© Libro N° 14599. Anglosajones. La primera Inglaterra. Marc Morris. Emancipación. Diciembre 13 de 2025
Título Original: ©
Versión Original: ©
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original
de textos:
https://ww3.lectulandia.co/book/anglosajones
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido,
con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio
de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones
originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está
prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con
fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir
este texto.
Portada E.O. de:
https://assets.lectulandia.co/b/ab/Marc%20Morris/Anglosajones%20(1)/big.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
anglosajones
La primera Inglaterra
marc morris
Marc Morris
Anglosajones
La primera Inglaterra
ePub r1.0
Titivillus 13.08.2025
Título original: The Anglo-Saxons. A History of the Beginnings of England Marc Morris, 2021
Traducción: Yeyo Balbás
Editor digital: Titivillus
ePub base r3.0 (ePub 3)
Por la naturaleza de la red, puede que algunos de los vínculos a páginas web en el libro ya no sean accesibles.
Para una óptima experiencia de lectura, use la opción Fuente Original / Fuente del editor / Predeterminada.
Índice de contenido
Anglosajones
Agradecimientos
Introducción
Árbol
La ruina de Britania
La caída de Roma y la llegada de los sajones 1
Lobos de guerra y dadores de anillos
El surgimiento de reyes y reinos
2
El instrumento elegido por Dios
San Wilfrido y la implantación del cristianismo 3
¿Un imperio inglés?
El rey Offa y el dominio del sur
4
La tempestad del norte
El asalto vikingo a Britania y Francia
5
Resurrección
Alfredo el Grande y la forja de Inglaterra 6
¿Un sobreesfuerzo imperial?
El rey Atelstán y la conquista del norte 7
Una nación bajo la tutela de Dios
San Dunstán y la búsqueda de la unidad 8
El rey mal aconsejado
Etelredo el Indeciso y el temor al Apocalipsis
9
Crepúsculo
El ascenso de la casa de Godwin
10
Conclusión
Bibliografía
ABREVIATURAS
FUENTES CLÁSICAS Y PRIMARIAS OBRAS SECUNDARIAS (CITADAS) OBRAS SECUNDARIAS (CONSULTADAS)
Hoja de cierre
Galería de imágenes
Sobre el autor
Notas
A mi padre, Tom Morris.
Agradecimientos
Introducción
Figura 1: El yelmo de Sutton Hoo. © Fideicomisarios del Museo Británico. Reservados todos los derechos.
Figura 2: Detalle del Tapiz de Bayeux: la muerte del rey Haroldo. Con permiso especial de la ciudad de Bayeux.
Por desgracia, ninguno de los capítulos está dedicado a una mujer, pues, simplemente, no existen bastantes evidencias como para justificar un tratamiento tan extenso Con algunos reyes y obispos tenemos la suerte de disponer de relatos contemporáneos de sus vidas, pero en el caso de reinas o abadesas no ha sobrevivido ninguna fuente original. El venerable Beda hace unas breves menciones sobre algunas religiosas en su monumental Historia ecclesiastica gentis Anglorum (Historia eclesiástica del pueblo de los anglos), redactada a principios del siglo VIII. Aparte de esto, no existen fuentes textuales sobre personajes femeninos hasta mediados del siglo XI, cuando dos reinas, Emma y Edith, encargaron unas obras de naturaleza política que abordan algunos aspectos de sus gobiernos. Pero incluso estas fuentes tardías, por valiosas que sean, no aportan materiales suficientes como para justificar un capítulo completo. Lo más frustrante es que existen periodos en los que es posible deducir que algunas mujeres desempeñaron un papel político clave: en varios momentos del siglo X, algunos jóvenes reyes surgen y desaparecen en rápida sucesión, mientras que sus madres permanecen en la corte, de un reinado al siguiente, y aparecen como los principales testigos en los documentos reales. No obstante, por muy poderosas que fueran estas mujeres, su actividad no quedó registrada, y sus personalidades y carreras políticas resultan imposibles de reconstruir.
Esta laguna en las fuentes puede resultar chocante, dado que, a menudo, se considera que el periodo anglosajón supuso una época dorada para las mujeres. Desde finales del siglo XVIII, se ha asumido que las mujeres en Inglaterra poseían más derechos antes de la conquista normanda de los que contaron después y que disfrutaban de una mayor consideración social. En palabras de un reputado historiador de mediados del siglo XX, antes de 1066, hombres y mujeres disfrutaban de «una vida conyugal ruda y sencilla».[1] Sin embargo, como suele ocurrir con todas las edades de oro, esta imagen se fundamenta en una lectura selectiva de unas evidencias muy limitadas y cuestionables. Uno de los principales pilares es un relato sobre las mujeres germanas elaborado por el historiador romano Tácito a finales del siglo I d. C. Tales féminas, asegura el historiador, eran virtuosas, frugales y castas, y apoyaban a sus hijos y maridos, animándolos a realizar grandes hazañas. Pero solo se trata de un autor romano que
Página 13
elogia la sociedad de los «bárbaros» para criticar la suya propia. Se retrata a las mujeres germanas en términos elogiosos porque, a diferencia de las romanas, no caían en el adulterio ni perdían el tiempo en las termas y los teatros. Por desgracia, parece ser que la realidad del estatus de la mujer en la Germania del primer siglo de nuestra era y en la Inglaterra anglosajona no fue mucho mejor que en siglos posteriores.[2]
Algo similar ocurre con los hombres anglosajones. La idea de que el periodo previo a la conquista normanda constituyó una edad de oro para la gente común cuenta con una tradición mucho más longeva. Cuando Inglaterra rompió con Roma en el siglo XVI, los intelectuales ingleses quisieron demostrar que la Iglesia anglosajona siempre había sido una institución prístina de origen autóctono, ajena a la influencia papal. Durante la guerra civil del siglo XVII, los parlamentarios adujeron que las libertades y los poderes representativos por los que luchaban habían sido ostentados por sus antepasados anglosajones y se habían perdido en 1066. En su mayor parte, se trataba de un mito, aunque perdurable y omnipresente. A fines del siglo XIX, esta tendencia adquirió un tono siniestro cuando se comenzó a ensalzar la supuesta superioridad racial de los anglosajones, lo que ha conducido a que hoy algunos autores crean que deberíamos abandonar el uso del término «anglosajón».[3]
Huelga decir que, dado el título del presente libro, no estoy de acuerdo con semejante propuesta. Es cierto que el término «anglosajón» nunca fue muy usado por los individuos a los que nos refiere dicho nombre, pues tendían a considerarse a sí mismos como «anglos» o «sajones». Pero fue empleado a finales del siglo IX por Alfredo el Grande, quien solía autodenominarse «rey de los anglosajones», y también por algunos de sus sucesores del siglo X. La idoneidad del término «anglosajón», como un modo conveniente de referirse a los diversos pueblos de habla inglesa que habitaron en las tierras bajas de Britania entre el abandono romano y la llegada de los normandos, responde a una larga tradición establecida que se remonta al menos quinientos años.
Lo importante es que tratemos de ver a estas personas tal como eran, y que intentemos desterrar las concepciones erróneas sobre ellos que se desarrollaron en los siglos posteriores. Esto no resulta fácil, ya que poseen un gran bagaje a sus espaldas. La entusiasta revitalización del uso de la onomástica personal anglosajona durante el siglo XIX hace difícil no pensar en los diversos Alfredos, Ediths y Haroldos, presentes en este
Página 14
relato, como si fueran honorables victorianos. La realidad, por supuesto, es que los anglosajones eran personas muy distintas tanto a nosotros como a nuestros antepasados más inmediatos. Al examinar sus vidas, hallaremos infinidad de caracteristícas que se nos pueden antojar admirables: su coraje, su piedad, su ingenio, su arte y su amor declarado por la libertad; pero también encontraremos infinidad de aspectos desconcertantes: su brutalidad, su intolerancia, su misoginia y su dependencia de la mano de obra esclava. Su sociedad produjo obras de arte que siguen deslumbrando e instituciones que aún nos acompañan, pero era muy desigual, patriarcal, intolerante y teocrática. A pesar de existir algunas similitudes, tales diferencias son lo que, a nuestros ojos, los vuelve fascinantes. Por ello, debemos comprenderlos, no idealizarlos.
En última instancia, nuestra concepción sobre los anglosajones ha de basarse en las fuentes históricas, aunque resultan extremadamente escasas durante la mayor parte del periodo. En la práctica, carecemos de registros textuales de ningún tipo para los primeros dos siglos transcurridos tras el fin del dominio romano sobre Britania, por lo que dependemos, casi por entero, de la arqueología. Esta situación mejora a medida que avanza el tiempo, pues han sobrevivido más fuentes textuales, pero todavía existen grandes lagunas en nuestro conocimiento. En ocasiones, los hechos importantes únicamente son conocidos gracias a una mención en un único documento o una sola moneda exhumada. A menudo, solo podemos establecer hipótesis, ya que no contamos con ninguna evidencia directa.
Y cuantas menos evidencias, más controversia. El hecho de que tantos aspectos resulten cuestionables significa que los debates académicos son innumerables. Entrar en ellos supone navegar por un amplio y caudaloso río en el que confluyen infinidad de corrientes historiográficas; e intentar resumirlas resulta igual de insensato que tratar de congelar una cascada. Un estudio definitivo acerca de este periodo resulta, por tanto, una tarea imposible. Lo que el lector hallará a continuación es una interpretación de las evidencias que se antoja plausible y las conclusiones más convincentes que he alcanzado. He tratado de exponer tales razonamientos siempre que me ha sido posible sin alterar la narración, pues resulta una historia extraordinaria. Al igual que un antiguo recitador de historias convocado por el rey para relatar los sucesos de épocas pretéritas, espero entretener a mi público.
Página 15
Página 16
La ruina de Britania
1
La caída de Roma
y la llegada de los sajones
Página 17
n noviembre de 1992, un granjero llamado Peter Whatling perdió un martillo en un campo próximo a la localidad de Hoxne (pronunciado EHoxen), en Suffolk. Como se negaba a aceptar que lo había extraviado para siempre, solicitó la ayuda a un amigo, Eric Lawes, a quien le habían regalado un detector de metales tras la jubilación. En el transcurso de los sondeos, Lawes percibió una fuerte señal y comenzó a excavar e hizo un descubrimiento tan insólito que, de inmediato, se puso en contacto con la policía y las autoridades locales. Al día siguiente, acudió un equipo de la Unidad Arqueológica de Suffolk para
completar las excavaciones con una notable discreción.
Lo que el señor Lawes había encontrado resultó ser uno de los tesoros romanos más espectaculares jamás inhumados en Gran Bretaña. Incluía veintinueve piezas de orfebrería en oro: pulseras, anillos, collares y una cadena corporal extremadamente rara, decorada con piedras preciosas. Este ocultamiento incluía una rica variedad de elementos de vajilla de plata: cuencos y platos, pimenteros ornados con formas de animales y figuras humanas, además de casi un centenar de cucharones y cucharas. Aunque lo más significativo era la enorme cantidad de monedas: 584 de oro y más de 14 000 de plata. Este hecho, por sí solo, lo convertía en un hallazgo en verdad excepcional, pues, de un plumazo, hizo que casi se duplicara el número de acuñaciones tardorromanas descubiertas en Gran Bretaña. Por si fuera poco, también encontraron el martillo del señor Whatling.
Un hallazgo como el tesoro de Hoxne (imagen a color n.º 1), conservado en el Museo Británico junto con el ya célebre martillo, plantea toda clase de interrogantes. ¿Quién era su dueño? ¿Quién lo enterró? ¿Cuándo y por qué? Por lo general, este tipo de preguntas no pueden responderse con certeza, aunque, en el caso que nos ocupa, existen algunas evidencias que nos sirven de ayuda. Varias cucharas tienen nombres inscritos y, con diferencia, el que aparece con mayor frecuencia es el de Aurelio Ursicino. Por desgracia, ignoramos de quién se trataba, ya que no se le menciona en ninguna de las fuentes textuales sobre la Britania romana, pero cabe suponer que era el dueño de las cucharas y, por lo tanto, es posible que de todo el tesoro. Lo que no podemos afirmar con certeza es si aún se hallaba con vida en el momento en que este tesoro fue enterrado. Aunque, para determinar cuándo esto se produjo, nos encontramos en un terreno más firme, gracias a la presencia de las monedas. Estas emisiones
Página 18
pueden fecharse a partir de las efigies de los emperadores que aparecen en ellas, y las más tardías se acuñaron entre los años 407 y 408 d. C. El momento exacto en que el tesoro fue después enterrado es ya otra cuestión.[1]
Todo ello nos conduce a la pregunta más importante de todas: ¿por qué ocultaron bajo tierra esta suntuosa selección de objetos preciosos junto a una inmensa cantidad de dinero? En la actualidad, los expertos suelen mostrarse cautelosos a la hora de establecer juicios definitivos sobre tales asuntos y apuntan una gran variedad de posibles motivos. En ocasiones, tales tesoros se enterraron junto a sus antiguos dueños y, por consiguiente, constituyen un ajuar funerario. Otras veces, el contexto arqueológico parece más bien apuntar hacia una ofrenda votiva, en caso de que se hubiera arrojado el tesoro a un pozo o se hubiese enterrado cerca de un santuario. Aunque las explicaciones de carácter ritual siempre son factibles, existe un factor primordial que ha impulsado a las gentes de todos los periodos históricos a enterrar sus objetos de valor: el temor a que les fueran arrebatados por la fuerza. Si representamos en un gráfico el número de tesoros conocidos en las islas británicas a lo largo de los siglos, el mayor pico, por un amplio margen, se produce durante las guerras civiles de la década de 1640, pero también existe un marcado incremento durante la conquista normanda y las invasiones vikingas. En 1667, el cronista Samuel Pepys se sintió lo bastante atemorizado ante una incursión holandesa en el Támesis que reunió todas las monedas de oro que poseía en Londres y se las envió a su esposa para que las enterrara en su finca de Cambridgeshire.
El miedo siempre se compensa con la esperanza. Quienes, ante una amenaza, escondían sus objetos de valor en el subsuelo, obviamente lo hacían con la esperanza de recuperarlos una vez que esta hubiese finalizado, y parece probable que esa fuera la intención de quien enterró el tesoro de Hoxne. Dicho tesoro había sido minuciosamente empaquetado en un arca de roble que se descompuso con el tiempo, a juzgar por los restos de las bisagras y cerraduras, mientras que algunos artículos se habían introducido en pequeñas cajas de madera o envuelto en tela. No cabe duda de que no se trataba del botín de unos ladrones. Quien realizó el enterramiento, lo hizo con sumo cuidado, casi con toda certeza con la intención de regresar después para desenterrarlo en cuanto considerase que las condiciones resultasen más seguras, como hizo Samuel Pepys con su
Página 19
pecunio en el otoño de 1667. Sin embargo, a diferencia de Pepys, el propietario del tesoro de Hoxne jamás llegó a hacerlo.
En palabras del historiador John Maddicott, los ocultamientos, por tanto, suponen «indicadores fiables de conflictividad». Quizá, para los legos, lo más sorprendente acerca del tesoro de Hoxne es que distaba mucho de ser un caso aislado: se han exhumado más de mil tesoros procedentes de la Britania romana. Pocos hallazgos son tan suntuosos como el de Hoxne, aunque se han descubierto otros de una calidad similar también en Anglia Oriental, en Mildenhall, Eye y Thetford. La mayoría de estos hallazgos están datados en el siglo IV d. C., y el número de ocultamientos aumenta de un modo notable a medida que avanza el siglo. Hacia el año 400 d. C., si nos basamos solo en los descubiertos y documentados en época moderna, las élites de la Britania romana inhumaban un promedio de diez tesoros al año.[2]
Los motivos de este comportamiento no resultan difíciles de entender, ya que en esa fecha el Imperio romano se hallaba sumido en profundos desórdenes, y en ningún lugar más que en Britania, su provincia más septentrional.
Cuando se enterró el tesoro de Hoxne, los romanos habían dominado Britania durante casi medio milenio. Julio César dirigió la primera incursión militar en el 55 a. C., pero no obtuvo ninguna ganancia territorial. No fue hasta casi un siglo después, en el año 43 d. C., cuando el emperador Claudio emprendió la conquista a gran escala y obtuvo la sumisión de los gobernantes del sur de la isla, después de impresionarlos gracias al poder de un ejército capaz de transportar elefantes de guerra a través del canal de la Mancha. Fueron necesarios otros cuarenta años de campañas para someter al resto de las tierras bajas; un proceso interrumpido por la célebre revuelta de Boudica en el año 60 d. C., aunque hacia finales del primer siglo de nuestra era ya se habían establecido los límites de lo que sería la Britania romana.
En ese mismo periodo, y durante el siglo II, se impusieron los consabidos rasgos de la civilización romana. Por primera vez en Britania, surgieron pueblos y ciudades según una ordenada disposición en cuadrícula, que contaban con termas, teatros, templos, monumentos y basílicas, todos construidos fastuosamente en piedra y algunos revestidos
Página 20
de mármol. La urbe más importante era Londres, fundada poco después de la invasión de Claudio, para servir de centro administrativo de la provincia recién creada. Con una muralla de unos tres kilómetros de longitud, que delimitaba un área de 134 hectáreas, albergaba una población de tal vez cincuenta mil almas y su foro era el más grande al norte de los Alpes.
Conectar las treinta ciudades y las setenta poblaciones suponía una infraestructura tan extensa y sofisticada que solo reaparecería en Britania más de mil años después. Las calzadas unían los nuevos centros urbanos con sus zonas agrarias de influencia, se construyeron puentes sobre los principales ríos y estos se unieron entre sí mediante canales. Estos grandes logros de ingeniería estaban diseñados principalmente para beneficio del ejército, pero también facilitaron los vínculos comerciales con el resto del imperio. Las naves llegaban a Britania con productos y mercancías de toda Europa e incluso más lejos, a una escala que no se igualaría hasta finales de la Edad Media.[3]
Por consiguiente, en la Britania romana la vida de algunos resultaba extremadamente buena. En el campo y en las ciudades, los ricos residían en villas con docenas de estancias, paredes con frescos, suelos con mosaicos, fontanería interior y calefacción por suelo radiante. Bebían vino y cocinaban con aceite de oliva importados, y disfrutaban de unos lujos que habría envidiado cualquier aristócrata británico anterior al siglo XVIII. Sin embargo, para otros muchos, la vida pudo no haber sido tan placentera. A causa de su innegable grandeza y sofisticación, el Imperio romano siempre ha suscitado admiración, aunque recientemente algunos expertos han señalado que la extremada riqueza de las élites dependía de la violenta explotación del grueso de la población, que en gran medida está ausente de los registros arqueológico y textual. En la década de 1960, se descubrió un cementerio en Poundbury en Dorset, en las afueras de la ciudad romana de Dorchester, con los restos de más de mil doscientos britanos ordinarios del siglo IV. La mayoría de los vestigios óseos mostraban signos de desgaste asociados a años de duro trabajo y desnutrición prolongada. En opinión del historiador David Mattingly, «bajo el dominio romano, por cada ganador había cien perdedores».[4]
Dicho esto, para quienes se hallaban en la parte baja de la escala social, la vida en Britania antes de la llegada de los romanos no era necesariamente mejor, ya que la esclavitud era una institución igual de común en la sociedad celta. Otros historiadores, asimismo, aducirán que,
Página 21
aunque la enorme sofisticación y complejidad de la economía romana benefició al conjunto de la sociedad, esto no se produjo en la misma medida para todos. La enorme cantidad de cerámica hallada en las excavaciones arqueológicas de los yacimientos romanos prueba que esta se fabricaba a una escala industrial, realizada en tornos de alfarero y cocida en hornos a altas temperaturas, lo que acarreó un acceso universal a platos, cuencos y jarras de excelente calidad, y que incluso modestos edificios, como graneros y establos, contaran con techumbre de tejas. Cabe
suponer que los artículos de menor pervivencia —forja, manufacturas de cuero y textiles— también se producirían en masa. Los romanos, asimismo, mejoraron la productividad agrícola, al introducir un arado pesado con vertedera, que sustituyó otro modelo inferior que solo arañaba la superficie. Se drenaron pantanos y se talaron bosques. La población incrementó hasta una cifra estimada entre dos y seis millones de almas, una demografía que, incluso en su estimación más baja, no se volvería a alcanzar hasta la época de la conquista normanda. Los pueblos y las ciudades romanas, minuciosamente diseñados con desagües y alcantarillas, disponían de un saneamiento mejor que los medievales. Antes de la llegada de Roma, los britanos conocían la moneda, aunque lejos de los niveles de circulación que tendría después. Este nivel de desarrollo exigía una alfabetización. Hubo un momento en el que se requería que todos los soldados del ejército romano supieran leer. Aunque esa condición fue finalmente eliminada, para que el comercio a larga distancia floreciera y la administración funcionase, una parte significativa de la sociedad debía saber leer y escribir.[5]
Los romanos —desde comienzos del siglo III, todos los habitantes del imperio poseían la ciudadanía, con independencia de su origen—, de algún modo asumían que esta situación perduraría para siempre, ya que el Imperio sería eterno. Y, sin embargo, en apenas una generación, todo eso desapareció. Los pueblos y ciudades se desmoronaron y arruinaron, las monedas dejaron de acuñarse y los productos más básicos desaparecieron, lo que forzó a mucha gente a rebuscar entre la basura para subsistir o a aprovecharse de los más vulnerables.[6]
¿Qué es lo que falló?
Página 22
La prosperidad del Imperio romano dependía de la paz; una paz garantizada por un ejército profesional bien entrenado, remunerado y equipado, que contaba con un armamento producido en masa junto a sofisticadas máquinas de guerra. Tras someter a los pobladores de las tierras bajas de Britania unas décadas después de la invasión de Claudio, el contingente romano quedó estacionado de forma permanente ante los pueblos del norte de la isla, un territorio más difícil de conquistar y menos rentable a nivel económico. Se construyeron grandes fortalezas legionarias, capaces de albergar a miles de hombres, en Caerleon, Chester y York; desde estas bases principales, surgía una extensa red de fuertes menores para las guarniciones, a través de colinas y valles, para controlar o aislar a los pueblos celtas que habitaban en el margen noroccidental de la isla, en las actuales Escocia, Gales e Irlanda. En el año 122 d. C., el emperador Adriano visitó Britania y decidió delimitar el límite septentrional del imperio con la construcción del famoso muro que lleva su nombre, y que se extendía desde el Mar de Irlanda hasta el mar del Norte, jalonado de fuertes a lo largo de sus 112,6 kilómetros de longitud (imagen a color n.º 2). Según un biógrafo contemporáneo, su propósito era «separar a los romanos de los bárbaros».
Durante su apogeo en el siglo II, el número de soldados acantonados en esta extensa región fronteriza era enorme, unos cincuenta mil hombres, más de una décima parte del ejército imperial. En la siguiente centuria, esta cifra se redujo de forma drástica, hasta suponer un tercio del máximo alcanzado antes del año 300 d. C. Esta reducción en el gasto militar produjo una sucesión de efectos económicos para el conjunto de Britania. En toda la provincia, las ciudades se redujeron de tamaño y sus monumentos y edificios públicos dejaron de repararse y se deterioraron. Londres se vio especialmente afectada, pues su población cayó en picado y gran parte de sus construcciones se desmantelaron.[7]
Página 23
Figura 3: El aspecto cambiante del Richborough romano. Arriba: Reconstrucción del
Página 24
fuerte romano de Richborough, en torno al año 120 d. C., convertido en un puerto próspero. © Archivo Histórico de Inglaterra. En medio: Se observa cómo quedó reducido a un pequeño fuerte a mediados del s. III mediante la adición de fosos, gracias al artista Ivan Lapper (English Heritage / Heritage Images / Getty imágenes). Abajo: Por último, se amplió y amuralló a finales del siglo III como se ve en esta fotografía aérea. © Archivo Histórico de Inglaterra.
Al mismo tiempo, hacia mediados del siglo III, surgió una nueva amenaza, los invasores llegados del otro lado del mar comenzaron a atacar y saquear la costa sudoriental de Britania. Procedían de Germania, un poliédrico término empleado por los romanos para referirse a las regiones europeas que se hallaban fuera de su imperio, al norte de los ríos Rin y Danubio y al oeste del Vístula. A los germanos que en ese momento asaltaban Britania se les llamaba sajones.
A pesar de este declive y de tales amenazas, se preservó la paz en Britania. Aunque el número de tropas se hubiese reducido, se realizó un gran esfuerzo para mejorar las defensas físicas. Una gran inversión económica, desconocida hasta la fecha, se destinó a las murallas de las ciudades y a construir un sistema de fortalezas a lo largo de la costa del sur y el este de la isla. En Richborough, Kent, el bullicioso puerto que había prosperado en época romana debió de ser asolado por los sajones, ya que, a mediados del siglo III, su tamaño se redujo radicalmente, y la zona central quedó rodeada por una triple línea de fosos que atravesaba, sin miramientos, tiendas y almacenes. A finales de ese siglo, el conjunto de la ciudad se había transformado en una formidable fortaleza, con muros de piedra de siete metros de altura y más de diez de grosor. En otros enclaves se construyeron estructuras similares, como en Portchester, Pevensey y Caister-on-Sea, conocidas en su conjunto como los fuertes de la costa sajona. Mientras tanto, la vida en aldeas y ciudades de algún modo se mantuvo. Se construyeron nuevas villas y las antiguas zonas de factorías se transformaron en jardines y huertos. En el ámbito rural, algunas de las villas romanas más grandiosas se erigieron a principios del siglo IV.[8]
Sin embargo, a medida que avanzamos en el siglo IV, la situación se antoja menos optimista. Aparecen las primeras menciones a los pictos, un belicoso pueblo del norte de Britania, y a medida que pasan las décadas podemos percibir una creciente ansiedad ante sus ataques. Las defensas
Página 25
del Muro de Adriano se reconstruyeron de forma repetida y en el año 343 el emperador Constante dirigió en persona una expedición contra la amenaza picta. En la década del 360, se documentan invasores cruzando el mar desde Irlanda, los escotos y los attacotti. Esta crisis se agravó en el 367 hasta el extremo de producirse un motín generalizado en el Ejército romano, que requirió una nueva expedición militar llegada del continente para restablecer el orden.[9]
La historiografía moderna se muestra dividida sobre el alcance de esta «restauración». Algunos historiadores lo consideran un éxito que habría devuelto a Britania la prosperidad de antaño, una pujanza reflejada en las continuas inversiones en grandiosas villas y defensas urbanas. Otros, sin embargo, no se muestran tan convencidos y consideran los hechos del 367-368 un duro golpe del que la provincia jamás se recuperó. Un estudio de todos los yacimientos romanos conocidos en Gran Bretaña, que registra el número de hábitats ocupados de una generación a otra, sugiere que este territorio se hallaba en franco declive desde comienzos del siglo IV. Hacia el año 375, la ocupación de las villas se había reducido en un tercio y en las ciudades a la mitad. Estas cifras sugieren que las clases populares se habían visto golpeadas con dureza por las repetidas incursiones bárbaras.
[10] Aunque lo que en realidad selló el destino de Britania fueron los ataques llegados del otro extremo del imperio.
El Imperio romano era célebre por su amplitud, pues se extendía desde el Atlántico en occidente hasta Arabia en oriente, y abarcaba todas las tierras que rodeaban el Mediterráneo, el mar del «Centro del Mundo». Tan vasto, de hecho, que en última instancia resultó imposible gobernarlo desde una sola capital, de modo que, en el año 286 d. C., quedó dividido en dos: la mitad occidental comprendía Italia, Hispania, la Galia y Britania, mientras que la oriental incluía los Balcanes, Grecia, Palestina y Egipto. A partir de ese momento, salvo un par de periodos excepcionales, siempre hubo dos emperadores, gobernando dos imperios separados, con dos ejércitos diferenciados.
No existe una única explicación consensuada sobre las causas del desmoronamiento de esta colosal estructura política, aunque un factor ampliamente asumido como desencadenante fue la aparición de los hunos. Un pueblo nómada originario de las extensas llanuras de Asia Central, que,
Página 26
en palabras de un autor romano coetáneo, era un «pueblo rudo e indomable, ávido de apoderarse de lo ajeno». Hacia el año 376, esos «otros» incluían a los godos, un pueblo más sedentarizado que habitaba en la frontera norte del Imperio romano oriental. Ese año, a causa de los ataques hunos, miles de godos solicitaron y obtuvieron permiso para cruzar el Danubio y asentarse en territorio imperial. No obstante, las relaciones entre los refugiados y sus anfitriones romanos pronto se deterioraron, lo que desencadenó una rebelión y, al final, una batalla a gran escala en Adrianópolis (la actual ciudad de Edirne, en Turquía). El desenlace supuso un colosal desastre para Roma: dos tercios del ejército del imperio oriental, quizá diez mil hombres, fueron aniquilados, y el propio emperador Valente se halló entre los muertos.[11]
Esta catástrofe en el este acarreó unas consecuencias inmediatas para occidente. Es probable que algunas tropas fueran enviadas a oriente para compensar las pérdidas en Adrianópolis, pero resultó aún más importante la decisión de reubicar la capital occidental. Durante el siglo anterior, la mitad occidental del imperio había sido gobernada desde la ciudad de Tréveris (actual Trier), en la actual Alemania y entonces en la provincia romana de la Galia. No obstante, en el 381, el emperador Graciano, probablemente debido a la crisis en los Balcanes, abandonó Tréveris y trasladó su corte a Milán. Una mala noticia para la Galia, ya que la presencia del emperador era una fuente de patrocinio para las élites locales y un importante respaldo para la economía regional.[12]
También supuso una pésima noticia para Britania, ya que la isla estaba igual de involucrada en la urdimbre política y económica del imperio. Varios autores romanos mencionan que desde Britania se enviaba grano para abastecer a las tropas imperiales en el Rin y, por consiguiente, podemos suponer que también se exportaban otros productos desde la isla a Tréveris. Parece probable que Britania se viera muy afectada por el traslado de la corte imperial. Solo dos años más tarde, en el 383, el ejército romano de Britania se rebeló para aclamar a su líder, Magno Máximo, como nuevo emperador de Occidente. Con presteza invadió la Galia, derrotó y asesinó a Graciano y, acto seguido, restauró Tréveris como sede de la corte imperial.[13]
Sin embargo, este intento de cambiar el rumbo de los acontecimientos duró muy poco. Cinco años después, Máximo también fue derrotado y muerto en batalla por el nuevo emperador de Oriente, Teodosio, y la corte
Página 27
de Occidente de nuevo se trasladó a Italia. Este mazazo a las aspiraciones britanas se vio agravado por el hecho de que, para lograr la usurpación, Máximo se había llevado tropas de la provincia, que perecieron con él o se quedaron en el continente europeo. Una fuente coetánea, conocida como Notitia Dignitatum (Listado de dignidades), apunta a que, en la década del 390, los soldados que habían estado acantonados en Caernarfon, al norte de Gales, en ese momento se hallaban en los Balcanes, mientras que la legión antes establecida en Caerleon, al sur de Gales, fue trasladada a Richborough, un fuerte diez veces más pequeño. Las evidencias arqueológicas en ambos yacimientos sugieren que la presencia militar romana en Britania estaba disminuyendo muy rápido.[14]
Mientras tanto, en el corazón del imperio, la crisis continuaba aumentando. Teodosio, que desde el 392 había gobernado tanto Oriente como Occidente, murió tres años después y dividió el imperio entre sus dos hijos, ambos jóvenes e inexpertos. Arcadio, que gobernaba en Oriente, tenía diecisiete años; Honorio, que sucedió a su padre en Occidente, tan solo diez. Las disputas por el trono se sucedieron, al igual que las guerras civiles entre facciones, mientras que la amenaza de los bárbaros seguía agravándose: en los años 401 y 402, los godos invadieron la propia Italia.
[15]
Estos tumultuosos eventos debieron tener un impacto en Britania, aunque no podemos precisar cuál fue con exactitud. Lo que sí sabemos es que el 402 es el último año en el que las monedas romanas aparecen en el registro arqueológico de Britania en cantidades significativas. La acuñación de monedas en Londres había cesado tras la muerte de Magno Máximo en el 388 y desde entonces la provincia dependió de las emisiones del continente, sobre todo de Milán. Sin embargo, en el 402 las autoridades romanas consideraron que Milán estaba demasiado cerca de los conflictos de más allá de los Alpes, y la ceca se trasladó a Rávena. Tras este traslado, la llegada masiva de monedas a Britania cesó de súbito.[16]
Para el ejército romano establecido en esta provincia, debió de ser la gota que colmó el vaso: no recibir la paga es muy probable que hubiera producido el descontento de los soldados. Por supuesto, aún habría moneda en circulación, pero sin el suministro regular desde el continente no sería suficiente. Sin duda, las autoridades britanas hicieron todo lo posible para paliar el problema. La gran mayoría de las monedas que nos han llegado de la Britania tardoimperial muestran signos de «recorte», es
Página 28
decir, de haberse retirado cierta cantidad de plata del borde. En el caso del tesoro de Hoxne, el 98,5 % de sus 14 500 monedas de plata habían sido mutiladas de esta forma, por lo que algunas habían perdido casi un tercio de su peso original. Es probable que fuera un intento de las autoridades de aumentar la circulación monetaria, ya que después del 402 hallamos monedas acuñadas en Britania que son imitaciones de emisiones imperiales auténticas, lo que sugiere que al menos parte de la plata recortada de las monedas más antiguas se estaba reciclando para las nuevas acuñaciones. El tesoro de Hoxne contiene 428 copias de este tipo, y todas se habían recortado.[17]
Por lo tanto, a principios del siglo V, a las tropas britanas se les pagaba en una moneda cuya circulación se reducía ostensiblemente cada año, y podemos suponer que, en muchos casos, no recibían paga alguna. Para el año 406, la situación del ejército sin duda resultó insostenible. En el verano de ese año, los soldados se rebelaron y aclamaron a un tal Marco como nuevo emperador. Hacia el otoño, había sido depuesto por un cierto Graciano, quien, a su vez, fue asesinado tras solo cuatro meses de reinado y reemplazado por un soldado raso llamado Constantino. Esta rápida rotación en el liderazgo sugiere que el problema iba más allá de las cuestiones personales y se estaba produciendo una lucha entre facciones que defendían distintas políticas, en especial sobre la relación de Britania con el resto del imperio. Estos debates adquirieron una mayor urgencia a finales del 406, momento en el que varios pueblos bárbaros —los vándalos, los alanos y los suevos— cruzaron la frontera del Rin e invadieron la Galia, lo que habría provocado una conmoción entre los britanos, al pensar que podían ser los siguientes.
Página 29
Figura 4: Tres monedas del tesoro de Hoxne, que muestran la reducción de su tamaño debido al recorte. Fotografía tomada por Chris Keating en el transcurso de un taller en el Museo Británico. Dominio público.
La sustitución de Graciano por Constantino, acaecida poco después, sugiere el triunfo de quienes pensaban que la mejor forma de defensa era el ataque. Inmediatamente después de su ascenso al poder, este aspirante a usurpador marchó hacia la Galia, con la intención de deponer al emperador en funciones. Su nombre, a decir de las fuentes, otorgó esperanza a la gente, quizá porque evocaba el recuerdo de Constantino el Grande, que había sido proclamado emperador en Britania casi un siglo antes y logró unir un imperio dividido. Por desgracia, el nuevo Constantino no estuvo a la altura de su ilustre tocayo. Después de algunos éxitos iniciales, se ganó la implacable enemistad de su rival, Honorio, al ejecutar a varios de sus parientes, y a su vez fue apresado y decapitado por tropas imperiales leales.
Lo que le supuso un desastre personal a Constantino se convirtió en una calamidad aún mayor para el país que había dejado atrás. En su intento de triunfar en el continente, debió de llevarse consigo gran parte de las tropas acantonadas en Britania, lo que redujo aún más sus ya mermadas defensas. Si alguien había alertado ante semejante apuesta al todo o nada, pronto quedó patente que estaba en lo cierto. Poco después de la partida de las tropas, probablemente en el año 408, la provincia fue devastada por una invasión sajona.[18]
Había llegado el turno al resto de la población para rebelarse. Según el historiador griego Zósimo, que escribía a principios del siglo VI, los ataques bárbaros condujeron a los britanos a «hacer defección del Imperio romano y a vivir independientemente, dejando de prestar obediencia a las
Página 30
leyes de aquellos». Fue una extraordinaria decisión alentada por el calamitoso estado al que los habían llevado los sucesos de las últimas décadas. El propósito del Estado romano era garantizar la paz a su ciudadanía mediante un ejército bien entrenado; si dicho ejército estaba ausente, o resultaba tan precario que no podía impedir las violentas incursiones marítimas, ¿de qué servía pagar impuestos o acatar una ley que prohibía a los civiles portar armas? La autodefensa era sinónimo de autogobierno. Los britanos, nos dice Zósimo, «ciñéndose entonces las armas, […] afrontaron el riesgo de su propia defensa y libraron sus ciudades de los bárbaros que las amenazaban […] al tiempo que expulsaban a los magistrados e instituían a su albedrío formas propias de gobierno».[19]
Pudo dar la impresión de que la revuelta del 409 supuso un gran éxito, ya que la pequeña y valiente Britania se había deshecho del dominio romano y, gracias a ello, había vencido a los bárbaros. En realidad, semejante decisión condujo a la provincia romana hacia un abismo. Una vez cortados los vínculos económicos y políticos con el Imperio, la antigua provincia entró en barrena. El registro arqueológico, antes tan abundante, se vuelve tan tenue que resulta casi imperceptible. La cerámica de calidad desaparece, al igual que los artículos de forja más comunes, como los clavos. Su repentina desaparición indica no solo que tales industrias se arruinaron poco después del 410, sino que, en una generación, las villas y las ciudades de la Britania romana habían sido abandonadas casi por completo. Las implicaciones de estos datos son insoslayables: la sociedad se había derrumbado. En palabras de un historiador moderno, «probablemente supuso el momento más dramático de colapso social y económico en toda la historia británica».[20]
Las implicaciones adicionales son terribles. El abandono de los pueblos y villas significa que un gran número de personas debió de haber deambulado en busca de refugio y comida. Además, el fracaso de las redes convencionales de comercio y transporte indica que los alimentos debieron escasear. Y la ausencia de un ejército habría provocado un aumento de los saqueos, pillajes y robos. Los ricos podían emplear su riqueza para contratar protección armada, aunque obviamente no podían permanecer en unas residencias lujosas, aunque carentes de fortificaciones. El resto de la población habría tenido que valerse por sí misma. De una forma u otra, como sucede cuando los estados modernos fallan y la sociedad civil se
Página 31
disuelve, un gran número de personas debieron de perecer a causa del hambre, la violencia y las enfermedades.[21]
Este fue el momento en el que se produjo el ocultamiento de Hoxne. Las monedas más recientes del tesoro, tan solo ocho, muestran el rostro de Constantino, el usurpador britano aclamado en el 407, y fueron acuñadas antes de la muerte de su homólogo oriental, Arcadio, en el 408. El hecho de que las ocho estén recortadas y presenten otros signos de desgaste sugiere que debieron de circular durante algún tiempo tras su emisión, por lo que el tesoro pudo haber sido enterrado una o dos décadas después. Durante ese tiempo, no habría oportunidades de cenar con saleros de plata ornamentados o lucir joyas con incrustaciones de gemas, y existía una posibilidad cada vez mayor de que los artefactos les fueran robados o incautados mediante la violencia. De ahí, supuestamente, procede la decisión de ocultarlos.[22]
Todo con la posible esperanza de que los malos tiempos en algún momento pasaran y que el dominio romano se restaurara, como siempre había ocurrido en el pasado.
Lo más probable es que, durante esos años, Britania siguiera sufriendo repetidas incursiones bárbaras. Carecemos de pruebas contundentes, porque los asaltantes, a diferencia de los colonos, dejan escasos testimonios arqueológicos, y allá donde el registro arqueológico muestra evidencias de pueblos y villas destruidos por incendios, la tendencia actual ha sido asumir que obedecen a causas accidentales y no deliberadas. No obstante, dada la falta de soldados para ocupar los fuertes costeros y el fallo en la coordinación y las comunicaciones, los bárbaros que, durante décadas, habían probado suerte en Britania, ahora tenían un objetivo mucho más fácil ante sí. El caos social desatado a raíz de la revuelta y las multitudes de gentes desplazadas y vulnerables convirtieron a la antigua provincia en un perfecto coto de caza para las incursiones en busca de botín, ganado o esclavos. La tradición posterior nos ha hecho suponer que los pictos y los escotos suponían la peor amenaza y, sin duda, esto sería cierto cuanto más al norte se viajara. Pero en el sur y el este de Britania, los sajones supondrían la principal amenaza.
A pesar de que no existen descripciones contemporáneas sobre los sucesos de Britania, los invasores sajones son mencionados por algunas
Página 32
fuentes del otro lado del canal de la Mancha, en la Galia del siglo V. En el año 455, un aristócrata y poeta galorromano llamado Sidonio Apolinar menciona de pasada al «para quien es un juego surcar con su barca de piel el mar bretón y hendir con un esquife cosido el verde mar».[23] Algunos años más tarde, este mismo autor aporta un panorama más completo en una misiva dirigida a un amigo encargado de repeler las incursiones a lo
largo de la costa atlántica. «El sajón —escribió—, es el más feroz de todos los enemigos. Viene sobre ti sin previo aviso; cuando esperas su ataque, se escabulle. La resistencia solo le induce al desprecio; un oponente temerario pronto cae […] Los naufragios no le producen terror, solo le suponen entrenamiento. El suyo no es simple conocimiento de los peligros del mar; los conoce tanto como a sí mismo».[24]
No fue solo la ferocidad y el coraje de los sajones lo que perturbó a sus oponentes, sino también su carácter pagano. Los romanos antaño adoraron a un panteón de diferentes dioses, pero a lo largo del siglo IV los dejaron de lado en favor del cristianismo. Durante el reinado de Constantino el Grande (reg. 306-337) la persecución de los cristianos cesó y su credo se convirtió en la religión oficial del Imperio. En cada provincia surgieron nuevas iglesias y una nueva jerarquía de sacerdotes encabezada por los obispos. Sidonio, que había iniciado su carrera como diplomático, finalmente se convirtió en el obispo de Clermont-Ferrand.[25] En consecuencia, se mostró horrorizado ante el paganismo de los piratas sajones que, como la mayoría de los pueblos de más allá de la frontera norte del Imperio, no se habían convertido y se aferraban de forma obstinada a sus creencias paganas.
«Cuando los sajones zarpan desde el continente —explica—, es su costumbre, al regresar a sus hogares, arrojar a uno de cada diez cautivos a las aguas». Esta práctica, añade, resultaba más deplorable por el hecho de que respondía a una creencia sincera: «estos hombres están obligados por unos votos que han de ser pagados con víctimas; consideran un acto religioso perpetrar esta horrible matanza y obtener la angustia del prisionero en lugar de un rescate».[26]
Estos piratas paganos debieron de asaltar Britania a principios del siglo V y causar estragos tierra adentro, aprovechando y contribuyendo al desmoronamiento social. En el año 429, se pidió a otro obispo galorromano, Germán de Auxerre, que cruzara el canal de la Mancha para combatir el surgimiento de una herejía y acabó ayudando a una comunidad
Página 33
de britanos sitiados por una horda de pictos y sajones, una lucha que ganó cuando bautizó a los defensores y les ordenó entonar el aleluya como grito de guerra. Esta historia proviene de una biografía de Germán redactada medio siglo después para demostrar su santidad y, por lo tanto, resulta improbable que sea cierta en todos los aspectos, aunque presenta dos cuestiones importantes. Primero, que en Britania todavía existían personas hacia el año 429 que trataban de defender la autoridad pública, lo bastante preocupadas por la propagación de la herejía como para solicitar ayuda fuera de la isla. Y, en segundo lugar, que estas autoridades britanas estaban sumidas en una lucha existencial contra los invasores bárbaros y, a pesar de la ayuda incondicional de Germán, cada vez les resultaba más difícil hacerlos frente. En palabras del biógrafo posterior del obispo, estaban sumidos en una «contienda totalmente desigual».[27]
Todo esto nos lleva a la parte más célebre de la historia. Es bien conocida porque la relató Beda el Venerable, cuya Historia eclesiástica del pueblo de los anglos sin duda constituye la obra más importante e influyente de todo el periodo anglosajón. Según Beda, los britanos, «absolutamente ignorantes de los usos de la guerra», se vieron reducidos a un estado tan miserable a causa de los ataques pictos y escotos que celebraron un consejo en el que decidieron emplear a extranjeros para que luchasen en su nombre. Por invitación de su rey Vortigerno, una fuerza de guerreros sajones llegó a Britania en tres barcos y se les cedió un lugar donde asentarse en la parte oriental de la isla. En un principio, estos mercenarios realizaron una labor eficiente, ya que obtuvieron una victoria contra los enemigos que habitaban al norte de los britanos.
Sin embargo, como Beda sigue en su explicación, los sajones albergaban la intención oculta de conquistar todo el país. Después del éxito inicial, enviaron un mensaje a sus países de origen en el que decían que Britania era una tierra fértil y que los britanos eran unos cobardes. Muy pronto, llegó una flota sajona mucho mayor, que se unió a la hueste original para formar un ejército invencible. No pasó mucho tiempo antes del inevitable desenlace. Los sajones hicieron las paces con los pueblos del norte contra los que se suponía debían luchar y volvieron sus armas contra sus huéspedes britanos, exigieron mayores recompensas por su servicio y amenazaron con devastar toda la isla si no se cumplían sus demandas. Cuando no les llegaron más entregas, los sajones incendiaron y devastaron Britania de un mar a otro. «Se derrumbaban los edificios tanto públicos
Página 34
como privados —afirma Beda—, los sacerdotes eran asesinados a mansalva entre los altares, los prelados y sus pueblos a una eran exterminados por igual sin consideración alguna de la dignidad por la espada y por el fuego, y no había quien diera sepultura a los que habían sido asesinados de manera tan cruel».[28]
A pesar de su fama, la historia de Beda no puede tomarse al pie de la letra. El principal problema reside en que supone una fuente muy tardía: Beda escribía a principios del siglo VIII, trescientos años después de los hechos que pretende describir, y durante ese tiempo la historia de la llegada de los sajones había adquirido un carácter legendario. Por ejemplo, la afirmación de que la hueste inicial llegó en tres barcos, además de ser en sí misma improbable, supone un lugar común reproducido en los mitos de origen de otros pueblos del norte de Europa. La mención de un líder britano llamado Vortigerno también resulta sospechosa, ya que este nombre significaba algo así como «alto gobernante» en lengua britona. Beda, asimismo, menciona a los líderes sajones como Hengist y Horsa, de los que dice que eran hermanos. Al parecer, se trataba de una tradición local de Kent y resulta aún menos probable que posea alguna base histórica: sus nombres se traducen como «castrado» y «caballo», y los hermanos con nombres aliterados son otra característica frecuente de los mitos fundacionales europeos. Resulta igual de improbable que Hengist y Horsa existieran como que lo hicieran Rómulo y Remo.[29]
A pesar de que ciertos retazos del relato de Beda son, sin duda, leyendarios, su fuente principal es una tradición textual. La historia de la llegada de los sajones fue redactada originalmente en pergamino por un autor britano llamado Gildas, en una obra que ha pasado a la posteridad como De excidio et conquestu Britanniae (Sobre la ruina y conquista de Britania). Supone un texto muy problemático, ante todo porque no sabemos casi nada sobre el propio Gildas. Se han vertido grandes cantidades de tinta discutiendo sus posibles fechas basándose en algunas menciones en su obra. En general, lo más probable es que viviera a principios del siglo VI y que escribiera su famosa obra en algún momento del segundo cuarto de esta centuria.[30]
El principal problema en torno a De excidio et conquestu Britanniae es que, en realidad, no se trata de una obra histórica, sino de una epístola dirigida a los gobernantes britanos de su propia época, donde los critica por sus múltiples pecados y faltas, al tiempo que los exhorta a reparar sus
Página 35
malos hábitos. Gildas incluye en su obra una introducción histórica para explicar el modo en que la sociedad de su época había alcanzado un estado tan lamentable, pero se vio dificultado por la falta de fuentes fiables. Como él mismo aclaró al comienzo, los invasores bárbaros habían quemado los libros más antiguos sobre la historia britana o se los habían llevado al exilio, lo que lo obligó a depender de las obras de autores foráneos que solo le aportaron una imagen muy incompleta. En consecuencia, no menciona ninguna fecha y comete varios errores clamorosos. A modo de ejemplo, afirma que el Muro de Adriano se construyó a causa de los ataques pictos a principios del siglo V, por lo que yerra al datar su construcción en casi trescientos años.[31]
Y, sin embargo, una vez presentadas todas estas advertencias, De excidio et conquestu Britanniae aún es el relato más valioso sobre la historia de la isla en el siglo V, y el único que puede se considerar remotamente coetáneo. El principal acontecimiento —la causa definitiva, según Gildas, de toda la miseria posterior de Britania— fue la llegada de los sajones. Su historia es más o menos idéntica a la reproducida después por Beda: los britanos, sometidos a los reiterados ataques de los pictos y los escotos, convocaron un consejo y decidieron emplear una fuerza de sajones como mercenarios. Estos guerreros llegaron primero en tres barcos y se asentaron en el sector oriental de Britania, aunque pronto se les unió otro contingente de mayor entidad. A diferencia de Beda, Gildas no afirma que los sajones se enfrentasen a los escotos y los pictos; en su relato, se limitan a volverse cada vez más exigentes y agresivos en las demandas a sus anfitriones britanos, antes de rebelarse por fin y devastar todo el país, un evento que Gildas describe en los mismos términos apocalípticos que Beda tomaría prestados después.[32]
¿Resulta creíble esta historia? Gildas era cronológicamente más próximo a estos supuestos sucesos que Beda, pero aun así escribió casi un siglo después de que estos ocurrieran, y su mención a que los sajones llegaron en tres barcos sugiere que la historia ya estaba contaminada por la leyenda. Además, ¿es de verdad plausible que los britanos quisieran emplear a los sajones como mercenarios, dada la evidencia, tanto directa como circunstancial, de que habían asaltado y saqueado Britania durante décadas con la misma furia que los escotos y los pictos? Gildas obviamente creía que no, ya que no menciona los ataques sajones previos a este episodio. En su narración, los sajones aparecen solo después de que
Página 36
los britanos tomaran la fatídica decisión de invitarlos, una decisión que Gildas furiosamente condena como el colmo de la locura.[33]
Tal vez, aunque resulte sorprendente, la respuesta a tales preguntas sea afirmativa: es perfectamente razonable pensar que los britanos decidieran emplear bárbaros para luchar en su nombre, ya que suponía una práctica romana habitual desde hacía mucho tiempo. A lo largo del siglo IV, estos guerreros se habían reclutado con asiduidad en los ejércitos imperiales, y algunos incluso ascendieron a las más altas jerarquías. A modo de ejemplo, Flavio Estilicón, el general de mayor rango en el Imperio de Occidente y su gobernante efectivo durante la minoría de edad de Honorio, era de origen vándalo. Constituyó una práctica que funcionó bien mientras los reclutas se integraban en el ejército regular y se romanizaban de manera efectiva. Lo que, en conjunto, funcionó peor fue una nueva política, establecida a finales del siglo IV, basada en contratar los servicios de ejércitos completamente integrados por bárbaros y bajo el mando de sus propios líderes. Estas tropas «federadas» a menudo demostraron ser mucho menos fiables y estaban expuestas a cambiar de bando de forma repentina con consecuencias desastrosas. Aunque, para entonces, la situación se estaba volviendo desesperada y tales intentos resultaron habituales.[34]
Tal fue la circunstancia en la que finalmente se encontraron los britanos tras su ruptura con Roma. El país estaba sumido en el caos y bajo constantes ataques de pictos, escotos y sajones. Las legiones se habían marchado hacía mucho tiempo y la población civil, que con anterioridad tenía prohibido portar armas, no pudo aprender las artes de la guerra de la noche a la mañana. En tal tesitura, resulta fácil entender por qué quienes ostentaban la autoridad pudieron tratar de remediar el problema reclutando a un grupo de bárbaros para luchar contra otros bárbaros.
¿Cuándo tuvieron lugar estos hechos? Beda, mucho más preocupado por las cronologías que Gildas, los sitúa durante el reinado del emperador Marciano, cuya ascensión al trono tuvo lugar en el 449, y esta fecha fue asumida (en realidad, celebrada) por autores posteriores como el año oficial de la llegada de los sajones. Pero Beda se equivocó a causa de un error de su principal fuente, De excidio et conquestu Britanniae, en la paráfrasis a una carta que, casi con total certeza, se redactó después de la revuelta sajona, y que Gildas había insertado de forma acrítica en su narración antes de la llegada de los sajones. Beda, que tal vez dedujo a
Página 37
partir del contenido de la misiva que esta no pudo redactarse antes del 446, debió de pensar que los sajones llegaron a Britania después de esta fecha.
[35]
De hecho, otra evidencia, de la que no disponía Beda, apunta a que esa datación está equivocada por unos veinte años, y que las primeras arribadas sajonas habrían tenido lugar una generación antes, en torno al año 430. Es hacia este momento cuando hallamos los primeros vestigios arqueológicos de asentamientos sajones: enterramientos, artefactos y construcciones que responden a tipos desconocidos por completo en la Britania tardorromana, aunque muy comunes en el norte de Germania y el sur de Escandinavia. Asimismo, contamos con otra fuente escrita, además de Gildas. La Crónica Gala del año 452, como revela su prosaico nombre moderno, supone un conjunto de anales compuestos en la Galia hacia mediados del siglo V. No menciona nada sobre la llegada de los sajones, aunque sugiere que su rebelión tuvo lugar en torno al 441. La entrada para este año dice: «Los britanos (sic.), hasta ahora afligidos por varios desastres y vicisitudes, fueron ampliamente sometidos al dominio de los sajones».[36]
Por supuesto, uno desearía que este autor anónimo, al elaborar su crónica solo una década más tarde, hubiera sido un poco más prolijo. ¿Qué quiso decir, por ejemplo, con «ampliamente» (en latín: latae)? La conclusión más evidente es que sabía que los sajones habían logrado controlar una parte sustancial de Britania, aunque obviamente no toda. Esto concuerda con la descripción de Gildas sobre lo acaecido a los britanos después de la revuelta sajona. Gildas, al igual que un profeta que reprende a su pueblo, destacaba las catastróficas consecuencias. Algunos fueron capturados y asesinados, asegura, y otros se rindieron y fueron esclavizados, mientras que hubo quienes huyeron al extranjero o se escondieron en las colinas y los bosques. Gildas después continúa describiendo lo que sin duda fue un reseñable y celebrado contraataque britano. Pasado un tiempo, afirma, los sajones regresaron a sus hogares, cabe suponer que refiriéndose a sus primeros asentamientos en Britania, en lugar de su tierra natal del continente, y Dios otorgó fuerzas a los britanos. Gildas menciona a su líder como Ambrosio Aureliano, de quien señala que era un romano de noble estirpe. Bajo el liderazgo de este hombre, asegura, el pueblo britano recuperó la confianza y derrotó a los sajones en batalla.
Página 38
Por tanto, tras la revuelta sajona, Britania obviamente quedó dividida: los recién llegados controlaban algunas regiones y la población nativa otras.[37]
Vale la pena estudiar con detalle cómo se produjo esta división. Gildas presenta tal partición como el resultado de una confrontación directa entre dos partes y, desde entonces, los historiadores han tendido a imaginarlo de ese modo: sajones en el este, britanos en el oeste, con sangrientas batallas solo en caso de que ambas facciones se toparan. Para ser justos con Gildas, resulta probable que esa fuese la impresión desde la perspectiva de la Britania occidental a principios del siglo VI. Existen diversas evidencias de que, justo después de la revuelta sajona, y durante gran parte del restante siglo V, la situación era bastante más compleja.
Como ya hemos señalado, en torno al año 430 comenzamos a encontrar testimonios arqueológicos de nuevos pobladores en Britania llegados del continente. La incineración de los muertos es el ejemplo más obvio. Los britanos no realizaban esta práctica desde el siglo III, pero resultaba característica de los sajones. Esta costumbre consistía en quemar el cuerpo del difunto en una pira funeraria, a veces junto con animales, y luego enterrar las cenizas en una urna. En Sajonia, la región situada entre los ríos Elba y Weser en el norte de Alemania, encontramos enormes necrópolis de cremación con millares de urnas datadas varios siglos antes del 430. Después de esa fecha, comenzamos a encontrarlas también en Britania. Una de las más extensas y más minuciosamente excavadas se encuentra en Spong Hill, Norfolk.[38]
La otra nueva práctica que aparece de pronto en esta época consiste en la inclusión de ajuares funerarios: artículos personales como joyas, peines o armas que pertenecieron al difunto en vida y que a su muerte fueron enterrados junto a él. A veces se encuentran en los cementerios de cremación, sepultados junto a las cenizas en las urnas, pero otras veces aparecen con individuos no incinerados que simplemente habían sido enterrados en el suelo, una costumbre a la que los arqueólogos se refieren como «inhumación con ajuares». Esta práctica también resultaba habitual en Sajonia, aunque se había introducido allí solo unas décadas antes, en torno al año 400. Su aparición en Britania una generación después estuvo claramente relacionada con la llegada de los sajones, y muchos de los
Página 39
ajuares funerarios de estos enterramientos guardan un estrecho paralelismo con los objetos encontrados en sus países de origen.
Estas dos nuevas prácticas funerarias se documentan en el este de Britania desde el segundo cuarto del siglo V, y su distribución parece revelar una significativa división regional. Las necrópolis de cremación se concentran casi en exclusiva en la parte septentrional de este territorio, las áreas definidas por los ríos que desembocan en la bahía de Wash o en el estuario de Humber (Ver silueta 1.1). Las inhumaciones con ajuares, por el contrario, se encuentran en todas partes, pero algunos de los elementos que aparecen en ellas muestran una división territorial similar. Al norte encontramos broches y otros artefactos metálicos decorados de una manera distintiva (el llamado «estilo sajón en relieve» por los historiadores del arte) que fue claramente importado de los territorios de origen de los sajones. Mientras tanto, hacia el sur, en un área delimitada por el río Támesis, encontramos elementos metálicos realizados de un modo diferente, el llamado «estilo de broche quoit» que parece ser de origen romano-britano (Ver silueta 1.2).
Lo que la evidencia arqueológica parece revelar, por consiguiente, no es una simple división entre sajones y britanos, sino una situación más compleja, con la parte oriental dividida en dos regiones bastante diferenciadas. En la zona más septentrional existía una cultura funeraria y artística que revela con claridad un apego persistente a la patria sajona. En la parte sur, sin embargo, la situación parece más ambigua. Algunos de los ajuares funerarios descubiertos en esta región son sajones, pero otros evidencian una continuidad con el pasado romano. Los ocupantes de estas tumbas pueden ser recién llegados del continente, pero en algunos casos parecen individuos romano-britanos que simplemente habían adoptado una nueva forma de enterramiento con un mayor grado de ostentación.[39]
Página 40
Página 41
¿Es posible que estas aparentes divisiones culturales reflejen divisiones políticas? Esta cuestión resulta mucho más especulativa, pero hay una posibilidad intrigante. La Britania tardorromana estuvo dividida en cuatro (posiblemente cinco) provincias, cada una con su propio gobernador y capital. Sabemos que estas sedes fueron Londres, Lincoln, Cirencester y York. Los límites entre tales provincias están sujetos a debate, pero algunos historiadores han propuesto que la frontera entre las de Londres y Lincoln se ajustaba a los contornos de las culturas materiales que parece mostrar el registro arqueológico de mediados del siglo V (Ver silueta 1.3).
[40]
Por tanto, por muy especulativo que resulte, cabe la posibilidad de que estas provincias siguieran ejerciendo algún tipo de función tras la ruptura de Britania con Roma.[41] Quizá sus gobernadores incluso se reunieran en consejo, como asegura Gildas, y acordaran contratar a los mercenarios sajones que después se establecieron en varios enclaves del este y terminaron por dominar una parte de la isla. Sobre la base de la evidencia arqueológica, probablemente ubicaríamos esta área como la zona del este de Inglaterra donde la prueba de la cultura sajona resulta más fuerte: la provincia gobernada desde Lincoln. El territorio de Londres también debió recibir un número significativo de colonos, pero aquí la prueba de un asentamiento sajón a gran escala no es tan clara. En este territorio, al menos algunas personas de ascendencia romano-britana permanecieron en posiciones de relevancia social. Se contentaron con adoptar una nueva forma de enterramiento que proclamara este significado, al tiempo que empleaban prendas de vestir que anunciaban sus conexiones con el Imperio romano. Tal vez aún esperasen que, algún día, regresara ese imperio.
Esta lectura del registro arqueológico nos lleva a la controvertida pero crucial pregunta acerca de la magnitud de la migración sajona. Tradicionalmente se ha supuesto que, allá donde los recién llegados se establecieron en Britania, reemplazaron a los nativos que habitaban el territorio. Gildas, como ya hemos visto, presenta a los britanos muertos o esclavizados, o huidos al exilio, y esta fue la opinión mayoritaria hasta bien entrado el siglo XX. Semejante idea fue respaldada por la arqueología: ¿de qué otro modo podría explicarse la abundancia de
Página 42
materiales sajones y la casi total ausencia de hallazgos romano-britanos? Los sajones, se defendía ampliamente, debieron emigrar a Britania en gran número y ocuparon un territorio desolado por la guerra, el hambre y el colapso social, de modo que expulsaron o exterminaron a los britanos restantes a filo de espada.[42]
A partir de la década de 1960, esta idea fue objeto de una profunda reevaluación. En general, surgieron dudas sobre la dimensión de las migraciones bárbaras en la Europa de los siglos IV y V, y se argumentó que las cifras reales debían ser mucho menores que las aportadas por los autores coetáneos. Para Britania, en particular, los historiadores señalaron la dificultad para transportar a un gran número de personas por vía marítima con las rudimentarias embarcaciones de la época. En lugar de una migración masiva, los investigadores establecieron la hipótesis de que Britania fue invadida por un reducido grupo de sajones que ostentaba un enorme poder. Los britanos no habrían sido masacrados ni expulsados en masa por esta minoría, sino que permanecieron en su tierra y con el tiempo adoptaron la lengua, la religión y la cultura de los recién llegados. Entre los historiadores, esto se conoce como un modelo de «transferencia de élite». Por supuesto, dicho modelo torna más compleja la interpretación arqueológica tradicional, ya que plantea la posibilidad de que los individuos que se encuentran enterrados con ajuares funerarios sajones pudieran no ser inmigrantes, o incluso descendientes de inmigrantes, sino britanos que habían adoptado la cultura sajona.[43]
En tiempos recientes, el péndulo ha vuelto a oscilar en la dirección opuesta y, una vez más, en general se considera que la magnitud de la migración debió ser considerable. Este revisionismo tiene poco que ver con el ADN. Los estudios osteológicos, en especial de los dientes, realizados en las tumbas de los siglos V y VI, a veces puede indicar dónde crecieron los individuos inhumados y, en algunos casos, encontramos sujetos que se habían criado en el norte de la actual Alemania. Si bien esta información resulta útil a nivel individual, no nos dice nada sobre las dimensiones de los movimientos migratorios. El otro enfoque, que consiste en recopilar el ADN de individuos modernos y sobre esta base alcanzar conclusiones generales sobre su ascendencia, resulta mucho más problemático y, en general, los historiadores lo han valorado con escepticismo.[44]
Página 43
La hipótesis de un desplazamiento demográfico sustancial a través del mar del Norte en los siglos V y VI más bien se basa en una reevaluación de la evidencia tradicional. Existen, por ejemplo, sólidos argumentos lingüísticos. Se antoja improbable que la mayor parte de la población de Britania hubiera acabado hablando inglés, una lengua germánica, si no hubiera habido una gran llegada de individuos procedentes de Germania.
[45] Los historiadores, asimismo, han refutado los argumentos de que una migración masiva fuera materialmente imposible. En ocasiones, se ha objetado que los sajones no pudieron cruzar el mar en un gran número porque sus barcos carecían de velas, pero las evidencias sugieren lo contrario.[46] Como ya hemos visto, Sidonio Apolinar, un testigo contemporáneo, describió cómo los piratas sajones sacrificaban en su viaje de regreso a uno de cada diez cautivos que habían capturado en la Galia, lo que implicaba que era posible transportar un mínimo de diez cautivos por barco. Cabe suponer que los capitanes que contasen con pasajeros voluntarios habrían podido llevar aún más. No se requieren muchas travesías desde Sajonia a Britania para trasladar a un número considerable de inmigrantes. Si una embarcación podía embarcar a tan solo diez pasajeros y realizar cinco viajes en un año, eso significaba cincuenta recién llegados a la isla. Cien barcos haciendo lo mismo significarían cinco mil. Cien naves repitiendo la hazaña durante cincuenta años trasladarían un total de un cuarto de millón.[47]
Sin embargo, por considerable que sea este número hipotético, se necesitarían muchísimas más embarcaciones y trayectos para imaginar que el número de sajones podría superar al de britanos. Incluso si tomamos la estimación demográfica más baja para la Britania tardorromana (dos millones), e imaginamos un siglo V tan catastrófico que la mitad de la población pereció, aún nos quedaría un escenario en el que los britanos habrían superado en número a los sajones en una proporción de cuatro a uno. Esta especulación numérica, por tanto, todavía plantea la pregunta: ¿por qué no perduró la cultura britana? Otros territorios europeos (Galia, Hispania e Italia) fueron invadidos por pueblos bárbaros, pero en estas provincias fue la cultura romana la que se impuso: los recién llegados aprendieron a hablar diversas lenguas basadas en el latín tardío y se convirtieron enseguida al cristianismo. Sin embargo, en las regiones britanas colonizadas por los sajones, esto se produjo en sentido contrario. Los britanos que permanecieron en estas zonas adoptaron una nueva
Página 44
lengua germánica y comenzaron a adorar a dioses paganos. Como ejemplo, en francés, los días de la semana mardi, mercredi, jeudi y vendredi (martes, miércoles, jueves y viernes) llevan el nombre de los dioses romanos Marte, Mercurio, Júpiter y Venus. No obstante, en inglés, Tuesday, Wednesday, Thursday y Friday llevan el nombre de los dioses germánicos Tiw, Wotan, Thunor y Frig.[48]
La respuesta más probable es que, cuando los sajones se asentaron en Britania, hallaron poco que valiera la pena preservar. Al otro lado del canal de la Mancha, en la Galia, los pueblos y ciudades habían sido devastados por los bárbaros invasores y, como resultado, se redujeron en tamaño, aunque la mayoría al final sobrevivió, y la pervivencia de la vida urbana significó la continuidad del cristianismo organizado, que se basaba en catedrales y obispados. Pero en Britania, como ya hemos visto, la vida urbana se derrumbó por completo a principios del siglo V, antes de la llegada de los primeros colonos sajones. Respecto al cristianismo organizado, las evidencias sugieren que, en primera instancia, jamás se estableció con demasiada intensidad. Los mosaicos con iconografía cristiana de varias villas tardorromanas muestran que algunos aristócratas se habían convertido durante el siglo IV, pero apenas hay restos de iglesias urbanas como las que existían en el continente.[49] Es posible que los sajones hubieran adoptado algunos elementos básicos de la organización social romana: los límites de los campos de cultivo existentes, por ejemplo, habrían sobrevivido al colapso y hubiera sido muy laborioso modificarlos. Pero las ciudades, las industrias, el comercio y la cultura se habían esfumado, o se habían destruido sin posibilidad de recuperación. En consecuencia, la Britania devastada que encontraron los sajones a su llegada carecía de atractivo, y en su cultura no vieron nada que quisieran emular.
Esto no quiere decir que ningún grupo de pobladores sajones mantuviera relaciones con los britanos. No pudo existir un modelo único de migración en todo el país y debió haber una enorme variación regional. Al norte del río Humber, donde el asentamiento sajón resultó más escaso, pudo darse algo similar a un modelo de «transferencia de élite», en el que los colonos se hicieron cargo de la sociedad existente. Al mismo tiempo, en las Tierras Medias, algunas necrópolis sugieren que podríamos hallarnos ante una migración de guerreros varones que se unieron con mujeres locales, y en el sur y el sudeste, como ya hemos visto, pudo darse
Página 45
una interacción mayor en la que un pueblo aniquilara o esclavizara al otro.
[50] No obstante, en general, y en concreto en la zona oriental, parece que los sajones prefirieron mantenerse aislados. Establecieron sus propias comunidades en nuevos enclaves, construyeron edificios en un estilo importado y mantuvieron sus prácticas funerarias tradicionales. Se aprecia esta escasa interacción con los britanos a partir del reseñable hecho de que se estima que solo unas treinta palabras del inglés antiguo son préstamos del britón. Una cifra tan baja parece constatar que no fueron solo los guerreros sajones los que llegaron a Britania, sino comunidades enteras de hombres, mujeres y niños que no se mezclaron ni se emparejaron con los nativos.[51]
Hasta ahora solo hemos hablado de los sajones, un cajón de sastre terminológico utilizado por Gildas y otros autores para describir a los inmigrantes llegados a Britania. Pero cuando Beda volvió a narrar la historia de Gildas un par de siglos después, se sintió obligado a agregar matices. «Habían venido —dijo— de los tres pueblos más fuertes de Germania, a saber, sajones anglos y jutos», y después explicó cómo cada uno de los tres se había asentado en Britania hasta formar los reinos que existían en su época. De este modo, las gentes de Kent eran jutos, los pueblos de Anglia Oriental, Mercia y Northumbria eran anglos, y los de Wessex, Sussex y Essex eran sajones. Durante mucho tiempo, los historiadores supusieron que Beda estaba en lo cierto, y que estas tribus, como él las llamaba, habían emigrado en pequeños grupos desde sus tierras natales: los jutos de Jutlandia, los sajones de Sajonia y los anglos de Angeln, la región intermedia.[52]
En realidad, Beda solo tenía razón a medias. Ciertamente se pueden encontrar infinidad de evidencias materiales (cerámica, joyas, etc.) que respaldan esta suposición. Resulta innegable que algunos artefactos exhumados en Anglia Oriental, por ejemplo, presentan semejanzas con los hallados en Angeln, y lo mismo ocurre con las otras regiones mencionadas por Beda. No obstante, y en este punto Beda se equivocaba, también se encuentra mucho material arqueológico en estas regiones que no se ajusta a tales suposiciones. Los broches sajones están distribuidos por todas las zonas de Britania donde se asentaron los bárbaros, desde Yorkshire hasta la costa meridional. Britania no fue poblada por tres «pueblos» distintos
Página 46
que preservaron meticulosamente sus identidades durante el proceso migratorio, sino por un flujo constante de individuos desde todo el litoral del norte de Europa y el sur de Escandinavia. Los sajones, los anglos y los jutos, sin duda, se encontraban entre ellos, aunque también los frisios, los suecos y los francos; y, todos juntos, se mezclaron en comunidades y combinaron sus culturas materiales hasta crear otras nuevas. El propio Beda, en un pasaje posterior aunque menos célebre, admitió este extremo al señalar que «de ellos […] había muchos en Germania, de los que consta que traen su origen los anglos y los sajones».[53]
La idea de que todo habitante de un territorio específico era anglo, sajón o juto debió desarrollarse en algún momento después de su llegada, probablemente en el último cuarto del siglo V. En esta época, Britania sufrió una nueva oleada migratoria procedente de Escandinavia. Este hecho queda manifiesto por un tipo distintivo de accesorio de vestimenta femenino, el broche de muñeca, que se originó en el oeste y el sur de Noruega. Los primeros ejemplos en Britania se concentran en torno al estuario de Humber y la bahía de Wash, pues debieron ser los puntos de llegada de sus portadores, y desde allí la moda se extendió con rapidez por toda la región de Anglia, aunque sin ir más allá. La distribución de los broches de muñeca se detiene de forma abrupta en la línea identificada con anterioridad como la frontera cultural entre las regiones bárbaras y romanizadas de la Britania oriental (Ver silueta 1.4). Por tanto, parece que los pobladores de esta zona anglosajona ya habían desarrollado una identidad común a finales del siglo V y una forma de expresarla era la vestimenta femenina. Vemos un fenómeno similar en el sur, donde desaparece el anterior broche de Quoit y, con él, quizá el deseo de sus portadores de mostrarse como romanos. Después, fue reemplazado por un nuevo estilo basado en formas geométricas de animales, cuyo origen se encontraba más allá de los límites septentrionales del imperio. Esto sugiere que las personas de esta región, con independencia de su procedencia, en ese momento se identificaban como «sajones». Muchos debían haber comenzado a hablar en una lengua germánica y a adorar a los dioses paganos.[54]
Los que todavía quisieran aferrarse a los vestigios del pasado romano, y en particular al cristianismo, tendrían que marchar hacia el oeste. En las
Página 47
actuales Gales y Cornualles se hallaban las colinas y los bosques que, según Gildas, habían ofrecido refugio a los britanos. El propio Gildas constituye la mejor evidencia de que en estas regiones occidentales todavía pervivía una cultura cristiana alfabetizada, y quienes se hallaban entre sus élites aún se esforzaban por llevar un estilo de vida romano. En Tintagel, en el extremo sudoeste de la isla, los arqueólogos han descubierto restos de ánforas que contuvieron vino o aceite de oliva, junto a fragmentos de lujosas vajillas, importadas del Mediterráneo oriental hacia finales del siglo V y principios del VI. Se han realizado hallazgos similares en otros yacimientos de alto rango social en Gales y el oeste del país.
Pero la cantidad de materiales que se importaban era muy pequeña en comparación con las enormes cantidades que se habían enviado a Britania cuando formaba parte del imperio. Solo unos pocos individuos pudieron pretender que formaban parte de una élite romana. Para la mayoría de las personas, incluso los artículos más básicos eran extremadamente difíciles de conseguir. En Cadbury Congresbury, un castro de la Edad del Hierro próximo al estuario del río Severn, reocupado a finales del siglo V, los únicos artículos de cerámica o vidrio de calidad se habían fabricado un siglo antes. Algunas ollas utilizadas para cocinar eran urnas de incineración, exhumadas en antiguos cementerios romanos y vaciadas de sus restos humanos. Se trataba, en todos los sentidos, de una sociedad degradada que reciclaba los vestigios de una civilización anterior, donde la vida, para la inmensa mayoría, resultaba muy sombría. Estos britanos pudieron habitar en un castro de la Edad del Hierro, pero en términos tecnológicos y materiales habían retrocedido a la Edad del Bronce.[55]
Cadbury fue uno de tantos castros reocupados y fortificados en esta época, un recordatorio de que la seguridad elemental que los britanos habían disfrutado antaño también era cosa del pasado. Además de los saqueadores y bandidos de su propio entorno, los pobladores del occidente de Britania también se enfrentaron a las continuas incursiones de irlandeses (y, de hecho, a cierto grado de colonización, como prueban las evidencias epigráficas halladas en Gales).[56] Sin embargo, la principal amenaza para su seguridad eran los sajones del este. Después de la exitosa resistencia liderada por Ambrosio Aureliano, asegura Gildas, los britanos y los sajones se vieron sumidos en una larga guerra de desgaste —que, al parecer, duró cuarenta y tres años— en la que la victoria se alternó de un bando a otro. Esta situación se mantuvo hasta que los britanos derrotaron a
Página 48
los sajones en un lugar conocido como el Monte Badon, o Mons Badonicus en latín.[57]
La batalla del Monte Badon es célebre porque habría sido una de tantas libradas por el rey Arturo. La mayoría de la gente sabe que el «rey» Arturo, al igual que su corte en Camelot y sus Caballeros de la Mesa Redonda, es una leyenda fraguada siglos después por autores que seguían la tradición de Godofredo de Monmouth, un malintencionado monje del siglo XII. El verdadero Arturo, algunos dirán, en realidad fue una figura bastante menos idealizada, un guerrero que lideró a los britanos contra los sajones en la transición de los siglos V y VI, gracias a lo cual obtuvieron un alivio temporal. Las evidencias sobre cualquier Arturo, ya fuera rey o no, resultan irremediablemente escasas e insuficientes. La primera mención que podemos datar de forma fiable procede de un texto de principios del siglo IX. Esta fuente describe a Arturo como un dux bellorum («líder de batallas») y enumera una docena de enfrentamientos en los que se supone que participó, y que concluyeron en la batalla del Monte Badon. Ninguno de estos enclaves se ha podido localizar y se sospecha que todo el pasaje es una invención literaria. Por supuesto, resulta imposible probar que Arturo no existió, y quienes deseen imaginarlo luchando contra los sajones pueden hacerlo sin temor a ser rebatidos. Sin embargo, defender su existencia a partir de la evidencia disponible es como insistir en que un puzle de mil piezas perdido debió de mostrar la imagen de un tren de vapor solo porque una de las tres que han sobrevivido parece mostrar una columna de humo.[58]
Página 49
Figura 5: Castillo de Cadbury en Somerset, uno de tantos castros de la Edad del Hierro reocupados en la segunda mitad del siglo V. © Archivo Histórico de Inglaterra.
Con o sin Arturo, la batalla del Monte Badon fue el hito final de un periodo de constantes enfrentamientos entre británicos y sajones. Supuso, en palabras de Gildas, «prácticamente la última derrota de los villanos». También nos traslada a la época del propio Gildas, pues nos dice de pasada que él mismo nació en el año en que se libró la batalla, sin tomarse la molestia, eso sí, de precisar de cuál se trataba. A partir de una suposición aproximada, basada en las escasas pistas que ofrece el texto, podemos deducir que ocurrió hacia el año 500. Dado que Gildas asegura que trabajó
Página 50
en la redacción de su obra durante toda una década, lo más probable es que la escribiera en el segundo cuarto del siglo VI.[59]
Al parecer, fue una época de relativa paz, pues en un pasaje se refiere a «la calma del presente». Pero, en el mismo párrafo, lamenta el estado en el que había quedado Britania. «Ni siquiera ahora las ciudades de nuestra tierra están igual de pobladas que antaño; hasta el momento permanecen desiertas, en ruinas y abandonadas». La arqueología confirma esta afirmación. En todos los yacimientos de la Britania posromana, los investigadores han encontrado las mismas pruebas de decadencia y abandono. Londres, Lincoln y York se transformaron en poblados fantasmas, con los muros derruidos, la hierba creciendo en las calles y grandes áreas anegadas y convertidas en pantanos.[60]
Tras completar su errática evaluación histórica, Gildas retomó su principal propósito, que consistía en criticar a los líderes britanos de su época, tanto religiosos como laicos. Las guerras externas se habían acabado, dice, se supone que en referencia a las luchas con los sajones, aunque los conflictos internos proseguían. Con este último comentario ha de referirse a los enfrentamientos entre los diversos gobernantes que habían surgido en Britania occidental desde la ruptura con Roma. Se llamaban a sí mismos reyes, explica Gildas, aunque en realidad eran tiranos. Saquearon y aterrorizaron, tuvieron multitud de esposas y concubinas, y amaron y recompensaron a los bandidos que se sentaban con
ellos a la mesa. «Desprecian a los pacíficos y los humildes —agrega—, pero, en la medida de lo posible, elevan a las estrellas a sus compañeros de armas; hombres sanguinarios, orgullosos y asesinos».[61]
En el este de Britania, a algunos todo esto les parecía una gran idea.
Página 51
Lobos de guerra y
2
dadores de anillos
El surgimiento de reyes y reinos
Página 52
ara conocer a los primeros reyes anglosajones, tal vez sea mejor comenzar con una historia sobre sus contemporáneos de Escandinavia. Hacia el Pcomienzo del siglo VI, hubo un rey danés, llamado Hródgar, que gobernó con éxito durante muchos años, pero fue derrotado por un monstruo que asaltó de forma inesperada su gran salón (mead-hall) y masacró a todos sus hombres. Al final, después de doce años de
angustia y devastación, tanto él como su gente fueron salvados por un joven héroe de la vecina tierra de los gautas, que acabó con el monstruo con sus propias manos y, acto seguido, despachó a su vengativa madre que acechaba en su guarida en el fondo de un lago. La asombrosa destreza del héroe era tal que después se convirtió en rey de los gautas, gobernó durante cincuenta años y murió, en su senectud, mientras defendía a su pueblo de un dragón.
