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Libro N° 14647. Correr Tras El Propio Sombrero (Y Otros Ensayos). Chesterton, G. K.


© Libro N° 14647. Correr Tras El Propio Sombrero (Y Otros Ensayos). Chesterton, G. K. Emancipación. Diciembre 27 de 2025

 

Título Original: © G. K. Chesterton. Correr Tras El Propio Sombrero (Y Otros Ensayos)

 

Versión Original: © G. K. Chesterton. Correr Tras El Propio Sombrero (Y Otros Ensayos)

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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Guillermo Molina Miranda




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CORRER TRAS EL PROPIO SOMBRERO 

(Y OTROS ENSAYOS)

G. K. Chesterton


Correr Tras El Propio Sombrero (Y Otros Ensayos)

G. K. Chesterton

«Al leer a Chesterton nos embarga una peculiar sensación de felicidad. Su prosa es todo lo contrario de la académica: es alegre. Las palabras chocan y se arrancan chispas entre sí, como si un juguete mecánico hubiese cobrado vida de pronto, chasqueando y vibrando con sentido común, esa maravilla de maravillas. Para él, el lenguaje era como un juego de construcciones con el que montar teatros y armas de juguete».

Alberto Manguel

G. K. Chesterton

Correr Tras El Propio Sombrero (Y Otros Ensayos)

ePub r1.0

Titivillus 22.06.2025

Título original: On Lying in Bed and Other Essays

G. K. Chesterton, 2000

Selección y prólogo: Alberto Manguel

Traducción: Miguel Temprano García

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

Digitalización y OCR para Epublibre

Índice de contenido

Cubierta

Correr tras el propio sombrero (y otros ensayos)

Prólogo

El ensayo

La paradoja andante

Correr tras el propio sombrero

Un trozo de tiza

Ventajas de tener una sola pierna

Quedarse en la cama

Un viaje en taxi por el campo

La paradoja andante

Defensa de los pelmazos

Elogio del plomo

Las pinturas de la caja de pinturas

El espejo

De mudanzas

La locura y las letras

El loco

Escribir mal

En defensa de la novela de quiosco

Escribir mal

Las malas comparaciones

Las creencias

Las metáforas absurdas

La mala poesía

Buenas historias echadas a perder por grandes autores

Las convenciones de la novela

El romance de la rima

Pajarillos que no cantan

El humor

El teatro de marionetas

Falsa teoría del teatro

En defensa de las unidades dramáticas

Las pinturas alegóricas de atts

George Frederick atts

El pobre Shakespeare

Jugarretas de la memoria

El libro de Job

Chaucer y el Renacimiento

El pobre Shakespeare

Un retrato de Shakespeare

«Sueño de una noche de verano»

El auténtico doctor Johnson

illiam Blake y la inspiración

«Los papeles de Pick ick»

El «Pick ick» mágico

Tennyson

Le is Carroll

Rudyard Kipling

Oscar ilde

Sha , el filósofo

Defensa de las novelas de detectives

Sherlock Holmes

Cómo escribir una novela de detectives

Defensa de las novelas de detectives

Sobre la novela de detectives

Defensa del absurdo

Defensa del absurdo

Los cuentos de hadas

Un cuento de hadas

La abuela del dragón

El ángel rojo

El romántico bajo la lluvia

La edad de las leyendas

El alma de cada leyenda

La filosofía de las islas

Defensa de la farsa

Los monstruos y la Edad Media

La provincia de Britania

San Francisco y la naturaleza

La paradoja de la humildad

Defensa de la humildad

El Giotto y san Francisco

Los monstruos y la Edad Media

El león heráldico

El ideal americano

El ideal americano

Meditación en un hotel neoyorquino

Meditación en Broad ay

El defensor

El defensor

Las costumbres funerarias

El secreto de un tren

Los derechos del ritual

Los dioses familiares y los duendes

Defensa de la publicidad

En el mundo al revés

Tratarse por el nombre de pila (o de otro modo)

El sacerdote de la primavera

Tagtug y el árbol del conocimiento

El censor

El amor romántico

El auténtico artista

La vulgaridad

El culto a los ricos

Los doce hombres

El culto a los ricos

El avaro y sus amigos

El funcionario demente

El niño

La perpetuación del castigo

Si tuviera un solo sermón que predicar

Unos policías y una moraleja

Sobre el autor

Notas

PRÓLOGO

Lord Henry:

«Los nombres lo son todo. Nunca lucho con las acciones. Mi única disputa es con las palabras. Por eso odio el realismo vulgar en la literatura».

Oscar ilde, El retrato de Dorian Gray

Al leer a Chesterton nos embarga una peculiar sensación de felicidad. Su

prosa es todo lo contrario de la académica: es alegre. Las palabras chocan y se arrancan chispas entre sí, como si un juguete mecánico hubiese cobrado vida de pronto, chasqueando y vibrando con sentido común, esa maravilla de maravillas. Para él, el lenguaje era como un juego de construcciones con el que montar teatros y armas de juguete y, como ha señalado Christopher Morley, «sus juegos de palabras a menudo conducían a un auténtico juego de pensamientos». Hay algo rico y detallado, colorido y ruidoso en su escritura. La supuesta sobriedad británica no encajaba con él, ni en el vestir —su capa amplia y flotante, su sombrero raído con forma de molde de budín y sus gnómicos quevedos le daban aspecto de personaje de pantomima—, ni en sus palabras —se ocupaba de retorcer y darle vueltas a las frases hasta que se extendían como una viña en flor, bifurcándose en varias direcciones con tropical entusiasmo, y florecían en varias ideas al mismo tiempo—. Escribía y leía con la pasión que pone un glotón en comer y beber, aunque probablemente con mayor deleite, y no parece haber conocido jamás los sufrimientos del escribidor inclinado sobre la página en blanco de Mallarmé, ni la angustia del erudito rodeado de tomos polvorientos. Para Chesterton, leer un libro era más un acto físico que intelectual. El padre John O'Connor, el modelo del padre Bro n, dijo que cuando Chesterton leía un libro «lo volvía del revés, le doblaba las páginas, se sentaba encima, se lo llevaba a la cama y se quedaba dormido sobre él, y se despertaba y lo manchaba de té…, siempre que le interesara lo suficiente». Y escribía con el mismo brío, desbordándose en su asiento ante una mesa manchada de cerveza en un café lleno de humo de Fleet Street. Uno de los camareros lo describió así: «Es un hombre muy

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inteligente. Se sienta y se ríe. Luego escribe alguna cosa. Y después se ríe de lo que ha escrito».

Desde su primera colección de ensayos, The Defendant, publicada en 1901 cuando Chesterton tenía 27 años, ya daba la impresión de ser un hombre en un estado de asombro permanente, pero no en ese estado solemne y meditativo en el que la imaginación desvela indolentemente una idea a través de páginas pautadas y libros de cuentas, sino un estado en el que la imaginación, interesada aquí y distraída allá, revolotea alegremente constantemente sorprendida. «Lo maravilloso de la infancia», escribió Chesterton en su Autobiografía, «es que todo en ella era una maravilla. No era solo un mundo lleno de milagros, sino un mundo milagroso. En realidad, casi todo lo que recuerdo me produce esa impresión, no solo las cosas que pudieran parecer más dignas de ser recordadas». Aquél era un don que parece haber poseído a lo largo de toda su vida. Todo lo que «en realidad» recordaba merecía una reflexión. Nada parecía quedar más allá, no solo de su alcance, sino de su interés. Cualquiera que fuese el asunto, y por muy serio que fuera, Chesterton rehusaba ponerse solemne, en especial cuando se ponía serio. En una carta a su futura esposa, Frances Blogg, en la que discutía muy seriamente la naturaleza de la vida doméstica, escribió: «Mi intención […] es construir una casa verdaderamente alegórica: explicar verdaderamente su significado esencial. Habría que escribir sentencias místicas o antiguas en cada objeto, y cuanto más prosaico fuera el objeto tanto mejor. “¿Has hecho tú que llueva sobre la Tierra?” debería estar escrito en el paragüero, tal vez en el paraguas. “Hasta los cabellos de tu cabeza están contados” proporcionaría un significado tremendo a los cepillos para el pelo; las palabras sobre el “agua viva” revelarían la música y la santidad del fregadero, y podía escribirse “Nuestro Señor es un fuego abrasador” sobre los fogones para ayudar a la contemplación mística del cocinero».

Puesto que lo que más le interesaba eran las conexiones y reacciones entre los hechos y no los propios hechos, la exactitud —en el sentido documental de la palabra— carecía de importancia para él. No tenía paciencia hacia lo que llamaba la «imparcialidad del intelecto», que le hacía desesperar del alma del hombre honesto. Estaba convencido de que sus reflexiones sobre la historia francesa no cambiarían gran cosa si descubriera que Napoleón había nacido en 1768 en lugar de en 1769; o al menos, para Chesterton, el año exacto no era tan importante como la escasa talla en altura y temperamento del general, acerca de los cuales podía reflexionar con deleite y provecho. En su entretenida biografía de Robert Bro ning, escrita para la sesuda serie «Hombres de letras ingleses», no solo citó mal al propio poeta, sino que incluso se inventó un verso para uno de los poemas más conocidos de Bro ning, «Mr. Sludge the Medium». Cuando se publicó el Dickens de Chesterton, George Bernard Sha le escribió una larga carta, enumerando toda una serie de pifias. Chesterton ni se inmutó y en años recientes, Peter Ackroyd, uno de los últimos biógrafos de Dickens, ha alabado a Chesterton, pese a tales errores, como el mejor de los críticos dickensianos.

Había comenzado a escribir en la escuela; a los veinte años de edad ya estaba publicando sus artículos, sin interrupción y sin apenas cambios de estilo, acerca de cualquier cosa en varias revistas londinenses, como The Bookman y The Speaker (aunque en su Autobiografía asegura haber comenzado en Academy en 1895, no hay ni rastro de sus reseñas de dicho año; más tarde, Academy escribió quejosamente que los libros de Chesterton eran «siempre e inevitablemente un tostón»). Él se mostraba peculiarmente desdeñoso con de su precocidad: «Tras fracasar por completo en mis intentos de aprender a dibujar o pintar, compuse con relativa facilidad varias críticas acerca de los puntos débiles de Rubens o de los talentos equivocados de Tintoretto: había descubierto la más sencilla de las profesiones, que he seguido desde entonces».

Sus opiniones sobre la sociedad eran antiaristocráticas y estaban vagamente emparentadas con las del Partido Liberal Británico: creía en la honestidad de los tenderos, en la decencia de los pobres y en la corrupción de los ricos, a quienes veía como camellos codiciosos avanzando penosamente hacia el resplandeciente ojo de una aguja. Atacaba vigorosamente la arrogancia de aquellos que en nombre de una riqueza, sangre o educación superiores dictaban a las «clases inferiores» —refiriéndose a «toda la humanidad con excepción de nosotros mismos»— en un intento de reformar sus vidas. Se burlaba de los jueces censores que pretendían tildar de «criminales y degradantes» las novelas baratas de aventuras: «Tal es la teoría de los magistrados», observó, «y no deja de ser una tontería». Ridiculizaba el egotismo y aislamiento de los ricos: «Entre los Muy Ricos nunca encontraremos a un hombre verdaderamente generoso, ni siquiera por accidente. Puede que derrochen el dinero, pero nunca se revelarán como son». Señalaba con el dedo a los políticos filántropos que creían saber mejor que el pueblo lo que era bueno para el pueblo. Esa creencia es «el más venenoso de todos los males políticos que corroen las entrañas del mundo». Y retrató a todos aquellos encumbrados y poderosos personajes como ciudadanos de unas naciones que han enloquecido. «Se han acostumbrado a su propia sinrazón; el caos es su cosmos; y el remolino es el aliento de sus narices. Esas naciones corren el peligro de perder la cabeza en masse, de convertirse en un vasto espectáculo de la imbecilidad, con ciudades en minas y campos demenciales salpicados de industriosos lunáticos». Luego, con gracia chestertoniana, lanzó su j’accuse: «Uno de esos países es la Inglaterra moderna».

En sus ensayos, como en sus ficciones, es este vigoroso sentido de la justicia social lo que impulsa el relato. Sus ficciones, extensiones de sus ensayos, consisten en tramas claramente construidas que comienzan con un horror misterioso y una extraña palpitación, y todas acaban —salvo la magistral El hombre que fue jueves— con una solución razonable que, por su propia simplicidad, acrecienta en cierto modo el horror que intuíamos previamente. Sus propios ensayos cuentan historias en las que la mayoría de los personajes, salvo quizás el propio autor, son meros esbozos, un eslabón en una trama memorable. Junto con Borges, Chesterton podía decir de sus escritos: «No son, no tratan de ser psicológicos». Lo que importa son los argumentos y las palabras que construyen una historia mediante los mecanismos de una retórica personal, y el ensamblaje de los episodios en un arco lógico y exquisito que solo se tiene en pie gracias al perfecto ajuste de sus partes. En los escritos de Chesterton, la emoción y la razón —esos gemelos siameses separados artificialmente— vuelven a ser uno. Por ejemplo, la emoción provocada al ver a una mujer que ha «descuidado a sus hijos» en un tribunal de justicia londinense se expresa perfectamente en la réplica: «A juzgar por su aspecto parecía más bien que alguien o algo la hubiera descuidado a ella». O la ira provocada por dos policías que le interrogan por jugar con un cuchillo en el bosque y luego le dejan marchar porque se hospeda en casa de un hombre rico, ira que le lleva a decir: «La conclusión está penosamente clara: o bien no es una prueba de delito lanzar un cuchillo en un bosque solitario o por el contrario es una prueba de inocencia conocer a un hombre rico». No se trata solo de inteligentes agudezas, sino que suenan sinceras tanto al sentido como al oído.

En la antigua disputa entre forma y contenido, o entre sentido y sonido, Chesterton se mantuvo a medio camino. Tan solo siguió en parte a Le is Carroll, que había advertido: «ocúpate del sentido y los sonidos se ocuparán de sí mismos». Chesterton creía que, si se escogía bien, el sentido podía aprovechar los efectos del sonido y elevarse ilimitado desde el entrechocar de los címbalos retóricos del oxímoron y la paradoja, de la hipérbole y la metonimia. Chesterton tendía a estar más de acuerdo con Pope, quien en cierta ocasión comparó a los seguidores del mero sonido con esa gente que

acude a la iglesia «no por la doctrina, sino por la música» (An Essay on Criticism, 1771). Chesterton amaba la música de las palabras, pero era consciente de su limitada capacidad para significar algo; fuese cual fuese la doctrina que anunciasen debía ser incompleta por necesidad, simples relámpagos fortuitos más que destellos de verdad. En su estudio sobre el pintor atts escribió: «Es evidente que toda religión y toda filosofía necesitan basarse en la presunción de la autoridad o exactitud de algo. Pero podemos preguntarnos si no es más sensato y satisfactorio fundar nuestra fe en la infalibilidad del Papa, o en la infalibilidad del Libro del Mormón, que en este sorprendente dogma moderno de la infalibilidad del lenguaje humano. Cada vez que alguien le dice a otro: “Dinos sencillamente lo que piensas”, está dando por sentada la infalibilidad del lenguaje; es decir, está dando por sentado que hay un esquema perfecto de expresión verbal para todos los estados de ánimo e intenciones de las personas. Cada vez que alguien le dice a otro: “Prueba eso que dices; defiende tu fe”, está dando por sentado que el hombre tiene una palabra para cada realidad de la tierra, o del cielo, o del infierno. Sabe que el alma tiene matices más desconcertantes e indescriptibles que los colores de un bosque en otoño; sabe que en el mundo hay crímenes que nunca han sido condenados y virtudes que nunca han sido bautizadas. Pero aun así cree seriamente que todas y cada una de esas cosas, en todos sus tonos y semitonos, en todas sus mezclas y uniones, pueden representarse exactamente con un arbitrario sistema de gritos y gruñidos. Cree que un simple y civilizado corredor de bolsa puede extraer de su interior sonidos que denoten todos los misterios de la memoria y todas las agonías del deseo». Paradójicamente, con palabras como éstas, escritas contra el poder de las palabras, Chesterton aumenta la confianza del lector en ese mismo poder que cuestiona.

Lo que daba coherencia a su ecléctica curiosidad y le dotaba de una mitología y un vocabulario unificados era la Iglesia Católica. Sus vastas complejidades le permitían unas travesuras verbales que habrían hecho fruncir el ceño al severo protestantismo. Y al enfrentarse con el dépouillement de los templos de Crom ell, su alma exuberante se veía alegremente empujada hacia el oro y la púrpura y el blanco de Roma, que, a su juicio, reflejaban el gran optimismo de la Iglesia. «Jesucristo fue crucificado», observó, «no porque dijera algo acerca de Dios, sino bajo la acusación de haber dicho que un hombre podría echar abajo el Templo y reconstruirlo en tres días». Y añadió: «Todos los grandes revolucionarios, desde Isaías a Shelley, han sido optimistas». Cerca ya de los treinta años, lo numinoso se convirtió en su

gramática, y, después de su matrimonio con Frances Blogg —una católica romana practicante—, descubrió en las escrituras del ritual y los misterios de la vieja religión un contexto y un propósito para su prosa, y un sentido para el mundo. «El mundo es un problema, no un teorema», escribió. «Y la palabra del día del Juicio será quod erat faciendum: lo que había que hacer».

De adolescente, educado en el anglicanismo, se encontró de pronto en un estado de morbidez que se le antojaba insondable y al que más tarde tildaría de «anarquía moral». Esa desazón se expresaba en «el impulso incontrolable de registrar o dibujar ideas e imágenes horribles, hundiéndome más y más en una especie de ciego suicidio espiritual» que se prolongó de forma intermitente hasta su conversión. No sabemos qué pudieran ser exactamente aquellas imágenes e ideas, pero no es imposible que una sombra, o un eco de las mismas, se abriera camino, mucho después de haberse convertido en católico, hasta sus últimas obras; hasta, por ejemplo, los horrores enumerados en El hombre que fue jueves, como los de ese hombre «que había soñado toda la noche que caía desde un precipicio y se había despertado la mañana en que iban a colgarlo», o el rostro que parecía tan grande al acercarse a él que lo colmaba a uno de terror de que al final «pudiera ser demasiado grande como para ser posible». Allí se convirtieron, como los hechos imprecisos de sus ensayos, en indicios precisos de lo que Chesterton llamaba «el lado oscuro de mi corazón».

Pero en sus escritos hay un lado más oscuro del cual no parece haber sido consciente en absoluto. Es imposible leer a Chesterton en profundidad y no toparse con torpes observaciones antisemitas, antifeministas y racistas revestidas de los mismos mecanismos retóricos que hacen que mis ensayos sean inteligentes, brillantes y conmovedores. Es como si el lado más profundo y desagradable de la locura colectiva se hubiera impuesto y hubiese obligado al escritor a pagar una deuda contraída con su tiempo y con aquellos que ostentaban el poder en la época, dominando el lenguaje de los recuerdos y haciendo que sus palabras sonaran rimbombantes, superficiales y obscenas. Son los momentos en los que uno siente que su fructífera memoria, la maravillosa epifanía que él aseguraba que era la fuente de su imaginación, surge no del propio Chesterton, el individuo, sino del hombre de su época, del miembro de la clase social que hablaba burlonamente de «nuestros amigos los israelitas», de «los negros primitivos» y de «el sexo débil». Es entonces cuando su política ecléctica pierde su individualidad, cuando la paradoja se convierte en contradicción y sus bon mots se leen como meros eslóganes conservadores. Habló contra Hitler, pero hizo feas declaraciones antijudías:

«Me gustan los judíos, / a los judíos les gusta el dinero, / poco importa de quién, / me gustan los judíos, / oh, pero cuando pierden, / maldita sea, qué gracioso es». Se opuso a la imperialista guerra de los Boers en una época en la que incluso Sha y H. G. ells estaban a favor, pero su antiimperialismo se fundaba en la creencia de que ningún lugar extranjero podía formar parte de Inglaterra; pensaba que la imaginación inglesa no podía aumentar mediante «el estudio de agga- agga y Tombuctú». Creía apasionadamente en el libre albedrío, pero se burlaba de los esfuerzos de las mujeres por liberarse: «Veinte millones de mujeres jóvenes se pusieron en pie al grito de “nadie nos dictará más órdenes” y procedieron a convertirse en estenógrafas». Por divertida que resulte su formulación, la broma no deja de ser desafortunada en la época de la brutal represión de las sufragistas, del imperialismo más voraz y de la ascensión del Tercer Reich. Y aquí el lenguaje deja de parecer sincero. Chesterton debió de darse cuenta, pues él mismo escribió, en una admirable contradicción de estas afirmaciones, acerca del peligro moral que llevaban implícito: «en el trasfondo está la terrible ley circeana por la que si el alma se agacha demasiado ostentosamente para examinar algo jamás vuelve a levantarse».

Hay escritores que, en sus pasajes más sensibles y compasivos, se leen como poseurs, y solo en sus observaciones más viles parecen humanos: Lautréamont, por ejemplo, al describir la tortura deliberada de un niño, y Claudel, al desdeñar la noción de tolerancia. Otros, pese a la aspereza de su lenguaje, dejan entrever su humanidad casi sin querer, como por un descuido o error en su misantropía: Léon Bloy, Ezra Pound, Philip Larkin. Sus enfados tienen algo de ficticio. Chesterton no pertenece a ninguno de los dos grupos: por el contrario, se refuta a sí mismo, una y otra vez, con una precisión mortífera. En una ocasión en la que su oponente en un debate no acudió a la cita, Chesterton adoptó los dos puntos de vista y argumentó brillantemente tanto a favor como en contra del asunto de la velada. Del mismo modo, sus observaciones más intolerantes se ven demolidas por sus propios argumentos unas pocas páginas más adelante. El hombre que se burla de otro hombre por ser negro, o de una mujer por querer independizarse, es el mismo que escribe: «Puedo imaginar muy bien a un hombre cortándose el cuello, simplemente por haber asistido impasible mientras despojaban y azotaban a una mujer, tal como le ocurrió a muchas mujeres hasta hace poco en Inglaterra e Irlanda, o mientras quemaban vivo a un negro, cosa que ocurre todavía en los Estados Unidos. Pero parte de su vergüenza recae sobre todos nosotros».

Resulta curioso que, tratándose de un escritor tan fructífero y provocador, Chesterton no tuviera casi seguidores. Los ingleses lo leyeron y lo olvidaron o lo arrinconaron entre los antiguos; los franceses lo admiraron (todavía lo admiran), pero a distancia. Uno de los pocos escritores que adoptó conscientemente la voz de Chesterton fue Borges. Borges devoró y digirió a Chesterton, y lo homenajeó volviéndolo a contar en español, modelando sus propias historias detectivescas en las historias del padre Bro n y aplicando a sus ensayos el estilo del discurso chestertoniano. En 1960, Borges escribió una fábula breve, «La trama» en la que se compara el destino de Julio César, que muere murmurando las palabras «¡Tú también, hijo mío!», dirigidas a su amado Bruto, con el destino de un gaucho argentino, que «es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa —Borges añade la advertencia: “estas palabras hay que oírlas, no leerlas”—: “Pero, che”. Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena». Unos cuarenta años antes, Chesterton, buscando una comparación, había escrito: «como si alguien tradujera el “Et tu, Brute” de César por: “¿Cómo, tú por aquí?”». La expresión argentina de Borges refleja exactamente esa misma incredulidad lacónica. Borges reconoció en Chesterton a un maestro y aprendió de él muchos de los trucos del oficio.

Que los sucesos y sus causas cambian de acuerdo con la manera de contarlos, según se reflejen los rasgos comunes o los negros océanos de la diferencia; que nuestra comprensión del mundo puede depender de la ordenación de las palabras en una página y de la inflexión dada a dichas palabras; que las palabras, al fin y al cabo, son lo único que tenemos para defendernos y que, como nuestra personalidad mortal, su valor radica en su propia falibilidad y en su elegante fragilidad, es algo que Chesterton sabía muy bien y que no dejó de recordarnos sin cesar. Que tengamos o no valor para estar de acuerdo con él es, por supuesto, otra cuestión.

Alberto Manguel

París, 21 de abril de 1996

EL ENSAYO

El ensayo es el único género literario cuyo propio nombre reconoce que el

irreflexivo acto conocido como escritura es en realidad un salto en la oscuridad. Cuando uno intenta escribir una tragedia, no dice que la tragedia sea un intento. Quienes han pasado por el esfuerzo de escribir de su puño y letra los doce libros de una epopeya rara vez pretenden haberse limitado a garrapatear a toda prisa una epopeya a modo de experimento. Pero un ensayo, por su propio nombre y su propia naturaleza, es verdaderamente un intento y un experimento. En realidad uno no escribe un ensayo. Lo que hace es ensayar un ensayo. Y el resultado es que, aunque haya muchos ensayos famosos, afortunadamente no hay ningún ensayo modélico. El ensayo perfecto no se ha escrito nunca, por la sencilla razón de que el ensayo nunca se escribe. La gente ha tratado de escribir para tratar de descubrir lo que se supone que es. En ese aspecto, el ensayo es un producto típicamente moderno y está inspirado por el futuro y las alabanzas de la aventura y los experimentos. En sí mismo sigue siendo esquivo, y admito que me obsesiona la leve sospecha de que el ensayo probablemente se irá volviendo más dogmático y convincente, a causa de las profundas y mortíferas divisiones que nos impondrán los problemas éticos y económicos. Pero esperemos que siempre quede un hueco para el ensayo que de verdad es un ensayo. Santo Tomás de Aquino, con su sentido común, dijo que ni la vida activa ni la contemplativa podían vivirse sin relajarse con juegos y bromas. El teatro o la épica pueden considerarse la vida activa de la literatura; el soneto o la oda, la vida contemplativa. El ensayo es la broma.

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LA PARADOJA ANDANTE

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CORRER TRAS EL PROPIO SOMBRERO

Me produce una envidia casi incontrolable saber que Londres se ha

inundado durante mi ausencia, mientras yo me limito a estar en el campo. Mi propio barrio de Battersea, por lo que he oído, se ha visto favorecido como particular lugar de encuentro de las aguas. Battersea era ya, apenas hace falta decirlo, la más hermosa de las poblaciones. Ahora que dispone del esplendor adicional de los grandes mantos de agua, debe de haber algo particularmente incomparable en el paisaje (marino) de mi romántico pueblo. Battersea debe de parecer un trasunto de Venecia. El barco que llevaba la carne del carnicero debe de haberse deslizado sobre esas ondulantes vías de plata con la extraña suavidad de una góndola. El verdulero que llevaba las coles a la esquina de la calle Latchmere debe de haberse inclinado sobre el remo con la gracia inefable de un gondolero. No hay nada tan perfectamente poético como una isla, y un barrio, cuando se inunda, se convierte en un archipiélago.

Hay quien opina que estas visiones románticas del agua o el fuego faltan ligeramente a la verdad. Pero, en realidad, la visión romántica de tales inconvenientes es tan práctica como la otra. El auténtico optimista, que ve en estas cosas una oportunidad para el disfrute, es al menos tan lógico y mucho más sensato que el consabido «contribuyente indignado», que solo ve en ellas una ocasión para quejarse. El verdadero dolor, como cuando a uno lo queman en la plaza pública de Smithfield o le duelen las muelas, es un hecho objetivo; soportable, aunque escasamente placentero. Pero, al fin y al cabo, los dolores de muelas son algo excepcional, y que a alguien lo quemen en Smithfield es cosa que solo sucede cada mucho tiempo. La mayoría de los inconvenientes que hacen blasfemar a los hombres y llorar a las mujeres son, en realidad, inconvenientes de índole sentimental o ficticia, pertenecientes todos al ámbito de la imaginación. Por ejemplo, a menudo oímos a los adultos quejarse por tener que esperar el tren en una estación. ¿Han oído quejarse alguna vez a un niño de tener que esperar el tren en una estación? No, porque para él estar en una estación de ferrocarril es como estar en una caverna maravillosa o en un palacio de poéticos placeres. Porque para él las luces rojas y verdes de las señales son como un nuevo sol y una nueva luna. Porque para él, cuando el brazo de madera de la señal cae de repente, es como si un gran rey hubiera

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arrojado su cetro al suelo como señal y hubiera dado comienzo a un ensordecedor torneo entre trenes. Yo mismo tengo hábitos infantiles al respecto. También le sirven quienes se limitan a esperar de pie el tren de las 14:15[1], y sus meditaciones pueden ser muy ricas y provechosas. Muchas de las horas más purpúreas de mi vida han transcurrido en Clapham Junction, que imagino que hoy debe de estar bajo el agua. He estado allí tan místico y reconcentrado que el agua podría haberme llegado hasta la cintura antes de que hubiera advertido que pasaba algo raro. Pero, como tengo dicho, ante estos inconvenientes todo depende del punto de vista emocional. Es posible comprobarlo con cualquiera de las cosas que suelen considerarse los típicos engorros de la vida diaria.

Por ejemplo, se tiene la impresión general de que es desagradable tener que correr tras el propio sombrero. ¿Por qué iba a serlo para una cabeza piadosa y bien ordenada? No es solo que haya que correr, y que correr canse. La misma gente corre mucho más deprisa cuando se trata de juegos y deportes. La misma gente corre con mucha más pasión tras un pequeño y anodino balón de cuero de lo que correría tras un bonito sombrero de seda. Se tiene la idea de que correr tras el propio sombrero es humillante; y cuando la gente dice que es humillante lo que quiere decir es que resulta cómico. Y no hay duda de que así es; pero el hombre es una criatura muy cómica, y la mayor parte de las cosas que hace son cómicas, como comer, por ejemplo. Y las cosas más cómicas son precisamente las que mus vale la pena hacer, como hacer el amor. Un hombre que corre tras su sombrero no es ni la mitad de ridículo que uno que corre tras su mujer.

Pues bien, cualquier hombre podría, si se esforzara en hacerlo, correr detrás de su sombrero con el ardor más viril y la alegría más sagrada. Podría verse a sí mismo como un jovial cazador que persiguiera a un animal salvaje, pues es evidente que ningún animal podría ser más salvaje. De hecho, me siento inclinado a creer que, en el futuro, el deporte de las clases altas será la caza del sombrero en los días de viento. Damas y caballeros se reunirán en algún altozano una mañana ventosa y se les informará de que los ojeadores profesionales han levantado un sombrero en tal o cual seto, o cualquiera que sea el término técnico. Dense cuenta de que este uso combinará en grado sumo el deporte con el humanismo. Los cazadores tendrán la sensación de no estar infligiendo dolor. Es más, tendrán la sensación de estar procurando placer, un placer abundante y casi tumultuoso, a los espectadores. La última vez que vi a un anciano caballero correr tras su sombrero en Hyde Park, le dije que un corazón tan benévolo como el suyo debería colmarse de paz y

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agradecimiento por el sencillo placer que cada uno de los gestos y movimientos de su cuerpo le proporcionaban a la multitud en ese momento.

El mismo principio puede aplicarse a cualquier otra típica preocupación doméstica. El caballero que trata de sacar una mosca de un vaso de leche o un trozo de corcho de su copa de vino cree a menudo estar irritado. Dejémosle pensar por un instante en la paciencia de un pescador sentado junto a un sombrío estanque y su alma se verá henchida al instante de gratitud y reposo. Y aún más, he conocido a gente de ideas muy modernas que, llevada por su irritación, se veía impelida a emplear términos teológicos, a los que no otorgaba ningún significado doctrinal, solo porque un cajón se había atascado y no podían abrirlo. A un amigo mío le afectaba particularmente este problema. Cada día su cajón se atascaba y, en consecuencia, todos los días encontraba algo con lo que rimara. Pero le señalé que su sentido de lo malo era, en realidad, subjetivo y relativo: se basaba por completo en la presunción de que el cajón podía, debía y tendría que abrirse con facilidad. «Pero —le dije— si imaginaras que te las estás viendo con algún enemigo poderoso y tiránico, la lucha se convertiría en algo emocionante y no exasperante. Imagina que estás remolcando un bote salvavidas fuera del agua. Imagina que estás izando con una cuerda a un semejante que se hubiera caído en una grieta alpina. Imagina incluso que vuelves a ser un muchacho y estás en mitad de un reñido combate entre ingleses y franceses». Poco después de decirle aquello me marché, pero no me cabe la menor duda de que mis palabras fueron fructíferas. Estoy seguro de que todos los días de su vida agarrará el tirador del cajón con los ojos brillantes y el rostro encendido por la batalla, mientras se jalea a sí mismo y le parece oír a su alrededor el clamor de los aplausos.

Así que no creo que sea en absoluto fantasioso o increíble pensar que incluso las inundaciones de Londres puedan tomarse y disfrutarse poéticamente. No parece que hayan provocado más que inconvenientes; y los inconvenientes, como ya he dicho, no son más que el aspecto más accidental y menos imaginativo de una situación verdaderamente romántica. Una aventura no es más que un inconveniente convenientemente considerado. Un inconveniente es solo una aventura considerada equivocadamente. El agua que rodeó las casas y tiendas de Londres debería, en todo caso, haber aumentado su encanto y embrujo previos. Pues como dijo el sacerdote católico y romano del cuento: «El vino con todo casa excepto con el agua» y, por un principio similar, el agua casa con todo excepto con el vino.

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UN TROZO DE TIZA

Recuerdo una mañana espléndida, toda azul y plata, durante las vacaciones

de verano, en la que abandoné a regañadientes la tarea de no hacer nada en particular, me puse un sombrero cualquiera, cogí un bastón y me metí seis tizas de colores vivos en el bolsillo. Después fui a la cocina (que, junto con el resto de la casa, pertenecía a una sensata y anticuada anciana de un pueblo de Sussex) y le pregunté a su dueña y ocupante si tenía un poco de papel de estraza. Tenía mucho, de hecho tenía demasiado y equivocaba el propósito y la razón de la existencia del papel de estraza. Parecía ser de la opinión de que si una persona quería papel de estraza debía ser porque tenía la intención de envolver algún paquete; y no hace tanto que descubrí que eso excede a mis capacidades mentales. De modo que se demoró más de la cuenta en las diversas calidades de resistencia y solidez de dicho material. Le expliqué que tan solo quería trazar en él unos dibujos, y que no pretendía que durasen lo más mínimo, por lo que, desde mi punto de vista, no se trataba tanto de resistencia como de una superficie adecuada, algo relativamente irrelevante tratándose de un paquete. Cuando comprendió que lo que quería era dibujar, se ofreció a cubrirme de papel blanco, suponiendo aparentemente que si escribía mis notas y correspondencia en papel viejo de envolver era por motivos de economía.

Entonces traté de explicarle el sutil matiz lógico de que no solo me gustaba el papel de estraza, sino el propio color marrón del papel, igual que me gusta el color marrón de los bosques en octubre, o de la cerveza, o de los arroyos de turba en el norte. El papel de estraza simboliza el crepúsculo primigenio de los primeros trabajos de la creación, y con una o dos tizas de colores es posible resaltar en él puntos de fuego, chispas de oro, y rojo sangre y verde mar, como las primeras estrellas que surgieron orgullosas de la oscuridad divina. Le dije todo eso a la anciana (como de pasada) y me metí el papel de estraza, las tizas y posiblemente otras cosas en el bolsillo. Supongo que cada una de ellas debía de reflejar lo primigenias y poéticas que son las cosas que uno lleva en el bolsillo, el cortaplumas, por ejemplo, el arquetipo de todas las herramientas humanas, el hijo de la espada. En una ocasión pensé escribir un libro de poemas dedicado enteramente a las cosas que llevaba en el

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bolsillo, pero me pareció que sería demasiado largo y ya pasó la época de la gran épica.

Con mi bastón, mi cuchillo, mis tizas y mi papel de estraza, me encaminé hacia las grandes colinas. Me arrastré a través de esos contornos colosales que expresan las mejores cualidades de Inglaterra, porque son al mismo tiempo fuertes y blandas. Su suavidad tiene el mismo significado que la suavidad de los grandes coches de caballos, o la suavidad de un haya: declara ante las mismas fauces de nuestras tímidas y crueles teorías que los poderosos son compasivos. Al recorrerlo con la vista, el paisaje se mostraba tan amable como cualquiera de sus casas y tan poderoso como un terremoto. Se veía que los pueblos de aquel inmenso valle habían estado seguros durante siglos, pero el plegamiento de la tierra parecía una inmensa ola capaz de arrastrarlo todo consigo.

Atravesé un ondulante herbazal tras otro, en busca de un lugar donde sentarme a dibujar. No vayan a pensar, por el amor de Dios, que iba a tomar apuntes del natural. Iba a dibujar diablos y serafines; y los viejos dioses ciegos a los que los hombres adoraban antes del advenimiento de la justicia; y santos revestidos de airado carmesí; y océanos de extraño verdor; y todos esos símbolos sagrados o monstruosos que quedan tan bien en colores vivos sobre el papel de estraza. Es mucho mejor eso que dibujar la naturaleza, y mucho más fácil. Una vaca cruzó indolente el campo más próximo y cualquier simple artista podría haberla dibujado, pero siempre me salen mal las patas traseras de los cuadrúpedos. Así que dibujé el alma de la vaca que veía caminando ante mí bajo el sol; y su alma era púrpura y plata, y tenía siete cuernos y el misterio propio de todas las bestias. Pero que yo no pudiera sacar lo mejor de aquel paisaje con mis lápices de colores no significa que el paisaje no pudiera sacar lo mejor de mí. Y en eso, en mi opinión, es en lo que se equivoca la gente a propósito de los viejos poetas anteriores a ords orth, de quienes se piensa que no estaban demasiado interesados por la naturaleza porque no la describieron demasiado.

Preferían escribir acerca de grandes hombres antes que de grandes colinas, pero se sentaban a escribir en ellas. Hablaban mucho menos de la naturaleza, pero bebían, quizá, mucho más de sus fuentes. Pintaban los blancos ropajes de sus vírgenes con la nieve cegadora que habían estado contemplando todo el día. Blasonaban los escudos de sus paladines con la púrpura y el oro de heráldicos atardeceres. El verdor de un millar de hojas verdes se materializó

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en la vívida y verde figura de Robin Hood. El azul de una veintena de cielos olvidados se convirtió en los azules ropajes de la Virgen. La inspiración entraba en forma de rayos de sol y resurgía en forma de Apolo.

Pero, mientras estaba allí sentado bosquejando aquellas tontas figuras sobre el papel de estraza, me percaté con gran disgusto de que me había dejado una tiza en casa, y precisamente la más exquisita y esencial. Rebusqué en todos mis bolsillos, pero no pude encontrar ninguna tiza blanca. Cualquiera que esté familiarizado con la filosofía (más aún, con la religión) representada en el arte del dibujo sobre papel de estraza, sabe que el blanco es necesario y esencial. No puedo dejar de destacar su significado moral. Una de las verdades sabias y terribles que revela el arte del papel de estraza es ésta: que el blanco es un color; algo deslumbrante y fehaciente, feroz como el rojo y tan definitivo como el negro. Cuando (por decirlo en sentido figurado) tu lápiz se pone al rojo vivo, dibuja rosas; cuando se pone al rojo blanco, dibuja estrellas. Y una de las dos o tres verdades insobornables de la mejor religiosidad moral, del auténtico cristianismo, por ejemplo, es exactamente eso: la principal aserción de la religiosidad moral es que el blanco es un color. La virtud no consiste en la ausencia de vicios o en la evitación de los peligros morales, sino que es algo vívido y distinto, como el dolor o un olor particular. La piedad no consiste en no ser cruel o en eximir a los demás de la venganza o del castigo, sino que es algo tan sencillo y concreto como el sol, que o bien se ha visto o no se ha visto. La castidad no consiste en abstenerse de la disipación sexual, sino en algo tan ardiente como Juana de Arco. En una palabra, Dios pinta con muchos colores, pero nunca de forma tan maravillosa, a punto he estado de decir alegre, como cuando emplea el color blanco. En cierto sentido, nuestra era se ha dado cuenta y lo ha expresado en el traje de luto. Pues si fuera cierto que el blanco es algo vacío y apagado, negativo e inexpresivo, el blanco, y no el negro o el gris, sería el color utilizado en las ropas fúnebres de esta época tan pesimista. Veríamos a los caballeros de las ciudades con levitas de inmaculado satén plateado y chisteras tan blancas como maravillosos aros. Y no es ése el caso.

Mientras tanto, yo seguía sin encontrar mi tiza.

Me quedé sentado en aquella colina dominado por cierta desazón. La ciudad más próxima era Chichester, e incluso allí era remotamente probable que

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hubiese algo parecido a una tienda de pinturas para artistas. Sin embargo, sin el blanco, mis absurdos dibujillos carecerían tanto de sentido como el mundo si no hubiera en él buenas personas. Miré estúpidamente a mi alrededor, mientras me estrujaba el cerebro en busca de una solución. De pronto, me incorporé y estallé en carcajadas, una y otra vez, hasta que las vacas se me quedaron mirando y convocaron una reunión. Imaginen a un hombre en el Sáhara que lamentase no tener arena para su reloj de arena. Imaginen a un caballero en mitad del océano que lamentara no haber llevado consigo un poco de agua con sal para un experimento químico. Estaba sentado en un inmenso almacén de tiza blanca. Todo el paisaje estaba hecho de tiza blanca. La tiza blanca se amontonaba a lo largo de kilómetros y kilómetros hasta tocar el cielo. Me detuve y arranqué un trozo de la roca en la que estaba sentado: no pintaba tan bien como las tizas de la tienda, pero producía el mismo efecto. Y allí me quedé, inmerso en un placentero trance, al darme cuenta de que el sur de Inglaterra no solo es una gran península y una tradición y una civilización, sino algo incluso más admirable: un trozo de tiza.

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VENTAJAS DE TENER UNA SOLA PIERNA

Una amiga mía, que fue a visitar a una pobre mujer que estaba de duelo y

buscaba alguna frase de consuelo que no fuese ni impertinente ni superficial, dijo por fin: «En mi opinión se sobrellevan mejor las grandes penas. Lo más agotador son las pequeñas preocupaciones». «Eso es muy cierto, señora — respondió la anciana subrayando sus palabras—, y yo debería saberlo, puesto que las he tenido por decenas». Tal vez sea cierto, en este sentido, que las pequeñas preocupaciones son las más fatigosas. Pero en un sentido más amplio, la frase, aunque tenga algo de verdad, contiene también muchas posibilidades de autoengaño y error. Quienes padecen tanto pequeñas como grandes preocupaciones tienen derecho a decir que las pequeñas les parecen las más amargas; y no cabe duda de que la espalda que se curva bajo el peso de cargas inconcebibles es capaz de notar la más leve adición a dichas cargas; a un gigante que sostuviera sobre sus hombros la Tierra y todos los animales de la creación incluso un saltamontes podría parecerle una carga. Pero mucho me temo que si la gente hace uso y abuso de la máxima según la cual las pequeñas preocupaciones son las peores es porque solo tienen preocupaciones ínfimas. La dama puede excusarse por vilipendiar la hoja marchita de la rosa al proclamar la extraordinaria dignidad con la que llevaría la corona de espinas…, si fuese necesario. El caballero puede permitirse maldecir la cena y decirse a sí mismo que se comportaría mucho mejor si se tratase de una hambruna. No es necesario negar que el saltamontes sea una carga para el hombre, pero tampoco hay por qué tenerle mucho respeto al caballero que no hace más que decir que preferiría cargar con un elefante cuando sabe que en este país no hay elefantes. Podemos admitir que una brizna de paja podría quebrarle el espinazo a un camello, pero nos gustaría estar seguros de que realmente se trata de la última brizna y no de la primera.

Concedo que quienes sufren grandes males tienen derecho a quejarse, pero siempre que se quejen de otra cosa. Resulta muy sorprendente comprobar que, si están cuerdos, casi siempre se quejan de alguna otra cosa. Hablar de forma razonable acerca de los propios problemas es el modo más rápido de perder la cabeza. La gente que tiene grandes problemas habla de minucias, y el hombre que se queja de la hoja marchita de la rosa suele tener

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el cuerpo lleno de espinas. Pero si alguien tiene una vida feliz y relajada, creo que estamos en nuestro derecho de pedirle que no convierta una topera en una montaña. No niego que las toperas en ocasiones puedan tener su importancia. Los pequeños contratiempos tienen esa pega: que pasan tan desapercibidos que pueden ocurrir de forma imprevista; no arrojan sombra y carecen de atmósfera. Nadie tuvo nunca la premonición mística de que iba a tropezarse con un puf. Guillermo III murió al tropezar con una topera[2] y, pese a sus muchas habilidades, no creo que se las hubiera arreglado para tropezar con una montaña. Pero, quitando estos casos, repito que es posible pedirle a un hombre feliz (no a Guillermo III) que soporte los simples inconvenientes e incluso los incorpore a su felicidad. Y no me refiero al verdadero dolor ni a la auténtica pobreza, sino a las innumerables limitaciones accidentales que constantemente se cruzan en nuestro camino —el mal tiempo, el tener que quedarnos en tal habitación o en tal casa, las discrepancias y desacuerdos, las esperas en las estaciones de ferrocarril, las cartas extraviadas, la falta de puntualidad cuando esperamos puntualidad, o, lo que es peor, la puntualidad cuando esperamos lo contrario—. A lo que yo canto es a los placeres poéticos que pueden derivarse de todo lo anterior. Y lo hago con convencimiento, pues hace poco que he experimentado los placeres poéticos que resultan de tener que quedarse en el sillón con un tobillo torcido, con la única alternativa de estar de pie sobre una pierna como una cigüeña. La cigüeña es un símil poético, así que lo adopto.

Para poder apreciar alguna cosa es necesario aislarla, incluso si la cosa en sí misma simboliza algo distinto del aislamiento. Si queremos saber lo que es una casa debe tratarse de una casa en un paisaje deshabitado. Si queremos describir lo que es en verdad el hombre, deberemos describir a un hombre solo en el desierto o sobre la lúgubre arena de la playa. Mientras se trate de una única figura representará todo lo que representa la humanidad; mientras esté solitario representará la sociabilidad y la camaradería. Añádase otra figura y el cuadro se volverá no más, sino menos humano. Uno es compañía, dos no es nada. Si lo que se quiere simbolizar es un edificio construido por el hombre habrá que dibujar una oscura torre en el horizonte; si se quiere simbolizar la luz tendrá que ser en un cielo sin estrellas. Qué duda cabe de que durante ese extraño período iluminado que llamamos día no luce en el cielo más que una estrella, una grande y orgullosa estrella a la que llamamos el sol. Un sol es magnífico; seis soles serían vulgares. Una torre de Giotto es sublime; una hilera de torres de Giotto serían como una hilera de postes blancos. La poesía del arte consiste en contemplar una única torre; la poesía

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de la naturaleza, en ver un único árbol; la poesía del amor, en perseguir a la única mujer[3]; la poesía de la religión, en adorar a la única estrella. Y así, con esa misma lucidez pensativa, creo que la poesía de toda la anatomía humana consiste en apoyarse sobre una sola pierna. Para expresar la piernitud más perfecta y completa, la pierna debe estar en sublime aislamiento, como la torre en el desierto. Como muy bien dice Ibsen, la pierna más fuerte es la que está más sola.

Esta pierna solitaria sobre la que me apoyo tiene la sencillez de una columna dórica. Los estudiosos de la arquitectura nos dicen que el único uso legítimo de la columna es soportar peso. Esta columna mía cumple con su función legítima: soporta peso. Puesto que tiene consistencia animal y orgánica es posible que incluso mejore durante el proceso y que, durante estos días en los que estoy tan desequilibrado, el desvalimiento y dislocación de una pierna resulten compensados con la fuerza prodigiosa y la clásica belleza de la otra. La señora Mountstuart Jenkinson de la novela del señor George Meredith[4] podría pasar junto a mí en cualquier momento y, al verme adoptar la postura de una cigüeña, exclamaría con la misma admiración y una exactitud aún más literal: «Tiene una pierna». Fíjense en cómo esta famosa frase literaria refuerza mi argumento a favor del aislamiento de cualquier cosa que sea digna de admiración. La señora Mountstuart Jenkinson, deseosa de proporcionar una imagen clara y perfecta de la elegancia, dijo que sir illoughby Patterne tenía una pierna. Pasó por alto y ocultó delicadamente el hecho torpe y molesto de que tuviera en realidad dos piernas. Dos piernas eran superfluas e irrelevantes, un reflejo y una confusión. Dos piernas habrían confundido tanto a la señora Mountstuart Jenkinson como dos Monumentos[5] en Londres. Que teniendo una buena pierna tuviera que tener otra es recurrir a vanas repeticiones como hacen los gentiles. Le habría sorprendido tanto como si hubiera resultado ser un ciempiés.

Todo pesimismo tiene por objeto un secreto optimismo. Toda claudicación ante la vida, toda negación de los placeres, toda oscuridad, toda austeridad, toda desolación tienen como verdadero objetivo esta separación de algo para poder disfrutarlo de manera más intensa y más perfecta. Le estoy agradecido a la ligera torcedura que ha introducido esta misteriosa y fascinante separación entre uno de mis pies y el otro. El mejor modo de amar algo es darse cuenta de que podemos perderlo. En uno de mis pies siento lo fuerte y magnífico que es, en el otro me doy cuenta de lo diferente que podría haber sido. La moraleja del asunto es absolutamente hilarante. Este mundo y todos nuestros poderes mundanos son mucho más hermosos y terribles de lo

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que suponemos hasta que algún accidente nos lo recuerda. Si quiere usted percibir una felicidad ilimitada, póngase límites aunque solo sea por un momento. Si quiere darse cuenta del modo temible y maravilloso en que está hecha la imagen de Dios, apóyese sobre una sola pierna. Si quiere reparar en la magnífica visión de todas las cosas visibles, guiñe un ojo.

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QUEDARSE EN LA CAMA

Quedarse en la cama sería una experiencia perfecta y sublime siempre que

uno dispusiera de un lápiz lo suficientemente largo para poder dibujar en el techo. Pero tal cosa no suele encontrarse entre los utensilios domésticos de por aquí. Me inclino a pensar que el problema podría solucionarse con varios botes de pintura y una escoba. Lo malo es que si uno la manejara con brochazos verdaderamente diestros y empleara la pintura en grandes cantidades, podrían gotearle en la cara olas de una viva mezcla de colores como si de una feérica lluvia se tratara, y eso tendría sus desventajas. Así que me temo que, en esta forma de composición artística, será necesario limitarse al blanco y negro. El techo blanco sería de la mayor utilidad para semejante propósito; de hecho es el único uso que se me ocurre darle a un techo blanco.

De no haber sido por el hermoso experimento de quedarme en la cama, podría no haberlo descubierto nunca. Durante años he buscado en las casas modernas espacios en blanco en los que dibujar. El papel es demasiado pequeño para un dibujo verdaderamente alegórico; como dice Cyrano de Bergerac: «Il me faut des géants». Pero siempre que trataba de encontrar dichos espacios en las viviendas modernas en las que residimos acababa igual de desilusionado. Una interminable colección de pequeños objetos se interponía, colgando como una cortina, entre mi deseo y yo. Examinaba las paredes y descubría para mi sorpresa que ya estaban empapeladas, y descubría que el papel estaba a su vez cubierto de aburridas imágenes, que guardaban un ridículo parecido entre sí. No conseguía comprender por qué un símbolo arbitrario (un símbolo en apariencia desprovisto por completo de significado religioso o filosófico) tenía que estar diseminado por mis hermosas paredes como una especie de viruela. Creo que la Biblia debe de referirse al papel de pared cuando dice: «No uséis vanas repeticiones como hacen los gentiles»[6]. Las alfombras turcas me parecen una masa de colores tan sin sentido como el Imperio turco o ese dulce que llaman delicias turcas. No sé con exactitud qué son las delicias turcas, pero supongo que deben consistir en una especie de masacres macedónicas. Dondequiera que fuese tristemente con mi lápiz o mi pincel, me encontraba con que otros habían

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estado ya antes que yo y habían estropeado las paredes, las cortinas y el mobiliario con sus infantiles y bárbaros diseños.

No encontré ningún sitio verdaderamente despejado donde dibujar, hasta esa ocasión en que prolongué, más allá de los límites de lo correcto, el quedarme en la cama boca arriba. Entonces irrumpió en mi visión la blanca luz del techo, esa extensión de blanco puro que ciertamente es casi la definición del paraíso, puesto que significa pureza y también libertad. Pero, ¡ay!, como todos los cielos, una vez vislumbrado resulta ser inalcanzable y parece más austero y más distante que el cielo azul al otro lado de la ventana. Y es que mi propuesta de pintar en él con el hirsuto extremo de una escoba ha sido rechazada —poco importa por quién, por una persona desprovista de todos los derechos políticos— y ni siquiera me ha sido concedida mi otra propuesta de poner al fuego el extremo opuesto de la escoba pura convertirlo en carboncillo. Sin embargo, estoy seguro de que fueron personas en mi posición quienes tuvieron la inspiración de cubrir los techos de palacios y catedrales con un tumulto de ángeles caídos y dioses victoriosos. Estoy seguro de que si Miguel Ángel se dio cuenta de cómo convertir el techo de la Capilla Sixtina en una terrible imitación de un drama divino, que solo podía representarse en los cielos, fue porque estaba dedicado a la antigua y honorable costumbre de quedarse en la cama.

La actitud que suele adoptarse hoy en día hacia la práctica del quedarse en la cama es tan hipócrita como poco saludable. De todos los rasgos de la modernidad que parecen señalar una especie de decadencia, no hay ninguno más amenazador y peligroso que la exaltación de los asuntos más nimios y secundarios frente a los verdaderamente grandes y primordiales, frente a los lazos eternos y a la trágica moralidad humana. Si hay algo peor que el debilitamiento moderno de los grandes principios morales es el reforzamiento de los pequeños principios morales. Así, se considera más irrespetuoso acusar a un hombre de tener mal gusto que acusarlo de tener malos principios éticos. Hoy en día la limpieza no va pareja a la santidad, porque la limpieza se ha convertido en esencial y la santidad en una falta de tacto. Un autor teatral puede permitirse atacar la institución del matrimonio siempre que no caricaturice los modales de la sociedad, y he conocido pesimistas ibsenianos a quienes les parecía mal beber cerveza y muy bien beber ácido prúsico. Y esto es así sobre todo en asuntos de higiene, en particular en asuntos como el de quedarse en la cama. En lugar de considerarse, como debería ser, una cuestión

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de arreglo y conveniencia personal, da la impresión de que levantarse pronto por la mañana constituya una parte esencial de la moral. Pero, aunque forme parte de la sabiduría práctica, no tiene nada de bueno, como no lo tiene de malo su contrario.

Los avaros se levantan muy temprano; y los ladrones, según tengo entendido, se levantan la noche antes. El gran peligro que corre nuestra sociedad es que todo su mecanismo se vuelva más cambiante. Las acciones y los arreglos triviales del hombre deberían ser libres, flexibles y creativos; lo que debería ser inmutable son sus principios, sus ideales. Pero entre nosotros ocurre justamente lo contrario: nuestros puntos de vista cambian constantemente mientras nuestro desayuno permanece inalterable. A mí me gustaría que los hombres tuvieran concepciones fuertes y arraigadas, aunque a veces desayunaran en el jardín, a veces en la cama, a veces en el tejado y a veces en lo alto de un árbol. Dejémoslos discutir desde principios comunes, aunque sea en la cama, en un barco o en un globo aerostático. Este alarmante desarrollo de los buenos hábitos revela, en realidad, un énfasis demasiado grande en aquellas virtudes que podría garantizar la mera fuerza de la costumbre y una insistencia demasiado escasa en aquellas virtudes que nunca podrá garantizar la fuerza de la costumbre, esas virtudes súbitas y magníficas de una inspirada piedad o un inspirado candor. Si alguna vez se produce esa llamada repentina podemos fracasar. Uno puede acostumbrarse a levantarse a las cinco de la mañana. A lo que no puede acostumbrarse es a que lo quemen por expresar sus opiniones: el primer intento suele ser fatal. Prestemos algo más de atención a estas posibilidades de lo heroico y lo inesperado. Me atrevo a decir que cuando salga de la cama consumaré un hecho de una virtud casi terrible.

Es preciso añadir una enérgica advertencia para los estudiosos del noble arte de quedarse en la cama. Incluso pura quienes pueden hacer su trabajo desde la cama (como los periodistas), pero más aún para aquellos cuyo trabajo no puede hacerse desde la cama (como, por ejemplo, los arponeros profesionales de ballenas), es evidente que la indulgencia debe ser muy ocasional. Pero no es ésa la advertencia a la que me refería. La advertencia es la siguiente: si te quedas en la cama, asegúrate de que lo haces sin razón o justificación alguna. No me refiero, por supuesto, a los enfermos graves. Pero si un hombre sano se queda en la cama, que lo haga sin la menor excusa; de ese modo se levantará sano. Si lo hace por alguna razón higiénica secundaria, podría levantarse convertido en un hipocondríaco.

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UN VIAJE EN TAXI POR EL CAMPO

Arraigado en algún lejano rincón de los valles de Hertfordshire hay un

pueblo de gran belleza, y sin duda admirable virtud, aunque de un excéntrico y desequilibrado gusto literario, que invitó a este escritor a viajar hasta allí una tarde de domingo para dar una charla. El caso es que me resultó muy difícil llegar una tarde de domingo, debido al estado indescriptible en el que han caído nuestras leyes y costumbres nacionales en lo relativo al séptimo día. No se trata ya de puritanismo, sino simplemente de anarquía. Podría inspirarme la misma compasión que el sabbat judío, si fuese como el sabbat judío, por tres razones: en primer lugar, porque la religión es algo intrínsecamente compasivo; en segundo, porque no puedo concebir ninguna religión que merezca ese nombre y que carezca de rígidas observancias materiales; y, en tercero, porque la particular observancia de quedarse sentado sin hacer nada se ajusta a mi temperamento hasta la médula.

Pero lo absurdo de las convenciones inglesas modernas es que no se le permite a nadie quedarse sentado sin hacer nada, sino que se le hace tropezar constantemente tras obligarle a ir de un lado a otro. Nuestro sabatismo no nos prohíbe pedirle a un hombre de Battersea que vaya a chalar a Hertfordshire: se limita a impedirle llegar allí. Puedo entender que se adore a una deidad mediante penitencias. Pero no puedo imaginar que se adore a ninguna mediante impedimentos. Dejemos que un buen musulmán vaya a La Meca o se quede en su tienda, de acuerdo con sus sentimientos hacia los símbolos religiosos. Pero está claro que a Alá no le parecerá particularmente digno que a su siervo le informen mal del horario, o que descubra que el viejo tren exprés a La Meca no va a salir y pierda la conexión con Bagdad o que tenga que esperar tres horas en una pequeña estación de las afueras de Damasco.

Y eso fue lo que me ocurrió en esta ocasión. Descubrí que no había servicio de telégrafos de ninguna clase en aquel lugar. Descubrí que no había más que una esporádica conexión por ferrocarril. Si se hubiese tratado de la autoridad de la religión inglesa verdadera, me habría sometido a ella de inmediato. De haber pensado que el telegrafista no podía enviar mi telegrama porque en ese momento estaba paralizado por el éxtasis de la oración, los telegramas me habrían parecido insignificantes en comparación. Si pudiera

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creer que los ferroviarios acuden con pasión al lugar de adoración más próximo al concluir su jornada laboral, diría que las conferencias y todo lo demás son algo secundario ante una devoción semejante. No me quejaría si la fe nacional me prohibiera concertar citas de trabajo o expresión personal el sabbat. Pero, tal como están las cosas, lo único que me asegura es que es muy probable que pueda cumplir con el sabbat porque no podré llegar a la cita.

Pero debo volver a los tristes detalles de mi historia. Me encontré con que solo había un tren en todo el domingo con el que acercarme unas horas o unos kilómetros a aquel momento y lugar. Así que recurrí al teléfono, que es uno de mis juguetes preferidos y a través del cual he gritado muchos monólogos valiosos —aunque prematuramente interrumpidos— sobre el arte y la moral. Recuerdo un leve asomo de sorpresa cuando descubrí que era posible utilizar el teléfono en domingo: no esperaba que estuviera cortado, pero contaba con que zumbara, en pro de la religión nacional, más que en un día laborable. A través de dicho instrumento, con menos palabras de lo habitual y, en comparación, con cierta economía en el epigrama, pedí un taxi que me llevara a la estación de ferrocarril. No tengo nada en contra de los taxis o de los teléfonos; ambos me parecen dos de las creaciones más puras y poéticas de la civilización científica moderna. Por desgracia, cuando el taxi arrancó, hizo exactamente lo mismo que ha hecho la civilización científica moderna: averiarse. El resultado fue que cuando llegué a King’s Cross mi único tren había partido ya. En la estación reinaba una calma sabática, la calma reinaba también en los ojos de los mozos de cuerda, y en mi pecho, de haber reinado alguna calma, habría reinado una calmosa desesperación.

Pero lo cierto es que no reinaba mucha calma en mi pecho cuando hice aquel descubrimiento, y se transmutó en ciego horror cuando supe que ni siquiera podía enviar un telegrama a los organizadores del evento. Dejar a mis anfitriones esperando resultaba bastante irritante; dejarlos sin avisar era sencillamente una grosería. Intenté razonar con el funcionario. Le dije: «¿Insinúa usted que si mi hermano se estuviera muriendo y mi madre viviera en ese pueblo no podría comunicarme con ella?». Era un hombre de espíritu laborioso y literal, y me preguntó si mi hermano se estaba muriendo. Le expliqué que disfrutaba de una salud excelente e incluso envidiable, pero que lo que yo le preguntaba era una cuestión de principio. ¿Qué ocurriría si Inglaterra fuera invadida, o yo fuese el único en saber cómo desviar un cometa o impedir un terremoto? Descartó aquellas hipótesis del modo más

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irresponsable, pero me aseguró taxativamente que no había manera de enviar un telegrama a ese pueblo en particular. Entonces algo estalló ni mi interior: ese elemento desenfrenado que es la madre de todas las aventuras saltó incontrolable, y decidí que no quedaría como un canalla solo porque algunos de mis remotos antepasados hubieran sido calvinistas. Mantendría mi cita aunque me costara todo mi ingenio y mi dinero. Salí a la tranquila calle de Londres, donde mi tranquilo taxi londinense seguía esperando cobrar la carrera en la fría y neblinosa mañana. Me senté cómodamente en el taxi londinense y le dije al taxista londinense que me llevase al otro extremo de Hertfordshire. Y lo hizo.

Nunca olvidaré esa excursión. Era dudoso que, incluso en taxi, la cosa fuese posible, dicho sea con todo el respeto por el taxista y, en menor medida, por los demás conductores. Le insistí al taxista en que comiera y bebiera algo antes de salir, pero él aseguró (no sé si por orgullo profesional o por un delicado sentido de la aventura) que prefería hacerlo cuando llegáramos…, si es que llegábamos. Yo no fui, ni mucho menos, tan refinado: compré una variada selección de pasteles de carne de cerdo en una tiendecita que encontré abierta (¿por qué estaba abierta esa tienda?, es un misterio) y me los comí por el camino. El comienzo del viaje resultó sombrío e irritante. Estaba enfadado como un bebé, no con la gente, sino con las cosas: con el motor por averiarse y con el domingo por ser domingo. Y la vista de los suburbios del norte aumentó y ennobleció, pero no disminuyó, mi pesimismo: la miseria le presta a hitechapel cierto abigarramiento oriental; Battersea y Camber ell disfrutan de un bullicio indescriptiblemente democrático; pero las áreas pobres del norte de Londres…, bueno, tal vez, es que no las vi con muy buenos ojos aquella mañana cenicienta, embarcado en tan absurdo viaje.

Era uno de esos días que este año retrasaron más de una vez el fin del invierno; un día invernal que tardó demasiado en tornarse primaveral. Nos habíamos librado ya de las obstaculizadoras multitudes, y acelerábamos nuestra marcha a través de una zona fronteriza de huertos y pubs solitarios, cuando el cielo gris dejó entrever unos claros dorados y la luz empezó a refulgir por doquier. El taxi iba más y más rápido. El campo daba vueltas a mi alrededor, cada vez más y más inmenso; pero no me abandonó la impresión de estar siendo combatido y contrariado que había experimentado en los suburbios superpoblados. La sensación más bien fue en aumento debido a las

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grandes dificultades de tiempo y espacio. Cuanto más rápido iba el coche, más feroz y reñida me parecía la lucha.

Parecía que todo el paisaje cargara contra mí…, y que fallara por poco. La hierba alta y brillante pasaba a mi lado como una lluvia de flechas; los mismos árboles parecían lanzas arrojadas contra mi corazón y que pasaran de largo rozándolo por un pelo. Al otro lado de un valle vasto y suave vi un haya, pequeña y desafiante, plantada junto a la carretera blanca. Fue creciendo y creciendo con rapidez cegadora. Cargó contra mí como un caballero en un torneo, hizo ademán de darme un tajo en el cuello y pasó de largo. A veces, cuando pasábamos por una curva en la carretera, el efecto era aún más horrible. Parecía como si algún árbol o molino de viento se hiciera a un lado para golpearme como un bumerán. Para entonces el sol era ya una ardiente realidad; y vi que toda la naturaleza es caballerosa y militante. Hacemos mal en buscar paz en la naturaleza, más bien deberíamos buscar la más noble de las guerras y considerar todos los árboles como verdes estandartes.

Solté mi discurso. Llegué justo cuando todo el mundo había decidido marcharse. El taxi entró derrapando en la plaza del pueblo y optaron por quedarse con evidente disgusto. Correré un tupido velo sobre la charla. Cuando regresé a casa me llamaron por teléfono y una tímida voz expresó su pesar por la avería del motor del taxi e incluso dijo algo acerca de un pago razonable. «¿Pago? —grité por el teléfono—. ¿A quién podría pagarle esta experiencia suprema? ¿Cuál es el precio habitual por ver las nubes derrotadas por el sol? ¿Cuál es el precio de mercado por ver un árbol azul contra el horizonte y luego verlo cegador bajo el sol? Deme su precio por ese molino que estaba detrás de los malvaviscos del jardín. Deje que le pague por…». Creo que fue entonces cuando se cortó la comunicación.

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LA PARADOJA ANDANTE

Los ingleses tienen un peculiar apetito por lo paradójico. Supongo que tal

afirmación será considerada una paradoja en sí misma, pues normalmente la frase se le aplica, por uno u otro motivo, no a los ingleses en general, sino al inglés triste y solitario que sobrelleva desde esta columna la maldición o el juicio de su pueblo. Tanto él como su pueblo, sin embargo, siguen razonablemente contentos; y aunque resulta algo molesto que le llamen a uno paradójico, no deja de ser un cumplido que lo consideren un conciudadano. Pese a todo, hay diversos matices, y el inglés excéntrico siempre puede lucir su rosa silvestre de forma diferente. Lo curioso acerca del inglés típico de los últimos siglos es que se dedicó instintivamente a perseguir la paradoja más descabellada y después la aceptaba como una sólida perogrullada. Decía ser cabezota y se ponía cabeza abajo para demostrarlo.

Por ejemplo, decir: «Puede que no sepamos mucho de teorías políticas, pero nuestra constitución funciona bien en la práctica», es una muestra de paradoja descabellada y no puede ser apreciada más que como tal, igual que las rimas absurdas de Lear o Le is Carroll. Es exactamente lo mismo que decir: «No sabemos sumar, nos alegramos si el resultado es correcto». O como decir: «Es cierto que medimos mal la longitud y la latitud, pero ¿qué más da si nos sirve para llegar al lugar que buscábamos?». No hay respuesta para este hermoso sinsentido, excepto decir que no obtenemos el resultado correcto ni encontramos el lugar deseado, salvo en la Gran Llanura de Gromboolia o en el país donde viven los Jumblies[7]. Al fin y al cabo, es un hermoso país en el que vivir y se parece mucho a Inglaterra. Por supuesto, todo lo que tenía Inglaterra de verdaderamente práctico se logró pese a haber despreciado lo teórico, y no gracias a ello. Pero todo lo que tenía de poético, en cuanto que no era práctico, en realidad debía algo a ese gusto por lo paradójico. En cierto sentido, el país de los anglos es más bien el país de los elfos. De dicho espíritu provienen todas las peculiaridades de los topónimos o el propio trazado de las ciudades, que es un rasgo tan delicioso de Inglaterra y está siendo rápidamente destruido.

Incluso en las rimas descabelladas a las que me he referido hay un constante recurso a la tradición nacional. No en vano ostenta incluso el poeta

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un nombre tomado de la leyenda y la literatura británicas; de modo que el loco alegre era una especie de parodia del loco melancólico. Uno casi podría escribir otra triste y grotesca escena de locura sobre el encuentro entre el Lear trágico y el Lear cómico. Pero ambos están poseídos por la cualidad de la excentricidad; cualidad que le impide al héroe trágico, incluso en su faceta más trágica, ser del todo heroico; o, en todo caso, ser enteramente clásico. La altura desde la que un hombre mira turbiamente hacia abajo en El rey Lear no es una montaña o una Torre de Babel, sino tan solo uno de esos acantilados calizos que son para nosotros como los muros de nuestro hogar. Y cuando el poeta absurdo inventa un lugar inexistente y lo llama El Chankley Bore[8], sentimos por su sonoridad que debe de estar en Sussex.

Del mismo modo, no hay más que pura paradoja en la leyenda del hombre fuerte y taciturno, como en la leyenda del Dong de la nariz luminosa[9]. Y, de hecho, recuerdo haber sugerido que los estudiantes de historia llegarían a explicar algún día esa lírica inexplicable considerándola una sátira contemporánea de Oliver Crom ell, de quien se burlaban ya en su época, aunque con mucha menos razón, por ser un hombre fuerte y taciturno. Lo cierto es que puede que fuera fuerte, pero era todo menos silencioso. Era muy hablador, y ésa es una de las cosas que me hacen pensar que debía haber algo en él. Aunque, en cualquier caso, es un sinsentido deducir que un hombre debe de tener algo en su interior, solo porque no hay forma de sacarle nada. Se trata de una pura paradoja en sí misma. La deducción natural y sensata sería que un hombre que tenga algo que decir estará deseando decirlo. Y, nueve de cada diez veces, cuando alguien tiene verdaderamente algo que decir está deseando decirlo. De lo contrario, se trataría de un tipo muy desagradable. Poco más respetable, de hecho, que un avaro. Tener valiosas sugerencias que hacer y no ponerlas en circulación no es mucho más admirable que tener una valiosa moneda del reino y guardarla en un calcetín grasiento.

Por supuesto, es cierto que determinados accidentes o circunstancias pueden hacer que un hombre meritorio permanezca en silencio aunque tenga la razón de su parte, como que sea tímido, que sea sordomudo de nacimiento, que lo hayan amordazado unos ladrones y lo hayan encerrado en el sótano, que le hayan confiado un secreto, o que esté afectado de tartamudez. Pero eso son excepciones. Puede haber hombres fuertes y silenciosos, como puede haber hombres fuertes y sordos, u hombres fuertes y cortos de vista. Pero la sordera no fortalece a nadie; igual que la fuerza en sí misma no nubla la vista. Lo cierto es que toda esta idea es, si no enteramente descabellada, al menos

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enteramente poética. La fantasía facilita el temple británico, porque hay en ella un efecto de transición y de sorpresa puramente románticos. Es obvio que la historia mejora —en especial si se trata de una obra de teatro— si el hombre silencioso que estaba en un rincón se adueña de pronto del centro del escenario y desvela el secreto del drama. No es raro que la nación que vio nacer al mayor de los dramaturgos tenga debilidad por tales efectos dramáticos.

Lo curioso acerca de la psicología inglesa es que tiene apetitos puramente artísticos y después se convence a sí misma de que son prácticos. La idea del hombre arrogante derrotado con el corazón en la mano por un hombre fuerte que se trae entre manos algo más valioso, sirvió de base a cientos de farsas, comedias fantásticas y melodramas románticos, antes de convertirse en el fundamento de la teoría científica sobre las razas o en el proyecto de la Constitución británica. El caballero fuerte y taciturno había representado toda clase de papeles teatrales baratos y vulgares; había sido el hermano bueno, y el barón malo, y el extranjero, y el apuesto actor secundario, e incluso el amigo de Carlos[10], antes de que la ciencia descubriera que era el prototipo del nórdico y del saludable y práctico anglosajón.

En otras palabras, como nación hemos sacado nuestras ideas mucho más de las novelas, obras de teatro y composiciones poéticas, que de libros de economía o incluso de contabilidad. Semejante clase de ficción está, naturalmente, repleta de paradojas; o, en otras palabras, llena de sorpresas. La clave del cuento de hadas consiste en asegurar que el loco tuvo una racha de buena suerte. Así, decimos de un político que no sabe nada de política que se las arregla, de un modo u otro, para salir del paso. La clave del melodrama radica en que el hombre cuyos labios han estado sellados hasta el último momento, se adelante y declare la inocencia de la heroína o revele el escondrijo del testamento. Así, decimos de un político que es incompetente para hablar que debe de ser competente a la hora de actuar.

Todo esto pertenece a un mundo de alocadas y sin embargo sutiles inversiones con las cuales puedo llegar a simpatizar; y que, en el lugar adecuado, estaría incluso dispuesto a defender. Pero la política práctica no es el lugar adecuado; y nuestros políticos no han sido muy prácticos al haberse contentado con perseguir el fugaz resplandor de la paradoja. En este particular está claro que necesitamos algo del férreo sentido común de los latinos, que saben muy bien que los planes y los sistemas se basan en la lógica, igual que las maquinas y los motores se basan en las matemáticas. Igual que saben que dos y dos son cuatro, saben que para actuar es necesario pensar. Desde luego

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la banalidad y los procesos intelectuales sencillos también tienen sus ventajas, y el campesino francés ha permanecido invencible en su jardín trasero sabiendo únicamente cuántas habichuelas suman cinco. Pero en este mundo tiene que haber de todo; y Francia no ha producido ningún Shakespeare ni ninguna rima absurda.

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DEFENSA DE LOS PELMAZOS

La opinión universal, o casi universal, en nuestros días es que no hay pecado

más imperdonable que ser un pelmazo. Se trata de un grave error. Puestos a emplear esta horrible fraseología, es posible afirmar que lo que es un pecado imperdonable es aburrirse. El aburrimiento es, desde luego, un gran pecado, el pecado por el cual el universo entero tiende a ser infravalorado continuamente y a desvanecerse de la imaginación. Pero es una cualidad de la persona que lo siente y no de la persona que lo produce. La diferencia entre saber que nos estamos aburriendo y saber que otro es un pelmazo es exactamente la misma que hay entre saber que nos están asesinando y saber que otro es un asesino. Si de pronto alguien nos pega un tiro en mitad de la calle Fleet tendremos razones lógicas para asegurar que, en esencia, y basando nuestro razonamiento en el uso más habitual de las palabras, nos han asesinado. Pero que el hombre que nos disparó pueda, en general, ser descrito como un asesino es una cuestión mucho más sutil, y nos enreda directamente en la maraña de controversia legal que se remonta a la Carta Magna y el código de Justiniano. Puede que no sea, personalmente, ningún asesino. Puede habernos disparado en defensa propia, tras confundir el gracioso movimiento con el que llamábamos a un taxi con un ataque o un gesto agresivo. Puede habernos disparado en un arrebato de abstracción, confundido por nuestro parecido físico con una redonda diana de Aldershot[11]. Nuestra propia condición, tras el disparo, está muy clara; la condición del hombre que nos disparó es particularmente dudosa, y puede ser cualquiera entre diabólica e infantil. La muerte, por abreviar, es una condición clara y distinta, pero se refiere por completo al muerto.

Del mismo modo, el aburrimiento, que se parece mucho a la muerte, pues supone un decaimiento de la vitalidad, es también una condición clara y distinta, pero solo en lo que concierne al que se aburre. Quien produce el efecto puede ser un pelmazo o puede ser justo lo contrario. Puede haber estado explicando algo del mayor interés o de un humor delirante. Dickens resultaría un pelmazo si ridiculizara satíricamente la Oficina de Circunlocuciones[12] ante un árabe del Sudán. El señor Gus Elen[13] (ese gran filósofo) sería un pelmazo si se pusiera a imitar el acento y los gestos de un

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obrero del sur de Londres ante un ermitaño del Tíbet. Y por esa misma razón puede resultar muy interesante el hombre que acaba de exponer ante nuestros nidos y bárbaros oídos la gran epopeya de las máquinas de coser o la inigualable poesía del pienso para el ganado. Tal vez nos hayamos limitado a adoptar la estólida compostura de un salvaje ante el apasionante drama del pleito que una tía política tuvo con los albaceas del testamento de su tatarabuelo. La culpa, si hay que buscar algún culpable, es nuestra por habernos aburrido. El asunto no es aburrido; nada en el mundo lo es. El mero hecho de que nuestro interlocutor, una persona que, según toda apariencia, es mucho más estúpido que nosotros, haya descubierto el secreto y captado el encanto del asunto es una prueba suficiente de que no tiene por qué ser algo eterna o necesariamente aburrido. Si él puede emocionarse con el principio de la palanca o la abominable conducta de los robinsones, ¿por qué no íbamos a poder nosotros? Nos ha vencido y está exultante; ahí, en una sola frase, radica su definitiva e inconmensurable superioridad. El hombre feliz es necesaria y naturalmente superior al hombre hastiado. La melancolía y la inercia del hombre que se aburre pueden ser eruditas o intelectuales, pero no pueden ser tan buenas en sí mismas como el gran designio, el estelar entusiasmo y la celestial felicidad del pelmazo.

Una actitud correcta hacia este asunto le ahorraría muchos errores y muchísimo pesimismo al mundo en el que vivimos. Un pesimismo que, por supuesto, es el producto de las clases ricas y ociosas en casi todos los casos, y en esencia se reduce a esto: los ociosos no alcanzan a comprender que los detalles exactos y extenuantes que a ellos no les interesan lo más mínimo, puedan interesarles a otras personas. Como las fluctuaciones del cuero o las minucias de la fotografía de aficionado les aburren, piensan que también deben de aburrir a quienes hablan de ellas. Desde su punto de vista, algo se vuelve aburrido en cuanto resulta absorbente para alguien y le lleva a excluir todo lo demás. Esto es cierto en un sentido social, pero en el sentido psicológico último es justo lo contrario de la verdad, pues el que alguien se vea absorbido por algo hasta el punto de excluir todos los demás asuntos, no prueba lo aburrido, sino lo fascinante, que es el asunto en cuestión. Al ver a un hombre que se niega a salir del Edén, deducen que está retenido en una mazmorra.

Esto se ve muy bien en la idea generalizada de que las matemáticas son una materia aburrida, cuando el testimonio de todos los que tienen algo que ver con ellas demuestra que se trata de una de las materias más emocionantes, interesantes y seductoras del mundo. Se trata de una materia abstracta, pero

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también lo es, según todos los indicios, la teología. Los hombres se han arrojado contra las lanzas de sus enemigos antes que admitir que la segunda persona de la Trinidad no era coeterna con la primera. Se han dejado quemar a fuego lento antes que aceptar que la acusación a Pedro estaba dirigida a él como individuo y no como representante de los apóstoles. Es muy razonable que cualquiera diga que tales cuestiones le parecen insensatas y fanáticas. Y no me cabe la menor duda de que lo que se ha hecho hasta ahora en nombre de las abstracciones de la teología se haría, caso de ser necesario, en nombre de las abstracciones de las matemáticas. Si la historia y la diversidad humanas nos han enseñado algo es que es más que probable que haya hombres dispuestos a ser acuchillados en la batalla o quemados en la hoguera antes que admitir que los tres ángulos de un triángulo puedan sumar más que dos ángulos rectos.

Lo cierto, sin duda, es que es perfectamente permisible y natural que uno se aburra con cualquier asunto, igual que es permisible y natural que uno se caiga del caballo, o pierda el sendero, o busque la respuesta a un acertijo al final del libro. Pero en ningún caso se trata de un triunfo: como mucho es una derrota. Desde luego no tenemos ningún derecho a deducir de antemano que el fallo radica en el caballo o en el asunto en cuestión. Una prueba de todo ello se puede encontrar, por ejemplo, en la rebeldía contra la familia que demuestran hoy, en casi todo el mundo, los innumerables millones de genios absolutamente excepcionales que renuncian a los vínculos familiares porque la familia no les entiende o les aburre. En algunos casos aislados no hay duda de que tienen razón y en casi todos los demás es posible que la tengan. Pero, en el fondo, a uno le queda la siniestra y profunda convicción de que dichas secesiones se reducirían de pronto a la nada si los secesionistas considerasen por un segundo su aburrimiento como un fallo propio y no de su familia. Y así es. Una disputa familiar, por ejemplo, puede ser un asunto sórdido y tedioso si en ese momento estamos asqueados o exhaustos, o, en otras palabras, si resulta que en ese momento todo nos parece sórdido y tedioso. Pero sin duda una disputa familiar no tiene por qué carecer de interés. Cualquiera que haya tenido alguna vez algo que ver con la colisión de los intereses y emociones de cinco o seis seres humanos habrá quedado absolutamente convencido de lo siguiente: que sería necesaria la pluma de un Balzac para describir adecuadamente sus caracteres; que haría falta la caridad ética de un Herbert Spencer para definir sus intereses, que solo Shakespeare podría encarnar sus emociones y que solo Dios podría juzgar sus almas.

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No dejemos que nadie se adule a sí mismo creyendo que abandona la vida familiar en pos del arte o el conocimiento; la abandona porque huye del desconcertante conocimiento de la humanidad y del imposible arte de la vida. Puede que tenga razón; pero no digamos que se rindió porque la señora Bro n era antipática, o porque el tío Jonás era un pelmazo, o porque la tía María no le comprendía. Es mejor decir que, aunque podamos disculparle, no logró captar la exquisita fragancia del carácter de la señora Bro n; que, aunque podamos disculparle, no detectó los oscuros pero delicados matices del alma del tío Jonás; y que, aunque podamos disculparle, no comprendió a la tía María. El pecado es aburrirse, no ser un pelmazo. Si se tienen en cuenta las debilidades de la humanidad, es posible comprender las revoluciones, las emancipaciones y la rotura de las cadenas. Pero el hombre fuerte, el ideal, se interesa por cualquier círculo en el que le haga caer el curso de la vida. El héroe es una persona hogareña; el superhombre se sienta a los pies de su abuela.

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ELOGIO DEL PLOMO

Se dice que cuando los ejércitos de Napoleón atravesaban grandes

dificultades durante su larga defensa de la democracia, arrancaron el plomo de las iglesias para fabricar balas. He ahí un símbolo accidental, pero perfecto, de la Revolución francesa. Los mismísimos disparos que derribaron el Antiguo Régimen procedían del Antiguo Régimen. La democracia no fue más que la puesta en práctica de unas ideas en las que se venía creyendo desde hacía siglos: la justicia divina y la dignidad del hombre. E igual que los jacobinos lo hubieran tenido mal sin el pesado plomo de las iglesias, también mal sin los pesados dogmas de la Iglesia. La verdad, la piedad, el honor, son los mismos en todas partes, de igual modo que la sustancia del metal de plomo es la misma en todas partes. La sustancia está ahí y no debe ser alterada. Pero supone una gran diferencia que esté rígida y quieta en las iglesias o sea escupida de pronto en forma de balas.

Admito sentir una enorme fascinación por esa sustancia llamada plomo. El peltre ha sido largo tiempo el material artístico de moda, iba justo detrás de la plata, como la luna va detrás del sol. Y tiene, desde luego, connotaciones muy nobles para cualquier inglés enérgico y sediento[14]; sin embargo (y a pesar de tan dulces pensamientos), seguiré sosteniendo que el plomo me resulta más simpático que el peltre. El plomo es el más humilde de los metales, siempre está allí donde menos se le ve…, y donde es más indispensable. Se coloca en la quilla de los barcos, donde nadie puede verlo pero todo el mundo depende de él. Se pone en las mortajas de los muertos enterrados en el mar, a quienes no queremos volver a ver nunca más. Se infiltra en el puño de los bastones para hacerlos más pesados, aunque menos aptos para caminar. Se esconde sin más, en estos y otros muchos escondrijos, como si fuera algo humilde y vergonzoso. Incluso en el fusil es invisible por ocultamiento hasta que se hace invisible por la velocidad.

Sin embargo, el plomo tiene, a diferencia de todos los demás metales, un efecto discernidor del gusto artístico. El plomo es a todos los demás metales lo que el mar a los cabos, montañas y formas definidas de la tierra: fuerte y, pese a todo, soluble. El oro lo imaginamos destacando rígido en rayos, coronas y aureolas. La plata la imaginamos torneándose en forma de platos

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brillantes como un espejo, o en forma de escudos como la luna. El acero lo imaginamos apuntándose como lanzas o dividiéndose para formar hojas de espada. Pero el plomo lo imaginamos casi líquido. Pensamos en él como en un mar gris, inerte e incluso congelado, que puede moverse muy despacio o fundirse muy lentamente, pero que puede fundirse y se puede mover. El acero lo concebimos surgiendo hacia lo alto en línea recta; el hierro arqueándose en rígidos arcos matemáticos. Pero el plomo es el único material que concebimos fluyendo hacia abajo. «Lágrimas de acero» suena afectado y «lágrimas de cobre» es un despropósito. Ambas cosas parecen pertenecer a esa avanzada escuela del arte y de las letras que se vanagloria de no expresar nada en absoluto con sus extravagancias. Pero «lágrimas de plomo» no es ninguna expresión traída por los pelos: expresa cierto elemento pesado, humilde y descendente que es inseparable de la propia sustancia. Algunas de esas lágrimas de plomo —lágrimas redondas y reales— fueron las que recogieron los soldados de Napoleón.

Otro elemento artístico en el plomo, por supuesto, es el mismo que le ha conferido al peltre su importancia ficticia: que un cierto oscurecimiento respecto al brillo de la plata parece volverlo en realidad más plateado. En ningún sitio se aprecia mejor la luz que en la penumbra. En ambos metales la plata está velada, pero mientras el peltre viste el velo transparente y llamativo de una mujer lasciva, el plomo viste el velo tupido y real de una viuda. El grisáceo resplandor de las tuberías de plomo es verdaderamente hermoso, aunque, por lo general, no es frecuente encontrar a ningún esteta contemplándolas. Pero los estetas se limitan a hacer lo que se les dice. Cuando oyeron que el peltre era bello corrieron a comprar todas las jarras de peltre de los pubs. Si se hubieran detenido a vaciar su contenido en lugar de a comprarlos, puede que ahora supieran más de lo que saben acerca de la democracia inglesa y pudieran ser de más utilidad en la revolución inglesa que se avecina. Cualquiera que sea piadoso y concienzudo debería comprender la humilde utilidad social y el discreto servicio cotidiano de las cosas antes de suponer que admira artísticamente su belleza. Deberíamos darnos cuenta de que los campos de trigo son buenos, antes de ver que son dorados; deberíamos saber que los árboles darán fruto, incluso antes de permitirles dar flores. Y por ese mismo simple y reverente principio de utilidad no deberíamos suponer que nos gusta el peltre a menos que nos guste la cerveza; y nunca deberíamos suponer que admiramos el plomo a menos que estemos dispuestos a disparar balas.

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Pero, para aquellos que, misteriosamente, no se dejan atrapar por estos dos tipos de aventura, hay otros aspectos artísticos y literarios del plomo. Sin duda hay algo conmovedor en la forma en la que se empleaba en los antiguos y gloriosos ventanales góticos para unir los colores y componer el perfil del conjunto. Ningún otro metal habría servido para eso. El oro habría sido demasiado llamativo y el acero demasiado severo; esas impresionantes bandas de gris, pesada y modesta materia eran las adecuadas para encerrar las gigantescas joyas de la iglesia. Esos rojos al rojo vivo, esos amarillos ardientes y esos azules tropicales no podían delimitarse con plata. Tenían que ser bloqueados con límites más pesados. Tenían que ser, por decirlo de algún modo, delineados con un enorme y grueso lápiz de plomo.

Mi cariño por el enorme lápiz de plomo que ha garrapateado esas pinturas de colores casi (podría decirse) en el cielo no es una pequeña manía personal. No es solo el amor por el lápiz de plomo con el que escribo estos plúmbeos artículos. No es meramente una simpatía privada y natural por todas las sustancias pesadas. Me parece sentir en esa sustancia que llamamos plomo gran parte de la materia masiva y olvidada que conforma el olvidado armazón de nuestro mundo. Esta cosa que no puede doblarse como el acero ni arder como el oro es muy típica de una parte incansable de la humanidad que no es ni astuta ni pretenciosa, que se hunde y desciende con demasiada facilidad, y cuya querencia, en cierto sentido, es hacia abajo. Mis simpatías están con ellos, elijo —como Bassanio— el cofre de plomo[15]. Muchos reyes que iban revestidos de oro y acero tuvieron que contentarse con un cofre, cuando no con un ataúd, de plomo. Pero esos esqueletos grises que rodean los recargados retratos de los santos me producen una gran emoción. Son como los grises cinturones de los pobres que ciñen las escasas leyendas gloriosas de la pobreza. Guardadlos en vuestras iglesias a cubierto de la lluvia y la ruina como permanente alabanza de la humildad y la santa paciencia. Es justo que haya testigos semejantes.

Pero no olvidéis que pueden usarse para fabricar balas.

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LAS PINTURAS DE LA CAJA DE PINTURAS

A menudo se me ha pasado por la cabeza la imagen de un individuo que se

dedicara a coleccionar con laborioso cuidado artículos que nadie más valorase, y a hacer una clasificación exhaustiva de todas aquellas cosas que los demás consideran insignificantes e inanes. Dicho individuo tendría una preeminencia magnífica y fútil en muchos asuntos. Podría tener la mejor colección de colillas del mundo. Podría acumular ceniza de pipa y cabos de lápiz con un entusiasmo y una poesía dignos de mejor causa. Podría, si fuese millonario, llevar aún más lejos su inmensa cruzada. Podría construir grandes museos donde no se exhibiera otra cosa que paraguas extraviados y peniques falsos. Podría encontrar importantes periódicos y revistas en los que no se dijera nada más que cosas sin importancia; en los que se anunciara con deslumbrantes titulares la pérdida de tres cerillas quemadas en un cenicero y se dedicaran largos y filosóficos editoriales a cuestiones tales como los nombres de pila de los conductores de autobús de Fulham, o el número de persianas verdes que hay en Harro Road. Si el hombre se entregase seriamente a estas inanidades no hay duda de que sería objeto de grandes burlas. Sin embargo, si decidiera hacernos frente y defender su posición, pronto nos daríamos cuenta de que toda nuestra civilización es tan absurda como su pasatiempo. Objetaría con razón que, filosóficamente hablando, se puede decir tanto a favor de coleccionar conteras de paraguas de caballero como a favor de coleccionar libros o billetes de banco. Desde un punto de vista práctico, no puede alegarse razón alguna que justifique la preferencia que muestra la humanidad por un material antes que por el otro. Es imposible sugerir una sola razón valida para explicar por qué el oro debería ser más caro que un poco de genuina y untuosa arcilla roja. Es imposible decir por qué una piedra preciosa debería ser más valiosa que un portaplumas o una vieja botella verde, cuando ambas cosas son más útiles y más pintorescas. Casi todas las teorías que dicen explicar esta paradoja desde el punto de vista metafísico han fracasado por completo. Se suele decir, por ejemplo, que el valor de los materiales viene dado por su rareza. Sin embargo, es evidente que esto no se sostiene. Hay muchas cosas más raras que el oro y la plata; por pequeñas que sean las probabilidades de que uno de nosotros encuentre media

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libra de oro en el arroyo, las probabilidades de que encontremos una llave de cerrojo con una cinta encarnada, o un ejemplar de The Times que describa la introducción de la primera Ley de Gobierno Local son todavía menores. Y, sin embargo, la gente no tiene museos privados de llaves de cerrojo con cintas encarnadas, ni alardea de tener una colección única de ejemplares de The Times de esa fecha concreta de 1885[16]. Quienes hablan de la rareza como la esencia del valor parecen no darse apenas cuenta de las prodigiosas consecuencias que eso tendría. En este mundo las cosas más insignificantes son precisamente las que son especialmente raras. Es muy raro que un abogado de mostacho pelirrojo nacido en Devonshire le preste un chelín y seis peniques al sobrino de un comerciante en telas radicado en Clement’s Inn; es probable que tal cosa haya ocurrido solo en una ocasión; y, sin embargo, no se registra el incidente con letras doradas, ni se le atribuye ninguna particular importancia a ninguna circunstancia, jirón o reliquia que pudieran servir como conmemoración del momento en que ocurrió. No cabe duda de que la mera rareza no sirve como prueba del valor. Si fuese así, el oro sería mucho menos valioso que muchas variedades del barro que encontramos por la calle, y las cosas hermosas, en general, valdrían mucho menos que las feas. La clave de la cuestión es que la humanidad ha elegido atribuirle valor a ciertos objetos insignificantes sin hacer ninguna clase de ejercicio crítico intrínseco o comparativo. Ha hecho infinitamente más valioso un material que otro mediante el sencillo proceso de elegir un tipo de barro y no otro. En muchos aspectos el criterio actual para determinar qué sustancia es valiosa es, decididamente, de segundo orden. El valor, por ejemplo, se centra casi por entero en los metales, que son el material más gris y menos comunicativo de todas las cosas terrenales. Pertenecen a la creación material, que es la escoria del orden cósmico. Resulta extraordinario, cuando uno se pone a pensarlo, que una cosa tan absolutamente vulgar como el oro sea la forma en que se ligan nuestras tendencias más humanas y humanizadoras. Cada vez que pedimos que nos paguen en metálico, cumplimos casi hasta el último detalle con las palabras de la parábola: pedimos pan y recibimos una piedra.

Tampoco la teoría de que los materiales se valoran debido a su belleza resiste la crítica. Hay una gran cantidad de objetos que son mucho más hermosos que los objetos preciosos. Lo son las plumas del pavo real, y las hojas caídas, y la leña recién cortada y el cobre recién bruñido. Sin embargo, a nadie se le ha ocurrido darse aires de opulencia por la leña que posee, ni abrazarse a las ventajas que podría obtener con el cobre. Que yo sepa, no ha

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nacido todavía el avaro dispuesto a pasar una vida laboriosa acumulando y contando hojas caídas.

Las sustancias tienen, no obstante, una espiritualidad intrínseca real. No es probable que nadie, salvo los materialistas, desprecien los materiales. Los niños, por ejemplo, son plenamente conscientes de cierta mística, y sin embargo práctica cualidad de las cosas que manejan: aman la cualidad esencial de un objeto caballerosamente y por el objeto en sí mismo. Los niños tienen una arraigada atracción por el carbón, no por la obvia razón materialista de que sirve para encender el fuego con el que cocinamos y nos calentamos, sino por la infinitamente más noble y abstracta razón de que tizna los dedos. En casi todas las viejas literaturas primitivas encontramos la presencia de este espléndido amor hacia los materiales en sí mismos. No encontramos delicadas y astutas combinaciones de color, como las que conforman la esencia del arte de nuestros días, sino que encontramos un gigantesco apetito por los materiales, ligado a sus características naturales: por el oro rojo y la hierba verde; no por el oro verde y la hierba roja, como ocurre en gran parte de la literatura contemporánea. No requieren ni contraste ni armonía para azuzar su hambre estética. Amaban el color rojo del vino o el blanco esplendor de la espada con toda su virginidad y encanto, como simples pinceladas de carmesí o plata en el negro telón de fondo de la noche arcaica.

Hay una poesía de las sustancias y no tiene en cuenta los códigos ordinarios de valor. El oro es ciertamente una sustancia menos fascinante que la plata. Y, para un espíritu que conserve su inocencia, incluso la plata es menos fascinante que el plomo. El plomo es una sustancia verdaderamente épica y posee todas las cualidades necesarias para ello. Su color tiene el más delicado matiz de la plata oscurecida, una especie de esplendor metálico bajo una nube perpetua; su consistencia, además, reúne dos elementos antagónicos e indispensables en una sustancia fascinante: es al mismo tiempo robusto y maleable, se dobla y resiste; ante una gruesa capa de plomo tenemos la misma sensación que ante el destino. Es rígido, pero cede lo suficiente para hacernos creer que acabará por ceder del todo. Otra sustancia que presenta, aunque de un modo diferente, la misma contradicción es la madera corriente. Se trata de la sustancia más fascinante y simbólica, puesto que tiene justo la resistencia esencial para resistir al aficionado y la suficiente maleabilidad para convertirse en un instrumento musical en manos de un experto. Trabajar la madera es el ejemplo supremo de creación; la creación en un material que resiste lo bastante y ni una pizca más de lo necesario. No es raro que el más grande que adoptó jamás la forma humana fuera carpintero.

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Queda un orden concreto de materiales que tiene para el hombre imaginativo un valor mucho más esencial que cualquier joya. Todos los pigmentos y materiales de colores tienen una ventaja suprema sobre los simples diamantes y amatistas: son, por así decirlo, antepasados a la vez que descendientes; propagan una infinita progenie de imágenes e ideas. Si miramos una barra sólida de tiza azul no vemos algo meramente mecánico y final. Vemos, resumido en esa columna azul, todo un país de las maravillas, de dibujos y cuentos en potencia. Ningún otro objeto material nos da esa sensación de multiplicarse a sí mismo. Si dejamos un cigarro puro en un rincón no esperamos encontrarlo al día siguiente rodeado de una familia de cigarrillos. Un anillo de diamantes no contribuye de ningún modo a la producción de innumerables collares y brazaletes. Pero las tizas de una caja de tizas, o las pinturas de una caja de pinturas, abarcan verdaderamente un sinfín de nuevas posibilidades. Una pastilla de azul de Prusia contiene todas las historias marinas del mundo, una pastilla de verde esmeralda engloba cientos de prados, una pastilla de carmesí se compone de atardeceres olvidados. Algún día, quién sabe, este eterno valor metafísico de las tizas y las pinturas puede que se reconozca como valor monetario; la gente exhibirá orgullosa una pastilla de amarillo cromo en sus anillos y una pastilla de azul ultramar en sus alfileres de corbata. Nadie puede decir qué sorprendentes modas nos traerá el paso del tiempo; un siglo podría sorprendernos ahorrando guijarros y coleccionando briznas de paja. Pero sea como fuere, el fundamento esencial de este hábito, como el fundamento esencial de todas las religiones, permanecerá idéntico: que solo podemos tomar una muestra del universo, y esa muestra, aun cuando sea un puñado de polvo (que también es una sustancia preciosa), siempre expresará su propia magia, y una insinuación de la magia de todas las cosas.

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EL ESPEJO

Perdido en algún lugar en las enormes llanuras del tiempo, vaga un enano

que es la imagen de Dios y que ha producido, a una escala todavía más pequeña, una imagen de la creación. A la imagen pigmea de Dios la llamamos Hombre; a la imagen pigmea de la creación la llamamos Arte. Decir que el hombre se limita a expresar su propia personalidad es subestimar su función. Un artista expresa, sin duda, su propia personalidad, pero sobre todo mediante su interés por otras personalidades, carniceros, panaderos y obispos…, o incluso por su interés hacia impersonalidades como el viento, la lluvia, la música o la metafísica. Su ocupación (secundaria, aunque divina) consiste en rehacer el mundo y ése es el significado de todos los retratos y edificios públicos. Aun así, tiene que construir un mundo, como un dios, y no solo para hacer ruido como un animal o un egoísta estético. Aunque trate de pintar las cosas como son, las pintará, inevitablemente, como deberían ser; aunque esta tendencia debiera ser inconsciente. Humanizará por instinto al monstruo más inhumano y domesticará a la más indómita de las bestias salvajes. Por su propia naturaleza, y como hiciera el emperador pagano, tratará de comprender mejor a un caballo de lo que se comprende el caballo a sí mismo. Por su propia naturaleza, y como hacían los augures paganos, verá a los pájaros y a las bestias más como presagios que como animales.

Esto quedó muy bien ilustrado en tiempos antiguos por el hábito de hacer de cada animal el símbolo arbitrario de alguna virtud humana. Así, el león representaba la magnanimidad, porque no atacaba a las vírgenes, aunque a pocos de nosotros se nos ocurriría arrojar doncellas a las jaulas del zoo para comprobar la teoría. Así, el pelícano simbolizaba la caridad, aunque a pocos de nosotros nos ha perdonado los pecados o condonado las deudas dicho pájaro.

La primera historia natural era totalmente sobrenatural y el hombre, más que clasificaciones, hizo alegorías con los animales. Sin duda, se trataba de un exceso erróneo, derivado de la mera aplicación de la teoría del hombre sobre la naturaleza. Por ese motivo, sin duda, la ciencia de la heráldica, con toda su historia, lúcida, lógica y sugestiva, y su espléndido arte decorativo, ha desaparecido de los siglos y ha arrastrado consigo a la verdadera aristocracia.

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Pero no era más que la versión extremada de algo que debe limitar de manera permanente todo arte humano. Ninguno de nosotros puede decir cuál es en verdad el valor de un pino para un pino o de un arenque para un arenque, o incluso de un perro para un perro. Y todavía menos cuál es el valor de cualquiera de ellos para esa inconcebible realidad entronizada que los hizo a todos.

Por tanto, en cualquier arte humano, por imitativo que sea, debe deslizarse necesariamente un elemento de la creatividad humana. Cada caballo que dibuje un hombre será en parte humano, como un centauro, y, por tanto, en parte fabuloso. Cada pez que dibuje un hombre será en parte humano, como un tritón, y, por tanto, en parte legendario. Sin embargo, ese toque místico solo se hará realidad si el hombre trata de dibujar el verdadero contorno de un pez o de un caballo.

Toda esa energía personal solo es efectiva mientras parezca impersonal; en el momento en que el artista moderno abandona todo intento de recrear la realidad pierde prácticamente todo su poder sobre la leyenda. En un cuadro vigoroso y bien pintado solo se verá al elefante a través de la atmósfera. Pero en algunos de los desvaídos y frágiles cuadros modernos se puede ver la atmósfera a través del elefante. El artista moderno se pierde, con demasiada frecuencia, al tratar de encontrarse y fijarse a sí mismo; impone un yo ficticio sobre el yo real e irreflexivo que, de otro modo, se habría expresado libremente. Se ha convertido en un individualista y ha dejado de ser un individuo. Es más, incluso se ha convertido en un loco en el sentido más temible y vívido del término. Se ha hecho consciente de su subconsciencia.

Cuando el hombre lo rehace todo, por tanto, debe hacerlo siempre a partir de su propia imagen. Si talla el más informe eslabón perdido, será un poco más hombre que mono. Si esboza el más infantil y embrionario rinoceronte, puede que tenga (como suele decirse de los niños) la nariz de su padre. Pero estos rasgos humanos dispersos y elusivos son lo más cerca que puede llegar de la autorrepresentación total. La única cosa que no se le debería permitir pintar a un artista es a sí mismo; cuanto menos piense en esa persona común tanto mejor. Rembrandt sin duda se pintó a sí mismo varias veces, y Rembrandt era un gran hombre. Pero, dado que se pintaba de manera totalmente diferente cada vez, no creo que prestara mucha atención al modelo. Escudriñar en el espejo es, desde luego, una cosa muy poética y fascinante, como sabía Le is Carroll; pero no para verse a uno mismo. Uno mismo no es más que un irritante obstáculo ante esa puerta mágica. Alicia no miró en el espejo en busca de Alicia. Buscaba mirar a través de aquellas puertas extrañas

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y maravillarse ante aquellas ventanas ajenas que se abren hacia fuera por doquier en un país brillante y silencioso, ventanas que son, sin duda

Mágicos postigos abiertos a la espuma

de mares procelosos en tierras de leyenda ya olvidadas.[17]

El mobiliario, la perspectiva, las salidas hacen que valga la pena que el artista mire en el espejo, pues tienen un aspecto extraño, inconsciente y ajeno, como si fueran partes de ese otro mundo al que solo pertenecemos a medias. Un artista nunca debería tratar de encontrarse a sí mismo en ese hombre del espejo, pues, por muy sutilmente que lo aceche o por muy ágilmente que salte sobre él, nunca podrá coger desprevenido al hombre del espejo.

Supongo que la mayoría de nosotros ha descubierto las personalidades más fuertes en gente que no es consciente de tener ninguna. Las aguas que corren hacia arriba se derraman y se extienden por toda la tierra. Solo las aguas que se hunden giran hacia su propio centro en las espirales del remolino. No obstante, las aguas más peligrosas de todas, peores que el remolino y que la marea alta, son las que permanecen quietas por un momento y reflejan el rostro del hombre.

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DE MUDANZAS

Estoy sentado y tratando de escribir este artículo en una habitación en la que

no hay más que una mesa de comedor, una silla de cocina y una estantería desvencijada. No hay alfombras y sí mucho polvo. Escribo con un viejo trozo de tiza en pedazos de papel de pared, etc., que encuentro tirados por ahí. Trato de imaginarme como un genio famélico en una buhardilla, un hombre brillante, desde luego, pero (¡ay!) lleno de amargura contra la humanidad. La ilusión se rompe periódicamente con la entrada de unos hombres enormes con delantales verdes de fieltro, que van a grandes pasos de aquí para allá trajinando cosas. Se llevarían también mi silla, de no ser por la formidable necesidad de tener que llevarme a mí con ella; empresa ante la que se acobardan hasta los más fornidos. Sin embargo, los aparadores y los pianos desaparecen al más leve gesto y los somieres simplemente huyen al verlos. Como un alud, silla a silla…, ¿qué decía Tennyson en su hermoso poema sobre Anfión[18]? Me levanto y acudo a la estantería desvencijada para verificar la cita. Pero ya no hay estantería desvencijada. Se la han llevado. Regreso a mi escritorio y vuelvo a sentarme.

Me pregunto sobre qué demonios escribiré (no soy como Dickens, que era capaz de escribir sobre cualquier cosa); vuelvo a levantarme y me acerco a la ventana. Una blanca bruma matutina desdibuja los dos extremos de la calle y empaña el parque de Battersea, que amo y abandono, convirtiéndolo en un bosque espectral. Me alegra que hoy no haga eso que la gente llama buen tiempo; esta nube crepuscular en la frontera entre dos vidas tiene algo de piadoso y apropiado. Se ha abatido sobre mí el sino moderno: me mudo al campo; parto al exilio; al interior de Inglaterra. Me voy…, si es que de verdad llego a irme, pues mi imaginación se nubla por la duda…, ¿por qué me inquietan esos fragmentos de Tennyson, sobre todo ahora que se han llevado la estantería y no puedo comprobar cómo se escribe el valle insular de Avilion[19]? Avilion es un lugar muy agradable, en Buckinghamshire; pero, como al propio Arturo tras su última batalla, me parece adecuado que una neblina vele este momento de tránsito, de deslizamiento de un estado a otro… De nuevo Tennyson. El Hades, el lugar de sombras que cantaran los poetas paganos, no es nuestro estado tras la muerte; es simplemente la muerte

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misma, el momento de transición y disolución. Al final, los poderes oscuros y benéficos desharán en pedazos el cosmos a mi alrededor, igual que se llevan los pedazos de mi casa. Me alegra que una nube cubra Battersea para ocultar esta oscura transformación.

Regreso a mi escritorio; aunque no regreso exactamente allí, pues se lo han llevado con sigilosa alevosía mientras yo meditaba sobre la muerte junto a la ventana. Me siento en la silla y trato de escribir apoyado en las rodillas; cosa realmente difícil, sobre todo cuando no tiene uno nada sobre lo que escribir. Me siento extrañamente agradecido al noble cuadrúpedo de madera en el que estoy sentado. ¿Quién soy yo para que los hijos de los hombres hayan diseñado y tallado para mí cuatro patas extra de madera, además de las dos que me concedieron los dioses? La clave de cualquier privación es que acentúa la idea del valor; y tal vez sea ésa, después de todo, la respuesta al acertijo de la muerte. Quizá en un mundo mejor pudiéramos poseer permanentemente y maravillarnos permanentemente de nuestras posesiones. En algún extraño lugar, más allá de las estrellas, tal vez podamos poseer y disfrutar al mismo tiempo. Pero en este mundo un fallo en la raíz misma de la psicología nos recuerda que algo es nuestro debido a que puede desaparecer. Para nosotros el premio de la vida es el grito noble y glorioso de los moribundos: «morituri te salutant». En las esquinas del templo humano de la felicidad hay un cojo que apunta hacia un camino, un ciego que adora al sol, un sordo que escucha a los pájaros y un muerto que loa a Dios por la creación.

Empiezo a sentirme transportado; reparo en que hay muchos misterios encerrados en esa silla de cocina. Una silla de cocina que en verdad podría llamarse (como dicen en las universidades) la Silla de la Filosofía. Paseo arriba y abajo por la habitación regodeándome en el divino significado de las sillas. Rechazo, con gestos violentos, esa democracia deprimente y maliciosa que consiste en declarar que un trono no es más que una silla. La verdadera democracia consiste en declarar que toda silla es un trono. Regreso extasiado a la silla, pero no me siento en ella. Juiciosamente, puesto que ya no está allí. Se la han llevado. Me siento en el suelo, en el que los gigantescos trabajadores aseguran (con elefantiásica cortesía) no estar interesados por el momento.

¿Qué es, entonces, lo que me impide escribir nada coherente o inteligible hoy? No son las meras interrupciones: escribí mis primeras críticas literarias en una oficina con dos máquinas de escribir funcionando al unísono y conserjes que entraban y salían cada cinco minutos. No es la mera incomodidad: en mi juventud he escrito artículos en mitad de la noche,

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apoyado contra el toldo del carro de un vendedor ambulante. No me corresponde a mí decir si los artículos eran buenos o no, pero lo eran tanto como el resto de lo que he escrito. No; ya sé lo que es…, es Battersea. Me asisten las razones más poderosas y sensatas del mundo para mudarme al campo. Mudarse al campo es una cosa gozosa, pero es triste abandonar Londres. He aquí una inofensiva paradoja al alcance de todos y admitida por cualquiera que esté en sus cabales. Es magnífico convertirse en hombre; pero patético dejar de ser un niño. Es motivo de alegría convertirse en un hombre casado, pero deprimente dejar de ser soltero. Concédasenos a quienes pasamos de un estado a otro, algo del pathos que se les permite a quienes se aproximan a la muerte. Nos alegra partir para el campo, pero nos entristece dejar la ciudad. Dejo la parte más animada de Londres, la más romántica, la más realista, el barrio que ha guiado al pueblo. Dejo el barrio de Battersea. No puedo escribir sobre eso, y no puedo escribir sobre ninguna otra cosa. Si te olvido, oh, Jerusalén, que se me olvide la diestra[20]; es decir, que se me olvide cómo escribir, con tiza azul, en un viejo papel de pared, un artículo sobre nada en absoluto.

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LA LOCURA Y LAS LETRAS

Hay un considerable número de pruebas que demuestran el hecho

ciertamente sorprendente de que la Biblioteca del Museo Británico, además de sus múltiples servicios, desempeña muchas de las funciones de un manicomio privado. Hombres y mujeres, que en una época menos humana habrían estado aullando en Bedlam sobre un montón de paja[21], van y vienen silenciosamente por ese vasto palacio del conocimiento, saquean una sabiduría secular y son atendidos por los funcionarios del Estado. Se dice que no es raro que las familias que tienen un loco inofensivo a su cargo lo envíen a la Biblioteca del Museo Británico para que se entretenga con dinastías y filosofías, igual que un niño enfermo juega con sus soldaditos. Sea cierto o no, la verdad es que este templo colosal de los pasatiempos tiene todo el aire de contener muchas tragedias, porque, sin duda, con frecuencia una afición implica una tragedia.

Ahí van los amores que se marchitan,

los viejos amores de alas fatigadas;

y las cosas muertas hasta allí arrastradas,

y todo lo desastroso.[22]

En esa biblioteca pueden verse personajes tan extraños y deshumanizados que podrían haber nacido y muerto en la Biblioteca sin ver la luz del sol. Parecen un pueblo fabuloso y subterráneo, los gnomos de las minas del conocimiento. Pero sería apresurado e irracional decir que todo eso equivale a la locura. El amor de una rata de biblioteca por los viejos folios mohosos podría, con facilidad, ser más cuerdo que el amor de muchos poetas por el sol y el mar. El inexplicable apego de algún viejo profesor por un raído sombrero viejo puede ser un sentimiento vital mucho menos enfermizo que el antojo de alguna frívola dama de la sociedad por un vestido de orth’s. Se olvida con demasiada frecuencia que los convencionalismos pueden ser tan morbosos como los anticonvencionalismos. Por supuesto, no hay una definición absoluta de la locura, excepto la definición que todos aceptaríamos de que la locura es un comportamiento excéntrico por parte de otra persona. Sin duda, es una exageración absurda decir que todos estamos locos, pero lo cierto es

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que ninguno de nosotros está totalmente cuerdo, igual que no hay ninguno de nosotros que esté totalmente sano. Si apareciera en el mundo una persona totalmente sana sin duda habría que encerrarla. La terrible simplicidad con la que pasaría por alto nuestros triviales achaques, nuestras amargas vanidades y nuestra maliciosa suficiencia; la elefantiásica inocencia con la que ignoraría nuestras ficciones de civilización, lo convertirían en algo más desolador e inescrutable que el rayo o un animal de presa. Es posible que los grandes profetas que la humanidad tomó por locos en realidad fueran presa de una impotente cordura.

En un gran número de casos, sin duda, estos excéntricos literarios, al dedicarse a sus aficiones, siguen el más cuerdo de todos los impulsos humanos, el impulso que nos lleva a depositar nuestra confianza en el trabajo y en un objetivo concreto. Es probable que haya más de un viejo coleccionista de quienes sus amigos y conocidos digan que está loco por los elzevirs[23], cuando el hecho es que son los elzevirs los que lo mantienen en sus cabales. Sin ellos se deslizaría hacia una destructiva ociosidad e hipocondría; mientras que la soñolienta regularidad de sus notas y cálculos nos enseñan la misma lección que el balanceo del martillo del herrero o el paso monótono de los caballos de tiro del campesino: la lección del antiguo sentido común de las cosas. Pero una vez admitida la saludable alegría que suele ir unida a los trabajos laboriosos e inútiles, el problema de la cordura de la erudición sigue estando presente. Los libros, como todas las cosas que son amigas del hombre, son capaces de convertirse en sus enemigos, de alzarse en rebeldía y asesinar a su creador. El espectáculo de un hombre presa de una fiebre cerebral por los misterios de un panfleto absurdo o de un jirón de papel que lleva en el bolsillo, tiene la misma majestuosidad irónica que ver a un hombre atropellado por una locomotora. El hombre recibe una alabanza suprema incluso en el momento de su muerte; en cierto sentido muere por su propia mano. Esta cualidad diabólica de los libros existe en realidad; la locura aguarda en las silenciosas bibliotecas, pero la naturaleza y la esencia de esa locura solo puede definirse de forma aproximada.

Una descripción general de la locura, nos parece que podría encontrarse en la frase que dice que la locura es una preferencia por el símbolo frente a lo que éste representa. El ejemplo más obvio es el del maníaco religioso, para quien la defensa del cristianismo implica la negación de todas las ideas de integridad y piedad que defiende el cristianismo. Pero hay otros muchos ejemplos. El dinero, por ejemplo, es un símbolo; simboliza el vino y los caballos; los ropajes hermosos y las vastas mansiones; las grandes capitales

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del mundo y la tranquila tienda de campaña junto al río. El avaro es un loco porque prefiere el dinero a todas esas cosas; porque prefiere el símbolo a la realidad. Pero los libros también son un símbolo; simbolizan la impresión que tiene el hombre de la existencia, y como mínimo se podría decir que el hombre que ha llegado a preferir los libros a la vida es tan maníaco como el avaro. Un libro es, sin duda, un objeto sagrado. En un libro, ciertamente, se encierran las mayores joyas en el cofre más pequeño. Pero eso no cambia el hecho de que empecemos a desconfiar cuando se valora más el cofre que las joyas. Ese es el gran pecado de la idolatría, contra el que tantas veces nos ha advertido la religión.

En el alborear del mundo, los ídolos eran toscas figuras con formas de hombres y bestias, en los siglos civilizados siguen siendo formas, pero aún más rudas que las de las bestias y los animales: adoptan la forma de libros, porcelana azul y vasijas de litro. Está escrito que las metas del cristiano son el cuero, la porcelana y el peltre. La esencia de la idolatría es la misma. La idolatría existe allí donde la cosa que originalmente nos proporcionaba felicidad se vuelve más importante que la propia felicidad. La ebriedad, por ejemplo, podría describirse como una afición absorbente. Y, cuando se la comprende en su realidad interior y psicológica, es un típico ejemplo de idolatría. La intemperancia esencial comienza en el momento en que una forma incidental de placer, que procede de un determinado artículo de consumo, se convierte en más importante que todo el vasto universo de los placeres naturales, que acaba por destruir. Omar Jayyam, a quien por alguna razón inexplicable se suele considerar un poeta jovial y animoso, resume este efecto último y horrible de la bebida en una estrofa de incomparables fuerza e ingenio:

Por mucho que el vino me haya sido infiel,

y me haya despojado de mi honrosa túnica…, bien está, siempre me pregunté qué compran los vinateros algo la mitad de precioso que lo que venden.

El persa era un poeta de una fantasía y una creatividad inmensas, pero toda la fuerza de su imaginación no pudo encontrar nada en este variado universo que rivalizara con la atracción de cierta sustancia roja que ha sufrido un cambio químico. Eso es la idolatría: la preferencia de un bien incidental ante el bien eterno que simboliza. El empleo de un ejemplo de la bondad eterna para anular la validez de otros mil ejemplos. La herejía moral y matemática elemental de que la parte es mayor que el todo. Pues bien, en ese sentido, la bibliomanía es capaz de convertirse en una especie de ebriedad. Hay una clase

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de hombres que verdaderamente prefieren los libros a todo aquello a lo que se refieren los libros: a los lugares hermosos, a los actos heroicos, a experimentar, a aventurarse, a la religión. Leen acerca de estatuas parecidas a los dioses y no se avergüenzan de su propia fealdad desaliñada y perezosa; estudian las crónicas de hechos públicos y magnánimos, y no se abochornan de sus vidas secretas e indolentes. Se han convertido en ciudadanos de un mundo irreal, y, como el indio en su paraíso, persiguen a un ciervo quimérico con sabuesos quiméricos. Y ése es el camino a la locura.

En el limbo de los avaros y los borrachos, que es el limbo de los idólatras, pueden encontrarse muchos grandes eruditos. Aquí, como en casi todos los problemas éticos, la dificultad surge no tanto de la presencia de una tendencia viciosa como de la ausencia de algunas virtudes esenciales. Las posibilidades de trastorno mental que hay en la literatura no se deben tanto al amor por los libros como a la indiferencia hacia la vida y los sentimientos y todo lo que se registra en los libros. En un Estado ideal, los caballeros que estuvieran inmersos en cálculos y descubrimientos abstrusos estarían obligados por ley a charlar cuarenta y cinco minutos con un caballerizo o una patrona y a cabalgar a través de Hampstead Heath a lomos de un burro. Tendrían que aprobar un examen estatal, pero no de griego o sobre las armaduras antiguas, que son sus placeres y en los que son tan fiables como un niño jugando al tú la llevas. Tendrían que examinarse de dialecto cockney, o de los colores de los autobuses. Se les purgaría de todas las tendencias que a menudo han hecho surgir la locura a partir de la erudición; se les enseñaría a ser hombres del mundo, que es el primer paso para convertirse en hombres del universo.

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EL LOCO

La imaginación no conduce a la locura. Para ser exactos, lo que conduce a la

locura es la razón. Los poetas no se vuelven locos; los jugadores de ajedrez sí, y los contables, pero solo muy raras veces los artistas creativos. Como se verá, no pretendo atacar a la lógica: tan solo digo que la lógica, y no la imaginación, encierra ese peligro. La paternidad artística es tan saludable como la paternidad física. Más aún, vale la pena señalar que cuando un poeta era verdaderamente enfermizo normalmente lo era porque ocultaba algún punto débil de racionalidad en su cerebro. Poe, por ejemplo, era verdaderamente enfermizo, no porque fuera poético, sino por ser particularmente analítico. Incluso el ajedrez le parecía demasiado poético; le disgustaba el ajedrez porque estaba repleto de castillos y caballeros, como un poema. Confesaba preferir los discos negros de las damas porque se parecían más a los simples puntos negros de un diagrama. Tal vez lo más tranquilizador sea esto: que solo un gran poeta inglés se volvió loco: Co per. E indudablemente fue la lógica lo que le condujo a la locura, la lógica ajena y desagradable de la predestinación. La poesía no era la enfermedad, sino la medicina; la poesía le mantuvo sano en parte. A veces lograba olvidar, entre las anchas aguas y los blancos lirios del Ouse, el infierno rojo y sediento al que le empujaba la terrible necesidad. Juan Calvino le condenó; Juan Gilpin[24] estuvo a punto de salvarlo. En todas partes vemos que los hombres no se vuelven locos por soñar. Los críticos son mucho más locos que los poetas. Homero es totalmente cuerdo y tranquilo; son sus críticos los que le despedazan con extravagantes balbuceos. Shakespeare era él mismo; solo algunos de sus críticos han descubierto que era otro. Y aunque san Juan Evangelista vio muchos monstruos extraños en su visión, no vio a ninguna criatura tan absurda como sus propios comentaristas. El hecho general es muy simple: la poesía es cordura porque flota fácilmente en un mar infinito; la razón trata de cruzar el mar infinito y de convertirlo así en finito. El resultado es el agotamiento mental, como el agotamiento físico del señor Holbein. Aceptarlo todo es un ejercicio, comprenderlo todo es agotador. El poeta tan solo aspira a la exaltación y la expansión, quiere un mundo en el que

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desperezarse. El poeta pide meter la cabeza en el cielo. Es el lógico quien trata de meterse el cielo en la cabeza. Y es su cabeza la que se parte en dos.

