lyell pensaba que el hombre había sido creado recientemente, pero mediante procesos iguales a los de los demás animales.3043

El gran problema de la teoría de Lyell es que revivía la teoría de un «estado de estabilidad» del planeta, según la cual el mundo que vemos a nuestro alrededor es el resultado de la constante acción de fuerzas constructivas y destructivas. ¿De dónde procedía la energía necesaria para todo ello? Con el desarrollo de la ciencia de la termodinámica a mediados del siglo XIX, físicos como lord Kelvin propusieron que la tierra debía estarse enfriando y a partir de ahí calcularon que el planeta tenía por lo menos cien millones de años. Esto no se acercaba en realidad a la verdad, pero superaba con creces los que se decía en la Biblia. (Hasta el siglo XX los físicos no comprendieron que la radioactividad de ciertos elementos permitía que el planeta conservara su temperatura interna).3044 En retrospectiva, podría decirse que la obra de Lyell coqueteaba con la idea de evolución. Pero

3043 Gillispie, Genesis and Geology, p. 133.

3044 Bowler, Evolution, p. 138.

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se trataba sólo de coqueteo: Lyell carecía del concepto de selección natural. Ahora bien, lo que sí consiguió fue acabar con el neptunismo. Hubo, sin embargo, varios intentos desesperados por conciliar el relato bíblico con la avalancha de descubrimientos científicos que culminaron en una serie de trabajos conocidos como los tratados de Bridgewater. «Esta extraña serie de obras (para el lector moderno, aburridísima) fue encargada por el testamento del reverendo Francis Henry Egerton, octavo conde Bridgewater, un clérigo noble que siempre descuidó su parroquia y que murió en 1829. Lord Bridgewater dejó a sus albaceas, el arzobispo de Canterbury, el obispo de Londres y el presidente de la Royal Society, la tarea de seleccionar a ocho autores científicos, cada uno perteneciente a una de las principales ramas de las ciencias naturales, que estuvieran en condiciones de demostrar “el Poder, la Sabiduría y la Bondad de Dios, tal y como se manifestaban en la Creación; e ilustrar su obra con toda clase de argumentos razonables, como, por ejemplo, la variedad y formación de las criaturas de Dios en los reinos animal, vegetal y mineral”». Entre los ocho autores «científicos» elegidos se encontraban clérigos, físicos y geólogos.3045 Ninguno de ellos aportó nada al debate, pero la existencia misma de sus obras demuestra lo lejos que estaban dispuestos a llegar algunos para mantener a la ciencia en su lugar. Entre los argumentos empleados en la discusión estaba el que afirma que el universo era tan improbable estadísticamente que tenía que haber una «dirección divina» obrando en él, así como el que sostiene que nuestro mundo es tan benevolente que sólo podía haber sido

3045 Gillispie, Genesis and Geology, p. 210.

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hecho por Dios (como ejemplos de ello se señalaba, entre otras cosas, que los peces tienen ojos especialmente adecuados para la visión submarina y que el mineral de hierro siempre se descubre cerca del carbón necesario para fundirlo).3046 En el último tratado de la serie, el doctor Thomas Chalmers insistió en que la existencia de la conciencia en los seres humanos, la noción misma de moralidad, era «prueba concluyente de la exquisita armonía creada por Dios».3047 Los tratados gozaron de cierta popularidad en su época. Publicados entre 1833 y 1836, hacia la década de 1850 cada uno había sido objeto por lo menos de cuatro ediciones. El principal inconveniente de todos ellos, y su punto más débil, era que proponían un acercamiento irreflexivo a la ciencia; cada uno pretendía a su manera ser una última palabra, como si la geología, la biología, la filología o cualquiera de las otras nuevas disciplinas no tuvieran nada más que decir, nuevos ases en la manga que oponer a las explicaciones que los tratados juzgaban tan convincentes.

La respuesta más inmediata a los tratados de Bridgewater fue la publicación en 1838 de un noveno tratado (no oficial) por parte de Charles Babbage, quien argumentaba que un creador podía obrar como él mismo había obrado al crear su famosa «máquina calculadora», un precursor del ordenador que podía programarse para que realizara operaciones de acuerdo con un plan predeterminado. De esta forma nació una idea que resultaría bastante popular, la de «leyes de la creación», muy similar a la de

3046

3047

Ibid., p. 212.

Ibid., p. 214.

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leyes de la reproducción. Quien más supo aprovecharla fue Robert Chambers, otra figura de Edimburgo. Su Vestiges of the Natural History of Creation, publicado en 1844, supuso una ruptura radical con las ideas convencionales, tan radical que Chambers optó porque el libro apareciera de forma anónima. Como anotamos ya en el Prólogo de este libro, la obra proponía la idea básica de la evolución, aunque nada en ella anticipaba la noción darwiniana de selección natural. Chambers describía el progreso de la vida como un proceso puramente natural. El libro empezaba afirmando que la vida había surgido por generación espontánea y «citaba como prueba de ello ciertos experimentos (que pronto quedarían desacreditados) en los que supuestamente se había conseguido crear pequeños insectos mediante electricidad», y utilizando como ejemplo el Ninth Bridgewater Treatise de Babbage, postulaba que el progreso de la vida se explicaba por unas vagas leyes de la creación.3048 Con todo, el principal aporte de Chambers fue que organizó el registro paleontológico en un sistema ascendente y sostuvo que el hombre no destacaba de forma particular entre todos los demás organismos del mundo natural. Aunque Chambers no advirtió la posibilidad de la selección natural y no explicó en realidad cómo podía operar la evolución, su obra, es importante subrayarlo, tiene el mérito de haber presentado al público en general la idea de la evolución quince años antes que la obra de Darwin.3049 En su libro Victorian Sensation (2000), James Secord explora el impacto que en su momento causó

3048 Secord, Victorian Sensation, p. 388.

3049 Ibid., cap. 3, pp. 77 y ss.

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Vestiges y llega a decir que, en cierto sentido, fue como si Chambers le hubiera «ganado la exclusiva» a Darwin. Según Secord, Vestiges despertó el interés de amplios y variados sectores de la sociedad británica. El libro se discutió en la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia, así como en otros salones y sociedades intelectuales de Londres, Cambridge, Liverpool y Edimburgo, pero también en grupos sociales menos elevados; las ideas que promovía se convirtieron en tema general de debate, se aludía a ellas en pinturas, en exhibiciones y en caricaturas publicadas en los nuevos periódicos de circulación masiva, y llamaron la atención de feministas y librepensadores. Secord señala que Chambers no era en realidad un científico sino un intelectual medianamente cultivado, proveniente de una familia de editores, y que su libro, que básicamente ofrecía un relato del «progreso» de la historia, aprovechaba tanto los hallazgos de las ciencias como las técnicas narrativas empleadas por las novelas (ellas mismas, un fenómeno relativamente reciente en esa época). Chambers creía que su libro causaría sensación, pero la posibilidad de que la reacción fuera negativa era una razón tan válida para publicarlo de forma anónima como la posibilidad de que la reacción fuera positiva: la necesidad de anonimato, sostiene Secord, evidencia que en la década de 1840 la cuestión de la evolución estaba en el aire y era en extremo polémica. En este sentido, el estudio de Secord señala algo muy importante, a saber, que Vestiges fue la primera obra que presentó y divulgó la idea de la evolución a una enorme cantidad de gente (se publicaron catorce ediciones) y, por tanto, que desde este punto de vista El origen de la

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especies de Darwin vino a resolver una crisis, no a crearla: «La historia de la idea de la evolución no es un relato centrado en Darwin». Ésta es una enorme revisión de la historia de la las ideas.3050 Una respuesta no menos convincente a los tratados de Bridgewater y casi contemporánea a la aparición de Vestiges, evidencia la naturaleza de la ciencia como conocimiento en constante desarrollo: el descubrimiento de la gran Edad de Hielo por Louis Agassiz y otros investigadores. Agassiz fue un geólogo suizo que, más tarde, en 1847, sería invitado a Harvard por su trabajo sobre la glaciación. La idea original de una gran Edad de Hielo no era suya: en 1795 James Hutton, en uno de sus inusuales momentos de especulación, había propuesto la posibilidad de que algunas extrañas rocas «erráticas» cerca de Ginebra hubieran sido transportadas y dejadas allí por glaciares que luego habían retrocedido. No obstante, fue Agassiz quien reunió y recopiló la inmensa masa de datos que permitió resolver la cuestión más allá de toda duda. Agassiz hizo por la Edad de Hielo lo que Lyell había hecho por la antigüedad de la tierra.

A través del estudio de los glaciares actuales (que no escaseaban en los Alpes suizos), Agassiz llegó a la conclusión de que buena parte de Europa septentrional había estado sepultada bajo una gran capa de hielo, en ciertos lugares de hasta tres kilómetros de grosor. Esta conclusión (todavía más extraordinaria si se tiene en cuenta que en aquella época Agassiz estaba más interesado en el estudio de los fósiles de peces) se fundaba principalmente en tres tipos de pruebas

3050 Ibid., p. 526, para una comparación de las historias editoriales de Vestiges y de El origen de las especies.

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que pueden apreciarse en los bordes de los glaciares incluso hoy: los «erráticos», la morrena y el till. Los «erráticos» son enormes rocas, como las que Hutton había observado cerca de Ginebra, cuya constitución es muy diferente de todas las demás rocas del paisaje que las rodea.3051 A medida que el hielo avanzaba, empujaba estas piedras y, cuando la tierra volvía a calentarse y el hielo retrocedía, los «erráticos» quedaban en un entorno «extranjero». Por ello los geólogos podían encontrarse de repente con una gigantesca roca de, por ejemplo, granito, en un área compuesta fundamentalmente de piedra caliza. Ahora bien, mientras los primeros geólogos pensaban que lo que explicaba este tipo de fenómenos era el Diluvio, Agassiz mostró que éstos eran un efecto del hielo. El till es una forma de acarreo formada por el hielo a medida que éste se expande por la superficie de la tierra actuando, en palabras de J. D. Macdougall, como una gigantesca hoja de papel de lija.3052 (El till proporciona gran cantidad de grava para la industria de la construcción moderna). La morrena son montículos de till que se desarrollan en los límites de los glaciares y pueden llegar a ser bastante grandes: la mayor parte de Long Island, en el estado de Nueva York, es una morrena que tiene más de ciento setenta kilómetros de un extremo a otro. Agassiz y otros investigadores concluyeron que la Edad de Hielo más reciente había empezado hace ciento treinta mil años, había alcanzado su punto álgido hace veinte mil y había terminado con rapidez hace doce mil o

3051 Edward Lurie, Louis Agassiz: A Life in Science, University of Chicago Press, Chicago, 1960, pp. 97 y ss., sobre cómo Agassiz desarrolló el concepto de Edad de Hielo.

3052 J. D. MacDougall, A Short History of Planet Earth, John Wiley & Sons, Nueva York y Londres,

1996, p. 210.

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diez mil años. Con el tiempo estos cálculos resultarían ser extremadamente significativos, ya que coincidieron con las primeras pruebas sobre los comienzos de la agricultura.3053 Esto resultaba coherente tanto en términos cronológicos como de evolución cultural. Originalmente, el término «evolución» se empleaba en biología para designar el crecimiento del embrión. La palabra latina original significaba «desenrollar, desplegar». Más allá de este uso, se empleaban términos como «progresionismo» o desarrollo para referirse a la idea de que organismos más simples daban origen a organismos más complejos (cómo ocurría esto era algo que estaba aún por aclararse). La cuestión de si esta progresión incluía o no al hombre dividía a los expertos. A continuación se usaba la palabra evolución en un sentido cultural, de acuerdo con las observaciones de Vico, Herder y otros autores, que advertían en el desarrollo de las sociedades humanas una progresión desde un estado primitivo a formas de civilización cada vez más avanzadas. Peter Bowler señala que algunos de los primeros antropólogos, como E. B. Tylor y L. H. Morgan, sostuvieron que las diferentes razas progresan de acuerdo a una secuencia similar de fases culturales, por lo que los pueblos que aún eran «primitivos» pertenecían a «líneas retrasadas del desarrollo

3053 Pero había también algo más. Entre las morrenas se encontraron considerables cantidades de diamantes. Los diamantes se forman en las profundidades de la tierra y salen a la superficie en el magma fundido que expulsan los volcanes. Esto, por tanto, era una prueba adicional de la acción continua de los volcanes, algo que reforzaba el hecho de que el descubrimiento de la gran Edad de Hielo (o edades de hielo) confirmaba tanto la antigüedad de la tierra como el enfoque uniformista de la geología. Ibid., pp. 206-210.

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cultural, atascadas en un estadio que la raza blanca había superado en una fase anterior».3054

Lamarck fue uno de los más destacados defensores del progresionismo. Jean-Baptiste de Monet, chevalier de Lamarck (1744-1829), no fue exactamente el bellaco y el cretino que algunas veces se ha pintado. Fue él quien advirtió que algunas especies fósiles eran similares a criaturas todavía existentes, y así fue cómo concibió la idea de que algunos linajes fósiles podían no haberse extinguido sino cambiado, en respuesta a modificaciones en las condiciones de vida en la tierra, y por tanto seguían viviendo «pero en una forma corregida que no somos capaces de reconocer». Ésta es una noción predarwiniana de adaptación.3055 Lamarck estaba convencido de la gran antigüedad del planeta y de que las formas de vida habían cambiado continuamente a lo largo de amplios períodos de tiempo. Y además consideraba al hombre el producto final de esta progresión.3056 La idea de evolución de Lamarck era doble. Por un lado, creía que la naturaleza obedecía a un principio de complejidad creciente. Por otro, pensaba que los órganos de una criatura se desarrollan mejor cuanto más se los utilizaba y que estas características fortalecidas (o adquiridas) pasaban a posteriores

3054 Peter J. Bowler, The Non-Darwinian Revolution, Johns Hopkins University Press, Baltimore y Londres, 1988, p. 13.

3055 Mayr, Growth of Biological Thought, p. 349. Véase también: Moynahan, Faith, p. 651.

3056 Pietro Corsi, The Age of Lamarck: Evolutionary Theories in France 1790-1830, University of California Press, Berkeley y Londres, 1988, pp. 121 y ss. Ernst Mayr, el eminente historiador de la biología, afirma que Lamarck presentó su visión de la evolución con más valentía que la empleada por Darwin cincuenta años después. Mayr, Growth of Biological Thought, p. 352.

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generaciones, siempre y cuando «los cambios adquiridos sean comunes a ambos sexos o a aquellos que producen los jóvenes».3057 Debido a estos factores y a otros que ya señalaremos, se ha sostenido que a mediados del siglo XIX había algo «en el aire» que contribuyó al surgimiento de lo que Darwin llamaría selección natural.3058 La idea de una lucha por la existencia ya había sido planteada en 1797 por Malthus, quien había afirmado que cada tribu de la historia habría competido por los recursos y que las menos exitosas se habían extinguido. «Hoy sabemos que además de Malthus, Darwin supo aprovechar la lectura de las obras de Adam Smith y de otros economistas políticos. El concepto de divergencia como resultado de la especialización refleja las supuestas ventajas económicas que se derivaban de la división del trabajo».3059 William Charles Wells propuso otra teoría en 1813, en «An Account of a Female of the White Race of Mankind» (Informe sobre una mujer de raza blanca), donde sostuvo que las razas humanas podrían haber surgido como resultado de la llegada de grupos humanos a territorios deshabitados en los que debieron de hacer frente a un entorno nuevo.3060 Las variaciones accidentales dentro de la población harían que ciertos

3057 Sobre quiénes estuvieron de acuerdo y quiénes en desacuerdo con Lamarck, véase: Corsi, Age of Lamarck, pp. 157 y ss. El auge de la idea de la gran cadena del ser, a la que nos referimos en la Introducción, también formaba parte del clima intelectual de mediados del siglo XIX. Se trataba de una idea muy antigua, lo que en un principio le otorgaba mucha credibilidad, pero no se trataba en realidad de una idea científica y, por tanto, no sobrevivió mucho tiempo a las innovaciones de Darwin. Véase: Bowler, Evolution, pp. 59 y ss., sobre las ideas decimonónicas acerca de la gran cadena del ser, y p. 61, para un diagrama explicativo.

3058 Entre esos otros factores se encontraba el capitalismo industrial: la noción de que la gente tiene toda la libertad para competir en actividades comerciales, porque se lograba que coincidieran el bien de la comunidad y los intereses egoístas de los individuos.

3059 Bowler, Non-Darwinian Revolution, p. 36.

3060 Ibid., p. 41.

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individuos se adaptaran mejor a las nuevas condiciones, por lo que tenderían a convertirse en padres de una nueva raza.

Por dónde quiera que uno mire en el siglo XIX, la idea de que en la sociedad y la naturaleza el conflicto y la competencia desempeñaban un papel importante estaba en labios de todos.3061 Para entonces ya era difícil intentar contradecir las pruebas proporcionadas por los registros fósiles y geológicos, que habían permitido reconstruir un cuadro básico de lo ocurrido bastante claro. «Las rocas más antiguas [de hace seiscientos millones de años] sólo ofrecían restos de invertebrados, mientras que los primeros peces no aparecían hasta el período silúrico [hace 440-410 millones de años]. El mesozoico [hace 250-265 millones de años] estuvo dominado por los reptiles, incluidos los dinosaurios. Aunque presentes ya en el mesozoico en pequeñas cantidades, los mamíferos no se volverían dominantes hasta el cenozoico [desde hace sesenta y cinco millones de años hasta nuestros días], cuando gradualmente fueron progresando hasta convertirse en las criaturas más avanzadas de la actualidad, incluida la especie humana».3062 (Las fechas anotadas entre corchetes no corresponden, por supuesto, a las aceptadas en el siglo XIX). A los hombres de la época les resultaba difícil no ver en esta progresión una especie de «finalidad», e identificaban en ella un desarrollo que «conducía», a través de distintas etapas, a los humanos «y que revelaba un plan divino con un propósito simbólico». En los libros de

3061 Barry Gale, «Darwin and the concept of the struggle for existence: a study in the extra-scientific origins of scientific ideas», Isis, vol. 63 (1972), pp. 321-344.

3062 Bowler, Non-Darwinian Revolution, p. 57.

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la época, muchos «árboles de la vida» incluían un tallo más grueso que todos los demás que conducía directamente al hombre.

Este cuadro, por supuesto, debería ser revisado a la luz de la reciente obra de James Secord antes mencionada. Allí, Secord ofrece ejemplos de las notas que Darwin realizó cuando leyó Vestiges en la sala de lectura del Museo Británico. Darwin estaba lejos de sentirse impresionado por muchos aspectos de la argumentación de Chambers (de hecho, nunca compró su propio ejemplar del libro), pero resulta claro que la lectura de Vestiges, que se encontraba en la cumbre de eso que estaba «en el aire», le ayudó a afinar la distinción entre su teoría de la selección natural y las ideas de sus rivales.3063 Un último elemento de este «clima de opinión», de ese «algo en el aire» que estamos reseñando a propósito del surgimiento del «progresionismo», lo constituye la obra de Alfred Russel Wallace. La reputación de Wallace y su papel en el descubrimiento de la evolución ha experimentado su propio desarrollo recientemente. Durante muchos años se aceptó que el artículo que envió a Darwin en 1858, «Sobre la tendencia de las variedades a alejarse indefinidamente del tipo original», contenía una clara exposición de la selección natural, por lo que éste se vio forzado a apresurar la publicación de su propio libro, El origen de las especies. En consecuencia, algunos académicos han sostenido que a Wallace nunca se le dio el reconocimiento que merecía e incluso han insinuado que Darwin y sus seguidores de forma deliberada procuraron mantenerlo apartado del primer

3063 Brooke, Science and Religion, p. 431.

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plano.3064 Sin embargo, estudios más recientes han mostrado que una lectura atenta del trabajo de Wallace revela que su idea de selección natural no era exactamente igual que la de Darwin, y que como recurso explicativo tenía mucha menos fuerza. En particular, Wallace no subrayaba la competencia entre individuos sino entre los individuos y el entorno. Para Wallace, los individuos menos aptos, esto es, aquéllos menos adaptados a su entorno, eran eliminados, en especial cuando ese entorno experimentaba grandes cambios. Desde este punto de vista, cada individuo compite contra el entorno y el destino de cada individuo es independiente del de los demás.3065 Esta diferencia es fundamental y quizá explique por qué Wallace no pareció haberse resentido por el hecho de que Darwin hubiera publicado su libro al año siguiente de haberle enviado su ensayo.3066 Con todo, nada de lo dicho hasta aquí pretende ocultar el hecho de que cuando El origen de las especies apareció en 1859, introdujo «un acercamiento completamente nuevo y (para los contemporáneos de Darwin) completamente inesperado a la cuestión de la evolución biológica». La teoría de Darwin explicaba, como ninguna otra lo había hecho hasta entonces, un nuevo mecanismo de cambio en el mundo biológico. Explicaba cómo una especie daba lugar a otra y, en palabras de Ernst Mayr, «suponía no simplemente el reemplazo de una teoría científica (la de las “especies inmutables”) por una nueva,

3064 Bowler, Non-Darwinian Revolution, p. 42. Martin Fichnan, «Ideological factors in the dissemination of Darwinism», en Everett Mendelsohn, ed., Transformation and Tradition in the Sciences, Harvard University Press, Cambridge (Massachusetts), 1984, pp. 471-485.

3065 Bowler, Non-Darwinian Revolution, p. 43.

3066 Mayr, Growth of Biological Thought, p. 950. Ross A. Slotten, The Heretic in Darwin’s Court:

The Life of Alfred Russel Wallace, Columbia University Press, Nueva York, 2004.

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sino por una que obligaba a repensar por completo el concepto que el hombre tenía del mundo y de sí mismo y, específicamente, implicaba rechazar algunas de las creencias más difundidas y más queridas del hombre occidental». Según Peter Bowler, «el historiador de las ideas ve la revolución que tuvo lugar en la biología como un síntoma de un cambio mucho más profundo en los valores de la sociedad occidental, en el que se sustituyó la concepción cristiana del hombre y la naturaleza por una concepción materialista de ambos».3067 La idea más destacada y brillante de Darwin fue su teoría de la selección natural, que constituía la columna vertebral de su libro (el título completo de la obra era Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida). Todos los individuos de cualquier especie son diferentes entre sí y aquéllos más aptos tienen mayores probabilidades de reproducirse y convertirse en los padres de la nueva generación. De este modo, resultan favorecidas aquellas variaciones accidentales que contribuyen a hacer a los individuos más aptos. Esta teoría no tenía necesidad de ningún «plan», describía un proceso muy parsimonioso y que podía observarse en todos lados.3068

Aunque Darwin se hubiera sentido impulsado a publicar El origen de las especies tras haber sido contactado por Wallace, sus ideas habían estado madurando desde finales de la década de 1830, tras su famoso viaje a bordo del Beagle. El tiempo pasado en Suramérica, en

3067 Bowler, Non-Darwinian Revolution, p. 152.

3068 Mayr, Growth of Biological Thought, p. 501.

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particular en las islas Galápagos, le había enseñado a pensar en términos de poblaciones más que de individuos, a medida que estudiaba las variaciones que había de una isla a otra. Se había familiarizado con el ñandú, un ave corredora, en su viaje por las amplias pampas de la Patagonia, y había comido la carne de distintas variedades de este animal durante su recorrido. Darwin advirtió que, en los límites del territorio ocupado por dos poblaciones había una lucha por la supremacía. Y empezó a preguntarse por qué había especies emparentadas en continentes e islas diferentes: ¿era posible que el Creador hubiera visitado cada lugar para realizar estos finos ajustes?3069 El estudio de los percebes le permitió conocer la enorme variedad que podía haber dentro de una especie, y todas estas observaciones e inferencias poco a poco fueron encajando unas con otras. Cuando el libro apareció el 24 de noviembre de 1859, se vendieron 1250 ejemplares en el primer día. El mismo Darwin se fue a tomar las aguas en Ilkley, Yorkshire, y esperar que se desatara la tormenta.3070 No tardó mucho en hacerlo y no es difícil entender por qué. Ernst Mayr señala que las teorías de Darwin tenían seis implicaciones filosóficas de gran relieve: (1) reemplazaban la idea de un mundo estático por la de un mundo en evolución; (2) demostraban lo inverosímil que era el creacionismo; (3) refutaban la teología cósmica, esto es, la idea de que el universo tenía un propósito; (4) acababan con cualquier justificación de antropocentrismo absoluto (la afirmación de que el propósito del mundo era la aparición del

3069 Bowler, Non-Darwinian Revolution, p. 162.

3070 Ibid., p. 187.

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hombre); (5) explicaban el «diseño» del mundo puramente en términos de procesos materiales; (6) reemplazaban el esencialismo por el pensamiento poblacional.

Es importante aclarar algo sobre el impacto de El origen de las especies. Éste se debió en alguna medida a la sólida reputación de Darwin, esto es, a que no había sido escrito por un don nadie, y al hecho de que el libro estaba abarrotado de datos que respaldaban sus hipótesis.3071 Pero además su impacto también se debió al hecho de que, como hemos anotado antes, el libro resolvía (o parecía resolver) una crisis, no iniciaba otra. Según James Secord, la selección natural fue en su momento el último peldaño de la tesis evolucionista, no el primero, la teoría que vino a llenar los vacíos de la argumentación al proponer el mecanismo mediante el cual unas especies daban origen a otras. La naturaleza no revolucionaria de El origen de las especies, para usar la expresión de Peter Bowler, queda demostrada por las tablas que ofrece Secord en su libro: El origen de las especies no empezó a superar las ventas de Vestiges de forma clara hasta el siglo XX.3072

Dicho esto, hay que agregar que El origen de las especies sí motivo una enorme oposición a las ideas que proponía. El mismo Darwin era consciente de que su teoría de la selección natural era el aspecto más polémico de su exposición y no se equivocaba. John F. W. Herschel, un filósofo a quien Darwin admiraba, llamó a la selección natural la «ley del desorden y el desconcierto», mientras Sedgwick (que era al

3071 Ibid., p. 67.

3072 Secord, Victorian Sensation, p. 526.

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mismo tiempo teólogo y científico) la condenó por considerarla una «aberración moral».3073 Muchas de las reseñas favorables que recibió la obra se mostraron tibias respecto a la selección natural: Lyell, por ejemplo, nunca la aceptó del todo y la consideraba «desagradable», y T. H. Huxley pensaba que no habría forma de probarla.3074 A finales del siglo XIX la teoría de la evolución ya gozaba de una amplia aceptación, pero en cambio la idea de la selección natural tendía a ignorarse, y esto era significativo, pues permitía a la gente dar por sentado que la evolución tenía algún propósito, que «se desarrollaba con una meta en particular, de la misma forma en que los embriones crecían para alcanzar la madurez». Desde esta perspectiva, la evolución no era la amenaza a la religión que muchas veces se nos ha hecho creer.3075 De hecho, El origen de las especies tenía dos capítulos sobre la distribución geográfica de las formas de vida en los que Darwin aprovechaba los hallazgos de la geología y la paleontología que hemos mencionado, y sus contemporáneos tenían muchas menos dificultades para aceptar esto que el mecanismo de la selección. Vestiges, como hemos visto, había preparado en parte el camino. Ernst Mayr afirma que la idea de selección natural no sería plenamente aceptada hasta la síntesis evolutiva de las décadas de 1930 y 1940.3076 Por otro lado, mucha gente pensaba simplemente

3073 Mayr, Growth of Biological Thought, p. 510.

3074 Incluso T. H. Huxley, «el bulldog de Darwin», que tanto hizo para promover la causa de la evolución en general, nunca creyó mucho en la selección natural.

3075 Bowler, Evolution, p. 24.

3076 Véase: Peter Watson, A Terrible Beauty: The People and Ideas That Shaped the Modern Mind, Weidenfeld & Nicolson, Londres, 2000/The Modern Mind: An Intellectual History of the Twentieth Century, HarperCollins, Nueva York, 2001, p. 371, para una reseña de la síntesis evolutiva. [Hay traducción castellana: Historia intelectual del siglo XX, Crítica, Barcelona, 2002]. Véase también:

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que las implicaciones de El origen de las especies eran inmorales, y continuaron creyendo que era evidente que el mundo estaba bien ordenado (una prueba de la existencia de Dios) y que la evolución accidental («sin orden ni concierto») defendida por Darwin no podía producir semejante armonía. El darwinismo era egoísta y derrochador, se sostenía, y un Dios benevolente nunca permitiría que existiera un proceso similar. ¿Cuál era el propósito darwiniano de la habilidad musical o de la facultad de realizar cálculos matemáticos abstractos?3077 Darwin, es necesario anotarlo, nunca se sintió del todo contento con la palabra «selección», y muchos no entendieron cómo debía interpretarse el término «más apto». Muchos críticos sostuvieron que la teoría de Darwin no era científica porque no podía falsearse.

La teoría de Darwin ciertamente tenía un punto débil muy importante: no daba cuenta de los mecanismos reales mediante los cuales las características hereditarias pasaban de una generación a otra («herencia dura»). Esos mecanismos fueron descubiertos por el monje Gregor Mendel en Moravia en 1865, pero nadie en tiempos de Darwin advirtió su importancia y sus ideas no serían redescubiertas y puestas nuevamente en circulación hasta 1900. Hasta el redescubrimiento de Mendel, las teorías que más despertaban la atención eran las del biólogo alemán Auguste Weismann, en particular su idea de «plasma germinativo», que había desarrollado a partir de la teoría de la célula. Se recordará que las células se habían

Ernst Mayr y William B. Provine, eds., The Evolutionary Synthesis, Harvard University Press, Cambridge (Massachusetts), 1990/1998.

3077 Secord, Victorian Sensation, pp. 224 y 230.

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observado por primera vez tras la invención del microscopio, cuando se las llamó «glóbulos» o «burbujas». Ahora bien, a comienzos del siglo XIX, cuando ya se habían realizado avances significativos en el diseño de microscopios, los biólogos, siguiendo a Marie-François Xavier Bichat, identificaron veintiún categorías de tejido animal y advirtieron que todas ellas estaban compuestas de células, las cuales, ahora podía verse, se componían de algo más que de paredes y contenían una pegajosa «sustancia de la vida», que en 1839 J. E. Purkinje bautizó con el nombre de «protoplasma».3078 Los hombres que finalmente mostraron que todos los animales y plantas estaban hechos de células fueron J. J. Schleiden (plantas, 1838) y Theodor Schwann (animales, 1839). Weismann advirtió el núcleo celular y de forma gradual llegó a la conclusión de que el plasma germinativo no se componía de células germinales completas sino que se concentraba en las estructuras en forma de bastón que había dentro del núcleo, a las que llamó cromosomas debido a que se coloreaban de manera diferente. Pero incluso tras el redescubrimiento de Mendel, el hecho de que los mecanismos que describía «completaran» en cierto sentido las tesis de Darwin no fue algo que se reconociera de forma inmediata. La razón para ello es que entonces había un agitado debate sobre si la selección, en caso de que existiera, operaba sobre las variaciones continuas o sólo sobre las variaciones discontinuas, esto es, sobre las características que varían de forma continua, como la altura, por ejemplo, o sobre las que lo hacen de forma discreta (como el color de los ojos, que pueden ser azules o marrones). El

3078 Mayr, Growth of Biological Thought, p. 654.

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mismo Mendel parecía haber elegido las características discretas (el color de las flores, si las semillas eran arrugadas o no) porque constituían ejemplos más claros de la teoría que estaba intentando probar y porque tenía su propia teoría rival de la de Darwin, a saber, que la selección actuaba sobre híbridos, sobre formas intermedias. (Tradicionalmente los híbridos planteaban un problema teológico, pues se los consideraba formas intermedias entre especies que habían sido creadas separadas por Dios). El profundo significado de la genética mendeliana para la idea darwinista de la selección natural no se reconocería hasta la década de 1920.3079

Darwin no se detuvo con la publicación de El origen de las especies. Ninguna reseña del darwinismo puede permitirse pasar por alto El origen del hombre. Como hemos visto, en el siglo XIX la idea de «evolución progresionista» estaba en todas partes, incluso en la física, donde encontramos la hipótesis nebular de Kant y Laplace, la noción de que el sistema solar se había formado a partir de la condensación de una enorme nube de polvo por acción de la gravedad.3080

Ésta es una de las razones por las que, cuando a mediados del siglo XIX empezaron a surgir las ciencias de la sociología, la antropología y la arqueología, se intentó desarrollarlas en el marco del progresionismo. Ya en 1861, sir Henry Maine había explorado en su libro El derecho antiguo la forma en que los modernos sistemas jurídicos se habían desarrollado a partir de prácticas primitivas identificadas en «grupos familiares patriarcales».3081 Entre los demás

3079 Bowler, Evolution, p. 271.

3080 Bowler, Non-Darwinian Revolution, p. 132.

3081 Ibid., p. 135.

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títulos que proponían un acercamiento similar destacan Los orígenes de la civilización (1870) de John Lubbock, La sociedad primitiva (1877) de Lewis Morgan y, el más impresionante de todos, La rama dorada de James Frazer, publicado en 1890. Los primeros antropólogos también se habían visto afectados por la experiencia colonial: en diversas ocasiones se realizaron intentos de educar a las poblaciones colonizadas con el objetivo de convertirlas a las costumbres culturales europeas que se consideraban «obviamente» superiores. El hecho de que estos intentos hubieran fracasado totalmente convenció a al menos algunos antropólogos de que debía existir «una secuencia fija de etapas a través de las cuales se desarrollan las culturas».3082 De lo cual se podía concluir que era imposible pretender impulsar de forma artificial el desarrollo de una cultura y llevarla a un estadio posterior a aquel en el que se encontraba. Lewis Morgan definió estas grandes etapas como el salvajismo, la barbarie y la civilización, una doctrina que resultaba muy reconfortante para las potencias coloniales. Por otro lado, las principales ideas de cuyo desarrollo se ocupaba eran la del gobierno, la de la familia y la de la propiedad.3083

En este clima intelectual los arqueólogos empezaron a concebir los avances en relación a las hachas de mano de piedra que describimos en el prólogo, cuando se introdujo el «sistema de tres edades» (de piedra, bronce y hierro). Anotamos entonces que la primera idea de una «edad de piedra» muy antigua se encontró con una feroz

3082 Ibid.

3083 Lewis Morgan, Ancient Society, Macmillan, Londres, 1877. [Hay traducción castellana: La sociedad primitiva, Endymion, Madrid, 1987].

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resistencia. Nadie podía aceptar que los primeros humanos habían existido junto a animales ya extintos, y sólo cuando Boucher des Perthes descubrió herramientas de piedra junto a los huesos de animales extintos en los lechos de grava de Francia septentrional, empezó a producirse un cambio en las ideas. Entonces, aproximadamente en 1860 y gracias en parte a la publicación de El origen de las especies, la opinión pública evolucionó con rapidez y la idea de que la raza humana tenía una gran antigüedad fue por fin aceptada. Charles Lyell finalmente aceptó la visión progresionista de la tierra y recogió una gran cantidad de pruebas en favor de la nueva concepción, que sintetizó en Geological Evidences for the Antiquity of Man (Pruebas geológicas de la antigüedad del hombre, 1863).

El carácter en extremo burdo de las herramientas de piedra más antiguas convenció a muchos de que el contexto cultural y social de los primeros seres humanos era igualmente primitivo, lo que llevó a John Lubbock a sostener que la sociedad había evolucionado a partir de un origen salvaje. Esto era más escandaloso entonces de lo que podría parecernos debido a que en el siglo XIX aún había pensadores que consideraban que el hombre moderno era una raza degenerada en comparación con lo que eran Adán y Eva antes de la Caída. En su libro Prehistoric Times (1865), Lubbock utilizó por primera vez los términos «paleolítico» y «neolítico» para describir la transición de la Vieja Edad de Piedra a la Nueva Edad de Piedra, que según él podía

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distinguirse por el paso de la piedra astillada a la piedra pulida, si bien pronto se observaron variaciones más complejas.3084

Para mucha gente, la cuestión crucial en el debate sobre si el hombre había evolucionado a partir de los simios giraba en torno al problema del alma. Si el hombre era en verdad poco más que un mono, ¿significaba ello que la idea del alma (por tradición la diferencia trascendental entre los animales y el hombre) debía ser rechazada? El origen del hombre de Darwin, publicado en 1871, intentó hacer dos cosas al mismo tiempo: convencer a los escépticos de que el hombre realmente descendía de los animales y explicar con exactitud qué significa ser humano, cómo los humanos habían adquirido las cualidades que los hacían únicos.

«Aunque Darwin poco a poco abandonó su creencia en un creador benevolente, ciertamente se sentía inclinado a esperar que la raza blanca representara el punto más elevado de un avance inevitable (aunque irregular) hacia estados superiores».3085 En El origen del hombre, Darwin sabía que, ante todo, tenía que explicar el enorme incremento en las facultades mentales que separaba al hombres del mono.3086 Si la evolución era un proceso lento y gradual, ¿por qué existía una brecha tan grande? Ésta era la pregunta que los que se mostraban escépticos desde un punto de vista religioso querían ver

3084 Sin embargo, todo este debate estaba coloreado de pensamientos racistas. El surgimiento de la nueva ciencia de la «craneología», interesada en el estudio comparativo del tamaño del cerebro en diferentes razas, constituye un ejemplo de ello. Las principales figuras aquí fueron S. G. Morton, en Estados Unidos, y Paul Broca, en Francia, que creían haber demostrado que las razas «inferiores» poseían cerebros más pequeños y que esto explicaba su menor inteligencia y su posición en la escala de la evolución cultural.

3085 Bowler, Non-Darwinian Revolution, p. 144.

3086 Ibid., p. 145.

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respondida. La respuesta de Darwin aparecía en el capítulo cuatro de su libro. Allí, proponía la idea de que el hombre posee un atributo físico único, a saber, la postura erguida (que, recuérdese, fue la entidad con la que empezamos este libro). Darwin sostenía que la postura erguida y el bipedalismo habían liberado las manos del hombre y, como consecuencia de ello, éste desarrolló finalmente la capacidad de usar herramientas. Y fue así, afirmó, cómo se inició un rápido crecimiento en inteligencia en esta forma de gran simio.3087 En El origen del hombre, Darwin no ofrecía ninguna razón convincente para que el hombre primitivo hubiera empezado a caminar erguido y no fue hasta 1889 cuando Wallace sugirió que ello podría haber sido una adaptación a un nuevo entorno. Wallace especuló que el hombre primitivo se vio obligado a abandonar los árboles y adentrarse en las planicies abiertas de la sabana, acaso debido a un cambio climático que hubiera reducido los bosques. En la sabana, sugirió, el bipedalismo habría sido un modo de locomoción más apropiado.

A pesar de que la idea había sido propuesta por el mismo Darwin, la importancia de la postura erguida no se consideró inicialmente significativa. Hasta que Éugene Dubois descubrió al «hombre de Java», el Pithecanthropus (hoy Homo) erectus, en 1891-1892, el valor de la teoría no empezó a ser reconocido (y se confirmó la importancia de los hallazgos de neandertales: véase el capítulo 1). Los restos de Pithecanthropus incluían un fémur cuya forma sugería el bipedalismo y un fragmento de cráneo que indicaba una capacidad cerebral que estaba entre la de los simios y la de los humanos. Con todo, la

3087 Ibid.

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importancia de la postura erguida en la evolución humana no sería aceptada plenamente hasta la década de 1930.3088

El legado del darwinismo es complejo. «Algunos consideran que el surgimiento del evolucionismo es un hito que separa la cultura moderna de las raíces tradicionales del pensamiento occidental».3089 Más allá de su contenido intelectual, no hay duda de que llegó en el momento oportuno, lo que le permitió desempeñar un importantísimo papel en la secularización del pensamiento europeo que examinaremos en el capítulo 35.3090 El darwinismo obligó a la gente a adoptar una nueva visión de la historia según la cual ésta se desarrollaba por accidente, sin que hubiera meta, propósito o fin último. Además de acabar con la necesidad de Dios, transformó la idea de sabiduría, considerada hasta entonces como un estadio definitivo y, aunque lejano, alcanzable. Esto socavó las concepciones tradicionales en todas las formas posibles y transformó la manera de concebir el futuro. Mencionemos sólo dos: fue el modelo darwinista de cambio social el que llevó a Marx a creer que la revolución era inevitable; fue la biología propuesta por Darwin la que sugirió a Freud la idea de una naturaleza «prehumana» de actividad mental subconsciente. Como veremos en un capítulo posterior, la concepción darwiniana de lo que significaba «aptitud» en un contexto evolutivo en muchas ocasiones no se comprendió de forma adecuada y, consciente o inconscientemente, dio origen a proyectos sociales

3088 Sobre el contexto del viaje de Dubois a Extremo Oriente, véase: Brooke, Science and Religion, p. 147.

3089 Bowler, Revolution Non-Darwinian, p. 174.

3090 Ibid., p. 175.

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injustos y crueles. Sin embargo, tras el descubrimiento del gen en 1900 y el florecimiento de la tecnología basada en la genética, el darwinismo ha triunfado. Con excepción de los dos o tres penosos enclaves «creacionistas» que quedan en ciertas áreas rurales de Estados Unidos, la gran antigüedad de la tierra y de la humanidad es algo que hoy está firmemente establecido.

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Capítulo 32

Nuevas ideas acerca del orden humano: los orígenes de las

ciencias sociales y la estadística

Joseph-Ignace Guillotin nació en Saintes al oeste de Francia el 28 de mayo de 1738, y era el noveno de doce hijos. Por una curiosa ironía del destino su nacimiento fue prematuro, consecuencia de que su madre presenciara por casualidad una angustiosa ejecución pública. Quizá por esto, Joseph-Ignace siempre fue muy consciente de que en Francia, así como en otros lugares, las técnicas de ejecución variaban muchísimo en función del estatus social del condenado. En general, los miembros de la aristocracia disfrutaban de una muerte rápida, mientras que a los criminales procedentes de los estratos más bajos de la sociedad a menudo se los ajusticiaba de forma lenta y atroz. En la Francia del siglo XVIII, existían más de un centenar de delitos castigados con la pena de muerte, la peor de las cuales se reservó a François Damiens (1714-1757), el desgraciado que atacó a Luis XV con una navaja y consiguió arañar el brazo del monarca. A Damiens se le arrancó la piel del pecho, de los brazos y de los muslos con tenazas al rojo vivo, su mano derecha (la que había sostenido la navaja) fue quemada con sulfuro; sobre la carne expuesta allí donde se le había arrancado la piel se vertió plomo fundido y aceite hirviendo, y por último su cuerpo fue descuartizado utilizando cuatro caballos que tiraban en direcciones diferentes. El verdugo mostró su simpatía por la víctima cortando con un cuchillo los tendones de sus

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articulaciones para que los caballos pudieran destrozarlo con más facilidad.

Para la época de la revolución, Joseph-Ignace era ya una figura importante, un médico distinguido, destacaba también como profesor de anatomía y consejero de la Facultad de Medicina de la Universidad de París, y se convirtió en diputado de la Asamblea Nacional. Guillotin era un pacifista y, motivado por sus preocupaciones humanitarias, en diciembre de 1789 presentó a la Asamblea seis proposiciones con el objetivo de crear un código penal nuevo y mucho más humano, en el que todos los hombres fueran considerados iguales y las penas impuestas no hicieran ningún tipo de distinción entre los diferentes estratos. El segundo artículo de este nuevo código recomendaba que la pena capital fuera de ahora en adelante la decapitación y que se la aplicara mediante un mecanismo simple y novedoso. La Asamblea dedicó algún tiempo a examinar las recomendaciones del doctor Guillotin antes de adoptarlas, y durante los debates que tuvieron lugar entonces, un periodista preguntó a propósito del nuevo mecanismo si éste había de llevar el nombre de Guillotin o el de Mirabeau, una pregunta sarcástica y retórica, pues el nuevo mecanismo no había sido todavía diseñado, y menos aún construido. Guillotin no diseñó ni construyó el instrumento que terminaría llevando su nombre. El diseñador fue otro médico, el doctor Antoine Louis (en algún momento se planeó llamar al nuevo dispositivo «Louisette»), mientras que el hombre que de verdad construyó la máquina de ejecución fue un tal monsieur Guedon o Guidon, el carpintero que normalmente se había encargado de proporcionar

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patíbulos al estado. El nuevo artilugio se probó el 17 de abril de 1792 (se usó paja, una oveja y varios cadáveres). Cuando no se consiguió decapitar a un cadáver con un cuello particularmente grueso después de tres intentos, el doctor Louis elevó la altura desde la que caía la cuchilla y cambió la forma de ésta, que de tener una curva convexa pasó a ser una hoja recta con un ángulo de 45 grados. Se celebró un banquete para dar la bienvenida a «la hija del doctor Guillotin», y se brindó por la igualdad que traería consigo el insigne proyecto.

La guillotina fue empleada «con rabia», por decirlo de algún modo, una semana después, el 25 de abril de 1792, cuando el ladrón y asesino Jacques-Nicholas Pelletier encontró la muerte.3091 Miles de personas acudieron a ver en acción el nuevo instrumento, pero fueron muchos los que se sintieron decepcionados: la ejecución había terminado demasiado rápido.

Ni el doctor Guillotin ni el doctor Louis hubieran podido prever con qué frecuencia su dispositivo iba a ser empleado en los siguientes años, o con qué eficacia iba a golpear por igual a todos los estratos de la sociedad. La Revolución Francesa de 1789 se recuerda principalmente por lo que Hegel denominó sus «histéricas secuelas», cinco sangrientos años de terror, linchamientos y masacres, y por los años de tumultuosas agitaciones políticas que culminarían finalmente con la dictadura de Napoleón Bonaparte y el comienzo de veinte años de guerras. La nómina de la gente enviada a la guillotina, a menudo por las razones más triviales, tiene aún la capacidad de escandalizar: Antoine Lavoisier, el químico, por haber sido

3091 D. Gerould, The Guillotine: Its Legend and Lore, Blast Books, Nueva York, 1992, p. 25.

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recaudador de impuestos; André Chénier, el poeta, por escribir un editorial que no fue del gusto de alguien; Georges Danton y Camille Desmoulins, acusados por Robespierre; Robespierre mismo; así como otros dos mil quinientos que corrieron igual suerte. Philippe Le Blas, el fiel seguidor de Robespierre, se voló los sesos, pero incluso así se le llevó a la Place de la Révolution (hoy Place de la Concorde) y se le decapitó. Los contemporáneos hablaban de «guillotinamanía» y de «la misa roja» que se celebraba para los «devotos del patíbulo».3092 ¿Cuántas lecciones pueden extraerse de semejante locura? El historiador Jacques Barzun sostiene que muchos de los «revolucionarios» que querían ajustar cuentas con la monarquía, la nobleza y el clero bajo la pancarta de «libertad, igualdad, fraternidad» eran gente común pero organizada —abogados, artesanos, funcionarios y terratenientes locales— que en su mayoría carecían de experiencia política y administrativa. Pese a que muchos de estos individuos eran personas educadas, la mayoría podía comportarse como una turba en ciertos momentos, y ello explica en parte la despiadada montaña rusa en que se convirtieron los años posteriores a la revolución. En el extranjero, y en Gran Bretaña en especial, los acontecimientos de la Revolución Francesa se seguían con auténtico horror.3093

Pero el legado de este período es mucho más complejo y, desde cierto punto de vista, más positivo. Un indicio de la seriedad con la que muchos se interesaban por estos acontecimientos lo constituye el

3092 Ibid., p. 33.

3093 Para otras reacciones a la Revolución Francesa, véase: Barzun, From Dawn to Decadence, pp.

519 y ss.

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hecho de que en el decenio que siguió a 1789, El contrato social de Rousseau se reimprimiera, por término medio, cada cuatro meses.3094 Además, aunque algunas de las muchísimas reformas que se introdujeron entonces no perduraron, una buena cantidad sí lo hicieron. Las universidades y las grandes écoles se reorganizaron para reducir el poder de la Iglesia, la biblioteca real se convirtió en la Bibliothèque Nationale, y se creó el Conservatoire, con lo que la formación de los músicos pasó a ser costeada por el estado.

Una de las innovaciones más influyentes y duraderas fue el sistema metrodecimal. Hasta la invención del metro, existían en Francia unas doscientas cincuenta mil unidades de peso y medida diferentes, una cifra increíble. No obstante, la unidad de longitud más utilizada era el pied, que, se suponía, medía lo mismo que el pie del rey, y que tenía otros usos: por ejemplo, el «punto» de imprenta era un 1/144 de pie. En un contexto revolucionario quizá no había nada más incendiario que esto, aunque en este caso los acontecimientos de 1789 únicamente precipitaron una reforma de la que se había estado hablando desde 1775, cuando el primer ministro, Turgot, pidió a Condorcet que diseñara un plan para un sistema de pesos y medidas científico basado en el péndulo de un segundo. La idea de que la unidad básica de longitud debía ser la distancia que recorre un péndulo cuando oscila durante un segundo (ésta era la idea de Talleyrand) se remontaba a Galileo. Sin embargo, esto conllevaba demasiados problemas, principalmente vinculados al hecho de que la tierra no era una esfera perfecta ya que se achataba en los polos y se

3094 Ibid., p. 428.

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abultaba en el ecuador. Incluso Newton había sido consciente de que la gravedad terrestre varía ligeramente con la latitud, y no de forma sistemática, por lo que la oscilación de un péndulo es más errática de lo que se podría pensar. La siguiente propuesta fue basar la unidad en algún hecho de la naturaleza, y se optó por recurrir a la circunferencia de la tierra, que, se consideró, era algo que afectaba a todos por igual. Una comisión calculó que una medida igual a la circunferencia del planeta dividida por cuarenta millones daría un valor muy cercano a la aune parisina, una conocida medida de tres pies, muy cómoda a escala humana.3095 Esta solución resultaría popular, más aún cuando podía servir de base a un sistema de medidas mucho más racional: un gramo sería el peso de un centímetro cúbico de agua de lluvia pesado en el vacío a la temperatura de mayor densidad (4° C); un franco equivaldría a 0,1 gramos de oro, y sería divisible en cien céntimos. Todo esto terminaría imponiéndose, excepto en la medición del tiempo: el uso del nuevo calendario que llamaba a los doce meses de treinta días según la naturaleza (brumario: el mes de la niebla; termidor, el mes del calor; ventoso, el mes de los vientos) nunca se popularizó; así como tampoco lo hizo la idea de dividir los días en diez horas de cien minutos cada una. La gente nunca llegó a acostumbrarse a la idea de que el mediodía era a las cinco en punto y la medianoche a las diez en punto, y el sistema terminó siendo ignorado.

3095 Ken Alder, The Measure of All Things: The Seven-Year Odyssey That Transformed the World, Little Brown/Abacus, Londres, 2002/2004, p. 96.

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Pero la importancia del metro va mucho más allá de la medida misma, pues fue ocasión de un célebre experimento o investigación de siete años, en la que dos hombres, Jean-Baptiste-Joseph Delambre y Pierre-François-André Méchain, midieron el arco del meridiano que va de Dunkerque a Barcelona (pasando por París) y determinaron la longitud exacta de la circunferencia terrestre en la que el metro había de basarse. La medición condujo a la celebración de un primer congreso científico internacional en 1799, para examinar en colaboración los resultados del trabajo de Delambre y Méchain y establecer de forma definitiva la longitud de la circunferencia de la tierra. Irónicamente, la investigación cometió una serie de errores que, debido a su importancia, la convirtieron en una importante etapa en la invención de métodos estadísticos que discutiremos más adelante en este mismo capítulo.3096 La medida de la circunferencia terrestre calculada por los dos científicos difiere de los cálculos actuales, realizados mediante mediciones por satélite, por menos de ocho páginas de este libro.

Ahora bien, el aspecto más destructivo del período que siguió a los sucesos de 1789 fue, por supuesto, el Terror y, a continuación, el Directorio y el Consulado. Para muchos, esto era un indicio de que la revolución sólo había conseguido reemplazar la antigua opresión por una nueva. Para otros, lo ocurrido simplemente era una prueba adicional que confirmaba que la verdadera naturaleza del hombre era salvaje, malvada, vengativa y siniestra, todo lo cual justificaba la necesidad de autoridades absolutas tanto en el ámbito temporal como

3096 Ibid., pp. 314-325.

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en el espiritual.3097 Una tercera reacción proponía algo diferente. Según ésta, la revolución estaba fuera de control porque mientras algunos deseaban anteponer la libertad al orden, otros consideraban que lo prioritario era hacer todo lo contrario, esto es, establecer el orden por encima de la libertad. ¿Cuál era la mejor forma de orden si lo que se quería era tener el máximo de libertad? Éste fue uno de los sentimientos fundacionales que darían origen a la sociología.

Roger Smith anota que fueron los revolucionarios franceses los que describieron el cambio como l’art social y que una de las primeras referencias a la science sociale se encuentra en el folleto del abad Sieyès, ¿Qué es el tercer estado?, en el que se intentaba identificar qué eran exactamente «los comunes» en Francia, en oposición a la monarquía, la nobleza o la Iglesia. Para Sieyès así como para autores posteriores, la science social era de hecho una nueva etapa en la historia del pensamiento, un paso adelante en la concepción del mundo secular, ya que consideraba la organización y el orden social sin recurrir a la agrupación política.3098 Condorcet, que entre otras cosas era secretario permanente de la Académie des Sciences (y había tenido que esconderse ante la posibilidad de terminar en la guillotina), adoptó la frase de Sieyès en la fundación de la Société de 1789, cuya meta era, específicamente, la reconstrucción social de Francia a través de les sciences morales et politiques. Aunque la Société no sobrevivió a la muerte de Condorcet en prisión, el ideal de una ciencia de la sociedad sí lo hizo y tras la reforma de las

3097 Hawthorn, Enlightenment and Despair, p. 67.

3098 R. Smith, Fontana History of the Human Sciences, p. 423.

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universidades y las grandes écoles en 1795, la Classe des sciences morales et politiques del nuevo Institut National contaba con un departamento denominado Science sociale, et législation.3099

Que la science sociale se popularizara en Francia no resulta sorprendente en absoluto. Después de la revolución, la nación francesa había dejado de componerse de «súbditos» para estar conformada por «ciudadanos», lo cual, se pensaba, implicaba aprender una nueva forma de vida en común. El hecho de que tanto los ciudadanos de izquierda o de derecha (términos que se usaron por primera vez en relación a la disposición de los escaños en la asamblea constituyente después de 1789) sintieran la necesidad de algo nuevo hacía esto más acuciante.3100

Si Sieyès y Condorcet fueron los primeros que acuñaron el término «ciencia social», el primer científico social digno de este nombre fue, al menos en lo que respecta a Francia, Claude-Henri de Saint-Simon (1760-1825). Éste había luchado en la guerra de independencia de Estados Unidos y, por tanto, conocía muy bien cómo la joven república estaba usando las ideas de la Ilustración para impulsar la democracia, la ciencia y el progreso, y al igual que muchos otros franceses de su generación, estaba al tanto de los recientes avances en matemáticas y ciencias naturales. El contraste que advertía entre el progreso constante del conocimiento y la locura y falta de rumbo de las maniobras de los políticos lo empujaron hacia la science sociale. El desarrollo de las ciencias, y el optimismo general que éste

3099 Hawthorn, Enlightenment and Despair, p. 218.

3100 R. Smith, Fontana History of the Human Sciences, pp. 423-424.

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traía consigo, lo llevaron a introducir el término «positivo» para describir aquellas actividades del hombre que por fin habían conseguido prescindir de toda dependencia de las explicaciones metafísicas. Pensaba que tras la revolución las ciencias del hombre se volverían cada vez más positivas, en especial si la fisiología continuaba progresando de la manera en que lo estaba haciendo. Saint-Simon creía que era posible descubrir regularidades y patrones en «las condiciones concretas de la vida social tales como el clima, la salud, la dieta y el trabajo». Y estaba convencido de que la vida poseía una organización que no tenía ninguna relación con la política (ni con la teología). Según Saint-Simon, la medicina ofrecía la mejor metáfora para la organización de la sociedad, y la fisiología en particular. Y empezó por preguntarse si era posible que existieran leyes que gobernaran el comportamiento social, que él y sus contemporáneos ignoraban de la misma forma en que antes se desconocía el principio de la circulación de la sangre.3101

No obstante, si las ciencias sociales, en tanto nueva forma de pensar y nueva teoría sobre el orden humano, emergieron originalmente en Francia, fue la veloz industrialización de Inglaterra, y en particular la masiva migración del campo a las ciudades que la acompañó, la que hizo evidente por primera vez la necesidad práctica de este nuevo desarrollo. Entre 1801 y 1851 la población de Inglaterra y Gales prácticamente se duplicó, al pasar de diez millones y medio de habitantes a 20,8 millones, sin embargo, el crecimiento de las

3101 Saint-Simon consideraba que la sociedad estaba compuesta de nobles, industriels y «clases bastardas». En otras palabras, sentía un saludable desprecio por la burguesía. Hawthorn, Enlightenment and Despair, p. 68.

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ciudades en el mismo período fue en todo sentido desproporcionado. Birmingham pasó de tener 71 000 habitantes a tener 233 000, un incremento del 328 por 100; Glasgow, de 84 000 a 329 000, un aumento del 392 por 100; y Manchester/Salford experimentó un espectacular salto del 422 por 100, al pasar de 95 000 habitantes a 401 000.3102 Un crecimiento de semejante magnitud no podía dejar de tener consecuencias tremendas, las peores de las cuales estaban relacionadas con la falta de alojamientos adecuados, la superpoblación en las fábricas, la crueldad del trabajo infantil, lo primitivo e inadecuado de los servicios sanitarios y las enfermedades asociadas con ello. Cientos de miles de trabajadores, si no millones de ellos, vivían hacinados en edificaciones afeadas por el hollín y el humo procedentes de los altos hornos, que carecían incluso de las instalaciones más básicas. Las condiciones eran tan precarias que toda una región, entre Birmingham y Stoke, se conocía como «el País Negro».3103

John Marks ha recopilado varios relatos sobre los horrores del trabajo infantil y las enfermedades. «Grandes cantidades de niños pobres eran entregadas a los patronos desde los siete años de edad para que trabajaran durante doce horas al día, incluso los sábados, bajo el control de supervisores que con frecuencia los azotaban. En ocasiones se los hacía trabajar durante catorce o quince horas al día, seis días a la semana, y teniendo que dedicar las horas de la comida a limpiar la maquinaria… He aquí parte de las pruebas

3102 John Marks, Science and the Making of the Modern World, Heinemann, Londres, 1983, p. 196.

3103 Ibid., p. 197.

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proporcionadas al comité gubernamental sobre el trabajo de los niños en las fábricas entre 1831 y 1832: “¿A qué hora de la mañana, en tiempo fresco, iban estas niñas a la fábrica?”. “En tiempo fresco, durante unas seis semanas, entraban a las tres de la mañana y terminaban a las diez o diez y media de la noche”. “¿Qué intermedios para descansar o refrescarse tuvieron durante esas diecinueve horas de trabajo?”. “Para el desayuno, un cuarto de hora, y para cenar, media hora, y otro cuarto de hora para beber”. “¿Se dedicó parte de ese tiempo a limpiar la maquinaria?”. “Por lo general tenían que hacer lo que denominan secado; algunas veces ello les llevaba todo el tiempo que tenían para desayunar o beber, tomaban su cena o su desayuno lo mejor que podían, y si no lograban terminarlo se lo llevaban a casa”».3104 Desde 1819, se aprobaron en el Parlamento leyes que pretendían limitar tales excesos pero éstas nunca fueron lo suficientemente lejos y las condiciones de trabajo de los niños continuaron siendo lamentables.

Bajo este sistema, los niños quedaban tan agotados que con frecuencia los adultos supervisores tenían que sacudirlos en las mañanas para conseguir que se despertaran y luego vestirlos. «En algunas de las minas las condiciones eran aún más duras: se empleaba a los niños desde los cuatro años para que se encargaran de abrir y cerrar las trampas de ventilación. Tenían que sentarse durante horas en pequeños nichos excavados en el carbón en los que, en palabras de un comisionado, trabajaban “en un confinamiento

3104 Ibid., pp. 198-199.

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solitario del peor orden”».3105 No es una sorpresa, por supuesto, que semejante situación hubiera disparado las tasas de mortalidad de forma alarmante, entre otras razones porque los niños se quedaban dormidos y caían dentro de la maquinaria. Y ésa, al menos, era una muerte rápida. Dadas las precarias condiciones sanitarias en las que se vivía, eran muchas las enfermedades que se propagaban entre la población, en especial la trinidad compuesta por la tuberculosis, el cólera y el tifus.3106

Dickens y otros autores escribieron sus «novelas industriales», Robert Owen y otros hicieron campaña para impulsar cambios en las leyes, pero la primera persona que pensó que la industrialización era un problema que podía ser estudiado de forma sistemática fue el francés Auguste Comte (1798-1857). Comte, que destacaba físicamente por sus piernas inusualmente cortas, tuvo una infancia excepcional en el sentido en que creció en una familia compuesta exclusivamente de mujeres, lo que parece haber ejercido un importante efecto sobre su personalidad, pues durante toda su vida tuvo problemas con las mujeres y vivió siempre preocupado por aquellos menos afortunados que él. Hijo de un funcionario público, Comte ingresó en la École Polytechnique de París, entonces muy conocida por la formación que ofrecía en ciencia e ingeniería, y se dedicó al estudio tanto de la revolución industrial como de la Revolución Francesa. En esta

3105 Ibid.

3106 Charlotte Roberts y Margaret Cox, Health and Disease in Britain: From Prehistory to the Present Day, Sutton, Stroud (Inglaterra), 2003, pp. 338-340. Roy Porter señala que no debemos equiparar la tuberculosis con la consunción, ya que esta última denominación a menudo se aplicaba al asma, el catarro, etc. Roy y Dorothy Porter, In Sickness and in Health: The British Experience, 1650-1850, Fourth Estate, Londres, 1988, p. 146.