Como fuente histórica, este relato presenta el inconveniente de ser totalmente ficticio, pues los monstruos y el dragón vienen de regalo. La exposición anterior supone un escueto resumen de un extenso poema, conocido desde al menos el siglo XVIII por el nombre de su protagonista, Beowulf. Aunque está ambientado en Escandinavia, fue escrita en inglés antiguo por un autor anónimo. Tan solo ha sobrevivido un manuscrito, gravemente dañado por un incendio en 1731. Gracias al estilo de letra y la escritura podemos deducir que se redactó hacia el año 1000, aunque la mayoría de los historiadores piensan que el poema en sí pudo componerse mucho antes. A juzgar por el contenido, esto no debió suceder antes de mediados del siglo VII y, a pesar de la infinidad de debates académicos suscitados en las últimas décadas, la opinión que sigue imperando le atribuye un origen en el siglo VIII. Dado que, en el ámbito laico, la alfabetización en ese momento era muy limitada, lo más probable es que fuera obra de un sacerdote o un monje.[1]
A los primeros estudiosos de Beowulf les decepcionó que la obra estuviera tan centrada en los monstruos y que apenas aportase información sobre personas y hechos históricos reales. Su único vínculo aparente con la realidad histórica es el tío de Beowulf, el rey Hygelac, a quien se ha querido identificar con un caudillo que invadió Frisia hacia el año 523, por lo que podemos deducir que el argumento del poema probablemente se desarrolla en el siglo VI.[2] Sin embargo, a estos tempranos investigadores los árboles no les dejaron ver el bosque, pues si bien Beowulf resulta prácticamente inútil para conocer la realidad política de la Escandinavia
Página 53
del siglo VI, supone una fuente incomparable para conocer la sociedad de los primeros reyes anglosajones. El poema muestra con extraordinaria viveza un mundo en el que los reyes moraban en grandes salones de madera, festejaban con sus seguidores, bebían hidromiel y escuchaban a los poetas relatar las hazañas de los héroes de antaño; una época de bandas guerreras siempre en busca de aventuras y de exiliados errantes que esperaban recuperar algún día sus tronos ancestrales. Portan espadas ricamente decoradas con metales preciosos, a las que otorgan nombres y atribuyen místicos poderes protectores. Disputan entre sí por la gloria, pero en concreto por las riquezas, que aprecian por encima de cualquier otra cosa. Un gran señor, como Hródgar, adorna el interior de su salón con tapices dorados y decora su exterior con una techumbre dorada. Recompensa a sus leales seguidores con una panoplia y unos torques dorados. Se convierte en un dador de anillos de oro.
Gran parte de todo ello nos resulta familiar gracias a las novelas de J. R. R. Tolkien y las adaptaciones al cine de Peter Jackson. Tolkien fue profesor en Oxford de lengua anglosajona y realizó una traducción de Beowulf a principios de la década de 1920. En consecuencia, cuando después escribió sus famosas novelas, en gran medida empleó este poema épico como inspiración, para lo que reelaboró algunas escenas y tomó prestadas ideas, temáticas y elementos de la trama. En El Señor de los Anillos, el pueblo de Rohan lo forman, en esencia, anglosajones, tal como los imaginó Tolkien. Su rey, Théoden, reside en un gran salón dorado y la escena en la que recibe a Gandalf, Aragorn, Gimli y Legolas reproduce fielmente otra de Beowulf. Por su parte, en El hobbit, Bilbo Bolsón roba al dragón Smaug una copa áurea de su tesoro, y el dragón de Beowulf se despierta cuando un ladrón hace exactamente lo mismo.[3]
Aunque Tolkien tomó mucho prestado de Beowulf, también recurrió a otras fuentes de inspiración, en particular su fe católica, y por consiguiente los personajes de sus novelas exhiben virtudes cristianas como la piedad y el perdón. No hay nada de eso en Beowulf. Aunque el poema es
ostensiblemente cristiano —menciona a un único Dios, a quien los personajes en ocasiones dan las gracias—, casi todas las actitudes recreadas son las de un pasado pagano. Ensalza la lealtad de los guerreros hacia su señor, hasta el punto de estar dispuestos a morir por él, y los héroes se muestran preocupados por su renombre terrenal. Cuando Beowulf lucha contra el segundo monstruo, no es la fe lo que le impulsa,
Página 54
sino el afán de incrementar su propia reputación y el deseo de ganar una fama eterna. Cuando el salón de Hródgar se ve amenazado, Beowulf declara que es mejor vengar a los muertos que dejarse llevar por el duelo. Cuando un hermano asesina a otro, su padre se entristece, pero admite que ha actuado «de acuerdo con la ley de la venganza de sangre». Nos encontramos, en suma, ante un mundo muy inestable, repleto de traición, venganza y violencia, no solo porque los monstruos acechan en sus frías guaridas azotadas por el viento, sino por disputas intestinas que únicamente podían resolverse mediante el derramamiento de sangre. Los reyes y los guerreros anhelan la gloria, pero saben que esta siempre será fugaz y que la muerte y la destrucción suponen su destino final.[4]
Para conocer a los primeros reyes anglosajones, Beowulf es una guía más valiosa que otras fuentes, en apariencia más sobrias y fiables. Tomemos, por ejemplo, a Enrique de Huntingdon, que escribió Historia Anglorum (La historia de los ingleses) a principios del siglo XII. «Cuando los sajones conquistaron la tierra para sí —dice Enrique—, eligieron a siete reyes y pusieron unos nombres de su propia elección a los reinos». A continuación, enumera los reinos en lo que se supone sería el orden de creación: Kent, Sussex, Wessex, Essex, Anglia Oriental, Mercia y Northumbria.[5]
Es difícil sobrevalorar el impacto que ha tenido esta afirmación. La supuesta existencia de siete reinos anglosajones originarios se convirtió muy rápido en un hecho indiscutible, que en el siglo XVI dio lugar a la palabra «heptarquía», un término que aún persiste en los actuales planes de estudios, a pesar de que el consenso académico del último medio siglo sugiere que deberíamos otorgarle un digno entierro. La razón para ello es que la afirmación de Enrique no está basada en ninguna autoridad: simplemente enumeró los reinos más destacados que encontró en las fuentes tempranas. Por su parte, Beda menciona los siete reinos citados por Enrique, aunque también cita otros más, lo que elevaría su número hasta alrededor de una docena. Y, como veremos, el número de Beda estaba lejos de ser completo.[6]
Otra fuente en la que, en gran medida, se basó Enrique de Huntingdon fue la Crónica Anglosajona o las Crónicas, como prefieren decir algunos especialistas. En un principio, fueron compiladas a finales del siglo IX por
Página 55
los eruditos de la corte de Alfredo el Grande, y relatan la historia de su reino, Wessex, y sus vecinos desde los primeros tiempos. Se asume que los compiladores se basaron en anales y fuentes más antiguas que se han perdido, ya que podemos demostrar que parte de la información que reproducen es verídica. Entre las entradas para el siglo V, encontramos fechas de designación de papas, emperadores y obispos que son bastante precisas. Por tanto, da la impresión de que la Crónica constituye una fuente fiable incluso para el periodo más temprano, y durante siglos los historiadores se inclinaron a tratarla como tal.
El problema reside en que las entradas de los primeros reyes anglosajones se antojan mucho menos creíbles. Para el año 449, la Crónica repite el relato de Beda, sobre cómo los sajones llegaron a Britania en tres barcos, invitados por el rey Vortigerno, y bajo el caudillaje de los hermanos Hengist y Horsa. La Crónica, sin embargo, amplía dicha narración y describe cómo Horsa fue asesinado tras una batalla contra Vortigerno, y cómo Hengist se convirtió en rey de Kent. También aporta otras historias similares, que Beda no mencionó, acerca de la fundación de otros reinos. Sussex, nos dice, se fundó en el 477 cuando Elle desembarcó con sus tres hijos en tres barcos, mató a un gran número de britanos y expulsó a los supervivientes al bosque. Mientras tanto, Wessex habría sido fundado por Cerdic y Cynric, un tándem padre e hijo que derrotó a los britanos, después de llegar asimismo en tres barcos, o posiblemente cinco. La Crónica se muestra confusa en este extremo y asegura que ambos llegaron dos veces, en el 495 y el 514.[7]
Lo que la Crónica Anglosajona nos dice sobre los orígenes de los reinos anglosajones es, por tanto, claramente legendario. En ambos casos, los padres fundadores llegan a Britania en tres barcos y en parejas con nombres aliterados (Hengist y Horsa, Cerdic y Cynric). En ocasiones, también se fraguan topónimos a partir de sus conquistas. El lugar del desembarco de Cerdic habría sido Cerdicesora, y el de Elle sería Cymensora, en honor a su hijo, Cymen. La Crónica insiste en que Portsmouth recibió su nombre de un guerrero sajón llamado Port, y la isla de Wight, de un pariente de Cerdic, Wihtgar. Dado que sabemos que tanto Portsmouth como Wight eran topónimos habituales en época romana (Portus, Vecta), podemos constatar con bastante certeza que el proceso fue el contrario: los nombres personales se inventaron a partir de los de lugar, y no a la inversa.[8]
Página 56
Además de ser intrínsecamente inverosímiles, los registros arqueológicos contradicen con rotundidad los relatos que sugieren que los reinos anglosajones se fundaron desde mediados del siglo V. Como ya hemos visto, a finales de siglo los pobladores habían fraguado distintas identidades regionales como anglos, sajones y jutos, y es posible que estos puedan representar algún tipo de estructuras políticas. Pero buscaríamos en vano dentro de estas regiones cualquier evidencia de élites. Cuando examinamos los restos de los primeros asentamientos, hallamos un registro arqueológico relativamente modesto. Los edificios son estancias bastante humildes que parecen viviendas, o un modelo aún más básico, construido sobre una zanja poco profunda y, por tanto, los arqueólogos los denominan «casas excavadas en el suelo»;[*] es probable que se emplearan como talleres o tiendas. En consecuencia, un asentamiento típico podría parecerse a West Stow en Suffolk, donde se han excavado y reconstruido varios edificios. No hay nada en estos yacimientos que sugiera una gran jerarquización social.[9]
Da la impresión de que los primeros pobladores anglosajones se establecieron como granjeros libres e independientes. Tomaron —o les fue concedida por quien estuviera al cargo— suficiente tierra para mantener a sus familias, una extensión que denominaron hide. Beda nos aporta una útil descripción al definir una hide como «la tierra de una familia» y su raíz germánica, hiwisc, alude a una pareja casada. Esta familia tendría personas dependientes para ayudar a trabajar la tierra: esclavos, probablemente britanos que habían permanecido en el lugar, u otros que habían sido asimilados por el linaje de sus nuevos amos. Esta división de estatus social aparece plasmada en las primeras necrópolis, en las que alrededor de la mitad de los varones adultos fueron enterrados con algún tipo de arma. Dado que, en las sociedades bárbaras, portar armas era sinónimo de libertad, es probable que se tratara de las tumbas de los hombres libres o ceorls. A partir de ahí se deduce que los individuos enterrados sin armas habrían sido sus esclavos.[10]
Hacia finales del siglo VI, sin embargo, se produjeron varios cambios de forma simultánea. Desde aproximadamente el 570 hay una repentina y dramática caída en el número de enterramientos con ajuar, tanto masculinos como femeninos, lo que nos hace suponer que esta práctica se había restringido de forma deliberada. Al mismo tiempo, encontramos una minoría de individuos enterrados de un modo muy ostentoso, con grandes
Página 57
cantidades de artefactos lujosos y bajo enormes montículos de tierra. Estas inhumaciones en túmulos habían sido bastante comunes en la Britania de la Edad del Bronce, pero muy rara vez se habían realizado en mil quinientos años. Su reaparición a finales del siglo VI marca el surgimiento de una élite decidida a proclamar su preeminencia social. De un modo similar, al estudiar la evolución de las estructuras de hábitat, se constata un repentino deseo por parte de algunos individuos de construir a una escala mayor, erigiendo grandes viviendas que empequeñecían a las modestas cabañas del resto.[11]
Estos cambios en el registro arqueológico coinciden con las evidencias que nos aporta la toponimia. Entre los nombres de lugar más comunes en territorio anglosajón están los acabados en -ing o -ingham, sufijos que significan «la gente de» y «el asentamiento de la gente de». Un topónimo como «Reading», por tanto, significa «gente de Reada» en inglés antiguo, y de un modo similar, «Wokingham» equivale a «el asentamiento de la gente de Wocca». En el siglo XIX, y durante gran parte del XX, a los especialistas les gusta pensar que tales nombres habían sido introducidos por los iniciales pobladores sajones, y que individuos como Reada y Wocca debían encontrarse entre los primeros en desembarcar. Sin embargo, con el tiempo se ha demostrado que se trata de una suposición infundada, ya que tales nombres de lugares no coinciden con las evidencias arqueológicas de los asentamientos más antiguos. En la actualidad, parece probable que los ejemplos más tempranos de topónimos con -ing e -ingham daten de finales del siglo VI, es decir, del preciso momento en que vemos signos de un rápido ascenso de las élites sociales.
[12]
Esta fecha podría alterar todas las suposiciones asumidas sobre tales nombres. Existe la tendencia de imaginar los poblados con nombres acabados en -ing como comunidades hospitalarias, cohesionadas por lazos de parentesco, poco más que familias extensas. Beowulf comienza con un breve relato sobre el pueblo del rey Hródgar, conocidos como los escildingos a causa de Scyld, su padre fundador, al tiempo que describe cuánto amaban a sus líderes, tanto del pasado como del presente. Pero también deja claro que esos líderes eran señores de la guerra y que el modo en que habrían fraguado su autoridad estaba lejos de ser benigno. Aunque Scyld había comenzado su vida como un huérfano, adquirió su
Página 58
posición preeminente al apoderarse de los salones de otros y sembrar el miedo entre ellos, hasta obligarles a pagar tributo.[13]
Podemos sospechar que algo similar ocurrió en Britania a finales del siglo VI, y que hombres como Reada y Wocca no eran precisamente beatíficas figuras paternales, sino más bien guerreros diestros en el uso de las armas, proclives a la violencia y a una codicia ilimitada, que reafirmaron su dominio sobre otros mediante la exigencia de tributos en forma de bienes y servicios. Los ceorls que antaño habían sido independientes, y cultivaban una única hacienda, señores de unas pequeñas comunidades formadas por sus familiares y siervos, se vieron entonces forzados a contribuir al sustento de un individuo o un linaje que señoreaba sobre el resto.
Para considerar lo que esto pudo suponer en la práctica, tenemos que saltar un siglo hacia adelante, más o menos hacia la época del rey Ine de Wessex, que gobernó desde el 688 y promulgó una ley sobre lo que sus súbditos debían entregarle. De cada diez hides bajo su dominio, Ine esperaba un rendimiento anual de 10 tinajas de miel, 300 hogazas de pan, 12 ambers[**] de cerveza galesa, 30 de cerveza clara, 2 vacas adultas o 10 cabras, 10 gansos, 10 gallinas, 10 quesos, un amber de mantequilla, 5 salmones, 20 libras de forraje y 100 anguilas. El rey esperaba que esta tributación anual se entregara en uno de los varios enclaves de sus dominios donde poseía una vivienda y, presumiblemente, también instalaciones para almacenarlo todo hasta que él y sus seguidores pudieran consumir tales alimentos. Podemos suponer que, a finales del siglo VI, en mayor o menor medida, en todas partes se impusieron otras cargas similares cuando los señores más ambiciosos obligaron a sus vecinos más débiles a someterse económica y políticamente a ellos. A partir de las jefaturas que resultaron más exitosas surgieron los primeros reinos.[14]
Si esta interpretación es correcta, significa que, en un principio, la dignidad regia estaba al alcance de cualquier individuo con la suficiente ambición y poder; incluso un huérfano como Scyld podía crear un señorío que abarcara un gran territorio. Esto implica que, de inicio, pudieron coexistir infinidad de reinos, muchos más que los siete inmortalizados por Enrique de Huntingdon en el siglo XII. Una idea más precisa sobre la fragmentación política imperante en el periodo anglosajón temprano queda manifiesto en un documento de esta época, datado con toda probabilidad a finales del siglo VII. Consiste en un listado de los diferentes pueblos o
Página 59
tribus, acompañado de su número de hides: en la actualidad, los historiadores se refieren a él como el Tribal Hidage. El propósito de este documento no está nada claro, pero se considera que se redactó para calcular cuánto debía aportar cada tribu a un señor como tributo. Dado que esta descripción incluye todos los reinos de «la heptarquía» salvo Northumbria, algunos investigadores consideran que debió de elaborarlo algún rey northumbrio que demandaba tributos al resto, una circunstancia que apunta hacia la datación de finales del siglo VII.
Con independencia de cuál fuera su finalidad, y quién lo compiló, el Tribal Hidage aporta algo de luz acerca de la situación territorial hacia finales de ese periodo tan competitivo en el que surgieron los reinos anglosajones. Podemos constatar la existencia de algunos pueblos grandes y consolidados: Wessex, con un potencial estimado en 100 000 hides; Mercia y Anglia Oriental, ambos estimados en 30 000; y Kent, fijado en algo menos de 15 000. Por debajo de ellos, hay otros seis pueblos con 7000 hides cada uno: los célebres reinos de Sussex y Essex se encuentran entre ellos, pero también otros hoy olvidados, como Wrocensætna, Westerna, Lindesfarona y Hwinca. Más abajo en la lista, encontramos otros seis pueblos con más de mil hides cada uno, aunque un número
mucho mayor —diecisiete de un total de treinta y cinco— contaban con solo unos cientos de hides cada uno.[15]
La suposición más extendida es que, probablemente, todos los reinos tuvieron unos orígenes humildes y algunos medraron gracias a que dominaron a otros. Una vez asegurada la sumisión de sus vecinos, un ambicioso señor de la guerra podría llamarlos a luchar bajo su estandarte, lo que les permitiría enfrentarse a ejércitos de mayor entidad, hasta que al final consolidaron su dominio sobre un amplio territorio. El momento en el que este tipo de figuras pudieron autoproclamarse «reyes» debió de variar en función de las circunstancias. El término moderno king procede del inglés antiguo cyning, que significaría algo así como «hijo del linaje».[16]
Es imposible precisar por qué estos reyes surgieron de súbito a finales del siglo VI, pero las décadas anteriores habían resultado bastante catastróficas. Los problemas comenzaron en el 536, cuando varios autores señalan que algo iba mal con el clima. «Sucedió que a lo largo de ese año
—escribe el historiador bizantino Procopio—, el sol emitió su luz
Página 60
desprovista de rayos […] asemejándose muchísimo a un eclipse». Otro autor procedente del Mediterráneo describe un eclipse de un año entero y comenta que tal circunstancia produjo «un invierno sin tormentas, una primavera sin tibieza y un verano sin calor».[***] Incluso la Crónica Anglosajona, por lo general poco fiable para el siglo VI, menciona dos eclipses en esta época.[17]
Lo que estos escritores describen es un velo de polvo atmosférico causado por erupciones volcánicas. Estos datos se detectaron por primera vez a principios de la década de 1980, pero solo recientemente los científicos los relacionaron con la erupción de un volcán en Islandia, primero en el 536, y después en el 540 y el 547. En las tres ocasiones arrojó suficientes cenizas a la atmósfera para oscurecer el sol en todo el hemisferio norte, lo que provocó una caída drástica de las temperaturas: un análisis reciente ha identificado los años entre el 536 y el 545 como la década más fría de los últimos dos mil años.[18]
Las consecuencias obviamente fueron catastróficas: las cosechas se arruinaron en todas partes, lo cual produjo la consiguiente hambruna. «Falta de pan», escribió un cronista irlandés en el 536, y de nuevo en el
539. Después del hambre, llegó la peste bubónica. Comenzó en Oriente y devastó Constantinopla en el 541, se extendió por el Mediterráneo occidental en el 542 y llegó por fin a Irlanda en el 544, donde debió de maltratar a una población muy debilitada por el hambre. Resulta extremadamente improbable, como algunos han sugerido, que la plaga no se propagara también por Britania. A principios del siglo VI, las comunidades del sudoeste de la isla, como ya hemos señalado, mantenían vínculos comerciales con el Mediterráneo —a través de los cuales habría llegado la peste a Irlanda—, pero los yacimientos que reflejan un elevado estatus social, donde se han encontrado artefactos de origen mediterráneo, fueron abandonados de súbito a mediados de esta centuria. De todo ello podemos inferir, a pesar de la ausencia de evidencias documentales, que las comunidades anglosajonas de Britania oriental también debieron verse afectadas. Incluso si, por alguna circunstancia improbable, lograron evitar los peores estragos de la plaga, aun asi se habrían enfrentado al enfriamiento climático y las hambrunas de estas terribles décadas: no se puede eludir un evento de polvo atmosférico.[19]
En las islas británicas, en toda Europa e incluso más allá, las poblaciones debieron de resultar diezmadas hacia mediados del siglo VI.
Página 61
En Irlanda, las calamidades se sucedieron hasta mediados de la década de 570, con la plaga anterior seguida de una oleada de nuevas epidemias, incluida la viruela. Desconocemos con qué rapidez se recuperaron estas sociedades de lo que un cronista denominó «la gran mortandad». El sudoeste de Britania parece haberse visto muy afectado y permaneció despoblado durante décadas, posiblemente siglos. Otras regiones, como el noroeste, a juzgar por el registro arqueológico, parecen haberse recuperado con bastante celeridad. Es probable que nunca se sepa con exactitud cómo se vieron afectadas las comunidades anglosajonas del este, aunque es fácil imaginar que las conmociones de mediados del siglo VI hicieron que la sociedad se viera severamente alterada y reformada de un modo radical. La enorme carestía de alimentos debió de producir un incremento de la violencia, causado por comunidades desesperadas que se atacaban entre sí. Los supervivientes pudieron mostrarse dispuestos a renunciar a su independencia y someterse al dominio de otros con tal de garantizarse el sustento. (La palabra inglesa lord, «señor», procede del inglés antiguo hlaford, que significa «guardián del pan» o «dador de pan»). Entre la mortandad, el caos y la violencia, algunos se alzaron como grandes vencedores, al ser capaces de utilizar la desesperación ajena en su propio beneficio.[20]
¿Quiénes fueron los primeros reyes? ¿Existe algún modo de diferenciar el mito de la realidad en las primeras entradas de la Crónica Anglosajona? En esta cuestión, nuestra mejor guía es, una vez más, Beda el Venerable, quien escribió en el 731, un siglo y medio antes de que se compusiera la Crónica y, por tanto, no refleja sus distorsiones. En un famoso pasaje, Beda aporta un listado de los más poderosos entre los primeros reyes anglosajones, aquellos que ostentaban poder, no solo sobre sus respectivos pueblos, sino también sobre las jefaturas vecinas. Esta relación comienza con tres reyes que él asegura que gobernaban los reinos de Britania al sur del Humber.
El primer rey de la lista de Beda es Elle, el señor de los sajones del sur, o Sussex, el mismo individuo que, según la Crónica, había desembarcado en esta región en el 477. Ya hemos apuntado que el relato de la Crónica tiene todos los rasgos de una leyenda, pero la mención de Elle puede apuntar a que se trataba de un personaje real. Dado que no tenemos
Página 62
evidencias arqueológicas que respalden la idea de que Sussex tuviera reyes en una fecha tan temprana, cabe la posibilidad de que Elle, en realidad, gobernase a mediados del siglo VI, al comienzo del periodo en que comenzaban a emerger los reyes. Más allá de esto, nada sabemos de él.[21]
Nos hallamos en un terreno algo más firme en el caso de Celin, el rey de los sajones occidentales o Wessex, quien figura como el segundo nombre en el listado de Beda de los reyes supremos del sur. Celin aparece en la Crónica entre los años 560 y 593, y estas fechas pueden aportar una indicación bastante precisa sobre el periodo en que ostentó su dominio, incluso si las listas de Wessex sugieren que su reinado pudo haber sido más corto. Según la Crónica, era nieto de Cerdic, un caudillo que había llegado en tres barcos con un séquito armado a la costa de Hampshire medio siglo antes. Esta última parte vuelve a ser legendaria, pues los sajones occidentales pudieron tener más razones que ningún otro pueblo para ocultar su pasado, ya que Cerdic no es un nombre germánico. Parece proceder del britónico «Caradoc», lo que sugiere que la casa de Wessex pudo tener raíces mixtas sajonas y britanas. Según Beda, en un principio, a los sajones occidentales se les había llamado gevisos y, en lugar de desembarcar en la costa de Hampshire, parece que, en un principio, se asentaron en el alto valle del Támesis, donde existen abundantes evidencias arqueológicas de los primeros asentamientos sajones. Esta fue sin duda la región donde Celin medraba en los años 570 y 580, según la Crónica, «capturando muchos pueblos e innumerables botines». Si los anales tienen alguna base real, en el año 592 fue expulsado de su reino y falleció al siguiente.[22]
En este momento, si no antes, la supremacía sobre el sur de Britania se había desplazado hacia el rey Etelberto de Kent. Conocemos mejor a Etelberto porque fue el primer soberano anglosajón en convertirse al cristianismo, lo que obviamente le granjeó las simpatías del autor de la Historia eclesiástica…: «Fue el tercero de los reyes del pueblo de los anglos que reinó sobre todas sus provincias medionales —dice Beda—,
[…] pero fue el primero en subir al reino de los cielos». Beda asegura que el rey converso era hijo de Eormenrico, hijo de Octa, hijo de Oerico, y añade que esta dinastía era conocida como los Oiscinga. De forma menos
Página 63
creíble, también nos informa de que Oerico era hijo de Hengist; un punto donde, probablemente, la realidad histórica se confunde con la leyenda.[23] Por consiguiente, los auténticos orígenes de los reyes de Kent siguen siendo mera especulación. Como ya hemos visto, Beda asegura que esta región había sido ocupada por un pueblo llamado jutos, procedente de Jutlandia, en el sur de Escandinavia, y tal afirmación cuenta con cierto respaldo arqueológico. Los ajuares funerarios exhumados en la parte oriental del actual condado de Kent presentan notables diferencias respecto a los artefactos «sajones» hallados en el resto de la Britania meridional. En Finglesham, cerca del fuerte costero de Richborough, de origen romano, se constató que algunos de los primeros túmulos del periodo anglosajón contenían colgantes de oro de estilo escandinavo, muchos de los cuales cuentan con imágenes del dios Wotan. El topónimo «Finglesham» procede del antiguo anglosajón Pengelsham, que significa «asentamiento del príncipe», por lo que parece probable que los primeros
soberanos de Kent, en efecto, llegaron desde Jutlandia.[24]
No obstante, la cantidad de material de origen escandinavo de tales inhumaciones no era comparable al porcentaje procedente de la Galia, o Francia, como se había empezado a conocer.[25] Los francos eran uno de los pueblos bárbaros que habían cruzado la frontera del Rin en el año 406 y, hacia finales del siglo V, habían conquistado las tres cuartas partes de la antigua provincia romana, fraguando un reino extenso y poderoso. La práctica de erigir un túmulo sobre una cámara funeraria probablemente se introdujo en Britania como imitación de un ostentoso precedente. Cuando el rey franco Childerico falleció en torno al año 481, lo sepultaron en Tournai, junto a un tesoro de más de ochenta kilos de monedas áureas, joyas de oro y granates, y un anillo con sello inscrito con la elocuente leyenda childirici regis.[26] El reino emergente de Kent estaba muy influenciado por su poderoso vecino del otro lado del canal de la Mancha. Eormenrico, el padre del rey Etelberto, poseía un nombre franco, y la explicación más probable es que tuviera una madre de esta procedencia. Una relación dinástica de hondas raíces también explicaría por qué, quizá a finales de la década del 570, el propio Etelberto se desposó con una princesa franca llamada Berta.[27]
Un requisito importante para este matrimonio supuso que a la esposa se le permitiera practicar su religión. Durante el transcurso de la conquista de la Galia, los francos se habían impregnado de gran parte de la cultura
Página 64
romana: adoptaron una versión del bajo latín, que se convertiría en el francés, y abandonaron sus dioses paganos en favor del cristianismo. Para satisfacer las necesidades espirituales de Berta, Etelberto le entregó una iglesia antigua en las afueras de una ciudad romana en ruinas, situada en el corazón de su reino. Aunque entonces era conocida como Durovernum, en la actualidad se llama Canterbury (Cantwara-burh, «el bastión del pueblo de Kent»). Tras dos siglos de abandono, la mayor parte de su trazado original había quedado sepultado bajo una gruesa capa de sedimentos y escombros, aunque después se abrieron nuevas vías a través de las ruinas que convergían en el emplazamiento del antiguo teatro, una imponente estructura de piedra con un aforo de hasta siete mil personas. Para Etelberto, este enclave pudo ser el principal atractivo de Canterbury, un antiguo escenario que podría emplear para las ceremonias regias.[28]
La historia sobre cómo Etelberto se convirtió al cristianismo es bastante célebre. El relato de Beda comienza en Roma, cuando unos niños britanos llegaron al mercado de esclavos para ser vendidos. Sorprendido ante su tez clara y sus hermosos cabellos, Gregorio, un monje que se hallaba de paso, preguntó de qué raza eran, y le informaron de que se
trataba de anglos. «Bien está —respondió—, porque tienen cara de ángeles, y tales deben ser en los cielos los que compartan la suerte de los ángeles». Más adelante, el monje se convirtió en el papa Gregorio Magno y envió una misión a Britania para convertir a sus habitantes paganos.
Como el propio Beda reconoce, se trataba de un relato conformado al pasar de boca en boca. Incluye algunos complejos juegos de palabras en latín, como el de angli / angeli («anglos» y «ángeles»), y solo lo insertó en su narración como una ocurrencia tardía, al estar avalado por una larga tradición. Quizá surgió a raíz de una de las cartas del propio Gregorio, fechada en el 595, en la que solicitaba a un delegado papal en la Galia que comprase algunos esclavos anglosajones para que pudieran ser bautizados en Roma y formados como monjes. Esta circunstancia, no obstante, habría avivado el interés de Gregorio en los anglos paganos, de modo que, al año siguiente, organizó una misión encabezada por un monje romano llamado Agustín.[29]
Después de algunos requiebros, Agustín y otros cuarenta monjes que componían la misión llegaron a Kent, probablemente en la primavera del 597, y desembarcaron en la isla de Thanet. En la versión de Beda esta llegada supuso una sorpresa para Etelberto, quien les entregó provisiones,
Página 65
aunque ordenó permanecer en el lugar. Pocos días después, el rey y su séquito acudieron a recibir a los recién llegados, con la precaución de hacerlo a campo abierto, por si intentaban engañarlos con algún sortilegio. Tras oírlos predicar, Etelberto admitió que su religión parecía razonable, aunque adujo que él no podía abandonar de buenas a primeras sus arraigadas creencias. Sin embargo, les entregó una vivienda en Canterbury y les dio permiso para predicar en su reino. Agustín y sus misioneros utilizaron la iglesia antaño cedida a la reina Berta, y en la actualidad dedicada a San Martín. (Todavía está en pie, reconstruida, aunque empleando materiales romanos). En muy poco tiempo, obtuvieron unos resultados impresionantes. Al año siguiente, en su correspondencia, el papa Gregorio celebraba que Agustín hubiese bautizado a más de diez mil súbditos de Etelberto.[30]
Incluso asumiendo las exageraciones del papado, el hecho de que esta misión hubiera cosechado algún éxito nos permite suponer que el propio rey, a pesar de sus reticencias iniciales, debía hallarse entre los primeros conversos. ¿Y quién podría culparlo? «Dios Todopoderoso —le aseguró el papa en una carta fechada en el año 601— lleva a los mejores hombres a regir a los pueblos con el fin de hacer llegar por medio de ellos los dones de su piedad a todos aquellos al frente de los cuales se les ha puesto». El cristianismo ofrecía al rey no solo la promesa de un paraíso futuro y una vida eterna, sino también la perspectiva mucho más inmediata de verse elevado por encima de sus pares anglosajones. Roma le aportaba una legitimidad ideológica que respaldaba la influencia cultural y económica que ya poseía gracias a sus vínculos con los francos. Etelberto tenía una consorte cristiana y una ciudad romana recién renovada como capital. Poco después de su conversión al cristianismo, también emitió un código legal escrito, con la ayuda de los clérigos alfabetizados que ahora formaban parte de su corte, y fundó una nueva iglesia (la Abadía de San Agustín, situada extramuros en Canterbury) donde, en última instancia, Berta y él fueron enterrados.[31]
Etelberto también descolló por encima de otros reyes anglosajones debido a su inmensa riqueza. Desde la caída del Imperio romano de Occidente, el oro había escaseado en Europa, pero en las últimas décadas del siglo VI fluyó en grandes cantidades hacia Francia desde Bizancio (el nombre que se otorgaría después al Imperio romano de Oriente, que pervivió durante otro milenio). Parte de este oro cruzó el canal de la
Página 66
Mancha, lo que permitió que el rey de Kent se convirtiera en un extraordinario dador de anillos. Al ser un metal más dúctil que la plata, el oro facilitó el desarrollo de un nuevo estilo artístico. De este modo, en la orfebrería desaparecieron los motivos animales fragmentados e incorpóreos de antaño, conocidos como Estilo I por los especialistas, y llegaron nuevos diseños, formados por sinuosas figuras serpentiformes entrelazadas, el llamado Estilo II, que tendemos a considerar como propio de los anglosajones. Un broche áureo con incrustaciones de vidrio y granates hallado en una suntuosa tumba femenina de Kingston Down, cerca de Canterbury (fotografía a color n.º 4), supone un ejemplo especialmente significativo, que muestra la suntuosidad que podían ostentar los coetáneos de Etelberto (en este caso, quizá uno de sus parientes).[32]
Hasta cierto punto, la distribución de tales hallazgos puede servirnos para deducir el alcance geográfico del poder regio de Kent. Hacia finales del siglo VI, la cultura arqueológica característica del núcleo oriental del reino se extendía hacia occidente, lo que sugiere que Etelberto probablemente se había anexionado la región de más allá del río Medway. Su influencia pudo haberse extendido aún más. El túmulo principesco de Taplow, en Buckinghamshire, que se excavó en el siglo XIX, contenía ajuares de un estilo tan similar a los hallados en Kent que el individuo masculino inhumado ha sido considerado un «rey títere de Kent». Beda describió a Etelberto como un «monarca muy poderoso» cuya autoridad se extendía hasta el río Humber, y al final de su reinado, las modas de Kent se habían difundido por la mayor parte del sur de Britania.[33]
Aunque otras evidencias sugieren que, en realidad, el poder de Etelberto se hallaba más restringido. En el año 601, Gregorio Magno, alentado por el éxito de la misión de Agustín, urdió un plan para cristianizar el resto de los reinos anglosajones. Esto implicaba la creación de dos arzobispados, uno en Londres y otro en York, cada uno responsable de supervisar a una docena de obispos diocesanos. Sin embargo, los intentos de Etelberto de ponerlo en práctica tuvieron un éxito sin duda limitado. Estableció un obispado en el oeste de Kent, en Rochester, para dar la impresión de que la región se hallaba bajo su control directo, junto a otro en Londres. La ruinosa capital romana se hallaba en el vecino reino de Essex y ahí el monarca de Kent obviamente ejercía una cierta influencia política, tal vez equivalente a un señorío: el rey de Essex, Saeberto, era su
Página 67
sobrino, y Etelberto lo había alentado a convertirse al cristianismo. Sin embargo, en ese momento, la fundación de dos nuevos obispados supuso el máximo que logró alcanzar del ambicioso plan del papado, y su decisión de que Londres fuera un arzobispado jamás se cumplió. Canterbury, la capital de Etelberto, ostentó ese rango, y Agustín se convirtió en su primer titular.[34]
Para conocer un rey de principios del siglo VII que realmente amplió su autoridad, sería necesario aventurarse al norte del Humber. «En estos
tiempos —explica Beda—, estuvo a la cabeza del reino de Northumbria el rey Etelfrido, muy valeroso y muy deseoso de gloria». En realidad, en este momento no existía ningún reino de Northumbria; este nombre solo ganó popularidad hacia finales de la centuria y es posible que fuera una invención del propio Beda. Aunque, sin duda, Etelfrido, cuyo apetito por el poder debía ser insaciable, fraguó sus cimientos.[35]
En un principio, su gobierno se limitó al reino de Bernicia que obtuvo hacia el año 592. Parece que los primeros asentamientos anglosajones en la región se hallaban en torno al río Tyne, pero los antepasados de Etelfrido pronto extendieron su poder por la costa nororiental, hasta dominar las comarcas actualmente conocidas como Northumberland y condado de Durham. A su oscuro abuelo, Ida, la Crónica Anglosajona le atribuye la construcción de una fortaleza en el afloramiento rocoso de Bamburgh, el lugar donde hoy se encuentra el castillo de Bamburgh. Beda aporta una improbable historia que relaciona el origen de este topónimo con el nombre de la reina Bebba, la primera esposa de Etelfrido.[36]
Desde Bamburgh, Etelfrido combatió y conquistó en todas las direcciones. En primera instancia, esto sucedió a expensas de los reinos britanos limítrofes. «Ninguno de los reyes hizo tributarias o habitables para el pueblo de los anglos», dice Beda. El reino britano situado inmediatamente al norte de Bernicia, llamado Gododdin, debió ser uno de sus primeros objetivos, y cabe la posibilidad de que el antiguo poema «Y Gododdin», que lamenta su derrota a manos de los anglosajones, esté relacionado con algún suceso real acaecido durante el reinado de Etelfrido. Según Beda, las conquistas del reino de Bernicia a costa de los britanos fueron tan arrolladoras que causaron alarma incluso en el lejano reino gaélico de Dalriada, situado al oeste de la actual Escocia, lo que forzó a su
Página 68
soberano, Áedán, a marchar contra Etelfrido «con un ejército enorme y poderoso». Los dos bandos se enfrentaron en el enclave no identificado de Degsastan, en el año 603, donde Etelfrido volvió a resultar victorioso, pues aplastó al ejército del rey escoto y lo obligó a huir con un puñado de supervivientes.[37]
Al parecer, fue poco después de su sangriento triunfo en Degsastan cuando Etelfrido dirigió su atención al sur y se adueñó del reino anglosajón de Deira. Poco se sabe de sus gobernantes anteriores, por lo que el modo en que Etelfrido obtuvo el control de este territorio sigue siendo un enigma. Hay quien asume que lo hizo con la brutalidad que lo caracterizaba, puesto que Etelrico, el anterior soberano de Deira, parece haber muerto más o menos al mismo tiempo. Aunque también es posible que el berniciano asumiera el poder merced a un acuerdo pacífico, ya que su segunda esposa, Acha, era la hija de un rey anterior de Deira, de nombre Aelle. Sin embargo, se antoja mucho más probable que se diera alguna forma de coerción o agresión por parte de Etelfrido, ya que combatió de un modo feroz con Edwino, el hijo de Aelle (y hermano de Acha), quien se vio forzado a exiliarse por temor a su vida.[38]
Tras una década de destierro, durante el cual eludió los repetidos intentos de asesinato, Edwino acabó en la corte de Redvaldo, rey de los anglos orientales. Pronto comenzaron a llegar mensajeros de Etelfrido que ofrecían al rey de Anglia Oriental grandes sumas de dinero a cambio de acabar con la vida de su invitado y, al final, le amenazaron con una guerra si rechazaba la oferta. Redvaldo a punto estuvo de ceder a la presión, asegura Beda, pero su esposa lo disuadió de realizar un acto tan deshonroso. En su lugar decidió pasar a la ofensiva, de modo que reunió un gran ejército y sorprendió a Etelfrido en una batalla, en la que logró capturar al rey norteño antes de que tuviera tiempo de reunir a todo su ejército. Combatieron en la orilla oriental del río Idle, un afluente del Trent, en la actual frontera entre Yorkshire y Nottinghamshire, donde pereció Etelfrido.[39]
Las consecuencias de este enfrentamiento tuvieron una enorme repercusión. Una vez muerto Etelfrido, las líneas dinásticas de Northumbria se invirtieron: Edwino regresó a su hogar para gobernar tanto Deira como Bernicia, lo que hizo que los hijos de su antiguo torturador
Página 69
huyeran. Mientras tanto, en el sur, la victoria contra un adversario tan formidable consolidó la posición de Redvaldo, el protector de Edwino. Según Beda, Redvaldo fue considerado una figura emergente en el sur de Britania incluso durante la supremacía de Etelberto, el rey de Kent con una enorme riqueza. La muerte de Etelberto en el 616 coincidió con la célebre victoria de Redvaldo en el río Idle, lo que permitió que el rey de Anglia Oriental se convirtiera en la autoridad hegemónica en el sur, y en el cuarto miembro de la lista de reyes supremos de Beda.[40]
Las fuentes escritas dicen muy poco sobre Anglia Oriental y sus primeros gobernantes. Beda presenta a Redvaldo como hijo de Totila, a su vez hijo de Wuffa, y su dinastía era conocida como los Wuffinga. Si otorgamos crédito a la relación de reinados posteriores, Wuffa falleció en el 578 y Totila en el 599, momento en el que el gobierno de Redvaldo debió de iniciarse. Menos sabemos aún sobre la extensión territorial de sus dominios en la moderna Anglia Oriental. A partir de la obvia etimología de los nombres de los condados de Norfolk y Suffolk se ha especulado que podrían reflejar una división primigenia entre las tribus del norte y del sur que habría existido desde una fecha temprana, aunque no existen referencias escritas sobre ambos anteriores al siglo XI. Beda menciona una residencia regia en Rendlesham, en el sudeste de Suffolk, y el registro arqueológico sugiere que podría haber sido el territorio original de los Wuffinga, una región de sinuosas ensenadas que habría resultado muy accesible para los primeros colonos llegados de ultramar.[41]
Al igual que los primeros reyes de Kent, los Wuffinga parecen hallarse entre dos ámbitos culturales. Históricamente, habían mirado más allá del mar del Norte, hacia Escandinavia, pero de forma reciente se veían atraídos de forma irremisible hacia el poder franco y el cristianismo con el que estaba asociado. Beda relata que Redvaldo se había iniciado en la nueva fe durante una visita a Kent; cabe suponer que el rey Etelberto, como soberano supremo, participó en el intento de conversión. Sin embargo, una vez que regresó a su hogar, el compromiso de Redvaldo se vio frustrado por su consorte y otros consejeros. Para disgusto de Beda, el rey resolvió tales demandas espirituales erigiendo dos altares en su templo: uno para celebrar el rito cristiano y otro en el que se seguían realizando sacrificios paganos.[42]
No obstante, cuando llegó el momento de ser enterrado, Redvaldo, quizá su esposa y familiares más conservadores, se decantó en favor de la
Página 70
tradición. Este rey parece que murió en torno al año 625, momento en el que la costumbre de las inhumaciones principescas estaba en su apogeo. En el vecino reino de Essex, por ejemplo, a principios del siglo VII se erigió una tumba en Prittlewell, en la actualidad un suburbio de la ciudad costera de Southend. Hallada en 2003, su cámara funeraria tenía cuatro metros cuadrados y había sido cubierta por un montículo (desaparecido mucho tiempo atrás) de diez metros de diámetro. A pesar de que no se encontró ningún cuerpo en el interior, pues los huesos se habían disuelto a causa de la acidez de la tierra del túmulo colapsado, había una gran variedad de artefactos funerarios, incluidas dos pequeñas cruces de oro, lo que evidencia que el difunto había abrazado el cristianismo. Dada su ubicación, existen argumentos bastante sólidos para suponer que se trataba de un miembro de la familia real de Essex que habría fallecido en torno al año 600.[43]
Página 71
Figura 6: Una reconstrucción ilustrada del enterramiento del túmulo de Prittlewell en Essex. © Museo de Arqueología de Londres (MOLA), reproducido con permiso.
En gran medida, Essex era un reino ya establecido, e incluso Enrique de Huntingdon, que lo incluye en su famosa heptarquía, así lo reconoce. Pero se trataba del vecino meridional de Anglia Oriental y la razón de los enterramientos a tan gran escala residía en competir con otros en ostentación. Cuando los Wuffinga tuvieron que inhumar a su rey unos años después, decidieron hacer algo aún más espectacular. A unas pocas millas río abajo de su residencia regia en Rendlesham, cerca de la ribera del Deben, poseían una necrópolis donde los anteriores miembros de la
Página 72
dinastía habían sido incinerados e inhumados en cuencos de bronce. Para Redvaldo, entonces, decidieron excavar una enorme zanja, a la que llevaron a rastras un barco de veintisiete metros de eslora. En su mismo centro, en una cámara construida para tal efecto, depositaron al fallecido monarca acompañado de todos sus adornos. Después, cubrieron el conjunto con tierra y erigieron un túmulo de treinta metros de anchura y tal vez cinco de alto.[44]
El barco funerario de Sutton Hoo, descubierto en 1939, trece siglos después, resulta tan célebre que corremos el riesgo de olvidar la excepcional naturaleza del tesoro que contenía. Existía un buen motivo por el que los arqueólogos que lo excavaron salieron con las palmas de las manos sudorosas y la necesidad de tomarse un buen trago. Por primera vez, había un tesoro que parecía provenir del universo de Beowulf, repleto de artefactos de tal riqueza que aún nos deslumbran a pesar de resultarnos tan familiares. El yelmo, con sus inquietantes aperturas para los ojos, suele acaparar la atención, pero algunos de los elementos menores resultan aún más seductores: la hebilla del cinturón es quizá el mejor ejemplo de orfebrería del Estilo II conservado, una obra maestra realizada en oro (imagen a color n.º 5). Otros objetos hallados en la tumba son demasiado numerosos para enumerarlos, pero incluían toda clase de elementos de panoplia, como una cota de malla, una espada con un pomo áureo y un escudo con un umbo del mismo metal; una amplia gama de vajilla, que incluía cuernos para beber, calderos y cuencos, y un plato argénteo procedente de Constantinopla; además de una colección de efectos más personales que incluyen cuchillos, peines, botellas y una capa.[45]
Cierto es que no podemos afirmar con absoluta certeza que se trate del tesoro de Redvaldo, ya que el cuerpo estaba ausente, consumido por la acidez del suelo, al igual que el ocupante de la tumba de Prittlewell, y por desgracia no había ningún anillo con las palabras rædwaldus rex. Por ello, algunos historiadores apostaron por la cautela y acabaron sembrando la duda. Pero este sigue siendo, con gran diferencia, el enterramiento principesco más suntuoso y de mayores dimensiones jamás descubierto en Britania, lo que induce a pensar que el difunto no solo era un rey, sino de uno importante. Dada su ubicación, podemos suponer con bastante certeza que era un monarca de Anglia Oriental, y ante la presencia de acuñaciones datadas a mediados de la década del 620, podemos estar bastante seguros de que, en efecto, se trataba de Redvaldo. En ocasiones, los datos que nos
Página 73
aportan la arqueología y la historia encajan tan bien que la conclusión más tentadora suele ser la correcta.[46]
Página 74
Página 75
Figura 7: La excavación del enterramiento del barco de Sutton Hoo, en 1939. © Fideicomisarios del Museo Británico. Reservados todos los derechos.
Al igual que el cuerpo del rey se había degradado con el paso del tiempo, también lo había hecho su barco: sus contornos solo eran perceptibles gracias a los remaches que habían mantenido unidas las tracas. En su día fue la embarcación de mayores dimensiones jamás exhumada en Europa anterior a la Era Vikinga, aunque no la única descubierta en Sutton Hoo. Otro túmulo del mismo yacimiento, tristemente expoliado, se pudo identificar en 1998 como una cámara funeraria más convencional que habría sido sellada al colocar encima un barco algo más pequeño de unos veinte metros. Si este enterramiento es cronológicamente anterior al mayor y más conocido, quizá podría ser la tumba del hijo de Redvaldo, llamado Rægenhere, quien murió luchando junto a su padre en la batalla del río Idle. De cualquier manera, la práctica de utilizar naves para enterrar a los muertos no tenía precedentes en Britania, aunque era bastante común en Suecia, lo que sugiere que los Wuffinga poseían vínculos ancestrales con esta región que deseaban proclamar.[47] Quizá resulte demasiado aventurado sugerir, basándonos en tales conexiones, que los miembros de esta dinastía eran descendientes de Beowulf y los responsables de la transmisión del relato legendario. Aunque los paralelos entre Sutton Hoo y el famoso poema en verdad están presentes. Pese a que el propio Beowulf fue incinerado en una pira funeraria, sus restos fueron inhumados bajo un túmulo «que los marinos podían contemplar desde lejos», y lo mismo debió de suceder con los montículos erigidos en la ribera del Deben en Sutton Hoo. Más fuertes aún son tales ecos al comienzo del poema, cuando el moribundo rey Scyld, padre fundador de la casa real danesa, insiste en viajar al otro mundo atravesando el mar:
Fue colocado el egregio señor dadivoso de anillas a bordo del barco, al pie de su mástil. Abundaban allá
Página 76
los tesoros y adornos de tierras lejanas. No sé de otra nave que así se equipara con armas de guerra, espadas, arneses y cotas de malla; repleta quedó
de magníficas joyas, que lejos con él deberían partir en poder de las aguas.[48]
Para cuando Redvaldo navegaba hacia las estancias de sus antepasados, su poder ya había sido eclipsado por el de su antiguo protegido, el rey Edwino de Northumbria. En la década transcurrida desde su ascenso al trono en el 616, el antiguo exiliado se había consolidado como el soberano anglosajón más poderoso hasta entonces, pues dominaba no solo las tierras que se extendían al norte del Humber, sino también las del sur. «Antes de él ninguno de los anglos —dice Beda—, tuvo bajo su dominio todos los confines de Britania, tanto los reinos habitados por ellos como por los britanos».[49]
Esta hipérbole alentó a los autores posteriores a caer en excesos aún mayores. Una mano anónima del siglo IX de la Crónica Anglosajona transcribió el listado de reyes supremos elaborada por Beda y los llamó bretwaldas, lo que parece significar «soberanos de Britania» (una variante del manuscrito los denomina brytenwaldas, que significa «grandes soberanos»). Los historiadores de épocas más recientes han aducido que los bretwaldas pudieron poseer algún tipo de rango formal y tal vez incluso cierto poder institucional. Beda alimenta aún más tales especulaciones cuando relata cómo a Edwino siempre le predecía su estandarte de batalla, incluso en tiempos de paz, cuando cabalgaba por las ciudades y la campiña con su séquito. «Cuando iba a dondequiera que
fuese por las calles —añade Beda—, solía llevarse delante de él el tipo de estandarte que los romanos llaman tufa y los anglos thuf». En Sutton Hoo se descubrieron los restos de ese estandarte, y también un cetro, lo que sugiere que Edwino no fue el único en obrar de este modo.[50]
Pocos historiadores modernos, sin embargo, postularían la existencia de alguna base institucional en el bretwaldaship. A Edwino y Redvaldo pudo complacerles desfilar con estandartes al estilo romano, pero se limitaban a imitar una antigua tradición, sin necesidad de que existiera algo más allá. En realidad, no había reglas en este juego de tronos y los reyes no se sometían a otros por respeto a algún cargo reconocido de
Página 77
forma unánime. La imposición por la fuerza era lo único que de verdad existía y el vasallaje se expresaba en forma de tributos.[51]
Estos podían adoptar diversas formas (oro, por ejemplo), aunque la más habitual probablemente fuera el ganado. Las vacas y los bueyes poseían la ventaja de que se podían conducir a pie a los centros de exacción fiscal de la realeza y mantener con vida hasta que llegase el momento de sacrificarlos. La mejor época para ello era noviembre, lo que suponía que había menos animales que alimentar durante el invierno. Tal como explica Beda en De temporum ratione, la palabra anglosajona para noviembre era blodmonath, «pues era en este mes cuando el ganado que sería sacrificado se consagraba a los dioses». Se esperaba que los reyes asumieran un papel activo en este ritual, para reforzar la naturaleza sacralizada de poder. El hacha-martillo hallado en la tumba regia de Sutton Hoo ha sido recientemente interpretado como un instrumento empleado en el sacrificio de una vaca o un buey de un solo golpe en la testa.[52]
El ganado suponía un bien esencial para los soberanos anglosajones, no solo por su gran apetito por la carne, sino por la acuciante necesidad de cuero y pieles. En concreto, el cuero era necesario para fabricar una gran variedad de artículos que resultaban esenciales como zapatos y botas, bolsos y carteras, odres y cantimploras, además de toda clase de equipamiento ecuestre y militar: sillas de montar, arneses, correas, vainas, armaduras y tiendas de campaña. No había prácticamente nada que no pudiera mejorarse con cuero y otros muchos objetos no podían realizarse sin él. Era, según la memorable frase de un historiador, «el plástico de la Edad Media».[53]
Aunque solo fuera por la necesidad de estos subproductos, los reyes anglosajones estaban obligados a festejar a gran escala. Al inicio de Beowulf, poco después de presentarse al rey Hródgar, se nos describe su salón, Hérot, construido para maravillar al mundo: una sala del trono en la que el rey podía repartir torques y anillos, además de un lugar para comer, beber y divertirse. El salón simbolizaba el poder regio, y cuando acaba arruinado por el ataque del monstruo Grendel, dicho poder disminuye a ojos vista.[54]
Edwino tenía un salón igual de soberbio en un lugar llamado Yeavering, que se encontraba en la frontera norte de su reino, unos treinta y dos kilómetros tierra adentro, desde la fortaleza de Bamburgh, en las estribaciones de los montes Cheviot. Beda nos informa de que el rey tenía
Página 78
allí una residencia y, por fortuna, esta es otra ocasión en la que la historia y la arqueología van de la mano, pues este enclave fue identificado gracias a un reconocimiento aéreo realizado en 1949, aunque se ha excavado con posterioridad.[55]
Este yacimiento, sin duda, fue habitado por los reyes de Bernicia debido a su importancia política y significado ritual. Se encuentra justo debajo de un castro de la Edad del Hierro, el más grande de Northumbria, y se utilizó como necrópolis durante la Prehistoria. Los poderosos anglosajones solían usar de este modo los elementos antiguos del paisaje, apropiándose de los túmulos y los lugares de culto con la esperanza de heredar su simbolismo religioso. De un modo más reciente, Yeavering había sido utilizado por los gobernantes britanos como centro de recaudación de tributos: una de los rasgos más característicos del yacimiento era un terraplén elevado que conformaba un gran recinto, interpretado de forma plausible como una cerca para el ganado, pues más del 94 % de los huesos de animales allí encontrados eran de vacas o bueyes. Cabe suponer que el predecesor de Edwino y su bestia negra, el rey Etelberto, se apoderó del enclave durante sus guerras de expansión contra los Gododdin, ya que los primeros edificios del yacimiento parecen estar datados en torno al año 600. Incluían una estructura desprovista de cualquier evidencia de ocupación, aunque próxima a un pozo lleno de cráneos de bueyes, lo que sugiere que se trataba de un templo pagano utilizado para los sacrificios rituales antes descritos. Los arqueólogos también hallaron evidencias de una peculiar estructura con la forma de una sección de un anfiteatro romano, en apariencia construida con el propósito de acomodar a varios centenares de personas para una audiencia al aire libre con el rey.[56]
En cuanto a la sala en sí, resultó que se superponían estructuras en el mismo lugar, construidas sucesivamente a medida que se incendiaban o se demolían de forma deliberada. La de mayores dimensiones parece estar fechada en el reinado de Edwino, poseía veinticinco metros de longitud por doce de anchura, y las medidas de los huecos de los postes indicaban que se había construido con precisión. Debía de tener una gran altura, ya que su envigado estaba hincado en agujeros de más de dos metros de profundidad. El caldero exhumado en Sutton Hoo, unido a una cadena que medía 3,75 metros, parece sugerir la altura existente entre el brasero, situado en el suelo del salón de Redvaldo, y las vigas más bajas del techo.
Página 79
Un edificio a tan gran escala demuestra que Edwino, al igual que Hródgar, deseaba inspirar admiración.[57]
Por impresionante que fuera, el complejo de salas de Yeavering estaba lejos de ser el único. El propio Edwino poseía otros solo en Bernicia, Sprouston, Doon Hill y presumiblemente en Bamburgh, y debió de tener varios más en Deira. Y lo aplicable a Edwino también ha de serlo para otros reyes anglosajones: se han excavado salones de tamaño similar en Lyminge (Kent) y en Cowdery’s Down (Hampshire), y se ha identificado otro en Rendlesham. El reducido número de hallazgos de estructuras de este tipo se debe a que, al estar construidas en madera, han dejado pocas huellas perceptibles. Por su propia naturaleza se trataba de estructuras efímeras, tan vulnerables a los incendios accidentales como a los enemigos con antorchas. Los anglosajones sabían que su universo era temporal. Incluso cuando el poeta de Beowulf describe por primera vez el esplendor de Hérot, nos recuerda que, en última instancia, está condenado a arder. Beda concluye su descripción de Yeavering señalando que fue abandonado por los sucesores de Edwino, quienes construyeron un nuevo salón en las cercanías de Millfield.
Además de que estos salones no durarían demasiado, el propio deseo de construir a tal escala también fue transitorio. Existe una tendencia a imaginar, debido a la popularidad de Beowulf y las novelas de Tolkien, que estos edificios fueron la residencia regia habitual durante todo el periodo anglosajón. Con el beneficio que nos otorgan los avances de la arqueología, hoy pueden considerarse casi una moda pasajera iniciada en torno al año 600 y que duró poco más de medio siglo. Esto, por supuesto, significa que coinciden en el tiempo con la moda de los ostentosos enterramientos principescos. Ambos eran manifestaciones del mismo fenómeno subyacente, el surgimiento de la figura de los reyes y la competencia feroz, incluso desesperada, entre ellos.[58]
La importancia del salón, la protección y las comodidades que proporciona, se evocan en un célebre pasaje de la Historia eclesiástica… de Beda, cuando uno de los principales hombres de Edwino invita al rey a imaginarse a sí mismo festejando con sus seguidores en pleno invierno: «con el fuego encendido en medio y bien caliente la sala, mientras fuera se desataba la furia de los vendavales invernales de lluvias y nieves».
Página 80
Entonces, de repente, un gorrión atraviesa el edificio, entra por una puerta y sale por la otra. «Durante los pocos instantes que está dentro —dice el consejero del rey—, las tormentas y las tempestades no pueden tocarlo, pero después de un brevísimo momento de calma, desaparece de la vista, hacia el mundo invernal del que procede». Esta imagen se presenta ante Edwino como una metáfora de los límites de su comprensión. Como paganos, lo único que conocían era la breve estancia del hombre en la Tierra: lo que hubo antes y lo que vendrá después supone un completo misterio. Quizá, concluye el orador, podrían obtener un conocimiento más certero sobre tales asuntos si abrazaran el cristianismo.[59]
Figura 8: Una reconstrucción ilustrada del gran salón de Cowdery’s Down en
Hampshire. Artista: Simon James. Usado con permiso.
Página 81
Durante la primera década del reinado de Edwino, la misión cristiana en Britania se había extinguido casi por completo. En cuanto Etelberto de Kent falleció en el 616, el resto de los gobernantes a los que había persuadido para convertirse volvieron al paganismo. (O, según la frase bíblica que tomó prestada Beda, «regresaron a su vómito»). En Anglia Oriental, como ya hemos visto, su esposa y sus asesores alejaron a Redvaldo de la fe cristiana. Al rey Saeberto de Essex le sucedieron sus hijos paganos, quienes se encolerizaron con el obispo de Londres cuando este se negó a darles la comunión a menos que primero se bautizaran, de modo que lo exiliaron. Incluso en el propio Kent la implantación de la nueva fe estuvo a punto de fracasar. El hijo de Etelberto, Eadbaldo, no solo se negó a abrazar el cristianismo, sino que, para disgusto de Beda, adoptó la costumbre pagana de casarse con la viuda de su padre (es decir, su madrastra). El obispo de Rochester, al igual que el de Londres, abandonó su cargo y huyó a Francia, e incluso el sucesor de Agustín como arzobispo de Canterbury, Lorenzo, estaba dispuesto a hacer lo mismo, hasta que San Pedro se le apareció en una visión y le exhortó airado que no se marchara.
[60]
Por tanto, supuso un avance pequeño aunque significativo cuando Edwino, ahora el rey anglosajón más poderoso, se casó con Etelburga, la hermana de Eadbaldo, porque ella, a diferencia de su hermano, había seguido siendo cristiana. En algún momento antes del 624, como hizo su madre franca medio siglo antes, la princesa de Kent marchó al norte hacia un reino pagano, acompañada por un sacerdote cristiano, asumiendo que se le permitiría practicar su fe. Una vez celebrado el matrimonio, ella y su sacerdote se pusieron a trabajar para convertir a Edwino, animados por las exhortaciones del papa. «Insiste, pues, gloriosa hija —le decía Bonifacio V en una carta—, e intenta con todo tu esfuerzo ablandar la dureza de su corazón», y adjuntó a la misiva un espejo de plata y una peineta de marfil dorado como obsequios para la nueva reina. En una epístola similar dirigida a su esposo, acompañada de una túnica bordada en oro, Bonifacio instó al rey a destruir las imágenes talladas que él y su pueblo entonces adoraban. Puede parecer improbable que una postura tan intransigente tuviera éxito, pero uno de los aspectos más notables de la misión gregoriana fue la voluntad pragmática de adaptarse a los ritos ya existentes. El propio Gregorio Magno, en una carta del año 601, había señalado que los anglosajones «suelen inmolar muchos bueyes en
Página 82
sacrificio a los demonios», y sugirió que, si bien la adoración al diablo obviamente debía desaparecer, a quienes se convirtieran debía permitírseles seguir matando vacas y celebrando banquetes. Mientras lo hicieran en alabanza a Dios, que comieran chuletas.[61]
Ya fuera porque se dejase influir por las palabras de su esposa, los obsequios del papa o la certeza de que la carne se mantendría en el menú, en el 627, Edwino estaba decidido a dar el paso. En la Pascua de ese año fue bautizado en York, en una iglesia de madera que se había construido para este propósito entre las ruinas de la ciudad romana. La ceremonia estuvo oficiada por Paulino, el sacerdote de la reina, quien después se convertiría en el primer obispo de York. Otros miembros de la familia real fueron bautizados poco después, al igual que muchos habitantes de Northumbria. Según Beda, en una ocasión, Paulino pasó más de un mes en Yeavering sumergiendo a los lugareños en el río Glen, todos los días, desde el amanecer hasta la puesta de sol. Mientras tanto, en York, Edwino había ordenado construir una nueva iglesia de piedra, dedicada a San Pedro, para reemplazar el improvisado templo que empleó en su propio bautizo. Sin embargo, como Beda señala con pesar, antes de que sus muros fueran erigidos por completo el rey fue «arrebatado por una muerte cruel».
[62]
El extenso territorio controlado por Edwino implicaba que tenía muchos enemigos potenciales. El año antes de su bautismo, a decir de Beda, estuvo a punto de perecer a manos de un asesino enviado por el rey de Wessex, que se abalanzó sobre él con una espada envenenada, lo hirió y mató a dos de sus criados. Una vez recuperado, a modo de represalia, Edwino dirigió un ejército contra Wessex y lo destruyó, una acción que habría satisfecho las expectativas propias de la época, basadas en nociones como el honor y la venganza, pero que no ayudaba a reducir la posibilidad de una futura violencia recíproca.[63]
En última instancia, su némesis fue Cedwalla, el soberano del reino britano de Gwynedd. Al igual que Etelfrido antes que él, Edwino evidentemente había hecho la guerra contra los pueblos celtas occidentales, pues Beda nos informa de que había extendido su dominio a las islas de Man y Anglesey «que son de los britanos y están situadas entre Hibernia[****] y Britania». En la práctica, Anglesey suponía el granero insular de la montañosa Gwynedd, y su pérdida tuvo que suponer un golpe muy doloroso para Cedwalla. En el 633 buscó venganza, invadió
Página 83
Northumbria y se enfrentó a su rey en batalla. Los dos ejércitos se encontraron en un lugar llamado Hæthfelth, que se ha identificado con Hatfield Chase, cerca de Doncaster, y allí Edwino murió el 12 de octubre, a la edad de cuarenta y siete años. Con él perecieron muchos otros habitantes de Northumbria, incluido uno de sus propios hijos. Llevaron su cabeza cortada a York, para depositarla en la iglesia inacabada de San Pedro.[64]
Como Beda señala con amargura, esto supuso el comienzo del sufrimiento de Northumbria. Después de su victoria, Cedwalla mostró su cólera hacia el reino derrotado, «dispuesto a borrar a todo el linaje de los anglos de los confines de Britania». La reina viuda Etelburga y sus dos hijos pequeños lograron escapar en barco para reunirse con su familia en Kent, junto con su sacerdote, el obispo Paulino, aunque muy pocos tuvieron tanta suerte, ya que los invasores «ni siquiera tenía[n] consideración por el sexo femenino o la inocente edad de los niños». Beda lo achaca a la crueldad bestial y la barbarie de Cedwalla, aunque en realidad la actuación del rey britano probablemente no fue muy distinta a la de cualquier señor de la guerra del siglo VII: el propio Edwino debió de hacer lo mismo cuando atacó Wessex unos años antes. En el mundo de Beowulf, tal era el destino que esperaba la población tras la muerte de su señor y protector. Mientras el cadáver de Beowulf arde en su pira funeraria, al final del poema, una mujer gauta entona desesperada:
La anciana señora –trenzado el cabello–
también entonaba en honor de Beowulf
su doliente lamento; sin cesar repetía
que tiempos terribles al reino aguardaban,
crueles matanzas, pavor de enemigos
y vil cautiverio. La humareda acabó.[65]
Como conquistador, Cedwalla era libre de reorganizar el reino de Northumbria como mejor le pareciera, y su primera decisión fue dividirlo en dos, acabando así con treinta años de unión entre Deira y Bernicia. Para tal fin, permitió que los hijos de Etelfrido, el predecesor de Edwino, regresaran de su largo exilio y nombró a Eanfrido, el mayor de ambos, como nuevo soberano de Bernicia. Mientras tanto, Deira carecía de un gobernante tras la destrucción de la familia de Edwino, por lo que entregó
Página 84
el título regio a su primo Osrico. Ninguno duró un año en el trono. Dada la supremacía militar de Cedwalla, debió esperar que ambos actuaran como títeres. El primero en resistirse fue Osrico, que en el verano del 634 asedió al rey britano cuando se alojaba en una ciudad fortificada; en opinión de Beda, lo hizo de forma temeraria, porque su nuevo señor supremo salió a toda prisa con su ejército y masacró a los sitiadores, incluido Osrico. Después de esto, a decir de Beda, Cedwalla se limitó a ocupar ambos reinos y los gobernó como un tirano. Cuando Eanfrido acudió desde Bernicia para hacer las paces, el rey britano lo hizo ejecutar.
Northumbria necesitaba desesperadamente un salvador, y ese papel recayó sobre el hermano menor de Eanfrido, llamado Osvaldo. El segundo hijo de Etelfrido, Osvaldo, había regresado a Bernicia el año anterior junto al resto de su familia, después de haber pasado más de la mitad de su vida en el exilio. Rondando los treinta años, tuvo que asumir el liderazgo y vengar el asesinato de su hermano. Beda presenta su enfrentamiento con Cedwalla como una lucha entre David y Goliat: al amanecer Osvaldo marchó «con un ejército pequeño» contra «el infame caudillo de los britanos, junto con aquellas inmensas tropas a las que presumía de que nada podía resistir». Se encontraron cerca del Muro de Adriano, en un lugar llamado Deniseburn, no lejos de Hexham, y la valiente hueste de Osvaldo desafió tales adversidades, mató a Cedwalla y aplastó a su ejército. Tan milagrosa resultó la victoria que el campo de batalla se convirtió después en un lugar de peregrinación, conocido como Heavenfield.[66]
Y así, Osvaldo se convirtió en el nuevo gobernante de Northumbria y unificó los reinos de Bernicia y Deira. (A esto debió de ayudar el hecho de que su madre, Acha, formara parte de la dinastía de Deira). Borró el estigma de la derrota y la devastación causada por Cedwalla, y restauró la gloria y supremacía del reino norteño. Esto por sí solo ya habría sido suficiente para ganarse el aprecio de Beda, pero el cronista se muestra especialmente satisfecho de que Osvaldo fuera cristiano, tras haberse convertido durante su exilio. (Su hermano mayor, Eanfrido, había hecho lo mismo, pero luego retornó al paganismo). Beda presenta a Osvaldo como el sexto soberano supremo, y se muestra entusiasmado al afirmar que «una vez encumbrado a la cima de tal reino, no por ello —cosa admirable— dejó de ser siempre humilde, benévolo y generoso con los pobres y los extranjeros».[67]
Página 85
Tales consideraciones son pura hagiografía por parte de Beda, ya que, en realidad, Osvaldo no debió de ser menos despiadado y sanguinario que cualquier otro bretwalda. Al hablar del destino de los niños que habían acompañado a la reina Etelburga al exilio —su propio hijo, Uscfrea, y el nieto de Edwino, Yffi—, Beda menciona que la reina después los envió con su familia a Francia, «por miedo a […] Osvaldo»; lo que implica que el rey de Northumbria no habría dudado en hacer que mataran a las criaturas. Como conquistador, este tampoco fue menos violento que sus predecesores. Aunque Beda no lo menciona, sabemos por los anales irlandeses que el rey amplió su poder hacia el norte, hasta el fiordo de Forth, destruyó Gododdin y tomó su fortaleza de Edimburgo. También hizo la guerra a sus vecinos del sur e invadió el reino anglosajón de Lindsey (Lincolnshire) donde, como Beda debe reconocer, los lugareños lo despreciaron durante mucho tiempo. Al igual que su tiránico padre antes que él, Osvaldo llevó la guerra y la destrucción a todas partes, y fue despiadado en el trato a sus enemigos. Por tanto, no supone ninguna sorpresa que, en última instancia, se enfrentara a Penda, el rey de Mercia.
[68]
Mercia había sido el último de los grandes reinos anglosajones en aparecer. Su nombre proviene del inglés antiguo mierce y es un equivalente del término posterior «marca», lo que implica que los mercianos en un principio fueron un pueblo fronterizo que habitaba en el límite entre los reinos anglosajones del este y los britanos del oeste. Beda nos informa de que el reino estaba dividido por el río Trent, y los arqueólogos han descubierto infinidad de antiguos cementerios paganos a lo largo del curso medio de este río, aunque más tardíos y pobres que los hallados en otros lugares. A juzgar por la importancia que después adquirieron Tamworth y Lichfield como centros de poder regio, el corazón del reino de Mercia probablemente se encontraba en las inmediaciones de ambos enclaves.[69]
En cuanto al rey Penda, todo lo que sabemos sobre su origen procede de una genealogía del siglo VIII de dudosa fiabilidad. Afirma que era hijo de Pybba, y da la impresión de que su dinastía descendía de Icel, una remota figura. El propio Penda fue el primero de su linaje en dejar huella en la historia y no cabe duda de que fue el responsable de convertir al
Página 86
pueblo merciano, marginal hasta entonces, en lo que sería durante mucho tiempo, el reino anglosajón más poderoso. Su reinado pudo comenzar en el año 626: la Crónica Anglosajona menciona su llegada ese año, y dos años más tarde registra una batalla entre Mercia y Wessex tras la cual sus gobernantes «llegaron a un acuerdo», lo cual supone, casi con certeza, un eufemismo para referirse a una derrota a manos de Penda. Cinco años después, quedó grabado en la memoria colectiva de los northumbrios como aliado menor de su conquistador britano, Cedwalla, pues luchó con él en la batalla de Hatfield Chase y participó en la devastación posterior de Northumbria. Beda, que reservaba buena parte de su inquina a Cedwalla, tacha a los mercianos de idólatras ignorantes, pero, al mismo tiempo, señala que Penda era alguien «excepcionalmente dotado para la guerra».[70]
El destino de Penda tras la muerte de Cedwalla a manos de Osvaldo al año siguiente resulta incierto. La caída de su aliado y la restauración del poder de Northumbria debieron detener el ascenso de Mercia y, tal vez, incluso revertirlo de forma temporal. Resulta imposible precisar, por consiguiente, cuáles fueron los motivos por los que Osvaldo y Penda se enfrentaron después, más allá de una mutua hostilidad largamente gestada. Beda asegura que ambos combatieron en un lugar denominado Maserfield, que se ha identificado con Oswestry en Shropshire. De ser cierto, esto probaría que Osvaldo estaba operando mucho más allá de sus fronteras y podría sugerir que él era el agresor, tal vez con la esperanza de vengarse de un debilitado rey de Mercia. Aunque la identificación de Maserfield con Oswestry no se produjo hasta el siglo XII, lo que deja mucho espacio para la duda. Puede que Penda hubiese recuperado su antiguo poder y amenazase a Osvaldo en algún enclave próximo a sus bases de poder. Con independencia de dónde tuviera lugar, la gran batalla que se libró entre ambos resultó decisiva. Osvaldo pereció en el combate y después, por orden de Penda, su cadáver acabó desmembrado de forma ritual. Del mismo modo que Beowulf mostró con orgullo el brazo cercenado de Grendel tras vencer al monstruo, el rey pagano de Mercia celebró su victoria cortando la cabeza y las manos de su enemigo y clavándolas en estacas.[71]
El sangriento triunfo de Penda debió de convertirlo en el gobernante más temido y poderoso de Britania. Beda, que escribió ochenta años después, pudo negarse a reconocer tal hegemonía, pero quienes lo hicieron entonces pronto se arrepintieron. Cenwealh, por ejemplo, que se convirtió
Página 87
en rey de Wessex hacia la época de Maserfield, en un principio estuvo desposado con la hermana de Penda, aunque después la repudió para casarse con otra. El rey de Mercia se vengó de la afrenta al honor familiar invadiendo Wessex y derrocando a Cenwealh, quien se vio obligado a exiliarse en Anglia Oriental. A decir verdad, no había muchas simpatías entre los mercianos y sus vecinos de Anglia Oriental: Penda ya había invadido el reino del este en una ocasión, y ejecutado a dos de sus reyes, y años después de la huida de Cenwealh lo hizo de nuevo, al liquidar a un tercer rey de Anglia Oriental. A pesar de la decisión de Beda de no incluirlo en su lista de gobernantes supremos, sin duda Penda fue el señor de la guerra más brutal y exitoso de su tiempo.[72]
Por el contrario, su relación con los reyes de Northumbria pudo ser algo mejor de lo esperado. En efecto, Beda menciona otras dos ocasiones en las que el soberano de Mercia devastó el reino del norte, la primera de las cuales probablemente ocurrió poco después de Maserfield. Logró avanzar hasta Bamburgh, localidad que habría incendiado hasta los cimientos si un viento providencial no hubiera arrastrado las llamas en la dirección opuesta. Penda también aprovechó su victoria, como hizo Cedwalla antes que él, para dividir Northumbria en dos: Bernicia pasó a manos del hermano menor de Osvaldo, Oswiu, mientras que Deira recayó sobre un pariente del difunto rey Edwino. Es significativo que, no obstante, tras rehacer Northumbria a su gusto, Penda quiso mejorar las relaciones de los nuevos gobernantes mediante un par de bodas reales: su vástago se desposó con una de las hijas de Oswiu, y una de sus hijas hizo lo propio con el retoño de Oswiu. Este segundo enlace tuvo lugar en el 653, lo que sugiere que las relaciones entre Mercia y Northumbria pudieron ser cautelosamente cordiales durante una década.[73]
No sabemos qué hizo que la paz se arruinara de un modo tan dramático los dos años siguientes, pero en el año 655 Penda estaba de nuevo en pie de guerra, y devastó Northumbria por tercera vez. En esta ocasión, el ejército que lideró era enorme, lo cual evidencia el poder que había obtenido en el sur de Britania. Beda afirma que estaba formado por las legiones de otros treinta señores, un número que recuerda a los treinta y cuatro pueblos citados por la Tribal Hidage. Algunos de estos líderes eran otros reyes: uno el nuevo soberano de Anglia Oriental, quien sin duda era consciente de que resistirse a la voluntad de Penda les había costado la
Página 88
vida a sus tres predecesores. Si otorgamos credibilidad a las fuentes del siglo IX, Mercia también tenía a reyes britanos bajo su estandarte.[74]
Parece que este enorme ejército asoló todo lo que encontró a su paso en Northumbria hasta llegar a su frontera norte, en el fiordo de Forth, antes de que su rey se reuniera con Penda para llegar a un acuerdo. Oswiu «forzado por la necesidad, le prometió que le daría como precio de la paz innumerables tesoros y donativos regios, mayores de cuanto se pudiera creer». Aunque Beda se esfuerza en negarlo, parece probable que Penda aceptara la oferta, ya que regresó hasta algún lugar cerca de Leeds cuando, el 15 de noviembre, Oswiu cayó por sorpresa sobre su ejército. Los dos bandos combatieron a orillas de un río que Beda denomina Winwæd y dio nombre a la batalla. Al igual que hizo con Heavenfield, un combate acaecido una generación antes, Beda enfatiza la escasa entidad de la hueste de Northumbria comparada con la multitud de enemigos, para hacer que su victoria resulte aún más heroica y milagrosa. «Los paganos fueron puestos en fuga y diezmados», se regocija, antes de señalar que el río se había desbordado a causa de las lluvias, por lo que perecieron más hombres ahogados en la huida que los caídos durante el combate. Muchos de los reyes sureños del ejército de Penda figuraban entre las bajas, incluido el gran líder de Mercia. Beda lo presenta como una gloriosa victoria cristiana, aunque no obstante señala que Oswiu la celebró decapitando a Penda, tal vez como venganza por el desmembramiento de su hermano Osvaldo. No sabemos si él también acabó empalado en una estaca.[75]
La muerte de Penda marcó el fin de una era. En palabras de un historiador moderno, fue «el último gran rey pagano de la Inglaterra anglosajona». En el momento de su muerte, las dinastías reales de Kent, Wessex, Anglia Oriental y Northumbria se habían decantado por el cristianismo de una forma decisiva, y solo los reyezuelos de Sussex y Essex se mostrarían dubitativos durante otra generación. Beda reconoce que la caída de Penda supuso un momento decisivo, no solo porque libró a Northumbria de sus depredaciones, sino porque además permitió que los mercianos se convirtieran al cristianismo. El rápido ascenso de esta religión durante la segunda mitad del siglo VII coincidió con un importante declive en los túmulos principescos y los grandes salones, ya que la Iglesia le aportaba nuevas formas para que los reyes monumentalizaran su poder.[76]
Página 89
Sin embargo, antes de olvidarnos de Penda, queda una cuestión pendiente. ¿Qué fue de los «innumerables tesoros y donativos regios» que le ofreció Oswiu? Beda asegura que el rey de Mercia se negó a aceptarlo porque quería arrasar Northumbria por completo, pero el cronista no dejaba de alterar los hechos cuando le convenía, y cabe suponer que lo hizo aquí, para exculpar a Oswiu de atacar a alguien con quien acababa de alcanzar un acuerdo de paz. Según la Historia Brittonum del siglo IX, Penda aceptó el tesoro y lo repartió entre sus aliados britanos.[77]
En 2009, un detectorista llamado Terry Herbert realizó un descubrimiento sorprendente en un campo del pueblo de Hammerwich, en Staffordshire: un tesoro anglosajón que contenía más de cinco kilogramos de artefactos de oro y alrededor de un tercio de ese mismo peso en plata, por lo que supone el más grande jamás hallado (imagen a color n.º 6). Resulta sorprendente que no había joyería femenina; consistía, casi en su totalidad, en equipo militar, o más bien aquellas partes que estaban hechas de metales preciosos. Incluía fragmentos áureos de un yelmo y los accesorios en oro, plata y granate de casi un centenar de espadas. Todas las piezas eran de la mejor calidad, decoradas con diseños del Estilo II de animales entrelazados, un tipo de manufactura solo al alcance de los miembros destacados de las élites. Los escasos artefactos no militares del tesoro eran objetos de culto cristiano: algunas cruces de oro dañadas, elementos de un santuario y una banda de oro con la inscripción bíblica «¡Levántate, oh Señor, y sean dispersados tus enemigos! ¡Huyan de tu presencia los que te aborrecen!».[*****]
¿Pudo el tesoro de Staffordshire, como pronto fue conocido, haber formado parte de la ofrenda de paz entregada a Penda en el 655? Sin duda, se ajustan al estilo artístico y al periodo, datado entre el 650 y el 675, y presenta marcadas similitudes con otros elementos de orfebrería de la Northumbria paleocristiana. Si no fue el equipo militar de Oswiu y su compañía de guerreros, refleja a la perfección cómo habría sido. El lugar del descubrimiento del tesoro también resulta muy sugerente, ya que Hammerwich se encuentra en el corazón de Mercia, a solo unas pocas millas de Lichfield.[78]
Por desgracia, a pesar de las tentadoras hipótesis que rodean al tesoro, por supuesto, nunca podremos establecer con certeza su origen. Tampoco sabremos por qué fueron enterrados estos artefactos. ¿Acaso fue trasladado desde el campo de batalla de Winwæd por uno de los pocos señores de la
Página 90
guerra de Mercia que lograron escapar? ¿Se ocultaron poco después, debido a alguna amenaza posterior, bajo la esperanza de recuperarlos en el futuro? ¿O tal vez se arrojaron al suelo en circunstancias como las descritas en Beowulf, cuando un individuo anónimo, el último sobreviviente de una raza vencida, entierra su tesoro con palabras de desesperación, bajo la intención de que fuera olvidado?