Resulta trivial, aunque no irrelevante, que este sorprendente error se suela apoyar en una cita errónea no menos sorprendente. Hemos oído a la gente citar el famoso verso de Dryden: «El genio está íntimamente ligado a la locura». Pero Dryden nunca dijo que la genialidad estuviera ligada a la locura. Dryden era él mismo un genio y sabía lo que decía. Habría sido difícil encontrar a un hombre más romántico o más sensato que él. Lo que Dryden dijo fue esto: «Los grandes ingeniosos a menudo están íntimamente ligados a la locura», cosa que es cierta. Es la pura prontitud del intelecto lo que está a punto de quebrarse. Además la gente recordará la clase de hombre de la que hablaba Dryden. No se refería a ningún visionario místico como Vaughn o George Herbert. Se refería al cínico hombre de mundo, al escéptico, al diplomático, a los grandes políticos pragmáticos. Esos hombres son los que suelen estar próximos a la locura. Sus incesantes cálculos sobre sus propios cerebros y los de los demás son un negocio peligroso. Siempre es peligroso para la imaginación ponerse a analizar la imaginación. Algún frívolo ha preguntado por qué decimos: «loco como un sombrerero»[25]. Otra persona aún más frívola podría contestar que los sombrereros están locos porque se dedican a medir la cabeza humana.

Y si los grandes razonadores suelen ser maníacos, no es menos cierto que los maníacos suelen ser grandes razonadores. Cuando estaba implicado en una controversia con The Clarion acerca del libre albedrío, el capaz escritor R. B. Suthers dijo que el libre albedrío era demencial, porque implicaba acciones sin causa, y las acciones de un lunático no tendrían causa. No me detendré aquí en los desastrosos lapsos de la lógica determinista. Obviamente, si cualquier acción, incluso la de un lunático, puede carecer de causa, hemos despachado el determinismo. Si la cadena causal puede romperse para un loco, también puede romperse para un cuerdo. Pero mi propósito es señalar algo más práctico. Quizá fuese de esperar que un socialista marxista moderno no supiera nada acerca del libre albedrío. Lo que no dejaba de ser sorprendente es que un socialista marxista moderno no supiera nada de locos. El señor Suthers evidentemente no sabía nada de locos. La última cosa que se puede decir es que sus acciones carezcan de causa. Si hay algún acto humano del que pueda decirse que carece de causa, ésos son los actos triviales del hombre cuerdo: silbar mientras camina; golpear la hierba con una ramita; hacer chocar sus talones o frotarse las manos. Es el hombre feliz quien hace cosas inútiles; el hombre enfermo no tiene fuerzas suficientes para estar

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ocioso. Son exactamente esas acciones descuidadas y sin causa las que el loco no comprendería nunca; pues el loco (como el determinista) en general ve demasiadas causas en todo. El loco dará una significación conspiratoria a todas esas actividades vacías. Pensaría que el golpear la hierba es un atentado contra la propiedad privada. Creería que el entrechocar de talones era una señal para un cómplice. El loco sanaría si pudiera despreocuparse por un instante. Cualquiera que haya tenido la desgracia de hablar con alguien al borde o en pleno desorden nervioso, sabe que su cualidad más siniestra es una horrible claridad de detalle; una conexión de una cosa con otra en un mapa más elaborado que un laberinto. Si uno discute con un loco, es extremadamente probable que salga malparado, porque en muchos sentidos su imaginación se mueve más deprisa ya que no está limitada por el buen sentido. No la entorpecen el sentido del humor, ni la claridad, ni las ramplonas seguridades de la experiencia. Es tanto más lógico en cuanto que ha perdido determinados afectos sensatos. Desde luego, lo que suele decirse comúnmente a propósito de la locura resulta equívoco. El loco no es alguien que ha perdido la razón. El loco es alguien que lo ha perdido todo excepto la razón.

La explicación que da el loco de cualquier cosa siempre es completa, y a menudo satisfactoria en un sentido puramente racional. O, por hablar más rigurosamente, la explicación del loco, si no concluyente, al menos es irrebatible; esto puede observarse sobre todo en los dos o tres tipos de locura más habituales. Si alguien dice (por ejemplo) que los demás conspiran contra él, solo se le puede responder diciéndole que los demás lo niegan, que es exactamente lo que harían si estuvieran conspirando contra él. Su explicación justifica los hechos tanto como la tuya. O, si uno dice ser el legítimo rey de Inglaterra, no basta con responderle que las autoridades existentes lo consideran loco, pues, si fuese el legítimo rey de Inglaterra, eso sería lo más inteligente que podrían hacer las autoridades existentes. De nada sirve decirle a uno que asegura ser Jesucristo que el mundo niega su divinidad, pues el mundo entero negó la de Cristo.

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ESCRIBIR MAL

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EN DEFENSA DE LA NOVELA DE QUIOSCO

Uno de los ejemplos más extraños del grado en que suele subestimarse la

vida normal lo tenemos en la literatura popular, cuya ingente producción tildamos tan a la ligera de vulgar. Es posible que las noveluchas juveniles sean incultas en un sentido literal —lo que equivale a decir de cualquier novela moderna que lo es en un sentido químico, o económico, o astronómico —, pero no son intrínsecamente vulgares, sino el centro real de un millón de imaginaciones inflamadas.

En siglos anteriores las clases educadas ignoraban el barullo de la literatura vulgar. La ignoraban y, por tanto, no puede decirse propiamente que la despreciaran. La simple ignorancia y la indiferencia no le llenan a uno de orgullo. Nadie se pasea por la calle retorciéndose altanero el bigote mientras considera su superioridad sobre una variedad de pescado. Los viejos eruditos relegaban el submundo de las obras populares a una penumbra similar.

Hoy, no obstante, le hemos dado la vuelta a este principio. Despreciamos las obras vulgares, y no las ignoramos. Corremos el peligro de volvernos mezquinos al estudiar la mezquindad; en el trasfondo está la terrible ley Circeana por la que si el alma se agacha demasiado ostentosamente para examinar algo jamás vuelve a levantarse. No hay ninguna clase de publicaciones vulgares acerca de la que circulen más exageraciones y malas interpretaciones que la actual literatura para muchachos del estrato más ínfimo. Presumiblemente, este tipo de obras las ha habido siempre y debe haberlas. Aspiran tanto a ser buena literatura como pueda aspirar a ser oratoria elegante la conversación diaria de sus lectores o a ser arquitectura sublime las casas de huéspedes y las casas de vecindad. Pero la gente debe conversar, debe tener casas y debe tener historias. La simple necesidad de algún tipo de mundo ideal en el que las personas ficticias desempeñen sin estorbo un papel es infinitamente más vieja y profunda que las normas del arte serio, y mucho más importante. Todos, en nuestra infancia, hemos elaborado un dramatis personae invisible como ése, pero a ninguna de nuestras niñeras se les ocurrió corregir nuestra invención mediante una meticulosa comparación con Balzac. En Oriente, el narrador profesional va de pueblo en pueblo con una pequeña alfombra; y lo cierto es que me encantaría

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que alguien tuviera el valor moral de extender dicha alfombra y sentarse en ella en Ludgate Circus. Pero no es probable que todos los cuentos del portador de la alfombra sean pequeñas joyas de originalidad artística. La literatura y la ficción son dos cosas completamente diferentes. La literatura es un lujo, la ficción una necesidad. Una obra de arte nunca es demasiado corta, pues su mérito radica en el clímax. Una historia nunca es demasiado larga, pues su conclusión siempre es algo lamentable, como el último penique o la última cerilla. Por eso, mientras el desarrollo de la conciencia artística tiende, en las obras más ambiciosas, a la brevedad y el impresionismo, las obras voluminosas son la marca de fábrica del creador de las auténticas naderías románticas. Las baladas de Robin Hood no tenían fin; y tampoco lo tienen los volúmenes sobre Dick Deadshot y los Nueve vengadores. Ambos héroes se concibieron deliberadamente como inmortales.

Pero, en lugar de basar toda la discusión del problema en la admisión del hecho, tan de sentido común, de que los jóvenes de las clases inferiores siempre han tenido y siempre deberán tener lecturas informes e interminables de algún tipo, y a continuación procurar que sean lo más saludables posible, comenzamos, en general, a referirnos a dichas lecturas con sorpresa e indignación porque los muchachos descarriados a los que nos referíamos no lean El egoísta y Solness, el constructor[26]. Existe la costumbre, en particular entre los magistrados, de culpar a las novelas de quiosco de la mitad de los crímenes de la metrópolis. Si algún ladronzuelo desarrapado roba una manzana, el magistrado señala agudamente que el conocimiento por parte del mozo del hecho de que las manzanas calman el hambre se remonta a ciertas curiosas investigaciones literarias. Los propios chicos, cuando se arrepienten, suelen acusar a esas noveluchas con gran amargura, como es de esperar de unos jóvenes que carecen de cualquier sentido innato del humor. Si yo hubiera falsificado un testamento y consiguiera atraerme la compasión general justificando el incidente por la influencia de las novelas del señor George Moore, el engaño me resultaría de lo más entretenido. En cualquier caso, la mayoría de las personas tienen firmemente grabado en la imaginación que los muchachos del arroyo, a diferencia del resto de la gente, extraen de los libros los motivos principales de su conducta.

No obstante, está muy claro que esta objeción, la objeción planteada por los magistrados, no tiene nada que ver con los méritos literarios. Escribir malas novelas no es un crimen. El señor Hall Caine se pasea tranquilamente por la calle sin que podamos meterlo en la cárcel por un anticlímax. La objeción se basa en la teoría de que el tono de la mayoría de los folletines

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juveniles es criminal y degradante y conduce a la codicia y la crueldad. Tal es la teoría de los magistrados, y no deja de ser una tontería.

Por lo que he podido ver, en lo que se refiere a los puestos de libros más indecorosos de los barrios más pobres, los hechos se reducen a esto: la mayor parte de la literatura vulgar juvenil tiene que ver con aventuras y vagabundeos inconexos e interminables. No expresa pasiones de ningún tipo. Discurre eternamente por ciertos surcos de tipo histórico y local: el caballero medieval, el duelista dieciochesco y el vaquero moderno aparecen retratados con la misma envarada simplicidad que las figuras humanas convencionales en un diseño oriental. Me resulta igual de difícil imaginar a alguien cuyos apetitos se inflamen al contemplar su alfombra turca que mediante una narrativa tan desnuda y deshumanizada como ésa.

Entre estas historias hay varias que tratan compasivamente las aventuras de ladrones, forajidos y piratas, y presentan bajo una luz romántica y dignificada a ladrones y asesinos como Dick Turpin y Claude Duval. Es decir, hacen precisamente lo mismo que alter Scott en Ivanhoe, Rob Roy o La dama del lago, Byron en El corsario, ords orth en La tumba de Rob Roy, Stevenson en Macaire, el señor Max Pemberton en El pirata de hierro y miles de obras más que se distribuyen sistemáticamente como premios y regalos de Navidad. Nadie imagina que la admiración por Locksley en Ivanhoe lleve a ningún muchacho a arrojar flechas japonesas contra los ciervos de Richmond Park; nadie cree que el imprudente comienzo del poema de Rob Roy de ords orth vaya a empujarle a una vida de chantajista. Y si, en el caso de nuestra propia clase, todos admitimos que los jóvenes ven con buenos ojos esa vida bárbara, no porque se parezca a las suyas, sino porque es diferente, al menos podría ocurrírsenos que cualesquiera que sean los motivos por los que un muchacho descarriado lea La venganza roja, no tiene que ser necesariamente porque esté goteando con la sangre de sus amigos y parientes.

En este asunto, como en todas las cuestiones semejantes, perdemos por completo los papeles al hablar de «clases inferiores», cuando nos referimos a toda la humanidad con excepción de nosotros mismos. Esta literatura romántica y superficial no es especialmente plebeya: es simplemente humana. El filántropo no logra olvidar las clases y las extracciones sociales. Dice con un modesto encogimiento de hombros: «He invitado a veinticinco empleados de la fábrica a tomar el té». Si dijera: «He invitado a veinticinco expertos contables a tomar el té», todo el mundo repararía en lo ridículo de una clasificación tan simplista. Pero eso es lo que hemos hecho con ese montón de obras descabelladas: hemos examinado, como si se tratara de alguna

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enfermedad nueva y monstruosa, lo que en realidad no es más que el corazón alocado y valeroso del hombre. La gente corriente siempre será sentimental, pues un sentimental no es más que alguien que tiene sentimientos y no se toma la molestia de inventar otro modo de expresarlos. Estas publicaciones vulgares y corrientes no tienen nada de especialmente maléfico en sí mismas. Expresan los tópicos sanguíneos y heroicos en los que se basa la civilización, pues es evidente que si la civilización no se basa en tópicos, no se basa en nada. Está claro que ninguna sociedad en la que se tomase la observación, por parte del ministro de Justicia, de que el asesinato está mal por un epigrama original y sorprendente, podría considerarse segura.

Mucho nos irritaría que los autores y editores de Dick Deadshot y otras obras singulares hicieran una redada entre las clases educadas, le tomaran la filiación a toda persona, por distinguida que fuese, a la que encontraran en el ala de lectura de la universidad, nos confiscaran las novelas y nos indicasen cómo enmendar nuestras vidas. Y sin embargo, tienen más derecho a hacerlo que nosotros, pues, pese a toda su idiocia, son ellos los normales y nosotros los anormales. Es la literatura moderna de las clases educadas, no la de los ineducados, la que es confesa y agresivamente criminal. Sobre las mesas de todos nuestros salones hay libros que recomiendan la disipación y el pesimismo, y que harían estremecer al muchacho más descarriado. Si el propietario más viejo e indecente del puesto de libros más viejo e indecente de hitechapel osara exhibir libros que verdaderamente recomendasen la poligamia y el suicidio, serían requisados por la policía. Semejante asunto es privilegio nuestro. Y, haciendo gala de una hipocresía tan grotesca que casi carece de parangón en la historia, calificamos a los chicos del arroyo de inmorales al tiempo que discutimos (con equívocos profesores germanos) si la moralidad es o no válida. A la vez que maldecimos a los folletines por alentar al robo, discutimos el postulado de que toda propiedad es un robo. En el preciso instante en que les acusamos (de manera bastante injusta) de lubricidad e indecencia, leemos alegremente libros de filosofía que se regocijan en la lubricidad y la indecencia. En el preciso instante en que les acusamos de animar a los jóvenes a destruir la vida, discutimos plácidamente sobre si vale la pena o no preservarla.

Pero somos nosotros las excepciones morbosas; somos nosotros la clase criminal. Ese debería ser nuestro consuelo. La gran masa de la humanidad, con su gran masa de libros y palabras insustanciales, no ha dudado ni dudará nunca de que el valor es algo maravilloso, ni de que la fidelidad es algo noble, ni de que hay que rescatar a las damiselas en apuros y respetar la vida de los

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vencidos. Hay muchas personas cultivadas que ponen en duda estas máximas de la vida diaria, igual que hay un gran número de personas que creen ser el príncipe de Gales y, según tengo entendido, ambos tipos de personas pueden ser conversadores de lo más entretenidos Pero el hombre o el muchacho corriente escriben todos los días en esos grandes y alegres diarios de sus hijos, que llamamos noveluchas, un evangelio mejor y más claro que cualquiera de esas paradojas éticas iridiscentes que la gente a la moda cambia con tanta frecuencia como de sombrero. Puede que dispararle a un «traidor desleal y traicionero» sea un objetivo moral muy limitado, pero al menos es un objetivo mejor que ser un traidor desleal y traicionero, como proponen resumidamente tantos sistemas modernos, desde el señor D’Annunzio en adelante. Mientras la fina y tosca textura de la simple novela popular se mantenga incólume de esa cultura despreciable no será vitalmente inmoral. Estará siempre del lado de la vida. Los pobres —los esclavos que verdaderamente se inclinan ante las cargas de la vida— a menudo han sido locos, descerebrados y crueles, pero nunca han sido desesperanzados. Eso es un privilegio de clase, como los cigarros puros. Su absurda literatura siempre será una literatura de «sangre y truenos», tan sencilla como los truenos del cielo y la sangre de los hombres.

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ESCRIBIR MAL

Muchos sugieren que todos los libros deberían reseñarse como si se

publicaran por primera vez, aun cuando se trate de las Fábulas de Esopo o de la Odisea. En el primer caso deberíamos decir: «El señor Esopo no demuestra demasiada originalidad, desde el punto de vista de la psicología moral, al tratar el personaje del lobo; no obstante un humor sosegado recorre toda la obra, que resulta muy refrescante en estos días tan complejos y morbosos». O, en el caso del poema épico, se supone que deberíamos decir: «Con esta obra el señor Homero le ha hecho un flaco favor a su reputación. El éxito obtenido con su enérgica y sugestiva Ilíada no debería haberle llevado a pensar que el público le perdonaría su facundia de poetastro». La idea resulta atractiva, pero injusta después de todo. Para juzgar un libro con ecuanimidad no basta solo con mirarlo como si nunca lo hubiéramos visto antes. Debemos mirarlo como si nunca hubiéramos visto ninguno de sus efectos, ni sus ramificadas influencias, ni a sus millones de imitadores, ni a sus panegiristas, ni a sus críticos, ni a los panegiristas de los panegiristas, o a los críticos de los críticos. La verdad es que abordamos cualquier obra maestra como Hamlet a través de la atmósfera neblinosa creada por la propia obra maestra. Sabemos que es genial antes de poder siquiera preguntarnos si es buena. El mismo intento de dilucidar cómo debería hacerse tiene algo de absurdo; igual que lo tienen los intentos filosóficos modernos por señalar cómo debería haberse dirigido el cosmos o la creación. ¿Cómo vamos a discutir el modo en que deberíamos haber escrito las obras de Shakespeare? Shakespeare nos describió a nosotros. Y usted y yo (estoy seguro de que estará de acuerdo) somos dos de sus mejores personajes.

En un grado muy inferior, pero siempre en el mismo sentido, podemos decir que Alexandre Dumas ocupa una posición privilegiada de la que no se le puede desalojar. Tiene muchas cualidades en común con los clásicos, incluso con los clásicos mucho más importantes que él en la historia de la literatura. Hay algo que sin duda comparte con los grandes hombres: que es indefendible. Se tumba, como Shakespeare, cuan largo es y muestra todas sus idioteces; está tan expuesto a los ataques que la palabra que mejor lo define no es tanto indefendible como indefenso, soberbia y sonrientemente

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indefenso. Tiene la desnudez de los gigantes. Tiene esa característica absolutamente saludable de los verdaderamente fuertes; me refiero a que su debilidad es solo mera debilidad y nada más. Sus desfallecimientos son tan largos, profundos y saludables como el largo período de una siesta saludable; la estupidez del hombre fuerte es tan fuerte como el sueño, y no, como la estupidez de los espíritus menos brillantes, una mera cabezada nerviosa. El hombre que escribió Los tres mosqueteros debió de ser un hombre de un sorprendente talento literario y también de eso que los modernos llaman temperamento, es decir, la capacidad de ver el mundo tan poético y elevado como obviamente es. Sin embargo, ese mismo hombre podía escribir (o, como dicen algunos, hacer que se escribieran) cientos de novelas, de las cuales son buenos ejemplos Ascanio y La guerra de las mujeres: volúmenes colosales e interminables en los que a menudo no hay ni rastro de la súbita y confiada inspiración con la que enviaba a D’Artagnan a pelear con tres bravucones que se hacían mutuamente de testigo, o con la que se llevaba a un gran soldado y político inglés dentro de una caja de madera. Cualquiera que se dedique a escribir puede comprender que se escriba mal; yo, por ejemplo, lo hago constantemente. Escribir mal es consustancial al periodismo; escribir mal es, en esos casos, casi la definición de vivir honestamente. Pero escribir mal a una escala tan enorme; escribir mal con una ambición conceptual tan inmensa; escribir mal con tan vasta producción de palabras y páginas; y escribir tan mal como lo hizo Dumas…, eso no es propio de un espíritu corriente. Es necesario ser un gran hombre para escribir así de mal. Hace falta tanto valor como para construir una catedral fea y contemplarla como si estuviera triunfantemente fundada en el cielo. Tanto coraje como para construir la Gran Muralla china y construirla mal a propósito. Si Dumas fue fútil, lo fue casi en el mismo sentido que Napoleón.

Bueno, malo o indiferente, a Dumas hay que tratarlo como a un clásico; bueno, malo o indiferente, quienes se interesan por los clásicos deben publicarlo íntegramente. Esa es la actitud que se ha adoptado inteligentemente con respecto a todas las obras de todos los autores grandes aunque irregulares. Los críticos incluyen casi a regañadientes entre las obras de Shakespeare obras como Troilo y Cresida o Cimbelino, con el resultado de que la siguiente generación de críticos declara que son las únicas obras de Shakespeare que verdaderamente valen la pena. Los viejos y cordiales admiradores de Dickens lamentaron que el hilarante Maestro de Festejos que había creado a Pick ick terminara por volverse tan triste, desfallecido e impotente como para rebajarse a escribir La pequeña Dorrit. Motivo por el cual el señor George Gissing, un

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hombre de auténtica inspiración literaria, casi llegó a decir que La pequeña Dorrit le parecía el mejor libro de Dickens. No es prudente desechar sin más las obras de los mejores escritores; pues, de hacerlo, nos encontraremos a los mejores críticos con la cabeza metida en el cubo de la basura. Sin embargo, podemos hablar sin miedo de la mala calidad de gran parte de sus obras, siempre que no propongamos llevarlo coercitivamente a la práctica. Shakespeare y Dickens se parecen a Dumas, no solo en el hecho de que sus pasajes malos son muy malos, sino en el hecho de que sus pasajes malos son muy largos. Cuando empezaban a decir sinsentidos se ponían a hacerlo con dedicación y sin dudarlo un instante. Creo que se podría recopilar el peor libro del mundo seleccionando únicamente pasajes de los mejores escritores del mundo.

Nada demuestra mejor la salud esencial de la democracia humana al juzgar este tipo de cosas que el hecho de que sea precisamente esta imperdonable prodigalidad y prolijidad la que más fácilmente se les perdona. En un sentido abstracto, cualquiera pensaría que es más prudente no escribir ningún libro que escribir uno malo. En un sentido abstracto, cualquiera pensaría que, puestos a condenar a alguien, el público condenaría a quien siguiera escribiendo libros cuando todo el mundo querría que dejase de hacerlo. Pero lo cierto es que la mayor parte de la gente ha hecho con sus autores favoritos, como Dumas, exactamente lo que más penoso e irrealizable parecía: escoger por sí mismos. Leen Los tres mosqueteros con un arrebato justo y honroso. Leen las Memorias de un médico con auténtico placer. Y leen Ascanio sin ningún resentimiento aparente.

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LAS MALAS COMPARACIONES

Nunca he llegado a entender la frase que dice que todas las comparaciones

son odiosas; pero cualquiera puede darse cuenta de que incluso la mejor de las comparaciones solo es elogiosa relativamente. Una interpretación literal puede convertir la mayor parte de los elogios en insultos. No conviene tomar al poeta por botánico cuando dice: «Mi amada es como la roja, roja rosa»[27]. Hay rosas que podrían sugerir una tez demasiado apopléjica y resultar ofensivas para la dama. Y hay damas de las que podría decirse que resultarían ofensivas para la rosa. El verso de la versión moderna de Annie Laurie[28], «Su cuello es como el cisne», siempre me sugirió una modificación muy sorprendente y, en cierto modo, alarmante de la figura humana; aunque dicho verso me parece una mistificación añadida por la falsa modestia de alguien a quien le turbó la hermosa simplicidad de la versión antigua. Pero hay otro sentido de la palabra «comparación» que puede conducir a un error o equivocación similar. Se trata de esa clasificación gramatical en tres grados: positivo, comparativo y superlativo, tan bien ilustrada por el ejemplo del inteligente niño que dio la extensión de un adverbio en la forma: «Enfermo, peor, muerto». Cosa que, aunque fundada en una experiencia eminentemente práctica, no es un ejemplo muy exacto de lógica gramatical.

Ahora bien, hay muchas grandes frases que, utilizadas en la práctica como comparaciones, no son ni mucho menos tan verdaderamente comparativas como la tríada de aquel crío. Me refiero a que mucha gente supone que una cosa es una extensión o un exceso de otra, cuando en realidad se trata de algo totalmente distinto; y en ocasiones incluso de su contrario. Por ejemplo, algunas personas tienen un prejuicio instintivo contra la palabra «autoridad». O bien dan por sentado que autoridad es una forma pomposa de referirse a los meros abusos, o bien, en el mejor de los casos, piensan que los meros abusos son un exceso de autoridad. Pero los abusos son prácticamente lo contrario de la autoridad. La tiranía es el contrario de la autoridad, pues la autoridad es simplemente el derecho; y nadie dispone de autoridad a menos que tenga derecho a hacer algo, y por tanto haga bien haciéndolo. Con frecuencia ocurre, en este mundo imperfecto, que uno tiene el derecho a hacer algo y no el poder de hacerlo. Pero nunca tendrá ni rastro de autoridad quien solo tenga

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el poder de hacer algo y no el derecho de hacerlo. Si alguien piensa que cualquier forma de dominación es injusta, basta con que diga que le disgusta la injusticia, pero no es necesario que diga que le disgusta la autoridad. Porque la injusticia, como tal, carece de autoridad en absoluto. Además, uno solo puede tener autoridad si admite que hay alguien mejor que él, mientras que el déspota no se fija en nadie más que en sí mismo. Así que no se trata de que haya autoridad, y por tanto tiranía —que sería un exceso de autoridad—, pues la tiranía es la falta de autoridad. La tiranía supone una falta de autoridad porque aunque, por supuesto, un individuo pueda emplear mal el poder que le haya sido concedido, al hacerlo será contrario a la ley del derecho, de la que debería emanar su propia autoridad. Abusar de la autoridad es lo mismo que atacar a la autoridad. Un policía deja de ser un policía cuando acepta un soborno para detener a un inocente; se convierte en un criminal. No abusa de su autoridad, la reduce a la nada.

Otro ejemplo de falsa comparación, que en realidad no es una comparación sino un contrario, es la distinción entre avaricia y austeridad. Aquí, una vez más, es posible que alguien pase de una cosa a la otra, pero solo violentando a la otra y nunca exagerándola. En realidad se trata de contrarios, aunque sea cierto que a veces las cosas dan lugar a sus contrarios. El amor puede convertirse en odio; un hombre puede empezar por querer casarse con una mujer y terminar queriendo asesinarla. Pero no por eso deja el amor de ser el contrario del odio, y ni siquiera nuestros pensadores más avanzados se atreverían a decir que el matrimonio y el asesinato son la misma cosa. Un hombre licencioso en su juventud, puede llegar a estragarse hasta tal punto de volverse puritano en su vejez. Pero su reacción no deja de ser una reacción por el solo hecho de ser morbosa y exagerada. Del mismo modo, una persona austera puede convertirse en avara, pero al convertirse en avara dejará de ser austera. Y sobre todo no se estará volviendo más austera. El avaro es alguien que se ha desviado de su búsqueda de la austeridad y se ha dejado seducir por la búsqueda del dinero. Esa clase de locura siempre amenaza, como posible tentación y perversión, la vida del hombre. La idolatría es siempre un peligro para el alma, y la idolatría supone la adoración del instrumento. Quien se considera justificado para desenvainar la espada de la justicia puede ser tentado por el diablo y terminar adorando no la justicia sino la espada. Eso es lo que le ocurrió al pobre Nietzsche y le llevó a escribir esa frase que sigue siendo el lema de Prusia y el prusianismo: «Decís que una buena causa justifica una guerra, yo digo que una buena guerra justifica cualquier causa». El campesino que empuña el arado puede caer en la misma

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tentación que el soldado que empuña la espada, pero ambos estarán revolviéndose contra sus propias herramientas. Pues el campesino que piensa más en sacos de dinero que en sacos de harina, es menos campesino cuanto más avaro se vuelve. Y el verdadero soldado no abraza la espada, sino la bandera.

Austeridad viene de austero; y el avaro es alguien que no puede ser austero. El auténtico significado de austero consiste en sacar el máximo provecho de las cosas; y el avaro no saca ningún provecho de nada. En él todo el proceso, de la semilla a la cosecha, se detiene en la etapa mecánica e intermedia del dinero. No cultiva nada para alimentar a la gente, ni para alimentar a una sola persona, ni siquiera para alimentarse él mismo. El avaro pasa hambre, y se la hace pasar a los demás, para adorar la riqueza en su forma muerta, en contraposición a su forma viviente. En ocasiones se da entre los campesinos, como el déspota se da en ocasiones entre los soldados. Pero, en ese sentido concreto, el uno es un mal campesino y el otro un mal soldado. La morbosa cultura moderna de las ciudades industriales tiene por costumbre acusarlos a ambos de ceder siempre a la tentación. Pero las ciudades tienen sus propias tentaciones, y los críticos ciudadanos generalmente sucumben a todas ellas. No comprenden ni el sentido de la libertad de los campesinos, ni el sentido de la lealtad de los soldados; y dan siempre por sentado que solo hay avaricia en la independencia económica de los primeros y brutalidad en la obediencia militante de los segundos. El contacto real, sea con los campesinos o con los soldados, le demuestra enseguida a cualquiera que las aberraciones de la avaricia o la arrogancia son excepcionales. El efecto general de la disciplina en los soldados decentes es convertirlos en camaradas agradables y bastante más modestos y pacíficos que la mayoría de las personas. El efecto real de la austeridad en la mayor parte de los campesinos es volverlos ingeniosos e inteligentes en su hospitalidad habitual y en las relaciones humanas. Lo único que les diferencia del resto de las personas sociables y sencillas es que comprenden esa noción tan importante que los economistas llaman «economía de consumo».

Una campesina francesa o flamenca sacará mucho más provecho de las migajas de la cocina, o incluso de las malas hierbas del jardín, que el que sacará una proletaria de la comida de lata y de los productos anunciados en una ciudad comercial. Y normalmente estará tan satisfecha, por no decir orgullosa, de ofrecerles sus guisos a otras personas como lo estaría de presidir un aburrido cóctel en Mayfair. Pero la prueba de sus pretensiones, de su orgullo —uno casi diría de su profesión— se refiere por entero al producto

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concreto. Para la campesina sensata, más que para nadie, obras son amores y no buenas razones. Aunque puede ocurrir que pierda la cabeza y no piense en otra cosa que en el dinero, pues las enfermedades del alma flotan en el aire. Así es probable que en cada pueblo haya un avaro, es decir, un loco. Pero su locura nada tiene que ver con la cordura o la austeridad. La austeridad es en sí misma un anhelo por que las cosas, animales, vegetales y minerales, prosperen y produzcan; y por evitar que se desperdicien o, en otras palabras, se destruyan. Que las personas particulares necesiten ser advertidas de los peligros relativos a la avaricia que pervierte a la austeridad es una cuestión de educación moral y religión, pero el primer principio es que el avaro no es alguien más austero, sino alguien mucho menos austero, pues desperdicia más el dinero que un manirroto.

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LAS CREENCIAS

Hace un tiempo, a raíz de la agitación provocada por un libro bastante

peculiar titulado ¿Quién abrió la tumba?[29] y que, con el debido respeto, podría describirse como una novela de detectives divina y casi como un thriller teológico, un virulento periodiquillo de la calle Fleet hizo una observación que desde entonces ha permanecido grabada en mi memoria como algo mucho más misterioso que la novela más misteriosa del mundo. El articulista decía que quienquiera que creyera en la Resurrección estaba obligado a creer también en la historia de Aladino en Las mil y una noches. No tengo ni idea de qué era lo que pretendía decir con eso. Y supongo que él tampoco. Pero tan curiosa conjunción de ideas ha vuelto a mi imaginación a propósito de las interesantes sugerencias hechas por el señor Christopher Da son[30] acerca de eso que podríamos llamar la historia de la ciencia. A primera vista, la citada observación del virulento periódico carece de otra cualidad que su virulencia. No hay ninguna conexión lógica que lleve de creer en un suceso maravilloso a creer en otro, ni siquiera aunque sean exactamente similares y no absolutamente diferentes. Si creo que el capitán Peary llegó al Polo Norte, no por eso estoy obligado a creer que el doctor Cook también llegó al Polo Norte, aun cuando ambos llegaran, con sus perros y trineos, por las mismas nieves. Se trata, por tanto, de una falacia incluso si las dos cosas están lo suficientemente relacionadas como para poder ser comparadas. Pero la comparación del milagro del Evangelio con el cuento fantástico árabe se cuenta entre las menos afortunadas del mundo. En un caso hay una razón clara y concreta para considerarlo verdadero, o al menos pensar que tenía la intención de serlo y en el otro una razón clara y concreta para percatarse de que el cuento no solo no es verdadero sino que ni siquiera tiene intención de serlo.

Los argumentos históricos de la Resurrección son que cualquiera, salvo los apóstoles, habría tenido motivos para denunciar qué se había hecho del cuerpo, si es que se hizo algo con él. Los apóstoles podrían haberlo escondido para anunciar un falso milagro, pero se hace muy difícil imaginar a nadie dejándose torturar y matar por defender la autenticidad de un milagro que sabían falso. En el caso del testimonio de los apóstoles todas las

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circunstancias generales apuntan a que es verdadero. En el caso del cuento árabe, las circunstancias generales confiesan y proclaman que es falso, pues el propio libro nos dice que todos los cuentos los contó una mujer para entretener al rey y disuadirlo de la idea de cortarle la cabeza. No es muy probable que un narrador en semejante situación personal se limite estrictamente a la monótona exactitud, y es casi imposible advertir más claramente al lector de que todos los cuentos son inventados. En un caso, por tanto, tenemos testigos que, no solo consideran cierto el asunto, sino que lo consideran tan cierto como la muerte, o incluso más cierto que la muerte. Hasta el punto de preferir la muerte antes que negar su verdad. En el otro tenemos a un narrador que, para tratar de escapar a la muerte, tiene todos los motivos del mundo para mentir. Si san Juan el Bautista hubiera querido escapar a la decapitación, y hubiese salvado la vida mediante la invención sobre la marcha de una larga sarta de leyendas mesiánicas o cristianas tempranas con las que distraer la atención del rey Herodes, yo no tendría en cuenta ningún «mito sobre la resurrección» que pudiera alegar como incontestable argumento histórico a favor de la Resurrección. Pero como el caso es que a los apóstoles los mataron, y a san Juan el Bautista también, me parece que ningún estudioso sensato puede equiparar su testimonio con un fragmento de Las mil y una noches.

Solo me he detenido un instante en este descabellado y absurdo paralelismo para señalar el extraño modo en que los escépticos actuales rehúsan seguir un argumento y se limitan a seguir una especie de asociación o analogía. Pero mis verdaderos motivos para recordar esta peculiar observación sobre Las mil y una noches radican en un tipo de analogía, mucho más genuina, entre la ciencia occidental y la magia oriental. Nadie que no sea un loco buscaría la realidad o la fe en Las mil y una noches. Pero, curiosamente, los matemáticos árabes tenían algo de magos árabes. Había un aroma de magia oriental en la genuina sabiduría oriental; incluso cuando esa sabiduría se aplicaba a cosas por las que el mundo siempre les estará agradecido: la geometría o la química, las matemáticas o la medicina. Así nos topamos con la paradoja de que se puedan encontrar, después de todo, ciertos elementos científicos en Las mil y una noches, aunque difícilmente se encontrará algo muy edificante o elevado en lo relativo a los elementos de la religión. En pocas palabras, la vieja y vaga, e incluso oscura, conexión entre la medicina y la magia tiene una especie de significado oculto de gran interés histórico, que ha sido desarrollado por el señor Da son en su estudio sobre

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los elementos occidentales de la primera ciencia medieval, plasmado en el libro de ensayos titulado La religión medieval.

Este punto concreto, aunque no está relacionado con la religión, si lo está y de un modo muy singular con la ciencia. La idea es la siguiente: la magia (en el sentido antiguo) y la medicina (en el sentido moderno) se parecen mucho en una cosa, puesto que ambas se apartan de la idea pura y abstracta de la ciencia que tenían los antiguos griegos. La ciencia es sinónimo de conocimiento, y para los antiguos eso era lo que significaba. No buscaban otra cosa que el placer del conocimiento, y en particular les enorgullecía conocer una gran cantidad de cosas inútiles. Por eso la ciencia preferida por los griegos era la astronomía, porque era tan abstracta como el álgebra. Y cuando el filisteo preguntaba: «¿Qué me importan a mí las Pléyades?», el filosofo respondía: «A mí me importan tanto más cuanto menos me importan». Podemos decir que el ideal griego consistía en no encontrarles uso a las cosas útiles. El esclavo era quien aprendía las cosas útiles; el hombre libre aprendía las inútiles. Ese sigue siendo el ideal de muchos nobles hombres de ciencia, en el sentido de que aspiran a la verdad como lo hacían los grandes griegos; y su actitud es una eterna protesta contra la vulgaridad del utilitarismo. Pero había y hay otro aspecto de la ciencia, representado desde el primer momento por disciplinas como la medicina, que también merece nuestro respeto. Y si hubo alguna conexión de la medicina con la magia, es porque la magia siempre fue extremadamente práctica.

Puede que el mago moderno, a menudo un caballero de lo más respetable, haya dejado de creer que clavar alfileres en la imagen de cera de un político sea un acto de utilidad social. Pero también puede ser que el moderno hombre-medicina haya dejado de creer que la sangre de tejón mezclada con vino y sal sea siempre una cura instantánea para el reumatismo. Semejante cambio de opinión referido a los hechos o a los simples detalles no se diferencia en nada de cualquier otro cambio moderno en los métodos médicos, como el de curar la tuberculosis primero cerrando todas las ventanas y después abriendo todas las ventanas. La cuestión es que a ambos tipos de hombre-medicina los contrataban personas que querían algo rápido y práctico, como matar políticos o curarse el reumatismo. Y lo característico de esta clase de ciencia, a la que el señor Da son sigue la pista hasta Oriente, es que siempre se jacta de poseer poder, a diferencia del otro tipo dedicado a disfrutar de la verdad. Casi todos nos hemos encontrado con uno de esos místicos teosóficos que se pasan la vida susurrando que pueden mostrarnos el camino hacia el poder: con solo repetir: «Soy la sabiduría; soy el poder»

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setenta veces delante del espejo podremos controlar el mundo. Semejante característica se daba ya incluso en la medicina medieval. La ciencia medieval, desde luego, era más práctica que la ciencia pagana, pero a veces parecía demasiado práctica para ser del todo sensata. Igual que esos higienistas que se preocupan tanto por la salud que no puede ser saludable. Es difícil apoyarse siempre en ese elemento de poder sin envenenarlo con algún elemento de orgullo. Así, curiosamente, Aladino y la lámpara maravillosa tienen en verdad cierta relación remota con los milagros de la ciencia, aunque no tengan ninguna con los milagros de la religión.

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LAS METÁFORAS ABSURDAS

Muy por encima del horrible montón de libros que he escrito, y que ahora

llenan las máquinas de pulpa o las papeleras del mundo, hay un gran número de libros que no he escrito, gracias a que la providencia se interpuso para proteger a mis congéneres, que no habrían podido soportar ni uno solo más. Entre ellos recuerdo que había una narración particularmente extravagante, algo entre una pantomima y una parábola sobre una variedad de lo que los nuevos psicólogos llamarían satisfacción de los deseos. Como la mayoría de las ideas de los nuevos psicólogos, se trata de una idea con la que están familiarizados hasta los fabulistas más rancios y anticuados. Se la puede encontrar en cualquier libro de cuentos populares bajo el título de «Los tres deseos»; en particular en ese excelente estudio sobre la vanidad de los deseos humanos en el que un hombre se ve obligado a malgastar la breve omnipotencia de un dios en entenderse con una morcilla[31]. Pero en mi historia la morcilla no era ni tan negra ni tan indigesta como las que producen las pesadillas de Freud. La mía, como la suya, estaba hecha del material del que están hechos los sueños, con la diferencia de que la mía era solo una bobada y no ese peligroso material que tanto acaba pesando en el corazón. Por lo que recuerdo era una historia completamente demencial, pero eso no la habría salvado de las rigurosas bibliotecas de la moderna ciencia mental.

Trataba de unas personas que habían alcanzado un estado de imaginación tan transparente e hipersensible que en cuanto mencionaban alguna cosa, ésta se materializaba ante sus ojos, incluidas las metáforas o las figuras del lenguaje en las que no habían pensado conscientemente como algo material. Así, si dos amantes estaban hablando y tomando el té en una casita rosada en un tranquilo pueblo inglés y a uno de ellos se le ocurría decir: «Por supuesto, puede que se trate de un elefante blanco», inmediatamente aparecía en mitad de la calle un descomunal elefante blanco que pisoteaba las rosas y asomaba la cabeza por la ventana rosada. O si un viejo y afable terrateniente se encontraba, mientras paseaba entre los quietos olmos del parque de sus ancestros, con un escándalo político en el periódico y decía con impaciencia: «Este hombre se ha metido en un avispero», inmediatamente veía en la cimbreante copa del olmo a un pobre desdichado recibiendo picotazos

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mientras trataba de introducirse en un avispero. El hombre más gracioso e inofensivo no podía decir: «Se me pone la cara colorada», sin que su tez sufriera un cambio de lo más peculiar, o ni siquiera: «Lo veo todo negro», sin transformar el paisaje y darle un tono monocromático, con vacas negras o bebés negros divirtiéndose bajo una luna negra.

Supongo que el efecto que esto tendría sería introducir cierta austeridad y freno en el lenguaje humano. En los círculos literarios prevalecería un estilo más llano y sin adornos. A los escritores refinados les aterrorizaría aún más introducir metáforas complejas, pues una metáfora compleja paseándose por la calle sería incluso más terrorífica que otros híbridos como el centauro o el grifo. De modo que observarían una considerable economía al hacer metáforas, y no digamos al combinarlas unas con otras. Para ellos, como para la señora Malaprop[32], una alegoría sería tan devoradora como un cocodrilo. Es un viejo principio que, a veces, cuando conseguimos lo que queremos, nos damos cuenta de que no lo queríamos; pero las perspectivas serían mucho más alarmantes si siempre lo consiguiéramos todo, no solo cuando lo quisiéramos, sino cada vez que lo mencionáramos. La vaga idea en el fondo de mi frustrada visión era describir una especie de mareante torbellino de deseos cumplidos y sueños hechos realidad para sugerir lo intolerable que resultaría semejante omnipotencia imaginativa. Sería como caminar sobre guijarros que se hundieran y deslizaran constantemente, sobre un terreno en el que nuestros movimientos o actividades no tuvieran el menor resultado. Un mundo en el que se ablandase así la solidez de las cosas sería el medio ideal para el reblandecimiento del cerebro. Terminaríamos clamando por la firmeza de la realidad, dispuestos a abandonar nuestro paraíso de poderes mágicos por el placer de plantar el pie en un clavo puntiagudo o de rasparnos la espinilla contra una caja. Algo muy parecido a esa pesadilla de lujo y libertad recorre gran parte de la literatura más irresponsable o desordenada de nuestro tiempo, en la que a uno lo empujan a negarlo todo porque no se le ha negado nada, y acaba descubriendo, en una omnipotencia a la que no tiene derecho, una impotencia para la que no tiene cura.

Puede parecer excesivo relacionar el absurdo de las metáforas físicas con la idea de la desesperación filosófica. Las figuras del lenguaje son arriesgadas, pues con el arte ocurre como con la aritmética: que no todo el mundo está dotado para los números. Reclamo humildemente que mis símbolos son más adecuados que los de algunos de esos maravillosos análisis modernos del significado de los sueños, en los que recolectar una col y meterla en una sombrerera es la expresión espiritual espontánea del deseo de

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asesinar al padre; o ver a un gato verde saltar desde un farol amarillo la manera más clara de indicar que uno está deseando fugarse con la camarera. Y las metáforas, sin duda, desempeñan un papel muy concreto en la clase de metafísica absurda a la que me refiero. Quienes sufren de este particular reblandecimiento moderno del cerebro tienen una gran tendencia a conservar la metáfora mucho después de haber perdido el sentido. Las figuras del lenguaje son como los fósiles de pájaros o peces arcaicos, formados en algún pedregoso sedimento y encajados en el corazón de un acantilado arenoso o quebradizo. Las partes abstractas de la imaginación, que deberían ser las más sólidas, se convierten en las más débiles; y las meras figuras de la fantasía, que deberían ser las más ligeras, se convierten en las más duras y pesadas.

Muchos deben de haberlo notado en las noticias periodísticas, y aún más en la crítica periodística. Las imágenes que se utilizan como ilustraciones se repiten sin la menor referencia a lo que dicen ilustrar. Si el incidente del rico de los Evangelios lo hubiese relatado el periódico local, solo diría que el Maestro le había llamado camello y le había invitado a saltar a través de una aguja. No sabríamos nada del ojo de la aguja…, ni de la clave de la historia. Si la muerte de Sócrates se condensara en un párrafo periodístico, no habría sitio para las observaciones sobre la inmortalidad, y ni siquiera para la copa de cicuta, sino una mención especial a que alguien pidió que le compraran un gallo[33] —tal vez metamorfoseado en cóctel por el periodista[34]—. Esto hace que, a menudo, el arte de la argumentación ilustrativa sea una ocupación delicada e incluso peligrosa. Cuando estamos seguros de que la gente va a recordar la metáfora, aunque no comprenda su significado, es un poco peligroso elegirla a la ligera, incluso si es coherente con la lógica. Supongamos que, a propósito de una cuestión política, digo que Inglaterra se ha comportado como un jabalí, como se decía de algunos partidarios de la reforma tributaria a quienes llamaban jabalíes, habré de que tener mucho cuidado en explicar de algún modo que no estoy identificando a los ingleses con los jabalíes, sino que tan solo comparo algunas características peculiares de los jabalíes con las de mi amado país, y que las cualidades en cuestión son unas características especiales y espirituales. De lo contrario, el público recordará mi mención de la palabra «cerdo», olvidará todo lo demás que haya dicho sobre el asunto y se irá con la impresión de que les he llamado puercos. Me atribuirá ciertos escarnios familiares e incluso pasados de moda aplicados a los ingleses, como que los ingleses son estúpidos, o que los ingleses son cabezotas, en pocas palabras, que los ingleses tienen cara de cerdos. Todo aderezado con otras ideas, igual de ciertas y fiables, como que los ingleses

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van a cuatro patas y tienen hocico, por no mencionar una cola pequeña y retorcida. Pero, de hecho, podría, en un puro arrebato de alabanza lírica, comparar a mi país con un cerdo, siempre que explicara que me refiero a los aspectos más nobles y apreciados del cerdo, como que nos proporciona el delicioso regalo del beicon, o que se dice de él que es extremadamente delicado y caballeroso en lo referente a la dama de sus amores; o que, al ser rechazado por turcos y judíos, se ha convertido casi en un emblema sagrado de la cristiandad. De lo contrario, si uno habla de cerdos, aunque sean cerdos de Hampshire[35], parecerá un traidor a Hampshire.

Pensarán que la mera mención a los cerdos no podría desatar semejante tormenta. Diré que la mera mención a los perros lo hizo. En una ocasión recalqué que una nueva religión a veces muere antes que la vieja, y utilicé la frase de Goldsmith para referirse a lo inesperado: «Lo que se muere es el perro». Un publicista me recriminó en público que hubiera llamado perros a mis oponentes religiosos. Eso demuestra la locura de fijarse en las figuras del lenguaje. Pues si se hubiera fijado en el significado y no en la metáfora, podría haberme dado una auténtica réplica diciendo que era el hombre que había sobrevivido quien estaba loco.

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LA MALA POESÍA

Recientemente disfruté con la lectura de un libro publicado no hace mucho

tiempo bajo el título de El búho disecado: antología de la mala poesía. Los ejemplos los seleccionaron, según creo, el señor D. B. yndham Le is y el señor Lee, pero no voy a referirme a esa obra que debe de haber sido reseñada en muchos sitios hace tiempo y que confío en que habrá gozado de la admiración que sin duda merece. De momento ha servido solo para poner a vagar mi imaginación por los anchos, ricos y multicolores campos de la literatura menor. Mucho han viajado los antólogos por esos dorados dominios y no me atrevería a competir con su profunda erudición acerca de los clásicos monumentales de la mala literatura, o con su exquisito y delicado instinto artístico por los matices más frescos y sutiles de la imbecilidad. Si se me permite adaptar reverentemente la definición de la cultura de Matthe Arnold, no hay duda de que conocen lo peor que se ha dicho y pensado en la historia de la humanidad. Por supuesto cualquier crítico puede quejarse de que algunos de sus autores favoritos se hayan quedado fuera de una antología. A veces puede incluso quejarse de que se hayan colado algunos que no lleguen al elevado nivel de los demás. Igual que hay críticos que escudriñan una antología en busca de alguna cosa que reprobar por imperfecta, aquí el crítico podría arrojarse sobre algo que no fuera lo suficientemente estúpido como para satisfacer sus elevadas exigencias, y señalar con severidad determinados fragmentos que no fuesen tan malos como deberían. Destellos de inteligencia casi humana, fogonazos de una razón no meramente bestial, espasmos de algo que casi se asemeja al lenguaje, alivian la monotonía de los poemas imperiales de Alfred Austin o las pasiones paganas de los más atrevidos, por no decir desvergonzados, imitadores de S inburne. Cada cierto tiempo, iras vadear en la confusión de cientos de palabras, encontramos una que parece adecuada casi por accidente. No debemos quejarnos, nada en esta vida mortal es perfecto: ni siquiera la mala poesía.

Por supuesto, existe una dificultad real a la hora de clasificar dichos clásicos. Necesariamente se dividen en al menos dos tipos distintos, que tienen en realidad un estatus y un valor diferentes, y plantean dos cuestiones de importancia muy desigual. La primera es: «¿Por qué hay personas que no

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son poetas y tratan de escribir poesía?». La segunda: «¿Por qué hay personas que son poetas y fracasan al escribir poesía?». La segunda pregunta es la más difícil de contestar y, por tanto, la que más vale la pena responder. El primer tipo incluye toda suerte de accidentes debidos a la ignorancia, la inexperiencia, la vanidad y el autoengaño egotista[a], pero aparte de eso no tiene nada de extraordinario. Un misterioso proverbio afirma que a los pajarillos que saben cantar y no quieren hacerlo es necesario obligarlos; aunque nunca imaginé de qué modo. Pero es evidente que nadie tuvo nunca la valentía de sugerir lo que debiera hacerse con los pájaros que no saben cantar y, pese a todo, lo hacen. No parece haber más posibilidad que pegarles un tiro, contra lo que elevo mi calurosa protesta en nombre de san Francisco, el patrón de todos los pájaros, poetas y demás molestias menores. Esa especie de mera limitación provinciana, la poesía del rapsoda de pueblo, que tan terriblemente se parece al tonto del pueblo —y que Oliver endell Holmes satirizó burlonamente en el personaje de Gifted Hopkins—, abundaría en una antología de estas características. El libro estaría repleto de ella, pero hay tanta en el mundo que, casi necesariamente, los ejemplos deberían ser circunstanciales. Cada uno de nosotros ha encontrado su ejemplo de idiotez favorito, en algún anuncio o un epitafio o en algún rincón de un periódico, y lo ha guardado casi tan secretamente como un chiste familiar. Para conservar un registro de todos esos descubrimientos individuales haría falta, no una antología, sino una biblioteca de la estupidez; una Bodleiana[36] de la mala poesía.

No resisto la tentación de mencionarles al señor D. B. yndham Le is, y a todos los demás amantes de la mala poesía, a un poeta a quien sé que no le negarán los laureles. Se trata de alguien tan famoso como el reverendo Patrick Bronte, el padre de las geniales hermanas Bronte, cuyos versos, de hecho, se han publicado junto a los de ellas al final de una edición de sus obras. A menudo se le ha tildado de duro e inhumano, pero merece un hueco en la historia de la literatura por haber inventado un metro que es en sí mismo un instrumento de tortura. Consiste en una estrofa rimada que termina en una palabra que debería rimar y no rima. Si no recuerdo mal, describe las virtudes ideales de la muchacha de pueblo y una de sus estrofas reza así:

Por novelas y dramas no se inclina

ni por nada que el ánimo le turbe;

ya pueden llover las tentaciones,

como una torre inconmovible

apaga las flechas encendidas.

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Hace tiempo que no me siento a los pies de este trovador, y cito de memoria, pero creo que otra estrofa del mismo poema ilustrará el mismo sobresalto y decepción finales:

La religión torna a la belleza encantadora;

e incluso donde falte la belleza,

el temperamento y la imaginación

refinados por la religión

brillarán a través del velo con dulce lustre.

Si uno soporta su lectura, puede alcanzar un estado mental en el que, aun sabiendo lo que se le viene encima, le resulte difícil reprimir las ganas de gritar. Hemos leído mucho sobre la triste vida de las hermanas Bronte en su casa lóbrega y angosta, en los páramos sombríos y salvajes. Hemos oído mucho acerca de cómo sus almas se habituaron a la tormenta, ya fuera de vientos enloquecedores o de palabras severas. Pero no puedo imaginar una tormenta tan paralizadora como el sonido del reverendo caballero leyendo ese poema; una tortura tan cruel como la despiadada repetición de esa estrofa, ningún grito inhumano tan terrible o que hiele tanto la sangre, ni siquiera sacado del mismísimo corazón del infierno de Cumbres borrascosas. Por mucho que les moleste a los pedagogos, es un gesto amable enseñarles cancioncillas a los niños. Pero a quien les recitase rimas que no riman habría que meterle en la cárcel por maltrato infantil.

Pero el problema se vuelve mucho más interesante si dejamos de lado la mala poesía escrita por malos poetas y nos centramos en la mala poesía escrita por buenos poetas. La historia viene de lejos; creo que fue Horacio quien dijo que a veces Homero echaba una cabezadita; y el propio Horacio, aunque era una persona muy despierta, a veces se permitía echar una pequeña siesta. El cisne de Avon, el ruiseñor de Burford, la alondra para la que no encontramos otra ubicación que el cielo[37], todos esos pájaros famosos en ocasiones corrieron el peligro de volverse tan rígidos como el búho disecado. Incluso Milton, que se desvivía por el estilo grandioso, tuvo lagunas en su buen gusto; al menos a mí nunca me gustó que Satán inventara la pólvora y ofreciera una cena especial con champán, al estilo del Ritz-Carlton, para saciar el hambre de pan del Cristo humano. De modo que incluir a grandes poetas en el libro de la mala poesía no es faltarles al respeto, pues apenas hay un solo poeta bueno que no haya sido alguna vez un mal poeta. No estoy seguro de qué pueda significar esto, pero a efectos prácticos la moraleja me parece muy clara. En primer lugar, resulta saludable señalar que el poeta suele darse un coscorrón cuando se desliza suavemente por la engrasada pendiente de las alabanzas, el progreso y la moda del momento. Cuando el poeta clásico

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se pone más clásico es cuando nos resulta más pomposo e insípido. Cuando el poeta romántico se pone más romántico es cuando nos parece más descuidado y sentimental. Y cuanto más moderno se muestre el poeta moderno, cuanto más llamativamente adopte el estilo moderno, tanto más vulgar y aburrido le parecerá a la posteridad. Los dos únicos versos malos de S inburne son los más S inburneos; esa coplilla sobre lirios y languideces y raptos y rosas. Al ser, en cierto sentido, el S inburne más perfecto, nos muestran las imperfecciones de S inburne. Y la otra moraleja es que los poetas son humanos y que ya no se puede adorar a los hombres como si fueran dioses. Lo peor que hizo Carlyle fue resucitar el culto al héroe pagano. Los paganos, sin duda, le erigieron una estatua a Aquiles; pero no la pintaron de blanco. Lo veían de un modo tan objetivo que no requería de ningún autoengaño. Pero Carlyle no podía ser pagano; lo más que podía ser era un mal cristiano; o, como dicen algunos, un puritano. Y pintó de blanco a Crom ell y a Federico, como nadie había pintado a Aquiles. Shakespeare y Shelley eran mejores que Crom ell y que Federico, pero también eran hombres y no estatuas. Incluso su mala poesía puede engendrar buena filosofía.

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BUENAS HISTORIAS ECHADAS A PERDER POR GRANDES AUTORES

Podría escribirse un interesante ensayo con el título «Brunas historias

echadas a perder por grandes autores». De hecho, va a escribirse. Y va a escribirse ahora mismo. El mero hecho de que una fábula haya pasado por la imaginación de un cerebro privilegiado no implica de ningún modo que solo por eso haya tenido que mejorar. Hombres eminentes se han apropiado indebidamente de historias públicas, igual que se han apropiado de las reservas públicas. Siempre se supone (o eso parece) que quien toma prestado algo que es patrimonio común de la humanidad no está obligado a devolverlo. Se supone que si Shakespeare tomó la leyenda del rey Lear, o Goethe la leyenda de Fausto, o agner la leyenda de Tannhäuser, es porque les asistían buenas razones y las leyendas deberían estarles agradecidas. Mi propia impresión personal es que a veces hicieron muy mal y que las leyendas podrían demandarlos por calumnias. Por decirlo brevemente, siempre se da por supuesto que un poema escrito por alguien es mucho mejor que una balada escrita por todos. Yo soy de otra opinión. Prefiero el cotilleo de muchos al escándalo de unos pocos. Desconfío del estrecho individualismo del artista y me fío más del comunismo natural de los artesanos. Creo que hay algo más importante que un hombre de genio, y eso es el genio del hombre.

Déjeseme admitir, en un breve paréntesis, que no logro incluir a Shakespeare en esta teoría mía. Hasta donde llego a entender, Shakespeare mejoró todas sus historias, y por lo que puedo ver, difícilmente habría podido empeorarlas. Parece haberse especializado en hacer buenas obras de teatro a partir de malas novelas. Si Shakespeare viviera hoy supongo que escribiría una deliciosa comedia primaveral a partir de una anécdota leída en un periódico deportivo. Supongo que escribiría una fatídica y terrible tragedia a partir de una novela de quiosco. Pero como Shakespeare no me sirve para apoyar mi teoría, propongo dejarlo fuera de este artículo.

En el caso de Milton, no obstante, creo que puedo defenderla con la mayor resolución, lo que ocurre es que, como la obra de Milton se basa en las Escrituras, tal vez no sea demasiado seguro dogmatizar sobre ella. En cierto

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sentido, Milton le hizo tanto daño al paraíso como la serpiente. Escribió un poema magnífico y, pese a todo, se le escapó la clave poética. Pues en El paraíso perdido (si mal no recuerdo) sustituye el apetito primario por una fruta exótica, por un elaborado motivo sentimental y psicológico. Hace que Adán muerda la fruta deliberadamente, «no engañado», con el objeto de compartir la desgracia de Eva. En otras palabras, sitúa el origen de toda la maldad humana en un acto en esencia bueno, o, en el peor de los casos, de un romanticismo más que excusable. Pero todas nuestras maldades no se originaron en un acto de magnanimidad; si somos un hatajo de canallas y vagabundos (que lo somos) no es porque nuestro primer ancestro se comportase como un marido y un caballero. La historia, tal como aparece en la Biblia, es infinitamente más sublime y delicada. Allí todo el mal se remonta a esa insolencia irracional que no acepta ni las condiciones más benévolas; esa anarquía profundamente insensible que rechaza los límites en cuanto tales. No se indica que la fruta fuera de un color o sabor atractivos, su atractivo consistía en que estaba prohibida. En el Edén había un máximo de libertad y un mínimo de prohibiciones; pero alguna clase de prohibición resulta esencial incluso para el disfrute de la libertad. Lo mejor de un prado verde es el seto que lo rodea. En el momento en que se elimina el seto, deja de ser un prado y se convierte en un erial, como lo fue el Edén desde el momento en que se transgredió la única limitación. La idea de la Biblia de que todos los pecados y pesares nacen de cierto orgullo febril que no puede disfrutar a menos que tenga el control en sus manos, es una verdad mucho más profunda y penetrante que la idea de Milton de que un caballero se vio arrastrado por la galantería debida a una dama. El Génesis, con un sentido común mucho más sensato, hace que Adán, tras la Caída, pierda su caballerosidad del modo más marcado y evidente.

La misma teoría del deterioro puede aplicarse en el caso de Goethe y la leyenda de Fausto. No hablo, por supuesto, en detalle de la poesía, que está por encima de cualquier crítica. Me refiero a las líneas generales del Fausto de Goethe, o más bien a las líneas generales de la primera parte; la segunda no tiene contorno como las condesas del señor Mantalini[38]. El caso es que la historia de Fausto, Mefistófeles y Margarita me parece infinitamente menos exaltada y hermosa que la vieja historia de Fausto, Mefistófeles y Helena. Tuve el placer de ver en Yorkshire la vieja obra de marionetas de Fausto que después se ha representado en Londres; y los muñecos de Yorkshire estaban mucho más vivos que algunos de los actores londinenses. Las marionetas trataban de expresarse como personas; pero, ¡ay!, es que había momentos en

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los que actores eminentes trataban de expresarse como marionetas, aunque ésta no es mi auténtica objeción. La verdadera objeción es ésta: que en la obra medieval Fausto se condena por cometer un gran pecado: jurarle lealtad al mal eterno con tal de poder poseer a Helena de Troya, la suprema belleza física. El viejo Fausto se condena al cometer un gran pecado, mientras que el nuevo se salva al cometer uno pequeño, uno mezquino; el Fausto de Goethe no se embriaga y se deja arrastrar por la intolerable dulzura de una dama sobrenatural. El Fausto de Goethe, en cuanto alcanza la juventud, se convierte en un auténtico canalla. Se implica de inmediato en una intriga local —no diré en un enredo local, porque (como ocurre, en general, en la mayor parte de casos) solo la mujer se deja enredar—. Pero sin duda algo hay del lado perverso de Alemania, algo de su sentimentalismo vulgar, en este batiburrillo de seducción y salvación. El hombre arruina a la mujer; la mujer por tanto salva al hombre; y ésa es la moraleja: die e ige eiblichkeit. Alguien que ha disfrutado de los placeres será purificado porque otro ha sufrido el dolor; y así su crueldad terminará por ser lo mismo que la bondad. Personalmente, prefiero la pantomima de marionetas, en la que unos negros demonios acaban arrastrando a Fausto al infierno. Me parece menos deprimente.

De nuevo el mismo principio, hasta donde llego a entenderlo, recorre la versión del Tannhäuser de agner, o más bien su mistificación del Tannhäuser. Esa gran leyenda de la Edad Media, narrada bien y de manera sencilla, es uno de los hitos más tremendos en la historia de la literatura. Tannhäuser, un gran caballero, comete un pecado terrible y trascendental que lo aparta de los demás pecadores. Es amante de la mismísima Venus, la encarnación de la sensualidad pagana. Sale de aquellas maléficas cavernas a la luz del día, acude a Roma y le pregunta al Papa si alguien como él podría arrepentirse y salvarse. El Papa le contesta en esencia que todo tiene un límite. Que un hombre separado así de la humanidad (le dice) se arrepienta es tan imposible como que su báculo, tallado de la rama de un árbol, vuelva a echar hojas. Tannhäuser se marcha desesperado y vuelve a hundirse en las cavernas de la muerte eterna, pero, poco después de su partida, el Papa mira su báculo una mañana y ve que están brotándole hojas. Para mí ese cuento es un choque terrible entre el agnosticismo y el catolicismo. agner creo que hace regresar a Tannhäuser arrepentido por segunda vez. Si eso no es estropear una historia ya me contarán.

Por último (por referirme a un caso de menor importancia), he reparado en que por toda Europa se repiten las discusiones sobre la moralidad de la obra Salomé escrita por ilde en francés. No veo que la obra tenga nada de

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inmoral, aunque tiene mucho de mórbido y túrgido. Lo que más me llama la atención de la Salomé de ilde es que carece de sensibilidad artística y arruina por completo un incidente particularmente artístico. La brillante amargura de la vieja historia bíblica se basa en la total inocencia e indiferencia de la joven bailarina. Un déspota sutil planea una clemencia digna de un gran hombre de Estado; una reina conspiradora trama una venganza salvaje. Una bailarina (yo siempre imaginé que no era más que una niña), la hija de la reina vengativa, baila ante el sagaz déspota. Dejándose llevar por un loco arrebato, éste le dice a la niña que le pida cualquier regalo que desee. La niña, sorprendida ante semejante benevolencia propia de un cuento de hadas, corre a preguntarle a la madre qué debe elegir; la paciente y despiadada reina ve su oportunidad y le pide la cabeza de un enemigo. En lugar de este cuento, terrible e irónico, sobre una mariposa utilizada como avispa, Salomé nos habla de los amores vulgares y enfermizos de la bailarina con el Profeta. No estoy seguro de si se trata de algo inmoral, pues su inmoralidad depende de su efecto en la humanidad. Lo que sé es que es arte del malo, pues su arte es el efecto que ejerce en mí.

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LAS CONVENCIONES DE LA NOVELA

Ahora se habla mucho entre los eruditos de si el arte debería abolir la

moralidad calificándola de convención. Los enterados podrían discutir incluso si el arte debería abolir las convenciones. Pero lo que a mí me resulta más raro es que el arte moderno haya abolido tantas veces la moralidad sin abolir las convenciones. Me refiero a unas convenciones dóciles y tímidas, los restos de unos estilos de escritura bastante frágiles y artificiales, que se las siguen arreglando para ir de la mano de otras cosas mucho más importantes con total impunidad e inmunidad. Parece como si la gente pudiera librarse de los mandamientos, pero no de las convenciones. Daré solo un pequeño ejemplo, que me llama la atención, una y otra vez, al leer la mayoría de las novelas modernas.

En esas novelas modernas hay tipos de mujeres y descripciones de mujeres que habrían hecho enrojecer a Petronio o habrían sido consideradas demasiado groseras para el refinamiento de Rabelais. Pero en esas descripciones sigue habiendo ciertas convenciones, convenciones realmente irreales, exactamente igual que las que había en las obras victorianas de la señorita Porter[39] o la señorita Procter[40]. Una y otra vez, el lector moderno se encuentra con frases como ésta: «Peter ya había reparado en una sonriente muchacha de ojos azules, pelo corto y aspecto inteligente que se había deslizado entre los recién llegados, que probablemente no habían sido invitados y se agolpaban ante la puerta». O puede que la frase diga así: «Esbelta, airosa, con sus ojos marrones y su delicado e intenso bronceado, Joan estaba sobre una roca lejana a punto de saltar». Hay cientos de ejemplos más, pero todos suelen dar por sentado que en lo primero en lo que uno se fija en una mujer es en el color de sus ojos. Sin embargo, es perfectamente posible entablar una relación pasablemente íntima con otra persona durante bastante tiempo y aun así ser incapaz de recordar de pronto el color de sus ojos. Y, desde luego, nadie distinguió jamás el color de los ojos de un extraño al otro lado de un salón de baile en Mayfair, un gran estudio en Chelsea, o las anchas arenas del Lido. Uno se siente inclinado a pensar que los ojos azules de la chica eran como enormes linternas azules que brillaban más que las luces rojas y verdes de una señal ferroviaria. Ese pequeño truco o tradición

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sentimental lleva a que cientos de descripciones literarias de seres humanos suenen tan falsas que ni la más munífica y generosa provisión de barbarie y bajeza moral basta para compensarlas.

Lo que un hombre ve por primera vez en una mujer, o en quien sea, es la expresión; sea, por ejemplo, esa expresión que fluye en líneas alargadas, la expresión que un artista dibujaría de perfil; o ese rostro que solo parece expresarse plenamente visto de frente contra un fondo; sobre todo ese rostro franco y cuadrado, que parece el de un luchador y que, por hermoso que sea, tiene siempre un toque simiesco. Cualquiera puede diferenciar esas dos expresiones al otro lado de un enorme salón o de las más vastas arenas, casi con tanta facilidad como distinguiría a un caballo de una vaca o un ciervo. Podría distinguir cientos de cosas acerca de su rango o cultura o incluso su carácter; podría hacer inferencias por su compostura, su gesto y su forma de caminar. Podría hacer todo eso desde una distancia a la que sería tan imposible ver los ojos azules en la cabeza de la chica como ver los zafiros azules de su anillo de compromiso. Sin embargo, me he encontrado con esa pequeña artificialidad en la descripción cientos de veces en un solo día de lectura, incluso al hojear los cuentos de novelistas modernos dotados y ambiciosos. Es algo que llene poca importancia, desde luego, la clave radica en que tiene tan poca que no se llega a ver, aunque uno siempre se percate; pero ilustra una curiosa convención que recorre gran parte de la literatura moderna considerada menos convencional. En cosas más evidentes los realistas recuerdan ser desvergonzados, pero en estas pequeñas cosas ni siquiera recuerdan ser realistas.

Conocí a una dama, con un jovial sentido del humor, cuya ocupación era la de escribir novelas francamente convencionales para la prensa más vieja y convencional, la clase de prensa que proporcionaba saludables, aunque algo sentimentales, folletines y novelitas. Disfrutaba con su trabajo y en una ocasión me contó que había escrito una larga novela social, protagonizada por una heroína trágica y refinada, solo para que al final le dijeran que el público, o al menos los editores, preferían una heroína chispeante y petite. Con mucha calma, y negándose a alterar un solo incidente de su narración, se limitó a recorrer el manuscrito y a cambiar los ojos negros por ojos azules. Cuando llegó a la frase: «Él clavó la mirada en los ojos oscuros e insondables de Amanda», simplemente tachó los adjetivos y escribió encima: «azules y chispeantes». Por supuesto no solo tuvo que modificar el color de los ojos; también tuvo que hacer algunas modificaciones en la vestimenta y la actitud. Donde había escrito: «Amanda cruzó el jardín con un andar majestuoso», la

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alteración de una sola palabra lo dejó en: «Amanda cruzó el jardín con un andar ligero». Esa, dicho sea de paso, es otra de las viejas convenciones que perduran incluso entre los nuevos anticonvencionales. Las chicas siguen caminando con andar ligero incluso en los más sórdidos estudios realistas. Los novelistas siguen caminando con andar ligero sobre ese tópico anticuado. Nunca vi a nadie caminar con un andar ligero, excepto al tropezar con un puf y caerse de bruces, para el satírico regocijo de la raza humana. En cualquier caso, el sombrero grande y de ala ancha de Amanda se volvió menos grande y de ala menos ancha y se adornó de una rosa o algo parecido; sus vestidos se volvieron menos amplios y austeros, pero no fue necesaria ninguna otra modificación. Y a veces me parece que muchos de los que escriben según la moda más revolucionaria lo hacen también de acuerdo con una fórmula revolucionaria. Se limitan a recorrer la historia y a añadir los términos que se supone que hacen a la heroína más chic o distinguida, de acuerdo con las modernas convenciones de los anticonvencionalismos del momento. La heroína tiene tanta individualidad, entre tanta agitación individualista, como la adaptable Amanda cuyos ojos cambiaban con tanta facilidad del negro al azul.

Tal vez eso que llamamos descripciones realistas estén condenadas a ser convencionales porque están obligadas a estar a la moda. Están obligadas a poner de relieve precisamente las cosas que una época concreta considera importantes; que son exactamente las cosas que la época siguiente considerará carentes de importancia. De ahí nace la paradoja de que los más nobles cumplidos a las mujeres no han sido descripciones directas, sino indirectas. El cumplido directo se refiere a todos los detalles pasajeros; el indirecto, a la impresión más duradera. Los arqueólogos han desarrollado toda una teoría sobre los vestidos de Helena de Troya, que parecen haber consistido en un gorrito de paja, una chaqueta de zuavo y unos zapatos de tacón alto. Si Homero hubiese escrito una descripción realista, nos habría parecido de lo más vulgar. La vestimenta en el siglo XIV era más digna, pero no más natural y si Dante hubiera descrito a Beatriz con los ropajes exactos que vestía nos habría parecido extravagante y severa al mismo tiempo. Pero pasarán los siglos, las civilizaciones se extinguirán y el tiempo nunca modificará el agudo filo del gran cumplido indirecto, esa manera más antigua y más inteligente de describir el efecto y no los aspectos externos. Como cuando Dante, al ver a su dama en las alturas, se sintió como un monstruo legendario que, al probar una comida extraña, se había convertido en un dios. Y Homero, que se contentó con dejarnos escuchar las quejas de los troyanos contra la causa de la guerra

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de Troya, y después el gran silencio, lleno de luz y comprensión, que se abatió sobre ellos cuando Helena se asomó a la muralla.

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EL ROMANCE DE LA RIMA

Recordarán (espero) que en la ópera cómica[41] el poeta amparado por su

autoridad estética, afirmaba: «Tilín, tilín parecerá pastoril si lo leo castamente». Hace falta coraje moral para leer castamente una sátira que ha sobrevivido a la propia moda que satirizaba, o para sugerir que la cancioncilla infantil[42] en cuestión tiene realmente alguna de las cualidades de lo pastoril. Respecto a su castidad, en el sentido vulgar, hay poco que discutir, pese al escándalo de la fuga del plato con la cuchara, que parece tan desprovista de grosería como los amores de los triángulos; y aunque el incidente con la vaca recuerde a los éxtasis lunares de Endimión[43], que también tienen una frialdad argéntea digna de los aspectos más salvajes de Diana, la verdad más seriamente defendible es que esta canción infantil es un ejemplo redondo y completo de relato breve. La vaca que salta sobre la luna satisface a la perfección los dos requisitos esenciales de una historia para niños. Convierte en fantásticos los objetos más familiares y dibuja un cuadro que es al mismo tiempo increíble e inconfundible. Pero aún resulta más fácil defender, y viene más al caso, que esta canción infantil es, ante todo, una rima. Tanto el ritmo como la música cumplen con su propósito mejor que bibliotecas enteras de elaborados versos literarios para niños. Y la mejor prueba de su vitalidad es que el propio satírico imitó inconscientemente la música al parodiarla. El metro de esa sátira decimonónica es el mismo que el de la cancioncilla infantil. «Tilín, tilín, el gato y el violín» y «Tilín, tilín parecerá pastoril» obviamente danzan con la misma vieja melodía, y no precisamente la melodía que mató a la vaca[44], sino la alegre tonadilla que la impulsó a saltar por encima de la luna.

La clave de eso que llamamos rima se encuentra entre estas dos cosas: el sencillo placer de rimar «tilín» con «violín», y el placer más sofisticado de rimar «tilín» con «pastoril». El error fatal de la poesía, y en gran parte el error fatal de la humanidad, consiste en olvidar que deberíamos disfrutar tanto del primer placer como del segundo. Podría decirse que el segundo placer debería basarse en el primero; o más aún, que el primero debería estar contenido en el segundo. La fatídica metáfora del progreso, que significa dejar las cosas tras

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de nosotros, ha oscurecido totalmente la verdadera idea del crecimiento, que significa dejar las cosas en nuestro interior. El corazón del árbol sigue siendo el mismo por muchos anillos que se le añadan; y nadie puede dejar atrás su corazón por mucho que corran sus piernas. En el núcleo de toda cultura están las cosas que, en todos los sentidos, deben aprenderse de memoria. En la parte central de toda poesía está la rima infantil, el absurdo que es demasiado alegre hasta para preocuparse por ser absurdo. Puede conducir al absurdo más elaborado de estilo Gilbertiano, o incluso al absurdo mucho menos poético de algunas de las rimas de Bro ning. Pero el verdadero disfrute de la poesía consiste siempre en gozar tanto de los placeres sencillos como de los más sutiles. Sin duda, es en eso en lo que parecen equivocarse muchas de nuestras reformas artísticas y de otra clase. Lo que le ocurre al mundo moderno es que está tratando de conseguir la simplicidad en todo menos en el alma. Allí donde el alma alcanza la verdadera simplicidad puede estar agradecida por todo, hasta por la complejidad. Muchos campesinos no tienen más remedio que ser vegetarianos y su vida es verdaderamente sencilla. Pero los campesinos no desprecian una buena cena cuando pueden conseguirla; la devoran con entusiasmo, porque no solo llevan una vida sencilla, sino que son sencillos de espíritu. Y así ocurre con las formas modernas de arte que retornan, con mucha razón, a lo «primitivo». Pero su error moral es que tratan de combinar la rudeza que debería ser característica de la simplicidad con un desdén que solo debería ser característico de la saciedad. Es obvio, por ejemplo, que los dibujos futuristas pretenden dibujar un árbol como podría dibujarlo un niño de diez años. Creo que los nuevos artistas estarían de acuerdo conmigo en eso y no es que me limite a despreciarlos. Estoy dispuesto a admitir, especialmente en interés del debate, que hay cierta verdad filosófica y psicológica en ese intento de llegar a la claridad aun a través de la tosquedad de la infancia. En ese sentido, ya sé qué es lo que pretende alguien al dibujar un árbol como si fuese un palo del que sobresalen unos palitos. Puede que esté tratando de reencontrar, en blanco y negro o en gris, una iluminación primigenia y casi prenatal: que es extraordinario que los palos existan y aún más extraordinario que sobresalgan hacia el cielo o hacia el suelo. También puede que esté encantado con su barra de carboncillo o de tiza gris; o puede que esté fascinado, como un niño, por el mero hecho de que dejen una marca en el papel, un acto muy poético en sí mismo. Pero el niño no desprecia al árbol real porque sea diferente del de su dibujo. No desprecia al tío Humphrey porque sea un aficionado con talento capaz de dibujar de verdad un árbol. No tiene peor opinión de los palos auténticos porque estén

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vivos, y puedan crecer y ramificarse y curvarse de un modo que no suele darse en los bastones. Como tiene un solo ojo puede disfrutar de ambos placeres. Esta distinción que parece pasarse extrañamente por alto, puede encontrarse también en el teatro y la mayoría de los otros dominios del arte. Los reformadores insisten en que el público de épocas más sencillas se contentaba con las tablas o con un decorado rudimentario si podían oír a Sófocles o Shakespeare hablar la lengua de los dioses. Se contentaban con las tablas desnudas. Pero no les desagradaban las grandes representaciones. El público que apreciaba la oración de Antonio, habría apreciado también el palacio de Aladino. No creían que los dorados y los adornos fueran un sustituto de la poesía y la filosofía, porque no lo son. Pero consideraban que los dorados y los adornos eran un don del cielo, maravilloso y admirable, porque lo son.

Pero aquí se trata de aplicar esta distinción al caso de la rima en la poesía. Y aplicarla consiste en no avergonzarse nunca de disfrutar de la rima además de disfrutar del poema. Y creo que los poetas modernos que tratan de escapar del placer de la rima en pos de un placer poético más libre, hacen el mismo intento, fundamentalmente falaz, de combinar la simplicidad con la superioridad. Un poeta así sería como un niño que no pudiese disfrutar de un árbol porque tuviera aspecto de árbol, o un aficionado al teatro que fuese incapaz de disfrutar del bosque de Arelen porque tuviese aspecto de bosque. No es imposible encontrar a algún pedante que diga que sería capaz de escuchar buena literatura ante cualquier decorado, pero que se opone a la utilización de cualquier buen decorado. Y en la crítica poética y la creación también han aparecido los pedantes que insisten en que cualquier poema nuevo debe evitar la melodía que le proporciona su belleza a cualquier canción antigua. Los poetas deben dejar de lado las cosas infantiles, incluyendo el regocijo del niño por el mero sonsonete de la rima irracional. Podría indicarse que cuando los poetas dejan de lado las cosas infantiles, apartan de sí la poesía. Pero vale la pena decir algunas palabras más en defensa de la rima y de la poesía, tanto en el niño como en el poeta. Despreciar el instinto del jardín de infancia sería un error, incluso si fuese solo un mero instinto animal o automático. Si la rima fuese para el hombre lo que el ladrido para el perro o el cacareo para el gallo, sería muy evidente que cosas tan naturales no deberían ser despreciadas a la ligera. Es evidente que una épica canina sobre Argos en lugar de Ulises tendría un ritmo consistente solo en ladridos. Es evidente que un largo poema como Chantecler, escrito por un gallo verdadero, tendría la cantinela de un quiquiriquí. Pero lo cierto es

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que las cancioncillas infantiles tienen un origen más noble, que si es ancestral no puede ser animal; su principio primario no solo hay que buscarlo en el cuerpo sino en el alma.

Milton escribió en el prólogo de El paraíso perdido una poderosa condena contra la rima[45]. Pero tal vez el verso más famoso, e incluso el más conocido, de todo El paraíso perdido sea en realidad una glorificación de la rima: «Las estaciones vuelven, pero para mí no vuelven», no solo es un eco que tiene toda la sonoridad de la rima en su forma, sino que contiene también casi toda la filosofía de la rima en su espíritu. La maravillosa palabra «vuelven» tiene, no solo en el sonido sino en el sentido, una insinuación de todo el secreto de la canción. No es solo que su misma forma sea un buen ejemplo de cierta cualidad del inglés, parecida a la que tan admirablemente analizó la señora Meynell en el caso de palabras como «imperdonable». Es que describe la propia poesía no solo en un sentido mecánico, sino moral. La canción no es solo una repetición sino un retorno. No se limita, como el niño en el jardín de infancia, a disfrutar de ver girar la rueda. Quiere volver atrás además de dar vueltas; volver al jardín de infancia donde se encuentran tales placeres. O, por variar ligeramente la metáfora, no se regocija solamente con el giro de la rueda en la carretera como si fuera una rueda en el aire. No regresa solo la rueda sino el carro. La fatigada caravana siempre se dirige hacia alguna parte que ha olvidado y que no consigue encontrar. Ningún amante de la poesía necesita que se le diga que en todos los poemas resuena ese sonido de las ruedas que regresan, y sobre todo en los poemas del propio Milton. Cosa que es obvia, no solo en el poema, sino incluso en las tres palabras del título. Todos los poemas podrían agruparse en un solo libro con el título El paraíso perdido. Y el único objeto de escribir El paraíso perdido es convertirlo, aunque sea mediante una ilusión mágica y momentánea, en El paraíso recobrado.

Es en este profundo significado de retorno donde debemos buscar el peculiar poder de esa repetición que llamamos rima. Sería muy fácil responder a las rigideces de Milton sobre la rima con un espíritu de sensata, aunque superficial, generosidad diciendo que en el mundo tiene que haber de todo, y en especial en el mundo de los poetas. Es más que evidente que Milton puede haber tenido razón al prescindir de la rima aunque se equivocara al despreciarla. Es obvio que la peculiar dignidad de su épica religiosa se habría debilitado mucho de haber sido una épica rimada que empezara:

La primera desobediencia del hombre y la fruta

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del árbol prohibido cuya mortal cepa.[46]

Pero no es menos obvio que ni el propio Milton habría resuelto con tanta gracia y alegría los versos:

Pero ven, diosa bella y libre

en el cielo llamada Euphrosyne[47]

si la diosa se hubiese llamado de otro modo, digamos, por ejemplo, Sirena. Milton en sus momentos más razonables habría concedido a la rima un lugar teórico en toda la poesía, tal como se lo concedió en la práctica en su propia poesía. Pero sin duda habría añadido entonces, y posiblemente después, que le concedía un lugar inferior, o al menos secundario. Pero ¿ocupa un lugar secundario o inferior en algún sentido?

El romance de la rima no solo consiste en el placer que nos proporciona una cantinela, aunque sea ése un placer del que nadie deba avergonzarse. Desde luego, mucha gente disfruta con él, tanto si se avergüenzan como si no. Lo vemos en la antigua forma de prolongar el estribillo de una canción con sílabas como «tachín, tachín» o «tralarí, tralará». Lo vemos en el modo parecido, aunque más moderno, de discutir si una verdad es objetiva o subjetiva, o si una reforma es constructiva o destructiva, o un argumento deductivo o inductivo: todos dan fe del amor por esas repeticiones rimadas del jardín de infancia que forman una especie de tonadilla sin palabras, o al menos sin la menor significación intelectual. Pero hay algo mucho más profundo en el amor por la rima, que sirve para diferenciarla de todas las demás formas poéticas, algo que tal vez sea demasiado sutil y profundo como para describirlo. La mayor aproximación a la verdad que se me ocurre es algo parecido a esto: que mientras todas las formas genuinas de verso se repiten, en la rima hay una sensación de estar volviendo siempre al mismo sitio. Todos los tipos de canción van y vienen como las mareas, pero en el gran océano de los hexámetros homéricos o virgilianos —el mar que llevaba los atribulados barcos de Ulises y Eneas— el trueno del rompiente es rítmico, aunque el borde de la espuma sea necesariamente irregular y vago. Con la rima se tiene más bien la sensación de que el agua esta vertiéndose tranquilamente en un pozo bien conocido, o (por emplear una metáfora más noble) de que la cerveza se está vertiendo tranquilamente en una jarra bien conocida. Los ejércitos de Homero y Virgilio avanzan y retroceden por un vasto país y sugieren vastos y profundos pensamientos sobre si se trata de un país propio o ajeno. Pero cuando la vieja balada sin nombre rima toscamente «el hermoso tronco de la hiedra» con «mi propia tierra» la visión disminuye y

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se agudiza al mismo tiempo hasta proporcionar una imagen muy vívida de un único soldado que pasa bajo la hiedra que da sombra a su puerta. El ritmo tiene que ver con la similitud y la rima con la «identidad». Pues bien, la propia palabra identidad se refiere tal vez al más profundo y sin duda al más apreciado de los asuntos humanos. Quien echa de menos su casa no quiere casas ni hogares. Quien está enamorado no desea ver a todas las mujeres de las que pudiera haberse enamorado. Solo de quien está mareado pueda quizá decirse que tiene un anhelo cosmopolita por todas las tierras o por cualquier trozo de tierra. Y probablemente por eso el mareo, como el cosmopolitismo, no ha sido nunca un gran motivo de inspiración para una canción. Todas las canciones, sobre todo las más emotivas, suelen referirse a algún absoluto, algún lugar o persona concreta que no pueden sustituirse solo con la semejanza. En esos casos cualquier aproximación es meramente asintótica. El hijo pródigo regresa a casa de su padre y no a la casa del vecino, a menos que no sea todavía un hijo pródigo lo suficientemente sobrio; el enamorado desea a su dama y no a su hermana gemela, salvo en las viejas complicaciones novelescas; e incluso el espiritista suele ir en busca de un fantasma y no de fantasmas en general. Creo que la intolerable tortura del espiritismo debe ser una duda sobre la identidad. En cualquier caso, se verá que, en general, como más sonora e inconfundiblemente se ha expresado en la literatura esta invocación a lo idéntico ha sido recurriendo a la rima. Otro propósito para el que esta forma tan precisa y definida resulta muy adecuada es la expresión del dogma, en tanto que diferente de la duda o la opinión. Por eso, aun admitiendo un declive de los efectos más clásicos de la lengua clásica, el latín rimado de los himnos medievales expresa lo que tiene que expresar de un modo muy poético y emotivo, si se lo compara con el reverente agnosticismo tan noblemente expresado en los sonoros metros sin rima de los antiguos. Pues, incluso si consideramos los versos medievales como un sueño, al menos se trató de un sueño vívido, un sueño lleno de rostros, un sueño de amores y cosas perdidas. Algo de ese mismo espíritu recorre de modo más vago los proverbios y las frases que no son exactamente religiosas, sino en cierto sentido filosóficas, y que andan todas a vueltas con el peso del regreso; cosas que solo se sienten en los fragmentos más familiares, … on revient toujours…, es la vieja historia: el amor es lo que hace girar el mundo; y todos los caminos llevan a Roma, podríamos casi decir que todos los caminos llevan a Rima.

La revuelta de Milton contra la rima debe contemplarse a la luz de la historia. Milton es el Renacimiento congelado en forma de puritanismo: el

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comienzo de un período que fue clásico en un sentido, pero aristocrático en otro mucho más definido. Un período en el que el clasicista era el aristócrata artístico, porque el calvinista era el aristócrata espiritual. El siglo XVII fue intensamente individualista; tuvo, tanto en el sentido noble como en el innoble, un gran respeto por las personas. No tuvo el menor respeto por las tradiciones populares y fue en mitad de su excitación puramente lógica y legal donde perecieron la mayoría de las tradiciones populares. Apareció el Parlamento y desapareció el pueblo. Las artes, que hasta entonces habían estado bajo la protección de sus santos patronos, quedaron bajo el control de los patronos. Las escuelas y colegios reforzaron y estrecharon al mismo tiempo el nuevo conocimiento, convirtiéndolo en algo característico de un país y de una clase. Hasta entonces todos habían hablado un poco de mal latín y ahora unos pocos hablaban un latín bastante bueno. Aunque lo hablaban de tal modo que ningún latinista del mundo era capaz de entenderles. Redujeron el estudio de los clásicos al período más clásico y exageraron enormemente la barbarie y esterilidad de griego patriótico o el latín medieval. Es como si alguien dijera que, como la traducción inglesa de la Biblia tal vez sea el mejor inglés del mundo, no vale la pena leer a Addison, a Pater y a Ne man. Podemos imaginarnos lo que hombres así dijeron de los toscos hexámetros rimados de los monjes; y no es raro que experimentaran una reacción contra la rima en sí misma. Pues la historia de la rima era la historia de algo, muy vasto y a veces invisible, desde luego indefinible, contra lo que se habían rebelado aristocráticamente.

Ese algo es difícil de definir en términos modernos e imparciales. Bien podría llamarse «romance», y eso incluso en un sentido técnico, puesto que se corresponde con el ascenso de las lenguas romances en contraposición a la lengua romana. Podría llamarse más propiamente «religión», pues históricamente fue el resurgimiento gradual, a través de los siglos oscuros, de una Europa que siguió teniendo una religión, aunque careciera ya de leyes. Fue en suma la creación de la cristiandad. Podría llamarse «leyenda», pues es cierto que en ella la presencia más enérgica es la de la omnipresente y poderosa leyenda popular; pues esas cosas que pueden no haber ocurrido nunca, o, como dicen algunos, podrían no haber ocurrido nunca, están pese a todo enraizadas en nuestra memoria como si fuesen cosas que nos hubieran ocurrido a nosotros. El ciclo artúrico completo, por ejemplo, parece más real que la propia realidad. Si bien es cierto que esos rostros en la oscuridad de los siglos oscuros, Lanzarote y Arturo y Merlín y Mordred, son rostros en un sueño, son como rostros en un sueño real: de los que se sueñan en la cama y

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no en un libro. Al menos subconscientemente, no me sorprendería tanto el advenimiento de Arturo como el del Superhombre. Además también podría llamarse «cotilleo», noble palabra que incluye el nombre de Dios y de uno de los más generosos y simpáticos lazos de parentesco que se establecen entre los hombres[48], pues creo que apenas ha habido época en la que se hayan transmitido, desde siglos de ignorancia hasta siglos de mayor conocimiento, tanta cultura y buenas tradiciones relativas al arte y la canción, mediante el universal zumbido de la conversación. La educación debía de consistir en un eterno examen a viva voce, pero la gente aprobaba el examen. Al menos surgieron maestros artistas, en el sentido más rudimentario del término, capaces de crear la Chanson de Roland y los arcos románicos de medio punto que soportan el peso de tantas torres góticas. Y por último, por supuesto, puede llamarse «ignorancia», «barbarie», «negra superstición», «reacción hacia el oscurantismo y la noche más atávica»; y semejante visión será eminentemente completa y satisfactoria. El problema es que sigue quedándonos una especie de perplejidad ante el hecho de que los más jóvenes poetas sigan escribiendo poemas sobre la espada de Arturo y el cuerno de Roland.

Todo esto no fue más que el principio de un proceso que tiene dos grandes puntos de interés. El primero es el modo en el que el movimiento medieval reconstruyó la antigua civilización romana; el otro fue el modo en que no lo hizo. Las cosas que no existieron en la cultura pagana y aparecieron en la cultura cristiana tienen un extraño interés. Creo que es cierto que la mayoría de ellas tenían una cualidad que puede describirse muy aproximadamente como popular, o quizá como vulgar, igual que todavía llamamos vulgares a las lenguas que en esa época lograron liberarse del latín. Y a muchos clasicistas estas cosas les parecerían vulgares en un sentido más vulgar. Eran vulgares en el sentido de ser vívidas casi hasta el exceso, de apelar de un modo muy directo y poco sofisticado a las emociones. La primera ley de la heráldica era ir con el corazón en la mano. Semejante medievalismo era el reverso del mero misticismo, en el sentido de mero misterio, y podría describirse más acertadamente como sensacionalismo. Una de sus características, por ejemplo, era un caluroso e incluso impaciente entusiasmo por el color. Aprendió a pintar antes que a dibujar y mostró predilección por los recortables de dos centavos mucho antes que por los de un penique[49]. Por supuesto, por fin culminó en la energía y alegría del gótico; pero incluso la riqueza del gótico descansaba en cierta simplicidad psicológica. Podemos oponerlo al arte clásico señalando su pasión popular por contar una historia en

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piedra. Podemos admitir que un pórtico dórico sea un poema, pero nadie lo describiría como una anécdota. Llegaría una época en la que se perdería gran parte de la imaginería de las catedrales, pero lo de menos sería que las hubieran despojado los enemigos si no fuera porque mucho tiempo antes ya las habían descuidado los amigos. Habría tenido menor importancia si la ola del gusto de los ricos no se hubiera vuelto contra las viejas obras maestras populares. Los puritanos las despojaron, pero los caballeros no las defendieron sinceramente. Los caballeros también eran caballeros de la nueva cultura clásica y empleaban la palabra «gótico» en el sentido de «bárbaro». En interés de los germanistas podemos señalar en un paréntesis que, si la frase indicaba cierto desprecio por lo gótico, también implica cierto desprecio por los godos. Pero cuando regresaron los caballeros, tras el interregno puritano, no restauraron según el estilo de Pugin[50], sino según el de ren[51]. Eso que llamamos la Restauración, la restauración del Rey Carlos, fue también la restauración de san Pablo. Y fue una restauración muy moderna.

Visto lo visto, se podría decir que a la gente sencilla no le gustan las cosas sencillas. Y para comprobarlo no hay más que comparar el arte clásico con los vivos colores del medievalismo, o todas las vívidas visiones que empezaron a relucir en la noche de los siglos oscuros. Pues bien, una de ellas fue el romántico artificio que llamamos rima. E incluso en eso, al comparar, nos encontraremos con la misma paradoja según la cual a los simples les gusta la complejidad y a los complicados les gusta la simplicidad. A los ignorantes les gustaban las tallas recargadas y las rimas melodiosas y a menudo ingeniosas. A la gente cultivada le gustaban los muros desnudos y el verso sin rima. Pero en el caso de la rima es particularmente difícil definir la doble y aun así muy precisa verdad. Es difícil definir el sentido en el que la rima es artificial y el sentido en el que es sencilla. La verdad es que es sencilla porque es artificial. Se trata de un artificio del que disfrutan los niños y otra gente poética: es un juguete. Como logro técnico está a la misma distancia de la experiencia popular que los antiguos deportes populares. Como nadar, como bailar, como tensar el arco: todo el mundo puede hacerlo, pero nadie puede si no se toma la molestia de hacerlo; y solo unos pocos pueden hacerlo muy bien. En cientos de aspectos se parecía a esa sencilla e incluso humilde energía que constituyó la gloria desaparecida de los gremios. De modo que su rima era útil además de ornamental. No era solo una melodía sino una técnica mnemotécnica, igual que sus torres no eran solo trofeos sino almenaras y campanarios. En otros aspectos la rima está emparentada con un tipo de retorica muy afirmativa y enfática; la coincidencia de sonido capaz de

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producir el efecto de decir: «Así es ciertamente». Shakespeare era consciente de esto cuando finalizaba una escena violenta o romántica con un pareado. Sé que a algunos críticos no les gusta, pero creo que hay un momento en el que el drama debería convertirse en melodrama. Además, la rima tiene un efecto mucho más antiguo, que solo puede llamarse místico y que podría parecer justo lo contrario del utilitarismo e igualmente separado de lo retórico. Aun así comparte con el primero la áspera textura de las cosas que no se olvidan fácilmente y con lo segundo el toque de autoridad que es el objetivo de toda oratoria. Me refiero a algo que puede verse en el hecho de que tantas profecías proverbiales antiguas, desde Merlín a la Madre Shipton[52], se transmitieran en rima. Puede verse en el mismísimo nombre de Tomás el Rimador[53].

Pero el modo más sencillo de explicar esta cualidad popular es con una simple palabra: es una canción. La rima se corresponde con una melodía tan simple que va directa al corazón como si fuera una flecha. Se corresponde con un coro tan obvio y familiar que cualquiera puede entonarlo. No me preocupa la idea de que, al acertar en el corazón, la flecha de la canción yerre la cabeza. No quiero negar que, a veces, el coro pueda ser un coro de borrachos cuyos componentes, al encontrar la lengua, hayan perdido la cabeza. No estoy defendiéndola, sino definiéndola. Trato de encontrar palabras para una distinción grande aunque elusiva entre ciertas cosas que sin duda son poesía y otras que también son canciones. Por supuesto es puramente accidental que Horacio comience su mayor serie de odas diciendo que detesta al populacho profano y que le encantaría expulsarlos del templo de la poesía. Pero se trata de un accidente que constituye casi una alegoría. En cierto sentido, tiene incluso un lado práctico. Por decirlo de otro modo, ¿podría una muchedumbre cantar el «Descende Coelo», esa noble oda, igual que una multitud podría cantar el «Dies Irae», o ya puestos, «Al hoyo, con los muertos»[54]? ¿Cantaba el propio Horacio las odas horacianas en el sentido en el que Shakespeare podía cantar, o a duras penas podía evitar cantar, las canciones shakespearianas? Lo ignoro, pues carezco de erudición respecto a esos asuntos. Pero no tengo la impresión de que sean cosas comparables; y mi única intención es describirlas. La rima se corresponde con ese tipo particular de canción que podría ser una canción popular, tanto patética o apasionada como cómica; y Milton se hizo merecedor de esa distinción: no es probable que nadie cante El paraíso perdido como si fuera una canción. He tratado de explicar mis simpatías por la rima en términos lo suficientemente verdaderos como para que la otra parte los acepte como expresiones de su antipatía hacia

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ella. He admitido que la rima es un juguete, e incluso un truco, de los que hacen las delicias de los niños. He admitido que toda rima es una cancioncilla infantil. Lo que nunca admitiré es que nadie que sea demasiado grande para el jardín de infancia sea lo suficientemente grande para el Reino de Dios, aunque el Dios fuese solo Apolo.

De acuerdo con la frase genial de un místico escocés, un buen crítico debería ser como Dios. George Macdonald dijo que Dios era fácil de agradar y difícil de satisfacer. En esa paradoja radica el equilibrio de toda buena crítica artística. Sin la primera parte de la paradoja la crítica perece, porque pierde el poder de criticar. La buena crítica, repito, combina el sutil placer de las cosas bien hechas con el placer sencillo de hacerlas. Combina la satisfacción del ingeniero científico al ver funcionar el engranaje con un fin determinado y el placer del bebé al ver girar las ruedas. Combina la satisfacción del dibujante ante el hecho de que las líneas del carboncillo, aunque trazadas con aparente despreocupación, mantengan una relación perfecta y exacta entre sí, con el placer que experimenta el niño porque el carboncillo trace marcas de cualquier tipo en el papel. Y del mismo modo combina el placer que siente el crítico al leer un poema con el placer que siente el niño al oír la rima. La clave histórica acerca de este tipo de poesía, la de tipo romántico rimado, es que surgió de los siglos oscuros al amparo de un enorme poder popular, el amor del hombre por una canción, un acertijo, un proverbio, una broma o una canción infantil, la cantinela de innumerables juegos de niños, el coro de miles de fuegos de campamento y de un millar de tabernas. Cuando la poesía pierde ese vínculo con toda esa gente tan fácil de contentar, pierde toda su capacidad de proporcionar placer. Cuando un poeta mira con desprecio la rima, no diré que sea lo mismo que si mirase con desprecio una margarita (cosa que podría parecerle posible a los más literales), sino más bien como si mirase con desprecio una alondra por haber subido alguna vez en globo. Eso es cortar las mismísimas raíces de la poesía; es rebelarse contra la naturaleza porque es natural, contra la luz de sol porque es brillante, contra las montañas porque son altas, o contra la aparición de la luna porque es misteriosa. El proceso de paralización comenzó después de la Reforma con una quisquillosa búsqueda de formas más libres y refinadas; hoy ha terminado en la carencia de formas.

Pero lo más gracioso es que, incluso cuando carece de formas, sigue dando problemas. Los nuevos artistas anárquicos no están dispuestos a aceptarlo todo. No están dispuestos a aceptar nada salvo la anarquía. A menos que observe las últimas convenciones de la inconvencionalidad, repudiarán

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todo lo clásico con tanta frialdad como los clásicos repudiaban todo lo romántico. Lo clásico era una forma; y hubo incluso una época en la que fue una forma novedosa. Quienes inventaron el verso sáfico inventaron un metro nuevo; la introducción del verso sin rima isabelino fue una auténtica revolución en la forma literaria. Pelo el vers libre, o sus nueve décimas partes, es tan nuevo como el dormir en una zanja pueda ser una nueva escuela arquitectónica. No es una revolución mayor en la forma literaria que el comer carne cruda una innovación culinaria. Ni siquiera es original, porque no es creativo; el artista no inventa nada, se limita a abolir algo. Pero todo se reduce, para mi actual propósito quiero decir, a la palabra «orgullo». No es meramente orgulloso en el sentido de ser exultante, sino orgulloso en el sentido de ser desdeñoso. Semejantes proscritos son más excluyentes que los aristócratas, y su arrogancia anárquica va mucho más allá que el orgullo de Milton y los aristócratas del nuevo conocimiento. Y este refinamiento final ha completado la obra que empezaron los aristócratas más cuerdos y que hoy se hace más que evidente en el mundo: la separación del arte de la gente. No es necesario insistir en el carácter sensacional y autoevidente de dicha separación. No es necesario recomendarle al poeta moderno que trate de leer sus vers libres en un bar. No es necesario ni siquiera animar al joven imagista a leer algunas de sus imágenes inconexas en público. La cosa no solo se admite, sino que se admira. El antiguo artista seguía siendo orgulloso pese a su impopularidad; el nuevo artista está orgulloso debido a su impopularidad; tal vez en eso se base principalmente su orgullo.

Como sigo anclado en los siglos oscuros, o al menos entre los cuentos de hadas medievales, sigo emocionándome al recordar algo que leí en un cuento de hadas moderno. He mencionado ya el nombre de George Macdonald y en el mejor de sus libros hay una descripción de cómo un joven minero en las montañas podía espantar a los duendes subterráneos con solo recordar y repetir cualquier tipo de rima. Las rimas improvisadas eran a menudo versos tan vulgares como el latín vulgar de muchos hexámetros escritos por monjes o la mayoría de las rudas baladas de la frontera. Pero tengo la sensación de que espantaban a los demonios, a los demonios azules del pesimismo y a los negros demonios del orgullo. En cualquier caso, madame Montessori, que por lo visto se ha lamentado de los efectos educativos de los cuentos de hadas, probablemente vería en mí un ejemplo lamentable de esas prematuras perversiones, pues esa imagen que constituye uno de mis primeros recuerdos parece probable que sea también uno de los últimos; y cuando el ruido de muchos instrumentos musicales nuevos y originales, de extrañas formas y aún

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más extraños sonidos, haya pasado como una procesión, oiré en el silencio subsiguiente tan solo el crujido y la confusión entre las rocas y un muchacho cantando en las montañas.

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PAJARILLOS QUE NO CANTAN

En mi última mañana en la costa flamenca, sabedor de que en pocas horas estaría en Inglaterra, mi mirada reposó en un detalle de una de esas tallas góticas que tanto abundan en Flandes. No sé si sería antigua, aunque sin duda había sufrido muchos golpes y era indescifrable, pero al menos es seguro que pertenecía al estilo y la tradición de la Edad Media más temprana. Parecía representar a unos hombres agachándose (por no decir retorciéndose) y dedicados a unas tareas primarias. Algunos parecían marineros tirando de una soga; otros, creo, estaban segando; otros trasegaban líquidos de un sitio a otro con mucha energía. Todo era muy característico de los cuadros y las tallas de comienzos del siglo XIII, tal vez la época más puramente vigorosa de la historia. Los grandes griegos preferían tallar a sus dioses y héroes dedicados a la holganza. Por filosófica y espléndida que resulte su compostura, siempre nos deja la sensación de tener delante al amo de muchos esclavos. Pero si hay algo que les gustase a los primeros medievales, eso era representar a la gente haciendo cosas: cazando o practicando la cetrería, o remando en un bote, o pisando uva, o haciendo zapatos, o cocinando algo en un puchero. «Quicquid agunt homines, votum, timor, ira, voluptas»[55]. (Cito de memoria). La Edad Media deja traslucir ese espíritu en todos sus monumentos y manuscritos. Chaucer lo conserva mediante su jovial insistencia en el oficio y quehacer de cada cual. Fue la primera y más joven resurrección de Europa, la época en la que el orden social se estaba reforzando, pero todavía no se había vuelto opresivo; la época en la que la fe religiosa era fuerte, pero no estaba exasperada. Por esa razón el efecto general de las esculturas griegas y góticas es tan diferente. Las figuras de los mármoles de Elgin, aunque sus caballos se eleven a menudo en el aire por un instante, parecen congeladas para siempre en ese instante perfecto. Pero muchas tallas medievales parecen sugerir una especie de ir y venir o bullicio de piedra. A veces uno no puede dejar de sentir que los grupos se mueven y mezclan de verdad y todo el pórtico de una gran catedral tiene la agitación de una gigantesca colmena.

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Pero estas figuras en particular tenían una peculiaridad de la que no podía estar seguro. Las que tenían cabeza, tenían cabezas muy raras, y me pareció que tenían la boca abierta. Que eso tuviera algún significado o se debiera al azar de un arte naciente, es algo que ignoro; pero mientras me lo preguntaba me vino a la memoria el hecho de que cantar estaba relacionado con muchas de las tareas que allí se representaban, que había canciones para los segadores durante la siega, y canciones para los marineros mientras tiraban de una soga. Seguí pensando en aquel pequeño problema mientras paseaba por el muelle de Ostende, cuando oí a unos marineros proferir un grito cadencioso al tiempo que trabajaban, y recordé que los marineros todavía hoy cantan a coro mientras trabajan, e incluso entonan canciones diferentes según la parte de su trabajo que estén haciendo. Y algo después, finalizado ya mi viaje, al ver a gente trabajando los campos ingleses, recordé que sigue habiendo canciones de siega y otras tareas agrícolas. Y de pronto me pregunté por qué no hay ningún oficio moderno del que se sepa que tiene una poesía ritual. ¿Cómo es que la gente canta rudos poemas cuando tira de una soga o recoge fruía y por qué nadie hace nada parecido mientras se dedica a cualquier actividad moderna? ¿Por qué ningún periódico moderno se imprime cantando a coro? ¿Por qué los comerciantes cantan tan poco, por no decir nunca?

Si los segadores cantan durante la siega, ¿por qué no cantan los auditores mientras auditan y los banqueros mientras realizan operaciones bancarias? Si hay canciones para todas las tareas que se llevan a cabo en un barco, ¿por qué no hay canciones para todas las tareas que se llevan a cabo en un banco? Mientras el tren de Dover atravesaba los jardines de Kent, traté de escribir unas cuantas canciones adecuadas para los oficinistas. Así, el trabajo de los cajeros de un banco cuando se disponen a cuadrar sus columnas podría comenzar con un tonante coro de alabanza a la suma sencilla.

En pie, muchachos, y coged los libros de cuentas, terminaron el sueño y el relajo.

Oíd gritar a las estrellas de la mañana: «Dos y dos son cuatro».

Aunque credos y reinos se tambaleen, aunque el sofista suelte un latinajo.

Aunque lloremos y empeñemos los relojes, dos y dos son cuatro.

Y luego, por supuesto, necesitaríamos otra canción para infundir valor en las épocas de crisis financiera, una canción con un metro más impetuoso y estremecido por el pánico, como el paso de los caballos en la noche:

Hay una oferta de compra del banco.

¡Apartaos!

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¡El director es un inepto, el secretario bebía

y el Banco de los Borrachines

se va a pique!

Acercaos: hay una oferta de compra

del banco.

Dejad que del barco del rey perdure la sonora leyenda, decid que disparó sus cañones antes de hundirse.

Al entrar en la nube de Londres, me encontré con un amigo mío que trabaja en un banco y le entregué esas sugerencias en verso para que las distribuyera entre sus colegas. Pero no se mostró demasiado esperanzado sobre el asunto. No era (me aseguró) que subestimara los versos ni que, de ningún modo, le parecieran faltos de refinamiento. No; era más bien que le parecía notar algo indefinible en la propia atmósfera de la sociedad en la que vivimos que hace que sea espiritualmente muy difícil cantar en un banco. Y creo que debe de tener razón; aunque el asunto resulta muy misterioso. Déjeseme observar aquí que creo que debe de haber algún error en los cálculos de los socialistas. Ellos atribuyen todos nuestros males, no al tono moral, sino al caos de la empresa privada. Ahora bien, los bancos son privados, pero el servicio de correos es socialista; por lo que naturalmente pensé que el servicio de correos se dejaría cautivar por la idea colectivista de un coro. Calculen mi sorpresa cuando la señora de mi oficina local de correos (a quien animé a cantar) descartó la idea con más frialdad aún que el cajero de banco. Desde luego, parecía sumida en un estado de depresión considerablemente mayor que el de él. Por si a alguien se le ocurre pensar que eso pudo ser efecto de los propios versos, creo que es justo indicar que los versos del himno del servicio de correos decían así:

Nuestras cartas caen sobre Londres como la nieve, nuestros telegramas recorren el mundo como rayos, con noticias que pueden casar a una muchacha de Sark o matar a una anciana en Finsbury Park.

Estribillo (con un ritmo alegre y enérgico):

O matar a una anciana en Finsbury Park.

Y cuanto más pensaba en el asunto, más dolorosamente seguro estaba de que las actividades modernas más importantes y significativas no pueden llevarse a cabo acompañadas de un coro. Nadie podría, por ejemplo, ser un gran financiero y cantar, porque la esencia de ser un gran financiero consiste en guardar silencio. En muchos círculos modernos uno ni siquiera podría ser un hombre público y cantar, pues en esos círculos la esencia de ser un hombre público consiste en hacerlo casi todo en privado. Nadie podría imaginar un coro de prestamistas. Todos conocemos la historia del cuerpo voluntario de

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contables que, cuando el coronel gritó en el campo de batalla: «¡Cargad!», respondieron al unísono: «Seis con ocho peniques». Muchos pueden cantar al cargar en sentido militar, pero casi nadie en sentido financiero. De modo que mis reflexiones apenas me habían llevado más allá de la sensación subconsciente de mi amigo, el empleado del banco, de que hay algo espiritualmente sofocante en nuestras vidas; no solo en nuestras leyes, sino en nuestras vidas. Los empleados de banco no tienen canciones no porque sean pobres, sino porque están tristes. Los marineros son mucho más pobres que ellos. De camino a casa pasé junto a un pequeño edificio de teja, de alguna orden religiosa, que estaba estremecido por unas voces igual que resuena con voz propia una trompeta. Sea como fuere, estaban cantando; y por un instante se me ocurrió una idea fantasiosa que ya se me había pasado antes por la cabeza: que, entre nosotros, lo humano ya solo puede encontrarse en lo sobrehumano, La naturaleza humana, al verse perseguida, ha corrido a acogerse a sagrado.

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EL HUMOR

El humor, en el sentido moderno del término, es una percepción particular

de lo cómico o lo incongruente, que suele distinguirse del ingenio, como si fuese más sutil por un lado o más vago por otro. Se trata por tanto de un término que no solo se resiste a ser definido, sino que en cierto sentido se precia de ser indefinible; y en general se consideraría una falta de sentido del humor intentar definir el humor. El uso moderno del término, sin embargo, no es ni mucho menos la acepción primera o necesaria del mismo; y se trata de uno de esos casos, más raros de lo que suele suponerse, en los que la derivación proporciona al menos una aproximación a la definición. Todo el mundo sabe que «humor», en el sentido latino de «humedad», estaba tomado de la antigua teoría fisiológica de que el carácter del hombre varía según la proporción de ciertas secreciones del cuerpo humano; por lo que, por ejemplo, la predominancia de la flema producía un humor flemático. En la época en que se produjo la plena consolidación de la lengua inglesa, era posible que Ben Jonson y otros emplearan el vocablo «humor» en el sentido de «pasión dominante». Eso iba necesariamente acompañado de la idea de exageración, y al final del proceso el carácter de un humorista llegó a ser más o menos idéntico al de aquel a quien nosotros llamaríamos un excéntrico. Las siguientes etapas del desarrollo, que fueron bastante lentas y sutiles, se corresponden con los diferentes grados en los que el excéntrico se ha hecho consciente de su excentricidad. Inglaterra siempre ha sido particularmente pródiga en estos excéntricos; y en Inglaterra, donde todo era menos lógico y más casual que en otros países, el excéntrico siguió siendo, se diría que entre consciente e inconscientemente, humorístico durante mucho tiempo. La fusión de los dos, y los comienzos del significado moderno, puede que haya que datarlos en la época de las novelas de averley de alter Scott; cuando Guy Mannering se queja del consejero Pleydell diciendo que es «un humorista chiflado». Pues aunque, sin duda, Pleydell es objeto de burla por sus pequeñas vanidades y caprichos, también él se une a la general carcajada y es capaz de apreciar el humor de su propio humor. Desde entonces, la palabra se ha venido usando cada vez más para referirse exclusivamente al

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humor consciente y, en general, a una profunda y delicada apreciación de las absurdidades de los demás.

No obstante, la palabra «humor» sigue estando asociada, sobre todo cuando se la compara con la palabra «ingenio», a un tipo de tradición o atmósfera típica de esos viejos excéntricos cuya excentricidad era siempre deliberada y no raras veces ciega. Se trata de una distinción muy sutil, pero uno de los elementos que quedan de esa mezcla es cierta sensación de ser uno mismo objeto de burla, aunque uno también se ría. Implica la confesión de una debilidad humana; mientras que el ingenio es más bien el intelecto humano ejerciendo toda su fuerza, pese a que en ocasiones lo haga a propósito de una menudencia. El ingenio es la razón sentada en su sillón judicial; y aunque los acusados también pueden recibir condenas leves, la clave radica en que el juez nunca es condenado. En cambio, el humor siempre conlleva la idea de que el propio humorista está en desventaja y se ve atrapado por los enredos y las contradicciones de la vida. Es un grave error menospreciar el ingenio por trivial: para ciertos propósitos de la sátira puede ser la auténtica espada del espíritu, y el satírico no empuña la espada en vano. Pero es esencial que la maneje con destreza, que el arma sea ligera si el golpe ha de ser pesado; que no se vea entorpecido por su propia herramienta ni deje desprotegida la guardia. Por el contrario, el humor más fino puede dejar la guardia desprotegida o confesar su propia incoherencia. Cuando Voltaire dijo, al comentar el asesinato judicial de Byng[56]: «En Inglaterra matan a un almirante para infundirles valor a los demás», todos lo tomaron por una humorada. Pero en justicia Voltaire es un ingenioso, porque representa el aborrecimiento que siente la razón humana por las incoherencias. Haríamos muy mal en despreciarlo por ingenioso, pues esa claridad francesa posee una profunda ironía y hay, por ejemplo, mucho más de lo que parece a primera vista en la expresión «infundirles valor». Sin embargo, es cierto que aquí el ingenio es un juez independiente de los demás jueces, indiferente al rey, al almirante, al tribunal militar y a la muchedumbre. Es la justicia abstracta levantando acta de la existencia de una contradicción. Sin embargo, cuando Falstaff (un modelo del humorista que ya se ha vuelto o se está volviendo consciente) grita a modo de bravata desesperada: «A los jóvenes nos odian»[57], él tiene tan presente tomo nosotros la incongruencia existente entre esas palabras y el viejo y corpulento embaucador que acaba de pronunciarlas. También descubre una contradicción, pero ésta radica en él mismo, pues Falstaff realmente se encandilaba con la compañía de los jóvenes, que sabía parecida a una droga o a un sueño; y el propio Shakespeare, en al menos uno

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de los sonetos, toma amarga conciencia de la misma ilusión. Hay por tanto en el humor, o al menos en los orígenes del humor, algo de esa idea del excéntrico sorprendido en una excentricidad que se jacta de ello; de alguien a quien han cogido de improviso y que se percata del caos reinante en el interior. El ingenio equivale a la divina virtud de la justicia, si es que una virtud tan peligrosa puede llegar a pertenecer al hombre. El humor equivale a la humana virtud de la humildad, y es aún más divino porque, por el momento, capta mejor el sentido de los misterios.

Pese a lo mucho que puede ilustrarnos la historia de la palabra, muy poco podemos sacar en claro de cualquiera de los intentos de hacer una historia científica del asunto. Las especulaciones sobre la naturaleza de cualquier reacción a lo risible pertenecen a la asignatura más amplia y elemental de la risa y son cosa del departamento de psicología, algunos opinan que del de fisiología. Pero cualquiera que sea su valor respecto a la función primitiva de la risa, dichas teorías arrojan muy poca luz sobre ese producto tan altamente civilizado que es el humor. Uno podría preguntarse si algunas de las explicaciones no son excesivamente rudimentarias, incluso para los orígenes más rudimentarios, tanto que a duras penas son aplicables a los salvajes y desde luego no se pueden aplicar a los niños. Se ha sugerido, por ejemplo, que la risa tiene su origen en algún tipo de crueldad, en el regocijo ante el dolor o la ignominia sufridos por un enemigo; pero resulta muy difícil, incluso para el psicólogo más imaginativo, creer que cuando un bebé se echa a reír de la imagen de la vaca saltando por encima de la luna[58], realmente disfrute pensando en la posibilidad de que la vaca se rompa una pierna al caer. Lo cierto es que todos estos orígenes primitivos y prehistóricos se desconocen en gran parte y es posible que no puedan llegar a conocerse nunca; y, como todo lo desconocido y lo que no puede llegar a conocerse, son un terreno abonado para furiosas guerras de religión. Esas causas primarias siempre se interpretarán de forma diferente de acuerdo con las diferentes maneras de entender la vida. Otros dirán, por ejemplo, que la risa no se debe a una crueldad animal, sino al descubrimiento puramente humano del contraste entre la inmensidad espiritual interior del hombre y su pequeñez y restricciones exteriores, pues parece cosa de broma que una casa sea más grande por dentro que por fuera. De acuerdo con ese punto de vista, la propia incompatibilidad entre la dignidad humana y la perpetua posibilidad de que nos ocurran indignidades incidentales conduce a la broma arquetípica o primaria del viejo caballero que se da una culada en el hielo. No nos reímos cuando caen un árbol o una roca, porque sabemos que la autoestima no tiene

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demasiada importancia para ellos. Pero la psicología primitiva, tienen muy poco que ver con la verdadera historia de la comedia como creación artística.

No hay duda de que la comedia ya existía como creación artística hace muchos miles de años en el caso de pueblos cuya vida y obra comprendemos lo suficiente para apreciar los finos matices de su significado; en especial, por supuesto, en el caso de los griegos. Resulta difícil decir hasta qué punto existía en civilizaciones más remotas cuyos registros nos resultan más rígidos y simbólicos; pero la propia limitación del simbolismo que nos hace difícil probar su existencia debería prevenirnos contra la tentación de presumir sin pruebas de que no existía. Sabemos más acerca del humor griego que acerca del humor hitita; y aunque lo que vale para los hititas también es válido en menor grado para los hebreos, un caso como el de los primeros hebreos presenta, en parte, la misma clase de limitaciones. Pero sin tratar de resolver esos problemas de erudición, resulta difícil creer que el sentido más elevado de la sátira no estuviera presente en las palabras de Job: «¡Qué importantes sois, con vosotros morirá la sabiduría!»[59], o que tan gran poeta no percibiera el menor contraste poético al decir de Behemoth, normalmente identificado con el hipopótamo: «¿Jugarás con él como con un pájaro?»[60]. Es probable que la civilización china, en la que la cualidad de lo raro y lo fantástico ha florecido con hermosa voluptuosidad durante siglos, pudiese proporcionar también acertados ejemplos del mismo tenor.

En cualquier caso, el humor yace en los mismos cimientos de nuestra literatura europea y ésta ya forma parte de nosotros lo suficiente como para que podamos apreciar una cualidad tan sutil y a veces subconsciente. Incluso un escolar podrá percibirlo en algunas escenas de Aristófanes, como aquella en la que el muerto se levanta indignado por tener que pagarle el óbolo a Caronte y asegura que antes prefiere volver a la vida; o como cuando Dioniso pide ver a los malvados en el infierno y le responden con un gesto señalando al público. Antes de la época de las controversias intelectuales en Atenas, es habitual encontrar que en la poesía griega, como en la mayor parte del folklore humano, la broma es una farsa. Para un gusto rudo, sin embargo, no pierde ni un ápice de su gracia por eso. Pues la broma de Odiseo al hacerse llamar Nadie[61] no es, como algunos suponen, una especie de chiste o juego de palabras trivial; la broma radica en la imagen gigantesca del iracundo Cíclope rugiendo como si quisiera hacer pedazos las montañas tras haber sido derrotado por algo tan simple y pequeño. Y vale la pena fijarse en este ejemplo, pues representa lo verdaderamente divertido de todos los cuentos de hadas: la idea de que algo aparentemente omnipotente se vuelva impotente

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merced a un pequeño truco. Esta idea de los cuentos de hadas es, sin duda, una de las fuentes primigenias de las que mana el largo y serpenteante torrente del humor histórico. Cuando el Gato Con Botas convence al mago fanfarrón de convertirse en un ratón para que se lo coman, casi merece el nombre de hombre de ingenio.