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institución Comte descubrió la meta de su vida: «aplicar los métodos de las ciencias físicas a la sociedad».3107 Comte entendió que la sociedad en la que vivía estaba cambiando en un sentido fundamental, ya que lo que él denominaba valores «teológicos» y «militares» estaban siendo reemplazados por un mundo de valores «científicos» e «industriales». En tal mundo, decía, los industriales ocupaban el lugar de los guerreros, y los científicos el de los sacerdotes. Los científicos sociales «al administrar la armonía humana, desempeñan en el nuevo orden social básicamente la función del sumo sacerdote».3108

Entre 1817 y 1824, después de su época en la École Polytechnique, Comte se convirtió en secretario de Saint-Simon. Tras pelearse (debido a que Comte sentía que Saint-Simon no le había dado todo el crédito que merecía en un ensayo que publicó), el secretario emprendió su propio camino en solitario. Comte creía muchísimo en la idea de fases y en su libro Cours de Philosophie Positive (Curso de filosofía positiva) sostuvo que tanto la humanidad como la ciencia atravesaban tres etapas.3109 En primer lugar estaba la etapa teológica, en la que la gente atribuía los fenómenos a un dios; en segundo lugar, la etapa metafísica, en la que los humanos atribuían las causas a fuerzas o formas abstractas; y en tercer lugar, la que denominaba etapa positiva, en la que la ciencia «abandona la búsqueda de causas últimas» y en lugar de ello se preocupa por

3107 R. Smith, Fontana History of the Human Sciences, p. 427. Boorstin, Seekers, p. 222.

3108 R. Smith, Fontana History of the Human Sciences, p. 201.

3109 Sobre la ruptura entre Comte y Saint-Simon, véase: Mary Pickering, Auguste Comte: An Intellectual Biography, Cambridge University Press, Cambridge (Inglaterra), 1993, pp. 192 y ss.

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identificar regularidades y secuencias predecibles en «los fenómenos observables». Su idea era que la humanidad había realizado progresos sistemáticos en las principales ciencias: las ciencias físicas en el siglo XVII, y las ciencias de la vida en el siglo XVIII, así como en su propia época, comienzos del siglo XIX. Desde ese momento, proponía, las ciencias y en particular las ciencias de la vida estarían a la vanguardia del progreso de la civilización.3110 Comte daba a las ciencias de la vida el nombre de «física orgánica», disciplina que dividía en fisiología y física social, a la que luego denominaría sociología, un neologismo acuñado por él. La física social, afirmaba, se diferenciaba claramente de la fisiología, pues «tiene su propio objeto, las regularidades del mundo social, que no pueden describirse en términos de ninguna otra ciencia».3111 El propósito deliberado de Comte era, específicamente, reemplazar la filosofía política por la sociología, algo que consideraba «inevitable», ya que esta última constituía una base menos partidista sobre la que fundar la armonía social e incluso la moral. Los fenómenos sociales, decía, eran iguales a todos los demás fenómenos en el sentido de que obedecen a sus propias leyes naturales invariables. No obstante, distinguía entre dos formas de sociología: la forma «estática», que estudiaba las leyes que gobiernan la organización de la sociedad y producen orden y moral; y la forma «dinámica», que estudia las leyes que gobiernan el cambio.3112

3110 R. Smith, Fontana History of the Human Sciences, p. 429.

3111 Ibid., p. 430.

3112 Pickering, Auguste Comte, pp. 612-613 y 615.

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A partir de aquí Comte se extravió en buena medida. Su obsesión con el orden social, sumada a su desdeñosa opinión de la religión organizada (por no hablar de una apasionada aventura amorosa), lo llevaron a intentar proponer su propio nuevo orden social en forma de nueva religión, la cual tendría como objetivo «vivir en amor según las bases del conocimiento positivo». A Comte le encantaban los rituales religiosos, que, pensaba, contribuían a crear la armonía social, pero las instituciones que se fundaron en su nombre tenían muy poco de «positivo». En realidad, éstas fueron ante todo réplicas de la Iglesia católica excepto por el hecho de que el objeto de veneración era el amor a la humanidad.3113 De esta manera, Comte desvió y dilapidó sus enormes energías creativas. Esto lastró la maduración de su sistema de física social, que en última instancia fracasó en dos aspectos claves: en primer lugar, no había en él espacio para la psicología, esto es, para la motivación individual; en segundo lugar, su obsesión por el orden y el modo de alcanzarlo era tal que pasó por alto la función del conflicto en la sociedad, la cruda realidad del poder. Un vacío que Marx se encargaría de llenar.3114 Inglaterra contó con su propio Comte en la persona de Herbert Spencer (1820-1903), quien al igual que el francés estaba muy influido por las ciencias duras y la ingeniería. En el caso de Spencer esto tenía mucho que ver con el hecho de haber crecido en Derby, un nudo ferroviario del centro de Inglaterra (su primer trabajo fue precisamente en una compañía ferroviaria). Pero Spencer se

3113 R. Smith, Fontana History of the Human Sciences, p. 431.

3114 Comte tenía una opinión muy elevada de sus logros y hacia el final de su vida firmaba: «El fundador de la Religión Universal, Gran Sacerdote de la Humanidad».

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diferenciaba de Comte en un aspecto fundamental: mientras el objetivo del francés era, en última instancia, que la sociología pudiera influir en las políticas gubernamentales, la preocupación central del inglés era que la sociología demostrara que el gobierno «debía interferir tan poco como fuera posible en los asuntos humanos». Spencer era un admirador de Adam Smith y Charles Darwin, y adaptó las ideas de ambos pensadores para proponer la idea de que la sociedad era una organización de complejidad creciente en la que, al igual que en las fábricas, resultaban necesarias la diferenciación estructural y la especialización de funciones. Esto era fundamental porque, en su opinión, una estructura semejante haría a las sociedades más aptas en un sentido darwiniano. Según pensaba, la evolución ocurría a todos los niveles de la sociedad, lo que tenía como consecuencia «la supervivencia del más apto» (la frase es suya, si bien sólo había comprendido a medias la teoría de la selección natural) y la «erradicación» de los pueblos menos capaces de adaptarse. Este enfoque recibiría el nombre de darwinismo social.3115

Spencer fue mucho más popular que Comte, al menos en Gran Bretaña y Estados Unidos, donde su libro más famoso, The Study of Sociology (1873), se publicó tanto en un volumen único como por entregas en la prensa. Una de las razones para su popularidad fue el hecho de que Spencer supo decir a las clases medias victorianas lo que éstas querían oír, a saber, que el esfuerzo moral individual era el motor del cambio y que, por tanto, la sociología respaldaba las ideas

3115 Véase: «The vogue for Spencer», en Richard Hofstadter, Social Darwinism in American Thought, Beacon Books, Boston, 1944/1992, pp. 31 y ss.

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de la economía del laissez-faire y de la mínima intervención del gobierno en los ámbitos de la industria, la salud y el bienestar. Durante el curso del siglo XIX, la sociología alemana se puso a la par de la francesa e inglesa y luego las superó a ambas. Tras los horrores del estalinismo y las penosas condiciones de vida de muchos países de Europa oriental durante la guerra fría (por no hablar de China), el nombre de Karl Marx (1818-1883) tiene demasiadas connotaciones. Aunque antes hemos discutido sus teorías políticas (véase el capítulo 27), aquí nos interesan sus ideas como sociólogo, que para muchos resultan igualmente relevantes. En el ámbito de la sociología, el pensamiento de Marx se centra en sus conceptos de alienación e ideología, a los que también nos hemos referido antes, si bien una breve recapitulación nos será de gran utilidad.3116 El concepto de alienación alude al hecho de que la vida de las personas y su propia imagen pueden verse determinadas y con frecuencia dañadas por sus condiciones materiales de trabajo. «Quienes trabajan en las fábricas», decía Marx, «se convierten en meros trabajadores fabriles», con lo que quería decir que los obreros sentían que no tenían control sobre sus vidas y, con frecuencia, tenían que trabajar por debajo de sus capacidades. Por «ideología» Marx entendía las visiones del mundo imperantes que la sociedad interpretaba de forma inconsciente como «naturales», lo que hacía a la gente pensar, por ejemplo, que nada podía hacerse para cambiar el estado de cosas vigente o que nada podía mejorarse. Otra idea sociológica de Marx era la que distinguía entre la «base» y la «superestructura» de la sociedad. En su opinión,

3116 R. Smith, Fontana History of the Human Sciences, p. 438.

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las condiciones de producción constituían la base, la realidad básica de la sociedad, mientras que las instituciones (las leyes, la administración pública o la Iglesia, por ejemplo) conformaban la superestructura. Para Marx, la economía y no la psicología era la ciencia humana fundamental, una postura con la que dio origen a una nueva forma de pensar los asuntos humanos, preocupada por la relación entre las creencias o saberes, o instituciones sociales, y el funcionamiento del poder. «Mientras los pensadores de la Ilustración y los liberales del siglo XIX empezaban sus reflexiones desde una idea de la naturaleza humana, Marx invirtió la ecuación y buscó explicar la naturaleza humana a partir de factores históricos y económicos».3117

Aunque hoy puede parecernos sorprendente, la verdad es que, en un principio, Europa occidental no asimiló las ideas de Marx hasta finales del siglo XIX (Harold Perkins afirma que el marxismo apenas se conocía en Inglaterra antes de la década de 1880). En un comienzo, las ideas de Marx despertaron más interés en Rusia, que entonces era un país muy atrasado, tanto en términos políticos como sociales, y donde la gente había empezado a preguntarse si tal situación podía superarse con un gran salto o si, en cambio, sería necesario atravesar distintas reformas, revoluciones y renacimientos como los que ya había experimentado Occidente. Marx llamaría la atención de Occidente sólo más tarde, cuando la violencia de lo ocurrido en Rusia pareciera confirmar sus argumentos.

3117 Ibid., p. 446.

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Los otros sociólogos alemanes que contribuyeron a crear la sociología moderna y cuya influencia en el pensamiento del siglo XX fue determinante fueron Max Weber, Ferdinand Tönnies y Georg Simmel. Como en el caso de Marx, las teorías de Weber eran predominantemente económicas, pero también debían algo a Comte y es probable que Weber fuera el primer alemán que se refirió a sí mismo como un sociólogo. (Referirse a la sociedad como «sociedad» no fue algo común antes de finales del siglo XIX. La gente se refería a la «sociedad política», a la «sociedad salvaje» y demás, pero no a algo más abstracto.3118)

La principal preocupación entre los sociólogos alemanes era la «modernidad»: en qué sentido la vida moderna difería del pasado en términos sociales, políticos, económicos, psicológicos, económicos y morales. Esta idea era particularmente importante en Alemania debido a la unificación formal del país el 1 de enero de 1871. La obra de Max Weber puede leerse en su totalidad como un intento de identificar qué era lo que distinguía a la civilización occidental moderna, sin embargo, cómo señala Robert Smith, ésta es una preocupación que compartían todos los primeros sociólogos. He aquí la tabla que propone Smith:

Herbert Spencer: la modernidad implica un cambio de una sociedad predominantemente militante [militar] a una sociedad industrial; Karl Marx: el cambio fue del feudalismo al capitalismo;

3118 L. A. Coser, Masters in Sociological Thought: Ideas in Historical and Sociological Context, Harcourt Brace, Nueva York, 1971, p. 281. Harold Perkin, The Rise of Professional Society: England Since 1880, Routledge, Londres y Nueva York, 1989/1990, p. 49.

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Henry Maine (sociólogo y antropólogo británico, cuya obra más famosa, El derecho antiguo, adopta un enfoque evolutivo): estatus → contrato; Max Weber: autoridad tradicional → autoridad racional-legal; Ferdinand Tönnies: Gemeinschaft (comunidad) → Gesellschaft (asociación).3119

Weber pensaba que el desarrollo de la ciencia social ayudaría al recién unificado estado alemán a analizar y aclarar cuáles eran exactamente «las condiciones económicas y sociales modernas ineludibles». El pensador formaba parte del grupo de académicos (compuesto predominantemente por historiadores económicos) que en 1872 fundó la Verein für Sozialpolitik (Asociación para la Política Social) cuya meta era precisamente ésta, investigar los vínculos entre las condiciones sociales y la industrialización.3120 Desde su punto de vista, los miembros de la Verein pensaban que Alemania se enfrentaba a un dilema. Estaban de acuerdo en que el Segundo Reich, en el que vivían y trabajaban, no tenía otra opción que aceptar la industrialización, pero al mismo tiempo no creían que la economía industrial fuera a satisfacer a todos de igual manera. Por esta razón, recomendaron al gobierno que desarrollara políticas que reflejaran esta realidad, como la creación de un sistema de seguridad social que aliviara la pobreza de la clase trabajadora.3121

Dentro de la sociología, Weber fue un erudito. En un principio empezó escribiendo historia económica, luego realizó una investigación sobre

3119 R. Smith, Fontana History of the Human Sciences, p. 555.

3120 Sobre los «encendidos» debates que tuvieron lugar en el interior de la Verein, véase: Hawthorn, Enlightenment and Despair, pp. 147 y ss.

3121 R. Smith, Fontana History of the Human Sciences, p. 556.

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la depresión agrícola en Prusia en la década de 1880, antes de dedicarse a un aspecto diferente de la historia, las antiguas religiones de Israel, la India y China, lo que le aportó una perspectiva comparativa desde la cual examinar el (moderno) desarrollo económico occidental.3122 Esto concede autoridad adicional a su obra más conocida, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, que apareció en 1904. En esta obra, Weber se propuso explicar que «en el mundo moderno, el desarrollo económico crucial, esto es, el capitalismo, fue en primer lugar una empresa llevada a cabo por protestantes, incluso en los países católicos».3123 Además, estos protestante no estaban necesariamente interesados en la creación de riqueza en cuanto tal o en los lujos a los que el dinero permite acceder, sino que veían el trabajo ante todo como una obligación moral, una vocación (Beruf), la mejor forma de cumplir con el propio deber ante Dios. En efecto, mientras para los católicos el ideal más elevado era la purificación de la propia alma a través de la contemplación y el retirarse del mundo (como ocurre con los monjes), para los protestantes lo importante era prácticamente lo opuesto: la realización era resultado del ayudar a otros.3124

Aunque era un hombre apasionadamente político, Weber ansiaba tanto como Comte que la sociología consiguiera proponer «hechos libres de juicios de valor» sobre la sociedad, esto es, descripciones independientes de los valores personales o colectivos de los científicos

3122 Ibid., pp. 556-557.

3123 Hawthorn, Enlightenment and Despair, p. 157.

3124 Anthony Giddens, Introducción a Max Weber, The Protestant Ethic and the Spirit of Capitalism, Routledge, Londres y Nueva York, 1976, p. IX.

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que realizan la investigación. Al mismo tiempo, Weber se esforzó especialmente por señalar que la ciencia no podía ofrecernos valores ni decirnos cómo debemos vivir, y que lo único que podía proporcionarnos eran nuevos conocimientos, hechos, para ayudarnos a decidir cómo debemos vivir. Pensaba que el hecho más sobresaliente del mundo moderno era que implicaba desencanto. En el mundo moderno, decía, «los dioses no tienen ni pueden tener cabida».3125 Para Weber, la modernidad implicaba racionalidad, la organización de todas las cuestiones a partir de la trinidad de la eficacia, el orden y la satisfacción material. En su opinión, esto se lograba mediante las instituciones legales, comerciales y burocráticas que, de forma creciente, controlaban las relaciones entre los seres humanos. El problema, desde su punto de vista, era que la sociedad comercial e industrial, cualesquiera que sean los beneficios que conlleva, llena de desencanto nuestras vidas y acaba con la posibilidad de que la humanidad pueda tener un «propósito espiritual».3126 Según Weber, no había nada que pudiera hacerse al respecto: el desencanto había llegado para quedarse y había que aprender a vivir con él.

Un último argumento de Weber era que las nuevas ciencias humanas, de las cuales la sociología formaba parte, eran básicamente diferentes de las ciencias naturales. Mientras resulta posible «explicar» los sucesos naturales en términos de la aplicación de leyes causales, la conducta humana es «intrínsecamente significativa» y ha de ser

3125 Reinhard Bendix, Max Weber: An Intellectual Portrait, Heinemann, Londres, 1960, p. 70. Sobre

las opiniones políticas de Weber, véase: Hawthorn, Enlightenment and Despair, pp. 154-155.

3126 R. Smith, Fontana History of the Human Sciences, pp. 561-562.

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«interpretada» o «comprendida» en un sentido en el que no puede serlo la naturaleza.3127 Esta dicotomía weberiana ha mantenido su vigencia y pertinencia hasta nuestros días.

Apenas menos influyente que esta dicotomía, en la época al menos, fue la distinción propuesta por Ferdinand Tönnies (1855-1936). En 1887, Tönnies sostuvo que las sociedades premodernas se fundaban en la Gemeinschaft (comunidad), mientras que las sociedades modernas se fundaban en la Gesellschaft (asociación). Las comunidades en el sentido tradicional crecen de forma orgánica y poseen un conjunto de valores «sagrados» (y en su mayoría imposibles de cuestionar) que comparten todos sus miembros. Las sociedades del mundo moderno, por su parte, están organizadas de forma más racional y científica y se sustentan en burocracias. Según Tönnies, la consecuencia de esto es que hay algo de artificial y arbitrario en las sociedades modernas que resulta inevitable, y que no hay nada que garantice que quienes están vinculados a ellas compartan sus valores. El arte moderno expresó con frecuencia esta concepción (véase el capítulo 36).

El cuarto gran sociólogo alemán del siglo XIX fue Georg Simmel, que en 1903 publicó el famoso ensayo «La metrópolis y la vida mental», en el que explicaba que «la intensificación de la vida emocional, resultado del constante y veloz cambio de estímulos internos y externos, constituye la base psicológica sobre la que se erige la individualidad metropolitana».3128 Para Simmel, que fue maestro de

3127 Giddens, Introducción a Max Weber, The Protestant Ethic, pp. IX y ss.

3128 R. Smith, Fontana History of the Human Sciences, p. 563.

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Karl Mannheim y Georg Lukács, las vastas ciudades que habían surgido en el siglo XIX (metrópolis, no ciudades universitarias medievales) eran un nuevo tipo de espacio, con importantes implicaciones para las interacciones humanas, «un espacio que al mismo tiempo excita y aliena… un lugar que promueve la atrofia de la cultura individual a través de la hipertrofia de la cultura objetiva».3129 Si la primera frase evoca la ciudad que los impresionistas intentaron pintar, ello explica por qué en Berlín se conocía a Simmel como «el Manet de la filosofía». Su otra idea influyente fue su distinción entre cultura «objetiva» y «subjetiva». Cultura objetiva era para Simmel lo que nosotros llamaríamos «alta cultura», aquello que Matthew Arnold describía como lo mejor que se ha pensado, escrito, compuesto y pintado. Esta cultura era objetiva en el sentido de que estaba «ahí afuera», en formas concretas que cualquiera podía ver, escuchar o leer, y Simmel pensaba que la forma en que la gente se relacionaba con este «canon» de obras era la mejor manera en que podía definirse una sociedad o cultura. Por otro lado, Simmel sostenía que en la «cultura subjetiva» el individuo buscaba «realizarse» no en relación a una cultura exterior, «ahí afuera», sino a través de sus propios recursos. En esta cultura subjetiva es nada o muy poco lo que se comparte. Simmel pensaba que el ejemplo clásico de cultura subjetiva era la cultura de los negocios, en la que cada quien estaba concentrado en su propio proyecto particular. En un mundo semejante, cada quien puede sentirse más o menos satisfecho con su suerte sin advertir la insatisfacción colectiva, que se

3129 Hawthorn, Enlightenment and Despair, p. 186.

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manifestaba como alienación. En 1894 Simmel se convirtió en la primera persona que impartió un curso llamado específicamente sociología.3130

Simmel nos devuelve a Francia, pues su homólogo allí era Émile Durkheim (1858-1917). Hijo de un rabino de Lorena, Durkheim era judío y provinciano y, por tanto, doblemente marginal, algo que quizá le haya beneficiado en sus observaciones. Desde 1789 Francia había atravesado varios períodos turbulentos, como la revolución de 1848 y la guerra franco-prusiana y el sitio de París, de 1870-1871, y ello hizo que Durkheim estuviera siempre interesado en el problema de la estabilidad social, de qué condiciones la promueven y cuáles la destruyen, y de qué factores proporcionan a los individuos una idea de propósito que los haga ser honestos y optimistas.3131

Desde un punto de vista profesional, Durkheim se benefició de toda una avalancha de cambios en la educación superior francesa. Tras el asedio y la comuna, los republicanos franceses y los monárquicos católicos habían luchado por hacerse con el control, en especial en el ámbito educativo, un enfrentamiento del que los republicanos emergerían finalmente victoriosos. Entre sus prioridades estaba la reforma de las universidades, en las que se crearon departamentos de investigación científica siguiendo el modelo alemán. Estos cambios favorecieron a Durkheim, que hacia 1887 era catedrático en la Universidad de Burdeos, en la que ofrecía un nuevo curso: «ciencia

3130 David Frisby, Georg Simmel, Tavistock Publications, Londres, 1984, p. 51.

3131 R. Smith, Fontana History of the Human Sciences, p. 546.

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social».3132 Y por tanto, cuando las autoridades reestructuraron Burdeos, así como las demás universidades, estaba en la posición perfecta para aprovechar el cambio e inventar (al menos en Francia) la nueva disciplina de la sociología. Consciente de que era su oportunidad, Durkheim se movió con rapidez y escribió un manual sobre la materia y dos obras sobre temas más puntuales pero también más polémicos: La división social del trabajo (1893) y El suicidio (1897). Un año después de la publicación de esta última obra, creó una revista, L’année sociologique. En 1902 se le ascendió a la Sorbona.

El suicidio, su obra más conocida, aborda un tema que, como señala Roger Smith, no parece a primera vista ser asunto de la sociología.3133 El suicidio parecería ante todo ser una cuestión íntima, privada, subjetiva (Gide argumentaría más tarde que el suicidio era en principio inexplicable). Pero lo que Durkheim quería mostrar era, precisamente, que la psicología tenía una dimensión sociológica. En la primera parte de su libro, por ejemplo, usaba la estadística para mostrar que las tasas de suicidio variaban en función de si se era católico o protestante, si se vivía en el campo o en la ciudad. Esto era algo que nunca antes se había hecho y la gente quedó impresionada por sus hallazgos. Sin embargo, estas variables obvias no satisfacían por completo a Durkheim, que pensaba que había características sociales menos tangibles que eran igualmente importantes, lo que le llevó a distinguir entre el suicidio egoísta, altruista, anómico y

3132 Ibid. Véase: Hawthorn, Enlightenment and Despair, p. 122, sobre los vínculos con el pragmatismo (véase el capítulo 34 de este libro).

3133 R. Smith, Fontana History of the Human Sciences, p. 547.

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fatalista. Durkheim describió el egoísmo como «una medida del fracaso de una sociedad para convertirse en centro de los sentimientos del individuo».3134 En una sociedad en la que tales fracasos son evidentes, una alta proporción de la población carece de rumbo y no se encuentra integrada. Por «anomia» entendía una medida general de la ausencia de normas en la sociedad, lo que implicaba que la gente llevaba una vida carente de regulación, lo que tenía numerosos efectos colaterales como la elevada criminalidad. Durkheim, por tanto, estaba argumentando que la sociedad era una entidad, algo que existía de hecho, y que había fenómenos sociales, como el egoísmo o la anomia, que tenían una existencia fuera de los individuos y que no podían ser reducidos a las descripciones que de ellos ofrecían la biología o la psicología.3135

Otro de los logros de Durkheim en su defensa de la necesidad de una aproximación sociológica a la naturaleza humana fue el de haber puesto los cimientos de una medicina sociológica, lo que en la actualidad llamamos epidemiología. Él, por supuesto, no fue el único que lo hizo: los estados alemanes, así como Austria y Suecia habían empezado a recopilar datos con este objetivo desde el siglo XVIII. Pero además, la medicina social, la epidemiología, nació también en las grandes ciudades industriales en las que la población tenía que realizar grandes esfuerzos para lidiar con problemas y experiencias sin precedentes, algunos de los cuales estaban relacionados con la

3134 Steven Lukes, Emile Durkheim: His Life and Work, Allen Lane The Penguin Press, Londres, 1973, pp. 206 y ss. [Hay traducción castellana: Emile Durkheim. Su vida y su obra: estudio histórico-crítico, Centro de Investigaciones Sociológicas, Madrid, 1984].

3135 Ibid., p. 207, sobre la diferencia entre egoísmo, anomia y altruismo.

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higiene. En Gran Bretaña, uno de los primeros que consiguió realizar avances notables en este campo, y quien, en ese sentido, se convirtió en modelo para otros, fue sir John Snow, que estudió el cólera desde un punto de vista estadístico y sociológico. En 1854, hubo en Londres un terrible brote de cólera que en menos de diez días había provocado la muerte de más de quinientas personas. Al examinar las listas de personas fallecidas y afectadas, Snow advirtió que la mayoría de los casos habían ocurrido en las cercanías de Broad Street. «A través de entrevistas a miembros de las familias de los fallecidos, Snow consiguió identificar un único factor común, a saber, la bomba [de agua] de Broad Street, de la que todas las víctimas habían llegado a beber. El que en el asilo para pobres local, ubicado también en la zona de Broad Street, sólo unos cuantos internos hubieran contraído el cólera, y el hecho de que todos ellos lo hubieran contraído antes de haber ingresado en el centro, ofrecía una prueba adicional que confirmaba su intuición. Snow propuso la hipótesis de que el agua del asilo procedía de un pozo separado, y así era… Snow obtuvo su recompensa por esta cuidadosa investigación cuando, convencido de que las aguas contaminadas de la bomba de Broad Street eran la causa del brote de cólera, consiguió persuadir a las autoridades de que la cerraran». Aunque sus efectos no fueron inmediatos, esto acabó con el brote y el episodio se convirtió luego en una leyenda. Lo que hace a la investigación de Snow todavía más inusual es el hecho de que el bacilo del cólera no había sido aún descubierto (lo haría Robert Koch, unos veintiocho años después).3136

3136 Marks, Science and the Making of the Modern World, p. 208.

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La teoría de que los gérmenes eran los causantes de las enfermedades infecciosas no emergería de forma completa hasta la década de 1880. Por la época en la que Snow realizó su indagación, Ignaz Semmelweis, un médico húngaro, advirtió que los casos de fiebre puerperal podían reducirse si los cirujanos se lavaban las manos antes del parto. En 1865 Joseph Lister fue aún más lejos al defender el uso del ácido carbólico (fenol) sobre las heridas de los pacientes durante la cirugía. Sin embargo, la idea de vacunación no surgió hasta que Louis Pasteur descubrió que podían emplearse versiones débiles de ciertas bacterias para inmunizar contra las enfermedades que ellas mismas provocaban cuando estaban dotadas de toda su fuerza, un descubrimiento que pronto se aplicó a la prevención de un amplio número de enfermedades que entonces proliferaban en la ciudades: tuberculosis, difteria, cólera.3137

Los problemas planteados por la urbanización también llevaron a los británicos a impulsar la creación de un censo decenal, que empezó en 1851. El objetivo de este proyecto era que proporcionara una base simple pero empírica en que fundar las decisiones sobre las cuestiones sociales de la Gran Bretaña moderna. A su vez, el censo estimuló los primeros intentos sistemáticos de evaluar las dimensiones de la pobreza y de los problemas de vivienda. Según Roger Smith, esto «transformó la conciencia moral y política del país».3138

3137 Roberts y Cox, Health and Disease in Britain, p. 537. «The germ theory of disease», Alexander Hellemans y Bryan Bunch, The Timetables of Science, Simon & Schuster, Nueva York, 1991, p. 356.

3138 R. Smith, Fontana History of the Human Sciences, p. 535.

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El censo fue un reflejo del creciente interés en la estadística. La Asociación Británica para el Avance de la Ciencia, también ella una organización reciente, fundada en 1831, creó ese mismo año una sección de estadística. La Sociedad Estadística de Manchester se fundó dos años después, y la Sociedad Estadística de Londres al año siguiente. Para entonces ya se daba por sentado que el reunir información sobre las cifras de mortalidad, la incidencia de crímenes o casos de locura, o los hechos nutricionales, por ejemplo, serviría de base empírica para las políticas sociales del gobierno, así como el estudio de la ciencia social en las universidades. De repente (o así lo pareció) había disponible una enorme cantidad de datos que describían la vida en Gran Bretaña y otros lugares. Y fue este simple volumen de datos el que incentivó el desarrollo de análisis estadísticos complejos que fueran más allá del mero conteo. Los primeros dos tipos de aproximación estadística se concentraron en la distribución de las mediciones de cualquier aspecto particular de la vida, por un lado, y en la correlación entre las mediciones, por otro. Además de tener implicaciones para las decisiones políticas, estas técnicas tuvieron dos efectos adicionales: mostraron cómo ciertos fenómenos diferentes tendían a agruparse, lo que sirvió para plantear nuevas preguntas, y revelaron que las correlaciones estaban invariablemente lejos de ser perfectas. Dado que las mediciones variaban (a lo largo de una distribución) empezaron a surgir preguntas sobre la indeterminación del mundo, una preocupación que

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se extendió al siglo XX, cuando se manifestó incluso en ciencias duras como la física.3139

Una estadística más formal comenzó con el astrónomo belga L.-A. J. Quetelet (1796-1874). En 1823 Quetelet había viajado a París para estudiar astronomía y fue allí donde conoció las teorías sobre la probabilidad concebidas por Pierre-Simon Laplace, que entonces estaba en sus setentas (murió en 1827). Y es aquí donde volvemos a la investigación de Delambre y Méchain en su intento de realizar una medida precisa de la circunferencia terrestre en que basar el metro. En su libro sobre la investigación, Ken Alder señala que ambos hombres tenían métodos de trabajo muy diferentes. Delambre escribía todo en tinta, en cuadernos de páginas numeradas: cualquier error que cometiera podía ser apreciado con claridad por todos. Méchain, en cambio, utilizaba hojas sueltas, con frecuencia no más que pedazos de papel, y escribía a lápiz, por lo que sus notas podían perderse o borrarse. Fueran o no estas técnicas de trabajo sintomáticas, la cuestión es que cuando los dos hombres compararon sus datos, Delambre advirtió con claridad que su colega, de forma deliberada, había alterado muchos de sus datos para que estuvieran de acuerdo con lo esperado. Una de las razones por las que estas «discrepancias» resultaron evidentes era que, de hecho, la tierra es un cuerpo mucho más irregular de lo que Méchain creía, lo que significa que los meridianos varían ligeramente en ciertos puntos y, por tanto, también lo hace la gravedad, y esto afectaba las plomadas que ambos investigadores utilizaban. Méchain pensaba que él había

3139 Bernal, Science and History, vol. 4, p. 1140.

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obtenido resultados anómalos por haber calculado erróneamente sus lecturas de las estrellas en sus ejercicios de triangulación. Para entonces la posición exacta de las estrellas se había convertido casi en un problema clásico, tanto en astronomía como en matemáticas. En apariencia, determinar la localización exacta de una estrella (y su movimiento aparente) parece simple, pero en realidad no tiene nada de simple. Para la época en que Delambre y Méchain realizaron su investigación se sabía muy bien que, incluso con los últimos telescopios, determinar la posición exacta de las estrellas distantes era una tarea difícil, y las observaciones tendían a producir diferentes resultados. En un principio, se consideró que la media aritmética de estas observaciones era la «verdadera» respuesta. Luego se descubrió que la gente difería de manera sistemática en sus lecturas y, por tanto, se crearon equipos de investigadores para intentar eliminar este sesgo. Sin embargo, muchos matemáticos todavía estaban lejos de sentirse satisfechos: sentían que las observaciones más cercanas a la media debían tener más validez, más peso, que las observaciones que más se alejaban de ella. Esto dio origen a dos importantes desarrollos. En primer lugar, Adrien-Marie Legendre ideó el método de los mínimos cuadrados, según el cual, dado un conjunto de observaciones, la mejor era aquella que «minimizaba el cuadrado del valor de partida de cada dato de la curva».3140 Desde nuestro punto de vista, la cuestión importante aquí es que tras concebir su teoría, Legendre la probó por primera vez con los datos de Delambre y Méchain.

3140 Alder, Measure of All Things, p. 322.

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El trabajo de Laplace, Quetelet y Legendre fue ampliado por Karl Friedrich Gauss (1777-1855), quien realizó el segundo avance que debemos mencionar aquí. Básicamente, las técnicas astronómicas habían mostrado que cuando observaciones realizadas por astrónomos diferentes se proyectaban sobre un gráfico, éstas presentaban una «distribución regular». Luego se descubrió que esto se aplicaba a varios otros fenómenos y, por lo tanto, la expresión se cambió por la de «distribución estándar». La idea fue refinada aún más en la década de 1890 por el matemático inglés Karl Pearson (1857-1936), quien introdujo el término «curva de distribución normal», conocida como la curva (en forma) de campana. Y ésta fue acaso la idea más influyente de todas, al menos en esa época, porque la curva de campana fue empleada por Quetelet para crear lo que denominó l’homme moyen, el hombre medio.3141 Esta noción consiguió despertar la imaginación de muchos, y escritores, publicistas y fabricantes no tardaron en empezar a usarla. Además de esto, sin embargo, este descubrimiento parecía plantear preguntas mucho más importantes en relación a la naturaleza humana. ¿Era el hombre medio el ideal? ¿O era éste simplemente el más mediocre? ¿Eran quienes se ubicaban a uno y otro extremo de la distribución gente exótica o degenerada? ¿Representaba l’homme moyen lo que era esencial en el ser humano?3142

La gente empezó a comprender que había algo básico, e incluso misterioso, en la estadística. La noción misma de distribución

3141 Alan Desrosières, The Politics of Large Numbers: A History of Statistical Reasoning, traducción de Camille Naish, Harvard University Press, Cambridge (Massachusetts), 1998, p. 75. Ibid., pp. 73-79 y 90-91.3142

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normal, de hombre medio, significaba que hasta cierto punto los hombres y las mujeres se comportaban de acuerdo con la lógica de los números. Por ejemplo, pese a que cada asesinato en particular era impredecible, las estadísticas de criminalidad revelaban cierta regularidad, y aun cierta estabilidad de año a año, en el número de homicidios que se cometían y, más o menos, en los lugares en los que se cometían. Durkheim había observado el mismo fenómeno en relación al suicidio. ¿Qué decía todo esto sobre las complejidades de la vida moderna? ¿Debían estos patrones mantenerse ocultos? «La estadística parecía ofrecer los medios que permitirían estudiar los hechos sociales de manera tan objetiva y precisa como se estudiaban los hechos físicos, y en este sentido parecía ser la forma en que la ciencia social, al igual que la ciencia física, descubre leyes generales». Tales ideas dieron esperanzas a aquellos que creían que «el sistema competitivo… debía reconstruirse por el bienestar común», que el estado debía intervenir con miras a, por lo menos, amortiguar el daño inflingido por el industrialismo despiadado.3143 Ésta era una de las creencias básicas de la Sociedad Fabiana, fundada en Londres en 1883-1884, y de la Escuela de Economía y Ciencias Políticas de Londres, en la que se enseñó sociología desde 1903.3144

3143 Lisanne Radice, Beatrice y Sidney Webb, Fabian Socialists, Macmillan, Londres, 1984, p. 55. No todos estaban a favor del nuevo enfoque. En Gran Bretaña, el nuevo registro de nacimientos, matrimonios y muertes recibió críticas de todos los bandos. El conteo de nacimientos irritó a la Iglesia de Inglaterra, que consideraba que no contar los bautismos era mostrar demasiado respeto por los no conformistas; los unitarios pensaban que llevar las cuentas del número de personas que se reunían con su creador era de algún modo una muestra de irrespeto para con Dios; y mucha gente pensaba que el tamaño de su familia era en cualquier caso una cuestión privada. M. T. Cullen, The Statistical Movement in Early Victorian Britain, Harvester, Hassocks (Sussex), 1975, pp. 29-30.3144

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Sin embargo, como vimos en el capítulo 17, el desarrollo de la medición, el aumento de la exactitud y el auge del pensamiento cuantitativo, en los siglos XIII y XIV, fue uno de los factores que condujeron al Occidente moderno, y un paso adicional en ese sentido fue el que tuvo lugar en tiempos victorianos. Una última influencia aquí es la que encarnó Edwin Chadwick, quien insistió en una cuestión en particular: la inclusión de la «causa de muerte» en las encuestas gubernamentales.3145 Chadwick participó como investigador en dos comisiones reales (sobre la Ley de Pobres y sobre las condiciones sanitarias de los trabajadores), y gracias a él, la manía victoriana por los números y las cuentas quedó consolidada (las estadísticas recopiladas por la comisión sobre la Ley de Pobres abarcaban quince volúmenes). Uno de los datos más escandalosos que encontró Chadwick era que de los setenta y siete mil pobres estudiados, no menos de catorce mil se habían empobrecido por haberse contagiado de fiebre.3146 Esta correlación identificó un problema que nadie hasta entonces había pensado que existiera y que, en cierta medida, todavía continúa vigente. Chadwick estableció y publicó cifras terribles, como la relativa al aumento de la tasa de mortalidad en las ciudades industriales, que se había duplicado en un lapso de diez años, y demostró, por ejemplo, que en las zonas pobres había «un retrete usualmente inaccesible» por cada ciento veinte (sí, ciento veinte) personas.3147

3145 David Boyle, The Tyranny of Numbers, Harper-Collins, Londres, 2000, pp. 64-65.

3146 Ibid., p. 72.

3147 Ibid., p. 74.

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Tales cifras provocaron la indignación de las clases medias victorianas, y contribuyeron así al desarrollo de la política moderna (por ejemplo, en el surgimiento del Partido Laborista). Al mismo tiempo, otros victorianos pensaban que el ansia por contar y medir estaba fuera de control. El historiador G. M. Young escribió: «Se me ha insinuado que el horario del ferrocarril contribuye a disciplinar a la gente en general».3148 Pero en una sociedad de masas, las estadísticas se habían convertido en una necesidad, y lejos de ser un factor de control, para mucha gente demostraron ser una forma de libertad. Para los victorianos, las estadísticas resultaban excitantes, tanto en términos filosóficos (por lo que revelaban sobre las determinaciones e indeterminaciones de la vida colectiva), como en términos prácticos (por la ayuda que proporcionaban al gobierno en las nuevas y, con frecuencia, sombrías metrópolis). En la actualidad, la estadística ha perdido por completo el halo de misterio que una vez tuvo y para la mayoría de la gente resulta una disciplina árida, no obstante, la sociedad moderna y en particular la idea de estado de bienestar sería impensable sin ella.

3148 Alan Desrosières, Politics of Large Numbers, pp. 232 y ss.

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Capítulo 33

Los usos y abusos del nacionalismo y el imperialismo

En 1648, más de ciento cincuenta años después del descubrimiento de las Indias y de América, se firmó finalmente la Paz de Westfalia, con el que terminaba la guerra de los Treinta Años, que había llegado a un punto muerto tras haber enfrentado a los países católicos y protestantes por la interpretación que unos y otros hacían de las intenciones de Dios. En el tratado se acordó que desde ese momento cada estado tendría la libertad de actuar según sus propias inclinaciones. Era tantísima la sangre derramada por ideas que nunca habrían podido demostrarse ciertas en uno u otro sentido, que la «tolerancia por agotamiento» pareció la única forma de salir adelante.3149 Sin embargo, era imposible pasar por alto el hecho de que el nuevo estado de cosas había traído consigo varias consecuencias incómodas. El papado había quedado marginado; España y Portugal habían perdido poder; y el centro de gravedad de Europa se había desplazado al norte, hacia Francia, Inglaterra y las ahora independientes Provincias Unidas.3150 No obstante, para entonces resultaba claro que el mundo era mucho más grande, más variado y más recalcitrante de lo que los primeros exploradores habían previsto y esto produjo un cambio en la mentalidad de las naciones septentrionales, cuya misma existencia había quedado confirmada con el resultado de la guerra de los Cien Años. En lugar

3149 Schulze, States, Nations and Nationalism, p. 69.

3150 Anthony Pagden, People and Empires, Weidenfeld & Nicolson, Londres, 2001, p. 89. [Hay traducción castellana: Pueblos e imperios, Mondadori, Barcelona, 2002].

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de la conquista abierta de otros pueblos que tanto daño había hecho a la imagen internacional de España por su infame tratamiento de los «indios» americanos, las naciones del norte de Europa estaban más interesadas en el tráfico y el comercio. (Mientras sólo un cuarto de los españoles y portugueses que emigraban a la Latinoamérica colonial eran mujeres, en el caso de Norteamérica se animaba a los colonos británicos a llevar consigo a sus mujeres e hijos. Como resultado de ello, fueron muy pocos los colonos británicos que formaron pareja con miembros de la población indígena). Este cambio de la actitud «católica» anterior por la «protestante» estuvo estrechamente vinculado al hecho de que las nuevas clases mercantiles estaban reemplazando, como principal fuerza política, a las aristocracias militar y terrateniente tradicionales. Esta transformación, por tanto, tenía un fundamento intelectual y moral: se creía que el comercio era una fuerza civilizadora, que humanizaba a ambas partes. «El comercio no era simplemente un intercambio de bienes, implicaba contacto y tolerancia».3151

Crucial en este sentido fue el hecho de que los países protestantes, Gran Bretaña y Holanda, contaran con una sólida tradición comercial y, asimismo, que tratándose de países en los que la tolerancia religiosa se había alcanzado no sin dificultades, no estuvieran interesados en infligir el mismo costo a las poblaciones que encontraron en tierras distantes. Si estaba en sus manos, rescatarían a estos pueblos «primitivos» del paganismo, pero éste era un objetivo

3151 Niall Ferguson, Empire: How Britain Made the Modern World, Allen Lane/Penguin, Londres,

2003/2004, p. 63. Véase también: Pagden, People and Empires, p. 92.

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secundario de las relaciones comerciales y no emplearían la fuerza para conseguirlo.3152

En este sentido, Gran Bretaña era ahora más importante que Holanda, ya que contaba con sus colonias en América y, tras la guerra de los Siete Años con Francia, había emergido como la principal potencia marítima europea. No obstante, el conflicto la había endeudado enormemente y fue su intento de solucionar sus problemas financieros a través del cobro de impuestos en las colonias americanas, combinado con la negativa del gobierno a conceder a estas colonias cualquier tipo de representación directa en el parlamento, lo que al final desencadenaría la guerra de Independencia norteamericana (aunque habría que señalar que en comparación con los niveles alcanzados en Gran Bretaña, los impuestos en las colonias de Norteamérica eran bastante bajos).3153 Si bien éste no era un resultado previsible, para mucha gente, tanto en Gran Bretaña como en otros lugares, resultaba demasiado claro que la colonización nunca funcionaría a largo plazo. La experiencia había mostrado que o bien las colonias se volvían dependientes y se convertían en un lastre para la metrópoli, o bien buscaban la independencia tan pronto advertían indicios de que podían ser económicamente autosuficientes. Una de las predicciones más afortunadas de Adam Smith fue que los americanos libres resultarían mejores socios comerciales que cuando eran súbditos coloniales. Niall Ferguson sostiene que hay razones para pensar que hacia 1770 los

3152

3153

Ibid., p. 94.

Ibid., p. 97.

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habitante de Nueva Inglaterra estaban cerca de ser «el pueblo más rico del mundo».

Los historiadores se refieren hoy a Norteamérica como el «primer imperio» británico, para distinguirlo del segundo, en Asia, África y el Pacífico, donde las políticas de colonización que se aplicaron fueron muy diferentes. Mientras que en el segundo imperio, siempre se contó con una presencia militar, la conquista abierta nunca llegó a ser una meta deseable (o alcanzable).3154 Como ejemplifican a la perfección los nombres de la Compañía de las Indias Orientales y la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, que se convertirían en la principal característica de esta fase del imperio, la palabra clave era el comercio, el comercio protegido. Las colonias de Oriente constituían principalmente lo que los portugueses denominaban feitorias, fábricas, enclaves autónomos independientes, con frecuencia adquiridos mediante tratados o a través de otros recursos con la intención de convertirlos en centros de almacenamiento y distribución para mercaderes europeos y asiáticos. Aunque necesariamente fortificados, estos centros carecían de verdadero poderío militar, en la India, por ejemplo, nunca representaron una amenaza para las fuerzas mongolas. Novecientos funcionarios y setenta mil soldados británicos bastaron para gobernar a más de doscientos cincuenta millones de indios. (Cómo lograron hacerlo es una cuestión para otro libro).3155

3154 Ibid., p. 98. Sobre la riqueza de los habitantes de Nueva Inglaterra, véase: Ferguson, Empire, p. 85.

3155 La noción de «protección», sin embargo, implicaba que las compañías de las Indias orientales tenían que involucrarse en cuestiones de política. Véase: Jürgen Osterhammel, Colonialism,

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Pero la presencia imperial sí creció, algo a lo que contribuyó la retirada de los musulmanes, y con el triunfo del comercio, el poder y la influencia de las compañías de las Indias Orientales continuaron aumentando. En la India, la compañía emergió finalmente como el verdadero gobernante de gran parte del país, pero según Anthony Pagden, incluso entonces la India siguió siendo muy diferente de América así como de las posteriores colonias en África. «La India, y Asia en general», dice, «fue siempre un lugar de tránsito, no de colonización… Entre los europeos de la India nunca surgió ningún sentimiento de diferencia, de ser un pueblo distinto. Nunca hubo una población criolla o un mestizaje semejante al que transformó la población de las antiguas colonias españolas en América en comunidades verdaderamente multiétnicas».3156

Incluso así, el constante roce de dos culturas muy diferentes conllevaba ciertos riesgos. En el capítulo 29 vimos cómo las actividades de la Sociedad Asiática de Bengala contribuyeron a impulsar el renacimiento oriental: ésta fue la época en la que sir William Jones llamó la atención sobre las profundas similitudes que había entre el sánscrito y el griego y el latín, y Warren Hastings, gobernador general de Bengala, invitó a los estudiosos hindúes a Calcuta para promover el estudio de las escrituras hindúes (él mismo hablaba con fluidez el persa y el hindi). Sin embargo, en 1788, tres años después de que su período como gobernador general hubiera terminado, el parlamento en Londres procesó por corrupción a

Princeton University Press, Princeton (Nueva Jersey) y Londres, 2003, p. 32. Véase también:

Ferguson, Empire, p. 163.

3156 Pagden, People and Empires, pp. 100-101.

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Hastings acusándole de haber «puesto a buen recaudo» una enorme fortuna, que habría birlado en parte a la Compañía de las Indias Orientales y en parte a los gobernantes de Benarés y Avadh. Aunque al final, después de siete largos años, Hastings fue absuelto, su juicio «fue un gran espectáculo teatral», en gran medida dirigido por Edmund Burke, y el exgobernador general nunca logró recuperarse del todo. Burke estaba convencido de que la Compañía de las Indias Orientales había traicionado sus objetivos, que además del comercio implicaban «la difusión de la civilización y la ilustración en el imperio». En lugar de ello, sostenía, al mando de Hastings la compañía se había vuelto tiránica y corrupta y había «subyugado a los indios y traicionado la benevolencia que le fue ordenado propagar». (Las conclusiones de historiadores posteriores son diferentes, y señalan que en el caso Hastings cuanto más estudiaba la cultura india, más respetuoso de ella se volvía.3157) En términos de Burke, Hastings había traicionado los ideales más elevados del imperio, la difusión benevolente de la civilización occidental, una actitud de la que encontramos ecos en Napoleón. Por parte de Burke (y de Napoleón) esto quizá fuera insincero. Lo que en verdad evidenció el proceso a Hastings fue la mojigatería de la mente imperial: cualesquiera que fueran las elevadísimas metas que los británicos se arrogaban, su actuación no difería tanto como pensaban del colonialismo agresivo del primer imperio. Niall Ferguson propone una lista de nueve ideas en las que se fundaba el «segundo» imperio

3157 Jeremy Bernstein, Dawning of the Raj: The Life and Times of Warren Hastings, Aurum,

Londres, 2001, pp. 208 y ss. Véase también: Ferguson, Empire, p. 38.

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británico y cuya propagación éste pretendía impulsar: la lengua inglesa, las formas inglesas de tenencia de la tierra, la banca inglesa y escocesa, el derecho consuetudinario, el protestantismo, los juegos de equipo, el estado limitado o «vigilante», las asambleas representativas y la idea de libertad.3158

Y además estaba la polémica cuestión de la esclavitud. Los imperios siempre habían involucrado algún tipo de esclavitud. No podemos olvidar que tanto Atenas como Roma tuvieron esclavos. Ahora bien, también es importante señalar que en la antigüedad grecorromana ser esclavo no implicaba necesariamente degradarse. Quienes no tenían suerte eran enviados al ejército o a las minas, los afortunados podían trabajar como tutores de niños.

La esclavitud moderna era absolutamente diferente: la idea misma del tráfico de esclavos era horrenda y degradante. «Empezó la mañana del 8 de agosto de 1444 cuando un primer cargamento de 235 africanos, capturados en lo que en la actualidad es Senegal, desembarcó en el puerto portugués de Lagos. Un rudimentario mercado de esclavos se improvisó en el muelle y los africanos, que confundidos e intimidados caminaban tambaleándose después de haber pasado semanas encerrados en las insalubres bodegas de las pequeñas embarcaciones en las que habían sido transportados, fueron arreados en grupos de acuerdo a su edad, sexo y estado de

3158 Pagden, People and Empires, p. 104. Ferguson, Empire, pp. XXIII y 260. En The Ideological Origins of the British Empire, Cambridge University Press, Cambridge (Inglaterra), 2002, David Armitage afirma que las nociones protestantes acerca de la propiedad fueron importantes para el surgimiento de la idea de imperio.

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salud».3159 No se permitió la realización de ninguna transacción hasta que, tras haber sido notificado, el príncipe Enrique el Navegante llegó al muelle. En tanto patrocinador del viaje, tenía derecho a una quinta parte del botín, en este caso cuarenta y seis humanos. Fue así como empezó lo que luego se conocería como el tráfico de «oro negro».

Aunque el fenómeno era nuevo en Europa, el tráfico de esclavos había existido en África durante centenares de años. Lo que cambió con la aparición de los europeos fueron las dimensiones de la demanda. El comercio de esclavos europeo era impulsado por una nueva forma de empresa comercial: la plantación azucarera. Y el gusto de Europa por el azúcar era tal que, según Anthony Pagden, entre 1492 y 1820, «el número de africanos enviados a América fue cinco o seis veces mayor que el de emigrantes blancos europeos». Aunque conocida, esta estadística continúa siendo impresionante. Los efectos de la esclavitud en la formación de las Américas fueron notables, y el tráfico de esclavos aportó a Estados Unidos el que probablemente sea su problema de más difícil solución. Una de las razones profundas que explican el surgimiento de este permanente dilema americano la encontramos en el hecho de que la esclavitud moderna implicaba una nueva forma de entender las relaciones entre amo y esclavo.3160 Ni Aristóteles ni Cicerón se sentían cómodos con la idea de esclavitud. En alguna ocasión intentaron argumentar que los esclavos eran un «tipo» de persona diferente, pero sabían que ésta no era una razón

3159 En From Freedom to Slavery: Comparative Studies in the Rise and Fall of Atlantic Slavery, Macmillan, Londres, 1999, p. 344, Seymour Drescher anota que los judíos no tuvieron una gran participación en las actividades esclavistas.

3160 Pagden, People and Empires, p. 111.

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convincente cuando en muchos casos los esclavos simplemente lo eran por haber pertenecido al bando perdedor en una guerra. Las principales religiones monoteístas adoptaban al respecto una posición bastante similar. Tanto el Antiguo Testamento como el Corán aprueban la captura de esclavos, pero sólo después de una «guerra justa».3161 Los primeros cristianos no miraban con buenos ojos que se esclavizara a otros cristianos, pero no pensaban con igual compasión de quienes no compartían su fe. En los primeros años del comercio de esclavos, algunos clérigos católicos intentaron sostener que las guerras que tenían lugar en el interior de África eran «justas», pero muy pocos se tomaron en serio sus argumentos; y aunque es posible ver alguna especie de avance en el hecho de que el Santo Oficio condenara el tráfico de esclavos en 1686, resulta significativo que no hubiera condenado la esclavitud en sí misma.3162

La posición del Vaticano reflejaba la opinión general de la época, a saber, que el tráfico de esclavos era más repugnante que la esclavitud misma, pero las protestas continuaron creciendo y llamaron la atención sobre el hecho de que en ello había una paradoja. Muchos consideraban que los negros eran «un tipo de persona inferior, poco mejores que los animales», y como si se quisiera confirmar esta opinión, a menudo se les daba nombres de mascotas: Fido, Saltarín, etc. No obstante, esta actitud se contradecía de lleno con el hecho de que los amos ordenaran a sus esclavos la realización de tareas que

3161 Ibid., p. 112.

3162 Ibid., p. 113. Sobre otras bulas papales relativas a la esclavitud, véase: Moynahan, Faith, pp.

537 y ss.

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exigían un equipo mental completo.3163 No menos peligrosa era la posibilidad de que las mujeres esclavas resultaran sexualmente atractivas para sus amos, lo que originaba un nuevo tipo de problema social: la prole mestiza. Por tanto, la nueva relación estaba cargada de incoherencias y tensiones.

Las ideas racistas siguieron siendo muy fuertes y se mantuvieron vigentes mucho más allá de la época en la que por fin se abolió la esclavitud. William Wilberforce fue sólo uno de los abolicionistas que no podían ocultar su creencia en que la cultura cristiana europea era una fuerza civilizadora. Y en algún momento llegó a confesar que la emancipación de los esclavos «podía ser en realidad menos importante que el reinado de la luz, la verdad y la felicidad que les aportaran el cristianismo y las leyes, instituciones y costumbres británicas». Pero en cualquier caso lo que sí hizo Wilberforce fue unirse a los patrocinadores de una colonia experimental, Sierra Leona, fundada en 1787 para «difundir la civilización entre los nativos y cultivar el suelo empleando trabajadores libres». Sierra Leona floreció y su capital, Freetown, se convirtió en una de las bases del nuevo escuadrón antiesclavista de la Armada Real británica.3164 En cualquier caso, la primera nación europea que declaró ilegal el tráfico de esclavos fue Dinamarca, que lo hizo en 1792. Gran Bretaña emprendió acciones para acabar con el tráfico en 1805 y para 1824 la captura de esclavos se había convertido en un delito castigado con

3163 Pagden, People and Empires, p. 114.

3164 Lawrence James, The Rise and Fall of the British Empire, Little Brown/Abacus, Londres, 1994/1998, p. 185. Sobre las campañas contra la esclavitud contemporáneas y anteriores a Wilberforce, véase: Drescher, From Freedom to Slavery, pp. 69-71.

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la horca. No obstante, el tráfico continuó en otros lugares durante otros cincuenta años: el último cargamento desembarcó en Cuba en 1870.3165

En 1648, la Paz de Westfalia había creado un conjunto de estados europeos. En 1815, el Congreso de Viena, convocado para decidir la configuración de Europa tras la caída de Napoleón, creó otro. Las actitudes eran entonces muy diferentes de las actuales. Para el ministro de Asuntos Exteriores británico lord Castlereagh, uno de los arquitectos de la nueva Europa, Italia, no era más que un «concepto geográfico», y su unificación en un único estado le parecía «inimaginable».3166 En el congreso, un alemán tenía más o menos la misma concepción a propósito de su propio país. «La unificación de todas las naciones alemanas en un estado único e indivisible», dijo, no era más que un sueño que «había sido refutado por mil años de experiencia y dejado de lado al final… No existe operación del ingenio humano que pueda hacerlo realidad, y no podrá imponerlo incluso la más sangrienta de las revoluciones; es una meta que sólo persiguen los locos». Su conclusión era que si la idea de unidad nacional terminaba imponiéndose en Europa, «un yermo de ruinas ensangrentadas será el único legado que reciban nuestros descendientes».3167

El principal objetivo del Congreso de Viena era prevenir el estallido de una nueva revolución en Europa, y para ello los diplomáticos y políticos reunidos allí empezaron recreando más o menos el mismo

3165 Pagden, People and Empires, p. 117.

3166 Schulze, States, Nations and Nationalism, p. 197.

3167 Ibid., p. 198.

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paisaje político que había existido tras el tratado de 1648. «En España y Portugal se restauró a las antiguas familias gobernantes, Holanda se amplió con los Países Bajos austriacos, que más tarde se convertirían en Bélgica, Suiza se reconstituyó, Suecia permaneció unida a Noruega, y dado que la Pentarquía, el club de las cinco mayores potencias europeas, era inimaginable sin Francia, se permitió que ésta conservara intacta su frontera de 1792».3168 Pero este sistema europeo, equilibrado con tanto cuidado, dependía de que Europa central continuara siendo una región fragmentada y sin poder.3169 Muchos de los europeos presentes en el Congreso de Viena veían con inquietud la actitud de los denominados «germanófilos», que estaban decididos a unificar Alemania y convertirla en un estado-nación. Como escribió desde Viena el ministro de Asuntos Exteriores francés, Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord, a Luis XVIII: «Intentan subvertir un orden que ofende su orgullo y reemplazar todos los gobiernos del país por una única autoridad. Los apoyan la gente de las universidades, jovencitos formados en sus teorías, y todos aquellos que atribuyen al particularismo alemán todos los sufrimientos que se han infligido al país durante las guerras que se han librado allí. La unidad de la patria alemana es su lema, su fe y su religión, y creen en ella con un fervor que roza el fanatismo… ¿Puede alguien calcular las consecuencias de lo que ocurriría si las masas alemanas se unen en un todo único y se vuelven agresivas?

3168

3169

Ibid.

Ibid., p. 199.

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¿Puede alguien decir dónde se detendría un movimiento de ese tipo?».3170

En otras palabras, como señala Hagen Schulze, en ese momento se reconocía el principio de nacionalidad sólo donde estaba vinculado al gobierno legítimo de un monarca: en Gran Bretaña, Francia, España, Portugal, los Países Bajos y Suecia, en resumen, Europa occidental y septentrional. Ello dejaba fuera a los territorios de habla alemana y a Italia. Y esto contribuye a explicar por qué el nacionalismo, en el sentido de nacionalismo cultural, comenzó siendo una idea alemana. La fragmentación política de la región era en realidad el resultado lógico del orden europeo. Sólo se necesita mirar el mapa para entender por qué. «Desde el mar Báltico hasta el mar Tirreno, era Europa central la que separaba a las grandes potencias, manteniéndolas alejadas e impidiendo la posibilidad de un choque frontal».3171 Nadie deseaba una concentración de poder excesiva en Europa central, pues si alguna nación se hacía con el control de la región se convertiría con facilidad en «el amo de todo el continente».3172 Para muchos, los minúsculos estados italianos y alemanes constituían una garantía de libertad. Ahora bien, aunque Italia y Alemania estaban en este sentido en una situación similar, buena parte del país mediterráneo estaba bajo la ocupación de poderes extranjeros (Austria en el norte, los Borbones en el sur) y ello también explica por qué el nacionalismo moderno surgió en Alemania. De hecho, la unificación de Alemania y la de Italia fueron

3170

3171

3172

Ibid., p. 200.

Ibid., p. 204.

Ibid., p. 205.

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dos de los acontecimientos políticos seminales del siglo XIX que — junto a la guerra civil estadounidense— contribuyeron en gran medida a crear la gran rivalidad industrial de las últimas décadas del ochocientos y, con ello, a la conformación del mundo moderno; sin embargo, también conducirían a la primera guerra mundial y en ese sentido crearon el escenario para las calamidades del siglo XX. Qué proféticas fueron las palabras de Talleyrand.3173

La primera persona en identificar lo que podemos llamar «nacionalismo cultural» fue Johann Gottfried Herder (1744-1803), si bien el gran historiador alemán Friedrich Meinecke sostuvo que Friedrich Karl von Moser había encontrado los primeros indicios de un «espíritu nacional» en 1765 «en aquellas partes de Alemania en las que era posible ver hasta veinte principados en un solo día de viaje». El escenario había quedado establecido, como vimos en el capítulo 24, con el surgimiento (no sólo en Alemania) de un «público» consciente de sí mismo hacia finales del siglo XVII. «La naturaleza», decía Herder «ha separado a las naciones no sólo mediante bosques y montañas, océanos y desiertos, ríos y climas, sino que también lo ha hecho de forma muy particular a través de las lenguas, inclinaciones y caracteres, para que subyugarlas mediante el despotismo sea mucho más difícil, para que las cuatro esquinas del mundo no puedan ser embutidas en la barriga de un caballo de madera».3174 Para Herder el Volk era irreducible, e incompatible con

3173 Tony Smith, The Pattern of Imperialism, Cambridge University Press, Cambridge (Inglaterra), 1981, p. 41, explora la forma en que los sindicatos empezaron a interferir con la ideología imperial.

3174 Friedrich Meinecke, Cosmopolitanism and the National State, trad. de Robert B. Kimber, Princeton University Press, Princeton (Nueva Jersey), 1970, pp. 25-26.

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la idea de imperio, la cual, en su opinión, iba en contra del principio mismo de la «pluralidad natural» de los pueblos del mundo.3175 Los alemanes querían la unificación, ser un estado-nación, y esto era algo que debía «cultivarse», pues durante demasiado tiempo el país había sido escenario de las guerras entre las potencias europeas, en el que «el gobernante de hoy puede convertirse en el enemigo de mañana».3176 En lugar del revoltijo de estados que durante siglos había existido en Europa central, el siglo XIX fue testigo del surgimiento de dos grandes potencias. Resulta difícil exagerar la naturaleza de este cambio.

Las demás naciones de Europa respondieron a estos sentimientos alemanes e italianos con lo que Hagen Schulze ha denominado «regeneración patriótica».3177 Esto es especialmente cierto en el caso de Francia, por ejemplo, donde todo el sistema educativo se puso al servicio de la causa nacional. La enseñanza de la historia y la política nacional debían ser el camino hacia la regeneración nacional después de la revolución y las repetidas derrotas. El ejemplo más obvio (y, podría decirse, el más espeluznante) fue la obra de G. Bruno Le Tour de la France par deux enfants: devoir et patrie, que contaba la historia de un niño de catorce años, André Valden, y su hermano Julien, de siete años. El relato está ambientado en el período que siguió a la guerra franco-prusiana, tras la cual los dos niños han quedado huérfanos. La pareja de hermanos se encuentra varada en Falsburgo,

3175 Ibid., p. 136.

3176 Michael Morton, Herder and the Poetics of Thought, Pensilvania, University Press, Pittsburgh,

1989, p. 99.