¡Oh tierra, ten tú, pues los héroes no pueden, el viejo tesoro! ¡De ti lo arrancaron valientes antaño! Muere en la guerra,
en terrible combate, les cupo a mis deudos; perdieron su vida mis nobles parientes,
la sala dejaron. No tengo a ninguno que ciña esta espada, que pula esta copa valiosa y brillante; los bravos murieron.[79]
Página 91
El instrumento
3
elegido por Dios
San Wilfrido y la implantación del cristianismo
Página 92
ay pocos lugares en Britania donde puedas estar en una estancia que se ha Hmantenido esencialmente sin cambios desde el siglo VII. Solo por este motivo, la ciudad de Hexham, en Northumbria, bien merece una visita. Se encuentra a mitad de camino entre Carlisle
y Newcastle, al sur del Tyne, a unos cuarenta y ocho kilómetros de donde este río desemboca en el mar del Norte. Para el visitante moderno, acostumbrado al sesgo producido por el carácter metropolitano de Londres, este lugar puede antojarse bastante remoto, aunque para un habitante de la Northumbria del siglo VII, se hallaba justo en el corazón de un poderoso reino en expansión.
Por entonces, la gloria arquitectónica de Hexham era su iglesia abacial y sigue siéndolo hoy. En los mil trescientos años transcurridos, se ha reconstruido varias veces; la reforma más reciente se produjo a principios del siglo XX, cuando su nave bajomedieval sufrió una importante restauración. En el centro de dicha nave, detrás de una moderna puerta de madera, existe una abertura en el suelo por la que descienden una docena de escalones. Al pie de esta angosta escalinata, hay una diminuta antecámara y, más allá, una pequeña habitación sin ventanas, de solo cuatro metros de largo y dos y medio de ancho. Aunque en la actualidad cuenta con una luz eléctrica, en su origen habría estado iluminada por lámparas parpadeantes depositadas en los dos nichos de las paredes a cada lado. Es la cripta de la iglesia anglosajona (fotografía a color n.º 8). Se construyó en la década del 670 y nos acerca al mundo material de san Wilfrido, su creador.
Este no solo fue una de las figuras más destacadas de su época, sino de todo el periodo anglosajón. Nacido en una familia de Northumbria muy bien relacionada, ascendió en las filas de la Iglesia para convertirse, durante cierto tiempo, en el obispo más poderoso de Britania. En determinados aspectos, su autoridad se extendió no solo sobre la propia Northumbria, sino también sobre las tierras pictas del norte y el resto de los reinos anglosajones del sur. Supuso una figura muy controvertida, cuyo comportamiento estuvo en muchas ocasiones muy alejado del propio de un santo. Fundó veintenas de iglesias y convirtió a millares de personas, aunque también se regocijó cuando el cristianismo se impuso mediante conquistas sangrientas. Mientras que otros religiosos se esforzaban por llevar una vida humilde, Wilfrido se comportó como un rey, pues se deleitaba con el boato propio de su posición, festejando y bebiendo de
Página 93
forma desmesurada, siempre rodeado de un séquito de jóvenes guerreros. A causa de ello, tuvo roces con sus pares eclesiásticos, que tenían ideas muy diferentes sobre cómo debían comportarse los obispos, y también con los reyes, que lo consideraban una amenaza para su propia autoridad. Sus disputas con los sucesivos monarcas de Northumbria le ocasionaron largos periodos de exilio y múltiples viajes a Roma, durante los cuales luchó contra turbas paganas enojadas y evitó los intentos de asesinato de sus correligionarios. En algunos aspectos, su trayectoria resulta semejante a la de Thomas Becket, otro religioso conflictivo, pero mientras que la historia de este último terminó en martirio, Wilfrido sobrevivió a todos sus rivales y falleció a una edad avanzada, rodeado de sus incondicionales acólitos. En consecuencia, resulta mucho menos conocido, al menos hoy en día, lo que es una lástima, ya que su larga y dramática trayectoria desvela todas las controversias, ideologías, personalidades y conflictos que caracterizaron un periodo crucial en el que los anglosajones se cristianizaron. Es una historia que merece la pena relatar de principio a fin.
Podemos esbozar una semblanza biográfica de Wilfrido gracias a que se ha conservado un relato coetáneo de su vida. Redactada después de su muerte por uno de sus seguidores, Esteban de Ripon, la Vita Sancti Wilfrithi (Vida de San Wilfrido) constituye una obra no menos controvertida que su propio contenido, al estar concebida para refutar o encubrir las acusaciones realizadas por los numerosos críticos del obispo. Como tal, más bien es una obra de propaganda política que una hagiografía convencional, y debe leerse con un espíritu crítico. Una vez dicho esto, esta obra nos aporta una visión alternativa a la de Beda, de un valor incalculable, y contribuye a esbozar una imagen más completa y menos edulcorada de la Britania del siglo VII.
Una figura tan destacada como Wilfrido necesitaba a la fuerza construcciones monumentales. La cripta de Hexham tal vez resulte modesta, pero se concibió como un santuario menor, para exhibir y rendir culto a las reliquias. La iglesia que se alzaba sobre ella era de mayores dimensiones, con tal vez más de treinta metros de largo, lo bastante grande como para rivalizar con el gran salón de un rey del siglo VII. Y mientras que tales edificios se construyeron en un material perecedero, como es la madera, las iglesias de Wilfrido se realizaron en piedra, con la intención de durar para siempre. En el caso de Hexham, los materiales de construcción se obtuvieron de diversos yacimientos romanos a lo largo del valle de
Página 94
Tyne: en total, los canteros llegados del continente reutilizaron unas siete mil toneladas para las obras. El biógrafo del obispo creyó que no existía nada semejante al norte de los Alpes, y lo describe como una «gran estructura», con «muros de notable altura», cimientos de gran profundidad y «criptas de piedra bellamente labrada».[1]
Wilfrido había nacido en el año 634, en medio de un incendio. Según Esteban de Ripon, la casa en la que el futuro obispo vino al mundo se quemó cuando nació, un desastre que su biógrafo interpretó a posteriori como una visita ardiente del Espíritu Santo. En cualquier caso, suponía una época muy peligrosa para cualquier recién nacido de Northumbria, ya que el reino había sido invadido por el rey britano Cedwalla, a quien Beda acusa de masacrar a madres y niños. Como ya hemos visto, Cedwalla también asesinó a Edwino, el primer rey cristiano de Northumbria, y provocó que su viuda y sus hijos huyeran a Kent, acompañados de Paulino, el primer obispo de York. La estabilidad solo se restauró tras el regreso de Osvaldo, el hijo del predecesor de Edwino, quien acabó con la vida de Cedwalla en la batalla de Heavenfield de ese mismo año y se convirtió en el nuevo rey de Northumbria. Beda lo consideró una victoria providencial, porque Osvaldo era cristiano, erigió una cruz en el lugar de la batalla y después se le veneró como a un santo. Este, sin embargo, no se había convertido gracias a los misioneros romanos que, como Paulino, habían desembarcado en Kent con san Agustín casi cuarenta años antes. En realidad, fue bautizado durante sus largos años de exilio en Irlanda.[2]
El cristianismo lo introdujeron en la isla verde durante el siglo V los misioneros llegados desde los últimos restos del Imperio romano en Britania occidental, como el célebre san Patricio. Su éxito inicial se vio limitado por la propia naturaleza de la sociedad irlandesa. En otras zonas de Europa, la nueva religión se había difundido gracias al aparato administrativo del Estado romano, con obispos que se establecían en ciudades y pueblos, pero Irlanda nunca había formado parte del imperio y carecía de centros urbanos, por lo que sus mitrados no contaban con los enclaves más obvios que sirvieran de centros neurálgicos.
Página 95
Sin embargo, hacia finales del siglo V, y en especial durante el VI, una nueva forma de cristianismo organizado comenzó a florecer en el oeste de las islas británicas. Estamos tan habituados a pensar que los monasterios son vetustos, están en ruinas y cubiertos de hiedra que resulta difícil imaginar una época en la que fueran un fenómeno nuevo, pero en la Britania y la Irlanda del siglo VI eran exactamente eso, y el monacato
suponía un modo de vida alternativo y seductor. La tendencia —incluso la moda— había comenzado en el Egipto del siglo III, donde algunos cristianos se habían retirado de forma voluntaria al desierto para escapar de las persecuciones, la tentación o la realidad, y llevar una vida contemplativa bajo la esperanza de que esta les acercaría más a Dios. Los pioneros vivían como ermitaños y, por tanto, se les llamaba monjes (del griego monos). Sin embargo, pronto muchos de ellos decidieron que resultaba más conveniente vivir en comunidades, bajo el gobierno de una figura paterna o abad (de abba, «padre» en arameo).
Desde Egipto, la práctica se había extendido hacia el oeste por todo el imperio y llegó a la Galia a finales del siglo IV y a los territorios cristianos de las islas británicas a finales del siglo V. A mediados de la centuria siguiente, ya era extremadamente popular. En Irlanda en concreto, el monacato se asentó mejor en una sociedad no urbana que las instituciones episcopales introducidas por los primeros misioneros cristianos. En su búsqueda de soledad, los monjes irlandeses a menudo se instalaban en islas alejadas del continente. Un monasterio que pudo haber existido ya en el siglo VI se fundó en Skellig Michael, una isla a once kilómetros de la costa de Kerry, más conocida en la actualidad por ser el lugar de retiro de Luke Skywalker. Las cabañas de piedra que se han conservado en pie nos dan una idea de las austeras condiciones en las que vivían los primeros monjes irlandeses.[3]
A medida que el monacato se abría paso en Irlanda, los irlandeses comenzaban a colonizar la costa occidental de la actual Escocia y crearon un nuevo reino llamado Dalriada, con una talasocracia que se extendía por el canal del Norte e incluía cientos de islotes y escarpadas penínsulas. Fue en una de estas islas, un enclave marítimo llamado Iona, donde Columba, un irlandés bien relacionado, fundó una nueva comunidad monástica en el año 563, con el permiso de los señores de Dalriada. Pronto se convirtió en el centro cristiano más importante del reino, una base desde la cual se fundaron otros monasterios y un destino para peregrinos y penitentes.[4]
Página 96
Fue en Dalriada donde se refugió la familia de Osvaldo cuando él era un adolescente. Durante su estancia de diecisiete años en este reino, aprendió el irlandés y se convirtió al cristianismo; no obstante, lo más probable es que fuera bautizado en Iona. Como cabría esperar, una vez que regresó a Northumbria en el 634 y descubrió que debía reemplazar a los eclesiásticos huidos el año anterior, recurrió a su alma mater espiritual en lugar de la lejana Canterbury. Justo después de su ascenso, envió una petición a Iona solicitando un nuevo pastor para su pueblo y recibió a un monje llamado Aidán, que se convirtió en el nuevo obispo de Northumbria. Este, educado según la tradición irlandesa, no deseaba residir, como su predecesor, en la antigua ciudad romana de York, por lo que la nueva iglesia en piedra que Paulino había comenzado a construir allí fue abandonada. En cambio, el nuevo obispo buscó una isla en la que pudiera fundar un monasterio y se instaló en Lindisfarne, justo frente a la costa de Northumbria, aunque no muy lejos del palacio real de Osvaldo en Bamburgh. En este enclave erigió una iglesia según el austero modo irlandés, con muros de madera y techo de cañas.[5]
A medida que crecía la incipiente comunidad de Lindisfarne, también lo hacía el joven Wilfrido. De niño, nos dice su biógrafo, era guapo, bien proporcionado, gentil, modesto, comedido y sensato. Apenas menciona algún detalle sobre sus padres, aunque su progenitor poseía el suficiente rango como para codearse con la nobleza de Northumbria, a quienes Wilfrido esperaba cuando acudían de visita. Tales vínculos bastaron para asegurar al niño una oportunidad en la corte del sucesor de Osvaldo, el rey Oswiu, y a la edad de catorce años se le presentó a la consorte de Oswiu, llamada Eanfleda. Su biógrafo pretende hacernos creer que entonces Wilfrido ya estaba decidido a hacer carrera en la Iglesia, lo que podría ser cierto, pero también asegura que tuvo que abandonar su hogar a causa de la crueldad de su madrastra, y que partió a la corte no solo bien vestido, sino también armado y a caballo, por lo que hay lugar para las dudas. Tal vez fue Eanfleda, una cristiana piadosa, quien lo animó a una vida más contemplativa. En cualquier caso, fue ella quien asignó a Wilfrido la labor de auxiliar a Cudda, uno de los compañeros del rey, que de algún modo se había quedado paralítico y tenía la intención de pasar el resto de sus días viviendo como monje en Lindisfarne.
Página 97
Figura 9: Una vista aérea de Lindisfarne. La abadía está situada en el extremo sudoeste de la isla, a la izquierda del conjunto de edificación. Consejo del condado de Northumberland. Usada con permiso.
De este modo, a finales de la década del 640, un Wilfrido adolescente residía en una pequeña isla del mar del Norte, atendiendo a las necesidades del discapacitado Cudda y sin duda pensando que la vida podría ser más emocionante. Durante todo este tiempo también aprendió los fundamentos de la fe cristiana, pues leía y memorizaba textos que es probable que alimentaran su deseo de estar en otra parte. Después de un año o dos en Lindisfarne, anunció su intención de visitar Roma. Hacia el año 650, con la bendición de su señor y el patrocinio de la reina Eanfleda, partió. La reina primero lo envió a la corte de su primo, el rey de Kent, con instrucciones de que permanecería allí hasta que pudiera encontrar un compañero de viaje adecuado. Al fin, después de todo un año de «tediosa
Página 98
espera», se emparejó con Wilfrido y otro piadoso joven de Northumbria llamado Benito Biscop, con quien cruzó el canal de la Mancha y prosiguió su viaje.[6]
Una vez llegaron a Lyon, en el sur de Francia, la pareja se separó: Benito Biscop continuó hacia Roma y Wilfrido permaneció allí por un tiempo. Lyon era una atractiva ciudad romana, mucho más grande que cualquier otra que hubiera conocido hasta entonces un viajero britano, y su arzobispo, Anemundo, deseaba que Wilfrido prolongara su estancia de forma indefinida. Según Esteban de Ripon, el arzobispo se entusiasmó tanto con su nuevo huésped que le ofreció una gran provincia para gobernar y la mano de su sobrina en matrimonio. Esta oferta implica que Wilfrido debía de haber pasado un periodo considerable en compañía de Anemundo, demostrando su valía, lo cual resalta el hecho de que, a pesar del tiempo pasado en Lindisfarne, aún no se había tonsurado como monje: la posibilidad de una carrera laica todavía era posible para él. Wilfrido decidió declinar la generosa propuesta del arzobispo y prosiguió con su peregrinaje. Tal vez fue en torno al año 653 cuando por fin llegó a Roma.[7]
Es difícil imaginar el impacto que una visita a Roma pudo tener en una mente joven e impresionable que hasta hacía bien poco solo había conocido Northumbria. La Ciudad Eterna no era tan grande como lo había sido durante su apogeo en el siglo II, cuando se acuñó esa expresión por primera vez y quizá un millón de ciudadanos atestaban sus calles y plazas. Desde el colapso del imperio, el número de habitantes se había desplomado y es probable que no superara las cien mil almas en el momento de la visita de Wilfrido. Aunque a un muchacho de Britania, donde ningún pueblo o ciudad había sobrevivido a la caída del imperio, y donde incluso las comunidades más grandes se contaban solo por centenares, Roma tuvo que parecerle una auténtica metrópoli. Y aunque el número de habitantes había menguado, los elementos arquitectónicos sobrevivían. La ciudad estaba rodeada por treinta y cinco kilómetros de murallas, dentro de las cuales aún se erguían los monumentos de su apogeo imperial, ruinosos en algunos puntos, intactos en otros, imponentes en todos los casos. Un visitante del siglo VII aún podía contemplar arcos triunfales, termas, palacios, teatros, puentes, acueductos y fuentes, muchos de los cuales han desaparecido, además de los célebres monumentos que hoy todavía se mantienen en pie, como la Columna de Trajano o el Mausoleo de Adriano. Durante su estancia en Kent, Wilfrido sin duda
Página 99
habría visto el teatro romano de Canterbury, con capacidad para unas siete mil personas. En Roma habría admirado el Coliseo, con un auditorio diez veces mayor.[8]
Por impresionantes que fueran las reliquias del imperio, Wilfrido había acudido a Roma debido a su reciente papel como sede de la cristiandad. La ciudad estaba colmada de un número incalculable de iglesias y capillas que visitaba todos los días para rezar en sus santuarios. La más grande e importante era la gran basílica de San Pedro, construida por Constantino el Grande a principios del siglo IV, con ciento diez metros de longitud y con capacidad para albergar a unos tres mil fieles. También se decía que Pedro, el primer apóstol, fue el primer obispo de Roma y, por tanto, sus sucesores siempre reclamaron cierta preeminencia, aunque no fue hasta finales del siglo IV cuando comenzaron a llamarse papas. La ambición de Gregorio Magno de convertir a los anglosajones paganos a finales del siglo VI había reforzado esa pretensión e incrementado el prestigio del papado, pero incluso entonces los obispos de Roma aún tenían rivales de igual prestigio y antigüedad en el este, en Alejandría, Antioquía y Jerusalén. Sin embargo, apenas unos quince años antes de la llegada de Wilfrido, estas ciudades bizantinas habían sido conquistadas por los ejércitos islámicos, quedando intacta la autoridad de Roma en el Occidente cristiano.[9]
Tras varios meses de paciente espera, Wilfrido al fin obtuvo una audiencia papal. Durante sus visitas diarias a iglesias y santuarios, había entablado amistad con Bonifacio, un archidiácono que se convirtió en su mentor, le hizo memorizar los Evangelios y lo instruyó en cuestiones de doctrina y derecho. Con el tiempo, Bonifacio pudo presentar a su joven protegido al sucesor de san Pedro, probablemente en el Palacio de Letrán, otra maravilla arquitectónica que Constantino había donado al papado. El papa Martín I puso su mano sobre la cabeza de Wilfrido, recitó una oración y lo bendijo, justo antes de despedirlo con la paz de Cristo. Wilfrido tomó las reliquias que había reunido durante su estancia y regresó a Lyon.[10]
A Wilfrido esta visita a Roma le produjo un impacto profundo y duradero, al sumergirlo en una forma de cristianismo que se hallaba a un mundo de distancia del que había conocido en Lindisfarne. El contraste más inmediato eran las iglesias de madera con techumbre de paja respecto a las monumentales basílicas de piedra, aunque también afectaba a las cuestiones relativas a la práctica religiosa e incluso a los aspectos
Página 100
doctrinales. La tonsura de los monjes irlandeses consistía en raparse la parte posterior de la cabeza, mientras que en Roma se afeitaban la parte superior del cráneo, dejando un círculo de cabello que rememoraba la corona de espinas de Cristo. Una vez en Lyon, Wilfrido solicitó al arzobispo Anemundo que lo tonsurara al modo romano. Ahora estaba tan convencido de su vocación monástica como comprometido con la ortodoxia romana.[11]
Wilfrido también se vio muy influenciado por la conducta y el porte de los obispos continentales. Los mitrados irlandeses proclamaban su humildad viajando a pie a todas partes. Beda asegura que cuando el rey le regaló un espléndido caballo al obispo Aidán de Northumbria, él de inmediato se lo dio a un mendigo. En el continente, los obispos no despreciaban semejantes comodidades y consideraban tal esplendor como un requisito esencial para su función pública. En la Galia, fueron los obispos quienes, en muchos casos, llenaron el vacío político creado por la caída de la autoridad civil romana. No se limitaban a ejercer como consejeros espirituales de los gobernantes laicos o incluso como administradores. A menudo actuaban como gobernantes, defendían sus ciudades durante los asedios y, en ocasiones, incluso se les pedía que dirigieran ejércitos. Por tanto, aceptaban costosos caballos como pago, junto con palacios, séquitos de guerreros, extensas propiedades y bodegas bien abastecidas. Es obvio que un obispo como Anemundo tenía la capacidad de ofrecerle a un joven peregrino de Northumbria su propia provincia para que la gobernara, y se dice que prometió convertir a Wilfrido en su sucesor cuando regresara de Roma; sin duda, Wilfrido la consideró una oferta atractiva, pues permaneció en Lyon durante los siguientes tres años.[12]
La contrapartida de que los obispos ostentaran tanto poder político, como hacía Anemundo, era que en ocasiones los metía en problemas. A finales de la década del 650, el arzobispo fue uno de los prelados que se enfrentaron con Batilda, la esposa del rey Clodoveo II, por lo que acabó siendo ejecutado. Según Esteban de Ripon, Wilfrido acompañó a Anemundo al juicio y parece que estaba dispuesto a unirse a él en el martirio, pero se salvó a causa de su origen extranjero. Una vez que se esfumaron sus deslumbrantes expectativas en Lyon, Wilfrido empacó sus reliquias romanas y retornó a su hogar en Britania.[13]
Página 101
Muchas cosas habían cambiado durante su ausencia. En primer lugar, la misión de san Agustín había llegado a su fin de forma no oficial con la muerte de Honorio, el último de los compañeros del santo, en el 653. Durante veintiséis años, Honorio había sido el arzobispo de Canterbury y tardaron dieciocho meses en encontrar un sustituto adecuado. En segundo término, y en parte como consecuencia del declive de Canterbury, la influencia de Lindisfarne se había extendido más allá de los confines de Northumbria. El sucesor del obispo Aidán, llamado Finan, pronto se vio impelido a bautizar a los reyes de los estados vecinos. En algún momento anterior al 655, el rey Sigeberto de Essex había viajado al norte para que lo bautizaran en una ceremonia realizada cerca del Muro de Adriano, al igual que Peada, rey de los anglos medios y vástago de Penda de Mercia. Poco tiempo después, el propio Penda, el gran señor pagano que controlaba la mayor parte de Britania, pereció en la batalla de Winwæd, lo que posibilitó que se iniciara la verdadera cristianización de Mercia. Los misioneros de Lindisfarne se asentaron con rapidez en los tres reinos. Beda describe el modo en que uno de ellos, llamado Cedd, fue designado obispo de Essex y comenzó a predicar, bautizar y construir iglesias; la más importante de todas fue fundada en un fuerte costero romano abandonado en Bradwell-on-Sea. Sorprendentemente, se conserva intacta y aún se utiliza para el culto[14] (imagen a color n.º 9).
Con su recién adquirido celo por lo romano, Wilfrido percibió infinidad de defectos en el cristianismo de Lindisfarne, y debió de contemplar todos estos cambios con desdén. Parece probable que este sea el motivo de que, a su regreso a Britania, acudiera en primer lugar a Wessex, donde la Iglesia poseía una fuerte tradición romana y estrechas relaciones con Francia. Su primer obispo, Birino, de origen franco, había llegado en la década del 630 como misionero y había establecido su sede episcopal en Dorchester. Su sucesor, Agilberto, que también era franco, tomó a Wilfrido bajo su protección. La intención de este último, apoyada por Agilberto, sin duda consistía en regresar a Northumbria y sustituir las costumbres irlandesas en favor de las romanas. El desafío residía en cómo lograrlo, ya que Northumbria se hallaba bajo la autoridad del rey Oswiu, el cual estaba tan apegado a las tradiciones irlandesas como lo estaba su difunto hermano Osvaldo. La solución consistió en presentar a Wilfrido al
Página 102
rey de Wessex, llamado Cenwealh, quien a su vez lo recomendó a su amigo Alcfrido.[15]
Alcfrido era el hijo mayor del rey Oswiu y soberano por derecho propio; Oswiu lo había convertido en el gobernante de la parte sur de Northumbria, el antiguo reino de Deira. Como muchos herederos a lo largo de la historia, en sus decisiones no siempre estuvo de acuerdo con su padre, y esta relación tan conflictiva le aportó a Wilfrido el resquicio que necesitaba. Por recomendación de Cenwealh, Alcfrido hizo llamar al monje viajero y lo interrogó acerca de los misterios de la Iglesia romana. Tal fue la elocuencia de Wilfrido que el joven rey se sumó a su causa de inmediato y pronto se hicieron buenos amigos.
La evidencia más visible del entusiasmo de Alcfrido en favor de Wilfrido fue que le regaló el monasterio de Ripon, junto a una generosa donación de cuarenta hides de tierra. En la Vida de San Wilfrido se muestra el entusiasmo ante la cuantía del obsequio regio y las maravillosas obras de caridad que Wilfrido pudo realizar después, pero no se menciona que Ripon había sido entregado previamente a varios monjes de Lindisfarne, que fueron desalojados sin contemplaciones a la llegada de Wilfrido y reemplazados por nuevos novicios dispuestos a adherirse a sus preferidos estándares romanos. En los inicios del fenómeno monástico, no existía una regla universalmente reconocida y cada abad era libre de concebir sus propios regímenes internos, lo que generaba una enorme variedad; pero, una de las reglas más populares en los círculos romanos fue la ideada en el siglo VI por el abad italiano Benito de Nursia, la regla benedictina que Wilfrido introdujo en Ripon.[16]
Cuando Wilfrido estuvo instalado en Northumbria, tras el entusiasta respaldo de Alcfrido, su enfrentamiento con Lindisfarne resultó inevitable. Existían infinidad de diferencias de estilo y conducta entre las tradiciones celta y romana, desde las tonsuras hasta las actitudes sobre el uso de caballos, pero también distinciones cruciales en materia de doctrina. La más importante de estas polémicas doctrinales giraba en torno a la celebración de la Pascua.
Tal vez lo más sorprendente sea que no tuviera nada que ver con el uso de la palabra «Pascua» para referirse a la fiesta de la resurrección de Cristo. En toda la cristiandad, hacia esta época, se empleaba una variante
Página 103
de la palabra Pascha, del arameo Pésaj, la festividad judía durante la que Cristo había sido ejecutado.[*] No obstante, tal como explica Beda en su De temporum ratione, los anglosajones siempre llamaron al cuarto mes del año Eostremonath, en honor a la diosa pagana Eostre, y mantuvieron ese nombre para referirse al nuevo rito cristiano.[17]
En el siglo VII, la controversia en torno a la Pascua cristiana residía en cuándo debía celebrarse. La Pascua judía comenzaba el día catorce del mes judío de Nisán, lo que implica que podía caer en cualquier día de la semana. Sin embargo, en el siglo IV, los teólogos cristianos habían decidido que la Pascua cristiana siempre debía celebrarse en domingo y dictaminaron que tenía que ser el domingo inmediatamente posterior a la Pésaj. Quien continuara siguiendo la antigua norma sería condenado como hereje.
Esta decisión, sin embargo, dejaba una pregunta abierta: ¿y si la Pésaj cayera en domingo? Algunos teólogos cristianos, deseosos de evitar cualquier conexión con la festividad judía, más tarde decidieron que la Pascua siempre debía ser el domingo siguiente. Tal era la ortodoxia imperante en Roma. No obstante, a otros cristianos no les molestaba tanto que la Pascua coincidiera con la Pésaj, siempre que se celebrara en domingo. Esta era la creencia imperante en la Britania occidental, adoptada por los monjes de Iona y, por tanto, también por sus compañeros de Lindisfarne.[18]
Para nuestra mentalidad moderna, en especial para los no creyentes, todo esto puede sonar arcaico y complejo, y de hecho lo fue, pero para los cristianos de la época resultaba absolutamente crucial. La Pascua era el día más sagrado del calendario, por lo que se antojaba ridículo que no se pusieran de acuerdo sobre qué día debía celebrarse. Según Beda, en la década del 650 esto había supuesto una fuente de amargas controversias entre los monjes de Lindisfarne y, a principios de la del 660, la querella se recrudeció aún más. También propició una situación absurda en la corte de Northumbria, porque el rey Oswiu se había adherido a las opiniones de Lindisfarne, mientras que su esposa, Eanfleda, que era de Kent, siguió con la tradición romana en la que se había educado. Esto implicaba que, algunos años, Oswiu estaría celebrando el Domingo de Pascua y festejando con sus cortesanos mientras su esposa y su círculo privado cumplían el ayuno de Cuaresma. Es posible que esto no molestara demasiado a Oswiu, ya que al parecer no hizo nada para enmendar la
Página 104
situación, a pesar de llevar dos décadas casado con Eanfleda, pero lo que hasta entonces había sido un debate doctrinal entre monjes se convirtió en una cuestión política cuando su hijo Alcfrido comenzó a defender la Pascua romana, incitado por Wilfrido, su nuevo consejero.[19]
Por fin, en el año 664, Oswiu quiso resolver el conflicto y organizó un concilio. El lugar de reunión fue Whitby, una abadía en la actual costa septentrional de Yorkshire, donde desemboca el río Esk. Había sido fundada seis años antes por Hilda (que pasaría a la posteridad como santa), la sobrina-nieta del rey Edwino, con quien se bautizó cuando era una niña. Al tomar el hábito de monja unos veinte años después, Hilda se había convertido en la santa más importante de Northumbria. Como abadesa de Whitby, asegura Beda, todos la llamaban «madre», debido a su gracia y devoción ejemplares. Tal devoción incluía a muchos jóvenes que se convertirían en obispos, pues Whitby era una abadía con miembros de ambos sexos. Estos «monasterios dúplices», como los denominan los especialistas modernos, eran bastante comunes tanto en Francia como en Britania, y una popular opción vital para las mujeres de la nobleza en busca de retiro, estudio o que deseaban forjarse un destino propio. Como es natural, no todos aprobaban la convivencia de hombres y mujeres en una misma institución, aunque la castidad fuese la norma. Es poco probable que Wilfrido, como defensor de la regla benedictina, hubiese aconsejado tal arreglo.[20]
El Sínodo de Whitby se reunió en los primeros meses del 664, tal vez hacia la Pascua. El debate estuvo presidido por el rey Oswiu, aunque Alcfrido también estuvo presente. Para defender la tradición irlandesa estaban los monjes de Lindisfarne, encabezados por el obispo Colmán, que había sucedido a Finan tres años antes. Para postular en favor de la tradición romana había acudido al obispo Agilber to de Wessex, recién llegado a Northumbria tras haber reñido con el rey Cenwealh. En parte, la razón por la que ambos se habían distanciado, según Beda, era que Cenwealh solo hablaba sajón y su obispo franco no entendía bien el idioma. No cabe duda de que la lengua fue un factor que obstaculizó una comunicación fluida entre las iglesias romana e irlandesa. Uno de los asistentes a Whitby era el obispo Cedd de Essex, el cual actuó como intérprete. Aunque lo que Agilberto de verdad necesitaba era alguien que defendiera la tesis romana en su nombre y en lengua anglosajona. Por tanto, Wilfrido suponía la elección perfecta: un northumbrio convertido a
Página 105
la causa romana, bendecido con el don de la elocuencia y una firme comprensión de los argumentos a esgrimir. Poco antes de que se reuniera el sínodo, Agilberto había ordenado a Wilfrido como sacerdote, un ascenso que le permitía predicar y bautizar, pero también le otorgaba la autoridad requerida para actuar como portavoz de un obispo.[21]
Oswiu abrió el proceso declarando que resultaba esencial que todos siguieran la misma norma y pidió a Colmán que presentara la tesis irlandesa. El aludido defendió el sencillo argumento de que su Pascua respondía a la tradición: los monjes de Lindisfarne seguían la costumbre de Iona, establecida por Columba, y este seguía las enseñanzas de san Juan Evangelista. Entonces, el rey le pidió a Agilberto que presentara el otro juicio, y el obispo replicó que su nuevo discípulo estaba más capacitado para presentar el caso en inglés. Wilfrido se levantó entonces para hablar.
[22]
Según su biógrafo, Wilfrido fue un auténtico modelo de cortesía y humildad. En opinión de Beda, se mostró combativo e insultante. En ambas versiones, comenzó señalando que el método romano para calcular la Pascua se empleaba casi en todas partes, mientras que el sistema alternativo de cómputo solo lo usaban un puñado de personas: los britanos, los pictos y los seguidores de Columba. A decir de Beda, después agregó que eran idiotas. Cuando Colmán inquirió si eso significaba que san Juan Evangelista había sido un bobo, Wilfrido le respondió que en los primeros tiempos del cristianismo había sido necesario acomodar a los judíos en su seno, permitiendo que la Pascua y la Pésaj coincidieran. En la actualidad, sostenía, eso ya no importaba. Después, Wilfrido elevó aún más el tono al argumentar que se podía perdonar a los predecesores de Colmán su ignorancia sobre tales asuntos, a causa de su «grosera simpleza», aunque advirtió que quien persistiera en rechazar las enseñanzas de Roma estaría
cometiendo un pecado. «¿Acaso ha de preferirse —preguntó— la poca cosa que fueron desde un rincón de una isla remota a la Iglesia universal de Cristo, extendida por todo el orbe?». Para concluir su alegato, Wilfrido citó las palabras de Jesús que cimentaban la autoridad de Roma: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».[23]
Llegados a este punto, intervino el rey Oswiu. ¿Es cierto, preguntó a Colmán, que Cristo dijo tales palabras a Pedro? El obispo tuvo que admitir que así era. En tal caso, anunció el rey, mejor estar del lado de Roma, ya que Pedro era el guardián de las llaves del reino de los cielos. De este
Página 106
modo, el asunto quedó resuelto. Advirtieron a Colmán de que debía adoptar el modo romano de calcular el día de la Pascua, y también la tonsura romana, o de lo contrario tendría que renunciar a su cargo. El obispo, entonces, prefirió dimitir. Dejó Lindisfarne y regresó a Iona, llevándose consigo a los monjes que deseaban ir con él y algunos huesos de Aidán, su padre fundador.[24]
El resultado del Sínodo de Whitby, por tanto, supuso una victoria para el bando prorromano, pero no el desenlace que ansiaban. El respaldo inesperado de Oswiu les había dado la razón, pero al mismo tiempo desbarató la oposición de su hijo; de este modo se había evitado un enfrentamiento político con Alcfrido. Ahora, al menos en apariencia, todos seguían la misma partitura y Oswiu conservaba la batuta de director. Claramente, Alcfrido y Agilberto esperaban que su protegido Wilfrido reemplazara a Colmán como el nuevo obispo de Northumbria. Sin embargo, la actuación de Wilfrido durante el proceso provocó un resentimiento duradero, no solo entre aquellos monjes que seguían en Lindisfarne, sino también en Whitby, pues Hilda y sus jóvenes acólitos también habían sido defensores de la causa celta. Oswiu tuvo el sentido común de no nombrar a una figura tan conflictiva. En su lugar eligió a un obispo del sur de Irlanda llamado Tuda, a quien Beda describe como «un hombre bueno y devoto». Durante mucho tiempo los irlandeses meridionales habían aceptado la Pascua y la tonsura romanas, pero es probable que Tuda sintiera más empatía con el clero existente de Northumbria que con el incisivo ganador del debate de Whitby. De este modo, con un nuevo obispo designado en Northumbria, el sínodo se disolvió con las tesis de Roma reivindicadas, aunque con las ambiciones personales de Wilfrido frustradas.[25]
En el verano del 664 se produjo un repentino y devastador estallido de peste. A diferencia del rebrote de un siglo antes, su impacto en Britania está bien documentado. Beda nos dice que comenzó en el sur: entre sus primeras víctimas se hallaron el rey de Kent y el arzobispo de Canterbury, pues ambos fallecieron el 14 de julio. Desde Kent se extendió a Essex, lo cual propició un rechazo al cristianismo, ya que los lugareños comenzaron a restaurar los templos abandonados y a adorar imágenes talladas, con la esperanza de aplacar la furia de sus antiguos dioses. Decenas de miles de
Página 107
personas, quizá cientos de miles debieron de perecer, ya que la plaga arrasó sin piedad las comunidades de todo el país. El sur, dice Beda, estaba despoblado, mientras que, en el norte, la enfermedad diezmaba el territorio «con una cruel mortandad por largo tiempo y todo a lo largo y ancho de la tierra». Entre las víctimas se hallaba el nuevo obispo del reino, Tuda.[26]
La muerte del nuevo obispo solo unos meses después de su nombramiento otorgó a Wilfrido una segunda oportunidad, sin duda, desde su perspectiva, otorgada por la gracia de Dios. Sin embargo, existía un factor que complicaba la situación. Habían fallecido tantos obispos que no había candidatos suficientes para consagrar uno nuevo. Cuando Gregorio Magno estableció las reglas de la Iglesia anglosajona, decidió que no se debía designar un nuevo obispo a menos que hubiera otros tres o cuatro presentes. A finales de ese año, la peste había acabado con la vida de los obispos de Essex, Northumbria y Rochester, así como del arzobispo de Canterbury. Solo los obispos de Wessex, Mercia y Anglia Oriental seguían con vida. En teoría, tres mitrados podrían haber bastado para nombrar al sucesor de Tuda, pero Wilfrido y sus seguidores obviamente entendieron que este trío en particular no era el idóneo: la ausencia de un arzobispo pudo ser una preocupación primordial.[27]
Por tanto, Alcfrido envió a Wilfrido al extranjero, para que lo consagraran en Francia. Se hizo a la mar, nos dice su biógrafo, con una gran suma de dinero para realzar su rango, y esta ostentación de boato supuso en gran medida la razón de la visita. Tras ser recibido en la corte del rey Clotario III, Wilfrido se reunió con al menos catorce obispos en Compiègne, a ochenta kilómetros al nordeste de París, cabe suponer en el palacio regio. Entre ellos estaba el antiguo mentor de Wilfrido, Agilberto, en otra época obispo de Wessex, que había regresado a Francia a principios de año y sin duda dirigió los preparativos de la ceremonia. Mientras un coro cantaba, Wilfrido fue conducido a la iglesia sobre un trono dorado sostenido por nueve de los obispos.[28]
La organización de tan espléndida ceremonia debió de llevar algo de tiempo, y Wilfrido no mostró ninguna prisa por regresar a su hogar una vez que terminó, pues al parecer se quedó en el continente durante casi un año. Cuando por fin decidió marcharse, la nave que lo transportaba a través del canal de la Mancha se desvió por una tormenta y acabó varando en la costa de Sussex, un reino que aún no se había convertido al cristianismo. Wilfrido y sus acompañantes tuvieron que enfrentarse a una
Página 108
multitud de lugareños paganos que no mostraron ninguna deferencia por su dignidad episcopal, aunque sí un gran interés por sus ricas posesiones. Por fortuna, Wilfrido tenía a Dios de su lado (y la cohorte de guerreros bien armados que, en un gesto de prudencia, había decidido llevar consigo), por lo que salieron de la escaramuza con tan solo cinco bajas y al final lograron regresar a Northumbria.[29]
Fue allí donde Wilfrido recibió una segunda y aún más desagradable sorpresa, pues durante su ausencia, otro hombre había ocupado su cargo. Había sido Alcfrido, el hijo del rey, quien le envió a Francia para que le consagraran y tal vez su padre Oswiu no había dado su aprobación. De ser así, el anciano rey obviamente había cambiado de opinión y designado como obispo de Essex a un sacerdote llamado Chad, hermano de Cedd. Sin ningún arzobispo en Canterbury para realizar la consagración, y tal vez sin la colaboración de los tres obispos anglosajones restantes, la promoción al cargo requirió una cierta dosis de inventiva. En última instancia, Chad había sido investido por el obispo de Wessex y otros dos prelados «del pueblo de los britanos». Como señala Beda con desaprobación, los britanos se obstinaban en usar el viejo cómputo de Pascua, lo que significaba, en su opinión, que eran pecadores y heréticos. Sin duda, Wilfrido habría pensado lo mismo y considerado inválido el nombramiento de Chad, aunque a su regreso a Northumbria descubrió, asimismo, que ya no tenía un valedor. En ese momento, Alcfrido desaparece del registro histórico. Es de suponer que habría muerto durante la ausencia de Wilfrido, aunque Beda y Esteban de Ripon no aportan detalles al respecto. Pudo ser otra víctima de la peste, aunque también es posible que pereciera al rebelarse contra Oswiu. A pesar de que Beda asegura que Alcfrido había deseado partir a Roma, su padre le prohibió hacerlo, y en otra ocasión dice que Oswiu fue atacado por su hijo. Algunos años después, parece que una cruz de piedra se erigió en Bewcastle (Cumbria), para honrar la memoria de Alcfrido, y sin embargo su inscripción no dice nada sobre las circunstancias de la muerte.[30]
Sin ningún patrón que defendiera su causa, Wilfrido se retiró al monasterio que Alcfrido le había otorgado en Ripon, convertido en un obispo sin obispado. Sin embargo, estaba lo bastante bien relacionado para ofrecer sus servicios en otros lugares, ya que en muchos obispados aún no había nadie que ejerciera el cargo. Sin un arzobispo de Canterbury, ni tampoco un obispo de Rochester, el rey de Kent pidió a Wilfrido que
Página 109
ordenara nuevos sacerdotes. Lo mismo hizo el rey de Mercia y, a cambio, le recompensó con tierras para fundar nuevos monasterios. A pesar del rechazo sufrido en Northumbria, la refinada consagración de Wilfrido en Francia lo convertía en el obispo mejor cualificado de toda Britania, e intentó sacarle el máximo partido a esta baza.[31]
Tal vez turbado ante la cantidad de poder que Wilfrido estaba amasando como obispo metropolitano no oficial, el rey Oswiu hizo varios intentos de resucitar el arzobispado de Canterbury, que había desaparecido tras el deceso de quien ostentaba el cargo dos años antes. De este modo, intercedió ante el rey de Kent y juntos eligieron a un sacerdote llamado Wighard para que se convirtiera en el nuevo líder de la Iglesia. Este, un anglosajón versado en asuntos eclesiásticos, se antojaba el nombramiento idóneo, y los dos reyes lo enviaron a Roma para su consagración, cargado de ricos presentes de plata y oro. Tras un viaje que es probable que durara un par de meses, el arzobispo electo se presentó ante el papa, explicó el propósito de su visita y después, casi de inmediato, pereció a causa de la peste, junto con la mayor parte de sus compañeros.
En su carta de condolencia dirigida a Oswiu, el papa Vitaliano prometió encontrar un arzobispo de reemplazo tan pronto como fuera posible. No fue una tarea fácil, pues parece ser que nadie en Roma deseaba el cargo. La primera persona a la que abordó el papa rechazó la oferta, y la segunda no estaba en condiciones de emprender tan largo viaje. En última instancia, tal vez a la desesperada, Vitaliano fue persuadido para elegir a Teodoro, quien, según cualquier estimación razonable, se antojaba un candidato improbable. No cabe duda de que era una persona muy erudita, aunque, a los sesenta y seis años, debía parecer dudoso que viviría lo suficiente para trasladar tan magno conocimiento a su rebaño anglosajón. También era de origen oriental, nativo de Tarso, una ciudad de la actual Turquía, y el papa se sintió obligado a enviarlo con un acompañante romano para asegurarse de que no introdujera ninguna costumbre poco ortodoxa. En el momento de su elección, Teodoro aún mantenía el modo oriental de tonsura y, por tanto, fue necesario esperar cuatro meses para que le creciera el pelo y poder rasurarle al modo romano. No fue hasta el verano del 668 cuando el arzobispo recién investido partió hacia Britania, un viaje que le llevó muchos meses, con retrasos debido a su enfermedad, gobernantes francos reticentes y la llegada del invierno. Finalmente arribó a Canterbury en mayo del 669, un año después de su marcha.[32]
Página 110
Aunque nadie lo hubiese elegido en primera instancia, Teodoro demostró ser una figura de enorme relevancia para la Iglesia anglosajona y se dispuso a restaurar el orden con una celeridad y una energía ejemplares. Poco después de su llegada, realizó una gira por todos los reinos. Su primera tarea fue restaurar los episcopados vacantes, lo que le llevó a designar nuevos obispos para Rochester, Wessex y Anglia Oriental. Cuando llegó a Northumbria, depuso a Chad y alegó que su nombramiento no había sido canónico, aunque, poco después, al reconocer su idoneidad para el cargo, lo nombró obispo de Mercia. Como nuevo prelado de Northumbria, Teodoro nombró a Wilfrido.[33]
Instalado por fin en el puesto que había ansiado durante casi una década, Wilfrido anunció su llegada proclamando el abandono de las tradiciones celtas de Lindisfarne para adscribirse a las de Roma. En su opinión, los obispos debían tener su sede en ciudades, no en islas, y para tal fin se encargó de la restauración de la iglesia abandonada de York, iniciada más de cuarenta años antes por el obispo Paulino. El edificio se hallaba en un deplorable estado; por sus paredes rezumaba el agua de lluvia y las heces de los pájaros se colaban por las ventanas vacías. Los albañiles de Wilfrido se afanaron en restaurar el techo, acristalaron las ventanas y encalaron las paredes hasta que resplandecieron. Como resultado, asegura su biógrafo, el nuevo obispo de Northumbria se ganó el amor de toda la nación.[34]
Como señalábamos al principio, la Vida de San Wilfrido es una obra propagandística, por lo que merece la pena considerar el impacto real del nuevo obispo entre la gente común de Northumbria. Sin duda, el nuevo obispo era una fuerza dinamizadora, experta en convencer a los poderosos para que le otorgaran grandes haciendas a cambio de una promesa de salvación y de vida eterna. También fue un administrador brillante, capaz de atraer artesanos extranjeros con la experiencia necesaria para construir y embellecer nuevas iglesias de piedra. Pero, al igual que aquellas fundadas por otros obispos y figuras piadosas, estas iglesias eran casi todas monásticas. Esto no significaba que fueran comunidades enteramente cerradas y aisladas, como habría ocurrido en siglos posteriores. Muchos de los primeros monasterios contaban con sacerdotes, además de monjes o monjas. Un retiro religioso para algunos, mientras que para otros eran más
Página 111
bien una base misionera, desde la cual se podía predicar y convertir. Por esta razón, para diferenciarlos del fenómeno monástico posterior, algunos historiadores evitan el término «monasterio» para describir estas primeras comunidades y en su lugar emplean minster, su equivalente en inglés antiguo.[35]
Lo cierto es que, ya fuera el minster una institución cerrada para un puñado de piadosos aristócratas, o una comunidad religiosa de enorme amplitud, su iglesia, por muy espléndida que fuera, solo podía dar cabida a un reducido número de fieles. Las iglesias destinadas a la gente común, las parroquiales, eran algo desconocido por entonces. Por tanto, ¿cómo llegó a toda esa gente el mensaje cristiano? Tal vez un sacerdote, o incluso un obispo, acudía a su localidad de vez en cuando para predicar y bautizar. En lugar de una iglesia podían erigir una cruz de madera, como la de Heavenfield, un símbolo de veneración que señalaba el lugar donde los fieles podían congregarse. Con el paso del tiempo, este hito pudo ser reemplazado por algo más elaborado: desde finales del siglo VII se erigieron cruces de piedra labrada, con los relieves realzados con pinturas de distintos colores, en especial en Mercia y Northumbria.[36]
Sin embargo, en loque se refiere a la gente común, las élites mostraban una mayor vocación en decirles lo que no se les permitía hacer, en lugar de lo que debían. Eorcemberto de Kent, que reinó entre el 640 y el 664, recibió los elogios de Beda por ser el primer gobernante anglosajón que ordenó la destrucción de los ídolos paganos de todo su reino, y también mandó a la población que ayunara en Cuaresma. Mientras las autoridades intentaban erradicar las prácticas paganas, la mayoría de la población no sabía nada sobre la naturaleza del cristianismo. Una de las pocas historias narradas por Beda que menciona a gente de a pie resulta extremadamente reveladora al respecto. Relata cómo unos monjes usaban balsas para transportar maderas por el río Tyne, cuando estalló una súbita tormenta que los arrastró mar adentro. Otros monjes que les observaban desde el monasterio se mostraron angustiados, pero los campesinos que admiraban el espectáculo se pusieron de pie y se mofaron de lo ocurrido. Cuando les reprendieron por su actitud, respondieron con aún más insolencia. Que los monjes se ahoguen, dijeron, «porque han despojado a la gente de sus antiguos ritos, y nadie sabe cómo realizar el nuevo».[37]
Tal era la situación a la que se enfrentaba el arzobispo Teodoro en el momento de su llegada en el 669. Durante su gira por los reinos
Página 112
anglosajones, debió de percibir muchas situaciones alarmantes. Un texto que después se redactaría en su nombre impone severas penitencias a todo tipo de prácticas paganas: ofrecer sacrificios a los demonios; quemar grano para purificar una morada que albergase un cadáver; madres que colocaban a sus hijas en hornos o en los tejados para sanarlas de las fiebres. También descubrió que, a causa de la magnitud del problema, algunos altos cargos eclesiásticos eran demasiado vulgares para su gusto. Chad, por ejemplo, tenía la costumbre de ir a pie a todas partes, como Aidán y otros santos irlandeses antes que él. Al trasladarlo a Mercia, Teodoro le dejó claro su deseo de que hiciera un mayor uso del caballo. Cuando Chad presentó objeciones, el arzobispo, que rondaba ya los setenta años, lo subió a la silla de montar con sus propias manos.[38]
Teodoro no tardó en decidir que la situación exigía, no solo obispos ecuestres, sino una mayor cantidad. Cabe recordar que el plan original de Gregorio Magno para Britania consistía en dos obispos metropolitanos, uno en Londres y el otro en York, cada uno con doce prelados subordinados, que conformara una estructura episcopal de veintiséis. Lo que ocurrió, en la práctica, fue que cada uno de los principales reinos anglosajones había adoptado un obispo: Essex, Anglia Oriental, Mercia, Wessex y Northumbria con solo un prelado. Solo Kent, con Rochester y Canterbury, poseía dos, lo cual se explicaba por el especial estatus de Canterbury como único arzobispado. Sin duda, los propios obispos alentaban esta situación, ya que, cuanto mayor fuera el tamaño de una diócesis, tanto más dinero llegaría a las arcas del episcopado.[39]
Por tanto, cuando el arzobispo Teodoro planteó la idea de dividir sus diócesis, poco después de su llegada, halló un escaso entusiasmo. La ocasión para cambiar las circunstancias fue un concilio general o sínodo eclesiástico que tuvo lugar en Hertford en el otoño del 672. El mero hecho de realizarlo supuso un triunfo: Teodoro, como señala Beda, «fue el primer arzobispo al que toda la Iglesia de los anglos se avino a obedecer». Todos los presentes estuvieron de acuerdo con la propuesta inicial de Teodoro de someterse a la ley eclesiástica establecida en la Antigüedad (ley canónica), y consiguieron un consenso sobre varios capítulos específicos sujetos a debate: la Pascua, confirmaron, debía ser realizada según el cómputo romano, y no se debía permitir que los monjes y los sacerdotes deambulasen por su propia voluntad. Asimismo, aprobaron el proyecto de Teodoro de celebrar sínodos de un modo regular, aunque se acordó de
Página 113
forma unánime que reunirse dos veces al año no resultaba práctico y que las asambleas anuales eran suficientes. No obstante, cuando Teodoro planteó la idea de crear nuevos obispos, este consenso se esfumó. «Este
capítulo se trató en común —afirman las actas del sínodo—, pero a su respecto no nos hemos pronunciado hasta ahora».
En la lista de obispos asistentes al Sínodo de Hertford, destaca la notable ausencia de un nombre. «Nuestro hermano y compañero en el sacerdocio Wilfrido, obispo del pueblo de Northumbria», señaló Teodoro en el preámbulo, estuvo representado «por medio de sus propios legados». Estos individuos sin duda remitieron a Wilfrido un informe de los temas sujetos a debate, algunos de los cuales parecen haber sido elegidos en función de su propia conducta. Difícilmente pudo ser casual que Teodoro emplazara al sínodo a ratificar una ley que prohibía a cualquier obispo entrometerse en la diócesis de otro, o aquella que decretaba «que ningún obispo pretenda por ambición la precedencia sobre otro». Una vez restaurada la autoridad en Canterbury, a Wilfrido tácitamente se le informaba que sus injerencias en otros reinos debían concluir. No parece probable que el aludido atendiera a unas advertencias tan indisimuladas. Como sugiere su displicente ausencia en el concilio de Hertford, la atención del obispo de Northumbria estaba en otra parte. En ese momento, se dedicaba a forjar su propio imperio eclesiástico, con el respaldo del nuevo rey norteño.[40]
El viejo rey Oswiu falleció el 15 de febrero del 670, pocos meses después de la llegada de Teodoro y del nombramiento de Wilfrido como obispo del reino. Tenía cincuenta y ocho años y es el primer rey de Northumbria que sabemos que no pereció en la batalla. Su heredero se llamaba Egfrido y era el segundo de sus hijos legítimos. Tenía unos veinticinco años cuando ascendió al trono y demostró ser un gobernante muy capaz, dispuesto a continuar con la agresiva política de expansión territorial de sus predecesores. Al parecer, su padre había extendido el poder de Northumbria más allá del fiordo de Forth e impuesto un tributo a los pictos, y cuando estos intentaron deshacerse de semejante carga al comienzo del reinado de Egfrido, el rey marchó hacia el norte y los aplastó en una batalla campal. Tuvo un éxito similar contra sus otros vecinos; en algún momento antes del 675, recuperó el control del reino menor de
Página 114
Lindsey de Mercia y se apoderó de las tierras de los reinos britanos occidentales.[41]
En lo que respecta a Wilfrido, esta agresión abierta tuvo una gran repercusión, ya que, a medida que se incrementaba el poder del rey de Northumbria, también aumentaba el de su obispo. La Vida de San Wilfrido muestra una vívida imagen de los primeros años del reinado de Egfrido, cuando los dos hombres se reunieron durante la nueva consagración de la iglesia obispal en Ripon. Los edificios que los fundadores irlandeses habían erigido en el lugar se habían derribado. Wilfrido, explica su biógrafo, «inició y completó, desde los cimientos hasta el envigado del techo, una iglesia construida con piedra labrada, sostenida por columnas y completada con pasillos laterales». Durante la ceremonia, el obispo se puso de pie ante el altar y leyó una lista de las tierras que los reyes anteriores le habían otorgado, y después procedió a enumerar «los lugares santos en varias partes del país que el clero britano, huyendo de nuestra espada hostil, había abandonado». De forma reciente, Egfrido había conquistado gran parte de lo que ahora es Lancashire, y donado sus iglesias a Wilfrido. «Dios estaría complacido con el obsequio de tantas tierras», afirma el biógrafo del obispo. Tras concluir el sermón, los fieles allí reunidos celebraron una fiesta durante tres días.[42]
Por desgracia, esta cordial relación no iba a durar demasiado. A comienzos de su reinado, Egfrido estaba casado con una mujer llamada Eteldreda, quien, según las fuentes, se negó a acostarse con él. A petición del rey, Wilfrido intervino y el resultado fue que Eteldreda se hizo monja. Puesto que semejante consecuencia parece responder al propio deseo de la reina, la cual recompensó a Wilfrido otorgándole unos terrenos donde construir una iglesia en Hexham, se ha asumido que este fue el origen de la posterior hostilidad del rey hacia él. Sin embargo, se antoja más probable que el mitrado hubiera complacido a su soberano, al hallar un modo de poner fin a un matrimonio infeliz y sin hijos. De hecho, tal vez fuera otro de los actos de Wilfrido que provocó la condena de sus colegas obispos. El Sínodo de Hertford, que se celebró poco después, declaró que «si alguien repudia a su esposa, unida a él mediante un matrimonio legítimo, no puede tomar otra si quiere considerarse un buen cristiano». Por tanto, debería permanecer en su estado o reconciliarse con su esposa.
[43]
Página 115
Como en tantos otros asuntos, Wilfrido y Egfrido no prestaron atención a las críticas. Eteldreda siguió en su convento y Egfrido pronto se volvió a casar, esta vez con una mujer llamada Eomenburga. Fue entonces, según Esteban de Ripon, cuando empezaron los problemas de Wilfrido. La nueva reina, dice, envenenó el corazón de su esposo con historias maliciosas sobre el obispo, y empleó todo su poder de persuasión contra sus nuevas adquisiciones: «sus haciendas, el gran número de monasterios, la inmensidad de sus edificios, [y] sus innumerables seguidores ataviados como el séquito de un rey».[44]
Aunque Esteban, con la acostumbrada misoginia monacal, tacha a Eomenburga de loba y Jezabel, otros pasajes de la Vida de San Wilfrido sugieren que solo estaba señalando lo obvio, y que el obispo estaba actuando como un segundo rey. Tanto él como sus seguidores sin duda disfrutaban de una vida inmejorable. El hecho de que su biógrafo insista en que Wilfrido nunca bebió un vaso lleno en tales ocasiones, y que infinidad de testigos darían fe de ello, únicamente revela que un buen número de personas debía recordarlo de un modo distinto. Parece improbable que su hogar resultase tan abstemio, pues al parecer la nobleza enviaba a sus hijos para que se criaran allí, «con el objeto de que pudieran consagrar su vida a Dios, o en caso de regresar como adultos, entrar al servicio del rey como guerreros contando con el respaldo de Wilfrido».
El poder que el obispo ostentaba, gracias a su enorme riqueza, queda patente en un incidente acaecido a mediados de la década del 670, cuando auxilió a un príncipe franco, llamado Dagoberto. Durante su mocedad, Dagoberto había tenido que exiliarse y pasó casi veinte años como monje en Irlanda. No obstante, hacia el año 675, sus parientes en Francia intentaron traerlo a casa y le pidieron ayuda a Wilfrido. «Tal cosa hizo el santo obispo —dice Esteban de Ripon—. Le dio la bienvenida al llegar de Irlanda, le entregó armas y lo envió de regreso con un gran boato y un séquito armado para apoyarlo».
Un obispo que pudiera prescindir de suficientes guerreros de su comitiva para respaldar un exitoso golpe de Estado en el extranjero
—gracias a Wilfrido, Dagoberto se convirtió en rey de los francos—, sin duda habría preocupado a cualquier gobernante laico con un ápice de sensatez. El modo más obvio de erosionar la autoridad de un prelado demasiado poderoso era respaldar el plan del arzobispo de Canterbury para dividir las diócesis existentes. Es posible que Teodoro sufriera un revés
Página 116
sobre este tema en cuestión en el Sínodo de Hertford del 672, pero desde entonces había cosechado diversos éxitos individuales. Poco después del concilio, el obispo de Anglia Oriental enfermó de gravedad, lo que permitió al arzobispo nombrar un par de sustitutos. De este modo la diócesis de Anglia Oriental se dividió en dos, con las nuevas sedes en Dunwich (en Suffolk) y Elmham (en Norfolk). Poco después, Teodoro se disgustó con el obispo de Mercia por una ofensa que nos es desconocida y lo privó del cargo. Tal vez el mitrado solo se negó a cumplir con la demanda de compartir su poder, ya que, una vez que se marchó, su diócesis también quedó dividida: el obispado original, con sede en Lichfield, se redujo de extensión por la creación de otras nuevas diócesis en el oeste, con sedes en Hereford y Worcester.[45]
Por tanto, Wilfrido estaba listo para sentencia cuando Egfrido y Eomenburga solicitaron al arzobispo que convocara un sínodo en Northumbria para el año 678. No sabemos qué cargos se presentaron contra él, pues Beda no los aporta, y Esteban de Ripon se limita a declarar que su héroe estaba totalmente libre de culpa, al tiempo que alega que Teodoro había sido sobornado, un extremo que parece improbable. Como resultado, Wilfrido fue depuesto y su enorme diócesis quedó dividida entre tres nuevos obispos recién designados: Deira tendría un prelado con sede en York, Bernicia otro con sede en Lindisfarne y el territorio recién conquistado de Lindsey también contaría con uno propio, quizá con sede en Lincoln.[46]
Antes esta situación, Wilfrido no se mostró comedido. Protestó ante los obispos de los otros reinos por el trato recibido, y parece posible (de nuevo, según los desmentidos posteriores de su biógrafo) que incluso pudo haber intentado algún tipo de resistencia armada. Sin embargo, cuando tales esfuerzos quedaron en nada, decidió que la única alternativa a su alcance era trasladar sus demandas a Roma.
Se trataba de una tarea mucho más peligrosa de lo que había sido su primera visita, veinticinco años antes, cuando era un adolescente anónimo. En esta ocasión, a causa de su reciente apoyo al rey Dagoberto, era un apestado. Los enemigos de Dagoberto se mostraban muy resentidos ante la injerencia de Wilfrido en la política franca e, informados de su viaje, estaban dispuestos a vengarse. En cuanto el obispo anglosajón desembarcó, lo apresaron, asaltaron y robaron, y muchos de sus compañeros fueron asesinados. Por fortuna, nos dice Esteban de Ripon, el
Página 117
obispo en cuestión no era Wilfrido, sino un casi tocayo, Winfrido de Mercia, que realizaba el mismo viaje y fue confundido con el verdadero objetivo. Mientras tanto, Wilfrido había tomado una ruta más norteña y había navegado a Frisia, un país pagano, donde permaneció durante todo el invierno del 678, predicando y convirtiendo con el permiso de su rey. En primavera se dirigió hacia el sur y pasó por el reino de su amigo Dagoberto, quien le ofreció nombrarlo obispo de Estrasburgo. Una oferta que no disuadió a Wilfrido de su misión y prosiguió hacia Roma.[47]
Al llegar descubrió que el papa Agatón y sus consejeros ya estaban al tanto. La noticia de la querella había llegado junto con los peregrinos de Britania y también gracias a un emisario del arzobispo Teodoro que traía cartas consigo. Resultaría sumamente interesante saber qué acusaciones contra Wilfrido contenían las misivas, pero, una vez más, solo contamos con el relato partidista de Esteban de Ripon. Los reprobadores de Wilfrido, asegura su biógrafo, plantearon «muchos puntos dudosos» que no fueron respaldados por el consejo papal reunido para considerar la cuestión. «Somos de la opinión —al parecer declararon—, que se abstuvo de implicarse en disputas sediciosas a causa de su modestia». El único detalle revelador del relato obviamente sesgado de Esteban reside en la petición de Wilfrido al consejo. Tras argumentar que lo habían depuesto de un modo ilegal, y tras negar cualquier irregularidad en el ejercicio de sus funciones, el obispo pidió un favor: si decidían que la división de la diócesis de Teodoro debía mantenerse, ¿podrían los nuevos prelados ser elegidos entre el propio clero de Wilfrido? La demanda iba al meollo del asunto. Los tres designados el año anterior formaban parte del antiguo bando irlandés de la Iglesia de Northumbria, al ser discípulos del obispo Aidán o de la abadesa Hilda. Aunque habían aceptado el triunfo romano en Whitby en el año 664, obviamente albergaban un añejo resentimiento hacia el propio Wilfrido y un firme deseo de excluirlo de Northumbria. Por su parte, Wilfrido sin duda retribuyó del mismo modo tal rencor y los presentó como unos peligrosos descontentos, «extraños y forasteros», así los describió en su discurso ante el consejo papal, personas que amenazaban con introducir de nuevo las prácticas anómalas que se había esforzado tanto en erradicar.[48]
La decisión final del consejo fue aceptar esta solución de compromiso. Declararon que no habían podido hallar ninguna evidencia de irregularidades cometidas por Wilfrido y que, por consiguiente, debería
Página 118
serle restituida la diócesis de Northumbria. Al mismo tiempo, dictaminaron que la división de la diócesis septentrional debía mantenerse; de otra manera, habrían socavado la autoridad del arzobispo Teodoro. Siguiendo la propuesta de Wilfrido, los tres nuevos obispos de Northumbria debían ser reemplazados por otros candidatos elegidos por un concilio que el propio Wilfrido convocaría. La negativa a aceptar este fallo sería castigada con la destitución y la excomunión.[49]
Armado con este decreto, y solo prolongando su estancia en Roma el tiempo necesario para adquirir un buen número de reliquias, Wilfrido regresó a Britania en el 680, tras una ausencia de casi dos años. Una vez en Northumbria, se le permitió convocar una asamblea en la que leyó el veredicto papal. Como cabía esperar, no tuvo una cálida acogida. Algunos religiosos lo rechazaron de plano; otros sostuvieron que lo había obtenido mediante el soborno. El rey Egfrido se enfureció y ordenó que encarcelaran a Wilfrido. Se le confiscaron todas las posesiones, incluido su preciado relicario, que la reina Eomenburga se quedó para sí y empleó como collar.[50]
Después de varios meses en prisión, Wilfrido fue por fin liberado y desterrado de Northumbria. Primero acudió a Mercia, pero pronto se vio forzado a proseguir su periplo a causa del nuevo rey, Etelredo, casado con la hermana de Egfrido. De Mercia marchó a Wessex, pero allí tampoco halló una buena acogida, pues el rey de Wessex había desposado a la hermana de Eomenburga. Dondequiera que fuera el obispo, se lamenta su biógrafo, Egfrido hallaba algún modo de propiciar una persecución contra él.[51]
Así fue como Wilfrido acabó en Sussex, una tierra pagana que se encontraba más allá del alcance de Northumbria. Unos densos bosques y una costa rocosa, según Esteban de Ripon, la habían librado de las conquistas de otros reinos. Wilfrido, por supuesto, ya conocía el litoral de Sussex, pues allí desembarcó de forma accidental quince años antes y había combatido en las playas a los lugareños. Por fortuna, en el momento de su segunda visita en el 681, los sajones del sur ya no se mostraban tan inhóspitos. Su rey, Etelwealh, se había convertido al cristianismo al menos seis años antes y había tomado una esposa, Eafe, educada como cristiana en el reino de Hwicce.[**] Esteban de Ripon se equivoca cuando asegura
Página 119
que la pareja real abrazó la fe de Cristo gracias a Wilfrido, después de su llegada, aunque no cabe duda de que, al ser recibido en la corte de Etelwealh, el obispo vagabundo hizo mucho para promover el cristianismo. Según las fuentes textuales, en los meses siguientes bautizó a muchos millares de lugareños, «algunos libremente», señala Esteban, en un arrebato de franqueza, «y algunos por orden del rey». Etelwealh estaba tan complacido con esta conversión forzada que otorgó a Wilfrido una extensa propiedad regia en Selsey para fundar allí un monasterio, que se convirtió en la sede del obispado de Sajonia del Sur, y Wilfrido en su primer titular.[52]
Aunque su biógrafo presenta el tiempo pasado por Wilfrido en Sussex como un resonante éxito, para otros debió de parecer más bien el Apocalipsis, con los Cuatro Jinetes asolando la tierra por turnos. Beda afirma que, antes de la llegada del obispo, hubo una sequía de tres años que tuvo como resultado: «una durísima hambruna vino sobre el pueblo y lo puso al borde del exterminio». De un modo milagroso, en el momento de la llegada de Wilfrido, retornaron las lluvias. Pero unos años después hubo una terrible pestilencia. En realidad, la peste nunca había desaparecido por completo de Britania desde el catastrófico regreso del 664, y en el periodo intermedio de veinte años hubo muchos rebrotes localizados. En algún momento después del 666, la plaga había devastado el monasterio dúplice de Barking en Essex; antes, en el 672, se había llevado al obispo Chad, el renuente jinete, y a muchos de sus monjes en Lichfield; y, en el 680, se había cobrado la vida de Eteldreda, la antigua reina de Northumbria y después abadesa de Ely. No obstante, el rebrote del año 684 supuso una verdadera pandemia que se extendió por Britania e Irlanda. Puesto que algunas de sus víctimas fallecieron durante el invierno, parece probable que se tratara de peste neumónica y, por tanto, aún más contagiosa. Entre los centenares de comunidades que devastó la plaga, estaba el nuevo monasterio de Wilfrido en Selsey. «Muchos, tanto de los que habían llegado allí con el obispo —dice Beda—, como de los que de la propia provincia de Sussex habían sido llamados recientemente a la fe, se veían arrebatados por doquier a la vida».[53]
Peor aún fue la mortandad causada por la guerra, llevada a Sussex por Cedwalla, un virulento guerrero con quien Wilfrido colaboró casi al tiempo. Podría considerarse el episodio más vergonzoso en la accidentada carrera del obispo, a pesar de los intentos de su biógrafo de cubrirlo con
Página 120
gruesas capas de cal. Según la versión de los hechos de Esteban de Ripon, Cedwalla tan solo era un exiliado errante de noble cuna que buscó la guía de Wilfrido; un obediente vástago en busca de un padre espiritual. Con la ayuda del mitrado, superó con éxito la adversidad para convertirse en rey de Wessex, y luego nombró a Wilfrido como su principal consejero, recompensándolo con grandes haciendas «por su amor a Dios».
Le corresponde a Beda el mérito de aportar los detalles más desagradables que Esteban omite de un modo conveniente. Cedwalla, explica, era un joven y exiliado guerrero de Wessex, que irrumpió en la escena política hacia el año 685, al acaudillar un ejército en Sussex que devastó el reino «con una cruel matanza», en la que pereció su rey Etelwealh. Expulsado por los principales magnates del rey, dirigió sus violentas atenciones contra Wessex y logró persuadir a su rey, Centwine, de que renunciara a su trono y adoptase los hábitos como monje. Una vez asentado en su tierra natal, Cedwalla regresó a Sussex, mató a uno de sus nuevos gobernantes y redujo el reino, en palabras de Beda, «a una servidumbre muy dura».[54]
En este momento, si no antes, cabe suponer que el joven guerrero debió de entablar amistad con Wilfrido, ya que su siguiente conquista se realizó con la bendición del obispo. En el 686, Cedwalla invadió la isla de Wight, con la intención de «exterminar a todos los indígenas y poner en su lugar a hombres de su reino». Este acto genocida estuvo obviamente justificado por Wilfrido a causa del carácter pagano de los habitantes de la isla, como lo había sido la gente de Sussex hasta su llegada unos años antes.
Sin embargo, lo que Beda también nos revela, y Esteban de Ripon oculta por completo, es que Cedwalla era pagano. Su acuerdo con Wilfrido parece haber sido una prueba espiritual como las descritas para otros caudillos paganos, es decir, un compromiso de considerar los méritos del cristianismo, si Dios le concedía la victoria sobre sus enemigos. El incentivo del obispo para prestar su apoyo espiritual a la sangrienta expedición de Cedwalla fue una cuarta parte del botín: tras la conquista recibió trescientas de las mil doscientas pieles de los isleños para uso de la Iglesia. (Se las entregó a su sobrino, un clérigo llamado Beornwine).
La influencia de Wilfrido sobre su «obediente hijo»,[***] por desgracia, no alcanzó a persuadirlo de que perdonara a sus oponentes derrotados. Arwald, el rey de la isla de Wight, parece que fue asesinado durante la
Página 121
invasión, aunque sus dos hermanos menores lograron huir al continente antes de que comenzara la lucha. A pesar de sus esperanzas de permanecer ocultos, pronto fueron traicionados y ejecutados por orden de Cedwalla. La única concesión del conquistador fue permitirles bautizarse unos días antes, un acto de clemencia sugerido y realizado por el abad de Redbridge. A juzgar por el relato de Beda, el principal consejero y padre espiritual de Cedwalla no participó en este minúsculo acto de misericordia. Tratando de otorgarle el mejor aspecto posible a la historia, Beda consuela a sus lectores señalando que la pareja de niños acudió feliz al verdugo, «[…] no dudaban que iban a pasar a la vida eterna de sus almas». La conquista de la isla de Wight, concluyó en un tono optimista, significaba que al fin todos los reinos anglosajones habían abrazado la fe de Cristo.[55]
Entre tanto, a Northumbria no le había ido mucho mejor durante la ausencia de Wilfrido. Si bien no existen menciones a hambrunas que afectasen al norte de Britania, como en el caso de Sussex, por lo demás el norte también había padecido toda suerte de desastres bíblicos. La plaga había asolado el territorio, despoblando pueblos y monasterios, al tiempo que la guerra y la muerte habían sumido el reino en la confusión.[56]
Para empezar, hubo más controversias eclesiásticas. Poco después de la expulsión de Wilfrido, el arzobispo Teodoro dividió de nuevo su diócesis y creó dos obispados más. Uno estaba ubicado en el extremo norte, a orillas del Forth, en Abercorn, para convertir a los paganos pictos. El otro tenía su sede en la espléndida iglesia de Wilfrido en Hexham, aunque por razones desconocidas su obispo causó una honda decepción. Y así, en el otoño del 684, Teodoro, que entonces tenía poco más de ochenta años, se vio obligado a marchar trabajosamente hacia el norte, desde Canterbury, a través de un país asolado por la peste, para conseguir un sustituto. Todos decidieron que la mejor elección posible era Cutberto.[57]
Este era natural de Northumbria, nacido casi al tiempo que Wilfrido, y parecía predestinado a una carrera eclesiástica, aunque, más allá de esto, sus trayectorias y caracteres no podrían haber sido más dispares. Mientras que Wilfrido había viajado mucho y era un hombre de gran ambición, Cutberto había permanecido en casa y se mostraba satisfecho como prior de la abadía de Melrose. Wilfrido estaba dispuesto a realizar conversiones masivas a punta de espada, mientras que los métodos de Cutberto eran más
Página 122
bien persuasivos y a menudo marchaba (a pie, por supuesto) durante semanas para predicar a gentes de lugares remotos, en lo profundo de las colinas y las montañas. El obispo se deleitaba con su poder y autoridad, y no se cansaba de las controversias aparejadas a ello. Cutberto, por el contrario, acabó hastiado del mundo y se retiró a vivir como un ermitaño en Farne, una isla frente a la costa de Northumbria, no muy lejos de Bamburgh. Allí había residido durante casi una década, hasta el año 684, cuando el sínodo organizado por Teodoro lo nominó para convertirse en obispo y, en consecuencia, resultó difícil que mantuviera su retiro. No fue hasta que una delegación formada por las figuras más importantes de Northumbria, encabezada por el propio rey Egfrido, navegó hasta Farne y le rogó de rodillas que ocupara el puesto vacante, algo a lo que él accedió a regañadientes. La Pascua siguiente, en presencia del rey, el arzobispo y muchos otros, Cutberto fue consagrado en York como el nuevo obispo de Hexham.[58]
Una vez concluida esta controversia, Egfrido fue libre de concentrarse en su principal prioridad secular: la continua expansión de su reino. El año anterior había enviado un ejército a Irlanda, dirigido por uno de sus principales notables. Al parecer, la operación había sido un éxito, pero no había obtenido las bendiciones concedidas en las campañas anteriores. Cuando Egfrido marchó a la guerra al comienzo de su reinado, Wilfrido estuvo allí para exhortarlo, dispuesto a condenar a sus enemigos celtas como herejes, a causa de su modo de fechar la Pascua, al tiempo que proclamaba que su exterminio resultaría agradable a los ojos de Dios. Mas, en ese momento, muy al contrario, los religiosos de su corte no le ofrecían más que críticas, e incluso le habían instado a respetar a los irlandeses. Beda, que escribió cincuenta años después, se hizo eco de tales quejas, cuando acusaban al rey de «[devastar] de manera inofensiva a un pueblo inofensivo» y destruir iglesias y monasterios. Lo que siguió, supone Beda, fue una retribución divina.
En la primavera del 685, casi un mes después de la consagración de Cutberto en York, Egfrido marchó a la guerra contra los pictos. Una vez más, sus clérigos lo instaron a no hacerlo, y el nuevo obispo fue uno de los que profetizaron su ruina. Pero el rey no se dejó disuadir y condujo a su hueste hacia el norte, mucho más allá de los confines de su reino. Los pictos, dice Beda, fingieron huir y atrajeron a Egfrido a las «angosturas de unos montes inaccesibles». En un lugar que más tarde se llamó
Página 123
Nechtansmere, cayeron sobre los invasores, pasándolos a espada, de modo que solo un puñado logró escapar. Egfrido y su guardia personal estaban entre los que perecieron.
La muerte del rey en la batalla asestó un duro golpe a su extenso imperio norteño. Northumbria se había expandido durante más de un siglo a expensas de sus vecinos britanos, irlandeses y pictos. Todos esos pueblos aprovecharon la oportunidad para revertir la marea de la conquista. Los gobernantes britanos del oeste, relata Beda, recuperaron parte de su antigua independencia, mientras que los pictos y los irlandeses de Dalriada hicieron retroceder a los anglos hasta el Forth. Entre los que huyeron de su ira destructiva estaba el obispo de Abercorn, cuya diócesis se había creado solo cuatro años antes. Desde la perspectiva de Beda, la batalla de Nechtansmere parecía ser un punto de inflexión crucial en la historia de Northumbria. Tras esta derrota, asegura, las esperanzas y la fortaleza del reino comenzaron a menguar y desvanecerse.[59]
En tan solo un año, la suerte de los reinos anglosajones del norte y del sur se habían transformado de un modo radical. Northumbria se había sumido en el caos y su extensión se había reducido de forma considerable como resultado de la muerte de su rey en la batalla, un desastre anunciado y al que se opusieron sus líderes eclesiásticos. Mientras tanto, en el sur, Cedwalla arrasaba todo cuanto hallaba a su paso, al tiempo que sus violentas victorias eran aclamadas y alentadas por Wilfrido, su principal consejero. Como conquistador de Wessex, Sussex y la isla de Wight, a finales del 686, el joven guerrero había extendido aún más su poder hasta Kent, Surrey y Essex. En Kent había designado a su hermano como nuevo gobernante, quizá después de matar al monarca anterior.[60]
Cabe preguntarse si la muerte de un rey, cuya residencia principal se hallaba en Canterbury, ayudó a concienciar al arzobispo Teodoro en poner fin a su enemistad con el padre espiritual de Cedwalla. Fue, en ese momento, cuando Teodoro hizo una propuesta de paz a Wilfrido, invitándolo a una reunión en Londres. Según cuenta Esteban de Ripon, esta reunión consistió en esencia en que el arzobispo se disculpó por su conducta anterior y Wilfrido, magnánimo, le concedió su perdón. Con independencia de cómo transcurriera la conversación en realidad, tenemos la certeza de que ambos se dieron cuenta de que el deceso de Egfrido había
Página 124
creado la oportunidad de que Wilfrido regresara a Northumbria, algo que parece verosímil pensar que, en ese momento, ambos consideraron deseable.[61]
Por lo tanto, en el 686, Teodoro quiso hacer las paces con Wilfrido y Aldfrido, el nuevo soberano de Northumbria. El modo en que Aldfrido llegó a ser rey sigue siendo un misterio. Desde un punto de vista genealógico, esto se antoja bastante sencillo, ya que se trataba del único hermano superviviente de Egfrido, que había muerto sin descendencia. Pero las pretensiones de Aldfrith se complicaban al ser hijo ilegítimo, fruto de una relación temprana entre su padre, Oswiu, y una princesa irlandesa. Como tal, parece haber sido ignorado de forma deliberada por los descendientes legítimos de Oswiu y, por tanto, había disfrutado de una vida plácida y sin disputas en Irlanda durante varias décadas. Pero a medida que avanzaba el reinado de Egfrido, y se hizo palmario que no tenía un heredero aparente, la candidatura de Aldfrith al trono debió de discutirse y promoverse en algunos círculos entre los irlandeses, y quizá también entre los pictos. Se desconoce cómo se alcanzó la paz entre estos últimos, los irlandeses y los habitantes de Northumbria después de la batalla de Nechtansmere, pero parece que hubo un actor clave, Alfleda, la hermana de Egfrido y Aldfrith, que había sucedido a Hilda como abadesa de Whitby cinco años antes. Alfleda, curtida y respetada, parece ser la principal pacificadora cuando se negocia la sucesión de Aldfrith, y siguió siendo una poderosa figura durante su reinado. Cuando el arzobispo Teodoro envió misivas a Northumbria, buscando una reconciliación en nombre de Wilfrido, las dirigió tanto al nuevo rey como a su media hermana.[62]
Como resultado, en algún momento del segundo año del reinado de Aldfrith, Wilfrido fue readmitido en su tierra natal y recuperó su posición como el religioso más destacado de Northumbria. En un principio se le otorgaron las diócesis de Hexham y Lindisfarne, que habían quedado vacantes con la muerte del obispo Eata en octubre del 686 y la de san Cutberto en marzo del año siguiente. Pero pronto Wilfrido, blandiendo aún el decreto papal recibido en el 680, urdió la expulsión de los obispos de York y Ripon, todavía en activo, lo que le permitió recuperar su poder también en ambos lugares. Casi una década después de su humillante deposición del 678, su imperio eclesiástico había sido restaurado.[63]
Página 125
En el momento del regreso de Wilfrido, la peste que había asolado Britania e Irlanda durante los últimos tres años casi había remitido, pero el daño causado entre la población había sido catastrófico. En Northumbria, en gran medida gracias a Beda, sabemos el alto precio que se había cobrado en los monasterios. En Lindisfarne, aniquiló a casi toda la comunidad monástica, y algunos cenobios no tan conocidos y de menor entidad debieron de desaparecer por completo, y sus supervivientes se dispersaron para unirse a otras instituciones a las que les había ido mejor, o que estaban más ricamente dotadas.[64]
Figura 10: La lápida de dedicación original de la iglesia (basílica) de San Pablo en Jarrow. Está fechada en las calendas del 9 de mayo (23 de abril), en el decimoquinto año del reinado del rey Egfrido, y el cuarto año del gobierno de su fundador (conditor), el abad Ceolfrido (685). Dominio publico.