Tras estas dos expresiones tempranas, la farsa del cuento popular y la diversión más filosófica de la vieja comedia, la historia del humor es simplemente la historia de la literatura. En particular, la historia de la literatura europea, pues ese sentido de lo incongruente es una de las mayores cualidades que equilibran el espíritu europeo. Sería fácil recorrer los gruesos archivos de cada nación y señalar este demento en cada novela u obra de teatro, y en no pocos poemas y obras filosóficas. Naturalmente no tenemos aquí espacio para llevar a cabo semejante indagación, pero podemos mencionar tres grandes nombres históricos, uno inglés, uno francés y el tercero español, pues inauguraron nuevas épocas e incluso los pocos que les superaron continuaron siendo sus seguidores. El primero de esos nombres decisivos es del de Chaucer, cuya urbanidad ha contribuido a ocultar en parte su verdadera originalidad. La civilización medieval tenía un poderoso sentido de lo grotesco, tal como se aprecia en su escultura, pero se trataba en cierto sentido de un sentimiento belicoso, relacionado con dragones y demonios; estaba vivo, pero sobre todo coleaba. Chaucer introdujo en aquella atmósfera la fresca brisa de la comedia verdadera, una especie de incongruencia aún más incongruente en aquel mundo. En sus descripciones personales tenemos un elemento nuevo y muy inglés, que hace que sintamos cierta simpatía hacia la misma gente de la que nos reímos. Toda la novela humorística, por no decir toda la novela, arranca del prólogo de los Cuentos de Canterbury.

Bastante más tarde, Rabelais pasó una nueva página al demostrar que las cosas del intelecto podían tratarse con la energía de los espíritus más elevados y una especie de presión física exuberante que era humorística en su propio abandono. Siempre será la inspiración de cierto tipo de impaciencia genial, y de los momentos en los que la gran imaginación humana se desborda. El propio Renacimiento, por supuesto, fue ese desbordamiento, aunque algunos de sus elementos fueran más venenosos; no obstante, algo hay que decir a favor de los tonificantes de la época, el humor de Erasmo y de Moro. En tercer lugar, apareció con el gran Cervantes un elemento nuevo en su expresión explícita: esa gran cualidad cristiana del hombre que se ríe de sí mismo. Cervantes era él mismo más caballeroso que la mayoría de los hombres cuando comenzó a burlarse de la caballería. Desde entonces, el

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humor en este sentido puramente humorístico, la confesión de complejidad y debilidad que ya hemos señalado, ha sido una especie de secreto de la alta cultura de Occidente. La influencia de Cervantes, Rabelais y los demás recorre todas las letras modernas, sobre todo las nuestras; tiene un sabor ácido y taimado en S ift, un gusto más delicado y tal vez más dudoso en Sterne, recorre toda clase de experimento de ensayo o comedia, se detiene en la alegría pastoral de Goldsmith o continúa hasta dar a luz, como en un parto gigantesco, las vivas caricaturas de Dickens. No es un azar nacional que la tradición se haya perpetuado en nuestro propio país. Pues es cierto que el humor, en el sentido especial e incluso limitado que le hemos dado, el humor por contraposición al ingenio, la sátira, la ironía y otras mullías cosas que pueden provocar diversión legítimamente, ha estado particularmente presente en la vida y las letras inglesas. Para no dar la impresión de que menospreciamos el ingenio y la lógica del resto del mundo, haremos bien en recordar que el humor se origina en el excéntrico que no es del todo consciente de serlo, que es en parte la admisión de una incoherencia, pero que, a fin de cuentas, aporta una nueva belleza a la vida. Incluso puede añadirse que en Inglaterra ha aparecido una nueva clase de humor, que más propiamente debería llamarse humor absurdo. El humor absurdo puede describirse como un humor que, por el momento, ha renunciado a cualquier conexión con el ingenio. Es un humor que abandona cualquier intento de justificación intelectual y no se limita a burlarse de la incongruencia de algún accidente o farsa, como subproducto de la vida real, sino que la extrae y disfruta por sí misma. Jabber ocky[62] no es una parodia de nada; los Jumblies[63] no son una sátira de nadie; se trata de la locura por la locura, igual que el arte por el arte, o, más exactamente, que la belleza por la belleza; y no sirven a ningún propósito social, salvo tal vez al de proporcionar un momento de evasión. Una vez más, haremos bien en recordar que ni siquiera el humor debería proporcionar solo momentos de evasión. Pero este arte del humor absurdo es una valiosa contribución a la cultura y es en gran parte, o casi enteramente, una contribución inglesa. Un observador extranjero tan cultivado y competente como el señor Émile Cammaerts[64] ha observado que es hasta tal punto autóctono que al principio carece de sentido para los extranjeros. Esta es tal vez la última fase en la historia del humor; pero incluso en este caso conviene conservar lo que es una virtud esencial del humor: la virtud de la proporción. El humor, como el ingenio, está relacionado, aunque sea de manera indirecta, con la verdad y las virtudes eternas; igual que la mayor incongruencia consiste en ponerse serios al hablar

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del humor; la peor clase de pomposidad es enorgullecerse monótonamente del humor, pues él mismo es el mejor antídoto contra el orgullo y ha sido desde la época del Libro de los Proverbios el martillo de los idiotas. 1

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EL TEATRO DE MARIONETAS

Solo hay una razón por la que los adultos no juegan con marionetas, y es una

buena razón. Consiste en que jugar con marionetas lleva más tiempo y esfuerzo que jugar con cualquier otra cosa. Jugar como un niño significa hacer como si el juego fuese lo más importante del mundo. Y en cuanto asumimos nuestras pequeñas obligaciones o pesares no nos queda más remedio que abandonar en parte un plan vital tan enorme y ambicioso. Tenemos fuerzas suficientes para dedicarnos a la política, el comercio, el arte y la filosofía, pero no nos quedan fuerzas para jugar. Esa es la verdad que admitirá todo aquel que haya jugado de niño con cualquier cosa: con construcciones, con muñecas, con soldaditos de plomo. A mi trabajo de periodista, con el que gano dinero, no le dedico la misma terrible persistencia que a aquel trabajo con el que no ganaba nada.

Tomemos el caso de las construcciones. Si mañana publicase usted doce volúmenes (nada más típico de usted) sobre la «Teoría y práctica de la arquitectura europea», puede que su trabajo fuese laborioso, pero sería fundamentalmente frívolo. No sería tan serio como el trabajo de un niño apilando un bloque tras otro, por la sencilla razón de que si su libro fuese malo nadie podría probar completa y definitivamente que se trata de un mal libro. Mientras que si los bloques están mal equilibrados, simplemente se caerán. Y, si entiendo algo de niños, el crío se pondrá a reconstruirlo triste y solemnemente. En cambio, si entiendo algo de autores, nadie podría convencerle a usted de volver a escribir su libro, e incluso de volver a pensar en él si pudiera evitarlo.

Tomemos el caso de las muñecas. Es mucho más fácil ocuparse de la educación que cuidar de una muñeca. Es tan fácil escribir un artículo sobre educación como escribirlo sobre caramelos o tranvías o cualquier otra cosa. Pero cuidar de una muñeca es casi tan difícil como cuidar de un niño. Las niñas que veo en las callejuelas de Battersea adoran a sus muñecas de un modo que recuerda no tanto al juego como a la idolatría. En algunos casos, el amor y el cuidado del símbolo artístico se ha vuelto más importante que la realidad humana que debía de simbolizar al principio.

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Recuerdo a una niñita que paseaba a su hermana pequeña en un cochecito de muñecas. Preguntada por los motivos de aquella conducta, replicó: «No tengo muñeca, así que el bebé hace como si fuese mi muñeca». Sin duda la naturaleza estaba imitando al arte. Al principio una muñeca sirvió de sustituto de un niño; y a continuación el niño sirvió de mero sustituto de una muñeca. Pero eso plantea otras cuestiones cuya esencia radica en que semejante devoción absorbe casi tanta dedicación y trabajo como si fuera la cosa real que dice simbolizar. La clave está en que uno que escribe sobre la maternidad no es más que un educador, mientras que el niño que juega con una muñeca es una madre.

Tomemos el caso de los soldaditos. Quien escribe un artículo sobre estrategia militar, no es más que —horrible visión— uno que escribe un artículo. Pero un muchacho que lleva a cabo una campaña con sus soldaditos de plomo es como un general dirigiendo una campaña con soldados de verdad. Debe meditar, dentro de sus capacidades juveniles, mucho sobre el asunto; mientras que el corresponsal de guerra no tiene por qué pensar en absoluto. Recuerdo a un corresponsal de guerra que escribió, tras la captura de Methuen[65]: «Esta renovada actividad por parte de Delarey se debe probablemente a la falta de suministros». El mismo especialista militar había mencionado, unos párrafos antes, que Delarey estaba siendo perseguido de cerca por una columna al mando de Methuen. Methuen perseguía a Delarey y la actividad de éste se debía a la falta de suministros. De lo contrario se habría quedado quieto mientras el otro le perseguía. Si yo ataco a Jones con un hacha y él arranca a correr tratando de escapar, la única explicación posible es que tiene pocos fondos en el banco. No concibo que ningún niño jugando con sus soldaditos pueda ser tan idiota. Pero ya hemos visto que cualquiera que quiera jugar a algo tiene que ser serio. Mientras que, tal como puedo atestiguar, quienes se dedican a escribir artículos pueden decir cualquier cosa que se les pase por la cabeza.

Por tanto, lo que impide a los adultos unirse a los juegos de los niños no es, en general, que no les diviertan, sino simplemente que no tienen tiempo. No pueden permitirse perder el tiempo y el esfuerzo necesarios para un asunto de tanta gravedad e importancia. Yo mismo llevo un tiempo queriendo terminar una obra para un pequeño teatro de marionetas, la clase de teatro de marionetas que solía llamarse de un penique o de dos centavos[66]; con la diferencia de que yo mismo pinté y dibujé los personajes y el decorado, por lo que me libré de la degradante obligación de pagar un penique o dos centavos. Lo único que tuve que pagar fue un chelín por un trozo de cartón del bueno y

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otro chelín por una caja de acuarelas de las malas. La clase de escenario en miniatura al que me refiero le resultará familiar a todo el mundo; no es más que una variación del escenario fabricado por Skelt y alabado por Stevenson[67].

Pero, a pesar de que he trabajado más duramente en el teatro de marionetas de lo que nunca he trabajado en ningún artículo, no consigo acabar la obra; parece demasiado complicada para mí. Tengo que interrumpirla y ocuparme en cosas más sencillas, como las biografías de grandes hombres. A la obra de San Jorge y el dragón, que tantas veces me ha obligado a quedarme despierto hasta más de medianoche (hay que pintar las figuras a la luz de una lámpara pues así es como se verán después), le faltan todavía, ¡ay!, dos alas del palacio del sultán y algún sistema sencillo y factible para levantar el telón.

Todo esto me hace tener la sensación de estar rozando el verdadero significado de la inmortalidad. En este mundo no es posible disfrutar de los placeres puros. Eso se debe, en parte, a que el placer puro sería peligroso para nosotros y los que nos rodean. Pero en parte se debe también a que el placer puro conlleva demasiadas complicaciones. Si alguna vez llego a estar en otro mundo mejor, espero tener tiempo suficiente para no jugar con otra cosa que con teatros de marionetas, y las suficientes energías, divinas y sobrehumanas, para representar al menos una obra sin interrupciones.

Entretanto, la filosofía de los teatros de marionetas merece toda nuestra consideración. Toda la moral que necesita aprender el hombre moderno podría deducirse de este juguete. Considerado artísticamente, nos recuerda el principio más importante del arte, el principio que corre más peligro de ser olvidado en nuestro tiempo. Me refiero al hecho de que el arte consiste en una limitación; el hecho de que el arte es una limitación. El arte no consiste en expandir las cosas. El arte consiste en recortarlas, como cuando recorto con un par de tijeras mis feas figuras de san Jorge y el dragón. A Platón, a quien le gustaban las ideas bien definidas, le habría encantado mi dragón de cartón, pues aunque la criatura tiene pocos méritos artísticos al menos tiene aspecto de dragón. El filósofo moderno, a quien le gusta la infinitud, se contenta con una lámina de cartón. Lo más artístico que tiene el arte teatral es el hecho de que el espectador mire a través de una ventana. Esto es cierto incluso en los teatros inferiores al mío: incluso en el Teatro de la Corte o en el de Su Majestad uno mira a través de una ventana, una ventana inusualmente grande. En cambio, la ventaja del teatro más pequeño consiste precisamente en que uno mira a través de una ventana pequeña. ¿Acaso no hemos reparado todos en lo dulce y sorprendente que resulta cualquier paisaje contemplado a través

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de un arco? Esa forma fuerte y cuadrada, ese aislamiento del resto del mundo, no solo es una ayuda, sino que resulta esencial para la belleza. Lo más hermoso de un cuadro es el marco.

Esto es particularmente cierto del teatro de marionetas: al reducir la escala de los acontecimientos, es posible introducir acontecimientos mucho mayores. Al ser tan pequeño es posible representar en él el terremoto de Jamaica. Al ser tan pequeño sería fácil representar en él el Día del Juicio. Precisamente en la medida en que está limitado podría representarse en él el derrumbe de las ciudades o el desplome de las estrellas. En cambio, los grandes teatros se ven obligados a hacer economías porque son grandes. Cuando hayamos comprendido esto, podremos comprender mejor por qué el mundo siempre se ha dejado inspirar por los países pequeños. La vasta filosofía griega cabía mejor en la pequeña ciudad de Atenas que en el inmenso imperio de Persia. Dante sintió que el Purgatorio, el Cielo y el Infierno tenían cabida en las estrechas callejuelas de Florencia, pero se habría ahogado en el Imperio británico. Los grandes imperios son por necesidad prosaicos, pues componer un gran poema a tan gran escala está más allá de la capacidad del hombre. Tan solo se pueden representar grandes ideas en espacios muy pequeños. Mi teatro de marionetas es tan filosófico como el de Atenas.

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FALSA TEORÍA DEL TEATRO

Un empresario teatral ha insistido recientemente en la necesidad de

introducir trabajadores chinos en la profesión. Insistió en recurrir a chinos reales para interpretar el papel de unos criados chinos; y algunos actores parecen haberse molestado; en mi opinión, con mucha razón. Una lamosa actriz, que es lo bastante inteligente como para saber lo que se dice, salió en su defensa alegando que nada debe estorbar la perfección de una obra de arte. En cualquier caso, yo niego esa tesis moral, aunque sin duda Nerón la habría defendido para poder contar con muertos de verdad en el anfiteatro. No admito en ningún caso que el artista pueda ser mucho más indiferente al hambre y el desempleo que a los leones o el aceite hirviendo. Pero, de hecho, es innecesario invocar cuestiones morales, pues el problema puede plantearse con la misma fuerza desde el punto de vista artístico. No creo que un personaje chino representado por un chino sea el toque de perfección definitivo de una obra de arte. Creo que es la última fase, y la más indigna, de esa vulgaridad conocida con el nombre de realismo. Está en la misma línea que ese gusto y estilo del que tanto se precian algunos actores y empresarios a quienes les parece todo un triunfo contar con copas de plata auténtica o joyas de verdad para sus coronas. No es ése el espíritu del artista perfecto, sino más bien el del arribista orgulloso del contenido de su cartera. El artista perfecto será aquel capaz de ponerse una corona de oropel o alambre dorado y hacernos creer que es un rey.

Además, si ese principio se hace extensivo de las cosas a las personas, no es fácil saber dónde detenerse. Si insistimos en que asiáticos verdaderos actúen en Chu Chin Cho [68], ¿por qué no exigir que El mercader de Venecia lo interpreten auténticos venecianos? Hace poco asistimos al experimento, y con mucho éxito, según tengo entendido, de que el judío lo interpretara un verdadero judío. Pe ro me cuesta admitir que debamos hacer de esto una norma y que a nadie se le permita interpretar a Shylock a menos que pueda probar su derecho racial a remontarse hasta su padre Abraham. ¿Es que solo van a poder interpretar a Macbeth y Macduff hombres cuyos nombres sean Macpherson o Macnab? ¿Deberá ser nativo de aquel país el príncipe de Dinamarca? ¿Deberemos importar una tropa de griegos para que se nos

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permita montar Troilo y Cresida, o una horda de egipcios para hacer el papel del coro en Antonio y Cleopatra? ¿Será necesario recurrir al tráfico de esclavos para secuestrar a un caballero africano y obligarle a representar Otelo? Hace un tiempo, alguien sugirió de manera un poco estúpida que nuestros aliados de Japón podrían sentirse ofendidos por la fantástica sátira de El Mikado[69]. En realidad la sátira de El Mikado no está dirigida en absoluto contra los asuntos japoneses, sino exclusivamente contra los asuntos ingleses. Pero, sin duda, creo que podrían producirse algunas tensiones en Japón si tuvieran que enviar a un tropel de culis japoneses a través de dos continentes solo para actuar en la obra. Si alguna vez llegara a admitirse esta norma tan singular, es evidente que un autor teatral se lo pensaría mucho antes de decidirse a introducir zulúes o indios pieles rojas en sus obras, debido a las dificultades que tendría para encontrar actores con el talento dramático necesario. Dudaría antes de decidir que el protagonista fuese un esquimal. Abandonaría su intención de buscar a su heroína en las islas Sand ich. Si insistiera en utilizar a caníbales auténticos, parece probable que éstos insistieran en recurrir al verdadero canibalismo. Cosa que estaría de acuerdo con el espíritu de Nerón y de todos los críticos de arte del realismo romano del anfiteatro. Pero eso sería darle un toque demasiado perfecto a la obra de arte. Es un toque definitivo que parece demasiado definitivo.

La ironía aumentó cuando los periódicos que habían insistido en contar con chinos porque no podían evitar ser chinos, comenzaron a alabarlos con admiración y sorpresa porque parecían chinos. Algo que plantea una serie de conjeturas tan compleja y contradictoria que no pienso desarrollarla, puesto que lo que me interesa no es este incidente en particular sino la idea general. Para formular el principio fundamental de todas las artes bastará con decir sencillamente que no me creo el parecido. No creo que un chino parezca chino. Es decir, no me creo que ningún chino tenga necesariamente el aspecto del chino que el artista tiene en su imaginación y que es del interés del público. Todos conocemos la fábula del hombre que imitó a un cerdo y de su rival que fue abucheado por la multitud porque lo único que sabía hacer era (de hecho) el gruñido de un verdadero cerdo. La muchedumbre tenía toda la razón. Esa multitud era un multitud de críticos de arte muy penetrantes y filosóficos. No habían ido allí a oír a un cerdo, cosa que podían oír en cualquier cochiquera. Habían ido a oír cómo la voz del cerdo afecta a la imaginación y al espíritu inmortal del hombre; qué clase de sátira haría de ella; qué suerte de diversión podría extraer; qué clase de exageración le parecía una exageración de su esencia, y no de sus accidentes. En otras

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palabras, habían acudido a oír un gruñido, pero la clase de gruñido que expresa lo que el hombre piensa del cerdo, no ese gruñido mucho más vil que tan solo muestra lo que el cerdo piensa del hombre. Yo mismo tengo un entusiasmo poético por los cerdos, y el paraíso de mi fantasía es uno en el que los cerdos tienen alas. Pero solo las personas, en particular las personas inteligentes, discuten sobre si los cerdos pueden o no volar; no tenemos la menor prueba de que los cerdos lo discutan. Por eso, el actor que imitó al cuadrúpedo pudo poner en su gruñido algo del grito patético de quien anhela tener alas de paloma. El propio cuadrúpedo no podría expresar semejante sentimiento; tan solo podría parecer, tal como acostumbra, singularmente inconsciente de su falta de plumas. Pero el mismo principio es cierto de cosas más dignas que el más digno de los puercos, aun revestido de las más soberbias plumas. Si un autor y artista concibiera en su imaginación a un árabe majestuoso, haría bien en confiársela a un actor que fuera también un artista. Y haría mucho mejor en confiársela antes a un actor que a un árabe. El actor, al ser un compatriota y un artista como él, podría comprender lo que el autor pensaba de los árabes; mientras que el árabe auténtico podría ser un individuo particular que se negara a representar eso o cualquier otra cosa. Se trata de un principio general y no pretendo faltarle al respeto a China con mis paralelos porcinos, o con cualquier asociación de ideas entre la cola de los cerdos y las coletas.

Pero, de hecho, el argumento es especialmente válido en el caso de China. Pues me temo que si China nos resulta especialmente interesante es por estar en el otro extremo del mundo. Se la considera algo muy lejano, y por tanto fantástico, como un reino entre las nubes del sol naciente. La gente no quiere ver en una obra de teatro las verdaderas virtudes de la tradición china —su estoicismo, su sentido del honor, sus antiguos cultos agrícolas—, sino el típico sentimiento romántico acerca de algo remoto y extravagante como los marcianos o el hombre que algunos creen ver en la luna. Es perfectamente razonable disfrutar moderadamente de semejante sentimiento romántico igual que de cualquier otra diversión. Pero no es nada razonable esperar que la persona remota se sienta remota de sí misma, o que el hombre del otro lado del mundo no tenga aquí esa misma sensación. No podemos pedirle a un oriental exótico que se sienta exótico, ni a un chino que se sorprenda de ser chino. Así que si el artista literario tiene la intención literaria legítima de expresar la atmósfera exótica y misteriosa que le sugiere China, es probable que lo haga mucho mejor con la ayuda de un actor que no sea chino. Por supuesto, no estoy criticando los detalles particulares de esa representación en

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particular, de la que sé muy poco o nada. Desconozco las circunstancias, y en esas circunstancias, el experimento puede haber sido muy necesario o exitoso. Tan solo protesto contra una teoría de la verdad teatral, planteada en defensa de un experimento teatral que me parece calculado para falsificar todo el arte del teatro. Se funda en la misma falacia que el niño de la cancioncilla infantil de Stevenson, que pensaba que los niños japoneses debían de sentir mucha añoranza por tener que vivir siempre en el extranjero en Japón.

Eso nos lleva a una vieja y algo gastada controversia teatral sobre si la puesta en escena debe ser sencilla o elaborada. No es que pretenda reavivar la discusión. Lo que hace falta no es tanto un empresario teatral de ideas sencillas, sino un espectador de ideas sencillas. En un sentido muy real, lo que hace falta es un crítico de ideas sencillas que sería sin duda el más sutil de los críticos. Los instintos humanos saludables se ven al menos tan perjudicados por la sofisticación de la platea como por la elaboración en el escenario. Una imaginación verdaderamente sencilla disfrutaría tanto de una escena sencilla como de una escena esplendorosa. El instinto popular, que puede encontrarse en todo el folklore, sabría distinguir muy bien si la una o la otra eran apropiadas. Pero no se trata aquí de la sofisticación en su conjunto, sino solo de un tipo particular de sofística, contra la cual vale la pena protestar. Se trata de la falacia crítica de cortarle la cabeza a un asno de verdad para encasquetársela a Lanzadera el tejedor[70]; cuando esa cabeza es simbólica y, en este caso, mucho más apropiada para el crítico que para el actor.

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EN DEFENSA DE LAS UNIDADES

DRAMÁTICAS

Cometemos una injusticia con las viejas reglas clásicas de la crítica artística

al no considerarlas como crítica artística. Primero las transformamos en una serie de regulaciones policiales, y luego nos quejamos de que lo sean. Pero sospecho, con la humildad propia de la ignorancia, que los cánones artísticos de Aristóteles y otros como él eran en general mucho más artísticos, en el sentido de atmosféricos. Permitimos que un crítico romántico sea tan dogmático como Ruskin, y aun así tenemos la sensación de que no está siendo tan despótico como Boileau. Si un moderno, como Maeterlinck, dice que toda obra de teatro es una puerta abierta al final de un pasillo desierto, no nos lo tomamos literalmente como otra salida de emergencia en caso de incendio. Pero si un antiguo, como Horacio, dice que toda obra de teatro requiere una puerta cerrada que oculte a Medea mientras asesina a sus hijos, entonces lo entendemos como algo rígido y formal, como la orden de cerrar las persianas las noches de ataques aéreos con zepelines. No sé hasta qué punto los críticos clásicos se tomaban al pie de la letra sus normas. Pero estoy sustancialmente convencido de que, aunque pueda haber algunas excepciones marginales, detrás de ellas había un instinto sincero. La unidad del tiempo y el espacio, es decir, la idea de mantener a los personajes y los acontecimientos confinados a unas pocas horas o unos pocos metros, se desprecia como una afrenta especialmente artificial para el intelecto. Pero estoy seguro de que se trata de una sugestión real para la imaginación. Es precisamente en la atmósfera artística, en la que las razones y las normas resultan más difíciles de definir, donde esa unidad debería ser más fácil de defender. Dicha limitación a unas pocas escenas y actores tiene realmente algo que satisface a la imaginación y no a la razón. Hay ejemplos en los que puede quebrantarse sin más; hay tipos de arte en los que no se aplica en absoluto. Pero allí donde se cumple, se cumple algo que no es superficial, sino más bien subconsciente. El alma extraña de los lugares únicos nos revisita; la sombra de los fantasmas o de los dioses familiares. Igual que todas esas cosas, resulta indescriptible cuando tiene éxito y es más fácil describir su desinterés cuando fracasa. Por eso la

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obra maestra de Stevenson, El señor de Ballantrae, siempre me ha parecido que tiene dos partes: la mejor, que gira alrededor de Durisdeer; y la peor, que vaga a través de América y la India. La esbelta y siniestra figura vestida de negro, de pie en la orilla o desvaneciéndose entre los arbustos, parece haber surgido verdaderamente de los confines de la tierra. En los capítulos dedicados al viaje, esa misma figura solo sirve para demostrar que, en los cuentos de aventuras para niños, un buen villano resulta ser siempre un mal héroe. E incluso a propósito de Hamlet soy tan herético como para ser casi clásico; dudo que el exilio en Inglaterra no empequeñezca más que dignifique al cautivo de Dinamarca. No estoy seguro de que obtuviera algo de los piratas que no hubiera podido obtener de los actores. Y estoy muy seguro de que esta figura de negro, como la otra, produce un efecto auténtico, aunque intangible, de tragedia cuando, y porque, lo vemos contra el gran telón de fondo de la casa de sus padres. En una palabra, es lo que el señor J. B. Yeats, el estimulante padre del poeta, llama en su magnífico libro de ensayos «el drama del hogar». El drama es doméstico, y es dramático por ser doméstico.

Podría decirse que la literatura superior es centrípeta, mientras que la literatura inferior es centrífuga. Pero, curiosamente, esa misma verdad se encuentra al estudiar tanto la literatura inferior como la superior. Lo que es cierto de los dramas shakespearianos también lo es de las novelas de un chelín. Dichas novelas son tanto peores cuanto más vagan y tratan de escapar a través de nuevas escenas y personajes y mejores cuando nos sorprenden con algo familiar, como un personaje o suceso que ya conocíamos, pero no habíamos llegado a comprender. Una buena novela de detectives también puede respetar las unidades dramáticas o romper las reglas del juego. Yo devoro novelas de detectives y me encanta cuando el puñal del párroco resulta ser la pista definitiva que explica la muerte del vicario. Pero hay algo que el autor debe respetar: puede esconder el crimen del párroco, pero no puede esconder al párroco. Me siento estafado cuando en el último capítulo se dice por vez primera que el vicario tenía un párroco. Me indigno cuando el párroco, que para mí es un completo desconocido, sale de una caja o de una alacena de un modo a la vez repentino y tardío. Y me encolerizo cuando el nuevo párroco resulta ser solo un instrumento de una terrible sociedad secreta que se extiende desde Moscú o el Tíbet. Esas complicaciones cosmopolitas constituyen los elementos más aburridos y menos dramáticos de las ingeniosas historias del señor Oppenheim o el señor Le Queux[71], y arruinan por completo la fina domesticidad de un buen asesinato. Es tan poco deportivo recurrir a unos espías del fin del mundo, como convocar a unos

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espíritus de las profundidades en una historia que no se ha referido a ellos desde un primer momento. Eso se debe a que el repertorio es infinito y, como dijo muy bien Coventry Patmore[72], el infinito suele ser ajeno al arte. Todo el mundo sabe que el universo contiene suficientes espías o espectros como para matar al vicario más sano y vigoroso. El dramatismo de la investigación reside en descubrir cómo matarlo decente y económicamente dentro de las clásicas unidades del tiempo y el espacio.

En pocas palabras, las buenas novelas de misterio deben estrechar sus círculos igual que se cierne un águila antes de caer en picado sobre la presa. La espiral debe curvarse hacia dentro y no hacia fuera. Y este movimiento hacia el interior es característico tanto de los verdaderos misterios poéticos como de las simples mistificaciones policíacas. Pensarán que bromeo si digo que la idea de este lector de novelas de que el crimen debe mantenerse en la familia, tiene un profundo significado social. Puede parecer un despropósito tratar de encontrarle una moraleja a esta fantasía mía de lavar los trapos ensangrentados en casa. Sin duda se preguntarán si no habré idealizado a la Iglesia como un lugar en el que los párrocos pueden asesinar a los vicarios. Por el contrario, como tantas otras cosas, se trata de algo simbólico aunque carente de importancia. Y esa objeción, por parte de muchas personas, implica una sutil incomprensión de toda mi defensa del hogar, como he tenido ocasión de apreciar otras veces. Cuando defendemos a la familia; cuando mantenemos la tesis del matrimonio, no queremos decir que se trate siempre de un matrimonio feliz. Queremos decir que es el teatro del drama espiritual, el lugar donde ocurren las cosas, y sobre todo las más importantes. No es tanto el lugar donde un hombre asesina a su mujer, como el lugar donde puede optar por la no menos extraña solución de no asesinarla. Hay algo de verdad en el cinismo de decir que el matrimonio es un juicio; pero incluso el cínico admitirá que un juicio pueda resultar en la absolución. Y el motivo de que la familia tenga este carácter central y crucial es el mismo que hace que en política sea el único sostén de la libertad. La familia es la prueba de la libertad, porque la familia es lo único que el hombre construye por sí mismo y para sí mismo. Otras instituciones, tanto despóticas como democráticas, están hechas en gran parte por extraños. No hay otra forma de organizar a la humanidad que le proporcione ese poder y dignidad, no solo a la humanidad sino al hombre. Si se quiere, puede decirse que convierte a todos los hombres en déspotas. Es decir, la cooperación de la comunidad será una mera unanimidad automática como la de los insectos, a menos que el ciudadano tenga algún margen de acción puramente voluntaria; a menos que sea no solo

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un ciudadano sino un rey. En el mundo de la ética eso se llama libertad; en el mundo de la economía se llama propiedad, y en el mundo de la estética, necesariamente más turbio e indefinible, está lóbregamente sugerido por las viejas unidades dramáticas del tiempo o el espacio. Sería, desde luego, un error tratar esas reglas artísticas con tanta rigidez como si fueran reglas morales. Fue un error si es que alguna vez se consideraron así, aunque podamos preguntarnos si es que se concibieron para ser consideradas de ese modo. Pero cuando los críticos sugieren que esos cánones clásicos no eran más que un barniz superficial, puede decirse con total seguridad que son los críticos quienes son superficiales. Si los artistas modernos hubiesen sido más astutos, habrían desarrollado con benevolencia parte de la estética aristotélica, igual que los filósofos medievales desarrollaron con benevolencia la lógica y la ética aristotélicas. Pues un estudio más sutil de las unidades del tiempo y el espacio tal como se esbozaron en el teatro griego, por ejemplo, podría habernos conducido al que tal vez sea el último secreto de toda leyenda y literatura. Podría habernos sugerido por qué los poetas, paganos o no, volvían constantemente a la idea de la felicidad como un lugar para la humanidad como persona. Podría habernos sugerido por qué el mundo no deja de buscar absolutos que no son abstracciones; por qué el país de las hadas ha sido siempre un país e incluso el superhombre casi un hombre.

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LAS PINTURAS ALEGÓRICAS DE ATTS

El único modo en el que se puede estudiar con sinceridad el arte alegórico de atts es preguntándose a qué se debe el rechazo que provocó contra la alegoría. Puede decirse que, a grandes rasgos, las verdaderas objeciones contra la alegoría se basan en la idea de que la alegoría se refiere a un arte que imita a otro. Eso es en parte verdad. Pintar una figura con una túnica azul y llamarla Necesidad, y luego otra más pequeña con una túnica amarilla y llamarla Invención, para poner a la segunda en las rodillas de la primera, y luego decir que estás enunciando la sublime y eterna verdad de que la Necesidad es la madre de la Invención, es ocioso y estúpido. Es decir con seis semanas de trabajo de espátula y pincel lo que puede decirse mucho mejor en ocho palabras. Y no hay duda de que muchas de las pinturas alegóricas que han llenado los museos y cubierto los techos en épocas antiguas y modernas son así. Así eran las monstruosas pinturas de Rubens, que representaban a una obesa Religión y una flácida Templanza bailando ante algún conquistador extranjero; así eran los floridos diseños del XVIII, que mostraban a Venus y a Apolo animando a Lord Peterborough a soportar la incomodidad de su coraza; así eran también las mansas alegorías victorianas que mostraban a la Piedad y a la Prudencia animando a la gente a fundar una Sociedad para la Protección de la Caza Menor. Así eran casi todas las alegorías que han dominado el arte europeo durante muchos siglos. Así, dicho sea con la mayor insistencia, es como no son las alegorías de atts. No son meras formas pictóricas combinadas en una especie de criptograma para expresar parentescos u opiniones teóricas con exactitud engorrosa al óleo y el blanco de zinc. No son, por decirlo brevemente, lo que los enemigos de atts y su escuela dicen que son: no son meramente literarias. Esta idea de que el arte alegórico de atts es meramente literario se basa en una concepción actual bien definida. Se basa en la idea que subyace en la raíz del racionalismo, en la raíz de las logomaquias inútiles y, no poco, en la raíz de todos los males modernos: el supuesto de la perfección del lenguaje. Es evidente que toda religión y toda filosofía necesitan basarse en la presunción de la autoridad o exactitud de algo. Pero podemos preguntarnos si no es más sensato y satisfactorio fundar nuestra fe en la infalibilidad del Papa, o la infalibilidad del Libro del

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Mormón, que en este sorprendente dogma moderno de la infalibilidad del lenguaje humano. Cada vez que alguien le dice a otro: «Dinos sencillamente lo que piensas», está dando por sentada la infalibilidad del lenguaje; es decir, está dando por sentado que hay un esquema perfecto de expresión verbal para todos los estados de ánimo e intenciones de las personas. Cada vez que alguien le dice a otro: «Prueba eso que dices; defiende tu fe», está dando por sentado que el hombre tiene una palabra para cada realidad de la tierra, o el cielo, o el infierno. Sabe que el alma tiene matices más desconcertantes e indescriptibles que los colores de un bosque en otoño; sabe que en el mundo hay crímenes que nunca han sido condenados y virtudes que nunca han sido bautizadas. Pero aun así cree seriamente que todas y cada una de esas cosas, en todos sus tonos y semitonos, en todas sus mezclas y uniones, pueden representarse exactamente con un arbitrario sistema de gritos y gruñidos. Cree que un corriente y civilizado corredor de bolsa puede extraer de su interior sonidos que denoten todos los misterios de la memoria y todas las agonías del deseo. Por otro lado, cuando alguien se rebela vaga o desmayadamente contra esta forma de hablar, cuando alguien dice que no sabe explicar lo que piensa, y que odia discutir, que su adversario le malinterpreta, pero que no sabe explicar cómo; es que ese hombre es un verdadero sabio y ha penetrado en el corazón de la verdadera naturaleza del lenguaje. Quien rehúsa dejarse enredar por algún dilema sobre la razón o la pasión, o sobre la razón y la fe, o sobre el destino y el libre albedrío, es que ha visto la verdad. Quien se niega a dejarse arrinconar como un egotista, o un altruista, o cualquier otro monstruo moderno parecido, es que ha visto la verdad. Pues la verdad es que el lenguaje no es en absoluto científico, sino algo completamente artístico, algo inventado por cazadores, asesinos y otros artistas parecidos mucho antes de que nadie soñara siquiera con la ciencia. La verdad es sencillamente que la lengua no es un instrumento fiable, como un teodolito o una cámara. La lengua es un órgano indisciplinado, como la llamó el santo, y tan poética y peligrosa, como la música o el fuego.

Es fácil imaginar un estado de cosas diferente, similar a grandes rasgos al de las alegorías de atts, es decir, un sistema en el que los estados de ánimo o las realidades del espíritu humano se expresaran de un modo distinto al lenguaje, mediante formas o colores o algo parecido. De hecho, por supuesto, hay otros grandes lenguajes además del verbal. Las descripciones de estados espirituales e intenciones mentales pueden sugerirse mediante una gran variedad de cosas: mediante sombreros, campanas, revólveres, fuegos en una colina o sacudidas de cabeza. De hecho hay un ejemplo que es singularmente

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parecido a las pinturas decorativas y simbólicas. Se trata de un esquema de signos o emblemas estéticos verdaderamente sencillos que consisten solo en unos pocos colores elementales y se emplean para transmitir grandes lecciones acerca de la seguridad humana y las necesidades de la sociedad. No necesito decir que me refiero a las señales de ferrocarril. Son un lenguaje sin duda tan solemne como la secuencia de colores de las vestiduras eclesiásticas, que emplean el rojo para el martirio y el blanco para la resurrección. Pues el rojo y el verde de las señales nocturnas representan las dos cosas más fundamentales que residen detrás de todo lenguaje. Sí y no, bueno y malo, seguro e inseguro, vida y muerte. Es perfectamente concebible que pudiera introducirse algo de flexibilidad o sutileza en esos colores para sugerir significados distintos y más completos. Podríamos (bajo la influencia de algunos jefes de estación especialmente poéticos) alcanzar un estado de cosas en el que determinado tono purpúreo en la luz roja indicara: «Viaje algo más despacio durante unos segundos, para que la romántica señora, que viaja en primera clase, pueda admirar la belleza del bosque». Un matiz azul metálico en la luz verde podría significar: «Un anciano caballero con una corbata negra acaba de beberse una copa de jerez en el restaurante de la estación». Pero por mucho que modificáramos o variásemos esta secuencia o lenguaje de colores, habría una cosa que sería un poco ridículo e incierto decir. Sería un poco ridículo e incierto decir que dicha secuencia de colores era simplemente un símbolo que representaba al lenguaje. Lo que sería es otro lenguaje; transmitiría su significado a cualquier extranjero que tuviese otra palabra para «bosque», y otra palabra para «jerez», y otra palabra para «señora». No sería un símbolo del lenguaje, un símbolo de un símbolo; sería un símbolo de la realidad, y por tanto otro lenguaje. Esa es precisamente la verdadera postura ante el arte alegórico en general y, por encima de todo, ante el arte alegórico de atts.

Mientras pensemos que se trata, fundamentalmente, de simbolizar la literatura en forma de pintura, malinterpretaremos sin duda los raros y peculiares méritos, tanto técnicos como filosóficos, que lo caracterizan. Si el visitante habitual de las galerías de arte se encuentra, digamos, ante el cuadro de una figura coronada de flores y vestida con una túnica rosa y siente la curiosidad de conocer su título, lo busca en el catálogo, descubre que se llama, digamos, Esperanza y se queda tan satisfecho como si el título hubiera sido Retrato de lady ar ick, o Vista del castillo de Kilchurn. La palabra «esperanza» representa algo concreto y definido. Pero ¿qué representa la palabra «esperanza»? Tan solo un vislumbre instantáneo e interrumpido de

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algo inconmensurablemente más antiguo y primitivo que el lenguaje, inconmensurablemente más antiguo y primitivo que el hombre; un misterio para los santos y una realidad para los lobos. Suponer que algo semejante se pueda describir con la palabra «esperanza», es tan ridículo como suponer que América pudiera describirse con una vista lejana del cabo de Hornos. No es solo que sea cierto que la palabra en sí sea tan arbitraria como cualquier otra, y que lo mismo podría haber sido «cerdo» o «parasol»; es que el significado filosófico de la palabra, en la imaginación consciente del hombre, es solo una parte de algo inmensamente mayor en su subconsciente, es que la impetuosa luz del lenguaje se detiene por un instante en un fragmento, en ese fragmento obviamente separado e inacabado de ciertos patrones concretos de los oscuros tapices de la realidad. Es vano, y aún peor que vano, clamar contra lo alegórico, pues la misma palabra «esperanza» es una alegoría, y la misma palabra «alegoría» es una alegoría.

Imaginemos ahora que en lugar de toparse con la hipotética figura de la Esperanza revestida de la convencional túnica y las convencionales flores, el espectador se encontrara ante otro cuadro. Supongamos que se encontrara ante una tela oscura con una figura inclinada, afligida y encogida furtivamente sobre una lira rota en mitad del crepúsculo. ¿Qué pensaría? Su primera idea, por supuesto, sería que el cuadro se titulaba Desesperación; la segunda (cuando descubriese su error en el catálogo), que el número estaba equivocado; la tercera, que el pintor estaba loco. Pero si imaginamos que fuese capaz de sobreponerse a esos sentimientos preliminares y que mientras observara aquel cuadro extraño y crepuscular comenzase a hacer presa en él una sensación vaga y poderosa acerca de su sig niñeado, ¿qué es lo que vería? Vería algo para lo que no hay ni palabras ni lenguaje, que ha sido demasiado vasto para que lo viera cualquier ojo y demasiado secreto para que lo describiera ninguna religión, ni siquiera una doctrina esotérica. De pie ante ese cuadro, se encuentra en presencia de una gran verdad. Percibe que hay algo en el hombre que aparentemente está siempre a punto de desaparecer, pero nunca desaparece, una certidumbre que aparentemente está siempre diciendo adiós, pero nunca ter mina de marcharse, una cuerda que está siempre a punto de romperse y sin embargo nunca se rompe. Percibe que lo más raro y delicado que tenemos, lo más frágil, lo más fantástico, es en realidad el pilar más indestructible. Deduce una gran realidad moral: que nunca hubo una edad de certidumbre, que nunca hubo una edad de la fe. La fe siempre está en desventaja; es una idea perpetuamente derrotada que sobrevive a todos sus conquistadores. La desesperada charla moderna acerca

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de días oscuros y altares tambaleantes y del final de los dioses y los ángeles, es la charla más antigua del mundo: en los sermones de los monjes de la Edad Media pueden encontrarse lamentaciones sobre el aumento del agnosticismo y en la Ilíada puede encontrarse el horror por la impiedad de los jóvenes. Se trata de algo que nunca abandona al hombre y que, sin embargo, amenaza siempre con abandonarlo con osada diplomacia. No hay duda de que ha dominado y ha habitado entre todos los reyes y multitudes, pero siempre con el aspecto de un peregrino que va de paso. No cabe duda de que ha calentado e iluminado a los hombres desde los comienzos del Edén con una llama infinita, aunque se tratase de la llama de un eterno crepúsculo.

Aquí, en este cuadro sombrío, el truco está a punto de desvelarse. Nadie podría ponerle título, pero atts, que lo pintó, lo ha titulado Esperanza. La clave está en que este título no es (como creen quienes lo llaman «literario») la realidad detrás del símbolo, sino otro símbolo para la misma cosa, o, por hablar con mayor propiedad, otro símbolo que describe otra parte o aspecto de la misma realidad compleja. Dos personas sintieron algo fugaz, violento e invisible en el mundo: una pronunció la palabra «esperanza», la otra pintó un cuadro con pintura azul y verde. La pintura por sí sola resulta insuficiente; la palabra «esperanza» también; pero las dos juntas, como dos ángulos en el cálculo de una distancia, casi consiguen ubicar un misterio, un misterio que los hombres han perseguido durante cientos de años y que siempre se les ha escapado. De modo que el título no es tanto la sustancia de uno de los cuadros de atts, como un epigrama sobre él. Es solo un intento aproximado de transmitir, utilizando la herramienta de otro artesano, la dirección buscada en el arte del pintor. Lo titula Esperanza, y probablemente sea ése el mejor título posible. Entre otras cosas, nos recuerda un hecho que suele recordarse poco, que la fe, la esperanza y la caridad, las tres virtudes místicas del cristianismo, son también las virtudes más alegres. El paganismo, como he sugerido, no es alegre, sino más bien noblemente triste; el espíritu de atts, que en general también es noblemente triste, se acerca más aquí que en ninguna otra parte al misticismo en sentido estricto, a un misticismo que está tan lleno de fe y pasión secretas como el de fra Angélico o el de Blake. Pero aunque atts llama a su tremenda realidad Esperanza, también podemos llamarla de muchas otras maneras. Llamémosla fe, llamémosla vitalidad, llamémosla voluntad de vivir, llamémosla la religión del mañana, llamémosla la inmortalidad del hombre, llamémosla amor propio y vanidad; es eso lo que explica que el hombre sobreviva a todo y que no haya tal cosa como un pesimista. No puede encontrarse en ningún diccionario ni premiarse en

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ninguna sociedad, solo hay una forma de distinguirla y de reconocerla: si hay alguien en algún sitio que la haya perdido de verdad, su rostro destacará entre la multitud como un puñetazo. Da igual que se ahorque o que llegue a ser primer ministro. Ese hombre está muerto.

Por supuesto, la objeción más habitual a la alegoría —y es una objeción muy razonable— puede formularse bastante bien diciendo que las figuras pictóricas son meros símbolos arbitrarios de las palabras. Un alegorista de la escuela pomposa podría pintar algún grupo de la Paz y el Comercio haciéndole alguna cosa a Britania. Podría haber una figura del Comercio con ropajes griegos con una cornucopia o bolsa de oro o un barco mercante o cualquier otro símbolo convencional. Pero, sin duda, es evidente que semejante figura es un mero signo, como la palabra «comercio», que lo mismo podría ser «diente de león», igual que la dama griega con la cornucopia también podría haber sido un profeta hebreo cabeza abajo. Apenas se trata de un lenguaje: es un código cifrado. Nadie puede defender que la figura, tomada como tal, le haga pensar a uno en el comercio, o en las fuerzas que impulsan el comercio: en un millar de puertos, un millar de calles, un millar de almacenes y letras de cambio, en un millar de nerviosos hombres de negro que ciertamente no sabrían qué hacer con una cornucopia. Si contemplamos algún monumento de la frágil y eterna fe humana, alguna capilla en ruinas, algún altar sin nombre, algún resto de la vieja elocuencia jacobina, podríamos descubrir que nuestra imaginación giraba en torno a esas mismas curvas que confluyen en la curva espalda de la Esperanza de atts, casi podríamos pensar nosotros mismos en la figura inclinada en el crepúsculo, que sostiene contra su pecho un objeto dañado, pero no destruido. ¿Es que hay quien diga que solo con mirar al edificio de la Bolsa en un día laborable se le ocurriría pensar en una mujer griega con un barco mercante? ¿Hay quien crea que la calle Threadneedle[73], en sí misma, es capaz de hacer girar nuestra imaginación alrededor de las curvas que confluyen en una cornucopia? ¿Hay quien diga que una estólida figura con extraños ropajes es otra cosa que un signo puramente arbitrario, como x o y, para el comercio moderno, para la voracidad de los ricos, para el hambre de los satisfechos, para la taquicardia generalizada o el latido acelerado del corazón que se ha abatido sobre todos los grandes nuevos centros de civilización, para la súbita locura de todas las fábricas del mundo?

La Esperanza de atts nos dice algo más acerca de la naturaleza de la esperanza de lo que puede decirse al reparar solo en que la esperanza aparece en casos individuales: en que un hombre ensaya exitosos discursos amorosos

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cuando está enamorado, y compra un billete de regreso cuando está citado para pelear en un duelo. Pero la figura del Comercio con la cornucopia proporciona menos información acerca de lo que subyace detrás del comercio que la lectura de una circular o el echar un simple vistazo a la calle. En el caso del Comercio, la figura es un mero símbolo del comercio, que es, a su vez, un símbolo. En el caso de la esperanza, la cosa es más bien al contrario: la figura nos acerca a algo que no es un símbolo, sino la realidad que hay detrás de los símbolos. En un caso descendemos hacia el delta del río; en el otro lo remontamos hasta llegar a su nacimiento y eso ya es una diferencia. Supongamos ahora que nuestro imaginario turista, después de ver la pomposa alegoría del Comercio con sus túnicas griegas, viera, por segunda vez, un segundo cuadro. Supongamos que viese ante sí una figura entronizada ataviada espléndidamente de púrpura y oro por encima de cuyo lustre y dignidad asomara, en brusco contraste, un rostro como el de una bestia ciega. Supongamos que esa figura imperial, con los ojos cerrados y el rostro obeso y ciego, al sentarse en su magnífico trono dejase caer, como por mero accidente, sus pesadas manos y pies sobre los cuerpos desnudos y casi divinos de unos jóvenes, hombres y mujeres. Supongamos que al fondo se alzara directamente en el aire un humo áspero y túrgido, como si procediera de algún horrible e invisible sacrificio y que, con un toque final, fantástico y triunfal, este destructivo dios y rey estuviera adornado con un par de orejas de asno que declarasen su carácter soberano, imperial e irresistible, y, todo sea dicho, imbécil. Supongamos que una persona harta de barcos mercantes y cornucopias se topara con ese cuadro, ¿acaso no diría, tal vez antes incluso de buscar en el catálogo y de comprobar que el pintor lo había titulado Mammon: «He aquí algo que, en espíritu y en esencia, ya he visto antes, algo que, en espíritu y en esencia, he visto por doquier. Ese rostro abotargado e inconsciente, tan pesado, tan violento, tan malvado, tan inocente, ¿no lo he visto en las esquinas de las calles, en las salas de billar, en los bares, hablando con arrogancia sobre acciones de privilegio o escuchando boquiabierto chistes sobre mujeres? Esos miembros enormes y aplastantes, tan pesados, tan estúpidos, tan impotentes, y sin embargo tan poderosos, ¿no los he visto en los movimientos pomposos, en la mórbida salud de los pudientes de las grandes ciudades? Los recios pilares de ese trono, ¿no los he visto en los recios y horribles pisos de los almacenes y fábricas modernos? Ese humo tostado y sórdido, ¿no lo he visto ascender al cielo de las ciudades del mundo venidero?». Ya no se trata de bromear con barcos mercantes o túnicas griegas.

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Esto es el comercio. Esta es la guarida del propio dios. Por eso los hombres le odian, y le temen y le soportan.

Por supuesto, enseguida se hace evidente que este punto de vista es muy injusto con el comercio, pero esa rectificación, de hecho, apoya fuertemente la teoría general que estábamos considerando. El comercio, en realidad es una frase arbitraria, algo que incluye un millón de motivos, desde el motivo que impulsa a un hombre a la bebida, hasta el motivo que le impulsa a reformarse; desde el motivo que lleva a un hambriento a comerse un caballo, al motivo que lleva a un ocioso a perseguir una mariposa. Pero cualesquiera que sean las razones que haya en el comercio, también hay, por encima de toda cuestión, este espíritu poderoso y tenaz que ha pintado atts. Hay, como elemento rector de la vida moderna, de toda la vida, este apetito ciego y estúpido por el poder. Hay un espíritu que se extiende por todas las naciones de la tierra, que impulsa a los hombres a destruir todo aquello que no entienden, y a apresar todo aquello de lo que no pueden disfrutar. Esto, y no el comercio, es lo que ha pintado atts. Ha pintado no la alegoría de una gran institución, sino la visión de un gran apetito, la visión de un gran motivo. No es cierto que esto sea un retrato del Comercio, pero el Comercio y el cuadro de atts nacen de la misma fuente. Existe en el mundo una fuerza impulsora y oscura, uno de cuyos productos es este cuadro, el otro es el Comercio. El cuadro no es el Comercio, es Mammon. Y, desde luego, en este caso atts ha captado tan perfecta y poderosamente el terrible ser que trataba de retratar mediante su encantamiento artístico, que casi puede decirse que los lugares ocupados habitualmente por la alegoría y la realidad se han invertido. El hecho no es que tengamos ante nosotros una eficaz representación mediante ciertos símbolos, como las vestimentas rojas, el humo y un trono, del mundo financiero, sino más bien que tenemos ante nosotros algo de la verdad que se oculta tras el símbolo de los chalecos blancos y los sombreros echados hacia atrás, de los periódicos financieros y los profetas deportivos, del tranquilo cierre del mercado de la mantequilla y de la segura victoria de Pendragón. Esto no es un símbolo del comercio. El comercio es un símbolo de esto.

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GEORGE FREDERICK ATTS

No voy a disculparme por haberle pedido al lector, en el curso de estas

observaciones, que pensara en general acerca de las cosas. No soy yo, sino George Frederick atts, quien le pide al lector que piense en general acerca de las cosas. Si éste no lo ha hecho, es que el pintor ha fracasado. Si no ha provocado en nosotros esa concatenación de reflexiones como la que concluyo ahora, y otras mucho mejores, es que ha fracasado. Y esto me lleva a decir una última palabra: una y otra vez atts fracasa. Me temo que del lenguaje grandilocuente que he aplicado con frecuencia, y con total conciencia de mis actos, a este gran hombre, podría deducirse que creo que el conjunto de su obra es un triunfo técnico. Evidentemente no es así. Creo que, a menudo, apenas sabía lo que hacía; creo que se perdía en la oscuridad cuando los trazos le salían mal y en una oscuridad mucho más negra cuando los trazos le salían bien. Como ya he señalado, las vagas líneas que le impulsaba a dibujar su instinto meramente físico, contienen en su interior las curvas del cosmos. Su acción manual automática fue sin duda una revelación para los demás y ciertamente una revelación para él mismo. Una noche tranquila, de pie ante una tela oscura, trazó unas líneas y sucedió algo. En ese momento se cumplió literalmente la extraña y espléndida frase del Salmo[74]. Siguió adelante gracias a las palabras «humildad» y «verdad» y «rectitud». Y su mano derecha le enseñó cosas terribles.

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EL POBRE SHAKESPEARE

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JUGARRETAS DE LA MEMORIA

Hay muchos libros que nos parece haber leído aunque nunca lo hayamos

hecho. Al menos, hay muchos que nos parece recordar cuando en realidad no los recordamos. Tal vez se imprimiera en nuestro cerebro una imagen original que cambiara a la vez que nuestra propia imaginación. Solo recordamos nuestros recuerdos. Muchos se consideran capaces de recordar las obras de S ift o de Goldsmith cuando, en realidad, son ellos mismos los principales autores de Los viajes de Gulliver o El vicario de akefield, tal como los recuerdan. Macaulay, pese a su agudeza como lector y su milagrosa memoria, estaba convencido de que la Bestia Bramadora moría al final de La reina de las hadas, pero no es así. Un brillante y erudito amigo mío citó una estrofa asegurando que en ella no podía alterarse ni una sola palabra…, y la citó mal. Cientos de personas educadas se contentan con versiones falsas acerca de hechos que podrían verificar fácilmente. El editor de un periódico eclesiástico (queriendo criticar a los radicales) insistió una y otra vez, después de que le desafiaran y contradijeran, en que el catecismo dice que un niño «debe cumplir con su deber según la vida a la que Dios haya tenido a bien llamarle». Por supuesto, el catecismo no dice nada parecido, pero el editor estaba tan convencido que ni siquiera se tomó la molestia de abrir su libro de oraciones para comprobarlo. Cientos de personas están seguras de que Milton escribió: «Mañana hacia los campos frescos y los pastos nuevos»[75]. Cientos de personas están convencidas de que los jesuitas predicaban que el fin justifica los medios; muchos lo están de haber visto alguna sentencia de los jesuitas al respecto; pero no es así.

A pesar de todo, sigue siendo extraño que la memoria pueda engañarnos respecto al principal efecto artístico de libros tan buenos. Hasta hace cosa de un año, me pareció tener un vívido recuerdo de Robinson Crusoe. Y, en efecto, lo tenía de ciertas imágenes del naufragio y de la isla; y por encima de todo, del hecho admirable de que Crusoe tuviera dos espadas en lugar de una. Ese es uno de los rasgos del auténtico Defoe; la inspiradísima poesía de lo accidental y lo burdo; el romanticismo de lo que carece de romanticismo. Pero descubrí que había olvidado por completo la sublime introducción al cuento, que es la que le proporciona toda su dignidad espiritual —la narración

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de la impiedad de Crusoe; su escapatoria de dos naufragios y sus oportunidades para el arrepentimiento; y, finalmente, la caída sobre él de esa extraña sentencia, comida, seguridad, silencio, más extraña aún que la propia muerte—.

Teniendo presente ese ejemplo, no estoy en situación de reprocharles nada a mis colegas críticos que demuestran no haber leído bien los libros que yo sí he leído bien. Pero me han impresionado particularmente las críticas más eruditas y respetadas de la versión dramática de Jekyll y Hyde cuando se refieren a la novela original de Stevenson. Nada puedo decir de la obra teatral, pero conozco muy bien la novela, que es más de lo que pueden decir quienes la han criticado tan alegre y desenfadadamente en la presente ocasión. La mayoría aseguran que Stevenson era un artista encantador, pero no un filósofo; y que su incapacidad como pensador se hace muy evidente en la historia de Jekyll y Hyde, que todos proceden a describir con una inaudita inexactitud de detalle y un completo despreció por el propósito general de la obra. Da la impresión de que una idea, por encima de todas, se hubiese establecido firmemente en su imaginación, y me atrevería a decir que en la de mucha más gente. Creen que, en el cuento de Stevenson, Jekyll representa al yo bueno y Hyde al yo malo; o, en otras palabras, que el protagonista es totalmente bueno cuando es Jekyll y totalmente malo cuando es Hyde.

Pues bien, si Hamlet hubiera matado a su tío en el primer acto, o si Otelo hubiera aparecido como un mari complaisant, las historias de Shakespeare no se habrían visto tan fundamentalmente alteradas como el cuento de Stevenson si se da por buena esa interpretación. El cuento de Stevenson no tiene nada que ver con pedanterías patológicas acerca de la «doble personalidad». Eso no es más que mero artificio y, tal como parece que él mismo pensaba, puede que incluso un artificio desafortunado. Según creo, él consideraba que el asunto de la pócima resultaba algo desmañado; pero si quería convertir su cuento en una novela moderna tenía que operar la transformación por medio de la medicina, a menos que hubiese estado dispuesto a narrarla como si se tratase de un primitivo cuento de hadas y a operarla mediante la magia. Pero ni lo uno ni lo otro le importaban lo más mínimo en comparación con la idea mística de la transformación en sí misma. Y eso nada tenía que ver con pócimas o dobles personalidades duales, sino tan solo con el cielo y el infierno, como Robinson Crusoe.

Stevenson se toma la molestia de insistir en el hecho de que Jekyll, como Jekyll, no era ni mucho menos perfecto, sino más bien un hombre moralmente imperfecto, lira de «mirada astuta», pese a su agradable presencia; y, aunque

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careciese de mala intención, nervioso y disimulado. Jekyll no es un hombre bueno, sino el típico hombre complejo y moderadamente humano, cuyo carácter comienza a experimentar los efectos de alguna droga o pasión maléfica. Pues bien, lo que le absorbe y consume es el hábito de ser Hyde; y es ahí donde hace su aparición la sutil lección moral de Stevenson, una lección muy superior y diametralmente opuesta a lo que suele ponerse popular mente en sus labios. Lejos de predicar que un hombre pueda dividirse en dos, uno bueno y otro malo, predicó específicamente que el hombre no puede dividirse, ni si quiera por una monstruosidad o mediante un milagro; que incluso en el extravagante caso de Jekyll, el bien sigue viéndose arrastrado por la mera existencia del mal. La moraleja de El Dr. Jekyll y Mr. Hyde no es que el hombre pueda dividirse en dos; es que el hombre no puede dividirse en dos.

Hyde representa a la inocencia del mal. Defiende la verdad (demostrada por cientos de historias de hipócritas y pecados secretos) de que el mal, al contrario que el bien, tiene un poder de aislamiento, de endurecimiento frente al exterior, que hace que el hombre se vuelva ciego a las bellezas morales o sordo a los más patéticos llamamientos. Quien persigue alguna obsesión inmoral alcanza sin duda una abominable simplicidad del alma y actúa en función de un único motivo. Por eso se vuelve como Hyde, o como ese personaje que nos hiela la sangre en los cuentos de hadas de los hermanos Grimm: «un hombrecillo de hierro». Pero toda la argumentación de Stevenson se habría quedado en nada si Jekyll hubiese hecho gala de esa misma horrible homogeneidad. Precisamente porque Jekyll, a pesar de todos sus defectos, posee bondad, posee también la conciencia del pecado. Lo sabe todo acerca de Hyde, como los ángeles conocen a los demonios. Y Stevenson insiste especialmente en que ese contraste entre la ciega ligereza del mal y la casi perpleja omnisciencia del bien no es una peculiaridad de este extraño caso, sino que es cierto del problema permanente tanto de su conciencia como de la mía. Si me emborracho perderé la dignidad, pero si me mantengo sobrio puede que siga deseando beber. La virtud tiene la pesada carga del conocimiento; el pecado a menudo tiene algo de la levedad de la inocencia.

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EL LIBRO DE JOB

La idea central de gran parte del Antiguo Testamento podría ser la idea de la

soledad de Dios. Dios no es solo el personaje principal del Antiguo Testamento; Dios es propiamente el único personaje del Antiguo Testamento. Comparadas con Su claridad de propósito todas las demás voluntades parecen pesadas y automáticas, como las de los animales; comparados con El todos los hijos de la carne son sombras. Una y otra vez, se insiste en la misma cosa: «¿A quién demandó consejo?»[76]. «Yo he pisado el lagar solo y nadie había conmigo»[77]. Los patriarcas y profetas no son más que meras armas o herramientas, pues el Señor es un guerrero. Utiliza a Josué como un hacha o a Moisés como una vara de medir. Para El Sansón es solo una espada e Isaías una trompeta. De los santos del cristianismo se supone que son como Dios, como si fueran estatuillas de Él. Del héroe del Antiguo Testamento no se supone que sea de la misma naturaleza que Dios más de lo que se supone que una sierra o de un martillo sean de la misma naturaleza que el carpintero. Esa es la clave y la característica principal de las Escrituras hebreas en su conjunto. Hay, sin duda, en dichas Escrituras innumerables ejemplos del humor burdo, las emociones exacerbadas y las poderosas personalidades que nunca faltan en la prosa y en la poesía primitivas. Sin embargo, la característica principal sigue siendo la misma: la intuición de que Dios no solo es más fuerte que el hombre, no solo no es más secreto que el hombre, sino que Él significa más, que Él sabe mejor lo que está haciendo, que, comparados con Él, tenemos algo de la vaguedad, la sinrazón y el vagar de las bestias que perecen. Es «Él quien se sienta sobre el círculo de la tierra, desde donde sus habitantes parecen saltamontes»[78]. Casi podríamos decirlo así: el libro está tan interesado en afirmar la personalidad de Dios que casi afirma la impersonalidad del hombre. A menos que algo haya sido concebido por ese gigantesco cerebro cósmico, dicha cosa será vacía e incierta; el hombre carece de la tenacidad suficiente para asegurar su continuidad. «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas»[79].

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De modo que el Antiguo Testamento se regodea constantemente en la idea de la aniquilación del hombre comparado con el propósito divino. El Libro de Job parece categóricamente solo, porque pregunta categóricamente: «¿Cuál es el propósito de Dios?». ¿Vale incluso el sacrificio de nuestra miserable humanidad? Por supuesto, es muy fácil destruir nuestras insignificantes voluntades en nombre de una voluntad que es mayor y mejor. Que Dios emplee Sus herramientas; que Dios rompa Sus herramientas. ¿Pero qué hace y para qué las rompe? Ésa es la pregunta que nos obliga a abordar el enigma del Libro de Job como un enigma filosófico.

La vigencia del Libro de Job no puede expresarse de manera adecuada ni siquiera diciendo que es el más interesante de los libros antiguos. Casi podríamos decir de él que es el más interesante de los libros modernos. La verdad, por supuesto, es que ninguna de las dos frases abarca luda la cuestión, porque la religión fundamentalmente humana y la irreligión fundamentalmente humana son a la vez antiguas y nuevas; la filosofía o es eterna o no es filosofía. La costumbre moderna de decir: «Esta es mi opinión, aunque puedo estar equivocado», es completamente irracional. Si admito que puedo estar equivocado, es que no es mi opinión. La costumbre moderna de decir: «Todo el mundo tiene su propia filosofía; ésta es la mía y la que me conviene», es una costumbre que solo revela debilidad mental. Una filosofía cósmica no se construye para que se adapte al cosmos. Nadie puede poseer una filosofía priva da más de lo que puede poseer un sol privado o un cosmos privado.

La principal belleza intelectual del Libro de Job consiste en que todo él gira en torno a ese deseo de conocer la realidad; el deseo de saber lo que es, y no solo lo que parece. Si este libro lo escribiesen los modernos, nos encontraríamos con que probablemente Job y los que trataban de consolarlo llegarían a ponerse de acuerdo mediante la sencilla operación de atribuir sus diferencias a eso que llamamos temperamento y de asegurar que los que le consolaban eran «optimistas» por naturaleza mientras que Job era «pesimista» por naturaleza. Y se quedarían tan contentos, como hace mucha gente, al menos durante un tiempo, al aceptar algo que obviamente no es cierto. Pues, aun suponiendo que la palabra «pesimista» signifique alguna cosa, es incuestionable que Job no es un pesimista. Su caso basta para refutar ese moderno absurdo de relacionarlo todo con el temperamento físico. Job de ningún modo contempla la vida de forma sombría. Si desear ser feliz y estar dispuesto a ser feliz es ser optimista, entonces Job es un optimista; es un optimista ultrajado y calumniado. Él quiere que el universo se justifique, no

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porque desee descubrir su error, sino porque realmente quiere que esté justificado. Le exige a Dios una explicación, pero ni mucho menos en el tono en el que Hampden podría exigirle una explicación a Carlos I, sino como le pediría explicaciones una esposa a un marido a quien respetara realmente. Protesta ante su Creador porque está orgulloso de Su Creador. Incluso se refiere al Todopoderoso como su enemigo, pero en el fondo de su corazón nunca duda de que su enemigo tiene razones que él no entiende. En una hermosa y lamosa blasfemia dice: «¡Oh, que mi adversario escriba un libro!»[80]. Y nunca se le ocurre que pudiera tratarse de un mal libro. Está ansioso de que lo convenzan. En pocas palabras, podemos decir que, suponiendo que la palabra «optimista» tenga algún significado (cosa que dudo), Job es un optimista. Sacude los pilares de la tierra y golpea insensatamente contra el cielo; fustiga las estrellas, pero no para acallarlas, sino para hacerlas hablar.

Del mismo modo, podemos hablar de los optimistas oficiales, los que tratan de consolar a Job. De nuevo, si la palabra «pesimista» tiene algún significado (cosa que dudo), los que tratan de consolar a Job podrían considerarse más pesimistas que optimistas. Lo único que verdaderamente creen no es que Dios sea bueno, sino que Dios es tan poderoso que resulta más juicioso llamarle bueno. Sería una censura exagerada llamarlos evolucionistas, pero tienen algo del error vital del optimista evolucionista. Insisten en decir que en el universo todo encaja, como si tuviera algo de reconfortante que un montón de cosas desagradables encajen unas con otras. Más tarde veremos como Dios, en el gran clímax del poema, vuelve este argumento del revés.

Cuando, al final del poema, Dios aparece (de forma algo abrupta) en escena, se tañe la súbita y espléndida nota que le da toda su grandeza. Todos los seres humanos de la historia, y en especial Job, han estado haciéndose preguntas sobre Dios. Un poeta más trivial habría hecho intervenir, de un modo u otro, a Dios para contestar a sus preguntas. Pero, por un toque de auténtica inspiración, cuando Dios hace su aparición, es para plantear a su vez una serio de preguntas. En este drama del escepticismo el propio Dios adopta el papel del escéptico. Hace lo que todas las grandes voces que han defendido la religión. Hace, por ejemplo, lo que hizo Sócrates. Vuelve el racionalismo contra sí mismo. Parece querernos decir que, si de plantear preguntas se trata, Él puede plantear algunas que derribarán y aniquilarán a todos sus interrogadores. El poeta, merced a una exquisita intuición, hace que, irónicamente, Dios acepte la igualdad en la controversia con sus acusadores.

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Está dispuesto a considerarlo un duelo intelectual legítimo: «Si eres hombre,

cíñete los lomos: voy a interrogarte y tú responderás»[81]. El Eterno adopta una humildad enormemente sardónica. Está dispuesto a ser juzgado. Tan solo reclama el derecho de cualquier persona que va a ser juzgada; pide que le permitan interrogar a su vez a los testigos de la acusación. Y lleva aún más lejos la corrección del paralelismo legal. Pues, en esencia, lo primero que le pregunta a Job es lo mismo que se le permitiría preguntar a cualquier criminal que hubiese sido acusado por Job: le pregunta a Job quién es. Y Job, que es un cándido, se toma poco tiempo para pensar la respuesta y llega a la conclusión de que no lo sabe.

Este es el primer gran hecho en el que es preciso reparar acerca del discurso de Dios, que culmina el interrogatorio. Representa a todos los escépticos que se ven superados por un escepticismo mayor. Este método, empleado a veces por cerebros supremos y otras veces por inteligencias mediocres, ha sido desde entonces el arma lógica del verdadero místico. Sócrates, como he dicho, lo empleó cuando demostró que si se le dejaba utilizar un poco la sofística podía destruir a todos los sofistas. Jesucristo lo utilizó cuando recordó a los saduceos, que decían ser incapaces de concebir la naturaleza del matrimonio en el cielo, que, puestos a eso, tampoco habían concebido la naturaleza del matrimonio en absoluto. En plena disgregación de la teología cristiana en el siglo XVIII, Butler hizo uso de él cuando señaló que los argumentos racionalistas podían emplearse tanto contra la religión en general como contra la religión doctrinal, tanto contra la ética racionalista como contra la ética cristiana. Es la raíz y la razón del hecho de que hombres que tienen fe religiosa tengan también dudas filosóficas, como el cardenal Ne man, el señor Balfour, o el señor Mallock. Todos son pequeños arroyos del delta; el Libro de Job es la primera catarata que da origen al río. Al tratar con el arrogante que plantea dudas, el método correcto es animarle a seguir dudando, que dude un poco más, que dude cada día de las cosas nuevas y más sorprendentes en el universo, hasta que por fin, mediante alguna extraña iluminación, pueda llegar a dudar de sí mismo.

Este, digo, es el primer hecho relativo al discurso: la fina inspiración mediante la cual Dios llega no a contestar a los acertijos sino a plantearlos. El otro gran hecho que, junto con éste, hace que se trate de una obra religiosa y no meramente filosófica es esa otra gran sorpresa de que Job se contente de pronto con la mera presentación de algo impenetrable. Verbalmente, los enigmas de Jehová parecen más oscuros y más desolados que los enigmas de Job; sin embargo, Job carecía de consuelo antes del discurso de Jehová y

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encuentra consuelo tras él. No se le dice nada, pero percibe la atmósfera terrible y hormigueante de algo que es demasiado bueno para contarlo. El rechazo de Dios a explicar Su plan es en sí mismo una ardiente insinuación de Su plan. Los enigmas de Dios resultan más satisfactorios que las explicaciones del hombre.

En tercer lugar, por supuesto, está uno de los espléndidos golpes con los que Dios censura por igual al hombre que le acusaba y al que le defendía; pues El golpea a pesimistas y a optimistas con el mismo martillo.

Y es con respecto a los que rutinaria y altaneramente acuden a consolar a Job cuando ocurre la aún más profunda y refinada inversión a la que ya me he referido. El optimista rutinario admite que se empeña en justificar el universo sobre la base de que se trata de un modelo racional y consecuente. Señala que lo bueno del mundo es que todo puede explicarse. Un punto sobre el que, si se me permite decirlo así, Dios es explícito hasta rozar la violencia. Dios dice, en efecto, que si el mundo tiene algo bueno es que, en lo que se refiere a los hombres, no puede explicarse. Insiste en la inexplicabilidad de las cosas: «¿Tiene padre la lluvia?, ¿de qué seno nacen los hielos?»[82]. Va más allá e insiste en la categórica y palpable sinrazón de las cosas: «¿Has hecho que llueva en las tierras despobladas, en la estepa donde no habita el hombre?»[83]. Dios hará que el hombre vea cosas, aunque sea ante el negro telón de la nada. Dios hará que Job vea un universo sorprendente, aunque sea haciéndole ver un universo estúpido. Para sorprender al hombre, Dios se convierte en blasfemo por un instante; uno casi podría decir que Dios se convierte en ateo por un instante. Despliega ante Job una larga lista de cosas creadas: el caballo, el águila, el cuervo, el asno salvaje, el pavo, el avestruz, el cocodrilo. Y los describe a todos de manera que parecen monstruos paseándose al sol. El conjunto es una especie de salmo o rapsodia de la capacidad de sorpresa. El hacedor de las cosas se sorprende ante las cosas que Él mismo ha creado.

Eso es lo que podríamos llamar la tercera cuestión. Job plantea una pregunta; Dios le responde con una exclamación. En lugar de demostrarle a Job que se trata de un mundo explicable, insiste en que es mucho más extraño de lo que nunca pensó Job. Por último, el poeta ha conseguido en su discurso, con esa exactitud artística inconsciente típica de los poetas épicos más sencillos, algo mucho más delicado. Sin suavizar por un instante la rígida impenetrabilidad de Jehová en Su deliberada declaración, consigue dejar caer aquí y allá, en las metáforas, en la imaginería parentética, espléndidas y repentinas sugerencias de que el secreto de Dios es alegre y no triste —

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sugerencias semiaccidentales, como la luz entrevista por un instante a través de las grietas de una puerta cerrada—. Sería difícil alabar en exceso, en un sentido puramente poético, esa exactitud instintiva y la facilidad con la que tan optimistas insinuaciones conectan con otras, como si el propio Todopoderoso apenas se diese cuenta de que las está dejando entrever. Por ejemplo, tenemos el famoso pasaje en el que Jehová le pregunta a Job con un sarcasmo devastador dónde estaba cuando cimentó la tierra y luego (como si estuviera fijando meramente una fecha) menciona la ocasión en la que los hijos de Dios gritaron de alegría. Uno no puede dejar de sentir, incluso a partir de tan escasa información, que algún motivo debían de tener para gritar. O, de nuevo, cuando Dios habla de la nieve y el granizo como en un sencillo catálogo del cosmos físico, parece referirse a un tesoro que ha acumulado para la hora de la batalla, como si anunciara algún tremendo Juicio Final en el que el mal será por fin vencido.

Nada podría mejorar, artísticamente hablando, ese optimismo que asoma del agnosticismo como oro brillante del contorno de una nube negra. A quienes consideran superficialmente el origen bárbaro de la épica puede que les parezca fantasioso encontrar tanta significación artística en sus símiles casuales o sus frases accidentales. Pero nadie que esté familiarizado con los grandes ejemplos de poesía semibárbara, como la Chanson de Roland o las viejas baladas, cometerá ese error. Nadie que sepa lo que es la poesía primitiva puede dejar de notar que, aunque su forma sea sencilla, algunos de sus efectos más conseguidos son sutiles. La Ilíada logra transmitir la idea de que en Héctor y Sarpedón hay un tono o matiz de resignación triste y caballeresca que no es lo suficientemente amarga como para poder llamarla pesimismo ni lo suficientemente alegre como para poder llamarla optimismo; Homero nunca habría podido decir eso con palabras elaboradas, pero de algún modo consigue decirlo con palabras sencillas. La Chanson de Roland logra expresar la idea de que el cristianismo impone a sus héroes una paradoja: la paradoja de una gran humildad en lo referido a los pecados y una gran ferocidad en lo que se refiere a las ideas. Por supuesto, la Chanson de Roland no podía decir eso; pero se las arregla para dar esa impresión. Del mismo modo, al Libro de Job hay que reconocerle muchos efectos sutiles que estaban en el alma de su autor, sin estar, tal vez, en la imaginación de su autor. Y de ellos el más importante de todos sigue sin determinarse. Ignoro, y dudo que lo sepan siquiera los eruditos, si el Libro de Job tuvo un gran efecto o llegó a afectar de algún modo al desarrollo posterior del pensamiento judío. Pero si efectivamente lo tuvo, puede que les salvara de un enorme colapso y

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decadencia. Aquí, en este libro, se plantea verdaderamente la pregunta de si Dios castiga invariablemente el vicio con un castigo terrenal y recompensa la virtud con la prosperidad terrenal. Si los judíos hubieran respondido mal a esa pregunta, podrían haber perdido toda influencia en la historia de la humanidad. Podrían haberse hundido incluso hasta el nivel de la sociedad moderna y bien educada. Pues en cuanto la gente comienza a creer que la prosperidad es una recompensa a la virtud, es evidente que la calamidad está próxima. Si la prosperidad se considera la recompensa de la virtud, se la considerará un síntoma de la virtud. Los hombres abandonarán la pesada tarea de hacer triunfar a los buenos y se dedicarán a la labor más sencilla de hacer buenos a los triunfadores. Eso, que ha ocurrido a causa del comercio moderno y del periodismo, es la Némesis definitiva del perverso optimismo de los que consolaban a Job. Si los judíos lograron salvarse, fue porque el Libro de Job les salvó. Si el Libro de Job es un libro notable es, como ya he dicho, por el hecho de que no concluye de un modo plenamente satisfactorio. A Job no se le dice que sus desgracias se debieran a sus pecados o a parte de un plan para mejorarlo. Pero en el prólogo vemos a Job atormentado no porque fuera el peor de los hombres, sino porque era el mejor. La lección de toda la obra es que las paradojas consuelan al hombre; y de acuerdo con todos los testimonios resulta de lo más tranquilizadora. No necesito sugerir qué extraña y elevada historia le esperaba a esta paradoja de que el mejor de los hombres sufra la peor de las suertes. No necesito decir que, en el sentido más libre y más filosófico, hay una figura del Antiguo Testamento que constituye verdaderamente un paradigma; ni lo que está prefigurado en las heridas de Job.

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CHAUCER Y EL RENACIMIENTO

El Renacimiento supuso, entre otras muchas cosas, una revuelta contra la lógica de la Edad Media. Hablamos del Renacimiento como el nacimiento del racionalismo; en muchos sentidos lo fue del irracionalismo. Lo cierto es que los escolásticos medievales, que habían desarrollado la lógica más sutil que el mundo haya visto jamás, habían producido mucha más lógica de la que el mundo podía soportar, Habían abarrotado el mundo con bibliotecas solo de lógica; y era de esperar algún intento de librarlo de tan interminables cadenas deductivas. De modo que el Renacimiento tuvo algo de revuelta, no contra la religión, sino contra la razón. Así, uno de los mayores gigantes del siglo XVI, Rabelais, fue casi tanto un escritor del absurdo como lo fue Ed ard Lear. Así, otro de los grandes escribió un Orlando furioso que en ocasiones merecería llamarse Ariosto furioso. Así, del mismo modo, la narración de Rafael Hythloday resulta una broma atroz. Pero hay quienes todavía creen, casi al pie de la letra, que la Utopía de Tomás Moro describe la Utopía de Tomás Moro. Por lo que sé, puede que haya quienes crean que su amigo Erasmo escribió el Elogio de la locura, porque pensaba que los locos merecían elogios. Como decía el libro de ejercicios de latín, hay quien se ríe y quien, por lo visto, no lo hace por mucho que le provoquen. Puede que haya, por lo que sé, quien cite la observación antifeminista del cocinero de Chaucer, con su cobarde paréntesis, como prueba científica e irrefutable de que se empleaba una lengua muerta para mantener a la gente en la ignorancia; y de que se oprimía a las mujeres negándoles los beneficios de la educación.

En cualquier caso, lo cierto es que ese indicio de astucia en realidad sugiere buen sentido. Chaucer era un hombre mucho más prudente, y en algunos aspectos mucho más equilibrado, que los grandes hombres del Renacimiento que vinieron tras él. Abusar de los chistes o dejarse arrastrar por la fantasía a expensas de todo lo demás, era algo que ni estaba en su temperamento ni formaba parte de su tradición. La esencia de la filosofía medieval era que el peligro, igual que el bien, acechaba por doquier. Ese es el significado del equilibrado sistema de pecados mortales, la vanidad, la pereza, la avaricia y los demás, con el que Chaucer concluye y corona el gigantesco diseño de los Cuentos de Canterbury; de los que la señora Haldane, la esposa

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del profesor, dijo misteriosamente no hace mucho que «están algo pasados de moda». No sé si en realidad quiso decir que hoy nadie corre tras el dinero, o descuida sus obligaciones, o piensa demasiado en sí mismo. Pero lo que los medievales querían decir al dividir y etiquetar así los vicios era que un hombre puede caer en uno de ellos al apartarse demasiado de los otros. Un hombre que descuida su negocio puede caer en la pereza, uno que se dedique exclusivamente a su negocio puede caer en la avaricia. Y, lo que hicieron tanto en la práctica como a largo plazo, quienes acabaron con el sistema medieval fue dejar libres algunos de esos vicios con la excusa de exterminar los otros. Tras el Renacimiento, los paganos hicieron gala de una ilimitada lujuria y los puritanos de una ilimitada avaricia, con la excusa de que al menos no se les podía acusar de caer en la pereza.

Los poetas, que suelen estar en sintonía con su época, a menudo tenían algo de esa indisciplina; y de algo que aún puede ser peor: la concentración. Es decir, que la época tendía a veces a ser, no solo maníaca, sino monomaníaca. Chaucer heredó la tradición de una Iglesia que había condenado herejías a uno y otro lado y que siempre había aspirado a poseer la verdad como un todo y no a concentrarse solo en una parte. Eran días en los que la tradición no atravesaba su mejor momento y empezaba a degenerar en amargura y anormalidad; pero Chaucer fue la viva imagen de lo que había sido realmente esa tradición. El hecho de que todo el mundo supiera lo que significaba la frase latina y muy medieval Communis sententia[84] mientras se dijo en latín y, sin embargo, nadie la comprenda hoy en inglés, demuestra los verdaderos efectos que tuvo «la lengua vulgar». El hombre moderno, al utilizarla, ni siquiera repara en la palabra «común» y se refiere justo a lo contrario de «común»: a una opinión particular, a su propio juicio personal e incomunicable. Pero Chaucer era muy medieval y estaba empapado de sentido común.

Vale la pena destacarlo, porque se trata de una de esas cosas en las que su grandeza ha sido injustamente eclipsada por la grandeza de Shakespeare. De hecho, y por lo que se refiere al sentido común, la grandeza de los genios del siglo XVI estaba teñida de fracaso. A eso es a lo que se refería Voltaire al decir que Shakespeare era un bárbaro inspirado, algo que podría decirse también de Voltaire. Admitamos, por un lado, que en cierto modo los poetas del Renacimiento consiguieron una gama más amplia y más sorprendente. Pero aunque trampearon con varios mundos, tenían menos idea de cómo equilibrar un mundo. Lamento que Chaucer «dejara a medio contar la historia del intrépido Cambusco»[85], e imagino que aquel caballo alado podría haber

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llevado al héroe hasta los mismísimos cielos dorados de la fábula griega o asiática, pero estoy dispuesto a admitir que no habría superado a Ariosto en nada semejante a un viaje a la luna. Por otro lado, incluso en Ariosto, hay algo de simbólico, de accidentalmente simbólico, en el hecho de que su poema sea menos trágico, pero más frenético, que la Chanson de Roland, y de que no trate de la muerte de Roland, sino de su locura. En cualquier caso, lo que aquí es solo accidental, en los isabelinos pasa a ser más bien anárquico. Hay algo un poco siniestro en el gran número de locos que aparecen en Shakespeare. Se dice que utiliza a los locos para iluminar el oscuro telón de fondo de la tragedia, yo creo que a veces los utiliza para oscurecerlo. En la más alta torre de la humanidad hay una teja suelta por algún sitio, algo que resuena enloquecidamente bajo el viento de la más alta de las tragedias de los mortales. Y lo que se nota levemente incluso en Shakespeare, se hace aún más evidente en otros dramaturgos isabelinos y jacobitas, que parecen tan interesados por los bailes de lunáticos y los coros de idiotas, que la cordura se convierte más en la excepción que en la norma. En ciertos aspectos, la época de Chaucer fue incluso más atroz que la de Shakespeare, pero incluso su ferocidad era racional. Chaucer describe una multitud de personalidades multicolores de todos los tipos y tendencias posibles. Pero no recuerdo que en los cinco volúmenes de Chaucer aparezca ni un solo loco.

En otras palabras, la mentalidad medieval no creía realmente que la verdad pudiera encontrarse acudiendo a los extremos, mientras que la mentalidad isabelina tenía la intuición de que podría hallarse allí, en los límites de la existencia y los precipicios de la imaginación humana. Por eso, al Renacimiento le siguieron, en la teología y el pensamiento, extremos de especulación como el calvinista o el antinómico. Lo que me interesa destacar aquí es más una diferencia que una preferencia; mis preferencias están muy claras, pero no son la verdad más obvia en este asunto. La clave está en que incluso aquellos que creen que el cambio trajo más libertad, estarán dispuestos a admitir que también trajo menos cordura. Chaucer no estaba al borde de un precipicio, sino en mitad de un prado cubierto de margaritas. No solo estaba convencido de su propio sentido común; también lo estaba de que el sentido era verdaderamente común.

Alguien, y luego todo el mundo, dijo algo acerca de «los espaciosos días de la reina Isabel». Creo que ninguna otra frase popular ha falseado tanto la historia. Si hubieran dicho «los espaciosos días del rey Ricardo II», habría sido mucho más cierto en varios aspectos; en el sentido del reconocimiento de los problemas del pueblo, de la comunidad con otros países y del continente

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como un todo, o de la visión de la vida a la luz de una filosofía general. La época isabelina tuvo un gran interés; una inteligencia muy aguda; una penetrante agudeza y delicadeza en ciertas formas nuevas de la diplomacia y de la política doméstica, y en las artes de los embajadores y los cortesanos; y, sobre todo en el caso de uno o dos hombres de genio vívido y concentrado, en el estudio de ciertos problemas de carácter. Pero no fue una época espaciosa. Si algo le faltó, fue esa especie de brisa fresca que sopla sobre los prados cubiertos de margaritas de Chaucer. Sus especiales y especializados estudios implicaron a sus hombres en casi todo salvo en algo que tuviera que ver con la brisa fresca. He utilizado la palabra «implicaron» por accidente; pero resulta aplicable, pese a ser accidental. Todo, incluso la gran poesía de la época isabelina, parecía demasiado implicado en algo. En literatura, fue la era de los engaños. En política, fue la época de las conspiraciones, unas conspiraciones en las que se percibe la curiosa ausencia del fresco espíritu popular que a menudo soplaba como un huracán incluso a través de las herejías y los horrores de la Edad Media, y que nada tienen que ver con la revuelta de los campesinos. La era de Elizabeth fue una época de tramas. Y todos sabemos que eso lo reflejaron de uno u otro modo las inteligencias más poderosas del momento. Cuando hablamos de las tramas de Shakespeare casi lo hacemos con doble sentido. En casi todos los casos se trata de una trama sobre una trama. Incluso se le nota esa especie de inquietud vagamente relacionada con la percepción de la importancia y la inseguridad de los príncipes propia del siglo XVI. «Con inquietud se reclina la cabeza que ciñe corona»[86]; y también la que tiene la corona entre ceja y ceja.

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EL POBRE SHAKESPEARE

Se nos dice con excesiva frecuencia que Shakespeare dijo que una rosa

olería igual de dulcemente bajo cualquier otro nombre; sería más correcto decir que Shakespeare dijo que la señorita Julieta Capuleto lo dijo en un momento de distracción en una obra romántica de teatro. Causaría más sorpresa decir que Shakespeare dijo: «Estoy decidido a ser un villano»; porque dijo que Ricardo III lo había dicho en una obra algo más melodramática. Pero en cualquier caso la máxima y la metáfora se han grabado en el recuerdo de la gente con curiosos resultados. Algunos jardineros, según parece, supusieron que lo mismo que la rosa sería igual de dulce con cualquier otro nombre, el nombre sería tan dulce en cualquier otra flor; así que se limitaron a traducir «rosal» al griego y le aplicaron el nombre al rododendro. Es típico del modo en el que la ciencia miente a veces en griego, que sería demasiado obvio en inglés. Otros filósofos, de la escuela cínica o realista, aplican la máxima de un modo aún más curioso; como dando a entender que, puesto que hay una rosa que se llama repollo rosa, una rosa es lo mismo que un repollo. Pero la gente sensata comprende el verdadero sentido de la frase: que el mundo tiene tendencia a fijarse más en el nombre que en la cosa; más en la etiqueta que en la botella. En ese sentido, podemos coincidir jovialmente con la señorita Capuleto, por muy distraída que fuera. Puestos a elegir entre las dos cosas, sería muy poco inteligente no beberse el vino de la botella y quedarse lamiendo el pegamento de la etiqueta.

No hay duda de que lo mismo ocurre con las rosas en la vida real; aunque no ocurra del todo igual con la literatura. Si un cultivador de rosas tuviera un benefactor excéntrico que le propusiera cubrirlo de los capullos más fragantes de innumerables rosales, a cambio de que la palabra «rosa» no se pronunciase nunca y fuese invariablemente sustituida por la palabra «bazofia» o «hicoria», es evidente que haría bien en preferir la cosa a la palabra. Pero de ahí no se deduce que dé igual lo que se haga con la palabra. En la tradición de la poesía, que constituye una gran parte de la civilización, la palabra es casi tan valiosa como la cosa; de hecho la palabra es ya parte de la cosa. Incluso Julieta se habría negado a sugerir cualquier otro nombre, y creo que «bazofia» le habría sacado de sus casillas. No es cierto que una canción de amor que

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dijera: «Mi amor es como la roja, roja hicoria»[87], saltara a los labios de ningún amante, ni siquiera con una nota a pie de página que explicase que el término era idéntico al nombre botánico latino de la rosa. Incluso para alguien dispuesto a aceptar la convención, el verso inicial: «fue bazofia, bazofia todo el tiempo», nunca llegaría a alcanzar el descuidado arrebato del verso de Bro ning[88]. En pocas palabras, el nombre no es la cosa; pero el nombre dista mucho de ser un mero número o signo para la cosa. El hombre y la naturaleza llevan tanto tiempo relacionándose que tengo fuertes sospechas de que los ranúnculos y los jacintos nos parecen más nobles debido a lo noble y antiguo de sus nombres.

Olvidar esto es olvidar el significado mismo de la cultura, que debería discurrir paralela a la horticultura. Y algunos modernos de la escuela poética de la bazofia y la hicoria, parecen dispuestos a olvidarlo. La revuelta contra la cultura a menudo es la última moda de los cultivados. Pero, por encima de todo, es muy injusta con el pobre Shakespeare. Si alguna vez hubo alguien que no estuviera de acuerdo con la distraída observación de Julieta, en el sentido realista, ése fue él. Si alguna vez hubo un hombre capaz de pasarse sin las flores y de oler las palabras como si fueran flores, ése fue él. El cielo sabrá por qué el mundo ha recordado esa frase casual de Julieta y olvidado un millar de frases bellísimas y odoríferas que se elevan como vapores estupefacientes. «Ni amapola ni mandrágora…»[89]. Sin duda todo el mundo conoce estos tóxicos ingredientes. Pero dudo seriamente que Shakespeare supiera siquiera el aspecto que tiene la mandrágora.

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UN RETRATO DE SHAKESPEARE

Resulta muy interesante que hayan encontrado un retrato de Shakespeare en

una taberna, sobre todo porque parece un lugar de lo más indicado para encontrar a Shakespeare. No conozco, ni siquiera comprendo lo más mínimo, los métodos sutiles y minuciosos mediante los que esos caballeros expertos en arte son capaces de dilucidar con certeza qué retrato es ése; pero desde luego no tiene nada de absurdo que a Shakespeare lo pintara uno de sus primeros admiradores en el tablero de una taberna, ni que Shakespeare posara mientras lo pintaban, siempre que le dieran cerveza suficiente. Veo en un periódico que hay quien ha planteado algunas dudas sobre la veracidad de semejante episodio, y deduzco por el contexto que dichas dudas se plantearon en interés de la escuela Bacon-Shakespeare. Supongo que este baconiano concreto piensa que todos los retratos de Shakespeare debieran ser retratos de Bacon; y, en caso contrario, es que no son retratos de Shakespeare. Parece haber cierta confusión inherente a esta línea de pensamiento, pero ahora no dispongo de tiempo para ponerla en evidencia. En cualquier caso, lo que dijo el baconiano acerca del nuevo retrato es esto: «¿Hay alguna probabilidad de que a un tosco muchacho de pueblo, prácticamente sin un penique y abrumado por la carga que suponen una mujer y tres hijos, que se une a un grupo de actores ambulantes en 1587, y del que, un año después, se sabe que se está ganando precariamente la vida fuera del teatro, y que no lleva su primera obra al editor hasta cuatro años más tarde, le pintaran el retrato al óleo en 1588, la fecha supuesta del cuadro antes mencionado?».

Es posible que esta escuela de pensamiento utilice ágiles y espléndidas asociaciones de ideas que soy demasiado torpe para seguir. Pero no acabo de entender por qué tener una mujer y tres hijos debería impedir que a alguien le pintaran su retrato. Los pintores no suelen insistir en que sus modelos sean célibes, como si formaran parte de una orden sagrada y separada de monjes. No hay ninguna prueba de que Shakespeare pagara por ello, o de que, si lo hizo, pagara mucho; y, si se para uno a pensarlo, no parece muy probable que un hombre pagara mucho por una pintura comparativamente burda en una recóndita taberna. Supongamos que estamos hablando de un hombre de quien sabemos que fue un actor mediocre durante un tiempo, que viajaba de sitio en

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sitio como cualquier otro actor, pero de quien también sabemos que fue un hombre de personalidad arrebatadora, tal vez fascinante. ¿Sería tan improbable que algún amigo o adulador de su juventud le pintara en una de las ciudades pequeñas por las que pasó? Parece una cuestión trivial, pero no lo es porque es típica. La controversia sobre si Bacon escribió las obras de Shakespeare solo tiene importancia porque resulta ser el campo de batalla de dos métodos históricos, de dos tipos de criterio. En realidad importa poco si Bacon era Shakespeare o Shakespeare era Bacon. Supongo que a Shakespeare no le importaría demasiado que le robasen sus logros literarios; y estoy seguro de que a Bacon le encantaría que le exonerasen de su historia política y de su reputación. Lord Francis Verulam habría sido un hombre más feliz, y sin duda más y mejor cristiano, si también él hubiera ido a beber cerveza a Stratford; si hubiera comenzado y terminado su vida en una taberna. Y por lo que se refiere a la gloria individual, los dos tienen eso, y probablemente solo eso, en común: que al final de sus vidas ambos parecieron decidir que toda la gloria es vanidad. Pero, como digo, el verdadero interés de la cuestión radica en cierto método histórico y de discusión del que el párrafo que acabo de citar es un magnífico ejemplo.

Los dos argumentos que suelen chocar en la historia podrían llamarse el argumento del detalle y el argumento de la atmósfera. Supongamos que un hombre escribiese sobre los cocheros londinenses dentro de doscientos años. Podría conocer todos los detalles que pudiera reunir a partir de todos los documentos, podría saber los números de todos los coches, los nombres de todos los cocheros y de los dueños individuales y colectivos de todos los vehículos en cuestión, la tasa fija de pago y todas las leyes parlamentarias sobre el particular. Pero, en cambio, podría no conocer la sutil y abigarrada atmósfera que rodeaba a los cocheros; sus peculiares relaciones con la clase acomodada que contrata habitualmente sus servicios. No comprendería que pagarle la tarifa mínima a un cochero no es lo mismo que pagarle la tarifa mínima al cobrador del tranvía. No comprendería que cuando un cochero cobra de más no es lo mismo que cuando un carnicero o un panadero cobran de más. Se le escaparía hasta qué punto esos hombres se consideran a sí mismos los empleados temporales, los cocheros temporales de los ricos; no comprendería que incluso sus palabrotas son una expresión de esa idea de dependencia de la histórica generosidad de los caballeros. No comprendería cómo esta extraña clase de hombres conseguían ser insolentes sin ser independientes. La historia existe para hacer reales justo esa clase de atmósferas; y es precisamente ese tipo de atmósferas la que casi siempre

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descuida la historia. Quienes mantienen que Bacon escribió las obras de Shakespeare son, por así decirlo, los maníacos de este método del detalle frente a la atmósfera, que es la maldición de tantos hombres cultivados. De hecho, los que estudian la controversia Bacon-Shakespeare son gente muy cultivada; conocen una enorme cantidad de detalles sobre la época que les preocupa. Pero todo es detalle; y el detalle en sí mismo equivale a la locura. El lunático es, por definición, alguien que ha sacado los detalles de la atmósfera real.

He aquí un ejemplo. Recuerdo haber discutido hace mucho tiempo con un baconiano que aseguraba que Shakespeare no pudo escribir sus obras, porque Shakespeare era un aldeano y en sus obras no había ningún estudio detallado de la naturaleza en el sentido moderno —ningún detalle acerca de cómo construyen los pájaros su nido, o de cómo esparcen el polen las flores— como las que tenemos en ords orth o en Tennyson. Pues bien, el hombre que decía esto conocía mucho mejor que yo la literatura isabelina. De hecho, lo sabía todo acerca de la literatura isabelina excepto lo que era la literatura isabelina. Si hubiese tenido siquiera la más mínima idea de lo que era la literatura isabelina nunca habría soñado ni esperado que ningún isabelino escribiera sobre la naturaleza, solo por haberse criado en ella. Un poeta del Renacimiento criado en un bosque no habría escrito acerca de los árboles más de lo que un poeta del Renacimiento criado en una pocilga habría escrito acerca de los cerdos; habría escrito acerca de los dioses o no habría escrito en absoluto. No era propio del Renacimiento escribir acerca de la historia natural que había al otro lado de la puerta. Decir que Shakespeare, si verdaderamente hubiera nacido en Stratford, habría escrito sobre pájaros y prados, es como decir que Keats, si verdaderamente hubiera nacido en Londres, habría escrito sobre autobuses y tiendas de paños. Esta incapacidad, por parte de un hombre mucho más cultivado que yo, para captar la cualidad de una época me dejó perplejo. Entonces alguien empeoró las cosas al decir que Shakespeare sabía describir la naturaleza con detalle, puesto que describía con detalle el aspecto y paso de un caballo —como si un caballo fuera un tímido pajarillo que construyera su nido en los más oscuros bosques de Inglaterra y solo alguien nacido en Stratford pudiera verlo—. Si hay algo más cierto acerca de un caballero isabelino que el hecho de que no sabría nada acerca de la naturaleza, es el hecho de que lo sabría todo sobre los caballos.

Tan solo cito este antiguo ejemplo como muestra de una total ausencia de un sentido o atmósfera histórica. Aquel caballo que construyó su nido en los altos árboles de Stratford es típico de toda esta crítica antinatural; el crítico

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que lo descubrió, lo que descubrió en realidad es un mirlo blanco. Otro argumento del mismo tipo es que Shakespeare debió de ser un hombre erudito como Bacon porque sabía mucho de leyes y mitología y literatura clásica. Eso es como decir que yo debo ser tan erudito como el decano de Balliol, en Oxford, porque estoy familiarizado con la mayor parte de las cosas de las que él habla; porque he oído hablar de la controversia entre nominalistas y realistas, o porque he oído que en Balliol se discutió sobre el ser absoluto y el ser relativo. De nuevo al hombre se le escapan el espíritu y el tono de la época por completo. No se percata de que en la época de Shakespeare cualquier hombre despierto podía enterarse de esas cosas, exactamente igual que yo puedo enterarme de cualquier cosa paseándome por la calle Fleet. Entonces era tan imposible vivir en Londres y no oír hablar de mitología pagana, como hoy vivir en Londres y no oír hablar de socialismo. La misma incredulidad solemne e inhumana que encuentra increíble que un espabilado muchacho de Londres oiga hablar de muchas más cosas de las que realmente conoce, es la misma que encuentra increíble que algún pintorzuelo le pinte un retrato por pura diversión en una taberna.

La verdad, me temo, es que la locura tiene una gran ventaja sobre la cordura. La cordura siempre es descuidada. La locura siempre es cuidadosa. Un loco es capaz de contar los barrotes de las verjas de Hyde Park; puede saber su número exacto, porque para él son otra cosa diferente. Un hombre cuerdo no conocerá el número de los barrotes, tal vez ni siquiera su forma; no sabrá nada acerca de ellos, salvo la suprema, sublime, platónica y trascendental verdad de que son barrotes. Hay gran parte de falsedad en la idea de que la verdad debe prevalecer necesariamente. En primer lugar tenemos esta falsedad: si alguien está en posesión de la verdad suele ser feliz. Y si es feliz suele ser perezoso. La actividad incesante, la inteligencia exagerada, suele ser patrimonio de quienes se equivocan en parte y aciertan en parte. Toda la ventaja de quienes piensan que Bacon escribió las obras de Shakespeare, radica simplemente en el hecho de que les preocupa si Bacon escribió las obras de Shakespeare. La desventaja de quienes no lo creen así radica en el hecho de que (debido a su propia locura) eso les trae sin cuidado. El hombre cuerdo, lo suficientemente cuerdo para ver que Shakespeare escribió las obras de Shakespeare, es quien está lo suficientemente cuerdo para que no le preocupe si las escribió él o no.

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«SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO»

La mejor de las comedias de Shakespeare es también, desde cierto punto de

vista, la mejor de sus obras. Nadie defendería que ocupa ese puesto por sus méritos como estudio psicológico, si por estudio psicológico entendemos el estudio de los personajes individuales en una obra. Nadie defendería que Puck es un personaje en el sentido en que lo es Falstaff, o que el crítico se quedó pasmado ante la psicología de Chicharrillo. Pero hay un aspecto en el que la obra supone tal vez un triunfo mayor, desde el punto psicológico, que el mismo Hamlet. Podríamos preguntarnos si hay otra obra literaria en el mundo en la que se exponga de manera tan vívida una atmósfera social y espiritual. En Hamlet, por ejemplo, hay una atmósfera algo lóbrega e incluso melodramática, pero está subordinada al protagonista principal y es moralmente inferior a él; la oscuridad es solo un telón de fondo para la estrella solitaria del intelecto. En cambio, Sueño de una noche de verano es un estudio psicológico, no de un hombre aislado, sino de un espíritu que unifica a la humanidad. Los seis hombres pueden estar charlando en una taberna; puede que no sepan cómo se llaman los otros, ni vean los rostros de los demás, pero la noche, o las grandes historias, o alguna animada y sinuosa discusión, llegan a convertirlos en uno solo, si no totalmente identificados entre sí, al menos unidos por ese invisible séptimo invitado que representa la armonía entre todos ellos. Ese séptimo hombre es el protagonista de Sueño de una noche de verano.

Un estudio de la obra desde un punto de vista literario o filosófico deberá por tanto fundarse en algunas sesudas consideraciones acerca de dicha atmósfera. En una conferencia sobre Como gustéis, el señor Bernard Sha apunto una idea que es un ejemplo admirable de su impresionan te ingenuidad y de la más interesante de sus limitaciones. Al defender que Shakespeare consideraba el frívolo sentimentalismo y optimismo de la comedia como meras características de una obra de circunstancias más o menos cínica, llegó a sugerir que el título Como gustéis era una provocadora apelación al público por su mal gusto y el del la propia obra del dramaturgo. Si el señor Bernard Sha hubiera imaginado a Shakespeare insistiendo en que Ben Jonson debería llevar ropa interior transpirable, o unirse a la liga antialcohólica, o

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distribuir panfletos contra los impuestos municipales, apenas habría imaginado algo más radicalmente opuesto al espíritu de la comedia isabelina que el esnobismo cursi y malicioso de semejante provocación. Shakespeare podía hacer que el quisquilloso y cultivado Hamlet, centrado en su mundo melancólico y puramente intelectual, advirtiera a los actores contra un exceso de complicidad con la turba. Pero el alma y el significado de las grandes comedias radican en la clamorosa comunión entre el público y la obra, una comunión tan caótica que algunas escenas estúpidas y violentas nos hacen pensar que algunos de los camorristas del foso han trepado a las candilejas. El título Como gustéis es, por supuesto, una expresión de total despreocupación, y no de amarga preocupación como lo interpreta fantásticamente el señor Bernard Sha ; es la despreocupación divina e inagotable de un hombre feliz. Y la prueba más evidente es que hay cientos de estos títulos genialmente provocadores esparcidos a lo largo y ancho de la comedia isabelina. ¿Es Como gustéis un título que requiera una explicación sombría e irónica en una escuela de la comedia que titulaba sus obras Lo que queráis, Es un mundo loco, señores, Si no es bueno, es que el diablo anda cerca, El diablo es un asno, Alegría de un día humorístico y Sueño de una noche de verano? Todos y cada uno de esos títulos son arrojados a la cabeza del público igual que un hidalgo borracho podría arrojarle un monedero a su lacayo. ¿Cree el señor Sha que Si no es bueno, es que el diablo anda cerca era lo contrario a Como gustéis y una solemne invocación a los poderes sobrenaturales para dar fe del cuidado y perfección de su maestría literaria? Tan isabelina es una explicación como la otra.

Pues bien, en la causa de este error moderno y pedantesco está el secreto y la dificultad de obras como Sueño de una noche de verano. Suponiendo que sea posible resumirlo, el sentimiento de una obra así, se resume en una frase: es el misticismo de la felicidad. Es decir, se basa en la idea de que, como el hombre vive en una frontera, puede encontrarse en una atmósfera espiritual o sobrenatural, no solo siendo profundamente triste o meditativo, sino siendo extravagantemente feliz. El alma puede escapar del cuerpo en una agonía de pesar, o en un trance extático; pero también puede abandonar el cuerpo en un paroxismo de risotadas. Sabemos que la pena puede superarse a sí misma; del mismo modo Shakespeare creía que el placer puede superarse a sí mismo y transformarse en algo peligroso y desconocido. Y la razón de que la lógica y destructiva escuela moderna, de la que el señor Bernard Sha es un ejemplo, sea incapaz de captar esta naturaleza puramente exuberante de las comedias es simplemente que su actitud lógica y destructiva le impide experimentar esa

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exuberancia sobrenatural. No podemos penetrar en Como gustéis si la consideramos tal como la entendemos. No podemos tener un Sueño de una noche de verano si el único objetivo de nuestra vida es mantenernos despiertos con el negro café de la crítica. La cuestión que se sopesa, honrada y equilibradamente, en Sueño de una noche de verano es si la vida real, el sine qua non del hombre, es la de la vigilia o la de la visión. Pero resulta difícil comprender la superioridad que poseen a la hora de juzgar, quienes se enorgullecen de no vivir jamás la vida de la visión. Al menos es discutible si los isabelinos no sabrían más acerca de ambos mundos que el intelectual moderno; no es ni mucho menos improbable que Shakespeare no solo tuviera una visión más clara de las hadas, sino que hubiese atinado mucho mejor al dispararle a un ciervo y recaudado mucho más dinero con sus actuaciones que un miembro de la Sociedad Teatral.

Shakespeare nunca se elevó más alto que en esta obra en lo que se refiere a la pura poesía y la intoxicación de las palabras. Pero, a pesar de eso, el mérito literario supremo de Sueño de una noche de verano es su diseño. La sorprendente simetría, la sorprendente belleza artística y moral de su diseño, pueden resumirse muy brevemente. La historia comienza en el mundo común y corriente con la agradable seriedad de los amantes y los amigos muy jóvenes. Luego, a medida que los personajes se internan en el intrincado bosque de los jóvenes enredos y la felicidad robada, el cambio y la perplejidad comienzan a apoderarse de ellos. Pierden el tino y extravían el camino pues están en mitad del país de las hadas. Sus palabras, sus ansias, sus propias imágenes, se van desdibujando y volviendo más y más fantásticas, como sueños dentro de otros sueños en la niebla sobrenatural de Puck. Entonces los vapores del sueño comienzan a disiparse, y personajes y espectadores se van despertando con el sonido de las trompas y los perros y la limpia y fresca mañana. Teseo, la encarnación del racionalismo feliz y generoso, expone con líneas trilladas y soberbias la explicación más sensata de semejantes experiencias psíquicas, y señala con un escepticismo benévolo y reverente que todas las hadas y encantamientos no son más que las emanaciones, las obras maestras inconscientes del hombre. El grupo entero estalla en una espléndida carcajada. Se produce una gran agitación entre banquetes y representaciones teatrales, y por encima de todo burbujea una de esas frívolas e inspiradas conversaciones en las que una buena frase parece extinguirse al dar a luz a otra. Si alguna vez el hijo del hombre en sus vagabundeos se sintió a gusto bebiendo junto al fuego, eso fue en casa de Teseo. Todos los sueños han sido olvidados, igual que un sueño melancólico,

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que se recuerda por la mañana, llega a olvidarse ante la certeza de cualquier otra fiesta nocturna; y así la obra parece concluir naturalmente. Comenzó en la tierra y en la tierra termina. Cerrar así el sueño de una noche de verano con un eclipse de luz es un efecto propio de un genio. Pero la característica de esta comedia es que el genio se supera a sí mismo; y se añade un toque que convierte a la obra en colosal. Teseo y su cortejo se retiran en un sonoro final, lleno de humor y sabiduría y en el que todo vuelve a su sitio, y el silencio se instala en la casa. Entonces se oye el apagado rumor de unos pasos y, por un momento, los elfos miran en el interior de la casa preguntándose qué es la realidad. «Supongamos que nosotros somos reales y ellos las sombras». Si ese final se interpreta bien, cualquier hombre moderno sentirá un escalofrío en la espalda al volver a casa del teatro por un sendero a través del campo.

Es un asunto trivial, por supuesto, aunque en una crítica general se hace más o menos indispensable para comentar otro aspecto de su perfección artística: la forma extremadamente humana y exacta en la que la obra capta la atmósfera de un sueño. La persecución, el enredo y la frustración de los incidentes y personalidades son bien conocidos para cualquiera que haya soñado con caer perpetuamente de precipicios o con perder trenes perpetuamente. Aunque sigue clara y lógicamente la narrativa necesaria para la obra, el autor consigue incluir todas las principales características de un sueño exasperante. Tenemos la persecución de un hombre al que no podemos atrapar, la huida de un hombre al que no podemos ver, el regreso constante al mismo sitio, la demencial alteración de los mismísimos objetos que deseamos, la sustitución de una cara por otra, la instalación del alma equivocada en el cuerpo equivocado, las fantásticas deslealtades de la noche, y todo es tan obvio como importante. Tal vez valga la pena reparar en que toda esta confusión de la comedia tiene otra característica esencial de los sueños. Normalmente de un sueño puede decirse que posee una total discordancia en los incidentes y una curiosa unidad en el tono; todo cambia excepto el que sueña. Puede comenzar y terminar con cualquier cosa, pero si el que sueña está triste, al final estará tan triste como lo estaba, por una especie de premonición, al principio; y si está alegre al principio, alegre seguirá aunque se desplomen las estrellas. Sueño de una noche de verano ha conseguido captar muy bien esta dificultad, esta sutileza casi desesperada. Los sucesos en el bosque errante son en sí mismos, y considerados a la luz del día, no solo melancólicos, sino amargamente crueles e ignominiosos. Pero mediante la creación de una atmósfera, tan mágica como la niebla de Puck, Shakespeare logra que todo sea misteriosamente hilarante, pese a ser

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palpablemente trágico, y misteriosamente compasivo, pese a ser cínico en sí mismo. De algún modo logra despojar a la tragedia y la traición de su plena agudeza, igual que un dolor de muelas o el peligro mortal de un tigre o un precipicio aparecen despojados de su agudeza en un sueño agradable. La creación de un sentimiento predominante como ése, un sentimiento no solo independiente, sino también enfrentado a los acontecimientos, es un triunfo artístico mucho mayor que la creación de los personajes de Otelo.

Es difícil hacer una aproximación crítica a una figura de tanta importancia como la de Lanzadera el Tejedor. Es más grande y mucho más misterioso que Hamlet, porque el interés de la gente como Lanzadera reside en la riqueza de su subconsciente, mientras que el de Hamlet radica en la comparativamente superficial riqueza de su conciencia. Y dicha dificultad es aún mayor en la época actual, tan obsesionada con el mero intelecto. Somos víctimas de una curiosa confusión que nos lleva a pensar que ser grande tiene algo que ver con ser inteligente, como si tuviésemos la más mínima razón para suponer que Aquiles era inteligente, y no dispusiéramos de un sinfín de pruebas que indican que prácticamente rozaba la estupidez. La grandeza es una cualidad indescriptible, pero palpable y muy familiar, referida a la talla de la personalidad, a la lealtad, dotada de un fuerte sabor y de una forma de expresión sencilla y natural. Un hombre así es recio como un árbol y tan único como un rinoceronte, y fácilmente podría ser tan estúpido como él. Igual que un gran poeta descuella sobre otro pequeño, el gran estúpido descuella sobre el pequeño. Todos hemos conocido a rústicos como Lanzadera el Tejedor, hombres cuyos rostros se nublarían de idiocia si tratáramos de explicarles durante diez días el significado de la deuda nacional, pero que aun así son grandes hombres, semejantes a Sigurd y a Hércules, héroes de los albores de la tierra, porque sus palabras eran sus propias palabras, sus recuerdos eran sus propios recuerdos, y su vanidad tan grande y sencilla como una montaña. Todos hemos conocido a gente en nuestro propio círculo de amigos a la que los intelectuales tildarían de descerebrada, pero cuya presencia en la habitación es como un fuego rugiendo en la parrilla que lo cambia todo, las luces, las sombras y el aire; cuyas entradas y salidas constituyen de algún extraño modo sucesos destacables; cuyos puntos de vista, una vez expresados, hechizan y persuaden a la imaginación y casi parecen intimidarla; cuyo absurdo manifiesto se adhiere a la fantasía como la belleza del primer amor, y cuyas locuras se narran como las leyendas de un paladín. Esos son grandes hombres, hay miles de ellos en el mundo, aunque tal vez muy pocos en la Cámara de los

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Comunes. No deberíamos buscar a los grandes en los fríos salones de la inteligencia, donde las celebridades parecen considerarse importantes. Un salón intelectual es tan solo un campo de entrenamiento de una destreza concreta, y se parece a una clase de esgrima o a un cuerpo de fusileros. Es más bien en nuestras casas y ambientes, desde Croydon hasta St. John’s ood, en las viejas enfermeras, en los caballeros y sus aficiones, en las solteronas parlanchinas, en los incomparables mayordomos, donde podremos percibir la presencia de esa sangre de los dioses. Y esta criatura tan difícil de describir, tan fácil de recordar, el estúpido augusto y memorable, nunca ha sido retratada tan suntuosamente como en el Lanzadera de Sueño de una noche de verano.

Lanzadera lleva la marca suprema de su auténtica grandeza en el hecho de que, como el santo verdadero o el auténtico héroe, tan solo se distingue de la humanidad en que da la impresión de ser más humano que la humanidad. No es cierto, como sugieren los ociosos materialistas de nuestros días, que comparado con la mayor parte de los hombres, el héroe parezca frío y deshumanizado, es la mayoría quien parece fría y deshumanizada en presencia de la grandeza. Lanzadera, como Don Quijote, el tío Toby[90] y el señor Richard S iveller[91], y el resto de los Titanes, tiene una enorme e inconmesurable flaqueza: su estupidez es a gran escala, y cuando sopla su trompeta parece la trompeta de la Resurrección. Los otros rústicos de la obra aceptan su liderazgo no solo natural sino exuberantemente; todos poseen esa generosidad primaria y salvaje, esa clamorosa abnegación que hace que los hombres sencillos disfruten con la cercanía del héroe, ese elemento incuestionable de la naturaleza humana que, aparte de en esta obra, nunca ha sido expresada tan perfectamente como en el incomparable capítulo al principio de Evan Harrington[92] en el que los comerciantes cantan con lírica energía las alabanzas del mismo Gran Mel que acaba de estafarles. Los escépticos de pacotilla escriben acerca del egoísmo primario de la naturaleza humana, pero descubrir y retratar vívidamente esta generosidad ruda y subconsciente que es más antigua que el ser, está reservado a grandes hombres como Shakespeare y Meredith. Solo ellos, con su insaciable tolerancia, son capaces de percibir la devoción espiritual que anida en el alma de un esnob. Y es ese juego natural entre la sustanciosa simpleza de Lanzadera y la sencilla simpleza de sus camaradas el que desencadena la inabordable perfección de las escenas cómicas de esta obra. La sensibilidad literaria de Lanzadera es perfectamente apasionada y genuina, mucho más genuina que la de muchos cultivados críticos literarios: «La rabiosa roca y el

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choque que choca que rompan la boca de férrea prisión. Y Apolo en su carro que brille bizarro, y que hunda en el barro la ciega pasión»[93] es poesía de la buena, llena de vida y de fuerza y aunque sea ligera e imperceptiblemente deficiente en cuanto a su sentido, sigue siendo tan buena y tan sensata como la mayoría de los discursos retóricos que Shakespeare puso en boca de reyes y amantes e incluso en los espíritus de los muertos. Si a Lanzadera le gustase recitar por puro placer, el hecho tan solo añadiría otro punto de contacto entre él y su creador literario. Pero su estilo, aunque deliberadamente pomposo y ridículo, es muy literario, la aliteración acumula oleada tras oleada y el verso completo crece como una ola antes de romper. No hay nada mezquino en su estupidez; ni tampoco hay en toda la literatura un personaje que esté tan libre de vulgaridad. El hombre vitalmente simple y estúpido canta «La madreselva y la abeja»; no clama acerca de «rocas rabiosas» ni «del carro de Apolo». Dickens, que poseía, tal vez más que ningún otro hombre moderno, la hospitalidad mental y la sabiduría despreocupada de Shakespeare, percibió y expresó admirablemente la misma verdad. Percibió, por así decirlo, que hay idiotas sin remedio que con mucha frecuencia tienen un verdadero don y entusiasmo por las letras. El señor Mica ber[94] amaba la elocuencia y la poesía con toda su alma inmortal: las palabras y las imágenes visionarias le mantenían con vida, a falta de comida y de dinero, como podrían haber mantenido a un santo ayunando en el desierto. Dick S iveller[95] no citaba de manera inimitable a Moore y a Byron solo por el gusto de hacer frívolas digresiones, sino porque amaba una gran escuela poética. El sincero amor por los libros no tiene más que ver con la inteligencia o la estupidez que cualquier otro amor sincero. Es una cualidad del carácter, una frescura, una capacidad de experimentar placer, de sentir fe. Un estúpido puede disfrutar leyendo obras maestras exactamente igual que un estúpido puede disfrutar recogiendo florecillas. Un idiota puede enamorarse de un poeta igual que puede enamorarse de una mujer. Y el triunfo de Lanzadera es que ama la retórica y su propio gusto en cuestiones artísticas, y eso es todo lo que puede conseguir Teseo o, puestos a eso, Cosimo di Medici. Vale la pena señalar, como un toque especialmente refinado en el retrato de Lanzadera, que casi siempre su gusto literario se preocupa más por el sonido que por el sentido. Comienza el ensayo con estrepitoso entusiasmo: «Tisbi, dulce flor de sabor odioso». «Olor, olor», le recrimina Cartabón, y sus palabras son aceptadas de acuerdo con la fría y pesada norma que exige que un pasaje poético tenga significado. Pero «Tisbi, dulce flor de sabor odioso», la versión de Lanzadera, es un verso

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mucho mejor y con mayor resonancia. Y la i que inserta en Tisbe es un verdadero hallazgo métrico.

Hay otro aspecto de esta gran obra que debería conservarse familiarmente en la memoria. Por extravagante que sea la mascarada de la historia, tiene una perfecta armonía estética que abarca desde un coup de maître como el nombre de Lanzadera, hasta el de la flor llamada Pensamiento. En todo el asunto puede decirse que no hay más que una nota discordante que es el nombre de Teseo y la ciudad de Atenas en la que ocurren todos los acontecimientos. La descripción de Atenas que hace Shakespeare en Sueño de una noche de verano es la mejor descripción de Inglaterra que se haya escrito jamás. Es obvio que Teseo no es más que un terrateniente inglés, amigo de la caza, amable con sus arrendatarios, hospitalario y algo vanidoso. Los menestrales son menestrales ingleses que hablan entre sí con la extraña formalidad de los pobres. Por encima de todo, las hadas son inglesas, y compararlas con los hermosos espíritus patricios de las leyendas irlandesas, por ejemplo, supone descubrir de pronto que tenemos, después de todo, nuestro propio folklore y mitología, o al menos que los teníamos en la época de Shakespeare. Cuando Robin Goodfello [96] le estropea la cerveza a la vieja, o le quita el taburete de debajo, no tiene nada de la conmovedora belleza céltica; las suyas son las payasadas del mundo invisible. Tal vez sea alguna deshonrosa herencia de la vida inglesa la que hace que los fantasmas americanos sean tan aficionados a las bromas indecorosas. Pero esta unión de farsa y misterio es una característica del inglés medieval. La obra es un último vistazo a la alegre Inglaterra, ese país lejano, pero radiante e indubitable. Sería muy difícil definir dónde yace la peculiar verdad que encierra la expresión «alegre Inglaterra», aunque es necesario comprenderla para comprender Sueño de una noche de verano. En algunos casos, al menos, puede decirse que radica en que la Inglaterra de la Edad Media y el Renacimiento, a diferencia de la Inglaterra de nuestros días, era capaz de concebir la idea de un alegre naturalismo. Entre todas las grandes obras del puritanismo, la prueba que lo condena radica en el hecho de que, de todas las fábulas del cristianismo, tan solo conservara y renovara una: la creencia en las brujas. Apartó a un lado la superstición más sana y generosa y aprobó tan solo la mórbida y peligrosa. En su acercamiento al gran cuento de hadas nacional del bien y del mal, los puritanos mataron a san Jorge y preservaron cuidadosamente al dragón. Y esta tradición del siglo XVII de tratar acerca de la vida psíquica, sigue arrojando su negra sombra sobre Inglaterra y América; de forma que si le echamos un vistazo a cualquier novela sobre ocultismo podemos estar absolutamente seguros de que tratará

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sobre el triste y perverso destino. Busquemos lo que busquemos, lo único seguro es que no encontraremos espíritus como los de Ayl in[97] inspirando una historia tan absurda como Aventuras de un cadáver o Los londinenses. Esa imposibilidad se debe a la desaparición de «la alegre Inglaterra» y de Robin Goodfello . Para nosotros era un país prodigioso, la tierra de un alegre ocultismo en la que el campesino hacía chistes sobre su santo patrón y solo maldecía a las hadas en broma, como quien maldice a un criado perezoso. Shakespeare es inglés en todo lo que hace, y sobre todo en sus debilidades. Del mismo modo en que Londres, una de las mayores ciudades del mundo, exhibe más arrabales y esconde más bellezas que ninguna otra, Shakespeare es el más descuidado de los cuatro gigantes de la poesía, y solo nos deja entrever su esplendor como por accidente, igual que cuando nos encontramos con una iglesia antigua al doblar una esquina. En nada es tan inglés como en la noble inconsciencia cosmopolita que le hace mirar con los ojos de un niño hacia el este, hacia Atenas o Verona. Le encantaba hablar de la gloria de países lejanos, pero hablaba de ellos con la lengua y el espíritu insaciable de Inglaterra. El patriotismo posterior abusa de la costumbre de dejar a un lado ese método y hablar de Inglaterra de la mañana a la noche, aunque de un modo nada inglés. La casualidad, las incongruencias y un cierto despiste forman parte del temperamento de Inglaterra; el inconsciente con cabeza de asno no es un mal ejemplo. Los filósofos materialistas y los políticos mecanicistas han logrado sin duda proporcionarle una mayor unidad en algunos casos. La única pregunta es en qué clase de animal lo han convertido.