3177 Schulze, States, Nations and Nationalism, p. 232.

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su pueblo natal, anexionado por Alemania, pero ambos escapan a Francia, país que recorren en el curso de sus aventuras. Al final, encuentran en la nación francesa un nuevo hogar, que, gracias a lo aprendido en sus peripecias, pueden ahora contemplar en toda su gloria. Publicado originalmente en 1877, el libro tuvo veinte reimpresiones en los siguientes treinta años. Otro ejemplo del ferviente nacionalismo de la época fue el hecho de que mientras Jules Ferry (1832-1893) fue ministro de Educación cada aula francesa tenía que lucir un mapa del país en el que Alsacia y Lorena aparecían rodeadas por un crespón negro. Jules Michelet (1798-1874) escribió que Francia era «el pontificado de la civilización moderna», con lo que pretendía afirmar que era el adalid del moderno estado ilustrado: «la idea francesa de civilización se había convertido así en el núcleo fundamental de una religión nacional». (La Marseillaise se adoptó como himno nacional en 1879).3178

Inglaterra también respondió a estos acontecimientos, pero de una manera diferente. La expansión colonial del Imperio británico alcanzó unas dimensiones sin precedentes entre 1880 y la primera guerra mundial, como puede apreciarse con claridad en la siguiente tabla:

3178 Ibid., p. 233.

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Y he aquí algunos comentarios contemporáneos, que cito para mostrar no sólo cuál era el sentimiento sino también qué tan difundido estaba. «El imperialismo se ha convertido en la última y más elevada encarnación de nuestro nacionalismo democrático. Es una expresión consciente de nuestra raza» (el duque de Westminster). «Los británicos somos la raza gobernante más grandiosa que el mundo haya conocido» (Joseph Chamberlain). Al divisar el puerto de Sydney, Charles Darwin escribió: «El primer sentimiento que me invadió fue la alegría de haber nacido inglés». «Sostengo que somos la raza líder del mundo, y que cuanto más poblemos el mundo, mejor será éste para la humanidad… Dado que [Dios] obviamente convirtió a la raza de habla inglesa en el instrumento elegido mediante el cual pretende construir un estado y una sociedad basados en la justicia, la libertad y la paz, es necesario que cumpliendo con su voluntad haga todo lo que esté en mis manos para ofrecer a esta raza tanto poder y abasto como sea posible. Pienso que, si en verdad existe un Dios, es su deseo que yo haga una cosa, a saber, colorear de rojo británico el mapa de África hasta donde sea posible» (Cecil Rhodes).3179

El inconveniente de este brote nacionalista en Europa fue que trajo consigo mucho más racismo, algo que quizá, con el beneficio de la perspectiva, nos parezca inevitable. El antisemitismo se manifestó con especial virulencia en Francia y Alemania, algo que en parte se

3179 William J. Stead, ed., The Last Will and Testament of C. J. Rhodes, Review of Reviews Office, Londres, 1902, pp. 57 y 97 y ss. James, Rise and Fall of the British Empire, p. 169.

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relacionaba con su envidia de Gran Bretaña.3180 Los imperios francés y alemán eran tan pequeños comparados con el británico, que surgió la idea de que, en palabras de Paul Déroulède, fundador de la Liga de los Patriotas francesa, «no podemos esperar conseguir nada en el extranjero sin antes haber curado nuestras enfermedades domésticas».3181 Y no había duda de que el enemigo interno número uno eran los judíos. En 1886 Edouard Drumont publicó La France juive, un «brebaje» sobre la vida y costumbres judías que pese a ser ordinario y chapucero se convirtió de forma instantánea en un éxito de ventas. Éste resultaría ser el preludio de una oleada de antisemitismo en el país que culminaría en el affaire Dreyfus, cuando se acusó a un oficial judío inocente de ser un espía alemán. En Alemania, la denominada Kulturkampf, la «batalla cultural», aunque en apariencia versaba sobre la supervisión de las escuelas y el nombramiento de curas en las parroquias, fue en realidad un intento por parte del estado protestante de conseguir que los políticos católicos se plegaran a las políticas prusianas. Y en medio de este clima de intolerancia, era inevitable que se discutiera también el papel de los judíos.

El nacionalismo alcanzó su máxima expresión hacia finales de siglo, con la trilogía de Maurice Barrès Le roman de l’énergie nationale (1897-1903). La idea de Barrès era que el culto del ego constituía la principal causa de la corrupción de la civilización. «La nación está por encima del ego y por tanto tiene que ser considerada como la

3180 Osterhammel, Colonialism, p. 34.

3181 Raoul Girardet, ed., Le nationalisme français, 1871-1914, A. Colin, París, 1966, p. 179.

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prioridad suprema de la vida del hombre. El individuo no tiene otra opción que someterse a la función que la nación le asigna, “la ley sagrada de su linaje”, y “escuchar las voces del suelo y de los muertos”».3182 Como señala de forma acertada Hagen Schulze, el nacionalismo, la idea de nación, que a finales del siglo XVIII se había convertido en una especie de utopía, una entidad natural política y cultural, para finales del siglo XIX había pasado a ser un factor polémico en la política interior: la nación «dejó de ser algo que estaba por encima de los partidos y unía a la sociedad, para convertirse en sí misma en un partido y dividir a la sociedad». Las consecuencias serían catastróficas.

Una vez más, es importante ser prudentes y evitar exagerar. El nacionalismo fue catastrófico en muchos sentidos, pero también tuvo un lado positivo. Es evidente en el florecimiento de la vida intelectual alemana durante el siglo XIX, el cual, haya sido o no provocado por la unificación del país y por el sentimiento nacionalista que acompañó esa unificación, fue sin duda un fenómeno contemporáneo.

Sigmund Freud, Max Planck, Ernst Mach, Hermann Helmholtz, Marx, Weber, Nietzsche, Ibsen, Strindberg, Von Hofmannsthal, Rudolf Clausius, Wilhelm Röntgen, Eduard von Hartmann… todos ellos eran alemanes o de habla alemana. En ocasiones pasamos por alto que el período comprendido entre 1848 y 1933, que se solapa con el cambio de siglo (el límite de la historia cubierta en este libro), representó el punto culminante del genio alemán. Como anotaba el

3182 Schulze, States, Nations and Nationalism, p. 237.

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historiador estadounidense Norman Cantor en 1991: «Se suponía que el siglo XX iba a ser el siglo alemán». Sus palabras se hacen eco de las que pronunciara el filósofo francés Raymond Aron en una conversación que mantuvo con el historiador alemán Fritz Stern, mientras se encontraba en Berlín para una exhibición que conmemoraba el centerario del nacimiento de los físicos Albert Einstein, Otto Hahn y Lise Meitner. Todos ellos habían nacido entre 1878 y 1879 y esto llevó a Aron a señalar: «Podría haber sido el siglo de Alemania».3183 Lo que Cantor y Aron querían decir era que, dejados a su suerte, los pensadores, artistas, escritores, filósofos y científicos alemanes, que entre 1848 y 1933 eran los mejores del mundo, habrían llevado su recién unificado país a alturas nuevas y nunca antes soñadas, y que estaban haciéndolo cuando el desastre personificado en Adolf Hitler irrumpió en la vida nacional.

Cualquiera que dude de que el período comprendido entre 1848 y 1933 fue de hecho el siglo alemán sólo necesita consultar el siguiente listado de figuras. Aunque podríamos empezar por cualquier ámbito (tan completo era el dominio alemán), hagámoslo por la música: Johannes Brahms, Richard Wagner, Anton Bruckner, Franz Liszt, Franz Schubert, Robert Schumann, Gustav Mahler, Arnold Schönberg, Johann Strauss, Richard Strauss, Alban Berg, Anton Webern, Wilhelm Furtwängler, Bruno Walter, Fritz Kreisler, Arthur Honegger, Paul Hindemith, Kurt Weill, Franz Lehár, la Filarmónica de Berlín, la Filarmónica de Viena. La medicina y la psicología no se

3183 Fritz Stern, Einstein’s German World, Princeton University Press, Princeton (Nueva Jersey) y Londres, 1999, p. 3. [Hay traducción castellana: El mundo alemán de Einstein: la promesa de una cultura, Paidós, Barcelona, 2003].

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quedan muy atrás, piénsese, además de Freud, en Alfred Adler, Carl Jung, Otto Rank, Wilhelm Wundt, Hermann Rorschach, Emil Kraepelin, Wilhelm Reich, Karen Horney, Melanie Klein, Ernst Kretschmer, Géza Roheim, Jacob Breuer, Richard Krafft-Ebing, Paul Ehrlich, Robert Koch, Wagner von Jauregg, August von Wassermann, Gregor Mendel, Erich Tschermak, Paul Corremans. En la pintura encontramos los nombres de Max Liebermann, Paul Klee, Max Pechstein, Max Klinger, Gustav Klimt, Franz Marc, Lovis Corinth, Hans Arp, Georg Grosz, Otto Dix, Max Slevogt, Max Ernst, Leon Feininger, Max Beckmann, Alex Jawlensky; Wassily Kandinsky era ruso de nacimiento, pero fue en Múnich donde realizó el avance más importante de todo el arte moderno, la conquista de la abstracción. En filosofía tenemos, además de Nietzsche, a Martin Heidegger, Edmund Husserl, Franz Brentano, Ernst Cassirer, Ernst Haeckel, Gottlob Frege, Ludwig Wittgenstein, Rudolf Carnap, Ferdinand Tönnies, Martin Buber, Theodore Herzl, Karl Liebknecht, Moritz Schlick.

En el campo de la historia y la investigación académica destacan Julius Meier-Graefe, Leopold von Ranke, Theodor Mommsen, Ludwig Pastor, Wilhelm Bode y Jacob Burckhardt. Y en literatura encontramos, junto a Hugo von Hofmannsthal, a Heinrich y Thomas Mann, Rainer Maria Rilke, Hermann Hesse, Stefan Zweig, Gerhard Hauptmann, Gottfried Keller, Theodor Fontane, Walter Hasenclever, Franz Werfel, Franz Wedekind, Arthur Schnitzler, Stefan George, Bertolt Brecht, Karl Kraus, Wilhelm Dilthey, Max Brod, Franz Kafka, Arnold Zweig, Erich Maria Remarque, Carl Zuckmayer. En sociología

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y economía estaban Werner Sombart, Georg Simmel, Karl Mannheim, Max Weber, Joseph Schumpeter y Karl Popper. En arqueología y estudios bíblicos tenemos, además de D. F. Strauss, a Heinrich Schliemann, Ernst Curtius, Peter Horchhammer, Georg Grotefend, Karl Richard Lepsius, Bruno Meissner. Por último (aunque también hubiera sido fácil empezar nuestra lista por aquí), en los campos de las ciencias, las matemáticas y la ingeniería, sobresalen Ernst Mach, Albert Einstein, Max Planck, Erwin Schrödinger, Heinrich Hertz, Rudolf Diesel, Hermann von Helmholtz, Wilhelm Röntgen, Karl von Linde, Ferdinand von Zeppelin, Emil Fischer, Fritz Haber, Herman Geiger, Heinz Junkers, George Cantor, Richard Courant, Arthur Sommerfeld, Otto Hahn, Lise Meitner, Wolfgang Pauli, David Hilbert, Walther Heisenberg, Ludwig von Bertalanffy, Alfred Wegener, para no hablar de las firmas de ingeniería de uno u otro tipo como: AEG, Bosch, Benz, Siemens, Hoechst, Krupp, Mercedes, Daimler, Leica, Thyssen.

Pero incluso esto no hace del todo justicia al genio alemán. El año 1900, que representa el límite de este libro, fue testigo de las muertes de Nietzsche, Ruskin y Oscar Wilde, sin embargo también lo fue la presentación ante el mundo de tres ideas que, se puede decir sin temor a exagerar, constituyeron la columna vertebral intelectual del siglo XX, al menos en el ámbito de las ciencias: el inconsciente, el gen y el cuanto. Todas ellas eran de origen alemán.

Al explicar el enorme y rápido triunfo de las ideas alemanas en el período que va de 1848 a 1933, es necesario que examinemos tres factores, cada uno de ellos específico de Alemania y el pensamiento

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alemán, pero también relacionados con el tema general de este capítulo. En primer lugar, tenemos que detenernos en las ideas alemanas a propósito de la cultura: qué era, qué abarcaba y cuál era su lugar en la vida nacional. Por ejemplo, en inglés, el término «culture» por lo general no distingue radicalmente entre los ámbitos espiritual y tecnológico, pero en alemán, Kultur alude a las áreas intelectual, espiritual y artística de la actividad creativa, pero no a la vida social, política, económica o técnico-científica. Como resultado de ello, mientras en otras lenguas las palabras «cultura» y «civilización» designan aspectos complementarios de la misma cosa, en alemán no ocurre lo mismo. En el siglo XIX, Kultur denotaba las manifestaciones de la creatividad espiritual —las artes, la religión, la filosofía—, y Zivilisation se refería al ámbito de la organización social, política y técnica y, lo más importante de todo, se consideraba que, en comparación con la cultura, éstos eran de un orden inferior. Nietzsche supo sacar mucho partido de esta distinción, que resulta fundamental para entender plenamente el pensamiento alemán del siglo XIX.

Había por tanto en Alemania lo que C. P. Snow llamaría una mentalidad de «dos culturas» auténtica. Uno de los efectos de esto fue que puso de relieve y profundizó la separación entre las ciencias naturales, por un lado, y las artes y las humanidades, por otro. Debido a su naturaleza, varias de las ciencias formaron una alianza natural con la ingeniería, el comercio y la industria. Pero al mismo tiempo, y pese a su enorme éxito, los artistas menospreciaban el valor de las ciencias. Mientras en países como Inglaterra o Estados Unidos

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las ciencias y las artes eran vistas en gran medida como dos caras de la misma moneda, y sus representantes eran considerados por igual miembros de la élite intelectual, no ocurría lo mismo en la Alemania del siglo XIX. Un buen ejemplo de ello es Max Planck, el físico que en 1900 descubrió el cuanto, la idea de que toda energía se emite en paquetes muy pequeños llamados cuantos. Planck provenía de una familia muy religiosa y culta, y él mismo era un pianista excelente. Ahora bien, a pesar de que el descubrimiento del cuanto se considera uno de los hallazgos científicos más importantes de todos los tiempos, en la propia familia Planck las humanidades se consideraban una forma de conocimiento muy superior a la ciencia.3184 El primo de Planck, el historiador Max Lenz, decía en broma que los científicos (Naturforscher) eran en realidad silvicultores (Naturförster) o, como diríamos hoy, paletos.3185

La obra de Ernst Mach refuerza este argumento. Mach (1838-1916) fue uno de los reduccionistas más apasionados e impresionantes, y a quien debemos muchos descubrimientos valiosos, incluido el de la importancia de los canales semicirculares del oído interno para el equilibrio, así como el de que los cuerpos que superan la velocidad del sonido crean dos ondas de choque, una al frente y otra en la parte posterior como resultado del vacío creado por su elevadísima velocidad (ésta es la razón por la que en el caso del Concorde hablamos, o hablábamos, de un «número de Mach»). Pero, además, Mach era un opositor implacable de cualquier tipo de metafísica y

3184 William R. Everdell, The First Moderns: Profiles in the Origins of Twentieth-Century Thought, University of Chicago Press, Chicago, 1997, p. 166.

3185 Reelaboro aquí algunos párrafos de mi libro anterior, Historia intelectual del siglo XX.

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criticó el uso indebido de conceptos como Dios, la naturaleza y el alma. Opinaba que la idea freudiana del «ego» era una «una hipótesis sin ninguna utilidad». Pensaba incluso que el concepto de «yo» era «irrecuperable», que todo conocimiento podía reducirse a la sensación y que la tarea de la ciencia era describir los datos de la forma más neutral posible. En su época Mach fue un autor muy leído: tanto Lenin y sus discípulos como el Círculo de Viena se adhirieron a sus teorías. Mach estaba firmemente convencido de que la ciencia tenía la respuesta, y que disciplinas como la filosofía y el psicoanálisis carecían de verdadera utilidad.3186

Esta profunda división entre las ciencias, por un lado, y las artes y las humanidades, por otro, tendría consecuencias graves. Una particularmente importante para nosotros es que en Alemania se concedía mucho más respeto a la intuición del artista que en cualquier otro lugar del mundo en este mismo período, por lo que el artista gozaba allí de un estatus elevadísimo. Esto se reflejaba en una segunda distinción, además de la que oponía las artes a las ciencias y la Kultur a la Zivilisation. Me refiero a la oposición entre Geist y Macht, entre el ámbito de las búsquedas intelectuales o espirituales y el ámbito del poder y el control político. Es importante anotar que la relación entre Geist y Macht, esto es, el problema de si la cultura tenía prioridad sobre el estado o viceversa, nunca llegó a resolverse de forma satisfactoria en Alemania. Las consecuencias de ello fueron

3186 William Johnston, The Austrian Mind: An Intellectual and Social History 1848-1938, University of California Press, Berkeley, Los Ángeles y Londres, 1972/1983, p. 183.

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trascendentales, como un breve repaso de la historia social y política nos permitirá mostrar.

En 1848, Alemania intentó llevar a cabo una revolución burguesa que fracasó y, con ella, el esfuerzo de sus clases profesionales y comerciales por alcanzar la igualdad política y social con el ancien régime. En otras palabras, Alemania no consiguió realizar los avances sociopolíticos que Inglaterra, Holanda, Francia y Norteamérica habían logrado implantar, en algunos casos, generaciones antes. El liberalismo alemán (o el movimiento que aspiraba serlo) se fundaba en las exigencias de la clase media, que quería «libertad comercial y un marco constitucional que protegiera su espacio socioeconómico dentro de la sociedad». Después de que este intento de cambio constitucional fracasara, y de que luego, en 1871, se estableciera el Reich, bajo el liderazgo de Prusia, se creó un conjuntos de circunstancias bastante inusual. Como Gordon Craig ha señalado, el pueblo alemán no desempeñó en realidad ningún papel en la creación del Reich. «El nuevo estado fue un “regalo” a la nación sobre el que ninguno de sus destinatarios había sido consultado».3187 Su constitución no era algo que los alemanes hubieran ganado, era, simplemente, un contrato entre los príncipes de los distintos estados alemanes, y de hecho éstos mantuvieron sus coronas hasta 1918. Desde una perspectiva moderna, las consecuencias de esta situación resultan extraordinarias. Por ejemplo, una consecuencia era que «el Reich tenía un parlamento sin poder, partidos políticos sin

3187 Gordon A. Craig, Germany: 1866-1945, Oxford University Press, Oxford y Nueva York, 1978/1981, pp. 39 y ss. Eva Kolinsky y Wilfried van der Will, eds., The Cambridge Companion to Modern German Culture, Cambridge University Press, Cambridge (Inglaterra), 1998, p. 5.

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posibilidades de alcanzar niveles de responsabilidad gubernamental, y elecciones cuyos resultados no determinaban la composición del gobierno». Además del Reichstag, existía el Bundesrat, que no era un cuerpo elegido sino un comité de los gobiernos estatales, que compartía el poder con el parlamento, pero ninguno de los dos podía deponer al canciller. Por otro lado, la organización interna de cada estado en particular no se vio afectada por los acontecimientos de 1871. El derecho a votar por el parlamento prusiano, por ejemplo (y Prusia equivalía a tres quintas partes de la población de Alemania), dependía de cuántos impuestos se pagaban, lo que implicaba que el 5 por 100 de los contribuyentes, aquéllos situados en la parte más alta de la escala, tenía un tercio de los votos, la misma proporción que tenía el 85 por 100 situado en la parte más baja.3188 Y el canciller no gobernaba con la ayuda del gabinete: los departamentos imperiales, cuya influencia fue aumentando con el paso del tiempo, estaban dirigidos por secretarios de estado subordinados. Esto era muy diferente (y bastante más retrógrado) que cualquier cosa que existiera entre los rivales occidentales del país (aunque hay que señalar que actualmente el «retraso» o no de Alemania es objeto de una animada controversia académica). Los asuntos de estado continuaron en manos de la aristocracia terrateniente, pese a que el país se había convertido ya en una potencia industrial. Este poder fue concentrándose en cada vez menos manos a medida que, con la urbanización de la ciudades, el crecimiento del comercio y la

3188 Ibid., pp. 43 y ss. Kolinsky y van der Will, eds., Cambridge Companion to Modern German Culture, p. 21.

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expansión de la industria, el antiguo mosaico de estados alemanes individuales iba perdiendo fuerza y el imperio se volvía cada vez más una realidad. De esta forma, el estado fue tornándose progresivamente más autoritario y asumiendo un papel cada vez mayor en la regulación de las cuestiones económicas y sociales. En resumen, cuanta más gente participaba de los éxitos industriales, científicos e intelectuales alemanes, tanto más el gobierno del país se concentraba en un pequeño círculo de figuras tradicionales, un conjunto de aristócratas terratenientes y líderes militares, a la cabeza de los cuales estaba el emperador. Esta dislocación, uno de los mayores anacronismos de la historia, era un componente fundamental de la «germanidad» en el período que antecedió al estallido de la primera guerra mundial.3189

Esta gran dislocación tuvo dos efectos relevantes para nosotros. El primero, que la exclusión política de la clase media, ansiosa por alcanzar cierto grado de igualdad, la empujó a ver en la educación y la Kultur las áreas clave en las que podía triunfar y mostrarse igual a la aristocracia y superior a los extranjeros, algo básico en un mundo nacionalista y competitivo. Por esta razón, la «alta cultura» fue siempre mucho más importante en la Alemania imperial que en cualquier otro lugar, y ello contribuye a explicar su espléndido florecimiento en el período comprendido entre 1871 y 1933. Pero esto dio a la cultura un tono particular: la libertad, la igualdad y la distinción personal tendieron a ubicarse en el «santuario interior» del

3189 Véase, por ejemplo: Giles MacDonogh, The Last Kaiser, Weidenfeld & Nicolson, Londres, 2000/Phoenix, 2001, p. 3. Kolinsky y van der Will, eds., Cambridge Companion to Modern German Culture, pp. 22-23.

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individuo, mientras que la sociedad empezó a ser descrita como un «mundo arbitrario, externo y, con frecuencia, hostil». El segundo efecto, que en parte se solapó con el primero, fue el surgimiento de un nacionalismo basado en la clase social que se volvió contra la clase trabajadora industrial (y los indicios de movimientos socialistas), los judíos y las minorías no alemanas. «Se consideraba al nacionalismo como un progreso moral, y se le atribuían posibilidades utópicas».3190 Un efecto de este segundo factor fue la idealización de épocas anteriores, cuando no existía la clase trabajadora industrial, en particular la Edad Media y el Renacimiento, consideradas ejemplos de una vida cotidiana integrada, una «edad dorada», en tiempos preindustriales. En un momento que era testigo del desarrollo de una sociedad de masas, los miembros de la clase media educada alemana vieron en la cultura un conjunto de valores estables que enriquecía sus vidas, realzaba su orientación nacionalista. El Volk, una versión ideal, semimística y nostálgica de lo que los alemanes habían sido en otra época, se impuso: un pueblo feliz, talentoso, apolítico y «puro».

Estos diversos factores se unieron para dar origen en la cultura alemana a una noción que es casi intraducible, pero que probablemente sea un elemento decisivo para comprender buena parte del pensamiento alemán de finales del siglo XIX y comienzos del XX, así como para explicar el descubrimiento del inconsciente (una empresa predominantemente germana) y el dominio alcanzado por los alemanes en este ámbito. La palabra en alemán es

3190 Craig, Germany, p. 56. Kolinsky y van der Will, eds., Cambridge Companion to Modern German Culture, pp. 4 y 50.

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Innerlichkeit.3191 En la medida en que puede describirse, designa la tendencia a alejarse de (o ser indiferente a) la política y dirigir la mirada hacia el interior del individuo. Innerlichkeit significa que el artista, de forma deliberada, evita el poder y la política, amparado en la creencia de que participar en ella, e incluso escribir sobre ella, menoscababa su vocación y con la convicción de que, para el artista el verdadero mundo no era el mundo exterior sino el interior. Por ejemplo, como señala Gordon Craig, antes de 1914 los artistas alemanes sólo en raras oportunidades mostraron curiosidad por las cuestiones y acontecimientos de carácter político y social. Ni siquiera los sucesos de 1870-1871 consiguieron sacarlos de su indiferencia. «La victoria sobre Francia y la unificación de Alemania no inspiraron ninguna gran obra en literatura, música o pintura».3192 Los escritores y los pintores pensaban que su propia época no era lo «suficientemente poética» para dedicar a ella su talento. «Mientras surgía la infraestructura del nuevo estado, los artistas alemanes se dedicaban a escribir sobre tiempos infinitamente remotos o a llenar sus lienzos con nereidas, centauros y columnas griegas». Incluso Wagner estaba dedicado a componer dramas musicales que sólo de forma muy remota se vinculaban con el mundo en el que vivía (Siegfried, 1876; Parsifal, 1882).3193

Existían, por supuesto, excepciones. En la década de 1880, por ejemplo, surgió en las artes el movimiento conocido como naturalismo, inspirado en parte por las novelas del francés Émile

3191

3192

Ibid., 218.

Ibid., pp. 218-219.

3193 Schonberg, Lives of the Composers, pp. 239 y ss.

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Zola, que se propuso describir los padecimientos e injusticias sociales provocados por el industrialismo. No obstante, en comparación con la literatura de otros países europeos, el movimiento naturalista alemán fue bastante tibio en su intento de proponer una crítica radical y no se interesó por los peligros políticos inherentes al sistema imperial. «De hecho», escribe Gordon Craig en su historia de la Alemania imperial, «cuando esos peligros se hicieron más palpables bajo Guillermo II, con la aparición de un imperialismo frenético y un agresivo programa armamentístico, la gran mayoría de los novelistas y poetas del país desviaron su mirada y se retiraron a ese Innerlichkeit que siempre había constituido su refugio celestial cuando el mundo real les resultaba demasiado desconcertante».3194 No existen equivalentes alemanes de Zola, Shaw, Conrad, Gide, Gorky e incluso Henry James. Para las principales figuras de la literatura alemana de la época —Stefan George, Rainer Maria Rilke, Hugo von Hofmannsthal— la dura y difícil realidad debía subordinarse al sentimiento, y por tanto su principal preocupación era conseguir captar en el papel impresiones fugaces, estados de ánimo pasajeros, vagas percepciones. En el capítulo 36 discutiremos el concepto de Das Gleitende de Hofmannsthal, con el que el poeta alude a la naturaleza «inestable» de su época, en la que nada puede definirse con precisión porque nada permanece constante, en la que la ambigüedad y lo paradójico son la regla. Gustav Klimt hizo exactamente lo mismo en pintura y su caso es instructivo.

3194 Craig, Germany, p. 218.

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Nacido en Baumgarten, cerca de Viena, en 1862, Klimt era hijo de un orfebre y se forjó un nombre gracias a los vastos murales con los que decoró los nuevos edificios de la Ringstrasse, realizados en colaboración con su hermano Ernst. Sin embargo, tras la muerte de éste en 1892, Gustav se retiró durante cinco años, en los cuales al parecer se dedicó a estudiar las obras de James McNeill Whistler, Aubrey Beardsley y Edvard Munch. Klimt no reaparecería hasta 1897, y lo haría con un estilo completamente nuevo. Este nuevo estilo, audaz e intrincado, tenía tres características que lo definían: el delicado uso del pan de oro (empleando una técnica que había aprendido de su padre), la aplicación de pequeños retazos de colores iridiscentes, duros como el esmalte, y un erotismo lánguido, en particular en la representación de figuras femeninas. Las pinturas de Klimt no eran en ningún sentido freudianas: sus mujeres estaban muy lejos de ser neuróticas. En Alemania, más que en cualquier otro lugar, el movimiento por la emancipación de la mujer había estado muy interesado por la emancipación interior, y las figuras de Klimt constituyen una expresión de ello.3195 Se trata de figuras tranquilas, plácidas y sobre todo lúbricas, que de alguna forma son «vida instintiva congelada en arte», como anotó Hofmannsthal. Al llamar la atención sobre la sensualidad femenina, Klimt estaba subvirtiendo la forma común de pensar en la misma medida en que lo estaba haciendo Freud. He aquí a mujeres que eran capaces de cometer todas las perversiones recogidas en el libro de Richard Krafft Ebing

3195 J. W. Burrow, The Crisis of Reason: European Thought, 1848-1914, Yale University Press, New Haven y Londres, 2000, p. 158. [Hay traducción castellana: La crisis de la razón: el pensamiento europeo entre 1848 y 1914, Crítica, Barcelona, 2001].

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Psychopathia Sexualis, lo que resultaba a la vez tentador y escandaloso. El nuevo estilo de Klimt dividió a Viena de inmediato, pero también se tradujo en un importante encargo de la universidad de la ciudad.

Se le solicitaron tres grandes paneles: Filosofía, Medicina y Jurisprudencia. Los tres provocaron escándalo, pero las disputas que siguieron a Medicina y Jurisprudencia no fueron más que una repetición de las protestas que causó Filosofía. Para este cuadro el encargo estipulaba que el tema debía ser «el triunfo de la luz sobre la oscuridad». Ahora bien, lo que Klimt realmente hizo fue pintar un cuadro opaco, una «maraña delicuescente» de cuerpos que parecían alejarse del espectador, un revoltijo caleidoscópico de formas que se confundían unas con otras en medio del vacío. Los profesores de la facultad de Filosofía reaccionaron indignados. Se vilipendió a Klimt por ofrecer «ideas sin claridad a través de formas sin claridad». Se suponía que la filosofía era un empresa racional, «la búsqueda de la verdad a través de las ciencias exactas». La visión propuesta por el cuadro de Klimt sugería todo lo contrario, un resultado que no fue del agrado de nadie: ochenta profesores firmaron una petición en la que se exigía que la pintura nunca se exhibiera en la universidad. En respuesta, el pintor devolvió sus honorarios y se negó a presentar a la institución los dos cuadros restantes.3196 Esta disputa es relevante porque en estas obras Klimt estaba realizando una declaración trascendental. El artista estaba cuestionando las posibilidades del

3196 Fueron destruidos en 1945 cuando los nazis incendiaron el castillo de Immendorf, donde se los había almacenado durante la segunda guerra mundial.

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racionalismo cuando lo irracional, lo instintivo y lo inconsciente constituyen una parte tan importante de la vida. ¿Era realmente la razón la forma de avanzar? A fin de cuentas, el instinto era un fuerza mucho más antigua y poderosa. Acaso era una fuerza más atávica y primitiva y, en ocasiones, incluso oscura, ¿pero qué se ganaba negándolo?3197

El concepto de Innerlichkeit fue algo especial en manos de Freud, por ejemplo, o de Mann, Schnitzler o Klimt: era original, estimulante y suponía un desafío. Sin embargo, esta noción también tenía otra cara, representada por figuras como Paul Lagarde y Julius Langbehn. Ninguno de ellos es hoy tan famoso como Freud, Klimt, Mann, etc., pero en su época eran igual de conocidos. Y lo eran por ser tenazmente antimodernos, por no ver en las fantásticas y brillantes innovaciones de este período otra cosa que decadencia. Lagarde, un historiador experto en estudios bíblicos (otra de las áreas en las que la academia alemana era líder mundial indiscutible), odiaba la modernidad en la misma medida en que amaba el pasado. Creía en la grandeza humana y en la voluntad: la importancia de la razón, pensaba, era secundaria. Creía que las naciones tenían un alma y creía en el Deutschtum, el germanismo: pensaba que el país era encarnación de una raza única de héroes alemanes dotados de una voluntad sin igual. Lagarde fue otro de aquellos que esperaban el surgimiento de una nueva religión, una idea que muchos años más tarde llamaría la atención de Alfred Rosenberg, Göring y el mismísimo

3197 Carl E. Schorske, Fin-de-Siècle Vienna: Politics and Culture, Weidenfeld & Nicolson, Londres/Knopf, Nueva York, 1980, pp. 227-232. [Hay traducción castellana: Fin de siglo, Gustavo Gili, Barcelona, 1981].

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Hitler. Lagarde criticaba al protestantismo por carecer de ritual y misterio, y consideraba que era poco más que un secularismo. Al defender la idea de una nueva religión, anotó que quería ver «una fusión de las antiguas doctrinas de los evangelios con las características nacionales de los alemanes». Ante todo, Lagarde buscaba el resurgimiento del pueblo alemán. En un principio, adoptó la idea de «migración interior»: el pueblo debía de encontrar la salvación en su interior; pero luego apoyó la idea de que Alemania se impusiera a todos los países no germanos del imperio austriaco. La razón para ello era que los alemanes eran superiores a todos los demás, en especial a los judíos que eran claramente inferiores.3198 En 1890 Julius Langbehn publicó Rembrandt als Erzieher (Rembrandt como maestro), un libro con el que se proponía denunciar el intelectualismo y la ciencia. El arte, y no la ciencia o la religión, era en su opinión la verdadera fuente del conocimiento y de la virtud. En la ciencia, pensaba se perdían las virtudes tradicionales alemanas: la simplicidad, la subjetividad, la individualidad. Rembrandt als Erzieher era «una protesta estridente contra el intelectualismo enrarecido de la Alemania moderna», el cual, en opinión de Langbehn, sofocaba la vida creativa; era una invitación al despertar de las energías irracionales del pueblo o de la tribu, el Volk-geist, sepultado durante tanto tiempo bajo capas y capas de Zivilisation. Rembrandt, «el perfecto alemán y un artista incomparable», se presentaba en esta obra como la antítesis de la cultura moderna y el modelo para la

3198 Burrow, Crisis of Reason, pp. 137-138.

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«tercera Reforma» alemana, un nuevo punto de inflexión.3199 La idea dominante del libro era que el intelectualismo y la ciencia estaban destruyendo la cultura alemana, y que el único modo de regenerarla era a través de un renacimiento artístico, que reflejara las cualidades íntimas del gran pueblo alemán, y del ascenso al poder de individuos heroicos y artísticos en una sociedad nueva. Después de 1871, Alemania había perdido su estilo artístico y sus figuras más grandiosas, y para Langbehn, Berlín simbolizaba ante todo el mal en la cultura alemana. El veneno del comercio y el materialismo («manchesterismo» o, en ocasiones, Amerikanisierung) estaba corroyendo el antiguo espíritu de plaza fuerte prusiana. El deber del arte, sostenía Langbehn, era ennoblecer el espíritu, y por tanto el naturalismo, el realismo y cualquier tendencia que denunciara el tipo de injusticias sobre las que escritores como Zola o Mann llamaban la atención, eran anatema.3200

En otras palabras, podría sostenerse (y se ha sostenido) que la Alemania del siglo XIX produjo un tipo especial de artista y un tipo especial de arte, introvertido y retrógrado, y que la fascinación y la obsesión alemanas por la Kultur hicieron salir de madre a la Zivilisation. Esto, entre otras cosas, constituyó el trasfondo profundo del surgimiento del racismo científico.

El racismo (científico) moderno emana de tres factores diferentes: la idea ilustrada de que la condición humana es en esencia un estado biológico (en oposición a uno teológico); el contacto más amplio entre

3199 Véase Craig, Germany, p. 188.

3200 Burrow, Crisis of Reason, p. 188.

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las distintas razas provocado por las conquistas imperiales; y la aplicación equivocada del pensamiento darwiniano a la reflexión sobre las diversas culturas del mundo.

Uno de los primeros divulgadores del racismo biológico fue Jules Virey, un médico francés que en 1841 presentó en la Académie de Médecine parisina sus ideas sobre «las causas biológicas de la civilización». Virey dividía a los pueblos del mundo en dos clases. Por un lado estaban los blancos, «que habían alcanzado un estadio de civilización más o menos perfecto», y por otro, los negros (los africanos, los asiáticos y los indígenas americanos), que estaban condenados a vivir en una «civilización siempre imperfecta». Virey se sentía muy pesimista respecto a la posibilidad de que los «negros» conquistaran la «civilización plena», y señalaba a propósito que mientras los animales domesticados por los pueblos blancos, como las vacas, tienen carne blanca, los animales salvajes, como los ciervos, tienen carne oscura. Aun entonces esto no se correspondía con los hallazgos de la ciencia (desde el siglo XVI se sabía que más allá de la piel, la carne humana tiene toda el mismo color), pero ello no impidió que Virey usara esta diferencia «básica» para justificar toda clase de conclusiones. Por ejemplo, sostuvo que «de la misma forma en que los animales salvajes eran por naturaleza la presa de los seres humanos, los humanos negros eran por naturaleza la presa de los humanos blancos».3201 En otras palabras, lejos de ser una

3201 Pagden, People and Empires, p. 147.

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práctica cruel, la esclavitud era coherente con lo que se observaba en la naturaleza.3202

Un nuevo elemento en la ecuación fue el desarrollo en el siglo XIX del pensamiento racista en el interior de Europa. En este sentido, una figura muy conocida es la de Arthur de Gobineau, quien en su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (publicado en 1853-1855, esto es, antes de que Darwin propusiera su teoría de la selección natural, pero después de la aparición de Vestiges of Creation) aseguraba que las aristocracias alemana y francesa (recuérdese que se trataba de alguien que se había autoproclamado aristócrata) «conservaban las características originales de los arios», la raza humana primigenia, mientras que todas las demás personas eran una suerte de híbridos.3203 Aunque esta idea nunca gozó de mucha popularidad, la supuesta diferencia entre los pueblos protestantes de Europa septentrional, trabajadores, piadosos e incluso taciturnos, y los católicos de Europa meridional, «latinos lánguidos, potencialmente pasivos y potencialmente despóticos», tuvo mucho más éxito. Y por tanto, quizá no sea sorprendente descubrir que muchos habitantes del norte (como sir Charles Dilke, por ejemplo) estuvieran convencidos de que las «razas» septentrionales, los anglosajones, los rusos y los chinos, serían en el futuro los líderes del mundo, mientras que las demás se convertirían en las «naciones moribundas» del planeta.3204

3202 Ibid., p. 148.

3203 Hofstadter, Social Darwinism in American Thought, p. 171.

3204 Véase: Tony Smith, Pattern of Imperialism, pp. 63-65, sobre por qué Rusia no habría podido ser en aquel momento una nación del futuro.

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El encargado de llevar este razonamiento al extremo fue otro francés, Georges Vacher de Lapouge (1854-1936). Lapouge, que se dedicó al estudió de cráneos antiguos, creía que las razas eran especies en proceso de formación, que las diferencias raciales eran «innatas e imposibles de erradicar» y que su posible integración era contraria a las leyes de la biología.3205 En su opinión, Europa estaba poblada por tres grupos raciales: el Homo europaeus, alto, de piel clara y cráneo grande (dolicocéfalo); el Homo alpinus, algo más bajo y oscuro y de cabeza más pequeña (braquicéfalo); y por último el tipo mediterráneo, también de cabeza grande pero más bajo y de tez más oscura que el Homo alpinus.3206 Lapouge consideraba que la democracia era un desastre y creía que los tipos braquicéfalos estaban conquistando el mundo. Pensaba que la proporción de individuos dolicocéfalos en Europa estaba disminuyendo debido a la emigración hacia Estados Unidos, y llegó a insinuar que se proporcionara alcohol sin costo alguno con la esperanza de que los peores tipos abusaran de él y se mataran entre sí. Y no estaba bromeando.3207

Tras la publicación de El origen de las especies, las ideas de Darwin no tardaron en superar el ámbito de la biología para empezar a ser aplicadas a la reflexión sobre el funcionamiento de las sociedades humanas. Estados Unidos fue el primer lugar en el que el darwinismo se popularizó. (La American Philosophical Society nombró a Darwin miembro honorario en 1869, diez años antes de que su propia

3205 Ivan Hannaford, Race: The History of an Idea, The Woodrow Wilson Center Press y Johns Hopkins University Press, Washington, DC, y Baltimore, 1996, p. 292.

3206 Mike Hawkins, Social Darwinism in European and American Thought, 1860-1945, Cambridge University Press, Cambridge (Inglaterra), 1997, p. 193.

3207 Ibid., p. 196.

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universidad, la de Cambridge, le otorgara un título honorario.3208) Sociólogos y pensadores estadounidenses como William Graham Sumner y Thorsten Veblen de la Universidad de Yale, Lester Ward de la Universidad de Brown, John Dewey de la Universidad de Chicago, William James, John Fiske y otros de la Universidad de Harvard, debatieron sobre la política, la guerra y la estratificación de las comunidades humanas en clases sociales diferenciadas a partir de las ideas darwinianas de «lucha por la supervivencia» y «supervivencia del más apto». Sumner creía que, aplicada al estudio de la humanidad, la nueva perspectiva propuesta por Darwin proporcionaba una explicación definitiva (y racional) del mundo. Su teoría, por ejemplo, daba cuenta de la economía del laissez-faire, la idea de libre competencia sin intervención tan popular entre los hombres de negocios. Otros consideraban que explicaba la estructura imperial que dominaba el mundo, ya que las razas blancas «aptas» se encontraban «por naturaleza» por encima de las razas «degeneradas» de otros colores.32093210

Fiske y Veblen, cuya Teoría de la clase ociosa se publicó en 1899, rechazaban por completo la identificación de las clases acomodadas con los más aptos en términos biológicos propuesta por Sumner. Veblen, de hecho, invirtió este razonamiento al argumentar que las personas «seleccionadas para dominar» en el mundo de los negocios

3208 Hofstadter, Social Darwinism in American Thought, p. 5.        

3209 Ibid., pp. 51-70.   

3210 También aquí reelaboro parcialmente algunos párrafos de mi libro anterior, Historia

intelectual del siglo XX.

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eran poco más que bárbaros, un «retroceso» hacia una forma de sociedad más primitiva.3211

En los países de habla alemana, había una verdadera constelación de científicos y pseudocientíficos, filósofos y pseudofilósofos, intelectuales y pseudointelectuales, que competían entre sí por ganarse la atención del público. El zoólogo y geógrafo Friedrich Ratzel sostuvo que todos los organismos vivos se enfrentaban entre sí en una Kampf um Raum, una lucha por el espacio, en la que los vencedores expulsaban a los vencidos. Este conflicto se extendía también al mundo humano, en el que las razas exitosas necesitaban ampliar su espacio vital, Lebensraum, si querían evitar la decadencia.3212 Ernst Haeckel (1834-1919), zoólogo de la Universidad de Jena, adoptó el darwinismo social como una segunda naturaleza: en su opinión, la palabra «lucha» era «el santo y seña de la época».3213 No obstante, Haeckel era un defensor apasionado de la herencia de los caracteres adquiridos y, a diferencia de Spencer, fue partidario de un estado fuerte. Esta concepción, sumada a su racismo y antisemitismo combativos, ha hecho que se le considere como una especie de protonazi.3214 Para Houston Stewart Chamberlain (1855-1927), el hijo renegado de un almirante británico que se estableció en Alemania y se casó con la hija de Wagner, la lucha racial resultaba «fundamental para un entendimiento “científico” de la historia y la cultura».3215 Chamberlain describía la historia de Occidente «como un

3211 Ibid., pp. 143 y ss.

3212 Hannaford, Race, pp. 291-292.

3213 Hawkins, Social Darwinism in European and American Thought, p. 132.

3214 Hannaford, Race, pp. 289-290.

3215 Hawkins, Social Darwinism in European and American Thought, p. 185.

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conflicto incesante entre los arios, espirituales y creadores de cultura, y los judíos, mercenarios y militaristas» (su primera esposa era medio judía).3216 Según él, los pueblos germánicos eran los últimos vestigios de los antiguos arios, pero su mezcla con otras razas los había debilitado.

Max Nordau (1849-1923), nacido en Budapest, era como Durkheim hijo de un rabino. Su título más conocido es Entartung (Degeneración), obra en dos volúmenes que pese a sus seiscientas páginas se convirtió en un éxito de ventas internacional. Nordau estaba convencido de que había una «grave epidemia mental, una especie de peste negra de degeneración e histeria» que afectaba a Europa y socavaba su vitalidad, una enfermedad que se manifestaba en una amplia variedad de síntomas: «ojos estrábicos, orejas imperfectas, raquitismo… pesimismo, apatía, impulsividad, sentimentalismo, misticismo y una falta absoluta del sentido del bien y el mal».3217 Había indicios de decadencia dondequiera que miraba.3218 En su opinión, por ejemplo, la obra de los pintores impresionistas era consecuencia de una degeneración fisiológica, el nistagmo, la oscilación espasmódica del globo ocular, lo que provocaba que sus pinturas fueran borrosas y confusas. En los textos de Baudelaire, Wilde y Nietzsche, Nordau advertía un «egocentrismo desmesurado», y pensaba que las novelas de Zola estaban «obsesionadas con la suciedad». Nordau creía que la sociedad industrializada era la causante de esta degeneración, debida,

3216

3217

3218

Ibid.

Hannaford, Race, p. 338.

Ibid.

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literalmente, a la forma en que los trenes, barcos de vapor, teléfonos y fábricas desgastaban a sus líderes. Tras visitar a Nordau, Freud anotó que era un individuo de una vanidad insoportable que carecía de todo sentido del humor.3219 Fue en Austria, más que en cualquier otro país de Europa, donde el darwinismo social no se quedó en mera teoría. Dos líderes políticos, Georg von Schönerer y Karl Lueger, crearon plataformas políticas que insistían en dos aspectos que consideraban emparentados: en primer lugar, la búsqueda del poder para los campesinos, a los que se consideraba «incontaminados» por no haber tenido contacto con la corrupción de las ciudades; y en segundo lugar, la promoción de un virulento antisemitismo, que presentaba a los judíos como la encarnación de la degeneración. Fue este miasma ideológico el que recibió al joven Adolf Hitler cuando visitó Viena por primera vez en 1907 para presentarse a la escuela de arte de la ciudad.

En contraste con lo ocurrido en los países de habla alemana, el avance del darwinismo en Francia fue relativamente lento, sin embargo, cuando éste finalmente prendió, el país desarrolló su propio (y apasionado) darwinismo social. En su Origines de l’homme et des sociétés, Clémence Auguste Royer adoptó una línea darwinista social dura, que consideraba a la raza «aria» superior a todas las demás razas y en la que la guerra entre ellas aparecía como algo inevitable que beneficiaba al progreso.3220 En Rusia, el anarquista Peter Kropotkin (1842-1921) publicó en 1902 su libro El apoyo mutuo, en

3219 Johnston, The Austrian Mind, p. 364.

3220 Hawkins, Social Darwinism in European and American Thought, pp. 126-127.

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el que proponía una perspectiva radicalmente distinta, al sostener

que aunque la competencia era un hecho de la vida sobre el que no

había duda alguna, también la cooperación lo era, y que ésta tenía

tal predominio en el reino animal que podía considerársela una ley

natural. Al igual que Veblen, presentó un modelo alternativo al

defendido por los seguidores de Spencer que condenaba la violencia

como algo anormal. El darwinismo social se comparó en su momento

con el marxismo, lo que no resulta especialmente sorprendente, y de

hecho no sólo lo hicieron los intelectuales rusos.3221

Razonamientos similares se escucharon al otro lado del Atlántico, en

el sur de Estados Unidos. El darwinismo afirmaba que todas las razas

tenían un     origen         común        y       en      este    sentido        proporcionaba      un

argumento contra la esclavitud, y como tal lo empleó Chester Loring

Brace.3222 Sin embargo, otros sostuvieron precisamente lo contrario.

Uno de ellos fue el geólogo Joseph le Conte (1823-1901), quien al

igual  que    Lapouge     o       Ratzel         era     un     hombre       educado,     y       no

precisamente un campesino sureño: cuando su libro        The Race

Problem in the South (El problema racial en el sur) apareció en 1892,

era el respetadísimo presidente de la Asociación Estadounidense para

el       Avance        de      la       Ciencia.      Su     razonamiento        era     brutalmente

darwiniano. En su opinión, cuando dos razas entraban en contacto,

una estaba destinada a dominar a la otra.3223

El efecto político más inmediato del darwinismo social fue el movimiento eugenésico, que quedó establecido para comienzos del

3221

3222

3223

Ibid., p. 178.

Ibid., p. 62.

Ibid., p. 201.

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nuevo siglo. Aunque todos los autores mencionados en las páginas anteriores desempeñaron algún papel en su formación, su progenitor más directo, su verdadero padre, fue un primo de Darwin: Francis Galton (1822-1911). En un artículo publicado en 1904 (en el American Journal of Sociology), Galton expuso la idea que consideraba la esencia de la eugenesia, a saber, que la «inferioridad» y «superioridad» podían describirse y medirse de manera objetiva.3224 El racismo o, en el mejor de los casos, el etnocentrismo inflexible lo impregnaba entonces todo. Richard King, experto en la filosofía india antigua, afirma que fueron los orientalistas quienes «crearon de hecho» las religiones hinduista y budista en los siglos XVIII y XIX.3225 Con esto King quiere decir que aunque en Oriente existían sistemas de creencias complejos, que habían estado evolucionando durante siglos, quienes vivían en esa parte del mundo no concebían la religión «como una entidad monolítica que implicaba un conjunto coherente de creencias, doctrinas y prácticas litúrgicas». En su opinión, la idea misma de religión, en el sentido de un sistema de creencias organizado, basado en textos sagrados y con un clero dedicado al culto, era una noción europea, derivada del cristianismo del siglo III, que había redefinido la palabra latina religio. En un principio, ésta significaba una «recreación» de las prácticas tradicionales de los ancestros, pero el cristianismo primitivo, perseguido en esa época por los romanos, había redefinido la palabra de manera que para ellos significara «una forma de agruparse, en la que un “lazo de piedad”

3224 Hannaford, Race, p. 330.

3225 A. L. Macfie, Orientalism, Longman, Londres, 2002, p. 179.

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unía a todos los verdaderos creyentes».3226 De este modo, sostiene King, el término religión empezó a designar un sistema que hacía hincapié en «las creencias teológicas, la exclusividad y el dualismo fundamental entre el mundo humano y el mundo trascendente de lo divino… Para la época de la Ilustración se daba por sentado que todas las culturas podían interpretarse de este modo».3227

De hecho, King afirma que el término «hindú» es de origen persa, una versión del sánscrito sindhu, utilizado para designar el río Indo. En otras palabras, los persas empleaban el término para referirse a las tribus que habitan la región, y la palabra, por tanto, carecía de significado religioso.3228 Cuando los británicos llegaron a la India, continúa este estudioso, describieron a los habitantes locales «bien fuera como paganos, hijos del demonio, gentoos (del portugués gentio, gentil) o banianos (por los comerciantes del norte de la India)». Sin embargo, los primero colonialistas eran incapaces de concebir un pueblo sin una religión, en el sentido en que ellos la entendían, y fueron ellos los que empezaron a designar su complejo sistema de creencias con la expresión «la religión de los gentoos».3229 La palabra «gentoo» se cambió por «hindoo» y luego, en 1816, siempre según King, Rammohan Roy, un intelectual indio, empleó por primera vez el término «hinduismo».3230

3226 Ibid., p. 180.

3227 Ibid.

3228 Ibid.

3229 Tony Smith afirma que, en términos económicos, antes de la llegada de los británicos la India se encontraba quinientos años por detrás de Europa. Macfie, Orientalism, p. 75.

3230 Ibid., p. 181.

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Lo ocurrido en el caso del budismo fue bastante similar. «No es seguro», anota King, «que los tibetanos, sinhaleses y los chinos pensaran en sí mismos como budistas antes de que los europeos los etiquetaran así en los siglos XVIII y XIX».3231 En este caso, la figura clave fue Eugène Burnouf, cuya Introduction à l’histoire de Bouddhisme indien de hecho creó la religión tal y como hoy la conocemos. Publicado en 1844, el libro de Burnouf se basaba en 147 manuscritos sánscritos que Brian Hodgson había encontrado en Nepal en 1824.

En ambos casos, y esto es crucial, sostiene King, se consideró que las

manifestaciones    actuales       de      ambas         religiones    eran   versiones

«degeneradas» del original clásico y que, por tanto, necesitaban ser

reformadas. Esta   «mistificación»     resultaba      apropiada    para   tres

propósitos   distintos.     En primer    lugar, mostrar a Oriente como

«degenerado         y       atrasado»    permitía       justificar      el       imperialismo.        En

segundo      lugar, en      comparación         con    la       antigüedad  de      Oriente,

Occidente aparecía como encarnación de la modernidad y el progreso.

Y       por    último,        las     antiguas      religiones    orientales    satisficieron la

nostalgia europea por los orígenes, tan en boga en la época. Friedrich

Schlegel dio voz a los pensamientos de muchos cuando escribió que

«todo, sí, todo sin excepción, tiene su origen en la India».3232

Warren Hastings, a quien ya nos hemos referido, fue nombrado

gobernador general        de      Bengala      en      1772. Estaba         firmemente

convencido de que si Gran Bretaña quería consolidar su poder sobre

3231

3232

Ibid.

Ibid., p. 182.

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la India, necesitaría del apoyo de la población nativa. Al parecer, la inverosimilitud de un enfoque semejante no disuadió a nadie. Y en lugar de ello, Hastings emprendió una serie de iniciativas educativas diseñadas para granjearse el favor de ciertas clases de la población india. En primer lugar, propuso la creación de una cátedra de persa en la Universidad de Oxford. Una vez conseguido esto, su siguiente paso fue la fundación, junto a William Jones y otros, de la Sociedad Asiática de Bengala, cuyos logros mencionamos en el capítulo 29. Todavía más práctica fue la decisión de Hastings de hacer que los funcionarios de la Compañía de las Indias Orientales estudiaran persa, el lenguaje de la corte mongola, así como la de llevar a Calcuta a pandits hindúes para que enseñaran sánscrito a esos mismos funcionarios y, al mismo tiempo, se encargaran de traducir las escrituras antiguas. Una consecuencia directa de esto fue que se consiguió formar varias generaciones de funcionarios británicos familiarizados con las lenguas locales e interesados en las culturas hindú y musulmana. He aquí algunas de las palabras que Hastings escribió para el prefacio de la traducción del Bhagavad Gita que él mismo había encargado: «Cada ejemplo que nos permite conocer de cerca el verdadero carácter [de los indios] nos impresiona profundamente, moviéndonos a considerar con generosidad sus derechos naturales, y nos enseña a valorarlos de acuerdo con nuestra propia medida. Pero tales ejemplos sólo pueden conseguirse en sus escritos; y estos sobrevivirán aun cuando el dominio británico sobre la India haya dejado de existir desde hace mucho tiempo, y cuando

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se haya borrado el recuerdo de las fuentes de las que en otra época se derivaron riquezas y poder».3233

Los logros de Hastings fueron ampliados en 1800 cuando Marquess Wellesley, el nuevo gobernador general, creó el Colegio de Fort William, que más tarde se haría famoso como la «universidad de Oriente». Esta institución amplió la enseñanza de lenguas, y además del persa y sánscrito, se impartieron en ella cursos de árabe y de seis lenguas locales indias, así como de derecho hindú, musulmán e indio, ciencias y matemáticas. Wellesley, además, se encargó de que introdujeran técnicas de enseñanza occidentales, en particular, los exámenes escritos y los debates públicos. «Durante muchos años la ceremonia en que los debates tenían lugar se consideró uno de los acontecimientos sociales más importantes del año». El colegio fue una empresa ambiciosa, al menos en sus comienzos. Tenía su propia imprenta para la publicación de manuales, traducciones de los clásicos indios y estudios sobre historia, cultura y leyes del país, y contaba con una biblioteca en la que se inició una colección de manuscritos raros.3234

Esta política ilustrada no se prolongó durante mucho tiempo. El primer revés ocurrió cuando el «tribunal» de la Compañía de las Indias Orientales propuso que el colegio, o al menos la sección dedicada a la enseñanza de materias europeas, se trasladara a Inglaterra. Y luego, tras la masacre de súbditos británicos en Vellore

3233 Citado en Ferguson, Empire, p. 39. Bernstein, Dawning of the Raj, p. 89, anota que Nathaniel Halhed (que en 1771 tenía veintitrés años) fue el primero en advertir la relación entre el bengalí y el sánscrito.

3234 Hastings también financió varias expediciones: Bernstein, Dawning of the Raj, pp. 145 y ss.

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(al sureste de la India), las actitudes cambiaron de forma decisiva y se tomó la decisión de que el único modo en que los británicos podían mantener el poder en el subcontinente era mediante la conversión masiva de los hindúes.3235 Este cambio era tan radical que era imposible pretender que se diera sin violencia. En un célebre panfleto titulado Vindications of the Hindoos, by a Bengal Officer, el coronel «Hindoo» Stewart sostuvo que cualquier intento de convertir masivamente a los indios estaba condenado al fracaso, y entre las razones para ello anotaba el hecho de que la religión hindú era «en muchos sentidos superior… Los numerosos dioses hindúes representaban apenas “tipos” de virtud, mientras que, por su parte, la teoría de la transmigración de las almas era preferible a las nociones cristianas de cielo e infierno».3236

Las cosas no salieron bien. Después de que el parlamento renovara los estatutos de la Companía de las Indias Orientales en 1813, se creó un obispado de Calcuta, se desmanteló el Colegio de Fort William y se dispersó su colección de libros y manuscritos.3237 Y se dejó a su suerte a la Sociedad Asiática de Bengala. El destino del colegio y la sociedad constituye un buen indicativo de los cambios que tuvieron lugar a un nivel más amplio. Las políticas orientalistas emprendidas por los británicos a finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX habían al menos ayudado a ampliar de forma significativa el conocimiento de Oriente en Occidente. La nueva actitud, encarnada

3235 Macfie, Orientalism, p. 53.

3236 Sobre la destrucción causada por los británicos en la India, véase: Tony Smith, Pattern of Imperialism, p. 74.

3237 Macfie, Orientalism, p. 56.

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en los intentos de conversiones masivas, únicamente contribuyó a polarizar el país, que quedó dividido entre colonizados y colonizadores.

¿Cuál es el legado del imperialismo desde la perspectiva de la historia de las ideas? Se trata de una pregunta compleja, y la respuesta no puede ignorar la evolución social, económica y política de las antiguas colonias en el mundo moderno. Durante muchos años, después de que tras la segunda guerra mundial el proceso de descolonización se acelerara, el imperialismo cargaba consigo una serie de connotaciones muy negativas: la palabra era sinónimo de racismo, explotación económica y arrogancia cultural por parte de los colonizadores y a expensas del «otro», los colonizados. Buena parte del movimiento posmoderno tenía como objeto la rehabilitación de las antiguas culturas colonizadas. El economista indio Amartya Sen, ganador del premio Nobel y profesor en Harvard y Cambridge, ha señalado que la India ha padecido menos hambrunas desde que los británicos dejaron el país.

Sin embargo, descripciones recientes del imperialismo nos ofrecen un cuadro con muchos más matices. «Sin la difusión del dominio británico por todo el mundo, resulta difícil pensar cómo habrían podido establecerse firmemente las estructuras del capitalismo liberal en tantas economías diferentes… La India, la democracia más grande del mundo, le debe mucho más al dominio británico de lo que está de moda reconocer. Sus escuelas de élite, sus universidades, su funcionariado, su ejército, su prensa y su sistema parlamentario se fundan todos en modelos británicos. Y por último, tenemos el idioma

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inglés en sí… es indudable que el imperio decimonónico fue un pionero del libre comercio, de la libre circulación de capitales [lo que Lawrence James denomina “el imperceptible imperio del dinero”] y, con la abolición de la esclavitud, del trabajo libre. Invirtió enormes sumas en el desarrollo de una red global de comunicaciones. Difundió y promovió el imperio de la ley en vastas áreas del mundo». Niall Ferguson ha mostrado que en 1913, en el apogeo del imperio, el 63 por 100 de la inversión extranjera directa se destinaba a los países en desarrollo, mientras que en 1996 sólo lo hacía el 28 por 100. En 1913 cerca de un 25 por 100 de las reservas mundiales de capital estaba invertido en países con una renta per cápita equivalente a un 20 por 100 o menos del PIB estadounidense; para 1997 la cifra había caído al 5 por 100. En 1955, hacia el final del período colonial, Zambia tenía un PIB equivalente a la séptima parte del de Gran Bretaña; en 2003, tras unos cuarenta años de independencia, hablamos de un veintiochoavo. Una investigación reciente de cuarenta y nueve países ha mostrado que «los países basados en el derecho británico ofrecen una protección jurídica mucho mayor a los inversores que los países basados en el derecho civil francés». La gran mayoría de los países cuyo sistema se inspira en la jurisprudencia inglesa estuvieron alguna vez bajo dominación británica. El politólogo estadounidense Seymour Martin Lipset ha mostrado que los países

que antiguamente fueron colonias británicas tenían significativamente mayores oportunidades de convertirse en «democracias perdurables» tras alcanzar la independencia que aquellos que estuvieron gobernados por otros países. Por otro lado,

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los efectos de la colonización fueron más negativos en aquellos países que estaban urbanizados y tenían una cultura propia desarrollada antes de la llegada de los imperialistas, como fue el caso de la India y de China, en el que los colonizadores se mostraron más interesados en el saqueo que en la construcción de nuevas instituciones. Ferguson considera que esto quizá explique la «gran divergencia» que hizo que estos dos países dejaran de ser prósperas civilizaciones (acaso hasta una fecha tan tardía como el siglo XVI) para verse reducidos a una relativa pobreza.