Página 126
En un caso concreto, la mortandad produjo una célebre fusión monástica. En el 681 o 682, el rey Egfrido había fundado un nuevo monasterio a orillas del río Tyne, en Jarrow. (Fue consagrado, en su presencia, el 23 de abril del 685, solo cuatro semanas antes de su muerte en Nechtansmere y, aunque resulte sorprendente, la primitiva inscripción fundacional aún se halla en el muro de la iglesia). Poco después, la peste golpeó a la comunidad y mató a todos salvo a un niño y al abad Ceolfrido. Mientras tanto, la enfermedad también había asolado un monasterio más consolidado que se hallaba once kilómetros al sur, cerca de la desembocadura del río Wear. Fundado una docena de años antes, Wearmouth había sido creado por Benito Biscop, el noble northumbrio que había acompañado a Wilfrido en su primer viaje a Roma. Después de esta experiencia juvenil, Biscop se hizo monje, cambió su nombre por Benedicto y estudió en un buen número de monasterios de toda Europa. Al regresar de su sexto viaje a Roma en el 686, descubrió que la peste había azotado a su amada comunidad y había acabado con la vida de muchos de sus hermanos. Poco después, el propio Biscop sufrió una fatal parálisis e imploró a Ceolfrith, el abad que había sobrevivido en Jarrow, que ejerciera ese mismo cargo en Wearmouth. De esta manera, dos monasterios vecinos pasaron a estar bajo la misma administración y se fusionaron hasta convertirse en una de las instituciones más influyentes de Britania.[65]
Gracias a la generosidad de Biscop, el monasterio de Wearmouth-Jarrow era inmensamente rico y presumía de tener la que quizá fuera la mejor biblioteca de toda Britania. Suponía una colección inigualable de libros traídos del continente que permitió a Beda, que ingresó en la comunidad en el 680 cuando era un niño de siete años, convertirse en uno de los más grandes historiadores de la Edad Media. También permitió a los demás monjes estudiar las artes de la producción de libros, de modo que en los años siguientes su scriptorium se hizo famoso por sus manuscritos ilustrados. A esto ayudó que Northumbria fuera excepcionalmente rica en ganado: producir las tres grandes Biblias que se completaron bajo la dirección del abad Ceolfrith habría requerido las pieles de más de mil quinientos terneros.[66] El monasterio de Ceolfrith no estuvo solo en sus esfuerzos artísticos y literarios: casi al mismo tiempo, los monjes de Lindisfarne comenzaron a crear códices de una extraordinaria belleza, de los que el más famoso fue los Evangelios de Lindisfarne, concebidos para adornar la tumba de San Cutberto (imagen a
Página 127
color n.º 10). Uno de los principales mecenas de este «Renacimiento de Northumbria» fue el nuevo rey, Aldfrith, pues durante su largo exilio en Irlanda se había vuelto sumamente erudito. Entregó a Wearmouth-Jarrow ocho hides de tierra a cambio de lo que Beda describe como «un códice de los cosmógrafos de una factura milagrosa», y cuando el abad de Iona le regaló un libro sobre Tierra Santa, el rey lo hizo copiar «para que la gente menor lo pudiera leer». Incluso Esteban de Ripon, al redactar la Vida de San Wilfrido, admite que Aldfrido «demostró ser un gobernante sabio».[67]
Sin embargo, Wilfrido y el nuevo rey pronto se enfrentaron. El motivo, al igual que antes, fue el alcance de la autoridad del obispo. Wilfrido debió asumir que, tras su regreso a Northumbria, se le permitiría retomar la posición hegemónica que había ostentado al comienzo de su carrera, antes de que el arzobispo Teodoro dividiera su diócesis. Una de sus principales quejas, según Esteban de Ripon, fue que Aldfrith insistía en asumir las decisiones que Teodoro había tomado «cuando comenzaron todos los problemas». Por tanto, debió suponerle una decepción descubrir que su potestad sobre Hexham y Lindisfarne había sido concebida solo como una medida temporal: en el 688 ambas diócesis contaban con nuevos obispos. Wilfrido también lamentó que, durante su exilio, le hubieran despojado de tierras y derechos a su iglesia en Ripon, cuando había sido sede episcopal. Aunque da la sensación de que tales disputas debían de producirse de un año a otro, parece plausible que empeorasen después de la muerte de Teodoro, quien falleció en septiembre del 690 a la avanzada edad de ochenta y ocho años. Sin duda, Wilfrido esperaba que, con el deceso de su antiguo adversario, la división de Northumbria pudiera revertirse con más facilidad. Es posible que incluso hubiese planeado convertirse en el sustituto de Teodoro, a juzgar por la inverosímil insinuación de Esteban de Ripon de que tal había sido el deseo del anciano arzobispo. Uno o dos años después de la muerte de Teodoro, y solo cinco tras el regreso de Wilfrido a Northumbria, Aldfrith se cansó de las constantes discusiones y desterró al problemático obispo por segunda vez.[68]
Por desgracia, acto seguido, Wilfrido desaparece de las fuentes durante más de una década. Sabemos, gracias a su biógrafo, que marchó a Mercia,
Página 128
donde fue acogido por el rey Etelredo y debió de ser nombrado obispo de Leicester, pero sus actividades durante todos estos años resultan un misterio. Como es obvio, hizo otro llamamiento a Roma, enviando unos delegados al papa, y parece probable que tratara de obtener algún apoyo en otros lugares de Britania para menoscabar la posición de sus adversarios en Northumbria. Cuando se reanuda el relato, los ánimos estaban a punto de estallar.[69]
El desencadenante fue un concilio convocado por Berhtwaldo, el nuevo arzobispo de Canterbury, quien había asumido el cargo casi dos años después de la muerte de Teodoro. Se reunió en el 702 o 703 en Austerfield, un asentamiento a unos catorce kilómetros al sudeste de Doncaster, que probablemente se habría elegido terreno neutral al ubicarse cerca de la frontera entre Mercia y Northumbria. Según Esteban de Ripon, que aporta el único relato de la reunión, casi todos los demás obispos estaban presentes, al igual que el rey Aldfrith. Tan pronto como llegó Wilfrido, según su biógrafo, «estallaron tremendas disputas y altercados». No menciona la naturaleza de las acusaciones que se le hicieron, solo precisa que eran falsas. Sabemos que el resto de los obispos tenían la intención de despojar a Wilfrido de su dignidad episcopal y apoderarse de todas sus posesiones, «para que no pudiera considerar suya ni la más pequeña cabaña de Mercia o Northumbria». En respuesta, Esteban de Ripon pone un discurso de reafirmación en boca de su héroe. ¿Acaso no había sido el primero en arrancar de raíz las «malas hierbas» plantadas por los irlandeses? ¿Es que no había mudado toda Northumbria al cómputo correcto de Pascua y al modo correcto de tonsura gracias a su mano? ¿No fue él quien introdujo el modo adecuado de cantar en Britania y la regla de san Benito? Wilfrido concluyó su alegato retrospectivo declarando que iba a apelar a la Santa Sede, momento en el que la asamblea se disolvió con acritud.[70]
De modo que Wilfrido partió una vez más a Roma. Era la tercera vez que emprendía ese viaje de dos mil quinientos kilómetros y ahora tenía casi setenta años. Llegó al mismo tiempo que los delegados del arzobispo de Canterbury, quienes habían acudido a contrarrestar tales quejas con sus propios escritos. Es imposible deducir con exactitud lo que sucedió durante los meses de querellas que siguieron, pues el único relato del que disponemos es el de Esteban de Ripon. Sin embargo, podemos inferir, a
Página 129
partir del tono casi histérico de Esteban y de sus desvergonzados intentos por adulterar y desinformar, que el resultado no favoreció a Wilfrido.
En el relato del autor, Wilfrido, «encorvado por el peso de una vejez honorable», se lamenta por haberse visto obligado a regresar a Roma porque sus oponentes hayan ignorado la decisión papal del 680, pues una vez más le habían despojado de su obispado, tierras y propiedades. Ante tales acusaciones, los delegados del arzobispo realizan «muchas y graves acusaciones» que son desestimadas como «una sarta de mentiras». Cuando por fin se pronuncia el veredicto, Esteban lo inicia con un largo discurso de «los sabios ciudadanos de Roma» que estaban presentes y que, al parecer, recordaban a Wilfrido de su visita anterior, casi un cuarto de siglo
antes. «Este obispo Wilfrido —declaran—, es el mismo a quien el bendito Agatón envió de regreso a casa, libre de todo cargo […], pero ahora, ¡ay!, la malicia de unos alborotadores lo ha forzado a vagar lejos de su propia sede». Los ciudadanos continúan tachando de vergonzoso que los falsos acusadores de Wilfrido se hayan atrevido a hacer comparecer a un «venerable anciano» ante la Santa Sede, e incluso que falsificaran documentos en su contra. «Merecen el castigo más duro», concluye la sabia multitud. «Que sean arrojados a los calabozos más profundos para que se consuman hasta la muerte». Sin duda, esto es lo que el papa debió decir, pero, por algún motivo, no lo hizo.[71]
Cuando llegó, el veredicto real del papa no fue concluyente. Los principales antagonistas de Wilfrido en Northumbria eran Bosa, quien lo había sustituido como obispo de York, y Juan de Beverley, que se había convertido en el prelado de Hexham. Ambos eran antiguos discípulos de la abadesa Hilda de Whitby, y obviamente habían heredado todo el desdén acumulado desde el sínodo del 664. Pero, puesto que ninguno estaba presente en Roma, el papa anunció que no podía tomar ninguna decisión y se limitó a remitir el asunto de nuevo al arzobispo de Canterbury. Una evidencia de lo insatisfactorio que fue el resultado para Wilfrido es que trató de quedarse en Roma y el papa tuvo que ordenarle que regresara a Britania.[72]
Al final, como en las ocasiones anteriores, una sucesión de muertes logró lo que el papa no pudo resolver. En un principio, dio la impresión de que el propio Wilfrido sería quien les haría a todos el favor: en su viaje de regreso, cayó tan enfermo que tuvo que ser llevado en litera y perdió el conocimiento durante varios días, lo que hizo que sus compañeros de viaje
Página 130
se temieran lo peor. Pero al final se recuperó, cruzó el canal de la Mancha y envió emisarios a Northumbria, anunciando la orden papal de celebrar un nuevo concilio. El rey Aldfrido lo escuchó con cortesía, mas respondió
que no estaba dispuesto a dar marcha atrás. «Mientras viva —declaró—, ningún documento de la Santa Sede me hará cambiar de opinión». El rey, que tenía una edad similar a la de Wilfrido, falleció poco después, lo que provocó una crisis sucesoria. En primera instancia, su reemplazo fue un desconocido aspirante al trono, llamado Edwulfo, que amenazó de muerte a Wilfrido y sus compañeros si no se marchaban de inmediato de Northumbria, aunque fue expulsado unas semanas después por una facción rival que defendía la causa de Osred, el hijo más joven de Aldfrith.[73]
Uno de los miembros más destacados de esta facción era la abadesa Alfleda, medio hermana del difunto rey, quien, una vez más, ejerció el papel de pacificadora. Sin duda, gracias a su actuación Wilfrido fue admitido en Northumbria y se le otorgó un cargo en la administración real, lo que hizo que Esteban de Ripon la elogiase como «la mejor de las consejeras y una fuente constante de fortaleza para toda la provincia». Poco tiempo después, el arzobispo de Canterbury viajó al norte, según el mandato del papa, para convocar un nuevo concilio eclesiástico y decidir sobre la reclamación de Wilfrido. El cónclave se celebró en el sur de Northumbria, en algún lugar del curso del río Nidd. El arzobispo explicó que todas las partes debían hallar algún modo de hacer las paces, o de lo contrario tendrían que viajar todas a Roma para que allí se emitiera un juicio. Los adversarios de Wilfrido aún se negaban a ceder, señalando que ya habían llegado a una decisión unánime unos años antes, en Austerfield.
[74]
En este instante intervino Alfleda y anunció a la asamblea que el rey Aldfrido, cuando se había visto afectado por su fatal enfermedad, se había arrepentido del trato que había dispensado a Wilfrido, y que su último deseo había sido que su sucesor hiciera las paces con el obispo. Sin duda fue un momento cuidadosamente orquestado, concebido para permitir que los nobles que habían respaldado a Aldfrith durante la disputa salvaran los muebles. Al fin, la abadesa y el arzobispo lograron convencer al clero de Northumbria de alcanzar un compromiso. A esto debió de ayudar que Bosa, el obispo de York, uno de los principales oponentes de Wilfrido, falleciera hacia el momento del concilio. El cargo en York no recayó entonces sobre Wilfrido, sino en su otro principal antagonista, Juan de
Página 131
Beverley. Aunque supuso que Juan tuviera que abandonar el obispado de Hexham, que pudo ocupar Wilfrido. Al mismo tiempo, el concilio le devolvió su primera iglesia en Ripon, junto con todos sus ingresos. Aunque su biógrafo lo presente como una victoria absoluta, Wilfrido se tuvo que conformar con mucho menos de lo esperado tras apelar al papado. Decidió contentarse con las ventajas materiales de poseer «sus dos mejores monasterios», en palabras de Esteban de Ripon, y mostrarse dispuesto a renunciar al prestigio y la antigüedad del cargo de obispo de York.[75]
Tal vez el deterioro de su salud lo acabó convenciendo. Poco después del concilio, mientras se dirigía a Hexham, su enfermedad regresó con mayor gravedad aún y, durante un tiempo, le privó del habla. Logró recuperarse, pero decidió que era el momento de poner sus asuntos en orden. Poco después, convocó en Ripon a sus subordinados de Northumbria y dividió su tesoro a la manera de un rey guerrero moribundo. Según sus instrucciones, todo su oro, plata y piedras preciosas se depositaron en cuatro montones separados. El primero, explicó, sería para Roma, y agregó que hubiera deseado llevarlo él mismo, aunque otros tendrían que hacerlo en su nombre. La otra pila se repartiría entre los pobres y una tercera se entregaría a los abades de Ripon y Hexham, para que pudieran «asegurarse el favor de reyes y obispos». El último montón estaba reservado para aquellos que lo habían acompañado al exilio y no habían sido recompensados con tierras. «Repartidlo entre ellos según sus
necesidades —ordenó—, para que puedan mantenerse después de que yo me haya ido».[76]
Wilfrido murió poco después, mientras recorría Mercia para deshacerse de sus propiedades. A la edad de setenta y cinco años, residía en su abadía de Oundle, cerca de Peterborough, cuando regresó la enfermedad y se acostó rodeado de sus compungidos discípulos. «Charló un rato con ellos y los bendijo —dice Esteban de Ripon—, luego, en silencio, sin ningún alboroto ni queja, se recostó en su almohada y descansó». El 24 de abril del 710, mientras los monjes entonaban salmos junto a su lecho, el obispo expiró su último aliento.[77]
En los días siguientes, abades y monjes de todo su imperio se reunieron en Oundle para presentarle sus respetos. Su cadáver fue llevado
Página 132
solemnemente de regreso a Northumbria, a su amada iglesia de Ripon, donde fue sepultado con todos los honores junto al altar. Su epitafio, conservado por Beda, lo elogiaba por construir la iglesia y vestirla de púrpura y oro. También lo ensalzaba por suprimir el error en el cómputo de la Pascua y por establecer la regla benedictina en Britania. El epitafio lo llama Wilfridus Magnus, o Wilfrido el Grande.[78]
Aunque pretendía ser un elogio incondicional, «grande» resulta, desde una perspectiva contemporánea, una descripción acertadamente ambigua. Cualquier juicio a Wilfrido debe reconocer el enorme impacto que tuvo su extraordinaria vida. Se podría afirmar que ninguna otra figura, ni siquiera Agustín o Teodoro, contribuyó de una forma tan decisiva al desarrollo del cristianismo en Britania durante su primer siglo de existencia. Nació en un mundo abrumadoramente pagano, cuando la obra de los misioneros romanos se hallaba en plena crisis y las misiones celtas apenas estaban en marcha. Criado en la tradición irlandesa, se rebeló contra ella y se convirtió en el más firme defensor de Roma, al tratar de erradicar lo que llegó a considerar como una herejía celta. En una trayectoria de más de medio siglo, ocupó obispados en Northumbria, Sussex y Mercia, y, si otorgamos crédito a su biógrafo, le habrían ofrecido las sedes de Lyon, Estrasburgo y Canterbury. Su influjo fue amplio y profundo. «¿Quién podría precisar cuántos obispos, sacerdotes y diáconos había consagrado y ordenado —se pregunta Esteban de Ripon—, o contar el número de iglesias que había erigido en todos esos años?». Sin embargo, el lector moderno de Esteban puede hacerse otras preguntas: ¿cuántos millares de personas murieron como consecuencia de las guerras de conquista realizadas bajo la bendición de Wilfrido o al oponerse a sus campañas de conversión forzada? ¿Cuántas trayectorias de hombres y mujeres piadosos arruinó en defensa de la pureza doctrinal y las venganzas personales? El impacto de Wilfrido sin duda fue grande, pero para lograrlo cometió infinidad de actos terribles.[79]
Uno de los aspectos más duraderos de su legado fue acrecentar la división entre Northumbria y los otros reinos anglosajones. Cuando Teodoro llegó a Canterbury en el 669, el plan de Gregorio Magno para que Britania contara con dos metropolitanos había expirado hacía mucho tiempo, y Teodoro pronto se autoproclamó «arzobispo de Britania». Parece que Wilfrido aceptó esa situación mientras aún vivía Teodoro, aunque a partir de entonces mostró una deferencia mucho menor hacia Canterbury.
Página 133
Su biógrafo se refiere con desdén a Berhtwaldo, el sucesor de Teodoro, como «arzobispo de la Iglesia de Kent», al tiempo que asegura que Wilfrido había sido reconocido en Roma como «obispo de todo el norte de Britania e Irlanda, y las islas habitadas por anglos, britanos, pictos y escotos». Se trata de una grosera falsedad, refutada por los documentos papales, pero, en el momento de la muerte de Wilfrido, la idea de que tenía que existir un prelado en el norte, con un poder tan amplio, era evidentemente muy popular entre sus seguidores y la Iglesia de Northumbria en general. Veinticinco años después, finalmente York fue elevada al rango de arzobispado.[80]
En ese momento, existían otras razones para que los northumbrios buscaran la independencia doctrinal de sus vecinos del sur. En la conclusión de su gran obra Historia eclesiástica… en el 731, y para resaltar cuán lejos había llegado la Iglesia en los últimos cien años, Beda enumeró con obvia satisfacción los nombres de todos los obispos que ejercían en los reinos al sur del Humber. Wessex, Essex y Sussex, junto con Anglia Oriental, Lindsey, la isla de Wight y las gentes de Hwicce, en ese momento contaban con una docena de prelados, casi el mismo número que Gregorio el Grande en su día había concebido. Aunque todos estos reinos, señala Beda de forma ominosa, estaban sujetos a la autoridad de un solo soberano laico: el rey de Mercia.[81]
Página 134
¿Un imperio inglés?
4
El rey Offa y el dominio del sur
a ciudad de Knighton se encuentra en Gales, pero solo por poco. Si viajas hasta allí en tren, te apearás en una estación que se encuentra en Inglaterra: para llegar a Gales deberás cruzar un pequeño puente sobre el río Teme,
Página 135
que ha definido este sector de la frontera anglogalesa desde 1536, cuando Lel límite quedó fijado de forma definitiva por Enrique VIII.[1]
Sin embargo, la naturaleza de Knighton como ciudad fronteriza se estableció mucho antes, ya que también se encuentra en un límite creado ocho siglos antes por otro arrogante rey. El nombre
galés de la localidad, Tref-y-Clawdd, nos aporta una pista importante, ya que puede traducirse como «la ciudad en el dique», y los carteles de información turística desvelan el misterio al anunciar el Offa’s Dyke Centre. El antiguo terraplén, conocido con tal nombre desde al menos el siglo XIII, atraviesa Knighton de norte a sur. Unos kilómetros al norte, en Llanfair Hill, esta obra alcanza su punto más elevado sobre el nivel del mar y presenta una de sus secciones mejor conservadas y más monumentales (fotografía a color n.º 11). A lo largo de toda su extensión, esta obra defensiva tiene una altura media de unos 3,6 metros —una zanja de unos 1,8 metros de profundidad y un terraplén de unos 1,8 metros de altura—, pero aquí en algunos lugares aumenta a casi cuatro veces más.[2]
Quienes deseen pasear de un extremo al otro del terraplén deberían saber que no se trata de un hito trivial. Desde Knighton se extiende hacia el norte durante otros ciento veinte kilómetros, un surco continuo a través de la campiña únicamente interrumpido por una brecha de ocho kilómetros hacia su parte central, donde se cruza con el río Severn. Solo cuando se aproxima a la ciudad de Treuddyn, a unos quince kilómetros del mar, al fin se interrumpe. Mientras tanto, al sur de Knighton, la ruta es igual de desalentadora, el trazado del terraplén resulta más discutible, con interrupciones mayores y más frecuentes. Por consiguiente, aunque no es nada fácil precisar su distancia total de una costa galesa a la otra, la extensión es de unos doscientos cuarenta kilómetros, y a lo largo de esta línea han sobrevivido más de ciento veintiocho kilómetros de zanjas y terraplenes, lo cual convierte a la Muralla de Offa (Offa’s Dyke) en la obra defensiva lineal en tierra más extensa de Britania, superando incluso al Muro de Adriano.[3]
No existen motivos razonables para dudar de que el terraplén fuera creado por orden del rey Offa, quien gobernó Mercia durante casi cuarenta años en la segunda mitad del siglo VIII. «Había en tiempos bastante recientes cierto rey belicoso, llamado Offa, que aterrorizó a todos los reyes y provincias vecinas a su alrededor y que hizo construir un gran terraplén entre Gales y Mercia, de mar a mar». Esto escribió Asser, el biógrafo
Página 136
coetáneo del rey Alfredo, unos cien años después del deceso de Offa. Asser era galés y, a lo largo de su vida, debió de atravesar el terraplén en varias ocasiones. A algunos historiadores les preocupa el uso de la expresión «de mar a mar», dado que la Muralla de Offa se interrumpe a unos catorce kilómetros y medio de la costa norte de Gales, aunque tal circunstancia no resulta problemática. La parte norte del terraplén corre paralela a otra obra defensiva de tierra, el Wat’s Dyke, que debió de ser construido por uno de los sucesores inmediatos de Offa, y se extiende hasta el estuario del río Dee. Los autores medievales posteriores a menudo fusionaban las dos obras defensivas casi contemporáneas, al considerarlas una sola, y lo más probable es que Asser hiciera lo mismo.[4]
La pregunta más difícil no es quién construyó el terraplén, sino por qué. La población britana había construido terraplenes defensivos desde la Edad del Bronce y parece que hubo un especial énfasis en su construcción durante los siglos justo posteriores al colapso del dominio romano: los ejemplos de este periodo es probable que incluyan el Devil’s Dyke en Cambridgeshire y el Tor Dyke en Yorkshire. No podemos precisar más las dataciones porque resulta casi imposible. En condiciones normales, los arqueólogos pueden suponer que la tierra que excavan responde a distintos estratos que poseen una cronología, pero una obra defensiva de esta naturaleza anula tal suposición. Tampoco parece probable que los terraplenes aporten los artefactos fechables que se descubren de forma habitual en yacimientos con una gran cantidad de tráfico humano, como monasterios, mercados o pueblos; por su propia naturaleza, son periféricos y rara vez se visitan después de su creación. Por tanto, su propósito también está sujeto a especulaciones. La mayoría son de poca extensión, presentan una longitud de unos pocos kilómetros y, en algunos casos, solo unos cientos de metros. A juzgar por sus ubicaciones, la intención de los constructores parece haber sido bloquear las rutas consolidadas, cabe suponer que con la esperanza de frustrar a potenciales asaltantes o bandidos. El competidor más próximo a la Muralla de Offa, aunque más modesto con diferencia, es el terraplén de Wansdyke, que atraviesa Wiltshire y Somerset en dos secciones, este y oeste, ambas de unos dieciocho kilómetros de largo. Los intentos de datarlo con precisión han resultado infructuosos, por lo que solo podemos suponer por su ubicación que pudo ser construido contra Mercia por los gobernantes de Wessex, en algún momento de la historia temprana de ambos reinos. Como es
Página 137
evidente, el terraplén de Offa poseía una finalidad similar, la de conformar un límite entre los mercianos y los britanos occidentales. Y, sin embargo, ¿se trataba de una frontera política o estratégica? ¿Era un dispositivo militar o un mero control contra incursiones esporádicas? ¿O acaso una frontera negociada o impuesta? Como veremos, los historiadores han aportado una amplia variedad de respuestas.[5]
Resultaría más fácil establecer la finalidad de la Muralla de Offa si tuviéramos más información sobre dicho monarca, aunque, por desgracia, no nos ha llegado ningún relato de su vida. Los autores coetáneos prestaron a Mercia una escasa atención o por desgracia no se han conservado ninguna de las obras que sí lo hacían. Beda, quien sin duda habría aportado una mención detallada de una obra de ingeniería de tales dimensiones, falleció en el 735, una generación antes del ascenso al trono de Offa. Las obras de otros cronistas del siglo VIII son lamentablemente breves en comparación con los escritos de Beda, y nos brindan unos pocos retazos de información sobre el reinado de Offa. Como compensación, tenemos algunas nuevas fuentes, como documentos (charters),[*] monedas y colecciones de cartas, aunque por desgracia carecemos de un relato completo de la vida de Offa.
Hay algo que podemos decir con certeza sobre Offa, algo que las dimensiones de esta obra defensiva dejan muy claro y es que fue un gobernante extremadamente poderoso. Asser está en lo cierto al afirmar que «aterrorizó a todos los reyes y provincias vecinas». Mercia, por supuesto, había sido un actor dominante en la lucha entre los diversos reinos anglosajones, desde mediados del siglo VII, cuando el señor de la guerra pagano Penda obligó mediante la fuerza al resto de soberanos del sur de Britania a marchar bajo su estandarte. Pero un poder como este, basado en el carisma personal y el éxito militar, siempre sería volátil y estaría sujeto a desafíos. Como ya hemos visto, hacia finales del siglo VII, la hegemonía de Mercia en el sur fue disputada por Cedwalla de Wessex, cuya breve, aunque sangrienta trayectoria hizo que su autoridad se extendiera sobre Sussex, Surrey, Kent y Essex. No obstante, cuando Offa llegó al poder, a mediados del siglo VIII, no había dudas de que Mercia no solo había recuperado la iniciativa, sino que su poder se asentaba sobre unos cimientos más firmes. Una de las nuevas fundaciones, tal vez la más importante, fue la ciudad de Londres.[6]
Página 138
Londres, la gran urbe creada por Roma, se había convertido en una localidad fantasma tras la marcha de las legiones. Sus edificios de madera se habían podrido y colapsado y sus grandiosas estructuras de piedra se habían desmoronado. Sin nadie que mantuviera el alcantarillado y los conductos, grandes áreas intramuros se inundaron y volvieron a convertirse en pantanos. No existen evidencias arqueológicas que sugieran que alguno de los primeros pueblos anglosajones se asentó en este páramo urbano. Fue solo con la llegada de la misión de san Agustín a finales del siglo VI, cuando Londres tuvo sus primeros habitantes en casi dos siglos, cuando Melito, el recién nombrado obispo de los sajones orientales, se estableció en esta desierta ciudad con un pequeño grupo de compañeros. Los misioneros romanos se sintieron atraídos por las ruinas imperiales debido a su vinculación con la vieja autoridad de Roma y porque la mampostería se podía reutilizar para construir nuevas iglesias; en el caso de Londres, la nueva catedral de San Pablo. Sin embargo, el resto tendía a evitar unos lugares tan extraños y desolados. Para los propios anglosajones, las ciudades fundadas por los romanos eran lugares misteriosos, maravillosos, aunque inútiles, reliquias embrujadas de una civilización extinta. La frase más recurrente para describir estas enormes ruinas, utilizada en varios poemas en inglés antiguo, fue enta geweorc, «la obra de los gigantes».[7]
Página 139
Pero hacia la época en que Melito y sus seguidores erigían su nueva iglesia en el viejo Londres abandonado, surgía un nuevo asentamiento al oeste de la ciudad, a unos ochocientos metros remontando el Támesis. En un principio, fue de escasa entidad: un grupo de mercaderes descubrió que la playa de la orilla norte del río suponía un lugar idóneo para varar sus embarcaciones. Estos asentamientos informales, surgidos más allá de los muros de las urbes antiguas, se denominaron wics, derivado de la voz latina vicus («grupo de viviendas»), por lo que este asentamiento en concreto fue conocido como Lundenwic.[8]
Poco después de mediados del siglo VII, Lundenwic comenzó a expandirse. Parte de su repentino crecimiento se debió a las condiciones relativamente pacíficas que imperaban en el sur de Britania tras décadas de guerras devastadoras entre los reinos anglosajones recién surgidos, cuyas fronteras comenzaban a consolidarse. Aunque la revitalización económica que impulsó este auge no supuso tan solo un fenómeno británico. Toda la fachada atlántica europea experimentó un repentino despegue del comercio internacional, facilitado por la reintroducción de una moneda de plata, como no se había visto desde la caída del imperio. Los reyes
Página 140
anglosajones y francos habían emitido monedas de oro, principalmente por razones de prestigio. La reaparición de las acuñaciones de plata, más adecuadas para las transacciones de menor valor, debió de ser una iniciativa de los propios mercaderes y su enorme presencia en el registro arqueológico atestigua su enorme éxito.[9]
Esta regeneración económica convirtió a la pequeña comunidad situada al oeste de Londres en una ciudad en auge. En algún momento de la década del 670, se construyó un nuevo muelle a lo largo del Strand[**] y se trazaron nuevas arterias viarias con canales de madera. Desde estas vías principales, un revoltijo de carriles y callejones menores se extendía en todas direcciones. No se trataba de un entorno urbano clásico: no había foros, iglesias ni monumentos, por no mencionar teatros, termas o residencias reales. Todos los edificios eran de una sola planta, con suelos de tierra apisonada y paredes de adobe y barro.[10]
Pero, a pesar de su tosca apariencia, allí se podían obtener grandes beneficios. Sabemos por diversas evidencias que los comerciantes acudían a Londres desde el extranjero para comprar esclavos, aunque también debían de adquirir excedentes producidos por los hacendados de la campiña circundante. A la vanguardia de esta tendencia estaban los numerosos monasterios fundados en la segunda mitad del siglo VII. Una comunidad religiosa, bien dotada de tierras, contaría con extensos rebaños que producían más allá de sus propias necesidades materiales. En algunos casos, se celebraban mercados y ferias a las puertas del monasterio para intercambiar pieles y vellones por dinero. Aunque, a finales del siglo VII, tales eventos también debían de realizarse en otros enclaves del país, a juzgar por el gran número de los denominados «lugares productivos» descubiertos por los detectoristas durante las últimas décadas.[11]
Sin embargo, ningún otro mercado o wic podía rivalizar con el situado a las afueras de Londres. Al igual que su predecesor romano, la ubicación de Lundenwic era perfecta para sacar provecho de la producción agraria del interior, en torno al Támesis y sus afluentes, que asimismo estaba abierta al continente. También suponía un excelente nudo de comunicación entre los reinos anglosajones del sur: Kent, Mercia, Wessex, Essex y Anglia Oriental. Beda, que escribió en torno al año 731, describe Londres como «un emporio de muchos pueblos que llegan por tierra y por mar». En su apogeo, este nuevo asentamiento abarcaba unas sesenta hectáreas y se extendía a lo largo de Strand, desde la actual Trafalgar Square hasta
Página 141
Aldwych, una calle cuyo nombre procede de the old wic. Su población de artesanos, comerciantes, mendigos y prostitutas probablemente rondaba las siete mil almas.[12]
Figura 11: Una evocación artística de Lundenwic en su máximo esplendor. © Museo de Arqueología de Londres (MOLA), reproducido con autorización.
Algunas de estas personas estaban haciendo una fortuna, hasta el extremo de que incluso los reyes comenzaron a tomar nota. A principios del siglo VII, Londres se hallaba dentro del reino de Essex, que se extendía mucho más allá de los límites del actual condado. Pero en el transcurso de las décadas siguientes, este reino de tamaño medio acabó engullido por sus vecinos más grandes y poderosos, y en la segunda mitad de la centuria no cabe duda de que estos señores rivales se disputaban el control sobre Lundenwic. Las evidencias de las que disponemos sugieren que Mercia pudo ganar la partida en la década del 660, antes de verse superada por los reyes de Kent en la década siguiente, quienes, a su vez, fueron derrotados por Wessex en la década del 680, cuando Cedwalla
Página 142
devastó todo a su paso. Sin embargo, a principios del siglo VIII, si no antes, la disputa por Londres ya se había decidido y Mercia había sido el claro vencedor.[13]
Podemos constatarlo gracias a una serie de documentos emitidos por el rey Etelbaldo, quien gobernó Mercia entre el 716 y el 757, un reinado incluso más largo que el del propio Offa y, de hecho, más longevo que el de cualquier otro rey anglosajón del que tengamos datos fiables. Los «documentos anglosajones» o charters, a veces denominados diplomas, eran registros escritos de concesiones de propiedad o privilegios otorgados por el rey. Los introdujeron los clérigos romanos entre los pueblos anglosajones, hasta entonces ágrafos, en el siglo VII, deseosos de contar con garantías sobre las extensas haciendas y privilegios que habían recibido de sus benefactores reales. En el caso de Etelbaldo, se han conservado media docena de documentos en los que concedía a diversas instituciones religiosas la exención del pago de peajes en Londres. Esto no solo demuestra que el rey controlaba la ciudad al menos en el 733, sino que también ilustra el principal modo en que pudo extraerle un beneficio económico. Los peajes eran una forma sencilla de llevarse un porcentaje de la riqueza generada. A diferencia de un impuesto sobre las tierras, no requería que un ejército de funcionarios recorriera el territorio para su recaudación y tasación, pues unos funcionarios reales podían cobrarlos con facilidad en el mismo lugar donde llegaban los bienes, ya fuera exigiendo dinero en efectivo o una parte de la carga. El hecho de que los obispos y altos cargos se tomaran la molestia de obtener exenciones indica que la cuantía de los peajes no debió ser desdeñable.[14]
Por consiguiente, hacia mediados de su reinado (y, probablemente, desde su inicio), Etelbaldo había conseguido una gallina de los huevos de oro que, en apariencia, jamás dejaba de poner. Desde un punto de vista geográfico, es posible constatar por qué él y sus predecesores se lo habían disputado. Los restantes reinos anglosajones contaban con un extenso litoral donde los mercaderes podían desembarcar si así lo deseaban. Mercia, por el contrario, carecía en la práctica de una salida al mar y, durante mucho tiempo, se le habían negado los contactos directos con el continente que habían sustentado la prosperidad de otros reinos como Kent y Anglia Oriental. Otros gobernantes respondieron al triunfo de Mercia en su disputa por Londres ampliando wics ya existentes o incluso fundaron otros nuevos: Wessex poseía Hamwic, el antecedente de la actual
Página 143
Southampton, Anglia Oriental tenía Ipswich y Northumbria contaba con Eoforwic, un arrabal situado más allá de las murallas de York. Pero ninguno fue tan importante o lucrativo como Londres. Etelbaldo no solo dependía de tales ingresos. Como sus predecesores antes que él, fue un rey guerrero, y los anales de Wessex y Northumbria, por muy parcos que sean, constatan que invadió ambos reinos en más de una ocasión. Pero, a diferencia de sus antecesores, no dependía de los tributos y el botín de las campañas militares. Los beneficios de Londres y su comercio internacional ampliaron su poder y le otorgaron una notable ventaja sobre sus competidores.[15]
Esta ventaja hizo que Etelbaldo fuera sumamente poderoso en el sur de Britania. Los documentos anglosajones revelan que no solo otorgaba privilegios económicos a comunidades religiosas de otros reinos, sino que, además, en algunos casos, interfería en la política de otros estados, al entregar haciendas incluso dentro de su territorio. Los antiguos soberanos independientes de Hwicce, cuyo centro de poder se hallaba en Worcester, se veían en mayor o menor medida abocados a sancionar decisiones tomadas por el rey de Mercia. Si bien pudo tratarse de un caso extremo, los regentes de otros reinos meridionales debieron reconocer de alguna manera la hegemonía de Etelbaldo, quizá mediante el pago de tributos. En uno de sus documentos, emitido en el 736, se le describe como «rey no solamente de los mercianos, sino también de todas las provincias de los anglos del sur», y como testigo de esa donación fue aún más lejos, refiriéndose a sí mismo como «rey de Britania». Podríamos caer en la tentación de desechar tales títulos al considerarlos una vana y gloriosa impostura, pero el primero es confirmado por Beda, quien en el 731 escribió que todos los reyes al sur del Humber se hallaban bajo la autoridad de Etelbaldo.[16]
Por desgracia, esto era lo único que Beda tenía que decir sobre Etelbaldo. (Debía de saber mucho más, pero mantuvo un prudente silencio sobre los reyes coetáneos). Sin embargo, las cartas de los clérigos contemporáneos —en particular, de aquellos que actuaban como misioneros en el continente— aportan algo de luz adicional —y, de hecho, muchas sombras— sobre este rey. Desde finales del siglo VII, un gran número de monjes y sacerdotes anglosajones, alentados por el fervor evangélico que de un modo reciente se había extendido por Britania, habían comenzado a viajar al continente europeo con el objetivo de
Página 144
convertir a los pueblos de los márgenes de Francia que todavía eran paganos. El más célebre de estos misioneros fue Bonifacio.[17]
Este había comenzado su carrera con el nombre de Winfrido, un monje de Sajonia occidental nacido a principios de la década del 670; el papa le otorgó su nuevo nombre casi cuarenta años después y le dio permiso para predicar en Frisia. Conocido como san Bonifacio, durante mucho tiempo se le ha considerado el apóstol de Alemania, ya que murió como mártir, aunque en realidad su actividad misionera fue bastante reducida. Sin embargo, obtuvo un gran éxito como reformador de las iglesias de toda Europa y ascendió a una posición de gran preeminencia, pues se convirtió en arzobispo de Maguncia en el 746. Como tal, mantuvo una correspondencia constante con otras figuras, tanto seculares como religiosas, y muchas de sus cartas se recopilaron después de su muerte.[18]
Poco después de su nombramiento como arzobispo, Bonifacio envió una misiva a Etelbaldo, firmada conjuntamente por otros ocho obispos europeos, muchos de ellos, anglosajones emigrados como él. La epístola comienza con un elogio de los aspectos más positivos que había oído sobre el rey: que daba limosnas con generosidad, que defendía a las viudas y los pobres y además mantenía la paz en el reino. Pero no era más que un educado preámbulo. Bonifacio pronto reveló su verdadero propósito, que consistía en recriminar a Etelbaldo su lascivo modo de vida. Había llegado a oídos del arzobispo que el rey nunca había tomado una esposa legítima porque estaba «gobernado por la lujuria», y era un conocido adúltero que agravó sus muchos pecados al yacer «con monjas santas y vírgenes consagradas a Dios».[19]
A este interesante esbozo del carácter de Etelbaldo, se añade la acusación más intrigante de la carta que llega hacia el final, cuando Bonifacio afirma haber escuchado que el rey también había usurpado los ingresos de iglesias y monasterios, y vulnerado sus privilegios. Acusaba a la aristocracia de Mercia de obrar de igual modo, sometiendo a monjes y sacerdotes con una violencia y opresión sin precedentes.[20]
¿Qué ocurría en realidad? Cabe la posibilidad de que el rey y su comitiva estuvieran tomando medidas enérgicas contra los «monasterios falsos», un problema que obviamente se había generalizado durante las últimas décadas. «Hay innumerables lugares, como es bien sabido, a los que se les permite usar el nombre de “monasterios” por una forma tonta de hablar, pero no tienen nada de vida monástica». Esto escribió Beda hacia
Página 145
el final de su vida en una carta dirigida al obispo de York. La causa principal fue que, desde la introducción de los documentos y diplomas, la Iglesia había disfrutado de una seguridad legal en la propiedad de la tierra que los señores laicos no tenían. Una vez que una institución religiosa recibía un acta de cesión (o boc) del rey, sus propiedades se veían libres de demandas regias. A principios del siglo VIII, al menos en Northumbria, algunas figuras laicas habían ideado una artimaña legal para hacer pasar sus feudos por monasterios y así disfrutar de tales privilegios. Aparte de la tenencia perpetua de las tierras, ser una comunidad monástica eximía de la obligación de prestar servicio militar al rey. Beda consideraba esto ultrajante por dos motivos. Primero, implicaba la existencia de multitud de supuestas parroquias donde los hombres llevaban vidas lascivas y disipadas, cohabitaban con mujeres y engendraban hijos. En segundo lugar, esto significaba que no había suficientes haciendas para los miembros del séquito armado del rey, lo que dejaba al reino indefenso ante sus enemigos.[21]
Si los falsos monasterios resultaban tan comunes en Mercia como lo eran en Northumbria, esto podría explicar por qué Etelbaldo, en palabras de Bonifacio, había estado «violando sus privilegios». El rey pudo considerar necesario la revisión de un sistema que permitía tales abusos, negándose a reconocerles los derechos habituales. No obstante, otra de las cartas del arzobispo revela que las exigencias de Etelbaldo iban más allá. En una misiva dirigida al arzobispo de Canterbury en el 747, Bonifacio lo anima a denunciar «el trabajo forzado de los monjes en los edificios del rey y en otras obras», y agregó que se trataba de «un mal desconocido en épocas pretéritas».[22]
El hecho de que Etelbaldo obligara a los monjes —o, más probablemente, a los pecheros de las propiedades monásticas— a trabajar en proyectos de construcción reales sin especificar ha resultado muy tentador para los historiadores que buscaban respuestas sobre los terraplenes defensivos. Al carecer de otras evidencias, se ha propuesto que, tal vez, esto pudiera significar que el rey fue el promotor del Wat’s Dyke, la línea defensiva que se encuentra al este, y algunos kilómetros más allá, de la parte septentrional del terraplén más célebre erigido por Offa. Esta teoría, sin embargo, se ha visto desacreditada en los últimos años por diversos métodos científicos de datación que sugieren que Wat’s Dyke se construyó a principios del siglo IX.[23]
Página 146
Las obras que más preocupaban a Etelbaldo se mencionan en una carta redactada dos años después, en respuesta a las críticas de Bonifacio y los demás obispos. En el 749, el rey celebró un concilio en Gumley, una hacienda real próxima a Leicester, durante el cual prometió que, en el futuro, ni él ni sus hombres someterían a iglesias y monasterios con imposiciones injustas. Pero —y esta era una importante aclaración— advertía a tales instituciones que, no obstante, de ellas esperaba que colaborasen en dos cosas: «la construcción de puentes y la defensa de fortalezas contra los enemigos, cuando sea necesario». Estos, insistió el rey, eran unos deberes que incumbían a todos, tanto seglares como religiosos, y que «no debían ser eludidos».[24]
Todo ello indica claramente que, cuando se trataba de proyectos de construcción, los puentes y las fortalezas suponían la principal prioridad de Etelbaldo. Los amplios puentes de madera con que había contado la red viaria romana para atravesar los ríos, que de otro modo serían intransitables, debían de haber desaparecido mucho tiempo atrás, ya fuera arrasados por las riadas o arruinados por siglos de falta de mantenimiento, pues los nativos carecían de los conocimientos de ingeniería necesarios para reconstruirlos o repararlos. Cuando los primeros anglosajones de Britania quisieron desarrollar algún modo permanente de cruzar los ríos, tuvieron que conformarse con la rudimentaria solución de arrojar piedras al agua para construir un camino elevado. Para un rey y un país que dependían cada vez más de los desplazamientos a larga distancia y del comercio internacional, los puentes resultaban esenciales: eran los eslabones perdidos que harían que las calzadas romanas volvieran a ser totalmente operativas. Incluso nos han llegado vestigios de un puente que podría haber sido erigido por orden de Etelbaldo. En Cromwell Lock, Nottinghamshire, a unos pocos kilómetros a lo largo del río Trent desde Newark, se hallaron los pilares de una plataforma de madera que los estudios dendrográficos dataron a principios del siglo VIII.[25]
En cuanto a la otra preocupación de Etelbaldo, «la defensa de las fortalezas contra los enemigos», nos encontramos en un terreno menos firme. Algunos investigadores han supuesto que el rey esperaba que sus súbditos contribuyeran a la reparación o reconstrucción de los fuertes, pero la «defensa» podría implicar el deber de proteger las murallas en caso de un ataque. Tampoco está claro a qué clase de fortalezas se refiere. Salvo
una o dos famosas excepciones —una de ellas, Bamburgh en
Página 147
Northumbria—, los primeros reyes anglosajones no parecen haber invertido en fortificaciones: sus grandes salones de madera rara vez estaban defendidos por algo más que una empalizada. La explicación más razonable, por consiguiente, es que Etelbaldo estaba reutilizando las antiguas fortificaciones, tal vez los castros de la Edad del Hierro. Hasta el momento no se han encontrado evidencias arqueológicas que respalden esta teoría.[26]
Un modo alternativo de abordar la cuestión supone preguntarnos: ¿quiénes eran los «enemigos» contra los que se empleaban tales fortalezas? Sabemos por los exiguos anales compilados en Wessex y Northumbria que Etelbaldo en ocasiones había combatido contra estos dos reinos, pero en todos los casos se le presenta como el agresor. Parece improbable que necesitara que su gente estuviera preparada en todo momento contra una invasión de sus vecinos del norte o del sur.[27]
Pero ¿qué pasaba con las gentes del oeste? Una de las pocas fuentes textuales relacionadas con el reinado de Etelbaldo es la Vida de San Guthlac, redactada en algún momento anterior al 749. Guthlac era un hombre santo, un eremita que vivía en los pantanos del este de Mercia, y había sido consejero espiritual de Etelbaldo antes de que se convirtiera en rey. Sin embargo, al principio de su carrera, cuando era joven, Guthlac había sido un guerrero, dedicado al despiadado negocio de arrasar poblados y aldeas a sangre y fuego. Su comitiva armada estaba formada por individuos de varias razas y había vivido como exiliado entre los britanos, de modo que podía comprender su idioma. Sin embargo, cuando una noche el ermitaño Guthlac tuvo una visión de que su isla en los Fens era atacada por una horda de demonios furiosos, imaginó que hablaban una lengua britona. Como explica su biógrafo, en ese momento, los britanos acosaban a los mercianos «con la guerra, el saqueo y la devastación».[28]
El deseo de Etelbaldo de contar con fortalezas defendibles probablemente fue el resultado de las extensas fronteras de su reino con el territorio de lo que hoy es Gales. Es posible que se enfrentara a Wessex y Northumbria en ocasiones, pero sus relaciones con estos otros reinos anglosajones fueron, en su mayor parte, bastante estables.[29] A juzgar por la Vida de San Guthlac, Etelbaldo no podía contar con la misma estabilidad cuando se trataba de sus vecinos britanos. Al igual que la prosperidad económica de los reinos anglosajones había aumentado en el
Página 148
siglo VII debido al floreciente comercio en torno al mar del Norte, la de los reinos britanos del oeste habían decaído con rapidez. Los britanos de los siglos V y VI habían importado vino, aceite y otros lujos del Mediterráneo, lo cual les permitió mantener los vestigios de un modo de vida romano. Pero a principios del siglo VII ese comercio había desaparecido y los centros de poder en Tintagel y Cadbury Congresbury habían sido abandonados. Desde entonces, el modo más inmediato para que los britanos obtuvieran bienes suntuarios habría sido realizar incursiones sobre las tierras más prósperas del este.[30]
Pero los enemigos por los que Etelbaldo debería haberse preocupado más no eran extranjeros sino compatriotas. En el 757, tras haber gobernado durante cuarenta y un años, fue asesinado por su propio guarda personal, «miserablemente con una muerte alevosa», en opinión de la mano anónima que agregó unas breves entradas a la Historia eclesiástica… de Beda. El asesinato desencadenó una prolongada y feroz disputa por el poder. En primera instancia, a Etelbaldo le sucedió un individuo llamado Beornredo, quien cabe imaginar que participó en el magnicidio. Pero, a los pocos meses, este nuevo rey también fue
derrocado. «También ese mismo año —explica el continuador de Beda—, Offa, tras poner en figa a Beornredo, intentó conseguir el reino de Mercia con su sangrienta espada».[31]
Así comenzó el reinado del mayor soberano de Britania del siglo VIII, con una sangrienta guerra civil contra sus rivales por el trono de Mercia. Por desgracia, al igual que gran parte de su vida, el modo en que Offa asumió el poder resulta oscuro. Decía ser un descendiente de Eowa, un hermano del poderoso rey Penda, pero puede que fingiera para mejorar sus credenciales: su predecesor, Etelbaldo, había afirmado lo mismo. El problema de fondo residía en que el fracaso de Etelbaldo para desposar y engendrar hijos legítimos había dejado abierta la cuestión sucesoria y, por tanto, debía resolverse manu militari. Dado que su reinado se prolongaría durante casi cuarenta años, Offa tuvo que ser joven hacia el 757, tan belicoso como ambicioso, con un nutrido séquito de guerreros dispuestos a apoyarle. En este sentido, su historia no difiere de la de tantos otros reyes, como Cedwalla de Wessex u Oswiu de Northumbria: un aspirante al trono insatisfecho, enérgico y sediento de poder, capaz de persuadir a otros de
Página 149
que su fortuna mejoraría bajo su liderazgo. Durante los últimos años del reinado de Etelbaldo, Mercia debió de sufrir varios reveses militares contra Wessex y quizá también contra Northumbria, por lo que Offa tal vez pudo presentarse ante sus potenciales partidarios como el candidato idóneo para devolver al reino su antigua grandeza.[32]
Pero si al principio Offa resultó ser una figura familiar, una vez que asumió el poder pronto se embarcó en un proyecto mucho más ambicioso que el de cualquiera de sus predecesores. Penda y sus descendientes, y después de ellos Etelbaldo, habían ostentado una amplia autoridad sobre el resto de los reinos del sur de Britania, pero esta se había ejercido como una hegemonía bastante laxa, con reyezuelos que reconocían la supremacía de Mercia a través del pago de tributos. Offa, por el contrario, se propuso construir algo más duradero. En su proyecto político, Mercia no dominaría a otros reinos vecinos; se los anexionaría, los absorbería y los relegaría al estado de meras provincias dentro de un imperio merciano.
El primer reino en sufrir esta política fue Kent, que al parecer quedó bajo su control directo pocos años después de la ascensión al trono de Offa. En el 764, el rey se hallaba en Canterbury y redactó un acta de donación, rodeado por una multitud de nobles mercianos que figuraban como testigos. Este documento lo presenta disponiendo de tierras en Kent como si fueran suyas, al igual que Etelbaldo había hecho con el reino de Hwicce. La hacienda en cuestión era una gran propiedad en el río Medway, que Sigeredo, uno de los reyes que se repartían el gobierno de Kent, le había entregado al obispo de Rochester dos años antes. Offa decidió que la cesión no era válida porque se había realizado sin su consentimiento y acusó al obispo por sancionar la medida. Entre los testigos, además del séquito de Mercia, figuraba otro rey de Kent, llamado Heahbert, quien dócilmente consintió. Los reyes de Kent, que antaño se habían considerado los monarcas más poderosos al sur del Humber, se veían reducidos a la condición de títeres.[33]
Aunque, al menos, se les permitió conservar la hoja de parra que simbolizaba la dignidad regia. Cuando Offa dirigió su atención a los gobernantes de Sussex unos años después, no mostró tales sutilezas. Da la impresión de que el rey de Mercia puso al reino de los sajones del sur bajo su control directo mediante una conquista militar completa (un autor norteño señala que, en el 771, «sometió a los Hastingas por la fuerza de las armas») y, al año siguiente, otro documento lo presenta realizando otra
Página 150
cesión de tierras en Sussex con la misma autoridad que había mostrado antes en Kent. Esta concesión al obispo de Sussex se realizó en una asamblea inusualmente espléndida. Además del propio Offa, los firmantes del documento incluyen a los reyes de Kent y Wessex, al arzobispo de Canterbury y a los obispos de Londres, Leicester y Rochester. También figuran, al final de la lista, cuatro individuos que son mencionados como dux, una palabra latina para «líder», más tarde traducida como «duque», y cuyo equivalente anglosajón era ealdorman. Se trataba de un título prestigioso, aunque al menos tres de esos hombres se habían presentado a sí mismos como reyes de Sussex. Offa los había rebajado al rango de gobernadores provinciales.[34]
Este tipo de reordenamiento arbitrario del poder no podía más que generar resistencias, tal como sugiere el hecho de que Offa hubiese llevado una hueste a Sussex para someter el reino a su voluntad. También hubo disputas en Kent. Para el año 776, la Crónica Anglosajona registra un enfrentamiento entre los ejércitos de Mercia y Kent. No se menciona el resultado, aunque parece casi seguro que supuso una derrota para Offa: después de esa fecha, los reyes de Kent comenzaron a emitir documentos de forma autónoma de nuevo, sin ninguna alusión a un supuesto señor supremo de Mercia. Es difícil imaginar que Offa hubiera aceptado este revés con los brazos cruzados, aunque en ese momento su capacidad para realizar una retribución pudo estar muy limitada. Otras fuentes sugieren que, más o menos al mismo tiempo, padecía unas dificultades similares con los pueblos de occidente.[35]
La abadía de Valle Crucis se encuentra en el condado galés de Denbighshire, a unos pocos kilómetros al norte de la pequeña ciudad de Llangollen. Se fundó a principios del siglo XIII y recibió su nombre de una cruz de piedra que se hallaba muy cerca en el mismo valle. La cruz, que aún se mantiene en pie en parte, ya era antigua hacia esta fecha. Había sido erigida en algún momento a principios del siglo IX por Cyngen ap Cadell, el soberano del reino britano de Powys. Esto lo sabemos porque el pilar de la cruz poseía una inscripción que así lo decía. Por desgracia, en la actualidad se encuentra demasiado desgastada para poder leerse, pero el texto se transcribió en el siglo XVII, cuando todavía era legible en parte. Cyngen, nos informa la inscripción, había erigido la cruz en memoria de
Página 151
su bisabuelo, Eliseg, un rey que había «unido la herencia de Powys», y al parecer lo había logrado tomando tierras en «poder de los anglos».
Las fechas de los sucesos registrados en el Pilar de Eliseg (como se conoce en la actualidad), y de hecho las dataciones de los reinados de Powys en el siglo VIII, son imposibles de reconstruir con precisión. Sabemos que Cyngen, quien erigió el pilar, llegó al poder en el 808 y falleció en el 854; un reinado provechosamente longevo que sugiere que pudo nacer en algún momento de la década del 780.[36] Si asumimos una brecha generacional promedio de unos veinte años, su padre habría nacido en la década del 760, su abuelo en la década del 740 y su bisabuelo, Eliseg, en la década del 720. Por tanto, parece probable que el reinado de Eliseg terminara en algún momento hacia mediados del siglo VIII y coincidiera con los últimos años de Etelbaldo o los primeros de Offa. Sus grandes logros, como se conmemoran en el Pilar de Eliseg, la unificación de Powys y la aparente recuperación del territorio ocupado por sus enemigos orientales, debieron de haber acaecido durante el reinado de alguno de estos dos reyes. Tal vez sucedió durante el caótico periodo entre la muerte de Etelbaldo y el ascenso al trono de Offa, cuando los mercianos luchaban entre sí. Quizá fue alrededor del año 760, momento en que una crónica galesa posterior registra «una batalla entre los britanos y los sajones» en Hereford. O puede que ocurriera más adelante, durante el reinado de Offa, pues la misma crónica menciona que este rey devastó a los britanos en dos ocasiones, primero en el 778 y de nuevo en el verano del 784. Resulta imposible realizar más precisiones, aunque no cabe duda de que el Pilar de Eliseg y la crónica galesa tardía reflejan una creciente hostilidad en la frontera occidental de Mercia, durante la cual los britanos unas veces recuperaban su territorio y en otras sufrían las represalias de Offa.[37]
Página 152
Figura 12: El pilar de Eliseg. Fotografía de Howard Williams. Usada con permiso.
¿Supone esta guerra de desgaste un argumento suficiente para explicar la construcción de la Muralla de Offa? Un minucioso proyecto de investigación sobre estas defensas, realizado desde la década de 1970 hasta principios de la de 2000, llamado Offa’s Dyke Project, finalmente concluyó que no eran tan extensas como siempre se había supuesto. Las secciones meridionales, en apariencia incompletas, se descartaron como parte del sistema defensivo, pues serían zanjas y terraplenes de épocas anteriores o posteriores. Lejos de ser una defensa lineal de mar a mar, como había insistido Asser, el terraplén de Offa se habría prolongado solo ciento dos kilómetros a lo largo de la frontera entre Mercia y Powys. A partir de este hecho, los responsables del proyecto sostuvieron que el terraplén habría sido construido por Offa como una instalación militar para desbaratar potenciales incursiones o reconquistas de Eliseg o sus sucesores.[38]
Página 153
Esta interpretación se ha cuestionado en los últimos tiempos. En primer lugar, se ha señalado que resulta imposible determinar las fronteras de Powys en el siglo VIII, que se deducen, en gran medida, del propio terraplén, lo que supone un argumento circular. Peor aún, se ha demostrado que algunas de las secciones del sur que se habían descartado se construyeron exactamente del mismo modo que la sección central atribuida a Offa. Por consiguiente, da la impresión de que la apreciación de Asser era acertada. El terraplén puede estar incompleto en algunos lugares, pero no hay razón para dudar de que en origen estuviera diseñado para prolongarse a lo largo de toda la frontera anglogalesa, y no solo el límite con Powys.[39]
Además, la idea de que la Muralla de Offa se concibió para funcionar como una defensa militar contra los britanos también está sujeta a debate. Algunos historiadores, decepcionados ante la apariencia actual de la defensa lineal, han sugerido que en su día debía de haber contado con una serie de elementos adicionales para aumentar su efectividad militar: una empalizada de madera sobre el terraplén, fuertes para guarniciones de soldados, un camino para las patrullas a caballo, etcétera. Tales elementos la habrían convertido en una línea defensiva genuina, similar al Muro de Adriano, que poseía un buen número de fuertes a lo largo de su recorrido, guarnecidos por millares de soldados. Pero jamás se han encontrado evidencias de todo ello en la Muralla de Offa, y parece improbable que hubiesen desaparecido sin dejar rastro, si es que en verdad hubieran existido. Tampoco es probable que las comunidades locales situadas a lo largo del terraplén, o incluso de toda Mercia, hubieran podido reunir los recursos humanos necesarios para patrullar y defender una frontera tan extensa. La conclusión más obvia es que la Muralla de Offa no estaba destinada a funcionar de tal modo.[40]
Por tanto, los historiadores que aceptan el terraplén en sus propios términos han tendido a concluir que se construyó no tanto para protegerse de una invasión britana, sino como un mero obstáculo para desbaratar incursiones a través de la frontera. Una zanja y un terraplén con una altura media de unos tres metros y medio sin duda habrían hecho mucho más difícil el traslado de ovejas y vacas. Pero la construcción del terraplén supuso un enorme despliegue de mano de obra. Solo para erigir su sección central de ciento dos kilómetros, se ha estimado que se habrían requerido cinco mil hombres trabajando sin descanso durante veinte semanas.[41]
Página 154
¿Acaso Offa, o cualquier otro rey, se habría tomado todas esas molestias únicamente para disuadir a unos ladrones de ganado?
Poco después de devastar a los britanos en el 784, Offa debió prestar de nuevo atención a Kent. En ese año, el rey Egberto de Kent todavía emitía donaciones sin mencionar a un señor supremo de Mercia no deseado. Sin embargo, al año siguiente, Offa volvió a tratar al reino más débil como si fuera propio y concedió tierras allí como si fuera una parte de Mercia. La conclusión es que Offa había vuelto a imponer su dominio, es probable que de forma violenta. Los reyes de Kent, a quienes antes Offa les había permitido conservar su posición, en ese momento desaparecen del registro histórico. El año 785 supone la fecha en la que Kent desaparece a efectos prácticos como un reino independiente.[42]
Quizá para celebrar esta adquisición, Offa se embarcó en una importante reforma monetaria. La enorme cantidad de peniques de plata que se había difundido por todo el litoral del mar del Norte desde la década del 670, y que facilitó el comercio e impulsó la prosperidad de Londres y otras economías emergentes, casi había desaparecido a mediados del siglo VIII. Esto parece responder a una escasez de plata en toda Europa. A comienzos del reinado de Offa, apenas había dinero en circulación. En respuesta a esta crisis, los reyes se hicieron cargo de la acuñación y agregaron sus nombres a las monedas por vez primera. Los pioneros fueron los monarcas de Northumbria, que reformaron su acuñación en la década del 740, y en la década del 760 la práctica había sido adoptada por sus homólogos de Southumbria. Pero ninguno de estos gobernantes parece haber tenido mucha plata para acuñar. Aunque Offa ya emitía peniques con su efigie unos pocos años después de que lo entronizaran, aún eran extremadamente escasos.[43]
Todo esto cambió en el 785, cuando Offa comenzó a emitir monedas en cantidades mucho mayores. La anexión de Kent tuvo que ser un factor importante, ya que le otorgó el control de la ceca de Canterbury. A principios del siglo VIII, cuando la antigua economía monetizada en plata estaba en auge, se acuñaron monedas en una veintena de enclaves del sur de Britania, pero al comienzo del reinado de Offa su número se había reducido a solo tres: Londres, Ipswich y Canterbury. Las dos primeras ciudades ya estaban bajo el control de Offa, pero la incorporación de la
Página 155
ceca de Kent debió darle acceso a un nuevo grupo de acuñadores y, tal vez, a un mayor suministro de plata. Ciertamente, a partir de este momento, el volumen de emisiones de repente se vuelve mucho más abultado.[44]
También se vuelve mucho más llamativo. Después del 785, los peniques de Offa no solo llevan su nombre, sino que, en algunos casos, también mostraban su retrato. El rostro del rey aparece de perfil, representado con una diadema, como un emperador romano (aunque su cabello rizado podría ser una alusión al bíblico rey David). Este se convertiría en el diseño estándar para las monedas anglosajonas y después inglesas hasta el siglo XIII, aunque ninguna de esas monedas posteriores igualaría la calidad de las acuñadas durante el reinado de Offa a partir del
785. (De hecho, los propios orfebres de Offa no pudieron mantener ese estándar y hacia el final de su reinado se sustituyó por un modelo más simple, sin retrato). Esta breve aparición de una moneda de calidad excepcional sugiere un esfuerzo planificado para la creación de imágenes, desarrollado a instancias del propio rey. Al mismo tiempo, Offa debió de prohibir la circulación de monedas extranjeras dentro de su reino: el noventa y nueve por ciento de los peniques en curso después de esta fecha tenían su nombre.[45]
Figura 13: Un penique de plata que muestra la efigie del rey Offa. © Museo Fitzwilliam, Cambridge.
Página 156
En algunos casos, incluían el nombre y el rostro de Cynethryth, su consorte. Este también fue un experimento único en Britania, pues ninguna otra reina anglosajona, hasta donde sabemos, recibió tal distinción, ni se conoció en Europa fuera de Bizancio. Por desgracia, poco más se sabe sobre Cynethryth, de la cual desconocemos sus antecedentes o cómo llegó a desposar con Offa. Aunque el hecho de que estuvieran casados y que Offa la honrara de una manera tan pública sin duda resulta significativo. Sus dos predecesores, Etelbaldo y Ceolredo, habían sido denunciados por algunos clérigos de su época por una conducta licenciosa y adúltera. Cynethryth, por el contrario, parece que era la única esposa de Offa y le había dado varios hijos. Al menos tres eran niñas, pero solo uno fue varón.
[46]
El nombre del niño era Egfrido y de él dependieron los planes de su padre para el futuro. Offa, como ya hemos visto, luchó para llegar al poder con una espada ensangrentada, y lo mismo debió de suceder con Etelbaldo, quien había sido enviado al exilio por el rey al que finalmente sucedió. Por supuesto, no había nada inusual en ello: en la era de Beowulf, se esperaba que la muerte de un rey trajera el caos y las tinieblas, ya que los aspirantes al trono hacían cola para exigir todo el reino o una parte de él. Offa sin duda deseaba evitar esta situación y que Egfrido lo sucediera como soberano de esa gran Mercia ampliada por la que tanto había luchado. Esto podría explicar su decisión de acuñar monedas con el rostro de la reina. Sin duda, demuestra la decisión del rey de emular a sus vecinos del continente y de consagrar a su vástago.[47]
Página 157
Figura 14: Un penique de plata que representa a la reina Cynethryth. El nombre del acuñador es «Eoba» Grupo Numismático Clásico, LLC. Usado con permiso.
Los vecinos en cuestión eran los nuevos reyes de Francia, una dinastía conocida como los carolingios. Tomaron su nombre de Carlos Martel, que había sido «mayordomo de palacio» en Francia a principios del siglo VIII. A mediados de esta centuria, los viejos reyes francos se habían debilitado hasta el punto de que el hijo y sucesor de Carlos, Pipino, solicitó y recibió el permiso del papa para sustituirlos. El soberano carolingio coetáneo a Offa en el 785 fue el hijo de Pipino, llamado Carlos en honor a su ilustre abuelo, aunque finalmente sería conocido como Carlos el Grande o Carlomagno.
Por entonces, Carlomagno estaba haciendo méritos para ganarse su célebre apodo: ya se había anexionado el norte de Italia y estaba finalizando la larga y sangrienta conquista de los sajones. Aun así, a pesar de todo sus éxitos, tanto él como sus predecesores eran muy conscientes de que habían asumido el poder como usurpadores y buscaban una legitimación. Al asumir el poder con permiso papal en el 751, Pipino había sido ungido. Esto supuso una nueva solución: los reyes bíblicos —y de entre ellos el más famoso, el rey David— se habían consagrado de este modo, pero nunca se había empleado este procedimiento para crear a un rey en Francia. La ceremonia suponía derramar aceite sagrado, o crisma, sobre el nuevo gobernante, lo que se creía que lo imbuía con el poder divino. (La palabra «Cristo» significa «ungido»). Carlomagno había sido
Página 158
ungido de un modo similar cuando era un niño y organizó una ceremonia idéntica para sus propios hijos en el 781, oficiada por el papa Adriano I.[48] Por tanto, al tratar de consagrar a su propio hijo, Offa claramente tenía la vista puesta en el mundo carolingio y esperaba reforzar la legitimidad de
su propia dinastía recién creada. Pero este plan se dio de bruces de inmediato con un suceso desafortunado de la geopolítica eclesiástica. Para realizar la ceremonia, el rey necesitaría contar con el arzobispo de Canterbury, cuya ciudad catedralicia también era la capital de Kent. Dado que Offa había pasado la mayor parte de su reinado tratando de someter a Kent por la fuerza, y hacía poco que había hecho desaparecer o retirado a sus gobernantes establecidos desde hacía tiempo, sus expectativas sobre la respuesta de Canterbury no debían de ser altas. Y así ocurrió, como cabía esperar: cuando presentaron al arzobispo Jænberht la solicitud de ungir a Egfrido, dejó bien claro que no iba a acceder.[49]
Por lo tanto, a Offa se le ocurrió una solución audaz. Si el arzobispo de Canterbury no colaboraba con el rey de Mercia, resultaba obvio que Mercia necesitaba un arzobispo propio. Poco después de la anexión de Kent, Offa debió de enviar emisarios al papa Adriano y le solicitó su intervención: en el 786, unos legados papales llegaron a Britania por primera vez desde que san Agustín había desembarcado en Kent casi dos siglos antes. El motivo oficial de su visita era comprobar los progresos de la misión cristiana y corregir cualquier abuso: «arrancar todo lo dañino», como lo expresaron en un informe escrito al papa, «y asegurar el fruto más sano». A pesar de que los delegados celebraron dos concilios reformistas, uno en Mercia y otro en Northumbria, y propusieron varios decretos contra las prácticas paganas, el tácito motivo de su visita obviamente era la preocupación de Offa por acelerar la consagración de su hijo. Según su informe, parece que otorgaron poca importancia al arzobispo Jænberht, al que aconsejaron «sobre aquellas cosas que eran tan necesarias» antes de marchar a «la corte de Offa, rey de Mercia», quien los recibió con «inmensos honores y alegría». Uno de los decretos que leyeron en presencia de Offa, sin duda pensado para contar con su aprobación, recordaba a todos los presentes que los hombres «engendrados mediante adulterio o incesto» no podían convertirse en reyes. «Que nadie se atreva a
matar a un rey —agregó—, porque él es el ungido del Señor». Cualquiera que cometiera un acto tan sacrílego ardería en el infierno por toda la eternidad.[50]
Página 159
Al año siguiente, el proyecto de Offa se hizo realidad. La Crónica Anglosajona registra que se celebró un concilio eclesiástico en Chelsea y que fue «contencioso», lo que ha de ser un eufemismo. «El arzobispo Jænberht perdió algunas partes de su provincia», continúa la crónica, y podemos deducir por la evidencia posterior que esta pérdida ascendió a más de la mitad de los obispados de la archidiócesis del sur. En el futuro, los obispos de Rochester, Selsey, Sherborne, Winchester y Londres, es decir, los que tenían sedes al sur del Támesis, responderían ante Canterbury, como antes. Pero los obispos de Leicester, Lindsay, Hereford,
Worcester, Dunwich y Elmham —todos los que se hallaban entre el Támesis y el Humber— estarían bajo la autoridad del nuevo arzobispo de Lichfield. El papa aprobó esta división al enviar un palio, o estola de oficio, al obispo de Lichfield, llamado Hygeberht, tal como había hecho al confirmar el nombramiento de los arzobispos de Canterbury y York. Una decisión que quizá no fuera ajena a la promesa de Offa de realizar un pago anual al papado de 365 monedas de oro, una por cada día del año (imagen a color n.º 13). Desde el punto de vista de Offa, este fue un dinero bien gastado. Tan pronto como Hygeberht fue elevado al rango arzobispal, señala la crónica, «Egfrido fue consagrado como rey».[51]
Mientras Offa redefinía el mapa eclesiástico de Britania para allanar el camino a la sucesión de su hijo, Wessex se sumió en el caos exactamente por la clase de política que el rey de Mercia deseaba evitar a toda costa. El rey de Wessex, Cinewulfo, había llegado al poder en el 757, el mismo año que Offa, tras una lucha igual de ardua. Así como el soberano de Mercia había expulsado a Beornredo, su rival, Cinewulfo había hecho lo propio con su efímero predecesor, Sigeberto, que poco después murió en el exilio, apuñalado por un porquerizo. Desde entonces, Cinewulfo había disfrutado de un reinado largo y bastante exitoso, durante el cual combatió a los britanos del oeste y, al mismo tiempo, resistió la dominación de Mercia. Es cierto que Offa lo había derrotado en una batalla en su frontera en el 779 y se apropió de tierras en el alto valle del Támesis. Pero, a diferencia de los otros reinos del sur, Wessex había conservado su independencia. Cuando los legados papales lo visitaron en el 786, a Cinewulfo se le trató como a un soberano por derecho propio.[52]
Página 160
Más tarde, ese mismo año, el pasado de Cinewulfo finalmente lo atrapó. Casi tres décadas después de la muerte de su rival, Sigeberto, el hermano del difunto, Cyneheard, acudió en busca de venganza. Lo que sucedió sin duda se convirtió en un relato legendario, ya que más de un siglo después se incorporó como una extensa narración a la Crónica Anglosajona. En suma, Cyneheard se enteró de que el rey se alojaba en un lugar concreto, donde visitaba a su amante y solo se había llevado consigo a un puñado de seguidores. Aprovechando la oportunidad, el vengador cabalgó hasta allí con su gran séquito armado y asesinó a los presentes: primero al rey, que cargó desde la puerta contra sus atacantes, y luego a los hombres que habían corrido en su ayuda.
A la mañana siguiente, cambiaron las tornas. Cuando el resto de los hombres del rey descubrió lo que había sucedido, cabalgaron hasta el lugar y encontraron a Cyneheard y sus ochenta o más guerreros escondidos dentro. Este les ofreció dinero y tierras si lo reconocían como su nuevo soberano, mas fue en vano. Declararon que nunca estarían al servicio del asesino de su difunto señor y, a continuación, irrumpieron en el recinto para matarlo a él y a sus cómplices.[53]
Como es obvio, este famoso episodio enfatizó la virtud de los recientes esfuerzos de Offa por engrandecer su dinastía: suponía el tipo de carnicería que esperaba que la unción de su vástago desalentara. Al mismo tiempo, este baño de sangre proporcionó al soberano de Mercia una oportunidad dorada. Una vez muertos Cinewulfo y Cyneheard, junto a muchos de sus hombres, la corona de Wessex recayó sobre un hombre llamado Beorhtric, cuya conexión con sus predecesores resulta desconocida, y cuya posición debió ser mucho más precaria que la de su longevo antecesor. Offa, al parecer, decidió prestar apoyo a su nuevo rey vecino. Tres años después, su hija Eadburh se casó con Beorhtric, y casi al mismo tiempo ayudó al nuevo rey de Wessex a expulsar a un rival por el trono. Resulta improbable que este respaldo no tuviera un precio. En un principio, Beorhtric pudo haber conservado su independencia, pero parece verosímil que reconociera a su suegro de Mercia cierta supremacía sobre él. Mientras que sus predecesores habían usado con orgullo el título de «rey de los sajones occidentales» en sus documentos, Beorhtric se denominó a sí mismo en una ocasión, y con suma prudencia, «rey de esta provincia».[54]
Página 161
La contrapartida del intervencionismo de Offa en Wessex es que pudo provocar un conflicto con Carlomagno. Los dos reyes se enfrentaron a principios del 790, pero los motivos de su ruptura no están claros, ni siquiera para sus contemporáneos. En ese momento, otro clérigo anglosajón expatriado, Alcuino de York, que formaba parte del círculo de eruditos de la corte de Carlomagno durante los últimos cuatro años, escribió a un amigo en su Northumbria natal. «Una cierta disensión, alentada por el diablo, ha surgido últimamente entre el rey Carlos y el rey
Offa —afirma—, de modo que se ha prohibido el transporte naval a los comerciantes en ambos lados». Otras cartas de Alcuino, no obstante, dejan patente su desconocimiento de las causas no diabólicas de semejante desencuentro. Medio siglo después, un cronista de la abadía franca de Saint-Wandrille, cercana a Ruan, aseguró que la disputa había surgido como resultado de unas negociaciones matrimoniales entre ambos reyes. Al parecer, Carlomagno había propuesto que su hijo Carlos el Joven se casara con una de las hijas de Offa, pero él respondió que solo estaría de acuerdo con este enlace si una de las hijas de Carlomagno desposara con su hijo Egfrido. A causa de esto, dice la crónica, el rey franco se había «enfurecido un poco» y ordenó un embargo comercial, es de suponer que el mencionado por Alcuino.[55]
Si bien el motivo de los malogrados enlaces reales pudiera tener cierta base, parece improbable que fuese la verdadera causa del problema. Un factor fundamental pudo haber sido el hecho de que Carlomagno tenía la costumbre de acoger a los enemigos de Offa, «exiliados que, por miedo a la muerte, se han refugiado bajo las alas de nuestra protección», como los describió el rey franco en una misiva redactada más tarde, en la década del
790. El exiliado que pudo alterar las relaciones al comienzo de esta década fue Egberto, un miembro de la casa real de Wessex, el rival de Beorhtric a quien Offa había contribuido a desterrar en el 789. En un resumen posterior de su carrera, la Crónica Anglosajona revela que Egberto había pasado sus años de exilio «en Francia».[56]
El hecho de que Egberto se hubiera refugiado en el mundo franco se antoja la causa más probable del súbito deterioro de las relaciones entre Carlomagno y Offa. Si este protestó a causa de ello, nada hubiera sido más natural que el rey franco hubiese tratado de enmendar la situación
Página 162
proponiéndole una alianza matrimonial; pero si Offa ya sospechaba de las intenciones de Carlomagno, sin duda se habría negado a enviar a una de sus hijas a la corte carolingia, donde se convertiría en otro peón que el rey franco podría usar en su contra. Para evitar esta tesitura, Offa bien podría haber insistido en que la entrega de la novia fuera algo recíproco y pudo exigir a Carlomagno que le enviara a una de sus hijas para desposar en Mercia. En tales circunstancias (ciertamente, meras suposiciones), resulta fácil imaginar por qué el carolingio pudo estar «algo enfurecido»: había ofrecido a su hija como una oferta de paz, pero Offa intentó convertir su oferta en un intercambio de rehenes.
No está claro cuánto duró el desencuentro, pero las relaciones parecen haberse recompuesto en la primera mitad del 796, cuando Carlomagno envió una carta a Offa en un tono más cordial. Tras dirigirse al rey de Mercia como «su hermano más querido», expresó su deseo de «desatar los nudos de la enemistad» para el beneficio mutuo de sus dos pueblos. En consecuencia, buena parte del contenido de la carta se refería a la restauración y regulación del comercio. Carlomagno renovó una dispensa anterior que permitía a los peregrinos que viajaban desde Britania hacia Roma a pasar por Francia sin pagar peajes, siempre que fueran sinceros en sus intenciones piadosas y no mercaderes que trataban de eludir el pago. Respecto a los comerciantes de buena fe, el rey franco les otorgaba su protección y les permitía recurrir a sus jueces si se veían vejados u oprimidos de algún modo. Asimismo, solicitó a Offa que se asegurara de que los mantos que se exportaban desde su reino a Francia fueran del mismo tamaño que en el pasado. Al parecer, se trataba de una honda preocupación para Carlomagno, a juzgar por una historia relatada por un cronista carolingio posterior. «¿Para qué sirven esos trapitos?», dijo irritado, cuando le presentaron unos mantos importados que resultaban demasiado cortos. «En la cama no alcanzan a cubrir nada. Cuando se cabalga no defienden contra el viento y la lluvia. No impiden que se congelen las piernas».[57] [***]
Por muy interesantes que sean estos detalles, la misiva no resulta menos trascendente por lo que revela sobre el poder de Offa. Carlomagno, sin duda, adulaba al rey de Mercia cuando lo describía como un hermano, pues implicaba que ambos poseían el mismo rango, aun cuando su propio reino era al menos diez veces más extenso. Sin embargo, en otras ocasiones, Carlomagno reconoce la autoridad de Offa sobre el sur de
Página 163
Britania y, hacia el final de la carta, menciona que le envía varios obsequios: un cinturón, una espada «huna» y dos capas de seda para el propio Offa, además de mantos y vestidos similares para todos los obispos anglosajones. Alguna de estas vestiduras, explicaba, eran para los obispos de Northumbria, aunque el resto suponían un obsequio para los de «tu reino». En otras palabras, consideraba al rey de Mercia el señor de toda Britania al sur del Humber, lo que, en este momento, era una consideración bastante razonable. Offa, como ya hemos visto, se había anexionado tanto Kent como Sussex, y ostentaba una autoridad indirecta sobre Wessex, gracias a su dócil yerno. En realidad, es difícil que pudiera haber impuesto un embargo efectivo si no tuviera el control de todos los puertos del sur de Britania. Que pudiera hacer lo mismo en la costa oriental resulta más discutible, pues no sabemos casi nada sobre Anglia Oriental durante el siglo VIII. El hecho de que algunas de las monedas emitidas por Offa en la primera parte de su reinado estuvieran acuñadas en Ipswich implica que debe haber ejercido un cierto grado de autoridad sobre este territorio, aunque las monedas posteriores emitidas por el rey Etelberto de Anglia Oriental sugieren que pudo perder dicho control en la década del 780. De ser así, este dominio se restableció poco antes de que Carlomagno enviara su carta. «En este año —dice la Crónica Anglosajona refiriéndose al 794—, Offa, rey de Mercia, hizo decapitar a Etelberto».[58]
Otra revelación de la carta de Carlomagno se produce cuando alude a las «piedras negras» reclamadas por Offa. Una mención que, hasta hacía poco, desconcertaba a los historiadores, quienes, durante mucho tiempo, asumieron que debía de referirse a las piedras empleadas para moler el grano talladas en roca volcánica negra; estos molinos en ocasiones se llevaban de Francia a Britania. Pero los comentarios posteriores de Carlomagno dejan bien claro que las piedras en cuestión eran más singulares, pues solicita a Offa que le envíe un emisario para explicarle con exactitud el tipo de roca que tiene en mente y, en especial, cuál debía ser su largura, tras lo cual prometía ayudar a localizarlas y organizar su transporte. Sin duda no se trataban de piedras ordinarias. Resultaban difíciles de encontrar y transportar sin la ayuda regia, y su longitud exacta era un asunto de crucial importancia.