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EL AUTÉNTICO DOCTOR JOHNSON

Es posible que todavía haya gente en Inglaterra que no adore al doctor

Johnson. Dichas personas deberían ser apartadas a un lado, de ser posible por medio de la persuasión. Debe hacerse un breve y claro intento por convencerles antes de entrar en cuestiones más sutiles en cualquier discusión sobre el gran hombre. Ahora bien, el viejo y superficial malentendido acerca de Johnson (hoy casi concluido) se expresa principalmente en dos ideas populares: que era pedante y que era grosero. En ocasiones fue grosero, nunca fue pedante. Fue probablemente el hombre menos pedante que ha vivido jamás; y sin duda usted y yo somos mucho más pedantes que el doctor Johnson. Por pedantería se entiende la adoración por las palabras muertas; y sus palabras, ya fueran largas o cortas, siempre estaban vivas. Enfrentaba a las palabras largas con las cortas con un arte improvisado pero infalible. No tengo aquí mis libros y cito de memoria, pero creo que un escocés, irritado por las pullas rituales de Johnson contra su país le dijo: «¿Recuerda usted, señor, que Dios creó Escocia?». Johnson le replicó sin dudarlo: «Señor, debe usted recordar que la creó para los escoceses». Después, tras una pausa, dijo grave y meditabundo: «Las comparaciones son odiosas, pero Dios creó el infierno». Pues bien la vaga opinión popular sobre Johnson se concentraría en las palabras más largas, como «comparaciones» u «odiosas» y se quedaría con la impresión de que era pedante. Sería igual de fácil concentrarse en palabras como «infierno» y dar la impresión de que era vulgar. El único modo seguro de comprobarlo es fijarse en la frase entera y preguntarse si hay una sola palabra, larga o corta, que esté fuera de lugar. Johnson era lo contrario de un pedante, porque empleaba palabras largas solo donde eran efectivas. En general, solía ser pomposo cuando Bos ell hablaba frívolamente y frívolo cuando Bos ell hablaba pomposamente; una regla muy sensata. Cuando Bos ell le enfrentó con los crudos hechos de una torre solitaria y un bebé, contestó con dignidad: «Señor, a mí no me gustaría mucho mi compañía». Pero cuando Bos ell disculpó a algún obispo o vicario en decadencia con ese elaborado picadillo de sofismas y caridad que todavía hoy se usa para excusar a los ricos, Johnson le contestó con unas pocas palabras cortas, tan llenas de cristianismo y sentido común que no me permitirían publicarlas.

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La acusación de grosería es más real, pero a propósito de eso también hay una impresión que todavía perdura y que debe ser corregida. Tomada junto a la acusación de pedantería, ha creado la imagen de un maestro de escuela intimidador, una persona superior que se considera por encima de los buenos modales. Pues bien, Johnson a veces era insolente, pero nunca se consideró superior. No era un déspota, sino exactamente lo contrario. Era su sentido de la democracia lo que le hacía ser ruidoso y poco escrupuloso como una turba en las discusiones. Era precisamente porque pensaba que los demás eran tan inteligentes como él, por lo que en los casos desesperados trataba de derrotarlos clamorosamente. Todo el mundo conoce la descripción que hizo de él uno de sus mejores amigos: «Si falla el tiro con la pistola, te atiza un culatazo». Pero pocos se dan cuenta de que ése es el acto de un tipo heroico y sencillo que lucha contra una fuerza superior. Johnson era un hombre de viva impulsividad y humor variable, pero intelectualmente humilde. Siempre se sumergía en cualquier discusión con la idea de que su oponente era tan bueno como él y podía ser derrotado. Sus gritos y sus gol pes en la mesa eran la expresión de una modestia fundamental. Creo que se puede captar ese matiz en todo lo que dijo, incluso en esas terribles últimas palabras, pronunciadas en su lecho de muerte, acerca de Burke, el único hombre que le había estimulado y provocado: «Si lo veo ahora me muero». En ese aspecto, su destino ha sido extraño. Se le ha considerado el pedante par excellence porque fue el único no pedante en una época pedante. Se le ha tildado de tirano de la conversación, porque fue el único de los de su talla intelectual que se mostró dispuesto a discutir con sus inferiores. Por un lado suele decirse que traducía el inglés al johnsoniano. Pero permítasenos recordar que fue el único hombre de su época capaz de traducir a su vez del johnsoniano al inglés. Medio centenar de críticos de la época podrían haber dicho de una obra: «No posee vitalidad suficiente como para salvarse de la putrefacción», pero solo Johnson podría haber dicho además: «No contiene suficiente ingenio como para conservarse dulce». En el siglo XVIII había muchos grandes hombres que mantenían un club o cortejo de siervos en el que hacían y deshacían a voluntad. No necesito demostrarlo, el mayor satírico de la época ha convertido la imagen en inmortal:

Igual que Catón dictaba las leyes en su pequeño Senado, y se sentaba atento a sus propios aplausos.[98]

Pero Johnson era como una reserva de atención para los que le aplaudían. Johnson era furiosamente sordo con la gente que le contradecía. Lejos de ser un rey noble y condescendiente como Ático[99], Johnson era una especie de

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miembro irlandés de su propio parlamento. Pero éstos no son más que ejemplos aislados e incidentales; todo lo referido a aquel hombre suena a realidad y honor; nunca creyó estar en posesión de la razón sin estar dispuesto a presentar batalla; ni creyó estar equivocado sin estar dispuesto a pedir perdón.

Todos hemos oído lo suficiente para llenar un libro con las descortesías del doctor Johnson. Ojalá recopilasen en otro libro las disculpas del doctor Johnson. No hay mejor prueba de la caballerosidad e integridad de un hombre que ver cómo se comporta cuando se equivoca; y Johnson se comportaba muy bien. Comprendía (cosa que mucha gente bien educada no hace) que una disculpa envarada es un segundo insulto. Comprendía que la parte ofendida no quiere ser compensada por haber sido agraviada; quiere ser reparada por haber sido herida. Bos ell se quejó una vez a él en privado y le explicó que no le importaban sus asperezas cuando estaban a solas, pero que no le gustaba que le despedazaran en público. Añadió alguna manida figura retórica, algún símil tan trivial que ni siquiera recuerdo cuál fue. «Señor —dijo Johnson—, ése es uno de los mejores símiles que he oído nunca». No perdió el tiempo en retirar formalmente esta palabra con reservas y aquélla con explicaciones. Notó que le había hecho daño y trató de agradarle. No había sabido prever lo que irritaría a Bos ell, pero al menos sabía qué era lo que le consolaría. Es este gigantesco realismo de la bondad de Johnson, lo directo de su emotividad, cuando se muestra emotivo, lo que hace que siga ejerciendo su autoridad entre tantas generaciones. Su ética no tiene nada de elaborado; quiere saber si, de hecho, un hombre es feliz o infeliz, si miente o dice la verdad. Puede parecer que martillea el cerebro durante largas noches de ruido y truenos, pero sabe entrar en el corazón sin llamar a la puerta.

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ILLIAM BLAKE Y LA INSPIRACIÓN

Mucho se ha dicho sobre la inspiración —sobre todo en las obras de la

imaginación— por parte de autoridades a quienes respeto profundamente y de las que disiento violentamente. En primer lugar, suele considerársela una visión religiosa o espiritual del arte para suponer así que no procede del artista. Con ello se implica que solo desde un punto de vista cínico, o al menos mundano, podría sugerirse una profanación como que sí procede del artista. Y esto, para empezar, me parece basado en una mala religión y filosofía. Se supone que debemos regocijarnos sin reservas con la idea de que un espíritu haya inspirado a lo que, de otro modo, no sería más que un hombre. Pero en realidad es una blasfemia decir de un hombre que no es «más que un hombre». Y es una auténtica herejía hablar como si un espíritu tuviera que ser siempre mejor que un hombre. Es posible que a un buen hombre le inspirase un mal espíritu; y, en cualquier caso, un hombre también es un espíritu. Y me parece más próximo a la verdadera tradición cristiana sostener que el hombre crea a imagen de Dios, dentro de sus capacidades, y en nada se parece tanto a la imagen de Dios como en el hecho de crear imágenes. Por otro lado, no es en absoluto imposible que esa creación directa, y cualquier cosa menos divina, pueda desviarse y confundirse solo con prestar atención a las fuerzas elementales que vagan libres por el universo. Me da la impresión de que eso ha ocurrido, de hecho, muy a menudo en la historia real de la literatura. Sin duda, muchos grandes hombres han hablado de estar inspirados, pero dudo que lo hicieran cuando eran más grandes.

Por tomar un ejemplo famoso, illiam Blake aseguró que sus obras se las dictaban a veces espíritus más exaltados. Pero ¿qué obras le dictaron los espíritus exaltados? Con mis disculpas más respetuosas a los espíritus, y con la más cálida e incluso apasionada admiración por Blake, creo que cualquier persona imparcial que lea algunos de sus Libros proféticos más inspirados, se formará una opinión más bien pobre de la lucidez y la capacidad para la coherencia narrativa demostradas por los ángeles regentes. Bs muy significativo que siempre estuviera dispuesto a explicar que sus ángeles favoritos eran en realidad demonios. Pero con eso no quiso decir que fueran malos; se refería a alguna otra cosa de un sistema simbólico o cabalístico

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propio, en el que las palabras no significaban lo que se supone que significan. Se refería, por ejemplo, a que los demonios representaban el principio divino de la energía y los ángeles el principio divino de la sabiduría. Nadie que lea sus crípticas pero entretenidas notas podrá decir que estaba de parte de los ángeles. Más bien se muestra dispuesto a mirarlos con desprecio e incluso a escarnecerlos, prefiere el departamento más energético; y se refiere afectuosamente a uno de sus espíritus familiares en la frase: «Este ángel, que ahora es un demonio, es un gran amigo mío». En cierto modo, este criptograma ocultista resulta muy interesante para aquellos a quienes les gusta la teología de tipo gnóstico. Pero cuando hablamos de que un poeta está inspirado, nos referimos a que está inspirado hacia la poesía. Y nadie me va a convencer de que este enredo de dogmas y versos ramplones supone una mejora en la poesía de Blake.

Oh, girasol fatigado del tiempo

que cuentas los pasos del sol.

Esos dos versos se elevan con el vuelo curvo de un pájaro; y dudo que hiciera falta ningún demonio gnóstico para dictarlos. Pero el lector fatigado del tiempo, que cuenta los pasos del razonamiento en las partes más densas de los volúmenes más metafísicos de Blake, se sentirá mucho menos como un pájaro y mucho más como un caracol. Sé bien que en esos libros hay ideas interesantes y originales, porque Blake era un hombre interesante y original. Pero a un hombre así, si se le ayuda, debería ayudársele a expresarse. Y tengo la impresión de que, cuando los demonios le dejaban solo, se expresaba mucho mejor.

Sé que, al menos en apariencia, tengo en mi contra algunas de las cosas en las que más me enorgullezco de creer. Sé que la mitología es siempre cierta, o al menos cierta en gran parte, y mucho más cierta que el estudio científico de los mitos. Creo profundamente en la tradición; y, sin duda, hay una gran tradición acerca del poeta y su musa. De modo que hablo a tientas, pero incluso en eso introduciré provisionalmente una corrección. Hay algo que muy pocos hombres modernos comprenden y que solo se me ocurre llamar la levedad de los clásicos. Los clásicos siempre se tratan como si fueran pesados y por eso se trata pesadamente sobre ellos; pero hay un sentido en el que deberían tomarse siempre a la ligera. Los hombres de civilizaciones más antiguas tenían un hábito mental suave y sutil, que en su mayor parte se ha perdido en la reseca seriedad de las discusiones modernas. A menudo trataban de cosas en las que solo creían a medias, y a menudo sabían cómo distinguirlas de las cosas en las que creían de verdad. Por eso los hombres del

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Renacimiento, e incluso los hombres de la Edad Media, podían mantener una imaginería pagana paralela a su imaginería cristiana. Chaucer hace que sus caballeros adoren a Venus y a Marte sin que eso desentone lo más mínimo con el pasaje más airoso, solo unas páginas más adelante, en el que el duque de Atenas celebra el sacramento cristiano del matrimonio con palabras que parecen sacadas directamente de santo Tomás de Aquino. Shakespeare hace que ese mismo matrimonio lo celebre Himen, la diosa pagana, y al cabo de unas pocas líneas de la misma obra cuenta que el pecador se ha retirado a un monasterio bajo la influencia de un santo ermitaño. Lo mismo ocurre con la expresión de muchos estados de ánimo filosóficos o emociones espirituales. Estos grandes poetas tradicionales a menudo expresan una idea de Vanitas vanitatum que podría confundirse con la desesperación, y que en un escritor moderno probablemente lo sería. Sin embargo, en su religión, la desesperación era en sí un pecado mortal. No querían decir lo que decían; y tenían una escurridiza capacidad lírica para sugerir que en realidad no querían decir lo que decían. Los hombres de la antigua cultura europea podían tomarse el pesimismo a la ligera. Los hombres de la nueva cultura americana tan solo pueden tomarse el optimismo pesadamente.

De acuerdo con este espíritu, todos aquellos poetas aseguraban estar inspirados por una musa, y algo de verdad había en lo que decían; aunque no fuera eso lo que querían decir exactamente. No querían decir lo que diría alguien dedicado a las investigaciones físicas o que asegurase ser un médium. Las dos ideas sucesivas de una seria creencia cristiana y un descubrimiento científico serio han aguzado nuestra imaginación y nos hacen preguntarnos si algo es estrictamente cierto. Estoy seguro de que los poetas antiguos empleaban la imagen de una musa en un sentido más vago. Homero comenzó invocando a la diosa, pero imagino que no le habría hecho ninguna gracia que le dijeran que en realidad él no había escrito el gran discurso de Sarpedón. E incluso Milton, que decía estar inspirado por el Espíritu Santo, se habría molestado mucho con la idea de que otro que no fuera él hubiese escrito la invocación a la luz. En ese sentido más vago, de una inspiración procedente de Dios y de la naturaleza que fluyen en la personalidad, la idea es, por supuesto, enteramente cierta y válida. Pero en estos días de tantos fenómenos psíquicos, y de renovación de la mitología, tal vez convenga mantener la inspiración dentro de unos límites.

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«LOS PAPELES DE PICK ICK»

Hay quienes niegan con entusiasmo la existencia de un Dios y se

entretienen con un juego que llaman los errores de Moisés. No he estudiado con detalle sus trabajos, pero, según parece, el principal error de Moisés fue escribir el Pentateuco. Por lo visto, los errores menores no los cometió Moisés, sino alguna otra persona tan desconocida como él. Estos polemistas cubren un campo muy amplio y sus ataques contra las Escrituras son variados hasta la locura. Abarcan desde sugerencias como que la versión íntegra de la Biblia es casi tan inapropiada para un libro escolar femenino como la versión íntegra de las obras de Shakespeare, hasta que besar el Libro es casi tan peligroso higiénicamente como besar a los hijos de los pobres. Un crítico superficial podría pensar que esta escuela no ha dejado sin señalar ni una sola frase de las Escrituras hebreas o cristianas con algún ingenioso y maleducado comentario. Pero hay al menos un pasaje sobre el que, por lo que yo sé, nunca se han abalanzado; y al indicárselo tengo la sensación de que estoy, o debería estar, proporcionando material para un gran número de oraciones en Hyde Park. Me refiero a ese singular arreglo en la narración mística de la creación según el cual lo primero que se crea es la luz y después todos los cuerpos luminosos. Uno no sabría imaginar un proceso más vulnerable que éste para la lógica mastodóntica de los críticos de la Biblia: que el sol se crease después que la luz del sol. La idea subyacente tras esa frase es profundamente antagónica con el punto de vista moderno. Para mucha gente moderna sería como decir que el follaje existió antes que la primera hoja, o que la infancia existía antes de que naciera el primer bebé. La idea, como digo, es ajena a la mayor parte del pensamiento moderno, y como muchas otras ideas ajenas a la mayor parte del pensamiento moderno, es muy sutil y sensata. Cualquiera que sea el significado del pasaje en el poema primigenio, hay un significado metafísico muy real en la idea de que la luz existiera antes que el sol y las estrellas. Y no es bárbaro, sino más bien platónico: la idea existía antes que la maquinaria que la puso de manifiesto. La justicia existía cuando no eran necesarios los jueces, y la piedad existía antes de que fuera oprimido ningún hombre.

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Sea como fuere en asuntos de religión y filosofía, puede decirse sin exagerar demasiado que esta verdad proporciona la mismísima clave de la literatura. Toda la diferencia entre construcción y creación es ésta: que una cosa construida solo puede amarse después de haber sido construida, mientras que una cosa creada es amada antes de que exista, igual que una madre puede amar a un hijo aún no nacido. En el arte creativo, la esencia de un libro existe antes que el libro, e incluso que los detalles principales del libro; el autor lo disfruta y habita en él con una especie de rapto profético. Desea escribir una historia cómica antes de haber pensado en un solo incidente cómico. Desea escribir una historia triste antes de haber pensado en nada triste. Conoce su atmósfera antes de conocer ninguna otra cosa. Hay una máxima remilgada y mezquina que dicen a veces las personas que son tan frívolas como para tomarse en serio el humor y que sostiene que uno no debería reírse de sus propios chistes. Sin embargo, el gran artista no solo se ríe de sus propios chistes, sino que se ríe de ellos antes de haberlos inventado. Al hombre verdaderamente humorístico se le ve brillar el humor en la mirada antes de que haya pensado en ninguna palabra divertida. Así, el escritor creativo se ríe de su comedia antes de haberla escrito, y llora por su tragedia antes de saber lo que va a ser. Cuando por fin le llegan los símbolos y los hechos, lo hacen generalmente de manera fragmentaria e inversa, casi siempre en forma de destellos irracionales o crisis de consumación. La última página llega antes que la primera: antes de que empiecen los amoríos, él sabe que acabarán bien. Ve la boda antes que el cortejo; ve la muerte antes que el duelo. Pero, sobre todo, ve el color y el carácter de toda la historia antes que ninguno de sus acontecimiento. Ese es el verdadero fundamento del arte y el estilo, lo que ocurre es que los artistas y los estilistas no tienen el sentido común de utilizarlo. En un sentido muy real, el estilo es mucho más importante que los personajes o la narración. Pues uno sabe que estilo de libro quiere escribir cuando todavía no sabe nada más acerca de él.

Pick ick es, en la carrera de Dickens, la masa de luz antes de la creación del sol o la luna. Es la sustancia espléndida e informe a partir de la cual se hicieron todas sus estrellas. Podría dividirse Pick ick en innumerables novelas igual que podría dividirse la luz primigenia en innumerables sistemas solares. Los papeles de Pick ick constituyen, antes que nada, una especie de promesa descabellada, una visión prenatal de los hijos de Dickens. Todavía no ha adquirido el sencillo hábito profesional de escoger una trama y unos personajes, de dedicarse a una sola cosa cada vez, de escribir una novela sensata y separada y enviársela a los editores. Todavía está inmerso en el

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juvenil torbellino del mundo que le gustaría crear. Todavía no ha determinado qué historia escribirá, sino solo qué clase de historia escribirá. Trata de contar diez historias al mismo tiempo; vierte en el puchero todas las caóticas fantasías y las crudas experiencias de su infancia; se demora sin recato en historias cortas e irrelevantes, como en un libro de recortes; traza planes y luego los abandona, comienza episodios y los deja incompletos; pero desde la primera página hasta la última hay un éxtasis elemental e inefable: el del hombre que está haciendo lo que sabe hacer. Dickens, como cualquier otro escritor honrado y eficaz, alcanzó por fin cierto grado de cuidado y autocontrol. Aprendió a hacer que sus dramatis personae contribuyeran a la obra; aprendió a escribir historias llenas de perversidad y divagaciones, pero que eran historias. Sin embargo, antes de escribir su primera obra real, tuvo una especie de visión. Fue una visión del mundo de Dickens: un laberinto de caminos de tierra, un mapa repleto de ciudades fantásticas, de diligencias estruendosas, mercados ruidosos, tabernas bulliciosas, figuras extrañas y tambaleantes. Esa visión fue Pick ick.

Debe recordarse que esto es cierto incluso en lo que se refiere a su propia biografía. Aparte de cualquier otra consideración, Pick ick supuso su primera gran oportunidad. Fue un gran encargo hecho, en cierto sentido, a un hombre inexperto para que demostrase lo que era capaz de hacer. Fue, en sentido estricto, una muestra. Y, lo mismo que una muestra de cuero puede ser solo un trozo de cuero, o una muestra de carbón un pedazo de carbón, la mejor manera de afrontar este libro es considerarlo sencillamente un pedazo de Dickens. Estaba deseando demostrar todo lo que podía hacer. Le preocupaba más demostrar que sabía escribir bien que demostrar que podía escribir bien ese libro concreto. Y lo demostró sobradamente. Nadie envió nunca una muestra como la muestra de Dickens. Su rollo de cuero bloqueó la calle; su pedazo de carbón incendió el Támesis.

El libro, como tantos otros buenos libros, pese a que la arrogancia de los hombres de letras se resista a admitirlo, tuvo su origen en la propuesta de un editor. Mucho se dice en nuestra época sobre Apolo y Admeto y la imposibilidad de pedirle al genio que trabaje dentro de unos límites establecidos o que colabore con un plan ajeno. Pero, después de todo, lo cierto es que muchos grandes genios lo han hecho, desde Shakespeare cuando enmendaba malas comedias o dramatizaba noveluchas, hasta Dickens al escribir una obra maestra que sirviera de marco a los dibujos del señor Seymour. Y la verdadera explicación no es irrelevante para el espíritu y el poder de Dickens. Hay talentos muy delicados, ligeros y bizarre que

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ciertamente no pueden ser utilizados para propósitos externos, sean públicos o privados. Pero los talentos más grandes y ricos poseen cierta desdeñosa generosidad capaz de ocuparse de cualquier cosa. Los poetas menores no pueden escribir por encargo, pero los grandes poetas sí. Cuanto mayor sea el espíritu del hombre, cuanto más abarque su mirada, más probable es que cualquier cosa que se le proponga le parezca prometedora y significativa; cuanto más lo comprenda todo, más dispuesto estará a escribir lo que sea. Es exigir mucho (si a eso vamos) arrojarle un ladrillo a alguien y pedirle que escriba un poema épico; pero cuanto mayor sea su grandeza más capaz será de escribir sobre el ladrillo. Es muy injusto (si nos limitamos a eso) señalar un anuncio de mostaza Colman y reclamar un torrente de elocuencia filosófica; pero cuanto mayor sea el hombre, más probable es que pueda proporcionárnoslo. Así se demostró, no por primera vez, en ese gran experimento que fue el primer trabajo de Dickens. Los señores Chapman y Hall llegaron con un plan para una serie de historias galantes que sirvieran de contexto, uno casi podría decir de excusa, para una serie de dibujos de Seymour, el artista galante. Dickens hizo algunas modificaciones en el plan, pero aceptó su figura principal; y su figura principal era el señor inkle. Pensar en lo que podría haber sido el señor inkle en manos de un insípido farceur, y luego pensar en lo que es, nos hace sentir que Dickens creó a un hombre a partir de harapos y deshechos. Dickens estaba llamado a trabajar espléndida y exitosamente en muchos campos, y a crear muchos libros y personajes brillantes. Estaba destinado a recibir el aplauso de continentes enteros, como un hombre de Estado, y a dominar a sus editores como un déspota; pero tal vez nunca volvió a trabajar de manera tan suprema como en esta ocasión en la que trabajaba encadenado. Podemos preguntarnos si su único libro por encargo no es también su obra maestra.

Por supuesto, es cierto que, a medida que el libro avanzaba, su independencia aumentó y se fue librando de las influencias que habían sugerido su argumento. Del mismo modo, Shakespeare declaró su independencia de la crónica original de Hamlet, príncipe de Dinamarca, al eliminar sin más (con gran acierto) a un segundo tío llamado iglerus. Al principio, el Club Nemrod de Chapman y Hall podría haber tenido las mismas oportunidades que el Club Pick ick del joven Dickens; pero el Club Pick ick se convirtió en algo mucho mejor de lo que ningún editor habría soñado jamás. Algunos de los viejos vínculos se cortaron debido a accidentes u otros extraños problemas; Seymour, que tal vez había sido la causa de que se planeara todo, se voló la tapa de los sesos antes de haber terminado diez

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dibujos. Pero esas cosas eran trivialidades comparadas con el propio Pick ick. Importaba poco que Seymour se volara la tapa de los sesos con tal de que Dickens dedicara al asunto todo su seso. La obra se fue volviendo sistemática y progresivamente más poderosa y magistral. Muchos críticos han comentado el cambio algo discordante y poco artístico entre la primera parte de Pick ick y el resto; han señalado, no sin razón, que el carácter del señor Pick ick pasa de ser un bufón estúpido a un íntegro comerciante. Pero el cambio, suponiendo que los críticos hayan reparado en ello, es aún más evidente en el caso de los personajes secundarios del grupo. El señor inkle, que ha sido un idiota (e incluso, tal vez, como dice el señor Pick ick, «un impostor»), de pronto se convierte en un amante romántico e incluso temerario, capaz de escalar un muro prohibido y de planear una arriesgada fuga. El señor Snodgrass, que se ha comportado de manera ridícula en toda clase de situaciones serias, se encuentra de pronto en una posición ridícula — la de un caballero sorprendido en un asunto amoroso secreto— y se comporta de un modo perfectamente viril, serio y honorable. El señor Tupman es el único que no experimenta un verdadero desarrollo emocional y, presumiblemente, por ese motivo se va oyendo hablar cada vez menos de él a medida que avanza la lectura. Para entonces Dickens ha caído en una disposición de ánimo muy curiosa, una disposición de ánimo que se expresa en forma de incidentes extravagantes, pero no por eso es menos seria; y en la que encaja muy bien la conversión de inkle y Snodgrass en amantes románticos. Al señor Tupman hubo que dejarlo aparte de los asuntos amorosos, de modo que también hubo que dejarlo fuera del libro.

Gran parte del cambio se debió a la aparición del personaje más importante de la historia. A primera vista puede parecer extraño decir que Sam eller contribuyó a proporcionarle seriedad a la historia. Sin embargo, es estrictamente cierto. La introducción de Sam eller tuvo, para empezar, algunos efectos meramente accidentales y superficiales. Una vez aparece Sam eller, Samuel Pick ick deja de desempeñar el principal papel paródico. eller se convirtió en el bufón y Pick ick, en cierto sentido, en el objeto de sus pullas. Así se hizo evidente que cuanto más sencillo solemne y respetable pudiera volverse tanto mejor. El señor Pick ick había sido la figura que hacía cabriolas ante las candilejas, pero, con el advenimiento de Sam, se convirtió en una especie de telón de fondo y tuvo que comportarse como tal. No obstante, esta explicación, aunque cierta, es limitada y poco satisfactoria, y deja muchos grandes elementos sin explicar. Pues Sam eller introduce un tono más serio en Pick ick por otra razón mucho más profunda y más seria.

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Lo hace porque introduce algo de lo que Dickens se dedicó a hablar durante toda su vida —algo de lo que nunca habló tan bien como cuando lo hacía de forma inconsciente—. Sam eller introduce al pueblo inglés.

Sam eller es el gran símbolo del populacho inglés en la literatura inglesa. Su incesante torrente de sinsentidos llenos de cordura es un logro maravilloso de Dickens, pero no es una falsificación demasiado grande del incesante torrente de sinsentidos llenos de cordura que se da realmente entre los ingleses pobres. Los ingleses pobres viven en una atmósfera humorística; piensan en el humor. La ironía está en el mismo aire que respiran. De vez en cuando algún chiste irrumpe súbitamente en la imaginación de un político o un caballero, y por lo general lo aprovechan al máximo, pero cuando a un pordiosero se le ocurre una palabra seria, resulta tan chocante como si fuera un chiste. Imagino que la palabra «nonada» se aplicaba originalmente a las bromas para expresar su carácter estéril y poco sustancioso; pero para los ingleses pobres la paja es tan sustanciosa como el grano. La frase que primero les salta a los labios es la frase irónica. Recuerdo una ocasión en que nos metimos en un precioso cabriolé en una calle que resultó ser un callejón sin salida y nos condujo directos a un muro. El conductor y yo dijimos algo al mismo tiempo. Pero yo dije: «¡Por aquí no pasamos!», y él: «¡Esta sí que es buena!». Incluso durante el acto de hacer retroceder a su caballo ante un muro de ladrillo, aquel satírico probado pensaba en términos de una sátira ejercitada y tradicional, mientras que yo, perteneciente a una clase más insulsa y más sencilla, expresé mis sentimientos con palabras tan inocentes y literales como las de un rústico o un niño.

Esa eterna emanación de escarnio divino nunca ha sido tipificada tan sinceramente como en el personaje de Sam; es una fuente grotesca de la que no deja de manar el agua. A Dickens se le tilda de exagerado y a menudo es culpable de exageración; pero en esto no exagera nada: simplemente sublima y simboliza como cualquier otro gran artista. Sam eller no exagera el ingenio del vagabundo de las calles londinenses ni un átomo más de lo que, digamos, el coronel Ne combe exagera la dignidad de un oficial y caballero, o el señor Collins exagera la fatuidad de cierta clase de clérigo rural. Y este aliento de la clamorosa hermandad de los pobres le prestó una seriedad especial y un aroma de realidad a toda la historia. Las locuras inconscientes de inkle y Tupman son como hojas muertas frente a las locuras fundadas y conscientes de Sam eller. Además, las relaciones entre Pick ick y su criado Sam son, en ciertos aspectos, nuevas y valiosas en la historia de la literatura. Muchos escritores cómicos han descrito al pícaro espabilado y a su ridículo

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compañero; pero aquí, en una atmósfera fresca y humana, tenemos a un criado inteligente que no es un pícaro y a un compañero que no es ridículo. Sam eller personifica un alegre conocimiento del mundo; el señor Pick ick personifica una todavía más alegre ignorancia del mundo. Y Dickens respondió a un sentimiento profundamente humano (el sentimiento que le proporciona santidad a los niños y a los santos) cuando hizo que el tipo menos viajado y más amable fuese quien sirviera de moderador y de control. El conocimiento y la inocencia son dos cosas excelentes, y ambas resultan muy divertidas. Pero es justo que el criado sea el conocimiento y el señor la inocencia.

La sinceridad de este estudio de Sam eller ha producido un efecto particular en el libro que dudo que los críticos de Dickens hayan notado o discutido. Como no tiene un pathos dickensiano, ciertas partes son verdaderamente patéticas. Dickens se dio cuenta acertadamente de que el tono del libro era divertido y sintió que debería mantener fuera de él cualquier gran muestra de tristeza, y contener dentro de unos límites la que introdujese. Empleó esa limitación para no estropear el humor, pero (si se hubiese conocido mejor) podría haberla utilizado también para no estropear el pathos. Este es el único libro en el que Dickens se vio, por así decirlo, obligado a pisotear sus más tiernos sentimientos y por eso mismo es el único libro en el que toda la ternura es incuestionablemente auténtica. Un ejemplo admirable de lo que quiero decir puede encontrarse en la escena en la que Sam eller acude a visitar a su desconsolado padre tras la muerte de su madrastra. El admirador más leal de Dickens a duras penas podrá evitar un escalofrío al pensar en lo que Dickens habría hecho de esa escena en alguno de sus momentos más expansivos y sensibleros. Por lo que sé, la vieja señora eller podría haber preguntado lo que decían las encrespadas olas[100]; y por lo que sé el viejo señor eller le habría contestado. De ese modo, Dickens, al verse obligado a mantener la tensión y el humor de la historia, dibuja una imagen de humilde respeto y decencia que es viril, digna y auténticamente triste. Esos hombres honrados y sencillos, el padre y el hijo, no tratan de hacer como si la mujer muerta fuese mejor de lo que era realmente; respetan la muerte y el misterio y las debilidades humanas que aquélla termina ocultando siempre. El viejo Tony eller no le dice a su ratonil esposa que ya es un ángel de alas blancas, sino que le habla con admirable buen sentido:

«“Susan —le dije—, has sido una buena esposa; anímate, querida, y vivirás lo suficiente para verme atizarle un mamporro en la cabeza a ese Stiggins”. Sonrió al oírlo, Samuel…, pero murió poco después».

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Esa es quizá la primera y la última vez en que Dickens rozó la dignidad extrema del pathos. Supo contener su compasión, más tarde la dejaría campar a sus anchas. Ahora bien, la risa es algo que puede dejarse escapar; la risa tiene en sí una cualidad de libertad. Pero la pena tiene en sí una cualidad de confinamiento; el pathos por su misma naturaleza combate consigo mismo. El humor es expansivo. Estalla hacia el exterior; el hecho lo demuestra la expresión popular «estallar de risa». La pena no es expansiva, y más tarde Dickens cometió el error de tratar de volverla expansiva. Una de las grandes debilidades de Dickens como escritor es que trató de convertir esa súbita tristeza, esa abrupta piedad que llamamos pathos, en algo obvio, infeccioso, público, como si se tratara del periodismo o del sarampión. Es agradable pensar que en esa suprema obra maestra, consumada al alborear su carrera, no hay ni siquiera esa pequeña mancha sobre el sol de su merecido esplendor. Pick ick será recordado siempre como el gran ejemplo de todo lo que hizo grande a Dickens; de la solemne jovialidad de la amistad, de las aventuras erráticas por los viejos caminos ingleses, de la hospitalidad de las viejas tabernas inglesas, de la gran amabilidad elemental y el honor de los antiguos modales ingleses. En primer lugar, no obstante, será recordado por sus risas o, si se quiere, por su locura. Un buen chiste es la única cosa sagrada y definitiva que no puede ser criticada. Nuestras relaciones con un buen chiste son directas e incluso divinas. Hablamos de «verle la gracia» a un chiste exactamente igual que hablamos de «ver» a un fantasma o una visión. Una vez vista es fútil proseguir la discusión; y nosotros hemos visto la visión de Pick ick. Es posible que Pick ick sea la cumbre del humor de Dickens; yo creo que, en conjunto, lo es. Pero, aunque extendió el vasto humor de Pick ick a reinos maravillosos, el estrecho pathos de Pick ick no volvió a encontrarlo nunca.

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EL «PICK ICK» MÁGICO

En Los papeles de Pick ick Dickens saltó de pronto desde un nivel

comparativamente bajo a uno muy alto. Ya nunca volvió a descender al nivel de los Esbozos por Boz y es dudoso que volviera a alzarse alguna vez al nivel de Los papeles de Pick ick. Desde luego Pick ick no es una buena novela; pero tampoco es una mala novela, porque no es en absoluto una novela. En cierto sentido, sin duda, es algo mucho más noble que una novela, pues ninguna novela con una trama y un final convencional podría transmitir esa sensación de eterna juventud —como si los dioses estuvieran vagando por Inglaterra—. No es una novela, pues todas las novelas tienen un final y Pick ick, que en eso se parece a los ángeles, no tiene propiamente un final. El punto en el que, de hecho, vemos que se termina la materia escrita, no es un final en el sentido artístico de la palabra. De niño pensaba que se habían perdido algunas páginas de mi ejemplar, e incluso hoy sigo buscándolas. El libro se podría haber terminado en cualquier otro lugar. Podría haber terminado poco después de que el señor Nupkins liberase al señor Pick ick, o después de que sacaran al señor Pick ick del agua, o en otros cien sitios. Y seguiríamos con la sensación de que ése no era el final de la historia. Sabríamos que el señor Pick ick seguiría viviendo sus aventuras por los mismos caminos. De hecho, el libro termina después de que el señor Pick ick haya adquirido una casa en las cercanías de Dul ich. Pero sabemos que no se quedó allí. Sabemos que se marchó, que volvió a emprender el camino aventurero; sabemos que si recorremos cualquier acre de Inglaterra podríamos encontrarnos de pronto con él.

Pero la relación de Pick ick con la estricta forma de la ficción requiere algunas palabras más, que en cualquier caso deberían decirse antes de entrar a considerar alguna o todas las historias de Dickens. El mérito de la obra de Dickens no reside en sus novelas. El mérito de la obra de Dickens residirá siempre en sus personajes, a veces en grupos, más a menudo en episodios, pero nunca en las novelas. No se puede discutir si Nicholas Nickleby es una buena novela, o si Nuestro mutuo amigo es una mala novela. Estrictamente Nicholas Nickleby no es una novela, como no lo es Nuestro mutuo amigo. Ambos no son más que fragmentos cortados de una sustancia mezclada y

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fluida llamada Dickens —una sustancia de la que cualquier fragmento que se tome contendrá cosas brillantes y cosas malas—. Según lo que uno opine, puede decirse: «La parte de los Crummles es perfecta», o «Los Boffins son un error», igual que un hombre viendo pasar el agua del río podría fijarse aquí en una flor flotante y allí en un poco de espuma. Pero artísticamente no puede dividirse en libros. Lo mejor de su obra se encuentra en sus peores obras. Historia de dos ciudades es una buena novela; La pequeña Dorrit no es una buena novela. Pero la descripción de la «Oficina de Circunlocuciones» en La pequeña Dorrit es tan buena como la descripción del «Banco Tellson» en Historia de dos ciudades. La tienda de antigüedades no es tan buena como David Copperfield, pero S iveller es tan bueno como Mica ber[101]. Tampoco hay, por lo general, razón alguna para que estas soberbias criaturas estén en una novela y no en otra. No hay razón para que Sam eller, en el curso de sus vagabundeos, no se interne en Nicholas Nickleby. No hay razón para que el mayor Bagstock no salga, con su brusquedad característica, de Dombey e hijo y entre en Martin Chuzzle it. Esta generalización requiere una pequeña puntualización. Pick ick destaca como el único libro en el que Dickens escribió de sí mismo; e Historia de dos ciudades como el único libro en el que Dickens se modificó ligeramente. Pero, en conjunto, es preciso comprender firmemente que las unidades de Dickens, sus elementos primarios, no son las historias, sino los personajes que afectan a las historias o, todavía con más frecuencia, los personajes que no afectan a las historias.

Se trata de una idea muy sencilla, pero a menos que se establezca y se interiorice, se podría subestimar mucho a Dickens y comprenderlo muy mal. Pues no solo toda la maquinaria está dirigida a facilitar la expresión de determinados personajes, sino que también es cierto algo más profundo y todavía menos moderno. También es cierto que toda la maquinaria móvil existe solo para mostrar a personajes enteramente estáticos. En las historias de Dickens, las cosas cambian y se desplazan solo para proporcionarnos pinceladas de grandes personajes que no cambian en absoluto. Si tuviéramos una secuela de Pick ick diez años después, Pick ick tendría exactamente la misma edad. Sabemos que no habría caído en esa extraña y hermosa segunda infancia que alivió y simplificó el final del coronel Ne combe. A lo largo de todo el libro, Ne combe está inmerso en una atmósfera temporal. Pick ick no lo está en todo el libro. La mayor parte de los modernos se lo tomarán como un halago a Thackeray y una crítica a Dickens, pero eso tan solo demuestra que muy poca gente moderna comprende a Dickens. También demuestra que muy poca gente comprende la fe y las fábulas de la

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humanidad. El asunto solo puede establecerse de un modo. Dickens no creó estrictamente una literatura: lo que creó fue una mitología…

Dickens era más un mitólogo que un novelista; fue el último de los mitólogos y tal vez el más grande. No siempre se las arreglaba para hacer que sus personajes fueran hombres, pero siempre se las arregló para que, al menos, fueran dioses. Son criaturas como Polichinela o Papá Noel. Viven estáticos, siendo ellos mismos, en un eterno verano. El objetivo de Dickens no era mostrar el efecto del tiempo y las circunstancias sobre un personaje, ni siquiera era el de mostrar el efecto de un personaje sobre el tiempo y las circunstancias. Vale la pena señalar de pasada que cada vez que trató de describir los cambios sufridos por algún personaje no hizo más que embrollarse, como con el arrepentimiento de Dombey o la aparente decadencia de Boffin. Su objetivo era mostrar al personaje colgando en una especie de vacío feliz, en un mundo aparte del tiempo y esencialmente apartado de las circunstancias, aunque la frase pueda parecer rara al compararla con las divinas payasadas de Pick ick. Pero todos los sucesos pick ickianos, por locos que nos parezcan a veces, tan solo están pensados para mostrar la locura mayor de las almas, o en ocasiones para, por así decirlo, poner en contacto al lector con esa locura. El autor habría disparado al señor Pick ick con un cañón para hacerle llegar junto a ardle en Navidad; habría arrancado el tejado, solo para dejarle en la fiesta de Bob Sa yer. Pero una vez reunidos ardle y Pick ick, con su ponche y un grupo de magníficas personalidades, nada lo moverá de su sillón. Una vez en la fiesta de Sa yer, olvidará cómo llegó allí; olvidará a la señora Bardell y toda su historia, pues la historia no era más que un encantamiento para convocar a un dios, y el dios (el señor Jack Hopkins) está presente en su poder divino. Una vez cara a cara los grandes personajes, la escalera por la que treparon se olvida y se viene abajo, la estructura de la historia se hace pedazos, la trama se abandona; los demás personajes se dejan a un lado en cada crisis; todo el transitado camino del cuento lo bloquean dos o tres lenguaraces que disfrutan de su comodidad inmortal como si ya se encontrasen en el paraíso. Pues ellos no existen para la historia, sino que la historia existe para ellos; y lo saben.

A todo el mundo le ha ocurrido, espero, estar charlando alrededor de una mesa con sus amigos más fascinantes en una de esas noches en las que cada una de sus personalidades se despliega como una gran flor tropical y todos interpretan su papel como en una deliciosa obra de teatro improvisada. Cada cual es más uno mismo de lo que nunca había sido antes en este valle de lágrimas. Cada cual es una bella caricatura de sí mismo. El hombre que no

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haya conocido esas noches no disfrutará de Pick ick ni (supongo) del cielo. Pues, como ya he dicho, en eso Dickens está muy próximo a la religión popular, que es la religión fiable y definitiva. Concibe una alegría interminable; concibe criaturas tan duraderas como Puck o Pan, criaturas cuyas ganas de vivir no pueden saciarse con el paso de eones y eones de tiempo. Su misión, como escritor, no es que sus criaturas puedan copiar la vida y copiar su estrechez; su misión es que tengan vida y que la tengan en abundancia. Sin duda, es absurdo llamar enemigos de la vida a los cristianos porque deseen que la vida dure eternamente; pero todavía es más absurdo llamar aburridos a los viejos escritores cómicos porque querían que sus inmutables personajes durasen eternamente. Tanto la religión popular, con sus infinitas alegrías, como las viejas historias cómicas, con sus bromas interminables, han sufrido un declive paralelo en nuestra época. Somos demasiado débiles para desear ese vigor inmortal. Creemos que uno puede llegar a hartarse de las cosas buenas —creencia blasfema que de un solo golpe derriba todos los cielos a los que han aspirado los hombres—. Los grandes y antiguos enemigos de Dios no temían el tormento eterno. Nosotros hemos llegado a temer la eterna felicidad. No es asunto mío tomar partido entre aquellos a quienes les gustan la vida y las novelas largas y aquellos que prefieren la muerte y las novelas cortas; me limito a señalar que quienes no ven más que rigidez y falta de agilidad en los personajes inmutables y los recurrentes estribillos de Dickens no comprenden ni el objeto ni la naturaleza de su obra. Su tradición es una tradición totalmente diferente a la de los novelistas modernos que trazan la alquimia de la experiencia y los tonos otoñales de los personajes. Como la gente corriente de todas las épocas, él está ahí para crear deidades; él está ahí, como he dicho, para exagerar la vida en la dirección de la vida. El espíritu que celebra en el fondo es el de dos amigos que beben vino juntos y charlan toda la noche. Pero en su caso se trata de dos amigos inmortales que hablan durante una noche infinita y se sirven vino de una botella inagotable.

Ese, por tanto, es el primer hecho de importancia que debe comprenderse acerca de Pick ick más que de cualquier otra de sus historias. Es, antes que ninguna otra cosa, una historia sobrenatural. El señor Pick ick era un hada. Y también lo era el bueno del señor eller. Esto no implica que se les diera bien columpiarse en un trapecio de gasa; tan solo implica que si se hubieran caído de él de cabeza, no se habrían matado. Pero, por hablar más estrictamente, el señor Pick ick no es el hada, sino el príncipe encantado; es decir el vagabundo y el hechicero en sentido abstracto, el Ulises de la

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comedia; la criatura semihumana y semiélfica —lo suficientemente humana para vagar, lo suficientemente humana para hechizar—, sostenida por ese alegre fatalismo que es propio de los seres inmortales, sostenida por esa premonición de la divinidad que le dice en la hora más negra que está condenada a vivir feliz para siempre. Se ha encaminado a los confines de la tierra, pero sabe que allí encontrará una taberna.

Pick ick, como he dicho, es un cuento de aventuras y Samuel Pick ick es un aventurero romántico. Todo esto es ciertamente obvio. Pero el descubrimiento más extraño y excitante que hizo Dickens fue que, tras escoger a un hombre gordo de clase media para hacerlo objeto de sus burlas, resultó que un hombre gordo de clase media era lo más apropiado para convertirlo en un aventurero romántico. Pick ick es sumamente original porque trata de las aventuras de un hombre de edad avanzada. Es un cuento de hadas en el que el vencedor no es el más joven de los tres hermanos, sino el mayor de sus tíos. El resultado es noble, nuevo y verdadero a la vez. No hay nada que requiera tanta simplicidad como la aventura. Y no hay nadie con tanta simplicidad como un honrado y maduro hombre de negocios. Para los amoríos es mejor que una tropa de jóvenes trovadores; pues el joven jactancioso anticipa sus aventuras igual que anticipa sus ingresos y, cuando los alcanza, han desaparecido tanto los unos como las otras. Pero un hombre de mediana edad se ha acostumbrado a las necesidades más sencillas y sus primeras vacaciones son como una segunda juventud. Un buen hombre, como dijo Thackeray con gran sinceridad y acierto, se vuelve más sencillo a medida que se vuelve mayor. Samuel Pick ick en su juventud probablemente fuera un petimetre insufrible. Conocería entonces, o creería conocer, todos los trucos de timadores como Jingle. Conocería entonces, o creería conocer, todos los designios amatorios de las damas astutas como la señora Bardell. Pero los años y la vida real le han librado de esos conocimientos ociosos y perversos. Ha tenido la buena suerte de dejar atrás al mismo tiempo las locuras y la sabiduría de la juventud. Dickens ha capturado, de un modo al mismo tiempo sorprendente y convincente, la extraña inocencia del atardecer de la vida. La redonda cara de luna, las redondas gafas en forma de luna de Samuel Pick ick se mueven a través de la historia como símbolos de cierta simplicidad esférica. Están fijadas en esa grave sorpresa que puede verse en los bebés; esa grave sorpresa que es la única felicidad posible que puede alcanzar el hombre. El rostro redondo de Pick ick es como un espejo redondo y honorable, en el que se reflejan todas las fantasías de la existencia terrena; pues la sorpresa es, hablando estrictamente, el único tipo de reflejo.

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Todo eso fue creciendo gradualmente en Dickens. Resulta extraño recordar el plan original, el plan del Club Nemrod, y al autor que iba a ocuparse enteramente en bromear con sus personajes. Había elegido (o lo había hecho alguna otra persona) a ese simplón corpulento como alguien especialmente adecuado para caer en trampillas, dar resbalones, hacerse un lío con las sábanas de la cama, que le engañaran jugando a las cartas y para caer en abrevaderos de caballo. Pero Dickens, y solo Dickens, descubrió lo adecuado que era aquel hombre gordo y viejo para rescatar a damas, desafiar a tiranos, bailar, saltar, experimentar con la vida, ser un deus ex machina e incluso un caballero andante. Dickens hizo ese descubrimiento. Dickens entró en el Club Pick ick a burlarse y se quedó a rezar…

Pick ick va por la vida con esa divina credulidad que es la llave de toda clase de aventuras. El bisoño es el vencedor definitivo en todo; es él quien le saca a la vida el máximo provecho. Como Pick ick se deja guiar siempre por Jingle, se dejará llevar a la Taberna del Ciervo Blanco y verá al inigualable eller limpiando botas en el patio. Como se deja embaucar por Dodson y Fogg, entrará en la prisión como un paladín, y rescatará al hombre y a la mujer que más daño le han causado. Al alma de quien sea lo suficientemente listo como para dejarse engañar no le faltarán éxitos ni emociones. Disfrutará en las trampas que le hayan tendido; se arrebujará con sus redes y dormirá. A quien posea una bondad más desafiante que el mero valor se le abrirán todas las puertas. Todo se expresa de manera inequívoca en una expresión afortunada: siempre se dejará «enredar». Dejarse enredar supone ver las entretelas de todo. Es la hospitalidad de las circunstancias. Con antorchas y trompetería, como un invitado, el bisoño se deja enredar por la vida. Y el escéptico se queda fuera.

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TENNYSON

He estado hojeando dos o tres de las alabanzas a Tennyson publicadas con

motivo de su centenario, y me ha sorprendido cierto tono de frialdad casi generalizada hacia él. Es algo verdaderamente peculiar, pues se trata de un caso de frialdad hacia unos méritos literarios brillantes e incuestionables. No discutiré si Tennyson fue un gran poeta. Creo que hay que esperar unos ochocientos años antes de discutir eso; y mi única queja contra los editores de mis artículos es que no están dispuestos a esperar ni siquiera períodos de tiempo mucho más cortos. Pero que Tennyson era un poeta es algo tan probado y cierto como que Roberts es jugador de billar. Y que Tennyson fue un poeta extraordinariamente bueno es algo tan probado y tan cierto como que Roberts es un jugador de billar extraordinariamente bueno. Incluso en las cuestiones artísticas hay cosas análogas a las cuestiones de hecho. De nada sirve discutir acerca de gustos, en parte porque muchos gustos están por encima de toda discusión. Si alguien me dice que:

De una pasionaria, junto a la verja

Ha caído una lágrima espléndida[102];

o que: «Lágrimas desde lo profundo de una divina desesperación»[103], no es buena poesía, estoy dispuesto a tratarle como trataría a cualquiera que dijese que la hierba no es verde o que yo no soy corpulento. Y con toda probabilidad, Tennyson debería conservarse como un placer, sensual si se quiere, pero sin duda genuino. No hay más motivos para despreciar a Tennyson que para despreciar a Virgilio. No nos preocupa la opinión de Virgilio sobre Augusto, y tampoco tiene por qué preocuparnos la opinión de Tennyson sobre la reina Victoria. La belleza es algo incontestable, tanto en un poema como en una mujer. Hubo escritores Victorianos cuyo arte, aparte de su entusiasmo, no es fácilmente apreciable. El Fermento de Kingsley es un buen libro, pero no tan bueno como parecía cuando las propias pasiones estaban en fermentación. Bro ning y Coventry Patmore son justamente admirados, pero cuanto más de acuerdo se esté con ellos más se les admira. No obstante, La víspera de santa Inés es un poema impecablemente hermoso, tanto si uno cree en santa Inés como si la detesta. Uno podría pensar que un

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hombre que nos ha dejado versos tan indubitablemente buenos debería recibir una gratitud natural e inalterable, igual que alguien que le deja un vino indubitablemente bueno a su sobrino, o cuadros indubitablemente buenos a la National Portrait Gallery. Sin embargo, como he dicho, el tono de todos los periódicos, modernistas o pasados de moda, ha sido fundamentalmente gélido. ¿A qué se debe esto?

Se me permitirá contestar a esta pregunta cambiando brusca, e incluso brutalmente, de asunto. Al principio, mis observaciones parecerán ridículas hasta la desvergüenza y no probarán su relevancia hasta más tarde. Al pasar las páginas de uno de los periódicos que tratan a Tennyson de manera superficial e indiferente, mi mirada tropieza con la frase siguiente: «A la luz de la ciencia y el pensamiento modernos, estamos en posición de ver que cada ser humano normal repite en cierto modo históricamente la vida de la humanidad, da un gran grito y comienza a pegarle fuego a la casa como símbolo de la Revolución francesa. Tal (todos estaremos de acuerdo) es el desarrollo normal de un niño». Hablando en serio, ¿hay quien crea una sola palabra de estos disparates? ¿Hay alguien que crea que un niño recapitula todos los períodos de la historia humana? ¿Hay quien permite que su hija esté en la Edad de Piedra, o disculpe a su hijo por estar en el siglo IV antes de Cristo? Sin embargo, el escritor que formula esta espléndida y desconcertante mentira dice que «a la luz de la ciencia y el pensamiento modernos, estamos en posición de ver», y eso es cierto. «Ver» es una palabra muy adecuada para expresar nuestra convicción de que los icebergs están en el norte, o que la tierra gira alrededor del sol. Sin embargo, cualquiera puede aplicarla a la locura más descabellada que vea en un periódico o suscite la discusión en un club de debate. Ahí radica la debilidad de nuestra época. La ciencia, que significa exactitud, se ha convertido en la madre de todas las inexactitudes.

Es el error de la época, y explica el error parcial de Tennyson, quien era par excellence el poeta de la ciencia popular…, es decir, de todas las aseveraciones tan nebulosas y mal comprendidas como la de arriba. Era el hombre perfectamente educado en los clásicos y educado solo a medias como hombre de ciencia. Nadie hizo más para fomentar el colosal error de que la supervivencia de los más aptos equivale a la supervivencia de los mejores. Según eso, también se podría decir que la supervivencia de los más aptos equivale a la supervivencia de los más gordos. La posición de Tennyson se ha vuelto algo insegura por que descansaba no solo en dogmas claros, viejos y nuevos, sino en dos o tres compromisos temporales, podríamos decir que desesperados, de su época. Se aferró a la evolución, no porque fuera algo

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definido, sino porque era algo indefinido; no porque fuese arriesgada, sino porque era algo segura. Le daba la esperanza de que el hombre pu diera ser algún día un ángel e Inglaterra una democracia libre; pero le tranquilizaba con la afirmación de que esas cosas tan alarmantes no ocurrirían de inmediato. Virgilio utilizó su estilo verbal para describir la idea eterna del Imperio romano. Tennyson aplicó el suyo a los equilibrios accidentales de la Constitución británica. «Perdonar a los humildes y combatir a los orgullosos» es una idea permanente para la política de este planeta, pero la política de las clases acomodadas inglesas de que esa libertad deba «extenderse lentamente de precedente en precedente» no tiene excusa alguna: sería mucho mejor que se extendiera rápidamente. Uno puede escribir grandes poemas acerca de una verdad o incluso acerca de una falsedad, pero difícilmente sobre una ficción legal. La idea misantrópica, como en Byron, no es una verdad, sino una de las mentiras inmortales. Mientras exista la humanidad es posible odiarla y, llegue uno a la conclusión que llegue, Byron estará de su lado. Considerar al hombre un palurdo sin remedio es un recurso común y recurrente. Pero lo que no es natural es considerarlo un palurdo esperanzado, como hicieron los evolucionistas; una criatura que pasa ante nuestros ojos de bestial a hermosa, una criatura cuya cola acaba de desprenderse mientras contemplaba un distante suceso divino. Ese compromiso particular entre el desprecio y la esperanza fue un accidente de la época de Tennyson, y como su conservadurismo liberal, probablemente nunca volverá a producirse. Su debilidad no fue ser anticuado o moderno, sino estar a la moda. Sus pies se apoyaban en cosas transitorias e insostenibles, compromisos y pactos de silencio. Pero era un poeta tan perfecto que creo que, a pesar de todo, será capaz de resistir incluso sobre esas nubes.

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LE IS CARROLL

La celebración del nacimiento de Le is Carroll es, en realidad, la

celebración del nacimiento de Alicia en el País de las Maravillas; pues la niña imaginaria es mucho más imaginable que el niño real. Quizá ambos expresaran los remilgos de su época; en ambos casos, quizá, los remilgos eran más formales que reales. Muchos de nosotros hemos entrevisto, como en algún ceremonioso daguerrotipo o fotografía temprana de aquellos días, ese grupo indolente en las soleadas horas vacacionales, en el que un párroco algo reservado, que era «don» o profesor en Oxford, se sentaba rodeado de niñitas igualmente reservadas (al menos en apariencia) y comenzaba a garabatear extravagantes dibujos y a narrar una historia estrafalaria, en apariencia más descabellada que cualquier cosa que concibieran las mentiras de Münchhausen o el viaje lunar de Ariosto. Se trataba de algo nuevo: el absurdo por el absurdo, de acuerdo con el principio del arte por el arte. Sin duda, nadie se habría sorprendido más que el señor Dodgson (que era el verdadero nombre del párroco) de que lo incluyeran junto a los artistas anarquistas que hablaban de l'art pour l'art. Pero, a pesar de sí mismo, era un artista mucho más original que ellos. Se había dado cuenta de que ciertas imágenes y argumentos podían sostenerse a sí mismas en el vacío, merced a su desafiante locura, a la congruencia de la incongruencia, a la mismísima aptitud de la ineptitud. Y no solo era algo muy nuevo, sino también muy nacional. Podemos incluso decir que, por un tiempo, fue un secreto de los ingleses. El señor Cammaerts[104] ha descrito brillantemente lo desconcertante que resulta al principio para cualquier otra nación más lógica. Fue el fruto descabellado de un pueblo y una época, como lo prueba el hecho de que la única otra persona que lo profesó, el Ed ard Lear del Disparatario, fuese también inglés y también Victoriano.

Cualquier inglés educado, y sobre todo cualquier educador inglés (cosa que es peor), dirá con cierta gravedad que Alicia en el País de las Maravillas es un clásico. Tal es, de hecho, la horrible verdad. La alegría original que nació esa tarde de verano en la imaginación de un matemático de vacaciones en compañía de unos niños, se ha endurecido hasta convertirse en algo casi tan frío y tan consciente como una tarea vacacional. La frívola inversión de

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todas las normas de la lógica hecha por el lógico se ha envarado, tiemblo al decirlo, hasta convertirse en una obra normal. Es un clásico; es decir, lo alaban personas que nunca lo han leído. Tiene un lugar seguro junto a las obras de Milton y Dryden. Es un libro sin el que no está completa la biblioteca de ningún caballero, por lo que dicho caballero no tiene la intención de sacarlo jamás de la biblioteca. Siento decirlo, pero las pompas de jabón que el pobre Dodgson sopló del tubo de la poesía en un lúcido momento de locura y envió flotando al cielo, han sido despojadas por los educadores de gran parte de la ligereza de la burbuja y se han quedado solo con la horrible limpieza del jabón.

La culpa no es de Le is Carroll, aunque en cierto sentido sea culpa de Charles Dodgson; al menos del mundo en el que vivía, al que se incorporó y que incluso animó e impulsó. El humor del absurdo forma parte del peculiar genio de los ingleses, pero también de la esquiva paradoja de los ingleses. Nadie, salvo ellos, podría haber producido esos disparates, y nadie, excepto ellos, habría tratado de tomárselos en serio una vez producidos. En nuestra época se da una especie de lealtad nacional al respecto contra la que debo protestar humildemente. Es un deber moral escuchar a la razón, pero no hay ningún deber moral de escuchar a la sinrazón. Y, si no es más que una humorada, ningún admirador de Le is Carroll me impedirá admirarla como tal. Después ya sugeriré que muchos de sus méritos realmente originales como fantasía han sido pasados por alto por estos torpes corifeos, al aplaudir una obra que debería ser criticada igual que se creó: con cierta ligereza. A la gente se le puede decir que escuche y, en cierto sentido, incluso se le puede obligar a escuchar, siempre que alguna persona sensata con la adecuada autoridad diga cosas con sentido. Pero nadie puede obligarnos a escuchar a quien dice disparates; eso es pecar contra el espíritu y la atmósfera de la ocasión, que son los de un día de fiesta. Aun así, me temo que las obras de Le is Carroll son ya parte de la educación, lo que en estos tiempos liberales y modernos equivale a la educación obligatoria. En una ocasión di una conferencia en un congreso de maestros de escuela y traté de persuadirles de que tolerasen algo tan humano como las novelas de quiosco sobre Dick Turpin y Buffalo Bill. Y recuerdo que el director dijo, con expresión refinada y dolorida: «No creo que las brillantes paradojas del señor Chesterton nos hayan convencido de dejar a un lado nuestra Alicia en el País de las Maravillas y nuestro…», y aquí añadió alguna otra cosa, probablemente El vicario de akefield o El progreso del peregrino. Nunca se le pasó por la cabeza que el cuento absurdo es tanto una escapatoria ante la seriedad

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educativa como el galopar tras los pasos de Buffalo Bill. Para él era simplemente un clásico y había que colocarlo con los demás clásicos. Y yo pensé para mí: «¡Pobrecita Alicia! No solo la obligan a asistir a clase, si no a dar clase a los demás». Alicia ahora no solo es una escolar, sino una maestra de escuela. Se acabaron las vacaciones y Dodgson vuelve a ser un profesor. Habrá pilas de exámenes con preguntas como: «(1) Di lo que sepas acerca de lo siguiente: “mimo”, “mimblo”, “ojos de merluza”, “paredes de melaza”, “sopa hermosa”. (2) Señala todas las jugadas de ajedrez de Alicia a través del espejo, y haz un esquema. (3) Resume la política del Caballero Blanco para solucionar el problema social de las patillas verdes. (4) Distingue entre T eedledum y T eedledee».

Señalaré ahora un hecho mortal y devastador para demostrar hasta qué punto se ha permitido que el absurdo, en el caso de la historia de Alicia, se convierta en algo tan frío y monumental como una tumba clásica: se trata del hecho de que ha sido parodiado. Hay gente que se sienta solemnemente a parodiar la parodia. Creen que pueden volverla divertida, o al menos más divertida, retorciendo a sus personajes hasta convertirlos en ínfimas caricaturas políticas. Creen poder retorcer algo, que no tiene otro propósito imaginable que el de ser retorcido, coronándolo con símbolos de la comedia diaria y la farsa vulgar. Pues bien, nadie se atrevería a hacer eso con algo que considerase divertido. Tan solo es posible parodiar las cosas serias e incluso solemnes. Puede decirse que Sheridan parodió a Shakespeare, o al menos que parodió los falsos dramas históricos shakespearianos, en El crítico. Pero nadie podría parodiar El crítico. Puede decirse que Gilbert parodió a S inburne y a Rossetti y al resto de los prerrafaelitas semipaganos, en su retrato de la estética en Paciencia. Pero nadie en sus cabales trataría de parodiar Paciencia. A nadie se le ocurriría que producir una versión frívola de Las malas baladas[105] fuese una novedad; y quien pronunció el famoso sarcasmo: «¿Por qué no publica alguien un Punch[106] cómico?», era un amargo enemigo. Hemos tenido historias cómicas de Inglaterra y gramáticas latinas cómicas, porque hay cierta tradición que sigue considerando serias la historia de la nación inglesa y la lengua de Roma. Pero incluso a aquellos capaces de disfrutar, más de lo que lo hago yo, de eso que llaman hoy tiras cómicas, no les parecería una empresa muy prometedora publicar una tira cómica cómica.

Sin embargo, en el caso de Alicia en el País de las Maravillas, la impresión de que se trataba de una institución nacional, de un clásico educativo, de un pozo de la indefinición inglesa, de una herencia histórica como el Otelo o el Sansón agonista, fue tan aguda que los satíricos se

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pusieron a trabajar seriamente para hacerlo divertido. Los satíricos políticos pensaron que proporcionarle sentido a ese puro y feliz sinsentido sería una mejora. Incluso sintieron, me parece a mí, un cosquilleo de tímida osadía al tomarse libertades con ese monumental volumen victoriano. Sintieron que estaban sacudiendo los pilares de la Constitución británica, cuando se aventuraron a bromear sobre esas bromas. Blasfemaron sobre la divinidad de la Tortuga Burlona y desafiaron los rayos del Sombrerero Loco. Y todos se sintieron casi republicanos rojos al tomarse libertades con la Reina Roja.

Liberar a Le is Carroll de la custodia de Charles Dodgson es una empresa difícil pero deliciosa. Es una tarea ardua, aunque halagüeña, tratar de recobrar el frescor y el descuido del primer arrebato de los días en los que el humor del absurdo era una novedad. Debemos adoptar una actitud completamente diferente de la de los admiradores llegados tras los primeros logros, y sentir la agitación y la sacudida que se produjeron antes. Muchos de esos admiradores considerarán nuestra actitud una antigualla, y serán demasiado serios para darse cuenta de que lo es tanto como las antiguallas originales de Le is Carroll. Para apreciarlo, debemos apreciar mejor la paradoja de todo un pueblo y su literatura, y el contraste verdaderamente cómico que se da entre sus estados de ánimo responsables e irresponsables. Charles Dodgson se tomaba muy en serio muchas cosas; pero lo que sus devotos se han tomado más en serio es justo lo que él se tomaba más a la ligera.

Todo el mundo sabe, supongo, que el reverendo Charles Lut idge Dodgson era miembro del Christ Church College, que nadie llama el Christ Church College, sino simplemente «La Casa», y un célebre e incluso distinguido profesor de matemáticas y lógica. Hablando superficialmente, lo más curioso de él es que solo entraba en ese paraíso privado de la sinrazón a través de las puertas de hierro de la razón. Toda la parte del hombre que podría haber sido, y en los literatos a menudo ha sido, frívola, liviana o irresponsable, era en su caso particularmente remilgada, respetable y responsable. Solo su intelecto se tomaba vacaciones; sus emociones nunca lo hacían; y desde luego su conciencia nunca se fue de vacaciones. Tal vez fuera una conciencia muy convencional, pero lo cierto es que sus opiniones morales eran bastante incapaces, no diré tambalearse, sino incluso de moverse o agitarse; tanto si las clasificamos como convenciones o como convicciones. En lo tocante a cuestiones morales, sociales o filosóficas, carecía de válvula de escape, incluso en su imaginación. Tan solo la tenía en cuestiones matemáticas. Pese a ser un concienzudo profesor de matemáticas, era capaz,

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de imaginar algo que hacía que más y menos fueran la misma cosa. Pero, pese a ser un cristiano concienzudo, era incapaz de imaginar algo que hiciera que los últimos fueran los primeros y los primeros los últimos; capaz de expulsar a los poderosos de sus tronos o de exaltar a los pobres y a los humildes. Sus observaciones sobre la reforma y la justicia social, en Silvia y Bruno, son más propios del cura pusilánime de un sainete que de un sacerdote cristiano profesor en una sede histórica del conocimiento. Estaba limitado por doquier por las convenciones; y aun así fue él quien sobrepasó de un salto los mismos límites de la razón. Fue ese párroco Victoriano pesado y aburrido quien siguió la vía descabellada de la sinrazón más absoluta más allá de lo que se habían aventurado por ella ningún alborotado poeta sin conciencia ni objetivo o ningún airado pintor al mojar su pincel en tonos de debacle y eclipse.

Sin duda su parte más viva, en el sentido puramente humano, fue un verdadero afecto por los niños, sobre todo por algunos. Pero aunque ése fue sin duda el motivo que le llevó a contarles un cuento, no fue ni por asomo lo que le llevo a concebir el cuento. Se trata de un cuento para niños, pero no de un cuento sobre niños en el sentido en que lo son la mayoría de los cuentos para niños. Toda la extensión natural de su imaginación estaba dirigida hacia la inversión de las ideas del intelecto. Era capaz de ver el mundo lógico patas arriba, pero era incapaz de ver cualquier otro mundo incluso a derechas. Tomaba sus triángulos y los convertía en juguetes para su niña favorita; cogía sus logaritmos y silogismos y los retorcía hasta el absurdo. Pero, en un sentido muy especial, no hay otra cosa que absurdo en sus absurdos. Sus sinsentidos carecen de sentido, al contrario de lo que ocurre con el absurdo más humano de Rabelais o el más amargo de S ift. Si hubiera tratado de sugerir alguna idea moral o metafísica nunca habría sido tan profunda ni grandiosa como las de Rabelais o S ift. Pero se limitó a jugar al juego de la lógica, y su gloria radica en que era un juego nuevo y sin sentido, y uno de los mejores juegos del mundo.

Sin embargo, en el subconsciente del espíritu inglés, de la tradición y de las costumbres de su tierra, hay algo mucho más profundo que eso. Había algo que tal vez solo puedan comprender los ingleses; algo que quizá solo pudieran comprender los Victorianos; algo, después de todo, con lo que quizá tuvo que reconciliarse para disfrutarlo aunque no lo comprendiera. Se refiere a la palabra «vacaciones» que he utilizado varias veces con ese sentido y que nos proporciona la verdadera clave del problema. Hay un sentido en el que un hombre como Rabelais no estaba realmente de vacaciones. En realidad estaba construyendo la Abadía de Theleme[107], por fantástica que fuera, con todas

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sus extravagantes gárgolas y torres tambaleantes. Podemos decir en todos los sentidos que cuando el señor Lemuel Gulliver emprendió sus viajes no se iba simplemente de vacaciones. Estos escritores tenían una intención que, pese a sus defectos, constituía el propósito intelectual de sus vidas. Pero la extraña nación de los ingleses, en la extraña fase del victorianismo, tenía una opinión mucho más sutil de los negocios y el placer; y el absurdo que inventaron en realidad eran unas vacaciones del intelecto. He dicho que fue original, y lo fue: una de esas pocas cosas, como la arquitectura gótica, que nunca se habían hecho antes. Algo que inventó una pesadilla feliz; que fue capaz de crear algo inocente y anárquico al mismo tiempo. Fue como si el inglés del siglo XIX soñara despierto paralelamente a su vida real demasiado realista. Una especie de desdoblamiento de personalidad, aunque sin ningún matiz de posesión diabólica. Daba la impresión de llevar una doble vida, aunque sin el menor rastro de las mortales implicaciones morales de Jekyll y Hyde. El doctor Jekyll trató de llevar a cabo una operación quirúrgica para amputar su conciencia; el señor Dodgson se limitó a amputar su sentido común. Fue su cabeza, y no su corazón, lo que separó y dejó flotar como una burbuja en un mundo de anarquía puramente abstracta. Y al hacerlo descubrió algún secreto de la imaginación del inglés moderno, que le ha proporcionado a su historia y a su estilo una posición casi demasiado segura. Fue la admisión de un deporte o diversión hacia los que tendía toda la imaginación popular. Tal vez no sea casual que uno de los artistas cómicos de Punch escribiera una novela seria sobre un hombre que vivía una vida en sueños, paralela a su vida real. El inglés Victoriano recorría el mundo a la luz del día, una figura proverbialmente segura, con su sombrero de chimenea y sus patillas como chuletas de cordero, con su maletín y su paraguas. Pero algo le ocurrió al llegar la noche; un viento de pesadilla sopló a través de su alma y su subconsciente lo arrancó de la cama y lo hizo salir por la ventana en medio de un torbellino, donde se encontró en un mundo de viento y claro de luna en el que su sombrero de chimenea sobrevolaba las chimeneas, su paraguas se hinchaba como un globo y le impulsaba hacia arriba como la escoba de una bruja y sus patillas se agitaban como si fueran alas.

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RUDYARD KIPLING

Lo primero y lo más justo que puede decirse acerca de Rudyard Kipling es

que ha desempeñado un brillante papel en la recuperación de los dominios perdidos de la poesía. No se ha dejado intimidar por la brutal actitud materialista que se aferra solo a las palabras; y ha penetrado a través de la materia romántica e imaginativa de las cosas mismas. Ha percibido el significado y la filosofía del vapor y de la jerga. El vapor puede ser, si se quiere, un sucio subproducto de la ciencia. La jerga puede ser, si se quiere, un sucio subproducto del lenguaje. Pero al menos está entre los pocos que supieron ver el parentesco divino de estas cosas, y fue capaz de darse cuenta de que no hay humo sin fuego; es decir, que allí donde se encuentran las cosas más repulsivas se encuentran también las más puras. Por encima de todo, tiene algo que decir, una opinión decidida sobre las cosas, y eso significa siempre que uno carece de temor y se enfrenta a todo. Pues desde el momento en que tenemos una opinión sobre el universo, lo poseemos.

Ahora bien, el mensaje de Rudyard Kipling, aquel en el que se ha concentrado realmente, es lo único que debe preocuparnos acerca de él, o de cualquier otro hombre. A menudo ha escrito mala poesía, como ords orth; ha dicho tonterías, como Platón; ha sucumbido a la histeria política, como Gladstone. Pero nadie puede dudar que trate de decir algo con firmeza y sinceridad, y la única pregunta seria que podemos hacernos es: «¿Qué es lo que trata de decir?». Tal vez la mejor manera de esclarecerlo sea comenzar por la cuestión en la que más insisten él y sus oponentes, me refiero a su interés por el militarismo; aunque cuando tratamos de averiguar los verdaderos méritos de alguien sea una imprudencia acudir a sus enemigos y aún más insensato acudir a él mismo.

El caso es que el señor Kipling se equivoca sin duda en su adoración del militarismo, pero, en general, sus oponentes se equivocan tanto como él. El mal del militarismo no es que enseñe a ciertas personas a ser feroces y altaneras y excesivamente belicosas. El mal del militarismo es que enseña a la mayoría de los hombres a ser mansos y tímidos y excesivamente pacíficos. El soldado profesional gana más y más poder a medida que decae el coraje de una comunidad. Por eso la guardia pretoriana se volvió más y más poderosa

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en Roma, a medida que Roma se hacía más y más débil y lujosa. Los militares ganan el poder civil en la misma proporción en la que los civiles pierden las virtudes militares. Así era en la Roma antigua y así es en la Europa contemporánea. Jamás hubo otra época en la que las naciones fuesen más militaristas. Jamás hubo otra época en la que fuesen menos valerosas. Todas las épocas y todas las épicas han cantado acerca de las armas y el hombre; pero nosotros hemos logrado a la vez el deterioro del hombre y la más increíble perfección de las armas. El militarismo demostró la decadencia de Roma y demuestra la decadencia de Prusia.

E, inconscientemente, el señor Kipling lo ha demostrado de manera admirable. Pues si su obra se comprende sinceramente, el oficio militar no es ni mucho menos el más importante o atractivo. No ha escrito tan bien sobre soldados como lo ha hecho sobre ferroviarios o constructores de puentes, o incluso de periodistas. El hecho es que lo que acerca al señor Kipling al militarismo no es la idea del valor, sino la idea de la disciplina. Había mucho más valor por kilómetro cuadrado en la Edad Media, cuando ningún rey tenía un ejército regular, pero todo el mundo tenía un arco o una espada. La fascinación que el ejército regular ejerce sobre el señor Kipling no se debe al valor, que apenas le interesa, sino a la disciplina, que, dicho sea de paso, es el asunto que más le preocupa. El ejército moderno no es un prodigio de valentía; no dispone de oportunidades suficientes debido a la cobardía de los demás. Pero es un auténtico prodigio de organización, y ése es el verdadero ideal de Kipling. Lo que le interesa no es el valor, que propiamente tiene que ver con la guerra, sino la interdependencia y la eficiencia, que tiene casi tanto que ver con los ingenieros, o los marineros, o las mulas, o las máquinas de vapor. Y por esa razón cuando escribe acerca de ingenieros, o marineros, o mulas o máquinas de vapor, lo hace mejor que nadie. La verdadera poesía, el «auténtico romance» que ha enseñado el señor Kipling, es el romance de la disciplina y la división del trabajo en todas las áreas. Canta sobre las artes de la paz con mucha más exactitud que sobre las artes de la guerra. Y su principal controversia es vital y valiosa. Todo es militar en el sentido en que todo depende de la obediencia. No hay ningún rincón perfectamente epicúreo; no hay ningún lugar perfectamente irresponsable. En todas partes los hombres nos han facilitado la vida con su sudor y sumisión. Podemos tumbarnos en una hamaca en un arrebato de divina despreocupación. Pero nos alegra que el fabricante no la fabricara arrebatado por una divina despreocupación. Podemos columpiarnos en el caballito de madera de un niño para gastarle una broma. Pero nos alegra que el carpintero no dejara sin encolar las patas para

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gastarnos una broma. En lugar de limitarse a pregonar que hay que adorar al soldado que limpia su pistola por ser militar, Kipling ha pregonado alto y claro que el panadero que cuece el pan y el sastre que corta un traje son más militares que nadie.

Al estar tan volcado en su multitudinaria visión del deber, el señor Kipling es un cosmopolita por naturaleza. Busca sus ejemplos en el Imperio británico, pero casi cualquier otro imperio le serviría, y ya puestos cualquier otro país civilizado. Las mismas cosas que admira del ejército británico podría encontrarlas de forma aún más manifiesta en el ejército alemán; lo que ansia para la policía británica podría encontrarlo en pleno esplendor en la policía francesa. El ideal de la disciplina no lo es todo en la vida, pero se ha extendido por todo el mundo. Y la adoración por él tiende a confirmar en el señor Kipling ese tono de sabiduría mundana, de la experiencia del vagabundos, que constituye uno de los mayores encantos de su obra.

A grandes rasgos, puede decirse que el gran fallo de su imaginación es la falta de patriotismo: carece de la facultad de unirse a ninguna causa o comunidad de forma trágica o final, ya que toda finalidad debe ser trágica. Admira a Inglaterra, pero no la ama. Para admirar algo hacen falta razones, para amarlo no. Admira a Inglaterra porque es fuerte, no porque sea inglesa. No hay rudeza en mis palabras, pues, para hacerle justicia, él mismo lo confiesa con su candor típicamente pintoresco. En un poema muy interesante dice que: «Si Inglaterra fuese lo que parece»[108], es decir, débil e ineficaz; si Inglaterra no fuese lo que (como él cree) es; es decir, poderosa y práctica. «¡Qué poco tardaríamos en rechazarla. Pero no lo es!».

Admite así que su devoción es el resultado de una crítica, y eso es suficiente para ponerla en otra categoría que el patriotismo de los bóers, a quienes se dedicó a criticar en Sudáfrica. Cuando se refiere a pueblos verdaderamente patrióticos, como los irlandeses, le cuesta esfuerzo reprimir cierta irritación en el lenguaje. El estado de ánimo que describe con verdadera nobleza y hermosura es el del hombre cosmopolita que ha visto pueblos y ciudades.

Para admirar y ver,

Para considerar el ancho mundo[109]

Es todo un maestro de esa frívola melancolía con la que mira hacia atrás quien ha sido ciudadano del mundo, de esa frívola melancolía con la que mira hacia atrás quien ha sido el amante de muchas mujeres. Es el filántropo de las naciones. Pero un hombre puede saber mucho de mujeres y de flirteos y

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seguir siendo un ignorante con respecto al primer amor; puede haber conocido tantas tierras como Ulises y seguir ignorando lo que es el patriotismo.

El señor Rudyard Kipling ha preguntado en un famoso epigrama qué pueden saber de Inglaterra quienes solo conocen Inglaterra. Hay una pregunta aún más profunda y difícil de responder: «¿Qué pueden saber de Inglaterra quienes no conocen más que el mundo?», pues el mundo no incluye más a Inglaterra de lo que incluye a la Iglesia. En el momento en que algo nos interesa profundamente, el mundo, es decir, el resto de intereses misceláneos, se convierte en nuestro enemigo. Los cristianos lo demostraban cuando hablaban de mantenerse «incontaminados del mundo»; pero los amantes se refieren exactamente a lo mismo cuando hablan de estar «perdidos para el mundo». Hablando astronómicamente, sé que Inglaterra está ubicada en el mundo; del mismo modo, imagino que la Iglesia era parte del mundo, e incluso que los amantes son habitantes del orbe. Pero todos sintieron cierta certeza: la certeza de que, en el momento en que uno ama algo, el mundo se convierte en su enemigo. Así el señor Kipling conoce sin duda el mundo, es un hombre de mundo, con todas las limitaciones de quienes estamos prisioneros en este planeta. Conoce Inglaterra igual que una persona inteligente conoce Venecia. Ha estado en Inglaterra muchas veces; ha pasado allí largas temporadas. Pero no pertenece a ella, ni a ningún otro lugar, y la prueba es que piensa en Inglaterra como en un lugar. En el momento en que echamos raíces en un sitio, ese sitio desaparece. Vivimos como un árbol con toda la fuerza del universo.

El trotamundos vive en un mundo más pequeño que el campesino. Siempre respira un aire localista. Londres es un lugar comparable con Chicago; Chicago un lugar comparable con Tombuctú. Pero Tombuctú no es un lugar, puesto que allí, al menos, vive gente que la considera el universo y respira, no un aire localista, sino los vientos del mundo. El hombre en el barco de vapor ha visto todas las razas, y piensa en lo que divide a los hombres —la comida, el vestido, el decoro, los aros en la nariz, como en África, o en las orejas, como en Europa, la pintura azul entre los antiguos, o la roja entre los británicos modernos—. El hombre en el campo de coles no ha visto nada, pero piensa en las cosas que unen a los hombres —el hambre y los bebés, la belleza de las mujeres y las promesas y amenazas del cielo—. El señor Kipling, con todos sus méritos, es un vagabundo; no tiene la paciencia necesaria para llegar a ser parte de nada. A un hombre tan grande y genuino no puede acusársele de un mero cosmopolitismo cínico; aun así, su cosmopolitismo es su punto débil. Dicha debilidad se expresa admirablemente

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en uno de sus mejores poemas: «La sextina del vagabundo real»[110], en el que un hombre declara poder soportar toda suerte de hambre u horror, pero no la presencia permanente en un mismo sitio. Eso sin duda encierra un peligro. Cuando más muerta, seca y polvorienta está una cosa, más viaja de lado a lado; así ocurre con el polvo y con el diente de león y con el alto comisionado de Sudáfrica. Las cosas fértiles son más pesadas, como los pesados frutales en el barro preñado del Nilo. En la acalorada ociosidad de la juventud todos nos sentimos inclinados a discutir las implicaciones del proverbio que dice que el canto rodado no cría musgo. Nos sentimos inclinados a responder: «¿Y quién quiere criar musgo salvo las viejas?». Pero, después de todo, comenzamos a darnos cuenta de que el proverbio tiene razón. El canto rodado va dando tumbos de piedra en piedra, pero está muerto. El musgo es silencioso, porque está vivo.

Lo cierto es que la exploración y el progreso han empequeñecido el mundo. Lo han empequeñecido el telégrafo y el barco de vapor; lo ha empequeñecido el telescopio; tan solo el microscopio lo ha hecho mayor. El mundo no tardará en verse escindido en una guerra entre los telescopistas y los microscopistas. Los primeros estudian grandes cosas y viven en un mundo grande. No hay duda de que resulta inspirador dar la vuelta al mundo zumbando en un automóvil, sentir Arabia como un torbellino de arena o China como un destello de campos de arroz. Son civilizaciones antiguas con extrañas virtudes enterradas como tesoros. Si queremos comprenderlas no debe ser como turistas o investigadores, debe ser con la lealtad de los niños y la gran paciencia de los poetas. Conquistar esos lugares es perderlos. El hombre que se queda en su jardín, tras cuyas puertas se extiende el país de las maravillas, es quien tiene grandes ideas. Su imaginación crea la distancia; el automóvil la destruye estúpidamente. Los modernos, con el espíritu de una maestra de escuela, piensan en la tierra como en un globo, algo a lo que es fácil darle la vuelta. La prueba es el extraño error que se comete siempre con Cecil Rhodes. Sus enemigos dicen que puede que tuviera grandes ideas, pero que era mala persona. Sus amigos dicen que puede que fuera mala persona, pero que tenía grandes ideas. Lo cierto es que no era un hombre esencialmente malo, sino un hombre muy jovial y con buenas intenciones, pero con una visión singularmente reducida. Pintar un mapa de rojo[111] no tiene nada de grandioso; es un inocente juego de niños. Es tan fácil pensar en continentes como en adoquines. La dificultad se plantea cuando tratamos de conocer la sustancia de ambos. Las profecías de Rhodes sobre la resistencia bóer son un admirable comentario de cómo las «grandes ideas» prosperan

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cuando no se trata de pensar en términos de continentes, sino de comprender a un puñado de hombres. Y bajo esa vasta ilusión del planeta cosmopolita con sus imperios y su agencia Reuter, la verdadera vida del hombre prosigue, con sus preocupaciones acerca de este árbol o aquel templo, sobre esta cosecha o aquella canción de taberna, totalmente incomprendida, totalmente intocada. Y desde su espléndido provincianismo observa, probablemente con una sonrisa divertida, cómo siguen su triunfante camino las civilizaciones motorizadas, despojando al tiempo, consumiendo espacio, viéndolo todo sin ver nada, rugiendo, en fin, para capturar el sistema solar, y solo para que el sol termine por parecerles barriobajero y las estrellas suburbanas.

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OSCAR ILDE

Ciertamente ha llegado el momento de que a ese hombre extraordinario que

es Oscar ilde se le considere simplemente un hombre de letras. En ocasiones trató de dar a entender que el arte era más importante que la moralidad, pero eso era mero histrionismo. La moralidad o la inmoralidad eran, para él y para cualquier otro, mucho más importantes que el arte. Sin embargo, la nube de tragedia que se cernió sobre su carrera hace que hoy sea más fácil tratarlo como un mero artista. La suya fue una vida completa, en ese terrible sentido en el que mi vida o la de ustedes son incompletas, puesto que todavía no hemos pagado por nuestros pecados. En ese sentido, uno podría llamarla una vida perfecta como se habla de una ecuación perfecta: porque el resultado es nulo. Por un lado, tenemos el saludable horror por el mal; por el otro el saludable horror por el castigo. Todos lo tenemos porque tanto el pecado como el castigo fueron extremadamente civilizados; es decir, secretos e innombrables. Algunos han dicho que a ilde se le sacrificó; bástenos con insistir en el significado literal de la palabra: cualquier buey se convierte en sagrado al ser sacrificado.

Pero el hecho mismo de que un monstruoso delito y una monstruosa venganza se anulen mutuamente, deja a este artista particular en ese mismo aislamiento etéreo que él decía desear. En realidad, solo podemos considerarlo un hombre de letras.

Oscar ilde, y otros intelectuales como Disraeli o Bernard Sha , suscitan escaramuzas verbales en las que unos les consideran grandes artistas y otros meros charlatanes. Pero esas controversias pasan por alto lo que ilde tenía de verdaderamente extraordinario y que se hace más evidente en sus obras de teatro que en sus poemas: que era un gran artista y también un charlatán. Y con la palabra «charlatán» me refiero a alguien lo suficientemente digno para despreciar los trucos que utiliza. Un vulgar demagogo no es un charlatán, es tan tosco como la turba a la que se dirige, puede que todas y cada una de sus palabras sean mentira, pero es sincero en su estilo. El estilo (como podría haber dicho ilde) no es más que otro nombre para el espíritu. Por eso, un hombre como el señor Bernard Sha no es un charlatán. Comprendo que haya quien considere apresuradas, o superficiales, o insensatamente perversas,

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o blasfemas, o sencillamente estrechas de miras, sus observaciones. Pero no que haya nadie insensible al hecho de que el señor Sha está tratando de ser lo más sugerente posible, y de que, al ofrecerle sus especulaciones más brillantes y atrevidas a la chusma, le ofrece algo que honestamente considera valioso. Por el contrario, ilde hacía a menudo observaciones que sabía carentes de valor literario. Sha puede ser elevado o rastrero, pero nunca es condescendiente con su público. ilde sí lo era, y a veces mucho.

ilde y su escuela pretendían ser almas solitarias y artísticas separadas de su público. Pretendían despreciar a la clase media, y declaraban que el artista no debía trabajar para la burguesía. Lo cierto es que ningún artista tan grande trabajó tanto para la burguesía como Oscar ilde. Ningún hombre, tan capaz de pensar acerca de la belleza y la verdad, pensó tan constantemente en sus efectos sobre las clases medias. Las estudió con atención exquisita y aprendió exactamente cómo sorprenderlas y halagarlas. El señor Sha a menudo se eleva sobre ellas con una indignación seráfica y a menudo se rebaja con estériles explicaciones materialistas. Les desagradará con nuevas verdades o les aburrirá con verdades viejas, pero para Bernard Sha se tratará siempre de verdades auténticas. ilde sabía cómo decir precisamente aquello que, verdadero o falso, resulta irresistible. Como, por ejemplo: «Puedo resistirlo todo salvo la tentación».

Pero a veces caía más bajo. Uno podría recorrer sus ágiles y chispeantes obras de teatro con un lápiz azul y otro rojo señalando dos clases de epigramas: el verdadero epigrama que escribía para agradar a su propio y agudo intelecto, y los epigramas falsos que escribía para estremecer a la parte más mansa de nuestra mansa civilización. A eso es a lo que me refiero cuando digo que era estrictamente un charlatán…, entre otras cosas. Descendía por debajo de sí mismo para estar por encima de los demás. Se volvía intencionadamente más estúpido que Oscar ilde para parecer más inteligente que el cura de al lado. Se rebajaba a la superioridad; se inclinaba para conquistar.

Uno podría tomar fácilmente ejemplos de la frase pensada para rozar ligeramente la verdad y de la frase pensada solo para impresionar a la burguesía. Por ejemplo, en Una mujer sin importancia, hace que su filósofo principal diga que todo pensamiento es inmoral y esencialmente destructivo: «Nada sobrevive al pensamiento». Eso es un sinsentido, pero del tipo más noble, ya que encierra una idea. Se trata, como ocurre con la mayor parte de las ideas modernas, de una idea que da la muerte y no la vida, pero es una idea. Ciertamente hay un sentido en el que toda definición conlleva una

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eliminación. Pasen unas páginas de la misma obra y encontrarán a alguien que pregunta: «¿Qué es una mujer inmoral?», el filósofo responde: «La clase de mujer de la que un hombre nunca se cansa». Pues bien, eso ya no es un sinsentido sino una bobada. Carece de ningún tipo de valor. No es cierto simbólicamente, no es cierto fantásticamente, no es cierto en absoluto.

Cualquiera con un mínimo conocimiento del mundo sabe que no hay nadie más profundamente aburrido que cierto tipo de mujeres inmorales. Que el vicio nunca cansa a los hombres puede ser una mentira entretenida y defendible; que el instrumento individual del vicio nunca les cansa no es, ni siquiera como mentira, lo suficientemente defendible para ser entretenida. Aquí el gran ingenioso actuaba como un dandi vulgar ante los increíblemente ingenuos; tanto como si se hubiese puesto puños y cuello de papel. Se limita a espantar a un cura remilgado, y además muy remilgado. Este irritante paralelismo entre la verdadera brillantez y la jactancia más pretenciosa recorre sus tres comedias. «La vida es demasiado importante para tomársela en serio»; he ahí al verdadero humorista. «Una corbata bien anudada es el primer paso serio en la vida», he ahí al charlatán. «Uno puede creer lo imposible, pero nunca lo improbable», he ahí las palabras de un fino filósofo. «Nada es tan fatídico para la personalidad como mantener las promesas, salvo tal vez decir la verdad»; he ahí las palabras de un embaucador hastiado. «Un hombre puede ser feliz con cualquier mujer siempre que no la ame»; he ahí una cruda verdad. «Las buenas intenciones siempre son agramaticales»; he ahí un manso apresuramiento.

Pero, aunque tenía una vena de farsante, que no aparece en los demagogos del ingenio como Bernard Sha , tenía también, a su extraño modo, una naturaleza mucho más profunda y espiritual que ellos. Curiosamente, fue la misma variedad de sus falsedades la que le impidió ser enteramente falso. Como una élite zumbona y abigarrada era al mismo tiempo un equilibrio y una confusión. Estaba tan orgulloso de tener muchas facetas que entre todas ellas incluso había una buena. Le gustaba tanto multiplicar sus almas que entre todas ellas al menos una se salvó. Deseaba todas las cosas hermosas…, incluso a Dios.

Su terrible falacia consistía en no querer ver que hay una razón en todo, incluso en la religión y en la moralidad. La universalidad es una contradicción en los términos. No se puede ser todo si se es algo. Si se quiere ser blanco del todo hay que resistir austeramente la tentación de tener topos verdes o franjas amarillas. Si se quiere ser bueno del todo, hay que resistir los topos del pecado o las franjas de la servidumbre. Debe de ser muy divertido tener

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múltiples facetas; pero, por muchas que uno tenga, no puede haber una que sea de una inocencia completa y absoluta. Un polígono puede tener un número infinito de lados, pero ninguno de ellos puede ser un círculo.

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SHA , EL FILÓSOFO

Bernard Sha ha dedicado gran parte de su vida a tratar de esquivar a sus

seguidores. El zorro tiene seguidores entusiastas y Sha parece considerar a los suyos de manera muy similar. Este hombre al que acusan de buscar el aplauso a mí me parece que se esconde incluso del asentimiento. Si uno está de acuerdo con Sha es muy probable que él le contradiga; yo le he contradicho en todo, y por eso he llegado por fin a estar de acuerdo con él. Sus críticos le han acusado de ser un vulgar autopropagandista; a mí me parece, más bien, que su relación con sus seguidores está marcada por una especie de loca modestia. Parece querer huir de la aprobación y tener tan pocos seguidores como sea posible. Todo se remonta, en mi opinión, a las tres raíces de las que se nutrió su pensamiento. En parte se trata de la mera inocencia e ironía de los irlandeses; en parte de la idea calvinista de que la hueste del Señor debe ser menguada y no numerosa, de que Gedeón debe despedir a sus soldados y no reclutarlos[112]; y en parte, ¡ay!, del progresista infeliz que trata de enfrentarse a su propia religión, que trata de destruir su propio ídolo e incluso de profanar su propia tumba. Pero cualquiera que sea la causa de ese rechazo furioso a la popularidad, el caso es que ha llevado a Sha a cometer algunas perversidades y refinamientos que son casi meras faltas de sinceridad, y que hacen necesario desenredar lo que ha hecho de bueno y de malo en su deslumbradora carrera. Trataré de abreviar señalando las tres cosas en las que su influencia me parece enteramente buena y las tres en las que me parece mala. Pero, para acabar con buen sabor de boca, hablaré primero de las que me parecen malas.

El primer aspecto en el que Sha ha ejercido una mala influencia ha sido el fomento de la melindrosidad. Ha hecho que la gente se vuelva delicada en cuanto a sus alimentos morales. Ahí radican, sin duda, sus objeciones a la novela. Mucha gente se ha opuesto a la novela por ser demasiado etérea y exquisita. Sha se opone a ella por ser demasiado ruda y vulgar. Muchos la han despreciado por ser demasiado irreal; Sha la odia en realidad porque le parece demasiado real. A Sha le disgusta la novela igual que le disgustan la ternera, la cerveza, el brandy o los filetes poco hechos. La novela es demasiado masculina para su gusto. En todas sus críticas, entre todas sus

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verdades, su justicia o su mordaz imparcialidad, se encuentra un curioso prejuicio subyacente: la preferencia por lo refinado frente a lo tosco o lo feo. Así, manifestará su disgusto por un chiste grueso, sin preguntarse si es verdaderamente inmoral. Se opondrá a que alguien se siente en su propio sombrero, cuando el moralista austero solo debería oponerse a que se sentara en el sombrero de otro. Esta sensibilidad es estéril porque es universal. Es inútil oponerse a que se ridiculice al hombre. El hombre nace ridículo, como puede verse fácilmente si se le mira poco después de nacer. Beber cerveza puede ser grotesco, pero también lo es beber agua de Seltz; lo grotesco es llenarse como una botella por un orificio. Es indigno caminar con pasos de borracho; pero igual de indigno es caminar sin más, pues caminar supone siempre una especie de equilibrio, y los seres humanos tienen algo de cuadrúpedo que se sostiene sobre las patas traseras. No digo que fuese más digno caminar a cuatro patas; no creo que seamos nunca dignos, salvo cuando estamos muertos. No seremos refinados hasta que estemos refinados en polvo. Por supuesto, el hombre solo se da cuenta de que es un animal extraño porque no es del todo un animal; y si un hombre sobre sus patas traseras está en una postura artificial, es solo porque está pidiendo algo o dando las gracias como un perro.

En ese sentido, todo lo importante es absurdo, desde el bebé solemne hasta la calavera sonriente, y todo lo práctico no deja de ser una broma. Pero, curiosamente, en las comedias de Sha , hay cierto rechazo contra ese tipo de burla. Por ejemplo, el primer deber de un hombre enamorado es comportarse como un idiota; pero los héroes de Sha siempre parecen evitarlo y tratan, como en una especie de venganza etérea y filosófica, de hacer que la mujer se comporte como una idiota antes que ellos. Los intentos de Valentine y Charteris de separar sus percepciones de sus deseos y de decirle que no vale nada a una mujer, incluso mientras tratan de conquistarla, a menudo resultan penosos; es como ver a un hombre tratando de tocar una melodía distinta con cada mano. Me pregunto si esta agonía no se producirá en el dramaturgo tanto como en el espectador. Es Bernard Sha que lucha con su aversión a hacer algo tan ridículo como declararse. Y es que hay dos tipos de humorista de altura: los que disfrutan viendo el lado absurdo del hombre y los que odian verlo. Entre los primeros se cuentan Rabelais y Dickens, entre los segundos están S ift y Bernard Sha .

Tanto ha propagado o promovido Sha esta moderna aversión o mauvaise honte hacia las funciones principales y grotescas del hombre que creo que ha causado un daño considerable. Ejerce mucha influencia entre los jóvenes;

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pero no es una influencia que les haga mantenerse jóvenes. Uno no puede imaginarlo inspirando a ninguno de sus seguidores a escribir un cántico guerrero, ni una canción de taberna, ni una canción amorosa, las tres formas de expresión humana que siguen en nobleza a la oración. Puede parecer raro decir que el efecto final de un hombre aparentemente tan impúdico sea hacer que los hombres se vuelvan tímidos. Pero sin duda es cierto. La timidez es siempre indicio de un alma dividida; uno es tímido porque, en cierto modo, piensa que su posición es al mismo tiempo despreciable e importante. Si careciera de humildad, no le preocuparía; como no le preocuparía si careciera de orgullo. Pues bien, el principal propósito de las enseñanzas teóricas de Sha es declarar que deberíamos cumplir esas grandes funciones de la vida, que deberíamos comer y beber y amar. Sin embargo, la principal tendencia de su crítica más habitual es sugerir que los sentimientos, profesiones y actitudes relacionados con todas esas cosas, no solo son cómicas sino despreciablemente cómicas, locuras y casi estafas. El resultado podría ser que surja una raza de jóvenes que hicieran todas esas cosas pero las hicieran torpemente. Aquello que desde antiguo había sido una función libre y divertida, se convierte en una necesidad embarazosa. Soportemos con paciencia cristiana los placeres paganos. Comamos, bebamos y seamos serios.

La segunda de las dos cuestiones en las que creo que Sha ha hecho un daño evidente tiene que ver con que (aunque no siempre o, por lo general, ni siquiera de forma intencionada) ha aumentado esa anarquía del pensamiento que siempre conlleva la destrucción del pensamiento. Gran parte de sus escritos de juventud han fomentado entre los jóvenes modernos el más pestilente de todos los trucos y Falacias populares: eso que llaman el argumento del progreso. Me refiero a lo siguiente: las épocas pretéritas fueron a menudo, ¡ay!, aristocráticas en la política o clericales en la religión, pero siempre fueron democráticas en la filosofía; apelaban al hombre, y no a un hombre en particular. Y si la mayoría de la gente se oponía a una idea, es que estaban en contra. En nuestros días, por el contrario, que la mayoría de la gente esté en contra de algo se interpreta como que están a favor; se supone que eso demuestra vagamente que algún día todo el mundo lo apoyará. Si a alguien se le ocurre decir que las vacas son reptiles, o que Bacon escribió las obras de Shakespeare, siempre puede alegar que el desprecio de sus contemporáneos prueba de algún modo misterioso la completa conversión de la posteridad. Las objeciones a esta teoría no requieren ningún desarrollo complejo. La objeción final se reduce a esto: di cualquier cosa, por idiota que sea, y serás un adelantado a tu época. Semejante estado de cosas debe

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terminar. El demócrata que apela al niño no nacido debe ser clasificado junto al aristócrata que apela a su tatarabuelo difunto. A ambos habría que recordarles que están apelando a individuos en clara desventaja en lo que al derecho de réplica se refiere. El caso es que, aunque el señor Bernard Sha ha sobrevivido a esa sencilla confusión, en su época contribuyó mucho a ella. Si hay algo, por ejemplo, que sea verdaderamente raro en Sha son las dudas. Se forma una opinión con más rapidez que un niño prodigio o un magistrado local. Sin embargo, en lo que se refiere al próximo cambio de la ética, ha tenido sus dudas y, como hombre honesto que es, las ha expresado.

«No conozco pregunta más difícil de responder que la de cuánto egoísmo debería uno soportar en una persona brillante a cuenta de su brillantez o de la posibilidad de que tenga razón a largo plazo. El superhombre vendrá, ciertamente, como un ladrón en la noche, y le dispararán como a tal; pero no por eso podemos dejar nuestra propiedad desprotegida. Por otro lado, no podemos pedirle al superhombre que añada simplemente un juego de virtudes más elevadas a las costumbres que hoy nos parecen respetables; pues no hay duda de que vaciará la moralidad respetable como un cubo de agua sucia y las reemplazará por nuevas y extrañas costumbres, desterrando antiguas obligaciones y aceptando otras nuevas y más pesadas. Cada paso de su progreso horrorizará a las personas más convencionales; y si fuese posible, incluso para el hombre superior, avanzar hacia delante todo el tiempo, todos los pioneros de la marcha hacia el superhombre serían crucificados».

Cuando el hombre más categórico, un hombre sin parangón en la violenta precisión de sus palabras, habla con tantas dudas y vaguedades, no hay que extrañarse de que sus seguidores menos brillantes se encuentren en un mero torbellino de innovaciones acríticas y carentes de significado. Si la persona superior ha de ser aparentemente un criminal, el resultado más probable es que los criminales se sientan superiores. Basta con tener un conocimiento muy superficial de la naturaleza humana para darse cuenta. Si es posible que el superhombre sea un ladrón, ya pueden apostar las botas a que el primer ladrón que se cruce en su camino será un superhombre. Pero, desde luego, los superhombres (y he conocido a muchos) en general son más débiles intelectualmente que en su conducta moral; se limitan a ofrecer lo primero que se les pasa por la imaginación como si fuese una nueva moralidad. Me temo que Sha , en cierto modo, fomentaba estas locuras. Es evidente por el párrafo que he citado que no sabe cómo frenarlas.

Lo cierto es que todos los espíritus débiles viven naturalmente en el futuro, porque carece de rasgos; es algo blando, uno puede hacer con él lo que

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quiera. Las eras venideras están en blanco y puedo pintar en ellas libremente con mis colores preferidos. Hace falta mucho valor para enfrentarse al pasado, porque el pasado está repleto de hechos que no pueden ser pasados por alto; de hombres sin duda más inteligentes que nosotros y de cosas que no podemos hacer. Sé que no puedo escribir un poema tan bueno como Lycidas. Pero siempre es fácil decir que la peculiar poesía que escribo será la poesía del futuro.

A eso es a lo que llamo la segunda mala influencia de Sha : ha animado a muchos a buscar justificaciones en lo informe y lo desconocido. De ese modo, aunque valeroso, ha animado a los cobardes, y aunque sincero, les ha proporcionado una escapatoria mezquina.

La tercera mala influencia puede, en mi opinión, despacharse mucho más brevemente: ha fomentado, en grado muy leve, pero aun así perceptible, cierto tipo de charlatanería en la expresión entre aquellos que poseen su impudicia irlandesa, pero carecen de su virtud irlandesa. Por ejemplo, su simpática forma de darse bombo resulta perfectamente jovial y divertida en él; es más, resulta incluso humilde, pues confesar la vanidad es en sí mismo un acto humilde. El problema de los orgullosos es que no están dispuestos a admitir que son vanidosos. Así que cuando Sha asegura ser el único capaz de escribir obras tan admirables, o haber barrido totalmente a algún famoso oponente, yo al menos nunca percibo nada ofensivo en el tono, sino tan solo la entonación inconfundible de una voz amiga. Pero he notado entre hombres más jóvenes, más endurecidos y mucho más superficiales, cierta tendencia a imitar, aunque sin la menor franqueza ni alegría, esa insolente desenvoltura y confianza. En ese sentido su influencia es mala. El egoísmo puede aprenderse como una lección, igual que cualquier otro «ismo». Lo que no es tan sencillo es aprender a tener acento irlandés o buen carácter. En sus formas más rastreras se convierte en el truco nada marcial de anunciar la victoria antes de haberla obtenido.

Una vez dichas estas tres cosas, en mi opinión ya está dicho todo lo que puede reprochársele a Bernard Sha . Es muy significativo que el censor nunca le acusara de ninguna de ellas. Las censuras derivadas de la actitud de dicho funcionario pueden pasarse por alto con desprecio e indiferencia. Presentar a Sha de forma profana o provocativamente indecente no merece la pena ni una discusión; es un libelo criminal y repugnante contra un caballero particularmente respetable de clase media, gustos refinados y puntos de vista bastante puritanos. Pero así como la defensa negativa de Sha resulta muy sencilla, alabarlo con justicia resulta tan complejo como necesario; de

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modo que dedicaré las últimas páginas de este artículo a una tríada, que se corresponda con la anterior, en la que expondré los tres elementos más importantes en los que la obra de Sha ha sido buena además de grande.

En primer lugar, y aparte de todas las teorías particulares, el mundo le debe a Bernard Sha el haber combinado el ser inteligente con el ser inteligible. Ha popularizado la filosofía, o más bien la ha vuelto a popularizar, pues la filosofía siempre es popular, salvo en épocas peculiarmente corruptas y oligárquicas como la nuestra. Hemos dejado atrás la época del demagogo, el hombre que tiene poco que decir y lo dice muy alto. Estamos en la época del mistagogo o el profesor universitario, el hombre que no tiene nada que decir, pero lo dice solemnemente en voz baja con un susurro indistinguible. Después de todo, las palabras cortas tienen que tener un significado, aunque sean mentiras o algo sucio; pero las palabras largas a veces pueden no significar nada literalmente, sobre todo si se emplean (como suele ocurrir en los libros modernos y los artículos de revista) para equilibrarse y modificarse unas a otras. Un número 4 garabateado con tiza en cualquier sitio significa siempre algo, significa 2 + 2. Pero la ecuación más enorme y misteriosa, plagada de letras, paréntesis y fracciones, puede tener un resultado nulo. Cuando un demagogo le dice a una turba: «He ahí el Banco de Inglaterra, ¿por qué no vais a tener vosotros parte de ese dinero?», dice algo que al menos es tan honesto e inteligible como el número 4. Cuando un escritor opina en The Times: «Debemos incrementar la eficiencia económica de las masas sin restársela a aquellas clases que representan la prosperidad y el refinamiento nacionales», su ecuación se anula; su observación, en un sentido lógico y literal, equivale a cero.

Hoy hay dos clases de charlatanes o personas que merecen el nombre de embaucadores. El poder de los primeros reside en que divulgan y curan. El poder de los segundos radica en que, aunque no son lo suficientemente eruditos para curar sí lo son para divulgar. Los primeros renuncian a su dignidad por un kilo de té; a los otros les pagan un kilo de té solo por ser dignos. Creo que éstos son los peores de todos. Sha sin duda es de los primeros. Dickens, otro hombre que era lo bastante grande para ser un demagogo (y mayor que Sha porque era más entusiasta), estableció de manera definitiva la auténtica diferencia entre el demagogo y el mistagogo en El doctor Marigold: «Salvo que nosotros vendemos barato y ellos caro, no veo que haya ninguna diferencia». Bernard Sha es uno de los grandes que venden barato, con mucho parloteo y me atrevería a decir mucho sinsentido, pero (cosa que no carece de importancia) tiene cosas que vender. La gente le

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acusa de hacerse publicidad, pero al menos hace publicidad de sus mercancías, mientras que el profesor que vende caro no hace publicidad más que de sí mismo. Su silencio, su mismísima esterilidad, se supone que son marcas de la riqueza de su erudición. Es demasiado sabio para enseñar, y a veces demasiado sabio para hablar. Santo Tomás de Aquino dijo: «In auctore auctoritas». Pero hay más de uno en Oxford o en Cambridge a quien se considera una autoridad porque nunca ha sido un autor.

Contra toda esa mistificación, tanto de silencio como de verbosidad, Sha ha sido una protesta espléndida y demoledora. Ha defendido el hecho de que la filosofía no le interesa a quienes pasan entre la divinidad y la grandeza, sino a quienes pasan entre el nacimiento y la muerte. Casi todas las sentencias más terribles y abstrusas pueden ponerse en palabras de una sola sílaba, desde «ha nacido un niño» hasta «se ha condenado un alma». Si al hombre de la calle no se le permite discutir la existencia, ¿por qué iba a pedírsele que llevara una existencia? Es cierto que uno apela naturalmente a la oligarquía o clase elegida a propósito de cuestiones concretas. Si necesito información sobre Laponia acudo a una aristocracia de lapones; si necesito saber las costumbres de los conejos, a una aristocracia de naturalistas o, preferiblemente, a una aristocracia de cazadores. Pero solo la humanidad puede dar fe de los primeros principios abstractos de la humanidad, y en asuntos de teoría yo siempre consultaría a la masa. Solo la masa, por ejemplo, tiene autoridad para decir si la vida es buena. Si la vida es buena o no es una pregunta especialmente mística y delicada y, como todas esas preguntas, se contesta con palabras de una sola sílaba y Bernard Sha (y la humanidad) responde: «Sí».

Este estilo sencillo y pugnaz de Sha ha aclarado mucho todas las controversias. Ha matado el polisílabo, ese enorme y viscoso ciempiés que se ha extendido por los todos los valles de Inglaterra como el «odioso dragón» que mató el antiguo caballero. Sha no cree que las preguntas difíciles se simplifiquen empleando palabras difíciles para referirse a ellas. Ha logrado ese objetivo admirable, que no debería mencionarse nunca sin gratitud, de discutir la evolución sin mencionarla. Su gran labor es, por supuesto, más evidente en el caso de la filosofía que en ningún otro campo, porque el caso de la filosofía era un caso desesperado. Era verdaderamente ridículo que las cosas comunes a todo el mundo fueran precisamente las más cuidadosamente reservadas al estudio de dos o tres personas. Era absurdo que ciertas personas fueran expertas en la especialidad de todo. Pero defendió el mismo espíritu y estilo en otras cuestiones; por ejemplo, en economía. Nunca ha habido un

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economista popular mejor, ni más lúcido, entretenido, coherente y esencialmente exacto. La misma comicidad de sus ejemplos hace que se graben en la memoria junto con sus argumentos, como cuando dijo que los grandes almacenes hoy tenían que satisfacer a todo el mundo y no dependían enteramente de la mujer que iba «a encargar cuatro gobernantas y cinco pianos de cola». Siempre está predicando el colectivismo, pero no lo menciona con demasiada frecuencia. No habla sobre colectivismo, sino sobre dinero; del que el vulgo tiene una necesidad mucho más perentoria. Habla sobre quesos, botas, cochecitos de niño y sobre cómo va a vivir la gente. Para él la economía significa en realidad gobernar la casa, como en griego. Sus discrepancias con los economistas ortodoxos son muy distintas de los ataques de la facción principal de los socialistas. A los viejos economistas de Manchester se les suele atacar por ser demasiado groseros y materialistas. Sha les ataca por no ser lo suficientemente groseros y materialistas. Cree que se esconden tras palabras largas, hipótesis remotas o generalizaciones irreales. Cuando el economista ortodoxo comienza con su fórmula primaria y correcta: «Supongamos que hay un hombre en una isla», Sha siempre está dispuesto a interrumpirle bruscamente diciendo: «Hay un hombre en la calle».

La segunda fase de su eficacia verdaderamente fructífera es, en cierto sentido, opuesta a esto. Ha mejorado las discusiones filosóficas haciéndolas más populares. Pero también ha mejorado las diversiones populares haciéndolas más filosóficas. Y por más filosóficas no entiendo más aburridas, sino más divertidas, es decir, más variadas. La verdadera diversión se refiere a contrastes cósmicos lo que implica una visión del cosmos. Pero sé que esta segunda fuerza de Sha es verdaderamente difícil de establecer y debemos aproximarnos a ella con explicaciones e incluso por eliminación. Déjeseme decir antes de nada que no tengo nada contra Sha ni contra nadie solo por desempeñar el papel de osados escépticos. No creo que haya hecho nada bueno, ni tan siquiera que haya conseguido efecto alguno, simplemente haciendo preguntas sorprendentes. Es posible que haya habido épocas tan indolentes o automáticas que cualquier cosa que sirviera para despertarlas fuera buena. Basta con estar seguro de que nuestra época no es así. No necesitamos que nos despierten, más bien sufrimos de insomnio, con todos los temores y exageraciones y el soñar despiertos que eso conlleva. La imaginación moderna no es como un mulo que necesite que lo aguijoneen para caminar. La imaginación moderna es más bien como un automóvil en una carretera solitaria, con dos conductores aficionados que han sido lo suficientemente inteligentes para desmontarlo, pero no lo suficientemente

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inteligentes para volver a montarlo. En esas circunstancias, aguijonear al coche nunca ha sido considerado un método eficaz por los mejores expertos. Por eso, a menos que pueda responderlas, nadie le hace ningún bien a nuestra época solo formulando preguntas. El plantear preguntas es ya el deporte aristocrático de moda que nos ha llevado a la mayoría a la bancarrota. El signo de los tiempos es un signo de interrogación. Y la conclusión final es muy sencilla: ningún filósofo escéptico es capaz de plantear ninguna pregunta que no pueda preguntarse también un niño fatigado una calurosa tarde de verano. «¿Soy un niño? ¿Por qué soy un niño? ¿Por qué no soy una silla? ¿Qué es una silla?». Un niño puede hacer esta clase de preguntas durante dos horas. Y los filósofos de la Europa protestante llevan planteándoselas doscientos años.

Si eso fuese todo lo que quiero decir con que Sha vuelve más filosófica a la gente, no lo habría incluido entre sus buenas influencias, sino entre las malas. Lo hizo en cierto grado, y ha sido malo en ese mismo grado. Pero hay un sentido mucho mayor y mucho mejor en el que ha sido un filósofo. Ha devuelto al teatro inglés todos los hechos o tendencias que suelen considerarse no teatrales. Estaban ahí en el tiempo de Shakespeare, pero apenas han vuelto a aparecer hasta Sha . Quiero decir con eso que como a Shakespeare le interesaba todo, lo incluía todo en sus obras. Si había estado pensando en la ironía e incluso la contradicción que encierran la conservación de la vida y el suicidio, lo incluía todo en Hamlet. Si le irritaba alguna moda pasajera de iluminación en el teatro la incluía también en Hamlet. Incluía en Hamlet todo lo que le pareciera verdaderamente cierto, desde su canción de cuna favorita hasta su fe personal (y tal vez pasada de moda) en el purgatorio católico. En mi opinión, a no ser lo poco teatral que podía llegar a ser, no hay nada tan sorprendente en Shakespeare como lo teatral que podía llegar a ser.

En este noble sentido, Sha ha devuelto la filosofía al teatro, la filosofía en el sentido de cierta libertad mental. No se trata de una libertad para pensar lo que se quiera (lo que es absurdo, pues uno solo puede pensar lo que piensa); se trata de una libertad para pensar acerca de lo que a uno le gusta, lo que es muy distinto y la fuente de todo el pensamiento. Shakespeare (en un momento de debilidad, me parece a mí) dijo que el mundo era un teatro. Pero actuaba según el principio mucho más refinado de que el teatro es el mundo. Por eso en todas las obras de Bernard Sha hay fragmentos que la gente consideraría material esencialmente no teatral y que el dramaturgo incluye porque es honesto y antes prefiere demostrar su argumento que triunfar con su obra. Sha ha traído de vuelta al teatro inglés esa universalidad

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shakespeariana que, si se quiere, puede llamarse irrelevancia shakespeariana. Tal vez una definición mejor sea decir que se trata del hábito de creer que vale la pena contar la verdad, aunque nos topemos con ella por casualidad. En las obras de Sha uno se encuentra por casualidad con un increíble número de verdades.

Estar al día es una ambición insignificante, salvo en un almanaque, y Sha a veces ha defendido esa filosofía de almanaque. Sin embargo, hay un sentido real en el que la frase puede utilizarse inteligentemente, y es en los casos en los que una versión estereotipada de los que está sucediendo nos oculta lo que está ocurriendo realmente. Así, por ejemplo, los periódicos nunca están al día. Quienes escriben artículos de opinión siempre están retrasados, porque van con prisa. Se ven obligados a apoyarse en sus anticuados puntos de vista y no tienen tiempo de concebir unos nuevos. Todo lo que se hace apresuradamente está condenado a ser anticuado; por eso la moderna civilización industrial tiene un parecido tan curioso con la barbarie. Por eso, cuando los periódicos dicen que The Times es un solemne periódico tory, están anticuados: sus palabras van por detrás de lo que se dice en la calle Fleet. Así, cuando los periódicos dicen que los dogmas cristianos se tambalean, están anticuados: sus palabras van por detrás de lo que se dice en las tabernas. En ese sentido es en el que Sha se ha mantenido al día. Ha introducido en el teatro algo que nadie más había introducido en él…, las cosas de la calle. El teatro considera un alarde de realismo colocar en escena un cabriolé, cuando en la calle todo el mundo está llamando taxis.

Consideren, en ese aspecto, cuántas y qué buenas han sido las incursiones teatrales de Sha en las cosas que ocurren realmente. Cuando todos los diarios y las sesiones matinales nos estaban explicando solemnemente lo mucho que la guerra moderna dependía de la pólvora, Las armas y el hombre nos explicó lo mucho que la guerra moderna depende del chocolate. Cuando todas las obras de teatro y los periódicos describían al vicario conservador moderado, Cándida se fijó en el vicario moderno, que es un socialista avanzado. Innumerables artículos de revista y comedias de sociedad describían a la mujer emancipada como nueva y atrevida, pero solo Nunca se sabe fue lo suficientemente joven para ver que la mujer emancipada ya es anciana y respetable. Todos los periódicos satíricos han caricaturizado al nuevo rico maleducado, solo el autor de Hombre y superhombre conocía lo suficientemente bien el mundo moderno para caricaturizar al nuevo rico educado —el hombre capaz de citar a Beaumarchais, aunque no sepa pronunciarlo—. Esa es la segunda gran contribución real de Sha , el haber

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permitido la entrada del mundo en la escena como entraron los ríos en los establos de Augías. Ha dejado que Haymarket entrara en el Teatro de Haymarket. Ha permitido que algunos susurros del Strand entraran en el Teatro del Strand. En filosofía, varias soluciones son algo tan estúpido como en aritmética, pero podemos enorgullecemos de disponer de varios materiales para llegar a la solución. Puede decirse que, después de Sha , no hay nada que no pueda incluirse en una obra de teatro si se es capaz de hacerlo decente, entretenido y relevante. El estado de salud de un hombre, la religión de su infancia, su oído para la música, o su ignorancia de la cocina, todo puede hacerse vívido si tiene algo que ver con el asunto. Un soldado puede mencionar la intendencia tanto como la caballería; y, aún mejor, un cura puede mencionar la teología además de la religión. En eso consiste ser un filósofo, en eso consiste llevar el universo a la escena.

Por último, ha eliminado al mero cínico. Ha sido tan cínico él mismo por el bien público, que ya nadie osa ser verdaderamente cínico por algo de menor importancia. Los petardos chinos de los cínicos frívolos no nos impresionan después de la dinamita del cínico serio y con aspiraciones. Bernard Sha y yo (que estamos envejeciendo juntos) recordamos una época que no conocen muchos de sus seguidores: una época de auténtico pesimismo. Los años que van de 1885 a 1898 fueron como esas horas vespertinas en una casa rica de grandes habitaciones antes de la hora del té. No se creía en nada salvo en los buenos modales; y la esencia de los buenos modales es saber reprimir un bostezo. Un bostezo puede definirse como un grito silencioso. El poder que el joven pesimista de la época demostraba en ese sentido, habría acabado con cualquiera salvo con él. Bostezaba tanto como para tragarse el mundo. Se tragaba el mundo como una píldora desagradable antes de retirarse a un eterno descanso. Pues bien, la última y la mejor gloria de Sha es que esa criatura ha desaparecido de donde estaba. No la han matado (no sé exactamente por qué), sino que se ha convertido en un idealista seguidor de Sha . No es ninguna exageración. He conocido a gente que, cuando me los presentaron en 1898, no destruían el universo porque eran demasiado perezosos. Ahora son conscientes de que no sirven ni para abolir algunas normas carcelarias. Esta destrucción y conversión me parece el signo de algo igualmente grande. Siempre es grande destruir el tipo sin destruir al hombre. Los seguidores de Sha son optimistas; algunos son tan ingenuos como para incluso emplear esa palabra. A veces son optimistas bastante pálidos, a menudo optimistas preocupados; pero no son pesimistas; pueden alegrarse, aunque no se rían. Al menos Sha ha marchitado en ellos la mera

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pose de la imposibilidad. Como todo gran maestro ha maldecido la higuera estéril. Pues nada, excepto la imposibilidad, es realmente imposible.