El imperialismo, por tanto, no fue sólo conquista. Fue una forma de gobierno internacional, de globalización, y no benefició únicamente a las potencias dominantes. Los colonialistas fueron no sólo Cecil Rhodes, sino también Warren Hastings y sir William Jones.3238

A finales del siglo XX, la cuestión de hasta qué punto el desarrollo del orientalismo constituyó un aspecto del imperialismo fue tema de muchos debates que se prolongan hasta hoy. La reflexión que más interés ha despertado es la propuesta por el crítico palestino Edward Said, recientemente fallecido y durante muchos años profesor de literatura comparada en la Universidad de Columbia en Nueva York. En dos libros muy influyentes, Said sostuvo en primer lugar que muchas obras de arte del siglo XIX describen un Oriente imaginario y estereotipado, una representación en la que abundan las caricaturas y las simplificaciones. La pintura de Jean-Léon Gérôme Encantador de serpientes (1870), por ejemplo, nos muestra a un joven, desnudo excepto por la serpiente que lo envuelve, sentado

3238 Ferguson, Empire, pp. 365-371.

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sobre una alfombra para entretenimiento de un grupo de hombres árabes de piel oscura, engalanados con rifles y espadas y apoyados en una pared recubierta de baldosas decoradas con arabescos y caligrafía árabe. Said consideraba que el poder político había corrompido la historia intelectual de los estudios orientales, tal y como se los practica en Occidente, que la noción de «Oriente» como una entidad única era absurda y que, además, suponía subestimar una región gigantesca, en la que convivían muchísimas culturas, religiones y grupos étnicos diferentes. Ejemplo de ello es la obra Chrestomathie arabe, del estudioso francés Silvestre de Sacy, publicada en 1806, con la que su autor intentaba colocar los «estudios orientales» a la par de los estudios latinos y helenísticos, y que contribuyó a crear la idea de que Oriente era tan homogéneo como la Grecia o la Roma clásicas. Fue de este modo, sostuvo, como el mundo pasó a estar compuesto por dos mitades desiguales y a basarse en un intercambio desigual cimentado en el poder político (imperial). Existe, afirmó, una «demonología imaginativa» del «Oriente misterioso» en la que los «orientales» son presentados invariablemente como haraganes, embaucadores e irracionales.3239

Said desarrolló aún más estas ideas en Cultura e imperialismo (1993). En este libro sostuvo que «el gran archivo cultural se encuentra donde se hacen las grandes inversiones intelectuales y estéticas en los dominios de ultramar. Si se era británico o francés alrededor de 1860, se veía y se sentía respecto a la India y el norte de África una

3239 Edward       Said,  Orientalism, Vintage,      Nueva         York, 1979. [Hay  traducción         castellana:

Orientalismo, Debate, Madrid, 2002].

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combinación de sentimientos de familiaridad y distancia, pero nunca se experimentaba la sensación de que poseyesen una soberanía separada de la metrópoli. En las narraciones, historias y relatos de viajes y exploraciones, la conciencia estaba representada como autoridad principal, como una fuente de energía que daba sentido no sólo a las actividades colonizadoras sino también a las geografías y los pueblos exóticos. Y sobre todo el sentimiento de poder casi no permitía imaginar que aquellos “nativos” que tan pronto se presentaban como excesivamente serviciales, tan pronto como hoscos y poco cooperativos, fueran capaces de echar al inglés o al francés de la India o de Argelia. O capaces de decir algo que fuese quizá a contradecir, desafiar o de alguna otra manera interrumpir el discurso dominante».3240 «En un plano muy primario», insistía Said, «imperialismo supone pensar en establecerse y controlar tierras que no se poseen, que son lejanas, que están habitadas y que pertenecen a otros… En cambio, para los ciudadanos de la Gran bretaña y la Francia del siglo XIX el imperio era un asunto principal que atraía una atención cultural completamente desenfadada. La India británica o el norte de África dominado por los franceses jugaban por sí solos papeles de inestimable valor en la imaginación, la economía, la vida política y el quehacer de las sociedades británicas y francesas. Si mencionamos los nombres de Delacroix, Edmund Burke, Ruskin, Carlyle, James y John Stuart Mill, Kipling, Balzac, Nerval, Flaubert o Conrad, tan sólo estaremos cubriendo un pequeñísimo sector de una

3240 Edward Said, Culture and Imperialism, Chatto & Windus/Vintage, Londres y Nueva York, 1993/1994, pp. XI y ss. [Hay traducción castellana: Cultura e imperialismo, Anagrama, Barcelona, 1996].

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realidad mucho más amplia que la alcanzada por sus talentos, incluso tomados colectivamente». El argumento polémico de Said fue que uno de los principales propósitos de «la gran novela realista europea» era reforzar el consenso de la sociedad respecto a la expansión en ultramar.3241

Said se centra en el período alrededor del año 1878, cuando comienza «el reparto de África» y la novela realista se ha convertido en la forma artística dominante. «Hacia 1840 la novela inglesa había logrado un carácter eminente como la forma estética y la voz intelectual más prestigiosa dentro de su sociedad».3242 Todos los novelistas ingleses importantes de mediados del siglo XIX aceptaban una visión del mundo globalizada, afirma, y les resultaba imposible ignorar el enorme alcance del poder británico en ultramar.3243 Entre los libros que en su opinión se adecuan a su propuesta, Said menciona los siguientes: Mansfield Park de Jane Austen y Jane Eyre de Charlotte Brontë, La feria de las vanidades de Thackeray, Westward Ho! de Charles Kingsley, Grandes esperanzas de Charles Dickens, Tancred de Disraeli, Daniel Deronda de George Eliot y Retrato de una dama de Henry James. El imperio, sostiene, es el contexto clave en todas ellas. En muchos casos, afirma Said, «durante la mayor parte del siglo XIX europeo el imperio funciona como referencia, punto de definición y

3241 Ibid., pp. 40, 43 y 48.

3242 Ibid., p. 129.

3243 Sobre los puntos débiles del trabajo de Said, véase: Valerie Kennedy, Edward Said: A Critical Introduction, Polity Press, Cambridge (Inglaterra), 2000, pp. 25 y 37. Said trata sólo de novelas, véase: Roger Benjamin, Orientalist Aesthetics: Art, Colonialism and North Africa, 1880-1930, University of California Press, Berkeley y Londres, 2003, en especial pp. 129 y ss., sobre las becas de viaje para artistas. Y véase: Philippe Jullian, The Orientalists: European Painters of Eastern Scenes, Phaidon, Oxford, 1977, quien sostiene, en su capítulo sobre la influencia de los artistas, que éstos contribuyeron a presentar el «desolado Oriente», p. 39.

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sitio fácilmente aceptado para viajar y para obtener riqueza y servicio:

es una presencia codificada, aunque sólo en parte visible, similar a

los criados de las grandes mansiones y hoteles, cuyo trabajo se da

por supuesto, aunque muchas veces apenas se lo mencione».3244

La principal trama narrativa de Mansfield Park (1814), por ejemplo,

la constituyen las vicisitudes de Fanny Price, quien a la edad de diez

años deja el hogar familiar, cerca de Portsmouth, para vivir en calidad

de pariente pobre y acompañante en Mansfield Park, la propiedad

campestre de la familia Bertram. A su debido tiempo, Fanny se gana

el respeto de la familia, en particular de las hijas de ésta, y conquista

el amor del hijo mayor, con quien contrae matrimonio al final de la

novela, con lo que se convierte en la señora de la casa. Said, sin

embargo, se concentra en unos pocos comentarios secundarios de

Austen en el sentido de que sir Thomas Bertram se encuentra lejos,

en el extranjero, supervisando su propiedad en Antigua, en las Indias

occidentales.         Según Said,  la       naturaleza    secundaria   de      estas

referencias delata el hecho de que se trataba de cuestiones que en la

época se daban por sentadas. Y con todo, el hecho es que «el sostén

material de su vida es la finca de los Bertram en la isla de Antigua,

que a su vez tampoco marcha bien».3245 Austen, afirma Said, advierte

con claridad que «poseer y gobernar Mansfield Park es poseer y

gobernar una propiedad imperial en estrecha, por no decir inevitable,

relación con el imperio. Lo que asegura la tranquilidad doméstica y

3244 Said, Cultura e imperialismo, p. 117.

3245 Ibid., p. 149.

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la atractiva armonía de uno es la disciplina regulada y la productividad del otro».3246

Es esta tranquilidad y armonía la que tanto gusta a Fanny. Con el azúcar que produce la propiedad de la familia en Antigua, y de la que depende la serenidad de Mansfield Park, ocurre algo similar a lo que ha pasado con Fanny, que es ella misma una extraña que ha sido llevada a la casa como si se tratara de una «mercancía trasladada». Austen, por tanto, combina una cuestión social —la sangre vieja necesita sangre nueva que la rejuvenezca— con una cuestión política: el imperio quizá sea invisible, pero desde un punto de vista económico es fundamental. Lo que Said sugiere es que, pese a toda su humanidad y talento artístico, Austen implícitamente acepta la esclavitud y la crueldad que implica esta situación, y que, de igual forma, acepta la subordinación absoluta de la colonia a la metrópolis. Y cita a propósito un pasaje de John Stuart Mill sobre las colonias en sus Principios de economía política: «No podemos apenas considerar éstas como países que mantengan un intercambio de bienes con nuestros países, sino, más adecuadamente, como remotas propiedades agrícolas o manufactureras que pertenecen a una comunidad más grande… Todo el capital empleado es capital inglés, casi toda la industria se lleva allí para usos británicos… Apenas puede concebirse el intercambio con las Indias occidentales como un intercambio externo, sino que en realidad se asemeja mucho más al comercio entre el campo y la ciudad».3247 El argumento básico de Said

3246

3247

Ibid., p. 151.

Ibid., p. 156.

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es que la riqueza y complejidad intelectual de Mansfield Park, un brillante componente del canon occidental, dependen no sólo de lo que revela sino también de lo que oculta, y que en ese sentido es una obra típica de su tiempo.

Tanto Kipling como Conrad utilizaron la experiencia del imperio como tema central de sus obras, el primero en Kim (1901), el segundo en El corazón de las tinieblas (1899), Lord Jim (1900) y Nostromo (1904). Said describe Kim como una novela «totalmente masculina», centrada en dos personajes masculinos muy atractivos. Kim, que da título a la obra, es a lo largo de todo el libro un niño (en su desarrollo pasa de los trece a los diecisiete años), y el contexto fundamental en el que transcurre su historia es el de «el Gran Juego»: la política, la diplomacia, la guerra, que, anota Said, Kim ve como una gran travesura. La opinión de Edmund Wilson sobre esta obra es famosa: «Se nos han mostrado dos mundos completamente distintos y coexistentes, que carecen de auténtica comprensión el uno del otro… las líneas paralelas nunca se unen… así la obra no dramatiza un conflicto fundamental al que el mismo Kipling jamás se enfrentaría».3248 Said, por el contrario, considera que «el conflicto entre el servicio de Kim a la colonia y la lealtad a sus compañeros indios permanece sin resolver no porque Kipling no pueda enfrentarse a él sino porque para Kipling no existía conflicto» (las cursivas son del original). Para Kipling, lo mejor que podía ocurrirle

3248 Edmund Wilson, «The Kipling that nobody read», en The Wound and the Bow, Oxford University Press, Oxford, 1947, pp. 100-103, citado por Said, Cultura e imperialismo, pp. 234-235.

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a la India era ser gobernada por Inglaterra.3249 Kipling respeta todas las divisiones de la sociedad india, no muestra ninguna preocupación por ellas, y ni él ni sus personajes intentan interferir con ellas. Geoffrey Moorhouse sostiene que hacia finales del siglo XIX, había sesenta y un niveles de estatus diferentes en la India, y se pregunta si las relaciones de amor y odio entre británicos e indios pueden ser consecuencia «de esas complejas actitudes jerarquizantes presentes en los dos grupos».3250 «Debemos leer la novela», concluye Said, «en tanto que realización de ese gran proceso acumulativo que en los años finales del siglo XIX, antes de la independencia de la India, llegaba a su momento de mayor intensidad: por un lado, vigilancia y control sobre ella; por el otro, amor y fascinada atención a cada detalle… Al leer Kim en la actualidad comprobamos la ceguera de un gran artista a causa de sus propias vivencias en torno a la India… una India a la que amaba pero que nunca sería del todo suya».3251

De todas las personas que participaron en la rebatiña del imperio, Joseph Conrad se hizo famoso por haber dado la espalda a los oscuros continentes de «abundantes riquezas» y, tras pasar varios años como marinero en distintos barcos mercantes, optar por la

3249 Noel Annan ha propuesto una concepción muy diferente al respecto en su ensayo «Kipling’s Place in the History of Ideas», en el que sostiene que la visión de Kipling era similar a la de los nuevos sociólogos de la época, como Durkheim, Weber y Pareto, que «veían a la sociedad como nexos entre grupos; y el modelo de conducta que esos grupos inadvertidamente establecían determinaba sus acciones mucho más que sus voluntades o que elementos tan evanescentes como la clase o la tradición cultural o nacional. Ellos se preguntaron cómo hacían esos grupos para garantizar el orden o alimentar la inestabilidad social, mientras que sus antecesores se habían preguntado si ciertos grupos ayudaban a la sociedad a progresar». Noel Annan, «Kipling’s Place in the History of Ideas», Victorian Studies, vol. 3, n.º 4 (junio de 1960), p. 323, citado por Said, Cultura e imperialismo, p. 247.

3250 Said, Cultura e imperialismo, p. 248.

3251 Ibid., pp. 257-258.

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sedentaria vida del escritor de ficción. Sus libros más célebres, Lord Jim (1900), El corazón de las tinieblas (publicado en forma de libro en 1902), Nostromo (1904) y El agente secreto (1907), retoman ideas de Darwin, Nietzsche y Nordau para indagar en la gran falla que separa el optimismo científico, técnico y liberal del siglo XX, por un lado, y la visión pesimista de la naturaleza humana, por otro. Se cuenta que en una ocasión Conrad dijo a H. G. Wells: «La diferencia entre nosotros es fundamental. A usted no le preocupa la humanidad, pero piensa que ésta puede mejorar. Yo en cambio la amo, pero sé que no lo hará».3252

Bautizado Józef Teodor Konrad Korzeniowski, Conrad nació en 1857 en una parte de Polonia de la que los rusos se habían apoderado en 1793 en una de las frecuentes particiones del país (en la actualidad su ciudad natal se encuentra en Ucrania). Su padre, Apollo, era un aristócrata que se había quedado sin tierras después de que las propiedades de la familia fueran embargadas en 1839 tras una rebelión contra los rusos. Huérfano desde antes de cumplir los doce años, el futuro de Conrad dependió en gran medida de la generosidad de su tío materno Tadeusz, quien le proporcionó una pensión anual y, al morir, le legó cerca de mil seiscientas libras esterlinas (equivalentes a más de cien mil libras actuales). Esto coincidió con la aceptación de su primer libro, La locura de Almayer (que había empezado a escribir en 1889) y la adopción de Joseph Conrad como su nombre de pluma. Desde entonces se convirtió en un hombre de

3252 Redmond O’Hanlon, Joseph Conrad and Charles Darwin, Salamander Press, Edimburgo,

1984, p. 17.

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letras, dedicado a convertir en relatos de ficción sus experiencias y las historias que había escuchado en el mar.3253

Algún tiempo antes de que su tío falleciera, Conrad se detuvo en Bruselas de camino hacia Polonia, para presentarse a una entrevista de trabajo en la Société Anonyme Belge pour le Commerce du Haut-Congo, un aciago encuentro que le conduciría entre junio y diciembre de 1890 al Congo belga y que, diez años más tarde, daría lugar a El corazón de las tinieblas. Durante esa década la experiencia vivida en el Congo estuvo al acecho en su cabeza, a la espera del desencadenante que la tradujera en prosa. Las terribles noticias sobre las «masacres de Benín» en 1897, así como los relatos sobre las expediciones de Stanley en África, sirvieron de aliciente. Benin: The City of Blood se publicó en Londres y Nueva York en 1897, y reveló a Occidente, el mundo civilizado, una historia de horror sobre los sangrientos ritos de los nativos africanos. Tras la Conferencia de Berlín de 1884, Gran Bretaña estableció un protectorado sobre la región del río Níger. Después de la matanza de una misión británica que llegó a Benín (en la actualidad una ciudad nigeriana) durante la celebración que el rey Duboar dedicaba a sus ancestros, y que implicaba sacrificios rituales, se envió al lugar una expedición de castigo para capturar la ciudad, desde hacía mucho tiempo un centro del comercio de esclavos. El relato del comandante R. H. Bacon, oficial de inteligencia de la expedición, se asemeja en ciertos detalles a los acontecimientos narrados en El corazón de las tinieblas. A pesar

3253 D. C. R. A. Goonetilleke, Joseph Conrad: Beyond Culture and Background, Macmillan, Londres, 1990, pp. 15 y ss.

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de la fluidez de su lenguaje, el comandante anotó que lo que vio al llegar a Benín superaba cualquier descripción que pudiera ofrecer: «Es inútil continuar describiendo los horrores del lugar, la muerte, la barbarie y la sangre estaban por todas partes, y el olor era tal que resulta difícil pensar que el ser humano pueda continuar viviendo después de haberlo conocido».3254 Conrad evita definir en qué consistía «el horror» —en el libro, «¡Ah, el horror! ¡El horror!» son las celebres palabras finales de Kurtz, el hombre a quien Marlow, el héroe, ha acudido a salvar— y opta en cambio por realizar sugerencias indirectas como las bolas que Marlow cree ver, a través de sus gemelos de campo, coronando los postes a medida que se acerca al campamento de Kurtz. Bacon, por su parte, describe «árboles de crucifixión» rodeados de pilas de cráneos y huesos, y la sangre desparramada por todas partes sobre ídolos de bronce y marfiles.

El propósito de Conrad, sin embargo, no era suscitar la típica respuesta del mundo civilizado ante los relatos de barbarie. El texto del comandante Bacon ejemplifica muy bien esa actitud: los nativos «son incapaces de apreciar que la paz y el buen gobierno del hombre blanco significan felicidad, satisfacción y seguridad». En la novela de Conrad, encontramos ideas similares en el informe que Kurtz redacta para la Sociedad Internacional para la Eliminación de las Costumbres Salvajes. Marlow describe este texto como «una magnífica pieza literaria», «vibrante de elocuencia». Y, sin embargo, «al final de aquella

3254 Kingsley Widner, «Joseph Conrad», en Dictionary of Literary Biography, Bruccoli Clark, Detroit, vol. 34, 1988, pp. 43-82.

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apelación patética a todos los sentimientos altruistas, llegaba a deslumbrar, luminosa y terrible, como un relámpago en un cielo sereno: “¡Exterminen a estos bárbaros!”».3255

Este salvajismo en el corazón mismo de seres humanos civilizados también se evidencia en la conducta de los comerciantes blancos, «peregrinos» en palabras de Marlow. Conrad conocía los relatos de los viajeros blancos que habían estado en África, como H. M. Stanley, textos que los europeos habían escrito desde un incuestionable sentido de superioridad respecto de los nativos. El corazón de las tinieblas gira en torno al modo en que civilización y barbarie, luz y oscuridad, se invierten de forma irónica. He aquí un episodio característico, tal y como lo recoge Stanley en su diario. Al necesitar comida, le dice a un grupo de nativos que «la necesito o moriremos… Debían vendérnosla por cuentas rojas, azules o verdes, alambre de cobre o latón, o conchas o… Realicé varios signos significativos señalándome la garganta. Fue suficiente, entendieron de inmediato».3256 A diferencia de ello, en El corazón de las tinieblas Marlow advierte impresionado el extraordinario dominio de los caníbales hambrientos que acompañan la expedición, a quienes se les pagaba con fragmentos de alambre de latón, pero que carecían de comida, después de que su carne de hipopótamo podrida, cuyo olor los europeos encontraban demasiado nauseabundo, había sido arrojada por la borda: «¿Por qué en nombre de todos los roedores

3255 Joseph Conrad, Heart of Darkness, William Blackwood/Penguin, Edimburgo y Londres, 1902/1995. [La traducción castellana del pasaje es de Sergio Pitol, El corazón de las tinieblas, Orbis, Barcelona, 1986, p. 90].

3256 Goonetilleke, Joseph Conrad, pp. 88-91.

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diablos del hambre no nos atacaron —eran treinta para cinco— y se dieron con nosotros un buen banquete?».3257 Kurtz es, por supuesto, una figura simbólica («Toda Europa participó en la educación de Kurtz»), y el quid de la feroz sátira de Conrad emerge con claridad a través del relato de Marlow. La misión civilizadora imperial equivale a una depredación salvaje: «la pelea por el botín más vil que haya desfigurado nunca la historia de la conciencia humana», como señaló el mismo Conrad en otro lugar.3258

En la época en que apareció la novela, algunos lectores reaccionaron con desagrado ante El corazón de las tinieblas (algo que continúa ocurriendo). No obstante, esa misma reacción subraya la importancia de la obra. Esto es algo que explica muy bien Richard Curle, autor del primer estudio completo sobre Conrad, publicado en 1914.3259 Según Curle, mucha gente necesitaba tenazmente creer que el mundo, por más horrible que fuera, podía ser mejorado a través del esfuerzo humano y el tipo de filosofía liberal adecuado. Sin embargo, a diferencia de las novelas de autores contemporáneos como Wells y Galsworthy, el relato de Conrad rebajaba este punto de vista a mera ilusión, en el mejor de los casos, y sugería incluso que podía ser un camino hacia una terrible destrucción.3260 Existen pruebas de que su

3257 Conrad, El corazón de las tinieblas, trad. cit., p. 75.

3258 Goonetilleke, Joseph Conrad, p. 168.

3259 Richard Curle, Joseph Conrad: A Study, Kegan Paul, French, Trübner, Londres, 1914.

3260 En Occidentalism, Atlantic Books, Londres, 2004, Ian Buruma y Avishai Margalit exploran el sentimiento opuesto al orientalismo, a saber, «los estereotipos hostiles del mundo musulmán que estimulan el odio en el que se fundan movimientos como al-Qaeda». Estos autores consideran que esto tiene diferentes raíces: los movimientos pangermánicos del siglo XIX, que promovieron sentimientos nacionalistas en el mundo árabe y en Japón en el siglo XX, en el maniqueísmo persa, y en las diferencias entre la Iglesia católica y la ortodoxa griega, la cual avivó en Rusia la mentalidad antirracionalista. [Hay traducción castellana: Occidentalismo: breve historia del sentimiento antioccidental, Península, Barcelona, 2005].

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experiencia en África había afectado a Conrad profundamente, tanto en términos físicos como psicológicos, y que se había granjeado la antipatía de los imperialistas y racistas que en esa época se dedicaban a explotar África y a los africanos. El corazón de las tinieblas contribuyó en alguna medida a poner fin al tiránico dominio del rey Leopoldo en lo que entonces era el Congo belga.

Pese a que Conrad había nacido en Polonia y a que El corazón de las tinieblas se desarrolla en el Congo belga, la novela está escrita en inglés. Un último logro del imperio, que empezó con las colonias americanas y culminó con la conquista de la India y el «reparto» de África, fue la difusión de la lengua inglesa. En la actualidad, hay tantos hablantes de inglés en la India como en Inglaterra y en Norteamérica ese número se multiplica por cinco. En todo el mundo hay mil quinientos millones de personas que hablan inglés. Y sin embargo, durante muchos años, durante siglos, de hecho, el inglés fue un idioma minoritario, que prosperó sólo superando grandes dificultades. Su posterior triunfo hasta convertirse en la lengua más útil del mundo es, como anota Melvyn Bragg, una aventura extraordinaria.

Los primeros indicios que tenemos de la lengua inglesa se remontan al siglo V d. C., cuando llegó con los mercenarios germanos contratados para apuntalar las ruinas del imperio romano.3261 Los habitantes originales de las islas británicas eran celtas, que hablaban un celta sin duda contaminado por un poco de latín, gracias a los romanos. No obstante, las tribus germánicas —los sajones, los anglos

3261 Melvyn Bragg, The Adventure of English, Hodder & Stoughton, Londres, 2003, p. 1.

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y los jutos— hablaban diversos dialectos, mutuamente inteligibles, y pasó algún tiempo antes de que el de los anglos resultara vencedor. Se cree que el idioma más cercano al inglés primitivo es el frisón, la lengua de la actual provincia holandesa de Frisia, donde aún se utilizan palabras como trije (three, árbol), froast (frost, helada), blau (blue, azul), brea (bread, pan) y sliepe (sleep, dormir).3262

El inglés primitivo acogió algunas palabras de origen celta o latino como «win» (wine, vino), «cetel» (cattle, ganado) y «streat» (street, calle), pero la inmensa mayoría de las palabras del inglés contemporáneo proceden del inglés antiguo: you, man, son, daughter, friend, house, etc. También las formas septentrionales «owt» (anything, algo) y «nowt» (nothing, nada), que provienen de «awiht» y «nawiht».3263 La terminación «ing» en los nombres de lugares significa «el pueblo de…»: Reading, Dorking, Hastings; la terminación «ham» significa «granja», como en Birmingham, Fulham, Nottingham; mientras que la terminación «ton» significa «cercado» o «aldea», como en Taunton, Luton, Wilton. Las tribus germánicas trajeron consigo el alfabeto rúnico, que recibe el nombre de futhorc, palabra que como nuestro abecedario está formada por las primeras letras de ese alfabeto. Las runas estaban formadas principalmente por líneas rectas de manera que resultaba fácil grabarlas sobre la madera o la piedra. El alfabeto se componía de veinticuatro letras, carecía de j, q, v, x y z, pero en su

3262 Ibid., p. 3. Pero véase también: Geoffrey Hughes, A History of English Words, Blackwell, Oxford, 2000, p. 99.

3263 Bragg, Adventure of English, p. 28.

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lugar incluía los símbolos æ, þ, ð y uu, que luego daría lugar a la letra

w.3264

El «englisc», como se le llamaba originalmente, no empezó a desarrollarse hasta las invasiones vikingas, cuando terminaciones como «by» se añaden a los nombre de lugares para indicar una granja o ciudad: Corby, Derby, Rugby. Los daneses construían nombres personales añadiendo la partícula «son» al nombre del padre: Johnson, Hudson, Watson. Otras palabras del noruego antiguo que ingresaron al ingles por aquella época fueron: birth, cake, leg, sister, smile, thrift y trust.3265

La lengua se vio especialmente amenazada en los trescientos años que siguieron a la batalla de Hastings en 1066. Cuando se coronó a Guillermo el Conquistador en la abadía de Westminster el día de Navidad de ese año, el servicio se ofreció en inglés y latín, pero él habló todo el tiempo en francés. El francés se convirtió entonces en la lengua de la corte, de los tribunales y del parlamento. Y aunque el inglés sobrevivió, adoptó palabras francesas, en especial referentes al nuevo orden social —army (armée), throne (trone), duke (duc), govern (governer)—, pero también al mundo de la cocina: pork (porc), sausages (saussiches), biscuit (bescoit), fry (frire) y vinegar (vyn egre).3266 El inglés antiguo no desapareció simplemente, con frecuencia se adaptó. Por ejemplo, la palabra «æppel» en inglés antiguo se usaba para designar cualquier tipo de fruta, pero tras la

3264 Para una cronología del inglés, véase: Hughes, A History of English Words, pp. XVII-XVIII; y

véase también: Barbara A. Fennell, A History of English, Blackwell, Oxford, 2001, pp. 55-93.

3265 Bragg, Adventure of English, p. 23.

3266 Para una exposición sobre cómo los colonizadores afectan (y con frecuencia destruyen) la lengua de los colonizados, véase: Osterhammel, Colonialism, pp. 103-104.

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aparición de la palabra fruit, procedente del francés, la antigua expresión pasó a denotar un solo tipo de fruta, la manzana (apple).3267 Otras palabras francesas que entraron a formar parte del inglés en este período fueron: chimney, chess, art, dance, music, boot, buckle, dozen, person, country, debt, cruel, calm y honest. La palabra «checkmate» (jaque mate) proviene del francés eschec mat, que a su vez proviene del árabe Sh h m t, que significa «el rey está muerto».3268 Éstas fueron las palabras que se convirtieron en el inglés medio.3269 El inglés medio empezó a reemplazar al francés en Inglaterra sólo a finales del siglo XIV. Inglaterra había cambiado, al igual que toda Europa, debido a la peste negra, que se había llevado consigo a muchos clérigos, los principales hablantes de latín y francés. La revuelta de los campesinos también contribuyó en gran medida al resurgimiento del inglés, que era la lengua de quienes protestaban. Cuando Ricardo II se dirigió a Wat Tyler y sus tropas en Smithfield, señala Bragg, habló en inglés. Y desde la época de la Conquista, Ricardo fue el primer monarca del que tenemos noticias que usó únicamente el inglés. En 1399, cuando Enrique, el duque de Lancaster, se autocoronó tras deponer a Ricardo II, también él hablaba en lo que la historia oficial llama «su lengua materna», inglés.3270 «En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, yo, Enrique de Lancaster, tomo este reino de Inglaterra y la corona con todos sus miembros y sus privilegios, a los que tengo derecho por

3267 Bragg, Adventure of English, p. 52.

3268 Ibid., p. 58.

3269

3270

Ibid., p. 52.

Ibid., p. 67.

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pertenecer al linaje de la sangre del buen señor el rey Enrique tercero…».3271 Aunque cerca de una cuarta parte de las palabras usadas por Chaucer son de origen francés (si bien con frecuencia con significados hoy desaparecidos, como es el caso de «lycour», humedad, y «straunge», exterior, distante), la confianza con que su obra utiliza el inglés constituye una prueba de que se había producido un gran cambio.3272

Esta confianza quedó reflejada en el deseo de traducir la Biblia al inglés. Ahora bien, aunque se atribuye a John Wycliffe el primer intento de hacerlo, Bragg sostiene que fue en realidad Nicholas Hereford, del Queen’s College de Oxford, quien realizó la mayor parte del trabajo. Sus scriptoria, organizados en secreto en Oxford, produjeron muchos manuscritos, de los que sobreviven al menos 175.3273

In the bigynnyng God made of nouyt heuene and erthe Forsothe the erthe was idel and voide, and derknessis weren on the face of depthe; and the Spiryt of the Lord was borun on the watris.

And God seide, Liyt be maad, and liyt was maad.3274

3271 M. T. Clanchy, England and Its Rulers, Blackwell, Oxford, 19982.

3272 No todos los conquistadores impusieron su lengua, véase: Osterhammel, Colonialism, p. 95, sobre las experiencias diferentes de españoles y holandeses (en Indonesia) en este sentido.

3273 Bragg, Adventure of English, p. 85.

3274 «In the beginning God created the heaven and the earth. And the earth was without form, and void; and darkness was upon the face of the deep. And the Spirit of God moved upon the face of the waters. And God said, Let there be light: and there was light».; «En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas. Dijo Dios: “Haya luz”, y hubo luz».

1811  Preparado por Patricio Barros

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La ortografía era todavía caótica. La palabra church, «iglesia», podía escribirse cherche, chirche, charge o cirche, mientras que people, «pueblo, gente», podía ser pepull, pepille, poepul o pupill. La cancillería, una institución que era una mezcla de tribunal de justicia, departamento fiscal y Ministerio de Gobierno, y era, de hecho, la que manejaba el país, vino a poner algo de orden en todo esto, y el «inglés de la cancillería» empezó a considerarse la versión «oficial», autorizada, de la lengua. Ich se reemplazó por I; sych y sich por suche; righte se convirtió en right. La invención de la imprenta contribuyó aún más a fijar la ortografía, y el proceso estuvo además acompañado por el gran cambio vocálico, cuando la pronunciación del inglés sufrió una modificación sistemática, aunque nadie sabe con exactitud por qué ocurrió esto.3275

Todo esto son indicios de una confianza creciente en la lengua, algo evidente en la gran innovación de 1611, la aparición de la Biblia del rey Jacobo, basada en la traducción de William Tyndale, en la que es posible advertir el inglés moderno en pleno proceso de formación:

Blessed are the povre in sprete: for theirs is the kyngdome off heven. Blessed are they that morne: for they shalbe comforted.

Blessed are the meke: for they shall inherit the erth. Blessed are they which honger and thurst for rightewesnes: for they shalbe filled.3276

3275 Ibid., p. 101.

3276 «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la herencia de la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados».

1812 Preparado por Patricio Barros

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Durante el Renacimiento y la era de los descubrimientos, el inglés empezó a ampliarse con la llegada de nuevas palabras: bamboo (malayo), coffee y kiosk (turco), alcohol (árabe), curry (tamil). El auge del humanismo y el interés por los clásicos resucitó muchas palabras griegas y latinas (skeleton, glottis, larynx, thermometer, parasite, pneumonia). Su uso dio lugar a la llamada controversia inkhorn. Un «inkhorn» era un cuerno que servía como recipiente para la tinta necesaria para escribir con pluma, y el objeto se convirtió en símbolo de aquellos a los que les gustaba acuñar nuevas palabras para demostrar su erudición y conocimiento de los clásicos. La polémica se agotó sola, pero aunque las palabras mencionadas antes continúan siendo usadas, no todos los neologismos introducidos en esta época permanecieron en la lengua, como es el caso de «fatigate» (fatigar), «nidulate» (anidar, en el sentido de hacer nidos) y «expede» (lograr, como opuesto de impedir).3277 En tanto autor renacentista, Shakespeare fue el primero que dio uso literario a muchas palabras y expresiones, independientemente de que fueran o no invención suya. Sobre el inglés de Shakespeare se han escrito libros enteros, pero entre las palabras y frases frescas que incluyen sus dramas y sus poemas encontramos: obscene, barefaced (descarado), lacklustre (mediocre), salad-days (juventud, inocencia), in my mind’s eye (ver con la imaginación), more in sorrow than in anger (con más tristeza que furia). Sin embargo, Shakespeare también empleó palabras cuyo

3277 Hughes, A History of English Words, pp. 153-158.

1813 Preparado por Patricio Barros

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uso no se implantó: cadent, tortive, perisive e incluso honorificabilitu dinatibus.3278

Los nuevos paisajes y gentes de América inspiraron muchas palabras frescas y acuñaciones novedosas: foothill (colina en la falda de una montaña), bluff (acantilado), watershed (línea divisoria de aguas, cuenca), moose (alce), stoop (pequeño porche o escalera a la entrada de una casa o edificio). Luego aparecieron squatter (ocupante ilegal), raccoon (mapache, en algún momento rahaugcum), y skunk (mofeta, segankw). Palabras ya conocidas se unieron para describir experiencias nuevas: bull-frog (rana toro), rattlesnake (serpiente de cascabel), warpath (en pie de guerra). Algunas palabras tradicionales cambiaron de significado en el Nuevo Mundo: lumber, que significaba en Londres «cachivaches», pasó en Estados Unidos a significar «madera». Noah Webster, un maestro de escuela, publicó su American Spelling Book, un manual de ortografía, pronunciación y gramática que se convirtió en un éxito de ventas, con excepción de la Biblia, fue el libro más vendido del Nuevo Mundo y contribuyó a propagar la particular obsesión estadounidense por la pronunciación: en la actualidad, mientras los británicos dicen cemet’ry y laborat’ry, los estadounidenses pronuncian la palabra completa, cemetery y laboratory.3279 Fue Webster quién eliminó la «u» de colour y labour en el inglés estadounidense, así como la segunda «l» en traveller, que según decía eran innecesarias. Cambió theatre y centre por theater y center (esto fue mucho más claro, así como también el cambio de

3278 Bragg, Adventure of English, p. 148.

3279 Boorstin, Americans, pp. 275 y ss., sobre el habla americana.

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check por cheque). Las palabras music y physic perdieron su «k» final.3280 La apertura de la frontera introdujo más palabras indias: maize, pecan (pacana), persimmon (caqui, fruta), toboggan, aunque tamarack (un tipo de alerce) y pemmican (alimento preparado a base de carne de bisonte) no lograron imponerse igual de bien. Los viajeros pobres viajaban al oeste en balsas (rafts) que dirigían mediante remos conocidos como riffs, de dónde surge la palabra riffraff, «gentuza». Las expresiones «pass the buck» (pasar la pelota) y «the buck stops here» (la responsabilidad es mía) derivaban de los juegos de cartas del oeste americano. El buck era originalmente un cuchillo con un mango hecho de cuerno de ciervo, que se rotaba como señal de quien tenía la autoridad o llevaba la mano.3281 Se han propuesto muchas etimologías para OK u okay, supuestamente la palabra más usada en la lengua inglesa. Los indios choctaw tienen la palabra okeh, que significa «es así». En Boston se decía que era una abreviatura para Orl Korrekt (todo bien), y algunos aseguran que el dialecto de los barrios obreros londinenses también usaba un Orl Korrec. En Luisiana los trabajadores acostumbraban garabatear Au quai sobre las balas de algodón que estaban listas para ser enviadas río abajo hasta el mar. Pero todas estas etimologías son apenas orígenes posibles y la cuestión está lejos de resolverse de forma definitiva.3282

3280 John Algeo, ed., The Cambridge History of the English Language, Cambridge University Press, Cambridge (Inglaterra), vol. VI, 2001, pp. 92-93 y 163-168 passim. Véase también: Bragg, Adventure of English, p. 169.

3281 Bragg, Adventure of English, p. 178.

3282 Boorstin, Americans, p. 287, anota que otro posible origen de la palabra sea Old Kinderhook, el apodo de Martin van Buren durante su campaña presidencial, que recibió el apoyo de OK Clubs demócratas en Nueva York.

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La palabra jean debe su existencia al señor Levi Strauss, quien utilizó un fustán llamado geane, fabricado originalmente en Génova.

La Ilustración y la revolución industrial introdujeron obviamente muchas palabras nuevas: reservoir, condenser, sodium (1807), centigrade (1812), biology (1819), kleptomania (1830), palaeontology (1838), gynaecology y bacterium (ambas en 1847), claustrophobia

(1879). Se ha calculado que entre 1750 y 1900 la mitad de los artículos científicos del mundo se publicaron en inglés.3283 En la India, durante el apogeo del imperio británico, es discutible qué pueblo tenía el poder lingüístico. Y en cualquier caso, siendo el inglés una lengua indoeuropea, el sánscrito formaba parte de su distante pasado. Con todo, entre las palabras de las lenguas indias que el inglés incorporó se encuentran: bungalow, cheroot (puro cortado en ambos extremos), thug (matón), chintz, polo (el deporte), jungle, lilac, pariah, khaki (que significa «color polvo») y pyjamas.3284 Los ingleses rebautizaron a Kolkata como Calcuta, aunque recientemente la ciudad ha recuperado su nombre original.

Con la difusión del inglés en el siglo XIX gracias a la expansión del imperio británico, el idioma se propagó por Australia, las Indias occidentales, África y muchas regiones de Oriente Próximo, y se convirtió en lo que en otra época fueron el árabe, el latín y el francés, la lengua común de la comunicación internacional, una posición que ha detentado desde entonces. Gandhi se sentía, o decía que se sentía,

3283 Bragg, Adventure of English, p. 241.

3284 Sobre el inglés alrededor del mundo, véase: Robert Burchfield, The Cambridge History of the English Language, Cambridge University Press, Cambridge (Inglaterra), vol. V, 1994, en especial el cap. 10.

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esclavizado por el inglés, pero la excelencia y popularidad de los novelistas indios que escriben en inglés no revela ese mismo sentimiento. El triunfo mundial del inglés puede ser consecuencia del nacionalismo y el imperialismo del pasado, pero ha ido mucho más allá de ellos. La lengua inglesa no es ya sólo la lengua del imperio, sino la de la ciencia, la del capitalismo, la de la democracia y la de Internet.

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Capítulo 34

La mente «americana» y la universidad moderna

El auge del imperio en el Viejo Mundo coincidió, aproximadamente, con la guerra civil estadounidense. En cierto sentido, por tanto, ambos continentes se enfrentaban a problemas similares en este período: cómo habían de vivir juntos pueblos y razas diferentes. La guerra civil constituyó un hito en la historia de Estados Unidos. Aunque no muchos lo comprendieron en su momento, el conflicto alrededor de la esclavitud había mantenido al país en el atraso y la guerra permitió, en última instancia, que el industrialismo y el capitalismo se expresaran con toda su fuerza. Sólo después de la guerra, pudo la joven nación realizar con total libertad la promesa que contenía.

En 1865 la población estadounidense superaba los treinta y un millones de habitantes, una cifra relativamente pequeña si se la compara con la de las principales potencias europeas de la época. La vida intelectual, al igual que todo lo demás, estaba aún en proceso de formación y expansión.3285 Después de los triunfos de 1776 y los logros alcanzados con la Constitución, que había resultado tan estimulante para muchísimos europeos, los estadounidenses no carecían de confianza. No obstante, incluso así, había bastantes motivos para la incertidumbre: la frontera continuaba ampliándose (lo que obligaba a preguntarse cómo había que tratar con los indios

3285 Boris Ford, ed., The New Pelican Guide to English Literature, vol. 9, American Literature, Penguin Books, Londres, 1967/1995, p. 61.

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de las planicies) y el patrón de la inmigración estaba cambiando. En 1803 se compró Luisiana a los franceses. Así las cosas, las cuestiones de la raza, la tribu, la nacionalidad, la filiación religiosa y la identidad étnica eran, prácticamente, omnipresentes. En este contexto, Estados unidos tuvo que inventarse como país, concibiendo nuevas ideas allí donde fueron necesarias y empleando antiguas nociones del viejo mundo cuando se las consideró relevantes.3286

La asimilación gradual de las ideas europeas en el contexto americano ha sido estudiada por Richard Hofstadter y, en años más recientes, por Louis Menand, profesor de literatura inglesa en la Universidad de Harvard, quienes se han ocupado de un pequeño número de pensadores de la Nueva Inglaterra del siglo XIX, todos relacionados entre sí, que inventaron lo que podemos considerar la tradición moderna del pensamiento «americano», la mente «americana». La primera parte de este capítulo se basa en gran medida en la obra de Menand.3287 Entre las especialidades de estos individuos se encontraban la filosofía, la jurisprudencia, la psicología, la biología, la geología, las matemáticas, la economía y la religión. Estamos hablando en particular de Ralph Waldo Emerson, Oliver Wendell Holmes, William James, Benjamin y Charles Peirce, Louis Agassiz y John Dewey.

«Estos hombres tenían cada uno una personalidad muy especial, y no siempre estaban de acuerdo entre sí, pero sus carreras se cruzan en muchos puntos, y en su conjunto fueron, más que cualquier otro

3286 Commager, Empire of Reason, pp. 16 y ss.

3287 Louis Menand, The Metaphysical Club: A Story of Ideas in America, HarperCollins/Flamingo,

Londres, 2001. [Hay traducción castellana: El club de los metafísicos, Destino, Barcelona, 2002].

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grupos, los responsables de haber llevado el pensamiento estadounidense a la modernidad… Sus ideas cambiaron la forma en que los estadounidenses pensaban —y continúan pensando— sobre la educación, la democracia, la libertad, la justicia y la tolerancia. Una consecuencia de ello es que cambiaron también la forma en la que los estadounidenses vivían, con lo que definieron la forma en la que los estadounidenses aprenden, la forma en la que expresan sus puntos de vista, la forma en que se entienden a sí mismos y la forma en que tratan a quienes son diferentes… Podemos afirmar que lo que estos pensadores tenían en común no fue tanto un conjunto de ideas, sino una única idea; una idea sobre las ideas. Todos ellos creían que las ideas no estaban “ahí afuera”, esperando ser descubiertas, sino que eran herramientas, como los tenedores y los cuchillos y los microchips, que la gente concebía para dar cuenta del mundo en el que vivía… Y creían que dado que las ideas eran respuestas provisionales a circunstancias particulares e irrepetibles, su supervivencia dependía no de que fueran inmutables sino de su capacidad para adaptarse… Enseñaron un tipo de escepticismo que ayudó a la gente a desenvolverse en una sociedad heterogénea e industrializada, una sociedad de mercado masificada, en la que los antiguos vínculos de la comunidad y la costumbre parecían haberse vuelto más tenues… Pero, además, implícito en sus escritos, está el reconocimiento de que existen límites a lo que el pensamiento puede hacer en el esfuerzo por aumentar la felicidad humana».3288 Y por el

3288 Menand, Metaphysical Club, pp. X-XII. Véase también: Hofstadter, Social Darwinism in American Thought, p. 168, quien también identifica lo que denomina un «renacimiento» del pensamiento estadounidense.

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camino nos ocuparemos también de la creación de algunos de los centros intelectuales más importantes de Estados Unidos: las universidades de Yale, Princeton, Chicago, Johns Hopkins y Harvard y el MIT en Cambridge, Massachusetts.

Uno de los padres fundadores de esta «tradición americana» fue el doctor Oliver Wendell Holmes, padre. Aunque era un hombre muy bien relacionado, que contaba entre sus amigos a los Cabot, los Quincy y los Jackson, todas ellas viejas familias terratenientes, Holmes era ante todo un profesor que había estudiado medicina en París. Y fue él quien acuñó el término de «brahmán bostoniano» para referirse a los intelectuales de buena cuna. Como médico, descubrió la causa de la fiebre puerperal y demostró de forma concluyente que la enfermedad era transmitida de un parto a otro por los médicos que los atendían. Aunque esto difícilmente lo hizo popular entre sus colegas, el descubrimiento fue un significativo avance hacia el desarrollo de la teoría de los gérmenes como causantes de las enfermedades así como de la antisepsia.3289 Culminó su carrera académica como decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard, si bien fue todavía más célebre por ser lo que muchos consideraban el mejor conversador que uno pudiera escuchar, y por su papel como fundador del «Club de los Sábados», en el que tras cenar los participantes discutían asuntos literarios y al que pertenecían figuras como Emerson, Hawthorne, Longfellow, James Russell Lowell y Charles Eliot Norton. Holmes también contribuyó al

3289 Morison et al., Growth of the American Republic, p. 209.

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nacimiento del Atlantic Monthly, cuyo nombre concibió para dar cuenta del vínculo entre el Nuevo y el Viejo Mundo.3290

El otro padre fundador de la tradición intelectual americana fue Emerson. Holmes padre y él eran buenos amigos, que se influyeron mutuamente. Holmes se encontraba entre el público cuando Emerson pronunció su famoso discurso Phi Beta Kappa sobre «El estudioso americano» en la Universidad de Harvard en 1837. Este discurso fue el primero de una serie en la que el escritor declaró la independencia literaria americana e instó a sus conciudadanos a desarrollar un estilo propio, diferente de los europeos (aunque muchos de sus «grandes hombres» no eran precisamente americanos). Un año más tarde, en un discurso no menos célebre, Emerson se dirigió a la Facultad de Teología de Harvard para contar cómo un aburrido sermón lo había llevado a distraerse comparando su artificialidad con la salvaje tormenta de nieve que tenía lugar fuera de la iglesia. Esto, sumado a otras varias meditaciones, le había hecho abandonar, según dijo, su creencia en un Jesús sobrenatural y en el cristianismo organizado, y a preferir en cambio una forma de revelación más personal. En parte como consecuencia de esto, Harvard, que entonces era una institución calvinista, dio la espalda a Emerson durante treinta años.3291 Holmes padre, sin embargo, continuó siendo su amigo. Éste compartía sobre todo la creencia de Emerson en el nacimiento de una literatura americana, que es la

3290 Menand, Metaphysical Club, p. 6. Harvey Wish, Society and Thought in Modern America, Longmans Green, Londres, 1952, añade a la lista a Veblen, Sumner, Whitman, Dreiser y Pulitzer, Louis Sullivan y Winslow Homer.

3291 Brogan, Penguin History of the United States, p. 300. Véase también: Boorstin, Americans:

The National Experience, p. 251.

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razón por la cual se sentía tan comprometido con en el Atlantic Monthly.3292

Emerson impresionó tanto a Holmes hijo como a Holmes padre, y según contó muchos años después, el contacto con el escritor durante el primer año de Holmes en Harvard, en 1858, lo «encendió». Con todo, padre e hijo no estaban hechos exactamente del mismo molde. Aunque Holmes padre era abolicionista por razones religiosas, nunca tuvo realmente mucho contacto directo con los negros, mientras que su hijo sentía un interés mucho más profundo por la cuestión. La lectura de Los papeles póstumos del club Pickwick le había resultado desagradable debido a su trato de los indígenas americanos, y de igual modo detestaba los espectáculos de los trovadores, que consideraba «humillantes».3293 Coincidía con Emerson en que tener una visión científica del mundo no impide llevar una vida moral, y también en que era posible vivir en una mejor relación con nuestros semejantes fuera de la religión organizada que dentro de ella.

Teniendo una posición semejante, el estallido de la guerra civil en 1861 le proporcionó una oportunidad de hacer algo práctico. Fiel a su palabra, Holmes aceptó el servicio como una «obligación moral».3294 Su primera participación en combate, en la batalla de Ball’s Bluff, el 21 de octubre de ese año, estuvo lejos de ser un éxito: de los mil setecientos soldados que realizaron el avance al otro lado

3292 Menand, Metaphysical Club, p. 19.

3293 Ibid., p. 26. Sobre la importancia crucial de Emerson para los escritores estadounidenses, véase también: Luther S. Luedtke, Making America: The Society and Culture of the United States, University of North Carolina Press, Chapel Hill, 1992, p. 225.

3294 Menand, Metaphysical Club, p. 46.

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del río menos de la mitad regresaron con vida. Holmes recibió un disparo cerca del corazón, la primera de las tres heridas que recibiría durante el conflicto y que, como anota Menand, influyeron profundamente en él. (La caligrafía de sus cartas en esta época estaba lejos de ser la mejor, decía a sus corresponsales, porque tenía que permanecer echado de espaldas).3295 De hecho, a pesar de que de vez en cuando contaba sus hazañas en combate, nunca leyó historias de la guerra civil.3296 Sabía lo que sabía, y no necesitaba ni deseaba visitar de nuevo el horror. La guerra civil estadounidense se libró con armamento moderno y tácticas premodernas. La carga de infantería cerrada estaba diseñada para hacer frente a los mosquetes, un arma con un alcance de algo más de setenta metros, pero los rifles del siglo XIX tenían un alcance de casi trescientos setenta metros. Esto explica parte de la carnicería que tuvo lugar en la guerra civil, que continúa siendo el conflicto que más vidas estadounidenses se ha cobrado, y el enorme impacto que tuvo en Holmes y tantos otros.3297

En medio de la matanza, Holmes aprendió una lección para el resto de su vida: a desconfiar de los absolutos y la certeza, la guerra lo había convencido de que «la certidumbre conduce a la violencia».3298 Observando lo que ocurría a su alrededor, advirtió que si bien hacia 1850 los norteños consideraban subversivos a los abolicionistas, para

3295 Mark De Wolfe Howe, Justice Oliver Wendell Holmes: The Shaping Years, 2 vols., The Belknap Press of Harvard University Press, Cambridge (Massachusetts), 1957-1963, vol. 1, p. 100.

3296 Menand, Metaphysical Club, p. 61.

3297 Para una buena y breve introducción al armamento y tácticas empleadas en la guerra civil estadounidense, véase: Brogan, Penguin History of the United States, pp. 325 y ss.

3298 Morison et al., Growth of the American Republic, p. 209. Véase también: Albert W. Alschuler,

Law Without Values: The Life, Work and Legacy of Justice Holmes, University of Chicago Press, Chicago, 2000, pp. 41 y ss., «The battlefield conversion of Oliver Wendell Holmes».

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el final de la guerra éstos se habían convertido en «patriotas», lo que le llevó a concluir que «no existe un único modo en el que se deba vivir».3299 Este pensamiento se convirtió en su guía y le permitió llegar a ser luego un juez muy sabio. Esta sabiduría se manifiesta en su magnífico libro The Common Law,3300 que empezó siendo una serie de doce conferencias pronunciadas en la Universidad de Harvard, las Lowell Lectures, en las que Holmes habló ante un auditorio repleto sin utilizar apuntes de ningún tipo.3301

Su biógrafo, Mark De Wolfe Howe, dice que Holmes fue el primer abogado, inglés o estadounidense, que propuso un análisis filosófico y una explicación histórica del derecho consuetudinario.3302 La brillantez filosófica de Holmes le permitió ver que el derecho no tiene una meta o idea primordial. (Ésta era la enseñanza que había sacado del desastre de la guerra civil).3303 El derecho había evolucionado de forma pragmática.3304 Al menos en términos de los hechos, cada caso es único. Y cuando llega a los tribunales se ve inmerso en lo que Menand denomina un «vórtice» de intenciones, suposiciones y creencias. Por un lado, por ejemplo, existe la intención de hallar una solución adecuada a este caso en particular. Al mismo tiempo, sin embargo, también existe la intención de llegar a un veredicto que sea coherente con los alcanzados en el pasado en casos similares. Y

3299 Hofstadter, Social Darwinism in American Thought, p. 32, sobre el efecto de Darwin en Holmes. 3300 Holmes era conocido por decir que para ser alguien uno debía haber hecho algo sobresaliente para cuando llegaba a los cuarenta años. En su caso, lo consiguió en el límite: The Common Law apareció cuando tenía treinta y nueve.

3301 Menand, Metaphysical Club, p. 338.

3302 Howe, Justice Oliver Wendell Holmes, vol. 2, p. 137.

3303 Menand, Metaphysical Club, p. 339.

3304 Morison et al., Growth of the American Republic, p. 209.

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además existe la intención de llegar al veredicto que sea más benéfico para la sociedad en su conjunto: una solución que prevenga en lo posible nuevos casos de este tipo.3305 Luego hay cierto número de objetivos menos apremiantes que afecta el veredicto, algunos de los cuales, Holmes concedía, no llegan a manifestarse explícitamente. Entre éstos puede incluirse el deseo de redistribuir los costos para que los asuman no quienes no pueden permitírselos (con frecuencia las víctimas) sino quienes sí pueden hacerlo (con frecuencia los empresarios o las compañías de seguros). «No obstante, por encima de todo este patrón, que, por decirlo de algún modo, existe incluso antes de que surja cualquier caso, hay un único meta-imperativo: que no parezca que cualquiera de estos imperativos de menor importancia haya decidido el caso, de forma descarada, a costa de los demás. Un resultado que parezca justo intuitivamente pero que sea evidentemente incompatible con los precedentes jurídicos es tabú; el tribunal no quiere aparecer como excusando un comportamiento imprudente (como operar un ferrocarril demasiado cerca de una zona muy poblada), pero tampoco quiere imponer una barrera de responsabilidad demasiado alta a actividades que la sociedad quiere promover (como la construcción de ferrocarriles)».3306

La genialidad de Holmes fue entender que no existían distinciones estrictas y definitivas en ninguna de estas áreas. Esto se expresa con gran claridad en una de las primeras frases de The Common Law, que luego se haría famosa: «La vida del derecho no es la lógica, sino la

3305 Menand, Metaphysical Club, p. 339.

3306 Ibid., p. 340.

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experiencia».3307 Pensaba que su tarea era decir duras verdades, no propagar leyendas históricas.3308 Su argumento era que la mayoría de los jueces de derecho consuetudinario llegan primero a una conclusión y sólo después conciben un «relato verosímil» de cómo la alcanzaron. Holmes incluso admitía la posibilidad de que los jueces tuvieran influencias «inconscientes», un uso temprano y muy interesante del término.3309 Holmes no pretendía afirmar que los jueces fueran caprichosos, inconstantes o bien personalistas en sus pronunciamientos. Simplemente no estaba seguro de que la experiencia pudiera reducirse a abstracciones generales, a pesar de todo el tiempo que dedicaban los seres humanos a semejante actividad. «Todo lo que es placentero en la vida reside en ideas generales», escribió en 1899, «pero todo lo que resulta útil en la vida lo hallamos en soluciones específicas, a las que es imposible llegar mediante generalidades del mismo modo en que es imposible pintar un cuadro conociendo sólo unas cuantas reglas técnicas. Para encontrarlas necesitamos perspicacia, tacto y conocimientos específicos».3310 Posteriormente desarrollaría su idea de experiencia para proponer la que quizá sea su contribución más importante al derecho civil: la invención del «hombre razonable». Holmes pensaba que el quid de la experiencia es que era «colectiva y consensual», algo social y no psicológico. Esto constituye el meollo de la teoría moderna de la responsabilidad civil y es una de las principales cuestiones que

3307 Ibid., p. 341.

3308 Howe, Justice Oliver Wendell Holmes, vol. 2, p. 140.

3309 Morison et al., Growth of the American Republic, p. 209.

3310 Menand, Metaphysical Club, p. 342.

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aborda el derecho cuando se pregunta cómo hemos de vivir juntos. En el ejemplo clásico, tal y como lo presenta Menand, alguien resulta herido a consecuencia de algo que otro ha hecho, que es lo que da origen a la pregunta: ¿qué determina la responsabilidad civil? Hay tres argumentos tradicionales para resolver esta cuestión. Uno afirma que basta con demostrar la causalidad. Todos los ciudadanos actúan bajo su propia responsabilidad, y por tanto puede exigírseles que respondan por cualquier daño producido por sus acciones, hayan o no previsto las consecuencias de ellas. Esto es «responsabilidad estricta». Un segundo argumento considera que un ciudadano es responsable de los daños que causa intencionalmente pero no de aquellos que nunca llegó a contemplar. En términos jurídicos se habla aquí de mens rea, la doctrina de la «mente culpable». El tercer argumento se refiere a la negligencia: aunque un ciudadano no hubiera previsto la posibilidad de que, actuando de determinada manera, pudiera causar daño a alguien, se le considera responsable de los daños causados si su conducta fue descuidada o imprudente.3311

La contribución de Holmes en este ámbito fue reemplazar los términos jurídicos tradicionales, «culpa» y «falta», con palabras como «descuido» e «imprudencia».3312 Pensaba que al hacer esto nos resultaría más fácil determinar con claridad qué conducta puede ser considerada descuidada o imprudente. La cuestión clave, desde su punto de vista, era identificar cuáles eran y cuáles no eran «las

3311 Alschuler, Law Without Values, p. 126.

3312 Menand, Metaphysical Club, p. 344.

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consecuencias permisibles» de cualquier actividad. La respuesta, decía, residía en la «experiencia», y su logro fue definir en qué consistía esta «experiencia».3313 A lo que Holmes apelaba en este contexto era a la experiencia de cualquier «miembro inteligente y prudente de la comunidad». La ley, sostenía, no era algo que emanara de una inteligencia omnisciente que contemplaba el mundo desde el cielo, sino algo que debía funcionar de acuerdo con los preceptos de un miembro «medio» de la sociedad, cuyo mejor representante era el jurado.3314 «Cuando los hombres viven en sociedad», insistía Holmes, «el bienestar general requiere una cierta conducta media y un sacrificio de las peculiaridades individuales». Por tanto, la forma en que Holmes entendía la responsabilidad se fundaba en este «hombre razonable», en sus creencias y su conducta. Ahora bien, como anota con acierto Menand, ésta no deja de ser una ficción estadística, un «primo jurídico» del homme moyen de Adolphe Quetelet. «El “hombre razonable” sabe, porque se lo dice la “experiencia”, que un comportamiento dado en una circunstancia dada, por ejemplo, practicar el tiro en una zona poblada, conlleva determinados riesgos, en este caso, el de herir a otras personas».3315

Holmes también afirmó en alguna ocasión que los jueces «no debían tener una política». No obstante, él mismo era partidario de los capitalistas, que asumían riesgos y generaban riqueza, y hubo quienes consideraron que sus argumentos consiguieron en realidad

3313 Su visión de la humanidad, decía, era pesimista. Alschuler, Law Without Values, pp. 65 y

207.

3314 Morison et al., Growth of the American Republic, pp. 201-210.

3315 Menand, Metaphysical Club, p. 346.

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desplazar el derecho de la teoría de la responsabilidad estricta a la de la negligencia, una concepción que permitía que las grandes empresas eludieran con más facilidad su «deber» para con sus trabajadores y clientes. «En cualquier caso, en su teoría del agravio, Holmes hizo lo mismo que hicieron Darwin, en su teoría de la evolución por cambios aleatorios, y Maxwell, en su teoría cinética de los gases: aplicar a su propia especialidad el gran descubrimiento del siglo XIX de que la enorme indeterminación del comportamiento individual podía reducirse si se consideraba a las personas desde un punto de vista estadístico como masa».3316 Éste fue un paso crucial hacia la democratización del derecho.

La experiencia, que Oliver Wendell Holmes consideraba tan importante en el ámbito del derecho, no era menos valiosa para su colega del Club de los Sábados, el filósofo y psicólogo William James. A pesar de tener un nombre impecablemente galés, James era en realidad de origen irlandés.3317

El primer William James, el abuelo del filósofo, era un millonario dedicado a los textiles que, de no ser por John Jacob Astor, habría sido el hombre más rico del estado de Nueva York.3318 Su hijo Henry era demasiado aficionado a la bebida y William lo desheredó, no obstante, Henry impugnó el testamento y ganó. Según Richard Hofstadter, William James fue el primer gran beneficiario de la educación científica que emergió en Estados Unidos durante las décadas de 1860 y 1870 (y que estudiaremos más adelante en este

3316 Ibid.

3317 Morison et al., Growth of the American Republic, p. 209.

3318 Menand, Metaphysical Club, p. 79.

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mismo capítulo). Según un chiste, William era mucho mejor escritor que su hermano Henry, quien, en cambio, era mejor psicólogo. Al igual que Wendell Holmes, William James desconfiaba de la certeza. Una de sus frase favoritas era «¡maldito Absoluto!».3319 Ahora bien, en lugar de recibir una educación formal, viajó por Europa junto a su familia y aunque nunca permaneció mucho tiempo en una escuela en particular, el viaje le proporcionó experiencia. (En algún lugar, por ejemplo, aprendió a dibujar.3320) Al final, en 1861, se estableció para emprender una carrera como científico en Harvard, donde formó parte del círculo de Louis Agassiz, el descubridor de la Edad de Hielo y, en esa época, uno de los críticos más estridentes de Charles Darwin (Agassiz basaba su oposición en razones que, en su opinión, eran científicas).3321 Tras sus tempranos logros, la suerte de Agassiz se había invertido después de que perdiera una buena cantidad de dinero en una aventura editorial. La invitación a dictar una serie de conferencias en América era una oportunidad para salir del atolladero. En Boston tuvo un gran éxito (a menudo se hablaba del Club de los Sábados como del Club de Agassiz), y durante su estadía allí, Harvard estaba empezando a crear su facultad de ciencia (véase infra, en este mismo capítulo) y se creó una cátedra específicamente para él.3322

3319 Hofstadter, Social Darwinism in American Thought, p. 127. Morison et al., Growth of the American Republic, p. 199.

3320 Véase su esbozo de autorretrato en: Gary Wilson Allen, William James: A Biography, Rupert Hart-Davis, Londres, 1967, p. 140.

3321 Morison et al., Growth of the American Republic, p. 297.

3322 Esto, afirma Menand, «marcó el comienzo de la profesionalización de la ciencia en Estados Unidos». Metaphysical Club, p. 100.