La explicación más convincente es que fueran columnas de pórfido negro, una mercancía muy preciada a causa del propio interés de Carlomagno. A partir de su correspondencia, podemos constatar que el rey
Página 164
franco tenía la costumbre de obtener los materiales de construcción más valiosos de antiguos edificios romanos de Italia, que transportaba cientos de kilómetros más allá de los Alpes y reutilizaba en sus proyectos de construcción en Francia. La famosa capilla de Aquisgrán, iniciada hacia la época de la carta dirigida a Offa, cuenta con columnas negras de este tipo. El pórfido era particularmente apreciado debido a su rareza —la variante negra se extraía en Egipto— y su vinculación con el pasado imperial. En su búsqueda de legitimidad, Carlomagno en gran medida recurría al precedente romano. Sus monedas, su legislación y los manuscritos elaborados en su corte atestiguan su determinación de revivir los añejos atavíos del imperio, hasta el extremo de que, desde el siglo XIX, los historiadores hablan de un «Renacimiento carolingio». Al escribir a Offa en el 796, Carlomagno se denomina a sí mismo no solo «rey de los francos y los lombardos», sino también «patricio de los romanos», un título que le otorgó el papa tras la conquista de Italia. Apenas cuatro años después, adquiriría un nuevo título cuando el sumo pontífice lo convirtió en emperador, coronándolo y ungiéndolo en Roma la Natividad del año 800.
[59]
Offa había sido testigo de este renacimiento de la Romanitas y tenía el mismo objetivo en mente. Sus monedas y la unción de su hijo demuestran que estaba imitando de forma deliberada las prácticas carolingias que tanto se asemejaban a los modelos romanos. Este mismo fenómeno parece reflejar la gran iglesia de Brixworth en Northamptonshire, datada por su estilo hacia finales del siglo VIII o principios del IX, aunque con casi con total seguridad erigida durante el reinado de Offa (imagen a color n.º 12). Las tejas, ladrillos y piedras empleadas en su construcción eran de origen romano, trasladados laboriosamente desde las ruinas de Leicester, a unos cuarenta kilómetros de distancia. Si las columnas de pórfido negro eran un símbolo insoslayable del poder imperial, cabe imaginar que Offa las querría para algún proyecto de construcción similar, hoy desaparecido. Por supuesto, ignoramos si alguna vez las recibió o para qué edificio pudo emplearlas. Los candidatos posibles son Tamworth, donde el rey parece que construía una residencia regia hacia el final de su reinado, o Bath, donde después su hijo Egfrido celebró un concilio en el 796. Cualquiera de los dos lugares podría haber sido la contrapartida merciana a Aquisgrán.[60]
El hecho incuestionable de que Offa ansiaba revestirse del mismo aparato imperial que Carlomagno podría suponer, en última instancia, la
Página 165
clave para entender su famoso terraplén. La obra defensiva que incluso hoy lleva su nombre invita a la comparación con las dos grandes murallas construidas en el norte de Britania por los emperadores romanos, y eso, por sí solo, bien pudo ser la motivación de un rey que quería presentarse en términos similares. En el siglo VIII, las grandes zanjas y terraplenes experimentaban una especie de renacimiento en toda Europa, con soberanos construyéndolas o restaurándolas en lugares tan distantes como Dinamarca y Bulgaria. En el 793, Carlomagno intentó construir un canal entre los ríos Meno y Danubio, un proyecto en el que el rey reunió cinco o seis mil hombres que removieron alrededor de un millón de metros cúbicos de tierra. Y se ha especulado que, tal vez, esta sea la cuestión, al menos en parte. Dado que ninguna de estas zanjas y terraplenes debió de ser especialmente efectiva como barrera militar, los motivos de su construcción pudieron haber sido más ideológicos que prácticos. Eran grandes, impresionantes y evocaban el poder imperial: una exhibición muy visible de la autoridad del gobernante. Por tanto, es muy posible que la Muralla de Offa fuera otra forma de ostentación del poder a la manera imperial, con un propósito más político que práctico.[61]
Pero ¿por qué se construyó contra los britanos y no contra los northumbrios, los anglosajones orientales o los sajones occidentales? Es casi seguro que la respuesta resida en que, a pesar de sus diferencias palpables y, en ocasiones, violentas, en esta época la población de los reinos anglosajones se consideraba a sí misma un solo grupo étnico, un colectivo que podemos empezar a describir como «inglés». Esta palabra, por supuesto, deriva de angli, o anglos, que con anterioridad se refería a los pueblos que colonizaron el territorio situado al norte del Támesis: los anglos orientales, los mercianos y los northumbrios. Durante el siglo VIII, la gente empleaba cada vez más angli para describir, de forma general, a todos los pueblos de habla germánica de Britania, incluidos aquellos que, en otras épocas, fueron conocidos como sajones y jutos. Beda, en ocasiones, utiliza angli en un sentido estricto, para aludir a las gentes de Northumbria. Pero emplea con más frecuencia la expresión gens anglorum para referirse a algo así como «el pueblo inglés», sobre todo en el título de su obra más célebre, la Historia eclesiástica del pueblo de los anglos, concluida en el 731.[****]
Esta tendencia lingüística no fue del todo unidireccional. Beda pudo haber favorecido el término angli porque era el genérico empleado por
Página 166
Gregorio el Grande, tanto en la legendaria anécdota del mercado de esclavos como en sus cartas, pero existen evidencias que sugieren que, a principios del siglo VIII, incluso los arzobispos de Canterbury en ocasiones usaban el etnónimo «sajón» para referirse a lo mismo. Hasta cierto punto, las dos voces se habían vuelto intercambiables. Sin embargo, las fuentes transmiten la clara sensación de que angli se estaba imponiendo. En su famosa carta del 736, Etelbaldo de Mercia se describe a sí mismo como el soberano de los «anglos del sur» (sutangli), una frase que parece abarcar no solo a los pueblos de Mercia y Anglia Oriental, sino también a los de Sussex, Wessex, Essex y Kent. En una carta fechada en el 738, Bonifacio, nacido como sajón occidental, reconoce sus vínculos ancestrales con los sajones del continente a los que esperaba convertir, diciendo que eran «los mismos en hueso y sangre». Sin embargo, cuando escribió a su hogar para rogar a sus compañeros religiosos que rezaran por su éxito, se dirigió a ellos como «la raza de los ingleses» y se describía a sí mismo como «un nativo de esa misma raza». Nueve años después, al redactar su célebre reproche a Etelbaldo, el obispo presenta al rey «empuñando el glorioso cetro del poder imperial sobre los ingleses».[62]
Si los mercianos, los sajones y los northumbrios se sentían cada vez más afines entre sí, al mismo tiempo se estaban volviendo cada vez más hostiles hacia los britanos. Como vimos en el primer capítulo, los colonos bárbaros que llegaron a Britania durante la época de las migraciones parece que encontraron poco digno de emulación en la cultura romano-britana. Si convivían con los romano-britanos, los consideraban inferiores y no adoptaban ni su lengua ni sus costumbres. En toda Europa, dondequiera que los pueblos de habla germánica se toparon con las comunidades romanas, los llamaron walas, que significa «extranjeros». En francés, esto dio origen a las voces Galia y Walloon (como Valonia, en la parte francesa de Bélgica). En inglés constituye la raíz de las palabras Wales y Welsh, Gales y galés, aunque hasta el siglo XII no adquirieron el significado geográfico tan específico que hoy poseen. En inglés antiguo o anglosajón, wealas aludía a todos los britanos, aquellos que vivían en Gales, Cornualles o Cumbria. También se aplicó a enclaves britanos dentro de regiones anglosajonas, lo que dio lugar al topónimo Walton, y pasó a ser sinónimo de esclavo (walh). Su uso más temprano en un texto anglosajón se halla en las leyes del rey Ine de Wessex, compiladas a finales del siglo VII, que distinguen de forma reiterada entre los englisc y
Página 167
los wilisc. En todos los casos, ser un wilisc suponía contar con un estatus inferior.[63]
Mientras que en Francia la hostilidad entre francos y galos desapareció con el tiempo, en Britania se incrementó. No cabe duda de que una de las razones fue la diferencia lingüística. Los anglosajones, a pesar de sus diversas raíces, podían entenderse entre sí, pero las lenguas britanas les resultaban incomprensibles. Otro motivo fue el agrio cisma religioso que se produjo entre ambos. Los britanos, por supuesto, mantenían el cristianismo del Imperio romano tardío, mientras que los anglosajones aún eran paganos. No obstante, una vez que los recién llegados se convirtieron, las relaciones entre ambos, lejos de mejorar, empeoraron aún más. Beda reprobaba a los britanos porque «nunca comunicaron por la predicación el mensaje de la fe al pueblo de los sajones y los anglos que con ellos vivían en Britania». Parece casi seguro que tal acusación era tan falsa como injusta, ya que existen buenos motivos para pensar que los britanos convirtieron a muchos de los nuevos pobladores. Pero la principal razón de la enemistad mutua residía, una vez más, en el desacuerdo sobre la fecha de la Pascua. Según Beda, los líderes de la Iglesia britana rechazaron la autoridad de san Agustín sobre esta materia, un error que ni el santo ni el historiador les perdonarían jamás. Cuando, posteriormente, Etelfrido, el rey pagano de Northumbria, asesinó a cientos de monjes y sacerdotes britanos durante la batalla de Chester, la actitud de Beda, en esencia, fue que les estaba bien empleado. Solo al concluir su Historia eclesiástica en el 731 se sintió capaz de decir algo positivo sobre los demás pueblos celtas. Los irlandeses contaban con su respeto por su decisivo papel en la conversión de Northumbria, e incluso elogió a los pictos por haber visto la luz de forma reciente. Pero los britanos, se lamenta Beda, «con su odio ancestral, se oponen a los anglos y a todo el estado de la Iglesia católica con una Pascua incorrecta y con sus costumbres inmorales». Este odio estaba tan arraigado que cuando los britanos finalmente adoptaron la Pascua romana en el 768, apenas significó nada. En opinión del autor de la Vida de San Guthlac, eran «los peligrosos enemigos de la raza sajona».[64]
Dado el contexto, no es difícil comprender por qué Offa, cuando decidió construir un terraplén, lo hizo en su frontera occidental. Antaño había sido un límite más permeable, una zona donde los colonos germanos y los nativos britanos se habían superpuesto. (Es pertinente recordar que la misma palabra mercianos significaba «fronterizos».) Pero, durante el siglo
Página 168
VIII, las identidades étnicas de los ingleses y los britanos se habían ahondado, y con ello la hostilidad entre ambos. Los investigadores han constatado que Shropshire, un condado que limita con Gales hacia el oeste, cuenta con muchos menos topónimos en lengua britana que Staffordshire, el condado que se encuentra más al este. Una explicación plausible para esta peculiar situación sería que, durante el siglo VIII, las comunidades en la franja occidental de Mercia se «anglicizaron» más que las más próximas a su centro, para así distinguirse de los britanos del oeste. Los individuos de esta región que antaño pudieron identificarse a sí mismos como britanos debieron adoptar costumbres inglesas, aprendieron a hablar inglés y otorgaron unos nuevos nombres ingleses a sus asentamientos.[65]
La política de Offa muestra un decidido intento de someter a todos los reinos anglosajones situados al sur del Humber, y el principal medio para lograrlo fue la fuerza bruta: hacer la guerra a Kent, Sussex y Wessex, y decapitar al rey de Anglia Oriental. Pero incluso los brutales constructores de imperios necesitan un sustento ideológico para el poder obtenido con la espada. En el caso de Offa, podemos constatar cómo de forma consciente imitó el simbolismo imperial de Carlomagno, quien, a su vez, imitaba la retórica visual del Imperio romano. Con este mismo fin, es posible que Offa también intentara capitalizar el creciente sentimiento de identidad étnica entre los pueblos que gobernaba. En algunas de sus cartas, redactadas en la década del 770, adopta el título de «rey de los ingleses» (rex Anglorum). Por desgracia, no ha sobrevivido el texto original de ninguna de estas cartas y algunos especialistas han considerado que ese «rey de los ingleses» es un anacronismo interpolado por copistas posteriores. Si Offa lo empleó, dejó de hacerlo tras la década del 770, pues después solo se le denomina «rey de los mercianos».[66] Pero otra forma de fomentar la unidad entre pueblos distintos es señalar a un enemigo común, un «otro» ante el que definirse étnicamente. Para los ingleses del siglo VIII, el «otro» más evidente eran los wilisc, los «extranjeros» que habitaban al oeste. Al construir una barrera contra ellos, Offa los aislaba, frustraba sus desplazamientos y el comercio, y tal vez incluso mejoraba la seguridad de sus súbditos que vivían cerca de la frontera. Pero, más allá de todo esto, estaba enfatizando, de la manera más ostentosa posible para un dirigente altomedieval, las diferencias entre los britanos de un lado y los ingleses del otro.
Página 169
Offa falleció el 29 de julio del 796, poco después de recibir la carta de Carlomagno. Se desconocen las circunstancias y el lugar de su muerte. Lo más probable es que feneciera por causas naturales relacionadas con su edad, ya que ningún cronista o autor de epístolas menciona ningún trapo sucio. Asimismo, se desconoce su lugar de inhumación, a pesar de que una tradición muy posterior afirme que fue en Bedford.[67]
No cabe duda de que se convirtió en el soberano anglosajón más poderoso hasta ese momento, un hombre que había doblegado a los otros reinos situados al sur del Humber, y los había sometido a diversos grados de dependencia, en algunos casos incluso deponiendo a su rey. «Eres la gloria de Britania —le dijo Alcuino de York en una carta redactada en algún momento de la década anterior a su muerte—, la trompa de la proclamación, la espada contra los adversarios, el escudo contra los enemigos». Alcuino pretendía adular y mostrarse discreto, porque sabía bien que las maniobras de Offa, en su mayoría invisibles para nosotros, podían ser despiadadas. Incluso cuando Offa trataba de infundir el temor al afirmar que quienes asesinaran a los reyes ungidos arderían en el fuego eterno del infierno, había celebrado que decapitaran al rey supuestamente no ungido de Anglia Oriental. Lo más probable es que, además de derrocar a los soberanos de otros reinos, se deshiciera de sus potenciales rivales en Mercia con una crueldad similar, para asegurar una sucesión sin problemas sobre su hijo Egfrido. Al mencionar a Egfrido en una carta posterior, a sabiendas de que Offa había fallecido, Alcuino recordaba «cuánta sangre derramó su padre para asegurar el reino para su hijo». Y, en efecto, Egfrido, ungido nueve años antes, le sucedió como rey de Mercia ese mismo verano.[68]
Sin embargo, los planes dinásticos de Offa, a los que había dedicado tanto esfuerzo y por los que había derramado tanta sangre, en última instancia resultaron fútiles. Solo unos meses después, su hijo lo siguió a la tumba tras fallecer el 17 de diciembre. Alcuino, con el beneficio de la perspectiva de los hechos, consideró el temprano deceso del joven como una retribución divina por los pecados paternos. Toda la sangre que Offa había derramado, aseguró, «no supuso el fortalecimiento de su reino, sino su ruina».[69]
Página 170
La muerte, el pecado, la divina providencia y la ruina son los asuntos que ocuparon la mente de Alcuino durante esos años y resuenan en su epistolario. «Corren malos tiempos en Britania —le dijo al arzobispo de York—, y la muerte de los reyes es una señal de desgracia». Aunque también había otras señales. En una carta dirigida al pueblo de Kent, elaborada en el 797, incluso se refirió a De excidio et conquestu…, escrita por Gildas casi tres siglos antes. Los britanos, recordó a sus lectores, antaño disfrutaron del favor de Dios, pero lo perdieron a causa de los pecados y las luchas intestinas. Como resultado, fueron castigados con la invasión de los anglosajones. Alcuino creía que esto sucedía de nuevo, pues ahora Dios azotaba a los ingleses exactamente del mismo modo.
«He aquí, algo nunca antes visto —les advertía—, un pueblo pagano que devasta nuestras costas con incursiones piratas».[70]
Página 171
La tempestad del norte
5
El asalto vikingo a Britania y Francia
Página 172
n los primeros meses del 793, la gente de Northumbria estaba aterrorizada a causa de una serie de malos presagios. Según la Crónica Anglosajona, Ebasada en un conjunto anterior de anales norteños que no se han conservado, entonces hubo grandes vendavales, destellos de relámpagos «y se vieron dragones de fuego volando en el aire», una ilusión tal vez creada por la aurora boreal, que en ocasiones
puede verse en Northumbria. En una carta redactada ese mismo año, Alcuino de York informa de que, durante la Cuaresma, la catedral de su ciudad natal había quedado empapada por una lluvia de color sangre. Estas señales celestes se percibieron como una advertencia de cosas terribles que habrían de venir y, en efecto, en la primavera, el reino se vio castigado por una terrible hambruna.
Esto solo era el comienzo. El 8 de junio, una banda de guerreros que la crónica llama «hombres paganos» varó sus naves en la isla de Lindisfarne, saqueó el monasterio y mató a muchos de los monjes. Alcuino describe con horror cómo el altar de la iglesia quedó salpicado de sangre y las tumbas de los santos fueron pisoteadas. También revela que, además de robar los preciosos ornamentos de la abadía, los asaltantes apresaron a algunos de los miembros más jóvenes de la comunidad y se los llevaron, cabe suponer que para venderlos como esclavos.
Los «hombres paganos» que asaltaron Lindisfarne en el verano del 793 hoy son más conocidos como vikingos, y lo que la Crónica Anglosajona y Alcuino describen supuso su primera incursión registrada en Britania. Como es obvio, hubo otros ataques en los años anteriores: la referencia más antigua se encuentra en una carta emitida por el rey Offa en el 792, que menciona a unos «marinos paganos con flotas migrantes». Pero el asalto a Lindisfarne se convirtió en un terremoto que conmocionó a toda Europa. «Nunca antes se había visto tal atrocidad en Britania a manos de un pueblo pagano», decía Alcuino, que escribía en la corte carolingia, en una carta dirigida al rey de Northumbria. Lindisfarne, le recordó, era la cuna del cristianismo en el norte y el lugar donde estaban sepultados los huesos de san Cutberto. En el mismo enclave «donde surgió la religión cristiana de nuestra nación —se lamentaba—, ahí han dado comienzo la miseria y la calamidad».[1]
¿Quiénes eran los vikingos? La imagen popular de unos marinos escandinavos que lucían cascos con cuernos, pobladas barbas y barcos con rodas de dragón, asaltando y saqueando las costas de la Europa
Página 173
altomedieval, supone un buen punto de partida. Los dos tópicos anacrónicos más evidentes son los cascos con cuernos —un invento del siglo XIX divulgado por el vestuario teatral— y el propio término de vikingo. También se popularizó en época decimonónica, a raíz de la fascinación romántica por las sagas y las leyendas nórdicas, donde el término vikingo sí que aparece. Pero estas sagas se escribieron en los siglos XII y XIII, mucho después de los sucesos que pretenden describir. En el siglo IX, la palabra vikingo se puede encontrar solo en un puñado de ocasiones y únicamente en textos en inglés antiguo. Por consiguiente, hoy se debaten sus orígenes y al menos existen media docena de teorías consolidadas. Tal vez podría derivar de Viken, una región del sur de Noruega; o de vik, en nórdico antiguo, «bahía»; o de wic, el término anglosajón para los asentamientos comerciales que los vikingos solían tener como objetivos. Con independencia de cuál sea su etimología real, sin duda significaba algo así como «pirata» o «saqueador». Aunque sus víctimas en Britania y Francia casi siempre se referían a ellos con otros términos: «daneses», «paganos» u «hombres del norte».[2]
Página 174
Figura 15: Una estela conmemorativa del siglo IX procedente de Lindisfarne, que muestra un ataque de hombres armados. © Archivo Histórico de Inglaterra.
El principal problema, como sugiere todo lo anterior, es que casi no tenemos ni idea de cómo se percibían los vikingos a sí mismos, pues, como paganos, eran ágrafos, y las sagas que se escribieron siglos después son una guía muy poco fiable de sus motivos. Por ejemplo, se solía argumentar, si nos basamos en una fuente del siglo XI, que las expediciones respondían a una explosión demográfica en sus países de origen. Pero solo tras varias décadas de incursiones los vikingos mostraron algún interés en adquirir tierras y asentarse fuera de Escandinavia. En un principio, lo que buscaban eran bienes muebles como oro, plata y esclavos, lo cual ha alimentado la teoría reciente de que esta búsqueda de riqueza obedecía al deseo de involucrarse en la política de sus países de origen,
Página 175
cada vez más disputada, donde diversas figuras competían por el estatus y el poder de un modo similar al que había caracterizado la creación de los reinos anglosajones casi dos siglos antes.
Una explicación más sencilla es que los escandinavos comenzaron a apoderarse de esas riquezas porque se dieron cuenta de que estaban a su alcance. Existía una larga tradición de contactos e intercambios entre los pueblos cristianos de Britania y Francia y los pueblos paganos del norte. Las redes comerciales que se habían desarrollado y florecido en los siglos VII y VIII se extendían por el mar del Norte y hacia el Báltico. Como resultado, también hubo una gran interacción cultural. Al escribir al rey de Northumbria, a raíz del ataque a Lindisfarne, Alcuino lo había criticado por imitar la moda de los paganos en el modo de cortarse el cabello y la barba.
Aunque los escandinavos comerciaban con sus vecinos cristianos, se hallaban en la periferia. Los wic de Francia y Britania estaban en auge y tanto reyes como monasterios se enriquecieron con las ganancias, aunque muy poca de esta riqueza llegaba a quienes cazaban animales en el frío norte para que sus pieles pudieran comprarse y venderse en Londres o Aquisgrán. El apogeo económico del siglo anterior había fraguado unas enormes disparidades entre los que tenían y los que no. Los escandinavos lo sabían todo sobre las ricas localidades costeras de los reinos del sur y también sabían que estaban indefensas.[3]
Asimismo, se dieron avances esenciales en la tecnología naval poco antes de que comenzaran los ataques vikingos. Los pueblos escandinavos poseían una larga tradición naval que se remontaba a varios milenios atrás y eran expertos en la construcción de elegantes embarcaciones para recorrer distancias cortas de una bahía o isla a otra. Estas naves habían estado propulsadas por remos y la evidencia iconográfica sugiere que los nórdicos adoptaron la vela de forma tardía, después de que se empleara durante mucho tiempo en el sur. La combinación de naves veloces con velas pudo suponer un avance crucial que permitió a los vikingos atravesar el mar del Norte hasta Britania, otorgándoles además la capacidad de aparecer en el horizonte sin previo aviso, en lugar de tener que avanzar por la costa. Alcuino, ciertamente, se muestra sorprendido de que los saqueadores escandinavos hubieran podido llegar a Lindisfarne. «Semejante trayecto no se creía posible», le dijo al rey de Northumbria.[4]
Página 176
Por último, también es posible que existiera un elemento ideológico en los ataques vikingos. Por lo que sabemos, no había nada inherente en el paganismo que obligara a sus practicantes a asaltar y matar a los no creyentes. Con los cristianos del siglo VIII sucedía lo contrario. Los misioneros ingleses como Bonifacio tal vez deseasen convertir a los sajones del continente mediante la palabra, sobre la base de que compartían la misma sangre y huesos, pero el de sus sucesores consistía en imponer el cristianismo a punta de espada. De modo que, cuando Carlomagno inició su larga campaña contra los sajones en el 772, destruyó su árbol sagrado, Irminsul, y cuando se rebelaron una década después, ordenó decapitar a cuatro mil quinientas personas a orillas del río Weser. Esta guerra sacralizada hizo sentir a los pueblos paganos que habitaban más al norte que su religión y su modo de vida se veían amenazados, y tal vez esto convenció a algunos de que había que contraatacar. Si asaltaron monasterios como el de Lindisfarne, sin duda fue porque eran objetivos fáciles y aislados, localizados en la costa, de un modo muy conveniente, como si rogasen que les despojaran de sus ricas posesiones; pero también atacarlos era una forma de asestar un duro golpe ideológico en respuesta a la amenaza cristiana.[5]
El hecho de que los vikingos no tuvieran escrúpulos en violar los lugares sagrados de los cristianos fue lo que, desde el punto de vista de estos, los hizo tan terribles. Aunque pasaron a la posteridad por su reputación de mostrar una ferocidad excepcional, en realidad no fueron más violentos que los guerreros de Britania o Francia. Sin embargo, las autoridades cristianas de estos territorios muy rara vez, si es que alguna vez lo hicieron, saqueaban las iglesias, por temor al oprobio social y al castigo divino. Tanto los autores cristianos como los musulmanes aportan espantosas descripciones de vikingos realizando sacrificios humanos: niñas esclavas drogadas y violadas antes de ser apuñaladas, estranguladas e incineradas, hombres ahorcados con perros y caballos en bosques sagrados. Las excavaciones arqueológicas de tales yacimientos también han revelado evidencias de canibalismo. Lo que hizo que tales prácticas resultasen aún más aterradoras fue que, no mucho tiempo atrás, los propios anglosajones debieron de realizar ellos mismos tales rituales. El dios Wotan de quien sus reyes aseguraban descender no era muy distinto, en sus orígenes ancestrales, al Odín adorado por los nórdicos. Para los
Página 177
ingleses, la llegada de los vikingos significó un enfrentamiento con los demonios de su propio pasado pagano.[6]
La incursión de Lindisfarne en el 793 pronto fue seguida por otros nuevos ataques, pues los vikingos ampliaron con rapidez el alcance de sus operaciones. En el 794 regresaron a Northumbria y saquearon el monasterio de Jarrow, fundado un siglo antes por el rey Egfrido. Para el año 795 habían alcanzado la costa occidental escocesa, probablemente a través del Gran Glen, para después atacar Iona y otros monasterios próximos al mar de Irlanda. No se trataba tan solo de centros monásticos. En algún momento anterior al año 802, un grupo de vikingos desembarcaron en la costa de Wessex, en Portland (Dorset), y asesinaron al juez real que acudió a saludarlos bajo la errada suposición de que eran comerciantes.[7]
En Francia, la respuesta a tales incursiones fue contundente. En el 799, los vikingos realizaron su primera expedición documentada contra un monasterio franco, en la que atacaron a los monjes de la isla de Noirmoutier, próxima a Nantes. Al año siguiente, Carlomagno acudió en persona al canal de la Mancha, ordenó la construcción de una flota y designó oteadores para vigilar la costa. Pero en Britania se echaron en falta iniciativas semejantes; las autoridades de Northumbria probablemente estaban demasiado ocupadas luchando entre sí, a juzgar por la sucesión de combates registrada en los anales del norte. En el sur, el rey Offa había insistido en que las iglesias de Kent organizaran un servicio militar para colaborar en la defensa ante las incursiones paganas, pero su muerte en el 796 abortó cualquier iniciativa de mayor entidad. Sus sucesores tuvieron mayores problemas con los que lidiar.[8]
Como ya hemos visto, los planes minuciosamente elaborados por Offa para una sucesión pacífica se habían quedado en nada y su único hijo pronto lo había acompañado a la tumba. El poder en Mercia pasó a un nuevo rey llamado Coenwulf, cuya pretensión de ser descendiente de la misma dinastía apenas fue una conveniente ficción. Desde los comienzos de su reinado, Coenwulf tuvo que enfrentarse a múltiples rebeliones, ya que los pueblos que Offa había aterrorizado hasta la sumisión intentaron deshacerse del yugo de Mercia. En Kent, un miembro de la antigua casa
Página 178
real, Eadberto Praen, regresó del exilio, y en Anglia Oriental, un nuevo monarca llamado Eadwaldo comenzó a emitir monedas con su nombre.
Coenwulf se enfrentó de forma enérgica a estos desafíos. Pronto se dio cuenta de que gran parte de la hostilidad en Kent se debía a que Offa había dividido el arzobispado de Canterbury para designar un nuevo arzobispo en Lichfield, por lo que revirtió la decisión: Lichfield volvió a su estado anterior y se restauró la primacía de Canterbury. Después, con el permiso papal, Coenwulf invadió Kent, capturó a Eadberto Praen y lo envió a un monasterio en Mercia, donde le privaron de manos y ojos. Algo similar pudo suceder en Anglia Oriental, ya que las acuñaciones de su nuevo rey Eadwaldo cesaron pocos años después. En algunas partes, Coenwulf extendió el poder de Mercia incluso más allá de lo que había logrado Offa: degradó a los reyes de Essex a la condición de simples ealdormen y dirigió repetidas campañas contra Gales, en las que llegó hasta Snowdonia. La preocupación que demostró por Gales en sus últimos años hace plausible que Coenwulf fuera el responsable de la construcción de Wat’s Dyke, un sustituto más defendible que la obra defensiva de Offa.[9]
El único territorio en el que Coenwulf no logró mantener la autoridad de su predecesor fue Wessex. A comienzos de su reinado, Beorhtric todavía gobernaba a los sajones occidentales, pues había contado con la ayuda de Offa para desterrar a su rival Egberto. Pero en el 802 este había regresado de un largo exilio en el continente y lideró una rebelión contra Mercia. La Crónica Anglosajona afirma que hubo una gran batalla en la que Egberto se convirtió en rey y Beorhtric pereció (ya fuera en la propia batalla o de algún otro modo).[10]
Fue Egberto el principal beneficiado del caos que siguió a la muerte de Coenwulf en el 821. Después de la partida del rey de Mercia, asegura una fuente coetánea, «surgieron muchos desacuerdos e innumerables disputas entre figuras destacadas de todo tipo: reyes, obispos y ministros de las iglesias de Dios». A Coenwulf le sucedió su hermano Celwulfo, pero, después de solo un par de años, el nuevo rey fue derrocado por un rival llamado Beornwulfo. Tal vez para demostrar su valía, este marchó a la guerra contra Wessex, pero Egberto lo derrotó en la batalla y falleció al año siguiente. Egberto, mientras tanto, arrasaba todo lo que hallaba a su paso. Justo después de su victoria, envió un gran ejército a Kent, expulsó a su gobernante títere de Mercia, y en los dos años siguientes logró la sumisión de Sussex, Surrey, Essex e incluso Anglia Oriental.[11]
Página 179
Impulsado por una marea de viejos resentimientos contra el poder de Mercia, en el 829 Egberto condujo a los ejércitos combinados de sus nuevos dominios hacia el norte y conquistó el oscuro reino de las Tierras Medias, proclamándose su nuevo soberano. Más tarde, ese mismo año, avanzó aún más allá y obtuvo la sumisión de Northumbria y, al año siguiente, invadió Gales y redujo a sus señores a la obediencia. La Crónica Anglosajona, hacia finales de este siglo, reprodujo el listado de los siete señores supremos de Britania registrados por Beda y le agregó el nombre de Egberto. El rey victorioso de Wessex, señala el autor anónimo, fue el octavo bretwalda.
El poderío de Egberto no estaba destinado a perdurar. Su gobierno directo sobre Mercia terminó tras solo un año, momento en el que Wíglaf, el rey al que había depuesto, recuperó el poder.[12] La década del 820 no fue testigo del nacimiento de una nueva potencia sino del colapso de una antigua, cuyo tiempo había terminado. Los reyes de Mercia habían dominado el territorio al sur del Humber durante casi un siglo, pero una década después de la muerte de Coenwulf su imperio se había desvanecido. A partir de entonces, hubo cuatro reinos anglosajones: Mercia, Northumbria, Anglia Oriental y un Wessex muy ampliado.
A lo largo de las tres primeras décadas del siglo IX, los vikingos debieron seguir realizando incursiones en los reinos anglosajones. Varias de las donaciones otorgadas por Coenwulf a figuras de Kent, reiteran la exigencia de ejecutar acciones defensivas contra los ataques paganos, incluida la construcción y destrucción de fortalezas. En un documento, el rey concedió a las monjas de Lyminge una pequeña parcela en Canterbury como «refugio en caso de necesidad», se supone que ante un desembarco vikingo. Lyminge se encuentra a ocho kilómetros del mar, al otro lado de los North Downs, lo que sugiere que los piratas escandinavos eran cada vez más audaces, aunque la principal conclusión es que Canterbury aún se creía un lugar seguro. A pesar de que los asaltos continuaron en esta época, ninguno se consideró lo bastante importante como para mencionarse en la Crónica Anglosajona. Tales ataques debieron de ser acciones oportunistas a pequeña escala.[13]
No obstante, en la década del 830, la escala de las operaciones aumentó de un modo considerable. En el continente, esto fue alentado por
Página 180
una amarga disputa entre Luis I el Piadoso, sucesor de Carlomagno, y sus hijos. El mayor, Lotario, colaboró con los vikingos y les dio licencia para arrasar la costa de Frisia. En el 834 atacaron Dorestad, el mayor wic de toda Francia, comparable en tamaño a los más grandes del sur de Britania. Según una fuente coetánea, conocida como Anales de San Bertín, esta flota vikinga destruyó todo Dorestad: «mataron a algunas personas, se llevaron cautivas a otras e incendiaron la región circundante». Fue un inquietante progreso, pues a pesar de estar ubicado en la confluencia de dos grandes ríos, el wic se hallaba tierra adentro, a más de cuarenta y ocho kilómetros de la costa más cercana.[14]
Al mismo tiempo, los vikingos que operaban en el mar de Irlanda crecían en poder y confianza. Iona, el más venerable de todos los cenobios gaélicos, fue atacado por segunda vez en el 802 y por tercera en el 806. En esta última ocasión perecieron sesenta y ocho miembros de la comunidad monástica. Cuando los asaltantes regresaron por cuarta vez, al año siguiente, la mayoría de los supervivientes decidió que aquel lugar aislado, elegido por san Columba en el siglo VI, resultaba demasiado vulnerable en la nueva realidad del siglo IX. Se trasladaron a Irlanda y fundaron un monasterio en Kells, ubicado sobre un antiguo castro, a más de treinta kilómetros de la costa.
Si bien esta medida pudo ser una solución para los monjes de Kells, otros habitantes de Irlanda no fueron tan afortunados. A estas alturas, los vikingos operaban por toda la costa irlandesa y, en las décadas siguientes, sus ataques en el interior se volvieron cada vez más audaces. Aunque las autoridades locales en ocasiones contraatacaban, la mayoría de las veces estaban demasiado ocupadas luchando entre sí o no eran lo bastante poderosas para ofrecer resistencia. En la década del 830, los escandinavos se aventuraban tierra adentro, saqueaban con impunidad, apoderándose de un gran número de esclavos, e incluso capturaban a obispos y reyes para exigir un rescate. En el 832, la abadía de Armagh, a cuarenta kilómetros del mar, fue asaltada tres veces en el espacio de tan solo un mes.[15]
Parece indudable que fueron los vikingos que operaban en Irlanda quienes atacaron Wessex en el 836 y desembarcaron en la costa de Somerset. Llegaron en treinta y cinco naves, según la Crónica Anglosajona, un número considerado digno de mención porque era inusualmente elevado. Estimar el número de guerreros a partir de los barcos es una ciencia inexacta, pues las naves podían variar de tamaño,
Página 181
pero los dos buques nórdicos del siglo IX mejor conservados, el barco Oseberg (imagen a color n.º 14) y el Gokstad, poseían quince y dieciséis pares de remos respectivamente, lo que supone treinta y treinta y dos remeros cada uno. Por tanto, una flota de treinta y cinco barcos podría haber transportado mil hombres, una fuerza que difícilmente podría considerarse un grupo de saqueo y que debió asemejarse más a un ejército invasor. En esta ocasión, sus tácticas no consistieron en golpear y huir, pues parece que tenían la intención de quedarse por algún tiempo, establecer un campamento base y saquear el territorio circundante. Es lo que sugiere el hecho de que el rey Egberto de Wessex tuviera el tiempo suficiente para formar un ejército con el que enfrentarse a ellos en batalla. El choque, que tuvo lugar en Carhampton, no salió como esperaba un rey
hasta entonces imbatible. «Se hizo una gran matanza allí —dice la Crónica—, y los daneses se adueñaron del campo de batalla».[16]
Aunque Egberto logró escapar con vida, su derrota a manos de los vikingos debió asestar un duro golpe a su reputación como bretwalda. Pudo reparar en parte el daño dos años después, al vencer a otra hueste vikinga que había desembarcado en Cornualles, e hizo causa común con los lugareños, aunque después decidió que ya era hora de colgar la espada. Hacía casi cincuenta años que Offa lo había forzado al exilio. Incluso asumiendo que Egberto fuera un adolescente en ese momento, tendría sesenta y tantos años en el 838. Convocó, por tanto, un gran consejo en Kingston-upon-Thames, donde expuso sus planes para el futuro. Parece probable que en esa reunión dispusiera la unción de su hijo, Etelwulfo, al igual que Offa había hecho antes con Egfrido, con la esperanza de que propiciara una sucesión indiscutida.[17]
Página 182
Figura 16: El barco Gokstad, construido en el siglo IX, y redescubierto en 1880, en el Museo de los Barcos Vikingos de Oslo. © L Hismanto / Shutterstock.
La intención de Egberto era marchar a Roma, tal vez para pasar allí el resto de sus días. En parte suponía una tradición familiar, ya que dos de sus ilustres predecesores, Cedwalla e Ine, habían realizado la misma peregrinación al final de sus reinados y fueron enterrados en la ciudad santa. Pero Egberto también sentía la necesidad espiritual de realizar el viaje de forma urgente. En la primavera del 839, envió emisarios a Luis el Piadoso, para solicitar el permiso de atravesar sus dominios. Según los Anales de San Bertín, se advirtió al emperador que se preocupara por las almas de sus súbditos. Los anales afirman que los ingleses estaban aterrorizados por la visión de un sacerdote que el autor pasa a relatar.
El sacerdote había soñado que un extraño lo había llevado a una tierra desconocida con infinidad de edificios maravillosos. Al entrar en una iglesia, vio a unos niños leyendo libros que, al examinarlos de cerca, estaban escritos con líneas alternas de tinta negra y sangre. Las líneas ensangrentadas, explica el forastero, eran los pecados del pueblo cristiano y los niños encarnaban las almas de los santos que se entristecían por ellos.
Página 183
Si el pueblo no los expiaba y se arrepentía, se advertía al sacerdote, ocurriría un gran desastre. «Durante tres días y tres noches descenderá una densa niebla y luego, de repente, los hombres paganos arrasarán a fuego y espada la mayor parte de la gente y la tierra de los cristianos, junto con todo lo que poseen».[18]
No se menciona quién era el sacerdote. Podría tratarse de un miembro de la casa de Egberto, o algún adivino errante cuya historia llegó a los oídos del rey de un modo menos obvio. Pero la disposición del rey a obrar en virtud de la historia y, de hecho, a transmitírsela a través de emisarios al emperador franco, revela el efecto perturbador que los reiterados ataques vikingos estaba produciendo en su mente y en la de sus súbditos. El temor a la llegada repentina de los paganos que traían fuego y muerte se había vuelto muy real y acechaba sus sueños.
Egberto, por desgracia, nunca llegó a realizar su peregrinación y falleció ese mismo año. Luis el Piadoso tampoco tuvo demasiado tiempo para prestar atención a las advertencias de los emisarios ingleses, ya que murió en el verano del año siguiente.[*] Mientras que a Egberto le sucedió su hijo Etelwulfo, tal como había planeado, Luis pereció combatiendo contra su hijo Lotario, quien se había rebelado en su contra. Sin el padre, los tres vástagos supervivientes comenzaron a pelear entre sí por el modo de repartirse su herencia.
Esta división trajo una multitud de oportunidades a los vikingos. En el 840, Lotario volvió a requerirlos como aliados y esta vez concedió a uno de sus líderes una parte de Frisia a cambio de su apoyo militar. («Un crimen absolutamente detestable», declara el autor de los Anales de San Bertín, enfurecido, pues significaba que «los cristianos debían servir a hombres que adoraban demonios»). Mientras tanto, otros piratas escandinavos se limitaron a beneficiarse de la oportunidad de sacar provecho del caos producido por la disputa sucesoria. En el mismo año, un grupo navegó por el canal de la Mancha y atacó Ruan. Según los Anales de San Bertín, «saquearon la ciudad mediante pillaje, fuego y espada, mataron o tomaron cautivos a los monjes y al resto de la población, y arrasaron todos los monasterios y otros lugares a lo largo de las riberas del Sena».[19]
Página 184
Esta escalada de saqueos en Francia atrajo grandes huestes vikingas a la costa sur de Britania, donde se enzarzaron en una lucha a muerte con los ealdormen de Wessex. Al igual que sus homónimos de Mercia, estos ealdormen eran los jefes más poderosos del rey, aunque en lugar de ser reyes depuestos, se trataba de los responsables de las subdivisiones administrativas de Wessex, llamadas «condados». Ambos términos estaban en uso en Wessex ya en el siglo VII, pero solo en este momento se vuelven más visibles, pues la Crónica Anglosajona menciona a ciertos ealdormen que lideraban las levas de sus condados contra las invasiones vikingas. Así, en el 840, cuando una flota de treinta y tres barcos atacó Hamwic, el puerto principal de Wessex, la Crónica informa que sus tripulaciones fueron masacradas por una hueste comandada por Wulfheard, ealdorman de Hampshire.[20]
La victoria de Wulfheard, sin embargo, supuso el único destello de luz en un periodo por lo demás sombrío. Cuando el ealdorman Etelmer dirigió a la gente de Dorset contra los daneses que habían desembarcado en Portland ese mismo año, fue derrotado y acabó muerto, al igual que el ealdorman Hereberht y muchos de sus hombres en Kent cuando marcharon para enfrentarse a los vikingos que invadieron Romney Marsh en el 841. Más adelante, ese mismo año, dice la Crónica Anglosajona, infinidad de personas fueron «asesinadas por el enemigo» a lo largo de la costa este de Britania, en Kent, Anglia Oriental y Mercia, mientras que en el 842 hubo una «gran matanza» en Rochester y Londres. Finalmente, en el 843, el propio rey Etelwulfo tuvo que intervenir cuando una gran flota vikinga, al parecer de Irlanda, desembarcó en el litoral de Somerset cerca de Carhampton, tal como hicieron siete años antes durante el reinado de su padre, y el resultado fue idéntico: Etelwulfo fue derrotado y los daneses se apoderaron del campo de batalla.[21]
Es comprensible, tras semejante sucesión de derrotas, que el rey y sus súbditos comenzaran a considerar con seriedad mejorar sus defensas. Como ya hemos visto, en el 804 las monjas de Lyminge consiguieron un refugio en Canterbury, cabe suponer que no solo porque se hallara más hacia el interior, sino porque además contaba con unas murallas romanas. Ideas similares debieron tener los ciudadanos de Londres tras el ataque del
842. El wic situado al oeste de la ciudad romana abandonada había surgido en el Strand porque ofrecía un mejor acceso fluvial, pero entonces resultaba demasiado vulnerable precisamente por el mismo motivo. Ya se
Página 185
había visto reducido de tamaño desde su máxima extensión a mediados del siglo VIII, tal vez a causa de una serie de incendios acaecidos hacia finales de esta centuria. Pero la ansiedad producida por las incursiones vikingas tuvo que disuadir a los comerciantes de permanecer en el lugar, a partir de entonces, y la zanja defensiva creada en algún momento a principios del siglo IX no debió de tranquilizarlos demasiado. A mediados de este siglo, Lundenwic había quedado abandonado y sus habitantes comenzaron a alojarse dentro de las murallas de la antigua capital romana.[22]
Parece probable que sucediera algo similar en Wessex, a raíz del ataque a Hamwic en el 840. Esta población, a diferencia de Lundenwic, no estaba junto a una antigua ciudad romana. Pero veinte kilómetros tierra adentro, a lo largo del río Itchen, navegable, se hallaba la antigua urbe romana de Venta Belgarum, conocida por los sajones como Winchester. Desde mediados del siglo VII, había sido la sede del obispo de Wessex, pero, aparte de esto, solo había atraído a un puñado de colonos. Sin embargo, tras el asalto vikingo a Hamwic, sus murallas debieron suponer un gran atractivo para los mercaderes y los artesanos que anhelaban mayor seguridad. El rey Etelwulfo pudo alentar este desarrollo urbano: la primera mención del derecho regio para la construcción de fortalezas en Wessex se encuentra en un documento emitido en 842; su padre, Egberto, había sido enterrado en la catedral de Winchester y él mismo celebró un importante concilio en esta ciudad en el 844.[23]
Después del 843, los vikingos que operaban en las costas sur y este de Britania volvieron a prestar atención a Francia. En el verano de ese año, los hijos de Luis el Piadoso al fin dejaron de lado sus disputas y acordaron repartirse el enorme Imperio carolingio, dividiéndolo en tres partes para que cada cual tuviera un territorio de extensión similar. No obstante, los desacuerdos persistieron, lo que dejaba un amplio margen de maniobra para que los vikingos causaran estragos. Ese año, los piratas nórdicos atacaron la ciudad de Nantes y mataron a una multitud de personas, incluido el obispo local. Luego se abrieron paso a lo largo de la costa occidental de Aquitania y saquearon a medida que avanzaban. En el 844, remontaron el río Garona, una de las grandes arterias fluviales de Francia, «sembrando la destrucción por todas partes y sin encontrar oposición», según los Anales de San Bertín, y no se detuvieron hasta llegar a la ciudad
Página 186
de Tolosa, a unos doscientos cuarenta kilómetros del mar. Al año siguiente lo repitieron en el norte, navegando 386 kilómetros por el sinuoso río Sena hasta llegar a París, arrasando la campiña a su paso y sin hallar resistencia. París se salvó de la destrucción solo porque Carlos II el Calvo, el nuevo rey de Francia Occidental,[**] pagó a los asaltantes 7000 libras de plata. Esto, por supuesto, no fue más que una medida a corto plazo para disuadir las depredaciones de los nórdicos. A finales de la década del 840 se produjeron nuevos ataques a lo largo de las costas del Atlántico y del canal de la Mancha, junto a la destrucción de más ciudades en el interior. Saintes cayó en el 845, Burdeos fue saqueada tras un largo asedio en el 848 y Périgueux resultó incendiada en el 849.[24]
Durante esta época, a los ingleses les fue bastante mejor, pues no hay ataques registrados en las costas del sur o del este. Esto, en gran medida, debió de obedecer a que los vikingos habían marchado a nuevos y más rentables cotos de caza en Francia: no habría tenido sentido que regresaran a Britania después de haberla saqueado tan a fondo a principios de esa década. Pero todavía hubo algunas incursiones llegadas desde Irlanda y esta vez los ingleses actuaron mejor que antes. En el 845, los ealdormen de Somerset y Dorset combinaron sus fuerzas para derrotar a un ejército vikingo en la desembocadura del Parrett. Unos años después, en el 851, los hombres de Devon obtuvieron la victoria contra un ejército pagano que desembarcó en su litoral.[25]
Sin embargo, ese mismo año, los vikingos que habían asolado Francia regresaron, ocuparon la isla de Thanet frente a la costa de Kent y permanecieron allí durante todo el invierno. Esa fue una innovación preocupante. Desde la década del 830, los escandinavos habían invernado en Irlanda y construyeron unas bases para sus barcos que los irlandeses llamaban longphorts; quizá la más famosa fue la que fundaron en la desembocadura del Liffey, conocida como Estanque Negro o Duiblinn. En Francia lo habían hecho por primera vez durante el invierno del 843, tras su ataque a Nantes, y crearon un campamento en la cercana isla de Noirmoutier. La ocupación de Thanet en el invierno del 850-851, como señala la Crónica Anglosajona, supuso la primera ocasión en la que un ejército pagano pasó el invierno en un reino inglés.[26]
Esta invernada presagió una escalada masiva: según la Crónica, la escuadra vikinga estaba formada por 350 barcos. Esta cifra nos hace dudar de su credibilidad, aunque las crónicas francas sugieren que el tamaño de
Página 187
las flotas nórdicas había ido aumentando de forma constante a lo largo de la década del 840, con informes de 77 naves en el ataque a Nantes en el 843 y 120 buques que descendieron sobre París en el 845. De haberse reunido en el 851 una escuadra de un tamaño comparable, habría supuesto duplicar o cuadruplicar las cifras referidas en los ataques anteriores: dos mil o incluso cuatro mil hombres.[27]
Una fuerza militar de este tamaño resultaba casi irresistible. En el 851 asaltó Canterbury, demostrando que las murallas romanas ya no eran una garantía de seguridad. Después, la flota se trasladó a la desembocadura del Támesis y tomó Londres, seguramente la vieja ciudad amurallada y no solo el wic abandonado. Londres todavía era un enclave de Mercia y parece obvio que su rey, Berhtwulf, intentó defenderla, sin éxito, ya que la Crónica Anglosajona señala que los vikingos hicieron huir a su ejército. La gran horda pagana después cruzó el Támesis y entró en Surrey, que había sido una provincia de Wessex durante los últimos veinticinco años, desde que el rey Egberto se la arrebató a Mercia. Entonces Etelwulfo, el hijo de Egberto, marchó con una hueste para enfrentarse a los invasores, con la esperanza de obtener un mejor resultado que los obtenidos por su padre y él en Carhampton. Contra todo pronóstico, el rey y su séquito armado infligieron una severa derrota a los nórdicos. Fue, según la Crónica, «la mayor matanza de un ejército pagano de la que jamás hayamos oído hablar». Dado el tamaño de la fuerza enemiga, el logro de Etelwulfo debió parecer cuanto menos milagroso. Los Anales de San Bertín concluyen que, sin duda, el rey había vencido «con la ayuda de nuestro Señor Jesucristo».
[28]
A raíz de su victoria providencial, Etelwulfo decidió que era hora de reforzar la coraza espiritual de su reino y resucitó el proyecto paterno de peregrinar a Roma. En el 853 envió una embajada de alto rango a la Ciudad Santa para preparar el terreno antes de su llegada. Más adelante, en la Pascua del año siguiente, convocó una gran asamblea, en la que repartió una décima parte de las propiedades regias, al entregar haciendas tanto a laicos como a eclesiásticos. En parte trataba de asegurar los rezos del clero por su seguridad, aunque también para garantizarse una lealtad duradera entre ambos colectivos: su «humildes obediencia y fidelidad», como lo expresó el rey en un documento. Etelwulfo no se planteó permanecer en
Página 188
Roma para siempre, como hicieron Cedwalla o Ine; tenía la intención de regresar a Wessex y continuar su reinado.[29]
Por fortuna, el rey y su esposa Osburga habían sido bendecidos con una extensa prole que podía gobernar en su ausencia. Y, por desgracia para el lector moderno, a todos salvo uno les pusieron nombres que empezaban con Æthel- (que significa «noble»), lo que sin duda dificulta distinguirlos. El mayor, Atelstán, había gobernado los reinos antaño independientes de Kent, Surrey, Sussex y Essex desde la subida al trono de su padre, pero falleció en algún momento después del 851. Por tanto, el rey confió la autoridad regia a sus dos hijos mayores supervivientes: Etelbaldo, que ejercería su mandato en el antiguo corazón de Wessex, y Etelberto, que se encargaría de las provincias recién adquiridas en el este.[30]
Tras realizar estos arreglos, Etelwulfo partió en la primavera del 855. Según la Crónica Anglosajona, viajó «con gran boato», y los Anales de San Bertín relatan el modo en que Carlos el Calvo lo recibió con honores en Francia Occidental y lo escoltó a través de sus dominios. Todo el trayecto debió de llevarle un par de meses, por lo que Etelwulfo y su séquito habrían llegado a Roma en pleno verano.[31]
La ciudad había cambiado de un modo más que notable desde los días en que Cedwalla y Wilfrido la visitaron un siglo y medio antes. Durante el siglo VIII, su población había seguido menguando y, a la llegada de Etelwulfo, no debía de superar las treinta mil almas. Esto, aun así, la hacía muchas veces mayor que cualquier otra cosa que el rey o su séquito inglés hubieran visto antes. Como un historiador moderno ha señalado con acierto, Hamwic, el asentamiento más grande de Wessex, podría haber cabido dentro de las Termas de Caracalla. La ciudad, asimismo, se encontraba menos deteriorada de lo que habría estado hacia el año 700. En el periodo intermedio, los sucesivos papas restauraron muchos de los antiguos edificios públicos y agregaron otros nuevos, gracias a las generosas donaciones de soberanos extranjeros como Carlomagno y Offa. El añadido más reciente era una nueva cerca defensiva, una muralla de tres kilómetros en torno al Vaticano, encargada por el papa León IV a raíz de un ataque sarraceno del año 846.
A pesar de que sus muros eran más que visibles, el papa León no estaba cuando llegó Etelwulfo, pues había fallecido unas semanas antes, en concreto el 17 de julio. Puesto que transcurrirían varios meses antes de que pudieran consagrar a su sucesor, y entonces los pasos de los Alpes estarían
Página 189
cerrados, el rey y su séquito decidieron pasar el invierno en Roma, y tal vez rezaron en las muchas iglesias de la ciudad, visitaron las tumbas de Cedwalla e Ine, y entregaron valiosas ofrendas y regalos. Los registros papales prueban que estos incluían una corona de oro, un candelabro áureo y una espada enjoyada.[32]
En el verano del 856, más de un año después de su partida de Wessex, Etelwulfo partió de regreso a su hogar. Al igual que en su viaje de ida, recorrió las tierras de Carlos el Calvo, quien lo acogió durante varias semanas, en las cuales se produjeron dos sucesos extraordinarios. En primer lugar, Etelwulfo decidió casarse con Judit, la hija de Carlos. Su esposa anterior, Osburga, es probable que hubiera fallecido ya, lo que significa que no existía ningún impedimento para el nuevo matrimonio,
aunque la diferencia de edad —Etelwulfo tenía unos cincuenta años, Judit solo doce— pudo llamar la atención. En segundo lugar, le llegaron noticias impactantes del otro lado del Canal. El hijo mayor del rey, Etelbaldo, a quien había confiado el gobierno de Wessex, decidió no renunciar al cargo y conspiraba para impedir el regreso de su padre.[33]
Por desgracia, no podemos deducir a partir de las fuentes cuál de los dos sucesos ocurrió primero, por lo que resulta imposible establecer una relación de causa y efecto. Etelwulfo pudo enterarse de la sedición de su hijo y desposar a Judit para asegurarse el apoyo de los francos en su reclamación al trono. De igual modo, también podría ser que el rey decidiera casarse con Judit por algún otro motivo (diplomacia, prestigio, lujuria) y que la sorprendente noticia desencadenara la rebelión. Los últimos reyes de Wessex habían minimizado el rol político de sus esposas hasta el extremo de negarles el título de reina. Carlos el Calvo, no obstante, había insistido en que su hija recibiera todos los honores asociados a la realeza. Como explica el autor de los Anales de San Bertín, cuando al fin Judit se casó con Etelwulfo, el 1 de octubre del 856, fue coronada y consagrada, y su nuevo marido «le otorgó formalmente el título de reina, algo que hasta entonces no había sido habitual para él o entre su pueblo». Tal vez los hijos de Etelwulfo pudieron haberse preocupado de que su nueva madrastra, de tan solo doce años, a su debido tiempo, engendrara unos hermanastros con reclamaciones al trono más sólidas, dada su ascendencia regia.[34]
En cualquier caso, poco después de su enlace, Etelwulfo cruzó el canal de la Mancha con su nueva esposa para enfrentarse a su hijo rebelde. El
Página 190
único relato de lo que sucedió después se encuentra en la biografía de Alfredo el Grande a cargo de Asser, redactada unos cuarenta años más tarde, que lo describe como «un episodio vergonzoso […] sin precedentes en épocas anteriores». Etelbaldo había decidido hacer frente al regreso de su padre con la connivencia y el estímulo de algunos clérigos y nobles. Según el relato de Asser, parece que tuvo éxito. A su regreso, Etelwulfo recuperó el control de la parte oriental de su reino, formado por Kent, Sussex, Surrey y Essex, que había delegado en su hijo Etelberto. Como es obvio, fue incapaz de expulsar a Etelbaldo de la parte más antigua de Wessex. Asser, con benevolencia, lo achaca a la «enorme paciencia» de Etelwulfo, e insiste en que sus súbditos leales habrían estado dispuestos a expulsar a su hijo «arrogante» y «codicioso», si el viejo rey así lo hubiera querido. La explicación más plausible, sin embargo, es que Etelwulfo no tuvo más remedio que aceptar unos hechos consumados.[35]
Por tanto, la situación tras el regreso del rey debió de ser tensa y una reminiscencia de lo que sucedía en Francia, donde los desacuerdos entre la familia real habían propiciado la división y la guerra civil, lo que debilitó su capacidad militar para enfrentarse a los ataques vikingos. Etelwulfo estaba decidido a evitarlo y se esforzó por restaurar la concordia. Según Asser, hizo redactar un testamento, «para que sus hijos no pelearan innecesariamente entre ellos» después de su muerte. Su intención era que, una vez que él falleciera, el reino seguiría dividido: Etelbaldo gobernaría el corazón occidental de Wessex y Etelberto las tierras del este. Y esto es exactamente lo que sucedió cuando el anciano rey falleció poco después, en enero del 858: su hijo mayor retuvo el cargo que había usurpado y el menor ocupó el puesto que su padre dejó vacante.[36]
El hecho de que un reino expandido se dividiera no resulta sorprendente, porque así era como se habían arreglado las cosas desde que el rey Egberto se anexionó los reinos del sudeste más de treinta años antes. Etelwulfo había gobernado esas tierras recién adquiridas como virrey durante el reinado de su padre y su propio hijo, Atelstán, había hecho lo propio antes de su muerte prematura, a comienzos de la década del 850. Para que la voluntad del difunto rey pudiera imponerse, tuvo que ser sancionada por los magnates de ambos territorios, quienes debieron de considerar que tal división era una decisión sensata.[37]
Mucho más sorprendente fue que, apenas dos años después de la muerte de Etelwulfo, las dos mitades del reino se unieran de nuevo. Esto
Página 191
ocurrió en contra de los esfuerzos del hijo mayor, Etelbaldo, quien se apresuró a casarse para tener hijos con los que garantizar la sucesión. Por desgracia, eligió como esposa a la viuda de su padre, Judit, de catorce años, una decisión que escandalizó a los más respetuosos con la ley y a los más temerosos de Dios. Que un hijo se hiciera cargo del lecho matrimonial paterno, asegura Asser, estaba «en contra de la prohibición de Dios y de la dignidad cristiana, y también en contra de las prácticas de los paganos». Cabe imaginar que el nuevo rey estimó que la «gran desgracia», como la llamó Asser, sería compensada por el prestigio de contar con una princesa franca como reina, y que así sus propios vástagos tendrían más derecho a gobernar que cualquiera de sus hermanos menores.[38]
Sin embargo, en los primeros meses del 860, antes de poder engendrar, Etelbaldo pereció por causas desconocidas. La expectativa general tal vez pudo ser que el trono de la antigua Wessex pasara a Etelredo, el cuarto hijo de Etelwulfo, pero los nobles del reino se opusieron, quizá porque lo consideraban demasiado joven para gobernar por derecho propio. En su lugar, recurrieron a su hermano mayor, Etelberto, que ya reinaba en Kent, Sussex, Surrey y Essex, y lo eligieron para que también lo hiciera sobre Wessex. Contra toda expectativa y sin tener en cuenta la última voluntad del viejo monarca, el reino expandido se había restaurado.[39]
Los nobles de Wessex prefirieron a un gobernante experimentado, probablemente a causa de la amenaza vikinga. Hasta donde podemos precisar, el reino había marchado bien durante el periodo de conflictividad dinástica y se salvó de cualquier ataque nórdico de entidad. El único registrado en la Crónica Anglosajona, tras la peregrinación de Etelwulfo, ocurrió en la primavera del 860, durante la reunificación del reino, cuando «una gran fuerza naval llegó tierra adentro y asaltó Winchester». El saqueo de otra ciudad amurallada, hasta entonces considerada segura, debió resultar inquietante, aunque después los sajones occidentales actuaron de un modo eficiente. Como explica Asser, cuando los asaltantes regresaban a sus barcos, cargados con el botín, fueron atacados por las levas dirigidas por los ealdormen de Hampshire y Berkshire. «Los paganos fueron masacrados por todos lados —dice Asser con entusiasmo—, y cuando ya no pudieron resistir más, huyeron como mujeres, y los cristianos señorearon el campo de batalla».[40]
Página 192
Este grupo de vikingos procedía del otro lado del canal de la Mancha, donde los sucesos de los últimos cinco años habían sido muy distintos. En Francia, como dejan claro los Anales de San Bertín con tono sombrío, las flotas escandinavas actuaron a su antojo a lo largo de la costa y los principales ríos, saqueando e incendiando ciudades como Orleans, Tours, Noyon, Amiens, Chartres y París. La lista de fallecidos de alto rango era extensa. Los obispos de Bayeux y Noyon habían muerto, mientras que el prelado de Chartres se había ahogado cuando intentaba escapar a nado por el río Eure. Los escandinavos se fueron dando cuenta de que podían obtener enormes cantidades de dinero si capturaban rehenes o exigían oro a cambio de no desatar la muerte y la destrucción; en el 858, por ejemplo, apresaron al abad de Saint-Denis y demandaron un rescate tan colosal que todos los tesoros de la Iglesia, y también de la nobleza, tuvieron que vaciarse para poder satisfacerlo.[41]
En el 862, sin embargo, se produjo un punto de inflexión esencial, cuando Carlos el Calvo derrotó a una hueste vikinga que asolaba el curso del río Marne, un afluente del Sena, al este de París. A medida que remontaban el río, los vikingos destruyeron todos los puentes, pero Carlos y sus consejeros tuvieron la idea de reconstruir el de Isles-lès-Villenoy y desplegar en ambas orillas a las tropas (es de suponer que armadas con arcos u otros proyectiles). Cuando los nórdicos trataron de navegar río abajo, descubrieron que el camino estaba bloqueado y se hallaban a merced de sus enemigos. Tan efectiva resultó la estratagema que los asaltantes se vieron obligados a entregar rehenes, devolver a todos los cautivos y jurar que abandonarían el reino; incluso prometieron persuadir a otros vikingos que operaban en el Sena para que hicieran lo mismo, y luchar contra ellos si se negaban.
El éxito de tal estrategia en el Marne hizo que Carlos concibiera algo más grande: una fortificación en el Sena para desbaratar nuevos ataques vikingos. Más adelante, ese mismo año, como explican los Anales de San Bertín, el rey «hizo que todos los magnates de su reino se reunieran hacia el 1 de junio, con muchos trabajadores y carros, en el lugar llamado Pîtres, donde el Andelle por un lado y el Eure por el otro desembocan en el Sena». Esta confluencia también fue la ubicación de Pont-de-l’Arche, el primer puente sobre el Sena que encontrarían los barcos que remontasen el río desde el mar. Carlos se dispuso a fortificar el puente construyendo defensas en ambas orillas. Sin duda fue una empresa de enorme entidad: el
Página 193
rey seguía demandando mano de obra para su construcción dos años después y el trabajo prosiguió durante el resto de la década. No tuvo un éxito completo, ya que hubo una nueva incursión por el Sena en el 865, pero hizo que tales incursiones fueran más difíciles y mostró la determinación de Carlos de defender su reino. Como consecuencia, algunos escandinavos comenzaron a prestar atención al otro lado del Canal.[42]
El rey Etelberto, afirma la Crónica Anglosajona, había gobernado Wessex «en buena armonía y en buena paz» desde que reunificó el reino en el 860. Los primeros síntomas de que esta tranquilidad estaba a punto de esfumarse llegaron a finales del 864, cuando una hueste vikinga ocupó la isla de Thanet y exigió dinero a la gente de Kent con amenazas. Los lugareños, dice la Crónica, consintieron para obtener la paz, pero resultó ser una artimaña: tras acordar los términos, los invasores se abrieron paso tierra adentro al amparo de la oscuridad y devastaron la parte oriental del antiguo reino. Semejante ultraje exigía una respuesta enérgica por parte del rey, pero cualquier posible represalia quedó abortada por la muerte de Etelberto en el 865. Le sucedió su hermano menor, Etelredo I, que había sido ignorado cinco años antes y entonces heredó todo el reino.[43]
Etelredo apenas había tenido tiempo de tomar las riendas del poder cuando se produjo una amenaza aún mayor. En el otoño del 865, dice la Crónica, «la tierra de los ingleses» fue invadida por «un gran ejército pagano». Su lugar de origen no está claro. Sin duda, una parte de sus efectivos procedían de la hueste que había acampado en Thanet el año anterior; visto en retrospectiva, esa ocupación pudo ser una acción previa a la campaña principal. Otros guerreros debieron de venir de Francia Occidental, dado que Carlos el Calvo había reforzado las defensas del Sena. Y también hubo, por supuesto, vikingos que acudían directamente de Escandinavia. Una traducción latina del siglo X de la Crónica Anglosajona afirma que el ejército estaba dirigido por un tirano llamado Ivar que «vino del norte». La tradición posterior lo identifica con Ivar el Deshuesado, un hijo del legendario Ragnar Lodbrok. Puede que fuera el mismo Ivar que operaba en Irlanda a mediados del siglo IX, aunque desaparece de las crónicas irlandesas en ese momento.[44]
Página 194
Más allá de describir al ejército pagano como «grande» (micel), la Crónica Anglosajona no nos da una idea de su tamaño. Sin embargo, su extraordinaria magnitud está implícita en sus tácticas y su ambición. Los invasores, nos dice el cronista, establecieron su campamento de invierno en Anglia Oriental e hicieron las paces con los anglos del este. En otras palabras, aceptaron dinero y tesoros de los habitantes de dicho reino a cambio de no devastar su tierra y apoderarse de ella. Aunque en esta ocasión sus demandas no se limitaron al oro y la plata. La Crónica agrega que también se les entregó caballos, una evidencia de que su estrategia y sus objetivos eran novedosos. No se trataba de un simple grupo de asalto, ni siquiera de una fuerza de ocupación que deseaba permanecer allí durante una temporada o dos hasta que se agotaran las riquezas del territorio. Se trataba de un ejército de conquista que planeaba apoderarse de reinos enteros.[45]
Transcurrido un año en Anglia Oriental, acumulando suministros y reuniendo todas sus fuerzas, el gran ejército partió en el otoño del 866 hacia Northumbria. Su principal objetivo era York, que cayó el 1 de noviembre. Prácticamente no sabemos nada sobre Northumbria o Anglia Oriental durante el siglo IX —los documentos o anales que pudieron redactarse en ambos reinos debieron perderse a causa de la devastación vikinga—, aunque la Crónica Anglosajona nos informa de que en Northumbria reinaba la anarquía incluso antes de la llegada del gran ejército. El rey Osberto, dice el cronista, había sido depuesto por Aella, «un rey sin derechos por herencia», y como resultado «hubo una gran guerra civil». Estas querellas facilitaban la labor a los vikingos e incluso pudieron ser el motivo de que marcharan contra Northumbria.
Para la primavera del año nuevo, los dos reyes rivales habían soslayado sus diferencias para enfrentar juntos la amenaza vikinga. En marzo del 867, sus fuerzas combinadas marcharon sobre York, lo que provocó que los escandinavos se refugiaran dentro de los muros. Aprovechando esta ventaja, los northumbrios irrumpieron en la ciudad, solo para ser despedazados por quienes estaban dentro. Los dos reyes perecieron. Según las sagas posteriores, redactadas en los siglos XIII y XIV, Aella fue sometido a la horrible tortura del «águila sangrienta», en la que los pulmones de la víctima se extraían de la caja torácica abierta y se colocaban en torno a su cuello, de modo que se asemejaban a las alas plegadas de un águila. Los amantes del morbo se sentirán decepcionados
Página 195
al saber que no existe ninguna evidencia coetánea sobre esta práctica. Parece ser un ejercicio de imaginación basado en un cuestionable verso del siglo XI, que bien podría significar que el cadáver de Aella fue pasto de las águilas.[46]
Tras ocupar Anglia Oriental y conquistar Northumbria, los líderes vikingos dirigieron su atención sobre Mercia. En el otoño del 867, el gran ejército pagano se abrió paso hacia el sur, a lo largo del río Trent, hacia el corazón de las Tierras Medias, y estableció su campamento de invierno en Nottingham. El afloramiento de roca arenisca situado en el centro de la ciudad moderna, donde después se asentaría el castillo de Nottingham, contaba ya con una fortaleza en esta época que los vikingos debieron tomar, como habían hecho en York. Una vez más, la entidad de la amenaza que suponía este ejército queda manifiesta por la reacción de Burgred, rey de Mercia, y sus consejeros, quienes asumieron que no podían derrotar solos a los invasores y pidieron la ayuda de Wessex.[47]
Puede parecer sorprendente, dada la larga enemistad entre los dos reinos. Egberto de Wessex había invadido y conquistado Mercia en el 829, pero durante las décadas intermedias la relación entre ambos había mejorado a medida que crecía la amenaza vikinga. A Mercia le fue algo mejor que a Northumbria o Anglia Oriental respecto a la conservación de documentos, por lo que el silencio no es del todo absoluto. Sabemos por la Crónica Anglosajona que la costa oriental de Mercia (el antiguo reino de Lindsey) fue devastada en el 841, y uno de los documentos de Burgred se emitió «cuando los paganos estaban en la provincia de Wrekin», lo que evidencia que los vikingos habían penetrado tierra adentro hasta Shrewsbury, quizá navegando por el río Severn. Bajo esta amenaza común, Mercia y Wessex habían comenzado a colaborar. En el 853, Burgred le había pedido a Etelwulfo que se uniera a él en una expedición contra los galeses, y ese mismo año el rey de Mercia se había casado con Etelswita, la hija de Etelwulfo.[48]
Por tanto, en el 867, la demanda de ayuda de Burgred iba dirigida a su cuñado Etelredo, quien respondió a la llamada y condujo sus tropas a Mercia. Juntos marcharon con sus fuerzas combinadas a Nottingham y sitiaron el campamento vikingo, aunque sin éxito. «Los paganos —explica Asser—, amparados por la protección de la fortaleza, se negaron a dar batalla y los cristianos no pudieron derribar el muro». El resultado fue una paz no concluyente entre los dos bandos. Etelredo dirigió sus fuerzas de
Página 196
regreso a Wessex y los vikingos se retiraron a York, donde permanecieron durante el año siguiente.[49]
Fue hacia finales del 869 cuando el gran ejército pagano reanudó su campaña al sur del Humber; marcharon a través de Mercia y hacia Anglia Oriental, donde establecieron un campamento de invierno en Thetford. Esta vez no se habló de paz y los anglos del este debieron darse cuenta, tras la caída de Northumbria, de que el destino de su propio reino estaba amenazado. Su rey, Edmundo, presentó batalla a los invasores y luchó ferozmente. «Pero, por desgracia —dice Asser—, pereció allí junto a un gran número de sus hombres y los paganos se regocijaron triunfalmente». Al igual que en el caso de Aelle de Northumbria, los relatos que presentan a Edmundo como la víctima de un sacrificio pagano —en este caso, atado a un árbol y utilizado para prácticas de tiro con arco—, surgieron después y pueden descartarse con total seguridad. Aun así, Edmundo fue considerado un mártir cristiano poco después de su deceso y, a mediados del siglo X, sus restos se trasladaron a la hacienda real que sería conocida como Bury St Edmunds. Cualquiera que fuese la forma de su muerte, esta supuso el fin del reino de Anglia Oriental. Después de su victoria, nos dice la Crónica, los vikingos «conquistaron toda la tierra».[50]
Al año siguiente, dirigieron por fin su atención sobre Wessex. Su primer movimiento fue cruzar el río Támesis en Reading, donde, como de costumbre, establecieron un campamento de invierno. Reading se asienta en una lengua de tierra entre el Támesis y un afluente, el Kennet, y los vikingos defendieron el único acceso mediante la construcción de un muro entre los dos ríos, un terraplén de una longitud aproximada de medio kilómetro. Mientras algunos se afanaban en esta labor, el resto cabalgó para saquear la campiña circundante. En Englefield, a unos nueve kilómetros al oeste de Reading, se toparon con el ealdorman local y sus seguidores, quienes los derrotaron en batalla. Perecieron un gran número de escandinavos, incluido uno de sus líderes, lo que provocó que el resto huyera.
Cuatro días después, sin duda alentado por este temprano éxito, el rey Etelredo marchó con sus fuerzas a Reading y atacó el campamento vikingo. Combatieron hasta el muro recién excavado, segando la vida de los invasores que encontraron afuera. Pero el rey y sus hombres no habían contado con la furia de los que aún estaban dentro de la fortaleza. «Como lobos —dice Asser—, salieron por todas las puertas y se unieron a la
Página 197
batalla con todas sus fuerzas». Ambos bandos lucharon con fiereza, prosigue el cronista, pero fueron los paganos quienes al final lograron la victoria.[51]
Afligido y avergonzado por su derrota, dice Asser, Etelredo y su ejército lo intentaron de nuevo cuatro días después, y atacaron a los vikingos en un lugar llamado Æscedun o Ashdown, probablemente algún lugar de las colinas que se alzan al oeste de Reading. Asser describe el enfrentamiento como una batalla planificada y ejecutada con minuciosidad, en la que ambos bandos dispusieron sus tropas formando muros de escudos. Los paganos, dice, disfrutaban de la ventaja de un terreno más elevado, pero los cristianos luchaban por sus vidas, sus seres queridos y su tierra. Los dos ejércitos chocaron con un rugido ensordecedor y lucharon encarnizadamente durante un largo tiempo. Por voluntad de Dios, dice Asser, fueron los invasores quienes flaquearon primero, y cuando la mayor parte de su fuerza fue aniquilada, el resto «se dio a la fuga ignominiosa».[52]
Esto pudo suceder en enero del 871 y los sajones occidentales debieron pensar que tenían a los invasores contra las cuerdas. La horda pagana que había entrado en el reino unas semanas antes no debía de ser tan grande como la que había destruido Northumbria tres años atrás, o Anglia Oriental el invierno anterior. Algunos vikingos debieron de permanecer en esas regiones para sofocar cualquier resistencia local e Ivar, el más destacado de sus líderes, parece haber regresado a Irlanda. El ejército que había llegado a Wessex estaba dirigido por dos reyezuelos paganos, uno llamado Bacgsecg y el otro Halfdan, que era hermano de Ivar. El primero había perecido en la reciente batalla de Ashdown, junto a cinco de sus subalternos o jarls. Y, en la huida que se produjo a continuación, muchos otros fueron abatidos por la espalda, pues los cristianos los persiguieron y mataron hasta el anochecer. Cuando salió el sol a la mañana siguiente, había «muchos miles» de vikingos muertos, dice Asser, «esparcidos por todas partes sobre la amplia llanura de Ashdown, a lo largo y ancho».[53]
Cuando Etelredo y su ejército se enfrentaron a los supervivientes quince días después, debía de parecer más un acto de limpieza que otra lucha existencial. Los dos ejércitos se enfrentaron en Basing, a unos veinticuatro kilómetros al sur de Reading, en lo que Asser describe como una batalla larga y violenta. Aunque, de forma sorprendente, dada la
Página 198
cantidad de bajas recientes, fueron los escandinavos quienes «obtuvieron la victoria y fueron los dueños del campo de batalla».
Pasaron dos meses, dice la Crónica Anglosajona, antes de que los dos bandos se encontraran de nuevo en un lugar desconocido llamado Mæredun. La lucha se prolongó hasta bien entrada la jornada y hubo una gran matanza en ambos bandos, pero una vez más los paganos se mantuvieron firmes y los cristianos se vieron obligados a retirarse. Muchos sajones occidentales notables, dice la Crónica, perecieron en el encuentro.
Llegados a este punto, debía ser evidente que los vikingos no iban a ser desalojados de Wessex con tanta facilidad como había sugerido su derrota en Ashdown. Los dos bandos habían sufrido pérdidas significativas y la merma en las filas de los sajones pudo haber comenzado a notarse. Luego vinieron dos duros golpes que debieron desesperar a los cristianos. En primer lugar, hacia la Pascua del 871, una nueva flota vikinga llegó de ultramar y remontó el Támesis, donde se unió a las fuerzas acantonadas en Reading. No cabe duda de su magnitud, ya que la Crónica Anglosajona lo llama «un gran ejército de verano». Luego, poco después de Pascua, murió el rey Etelredo y su reinado se vio interrumpido por causas desconocidas tras cinco turbulentos años.[54]
El cadáver del rey fue llevado al oeste, a Dorset, para sepultarlo en la catedral de Wimborne. Aún más a occidente, en el mismo condado, sus hermanos mayores Etelbaldo y Etelberto yacían juntos en sus tumbas de Sherborne, tras haber concluido sus reinados de un modo igual de prematuro. Cuatro de los hijos del rey Etelwulfo yacían bajo tierra y, a pesar de su peregrinaje a Roma en favor de las almas de sus súbditos, la aterradora visión narrada treinta años antes al fin se había hecho realidad. Los paganos asolaban la tierra a fuego y espada, y masacraban sin piedad al pueblo cristiano.[55]
La magra esperanza que aún les quedaba se hallaba en manos del único hijo de Etelwulfo que sobrevivía: Alfredo.
Página 199
Resurrección 6
Alfredo el Grande y la forja de Inglaterra
Página 200
esulta muy gratificante que el monumento más antiguo dedicado a Alfredo el Grande en Wessex sea un pub, que además es uno de los más antiguos Rdelmundo. Alfredo nació en Wantage, donde se cambió de nombre a la escuela en su honor en 1850, y se le dedicó una estatua en 1876. Aunque fue en 1763, décadas antes de esas conmemoraciones victorianas, cuando John y Elizabeth Stevens anunciaron con orgullo en la prensa local que habían «abierto recientemente una nueva
taberna en Wantage, conocida por el letrero de Alfred’s Head». La pareja aseguraba a los lectores que su nuevo establecimiento estaba «gentilmente equipado» y prometió a los potenciales clientes que «pueden estar seguros de que recibirán un trato cortés». El sábado 17 de septiembre se inauguró el King Alfred's Head Inn con un concierto, seguido de un baile para las damas. El pub todavía existe en la actualidad, un edificio catalogado como un bien de interés de grado II que aún figura bajo el mismo nombre, aunque en la actualidad se organizan concursos de preguntas y tardes de micrófono abierto.[1]
Los Stevens se encontraban entre los primeros ingleses en mostrar, o explotar, el creciente entusiasmo por Alfredo que se extendía por todo el país hacia mediados del siglo XVIII. El 1 de agosto de 1740, por citar un ejemplo temprano e influyente, Federico, príncipe de Gales, celebró el tercer cumpleaños de su hija con un baile de máscaras en Cliveden, su ciudad natal en Buckinghamshire. Bajo el sencillo título de Alfred, este gran espectáculo musical concluyó con una canción patriótica, una reciente composición acerca de las legendarias victorias navales de Inglaterra, conocida como Rule, Britannia! Hacia esa misma época, Allen Bathurst, un lord inglés, decidió cambiar el nombre del falso castillo medieval que había construido unos años antes en su parque de Cirencester, pasando de King Arthur’s Castle a Alfred's Hall. (Este edificio, hoy muy deteriorado, parece ser el monumento más antiguo dedicado al rey Alfredo). En las décadas siguientes, comenzaron a surgir toda clase de extravagancias dedicadas a la memoria de Alfredo el Grande. A finales del siglo XVIII, también se convirtió en el protagonista de obras de teatro, novelas, pinturas, canciones y poemas, y en el siglo XIX tales producciones se multiplicaron hasta lo indecible. Cuando, en 1901, el conde de Rosebery inauguró una nueva estatua de Alfredo en Winchester, para conmemorar lo que por entonces se suponía que sería el milésimo aniversario de la muerte de este rey anglosajón, lo describió como
Página 201
«Alfredo el bueno, Alfredo el que dice la verdad, Alfredo el padre de su patria y de la nuestra».[2]
Como sugiere el surgimiento de esta Alfredomanía en el siglo XVIII, gran parte de todo ello fueron invenciones modernas: las virtudes que se consideraban patrióticas y dignas de elogio en las épocas georgiana y victoriana se proyectaban hacia un remoto rey del siglo IX. A diferencia de Carlomagno, a quien sus contemporáneos apodaron Carlos el Grande, Alfredo jamás fue llamado magnus en vida. El primer uso registrado de tal apelativo se encuentra en la Chronica Majora de Mateo de París, redactada en el siglo XIII, y, a pesar de que el autor aseguraba que se trataba de una denominación común, no existe constancia de que se volviera a usar durante los tres siglos siguientes. De hecho, no fue hasta la publicación en 1709 de una biografía titulada Alfredo el Grande cuyo famoso sobrenombre se hizo verdaderamente popular.[3]
Para ser justos, los elogios modernos dedicados a Alfredo no carecen de fundamento. Tuvo la buena fortuna de protagonizar una biografía contemporánea, la Vida del rey Alfredo, escrita por Asser, un obispo galés, ya mencionada en capítulos anteriores. Asser residió durante largos periodos de tiempo en la corte de Alfredo, por lo que logra aportar una visión fascinante y cercana al rey, de una naturaleza que no conocemos para ningún otro monarca anglosajón. Al mismo tiempo, su obra no está exenta de problemas; el más obvio supone que, como biógrafo oficial, Asser colma de elogios al protagonista de su obra y lo presenta bajo una luz siempre favorecedora. Como todos los panegíricos, su tratamiento de Alfredo requiere un análisis minucioso y escéptico. Aunque la mayor dificultad al respecto es que no nos ha llegado ninguna versión original de la obra del obispo galés. Una copia realizada a principios del siglo XI sobrevivió durante setecientos años, pero fue destruida cuando la Biblioteca Cotton se incendió en 1731 (justo en el momento en que la pasión por Alfredo comenzaba a surgir). La pérdida del único manuscrito medieval conocido nos hace depender de copias imperfectas realizadas a principios de la era moderna que fueron «mejoradas» mediante la adición de materiales no auténticos. La célebre historia que presenta a Alfredo quemando los pasteles,[*] por ejemplo, en parte se hizo popular porque se creía que había sido escrita por Asser, aunque en realidad se trata de una leyenda posterior insertada en el siglo XVI. La inexistencia de un manuscrito original incluso ha alimentado las teorías de que la Vida del rey
Página 202
Alfredo no es una obra contemporánea, sino una falsificación de finales del siglo X.[4]
La mayoría de los especialistas han creído infundada la hipótesis de una falsificación y el consenso actual parece decantarse en favor de Asser.