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DEFENSA DE LAS NOVELAS DE DETECTIVES

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SHERLOCK HOLMES

I

El regreso de Sherlock Holmes a la Strand Magazine varios años después de

su muerte, le proporcionó el toque definitivo a la popularidad casi heroica de una figura cuya realidad era como la realidad universalmente admitida de algún héroe antiguo de una fábula medieval. Del mismo modo en que se esperaba el regreso de Arturo o de Barbarroja, la gente sentía que aquel absurdo detective debía regresar también. Había pasado de la irrealidad de la literatura a la deslumbrante realidad de la leyenda, y la prueba es que ha heredado la característica más generalizada y patética de los héroes legendarios: la característica que hace dudar a la gente acerca de su muerte. Puede que la figura menor y fantástica de una serie de novelas irónicas y efímeras parezca demasiado insignificante para merecer una descripción así. Sin embargo, el hecho sigue siendo que el héroe del señor Conan Doyle es probablemente la única creación literaria, desde las creaciones de Dickens, que ha pasado realmente a la vida y al lenguaje popular, y se ha convertido en un ser como John Bull[113] o Papá Noel. Vale la pena destacar que aunque tenemos muchos escritores de cuya popularidad dan fe las enormes cifras de ventas y la discusión general que suscitan, apenas hay ninguno, salvo Conan Doyle, cuyos personajes sean familiares para todo el mundo como tipos o símbolos, igual que Pecksniff personificaba a la hipocresía o Bumble al oficialismo[114]. Rudyard Kipling, por ejemplo, es sin duda un escritor popular. Pero si le dijésemos a alguien de la calle que determinado problema concreto dejaría perplejo al mismo Strickland[115] pondría una cara muy distinta que si le dijéramos que habría dejado perplejo al mismo Sherlock Holmes. Las novelas del señor Kipling proporcionan un deleite intelectual inagotable, pero la personalidad que recordamos es la del argumento, no la de los personajes. Recordamos la acción y olvidamos a los actores. No hay ninguna creación contemporánea, a excepción de Sherlock Holmes, en la que el personaje logre, por así decirlo, salirse del libro, como sale el pollito del huevo. Los personajes de Dickens tenían esa capacidad. Los papeles de Pick ick solo servían para prepararnos a fin de recibir a Sam eller; una vez

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escrito el libro, Sam eller se volvió más grande que él y ya pudimos aplicarnos su filosofía y continuar sus aventuras en nuestros sueños.

El hecho de que solo Sherlock Holmes haya logrado familiarizarse a la vez con los cultos y los incultos y haya convertido su nombre en una palabra tan descriptiva como el doctor Guillotin o el capitán Boycott, implica una serie de cosas que en su mayor parte resultan interesantes y tranquilizadoras. El fenómeno, por ejemplo, corrige en gran parte esa palabrería estúpida y esnob que sostiene que la gente prefiere los libros malos. Las novelas de Sherlock Holmes son muy buenas; son obras de arte perfectamente meticulosas y elegantes. La vena irónica que recorre todas las solemnes imposibilidades de la narración la convierte en una brillante adición a la gran literatura del absurdo. La idea de que la grandeza de un intelecto se demuestre por su dedicación a cosas menores en lugar de a grandes cosas, es un punto de partida original; constituye una especie de poesía descabellada de lo vulgar. Las pistas intelectuales y los enigmas sobre los que gira el desarrollo de cada novela tal vez sean increíbles, pero resultan sólidos y significativos desde el punto de vista de la lógica; son problemas como los que un gran abogado podría extraer de dos botellas de champán; están empapados del júbilo de la razón. La figura del detective de Conan Doyle es, a su extraño y absurdo modo, buena literatura.

Pues bien, en Londres hay más de novecientas noventa y nueve novelas detectivescas y detectives de ficción, la mayor parte de las cuales son mala literatura, o más bien no son literatura en absoluto. Si, como suele decirse, a la gente le gustan los libros malos, no se explica el hecho de que el detective de ficción con el que la gente está familiarizada sea el único que es una obra de arte. El hecho es que la gente corriente prefiere cierta clase de obras, buenas o malas, a otras, buenas o malas, y obviamente tiene todo el derecho del mundo a hacerlo. Prefiere los amoríos, las farsas, y todo lo que tenga que ver con la diplomacia material de la vida, a las delicadezas psicológicas o los humores más secretos de la existencia. Pero, puestos a preferir algo, prefieren que, si es posible, sea bueno. El hombre de la calle puede preferir la cerveza a la crème de menthe, pero no tiene sentido decir que prefiere la mala cerveza a la buena. No lee a George Meredith porque no quiere ese tipo de libros, por buenos que sean, y no lo querría aunque fuesen malos. Sin duda, todos sabemos que hay cientos de pequeños Merediths ocupados eternamente en sus miopes bordados y sus chapuceras disecciones. La mala literatura no se limita a la novela romántica. La gente de la calle apenas es tan numerosa como el ejército de jóvenes caballeros que se dedican a despreciar al hombre de la

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calle. Sin embargo, los sonetos de esos jóvenes simbolistas y las novelas de esos jóvenes psicólogos no se venden como pasteles calientes en los puestos de libros ni se leen en voz alta en los ruidosos salones de las tabernas. Quien escribe literatura como El egoísta[116] tiene el mismo derecho a esperar ser tan popular como Conan Doyle que el que tiene quien fabrica incomparables telescopios astronómicos a esperar que se vendan como paraguas. Pero sería forzado deducir de eso que la gente corriente tiene una extraña y oscura debilidad por los paraguas de mala calidad.

II

Todos los ingleses han leído las novelas de Sherlock Holmes. Son obras tan buenas dentro de su género que es difícil soportar con paciencia la charla de las personas que se limitan a señalar que no pertenecen a otro género. La cualidad específica de una novela de esta clase es estrictamente lo que podemos llamar ingenio: está obligada a tener una invención, construcción y finalidad claramente definidas, como un chiste en un periódico satírico. Obras así son inexpresablemente superiores a la mayoría de las obras serias y mediocres. Tienen que tener algo, no pueden ser una impostura completa. Cualquiera puede pretender ser astuto, pero nadie puede pretender que es ingenioso. Sus chistes pueden ser mucho peores en nuestra opinión que en la suya, pero después de todo deben ser chistes; no pueden ser misterios totalmente informes, como muchas obras modernas de filosofía.

Muchos hombres capaces de escribir una epopeya serían incapaces de escribir un epigrama. Lo que es cierto de una anécdota cómica también lo es de esa anécdota extendida que es la novela espectacular con un punto de verdad. Toda la filosofía real es apocalíptica, y si alguien puede proporcionarnos revelaciones sobre el cielo, sin duda es mejor que si nos da horribles revelaciones sobre la vida superior. Pero yo prefiero a alguien que dedica una novela corta a decir que es capaz de resolver el problema de un asesinato en Margate que a quien dedica todo un libro a decir que es incapaz de resolver el problema de las cosas en general.

La ocasional seriedad de sir Arthur Conan Doyle debilitó sin duda su excelente serie de novelas; pero sobre todo las debilitó al introducir una especie de parodia del Dupin de Edgar Allan Poe, con el que no tenía comparación posible. Las brillantes ideas de Sherlock Holmes eran como radiantes florecillas suburbanas crecidas en el suelo exiguo de un jardín de las

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afueras; las de Dupin eran flores que crecían en el vasto y oscuro árbol del pensamiento. Por eso Dupin, cuando deja de lado los crímenes, habla con la lengua de la cultura establecida acerca de las relaciones de la imaginación con el análisis o de las relaciones de lo sobrenatural con la ley. Pero el mayor error de concepto de Sherlock Holmes sigue sin señalarse: me refiero al error de presentar al detective como alguien indiferente a la filosofía y la poesía, lo que parecía implicar que la filosofía y la poesía no eran buenas para un detective. En eso es eclipsado de un plumazo por el cerebro más osado y brillante de Poe, quien cuidadosamente declara que Dupin no solo admiraba y confiaba en la poesía, sino que era él mismo un poeta. Sherlock Holmes habría sido mejor detective si hubiera sido un filósofo, si hubiera sido un poeta, e incluso si hubiera sido un amante. Es curioso reparar (doy por sentado que están familiarizados con las narraciones del doctor atson) en que precisamente la novela en la que el biógrafo describe la incapacidad de Holmes hacia el amor y otras emociones semejantes, e insiste en lo importante que esto era para el claro equilibrio de su lógica, es la novela en la que una mujer golpea a Holmes porque no sabe distinguir si cierto caballero es su prometido o su abogado. De haber estado enamorado lo habría sabido de sobra.

El único peligro verdadero es que Conan Doyle, al difundir la idea de que la lógica práctica debe no ser poética, puede haber alentado la opinión, ya demasiado extendida, de que la imaginación debe ser distraída. El hombre puramente imaginativo nunca podría ser distraído. Percibiría el significado de las cosas cercanas tan claramente como el de las lejanas. En el sentido imaginativo más elevado nadie tiene derecho a olvidar su taza de té porque esté pensando en Platón. Si no comprende la taza de té que tiene delante de los ojos, ¿cómo va a comprender a Platón a quien no ha visto nunca? La mejor y la última palabra del misticismo es un sentido casi agónico de la belleza de todo, de la belleza del universo entero, que es como un jarrón frágil y exquisito y, entre otras cosas, de la belleza de las tazas de té de los demás. La última y la mejor palabra del misticismo no es el despilfarro, sino más bien una economía sublime y sagrada.

El místico perfecto debería estar siempre alerta en sociedad. El místico perfecto debería estar siempre correctamente vestido. A algunos puede parecemos difícil elevarnos hasta esas alturas del trascendentalismo; y ese fallo honesto y natural, aunque no deje de ser una debilidad, no es ni inhumano ni imperdonable. Algunos de los mejores hombres del mundo —el doctor Johnson, por ejemplo— han sido especialmente notables por ser

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convencionales en la teoría e inconvencionales en la práctica. Pero cuando alguien es inconvencional en la teoría la situación se vuelve atroz. Casi con toda seguridad eso quiere decir o que no tiene moral o que no tiene cerebro. Existe un tipo de hombre que dice clara y deliberadamente que no quiere observar las pequeñas leyes que le rodean, que se enorgullece de estar siempre ausente y que se enorgullece de su desdén por el detalle. Y cada vez que esto ocurre, se debe ciertamente a otra clase de ausencia en sentido literal: la ausencia de cerebro.

La verdadera moraleja de la popularidad de las aventuras de Sherlock Holmes radica en la existencia de un gran descuido artístico. Hay un gran número de formas artísticas perfectamente legítimas que son casi totalmente descuidadas por los buenos artistas —las novelas de detectives, la farsa, los libros de aventuras para niños, el melodrama, la canción de music-hall—. La auténtica maldición de esos géneros no es que se los tenga en demasiada consideración, sino que no se los considera lo suficiente; los desprecian incluso quienes se dedican a escribirlos. Conan Doyle triunfó y triunfó con razón, porque se tomó su arte en serio, porque derrochó cientos de pequeños detalles de conocimiento real y genuino pintoresquismo en las novelas policíacas. Sustituyó la mirada aguda y el cuello levantado del detective convencional por una serie de rasgos, externos y pictóricos, sin duda, pero apropiados para el genio lógico, rasgos como el amor inconmensurable por la música y un egotismo abstracto y, por tanto, casi desinteresado. Por encima de todo, rodeó a su detective de una atmósfera genuina de la poesía de Londres. Convocó ante la imaginación una ciudad nueva y visionaria en la que cada sótano y avenida escondían tantas armas como las rocas y los brezales de Roderick Dhu[117]. Mediante esta seriedad artística, elevó al menos una de las formas populares del arte al nivel que debería ocupar.

Le dio una forma popular a la mejor de las obras, y se encontró con que al ser la mejor se convirtió también en la más popular. La gente necesitaba novelas y hasta entonces se había contentado con las malas; y hacían bien, pues una novela es en sí misma algo maravilloso y extraordinario, y una mala novela siempre es mejor que nada, igual que media barra de pan es mejor que nada. Pero cuando la novela de detectives la escribió alguien que se negaba a despreciar su arte y que cumplía todos sus sueños, la gente lo prefirió a los autores chapuceros e irresponsables de los que se habían nutrido hasta entonces. No es ningún descrédito que psicologías y filosofías no hubieran saciado su apetito por el clímax y la fascinación del acertijo. Sería igual de razonable culpar a la gente por negarse a emplear gatos como perros

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guardianes o cortaplumas como atizadores para el fuego. La gente necesita novelas de detectives, necesita farsas y melodramas y canciones cómicas. Y para aquellos que sean lo suficientemente honrados para tomarse la molestia de invocar la inspiración sobre estos otros géneros se abre un camino sobre los ricos y multicolores campos del arte por descubrir.

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CÓMO ESCRIBIR UNA NOVELA DE

DETECTIVES

Quede claro que al escribir este artículo soy totalmente consciente de mi

fracaso como escritor de novelas de detectives. Pero lo bueno es que he fracasado muchas veces. Así que mi autoridad es práctica y científica, como la de algún gran hombre de Estado o pensador social al abordar el problema del paro o de la vivienda. No pretendo haber alcanzado el ideal que propongo a los jóvenes estudiantes; soy, si se quiere, el terrible ejemplo que deben evitar. Pese a todo creo que, como en todas las cosas que valen la pena, hay ideales en la novela de detectives; y me sorprende que no se expongan más a menudo en esa literatura didáctica popular que nos enseña cómo hacer otras cosas mucho menos interesantes como, por ejemplo, triunfar. Desde luego, me sorprende que el título que encabeza este artículo no nos contemple desde todos los puestos de libros. Se publican panfletos para enseñar a la gente un montón de cosas que no pueden aprenderse, como la personalidad, la popularidad, la poesía y el encanto. Incluso se enseñan con asiduidad aquellos aspectos de la literatura y el periodismo que claramente no pueden aprenderse. Pero he aquí una parte clara y sencilla de la artesanía literaria, más bien constructiva que creativa, que podría enseñarse dentro de unos límites e incluso, en casos muy afortunados, aprenderse. Supongo que antes o después se suplirá esta carencia, en un sistema comercial que da respuestas inmediatas a cualquier demanda, y en el que todo el mundo parece estar insatisfecho y ser incapaz de conseguir nada de lo que quiere. Antes o después, supongo, habrá no solo libros de texto para enseñar a los investigadores criminales, sino libros de texto para enseñar a los criminales. Será un cambio insignificante respecto al actual tono de la ética financiera, y cuando la astuta y vigorosa imaginación comercial se haya liberado de los últimos restos de la influencia de los dogmas inventados por sacerdotes, periodistas y publicistas demostrará por los tabúes actuales la misma indiferencia que demuestra hoy hacia los tabúes de la Edad Media. El robo se explicará como la usura, y cortar gargantas será tan poco vergonzoso como acaparar mercados. Los puestos de libros se animarán con títulos como La

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falsificación en quince lecciones, y ¿Por qué sufrir la pobreza en el matrimonio?, con una popularización del envenenamiento tan científica como la del divorcio o el control de la natalidad.

Pero, tal y como se nos recuerda a menudo, no debemos precipitarnos a la hora de esperar el advenimiento de una humanidad feliz; y entretanto parece igual de probable que nos den buenos consejos sobre cómo cometer crímenes que sobre cómo descubrirlos, o sobre cómo describir cómo podrían ser descubiertos. Imagino que la explicación es que el crimen, el descubrimiento, la descripción, y la descripción de la descripción, requieren todos cierta intervención del pensamiento, mientras que para triunfar y escribir un libro sobre el éxito, tan fatigosa experiencia no es necesaria en absoluto. De cualquier modo, el caso es que cuando me pongo a pensar en la teoría de las novelas de detectives, soy lo que algunos llamarían teórico. Es decir, comienzo por el principio, sin sal ni pimienta ni ningún otro de los trucos del arte de atraer la atención, sin despertar ni inquietar la imaginación de ningún modo.

El primer principio fundamental es que el objetivo de las novelas de misterio, como el de cualquier otra novela y cualquier otro misterio, no es la oscuridad sino la luz. La novela se escribe en función del momento en el que el lector comprende, no solo en función de los numerosos momentos preliminares en los que no comprende. El malentendido se interpreta solo como un perfil oscuro necesario para resaltar la brillantez del instante de inteligibilidad; y la mayoría de las novelas de detectives son malas porque fallan en ese punto. Los escritores tienen la extraña idea de que su trabajo es desconcertar al lector, y de que, mientras lo desconcierten, no importa si le decepcionan. Pero no solo es necesario esconder un secreto, también es necesario tener un secreto; y tener un secreto que valga la pena esconder. El clímax no debe ser un anticlímax; no debe consistir solo en llevar al lector a un baile y dejarlo en una zanja. El clímax no debe ser solo el estallido de una burbuja, sino más bien el despuntar del día; con la única diferencia de que el alba se acentúa por la oscuridad. Cualquier forma artística, por trivial que sea, se remonta a algunas verdades serias; y aunque estamos tratando con algo no menos importante que una multitud de atsons, todos observando con ojos de búho, sigue siendo permisible insistir en que la gente que está sentada en la oscuridad es la que ha visto la luz más intensa; y que la oscuridad solo es valiosa porque hace brillar intensamente una luz en la imaginación. Siempre me ha llamado la atención la divertida coincidencia de que la mejor historia de Sherlock Holmes lleve, con un sentido y significado totalmente diferentes,

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un título que podría haber sido inventado para expresar esa iluminación primigenia: Resplandor plateado.

El segundo gran principio es que el alma de la novela detectivesca no es la complejidad, sino la simplicidad. El secreto puede parecer complejo, pero debe ser simple; y en eso también simboliza otros misterios más elevados. El escritor está ahí para explicar el misterio; pero no debería necesitar explicar la explicación. La explicación debería explicarse sola; debería ser algo que pudiera sisear el villano (por supuesto) en unas cuantas palabras susurradas, o gritar la heroína (preferiblemente) antes de desmayarse bajo la impresión del tardío descubrimiento de que dos y dos son cuatro. Pues bien, hay algunos detectives literarios que hacen que la solución sea más complicada que el misterio, y el crimen más complicado que la solución.

En tercer lugar se deduce que, dentro de lo que sea posible, el hecho o personaje que lo explica todo debería ser un hecho o personaje familiar. El criminal debería estar en primer plano, no en su papel de criminal, sino en algún otro papel que le dé derecho a estar en primer plano. Tomaré como ejemplo un caso ya citado: la historia del Resplandor plateado. Sherlock Holmes es tan conocido como Shakespeare; así que no es ninguna injusticia desvelar a estas alturas el secreto de una de las primeras de sus famosas novelas. A Sherlock Holmes le llegan noticias del robo de un valioso caballo de carreras y del asesinato de su entrenador. Por supuesto hay muchos posibles sospechosos del robo y asesinato; y todo el mundo se concentra en el serio problema policíaco de quién pudo matar al entrenador. La sencilla verdad es que lo mató el caballo. Si lo escojo como modelo es porque la verdad es tremendamente simple. La verdad siempre es así de obvia.

De cualquier modo, la clave está en que el caballo es muy obvio. La historia se titula así por él; todo gira alrededor del caballo; el caballo está todo el tiempo en primer plano, pero siempre representando otro papel. Al ser algo muy valioso continúa siendo el favorito del lector, y solo como criminal resulta un caballo siniestro. Se trata de una historia de robos en la que el caballo desempeña el papel de joya hasta que olvidamos que la joya también puede desempeñar el papel del arma. Esa es una de las primeras normas que sugeriría si tuviera que establecer reglas para esta clase de composiciones. En general, el agente debería ser una figura familiar que desempeñara una función poco familiar. Aquello en lo que reparamos debe ser algo reconocible; es decir, debe ser algo conocido de antemano, y debería mostrarse de manera destacada. De otro modo no puede haber sorpresa en la mera novedad. Es inútil para una cosa que se la espere si no vale la pena

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esperarla. Pero debería ser destacada por un motivo y responsable por otro. Gran parte del arte o truco de escribir novela de misterio consiste en encontrar una razón convincente, pero engañosa, para la preeminencia del criminal, que esté por encima de su legítima ocupación de cometer crímenes. Muchos misterios fracasan por dejar al criminal en los extremos de la historia, sin que en apariencia tenga otra ocupación que cometer el crimen. En general suele ser estar bien de dinero, o nuestra justa y equitativa ley lo habría arrestado por vagabundo mucho antes de que lo arrestaran por asesino. De un personaje así se llega a sospechar mediante un rápido aunque inconsciente proceso de eliminación. En general sospechamos de él meramente porque nadie ha sospechado de él. El arte de la narración consiste en convencer al lector durante un tiempo, no solo de que el personaje podría haber acudido al lugar del crimen sin intención de cometer una fechoría, sino de que el autor lo ha colocado allí con alguna intención no delictiva. Pues la historia detectivesca es solo un juego; y en ese juego el lector no lucha con el criminal, sino con el autor.

Lo que el escritor debe recordar, en esta clase de juegos, es que el lector no se dirá, como hace a veces a propósito de un estudio serio o realista: «¿Por qué el topógrafo de las gafas verdes se sube al árbol para vislumbrar el jardín trasero de la doctora?». Lo que se dirá insensible e inevitablemente es: «¿Por qué ha hecho el autor que el topógrafo se suba a un árbol o ha introducido a un topógrafo en la trama?». El lector puede admitir en cualquier caso que la ciudad necesite un topógrafo, y no admitir en ningún caso que el cuento necesite uno. Es necesario explicar su presencia en el cuento (y en el árbol) no solo sugiriendo que está puesto allí por el ayuntamiento, sino por qué razón lo ha puesto ahí el autor. Por encima de cualquier crimen que pueda tener intención de cometer, en la recámara de la historia, debe tener alguna otra justificación como personaje de novela y no solo como persona material en la vida real. El instinto del lector, al jugar al escondite con el escritor, que es su verdadero enemigo, dirá siempre lleno de suspicacia: «Sí, ya sé que los topógrafos saben trepar a los árboles; soy consciente de que hay árboles y de que hay topógrafos, pero ¿qué estás haciendo con ellos? ¿Por qué alguien tan artero y taimado como tú ha hecho que este topógrafo concreto trepe a ese árbol concreto en este cuento concreto?».

Ese es el que llamo el cuarto principio que es necesario tener en cuenta; como en los otros casos, es probable que la gente no repare en que es práctico, porque los principios en los que se apoya suenan teóricos. Se apoya en el hecho de que, en la clasificación de las artes, los asesinatos misteriosos

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pertenecen al grupo grandioso y alegre de las bromas. La historia es una fantasía; una ficción reconocidamente ficticia. Se podrá decir, si se quiere, que es una forma de arte muy artificial. Yo prefiero decir sin tapujos que es un juguete, algo con lo que «juegan» los niños. De ahí se deduce que el lector, que no es más que un niño y por tanto alguien muy despierto, es consciente no solo del juguete, sino del invisible compañero de juegos que ha fabricado el juguete y es el autor del engaño. El niño inocente es muy agudo y nada suspicaz. Y una de las primeras normas, repito, para el creador de un cuento que contenga un engaño, es recordar que el asesino enmascarado debe tener derecho artístico a estar en la escena y no un mero derecho realista a estar en el mundo. Debe no solo acudir a la casa para tratar unos asuntos, sino por el propio asunto de la historia; no es solo cuestión de los motivos del visitante, sino de los motivos del autor. La historia ideal de misterio es aquella en la que el autor crea al personaje por el interés que tiene el propio personaje, o por hacer que la historia avance en otros aspectos necesarios, y luego, cuando resulta estar allí, no es por una razón obvia y suficiente, sino por una segunda razón secreta. Añadiré que por esa razón, y pese al desprecio que suscitan los «intereses amorosos», se podría decir mucho en defensa de la tradición sentimental de la tradición victoriana. A algunos les parecerá aburrida, pero puede servir como subterfugio.

Por fin el principio de que la novela de detectives arranca, como cualquier otra forma literaria, de una idea y no solo se dedica a buscar una, es aplicable a sus detalles mecánicos más materiales. Cuando la historia se vuelca en el descubrimiento del criminal, sigue siendo necesario que el escritor comience desde dentro, aunque el detective se aproxime desde fuera. Todos los buenos problemas de este tipo tienen su origen en una idea positiva, que en sí misma es una idea sencilla; algún hecho de la vida cotidiana que recuerde el escritor y pueda olvidar el lector. Pero, en cualquier caso, un cuento debe fundarse en la verdad; y aunque pueda añadírsele opio, no debe tratarse solo de un sueño opiáceo.

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DEFENSA DE LAS NOVELAS DE DETECTIVES

Para tratar de comprender la genuina razón psicológica de la popularidad de

las novelas de detectives es necesario que nos libremos de muchas frases vacías. No es cierto, por ejemplo, que el populacho prefiera la mala a la buena literatura y acepte las novelas de detectives porque son mala literatura. La mera ausencia de sutileza artística no convierte un libro en popular. La Guía de ferrocarril de Bradsha contiene pocos destellos de comedia psicológica, y aun así no se lee a voz en grito en las tardes de invierno. Si las novelas de detectives se leen más que las guías de ferrocarril es, sin duda, porque son más artísticas. Muchos buenos libros, por fortuna, han sido populares; muchos malos libros, todavía por mejor fortuna, han sido impopulares. Una buena novela de detectives probablemente sería más popular que una mala. El problema en este asunto es que mucha gente no se da cuenta de que existen las buenas novelas de detectives; para ellos es lo mismo que hablar de un diablo bueno. Escribir una novela sobre un robo es, para ellos, una especie de forma de cometerlo espiritualmente. Para las personas de una sensibilidad algo débil esto es bastante natural; debemos confesar que muchas novelas de detectives contienen tantos crímenes sensacionales como una obra de Shakespeare.

Hay, sin embargo, tanta o más diferencia entre una buena novela de detectives y una mala que la que hay entre una buena epopeya y una mala. No solo es la novela de detectives una forma artística perfectamente legítima, sino que tiene ciertas ventajas reales y definidas como agente del bienestar público.

El primer valor esencial de la novela de detectives radica en que es la primera y la única forma de literatura popular en la que se expresa algún sentido de la poesía de la vida moderna. Los hombres vivieron entre poderosas montañas y bosques eternos durante siglos antes de darse cuenta de que eran poéticos; de lo que se deduce razonablemente que quizá algunos de nuestros descendientes vean las chimeneas de un púrpura tan rico como el de las cumbres de las montañas, y encuentren los postes de la luz tan antiguos y naturales como los árboles. En lo que se refiere a la toma de conciencia de la gran ciudad como algo salvaje y obvio, las novelas de detectives son sin duda

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como la Ilíada. Nadie puede dejar de darse cuenta de que en dichas novelas el héroe o el investigador cruza Londres con la soledad y la libertad de un príncipe en un cuento del país de los elfos, de que en el curso de ese viaje incalculable el consabido autobús adopta los colores primigenios de un barco encantado. Las luces de la ciudad comienzan a brillar como los ojos de innumerables duendes, puesto que son las guardianas de algún secreto, por crudo que sea, que el escritor conoce y el lector no. Cada curva del camino es como un dedo señalándolo; la fantástica silueta de las chimeneas recortadas contra el cielo parece señalar, burlona y descabelladamente, al significado del misterio.

Esta comprensión de la poesía de Londres no es algo baladí. Una ciudad, hablando propiamente, es incluso más poética que el campo; pues mientras la naturaleza es un caos de fuerzas inconscientes, la ciudad es un caos de fuerzas conscientes. El penacho de flores, o el dibujo del liquen pueden ser o no símbolos significativos. Pero no hay adoquín en la calle ni ladrillo en el muro que no sean verdaderamente un símbolo deliberado: un mensaje para alguno, igual que un telegrama o una postal. La más estrecha callejuela posee en cada recoveco y cada curva el alma del hombre que la construyó, y que tal vez lleve mucho tiempo en su tumba. Cada ladrillo tiene un jeroglífico tan humano como si fuera un ladrillo esculpido en Babilonia; cada teja del tejado de pizarra es un documento tan educativo como una pizarra cubierta de sumas y rectas. Todo lo que tiende, incluso bajo la fantástica forma de las minucias de Sherlock Holmes, a aseverar esta leyenda del detalle en la civilización, a enfatizar este carácter inconmensurablemente humano en los pedernales y las baldosas, es bueno. Es bueno que el hombre corriente adopte el hábito de mirar imaginativamente a diez hombres por la calle aun cuando sea por la probabilidad de que el undécimo sea un notorio ladrón. Podemos soñar que quizá fuese posible tener otra leyenda más elevada de Londres, que las almas de los hombres tuvieran aventuras más extrañas que sus cuerpos y que fuese más difícil y más emocionante perseguir sus virtudes que sus crímenes. Pero, puesto que nuestros grandes autores (con la admirable excepción de Stevenson) renuncian a escribir acerca de ese ambiente y momento escalofriante en el que los ojos de la gran ciudad comienzan a llamear en la oscuridad como los ojos de un gato, debemos dar crédito a la literatura popular que, en medio de un pedante y afectado parloteo, renuncia a considerar el presente como algo prosaico y lo común como algo vulgar. En todas las épocas, el arte popular se ha interesado por los usos y el vestido de sus contemporáneos y vestía a los grupos alrededor de la Crucifixión con los

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ropajes de los ciudadanos florentinos o de los burgueses flamencos. En el último siglo, los actores más distinguidos acostumbraban a representar Macbeth con peluca empolvada y cuellos almidonados. Para hacernos una idea de lo lejos que estamos en esta época de poseer semejante convicción sobre la poesía de nuestra vida y costumbres, basta con imaginarse a Alfredo el Grande vestido con pantalones bombachos o una representación de Hamlet en la que el príncipe apareciera vestido con levita, y una cinta de crepé en el sombrero. Pero este instinto de la época por mirar hacia atrás, como la mujer de Lot, no podía durar siempre. Tenía que surgir una tosca literatura popular que aprovechase las posibilidades románticas de la ciudad moderna. Ha surgido en las novelas de detectives, de forma tan ruda y refrescante como las baladas de Robin Hood.

Hay, no obstante, otra buena labor que llevan a cabo las novelas de detectives. Así como la tendencia constante del viejo Adán es rebelarse contra algo tan automático y universal como la civilización y predicar el separatismo y la rebelión, la novela policíaca demuestra en cierto sentido que la propia civilización es el mayor de los separatismos y la más romántica de las rebeliones. Al tratar de los insomnes centinelas que montan guardia en las fronteras de la sociedad, tiende a recordarnos que vivimos en un campamento armado, que libramos una guerra contra un mundo caótico y que los criminales, los hijos del caos, no son más que traidores infiltrados. Cuando el detective de la novela policíaca se enfrenta solo y sin temor a los cuchillos y los puños de los ladrones, lo que hace es recordarnos que la verdadera y original figura poética es el agente de la justicia social, mientras que los ladrones y los atracadores son meros plácidos y cósmicos conservadores que viven felices en la inmemorial respetabilidad de los monos y los lobos. La leyenda de la fuerza policial es por tanto la leyenda del hombre. Se basa en el hecho de que la moralidad es la más oscura y atrevida de las conspiraciones. Nos recuerda que la silenciosa e imperceptible organización policial que nos gobierna y protege no es más que una exitosa caballería andante.

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SOBRE LA NOVELA DE DETECTIVES

Me parece muy bien que los sesudos estudiosos dedicados a esa ciencia

publiquen boletines, de cuando en cuando, sobre el estado de la novela de detectives y la fase que ha alcanzado en su supuesto progreso o declive actual. Algunos sostienen que las posibilidades de la novela detectivesca no tardarán en agotarse. Adoptan el punto de vista de que el número de maneras de asesinar a un hombre es limitado, como también lo es el número de hombres que podrían, plausible y razonablemente, morir asesinados. Pero seguramente eso sea adoptar un punto de vista demasiado sombrío y pesimista. Otros sostienen que, sin duda, la novela detectivesca progresará y evolucionará, aunque para convertirse en algo diferente, y yo siempre he pensado que esa clase de evolución es una forma de extinción. Parecen pensar que se volverá tan buena que dejará de existir; que morirá de pura bondad, como el niño del coro. Lo que solía llamarse novela policíaca se convertirá en una novela donde los problemas serán demasiado sutiles como para que sea posible solucionarlos llamando a la policía. Por mi parte, es cuestión de gustos, puedo pasarme muy bien sin policías, pero no puedo pasarme sin criminales. Y si los escritores modernos van a ignorar la existencia del crimen, igual que ignoran ya la existencia del pecado, entonces la escritura moderna se volverá más aburrida que nunca.

Aquí, sin embargo, mi único deber como mero relator de unos hechos científicos, es destacar algunos de los cambios recientes que ha sufrido la novela policíaca y que, a grandes rasgos, se corresponden con cambios en la historia social de nuestro tiempo. También me aventuraré, como honesto consejero ético de los jóvenes estudiantes del trueno y la sangre, a señalar algunos de los peligros y desventajas de estas nuevas formas y modas en el crimen.

Pues, aunque la sociedad moderna nos ha provisto, en algunos aspectos, de un rango más amplio y nos ha proporcionado variedades de incidentes y modos de actuar desconocidos para nuestros padres y madres y para los sencillos y familiares asesinos de nuestra infancia, esta ampliación y variedad no suponen una ventaja pura para el artista en el asesinato. Hay muchas formas, en esto como en las demás artes, en las que la aparición moderna de

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la libertad, ha resultado muy engañosa. Muchas familias felices, inocentemente orgullosas de un tío muerto en la horca durante los viejos y tranquilos días Victorianos, considerarían la carrera de su pariente, vista como una historia, mucho más interesante que algunos de esos largos estudios informales sobre la vida criminal en los que tantos nuevos vicios cubren la vía tradicional del crimen.

Así que, antes de nada, estableceré el siguiente canon: en un misterio de asesinato verdaderamente truculento la gente debe ser buena. Incluso el hombre verdaderamente truculento debería ser bueno, o debería aparentar serlo de forma convincente. Pues bien, muchos de los mejores escritores modernos de este estilo fracasan en parte por no tener en cuenta esta máxima. Comienzan con otra máxima, que en sí misma es perfectamente sensata. Comienzan con la idea más que razonable de proporcionarle al lector una amplia variedad de sospechosos, para que la imaginación pueda cernirse sobre ellos antes de abatirse (si es que llega a abatirse) sobre el verdadero culpable. Por desgracia, es exactamente aquí donde la lasitud del estilo moderno, por no decir de la moral moderna, estropea todo el efecto. El escritor comienza con alguien que hace eso que (según creo) se conoce como echar la casa por la ventana al celebrar una fiesta; como paso preliminar para el acto más secreto de echar otra cosa, y me refiero a otra persona, por la ventana o al pozo. Todo comienza con una atmósfera recargada de cócteles y ocasionales inhalaciones de cocaína. Y, en estos días, la encantadora libertad y variedad de una tertulia tan sociable, le permite al autor llenar la habitación con toda clase de personas que, en las novelas antiguas, tan solo podrían haber escapado de Dartmoor[118] o regresado en libertad condicional de Botany Bay[119]. Los principales adornos de esos salones aristocráticos resultan llamativos no solo por ser unos canallas, sino por tener todo el aspecto de ser unos criminales. En pocas palabras, los sospechosos son tan sospechosos que casi podríamos llamarlos culpables; no necesariamente del crimen en cuestión, pero sí de otro medio centenar.

Sin embargo, hay un obvio inconveniente en este conveniente modo de extender la sospecha a un gran número de personajes. Puede expresarse en pocas palabras: tales casos pueden levantar sospechas, pero no pueden causar sorpresas. El objetivo de una novela detectivesca es sobresaltarnos. Esos dudosos toxicómanos, esos sospechosos traficantes de drogas, esos supuestos protagonistas de horribles escándalos en el pasado, todos esos moradores del lado salvaje de la vida, tienen un inevitable toque de mansedumbre. Todos tienen un elemento que hace que cualquier final nos parezca blando. Y eso se

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debe a que ningún lector se asombrará lo más mínimo de saber que cualquiera de ellos, o incluso todos ellos, hayan cometido el crimen. Es cierto que, en algunos de los mejores romans policiers recientes, se suele introducir a esta turba de jaraneros más bien atroces no para condenar a ninguno de ellos, sino para distraer la atención de alguna persona aparentemente convencional que es quien termina por ser detenida. Pero se trata de un método erróneo, incluso cuando se utiliza bien; una pizca de culpabilidad debería ser emocionante, pero la apuesta segura de que algunos de esos adornos sociales son capaces de ser ladrones o rufianes no tiene nada de particularmente emocionante. Si lo que queremos son emociones, las emociones solo pueden encontrarse en los virtuosos hogares Victorianos, cuando descubrimos que quien le cortó el gaznate a la abuelita fue el cura o la recatada gobernanta. También el amor por las historias de asesinatos, como otras tendencias morales y religiosas, nos lleva de vuelta al hogar y la vida sencilla.

Creo que hay otro punto débil, que es lo peor que le puede ocurrir incluso a las mejores novelas. También está relacionado con algunos recientes cambios sociales, como la moda científica del psicoanálisis, que tiene más de moda que de ciencia. También tiene que ver con cierta interpretación mecánica o materialista de los intereses humanos que a menudo le acompaña. Me refiero al truco de distraer la atención del verdadero criminal atrayendo las sospechas sobre él al principio y no solo al final. En general adopta la forma de alguna aparente condena o confesión, primero descartada por imposible, que, finalmente y debido a alguna insospechada ingenuidad, resulta ser posible después de todo. A menudo la primera acusación se descarta por alguno de los dogmas de la nueva psicología. El cura, digamos, confiesa que saltó un muro altísimo para asesinar a la abuela; y el profesor de psicología (de mirada penetrante) señala que una formación teológica ha reprimido, en lugar de liberar, la libido del cura en lo que se refiere al allanamiento y el robo. Había soñado que saltaba un muro altísimo, o tal vez la altura simbolizaba la levitación y la ascensión al cielo; es una ciencia acomodaticia. Después, cuando pensamos que el cura está libre de toda sospecha, nos alivia descubrir en el último capítulo que, después de todo, es el criminal; pues tanto él como el autor nos habían ocultado el dato de que era campeón internacional de salto de pértiga y había escondido la garrocha junto a las pértigas de la barca.

Este método, una vez más, tiene todas las cualidades de la ingenuidad y persigue el elevado y legítimo objetivo de desviar la luz del culpable al inocente. Y, sin embargo, creo que falla y que hay un motivo para su fracaso.

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Su error es el error materialista; el equívoco de suponer que nuestro interés por la trama es mecánico, cuando en realidad es moral. Pero el arte nunca es amoral; aunque a veces sea inmoral, es decir, moral con una moralidad equivocada. La única emoción, incluso en una novela detectivesca, está relacionada en cierto modo con la conciencia y la voluntad; implica descubrir que los hombres son mejores o peores de lo que parecen, y que lo son por su propia elección. Así que la mera verdad mecánica de cómo un hombre logró hacer algo difícil no puede ser tan emocionante como sobre el mero hecho de que quisiera hacerlo. En estos casos ya hemos considerado al criminal como criminal; tan solo se nos pide que lo consideremos como un ladrón o un criminal astuto y hábil. El efecto de esto es siempre una especie de jarro de agua fría, un anticlímax. Lo digo con pesar, pues ocurre en algunas de las mejores novelas de misterio que conozco. Pero incluso si el libro es de los mejores, siempre me hace pensar que la última página es la peor, cuando debería ser la mejor de todas.

Noto que un curioso realismo hosco y moderno empieza a instalarse en algunos de los más reconocidos cuentos de misterio, antes tan alegres, inocentes y refrescantes. En otro tiempo nuestro arte detectivesco era casi un arte inmoral, y por tanto el único que lograba mantenerse casi como un arte moral. Pero las nubes del presidio, o, peor aún, del reformatorio y la clínica psicológica, comenzaron a cernirse sobre el adolescente y el carnicero en ciernes. Ahora se nos dan detalladas descripciones de deprimentes interiores domésticos, como si nos preguntaran neciamente si una esposa constantemente dedicada a hacer la colada, o a quitar el polvo, o a hacer la limpieza primaveral, no se vería impulsada a asesinar o a ser asesinada. Todo eso está muy bien, pero quisiera indicarle al sanguinario sofista que es posible darle la vuelta a su argumento. Si es cierto que una mujer mal aconsejada puede empezar por hacer la colada y acabar descubriendo toda suerte de humillantes consecuencias, que posiblemente incluyan la muerte violenta, también es igual de cierto que podría empezar por recurrir al asesinato como un elemento menor en la maquinaria doméstica, optar por la muerte violenta como una solución práctica y sencilla y, finalmente, verse obligada a pasarse el día haciendo la colada.

No puede haber un ejemplo más espeluznante de esta tragedia que el de la pobre lady Macbeth. Es posible que tuviera sus defectos, pero no hay ninguna base para acusarla de tener un gusto arraigado o ancestral por la higiene. Cuando era joven e inocente, su imaginación parece haberse mantenido impoluta de la imagen impura del jabón. Incluso dudaría en acusarla de hacer

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limpieza primaveral en el sentido más serio, antisocial y pecaminoso del término. Según parece, varias clases de pájaros anidaban en su puerta[120], lo que da la impresión de que alguna vez fue humana y se interesó más por las nidadas primaverales que por las limpiezas primaverales. Por desgracia, como tanta gente a quien le tocó vivir en épocas oscuras, bárbaras, feroces e ignorantes, estaba influida por las ideas modernas. En especial trató de poner en práctica las dos ideas modernas más brillantes y filosóficas; en primer lugar, que a menudo es muy conveniente hacer el mal; y en segundo, que siempre que conviene hacer el mal, se convierte de inmediato en el bien. Iluminada en su tantear entre los recios árboles y los pilares de piedra de las Edad Oscura por estos dos faroles científicos del siglo XX, lady Macbeth consideró muy sencillo y apropiado para el negocio asesinar a un anciano caballero con pocas posibilidades de sobrevivir y ofrecerle al mundo su propio talento como reina. Parece algo de lo más natural, y a la mayoría de quienes estamos acostumbrados a la moral de las novelas modernas casi nos parece tedioso y aburrido de puro evidente. ¡Y, sin embargo, véanse los problemas que trajo luego!

Sobre esta mujer condenada y devota que no había hecho más que cometer un pequeño asesinato en el que, en aquel momento, no se paró a pensar demasiado (como dice De Quincey), se abatió desde el cielo como un diluvio la mortífera maldición de la limpieza. Y, aunque por lo visto no había conocido antes tales morbideces, se vio torturada por la horrible obsesión de lavarse las manos y perseguida por unas furias que parecen haber adoptado la forma de modernos vendedores a domicilio con sus muestrarios de pastillas de jabón. Esas obsesiones del ama de casa, que a los moralistas modernos les parecen un motivo tan obvio para asesinar, en su caso se exageraron de hecho enormemente como consecuencia de un asesinato. La peor condena de la asesina consistió en que no quiso hacer la limpieza el lunes, sino a medianoche; no en primavera, sino en mitad de la noche. ¿Quién osará decir a la ligera que un asesinato o dos no tienen importancia sabiendo que pueden convertir a un asesino en alguien tan higiénico?

Las imaginaciones más retorcidas podrían verse nubladas por la oscura e indigna sospecha de que los puntos de vista aquí tratados no son del todo serios; pero ninguna sátira sabría imitar la ronca severidad con la que manifiestan su seriedad algunos de los moralistas modernos defensores del asesinato y otras sencillas soluciones de los problemas sociales. E incluso mis prejuicios más negativos no carecen de espasmos de sinceridad. Ciertamente no me gusta esa religión de las abluciones que siempre ha sido en realidad la

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religión de los fariseos; ni siquiera cuando se enmascara como la religión de los anglosajones o la religión de los cristianos musculosos. Me he burlado de ella cuando se la adoraba ciegamente, aunque he vivido lo suficiente para verla ciega y devastadoramente vilipendiada como la religión de los sahib genuinos o la religión de los señoritos de colegio privado. Y sé que, en su forma doméstica, a veces puede derivar en un puritanismo que, de hecho, se parece mucho al fariseísmo. Pero sigo considerándola más como el síntoma de un mal social que como una causa necesaria del crimen social. La señorita Miggs[121] sería capaz de organizar tanto escándalo por una mancha de grasa como lady Macbeth por una mancha de sangre. Pero deducir de eso que estamos obligados a asesinar a la señorita Miggs, y que lady Macbeth estaba obligada a asesinar a Duncan, y que todo el mundo está obligado a asesinar a todo aquel que le resulte molesto por cualquier motivo durante un período de tiempo considerable, es una de esas deducciones dudosas e insidiosas que comienzan a aparecer, de forma más o menos indecisa, en muchas de las tragedias publicadas en nuestra época; y me gustaría poder protestar contra ese salvaje fatalismo antes de que se vuelva más explícito. Por supuesto, se trata solo de la consecuencia lógica, aplicada al problema del asesinato, de la misma idea que se aplica ya por doquier al problema del matrimonio. La teoría de que no existen soluciones inaceptables para un problema, sino solo una inaceptable aceptación del problema. La teoría de que nada es insoportable, salvo tener que soportar algo. Es interesante observar con qué rapidez y tranquilidad ese mismo espíritu ético comienza a influir en otros campos del pensamiento. De hecho, me parece mucho menos fantasioso decir que la manía por la limpieza era un castigo leve y piadoso por el asesinato, que decir que el asesinato era un justo y razonable castigo por la manía de la limpieza. En cualquier caso, protesto contra ese arbitrario gesto de autoablución y autoabsolución con el que algunos personajes de las historias modernas concluyen la confesión de sus crímenes; como aquel débil tirano que trató de combinar el despotismo y la irresponsabilidad lavándose las manos tras enviar al inocente a la muerte.

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DEFENSA DEL ABSURDO

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DEFENSA DEL ABSURDO

Hay dos maneras eternas e idénticas de contemplar este crepuscular mundo nuestro: podemos verlo como un ocaso o como un amanecer; todo —hasta una bellota caída en el suelo— podemos verlo como un descendiente o como un ancestro. Hay ocasiones en las que nos abruma, no tanto el peso de la maldad como el peso de la bondad de la humanidad, y en las que sentimos que no somos más que los herederos de un humillante esplendor. Pero hay otras veces en las que todo nos parece primitivo, en las que las estrellas nos parecen chispas de la hoguera de un niño, en las que la tierra nos parece un experimento tan joven que incluso el blanco cabello de los ancianos, según la refinada frase bíblica, nos recuerda a los almendros en flor o al blanco espino que brota en mayo. Casi todos admiten que es bueno darse cuenta de que uno es «el heredero de todas las épocas»; mucho menos popular, pero igual de importante, es saber que a veces también es bueno reparar en que uno no es solo un ancestro, sino un ancestro de antigüedad primordial; es bueno que se pregunte si no será un héroe y que albergue ennoblecedoras dudas sobre si no será un mito solar.

Los asuntos que evocan de manera más completa este sentido de la perdurable infancia del mundo son los verdaderamente frescos, abruptos e inventivos de cada época; y si nos preguntaran cuál fue la mejor prueba de esta intrépida lozanía en el siglo XIX diríamos, con todo el respeto por sus portentosas ciencias y filosofías, que habría que buscarla en las rimas del señor Lear y en la literatura del absurdo. «El Dong de la nariz luminosa» es al menos tan original como el primer barco y el primer arado.

Es verdad, en cierto sentido, que algunos de los mejores escritores que ha visto el mundo —Aristófanes, Rabelais y Sterne— practicaron el absurdo, pero o mucho me equivoco o lo hicieron de un modo muy diferente. El absurdo de aquellos hombres era satírico, es decir, simbólico; era una especie de exuberante travesura alrededor de una verdad probada. No hay nada más diferente que el instinto de la sátira, que ve en los bigotes del káiser algo típico de él, y el absurdo, que, sin razón alguna, imagina cómo le quedarían esos bigotes al actual arzobispo de Canterbury si se los dejase crecer en un rapto de locura. Me inclino a pensar que ninguna época, salvo la nuestra,

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podría haber entendido que el Quangle- angle[122] no significaba nada en absoluto y que las tierras de los Jumblies no estaban en ninguna parte. Imagino que si la narración del juicio de la sota en Alicia en el País de las Maravillas se hubiese publicado en el siglo diecisiete lo habrían incluido con el Juicio a los fieles de Bunyan como una parodia de las persecuciones religiosas de la época. Y supongo que si «El Dong de la nariz luminosa» hubiera aparecido en ese mismo período todo el mundo lo habría interpretado como una aburrida sátira de Oliver Crom ell.

Es muy aconsejable citar primordialmente las rimas del Disparatario del señor Lear. Para mí es, tanto cronológica como esencialmente, el padre del absurdo y superior a Le is Carroll. En un sentido, sin duda, Le is Carroll dispone de una gran ventaja. Todo el mundo sabe lo que era Le is Carroll en su vida diaria: un profesor singularmente serio y convencional respetado por todos, aunque bastante pedante y algo fariseo. Por eso, su extraña doble vida en la tierra y en el país de los sueños exagera la idea que subyace en el fondo del absurdo: la idea de la escapatoria, de la escapatoria a un mundo donde las cosas no están horriblemente fijadas en una eterna corrección, donde las manzanas crecen en los perales, y cualquier tipo raro con el que uno se encuentre puede tener tres piernas. Le is Carroll llevaba una vida en la que habría tronado contra cualquiera por pisar el césped, y otra en la que decía alegremente que el sol era verde y la luna azul; estaba dividido por naturaleza, con un pie en ambos mundos, en la postura perfecta para el absurdo moderno. Su País de las Maravillas es un país habitado por matemáticos locos. Sentimos que el conjunto es una escapatoria a un mundo de mascarada, intuimos que, si pudiéramos atravesar sus disfraces, tal vez descubriéramos que Humpty Dumpty y la Liebre de Marzo eran profesores y doctores en teología disfrutando de unas vacaciones mentales. Este sentido de escapatoria es ciertamente menos enfático en Ed ard Lear, debido a lo completo de su ciudadanía en el mundo de la sinrazón. No conocemos su prosaica biografía como conocemos la de Le is Carroll. Le aceptamos como una figura puramente fabulosa, según la descripción que hace de sí mismo:

Su cuerpo es perfectamente esférico,

lleva un sombrero de tres cuernos.[123]

Mientras que el País de las Maravillas de Carroll es puramente intelectual, Lear introduce un nuevo elemento, el elemento de lo poético e incluso de lo emocional. Carroll emplea la razón pura, pero eso no supone un contraste tan fuerte; pues, después de todo, la humanidad en general siempre se ha tomado la razón un poco en broma. Lear introduce sus palabras sin sentido y sus

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amorfas criaturas, no con la pompa de la razón, sino con el preludio romántico de ricos matices y ritmos evocadores.

Escasas y lejanas, escasas y lejanas,

son las tierras donde moran los Jumblies,

es un tipo de poesía totalmente diferente de la exhibida en Jabber ocky. Carroll, con un sentido de pulcritud matemática convierte todo el poema en un mosaico de palabras nuevas y misteriosas. Pero Ed ard Lear, con una desvergüenza más plácida y sutil, no cesa de introducir jirones de su élfico dialecto en mitad de frases sencillas y racionales, hasta dejarnos casi pasmados y dispuestos a afirmar que sabemos lo que significan. En versos como éstos resuena un genial eco de sentido común:

Porque su tía Jobiska decía: «Todo el mundo sabe Que un Pobble está mejor sin los pulgares de los pies».

que no está al alcance de Carroll. El poeta demuestra tanta naturalidad al respecto que casi nos hace pensar que comprendemos su significado, que conocemos las peculiares dificultades de un Pobble, que somos, como él, viejos viajeros por la llanura Grombooliana[124].

Nuestra pretensión de que el sinsentido es una literatura nueva (casi podría decirse que un nuevo sentido) sería indefendible si se tratase solo de una mera moda estética. Nada sublimemente artístico ha surgido nunca del mero arte, igual que jamás ha surgido nada esencialmente razonable de la pura razón. Cualquier crecimiento estético requiere de la existencia de un rico sustrato moral. El principio del arte por el arte es un principio muy bueno si lo que se quiere decir con él es que hay una crucial diferencia entre la tierra y el árbol que hunde sus raíces en ella; pero es un mal principio si con él se quiere decir que el árbol también podría crecer hundiendo sus raíces en el aire. Toda la gran literatura ha sido siempre alegórica, y alegórica de una visión del universo en su conjunto. La Ilíada solo es grande porque toda vida es una batalla, la Odisea lo es porque toda vida es un viaje, el Libro de Job porque toda vida es un enigma. Hay una actitud que nos lleva a pensar que la existencia se resume en la palabra «fantasmas»; otra, algo mejor, nos hace pensar que se resume en las palabras «Sueño de una noche de verano». Incluso el melodrama o la novela detectivesca más vulgares pueden ser buenos si expresan algo del deleite de las posibilidades más siniestras, el saludable anhelo de oscuridad y terror que nos invade cualquier noche al caminar por un callejón oscuro. Por tanto, si la literatura del absurdo va a ser de verdad la literatura del futuro, debe tener su propia versión del cosmos que

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ofrecer; el mundo no debe ser solo trágico, romántico o religioso, también debe ser absurdo. Y aquí imagino que la literatura del absurdo acudirá inesperadamente en ayuda de la visión espiritual de las cosas. Durante siglos la religión ha tratado de hacer que la gente se regocijara ante las «maravillas» de la creación, pero ha olvidado que nada puede ser completamente maravilloso mientras siga siendo sensato. Mientras veamos un árbol como un objeto obvio, creado natural y razonablemente para servirles de alimento a las jirafas, no podemos maravillarnos ante él. Solo cuando lo consideremos una prodigiosa ola viviente que se eleva del suelo hacia el cielo sin ninguna razón particular, nos quitaremos el sombrero para perplejidad del guarda del parque. En realidad todo tiene un lado oculto, como la luna, la protectora del absurdo. Visto desde el otro lado, un pájaro es como una flor que ha logrado romper la cadena del tallo, un hombre un cuadrúpedo que pide algo sobre las patas traseras, una casa un sombrero gigantesco para proteger al hombre del sol, una silla un utensilio con cuatro patas de madera para un lisiado que solo tiene dos.

Ése es el lado de las cosas que tiende más sinceramente a la maravilla espiritual. Resulta muy significativo que en el mayor poema religioso existente, el Libro de Job, el argumento que convence al infiel no sea (como ha querido dar a entender la religiosidad meramente racional del siglo XVIII) una imagen de la ordenada beneficencia de la creación; sino, por el contrario, una imagen de su inmensa e indescifrable sinrazón. «¿Has hecho que llueva en las tierras despobladas, en la estepa donde no habita el hombre?»[125]. Este sencillo sentido de la maravilla ante las formas de las cosas y su exuberante independencia de nuestros criterios intelectuales y nuestras triviales definiciones, es tanto la base de la espiritualidad como del absurdo. El absurdo y la fe (por extraña que pueda parecer esta conjunción) son las dos afirmaciones simbólicas supremas del hecho de que extraer el alma de las cosas con un silogismo es tan imposible como sacar al Leviatán del agua con un anzuelo. La persona bienintencionada que, tras estudiar solo el lado lógico de las cosas, decide que «la fe es absurda», no sabe cuánta verdad encierran sus palabras; más tarde podría reencontrarla en la forma de que el absurdo es la fe.

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LOS CUENTOS DE HADAS

Ciertas personas solemnes y superficiales (casi toda la gente superficial es

solemne) han declarado que los cuentos de hadas son inmorales, se basan en circunstancias accidentales o en lamentables incidentes acontecidos en la guerra entre los gigantes y los niños, en los que estos últimos se permitieron engaños nada compasivos e incluso bromas declaradas. Su objeción, no obstante, no solo es falsa, sino que está en franca contradicción con los hechos. La raíz de los cuentos de hadas es moral, en el sentido de que es inocente, pero también lo es en el sentido didáctico y moralizador. Está muy bien eso de hablar de la libertad del país de las hadas, pero según los informes oficiales más solventes había muy poca libertad en él. El señor . B. Yeats y otras almas modernas y sensibles sintieron (con bastante razón) que la vida moderna era tan negra como la peor esclavitud que jamás oprimiera a la humanidad, y describieron el país de los elfos como un lugar de molicie y comodidad donde el alma podía moverse por doquier a voluntad como el viento. La ciencia ataca la idea de un Dios caprichoso, pero la escuela del señor Yeats sugiere que, en ese mundo, cualquiera es un dios caprichoso. El propio señor Yeats ha dicho cien veces con ese triste y espléndido estilo literario que le convierte en el mejor poeta actual en lengua inglesa (no diré en el mejor de los poetas ingleses, porque los irlandeses están familiarizados con la práctica del asalto físico), ha evocado, digo, cien veces la imagen de la terrible libertad de las hadas, que tipifica la anarquía final del arte:

Donde nadie envejece, ni se cansa ni aprende,

Donde nadie envejece, ni se endiosa, ni se vuelve formal.[126]

Pero, después de todo (me resulta chocante decirlo), dudo que el señor Yeats conozca realmente la auténtica filosofía de las hadas. No es ni lo bastante sencillo, ni lo bastante tonto. Y, aunque esté mal que yo lo diga, tratándose de estupidez yo derrotaría cualquier día al señor Yeats. Si les gusto más a las hadas que el señor Yeats es porque a mí pueden engañarme más. Y tengo mis dudas de que ese sentimiento de los espíritus libres y salvajes en la cresta de la ola o de la colina sea verdaderamente el espíritu sencillo y central del folklore. Creo que los poetas han cometido un error: como el mundo de los

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cuentos de hadas es más variado y colorido que el nuestro, lo han imaginado menos moral; en realidad, es más variado y colorido precisamente porque es más moral. Supongamos que uno pudiera nacer en una prisión moderna. Es imposible, por supuesto, porque en una prisión moderna no puede ocurrir nada humano; aunque pudiera ocurrir a veces en las viejas mazmorras. Una prisión moderna siempre es inhumana, incluso cuando no lo es. Pero supongamos que un hombre naciera en una prisión moderna y se acostumbrara al mortal silencio y a la repulsiva indiferencia; y supongamos que de pronto lo liberasen en mitad de la agitación y las carcajadas de la calle Fleet. Sin duda pensaría que los literatos de la calle Fleet eran una gente alegre y feliz; ¡y, sin embargo, triste e irónicamente ocurre justo lo contrario! Del mismo modo, cuando los afanosos siervos de la calle Fleet vislumbran por un instante a las hadas, piensan que ellas son totalmente libres. Pero las hadas se parecen a los periodistas en este y en otros muchos aspectos. Las hadas y los periodistas tienen una alegría aparente y una belleza engañosa. Las hadas y los periodistas parecen encantadores e ingobernables; ambos parecen demasiado exquisitos para descender a la fealdad del deber cotidiano. Pero se trata de una ilusión creada por la súbita dulzura de su presencia. Los periodistas se someten a la ley y lo mismo ocurre, de hecho, en el país de las hadas.

Si de verdad leen ustedes los cuentos de hadas, observarán que una idea los recorre de un extremo al otro: la idea de que la paz y la felicidad solo pueden existir bajo una condición. Esta idea, que es el núcleo de la ética, es el núcleo de los cuentos infantiles. Toda la felicidad del país de las hadas pende de un hilo. Cenicienta podrá tener un vestido, tejido en un telar sobrenatural, que deslumbre con su brillantez ultraterrena, pero deberá regresar antes de que el reloj dé las doce. El rey puede invitar a las hadas al bautizo, pero debe invitarlas a todas o atenerse a las terribles consecuencias. La mujer de Barbazul puede abrir todas las puertas menos una. Basta con romper la promesa que se le hizo a un gato para que el mundo entero acabe patas arriba. Basta con romper la promesa que se le hizo a un enano amarillo y el mundo entero acaba patas arriba. Una muchacha puede ser la prometida del mismísimo dios del amor siempre que no trate de verlo; en el momento en que lo ve, desaparece. A una chica le dan una caja con la condición de que no la abra; la abre y de ella salen todos los males de este mundo. A un hombre y a una mujer los dejan en un jardín a condición de que no prueben una fruta; la prueban y pierden el gusto por todas las frutas de la tierra.

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Esta gran idea, por tanto, es la espina dorsal de todo el folklore, la idea de que toda felicidad depende de una leve prohibición, de que toda alegría depende de una negación. Es evidente que hay muchas ideas filosóficas y religiosas similares o simbolizadas por esto, pero no quiero tratar de ellas ahora. Sin duda es obvio que toda la ética debería enseñarse al son de esta cantinela del cuento de hadas: si uno viola la prohibición, pone en peligro todo lo demás. Al hombre que rompe la promesa hecha a su mujer debería recordársele que, incluso aunque ella no sea un gato, el caso del gato encantado demuestra que semejante conducta puede ser poco prudente. Al ladrón a punto de abrir una caja fuerte podría recordársele alegremente que está en la peligrosa posición de la hermosa Pandora: está a punto de levantar la tapa prohibida y desatar males desconocidos. El muchacho que se come las manzanas del manzano ajeno debería recordar que ha alcanzado un momento místico de su vida en el que una manzana puede privarle de todas las demás. Esa es la profunda moraleja de los cuentos de hadas, que, lejos de carecer de normas, van a la raíz de todas las leyes. En lugar de encontrar (como los libros normales de ética) una base racional para cada mandamiento, encuentran una base mística para todos los mandamientos. Puede que se tolere nuestra presencia en el país de las hadas, pero no nos corresponde a nosotros discutir las condiciones bajo las cuales disfrutamos de esa alocada visión del mundo. Las prohibiciones son, sin duda, extraordinarias, pero también lo son las concesiones. La idea de la propiedad, la idea de que las manzanas sean de otro, es rara; pero también lo es la idea de que existan las manzanas. Es raro y absurdo que no pueda beberme con seguridad diez botellas de champán, pero, si vamos a eso, también el champán es raro y absurdo. Si he bebido la bebida de las hadas, es justo que beba según las reglas de las hadas. Podemos no ver la conexión lógica directa entre tres preciosas cucharas de plata y un enorme y feo policía; pero ¿quién es capaz de ver la conexión lógica directa entre tres osos y un gigante, o entre una rosa y una bestia rugiente, en un cuento de hadas? No solo es posible disfrutar estos cuentos de hadas porque son morales, sino que la moralidad puede disfrutarse porque nos instala en el país de las hadas, en un mundo tanto de maravilla como de conflicto.

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UN CUENTO DE HADAS

Todos nos hemos encontrado en novelas, cuentos, informes científicos y

otros documentos similares, con la historia del hombre que al despertarse olvida su nombre y vaga por las calles sin identidad. Puede hacer uso de una inteligencia normal, es capaz de realizar todas las funciones habituales, pero no consigue recordar quién es. Yo estoy en esa misma situación. Pero me conforta pensar que también lo están ustedes. Todo ser humano ha olvidado quién es y de dónde viene. Todos sufrimos la aniquilación de nuestra memoria. Ninguno de nosotros vio su propio nacimiento; y de haberlo hecho, tampoco se habría resuelto el misterio. Los padres son un deleite, pero no una explicación. El único sitio al que ningún hombre, por aventurero que sea, puede remontarse es a su propia existencia; lo único que ningún hombre, por erudito que sea, puede llegar a conocer nunca es su propio nombre. Es más fácil comprender el cosmos que comprender el ego; es incluso más fácil saber dónde se está que quién se es. Hemos olvidado nuestro propio significado, y todos vagamos por las calles sin nadie que nos cuide. Todo eso que llamamos sentido común, sentido práctico y sabiduría mundana significa tan solo que por un irreflexivo momento recordamos que olvidamos.

El otro día estaba sentado en un montón de piedras en la isla de Thanet, cuando recordé que había olvidado. No se había movido ni una brizna de hierba, no había cantado ni un pájaro; pero se me heló la sangre y de inmediato su pe que estaba en el país de las hadas. El anodino paisaje campestre de Thanet se prestó más a la idea del encantamiento que ninguna otra montaña, lago o caverna imaginable. Siempre es más fácil ver ese aspecto élfico en una llanura y en los objetos familiares, debido a un hecho que casi nadie comprende en nuestros días: que la parte más sencilla del hombre es también la más próxima al cielo y al infierno. Podemos pensar que un taburete o un caldero están encantados, pero no es fácil pensar que un esbozo de Rafael esté encantado. Tampoco podemos pensar que los Alpes están encantados, eso requeriría una bruja con mucho carácter. Pero un paisaje doméstico e incluso prosaico, como ese de un llano rincón de Kent, puede empaparse de lo sobrenatural de un modo terrible por estar separado y apartado del propio paisaje. Todo lo que me rodeaba era informe aunque

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recordara horriblemente a la forma humana. Todo parecía tener un rostro en alguna parte, pero un rostro oculto o vuelto hacia otra parte. Me pareció estar contemplando el feo reverso de todo. El raquítico seto parecía una fila de duendes viejos y peludos que mirasen hacia el sol. Los árboles enanos estaban deformados y retorcidos por la magia silenciosa y perversa del mar; parecían tener joroba y un rostro oculto. Todo era, al mismo tiempo, furtivo y vigilante; incluso el montón de piedras sobre el que estaba sentado parecía tener mil ojos. Pero todas esas peculiaridades externas eran secundarias o tal vez simplemente simbolizaban el súbito sentido de una ignorancia sagrada y espléndida que se había abatido sobre mi alma: el enigma de estar vivo. Los santos no han descubierto la respuesta. Los filósofos ni siquiera han sabido plantear la pregunta. Pero en ese momento al menos recordé que no podía recordar.

Sin embargo, hay una obra meramente humana que sí registra sabia y sinceramente lo fundamental de esta sensación, me refiero a los cuentos de hadas. Nunca he podido comprender por qué quienes no creen en el cristianismo no recurren a la noble, saludable y permanente tradición anterior al cristianismo. Que uno no pueda elevarse a la fe, no significa que tenga que caer en la filosofía natural. Si no pusiera mi fe en el Evangelio, no la pondría en Haeckel. La pondría en Juanito Matagigantes. La pondría en esas historias duraderas y en su celebración de la esperanza, la sorpresa, la valentía, el cumplimiento de los pactos, y las relaciones naturales de la humanidad. La cuestión se aleja de mi presente objetivo y no la trataré aquí; pero se me ocurre que es un extraño testimonio del cristianismo que sus oponentes no retornen sin más a la condición original del hombre, sino que enloquezcan en la mera reacción y la anarquía. Aquellos que se oponen a la fe, suelen oponerse a las fábulas; aquellos a quienes les disgusta el cristianismo llevan su absurdo hasta el extremo de que también les disguste el paganismo.

La esencia del país de las hadas es ésta: se trata de un país cuyas leyes nos son desconocidas. Peculiaridad que comparte con el universo en que vivimos. No sabemos nada de las leyes de la naturaleza; ni siquiera sabemos si son leyes. Todo lo que podemos hacer es aceptar, primero por medio de la fe (en nuestros padres, tías y nodrizas), y luego mediante exiguos experimentos (durante el miserablemente insuficiente período de tres veintenas y una decena de años), la proposición general de que hay alguna clase de extraña conexión, a menudo repetida pero aun así inexplicada, entre la pólvora encendida y una ruidosa explosión. Y es ahí donde radica la profunda y sensata filosofía del cuento de hadas. El químico dice: «Mezcla estas tres

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sustancias y se producirá una explosión». El mago bueno del cuento de hadas dice: «Cómete estas tres manzanas y se le caerá la cabeza al gigante». Pero el químico habla con un tono y un estilo particulares que sugieren que hay una filosofía abstracta, alguna especie de conexión inevitable entre las tres sustancias y la explosión. A veces lo llama necesidad, es decir, algo que no puede quebrantarse. Otras lo llama ley, es decir, algo que puede quebrantarse. Pero siempre se refiere a que la imaginación ve una conexión entre las dos cosas —igual que ve una conexión entre el cuatro y el ocho—, cuando en realidad la imaginación no ve nada semejante. El método del cuento de hadas es mucho más filosófico. El mago dice: «Haz esta cosa extraordinaria y a continuación se producirá otra cosa extraordinaria totalmente diferente. No sé por qué ocurre; ni siquiera sé si ocurrirá siempre. Pero es un consejo que vale la pena tener en cuenta si se quiere matar a un gigante». Ignoramos si esas repeticiones naturales que ocurren por doquier a nuestro alrededor son leyes; ignoramos si son necesidades. Lo que sí sabemos es que son encantamientos, es decir, condiciones que se cumplen, pero cuya naturaleza es enteramente mística. El agua está embrujada, así que corre siempre cuesta abajo. Los pájaros están embrujados, de modo que vuelan. El sol está embrujado, y por eso brilla.

Me levanté del montón de piedras convertido en ciudadano del país de las hadas. Blandí mi bastón como una espada y seguí por el camino de tierra en busca de gigantes. Al principio me defraudó que las dos o tres personas con las que me encontré fueran, por lo que pude evaluar, más pequeñas que yo. Pero algo en la rápida rigidez del camino que se extendía ante mí como un esbelto sabueso, me arrastró lleno de confianza hacia las maravillas que me aguardaban. Pues la principal característica de la moralidad esencial del país de las hadas (cosa que suele pasarse por alto) es que la felicidad, allí igual que en cualquier otra parte, requiere de un objeto e incluso de un reto; solo podemos admirar un paisaje si estamos dispuestos a recorrerlo. En el país de los elfos uno no puede relajarse como en el país de los comedores de loto. Sus ciudadanos son niños y los niños no quieren relajarse. Esperaba encontrar un castillo y un ogro, con suerte uno de tres cabezas, pues en el país de los elfos todo deporte consiste en desafiar a alguien más fuerte que tú; nuestra única caza es la caza mayor. Quería algo grande y malvado, muy malvado. Un minuto después, el camino y los setos giraron con un ángulo abrupto y vi ante mí algo que quebró mi última fe en las cosas razonables.

Allí, enfrente de mí, sólido y silencioso bajo el sol, estaba el inconfundible castillo del ogro, almenado y fortificado, con un extravagante

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perfil, exactamente igual al que había visto representado con vivos colores en los dibujos de los libros de la guardería. Pese a todos mis sentimientos élficos no había imaginado realmente que encontraría esa fantástica fortaleza en un camino en Kent. Me volví hacia un paisano grueso y viejo que estaba de pie junto a un montón de heno (él mismo era sin duda un hada), y le dije: «¿Quién vive en ese lugar?». «Ese lugar —dijo— es la casa del señor Harry Marks». Me apoyé en el bastón y me quedé mirándolo pensando en la guerra del país de los elfos.

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LA ABUELA DEL DRAGÓN

El otro día conocí a un hombre que no creía en los cuentos de hadas. No

quiero decir que no creyera en los incidentes que en ellos se narran, que no creyera que una calabaza pudiera convertirse en una carroza. Sino que albergaba, de hecho, esa curiosa incredulidad. Y, como las demás personas que he conocido que también la albergaban, fue totalmente incapaz de darme una sola razón inteligente para hacerlo. Primero probó con las leyes de la naturaleza, pero no tardó en dejar de lado ese razonamiento. Después aseguró que, según demuestra la experiencia cotidiana, las calabazas eran inalterables y que el mundo entero coincidía respecto a su eterna calabacidad. Pero le hice observar que ésa no era la actitud que adoptamos ante las maravillas imposibles, sino simplemente la actitud que adoptamos ante todos los sucesos inusuales. Si estuviéramos seguros de los milagros no contaríamos con ellos. Las cosas que ocurren muy raras veces quedan fuera de nuestros cálculos, tanto si son milagrosas como si no. No espero que un vaso de agua se convierta en vino; pero tampoco espero que esté envenenado con ácido prúsico. En mis relaciones profesionales habituales no actúo bajo la presunción de que mi editor sea un hada, pero tampoco actúo bajo la presunción de que se trate de un espía ruso, o del heredero perdido del Sacro Imperio romano. Lo que damos por sentado en la práctica no es que el orden natural sea inalterable, sino simplemente que es mucho más seguro apostar por los sucesos comunes que por los poco comunes. Eso no afecta a la credibilidad de cualquier historia comprobada sobre un espía ruso o una calabaza que se haya convertido en una carroza. Si hubiera visto con mis propios ojos una calabaza convertirse en un automóvil Panhard, eso no me haría más proclive a asumir que eso mismo pudiera volver a ocurrir. No invertiría todo mi dinero en calabazas para afianzarme en el mercado automovilístico. Cenicienta consiguió del hada un vestido para el baile, pero no creo que cuidara menos sus propias ropas después de eso.

Pero la opinión de que los cuentos de hadas no pueden haber ocurrido en realidad, aunque disparatada, es muy frecuente. Y el hombre del que hablo, dudaba de los cuentos de hadas de un modo mucho más perverso y sorprendente. Pensaba, de hecho, que no deberían contárseles cuentos de

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hadas a los niños. Uno de esos errores intelectuales (como la creencia en la esclavitud o en la anexión) que se aproximan a los pecados mortales. Hay algunas dejaciones que, aunque puedan responder a los dictados de la conciencia, son tan horribles en sí mismas, que al ponerlas en práctica uno no solo endurece, sino que también corrompe levemente su alma. Una de ellas fue negarse a darles leche a unas jóvenes madres cuando sus maridos estaban enfrentándose a nosotros en el campo de batalla. Otra es negarse a contarles cuentos de hadas a los niños.

El hombre había venido a verme a propósito de una tonta sociedad de la que soy miembro entusiasta. Era un joven de tez lozana y corto de vista, como un cura extraviado, demasiado desvalido hasta para encontrar su camino hasta la Iglesia de Inglaterra. Llevaba una curiosa corbata verde y tenía el cuello muy largo; no hago más que encontrarme a idealistas de cuello largo. Tal vez sea que su eterna aspiración va elevando lentamente sus cabezas más y más cerca de las estrellas. O tal vez tenga algo que ver con el hecho de que tantos de ellos sean vegetarianos: quizá estén evolucionando hasta tener cuellos de jirafa con los que poder mordisquear las copas de los árboles de los jardines de Kensington. Son cosas que me superan en todos los sentidos. En cualquier caso, así era el joven que no creía en los cuentos de hadas, y por una curiosa coincidencia entró en la habitación, justo cuando yo acababa de hojear una pila de novelas contemporáneas y, como consecuencia natural, había empezado a leer los Cuentos de hadas de los hermanos Grimm. De todos modos, las novelas modernas seguían amontonadas ante mí, y ya pueden imaginarse los títulos. Había un Sue la de los suburbios: un cuento psicológico, y también un Sue la psicóloga: un cuento de los suburbios; había un Trixy la temperamental, y El odio hacia los hombres: Monocromo, y muchas de esas cosas tan agradables. Las leí con verdadero interés, pero, curiosamente, terminé por cansarme de ellas, y cuando vi los Cuentos de hadas de los hermanos Grimm, que alguien había dejado por casualidad sobre la mesa, di un grito de indecorosa alegría. Por fin, por fin podría encontrar un poco de sentido común. Abrí el libro y mis ojos cayeron sobre estas espléndidas y satisfactorias palabras: «La abuela del dragón». Al menos eso era razonable; al menos eso era comprensible; al menos eso era verdadero. ¡La abuela del dragón!, mientras paladeaba aquel aroma de auténtica realidad humana, levanté de pronto la mirada y me encontré con aquel monstruo de la corbata verde de pie en el umbral.

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Quiero pensar que escuché con la educación oportuna lo que dijo acerca de la sociedad; pero cuando mencionó de pasada que no creía en los cuentos de hadas, perdí el control. «Pero bueno —le dije—, ¿qué clase de hombre es usted que no cree en los cuentos de hadas? Es mucho más fácil creer en Barbazul que creer en usted. Una barba azul es una desdicha, pero hay corbatas verdes que son un pecado. Es muchísimo más fácil creer en un millón de cuentos de hadas que creer en alguien que no cree en los cuentos de hadas. Antes besaría a los Grimm en lugar de la Biblia y juraría por todos sus cuentos como si fuesen los treinta y nueve artículos de la religión, que decir seriamente y de todo corazón que puede existir alguien como usted; que no es usted alguna tentación del demonio o alguna ilusión del vacío. Mire estas palabras sencillas, familiares y prácticas: “La abuela del dragón”. Eso sí que esta bien y es racional hasta los límites del racionalismo. ¡Si hubo algún dragón tendría abuela! ¡Pero usted…, usted no tuvo abuela! Si la hubiese tenido, le habría enseñado a amar los cuentos de hadas. Usted no tuvo ni padre ni madre; no es posible explicarlo mediante causas naturales. Su existencia es imposible. Creo en muchas cosas que no he visto, pero de las cosas como usted puede decirse: “Bendito aquel que ha visto y aun así no cree”».

Me pareció que no me seguía con la suficiente atención, así que moderé el tono: «¿Es que no ve —le dije— que los cuentos de hadas son, en esencia, directos y sinceros, mientras que esta eterna ficción sobre la vida moderna es esencialmente increíble por naturaleza? El folklore significa que el alma está cuerda, aunque el universo sea descabellado y esté lleno de maravillas. El realismo significa que el mundo es aburrido y rutinario, pero que el alma está enferma y grita. El problema que plantea el cuento de hadas es: “¿Qué hará un hombre sano con un mundo fantástico?”. El problema que plantea el novelista moderno es: “¿Qué hará un loco con un mundo aburrido?”. En los cuentos de hadas el universo se vuelve loco, pero el héroe no. En las novelas modernas el héroe está loco antes de que comience el libro y no deja de sufrir por la áspera sensatez y la cruel cordura del cosmos. En el magnífico cuento de “La abuela del dragón”, igual que en los demás cuentos de los Grimm, se da por sentado que el joven que está a punto de emprender sus viajes poseerá todas las verdades sustanciales: será valeroso, tendrá fe, será razonable, respetará a sus padres, mantendrá su palabra, “parcere subjectis et debellare”[127], etc. Después, partiendo de ese centro de sensatez, el escritor se entretiene

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imaginando lo que ocurriría si el mundo entero enloqueciera en derredor suyo, si el sol se volviera verde y la luna azul, si los caballos tuvieran seis patas y los gigantes dos cabezas. Sin embargo, la literatura moderna parte de la locura como centro. Por eso pierde el interés incluso por la locura. Un loco no se sorprende de sí mismo, porque es muy serio: eso precisamente es lo que lo convierte en un loco. Alguien que cree ser un huevo cocido se considera tan simple como un huevo cocido. Uno que cree ser una tetera se ve tan normal como una tetera. Solo la sensatez es capaz de ver la salvaje poesía de la locura. Por eso esos cuentos sabios y viejos hacen que el héroe sea normal y el cuento anormal. Pero ustedes han convertido al héroe en extraordinario y el cuento en ordinario…, tan ordinario…, tan ordinario, ¡oh!».

Noté que seguía mirándome fijamente. Aquella mirada hipnótica hizo que perdiera los nervios. Me puse en pie y grité: «En el nombre de Dios y de la democracia y de la abuela del dragón…, en el nombre de todo lo bueno, le conmino a abandonar esta casa y a no volver a visitarla jamás». Fuese o no como resultado del exorcismo, de lo que no cabe duda es de que se marchó de inmediato.

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EL ÁNGEL ROJO

Veo que verdaderamente hay personas que creen que los cuentos de hadas

son perniciosos para los niños. No hablo del hombre de la corbata verde, pues me resulta imposible considerarlo humano. Sino de una señora que me ha escrito una carta muy formal diciendo que a los niños no se les deberían contar cuentos de hadas aunque sean ciertos. Afirma que es cruel contarles cuentos de hadas porque les asustan. También podríamos decir que es cruel proporcionarles novelas sentimentales a las muchachitas porque las hacen llorar. Esa forma de hablar olvida por completo cómo son los niños y la base que ha servido como cimiento de tantos sistemas educativos. Si les ocultáramos los duendes y los espectros a los niños, los crearían ellos mismos. Un niño pequeño en la oscuridad es capaz de inventar más infiernos que S edenborg. Un niño pequeño es capaz de imaginar monstruos demasiado negros y grandes para tener cabida en ningún cuadro y de darles nombres más cacofónicos y sobrenaturales que los gritos de ningún loco. Al niño, para empezar, suelen gustarle los horrores, y sigue entregándose a ellos cuándo no le gustan. En su caso es tan difícil decir exactamente cuándo empieza el puro dolor, como en el nuestro cuando entramos por propia voluntad en la cámara de tortura de una gran tragedia. El temor no procede de los cuentos de hadas; el temor procede del universo del alma.

La timidez del niño o del salvaje resulta muy razonable: se asustan de este mundo porque es un lugar muy alarmante. No les gusta estar solos porque, sin duda, estar solo es algo terrible. Los bárbaros temen lo desconocido por la misma razón que los agnósticos lo veneran: porque es un hecho. Así que los cuentos de hadas no son responsables del temor infantil, ni de ninguna otra variedad de temor; los cuentos de hadas no le inspiran al niño la idea del mal o de la fealdad; eso está ya en el niño, porque está en el mundo. Los cuentos de hadas no le proporcionan al niño su primera intuición de la existencia de los espectros. Lo que le proporcionan por vez primera es la intuición clara de que es posible derrotarlos. El bebé conoce íntimamente al dragón desde que

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tiene imaginación. Lo que le presta el cuento de hadas es un san Jorge para matar al dragón.

Eso es lo que hace exactamente el cuento de hadas: acostumbrarlo, mediante una serie de imágenes sencillas, a la idea de que los terrores ilimitados tienen límites, de que los enemigos informes tienen enemigos, de que los innumerables enemigos del hombre tienen enemigos en los caballeros de Dios, de que hay algo en el universo que es incluso más místico que la oscuridad y más poderoso que el más poderoso temor. Cuando era niño recuerdo haber mirado a la oscuridad hasta que esa sombría mole se convertía en un gigante negro más alto que el cielo. Si había una estrella en el cielo, solo servía para convertirlo en un cíclope. Pero los cuentos de hadas me hicieron recobrar la cordura. Al día siguiente leí la verdadera historia de cómo un gigante negro con un solo ojo, de dimensiones parecidas, había sido derrotado por un niño pequeño como yo (con la misma inexperiencia e incluso menor nivel social) mediante una espada, unos cuantos malos acertijos y un corazón valeroso. A veces el mar por la noche me parecía tan terrible como un dragón. Pero entonces conocí a muchos hijos pequeños y sastrecillos para quienes un dragón era algo tan simple como el mar.

Tomemos «El niño que no podía temblar», cuento que, por sus imágenes e incidentes, podría considerarse el más horrible de los Grimm, y verán a lo que me refiero. En él abundan los motivos de sobresalto. Recuerdo en especial las piernas de un hombre que caían por la chimenea y caminaban por la habitación hasta reunirse con la cabeza y el cuerpo cercenados que caían a continuación por la chimenea. Eso está muy bien. Pero la clave de la historia y de los sentimientos del lector no radica en que cosas así den miedo, sino en el hecho, mucho más sorprendente, de que al héroe no le asusten. El más terrorífico de tan terroríficos prodigios es su propia ausencia de terror. Les daba palmaditas a los espectros en la espalda e invitaba a los demonios a beber vino con él; más de una vez en mi juventud, cuando me agobiaba alguna morbidez moderna, he rezado para disponer de una doble ración de ese mismo espíritu. Si no han leído el final de la historia, vayan y léanla; es la cosa más sabia del mundo. El héroe aprendió a temblar al tomar una esposa que le echó encima una palangana de agua fría. Esa única frase encierra más verdades sobre el verdadero significado del matrimonio que todos los libros sobre sexo que inundan Europa y América.

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Las cuatro esquinas de la cama de un niño las guardan Perseo, Roland, Sigurd y san Jorge. Al retirar la guardia de los héroes, no le hacemos más racional; simplemente le dejamos solo para combatir a los demonios. Pues, ¡ay!, siempre hemos creído en los demonios. El elemento esperanzador del universo ha sido negado y reafirmado constantemente en los tiempos modernos; pero el elemento desesperanzado hasta ahora no lo ha negado nadie. Como le dije a «H. N. B.» (a quien aprovecho para desearle felices navidades en el sentido más supersticioso), en lo único que cree la gente moderna es en la condenación. El mayor de los poetas puramente modernos resume la verdadera actitud moderna en este hermoso verso agnóstico: «Puede que haya cielo; debe haber infierno»[128]. La concepción pesimista del universo ha sido una tradición constante; y los nuevos tipos de investigación o conjetura espiritual comienzan todos por ser pesimistas. Hace poco la gente no creía en espíritus. Ahora comienzan lentamente a creer en unos espíritus algo estúpidos.

Hay gente que se oponía al espiritismo, a las charlas de sobremesa y a otras cosas parecidas porque eran indignas, porque los fantasmas contaban chistes o danzaban con las mesas camillas. No comparto esa objeción en lo más mínimo. Ojalá los espíritus fuesen más cómicos de lo que son. En mi opinión, deberían hacer más y mejores chistes. Pues casi todo el espiritismo de nuestra época, en tanto que nuevo, es triste y solemne. Algunos dioses paganos no tenían leyes, y algunos santos cristianos tal vez fuesen demasiado serios; pero los espíritus del espiritismo moderno carecen de leyes y además son serios — una combinación repulsiva—. Los espíritus contemporáneos no solo son demonios, sino que son demonios colorados. Ahí radica, desde que comienza hasta que acaba, el verdadero sentido de la Navidad: en que la poca mitología que perdura es amable y feliz. Personalmente, por supuesto, creo en Santa Claus, pero estamos en la estación del perdón, y estoy dispuesto a perdonar a quienes no lo hagan. Pero si alguien no comprende el defecto de nuestro mundo que estoy criticando, le recomiendo, por ejemplo, que lea un relato del señor Henry James titulado Otra vuelta de tuerca. Es una de las obras más poderosas que se han escrito jamás, y una de esas cosas acerca de las que resulta permisible dudar si debería haberse escrito o no. Describe a dos niños inocentes que se van volviendo al mismo tiempo omniscientes y obtusos bajo la influencia de los fantasmas de un mozo de establo y una institutriz. Como digo, dudo de si el señor Henry James debería haberlo publicado (no, no

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acudan a comprarlo, no es indecente; se trata solo de algo espiritual), pero creo que la cuestión es tan dudosa que le daré a ese gran hombre el beneficio de la duda. Aprobaré y también admiraré que escriba otro cuento tan poderoso sobre dos niños y Santa Claus. Si no lo hace, o no puede hacerlo, la conclusión estará clara: podemos tratar con fuerza acerca de un misterio siniestro, pero no acerca de un misterio feliz; no somos racionalistas, sino diabólicos.

He pensado vagamente en todo esto mientras contemplaba un gran fuego rojo que se eleva en la habitación como un gran ángel rojo. Aunque quizá nunca hayan oído hablar de un ángel rojo. Y, sin embargo, sí que han oído hablar de un diablo colorado. A eso exactamente es a lo que me refería.

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EL ROMÁNTICO BAJO LA LLUVIA

Las clases medias de la Inglaterra moderna son fanáticas de la limpieza; y a

menudo abstemias entusiastas. De modo que no logro comprender su misterioso disgusto por la lluvia. La lluvia, ese fenómeno delicioso e inspirador, combina sin duda las cualidades de ambos ideales con curiosa perfección. Nuestros filántropos están ansiosos por abrir baños públicos por doquier. La lluvia ciertamente es un baño público; casi podría llamarse un baño mixto. El aspecto de la gente que sale de esta gran purificación natural tal vez no sea muy digno o refinado; pero poca gente tiene un aspecto digno al salir del baño. En cualquier caso, el concepto de la lluvia es en sí mismo el de una enorme purificación. Lleva a cabo el sueño de cualquier higienista chiflado: lavar el cielo. Sus gigantescas fregonas y escobas parecen alcanzar las estrelladas vigas y los rincones sin estrellas del cosmos; es una limpieza primaveral cósmica.

Si de verdad a los ingleses les gustaran las duchas frías, no refunfuñarían porque el clima inglés sea una ducha fría. En estos días se nos repite constantemente que deberíamos dejar nuestras pequeñas posesiones particulares y unirnos al disfrute de las instituciones sociales comunes y de la maquinaria social común. Yo ofrezco la lluvia como una institución plenamente socialista, pues hace caso omiso de esa degenerada delicadeza que hasta ahora ha llevado a cada cual a ducharse en privado. Esta ducha es mucho mejor por ser pública y comunal; y todavía mejor por ser otro quien abre el grifo.

En cuanto a la falta de fascinación del bebedor de agua por la lluvia, es un hecho que simplemente no alcanzo a comprender. El bebedor entusiasta de agua debería considerar una tormenta como una especie de banquete universal y una orgía de su bebida preferida. Piensen en la embriaguez imaginaria del bebedor de vino si las purpúreas nubes vertieran clarete o las doradas nubes vino blanco del Rin. Pinten con una primitiva oscuridad esas escenas apocalípticas, con cielos encumbrados y bellísimos de los que cayese como fuego el champán, o cielos nublados que se volvieran purpúreos y tostados

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con los terribles colores del oporto. Eso mismo debería sentir el abstemio mientras se revolcara en la larga hierba mojada, coceara extáticamente al cielo y escuchara la rugiente lluvia. Es él, el bebedor de agua, quien debería ser la verdadera bacante de los bosques; pues todos los bosques beben agua. Es más, los bosques parecen disfrutar con la lluvia: los árboles se agitan y se mueven de aquí para allá como gigantes ebrios; entrechocan sus ramas igual que los juerguistas hacen entrechocar las copas; proclaman su sed eterna y brindan por la salud del mundo.

Lo único que oigo a mi alrededor mientras escribo es el sonido de la naturaleza cuando bebe, y la naturaleza hace mucho ruido al beber, pues no es nada refinada. Si dar de beber al sediento me parece una muestra de piedad cristiana, ¿me quejaré de esas copas de agua ofrecidas a todos los seres vivientes, una copa para cada arbusto? Me avergonzaría hacerlo. Como dijo sir Philip Sidney, su necesidad es mayor que la mía…, sobre todo de agua.

Hay una prenda basta que ostenta todavía con nobleza el nombre de un clan de las rudas Tierras Altas escocesas: un clan llegado de aquellas montañas donde la lluvia más que un accidente es una atmósfera. No hay duda de que cualquier persona con imaginación debe sentir cómo brota en su interior una tempestuosa llama de leyenda céltica cada vez que se pone un macintosh[129]. Nunca he podido decidirme a llevar paraguas, un pomposo artilugio oriental que los déspotas llevan sobre la cabeza en los países cálidos y secos. Cerrado, un paraguas es un bastón inmanejable; abierto es una insuficiente tienda de campaña. Por mi parte, no tengo ningún interés en parecer un pabellón ambulante; no tengo una gran opinión de mi sombrero, y menos aún de mi cabeza. Si he de protegerme de la humedad, deberá ser mediante alguna protección más cerrada y descuidada, algo de lo que pueda olvidarme. Deberá ser un tartán de las Tierras Altas de Escocia. Y tal vez algo aún más propio de allí: un macintosh.

Y lo cierto es que el macintosh reúne algunas de las cualidades militares del escocés. El macintosh corriente y más barato tiene un lustre azul y blanco, como de hierro y acero, y reluce como una armadura. Me gusta considerarlo el uniforme de ese antiguo clan en sus viejas y nebulosas incursiones. Me gusta imaginar a los Macintosh, vestidos con sus macintosh, cayendo sobre algún desdichado pueblo de las Tierras Bajas, mientras sus húmedos impermeables brillaban a la luz del sol o de la luna. Pues ésa es sin duda una de las verdaderas bellezas del tiempo lluvioso, que aunque la cantidad de luz

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directa y original suele disminuir, el número de cosas que la reflejan aumenta incuestionablemente. Hay menos luz solar, pero también hay muchas más cosas que brillan, y son tan hermosas y brillantes como los charcos y los macintosh. Es como caminar en un mundo de espejos.

Desde luego, se trata del mayor, aunque no por eso menos gracioso, de los trucos de magia que lleva a cabo la lluvia: duplicar la luz al mismo tiempo que la reduce. Si oscurece el cielo, ilumina la tierra. Proporciona a los caminos (para quien la mira con simpatía) algo de la belleza de Venecia. Los lagos someros reiteran cada detalle de la tierra y el cielo: habitamos en un universo doble. A veces, al caminar sobre las aceras desnudas y lustrosas, húmedas bajo las farolas, un hombre parece un borrón sobre ese espejo dorado y cualquiera podría pensar que estaba volando en el cielo amarillo. Pero siempre que los árboles y las ciudades penden cabeza abajo en un pequeño charco, la sensación de desbarajuste celestial es la misma. Esa brillante, húmeda y deslumbrante confusión de formas y sombras, de realidad y reflexión, apelará intensamente a cualquiera que tenga el instinto trascendental de esta soñolienta y dual vida nuestra. Siempre le producirá al hombre la extraña sensación de tener el cielo debajo.

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LA EDAD DE LAS LEYENDAS

Sin duda nos asombraría estar leyendo tranquilamente una prosaica novela

moderna y que al llegar a la mitad se convirtiera sin previo aviso en un cuento de hadas. Nos sorprendería que una de las solteronas de Cranford, después de barrer cuidadosamente la habitación, saliera volando montada en el palo de la escoba. Nos quedaríamos boquiabiertos si una de las damiselas de Jane Austen que acabara de encontrarse con un oficial de dragones siguiera su camino y se encontrase con un dragón mitológico. Y, sin embargo, al final del período estrictamente romano, se produjo en la historia de Inglaterra algo muy parecido a esta extraordinaria transición. Cuando estábamos ocupados con cuestiones racionales y casi mecánicas sobre campamentos y obras de ingeniería, una atareada burocracia y ocasionales escaramuzas fronterizas, bastante modernas en lo que se refiere a su eficacia e ineficacia, leemos de pronto acerca de campanas errantes y lanzas de magos, de guerras entre hombres altos como árboles o bajos como hongos. El soldado de la civilización no combate ya contra los godos sino contra los duendes; la tierra se convierte en un laberinto de ciudades de hadas desconocidas para la historia; y los eruditos pueden apuntar pero no explicar cómo un gobernador romano o un jefe galés se alza en el crepúsculo como el terrible y nonato Arturo. La era científica viene en primer lugar y le sigue la edad mitológica. Un ejemplo, cuyos ecos resonaron hasta hace poco en la literatura inglesa, servirá para resumir este contraste. Durante mucho tiempo se pensó que el estado británico que descubrió César había sido fundado por Bruto. El contraste entre el simple descubrimiento y la fundación fabulosa tiene algo indudablemente cómico, como si alguien tradujera el «Et tu Brute» de César por: «¿Cómo, tú por aquí?». Pero en un aspecto la fábula tiene tanta importancia como los hechos: ambos dan fe de la fundación romana de nuestra sociedad insular y muestran que incluso las historias que parecen prehistóricas raras veces son prerromanas. Aunque Inglaterra se convierta en el país de los elfos, los elfos no son los anglos. Todas las frases que nos sirven de guía a través de esa maraña de tradiciones son en mayor o menor grado frases latinas. Y no hay palabra más romana en nuestra lengua que «romance».

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Las legiones romanas dejaron Britania en el siglo IV. Eso no significó que la civilización romana partiera con ellas, pero sí que la civilización quedó a merced tanto de la mezcla como de los ataques. Es casi seguro que el cristianismo llegó a Britania por los cauces establecidos por Roma, aunque sin duda mucho antes de la misión oficial romana de Gregorio el Grande. Y no hay duda de que las posteriores invasiones paganas de las costas desprotegidas contribuyeron a enturbiarlo mucho. Por ello parece lógico deducir que el abrazo, tanto del Imperio como de su nueva religión, fue aquí más débil que en ningún otro sitio y que la descripción de la civilización general esbozada en el capítulo anterior es irrelevante. Y, sin embargo, no radica ahí la verdad de la cuestión.

Hay un hecho fundamental acerca de toda esta época que es necesario entender, pero para poder hacerlo el hombre actual debe cambiar su forma de pensar. Casi todo el mundo asocia en su interior la libertad y el futuro. Toda la cultura de nuestro tiempo se basa en la idea de «un futuro mejor», mientras que toda la cultura de la Edad Oscura se basaba en la idea de que «cualquier tiempo pasado fue mejor». Miraban hacia atrás en busca de la luz y hacia delante previendo nuevos males. En nuestro tiempo se ha producido una batalla entre la fe y la esperanza, que tal vez deba ser resuelta por medio de la caridad. Pero la situación era distinta entonces. Esperaban, sí, pero podría decirse que esperaban el ayer. Todos los motivos que impulsan hoy al hombre a ser progresista le empujaban a ser conservador en aquel tiempo: cuanto más pudiera conservar del pasado más podría disfrutar de una ley justa y de un estado libre, cuanto más cediera al futuro más tendría que soportar la ignorancia y los privilegios. Lo que hoy llamamos razón formaba un todo con lo que suele llamarse reacción. Y ésta es la clave para entender las vidas de todos los grandes hombres de la Edad Oscura: de Alfredo, de Beda, de Dunstán. El republicano más extremista de hoy, trasladado a aquella época, sería un papista o incluso un imperialista radical. Porque el Papa era lo único que quedaba del Imperio y el Imperio era lo poco que quedaba de la República.

Por tanto podemos comparar al hombre de dicha época con alguien que deja atrás ciudades libres y campos despejados y se ve obligado a adentrarse en un bosque. Y el bosque es aquí la mejor de las metáforas, no solo porque fuera esa salvaje vegetación europea la que habían labrado aquí y allá las calzadas romanas, sino también porque otra idea que se ha asociado siempre con los bosques creció en importancia a medida que decaía el orden romano. La idea del bosque implicaba la idea del encantamiento. Se tenía la sensación

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de que las cosas adquirían una doble naturaleza o se volvían diferentes, de que los animales se comportaban como hombres y no solo —como dirían los chistosos de ahora— los hombres se comportaban como animales. Pero es precisamente en este punto cuando es más necesario recordar que a la edad de la magia le había precedido una edad de la razón. El pilar central que ha sostenido desde entonces el edificio de nuestra imaginación ha sido la idea del caballero civilizado rodeado de salvajes encantamientos: las aventuras de un hombre todavía cuerdo en un mundo desquiciado.

Hay una cosa más que añadir y es que en esta época de barbarie ningún héroe es bárbaro. Solo son héroes en tanto que antibárbaros. Hombres, míticos o reales, o más probablemente ambas cosas, se abrieron paso en el leve recuerdo y los relatos de los humildes en la medida en que habían dominado la locura pagana de la época y preservado el racionalismo cristiano venido de Roma. Arturo debe su renombre a que mató a los paganos; los paganos que lo mataron a él carecen de nombre. Los ingleses que desconocen por completo la historia inglesa, y aún más la historia irlandesa, seguro que han oído hablar alguna vez de Brian Boru, aunque ellos lo pronuncien Ború y tengan la vaga sensación de que se trata de una broma. Una broma cuya sutileza nunca habrían podido apreciar si el rey Brian no hubiera vencido a los paganos en la gran batalla de Clontarf. El lector inglés medio jamás habría oído hablar de Olaf de Noruega si no hubiera «predicado el Evangelio con su espada»; ni de El Cid si no hubiera combatido contra la media luna. Y aunque los méritos personales de Alfredo el Grande parecen hacerle merecedor de ese título, no fue tan grande como la obra que tuvo que realizar.

Aun así la paradoja continúa siendo que Arturo es más real que Alfredo, pues la suya es una época de leyendas. Ante las leyendas casi todo el mundo adopta una actitud sensata y de las dos opciones la credulidad resulta mucho más sensata que la incredulidad. Poco importa si la mayoría de esas historias son o no ciertas; y (como ocurre en los casos de Bacon y Shakespeare) darse cuenta de ello es el primer paso para hallar una solución. Pero, antes de rechazar cualquier intento de reconstrucción de la historia antigua del país por medio de sus leyendas, el lector haría bien en tener presentes dos cosas, dirigidas ambas a corregir el escepticismo crudo e insensato que ha vuelto tan estéril esta parte de la historia. Los historiadores del siglo XIX siguieron el curioso principio de descartar a los personajes de quienes se contaban leyendas y concentrarse en la gente de quien nada se decía. Así se despersonalizó a Arturo porque todas las leyendas son falsas, y en cambio se hizo una personalidad de importancia de una figura como Hengist, solo

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porque nadie lo consideró lo suficientemente importante como para mentir acerca de él. Esto es contrario a todo sentido común. A Talleyrand se le atribuyen muchas sentencias ingeniosas que en realidad fueron dichas por otras personas. Pero el caso es que nunca se las habrían atribuido a él si Talleyrand hubiese sido un necio, y mucho menos si hubiese sido una fábula. El hecho de que se cuenten historias ficticias acerca de alguien es, en nueve de cada diez casos, una prueba evidente de que había alguien acerca de quien contarlas. Es verdad que hay quien admite la realidad de ciertos hechos maravillosos y que pudo haber un hombre llamado Arturo en la época en que se llevaron a cabo; pero para mí la distinción se vuelve demasiado borrosa, pues no logro entender cómo se puede decir que hubo un arca y un hombre llamado Noé y no creer en la existencia del arca de Noé.

La segunda cuestión que conviene tener presente es que en los últimos años la investigación científica ha tendido más a confirmar que a desmentir las leyendas populares. Por dar solo el ejemplo más evidente: arqueólogos modernos con medios modernos de excavación han encontrado un laberinto de piedra en Creta como el que se asociaba con el minotauro, al que siempre se había considerado un ser tan nebuloso como la quimera. A muchos esto les habrá parecido tan descabellado como encontrar las raíces del arbusto de habichuelas mágicas de Periquín, o los esqueletos en el armario de Barbazul, y sin embargo se trata de hechos probados. Por último, es necesario recordar una verdad que apenas se tiene en cuenta al considerar el pasado. Se trata de la paradoja de que el pasado está siempre presente: aunque no sea tanto lo que fue como lo que nos parece que fue, y es que todo el pasado es un acto de fe. ¿Qué creían aquellos hombres de sus padres? Cualquier nuevo descubrimiento sobre este particular es inútil precisamente por ser nuevo. Es posible encontrar hombres equivocados acerca de lo que creían ser, pero no acerca de lo que creían pensar. Por ello resulta de gran ayuda exponer, de ser posible en pocas palabras, lo que un habitante de estas islas en la Edad Oscura hubiera dicho de sus ancestros y sus descendientes. Trataré de situar aquí, por orden de importancia, varias cosas sencillas tal como él las habría visto; y si hemos de entender a nuestros padres, que fueron quienes hicieron de este país lo que es hoy, es muy importante que recordemos que si bien no fue éste su verdadero pasado, sí se trata de sus verdaderos recuerdos.

Después de consumado el crimen bendito, tal como lo denominó el ingenio de los místicos, un acontecimiento que para estos hombres fue solo inferior en trascendencia a la creación del mundo, san José de Arimatea, uno de los escasos devotos de la nueva religión que parece haber gozado de cierta

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prosperidad, se hizo a la mar como misionero y después de largos viajes llegó a esas islas desperdigadas que a los hombres del Mediterráneo debían de parecerles como las últimas nubes del crepúsculo. Desembarcó en la parte más occidental y escarpada de estas tierras tan escarpadas y occidentales y encaminó su andadura hasta un valle que en los más antiguos documentos se llama Avalon. Fuese debido a sus abundantes lluvias y a la benignidad del clima de sus prados o a algunas tradiciones paganas ya desaparecidas siempre se le había considerado una especie de paraíso terrenal. Después de su muerte en Lyonesse llevaron allí a Arturo como si lo llevaran al cielo. Y aquí plantó el peregrino su báculo que arraigó como un árbol que florece el día de Navidad.

Una especie de materialismo místico señaló al cristianismo, cuya misma alma era un cuerpo, desde su nacimiento. Combatió ferozmente entre las filosofías estoicas y las negaciones orientales —que se contaron entre sus primeros enemigos— por la libertad sobrenatural de curar determinadas enfermedades con determinadas sustancias. Por eso la dispersión por doquier de sus reliquias fue como la dispersión de sus semillas. Todos los que aceptaron su misión tras la tragedia divina llevaron consigo fragmentos palpables de ella que después se convertirían en el germen de iglesias y ciudades. San José llevó a ese altar de Avalon, que hoy conocemos como Glastonbury, la copa que había contenido el vino de la Última Cena y la sangre de la Crucifixión y llegó a convertirse en el centro de todo un universo de leyendas y romances, no solo en Britania sino también en Europa. A lo largo de toda esa vasta y ramificada tradición siempre se la ha conocido como el Santo Grial. Su contemplación fue la especial recompensa de ese círculo de poderosos paladines que comían con el rey Arturo alrededor de la Mesa Redonda, símbolo de la heroica camaradería que después imitarían o inventarían las órdenes de caballería medievales. Tanto la copa como la mesa son emblemas esenciales en la psicología del experimento caballeresco. Una mesa redonda no solo implica universalidad sino igualdad. Contiene, aunque por supuesto modificada por otras tendencias diferenciadoras, la misma idea que hay en la palabra «pares» con que se denominaba a los caballeros de Carlomagno. En ese sentido la Mesa Redonda es tan romana como el arco de medio punto, que también podría servirnos como símbolo; pues, en lugar de tratarse de una roca apoyada bárbaramente sobre las demás, el rey era más bien la piedra clave de un arco. Pero a esta tradición de dignidades iguales se le añadió algo sobrenatural que provenía de Roma pero no era romano, el vislumbre de un cielo que parecía tan maravilloso como un país de

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encantamiento: el cáliz volador que se le ocultó al héroe más encumbrado y se le apareció a un caballero que era poco más que un niño.

Con derecho o sin él, esta leyenda hizo de Britania, durante muchos siglos, un país con un pasado caballeresco. Britania había sido un espejo de la caballería universal. Hecho (o fantasía) que habría de tener enorme importancia en los sucesos venideros y en particular durante las invasiones bárbaras. Desde luego esta y otras innumerables leyendas están enterradas tras la maraña de tradiciones populares que engendraron. Y resulta tanto más difícil para la imaginación moderna comprenderlas en cuanto que nuestros padres estaban familiarizados con ellas y solían tomarse libertades. Es muy probable que los versos que dicen:

Cuando el buen rey Arturo señoreaba estas tierras

era un rey noble,

y robó seis celemines de cebada,

se acerquen más al espíritu medieval que la aristocrática majestuosidad de Tennyson. Pero conviene recordar una última cosa acerca de estas chanzas de la imaginación popular, y es algo que deberían tener muy presente quienes viven solo de documentos y desprecian la tradición: por descabellado que pueda parecer prestar crédito solo a cuentos de viejas, no lo será tanto como los errores que acarrea el fiarse tan solo de las pruebas escritas cuando éstas no resultan suficientes. Pues bien, todos los testimonios escritos acerca de la primera parte de nuestra historia cabrían en un pequeño librito. Se mencionan muy pocos detalles y no se explica ninguno. Un hecho aislado y carente de la clave que proporciona el pensamiento de sus contemporáneos será pues mucho más engañoso que cualquier fábula. Conocer qué palabra escribió un escriba arcaico sin estar seguros de lo que quería decir con ello, puede llevar a resultados literalmente demenciales. Así, por ejemplo, parece una imprudencia aceptar la historia de que santa Helena no solo era originaria de Colchester sino hija del viejo rey Cole, pero no lo es tanto como lo que algunos pretenden deducir del estudio de los documentos. Es cierto que los naturales de Colchester veneraban a santa Helena y puede que tuvieran un rey llamado Cole. De acuerdo con la tradición más creíble, el padre de la santa fue un tabernero, y el único acto de Cole que recogen las crónicas encaja bien con dicha profesión[130]. No sería ni la mitad de descabellado admitirlo que deducir, a partir de la palabra escrita como podría hacer algún crítico del futuro, que los naturales de Colchester eran ostras[131].

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EL ALMA DE CADA LEYENDA

Creo que fue ese refinado y sutil escritor, Vernon Lee[132], quien cometió la

herejía literaria de decir que el poeta es siempre panteísta. Solo podría aceptar tal cosa haciendo la rectificación de que ningún poeta, de ningún modo, ha sido o será nunca panteísta. Si un gran genio como alt hitman fracasó en su intento de ser poeta fue precisamente porque, en ocasiones, trató de ser panteísta por principio. Shelley no fracasó como poeta, pero sí como panteísta. Un profundo instinto imaginativo, más allá de todas sus filosofías baratas, le llevó a hacer siempre algo que es el alma de la imaginación, pero lo más opuesto al universalismo. Le hizo aislar el objeto sobre el que escribía, y dejar a la nube o al pájaro todo lo solos que podían estar en el cielo. La imaginación requiere una imagen. Una imagen requiere un trasfondo. El trasfondo podrá ser igual y uniforme o vasto y vago, pero está siempre al servicio de la imagen. Al escribir sobre la alondra, Shelley compara al desdichado pájaro con una dama en una torre, con una estrella, con una rosa y con toda clase de cosas que en nada se parecen a una alondra. Pero todas tienen esa pincelada de separación y soledad. Pues bien, el panteísmo significa que nada está separado; que la esencia divina está distribuida equitativamente en cualquier momento en todos los átomos del universo; y que quien quiera verlo imaginativamente deberá verlo como un todo. Me niego a admitir que Shelley el poeta hiciera tal cosa, independientemente de lo que hiciera Shelley el pedante. Me niego a admitir que cuando oyó que la alondra le hablaba como un espíritu desde el cielo, oyera al mismo tiempo el graznido de los cuervos, el griterío de las cacatúas, los gorgoritos del pavo, el chillido de los grajos, el cloqueo de las gallinas y el pandemonio de los loros en la pajarera del zoo; o que, en ese momento, todas esas cosas se combinaran para él en una armonía o música celestial.

No niego que el poeta pueda escribir una oda a un loro tanto como a una alondra, o incluso una serenata a un pingüino o a un pelícano. Pero siempre preferirá al loro fuera de la pajarera. Preferirá al pelícano en la naturaleza. En pocas palabras, tratará de ver el objeto frente a un fondo, igual que vemos una estrella en el cielo o una isla en el océano. Tratará de ver el objeto en el sentido estricto de distinguirlo. Y ese elemento de distinción debería bastar

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para distinguir a un poeta como él de la vulgar universalidad del panteísta corriente. Por lo demás, la poesía de Shelley muy pocas veces expresaba su filosofía. Cuando empezaba a cantar, solía cantar los credos que rehusaba decir. En la alondra, por ejemplo, no proclama, ni mucho menos, la doctrina de la naturaleza universal o de la inmanencia de Dios. Lo que proclama es la doctrina del pecado original, o de la caída del hombre. Cuando la alondra deja de aletear y comienza a volar de verdad, a elevarse y a remontarse; cuando el verso adquiere el ritmo y la poderosa pulsación de la gran poesía, ni siquiera trata ya del aislamiento del pájaro, sino del extraño aislamiento del hombre. «Miramos antes y después […] nuestras canciones más dulces son las que narran los pensamientos más tristes».

Pero si pudiéramos despreciar

el odio, el orgullo y el temor,

si fuésemos seres nacidos

para no derramar una lágrima…[133]

Ahí el poeta panteísta nos cuenta la historia narrada, no por los loros del zoológico, sino más bien por el ave del paraíso que salió con nosotros del jardín del Edén.

El señor Bernard Sha , en el prefacio a una de sus obras de teatro, avanza una tesis científica y luego la propone como tesis filosófica. Podría describirse como un panteísmo progresivo, en contraposición al panteísmo estático más comúnmente asociado con los panteístas. La crítica más habitual será que está muy bien que el señor Sha hable de filosofía, pero que no sabe nada de ciencia. A mí me parece que ocurre justo lo contrario. Siempre ha estado muy bien equipado con hechos en sus controversias científicas; y su lógica, que estoy en condiciones de juzgar mejor, me parece muy concluyente en las cuestiones puramente científicas. Es estrictamente científico, por ejemplo, cuando rechaza que el experimento de cortarle la cola a un ratón afecte a la cuestión de las características adquiridas. Señala muy sensatamente que una amputación arbitraria llevada a cabo por alguien ajeno no es en absoluto una característica adquirida; no más de lo que pueda serlo un accidente de ferrocarril. La idea lamarckiana es que la voluntad cuenta; y nadie desea tener un accidente de ferrocarril. Creo que el señor Sha acierta plenamente en su ciencia; lo que me despierta más dudas es precisamente su filosofía, y sobre todo cuando la propone como religión. Y me hace dudar porque ignora, como el panteísmo más estático, el mismo elemento casi indescriptible que solo acierto a llamar identidad. Solo puedo describirlo oscuramente como la convicción de que se trata de Eso.

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El señor Sha sugiere que deberíamos meter nuestras leyendas en el mismo saco y tratarlas por igual como leyendas, es decir, como alegorías. Eso, en mi opinión, se acerca mucho a lo que ya hicieron los neoplatónicos y otros sincretistas del crepúsculo pagano en el Mediterráneo. Metieron todas las leyendas en el mismo saco; y casi parecía un saco de basura. De hecho el propio Mediterráneo habría sido poco más que un montón de basura, de no ser por el viento del espíritu que sopló sobre él desde Belén y el Calvario; es decir, desde lugares reales y vivos con historias que al menos la gente creía reales. Cuando el nuevo mundo encontró algo en lo que creer, tuvo que ser un hombre y no un mito, una tragedia y no una pantomima. Si el nuevo mundo encontrara ahora una nueva religión, es más probable que lo hiciera en los milagros espiritistas y en una concepción espiritista del cielo y la tierra en la que pudiera creer hasta el último detalle, que en la fatigosa imparcialidad del saco de los neoplatónicos. Puede que ese saco sea adonde van a parar al final todas las religiones. Ciertamente, de él no ha surgido nunca ninguna religión. Nunca crearemos una leyenda nueva anunciando una alegoría. Los grandes mitos proceden de hombres que, al menos al principio, creen haber descubierto una gran verdad viva y definitiva. De haber, como creo, una verdad central, ésa es la única manera en la que los hombres pueden recibirla. Pero incluso si se trata solo de una ilusión, ésa es también la única manera de refutarla.

En pocas palabras, a una religión no le basta con abarcarlo todo. Debe abarcarlo todo y algo más. Es decir, debe abarcarlo todo y también algo. Debe responder a esa profunda y misteriosa exigencia humana por todo. Incluso aunque la naturaleza de dicha exigencia sea demasiado profunda para definirla fácilmente por medio de la lógica, nunca dejará de ser descrita por la poesía. Casi podríamos decir que toda poesía es una descripción de eso mismo. Incluso cuando no se disponga más que de la religión natural, se seguirá teniendo la poesía sobrenatural. Y será poética por ser particular, no porque sea general. El nuevo sacerdote podrá proclamar: «El mar es Dios, la tierra es Dios y el cielo es Dios; pero no hay tres Dioses, sino un Dios». Pero, incluso si se silencia al viejo sacerdote, el viejo poeta seguirá respondiendo: «Dios está en una gruta; Dios está en un establo; Dios está disfrazado y oculto. Solo yo sé dónde está; está pastoreando el ganado de Admeto; está escanciando el vino de Canaán». La nueva república podrá hacer la declaración filosófica: «Consideramos que estas verdades son evidentes por sí mismas, que todos los árboles fueron evolucionados iguales y dotados con la dignidad de la evolución creativa»[134]. Pero si en el silencio subsiguiente

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oímos a la humilde niñera o a la campesina contándoles cuentos de hadas a los niños, siempre dirán: «Y en el séptimo jardín, detrás de la séptima puerta estaba el árbol de las manzanas doradas», o bien: «Y navegaron y navegaron hasta llegar a una isla, y en la isla había un prado, y en el prado estaba el árbol de la vida».

De acuerdo con la vieja crítica racionalista, bastaba con decir de una fantasía que era fantasiosa. Bastaba con decir que una religión era un cuento, y un cuento una desilusión. Pero los hombres como el señor Sha ya han dejado eso atrás en los años de peregrinaje que comenzaron en el Dublín de los protestantes y el Dar in de los profesores. Ya se han dado cuenta de que hay «un alma en cada dogma», de que no se puede pasar por alto la religión, de que no se puede dejar el racionalismo al mando. Ahora bien, si hemos de buscar bienintencionadamente el alma de cada dogma, sin duda deberemos buscar ese algo del alma que le hace revestirse en cada caso de un cuerpo personal y particular. Si ese particularismo reaparece obstinadamente incluso en la poesía, ¿cómo dejarlo fuera de la filosofía? ¿Cuál es el significado de esa incurable necesidad de proporcionarle a la nada más etérea, o mejor aún al todo más etéreo, un domicilio y un nombre? ¿Por qué es siempre algo extraño y objetivo al mismo tiempo, una fruta preciosa o una copa voladora o una llave enterrada, lo que simboliza el misterio del mundo? ¿Por qué el mundo no simboliza el mundo? ¿Por qué una esfera no representa suficientemente al universalismo de modo que los fieles puedan adorar un pudín de ciruelas o una bala de cañón? ¿Por qué una espiral no representa suficientemente el progreso y los píos no se inclinan ante un sacacorchos? En la práctica sabemos que sería imposible disociar un pudín de Navidad de la especialización sacramental de la Navidad; y la adoración del sacacorchos, esa hierática serpiente, se remontaría probablemente a los misterios de Dioniso. En una palabra, ¿por qué todos los misterios se refieren a la idea de encontrar un objeto particular en un lugar particular? Si hemos de encontrar el verdadero significado de cada elemento de la mitología, ¿cuál es el significado de ese elemento en ella? Solo se me ocurre una posible respuesta que satisfaga los nuevos estudios más serios y benévolos de la religión, incluso los más escépticos, y es que verdaderamente hay algo para lo que todas esas fantasías son como una falsificación para una firma; que si el alma pudiera satisfacerse con la verdad le parecería un cuento igual de particular, de definitivo y de personal; que la luz que era una enorme estrella blanca cuando empezamos a seguirla va disminuyendo de tamaño a medida que nos

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acercamos a ella, hasta que descubrimos que ese meteoro y su estela son algo parecido a una luz en una ventana o a una vela en una habitación.

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LA FILOSOFÍA DE LAS ISLAS

Imaginen que durante alguna convulsión planetaria cayera de Marte sobre la

Tierra una criatura de aspecto totalmente inusual, una criatura cuya estructura nos resultara tan ajena que no supiéramos decir qué parte era criatura y qué parte sus ropas. Que tuviera, digamos, seis mechones de pelo rojo en la cabeza, pero que no supiéramos si eran un sombrero altamente respetable o solo parte de la cabeza. Que tuviera una cola terminada en seis estrellas amarillas, pero que nos resultara difícil saber si formaba parte de un ritual o se trataba simplemente de una cola. Pues bien, el hombre ha sido desde el principio de los tiempos este monstruo desconocido. La gente nunca se ha puesto de acuerdo acerca de qué parte le pertenecía y qué parte era simplemente un accidente. La gente ha dicho sucesivamente que le era natural hacerlo todo y cualquier cosa distinta y mutuamente contradictoria; que era natural adorar a Dios y ser ateo; que era natural beber agua y beber vino; que era natural ser igual y ser distinto; que era natural obedecer a los reyes y que era natural matarlos. La discrepancia es lo suficientemente amplia como para justificar nuestra pregunta de si no hay muchas cosas verdaderamente naturales, que aparecen muy pronto y con mucha fuerza en todos los seres humanos normales, y que no tienen mucho que ver con su desarrollo posterior. De si no hay morbideces que son tan frescas y recurrentes como las flores primaverales. De si no hay supersticiones cuya oscuridad es tan saludable como la oscuridad que se abate cada noche sobre todos los seres vivientes. De si no habremos tratado cosas esenciales como si fueran portentos; de si no habremos mirado el sol como un meteoro, como una estrella de mal augurio.

Al menos da la impresión de que tendemos a separarnos de lo que es realmente natural, por el hecho de que siempre hablamos de esa gente que es realmente natural como si fueran duendes. Hay tres clases de personas, por ejemplo, que se mantienen en un grado más o menos elemental: los niños, los pobres y, hasta cierto punto, y de un modo más siniestro y terrible, las mujeres. La razón por la que, desde los inicios de la literatura, los hombres han hablado de las mujeres como si estuvieran más o menos locas, es simplemente porque las mujeres son naturales y los hombres, con sus

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formalidades y sus teorías sociales, son muy artificiales. Lo mismo ocurre con los niños; los niños son simplemente seres humanos a los que se les permite hacer lo que todo el mundo querría hacer, como, por ejemplo, volar cometas, o emitir chillidos prolongados durante varios minutos cuando se les contraría. Del mismo modo, los pobres son simplemente personas que se dedican a gastarse, ellos y sus amigos, la misma proporción de sus ingresos en los bares, que los ricos en taxis o cenas; es decir, mucho más de lo que debieran. Pero nada puede hacerse hasta que dejemos de hablar de estas personas como si fuesen demasiado excéntricas para poder comprenderlas, cuando de hecho, y si de excentricidad se trata, somos nosotros quienes somos demasiado excéntricos para comprenderlos a ellos. Un hombre pobre, tal como se ha dicho extrañamente, se define como alguien que no tiene demasiado dinero; si oyéramos a los filántropos hablar de él, cualquiera pensaría que era un canguro. Un niño es un ser humano que no ha crecido todavía, al oír a los educadores cualquiera pensaría que se trata de alguna variedad de pez abisal. El caso de los sexos es a la vez más obvio y más difícil. La filosofía estoica y la Iglesia primitiva discutían acerca de la mujer como si fuese una institución, y en muchos casos decidían aboliría. La producción literaria femenina moderna discute al hombre como si fuera una institución, y decide abolirlo. Tan solo puede sugerirse tímidamente que ni el hombre ni la mujer son una institución, sino cosas muy naturales presentes por doquier.