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Fue la batalla de Agassiz contra Darwin la que más despertó el interés de James y, cuenta uno de sus biógrafos, fue el ejemplo del suizo lo que lo decidió a convertirse en un hombre de ciencia.3323 Agassiz, que era deísta, consideraba que la teoría de Darwin era «un error»; cuestionaba los hechos en que se basaba y opinaba que era una trapacería y no verdadera ciencia.3324 James, en cambio, no estaba tan seguro. Desconfiaba del dogmatismo de Agassiz y pensaba que la teoría evolutiva contenía toda clase de ideas novedosas, además creía que revelaba que la biología actuaba de acuerdo con principios muy prácticos, incluso pragmáticos, y esto era lo que más le atraía del darwinismo. Para James la selección natural era una idea hermosa porque era muy simple y sensata, desde la cual las adaptaciones no eran más que un modo de resolver problemas de índole práctica dondequiera que éstos se presentaban.3325 La vida, le encantaba decir a James, debía ser juzgada por sus consecuencias.3326

En 1867, tras su período en Harvard, James viajó a Alemania. En el siglo XIX unos nueve mil estadounidenses visitaron Alemania para estudiar en las universidades del país, que, como hemos visto, estaban organizadas de acuerdo con las distintas disciplinas y no tanto como lugares para la formación de sacerdotes, médicos y abogados. James estudió con el psicólogo experimental más destacado de la época, Wilhelm Wundt, quien había creado en Leipzig el primer laboratorio en la materia. La especialidad de Wundt —la

3323 Linda Simon, Genuine Reality: A Life of William James, Harcourt Brace, Nueva York, 1998, p.

90.

3324 Menand, Metaphysical Club, p. 127.

3325 Ibid., p. 146.

3326 Morison et al., Growth of the American Republic, p. 199.

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psicología fisiológica o «psicofísica»— se consideraba entonces como el área en la que era más probable realizar algún tipo de avance. El supuesto básico de la psicología fisiológica era que todos los procesos (conscientes) de la mente estaban relacionados con procesos que tenían lugar en el cerebro, que todo pensamiento o acción consciente tenía una base orgánica o física. Uno de los efectos de esto era que la experimentación había sustituido a la introspección como el principal método de investigación. En esta denominada Nueva Psicología, los sentimientos y pensamientos se entendían como el resultado de «secreciones cerebrales», cambios de naturaleza orgánica que, con el tiempo, podrían ser manipulados experimentalmente. James se sintió decepcionado por la Nueva Psicología y por Wundt, a quien hoy muy pocos leen (de hecho, hoy se sabe que él mismo estaba entonces distanciándose lentamente del rígido enfoque experimental).3327 Con todo, el principal legado de Wundt es sin duda que, gracias precisamente a su enfoque experimental, mejoró el estatus de la psicología como disciplina. Esta mejor consideración de la psicología sí se le contagió a James.

Si la influencia de Wundt sobre James fue secundaria, la de los Peirce fue muchísimo más trascendental. Como los Wendell Holmes y los James, los Peirce fueron un formidable equipo de padre e hijo. Benjamin Peirce fue acaso el primer matemático de talla mundial que Estados Unidos produjo (el matemático irlandés William Rowan Hamilton pensaba que Peirce era el mayor intelecto que había tenido

3327 Allen, William James, p. 25.

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ocasión de conocer de cerca) y también formaba parte de los once miembros fundadores del Club de los Sábados.3328

El talento de su hijo Charles fue igualmente impresionante. Un niño prodigio que escribió una historia de la química a los once años y que para los doce tenía ya su propio laboratorio, Charles Peirce podía escribir con ambas manos al mismo tiempo. Quizá no resulte sorprendente entonces que en Harvard se sintiera aburrido, bebiera mucho y terminara graduándose de setenta y nueve en una clase de noventa.3329 Ése fue el punto más bajo de su carrera. Después de ello, amplió el trabajo de su padre y entre ambos concibieron la filosofía del pragmatismo, fundada en las matemáticas. «No es fácil definir el pragmatismo: el italiano Papini señaló que el pragmatismo era menos una filosofía que un método para arreglárselas sin uno».3330 En primera instancia, Benjamin Peirce se sintió fascinado por las teorías

cálculos de Pierre-Simon Laplace y Karl Friedrich Gauss (mencionados en el capítulo 32), y en particular por sus ideas acerca de la probabilidad.3331 La probabilidad, o las leyes del error, tuvo un profundo impacto en el pensamiento del siglo XIX debido a la aparente paradoja que planteaban, esto es, que las fluctuaciones accidentales que hacen que los fenómenos se desvíen de las leyes «normales» están en sí mismas sujetas a una ley (estadística). El hecho de que esta ley se aplicara incluso a los seres humanos era para muchos una invitación al determinismo.3332

3328 Menand, Metaphysical Club, p. 154.

3329 Ibid.

3330 Morison et al., Growth of the American Republic, p. 198.

3331 Menand, Metaphysical Club, p. 180.

3332 Ibid., p. 186.

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Charles Peirce no se contaba entre ellos. Creía que podía ver espontaneidad en cada esquina. (Y criticó a Laplace por escrito). En su opinión, las leyes de la naturaleza debían ellas mismas haber evolucionado.3333 Era lo suficientemente darwiniano como para creer en lo contingente y lo indeterminado, y concibió su filosofía en última instancia como un modo de conducirse en medio de la confusión.3334 En 1812, en su Théorie analytique des probabilités, Laplace había afirmado: «Debemos… imaginar el presente estado del universo como el efecto de un estado anterior y como la causa de su estado posterior». Ésta es una aplicación generalizada de la teoría newtoniana de la materia como bolas de billar, que daría cuenta incluso del comportamiento de los seres humanos, y en la que no habría lugar para el azar.3335 En contra de esta concepción, el físico escocés James Clerk Maxwell había sostenido en su Theory of Heat, publicada en 1871, que el comportamiento de las moléculas de gas debía entenderse en términos probabilísticos. (Peirce conoció a Maxwell durante una visita a Cambridge en 1875).3336 La temperatura de un gas en un contenedor cerrado es una función de la velocidad de las moléculas: cuanto más rápido se mueven, más chocan entre sí y más alta es la temperatura. Pero, lo que desde un punto de vista teórico es todavía más importante, la temperatura se relaciona con la velocidad media de las moléculas, cada una de las cuales puede tener

3333 Joseph Brent, C. S. Peirce: A Life, Indiana University Press, Bloomington (Indiana), 1993, p.

208.

3334 Sobre los vínculos entre Herbert Spencer y el pragmatismo, véase: Hofstadter, Social Darwinism in American Thought, pp. 124 y ss.

3335 Menand, Metaphysical Club, p. 196.

3336 Brent, C. S. Peirce, p. 96.

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una velocidad diferente. ¿Cómo se llegaba a esta media y cómo debía entendérsela? Maxwell propuso que «las velocidades se distribuyen entre las partículas de acuerdo con la misma ley que los errores se distribuyen entre las observaciones en la teoría del “método de los mínimos cuadrados”». (Esto se había advertido por primera vez entre los astrónomos).3337 El profundo significado del argumento de Maxwell para la física del siglo XIX era que mostraba que las leyes físicas no eran newtonianas ni absolutamente precisas. Peirce supo captar la importancia que esta idea tenía en el ámbito de la biología darwinista, pues, de hecho, creaba las circunstancias en las que la selección natural podía operar. Menand nos propone que pensemos en el ejemplo de las aves. En cualquier especie particular, los pinzones, por ejemplo, la mayoría de los individuos tendrán picos dentro de la «distribución normal», pero de cuando en cuando aparecerá un pájaro cuyo pico se encuentra fuera de ese rango, y si ello le confiere una ventaja evolutiva, el rasgo será «seleccionado». Desde este punto de vista, la evolución se desarrolla por azar, pero no de forma completamente aleatoria, sino de acuerdo con leyes estadísticas.3338

Esta forma de pensar fascinaba a Peirce. Si los sucesos físicos son inciertos, incluso los más pequeños y, en cierto sentido, más básicos, y si la percepción de cosas simples como la localización de las estrellas es falible, ¿cómo entonces es posible que la mente «refleje» la realidad? La incómoda verdad era que «la realidad ni siquiera

3337 Menand, Metaphysical Club, p. 197.

3338 Ibid., p. 199.

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permanecía estable el tiempo suficiente para poder reflejarla de forma fidedigna». Peirce, por tanto, coincidía con Wendell Holmes y William James: lo que contaba era la experiencia e incluso en el ámbito de la ciencia eran necesarios los jurados. El conocimiento era un asunto social.3339

Todo esto puede considerar el «transfondo profundo» en el que surgió el pragmatismo.3340 Esta filosofía fue, y continúa siendo, muchísimo más importante de lo que parece a primera vista y bastante más profunda de lo que el uso cotidiano de la palabra «pragmático» puede sugerir. En parte fue el corolario natural de las ideas que en un primer momento contribuyeron al nacimiento de Estados Unidos, y que expusimos en el capítulo 28. Pero también fue consecuencia de la aparición del indeterminismo en ciencia, una cuestión central en el pensamiento del siglo XX, y asimismo, y acaso principalmente, una evolución intelectual en el camino hacia el individualismo.

Menand llama la atención sobre un problema pragmático clásico conocido por Holmes y desarrollado por James. Supongamos que un amigo le da a usted una información estrictamente confidencial. Más tarde, en una conversación con un segundo amigo, usted descubre dos cosas: primera, que él no está al tanto de la información confidencial que su primer amigo le ha proporcionado; y segunda, que, en su opinión, está a punto de cometer un grave error que podría evitarse si supiera lo que usted sabe. ¿Qué hace usted? ¿Sigue siendo

3339 Ibid., p. 200.

3340 Brent, C. S. Peirce, p. 274. Sobre la influencia de Peirce y Spencer sobre James, véase: Hofstadter, Social Darwinism in American Thought, pp. 128 y ss. Véase también: Boorstin, Americans, p. 260.

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leal con su primer amigo y guarda su secreto? ¿O traiciona su confianza para ayudar a su segundo amigo e impedir que éste salga perjudicado o sufra algún apuro? James decía que la decisión final podía depender de cuál de los dos amigos era su preferido, y esta observación formaba parte de su razonamiento. A diferencia de los románticos, que habían afirmado que el «verdadero» yo se hallaba en el interior de la persona, James sostenía que, incluso en una situación tan simple como la del ejemplo, había varios yos, o ninguno en absoluto. De hecho, le gustaba sostener que, hasta que uno no eligiera un curso de acción en particular, uno no podía saber quién era. «Al final usted hará lo que cree que es correcto, pero ese “correcto” será en realidad el cumplido que usted dedique al resultado de sus deliberaciones».3341 Sólo podemos entender de verdad el pensamiento, afirmaba James, si entendemos su relación con la conducta. «Decidir ordenar langosta en un restaurante nos ayuda a determinar que nos gusta la langosta; decidir que el acusado es culpable nos ayuda a establecer el patrón de justicia que consideramos aplicable en este caso específico; elegir guardar un secreto nos ayuda a hacer de la honestidad un principio, optar por revelarlo nos ayuda a confirmar cuánto valoramos una amistad».3342 El yo surge de la conducta, y no al revés. Esta opinión contradecía de forma directa la tesis romántica.

James se apresuraba a señalar que este enfoque no implicaba que la vida fuera arbitraria o que las personas actuaran siempre por motivos

3341 Menand, Metaphysical Club, p. 352.

3342 Ibid.

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egoístas. «La mayoría de los seres humanos no sentimos que nuestras decisiones en relación a la vida moral, por ejemplo, sean siempre egoístas». Lo que James creía era que todos disponemos de un conjunto imperfecto de supuestos acerca de cómo somos y cómo actuamos, y acerca de cómo son los demás y cómo actúan, y que son estos supuestos los que inspiran los juicios que realizamos y las decisiones que tomamos.3343 Según James, la verdad es circular: «No existe un conjunto no circular de criterio para saber si una creencia en particular es verdadera, y tampoco hay forma de apelar a algún estándar exterior al proceso por el cual se llega a la creencia misma. Pensar es precisamente un proceso circular, en el que determinado fin, determinado resultado imaginado, se encuentra ya presente al inicio de cualquier hilo de pensamiento… La verdad es algo que le ocurre a una idea, que se vuelve verdadera, o a la que los acontecimientos hacen verdadera».3344

Por la época en la que James estaba proponiendo estas ideas, la denominada Nueva Psicología (Experimental) estaba realizando extraordinarios desarrollos. En Berkeley, Edward Thorndike había colocado gallinas en una caja en la que había una puerta que podía abrirse si los animales picoteaban una palanca. Si lo hacían, las gallinas conseguían acceder a un suministro de bolas de comida que había al otro lado de la puerta. Thorndike observó que «aunque al principio los animales probaron muchas acciones diferentes, en apariencia de forma no sistemática (esto es, aleatoria), sólo se

3343 Sobre la deuda de James con Peirce, véase: Simon, Genuine Reality, pp. 348 y ss.

3344 Morison et al., Growth of the American Republic, p. 199.

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aprendieron aquellas acciones realizadas por gallinas que estaban hambrientas».3345 Esto no sorprendió exactamente a James, pues el experimento confirmaba su punto de vista, aunque de una forma más bien trivial. Las gallinas habían aprendido que si picaban en la palanca la puerta se abría, lo que les permitía alcanzar la comida, su recompensa. James fue un paso más allá. A todos los efectos, dijo, las gallinas creían que si picoteaban la palanca, la puerta se abriría: «Sus creencias eran reglas para actuar». Y en su opinión, tales reglas se aplicaban de forma más general. «Si comportándonos como si tuviéramos libre albedrío, o como si Dios existiera, obtenemos los resultados que queremos, no sólo creeremos en tales cosas, sino que, en términos pragmáticos, serán verdaderas… “La verdad” es el nombre que damos a cualquier cosa que demuestre funcionar como creencia».3346 En otras palabras, bastante más subversivas: la verdad no es algo que esté «ahí afuera», no tiene que ver con «lo que las cosas son en realidad». Ésta no es la razón por la que tenemos mentes, decía James. La mente es adaptativa en un sentido darwiniano: nos ayuda a desenvolvernos en el mundo, lo que implica una coherencia entre pensamiento y conducta.

Más polémico aún fue el hecho de que James aplicara su razonamiento a la intuición, a las ideas innatas. Mientras Locke había sostenido que todas nuestras ideas proceden de la experiencia sensible, Kant había insistido en que algunas nociones fundamentales, como la idea de causalidad, por ejemplo, no eran

3345 Menand, Metaphysical Club, p. 355.

3346 Ibid.

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resultado de la experiencia sensible, ya que no «vemos» la causalidad sino que sólo la inferimos, y ello le llevaba a concluir que tales ideas «debían ser innatas, grabadas en nosotros desde que nacemos».3347 James (en buena parte) adoptó la perspectiva de Kant de que muchas ideas son innatas, pero sin creer que ello dependiera de algo misterioso o divino.3348 En términos darwinianos, resultaba claro que las ideas «innatas» eran simplemente variaciones que habían surgido en algún momento de la evolución y habían sido seleccionadas de forma natural. «Se privilegió a las mentes que las poseían por encima de las que no». Pero ello no ocurrió porque esas ideas fueran más «verdaderas» en un sentido abstracto o teológico, sino porque ayudaban a los organismos a adaptarse.3349 La razón por la que los seres humanos creen en Dios (cuando creen en Dios) es porque la experiencia les ha enseñado que creer en Dios les beneficia. Cuando la gente deja de creer en Dios (como lo hicieron muchísimo en el siglo XIX como veremos en el próximo capítulo) es porque tal creencia ha dejado de ser rentable.

Después de Peirce y James, el tercer filósofo pragmatista estadounidense fue John Dewey. Profesor en la Universidad de Chicago, Dewey tenía un marcado acento de Vermont, usaba anteojos sin montura y carecía por completo del sentido de la moda. En cierto sentido, fue el pragmatista más exitoso de todos. Al igual que James creía que cada quien tenía su propia filosofía, su propio conjunto de creencias, y que esa filosofía debía ayudar a la gente a llevar vidas

3347 Ibid., p. 357.

3348 Sobre sus reservas, véase: Allen, William James, p. 321.

3349 Menand, Metaphysical Club, pp. 357-358.

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más felices y productivas. Y, de hecho, su propia vida fue bastante productiva. Gracias a sus artículos de prensa, sus libros populares y los debates que mantuvo con pensadores como Bertrand Russell o Arthur Lovejoy (el autor de La gran cadena del ser), Dewey alcanzó una celebridad entre el gran público de la que pocos filósofos han gozado.3350 Como James, Dewey era un darwinista convencido, y creía firmemente en que la ciencia y la perspectiva científica debían incorporarse a otros ámbitos de la vida. En particular, pensaba que los descubrimientos de la ciencia debían adaptarse para la educación de los niños. En su opinión, el comienzo del siglo XX era el inicio de una época de «democracia, ciencia e industrialización», y ello, consideraba, tenía profundas implicaciones para la educación. En esta época, la actitud hacia los niños estaba cambiando a gran velocidad. En 1900 la feminista sueca Ellen Key publicó su libro El siglo del niño, que reflejaba la opinión general de que se había redescubierto al niño, en el sentido de que se contemplaba con renovada alegría las posibilidades de la infancia y se volvía a comprender que los niños eran distintos de los adultos y distintos uno de otro.3351 Hoy esto puede parecernos no más que una cuestión de sentido común, pero en el siglo XIX, antes de que se consiguiera hacer descender las altísimas tasas de mortalidad infantil, las familias eran mucho más grandes y muchos de los hijos no sobrevivían a la infancia, en estas condiciones no se invertía tanto en

3350 Lovejoy, Great Chain of Being.

3351 Véase por ejemplo: Ellen Key, The Century of the Child, G. P. Putnam’s sons, Londres y Nueva

York, 1912. [Hay traducción castellana del original: El siglo de los niños, Imprenta de Henrich y Compañía, Barcelona, 1906].

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los niños, en términos de tiempo, emoción y educación, como en épocas posteriores, simplemente porque no habría sido posible hacerlo. Dewey advertía que este cambio tenía profundas consecuencias para la enseñanza. Incluso en América, donde en general se era más indulgente con los niños que en Europa, la escuela había estado hasta entonces dominada por la rígida autoridad del maestro, quien tenía un concepto claro de qué era una persona educada y cuyo principal objetivo era transmitir a sus discípulos la idea de que el conocimiento era la «contemplación de verdades inmutables».3352 Dewey fue uno de los líderes del movimiento que cambió semejante forma de pensar en dos dirección distintas. La idea tradicional de la educación, anotó, tenía sus raíces en una sociedad aristocrática y ociosa, un tipo de sociedad que en Europa estaba desapareciendo con rapidez y que en América nunca había existido. La educación actual, en cambio, tenía que satisfacer las necesidades de una sociedad democrática. En segundo lugar, algo que no era menos importante, la educación debía tener en cuenta el hecho de que los niños eran muy diferentes entre sí y, por tanto, tenían distintas habilidades e intereses. Si se quería que los niños contribuyeran a la sociedad de la mejor forma a su alcance, entonces la educación debía centrarse menos en «meterles en la cabeza» cuantos datos el maestro consideraba necesarios, y más en descubrir y desarrollar aquello que cada niño era capaz de realizar. En otras palabras, esto era el pragmatismo aplicado a la educación.

3352 Boorstin, Americans, p. 201.

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Es indudable que las ideas de Dewey, así como las teorías de Freud, contribuyeron a dar a la infancia una importancia mayor de la que nunca había tenido. La noción de crecimiento personal y la sustitución de las concepciones tradicionales y autoritarias sobre el conocimiento y la educación resultaron liberadoras para muchísima gente. (La meta declarada de Dewey era conseguir, a través de la educación, que la sociedad fuera más «buena, rica y armoniosa»).3353 Dada su amplitud geográfica y los muchos grupos inmigrantes que contenía el país, la nueva educación ayudó en Estados Unidos a la formación de muchos individualistas. Al mismo tiempo, las ideas del movimiento por el libre desarrollo siempre estuvieron a punto de ir demasiado lejos y conceder una excesiva libertad a los niños. En algunas escuelas en las que los profesores creían que «los niños no debían nunca conocer el fracaso» se eliminaron por completo los exámenes y las notas.3354

La concepción que Dewey tenía de la filosofía coincidía en gran medida con la de James y los Peirce. En su opinión, ésta debía ocuparse con el aquí y ahora de la vida en el mundo.3355 Pensamiento y conducta no eran más que dos caras de la misma moneda. El conocimiento era parte de la naturaleza, y cada uno se abría camino en el mundo lo mejor que podía, aprendiendo a cada paso qué funcionaba y qué no: el cómo nos comportamos no era algo

3353 Morison et al., Growth of the American Republic, p. 223.

3354 Esta ausencia de estructura en última instancia se volvió en su contra, al producir niños más conformistas, precisamente porque carecían del conocimiento o la independencia de juicio que el fracaso ocasional enseña. Liberar a los niños de la «dominación» paterna fue sin duda un gran paso adelante, pero en el siglo XX ello traería consigo sus propios inconvenientes.

3355 Morison et al., Growth of the American Republic, pp. 198-199.

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preestablecido al momento de nacer.3356 Esta perspectiva, pensaba Dewey, debía aplicarse a la filosofía, un ámbito en el que por tradición la gente vivía obsesionada por la relación entre mente y mundo. Debido a ello, el famoso misterio filosófico del cómo es que sabemos era, en cierto sentido, una pregunta equivocada. Dewey, señala Menand, ilustraba su razonamiento mediante una analogía: ningún pensador se había preocupado en exceso por una cuestión no menos crucial, la relación, por ejemplo, entre la mano y el mundo. «La función de la mano es ayudar al organismo a apañárselas con su entorno; en situaciones en las que la mano no nos resulta útil, recurrimos a otros instrumentos, un pie, un anzuelo o un editorial».3357 Su argumento era que nadie se inquieta por aquellas situaciones en las que la mano no «encaja» o no «se entiende con el mundo». Usamos las manos cuando nos resultan útiles, y no otra cosa es lo que hacemos con los pies o las lenguas.

Dewey era de la opinión de que las ideas eran muy similares a las manos: instrumentos para lidiar con el mundo. «Una idea no tiene un estatus metafísico mayor que, por decir algo, un tenedor. Cuando descubrimos que el tenedor es inadecuado para tomar sopa, no nos preocupamos por las limitaciones inherentes a la naturaleza de los tenedores, sino que buscamos una cuchara». Con las ideas ocurre más o menos lo mismo. Nuestras dificultades derivan del hecho de que la «mente» y la «realidad» no existen más que como abstracciones, lo que significa que tienen todos los inconvenientes de cualquier

3356 Menand, Metaphysical Club, p. 360.

3357 Ibid., p. 361. Véase también: Hofstadter, Social Darwinism in American Thought, p. 136.

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generalización. «Por tanto, tiene tan poco sentido hablar de una “escisión” entre la mente y el mundo como hablar de una escisión entre la mano y el entorno, o el tenedor y la sopa». «Las cosas», escribió, «son lo que la experiencia las hace ser».3358 Según Menand, Dewey pensaba que la filosofía había empezado con mal pie desde el comienzo, y que habíamos llegado hasta donde habíamos llegado en gran parte debido a la estructura de clases de la Grecia clásica. Pitágoras, Platón, Sócrates, Aristóteles y los demás filósofos griegos eran en su mayoría miembros de una clase ociosa, «segura y dueña de sí misma», y desde un punto de vista pragmático les resultaba útil exaltar la reflexión y la especulación a costa del hacer y el producir. La filosofía, consideraba, había estado desde entonces lastrada por prejuicios de clase similares, que sustentaban una misma separación de valores, privilegiando la estabilidad sobre el cambio, la certeza sobre la contingencia, las bellas artes sobre las artes aplicadas, «lo que hace la mente sobre lo que hace la mano».3359 El resultado estaba a la vista de todos. «Mientras la filosofía se había dedicado a considerar rompecabezas artificiales, la ciencia, tras desarrollar un enfoque puramente instrumental basado en la experimentación, había conseguido transformar el mundo». El pragmatismo era la forma en que la filosofía podía ponerse al día.

Que el pragmatismo surgiera en Estados Unidos no es extraño, de hecho, no es sorprendente en absoluto. Las doctrinas mecanicistas y materialistas de Hegel, Laplace, Malthus, Marx, Darwin y Spencer

3358 Menand, Metaphysical Club, p. 361.

3359 Robert B. Westbrook, John Dewey and American Democracy, Cornell University Press, Nueva York, 1991, p. 349.

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eran básicamente deterministas, mientras que para James y Dewey el universo (al igual que América) era todavía un proceso, algo que aún estaba haciéndose, «un lugar en el que no existen conclusiones conocidas de antemano y en el que cada problema era susceptible de ser enfrentado desde lo que Dewey denominaba la acción inteligente». Dewey estaba convencido especialmente de que la ética, como cualquier otra cosa en el universo, evolucionaba. Ésta era una aguda deducción a partir de Darwin, a la que se llegó muy pronto y a la que, con frecuencia, aún no se ha prestado la suficiente atención. «El cuidado de los enfermos nos ha enseñado cómo proteger a los sanos».3360

William James, como hemos visto, fue un hombre universitario. A lo largo de su vida estuvo vinculado, en un sentido u otro, a la Universidad de Harvard, a la Johns Hopkins y a la Universidad de Chicago. Como hemos señalado, fue uno de los nueve mil americanos que en el siglo XIX estudiaron en universidades alemanas. En la época en que Emerson, Holmes, los Peirce y los James estaban desarrollando sus talentos, las universidades estadounidenses estaban en proceso de formación y, hay que decirlo, lo mismo ocurría con las alemanas y las británicas. En Gran Bretaña, especialmente, se considera con orgullo a las universidades como instituciones muy antiguas, cuyos orígenes se remontan a la Edad Media. Y es así, en cierto sentido. No obstante, ello no debe impedirnos apreciar que las universidades, tal y como hoy las conocemos, son en gran medida una creación del siglo XIX.

3360 Morison et al., Growth of the American Republic, pp. 199-200.

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No es difícil ver por qué. Hasta 1826 existían únicamente dos universidades en Inglaterra, la de Oxford y la de Cambridge, y ambas ofrecían una formación muy limitada.3361 En Oxford se admitían apenas doscientos estudiantes cada año y muchos de ellos no permanecían lo suficiente como para llegar a graduarse. A las universidades inglesas sólo podían asistir anglicanos, según una regulación que exigía aceptar los Treinta y Nueve Artículos de la Iglesia de Inglaterra. En tanto centros de aprendizaje, ambas instituciones habían decaído a lo largo del siglo XVIII. En Oxford, al menos, el único curso reconocido era un currículo muy limitado de estudios clásicos que incluía «algunas nociones de filosofía aristotélica», y en Cambridge los exámenes formales se dedicaban prácticamente por completo a las matemáticas. En ninguna de las dos instituciones había pruebas de ingreso y, aún peor, los estudiantes podían obtener un título sin someterse a ningún tipo de examen. Los exámenes se ampliaron y refinaron en las primeras décadas del siglo XIX, aunque más relevantes (en vista de lo que ocurriría luego) fueron las críticas lanzadas desde Edimburgo por un trío de escoceses: Francis Jeffrey, Henry Brougham y Sydney Smith. Dos de ellos eran egresados de Oxford y en una publicación que fundaron, la Edinburgh Review, atacaron a Oxford y Cambridge por ofrecer una educación basada fundamentalmente en los clásicos y, por tanto, en gran parte inútil. «El sesgo impuesto a las mentes de los hombres es tan fuerte que no es inusual encontrarse con ingleses que, de no ser por su cabello cano y sus arrugas, cualquiera tomaría

3361 Fergal McGrath, The Consecration of Learning, Gill & Son, Dublín, 1962, pp. 3-4.

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por escolares. Su charla se compone de versos latinos; y resulta bastante claro que, si la edad del hombre debe establecerse a partir del estado de su progreso mental, tales individuos tienen a lo sumo dieciocho años y ni un día más».3362 Sydney Smith, el autor de este ataque, continuaba criticando a los hombres de Oxbridge por carecer de conocimientos de ciencias, economía y política, e ignorar las relaciones geográficas y comerciales de Gran Bretaña con Europa. Los clásicos, decía, servían para cultivar la imaginación, no el intelecto.

Hubo dos respuestas a estas críticas que vale la pena mencionar. Una fue la creación de universidades civiles en Gran Bretaña, en particular el University College y el King’s College, en Londres, en ambos casos fundadas con el propósito deliberado de admitir a no conformistas, e inspiradas parcialmente en las universidades escocesas y sus excelentes facultades de medicina. Una de las personas que participaron en la creación del University College de Londres, Thomas Campbell, visitó las universidades de Berlín (fundada en 1809) y Bonn (1816), y uno de los resultados de este viaje fue que optó por el sistema magistral de enseñanza utilizado allí y en Escocia, y no en el sistema de seminarios propio de Oxford. Otra fuente de inspiración fue la Universidad de Virginia, fundada en 1819 gracias en especial a los esfuerzos de Thomas Jefferson. Los ideales principales de esta institución quedaron expresados en el informe de una comisión estatal reunida en Rockfish Gap, en las montañas Azules, en 1818 y que se conocería luego como el Rockfish Gap

3362 Ibid., p. 11.

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Report. El objetivo específico de esta universidad, según el informe, era «formar los estadistas, legisladores y jueces, de los que la prosperidad y felicidad individuales tanto depende». Se incluyeron estudios de política, derecho, agricultura, comercio, matemáticas y ciencias físicas, y artes. El University College de Londres implementó esta visión más práctica y se adoptó la idea, todavía más práctica y novedosa, de pignorar una compañía pública para financiar la construcción del centro. La universidad no confesional había comenzado en Inglaterra.3363

Esto se convirtió en una manzana de la discordia, en una polémica que culminó en mayo de 1852 en una serie de conferencias pronunciadas en Dublín por John Henry Newman, que más tarde se convertiría en el cardenal Newman, sobre «La idea de universidad». El estímulo inmediato para estas charlas había sido la fundación de nuevos centros universitarios, como la Universidad de Londres y los Queen’s Colleges irlandeses (en Belfast, Cork y Galway), en los cuales, por principio, se habían dejado de lado los estudios de teología. Las charlas de Newman, que se harían famosas como defensa clásica de lo que todavía se denomina una «educación liberal», se basaban en dos argumentos. El primero era que «el cristianismo, y no otra cosa, debe constituir el fundamento y principio de toda la educación».3364 Newman sostenía que todas las ramas del conocimiento están interconectadas y que excluir a la teología era distorsionar el saber.

3363 Negley Harte, The University of Londres, 1836-1986, Athlone Press, Dublín, 1986, pp. 67 y ss.

John Newman, The Idea of a University, Basil Montague Pickering, Londres, 1873/Connecticut Yale University Press, New Haven, 1996, p. 88.3364

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Su segundo argumento era que el conocimiento es un fin en sí mismo, y que por tanto el propósito de la educación universitaria no era la utilidad inmediata que pudiera proporcionar sino los frutos que ofrecía a lo largo de la vida. «Se forma un hábito mental que perdura toda la vida, cuyos atributos son la libertad, la imparcialidad, la calma, la moderación y la sabiduría; o lo que en un discurso anterior me aventuré a llamar hábito filosófico… El conocimiento es capaz de convertirse en su propia meta».3365 La idea seminal de Newman, y la más polémica, pues se trata de un debate que sigue vigente, aparece en su séptima conferencia (pronunció cinco en Dublín, pero publicó cinco más que no llegó a dictar). En ella, se afirmaba que «el hombre que ha aprendido a pensar y razonar, a comparar y discriminar y analizar, que ha refinado su gusto, formado su juicio y agudizado su visión intelectual, no se convertirá de inmediato en un letrado o en un abogado defensor, en un orador, un estadista, un médico, en un buen patrón u hombre de negocios, ni en un soldado, un ingeniero, un químico, un geólogo o un experto en la antigüedad, sino que su intelecto estará en condiciones de elegir cualquiera de estas ciencias o vocaciones que he mencionado… con una facilidad, una gracia, una versatilidad y un éxito, que a cualquier otro le serán desconocidos. En este sentido, por tanto… la cultura intelectual es absolutamente útil».3366

Más allá de su preocupación por la educación «liberal», el énfasis que Newman ponía en la religión no estaba tan fuera de lugar como podría

3365

3366

Ibid., p. 123.

Ibid., p. 133.

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parecernos, especialmente en Estados Unidos. Como ha mostrado George M. Marsden en su estudio sobre los primeros colegios universitarios estadounidenses, antes de la guerra civil se habían fundado unos quinientos centros, de los que quizá doscientos sobrevivieron hasta el siglo XX. Dos quintas partes de ellos eran o bien presbiterianos o bien congregacionistas, después de haber sido más de la mitad en días de Jefferson, debido al avance de los centros metodistas, baptistas y católicos después de 1830 y, en especial, después de 1850.3367 En el ámbito educativo de la América del siglo XIX era un artículo de fe, compartido por una amplia mayoría, que la ciencia, el sentido común, la moral y la religión verdadera eran «firmes aliados».3368

Durante muchos años, desde, digamos, mediados del siglo XVII hasta mediados del siglo XVIII, Harvard y Yale eran prácticamente todo lo que Estados Unidos podía ofrecer en términos de educación superior. Sólo hacia finales de ese período, se creó un colegio anglicano en el sur, el de William and Mary (aprobado en 1693 y abierto en 1707, aunque sólo de forma gradual se convirtió en un colegio universitario en toda regla). Más allá de ello, la mayoría de los colegios que luego se convertirían en universidades famosas fueron fundados por los clérigos de la Nueva Luz: Nueva Jersey (Princeton) en 1746, Brown

3367 George M. Marsden, The Soul of the American University, Oxford University Press, Nueva York y Oxford, 1994, p. 80.

3368 Ibid., p. 91. Daniel Boorstin señala que una característica de los colegios americanos es que eran menos lugares de enseñanza que de veneración: veneración del individuo en desarrollo; esto es lo que vincula las dos partes de este capítulo: el pragmatismo y las universidades. Véase: Boorstin, The Americans: The Democratic Experience, Vintage, Nueva York, 1973, que también tiene una útil exposición sobre la conformación de la educación estadounidense, que incluye muchos de los nuevos títulos ideados, pp. 479-481.

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en 1764, Queen’s (Rutgers) en 1766, y Dartmouth en 1769. La «Nueva Luz» fue una respuesta americana a la Ilustración. Yale había sido fundada en 1701 en respuesta al declive de la ortodoxia teológica en Harvard. La nueva filosofía moral sostenía que la «virtud» podía descubrirse de forma racional, esto es, que Dios revelaría al hombre los fundamentos morales de la vida, de acuerdo con la razón, de la misma forma en que había revelado a Newton las leyes del funcionamiento del universo. Éstas fueron, esencialmente, las bases sobre las que se creó la Universidad de Yale.3369 En poco tiempo el nuevo enfoque se desarrolló en lo que se conoció como el Gran Despertar, lo que en el contexto estadounidense designa el cambio de una visión predominantemente pesimista de la naturaleza humana por una perspectiva bastante más optimista y positiva. Esto suponía una mentalidad mucho más humanista (a diferencia de Harvard, que continuó siendo calvinista), que favoreció una mejor apreciación de los logros de la Ilustración en colegios como Princeton, que siguió a Yale.

Tal forma de pensar culminó en el famoso Yale Report de 1828, en el que se afirmaba que la personalidad humana está conformada por varias facultades, de las cuales las más elevadas eran la razón y la conciencia, y que éstas debían mantenerse en equilibrio. Desde este punto de vista, el objetivo de la educación era «ofrecer al estudiante una proporción adecuada de las diferentes ramas de las letras y las ciencias para la formación de un carácter equilibrado».3370 El informe

3369 Marsden, Soul of the American University, pp. 51-52.

3370 Brooks Mather Kelley, A History of Yale, Yale University Press, New Haven (Connecticut),

1974, pp. 162-165. Con todo, en una fecha tan tardía como 1886, las lenguas clásicas seguían

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continuaba señalando que los clásicos debían constituir el núcleo básico para este proyecto de desarrollo personal.

Uno de los propósitos más importantes de los colegios era la difusión del cristianismo protestante en los territorios salvajes del oeste y en 1835, en su Plea for the West, Lyman Beecher sostuvo que la misión de llevar la educación más allá del litoral no podía realizarse simplemente enviando maestros al oeste: el oeste debía contar con sus propios colegios y seminarios. Existía entonces el temor de que los católicos se apoderaran del oeste, un temor fortalecido por el aumento del número de inmigrantes procedentes de los países católicos de Europa meridional. La advertencia fue escuchada y para 1847 los presbiterianos habían construido un sistema de cerca de un centenar de escuelas en veintiséis estados.3371 En 1868 se fundó la Universidad de Illinois y en 1869 la de California. Por esta época empezaron a advertirse las ventajas del sistema alemán, y varios profesores y funcionarios universitarios viajaron a Prusia, en particular, para estudiar la forma en la que se organizaban las cosas allí. Así fue como la religión empezó a perder peso en la educación universitaria estadounidense. El hecho, por ejemplo, de que los alemanes estuvieran a la vanguardia de los estudios históricos implicaba que la teología era, en sí misma, un desarrollo histórico, y ello fomentó la crítica bíblica. También era alemana la idea de que la educación era una responsabilidad del estado que no podía dejarse

ocupando en Yale la tercera parte del tiempo dedicado al estudio. Véase: Caroline Winterer, The Culture of Classicism, Johns Hopkins University Press, Baltimore y Londres, 2002, pp. 101-102. 3371 Ibid., p. 88. Para estadísticas sobre el crecimiento de las universidades estadounidenses, véase: Morison et al., Growth of the American Republic, pp. 224-225.

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exclusivamente en manos del sector privado, e igualmente era alemana la idea de que la universidad debía ser un espacio para estudiosos (investigadores, escritores) y no sólo para maestros.

En ningún lugar fue esto más evidente que en la Universidad de Harvard. Harvard había empezado siendo un colegio puritano en 1636. Más de treinta de los socios de la Massachusetts Bay Colony eran egresados del Emmanuel College, de Cambridge, y por tanto era natural que el colegio que fundaron cerca de Boston se inspirara en éste. Igualmente influyente fue el modelo escocés, en particular el ofrecido por Aberdeen. Las universidades escocesas eran no residenciales y eran instituciones democráticas más que religiosas, dirigidas por un equipo de dignatarios locales, un precursor de los consejos de administración.

El primer hombre que concibió la universidad moderna como hoy la entendemos fue Charles Eliot, un profesor de química en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, quien en 1869, con sólo treinta y cinco años, fue nombrado rector de Harvard, donde había estudiado originalmente. Cuando Eliot llegó a Harvard, la universidad tenía 1050 estudiantes y un profesorado de cincuenta y nueve miembros. En 1909, cuando se retiró, el número de estudiantes se había cuadruplicado y el profesorado se había multiplicado por diez. No obstante, Eliot no estaba interesado solamente en el tamaño de la institución. «Acabó por completo con el limitado currículo de la facultad de artes que había heredado. Creó escuelas profesionales y las convirtió en parte integral de la universidad. Y por último fomentó la formación de licenciados, con lo que estableció un modelo que

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todas las demás universidades americanas con ambiciones similares imitaron». Ante todo, Eliot siguió el sistema alemán de educación superior, el sistema que dio al mundo figuras como Planck, Weber, Strauss, Freud y Einstein. Desde un punto de vista intelectual, Johann Fichte, Christian Wolff e Immanuel Kant fueron figuras especialmente significativas en la reflexión sobre la educación en Alemania, y contribuyeron a liberar a la academia alemana de la embrutecedora dependencia de la teología. Una consecuencia de ello es que, como hemos visto, en el ámbito de la filosofía, la filología y las ciencias físicas, los estudiosos alemanes gozaron de una clara ventaja sobre sus colegas europeos. Fue en las universidades alemanas, por ejemplo, donde por primera vez se consideró que la física, la química y la geología eran disciplinas tan valiosas como las humanidades.3372 El seminario de posgrado, el doctorado y la libertad estudiantil fueron todas originalmente ideas alemanas.

Desde la época de Eliot en adelante, las universidades estadounidenses se propusieron emular el sistema alemán, en especial en el ámbito de la investigación. Sin embargo, pese a los impresionantes avances logrados por la universidad alemana tanto en el terreno intelectual como en la creación de nuevos procesos tecnológicos aplicables en la industria, su ejemplo minó «el estilo de vida universitario» y las estrechas relaciones personales entre estudiantes y profesorado que habían caracterizado hasta entonces la educación superior americana. El sistema alemán fue el principal responsable de lo que William James denominó «el pulpo de los

3372 Marsden, Soul of the American University, p. 153.

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doctorados». Yale concedió el primer doctorado al otro lado del Atlántico en 1861; para 1900 se estaban concediendo bastante más de trescientos al año.3373

El precio de seguir el exitoso modelo alemán fue la ruptura total con el sistema de colegios británico. En muchas universidades las residencias estudiantiles desaparecieron por completo junto con los comedores comunales. Hacia la década de 1880 el sistema alemán se seguía en Harvard tan ciegamente que la asistencia a clases dejó de considerarse necesaria, lo único que contaba era el desempeño de los estudiantes en los exámenes. La reacción no tardó en producirse. La Universidad de Chicago fue la primera, con la construcción de siete residencias hacia 1900 «a pesar de los prejuicios que entonces había en el [medio] oeste donde se las consideraba instituciones medievales, británicas y autocráticas». Yale y Princeton pronto adoptaron decisiones similares. Harvard se reorganizó de acuerdo con el modelo de alojamientos inglés en la década de 1920.3374

Más o menos por la misma época en que los pragmatistas del Club de los Sábados estaban forjando su amistad y desarrollando sus opiniones, un grupo muy diferente de individuos pragmáticos estaba teniendo un importante impacto en la vida estadounidense. Tras la guerra civil, desde 1870 aproximadamente, Estados Unidos dio origen a una generación de los inventores más originales que el país (de hecho, cualquier otro país) hubiera conocido. Thomas P. Hughes,

3373 Abraham Flexner, Universities: American, English, German, Oxford University Press, Oxford,

1930, p. 124.

3374 Samuel Eliot Morison, ed., The Development of Harvard University, Harvard University Press, Cambridge (Massachusetts), 1930, pp. 11 y 158.

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en su historia de la invención en América, llega incluso a decir que el medio siglo que va de 1870 a 1918 fue comparable a la Atenas de Pericles, la Italia del Renacimiento o la Gran Bretaña de la revolución industrial. Entre 1866 y 1896 el número de patentes concedidas anualmente en Estados Unidos se duplicó y en la década que va de 1879 a 1890 se pasó de 18 200 al año a 26 300.3375

En su libro Antiintelectualismo en la vida norteamericana, Richard Hofstadter se ha referido a la tensión que había en los Estados Unidos entre hombres de negocios e intelectuales, a la advertencia de Herman Melville sobre «el hombre embrutecido y sin nobleza / por causa de la ciencia popular», a Van Wyck Brooks, que reprendía a Twain acusándole de que «su entusiasmo por la literatura no era nada en comparación con su entusiasmo por la maquinaria», al famoso comentario de Henry Ford según el cual «la historia es más o menos una bobada».3376 No obstante, la primera generación de inventores americanos no parece haber sido especialmente antiintelectual, y es posible decir que vivieron en una cultura diferente, ya que, como hemos visto, la suya era una época en la que el estudio erudito y la investigación apenas estaban empezando a desarrollarse en las universidades del siglo XIX, que eran todavía instituciones predominantemente religiosas y no se convertirían en el tipo de centros educativos que hoy conocemos hasta finales de siglo.

3375 Thomas P. Hughes, American Genesis, Penguin, Londres, 1990, p. 14.

3376 Ibid., p. 241. Richard Hofstadter, Anti-Intellectualism in American Life, Knopf, Nueva York,

1963. [Hay traducción castellana: Antiintelectualismo en la vida norteamericana, Tecnos, Madrid,

1969].

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Por otro lado, dado que los laboratorios de investigación industriales no empezarían a ser comunes hasta 1900 aproximadamente, muchos de estos inventores tuvieron que construir sus propios laboratorios privados. En este contexto, Thomas Edison inventó la bombilla eléctrica y el fonógrafo, Alexander Graham Bell, el teléfono, y los hermanos Wright, su máquina voladora, y en él también surgieron la telegrafía y la radio.3377 Éste fue igualmente el ambiente en el que Elmer Sperry desarrolló la brújula giroscópica y dispositivos de control automático para la marina, y en el que Hiram Stevens Maxim demostró y empezó a fabricar (en 1885) «la ametralladora más destructiva del mundo». Al usar el retroceso de un cartucho para cargar y disparar el siguiente, la Maxim superó a la Gatling, inventada en 1862. La ametralladora Maxim fue la responsable de gran parte de los horrores infligidos a los territorios coloniales en el apogeo del imperio.3378 Y fue la Maxim alemana la que produjo sesenta mil bajas en el Somme el 1 de julio de 1916. Estos inventores, en colaboración con empresarios emprendedores, fueron los que crearon algunos de los negocios e instituciones educativas más duraderos de América, nombres conocidísimos hasta nuestros días: General Electric, AT&T, Bell Telephone Company, Consolidated Edison Company, MIT.

En el contexto de este libro acaso sea importante destacar el telégrafo por encima de todos los demás inventos mencionados. La idea de usar electricidad como medio para transmitir señales había sido concebida

3377 Ibid., p. 16. Morison et al., Growth of the American Republic, p. 53.

3378 Hughes, American Genesis, p. 105.

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hacia 1750, pero el primer telégrafo que funcionaba no se construyó hasta 1816, cuando lo hizo Francis Ronalds, en su jardín de Hammersmith, en Londres. Charles Wheatstone, profesor de filosofía experimental en el King’s College de Londres y el primero que midió (erróneamente) la velocidad de la electricidad, fue el primero en advertir que el ohmio, la unidad de medida de la resistencia, era un concepto importante para la telegrafía y, junto a su colega Fothergill Cooke, consiguió la primera patente en 1837. Casi tan importante como los detalles técnicos de la telegrafía fue la idea de Wheatstone y Cooke de extender los cables a lo largo de las recién construidas vías del ferrocarril, algo que contribuyó a garantizar la rápida difusión del telégrafo. (También resultó de utilidad la captura de John Tawell, un suceso al que se dio mucha publicidad en la época: gracias al telégrafo, Tawell, que había huido tras cometer un asesinato en Slough, pudo ser arrestado en Londres). Como es evidente, el código ideado por Samuel Morse también desempeñó un importante papel, y Morse fue uno de los varios americanos que impulsaron la creación de un cable transatlántico. La instalación de este cable fue una aventura de proporciones épicas que, por desgracia, excede los límites de este libro. Durante este período, muchas personas abrigaban grandes esperanzas de que unas comunicaciones más veloces contribuirían significativamente a la paz mundial, al permitir un contacto más estrecho y constante entre los jefes de estado. Con el tiempo estas esperanzas se revelaron vana ilusión, pero es indudable que la instalación del cable transatlántico, terminada en 1866, fue un completo éxito en términos comerciales. Y, como escribe

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Gillian Cookson en The Cable: The Wire that Changed the World, «desde ese momento surgió entre las dos naciones de habla inglesa un sentido de experiencia compartida y de convergencia cultural».3379

3379 Gillian Cookson, The Cable: The Wire that Changed the World, Tempus, Stroud (Gloucestershire), 2003, p. 152.

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Capítulo 35

Los enemigos de la Cruz y del Corán: el fin del alma

En 1842, la novelista inglesa George Eliot dejó de ir a la iglesia. Sus dudas alrededor del cristianismo se habían manifestado muy temprano, pero luego se sintió profundamente impactada por la lectura de La vida de Jesús, examen crítico de David Friedrich Strauss, que, como hemos visto, había aparecido en Alemania a mediados de la década de 1830 y que la misma Eliot traduciría al inglés. En su libro, Strauss había concluido que «es muy poco lo que podemos decir con certeza que ocurrió realmente, y es bastante más probable que todo aquello con lo que se relaciona en especial la fe de la Iglesia, los hechos de naturaleza milagrosa y sobrenatural de la vida de Jesús, nunca ocurrieran».3380 De forma similar, cuando Tennyson leyó los Principios de geología de Lyell en 1836 se sintió perturbado, al igual que muchos otros, por la interpretación que Lyell proponía de los testimonios fósiles, a saber, que «los habitantes del planeta, al igual que todas las demás partes que lo componen, están sometidos al cambio. Los individuos no son los únicos que perecen, también lo hacen especies enteras».3381

A lo largo del siglo XIX, una gran cantidad de personas, destacadas o no, perdieron la fe, en un proceso lento, y en ocasiones triste, pero inexorable. El acontecimiento ha sido estudiado por el escritor A. N. Wilson, cuya investigación de Eliot, Tennyson, Hardy, Carlyle,

3380 A. N. Wilson, God’s Funeral, John Murray, Londres, 1999, p. 133.

3381 Ibid., p. 160.

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Swinburne, James Anthony Froude, Arthur Clough, Tolstoy, Herbert Spencer, Samuel Butler, John Ruskin y Edmund Gosse confirma lo que también otros han señalado, esto es, que la pérdida de la fe, la «muerte de Dios», no supuso sólo un cambio emocional sino igualmente una conversión emocional. Ciertos libros y discusiones específicas marcaron una diferencia, pero hubo asimismo un cambio en el clima de opinión general, el efecto inquietante producido, de forma acumulativa, por una sucesión de hechos con frecuencia bastante diferentes entre sí.3382 En 1874, Francis Galton, el primo de Darwin, hizo circular entre los 189 miembros de la Royal Society un cuestionario en el que se indagaba sobre su filiación religiosa: las respuestas que recibió le parecieron sorprendentes. El 70 por 100 se describían a sí mismos como miembros de iglesias establecidas, y aunque algunos habían anotado que no tenían filiación religiosa, muchos otros eran no conformistas de uno y otro tipo: wesleyanos, católicos o pertenecientes a alguna otra forma de iglesia organizada. En el mismo cuestionario se preguntaba si creían que su educación religiosa había tenido algún efecto disuasorio sobre sus carreras científicas, una cuestión a la que casi el 90 por 100 de los encuestados respondió «no en absoluto».3383 Entre aquellos que en una fecha tan avanzada como 1874 todavía creían en un dios se encontraban Michael Faraday, John Herschel, James Joule, James Clerk Maxwell y William Thomson (lord Kelvin). Wilson muestra en su estudio que había tantas razones para perder la fe como personas

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Ibid., p. 4.

Ibid., p. 189.

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que perdían la fe. Y aunque algunos estaban más convencidos que otros de la muerte de Dios, hubo quienes consiguieron «estar al mismo tiempo contra Dios y contra la ciencia».3384

A diferencia de las batallas intelectuales sobre la falta de fe de los siglos XVI y XVII, en el siglo XIX los creyentes tenían que lidiar con muchas más cuestiones que, por ejemplo, las dudas sobre la verdad literal de la Biblia y la inverosimilitud de los milagros. Wilson sitúa el comienzo del cambio de atmósfera intelectual a finales del siglo XVIII. El ateísmo de los filósofos ilustrados franceses fue un factor importante, pero en Gran Bretaña, anota, aparecieron dos libros que minaron más que cualquier otro los cimientos de la fe cristiana: la Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano de Edward Gibbon, publicada en tres entregas entre 1776 y 1788, y los Diálogos sobre la religión natural de David Hume, publicados en 1779, tres años después de su muerte. La obra de Gibbon no ofrecía ningún argumento metafísico o teológico destacado, señala Wilson.3385 Pero «fue demoledor con la fe… en su despreocupada revelación, página tras página, de lo despreciables que eran no sólo los héroes cristianos, sino también sus ideales “más elevados”. Gibbon no consigue su objetivo simplemente por identificar de forma repetida casos individuales de maldad cristiana (lo que resulta muy entretenido) sino por su actitud general, al rehusar de manera decidida a dejarse impresionar por la supuesta contribución de los

3384 Ibid., p. 193.

3385 Esto es algo que confirma una encuesta publicada en 1905 sobre libros que los «librepensadores» encontraban influyentes. Véase: Edward Royle, Radicals, Secularists and Republicans, Manchester University Press, Manchester, 1980, p. 173.

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cristianos a la “civilización”».3386 Lo que impactó profundamente a sus lectores fue el constante contraste que Gibbon proponía entre la «sabiduría evidente» de las culturas precristianas y las supersticiones, anacronismos irracionales y barbarie del cristianismo primitivo.3387

En un capítulo anterior repasamos la crítica de Hume a las nociones sobre la «mente» y el orden del universo, así como la idea de Kant de que conceptos como el de Dios o el de Inmortalidad eran imposibles de probar.3388 Si estas reflexiones pueden considerarse el «transfondo profundo» de la pérdida de la fe que se manifestaría de forma generalizada en años posteriores, también existieron factores específicos, propios del siglo XIX. El historiador Owen Chadwick los divide en «sociales» e «intelectuales». Entre ellos incluye el liberalismo, el marxismo, el anticlericalismo y la «mentalidad de la clase trabajadora».

El liberalismo, dice Chadwick, dominó el siglo XIX.3389 Pero éste, reconoce, era un término proteico, que en principio sólo significaba libre, en el sentido de libre de impedimentos. Durante la última etapa de la Reforma la palabra vendría a denotar demasiada libertad y a designar comportamientos licenciosos o anárquicos. Ésta es la manera en que la entendían hombres como John Henry Newman a mediados del siglo XIX. Sin embargo, el liberalismo, gustara o no, debía mucho al cristianismo. Al dividir a Europa por razones

3386 Wilson, God’s Funeral, p. 20.

3387 Ibid., p. 22.

3388 Ibid., p. 35.

3389 Owen Chadwick, The Secularisation of European Thought in the Nineteenth Century, Cambridge University Press/Canto, Cambridge (Inglaterra), 1975/1985, p. 21.

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religiosas, la Reforma, llegado el momento, constituyó una invitación a la tolerancia, pero desde cierta perspectiva el cristianismo siempre había defendido la idea de una religión interior por encima de la mera celebración de ritos, y fue esta reverencia por la conciencia individual la que al final, señala Chadwick, resultaría fatal, al debilitar el deseo de la pura conformidad. «La conciencia cristiana fue [por tanto] la fuerza que empezó la “secularización” de Europa, esto es, a permitir la existencia de muchas religiones o de ninguna en el estado».3390 Lo que había empezado siendo libertad de tolerancia se convirtió en amor de la libertad por sí misma, en la idea de la libertad como derecho (ésta, se recordará, fue una contribución de John Locke, y fue una de las razones manifiestas que animaron la Revolución Francesa). Pero esto fue algo que, en los principales países de Europa occidental, no se consiguió de verdad hasta el período comprendido entre 1860 y 1890.3391 Según Chadwick, este desarrollo debe mucho a John Stuart Mill, que publicó su ensayo Sobre la libertad en 1859, el mismo año en que apareció El origen de las especies de Darwin. La reflexión de Mill sobre la libertad, sin embargo, planteaba lo que en su opinión era un nuevo problema. Bajo la influencia de Comte en especial, le inquietaba menos la cuestión de las libertades que pueden verse amenazadas en el contexto de una tiranía, lo que a fin de cuentas era un problema viejo y bastante conocido. En lugar de ello, le preocupaba un fenómeno propio de las nuevas democracias, a saber, la tiranía de la mayoría sobre el individuo o la minoría, y la

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Ibid., p. 23.

Ibid., p. 27.

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coerción intelectual que implicaba. Mill advertía a su alrededor que «el pueblo» estaba llegando al poder, y preveía que ese «pueblo», con demasiada frecuencia la chusma de épocas anteriores, podría luego negar a otros el derecho a mantener una opinión diferente a la suya.3392 Era esta nueva clase de libertad la que pretendía definir. «La única razón por la que es posible ejercer legítimamente el poder sobre cualquier miembro de una comunidad civilizada en contra de su voluntad es para impedir que éste dañe a otros. Su propio bien, ya sea físico o moral, no es motivo suficiente para ello. No es legítimo obligarlo a hacer algo o abstenerse de hacerlo con la idea de que ello sería lo mejor para él o lo haría más feliz o porque, en opinión de otros, actuar así sería sabio o incluso correcto».3393 Esto era mucho más importante de lo que parecía porque implicaba que un hombre libre «tiene el derecho de ser persuadido y convencido», que es precisamente una implicación de la democracia tan importante como la idea de «un hombre, un voto». Y fue esto lo que vinculó liberalismo y secularización. El ensayo de Mill fue la primera reflexión sobre las implicaciones profundas del estado secular. La absoluta falta de pasión que caracteriza el texto fue una manera de dar ejemplo sobre cómo debían enfrentarse estas cuestiones.3394

Chadwick anota que desde el punto de vista de cómo hablaba y actuaba la gente común y corriente, la sociedad inglesa se volvió «secular» entre 1860 y 1880.3395 Esto es algo que puede verse en las

3392 Alfred Cobban, In Search of Humanity: The Role of the Enlightenment in Modern History,

Cape, Londres, 1966, p. 236. Véase también: Hawthorn, Enlightenment and Despair, pp. 82-84.

3393 Chadwick, Secularisation of European Thought, p. 28.

3394 Ibid., pp. 29-30; y Hawthorn, Enlightenment and Despair, p. 87.

3395 Chadwick, Secularisation of European Thought, p. 37.

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memorias y novelas escritas en la época, que reflejan los hábitos de lecturas y las conversaciones del individuo medio, y en las que se aprecia, por ejemplo, una creciente disposición de las personas devotas a relacionarse y forjar amistades con personas que no lo eran y a las que «se valora por su sinceridad en lugar de condenarlas por su falta de fe».3396 Esto es algo que también puede advertirse en la función que desempeñó la nueva prensa de circulación masiva.3397 La prensa, de hecho, desempeñó varios papeles, uno de los cuales fue avivar y polarizar las batallas intelectuales dotándolas de mayor pasión, con lo que se consiguió que muchos ciudadanos comunes se convirtieran, por primera vez, en sujetos políticos al estar ahora mejor informados. Ésta también fue una fuerza secularizadora, ya que reemplazó a la religión por la política como principal preocupación intelectual de la gente común. El periodismo como nueva profesión quedó establecido más o menos por la misma época en la que los maestros empezaron a formar un cuerpo distinto, independiente del clero.3398

A medida que el nivel de alfabetización aumentaba y el periodismo respondía en consecuencia, las ideas acerca de la libertad experimentaron un nuevo giro. Se descubrió que la libertad individual, en el sentido que se le daba en economía o en cuestiones relativas a la conciencia o la opinión, no era lo mismo que verdadera libertad política o psicológica. A través de los periódicos, la gente

3396 Ibid.

3397 Ibid., p. 38.

3398 Pero la polarización operó en ambos sentidos. «En 1889 el papa era mucho más influyente que en 1839, porque este último papa estaba rodeado por la prensa [de un modo que] el anterior no había conocido». Ibid., p. 41.

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empezó a comprender mejor que nunca que el desarrollo industrial, por sí solo, únicamente había ayudado a ampliar la brecha que separaba a ricos y pobres. «Era difícil que una doctrina que acababa en las chabolas de las grandes ciudades tuviera toda la verdad».3399 Esto provocó un profundo cambio en las mentes liberales y, de hecho, empezó a modificar el significado mismo del liberalismo, lo que, dice Chadwick, marcó el comienzo de lo que podríamos denominar pensamiento colectivista, cuando la gente empezó a sostener cada vez con más fuerza que el gobierno debía intervenir para mejorar el bienestar general.3400 «Desde entonces la libertad empezó a ser pensada más en términos de la sociedad que del individuo; menos como libertad que como una cualidad de la vida social responsable que todos los seres humanos tenían la oportunidad de compartir».3401 Esta nueva forma de pensar hizo que el marxismo fuera más atractivo, y también su idea fundamental de que la religión era básicamente falsa, lo que le convirtió en otro factor del proceso de secularización.3402 Para Marx, por supuesto, lo que explicaba la popularidad de la religión era que ésta era un síntoma más de la enfermedad de la vida social. «Ayuda a los pacientes a soportar lo que de otro modo resultaría insoportable».3403 La sociedad capitalista,

3399 David Landes, Unbound Prometheus, p. 127, dice que los pobres «entraban en el mercado tan poco como era posible».

3400 Chadwick, Secularisation of European Thought, p. 46.

3401 Ibid., p. 47.

3402 Marx, al igual que Gibbon, ocupaba un destacadísimo lugar en la lista de libros influyentes a la que nos hemos referidos antes en la nota 6. Royle, Radicals, Secularists and Republicans, p. 174.

3403 Chadwick, Secularisation of European Thought, p. 57. Hawthorn, Enlightenment and Despair, p. 85, explora las diferencias entre protestantismo y catolicismo y lo que esto implicaba para el marxismo.