[5] Sin embargo, los debates sobre la figura de Alfredo continúan. Durante mucho tiempo se atribuyó a este rey la traducción de varios libros, lo que le situaba siglos por delante del siguiente rey literato de Gran Bretaña, Jacobo I.[6] Pero en los últimos años esto también ha sido cuestionado por un profesor de Oxford que publicó un artículo titulado «¿Escribió algo el rey Alfredo?».[7] De un modo similar, en la década de 1970 se discutió que Alfredo fuera el responsable del trazado de las calles de Winchester, pero una investigación arqueológica más reciente sugiere que lo más probable es que sea obra de sus predecesores.[8] Asser elogia la generosidad de su patrón hacia la Iglesia, pero los monjes de Abingdon recordaban al rey como el saqueador de sus tierras y lo tachan de «Judas».[9] Todo lo cual plantea una pregunta obvia pero crucial: ¿de verdad Alfredo fue tan grande? Está claro que uno de los principales defensores de la grandeza de Alfredo fue él mismo. Nacido en el 848, o quizá un año después, Alfredo era el último de los cinco hijos del rey Etelwulfo de Wessex, pero estaba decidido a convencer a los demás de que él no era el menor. Según Asser, cuando era niño, Alfredo «superó a todos sus hermanos, tanto en sabiduría como en todos los buenos hábitos». Al parecer era más guapo, mejor hablado, más educado, mejor cazador y guerrero. En consecuencia, insiste el biógrafo del rey, fue «muy amado, más que todos sus hermanos, por su madre y su padre, y de hecho por todos, con un amor universal y profundo».[10]
Página 203
Figura 17: La estatua del rey Alfredo en Wantage. © Greg Balfour Evans / Alamy fotografías de archivo.
Un factor que hizo que Alfredo se sintiera favorecido por encima de sus hermanos mayores fue que, durante su infancia, había visitado Roma en dos ocasiones distintas. En el 855, a la edad de seis o siete años, había viajado a la Ciudad Eterna en compañía de su padre, que realizó su célebre peregrinaje. Aunque Alfredo también hizo el mismo viaje dos años antes, cuando apenas tenía cinco años, como parte de la embajada que Etelwulfo había enviado a la Ciudad Santa antes de su propia llegada. Los motivos de que fuera enviado a una edad tan temprana suponen un enigma. Pudo ser un intento paterno de obtener el reconocimiento papal sobre los
Página 204
derechos del niño a ceñir la corona, para evitar que sus hermanos mayores obligaran a Alfredo a vestir los hábitos después. En una carta dirigida a Etelwulfo, el papa León IV le informa de que había honrado a Alfredo con la espada y la túnica de un cónsul romano. Más adelante en su vida, una vez que sobrevivió a todos sus hermanos mayores y accedió al trono, Alfredo obviamente consideró esta investidura papal como una suerte de predestinación, cuando Asser afirma que el papa lo había ungido como futuro rey.[11]
El otro atributo que hacía de Alfredo alguien especial era su mala salud. Asser explica que, cuando era joven, Alfredo se mostraba «incapaz de abstenerse del deseo carnal» y temía que esto provocase el reproche divino. Así que a menudo se levantaba al amanecer para visitar las iglesias y rezar, rogando verse atormentado por alguna enfermedad que suprimiera tales apetitos, pero que fuera lo bastante tolerable como para poder soportarla. Dios complació a Alfredo otorgándole hemorroides, una condición con la que el futuro rey luchó durante «muchos amargos años». Al fin, cuando halló excesivos los padecimientos, demandó una nueva enfermedad, algo que no se mostrase al exterior, y se descubrió sanado. Pero, por desgracia para Alfredo, fue solo una pausa temporal en su sufrimiento. Cuando tenía diecinueve años, fue asaltado por otra dolencia más misteriosa. Le sobrevino por primera vez en el 868, con motivo de su matrimonio con Etelswita, la hija de un noble de Mercia. Después de un festejo de bodas que duró un día con su noche, dice Asser, Alfredo se vio afectado por un fuerte dolor, desconocido para los médicos que estaban presentes. Algunos pensaron que era el regreso de sus almorranas, pero otros sospecharon que se trataba de algo más siniestro: una fiebre misteriosa, brujería o el diablo. Un investigador moderno ha sugerido que pudo ser la enfermedad de Crohn, aunque, por supuesto, resulta imposible precisar un diagnóstico desde semejante distancia temporal. El hecho de que su nueva enfermedad estallara por primera vez durante la noche de bodas sugiere que podría ser psicológica, relacionada con las ansiedades respecto al sexo que había experimentado en su temprana adolescencia. Sea lo que fuere, lo padeció mucho tiempo, pues le castigó de forma periódica hasta los últimos años de su vida, algo que él interpretó como una tara enviada por Dios para ponerlo a prueba. En más de una ocasión, Asser relaciona los «ataques salvajes» de la enfermedad de Alfredo con los implacables asaltos de sus enemigos, los vikingos.[12]
Página 205
En el 871 Alfredo se había convertido en rey, en un momento de profunda crisis. El gran ejército pagano, que había invadido Britania seis años antes, resultaba casi imparable. Mercia, con la ayuda de Wessex, había logrado contener a los vikingos y negociar una tregua, pero Northumbria y Anglia Oriental habían caído, y el destino de sus reyes constituía una terrible advertencia para otros gobernantes. Cuando los daneses se mudaron a Wessex en el invierno del 870, los caudillos locales se defendieron con una furia desesperada: Asser describe a Alfredo luchando en Ashdown «como un jabalí». Esa batalla supuso una victoria para los sajones occidentales y un momento de júbilo, tras el cual dio la impresión de que los vikingos tendrían que retirarse. Pero los enfrentamientos prosiguieron, los defensores fueron derrotados y una nueva flota vikinga remontó el Támesis hasta Reading para reforzar a la hueste pagana. Fue en este momento crítico, en la primavera del 871, cuando el rey Etelredo falleció.
[13]
El problema no era únicamente la pérdida de otro rey de Wessex —el cuarto en trece años—, sino el hecho de que las élites guerreras del reino también se habían reducido de forma significativa. De entre ellas, ciertamente solo figuraba un ealdorman, mencionado por la Crónica, pero las muertes de otros pueden no estar registradas. Había otros notables, guerreros que poseían extensas haciendas y que eran los líderes de la sociedad local, que debieron perecer en gran número. El término empleado de un modo laxo para tales hombres era thegns, una palabra que en un principio significaba «sirviente», pero que había adquirido connotaciones nobiliarias. En esencia, los thegns eran el equivalente anglosajón de los caballeros medievales de épocas posteriores, y aquellos que servían al rey resultaban comparables a los caballeros de la casa real. Durante su mocedad residían en la corte del rey, actuaban como su guardaespaldas y cenaban con él en su salón. Después de haberle servido durante varios años, serían recompensados con tierras y asumirían el papel de la nobleza rural, colaborando en el gobierno de las provincias, aunque se esperaba que pasasen un tercio de su tiempo atendiendo al rey en persona.[14]
Asser colma de elogios a estos guerreros de élite de Wessex, así como el valor que demostraron durante la invasión vikinga del 870-871. «Los ealdormen de esta raza —dice—, con sus hombres, y también muchos
Página 206
thegns del rey, habían luchado sin cesar y con determinación contra los paganos». No obstante, se produjeron tantas batallas y escaramuzas, explica, que tales guerreros habían sido «prácticamente aniquilados». Alfredo, afirma su biógrafo, «ya había sufrido grandes pérdidas humanas mientras sus hermanos aún vivían». Todo lo cual podía ser cierto, aunque para Asser resultaba esencial enfatizar el alcance de las pérdidas, para explicar por qué el reinado de Alfredo comenzó con una nueva derrota. Un mes después de su ascensión al trono, el nuevo soberano, «victorioso en prácticamente todas las batallas», se enfrentó a la hueste vikinga en Wilton, el centro de poder regio que daría nombre a Wiltshire. Lo hizo, según su biógrafo, «casi de mala gana», porque sus efectivos eran muy reducidos. Tanto él como sus hombres lucharon con fiereza y parecían estar a punto de vencer a la hueste pagana, mucho más numerosa, que les había dado la espalda y comenzaba a huir, pero los daneses se reagruparon, atacaron de nuevo y se convirtieron en los dueños del campo de batalla.
Después de tantos esfuerzos tratando de cuadrar el círculo y justificar la derrota de Alfredo, Asser resume en pocas palabras sus consecuencias, limitándose a señalar que «los sajones hicieron las paces con los paganos, a condición de que los dejaran en paz; y eso hicieron». Pero cualquier paz tras ser derrotado en batalla tenía un precio, lo que significa que los vencidos tuvieron que pagar un enorme tributo. Es muy improbable que los vikingos hubieran aceptado el pago en moneda. Décadas de incursiones habían devastado la economía del sur de Britania y provocado el colapso del comercio internacional. Como resultado, las acuñaciones de Mercia y Wessex, que alguna vez estuvieron cerca de ser plata pura, se habían devaluado de un modo ostensible: al comienzo del reinado de Alfredo, el contenido argénteo de sus monedas ascendía a un lamentable dieciséis por ciento. Por tanto, el tributo debió estar compuesto por
artículos más valiosos —anillos, torques, empuñaduras de espada, cálices, candelabros y cruces— reunidos en grandes cantidades. Tras obtener lo máximo que pudo, el ejército pagano se retiró de Wessex, según lo acordado, y ocupó Londres para pasar el invierno.[15]
Con independencia de los términos de paz alcanzados en el 871, habría resultado ingenuo por parte de Alfredo y sus consejeros esperar que pagar
Página 207
a los vikingos a fin de que se retirasen les ofrecería algo más que un respiro temporal. Por suerte para ellos, la atención del ejército pagano se trasladó a una rebelión en Northumbria. Tras conquistar el reino del norte en el 867 y matar a los dos reyes rivales, la hueste danesa había regresado a Anglia Oriental en busca de más botines, dejando Northumbria al cuidado de un nativo anglosajón llamado Egberto. Pero, en el 872, los northumbrios expulsaron a este rey títere y lo reemplazaron con un gobernante de su propia elección, llamado Ricsige.[16]
Esta revuelta forzó a los vikingos a regresar al norte. Ese otoño abandonaron Londres y acamparon en Torksey, a unos dieciséis kilómetros al noroeste de Lincoln. Este enclave, por entonces una isla del río Trent, ha sido identificado y excavado en las últimas décadas. Se extendía sobre cincuenta y cinco hectáreas, lo que refuerza la impresión de que el gran ejército debía contar con varios miles de integrantes. La enorme cantidad de hallazgos —más de 350 monedas y casi 300 fichas de juego— apunta hacia la misma conclusión. Más de un tercio de las monedas eran dírhams de Oriente Próximo, lo que evidencia el alcance de sus redes comerciales. Los escandinavos también acuñaban en el propio yacimiento y fabricaban otros objetos de metal, como brazaletes. Vale la pena señalar que no se trata de tesorillos, objetos enterrados de forma deliberada, sino de un cúmulo de pérdidas accidentales. Como los arqueólogos concluyeron, tales pérdidas implican que «el saqueo se estaba realizando a gran escala».[17]
Algunas de las monedas en Torksey procedían de Northumbria, por lo que quizá el ejército atacó el reino norteño en el invierno del 872. Sin embargo, al año siguiente, dirigieron su atención a Mercia, remontando el Trent hasta Repton. La catedral de esta localidad parece que fue construida por Etelbaldo, el gran rey del siglo VIII, cuyos restos mortales yacían en la cripta, junto con los de Wíglaf, su sucesor del siglo IX. Los vikingos ocuparon la iglesia e incorporaron la torre al nuevo recinto defensivo. También utilizaron el camposanto para enterrar a sus propios muertos: las excavaciones realizadas en el jardín de la actual casa del párroco descubrieron una fosa común con al menos 264 individuos que habían perecido a principios de la década del 870. La mayoría eran hombres, con edades comprendidas entre los dieciocho y los cuarenta y cinco años, aunque algo menos de una quinta parte eran mujeres, posiblemente sus cónyuges escandinavas o mujeres locales que habían sido secuestradas.[18]
Página 208
La ocupación de Repton anunciaba la caída de Mercia. «Conquistaron toda esa tierra», dice la Crónica Anglosajona. El rey Burgred, que había gobernado el territorio merciano durante veintidós años, marchó al exilio junto con su consorte Etelswita, la hermana mayor de Alfredo. Juntos se dirigieron a Roma, quizá en busca de la ayuda divina, pero ninguno de los dos regresó, pues ambos fallecieron en Italia en una fecha posterior. Como sustituto de Burgred, los vikingos eligieron a un nuevo rey, Celwulfo. La Crónica lo tacha de ser el «thegn de un rey bobo» y, a pesar de los intentos modernos de explicar la situación en la que fue elegido, es difícil concebir que fuera algo más que un títere vikingo. «Les juró lealtad y entregó rehenes», dice la Crónica, tras prometer que Mercia sería suya cuando quisieran, «y que él y sus seguidores estarían listos para servir al enemigo».[19]
La caída de otro reino anglosajón y la presencia de un ejército vikingo en su frontera norte suponían un mal presagio para Alfredo: Burgred había «hecho las paces» con los vikingos solo cinco años antes de que decidieran derrocarlo. Pero, una vez más, Wessex tuvo suerte. Parece probable que durante el transcurso de la lucha por Mercia, los daneses perdieran algunos de sus líderes. Los enterramientos de Repton se realizaron como para honrar a algún gran guerrero caído, y otros túmulos funerarios cercanos nos llevan a la misma conclusión. Quizá por esta razón estallaron disputas entre los supervivientes y el gran ejército pagano se dividió. Uno de sus primeros líderes, Halfdan, reunió sus fuerzas y marchó a Northumbria, donde estableció un campamento junto al río Tyne, desde donde acosaron y saquearon a los pictos y los britanos de Strathclyde. Los otros líderes, llamados Guthrum, Oscetel y Anwend por la Crónica, decidieron permanecer en el sur. En el 874 abandonaron Repton con el resto del ejército y se trasladaron al este, para acampar en Cambridge.[20]
La buena fortuna de Alfredo no podía durar para siempre y en el 875 se reanudó el asalto vikingo contra Wessex. En el verano de ese año, nos dice la Crónica Anglosajona, el rey se hizo a la mar con una flota para combatir a las tripulaciones de siete barcos escandinavos, uno de los cuales logró capturar. No está claro si estas naves estaban relacionadas con el grueso del gran ejército pagano que había permanecido en el sur, aunque los sucesos posteriores hacen que sea muy probable. En algún momento
Página 209
ulterior del mismo año o a principios del siguiente, el ejército acampado en Cambridge avanzó hacia Wessex. No cabe duda de que se desplazaban con rapidez, ya que la Crónica dice que eludieron las levas de los sajones occidentales enviadas contra ellos y cabalgaron por todo el reino hasta apoderarse de Wareham en Dorset, a una distancia de casi trescientos veinte kilómetros. Esto debió haber supuesto una reminiscencia ominosa de los eventos que condujeron a la caída de Mercia: Wareham, al igual que Repton, era una hacienda real de importancia, creada a finales del siglo VIII por el rey Beorhtric, que fue enterrado en su iglesia. Según Asser, se trataba de un lugar fortificado, protegido por ríos en ambos lados. Y lo que es más importante aún, Wareham estaba ubicada en la costa, por lo que parece probable que los barcos vikingos con los que Alfredo se había enfrentado poco antes hubieran sido un intento previo de abrir este nuevo frente, para que el reino pudiera ser invadido por mar. En algún momento después de que el gran ejército vikingo se apoderara de Wareham, se les unió una enorme flota, según dice la crónica, de más de ciento veinte barcos.
En respuesta, Alfredo reunió un ejército y fue a enfrentarse a los invasores, aunque no está claro si hubo o no algún choque militar: todo lo que Asser y la Crónica Anglosajona nos dicen es que las dos partes de nuevo «hicieron las paces». Sin embargo, el hecho de que los vikingos se vieran obligados a entregar rehenes de alto rango sugiere que Alfredo se hallaba en una posición fuerte en las negociaciones, al igual que la mención de la Crónica a que los vikingos juraron sobre un «anillo sagrado» que abandonarían su reino de inmediato. No obstante, una vez que alcanzaron la paz, los nórdicos incumplieron lo acordado, abandonaron Wareham al amparo de la noche y cabalgaron hacia el oeste hasta Devon, donde se apoderaron de la antigua ciudad romana de Exeter. Alfredo marchó tras ellos, asegura la Crónica, pero no pudo alcanzarlos antes de que consiguieran la seguridad de las murallas. De nuevo se produjo un enfrentamiento. Una buena noticia para Alfredo y los sajones fue que, cuando la flota vikinga zarpó hacia el oeste desde Wareham, con la intención de unirse al ejército en Exeter, se toparon con una tempestad que hundió muchos de sus barcos. Pero, a pesar de tales pérdidas, la ocupación danesa de Exeter parece que duró varios meses. Al final, en el verano del 877, los vikingos llegaron a un acuerdo con Alfredo, realizaron un juramento y entregaron rehenes, y en agosto se retiraron a Mercia.[21]
Página 210
Mientras los vikingos del sur intentaban conquistar Wessex, se había producido un cambio significativo en el norte. Los nórdicos que se habían asentado en el Tyne para atacar a los pictos y los britanos decidieron que había llegado el momento de asentarse. Para algunos, incluido su líder Halfdan, había pasado una década desde su llegada a Britania, y durante ese tiempo habían devastado y saqueado casi todas sus regiones más prósperas. Ahora deseaban pasar de saqueadores desarraigados a residentes permanentes, despojando de sus propiedades a los terratenientes anglosajones para apropiarse de ellas. En el 876, dice la Crónica, «Halfdan repartió la tierra de los northumbrios y ellos empezaron a arar y mantenerse por sí solos». Según un texto, esta toma de posesión hizo que Ricsige, el rey de Northumbria, muriese de pena. Un año después, los vikingos del sur decidieron seguir el ejemplo de sus camaradas del norte. Tras replegarse a Mercia, dice la Crónica, se repartieron una parte del reino y le entregaron otra porción a su gobernante títere, Celwulfo.[22]
Si Alfredo o sus consejeros interpretaron esto como una señal de que sus enemigos estaban dispuestos a colgar las espadas, pronto se habrían sentido muy decepcionados. Unos meses después, a principios de enero del 878, el ejército danés lanzó otro ataque contra Wessex. Esta vez, su objetivo era Chippenham, una importante hacienda real situada al norte de Wiltshire: la boda de Burgred de Mercia y la hermana de Alfredo, Etelswita, se había celebrado allí en el 854. Es posible que también allí se realizaran festejos en el momento del ataque del año 878, que según la Crónica se llevó a cabo «en pleno invierno, después de la Noche de Reyes».[**] Los vikingos atacaban con frecuencia en los días festivos, cuando sabían que los cristianos se congregaban y celebraban. El hecho de que la Crónica añada que, en esta ocasión, los atacantes se acercaron «sigilosamente» resulta igual de sugerente, lo que evoca la posibilidad de que Alfredo y su corte estuvieran de juerga en Chippenham el último día de Navidad y los pillaran desprevenidos.[23]
Lo cierto es que este nuevo asalto resultó catastrófico. Los escandinavos, dice la Crónica, «ocuparon la tierra de los sajones occidentales y se establecieron allí», tal como lo habían hecho recientemente en Northumbria y Mercia. Esto, por supuesto, implica que habían infligido una severa derrota militar a los líderes de Wessex, dejándolos a merced de los invasores. «Por la fuerza de las armas —dice Asser—, obligaron a muchos hombres de esa raza a navegar al extranjero,
Página 211
tanto por la pobreza como por el miedo, y casi todos los habitantes de la región se sometieron a su autoridad».
Pero no Alfredo. El rey desapareció en los bosques y pantanos de Somerset, acompañado por un reducido séquito de nobles, guerreros y thegns.[24]
De esta manera, Alfredo se unió a la lista de célebres fugitivos reales, como el rey David, Robert Bruce o Carlos II, obligados a huir para salvar sus vidas, para luego regresar triunfantes. Como en otros casos, la huida de Alfredo hacia la desolación se convirtió en un terreno abonado para las leyendas. Fue durante este periodo cuando se supone que ocurrió el episodio del rey y los pasteles. Alfredo, cuenta la historia, se vio obligado a refugiarse en la cabaña de un porquero, donde descansó durante varios días. Un día, cuando el criador de cerdos estaba lejos, su esposa colocó algunos panes en el horno, suponiendo, al parecer, que su ilustre huésped los vigilaría mientras ella se ocupaba de otras tareas. Pero Alfredo estaba demasiado abstraído reflexionando sobre sus difíciles circunstancias, preguntándose cómo podría recuperar el favor de Dios, para darse cuenta de que el pan comenzaba a quemarse y, como resultado, recibió una reprimenda por parte de su enojada anfitriona. «¡Mira aquí, hombre! —dijo—. Dudas en dar la vuelta a los panes que ves que se están quemando, ¡pero bien que te gusta comértelos cuando salen calientes del horno!».
Al menos así era la historia como se contó en origen. Aparece por primera vez en la Vida de san Neot, una fuente redactada cien años después de los avatares de Alfredo en los pantanos, y es casi seguro que fue una invención de su autor anónimo. Aunque, como ya se ha señalado, en el siglo XVI el relato se insertó en las primeras ediciones impresas de la biografía de Asser, otorgándole una legitimidad inmerecida. Cuando en el siglo XIX se identificó como una interpolación, ya era demasiado tarde: Alfredo se había asentado en el imaginario popular como el rey que quemaba pasteles.[25]
Cierto es que Asser da la impresión de que Alfredo y su pequeño grupo de seguidores lo pasaron mal, «llevaron una vida turbulenta y angustiosa en medio de los bosques y pantanos de Somerset», sin nada para sobrevivir salvo lo que podían robar, ya fuera a los vikingos o a aquellos
Página 212
ingleses que se habían sometido a su autoridad. Sin embargo, existen otros indicios de que la situación del rey quizá no fuera tan solitaria como afirma la leyenda. Una traducción latina del siglo X de la Crónica Anglosajona menciona que Etelnoth, el ealdorman de Somerset, también había huido al bosque con una reducida fuerza de hombres. Asser, por su parte, menciona que un grupo de thegns del rey y sus seguidores en Devon se habían encerrado en una fortaleza que él llama Cynuit, posiblemente Countisbury, un castro de la Edad de Hierro próximo al mar. En los primeros meses del 878, estos hombres se enfrentaron a un ejército vikingo que habían devastado el sur de Gales, liderados por un hermano desconocido de Ivar y Halfdan. Aunque los nórdicos rodearon la fortaleza, no intentaron asaltarla, al confiar en que los asediados se verían obligados a rendirse por falta de comida y agua. No obstante, siempre según Asser, «juzgando que era preferible obtener la muerte o la victoria», los thegns y sus seguidores irrumpieron y atacaron a los sitiadores, lograron matar al líder vikingo y a muchos otros, y obligaron al resto a escapar en sus barcos. La Crónica añade que los sajones victoriosos también capturaron el estandarte enemigo, «al que llamaban “Cuervo”».[26]
Tal vez alentado por este éxito, Alfredo y sus seguidores se establecieron poco después de Pascua en un enclave fortificado llamado Athelney. En la actualidad, en el lugar se halla una granja en medio de los Somerset Levels, que fueron drenados en siglos posteriores, aunque por entonces Athelney era una isla. «Rodeada por todos lados por marismas pantanosas, intransitables y extensas y aguas subterráneas —dice Asser—, no se puede llegar de ninguna manera salvo en barcas». Desde esta fortaleza aislada, el rey y sus seguidores «atacaron implacable e incansablemente a los paganos».[27]
Durante todo este tiempo, Alfredo debió de comunicarse en secreto con otros ealdormen y thegns que se habían escondido o sometido al dominio danés. A principios de mayo, el rey y sus seguidores abandonaron Athelney y cabalgaron hacia el este hasta un lugar llamado Egbert’s Stone, imposible de localizar en la actualidad, aunque ubicado «en la parte oriental del bosque de Selwood», en la frontera entre Somerset y Wiltshire. Se trataba de un punto de reunión acordado. Allí, dice la Crónica, se sumó al rey toda la gente de ambos condados, así como la de la parte occidental de Hampshire. El momento para el regreso de Alfredo parece haber sido deliberadamente simbólico, ya que dejó Athelney «en la séptima semana
Página 213
después de Pascua», lo que significa que su reaparición pública coincidió con Pentecostés, la fiesta que conmemoraba el descenso del Espíritu Santo sobre los discípulos de Cristo tras su resurrección. No cabe duda de que Asser no pasó por alto el simbolismo y afirma que el pueblo reunido se llenó de gozo cuando vieron al rey, «como si hubiese vuelto a vida después de sufrir grandes tribulaciones».
Alfredo había regresado con un propósito: enfrentarse y destruir a los daneses que ocupaban su reino. A la mañana siguiente de la reunión en Egbert’s Stone, marchó con sus fuerzas hacia el norte en dirección al campamento vikingo de Chippenham. Al día siguiente, se toparon con todo el ejército vikingo en un lugar llamado Edington y se produjo una feroz batalla. Por lo general, las fuentes apenas mencionan detalles sobre las batallas en sí. Lo único que sabemos es que la lucha se prolongó durante mucho tiempo, pero al final, gracias a la voluntad de Dios, Alfredo salió victorioso. «Destruyó a los paganos con una gran matanza —dice Asser—, y persiguió a los que huían hasta la fortaleza». Cabe suponer que se refiere a su campamento en Chippenham, treinta y dos kilómetros al norte del campo de batalla. Allí, el rey y su ejército mataron a todos los daneses con los que se toparon fuera del complejo defensivo y se apoderaron de todos los caballos y el ganado, lo cual supuso una enorme presión sobre los que se habían refugiado dentro. Tras un asedio de quince días, dice Asser, el hambre y el miedo llevaron a quienes estaban dentro de la fortaleza a la desesperación y negociaron los términos de su rendición.
[28]
La magnitud de la victoria de Alfredo en Edington queda patente por las condiciones que logró imponer. En primer lugar, el rey estaba en disposición de exigir tantos rehenes como quisiera, sin tener que entregar a cambio ninguno. Esto, según Asser, suponía una novedad, pues nunca antes los vikingos habían hecho las paces con nadie en tales términos (una afirmación que implica que las negociaciones anteriores de Alfredo con los nórdicos habían incluido el intercambio de rehenes). En segundo lugar, y más importante, los líderes vikingos acordaron convertirse al cristianismo y bautizarse en la corte de Alfredo. Con anterioridad, esto había sucedido en algunas ocasiones en Francia, pero se trata del primer caso registrado en Britania.[29]
De este modo, tres semanas después de que terminara el asedio, treinta de los guerreros de más alto rango del ejército pagano se reunieron con
Página 214
Alfredo en una hacienda llamada Aller, a unos cinco kilómetros al este de Athelney, para convertirse al cristianismo. Su líder era Guthrum, al que las fuentes presentaron por última vez en el 874 como parte de un triunvirato de reyes nórdicos. Desconocemos qué había sido de sus antiguos colegas Oscetel y Anwend. Guthrum, dice Asser, fue bautizado por el propio Alfredo y se convirtió en el ahijado del rey; la Crónica revela que recibió el nombre de Atelstán, en memoria del hermano mayor de Alfredo que había muerto más de dos décadas antes. Como parte de la ceremonia, los conversos vistieron túnicas blancas y sus cabezas se ungieron con aceite sagrado sobre vendas blancas que lo mantendrían en su lugar. Tales vendajes debían llevarse durante una semana, un tiempo durante el cual Guthrum y sus hombres permanecieron en compañía de Alfredo. Después de ocho días, les quitaron las túnicas y las vendas en una ceremonia, y tras otros cuatro días los daneses al fin partieron. Alfredo, dice Asser, les otorgó «muchos excelentes tesoros».[30]
El bautismo de Guthrum y sus magnates constituye una acción extraordinaria, ya que los vikingos se sometieron con placidez a lo que debían considerar un ritual extraño y desconcertante, sobre todo porque fue organizado por un rey que solamente unas semanas antes había matado a muchos de sus camaradas y que otorgaba bendiciones y regalos a unos hombres que, hasta hacía bien poco, habían tratado de apresarlo y ejecutarlo. Sin embargo, sería un error interpretar las acciones de Alfredo como ingenuas o el resultado de una errada creencia sobre las muchas virtudes del perdón cristiano. En realidad, la conversión de Guthrum y sus seguidores señala un cambio importante, aunque lógico en la estrategia de Alfredo.
A comienzos de su reinado, se había visto obligado a hacer las paces con los vikingos en unas condiciones muy desfavorables y les pagó casi con total seguridad un enorme tributo para poder marcharse. Otros soberanos y comunidades anglosajones habían hecho lo mismo, sin duda bajo la desesperada creencia de que los vikingos, una vez satisfechos, abandonarían Britania, ya fuera volviendo al continente o retirándose a Escandinavia. A finales de la década del 870, se antojaba evidente que los invasores no se irían a ninguna parte. Habían derrocado a los reyes de Northumbria y, en palabras de la Crónica, comenzaron a «arar y mantenerse a sí mismos». Lo más probable es que esto mismo sucediera en Anglia Oriental, donde sometieron a martirio al rey Edmundo en el 869.
Página 215
Una parte de Mercia había sido usurpada y colonizada por Guthrum y sus hombres en fechas tan recientes como el año 877. Alfredo, tras su decisiva victoria, hubiera podido insistir en que los vikingos abandonasen su reino, pero iban a seguir siendo sus vecinos, con quienes él o sus sucesores inevitablemente tendrían que tratar en los meses y los años venideros. Parte del problema de tratar con los nórdicos había sido su negativa a seguir los usos cristianos, no solo por la profanación de los lugares sagrados, sino también por el cumplimiento de los juramentos. Hacer que los daneses jurasen sobre un anillo pagano en Wareham, en el 875, había sido un audaz intento de Alfredo de cuadrar el círculo, aunque a la postre infructuoso: nada más hacerlo, los vikingos se escabulleron y se apoderaron de Exeter.
Por tanto, al exigir que sus enemigos derrotados recibieran el bautismo, Alfredo pretendía normalizar las relaciones con los nuevos gobernantes de más allá de sus fronteras. Sinceras o meramente simbólicas, la sumisión y la conversión de los escandinavos mostraba su voluntad de acatar las reglas cristianas. Al aceptar a Alfredo como su padrino, Guthrum reconoció que ostentaba cierto grado de autoridad sobre él. Y al adoptar a Guthrum como hijo espiritual, Alfredo le otorgaba legitimidad como gobernante.
Parece probable que, durante los doce días que Alfredo y Guthrum pasaron juntos, discutieran sobre el destino de Mercia. Los vikingos ya se habían apropiado de una parte de este reino el año anterior, tal vez el sector oriental, dejando la mitad occidental del reino a Celwulfo, su gobernante títere. Es difícil imaginar unas relaciones cordiales entre Celwulfo y Alfredo. Se ha sugerido que los dos soberanos pudieron colaborar debido al renovado poder de sus acuñaciones. Un hecho sorprendente es que, desde mediados de la década del 870, la moneda envilecida de Mercia y Wessex recuperó buena parte de su valor, pues su contenido en plata se multiplicó cinco o seis veces. Pero esto bien podría haber sido una iniciativa de los acuñadores privados. Celwulfo se había beneficiado de la deposición y el exilio de la hermana y el cuñado de Alfredo. Incluso pudo haber conspirado en ello. En Wessex, es probable que nadie le considerara más que un títere de los vikingos.[31]
Página 216
La ambición de Alfredo consistió en reemplazar a Celwulfo y anexionar la parte occidental de Mercia a Wessex, porque esto fue exactamente lo que sucedió en los meses siguientes. Poco después de que Guthrum y sus hombres partieran de la corte de Alfredo, abandonaron su reino, tal como prometieron. Aunque no se retiraron muy lejos. Tras levantar el campamento de Chippenham se trasladaron treinta y dos kilómetros al norte, hasta Cirencester, que se hallaba en la parte de Mercia que, en teoría, pertenecía a Celwulfo. Guthrum y su ejército pasaron allí el año siguiente, durante el cual el reinado de Celwulfo finalizó de un modo misterioso. No sabemos si fue expulsado o murió; si fue esto último, el momento sin duda resultaba muy conveniente.[32]
Parece probable que, en esta época, Alfredo y Guthrum negociaran un acuerdo para repartirse Mercia entre ambos, cuyo texto nos ha llegado. La primera cláusula trazaba una línea entre sus respectivos territorios. Un hecho crucial es que Alfredo conservaría Londres: el primer sector de la nueva frontera era el curso del río Lea, que transcurre hacia el este de la ciudad. Después, el límite iba «en línea recta hasta Bedford, luego subía por el Ouse hasta Watling Street». Es de suponer que la propia Watling Street, la antigua calzada que atravesaba el corazón de Mercia, constituía el resto de la nueva frontera. Esta podría haber sido la línea divisoria acordada cuando el reino se repartió entre Guthrum y Celwulfo dos años antes.[33]
Esta anexión pudo tener una buena acogida en algunas regiones de Mercia, ya que el líder cristiano triunfante al menos habría liberado una parte del reino de las Tierras Medias del dominio vikingo. Sobre la base de las buenas relaciones fraguadas por sus predecesores durante las últimas décadas, el propio Alfredo había construido su matrimonio con Elswita, su esposa merciana, celebrado en el 868. Pero muchos debieron de oponerse al desmembramiento de Mercia, un reino orgulloso e independiente que había sido el más poderoso en el sur de Britania, algo que aún debía recordarse. Uno de ellos pudo ser Etelredo, un noble de Mercia que en el 883 regía un sector occidental de Mercia en nombre de Alfredo. No sabemos nada sobre sus antecedentes, por lo que resulta imposible precisar si las ambiciones de Etelredo se vieron de algún modo frustradas, aunque en otras circunstancias, quizá él y sus seguidores podrían haber esperado asumir la dignidad regia. En sus documentos se le describe casi como rey, y en una ocasión se dice que «por el don de la gracia divina fue elevado al
Página 217
gobierno y señorío de los mercianos». Pero Etelredo nunca fue tan lejos como para autodenominarse «rey» en ningún documento oficial, ni acuñó monedas con su nombre. En su lugar, adoptó el título de ealdorman, en deferencia a la autoridad suprema de Alfredo.[34]
Aunque este porfió en su dominio sobre el oeste de Mercia, tomó medidas para no herir las susceptibilidades de sus nuevos súbditos mercianos. En ningún momento pretendió que Mercia había sido anexionada por Wessex, del modo en que Kent, Sussex, Surrey y Cornualles lo fueron en décadas anteriores. En su lugar, Alfredo comenzó a fomentar la idea de que Wessex y Mercia formaban parte del mismo pueblo. En su pacto con Guthrum, se dice que el rey actuó con el consenso de «todos los consejeros de la raza inglesa» (ealles Angelcynnes witan). El
término Angelcynn no era de nueva acuñación —aparece antes en una ocasión, en un documento de Mercia fechado en el 855—, pero a partir de ese momento su uso resulta mucho más frecuente, pues Alfredo y sus consejeros comenzaron a difundir la idea de que él no era solo el rey de Wessex, sino un soberano para todos los pueblos ingleses. Es posible que Alfredo hubiese estado jugando con la idea desde hacía algunos años: una de sus acuñaciones de mediados de la década del 870 incluye la leyenda «rex anglorum]». Pero, tras apoderarse de Mercia occidental, estas proclamas comienzan a multiplicarse. A partir del 882, Asser constantemente denomina a Alfredo «rey de los anglosajones» (Angulsaxonum rex), y esta misma designación aparece en algunos documentos reales. La arraigada idea de que los habitantes de Mercia y Wessex, y también los de Anglia Oriental y Northumbria, eran todos de algún modo «ingleses» se estaba utilizando con fines políticos; es decir, para convencer al pueblo de Mercia de que no había sido anexionado a otro reino, sino que era parte integral de una nueva entidad política mucho más grande, «el reino de los anglosajones».[35]
Tan pronto como se creó este nuevo reino, su viabilidad se puso a prueba.
A finales del 878, mientras que Guthrum y su ejército se hallaban en
Cirencester, una nueva hueste vikinga llegó desde ultramar y remontó el
Támesis. Según Asser, establecieron un campamento de invierno en
Fulham, un apropiado recodo del río, situado a ocho kilómetros al oeste de
Londres, y se pusieron en contacto con Guthrum. Supuso una prueba de
Página 218
fuego para la profesión de fe y las nuevas lealtades del antiguo caudillo vikingo. ¿Seguiría mostrándose fiel a Alfredo, su padrino, y respetaría los términos del tratado o uniría sus fuerzas con los recién llegados con la esperanza de conquistar Wessex?
Guthrum optó por mantenerse leal a Alfredo. Al año siguiente, él y su ejército abandonaron Cirencester y se retiraron a Anglia Oriental, donde, según la Crónica, se establecieron y se repartieron las tierras. Esto debió decepcionar a la nueva hueste vikinga de Fulham y tal vez los disuadió de atacar Wessex, aunque resulta improbable que los convenciera de marcharse. Es probable que semejante tarea recayera sobre Alfredo; una mención posterior de la Crónica rememora el momento en que las oraciones del rey obtuvieron réplica «cuando los ingleses acamparon ante el ejército enemigo en Londres». Con independencia de la presión realmente ejercida, el nuevo ejército vikingo abandonó Fulham en algún momento del año 879 y regresó a Francia.[36]
De ese modo se conjuró la amenaza y se mantuvo la paz con Guthrum. Pero ¿cuánto tiempo transcurriría antes de que regresara esa hueste vikinga del continente, reforzada con nuevos miembros, deseosos de darse un festín con las riquezas inglesas? Durante casi un siglo, los escandinavos habían estado atacando Britania y Francia y, a pesar de la reciente victoria de Alfredo, la marea, sin duda, fluía a su favor. Los anglosajones y los francos no eran ineptos en lo tocante a la guerra, como lo demuestran las victorias militares de ambos antes del año 800, y tampoco se habían ablandado después. Sin embargo, una y otra vez habían sido engañados y derrotados por los ejércitos de escandinavos.
Por desgracia, sabemos muy poco sobre el arte de la guerra altomedieval. Apenas contamos con relatos detallados de batallas, aunque fueran escritos por quienes participaron en ellas. Las tácticas y estrategias no se describen en las fuentes y deben ser deducidas por los historiadores modernos. No obstante, a pesar de las enormes lagunas, un par de cosas parecen bastante seguras. En primer lugar, en este periodo el oficio de guerrero era patrimonio de las élites. La antigua creencia de que las sociedades germánicas contaban con ejércitos populares formados por todos los hombres libres contradice a las fuentes textuales que sugieren que la guerra era, en esencia, una actividad aristocrática. Los reyes reunían ejércitos con el apoyo de otros magnates: sus ealdormen y sus thegns, quienes, a su vez, recurrían a sus propios séquitos de guerreros bien
Página 219
armados. El grueso de las evidencias sugiere que estos hombres iban a caballo, no solo para el transporte sino también en la batalla, si la ocasión así lo requería.
En segundo lugar, el tipo de guerra que practicaban estos guerreros era sobre todo ofensiva. Llevaban la destrucción al territorio enemigo, quemaban y devastaban, y en ocasiones se enfrentaban a sus oponentes cara a cara. Acudían a la guerra debido a las oportunidades que brindaba para el saqueo. Es posible que algunos cumplieran un servicio militar obligatorio, a cambio de las tierras que les habían concedido, pero la mayoría debía participar de campaña en campaña y acudía como una apuesta personal, convencidos de que esa guerra los haría más ricos. Tal es la impresión que producen poemas como Beowulf y hallazgos como el tesoro de Staffordshire.[37]
Este modelo militar era completamente inefectivo para enfrentarse a los vikingos. Si acudían como asaltantes que atacaban y huían, se habrían marchado mucho antes de que llegaran los guerreros montados. Si se presentaban en ejércitos de mayor entidad, para cuando el rey hubiera reunido una hueste lo bastante grande como para enfrentarse a ellos, estarían protegidos detrás de los terraplenes y empalizadas de un campamento temporal. La poliorcética en la Britania altomedieval era prácticamente inexistente, al carecer de las sofisticadas máquinas y dispositivos de asedio empleados en la época clásica o en la Baja Edad Media. Asediar una fortaleza solía suponer un intento de asalto a las puertas o bien realizar un cerco y esperar a que los defensores se murieran de hambre. Si los sitiados estaban bien abastecidos, poco se podía hacer para desalojarlos, como las fuerzas combinadas de Wessex y Mercia descubrieron con frustración en Nottingham en el 868.[38]
Desde la primera aparición de los vikingos, tanto los reyes anglosajones como los francos se habían esforzado por idear contramedidas efectivas, pero ambos se toparon con el mismo problema esencial: resultaba mucho más difícil persuadir a la gente de que participara en una guerra defensiva que en una ofensiva, porque en la primera existían muchas menos oportunidades de lucrarse y, aun así, muchas posibilidades de morir. En consecuencia, los reyes comenzaron a insistir en que el servicio militar era un deber que recaía sobre un sector social más amplio, no solo en una élite guerrera. Desde principios del siglo IX, Carlomagno y sus sucesores exigieron que los pequeños terratenientes
Página 220
participaran en la defensa del Imperio carolingio. Del mismo modo, el rey Offa dejó claro en un documento dirigido a todas las iglesias de Kent en el año 792 que esperaba que aportaran hombres para luchar contra los invasores paganos, incluso si eso significaba aventurarse en el reino vecino de Sussex. Las demandas regias debieron cumplirse hasta cierto punto, aunque también hallaron cierta oposición, pero el creciente éxito de las incursiones vikingas, a medida que avanzaba el siglo IX, sugiere que tales iniciativas no fueron demasiado efectivas.[39]
Suele atribuirse a Alfredo el logro de haber cambiado esta situación entre los anglosajones, en gran medida gracias a la creación de una extensa red de fortificaciones en todo su reino. La palabra en inglés antiguo para tales fortalezas era burh, de donde procede la palabra inglesa borough o ciudad. Para muchos, el burh habría sido un concepto revolucionario introducido por el propio Alfredo: una ciudad fortificada, creada desde cero, con una cuadrícula de calles trazada con precisión, que aunaba funciones civiles y militares, y capaz de albergar a cientos, incluso miles, de guerreros y ciudadanos.[40] Sin embargo, al igual que con otros aspectos de su reinado, también se ha cuestionado el alcance de la originalidad de Alfredo. ¿Fue este rey un auténtico innovador o se le han atribuido injustamente los logros de sus predecesores?
Cualquier debate sobre los burhs de Alfredo debe iniciarse con un documento conocido como Burghal Hidage, denominado así por los historiadores porque contiene una lista de treinta y un burhs, junto con el número de hides de tierra asignadas a cada uno para su mantenimiento. En su forma actual, se considera que este documento se redactó después del 914, porque incluye un burh (Buckingham) que, según la Crónica Anglosajona, no se creó hasta ese año. Pero la mayoría de los historiadores piensan que los otros treinta burhs se fundaron mucho antes de esa fecha. La mayoría, si no todos, se atribuyen a Alfredo. En un extenso panegírico, Asser asegura que este rey no solo restauró ciudades y poblados, sino que construyó otros «donde antes no los había». Más adelante, en la misma sección, también presenta a Alfredo ordenando la construcción de fortalezas.[41]
Sin embargo, no existen motivos sólidos para creer que todos los burhs citados por el Burghal Hidage fueran creados por Alfredo, o incluso
Página 221
renovados bajo su mando. Como ya hemos visto, desde mediados del siglo VIII, los reyes de Mercia se habían preocupado de que sus súbditos colaborasen en la construcción y defensa de las fortalezas regias, y los monarcas de Wessex hicieron lo mismo desde mediados del siglo IX. Es de suponer que tomaron tales medidas para la construcción de los burhs. Las defensas en Wareham, visibles hoy día, pueden remontarse a la creación de este enclave por el rey Beorhtric a finales del siglo VIII. Sin duda existían cuando Wareham fue ocupado por los vikingos en el 875, una fecha demasiado temprana en el reinado de Alfredo para que fuera probable que él fuera el responsable de añadir tales defensas.[42]
Wareham se diseñó a una escala impresionante, pues abarcaba entre 32 y 36 hectáreas, y las calles de la ciudad actual aún se ajustan a la planta rectilínea del trazado original. Sin embargo, supondría un error imaginar que todos los burhs fueron igual de enormes y regulares. El Burghal Hidage asigna a Wareham 1600 hides para su mantenimiento, pero solo otros tres burhs superan esta cantidad y la mayoría contaba con bastantes menos. A más de la mitad se les asignan menos de 1000 hides y, en
algunos casos —Southampton, por ejemplo—, la cifra supone menos de la décima parte que Wareham. La mayoría no eran nuevas fundaciones, sino antiguos enclaves defensivos que habían vuelto a utilizarse: castros de la Edad del Hierro, fuertes costeros romanos y ciudades amuralladas de origen romano. E incluso entre los burhs establecidos durante el periodo anglosajón, solo tres (Wallingford, Oxford y Cricklade) compartían el diseño amplio y cuadriculado de Wareham. Los tres se hallaban en torno al Támesis. Y si bien pudieron ser obra de Alfredo, o tal vez de su subalterno en Mercia, el ealdorman Etelredo, también podrían haber sido fundados antes del 879 por cualquiera de los reyes de Mercia.[43]
No cabe duda de que Alfredo fundó algunos burhs nuevos. Asser describe el refugio insular del rey en Athelney, fundado en el 878, como «una formidable fortaleza de elegante obra», y agrega que estaba conectada a otro fuerte (Lyng) por una calzada «construida tras un largo trabajo». En Shaftesbury (Dorset) existía una inscripción lapidaria, mencionada por el cronista del siglo XII Guillermo de Malmesbury, que proclamaba que la ciudad había sido fundada por Alfredo en el 880. Sabemos por la Crónica Anglosajona que los burhs de Exeter y Chichester existían hacia finales de su reinado, y tuvieron que haber muchos otros cuya construcción al menos se inició bajo su mando. Asser narra cómo la
Página 222
determinación de Alfredo de construir fortificaciones «en beneficio general de todo el reino» halló una respuesta dilatoria, e incluso desobediencia, por parte de algunos de sus súbditos más destacados, de modo que algunos burhs estaban sin terminar cuando el biógrafo escribía en el 893.[44]
Si bien es necesario tener presente que Alfredo no fue el inventor de los burhs, ni el único responsable de su construcción, el hecho de que estas fortalezas tuvieran unos orígenes diversos no mermó un ápice su eficacia. Lo esencial es que operaban como una red y de ahí que la reputación del rey como innovador sea merecida. Los burhs listados en el Burghal Hidage fueron lógicamente elegidos por su ubicación, para controlar los principales ríos y calzadas, y repartidos de tal modo que ninguno de los súbditos del rey estuviera a más de treinta y dos kilómetros de la seguridad que ofrecían sus defensas. Aunque el aspecto crucial del plan de Alfredo era que estas murallas no solo estuvieran destinadas a ser refugios donde la población civil pudiera esconderse, sino a ser fortalezas guarnecidas con soldados de forma permanente. Como demuestra el estudio anterior, los anglosajones no carecían de fortalezas en las décadas anteriores a Alfredo, pero sin duda no estaban bien defendidas, ya que una y otra vez los ejércitos vikingos habían asaltado enclaves como York, Nottingham o Wareham, y se adueñaron de las fortificaciones para su provecho.[45]
Página 223
Figura 18: La planta del burh de Wallingford todavía es claramente visible en la ciudad moderna. El posterior castillo normando ocupa la esquina inferior derecha. © Agencia Medioambiental. Usado con permiso.
En el reinado de Alfredo, este problema se solucionó. La parte más reseñable del Burghal Hidage es el segundo apartado, que muestra el plan del rey para mantener sus fortalezas bien equipadas. Tras la lista de los burhs se encuentra el medio a través del cual se estimaban sus asignaciones en hides de tierra, en función del número de hombres necesarios para defender las murallas. «Para el mantenimiento y la defensa
de una muralla de un acre de longitud —afirma—, se requieren dieciséis hides. Si cada hide está representado por un hombre, entonces cada pole[***] puede ser defendido por cuatro hombres». En otras palabras, se esperaba que cada hombre defendiera alrededor de 1,25 metros de muralla. Dado que tenemos los resultados de esta ecuación (el número de hides asignados a cada burh), podemos estimar las longitudes de muralla que se emplearon como base para los cálculos. Resulta sorprendente que exista una correspondencia casi exacta entre las cifras empleadas y las
Página 224
dimensiones de los burhs que se han conservado. La asignación de 1600 hides para Wareham implica que habría 2011 metros de muralla que defender, y la cerca actual posee una extensión de 1993 metros. También se produce una estrecha correlación en el caso de Winchester. La estimación para esta ciudad, 2400 hides, se basa en un perímetro estimado en 3017 metros y la longitud actual de sus murallas romanas es 3034 metros.[46]
Por tanto, podemos confiar en que el Burghal Hidage supone un documento de trabajo genuino, no un simple ejercicio teórico, lo cual reviste importancia respecto a una conclusión final. La suma de todas las hides de todos los burhs del listado supone un total de poco más de 27 000. Entonces, en las palabras del propio documento, «si cada hide está representada por un hombre», Alfredo esperaba que su reino le aportara 27 000 hombres para defender su red de fortalezas.[47]
Es una cifra verdaderamente notable. A menudo se atribuye a Alfredo el logro adicional de crear un ejército permanente, aunque en verdad las evidencias de que lo hiciera son muy escasas y se limitan a poco más que una sola línea de la Crónica Anglosajona.[48] Pero incluso si el rey hubiera implantado tal reforma militar, resulta improbable que el resultado fuera una hueste mucho mayor que la norma altomedieval, que suponía, en el mejor de los casos, unos pocos miles de hombres. Por el contrario, el Burghal Hidage apunta hacia algo de mucho mayor magnitud. Alfredo había logrado ampliar la participación social en la guerra más allá de esa reducida élite militar que, desde siempre, acudía a la batalla con el rey. Para defender las murallas de sus burhs, necesitaba miles y miles de hombres de menor rango social y convencerlos (a ellos o a sus señores) de que debían contribuir a la defensa del reino. Cómo logró con exactitud dicha movilización entre un porcentaje mucho mayor de la población que cualquiera de sus predecesores es un misterio. Asser asegura que Alfredo sometió a la gente a su voluntad «persuadiendo con delicadeza, engatusando, instando, mediante órdenes y (al final, cuando su paciencia se agotó) castigando severamente a los desobedientes». La coerción, por consiguiente, constituía una de las formas en que el rey obligaba a cumplir con el deber cívico, y no dudó en despojar a los individuos, o incluso a las parroquias, de sus tierras y bienes si consideraba que no estaban contribuyendo lo suficiente. Por esta razón los monjes de Abingdon recordaban a Alfredo como un «Judas».[49]
Página 225
Pero pronto pudieron constatarse los beneficios de la persuasión forzada de Alfredo. En el 885, el ejército vikingo que, seis años antes, había marchado desde Fulham a Francia se dividió en dos. Una parte viajó más al este, pero los demás decidieron probar suerte por segunda vez en Britania. Como explica Asser, estos vikingos navegaron a Kent y sitiaron la antigua ciudad romana de Rochester, donde establecieron un campamento fortificado más allá de las murallas. Sin embargo, dice Asser, en esta ocasión no pudieron tomar la ciudad «porque los lugareños se defendieron con bravura hasta la llegada del rey Alfredo, que acudió en su auxilio con un gran ejército». Rochester no figura en el Burghal Hidage – Kent, como un virreinato aparte, no figura en el documento–, pero esto responde al modo en que se supone que funcionaba la nueva red de burhs. Sin duda, Rochester estaba guarnecida con las tropas suficientes para contener una fuerza sustancial de asaltantes hasta que llegase la caballería. Cuando Alfredo y su ejército se presentaron de repente, los invasores huyeron a sus barcos, abandonaron el campamento, así como sus caballos y la mayor parte de los prisioneros que habían capturado. De este modo, dice Asser, se vieron obligados a zarpar ese mismo verano y regresar a Francia.[50]
El hecho de que algunos burhs, como Rochester, estuvieran ubicados en antiguas ciudades romanas, no debería inducirnos al error de pensar que Alfredo trataba, de forma deliberada, de promover un renacimiento urbano. Su principal preocupación era la defensa del reino que estuvo a punto de perder, y los burhs que construyó o renovó estaban destinados a servir como fortalezas para mantener a salvo a sus súbditos. Aunque algunos historiadores a menudo los describen como «ciudades fortificadas», muchos de ellos nunca se convirtieron en centros mercantiles, y los que sí se transformaron en centros urbanos lo hicieron muchas décadas después de la muerte de este rey.[51] Hubo una o dos excepciones. Winchester, como ya hemos señalado, pudo convertirse en sede para los comerciantes y artesanos de Hamwic después de las incursiones vikingas del 840: en algún momento, durante las siguientes cuatro décadas, se trazó una cuadrícula de calles empedradas, que la historiografía tradicional atribuyó a Alfredo, aunque parece más probable que se realizase por mandato de su padre o hermanos.[52]
Londres fue la otra gran excepción y, en este caso, la participación de Alfredo no admite dudas. En el 886, un año después de derrotar con éxito
Página 226
a los vikingos en Rochester, el rey marchó a Londres y, en palabras de Asser, «lo restauró de un modo espléndido». Lo que esto supuso en la práctica no está nada claro. Asser asegura que esta medida hizo que la ciudad volviera a ser habitable, aunque resulta evidente, a partir del registro arqueológico, que la población ya se había estado reubicando dentro de las antiguas murallas romanas de Londres durante varias décadas, desde que el wic, más accesible pero indefenso, situado al oeste de la ciudad, había sufrido un ataque vikingo. Desde mediados del siglo IX, las fuentes dejan de referirse a Lundenwic y comienzan a hablar de Lundenburh.[53]
Parece más probable que la «restauración» de Londres por parte de Alfredo en el 886 supusiera reconstruir sus defensas, mejorar su aspecto y, tal vez, trazar una tosca cuadrícula de calles; el tipo de transformación que sus predecesores habían realizado en Winchester. También existía un propósito político en la visita regia, puesto que la Crónica Anglosajona nos informa de que «todos los ingleses [Angelcynn] que no estaban bajo el dominio de los daneses se sometieron a él». Por tanto, podríamos imaginar una gran reunión de los principales súbditos del rey, tanto de Wessex como del oeste de Mercia, que culminó en una ceremonia en la que todos le juraron lealtad. En ese momento, afirma el cronista, el rey confió Londres al ealdorman Etelredo, una oportuna decisión que reconocía la antigua pretensión de Mercia sobre esta ciudad. Casi al mismo tiempo, Alfredo vinculó a Etelredo aún más con su persona al convertirlo en su yerno, ya que, en el 887, el ealdorman se había casado con Etelfleda, la hija del rey.
[54]
La restauración de Londres por Alfredo en el 886, en palabras de Asser, se produjo «después de que tantos pueblos hubieran sido incendiados y tanta gente masacrada». Había transcurrido medio siglo desde que los vikingos comenzaron a invadir Britania y veinte años desde la llegada del gran ejército pagano que había destruido tres de los cuatro reinos anglosajones. Solo Wessex había sobrevivido y Alfredo había hecho todo lo posible para reparar el daño sufrido. Asser describe los maravillosos salones de madera y piedra construidos a instancias del rey, y de otras residencias reales que fueron trasladadas por orden suya y reconstruidas en nuevos lugares.
Página 227
Aunque podemos suponer que, después de décadas de guerra devastadora, gran parte del reino seguía arrasado y en ruinas.[55]
La devastación provocada por los vikingos había afectado especialmente a la Iglesia. Los monasterios habían sido el principal objetivo de los asaltantes desde el principio porque eran una presa fácil, se hallaban indefensos y, a menudo, eran extremadamente ricos. Sus ornamentos de oro y plata se habían saqueado, al igual que los monjes y las monjas que se vendieron como esclavos o fueron apresados para exigir un rescate. Asimismo, de vez en cuando, los vikingos intentaban obtener dinero por la devolución de códices valiosos. El Codex Aureus, un libro evangélico extraordinariamente suntuoso, quizá elaborado en el siglo VIII, en Canterbury, cuenta con una inscripción posterior de un ealdorman llamado Alfredo, que explica cómo él y su esposa se lo compraron a un ejército vikingo a cambio de oro, «porque no queríamos que permaneciera más tiempo en manos paganas» (fotografía a color n.º 15). Pero, en su mayoría, las bibliotecas de los monasterios y catedrales no tenían ningún valor a los ojos de los invasores paganos y su contenido fue incendiado.[56]
Alfredo lamentó esta situación en una reseñable carta que envió a todos sus obispos en algún momento de la década del 890. Una vez, dijo, los ingleses habían disfrutado de tiempos felices. Fueron gobernados por reyes sabios, que tuvieron éxito en la guerra y mantuvieron la paz en su hogar, y la tierra había estado llena de hombres santos, tan ilustrados que la gente de otras naciones buscaba sus conocimientos. Pero ahora, se lamentaba Alfredo, esos días habían quedado atrás. La enseñanza se había degradado hasta tal punto que eran pocos los que podían comprender los sacramentos o traducir una carta del latín al inglés. El severo juicio del rey se ve confirmado por la dramática caída de los estándares culturales en Canterbury durante las décadas del 850 y 860, cuando un solo escriba redactaba cartas en un rudimentario latín, repleto de errores y correcciones.
La causa más probable de este deterioro fue la violencia vikinga. Es probable que no sea una coincidencia que el declive de Canterbury se produjera poco después de la caída de la ciudad ante los nórdicos en el
851. En su carta, Alfredo respaldaba en parte esta explicación al referirse de pasada al momento en que «todo fue saqueado y quemado». Aunque también estaba convencido de que la podredumbre se había asentado mucho antes de la llegada de los paganos con sus antorchas: incluso
Página 228
cuando las bibliotecas estaban repletas de libros, insistía el rey, nadie podía leerlos, tanto había menguado el nivel de alfabetización.
Aunque algunos historiadores modernos han utilizado esta mención para minimizar el impacto devastador de los daneses, debemos mostrarnos cautos al asumirlo al pie de la letra. En este pasaje, Alfredo solo estaba diciendo lo que todos los autores cristianos hicieron para explicar los ataques vikingos. Si Dios dirigía el destino humano, y los hechos se desarrollaban de acuerdo con su plan, la conclusión lógica es que Él había enviado a los paganos y solo eran su instrumento elegido para castigar a los ingleses por sus pecados. «Recordad qué castigos nos sobrevinieron en este mundo cuando nosotros mismos no valoramos el saber», recordó el rey a sus obispos. «Solamente éramos cristianos de nombre y muy pocos de nosotros poseíamos las virtudes cristianas».[57]
Los autores cristianos habían adoptado la actitud de culpar a las víctimas desde que los vikingos irrumpieron por vez primera. Después del ataque a Lindisfarne en el 793, año que había sido testigo de la masacre de los monjes de la isla, el abad recibió una carta de Alcuino de York, escrita desde la corte de Carlomagno, que le recordaba a él y a los demás supervivientes que debían corregir cualquier vanidad en su vestimenta y evitar la embriaguez. Cuando los daneses comenzaron a invadir Wessex en la década del 830, la gente, según constaba, se mostró aterrorizada por la visión de un sacerdote que recalcaba que todo era culpa suya. Tales temores hicieron que el rey Egberto se dispusiera a realizar una peregrinación a Roma en el 839, que se vio frustrada por su propia muerte ese mismo año, aunque al final la emprendió su hijo Etelwulfo dieciséis años después, con el joven Alfredo a cuestas.[58]
Criado en esta tradición penitencial y autocrítica, Alfredo, una vez adulto, hizo todo lo que pudo para aplacar a un Dios furioso con la esperanza de recuperar el favor divino. La lucha desesperada por la supervivencia, que caracterizó la primera década de su reinado, le impidió contemplar una visita de regreso a Roma, pero, no obstante, se esforzó por mantener unas relaciones sólidas con el papado. Cuando sus oraciones por el éxito contra el ejército vikingo que acampó cerca de Londres en el 879 tuvieron una respuesta favorable, mostró su gratitud enviando limosnas a Roma de forma regular. Las monedas que han llegado a nosotros con el nombre del rey con la inscripción elimosina (limosna) probablemente se acuñaron de modo excepcional con el propósito de realizar tales pagos; y,
Página 229
en la década del 880, la Crónica señala de forma repetida los nombres de los ealdormen que las llevaron a la Ciudad Santa en nombre de Alfredo. El rey también fundó dos nuevas casas religiosas por el bien de su alma. Una, en Shaftesbury, era un convento, y su hija Edgiva fue su primera abadesa; la otra, para monjes, estaba en Athelney, la isla que había sido su refugio durante su hora más oscura. Pero hubo que traer desde ultramar a los miembros de las comunidades monásticas, explica Asser, porque no había suficientes nativos dispuestos a comprometerse con una vida monástica genuina. Al tratar de explicar semejante carencia, Asser eleva aún más las críticas: se debió a los ataques «frecuentes y salvajes» de enemigos extranjeros, o porque los ingleses habían perdido el entusiasmo por el monacato bien regulado.[59]
Este declive de la religión y el saber fue lo que Alfredo quiso corregir. No solo deseaba volver a fundar los monasterios e iglesias en ruinas, sino también restaurar sus bibliotecas perdidas y mejorar la alfabetización de todos sus súbditos, laicos y clérigos por igual. Para tal fin, empezó a reclutar eruditos para su propia corte. Según el propio rey, no había nadie digno de tal categoría en Wessex a comienzos de su reinado, por lo que los buscó en otros lugares. En primera instancia se dirigió a Mercia, cabe suponer que después de su anexión de la mitad occidental del reino, en torno al año 880. Asser menciona cuatro luminarias de esta procedencia: Werferth, el obispo de Worcester; Plegmundo, que más tarde se convirtió en arzobispo de Canterbury, y dos sacerdotes, Atelstán y Wærwulf, que sirvieron como capellanes reales. Alfredo, dice su biógrafo, colmó de honores a estos hombres y ellos, a cambio, le leían cuando lo deseaba, de día o de noche. Pero este cuarteto de eruditos, por muy sabios que fueran, resultaba insuficiente para la magna tarea que el rey tenía en mente, por lo que buscó otros aún más lejos. Hacia la época de la restauración de Londres en el 886, reclutó a dos sabios más del extranjero: Grimbaldo, un sacerdote del monasterio de San Bertín, «extremadamente erudito en todo tipo de doctrina eclesiástica», y Juan el Viejo Sajón, «inmensamente versado en todos los campos de la actividad literaria». También fue por esta época cuando el propio Asser se unió al círculo de Alfredo y acordó dividir su tiempo entre la corte del rey y su monasterio en St David, en Gales.[60]
En su niñez, el rey obviamente no era un gran aficionado a los libros. Cuando no tenía más de siete años, su madre le había regalado un volumen
Página 230
de poesía inglesa como premio por haber memorizado un pasaje antes que cualquiera de sus hermanos mayores. Aunque Alfredo recordaba esta anécdota con cariño, el relato de Asser supone admitir de forma tácita que, en ese momento, no sabía leer. En un párrafo anterior, Asser culpaba a los padres y tutores del rey por el hecho de que Alfredo siguiera siendo analfabeto hasta su adolescencia y, en otra ocasión, afirma que, cuando ya era adulto, el rey solía quejarse ante sus consejeros más cercanos de su escasa educación formal.
A pesar de sus limitaciones juveniles (o, más probablemente, su desidia), Alfredo estaba decidido a corregir semejante carencia intelectual. La primera tarea de los eruditos que reunió en su corte en la década del 880 fue mejorar la comprensión del rey de los libros escritos en latín. Asser, que fue uno de esos tutores, relata un episodio decisivo que ocurrió el 11 de noviembre del 887, cuando Alfredo le pidió que copiara un pasaje en particular y, acto seguido, comenzó a traducirlo al inglés. Después de esto, dice el biógrafo, no hubo quien lo detuviera. El rey demandaba constantemente copias de algunos textos en particular, que juntaba para formar un librito que llevaba consigo a todas partes.[61]
El motivo adicional de Alfredo para reunir a su camarilla de intelectuales de primera fila fue la producción de libros en inglés. Se trataba de una iniciativa muy inusual. El inglés se había utilizado desde principios del siglo VII para redactar documentos administrativos, como estatutos y códigos legales, pero nunca para las grandes obras literarias, teológicas o filosóficas, redactadas en exclusiva en latín o griego. Como explicaba el rey en su carta posterior dirigida a los obispos, el renacimiento de la literatura latina era su objetivo final, pero había considerado que, para empezar, sería beneficioso tener grandes obras («libros que son muy necesarios que todos los hombres conocieran») traducidas al inglés, «el idioma que todos podemos entender», como lo describió Alfredo.[62]
Se han identificado al menos siete obras como resultado de este programa de traducción. Dos eran de Gregorio Magno, venerado por los ingleses por haber enviado la misión que produjo su conversión. Otros dos eran compendios históricos: la Historia eclesiástica de Beda suponía una elección obvia y las Historias contra los paganos (Historiae adversus paganos) de Orosio era un texto popular que cubría el periodo comprendido desde la Creación hasta principios del siglo V. Solo un libro
Página 231
era bíblico: una versión inglesa de los primeros cincuenta salmos. Los dos restantes eran obras filosóficas: los Soliloquios de san Agustín, compuestos en el siglo IV, y la Consolación de la filosofía (De consolatione Philosophiae) del noble romano del siglo VI, Boecio.[63]
Se creía que todas estas traducciones, salvo una, surgieron de la mano del propio Alfredo. Asser nos informa de que los Diálogos de Gregorio Magno habían sido traducidos por el obispo Werferth, pero la traducción de los seis libros restantes se atribuyó al rey, aunque con la ayuda de su equipo de expertos. Más adelante, en el siglo XX, este canon se redujo a cuatro, cuando los expertos concluyeron que las versiones en inglés de Beda y Orosio eran demasiado diferentes a las otras obras para haber sido realizadas por la misma mano. En los últimos años, sin embargo, se ha propuesto que Alfredo no debió de involucrarse directamente en las traducciones de ninguna de estas obras. Los motivos esgrimidos son que al rey le habría faltado el tiempo y la profundidad de comprensión necesarios para realizar algo del pesado trabajo intelectual que requerían unos textos tan complejos. Por tanto, la idea de un Alfredo traductor sería una simple convención literaria.[64]
Figura 19: Una página de la traducción de Alfredo de la Pastoral Care de Gregorio
Magno. Fotografía: Biblioteca Bodleiana / Ms. Hatton 20, f.o 1r, cortesía de imágenes Bodleian.
Página 232
No obstante, a partir del testimonio de Asser, no parece existir ningún buen motivo para dudar de que Alfredo pudo haber traducido algo con el respaldo de su equipo de expertos de renombre internacional. En especial, parece difícil desacreditar la idea de que trabajó en la Pastoral de Gregorio Magno, pues se jacta de haberlo hecho en la célebre carta que envió a todos sus obispos. (Nos ha llegado la misiva porque conforma el prefacio del propio libro.) «Empecé a traducir la obra que en latín se llama Pastoralis, y en inglés Libro del Pastor, a veces palabra por palabra, a veces sentido por sentido», dice el rey, «como lo aprendí de Plegmundo, mi arzobispo, de Asser, mi obispo, de Grimbaldo, mi sacerdote secular, y de Juan, mi sacerdote diocesano». Alfredo estaba, de hecho, tan complacido por su logro que ordenó realizar una copia del libro para cada obispado de su reino. «Y en cada copia –añade con entusiasmo–, habrá un æstel por valor de cincuenta mancuses». Al parecer, un æstel era un puntero, ideado como ayuda para la lectura, y un mancus era una moneda de oro que valía treinta peniques de plata.[****] Por tanto, estos punteros en concreto debían estar muy ornamentados, y se ha sugerido que la famosa joya de Alfredo, descubierta en 1693, era el mango decorativo de uno de ellos (imagen a color n.º 16). Labrado en oro fino, incluye la leyenda «AELFRED MEC HEHT GEWYRCAN» (Alfredo ordenó que me hicieran), y posee un hueco que podría haber contenido una pequeña varilla, tal vez de marfil.[65]
Es imposible precisar con certeza si Alfredo participó o no en la traducción de los otros libros que le atribuyeron los cronistas y copistas posteriores. Los argumentos a favor y en contra de su participación, que giran en torno al análisis filológico de los distintos textos, son incapaces de aportar una prueba concluyente en cualquier sentido.[66] Pero, a menos que intentemos adivinar los pensamientos del rey a partir de tales traducciones, la cuestión apenas importa. Lo más relevante e incontrovertible sigue siendo que el proyecto para traducir esas obras latinas al inglés fue iniciativa del propio Alfredo. Seleccionó los textos que consideraba «más necesarios para que todos los hombres los conocieran» y debatió sobre su contenido con los eruditos que había reclutado para ayudar en esta labor. Sin Alfredo en la supervisión de sus trabajos, nada de esto hubiera sucedido. La determinación del rey de alfabetizar a su pueblo fue, en gran medida, una iniciativa personal. En su corte estableció una escuela a la que, según Asser, asistían tanto niños nobles como de baja
Página 233
cuna. También, asegura Asser, obligó a sus ealdormen y thegns a aprender a leer, so pena de ser destituidos de sus puestos. El objetivo, como explicó Alfredo en su carta, era garantizar que todos los jóvenes nacidos libres entre los ingleses pudieran leer y escribir en su propio idioma. De este modo, promovió una lengua que antes solo se empleaba con fines administrativos, para convertirla en una literaria. Y, al mismo tiempo, fomentó la idea de que los ingleses eran un único pueblo. En la traducción de la Historia eclesiástica de Beda, gens anglorum se traduce como Angelcynn, la misma palabra que Alfredo empleó en sus documentos administrativos para describir a sus súbditos, tanto de Wessex como de Mercia. A pesar de sus diferencias pasadas, el rey estaba decidido a demostrar que los habitantes de los dos reinos compartían una identidad común. Tal vez por ello encargó su propia obra histórica, la Crónica Anglosajona. En su versión original, la Crónica parece haber concluido en el 890, cuando Alfredo gobernaba a su pueblo en paz.[67]
Por desgracia, la Crónica pronto requirió una continuación, porque, en los años que siguieron, el reino de Alfredo se vio sometido a una nueva oleada de ataques vikingos. En el 892, una mala cosecha en el norte de Francia provocó una hambruna generalizada y el gran ejército danés que había estado asaltando y saqueando ese territorio durante la década anterior decidió marchar a Britania. Hacia finales de año, dos flotas distintas zarparon de Boulogne. La primera, que contaba con 250 barcos, se dirigió a la costa sur de Kent y se abrió paso por el estuario del río Rother, a fin de establecer un campamento fortificado en Appledore; la segunda, con 80 naves, desembarcó poco después en la costa septentrional de Kent y acampó en Milton, cerca de Sittingbourne. El gran ejército del sur había anunciado su llegada a Appledore al asaltar un burh cercano a medio construir y solo guarnecido por un puñado de campesinos. Esta circunstancia provocó una furiosa diatriba en Asser, que escribió su biografía sobre Alfredo al año siguiente, acerca de quienes habían despreciado las órdenes del rey y descuidado su deber de construir fortalezas. Estas mismas personas, escribió, ahora lamentaban la pérdida de sus posesiones y sus seres queridos, que habían sido asesinados o llevados al cautiverio por los daneses.[68]
Página 234
Alfredo respondió a la invasión reuniendo un ejército y adoptando una posición central en Kent, entre las dos fuerzas, «para poder alcanzar a cualquiera de los ejércitos –explica la Crónica Anglosajona–, si decidían salir a campo abierto». De esta forma, el rey marcó la pauta de su estrategia durante estos años, que resultó cautelosa en extremo. Sin duda recordaba los días, más de dos décadas antes, en los que los hombres de Wessex se lanzaron heroicamente a la batalla contra los invasores, solo para verse mermados por las continuas pérdidas y al final derrotados. En ese momento, con cuarenta y tantos años, Alfredo había aprendido a ser más prudente y depositaba su confianza en el sistema defensivo que había construido con mucha paciencia. Según la Crónica, cada vez que los vikingos de cualquiera de los campamentos cabalgaban en pequeñas partidas para atacar, las compañías montadas del ejército del rey o de los burhs circundantes los mantenían a raya.[69]
Para la primavera del 893, la fuerza vikinga de mayor tamaño, en el sur de Kent, se había impacientado por su confinamiento y la falta de progresos. En Pascua abandonaron el campamento de Appledore y se dirigieron hacia el oeste a través del bosque de Weald: se abrieron paso a través de Hampshire y Berkshire, y amasaron un gran botín. Antes de partir de Kent, habían enviado sus barcos hacia el este bordeando la costa, hasta Essex, con la intención de reunirse con ellos, una vez terminada la incursión. Pero cuando se retiraban de Wessex, cargados de botín, se enfrentaron a un ejército dirigido por Eduardo, el hijo mayor de Alfredo. El joven príncipe, que por entonces tenía unos veinte años, se desenvolvió bien y venció a los invasores en la batalla de Farnham, para después perseguirlos a través del Támesis y sitiarlos cuando, desesperados y exhaustos, se refugiaron en una isla en el río Colne. Sin embargo, se le negó una victoria completa cuando sus propios hombres anunciaron que el periodo de su servicio militar había expirado y partieron antes de que llegaran los reemplazos. Por tanto, Eduardo se vio obligado a negociar una tregua y permitir que sus enemigos se marcharan.[70]
Mientras tanto, Alfredo había tratado de neutralizar a los vikingos en el norte de Kent mediante negociaciones, entregando dinero a su líder, Hastein, con la esperanza de poner fin a las hostilidades. Como es obvio, se trataba de un intento de repetir su exitoso acuerdo con su anterior oponente danés, Guthrum, que fue bautizado en el 878 y, al parecer, mantuvo relaciones pacíficas con él hasta su muerte en el 890. A cambio
Página 235
de la generosidad del rey, Hastein prestó juramento, entregó a los rehenes y sus dos hijos aceptaron el bautismo. Es de suponer que también prometió abandonar el reino de Alfredo, porque una vez que terminaron las negociaciones, él y sus seguidores navegaron por el estuario del Támesis y establecieron un nuevo campamento en la costa de Essex, en Benfleet.
Sin embargo, cualquier esperanza de que esto supusiera el final del asunto se desvaneció muy rápido. Tan pronto como Hastein y su ejército partieron, Alfredo recibió informes de nuevos ataques en la costa sur de Wessex, dirigidos por los daneses que ya se habían establecido en Anglia Oriental y Northumbria. El año anterior, tan pronto como los vikingos de Francia desembarcaron en Kent, Alfredo buscó garantías de neutralidad de los gobernantes escandinavos de estos antiguos reinos ingleses, pero al final la tentación de unirse al ataque contra Wessex resultó irresistible. Una flota de cien naves, al parecer dirigida por un rey de Northumbria, llamado Sigeferto, navegó por la costa oriental a lo largo del canal de la Mancha, y comenzó a devastar la costa de Devon. Mientras tanto, las dos fuerzas vikingas que se habían retirado de Kent, reunidas en Essex, se fusionaron bajo el liderazgo de Hastein y empezaron a lanzar incursiones sobre Mercia.[71]
Alfredo decidió enfrentarse él mismo a los vikingos en Devon, pero al llegar descubrió que la flota enemiga se había dividido en dos. Cuarenta de sus cien barcos habían navegado en torno a la punta de Cornualles y atacaban una fortaleza en la costa norte de Devonshire. Los sesenta buques restantes se habían detenido en Exeter y sus tripulaciones sitiaban la ciudad. La noticia de la llegada del rey hizo que levantaran el asedio y regresaran a las naves, pero, una vez más, Alfredo se vio atrapado entre dos campamentos, ocupado en una maniobra de contención.
Con Alfredo retenido en el sudoeste, la defensa de Mercia recayó sobre otros, es decir, sus thegns y ealdormen, y los miles de soldados que ocupaban los burhs. Su resistencia se inició con fuerza, reunieron un ejército en Londres y avanzaron hacia Essex, para atacar el campamento de Hastein en Benfleet. En el momento de su llegada, el caudillo vikingo se ausentaba con algunas de sus fuerzas, por lo que los ingleses pudieron asaltar la fortaleza y apoderarse de los bienes que contenía, así como de las mujeres y los niños (la esposa y los hijos de Hastein entre ellos). Los atacantes completaron la exitosa operación con la destrucción de la flota vikinga; destrozaron o incendiaron algunos de los barcos, zarparon con
Página 236
otros por el estuario hasta Rochester y se llevaron el resto con ellos de regreso a Londres, junto con su botín y prisioneros.[72]
Hastein, sin embargo, no se dejó intimidar por esta derrota. Pronto se le unieron un gran número de guerreros de Anglia Oriental y Northumbria y, en los meses siguientes, estas fuerzas combinadas lanzaron dos grandes incursiones por toda Mercia. En la primera expedición, cabalgaron hasta la frontera con Gales y acamparon en una isla del río Severn en Buttington. Como respuesta, el gobernante de Mercia, el ealdorman Etelredo, reunió un gran ejército de todos los burhs circundantes y sitió la fortaleza temporal durante varias semanas, hasta que sus hambrientos defensores tuvieron que salir y se enfrentaron a ellos en batalla. Muchos daneses perecieron, dice la Crónica, aunque también muchos thegns del rey, lo que significa que la mayor parte de los vikingos supervivientes lograron escapar de regreso a Essex. Más adelante, ese mismo año, tras reclutar más aliados de Anglia Oriental y Northumbria, los nórdicos iniciaron una segunda incursión: esta vez cabalgaron a marchas forzadas por todo el país a fin de apoderarse de las ruinas romanas de Chester. Una vez más, los ingleses los sitiaron y los obligaron a huir, y después de una breve incursión en Gales, regresaron a Essex, a través de un tortuoso itinerario por Northumbria y Anglia Oriental, para no pasar por Mercia.