Si, por ejemplo, tomamos a los niños como modelo de animal humano sin corromper, vemos que las mismas cosas que se dan en ellos de un modo primario y prominente, son las que los filósofos nos han enseñado a considerar como sofisticadas y ultracivilizadas. Las cosas que van verdaderamente en primer lugar son las cosas que nos hemos acostumbrados a pensar que van en último lugar. El instinto por un ceremonial pomposo, intrincado y recurrente, por ejemplo, aparece en el niño como un hambre biológica; y lo exige con tanta normalidad como podría pedir un vaso de agua.

Son muchos, por ejemplo, quienes piensan que eso que llamamos superstición es algo tremendamente artificial; es decir, que piensan que ha sido solo el poder de los curas o de algún sistema muy deliberado lo que ha establecido los límites, lo que ha establecido que una forma de proceder es legítima y otra ilegítima, lo que ha determinado que un trozo de terreno sea sagrado y el otro profano. Da la impresión de que nada, excepto una gran y poderosa conspiración, pudiera explicar que la gente distinguiera tan extrañamente entre un campo y otro, entre una ciudad y otra, entre una nación

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y otra. Para todos los que piensan de ese modo no hay más que una respuesta posible. Consiste en acercarse a cada uno de ellos y susurrarles al oído: «¿Trataste o no de niño de pisar en adoquines alternos de la acera?». ¿Era eso artificial y pura superstición? ¿Salieron los curas en mitad de la noche a marcar con señales secretas los adoquines en los que se podía pisar? ¿Se amenazó a los niños con la mazmorra o el fuego del herrero si no pisaban en la piedra correcta? ¿Ha publicado la Iglesia una encíclica «Quisquam non pavemente»? ¡No! Nosotros mismos inventamos nuestra servidumbre en un asunto en el que éramos libres. Elegimos decir que entre el primer y el tercer adoquín había un abismo de tiniebla eterna en el que no debíamos caer. Íbamos caminando por un camino recto, moderno y seguro, y nos resultó más agradable decir que íbamos saltando desesperadamente de pico en pico. Sin duda nuestro instinto, cuando estamos bajo sistemas mezquinos y opresivos, es liberarnos. Pero esta verdad escrita sobre los adoquines parece indicar con la mayor insistencia que, bajo sistemas más liberales, nuestro instinto nos empuja a limitarnos. Nos limitamos tan alegremente que lo hacemos al azar, como si las limitaciones fuesen una de las aventuras de la infancia.

La gente a veces habla como si toda la historia religiosa del hombre hubiese sido llevada a cabo por funcionarios. Cuando, con toda probabilidad, cosas como el culto dionisíaco o la adoración a la Virgen se las impuso la gente a los sacerdotes. Y si los niños hubiesen sido lo suficientemente poderosos en el Estado, no hay razón por la que no hubiera podido ser aceptada su religión de los adoquines. Por la que las calles no hubieran podido ser engalanadas en conmemoración del recuerdo de una superstición tan saludable como la salud misma.

¿Qué idea de la naturaleza humana subyace en el fondo de ese ceremonialismo casi automático? ¿Por qué un niño, que se enfurecería si su niñera le prohibiera bajarse de la acera, se inventa todo un sistema desesperado de abismos y agarraderos en un plano en el que la niñera no logra ver más que terreno llano y cómodo? Pues porque el hombre ha tenido siempre el instinto de que aislar algo era lo mismo que identificarlo. La bandera solo se convierte en una bandera cuando es única; la nación solo se convierte en una nación cuando está rodeada; el héroe solo se con vierte en héroe cuando tiene a su alrededor gente que no son héroes; el adoquín solo se convierte en adoquín cuando tiene a su alrededor cosas que no son adoquines.

Por supuesto, hay otros dos ejemplos obvios del mismo instinto: la perenne poesía de las islas y la perenne poesía de los barcos. Barcos como el Argo o el Fram[135] son valorados por la imaginación porque son islas, es

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decir, porque llevan consigo, flotando en los elementos desolados, los recursos, normas, oficios y tesoros de una nación, porque tienen rangos, y tiendas y calles unidos a él como lapas en un tablón perdido. Islas como Ítaca o Inglaterra son valoradas por la imaginación porque son barcos, porque están solas y autónomas en mitad de un desierto acuático, porque sus huertos y bosques pueden numerarse como balas de mercancía, porque su grano puede contarse como si fuese oro, porque las nieves más terribles y resplandecientes de sus picos más olvidados son banderas plateadas que ondean en mástiles familiares, porque sus más negras e inhumanas minas de carbón o plomo por debajo de la raíz de las cosas son posesiones guardadas en el rincón de la bodega más recóndito.

En realidad nada ha perjudicado tanto a la correcta actitud artística como el continuo uso de palabras como «infinito» o «inmensurable». La religión hacía un uso correcto de ellas, porque la religión consiste, por su propia naturaleza, en paradojas. La religión habla de una identidad que es infinita, exactamente igual que hablaba de una identidad que era al mismo tiempo una y trina, y que podría hablar de una identidad que fuese a la vez negra y blanca.

Los viejos místicos hablaban de una existencia sin final, o de una felicidad sin final, con una provocación deliberada, igual que podrían haber hablado de un pájaro sin alas o de un mar sin agua. Y acertaban filosóficamente al hacerlo, mucho más de lo que lo admitiría hoy el mundo, porque las cosas se vuelven más paradójicas a medida que nos acercamos a la verdad fundamental. Pero, a todos los efectos artísticos o imaginativos, lo peor que puede decirse de una obra de arte es que es infinita; pues ser infinita es ser informe, y ser informe es algo más que carecer de forma. Nadie desea realmente que algo que considera divino sea infinito en ese sentido terrenal. A nadie le gustaría una canción que durase eternamente, o un servicio religioso que durase eternamente, ni siquiera un vaso de buena cerveza que durase eternamente. Y ésa es seguramente la razón por la que los hombres han seguido ese camino en lo que respecta a la santidad, por lo que la han circunscrito a lugares concretos, la han limitado a días particulares y han adorado una estatua de marfil o un trozo de piedra. Han querido dotarla de la caballerosidad y la dignidad de la definición, han querido salvarla de la degradación de la infinitud. Ésa es la auténtica debilidad de todos los ideales imperiales o de conquista de las nacionalidades. Nadie puede amar a su país con el afecto particular adecuado, si cree que se trata de algo indeterminado por naturaleza, al go que crece de noche, algo que carece de la tensa

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excitación de una frontera. Ningún ciudadano romano pudo volver a sentir lo mismo cuando fue posible para un parto o un cartaginés rico convertirse en ciudadano romano solo con agitar la mano. Nadie quiere que lo que ama crezca, pues no quiere que cambie. A nadie le gustaría llegar a casa por la tarde después del trabajo y encontrarse con que su mujer mide dos metros y medio.

Los peligros de esta insularidad trascendental son sin duda considerables. En primer lugar conlleva el gran peligro de la idolatría, la adoración del objeto apartado o contrapuesto a la idea que representa. Pero quien crea que este defecto insular o idólatra es propio de una época determinada, debe de tener una experiencia muy limitada. Es probable que veamos, antes de nada, un penoso parecido con los hombres de las Termópilas, con los zelotes que se lamentaban de la caída de Jerusalén. Si nos precipitamos a una destrucción, al menos no es a ésa.

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DEFENSA DE LA FARSA

Nunca he sido capaz de comprender por qué a ciertas formas de arte se las

tacha de degradadas y triviales. Se dice que una comedia «degenera en una farsa», cuando sería más justo decir que «se convierte en una farsa»; pues si decimos que degenera en una farsa, también sería razonable decir que degenera en una tragedia. Del mismo modo, se tacha una historia de «melodramática» y, extrañamente, nadie lo toma como un cumplido. Se supone que decir de algo que es «pantomímico» o «sensacionalista» es mordaz. El cielo sabrá por qué, pues todas las obras de arte son sensaciones y una buena pantomima (género hoy desaparecido) es una de las mejores sensaciones posibles. Hay quien dice: «Parece sacado de una novela de detectives», como si dijese: «Parece sacado de una epopeya».

Cualesquiera que sean los pros y los contras de este modo de clasificación, no cabe duda de cuál es uno de sus efectos más prácticos y desastrosos. Esas formas de arte más frívolas o extravagantes, al carecer de un canon y de una generosa pasión que las eleve, tienden a ser tan malas como se supone que son. Hijas abandonadas por su madre, crecen en la oscuridad, sucias e iletradas, y cuando aciertan es casi por casualidad, por la sangre que llevan en las venas. La vulgar novela detectivesca de misterios y asesinatos le parece al lector inteligente poco más que un extraño vistazo a un planeta poblado por idiotas congénitos, incapaces de tocarse la punta de la nariz o de comprender el carácter de sus propias esposas. La pantomima vulgar se asemeja a una horrible pintura satírica de un mundo sin causa ni efecto, una masa de «átomos chirriantes», una tortura prolongada e irrelevante. La farsa ramplona retrata un mundo de vulgaridad casi lamentable, donde una criatura estúpida y atrofiada se aterroriza cuando su mujer vuelve a casa, y se divierte cuando se sienta en el umbral. Todo esto es verdad en cierto sentido, pero los únicos culpables son las actitudes y las frases citadas al comienzo de este artículo. No me cabe la menor duda de que si se hubiera despreciado del mismo modo a las demás formas artísticas, éstas se habrían vuelto igual de despreciables. Si la gente hubiera hablado de los «sonetos» con el mismo tono en que hablan de las «canciones de cabaret», un soneto habría sido algo tan temible y maravilloso que casi lamento que no dispongamos de algún

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ejemplo; un soneto canalla es algo que da que pensar. Si la gente hubiera dicho que las epopeyas solo eran adecuadas para niños y niñeras, El paraíso perdido habría sido una pantomima del montón, podría haberse llamado Satán el arlequín, o Adán adamado. Pues, ¿quién se habría preocupado por llevar a la perfección una obra en la que incluso la perfección es grotesca? ¿Por qué iba Shakespeare a escribir Otelo si su triunfo se resumiera en el elogio: «El señor Shakespeare está dotado para algo mejor que para escribir tragedias»?

El caso de la farsa, y de su encarnación más extravagante, la arlequinada, tiene una importancia especial. Que esas elevadas y legítimas formas de arte, glorificadas por Aristófanes y Molière, hayan sufrido tanto desprecio puede deberse a muchas causas: tengo pocas dudas de que se debe a esa sorprendente y ridícula falta de fe en la esperanza y en la alegría, característica de la estética moderna, y que se ha extendido incluso hasta los revolucionarios (antaño la parte más esperanzada de la humanidad), de manera que incluso quienes nos piden la luna no están muy seguros de que fuesen a estar mejor después de obtenerla. Cualquier forma de arte literario debe simbolizar alguna fase del espíritu humano; pero aunque dicha fase sea suficientemente convincente por sí misma en la vida humana, en el arte debe tener cierta mordacidad y claridad en la forma, para compensar su falta de realidad. Así, cualquier grupo de jóvenes alrededor de una mesa de té puede experimentar todas las emociones cómicas de Mucho ruido y pocas nueces o de La abadía de Northanger, pero si registrásemos sus conversaciones, probablemente no supondrían una adición apreciable a la historia de la literatura. Un anciano sentado junto al fuego puede tener toda la desolada grandeza de Lear o Père Goriot, pero si se convierte en literatura debe hacer algo más que sentarse junto al fuego. La justificación artística, por tanto, de la farsa y la pantomima debe basarse en las emociones de la vida real que les correspondan. Y esas emociones se ven en gran medida aniquiladas por la insistencia moderna en subrayar tan solo el lado doloroso de la vida. El dolor, se nos dice, es el elemento dominante de la vida; pero esto es cierto solo en un sentido muy concreto. Si el dolor fuera literalmente el elemento dominante de la vida, aunque solo fuese por un instante, todo el mundo aparecería ahorcado del cabezal de su cama a la mañana siguiente. El dolor, al ser negro y catastrófico, atrae al joven artista por lo mismo que los escolares dibujan demonios y esqueletos de ahorcados. Pero la alegría es un asunto mucho más mágico e inasequible, pues es nuestra razón para existir y una razón muy femenina; se mezcla con cada aliento que inspiramos y con cada taza de té que bebemos. La literatura de la alegría es infinitamente más difícil, más rara

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y más triunfal que la literatura en blanco y negro del dolor. Y de todas las variadas formas de la literatura de la alegría, la que más merece nuestra reverencia moral y nuestra ambición artística es la forma llamada «farsa», o su variedad más extravagante, la pantomima.

Incluso al hombre más tranquilo, cuando esté sentado tranquilamente en su casa, le acometerá de vez en cuando un súbito y absurdo apetito por las posibilidades e imposibilidades de las cosas; se preguntará de pronto si la tetera no podría verter miel o agua marina, el reloj señalar todas las horas a la vez, la vela arrojar una llama verde o carmesí y la puerta abrirse a un lago o a un patatal en lugar de a una calle londinense. El eterno espíritu de la pantomima descansa por un instante sobre cualquiera que sienta ese anónimo anarquismo. Puede decirse (sin ningún siniestro sentido) que el payaso que corta al policía en dos lleva a cabo nuestro sueño. Y podemos observar aquí que esa cualidad interna de la pantomima lo simboliza y conserva perfectamente ese paisaje vulgar o popular que caracteriza a la pantomima y a la farsa. Si todo el asunto ocurriera en alguna atmósfera extraña, si un peral comenzara a dar manzanas o fluyera vino por un río en algún extraño país encantado, el efecto sería muy diferente. Las calles, las tiendas y los aldabones de la arlequinada, que para el esteta vulgar le dan un tono banal, son en realidad la esencia misma del desplazamiento artístico. Puede ser una puerta moderna real, que se abra y se cierre mostrando constantemente interiores diferentes; puede ser un panadero cuyas barras de pan queden suspendidas en el aire sin tocarlas. De lo contrario, toda la excitación interna de esta mágica invasión, de esta abrupta entrada de Puck en Pimlico, se pierde. Algún día, quizá, cuando cese el monopolio de esta fase estrecha de la estética, puede que se ponga de moda la gloria del arte de la farsa. Mucho después de que la gente haya dejado de tapizar las casas de verde y gris y de adornarlas con jarrones japoneses, un esteta podrá construirse una casa según los principios de la pantomima, en las que todas las puertas tengan sus llamadores y sus timbres al otro lado, las escaleras desaparezcan al apretar un botón, y las cenas (humorísticas por naturaleza) salgan cocinadas por una trampilla. Al menos estoy seguro de que tan razonable es organizar nuestras vidas y alojamientos de acuerdo con esta clase de arte como según cualquier otra.

El conjunto de esta visión de la farsa y la pantomima podría parecer demencial; pero me temo que los locos seamos nosotros. Nada es tan deprimente en esta extraña época de transición como sus formas de diversión. Los hombres más brillantes del momento cuando se ponen a escribir literatura

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cómica lo hacen bajo la influencia de una falacia destructiva y con una desventaja: la idea de que la literatura cómica es, en cierto modo, superficial. Nos proporcionan pequeñas bagatelas y se jactan de su fragilidad, aunque dos mil años hayan golpeado tan en vano contra los disparates de Las ranas como contra la sabiduría de La República. Sufren una mezquina vergüenza por la alegría. Cuando salimos de una representación de Sueño de una noche de verano nos sentimos tan próximos a las estrellas como cuando salimos de El rey Lear. Pues la alegría de esas obras es más vieja que el pesar, su extravagancia es más cuerda que la sabiduría, su amor es más fuerte que la muerte.

Los viejos maestros de la locura saludable, Aristófanes o Rabelais o Shakespeare, tuvieron sin duda muchas trifulcas con los puritanos o ascéticos de su época, aunque intuimos que habrían sentido respeto por la severidad honesta y la mortificación coherente. Y, sin embargo, ¡qué abismos de desprecio, inconcebibles para cualquier moderno, habrían reservado para un movimiento y modelo estético que violase la moralidad y ni siquiera fuese capaz de experimentar placer, que ultrajase la cordura y no pudiera conseguir la exuberancia, que se contentara con un gorro de bufón sin campanillas!

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LOS MONSTRUOS Y LA EDAD MEDIA

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LA PROVINCIA DE BRITANIA

La tierra en la que vivimos disfrutó una vez del elevado privilegio poético

de ser el fin del mundo. Su extremo era ultima Thule, el más alejado confín de ninguna parte. Cuando los fanales romanos iluminaron por fin estas islas, perdidas en la noche de los mares norteños, todos sintieron que se había hollado la porción más remota de la tierra; y más por orgullo que por verdadero afán de poseerla.

Dicha sensación no era del todo inexacta, ni siquiera geográficamente. Estas regiones en la frontera de todo realmente tenían algo que solo podía definirse como fronterizo. Britania no era tanto una isla como un archipiélago y, como mínimo, un laberinto de penínsulas. En pocos países puede encontrarse con tanta facilidad el mar en la tierra y la tierra en el mar. Los grandes ríos parecen no solo desembocar en el mar, sino perderse entre los montes: todo el país, aunque llano en conjunto, se inclina en altas montañas hacia el oeste; y una tradición prehistórica le ha enseñado a mirar hacia el sol poniente en busca de islas aún más ensoñadoras que la suya. Los isleños están en sintonía con sus islas. Por diferentes que sean las naciones en las que hoy se dividen, los escoceses, los ingleses, los irlandeses, los galeses de las Tierras Altas occidentales tienen algo que los distingue de la monótona docilidad de los alemanes del interior, o del bon sens français que puede ser agudo o banal a voluntad. Los britanos tienen algo en común que ni siquiera las leyes de unión[136] han logrado deshacer. Su definición más exacta es la inseguridad, algo muy adecuado para unos hombres que pasean sobre acantilados y por el límite de las cosas. La aventura, un deleite solitario por la libertad y un humor poco ingenioso dejan tan perplejos a sus críticos como a ellos mismos. Sus almas son tan intrincadas como sus costas. Experimentan un azoramiento que perciben todos los extranjeros, y que quizá se exprese en los irlandeses por cierta confusión en la expresión y en los ingleses por cierta confusión de pensamiento. Pues la bula irlandesa no es más que una licencia con los símbolos del lenguaje, mientras que la bula de John Bull, la bula inglesa, es una «reflexión bovina», una perplejidad permanente de la imaginación[137]. Hay algo duplicado en su pensamiento como en un alma reflejada en muchas aguas. De todos los pueblos son los menos apegados a lo

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pura mente clásico: a esa claridad imperial con la que tan bien se desenvuelven los franceses y tan mal los alemanes y na da en absoluto los britanos. Son eternos colonos y emigrantes: tienen fama de encontrarse en casa en cualquier país, pero son como exiliados en su propia tierra. Están divididos entre el amor por su hogar y el amor por algo más, cosa de la que el mar podría ser la explicación o tan solo el símbolo, y que se encuentra también en una canción de cuna sin nombre que incluye el mejor verso de la literatura inglesa y el estribillo mudo de todos los poemas ingleses: «Tras las montañas y más allá…».

El primer gran héroe racionalista que conquistó Britania, ya fuese o no el frío semidiós de César y Cleopatra, era sin duda un latino entre los latinos y describió estas islas, cuando las encontró, con el seco positivismo de su pluma de acero. Pero incluso el breve informe de Julio César acerca de los britanos nos deja en parte con esa sensación de misterio que no se debe solo a la ignorancia de los hechos. En apariencia estaban gobernados por esa terrible institución que es el clero pagano. Piedras hoy sin forma, aunque ordenadas de forma simbólica, dan fe del orden y el trabajo de quienes las levantaron. Su culto era probablemente un culto a la naturaleza; y, aunque semejante base pudiera explicar en parte la cualidad elemental que siempre ha impregnado las artes de la isla, la colisión entre dicho culto y el Imperio tolerante sugiere la presencia de algo que suele surgir del culto a la naturaleza: lo sobrenatural. Pero César guarda silencio acerca de casi todas las cuestiones que hoy causan controversia. Guarda silencio acerca de si su lenguaje era «céltico»; y algunos topónimos incluso permiten insinuar que, al menos en parte, era ya teutónico. Soy incapaz de pronunciarme sobre la verdad de tales especulaciones, pero sí puedo hacerlo sobre su importancia, al menos desde el punto de vista de mis sencillos objetivos, y no hay duda de que su importancia se ha exagerado mucho. César no pretendía proporcionar más que la visión fugaz de un viajero; pero cuando, bastante tiempo después, los romanos regresaron y convirtieron Britania en una provincia romana, siguieron demostrando una peculiar indiferencia hacia las cuestiones que han inquietado a tantos eruditos. Lo que les preocupaba era dar y obtener de Britania lo mismo que habían dado y obtenido de la Galia. No sabemos si los britanos de entonces, y en ese sentido ni siquiera los de ahora, eran íberos, gaélicos o teutónicos. Sabemos que en muy poco tiempo fueron romanos.

De vez en cuando se descubre en la Inglaterra moderna algún fragmento de una calzada romana. Esta clase de antigüedades disminuyen más que aumentan la realidad romana. Hacen que parezca muy distante algo que sigue

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estando muy cerca, y que parezca muerto algo que sigue vivo. Es como escribir el epitafio de un hombre en la puerta de su casa: el epitafio será probablemente un elogio, pero a duras penas servirá como introducción personal. Lo verdaderamente importante acerca de Francia e Inglaterra no es que tengan restos romanos, es que son restos romanos. En realidad no se trata tanto de restos como de reliquias; pues siguen obrando milagros. Una hilera de álamos es más una reliquia romana que una hilera de columnas. Casi todo lo que llamamos obras de la naturaleza no han hecho más que crecer como hongos sobre esa obra original del hombre; y nuestros bosques son como musgo en los huesos de un gigante. Debajo de las semillas de nuestras cosechas y de las raíces de nuestros árboles se encuentran unos cimientos de los que los fragmentos de teja y ladrillo no son más que unos símbolos; y por debajo de los colores de nuestras flores silvestres están los colores de una calzada romana.

Britania fue completamente romana durante cuatro cientos años; más tiempo del que ha sido protestante, y mucho más tiempo del que lleva siendo industrial. Es necesario aclarar en unas pocas líneas lo que se entendía por ser romano, o se nos hará imposible entender lo que ocurrió después, y sobre todo lo que ocurrió justo después. Ser romano no significaba estar sometido, en el sentido en que una tribu salvaje puede esclavizar a otra, o en el sentido en que los cínicos políticos de épocas recientes esperaban con horrible esperanza la consunción de los irlandeses. Tanto conquistadores como conquistados eran paganos y ambos poseían las instituciones que nos parecen proporcionarle inhumanidad al paganismo: el triunfo, el mercado de esclavos, la ausencia total del sensato nacionalismo de la historia moderna. Pero el Imperio romano no destruía naciones; en todo caso las creaba. Originalmente los britanos no se enorgullecían de ser britanos; pero se enorgullecían de ser romanos. El acero romano era, al menos tanto un imán como una espada. En verdad era más bien un espejo redondeado de acero ante el que acudían a contemplarse todos los pueblos. Para Roma la misma pequeñez de su origen cívico era una garantía de la grandeza del experimento cívico. Roma por sí sola no podía someter el mundo más de lo que podía hacerlo Rutlandia[138]. Lo que quiero decir es que no podía someter a las otras razas del mismo modo en que los espartanos sometían a los ilotas o los americanos a los negros. Una maquinaria tan enorme tenía que ser humana, tenía que suministrar un asidero al que cualquiera pudiera agarrarse. El Imperio romano se fue haciendo necesariamente menos romano a medida que se fue haciendo más imperio; hasta que, no mucho después de que Roma le diera conquistadores a Britania,

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Britania le estaba dando emperadores a Roma. De Britania, tal como se jactaban los britanos, era la gran Emperatriz Helena, que fue la madre de Constantino. Y fue Constantino, como todo el mundo sabe, quien promulgó el edicto que todos han tratado de proteger o derribar durante generaciones[139].

Nadie ha podido ser imparcial respecto a dicha revolución. Y el escritor de estas líneas no ha de pretender serlo ahora. Que fue la más revolucionaria de las revoluciones, puesto que identificó el cuerpo muerto en un cadalso servil con el padre celestial, ha sido siempre un lugar común sin dejar de ser una paradoja. Pero hay otro elemento histórico en el que vale la pena fijarse: no hay por qué insistir en la importancia de su esencia, pero es muy necesario comprender por qué incluso la Roma precristiana conservó un halo místico para todos los europeos durante tanto tiempo. Dicho punto de vista culminó, quizá, en Dante, pero perduró durante todo el medievo y en consecuencia sigue obsesionando a la modernidad. A Roma se la veía igual que al hombre, poderosa, aunque caída, porque era lo más elevado que había hecho el hombre. Era divinamente necesario que el Imperio romano triunfara…, aunque solo fuera para poder fracasar después. Por ello la escuela de Dante implicaba la paradoja de que los soldados romanos mataran a Cristo no solo por derecho, sino por derecho divino. Para que la ley pudiera fracasar al enfrentarse a la prueba suprema tenía que ser una ley real y no una simple ilegalidad militar. De modo que Dios obró tanto a través de Pilatos como de Pedro. Por eso el poeta medieval se empeña en mostrar que el gobierno romano era simplemente un buen gobierno y no una usurpación. El punto crucial de la revolución cristiana se basaba en sostener que el buen gobierno era tan nefasto como el malo. Ni siquiera el buen gobierno era lo suficientemente bueno como para distinguir a Dios entre unos ladrones. Esto no solo tiene importancia porque implica un cambio colosal en la conciencia; la caída del paganismo reposa en la completa suficiencia de la ciudad o del Estado. Promulgó una especie de gobierno eterno en torno a una rebelión eterna. Debemos recordarlo constantemente durante la primera mitad de la historia inglesa, pues ése es el significado de las luchas entre los reyes y el clero.

El doble gobierno de la civilización y la religión perduró, en cierto sentido, durante generaciones; y antes de que aparecieran los primeros contratiempos debe considerarse como sustancialmente igual en todas partes. En cualquier caso terminó en gran parte en un estado de igualdad. Desde luego existía la esclavitud, como había existido en la mayoría de los estados democráticos de la antigüedad; y existía también el áspero oficialismo, como

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en la mayoría de los estados democráticos de nuestra época. Pero no había nada parecido a lo que conocemos en la época moderna por «aristocracia», y mucho menos a lo que entendemos por dominación racial. Por lo que se refiere a los cambios experimentados por esa sociedad con sus dos niveles de ciudadanos iguales y esclavos iguales, el único destacable fue el lento crecimiento del poder de la Iglesia a expensas del poder del Imperio. Es muy importante comprender que la gran excepción a la igualdad, la institución de la esclavitud, se vio lentamente modificada por ambas causas: perdió empuje tanto por el debilitamiento del Imperio como por el reforzamiento de la Iglesia.

Para la Iglesia la esclavitud no era un problema doctrinal, sino un esfuerzo de la imaginación. Aristóteles y los sabios paganos que habían definido las artes serviles o «utilitarias», habían considerado al esclavo como una herramienta, un hacha para cortar madera o cualquier cosa que fuese necesario cortar. La Iglesia no condenaba la acción de cortar, pero se sentía como si estuviera cortando cristal con un diamante. Y le obsesionaba el recuerdo de que el diamante es mucho más precioso que el cristal. Así el cristianismo no podía basarse en la simple concepción del paganismo de que el hombre estaba hecho para trabajar, dado que el trabajo tenía mucha menos importancia inmortal que el hombre. En esta época de la historia de Inglaterra suele situarse la anécdota de una broma de Gregorio el Grande y tal vez sea ésa la mejor forma de entenderla. Según la teoría romana, los esclavos bárbaros eran considerados cosas útiles. El misticismo del santo prefirió considerarlos ornamentales; y su «Non Angli sed Angeli», significaba más bien «No esclavos, sino almas». Viene al caso recordar de pasada que en el país moderno más colectivamente cristiano, Rusia, a los siervos siempre se les ha llamado «almas». La frase del gran pontífice, por manida que resulte, tal vez sea el primer vislumbre de los halos dorados del mejor arte cristiano. Así la Iglesia, cualquiera que fuesen sus otros errores, favoreció según su propia naturaleza una mayor igualdad social; y es un error histórico suponer que la jerarquía eclesiástica colaboró con las aristocracias o llegó a ser un todo con ellas. Era una inversión de la aristocracia: desde su visión ideal, al menos, los últimos iban a ser los primeros. La paradoja irlandesa que dice que «un hombre es tan bueno como otro y mucho mejor», contiene, como sucede con muchas contradicciones, una verdad: la verdad que servía de vínculo entre el cristianismo y la ciudadanía. El santo es el único de entre los seres superiores que no oprime la dignidad de los otros. No es consciente de su superioridad, pero es más consciente de su inferioridad que los demás.

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Y mientras un millón de pequeños clérigos y monjes iban royendo como ratones las ligaduras de la antigua servidumbre, seguía su curso otro proceso que hemos llamado aquí el debilitamiento del Imperio. Se trata de un proceso que resulta muy difícil de explicar incluso en nuestros días, pero que afectó a todas las instituciones de todas las provincias, en particular a la institución de la esclavitud. Y de todas las provincias fue en Britania, que estaba en la frontera o incluso más allá, donde su efecto resultó mayor. El caso de Britania, no obstante, no puede considerarse aisladamente. La primera mitad de la historia inglesa se ha vaciado de significado en las escuelas al tratar de explicarla sin referencias al conjunto de la cristiandad de la que formaba parte orgullosamente. Acepto sin recato la verdad contenida en la pregunta del señor Kipling cuando dice: «¿Qué van a saber de Inglaterra quienes solo conocen Inglaterra?», y solo disiento de él en que el mejor modo de ensanchar las ideas sea el estudio de agga- agga y Tombuctú. Se hace por tanto necesario, aunque resulte muy difícil, dar en pocas palabras una idea de lo que le aconteció a toda la raza europea.

Roma, que había edificado aquel mundo tan fuerte, era en realidad su eslabón más débil. El centro se había ido desdibujando y terminó por desaparecer. Roma había liberado al mundo tanto como lo había sometido, y ahora era incapaz de someterlo por más tiempo. Salvo por la presencia del Papa con su prestigio sobrenatural en constante aumento, la Ciudad Eterna se transformó en una de sus ciudades de provincias. El resultado fue un leve localismo y no un amotinamiento intelectual. Había anarquía, pero no rebelión, pues toda rebelión debe sustentarse en unos principios y por tanto (para quienes sean capaces de pensar) en una autoridad. Gibbon tituló su gran espectáculo en prosa Historia de la decadencia y ruina del Imperio romano. El Imperio declinó, desde luego, pero no cayó. Ha pervivido hasta hoy.

Por un proceso mucho más indirecto incluso que el de la Iglesia, esta descentralización y esta deriva trabajaron también en contra del estado esclavista de la antigüedad. No hay duda de que el localismo promovió esa elección de jefes tribales que llegó a llamarse feudalismo y del que hablaremos más tarde, pero ese mismo localismo tendió a destruir la posesión directa del hombre por el hombre, aunque su influencia negativa no pueda compararse en proporción a la influencia positiva ejercida por la Iglesia católica. El esclavismo pagano posterior, como nuestro propio trabajo industrial, que cada vez se le parece más, se desarrolló en una escala cada vez mayor y llegó a ser demasiado grande para controlarlo. Para el esclavo, su Señor visible terminó estando más lejos que su nuevo señor invisible. El

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esclavo se convirtió en siervo; es decir, podía ser encerrado, pero no dejado fuera. En cuanto pasó a pertenecer a la tierra, era cuestión de tiempo que la tierra le perteneciera a él. Incluso en el antiguo y más bien ficticio lenguaje sobre la propiedad de los esclavos hay una diferencia. La diferencia entre que un hombre sea considerado como una silla o como una casa. Canuto podía reclamar su trono, pero si lo que quería era su salón del trono tenía que ir a conquistarlo él mismo. Del mismo modo podía pedirle a su esclavo que corriera, pero solo podía pedirle a su siervo que se quedara donde estaba. Así los dos lentos cambios de la época tendieron ambos a transformar a la herramienta en hombre. Su estatus comenzó a tener raíces y todo lo que tiene raíces termina por tener derechos.

En todas partes el declive implicó una descivilización: el abandono de las letras, las leyes, los caminos y los medios de comunicación y la exageración caprichosa del color local. Pero en los confines del Imperio dicha descivilización llevó a la más pura barbarie debido a la presencia de vecinos salvajes dispuestos a destruir tan ciega y sordamente como el fuego destruye las cosas. A excepción del lívido y apocalíptico vuelo de langosta de los hunos, tal vez sea una exageración hablar, incluso en esas épocas oscuras, de una ola de barbarie, al menos si nos referimos a la vieja civilización en su conjunto. Pero no es del todo exagerado hablar de una ola de barbarie cuando se trata de lo que ocurrió en algunas de las fronteras del Imperio, en los límites del mundo conocido descritos al comenzar estas páginas. Y Britania estaba en ese extremo del mundo.

Tal vez sea cierto, aunque hay pocas pruebas de ello, que la capa de la civilización romana fuese más fina en Britania que en las otras provincias, pero en todo caso era una civilización muy civilizada. Se concentraba en las grandes ciudades como York, Chester y Londres, pues las ciudades son más antiguas que los condados y desde luego más antiguas que los países. Todas estaban conectadas por un esqueleto de grandes calzadas que eran y son los huesos de Britania. Pero con el debilitamiento de Roma, los huesos empezaron a romperse bajo la presión de los bárbaros, que llegaron primero del norte: los pictos que había más allá de la frontera de Agrícola, en lo que son hoy las Tierras Bajas escocesas. Todo este complejo período está repleto de alianzas temporales entre las tribus, generalmente de carácter mercenario: de bárbaros a los que se paga por ir o venir. Parece probado que durante esta pugna la Britania romana compró la ayuda de razas más rudas que vivían cerca del cuello de Dinamarca, en lo que es hoy el ducado de Schles ig. Elegidos para pelear solo contra algunos, naturalmente pelearon contra todos;

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y siguió un siglo de luchas, bajo cuyas pisadas las calzadas romanas se rompieron en pedazos aún más pequeños. Tal vez sea permisible disentir del historiador Green cuando dice que no debería haber lugar más sagrado para los ingleses que los alrededores de Ramsgate, donde se supone que desembarcó la gente de Schles ig; o cuando sugiere que su aparición marca el verdadero inicio de la historia de nuestra isla. Sería más cierto decir que, aunque prematuramente, estuvo a punto de ser su final.

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SAN FRANCISCO Y LA NATURALEZA

San Francisco no era un amante de la naturaleza. Si se piensa bien, un

amante de la naturaleza es justo lo que no era. La frase implica una aceptación del universo material como un ambiente vago, una especie de panteísmo sentimental. En el período romántico de la literatura, en la época de Byron y Scott, era relativamente fácil imaginar que un ermitaño en las ruinas de una capilla (preferiblemente a la luz de la luna) pudiera encontrar la paz y un dulce placer en la armonía y la solemnidad de los bosques y las silenciosas estrellas mientras se inclinaba sobre algún pergamino o volumen miniado, acerca de cuya naturaleza litúrgica el autor se mostraba ligeramente vago. En pocas palabras, el ermitaño podía amar la naturaleza como telón de fondo. Sin embargo, para san Francisco nada formaba parte del telón de fondo, salvo quizá esa divina oscuridad desde la que el amor divino había convocado una por una a todas las criaturas. Veía todo de un modo dramático, separado del decorado, no como parte de un cuadro, sino como una acción en una obra de teatro. Un pájaro pasaba a su lado como una flecha y era un propósito de vida y no de muerte. Un arbusto podía salirle al paso como un bandido, y sin duda estaba tan dispuesto a darle la bienvenida al uno como al otro.

En una palabra, hablamos de un hombre que era incapaz de separar las ramas del bosque. San Francisco era un hombre que no quería separar las ramas del bosque. Quería ver cada árbol como algo distinto y casi sagrado por ser hijo de Dios y por tanto hermano o hermana del hombre, Pero no quería plantarse ante un fragmento del decorado como si fuera un telón de fondo indicado del modo habitual: «Escena; un bosque». En ese sentido, podemos decir que era demasiado dramático para el drama. De haber escrito comedias, habría hecho que el escenario cobrara vida; el muro e incluso las candilejas habrían estado en primer plano. Todos serían, en cierto sentido, personajes. Esa es la cualidad que, como poeta, lo convierte justo en lo contrario de un panteísta. No llamaba madre a la naturaleza; llamaba hermano a un burro concreto o hermana a un gorrión en particular. Si hubiera llamado tía a un pelícano o tío a un elefante, cosa que podría haber hecho perfectamente, seguiría queriendo decir que eran criaturas muy especiales colocadas por su Creador en lugares muy concretos, y no meras expresiones de la energía

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evolutiva de las cosas. Ahí es donde su misticismo se aproxima tanto al sentido común del niño. Al niño no le cuesta comprender que Dios creara al perro y al gato, aunque sea muy consciente de que crear perros y gatos de la nada es un proceso misterioso que escapa a su imaginación. Pero ningún niño nos comprendería si mezclásemos al perro, al gato y todo lo demás para crear un monstruo de mil patas y lo llamásemos naturaleza. El niño se negaría en redondo a verle pies y cabeza a semejante animal. San Francisco era un místico, pero creía en el misticismo y no en la mistificación. Como místico, era el enemigo mortal de todos esos místicos que difuminaban los contornos de las cosas y disolvían una entidad en el ambiente. Era un místico del día y de la noche, pero no del crepúsculo. Era justo lo contrario de esos visionarios orientales que solo eran místicos porque eran demasiado escépticos para ser materialistas. San Francisco era sin duda un realista, entendida la palabra en su sentido medieval más real. En ese aspecto, estaba emparentado con lo mejor del espíritu de su época, que acababa de derrotar al nominalismo del siglo XII. Sin duda había algo simbólico en las artes y la decoración contemporáneas, igual que en el arte de la heráldica. Los pájaros y los animales de san Francisco parecían animales heráldicos, no porque sean fabulosos, sino porque para él eran hechos claros y sencillos a los que no afectaban las ilusiones de la atmósfera y la perspectiva. En ese sentido veía un ave perchada sobre un campo de azur o una oveja plateada sobre un campo sinople. No obstante, la heráldica de la humildad era más rica que la heráldica del orgullo; pues consideraba esos dones otorgados por Dios como algo más precioso y único que los blasones que los príncipes y los nobles se habían otorgado a sí mismos. No hay duda de que, partiendo de las profundidades de esa renuncia, se alzó por encima de los más altos títulos de la época feudal, por encima de los laureles de César o de la corona de hierro de Lombardía. Qué mejor ejemplo de unos extremos que se tocan que el caso del hombrecillo que, tras despojarse hasta de su propio nombre, adopta el mismo título del que tanto se había vanagloriado el majestuoso autócrata asiático y se hace llamar el hermano del Sol y de la Luna.

Esta cualidad excelente o incluso sorprendente de las cosas, tal como las veía san Francisco, es tan importante como reveladora del carácter de su vida. Veía las cosas de un modo tan dramático que él mismo era siempre dramático. Resulta innecesario decir que por eso mismo debemos asumir que era un poeta y que solo se le podía comprender como poeta. Pero disfrutaba de un privilegio poético que suele negársele a casi todos los poetas. En ese aspecto, podría considerársele el único poeta feliz cuya vi da entera fue un

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poema. No era tanto un juglar cantando sus propias canciones como un dramaturgo capaz de representar toda su obra. Las cosas que decía eran más imaginativas que las que escribía. Su paso por la vida fue una serie de escenas, en las que tuvo la suerte perpetua de arrastrar todo a una crisis hermosa. Hablar del arte de vivir ha llegado a parecer más artificial que artístico. Pero san Francisco convirtió, en un sentido muy concreto, en arte el hecho mismo de vivir, aunque fuera un arte impremeditado. Muchos de sus actos podrán parecer grotescos y absurdos desde la óptica racionalista. Pero siempre fueron actos y no explicaciones; y siempre significaron lo que él quería que significaran. La impresionante vivacidad con la que se grabó en la memoria y la imaginación de la humanidad se debe en gran parte al hecho de que se le vio, una y otra vez, bajo esas condiciones tan dramáticas. Desde el momento en que se rasgó las vestiduras y las arrojó a los pies de su padre hasta el momento en que se tendió a morir sobre la tierra desnuda como si estuviera en la cruz, su vida está hecha de esas actitudes inconscientes y esos gestos decididos. Sería fácil llenar páginas y páginas con ejemplos, pero aquí seguiré el método que parece más conveniente para este breve retrato y tomaré un ejemplo típico para tratarlo con algo más de detalle de lo que sería posible en un catálogo con la esperanza de esclarecer mejor su sentido. El ejemplo escogido aconteció en los últimos días de su vida, pero se refiere de un extraño modo a los primeros; y completa la curiosa unidad de esa leyenda de la religión.

La frase sobre su hermandad con el sol y la luna, y con el agua y el fuego, aparece por supuesto en su famoso poema titulado «Cántico de las criaturas» o «Alabanzas de las criaturas». Lo cantó mientras vagaba por la estación más soleada de su propia carrera, cuando estaba lanzando al cielo todas las pasiones de un poeta. Es una obra tremendamente característica, y gran parte de la figura de san Francisco podría reconstruirse a partir de esa única obra. Aunque en algunos aspectos sea tan sencilla y directa como una balada hay en ella un delicado instinto de diferenciación. Reparen, por ejemplo, en la sugerencia del sexo de los objetos inanimados, que va mucho más allá de los géneros arbitrarios de la gramática. No es casualidad que llame hermano al fuego, fiero, fuerte y alegre, y hermana al agua, pura, clara e inviolada. Recuerden que san Francisco no estaba ni entorpecido ni asistido por todo ese politeísmo griego y romano convertido en alegoría, que ha sido para la poesía europea a veces una inspiración y demasiadas veces una convención. Ganara o perdiera con su desprecio por la erudición, nunca se le ocurrió relacionar a Neptuno y a las ninfas con el agua, o a Vulcano y los cíclopes con las llamas.

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Como ya hemos sugerido, eso ilustra de manera exacta que, lejos de tratarse de un nuevo florecimiento del paganismo, el renacimiento franciscano fue una suerte de nuevo comienzo y de primer despertar tras un olvido del paganismo. Ciertamente es responsable de su característica frescura. En todo caso, es como si san Francisco hubiese fundado un nuevo folklore, pero hubiera sabido distinguir a las sirenas de los sirenos y a las brujas de los magos. Por decirlo brevemente, tuvo que construir su propia mitología, pero supo distinguir de un vistazo a las diosas de los dioses. Este fantasioso instinto por los sexos no es el único ejemplo de su instinto imaginativo. La misma peculiar felicidad se da en el hecho de que distinga al sol con un título con un matiz cortesano distinto del de hermano; con una frase que un rey podría utilizar para referirse a otro y que se corresponde a «Monsieur notre frère». Es como una apagada e irónica sombra de la deslumbrante primacía que ostentó en los cielos paganos. Se dice que un obispo se quejó de que un inconformista se refiriera a san Pablo llamándole Pablo y luego añadió: «Al menos podría haberle llamado don Pablo». Del mismo modo, san Francisco está libre de la obligación de gritar en alabanza o temor del señor dios Apolo y en su nuevo cielo de jardín de infancia le saluda como don Sol. Es en esas cosas en las que demostró una especie de infantilismo inspirado, que solo igualan los cuentos de guardería. Algo de ese neblinoso aunque saludable respeto hace que en la historia del señor Zorro y el señor Conejo se aluda respetuosamente al señor Hombre.

Este poema, repleto de la alegría de la juventud y de los recuerdos de la infancia, recorre su vida como un estribillo, y en su charla habitual aparecen continuamente retazos del mismo. Tal vez la aparición final de su particular lenguaje ocurre en un incidente que siempre me ha parecido muy impresionante y que en cualquier caso es muy ilustrativo de las maneras grandilocuentes y de los gestos a los que me refiero. Las impresiones de ese tipo son cuestión de imaginación y, en cierto sentido, de gusto. Es ocioso discutir sobre ellas; pues su principal característica es que han llegado a estar más allá de las palabras e incluso cuando emplean palabras parecen completarse con algún movimiento ritual como una bendición de un golpe…

San Francisco era un hombre agonizante, podríamos decir que un anciano, en la época en la que ocurrió este incidente tan típico, pero de hecho tan solo era viejo prematuramente, pues cuando murió, fatigado por una vida de luchas y privaciones, no había cumplido los cincuenta años. Pero cuando descendió del terrible ascetismo y de la aún más terrible revelación de Alverno, era un hombre roto. Como veremos en su momento, cuando nos refiramos a estos

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acontecimientos, no solo su decadencia física y su enfermedad pudieron haber ensombrecido su vida; hacía poco que le habían decepcionado los indicios de un compromiso y un espíritu más político o práctico en su propia orden y había gastado sus últimas energías en oponérseles. En ese momento le dijeron que se estaba quedando ciego. Si he logrado transmitir aquí la impresión que tenía san Francisco de las formas y los colores heráldicos y del simbolismo de los pájaros y animales y flores, podrán hacerse una idea de lo que suponía para él quedarse ciego. Sin embargo, el remedio era peor que la enfermedad. El remedio, ciertamente incierto, era cauterizar el ojo, y sin anestesia. En otras palabras, consistía en quemarle los ojos con un hierro al rojo. Pocos martirios vanamente buscados en Siria podían haber sido peores. Cuando sacaron el cauterio del horno, se incorporó con un gesto educado y le habló a una presencia invisible: «Hermano Fuego, Dios te hizo hermoso y fuerte y útil; te ruego que seas amable conmigo».

Si hay un arte de vivir, me parece que ese momento fue una de sus obras maestras. No muchos poetas han tenido la ocasión de recordar su propia poesía en un momento semejante, y menos aún de vivir uno de sus propios poemas. Incluso illiam Blake se habría desconcertado si, mientras releía sus nobles versos: «Tigre, tigre, que brillas deslumbrante», un verdadero y gigantesco tigre de Bengala se hubiera asomado a la ventana de su casita en Felpham con la clara intención de arrancarle la cabeza de un mordisco. Habría vacilado antes de saludarle educadamente y completar la recitación del poema ante el cuadrúpedo al que estaba dedicado. Shelley, cuando deseaba ser una nube o una hoja llevada por el viento, se habría sorprendido de encontrarse girando lentamente en el aire a mil metros de altura sobre el mar. Incluso Keats, aunque era consciente del frágil vínculo que le unía a la vida, se habría asustado al descubrir que la auténtica, la ruborosa Hipocrena[140] de la que acababa de beber contenía verdaderamente una droga que garantizaba su fallecimiento sin dolor a medianoche. No había droga para Francisco y sí mucho dolor. Pero en lo primero en lo que pensó fue en una de las primeras fantasías de las canciones de su juventud. Recordó la época en la que una llama era una flor, la más gloriosa y alegremente coloreada de las flores del jardín de Dios; y cuando esa flor brillante volvió a él en la forma de un instrumento de tortura, la saludó desde lejos como a un viejo amigo, llamándola por un sobrenombre que podría con toda razón ser su nombre de pila.

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LA PARADOJA DE LA HUMILDAD

He estado leyendo Las florecillas de san Francisco, una recopilación de

dichos y hechos de los primeros tiempos de la hermandad franciscana tal como los desarrolló y distorsionó la religión popular y no tanto como los transmitió la biografía religiosa formal. Hay, por supuesto, biografías católicas autorizadas de san Francisco; ésta es una vida no autorizada —nada autorizada—. Las historias abarcan desde las trivialidades más cotidianas hasta los cuentos de hadas más descabellados. En un párrafo leemos cómo el Hermano Junípero le dio dinero a un hombre pobre. En el siguiente leemos cómo san Francisco llegó a un trato con un lobo feroz, que afirmaba con la cabeza a cada frase y acabó estrechándole la mano al santo para ratificar el acuerdo. Un hombre moderno puede tratar de muchos modos un libro así. Puede hojearlo como una mera bagatela anticuada o quemarlo como un álbum de recortes plagado de demenciales supersticiones, y éste sería el modo más cristiano de tratarlo. Pero si desea, en un rapto de la imaginación, entender verdaderamente lo que significa, deberá dejar a un lado su condescendencia y su ira. Deberá preguntarse qué fue aquel extraño amanecer de la Edad Media en el que san Francisco fue el lucero del alba. No le bastará con reírse de Francisco, tendrá que reírse, aunque sea por un momento, con él. Deberemos tratar de comprender qué era lo que separaba a Francisco de los demás monjes. Y para eso deberemos comprender qué era lo que le unía a esos mismos monjes, ¿qué era el cristianismo medieval?

Cuando en un futuro próximo se produzca el choque entre el cristianismo y las fuerzas que se le oponen genuinamente, el símbolo y el estandarte en torno a los que rugirá la batalla será el problema de eso que llamamos humildad. Los modernos están dispuestos a admitir las demás virtudes, aunque sea a costa de debilitarlas y distorsionarlas. Admitirán la piedad, aunque puede que la degraden en humanitarismo. Admitirán la justicia, aunque la amortezcan hasta convertirla solo en orden. Incluso se verán obligados a admitir la fe, debido a la mucha que es necesaria para aceptar sus propias filosofías. Pero también rechazarán de un modo plausible y defendible, y con un aire de inteligencia moderna, que la humildad sea siquiera una virtud. En eso tienen de su parte algunos ejemplos de virtud

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paganos y orientales, y tienen también de su lado (o al menos lo parece) toda la retórica instintiva e incluso admirable de la vanagloria y la exaltación que ha dado lugar a una parte tan grande de la poesía y la oratoria de la humanidad. Sin embargo, esta doctrina del orgullo pagano se hundirá como ya se hundió antes. Hay algo atractivo en el «Quid times Caesarem vobis»[141]. Aunque, después de todo, no impidió que acuchillaran a dicho caballero en el Capitolio. No sé qué impresión tendrán otros lectores de la historia, pero a mí siempre me dio la impresión de que el carácter de César es el de una persona desoladoramente infeliz. Y si nos preguntamos por la causa de su infelicidad, no nos equivocaremos mucho si la llamamos meramente ausencia de humildad. Nada sorprendió nunca a César; es decir, nada le satisfizo nunca.

El interés moderno por san Francisco es muy grande, pero no siempre adecuado. Si queremos establecer con justicia la posición que ocupa en la historia es preciso tener siempre presente la permanente paradoja de la humildad. Francisco era ciertamente algo más que un típico monje devoto. Pero no debemos exhibirlo en el mundo moderno como una especie de esteta moderno, con las vestiduras de un cuadro de Rossetti y la ética de un restaurante vegetariano. Francisco era un hombre típico del siglo XIII; un guerrero con lanza y espada en su juventud, un hombre de marcados apetitos fuertemente reprimidos, un católico dogmático y un poderoso líder popular. Francisco no emprendió ninguna campaña contra las plumas de águila pescadora o las riendas de los caballos, sino algo muy diferente. Lo que hizo, en mi opinión, fue esto: hasta su época la Iglesia había insistido, con razón, en que la humildad era una fuente de mejora moral. Por decirlo brevemente, el cristianismo había enseñado a los hombres a ser humildes para que repararan en lo malos que eran. Francisco fue el primero (después del propio Cristo) en enseñar a los hombres a ser humildes para que pudiesen darse cuenta de lo buenos que eran. El orgullo no solo es enemigo de la instrucción. El orgullo es enemigo de la diversión. La principal lección de san Francisco de Asís es esta idea de autoaniquilación que se corresponde con una imagen casi fantástica. Matthe Arnold manifestó su desazón y desaprobación porque Francisco se refiriera a su propio cuerpo como «mi hermano el burro». Precisamente porque Matthe Arnold tenía mejor opinión de Matthe Arnold que la que tenía Francisco de Francisco, éste es con mucho el más alegre de los dos. Arnold nunca podría haber escrito el «Cántico de las criaturas» con su rugiente fraternidad del universo. Francisco es el único capaz de decir «mi hermano el burro» y de sentir a «mi hermano el sol».

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Aquí, por tanto, es donde debemos situar a san Francisco y sus leyendas felices. En el punto en el que la humildad ha triunfado por fin, porque por fin se ha vuelto alegre. El pecado del mundo pagano ha sido expiado y ha quedado atrás. El cristianismo, incluso humanamente considerado, consistió en el inmenso arrepentimiento de la Europa romana. Fue una especie de arrepentimiento en el lecho mortal. Necesario, pero morboso. San Francisco, por así decirlo, sigue en su lecho de enfermo, pero tiene el clamoroso buen humor que acompaña a menudo a la convalecencia. La disciplina, la pobreza, la autodegradación, han contribuido a restaurar la salud del arruinado carácter europeo. El último pagano se había adorado a sí mismo. El primer cristiano se vio obligado a denigrarse a sí mismo. Cuando comenzó a denigrarse a sí mismo, comenzó a olvidarse de sí mismo. Y cuando comenzó a olvidarse de sí mismo, comenzó a disfrutar de sí mismo.

Hay una ligera sombra que convierte el gris en púrpura. Hay un matiz innombrable que está entre el peor y el mejor de los colores. Ese gris que se vuelve púrpura es el símil más cercano que se me ocurre para la pobreza y el placer de los franciscanos. Pero se trata de algo muy fresco y delicado, como los primeros descubrimientos de la infancia. El monje franciscano solo es consciente de su falta de mérito. No es consciente de su alegría. Esta paradoja, de una humillación que se nombra para producir una alegría que no se nombra, constituye toda la poesía del amanecer gris y plateado de la civilización medieval; y es la raíz de toda la ironía y la fantasía que los modernos sienten al leer estas historias. Por ejemplo, hay una historia sobre cómo el hermano Junípero «jugó al veo-veo para mortificarse». El lector experimenta una especie de convicción subconsciente de que, en realidad, jugó al veo-veo para divertirse. Pero la verdad es una mezcla de las dos cosas y requiere una psicología más sutil. El hombre creía sinceramente que unirse a un grotesco juego infantil serviría para quebrarle el espinazo a su orgullo. Pero en la operación intervenía también, involuntaria e invisiblemente, un aliento del paraíso de los niños. Y, sin duda, el veo-veo (aparte de ser un juego estupendo) es un símbolo más que acertado del principio de que aquel que se humilla se alegrará.

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DEFENSA DE LA HUMILDAD

El acto de defender cualquiera de las virtudes cardinales provoca hoy la

misma euforia que un vicio. Los tópicos morales han sido tan discutidos que han empezado a resplandecer como tantas otras brillantes paradojas. Y cualquiera que defienda la humildad (en particular en esta época de idealismo egoísta) adquiere un no sé qué de depravación inexpresable.

No entra dentro de mis intenciones defender la humildad desde un punto de vista práctico. Los puntos de vista prácticos carecen de interés, y además, desde un punto de vista práctico las razones que asisten a la humildad son apabullantes. Todos sabemos que la «divina gloria del ego» socialmente es una gran molestia; todos, de hecho, valoramos a nuestros amigos por la modestia, frescura y sencillez de sus corazones. Cualquiera que sea la razón, todos respetamos calurosamente la humildad…, de los demás.

Pero es necesario profundizar más en la cuestión. Si las razones para la humildad se encontrasen solo en la conveniencia social, serían bastante triviales y temporales. Los egoístas podrían ser los mártires de una dedicación más noble y es posible que estuvieran sufriendo por un ideal más arduo. Y, a juzgar por la comparativa naturalidad que demuestran en las relaciones sociales, no parece que sea ésta una idea muy descabellada.

Hay algo que conviene apreciar al comienzo de un estudio sobre la humildad desde un punto de vista intrínseco y eterno. La nueva filosofía del egoísmo y la autoafirmación señala que la humildad es un vicio. De ser así, está muy claro que se trata de uno de esos vicios que son parte integral del pecado original. Sigue con la precisión de un mecanismo de relojería cada una de las grandes alegrías de la vida. Nadie, por ejemplo, se enamoró nunca sin caer en un desenfreno de humildad. Cualquier persona natural y con sangre en las venas, como los escolares, disfruta de la humildad, desde el momento en que experimenta la adoración por los héroes. Tanto sus defensores como sus detractores, consideran la humildad un peculiar desarrollo del cristianismo. La razón más obvia y verdadera suele pasarse por alto. Los paganos insistían en la autoafirmación porque la esencia de su credo era que los dioses, aunque fuertes y justos, eran místicos, caprichosos, e incluso indiferentes. Pero la esencia del cristianismo era, en sentido literal, el Nuevo Testamento —un

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pacto con Dios que ofrecía a los hombres una clara liberación—. Se consideraban seguros; pedían palacios de madreperla y plata bajo el sello y el juramento del Todopoderoso; se consideraban ricos con una bendición irrevocable que les ponía por encima de las estrellas; e inmediatamente descubrieron la humildad. Fue solo un ejemplo más de la misma inmutable paradoja. Los humildes son siempre quienes se sienten seguros.

Este ejemplo particular perdura en los evangelistas callejeros. Es cierto que resultan bastante irritantes, pero nadie que los haya estudiado realmente puede negar que la irritación la provocan dos cosas: una irritante alegría y una irritante humildad. Esta combinación de contento y postración es demasiado universal como para pasarla por alto. Si la humildad se ha desprestigiado como virtud en nuestros días, no es del todo irrelevante señalar que dicho desprestigio ha surgido al mismo tiempo que se producía el enorme colapso de la alegría en la literatura y la filosofía contemporáneas. La gente ha resucitado el esplendor de la autoafirmación griega a la vez que resucitaba la amargura del pesimismo griego. Ha aparecido así una literatura quinos otorga a todos la libertad de las deidades autosuficientes al tiempo que nos exhibe ante nosotros mismos como sórdidos lunáticos que deberían estar encadenados como perros. Se trata, sin duda, de un extraño estado de cosas. Cuando somos verdaderamente felices nos consideramos indignos de esa felicidad. Pero cuando exigimos una emancipación divina nos parece estar totalmente seguros de que somos indignos de cualquier cosa.

La única explicación posible debe estar en la convicción de que la humildad tiene raíces infinitamente más profundas de lo que suponen los modernos; de que se trata de una virtud metafísica y casi podríamos decir que matemática. Probablemente la mejor manera de comprobarlo sea estudiar a quienes desprecian francamente la humildad y afirman el supremo deber de perfeccionar y expresar el propio ser. Esa gente tiende, por un proceso perfectamente natural, a llevar sus propios dones de cultura, intelecto o poder moral a una gran perfección, apartando sucesivamente todo lo que les parece inferior a sí mismos. Dejar las cosas a un lado está muy bien, pero tiene un corolario muy sencillo y es que aquello que dejamos a un lado nos deja a nosotros de lado. Cuando le cerramos una puerta al viento, no es menos cierto que el viento nos cierra la puerta a nosotros. Cualesquiera que sean las virtudes a las que conduce el egoísmo triunfante, nadie podrá demostrar de manera razonable que conduzca al conocimiento. Echar a un mendigo de nuestra puerta puede estar muy bien, pero suponer que conocemos todas las historias que el mendigo podría habernos contado es un completo disparate; y

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eso es lo que pretende en la práctica el egoísmo que considera que la autoafirmación puede obtener el conocimiento. Un escarabajo puede o no ser inferior al hombre —eso habría que demostrarlo—; pero aunque fuera mil veces inferior, el hecho sigue siendo que probablemente los escarabajos tengan una visión de las cosas que el hombre ignora por completo. Y si quiere comprender ese punto de vista, difícilmente lo logrará deleitándose en el hecho de que no es un escarabajo. El más brillante exponente de la escuela egoísta, Nietzsche, admitió, con una lógica mortífera y honorable, que la filosofía de la autosatisfacción conduce a mirar con desprecio a los débiles, a los cobardes y los ignorantes. Mirar las cosas con desprecio puede ser una experiencia deliciosa, solo que, desde un globo, nada, desde una montaña a una col, se ve tal y como es. El filósofo del ego lo ve todo, de eso no hay duda, desde un cielo elevado y rarificado; pero todo lo ve acortado o deformado.

Si imaginamos que alguien quisiera ver, dentro de lo posible, las cosas tal y como son en realidad, sin duda debería seguir un procedimiento distinto. Tendría que apartarse por un tiempo de las peculiaridades personales que le separan de su objeto de estudio. Es difícil, por ejemplo, para un hombre examinar un pez sin desarrollar cierta vanidad por tener un par de piernas, como si fuesen el último grito en cuestión de adorno personal. Pero si se quiere entender aproximadamente a los peces, es necesario superar ese dandismo fisiológico. El estudioso serio de la moralidad de los peces deberá cortarse, espiritualmente hablando, las piernas. Y, del mismo modo, el estudioso de las aves tendrá que deshacerse de sus brazos; el amante de las ranas tendrá que arrancarse los dientes mediante un esfuerzo de la imaginación, y quien pretenda comprender los temores y esperanzas de las medusas se verá obligado a simplificar su aspecto físico hasta un extremo verdaderamente alarmante. Da la impresión, por tanto, de que este gran cuerpo nuestro y todos sus instintos naturales, de los que tanto y tan justamente nos enorgullecemos, es más bien un incordio cuando tratamos de apreciar las cosas como deben ser apreciadas. Y, de hecho, cada vez que deseamos sentir la bondad de las cosas debemos pasar realmente por un proceso de ascetismo mental, por una castración de todo nuestro ser. De vez en cuando es bueno ser tan transparente, tan luminoso y tan invisible como una simple ventana.

En una obra muy entretenida, que nos hizo reír a carcajadas en la infancia, se explica que un punto no tiene partes ni magnitud. La humildad es el suntuoso arte de reducirse a un punto, no a algo grande o pequeño, sino a una

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cosa que no tiene tamaño, de modo que todas las cosas del universo sean como son en realidad —de tamaño inmensurable—. Que los árboles sean altos y la hierba baja es un mero accidente provocado por nuestras unidades de medida y nuestra propia estatura. Para aquel que se ha despojado por un momento de sus propios cánones temporales, la hierba es un bosque eterno habitado por dragones; las piedras del camino son como increíbles montañas apiladas una sobre la otra; los dientes de león son como hogueras gigantescas que iluminan la tierra a su alrededor; y las campanillas sobre sus tallos son como planetas colgados en el cielo cada uno más alto que el otro. Entre dos estacas de una cerca se extienden nuevos y terribles paisajes; aquí un desierto, sin nada más que una roca olvidada; aquí un bosque milagroso en el que todos los árboles florecen con los matices del crepúsculo; aquí un mar repleto de monstruos que ni siquiera Dante osaría haber soñado. Son las visiones de quien, como el niño del cuento de hadas, no teme hacerse pequeño. Entretanto, el sabio que pone su fe en la magnitud y en la ambición se va haciendo más y más grande como un gigante, lo que significa tan solo que las estrellas se van haciendo más y más pequeñas. Para él, un mundo tras otro van cayendo en la insignificancia; toda la vida apasionada e intrincada de las cosas se aleja de él como la de los infusorios para un hombre con un microscopio. Se eleva a través de eternidades desoladas. Puede encontrar nuevos sistemas y olvidarlos; puede descubrir nuevos universos y aprender a despreciarlos. Pero la visión encumbrada y tropical de las cosas tal como son —las gigantescas margaritas, los dientes de león que se alzan al cielo, la gran Odisea de océanos de extraños colores y árboles de extrañas formas, de polvo como las ruinas de los templos, y de semillas que parecen ruinas de estrellas…, toda esa visión colosal perecerá con el último de los humildes.

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EL GIOTTO Y SAN FRANCISCO

San Francisco de Asís ha sido durante siglos un santo popular; en nuestra

época ha corrido por primera vez el peligro de convertirse en un santo de moda. Esa distinción de los salones, que se supone ha sido una tentación evitada por muchos santos a lo largo de sus vidas, y que, ciertamente, es un peligro que acecha a la mayor parte de los predicadores populares durante toda su existencia, amenaza ahora a este predicador popular seiscientos años después de su muerte. Es natural que los poetas se interesen por el poeta que prácticamente fue el fundador del arte medieval, y por tanto moderno. Y no es menos cierto que allí donde admitimos al artista, es muy difícil excluir al esteta. Esa clase de frívolo alboroto literario, aunque a menudo sea un sentimiento sincero y un tributo valioso, es justo lo contrario de la sólida y tradicional popularidad que san Francisco tuvo entre incontables generaciones de agricultores. Hay algo acerca de las tradiciones de los campesinos, e incluso acerca de las leyendas de los campesinos, que sabe cómo mantener los pies en el suelo. La marca de fábrica del verdadero folklore es que hasta el cuento más descabellado sea eminentemente sensato. Lo vemos en las historias más extravagantes de los santos, si las comparamos con las extravagantes teorías de los sofistas y los románticos. Tómese, por ejemplo, el más hermoso atributo por el que se ama, con razón, a san Francisco en el mundo moderno: su ternura hacia los animales inferiores. Está ilustrada en el folklore medieval mediante fantasías y no mediante modas. Es imposible imaginar una fábula más fabulosa, en el sentido de fantástica y francamente increíble, que la historia de san Francisco llegando a un acuerdo con un lobo enorme y peligroso; tras redactar un documento legal con una serie de promesas cuidadosamente numeradas y de concesiones de la parte de la primera parte y la parte de la segunda parte, la bestia salvaje firma una declaración jurada asintiendo con la cabeza. Y, sin embargo, en ese cuento de hadas hay una sagacidad rústica y realista que procede de las verdaderas relaciones con animales, y por tanto está llena de sentido común. No fue escrito por el típico adorador monomaniaco de los animales. Es una historia agradable porque el santo considera tanto al campesino como al lobo. San Francisco no era la clase de hombre que congeniara con un hipotético hindú

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capaz de dejarse devorar lentamente por un tigre de Bengala y conservar un estado de serenidad filosófica, porque los tigres son tan cósmicos como los hindúes. El sentido común cristiano de san Francisco, incluso en esta fábula descabellada, se basa en el hecho vital de que los hombres deben ser salvados de los lobos, tanto como los lobos del hambre, o quizá incluso éstos lo necesiten más, y una cosa semejante solo podía lograrse mediante algún acuerdo explícito. De modo que destacar la ausencia de comunicación, y por tanto de contrato, entre los hombres y las bestias es poner el dedo en la llaga. Es comprender que una obligación moral debe ser mutua. San Francisco, al contemplar al lobo de la montaña, hace la misma pregunta que Job al contemplar al monstruoso Leviatán: «¿Hará un pacto contigo?»[142]. Es una especie de recio instinto popular, que nunca llegó a perder el santo popular, por mucho que abran los ojos los extraños al ver sus agonías o sus antiguallas. La gente recordaba que había sido bueno con ellos y con los pájaros y con los animales; y el hecho sigue siendo evidente en los más remotos y extravagantes rumores que circulan sobre él. En eso es en lo que se distingue de los más bien desequilibrados y antinaturales humanitarios de los tiempos modernos. De hecho, san Francisco no está, ni mucho menos, solo entre los medievales y otros santos en su protesta y su defensa de los animales contra el hombre; aunque probablemente esté solo en su capacidad poética e imaginativa de grabarse en el recuerdo de la imaginación popular en forma de imágenes pintorescas. Algunos de los mayores sacerdotes medievales muy anteriores a san Francisco, san Anselmo, por ejemplo, eran famosos por pedir piedad para con todos los animales de la creación; muchos de ellos, san Hugo de Lincoln, por ejemplo, tenían un gusto todavía más excéntrico por los animales domésticos; san Hugo en lugar de predicar a los pájaros, parece haber permitido que un ave enorme le acompañara a todas partes como un capellán. Pero lo más notable de esta teoría medieval de la piedad es su carácter amable y razonable, por muy extraña que fuera su manera de expresarse, su comprensión de las necesidades corrientes de la gente corriente y un humanitarismo que no excluía a la humanidad. En ese sentido, la auténtica era de los fanáticos es la edad moderna.

El hecho de que san Francisco se haya convertido en una moda moderna, después de haber sido tanto tiempo una tradición medieval, bien podría despertar en sus verdaderos admiradores el temor de que su culto se volviera meramente artístico en el sentido de meramente artificial. Y, sin embargo, pese a una o dos intervenciones incongruentes nada de eso ha sucedido. Tal vez el mayor tributo a la verdad y sinceridad de san Francisco sea que, incluso

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ahora, es capaz de conservar su sencillez ante la admiración de los elegantes, igual que el franciscano del cuento fue capaz de mantener a distancia a los elegantes haciendo el tonto en un balancín. Y esta notable escapatoria del ahogo de la sofisticación en nada se expresa mejor que en lo que hoy sigue siendo, incluso para la mirada del viajero, la desnuda nobleza de su ciudad natal.

Cualquier viajero experimentado se aproximará a la empinada ciudad de Asís con cierto sentimiento de duda e incluso de temor. Sabrá que el descubrimiento moderno del santo medieval puede ir seguido de desastres más sutiles que los que ha creído ver la superstición tras el moderno desenterramiento del rey de Egipto. Sabrá que hay cosas para las que las guías turísticas no son el mejor guía; cosas que ven mejor los peregrinos solitarios que los gregarios turistas. Y, sin el menor asomo de superioridad y mucho menos de misantropía, guardará el recuerdo de otros lugares que no valió tanto la pena visitar debido a las masas de visitantes. Sabrá que las riñas de los curanderos han mancillado el gran silencio de Glastonbury; sabrá que algo de cierto hay en los informes de que el bullicio alrededor de las vistas pintorescas y los gritos pidiendo propinas le han estropeado a más de uno la aventura espiritual de Jerusalén. Sabedor de cuántos estetas sin rumbo, de cuántos intelectuales irresponsables, y de cuantos corderos de la moda y el exhibicionismo siguen esa ruta a través de Italia, tendrá motivos para temer que la antigua sencillez de Asís haya desaparecido. Pero cuando la vea, si se me permite responder por al menos uno de esos viajeros, experimentará lo que solo puedo describir como un frío sobresalto de consolación.

La ciudad está fundada sobre una roca; la ciudad es una roca; y es demasiado sencilla para que la estropee nadie. Ha sido prácticamente imposible pintar, dorar, acolchar, tapizar o siquiera rascar esa roca. A grandes rasgos, solo su austeridad permanece en la memoria; e incluso la belleza del paisaje es austera. Es posible que haya, de hecho hay, una típica acumulación de baratijas populares y objetos de devoción en las esquinas, que pudiera molestar a algunas personas muy quisquillosas, pero no es ésa la clase de peligro en la que estoy pensando, ni siquiera desde el punto de vista de quienes creen que encierra peligro por otros motivos. No es que los ignorantes o los inocentes que acuden a ver al santo cometan ningún abuso, se trata de la condescendencia con la que lo miran; no es que introduzcan la idolatría en la institución de un santo patrono, sino que tratan al patrono con paternalismo. Y aunque por esta estación del peregrinaje italiano han pasado multitudes imbuidas por semejante esnobismo, el caso es que no han dejado huella como

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en tantos otros lugares parecidos; las colinas las han olvidado y sus personalidades se han desvanecido como el olor de su gasolina. San Francisco sigue solo con sus frailes y sobre todo con sus amigos; en particular con aquel amigo que le sirvió de intérprete ante la expansiva civilización que le siguió; el amigo que supo expresar en imágenes lo que el propio Francisco siempre había sentido como imaginería, o eso que llamamos imaginación; el pintor que tradujo al poeta: el Giotto.

El avance de la crítica artística es un continuo retroceso; da la impresión de que, por algún extraño motivo, estuviera destinada a caminar perpetuamente hacia atrás en pos de períodos más y más antiguos. Al principio del siglo XIX, los críticos aceptaron por fin la normalidad de los antiguos griegos. Al final del siglo XIX, los críticos estaban ya inaugurando la novedad de los antiguos egipcios. En esta época todos estamos familiarizados con las expresiones de admiración por el arte de los cavernícolas, garabateado con ocre rojo en la roca con un inequívoco e incluso distinguido espíritu artístico; el culto de lo prehistórico ha dado un nuevo significado al culto de lo primitivo. Pronto parecerá perfectamente natural hablar de la moderna y decadente sofisticación de la Segunda Edad de Piedra comparada con la rica, pero equilibrada, civilización de la Primera Edad de Piedra. Cuanto más nos remontamos en nuestras exploraciones, más nos percatamos de que valía la pena; y cuanto más cerca estamos del verdadero hombre primitivo, más nos alejamos del mono o incluso del salvaje. Si eso es cierto, incluso dentro del tremendo margen de la historia de la tribu humana, no hay por qué asombrarse de que todo el mundo haya hecho el mismo descubrimiento acerca de la elevada y compleja cultura de la cristiandad. El foco del interés artístico se ha desplazado continuamente hacia atrás desde que yo era niño. Aún puedo recordar vagamente que en mis primeros años seguía considerándose una especie de paradoja mantener que la originalidad de Botticelli pudiera tomarse tan en serio como el sólido acabado de Guido Reni; y que Ruskin seguía considerándose un revolucionario por preferir el surgimiento del Renacimiento en el siglo XIV a las heces del Renacimiento en el XVIII. Incluso en época tan avanzada, la mayoría de la gente seguía considerando al Giotto no tanto un primitivo, como un hombre primitivo. Era una especie de salvaje que había rendido algún servicio al descubrir que era posible garabatear algo parecido a una figura humana rudimentaria en las paredes de su cueva. Para la mayoría todo el arte serio se concentra todavía entre Rafael y Reynolds. A medida que fui creciendo, la revolución ruskiniana prevaleció y casi todo el mundo llegó a darse cuenta de que el

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Giotto era un gran pintor; pero aún seguían considerándolo el primer gran pintor. Si embargo, en tiempos más recientes, los artistas son más bien una especie de arqueólogos, en el sentido de regresar a lo más arcaico. El cambio acontecido en la fase más reciente de la crítica artística puede sugerirse de modo suficiente por el caso del Giotto. En algún lugar me he referido, al modo ruskiniano, al Giotto como la figura que aparece al principio del arte cristiano. Uno de los escultores modernos más creativos, a quien muchos llamarían un medievalista, me escribió para asegurarme que el Giotto está al final del arte cristiano, dando a entender claramente que fue el Giotto quien le puso fin.

El foco ha retrocedido e ilumina ahora lo que incluso Ruskin y los medievalistas románticos habrían considerado un desierto de formalismo muerto y bárbaro; la verdadera Edad Oscura. Nuestros progresistas están sujetos con cadenas de oro más a la decadencia de Bizancio que al surgimiento de Florencia. Es curioso pensar en el poco daño que puede hacer a largo plazo un sobrenombre equivocado. Todos los admiradores del gótico lo llaman gótico, aunque originalmente tuviera el sentido de bárbaro, lodos los admiradores de lo bizantino lo llaman bizantino, pese a que el adjetivo sigue utilizándose todavía hoy como símbolo de degradación y decadencia. Las nuevas teorías sobre el ritmo y el diseño han hecho justicia a las antiguas pinturas que los románticos consideraban solo diagramas o diseños. El cambio de Cimabue al Giotto no supone una mejora tan evidente como les pareció a los medievalistas Victorianos. Es como si hubiera una nueva escuela de prerrafaelitas que fuesen, no solo pre-Rafael, sino pre-Giotto. La deslumbrante figura del pastor no aparece ya frente a un telón de fondo de negra y bárbara oscuridad; sino bajo una especie de luz doble, que en sí misma implica algunos de estos problemas más sutiles de equilibrio y retorno: a su derecha tiene el blanco amanecer de Roma y Asís y París y Occidente, y a su izquierda el largo y espléndido crepúsculo de la gran ciudad de Constantinopla.

Pero, en realidad, esta luz doble puede servir para iluminar mejor tanto al Giotto como a su maestro san Francisco. Entre los dos, ambos movimientos artísticos, acontecidos uno detrás del otro, han hecho justicia a las dos mitades de la historia medieval, y al período anterior y posterior de la cristiandad, que habían sido tan subestimados como mal comprendidos. Hay una especie de belleza matemática en la tosquedad del arte bizantino que solo ahora comienza a ser comprendida; pero eso no significa que no se dé otro tipo de belleza mucho más alegre en el arte más humanizado de la última Edad

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Media; que parece sugerir el momento en que un diseño muerto cobra vida, o un dibujo comienza a moverse o incluso a bailar. Algún humorista escribió una obra titulada Los amores del triángulo, y un teólogo místico podría encontrar en ella un profundo significado relacionado con el amor de la Trinidad. En otras palabras, la vieja expresión abstracta de la belleza divina era la expresión de una verdad, pero la otra verdad de su expresión en lo concreto no era menos verdadera. Lo que es cierto del primer arte abstracto y de la revolución humanista del Giotto, también lo es de la teología abstracta y de la revolución humanista de Francisco. Algunos escritores modernos sobre los primeros franciscanos hablan como si Francisco fuera el primero en inventar la idea del amor de Dios y del Dios de amor; o al menos hubiera sido el primero en volver la vista atrás y encontrarla en los Evangelios. Lo cierto es que cualquiera podía encontrarla tanto en los dogmas teológicos como en las pinturas bizantinas, trazada con líneas tan claras y sencillas como un diagrama matemático y afirmada con oscura claridad para quienes sepan apreciar la idea del contenido lógico y el equilibrio. En los sermones de san Francisco, como en las pinturas del Giotto, se populariza por medio de la pantomima. La gente empieza a representarlas como en un teatro, en lugar de representárselas como en un cuadro o un dibujo. Así, descubrimos que san Francisco fue, en muchos sentidos, el verdadero creador de los autos sacramentales medievales, y el cuento de su contacto con el Bambino, ilustrado por el Giotto, tiene toda esa sugerencia de algo rígido que cobra vida. De ese modo, encontramos en el propio Giotto una cualidad única y que raras veces se repetiría en la historia. Se trata de una sensación, no solo de movimiento, sino del primer movimiento. Todavía hay algo en sus figuras que sugiere que son como los pilares de una iglesia sacudidos por el terremoto espiritual de una visita divina, pero incluso así se mueven lentamente y con una especie de reticente grandeza. Las figuras siguen siendo parcialmente arquitectónicas mientras que los rostros son retratos vivos. Este primer instante del movimiento tiene mucho que ver con ese sentido de amanecer y juventud que han sentido y seguirán sintiendo tantos admiradores del medievalismo, con todo el respeto hacía el escultor medievalista. Nada se aproxima más al nervio de la fascinación primaria que es el alma de todas las artes, que la extraña frase del ciego de los Evangelios que, al comenzar a recobrar la vista, dijo ver gente «que parecen árboles caminando»[143]. Hay algo en las figuras del Giotto que recuerda a gente que parecen árboles caminando. La escuela bizantina no me permitirá decir que antes de que se abrieran sus ojos, el artista estaba totalmente ciego, pero aun así mantendré

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que la transición que va de tratar a los árboles como tracería y a los hombres como árboles, y la sorpresa de la nueva liberación y de que, al oír las palabras de Dios, pudieran levantarse y echar a andar fue una especie de milagro.

Y aquí de nuevo reparamos en el paralelismo entre el artista y el santo. Los seguidores de san Francisco eran, por encima de todo, gente capaz de andar. Muchos incluso caminaban con ese aturdimiento falto de familiaridad y cierto dudoso equilibrio hasta que, de pronto, un remolino les desposeía de sus propiedades; caminaban porque un nuevo espíritu de gestualidad y teatralidad había entrado a formar parte del rígido plan del arte decorativo. La diferencia entre los frailes y los monjes era, después de todo, que los frailes caminaban como hombres allí donde los monjes habían estado una vez como estatuas. No siento más que admiración por los monjes benedictinos, igual que por los mosaicos bizantinos, o, si vamos a eso, por la gran y casi oscura racionalidad de los grandes dogmas abstractos. Pero esas cosas vastas y espaciosas, talladas en piedra u ordenadas como estatuas, adquirieron una nueva profundidad o dimensión; una nueva cualidad dramática y de movimiento. La propaganda popular de san Francisco, que lanzó a miles de frailes vagabundos a los caminos del mundo, fue el comienzo de lo que llamamos el espíritu moderno; el espíritu de la leyenda, la experimentación y la aventura terrenal. Por una vez, una expresión moderna que suele emplearse mal, puede usarse correctamente. Los benedictinos eran, en el sentido exacto, una orden, igual que es un orden el plano de una catedral. Los franciscanos eran en sentido exacto del término, un movimiento. Históricamente, tal vez, la más interesante de las grandes pinturas de Giotto que se exhiben en la iglesia superior de Asís, sea la que conmemora el famoso sueño del gran Papa Inocencio III en el que vio al extraño mendigo al que había evitado en la calle, sosteniendo en el aire la carga tambaleante de san Juan de Letrán y, de hecho, y con un simbolismo aún mayor, la carga de san Pedro y la iglesia fundada en una roca. Más de un historiador ha sugerido que, humanamente hablando, fue san Francisco quien evitó que toda la cristiandad llegara a su fin bajo la doble presión destructiva del islam desde el exterior y las herejías pesimistas desde el interior. Esa pintura particular merece también nuestra atención por ser un ejemplo perfecto de esa solidez que marcó la simplicidad de la imaginación medieval. Los escritores modernos han escrito más de una vez acerca de sueños medievales, negras nubes y oscuras fantasías místicas. Pero, de hecho, los medievales jamás se preocuparon por esas cosas, ni siquiera cuando tuvieron más motivos para hacerlo. Apenas hay ningún moderno de cualquier escuela que sea capaz de dibujar un cuadro de una

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visión en la vigilia de la noche, sobre todo de una visión tan visionaria, tan trascendental y tan tremendamente simbólica, como la de un santo desconocido sosteniendo una iglesia universal, sin introducir en él alguna sombra de irrealidad, de distancia, un lívido halo de lo preternatural o al menos de misterio y de los matices del crepúsculo. Pero el sueño medieval es más sólido que la realidad moderna. El artista medieval lo trata con una inmediatez que pertenece al vigoroso realismo de la inocencia y de la infancia; la clase de realidad que ha permanecido intocada por todas esas formas de escepticismo que se disfrazan de misticismos. El sueño está repleto de algo extraordinario; algo que, sin duda, y para aquellos que podían comprenderlo, brilló sobre el bien y el mal durante toda la época que llamamos la Edad Oscura: la pura luz del día.

En otro sentido, no obstante, el espíritu que iluminaba esos grandes diseños medievales no es tanto el espíritu de la luz diurna en general, sino algo más curioso y peculiar: el espíritu de la luz del alba. De ese elevado diseño medieval puede decirse algo de lo que dijo Keats sobre el elevado diseño clásico de su urna griega. Es una especie de momento inmortal de la mañana, que no es más que una mera transición en el tiempo fijada como un absoluto para la eternidad. En los tiempos modernos estamos tan acostumbrados a pensar en términos de eso que llamamos progreso, que raras veces admitimos, excepto en paréntesis poéticos, que haya un momento perfecto que sea mejor que lo que viene después, y mejor de lo que vino antes. Sin embargo, puede decirse que el arte no conoció, ni antes ni después, un momento mejor en toda su historia que este en el que todo lo que era bueno para el formalismo de las antiguas estructuras conservó la fuerza imponente de un gran edificio, pero en el que había entrado ya una corriente de vida y crecimiento que lo convirtió en una especie de bosque, sin convertirlo todavía en algo parecido a una jungla. El espíritu naturalístico del siglo XIX, cuando comenzó a comprender por primera vez el genio del Giotto o de san Francisco, interpretado por el talento de Ruskin o Renan, se vio obligado a fijar sobre todo su atención en el imaginativo y encantador episodio del sermón a los pájaros. Pues a esa generación le preocupaba menos la conservación de las iglesias que la conservación de las aves, incluso en el equívoco sentido de la conservación de la caza. Sería fácil ilustrar el desarrollo completo, podríamos incluso decir, el ascenso y descenso completos, bajo el emblema o ejemplo del pájaro. Los pájaros de la época simbólica y primaria eran terribles y estilizados, como el águila del apocalipsis o la paloma del Espíritu Santo. Todos los demás pájaros del

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esquema bizantino habían sido tan abstractos y típicos como los pájaros de los jeroglíficos egipcios. Puede que los pájaros de la época realista posterior, cuando los pintores del siglo XIX llevaron a la perfección, o a la saciedad, los estudios de óptica o de física comenzados en el siglo XVI, fueran un ejemplo muy detallado e incluso sorprendente de ornitología. En cambio, los pájaros a los que predicó san Francisco, tal como los vio el arte del siglo XIII, ya eran pájaros capaces de volar y cantar, pero todavía no eran aves que pudieran cazarse o disecarse; habían dejado de ser meramente heráldicos sin ser meramente científicos. Y, como en todos los estudios sobre san Francisco, volvemos siempre a la gran comparación que negaba con toda su humildad y deseaba con todo su corazón, podemos decir que no eran del todo diferentes de aquellas extrañas aves de la leyenda, que el Santo Niño moldeaba con barro y que cobraban vida con una palmada de sus manitas.

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LOS MONSTRUOS Y LA EDAD MEDIA

No recuerdo haber leído en ningún sitio una relación adecuada y completa

de los monstruos fabulosos de los que tanto se escribió en la Edad Media. Todos los estudios que he tenido ocasión de ver adolecían de los tres o cuatro extraños y absurdos errores que ahogan todas nuestras ideas al respecto.

El primer error, por supuesto, es ese tan cómico al que algunos estudiosos como el señor Frazer han prestado, o más bien en el que han empeñado, su autoridad. Me refiero a la absurda idea de que en los asuntos de la imaginación los hombres tienen necesidad de copiarse unos a otros. Los poemas y los cuentos poéticos tienden a parecerse un poco, no porque los hebreos fueran en realidad caldeos, no porque los cristianos fuesen en realidad paganos, sino porque los hombres son hombres. Porque hay, pese a todas las tendencias del pensamiento moderno, algo llamado hombre y hermandad de los hombres. Cualquiera que haya contemplado realmente la luna podría llamarla virgen y cazadora sin haber oído hablar de Diana. Cualquiera que haya mirado al sol podría considerarlo el dios de los oráculos y de la sanación sin haber oído hablar de Apolo. Un hombre enamorado que se pasea por un jardín compara a una mujer con una flor y no con una tijereta; aunque las tijeretas también fueron creadas por Dios, y son muy superiores a las flores en lo que se refiere a los viajes y la educación. De oír hablar a algunos, se podría pensar que el amor a las flores fue impuesto por una larga tradición sacerdotal mientras que el amor a las tijeretas lo prohibió un temible tabú tribal.

El segundo gran error consiste en suponer que esas fábulas, incluso cuando realmente toman cosas prestadas de fuentes más antiguas, se emplean con un espíritu viejo, cansado y rutinario. Cuando el alma despierta verdaderamente, siempre trata directamente con las cosas más cercanas. Si, por ejemplo, un hombre despertara en su cama de un sueño celestial que le dijera que lo pintara todo de azul, comenzaría por pintarse a sí mismo de azul, luego pintaría la cama de azul, y después todo lo demás. El caso es que utilizaría todo lo que tuviera a mano; y eso es exactamente lo que ocurre siempre en las verdaderas revoluciones espirituales: que operan en su ambiente incluso cuando lo modifican.

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De modo que cuando los profesores nos dicen que los cristianos «tomaron prestada» tal o cual fábula o monstruo de los paganos, es como si la gente dijera que un albañil había «tomado prestados» los ladrillos del barro, o que un químico hubiera «tomado prestados» sus explosivos de los productos químicos; o que los arquitectos góticos de Lincoln o Beauvais hubiesen «tomado prestado» el arco apuntado de las delgadas celosías de los moros. Tal vez lo hicieran, pero (por Dios) pagaron por ellas.

Hay cinco o seis errores similares más en los que no vale la pena demorarse. Pues en estos dos radica el error esencial sobre, digamos, los unicornios; que, después de todo, son nuestra principal dedicación en la vida. Los monstruos míticos de los que se habla en la Edad Media, sin duda tenían una tradición más antigua que el cristianismo. No lo admito porque la mayoría de las autoridades eminentes diga lo mismo. Como dijo S inburne en su conversación con Perséfone: «He vivido tiempo suficiente como para saber una cosa»; aquel hombre eminente se refería a los triunfadores, y a que en realidad los triunfadores odian el cristianismo. Pero eso es evidente en la tradición general tanto en la vida como en las letras. Creo que en el Antiguo Testamento se dice que el unicornio es un animal muy difícil de capturar; y desde luego hasta ahora nadie ha capturado ninguno. Y si nadie ha dicho todavía que, en ese caso, «unicornio» significa rinoceronte, alguien lo hará, aunque ése no seré yo. Pero, pese a que es probablemente cierto que muchos de los monstruos medievales tuvieran un origen pagano, esa verdad, que siempre se repite, es mucho menos sorprendente que otra verdad que siempre se ignora.

El monstruo de las fábulas paganas era siempre, hasta donde yo sé, un símbolo del mal. Es decir, era realmente un monstruo; era anormal, o como lo expresó Kingsley en esos finos y altamente paganos hexámetros:

Dos veces extraños, sin parangón, no obedecen a amos de rubios cabellos en vano se rebelan, rugen hasta morir bajo las espadas de los héroes.[144]

En ocasiones el monstruo, una vez muerto, podía utilizarse para matar a otros monstruos; igual que Perseo utilizó a la gorgona para matar a los dragones del mar. Pero ése es un mero accidente material. Se me ocurre que, del mismo modo, yo podría colocar la cabeza de un profesor de folklore en una pica, al estilo revolucionario francés, y serviría a la perfección como maza para golpear a otros profesores de folklore menos endurecidos. O, de nuevo, la hidra, a la que le crecían dos cabezas por cada una que le cortaban, podría haberse considerado un símbolo de las ramificaciones de la evolución y las ventajas del crecimiento de la población. Pero, de hecho, la hidra nunca fue

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alabada: la mataron entre el alivio general. El minotauro podría haber sido admirado por los modernos como el punto de encuentro entre los hombres y los animales; la quimera podría haber sido admirada por los modernos como ejemplo del principio de que tres cabezas son mejor que una. Digo que la hidra y la quimera podrían haber sido admiradas por los modernos. Pero los antiguos no las admiraron. Entre los paganos, el animal grotesco y fabuloso era solo algo que había que matar. A veces te mataba él a ti, como la esfinge; pero incluso si lo hacía, uno seguía sin amarlo.

Pues bien, nunca he visto bien explicada la reaparición de animales tan poco terrenales después de que Europa se transformara en la Cristiandad. En una de las leyendas más antiguas sobre san Jorge y el dragón, san Jorge no mataba al dragón, sino que se lo llevaba cautivo y lo rociaba con agua bendita. Algo parecido le ocurrió al departamento de la imaginación humana encargado de crear imágenes violentas y antinaturales. Tomemos al grifo por ejemplo. En nuestro tiempo el grifo, como casi todos los demás símbolos medievales, se ha convertido en algo mezquino y cómico que parece sacado de un baile de disfraces: en veinte viñetas de Punch[145], por ejemplo, vemos al grifo y a la tortuga sosteniendo el escudo de Londres. Para el «ciudadano» moderno el arreglo es excelente; el grifo que se lo comería a él no existe; la tortuga que él se come, sí. Pero no solo el grifo no fue siempre banal, sino que tampoco fue siempre malo. Era la unión mística de dos animales sagrados: el león de san Marcos, el león de la generosidad, el valor y la victoria; el águila de san Juan, el águila de la verdad, de la aspiración, de la libertad intelectual. Así, el grifo se utilizaba a menudo como emblema de Cristo; por combinar el águila y el león de ese modo completo y misterioso en el que Cristo combinaba lo divino y lo humano. Pero que uno pensara que el grifo era bueno no significa que no le tuviera miedo. Tal vez incluso más.

Pero el ejemplo más evidente es el del unicornio, al que he tratado de dar preeminencia en este artículo, aunque parece huido de mi pensamiento de un modo casi milagroso y que, hasta el momento, parezco haber omitido por completo. El unicornio es una criatura terrible; y aunque vagamente parezca vivir en África no me sorprendería encontrármelo en cualquiera de los cuatro caminos que llevan a Beaconsfield; más blanco que el polvo del camino y con un cuerno más alto que la aguja de una iglesia. Pues de todos esos animales místicos se pensaba que eran tan enormemente grandes como incalculablemente feroces y libres. La pisada del terrible unicornio haría temblar los interminables desiertos en los que habitaba; y las alas del gigantesco grifo sobrevolarían nuestras cabezas en el cielo con el tronar de un

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millar de querubines. Y aun así el hecho sigue siendo que si le hubiésemos preguntado a un medieval qué se supone que representaba el unicornio, nos habría contestado: «La castidad».

Una vez entendido ese hecho comprenderemos otras muchas cosas, pero sobre todo la civilización de la que procedemos. El cristianismo no concebía las virtudes cristianas como algo tímido, dócil y respetable. Las concebía como algo gigantesco, desafiante, e incluso destructivo, que despreciaba el yugo del mundo, habitaba en el desierto y buscaba su alimento en Dios. Hasta que hayamos comprendido eso, nadie comprenderá de verdad ni siquiera el León y el Unicornio del cartel de una pastelería.

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EL LEÓN HERÁLDICO

Sir Thomas Bro ne fue, como todo el mundo sabe, un médico. Era un tipo

de médico algo peculiar; y hay muchos puntos en los que presenta un contraste no menos peculiar con los médicos de hoy en día. Por ejemplo, escribió una obra elocuente y exhaustiva sobre los enterramientos en urnas, los cementerios de las iglesias y la muerte en general; un asunto que hoy se supone que los médicos deben evitar. En nada ha perdurado tanto su interés como en sus relaciones con la singular zoología de su época. Su soberbia retórica religiosa y toda su vertiente literaria son obviamente inmortales. Jamás se ha dicho nada mejor acerca del alma que esa frase de Bro ne que afirma que es algo en el hombre «que no le debe ningún homenaje al sol». Sin embargo, su extraña ciencia, y, de hecho, toda la ciencia medieval de la que extrajo sus ideas, requieren una defensa más cuidadosa. Sabemos que su teología era acertada. Sabemos que su zoología no lo es, pero no por eso hay que dar por sentado que carezca de importancia. Toda esa ciencia vieja y fantástica se ha comprendido muy mal. Convirtió a cada animal más en un símbolo que en un hecho. Pero, al mismo tiempo, consideraba que todos los hechos materiales tenían valor como símbolos de hechos espirituales. No le importaba demasiado si el león era un animal noble que le perdonaba la vida a las vírgenes. Pero quería dejar bien claro que, si el león fuese un animal noble, le perdonaría la vida a las vírgenes.

Permítaseme utilizar este ejemplo para explicar lo que quiero decir. Cualquier persona moderna inteligente es capaz de comprender fácilmente que el león heráldico es muy distinto del león real. Pero de lo que no se dan cuenta los modernos es de que el león heráldico es mucho más importante que el león real. Me faltan palabras para expresar la falta de importancia del león real. El verdadero león es una especie de gato grande y peludo que vive (o más bien muere) en unos desiertos inútiles que nunca hemos visto y nunca querremos ver; un animal que nunca nos hizo ningún bien y que, en nuestras circunstancias, ni siquiera puede hacernos ningún mal; algo tan trivial, para cualquiera de nuestros propósitos, como el más oscuro de los peces abisales o los minerales de la luna. No hay ninguna razón para suponer que posea ninguna de las cualidades leoninas tal como las entendemos normalmente. No

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hay motivo para imaginar que sea generoso o heroico o siquiera orgulloso. Gente que se ha enfrentado a él asegura que ni siquiera es valiente. No tiene nada que ver con la vida humana. No se le puede convertir, como al búfalo, en un trabajador, ni, como al perro, en un deportista o un caballero. No puede participar ni de nuestros trabajos ni de nuestros placeres: no se puede uncir el león al arado, ni se puede salir a cazar elefantes con una jauría de leones. Carece de interés para el hombre. Ni siquiera se puede comer. Desde el extremo de su sobrevalorada y sarnosa melena hasta la punta de la cola (con la que, según tengo entendido, se golpea a sí mismo para sobreponerse a su carácter cobarde por naturaleza), desde la melena a la cola, digo, es un cúmulo de futilidades. No es más es que un gato callejero grandullón que, además, nunca viene a nuestra calle. Pasa su vulgar existencia en regiones donde el hombre blanco no puede vivir sin enloquecer a causa del calor y la monotonía. Tenemos que meterlo en los museos y sitios así, igual que metemos pequeños guijarros de piedra gris que parece recogida en la calle, o escarabajos marrones de aspecto familiar a los que ningún niño que se precie se dignaría mirar más de dos veces.

La única clase de león que tiene alguna importancia práctica es el león legendario. Es algo útil que conviene tener a mano. Sostiene el escudo de Inglaterra, que de lo contrario se caería, pese a los bienintencionados esfuerzos del unicornio, cuyas pezuñas tienen unas cualidades prensiles muy deficientes. El león africano no le interesa a nadie. Pero el león británico, aunque no exista, sí significa algo; es el único objeto de existencia real que significa algo; mientras que el león africano jamás ha logrado significar nada. El león legendario, el león creado por el hombre y no por la naturaleza, es sin duda el rey de los animales. Es una gran obra de arte, una gran creación del genio del hombre, como la catedral de Rouen o la Ilíada. Conocemos perfectamente su carácter, como conocemos el carácter del señor Mica ber[146], o de muchas otras personas que nunca se tomaron la molestia de existir de un modo meramente material. Sus virtudes son las de un gran caballero europeo; su ética no tiene nada de africana. Tiene el sentido de la santidad y de la dignidad de la muerte que se oculta tras tantos de nuestros ritos antiguos. Respeta a los muertos. Tiene esa extraña adoración por la castidad radiante y orgullosa que está en el alma de Europa, en Diana, en la Virgen Mártir, en Britomartis, que dejó una estrella blanca en las sensuales tormentas del teatro isabelino, y que está reconquistando el mundo bajo una nueva forma: el culto a los niños. Es un león que no le hará ningún daño a las vírgenes. En un número incalculable de antiguas leyendas y poemas se dan

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ejemplos de algún león eminente que rehúsa tocar a alguna joven eminente. Algunos dicen que ese sentido de la delicadeza es mutuo; y que las jóvenes también rehúsan tocar a los leones. Puede que sea cierto, pero incluso si lo fuera es probable que solo sea aplicable a los viles leones reales, los vulgares leones de África, criaturas despreciables que ya hemos condenado a vivir en el desierto, unos desiertos tan banales como él mismo y que son el cubo de la basura del universo. Ya hemos acordado que el único león interesante es una criatura creada enteramente por el hombre, como la quimera y el hipogrifo, la sirena y el centauro, el gigante de cien ojos y el gigante de cien manos. El león que hay a un lado del escudo real es tan fabuloso como el unicornio del otro lado. En tanto que no es meramente fantástico e imposible, consiste en un agregado de todas las buenas cualidades de una especie de celestial caballero rural. El león heráldico está desapareciendo, me temo, de nuestros escudos. No obstante, sigue rampando valientemente, sobre ciertos lugares de esparcimiento donde han encontrado refugio muchas de las mejores tradiciones de nuestras antiguas civilizaciones. Si ven al León Rojo, que debería estar en el escudo de un caballero, pintado en el cartel de una taberna, recuerden todas las grandes verdades que han leído en este artículo; recuerden que ese león heráldico del cartel es el símbolo de todo lo que ha infundido a nuestra civilización cristiana vida, energía, honor, magnanimidad, valor, desprecio por la victoria fácil y desdén por quienes desdeñan a los débiles.

El león heráldico tal vez haya ocupado demasiado lugar en este artículo. Podrían haberse utilizado otros muchos ejemplos. El leopardo heráldico no carece del todo de atractivo. Los hombres con cabeza de perro de África resultaban interesantísimos; tampoco debemos olvidar la memorable descripción de Jehan de Mandeville de un hipopótamo que «era mitad hombre y mitad caballo». Eso es lo que puede llamarse un bosquejo impresionista o simbolista de la cuestión: evita los detalles más tediosos y proporciona una sensación de atmósfera e intensidad. A menudo he contemplado al hipopótamo en su jaula del zoológico y me he preguntado qué parte de su apariencia o fisonomía le dio al incisivo Mandeville la impresión de que procedía de alguno de sus conocidos. ¿Acaso vio algún hipopótamo especialmente humano o es que se relacionaba con gente particularmente hipopotámica? Pero las observaciones generales que he hecho sobre el león medieval, el león heráldico, son igualmente aplicables a todas las demás monstruosidades o combinaciones medievales. Todas son ficticias. Todas eran enteramente diferentes e independientes de la criatura viviente en la que se suponía que se inspiraban. Y a quienes escribían y hablaban sobre ellas, y

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discutían solemnemente todas sus características físicas, mentales y morales, en el fondo les era indiferente que fueran reales o no. La Edad Media está repleta de lógica. Y la lógica de los símbolos y ejemplos es por naturaleza enteramente diferente a los hechos. Es tan sencillo ser lógico acerca de cosas que no existen como de cosas que sí existen. Si dos por tres son seis, está claro que tres hombres con dos piernas cada uno, tendrán seis piernas entre los tres. Y si dos por tres son seis, está igual de claro que tres hombres con dos cabezas cada uno, tendrán seis cabezas entre los tres. Que nunca haya habido tres hombres con dos cabezas no invalida la lógica en lo más mínimo. Hace que la deducción sea imposible, pero no ilógica. Dos por tres sigue siendo seis, tanto si nos referimos a cerdos como a dragones flamígeros, tanto si contamos casas como castillos en el aire. Y el objeto de toda esta ciencia medieval y renacentista era simplemente encontrar por doquier ejemplos de su filosofía. Si el hipopótamo ilustraba la idea de la justicia, estupendo; de lo contrario, tanto peor para el hipopótamo. Los antiguos trataban de que los animales fueran meros símbolos del hombre. Algunos modernos tratan de convertir al hombre en un mero símbolo de los animales. Los antiguos científicos tan solo se interesaban por el lado humano de los animales. Algunos científicos modernos solo se interesan en el lado animal del hombre. En lugar de hacer que el mono y el tigre estén subordinados al hombre, convierten al hombre en algo accesorio, en una mera ocurrencia tardía tras el mono y el tigre. En lugar de utilizar al hipopótamo para ilustrar su filosofía, utilizan al hipopótamo para crear su filosofía y los grandes y grasientos libros que escriben y que Dios quiera que ni usted ni yo tengamos que leer nunca.

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EL IDEAL AMERICANO

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EL IDEAL AMERICANO

Los americanos no tienen nada de malo salvo sus ideales. El verdadero

americano está muy bien; es el americano ideal el que no está nada bien. El problema radica mucho más en el código y la concepción de la vida impuestos desde arriba que en los meros defectos y debilidades humanas, que operan desde abajo.

Aunque todos los ciudadanos de las democracias occidentales se han extraviado, ellos no lo han hecho de manera inherente o natural. Les han enseñado, instruido, educado, ensalzado y criado mal. Una enorme herejía, muy propia de los tiempos modernos, aunque extrañamente poco criticada por los críticos, les ha pervertido en un sentido que no está en consonancia con sus personalidades. Los verdaderos americanos son cándidos, generosos, capaces de mostrar sorpresa y gratitud; entusiastas acerca de las cosas externas; fáciles de contentar y no particularmente engreídos. Han sido educados sistemáticamente según una teoría del entusiasmo que se degrada en un mero egotismo. El americano ha adoptado como una religión que el autobombo es tan importante como el redoble del apocalipsis.

Estoy casi convencido de que, en general, se trata de los efectos de una herejía, e incluso de una herejía hostil. Hay muchos ejemplos que no permiten ignorar el peligro de la herejía. Los escoceses son uno de ellos; nunca fueron calvinistas por naturaleza; y cuando se liberan se convierten en figuras muy románticas como Stevenson o Cunninghame Graham. Los americanos nunca han sido ni triunfadores ni ejecutivos agresivos por naturaleza. Serían mucho más felices como una raza de campesinos sencillos y cordiales que disfrutara con los deportes de campo y se asombrara con las maravillas de las ferias campesinas. Una herejía egotista producida por el paganismo moderno les ha enseñado, en contra de todos sus instintos cristianos, que la jactancia es mejor que la cortesía y que el orgullo es mejor que la humildad.

Es extraño darse cuenta de lo fresca y reciente que es dicha herejía; y en lo poco que han reparado en ella los cazadores de herejías. Hemos oído hablar mucho de que la poligamia moderna o la promiscuidad han invertido la idea cristiana de la pureza. Hemos oído algo, y deberíamos oír más, acerca de cómo el capitalismo moderno y el comercio han invertido la idea cristiana de

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la caridad con los pobres. Pero no hemos oído hablar demasiado acerca de cómo la propaganda, con su pujanza, publicidad y autoafirmación, ha invertido la idea de la humildad cristiana. Aun así, es posible comprobar la ética de la publicidad apartándola de la vida pública y aplicándola meramente a la vida privada. ¿Qué pensaríamos en una fiesta privada si un anciano caballero se hubiera escrito con letra florida en la pechera de la camisa: «Soy la única persona bien educada de este grupo»? ¿Qué pensaríamos de cualquier persona de gusto y humor refinados que se paseara con un cartel que dijera: «Por favor, reparen ustedes en el discreto encanto de mi personalidad»? ¿Qué diríamos si la gente imprimiera solemnemente en sus tarjetas de visita su pretensión de ser los más guapos o los más fogosos o los más sutil y extrañamente atractivos de la ciudad? No solo pensaríamos, con gran acierto, que se estaban comportando como asnos y, sin duda, destruyendo de antemano cualquier ventaja social de la que pudieran disfrutar. Pensaríamos también que estaban invirtiendo y destruyendo de manera inexcusable un principio de afabilidad y delicadeza moral, reconocido en todos los estados y épocas civilizadas, pero destacado sobre todo por la ética del cristianismo. Y, sin embargo, el mundo de los negocios, sobre todo en América, favorece realmente esta clase de publicidad en la vida moderna; y ha comenzado a imponerla incluso en la vida privada. Pero lo que debemos destacar aquí es que a la mayoría de los americanos se le impone, por lo que se ven empujados a esta clase de vida pública cuando muchos de ellos se habrían contentado con su vida privada, y habrían soportado incluso conservar toda la vieja decencia y dignidad de la vida privada; pues es ahí donde el crítico debe tratar con más delicadeza la sutileza de su simplicidad.

A los americanos siempre se les excusa por ser una nación nueva; aunque ésa ya no sea exactamente una excusa nueva. Lo cierto es que estos términos son muy engañosos y que, en algunos aspectos, poseen más bien la atmósfera de una nación antigua. Gran parte de aquel vasto país es ciertamente lo que podría llamarse una nación a la antigua. En ninguna otra nación del mundo se encuentra tanta gente aferrada a cierta clase de textos viejos, citas familiares o esas anotaciones sentimentales de las páginas rosadas de los álbumes Victorianos. Durante mi estancia en América, se publicó un libro que llevaba el título algo alarmante de Pálpitos del corazón, una recopilación en la que se podía averiguar que el poema favorito de un gran y solemne juez del Tribunal Supremo era «La bendición de la abuela», o que cierto coloso del comercio, un rey del acero o del petróleo, prefería los sencillos versos titulados «El sombrero de papaíto». En justicia hay que decir que algunos de estos curtidos

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y despiadados gobernantes no habían olvidado el verdadero clasicismo de El joven sueño del amor o Las siete edades del hombre. Hay quien podría despreciar estos fragmentos, pero sin duda no por su novedad o crudeza. No los menciono con intención de despreciarlos, sino, por el contrario, con el propósito de demostrar que debe haber también una gran parte de sentimientos corrientes, incluso tradicionales. Y no parece lógico que la gente que tiene esos sentimientos, la gente que heredó esa tradición, tuviera que convertirse necesariamente y por voluntad propia en creyente de la publicidad más egoísta y sensacionalista. En realidad, sospecho que dicho egoísmo endurecido y despreciativo se da menos en América que en ninguna otra parte del mundo. Las civilizaciones más antiguas, algunas de las cuales me atreveré a considerar las más civilizadas, tienen muchas ventajas en una variedad de aspectos culturales y críticos; pero me da la impresión de que su maldad es más malvada. Un francés sabe ser mucho más cínico y escéptico, un alemán mucho más morboso y pervertido, y un inglés mucho más gélido y lleno de orgullo sofisticado que un americano. Lo que ha ocurrido en América es que un puñado de granjeros heroicos y combativos, campesinos y pioneros al mismo tiempo, han sido barridos por la pestilencia de una moda pasajera o falsa doctrina; el ideal que ostenta y merece el título detestable de «triunfar». La sola palabra es una hipocresía que habría resultado totalmente ininteligible para cualquier persona de otra época o credo, tan desprovista de significado para un sofista griego como para un monje budista. Pues se las arregla para combinar la idea de ganar dinero con la idea enteramente diferente de conseguir algo. Pero la anormalidad de dicha idea se aprecia mejor, como he dicho, en su pagano y bárbaro recurso a la publicidad más descarada. Por supuesto que vender una mercancía a veces implicaba mentir acerca de la mercancía; pero es mucho peor que implique jactarse de la mercancía. En cierto sentido muy real, las groserías de los americanos no forman parte tanto de la grosería americana como de la cultura americana. No son meras erupciones de la naturaleza humana; son algo sistemáticamente impreso sobre la naturaleza humana. No es casualidad que uno de los rasgos más prominentes de su formación académica sean las escuelas de comercio o de periodismo. Hay una diferencia fundamental entre ellas y todo lo que el mundo ha considerado en general una escuela; sobre todo la clase más escolástica de escuela. Incluso quienes no le dan mucha importancia a aprender latín y griego estarán de acuerdo en que hacerlo llevaba aparejada cierta admiración por los griegos y los romanos. En cierto sentido se daba por supuesta cierta sensación de inferioridad por parte del escolar. Pero en las

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academias comerciales el muchacho no se ocupa en contemplar a un gran millonario acaparando el mercado del trigo con la misma admiración que los sencillos paganos de la Antigüedad contemplaban el Coloso de Rodas. No le haría ningún bien hacerlo; pero lo cierto es que no lo hace. Si aprende algo, aprende a acaparar el mercado del trigo él mismo, o a esperar saber hacerlo tan acrobáticamente como cualquier otro acróbata. Ni siquiera aprende a venerar al señor Rockefeller, sino tan solo a imitar al señor Rockefeller.

Tampoco el estudio práctico del periodismo conduce a ninguna veneración particular por la literatura. Las cualidades inculcadas y fomentadas son las mismas que inculca y fomenta el comercio. Lo digo sin ninguna amargura u hostilidad particular, pero es un hecho que las escuelas de comercio o de periodismo también podrían llamarse escuelas de impudicia o escuelas de jactancia, egoísmo y codicia.

No obstante, el caso es que la gente no es naturalmente impúdica y codiciosa, sino que se le enseña a ser impúdica o codiciosa aunque de hecho no lo es. Y ésa es la paradoja de la tesis que he sugerido ya y que ahora me gustaría desarrollar. He visto en los Estados Unidos a jóvenes salidos de esta cultura que verdaderamente se esforzaban tanto en ser maleducados como la gente normal se ha esforzado siempre para ser educada. Eran tímidos de hecho y desvergonzados por principio. Hacían preguntas inapropiadas, pero se mostraban tan tímidos al hacerlo como cualquier joven normal al hacer un elogio. Empleaban los métodos más insolentes para lograr que alguien los recibiera y cualquiera que lo hiciera les compadecería por su inseguridad. Se pasaban la vida irrumpiendo en el escenario en un estado de pánico escénico.

La explicación más sencilla de esta paradójica contradicción es que se trataba de gente perfectamente normal y agradable a la que no les habían dejado ser ellos mismos aquellos que no paran de repetirles que deben venderse a sí mismos. Les habían empujado a empujar y amenazado para que fuesen amenazantes. Y la explicación es la existencia de esa herejía moderna, o falso ideal, que ha sido predicado a todo el mundo por todos los organismos de publicidad y plutocracia: la teoría de que la autoalabanza es la única recomendación real.

He dado a entender que el carácter americano podría haber evolucionado de un modo infinitamente más humano y saludable de no haber sido por esta herejía. Por supuesto, el carácter americano habría sido en cualquier caso mucho más despierto, vivaz e impetuoso que el carácter inglés. Pero eso no tiene nada que ver con las modas y las particularidades concretas de la publicidad comercial y la ambición. Hay otras muchas razas que son más

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vivaces o vehementes que los ingleses y que aun así llevan la vida normal de la gente del campo y practican las ideas tradicionales de la modestia y la cortesía.

El problema del falso ideal comercial es que ha hecho que esa gente combata la modestia como si fuera una enfermedad; y de hecho trate verdaderamente de ocultar su cortesía natural, como otra gente oculta su natural grosería. No creo que jactarse e ir por ahí decidido a triunfar sean defectos americanos. Los odio por ser virtudes americanas; creo que la disputa no es tanto con los hombres como con los dioses; los falsos dioses que les han enseñado a adorar y que, en el fondo de su corazón, solo adoran a regañadientes. Esos dioses paganos son de piedra y latón, pero sobre todo de latón; y ahí radica la eterna lucha de esa parcial idolatría; pues, a menudo, aunque los dioses sean de latón, los corazones son de oro.

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MEDITACIÓN EN UN HOTEL NEOYORQUINO

Debo empezar con una disculpa y no con una apología. Cuando estuve

vagando por los Estados Unidos disfrazado de conferenciante, era muy consciente de que era un disfraz insuficiente para hacer de espía. Incluso estaba en la peor posición para ser un turista. Un conferenciante ante un público americano difícilmente puede disfrutar de la sensación vacacional de un turista. Más bien es el público el que está de vacaciones, aunque el acto al que asista sea algo melancólico. Hay quien dice que la gente acude a ver al conferenciante y no a escucharle, en cuyo caso me parece una lástima que éste incomode y perturbe sus conciencias con una conferencia. Podría limitarse a dejarse ver en un estrado o tarima a cambio de una suma estipulada; o a exhibirse como un monstruo en una casa de fieras. Nadie espera que el elefante del circo pronuncie un discurso. Aunque también es cierto que al elefante del circo no se le permite escribir libros. Sus impresiones de viaje serían demasiado sucintas y quizá demasiado especializadas. Al viajar solo de circo en circo se movería, por decirlo así, en círculos demasiado estrechos. Jumbo, el gran elefante (con quien apenas osaría compararme), pasó, antes de incorporarse al espectáculo de Barnum, una gran (y espero que feliz) parte de su vida en Regent’s Park. Pero si hubiera escrito un libro sobre Inglaterra basado en sus impresiones del zoo, es posible que fuera algo desproporcionado e incluso engañoso en todo lo referente a la flora y fauna del país. Podría imaginar que los leones y los leopardos eran comunes en nuestros setos o que el cuello y la cabeza de la jirafa formaban parte de nuestros paisajes tanto como las agujas de las iglesias de los pueblos. Por eso debo disculparme antes de nada por la probable desproporción de este artículo. Como el elefante, puede que haya visto demasiado de un recinto en el que se reúne una clase muy particular de leones. Puede que exagere lo territorial frente a lo vertical en el espacio ocupado por la jirafa espiritual; pues la jirafa, sin duda, puede considerarse un ejemplo de elevación, y es incluso, en cierto modo, una estirada. Por encima de todo, es probable que haga generalizaciones demasiado generales y que resulten insuficientes debido a su exageración. Todas mis impresiones están

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sometidas a esta clase de dudas y entre ellas la generalización negativa con la que comenzaré está meditación sobre los hoteles americanos.

En todos mis vagabundeos por América jamás vi una sola taberna. Puede que existan, pero no le salen al encuentro al viajero en todos los caminos como en Inglaterra o Europa. Cuando estuve allí ni siquiera existían los bares, debido a una reciente reforma que limitaba el consumo de bebidas alcohólicas a las clases pudientes. Pero se nota que alguna vez los hubo; si se puede decir así, su ausencia sigue estando presente. Permanecen en la estructura de las calles y en los modismos del idioma. No obstante, los bares no eran tabernas. De haberlo sido, al poder de la plutocracia moderna le habría resultado mucho más difícil erradicarlas. Será una persecución muy diferente cuando el Ciervo Blanco se vea obligado a ocultarse en el bosque o acorralen al León Rojo. Pero la gente no podía sentir lo mismo por los bares americanos que por las tabernas inglesas. No podía tener la sensación de que el prohibicionista, ese portero vulgar, estaba echando a Chaucer de The Tabard o a Shakespeare de la Sirena[147]. Por hacerles justicia a los prohibicionistas americanos es preciso señalar que no estaban cometiendo ese sacrilegio y que muchos de ellos consideraban que los bares eran lugares especialmente infectos. Sentían verdaderamente que los lugares donde se bebía se empleaban solo como lugares de dispensación de drogas. Así que llevaron a cabo una gran reconversión merced a la cual será necesario acudir a los lugares de dispensación de drogas para beber. Pero no quiero tratar aquí del problema de la Prohibición, salvo en el sentido de que los bares no eran ni mucho menos tabernas. En segundo lugar, por supuesto, están los hoteles. Vaya que sí. Hay hoteles que rozan las estrellas, hoteles que cubren la misma extensión que pueblos enteros, hoteles en un número tan multitudinario como si fuesen un tropel de monumentos babilónicos o asirios; pero los hoteles no son tabernas.

A grandes rasgos, solo hay un hotel en América. Un mismo modelo, muy racional, se repite en ciudades tan distantes unas de otras como las capitales de los imperios europeos. Es posible encontrarlo elevándose entre las rojas flores de los cálidos bosques primaverales de Nebraska o blanqueado por las nieves canadienses junto al eterno estruendo de las cataratas del Niágara. Y antes de referirme a ese sólido y sencillo modelo, me gustaría señalar que la simetría recorre también todos los detalles del interior. Del mismo modo que un hotel se parece a otro, el suelo de un hotel es idéntico al suelo de otro. Si en el vestíbulo, o hall como lo llaman allí, de la habitación, hay, digamos, una mesita con un jarrón verde y un flamenco disecado, o alguna insignificancia parecida, pueden estar seguros de que en cada uno de los treinta y dos pisos

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de ese imponente edificio habrá exactamente la misma mesita, el mismo jarrón y el mismo flamenco. Tal vez sea en eso en lo que más se diferencia de los sinuosos pisos y de los niveles inesperados de las viejas tabernas inglesas, incluso cuando se hacen llamar hoteles. Hay algo extraño, como una multiplicación mágica, en la exquisita igualdad de aquellas suites, que parece sugerir la atmósfera callada de alguna escalofriante historia psicológica. Una vez fantaseé con la idea de escribir una historia en la que a un hombre le impedían entrar en su casa (la escena de algún crimen o calamidad) pintando y amueblando la casa de al lado para que pareciera exactamente la suya, y llevando el engaño hasta extremos tan insospechados como modificar la numeración de las casas en la calle. Llegué a América y me encontré con un hotel dispuesto y preparado para poner en práctica mi fantasmal fraude. Ofrezco con toda humildad el esqueleto de mi historia a algunas de las escritoras más admirables de novelas policíacas de América, a la señorita Carolyn ells, o a la señorita Mary Roberts Rinehart, o a la señora A. K. Green, la del inolvidable caso Leaven orth. Sin duda sería posible para el nada sofisticado Nimrod K. Moose, de Yello Dog Flat, venir a Nueva York y dejarse enredar de algún modo en su red de repeticiones y recurrencias. Algo me dice que su hermosa hija, la Rosa de Asesinato en la quebrada roja, podría buscarlo en vano en el aparentemente inconfundible piso treinta y dos, mientras el botones, un agente de la Garra Verde (esa formidable organización), lo asesinaba tranquilamente en el piso treinta y tres, y todo porque los dos pisos eran exactamente iguales para los virginales ojos occidentales. La clave de mi propia historia radicaba en que el hombre al que pretendían engañar terminaba por entrar en su propia casa pese a estar pintada y numerada de modo diferente, simplemente porque era muy despistado y acostumbraba a dar mecánicamente un número determinado de pasos. Eso no funcionaría en un hotel, porque los ascensores carecen de costumbres. Resulta muy representativo de la verdadera docilidad de las máquinas que, incluso cuando decimos que alguien giró mecánicamente lo decimos solo como metáfora, pues se trata de algo que una máquina no podría hacer. Pero a la historia del señor Moose en el hotel neoyorquino puede ponérsele una pega que, por desgracia, es irremediable. Consiste en que allá lejos, en las remotas desolaciones de Yello Dog, entre aquellas lejanas y extrañas rocas que casi parecen alzarse más allá del crepúsculo, hay sin duda un hotel exactamente del mismo tipo, con todos los pisos exactamente iguales.