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sostenía, necesitaba la religión para mantener a las masas en su lugar, ya que al ofrecerles algo en la otra vida, conseguía que aceptaran con mayor facilidad la suerte que les había correspondido en ésta.3404 El cristianismo (como la mayoría de las religiones) aceptaba las divisiones existentes en la sociedad, «consolaba» a los desposeídos con la idea de que sus desgracias eran el justo castigo por sus pecados, o bien una especie de prueba que ennoblecería y elevaría sus espíritus. La importancia que adquirió el marxismo no dependió sólo de aquellos acontecimientos del siglo XIX que parecían confirmar que lo que decía era verdad —la Comuna de París, el impacto de la Comuna sobre la Internacional, los socialistas alemanes, el desarrollo de un partido revolucionario en Rusia— sino también de que ofrecía una nueva versión de la otra vida: la revolución, después de la cual la justicia y la dicha reinarían en el mundo. Chadwick afirma que al ofrecer una vida secular el marxismo dio origen a una consecuencia imprevista muy importante: el socialismo y el ateísmo quedaron vinculados, y la religión se politizó. Pero Marx, por supuesto, no estaba solo. En La condición de las clases trabajadoras en Inglaterra en 1844, Engels informaba de «una indiferencia total hacia la religión casi universal, o a lo sumo algún rastro de deísmo, pero demasiado poco desarrollado para ser algo más que meras palabras, o un vago temor de términos como infiel, ateo, etc»..3405 Los ateos absolutos nunca habían sido muy comunes pero, hacia mediados de la década de 1850, se fundaron a lo largo de

3404 Chadwick, Secularisation of European Thought, p. 59.

3405 Ibid., p. 89.

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Gran Bretaña las primeras «sociedades seculares». Paradójicamente, estos grupos tenía una vena puritana, y muchos de ellos estaban ligados al movimiento en contra del consumo de alcohol. Este proceso parece haber alcanzado su punto culminante hacia 1883-1885, cuando se permitió que los ateos ocuparan escaños en el Parlamento.3406

Otro factor de carácter general que contribuyó a crear un mundo más secular fue la urbanización misma de Europa. Las estadísticas de Alemania y Francia demuestran durante décadas un descenso constante de la asistencia a las iglesias, más pronunciado en el caso de las grandes ciudades, y paralelo al descenso en el número de sacerdotes ordenados.3407 Es posible que esto no haya sido más que consecuencia de un fallo de organización por parte de la religión establecida, pero fue importante, pues revela la incapacidad de las iglesias para adaptarse con rapidez a los cambios que estaban sufriendo las ciudades. «La población de París aumentó casi un 100 por 100 entre 1861 y 1905, mientras que el número de parroquias sólo aumentó un 33 por 100 y el de sacerdotes, un 30 por 100».3408 El siglo XIX no compartía nuestra idea de que la Ilustración fue algo «bueno», un paso adelante, una etapa necesaria en la evolución del mundo moderno.3409 Para los victorianos la Ilustración era la época que había terminado con la guillotina y el Terror. Thomas Carlyle era sólo uno de los que pensaba que Voltaire y su deísmo eran

3406 Hofstadter, Social Darwinism in American Thought, p. 24, observa que los protestantes tenían más probabilidades de convertirse en ateos.

3407 Chadwick, Secularisation of European Thought, p. 92.

3408 Ibid., p. 97.

3409 Ibid., p. 144.

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«despreciables». En su opinión, Napoleón era el último gran hombre, y se sentía orgulloso de que su propio padre «nunca hubiera sido visitado por la duda».3410 A lo largo del período napoleónico y bien entrado el reinado de la reina Victoria, «la gente pensaba que la Ilustración era un cadáver, un callejón sin salida ideológico, una era destructiva que había subvertido los puntos de referencia intelectuales y físicos que permitían a la sociedad humana vivir de manera civilizada».3411

Esta opinión no empezaría a cambiar hasta la década de 1870. De hecho, la primera vez que se usó en inglés la palabra Ilustración (Enlightenment) en el sentido de Aufklärung fue en 1865, en un libro sobre Hegel escrito por J. H. Stirling. Pero incluso allí la palabra era peyorativa, y no adquiriría un significado plenamente positivo hasta 1889, en el estudio sobre Kant de Edward Caird, donde se la usó por primera vez en la frase «la era de la Ilustración».3412 Sin embargo, la persona que en verdad libró a la Ilustración y sus valores seculares de las connotaciones negativas que se les había asignado, fue John Morley, un periodista de la Fortnightly Review. Morley (quien también fuera miembro del Parlamento) sentía que la reacción de los británicos a los excesos de 1789 se había extendido injustificadamente a los philosophes, y que la pasión romántica por la vida interior había dado lugar a una especie de filisteísmo que oscurecía los verdaderos logros del siglo XVIII. Lo que lo llevó a pasar

3410 Cobban, In Search of Humanity, p. 110. Sobre Carlyle, véase: Boorstin, Americans, pp. 246-

247.

3411 Chadwick, Secularisation of European Thought, p. 145.

3412 Ibid., p. 151.

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a la acción, en una serie de artículos, fue la sensación de que la Iglesia estaba intentando reprimir el avance de las ciencias positivas.3413 En Francia tuvo lugar un cambio parecido. Los franceses tenían a su particular Carlyle en la figura de Joseph de Maistre, quien escribió que «admirar a Voltaire es indicio de un corazón corrupto, y si alguien se siente atraído por su obra, estad seguros de que Dios no le quiere».3414 Aunque las relaciones de Napoleón con la Iglesia fueron caprichosas, se dice que mandó atacar a Voltaire a los autores que tenía a su servicio.

Luego vino Jules Michelet. A principios de la década de 1840, el historiador, junto con un grupo de amigos entre los que se encontraban Victor Hugo y Lamartine, atacó a la Iglesia de forma directa. En su opinión, el catolicismo era imperdonablemente estrecho de miras; el celibato, un vicio «antinatural»; la confesión, un abuso de la privacidad; y los jesuitas, unos manipuladores retorcidos. Michelet vertió estas invectivas en una serie de conferencias desaforadas pronunciadas en el Collège de France y, a diferencia de lo que ocurría en otros lugares, el centro de su ofensiva no fue la ciencia sino la ética. Lo que resulta irónico, por supuesto, dado que Voltaire se había opuesto de forma fanática al fanatismo que él mismo había promovido. Michelet bombardeó a la Iglesia «en nombre de la justicia y la libertad», y una consecuencia de sus incursiones fue que Voltaire se convirtió en el centro de una despiadada guerra intelectual en Francia.3415 Por ejemplo, con la llegada al poder de Luis Napoleón

3413 Royle, Radicals, Secularists and Republicans, p. 220.

3414 Ibid., p. 17.

3415 Chadwick, Secularisation of European Thought, p. 155. Boorstin, Americans, p. 195.

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en 1851 se obligó a todas las bibliotecas a que retiraran las obras de Voltaire y Rousseau de sus anaqueles. Y un ejemplo adicional: al editar los documentos de Voltaire, un estudioso, por lo demás respetable, advertía a sus lectores de que el pensador había «causado» 1789 y el Terror de 1793.3416 La cuestión llegó a un punto crítico hacia 1885, cuando empezó a circular por París el rumor de que los restos de Voltaire y Rousseau no se encontraban en el Panthéon, como se creía.3417 Según se decía, en 1814 un grupo de monárquicos, incapaces de aceptar la idea de que tales restos descansaran en lugar sagrado, había retirado los huesos de ambos pensadores durante la noche y se habían desecho de ellos en un erial. Los rumores no tenían otro fundamento que pruebas circunstanciales, pero se les dio tal crédito que la indignación de los seguidores de Voltaire obligó a que el gobierno creara en 1897 un comité encargado de investigar los hechos. La investigación llegó al extremo de que las tumbas tuvieron que ser abiertas de nuevo y los restos exhumados para su análisis, que dictaminó que efectivamente eran los de Voltaire y Rousseau.3418 La gente comprendió entonces por fin que la disputa había ido demasiado lejos y los huesos fueron enterrados de nuevo. Tras este episodio tan vergonzoso, la actitud hacia la Ilustración empezó a cambiar en el país para acomodarse más o menos a la opinión que hoy tenemos.

3416 Sobre el pesimismo con el que, en general, el siglo XIX veía al XVIII, véase: Cobban, In Search of Humanity, p. 215.

3417 Chadwick, Secularisation of European Thought, pp. 158-159.

3418 Ibid., p. 159.

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Las creencias de George Eliot, como hemos anotado, se vieron profundamente afectadas por el libro de David Strauss sobre La vida de Jesús, pero su caso no fue del todo típico. Una reacción común fue la de los suizos, cuyas amenazas de disturbios provocaron que Strauss fuera liberado de su cátedra antes incluso de haberla ocupado. La mayoría de los libros del siglo XIX que hoy consideramos importantes por haber contribuido al declive de las creencias religiosas por lo general no ejercieron una influencia directa sobre enormes masas de personas. El público en general no leyó a Lyell, Strauss o Darwin. Lo que sí leyeron fueron a diversos divulgadores de sus teorías, como Karl Vogt en el caso de Darwin, Jakob Moleschott en el de Strauss, y Ludwig Büchner sobre la nueva física y la nueva biología celular. Estos hombres tenían lectores porque estaban dispuestos a ir bastante más allá de Darwin o, digamos, Lyell. El origen de las especies o los Principios de geología no atacaban la religión por sí mismos. Las ideas problemáticas desde un punto de vista religioso estaban en ellos, pero fueron los divulgadores los que interpretaron estas obras y explicaron con detalle las implicaciones de esas teorías a una audiencia más amplia. «La religión es un asunto de interés común para la raza humana mucho más de lo que pueden serlo la física o la biología. El gran público», sostiene Owen Chadwick, «estaba más interesado en la confrontación entre ciencia y religión que en la ciencia en sí». Fueron, por tanto, los popularizadores quienes alertaron a las clases medias victorianas de que había formas alternativas de explicar por qué el mundo era como era. Estos autores no afirmaban de inmediato que toda la religión estuviera equivocada,

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pero si planteaban serias dudas sobre la exactitud, veracidad y verosimilitud de los hechos narrados en la Biblia.3419

El más destacado de todos estos divulgadores fue el alemán Ernst Haeckel, que en 1862, sólo tres años después de la aparición de El origen de las especies, publicó una Historia natural de la creación. Para finales de siglo, la obra, una interesante polémica en favor de Darwin, que explicaba con gran claridad sus implicaciones, había tenido nueve ediciones y había sido traducida a doce lenguas. Die Welträtsel, publicado en inglés en 1900 como The Riddle of the Universe (El enigma del universo), era una exposición de la nueva cosmología que vendió cien mil ejemplares en alemán y otros tantos en inglés.3420 En su época Haeckel llegó a ser igual de famoso que Darwin, y mucho más leído: la gente acudía en tropel a escuchar sus conferencias.3421

Otro popularizador notable fue Ernest Renan, que hizo por Strauss lo que Haeckel hizo por Darwin, y quien también se hizo famoso a consecuencia de ello. Destinado en un principio al sacerdocio, Renan perdió la fe y dedicó varios libros a manifestar sus nuevas convicciones, el más influyente de los cuales fue sin duda su Vida de Jesús (1863).3422 Aunque sostuvo diferentes cosas en diferentes

3419 Sobre la organización de la secularización en Gran Bretaña y su reactivación en 1876, véase: Royle, Radicals, Secularists and Republicans. Para el caso de Francia, véase: Jennifer Michael Hecht, The End of the Soul: Scientific Modernity, Atheism and Anthropology in France, Columbia University Press, Nueva York, 2003.

3420 Ibid., p. 177.

3421 Hacia finales de siglo, Josef Bautz, un profesor de teología católico en Münster, sostuvo que los volcanes eran una prueba de la existencia del purgatorio, se ganó el apodo del «profesor del infierno» y se convirtió en objeto de toda clase de burlas. Chadwick, Secularisation of European Thought, p. 179. Chadwick señala que aunque la mayoría de los padres ya no creía en el infierno, seguían hablándole de él a sus hijos ya que lo consideraban una forma de control adecuada.

3422 Chadwick, Secularisation of European Thought, p. 212.

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momentos, al parecer lo que acabó con la fe de Renan fueron sus estudios de historia, y su libro sobre Jesús causó un efecto similar sobre muchos otros.3423 El libro tuvo la influencia que tuvo en parte debido al exquisito francés de su autor, pero también al hecho de que se ocupaba de Jesús en tanto figura histórica; aunque la obra negaba que hubiera realizado actos sobrenaturales y presentaba de forma clara las investigaciones académicas que planteaban serias dudas sobre su divinidad, mostraba a Jesús desde una perspectiva amable como una «cumbre de la humanidad», cuyo espíritu y enseñanzas morales habían cambiado el mundo. Es muy probable que la evidente simpatía que Renan sentía por la figura de Jesús hiciera más aceptables los defectos que la obra identificaba en el relato bíblico. Pero además, el libro acababa con la necesidad de las iglesias, los credos, los sacramentos y los dogmas. Al igual que Comte, Renan pensaba que el positivismo podía servir de base a una nueva fe.3424 Uno de sus argumentos centrales era que Jesús era un líder moral, un gran hombre, pero en ningún sentido un ser divino: la religión organizada, tal y como existía en el siglo XIX, no tenía ninguna relación con él. La forma de religión propuesta por Renan era una especie de humanismo ético que resultaba aceptable para muchas personas educadas en las nuevas universidades. Su enfoque era en ocasiones inusual, por decirlo de algún modo. «La divinidad tiene lapsos intermitentes; uno no puede ser Hijo de Dios a lo largo de toda una vida sin descanso». En cierto sentido esto era una especie de

3423

3424

Ibid., p. 215.

Ibid., p. 220. Hawthorn, Enlightenment and Despair, pp. 114-115.

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retorno a la idea griega de los dioses como seres en parte heroicos, en parte humanos. El libro de Renan era atractivo por la misma razón que el deísmo había sido atractivo en los siglos XVII y XVIII: ayudaba a la gente a dejar sus creencias en entidades sobrenaturales sin tener que abandonarlas por completo. Para la mayoría de la gente resultaba imposible pasar de la fe al descreimiento en un solo paso. La Vida de Jesús fue el título más famoso publicado en Francia en el siglo XIX y tuvo también mucho éxito en Inglaterra, donde causó gran sensación. Más allá de la imagen comprensiva que Renan ofrecía de Jesús, lo que impresionó a mucha gente fue lo que su obra revelaba sobre los tambaleantes cimientos del cristianismo, al menos en lo relativo a sus documentos básicos. Por ejemplo, tras leer el libro de Strauss sobre la vida de Jesús el historiador suizo Jacob Burckhardt comprendió que la historia del Nuevo Testamento «no aguantaba el peso que la fe quería poner en él», y fueron muchos los que llegaron a una conclusión similar.3425

Otro elemento nuevo que diferenció el debate sobre la secularización del siglo XIX del de los siglos XVI y XVII se relaciona con la revisión del «dogma». Dogma significa originalmente una afirmación de creencias o doctrinas, en otras palabras, el término tenía un contenido positivo. No obstante, eso fue cambiando, y para la época de la Ilustración, ser dogmático pasó a significar ser alguien «ignorante y cerrado a las interpretaciones alternativas de la verdad».3426 Ésta fue una transformación importante porque si bien

3425 Chadwick, Secularisation of European Thought, p. 224.

3426 Lester R. Kurtz, The Politics of Heresy, University of California Press, Berkeley, 1986, p. 18.

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la jerarquía católica tenía mucha experiencia enfrentándose a dogmas heréticos, lo que estaba siendo objeto de ataque era la noción misma de dogma. El triunfo de los métodos de las ciencias positivas los convertía en una alternativa a las verdades reveladas de la religión y cada vez se los usó con mayor frecuencia para criticar a la Iglesia. Tomemos por ejemplo el caso de una organización que hoy nos suena extravagante pero que fue típica de su tiempo, la Sociedad para la Autopsia Mutua. Éste fue un grupo (formado principalmente por antropólogos) tan interesado en probar que no existía el alma, que todos sus miembros legaban sus cuerpos a la sociedad de manera que pudieran ser diseccionados y estudiados, y así acabar de una vez por todas con la idea de que el alma estaba situada en algún punto del cuerpo. La sociedad celebraba cenas en las que la comida se servía en cerámica prehistórica o en las cavidades de cráneos humanos y, en una ocasión, de jirafa, con lo que se buscaba hacer hincapié en que no había nada especial acerca de los restos humanos y que no había nada que los diferenciara de los de los animales. En su libro sobre el fin del alma, Jennifer Michael Hecht cita las palabras de un antropólogo: «Hemos sido testigos de muchos sistemas diseñados para mantener la moral y los principios fundamentales de la ley. Sin embargo, a decir verdad, estos intentos no eran otra cosa que ilusiones… La conciencia no es más que un aspecto particular del instinto, y el instinto no es más que un hábito hereditario… Sin la existencia de un alma, sin inmortalidad y sin la amenaza de una vida después de la muerte, las sanciones desaparecen».3427

3427 Hecht, End of the Soul, p. 182. Véase también: Kurtz, Politics of Heresy, p. 18.

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En estas circunstancias, no era difícil que la jerarquía católica reaccionara con frecuencia de mala gana y de forma poco generosa. Esta misma reacción se convirtió en un elemento más del debate y en un factor adicional para el aumento del anticlericalismo, otro aspecto de la secularización, al menos en el caso de una minoría vociferante. En Gran Bretaña, anota Chadwick, esto salió a la superficie por primera vez en mayo de 1864, en un editorial de la Saturday Review, donde se criticaba la terquedad e incapacidad de la Curia romana para aceptar los avances de la ciencia moderna, en particular los descubrimientos de Galileo, que para entonces tenían ya centenares de años. De esta forma, clericalismo se convirtió en un sinónimo de oscurantismo y obstruccionismo, y la acusación fue más allá de la Iglesia católica romana y se amplió a todas las iglesias que se oponían al pensamiento moderno, incluido el político.3428 Todos los católicos cultos del mundo veían con cierta pena la postura antimoderna asumida por el Vaticano, pero en Italia había un problema adicional. En 1848, el año de la revolución en toda Europa, los italianos emprendieron su guerra de liberación contra Austria, y ello puso al papa Pío IX en una posición poco envidiable: ¿de parte de quién se pondría el Vaticano dado que tanto Italia como Austria eran hijos de la Iglesia? A finales de abril de ese año, Pío IX declaró que «como pastor supremo» de la Iglesia no podía declarar la guerra a ningún correligionario. Para muchos nacionalistas italianos esto fue demasiado, y se volvieron contra el Vaticano: era la primera vez que el anticlericalismo se manifestaba en Italia.

3428 Chadwick, Secularisation of European Thought, p. 123.

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En Francia el anticlericalismo puso patas arriba la religión establecida. Además de los ataques intelectuales a la autoridad de la Iglesia —Strauss, Darwin, Renan, Haeckel—, en Francia los clérigos católicos fueron expulsados sistemáticamente de todas las instituciones de educación superior, lo que implicó que, con el paso del tiempo, el acceso de la Iglesia a las mentes de los jóvenes fue cada vez menor.3429 La Iglesia francesa estaba pagando el hecho de que, en el siglo XVIII, una enorme mayoría de los obispos del país provenían de la aristocracia. Diezmada por la Revolución, la Iglesia francesa tuvo que cambiar de tal modo su conformación que el papa se vio forzado a anatematizar a toda la jerarquía galicana y se negó a consagrar a nuevos obispos. La Iglesia francesa cortó sus lazos con Roma durante un tiempo, pero esto sirvió muy poco para reducir el sentimiento anticlerical en el país, dado que para gran parte de la gente común Roma estaba ahora más lejos de lo que había estado nunca.3430

Una giro adicional vino a complicar las tentativas de reconciliar a la Iglesia francesa con las metas de la Revolución. El principal intento estuvo encabezado por Félicité de Lamennais, un sacerdote con un firme compromiso con las instituciones educativas seculares, que fundó un diario, L’Avenir, que defendía la libertad religiosa, la libertad educativa, la libertad de prensa, la libertad de asociación, el sufragio universal y la descentralización. Todo ello era muy moderno, de hecho, demasiado moderno. Las políticas de L’Avenir resultaron ser

3429 Kurtz, Politics of Heresy, p. 25.

3430 Ibid., p. 27.

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tan polémicas que, después de que la publicación se suspendiera varias veces, el papa llegó al punto de emitir una encíclica, Mirari vos, condenando el periódico.3431 Lamennais respondió dos años después con su Paroles d’un croyant (Palabras de un creyente) en el que denunciaba el capitalismo por razones religiosas e instaba a las clases trabajadora a alzarse y exigir los «derechos que Dios les había concedido». Esto motivó una nueva encíclica, Singulari nos, en la que se criticaba el texto de Lemennais, «pequeño en tamaño pero inmenso en perversidad», al que se acusaba de difundir ideas falsas que «promovían la anarquía [y eran] contrarias a la Palabra de Dios». Gregorio XVI terminó ordenando a los católicos de todos los países que se sometieran a la «autoridad legítima». En cierto sentido, sin embargo, esto también se volvió en su contra, pues apareció no mucho antes de la revolución de 1848, que resucitó el republicanismo entre los católicos franceses y en la que por primera vez un número significativo de miembros de la jerarquía eclesiástica mostraron su simpatía para con la revolución.3432

Pío IX era en principio un liberal (fue elegido a los cincuenta y cinco años, una edad relativamente joven para un papa), pero los acontecimientos de 1848 lo cambiaron al igual que a los demás italianos. «Curado ya de todo liberalismo», Pío dio carta blanca a un triunvirato de cardenales para que restaurara el gobierno absoluto en Roma.3433 Sin embargo, en vista de que esta decisión se tomaba en un contexto político en la que los poderes tradicionales en general

3431 Moynahan, Faith, p. 655.

3432 Kurtz, Politics of Heresy, p. 30.

3433 Moynahan, Faith, p. 655.

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estaban perdiendo autoridad (ejemplos de ello eran la guerra de independencia italiana contra Austria y la unificación de Alemania), lo único que se consiguió fue suscitar nuevas oleadas de anticlericalismo. En 1857, Gustave Flaubert retrató en Madame Bovary un pueblo que la mayor parte del tiempo era anticlerical, aunque se bautizara a los niños y los sacerdotes continuaran aplicando la extremaunción a los moribundos.3434 En Francia, la indiferencia hacia la religión había estado creciendo entre la gente común, el mismo fenómeno que Engels había advertido en Inglaterra una década antes.

El anticlericalismo llegó a su apogeo en Francia en las últimas décadas del siglo con la secularización de las escuelas. Perder las escuelas fue para el Vaticano el golpe final a su influencia en el país.3435 Y ésta es la razón por la que hacia mediados de la década de 1870 se crearon por toda Europa universidades católicas en un intento de recuperar el terreno perdido. Pero esto sólo creó un nuevo campo de batalla en el que sacerdotes y maestros de escuela se enfrentaban entre sí.

Los maestros, liderados por el nuevo ministro de Educación de la Tercera República, Jules Ferry, resultaron vencedores. Al igual que Auguste Comte, Ferry estaba convencido de que las eras teológica y metafísica eran cosa del pasado y que las ciencias positivas debían ser la base del nuevo orden. «Mi objetivo», declaró Ferry «es organizar

3434 Kurtz, Politics of Heresy, p. 30.

3435 Ibid., pp. 30-31.

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la sociedad sin Dios y sin rey», y para hacerlo despidió a más de cien mil docentes religiosos de sus puestos.3436

El Vaticano respondió a este último movimiento fundando institutos católicos en París, Lyón, Lille, Angers y Toulouse. Cada uno de ellos disponía de una facultad de teología, independiente de las universidades estatales, cuya tarea era desarrollar sus propias investigaciones para contrarrestar lo que estaba ocurriendo en los ámbitos de la ciencia y de la historiografía bíblica. Lester Kurtz reseña en su obra el pensamiento del Vaticano.3437 «En primer lugar, definió la ortodoxia católica dentro de los límites de la teología escolástica, con lo que proporcionaba una respuesta lógica y sistemática a las cuestiones planteadas por los estudios modernos. En segundo lugar, elaboró las doctrinas de la autoridad papal y del magisterium (la autoridad de la Iglesia en materia de dogma y moral) y afirmó que únicamente la Iglesia y sus líderes eran los herederos de la autoridad de los apóstoles de Jesús en cuestiones religiosas. Por último, definió la ortodoxia católica en términos de lo que no era, de manera que construyó la imagen de una conspiración herética conducida por miembros desviados».3438 De forma gradual, la Iglesia empezó a referirse a una nueva era de «herejía», cuya identificación corrió a cargo principalmente de la prensa católica conservadora (en particular, de dos publicaciones jesuitas, Civiltà cattolica en Roma y La Vérité en París). También se produjeron una serie de edictos

3436 Alec R. Vidler, The Modernist Movement and the Roman Church, Garden Press, Nueva York,

1976, cap. III, «Liberals and intransigents in France, 1848-1878», pp. 25 y ss.

3437 Kurtz, Politics of Heresy, p. 33.

3438 Ibid.

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papales (Syllabus errorum, 1864; Aeterni Patris, 1879; Providentissimus Deus, 1893), a los que siguió la condena del americanismo, Testem benevolentiae (1899), y finalmente un ataque frontal contra el modernismo, Lamentabili (1907).

En su enfoque del problema el Vaticano cometió un error fatal, apreciable en todos estos edictos y condenas, a saber, caracterizar a sus críticos como un grupo de conspiradores que pretendían minar a la jerarquía eclesiástica al mismo tiempo que fingían ser sus amigos.3439 Esto suponía subestimar a la oposición, a la que se trataba incluso con condescendencia. Sin embargo, el verdadero enemigo del Vaticano era la naturaleza misma de la autoridad en el nuevo clima intelectual. El papado insistió una y otra vez en que detentaba una autoridad tradicional e histórica debido a la sucesión apostólica.3440 Una idea que se llevó al extremo en la doctrina de la infalibilidad papal, expuesta por primera vez en el concilio Vaticano Primero en 1870. El catolicismo del siglo XIX era en muchos sentidos parecido al catolicismo del siglo XII, entre otras cosas por haber estado dominado por dos largos pontificados, el de Pío IX (1846-1878) y el de su sucesor León XIII (1878-1903). Resulta asombroso que, en una época en la que estaban surgiendo democracias y repúblicas por todo el mundo, estos dos pontífices pretendieran resucitar teorías de gobierno monárquicas, tanto dentro como fuera de la Iglesia. En su encíclica Quanto conficiamur, Pío IX se remontó a Unam sanctam, la bula papal emitida por Bonifacio VIII en 1302 (véase supra, capítulo

3439 Vidler, Modernist Movement and the Roman Church, pp. 42 y 96.

3440 Kurtz, Politics of Heresy, p. 34.

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16). En otras palabras, buscaba resucitar la noción medieval de la supremacía absoluta del papado. En Testem benevolentiae, su ataque contra el americanismo, León XIII descartó cualquier posibilidad de democratizar la Iglesia con el argumento de que la autoridad absoluta era la única salvaguardia eficaz contra la herejía.3441

En estas circunstancias, y ante el peligro que suponían para los estados papales los deseos italianos de independencia y unificación del país, el anticlericalismo ganó fuerza en Italia. Esto constituye uno de los elementos más importantes del contexto que dio lugar a la carta apostólica en la que el papa Pío IX convocó el primer concilio general celebrado en el Vaticano.3442 La confusión política de la época estuvo a punto de hacer que el concilio nunca llegara a realizarse. Y cuando por fin empezó, debió enfrentarse al problema de reestablecer la jerarquía eclesiástica, lo que dio lugar a dos declaraciones famosas: La primera afirmaba que «la Iglesia de Cristo no es una comunidad de iguales en la que todos los fieles tienen los mismos derechos» y que, en lugar de ello, a algunos se les había otorgado «el poder de Dios… para santificar, enseñar y gobernar». La segunda, la más conocida de las dos, dice así: «Enseñamos y definimos que es dogma revelado por Dios que el Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando en el ejercicio de su oficio de Pastor y Doctor de todos los cristianos, en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina relativa a la fe o a la moral que debe ser mantenida por la Iglesia universal, posee, gracias a la divina asistencia prometida

3441

3442

Ibid., p. 35.

Ibid.

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por el bienaventurado Pedro, esa infalibilidad de la que el divino redentor quiso otorgar a su Iglesia para la definición de doctrinas relativas a la fe y las costumbres».3443

Y fue así como la doctrina de la infalibilidad del papa se convirtió por primera vez en artículo de fe para todos los católicos.3444 Ésta era una decisión muy arriesgada, ya que, al menos desde el siglo XIV, la idea se había topado con una importante resistencia. Es posible que el Vaticano creyera que, dada la revolución que habían experimentado los transportes y las comunicaciones en el siglo XIX, ahora le resultaría más fácil ejercer su autoridad de forma más eficaz que en la Edad Media, y ello quizá explique por qué en 1879 León XIII sumó a la doctrina de la infalibilidad papal la idea de que santo Tomás de Aquino había de ser el guía dominante del pensamiento católico moderno, algo que sostuvo en su encíclica Aeterni Patris. Al igual que el edicto Quanto conficiamur de Pío IX, la encíclica de León XIII implicaba un retroceso a un pensamiento propio de la Edad Media, anterior a la Ilustración, la Reforma y el Renacimiento. La teología escolástica había sido un ejercicio especulativo precientífico, puramente intelectual, y aunque destacaba como intento de conciliar el cristianismo con otras formas de pensamiento, sus conclusiones eran notables más por su ingenio que por su veracidad.3445 El resultado de este retorno al pasado fue que el pensamiento católico volvió a ser un sistema circular, cerrado y autorreferencial, a cargo

3443 Para un vívido relato de lo ocurrido aquel día (incluido el clima extraordinario), véase:

Moynahan, Faith, p. 659.

3444 Kurtz, Politics of Heresy, p. 37.

3445 Ibid., p. 38.

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principalmente de los teólogos jesuitas. Los más influyentes de éstos se agruparon en torno a la revista Civiltà cattolica, creada en 1849, por solicitud del papa, como respuesta a los acontecimientos de 1848.3446 Estos tomistas (entre los que destacaba el obispo de Perugia Gioachino Pecci, quien más tarde se convertiría en León XIII) se oponían de manera implacable a los desarrollos del pensamiento moderno. Las ideas modernas, insistían, debían rechazarse «sin excepción».

La principal característica del pensamiento neotomista era su oposición a cualquier idea de evolución, de cambio. El neotomismo dirigió su mirada al pasado, más allá del siglo XII, a Aristóteles, para afirmar la idea de verdades intemporales defendida por el escolasticismo. Después de la encíclica Aeterni Patris se ordenó a los obispos nombrar como maestros y sacerdotes sólo a quienes se hubieran formado en «la sabiduría de santo Tomás».3447 En todo momento, su objetivo era mostrar que cuando las nuevas ciencias entraban en conflicto con la doctrina revelada, eran en realidad ellas las que se equivocaban. Esto era la «infalibilidad del papa» en acción, pero además se reintrodujo y redefinió la doctrina del magisterium. Según Lester Kurtz, este proceso vino a ser reforzado por el cambio más ambicioso emprendido en este período: el intento de convertir a la Universidad Gregoriana, la institución académica más importante del mundo católico, en un gran centro de estudios tomistas. Con este fin se realizaron nombramientos claves con los que se pretendía

3446 Vidler, Modernist Movement and the Roman Church, pp. 60-65 y 133 y ss.

3447 Kurtz, Politics of Heresy, p. 41.

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cambiar el equilibrio de poder dentro de la universidad y garantizar así que ésta se adecuara a la nueva ortodoxia papal. La Curia estaba más interesada que nunca en perpetuar los dogmas antiguos, a los que consideraba todavía válidos, y ello hacía irrelevante el descubrimiento de nuevas ideas.3448

Y como si todo esto no fuera suficiente, en 1893 León XIII dio a conocer la encíclica Providentissimus Deus con el propósito de contener las nuevas investigaciones relativas a la Biblia. Más de treinta años después de la publicación de El origen de las especies y casi sesenta desde la aparición de las obras de Strauss y Lyell, el papa declaraba en ella que era imposible alcanzar «una comprensión provechosa de las Sagradas Escrituras» por medio de la «ciencia terrenal». La sabiduría, reiteraba el texto, venía de lo alto, y por supuesto en este ámbito el papa era infalible. La encíclica desestimaba la acusación de que la Biblia contenía falsedades y falsificaciones y señalaba que la ciencia estaba «tan lejos de la verdad última que [los científicos] se dedican todo el tiempo a modificarla y complementarla».3449

Una forma adicional de acallar el debate sobre la veracidad de la Biblia fue la Comisión Bíblica, nombrada por León XIII en 1902. En una carta apostólica titulada Vigilantiae, el papa anunció que la tarea de la comisión de estudiosos sería la de interpretar el texto divino de acuerdo con «las exigencias de nuestra época» y que esa

3448 Ibid., p. 42.

3449 Vidler, Modernist Movement and the Roman Church, cap. X, «The Biblical Question», pp. 81 y

Moynahan, Faith, p. 661, sostiene que León «le tenía simpatía» a las ideas de democracia y libertad de conciencia. Pero sólo en comparación con Pío.

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interpretación estaría «protegida no sólo de cualquier sospecha de error sino también de cualquier opinión temeraria».3450 El último intento de contener el cambio emprendido por León fue su carta apostólica Testem benevolentiae, en la que sostuvo que el «americanismo» era una herejía. Este paso extraordinario evidencia el conflicto que existía dentro de la Iglesia entre las concepciones monárquicas y democráticas, ejemplificado en el hecho de que algunos católicos conservadores europeos vieran con preocupación la postura adoptada por la élite católica estadounidense, a la que consideraban culpable de socavar la autoridad del papado al apoyar «a los liberales, evolucionistas… y hablar siempre de libertad, de respeto del individuo, de iniciativa, de virtudes naturales, y mostrar su simpatía por nuestra época».3451 En Testem benevolentiae, el papa declaraba su «cariño» por el pueblo americano pero su objetivo principal era «señalar ciertas cosas que deben evitarse y corregirse». En este sentido, afirmaba que los esfuerzos por adaptar el catolicismo al mundo moderno estaban condenados al fracaso debido a que «la fe católica no es una teoría filosófica que los seres humanos puedan desarrollar, sino un depósito divino que es deber de los fieles salvaguardar y afirmar sin error». Por tanto, una vez más, insistía en la diferencia fundamental que existía entre la autoridad religiosa y la autoridad política: mientras la autoridad política emanaba del

3450 Kurtz, Politics of Heresy, p. 44.

3451 Ibid., p. 45.

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pueblo, la autoridad de la Iglesia emanaba de Dios y no podía ponerse en cuestión.3452

El dilema al que se enfrentaba el Vaticano a finales del siglo XIX — que, recordemos, era el siglo de Lyell, Darwin, Strauss, Comte, Marx, Spencer, Quetelet, Maxwell y tantos otros pensadores y científicos— era que la estrategia destinada a mantener en la Iglesia a quienes todavía conservaban la fe nunca resultaría aceptable para aquellos que ya habían dejado el rebaño: la única alternativa posible era la contención. En 1903 Pío X se convirtió en papa convencido de que «el número de los enemigos de la cruz de Cristo se había multiplicado excesivamente en tiempos recientes». Estaba seguro, dijo, de que sólo los creyentes «estaban del lado del orden y tenían el poder para reinstaurar la calma en esta época de agitación».3453 Y por tanto, se impuso la tarea de continuar la lucha de su predecesor contra el modernismo con renovado vigor. En Lamentabili, su decreto de 1907, el nuevo pontífice condenó sesenta y cinco proposiciones específicas del modernismo, incluidas las críticas de la Biblia, y reafirmó la doctrina sobre el principio del misterio de la fe. El número de libros incluidos en el Índice aumentó y se obligó a los candidatos a las órdenes mayores a jurar lealtad al papa con una fórmula que implicaba el rechazo de las ideas modernistas. Lamentabili reafirmó una vez más la función del dogma con una frase famosa: «La fe es un acto del intelecto realizado bajo la influencia de la voluntad».3454

3452 Moynahan, Faith, p. 661, sobre la Kulturkampf en Alemania, que dejó vacantes todas las sedes de Prusia y a más de un millón de católicos sin acceso a los sacramentos.

3453 Kurtz, Politics of Heresy, p. 50.

3454 Ibid., p. 148.

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Por todo el mundo los fieles católicos agradecieron el razonamiento detallado y argumentado del Vaticano y su postura firme. Para 1907, las ciencias estaban realizando descubrimientos a gran velocidad: el electrón, el cuanto, el inconsciente y, quizá el más destacado de todos en ese momento, el gen, que permitía explicar por fin cómo operaba la selección natural propuesta por Darwin. Era bueno tener una roca a la que aferrarse en un mundo tan turbulento. Sin embargo, más allá de la Iglesia católica, eran pocos los que prestaban atención a las palabras del papa. Mientras el Vaticano peleaba con su propia crisis moderna, los movimientos artísticos vanguardistas, también conocidos en general como modernismo, marcaban la llegada definitiva de una sensibilidad nueva, posterior al romanticismo, a la revolución industrial, a la Revolución Francesa y a la guerra civil estadounidense. Como Nietzsche había predicho, la muerte de Dios desencadenó fuerzas nuevas. «El cristianismo resolvió que el mundo era malo y feo», escribió este hijo de un pastor protestante, «y lo hizo malo y feo». Pensaba que una de esas nuevas fuerzas sería el nacionalismo, y estaba en lo cierto. Pero también aparecieron otras fuerzas para llenar el vacío que se había creado. Una de ellas fue el socialismo de corte marxista, que contaba con su propia versión de la otra vida, y otra una psicología supuestamente científica que tenía su propia versión actualizada de la idea de alma: el freudismo.

En el capítulo 29, dedicado al renacimiento oriental, vimos que las relaciones del mundo musulmán con Occidente habían sido por lo menos accidentadas, y habían estado marcadas por cierta arrogancia respecto a lo poco que el islam podía aprender de Europa, moderada

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más tarde a medida que los logros técnicos europeos superaban la barrera impuesta por la división religiosa. Sin embargo, la brecha entre ambos mundos sólo empezó a reducirse con la retirada del imperio otomano, que culminó en la guerra de Crimea en la década de 1850. Este conflicto fue crucial porque fue la primera vez en la historia que se produjo una verdadera alianza entre fuerzas cristianas e islámicas, cuando Turquía se unió con Francia e Inglaterra en contra de Rusia. El resultado de esta cooperación más estrecha de lo normal, fue que los musulmanes descubrieron que eran muchísimas las cosas que podían aprender de los europeos, no sólo en lo relativo al armamento, las tácticas de combate y la medicina, materias que siempre les habían resultado atractivas, sino también en otras esferas de la vida.

Esta nueva actitud se manifestó por primera vez en Turquía, donde, por ejemplo, surgió un movimiento conocido como Tanzimat, «reforma».3455 El país creó un Consejo Supremo de Reforma, se reorganizó de acuerdo con el modelo francés y se limitó el ámbito de aplicación de la sharia al derecho familiar. Los recaudadores de impuestos fueron sustituidos por la imposición directa y la gente se convirtió en «súbditos». La figura clave aquí fue Namik Kemal (1840-1888), quien editaba un diario, Libertad, cuyas metas eran la búsqueda del desarrollo tecnológico, la libertad de prensa, la separación de poderes, la igualdad ante la ley y una reinterpretación del Corán coherente con una democracia parlamentaria. El mensaje

3455 Véase: Hourani, History of the Arab Peoples, cap. 18, «The culture of imperialism and reform»,

299 y ss. Y también: Erik J. Zürcher, Turkey: A Modern History, I. B. Tauris, Londres, 1993, pp. 52-74.

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más importante que Kemal tenía que ofrecer era que no todo estaba predeterminado por Dios. Ishak Efendi fue nombrado bashoca de la Escuela Imperial de Ingeniería Militar y en 1834 publicó su obra en cuatro volúmenes Mecmua-i Ulum-i Riyaziye, basada en fuentes extranjeras y que introdujo las ciencias modernas en el mundo musulmán. Doce años después, Kudsi Efendi escribió su Asrar al-Malakut, en el que intentó reconciliar el sistema copernicano con el islam. En 1839 se seleccionó a treinta y seis estudiantes de las escuelas militares y de ingeniería para que estudiaran en París, Londres y Viena, y en 1845 se creó un Consejo Temporal de Educación para examinar la idea de «educación pública». El primer libro de química moderna publicado en turco apareció en 1848 y el primer título de biología moderna lo hizo en 1865. La construcción de fábricas siguiendo el modelo occidental empezó en serio en la década de 1860. En 1867 se fundó en Estambul una escuela de medicina civil, y dos años después se abrieron las inscripciones para la Darülfünân, «universidad». Los cursos se iniciaron en 1874-1875, cuando se contaba con escuelas de letras, de derecho y, en lugar de ciencias como se había previsto originalmente, de ingeniería civil (basada en la École des Ponts et Chaussées francesa). En 1851 surgió la Encümen-i Danis, una institución similar a la Académie Française; en 1866 se creó un consejo de traducción; en 1869 se adoptó el sistema métrico; y en 1885, cuando Pasteur descubrió la vacuna para la rabia, los turcos enviaron una delegación de médicos a París para

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conocer la nueva información y entregarle al gran científico una condecoración.3456

3456 Ekmeleddin Ihsanoglu, Science, T The Times, Londres (29 de abril de 2004). Véase también: Aziz Al-Azmeh, Islams and Modernities, Londres, Verso, 19962, en especial el cap. 4, pp. 101-127.echnology and Learning in the Ottoman Empire, en especial los caps. II, III, IV, V, VII, VIII, IX y Hourani, History of the Arab Peoples, p. 307, y pp. 346-347.X. The Times, Londres (29 de abril de 2004). Véase también: Aziz Al-Azmeh, Islams and Modernities, Londres, Verso, 19962 , en especial el cap. 4, pp. 101-127. Hourani, History of the Arab Peoples, p. 307, y pp. 346-347. The Times, Londres (29 de abril de 2004). Al-Azmeh, Islams and Modernities, pp. 107-117. Véase también: Francis Robinson, «Other-worldly and This-Worldly Islam and the Islamic Revival», Cantwell Smith memorial Lecture, Royal Asiatic Society, 10 de abril de 2003. El estudio de Maquiavelo se popularizó en el mundo islámico como forma de entender a los tiranos y déspotas. The Times, Londres (29 de abril de 2004). Al-Azmeh, Islams and Modernities, pp. 41 y ss. Hourani, History of the Arab Peoples, pp. 254, 302 y 344-345. Véase también: Tariq Ramadan, Western Muslims and the Future of Islam, Oxford University Press, Oxford, 2003. El movimiento reformista terminó, aproximadamente, con la primera guerra mundial, cuando muchos seres humanos perdieron su fe en la cultura de la ciencia y el materialismo. En el mundo islámico, la posguerra fue testigo de dos procesos paralelos. En muchas áreas el modernismo continuó, pero al mismo tiempo surgió una corriente del islam mucho más militante, una de cuyas primeras manifestaciones fue la Hermandad Musulmana en Egipto. A lo largo de las décadas de 1920, 1930 y 1940, cuando el marxismo y el socialismo se convirtieron en las doctrinas de gobierno oficiales, la religión perdió importancia y no se buscó ninguna conciliación con el islam. El punto culminante de este proceso fue la guerra de los Seis Días con Israel, en 1968, conflicto que los países musulmanes perdieron de forma contundente. En el mundo islámico esto se interpretó como un gran fracaso del socialismo, y fue entonces cuando un islamismo más fundamentalista y militante empezó a llenar el vacío político creado. Ronald Clark, Freud: The Man and the Cause, Random House, Nueva York, 1980, pp. 20 y 504. [Hay traducción castellana: Freud, el hombre y su causa, Planeta, Barcelona, 1985]. Everdell, First Moderns, p. 129. Mark D. Altschule, Origins of Concepts in Human Behavior: Social and Cultural Factors, John Wiley, Nueva York y Londres, 1977, p. 199. Peter Gay, Schnitzler’s Century: The Making of Middle Class Culture 1815-1914, W. W. Norton, Nueva York y Londres, 2002, pp. 132 y 137. [Hay traducción castellana: Schnitzler y su tiempo: retrato cultural de la Viena del siglo XIX, Paidós, Barcelona, 2002]. Guy Claxton, The Wayward Mind: An Intimate History of the Unconscious, Little, Brown, Londres, 2005, passim. Henri F. Ellenberger, The Discovery of the Unconscious, Allen Lane The Penguin Press, Londres, 1970, pp. 56-70. [Hay traducción castellana: El descubrimiento del inconsciente: historia y evolución de la psiquiatría dinámica, Gredos, Madrid, 1976]. Ibid., pp. 124-125. Ibid., p. 142. Reuben Fine, A History of Psychoanalysis, Columbia University Press, Nueva York, 1979,

9-10. Ellenberger, Discovery of the Unconscious, p. 145. La obra del historiador Peter Gay, en especial en los cuatro volúmenes de The Bourgeois Experience: Victoria to Freud, Oxford University Press, Oxford y Nueva York, 1984, propone que todo el siglo XIX culmina de algún modo en Freud. Su libro aborda las cuestiones del sexo, el género, el gusto, el aprendizaje, la privacidad y el cambio en la noción del yo, y es demasiado amplio para ofrecer un razonable resumen de él aquí. Por otro lado, el libro de Gustave Gely, From the Unconscious to the Conscious, Collins, Londres, 1920, sostiene la teoría opuesta: que la conciencia es resultado de la evolución. Ellenberger, Discovery of the Unconscious, p. 205. Ibid., p. 212. Ibid., p. 219. Ibid., pp. 218-223. De una tradición diferente, demasiado tangencial en opinión del autor, se ocupa el libro de David Bakan, Sigmund Freud and the Jewish Mystical Tradition, D. Van Nostrand, Princeton (Nueva Jersey), 1958. Ellenberger, Discovery of the Unconscious, p. 208. Ibid., p. 209. Citado en Bryan Magee, The Philosophy of Schopenhauer, Oxford University Press, Oxford, 1983, pp. 132-133. [Hay traducción castellana: Schopenhauer, Cátedra, Madrid, 1991]. Ernest Gellner, The Psychoanalytic Movement, Paladin, Londres, 1985, pp. 21 y ss. Allen Esterson, Seductive

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Contemporáneo de Namik Kemal fue el iraní Malkom Khan (1844-1908), muy influido por Aguste Comte. Khan, que se había educado en París, escribió un Libro de reforma en el que defendía la separación de poderes y el derecho secular, y abogaba por una Declaración de Derechos. Al igual que Kemal, publicó un periódico, Qanun, «Ley», en el que propuso la creación de dos asambleas, una asamblea popular y otra de ulemas. Una figura similar a ambos fue la del tunecino Khayr al-din al-Tunisi (1822-1890), que también estudió en París y quien, como ya hiciera Aristóteles en la Grecia clásica, realizó un estudio comparativo de veintiún estados europeos y sus respectivos sistemas políticos. En su opinión, los musulmanes se equivocaban al rechazar los logros de otras culturas simplemente por el hecho de no ser musulmanas y recomendaba que el mundo islámico se apropiara de lo mejor que Europa tenía que ofrecer.3457

En total, en este período surgieron más de cincuenta pensadores de primer orden en el mundo islámico partidarios de la modernización del islam, figuras como Qasim Amin en Egipto, Mahmud Tarzi en Afganistán, Sayyid Khan en la India, Achmad Dachlan en Java y Wang Jingshai en China. No obstante, los tres modernistas islámicos de más influencia fueron: el iraní Sayyid Jamal al-Din al-Afghani

Mirage, Open Court, Chicago y La Salle (Illinois), 1993, p. 224. Ernest Jones, Sigmund Freud: Life and Work, Hogarth Press, Londres, 1953/1980, vol. 1, p. 410. [Hay traducción castellana: Vida y obra de Sigmund Freud, Anagrama, Barcelona, 2003]. Ellenberger, Discovery of the Unconscious, p. 358. Elton Mayo, The Psychology of Pierre Janet, Routledge & Kegan Paul, Londres, 1951, pp. 24 y ss., proporciona una breve y clara exposición de esta técnica. Ellenberger, Discovery of the Unconscious, p. 296. Ibid. Giovanni Costigan, Sigmund Freud: A Short Biography, Robert Hale, Londres, 1967, p. 100. Johnston, Austrian Mind, p. 235. Esterson, Seductive Mirage, pp. 2-3. Johnston, Austrian Mind, p. 236. Johnston, Austrian Mind, p. 236.

3457 The Times, Londres (29 de abril de 2004). Véase también: Aziz Al-Azmeh, Islams and Modernities, Londres, Verso, 19962, en especial el cap. 4, pp. 101-127.

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(1838-1897), el egipcio Muhammad Abduh (1849-1905), y Muhammad Rashid Rida (1865-1935), quien nació en el Líbano pero pasó la mayor parte de su vida adulta en Egipto; todos ellos merecerían ser mejor conocidos en Occidente.

El principal mensaje de Al-Afghani era que el éxito de Europa se debía básicamente a dos cosas, su ciencia y sus leyes, y sostenía que ambas tenían su origen en la Grecia y la India antiguas. «La ciencia no conoce fin o límite», decía en 1882, «la ciencia gobierna el mundo». «No hubo, hay ni habrá gobernante en el mundo sin ayuda de la ciencia». «Los ingleses han llegado a Afganistán, los franceses se han apoderado de Túnez. Pero en realidad esta usurpación, agresión y conquista no han sido logradas por los franceses o los ingleses, sino que es la ciencia la que en todas partes manifiesta su grandeza y poderío». AlAfghani quería que todo el islam reconsiderara su posición. Creía que «la mente es el motor del cambio histórico», y afirmaba que el islam necesitaba reformarse. Se burlaba de los ulemas de su época que estudiaban los textos antiguos pero desconocían las causas de la electricidad o los principios de la máquina de vapor. ¿Cómo, se preguntaba, pueden esta clase de personas autodenominarse «sabios»? Y los comparaba a una vela con una mecha muy pequeña «incapaz de alumbrar a su alrededor ni de dar luz a otros». Al-Afghani estudió en Francia y Rusia y durante su estancia en París trabó amistad con Ernest Renan. Al-Afghani sostuvo específicamente que la persona religiosa era como el buey sujeto al arado, «sujeto al dogma del que es esclavo», y que en este sentido su destino era caminar siempre en el surco que se le había

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trazado por adelantado. Culpaba al islam de haber puesto fin a la era dorada de Bagdad, consideraba que las escuelas de teología reprimían el avance de la ciencia, y abogaba por una filosofía no dogmática que promoviera la indagación científica.

Muhammad Abduh también estudió en París, donde publicó un famoso diario llamado El vínculo más fuerte, en el que hacía campaña contra el imperialismo pero también a favor de la reforma religiosa.3458 Al regresar a Egipto, se convirtió en un destacado juez y participó en el cuerpo directivo del colegio-mezquita de al-Azhar, uno de los centros de estudio más influyentes del mundo árabe. Era partidario de que las niñas recibieran educación y también de las leyes seculares, más allá de la sharia. El derecho y la política le interesaron especialmente. He aquí algunas de las cosas que escribió: «El conocimiento humano es en realidad una colección de reglas para obtener beneficios útiles, a través de las cuales la gente puede organizar métodos de trabajo para obtener esos beneficios… las leyes son la base de las actividades organizadas… para producir beneficios manifiestos… las leyes de cada nación corresponden a su nivel de entendimiento… Por tanto, no es posible aplicar la ley de un grupo de gente a otro grupo que se encuentra por encima del primero en nivel de comprensión… en tal caso el orden del segundo grupo se vería perturbado». Las políticas, insistió en otra ocasión, deben determinarse de acuerdo a las circunstancias, no por razones doctrinales. Abduh continuó defendiendo la necesidad de una reforma jurídica en Egipto y de leyes más claras y simples, que

3458 Hourani, History of the Arab Peoples, p. 307, y pp. 346-347.

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evitaran lo que consideraba las «ambigüedades» del Corán. Pensaba que Egipto debía imitar a Francia, que tras la Revolución había conseguido pasar de una monarquía absoluta, luego a una monarquía restringida y finalmente a una república libre. Su deseo era que el derecho civil, acordado por todos de forma lógica, dirigiera la mayor parte de la vida del país. En su sistema jurídico no se menciona al profeta, el islam, las mezquitas o la religión.

Muhammad Rashid Rida asistió en el Líbano a una escuela que combinaba la educación moderna con la religiosa. Hablaba varias lenguas europeas y tenía amplios estudios de ciencias.3459 Tuvo una estrecha relación con Abduh, de quien escribió una biografía. También él tuvo su propio diario, al-Manar (La almenara), en el que difundió sus ideas acerca de la reforma hasta su muerte. Rida opinaba que estaba en marcha una renovación social, política, cívica y religiosa muy necesaria, que permitiría a la sociedad «ascender por los caminos de la ciencia y el conocimiento». «En todas las épocas, los humanos han necesitado lo viejo y lo nuevo», afirmaba. Y advirtió que aunque los británicos, franceses y alemanes preferían la mayor parte de las veces sus propias formas de pensar y de hacer las cosas, todos ellos también estaban abiertos a influencias extranjeras. Reconocía que hombres a los que consideraba heréticos le gustaban y le habían sido de gran ayuda. Rida en cierto modo se parece un poco a Erasmo, pero también nos recuerda el argumento de Owen Chadwick, que antes hemos mencionado, de que los europeos que se consideraban

3459 The Times, Londres (29 de abril de 2004). Al-Azmeh, Islams and Modernities, pp. 107-117. Véase también: Francis Robinson, «Other-worldly and This-Worldly Islam and the Islamic Revival», Cantwell Smith memorial Lecture, Royal Asiatic Society, 10 de abril de 2003.

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a sí mismos cristianos no empezaron a tener relaciones amistosas con quienes no eran creyentes hasta 1860. Más importante todavía fue el hecho de que Rida sostuviera que la sharia tenía muy poco o nada que decir a propósito de la agricultura, la industria y el comercio, que debían dejarse «a la experiencia del pueblo». El estado, sostuvo, consistía precisamente en ello: las ciencias, las artes y las industrias, los sistemas financieros, administrativos y militares. En el islam esto es un deber colectivo y es un pecado desatenderlo. La única regla que había siempre que tener en mente era «la necesidad permite lo no permitido».

El logro colectivo del modernismo en el mundo islámico puede resumirse en cinco aspectos. (1) El renacimiento cultural. Ésta fue una tentativa de revivir la cultura y las artes islámicas, principalmente teniendo como referencia lo ocurrido en la Ilustración europea. He aquí unos cuantos ejemplos: la práctica de la hagiografía cambió para convertirse en algo muy parecido a la biografía moderna; se desarrolló una tradición de relatos de viajes en el mundo árabe, que abiertamente manifestaban su maravilla ante la prosperidad de Europa y Norteamérica: las lámparas de gas, los ferrocarriles, los barcos de vapor. En el Líbano empezaron a presentarse las primeras obras de teatro en 1847, con una adaptación de un drama francés; en India se representó una primera pieza en urdu en 1853; y en 1859 se presentó la primera obra en turco. Con el desarrollo de la prensa rotativa, surgió una nueva prensa periódica en el mundo árabe (como ocurrió también en Europa). Los títulos de estas publicaciones son significativos: Libertad, Advertencia, El intérprete. Argelia incluso tuvo

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un periódico reformista, El crítico. El ensayista al-Tahtawi escribió un libro sobre Voltaire, Rousseau y Montesquieu, y sobre las leyes occidentales; en Turquía, Namik Kemal tradujo a Bacon, Condillac, Rousseau y Montesquieu. (2) El constitucionalismo. En este contexto constitucionalismo significa un gobierno limitado por la ley, lo que hoy denominaríamos separación de poderes, y compuesto por parlamentarios elegidos en lugar de reyes, jeques o líderes tribales. Los constitucionalistas decidieron específicamente despreocuparse de la idea de paraíso, y sostuvieron que lo que importaba en realidad era la equidad aquí en la tierra, en esta vida. Las propuestas constitucionalistas se produjeron, o aprobaron, en Egipto en 1866, en Túnez en 1861, en el Imperio otomano en 1876 y en 1908, en Irán en 1906 y de nuevo en 1909. En Afganistán se suprimió un movimiento de carácter modernista en 1909.3460 Y la gente incluso empezó a hablar de «los países constitucionales». (3) La ciencia y la educación. En los países musulmanes las ideas de Darwin despertaban gran preocupación debido a que muchos estudios islámicos, convencidos por el darwinismo social de Herbert Spencer, pensaban que, dado que sus sociedades eran anticuadas, éstas estaban condenadas a desaparecer. Por tanto, consideraban que era urgente apropiarse de los conocimientos de las ciencias occidentales, en particular, que se los enseñara en las nuevas escuelas. De hecho, hubo un movimiento en esta época que promovía una nueva escuela, usul-I jaded, «los nuevos principios», que enseñaba materias

3460 El estudio de Maquiavelo se popularizó en el mundo islámico como forma de entender a los tiranos y déspotas.

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religiosas y seculares de forma conjunta, pero cuyo verdadero objetivo era, claramente, reemplazar a los académicos religiosos tradicionales por estudiosos más modernos. Entre los modernistas islámicos la sociología se convirtió en una disciplina muy popular; en especial se seguía a Comte, cuya idea de que las sociedades podían dividirse en tres etapas progresivas era muy apreciada. Afghani opinó que el hombre no era diferente a los demás animales y que, por tanto, podía estudiarse de la misma forma que ellos, y sostuvo que los más aptos serían los que sobrevivirían. Al igual que Marx y Nietzsche, pensaba que, al final, la vida era una cuestión de poder. Abduh visitó a Herbert Spencer, cuya obra tradujo. Más importante aún fue que los modernistas sostuvieron que las leyes eran consecuencia de la naturaleza humana, del estudio de las regularidades de la naturaleza, y que era de esta forma y no a través del Corán como Dios se revelaba al mundo. (4) Al igual que estaba ocurriendo en Occidente con la Biblia, en el siglo XIX los textos del Corán y los hadith se convirtieron en objeto de importantes estudios críticos. Rida fue un crítico implacable de los hadith, un conjunto de textos introducidos por figuras posteriores al profeta, a los que consideraba uno de los principales culpables del atraso del islam. En lo que respecta al Corán mismo, la opinión de Rida era que el texto era sólo una guía, no un mandato. Al-Saykh Tartawi Jawhari (1870-1940) realizó una exégesis del Corán en veintiséis volúmenes, basada en la ciencia moderna. (5) Las mujeres. El siglo XIX fue testigo del surgimiento de la escolaridad femenina en varios países islámicos, aunque no en todos. También vio la aparición de organizaciones de mujeres en Bengala y Rusia, y

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el fin de la poligamia en la India. El sufragio femenino apareció en Azerbaiyán en 1918 (antes incluso que en Francia, donde las mujeres tendrían que esperar hasta 1947 para poder votar, y en Suiza, donde su aprobación fue todavía más tardía). En 1896, en el Líbano, y en 1920, en Túnez, se realizaron campañas a favor de que las mujeres tuvieran libre acceso a las profesiones.

Quizá el lector se pregunte qué pasó con este movimiento modernista en los países islámicos. Una respuesta breve es que floreció hasta la primera guerra mundial y luego se fragmentó. Dado que este proceso queda fuera del marco temporal de este libro, ofrezco en las notas un breve resumen de lo que ocurrió entre la primera guerra mundial y el presente.3461

A finales del siglo XIX, tanto el cristianismo como el islam fueron objeto de una avalancha de ataques constantes. ¿Quién puede decir, en la actualidad, qué fe consiguió resistir con más éxito esas críticas?

3461 The Times, Londres (29 de abril de 2004). Al-Azmeh, Islams and Modernities, pp. 41 y ss. Hourani, History of the Arab Peoples, pp. 254, 302 y 344-345. Véase también: Tariq Ramadan, Western Muslims and the Future of Islam, Oxford University Press, Oxford, 2003. El movimiento reformista terminó, aproximadamente, con la primera guerra mundial, cuando muchos seres humanos perdieron su fe en la cultura de la ciencia y el materialismo. En el mundo islámico, la posguerra fue testigo de dos procesos paralelos. En muchas áreas el modernismo continuó, pero al mismo tiempo surgió una corriente del islam mucho más militante, una de cuyas primeras manifestaciones fue la Hermandad Musulmana en Egipto. A lo largo de las décadas de 1920, 1930 y 1940, cuando el marxismo y el socialismo se convirtieron en las doctrinas de gobierno oficiales, la religión perdió importancia y no se buscó ninguna conciliación con el islam. El punto culminante de este proceso fue la guerra de los Seis Días con Israel, en 1968, conflicto que los países musulmanes perdieron de forma contundente. En el mundo islámico esto se interpretó como un gran fracaso del socialismo, y fue entonces cuando un islamismo más fundamentalista y militante empezó a llenar el vacío político creado.

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Capítulo 36

El modernismo y el descubrimiento del inconsciente

De joven, Sigmund Freud no carecía de ambición. Aunque tenía fama de ser un ratón de biblioteca, sus ojos oscuros y su exuberante cabello negro le daban un aire de seguridad al que se ha calificado de «carismático».3462 Fantaseaba imaginándose en la piel de Aníbal, Oliver Cromwell, Napoleón, Heinrich Schliemann (el descubridor de Troya) e incluso Cristóbal Colón. Más tarde, cuando ya se había hecho un nombre, se comparaba a sí mismo de forma menos caprichosa con Copérnico, Leonardo da Vinci, Galileo y Darwin. En vida fue encumbrado por figuras como André Breton, Theodore Dreiser y Salvador Dalí. Durante un tiempo Thomas Mann pensaba que era «el oráculo» (luego cambiaría de opinión). En 1938, el presidente de Estados Unidos, Franklin Roosevelt se preocupó personalmente por la seguridad de Freud bajo el Tercer Reich, y finalmente consiguió que los nazis le permitieran abandonar Austria.3463

En la historia de las ideas, acaso ninguna otra figura haya sido sometida a una revisión tan severa como Freud, ciertamente no ha ocurrido algo semejante con Darwin e incluso tampoco con Marx. Así como en la actualidad los historiadores profesionales tienen una concepción del Renacimiento y lo que, para abreviar, podríamos denominar Prerrenacimiento (el período comprendido entre el año

3462 Ronald Clark, Freud: The Man and the Cause, Random House, Nueva York, 1980, pp. 20 y

[Hay traducción castellana: Freud, el hombre y su causa, Planeta, Barcelona, 1985]. 3463 Everdell, First Moderns, p. 129.

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1050 y 1250 en el que comenzó el mundo moderno) que difiere en gran medida de la visión del público lector en general, existe igualmente un enorme abismo entre lo que el común de la gente piensa de Freud y lo que opinan de él la mayoría de los psiquiatras profesionales.