Había transcurrido un año desde la llegada de los vikingos de Francia, y tuvo que resultarles cada vez más frustrante que, a pesar de todos sus esfuerzos y la, en apariencia, ilimitada provisión de nuevos reclutas, las tácticas que les habían servido tan bien en el pasado ya no les funcionaban. Antaño habían logrado irrumpir sin oposición en un reino e instalarse en los centros de poder existentes, como Canterbury, York o Repton. Sin embargo, en esta ocasión habían descubierto que no podían adentrarse en Wessex debido a sus burhs bien defendidos, y sus intentos de crear nuevas bases en la periferia occidental de Mercia habían fracasado. El autor de la Crónica no halló nada sustancial que decir sobre las actividades de Alfredo en Devon, aunque esto solo demuestra que su estrategia global había tenido éxito. Los burh-men de Exeter habían impedido que los daneses tomaran la ciudad, y la presencia del ejército regio los había disuadido de saquear la campiña. Para el otoño del 893, los nórdicos habían llegado a la conclusión de que no tenía sentido permanecer allí y regresaron a Northumbria. Mientras navegaban a lo largo de la costa meridional, decidieron intentar compensar su decepcionante resultado en Devon con
Página 237
una incursión en Sussex, donde fueron atacados por la guarnición del burh en Chichester. Muchos cientos de vikingos acabaron muertos, dice la Crónica, y algunos de sus barcos fueron capturados, mientras que el resto logró escapar. Esta acción supuso una inesperada reivindicación de las medidas defensivas de Alfredo, onerosas, aunque eficaces.[73]
Tras casi un año entero sin incidentes documentados, el ejército vikingo en Essex probó una nueva táctica. La Crónica explica que, hacia finales del 894, los nórdicos abandonaron su base en la isla de Mersea y navegaron por el estuario del Támesis, luego por el río Lea, y acamparon a «veinte millas por encima de Londres», quizá en algún lugar cercano a Hertford. Dado que el Lea había sido el límite acordado entre Alfredo y Guthrum, esto no suponía una invasión, si asumimos que los escandinavos en efecto se hallaban en la orilla norte del río. Sin embargo, constituía una seria amenaza, como apreciaron vivamente los habitantes de Londres y su hinterland rural. Tras pasar el invierno a la espera y con el lobo en la puerta de casa, los londinenses se dispusieron a derrotarlos ellos mismos en el verano del 895. Pero la batalla no salió tal como esperaban, y después de que mataran a cuatro de los thegns del rey se vieron obligados a huir.
El fracaso de este asalto y la muerte de sus hombres hizo que el propio Alfredo acudiera con un ejército. Como en ocasiones anteriores, su actuación fue más pragmática que convencionalmente heroica. En lugar de arriesgarse a otro ataque directo a la fortaleza danesa, ordenó a sus tropas que protegieran a los campesinos mientras recogían la cosecha, negando así al enemigo la oportunidad de robársela. Entonces, el rey ideó una astuta estratagema para desalojar a sus vecinos no deseados: marchó a lo largo del Lea hasta encontrar un lugar adecuado para erigir dos nuevos burhs, uno en cada orilla. Tan pronto como comenzó la construcción de estas fortificaciones, los vikingos intuyeron que el plan consistía en impedir que sus barcos navegaran por el río. Es posible que Alfredo se inspirase en Carlos el Calvo, que había realizado algo similar en el Sena más de treinta años antes, aunque parece que esta era la primera vez que se intentaba una táctica similar en Britania. Los daneses, al darse cuenta de que estaban atrapados, abandonaron sus naves y tomaron los caballos. De vuelta al plan anterior de establecerse en el oeste de Mercia, cabalgaron de regreso al río Severn y montaron un nuevo campamento en Bridgnorth, donde pasaron el invierno siguiente.[74]
Página 238
No todos los planes de Alfredo tuvieron tanto éxito. Cuando los vikingos de Northumbria y Anglia Oriental reanudaron su asalto contra Wessex en el 896, la Crónica señaló que su capacidad para merodear a voluntad a lo largo de la costa sur se debía a su superioridad naval: «los barcos de guerra que habían construido muchos años antes». Alfredo respondió ordenando la construcción de una flota propia para contrarrestar la amenaza, unos buques construidos según su diseño personal, «como a él le pareció que serían más útiles». De tal iniciativa, por supuesto, procede la posterior reputación del rey como el padre fundador de la Royal Navy. Pero las naves de Alfredo eran ostentosamente grandes, algunas contaban con más de sesenta remos y, por tanto, eran menos efectivas de lo que podrían haber sido. Cuando las envió a enfrentarse a una modesta flota danesa ese mismo verano, todos los barcos nuevos del rey encallaron. Aun así, sus tripulaciones lograron enfrentarse al enemigo una vez desembarcadas y combatieron en las playas; pero, cuando volvió a subir la marea, los supervivientes daneses pudieron escapar primero. Más adelante, algunos de los fugitivos fueron obligados a desembarcar en Sussex y fueron conducidos a Winchester, donde Alfredo ordenó que los colgaran.
Sin embargo, fue en el verano del 896 cuando al final amainó el renovado asalto vikingo a Wessex que había comenzado cuatro años antes. La pérdida de al menos veinte naves a lo largo de la costa sur parece haber persuadido a los asaltantes marítimos de que partieran; asimismo, casi al mismo tiempo, los daneses acampados junto al Severn, en Bridgnorth decidieron marchar. Debían de padecer alguna presión militar por parte del ealdorman Etelredo y las fuerzas inglesas en Mercia, aunque la Crónica no tiene nada que decir al respecto y se limita a señalar que, durante el verano, la hueste acantonada en Bridgnorth se dividió. Mientras algunos se dirigieron a Anglia Oriental, otros lo hicieron a Northumbria, y los que no tenían dinero se embarcaron de regreso a Francia.[75]
La Crónica Anglosajona guarda un silencio similar sobre los últimos tres años de vida de Alfredo, hasta su muerte en el 899, y le otorga el más breve de los obituarios. Asser, que sin duda habría escrito algo mucho más completo, terminó su biografía en el 893, cuando el rey aún estaba vivo. Lo único que dice la Crónica es que Alfredo falleció el 26 de octubre, después de un reinado de veintiocho años, y que reinaba sobre todo el pueblo inglés, «salvo la parte que se hallaba bajo dominio danés». Esa última aclaración es una notable matización y debe contrastarse con las
Página 239
engañosas afirmaciones de los cronistas medievales posteriores, quienes aseguraron, de forma errónea, que Alfredo fue el primer rey que gobernó sobre toda Inglaterra. En realidad, había defendido con éxito Wessex y se había anexado la mitad de Mercia. El territorio que se extendía al norte y al este de Watling Street estaba fuera de su control y probablemente había más ingleses que vivían bajo el dominio danés que bajo el suyo.[76]
No obstante, haber salvado a su reino de la destrucción y haber librado a buena parte del vecino de la conquista danesa fueron unos logros más que considerables. Todos los demás soberanos anglosajones habían sido barridos por la tempestad vikinga que asoló Britania en el 865: solo Alfredo había resistido. Su supervivencia y su eventual triunfo no fueron tan solo el resultado de sus habilidades como guerrero: obedecieron tanto a su visión estratégica como a un talento político mucho más sutil. El rey inglés había entendido a la perfección la necesidad de reorganizar la mano de obra de Wessex y reforzar sus defensas para librarlo del destino de los otros reinos anglosajones, y persuadió con éxito a su población para que implementara sus proyectos. Sus logros tampoco deben valorarse únicamente en términos territoriales. Alfredo, con sus decididos esfuerzos por revertir la destrucción cultural causada por décadas de ataques vikingos, también fue el responsable de un notable renacimiento cultural y de aupar al inglés a un idioma literario. Sin duda no es el superhéroe de los mitos georgianos y victorianos, el fundador de la Royal Navy, y mucho menos «el personaje más perfecto de la historia», como insistía de forma hiperbólica un erudito del siglo XIX.[77] Pero fue valiente, inteligente, innovador, piadoso, resuelto y un líder con visión de futuro, cualidades que, en conjunto, justifican con creces la decisión posterior de honrarlo con el apelativo de «el Grande».
Después de su muerte, el cuerpo del rey fue inhumado en el Royal Burh de Winchester. Al parecer, durante los últimos meses de su vida, Alfredo había contemplado la idea de fundar un nuevo monasterio allí y adquirió un terreno apropiado, pero falleció antes de que pudiera iniciarse su construcción. Por consiguiente, fue en la pequeña iglesia del siglo VII que servía aún como catedral de la ciudad donde acabó enterrado. La tarea de construir algo más grande y monumental recaería sobre sus herederos.
[78]
Página 240
¿Un sobreesfuerzo imperial? 7
El rey Atelstán y la conquista del norte
Página 241
l terrible ataque de los «hombres paganos» en el año 793 a su comunidad monástica debió de perseguir durante mucho tiempo a los monjes de ELindisfarne y les hizo sentirse vulnerables e intranquilos. En algún momento de la primera mitad del siglo IX, ante la creciente actividad vikinga por todas partes, los religiosos abandonaron la isla que san Aidán había elegido para ellos dos siglos antes y se
trasladaron al continente, llevando consigo los restos mortales de su predecesor más célebre y poderoso, san Cutberto. Durante un tiempo, residieron a orillas del Tweed, en Norham, pero a mediados de la década del 870, cuando los señores de la guerra escandinavos dividían Northumbria, partieron de nuevo y al parecer vagaron de un lugar a otro durante siete años. En torno al año 883, se establecieron por fin en Chester-le Street, un antiguo fuerte romano a unos 96 kilómetros al sur, junto al río Wear. Aún permanecían en el lugar, medio siglo después, cuando les visitó el rey Atelstán.[1]
Corría el año 934 y Atelstán dirigía un ejército desde Wessex a través de Northumbria, para luchar contra los escoceses. Quiso detenerse en Chester-le-Street para venerar los restos de san Cutberto y colmar de regalos a los monjes. La descripción de tales presentes figura en un documento emitido por el rey durante su visita y transcrita en una historia de la comunidad compuesta alrededor de un siglo después. Incluían numerosos artículos de tela ricamente bordada: vestiduras eclesiásticas, cobertores de altares, cortinas, tapices y «un tocado real tejido en oro». También incluía muchos otros tesoros elaborados u ornados con oro y plata como copas, candelabros, brazaletes, campanas, cuernos para beber y una cruz «acabada en oro y marfil». Atelstán, asimismo, les concedió a los monjes una extensa propiedad regia en la ribera sur del Wear, y también varios libros: tres enjoyadas compilaciones de evangelios, un misal y «una vida de san Cutberto redactada en verso y en prosa».[2]
Por fortuna, una parte de esta generosa donación ha sobrevivido hasta hoy. Seis décadas después de la visita regia y más de un siglo después de su llegada a Chester-le-Street, los monjes decidieron mudarse de nuevo y se reubicaron once kilómetros más al sur, donde erigieron una nueva iglesia sobre un meandro del Wear, que se convertiría en la catedral de Durham. El santuario construido en esta catedral para albergar el cuerpo de Cutberto tras la conquista normanda se destruyó durante la Reforma, aunque su ataúd se ocultó en un hueco del muro. Cuando se redescubrió en
Página 242
1827, al abrirlo no solamente contenía el esqueleto completo del santo, sino también fragmentos del ataúd de madera minuciosamente tallado en el que había sido enterrado, una cruz pectoral de oro (imagen a color n.º 7) y un evangelio escrito no mucho después de su muerte. También albergaba restos de los textiles bordados que donó Atelstán en el 934, quizá la estola y el manípulo mencionados en el documento regio (imagen a color n.º 19). Todos estos objetos se exhiben hoy en día en el tesoro de la catedral.[3]
De un modo igual de milagroso, uno de los libros donados por Atelstán todavía se encuentra entre nosotros. Muchos elementos de la biblioteca de la catedral se dispersaron durante el siglo XVI, incluidos los Evangelios de Lindisfarne, que acabaron en la Biblioteca Británica. Respecto a los libros de Atelstán, no sabemos qué pasó con el misal y dos de los tres evangelios también han desaparecido. El tercero sobrevivió hasta el siglo XVIII, pero pereció en un incendio en 1731 que también consumió la Vida del rey Alfredo de Asser y chamuscó las páginas de Beowulf. No obstante, el volumen donado por el rey que contenía la vida de san Cutberto todavía existe y se conserva en el Corpus Christi College de Cambridge. Es una copia de las dos biografías de Cutberto escritas por Beda, y al principio cuenta con una miniatura a página completa del santo al que el propio Atelstán entrega el libro (imagen a color n.º 18). Es el retrato más antiguo de un rey inglés conservado en un códice.[4]
Esta imagen y la visita real que la inspiró cuentan algunas cosas importantes sobre Atelstán. En primer lugar, que era muy religioso. «El rey más piadoso Atelstán» es como se lo describe en la primera página del libro del evangelio destruido por un incendio en 1731. La cuantía de la donación indica, asimismo, que era muy rico: un gobernante que podía permitirse el lujo de recompensar a sus súbditos favoritos con cantidades casi vergonzosas de artefactos preciosos, así como tierras y dinero. Y, como consecuencia de su enorme riqueza, era extremadamente poderoso, quizá el más poderoso de todos los reyes ingleses antes de la conquista normanda. Atelstán visitó Northumbria en el 934, no como un visitante extranjero sino como su autoproclamado gobernante, tras haberse anexionado por la fuerza el antiguo reino independiente siete años antes. El ejército que dirigía contra los escoceses estaba compuesto por hombres de todas las regiones del sur de Britania, no solo guerreros ingleses de
Página 243
Wessex y Mercia, sino también daneses que se habían asentado en las partes orientales de la isla y britanos del oeste. Como soberano de este amplio territorio, Atelstán ostenta el derecho a ser considerado el primer rey de Inglaterra –aunque la palabra «England» aún no se hubiera creado– y en su corte se le otorgaban títulos aún más grandiosos, pues a veces se le llamaba «rey de toda Britania».[5]
Según la propia crónica que conservó el documento, antes de que Atelstán continuara su expedición contra los escoceses, dio instrucciones para que «si le ocurriera algo siniestro», su cuerpo fuera trasladado a Chester-le-Street para ser enterrado cerca de san Cutberto, quien podría presentarlo ante Dios en el Día del Juicio. Al final resultó que esta precaución resultó innecesaria, ya que la campaña del rey fue un éxito y regresó al sur para reinar durante cinco años más. Cuando finalmente murió en el 939, fue enterrado en Malmesbury, un antiguo monasterio de Wessex fundado a finales del siglo VII. La iglesia de la abadía, ahora la iglesia parroquial, todavía contiene un sarcófago realizado para conservar sus restos a finales de la Edad Media, sobre el cual se halla una efigie de tamaño natural del rey que lo ocupó algún tiempo. Pero Atelstán fue menos afortunado en su muerte que Cutberto, ya que durante la Reforma sus restos se destruyeron. Lo único con lo que ahora contamos es con una descripción de su cuerpo, redactada a principios del siglo XII por Guillermo de Malmesbury, uno de los más ilustres historiadores ingleses. Guillermo era un monje en Malmesbury y, como es evidente, había contemplado el interior de la tumba del rey; describe a Atelstán como delgado, «no más de lo que corresponde a su estatura», y con el cabello rubio «bellamente mezclado con hilos de oro».[6]
Gracias a Guillermo sabemos más sobre Atelstán que sobre la mayoría de los otros reyes ingleses del siglo X, cuyas vidas, por lo general, están muy mal cubiertas por las crónicas. Al escribir sus Gesta regum anglorum (Hechos de los reyes ingleses), Guillermo interrumpe su apartado sobre Atelstán para explicar cómo había descubierto recientemente «cierto volumen obviamente antiguo» que contenía un relato anterior de su reinado, y prosigue para incorporar a su relato parte de este nuevo material. En los últimos años se han presentado dudas sobre la autenticidad de esta información, sobre todo porque es posible demostrar, según criterios estilísticos, que los apartados que Guillermo parece presentar como citas textuales en realidad se compusieron en su propia
Página 244
época, en lugar de en algún momento de un pasado más lejano. Pero este aparente obstáculo no parece insuperable, ya que el propio Guillermo revela que el texto original de su «antiguo volumen» estaba escrito en un estilo tan florido y ampuloso que se vio obligado a reescribirlo con un lenguaje más sencillo y comprensible. Además, parte de la información que Guillermo reproduce de su fuente perdida resulta tan mundana en sus detalles que parece improbable que fuera inventada con alguna intención. Por tanto, la mayoría de los historiadores modernos están dispuestos a admitir la autenticidad de este material narrativo, aunque quizá con cautela, pues podría no ser del todo fiable.[7]
La anécdota más célebre que Guillermo de Malmesbury toma de su antiguo libro se encuentra entre la historia plausible y la leyenda conveniente. Cuando Atelstán era niño, relata, era bien parecido y elegante, y estas cualidades le otorgaron el cariño de su abuelo, el rey Alfredo, quien reconoció de forma pública la idoneidad del joven como futuro gobernante al investirlo a una edad temprana. Atelstán, que no podía tener más de seis años, recibió una capa escarlata, un cinturón enjoyado y una espada sajona con una vaina dorada. Dado que su ascenso al trono, que ocurrió veinticinco años después de la muerte de Alfredo, resultó ser muy polémico, las historias de que su ilustre abuelo lo eligió podrían estar bajo sospecha, y por buenos motivos. No obstante, cuenta con el respaldo, al menos parcial, de un poema dedicado a Atelstán cuando era niño y que expresa opiniones parecidas, y con el hecho de que el propio Alfredo, a una edad aproximada, ya había sido bendecido e investido por el papa en una ceremonia similar. Quizá, entonces, el anciano rey concedió públicamente tales honores a su nieto, cuando su propio reinado llegaba a su fin. Fue una lástima que no hiciera más para sofocar la disputa familiar entre la generación posterior a la suya, y que estalló pocos días después de su muerte.[8]
Alfredo fue sucedido en el trono en octubre de 899 por su hijo Eduardo, padre de Atelstán. Un siglo después, un autor lo apodó Eduardo el Viejo (Edwardus senior) para distinguirlo de su descendiente de corta existencia, Eduardo el Mártir, y ese apelativo se impuso; tiene el defecto de hacerlo parecer entrado en años cuando, en realidad, tenía veintitantos cuando fue coronado. A pesar de que Eduardo reinó durante un cuarto de siglo, se sabe
Página 245
muy poco sobre él como persona. Asser insinúa que era menos erudito que su hermano menor, Etelwerdo, y Guillermo de Malmesbury se muestra de acuerdo al afirmar que Eduardo era «muy inferior a su padre en el cultivo de las letras, pero incomparablemente más glorioso en el poder de su gobierno».[9]
El derecho de Eduardo a gobernar, sin embargo, fue inicialmente impugnado por su primo Etelwoldo. Hijo de Etelredo I, el hermano mayor de Alfredo, Etelwoldo era un niño pequeño en el momento de la muerte de su padre en el 871, por lo que el trono que podría haberle correspondido en otras circunstancias había acabado en manos de un adulto, Alfredo. Casi una década después, Etelwoldo y su hermano mayor, Etelhelmo, iniciaron la demanda para obtener una reparación, pues se quejaban de que se habían vulnerado sus derechos y de que su tío les había engañado en la herencia. Alfredo intentó resolver el asunto, como constata un testamento que redactó en la década del 880, pero la miserable compensación que otorgó a sus sobrinos obviamente los hizo sentirse estafados y resentidos. No sabemos más de Etelhelmo, y la suposición más razonable es que falleció antes de que concluyera el reinado de su tío. Pero Etelwoldo aún estaba vivo en el 899 y parecía dispuesto a vengarse.[10]
Tan pronto como se supo la noticia de la muerte de Alfredo, Etelwoldo se alzó en rebelión. Al parecer, su primera acción fue irrumpir en un convento, capturar a una de las residentes y convertirla en su esposa. La Crónica Anglosajona se refiere a este hecho de forma tangencial, al comentar que Etelwoldo había actuado «sin permiso del rey y en contra de los mandatos de los obispos». Debemos concluir que antes había deseado casarse con esa mujer, cuya identidad desconocemos, pero Alfredo y sus consejeros se lo negaron. Pudieron tener una relación familiar demasiado cercana o, tal vez, lo que es más probable, ella formaba parte de un poderoso linaje cuyas haciendas y respaldo resultarían útiles para sus demandas. En cualquiera de los casos, la prohibición del matrimonio y el enclaustramiento de su futura novia supusieron un nuevo agravio para Etelwoldo. Tras liberarla, él y sus seguidores marcharon a Wimborne en Dorset, se apoderaron de la residencia regia y se hicieron fuertes allí. Eligieron este lugar de forma deliberada para enfatizar su reclamación al trono, pues su padre fue enterrado en la abadía de Wimborne. Atrincherado en los aposentos reales, dice la Crónica, Etelwoldo declaró que «viviría allí o moriría allí».
Página 246
En última instancia, no hizo ninguna de las dos cosas. El nuevo rey, Eduardo, respondió con celeridad al desafío de su primo y marchó con un ejército hasta Badbury Rings, un castro de la Edad del Hierro situado a unos seis kilómetros al noroeste de Wimborne. Ante la perspectiva de un asedio del que seguramente no sobreviviría, Etelwoldo decidió que la huida era el mejor modo de demostrar valor y se marchó al amparo de la noche, abandonando a la mujer que había secuestrado. Al saber de la noticia, Eduardo ordenó que lo persiguieran, pero los hombres del rey no pudieron alcanzar al aspirante al trono fugitivo antes de que llegase a la frontera y se adentrara en el territorio danés.
Hacia finales del reinado de Alfredo, el statu quo territorial entre ingleses y daneses era muy similar al de veinte años antes. A pesar de los elogios posteriores que lo elevaron al rango del «fundador de Inglaterra», Alfredo había ampliado su reino de un modo bastante modesto. Mantuvo su gobierno en Wessex y se anexionó la parte de Mercia que se hallaba al oeste de Watling Street, el límite acordado con su antiguo enemigo, Guthrum, después de la sumisión de este caudillo vikingo en el 878. Todo lo que se extendía al norte y al este de esa línea estaba bajo el dominio de hombres de ascendencia nórdica.
El número de escandinavos que se establecieron en esas regiones supone una cuestión que no puede responderse de un modo concluyente, aunque las evidencias fiables indican que debió ser sustancial. Al igual que con el debate sobre la inmigración anglosajona a Britania en los siglos V y VI, los intentos de hallar una respuesta utilizando los estudios genéticos producen unos datos inadecuados y unos resultados muy discutibles. Las evidencias lingüística y arqueológica, sin embargo, son claras y elocuentes. En amplias regiones del norte y el este de Inglaterra, encontramos infinidad de topónimos terminados en -by o -thorpe, dos sufijos procedentes del nórdico antiguo. Fue en este momento cuando el monasterio fundado por santa Hilda en Streaneshalch pasó a llamarse Whitby, y el asentamiento que había sido Northworthig empezó a ser conocido como Derby. Casi la mitad de los nombres de lugares de Yorkshire registrados en el Libro de Domesday de 1086 presentaban estos orígenes escandinavos. Además, miles de préstamos de palabras nórdicas
Página 247
aparecen en fuentes inglesas redactadas después de finales del siglo IX. Un préstamo gramatical notable fueron los pronombres they, their y them.[11]
El argumento lingüístico, que se ha mantenido durante algún tiempo, se ha visto respaldado en los últimos años por nuevos hallazgos arqueológicos de finales del siglo IX y principios del X que son inequívocamente escandinavos: monedas, prendas de vestir y amuletos con simbología pagana. En las últimas décadas, los detectoristas han descubierto alrededor de quinientos artefactos de este tipo en el norte y este de Inglaterra, a menudo en zonas rurales aisladas. La mayoría son objetos sin vinculación con las élites y, en el caso de las prendas de vestir, fabricadas tanto para propietarios masculinos como femeninos, lo que sugiere que en estas regiones se asentaron escandinavos de todos los rangos sociales, tal como nos hace suponer la Crónica Anglosajona. Los historiadores que han analizado todas estas evidencias han establecido la cautelosa hipótesis de que el número total de recién llegados podría haber estado entre 20 000 y 35 000.[12]
Los historiadores modernos a menudo se refieren al área de asentamiento escandinavo como el Danelaw, aunque ese término aparece por primera vez en las fuentes a principios del siglo XI, y puede aportar la engañosa impresión de que ese territorio de alguna manera constituía una sola entidad. En realidad, el área de asentamiento danés estaba dividida en varias regiones políticas distintas y gobernada por una pléyade de figuras que competían entre sí: reyes cuyos nombres, en su mayoría, no están registrados, además de jarls y holds, los equivalentes en estatus a los ealdormen y thegns del rey. El antiguo reino inglés de Anglia Oriental, gobernado por Guthrum hasta su muerte en el 890, a partir de entonces cayó en manos de reyes cuyos nombres solo se conocen a través de las monedas. Mientras tanto, las Tierras Medias Orientales, hasta el estuario del Humber, parecen haber estado gobernadas por una vaga coalición de señores de la guerra daneses, cuyas bases de poder se hallaban en Leicester, Nottingham, Stamford, Lincoln y Derby, que las fuentes posteriores denominan, de forma genérica, los Cinco Burgos. Por último, el reino de Northumbria, que fue repartido por Halfdan y sus seguidores en el 875, quedó dividido en dos. Su mitad norte, más allá del río Tees, aún se encontraba en manos de una dinastía inglesa con base en la antigua fortaleza de Bamburgh, pero su parte meridional se había transformado en un nuevo reino escandinavo con capital en York.[13]
Página 248
El Danelaw y sus diversos soberanos suponían una continua amenaza existencial para el reino anglosajón creado por Alfredo. Como ya hemos visto, cuando un gran ejército vikingo procedente de Francia invadió Kent en el 892, y atacó repetidas veces Wessex y Mercia en los cuatro años siguientes, los daneses que ya se habían asentado en Northumbria y Anglia Oriental se convirtieron en sus complacientes aliados. Sabemos que Alfredo y sus herederos sobrevivieron y al final salieron airosos a esta amenaza, por lo que podemos caer con facilidad en la trampa de asumir que este triunfo era inevitable, en especial dados los elogios que se prodigan a Alfredo por haber detenido la marea vikinga. Sin embargo, los ingleses de entonces no disfrutaban de tal certeza y sabían que sus vecinos nororientales solamente requerían de un mínimo incentivo para reanudar las hostilidades con la esperanza de destruir el reino.[14]
Semejante estímulo surgió a comienzos del reinado de Eduardo el Viejo por su primo fugitivo. Tras llegar a Northumbria en el 899, Etelwoldo logró, como por ensalmo, persuadir a los colonos escandinavos de que lo aceptaran como su rey. La noticia de que una disputa sucesoria había dividido a la casa real de Wessex le debió de sonar a música celestial a los vikingos asentados en el norte, y Etelwoldo no perdió tiempo en reavivar tales expectativas de conquista en su propio beneficio. En el otoño del 901, apenas dos años después de la muerte de Alfredo, navegó por la costa este «con la mayor flota que logró reunir» y acampó en Essex. En poco tiempo habían persuadido a los daneses de Anglia Oriental de que se unieran a su empresa, y en el 902 sus fuerzas combinadas invadieron Mercia, avanzaron hasta el Támesis y luego cruzaron el río en Cricklade para saquear el interior de Wessex.
Para cuando Eduardo reunió un ejército con el objeto de repeler el ataque, los invasores ya se habían retirado con su botín y estaban de regreso en Anglia Oriental. Por tanto, el rey actuó del mismo modo y condujo a sus tropas al territorio enemigo y saqueó la región circundante de Cambridge y Ely. Sin embargo, los hombres de Kent, explica la Crónica Anglosajona, se demoraron demasiado e ignoraron las repetidas órdenes de Eduardo de acabar con los estragos y regresar a casa. Como resultado, fueron atacados por la hueste danesa en un lugar llamado Holme, donde se produjo una sangrienta batalla. La Crónica enumera las bajas de alto rango en ambos bandos y cita los nombres de los ealdormen, thegns y holds que perecieron en la lucha. En teoría fue una victoria danesa, ya que
Página 249
permanecieron en el campo después, pero entre los caídos estaban sus dos líderes: Erico, el rey de Anglia Oriental, y Etelwoldo, rey de Northumbria y aspirante al trono de Wessex.
La muerte de su primo supuso una afortunada circunstancia para Eduardo, pues puso fin de un plumazo al desafío a la legitimidad de su gobierno. Sin embargo, respecto a librar a su reino de una invasión, apenas cambió nada. Durante los siguientes tres años la Crónica guarda silencio, aunque es probable que continuaran los ataques tanto desde Anglia Oriental como desde Northumbria. No fue hasta el año 906 cuando afirma que Eduardo hizo las paces con los nuevos soberanos de ambas regiones, e incluso entonces una versión de la crónica añade que lo hizo «por necesidad». Tales palabras plantean la posibilidad de que el nuevo rey inglés, al igual que su padre, tuviese que pagar tributo a los daneses a cambio del cese de las hostilidades.[15]
La primera señal de que Eduardo tomó la iniciativa militar se produjo en el 909, cuando envió una fuerza formada por tropas de Mercia y Wessex en una incursión de un mes de duración en «el territorio del ejército del norte». Es obvio que se trataba de la región en torno a Lincoln, ya que, además de esclavos y ganado, también trajeron los restos del rey de Northumbria, san Osvaldo, que se hallaban en la abadía de Bardney. Los daneses invadieron Mercia al año siguiente, en busca de venganza, al pensar que Eduardo se hallaba en Kent, supervisando la construcción de una gran flota. Pero el rey recibió noticias de las acciones de sus enemigos y envió un ejército para interceptarlos cuando regresaban. El 5 de agosto del 910, en Wednesfield, justo al este de Wolverhampton, los invasores fueron emboscados cuando cruzaban un río. Miles de ellos perecieron, entre ellos buena parte de sus líderes: la Crónica nombra cinco holds, dos jarls y un par de reyes en su lista de muertos daneses.[16]
Aunque dicha Crónica asegura que esto supuso una victoria para Eduardo, como obviamente él no estuvo presente, parece probable que los laureles deban recaer sobre su hermana Etelfleda. La hija mayor del rey Alfredo había desposado, a instancias de su padre, con el gobernante de facto de Mercia, el ealdorman Etelredo, en algún momento anterior al 887, cuando aún era una adolescente. Cuando se produjo la batalla en Wednesfield, ella debía tener unos cuarenta años y su esposo debía ser
Página 250
mucho mayor. Según los Anales Irlandeses, en ese momento el ealdorman ya había estado enfermo durante varios años y el gobierno de Mercia recaía sobre su esposa. Los anales llaman a Etelfleda «reina de los sajones» y describen cómo luchó contra los vikingos que se habían asentado cerca de Chester después de los expulsaran de Dublín. Cuando el achacoso Etelredo falleció al año siguiente, en la práctica, apenas hubo cambios. El rey Eduardo aprovechó la oportunidad para asumir el control directo sobre Londres y Oxford, pero, más allá de esto, no usurpó la autoridad de su hermana mayor, quien continuó reinando por derecho propio como «Señora de Mercia».[17]
Con independencia de quien en realidad mereció los méritos de la victoria en Wednesfield, la eliminación de la élite vikinga norteña ofrecía una gran oportunidad a los hijos de Alfredo, que aceptaron de buena gana. Ya no se limitarían a enviar ejércitos más allá de la frontera para apoderarse de ganado, esclavos o reliquias, sino que a partir de entonces conquistarían territorios. Eduardo comenzó presionando al reino danés de Anglia Oriental, y en el 911 erigió un nuevo burh en Hertford y otro en Witham, Essex, al año siguiente. Etelfleda, que ya había asegurado el noroeste de Mercia, comenzó a ejercer presión en la frontera de Watling Street construyendo burhs en Stafford y Tamworth. Este último, que había sido una de las residencias regias más importantes de Mercia desde al menos la época de Offa, debió de considerarse una reconquista especialmente significativa.[18]
Si a veces los habitantes de estas regiones se sometían de forma voluntaria, sus señores daneses no lo hicieron y respondieron con incursiones en territorio inglés. Pero no tuvieron demasiado éxito, y la población local respondió haciéndoles huir. Una vez asentados, los escandinavos carecían de la cohesión que habían poseído como un único gran ejército. Cuando la Crónica describe sus ataques, habla de fuerzas de distintas ciudades de las Tierras Medias: «el ejército de Northampton y Leicester», por ejemplo. Y mientras Etelfleda y Eduardo construyeron más burhs a lo largo de la frontera entre el 915 y 916, algunos líderes daneses comparecieron ante el rey inglés y lo aceptaron como su señor.[19]
En el 917, la presa se rompió. En la primavera de ese año, las fuerzas de Eduardo avanzaron más hacia el Danelaw, erigieron un burh en Towcester, asaltaron un campamento danés en las cercanías de Tempsford y masacraron a todos los que se negaron a rendirse, incluidos dos jarls y
Página 251
un rey anónimo, muy probablemente el soberano de Anglia Oriental. Cuando Eduardo se personó en la frontera ese otoño, se encontró con un aluvión de señores escandinavos de todas las Tierras Medias Orientales, ansiosos por someterse, y cuando se trasladó a Essex, la historia se repitió con daneses de toda Anglia Oriental que se postraron ante él a cambio de la paz. Mientras tanto, su hermana había avanzado hacia los Cinco Burgos y tomado Derby tras una lucha sangrienta.[20]
Llegados a este punto, las dos campañas inglesas estaban cerca de converger. A principios del 918, Etelfleda tomó Leicester sin violencia y en la primavera Eduardo ocupó Stamford. Sin embargo, el 12 de junio, Etelfleda falleció por causas desconocidas en Tamworth, lo que provocó que su hermano interrumpiera su avance para asumir el control del oeste de Mercia. Parece bastante probable que intentase lo mismo tras la muerte del ealdorman Etelredo en el 911, pero la obstinación de su hermana y la tendencia separatista merciana, que se resistía al gobierno directo de Wessex, lo frustraron. De ser así, esta vez Eduardo estaba decidido a lograrlo de una vez por todas. Tras ocupar Tamworth, aceptó la sumisión de «toda la nación de la tierra de los mercianos». Sin duda, algunos se sometieron de buena gana, pero otros deseaban preservar su independencia y reconocieron a Elfwynn, la hija adulta de Etelfleda, como su nueva gobernante. Cuando supo de este plan, Eduardo actuó con rapidez para desbaratarlo. Elfwynn, dicen las fuentes, «fue privada de toda autoridad sobre Mercia y conducida a Wessex». No habría una nueva Señora de Mercia.
Tras anexionarse al fin la Mercia inglesa, Eduardo reanudó de inmediato su avance hacia el territorio controlado por los daneses y tomó Nottingham, el cuarto de los Cinco Burgos en caer. Hacia este momento, sin embargo, hay evidencias de que su campaña se estaba quedando sin impulso. La Crónica, que se esfuerza por maximizar los triunfos del rey, afirma que todos los daneses de Mercia se sometieron a su voluntad, pero el hecho de no mencionar Lincoln apunta a que el último de los Cinco Burgos se mantuvo en rebeldía. Incluso la sumisión de Nottingham a Eduardo parece haber sido una especie de acuerdo de compromiso, ya que la Crónica admite que después estuvo guarnecida «tanto con ingleses como con daneses».
A pesar de todo, los avances del rey en el 917 y 918 habían sido espectaculares. A comienzos de su reinado, el área sobre la que ejercía una
Página 252
autoridad directa apenas era mayor que la gobernada por su padre. Pero, a finales del 918, Eduardo era reconocido, aunque fuese tímidamente o de mala gana, como soberano de toda Britania meridional al sur del Mersey y el Trent. Los caudillos locales de Mercia, Anglia Oriental y los Cinco Burgos salvo uno se habían visto obligados a reconocer su autoridad, al igual que los gobernantes de Gales. En los dos años siguientes, Eduardo trató de apuntalar estas conquistas con la construcción de nuevos burhs a lo largo del río Mersey, en Thelwall y Manchester, y reforzando Nottingham con un puente fortificado sobre el Trent. En el 920 condujo a su ejército por el Derwent, un afluente del Trent, y plantó un burh en Bakewell.[21]
Esta última hilera de fortificaciones marcó el límite más septentrional del avance del rey. Más allá estaba el territorio de los vikingos de York, que se habían retirado de la lucha tras su devastadora derrota acaecida una década antes. Según la Crónica, también fue en el año 920 cuando estos vikingos reconocieron a Eduardo como su «padre y señor», al igual que los aún más distantes reyes de los escoceses y los britanos de Strathclyde. Parece sumamente improbable que estos gobernantes realmente admitieran tal supremacía, aunque también muy posible que Eduardo se hubiese reunido con ellos en algún enclave fronterizo para acordar los términos de paz.[22]
Después de esto, la Crónica no tiene nada más que decir sobre Eduardo antes de su muerte, que le sobrevino cuatro años después, con poco más de cincuenta años. «En este año –dice el registro del 924–, el rey Eduardo murió, y su hijo Atelstán lo sucedió en el reino». Pero la realidad fue mucho más complicada que eso.[23]
Los enredos surgieron después, debido a la ajetreada vida familiar de Eduardo: se había casado en tres ocasiones y tenía al menos trece hijos, cinco de los cuales eran varones. Atelstán era el mayor, y el único hijo que el rey había tenido con su primera esposa, Egwina. Pero en el momento de la sucesión de Eduardo, en el año 899, Egwina había fallecido o la había repudiado, lo que daba al rey la libertad de casarse con su segunda esposa, Elfleda, que después le dio dos nuevos vástagos, así como cinco hijas. Como es lógico, Elfleda estaba muy interesada en defender los intereses de su propia descendencia y pudo ser la responsable del desprestigio de su
Página 253
predecesora, a la que algunas fuentes tachan de simple concubina. Ciertamente, en el momento de su matrimonio con Eduardo, el primogénito del rey, Atelstán, había sido alejado de la corte paterna y enviado a Mercia, para criarse en la casa de sus tíos, Etelredo y Etelfleda.
[24]
Un cuarto de siglo después, tal decisión amenazaba con despedazar el reino de los anglosajones fraguado por Alfredo. Como demuestra el intento fallido de entronar a la hija de Etelfleda, aún había gente en Mercia deseosa de recuperar su antigua independencia. Según Guillermo de Malmesbury, cuando Eduardo murió en el 924 estaba reprimiendo una revuelta merciana contra su autoridad en Chester; una afirmación que se apoya en fuentes coetáneas que sitúan al rey en Farndon, a dieciséis kilómetros al sur de Chester, en el momento de su muerte. No es de extrañar, por consiguiente, que tan pronto como se difundió la noticia de la muerte de Eduardo, los mercianos se pusieran de acuerdo para que Atelstán, ahora de treinta años y criado en Mercia desde pequeño, sucediera a su padre. También resultaba igual de previsible que, entre los magnates de Wessex, la preferencia recayera sobre Etelwerdo, el hijo mayor del segundo matrimonio del rey, que se había criado entre ellos.
Así las cosas, se evitó una ruptura inmediata entre Mercia y Wessex cuando Etelwerdo falleció apenas quince días después de su padre. Esta no fue, ni mucho menos, la primera vez en que la muerte intervino de forma oportuna para zanjar una disputa sucesoria anglosajona y, como en otros casos mejor documentados, podemos sospechar de algún juego sucio. Resulta muy relevante que Etelwerdo muriese en Oxford, en la frontera entre Wessex y Mercia, lo que sugiere que había acudido a negociar y quizá lo pagó con su vida. Su deceso, sin embargo, no facilitó que Atelstán heredase todos los dominios de su padre. Entre los nobles de Wessex, la noticia de que su candidato hubiese perecido de forma inexplicable en su primera salida regia debió de aumentar la rebeldía y el resentimiento. Los habitantes de Winchester, sobre todo, debieron sorprenderse al descubrirse en procesión durante el funeral de Etelwerdo unos días después del celebrado por su padre. Ambos fueron enterrados en New Minster, la espléndida iglesia imaginada por Alfredo que se había hecho realidad durante el reinado de su hijo. Resulta verosímil la historia narrada por Guillermo de Malmesbury de que durante estos días se produjo un
Página 254
complot entre ciertos nobles de Winchester para apresar a Atelstán y sacarle los ojos.[25]
Al parecer, durante algún tiempo hubo división e incertidumbre: cuando Atelstán emitió un documento a principios del 925, no tenía firmantes de Wessex. Sin embargo, al final se alcanzó un acuerdo que satisfizo a las facciones rivales de la familia real. Una figura clave en las negociaciones que tuvieron lugar debió ser la tercera esposa de Eduardo el Viejo, Edgiva, quien le había dado dos vástagos más en los últimos años de su vida. Cabe suponer que el acuerdo alcanzado con Atelstán podría incluir la exigencia de que reconociera a sus jóvenes hermanastros como herederos y que no menoscabara sus derechos engendrando un hijo propio. La procreación suponía un deber que se esperaba de los soberanos medievales, aunque llama la atención que Atelstán no la cumplió. A pesar de alcanzar una edad madura, nunca se casó y no tuvo descendencia conocida. Tal vez este fue el precio que pagó para ser reconocido como rey de Wessex.[26]
Estas delicadas negociaciones explicarían también el largo retraso producido entre la muerte de Eduardo y Etelwerdo en julio del 924 y la unción de Atelstán, que no tuvo lugar hasta el 4 de septiembre del 925. El escenario de la ceremonia fue Kingston, una hacienda regia próxima al Támesis, a unos diecinueve kilómetros río arriba de Londres. Puede que esto no fuera del todo novedoso, ya que ignoramos dónde se habían consagrado los reyes de los sajones occidentales anteriores y al menos un gran consejo real se había celebrado allí previamente. Pero Kingston, sin duda, suponía un lugar apropiado para una investidura en el año 925, ya que se hallaba justo en la antigua frontera entre Mercia y Wessex. Al parecer, el arzobispo de Canterbury había redactado un nuevo servicio religioso especial para la ocasión y sus rezos subrayaban una y otra vez que Atelstán era el gobernante de dos pueblos. También introdujo una auténtica novedad, un nuevo elemento de la indumentaria regia. Las ceremonias anglosajonas anteriores habían culminado con los obispos colocando un yelmo sobre la cabeza de su nuevo rey, pero con Atelstán emplearon una corona. La práctica de que los soberanos llevasen una corona de oro tenía un origen romano, pero había sido revitalizada de forma reciente por los emperadores coetáneos de Europa.[*] Esta fue la primera vez que se empleaba en Britania, lo que hace que la ceremonia en Kingston del 925 fuera la primera coronación inglesa.[27]
Página 255
¿Este nuevo tocado de estilo imperial insinuaba las enormes ambiciones de Atelstán? Una vez consolidada la unión entre Wessex y Mercia, el nuevo rey trató de reanudar las negociaciones que, cinco años antes, su padre había iniciado con Northumbria. Por entonces, el reino norteño había estado gobernado por un nórdico llamado Ragnall, que había llegado de Irlanda hacía poco tiempo y conquistado York. Los vínculos entre los escandinavos de Northumbria e Irlanda existían desde la década del 860, cuando Ivar el Deshuesado realizó incursiones a ambos lados del mar de Irlanda, y después de él la mayoría de los gobernantes de York y Dublín probablemente eran miembros de su linaje. Sus trayectorias solían ser turbulentas y, como resultado, sus reinados a menudo eran breves. Ragnall, por ejemplo, apenas tuvo tiempo para alcanzar un acuerdo con Eduardo el Viejo en el año 920, antes de ser derrocado por Sihtric, otro descendiente de Ivar. En un intento de estabilizar las relaciones con este nuevo gobernante de Northumbria, Atelstán le propuso una alianza matrimonial. El 30 de enero del 926, cinco meses después de su coronación, el rey recibió a Sihtric en Tamworth y, en palabras de la Crónica, «le entregó a su hermana en matrimonio».
Apenas transcurrió un año antes de que la rueda de la fortuna volviese a girar, con consecuencias trascendentales. En los primeros meses del 927, Sihtric murió y dejó el trono de Northumbria de nuevo vacante. Cuando se difundió la noticia, diversas figuras se pusieron en marcha para sustituirle. Uno de los aspirantes al trono era un pariente, Gofraid, que zarpó con una flota desde Irlanda. Otro, tal vez, fue Ealdred, un soberano inglés con sede en Bamburgh. Pero ambos fueron derrotados por Atelstán, que intervino con rapidez para convertirse en el nuevo señor de Northumbria. La Crónica se limita a señalar que «fue el sucesor al trono», pero otras fuentes dejan claro que se trataba de una victoria militar, pues el rey marchó al norte con un ejército, rechazó a Gofraid y a Ealdred, y destruyó la fortaleza vikinga de York. Guillermo de Malmesbury, que escribió mucho después, insiste en que los hombres de Atelstán persiguieron a Gofraid hasta la corte de Constantino, el rey de los escoceses, y exigieron que les fuera entregado. Cierto o no, Constantino había sido uno de los reyes del norte obligados por Atelstán a asistir a una conferencia. El 12 de julio, en Eamont, Cumbria, el rey inglés se reunió con su homólogo escocés, junto
Página 256
con el rey de los britanos de Strathclyde y Ealdred de Bamburgh. En cuanto a los integrantes, esta reunión se asemejó a la organizada por Eduardo el Viejo siete años antes, aunque era evidente que no se trataba de un debate entre iguales. Atelstán ya no era una lejana sombra en el sur, sino un poder muy real en el norte: imponente, rodeado de soldados y exigiendo sumisión.
La conquista no se detuvo en Cumbria. Tras imponerse en el norte, Atelstán dirigió su atención a las comunidades britanas del oeste. Según Guillermo de Malmesbury, el rey exigió una sumisión similar a los soberanos de Gales y los obligó a reunirse con él en la frontera de Hereford para mostrarle obediencia. Desde allí procedió a tratar con los britanos del sudoeste, «que se llaman los galeses del cabo [Corn-Welsh]».
[**] Al parecer, Atelstán expulsó a los córnicos de Exeter, los obligó a habitar más allá del río Tamar y luego hizo fortificar la ciudad con muros de piedra. La Crónica Anglosajona considera que el año 927 estuvo repleto de buenos augurios, al señalar que se habían visto luces ardientes en los cielos del norte, y que Atelstán había «puesto bajo su dominio a todos los reyes que había en esta isla».[28]
La enorme magnitud de su autoridad planteó la cuestión sobre cómo referirse a él. Un escriba de su entorno compuso un poema que celebraba el éxito militar del rey en unos términos supuestamente calculados para complacer al lectorado cortesano de Winchester: Atelstán fue denominado como «rey de los sajones»; sus tropas como «el ejército de los sajones»; y, su reino ampliado como «esta tierra sajona completada» (ista Saxonia perfecta).[29] Después del 927, sin embargo, lo que parece más común es hablar de sajones. Los primeros documentos del rey lo llamaban Rex Angul-Saxonum, un título compuesto utilizado por su abuelo y mantenido por su padre, pero después de su anexión de Northumbria, Atelstán se convirtió simplemente en Rex anglorum, el rey de los ingleses. Incluso, entonces, sin duda hubo quienes consideraban que esto no reflejaba en realidad el alcance de su poder. El único escriba que redactó documentos entre el 928 y el 934 con frecuencia reforzaba el término «rey de los ingleses» con elogios adicionales, como «gobernante de todo el mundo de Britania». Las monedas acuñadas en nombre de Atelstán después del 927 incluyen la leyenda «rey de toda Britania», y las acuñadas unos años más tarde lo representan llevando su corona, el nuevo símbolo de su autoridad.
[30]
Página 257
Vale la pena considerar cómo Atelstán había logrado alcanzar unos resultados tan espectaculares en tan poco tiempo. Parte de la cuestión, sin duda, obedece a sus habilidades marciales. Según Guillermo de Malmesbury, el rey había subyugado a sus enemigos «mediante el terror que inspiraba su nombre». Aunque no tenemos constancia de sus hazañas antes de ser coronado, Atelstán debió de participar en las campañas llevadas a cabo en vida de su padre, tal vez luchando y posiblemente liderando los ejércitos de su formidable tía. Otro factor, quizá aún más determinante, fue su enorme riqueza. En el momento de su nacimiento, en torno al año 893, el declive económico que anquilosó a Wessex y Mercia a mediados del siglo IX había sido revertido por su legendario abuelo. Alfredo había restaurado el valor de las monedas de ambos reinos e incrementó el número de cecas. El retorno de la paz significó que, una vez más, el rey pudo beneficiarse del comercio y, tal vez, incluso explotar los recursos naturales de Wessex, como la plata y el estaño. Como resultado, falleció siendo un hombre rico y legó a sus sucesores unas dos mil libras de plata, casi medio millón de peniques, aunque seguramente no todo en moneda. Sin duda, su hijo debió de invertir buena parte de ese tesoro durante un reinado que había exigido unas campañas bélicas casi ininterrumpidas y una fuerte inversión en infraestructuras militares. Sin embargo, esta inversión económica le habría aportado grandes dividendos a Eduardo. Los soberanos escandinavos que se sometieron a él en las Tierras Medias Orientales y Anglia Oriental debieron de pagar a cambio de la paz, al igual que él y sus predecesores lo habían hecho para evitar sus depredaciones.[31]
Página 258
Figura 20: Una moneda de Atelstán, luciendo su corona, y que lo proclama «rey de toda Britania» (rex to[tius] Br[itanniae]). © Museo Fitzwilliam, Cambridge.
Por tanto, Atelstán también debió comenzar su reinado con un gran superávit financiero. Reunir un ejército con el que conquistar Northumbria no habría supuesto ningún problema y, tras la caída del reino, el dinero siguió fluyendo. Guillermo de Malmesbury nos informa de que la fortaleza vikinga de York estaba llena de botín, el cual Atelstán repartió con generosidad entre sus hombres. Cuando el rey obligó a los galeses a someterse, poco tiempo después, tuvieron que prometer un enorme tributo anual: veinte libras de oro, trescientas libras de plata, veinticinco mil bueyes y tantos perros de caza y pájaros como él exigiera. Los detalles
Página 259
aportados por Malmesbury pueden ser inventados, pero, en esencia, la verdad subyacente parece innegable: el éxito engendraba éxito. La supremacía militar de Atelstán significaba que podía exigir pagos a quienes se inclinaban ante él. Si los galeses le pagaban tributo, lo mismo debía ocurrir con los córnicos, los escoceses y los britanos de Strathclyde.
[32]
Esta rápida expansión hizo que Atelstán fuera incomparablemente rico, pero también le acarreó problemas: el más obvio era cómo gobernar de forma eficaz un territorio tan amplio. Su padre construyó burhs en Essex y a través de las Tierras Medias Orientales, que sirvieron como puestos de avanzada de la autoridad regia en zonas que, previamente, habían sido parte del Danelaw. Pero más allá de este territorio, en Anglia Oriental y Northumbria, Atelstán no tenía una presencia estable. Los reyes escandinavos que gobernaron estas regiones quizá fueron derrocados, pero sus jarls y holds permanecían en sus cargos. Estos magnates habían jurado lealtad a Atelstán y acordaron pagarle tributo, pero por lo demás poco había cambiado.
Los anteriores reyes anglosajones habían mantenido su autoridad a través de una corte itinerante, esto es, recorrían sus reinos con su corte, consumían alimentos que se habían enviado a las haciendas regias y, en general, hacían sentir su presencia. Atelstán lo hizo en Wessex y pasó más tiempo en Mercia que otros reyes del siglo X, sin duda porque disfrutaba visitando de nuevo los lugares familiares que conocía de su juventud. Pero no se trataba de que viajara rutinariamente de Winchester a York para supervisar a sus súbditos de Northumbria, o que hiciera un viaje anual para comprobar que todo iba bien en Anglia Oriental.[33]
La solución consistía en obligar a sus dependientes a que hicieran los viajes, exigiéndoles que asistieran a las asambleas reales. En sí misma, no se trataba de una nueva idea: los reyes mercianos y sajones occidentales habían convocado de forma regular a sus súbditos más importantes, y los arzobispos de Canterbury habían organizado sínodos a los que asistían eclesiásticos de varios reinos. Sin embargo, ningún rey había celebrado antes asambleas tan grandes como las convocadas por Atelstán. Los documentos que el rey emitía en tales ocasiones cuentan con listas muy largas de testigos, a veces con más de cien nombres. Entre ellos, vemos no solo a los obispos ingleses, ealdormen y thegns, sino también jarls escandinavos provenientes del territorio conquistado del Danelaw, así
Página 260
como los diversos gobernantes de Gales, ahora reducidos a «pequeños reyezuelos» (subreguli) por el escriba principal de Atelstán.[34]
Estos hombres, y los otros que figuran como testigos, eran los individuos más importantes allí presentes, pero habían viajado con sus propios séquitos, lo que significa que a las asambleas de Atelstán debían de acudir muchos cientos de hombres, con un número total de asistentes que es probable que alcanzara las cuatro cifras. Ningún edificio podía albergar a tanta gente, por lo que debían celebrarse al aire libre. Atelstán siguió la tradición de celebrarlas en las grandes fiestas de Navidad y Pascua, pero también introdujo la práctica de convocar una reunión adicional siete semanas después de Pascua, en la fiesta de Pentecostés. En ellas se hacían regalos, se resolvían disputas, se dictaban leyes y se comunicaban las decisiones reales a los lugares más alejados de los dominios del rey. Tal vez, ante todo eran un medio para demostrar la magnificencia de Atelstán: representaciones del poder regio, escenificadas al detalle, a través de las cuales el rey, con su corona, se presentaba ante su pueblo como una figura de poder designada por la divinidad.[35]
En los siete años posteriores a la conquista de Northumbria, hubo dos notables ausencias en estos consejos. Constantino, el rey de los escoceses, y Owain, el rey de los britanos de Strathclyde, que habían jurado lealtad a Atelstán en Eamont en el año 927, pero ninguno de los dos llegó a realizar el largo viaje requerido para asistir a su corte. Parece improbable que no fueran invitados: el tercer rey presente en Eamont, Ealdred de Bamburgh, había acudido obediente a varias asambleas hasta su muerte en el 933. ¿Fue su muerte la causa, o quizá la consecuencia, de alguna nueva disputa en el norte? ¿O Atelstán se había cansado de las excusas de dos hombres que habían prometido obedecerlo y decidió castigar su contumacia? Con independencia del motivo, en el 934, el rey se propuso disciplinar a Constantino con la invasión de su territorio.[36] Esa primavera convocó un ejército que se reunió en Winchester hacia Pentecostés. Un documento redactado en esa ocasión le presenta rodeado por tres reyezuelos galeses, cinco jarls, siete ealdormen, once thegns del rey y no menos de dieciocho obispos, incluidos los arzobispos de Canterbury y York. Junto con cientos, probablemente miles, de dependientes armados, esta gran hueste marchó hacia el norte, recorriendo unos veinticuatro kilómetros al día. El 7 de
Página 261
junio, en Nottingham, su líder emitió otro documento en el que se describe a sí mismo como: «Yo, Atelstán, rey de los ingleses, elevado por la diestra del Todopoderoso, que es Cristo, al trono de toda Britania». Una semana más tarde, después de recorrer otros doscientos cuarenta kilómetros, se detuvo en Chester-le-Street para venerar a san Cutberto. Una vez hecho esto, se adentró con sus fuerzas en Escocia y devastó hasta tan al norte como Dunnottar, mientras su flota arrasaba la costa hasta llegar a Caithness.[37]
En el 934, Constantino II era un hombre maduro de al menos cincuenta y seis años y había sido rey de los escoceses desde principios de siglo. Durante todo ese tiempo había luchado en infinidad de ocasiones contra los invasores vikingos de Irlanda y los había derrotado en batalla. Pero pronto se dio cuenta de que el enemigo que ahora asolaba su reino era irresistible. A principios de agosto, como muy tarde, debió de buscar a Atelstán y le hizo renovadas promesas de obediencia. El rey inglés, sin embargo, no se contentó con eso. Mientras él y su poderoso séquito armado marchaban hacia el sur, el complaciente rey escocés cabalgaba con ellos. En septiembre ya habían regresado a Mercia y a mediados de mes llegaron al burh de Buckingham, donde Atelstán emitió otro documento. Constantino ocupaba el primer lugar entre los testigos, pero esta vez se le llamó subregulus, como los reyezuelos de Gales. Cabe suponer que a partir de entonces se le permitió regresar a Escocia, tras quizá haber realizado una proclamación pública de lealtad en beneficio de una audiencia sureña. Pero, al año siguiente, estuvo de nuevo en Mercia, esta vez como testigo en un fuero de Cirencester. Como señaló la mano que redactó el documento, Cirencester era «una ciudad en su día construida por los romanos», lo que sin duda resultaba significativo: el anfiteatro de la ciudad habría sido un escenario perfecto para una gran asamblea al aire libre. Además de Constantino, entre los asistentes se encontraban los tres reyes de Gales, así como Owain, el rey de Strathclyde, que recientemente había decidido que uno o dos viajes al año a Mercia o Wessex eran preferibles a ver su territorio incendiado por un furibundo rey inglés. Por supuesto, estos cinco soberanos son mencionados como subreguli; solo el propio Atelstán, «dotado del rango de extraordinaria prerrogativa», recibe el título de rex. Podemos imaginarlo sentado en el anfiteatro de Cirencester, con su corona, rodeado de los gobernantes britanos que se habían doblegado a su voluntad, de los jarls y holds que se habían sometido a su padre y de todos
Página 262
los obispos, ealdormen y thegns ingleses reunidos por su abuelo: «toda la clase de nobles», en palabras del documento, «regocijándose en los brazos de la generosidad regia».[38]
Figura 21: Las ruinas del anfiteatro romano de Cirencester. Fotografía de Francis Hawkins © SNWS.com.
Cabe preguntarse si los reyes celtas que asistieron a este gran consejo se sintieron realmente alegres o si, como parece más probable, aceptaron la generosidad de Atelstán sonriendo con los dientes apretados. En el caso de los tres gobernantes galeses, pueden adivinar algunos indicios de sus sentimientos reales gracias a la literatura producida en Gales durante los siglos IX y X. Los britanos y los sajones, por supuesto, tenían una larga historia de antagonismo que se remontaba hasta el siglo V, y hay razones para pensar que esta hostilidad mutua se afianzó con el paso del tiempo. El gran terraplén erigido por el rey Offa, con independencia de los otros fines que pudiera tener, acentuó la división que existía entre las dos etnias a
Página 263
finales del siglo VIII. Una generación después de su construcción, un autor galés respondió a las continuas acometidas mercianas con la escritura de una orgullosa y asertiva historia de los britanos, que contiene las primeras menciones fidedignas a Arturo, que aún no era rey, pero sí un heroico guerrero britano, y que luchó victoriosamente contra los sajones en el Monte Badon y en muchos otros lugares.[39] Algunos reyes galeses, cierto es, habían buscado la protección del rey Alfredo contra las depredaciones de sus propios compatriotas, pero otros habían optado por ponerse del lado de sus enemigos vikingos, y para cuando el nieto de Alfredo se halló en el poder, exigiéndoles tributos punitivos y asistencia regular a su corte, quienes en un principio habían dado la bienvenida al abrazo de un rey inglés bien pudieron preguntarse si habían tomado la decisión correcta. Fue probablemente durante el reinado de Atelstán cuando otro galés compuso la Gran Profecía de Britania, una larga y poética diatriba que expone su ferviente anhelo de la destrucción total del poderío inglés. Los britanos, se lamenta el poeta, habían sufrido a manos sajonas desde Hengist y Horsa, y de forma reciente se habían visto obligados a pagar tributo al «Gran Rey» y a sus administradores en Cirencester. Pero esos días, continúa, estaban a punto de llegar a su fin, tal como Merlín había predicho. Pronto los britanos de Gales, Cornualles y Strathclyde se unirían, sumarían sus fuerzas con los escoceses, los irlandeses y los vikingos de Dublín, y juntos expulsarían por entero a los ingleses de Britania. «Habrá cabezas abiertas sin cerebros –dice el autor con entusiasmo–. Las mujeres quedarán viudas y los caballos sin jinete». Los cadáveres, imagina satisfecho, se amontonarán de pie hasta la costa de Kent, donde los últimos sajones supervivientes subirán a sus barcos y abandonarán la isla para siempre.[40]
Como es obvio, los galeses no eran los únicos que tenían tales ideas. El hecho de que el autor de la Gran Profecía pudiera imaginar una gran alianza entre los pueblos celtas sugiere que tales sentimientos eran compartidos por todos los que se habían visto obligados a someterse al poder inglés. Puede parecer sorprendente que el poeta incluyera a los vikingos de Dublín en esta imaginaria alianza, pues, en muchas ocasiones, en el pasado se habían considerado enemigos. Pero, tal había sido la humillación para los reyes del oeste y el norte de Britania a manos de Atelstán, obligados a trotar hacia el sur cuando él lo exigía, que estaban
Página 264
dispuestos a contemplar una alianza con los vikingos si eso permitía librarlos de su verdugo inglés.
Mientras Atelstán estaba ocupado menospreciando a los soberanos britanos, un nuevo rey había llegado al poder en Irlanda. Como su nombre indica, Olaf Guthfrithson era el hijo del vikingo Gofraid, que había fracasado al intentar tomar el reino de York en el 927. Olaf le había sucedido como rey de Dublín y había obtenido victorias sobre los gobernantes irlandeses vecinos, por lo que pronto tuvo la suficiente confianza como para reclamar el premio que se le había negado a su padre una década antes. En el verano del 937, navegó a través del mar de Irlanda con una flota de seiscientos barcos, para unirse a la coalición vaticinada por la Gran Profecía. Los reyes de Gales, sin duda para disgusto del poeta, prefirieron quedarse en casa. Pero Olaf se reunió con Constantino, el rey de los escoceses, y Owain, el rey de Strathclyde, y los tres juntos se vengaron arrasando las tierras de su opresor. «Lo saquearon todo con continuos estragos», dice Guillermo de Malmesbury, que cita unas líneas de su antiguo libro, «expulsando a la gente, incendiando los campos».[41]
Atelstán, según la misma fuente, se vio sorprendido por la invasión, pero respondió con celeridad al conocer la noticia, convocó un ejército y avanzó hacia el norte para enfrentarse a sus enemigos. Las dos fuerzas se toparon en un lugar llamado Brunanburh, cuya ubicación ha estado sujeta a debate durante mucho tiempo, aunque lo más probable es que se trate de Bromborough, una localidad de la península de Wirral separada de la posterior ciudad de Liverpool por el estuario del río Mersey. Los vikingos habían intentado asentarse en Wirral desde la época del rey Alfredo. Se trataba de un destino obvio, justo al otro lado de Dublín, completamente rodeado por el mar, y un lugar apropiado para encontrarse con los ejércitos que marchaban desde el norte. Bromborough aparece escrito como Brunanburh en una fuente del siglo XII, y es el único topónimo moderno que puede derivar de esa grafía en inglés antiguo. Los recientes hallazgos arqueológicos de material militar del siglo X en la campiña circundante refuerzan el argumento de que fue realmente el lugar donde se enfrentaron los ejércitos de Atelstán y sus enemigos.[42]
Fue un choque extremadamente sangriento. Una fuente irlandesa, los Anales del Ulster, lo llaman «una gran, lamentable y horrible batalla», y asegura que cayeron miles de vikingos, así como un gran número de ingleses. La Crónica Anglosajona, que resulta demasiado breve para el
Página 265
resto del reinado de Atelstán, describe este combate en un poema de bastante longitud. Los estandartes chocaron, las lanzas se mezclaron y los guerreros se enfrentaron, dice su autor anónimo, «hendiendo el muro de escudos, tajando las tablas de tilo con espadas martilladas». Desde el amanecer hasta la puesta de sol, la tierra se oscureció con la sangre de los caídos. Entre los muertos ingleses, asegura Guillermo de Malmesbury, se hallaban dos primos de Atelstán, cuyos cadáveres pudieron recuperar después y los trasladaron a Malmesbury para enterrarlos.
Pero a pesar de la pérdida de sus parientes y de muchos de sus seguidores, la jornada concluyó con una victoria para el rey inglés y el poeta se recrea en las muertes y el malestar de sus enemigos. Siete de los jarls de Olaf perecieron y también «cinco jóvenes reyes», quizá pequeños gobernantes que había reclutado en Irlanda. Por su parte, Constantino, descrito como «el guerrero de los cabellos grises», tuvo que lamentar la pérdida de innumerables guerreros escoceses, incluido uno de sus hijos. Cuando se hizo palmario que los ingleses iban a vencer, la batalla se convirtió en huida, con los vencedores persiguiendo a sus adversarios a la fuga «con las espadas afiladas». Constantino escapó de regreso a Escocia, mientras que Olaf y sus supervivientes fueron perseguidos hasta los barcos, regresando «a través de las aguas profundas» hasta Dublín sin nada más que mostrar que la vergüenza. El ejército de Atelstán, por el contrario, se retiró del campo exultante, dejando tras de sí un rico banquete para cuervos y lobos.[43]
Aunque la ubicación se acabó olvidando, Brunanburh se recordó durante un largo tiempo como una gran victoria inglesa. Medio siglo después, el cronista Etelwardo afirma que la gente común de su época aún se refería a ella como «la Gran Batalla», y relata con lirismo sus felices consecuencias. «Los campos de Britania se convirtieron en uno, hubo paz en todas partes y abundancia de todas las cosas», dice entusiasmado, para añadir que, desde entonces, «ninguna flota vikinga ha llegado hasta aquí […] salvo por un tratado con los ingleses».[44]
Pero todo esto era un disparate, como sin duda sabía Etelwardo gracias a su fuente principal, la Crónica Anglosajona. Es probable que mitificara Brunanburh porque, en su propia época, Britania era cualquier cosa menos una tierra unida y pacífica, pues se veía de nuevo sometida a un continuo
Página 266
ataque vikingo. En realidad, los efectos de esta «Gran Batalla» fueron muy limitados y nada permanentes. Las bajas en ambos bandos pudieron ser cuantiosas, pero los principales combatientes de ambos lados sobrevivieron ilesos: Constantino, Olaf y, al parecer, Owain de Strathclyde (aunque no se mencione en el poema) escaparon y vivieron algunos años más. El primero en morir fue el propio Atelstán. Dos años después de su victoria, el 27 de octubre del 939, el rey falleció plácidamente en Gloucester, a la edad de cuarenta y cinco años. El cuerpo se trasladó desde allí a la abadía de Malmesbury, donde fue enterrado con gran pompa junto al altar, cerca de sus dos primos que habían caído en la batalla.[45]
«Sus años, aunque pocos, estuvieron llenos de gloria», afirma Guillermo de Malmesbury. «Toda Europa proclamó sus alabanzas y ensalzó su excelencia hasta el cielo». El poder que Atelstán había proyectado en las islas británicas sin duda era notable. Hasta el reinado del igualmente poderoso Eduardo I, tres siglos y medio después, un rey inglés no llevó ejércitos tan al norte, ni obligó a los soberanos de Gales y Escocia a asistir a asambleas en el sur de Inglaterra.[46] También resulta reseñable que el reinado de Atelstán fuese testigo de una reafirmación del vínculo entre los pueblos de Wessex y Mercia. En el momento de su coronación, ambos reinos parecían dispuestos a seguir caminos separados, pero en el poema de Brunanburh, conservado en la Crónica, a los sajones occidentales y los mercianos se los presenta como compañeros de armas, luchando codo con codo. Los últimos versos del poema son una contundente reafirmación de su identidad común como Angelcynn, y de la creencia en una historia compartida, que servía como réplica a las opiniones expresadas en la Gran Profecía:
Jamás antes en esta isla, por lo que cuentan los libros y nuestros antiguos sabios, se hizo una mayor matanza de una hueste al filo de la espada, desde que los anglos y los sajones llegaron del este, invadiendo Britania a través de los amplios mares, y los orgullosos asaltantes, guerreros ansiosos de gloria, vencieron a los britanos y ganaron un país.
Podemos sospechar que el poeta no echaba sal sobre las heridas britanas sin un buen motivo. Obviamente, escribía algún tiempo después de esta batalla, durante el reinado del sucesor de Atelstán, Edmundo, a
Página 267
quien otorga igual mérito en la victoria, a pesar de que en ese momento solo tenía dieciséis años.[47] Al comienzo del reinado de Edmundo, existían poderosas razones para recordar las hazañas de su pasado reciente, junto a los lejanos triunfos de sus antepasados. Northumbria había caído de nuevo ante los vikingos y desde York un rey pagano lo gobernaba todo hasta el sur de Watling Street. En un corto espacio de tiempo, todas las conquistas de Atelstán se habían desvanecido.
Página 268
Una nación bajo
8
la tutela de Dios
San Dunstán y la búsqueda de la unidad
Página 269
n la actualidad, si alguien expresa su deseo de visitar Glastonbury, es Eprobable que se refiera al mundialmente famoso festival de música que tiene lugar en Worthy Farm, Somerset, y no al pequeño enclave comercial situado trece kilómetros más al oeste. Pero en la Edad Media esta ciudad suponía un destino interesante por derecho propio,
ya que en su centro se hallaba la abadía de Glastonbury, uno de los monasterios más ricos de Inglaterra, lo que suponía un poderoso atractivo para los peregrinos.
Al igual que los promotores de los festivales de música modernos, los monjes de Glastonbury contaban con grandes celebridades para atraer a multitudes que pagaban. A finales del siglo XII –casualmente, poco después de que la abadía sufriera un devastador incendio–, «descubrieron» los restos mortales del rey Arturo y su consorte Ginebra, e hicieron coincidir esta invención con los relatos contemporáneos de Arturo, al insistir en que Glastonbury, en un principio, se había llamado Avalon. En el siglo XIV, también afirmaron que era el lugar de descanso de José de Arimatea, quien había organizado el entierro de Cristo y fue el primer guardián del santo grial.[1]
Para que estos mitos medievales creados a posteriori fueran ciertos, la iglesia de Glastonbury tendría que haber sido excepcionalmente antigua – mucho más que Lindisfarne, fundada en el siglo VII, o Canterbury, creada en el siglo VI– y, de hecho, los monjes sostuvieron durante largo tiempo que tal era el caso: Guillermo de Malmesbury, que escribió a principios del siglo XII, creía que la abadía había sido fundada poco después de la muerte de Cristo por uno de sus doce discípulos. La realidad resulta mucho más mundana. No parece imposible que la primera iglesia del lugar pudiera ser construida por un gobernante britano en el periodo posromano –se han encontrado artefactos que datan de los siglos V o VI–, aunque las primeras evidencias escritas sugieren que el monasterio se fundó en las décadas posteriores al año 700, durante el reinado de Ine, el rey de los sajones occidentales.[2]
La persona que transformó Glastonbury, que pasó de ser un lugar de importancia local a un centro de poder intelectual y político en toda la nación, fue Dunstán, o san Dunstán, como sería conocido después. Como una de las figuras más influyentes de Inglaterra durante la segunda mitad del siglo X, Dunstán fue tanto un erudito pionero como un político persuasivo, cuyas ideas contribuyeron a otorgar cohesión ideológica al
Página 270
nuevo reino. Ayudado por sus conexiones familiares dentro de la Iglesia y en la corte regia, ascendió en el escalafón eclesiástico hasta ser abad de Glastonbury y, al final, arzobispo de Canterbury, un cargo que ocupó durante casi treinta años. Su ascenso estuvo facilitado por una aguda inteligencia y una enérgica personalidad, pero lo que en realidad le hizo descollar fue su posición al frente de un movimiento revolucionario que, durante su vida, se extendió por la Iglesia. Dunstán y sus seguidores consideraron su deber, incluso su destino, resucitar el monacato, que había decaído en toda Europa durante el desastroso siglo IX, hasta el punto de extinguirse en muchos lugares. Se propusieron refundar los centros monásticos, para devolverles lo que imaginaban que era su estado de pureza original. Estos ideales fueron adoptados con entusiasmo por el grueso de las élites seculares, que dotaron a los nuevos monasterios de grandes propiedades, y otorgaron un gran poder a Dunstán y sus aliados, cuyos ideales abrazaron y aspiraban emular. Como resultado, la reforma no solo afectó a la Iglesia, sino a toda la sociedad cristiana.
Dunstán y sus colegas episcopales fueron, por consiguiente, mucho más importantes e influyentes que cualquiera de los reyes a los que servían. En los cuarenta años transcurridos tras la muerte de Atelstán en el 939, el gran reino que había forjado estuvo en manos de cinco monarcas consecutivos, ninguno de los cuales superó la treintena, y dos de ellos perecieron cuando aún eran adolescentes. Los grandes reformadores alcanzaron todos una edad avanzada, con trayectorias políticas que se prolongaron a lo largo de varias décadas; la vida de Dunstán coincidió con los reinados de al menos ocho reyes ingleses. Además, las vidas de estos reformadores están mucho mejor documentadas que las de sus reyes. Carecemos de biografías de los monarcas de mediados del siglo X y la Crónica Anglosajona solo conserva fragmentos, a menudo confusos, sobre sus vidas. Dunstán y sus compañeros obispos, por el contrario, dejaron un rico legado escrito. Como intelectuales y mecenas, produjeron libros, cartas y otros documentos que ayudan a iluminar sus trayectorias. Incluso se conservan algunas de las obras que Dunstán escribió de su propia mano. Además, dado que algunos fueron considerados santos tras su muerte, fueron objeto de biografías póstumas.
La más interesante de estas vidas de santos es, con diferencia, la protagonizada por Dunstán. Redactada por un autor anónimo identificado únicamente por su inicial, B, la Vita Sancti Dunstani, o Vida de San
Página 271
Dunstán, difiere de las de otras figuras eclesiásticas del siglo X en que describe la participación de su protagonista en la política secular. B había formado parte de la comunidad de Dunstán y su libro nos proporciona valiosos atisbos de lo que ocurría en la corte real. Al mismo tiempo, presenta al santo bajo una luz sorprendentemente sincera y no siempre halagadora. Otros recordaban a Dunstán como un anciano venerable, sereno y con el cabello níveo, pero B lo describe como un fanático y casi medio loco en su mocedad, un sacerdote propenso a las visiones y a los vagabundeos nocturnos, que a menudo percibía la presencia del diablo tras diversos disfraces y, en consecuencia, mostraba un comportamiento errático. Como tal, Dunstán despertaba el asombro y la admiración de algunas personas, aunque provocaba una profunda irritación en otras, y esto a menudo desencadenaba altercados que conducían a su expulsión. Dice que los primeros en cansarse de sus extravagancias fueron sus propios parientes, quienes lo expulsaron de su hogar natal en Glastonbury.