En cualquier caso el plano general de los hoteles americanos es casi siempre el mismo y, como ya he dicho, se trata de un plan muy racional en

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todos los sentidos. Cuando entré por primera vez en uno de los grandes hoteles neoyorquinos, lo primero que me impresionó fue sin duda su tamaño. Se llamaba Biltmore, y me pregunté cuántos humoristas nacionales habrían hecho el lógico comentario de que ojalá hubieran construido menos[148]. Pero no fue solo la escala y el tamaño babilónico de aquellos edificios, sino el modo en que se utilizaban. Se emplean casi como calles públicas, o más bien como plazas públicas. Mi primera impresión fue la de estar en una especie de calle mayor o de mercado durante un carnaval o una revolución. Es cierto que la gente tenía un aspecto demasiado adinerado para tratarse de una revolución y demasiado grave para ser un carnaval; pero se agolpaban en grandes multitudes que avanzaban lentamente como quien cruza una estación de ferrocarril atestada. Incluso en las vertiginosas alturas de semejante rascacielos era imposible que hubiera sitio para que pudiera dormir toda esa gente, o incluso para que cenaran en él. Y, de hecho, no hacían otra cosa que entrar y volver a salir; y la mayor parte tenían tanto que ver con el hotel como yo con el palacio de Buckingham. Gracias a Dios, solo he estado muy raras veces en hoteles semejantes en Londres o en París, pero me niego a creer que haya multitudes atravesando perpetuamente el Hotel Cecil o el Savoy del mismo modo, entrando tranquilamente por una puerta y saliendo por la otra. No obstante, es parte fundamental de la estructura del hotel americano, que está construido según un compromiso que lo hace posible. Todo el piso inferior está abierto a la calle y se considera una plaza pública. Pero por encima y alrededor de todo hay otro piso que forma una especie de galería, amueblada más lujosamente, y que mira a las masas que pasan por debajo. Solo a los huéspedes o clientes del hotel se les permite estar en ese piso. Como yo mismo he sido uno de ellos, espero no parecer desagradable si los comparo con unos antropoides activos capaces de trepar a los árboles y mirar con seguridad a los rebaños o manadas de animales más salvajes que vagan y merodean por allí abajo. Por supuesto, hay modificaciones a ese plan estructural, pero en general se trata de aproximaciones al mismo; se trata de un plan que parece convenir a la vida social de las ciudades americanas. Normalmente hay algo parecido a un piso inferior que es más público, un entresuelo o galería por encima que es más privado, y por encima de todo la masa del bloque de dormitorios, la gigantesca colmena con sus celdas idénticas e innumerables.

La escalera para ascender a la torre es por supuesto el ascensor o, como lo llaman allí, el elevador. Con todo lo que hemos oído decir acerca del apresuramiento y las prisas de los americanos resulta extraño que parezca

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gustarles más que a nosotros demorarse en las palabras largas[149]. Y sin duda hay cierto elemento de dilación en su espíritu y en su dicción que ha sido muy mal entendido y que valdría la pena discutir en otra parte. En cualquier caso, ellos dicen elevador y nosotros ascensor, igual que dicen automóvil y nosotros coche y estenógrafa mientras que nosotros decimos secretaria o a veces (debido a una ligera confusión) máquina de escribir. Lo que me recuerda otra historia que no existió nunca, sobre un hombre al que acusan de asesinar y descuartizar a su secretaria, cuando lo único que ha hecho es desmontar su máquina de escribir, pero no debemos distraernos con estas digresiones. Puede que los americanos tengan otra razón para asignarle nombres largos y ceremoniosos al ascensor. La primera vez que estuve allí tuve la sospecha de que poseían y practicaban una religión nueva y secreta, que era el culto al ascensor. Imaginaba que adoraban al ascensor, o que en todo caso adoraban en el ascensor. Sería ocioso enumerar los detalles o datos que me llevaron a sospecharlo, puesto que he abandonado la idea a regañadientes, salvo para ilustrar los principios sociales que subyacen en el plan estructural del edificio. Los caballeros americanos se quitan invariablemente el sombrero en el ascensor. No se lo quitan en el hotel, ni siquiera aunque esté lleno de señoras. Pero siempre saludan así en el ascensor, lo que es indicio de un cambio de atmósfera. El ascensor es una habitación, mientras que el hotel es una calle. Pero mi primera impresión, por supuesto, fue que si se descubrían al entrar en aquel pequeño templo, era simplemente porque entraban en una iglesia. Hay algo en la misma palabra «elevador» que expresa en gran parte esta religión vaga pero idealista. Tal vez esa capilla voladora termine por ser decorada ritualmente como una capilla, quizá con el simbólico dibujo de unas alas. Tal vez se celebren breves servicios religiosos en el ascensor mientras asciende; con pocas y escogidas palabras sobre la altura suprema. Probablemente, consentirían incluso en llamar ascensor al elevador si pudieran hablar de una ascensión. No habría ningún problema, salvo algo que no puedo sino considerar el principal problema moral de todo el modernismo optimista. Me refiero a la dificultad de imaginar un ascensor capaz de subir y que no pueda también bajar.

Creo que conozco a mis amigos y conocidos americanos lo suficiente como para tener que disculparme por la frivolidad de estos ejemplos. Los americanos se burlan de sus propias instituciones; y su propio periodismo está lleno de conjeturas no menos imaginativas. El edificio elevado está emparentado artísticamente con la historia elevada. La propia palabra «rascacielos» es un ejemplo admirable de una mentira americana. Pero puedo

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dar fe con la misma energía de las sólidas y sensatas ventajas de un hotel simétrico. No se trata solo de la repetición de los jarrones y los flamencos disecados; se trata también de la repetición del mismo esquema de armarios y cuartos de baño. Tener un cuarto de baño en cada dormitorio es una costumbre digna y humana, y mi impulso a alabarla me trajo extrañas complicaciones al menos en una ocasión. Creo que fue en la ciudad de Dayton; en cualquier caso recuerdo que se celebraba una convención de lavanderías en el mismo hotel, en un salón muy adecuada y patrióticamente adornado con las barras y estrellas y, sin duda, lleno de buenos augurios acerca del futuro de las lavanderías. Me estaban entrevistando en una terraza desde la que se oía el debate, y puede que fuera víctima de alguna asociación o confusión de ideas; en cualquier caso, tras responder a las preguntas habituales sobre la clase obrera, la Sociedad de Naciones, la longitud de los vestidos de las señoras y otras interesantes cuestiones, me refugié en una rapsodia de cálidas y merecidas alabanzas a los cuartos de baño americanos. Imagino que el editor, al echarle un vistazo rutinario a la columna de su reportero y no ver nada más que términos metafísicos como justicia, libertad, rechazo abstracto del sudor, de los timos, y cosas parecidas, se detuvo por fin en mi alusión a las abluciones y se le iluminó la mirada. «Es lo único salvable —dijo—, una bañera en cada hogar». De modo que esas palabras aparecieron en el periódico en enormes letras de molde sobre mi retrato. Dense cuenta de que, como tantas otras cosas a las que los hombres prácticos conceden mucha importancia, estaban equivocadas. Lo que yo había alabado era que hubiera un baño en cada dormitorio. Incluso la rancia y feudal Inglaterra no es del todo ajena a la idea de que haya un baño en cada hogar. Pero lo que me proporcionó una gran alegría fue lo que seguía a continuación. Descubrí con alegría que mucha gente, al mirar rápidamente mi retrato y su prodigioso encabezamiento, imaginó que yo era un viajante haciéndose propaganda. Cuando paseaba por las calles, todos suponían que estaba vendiendo bañeras. Consideren el titular y comprobarán su parecido con el verdadero eslogan comercial: «Ofrecemos una bañera en cada hogar». Y, sin duda, el que me hubieran visto pulular junto a los cuarteles del antiguo gremio de los lavanderos contribuyó a afianzar tan delicioso error. Nunca supe cuántos compartieron aquella idea; lamento decir que solo pude comprobarlo con certeza en dos personas. Pero entiendo que incluía la idea de que yo había ido a la ciudad para asistir a la convención de lavanderías y de que había pronunciado un elocuente discurso ante aquel senado, sin duda para exhibir mis bañeras.

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Ése fue el castigo por demostrar una admiración demasiado apasionada e ilimitada por los cuartos de baño americanos; sin embargo, la asociación de ideas, por inconsecuente que fuese, cubre parte de la práctica social por la que pueden alabarse esas instituciones americanas. En lo tocante a lavanderías o agua fría o caliente no solo hay organización, sino algo que no siempre suele acompañarla: eficiencia. Los americanos son muy quisquillosos acerca del vestido y el decoro; y es una virtud que admito con la mayor seriedad, aunque me parece muy difícil de imitar. Para ellos se trata de una virtud, no de una mera convención y menos aún de una moda. Está más relacionada con la dignidad humana que con la superioridad social. Lo más noble de los americanos es que no se visten como caballeros; se visten como ciudadanos o personas civilizadas. Su puntillosidad puritana respecto a ciertos asuntos puede separarse de cualquier ambición social determinada; son cosas que no tienen que ver con las relaciones sociales, sino con mantener el salvajismo a raya. Esos millones y millones de personas de clase media, la gigantesca clase media del Medio Oeste, no están lo suficientemente próximas a la aristocracia como para ser falsos aristócratas o auténticos esnobs. Pero sus criterios están claros, y aunque no me dedique a vender bañeras ni crea en la filosofía y la religión de la bañera, no me apartaré misantrópicamente de ellos: prefiero la bañera de Dayton al tonel de Diógenes. En cuestiones así, hay algo que es mil veces mejor que la eficiencia, y ese algo es la igualdad.

En pocas palabras, el hotel americano no es América, pero es americano. En algunos aspectos es tan americano como pueda ser inglesa la taberna inglesa. Y, entre otras cosas, resulta simbólico de esa sociedad porque tiende demasiado a la uniformidad, aunque esa misma uniformidad esconda no poca dignidad natural. Los antiguos romanos se jactaban de que su república era una nación de reyes. Si de verdad paseáramos por un reino semejante, probablemente nos agotaría ver a una multitud de reyes en la que todo el mundo ciñera corona dorada y llevara cetros de marfil y todo se repitiera más que las flores y las estrellas. Todo el esfuerzo imaginativo de alt hitman en realidad fue un esfuerzo por absorber y animar las numerosas repeticiones modernas; y alt hitman sería capaz de incluir en su lírica letanía del optimismo una lista de los novecientos noventa y nueve cuartos de baños idénticos. No me burlo del generoso esfuerzo del gigante; aunque, por decirlo todo, creo que el hecho de que el esfuerzo tuviera que ser gigantesco, además de generoso, es una crítica a la maquinaria moderna.

A pesar de tanta repetición, no se da mucho reposo. Recuerda más a un calidoscopio que a un papel de pared, parecen figuras que corren e incluso

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saltan como las de un zoótropo. E incluso en el caso de los grupos que no tenían prisa se notaba que no estaban en casa. No me refiero solo a que no estuvieran cenando en casa, sino más bien a que ni siquiera al cenar en su hotel favorito se sentían en casa. Con frecuencia se levantaban y salían disparados de la habitación para contestar una llamada telefónica. Puede que fuera mi imaginación, pero no pude evitar sentir el aliento del hogar como un aleteo de la cruz de san Jorge[150] al sentarme por primera vez en un hotel canadiense y leer en un cartel que no estaban permitidas las llamadas telefónicas, o de ningún otro tipo, en el comedor. Puede que fuera coincidencia, y puede que haya hoteles americanos con el mismo cartel y hoteles canadienses que no lo tengan; pero me pareció simbólico aunque no fuese una prueba definitiva. Me sentí como si pisara suelo inglés, en un lugar donde la gente podía comer tranquila.

El proceso de comunicar las llamadas se denomina «avisos» y consiste en enviar a un muchachito de voz estentórea por los pasillos y vestíbulos del edificio para hacerlos resonar con un nombre. Por supuesto, se trata de una costumbre habitual en los clubes y hoteles de Inglaterra, pero allí es un mero susurro comparado con el aullido con el que el botones americano repite la fórmula de «Llamada para el señor Tal y Cual». Recuerdo un parterre particularmente abarrotado en la atmósfera algo opresiva y llena de humo de Pittsburgh, por el que vagaba un joven con una voz sin parangón en el mundo de los vivos, una voz como el grito de un espíritu extraviado, que repetía eternamente: «Llamada para el señor Anderson». Uno sentía que jamás encontraría al señor Anderson. Tal vez nunca hubiese habido ningún señor Anderson al que encontrar. Tal vez él y todos los demás vagaran en un abismo de insondable escepticismo; y no fuese más que la víctima de una de las innumerables pesadillas de la eternidad y vagara como una sombra entre sombras que se lamentase ante corrientes invadeables. No es que ésa sea exactamente mi filosofía, pero estoy seguro de que era la suya. Y es un estado de ánimo que puede llegar a afectar a la imaginación en las capitales de civilizaciones muy activas y exitosas, pues los pensamientos vagan del mismo modo. La primera impresión es de algo enorme y más bien antinatural, una impresión que se atempera gradualmente con la experiencia de la amabilidad, e incluso la timidez, de semejante orden social. Pero no estaría registrando las sensaciones con sinceridad, si no me refiriese de pasada al matiz de algo ultraterreno, que percibe en un sistema tan vasto el viajero insular que lo ve por primera vez. Es como si vagase por otro mundo entre las estrellas fijas; o peor aún, en una utopía ideal del futuro.

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Sin embargo, no estoy del todo seguro, y quizá la mejor noticia sea que ninguna noticia es verdaderamente novedosa. En ocasiones se me ocurre que muchas de las novedades de los países nuevos no son más que las resurrecciones de cosas viejas que fueron malvadamente asesinadas o estúpidamente anuladas en países antiguos. He mirado sobre el mar de mesas de algún luminoso y fresco café al aire libre, y mis pensamientos han regresado al sencillo banco y a la mesa de madera, solitaria y marcada por el tiempo, que hay en tantas tabernas inglesas olvidadas. Hablamos del café francés, como si fuese alguna innovación fresca y casi impúdica. Pero nuestros padres disfrutaban del café francés, en el sentido de una mesa tranquila al aire libre. La única diferencia fue que a la democracia francesa se le permitió desarrollar su café, o multiplicar el número de mesas, mientras que la plutocracia inglesa impidió semejante crecimiento popular. Tal vez haya otros ejemplos de modelos y tipos antiguos, perdidos en las viejas oligarquías y salvados en las nuevas democracias. Me fascina esa impresión de que las cosas nuevas no sean tan nuevas, y que me recuerden a algo muy antiguo. Cuando la miro desde el balcón, la muchedumbre parece flotar y los colores difuminarse y palidecer, y sé que estoy en una de las moradas humanas más sencillas y ancestrales. Estoy contemplando el patio de una taberna desde una vieja galería de madera. Este nuevo modelo arquitectónico que acabo de describir es, después de todo, uno de los modelos más antiguos de Europa, aunque hoy esté en desuso, sobre todo en Inglaterra. Fue el teatro en el que se interpretaron innumerables comedias picarescas y obras románticas, con figuras que van de Sancho Panza a Sam eller. Sirvió como el aparato, como el gigantesco juguete, fabricado con madera y ladrillos, de la antigua y tal vez eterna partida de tenis. Las propias normas del juego original se tomaron del patio de la taberna, y los jugadores puntuaban según acertaran en la techumbre o en el tejado. Extrañas especulaciones me zumban por el cerebro a medida que la escena se oscurece y el cuadrángulo de abajo comienza a vaciarse en las últimas horas de la noche. Algún día tal vez esta gigantesca estructura aparezca tan solitaria como un esqueleto, el esqueleto del Perro Moteado o del Jabalí Azul. Ni se marchitará ni decaerá hasta que merezca por fin ser una taberna. No sé si la gente jugará al tenis en el piso inferior, ni si puntuará al acertarle al ventilador eléctrico, o al ascensor o al jefe de los camareros. Tal vez esas palabras perdurarán solo como parte de algún juego rústico. Tal vez el ventilador eléctrico ya no será eléctrico y el ascensor no ascienda y la única función del camarero sea esperar a que le acierten. Pero, en todo caso, solo con la decadencia de la plutocracia

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moderna, que parece haber comenzado ya, puede revelarse el secreto de la estructura. Y después de largos años, cuando sus luces se extingan y solo las largas sombras habiten sus salones y vestíbulos, puede que se oiga un nuevo sonido parecido al trueno; el de D’Artagnan que llama a la puerta…

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MEDITACIÓN EN BROAD AY

Tras contemplar las luces de Broad ay de noche, les hice a mis amigos

americanos una observación inocente que, por alguna razón, pareció divertirles mucho. Había estado mirando, no sin alegría, ese largo calidoscopio de luces de colores organizado en forma de grandes letras y enormes marcas comerciales que anuncian de todo —desde chuletas de cerdo hasta pianos— mediante dos de los más vívidos y místicos dones de Dios: el color y el fuego. Y les dije dentro de mi ingenuidad: «¡Qué hermoso jardín de las maravillas sería esto para cualquiera que tuviera la suerte de no saber leer!».

Este no es más que un texto que puede mover a la reflexión. Pero supongamos que pasara por esta deslumbrante avenida un campesino, de esos a los que llaman con desprecio analfabetos quienes creen que insistir en que la gente lea y escriba es la mejor manera de mantener alejados a los espías que leen en todos los idiomas y a los falsificadores que escriben con toda clase de letras. De acuerdo con semejante principio, no hay duda de que un campesino que solo estuviera familiarizado con cosas de tan poca utilidad práctica para la humanidad como arar, cortar leña o cultivar verduras, muy probablemente se vería excluido de allí; y no nos corresponde a nosotros criticar la filosofía de quienes dejarían fuera al granjero y permitirían entrar al falsificador. Pero supongamos, aunque sea solo en pro de la argumentación, que el campesino estuviese paseando bajo los soles y las estrellas artificiales de esta calle impresionante; que hubiera escapado a la tierra de la libertad atraído por los rumores y el romanticismo de la historia de su liberación, pero que todavía no fuese capaz de comprender los signos arbitrarios de su alfabeto. El alma de un hombre así se elevaría más alta que los rascacielos y abarcaría una hermandad más ancha que Broad ay[151]. Al reparar en que había llegado en una noche de alguna festividad especial, que mereciera ser adornada con toda esa heráldica ardiente, se entretendría tratando de adivinar qué gran proclamación o principio de la república pendía del cielo como una constelación u ondeaba a través de la calle como un cometa. Sería lo bastante avispado como para adivinar que las tres guirnaldas festoneadas con orgullosas palabras de diseño familiar representaban al «Gobierno del pueblo, por el pueblo, para el

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pueblo», pues obviamente debía significar eso, a menos que fuese «Libertad, Igualdad, Fraternidad». Aunque su agudeza se vería sin duda conmovida si supiera que lo que la tríada decía era: «Tónica Tang hoy, Tónica Tang mañana; Tónica Tang a todas horas». Pronto identificaría una cinta con letras rojas, rebeldes y al rojo vivo, con la frase: «Dadme la libertad o dadme la muerte»[152]. No la identificaría con la frase igualmente famosa: «Skyoline el mejor remedio para la gota». Así es como yo quería que paseara el campesino bajo ese bosque de árboles orgullosos, bajo todo ese follaje dorado, con frutas como joyas monstruosas, tan inocente como Adán antes de la Caída. Lo vería todo tan bello como la espada flamígera o el plumaje purpúreo y multicolor de los serafines; siempre que no se acercara al Árbol del Conocimiento.

En otras palabras, si fuese a la escuela todo se vendría abajo; y de hecho me temo que en cualquier caso no tardaría en descubrir su error. Si se plantara en mitad de la calle agitando el sombrero en pro de la libertad mientras el Chutney Chunk se recortaba en forma de estrellas y rubíes contra el cielo, interrumpiría el magnífico, aunque extremadamente rígido, sistema del tráfico de Nueva York. Si se hincara de rodillas ante un esplendor de zafiro y comenzara a pronunciar un Ave María por una errónea asociación de ideas, un policía irlandés lo conduciría, amable pero firmemente, ante otro altar más auténtico. Pero, aunque la simplicidad extranjera no pudiera sobrevivir largo tiempo en Nueva York, es un gran error suponer que dicha simplicidad extranjera no pueda entrar en Nueva York. Puede que lo excluyeran por analfabeto, pero no lo excluirían ni por ignorante ni por inocente. Y menos aún podrían excluirlo por ser más listo en su inocencia que el mundo entero con todos sus conocimientos. Aquí, sin duda, hay que hacer alguna matización. Nueva York es una ciudad cosmopolita, pero no es una ciudad de cosmopolitas. La mayor parte de la gente de Nueva York pertenece a una nación, sea o no la nación a la que pertenece Nueva York. Quienes se han americanizado son americanos y muy patrióticamente americanos. Quienes no se han nacionalizado, no se han internacionalizado lo más mínimo. Simplemente continúan siendo ellos mismos: los irlandeses son irlandeses; los judíos son judíos; y toda suerte de tribus mantienen las tradiciones de remotos valles europeos prácticamente vírgenes. En pocas palabras, hay una especie de puente muy estrecho entre su viejo país y el nuevo que pueden cruzar o no, pero que raras veces ocupan sin más. O bien son exiliados o ciudadanos, pero en ningún momento son cosmopolitas. No obstante, a menudo los exiliados traen consigo no solo tradiciones arraigadas, sino verdades arraigadas.

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No cabe duda de que la idea de estas almas extrañas ataviadas al crudo estilo americano le presta gran parte de su significado a la mascarada de Nueva York. En el hotel donde me alojaba, el jefe de los camareros de uno de los salones era de Bohemia y me alegra decir que se tenía por bohemio. Ya me he quejado lo suficiente, ante el público americano, contra la pedantería de hablar constantemente de Checoslovaquia. Les he sugerido a mis amigos americanos que el abandono de la palabra «Bohemia» en su sentido histórico podía hacerse extensivo a su sentido literario y figurativo. Podríamos acabar diciendo: «Me temo que Henry ha adoptado unas costumbres de lo más checoslovacas en los últimos tiempos», o «No te arregles demasiado, es una fiesta bastante checoslovaca». En cualquier caso, mi bohemio no quería saber nada de tonterías: se consideraba un hijo de Bohemia, y hablaba como tal al emitir sus juicios sobre América, que eran tanto favorables como desfavorables. Era un hombre rechoncho de figura robusta y sonrisa confiada, y sus ojos eran como oscuros estanques en las profundidades de un bosque aún más oscuro, aunque no creo que las luces de Broad ay le hubieran engañado nunca.

Sin embargo, en otro lugar del establecimiento, descubrí a alguien parecido a un verdadero inocente en el extranjero[153], a mi auténtico campesino entre los carteles luminosos. Era un hombre mucho más delgado, igual de moreno, con nariz ganchuda, rostro ansioso y feroces mostachos negros. También era camarero e iba vestido de camarero, que es una versión más elegante del traje de conferenciante. Mientras me servía una sopa de mejillones o algo parecido, comencé a hablar con él y me contó que era búlgaro. Le respondí algo como: «Me temo que no sé todo lo que debiera sobre Bulgaria. Imagino que la mayoría de la gente se dedica a la agricultura, ¿no?». No modificó su actitud lo más mínimo, pero bajó ligeramente la voz y dijo: «Sí, venimos de la tierra y a la tierra volvemos, la gente está perdida cuando se aparta de ella».

Oírle decir algo así a un camarero fue un hito en la vida de un desdichado escritor de novelas fantásticas. Verlo remover la sopa de mejillones como un autómata y traerme más agua helada como un autómata, o como solo saben hacer los camareros americanos (pues amontonar hielo es la fría pasión de sus vidas), y todo tras haber pronunciado unas palabras tan sombrías y tan profundas, tan desoladoramente incongruentes y tan sorprendentemente ciertas, fue algo indescriptible, pero muy parecido a la imagen del campesino admirando Broad ay. Así se fue con sus modales y sus ropas artificiales, iluminado por la fantasmal luz artificial del hotel, y la vida artificial de la

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ciudad; su corazón era como su propio valle remoto y rocoso, donde aquellas inmutables palabras estaban talladas como en una roca.

No pretendo discutir aquí adecuadamente la cuestión de la americanización del búlgaro. Tiene muchas facetas diferentes, que pasan desapercibidas para la mayoría de los ingleses e incluso de algunos americanos. En primer lugar, un hombre con una lealtad tan arraigada a la tierra no podría americanizarse en Nueva York; pero no está tan claro que no pudiera americanizarse en América. Casi podríamos decir que en el corazón de América se esconde un campesinado. En lo que se refiere a nuestras impresiones es un secreto. En realidad, se trata de un secreto a voces; que cubre varios miles de kilómetros cuadrados de praderas despejadas, pero para la mayoría de nuestros compatriotas es algo invisible, inimaginable y nunca visitado: la sencilla verdad de que todos esos acres están dedicados a la agricultura, y de que la agricultura conlleva una considerable tendencia a que la propiedad esté distributiva o decentemente repartida, como en un campesinado. Por otro lado, están quienes piensan que el búlgaro nunca se americanizará, que ha acudido a América solo para ser camarero y que puede permitirse regresar a Bulgaria como campesino. Nada tengo que decir al respecto, y desde luego no planteé la cuestión para eso. Me ha traído hasta aquí cierta línea de argumentación que discurre por el Gran Camino Blanco[154] y tengo intención de seguirla hasta el final. La crítica, si se formula bien, no abarca solo a Nueva York, sino a todo el Nuevo Mundo. Cualquier argumento en su contra es igual de válido contra las ciudades más grandes y más ricas del Viejo Mundo, contra Londres, Liverpool, Frankfurt o Belfast. Pero es en el Nuevo Mundo donde la argumentación es más evidente porque lo vemos alzarse en sus propios torreones y estallar en sus propios fuegos artificiales.

Estoy en desacuerdo con la condena estética de la ciudad moderna con sus rascacielos y sus carteles luminosos. Me refiero a la que lamenta la pérdida de su belleza y su sacrificio a la utilidad. Me parece justo lo contrario de la realidad. Hace años, cuando la gente solía decir que el Ejército de Salvación sin duda tenía buenas intenciones, aunque sus métodos fueran deplorables, señalé que ocurría justo lo contrario. Su método, el método del tambor y la llamada democrática, es el de los franciscanos o de cualquier otro desfile de la Iglesia militante. Lo discutible eran sus objetivos, con su moralidad disidente y sus despóticas finanzas. Algo parecido ocurre con los carteles de Broad ay. Que el esteta no me pida que mezcle mis lágrimas con las suyas solo porque sean feos y útiles. Pues no estoy demasiado inclinado a considerarlos feos, y

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en cambio me siento muy tentado de considerarlos inútiles. Desde el punto de vista del arte por el arte, me parecen bastante artísticos. Como forma de obra social práctica me parecen un despilfarro estúpido. Si el señor Bilge es lo suficientemente rico como para construir una torre de ciento doce metros y coronarla con medias lunas doradas y estrellas carmesíes para llamar la atención sobre el dentífrico Paraíso o los cigarrillos El Séptimo Cielo, no por ello me siento más predispuesto a agradecerle su labor social. Nunca he probado los cigarrillos El Séptimo Cielo, de hecho una especie de premonición me hace pensar que llegaré a la tumba sin probarlos. Tengo toda clase de razones para dudar de que le hagan ningún bien a quienes los fuman, o a cualquier otra persona, con excepción de quienes los venden. En pocas palabras, la utilidad del señor Bilge consiste en serle útil al señor Bilge, y todo lo demás es ilusión y sentimentalismo. Pero el hecho de saber que Bilge no es más que Bilge, ¿me hará caer en la profanación de decir que el fuego no es más que fuego? ¿Me hará blasfemar de las estrellas carmesíes más que de los atardeceres carmesíes, o negar que las lunas sean doradas o que la hierba sea verde? Si un niño viera estas luces de colores, bailaría con el mismo placer que ante cualquier otro juguete de colores; y el deber de todo poeta, e incluso de todo crítico, es bailar en respetuosa imitación del niño. Y, desde luego, siento tanta simpatía hacia las luces de las hadas de esta ciudad de pantomima, que casi lamentaría ver cómo las apagaba un ataque de cordura o de sentido de la proporción. Temo que despierte el día y llegue la luz de la tradición y de las antiguas verdades a poner fin a toda esta deliciosa pesadilla que es Nueva York de noche. Los agricultores, los sacerdotes y toda clase de personas sensatas y prácticas están volviendo al poder y su severo realismo podría marchitar todas estas cosas tan hermosas, inútiles, e insustanciales. No creerán en los cigarrillos El Séptimo Cielo, ni siquiera aunque los vean brillando entre estrellas en el séptimo cielo. No les afectarán los anuncios más de lo que les afectarían a los campesinos y sacerdotes de la Edad Media. Tan solo podrían afectarles a una generación de hombres un poco boba, sentimental y más bien servil. La gente más inteligente, divertida e intelectualmente independiente, no le ve la gracia y no se deja impresionar por esa ni ninguna otra forma de autobombo. Casi ninguna otra persona en cualquier otra época le habría visto la gracia. Si le hubiéramos dicho a un hombre de la Edad de Piedra: «Ugg dice que Ugg fabrica las mejores hachas de piedra», enseguida habría percibido la falta de desinterés e independencia de nuestra aseveración. Si le hubiéramos dicho a un campesino medieval: «Robert el arquero proclama, con tres toques de corneta, que fabrica muy

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buenos arcos», el campesino nos habría respondido: «Claro, claro», y habría pensado en algo de más importancia. Tan solo entre gente cuya imaginación ha sido reblandecida por una especie de mesmerismo puede intentarse un truco tan transparente como el de la publicidad. Y si alguna vez volvemos a tener, como por otros motivos espero que tengamos, una distribución más democrática de la propiedad y una base más agrícola de la vida nacional, a primera vista parece probable que toda esta hermosa superstición perezca, y que el país de las hadas de Broad ay se desvanezca junto a todos sus variados arco iris. Para gente así, los cigarrillos El Séptimo Cielo, como las ciudades del siglo XIX, se convertirán en humo. E incluso el humo terminará desvaneciéndose.

Pero nuestra siguiente reflexión nos lleva de vuelta al campesino que contempla las luces de Broad ay. No es estrictamente cierto que el campesino no haya visto algo así antes. Lo cierto es que lo ha visto a una escala mucho más pequeña, pero con un propósito de mucha más importancia. Los campesinos también tienen su ritual y sus ornamentos, pero los utilizan para adornar cosas más reales. Aparte de nuestra primera fantasía acerca del campesino que no sabía leer, no hay duda de lo que sería evidente para un campesino que no supiera leer y supiera comprender. Para él el fuego también es sagrado y el color también es simbólico. Pero él coloca una candela para iluminar el pequeño altar de san José y hacen falta doscientas candelas para iluminar los cigarrillos El Séptimo Cielo. Está acostumbrado a los colores de las vidrieras de las iglesias que pintan de rojo a los mártires y de azul a las vírgenes; pero el señor Bilge dispone de todos los colores del arco iris. Puede que se deje impresionar desde el punto de vista estético, pero desde el punto de vista social e incluso científico tiene derecho a mostrarse crítico. Si fuese un campesino chino, por ejemplo, y viniera de un país de fuegos de artificio, imaginaría naturalmente que estaba asistiendo a una gran exhibición de fuegos artificiales en conmemoración de algo; tal vez el cumpleaños del emperador, o más bien la noche en la que nació. Poco a poco el filósofo chino acabaría por comprender que no es posible que el emperador naciera todas las noches. Y cuando comprendiera la verdad, el filósofo, si de verdad fuera un filósofo, se sentiría un poco despagado…, tal vez un poco desdeñoso.

Comparen, por ejemplo, esos eternos fuegos artificiales con los petardos y las hogueras del día de Guy Fa kes[155]. Esa curiosa e incluso extraña fiesta nacional lleva un tiempo en decadencia en la vida inglesa. Aun así, era una fiesta nacional, en el doble sentido de que representaba una especie de espíritu público y de que perseguía un impulso popular. La gente se gastaba dinero en

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los fuegos artificiales, no ganaba dinero con ellos. Y la gente que se gastaba el dinero solía ser gente que disponía de muy poco dinero para gastar. Tenía algo de la espléndida y fanática disposición de hacer más pobres a los pobres. No tenía, como la publicidad, solo la mezquina y materialista intención de hacer más ricos a los ricos. En pocas palabras, surgía de la gente y apelaba a la nación. La causa histórica y religiosa en la que se originaba no la he inventado yo; y creo que en parte ha perecido por estar ligada a una teoría de la historia que carece de futuro. Creo que esto lo ilustra el hecho mismo de que su ceremonial sea negativo y destructivo. La negación y la destrucción son cosas muy nobles cuando se emplean en la dirección correcta; y la expresión popular de ambas cosas siempre tiene algo de humano y de cordial. Así que no pienso recurrir a ninguna crítica quisquillosa o elegante, literaria o musical, para tratar acerca de unos niños que arrastran un espantajo con una máscara de papel y gritan:

Es Guy Fa kes;

atizadle en el ojo.

Aunque admito que es una desventaja que no dispongan de un santo o héroe a quien coronar en efigie además de d traidor a quien quemar en efigie. Admito que el protestantismo popular se ha vuelto demasiado negativo como para que la gente adorne con guirnaldas la estatua del señor Kensit o incluso del doctor Clifford. No oculto mis preferencias por el catolicismo popular, que todavía tiene estatuas que pueden adornarse con flores. Ojalá nuestra fiesta nacional o nuestros fuegos artificiales girasen alrededor de algo positivo y popular. Ojalá la belleza de una rueda catalina[156] se exhibiera a mayor gloria de santa Catalina. No me quejaría si las velas romanas[157] fuesen de verdad romanas. Pero este carácter negativo no destruye el carácter nacional, que comenzó al menos en la fe desinteresada y ha terminado al menos en la diversión desinteresada. Los nuevos fuegos de artificio comerciales no tienen nada de desinteresados. No hay nada tan digno como un espantajo entre las luces de Broad ay. En esa calle, la misma palabra «tipo»[158] tiene un significado distinto y más amable. Un amigo americano me felicitó por la impresión que había producido en una entrevistadora diciendo: «Dice que eres un tipo muy normal». Al principio, eso me dejó algo perplejo. «Sin duda es una descripción muy acertada —dije—, pero nunca pensé que pudiera ser un elogio». Pero parece ser que se trata de uno de los mayores cumplidos para un americano. En América, un tipo es un término neutro para referirse a un ser humano. Todos los hombres son tipos, dotados por su Creador de cierto…, pero me estaba dejando llevar por otra asociación de ideas. Y un tipo normal

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significa, supongo, un tipo fiable o respetable. En cualquier caso, la cuestión es que el tipo, en el sentido grotesco inglés representa los restos dilapidados de la tradición humana real capaz de simbolizar ideales históricos verdaderos mediante el misterio sacramental del fuego. Hay una gran caída desde esas vulgares hogueras hasta el más alto de los carteles luminosos. La nueva iluminación no representa ningún ideal nacional, y lo que viene más al caso, no procede de ningún entusiasmo popular. En eso es en lo que se diferencia del protestantismo más sectario de la institución inglesa. Las masas se han alzado contra el papismo, pero no es probable que se alcen en defensa de la nueva publicidad. Más de un orangista chiflado ha muerto diciendo: «Al infierno con el Papa»; es muy dudoso que nadie emplee su último aliento para pronunciar las palabras extáticas: «Prueben el chicle Hugby». Estas leyendas modernas y mercantiles nos las impone una minoría mercantil y nosotros actuamos pasivamente ante sus sugerencias. El hipnotizador de las altas finanzas o el tiburón de los negocios se limitan a escribir sus órdenes en el cielo con un dedo de fuego. Todos los hombres son tipos en el sentido de espantajos. No somos más que las víctimas de su violencia pirotécnica y son ellos quienes nos atizan en el ojo.

Este es el verdadero argumento contra la sociedad moderna que simboliza esa clase de arte y arquitectura. No es que se esté tambaleando, sino que es inestable. No es que sea vulgar, sino que no es popular. En otras palabras, el ideal democrático de países como América, aunque en general sea sincero y, en ocasiones, intenso, está en pugna con otra tendencia: un progreso industrial que es lo menos democrático que hay en la tierra. América no es la única que posee ese industrialismo, pero es la única en exaltar el ideal que lucha con el industrialismo. El capitalismo industrial y la democracia ideal están enfrentados en todas partes, pero tal vez solo aquí estén en conflicto. Francia tiene un ideal democrático, pero no es industrial. Inglaterra y Alemania son industriales, pero no son verdaderamente democráticas. Por supuesto, cuando hablo de industrialismo, me refiero a las grandes áreas industriales; pero, como se verá después, hay otro aspecto de esos países que debe tenerse en cuenta; en la propia América hay no solo una gran sociedad agrícola, sino una gran igualdad agrícola; igual que sigue habiendo campesinos en Alemania y que puede que algún día vuelva a haber campesinos en Inglaterra. Pero la cuestión es que el ideal y su enemiga la realidad están muy próximos en la elevada y estrecha ciudad y que el rascacielos se llama así porque su cúspide se alza con insolencia y rasca las estrellas del cielo americano, el mismísimo cielo del espíritu americano.

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Esas me parecen las grandes líneas del problema. He tratado de poner de relieve el hecho de que la igualdad sigue siendo el ideal, aunque haya dejado de ser la realidad americana. Me gustaría terminar subrayando el hecho de que la realidad del capitalismo moderno amenaza a dicho ideal con terrores e incluso esplendores que podrían conmover el inestable e impresionable espíritu moderno. De esa lucha depende la cuestión de si esa nueva y gran civilización continuará existiendo o no, e incluso de si vale la pena que exista o no. He empleado ya la parábola de la bandera americana, cuyas estrellas representan a una muchedumbre igualitaria; ahora podría recurrir al simbolismo opuesto de esas estrellas terrestres y artificiales que destellan sobre la frente de la ciudad comercial. Reparen en el peligro de esa última ilusión que consiste en que las estrellas artificiales parezcan cubrir el cielo, y las verdaderas estrellas desaparezcan de la vista. Pero, de momento, me alegra reafirmar el placer meramente imaginativo de esos torreones borrosos y esos fuegos fatuos. ¡Qué nobles serían esos edificios de pesadilla si se hubieran construido verdaderamente sin motivo! El hecho de que se construyeran por algo, no debe deprimirnos demasiado ni echar por tierra nuestras elevadas fantasías. Hay algo acerca de esas líneas verticales que sugiere una especie de corriente ascendente, como si fuera una gran catarata patas arriba. He hablado de fuegos artificiales, pero más bien debería hablar de cohetes. Algo en nuestro subconsciente nos susurra que lo único que queda de un cohete es un palito caído. He hablado de perspectivas babilónicas, y de palabras escritas con un dedo orgulloso, como aquel enorme dedo inhumano que escribió en el muro de Belsasar[159]… Pero ¿qué escribió en el muro de Belsasar? Una vez más, me alegra terminar con una nota de duda y cierta oscura simpatía por esos sistemas solares multicolores que giran tan vertiginosamente a lo lejos en el divino vacío de la noche.

«Venimos de la tierra y a la tierra volvemos, la gente está perdida cuando se aparta de ella.» 1

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EL DEFENSOR

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EL DEFENSOR

En ciertas mesetas infinitas, llanuras en las que se pierde la vista y hay

pendientes que parecen contradecir la falta de desnivel y nos hacen darnos cuenta de que vivimos en un planeta con el techo inclinado, nos topamos de vez en cuando con valles enteros repletos de rocas sueltas y cantos rodados tan grandes como montañas. El conjunto parece algún experimento de la creación abandonado tras un cataclismo. A menudo resulta difícil creer que toda esa basura cósmica pueda haberse reunido sin la intervención del hombre. La imaginación más amable y popular imagina que en aquel lugar debió acontecer alguna batalla entre gigantes. Para mí se asocia siempre con la idea recurrente, y en último término instintiva, de que en ese lugar se produjo la lapidación de algún profeta prehistórico, un profeta tan gigantesco con respecto a los profetas posteriores como lo son las rocas con respecto a los guijarros. Pronunció algunas palabras que parecieron tremendas y vergonzosas, y el mundo, horrorizado, lo sepultó bajo una montaña de piedras. El lugar es un monumento a un terror antiguo.

Si seguimos la misma línea de razonamiento, sería más difícil imaginar qué terrible insinuación o imagen del universo provocó esa primaria persecución, qué pensamiento secreto yace enterrado bajo las brutales piedras. Pues en nuestra época todas las blasfemias suenan trilladas. El pesimismo es hoy de manera patente, como lo fue siempre de modo esencial, más frecuente que la piedad. La profanación hoy es más que una afectación, es una convención. La maldición contra Dios es el primer ejercicio de los manuales de poesía menor. Sin duda no lapidaron a nuestro profeta imaginario en el alborear del mundo a causa de ninguna de esas solemnidades infantiles. Si sopesamos la cuestión en la precisa balanza de la imaginación, si calibramos cuál es la verdadera tendencia de la humanidad, veremos que lo más probable es que lo lapidaran por decir que la hierba era verde y que los pájaros cantan en primavera; pues, desde el primer momento, la misión de todos los profetas ha sido señalar no tanto al cielo o al infierno como a la tierra.

La religión ha tenido que proporcionar el telescopio más largo y más extraño, el telescopio a través del cual podríamos ver la estrella en la que vivimos. Para los ojos y la imaginación del hombre corriente, este mundo está

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tan perdido como el Edén y tan hundido como la Atlántida. Una extraña ley recorre toda la historia de la humanidad: la gente tiende a menospreciar el mundo que le rodea, su felicidad y a sí mismos. El gran pecado de la humanidad, el pecado tipificado por la caída de Adán, es la tendencia, no hacia el orgullo, sino hacia esta extraña y horrible humildad.

Esa es la gran caída, la caída a raíz de la cual el pez olvida el mar, el buey olvida el prado, el contable olvida la ciudad, cada hombre olvida su ambiente y, en el sentido más completo y literal, se olvida a sí mismo. Esa es la verdadera caída de Adán, y se trata de una caída espiritual. Resulta extraño que muchos hombres verdaderamente espirituales, como el general Gordon[160], hayan pasado horas especulando sobre la ubicación precisa del Jardín del Edén. Lo más probable es que sigamos en el Edén. Tan solo ha cambiado nuestra forma de verlo.

Suele definirse al pesimista como un hombre en rebeldía. No lo es. En primer lugar, porque para estar en rebeldía es necesaria cierta alegría, y en segundo lugar porque el pesimismo apela al lado más débil de la gente, y el pesimista, por tanto, tiene una ocupación tan ruidosa como un tabernero. El que verdaderamente está en rebeldía es el optimista, quien en general vive y muere en un intento desesperado y suicida por persuadir a los demás de lo buenos que son. Se ha demostrado más de cien veces que si se quiere enfadar de verdad a la gente, la mejor manera de hacerlo es decirles que todos son hijos de Dios. Tal vez recuerden que Jesucristo fue crucificado, no porque dijera algo acerca de Dios, sino bajo la acusación de haber dicho que un hombre podría echar abajo el Templo y reconstruirlo en tres días. Todos los grandes revolucionarios, desde Isaías a Shelley han sido optimistas. Se indignaban, no por la maldad de la existencia, sino por la lentitud de los hombres en apreciar su bondad. El profeta que muere lapidado no es un bravucón ni un entrometido. No es más que un amante rechazado. Sufre un apego no correspondido a las cosas en general.

Así se va haciendo cada vez más evidente que el mundo corre el permanente peligro de ser malinterpretado. Que se trata de una idea mística o fantasiosa que puede comprobarse con ejemplos sencillos. Dos palabras absolutamente básicas: «bueno» y «malo», descriptivas de dos sensaciones primarias e inexplicables, no se utilizan —y nunca se han utilizado— de manera correcta. Nadie que lo haya sufrido llama bueno a lo malo; pero el veredicto unánime de la humanidad coincide en tildar de malo a lo bueno.

Dejen que me explique: hay cosas, como el dolor, que son malas en sí mismas, y nadie, ni siquiera un loco, diría que un dolor de muelas es bueno en

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sí mismo; pero de un cuchillo que corta mal se dice que es un mal cuchillo, cuando ciertamente no lo es. Simplemente no es tan bueno como los cuchillos a los que está acostumbrada la gente. Un cuchillo nunca es malo salvo en esas raras ocasiones en las que está limpia y científicamente clavado en mitad de la espalda de uno. El cuchillo más tosco y romo que jamás rompiera un lápiz en pedazos en lugar de afilarlo es bueno en tanto que es un cuchillo. En la Edad de Piedra lo habrían considerado un milagro. Eso que llamamos un mal cuchillo es un buen cuchillo que no es lo suficientemente bueno para nosotros; lo que llamamos un mal sombrero es un buen sombrero que no es lo suficientemente bueno para nosotros; lo que llamamos mala cocina es buena cocina que no es lo suficientemente buena para nosotros y lo que llamamos una mala civilización es una buena civilización que no es lo suficientemente buena para nosotros. Si hemos decidido que la mayor parte de la historia de la humanidad es mala, no es porque sea mala, sino porque nosotros somos mejores. Se trata de un principio palpablemente injusto. Puede que el marfil no sea tan blanco como la nieve, pero el continente ártico no convierte en negro al marfil.

Siempre me ha parecido injusto que la humanidad se dedicara a tachar eternamente de malas aquellas cosas que han sido lo bastante buenas como para mejorar otras y a darle eternamente patadas a la escalera por la que había trepado antes. Siempre me ha parecido que el progreso debería ser otra cosa que un continuo parricidio, por eso he escudriñado en los montones de basura de la humanidad y he encontrado un tesoro en cada uno de ellos. He descubierto que la humanidad se dedica, no incidentalmente, sino eterna y sistemáticamente, a arrojar oro al arroyo y diamantes al mar. He descubierto que todo el mundo está dispuesto a decir que la hoja del árbol es menos verde de lo que es, y la nieve de Navidad menos blanca de lo que es, por tanto he imaginado que la principal ocupación del hombre, por humilde que sea, es la defensa. He descubierto que hace falta un defensor cuando los mundanos desprecian al mundo, y que un abogado defensor no habría estado de más aquel día terrible en que el sol se oscureció sobre el Calvario y el hombre fue rechazado por el hombre.

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LAS COSTUMBRES FUNERARIAS

Últimamente he estado alegrándome la vida con un libro brillante y

agradable sobre la muerte y los enterramientos. Se trata de Origen y desarrollo de las costumbres funerarias, de Bertram S. Puckle, y el punto de vista del escritor es interesante porque, en cierto sentido, es muy personal. No escribe del usual modo desdeñoso acerca de la superstición, identificándola indirectamente con la religión. Le interesa más demostrar que la responsable de la superstición no es la religión. Cita las sencillas fórmulas verdaderamente requeridas por las autoridades eclesiásticas y las compara con el cúmulo de fastidiosas formalidades, viejas y nuevas, que se han ido añadiendo sin la menor autoridad. En eso está, sin duda, bastante en lo cierto. La prosopopeya de pesadilla que tan absurda le parecía a Dickens, las largas y negras plumas, los negros gallardetes, las horribles marionetas mudas, toda esa clase de cosas a menudo se llevaban a cabo con solemnidad religiosa, pero no tenían nada que ver con la religión. Eran formalidades nunca impuestas por la iglesia y siempre impuestas por el mundo; signos de mundanidad, y no de espiritualidad, que casi siempre estaban destinados a proclamar el orgullo, el pedigrí y el rango social del muerto; cosas que obviamente la religión considera inútiles tras la muerte. Podemos estar de acuerdo en que se trataba siempre de una tristeza y de una solemnidad mundanas. Ya lo dijo, como tantas otras cosas, san Agustín hace mucho tiempo. Quien pronunció el «Pereant qui ante nos etc.»[161], debió impulsar a otros muchos a decir lo mismo. En alguna parte el santo señala que las costumbres funerarias no son homenajes a los muertos, sino a los vivos. Pero quizá no sea algo tan indefendible homenajear a los vivos. Si la exigencia no procede de la Iglesia sino del mundo, es posible que los mundanos no siempre sean justos con el mundo. Se puede decir mucho más de lo que se permite el señor Puckle, incluso acerca de la pompa de la heráldica, la pompa del poder, completamente separada del largo himno rebosante de notas de alabanza. En conjunto, no obstante, podemos estarle agradecidos a un escritor que ha señalado que la religión no ha complicado las costumbres humanas, sino que más bien las ha simplificado. Hace muchos años ya dije que el servicio más ritualista del mundo resulta sencillo, con su preocupación por cosas tan

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sencillas como el fuego y el agua, o el pan y el vino, si se lo compara con el ritualismo observado por los camareros y mayordomos al servir una cena.

Pero ¿por qué incluso las personas más inteligentes insisten en decir que todas las costumbres humanas son una reliquia de alguna costumbre bárbara y primaria? En este caso, por ejemplo, el escritor sugiere que conducir el corcel favorito de un general detrás de su coche fúnebre es una «supervivencia» de la costumbre primitiva de sacrificar un animal en la tumba. Eso me parece exactamente lo mismo que decir que quitarse el sombrero cuando pasa una señora es una supervivencia de que decapitaran a la gente por pretender la mano de una princesa de cuento de hadas. En un sentido la relación es correcta. Quitarse el sombrero es una señal de respeto hacia la dama, en una sociedad en la que se supone que las damas merecen respeto. Y decapitar a la gente, en el cuento de hadas, era una señal de respeto, tal vez excesiva, hacia esa dama en concreto. Pero no hay razón para suponer que la idea no haya existido en una forma más sensata, aun cuando no haya sido llevada hasta el exceso. De modo similar, es natural asociar al caballo con la gloria del guerrero; y a la gente sin duda le emocionaba semejante idea, incluso si llegaban tan lejos como para sacrificar al caballo en nombre de su gloria. Pero aunque a nadie se le hubiera ocurrido matar al caballo, a miles de personas se les habría ocurrido atar al caballo tras el coche fúnebre. Se les habría ocurrido porque hacerlo es algo perfectamente natural. Cuando una sociedad evolucionada quiere destacar la dignidad y la belleza solemne de una ocasión, celebra una procesión. Cuando una sociedad menos evolucionada o más salvaje quiere poner de relieve el destino y el terror de una ocasión, celebra un sacrificio. Ambas cosas, por supuesto, reflejan en cierto sentido la intensidad y la importancia de la ocasión. Por eso ambas hacen algo para celebrarla. Pero nunca he podido comprender por qué la forma más sensata es una variación de la forma más salvaje y no al revés. Me parece mucho más cierto decir que la introducción natural del caballo se degrada a veces en su antinatural inmolación, que decir lo contrario y asegurar que la inmolación introduce la introducción. La presencia del caballo tras el coche fúnebre es algo normal, que en ocasiones ha adoptado una forma anormal en el pasado. En otras palabras, esa explicación de poner el caballo tras el coche fúnebre es un excelente ejemplo de colocar el carro delante de los bueyes.

Esta falacia, que no es exclusiva de este escritor, sino que de hecho es francamente rara en él, siempre es el resultado de no emplear nuestra propia imaginación: es decir, ¡nuestro propio conocimiento íntimo de la humanidad! En otras palabras, proviene de no creer verdaderamente en la hermandad de

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los hombres. Pues ninguna versión de la hermandad de los hombres que no incluya a los trogloditas y los caníbales tiene ningún valor. La gente hace cosas solemnes, solo porque en cierta ocasión hizo cosas terribles. No es necesario explicar el ritual mediante remotas extravagancias, porque no necesita explicación. Se explica a sí mismo. Explica toda suerte de cosas mucho mejor que las definiciones o las abstracciones. Esparcir flores sobre una tumba es simplemente el modo en el que una persona normal expresa con un gesto cosas que solo un gran poeta podría expresar con palabras. Me resisto a creer que quienes lo hacen crean necesariamente que el muerto es capaz de olerías. Dudo incluso que quienes lo hicieran en tiempos prehistóricos creyeran necesariamente que el muerto era capaz de olerías. Por raro que pueda parecer, no creo que pensaran de ese modo tan vívido y vicario acerca de los sentimientos del muerto. Creo que estaban aliviando sus sentimientos. «Las costumbres funerarias son un tributo no a los muertos, sino a los vivos», dijo san Agustín.

Pero quienes escriben acerca de los sentimientos del hombre primitivo parecen partir siempre de la asunción de que carecía de sentimientos. Hacía todo lo que nosotros hacemos por razones sentimentales, pero se nos dice que lo hacía por motivos totalmente diferentes. Nunca he sido capaz de encontrarle el menor sentido a semejante argumentación. En ocasiones, algunos hombres hacían cosas siniestras y diabólicas entonces; y hay hombres que, en ocasiones, hacen cosas siniestras y diabólicas hoy. Los decadentes parisinos asisten a una misa negra, que a menudo es una especie de parodia de un sacrificio humano. Pero si alguien me dijera que una misa solemne en la Madeleine, con el mariscal Foch en primera fila, es una «supervivencia» de la misa negra en el cubil de los decadentes, me tomaré la libertad de no creerle. Obviamente, es más razonable llamar a lo malo reliquia de lo bueno que viceversa. Y no veo por qué un grupo de personas no podría concebir la idea de utilizar a un caballo como compañero del héroe, dejando aparte las extrañas ideas, que sin duda se plantearon en ocasiones especiales, de terror, ofrecimiento de sangre y expiaciones similares. La cuestión es simplemente el orden en el que las ideas acuden a la imaginación; y no veo razón para suponer que lo anormal acontezca siempre antes que lo normal, o lo inhumano antes que lo humano.

No pretendo hacer una reseña del libro, sino simplemente utilizar un texto como base para un artículo, pero hay, por supuesto, varias cosas en un libro como éste que proporcionarían textos para un número indefinido de artículos. Por ejemplo, nunca he leído nada satisfactorio acerca de la muy hermosa y

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profunda tradición del «pastel de almas» y su relación con la ceremonia de Todos los Santos[162]. El pasaje que le dedica este libro es necesariamente breve, pero muy sólido y contiene información muy valiosa. También incluye una versión que no había visto antes de esa emocionante petición en la que se percibe toda la tierna ironía de la idea cristiana. He aquí los dos últimos versos:

Si no tiene un penique, con medio bastará,

si no tiene medio penique, Dios le bendecirá.

Siempre he pensado que hay algo muy emocionante en ese último gesto de admitir a la persona en cuestión en la hermandad de los pobres.

Nuevamente se trata de una cuestión de información íntima. Me refiero a información que podemos obtener simplemente mirando en nuestro interior. Sin duda es probable que el «pastel de almas» sea una especie de sustituto de los manjares cocidos para los funerales[163], de los que habla Shakespeare. Pero no debemos entenderlo tan solo buscándolo en libros viejos, aunque sea en Shakespeare. Debemos entenderlo imaginando la atmósfera moral nosotros mismos. El señor Puckle hace algunas observaciones muy sensatas acerca del efecto de los monumentos conmemorativos de la guerra; y de cómo acabaron silenciosamente con dos o tres siglos de largas protestas contra las oraciones por los muertos[164]. Pero si nos ponemos en el lugar de uno que reza por los muertos, o mejor aún, si rezamos por ellos, no tendremos la menor dificultad en comprender por qué la misma gente al mismo tiempo ofrecía oraciones a los muertos y daba peniques a los pobres. La verdad es que la ciencia del folklore ha sufrido terriblemente del olvido de un hecho: que los folkloristas forman parte del folklore. En ese sentido no es una ciencia como la entomología o la conquiliología o la ornitología. Se deben estudiar los escarabajos desde fuera, porque es muy difícil ponerse en el lugar de un escarabajo. Se debe ser objetivo acerca de un bígaro, y hay que considerarlo como un objeto; incluso hay quien lo considera un objeto desagradable. No es posible convertirse en bígaro si se ha nacido hombre. Debería emplearse una luz interior, como dicen los cuáqueros, para examinar todo lo que han hecho los hombres, cosa que no es posible a la hora de estudiar las actividades sociales de los bígaros. Y gran parte de eso que llamamos Ilustración parece consistir en apagar esa luz interior; o, en otras palabras, en pecar contra la luz.

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EL SECRETO DE UN TREN

No diré que esta historia sea verdadera; porque, como pronto verán, todo es

cierto y no es una historia. Carece de explicación y de conclusión; es, como la mayoría de las cosas que encontramos en la vida, un fragmento de algo que sería muy emocionante si no fuese demasiado grande para verlo. Pues la perplejidad de la vida surge de que hay demasiadas cosas interesantes en ella como para que nos interesemos adecuadamente por ellas. Lo que llamamos su trivialidad en realidad son los pedazos de un sinfín de historias; la existencia vulgar y carente de significado es como diez mil novelas policíacas mezcladas con una cuchara. Mi vivencia fue un fragmento de esta naturaleza, y en cualquier caso no es ficticia. No solo no maquillo los incidentes (tal como sucedieron), sino que tampoco maquillo la atmósfera o el paisaje, que fueron lo más horrible de todo. Los recuerdo vivamente, y fueron como los describiré ahora.

Hará algunos años, a media tarde de un ceniciento día otoñal, estaba en la estación de Oxford con la intención de coger el tren a Londres. Y por alguna razón, nacida de la ociosidad o vacuidad de mi imaginación o de la vacuidad del pálido cielo gris, o del frío, se me ocurrió el capricho de no ir en tren, sino de caminar, al menos parte del camino, hasta Londres. No sé si el resto de la gente será como yo en ese aspecto, pero a mí lo que me impulsa a la acción y a la aventura es ese mal tiempo que casi podría llamarse inútil. Los días claros y azules no quiero que suceda nada; el mundo es hermoso y completo, algo digno de verse. No pido más aventuras bajo esa cúpula azul turquesa de las que pido en la iglesia. Pero cuando el telón de fondo de la vida es grisáceo, ansío pintarlo de fuego y sangre en nombre de la sagrada supremacía del hombre. Cuando los cielos se desploman, el hombre se niega a desplomarse; cuando el cielo parece tener escrito en letras de plomo y pálida plata el decreto de que nada va a suceder, entonces el alma inmortal, señora de todas las criaturas, se rebela y decreta que algo sucederá, aunque sea solo el asesinato de un policía. Pero no hago más que repetir lo que ya he dicho: que el cielo inclemente despertó en mí un ansia de cambiar de planes, que el

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tiempo monótono hizo que me pareciera intolerable hacer uso del monótono tren, y que salí de Oxford por caminos vecinales. Fue, quizá, en ese momento cuando cayó sobre mí una extraña maldición al salir de la ciudad, que decretaba que, años después, escribiría un artículo en el Daily Ne s sobre sir George Trevelyan relacionándolo con Oxford, pese a saber perfectamente que estudió en Cambridge.

Cuando atravesaba los campos todo tenía un aspecto fantasmal y descolorido. Los campos, que deberían haber sido verdes, estaban tan grises como el cielo; las copas de los árboles, que deberían haber sido verdes, estaban tan grises y nubladas como las nubes. Y, tras caminar varias horas, comenzó a hacerse de noche. Un lánguido crepúsculo envolvió débilmente el horizonte, como si le hiciera palidecer su renuencia a dejar el mundo en tinieblas. Y a medida que se desvanecía más y más, los cielos parecieron volverse más próximos y amenazadores. Las nubes tumefactas parecieron henchirse y dejaron caer de pronto negras cortinas de lluvia. La lluvia era cegadora y parecía golpear como la artillería de un enemigo que estuviera a poca distancia de allí; los cielos parecían cernerse y aullar en mis oídos. Caminé muchos kilómetros más antes de encontrarme con un hombre; pero para entonces ya había tomado una decisión y, cuando me crucé con él, le pregunté si había algún lugar cerca de allí donde coger el tren a Paddington. Me dirigió a una pequeña y silenciosa estación (ni siquiera recuerdo su nombre) que estaba muy apartada del camino y parecía tan solitaria como una cabaña en los Andes. No creo haber visto jamás nada tan triste, desalentador y diabólico como aquella estación. Daba la impresión de que llevara lloviendo allí desde la creación del mundo. El agua chorreaba de la madera húmeda como si no fuera agua sino algún líquido pútrido y repugnante resultado de la descomposición de la propia madera; como si la estación estuviera cayéndose a pedazos y anegándose en la porquería. Me costó casi diez minutos encontrar a alguien. Cuando lo conseguí, resultó ser un hombre gris, y cuando le pregunté si había un tren a Paddington su respuesta fue vaga y soñolienta. Hasta donde pude comprenderle, dijo que había un tren en media hora. Me senté, encendí un cigarro y esperé mientras contemplaba los últimos vestigios del tétrico atardecer y escuchaba la lluvia eterna. Debió de pasar una media hora o algo menos hasta que un tren entró lentamente en la estación. Era un tren extrañamente sombrío, no pude ver ni una sola luz en toda su negra longitud; y no vi a ningún operario junto a él. No tuve más remedio que ir a la máquina y preguntarle al fogonero si el tren iba a Londres. «Bueno…, sí — respondió con una especie de indescriptible renuencia—. Va a Londres,

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pero…». En ese momento se puso en marcha y salté al primer vagón: estaba totalmente a oscuras. Me senté fumando y pensando mientras nos internábamos a todo vapor en el cada vez más negro paisaje festoneado de álamos desolados, hasta que aminoramos y nos detuvimos irracionalmente en mitad del campo. Oí el pesado ruido de alguien que bajaba del tren y de pronto una cabeza negra y harapienta apareció en mi ventana. «Disculpe, señor —dijo el fogonero—, pero creo que tal vez debería saber…, que hay un muerto en este tren».

De haber sido yo un verdadero artista, una persona de exquisita susceptibilidad sin más, sin duda me habría sentido superado por aquel toque de sensacionalismo y habría insistido en bajar del tren y seguir a pie. Lamento dedique lo que ocurrió fue que le expliqué, con firmeza y educación, que eso no me preocupaba demasiado con tal de que el tren me llevara a Paddington. Pero cuando el tren se puso en marcha con su carga desconocida hice algo, y lo hice de manera instintiva, sin pararme a pensarlo más que un instante: tiré el cigarro. Algo tan antiguo como el hombre y que tiene que ver con el duelo y el ceremonial me impulsó a hacerlo. Me pareció que había algo innecesariamente horrible en la idea de que solo hubiera dos personas en ese tren, uno muerto y el otro fumándose un cigarro. Y mientras el oro y la grana de la colilla se extinguían como una antorcha funeraria pisoteada en algún momento simbólico de una procesión, me di cuenta de lo inmortal que es el ritual. Comprendí el origen y la esencia de cualquier ritual. Que en presencia de esos enigmas sagrados acerca de los que nada sabemos, lo más decente suele ser simplemente hacer algo. Y me di cuenta de que el ritual siempre significará deshacerse de algo: destruir nuestro trigo y nuestro vino en el altar de nuestros dioses.

Cuando, por fin, el tren entró jadeante en la estación de Paddington, salté de él con una súbitamente renovada curiosidad. Había una barrera y unos policías custodiando la parte trasera del tren; nadie podía acercarse allí. Estaban guardando y escondiendo algo; tal vez una muerte ocurrida en extrañas circunstancias, tal vez algo como el asunto Merstham[165], tan imbricado de misterio y maldad que la ley debía proporcionarle una especie de santidad; tal vez incluso algo peor. Me alegré de volver a recorrer las calles y de ver las caras sonrientes a la luz de las farolas. Hasta hoy nunca he sabido en qué extraña historia me vi implicado, ni cuál fue mi espantosa compañía en la oscuridad.

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LOS DERECHOS DEL RITUAL

San Agustín, si no recuerdo mal, dijo, entre otras muchas cosas inteligentes

a propósito de la relación entre el credo religioso y las costumbres sociales: «Las ceremonias fúnebres no son un tributo a los muertos, sino a los vivos». Es parte de una verdad que se olvida constantemente respecto a la controversia entre el ceremonial y el simbolismo. Y, sin embargo, se trata de una cuestión en la que el puritano es, en realidad, menos religioso que el pagano. Si hubiéramos acudido a un griego antiguo de la época de Platón, que estuviera ofreciéndole sacrificios a Atenea, podríamos haber le hecho con curiosidad la pregunta que ningún moderno ha sabido responder satisfactoriamente acerca de los antiguos: «¿De verdad crees que la diosa pura de la sabiduría desea que mates o quemes algo en esta piedra concreta?». Pero el ateniense podría haber sido tan inteligente como la mayoría de los atenienses y muy bien pudiera habernos respondido: «Tanto si lo desea como si no, de lo que estoy seguro es de que yo sí lo deseo». Si acudiéramos al templo familiar de un chino y nos lo encontráramos quemando trocitos de papel para apaciguar a su bisabuelo, podríamos preguntarle qué bien sacaba su bisabuelo de eso. Pero el chino saldría muy bien librado si nos contestase: «No acabo de comprender en qué beneficia a mi bisabuelo, pero comprendo muy bien en qué me beneficia a mí».

Expresar, a través de símbolos y rituales establecidos, sentimientos que son muy difíciles de poner en palabras, no solo es un saludo para los fallecidos; también es un gesto liberador para los vivos. Es incluso, y muy especialmente, una expresión de la vida de los vivos. Su alternativa no es el habla sino el silencio; no la simplicidad, sino solo la vergüenza. Ni un hombre entre mil dice jamás nada digno de los muertos, ni siquiera nada que sea adecuado a sus propias emociones acerca de los muertos. Es una liberación mucho mejor para sus sentimientos hacer algo; y sobre todo algo que no sea demasiado inusual o antinatural. Los movimientos que los hombres han hecho siempre, descubriendo o inclinando la cabeza, o esparciendo flores sobre la tumba, son en cierto sentido acciones individuales. No solo son más dignos, sino más directos que un discurso oficial o una oración extemporánea. No solo son más serios, sino más espontáneos que la fantasmal pantomima de

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«pronunciar unas palabras». Cualquiera, aunque esté despojado de todo, sin cultura ni tradición, aunque sea un salvaje o un campesino totalmente analfabeto, se sentirá más inclinado a hacer algo que a decir algo. En esas cosas el ritualismo es más natural que el racionalismo. Es una necesidad viva que ayuda a sobrevivir. Es casi el primer gesto del despertar, mediante el cual demostramos que nosotros no hemos sido golpeados por el rayo. «Las ceremonias fúnebres no son un tributo a los muertos, sino a los vivos».

La Navidad es una fiesta de alegría y una fiesta de lamentación o un funeral nacional; pero ambas cosas dan lugar a un problema del presente que ha sido siempre una práctica del pasado. Y, sin duda, ambas ideas están más relacionadas de lo que muchos piensan, sobre todo aquellos que están totalmente desconectados del pasado, pues un hombre sin historia es, casi literalmente, un débil mental: solo controla parte de su propia imaginación y no sabe lo que significan la mitad de sus propias palabras. En el glorioso pasado de la humanidad había una relación profundamente humana entre los días de duelo y los días alegres. Las mismas palabras se utilizaban para ambas cosas o, lo que parecerá aún más extraño, se intercambiaban de modo que las frases que hoy nos parecen adecuadas para una ocasión se empleaban sobre todo para la otra. En los tiempos antiguos un funeral tenía muchos de los elementos de una fiesta. En los tiempos antiguos una danza tenía mucha de la gravedad de un servicio divino. Empleaban la palabra «banquete» para referirse a la ocasión más trágica. Utilizaban la palabra «solemnidad» a propósito de la ocasión más frívola. Aquiles, al llorar a Patroclo, convoca a los héroes a participar en los juegos, como si fuese una excursión escolar dedicada a los deportes. Teseo en Sueño de una noche de verano, mientras cuenta chistes y asiste a las farsas de su banquete de boda, dice: «Quince días duran ya estas solemnidades». Y, aunque nuestra civilización se ha vuelto más complicada en algunos aspectos y no sabe expresar estas verdades con la misma sinceridad inconsciente ni con el mismo tacto natural, es bueno no olvidar del todo que nuestros padres sentían esa camaradería en su pesar y esa religión en sus alegrías.

El mundo antiguo consideraba que los dioses presidían todas las funciones sociales y todas las actividades de la vida diaria; y gran parte de la posición que se había atribuido a los dioses paganos se atribuyó después, muy sensatamente, a los santos patrones. Pero en los tiempos modernos ha surgido una tendencia que no está tan influenciada por los dioses paganos como por el paganismo ateo. Sus funerales no son banquetes; y, en un sentido muy diferente, sus banquetes son funerales. El viejo santo cristiano animaba a la

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gente a arrepentirse sin perder la esperanza. El nuevo sabio pagano la anima a alegrarse sin esperanza. La frivolidad de los pesimistas, de los escépticos y de los decadentes conecta la alegría con la piedad por el procedimiento de deshacerse de ambas cosas. No puede crear ninguna de esas formas simbólicas de belleza que perduran como rituales o incluso como diversiones. Las ceremonias funerarias son un tributo, no a los muertos, sino a los vivos. Pero esa gente no está viva, son de ésos que se burlarían por igual de las pequeñas devociones de los pobres sobre el duelo, e incluso de las muestras de duelo públicas, y de los juegos y bromas tradicionales de una fiesta como la Navidad. Exactamente igual que no entienden cuánta vida hay en el culto a los muertos, no entienden cuánta verdad hay en la repetición de una broma. Carecen de la sutileza necesaria para comprender lo más simple, y de la inteligencia o la perspicacia para comprender las cosas llanas y populares.

La persona más tímida, al seguir la tradición, está más viva que ellos. Puede que no sea una persona excepcional, pero al menos comprende lo que significa una ocasión especial. Puede que sea un poco como un vegetal o una planta que solo florece o vuelve a la vida en ciertas estaciones. Pero al menos no es como una piedra que no cobra vida jamás. Y el estoico vulgar o la persona superior están tan muertos como una piedra, porque suelen tenerse a sí mismos por piedras preciosas y caen en el frecuente error geológico de creerse los únicos guijarros de la playa. En comparación, parece haber algo de movimiento en la mera masa de cantos rodados que el mar mueve de aquí para allá.

De modo que, cuando veamos alguna demostración de pompa popular, sobre todo si es luctuosa, no pensemos solo en las virtudes de los muertos, sino en las de los vivos; y sobre todo en esa universal virtud humana que es la veneración por los muertos. El dolor es algo realmente popular; ese hecho, si lo pensamos bien, es muy notable e impresionante; y una vez lo hayamos comprendido podremos entender por qué la gran voz que dijo hace mucho tiempo en la montaña: «Bienaventurados los pobres», añadió poco después: «Bienaventurados los que lloran»[166].

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LOS DIOSES FAMILIARES Y LOS DUENDES

Hace algún tiempo, fui con unos cuantos niños a ver la elegante y delicada

obra de Maeterlinck sobre el Pájaro Azul que llevaba la felicidad a todo el mundo. Por una u otra razón no me trajo la felicidad, y ni siquiera los niños me parecieron muy felices. No iré tan lejos como para decir que el Pájaro Azul fuese un aguafiestas, pero nos dejó a todos algo melancólicos. A los niños les decepcionó en parte que no acabara con un Día del Juicio y que el héroe y la heroína nunca llegaran a saber que el perro había sido fiel y el gato infiel. Los niños son inocentes y aman la justicia, mientras que la mayor parte de nosotros somos mal vados y, naturalmente, preferimos la piedad.

Pero, incluso desde mi punto de vista más maduro y corrompido, había algo que no funcionaba en el Pájaro Azul. Varias cosas que no me gustaron. No me gustó el pasaje sentimental sobre la historia de amor de dos bebés no nacidos; me pareció una muestra de lo que podríamos llamar un mal Barrie[167]; y, lógicamente, estropeó el único significado de la escena, que era que los bebés consideraran todas las cosas terrenales como cosas inconcebibles. No me convenció cuando el niño exclama: «No hay muertos», pues no acabo de creerme que él ni el dramaturgo supieran lo que querían decir con eso. No comprendo del todo lo que quiere decir «Oí una voz celestial que decía: “Dichosos los que mueran…”»[168], pero creo que quien lo dijo si lo sabía. Sin embargo, había algo más constante y persistente en toda la obra que me dejó vagamente desazonado. Y creo que la mejor manera de expresarlo es que sentí como si el poeta condescendiera con todo, con los botes y las sartenes y los pájaros y las bestias y los bebés.

La única parte que me pareció verdaderamente original y sugestiva fue la animación de todos los materiales de la casa por una especie de espíritus familiares: el espíritu del fuego, del agua y los demás. E incluso aquí percibí una leve diferencia que me impulsó a hacer una comparación imaginaria. Me sorprende que ninguno de nuestros medievalistas haya escrito una obra moral o alegórica basada en el cántico de san Francisco, que habla de manera similar del hermano Fuego y la hermana Agua. Crear esas figuras simbólicas, a la vez rígidas y fantásticas, sería un verdadero ejercicio de artesanía y decoración góticas. Si nadie lo acomete me obligarán a malograr yo mismo la

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idea, como he hecho tantas veces antes. Pero la clave del paralelismo es solo ésta: que el poeta medieval nos sorprende por haber sentido por el fuego lo mismo que sentiría un niño, mientras que el poeta moderno sintió lo que un hombre que estuviera hablándoles a unos niños.

Por breves y sencillas que sean las palabras del poema antiguo, consigue transmitir de algún modo la sensación de que cuando el poeta habla del fuego como algo fuerte e indomeñable lo hace convencido de que era algo a lo que había que temer pero a lo que también se podía amar. Y esa cualidad elemental de los auténticos primitivos me trajo a la imaginación algo que siempre he pensado sobre esa idea del Pájaro Azul: me refiero a lo que los dioses familiares representaban para los paganos. Según creo, los dioses familiares estaban tallados en madera, lo que los hace aún más parecidos a las sillas y las mesas.

El nómada y el anarquista acusan al ideal doméstico de ser meramente tímido y remilgado. Pero eso no es porque ellos mismos sean más resueltos o vigorosos, sino simplemente porque no saben lo resuelto y vigoroso que es. Hoy en día, la vida más nómada no es la vida del desierto sino la de las ciudades industriales. No es casualidad que hablemos de vagabundos callejeros, y la descripción también es aplicable a no pocos pordioseros cuyas carrozas doradas les han elevado por encima del arroyo. Viven en clubes y hoteles y a menudo son simples ignorantes, casi podríamos decir inocentes, de la antigua vida familiar; y desde luego de la antigua vida en las granjas.

Cuando un ciudadano ve estas cosas, directa e íntimamente, por vez primera, no las desprecia por aburridas, sino que las teme por salvajes, igual que toma a veces a una vaca por un toro. El ejemplo más obvio es el fuego, que representa el corazón del hogar. De cualquiera que viva en la templada atmósfera de los hoteles con calefacción central, puede decirse que nunca ha visto el fuego. Comparado con él, el ama de casa junto al fuego es como una amazona luchando con un dragón flamígero. La misma moraleja puede extraerse del hecho de que el perro guardián defienda la casa mientras que el perro salvaje a menudo termine por salir huyendo. Del marido, igual que del perro guardián, puede decirse que ha sido domado en la ferocidad.

Esto es especialmente cierto de la clase de hogar representado por la casa de campo. Solo en teoría se trata de asuntos triviales y prosaicos; cualquiera que lo haya experimentado de verdad sabrá que son enormes y desconcertantes, y que implican una descomunal batalla con la naturaleza. Cuando leemos en los periódicos, y sobre todo en los periódicos cómicos, algo sobre coles y coliflores, nos parecen cosas normales. Pero cualquiera que

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tenga imaginación y se dé un paseo por el huerto y contemple las coles y las coliflores, sentirá de inmediato que son tan vastas y elementales como las montañas en las nubes. Sentirá algo casi monstruoso acerca del tamaño y la solidez de lo que crece en aquella pequeña y ordenada porción de terreno. Hay disposiciones de ánimo en las que ese cotidiano huerto inglés le afectará tanto como el vaho y la feracidad de la vegetación tropical y las verdes burbujas y las intrincadas ramas de una pesadilla.

Pero, cualquiera que sea su disposición, verá que algo tan grande y tan laborioso no puede ser meramente trivial. Su razón, no menos que su imaginación, le dirá que la lucha librada allí entre la familia y el campo es la más primitiva y fundamental de todas las cosas. Si eso no es poético, nada lo es, y menos aún la bohemia zarrapastrosa de los artistas de las ciudades. Pero la clave está en que esa verdad es aparente incluso desde el punto de vista artístico. Un artista que observe esas cosas con una mirada libre y fresca apreciará de inmediato a qué me refiero cuando digo que son más bien salvajes que mansas. Es cierto del fuego, del agua, de la vegetación, y de medio centenar de cosas más. Si uno lee algo acerca de un cerdo, pensará en algo cómico y vulgar, sobre todo porque la palabra «cerdo» suena cómica y vulgar. Si mira a un cerdo auténtico en una pocilga, tendrá la sensación de estar viendo algo demasiado grande para estar vivo, como un hipopótamo en el zoo.

Esto no es una coincidencia o un sofisma; descansa en la lógica vívida y real de las cosas. La familia es, en sí misma, algo más indómito que el Estado; si entendemos por indómito algo que nace de la voluntad y la capacidad de elección y es tan elemental y libre como el viento. Tiene sus propias leyes, como el viento; pero, bien entendida, es infinitamente menos dependiente de las elaboradas y mecánicas regulaciones del legalismo que el resto de las cosas. Sus únicas obligaciones son el amor y la lealtad, pero ésas son cosas que fácilmente pueden oponerse a las meras leyes humanas, pues las leyes meramente humanas tienden a convertirse en leyes meramente inhumanas. Se refieren a algo que es para el mundo moral lo mismo que los ciclones y los terremotos para el mundo material.

La gente no nace en el jardín de infancia del mismo modo en que no muere en la funeraria. Ambos prodigios son asuntos privados, y tienen lugar en el pequeño teatro del hogar. Los sistemas públicos, la gran organización, son un mero mecanismo para el transporte y la distribución de las cosas, pero no afectan a la naturaleza intrínseca de dichas cosas. Si una familia le envía a otra un regalo de cumpleaños, el sistema legal, e incluso el sistema que

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llamamos social, no tienen nada que ver con el regalo salvo porque se trata de un paquete. Casi toda nuestra sociología moderna se basa en la filosofía de los paquetes. Y, en ese sentido, casi todas las descripciones modernas de la utopía o del gran estado podrían considerarse el paraíso de los carteros. Es en la intimidad del hogar donde el paquete se convierte en un regalo; donde estalla, por decirlo así, en su propia brillantez y popularidad; y esto es igualmente cierto, por lo que se refiere a la argumentación, tanto si se trata de un caja de bombones como si se trata de una bomba. La esencia del mensaje es siempre un mensaje personal; el negocio verdaderamente importante es siempre un negocio privado. Y, por supuesto, así ocurre también con el primero de los regalos de cumpleaños que se da en el momento del nacimiento; no es ninguna exageración hablar de una bomba como del símbolo de un bebé. Por supuesto, lo mismo es cierto tanto de los actos trágicos como felices del drama doméstico; de la pala de la lucha por la vida o de la espada de Damocles de la muerte.

La defensa de la domesticidad no consiste en que siempre sea feliz, ni siquiera en que sea siempre inocua. Consiste más bien en que incluye, como todas las cosas heroicas, la posibilidad de cualquier calamidad o incluso del crimen. Puede que la vieja señora Hubbard[169] encontrara el armario vacío; pero también podía haber encontrado un esqueleto en el armario. De lo que se trata aquí es de la insistencia en la realidad de este tipo de asociación, que, en sí misma, ciertamente no es vulgar y sobre todo no es convencional. Las convenciones pertenecen más bien a esas extensas organizaciones mundanas que hoy se han convertido en sus rivales: el club, la escuela y, por encima de todo, el Estado. No se puede tener un club sin normas, pero a una familia le irá tanto mejor cuantas menos normas tenga. Lo que alguien dijo a propósito de las canciones de la gente podría decirse todavía con más razón acerca de los chistes familiares. Y un chiste es, por naturaleza, algo espontáneo y descabellado; ni siquiera el fanatismo moderno por la organización ha tratado nunca de organizar la risa como un coro. Así que podemos decir que esos emblemas o ejemplos externos de algo grotesco o extravagante acerca de nuestras posesiones privadas no son meros ejercicios artísticos e incongruentes; no son, como suele decirse, meras paradojas. Están relacionados con la naturaleza original de la propia institución y con la idea que subyace tras ella. La verdadera familia es algo tan salvaje y elemental como una col.

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DEFENSA DE LA PUBLICIDAD

Resulta muy significativo que la forma artística que el mundo moderno no

ha logrado mejorar con respecto al antiguo sea la que, a grandes rasgos, podría llamarse el arte al aire libre. No hay duda de que los monumentos públicos no han mejorado, como tampoco ha mejorado la crítica que de ellos se hace, tal como lo demuestra la moda de condenar a muchos de ellos por pomposos. Podría escribirse un interesante ensayo sobre el enorme número de palabras que se emplean como insultos cuando en realidad son halagos. Se trata de un estudio singular en sí mismo de una tendencia que, como he dicho, siempre pinta las cosas peor de lo que son y requiere de una sistemática actitud defensiva. Así, por ejemplo, algunos críticos de teatro arrojan su desprecio sobre una actuación tildándola de teatral, lo que significa solo que es apta para el teatro, y en el fondo es tan elogioso como decir de un poema que es poético. Igualmente hablamos desdeñosamente de cierto tipo de obras tachándolas de sentimentales lo que significa simplemente que poseen esa cualidad admirable y esencial que es el sentimiento. Todas esas frases forman parte de la misma filosofía cicatera y cobarde y nos recuerdan las épocas en las que «entusiasta» era un término utilizado como reproche. Pero de todo ese vocabulario de elogios inconscientes ninguno resulta más sorprendente que la palabra «pomposo».

Es evidente que, hablando con propiedad, un monumento público debería ser pomposo. La pompa es precisamente su función; sería absurdo tener columnas y pirámides sonrojándose en un rincón como violetas en los bosques primaverales. Y los monumentos públicos tienen una lección muy necesaria que enseñar. El valor, la piedad y los grandes entusiasmos deberían ser mucho más públicos de lo que lo son ahora. Nos gusta demasiado cometer el pecado del temor y disfrazarlo con la virtud de la reverencia. Hemos olvidado la vieja y sana moralidad del Libro de los Proverbios: «La Sensatez pregona por las calles, en las plazas levanta la voz»[170]. En Atenas y en Florencia su voz se oía en las calles. Tenían una vida de guerra y discusión al aire libre, y algo que la moderna civilización comercial no ha tenido nunca: un arte al aire libre. Los servicios religiosos, la más sagrada de todas las cosas, siempre se han celebrado públicamente; la idea de que la santidad sea

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sinónimo de secreto es enteramente nueva e infundada. Todo sea dicho, muchos poetas modernos, de sensibilidades abstrusas y delicadas, aman la oscuridad por la misma razón que la aman los ladrones. La misión de un gran campanario o de una estatua es golpear al espíritu como un rayo con un súbito sentimiento de orgullo. Deberían elevarnos con ellos en el aire noble y vacío. Junto al pedestal de cada noble monumento, independientemente de lo que haya escrito en él, están grabados con letras invisibles los versos de S inburne:

Esto es Dios;

Ser hombre con tu poder,

Seguir la vía recta con la fuerza de tu espíritu, y vivir

Tu vida a plena luz del día.[171]

Si un monumento público no satisface la primera, suprema y obvia necesidad de ser público y monumental es que fracasa desde el primer momento.

Últimamente ha surgido una escuela de escultura realista que tal vez podría describirse mejor como una escuela de escultura esquemática. La aparición de semejante movimiento es justa e inevitable como reacción a la mezquina y sórdida pomposidad de la estatuaria inglesa victoriana. Tal vez el objeto más repulsivo y deprimente del universo —mucho más repulsivo y deprimente que cualquiera de los monstruos informes del señor H. G. ells (y no tan diferente de ellos)— sea la estatua de un filántropo inglés. Casi tan malas, aunque, por supuesto, no tan malas, son las estatuas de políticos ingleses que hay en Parliament Fields. Cada una de ellas está encorsetada en un abrigo cilíndrico, y cada una de ellas lleva o bien un pergamino o una prenda de dudoso aspecto sobre el brazo, que podría ser tanto una toalla de baño como un gabán ligero. Cada uno de ellos está en actitud oratoria, lo que tiene todas las desventajas de la afectación sin ni una sola de las ventajas de la teatralidad. Que nadie piense que semejantes fracasos surgen solo del demérito técnico. En cada línea de esas muñecas de plomo se expresa el hecho de que no fueron erigidas con el calor del entusiasmo natural por la belleza o la dignidad. Se erigieron mecánicamente, porque habría parecido indecoroso o mezquino no hacerlo. Se erigieron incluso lúgubremente, en una era utilitaria dominada por la idea de que había muchas maneras más sensatas de invertir el dinero. Siempre que ése es el sentimiento nacional dominante, la tierra se vuelve estéril y no vuelven a crecer iglesias ni monumentos en ella, pues necesitan crecer igual que los árboles y las flores. Pero esta desventaja moral que tanto pesa sobre la primera escultura victoriana aparece también en cierto grado sobre esa escultura tosca, pintoresca y vulgar que ha empezado a

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surgir ahora, y de la que la estatua de Dar in en el museo de South Kensington y la estatua de Gordon en Trafalgar Square son ejemplos admirables. No es suficiente con que un monumento popular sea artístico, como un bosquejo al carboncillo; debe llamar la atención; debe ser, en el sentido más elevado del término, sensacional; debe representar a la humanidad; debe hablarle en nuestro nombre a las estrellas; debe declarar ante el cielo que, una vez enumerado el catálogo de todos nuestros crímenes y locuras, sigue habiendo cosas de las que no nos avergonzamos.

Las dos maneras de conmemorar a un hombre público son erigirle una estatua y escribir una biografía. Ambas se parecen en ciertos aspectos, como, por ejemplo, en el hecho de que ninguna de las dos cosas se parece al original, y en que ambas disimulan no solo los vicios del hombre, sino sus virtudes más divertidas. Pero son diferentes en un aspecto: nunca oímos hablar de ninguna biografía sin oír también algo acerca del carácter sagrado de la vida privada y de la necesidad de suprimir la parte más importante de la existencia del hombre. El escultor no parte de esa desventaja. El escultor no tiene por qué disimular la nariz de un eminente filántropo porque sea demasiado hermosa para el público; no retrata al hombre de Estado con un saco en la cabeza porque su sonrisa fuera demasiado dulce para ser tolerable a la luz del día. En cambio en la biografía esa tesis se mantiene sólida y popularmente y hace falta bastante valor para sugerir la menor duda acerca de que cuanto mejor fuera el hombre, cuanto más humana fuera su vida, menos deba decirse al respecto.

Al menos puede decirse algo sobre la idea moderna de que la santidad es idéntica al secretismo. A todos los efectos es una idea completamente nueva y desconocida en todas las épocas en las que la idea de la santidad floreció realmente. El registro de los grandes movimientos espirituales de la humanidad, no tiene valor frente a la idea de que la espiritualidad es un asunto privado. El más terrible secreto del alma de cada hombre, su necesidad más solitaria e individual, su relación más primaria y psicológica, eso que llamamos adoración, la comunicación entre el alma y la realidad última, ese asunto absolutamente privado, es el espectáculo más público del mundo. Cualquiera que decida entrar en una gran iglesia un domingo por la mañana verá a cien hombres en soledad con el Hacedor. Estará, ciertamente, ante uno de los espectáculos más extraños del mundo: una muchedumbre de eremitas. Al hacer público el misterio más interno, y abrazar así definitivamente la publicidad, el cristianismo obra de acuerdo con sus orígenes más tempranos y sus terribles comienzos. Sin duda, no fue accidental que el espectáculo que

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oscureció el sol a mediodía aconteciera en una colina. Los martirios de los primeros cristianos eran públicos no solo por capricho del opresor, sino por expreso deseo de las víctimas.

El mero significado gramatical de la palabra «mártir» quiebra en pedazos la idea de la intimidad de la bondad. Los martirios de los cristianos eran algo más que demostraciones: eran anuncios. En nuestros días, la nueva teoría de la delicadeza espiritual desearía alterar todo eso, permitiría que Cristo fuera crucificado si eso fuese necesario para Su naturaleza Divina, pero pediría que, en nombre del buen gusto, le crucificaran en un lugar apartado. Declararía que el acto de un mártir de dejarse hacer pedazos por los leones es vulgar y sensacionalista, aunque, por supuesto, no pondría objeciones a que se dejara hacer pedazos por un león en su salón y ante un círculo de amigos verdaderamente íntimos.

Me inclino a pensar que lo que ha inaugurado esta idea de que el objeto sagrado debe estar oculto es una pureza decadente y enfermiza. Las estrellas nunca han perdido su santidad y están más desnudas y son más impúdicas y numerosas que los anuncios de jabón Pears. Desde luego, éste sería un mundo extraño si la naturaleza se viera sometida de pronto por este etéreo pudor, si los árboles crecieran con las raíces en el aire y las hojas y las flores bajo tierra, si las flores se cerrasen al amanecer y se abrieran con el crepúsculo, y si el girasol mirase hacia la oscuridad y los pájaros volasen, como los murciélagos, de noche.

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EN EL MUNDO AL REVÉS

No hace mucho, recurrí a una ociosa metáfora y dije que la caída de los

árboles y la energía secreta del viento eran típicos del mundo visible cuando se mueve bajo la violencia de lo invisible. Empleé esa metáfora simplemente porque dio la casualidad de que estaba escribiendo el artículo en un bosque. Sin embargo, ahora que estoy de vuelta en la calle Fleet (que me parece, lo confieso, mucho mejor y más poética que todos los bosques del mundo), esta comparación accidental me obsesiona extrañamente. Las siluetas de la gente me parecen un bosque y sus almas un viento. Todas las personas que me hablan o me saludan parecen tener este carácter fantástico de la linde del bosque recortada contra el cielo. Ese hombre que me habla, ¿qué es sino un árbol articulado? Aquel conductor de una camioneta que me hace violentas señas para que me aparte, ¿qué es sino unas cuantas ramas agitadas y movidas por un viento espiritual, un objeto silvano que puedo continuar contemplando con calma? Aquel policía que levanta la mano para advertir a tres autobuses del peligro que corren de chocar contra mi persona, ¿qué es sino un arbusto sacudido durante un instante por ese estallido de la ley humana que es más extraño que la anarquía? Gradualmente, esta impresión del bosque ha ido desapareciendo. Pero ese contraste en blanco y negro entre lo visible y lo invisible, esa profunda sensación de que la única creencia esencial es la creencia en lo invisible frente a lo visible, vuelve de pronto a mi imaginación. Justo cuando la calle Fleet se vuelve más familiar (es decir más brillante y desconcertante), mi mirada cae sobre un cartel de vívido color violeta en el que veo, escrito en grandes letras negras, estas curiosas palabras: «¿Deberían casarse los dependientes de comercio?».

Al ver aquellas palabras todo podría haberse vuelto del revés. La gente de la calle Fleet podía haber comenzado a caminar sobre las manos. La cruz de la catedral de san Pablo podía haberse quedado suspendida boca abajo en el aire. Soy consciente de haberme internado en un mundo al revés; de haber llegado al país donde los hombres creen sinceramente que el viento lo producen los árboles al moverse. Es decir, creen que las circunstancias materiales, por negras y retorcidas que parezcan, son más importantes que las realidades espirituales, por muy poderosas y puras que sean. «¿Deberían casarse los

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dependientes de comercio?». Me llena de perplejidad pensar en qué períodos y escuelas de la historia humana podrían haberse planteado una pregunta semejante. Los ascéticos orientales, o algunos Padres de la Iglesia habrían pensado que la pregunta significaba: «¿No son los dependientes de comercio demasiado santos, demasiado de otro mundo, incluso para sentir las emociones de los sexos?». Pero imagino que no es eso lo que quiere decir el cartel purpúreo. En algunas ciudades paganas habría significado: «¿Debería permitirse que unos esclavos tan viles como los dependientes de comercio puedan reproducir su abyecta raza?». Pero supongo que no es eso lo que quiere decir el purpúreo cartel. Me temo que tendremos que afrontar toda la demencia que implica. Lo que significa en realidad es que una parte de la raza humana se pregunta si las relaciones primarias de los dos sexos son particularmente buenas para las tiendas modernas. La raza humana se pregunta si Adán y Eva son aptos para Marshall y Snelgrove[172]. Si eso no es el mundo al revés, no se me ocurre qué otra cosa pueda serlo. Nos preguntamos si la institución universal mejorará nuestras (Dios lo quiera) instituciones temporales. Y he oído muchas preguntas parecidas. Por ejemplo he oído a un hombre preguntar muy circunspecto: «¿Es la democracia una ayuda para el Imperio?». Lo que equivale a preguntar: «¿Es el arte favorable para los frescos?».

Ya digo que se hacen muchas preguntas. Pero si alguna vez el mundo se queda sin ellas, puedo sugerir otras parecidas basadas precisamente en el mismo principio: «¿Son los pies una ventaja para las botas?». «¿Es mejor el pan una vez nos lo hemos comido?». «¿Deberían los sombreros disponer de cabezas?». «¿Estropea la gente la ciudad?». «¿Perjudican las paredes al papel de pared?». «¿Deberían las corbatas rodear los cuellos?». «¿Hieren las manos a los bastones?». «¿Destruye el fuego a la leña?». «¿Es la limpieza buena para el jabón?». «¿Puede el críquet mejorar verdaderamente los bates de críquet?». «¿Deberíamos tomar esposa al comprar un anillo de compromiso?», y unos cuantos cientos más.

Ninguna de estas preguntas se aparta en absoluto, en cuanto a la intención o el valor intelectual, de la citada pregunta del cartel purpúreo, o de cualquier otra pregunta típica de la mayoría de los economistas serios de nuestra época. Todas las preguntas que plantean son de este tenor; todas están teñidas del mismo absurdo de partida. No se preguntan si los medios son adecuados para los fines; todas preguntan (con un escepticismo profundo y penetrante) si el fin es adecuado para los medios. No preguntan si la cola le queda bien al perro. Lo que preguntan es si un perro es (de acuerdo con los cánones

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artísticos más elevados) el mejor apéndice ornamental que puede añadírsele a una cola. En pocas palabras, en lugar de preguntar si nuestros arreglos modernos, nuestras calles, comercios, negocios, leyes e instituciones concretas son adecuadas para el ideal primario y permanente de una vida humana y saludable, se niegan a admitir esa vida humana y saludable en la discusión salvo en momentos muy concretos, y aun entonces solo para preguntarse si esa vida humana y saludable es adecuada para nuestras calles y comercios. La perfección puede ser un fin alcanzable o inalcanzable. Puede que sea o no posible hablar de la imperfección como medio para alcanzar la perfección. Pero hablar de la perfección como un medio para alcanzar la imperfección sobrepasa, sin duda, todo lo tolerable. Puede que la Nueva Jerusalén sea una realidad o puede que sea un sueño. Pero es evidente que resulta grotesco decir que la Nueva Jerusalén es una realidad en la carretera de Birmingham.

Ésta es la más enorme y, al mismo tiempo, la más secreta de las modernas tiranías del materialismo. En teoría, todo debería ser muy sencillo. Un verdadero ser humano debería poner siempre por delante las cosas espirituales. Una estatua andante y parlante de Dios se encuentra en un momento particular empleada como dependiente de comercio. Siente un amor terrible, una promesa de paternidad, una sed de cierto tipo de lealtad que le unirá toda la vida, y en el curso ordinario de las cosas se pregunta a sí mismo: «¿Hasta qué punto se adecúan las actuales condiciones de los dependientes de comercio a mi evidente y épico destino en el amor y el matrimonio?». Pero aquí, como he dicho, interviene el tranquilo y aplastante poder del materialismo moderno y le impide alzarse en rebelión como haría de otro modo. Al hablar perpetuamente del ambiente y las cosas visibles, al hablar perpetuamente de economía y necesidades físicas, al pintar y repintar un cuadro perpetuo de máquinas de hierro y despiadados motores, de raíles de acero y torres de piedra, el moderno capitalismo produce una tremenda impresión sobre la imaginación humana, esa impresión en la que la verdad aparece patas arriba. Así se logra por fin el resultado. El hombre no se pregunta como correspondería: «¿Deberían tolerar los hombres casados ser asistentes de un comercio moderno?», sino que se pregunta: «¿Deberían casarse los asistentes de comercio?». La inmensa ilusión del materialismo se ha visto coronada por el triunfo. El esclavo no se pregunta: «¿Me merezco

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estas cadenas?». Sino que, muy ufano, se pregunta científicamente: «¿Soy lo suficientemente bueno para estas cadenas?».

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TRATARSE POR EL NOMBRE DE PILA (O DE OTRO MODO)

Se dice que se ha producido una crisis moral; pero consolémonos: se trata

solo de una crisis nerviosa. De hecho, si la llamo así es porque me recuerda a los espasmos de una danza negra. Aunque en realidad a lo que más se parece es al baile del pastel. Y lo malo de ese tipo de baile es que uno baila para comerse el pastel[173]. En otras palabras, la verdadera objeción contra gran parte de la moda moderna se basa en la razón y no especialmente en la moralidad. En ciertos aspectos (no en todos o tal vez ni siquiera en la mayoría) la cultura contemporánea me parece haber caído a un escalón inferior de la civilización, y estar ahora algo más cerca de los negros o incluso de los monos.

Explicaré a qué me refiero con un ejemplo, precisamente porque no tiene nada que ver directamente con la moralidad. La mayoría de los jóvenes acostumbran hoy a llamarse a voces unos a otros por sus nombres de pila, o por las abreviaciones de sus nombres de pila, o por los más íntimos sustitutos de sus nombres de pila, tan pronto como son presentados, o incluso antes de ser presentados. Si (como bien sabemos usted y yo, que somos gente elegante) la deslumbrante y distinguida señorita Vernon-Vavasour fue bautizada como Gloria, pero sus amigos más devotos la llaman Gárgaras, hoy no hay la menor diferencia entre quienes la llaman Gárgaras, quienes la llaman Gloria y quienes normalmente preferirían, cuando alguien a quien no conocen acaba de presentársela, llamarla señorita Vernon-Vavasour. En cuanto aparezca, como un punto en la distancia, al otro lado de la pista de tenis, un desconocido la llamará Gárgaras, porque oirá a una multitud de desconocidos haciendo lo mismo. Utilizará su mote, porque no la conoce lo suficiente para haber oído su nombre. O utilizará su nombre de pila, por no haber estado en su compañía el número de segundos suficientes como para conocer su apellido.

Todo esto no tiene nada de bueno ni de malo. Supongo que hay tribus salvajes en las que cada cual solo posee un nombre y por tanto hay que llamarle por él. Podría defenderse que el nombre de pila es el más noble y

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más sagrado en un sentido moral y religioso. Tal vez la brillante juventud utilice solo el nombre de pila para expresar su sagrado celo por todo lo cristiano. Tal vez hablen de Tom solo para recordarle su solemne dedicación a santo Tomás de Canterbury o a santo Tomás de Aquino. Tal vez le griten a Pedro para impresionarle con la idea de que él es la roca en la que se funda la Iglesia. Tal vez compriman en el alto y a veces perentorio grito de «¡Jack!» todos los enrevesados misterios de san Juan el Bautista y san Juan el Evangelista. Aunque, por otro lado, tal vez no sea por eso. Pero, en cualquier caso, es cierto que Fulano, Mengano y Perengano suelen ser nombres de santos, mientras que Jones, Bro n y Robinson a menudo no son más que nombres de esnobs. Por eso, la práctica de hablar acerca de Fulano, Mengano y Perengano, en lugar del señor Jones, el señor Bro n y el señor Robinson, podría adoptarse por muchas razones, nobles e innobles, mundanas y no mundanas. Si me quejo aquí no es porque sean mundanas, sino al contrario, porque demuestran poco respeto por el mundo. Sobre todo demuestran una falta de respeto por el mundo civilizado. Demuestran cierta torpeza al distinguir y saborear las artes de la civilización.

En cualquier caso, la cuestión de los nombres de pila no implica en sí misma a la moral cristiana. Por recurrir a otra posibilidad alternativa: algunas de esas felices utopías descritas por el señor ells podrían abolir todos los nombres de pila, o incluso abolir todos los nombres. Podrían despojarnos de nuestros nombres y dotarnos tan solo de números. Podríamos tener etiquetas alfanuméricas, como si fuésemos automóviles, y que solo nos conocieran por esas cifras, como les ocurre a los convictos y a los policías. Y eso no tendría nada que ver con la mala educación. Podríamos oír a Gárgaras gritando desde el otro lado de la pista de tenis: «Apresúrate, K-P-7983501, majo, que tenemos que ir a tomar el té a casa de M-M-90118972». O puede que oyéramos a uno de sus jóvenes amigos decir lánguidamente: «Invítame a un cigarrillo, Q-B-9973588; me he dejado la estúpida pitillera en el coche de X-Y-318220». Y eso no plantearía ningún problema moral, por mucho que tuvieran que decir los ariscos y los malhumorados respecto a sus modales. No hay nada erótico o siquiera emocional en ese modo de nombrar numéricamente a la gente. No hay nada calculado para inflamar las pasiones del número 7983501. Lo que me parece criticable es que deslustra el brillo de nuestro refinado intercambio cultural y nos hace descender a un escalón inferior del interés y la invención artística; o, como preferiría decir Gárgaras, que es un puñetero aburrimiento. Elimina ciertos matices del interés personal, de conveniencia o inconveniencia, que ayudan a la colorida comedia de la

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vida. Pues aunque una Gloria sea más gloriosa que otra Gloria, y ni siquiera todas las Gárgaras hagan gorgoritos igual, siempre hay algún interés artístico, serio o humorístico, en la asociación de cada persona a un nombre que tal vez arrastre recuerdos históricos o de leyenda. Pero nuestra objeción principal seguiría siendo la misma: que es bárbaro y reaccionario destruir las diferencias culturales entre una cosa y la otra; porque es como difuminar las líneas de un dibujo hermoso.

Es cierto que hay muchas cosas en las que los victorianos estaban muy equivocados, pero en su puntillosidad acerca de la etiqueta de estas cosas tenían mucha razón. En insistir en que a las jovencitas se las llamase primero señorita Vavasour, y solo después Gloria, y solo en casos de confianza casi extrema y desesperada Gárgaras, tenían una y mil veces razón. Se dedicaban a mantener un sistema social muy superior, gracias al cual las acciones sociales eran significativas, y no (como ahora) carentes de significado. Cada uno de esos nombres encierra un significado, igual que tiene su significado el nombre dado en el bautismo o en la religión; un número no significa nada. Cuando nos presentan por primera vez al señor Robinson, deberían presentárnoslo como el señor Robinson. El título formal y el apellido significan que es quien es, independientemente de lo que sea además. Es un hombre, y un hombre libre, y un conciudadano, y una persona que vive bajo la protección de un determinado orden social. En pocas palabras, significan que es merecedor de un cierto respeto y consideración, antes de que sepamos ninguna otra cosa sobre su valía. Si después alcanzamos un grado de amistad espontánea como para llamarle Belisario, o cualquiera quesea su nombre de pila, será porque nos habremos formado ciertas opiniones independientes propias sobre ciertas cualidades suyas que desconocíamos al principio; y el cambio tendrá, por tanto, un sentido inteligente e inteligible. Será la marca de algo real que habrá entre nuestro espíritu y el suyo. La adopción automática por todo el mundo del nombre de pila crea una atmósfera de total irrealidad. Cuando yo era niño había un verdadero simbolismo, una auténtica poesía y, en el buen sentido, un verdadero romanticismo, en la transición que va de tener que llamar a una dama señorita Bro n a poder llamarla Mabel. No me refiero, por supuesto, al negro e infernal submundo en el que a veces la llamaban señorita Mabel. La transición no significaba (como probablemente imaginan esos ñoños sentimentales que escriben contra el sentimentalismo de sus abuelas) que estuviera uno enamorado de Mabel; ni siquiera significaba que estuviera uno coqueteando con Mabel; pero significaba algo. Significaba que ella tenía confianza en ti y no ponía objeciones a contarte entre sus amigos personales.

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Hoy no significa nada en absoluto. Y la gente inteligente tiene mucho que objetar a las cosas que no significan nada en absoluto.

Hay también una cosa más. Los antiguos grados de intimidad eran individuales, y en ese sentido incluso inconvencionales. La nueva camaradería es enteramente convencional. Es, en el sentido más exacto, una convención. La vieja admisión a un determinado grado de amistad ocurría en momentos diferentes con gente diferente; era una aventura. La nueva familiaridad es, en realidad, una formalidad. Se trata de algo que se ha vulgarizado como las reglas de un juego; es algo dictado por lo que el instinto de la gente llama «la multitud». Pero la clave de todo es que esta clase de simplificación sencillamente empobrece la vida. La vida es mucho más rica e interesante cuando hay iniciaciones individuales, favores especiales y títulos diferentes para las diferentes relaciones de la vida. Ésta es una crítica social real y seria; y uno no se libra de ella poniéndose sentimental o poniéndose hecho una furia; ni diciendo que Mabel, al dejarse llamar Mabel, va camino de llamarse Jezabel; ni diciendo que al permitir que medio centenar de hombres la llamen como les venga en gana se está emancipando heroicamente de la tiranía del hombre.

Supongo que un verdadero avance del progreso y la civilización tendría exactamente el efecto contrario. Si estuviéramos construyendo una utopía, Dios no lo quiera, describiría una civilización más elevada en la que cada ser humano tendría cien nombres; en la que cada cual tendría un nombre concreto conocido solo por un amigo concreto; en la que habría más, y no menos, ceremonias que diferenciaran los distintos tipos de amor y amistad y en la que el pretendiente tuviera que pasar por diez nombres antes de alcanzar la Gloria. Esa sería una utopía que valdría verdaderamente la pena construir; pues sería verdaderamente una cuestión de construcción. La mayoría de las utopías representan tan solo una monótona forma de destrucción: la clase de destrucción que llamamos simplificación. Sería divertido inventar un ritual, pero debido al descrédito de la religión, nadie ha tenido el valor de inventarlo. Sería muy entretenido redactar un código legal y decorar a Fulano, Mengano y Perengano con sus Siete Nombres Secretos. Pero eso no ocurrirá hasta que el mundo moderno repare en que la solución está en la distribución e incluso en la diferenciación y no en mezclarlo todo en un enorme batiburrillo. La camaradería se ha convertido en una especie de asociación que guarda la misma relación con la verdadera amistad que un monopolio con el verdadero comercio. Nadie parece saber cómo mejorar algo si no es mezclándolo con otra cosa; como si vertieran el té en el café o el jerez en el oporto. La idea

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predominante, en la amistad como en las finanzas, es mezclarlo todo. Y es una mezcla de lo más vulgar.

He escogido este ejemplo de toda una tendencia general, porque no embrolla el asunto con una moralidad efusiva ni con una inmoralidad aún más efusiva. Y porque, en cierto modo, se deja iluminar por la seca luz de la crítica social. Y, desde un punto de vista crítico, repito que estas cosas me parecen una mera decadencia de la civilización; como el comienzo de la Edad Media.

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EL SACERDOTE DE LA PRIMAVERA

El sol se ha vuelto más fuerte y el aire se ha suavizado justo antes del

Domingo de Pascua. Pero se trata de una brillantez inquieta que exhala un hálito no solo de novedad sino de revolución. Hay dos grandes ejércitos del intelecto humano que combatirán hasta el final acerca de la cuestión crucial de si debemos felicitarnos porque la Pascua acompañe a la primavera o porque la primavera acompañe a la Pascua.

Las dos únicas cosas que pueden satisfacer el alma son una persona y una historia; e incluso la historia debe ser la de una persona. Hay, desde luego, apetitos y deleites muy voluptuosos en las meras abstracciones, como las matemáticas, la lógica o el ajedrez. Pero los meros placeres de la imaginación son como los meros placeres del cuerpo. Es decir, no son más que placeres, aunque puedan ser enormes, y por mucho que aumenten no pueden compararse con la felicidad. Un hombre a punto de ser ahorcado puede disfrutar de su desayuno; sobre todo si se trata de su desayuno favorito; y, del mismo modo, puede disfrutar de una discusión con el capellán acerca de la herejía, sobre todo si se trata de su herejía favorita. Pero que pueda disfrutar de ambas cosas no depende de ninguna de ellas; depende de su actitud espiritual hacia cierto suceso subsiguiente. Y dicho suceso es muy interesante para el alma, pues se trata del final de una historia y (según dicen algunos) del final de una persona.

Pues resulta que esta simple verdad resulta, como muchas otras, demasiado simple para que la entiendan los científicos. En eso es en lo que se equivocan, no solo acerca de la religión verdadera, sino también acerca de las falsas religiones; de modo que su explicación de la mitología es más mítica que el propio mito. No me limito a decir que estén equivocados cuando dicen (por ejemplo) que Cristo era una leyenda de la vegetación moribunda y renacida, como Adonis o Perséfone[174]. Lo que digo es que, incluso si Adonis era un dios de la vegetación, lo han comprendido mal. En primer lugar, a nadie le interesan lo suficiente las verduras marchitas como para crear ningún misterio o disfraz acerca de ellas; y, ciertamente, no lo suficiente para ocultarlas tras la

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imagen de un joven muy hermoso, que es algo mucho más interesante. Si Adonis estaba relacionado con la caída de las hojas en otoño y el regreso de las flores en primavera, el proceso de pensamiento era muy diferente. Es un proceso de pensamiento que brota espontáneamente en todos los niños y jóvenes artistas; brota espontáneamente en todas las sociedades sanas. Resulta muy difícil de explicar en una sociedad enferma.

El cerebro del hombre está sujeto a breves y extraños períodos de sueño. Una nube sella la ciudad de la razón o se posa sobre el mar de la imaginación; es un sueño que lo oscurece todo, sea una pesadilla del ateísmo o un soñar despierto de la idolatría. Y del mismo modo en que todos nos despertamos del sueño con un sobresalto y nos sorprendemos diciendo alguna frase que tan solo tiene significado en el descabellado idioma de la medianoche, también la imaginación humana se despierta sobresaltada de sus trances de estupidez con alguna frase en los labios; una frase que siempre es una locura completa. Pero, por desgracia, no ocurre como con las frases de los sueños que normalmente olvidamos al ponernos los zapatos o al ir a desayunar. El descabellado aforismo inventado cuando la imaginación del hombre dormía, permanece en sus labios y enreda todas sus relaciones con las cosas claras y racionales. Todas nuestras controversias se complican debido a cierto tipo de frases que no son meramente falsas, sino que carecen siempre de significado; que no solo son meramente inaplicables, sino que son siempre intrínsecamente inútiles. Las reconocemos allí donde alguien habla de «la supervivencia del más fuerte», refiriéndose tan solo a la supervivencia de los supervivientes; o allí donde alguien dice que los ricos «se juegan mucho por el país», como si los pobres no sufrieran a causa del mal gobierno o de una derrota militar; o cuando alguien habla de «avanzar hacia el progreso», lo que significa tan solo avanzar hacia donde se avanza; o cuando alguien habla del «gobierno de unos cuantos sabios», como si fuera fácil reconocerlos. «Los sabios» deben ser o bien aquellos pocos que los estúpidos consideran sabios, o aquellos que son tan estúpidos como para creerse sabios.

Hay un absurdo que la gente moderna repite todavía, incluso cuando llevan ya un rato despiertos, y que me irrita particularmente. Surgió con la popularización de la ciencia en el siglo XIX y sobre todo está relacionada con el estudio de los mitos y las religiones. El galimatías al que me refiero suele tomar la forma de: «Este dios o héroe representa en realidad al sol». O «Apolo, al matar a la Pitón, simboliza al verano expulsando al invierno». O «El rey que muere en una batalla en Occidente es un símbolo del sol poniéndose por el oeste». Me habría gustado creer que incluso los profesores

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más escépticos, cuyas habilidades son menos profundas que una sartén, repararían en que los seres humanos no piensan ni sienten nada parecido. Consideren lo que implica esta suposición. Supone que el hombre primitivo salió a pasear y observó con gran interés un gran punto ardiente en el cielo. Entonces le dijo a la mujer primitiva: «Cariño, más vale guardar esto en secreto. No conviene que corra la voz. Los niños y los esclavos son tan despiertos que, a menos que vayamos con cuidado, el día menos pensado podrían descubrir el sol. Será mejor que no le llamemos “el sol”, en su lugar dibujaré a un hombre matando una serpiente; y siempre que lo haga sabrás a lo que me refiero. El sol no se parece en nada a un hombre matando una serpiente, así que nadie podrá saberlo. Será nuestro secreto; y cuando los niños y los esclavos piensen que estoy entretenido con la historia de la lucha entre un dragón y un semidiós, en realidad me estaré refiriendo al delicioso secreto de que hay un disco amarillo en el cielo». No hace falta saber mucha mitología para saber que eso es un mito y que suele llamarse el mito solar.

Por supuesto, es evidente que ocurre justo lo contrario. El dios nunca fue un símbolo o jeroglífico que representara al sol. Era el sol el que era un jeroglífico que representaba al dios. El hombre primitivo (con quien sin duda está familiarizado mi amigo Dombey) terminó con la cabeza llena de dioses y héroes, porque ésa es la principal utilidad de la cabeza. Después vio al sol durante alguna gloriosa crisis de dominación a mediodía para desgracia de la noche y dijo: «Así es como resplandecía el rostro del dios después de matar al dragón», o «Así es como sangraría el mundo en Occidente si el dios muriera por fin».

Ningún ser humano fue verdaderamente tan antinatural como para adorar a la naturaleza. Ningún hombre por muy indulgente que fuera (como lo soy yo) con la corpulencia, adoró jamás a un hombre tan redondo como el sol o a una mujer tan redonda como la luna. Ningún hombre, por mucho que le atrajera la atenuación artística, creyó verdaderamente que la dríade fuera tan rígida y esbelta como un árbol. Los seres humanos nunca hemos adorado a la naturaleza; y, desde luego, la razón es muy sencilla: consiste en que todos los seres humanos son seres sobrehumanos. Hemos impreso nuestra propia imagen en la naturaleza, como Dios ha impreso Su imagen sobre nosotros. Le hemos ordenado al enorme sol que se esté quieto; lo hemos fijado en nuestros escudos, sin darle más importancia que a una estrella de mar. Y cuando había poderes de la Naturaleza que por el momento no podíamos controlar imaginamos a unos enormes seres de forma humana que los controlaban. Júpiter no simboliza al trueno. Júpiter simboliza el desfile y la victoria de

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Júpiter. Neptuno no simboliza al mar; el mar es suyo y él lo creó. En otras palabras, lo que el salvaje dijo en realidad acerca del mar fue: «Solo mi fetiche Mumbo podría hacer surgir esas montañas del agua». Lo que el salvaje dijo en realidad acerca del sol fue: «Solo mi bisabuelo Jumbo merecería una corona tan deslumbrante».

Mi propia posición acerca de todos estos mitos es tristemente sencilla. Creo que no se puede comprender ningún mito hasta descubrir que uno de ellos no es un mito. Los fantasmas de los nabos[175] no significan nada si no hay fantasmas de verdad. Los billetes de banco falsos no significan nada si no hay billetes verdaderos. Los dioses paganos no significan nada, y nunca significarán nada, para aquellos de nosotros que niegan al Dios cristiano. Una vez se admite a dios, incluso a un falso dios, el cosmos empieza a conocer su lugar, que es el segundo lugar. Una vez se admite el verdadero Dios el cosmos se desmorona ante Él, ofreciéndole flores en primavera como llamas en invierno. «Mi amada es como la roja, roja rosa»[176], no significa que el poeta alabe a las rosas bajo la alegoría de una joven. «Mi amada es un arbusto», no significa que el autor fuera un botánico tan enamorado de un arbusto concreto como para decir que lo amaba. «Que eres la luna y la reina de mi cielo», no significa que Julieta inventara a Romeo para justificar la redondez de la luna. «Cristo es el sol de Pascua», no significa que el adorador esté alabando al sol simbolizado por Cristo. La diosa o el dios pueden revestirse con la primavera o el verano, pero el cuerpo es más que la vestimenta. La religión contempla casi con desprecio el vestido de la naturaleza; y sin duda el cristianismo se las ha arreglado tan bien con las nieves de Navidad como con las gotas del deshielo en primavera. Y cuando miro a través de los campos iluminados por el sol, sé en mi fuero interno que mi alegría no solo se debe a la primavera, pues la primavera sola, si retornara una y otra vez, sería siempre triste. Hay alguien o algo caminando por ahí a quien hay que coronar con flores; y mi satisfacción radica en cierta promesa que está todavía por cumplir y en la resurrección de los muertos.

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TAGTUG Y EL ÁRBOL DEL CONOCIMIENTO

Es fácil que una sensación de estupidez se abata sobre el cerebro y lo

oscurezca; y cuando digo que no entiendo esto o aquello, no es que pretenda introducir necesariamente la sospecha de que no haya nada que entender. Con toda sinceridad, o estupidez, hay muchas cosas que no comprendo.

El otro día tropecé con uno de esos ejemplos de erudición que desconciertan a la inteligencia popular. Fue en un artículo muy interesante escrito por un hombre muy cultivado, el profesor Sayce, acerca de la antigua versión babilónica, o más bien (según parece) sumeria, de la historia de Adán. La frase decía así: «El nombre sumerio del prototipo y epónimo de la raza humana era Tagtug, o, como solía pronunciarse entonces, Uttu». No dudo de que haya una explicación para esto, pero creo que la explicación es necesaria. Si yo fuese lo suficientemente erudito para instruir al lector general en semejantes cuestiones le instruiría un poco más. Si tuviera que decir que mi apellido es Chesterton, pero que se pronuncia Ububboo, tendría la sensación de que la cuestión requería alguna aclaración. Si tuviera que presentar a un hombre llamado Smith y asegurarle a todo el mundo que se pronunciaba Bro n, contaría con que mis palabras produjeran cierta vaga sorpresa y curiosidad. Me sentiría obligado a explicar la paradoja o a no mencionarla; aunque no dudo de que si el profesor Sayce lo mencionó tan de pasada es porque el hecho está relacionado con otros hechos con los que él está muy familiarizado. Pero el caso es que al lector corriente, sin más explicaciones, le recuerda demasiado a aquel filólogo americano que se quejaba de que deletreamos una palabra b-e-a-u-c-h-a-m-p, y la pronunciamos Chumley. Sin embargo, la estupefacción del lego va más allá de la sorpresa superficial acerca de que alguien con un nombre tan hermoso, firme y expresivo como Tagtug consintiera en que le llamasen por un sobrenombre tan sentimental como Uttu. Está, además, el problema que supone la misma antigüedad y oscuridad del asunto. ¿Cómo puede el profesor Sayce estar tan seguro de cómo pronunciaba una palabra la gente que vivió antes de los babilónicos? ¿Ha vagado entre los sumerios prehistóricos gritando triste e inútilmente «Tagtug» hasta ver sus iluminarse sus rostros cuando se le ocurrió pronunciarlo «Uttu»? El día en que el arqueólogo encontró, en las ruinas de

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Nippur, la tablilla cuneiforme inscrita, clara y sencillamente, «Tagtug», ¿qué ecos de antiguas conversaciones sumerias resonaban en aquellas ruinas, repitiendo débilmente «Uttu» con voz casi tan desmayada como las trompas del país de los elfos? Repito que creo firmemente que hay una respuesta a estas preguntas; creo firmemente que el profesor está en lo cierto. Pero no escribo para señalar que el profesor está equivocado; sino más bien para señalar que es más bien el lector moderno quien se equivoca al suponer que su propia lectura científica se basa en la razón, o incluso consiste en frases razonables por sí mismas. Pocas de esas cosas que conocemos como misterios de la religión me parecen tan inescrutables como esa frase. Pocas de las controvertidas contradicciones de las Escrituras me parecen tan inherentemente contradictorias. Sin embargo, el propio profesor Sayce escribe, al comienzo de su artículo, como si toda nuestra visión de los textos de las Escrituras, e incluso de los misterios religiosos, se hubiera visto revolucionada y racionalizada por ese tipo de información. «La ciencia —dice

— nos ha obligado a modificar nuestras ideas no solo sobre la edad y el origen del hombre, sino también sobre el origen del mal y problemas teológicos tales como la conciencia del pecado. Esta silenciosa revolución de las ideas se ha visto asistida por el descubrimiento y descifrado de las antiguas inscripciones de Oriente Próximo». En pocas palabras, nuestra actitud hacia nuestros propios pecados se ha visto alterada por el descubrimiento de que los sumerios llamaban Tagtug a Adán; que a su vez se ha visto aclarado y simplificado por el posterior descubrimiento de que llamaban Uttu a Tagtug. No sé lo que pensarán los demás acerca de esta exposición y aclaración, pero mi propia psicología privada me dice que los «problemas teológicos tales como la conciencia del pecado» siguen igual que estaban.

Por mi parte no creo que al pobre Tagtug, y no digamos a Adán, se le pueda despachar tan fácilmente. Si la civilización inmemorial de Oriente Próximo, tan antigua que, como el camello, parece haber estado civilizada desde siempre, tiene una tradición que dice que los primeros hombres comenzaron a apartarse de unas elevadas pautas fijadas para ellos desde el principio, creo que la tradición se ajusta más a la historia y a la filosofía que la mayor parte de esa charla semieducada de cuarta fila a propósito de la evolución. Si sucesivos cultos y culturas, cada cual más antiguo que el otro, conducen todos a la idea de que el hombre puso una condición a la felicidad y es infeliz por romper esa condición, creo que nos acercan mucho más a la verdadera psicología humana que las ruidosas incursiones de la ciencia

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popular. Ignoro qué parte de esas historias es simbólica, qué parte es sagrada y qué parte está más allá de la comprensión normal; pero ningún teólogo me ha pedido aún que acepte como dogma de fe que Adán se pronunciaba Bingo. El profesor Sayce nos dice que la historia babilónica menciona más de un árbol (ocho, creo); pero me da la impresión de que no entiende nada de árboles. Nos dice que en la versión babilónica, a diferencia de la hebrea, el Diluvio coincidía con la Caída además de ser consecuencia de ésta. Pero me parece mucho más interesante que estén de acuerdo en su causa, que el hecho de que difieran acerca de cuándo se produjo. De modo que, desde el punto de vista abstracto y por lo que se refiere a mi gusto personal, no tengo nada contra Tagtug. Esta historia antigua y misteriosamente sugestiva me parece un punto de partida muy adecuado para la verdadera evolución que lleva a la mejor moralidad práctica que conozco. Si fuese necesario, me contentaría con decir que todo murió con Tagtug, siempre que pudiera seguir diciendo que todo cobró vida con Cristo. Pero al propio Tagtug, incluso si lo pronunciamos Uttu, tal vez le falte algo de esta justificación histórica posterior y más viva. No es lo que podríamos llamar un nombre que hoy resulte evocador, se pronuncie como se pronuncie. Y de las dos versiones de una tradición sumamente defendible, se me perdonará que me adhiera a la que no solo es cierta como poema, sino que en cierto sentido ha demostrado ser cierta como profecía.