La primera revisión, en cuanto tal, supone dejar de atribuir a Freud el descubrimiento del inconsciente. Guy Claxton, en su reciente historia de esta idea, rastrea entidades «similares al inconsciente» en los «templos de incubación» de Asia Menor del año 1000 a. C., en los que era común realizar rituales de «liberación del espíritu». Claxton señala que la idea griega del alma implicaba «profundidades desconocidas», que Pascal, Hobbes y Edgar Allan Poe son sólo tres de los autores que concibieron la idea de que el yo tenía un doble misterioso y semioculto, que de algún modo ejercía su influencia sobre el comportamiento y los sentimientos. Poe no era en absoluto un caso aislado. «Es difícil (y acaso imposible) encontrar un psicólogo o psicólogo-médico del siglo XIX que no reconociera la existencia de actividad cerebral inconsciente no sólo como algo real sino también de la mayor importancia». Éstas son las palabras de Mark D. Altschule en su Origins of Concepts in Human Behavior (1977). En Viena, hacia 1833, el barón Ernst von Feuchtersleben (1806-1849) introdujo los términos «psicosis» y «psiquiátrico» en el sentido que hoy los usamos. Entre los novelistas, el siglo XIX se describió como «nuestro siglo de nervios», y George Beard acuñó la palabra

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«neurastenia» en 1858.3464 El filósofo británico Lancelot Law Whyte afirma que hacia 1870 el inconsciente era un tema normal de conversación, no sólo entre profesionales, sino entre todas aquellas personas que deseaban demostrar su cultura. El escritor alemán Friedrich Spielhagen coincidía: en una novela publicada en 1890, describe un salón berlinés de la década de 1870 en el que dos temas dominan la conversación, Wagner y la filosofía del inconsciente. Pero incluso esto no nos permite hacernos una idea de hasta qué punto la noción de inconsciente se había desarrollado a lo largo del siglo XIX. Para ello debemos remitirnos a la magistral (y extensa) obra de Henri Ellenberger El descubrimiento del inconsciente.3465

Ellenberger explora, por un lado, los precursores médicos del psicoanálisis, tanto lejanos como cercanos, y por otro, el contexto cultural del siglo XIX. Todos estos factores fueron igualmente importantes.

Entre las causas lejanas del psicoanálisis se encuentran predecesores como Franz Anton Mesmer (1734-1815), a quien en algún momento llegó a compararse con Cristóbal Colón, pues se creía que había descubierto «un nuevo mundo», en este caso, un mundo interior. Tras hacerles tragar una preparación que contenía hierro, Mesmer trataba a sus pacientes con imanes. Después de haber advertido que ciertos síntomas psicológicos variaban con las fases de

3464 Mark D. Altschule, Origins of Concepts in Human Behavior: Social and Cultural Factors,

John Wiley, Nueva York y Londres, 1977, p. 199. Peter Gay, Schnitzler’s Century: The Making of Middle Class Culture 1815-1914, W. W. Norton, Nueva York y Londres, 2002, pp. 132 y 137. [Hay traducción castellana: Schnitzler y su tiempo: retrato cultural de la Viena del siglo XIX, Paidós, Barcelona, 2002].

3465 Guy Claxton, The Wayward Mind: An Intimate History of the Unconscious, Little, Brown, Londres, 2005, passim.

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la luna, su objetivo era manipular «mareas artificiales» dentro del cuerpo humano. En algunos casos el método pareció funcionar y los síntomas desaparecieron al menos durante varias horas. Mesmer estaba convencido de que había descubierto un «fluido invisible» del cuerpo humano, que estaba en condiciones de manipular. Esto coincidió con otros fluidos «imponderables» como el flogisto y la electricidad, lo que en parte explica el gran interés por estas innovaciones, que ampliaría luego el marqués de Puységur (1751-1825). Éste desarrolló dos técnicas conocidas como «la crisis perfecta» y el «sonambulismo artificial», que parecen haber sido formas de hipnosis inducidas magnéticamente.3466

Jean-Martin Charcot (1835-1893), quizá el precursor más cercano de Freud, fue el neurólogo más destacado de su época y trató pacientes «desde Samarcanda hasta las Indias occidentales». Fue Charcot quien otorgó respetabilidad al hipnotismo al emplearlo para distinguir entre las parálisis histéricas y las parálisis orgánicas. (Demostró su argumento consiguiendo provocar parálisis a pacientes hipnotizados). Luego mostró que las parálisis histéricas con frecuencia ocurrían después de traumas, y también que las pérdidas de memoria de carácter histérico podían recuperarse mediante la hipnosis. Freud pasó cuatro meses en el hospital de Salpêtrière en París, estudiando con Charcot, aunque recientemente se ha puesto en duda el valor del trabajo del francés: al parecer sus pacientes

3466 Henri F. Ellenberger, The Discovery of the Unconscious, Allen Lane The Penguin Press, Londres, 1970, pp. 56-70. [Hay traducción castellana: El descubrimiento del inconsciente: historia y evolución de la psiquiatría dinámica, Gredos, Madrid, 1976].

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actuaban de la forma en que lo hacían para acomodarse a las expectativas del terapeuta.3467

La hipnosis fue una forma de tratamiento muy popular a lo largo del siglo XIX, relacionada también con un estado conocido como automatismo ambulatorio, en el que la gente parece hipnotizarse a sí misma y realiza tareas de las que al recuperar la conciencia no conserva ningún recuerdo. La hipnosis también demostró ser útil en cierto número de casos de lo que hoy denominamos fugas, en los que la gente repentinamente se disocia de su vida, deja su hogar e incluso puede llegar a olvidar quién es.3468 Sin embargo, a medida que el siglo avanzaba, el interés por la hipnosis empezó a desvanecerse, aunque la histeria continuó teniendo la atención de los psiquiatras. Dado que había aproximadamente veinte casos de histeria femenina por cada caso de histeria masculina, desde el principio se pensó que la histeria era una enfermedad de las mujeres, y aunque originalmente se creyó que su causa tenía alguna misteriosa relación con el movimiento o «deambular» del útero, pronto resultó evidente que se trataba de una enfermedad psicológica. El vínculo con el sexo se consideró posible, e incluso probable, ya que la histeria prácticamente era desconocida entre las monjas y, en cambio, era frecuente entre las prostitutas.3469 Podría decirse que la primera aparición del inconsciente en el sentido en que actualmente entendemos el término ocurrió después de que los partidarios del magnetismo animal advirtieran que, cuando

3467

3468

Ibid., pp. 124-125.

Ibid., p. 142.

3469 Reuben Fine, A History of Psychoanalysis, Columbia University Press, Nueva York, 1979, pp.

9-10.

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inducían el sueño magnético en alguien, «se manifestaba una nueva vida de la que el sujeto no tenía conciencia, y que entonces emergía una personalidad nueva y con frecuencia más brillante».3470 Estas «dos mentes» fascinaron al siglo XIX, y fue entonces cuando surgió el concepto de «doble ego» o «dipsiquismo».3471 Se dividió a la gente según si su segunda mente era «cerrada» o «abierta». La teoría del dipsiquismo fue desarrollada por Max Dessoir en su libro El doble ego, publicado en 1890 y que fuera en su momento recibido con grandes elogios. Dessoir dividía la mente en el Oberbewussten y el Unterbewussten, la «conciencia superior» y la «conciencia inferior», la última de las cuales, sostenía, se revela ocasionalmente en los sueños.

Entre los factores de carácter más general que contribuyeron al surgimiento de la idea del inconsciente destaca el romanticismo. El romanticismo tiene un vínculo estrecho con la idea de inconsciente, dice Ellenberger, porque la filosofía romántica adoptó la noción de los Urphänomene, «los fenómenos primordiales», y las metamorfosis que derivaban de ellos.3472 Entre los Urphänomene se encontraba la Urpflanze, la planta primordial, el All-Sinn, el sentido universal, y el inconsciente. Según Gotthilf Heinrich von Schubert (1780-1860), otro fenómeno primordial era el Ich-Sucht (el amor propio). Von Schubert

3470 Ellenberger, Discovery of the Unconscious, p. 145.

3471 La obra del historiador Peter Gay, en especial en los cuatro volúmenes de The Bourgeois Experience: Victoria to Freud, Oxford University Press, Oxford y Nueva York, 1984, propone que todo el siglo XIX culmina de algún modo en Freud. Su libro aborda las cuestiones del sexo, el género, el gusto, el aprendizaje, la privacidad y el cambio en la noción del yo, y es demasiado amplio para ofrecer un razonable resumen de él aquí. Por otro lado, el libro de Gustave Gely, From the Unconscious to the Conscious, Collins, Londres, 1920, sostiene la teoría opuesta: que la conciencia es resultado de la evolución.

3472 Ellenberger, Discovery of the Unconscious, p. 205.

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afirmaba que el hombre era una «estrella doble», dotado de un Selbstbewussten, un segundo centro.3473 Johann Christian August Heinroth (1773-1843), a quien Ellenberger describe como un «médico romántico», sostenía que la principal causa de las enfermedades mentales era el pecado. De acuerdo con su teoría, la conciencia tenía su origen en otro fenómeno primordial, el Über-Uns (super-nosotros).3474 El suizo Johann Jakob Bachofen (1815-1887) promulgó la teoría del matriarcado con la publicación en 1861 de El derecho materno.3475 La historia, creía Bachofen, había atravesado tres fases: «el hetairismo, el matriarcado y el patriarcado». La primera se había caracterizado por la promiscuidad sexual, en un momento en el que los niños no sabían quienes eran sus padres. La segunda sólo se alcanzó tras miles de años de lucha, y las mujeres resultaron vencedoras. Durante esta época, las mujeres dieron origen a la familia y a la agricultura y detentaron todo el poder político y social. La principal virtud de esta etapa era el amor a la madre, habiendo sido las madres creadoras de un sistema social que favorecía la libertad general. La sociedad matriarcal privilegiaba la educación del cuerpo (los valores prácticos) sobre la educación del intelecto. La sociedad patriarcal emergió sólo después de otro largo período de encarnizado conflicto, e implicó una inversión completa de la sociedad matriarcal. La sociedad patriarcal favoreció la independencia y la individualidad y separó a los hombres entre sí. Para Bachofen el amor paterno es un principio más abstracto y menos práctico que el amor materno, por

3473

3474

3475

Ibid., p. 212.

Ibid., p. 219.

Ibid., pp. 218-223.

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lo que condujo a grandes logros intelectuales. En su opinión, muchos mitos contenían testimonios de la sociedad matriarcal, como el mito de Edipo.3476

Varios filósofos también se adelantaron a los conceptos freudianos. El siguiente listado de libros resulta instructivo, aunque está lejos de ser exhaustivo (Unbewussten significa «inconsciente» en alemán): August Winkelmann, Introducción a la psicología dinámica (1802); Eduard von Hartmann, Filosofía del inconsciente (1868); W. B. Carpenter, Unconscious Action of the Brain (1872); J. C. Fischer, Hartmann’s Philosophie des Unbewussten (1872); J. Vokelt, Das Unbewussten und der Pessimismus (1873); C. F. Flemming, Zur Klärung des Vegriffsder Unbewussten Seelen-Thätigkeit (1877); A. Schmidt, Die naturwissenschaftlichen Grundlagen der Philosophie des Unbewussten (1877); E. Colsenet, La Vie Inconsciente de l’Esprit (1880).3477

En El mundo como voluntad y representación, Schopenhauer consideraba a la voluntad una «fuerza motriz ciega». El hombre, decía, era un ser irracional guiado por fuerzas interiores, «que le resultan desconocidas y de las que apenas se percata».3478 La metáfora que proponía Schopenhauer era la de la tierra, de la que conocemos su superficie, pero cuyo interior ignoramos. Esas fuerzas irracionales que dominaban al hombre, decía, eran de dos tipos: el instinto de supervivencia y el instinto sexual. De los dos, el instinto sexual era

3476 De una tradición diferente, demasiado tangencial en opinión del autor, se ocupa el libro de David Bakan, Sigmund Freud and the Jewish Mystical Tradition, D. Van Nostrand, Princeton (Nueva Jersey), 1958.

3477 Ellenberger, Discovery of the Unconscious, p. 208.

3478 Ibid., p. 209.

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de lejos el más poderoso, y de hecho, opinaba Schopenhauer, nada podía competir con él. «El hombre se engaña si cree que puede negar el instinto sexual. Es posible que piense que puede, pero en realidad las pulsiones sexuales sobornan al intelecto y en este sentido la voluntad es “el antagonista secreto del intelecto”». Schopenhauer llegó incluso a proponer algo similar a lo que luego se llamaría represión, que en sí misma es una actividad inconsciente: «La oposición de la voluntad a dejar que lo que repele llegue a ser conocido por el intelecto es el punto a través del cual la locura puede abrirse paso en el espíritu».3479 «La conciencia es apenas la superficie de la mente, y de ésta, como del globo, no conocemos más que la corteza, no el interior».3480

Con todo, von Hartmann fue todavía más lejos y argumentó que el inconsciente tenía tres capas, a saber: (1) el inconsciente absoluto, «que constituye la sustancia del universo y es la fuente de las demás formas»; (2) el inconsciente fisiológico, que forma parte del desarrollo evolutivo del hombre; y (3) el inconsciente psicológico, que gobierna nuestra vida mental consciente. Von Hartmann, más que Schopenhauer, recopiló abundantes pruebas (pruebas clínicas, en cierto sentido) para respaldar su razonamiento. Por ejemplo, exploró la asociación de ideas, el ingenio, el lenguaje, la religión, la historia y la vida social, y resulta significativo que todas ellas sean áreas de las que también se ocuparía Freud.

3479 Citado en Bryan Magee, The Philosophy of Schopenhauer, Oxford University Press, Oxford,

1983, pp. 132-133. [Hay traducción castellana: Schopenhauer, Cátedra, Madrid, 1991].

3480 Ernest Gellner, The Psychoanalytic Movement, Paladin, Londres, 1985, pp. 21 y ss.

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Nietzsche también prefiguró muchas de las ideas de Freud acerca del inconsciente (más adelante examinaremos otras de las cuestiones planteadas por la filosofía de Nietzsche). Lo concebía como una entidad «astuta, oculta e instintiva», con frecuencia marcada por un trauma, que se camuflaba de formas surrealistas pero que conducía a la patología.3481 Lo mismo puede decirse de Johann Herbart y de G. T. Fechner. Ernest Jones, el primer biógrafo (oficial) de Freud, llama la atención sobre Luise von Karpinska, un psicólogo polaco que advirtió de manera original el parecido entre algunas de las ideas fundamentales del padre del psicoanálisis y las de Herbart (que escribió setenta años antes). Herbart entendía la mente como una entidad dual, en la que los procesos conscientes e inconscientes estaban en constante conflicto; y describía una determinada idea como verdrängt (reprimida) «cuando no logra alcanzar la conciencia debido a alguna otra idea que se le opone».3482 Fechner, por su parte, desarrolló las ideas de Herbart, y específicamente comparó la mente a un iceberg «del que nueve décimas partes se encuentran bajo el agua y cuyo curso no sólo lo determina el viento en la superficie, sino también las corrientes de las profundidades».3483

También es posible considerar «prefreudiano» a Pierre Janet, quien formó parte de una gran generación de intelectuales franceses entre los que destacan Bergson, Émile Durkheim, Lucien Lévy-Bruhl y Alfred Binet. La primera obra importante de Janet fue El automatismo

3481 Allen Esterson, Seductive Mirage, Open Court, Chicago y La Salle (Illinois), 1993, p. 224.

3482 Ernest Jones, Sigmund Freud: Life and Work, Hogarth Press, Londres, 1953/1980, vol. 1, p.

[Hay traducción castellana: Vida y obra de Sigmund Freud, Anagrama, Barcelona, 2003]. 3483 Ellenberger, Discovery of the Unconscious, p. 358.

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psicológico, que incluía los resultados de experimentos llevados a cabo en Le Havre entre 1882 y 1888. Allí, el científico aseguraba haber refinado una técnica de hipnosis en la que inducía a sus pacientes a realizar ejercicios de escritura automática. Estos escritos, afirmaba, explicaban por qué sus pacientes tenían ataques de «terror» sin ningún motivo aparente.3484 Janet advirtió asimismo que, en estado de hipnosis, algunos pacientes exhibían en ocasiones una doble personalidad. Mientras una surgía para complacer al médico, la segunda, que aparecía de forma espontánea, se explicaba mejor como un «regreso a la infancia». (Los pacientes, por ejemplo, empezaban súbitamente a referirse a sí mismos por sus apodos de la niñez). Después de trasladarse a París, Janet desarrolló su técnica conocida como «análisis psicológico». Ésta involucraba el uso constante de la hipnosis y la escritura automática, en sesiones durante las cuales la mente del paciente seguía crisis inducidas aclarándolas de forma progresiva. Sin embargo, a medida que se avanzaba las crisis se hacían cada vez más graves y las ideas que emergían evidenciaban que se remontaban a períodos cada vez más lejanos en la vida del paciente. Janet concluía que «en la mente humana, nada se pierde», y que «las ideas fijas del subconsciente son al mismo tiempo consecuencia de una debilidad mental y causa de posteriores empeoramientos de esa debilidad».3485

El siglo XIX también se enfrentaba a la cuestión de la sexualidad infantil. Tradicionalmente, los médicos la habían considerado una

3484 Elton Mayo, The Psychology of Pierre Janet, Routledge & Kegan Paul, Londres, 1951, pp. 24 y ss., proporciona una breve y clara exposición de esta técnica.

3485 Ellenberger, Discovery of the Unconscious, p. 296.

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rara anormalidad, sin embargo, ya en 1846, el padre P. J. C. Debreyne, un teólogo moral que también era médico, publicó un folleto en el que se insistía en la alta frecuencia de la masturbación infantil, de los juegos sexuales entre niños pequeños, de la seducción de niños por parte de nodrizas y sirvientes. El obispo Dupanloup de Orléans fue otro clérigo que repetidas veces hizo hincapié en la frecuencia de los juegos sexuales entre los niños, sosteniendo que la mayoría de ellos adquiría esos «malos hábitos» entre el primer y el segundo año de vida. Más famoso es el caso de Jules Michelet, que en Nuestros hijos (1869) advertía a los padres sobre la realidad de la sexualidad infantil y en particular sobre lo que en la actualidad llamaríamos complejo de Edipo.3486

De este breve resumen del pensamiento (principalmente alemán y francés) del siglo XIX se desprenden dos conclusiones importantes. La primera es que debemos olvidar por completo la idea de que Freud «descubrió» el inconsciente. Exista o no como una entidad (una cuestión sobre la que volveremos más adelante), la idea del inconsciente aparece varias décadas antes que él y fue moneda común en el pensamiento europeo durante la mayor parte del ochocientos. La segunda es que muchos de los demás conceptos psicológicos que acostumbramos a vincular a él —la sexualidad infantil, el complejo de Edipo, la represión, la regresión, la transferencia, la libido, el ello y el superyó— tampoco son originalmente freudianos. Estas ideas estaban tan «en el aire» como el inconsciente, al igual que lo estaba la idea de «evolución» cuando

3486 Ibid.

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Darwin concibió el mecanismo de la selección natural. La cuestión, en cualquier caso, es que Freud no era una mente tan original como por lo general se cree.

Ahora bien, por sorprendente que esto pueda ser para muchas personas, la falta de originalidad no es la principal acusación contra Freud, y tampoco su principal pecado en lo que respecta a sus críticos. Éstos, figuras como Frederick Crews, Frank Cioffi, Allen Esterson, Malcolm Macmillan y Frank Sulloway (la lista es larga y continúa creciendo), sostienen además que Freud era, para no andarnos por las ramas, un charlatán, un «científico» sólo entre comillas, que deliberadamente tergiversó y falsificó sus datos y que consiguió engañarse a sí mismo al mismo tiempo que engañaba a otros. Y esto, señalan dichos autores, vicia por completo sus teorías y las conclusiones basadas en ellas.

La mejor forma de presentar esta nueva visión de Freud es ofrecer primero la versión ortodoxa sobre cómo concibió sus teorías y cuál fue su recepción, y después reseñar las principales acusaciones que se le hacen y mostrar cómo ello nos obliga a modificar hoy la imagen que nos proporciona la ortodoxia (esta modificación, debemos anotarlo una vez más, es drástica: a continuación hablaremos de estudios críticos de carácter académico realizados durante los últimos cuarenta años y, en particular, en los últimos quince). Empecemos, por tanto, por la versión ortodoxa.

Las ideas de Sigmund Freud fueron presentadas por primera vez en su libro Estudios sobre la histeria, publicado en 1895 con Joseph Breuer, y luego, de forma más completa, en La interpretación de los

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sueños, publicada en las últimas semanas de 1899. (En términos técnicos, el libro fue lanzado en noviembre de 1899, en Leipzig y Viena, pero llevaba fecha de 1900 y la primera reseña aparece en enero de ese año). Freud, un médico judío nacido en Freiberg, Moravia, tenía entonces cuarenta y cuatro años. El mayor de ocho hermanos, y en apariencia una persona convencional. Valoraba muchísimo la puntualidad y vestía trajes de paño inglés cortados a medida (las telas las elegía su esposa). Además era un hombre atlético, aficionado al montañismo, que nunca bebía alcohol, aunque por otro lado era un fumador «infatigable».3487

No obstante, aunque de acuerdo con sus hábitos personales Freud pareciera ser un hombre convencional, La interpretación de los sueños resultó enormemente polémica y muchos vieneses encontraron el libro por completo escandaloso. Ésta fue la primera obra en la que se presentaron juntos los cuatro pilares fundamentales de la teoría freudiana de la naturaleza humana: el inconsciente, la represión, la sexualidad infantil (que conduce al complejo de Edipo) y la concepción tripartita de la mente como dividida en el yo, el sentido de ser uno mismo, el superyó, en términos muy amplios lo que llamaríamos la conciencia, y el ello, la expresión primaria, biológica, del inconsciente. Freud había desarrollado sus ideas y refinado su técnica a lo largo de unos quince años, más o menos desde mediados de la década de 1880. Desde su punto de vista, se sentía perteneciente a la tradición de pensamiento biológico iniciada por Darwin. Tras graduarse como médico, Freud obtuvo una beca

3487 Giovanni Costigan, Sigmund Freud: A Short Biography, Robert Hale, Londres, 1967, p. 100.

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para estudiar con Charcot, que en esa época dirigía un asilo para mujeres afectadas por desórdenes nerviosos incurables. Como anotamos antes, Charcot había demostrado en su investigación que los síntomas de la histeria podían inducirse durante la hipnosis. Tras pasar algunos meses en París, Freud regresó a Viena y, después de haber escrito varios artículos de neurología (sobre la parálisis cerebral y sobre la afasia, por ejemplo), empezó a colaborar con otro brillante médico vienés, el doctor Josef Breuer (1842-1925). Breuer, que también era judío, había realizado dos hallazgos de gran importancia: el primero sobre la función del nervio vago en la regulación de la respiración, y el segundo sobre el papel de los canales semicirculares del oído interno que, descubrió, controlan el equilibrio corporal. No obstante, la importancia de Breuer para Freud y el psicoanálisis fue su descubrimiento, en 1881, de la que se denominó «cura hablada».3488

Desde diciembre de 1880, y durante casi dos años, Breuer trató la histeria de una joven vienesa de origen judío, Bertha Pappenheim (1859-1936), a quien en sus estudios se refería como «Anna O».. El padecimiento de la muchacha se manifestaba a través de diversos síntomas: alucinaciones, desórdenes del habla, embarazos psicológicos, parálisis intermitentes y problemas visuales. Durante el curso de su enfermedad (o enfermedades) la joven había mostrado dos estados de conciencia diferentes, y había sufrido además ataques de sonambulismo. Breuer descubrió que en este último estado «Anna O». podía, si se la animaba, contar historias inventadas por ella, tras

3488 Johnston, Austrian Mind, p. 235.

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lo cual sus síntomas mejoraron durante un tiempo. Sin embargo, después de la muerte de su padre, su condición empeoró gravemente, las alucinaciones se hicieron más intensas y los ataques de ansiedad se multiplicaron. No obstante, Breuer advirtió, una vez más, que si conseguía que la joven hablara sobre sus alucinaciones durante sus episodios de autohipnosis, su condición mejoraba en cierta medida. Fue a este proceso al que la misma joven llamó «cura hablada» o «deshollinar la chimenea». El siguiente paso adelante fue accidental: en una ocasión «Anna O». empezó a hablar sobre el comienzo de un síntoma en particular (la dificultad para tragar), tras lo cual el síntoma desapareció. Desarrollando esto, Breuer descubrió finalmente (después de un considerable lapso de tiempo) que si lograba que su paciente recordara en orden cronológico inverso cada manifestación pasada de un síntoma específico hasta llegar a su primera aparición, la mayoría de ellos también desaparecían. Hacia junio de 1882, la señorita Pappenheim terminó el tratamiento «completamente curada».3489

El caso de «Anna O». impresionó profundamente a Freud (a quien, era claro, no habían convencido las ideas de George Beard sobre la neurastenia). Durante un período, él mismo probó la electroterapia, los masajes, la hidroterapia y la hipnosis con pacientes aquejados de histeria, pero al final abandonó este enfoque y lo reemplazó por la «asociación libre», una técnica en la que dejaba a sus pacientes hablar sobre cualquier cosa que les viniera a la cabeza. Fue esta técnica la que le condujo al descubrimiento de que, dadas las circunstancias

3489 Esterson, Seductive Mirage, pp. 2-3. Johnston, Austrian Mind, p. 236.

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adecuadas, mucha gente podía recordar sucesos ocurridos al comienzo de su vida y que luego había olvidado por completo. Freud llegó entonces a la conclusión de que, aunque olvidados, estos acontecimientos tempranos seguían determinando la forma en la que las personas se comportaban. Y fue así como nació su concepto del inconsciente y, con él, la idea de represión. Freud también advirtió que muchos de esos recuerdos que se revelaban (con dificultad) durante la asociación libre eran de naturaleza sexual. Y cuando descubrió luego que muchos de los sucesos «recordados» nunca habían ocurrido en realidad, empezó a afinar su idea del complejo de Edipo. En otras palabras, Freud consideró que los falsos traumas y aberraciones sexuales de los que le hablaban sus pacientes eran una especie de mensaje cifrado, que revelaba no lo que de verdad había ocurrido sino lo que la gente, en secreto, deseaba que ocurriera, lo que confirmaba que durante la infancia los niños atraviesan un período muy temprano de conciencia sexual. Durante este período, sostuvo, los hijos se sienten atraídos por la madre y se ven a sí mismos como rival del padre (el complejo de Edipo) o al contrario, en el caso de las hijas (el complejo de Electra). Esta motivación, pensaba Freud, se mantenía a lo largo de toda la vida y contribuía a determinar el carácter de la persona.3490

Estas primeras teorías fueron recibidas con indignación, incredulidad y una hostilidad incesante. El instituto neurológico de la Universidad de Viena negó tener alguna relación con Freud, que más tarde

3490 Johnston, Austrian Mind, p. 236.

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anotaría: «No tardó en crearse un vacío alrededor de mi persona».3491 En respuesta a esta reacción, Freud se concentró aún más en sus investigaciones y se sometió él mismo a análisis. Lo que desencadenó esto fue la muerte de su padre, Jakob, en octubre de 1896. Aunque durante muchos años padre e hijo no habían sido muy cercanos, Freud descubrió con sorpresa que la muerte de su padre lo conmovía de forma inexplicable, y que espontáneamente el acontecimiento había despertado en él recuerdos de sucesos hacía mucho tiempo olvidados. Sus sueños también cambiaron, y Freud reconoció en ellos una hostilidad inconsciente hacia su padre que hasta entonces había reprimido. Esto lo llevó a concebir la idea de que los sueños eran «el camino principal al inconsciente».3492 El argumento central de La interpretación de los sueños es que mientras soñamos el yo es como una especie de «centinela dormido en su puesto».3493 La vigilancia normal a la que están sometidas las pulsiones reprimidas del ello es entonces menos eficaz y eso permite que los sueños sean un adecuado disfraz para que el ello se manifieste.

Las ventas iniciales de La interpretación de los sueños son un indicio de la pobre acogida que tuvo la obra. De los seiscientos ejemplares impresos originalmente, sólo se vendieron 228 durante los primeros dos años, y aparentemente la situación no mejoró después: seis años más tarde de su lanzamiento apenas se habían vendido 351 copias.3494 No obstante, lo que más indignó a Freud fue la absoluta

3491 Costigan, Sigmund Freud, p. 42.

3492 Ibid., pp. 68 y ss.

3493 Ibid., p. 70.

3494 Clark, Freud: The Man and the Cause, p. 181.

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falta de interés que los profesionales de la medicina vieneses mostraron por su obra.3495 La escena prácticamente se repitió en Berlín. Freud había acordado ofrecer una conferencia sobre los sueños en la universidad, pero al final sólo tres personas acudieron a escucharle. En 1901, poco antes de que se dirigiera a la Sociedad Filosófica se le entregó una nota en la que se le rogaba que indicara «cuándo iba a abordar asuntos ofensivos, e hiciera una pausa para que las damas pudieran abandonar el recinto». Este aislamiento no iba a prolongarse por mucho tiempo, y a pesar de la feroz polémica desatada por sus teorías, el inconsciente terminaría convirtiéndose para muchos en la idea más influyente del siglo XX.

Hasta aquí la versión ortodoxa de la historia. Pasemos ahora a la revisada. Las acusaciones contra Freud son principalmente cuatro, y las consideraremos en orden de importancia creciente. En primer lugar, los críticos señalan que no fue él quien inventó la técnica de la «asociación libre». La técnica fue inventada en 1879 o 1880 por Francis Galton y se informó de ello en la revista Brain, donde se la describió como un método para explorar «oscuras profundidades».3496 La segunda acusación es que la reacción hostil a las teorías y libros de Freud no es más que un mito, investigaciones recientes han revelado hasta qué punto esto es cierto. En Freud Without Hindsight (1988), Norman Kiell señala que de las cuarenta y cuatro reseñas de La interpretación de los sueños que se publicaron entre 1899 y 1913 (una cifra ya de por sí respetable) sólo ocho podrían calificarse de

3495 Ibid., p. 185.

3496 Gregory Zilboorg, «Free association», International Journal of Psychoanalysis, vol. 33 (1952), pp. 492-494.

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«desfavorables». Por su parte Hannah Decker, ella misma freudiana, concluye en su libro Freud in Germany: Revolution and Reaction in Science, 1893-1907 (1977) que «una proporción abrumadora de las respuestas laicas [publicadas] a las teorías de Freud sobre los sueños eran entusiastas».3497 Aunque La interpretación de los sueños no vendió bien, una versión popular sí lo hizo. La historia de la idea de inconsciente, reseñada al comienzo de este capítulo, y la evolución de las nociones de superyó, sexualidad infantil y represión, evidencian que Freud no estaba diciendo nada completamente nuevo. ¿Por qué se iba entonces a tratarlo de forma tan excepcional? Freud nunca tuvo problemas para publicar sus ideas, y mucho menos tuvo que divulgarlas de forma anónima como sí tuvo que hacerlo Robert Chambers cuando presentó la idea de evolución al público en general. La tercera acusación es que la descripción que Freud mismo ofreció del caso de «Anna O». contenía graves errores y muy posiblemente se basaba en un engaño deliberado. Henri Ellenberger investigó las clínicas en las que Pappenheim fue tratada y desenterró las notas tomadas en su momento por Breuer. Dado que algunas de las frases empleadas en ellas son idénticas a las que aparecieron luego en el artículo publicado, existe la certeza de que se trata en verdad de las notas e informes originales. Ellenberger, y otros después de él, hallaron que no hay ninguna prueba de que Pappenheim hubiera sufrido un embarazo psicológico. Hoy se cree que Freud inventó la historia para contrarrestar la aparente falta de etiología sexual en el

3497 Véase también: Hannah Decker, «The medical reception of psychoanalysis in Germany, 1894-

1907: three brief studies», Bulletin of the History of Medicine, vol. 45 (1971), pp. 461-481.

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caso de Anna O. tal y como lo expuso Breuer, quien estaba absolutamente en desacuerdo con la insistencia del padre del psicoanálisis en que en la raíz de todo síntoma histérico había problemas de índole sexual. En su biografía de Josef Breuer (1989), Albrecht Hirschmüller llega incluso a afirmar que «el relato de Freud-Jones sobre la finalización del tratamiento de Anna O. debe ser considerado como un mito».3498 Hirschmüller consigue mostrar que muchos de los síntomas de Pappenheim remitieron espontáneamente de forma total o parcial, que la joven no experimentó ningún tipo de catarsis (de hecho las notas terminan de forma abrupta en 1882) y que, en el año que siguió al tratamiento de Breuer, debió de ser hospitalizada no menos de cuatro veces, siendo «histeria» el diagnóstico en cada una de esas ocasiones. Esto significa, en otras palabras, que la afirmación de Freud de que Breuer «había devuelto la salud a Anna O». era falsa y, lo que es aún más importante, que Freud tenía que saber que lo era, pues existe una carta suya en la que resulta claro que Breuer sabía que Anna O. todavía estaba enferma en 1883 y, además, porque la muchacha era amiga de la prometida de Freud, Martha Bernays.3499

El caso de Anna O., o al menos la forma en la que Freud dio cuenta de él, resulta relevante por tres razones. En primer lugar, demuestra que Freud exageró los efectos de la «cura hablada». En segundo lugar, demuestra que introdujo un elemento de carácter sexual donde no

3498 Albrecht Hirschmüller, The Life and Work of Josef Breuer, New York University Press, Nueva York y Londres, 1978/1989, p. 131.

3499 Véase: Mikkel Borch-Jacobsen, Remembering Anna O. A Century of Mystification (traducido por Kirby Olson en colaboración con Xavier Callahan y el autor), Routledge, Nueva York y Londres, 1996, pp. 29-48.

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había ninguno. Y en tercer lugar, demuestra que era muy ligero con los detalles clínicos. Como veremos, esta tendencia se repitió a lo largo de toda su carrera, y de formas muy importantes.

La cuarta acusación contra Freud es, de lejos, la más grave de todas, pero se deriva de lo ocurrido con Anna O: todo el edificio del psicoanálisis está basado en observaciones y pruebas clínicas que, en el mejor de los casos, contienen errores o resultan dudosas, y que, en el peor de los casos, son fraudulentas. Quizá la idea más importante del psicoanálisis sea la conclusión de Freud según la cual los deseos sexuales infantiles persisten en la vida adulta, pero fuera del alcance de nuestra conciencia, y pueden ser la causa de psicopatologías. «En la raíz de cada caso de histeria», escribió en 1896, «hay uno o más sucesos acaecidos en los primeros años de la infancia, pero que, a pesar de las décadas transcurridas, pueden ser recuperados a través del psicoanálisis». Lo que resulta extraño en esta cita es que, si bien hasta 1896 Freud nunca había informado de ningún caso de abusos sexuales en la infancia, al cabo de cuatro meses aseguraba haber «rastreado» recuerdos inconscientes de tales abusos en trece pacientes aquejados de histeria. Estrechamente vinculado a esa idea central, se encuentra el argumento de que el acontecimiento o situación responsable de un síntoma en particular puede revelarse a través de la técnica psicoanalítica, y que esta «abreacción» del suceso (revivirlo en el discurso con las expresiones emocionales asociadas) se traduce en una «catarsis», la remisión del síntoma. Freud estaba convencido de que esto, en sus propias palabras, era «un hallazgo importantísimo, el descubrimiento de un

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caput Nili [la fuente de Nilo] en la neuropatología».3500 Sin embargo, Freud continuaba añadiendo que (y es esto lo que ha provocado la mayor revisión de su trabajo) «estos pacientes nunca repiten estas historias de forma espontánea, y tampoco durante el curso del tratamiento le presentan al especialista de forma repentina el recuerdo completo de una escena de este tipo». Tal y como Freud presentaba la cuestión al informar de sus hallazgos, estas memorias eran inconscientes y se encontraban fuera del alcance de la conciencia del paciente, «en la memoria consciente nunca hay huellas, que sólo se manifiestan en los síntomas de la enfermedad». Los pacientes que iban a su terapia no tenían idea de estas escenas, confesaba, que «por regla general les indignaban» cuando se las contaba. «Únicamente el cumplimiento más firme del tratamiento puede inducirlos a embarcarse en recrearlas» (las circunstancias originales del abuso). Como Allen Esterson y otros han mostrado, las técnicas empleadas en un comienzo por Freud no eran las de un analista sensible que se sienta en silencio en un sillón y escucha lo que sus pacientes tienen que decir. Freud, por el contrario, tocaba a sus pacientes en la frente (ésta era su técnica de «presión») y se empeñaba en que algo debía acudir a sus mentes, una idea, una imagen, un recuerdo. Se les pedía que describieran esas imágenes o memorias hasta que, después de un largo recorrido, dieran con el acontecimiento que (se suponía) había causado el síntoma histérico. En otras palabras, los críticos sostienen que Freud tenía ideas

3500 Morton Schatzman, «Freud: who seduced whom?», New Scientist (21 de marzo de 1992), pp.

34-37.

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bastante fijas acerca de lo que constituía la raíz de diversos síntomas y no se limitaba a escuchar pasivamente lo que sus pacientes decían, por lo que las pruebas clínicas no emergieron de la observación, sino del hecho de que él forzaba a sus pacientes a acomodarse a sus opiniones.

Mediante este inusual enfoque llegó a sus observaciones más famosas, a saber, que los pacientes habían sido seducidos o sufrido abusos sexuales durante la infancia, y que estas experiencias eran la causa profunda de sus posteriores neurosis. Los culpables se dividían en tres categorías: adultos extraños; adultos al cuidado de los niños (doncellas, institutrices, tutores); y «niños inocentes… en su mayoría hermanos que durante años habían mantenido relaciones con hermanas un poco más pequeñas que ellos mismos».3501 La edad a la que estas experiencias sexuales precoces tenían lugar estaba por lo general entre los tres y los cinco años. En este punto, el principal argumento de los críticos es que las supuestas observaciones «clínicas» de Freud no son tal cosa. Son, en cambio, dudosas «reconstrucciones» basadas en interpretaciones simbólicas de los síntomas. Es importante repetir que una lectura atenta de los distintos informes proporcionados por Freud evidencia que los pacientes nunca llegaron en verdad a ofrecer de forma voluntaria esas historias de abusos sexuales. Todo lo contrario: las negaron con vehemencia. En todos los casos, fue Freud quien «informó», «convenció», «intuyó» o «infirió». Además, en varios lugares reconoció

3501 Esterson, Seductive Mirage, p. 52.

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explícitamente estar en realidad «adivinando» cuál era el problema subyacente.

Sin embargo, y éste es otro suceso de cierta relevancia, en septiembre de 1897 Freud confiaba a su colega Wilhelm Fleiss (pero sólo a él) que ya no creía en esta teoría sobre el origen de la neurosis. Pensaba que era improbable que tales perversiones contra los niños estuvieran tan difundidas, y de todos modos sus intentos de llevar sus análisis basados en estos supuestos a una conclusión sólida estaban resultando un fracaso. «Por supuesto, no lo diré en Dan, ni hablaré de ello en Ascalón, en la tierra de los filisteos, pero en tus ojos y los míos…». En otras palabras, no se sentía preparado para hacer lo que era honorable desde un punto de vista científico y reconocer públicamente que se retractaba de lo que el año anterior había calificado con toda confianza como «hallazgos». Fue entonces cuando Freud empezó a considerar la posibilidad de que esos supuestos recuerdos fueran en realidad fantasías inconscientes. Sin embargo, incluso entonces esta nueva versión tardó algún tiempo en consolidarse, pues inicialmente Freud pensó que las fantasías infantiles eran una forma de «ocultar la actividad autoerótica de los primeros años de la niñez». En 1906 y de nuevo en 1914 sostuvo que, alrededor de la pubertad, algunos pacientes evocaban memorias de «seducción» infantil para «eludir» sus recuerdos de masturbación infantil. En 1906 los «culpables» de estas fantasías eran adultos u otros niños, mientras que en 1914 no se especificaba quiénes eran. Aunque entonces sí se retractó de su teoría de la seducción. No obstante, no fue hasta 1925 cuando Freud afirmó públicamente que

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la mayoría de sus primeras pacientes habían acusado a sus padres de haberlas seducido: 1925, casi treinta años después de haberlas atendido. Es imposible exagerar las dimensiones de este asombroso cambio de opinión. En primer lugar, no hay discusión respecto a que Freud alteró radicalmente el guión de la seducción: primero, cambió la seducción real por la fantaseada; y luego, modificó la identidad de los seductores que de ser extraños o tutores o hermanos pasaron a ser los padres. Pero la cuestión que no debe pasarse por alto aquí es que estos cambios no fueron el resultado de nuevas pruebas clínicas: Freud se limitó simplemente a componer un cuadro diferente usando los mismos ingredientes, la única diferencia era que esta vez había transcurrido más de un cuarto de siglo desde que había recopilado los testimonios en que se basaba su teoría. En segundo lugar, algo no menos importante: desde finales de la década de 1890 hasta 1925, tiempo durante el cual Freud trató a muchas pacientes mujeres, éste nunca señaló que alguna de ellas mencionara haber sido seducida a temprana edad, por su padre o por cualquier otro. En otras palabras, parece ser que una vez Freud dejaba de buscarlo, el síndrome no volvía a manifestarse. Esto, concluyen los críticos, es una prueba adicional de que su teoría de la seducción, y por extensión los complejos de Edipo y de Electra, acaso el aspecto más destacado del freudismo y una de las ideas más influyentes del siglo XX tanto en el campo de la medicina como en el de las artes (para no hablar de la jerga cotidiana), tiene una genealogía muy inusual, tortuosa y francamente improbable. Las incoherencias en lo que respecta a la génesis de la teoría son patentes. Freud no «descubrió» ninguna

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temprana conciencia sexual en sus pacientes: infirió, intuyó o «adivinó» que existía. No descubrió el complejo de Edipo a partir de un cuidadoso examen de las pruebas clínicas reunidas: tenía una idea preestablecida y forzó las pruebas para que se acomodaran a ella, después de que «imposiciones» hubieran sido incapaces de convencerlo incluso a él mismo. Peor aún, el proceso por el que Freud llegó a sus conclusiones no puede ser reproducido por ningún científico independiente de mentalidad escéptica, y ésta quizá sea la prueba más concluyente de todas, el último clavo en el ataúd en lo que a las aspiraciones científicas de Freud se refiere. ¿Qué clase de ciencia puede ser una disciplina cuyas pruebas experimentales o clínicas no pueden ser reproducidas por otros científicos empleando las mismas técnicas y la misma metodología? Anthony Clare, el célebre psiquiatra británico, describe a Freud como un «charlatán retorcido y marrullero» y concluye que «muchas de las piedras fundacionales del psicoanálisis son una farsa».3502 Es difícil no coincidir con él. Teniendo en cuenta su técnica de «presión», sus «convencer» y sus «adivinar», estamos autorizados a dudar de la existencia misma del inconsciente. Básicamente, Freud se lo inventó todo.

El concepto del inconsciente, y todo lo que conlleva, puede considerarse como el punto culminante de una tradición predominantemente germana, una constelación de ideas médico-metafísicas, y este vínculo es crucial. Freud siempre pensó en sí

3502 Anthony Clare, «That shrinking feeling», The Sunday Times (16 de noviembre de 1997), pp. 8-

10.

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mismo como un científico y un biólogo, era un admirador de Copérnico y de Darwin y sentía que su trabajo se enmarcaba en esta misma tradición. Nada está más lejos de la verdad, y es hora de sepultar al psicoanálisis como idea, junto al flogisto, los elixires alquímicos, el purgatorio y otras nociones fallidas que han resultado tan útiles a los charlatanes a lo largo de la historia. En la actualidad es claro que el psicoanálisis no funciona como tratamiento médico, que muchos de los escritos tardíos de Freud, como Tótem y tabú o su análisis de la «imaginería sexual» de las pinturas de Leonardo da Vinci, son vergonzosamente ingenuos y emplean datos pasados de moda cuando no simplemente erróneos. La aventura freudiana en su totalidad es una empresa estrafalaria y obsoleta.

Dicho esto, es importante recordar que los párrafos precedentes describen la versión más reciente de la historia. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, la época en la que Freud vivió, el inconsciente era considerado como una entidad real y se lo tomaba muy en serio. En este sentido, desempeñó un papel seminal ya que apuntaló la última gran idea de carácter general de la que nos ocuparemos en este libro, una transformación que tendría profundos efectos en el pensamiento y, en particular, en el ámbito artístico: el modernismo. En 1886 el pintor Vincent van Gogh realizó un pequeño cuadro, Afueras de París. Se trata de una imagen desoladora. El cielo gris y amenazador, el horizonte bajo, y senderos fangosos permiten avanzar a izquierda y derecha: la composición carece de dirección. En un lado hay una cerca rota, un soldado sin rostro aparece en primer plano, detrás de él se encuentra una madre con algunos niños, entre uno y

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otros hay una solitaria lámpara de gas. Sobre el horizonte es posible advertir un molino de viento, entre edificios bajos y desmañados con hileras de ventanas idénticas, son fábricas y almacenes. Los colores son en general apagados. Bien podría tratarse de una escena de una novela de Victor Hugo o de Émile Zola.3503

La fecha de composición de esta pintura, que retrata una banlieue en los límites de la capital francesa, es importante. Pues lo que Van Gogh estaba representando de manera tan triste era lo que los parisinos llamaban «las secuelas de la haussmannización».3504 El mundo, y el mundo francés en particular, había cambiado enormemente desde 1789 y la revolución industrial, pero París había cambiado más que cualquier otra ciudad y la «haussmannización» representaba la brutalidad de ese cambio. A instancias de Napoleón III, y durante diecisiete años, el barón Haussmann había rehecho París en una empresa sin precedentes en el país o en cualquier otro sitio. Hacia 1870 una quinta parte de las calles del centro de París eran creación suya, trescientas cincuenta mil personas habían sido desplazadas, se habían gastado dos mil quinientos millones de francos y uno de cada cinco trabajadores estaba empleado por la industria de la construcción. (Adviértase la pasión del siglo XIX por las estadísticas). Desde entonces, el bulevar se convertiría en el corazón de París.3505 El cuadro de Van Gogh registraba en 1886 los lúgubres bordes de este mundo, pero otros pintores, como Manet y los impresionistas

3503 T. J. Clark, The Painting of Modern Life, Princeton University Press, Princeton (Nueva Jersey) y Londres, 1984, p. 25.

3504

3505

Ibid., p. 30.

Ibid., pp. 23 y ss.

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que habían seguido su ejemplo, consideraron más apropiado celebrar los nuevos espacios abiertos y las amplias calles de la ciudad, el «ajetreo» del que el nuevo París, la ciudad luz, era emblema. Piénsese en Rue de Paris, temps de pluie (1877) o Le Pont de l’Europe (1876) de Gustave Caillebotte, en Le Boulevard des Capucines (1873) de Monet, en Les Grands Boulevards de Renoir (1875), en Place de la Concorde, Paris de Degas (c. 1873) o en los diversos cuadros que Pissarro dedicó a mostrar las grandes avenidas en primavera u otoño, bajo la lluvia o la nieve.

El modernismo nació precisamente en las ciudades del siglo XIX. En los últimos años de este período, se inventaron el motor de combustión interna y la turbina de vapor, se consiguió por fin dominar la electricidad, aparecieron el teléfono y la máquina de escribir, y se descubrió el principio de la grabación magnética. También se habían inventado la prensa popular y el cine. Habían surgido los primeros sindicatos y los trabajadores se organizaron. Para 1900 había once metrópolis, entre ellas Londres, París, Berlín y Nueva York, de más de un millón de habitantes, una concentración de gente nunca antes vista. La expansión de las ciudades y la de las universidades (de la que nos hemos ocupado en un capítulo anterior) fueron las causantes de lo que Harold Perkin ha denominado el ascenso de la sociedad profesional, la época, que empieza aproximadamente hacia el año 1800, en la que médicos, abogados, maestros, catedráticos, funcionarios, arquitectos y científicos empezaron a dominar la vida política de las democracias, y en la que la pericia se convirtió en la principal forma de progresar socialmente.

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Perkin señala que, en Inglaterra, el número de esta clase de profesionales se duplicó por lo menos entre 1880 y 1911, y que en algunos casos incluso se cuadruplicó. Charles Baudelaire y Gustave Flaubert fueron los primeros que expresaron con palabras la nueva vida de las ciudades, que era lo que Manet y su «pandilla» (como los llamó un crítico) estaban intentando representar en sus cuadros: las experiencias fugaces de la ciudad, breves, intensas, accidentales, arbitrarias. Los impresionistas no sólo consiguieron captar los cambios de la luz sino que también dieron cuenta de escenas inusuales: la nueva maquinaria, como los ferrocarriles, sorprendentes y aterradores a un mismo tiempo, las enormes y cavernosas estaciones de tren, que contenían la promesa implícita del viaje pero resultaban asfixiantes debido al hollín, un hermoso paisaje urbano truncado por un feo pero necesario puente, estrellas de cabaret iluminadas de forma poco natural por lámparas situadas a sus pies, una camarera vista desde el frente y desde la espalda gracias a un enorme y brillante espejo situado en la pared. Ahora bien, aunque éstos eran los emblemas visuales de la «novedad», el modernismo es mucho más que eso. Su interés reside en el hecho de que como movimiento fue a la vez una celebración y una condena de lo moderno, y del mundo (el mundo de la ciencia, el positivismo y el racionalismo) que habían producido las grandes ciudades, por un lado, inmensamente ricas, y por otro, repletas de nuevas formas de pobreza, desolación y degradación.3506 Las ciudades del modernismo

3506 Véase una tabla en: Perkin, Rise of Professional Society, p. 80. Para una aplicación de la

misma tesis al caso de Alemania, véase: Geoffrey Cocks y Konrad H. Jarausch, eds., German

Professions: 1800-1950, Oxford University Press, Nueva York y Oxford, 1990. Malcolm Bradbury

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eran desconcertantes, llenas de trajín, dominadas fundamentalmente por la contingencia y la accidentalidad. La ciencia había desprovisto a este mundo de significado (en sentido religioso o espiritual) y ante semejante catástrofe se convirtió en tarea del arte el dar cuenta de este estado de cosas, describirlo, pero también evaluarlo, criticarlo y, de ser posible, redimirlo. De esta manera, se formó un clima intelectual en el que cualquier cosa que el modernismo simbolizaba, también simbolizaba lo opuesto. Y lo que resulta en verdad asombroso es la cantidad de talento que floreció en unas circunstancias tan paradójicas y extraordinarias. «En términos de pura creatividad, la época del modernismo se encuentra a la par que el romanticismo e incluso el período renacentista».3507 Se desarrolló entonces lo que Harold Rosenberg denomina «la tradición de lo nuevo». Este período constituye el apogeo de la cultura burguesa y fue este mundo, en este mundo ingente, el que dio origen al concepto de vanguardia, una consagración de la idea romántica de que el artista estaba por delante (y, en la mayoría de los casos, mortalmente en contra) de la burguesía, un pionero en lo que a gusto e imaginación se refiere, pero también alguien cuya función tenía tanto de invención como de sabotaje.

Sí algo unía a los modernistas —los racionalistas y realistas, por un lado, y los críticos de la racionalidad, los apóstoles del inconsciente y los pesimistas culturales, por otro— era la intensidad de su compromiso. El modernismo fue, ante todo, un momento cumbre en

y James McFarlane, eds., Modernism: A Guide to European Literature, 1890-1930, Penguin, Londres, 1976/1991, p. 47.

3507 Ibid., p. 68.

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la historia de las artes, la pintura, la música, la literatura, porque la ciudades actuaron como intensificadores de la experiencia: por su naturaleza arrojaban a la gente una contra otra, y unas mejores comunicaciones garantizaron que los encuentros y contactos se aceleraran.3508 Una consecuencia de ello es que los intercambios se hicieron más bruscos, más ruidosos e inevitablemente más amargos. Hoy damos estas cosas por sentadas, pero en la época todo ello se experimentó como un aumento de tensión, y hubo quienes encontraron que ésta también podía ser una fuerza creativa. Si el modernismo con frecuencia se manifestó contrario a la ciencia, fue debido al pesimismo que ella misma propagó. Los descubrimientos de Darwin, Maxwell y J. J. Thomson resultaban por lo menos desconcertantes, y parecían poner punto final a toda moral y a cualquier posibilidad de un mundo estable y con una dirección; la ciencia, en este sentido, había socavado la noción misma de realidad. De los muchos escritores que lucharon por encontrar un camino en este mundo apabullante, Hugo von Hofmannsthal (1874-1929) es un punto de partida bastante razonable, ya que consiguió aclarar buena parte de la confusión. Hofmannsthal nació en una familia aristocrática, y fue bendecido con un padre que le animó a convertirse en un esteta. No obstante, Hofmannsthal no dejó de advertir cómo la ciencia empezaba a invadir la antigua cultura estética vienesa. «La naturaleza de nuestra época», escribió en 1905, «es la multiplicidad y la indeterminación. Sólo descansa en das Gleitende». Das Gleitende: lo que se desliza, lo que se escapa de las manos. Y Hofmannsthal

3508 Ibid., p. 100.

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añadía que «aquello que otras generaciones creían firme es en realidad das Gleitende».3509 ¿Es posible una mejor descripción de la forma en la que el mundo newtoniano parecía deshacerse tras los descubrimientos de Maxwell y Planck? (De éstos nos ocuparemos en la conclusión). «Todo se rompe en pedazos», escribió Hofmannsthal, «y los pedazos se rompen a su vez en más pedazos, y nada se deja ya capturar mediante conceptos».3510 Al escritor le inquietaban la evolución de los acontecimientos políticos en el Imperio austrohúngaro, en particular el aumento del antisemitismo, y pensaba que el auge del irracionalismo debía parte de su fuerza a los cambios en la forma de entender la realidad provocados por la ciencia moderna: las nuevas ideas eran tan perturbadoras que, de algún modo, contribuían a fomentar un irracionalismo reaccionario a gran escala.

Por otro lado, Hofmannsthal, Ibsen, Strindberg y Nietzsche representaban el avance final del pensamiento europeo hacia el norte del continente, después de que el centro de gravedad hubiera cambiado tras la guerra de los Treinta Años. Estos tres últimos autores deben buena parte de su destacado lugar a Georg Brandes, un crítico danés que en 1883 publicó un volumen titulado, precisamente, Los hombres de la eclosión moderna.3511 Entre las «mentes modernas» que el libro identificaba se encontraban Flaubert, John Stuart Mill, Zola, Tolstoy, Bret Harte y Walt Whitman, pero por encima de todos ellos Ibsen, Strindberg y Nietzsche. Brandes definía

3509 Johnston, Austrian Mind, pp. 23 y 32; y Schorske, Fin-de-Siècle Vienna, p. 19.

3510 Schorske, Fin-de-Siècle Vienna, p. 19.

3511 Bradbury y McFarlane, eds., Modernism, p. 37

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la literatura moderna como una síntesis del naturalismo y el romanticismo —de lo exterior y lo interior— y citaba a estas tres figuras como ejemplos supremos de este logro.

El fenómeno Ibsen empezó en Berlín y luego se propagó por toda Europa. Se inició en 1887, con Los espectros, que fue prohibida por la policía (algo perfecto desde el punto de vista modernista-vanguardista). Se ofrecieron representaciones a puerta cerrada y mucha gente se quedó sin entrar. (El libro se vendió bien y fue necesario reimprimirlo.3512) Se celebró un banquete a Ibsen en que se anunció «el amanecer de una nueva era», al que siguió una «semana Ibsen» en la que se presentaron de forma simultánea La dama del mar, El pato salvaje y Casa de muñecas. Cuando se permitió por fin que Los espectros fuera representada públicamente, lo que ocurrió más adelante ese mismo año, la obra causó gran sensación y se convertiría luego en una importante influencia para James Joyce, entre otros autores. Franz Servaes dijo al respecto: «Algunas personas, como si se sintieran destrozadas por dentro, no recuperaron la calma durante días. Vagaban por la ciudad y por el Tiergarten…». La fiebre por Ibsen ardió durante dos años.3513 «El acontecimiento más importante de la historia de la dramaturgia moderna», se ha dicho, «fue el que Ibsen abandonara el verso tras Peer Gynt y se dedicara a escribir dramas en prosa sobre problemas contemporáneos».3514 Son muchos los escritores que tienen una gran

3512 Robert Ferguson, Henrik Ibsen, Richard Cohen Books, Londres, 1996, p. 321.

3513 Everdell, First Moderns, p. 290. Franz Servaes, «Jung Berlin, I, II, III», en Die Zeit Viena (21 y

28 de noviembre y 5 de diciembre de 1896).

3514 Bradbury y McFarlane, eds., Modernism, p. 499.

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deuda con su obra: Henry James, Chejov, Shaw, Joyce, Rilke, Brecht y Pirandello, entre otros. El nuevo territorio que Ibsen hizo suyo abarcaba la política contemporánea, la importancia cada vez mayor de los medios de comunicación masiva, los cambios en las costumbres, las formas del inconsciente, y supo abordarlo con una sutileza y una intensidad que ningún otro ha logrado alcanzar. Constituye un verdadero homenaje al maestro noruego constatar que hizo tan suyo el teatro moderno que en la actualidad nos resulta difícil entender a simple vista por qué provocaba tanto escándalo, tan pertinente fueron en su momento los temas que trató: el papel de la mujer (Casa de muñecas), la brecha generacional (Solness, el constructor), el conflicto entre la libertad individual y la autoridad institucional (Rosmersholm), la amenaza de la contaminación provocada por el comercio que, no obstante, también proporciona empleo (Un enemigo del pueblo).3515 Con todo, lo que cautivó a tantos espectadores fue la sutileza de su lenguaje y la intensa vida interior de sus personajes; los críticos aseguraban que era posible detectar «una segunda realidad no explicitada» bajo la superficie de sus dramas. Como comentaría más tarde Rilke, el conjunto de las obras de Ibsen es «una búsqueda, aún más desesperada, de correlatos visibles de lo visto interiormente».3516 El noruego fue el primero que halló una estructura dramática apropiada para ese «segundo yo» de la era moderna, y al hacerlo iluminó esa incoherencia que desde Vico

3515 Se basaba en la rabia que Ibsen sentía contra sus compatriotas. Ferguson, Henrik Ibsen, pp.

269 y ss.

3516 John Fletcher y James McFarlane, «Modernist drama: origins and patterns», en Bradbury y McFarlane, eds., Modernism, p. 502.

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constituye el centro de las tribulaciones humanas. Mostró que esas tribulaciones podían ser trágicas, cómicas o simplemente banales. Al igual que Verdi (y Shakespeare, por supuesto), Ibsen había comprendido que la tragedia más profunda afecta al antihéroe (algo que Joyce volvería a mostrar a la perfección en su Ulises, 1922). Ibsen reveló que la banalidad, el absurdo o el sinsentido, o la amenaza de ellos, constituían los inestables cimientos del modernismo. En este sentido, las ideas de Darwin habían hecho mella.

Si el punto fuerte de Ibsen era su intensidad, el de Strindberg era su versatilidad. En palabras de un testigo, su mente «iba a caballo», un genio polifacético que, para algunos, era equiparable al de Leonardo o al de Goethe.3517 Novelista y pintor, pero sobre todo, como Ibsen, dramaturgo, Strindberg vivió las grandes convulsiones del mundo moderno. Una de sus obras, la novela A orillas del mar libre, terminada en junio de 1890, tiene por tema, según su propia descripción, «la ruina del individuo que se aísla a sí mismo».3518 Borg, el personaje central, «se ha visto obligado a vivir demasiado deprisa en esta era de motores a vapor y electricidad», y se está convirtiendo en un hombre moderno, trastornado y lleno de «ansiedad». Según Strindberg, éstos eran los síntomas de un aumento de la «vitalidad» (estrés) en la vida que volvía a la gente cada vez más «sensible» (psicológicamente enferma), lo que tenía como consecuencia «la creación de una nueva raza o, al menos, de un nuevo tipo de ser

3517 Ibid., p. 504.

3518 Mary Sandbach, en Strindberg, Inferno and from an Ocult Diary, Penguin Books, Londres,

1988, p. VIII.

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humano».3519 Posteriormente, en dramas escritos tras su crisis nerviosa de los cuarenta (lo que denominó su «Inferno»), se interesó cada vez más por los sueños (El camino de Damasco, El sueño) y por lo que un crítico llamó «una realidad interior afirmativa, el sentido de la lógica interior de la ilógica y el reconocimiento de la supremacía de estas fuerzas (tanto interiores como exteriores al individuo) que no están por completo bajo el control de la conciencia». También le interesaron mucho las nuevas tecnologías teatrales, lo que le permitió crear un teatro «expresionista».3520 En El camino de Damasco, no es ni siquiera claro si los personajes anónimos son personajes o bien arquetipos psicológicos que representan estados mentales o emocionales, entre ellos lo Desconocido, como si se tratara de uno de los Urphänomene de la filosofía romántica mencionados por Ellenberger. «Los personajes», anotó el mismo Strindberg, «se dividen, se duplican, se multiplican; se evaporan, cristalizan, dispersan y convergen. Pero una única conciencia tiene dominio sobre todos ellos, la de quien sueña».3521 (Estas palabras bien podrían ser de Hofmannsthal describiendo das Gleitende). El drama es muy diferente de A orillas del mar libre: lo que aquí está diciendo Strindberg es que la ciencia no puede decirnos nada acerca de la fe, que ante los misterios más fundamentales de la vida, la racionalidad pura es impotente. «Los sueños nos proporcionan un medio para dar forma a la aleatoriedad aparente: mezclando, transformando,

3519 Ibid., p. IX.

3520 Frederich Marker y Lise-Lone Marker, Strindberg and Modernist Theatre, Cambridge University Press, Cambridge (Inglaterra), 2002, p. 31; James McFarlane, «Intimate theatre: Maeterlinck to Strindberg», en Bradbury y McFarlane, eds., Modernism, pp. 524-525.

3521 Marker y Marker, Strindberg and Modernist Theatre, pp. 23 y ss.

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disolviendo». Y hay más: «en ocasiones pienso en mí mismo como un médium: todo se me ocurre con gran facilidad, de forma semiinconsciente, con apenas algo de planeación y cálculo… Pero no hay un orden en ello, y eso no me gusta».3522 Rilke dijo algo muy similar a propósito de la «llegada» de sus Elegías de Duino, y Picasso se refirió a las máscaras africanas como «intercesores» de su arte.3523 El hecho de que Strindberg tuviera tantas facetas, y no una sola, su experimentalismo o, en otras palabras, su insatisfacción con la tradición, su rechazo de la ciencia tras su crisis nerviosa y su fascinación por lo irracional —los sueños, el inconsciente, la persistencia de la fe en un mundo posdarwiniano—, todo ello lo convierte en la quintaesencia de lo moderno, un foco en el que confluyen las muchas y diversas fuerzas que apremian al individuo desde todos los flancos. Eugene O’Neill dijo que Strindberg fue «el precursor de todo lo moderno en nuestro teatro actual». El sueco fue, como han anotado James Fletcher y James McFarlane, un sensor único de nuestra era.3524

Los grandes autores rusos de este período compartieron con Strindberg e Ibsen su preocupación por la intensidad de la vida interior: Tolstoy, Turguenev, Pushkin, Lermontov y, por encima de todos, Dostoyevski. Algunas de las investigaciones más originales sobre lo que J. W. Burrow ha denominado «el yo escurridizo» se realizaron en Rusia, y ello acaso se deba a que, en comparación con

3522 Bradbury y McFarlane, eds., Modernism, p. 525.

3523 André Malraux, Picasso’s Masks, Holt, Rinehart & Winston, Nueva York, 1976, pp. 10-11. 3524 Everdell, First Moderns, p. 252; Fletcher y McFarlane, «Modernist drama: origins and patterns», p. 503.