Pero tanto si acierto como si no al aceptar semejantes conjeturas místicas, mi argumento es que esa cultura cien tífica tan de moda hace conjeturas no menos místicas; y las formula (como en el caso de Uttu) con un lenguaje mucho más críptico. Se diga lo que se diga acerca de la historia sumeria o semítica del origen del hombre, no hay mucha más lógica o pruebas verdaderas en la versión acerca del origen del hombre que se les enseña hoy a miles de personas bajo el nombre de ciencia. El señor ells no ha llegado tan lejos como hombre en su historia del hombre, pero su editor adornó la portada del primer volumen con un dibujo del hombre primitivo tal como se lo concibe hoy. Puesto que el hombre primitivo es un hombre, suele representárselo como un mayordomo dándose un baño; pero se le convierte en primitivo proporcionándole rasgos brutales y aplastados para que parezca una rana. Hay tantas pruebas científicas que justifiquen ese retrato como el del divino Adán de cabellos dorados de El paraíso perdido. Pero sé que las multitudes, al ver ese dibujo, pensarán que es ciencia y lo otro solo poesía. Por lo demás, han aparecido y se han hundido muchas teorías de la evolución, igual que se dice que se ha hundido toda la teoría científica de la base

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cósmica. Y si tuviera que escribir una historia de la humanidad declaradamente concreta y fuera de controversias, no empezaría con ninguna discutida y discordante hipótesis dar iniana más de lo que empezaría con Tagtug y sus ocho árboles, o con Adán y sus dos árboles. Diría que la civilización humana era demasiado vieja para poner a prueba incluso sus tradiciones más antiguas; y que hasta los más sabios dudan tanto acerca del origen de hombre como acerca del origen de la materia. En pocas palabras, sería un agnóstico, algo casi desconocido hoy en día. Y añadiría que aparte de este misterio hay dos cosas: la fe y la fantasía. La primera se refiere a cierta religión; y la segunda produce lo que el poeta Victoriano llamó, con inconsciente ironía, los cuentos de hadas de la ciencia[177].

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EL CENSOR

Toda mi vida he oído rugir el fragor de la batalla, entre los críticos y los

empresarios teatrales, acerca de las ventajas y desventajas de la censura de las obras de teatro; y no me cabe duda de que el ruido se seguirá escuchando a propósito de la censura de las películas. Pero pese a las incesantes diferencias entre quienes estaban de acuerdo con el censor y quienes estaban en desacuerdo con él, ninguna era tan grande como la diferencia que les hacía estar en desacuerdo. Había algunos que parecían defender que cualquier experimento artístico, por anárquico o anormal que fuera, o manifiesta o incluso médicamente demencial, tenía un misterioso derecho a pasar por encima de cualquier costumbre o conveniencia social y de cualquier sentido común o dignidad civil habitual. El experimento artístico tenía ese derecho por ser un experimento artístico, no porque el arte fuera artístico, y mucho menos porque el experimento tuviera éxito. Incluso la peor de las obras de teatro debía estar por encima de la mejor de las leyes. Si algún artista hubiese querido disponer de sangre auténtica para sus asesinatos, igual que algunos artistas utilizan barro auténtico para los decorados, es de suponer que dichos críticos habrían estado de acuerdo en sacrificar unas cuantas vidas humanas en pro de la emoción del realismo. Si el actor empresario quisiera trabajar según la antigua escala excesiva, le habrían animado a convertir el teatro en anfiteatro. Podría montar una obra con leones auténticos, lo que sería caro, y cristianos auténticos, lo que sería difícil de encontrar.

En cualquier caso, la teoría parecía ser que la suprema autoridad suprema del mundo reside en el arte o, más bien, en quienquiera que escoja decir que está haciendo algo nuevo en el campo del arte. Nunca he podido aceptar esta elevada y crédula concepción moderna, porque soy incapaz de imaginar a ningún ser humano que acepte una autoridad a la que no haya llegado originalmente por medio de la razón. Y no puedo concebir qué razón podría haber para aceptar la autoridad del artista; por no mencionar a los malos artistas. Pero era una actitud muy extendida hace treinta o cuarenta años; y todavía afecta a amplios sectores de la sociedad. Esta clase arbitraria de artista resulta muy divertida, por no hablar de la burla, aún más obvia, de su arte. Tal vez lo más divertido de todo es que en ocasiones se hace llamar pagano. Es la

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clase de hombre al que podrían asesinar casi en cualquier sitio, incluso en una revolución socialista inglesa; pero si hay un lugar en el que le matarían de inmediato por desafiar a los dioses y despreciar la dignidad de la república, es en una ciudad pagana. No obstante, siempre ha habido, y sigue habiendo, un argumento exactamente opuesto contra el censor y la censura. Consiste en que las normas de la censura incitan a la peor de las anarquías, que es la anarquía de la imaginación. Hay un ejemplo muy obvio, que mencioné ya hace mucho tiempo, cuando el debate estaba en pleno auge. Según una vieja norma de censura, no se debía poner a Jesús en el escenario. Era mucho más fácil poner a Judas en el escenario. Hoy no hay una sola forma de blasfemia o mala moralidad que esté prohibido justificar en el escenario. Una obra moderna puede consistir en una danza desenfrenada de todos los demonios y todos los cerdos. Puede incluir cualquier cosa y a cualquier persona, excepto a alguien capaz de exorcizar a los diablos y destruir a los cerdos. Hablando en general, y de acuerdo con este espíritu, lo único que puede censurar el censor es a Dios. No tiene ninguna razón particular para censurar a Satanás; y ninguna razón en absoluto para censurar el satanismo. Sin duda, quienes ostentan hoy estos poderes tratan de suavizar sus demenciales regulaciones comportándose tan cuerdamente como pueden. Pero no me estoy refiriendo al censor sino a las normas de la censura. Y aunque hoy se hayan convertido en algo anticuado, siguen siendo el ejemplo tal vez más claro y discutible del batiburrillo moral en el que ha caído este país durante el último medio siglo. Otro ejemplo es la ley de reforma del divorcio. Uno puede pensar que el divorcio está mal y sin embargo pensar que casi es peor que los hombres sean incapaces de hacer algo mal sin enredarse en un embrollo de sutilezas y mentiras.

Desde los días en que la disputa sobre la censura adoptó esta forma, toda la situación social ha cambiado. Estaba a punto de decir que ha corrido mucha agua bajo el puente; pero tal vez sería más acertado decir que el agua se ha desbordado por encima del puente y ha anegado el mundo con una riada. En los días a los que acabo de referirme, había toda suerte de revueltas y amotinamientos artísticos. Pero la revuelta de los artistas era casi enteramente una revuelta de artistas; o más bien de una minoría de artistas. Había también, como he dicho, una minoría aún menor que se rebelaba, como hacía yo, no tanto porque reverenciáramos el arte, como porque respetábamos a la razón. Pero el resto de la gente, es decir la vasta mayoría de las personas, seguía siendo tradicional en su ética, aunque más bien vaga en la religión. Si se me permite exagerar, podría decirse que lo que es vago de la nueva generación es

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su ética, salvo en ciertos casos en los que es decididamente muy vívida. Y así se nos plantea un verdadero problema acerca de qué deberíamos hacer ante semejante cambio de proporción incluso en la vaga opinión moral de la sociedad moderna. Cuando digo que se trata de un problema, no me refiero, ni mucho menos, a lo que suele llamarse una duda. No quiero decir que me quepa la menor duda acerca de lo que deberíamos hacer personalmente; y sobre todo acerca de lo que no deberíamos hacer. No deberíamos hacer como ellos más de lo que deberíamos apalear a los judíos si estuviéramos en Prusia, o asesinar sacerdotes si estuviéramos en México. No hay la menor duda acerca de lo que podemos hacer, o decir. Se trata más bien de lo que podemos evitar. Creo que quienes mantienen el antiguo punto de vista acerca del derecho deberían mantenerse firmes, apartarse e incluso reparar en que están solos. Deberían atacar. Inglaterra parece mucho más esperanzadora como un país pagano que reclama su conversión que como un país cristiano que pide una tregua. El rosbif de la Vieja Inglaterra durará más si se sala la ternera. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué la salaremos?

Podemos volver a la base histórica del progreso moderno, a los fundamentos que todavía no han sido contradichos formalmente, en busca de una justificación. Podríamos decir que aunque los seis asesinatos sin resolver de este año se conviertan en sesenta asesinatos sin resolver el año que viene, la sociedad seguirá fundándose en la idea de que el asesinato está mal. Podemos decir que tres ladrones hoy y treinta mañana no nos convierten en una sociedad comunista. Por otro lado, debemos admitir que, aunque no seamos una sociedad comunista, ya no somos una sociedad cristiana. Y, si somos cristianos, podemos iniciar una cruzada para conquistarla o para convertirla. Creo, tras muchas meditaciones sinceras, que este último camino es con mucho el mejor. No creo que sea bueno ignorar la moral pagana que nos rodea, eso no disminuye el paganismo, y tan solo nos priva del placer y de la ventaja de denunciarlo como pagano. La presunción de que la tradición —e incluso la convención— y de que la virtud —e incluso la virtud victoriana— siguen siendo la norma y cualquier cosa menos una excepción, está del lado de los sofistas que defienden el vicio. Es una norma por la que nosotros cargamos con todos los símbolos impopulares del poder, mientras ellos disfrutan de todos los frutos prácticos de la victoria. Pueden mofarse de nosotros, porque alegan que no tienen nada que ocultar, y no podemos combatirlos porque damos por sentado que no hay nada contra lo que combatir. Pero, por encima de todo, desde el punto de vista de la ortodoxia más honrada la presente tregua unilateral tiene esta enorme desventaja: nos

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impide señalar el hecho prodigioso y descomunal que tenemos ante los ojos. El hecho de que no solo hemos visto surgir una civilización materialista moderna, sino de que la hemos visto caer. Hemos visto que el imperialismo industrial y el individualismo son un fracaso desde el punto de vista práctico. Ya no se trata de utilizar la maquinaria moderna, sino de cortar amarras para alejarnos de los restos del naufragio.

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EL AMOR ROMÁNTICO

Esta mañana leí un artículo en una revista muy seria en el que el escritor citaba la frase de Byron que dice que cierta clase de amor romántico constituye toda la existencia de la mujer. El escritor decía a continuación que las primeras que desafiaron esa visión fueron las sufragistas revolucionarias de finales del siglo XIX. Lo cierto es que los primeros que mantuvieron esa opinión fueron los románticos revolucionarios de principios del siglo XIX. La costumbre de atribuirle al amor romántico esa importancia extravagante y exclusiva en la vida humana fue en sí misma algo enteramente moderno y revolucionario, y se remonta al movimiento romántico que viene de Rousseau, aunque yo creo que es más correcto remontarlo a la influencia de los sentimentales alemanes. La mayoría de quienes abominan de Rousseau no lo han leído; o han leído solo Las confesiones y no El contrato social. Los críticos leen Las confesiones, aunque solo sea para condenarlas, porque los críticos son románticos modernos y sentimentales: gente a quien le gustan las confesiones y le disgustan los contratos. Los críticos odian o evitan El contrato social no porque sea desaliñado y sentimental (cosa que no es), sino porque es duro y claro y lúcido y lógico. Rousseau tenía sus debilidades emocionales como individuo, igual que otros individuos; pero no era un filósofo dieciochesco en vano. Lo que les disgusta a los modernos, no es la bobería de sus confesiones, sino la solidez de sus convicciones; y el hecho de que, como los viejos teólogos, pudiera sostener ideas generales de un modo duro y firme. Cuando se trata de definir sus fundamentos, Rousseau es tan claro como Calvino. Ambos eran teóricos ginebrinos despiadados, aunque uno predicara la teoría del pesimismo y el otro la del optimismo. No pretendo estar de acuerdo con ninguno de los dos; aunque Rousseau sería tan útil como Calvino para enseñarles a algunos de sus críticos cómo criticar.

Pero Rousseau es un paréntesis. De dondequiera que proceda el movimiento romántico, sea de los bosques alemanes o del lago de Ginebra, fue algo reciente y revolucionario, si se compara con la historia en general. Es obvio que el crítico moderno corriente ignora la historia por completo. Sabe que su madre leía a Tennyson y su abuela a Byron. Más allá de eso es incapaz

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de imaginar nada en absoluto; supone que sus bisabuelas y tatarabuelas llevaban leyendo a Byron desde el principio de los tiempos. Imagina que Byron, que fue un rebelde desheredado y de mala reputación hasta el último momento, ha sido una autoridad establecida y convencional desde el primer momento. Así que supone que todas las mujeres, en todas las épocas, aceptaron el mandamiento prehistórico byroniano de que esa pasión romántica byroniana debía ser la única preocupación de sus vidas. Aun así, está claro que las mujeres han tenido otras muchas preocupaciones y han abrazado otras muchas convicciones. Han sido sacerdotisas, profetas, emperatrices, reinas, abadesas, madres, amas de casa, escritoras de cartas, alocadas fundadoras de sectas, literatas que mantenían tertulias en sus salones, y toda clase de cosas. Si le hubiéramos dicho a Deborah, la madre, en Israel, o a Hipatia la platónica de Alejandría, o a Catalina de Siena, o a Juana de Arco, o a Isabel de España, o a María Teresa de Austria, o incluso a Hannah More[178] o a Joanna Southcott[179] que el amor byroniano era «toda la existencia de una mujer», todas se habrían indignado mucho y la mayoría se habrían dejado arrastrar por una pasión desbordada. Habrían preguntado de diversas maneras si acaso no había en el mundo algo como el honor, el deber, la gloria, los grandes estudios o las grandes empresas, como las funciones normales y los trabajos necesarios; e incidentalmente, podríamos añadir, si no había también bebés. Todas diferían mucho en su tipo de vocación e incluso en su teoría de la virtud, pero todas tenían alguna teoría de la virtud que iba un poco más lejos. Hasta cierto momento del siglo XVIII, prácticamente cualquiera que tuviera dos dedos de frente habría aceptado el colosal sentido común expresado por un poeta francés del XVII: «L’amour est un plaisir, l’honneur est un devoir»[180].

Entonces llegó la extremada insistencia en lo romántico de los Victorianos; pues los Victorianos no se distinguieron precisamente por su insistencia en la virtud, sino por su insistencia en lo romántico. La reina Victoria vivió tanto tiempo, y la era victoriana estuvo agonizando tanto tiempo sin saberlo, que para cuando el señor Bernard Sha y algunos otros iniciaron lo que llamaron una revolución realista contra el romanticismo, el movimiento sentimental alemán parecía, no solo tan viejo como Victoria, sino como Boadicea[181]. Es muy típico, por ejemplo, que el señor Bernard Sha en una de sus primeras críticas se quejara de la convención según la cual se suponía que cualquiera había «penetrado en el santuario de lo más sagrado», siempre que estuviera dispuesto a decir: «El amor es suficiente». Pero, de hecho, la propia frase «El amor es suficiente», no procedía de ninguna

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autoridad clásica o convencional; ni siquiera de ningún Victoriano convencional o conservador. Procedía de un libro de un socialista y revolucionario como él mismo, procedía de un libro de illiam Morris.

Por supuesto, el movimiento antirromántico liderado por Sha , como el movimiento romántico liderado por Byron, ha seguido adelante ciegamente y cometido toda clase de errores. El mundo moderno parece no tener idea de cómo conservar cosas distintas una al lado de otra, de cómo concederle a cada una de ellas un lugar adecuado y proporcionado y de cómo preservar así toda la variada herencia de la cultura. Lo único que sabe es simplificar algo destruyéndolo casi todo; ya sea Rousseau derribando reinos en nombre de la razón; o Byron destrozando familias en nombre del romanticismo; o Sha deshaciendo amoríos en nombre de la franqueza y de la fórmula de Ibsen. Yo mismo valoro en mucho la gran iluminación decimonónica del amor romántico; tanto como valoro el gran ideal dieciochesco de la razón justa y de la dignidad humana; o la intensidad del siglo XVII; o la expansión del siglo XVI, o la lógica divina y la valiosa dedicación de la Edad Media. No veo por qué ninguna de estas conquistas culturales debería perderse o ser despreciada; o por que ha de ser necesario que cada moda acabe con lo que tenían de bueno las anteriores. Es posible que una buena costumbre pudiera corromper el mundo; pero nunca he comprendido por qué la segunda costumbre debería negar que la primera fuera buena. En cualquier caso, quienes no saben hacer otra cosa que apartarse del romanticismo están siendo visiblemente castigados por apartarse de la razón. Cualquier novela realista sirve para demostrar que el realismo, cuando se vacía por completo de romanticismo, se vuelve totalmente irreal. Pues el romanticismo no es más que el nombre dado a un amor por la vida que era mucho más grande que una vida de amor, en el sentido byroniano o sentimental. Y todo aquello que lo deja de lado se corrompe al instante y lo recubren los gusanos de la muerte.

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EL AUTÉNTICO ARTISTA

Últimamente alguien ha señalado que los artistas que comenzaron con

métodos artísticos enteramente nuevos han regresado a métodos más realistas, que algunos llamarían más razonables. De acuerdo con la teoría pionera del progreso, de la que tanto hemos oído hablar, ya deberían haber desaparecido de nuestra vista y estar disfrutando de la sociedad de nuestros tataranietos. Pues se supone que el deber de esta singular clase de pioneros es perder de vista por completo al ejército al que conducen.

Por supuesto, toda la metáfora es un galimatías; la mayor parte de la teoría moderna del progreso no es más que un galimatías metafórico. Un pionero no lidera un ejército; no es más que un hombre que avanza en vanguardia y está a las órdenes del mando general exactamente igual que el último hombre de la retaguardia. Pero si aceptamos la vaga imaginería de aquellos que hablan de pioneros cuando se refieren a profetas, es evidente que a veces el pionero se queda rezagado respecto al grueso de la avanzadilla. En otras palabras, el profeta en ocasiones se cansa de la sociedad de los bebés no nacidos (que deben ser compañeros muy poco comunicativos) y busca a sus compañeros incluso entre sus contemporáneos. No sabría pronunciarme acerca del arte pictórico, pero en el caso paralelo de la literatura tal vez haya algo que decir acerca de las pruebas que supone semejante regreso a la sociedad, y de si se trata o no de un retorno a la cordura.

La primera verdad implicada aquí es un tópico, pero un tópico a menudo tan mal comprendido como un misterio. Consiste en que el artista es una persona que comunica algo. Puede comunicarlo de manera más fácil o con mayor rapidez; puede comunicárselo a un grupo grande o pequeño de gente. Pero se trata de una cuestión de comunicación y no meramente de eso que la gente llama expresión. Estrictamente hablando, si no es comunicación no es expresión. Sé que hace algún tiempo se acostumbraba a decir que el artista expresaba algo como si eso significara tan solo que se quitaba algo de encima. Puede que sea natural que el artista quiera quitarse su arte de encima, sobre todo si consideramos el aspecto que éste adopta a veces. Pero su trabajo no consiste solo en entregarse a sí mismo; consiste, y lo digo con mucha solemnidad, en entregar unas mercancías. Se trata, como digo, de un típico,

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pero suele pasarse por alto en la mayoría de las discusiones de moda sobre la autoexpresión artística. En último término, el artista se exhibe a sí mismo como un ser inteligente al hacerse inteligible. Y no digo al ser fácil de entender, sino al ser comprendido.

Sin embargo, sigue oyéndose mucha cháchara acerca del espíritu aislado e incomunicable del hombre de genio; acerca de cómo tiene en su interior cosas demasiado profundas para ser explicadas y demasiado sutiles como para someterlas a la crítica general. Yo afirmo que es justamente eso lo que no es cierto del artista y lo que sí es cierto del hombre corriente que no es un artista. Precisamente lo que es cierto del fariseo. Tiene sutilezas en el alma que él mismo no puede describir; tiene secretos de emoción que no puede mostrar al público. Es él quien muere con toda su música en su interior. Mientras que, obviamente, el objetivo de un músico es morir después de haber sacado toda la música que llevaba dentro; aunque solo raras veces pueda conseguirse semejante ideal.

La clave está, no obstante, en que no basta con que el músico saque toda la música que lleva dentro. También es su obligación hacer que su música llegue a otras personas. Todos deberíamos ser lo suficientemente razonables para admitir que quienes sean esas otras personas dependerá, hasta cierto punto, de la clase de música de la que se trate. Pero si lo único que puede decir es que tiene un secreto de pasión y poder bien sellado, que en su imaginación tiene visiones de las que el mundo no sabe nada, que es consciente de tener un punto de vista enteramente propio y que no se expresa en nada común o comprensible…, entonces simplemente está diciendo que no es un artista, y no hay más que añadir.

La segunda verdad que debemos reconocer es que la expresión de un punto de vista único, para que alguien más lo comparta, es una cuestión muy difícil y delicada. Probablemente le llevará al artista cierto tiempo y unos cuantos experimentos hacerse entender con claridad. Y me parece que el momento en el que regresa a un estilo más normal es, con frecuencia, el momento en el que ha logrado hacerse entender claramente. El momento en el que es más brutal y revolucionario e inconmensurable y ferozmente original es cuando está tratando de conseguirlo. Cuando se dice de él que es corriente es que lo ha conseguido.

Es cierto que hay una especie de mala parodia de este proceso. En general eso ocurre con todos los buenos procesos: «Diabolus simius Dei»[182]. A veces ocurre que un hombre que tenía ideales revolucionarios en su juventud los vende a cambio de mero conformismo esnob. Pero no creo que eso sea

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cierto de los artistas modernos cuyo regreso a un estilo más normal se ha señalado recientemente. Su trabajo tiene todavía un carácter individual, aunque se haya vuelto también más inteligible.

Tan solo subrayo que el momento en el que los artistas se vuelven inteligibles es el momento en el que se vuelven verdadera y triunfantemente individuales. Es el momento en el que el individuo aparece por primera vez en el mundo que al arte más le concierne: el mundo de la receptividad y la apreciación. Cada individuo es un individuo; y yo soy de los que piensan que todos los individuos son interesantes. Pero, en cualquier caso, hay un gran número de individuos que serían interesantes si tuvieran la capacidad de despertar nuestro interés. Pero el momento de la creación es el momento de la comunicación. La obra solo se convierte en obra de arte cuando pasa de un espíritu a otro.

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LA VULGARIDAD

La vulgaridad es una de las grandes y novedosas invenciones modernas;

como el teléfono o la telegrafía sin hilos. Puede defenderse de manera plausible que el teléfono sea menos un instrumento de tortura que las empulgueras o el potro, y también que otras épocas tuvieran otros vicios peores que este vicio nuevo o moderno. Del mismo modo que podemos encontrar imaginativos diseños de aeroplanos en los cuadernos de apuntes de Leonardo da Vinci o especulaciones muy cercanas a la física moderna en los filósofos de la antigua Grecia, también podemos encontrar aquí y allá en la historia una insinuación o anticipación de la gran y dorada visión de la vulgaridad que eclosionaría después en el mundo. Podemos encontrarla en el aroma de la plutocracia púnica que hedía en las narices de los griegos y los romanos, o en ciertas muestras de mal gusto de un esteta como Nerón.

En cualquier caso, se trata de algo tan nuevo que el mundo nuevo todavía no ha encontrado un nombre para ella y tiene que tomar prestado uno que induce bastante a la confusión. Igual que tenemos que seguir utilizando el nombre griego del ámbar para nombrar la electricidad por que no sabemos cuál es el verdadero nombre o naturaleza de la electricidad, tenemos que seguir utilizando la palabra latina vulgus —que tan solo significaba la gente común— para describir algo que no es particularmente común entre la gente común.

Sin duda, durante largas etapas de la historia humana, y en vastas regiones de la parte habitable del globo, ha sido muy poco común entre la gente común. Los granjeros que viven según las antiguas tradiciones agrícolas, los campesinos de los pueblos, incluso los salvajes de las tribus, muy raras veces son vulgares. Incluso cuando masacran y esclavizan, incluso cuando ofrecen sacrificios humanos o comen carne humana, no suelen ser vulgares. Todos los viajeros dan fe de la dignidad natural de su porte y de la gravedad ceremonial de sus costumbres. Incluso en las ciudades y en las civilizaciones modernas más complejas, los pobres no son particularmente vulgares. No, se trata de algo nuevo, que verdaderamente necesita un nombre nuevo, y, lo que es más, una nueva definición. No es que pretenda saber cómo definir la vulgaridad;

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pero acabo de terminar un libro moderno acerca del amor así que me siento inclinado a hacer algunas sugerencias.

En lo que alcanzo a aproximarme a su esencia, creo que consta principalmente de dos elementos, que yo describiría como la facilidad y la familiaridad. La primera supone que alguien, como suele decirse, se desborda; es decir, su autoexpresión fluye sin esfuerzo, selección ni control. No surge de él en forma de palabras seleccionadas y escogidas que pasan por un órgano articulado, simplemente manan de él como el sudor. Nunca necesita detenerse a explicarse, pues no se comprende a sí mismo ni conoce los límites de su explicación. Es la clase de persona que comprende a las mujeres, la típica persona que se lleva bien con los críos; le resulta fácil hablar, escribir, hablar en público, pues su propia autosatisfacción lleva consigo una especie de enorme nube de ilusión y aplauso.

El segundo elemento es la familiaridad, que si se entendiera bien se llamaría profanación. Horacio hablaba del «profano vulgar», y es cierto que su familiaridad representa la pérdida del santo temor y un pecado contra la parte mística del hombre. En la práctica, supone afrontar las cosas con confianza y desprecio, sin tener la sensación de que todo lo que nos encontramos a nuestro paso son cosas sagradas. Su forma más reciente es la propensión a escribir torrentes de simplezas sobre cualquier aspecto de cualquier asunto serio, pues la verdadera vulgaridad raras veces se da a propósito de un asunto frívolo.

La clave está en que el loco es tan subjetivo que nunca se le ocurre temer dicho asunto. Por ejemplo, a la hora de debatir la moral moderna puede ser tanto un loco pagano como un loco puritano, pero en el primer caso habrá torrentes de simplezas acerca del amor y la pasión y el derecho a vivir, y en el otro exactamente los mismos torrentes de simplezas a propósito de la virilidad cristiana y la infancia saludable y la noble maternidad y todo lo demás. El problema radica en que están infernalmente familiarizados con todas esas cosas.

Nunca encontramos ese matiz en un verdadero amante que escribe acerca de la mujer a la que ama o en un verdadero santo que escribe acerca del pecado que odia. Ambos dicen lo correcto, porque ambos preferirían no decir nada en absoluto.

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EL CULTO A LOS RICOS

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LOS DOCE HOMBRES

El otro día, mientras meditaba acerca de la moralidad y el señor H. Pitt, me

raptaron, por así decirlo, y me sentaron en el banco del jurado para juzgar a alguien. El rapto duró varias semanas, pero a mí me pareció algo repentino y arbitrario. Me sentaron en ese banco porque vivo en Battersea y mi nombre comienza por C. Al mirar a mi alrededor vi que, esperando en el tribunal, había convocada una multitud de personas y procesiones de hombres que vivían todos en Battersea y cuyos apellidos comenzaban por C.

Parece que a los miembros del jurado siempre se les convoca mediante este drástico modo alfabético. De un golpe oficial, por así decirlo, Battersea se ve despojada de todas sus Ces, y se ve obligada a arreglárselas con el resto del alfabeto. En una calle falta un Cumberpatch, en otra un Chizzolpop, tres Chucksterfields de la Casa Chucksterfields; los niños llaman a gritos a un Cadgerboy ausente; y la mujer de la esquina llora sin consuelo por su Coffintop. Ocupamos alegre y descuidadamente nuestros asientos (porque los Ces de Battersea somos gente osada y despreocupada) y un individuo que parecía un cirujano militar en su segunda infancia nos leyó de manera totalmente inaudible un juramento. Comprendimos, no obstante, que debíamos juzgar sincera y fielmente el caso entre nuestro soberano señor el rey y el prisionero en el banco, aunque ni uno ni otro habían aparecido todavía.

Justo cuando me estaba preguntando si el rey y el prisionero estarían llegando a un acuerdo amistoso en el bar más cercano, apareció en el estrado la cabeza del prisionero; se le acusaba de haber robado unas bicicletas, y era el vivo retrato de uno de mis amigos. Entramos en materia con las bicicletas. Juzgamos sincera y fielmente el caso entre el rey y el prisionero y, tras una discusión breve pero razonable, llegamos a la conclusión de que el rey no estaba implicado en modo alguno. Después pasamos a una mujer que descuidó a sus hijos, y que a juzgar por su aspecto parecía más bien que alguien o algo la hubieran descuidado a ella. Y soy de los que imaginan que se trata de algo.

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Todo el tiempo en que la mirada se entretenía en estas apariencias y el cerebro elaboraba esas ligeras críticas, al corazón lo embargaban una piedad y un temor bárbaros que los hombres nunca han sido capaces de expresar con palabras de buenas a primeras, pero que es la potencia que se oculta tras la mitad de los poemas de este mundo. La sensación no puede siquiera describirse adecuadamente, salvo por la frase de que la tragedia es la más alta expresión del valor infinito de la vida humana. Nunca antes había estado yo tan cerca del dolor; y nunca tan lejos del pesimismo. De ordinario, no habría hablado en absoluto acerca de estas oscuras emociones, pues hablar de ellas resulta demasiado difícil, pero lo menciono ahora por una razón específica y particular que detallaré de inmediato. Si hablo de estos sentimientos es porque de su crisol surgió la curiosa comprensión de una verdad política o social. Vi con una extraña e indescriptible claridad lo que verdaderamente significa el jurado y por qué no debemos permitir que desaparezca nunca.

Nuestra época ha tendido sistemáticamente hacia la especialización y el profesionalismo. Tendemos a tener soldados entrenados porque combaten mejor, cantantes instruidos porque cantan mejor, bailarines entrenados porque bailan mejor, y sobre todo carcajadas instruidas porque se ríen mejor. Se trata de un principio que han aplicado a la política innumerables escritores modélicos. Muchos políticos fabianos han insistido en que una parte mayor de la política debería estar en manos de los expertos. Muchos leguleyos han declarado que el jurado no entrenado debería sustituirse por un juez entrenado.

Pues bien, si este mundo nuestro fuera verdaderamente razonable, no se me ocurriría ninguna pega que objetar. Pero el verdadero resultado de toda experiencia y el auténtico fundamento de toda religión es que las cuatro o cinco cosas que es más esencial que conozca el hombre son eso que la gente suele llamar paradojas. Es decir, que, aunque en la vida normal nos parezcan verdades muy sencillas, no sabemos expresarlas en palabras sin tener la sensación de que estamos cayendo en aparentes contradicciones verbales. Una de ellas, por ejemplo, es la irreprochable banalidad de que el hombre que más disfruta de la vida sea, a menudo, el que menos procura disfrutarla. Otra es la paradoja de la valentía; el hecho de que el modo de evitar la muerte sea no sentir demasiada aversión por ella. Quienquiera que sienta la suficiente indiferencia hacia su pellejo como para trepar por algún pavoroso acantilado sobre el mar, bien podría salvar el pellejo gracias a su indiferencia. Quien

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pierda la vida, se salvará por eso mismo; una frase enteramente prosaica y banal.

Pues bien, una de esas cuatro o cinco paradojas que deberían enseñárseles a todos los niños que parlotean en las rodillas de su madre es la siguiente: que cuanto más mire alguien algo, menos podrá verlo, y que cuanto más aprenda alguien algo menos lo conocerá. El argumento fabiano del experto, de que el hombre entrenado es el más fiable, sería absolutamente incontestable si verdaderamente fuese cierto que quien ha estudiado algo y lo ha practicado a diario fuese discerniendo más y más su significado. Pero no es así. Cada día discierne menos su significado. Del mismo modo, ¡ay!, todos continuamos a diario, a menos que estemos induciéndonos constantemente a la gratitud y la humildad y cada día discernamos menos el significado del cielo o de las piedras.

Es una tarea terrible entregar a un hombre a la venganza de los hombres. Pero es algo a lo que uno puede acostumbrarse, igual que podemos acostumbrarnos a otras cosas terribles e incluso podemos acostumbrarnos al sol. Y lo más horrible de los funcionarios legales, incluso de los mejores, lo peor de los jueces, magistrados, abogados, detectives y policías no es que sean malvados (algunos son buenos), no es que sean estúpidos (algunos son bastante inteligentes), es simplemente que se han acostumbrado a eso.

Estrictamente no ven al prisionero en el banco de los acusados; lo único que ven es al hombre de siempre en el sitio de siempre. No ven la terrible sala del tribunal; lo único que ven es su propio lugar de trabajo. Por eso el instinto de la civilización cristiana ha declarado sabiamente que es necesario infundir en los juicios la sangre nueva y las ideas frescas de la calle. Vendrá gente capaz de ver el tribunal y la multitud, los rostros toscos de los policías y los criminales profesionales, el rostro ajado de los derrochadores y las caras irreales del gesticulante consejo, y de verlo todo como se ve un cuadro nuevo o una obra de teatro inédita hasta el momento.

Nuestra civilización ha decidido, y lo ha decidido con mucha justicia, que determinar la culpabilidad o la inocencia de los hombres es algo demasiado importante como para confiárselo a personas entrenadas. Desea arrojar luz sobre un asunto tan terrible y recurre a personas que saben tanto de leyes como yo, pero que son capaces de sentir lo que yo sentí en los bancos del jurado. Cuando quiere catalogar una biblioteca, o descubrir el sistema solar, o cualquier bagatela parecida, recurre a los especialistas. Pero cuando quiere

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hacer algo verdaderamente serio reúne a doce hombres corrientes. Lo mismo que hizo, si no recuerdo mal, el Fundador de la cristiandad.

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EL CULTO A LOS RICOS

Me he dado cuenta de que en nuestra literatura y nuestro periodismo se ha

deslizado un nuevo modo de adular a los ricos y a los poderosos. En tiempos más directos, la adulación era más directa; y hasta la propia falsedad era más sincera. Cuando el pobre deseaba agradar al rico le bastaba con decir de él que era el más sabio, valiente, alto, fuerte, benévolo y hermoso de la humanidad; y como incluso el rico sabía que eso probablemente no era cierto, no causaba daño a nadie. Cuando los cortesanos cantaban las alabanzas de un rey, le atribuían cosas que eran enteramente improbables, como que se asemejaba al sol a mediodía, que tenían que cubrirse los ojos cuando entraba en la habitación, que su pueblo no podía respirar sin él, o que solo con su palabra había conquistado Europa, África, Asia y América. La seguridad de este método radicaba en su artificialidad. En realidad no había relación alguna entre el rey y su imagen pública. Pero los modernos han inventado un tipo de elogio mucho más sutil y ponzoñoso. El método moderno consiste en coger al príncipe o al rico y proporcionar un retrato creíble de su personalidad diciendo que es emprendedor, deportista, aficionado al arte, sociable, o reservado y a continuación exagerar enormemente el valor y la importancia de esas cualidades naturales. Aquellos que alaban al señor Carnegie no dicen que sea tan sabio como Salomón o tan valiente como Marte, ojalá lo hicieran. Sería lo más honesto que podrían hacer, salvo confesarle la verdadera razón por la que le adulan, que es simplemente que tiene dinero. Los periodistas que escriben acerca del señor Pierpont Morgan no dicen que es tan hermoso como Apolo; ojalá lo hicieran. Lo que hacen es coger la vida superficial y los modales del millonario, sus ropas, sus aficiones, su amor por los gatos, su miedo a los médicos y todo lo demás, y después, con la ayuda de ese realismo, convertir al hombre en un profeta y un salvador de sus semejantes, cuando en realidad no es más que un hombre estúpido y normal a quien le gustan los gatos y le disgustan los médicos. El antiguo adulador daba por sentado que el rey era una persona normal y se esforzaba en convertirlo en extraordinario. El adulador más nuevo y astuto da por sentado que es extraordinario y que, por tanto, hasta las cosas más normales acerca de él resultan interesantes.

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He descubierto un modo muy divertido de hacer esto. El método se aplica a seis de los hombres más ricos de Inglaterra en un libro de entrevistas publicado por un periodista capaz y bien conocido. El adulador logra combinar la estricta realidad de los hechos con una vaga atmósfera de admiración y misterio mediante el sencillo procedimiento de utilizar casi exclusivamente negaciones. Imaginen que tuvieran que escribir un complaciente estudio acerca del señor Pierpont Morgan. Tal vez no haya mucho que decir acerca de lo que piensa, o de lo que le gusta, o admira; pero se puede sugerir mucho acerca de sus gustos y filosofía hablando acerca de lo que no piensa, o de lo que no le gusta, o de lo que no admira. Se trata de decir: «Pero, poco atraído por las últimas escuelas del pensamiento alemán, se mantiene casi tan distante de las tendencias del panteísmo trascendental como de los éxtasis más estrechos del neocatolicismo». O supongamos que tuviera que alabar a la señora de la limpieza que acaba de llegar a mi casa y que sin duda se lo merece mucho más. Diría: «Sería un error incluir a la señora Higgs entre los seguidores de Loisy[183], pues su posición es diferente en muchos sentidos; aunque tampoco debamos identificarla completamente con el hebraísmo concreto de Harnack»[184]. Es un método espléndido, puesto que le proporciona al adulador la oportunidad de hablar de algo más aparte del objeto de la adulación, y le atribuye al objeto de la adulación un rico, aunque algo desconcertante, brillo intelectual, como si se tratase de alguien que hubiera pasado por las agonías de una elección filosófica de la que antes ni siquiera era consciente. Es un método esplendido; aunque me gustaría que se aplicase más a las señoras de la limpieza que a los millonarios.

Hay otro modo de adular a la gente importante que, según he podido apreciar, se ha vuelto muy común entre quienes escriben en los periódicos y en otros ámbitos. Consiste en aplicarles los adjetivos «sencillo», o «discreto», o «modesto», sin que tengan la menor significación o relación con la persona de la que se habla. Ser sencillo es la mejor cosa del mundo; ser modesto es la segunda mejor cosa del mundo. No estoy tan seguro acerca de lo de ser discreto. Me inclino más bien a pensar que la gente verdaderamente modesta hace mucho ruido y es muy evidente que la gente verdaderamente sencilla hace mucho ruido. Pero al menos la simplicidad y la modestia son virtudes humanas raras y principescas y no deben tomarse a la ligera. Pocos seres humanos, y en pocas ocasiones, han llegado a ser verdaderamente modestos; ni uno de cada diez o veinte hombres llega a ser sencillo tras largas guerras, igual que un viejo soldado llega a ser sencillo tras largas guerras. Estas virtudes no son algo que pueda arrojarse sin más como adulaciones; muchos

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profetas y hombres virtuosos han deseado vislumbrarlas y no lo han conseguido. Sin embargo, se utilizan incesantemente y sin pensarlo demasiado para describir los nacimientos, vidas y fallecimientos de los ricos. Si un periodista tiene que describir a un gran político o financiero (ambas cosas son sustancialmente lo mismo) que entra en una habitación o pasea por la calle, siempre dice: «El señor Midas iba discretamente vestido con una levita negra, un chaleco blanco y pantalones de color gris claro, una corbata verde y una sencilla flor en el ojal». Como si pudiera esperarse que vistiera una levita carmesí o pantalones de lentejuelas. Como si pudiera esperarse que llevara una rueda catalina[185] encendida en el ojal.

Pero este proceso, que ya es bastante absurdo cuando se aplica a la vida diaria y externa de la gente mundana, se vuelve totalmente intolerable cuando se aplica, como siempre se hace, al único episodio serio incluso en la vida de los políticos. Me refiero a su muerte. Una vez nos han aburrido lo suficiente con la descripción de la sencilla vestimenta del millonario, que generalmente suele ser todo lo recargada que se pueda imaginar sin que le tomen por loco; una vez nos han hablado del modesto hogar del millonario, que suele ser demasiado inmodesto para merecer el nombre de casa; una vez le hemos seguido por todos esos elogios sin sentido, siempre se nos pide que admiremos la discreción de su funeral. No sé qué otra cosa pensará la gente que puede ser un funeral salvo discreto. Pero una y otra vez, se vierte ese repugnante despropósito sobre la tumba de cada uno de esos hombres tristes y ricos, por quienes, sin duda, uno debería sentir antes que nada una indecible piedad —tanto sobre la tumba de Beit como sobre la de hiteley—. Recuerdo muy bien que cuando enterraron a Beit, los periódicos dijeron que los coches del cortejo fúnebre transportaban a muchas personas de importancia, que las ofrendas florales fueron suntuosas, espléndidas, embriagadoras; pero que aun así fue un funeral sencillo y discreto. ¿Qué otra cosa, en nombre del Acheron, esperaban que fuera? ¿Esperaban que hubiera sacrificios humanos o que se inmolaran esclavos orientales sobre la tumba? ¿Pensaban que largas filas de bailarinas orientales danzarían de aquí para allá en un éxtasis de lamentaciones? ¿Esperaban asistir a los juegos fúnebres de Patroclo? Me temo que no tenían esas expectativas espléndidas y paganas. Me temo que tan solo utilizaban las palabras «discreto» y «modesto» para llenar una página —un mero ejemplo de esa hipocresía automática tan común entre quienes tienen que escribir rápido y a menudo—. A la palabra «modesto» pronto le ocurrirá como a la palabra «honorable», que, según parece, emplean los japoneses ante cualquier palabra que aparezca en una frase educada,

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como: «Dejen sus honorables paraguas en el honorable paragüero»; o «Dígnense a limpiar sus honorables botas». En el futuro leeremos que el modesto rey salió con su modesta corona, revestido de modesto oro de pies a cabeza, y que se puso a la cabeza de sus diez mil modestos caballeros que iban con las espadas modestamente desenvainadas. ¡No!, si hemos de pagar un precio por el esplendor, alabémoslo como tal esplendor y no como sencillez. La próxima vez que me encuentre con un rico pienso abordarle en la calle y dirigirme a él con prosopopeya oriental. Lo más probable es que salga corriendo.

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EL AVARO Y SUS AMIGOS

Que una sociedad se deje dirigir por una peculiar especie de lunático es un

síntoma de enfermedad aguda. Un leve toque de locura puede incluso ayudar a conservar la cordura, pues ayuda a conservar la modestia. De modo que algunas exageraciones por parte del Estado pueden servir para recordarle su propia normalidad. Lo que está mal es que pierda la cabeza, que haya un tornillo suelto en la azotea de la sociedad.

Los dos o tres casos en los que esto ha ocurrido en la historia se han expuesto al escarnio general de manera desproporcionada. Así Nerón se ha convertido en un proverbial ejemplo funesto, no solo porque fuera un opresor, sino porque también era un esteta…, es decir, un erotómano. No solo torturaba los cuerpos de los demás, también torturaba su propia alma del mismo modo repulsivo. Aunque llegó al poder bastante pronto en la historia de la Roma imperial y le siguieron muchos emperadores nobles y austeros, el Imperio romano no se libró jamás del recuerdo del maníaco sexual. Los bárbaros de los que descendemos no pudieron olvidar el momento en que llegaron al lugar más alto de la tierra, vieron en el enorme pedestal de la omnipotencia terrena, leyeron en él Divus Caesar, miraron hacia arriba y se encontraron con una estatua sin cabeza.

Lo mismo ocurre con ese feo enredo anterior al Renacimiento del que, ¡ay!, derivan la mayor parte de los recuerdos de la Edad Media. Luis XI era un hombre de mundo práctico y paciente; pero (como muchos buenos hombres de negocios) estaba loco. La morbidez del intrigante y el torturador rondaban todos sus hechos, incluso cuando obraba rectamente. E igual que el gran Imperio de Antonino Pío o Marco Aurelio nunca logró borrar a Nerón, tampoco el argénteo esplendor de los santos posteriores como Vicente de Paul, ha conseguido tapar para el público británico la sombra encorvada de Luis XI. Cada vez que un demente ha llegado al poder, ha dejado un horrible hedor que la humanidad percibe todavía en sus narices. Pues bien, en nuestra época hay un loco en el poder, aunque no es un hombre loco por el sexo, como Nerón; o loco por el Estado, como Luis XI; es simplemente un hombre loco por el dinero. Nuestro tirano no es el sátiro o el torturador, sino el avaro.

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El avaro moderno ha cambiado mucho desde el avaro anecdótico o de leyenda, pero solo porque se ha vuelto más loco. El antiguo avaro tenía un toque artístico porque se dedicaba a coleccionar oro, una sustancia a la que se puede admirar por sí misma, como el marfil o el roble viejo. Un anciano que recogía guijarros amarillos tenía algo del sencillo ardor, algo del místico materialismo, del niño que recoge flores amarillas. El oro no es más que un tipo de barro coloreado; pero el barro coloreado puede ser muy hermoso. El idólatra moderno de las riquezas se contenta con cosas mucho menos genuinas. El brillo de las guineas es como el brillo del ranúnculo, el tintineo del dinero es como el doblar de las campanas, si se los compara con los horribles papeles y los cálculos estériles que constituyen la afición del avaro moderno.

El millonario moderno no adora nada tan adorable como una moneda. A veces se contenta con el fúnebre crujido de los billetes; pero, más a menudo, con la mera repetición de los ceros en los libros de cuentas, tan parecidos unos a otros como un huevo a otro huevo. Y, por lo que a la comodidad se refiere, el avaro antiguo podía estar cómodo, como lo están tantos vagabundos, en cuanto se acostumbraba a la suciedad. Podía encontrar algo de bienestar en un ático sin barrer o en una camisa sin lavar. Pero el millonario yanqui no puede encontrar comodidad alguna con cinco teléfonos en la cabecera de su cama y diez minutos para almorzar. Las redondas monedas en el calcetín del avaro, en cierto modo le daban seguridad. Los redondos ceros en los libros del millonario no le dan ninguna seguridad; la misma fluctuación que le emociona cuando aumentan le deprime cuando disminuyen. El avaro al menos coleccionaba monedas; su afición era la numismática. El hombre que colecciona ceros no colecciona nada.

Podemos admitir que el hombre que amasa millones sea una especie de idiota; pero también podemos preguntarnos en qué sentido gobierna el mundo moderno. La respuesta a esto es muy importante y muy curiosa. El peor enigma para nosotros no son los ricos, sino los muy ricos. La distinción es muy importante, porque este problema en especial se aparta de la antigua disputa acerca de los ricos y los pobres que recorre la Biblia y todos los libros de enjundia, antiguos y modernos. El problema hoy es que ciertos poderes y privilegios se han extendido por el mundo de un modo tan incontrolable que escapan tanto al poder de los moderadamente ricos como al de los

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moderadamente pobres. Están fuera del alcance de todo el mundo salvo de unos pocos millonarios…, es decir, avaros. En las viejas fricciones normales entre la riqueza y la pobreza normales, yo mismo soy un radical. Creo que un terrateniente de Berkshire tiene demasiado poder sobre sus arrendatarios; que un constructor de Brompton tiene demasiado poder sobre sus obreros; que un médico del oeste de Londres tiene demasiado poder sobre los pacientes pobres del hospital del oeste de Londres.

Pero un terrateniente de Berkshire no tiene ningún poder sobre las finanzas cosmopolitas, por ejemplo. Un constructor de Brompton no tiene suficiente dinero para dirigir un monopolio periodístico. Un médico del oeste de Londres no podría acaparar el mercado de quinina y dejar fuera a sus competidores. Los meramente ricos no son lo suficientemente ricos para dirigir el mercado moderno. Las cosas que cambian la historia moderna, los grandes préstamos nacionales e internacionales, las grandes fundaciones educacionales y filantrópicas, la compra de infinitos periódicos, las grandes sumas pagadas por los títulos nobiliarios, los grandes gastos en los que se incurre en las elecciones…, todo se ha vuelto demasiado grande para cualquiera salvo para los avaros; los hombres con las mayores fortunas terrenales y el más ínfimo de los objetivos terrenales.

Hay otras dos cosas extrañas y bastante importantes que decir a propósito de ellos. La primera es que con esta aristocracia no contamos con la ventaja de la variedad en los tipos que se da en las aristocracias más amplias y abiertas. Entre los moderadamente ricos hay toda clase de personas…, incluso buenas personas. Incluso los sacerdotes son a veces santos; e incluso los soldados son a veces héroes. Algunos médicos se han hecho ricos curando a sus pacientes y no adulándolos; se sabe de algunos cerveceros que se dedican a vender cerveza. Pero entre los muy ricos nunca encontraremos a un hombre verdaderamente generoso, ni siquiera por accidente. Puede que derrochen el dinero, pero nunca se revelarán como son; son egoístas, disimulados y secos como los huesos viejos. Ser tan listo como para conseguir todo ese dinero requiere ser tan tonto como para quererlo.

Por último, lo preocupante es que al nuevo avaro se le alaba por su mezquindad, cosa que no ocurría con el antiguo. Nadie hablaba de sacrificio si el viejo avaro se alimentaba de huesos. Ahora se habla de sacrificios si el nuevo millonario se alimenta de alubias. A un hombre como Dancer jamás se le alabó como a un santo cristiano porque vistiera con harapos. A un hombre

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como Rockefeller se le alaba como a una especie de estoico pagano por levantarse temprano o por lo discreto de su vestimenta. Sus «sencillas» comidas, sus «sencillas» ropas, su «sencillo funeral», todo se alaba como si fuera mérito suyo. Para él son una desgracia: exactamente igual que los andrajos y los gusanos del antiguo avaro eran una desgracia para él. Vestir harapos por caridad es la condición del santo; vestir harapos por dinero es la condición de un viejo sucio y chiflado. Y, del mismo modo, ser «sencillo» por caridad es el estado de un santo; ser «sencillo por dinero» es el estado de un viejo sucio y chiflado. De los dos, tengo más respeto por el antiguo avaro que roía sus huesos en el ático; pues, si no estaba más cerca de Dios, al menos estaba más cerca de los hombres. Su vida sencilla era un poco más parecida a la vida de los verdaderos pobres.

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EL FUNCIONARIO DEMENTE

Volverse loco es la cosa más lenta y aburrida del mundo. Estuve a punto de

hacerlo más de una vez en mi infancia, y lo mismo le ocurre a casi todos mis amigos, nacidos bajo el sino general de los mortales, pero sobre todo de los modernos; me refiero al sino que hace que un hombre tenga que forzar al máximo su inteligencia antes de tener la oportunidad de vivir.

Pero el proceso de enloquecer es aburrido por la sencilla razón de que uno no es consciente de que sucede. La rutina, la literalidad, cierta seriedad reseca y un hambre mental son los síntomas de la enfermedad. Si pudiera ser consciente de su locura por un instante dejaría de estar loco. Estudia ciertos textos de Daniel o criptogramas en Shakespeare a través de unas monstruosas gafas de aumento, que lleva sobre la nariz noche y día. Si pudiera quitárselos por un momento los aplastaría. Deduce todas sus fantasías acerca del Sexto Sello o la Raza Anglosajona a partir de un primer principio inédito e invisible. Si pudiera ver por un instante el primer principio, vería que no está allí.

Este lento y terrible proceso de autohipnosis mediante el error es un proceso que puede ocurrirle no solo a los individuos, sino también a sociedades enteras. Es difícil detectarlo y probarlo; por eso es tan difícil de curar. Pero es posible someter esta degeneración mental a un examen, que me parece verdaderamente eficaz. Una nación no se está volviendo loca cuando hace cosas extravagantes, siempre que las haga con un espíritu extravagante. Los cruzados que decidían no cortarse las barbas hasta llegar a Jerusalén; los jacobinos que se llamaban unos a otros Harmodio y Epaminondas, cuando sus nombres eran Jacques y Jules; todo eran excentricidades, pero eran obra de almas turbulentas en tiempos turbulentos.

Pero siempre que estas excentricidades se toman a la ligera, es que el Estado está enloqueciendo. Por ejemplo, yo tengo licencia de armas. Por lo que sé, eso me autoriza a disparar cincuenta y nueve cañones día y noche en el jardín de mi casa. No me sorprendería que alguien lo hiciera porque sería algo muy divertido. Lo que me sorprendería es que los vecinos lo tolerasen, y lo vieran como algo normal, solo porque se ajustase a la letra de la ley.

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También tengo licencia para tener perros; y (por lo que sé) podría tener derecho a soltar diez mil perros salvajes en Buckinghamshire. No me asombraría si la ley fuese así, porque en la Inglaterra moderna prácticamente no hay ley de la que no asombrarse. No me sorprendería ni siquiera ante hombre que lo hiciera, porque cierta clase de hombre, si viviera el tiempo suficiente bajo el sistema de señorío inglés, podría hacer cualquier cosa. Pero me sorprendería que la gente lo soportara. En otras palabras, si el incidente se aceptara en silencio, pensaría que el mundo se había vuelto loco.

Pues bien, cosas tan descabelladas como éstas se toleran en silencio todos los días. Todos los golpes resbalan sobre la lisa superficie de un muro. Todos se estrellan sin ruido contra la suavidad de una celda acolchada. Pues la locura es, al mismo tiempo, un estado pasivo y activo; es una parálisis, un rechazo de los nervios a responder tanto a los estímulos normales, como a la estimulación antinatural. Hay sociedades, que se distinguen claramente aquí y allá en la historia, que pasan de la prosperidad a la pobreza, o de la gloria a la insignificancia, o de la libertad a la esclavitud, no solo en silencio, sino con serenidad. El rostro sigue sonriendo mientras los miembros, literal y horriblemente, se separan del cuerpo. Son pueblos que han perdido el poder de sorprenderse ante sus propias acciones. Cuando dan a luz una moda absurda o a una ley descabellada, no se sobresaltan ni contemplan perplejos el monstruo que han creado. Se han acostumbrado a su propia sinrazón; el caos es su cosmos; y el remolino es el aliento de sus narices. Esas naciones corren el peligro de perder la cabeza en masse, de convertirse en un vasto espectáculo de la imbecilidad, con ciudades en ruinas y campos demenciales salpicados de industriosos lunáticos. Uno de esos países es la Inglaterra moderna.

He aquí un ejemplo real, una pequeña muestra de cómo funciona en realidad nuestra conciencia social: dócil de espíritu, delirante en sus resultados, vacía en sus logros; algo que, en conjunto, carece de la luz de la imaginación. Tomo este párrafo de un periódico:

«Ayer, en Epping, fueron citados a juicio Thomas oolbourne, un obrero de Lambourne, y su mujer por descuidar a sus cinco hijos. El doctor Alpin declaró que acudió a la cabaña del acusado a petición del inspector de la SNPMI. Tanto la cabaña como los niños estaban sucios. Los niños parecían

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gozar de una salud magnífica, pero en caso de enfermedad las condiciones habrían sido preocupantes. Los acusados estaban sobrios. El hombre resultó absuelto. La mujer, que declaró que no podía hacer más porque estaba enferma y la cabaña no tenía agua corriente, fue condenada a seis semanas de prisión. La sentencia produjo una gran sorpresa y hubo que sacar a la mujer de la sala mientras gritaba: “¡Señor, sálvame!”».

A mí esto me parece chino. Evoca la imagen de algún arcaico e inmutable tribunal oriental en el que hombres de rostro reseco y vestimenta severa y ceremonial llevan a cabo alguna cruel atrocidad acompañada de proverbios y frases formales cuyo sentido han olvidado. En ambos casos, lo único que podemos considerar real de todo ese fárrago es la injusticia. Si aplicamos un mínimo de razón, toda la acusación de Epping se disuelve en la nada.

Reto aquí a cualquier persona en sus cabales a que me diga por qué enviaron a esa mujer a la prisión. O por ser pobre o por estar enferma. Nadie podría sugerir, nadie sugerirá, de hecho nadie sugirió que hubiera cometido ningún otro crimen. Al médico lo llamaron de una Sociedad para la Prevención del Maltrato Infantil. ¿Era esa mujer culpable de maltratar a sus hijos? Ni mucho menos. ¿Dijo el médico que fuera culpable de maltratar a sus hijos? Ni mucho menos. ¿Había algún indicio que tuviera que ver, aunque sea remotamente, con el pecado del maltrato? Ni uno. Lo peor que pudo decir el doctor fue que, aunque los niños disfrutaban de una salud «magnífica», las condiciones habrían sido preocupantes en caso de enfermedad. Si el doctor me dijera qué condiciones no serían preocupantes en caso de enfermedad, le concederé más peso a su argumentación.

Este es el peor efecto de las preocupaciones modernas. El doctor loco se ha vuelto loco. Literalmente y en la práctica, está loco y, pese a todo, sigue siendo médico literalmente y en la práctica. La única cuestión es la antigua: «Quis docebit ipsum doctorem»[186]. Ahora bien, el maltrato infantil es algo tremendamente antinatural; instintivamente maldito por la tierra y el cielo. Pero desatender a los niños es algo natural; como el descuido de cualquier otro deber. Solo hay una diferencia de grado entre extender los brazos en un ejercicio gimnástico y extenderlos en el potro. Una diferencia de grado que separa cualquier acción de cualquier tortura. Las empulgueras bien podrían llamarse manicura. Ser descuartizado por unos caballos bien podría llamarse masaje. El problema moderno no es tanto lo que la gente soportará como lo que no soportará. Pero me temo que estoy interrumpiendo…, el aceite ya está hirviendo y el décimo mandarín ya ha empezado a recitar los «Diecisiete graves principios y las cincuenta y tres virtudes del sagrado emperador».

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EL NIÑO

Hace poco los periódicos informaron acerca de la reunión, de carácter

político y filantrópico, celebrada por ciertas damas eminentes en la que discutieron el gran problema moderno de qué hacer con El Niño. No necesito decir que siempre se habla del Niño como si fuera un monstruo de inmenso tamaño, vasta complejidad y extraña y sorprendente novedad. Tampoco necesito recordarle al lector que El Niño no es un niño como el que todos hemos visto. El Niño no es Jack, ni Joan, ni Peter; ni el niño de la prima Ethel, ni uno de los niños del tío illiam. Es una criatura enteramente única y sui generis, que vive en los suburbios.

Se dijeron muchas cosas, la mayoría sinceras, algunas sensatas y muchas tremendamente cómicas. Creo que el pasaje que más me gusta es uno en el que cierta filántropa dijo que cualquier niño pobre se alegraría al ver a un policía, siempre y cuando fuese vestido de policía, pero que el niño se aterrorizaría si fuera vestido de paisano. Así que, según parece, no solo todos los policías son siempre amables con todos los pobres, sino que son las únicas personas que tratan a los pobres con amabilidad. No soy El Niño, y por tanto no me crié en los suburbios, aunque algunas cosas si sé acerca de ellos. Sin embargo, en mi opinión, todas las demás consideraciones pasan a segundo plano, si se las compara con una frase que a la mayoría le parecerá tan inocente como simple. No obstante, esa ingenua observación —casi podría decir, esa inconsciente confesión— incluye todo el complejo de contradicciones y falsedades que han arruinado la relación entre las clases sociales en nuestra época y destruido la moral común de la comunidad. Una famosa dama política, que sin duda cree que lo que dice representa el idealismo más luminoso y elevado, pronunció en esa ocasión las siguientes palabras. «Debemos cuidar a los niños de los demás como si fueran los nuestros».

Cuando leí sus palabras, di una palmada en la mesa como quien acaba de ver una avispa y la aplasta con la mano. Me dije: «¡Eso es! ¡Acertó! Ha dado exactamente con la formulación peor y más venenosa de todos los males políticos que corroen las entrañas del mundo. Eso es lo que ha arruinado la democracia; lo que ha eliminado la vida familiar del espíritu de la

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democracia, lo que ha acabado con la dignidad como el único puntal y pilar de la vida familiar y de la democracia. Lo que ha privado a los pobres del orgullo y el honor del padre de familia, de modo que ya no pueden sentir ningún honor ni orgullo por ser ciudadanos; y mucho menos simples votantes. Ni la casa del inglés es ya su castillo, ni él es el rey del castillo; el charbonnier ya no es maître chez lui; su cabaña ya no es su cabaña; sus niños no son sus niños; y la democracia está muerta. Esa mujer no tiene mala intención. No sabe lo que hace. Ni siquiera comprende lo que dice. No comprende ni una palabra de la frase terrible que acaba de pronunciar. Pero dicha está». Hela aquí: «Nosotros, los ricos, podemos ocuparnos de los hijos de los pobres como si fueran nuestros. Puesto que hemos eliminado a sus padres, son todos huérfanos».

De hecho, se trata de un ideal que nos resulta bastante familiar; y ante el que no hay mucho que objetar, salvo que es entera y totalmente inmoral. Quien dice que va a tratar a los hijos de los demás como si fuesen suyos es exactamente igual que quien dice que tratará a las mujeres de los demás como si fueran suyas. Puede que obtenga cierta satisfacción poética o sentimental de los niños, pero también podría obtenerla de las esposas. La cuestión es qué derechos humanos, en caso de que quede alguno, asisten al otro hombre que legalmente es el responsable de sus hijos y de su mujer. En caso de que los maltrate, justo es poner en movimiento contra él la excepcional maquinaria legal cuya función es evitar esos males excepcionales. Pero, por muy admitido que esté, ningún código o moral común justifica la suposición de que sus hijos te pertenecen tanto a ti como a él. Si hay una acusación contra él, debe demostrarse contra él; pero aquí no se trata de eso. De lo que se trata es de un supuesto profundamente plutocrático, revelado accidentalmente por una frase casual. Los niños pobres nacen bajo el poder y la protección de una clase gobernante, como los pupilos de la Cancillería nacen bajo la protección del lord canciller; heredan ese estatus, independientemente de que nuestra conciencia nos incline a llamarlo esclavitud o seguridad. Fíjense en que la dama no dijo —aunque sin duda lo diría—: «Cuando oigo que golpean a un niño con un atizador al rojo vivo, el lazo común de la humanidad me hace sentir tan enfadada como si fuera mi propio hijo». No se refiere a los casos más difíciles o incluso individuales, sino que generaliza desde el primer momento. Da por sentado que se ocupará, que se le permitirá ocuparse, de cualquier niño como si fuese suyo. Y, en la práctica, probablemente tenga razón; ésa es la prueba final y suprema de que en teoría está totalmente equivocada. Nuestra sociedad ha admitido inconscientemente, y sin ofrecer la

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menor resistencia, esa enorme herejía contra la humanidad. La idea de que el cabeza de familia sea un ciudadano verdaderamente independiente y responsable ha desaparecido de la imaginación de la mayoría de los realistas de nuestro mundo real. Menos sorprendente resulta que a los idealistas jamás se les haya pasado por la cabeza.

El problema es que en nuestra sociedad el ideal está más equivocado que lo real. Los viejos tories solían insistir en la necesidad de enseñarles a los pobres los principios del respeto a la propiedad privada, para que no se rebelaran y despojaran a los ricos. Pero, de hecho, es a los ricos a quienes hay que enseñarles la existencia de la propiedad privada, y sobre todo la existencia de la vida privada. No es probable que una muchedumbre andrajosa asalte los jardines de infancia de Mayfair, o les roben los cochecitos de niño a las institutrices francesas, o a los pupilos de las gobernantas alemanas que desfilan por los jardines de Kensington. Pero los filántropos, bajo diversas excusas, saquean los patios de los pobres. Consideran ese saqueo como una reforma, cuando en realidad se trata de una revolución. Los escritores modernos están muy dispuestos a describir grandes sucesos históricos con drásticas denuncias criminales; y a decir que la Gran Guerra fue un asesinato en gran escala o que la Revolución rusa fue un robo en gran escala. Apenas se dan cuenta de hasta qué punto las reformas educacionales y filantrópicas han sido secuestros en gran escala. Es decir, han demostrado un creciente desprecio por la intimidad del ciudadano privado como padre. Lo he llamado una revolución, y en el fondo es verdaderamente una revolución bolchevique. Pues, ¿qué podría ser más pura y perfectamente comunista que decir que consideras a los niños de los demás como si fueran tuyos?

Cierto, igual que a quien trata a los perros de los demás como si fuesen suyos se le llama ladrón de perros, al hombre al que sorprenden cuidando al caballo de otro como si fuera suyo se le llama ladrón de caballos. Pero incluso eso es cierto solo si los ladrones son demasiado pobres e ignorantes como para alegar la excusa del humanitarismo. Al comunista rico que trata así a un niño no se le llama secuestrador. Lo que demuestra que el comunismo, en cualquier caso nuestro comunismo, no sería el gobierno de los pobres, ni siquiera el desgobierno de los pobres, sino tan solo una extensión del existente desgobierno de los ricos.

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LA PERPETUACIÓN DEL CASTIGO

No hay duda de que algo debería hacerse respecto a nuestro sistema de

policía y castigo. No hace mucho he tenido noticia de un caso que describiré en los términos precisos y prosaicos que la cuestión requiere. Se trata de una de las innumerables verdades de la vida que he adquirido gracias a la costumbre —la admirable y hermosa costumbre— de viajar en cabriolé. Dicha costumbre nada tiene que ver con vulgares consideraciones relativas a la comodidad y la conveniencia; simplemente es una costumbre, y como tal, yo, que soy el más conservador de los hombres, me adhiero a ella. Sé muy bien que otras muchas invenciones modernas se han hecho más populares que el cabriolé. Sé que los automóviles silban a mi lado como el viento. Sé que los tranvías eléctricos me adelantan como un relámpago mientras me traslado trabajosamente en ese vehículo anticuado. Del cabriolé se ha dicho que era la góndola de Londres; ¡ay!, se ha convertido en algo tan anticuado, tan inconveniente y tan verdaderamente nacional como la góndola veneciana. No es culpa mía si solo los radicales aman el pasado. Si hubiera nacido en la época de las diligencias, seguiría yendo a Brighton en diligencia. Cuando el último cabriolé se rompa en alguna calle ruinosa yo bajaré de él.

Pero me he dejado llevar por la lírica, cuando mi intención era práctica e incluso dolorosa. Viajar en cabriolé tiene muchas cosas buenas, aparte de la carrera. Imagino que el malhumor del conductor de cabriolés se debe sobre todo a la altanería de las damas indignadas. Podría contar muchas historias en su favor. Recuerdo una ocasión en que salí de la casa de un político en Berkeley Square literalmente sin un penique en el bolsillo. Un conductor de cabriolé, suponiendo ingenuamente que un hombre vestido con traje de tarde debía tener dinero (cosa que casi siempre es falsa), se acercó y se ofreció a llevarme a Battersea. Le expliqué con exactitud los hechos —que no tenía dinero y que ni siquiera estaba muy seguro de tenerlo al día siguiente—. Insistió en llevarme gratis. Esas cosas no aparecen en los chistes de Punch.

También conozco a un conductor que cometió un robo. Cumplió su condena en prisión y salió, como les ocurre a muy pocos hombres, fundamentalmente sano en sus objetivos y puntos de vista. Me había llevado a casa muchas veces, y seguía hablándome como le habla un hombre libre a

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otro, así que me contó que no quería, si podía evitarlo, volver a caer en semejante desesperación; le hice prometer que me avisaría antes de que una cosa así volviera a sucederle. No lograba obtener recomendaciones para ningún empleo; ni podía ofrecer lo que suele llamarse un caso «meritorio» para ninguna organización caritativa. Me dijo que le gustaría vender flores por las calles y le di el dinero necesario con tanta naturalidad como se lo habría dado a cualquiera de mis amigos. La actitud del hombre era totalmente humana y comprensible; no dudé entonces de que estaba arrepentido de su primer pecado y tampoco lo dudo ahora. Me sentía bastante seguro de que lo único que hacía era enderezar una vida que no se había torcido demasiado. Me fui al campo y, a mi regreso, me encontré con que lo habían vuelto a meter en la cárcel por vender flores sin licencia; sin la licencia que no podía conseguir. Y sus antecedentes pesaron en su contra.

El mundo moderno es malvado porque es civilizado. Lo verdaderamente vergonzoso y despiadado del castigo moderno no es su severidad sino su perennidad. Los filósofos modernos dicen que les disgusta la idea del castigo eterno en el otro mundo. Pueden estar tranquilos. Han creado el castigo eterno en este mundo. Lo terrible del castigo moderno es precisamente que es tan lógico como el calvinismo. Su horror consiste en que es racional, en que recuerda, en que trata al hombre que ha quebrantado su confianza como si ya nunca pudiera ser digno de confianza. Puede que haya algo en esto que satisfaga a aquellos que tienen opiniones calvinistas, materialistas o teosóficas, y que disfrutan con el retorno de una ley implacable, es decir, muerta. Pero usted y yo no disponemos más que de la tradición de la caridad cristiana, y deberíamos decir: «Fustiguen al hombre con un bastón y luego déjenlo marchar libre para siempre».

Al leer los antiguos archivos de comunidades religiosas, incluso de las más intransigentes, como las de Nueva Inglaterra o el gobierno presbiteriano de Escocia occidental en la época de Burns, siempre tenemos la sensación de que el pecado se castigaba y se redimía, tal vez se castigara salvajemente, pero también se comprendía salvajemente: se consideraba algo que el hombre podía cometer y algo que se podía redimir. Sería terrible que el mundo moderno al suavizar los castigos los convirtiera en eternos. Soportar un infierno ardiente durante toda la eternidad está mal; pero soportar durante toda la eternidad un infierno tibio y que encima nos pidan que admitamos que la temperatura es compasiva…, eso es intolerable. Nadie quiere que un castigo sea compasivo; un castigo, en tanto que es un castigo, no puede ser compasivo. Pero todo el mundo quiere que el castigo sea adecuado para el

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hombre. Todos queremos que el castigo tenga estas dos características: en primer lugar que un hombre pueda aplicarlo y seguir siendo un hombre; en segundo, que un hombre pueda sufrirlo y seguir siendo un hombre. Si se sobrepasan esos límites la víctima podría asesinar al verdugo o el verdugo podría suicidarse.

Es cierto que los límites pueden sobrepasarse, y sin duda se han sobrepasado, en ciertos castigos horribles del pasado; puedo imaginar muy bien a un hombre cortándose el cuello, simplemente por haber asistido impasible mientras despojaban y azotaban a una mujer, tal como le ocurrió a muchas mujeres hasta hace poco en Inglaterra e Irlanda, o mientras quemaban vivo a un negro, cosa que ocurre todavía en los Estados Unidos. Pero parte de su vergüenza recae sobre todos nosotros, pues asistimos impasibles y permitimos la parte del castigo que lo hace peor que cualquier tortura antigua: su perpetuación. Exactamente eso es lo que define a la tortura: que no tiene fin. Eso es lo que es inhumano en el sentido literal y real de la palabra. El moderno castigo científico en el que un hombre no puede librarse de su pasado pertenece al mismo mundo que ese detestable determinismo que declara también que nadie puede librarse de su pasado. Consiste en darle más importancia a la memoria que a la voluntad. Es algo antinatural entre los hombres, y no creo que lo soporten durante mucho más tiempo.

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SI TUVIERA UN SOLO SERMÓN QUE

PREDICAR

Si tuviera un solo sermón que predicar, sería un sermón contra el orgullo.

Cuanto más sé de la existencia, y en especial de la existencia moderna práctica y experimental, más me convenzo del acierto de la vieja tesis religiosa que sostiene que todos los males proceden de algún intento de superioridad; algún momento en el que podríamos decir que los cielos se quebraron como un espejo, porque alguien hizo un gesto de desprecio en el cielo.

Pues bien, lo primero que conviene destacar a propósito de esta idea es algo muy curioso. Consiste en que, en teoría, se trata de la idea más descartada de todas, aunque sea la más universalmente aceptada en la práctica. Los hombres modernos creen que semejante idea teológica les queda muy lejos; y, planteada como una idea teológica, es probable que tengan razón. Pero, de hecho, les queda demasiado cerca como para poder reconocerla. Hasta tal punto forma parte de su espíritu, su moral y su instinto —casi podríamos decir que de su cuerpo—, que la dan por supuesta y actúan de acuerdo con ella sin pensarlo. En realidad, es la más popular de las ideas morales, y aun así es prácticamente desconocida como idea moral. Ninguna verdad nos es hoy tan ajena como verdad, o tan próxima como hecho.

Sometamos los hechos a un examen frívolo no del todo desagradable. Supongamos que el lector, o (preferiblemente) el escritor, entra en un bar o en algún lugar público donde se establezcan relaciones sociales; un vagón del metro o un tranvía también podrían servir, aunque raras veces permiten intercambios tan largos o filosóficos como los antiguos bares. En cualquier caso, pensemos en un lugar donde se reúnan hombres normales pero variopintos; pobres en su mayoría —porque la mayoría lo son— y otros moderadamente acomodados, es decir, eso que suele llamarse gente corriente: un puñado de seres humanos normales. Supongamos que el investigador se acercara educadamente a este grupo y comenzara de manera informal la conversación diciendo: «Los teólogos opinan que fue una de las inteligencias angélicas superiores la que, al tratar de convertirse en el objeto supremo de la

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adoración, en lugar de encontrar la alegría natural en la adoración, dislocó el diseño providencial y frustró el disfrute y la completitud del cosmos». Tras hacer esa observación el investigador miraría expectante a su alrededor en busca de la aprobación del grupo y, al mismo tiempo, pediría las bebidas ritualmente más adecuadas al lugar o la ocasión, o tal vez se limitaría a ofrecer cigarrillos o cigarros puros a todo el grupo para confortarles ante tanta tensión. En cualquier caso, es evidente que a un grupo semejante le resultaría difícil aceptar la fórmula así expresada. Probablemente, sus comentarios serían inconexos e indiferentes, ya adoptasen la forma de «porelamordedios» (un pensamiento hermoso aunque algo deslucido por la pronunciación), o incluso de «’dita sea» (una imagen más sombría, pero afortunadamente más oscura), o simplemente la sencilla forma de «¡Ostras!», una observación tan libre de enseñanzas doctrinales y denominativas, como nuestra educación obligatoria estatal. En pocas palabras, quien trate de demostrarle al populacho semejante teoría descubrirá, sin duda, que ese lenguaje le resulta poco familiar. Incluso si expresa la cuestión de forma simplificada y les dice que el orgullo es el peor de los siete pecados capitales, tan solo producirá la vaga, y más bien desfavorable, impresión de que está predicando. Pero lo único que estará predicando será lo que todo el mundo practica; o al menos lo que todo el mundo quiere que los demás practiquen.

Dejemos que el investigador científico continúe cultivando la paciencia de la ciencia. Dejémosle demorarse —o al menos déjenme demorarme a mí— en el lugar de entretenimiento público, cualquiera que sea éste, y tomar nota cuidadosamente (si es necesario en un cuaderno de notas) del modo en el que hablan unos de otros los seres humanos normales. Como se trata de un investigador científico con un cuaderno es muy probable que nunca haya visto antes a un ser humano normal. Pero, si escucha con cuidado, observará cierto tono empleado con amigos, enemigos y conocidos, que en conjunto es jovial y considerado, aunque no sin unas simpatías y antipatías muy marcadas. Oirá numerosas y a veces sorprendentes alusiones a las bien conocidas debilidades del Viejo George[187]; pero también muchas excusas, y cierto generoso orgullo al conceder que el Viejo George es todo un caballero cuando se emborracha, o que sabe cómo mandar a un policía a tomar viento. Se burlarán con cierta ternura de algún famoso idiota, que se pasa la vida escogiendo ganadores que nunca ganan; y, sobre todo entre los más pobres, percibirá un verdadero pathos cristiano en referencia a aquellos que han tenido «problemas» debido a ciertas costumbres como el robo y los hurtos menores. Y mientras todos esos tipos extraños van siendo convocados como fantasmas

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por la magia del chismorreo, el investigador irá teniendo la impresión de que hay un tipo de hombre, probablemente solo un tipo de hombre, quizá, solo un hombre, que no sea apreciado. Las voces adoptan otro tono al hablar de él y se percibe cierta desaprobación y una particular frialdad en el aire. Y todo resulta tanto más curioso en cuanto que, según las teorías modernas actuales acerca de la acción social o antisocial, no es del todo fácil decir por qué debería ser tan monstruoso o cuál es su problema. Se sugerirá solo mediante singulares figuras del lenguaje, a propósito de un caballero que está equivocadamente convencido de que la calle es suya, o a veces de que el mundo es suyo. Entonces, uno de los críticos sociales dirá: «Vié aquí y se cree Dios to’poderoso». En ese momento, el investigador científico cerrará el bloc de notas de un manotazo y se retirará de la escena, probablemente después de pagar las bebidas que haya consumido en pro de la ciencia social. Ya tiene lo que quería. Se ha justificado intelectualmente. El hombre del bar ha repetido precisamente, palabra por palabra, la fórmula teológica sobre Satán.

El orgullo es un veneno tan ponzoñoso que, no solo envenena las virtudes, sino también los vicios. Eso es lo que sienten los pobres en la taberna pública, cuando toleran al borrachín o al pronosticador o incluso al ladrón, pero perciben cierta malvada hostilidad en el hombre que se parece tanto a Dios Todopoderoso. Y de hecho todos sabemos que el pecado primario del orgullo tiene ese efecto curioso y esclerotizador sobre los otros pecados. Un hombre puede tener inclinaciones y moral disolutas por lo que respecta a las cuestiones sexuales; puede consumirse en pasiones pasajeras e inútiles y dañar así su alma; y, sin embargo, siempre retendrá algo que al menos seguirá haciendo posible la amistad, incluso fiel y satisfactoria, de los de su propio sexo. Pero dejen por un instante que esa clase de hombre considere su propia debilidad como una fuerza y tendrán a alguien completamente diferente. Tendrán a un tenorio, el más brutal de todos los sinvergüenzas; el hombre a quien su propio sexo casi siempre odia y desprecia como por un saludable instinto. Un hombre puede ser perezoso por naturaleza y más bien irresponsable; puede descuidar muchas obligaciones debido a su despreocupación, y sus amigos seguirán comprendiéndole, siempre que se trate de un descuido descuidado. Pero se vuelve de la piel del diablo en el mismo momento en que se convierte en un descuido consciente, en el momento en que se convierte en un bohemio consciente y deliberado, que sablea por principio, que se aprovecha de la sociedad en nombre de su propio genio (o más bien de su propia fe en su propio genio), que grava al mundo

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como un rey con la excusa de que es un poeta, y desprecia a hombres mejores que él que trabajan para que él pueda malgastar. No es una metáfora decir que es de la piel del diablo. Según la vieja fórmula religiosa original, es diabólico en sí mismo. Podríamos recorrer muchos más tipos sociales e ilustrar la misma verdad espiritual. Sería fácil señalar que incluso el avaro, que en parte se avergüenza de su locura, es más humano y digno de compasión que el millonario que se jacta y alardea de su avaricia y la llama cordura y sencillez y vida difícil. Sería fácil señalar que incluso la cobardía, como un mero colapso de los nervios, es mejor que la cobardía como ideal o teoría intelectual; y que una persona verdaderamente imaginativa mostrará más compasión hacia quienes, como el ganado, se dejan llevar por el pánico, que por cierto tipo de mojigato que predica algo que él llama paz. La gente odia la mojigatería porque es la forma más seca del orgullo.

Hay, por tanto, una paradoja en toda esa actitud. La idea espiritual de la maldad del orgullo, sobre todo del orgullo espiritual, se desechó como un ejemplo de misticismo innecesario para la moralidad moderna, que debe ser puramente práctica y social. Cuando, de hecho, es muy necesaria debido a que la moralidad es social y práctica. Si partimos de la presunción de que no hay que preocuparse por nada que no sea hacer felices a los demás, he aquí algo que sin duda les hará infelices. La acusación práctica contra el orgullo, como mera fuente de incomodidad y discordia social, es incluso más autoevidente si cabe que la acusación mística, como enfrentamiento del yo contra el alma del mundo. Y, sin embargo, aunque vemos que esto sucede por doquier en la vida moderna, en realidad oímos hablar muy poco de ello en la moderna literatura y en la teoría ética. De hecho, puede decirse que una gran parte de la literatura y la ética modernas se dedica a alentar el orgullo espiritual. Cientos de sabios y escribas se ocupan escribiendo sobre la importancia del autoaprendizaje y la autorrealización; acerca de cómo hay que enseñar a los niños a desarrollar su personalidad (cualquiera que ésta sea); acerca de que todo hombre de éxito debe dedicarse a desarrollar una personalidad magnética y arrolladora; de cómo todo hombre debe convertirse en un superhombre (siguiendo nuestro curso por correspondencia) o, en la ficción más sofisticada, de cómo un superhombre especialmente superior puede aprender a mirar por encima del hombro a la mera masa de superhombres normales que forman la población de ese mundo tan peculiar. La teoría moderna en su conjunto se dedica más bien a alentar el egoísmo. Pero no hay por qué alarmarse. La práctica moderna, al ser exactamente igual que la vieja, continúa desalentándolo. El hombre de la personalidad fuerte y magnética sigue siendo aquel a quien

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están deseando echar a patadas del club los que mejor lo conocen. El hombre en una fase verdaderamente aguda de autorrealización es tan poco bienvenido en el club como en el bar. Incluso el club más científico e ilustrado es capaz de mirar al superhombre y percatarse de que se ha convertido en un cargante. La filosofía del orgullo fracasa en la práctica, al someterse a la prueba de los instintos morales del hombre allí donde haya dos o tres personas reunidas, de modo que es la mera experiencia de la humanidad moderna la que responde a la herejía moderna.

Hay, desde luego, otra experiencia práctica conocida por todos y que es incluso más vívida y mordaz que la impopularidad del bruto o el idiota presuntuoso. Todos sabemos que hay algo llamado egoísmo que es más profundo que el egotismo. Es el más intangible e intolerable de los males espirituales. Se dice que suele ir asociado a la histeria; a veces da la impresión de que vaya asociado a la posesión diabólica. Se trata de esa condición en la que la víctima hace un millar de cosas diferentes movida invariablemente por una vanidad devoradora; y sonríe o se enfada, difama o alaba, conspira e intriga o se queda quieto y no hace nada, todo en un estado de insomne vigilancia del efecto social de una única persona. Me resulta sorprendente que el mundo moderno, que se pasa la vida parloteando sobre psicología y sociología, sobre la tiranía con que nos amenazan unos cuantos niños débiles mentales, sobre el alcoholismo y el tratamiento de la neurosis, sobre medio centenar de cosas que no hacen más que rondar los problemas sin acabar de decidirse a abordarlos, me sorprende que esos modernos tengan verdaderamente tan poco que decir acerca de la causa y la cura de una condición moral que envenena casi todas las familias y círculos de amigos. Apenas hay un solo psicólogo que tenga algo que decir al respecto que resulte tan iluminador como la exactitud literal de la vieja máxima del sacerdote: el orgullo procede del infierno. Y es que hay algo terriblemente vívido y espantosamente fijado en esta locura que hace que esas palabras breves y anticuadas parezcan mucho más adecuadas que otras. Y luego los modernos se pierden en discursos sobre la bebida o el tabaco, sobre la maldad de los vasos de vino o el carácter increíble de las tabernas. La peor obra de este mundo no la simboliza un vaso de vino sino un espejo[188]; y no se lleva a cabo en las tabernas, sino en la más privada de las residencias privadas, que es una casa de espejos.

Probablemente se malinterpretarían mis palabras, pero empezaría el sermón diciéndole a la gente que no disfrutaran de sí mismos. Les diría que disfrutaran de los bailes y de los teatros y de las juergas y de las ostras con

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champán; que disfrutaran del jazz y de los cócteles y de los clubes nocturnos si no encuentran nada mejor que hacer; que disfrutaran de la bigamia y del robo y de cualquier crimen del diccionario, antes que de esa otra alternativa, pero que nunca aprendieran a disfrutar de sí mismos. Los seres humanos son felices siempre que conserven el poder receptivo y la capacidad de reacción ante la sorpresa y la gratitud del exterior. Si lo hacen tendrán, como dicen todos los grandes pensadores, algo que está presente en la infancia y que puede preservar y vigorizar la edad adulta. En el momento en que el yo interior se perciba conscientemente como algo superior a cualquiera de los dones que puedan ofrecérsele, o a cualquiera de las aventuras que pueda disfrutar, habrá aparecido una especie de puntillosidad autodevoradora y un desencanto que cumple con todos los requisitos de la sed y la desesperación del Tártaro.

Por supuesto, en un debate semejante es fácil plantear dificultades aprovechando el sentido diferente —a veces hasta contrario— en que pueden utilizarse las palabras. Por ejemplo, cuando decimos de alguien que está «orgulloso» de algo, como cuando un hombre está orgulloso de su mujer o un pueblo lo está de sus héroes, nos referimos a algo que es justo lo contrario del orgullo. Pues implica que el hombre cree que necesita algo exterior a sí mismo para proporcionarle la gloria y que esa gloria se considera verdaderamente un regalo. Del mismo modo, las palabras pueden confundirnos si digo que la impudicia me parece el elemento peor y más deprimente del presente y el futuro inmediato, pues hay un tipo de impudicia que todos encontramos o divertida o tonificante como la impudicia del pícaro. Pero de nuevo las circunstancias la despojan de su verdadera maldad. La cualidad normalmente llamada «impertinencia» no es una demostración de superioridad, sino más bien un osado intento de equilibrar la inferioridad. Cuando uno se acerca a un noble muy rico y poderoso y le cala juguetonamente el sombrero sobre los ojos (como suelen hacer ustedes), no sugiere con eso que uno esté por encima de todas las locuras humanas, sino más bien que es capaz de cometerlas, y también que debería tener una experiencia más amplia y rica de ellas. Cuando uno le escarba de manera juguetona a un duque en el bolsillo del chaleco, no es que se esté tomando demasiado en serio a sí mismo, sino solo, quizá, que no se está tomando al duque tan en serio como suele considerarse correcto. Esta clase de impudicia puede ser criticable y ciertamente está sujeta a muchos peligros. Pero hay una clase de flagrante impudicia intelectual que realmente se considera tan intangible como para retorcer un argumento; y hay mucha gente entre las

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nuevas generaciones y movimientos sociales que caen en esa debilidad fundamental. Se trata de una debilidad porque consiste en aceptar de manera permanente algo que hasta los estúpidos y los vanidosos creen solo en sus raptos y sobresaltos, pero que todos los hombres desean creer y a menudo son tan débiles como para creer: que ellos constituyen la medida suprema de las cosas. El orgullo consiste en que alguien considere que su personalidad es la única prueba de todo en lugar de hacer que la prueba sea la verdad. Orgullo no es pretender hacer el bien, ni siquiera pretender tener buen aspecto, conforme a una prueba real. Orgullo es pensar que algo está mal porque no parece característicamente nuestro. Hoy, en medio del oscurecimiento generalizado de los criterios claros y abstractos, se da una tendencia real a que un joven (e incluso tal vez una joven) recurra a semejante prueba personal a falta de una prueba impersonal y fiable. Como ningún criterio es lo suficientemente seguro para que el yo se acomode a él, todos los criterios se amoldan al yo. Pero el yo como tal es algo muy pequeño y casi accidental. De ahí surge una nueva clase de estrechez que se da especialmente en aquellos que más se jactan de su amplitud de miras. El escéptico se siente demasiado grande para medir la vida respecto a las grandes cosas y acaba midiéndola respecto a las más pequeñas. Ahí se produce también una especie de osificación inconsciente que esclerotiza la imaginación no solo contra las tradiciones del pasado, sino incluso contra las sorpresas del futuro. Nil admirari se convierte en el lema de todos los nihilistas y acaba no siendo, en el sentido más completo y exacto, nada.

Si tuviera un solo sermón que predicar, ciertamente no lo terminaría honorablemente sin dar fe de lo que, por lo que sé, es la sal y el conservante de estas cosas. Se trata solo de una de las miles de cosas en las que he comprobado que la Iglesia católica acierta, cuando el mundo entero tiende a equivocarse; y sin su testimonio creo que la gente habría olvidado casi por completo este secreto al mismo tiempo cuerdo y sutil. Sé que apenas había oído hablar de la humildad hasta que entré en el ámbito de influencia del catolicismo; y que incluso las cosas que más amo, como la libertad y la insular poesía de Inglaterra, se habían extraviado en ese sentido y estaban sumidas en una bruma de autoengaño. Sin duda no hay mejor ejemplo de la definición de orgullo que la definición de patriotismo. Se trata del más noble de los afectos naturales, siempre que consista en decir: «Ojalá sea digno de Inglaterra». Se convierte en el comienzo de una de las más ciegas formas de fariseísmo cuando el patriota se contenta con decir: «Soy un inglés». Y no me parece accidental que el patriota haya visto generalmente la bandera como

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una llama, fuera de su alcance y mejor que él mismo, en los países de tradición católica como Francia, Polonia e Irlanda; y se haya endurecido en la herejía de admirar simplemente a los de su carne y de su sangre en los lugares más apartados de esa religión, sea en Berlín o en Belfast. En pocas palabras, si tuviera un solo sermón que predicar, sería uno que incomodaría mucho a los feligreses, al llamar su atención sobre el reto permanente de la Iglesia. Si tuviera un solo sermón que predicar, estaría bastante seguro de que nadie me pediría que pronunciara otro.

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UNOS POLICÍAS Y UNA MORALEJA

El otro día poco faltó para que me arrestaran dos excitados policías en un

bosque de Yorkshire. Estaba de vacaciones, ocupado en ese rico e intrincado cúmulo de placeres, deberes y descubrimientos que, para despistar a los profanos, disfrazamos tras el exótico nombre de nada. En el momento en cuestión estaba lanzando un gran cuchillo sueco contra un árbol para practicar la útil técnica del lanzamiento de cuchillo con el que se asesinan unos a otros los personajes de las novelas de Stevenson.

De pronto dos policías surgieron de la espesura; algo relacionado con su aparición y con el bosque me recordó, no sé por qué, a alguna feliz comedia isabelina. Me preguntaron qué era aquel cuchillo, quién era yo, por qué estaba lanzándolo, cuáles eran mi dirección, mi ocupación, mis opiniones sobre la guerra japonesa, el nombre de mi gato favorito y esa clase de cosas. También me acusaron de estar dañando al árbol, cosa que lamento decir que no era cierta, porque no había logrado acertarle. No obstante, ahí parecía radicar la peculiar importancia filosófica del incidente. Después de media hora de animada conversación, la exhibición de un sobre, un poema inacabado, que fue leído con mucho detenimiento, y espero que con algún provecho, y una o dos sutilezas detectivescas, el mayor de aquellos caballeros pareció convencerse de que yo era quien decía ser, de que era periodista, de que trabajaba en el Daily Ne s (aquél fue el golpe de gracia, pues les sobrecogió el terror común a todos los tiranos), de que vivía donde decía vivir, y de que me alojaba con una familia particular de Yorkshire, que era gente acomodada y bien conocida en la comarca.

De hecho, el jefe de los policías se volvió tan cordial y amable que terminó por asegurar que era un lector de mis libros. Y una vez dicho eso, todo se solucionó. Se despidieron y me dejaron marchar.

«Pero —dije yo— ¿qué va a ser de este árbol mutilado? Ustedes acudieron como caballeros andantes al rescate de esa dríade encadenada a la tierra. Ustedes, los elevados humanitarios, no se dejan engañar por la aparente inmovilidad de las cosas verdes, una inmovilidad que es como la inmovilidad de una catarata: un silencio impetuoso y arrollador. Ustedes saben que un árbol no es más que una criatura atada al suelo por una pierna. Ustedes no

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permitirán que un asesino con una daga sueca vierta la verde sangre de un ser semejante. Pero si lo soy, ¿por qué no me arrestan?; ¿dónde están los grillos? Saquen de alguna parte de sus personas mi paja mohosa y mis barrotes. Los hechos de los que acabo de convencerles, que mi nombre es Chesterton, que soy periodista y que me alojo en casa del bien conocido filántropo señor Blank de Ilkley, nada tienen que ver con la cuestión de si soy o no culpable de crueldad con los vegetales. El árbol sigue estando herido, aunque pueda enorgullecerle saber que le hirió un caballero relacionado con la prensa liberal. Las heridas en la corteza no cicatrizan antes porque las inflija un invitado del señor Blank de Ilkley. Ese árbol, una ruina de lo que fue, la carcasa de lo que fue una vez un gigante del bosque, ahora derribado y astillado por la brutal superioridad de un cuchillo sueco, esa tragedia, señor oficial, no puede borrarse ni siquiera permaneciendo varios meses más en casa de alguna persona acomodada. Me cuesta creer que carezcan de autoridad legal para arrestar incluso a la persona más famosa y augusta bajo semejantes cargos. Pues, de ser así, ¿por qué me interrumpieron?».

Pronuncié la mayor parte de este discurso ante el bosque silencioso, pues los dos policías se desvanecieron tan rápido como habían llegado. Es muy posible, por supuesto, que fueran hadas. En ese caso, el carácter ilógico de su interpretación del crimen, la ley y la responsabilidad personal tendría una brillante y élfica explicación. Tal vez si me hubiera quedado en el claro hasta la aparición de la luna habría visto pequeños corrillos de policías bailando en la hierba; o corriendo con cinturones de luciérnagas y arrestando a los saltamontes por estropear las hojas de hierba. Pero si optamos por la hipótesis más prosaica de que eran policías, me encuentro con ciertas dificultades. Ciertamente, me habían acusado de algo que o bien era un delito o bien no lo era. Me dejaron marchar porque demostré que estaba invitado en casa de una familia conocida. La conclusión está penosamente clara: o bien no es una prueba del delito lanzar un cuchillo en un bosque solitario o por el contrario es una prueba de inocencia conocer a un hombre rico. Pensemos en una persona muy pobre, más pobre que un periodista, un peón caminero o un trabajador no especializado, que vagabundeara en busca de trabajo y cambiase con frecuencia de residencia, tal vez por impago del alquiler. Supongamos que hubiera leído las novelas de Stevenson. Supongamos que se dejara llevar por la ebriedad de aquel bosque tan antiguo. Supongamos que arrojara cuchillos contra los árboles y no pudiera dar razón de su alojamiento, salvo para decir que le habían echado del último. Mientras caminaba de regreso a

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casa bajo un nebuloso y purpúreo crepúsculo, me preguntaba si él habría salido tan bien librado.

Moraleja: los ingleses siempre alardeamos de que somos muy ilógicos; no hay nada de malo en eso. No hay ningún mal espiritual en el hecho de que la gente alardee de sus vicios; cuando se vuelve insufrible es cuando se jacta de sus virtudes. Pero hay que decir que la falta de lógica en la Constitución o en el sistema legal puede resultar muy peligrosa en presencia de algún gran vicio o tentación nacional que puedan aprovecharse del caos. Del mismo modo, un borracho debería tener reglas y horas estrictas y un hombre sobrio puede obedecer a sus instintos.

Tomemos alguna absurda anomalía de la ley británica: el hecho, por ejemplo, de que los parlamentarios salientes tengan que convertirse en Administradores de los Cien de Chiltern, una oficina que según creo se creó originalmente para controlar una partida de salteadores que actuaba cerca de Chiltern. Obviamente, este tipo de falta de lógica no tiene mucha importancia, por la simple razón de que no hay una gran tentación de sacar ventaja de ello. Quienes abandonan el Parlamento no sienten el furioso impulso de perseguir a los ladrones en las colinas. Pero si hubiera un peligro real de que los políticos sabios, canos y venerables que se retiran de la vida pública desearan hacerlo (por ejemplo, si pudieran sacar algún provecho), está claro que tendríamos que ser muy estúpidos para seguir diciendo que la falta de lógica carece de importancia. Si (de hecho) sir Michael Hicks Beach se dedicara a ahorcar a los tenderos y a adueñarse de sus propiedades, la falta de lógica tendría importancia, pues se habría convertido en una excusa para la inoperancia. Solo los muy buenos pueden llevar vidas desenfrenadas.

Pues eso exactamente es lo que ocurre con los casos de investigación policial como el que hemos narrado más arriba. En ellos interviene un gran pecado nacional, un pecado mucho mayor que la bebida: el hábito de respetar a los caballeros. El esnobismo tiene, como la bebida, una especie de noble poesía. Y también una cualidad peculiar y diabólica que está muy extendida entre la gente amable que nos abre su corazón y sus casas. Ese es el gran vicio inglés y deberíamos temerlo más que a la viruela. Si un hombre desea oír lo peor y más malvado de Inglaterra resumido de manera informal, no lo encontrará en ningún obsceno juramento o discusión entre maleantes. Lo encontrará en el hecho de que el mejor de los trabajadores cuando quiere alabar a alguien dice de él que es un «caballero». Nunca se le pasa por la cabeza que, ya puestos, podría llamarlo «un marqués», o un «consejero privado», que simplemente menciona un rango o clase, no un elogio para una

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buena persona. Y esta perenne tentación, acerca de la que escribió Thackeray, la tentación de una admiración vergonzosa, por fuerza debe entrometerse y, en mi opinión, a menudo interfiere y enturbia los métodos policiales.

En este caso debemos ser lógicos y exactos, pues es nuestra obligación estar en guardia. El poder de la riqueza en su forma más vil aumenta en el mundo moderno. Un pueblo muy bueno y justo, sin esta tentación, tal vez podría no necesitar crear normas y sistemas para protegerse contra el poder de nuestros grandes financieros. Pero eso es porque un pueblo muy justo les habría fusilado hace mucho tiempo, por mera buena fe.

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GILBERT KEITH CHESTERTON (Londres, 1874 - Beaconsfield, Buckinghamshire, 1936). Entre sus obras más conocidas se cuentan El hombre que fue Jueves (1908), su Autobiografía (1936), una Breve historia de Inglaterra (1917), los ensayos reunidos en Herejes (1905) y Ortodoxia, recopilados también en la antología Correr tras el propio sombrero, la colección de relatos El hombre que sabía demasiado (1922), Lo que está mal en el mundo (1910), Los relatos del padre Bro n y Cómo escribir relatos policíacos.

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Notas

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[1]Chesterton parafrasea un famoso verso del soneto 19 de Milton: «They also serve ho only stand and ait». (En adelante, todas las notas a pie de página son del traductor). <<

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[2] Guillermo III murió tras caer de un caballo que, según se cuenta, tropezó con una topera. <<

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[3] Chesterton aprovecha el doble significado de la expresión «the single oman», que equivale tanto a «la única mujer» como a «la mujer soltera». <<

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[4] Se trata de El egoísta, publicada en 1879, una de las novelas más conocidas del escritor Victoriano George Meredith (1828-1909). <<

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[5] El autor se refiere a la columna conocida como The Monument, erigida para conmemorar el terrible incendio que asoló Londres en 1666. <<

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[6] Mateo 6:7. <<

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[7] Alusión a dos poemas del escritor Ed ard Lear (1812-1888): «The Dong ith a Luminous Nose», publicado en 1877 en Laughable Lyrics a Fourth Book of Nonsense Poems, Songs, Botany Music, etc., y «The Jumblies», publicado en 1871 en Nonsense Songs, Stories Botany and Alphabets. <<

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[8] The Chankley Bore es uno de los lugares imaginarios que se mencionan en «The Dong ith a Luminous Nose», uno de los poemas citados más arriba. <<

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[9] Véase nota 8. <<

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[10]Carlos I, rey de Inglaterra entre 1625 y 1649. Fue depuesto y ejecutado al final de la Guerra Civil inglesa. <<

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[11]Ciudad inglesa del condado de Hampshire conocida por su larga tradición militar. <<

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[12] Alusión a un famoso episodio de la novela de Dickens La pequeña Dorrit.

<< 

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[13]Artista cockney de music-hall de finales del diecinueve. <<

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[14] Las jarras de cerveza de los pubs estaban hechas de peltre. <<

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[15] Personaje de El mercader de Venecia. <<

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[16]La primera Ley de Gobierno Local (Home Rule) de Irlanda la presentó illiam Gladstone en 1886 y fue rechazada por el Parlamento unos meses después. <<

Página 452

[17] Los versos pertenecen a la «Oda a un ruiseñor» del poeta inglés John Keats (1795-1821). <<

Página 453

[18]Según la leyenda griega, Anfión, esposo de Níobe, fue un gran músico que ayudó a construir las murallas de Tebas atrayendo las rocas con su lira. Alfred Lord Tennyson (1809-1892) compuso un famoso poema basado en este mito. <<

Página 454

[19] En sus Idilios del Rey, Tennyson le da el nombre de Avilion a la mítica isla de Avalon, adonde es trasladado el Rey Arturo tras recibir una herida mortal. Aunque su localización nunca ha sido bien establecida, hay quien dice que corresponde a un valle de Glastonbury que hace cientos de años fue una isla. <<

Página 455

[20]Salmos 137:5. <<

Página 456

[21] Denominación popular del Bethlem Royal Hospital de Londres, la primera institución inglesa creada para el cuidado y confinamiento de los enfermos mentales. <<

Página 457

[22] Los versos proceden del poema «El jardín de Proserpina», del poeta romántico inglés Algernon Charles S inburne (1837-1909). <<

Página 458

[23] Los Elzevir eran una famosa familia de impresores holandeses; los libros que imprimieron se conocen por ese nombre. <<

Página 459

[24]Poema de illiam Co per (1731-1800). <<

Página 460

[25] La expresión inglesa «loco como un sombrerero» tiene su origen en los temblores y otros síntomas nerviosos que producía la exposición a los productos químicos utilizados para fabricar sombreros de fieltro. <<

Página 461

[26]Ambas obras son del dramaturgo noruego Henrik Ibsen (1828-1906). <<

Página 462

[27] Poema del poeta escocés Robert Burns (1759-1796). <<

Página 463

[28]Canción anónima escocesa reescrita por Lady John Scott (1810-1900), quien alteró la letra y la melodía y añadió algunos versos. <<

Página 464

[29] El libro del periodista ingles Frank Morison se publicó en 1930, y trataba de demostrar que la historia de la resurrección de Cristo era tan solo un mito.

<< 

Página 465

[30] Historiador católico británico, nacido en 1889 y muerto en 1970, que ejerció gran influencia sobre un gran número de escritores, entre ellos T. S. Eliot. <<

Página 466

[31] Chesterton se refiere a un conocido cuento popular inglés en el que las hadas conceden tres deseos a un leñador. El primero que pide es una morcilla para cenar; su esposa, enfadada, pide como segundo deseo que se le pegue la morcilla a la nariz, por lo que se verá obligado a pedir, como tercer deseo, que la morcilla se le despegue de la nariz. <<

Página 467

[32]Personaje de la obra de teatro Los rivales, del escritor irlandés Richard Sheridan (1751-1816), que confunde constantemente unas palabras con otras de pronunciación similar. <<

Página 468

[33] Sócrates, antes de morir, le pidió a su discípulo Critón que pagara Asclepio un gallo que le debía. <<

Página 469

[34]Juego de palabras intraducible, basado en la similitud fonética entre cock, «gallo», y cocktail, «cóctel». <<

Página 470

[35] Los cerdos de Hampshire son una raza de puerco muy apreciada en Inglaterra. <<

Página 471

[36]La Bodleian Library es la biblioteca de la Universidad de Oxford. <<

Página 472

[37] El «cisne de Avon» es el sobrenombre de illiam Shakespeare. Las alusiones al ruiseñor y la alondra hacen pensar en John Keats y en Shelley, que dedicaron sendos poemas a dichas aves. <<

Página 473

[38]Personaje de Nicholas Nickleby de Charles Dickens (1812-1870). <<

Página 474

[39] Jane Porter (1776-1850), autora de novelas históricas. <<

Página 475

[40]Adelaide Anne Procter (1825-1864), poetisa y filántropa inglesa. <<

Página 476

[41] Chesterton se refiere a la ópera cómica de Gilbert y Sullivan La Paciencia, o la novia de Bunthorne. <<

Página 477

[42] La letra de la canción dice más o menos así: «Tilín, tilín, el gato y el violín, la vaca saltó por encima de la luna. Y, al verlo, el perrito ladró y el plato huyó con la cuchara». <<

Página 478

[43]Endimión era un bello pastor de Asia Menor que se enamoró de Selene, la diosa de la luna. El poeta inglés John Keats (1795-1821) le dedicó uno de sus más famosos poemas. <<

Página 479

[44]Alusión a otra canción popular: «La tonada que mató a la vieja vaca». <<

Página 480

[45]El poeta inglés John Milton (1608-1674) utilizó, para escribir El Paraíso perdido, el pentámetro yámbico sin rima, también conocido como «verso blanco». <<

Página 481

[46] Chesterton modifica aquí los versos originales que dicen: «La primera desobediencia del hombre y la fruta / del árbol prohibido cuyo sabor mortal».

<< 

Página 482

[47]Los versos citados proceden del poema «L’allegro». <<

Página 483

[48]La palabra inglesa gossip, cotilleo, procede del inglés antiguo godsibb (de God, «Dios», y sibb, «padrino») y servía para designar al padrino en el bautismo. <<

Página 484

[49]Los recortables de un penique (en blanco y negro) y las de dos centavos (coloreados normalmente por el vendedor) eran reproducciones de actores famosos para recortar y montar sobre cartón y ser utilizadas en los teatrillos de marionetas. <<

Página 485

[50] Augustus elby Northmore Pugin (1812-1852), arquitecto, escritor y arqueólogo victoriano gran defensor del estilo neogótico. <<

Página 486

[51] Christopher ren (1632-1723) fue el arquitecto que planificó la reconstrucción de Londres tras el gran incendio de 1666 y construyó la catedral de san Pablo. <<

Página 487

[52] Legendaria hechicera de Yorkshire que predijo el gran incendio de Londres. <<

Página 488

[53] Balada anónima inglesa. <<

Página 489

[54]«Do n among the Dead Men», canción folklórica inglesa atribuida a John Dyer (1700-1758). <<

Página 490

[55]«Todo lo que hacen los hombres, sus oraciones, temor, ira y placeres». La cita procede de Juvenal, Sátiras (I, i, 85). <<

Página 491

[56] John Byng (1704-1757), almirante británico enviado en 1756 para impedir que los franceses tomaran la isla de Menorca. A su llegada encontró la isla sitiada y, tras algunas escaramuzas, se retiró sin romper el cerco. Fue juzgado y ejecutado por traición. La frase de Voltaire está tomada del Cándido. <<

Página 492

[57]La primera parte del rey Enrique IV, Acto II, escena ii. <<

Página 493

[58] Véase nota 42. <<

Página 494

[59] Job 12:2. <<

Página 495

[60] Job 40:29 (aunque es cierto que en ese mismo capítulo bíblico se menciona al hipopótamo, en realidad la cita hace referencia al cocodrilo). <<

Página 496

[61]En la Odisea, Ulises engaña al cíclope diciéndole que se llama Nadie, por lo que cuando éste llama a sus hermanos pidiendo auxilio no acierta más que a decirles que «Nadie lo está matando» y ellos no le hacen caso. <<

Página 497

[62] Criatura fantástica a la que Le is Carroll dedicó un famoso poema en Alicia a través del espejo. <<

Página 498

[63] Véase nota 8. <<

Página 499

[64] Ensayista, traductor y poeta belga (1878-1953). <<

Página 500

[65] Chesterton hace referencia a un conocido episodio de la Guerra de los Boers en el que se vio implicado el general británico Paul Sanford, Lord Methuen (1835-1932). <<

Página 501

[66] Véase nota 50. <<

Página 502

[67]R. L. Stevenson (1850-1894) dedicó un capítulo de su libro Recuerdos y retratos (1887) a las figuras recortables de las que habla Chesterton. <<

Página 503

[68] Exitoso musical, estrenado en Londres en 1916 e inspirado en el cuento de «Ali Babá y los cuarenta ladrones». <<

Página 504

[69]Ópera cómica de Gilbert y Sullivan. <<

[71] Famosos autores de novelas policiacas. <<

[72]Poeta inglés (1823-1896) próximo al círculo de los prerrafaelitas. <<

[73] Se trata de la calle donde está el Banco de Inglaterra. <<

[74]Chesterton alude a un versículo de Salmos 16:6: «Las líneas de los límites han caído en los lugares adecuados». <<

[75] La cita original procede de los dos versos finales de Lycidas (1638), que dicen así: «Por fin se levantó, sacudiendo su celeste manto. / Mañana [irá] hacia los frescos bosques y los pastos nuevos». <<

[76] La cita procede de Isaías 40:14. <<

[77] Se trata de una cita aproximada de Isaías 63:3: «Yo he pisado el lagar

[78] solo y de otros pueblos nadie me ayudaba». <<

[79]Salmos 127:1. <<

[80]Job 31:35. <<

[81]Job 38:3. <<

[82]Job 38:28 y 38:29. <<

[83]Job 38:26. <<

[84] Sentido común. <<

[85] Milton emplea esas mismas palabras en su poema «Il Penseroso» para referirse a Chaucer. <<

[86]La frase procede de La segunda parte del rey Enrique IV, acto III, escena i. <<

[87] Véase nota 28. <<

[88] Referencia al primer verso del poema «El patriota» del poeta inglés Robert Bro ning (1812-1899): «It as roses, roses all the ay». <<

[89]La cita procede de Otelo, acto III, escena v. <<

[90] El tío Toby es uno de los personajes de Tristram Shandy, la famosa novela de La rence Sterne (1713-1768). <<

[91] Personaje de la novela de Charles Dickens (1812-1870) La tienda de antigüedades. <<

Página 527

[92]Conocida novela del escritor inglés George Meredith (1828-1909). <<

Página 528

[93] Sueño de una noche de verano, acto I, escena ii (seguimos aquí la traducción de la versión rítmica de A. García Calvo). <<

Página 529

[94]Personaje de David Copperfield. <<

Página 530

[95] Personaje de La tienda de antigüedades. <<

Página 531

[96]Robin Goodfello es el otro sobrenombre con el que se conoce a Puck en Sueño de una noche de verano. <<

Página 532

[97]Nombre literario de una región del norte de Gales. <<

Página 533

[98]Los versos proceden del poema de Alexander Pope (1688-1744) «Epístola al doctor Arbuthnot» y se refieren al escritor Joseph Addison (1672-1719), de quien Johnson escribió una biografía. <<

Página 534

[99] La alusión a Herodes Ático procede también del poema de Pope y quiere personificar a Addison. <<

Página 535

[100] Alusión al título de un capítulo de Dombey e hijo. <<

Página 536

[101] Véase nota 95. <<

Página 537

[102] El verso procede de la décima estrofa del poema «Ven al jardín, Maud».

<< 

Página 538

[103] El verso está tomado del poema «Lágrimas, ociosas lágrimas». <<

Página 539

[104] Véase nota 65. <<

Página 540

[105] Obra de . S. Gilbert (1836-1911) que luego inspiraría algunas de las famosas operetas escritas en colaboración con A. S. Sullivan (1842-1900). <<

Página 541

[106] Revista satírica mensual publicada por primera vez en Londres en 1841.

<< 

Página 542

[107]La abadía de Theleme, imaginada por Rabelais en el libro I de Gargantúa, describe una sociedad utópica a la manera de otros autores renacentistas. <<

Página 543

[108] El poema al que se refiere Chesterton se titula «El regreso» y está incluido en el libro Cinco naciones (1903). <<

Página 544

[109] Los versos están tomados del poema «Para admirar», incluido en el libro Baladas del cuartel (1805). <<

Página 545

[110] Incluido en el libro Los siete mares (1896). <<

Página 546

[111] En los mapas coloniales de la época, las áreas de influencia de cada país se coloreaban con tonos diferentes; el color de Gran Bretaña era el rojo. <<

Página 547

[112] Referencia a un conocido episodio bíblico (Jueces 7:2), en el que el Señor le pide a Gedeón que despida a la mayor parte de sus soldados antes de enfrentarse a los madianitas. <<

[113] Personificación del pueblo de Inglaterra. <<

[114] Ambos son personajes dickensianos tomados, respectivamente, de Martin Chuzzle it y Oliver T ist. <<

[115] Strickland es un detective de la policía colonial inglesa en la India que protagoniza varias historias cortas de Kipling. <<

[116] Véase nota 27. <<

Página 552

[117] Jefe rebelde escocés que aparece en el poema romántico de alter Scott (1771-1832) «La dama del lago». <<

Página 553

[118] Alusión a la conocida prisión situada en el centro de los páramos que hoy integran el actual Parque Nacional de Dartmoor. <<

Página 554

[119] Botany Bay es una bahía situada cerca de Sydney en la que se estableció una colonia penitenciaria que dio origen a la primera población del continente australiano. <<

Página 555

[120] «[…] No hay cornisa, friso, arbotante, o nicho acogedor donde ese pájaro no haya colgado casa y criadora cuna». Macbeth, acto I, escena vi. Traducción de A. García Calvo. <<

Página 556

[121] Personaje de la novela de Charles Dickens Barnaby Rudge. <<

Página 557

[122] El poema sobre el sombrero del Quangle- angle lo publicó Lear en

1877 en su libro Laughable Lyrics a Fourth Book of Nonsense, Poems, Songs, Botany Music, etc. <<

Página 558

[123]La alusión al sombrero tricorne es una traducción aproximada de la expresión «runcible hat» acuñada por Lear en su poema «The O l and the Pussy-cat». <<

Página 559

[124] Véase nota 8. <<

Página 560

[125] Véase nota 84. <<

Página 561

[126] Los versos, algo modificados, proceden de la obra de teatro Land of Heart’s Desire, publicada por el autor irlandés en 1894. <<

Página 562

[127] «Perdonar a los humildes y combatir a los soberbios»; la cita procede de la Eneida (VI, 852-854). <<

Página 563

[128]La cita procede del poema de Robert Bro ning «Las venganzas del tiempo». <<

Página 564

[129] Se trata de una prenda que, en realidad, debe su nombre al químico Charles Macintosh, quien aplicó por primera vez caucho tratado con nafta a los tejidos para impermeabilizarlos. <<

Página 565

[130] Chesterton se refiere a una cancioncilla infantil que retrata al viejo rey Cole tocando la gaita en compañía de tres violinistas. <<

Página 566

[131]Colchester, mencionada ya por Plinio el Viejo en el año 77 a. C., era famosa en época de la dominación romana por la calidad de las ostras de sus aguas. <<

Página 567

[132] Vernon Lee es en realidad el seudónimo de la escritora Violet Paget

(1856-1935). <<

Página 568

[133] Los seis versos están tomados del poema del poeta romántico inglés Percy Bysshe Shelley (1792-1822) «A una alondra». <<

Página 569

[134] Chesterton utiliza las palabras iniciales de la Declaración de Independencia americana con el objeto de parodiar la teoría de la evolución creativa de Sha . <<

Página 570

[135]Respectivamente, el barco en el que Jasón partió en busca del Vellocino de oro y el que utilizaron en sus expediciones polares Fridtjof Nansen (1893-1896) y Roald Amundsen (1910-1912). <<

Página 571

[136]Las Union Acts son las leyes que cimentaron la unión de Inglaterra con Gales (1536), Inglaterra y Gales con Escocia (1707) y Gran Bretaña con Irlanda (1800). <<

Página 572

[137]Chesterton hace aquí varios juegos de palabras intraducibles basados en la palabra inglesa bull, que significa tanto «toro» como «bula». La expresión Irish bull, «bula irlandesa», se refiere a una sentencia que contiene una incongruencia o un absurdo lógico, y John Bull es una personificación de Inglaterra o del pueblo inglés. <<

Página 573

[138] Rutland es el menor de los condados ingleses. <<

Página 574

[139]Alusión al edicto de Milán de 313, por el que se promulgaba la libertad religiosa. <<

Página 575

[140] Fuente en el Monte Helicón, en Grecia, sagrada para las Musas y considerada la fuente de la inspiración poética. El verso de la referencia procede del poema «Oda a un ruiseñor». <<

Página 576

[141] La cita está equivocada y hace referencia a una famosa ocasión en la que César quiso atravesar el mar en medio de una tempestad. Cuando el marino que llevaba el timón se puso a temblar, César le reprendió: «Quid times Caesarem vehis» («¿Por qué temes? ¡Transportas a César!»). <<

Página 577

[142] Job 40:28. <<

Página 578

[143] Marcos 8:24. <<

Página 579

[144]Los versos proceden del poema «Andrómeda» del escritor y teólogo inglés Charles Kingsley (1819-1875). <<

Página 580

[145] Véase nota 107. <<

Página 581

[146] Véase nota pág. 95. <<

Página 582

[147] La taberna The Tabard era la famosa posada de Londres donde se reúnen los peregrinos de los Cuentos de Canterbury antes de emprender el viaje a Canterbury. The Mermaid era otra conocida taberna londinense frecuentada por personajes como Sir alter Raleigh, John Donne, Ben Jonson o el propio illiam Shakespeare. <<

Página 583

[148] Chesterton bromea sobre la similitud fonética entre el nombre del hotel y la expresión build more, «construir más». <<

Página 584

[149]En esta ocasión el autor ironiza acerca de las diferencias entre lift, la palabra británica para «ascensor», y elevator, la palabra americana. <<

Página 585

[150] La cruz de san Jorge, una cruz roja sobre fondo blanco, es la bandera nacional inglesa. <<

Página 586

[151]Se trata de un juego de palabras intraducible: Broad ay significa, literalmente, «camino ancho». <<

Página 587

[152] La cita procede de un famoso discurso del orador y revolucionario americano Patrick Henry (1736-1799) en el que animaba a las colonias americanas a rebelarse contra Inglaterra. <<

Página 588

[153]Alusión a la célebre obra de Mark T ain (1835-1910) The innocents Abroad, una serie de artículos sobre su viaje a Tierra Santa publicada en 1869. <<

Página 589

[154] El «Gran camino blanco» es el sobrenombre con el que se conoce a Broad ay, sobre todo al tramo comprendido entre las calles 42 y 53, donde se concentran la mayoría de los teatros. <<

Página 590

[155] Chesterton se refiere a una fiesta popular inglesa en la que se quema una efigie de Guy Fa kes (1570-1606), el conspirador que trató de volar el Parlamento inglés el 5 de noviembre de 1605 para vengar la persecución de los católicos en Inglaterra. <<

Página 591

[156]Las ruedas catalinas son un aparato pirotécnico que produce círculos de fuego. <<

Página 592

[157] Se trata de un petardo cilíndrico que emite bolas de fuego y una lluvia de chispas. <<

Página 593

[158] En inglés la palabra guy, derivada precisamente del espantajo que se quema el día de Guy Fa kes, se empleaba al principio para referirse a alguien de aspecto grotesco o desgarbado, pero, sobre todo en los Estados Unidos, ha terminado por adquirir el significado de «tío» o «tipo». <<

Página 594

[159] Daniel 5:5. <<

Página 595

[160] Charles George Gordon (1833-1885) fue un conocido soldado y administrador británico que se hizo famoso durante la defensa de Jartum. <<

Página 596

[161]«Perezcan quienes se adelantaron a decir lo que decimos». La cita es de Aelio Donato (mediados del siglo IV), un gramático y retórico romano que fuera profesor de san Jerónimo. <<

Página 597

[162] La tradición, similar a la que se practica hoy en los Estados Unidos la noche de Hallo een, consistía en que los niños iban de puerta en puerta pidiendo pasteles de almas; por cada pastel que recibía, el niño debía rezar una oración por los parientes fallecidos de quien se lo hubiera dado. <<

Página 598

[163] Hamlet, acto I, escena ii. <<

Página 599

[164] La doctrina protestante cuestiona la eficacia de las oraciones por los muertos, y en muchos de los citados monumentos conmemorativos, erigidos en su mayor parte al final de la Gran Guerra, se incluía una oración por los caídos en acto de servicio. <<

Página 600

[165]Merstham es un pueblecito cercano a Londres cerca del cual se produjo, en 1905, un extraño asesinato que nunca llegó a resolverse: una mujer apareció mutilada en el túnel de la vía férrea y, aunque al principio se pensó en un suicidio, después aparecieron indicios de que había sido estrangulada y arrojada del tren en marcha. <<

Página 601

[166] Mateo 5:4. <<

Página 602

[167]Chesterton se refiere al dramaturgo escocés J. M. Barrie (1860-1937), creador del personaje de Peter Pan. <<

Página 603

[168] Apocalipsis 14:13. <<

Página 604

[169]Se trata de una cancioncilla infantil inglesa: «La vieja señora Hubbard / fue al armario / a buscar un hueso para su pobre perro; / pero cuando llegó allí / se encontró el armario vacío / y el pobre perro se quedó sin hueso». <<

Página 605

[170] Proverbios 1:20. <<

Página 606

[171] Los versos están tomados del poema de S inburne «Hertha». <<

Página 607

[172] Famosa tienda de Londres hoy desaparecida. <<

[173]Chesterton hace varios juegos de palabras intraducibles aprovechando el doble sentido de los nombres de dos danzas de los esclavos negros en el sur de los EE. UU.: el breakdo n y el cake- alk. <<

[174] Chesterton alude a una de las teorías planteadas por el antropólogo Sir James George Frazer (1854-1941) en su monumental obra La rama dorada.

<< 

[175]Chesterton alude a la costumbre de que los niños tallaran rostros grotescos en nabos la víspera de Todos los Santos. <<

[176] Véase nota 28. <<

[177]El poeta al que se refiere Chesterton es Alfred Lord Tennyson (1809-1892), quien alude a los cuentos de hadas de la ciencia en uno de los versos de su poema «Locksley Hall». <<

[178] Escritora religiosa y filántropa inglesa (1745-1833). <<

[179] Visionaria religiosa inglesa (1750-1814). <<

[180]Se trata de un conocido verso de la obra El Cid, del dramaturgo francés Pierre Corneille (1606-1684). <<

[181] Reina de Britania (?-61) que capitaneó una revuelta contra los romanos después de que estos reclamasen el reino de su difunto marido. <<

[182] La cita procede del tratado de Tertuliano (ca. 150-ca. 220)sobre el bautismo y puede traducirse por «Los diablos remedan a Dios». <<

[183] Alfred Firmin Loisy (1857-1940) fue un teólogo francés defensor de la exégesis modernista. <<

[184] Adolf von Harnack (1851-1930) fue un teólogo e historiador eclesiástico alemán. <<

[185] Véase nota 157. <<

[186]Expresión latina que significa aproximadamente «¿Quién enseña a los doctores?». <<

[187] Chesterton se refiere a «Old George» Pickingill (1816-1909), un famoso brujo y adivinador. <<

[188]Chesterton hace aquí otro de sus juegos de palabras entre ine glass («vaso de vino») y looking glass («espejo»). <<

[a] Error de traducción en el original: «egotistical self-deception» por «autodecepción egotística». <<



FIN

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