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las demás naciones europeas, el país estaba muy atrasado y, por tanto, sus escritores tenían menos prestigio y se sentían más desarraigados.3525 Turguenev llegó al extremo de usar el término «superfluo» (Diario de un hombre superfluo, 1850), superfluo porque los protagonistas de la obra se sienten tan atormentados por su autoconciencia que apenas consiguen hacer algo con sus vidas, habiéndolas gastado «en palabras y autoanálisis».3526 Rudin, el protagonista de la novela homónima publicada por Turguenev en 1856, es en este sentido similar a los personajes de Dostoyevski — Raskolnikov en Crimen y castigo (1866) y Stavrogin en Los demonios (1872)— y de Tolstoy —Pierre en Guerra y Paz (1869) y Levin en Anna Karenina (1877)—, todos ellos intentan escapar de una autoconciencia enfermiza a través del crimen, el amor, la religión o la actividad revolucionaria.3527 Con todo, es posible sostener que Dostoyevski fue todavía más lejos en sus Apuntes del subsuelo (1864), obra en la que explora la vida (si puede llamarse así) de un insignificante funcionario que ha recibido una pequeña herencia, se ha retirado y vive como un recluso. El relato es en realidad una discusión sobre la conciencia, el carácter, la identidad. Aunque en un momento se presenta al funcionario como rencoroso, vengativo y malévolo, en otras ocasiones éste demuestra poseer cualidades opuestas. Esta incoherencia de la personalidad, del carácter, es el principal argumento de Dostoyevski. Al final, el infeliz protagonista termina confesando: «La cuestión es que nunca conseguí ser nada en

3525 Burrow, Crisis of Reason, p. 148.

3526 Ibid.

3527 Ibid., p. 148.

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absoluto». El funcionario carece de personalidad, tiene una máscara y detrás de ella sólo hay más máscaras.3528

El vínculo de estas ideas con el pragmatismo de William James y Oliver Wendell Holmes es claro: la personalidad, en el sentido de una entidad coherente, procedente del interior de los seres humanos, no existe. La gente se comporta de forma pragmática en multitud de situaciones y no hay ninguna garantía de que sus actos posean alguna coherencia: de hecho, si las leyes del azar nos proporcionan algún indicativo, el comportamiento de las personas diferirá de acuerdo con una distribución estándar. A partir de ese comportamiento, sacamos las conclusiones que podemos sobre nosotros mismos, pero lo que los escritores rusos tendieron a señalar es que con frecuencia elegimos de manera arbitraria «precisamente con miras a tener una identidad de algún tipo».3529 Encontramos influencias de esta forma de pensar incluso en Proust, cuya obra maestra, En busca del tiempo perdido, explora la inestabilidad de la personalidad a lo largo del tiempo. En la obra de Proust las personas no son sólo impredecibles, sino que adoptan características incompatibles de manera desconcertante, mientras que otros se comportan de forma completamente opuesta.3530

Y por último, tenemos a Nietzsche (1844-1900). A Nietzsche se le considera por lo general un filósofo, aunque él mismo aseguró que la psicología ocupaba un primerísimo lugar entre las ciencias. «Hasta ahora la psicología se ha atascado en los prejuicios y temores

3528 Ibid., p. 149.

3529 Ibid.

3530 Ibid., pp. 162-163.

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morales, sin atreverse a descender a las profundidades… el psicólogo que así “se sacrifique” [a explorar tales profundidades]… tendrá por fin derecho a exigir que en pago la psicología sea reconocida como la reina de las ciencias, a cuyo servicio y para cuya preparación existen todas las demás»..3531 Walter Kaufmann llamó a Nietzsche «el primer gran psicólogo (profundo)», con lo que se refería a su capacidad para ir más allá de la propia descripción de la persona e «indagar sus motivos escondidos y escuchar lo no dicho».3532 Freud también reconoció su deuda con Nietzsche, aunque esa deuda estaba lejos de ser simple. Al mostrar que nuestros sentimientos y deseos no son los que decimos que son, Freud llegó al inconsciente, mientras que Nietzsche llegó en cambio a la «voluntad de poder». Para Nietzsche, ese segundo o escurridizo yo no era tanto algo oculto como algo insuficientemente reconocido. El medio para llegar a sentirse realizado era la voluntad, un proceso que suponía «vencerse a sí mismo», romper los límites del yo. Para Nietzsche, uno no encontraba su yo interior buscando dentro de sí, sino que lo descubría permitiendo la expresión exterior de ese yo, algo que requería esfuerzo e implicaba aceptar la existencia de motivos tales como el orgullo, que además no eran algo de lo que sentirse avergonzado sino sentimientos completamente naturales; uno descubría su propio yo cuando «superaba» sus límites.3533

3531 Roger Smith, Fontana History of the Human Sciences, p. 851 y ref.

3532 Ibid., p. 852 y ref.

3533 Ibid., p. 853. Curtis Cate, biógrafo de Nietzsche, sostiene que éste se adelantó a Freud, Adler y Jung al advertir que la actitud del individuo ante su pasado es básicamente ambivalente. Esto puede constituir un acicate o bien un lastre. El pasado, en opinión de Nietzsche, puede ofrecer inspiración y fuerza a la voluntad. Curtis Cate, Friedrich Nietzsche, Hutchinson, Londres, 2002, p. 185.

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Nietzsche pensaba que el culto científico de la objetividad era irrelevante, y que, como los románticos habían dicho (aunque él considerara que con frecuencia fueron también hipócritas), uno creaba su propia vida y sus propios valores: sólo a través de la acción era posible descubrir el propio ser. «La autodisciplina y el ponerse a prueba constantemente que concentraban e intensificaban la vida… eran el polo opuesto de la abnegación y la represión que… al desviar la voluntad de poder hacia el interior y contra el yo, engendraban, como ocurría en el cristianismo, odio hacia sí mismo, culpa y rencor contra los saludables, los satisfechos y los superiores… En un mundo caracterizado por el flujo de conciencia y desprovisto de cualquier garantía metafísica de sentido moral, la idea de vocación ofrecía una forma obvia de probar, forjar y equilibrar el yo en un contexto social, mediante una actividad elegida, regulada y disciplinada, y la aceptación autoimpuesta de sus obligaciones».3534

En el fondo, el modernismo puede ser considerado como el equivalente estético del inconsciente freudiano. Al igual que éste, fue expresión de un interés por los estados interiores y un intento de resolver la incoherencia moderna. El modernismo buscó hermanar el romanticismo y el naturalismo, así como poner en orden la ciencia, el racionalismo y la democracia al tiempo que subrayaba sus defectos y deficiencias. El modernismo fue una tentativa estética de ir más allá de la superficie de las cosas y, desde este punto de vista, su oposición al arte representativo al uso fue una decisión muy consciente y, al mismo tiempo, intuitiva; las cimas del arte moderno llevan la marca

3534 Burrow, Crisis of Reason, pp. 189-190.

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indeleble de sus autores, son obras muy particulares e irrepetibles, diferentes de todo lo que las había precedido, y en este sentido el movimiento constituye un nuevo clímax de la individualidad. Sus muchos ismos —impresionismo, postimpresionismo, expresionismo, fovismo, cubismo, futurismo, simbolismo, imaginismo, puntillismo, cloisonismo, vorticismo, dadaísmo, surrealismo— son una secuencia de vanguardias, entendidas como experimentos revolucionarios, exploraciones de la conciencia futura.3535 El modernismo fue también una celebración de la muerte de los antiguos regímenes de la cultura, y del hecho de que el arte, al igual que la ciencia, nos estaba introduciendo a nuevos modos de concebir las asociaciones mentales y emocionales; las formas experimentales del arte modernista, absurdas y sin sentido al mismo tiempo, aparecen así como un intento de redimir «el universo amorfo de la contingencia».3536 Las vanguardias también eran manifestación de cierta impaciencia por el cambio, a lo que contribuía la creencia marxista (que en esa época todavía era una nueva «fe») en el carácter inevitable de la revolución. Con todo, bajo la superficie nunca dejó de acechar el nihilismo, algo que se explica fácilmente dada la inquietud que despertaba la idea de la verdad como algo impermanente, tal y como se infería de las nuevas ciencias, y la incertidumbre respecto a la naturaleza misma del yo, más escurridizo que nunca en las nuevas metrópolis. La doctrina del

3535 Véase: Everdell, First Moderns, pp. 1-12, para una exposición sobre lo que el modernismo es «y sobre lo que probablemente no es»; y p. 63, donde señala que Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte de Seurat es un buen candidato a la primera obra maestra modernista. Malcolm Bradbury y James McFarlane, «The name and nature of modernism», en Bradbury y McFarlane, eds., Modernism, p. 28.

3536 Bradbury y McFarlane, eds., Modernism, p. 50.

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«nihilismo terapéutico», según la cual nada puede hacerse respecto a las enfermedades del cuerpo y de la sociedad, floreció en ciudades como Viena. De obligatoria mención aquí es El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, una novela fantástica sobre una obra de arte que hace las veces de alma y revela el «verdadero» ser del personaje principal.

Esto fue lo que hizo que La interpretación de los sueños y el conjunto de teorías que proponía resultaran tan importantes y oportunos. Según autores no especializados (y que habitaban todavía un mundo «prerrevisionista»), Freud había introducido «la respetabilidad de la prueba clínica» en un área de la mente que hasta entonces era un pantano de imágenes revueltas.3537 Sus teorías parecían dar coherencia a lo que aparentemente eran los recovecos irracionales del yo, y los dignificaba en nombre de la ciencia. En 1900 éste parecía ser el camino que había que recorrer.

3537 James McFarlane, «The Mind of Modernism», en Bradbury y McFarlane, eds., Modernism, p.

85.

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Conclusión

El Laboratorio Cavendish de la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, es posiblemente la institución científica más prestigiosa del mundo. Desde su fundación, a finales del siglo XIX, el laboratorio ha sido responsable de algunos de los avances más innovadores y trascendentales de todos los tiempos: el descubrimiento del electrón (1897), el descubrimiento de los isótopos de los elementos ligeros de la tabla periódica (1919), la división del átomo (también en 1919), el descubrimiento del protón (1920) y del neutrón (1932), la revelación de la estructura del ADN (1953) y el descubrimiento de los púlsares (1967). Desde la creación del premio Nobel en 1901, más de veinte científicos del Laboratorio Cavendish o formados en él lo han ganado, ya sea en física o en química.3538

Fundado en 1871, el laboratorio abrió sus puertas tres años después en un edificio neogótico de Free School Lane, que ostentaba una fachada de seis hastiales y una maraña de pequeñas habitaciones conectadas, en palabras de Steven Weinberg, «por una red incomprensible de escaleras y corredores».3539 A finales del siglo XIX, poca gente sabía con exactitud a qué se dedicaban los «físicos». El término mismo era relativamente nuevo. No existían cosas tales como

Entre los científicos de Cavendish que han ganado el premio Nobel se encuentran: J. J. Thomson (1906), Ernest Rutherford (1908), W. L. Bragg (1915), F. W. Aston (1922), James Chadwick (1935), E. V. Appleton (1947), P. M. S. Blackett (1948), Francis Crick y James Watson (1962), Anthony Hewish y Martin Ryle (1974), y Peter Kapitza (1978). Véase: Jeffrey Hughes, «“Brains in their finger-tips”: physics at the Cavendish Laboratory, 1880-1940», en Richard Mason, ed., Cambridge Minds, Cambridge University Press/Canto, Cambridge (Inglaterra), 1994, pp. 160 y ss.3538

3539 Véase la fotografía en la p. 243 de: J. G. Crowther, The Cavendish Laboratory, 1874-1974, Macmillan, Londres, 1974.

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laboratorios de física financiados por el estado, y de hecho, la idea misma de un laboratorio de física era insólita. Más aún: a juzgar por los estándares actuales, la física era todavía una disciplina primitiva. En Cambridge, la física se enseñaba como parte del grado en matemáticas, que estaba concebido para formar jóvenes destinados a desempeñarse como funcionarios en Gran Bretaña y el imperio británico. En este sistema no había espacio para la investigación: se consideraba que la física era una rama de las matemáticas y lo que se les enseñaba a los estudiantes era cómo resolver problemas, de manera que pudieran luego convertirse en clérigos, abogados, maestros de escuela o funcionarios (esto es, no para ser físicos).3540 Sin embargo, durante la década de 1870, cuando la competencia económica a cuatro bandas que mantenían Alemania, Francia, Estados Unidos y Gran Bretaña se intensificó —debido principalmente a la unificación alemana y a los progresos realizados por los estadounidenses tras la guerra civil—, las universidades se ampliaron y, tras iniciarse la construcción de un laboratorio de física experimental en Berlín, Cambridge sufrió una reorganización. William Cavendish, el séptimo duque de Devonshire, un terrateniente y un industrial, cuyo antepasado Henry Cavendish había sido una temprana autoridad en teoría de la gravitación, accedió a financiar un laboratorio si la universidad prometía fundar una cátedra de física experimental. Cuando el laboratorio abrió, el duque recibió una carta

3540 Mason, ed., Cambridge Minds, p. 162.

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en la que se le informaba (en un elegante latín) que el laboratorio llevaría su nombre.3541

El nuevo laboratorio sólo logró despegar tras unas cuantas salidas en falso. Tras intentar conseguir sin éxito atraer primero a William Thomson, más tarde lord Kelvin (quien, entre otras cosas, concibió la idea del cero absoluto y contribuyó a la segunda ley de la termodinámica), y después a Hermann von Helmholtz, de Alemania (entre cuyas decenas de ideas y descubrimientos destaca una noción pionera del cuanto), finalmente se ofreció la dirección del centro a James Clerk Maxwell, un escocés que se había graduado en Cambridge. Éste fue un hecho fortuito, pero Maxwell terminaría convirtiéndose en lo que por lo general se considera «el físico más grande entre Newton y Einstein».3542 Su principal aportación fue, por encima de todo, haber proporcionado las ecuaciones matemáticas que permitieron entender de forma cabal la electricidad y el magnetismo. Éstas explicaban la naturaleza de la luz, pero también condujeron al físico alemán Heinrich Hertz a identificar en 1887, en Karlsruhe, las ondas electromagnéticas que hoy conocemos como ondas de radio.

Maxwell también creó un programa de investigación en Cavendish con el propósito de idear un estándar preciso de medición eléctrica, en particular la unidad de resistencia eléctrica, el ohmio. Ésta era una cuestión de importancia internacional debido a la enorme expansión que había experimentado la telegrafía en las décadas de

3541 Crowther, Cavendish Laboratory, p. 48.

3542 Steven Weinberg, The Discovery of Subatomic Particles, W. H. Freeman, Nueva York, 1983/1990, p. 7.

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1850 y 1860, y la iniciativa de Maxwell no sólo puso a Gran Bretaña a la vanguardia de este campo, sino que también consolidó la reputación de Cavendish como un centro en el que se trataban problemas prácticos y se ideaban nuevos instrumentos. A este hecho es posible atribuir parte del crucial papel que el laboratorio iba a desempeñar en la edad dorada de la física, entre 1897 y 1933. Los científicos de Cavendish, se decía, tenían «sus cerebros en la punta de sus dedos».3543

Maxwell murió en 1879 y le sucedió lord Rayleigh, quien continuó su labor, pero después de cinco años se retiró a vivir en sus propiedades en Essex. La dirección pasó entonces, de forma de algún modo inesperada, a un joven de veintiocho años, Joseph John Thomson, que a pesar de su juventud ya se había labrado una reputación en Cambridge como físico-matemático. Conocido universalmente como «J. J»., puede decirse que Thomson fue quien dio comienzo a la segunda revolución científica que creó el mundo que conocemos. Como se recordará, la primera revolución científica, de la que nos ocupamos en el capítulo 23, tuvo lugar, aproximadamente, entre los descubrimientos astronómicos de Copérnico, divulgados en 1543, y los de Isaac Newton, centrados alrededor de la idea de gravedad y publicados en 1687 en los Principia Mathematica. La segunda revolución giraría alrededor de los nuevos hallazgos en la física, la biología y la psicología.

Pero fue la física la que abrió el camino. La disciplina se encontraba desde hacía algún tiempo en un estado de permanente cambio,

3543 Mason, ed., Cambridge Minds, p. 161.

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debido principalmente a las discrepancias en la forma de entender el átomo. Como hemos visto, la idea de átomo —una sustancia elemental, invisible e indivisible— se remontaba a la Grecia antigua. Esta concepción se desarrolló en el siglo XVII, cuando Newton propuso concebir los átomos como minúsculas bolas de billar «duras e impenetrables». En las primeras décadas del siglo XIX, químicos como John Dalton se habían visto forzados a aceptar la teoría de los átomos como las unidades mínimas de los elementos, con miras a explicar lo que ocurría en las reacciones químicas (por ejemplo, el hecho de que dos líquidos incoloros produjeran, al mezclarse, un precipitado blanco). De forma similar, fueron estas propiedades químicas y el hecho de que variaran de forma sistemática, combinada con sus pesos atómicos, lo que sugirió al ruso Dimitri Mendeleyev la organización de la tabla periódica de los elementos, que concibió jugando, con «paciencia química», con sesenta y tres cartas en su finca de Tver, a unos trescientos kilómetros de Moscú. Pero además, la tabla periódica, a la que se ha llamado «el alfabeto del lenguaje del universo», insinuaba que existían todavía elementos por descubrir. La tabla de Mendeleyev encajaba a la perfección con los hallazgos de la física de partículas, con lo que vinculaba física y química de forma racional: era el primer paso hacia la unificación de las ciencias que caracterizaría el siglo XX.

En Cavendish, en 1873, Maxwell refinaría la idea de átomo de Newton al introducir la idea de campo electromagnético en su mundo de bolas de billar en miniatura. Este campo, sostuvo, «impregnaba el vacío» y la energía eléctrica y magnética se «propagaba a través de él» a la

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velocidad de la luz.3544 A pesar de ese avance, Maxwell aún pensaba que los átomos eran sólidos y duros y que, básicamente, obedecían a las leyes de la mecánica.

El problema era que los átomos, si existían, eran demasiado pequeños para ser observados con la tecnología entonces disponible. Esa situación empezaría a cambiar con Max Planck, el físico alemán. Como parte de su investigación de doctorado, Planck había estudiado los conductores de calor y la segunda ley de la termodinámica. La ley había sido establecida originalmente por Rudolf Clausius, un físico alemán nacido en Polonia, aunque lord Kelvin también había hecho algún aporte. Clausius había presentado su ley por primera vez en 1850, y ésta estipulaba algo que cualquiera podía observar, a saber, que cuando se realizaba un trabajo la energía se disipaba convertida en calor y que ese calor no puede reorganizarse en una forma útil. Esta idea, que por lo demás parecería una anotación de sentido común, tenía consecuencias importantísimas. Dado que el calor (energía) no podía recuperarse, reorganizarse y reutilizarse, el universo estaba dirigiéndose gradualmente hacia un desorden completo: una casa que se desmorona nunca se reconstruye a sí misma, una botella rota nunca se recompone por decisión propia. La palabra que Clausius empleó para designar este desorden irreversible y creciente fue «entropía»: su conclusión era que, llegado el momento, el universo moriría. En su doctorado, Planck advirtió la relevancia de

3544 Paul Strathern, Mendeleyev’s Dream: The Quest for the Elements, Hamish Hamilton, Londres,

2000, pp. 3 y 286. [Hay traducción castellana: El sueño de Mendeléiev, de la alquimia a la química, Siglo XXI, Madrid, 2000]. Véase también: Richard Rhodes, The Making of the Atomic Bomb, Simon & Schuster, Nueva York, 1986, p. 30.

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esta idea. La segunda ley de la termodinámica evidenciaba que el tiempo era en verdad una parte fundamental del universo, de la física. Empezamos este libro, en el prólogo, con el descubrimiento del tiempo profundo, y Planck nos permite ahora cerrar el círculo. Sea lo que sea, el tiempo es un componente básico del mundo que nos rodea y se relaciona con la materia de formas que todavía no entendemos cabalmente. La noción de tiempo implicaba que el universo sólo funcionaba en un sentido, y que, por tanto, la imagen que de él nos ofrecían las bolas de billar de la mecánica newtoniana era errónea o, en el mejor de los casos, incompleta, pues permitía que el universo funcionara de igual forma en cualquier dirección, para delante o para atrás.3545

Pero si los átomos no eran bolas de billar, ¿qué eran entonces?

La nueva física surgió de forma gradual a partir de un problema viejo y un instrumento nuevo. El problema viejo era la electricidad: ¿qué era exactamente?3546 Benjamin Franklin había estado muy cerca de la solución cuando relacionó la electricidad con un «fluido sutil», pero era difícil ir más lejos debido a que la principal forma natural del fenómeno, el rayo, no era algo precisamente fácil de llevar al laboratorio. Un nuevo avance tuvo lugar cuando se advirtió que en los vacíos parciales de los barómetros en ocasiones se producían destellos de «luz». Esto condujo a la invención de un nuevo instrumento que luego se revelaría de suma importancia: recipientes

3545 Ibid., p. 31.

3546 Se la llamó electricidad por la palabra griega ηλεκτρον, elektron, que significa ámbar. En la Grecia antigua se había observado por primera vez que el ámbar, al ser frotado, atraía hacía sí toda clase de pequeñas partículas.

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de vidrio con electrodos de metal en ambos extremos. A estos recipientes se les sacaba el aire, lo que creaba un vacío, antes de introducir gases en ellos y pasar una corriente eléctrica a través de los electrodos (un poco como un rayo) para ver qué ocurría, cuál era el efecto sobre los gases. En el desarrollo de estos experimentos, se descubrió que si se hacía pasar una corriente eléctrica en el vacío se producía un extraño resplandor. La naturaleza exacta de ese resplandor fue algo que no se comprendió de inmediato, sin embargo, dado que los rayos emanaban del cátodo y eran absorbidos por el ánodo, Eugen Goldstein los denominó Cathodenstrahlen, rayos catódicos. Con todo, no fue hasta la década de 1890 que los experimentos derivados del uso de tubos de rayos catódicos consiguieron aclarar por fin el enigma y poner a la física moderna en la senda del triunfo.

En primer lugar, en noviembre de 1895, en Würzburgo, Wilhelm Röntgen, advirtió que cuando los rayos catódicos golpeaban la pared de vidrio del tubo, se emitían rayos muy penetrantes, que denominó rayos X (porque la x, para un matemático, significaba lo desconocido). Los rayos X hacían que varios metales produjeran luz fluorescente y, lo que resultaba aún más asombroso, Röntgen advirtió que pasaban a través de los tejidos blandos de su mano y permitían ver los huesos dentro de ella. Un año después, Henri Becquerel, intrigado por el fenómeno de la fluorescencia observado por Röntgen, decidió establecer si elementos que por naturaleza eran fluorescentes producían el mismo efecto. En un experimento famoso, aunque accidental, Becquerel puso un poco de sal de uranio sobre algunas

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placas fotoeléctricas, que encerró en un cajón, donde era imposible que les diera la luz. Cuatro días más tarde, encontró imágenes en las placas, imágenes producidas por lo que, hoy sabemos, era una sustancia radioactiva. El científico francés había descubierto que la «fluorescencia» era una manifestación natural de la radioactividad.3547

Con todo, fue Thomson quien, en 1897, realizó el descubrimiento que vino a coronar estos avances y a convertir a la física moderna en una de las aventuras intelectuales más fascinantes e importantes del mundo contemporáneo. Su hallazgo fue el primer gran éxito del Laboratorio Cavendish. En una serie de experimentos J. J. bombeaba gases diferentes en los tubos de vidrio, hacía pasar a través de ellos una corriente eléctrica, y luego los rodeaba bien fuera con campos eléctricos o con imanes. Como resultado de su manipulación sistemática de las condiciones experimentales, Thomson consiguió demostrar de manera convincente que los «rayos» catódicos eran en realidad partículas infinitesimalmente pequeñas que saltaban del cátodo y que el ánodo absorbía. Thomson luego mostró que la trayectoria de las partículas podía alterarse mediante un campo eléctrico y que un campo magnético las hacía describir una curva.3548 Y lo que era todavía más significativo, descubrió que esas partículas eran más ligeras que los átomos de hidrógeno, la unidad de materia más pequeña conocida hasta entonces, y que ocurría exactamente lo mismo con cualquier gas a través del cual se hiciera pasar la

3547

3548

Ibid., pp. 41-42.

Ibid., pp. 38-40.

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descarga. Era claro que Thomson había identificado una partícula fundamental, de hecho, había conseguido la primera demostración experimental de la teoría de las partículas elementales de la materia. Los «corpúsculos», como Thomson denominó inicialmente a estas partículas, eran lo que hoy conocemos como electrones. Su descubrimiento (y el estudio sistemático de sus propiedades emprendido por Thomson) condujo de forma directa al trascendental avance realizado una década después por Ernest Rutherford, quien concibió al átomo como una especie de «sistema solar» en miniatura, con los electrones diminutos orbitando un núcleo masivo como los planetas alrededor del sol. Rutherford demostró experimentalmente lo que Einstein había descubierto en su cabeza y revelado en su famosa ecuación, E = mc2 (1905), esto es que la materia y la energía eran esencialmente lo mismo.3549 Las consecuencias de estos avances y experimentos (entre los que se encuentran el desarrollo de las armas termonucleares y el estancamiento político de la Guerra Fría) superan el marco temporal del presente libro.3550 No obstante, el trabajo de Thomson también es importante por otro motivo que sí atañe a nuestra exposición.

Thomson logró realizar estos avances gracias a la experimentación sistemática. Al comienzo de este libro, en la Introducción, afirmé que en mi opinión las tres ideas más influyentes de la historia eran el alma, la idea de Europa y el experimento. Ha llegado el momento de

3549 Ibid., pp. 50-51 y 83-85.

3550 Me ocupo con más detenimiento de estos sucesos en mi libro Historia intelectual del siglo XX.

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justificar esta elección. La forma más convincente de hacerlo es, me parece, examinar estas ideas en orden inverso.

El hecho de que, en la actualidad, y desde hace un lapso de tiempo considerable, los países que conforman lo que denominamos Occidente (por tradición Europa occidental y Norteamérica, en particular, pero la expresión también abarca lugares distantes como Australia) son las sociedades más exitosas y prósperas del planeta resulta indudable, tanto en términos de las ventajas materiales al alcance de sus ciudadanos como de las libertades políticas y morales de las que disfrutan. (Esta situación está cambiando en nuestros días, pero ello no invalida aún esta descripción). Esas ventajas están estrechamente vinculadas, en el sentido de que muchos progresos materiales —piénsese en las innovaciones en los ámbitos de la medicina, los medios de comunicación, el transporte y la industria— traen consigo libertades sociales y políticas y contribuyen así a un proceso de democratización general. Ahora bien, casi sin excepción, estas ventajas son fruto de innovaciones científicas basadas en la observación, la experimentación y la deducción. En este contexto, la experimentación es esencial porque constituye una forma independiente y racional (y por tanto democrática) de autoridad. Sobre esta autoridad del experimento descansa precisamente el mundo moderno: la autoridad del método científico, que se revela y refuerza en una miríada de tecnologías que podemos compartir todos los seres humanos y que es independiente del estatus individual de los investigadores y de su cercanía a Dios o al rey. La naturaleza acumulativa del conocimiento científico lo convierte además en la

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forma menos frágil de conocimiento. Esto es lo que hace del experimento una idea tan importante. El método científico, aparte de otras abstracciones, es probablemente la forma más pura de democracia que existe.

Esto plantea de inmediato una pregunta: ¿por qué el experimento surgió primero y de forma más productiva en Occidente? La respuesta a este interrogante demuestra la importancia de la idea de Europa, el conjunto de cambios que tuvieron lugar, en términos aproximados, entre 1050 y 1250. De este proceso nos ocupamos ya en el capítulo 15, pero me gustaría repasar aquí los aspectos más relevantes. Anotamos allí que Europa tuvo la enorme suerte de no verse devastada por la peste en igual medida que Asia; que fue el primer continente que se «llenó», lo que, en vista de lo limitado de los recursos, convirtió la idea de eficacia en un importante valor; que esto propició el surgimiento de la individualidad, algo que también debe mucho al desarrollo de la religión cristiana, que creó una cultura unificada y contribuyó al nacimiento de las universidades como centros en los que el pensamiento independiente pudo florecer y en los que se concibieron las ideas de lo secular y del experimento. Uno de los momentos más dolorosos de la historia de las ideas ocurrió a mediados del siglo XI. En 1065 o 1067 se funda en el Nizamiyah, un seminario teológico cuya creación marca el fin de una era de gran apertura intelectual en el mundo árabe y musulmán, que había florecido durante dos o tres centenares de años. Apenas dos décadas después, en 1087, Irnerio empieza a enseñar derecho en Bolonia, dando comienzo al gran movimiento intelectual europeo. Mientras

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una cultura entraba en decadencia, la otra empezaba a hallar su camino. La creación de Europa fue uno de los mayores y más trascendentales giros de la historia de las ideas.

Algunos lectores encontrarán extraño el que la noción de «alma» sea considerada entre las candidatas a las tres ideas más influyentes de la historia. La idea de Dios, es seguro, parecerá a muchos más poderosa y universal y, en cualquier caso, habrá quien se pregunte si ambas ideas no se sobreponen. Y así es, la idea de Dios ha sido una idea poderosísima a lo largo de la historia, y continúa siéndolo en gran parte del planeta. Al mismo tiempo, sin embargo, hay dos buenas razones para pensar que el alma ha sido —y sigue siendo— una idea más influyente y fecunda que la idea misma de la divinidad. Una razón es que, con la invención de la otra vida (una idea que no todas las religiones comparten, pero sin la cual una entidad como el alma tendría mucho menos sentido), se abrió el camino para que las religiones organizadas controlaran mejor las mentes de los hombres. Durante la antigüedad tardía y la Edad Media, la tecnología del alma, su relación con la otra vida, con la divinidad y, en especial, con el clero, permitió a las autoridades religiosas ejercer un poder extraordinario. A pesar de que la idea de alma enriqueció inmensamente las mentes de los seres humanos a lo largo de los siglos, también es cierto que durante ese mismo tiempo mantuvo a raya el pensamiento y la libertad, lo que sólo contribuyó a obstaculizar y retrasar el progreso y a mantener al pueblo (en su mayor parte) ignorante sometido al clero educado. Piénsese en la seguridad con que el fraile Tetzel afirmaba que era posible comprar

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indulgencias para las almas del purgatorio, y que éstas saldrían volando al cielo tan pronto como las monedas golpearan el plato. Los abusos a los que se prestaba lo que hemos llamado «tecnologías del alma» fueron uno de los principales factores que condujeron a la Reforma, la cual, a pesar de lo ocurrido con Juan Calvino en Ginebra, fundamentalmente despojó al clero del control de la fe e impulsó la duda y el descreimiento (como vimos en el capítulo 22). Las diversas transformaciones del alma (la idea de que estaba contenida en el semen en la Grecia de Aristóteles, el alma tripartita del Timeo platónico, la concepción medieval y renacentista del Homo duplex, la idea del alma como mujer, o como ave, el diálogo entre el alma y el cuerpo de Marvell, «las mónadas» de Leibniz) pueden resultar hoy bastante pintorescas, pero en su época fueron cuestiones muy serias, y constituyeron importantes etapas en la ruta hacia la idea moderna del yo. La transformación que tuvo lugar en el siglo XVII —de los humores, a la panza y los intestinos y, por fin, al cerebro como lugar del yo esencial—, así como la idea de Hobbes de que no existía nada semejante al «espíritu» o el alma, o la redefinición del alma como noción filosófica (en lugar de religiosa) propuesta por Descartes, también fueron pasos significativos.3551 La transición del mundo del alma (incluida la otra vida) al mundo del experimento (el aquí y ahora), que ocurrió por primera vez y de forma más profunda en Europa, es la que mejor describe la diferencia entre el mundo antiguo

3551 Roy Porter, Flesh in the Age of Reason, Allen Lane, The Penguin Press, Londres, 2003, pp. 69 y ss.

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y el mundo moderno, y sigue siendo el cambio intelectual más importante de la historia.

No obstante, hay una razón adicional —y bastante diferente— por la que la idea del alma, en Occidente al menos, es fundamental, y acaso más importante y fértil que la idea de Dios. Para expresarlo sin rodeos, la cuestión es que la idea de alma ha sobrevivido a la idea de Dios. E incluso podríamos decir que ha evolucionado más allá de Dios y más allá de la religión, dado que incluso quienes no tienen fe —y acaso especialmente quienes no la tienen— se preocupan por su vida interior.

Podemos apreciar el poder imperecedero del alma, y al mismo tiempo su naturaleza cambiante, en varias coyunturas críticas de la historia. La idea ha revelado su poder a través de un patrón particular que se ha repetido con mucha frecuencia, aunque cada vez de manera algo diferente. Esto podría describirse como una tendencia a la «introspección» por parte de la humanidad, un esfuerzo continuo y recurrente por buscar la verdad en las «profundidades» del ser, lo que Dror Wahrman denomina nuestro «complejo de interioridad». La primera vez que (sabemos que) esta tendencia se manifestó tuvo lugar en la llamada Era Axial (véase el capítulo 5), en términos muy aproximados, entre los siglos VII y IV a. C. En esa época, más o menos de manera simultánea, ocurrió algo similar en Palestina, la India, China, Grecia y muy posiblemente también en Persia. En cada uno de estos casos, la religión establecida se había vuelto en extremo ritualista y exhibicionista. En particular, en todas partes habían surgido sacerdotes que se habían adjudicado una posición de altísimo

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privilegio: el clero se había convertido en una casta hereditaria que controlaba el acceso a Dios o a los dioses, y que se beneficiaba de su elevado estatus tanto en términos materiales como espirituales. Sin embargo, en todas las culturas antes mencionadas surgieron profetas (en Israel) u hombres sabios (Buda y los autores de los Upanishads en la India, Confucio en China) que denunciaron al clero y abogaron por la introspección, al sostener que la ruta hacia la auténtica santidad implicaba algún tipo de abnegación y de estudio íntimo. Platón es famoso por haber considerado que la mente era superior a la materia.3552

Estos hombres mostraron el camino a través de su ejemplo personal, y su mensaje es muy similar al que luego predicaron Jesús y, más tarde, san Agustín. Jesús, por ejemplo, hacía hincapié en la misericordia divina e insistía más en la convicción interior del creyente, que en la observancia exterior del ritual (capítulo 7). San Agustín (354–430 d. C.), por su parte, se interesó en especial por el libre albedrío; sostuvo que los seres humanos tenían dentro de sí la capacidad de evaluar la moralidad de las acciones y de las personas, lo que les permitía ejercer su juicio, decidir sus prioridades. Según pensaba, mirar en nuestro interior y elegir a Dios era conocer a Dios (capítulo 10). En el siglo XII, como vimos en el capítulo 16, volvió a producirse otro gran giro hacia el interior en la Iglesia católica romana. Se manifestó entonces una creciente conciencia de que lo que Dios quería era el arrepentimiento interno del pecador, no muestras externas de ese arrepentimiento. Fue entonces cuando el

3552 Ibid., p. 30. Wahrman, Making of the Modern Self, pp. 182-184.

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cuarto concilio de Letrán convirtió en obligatorio el que los fieles se confesaran regularmente. La peste negra en el siglo XIV produjo un efecto similar. El enorme número de muertos hizo que la gente se volviera pesimista y se refugiara en formas más privadas de la fe (tras la peste, se construyeron un gran número de capillas privadas y se crearon muchas organizaciones benéficas, y el misticismo aumentó). El auge de la autobiografía en el Renacimiento, lo que Jacob Burckhardt llamó «la abundancia de retratos del alma más íntima», fue otro movimiento de introspección. En Florencia, a finales del siglo XV, fray Girolamo Savonarola, convencido de que Dios le había enviado «para ayudar a la reforma interior del pueblo italiano», impulsó la regeneración de la Iglesia en una serie de jeremiadas, en las que advertía de los terribles males que se desencadenarían si no se producía una reforma íntima inmediata y total. Y por supuesto no otro fue el motor de la Reforma protestante del siglo XVI (capítulo 22), quizá el giro al interior más grande de todos los tiempos. En respuesta a la declaración del papa de que lo fieles podían comprar el alivio de las almas de aquellos parientes que «sufrían en el purgatorio», Martín Lutero estalló definitivamente y defendió la idea de que los hombres no necesitaban la intervención del clero para recibir la gracia de Dios, y aseguró que la pompa de la Iglesia católica y su teórica función de «intercesora» entre el hombre y su creador eran igual de absurdas y no tenían respaldo alguno en las Escrituras. Lutero invitó a los cristianos a volver a «la auténtica penitencia interior» y sostuvo que lo único que se necesitaba para la remisión de los pecados era un sincero arrepentimiento íntimo: lo más importante era la conciencia

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del individuo. En el siglo XVII, encontramos uno de los momentos de introspección más famosos con Descartes, quien arguyó que el hombre únicamente podía estar seguro de su propia vida interior y, en particular, de su duda. El romanticismo de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX fue de igual modo un movimiento de introspección, una reacción contra la Ilustración. A la creencia dieciochesca en que la ciencia proporcionaba la mejor forma de entender el mundo, los románticos opusieron la idea de que el único hecho irreducible de la experiencia humana era precisamente la experiencia interior. Siguiendo a Vico, tanto Rousseau (1712–1778) como Kant (1724–1804) sostuvieron que, con miras a saber qué debemos hacer, lo más importante es que escuchemos a nuestra voz interior.3553 Los románticos desarrollaron esta idea para decir que todo lo que es valioso en la vida humana, y la moral en primer lugar, proviene del interior. El auge de la novela y de las demás artes reflejó esta opinión.

Los románticos, en particular, constituyen un claro ejemplo de la evolución de la idea de alma. Como ha señalado J. W. Burrow, la esencia del romanticismo (y acaso, podríamos decir, de todos los demás episodios de «introspección» de la historia) es la noción de Homo duplex, de un «segundo yo», un yo diferente, con bastante frecuencia mejor o más elevado que el yo convencional, que cada quien se esfuerza por descubrir o liberar. Arnold Hauser lo explica de

3553 Bradbury y McFarlane, eds., Modernism, p. 86; y Arnold Hauser, A Social History of Art, vol. IV, p. 224. En Augustine’s Invention of the Inner Self, Cambridge University Press, Cambridge (Inglaterra), 2003, Phillip Cary sostiene que Agustín inventó el concepto de yo como un espacio interior íntimo y que al hacerlo inauguró la tradición introspectiva occidental.

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otra manera: «Vivimos en dos niveles, dos esferas diferentes… estas regiones del ser se compenetran entre sí de forma tan completa que es imposible subordinar la una a la otra u oponerlas como si fueran antitéticas. El dualismo del ser no era, es evidente, una noción nueva, y la idea de la coincidentia oppositorum nos resulta bastante familiar… pero la cuestión es que la duplicidad de la existencia y su doble significado… nunca se habían experimentado con tanta intensidad como ahora [esto es, en tiempos de los románticos]».3554 El romanticismo, y su idea de un «segundo yo» es, como hemos anotado, uno de los factores que Henri Ellenberger incluye en El descubrimiento del inconsciente, su amplísima obra sobre los orígenes de la psicología profunda y las ideas que conducirían a las teorías de Sigmund Freud, Alfred Adler y Carl Jung. Como vimos en el capítulo final, el inconsciente, la última gran «introspección» de nuestra historia, fue un intento de crear una ciencia que diera cuenta de nuestra vida interior. Sin embargo, el hecho de que fuera un intento fallido es mucho más importante y tiene implicaciones más amplias que la simple incompetencia del psicoanálisis como tratamiento, como veremos a continuación.

El romanticismo, la voluntad, la Bildung, el concepto weberiano de vocación, el Volkgeist, el descubrimiento del inconsciente, el Innerlichkeit… el tema de la vida interior, del segundo yo o, como pensaba Kant, del yo superior, domina el pensamiento del siglo XIX con la misma fuerza, sino más, que ha dominado otros períodos de la historia. Algunos autores han señalado que el interés por lo

3554 Burrow, Crisis of Reason, pp. 137-138.

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irracional, predominante en una tradición del pensamiento alemán, constituye el «transfondo profundo» de los horrores del nazismo en el siglo XX (cuando la creación del superhombre, un individuo capaz de vencer sus limitaciones a través del ejercicio de la voluntad, se convierte en la principal meta de la historia humana). Aunque ésta no es en absoluto una cuestión trivial, no es nuestra principal preocupación aquí. En lugar de ello, nos interesa entender qué nos permite concluir sobre la historia de las ideas esta obsesión por la vida interior. Por un lado, es evidente que confirma el patrón expuesto en la página anterior cuando repasábamos los repetidos esfuerzos del hombre por mirar dentro de sí en búsqueda de… Dios, realización personal, catarsis, sus «verdaderos» motivos, su «verdadero» yo.

Alfred North Whitehead anotó en una ocasión que la historia del pensamiento occidental no era más que una serie de notas a pie de página a Platón. Al final de este largo recorrido, podemos concluir que, independientemente de si Whitehead pretendía ser retórico o irónico, su célebre comentario era acertado sólo a medias, en el mejor de los casos. En el ámbito de las ideas, la historia humana se compone de dos corrientes principales (soy consciente de que estoy simplificando en extremo, pero, se entenderá, ésta es la Conclusión). Por un lado, está la historia del «ahí fuera», del mundo exterior al hombre, el mundo aristotélico de la observación, la exploración, el viaje, el descubrimiento, la medición, el experimento y la manipulación del entorno, en resumen, el mundo materialista de lo que hoy denominamos ciencia. Aunque esta aventura difícilmente dibuja una línea recta, y los avances en ocasiones han llegado poco a

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poco e, incluso, se han detenido u obstaculizado durante siglos (principalmente debido a religiones fundamentalistas), en términos generales debe considerársela un triunfo. Pocos pondrán en duda que el progreso material del mundo, o al menos buena parte de él, es algo apreciable por todos. Este progreso continuó, de forma acelerada, a lo largo del siglo XX.

La otra gran corriente de la historia de las ideas ha sido la exploración de la vida interior del hombre, su alma o su segundo yo, lo que podríamos denominar (con Whitehead) inquietudes platónicas, en oposición a las aristotélicas. Esta corriente podría a su vez dividirse en dos. En primer lugar, tenemos la historia de la vida moral, social y política del hombre, el desarrollo de formas de vida en común, una aventura que debe ser calificada como un triunfo con reservas, en el sentido de que el resultado, en términos generales, es positivo. Tanto la transición de las monarquías autocráticas, fueran temporales o papales, a la democracia (pasando por el feudalismo), como el cambio de un contexto teocrático por uno secular, han redundado sin duda en que un enorme número de personas gocen hoy de mayores libertades y mayores posibilidades de realización que en el pasado (en términos generales, por supuesto. Siempre hay excepciones). A lo largo del libro, hemos descrito las varias etapas que ha atravesado este proceso. Aunque los sistemas políticos y jurídicos que hoy existen sean diferentes en todo el mundo, la cuestión es que todos los pueblos tienen un sistema legal y jurídico, y poseen conceptos de justicia que van mucho más allá de lo que por simplicidad llamamos la ley de la selva. Una institución como la de exámenes de ingreso,

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por ejemplo, supone una extensión del concepto de justicia a la educación, mucho más allá del ámbito puramente jurídico o criminal. La preocupación por la justicia, como vimos en el capítulo 32, incluso llegó a impulsar el desarrollo de la estadística, como rama de las matemáticas. Aunque los logros de las ciencias sociales en tanto disciplinas hayan sido limitados en comparación con los de la física, la astronomía, la química o la medicina, su evolución ha estado animada por un interés de mejorar y hacer más justo el mundo de la política, por naturaleza partidista y sesgado. Todo ello puede ser considerado un triunfo (con reservas, probablemente).

Nuestro último hilo conductor, el esfuerzo del hombre por entenderse a sí mismo, su vida interior, se ha revelado el más decepcionante de todos. Algunos, quizá la mayoría, se opondrán a esta conclusión argumentando que la mejor parte de la historia del arte y la creación es la historia de la vida interior del hombre. Ahora bien, aunque esto es indudablemente cierto desde un punto de vista, también es verdad que las artes no explican el yo. Con bastante frecuencia, lo que intentan es describir el yo o, para ser más precisos, una miríada de yos en una miríada de circunstancias diferentes. Sin embargo, la popularidad actual del freudismo y demás psicologías «profundas» preocupadas por el «yo interior» y la autoestima (por más desencaminadas que estén) confirma, en mi opinión, este diagnóstico. Si realmente las artes hubieran tenido éxito en este ámbito, ¿qué necesidad habría de estas psicologías, de estos nuevos modos de introspección?

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Resulta extraordinario concluir que, a pesar del gran desarrollo de la individualidad, del vastísimo corpus artístico, del auge de la novela y de las muchas formas que hombres y mujeres han concebido para expresarse, el estudio del hombre mismo es el mayor fracaso intelectual de la historia, su área de investigación menos fructífera. Sin embargo, es indudable que es así, y esto es algo que subrayan esos constantes «giros al interior» que se repiten a lo largo de los siglos. Estos movimientos de introspección no se suman uno al otro y se desarrollan de forma acumulativa como ocurre en la ciencia, sino que se reemplazan a medida que una nueva versión sustituye a la anterior, que se ha agotado o se ha revelado inútil. Platón nos ha inducido al error, y Whitehead estaba equivocado: el gran triunfo de la historia de las ideas ha sido principalmente realizar el legado de Aristóteles, no el de Platón. Esto es algo que confirman en especial los últimos hallazgos de la historiografía, que subrayan el hecho de que los inicios de la era moderna (como ahora se conoce a este período) hayan reemplazado al Renacimiento como la transición más significativa de la historia. Como R. W. S. Southern ha sostenido, el período comprendido entre 1050 y 1250, el redescubrimiento de Aristóteles, fue la transformación más grande y más importante de la historia humana y es ella, no el Renacimiento (platónico) de dos siglos después, la que conduce a la modernidad.

Durante muchos años, centenares de años, el hombre no albergaba dudas acerca de la existencia del alma e, independientemente de que ésta fuera o no una sustancia identificable en el interior del cuerpo, estaba convencido de que representaba su esencia y que esta esencia

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era inmortal, indestructible. Las ideas acerca del alma cambiaron en los siglos XVI y XVII, a medida que la fe en Dios empezaba a perder terreno, y surgieron nuevos conceptos. Desde Hobbes y Vico, las referencias al yo y la mente empiezan a reemplazar a las referencias al alma, y esta concepción triunfó en el siglo XIX, especialmente en Alemania, con el desarrollo del romanticismo, de las ciencias humanas o sociales, del Innerlichkeit y el inconsciente. El surgimiento de la sociedad de masas, de nuevas y gigantescas metrópolis, también constituyó un destacado factor en este proceso, pues condujo a un sentimiento de pérdida del yo.3555

En este contexto, la aparición de Freud resulta un asunto curioso. Al haber estado precedidas por Schopenhauer, von Hartmann, Charcot, Janet, el dipsiquismo de Max Dessoir, los Urphänomene de von Schubert o El derecho materno de Bachofen, las ideas de Freud no parecen tan asombrosamente originales como en ocasiones se las presenta. Con todo, tras un comienzo titubeante, sus propuestas fueron haciéndose cada vez más influyentes, hasta convertir al padre del psicoanálisis en lo que, a mediados de la década de 1990, Paul Robinson describió como «la figura intelectual dominante de nuestro siglo».3556 Una razón para ello era que, siendo médico, Freud pensaba en sí mismo como un biólogo, un científico en la tradición de Copérnico y Darwin. El inconsciente freudiano era, por tanto, un intento complejo de tratar de forma científica el yo. En este sentido, prometía una gran convergencia de las dos principales corrientes de

3555 Ibid., p. 153.

3556 Robinson, «Symbols at an Exhibition», p. 12.

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la historia de las ideas, lo que podríamos denominar una comprensión aristotélica de las preocupaciones platónicas. De haber funcionado, el inconsciente habría sido el mayor logro intelectual de la historia, la mayor síntesis de la historia de las ideas.

En la actualidad, muchas personas siguen convencidas de que los esfuerzos de Freud lograron su cometido, lo que explica en parte por qué razón el ámbito de la «psicología profunda» continúa siendo tan popular. Al mismo tiempo, sin embargo, entre los profesionales de la psiquiatría y en el mundo de la ciencia en general Freud es por lo común vilipendiado, y sus ideas se rechazan por considerárselas descabelladas y poco científicas. En 1972, sir Peter Medawar, premio Nobel de medicina, describió el psicoanálisis como «uno de los hitos más penosos y extraños de la historia intelectual del siglo XX».35573558 Se han publicado muchos estudios que ponen en duda que el psicoanálisis tenga alguna utilidad como tratamiento, y varias de las ideas que Freud vertió en otros de sus libros (Tótem y tabú o Moisés y el monoteísmo, por ejemplo) han sido descartadas por completo por estar desencaminadas o basarse en pruebas que ya no se consideran tales. Las investigaciones más recientes, reseñadas en el capítulo anterior, que tanto han desacreditado a Freud, subrayan en particular este punto y lo subrayan de forma enfática.

Pero si la mayoría de las personas cultas reconoce hoy que el psicoanálisis fracasó, también debe señalarse que el concepto de

3557 P. B. Medawar, The Hope of Progress, Methuen, Londres, 1972, p. 68.

3558 En cierto sentido, el gen ha asumido algunas de las propiedades del alma en el mundo contemporáneo. Pienso en el hecho de que se lo concibe como una sustancia escondida e indestructible, que gobierna nuestra naturaleza prescindiendo de lo que conscientemente podamos desear. El gen no es el alma, pero para muchas personas parecen un buen sustituto.

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conciencia —que es el término que biólogos y neurólogos emplean actualmente para describir el sentido del yo— no lo ha hecho mucho mejor. Si, para concluir, saltamos de finales del siglo XIX a los últimos años del siglo XX, nos topamos con la «década del cerebro» (el eslogan adoptado por el congreso estadounidense en 1990). Durante ese decenio, se publicaron muchos libros sobre la conciencia, proliferaron los «estudios de la conciencia» como disciplina académica y se realizaron tres simposios internacionales sobre la materia. ¿Cuál fue el resultado? La respuesta depende mucho de con quién hable usted. John Maddox, exdirector de Nature, que junto a Science, es la revista científica más destacada del mundo, escribió que: «No hay introspección que permita a una persona descubrir precisamente qué conjunto de neuronas en qué parte de su cabeza ejecuta determinado proceso mental. Esa información parece estar fuera del alcance del usuario». El filósofo británico Colin McGinn, de la Universidad de Rutgers, en Nueva Jersey, sostiene que por principio la conciencia se resiste a ser explicada, y que siempre será así.3559 Otros pensadores, como Thomas Nagel y Hilary Putnam, de la Universidad de Harvard, consideran que en la actualidad (y quizá para siempre) la ciencia no puede explicar los «qualia», la experiencia fenoménica en primera persona a la que llamamos conciencia (cosas como por qué, en palabras de Simon Blackburn, la materia gris del cerebro nos proporciona, por ejemplo, la experiencia de lo amarillo). Tras una serie de polémicos experimentos, Benjamin Libet ha llegado a la

3559 John Maddox, What Remains to Be Discovered, Macmillan, Londres, 1998, p. 306. [Hay traducción castellana: Lo que queda por descubrir, Barcelona, Debate, 1999].

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conclusión de que la conciencia requiere medio segundo para manifestarse («el retraso de Libet»), aunque si éste es o no un (auténtico) avance aún no está claro. John Gray, profesor de pensamiento europeo en la London School of Economics, es uno de los que considera que tales fenómenos son el «problema más difícil» en los estudios de la conciencia.3560

Por otro lado, John Searle, profesor Mills de filosofía en la Universidad de California, en Berkeley, afirma que la conciencia es una «propiedad emergente» que surge de forma automática cuando se reúne «un conjunto de neuronas», algo que intenta explicar mediante una analogía: el comportamiento de las moléculas de H2 O «explica» la liquidez, pero las moléculas individuales no son líquidas, la liquidez es una propiedad emergente del conjunto.3561 (Tales argumentos nos recuerdan la filosofía «pragmática» de William James y Charles Peirce, que examinamos en el capítulo 34, en la que el sentido del yo es consecuencia de la conducta y no al revés). Roger Penrose, físico de la Universidad de Londres, cree que es necesario un nuevo tipo de dualismo para afrontar este problema, y que es posible que dentro del cerebro se aplique todo un conjunto de nuevas leyes físicas que explicarían la conciencia. Su particular contribución a este debate ha sido argumentar que fenómenos descritos por la física cuántica tienen lugar en unas pequeñísimas estructuras, conocidas como

3560 John Cornwell, ed., Consciousness and Human Identity, Oxford University Press, Oxford y Nueva York, 1998, p. VII. Véase: Simon Blackburn, «The world in your head», New Scientist (11 de septiembre de 2004), pp. 4245; y Jeffrey Gray, Consciousness: Creeping Up on the Hard Problem, Oxford University Press, Oxford, 2004. Benjamin Libet, Mind Time: The Temporal Factor in Consciousness, Harvard University Press, Cambridge (Massachusetts), 2004.

3561 Véase, por ejemplo: J. R. Searle, The Mystery of Consciousness, Londres, Granta, 1996, pp.

95 y ss. [Hay traducción castellana: El misterio de la conciencia, Paidós, Barcelona, 2000].

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microtúbulos, dentro de las células nerviosas del cerebro y que éstos (de un modo aún por aclarar) son los responsables de la experiencia a la que llamamos conciencia.3562 De hecho, Penrose sostiene que vivimos en tres mundos: el físico, el mental y el matemático. «El mundo físico constituye el soporte del mundo mental, que a su vez es el soporte del mundo matemático, el cual es el soporte del mundo físico, así, en un círculo».3563 No obstante, incluso los muchos que encuentran sugestivas sus ideas, no creen que Penrose haya probado nada. Su especulación es estimulante y original, pero no por ello deja de ser especulación.

Ahora bien, en el actual clima intelectual, las concepciones que más interés despiertan son dos formas de reduccionismo. Para personas como Daniel Dennett, un filósofo muy interesado por los hallazgos de la biología de la Universidad de Tufts, cerca de Boston (Massachusetts), la conciencia y la identidad humanas surgen del relato de nuestras vidas, y esto puede vincularse a estados cerebrales específicos. Por ejemplo, cada vez hay más pruebas de que la capacidad para «aplicar predicados intencionales a otra gente es universal en el ser humano» y que está asociada con un área específica del cerebro (la corteza orbitofrontal), una capacidad de la que carecen ciertos autistas. También hay pruebas de que el riego sanguíneo de la corteza orbitofrontal se incrementa cuando la gente «procesa» verbos intencionales (en oposición a cuando se ocupa de

3562 Roger Penrose, Shadows of the Mind: A Search for the Missing Science of Consciousness,

Oxford University Press, Oxford y Nueva York, 1994. [Hay traducción castellana: Las sombras de

la mente: hacia una compresión científica de la conciencia, Crítica, Barcelona, 1996].

3563 Ibid., p. 87.

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verbos no intencionales) y que los daños en esta área del cerebro pueden traducirse en problemas en la capacidad de introspección. Otros experimentos han mostrado que la actividad en el área del cerebro conocida como la amígdala se relaciona con la experiencia del miedo, que las decisiones de monos individuales en ciertos juegos pueden predecirse a partir del patrón de disparo de las neuronas de los circuitos orbitofrontales-estriatales del cerebro, que neurotransmisores conocidos como propranolol y serotonina afectan a la toma de decisiones, y que el putamen ventral dentro del estriato se activa cuando la gente experimenta placer.3564 Ahora bien, aunque esto resulta muy sugerente, también es cierto que la microanatomía del cerebro varía de forma bastante considerable de un individuo a otro, y que la experiencia de un fenómeno particular se representa en puntos diferentes del cerebro, lo que requiere una integración. Todavía está por descubrirse el patrón «profundo» que explique cómo se vincula la experiencia a la actividad cerebral, y aunque éste parece ser el camino más apropiado, todo indica que todavía estamos lejos de hacerlo.

Un enfoque relacionado con éste (lo que acaso era de esperarse, dados los demás desarrollos que han tenido lugar en años recientes) es el estudio del cerebro y la conciencia desde una perspectiva darwiniana. La pregunta aquí es en qué sentido la conciencia sería una adaptación. Este acercamiento ha producido dos perspectivas. La primera sostiene que el cerebro fue «construido de forma chapucera»

3564 Cornwell, ed., Consciousness and Human Identity, pp. 11-12. Laura Spinney, «Why we do what we do», New Scientist (31 de julio de 2004), pp. 32-35; Emily Suiger, «They know what you want», Ibid., p. 36.

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por la evolución para realizar un gran número de tareas muy diferentes entre sí. Desde esta perspectiva, el cerebro se compone esencialmente de tres órganos: un núcleo reptiliano (la sede de nuestros instintos básicos), una capa paleomamífera, a la que debemos cosas como el afecto por la descendencia, y un cerebro neomamífero, en el que tienen lugar el razonamiento, el lenguaje y otras «funciones superiores».3565 La segunda perspectiva sostiene que a lo largo de la evolución (y por todo nuestro cuerpo) han surgido propiedades emergentes: por ejemplo, siempre ha existido una explicación bioquímica subyacente a los fenómenos médicos o psicológicos (el flujo de sodio y de potasio a través de una membrana también puede describirse como una «acción nerviosa potencial»).3566 En este sentido, la conciencia no es nada nuevo en principio, aunque por el momento, no podamos entenderla plenamente.

Los estudios sobre la actividad nerviosa en el reino animal también han revelado que los nervios trabajan «disparando» o no disparando; la intensidad se representa por la tasa de disparos: cuanto más intensa es la estimulación tanto más rápido es el encendido y apagado de un nervio en particular. Esto, por supuesto, es muy similar a la forma en que funcionan los ordenadores al procesar «bits» de información, que consisten básicamente en configuraciones de unos y ceros. El surgimiento del procesamiento en paralelo en el ámbito de la informática ha llevado a Daniel Dennett a considerar que en el cerebro podría haber tenido lugar un proceso análogo en

3565 Robert Wright, The Moral Animal, Nueva York, Pantheon, 1994, p. 321.

3566 Olaf Sporns, «Biological variability and brain function», en Cornwell, ed., Consciousness and Human Identity, pp. 38-53.

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diferentes niveles evolutivos, lo que habría originado la conciencia. Pero una vez más: aunque todo esto es muy sugerente, los investigadores no han ido mucho más allá de los pasos preliminares. Y por el momento, nadie parece estar en condiciones de establecer cuál debe ser el siguiente paso.

Por tanto, a pesar de toda la atención que los investigadores han dedicado al problema de la conciencia en años recientes, y a pesar de que las ciencias «duras» seguirán con seguridad siendo el camino para realizar avances en este campo, el yo continúa siendo tan escurridizo como siempre. La ciencia ha demostrado ser un completo éxito en lo que respecta al mundo «ahí fuera», pero hasta el momento no ha conseguido hacer lo mismo en el área que probablemente más nos interesa a la mayoría de los seres humanos: nosotros mismos. Más allá de la idea de que el yo es resultado de la actividad cerebral

—de la acción de los electrones y los elementos, si así lo prefieren—, es difícil huir de la conclusión de que, después de todos estos años, todavía no sabemos ni siquiera cómo hablar acerca de la conciencia, acerca del yo.

Así las cosas, al final del recorrido que hemos realizado a lo largo de este libro, nos encontramos con una última idea que los científicos tendrán que desarrollar. Dado el triunfo del enfoque aristotélico tanto en el pasado remoto como inmediato, ¿no ha llegado quizá el momento de enfrentar la posibilidad, e incluso la probabilidad, de que la noción platónica de «yo interior» sea equívoca? Esto es, la posibilidad de que no exista yo interior. Al buscar «dentro», no hemos encontrado nada —nada estable en cualquier caso, nada perdurable,

1979 Preparado por Patricio Barros

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nada sobre lo que podamos establecer un consenso, nada concluyente— porque no hay nada que encontrar. Los seres humanos somos parte de la naturaleza y, por tanto, es muy probable que aprendamos más sobre nuestro ser «interior», sobre nosotros mismos, buscando fuera de nosotros, atendiendo al lugar que tenemos en ella como animales. En palabras de John Gray: «Un zoológico es una mejor ventana desde la cual observar el mundo humano que un monasterio».3567 Esto no pretende ser una paradoja: sin un reajuste de perspectiva semejante, la incoherencia moderna continuará.

3567 John Gray, Straw Dogs, Granta, Londres, 2002, p. 151. [Hay traducción castellana: Perros

de paja: reflexiones sobre los humanos y otros animales, Paidós, Barcelona, 2003].

1980 Preparado por Patricio Barros

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El autor

PETER WATSON nació en 1943 y fue educado en las universidades de Durham, Londres y Roma. Fue nombrado editor de New Society y formó parte durante cuatro años del grupo

«Insight» de The Sunday Times. También ha sido corresponsal de The Times en Nueva York y ha escrito para The Observer, The New York Times, Punch y The Spectator. Es autor de trece libros, entre los que destaca su Historia intelectual del

siglo XX (Crítica, 2004), y ha presentado diversos programas de televisión sobre arte. Desde 1998 es asociado de investigación en el McDonald Institute for Archaeological research, en la Universidad de Cambridge.

 


FIN

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