[3]
Dunstán nació en las inmediaciones de Glastonbury a principios del siglo X, probablemente en su primera década. Sus padres se llamaban Heorstan y Cynethryth, aunque por desgracia su biógrafo no precisa nada más sobre ellos. No cabe duda de que eran terratenientes locales muy bien relacionados, aunque quizá no tan eminentes como se nos induce a pensar. Las menciones posteriores a que Dunstán estaba emparentado con varios obispos y miembros de la realeza pueden ser simplemente un intento del autor de engrandecer la nobleza del protagonista.[4]
Lo que queda claro desde el principio es la importancia de Glastonbury en la vida de Dunstán. El asentamiento estaba situado en las mismas regiones pantanosas de Somerset donde una vez se había ocultado el rey Alfredo. Los coetáneos a menudo lo describen como una isla, aunque en realidad no estaba rodeada de agua por completo. Entonces, al igual que ahora, el elemento que dominaba el paisaje era Glastonbury Tor, una colina de forma cónica que se eleva unos ciento cincuenta metros sobre el paisaje circundante, por lo demás llano, y que en un día despejado puede contemplarse desde más de treinta kilómetros de distancia (imagen a color n.º 20). La propia abadía se encuentra en un terreno más bajo, situado al oeste, y en la época de Dunstán, dice su biógrafo, «todos los fieles de los
Página 272
alrededores se agolpaban para rendir culto en este lugar». De niño, su padre llevó allí a Dunstán para que pasara una noche de oración y, más adelante, una vez que demostró su aptitud para aprender las Sagradas Escrituras, sus progenitores dispusieron que se uniera a la comunidad de la abadía para continuar con sus estudios.[5]
Aunque la Vida de San Dunstán describe Glastonbury como un monasterio en el momento de su llegada, parece probable que hubiera poco allí que se pudiera considerar monástico; ciertamente, nada comparado a los estándares que Dunstán y sus compañeros reformadores adoptarían más tarde. Cuando los anglosajones empezaron a convertirse al cristianismo en el siglo VII, emplearon la palabra minster para describir una amplia variedad de comunidades religiosas diferentes. Algunas, como las fundadas por san Wilfriedo, habían proclamado con orgullo su adhesión a la regla benedictina, y en estas casas los monjes vivían en celibato y existencia aislada, sometiéndose a una dieta estricta y a una rutina de oración, estudio y vida contemplativa. Aunque este era el ideal para algunos, no suponía en modo alguno la norma. La mayoría de los abades y abadesas idearon sus propias reglas y, a menudo, adoptaron una actitud más relajada hacia los lujos terrenales. Incluso en instituciones donde se observaban altos estándares de abstinencia y devoción, rara vez se daba que toda la comunidad fuera monástica. Incluso los minsters más renombrados solían contar con sacerdotes tanto célibes como seculares. El fenómeno monástico inglés primitivo siempre fue muy heterogéneo.[6]
Para todos estos monasterios, con independencia de su estado interno, la llegada de los vikingos había supuesto un desastre. Esto resultó aún más evidente en aquellas regiones que habían caído bajo dominio danés. Cenobios tan famosos como Ripon, Whitby y Wearmouth-Jarrow habían sido destruidos y abandonados; sus edificios estaban en ruinas, cubiertos de maleza, y sus amplias propiedades se habían confiscado para ser repartidas entre los colonos paganos. Las únicas comunidades supervivientes en Northumbria fueron los monjes de Lindisfarne, que se habían visto obligados a abandonar la isla, y los monjes de York Minster, que acabaron empobrecidos. No solo se destruyeron los monasterios de estas regiones, sino que, en esta misma época, desaparecieron los obispados de Anglia Oriental con sedes en Elmham y Dunwich, así como los de Northumbria en Hexham y Whithorn. En todo el Danelaw, en conjunto, toda la jerarquía eclesiástica se había desmoronado.[7]
Página 273
En Wessex y Mercia occidental, donde la marea danesa se había revertido con rapidez, la devastación no había sido tan severa o exhaustiva. En Wessex, el número de obispados se había incrementado de dos a cinco, gracias a nuevas sedes fundadas durante el reinado de Eduardo el Viejo, en Wells, Ramsbury y Crediton. No obstante, incluso en esas zonas, los monasterios habían sufrido décadas de repetidas incursiones danesas. En Kent, por ejemplo, las antiguas comunidades costeras de enclaves como Dover, Thanet y Folkestone habían desaparecido, y en otros lugares sobrevivieron en un estado muy precario. Incluso en áreas donde las autoridades cristianas habían pervivido, los minsters habían visto sus propiedades usurpadas por la nobleza laica o por los propios reyes, que quizá justificaran tales acciones en la acuciante necesidad militar. Debido a que los había privado de algunas de sus tierras, los monjes de Abingdon recordaban al rey Alfredo como un Judas. Lugares que antaño habían sido muy prósperos debido a sus enormes posesiones descubrieron que ya no eran capaces de mantener una existencia contemplativa y aislada del mundo. Los minsters que habían sobrevivido en el siglo X lo hicieron como hogares de clérigos seculares, que podían estar casados y tener familias.[8]
Al parecer, esta era la situación de Glastonbury en las primeras décadas del siglo X. Al estar situada a veinticuatro kilómetros del mar y ser fácilmente accesible en barco, parece poco probable que la «isla» escapara al interés de los escandinavos que habían asolado en repetidas ocasiones la costa de Somerset durante los cien años anteriores. Su antigua iglesia sobrevivió y siguió siendo un lugar de culto, y su comunidad religiosa parece haberse mantenido. Sin embargo, los santos varones que lo habitaban ya no eran monjes, al menos no según los criterios de los reformadores. Es probable que estuvieran casados con miembros de las familias locales y, tal vez por ello, estaban mejor integrados en la sociedad laica, y recibían a visitantes y peregrinos, al tiempo que asumían la responsabilidad de educar a jóvenes tan brillantes como Dunstán.[9]
No obstante, a partir de la época del nacimiento de Dunstán, las ideas reformistas empezaron a germinar en otros lugares de Europa. En el 909 o 910, el duque de Aquitania, Guillermo I, fundó un monasterio en Cluny, a unos noventa kilómetros al norte de Lyon. A diferencia del aristócrata
Página 274
típico, este duque no esperaba tener voz en la gestión de la nueva abadía, ni que esta siguiera siendo propiedad de su familia: Cluny se creó con la intención de que estuviera libre del control secular y solo tuviera que responder ante el papa. Sus monjes debían seguir la regla benedictina, sin posesiones personales, abstenerse de comer carne y, sobre todo, de mantener relaciones sexuales. Una vez fundada, la influencia de Cluny pronto comenzó a extenderse. A partir del año 925, su segundo abad, Odón, comenzó a reformar otros monasterios del occidente francés, sobre todo el de Fleury, en el Loira. Mientras tanto, en la parte oriental del Imperio carolingio se llevaron a cabo iniciativas similares en Gorze, cerca de Metz, y en los Países Bajos, en Brogne y Gante.[10]
Era inevitable que las nuevas ideas acabaran cruzando el canal de la Mancha, pero su transmisión se vio acelerada por la diplomacia internacional del reinado de Atelstán. El rey había forjado estrechas relaciones con sus homólogos continentales y logrado que cuatro de sus hermanas se casaran con reyes y duques francos. Como resultado, los magnates de su corte tuvieron la oportunidad de viajar por toda Europa, donde fueron testigos de primera mano de este renacimiento monástico. Cuando, en el año 929, Coenwald, el obispo de Worcester, acompañó a dos posibles consortes reales para que el futuro duque de Sajonia, Otón I, pudiera elegir a una como esposa, un autor coetáneo escribió que el prelado tuvo la oportunidad de visitar «todos los monasterios de Alemania». De un modo similar, cuando Oda, el obispo de Ramsbury, fue enviado en misión diplomática al oeste de Francia en el año 936, es posible que aprovechara la ocasión para conocer el monasterio recién reformado de Fleury. El periplo espiritual de Oda había sido notable, pues se dice que sus padres eran vikingos que llegaron a Anglia Oriental con el gran ejército pagano. Tras rechazar aquellos cultos errados, se unió a la comitiva de un noble inglés, y desde ahí entró al servicio del rey. Fue al visitar Fleury cuando Oda decidió aumentar su devoción a Dios haciéndose monje. También Coenwald debió de recibir la tonsura monástica en algún momento tras su viaje a Alemania, pues aparece entre los testigos de algunos documentos regios posteriores, mencionado como monachus.[11]
Hacia la época en que estas ideas reformistas empezaban a florecer en los círculos ingleses, Dunstán decidió abandonar Glastonbury, o quizá fue expulsado. Como explica su biógrafo, Glastonbury suponía un destino
Página 275
habitual para los peregrinos irlandeses, pues era el lugar de enterramiento de san Patricio, y Dunstán, un lector voraz e inquisitivo, había estudiado minuciosamente los libros que estos hombres traían consigo. Sin embargo, al resto de habitantes de la isla esos extraños volúmenes les parecían sospechosos y acusaron al joven devoto de aprender hechizos paganos. Entre los acusadores se hallaban sus propios parientes. Tras obtener del rey una condena de destierro, apresaron a Dunstán, lo ataron de manos y pies y lo arrojaron a un pantano. Aunque su biógrafo afirma que lo absolvieron de los cargos en su contra, también señala que sus torturadores intentaron despojarlo de su puesto en más de una ocasión, y parece probable que al final lo lograran. Lo siguiente que sabemos de él es que residía en casa de Elpegio, obispo de Winchester.[12]
Contamos con menos información acerca de Elpegio que sobre otros dos prelados, Coenwald y Oda, aunque parece probable que, al igual que ambos, también fuera monje. El apodo con el que se conocía en vida, «el Calvo», pudo surgir a causa de la adopción de la tonsura monástica, mucho más severa que el modesto rapado que lucían los clérigos seculares como señal de su estatus. Sin duda, Elpegio era un gran defensor del monacato, ya que fue él quien convenció a Dunstán de que tomara los hábitos. Al parecer, Dunstán estaba emparentado con el obispo, aunque aún no se había unido a su corte. Sin embargo, no parecía dispuesto a seguir el consejo de su pariente, ya que, en ese momento, quizá a mediados de la veintena, estaba decidido a casarse. («Con una mujer joven –señala su biógrafo–, en cuyos encantos podría deleitarse cada día, en lugar de vestir trapos de lana, como hacen los monjes»). Elpegio, impertérrito, solicitó la ayuda divina, y Dios le respondió provocando ampollas por todo el cuerpo de Dunstán. El joven, que temía haber contraído la lepra y creía que estaba a punto de perecer, hizo llamar al obispo para informarle de que había cambiado de opinión y que, a pesar de todo, deseaba hacerse monje.[13]
El voto del celibato no significaba evitar la compañía de las mujeres. En algún momento a finales de la década del 930, Dunstán abandonó la casa de Elpegio y regresó a Glastonbury, donde entró al servicio de una rica viuda, llamada Etelfleda. El biógrafo también la presenta como una pariente de Dunstán, que también había tomado la decisión de vivir en castidad. En la Inglaterra anglosajona, las viudas gozaban de mucha más independencia que las mujeres casadas o solteras, y al abrazar el celibato
Página 276
evitaban la posibilidad de volver a casarse contra su voluntad con individuos interesados en sus propiedades. Para tales mujeres, los ideales de la reforma monástica podían tener un especial atractivo. Debió de ser preferible, para las comunidades femeninas, tener a su servicio a hombres santos que hubieran hecho voto de castidad, antes que clérigos seculares que no lo habían adoptado. Antes de marchar de Winchester, Dunstán había sido ordenado sacerdote por el obispo Elpegio, por lo que estaba cualificado para atender las necesidades religiosas de su nueva señora. También compartían talentos artísticos. «Puso un gran empeño en cultivar la escritura, el arpa y la pintura», asegura su biógrafo. «No es exagerado decir que brilló como un minucioso artífice en todas las artes de provecho». En una ocasión, otra noble, al saber de las habilidades de Dunstán en la costura, le encargó que le hiciera una estola bordada para los servicios religiosos, decorada con oro y joyas.[14]
El monje no permaneció mucho tiempo al servicio de Etelfleda antes de que cayera enferma; la atendió durante su convalecencia y la enterró al morir. Tal circunstancia podría haberlo dejado desocupado, pero entre tanto se había ganado la atención de otra viuda, con aún más poder e influencia. Edgiva, la tercera y última esposa del rey Eduardo el Viejo, desde la muerte de su esposo en el 924, había esperado su momento y desaparecido de la corte tras la polémica sucesión de su hijastro Atelstán. Como se ha expuesto con anterioridad, tal vez accedió a hacerse a un lado tras asegurarse, mediante un acuerdo, de que su propia descendencia sería la siguiente en la línea sucesoria. Porque eso es exactamente lo que sucedió: cuando Atelstán falleció en octubre del 939, la corona pasó a Edmundo I, el hijo mayor de Edgiva, que tenía dieciocho años. La reina viuda, que tal vez rondaba los cuarenta años, regresó triunfal a la corte, donde debió de desempeñar un papel dominante. Parece bastante seguro que estuvo tras la decisión de llamar a Dunstán a su lado, con el deseo de que se convirtiera en uno de los principales consejeros de su hijo.[15]
Edmundo, por desgracia, no compartía la alta estima que su madre depositaba sobre su nuevo consejero monástico, ni tampoco lo hacían sus compañeros aristocráticos. Algunos de los thegns del rey, asegura la Vida de San Dunstán, admiraban al santo por su modo de vida, pero muchos pronto llegaron a detestarlo, y al final el propio Edmundo perdió los estribos. Un día, cuando la corte se hallaba en Cheddar, a unos diecinueve kilómetros al norte de Glastonbury, el rey adolescente estalló de ira y
Página 277
ordenó exiliar a Dunstán. Angustiado ante este percance, el santo varón buscó la protección de algunos invitados extranjeros que estaban en la corte, y se dispuso a abandonar el reino.[16]
Por fortuna, Dios no tardó en intervenir para enmendar la situación. Cheddar, en los confines de las colinas de Mendip, era un pabellón de caza real, y un día después de desterrar a Dunstán, Edmundo y sus hombres salieron de montería en los bosques circundantes. Cuando se toparon con una manada de ciervos, los acosaron en distintas direcciones y el rey salió en persecución de uno en particular, acompañado tan solo por su jauría de perros. Enajenado por la emoción de la cacería, no se percató de un peligro oculto, descrito en la Vida de San Dunstán como una hendidura en la colina que «desciende a una profundidad asombrosa». Ha de ser el famoso desfiladero de Cheddar, con una caída en vertical de más de ciento veinte metros (imagen a color n.º 21). El ciervo asustado se precipitó hacia el barranco y pereció, al igual que los furiosos perros que corrían tras él. Edmundo, al darse cuenta de repente del peligro, intentó frenar a su caballo, pero este se negó con obstinación a hacerlo. En lo que parecían ser sus últimos instantes de vida, el rey recordó el cruel trato que había dispensado a Dunstán y prometió enmendarlo si le perdonaba la vida. «Al oír tales palabras –dice el biógrafo del santo–, el caballo se detuvo al borde mismo del precipicio, cuando sus patas delanteras estaban a punto de hundirse en las profundidades del abismo».[17]
Es un buen relato, sobre todo porque nos ofrece una visión temprana de un rey inglés dedicado a un pasatiempo propio de la realeza. Por supuesto, no tenemos por qué creer que sea cierto en todos los aspectos o que lo ocurrido revele «algún plan secreto de Dios», como insiste el biógrafo de Dunstán. Una explicación mucho más plausible para el cambio de opinión de Edmundo sería la intervención materna o la de otro de los partidarios de Dunstán en la corte: poco después de este episodio, nos enteramos de que el santo tenía un hermano mayor, Wulfric, que aparece como testigo de los documentos reales como thegn del rey. Lo esencial es que, con independencia de cuál fuera el influjo, ya fuera divino o mundano, el joven rey trajo de vuelta a Dunstán y le propuso un nuevo modo de resolver sus diferencias. Cuando el monje desterrado se personó ante él, Edmundo le ordenó que montara a caballo y juntos recorrieron el trayecto hasta Glastonbury. Después de rezar en la iglesia, el rey escenificó una reconciliación pública con su impopular consejero y lo
Página 278
nombró el nuevo abad de Glastonbury, al tiempo que prometía aportar los fondos necesarios para devolver al monasterio su antigua gloria.[18]
Figura 22: Una reconstrucción de la nueva iglesia abacial de Glastonbury construida por Dunstán. © Centro para el Estudio del Cristianismo y la Cultura, Universidad de York. Usado con permiso.
Supuso una jugada inteligente: de un plumazo, alejaba a Dunstán de la corte, donde su presencia resultaba conflictiva y, al mismo tiempo, lo convertía en un exponente de la reforma monástica, sancionada de forma oficial, cuyas oraciones y santidad favorecerían a la casa real. El nuevo abad, que es probable que tuviera unos treinta años, se puso manos a la obra, entusiasmado. Su objetivo era la restauración del monacato bona fide, según la regla de san Benito, y comenzó por reconstruir la abadía en piedra, rodeándola con un muro con el que, en palabras de su biógrafo, «pudiera encerrar a las ovejas del Señor». Una de las principales disposiciones de san Benito era que los monjes debían evitar el contacto con el mundo exterior y permanecer enclaustrados. Los nuevos novicios se apresuraron a unirse a su rebaño y Dunstán comenzó a instruirlos en los principios de la vida monástica, así como en las escrituras, la gramática y
Página 279
la métrica. «Deslumbró –dice su biógrafo–, como el principal abad del pueblo inglés».[19]
No debió de transcurrir mucho tiempo desde que Dunstán se convirtió en el abad de Glastonbury cuando todo el reino se sumió en una crisis. En diciembre del 940, un ejército vikingo procedente de Dublín desembarcó en Northumbria dirigido por Olaf Cuarán, apodado así, al parecer, por un tipo de calzado característico. Este nuevo Olaf era el hijo de Sihtric, el cual se había convertido en rey de York veinte años antes por medios similares, pero tras su muerte en el 927 le sucedió el conquistador Atelstán. El vástago de Sihtric llegó en el 940, decidido a reclamar el trono de su padre, y obtuvo un éxito fulminante. «Los northumbrios no cumplieron su promesa –dice la Crónica Anglosajona–, y eligieron rey a Olaf de Irlanda».[20]
No fueron únicamente los northumbrios. Según el registro fragmentario de la Crónica, parece que Olaf también obtuvo la sumisión de los Cinco Burgos, esa extensa región de Mercia oriental donde se establecieron los daneses a finales del siglo IX, y que fue trabajosamente recuperada por Eduardo el Viejo y su hermana Etelfleda en la segunda década de la centuria siguiente. Pasado un año de la invasión de Olaf, un poeta inglés contemporáneo elogió al «hijo de Eduardo, el rey Edmundo» por liberar esta región del dominio danés. Esto, a su vez, desencadenó una respuesta de Olaf, quien en el 943 marchó con su ejército hacia el sur, a través de los Cinco Burgos, y sitió Northampton. Los defensores lograron resistir, pero el caudillo vikingo pudo tomar Tamworth al asalto y luego ocupó Leicester. A pesar de que Edmundo acudió con un ejército, decidió no buscar una confrontación directa. En su lugar, las dos partes decidieron parlamentar. El principal negociador de Olaf fue Wulfstán, el arzobispo de York, nativo de Northumbria. El representante de Edmundo era Oda, el antiguo obispo de Ramsbury, quien, a pesar de su ascendencia nórdica, había sido nombrado recientemente arzobispo de Canterbury. En sí mismos, los dos primados mostraban la mutabilidad de las identidades étnicas y las lealtades políticas. La disputa por el norte no suponía una simple lucha entre paganos y cristianos, obedecía más a la determinación de Northumbria de no ser gobernada por los reyes de Wessex. La paz que alcanzaron fue devastadora para las aspiraciones de los reyes del sur de gobernar sobre todos los ingleses: se decidió que la frontera entre Edmundo y Olaf sería la línea establecida por la Watling Street, como en
Página 280
los días de Alfredo y Guthrum. En cuestión de meses, las conquistas de Atelstán, Eduardo y Etelfleda se habían desvanecido.[21]
Pronto se revirtió este vergonzoso revés para la dinastía de Alfredo. Los detalles son escasos, pero parece que, antes de que finalizara el año 943, a Olaf se le unió en York un pariente llamado Ragnall y se vio obligado a compartir el poder. Al año siguiente, Edmundo invadió Northumbria y expulsó a los dos nuevos gobernantes vikingos: Ragnall parece que pereció entonces y Olaf regresó a Irlanda. En el año 945, el rey inglés completó la restauración de la autoridad de Atelstán en el norte devastando Strathclyde y entregándola a Malcolm I, el nuevo rey de los escoceses. Los britanos de Strathclyde y los escoceses se habían aliado contra Atelstán en Brunanburh, por lo que enfrentarlos entre sí fue una jugada maestra por parte de Edmundo. Durante estas campañas, el rey inglés también aprovechó la oportunidad de liberar las reliquias de varios santos del norte; exhumó los restos de la abadesa Hilda de Whitby y los huesos que quedaban de Aidán de Lindisfarne, que fueron enviados al sur para que los enterraran de nuevo en Glastonbury.[22]
Por desgracia, el siguiente cuerpo que se enterró en Glastonbury fue el del propio Edmundo. En la primavera del 946, el rey fue apuñalado por un tal Leofa mientras se hallaba en Pucklechurch, una hacienda real situada a unos trece kilómetros al este de Brístol. La Crónica Anglosajona no aporta más detalles y la Vida de San Dunstán se preocupa más por registrar las premoniciones del abad sobre el asesinato antes que de sus causas reales. Algunas fuentes posteriores sugieren que Edmundo no era el objetivo previsto, sino que había muerto mientras trataba de defender a su mayordomo. Deliberado o no, este ataque resultó fatal y el rey falleció el 26 de mayo, a los veinticinco años. Su cuerpo se trasladó a Glastonbury, donde el propio Dunstán ofició el funeral.[23]
A Edmundo le sucedió su hermano menor, Edred, que tenía poco más de veinte años y quizá estaba más implicado en la causa de la reforma monástica: uno de sus primeros actos fue convocar a Dunstán a la corte, y el biógrafo del santo afirma que el rey lo prefería sobre casi todos sus otros consejeros. Sin duda, Dunstán estuvo presente en el entorno de Edred en muchas ocasiones, ya que aparece con frecuencia como testigo de las cédulas reales; en algunos casos, incluso pudo redactarlas él mismo. Aparte de la
Página 281
reaparición del controvertido abad, la composición de la corte del nuevo rey era muy parecida a la de su predecesor. Su madre, Edgiva, seguía siendo un destacado testigo real, al igual que el arzobispo Oda y Coenwald, el obispo reformista de Worcester. Por su parte, entre la nobleza laica, la figura más destacada era el ealdorman Atelstán. Había sido designado para gobernar Anglia Oriental durante el reinado de su tocayo regio y, desde entonces, su poder había aumentado hasta el punto de controlar la mayor parte de Inglaterra oriental. Según un autor posterior, lo apodaron Atelstán Medio Rey, «ya que era un hombre de tal autoridad que se decía que sostenía el reino y su gobierno con sus consejos».[24]
Este grado de continuidad y estabilidad resultó crucial, ya que Edred se encontró con una nueva oposición en el norte. En el 947, unos meses después de su coronación, viajó a la frontera meridional de Northumbria y se reunió con el arzobispo Wulfstán y otros caudillos norteños en Tanshelf (hoy Pontefract), y les obligó a jurarle obediencia. Pero, muy poco después, estos líderes rompieron sus juramentos y aceptaron como nuevo rey a un invasor vikingo llamado Erik. (Quizá no se trate del rey noruego Erik Hacha Sangrienta, como a menudo se afirma). Edred respondió con ferocidad y asoló toda Northumbria en el año 948, hasta que los norteños aceptaron volver a someterse. Durante esa campaña, sus tropas incendiaron la catedral de San Wilfredo en Ripon, y el arzobispo Oda aprovechó la oportunidad para reclamar los huesos de Wilfrido para Canterbury, empleando como excusa que los lugareños habían descuidado sus reliquias sagradas. A pesar de la severidad del azote del rey y del tributo que les impuso, el acuerdo no duró demasiado. Al año siguiente regresó Olaf Cuarán de Irlanda, quien gobernó Northumbria hasta el 952, cuando a su vez fue derrocado por Erik. La contienda entre los dos vikingos rivales se prolongó hasta el 954, cuando los norteños expulsaron a Erik y se sometieron de nuevo a Edred. Aunque entonces nadie fue consciente, supuso un momento decisivo. El rey inglés designó a Oswulf, el soberano de Bamburgh, para gobernar en el norte, pero como ealdorman, no como rey. «Aquí los reyes de Northumbria llegaron a su fin», escribió un cronista norteño posterior.[25]
Página 282
Hacia la misma época en que Erik fue persuadido para marcharse, también se produjo una marcha muy significativa en Glastonbury. De todos los discípulos que Dunstán había logrado atraer a su monasterio, ninguno fue más importante que Etelwoldo. Al igual que Dunstán, con el tiempo se convertiría en una de las figuras más destacadas de la Reforma y fue objeto de una hagiografía, que por fortuna ha llegado a nosotros. Al principio, formó parte de la corte del rey Atelstán, pero, hacia mediados de la década del 930, se trasladó a la casa del obispo Elpegio de Winchester, al igual que Dunstán, y es probable que fuera allí donde se conocieron. Según su biógrafo, ambos fueron ordenados como sacerdotes por Elpegio el mismo día, lo que sugiere que tenían la misma edad. Cuando Dunstán fue ascendido a abad de Glastonbury, Etelwoldo se unió a él y fue tonsurado como monje. Dedicado a una rigurosa rutina de disciplina y estudio, se convirtió en el discípulo más aventajado de Dunstán y fue designado su deán o segundo al mando.[26]
Tras alrededor de una década en Glastonbury, Etelwoldo comenzó a sentirse insatisfecho. Todo parece indicar que era más riguroso que Dunstán y es posible que le molestara que en su abadía aún hubiera una mezcla de monjes y clérigos seculares. Al fin decidió que la situación era intolerable y decidió marchar al extranjero «para recibir una formación más perfecta sobre la vida religiosa de un monje». Sin embargo, Edgiva, la reina madre, se lo impidió, y de este modo reveló de nuevo su enorme apego a la reforma, y persuadió a su hijo para que prohibiera la partida del deán. Siguiendo el consejo materno, Edred se ganó la voluntad de Etelwoldo del mismo modo que lo hizo su hermano mayor con Dunstán, restaurando un antiguo monasterio y nombrándolo abad. El cenobio en cuestión era Abingdon, una antigua abadía regia a pocos kilómetros al sur de Oxford, al parecer abandonada y depauperada, en parte debido a las depredaciones del rey Alfredo. Con la bendición de Dunstán, Etelwoldo partió de Glastonbury en torno al año 954, llevando consigo un buen número de seguidores que anhelaban convertirse en monjes bajo una regla más ascética. Edred y su madre les entregaron tierras, dinero y regalos, e hicieron que el monasterio recién reconstruido resultase extremadamente próspero. Se dice que el rey acudió a visitarlo en persona y midió los cimientos de varios edificios con sus propias manos. Su séquito, asegura el biógrafo de Etelwoldo, incluía bastantes thegns de Northumbria que se emborracharon durante la cena.[27]
Página 283
Tal vez bebieron para ignorar los desagradables modales en la mesa de Edred. Como explica la Vida de San Dunstán, el rey había adquirido el hábito de chupar la salsa de su comida, masticarla un poco y luego escupirla, «una práctica que a menudo revolvía los estómagos de los comensales». Lo hacía a causa de una misteriosa enfermedad que le aquejaba desde el comienzo de su reinado. Con el paso de los años, su dolencia había empeorado y, en el otoño del 955, le llevó al lecho de muerte. Murió el 23 de noviembre en Frome, Somerset, tras haber luchado contra ella hasta los treinta años. Trasladaron el cadáver a Winchester, donde fue enterrado en la catedral de Old Minster, otra institución que se había beneficiado de su generosidad. Las fuentes aseguran que el rey había entregado a la Iglesia muchos ornamentos preciosos, que incluían una gran cruz de oro y un altar áureo, y que había proyectado decorar su pórtico oriental con azulejos dorados.[28]
Ya fuera por su mala salud o por su falta de modales en la mesa, Edred jamás encontró una esposa ni tuvo hijos. A su muerte, la sucesión volvió a recaer sobre la línea de su difunto hermano, Edmundo, cuyos dos vástagos habían sido ignorados una década antes debido a su corta edad. Fue el mayor de los niños quien se convertiría en el nuevo rey, en noviembre del
955. Se llamaba Eduino y, en ese momento, tenía unos quince años. Según un cronista laico simpatizante, que escribió unas décadas después, Eduino era un joven apuesto, apodado el Bello por la gente común, y que «merecía ser amado». Sin embargo, la mayoría de los cronistas no se mostraban de acuerdo y describen al rey como un degenerado que favoreció su propia ruina tan solo cuatro años después. Como indican estas opiniones tan divergentes, su reinado resultó muy conflictivo y casi condujo al desastre.[29]
Tal como se explica en la Vida de San Dunstán, el problema residía en que Eduino era adicto al libertinaje. Desde el comienzo de su reinado, al parecer el rey adolescente se veía acosado por una noble, llamada Etelgiva, cuya mayor esperanza era tenerlo para sí o persuadirlo para que se casara con su hija. El biógrafo de Dunstán señala de forma escabrosa que Eduino «se turnaba para someterlas a sus lujuriosas atenciones». Tales asuntos alcanzaron un punto crítico el día de la coronación, que tuvo lugar en Kingston el 25 de enero del 956. Durante el banquete que siguió a la
Página 284
ceremonia, el arzobispo Oda se dio cuenta de que el rey había desaparecido con las dos damas y exigió a los demás comensales que hicieran algo. Ninguno de los aristócratas se mostró dispuesto, por temor a desencadenar la ira de Eduino, y al final decidieron enviar a Dunstán, acompañado de Cynesige, el obispo de Lichfield. Estos dos delegados fueron en busca del rey ausente y lo encontraron en flagrante desafuero con Etelgiva y su hija. La corona, «brillante con oro y plata soberbios, y diversas joyas resplandecientes», había sido arrojada con descuido a un lado, y el hombre que debía ceñirla «se divertía de un modo vergonzoso entre las dos mujeres, como si se revolcaran en una repugnante pocilga». Dunstán regañó a madre e hija, pero Eduino seguía negándose a renunciar a su compañía. Al final, el abad puso en pie al joven rey, le colocó la corona en la testa y lo condujo a la fiesta de coronación.[30]
Es otra buena historia, bien estudiada para escandalizar a un público monástico y célibe, y puede que contuviera algunos elementos de verdad. El biógrafo de Dunstán añade que, como resultado del mencionado enfrentamiento, Etelgiva convenció a Eduino de que desterrara al santo abad, y esto fue lo que ocurrió: a partir de febrero del 956, Dunstán desaparece de las listas de testigos en los documentos reales, al igual que el obispo Cynesige, lo que sugiere que él también había sido expulsado a causa de su papel en el drama de la coronación. Los alguaciles del rey acudieron a Glastonbury para apoderarse de las posesiones de Dunstán y el abad se vio forzado a cruzar el canal de la Mancha hasta Flandes, donde halló refugio en el monasterio reformado de Gante.[31]
Este relato es solo una parte de un panorama más amplio, ya que los dos religiosos no fueron los únicos en ser desterrados. Al principio del reinado de Eduino, otras figuras importantes que habían dominado los consejos de sus predecesores también fueron expulsadas. Tal vez la más notable fue su abuela, Edgiva, quien no solo fue proscrita de la corte, sino también privada de todos sus bienes. Otra ausencia reseñable fue la de Atelstán Medio Rey, el aristócrata más poderoso durante los dos reinados anteriores, y quizá, dada la ineptitud de Edred, el verdadero artífice de la reconquista inglesa de Northumbria. («Su virtud guerrera –escribió un panegirista posterior–, despertó un gran temor entre los enemigos del país»). También él fue invitado a marcharse y a renunciar a su cargo de ealdorman. Buen amigo de Dunstán y partidario de la reforma monástica,
Página 285
se retiró a Glastonbury, donde vivió sus últimos días como monje. Su hijo lo sucedió, pero no gozó de la misma autoridad de su padre.[32]
Todos estos individuos, y muchos otros, habían sido derrocados por el surgimiento de una facción rival. Su miembro más prominente era un hombre llamado Elfhere, quien pronto fue ascendido hasta convertirse en ealdorman de Mercia, a pesar de que apenas figura como testigo en los documentos reales anteriores. Tanto él como sus tres hermanos estaban emparentados con la familia real, pero su vinculación parece que era reciente, quizá por línea materna. Como es obvio, en algún momento anterior habían fraguado su influencia sobre el joven Eduino: es posible que el rey, que había quedado huérfano cuando era un bebé, se hubiera criado en su círculo. Mucho más evidente resulta el modo en que pretendían mantener tal influencia, ya que, a comienzos de su reinado, Eduino estaba casado con Elgiva, la más joven de las dos mujeres involucradas en el supuesto trío de la coronación. Ella y su madre, Etelgiva, eran descendientes de Etelwoldo, el primo rebelde de Eduardo el Viejo, que había muerto en batalla allá por el año 902. La camarilla que asumió el poder tras el ascenso de Eduino al parecer había esperado el momento oportuno durante más de medio siglo.[33]
Por tanto, es muy probable que el escándalo sexual que implicaba a Elgiva y a su madre fuera una historia inventada mucho después por el círculo de Dunstán para justificar su desacuerdo con el matrimonio de Eduino. Del mismo modo, la insinuación posterior de que el nuevo rey se oponía a la reforma monástica parece haber sido un intento infundado de ensuciar su buen nombre. En un principio, Eduino contó con el apoyo del abad Etelwoldo de Abingdon, el antiguo pupilo de Dunstán y el más celoso de los reformadores. Los documentos reales muestran que el rey era uno de los benefactores de Abingdon, y en uno de ellos se reconoce de forma explícita a Elgiva como su esposa. Aunque su biógrafo intenta ocultar el hecho, omitiendo por completo a Eduino del relato, Etelwoldo era claramente un partidario del nuevo rey y pudo formar parte del grupo de parientes que se había adueñado de la corte.[34]
Aunque no fuera un libertino ni se opusiera a la reforma, el régimen de Eduino resultó muy inestable. Del primer año de su reinado se conservan unos sesenta documentos reales, lo que supone un ritmo de emisión mayor que en cualquier otro momento de la historia anglosajona. Es evidente que el nuevo rey y sus consejeros repartieron grandes cantidades de tierra en
Página 286
un intento desesperado de comprar apoyos políticos. Pero, por extravagante que fuera tal generosidad, no fue suficiente. Su golpe de Estado había debilitado a sus oponentes, pero no les había destruido y la oposición comenzó a cristalizar en torno a la figura de Edgar, el hermano menor de Eduino, quien se había criado en la casa de Atelstán Medio Rey. En el verano del 957, a muchos les debió parecer que la disputa entre las dos facciones desembocaría en una guerra civil.[35]
Este conflicto se evitó convocando un gran consejo, en el que se negoció la partición del país. «Con todo el pueblo como testigo –dice la Vida de San Dunstán–, los reinos se dividieron según los límites establecidos por los sabios, y el famoso río Támesis se convirtió en la frontera entre ambos». Eduino conservaba el control de Wessex, pero Edgar se convirtió en el nuevo rey de Mercia y Northumbria. Es posible que Eduino, como hermano mayor, ejerciera cierto grado de soberanía suprema –la moneda emitida en ambos reinos siguió llevando su nombre y su efigie–, pero resulta indiscutible que este hecho supuso un duro golpe a la idea de un único «reino de los ingleses», ya que planteaba la posibilidad de que Wessex, Mercia y Northumbria volvieran a tomar caminos separados.[36]
Con Edgar controlando el territorio al norte del Támesis, sus partidarios ascendieron muy rápido al poder. La reina viuda, Edgiva, recuperó sus propiedades confiscadas y los religiosos exiliados fueron llamados a filas. Dunstán, tras regresar de Gante, no solo recuperó su posición como abad de Glastonbury, sino que además ascendió al rango obispal, una responsabilidad que había rechazado con anterioridad. En primera instancia, sucedió a Coenwald, el obispo monástico de Worcester, pero poco después falleció el prelado de Londres y Dunstán también le sucedió, ocupando las dos sedes.[37]
Una vez reincorporados a la estructura eclesiástica, estas figuras posiblemente concibieron modos de destruir el régimen de sus oponentes. Antes del verano del 958, obtuvieron una gran victoria cuando el arzobispo Oda disolvió el matrimonio entre Eduino y Elgiva, alegando que la pareja tenía un parentesco demasiado cercano (ella era su prima tercera). Esto fue crucial, porque el joven rey y su consorte aún no habían tenido hijos; de darse el caso, habrían aumentado las posibilidades de que la partición del 957 se hiciera permanente. Antes de que pudiera encontrar una nueva esposa con la que engendrar un heredero, Eduino falleció el 1
Página 287
de octubre del 959 por causas desconocidas. Ya fuera de muerte natural o por malas artes, se sumó al listado de desventurados miembros de la realeza inglesa que perecieron en medio de una disputa sucesoria, resolviendo de un modo muy conveniente la situación y cediendo el cargo a un rival. Trasladaron el cadáver a Winchester, para que fuera sepultado en la nueva catedral, y su hermano menor lo sustituyó como soberano de Wessex. «Elegido por ambos pueblos como legítimo heredero», señala el biógrafo de Dunstán, Edgar «unió a los reinos divididos bajo un solo cetro».[38]
Con Edgar, los reformistas al fin habían encontrado un rey idóneo para llevar a cabo su anhelado proyecto. Su padre había oscilado entre la indiferencia y la hostilidad hacia la reforma monástica; su tío había sido maldecido con una pésima salud; su hermano, ya fuera pecador o no, había contado con el apoyo de la gente equivocada. Pero, en su infancia, Edgar había sido acogido por Atelstán Medio Rey y su esposa, Elfwynn, unos firmes partidarios de la reforma. En ese momento, con dieciséis años, y al parecer en una condición física inmejorable, estaba listo para otorgar a los santos varones de su corte el más firme respaldo real.[39]
Una de sus primeras decisiones al asumir el poder sobre todo el reino fue designar un nuevo arzobispo de Canterbury. El antiguo, Oda, nacido de padres paganos, se había reunido con los santos en junio del 958 y el difunto rey Eduino había nombrado a dos sucesores que los reformistas consideraron inadecuados: el primero había perecido congelado en los Alpes mientras se dirigía a Roma para recibir su palio de manos del papa; el segundo ocupaba dicho cargo en el momento de la ascensión de Edgar, aunque fue depuesto de forma fulminante y volvió a su antigua posición como obispo de Wells. En su lugar, el nuevo rey nombró a Dunstán. De este modo, el principal defensor de la reforma, que en ese momento probablemente tenía cincuenta y tantos años, tras haber sido expulsado por sus propios parientes y exiliado por dos reyes anteriores, ascendió a la posición más preeminente de la Iglesia de Inglaterra.[40]
Dunstán no perdió tiempo en formalizar su nombramiento. Tras aguardar con sensatez la llegada del verano para cruzar los pasos alpinos, fue investido por el papa en septiembre del 960 y regresó a Canterbury al mes siguiente para ser ordenado. Es posible que a finales de ese mismo
Página 288
año ya hubiera seleccionado a los candidatos para ocupar los dos obispados que había dejado vacantes al ocupar la sede metropolitana. Para Londres, eligió a un oscuro personaje llamado Elfstan, que desempeñó el cargo durante más de treinta años, al parecer sin realizar nada digno de mención. Para Worcester, por el contrario, nombró a Osvaldo, quien de inmediato se declaró un gran defensor de la reforma. Sobrino del difunto arzobispo Oda y al igual que él, Osvaldo había sido monje en Fleury, el renombrado centro del monacato reformado en el Loira. Tras varios años de estudio en el lugar, regresó a su país en el 958 y se unió a la casa del arzobispo de York, quien, a su vez, lo recomendó para el puesto de Worcester. Al igual que Dunstán, al morir, fue venerado como un santo y sus hazañas se celebraron en una biografía que se ha conservado.[41]
Por desgracia, es en este momento cuando el propio Dunstán desaparece de repente del relato. Su propio biógrafo, el misterioso B, se separó del nuevo arzobispo tras su regreso de Roma y se unió a la comitiva del arzobispo de Lieja. Podemos constatar por otras fuentes que Dunstán continuó desempeñando un papel preeminente tanto en la política eclesiástica como en la secular (aparece en casi todos los documentos de Edgar encabezando la lista de personajes destacados), pero con la partida de B concluye el relato próximo y personal sobre su trayectoria.[42]
Sin embargo, por muy poderoso que fuera Dunstán, su influencia en la corte había sido parcialmente eclipsada por la de su antiguo pupilo Etelwoldo. Al parecer, el abad de Abingdon había sido el tutor de Edgar en algún momento de su infancia, tal vez durante el reinado de su hermano. En un relato que él mismo escribió, Etelwoldo relata cómo el rey había visitado Abingdon cuando era niño y prometió al abad que engrandecería la abadía tras su ascenso. Edgar cumplió su promesa y donó al monasterio grandes cantidades de tierras y dinero, además de ordenar la construcción de una gran iglesia que se completó en tan solo tres años. Sin duda, Etelwoldo era un preceptor carismático que debió de ejercer un control convincente sobre sus pupilos, incluido el rey adolescente. Pero también poseía una fuerte vena autoritaria. Su biógrafo describe cómo, en una ocasión, castigó a un monje que se jactaba de realizar demasiado trabajo en la cocina de la abadía al ordenarle que introdujera la mano en un caldero de agua hirviendo.[43]
Antes de que la nueva iglesia de Abingdon estuviera terminada, Etelwoldo estaba en condiciones de castigar a una escala mucho mayor. En
Página 289
noviembre del 963, Edgar lo ascendió a obispo de Winchester y el propio Dunstán, en su calidad de arzobispo de Canterbury, ofició la ceremonia de consagración. Esto significaba que las tres sedes más pudientes del reino – Canterbury, Worcester y Winchester– estaban ahora en manos de ardientes reformistas. La pasión de Etelwoldo, sin embargo, era más intensa que la de Dunstán u Osvaldo. El arzobispo, como ya hemos visto, había tolerado la presencia de clérigos seculares en Glastonbury, una decisión que había impulsado a Etelwoldo a marcharse para fundar su propio centro puramente monástico en Abingdon. Una vez establecido como obispo de Winchester, Etelwoldo no estaba dispuesto a aceptar una catedral atendida por sacerdotes seculares. Según su biógrafo, los canónigos de la vieja catedral eran malvados, orgullosos e insolentes, y llevaban una vida tan escandalosa que ni siquiera podían celebrar correctamente la misa. «Se desposaban de forma ilícita, se divorciaban de ellas y tomaban otras esposas; se entregaban de forma constante a la glotonería y la embriaguez». Tan pronto como asumió el cargo, Etelwoldo solicitó a Dunstán que obtuviera una autorización papal para su expulsión, y en febrero del 964 obtuvo el permiso requerido. También buscó el apoyo del rey y Edgar lo complació al enviar a algunos de sus condes para hacer cumplir la orden del pontífice. A los sacerdotes ofendidos les trasladaron un ultimátum: o tomaban los hábitos para llevar una vida casta o se marchaban de inmediato. El biógrafo de Etelwoldo asegura que «aterrorizados y detestando la vida monástica», los sacerdotes se fueron. El obispo los sustituyó por monjes procedentes de Abingdon.[44]
Esto no fue más que el comienzo de la limpieza en casa de Etelwoldo. Ese mismo año expulsó al clérigo secular de la abadía de Newminster en Winchester, fundada por Eduardo el Viejo, e introdujo la regla benedictina en el cenobio de la ciudad, el Nunnaminster, fundado por Elswita, la consorte de Alfredo. Tales esfuerzos no se limitaron a Winchester. También en el 964 el obispo nombró nuevos abades para los monasterios de Milton Abbas, en Dorset, y Chertsey, en Surrey, que realizaron reformas similares. En la primavera siguiente, Edgar convocó un gran consejo que coincidía con la Pascua. La Vida de San Osvaldo describe cómo el rey contó con la presencia de los ealdormen y thegns de todos sus territorios, sus obispos, entre ellos Dunstán, Etelwoldo y Osvaldo, y un gran número de abades y abadesas, junto con sus monjes y monjas. Con el respaldo de su compañía, Edgar «ordenó que se fundaran más de cuarenta
Página 290
monasterios con monjes». El rey, afirma el biógrafo de Osvaldo, amaba a los monjes como a sus hijos queridos y los honraba como a hermanos, aunque despreciaba al clérigo secular. Esto, explica, se debía a que Edgar había sido tutelado por Etelwoldo, que ahora era su principal consejero. «Etelwoldo instó al rey a expulsar a los clérigos seculares de los monasterios y a someterlos a nuestra orden».[45]
El hecho de afirmar que Edgar ordenó la creación de más de cuarenta monasterios sugiere que no se trataba de un objetivo arbitrario, sino que tenía en mente una lista de centros específicos. A Osvaldo, en una entrevista personal con el rey, se le dio la posibilidad de elegir entre varios lugares, incluidos los antiguos monasterios de Ely y San Albano. Su biógrafo describe a Ely como «el lugar de la amada abadesa, santa Eteldreda», en referencia a la antigua reina de Northumbria que lo había fundado tres siglos antes. Los reformadores conocían la historia temprana de estas casas porque habían leído acerca de ellas en las páginas de la Historia eclesiástica… de Beda. Pero no entendían que el fenómeno monástico en la época descrita por Beda había sido mucho más ecléctico de lo que era según su propia concepción, mucho más estrecha. A través de la gran obra de Beda contemplaban una edad de oro en la que todos los minsters habían sido una modélica comunidad benedictina, y estaban decididos a restaurar ese estado primigenio imaginado.[46]
En los años siguientes se fundaron de nuevo muchos monasterios por orden del rey. Osvaldo declinó la oferta regia de Ely y San Albano y, en su lugar, decidió establecer un nuevo cenobio en Ramsey, en las Tierras Medias Orientales. En su propia diócesis de las Tierras Medias Occidentales, su biógrafo le atribuye el restablecimiento de siete centros monásticos más antiguos y ciertamente fue el responsable de los de Pershore, Evesham y Winchcombe. La contribución de Dunstán parece haber sido bastante menos espectacular: Guillermo de Malmesbury, que escribía en el siglo XII, asegura que el arzobispo refundó Westminster y la propia Malmesbury, al tiempo que alega que expulsó a los clérigos seculares existentes para poder hacerlo. Pero tanto Dunstán como Osvaldo parece que mostraron mucha más moderación que Etelwoldo al tratar con las comunidades clericales ya establecidas. En el caso de Osvaldo, dejó en su lugar a los clérigos seculares de su catedral de Worcester y fundó una nueva casa en la ciudad para sus compañeros monjes.[47]
Página 291
El principal impulsor del restablecimiento de los monasterios era Etelwoldo. Además de su evidente pasión por el proyecto, el obispo también ostentaba una gran riqueza personal, gracias a la antigua generosidad de Edgar. Fue Etelwoldo, al final, quien acometió la refundación de Ely, tras comprar el emplazamiento al rey a un precio considerable. «Renovó el lugar como se merecía –dice su biógrafo–, otorgándole edificios monásticos y enriqueciéndolo generosamente con parcelas de tierra». La restauración de Ely había supuesto una ambición del arzobispo Oda, pero su deceso en el 958 había abortado el proyecto en sus inicios. Tal vez debido a su ascendencia nórdica, Oda se mostró ansioso por reintroducir las comunidades cristianas en el Danelaw, un deseo que Etelwoldo compartía. Además de Ely, también restableció monasterios en Anglia Oriental: Crowland, Thorney y Saint Neots. El obispo adquirió otra catedral en ruinas en la misma región, conocida en la época de Beda como Medeshamstede, y la dedicó de nuevo a san Pedro. La reconstrucción fue a tal escala que parecía una hacienda regia, por lo que, con el tiempo, se la denominó Peterborough.[48]
A medida que el número de monasterios comenzaba a multiplicarse, Etelwoldo se encargó de recorrerlos todos y estableció las normas de conducta que esperaba. («A los obedientes animó con palabras a promover el bien –dice su biógrafo–, a los necios los corrigió con latigazos para que se apartaran del mal».) Mientras recorría el país, elogiando y castigando, el obispo debió darse cuenta de que había un problema esencial. Aunque todos los nuevos abades y abadesas juraron seguir la regla benedictina al pie de la letra, existían divergencias en el modo de interpretarla. Para Etelwoldo, suponía una peligrosa situación que amenazaba con desacreditar toda la empresa. Debió trasladar sus preocupaciones a Edgar, quien respondió ordenando a todos los eclesiásticos de su reino que acudieran a Winchester, para resolver el problema en un sínodo. Después de múltiples deliberaciones, la asamblea acordó qué costumbres debían adoptar, con la ayuda de monjes que habían acudido especialmente de Fleury y Gante para asesorarles sobre las mejores prácticas. Todos los presentes juraron solemnemente que en el futuro habría «una observancia uniforme». Etelwoldo redactó sus conclusiones en un documento conocido como Regularis Concordia (Acuerdo sobre la regla) y lo distribuyó por todos los monasterios en forma de un pequeño libro.[49]
Página 292
A pesar de la participación de monjes procedentes de los principales cenobios del continente, el nuevo acuerdo difería de la norma europea en el papel central que otorgaba al rey y su familia. El sínodo de Winchester había reiterado el principio fundamental de la reforma basado en que la interferencia secular en los asuntos monásticos era algo deplorable y prohibió a los abades y abadesas, bajo pena de anatema, reconocer el señorío de los laicos, «algo que podría conducir a la pérdida y la ruina total, como lo hizo en tiempos pasados». Pero de inmediato los religiosos reunidos matizaron esta afirmación añadiendo que los monasterios debían situarse activamente bajo la protección del rey y la reina. A los cinco años de su reinado, Edgar se había casado con una noble llamada Elfrida, una confidente de Etelwoldo, quien quizás había ayudado a concertar el matrimonio. Como explica el prólogo de Regularis Concordia, aunque el rey iba a ser el pastor y defensor de los monjes, había decidido sabiamente que la reina Elfrida «sería la protectora y guardiana denodada de las comunidades de monjas».[50]
A cambio de su protección, el rey y la reina debían estar presentes en las oraciones de todos los monjes y monjas. La Concordia requería que los salmos y las oraciones de las colectas se recitaran de manera reiterada, día y noche, por el bienestar de la pareja real, «y que no se entonaran a una velocidad excesiva». Los rezos serían muy eficaces porque procedían de los labios de individuos sexualmente puros. En el 966, Edgar presentó a los monjes de Newminster en Winchester una elaborada carta de refundación, de la que sobrevive el original. Realizada en forma de libro, da comienzo con una imagen del rey, flanqueado por María y san Pedro, presentando la carta constitutiva a Cristo (imagen a color n.º 22). El texto, escrito íntegramente en letras doradas, sin duda fue redactado por Etelwoldo, aunque pretende ser la voz del propio Edgar. Justifica la decisión de expulsar a los clérigos seculares, no solo de Newminster, sino de otros monasterios de todo el reino, a causa de su inutilidad. Debido a que estos hombres eran pecadores, asegura el rey, sus oraciones no le servían de nada.[51]
Página 293
Figura 23: Ilustración de una copia del siglo XI de la Regularis Concordia, que muestra al rey Edgar flanqueado por san Dunstán y san Etelwoldo. © Junta de la Biblioteca Británica; BL Cotton Tiberius A III, f.o 2v.
Como sugiere el lujoso retrato de Edgar en el documento de Newminster, Etelwoldo financió un renacimiento artístico en Winchester. El Benediccional de san Etelwoldo, un libro de bendiciones compuesto para el propio uso del obispo, a menudo se describe como la obra maestra de la iluminación anglosajona. Asimismo, fomentó la traducción de textos latinos al inglés, al igual que el rey Alfredo, con el objetivo de acercar el conocimiento religioso a los laicos. A petición de Edgar, tradujo personalmente la regla de san Benito, y explicó en su prefacio la conveniencia de que los laicos sin apenas educación comprendieran su
Página 294
contenido, «para que puedan servir a Dios con más celo y no tengan la excusa de que fueron empujados a errar por ignorancia».[52]
En todas sus medidas, un concepto clave para Etelwoldo y sus compañeros reformadores fue la uniformidad. Esto resulta más evidente en la Regularis Concordia, aunque también queda patente en los textos que Etelwoldo y sus colegas eruditos elaboraron en Winchester. Las miniaturas de los manuscritos se convirtieron en la base del llamado estilo de iluminación de Winchester, que se estableció en otros monasterios reformados. El tipo de escritura que usaban estaba estrictamente regulado. Para los textos latinos, emplearon la letra «carolingia» desarrollada por reformadores anteriores en la corte de Carlomagno,[*] mientras que para las traducciones al inglés recurrieron a una escritura insular diferente. Incluso el propio idioma estaba regulado y estandarizado, de modo que cada palabra latina únicamente tenía un equivalente en inglés permitido. Un vocabulario más variado, que dejara la elección a cada traductor, solo podría inducir a confusión y error.[53]
Es muy probable que la búsqueda de una homogeneidad por parte de los reformadores tuviera un profundo impacto en las estructuras del gobierno regio, que perduraría durante siglos. En el prefacio a su traducción de la regla benedictina, Etelwoldo criticó al hermano mayor del rey por dividir al reino en el 957: Eduino, «a través de la ignorancia propia de la infancia, había fraccionado su reino y dividido su unidad». Probablemente no sea una coincidencia que durante el periodo en que figuras como Etelwoldo y Dunstán dominaban los consejos reales, hubiera un decidido intento de estandarizar la administración regia exportando las antiguas instituciones de Wessex a regiones conquistadas de forma más reciente. Los condados, que durante siglos habían sido una característica típica del gobierno de los sajones occidentales, se introdujeron casi con certeza en las Tierras Medias en esta época. Contando como sedes los burhs fundados medio siglo antes, se les otorgaron nombres como Leicestershire, Staffordshire, Nottinghamshire y Northamptonshire. En la legislación de Edgar constatamos por primera vez los tribunales del condado, presididos por el ealdorman y el obispo locales.[54]
Es también en este momento cuando aparece una forma estandarizada de tribunal inferior. Desde comienzos del siglo X, los reyes ingleses se habían mostrado cada vez más interesados en involucrarse en la administración de la justicia local, pero no habían tenido demasiado éxito,
Página 295
ya que el derecho a organizar los tribunales y cobrar las multas se había cedido junto a las concesiones de tierra realizadas por sus predecesores. Sin embargo, a partir de mediados del siglo X, comenzamos a ver cortes locales cuyos jefes respondían directamente ante el rey. En ocasiones, los distritos a los que servían tales tribunales eran antiguos, pero en otros casos suponían creaciones nuevas, formadas precisamente por cien hides, y por lo tanto conocidas como «centenares». Edgar determinó que tenían que reunirse cada cuatro semanas.[55]
Todo este orden y uniformidad debió agradar al rey y a sus consejeros eclesiásticos, y sin duda trajo beneficios a muchos de sus súbditos de menor rango. Otros, sin embargo, debieron tener motivos para lamentar este creciente énfasis real en la regulación y la disciplina religiosa. Cuando una plaga asoló el reino en el año 962, Edgar y Dunstán lo interpretaron como una expresión del desagrado divino, provocado por quienes no entregaban sus cuotas a la Iglesia, y juntos ordenaron que, en el futuro, todos los hombres, ricos y pobres, deberían pagar sus diezmos «con total alegría y buena disposición». Etelwoldo, para hacer cumplir el estricto aislamiento de monjes, monjas y seculares en Winchester, dividió la ciudad en zonas distintas, separadas por muros o setos, un plan que implicaba el desvío de ríos, la demolición de casas y la reubicación forzosa de algunos residentes. Cuando en el 971 el celoso obispo decidió trasladar los restos de san Suituno, su predecesor del siglo IX, a una nueva tumba en la catedral, hizo que todos los ciudadanos de Winchester, tanto nobles como esclavos, caminaran descalzos durante cinco kilómetros para encontrarse con el cuerpo. A medida que avanzaba el reinado de Edgar, las ideas benedictinas se extendieron más allá de los muros de los claustros y hacia el mundo en general.[56]
¿Y quién se negaría a participar, sabiendo que tales hombres piadosos podrían invocar la autoridad del rey? La Crónica Anglosajona prácticamente no tiene nada que decir sobre la política laica del reinado de Edgar, por lo que carecemos de datos concretos sobre sus hazañas militares. El biógrafo del obispo Osvaldo, sin embargo, describe al rey como «poderoso en las armas, exultante en los cetros y las diademas, y majestuoso protector de las leyes del reino con una autoridad militante». Desde principios del siglo XI, si no antes, a Edgar se le otorgó el adjetivo latino de pacificus, normalmente traducido como «pacífico», aunque no cabe duda de que no había nada de esto en él. Los ciudadanos de
Página 296
Winchester habían sido testigos del destino de los clérigos seculares expulsados por la fuerza de la catedral por agentes reales en el 964. Cuando la gente de Thanet lo irritó en el 969 –al robar a varios mercaderes de York, según un cronista muy posterior–, la respuesta del rey fue que toda la isla fuera devastada. Edgar, asegura el biógrafo de Osvaldo, «aplastó bajo sus pies todos los orgullosos cuellos de sus enemigos» y la Crónica Anglosajona lo recuerda como un «dispensador de tesoros para los guerreros». Según otro autor coetáneo, que escribía en la década del 970, el rey ordenó que los ladrones y bandidos fueran castigados mediante la extracción de los ojos, las orejas cortadas, las aletas de las narices abiertas y las manos y los pies amputados, antes de arrancarles el cuero cabelludo y abandonarlos a campo abierto por la noche, para que fueran devorados por las fieras y los pájaros. Teniendo todo esto presente, pacificus probablemente se traduzca mejor como «pacificador». Al igual que el revólver decimonónico del mismo nombre,[**] Edgar mantuvo la paz mediante la continua amenaza de una fuerza letal.[57]
Por temible que fuera, existían límites para el poder regio y la uniformidad que podía imponerse por decreto real. El restablecimiento del monacato benedictino fue, en gran medida, un fenómeno meridional. Aunque se refundaron varios centros monásticos en el Danelaw, estos se agruparon en las Tierras Medias Orientales, cerca de Peterborough y Ely. Al norte del río Welland, en el territorio de los Cinco Burgos, no se restauró ninguna casa religiosa. Cuando Osvaldo de Worcester, que ascendió a arzobispo de York en el 971, intentó revitalizar el decadente monasterio de san Wilfrido en Ripon, el proyecto fracasó.[58] La extensión geográfica de la autoridad regia resultó similar. Las asambleas locales que se llamaban «centenares» en algunas partes de Mercia y Anglia Oriental se conocían en los Cinco Burgos y en Northumbria como wapentakes, una voz escandinava que al parecer aludía a la costumbre de los asistentes de señalar su asentimiento blandiendo las armas. Cuando se trataba de gobernar estas regiones del norte, incluso un rey tan autoritario como Edgar tenía que mostrar mano izquierda y tolerar un cierto grado de disidencia en el trato con sus habitantes. «Es mi voluntad –afirmó el rey en su última pieza legislativa–, que entre los daneses estén en vigor las leyes que prefieran».[59]
«Sin embargo», agregó en su siguiente declaración, las medidas para tratar con los ladrones debían «ser comunes a todas las naciones, ya fueran
Página 297
ingleses, daneses o britanos». Que tal uniformidad seguía siendo el anhelo de Edgar y quienes lo rodeaban queda bien patente en su reforma monetaria. Antes de su ascenso al trono, las monedas se habían acuñado bajo el nombre de un solo «rey de los ingleses», pero su diseño, peso y pureza variaron de una región a otra, según el capricho, la habilidad o los recursos de cada emisor. Sin embargo, en algún momento hacia el final del reinado de Edgar, se impuso una total estandarización. A partir de entonces, todas las monedas acuñadas dentro de su reino, desde la costa del Canal hasta el río Tees, poseían el mismo tamaño y pureza, y todas mostraban un retrato idéntico del rey. La Regularis Concordia había mencionado «una regla y un país», y este era su equivalente numismático: un reino, una moneda.[60]
En sus acuñaciones, Edgar siempre aparece como Rex Anglorum, aunque en sus documentos se mostraba más ambicioso y se le llamaba «rey de toda Britania». Sus predecesores inmediatos, que luchaban por mantener su control sobre Northumbria, parecen haber dudado en el uso de títulos tan grandiosos, pero desde muy temprano en el reinado de Edgar sus escribas le otorgaron la panoplia completa de epítetos elogiosos que se habían aplicado a Atelstán cuarenta años antes, incluido imperator augustus.[61] Esto no resulta sorprendente, ya que los reformadores monásticos que dominaban sus consejos se inspiraban, en gran medida, en el Imperio carolingio. Muchas de sus ideas sobre la uniformidad impuesta por el Estado procedían de los consejos y la legislación del hijo y sucesor de Carlomagno, Luis el Piadoso. También mantenían contactos regulares con eclesiásticos de la corte del rey Otón I, que había gobernado la parte oriental del imperio fragmentado –Alemania, como se conocería más adelante– desde el 936. Cuando Otón también se convirtió en el rey de Italia en el 961, les pareció apropiado revivir un título que había desaparecido durante décadas, y a principios del año siguiente en Roma fue coronado emperador a manos del papa.[62]
Quizá fue esto lo que llevó a los consejeros de Edgar a planearle una coronación similar, poco más de una década después. El rey debió ser coronado y ungido por Dunstán al comienzo de su reinado en el 959. Pero si él, al igual que Otón, era un emperador, el soberano de toda la isla de Britania, ¿por qué no se le debería otorgar también una segunda ceremonia que enfatizase su dignidad imperial? Esta debió de ser la lógica tras el evento que los reformadores organizaron en el 973. Tuvo lugar en Bath,
Página 298
quizá porque las aguas termales y los baños romanos que otorgaron nombre a la ciudad la hacían comparable a Aquisgrán, donde Carlomagno había construido su palacio, y donde tanto Luis el Piadoso como Otón I habían sido coronados. La fecha de la ceremonia se fijó para la fiesta de Pentecostés y el año en sí también pudo tener un significado religioso. En el 973, como señala la Crónica Anglosajona, Edgar había cumplido los treinta años. Treinta años era la edad a la que Cristo había comenzado su ministerio y los reformadores habían desarrollado la idea de que Edgar, como rey, poseía poderes sacerdotales o incluso casi divinos. En su documento al Newminster de Winchester, se le denomina «el vicario de Cristo».[63]
En consecuencia, en la primavera del 973, se emitió la orden de que todos se reunieran en Bath el 11 de mayo. La Vida de San Osvaldo describe la reunión «espléndida y gloriosa» de arzobispos, obispos, abades y abadesas, ealdormen, magistrados y jueces, «todos aquellos a quienes cabe describir como la nobleza de este amplio y espacioso reino». Dunstán, como el mayor de los dos arzobispos, ofició la ceremonia y, según las fuentes, lloró cuando se dio cuenta de que «no merecían tener un gobernante tan humilde y tan sabio». El mismo Osvaldo, designado de forma reciente arzobispo de York, asistió a la unción y la investidura. El orden del ritual había sido adaptado para la ocasión, tal vez por el obispo Etelwoldo. Mientras que los servicios de coronación anteriores mencionaban al rey que gobernaba sobre dos o tres naciones, a Edgar se le denomina simplemente rex: un único rey de un único pueblo. En la fiesta posterior a la ceremonia, Edgar, coronado con laureles, se sentó sobre un trono elevado, con Dunstán y Osvaldo acomodados a cada lado.[64]
En todo esto, había una clara sensación de un nuevo comienzo: un rey en el umbral de grandes logros. Poco después de la coronación en Bath, Edgar marchó hacia el norte, a Chester, otro enclave con reminiscencias del pasado romano, y se llevó consigo lo que la Crónica Anglosajona denomina «toda su fuerza naval». Según las fuentes, otros seis gobernantes acudieron para reunirse con él allí, incluido el rey de los escoceses y el rey de los britanos de Strathclyde, y juraron ser sus aliados en tierra y mar. En el siglo XII, los historiadores describieron el modo en que estos reyezuelos habrían demostrado su vasallaje operando los remos de un bote que el propio rey Edgar gobernaba a lo largo del río Dee. Podría tratarse de una interpolación posterior, pero se basaba en el dominio real sobre Britania
Página 299
que Edgar había logrado ejercer. «Reyes y condes se sometieron voluntariamente a él y estaban sujetos a sus deseos», afirma la Crónica, y agrega que los había puesto bajo su autoridad sin recurrir a la guerra. Las cosas habían mejorado mucho en tiempos de Edgar, afirma el mismo autor, porque había exaltado el nombre de Dios y amado la ley de Dios. Y ahora que había sido elevado oficialmente al rango imperial, ¿quién sabe qué otras hazañas lograría ese rey de treinta años? Mientras lo ungían y coronaban en Bath, Dunstán y Osvaldo se acercaron a Edgar y le dijeron: «¡Que el rey viva para siempre!».[65]
Edgar murió el 8 de julio del 975, apenas dos años después de su coronación imperial. «Nos fue arrebatado repentinamente de este mundo», dice la Vida de San Osvaldo, «en compañía de solo unos pocos thegns y compañeros». Trasladaron su cuerpo a Glastonbury, donde fue enterrado junto al de su padre, el rey Edmundo. Era un lugar apropiado para que la historia de Edgar terminara, ya que fue en Glastonbury donde la revolución había comenzado casi tres décadas antes, más o menos en la época de su nacimiento, cuando su padre había cedido la destartalada catedral a Dunstán, tal vez como un modo de mantener al exasperante monje alejado de la corte. Desde entonces, el reino se había expandido, dividido, reunificado y finalmente renacido como un reino devoto en el que Dunstán y sus discípulos habían ejercido un poder e influencia casi ilimitado. Parece probable que el antiguo abad de Glastonbury, ahora arzobispo de Canterbury, oficiase el funeral de Edgar. De ser así, habría tenido buenas razones para reflexionar en su panegírico sobre la honda transformación que él y sus compañeros reformadores habían fraguado en el espacio de una vida real única y, finalmente, truncada.[66]
Pero, con la partida de Edgar, los reformadores habían perdido a su campeón y protector: el Buen Pastor, como lo llamaron en la Regularis Concordia, quien los defendería de las feroces fauces de los malvados. «A su muerte –dice el biógrafo de Osvaldo–, el reino entero fue sacudido. Los obispos estaban perturbados, los ealdormen irritados, los monjes atemorizados, la gente aterrorizada». En el momento en el que el Pacificador era enterrado en Glastonbury, el país se sumía en una guerra civil.[67]
Página 300
El rey mal aconsejado
9
Etelredo el Indeciso
y el temor al Apocalipsis
Página 301
l parecer, solo unos días después de su nacimiento, con motivo de su bautismo, Etelredo el Indeciso se mostró como alguien indigno. No Asabemos dónde ni cuándo tuvo lugar la ceremonia, pero Guillermo de Malmesbury nos informa de que fue oficiada por el arzobispo Dunstán, en compañía de otros obispos, y presumiblemente con la presencia de sus orgullosos padres, el rey Edgar y la reina
Elfrida. En el momento en que la reciente incorporación a la familia real fue sumergida en la pila bautismal, dice Malmesbury, «interrumpió el sacramento al hacer de vientre», para gran consternación de Dunstán. «¡Por Dios y su Santa Madre! –exclamó el arzobispo–, ¡será un hombre indolente!».
Esta cómica escena requiere la advertencia de que lo más probable es que jamás sucediera. Malmesbury escribió más de cien años después de la muerte de Etelredo y la idea de un soberano cometiendo un traspié bautismal parece prestada de la historia de Constantino Coprónimo, un emperador bizantino del siglo VIII a quien, tal como sugiere su sobrenombre, se le acusó de haber hecho exactamente lo mismo. Pero la historia, por inverosímil que parezca, demuestra cuán abyecto se había vuelto el recuerdo de Etelredo en época de Malmesbury. «Indolente» es solo una de las posibles traducciones de ignavus, la palabra supuestamente empleada por Dunstán para describir al rey infante. También posee connotaciones de cobardía e indignidad, y con anterioridad en el mismo pasaje, Malmesbury atribuye estos dos defectos a Etelredo. La vida del rey, nos dice, fue cruel, lamentable y vergonzosa. Fue cómplice de asesinato, un cobarde que huyó del peligro, un despilfarrador que tuvo una muerte miserable.[1]
Curiosamente, en este extenso rosario de críticas, lo único de lo que Malmesbury no acusa a Etelredo es de «desprevenido». El famoso apodo del rey parece haber sido una invención algo posterior, registrada por primera vez en latín a finales del siglo XII y que no se mencionará en inglés hasta principios del siglo XIII, cuando aparece como unræd. En esta forma original, su significado no indica «falta de preparación», sino «carente de buen consejo» (rædas). Esto suponía un obvio juego de palabras con el propio nombre de Etelredo (Æthelred o «noble consejo»), y para algunos esto basta para sugerir que pudo acuñarse antes, tal vez incluso durante su propia vida. Ciertamente, existen otras pruebas de que
Página 302
algunos de sus coetáneos creían que, en efecto, había sido mal aconsejado.
[2]
La paupérrima reputación de Etelredo se basó en el hecho de que, durante su reinado, los vikingos regresaron a Inglaterra y él no se mostró a la altura de la ardua tarea de enfrentarse a ellos. El país se vio sometido a repetidas oleadas de devastación, lo que provocó agitación social y sufrimiento a una escala que rivalizó con los tumultos de finales del siglo IX. Pero, mientras que en el periodo anterior la situación se superó gracias al heroico Alfredo, su tataranieto fue incapaz de aportar un liderazgo remotamente similar. Bajo Etelredo, la población temía que el Apocalipsis estuviera cerca y sentía que las acciones del rey empeoraban las cosas. Su gobierno no solo se consideró incompetente, sino también oneroso, intrusivo e injusto. A medida que su reinado avanzaba, la gente comenzó a contemplar la posibilidad de eliminarlo, incluso si eso significaba ponerse del lado de sus enemigos, y su gobierno concluyó con una conquista danesa absoluta.
No obstante, Etelredo reinó durante treinta y ocho años, de modo que su reinado fue uno de los más largos de la historia anglosajona, comparable a los de Etelbaldo y Offa. Y a diferencia de los periodos de gobierno de estos reyes del siglo VIII y, de hecho, incluso de los de sus predecesores del siglo X, el reinado de Etelredo está muy bien documentado, dada la comparativa abundancia de fuentes tanto administrativas como narrativas. Como consecuencia, Inglaterra se muestra con una nitidez desconocida hasta entonces y podemos contemplar a sus gentes y sus instituciones con mayor claridad. Incluso su nombre se documenta por vez primera, al parecer como una nueva acuñación. Uno de los ealdormen de Etelredo, llamado Etelwardo, que tradujo la Crónica Anglosajona al latín, explica a sus lectores que el país en el que vivía antes se había conocido como Britannia, pero ahora se llamaba Anglia. Un amigo de este ealdorman, Elfrico de Eynsham, un prolífico autor en inglés, se refirió a ella como Engla-Lande.[3]
Esta plétora de evidencias también significa que la figura del propio Etelredo está bien iluminada, más que la de cualquier otro rey anterior, aparte de Alfredo el Grande. A veces se argumenta que, al escudriñar minuciosamente sus documentos, podemos percibir algo de su naturaleza interior. Y al igual que en los últimos años la «grandeza» de Alfredo ha sido objeto de una reevaluación, también se ha cuestionado el alcance de
Página 303
la ineptitud de Etelredo. Tradicionalmente, la principal fuente para conocer su reinado ha sido la Crónica Anglosajona, que nos ofrece una imagen muy negativa y supone la base del relato de Guillermo de Malmesbury. Aunque la entrada de la Crónica sobre el reinado de Etelredo se redactó después de su desastroso fin y, como tal, está elaborada en retrospectiva. Con frecuencia, su autor atribuye los fracasos militares ingleses a la traición o cobardía de mandos concretos, cuando la realidad pudo haber sido mucho más compleja. Por tanto, los historiadores han contemplado el relato de la Crónica con más escepticismo y se han esforzado por utilizar una gama más amplia de fuentes para crear una imagen más sutil, matizada y amable del propio rey.[4]
Pero con independencia de las explicaciones o disculpas que se presenten en favor de Etelredo, no se puede negar que su reinado tuvo un comienzo terrible por el asesinato de su hermano.
El rey Edgar no había mostrado una continencia sexual a la altura de su devota reputación, al menos no durante los primeros años de su reinado. Su matrimonio con la reina Elfrida se celebró cinco años después de su ascensión al trono, cuando él tenía unos veintiún años, y le había dado dos hijos: Etelredo, que era el segundo, y un hermano mayor llamado Edmundo. Pero, antes de esto, Edgar había tenido relaciones con otras mujeres, dos de las cuales también le habían dado hijos. Una de tales relaciones, con una dama llamada Wulfrida, no resultaba especialmente problemática, pues había dado a luz a una niña; y tanto la madre como la hija fueron enviadas al convento de Wilton Abbey en Wiltshire, donde la hija, Edith, después se convirtió en abadesa. No obstante, la otra relación adolescente de Edgar fue con una mujer llamada Etelfleda, y resultaba mucho más incómoda, pues tuvo como fruto un hijo. No está claro si se había desposado o no con Edgar, al igual que desconocemos su destino posterior, pues no figura en ninguno de los listados de testigos de sus primeros documentos. Aunque su hijo Eduardo sí aparece en esas mismas listas, lo que demuestra que estuvo presente en la corte de su padre a mediados de la década del 960, junto con sus medio hermanos menores.[5]
Por tanto, la situación durante la última etapa del reinado de Edgar resultaba familiar: un rey que tenía hijos con más de una mujer, lo que generaba incertidumbre sobre cuál le sucedería. Tras su matrimonio con
Página 304
Elfrida en el 964, entre ciertos sectores hubo una decidida intención de promover a esta descendencia en concreto como los únicos candidatos aceptables. Elfrida suponía un aliado cercano del obispo Etelwoldo de Winchester, quien hizo todo lo que estuvo en su mano para reforzar su posición. En los documentos reales, se la honró constantemente con el título de regina y es posible que haya sido la primera reina inglesa que fue consagrada, durante la coronación imperial de Edgar en Bath. De forma elocuente, en el ornado documento que Etelwoldo había elaborado en el 966 para la refundación del Newminster en Winchester, Elfrida testifica como «la esposa legítima del rey», y su hijo, el infante Edmundo, aparece como «el hijo legítimo de dicho rey». Por el contrario, su hijastro, Eduardo, que también estaba presente, solo es mencionado como «engendrado por el mismo rey» y se le otorga una posición más baja en la lista, a pesar de ser el mayor de los dos niños. Para Elfrida debió resultar angustioso que Edmundo muriera después en el 972, cuando tenía unos cinco o seis años, pero esto no cambió sus planes para la sucesión, ya que, mientras tanto, en algún momento entre el 966 y el 969, había dado a luz a Etelredo, que asumió el puesto de heredero legítimo.[6]
Y, sin embargo, cuando el rey Edgar falleció de forma repentina en el verano del 975, hubo muchas muestras de apoyo a Eduardo. Algunos de los magnates pudieron considerar que, como el hijo mayor, tenía más derecho al trono, o pudieron pensar que el mayor era la mejor opción para la estabilidad política. A esas alturas, Eduardo debía ser un adolescente, con tal vez dieciséis años; Etelredo, por el contrario, todavía era un niño, posiblemente de tan solo cinco. Como no podía ser de otro modo, se produjeron discusiones acaloradas entre los consejeros reales sobre cómo proceder, aunque, después de varios días de disputas, finalmente eligieron a Eduardo. Una voz decisiva para superar este bloqueo debió de ser la del arzobispo Dunstán, quien dejó claro su apoyo a Eduardo al coronarlo poco tiempo después.[7]
Los partidarios de Etelredo, sin embargo, no estaban dispuestos a soslayar el asunto y, en los meses que siguieron, la disputa se tornó violenta. Los últimos años del reinado de Edgar habían sido testigo de crecientes tensiones, no solo por la cuestión sucesoria, sino también por el impacto de la reforma monástica. El incondicional apoyo regio a la restauración de docenas de monasterios, motivo de gran regocijo para los propios reformadores, sin duda había hecho que muchos de sus otros
Página 305
súbditos salieran perdiendo. Las víctimas más obvias fueron los clérigos seculares, ya que fueron expulsados de ciertas comunidades religiosas establecidas desde hacía mucho tiempo, algunos de los cuales provenían de poderosas familias aristocráticas que porfiaron ante aquel ataque a sus parientes. Pero la expansión del monacato también había tenido efectos adversos sobre un sector mucho más amplio de la sociedad. Para dotar a los centros monásticos, como Ely y Peterborough, de grandes extensiones de tierra, había sido necesario persuadir a otras personas para que se deshicieran de ellas. Muchos laicos se habían visto forzados a entregar sus propiedades, bajo el argumento de que se habían usurpado de los monasterios en un pasado lejano. A veces, recibieron una compensación, pero de sus quejas posteriores queda claro que, a menudo, pensaron que esta era insuficiente. Muchos de los acuerdos alcanzados parecen haber sido a la fuerza y, en ocasiones, los documentos que los reformadores elaboraron para hacer valer sus demandas fueron falsificados. Edgar, con los ojos puestos en Dios y los oídos solo atentos a los consejos de los reformadores, no había visto ninguna injusticia en ello. Y, dada su reputación de imponer la paz por medios violentos, ¿quién tendría el valor de contradecirle?[8]
Ahora que Edgar se había ido, para ser reemplazado por un adolescente, estas quejas estallaron. En varias partes del país, los monasterios sufrieron ataques y sus monjes y abades fueron expulsados. Según el autor de la Vida de San Osvaldo, que aporta el único relato detallado de estos años, se les podía ver vagando por los caminos, sin dinero y descalzos. Mientras tanto, dice el mismo autor, los clérigos seglares se mostraban encantados, porque la rueda de la fortuna había dado un giro completo y, en algunos casos, regresaron a las comunidades de las que habían sido expulsados, junto con sus esposas.[9]
Aunque esta «reacción antimonástica» probablemente fuera espontánea, proporcionó una excusa conveniente para que los decepcionados partidarios de Etelredo atacaran a quienes habían respaldado el ascenso al trono de su medio hermano Eduardo. El ealdorman de Mercia, Elfhere, dirigió y alentó a la turba que asaltó varios monasterios de las Tierras Medias Occidentales, incluidos Winchcombe, Evesham, Pershore y Deerhurst. Estos cenobios habían sido fundados o restaurados por el propio san Osvaldo y, presumiblemente, se les atacó porque el arzobispo se había negado a respaldar a Etelredo. Mientras tanto,
Página 306
Etelwino, el ealdorman de Anglia Oriental, un partidario de Eduardo, reunió un ejército para enfrentarse a los ataques antimonásticos si se extendían hacia el este, hasta su territorio. Los intentos de calmar la situación, convocando una asamblea regia, fracasaron. Cuando Etelwino habló en defensa de los monjes, los menos exaltados presentes le gritaron. Uno de ellos ofendió de palabra al hermano del ealdorman, quien respondió haciendo matar a su interlocutor. En todas partes, dice la Vida de San Osvaldo, había «disensión y problemas, que ni los obispos ni los jefes de los asuntos eclesiásticos y seculares pudieron mitigar». La sedición («esa ramera detestable») enfrentaba provincias contra provincias, pueblos contra pueblos, ealdormen contra ealdormen, y rey contra rey.[10]
Fue esta lucha entre facciones lo que al final condujo al asesinato de Eduardo. En el 978, cuando ya debía haber alcanzado la adolescencia, el rey visitó a Etelredo, que se alojaba con su madre, la reina Elfrida, en Corfe, Dorset. Marchó, dice el biógrafo de Osvaldo, con solo un reducido número de soldados, y llegó por la noche. La Crónica Anglosajona nos da como fecha el 18 de marzo. Cuando se aproximaba a la residencia regia, Eduardo se topó con varios magnates, cuyos nombres no se nos dicen, y luego, de repente, se vio rodeado de hombres armados. Sujetaron al rey, lo derribaron de su caballo y lo mataron. Su cadáver se trasladó a la cercana Wareham y se sepultó sin ninguna ceremonia.[11]
El martirio de Eduardo, como pasó a ser conocido de forma inmediata, a veces se presenta como un asesinato misterioso y desconcertante, aunque no se requieren las facultades de un Holmes o un Poirot para elaborar un listado de potenciales sospechosos. El golpe que acabó con la vida del rey pudo ser asestado por un siervo armado anónimo, pero los autores de su muerte, casi con total seguridad, fueron las personas que habían estado conspirando contra él desde su ascenso al trono. El ealdorman Elfhere de Mercia, como organizador de los asaltos a los monasterios, seguramente formó parte de la conspiración. También, con toda probabilidad, participó la reina viuda. Los historiadores modernos suelen otorgarle a Elfrida el beneficio de la duda, en respuesta a las leyendas medievales posteriores que la presentan como la malvada madrastra, aunque resulta difícil imaginar que no estuviera al tanto del plan y no sancionara su ejecución. Incluso podemos sospechar que su viejo colaborador, el santo obispo Etelwoldo, desempeñó algún papel en el asunto. Lo cierto es que estas tres figuras fueron las que más se beneficiaron, ya sea de forma directa o
Página 307
indirecta, tras la caída de Eduardo. Con su medio hermano escondido en una tumba sin nombre, el joven Etelredo pasó a ser rey en su lugar, y Elfhere, Elfrida y Etelwoldo gobernaron el reino como regentes.[12]
La reconciliación con los partidarios de Eduardo obviamente llevó algún tiempo. El primer año del reinado de Etelredo pasó sin que fuese coronado; algo que parece posible porque los dos arzobispos, Dunstán y Osvaldo, se negaron a realizar la ceremonia hasta que el cuerpo de su hermano asesinado fuera recuperado y se le diera un entierro apropiado. Por fin, en la primavera del 979, el ealdorman Elfhere marchó hasta Wareham con una gran multitud de personas y ordenó que se abriera la tumba de Eduardo. El cadáver del rey (o al menos uno que se parecía a él) fue exhumado y se descubrió milagrosamente intacto. Lavado con reverencia y vestido con ropajes nuevos, se depositó en un ataúd y se trasladó a la abadía de Shaftesbury, donde recibió un entierro con todos los honores y pronto fue venerado como a un santo.[13]
Este evento público, que pudo implicar algún acto de penitencia por parte de Elfhere y otros, sirvió para salir del callejón sin salida: unas semanas después, el 4 de mayo del 979, Etelredo al fin fue coronado. Como era ya tradicional, la ceremonia tuvo lugar en Kingston-upon-Thames, pero contenía una innovación reciente que enfatizaba las obligaciones del nuevo rey para con sus súbditos. Antes de ser ungido y coronado, Etelredo debía realizar un juramento triple, en el que se comprometía a proteger a la Iglesia, castigar el robo y la maldad y ser justo y misericordioso en sus juicios. Con anterioridad, estas ideas se habían expresado durante la coronación solo como una petición al rey por parte de su pueblo, pero desde la ceremonia imperial de Edgar en el 973 se reformularon como una promesa regia, jurada por el propio rey. Durante la coronación de Etelredo en el 979, esto quedó aún más reforzado por una homilía predicada en lengua vernácula por el arzobispo Dunstán, que recordaba al joven rey sus deberes.[14]
Justo después de su coronación, los consejos de Etelredo siguieron estando dirigidos por su madre, el ealdorman Elfhere y el obispo Etelwoldo. Este último, en especial, destaca tanto en las fuentes administrativas como en las narrativas como el poder en la sombra, al asegurarse de que su joven pupilo continuara con la política promonástica de su padre. Esta
Página 308
preeminencia resulta evidente en el relato de su biógrafo sobre la nueva dedicación de la catedral de Old Minster en Winchester. Esta catedral se había reformado en varias ocasiones desde su fundación en el siglo VII, pero no se había ampliado de forma significativa hasta la época de Etelwoldo. Después del traslado del cuerpo de san Suituno en el 971, este obispo ordenó una gran ampliación que duplicó el tamaño de la iglesia al agregar una imponente «obra occidental» de un tipo que estaba de moda en Alemania. Para el año 980, el proyecto se había completado y Etelwoldo organizó una magnífica celebración. Estuvieron presentes otros ocho prelados, incluido Dunstán, así como una multitud de abades, thegns y ealdormen y, por supuesto, el joven rey Etelredo. Durante el transcurso de dos días de festividades, dice la Vida de San Etelwoldo, «todos los que antes parecían sus enemigos, interponiéndose en el camino de Dios, de repente se convirtieron en ovejas en lugar de lobos: lo reverenciaron con extraordinario afecto e, inclinando los cuellos hasta las rodillas y besando humildemente su mano, se encomendaron en todo a las oraciones al hombre de Dios».[15]
Además de enfatizar su poder, la inversión de Etelwoldo en arquitectura es un buen recordatorio de que la paz del reinado de Edgar trajo una gran prosperidad. Esto resultó más evidente en el caso de las espléndidas iglesias de piedra de nueva construcción, encargadas por los propios reformadores en los monasterios refundados, pero también quedó patente en muchas otras cuestiones. Consideremos, por ejemplo, lo que sucedía en los burhs. Cuando fueron fundados por el rey Alfredo y sus hijos, Eduardo el Viejo y Etelfleda, se concibieron para operar como fortalezas, y durante la primera mitad del siglo X mantuvieron esa función, con los interiores divididos en grandes complejos militares que pertenecían a un puñado de mandos aristocráticos, dentro de los cuales los edificios estaban muy dispersos. Pero, a partir de mediados de siglo, la apariencia de los burhs comenzó a variar, a medida que los mercaderes y artesanos se mudaron desde el campo. En una inspección escrita sobre Winchester elaborada durante el reinado de Etelredo, encontramos la calle de los Curtidores, la calle de los Fabricantes de Escudos y la calle de los Carniceros. En el registro arqueológico, asimismo, hallamos evidencias en Winchester y en otros yacimientos que prueban la fragmentación de los grandes recintos aristocráticos y la creación de parcelas, espaciadas de forma regular, que daban a las calles, que obviamente eran tiendas de
Página 309
comerciantes y artesanos. York contaba con tales parcelas antes de mediados del siglo X; en Oxford existían antes de finales de esta centuria. En muchos casos, se crearon arrabales extramuros para dar cabida a las industrias más ruidosas y fétidas o para facilitar la organización de mercados regulares. Estos burhs y ciudades aún tenían un largo camino por recorrer antes de convertirse en centros totalmente urbanos, pero las últimas décadas del siglo X supusieron un momento de despegue.[16]
Figura 24: Ilustración, basada en las excavaciones, de un rincón de Winchester a finales del siglo X, que muestra cómo se estaba dividiendo el burh en parcelas comerciales según una disposición regular. Reconstrucción de Winchester. Oxford Arqueología. Usado con permiso.
Unas transformaciones similares se estaban produciendo en el campo. Durante siglos, la economía rural se había mantenido sin cambios. Los grandes señores –reyes, ealdormen, obispos y abades– poseían vastas propiedades, que se extendían por docenas o incluso cientos de kilómetros cuadrados. Dentro de estas amplias regiones, la gente vivía en asentamientos dispersos como aldeas aisladas o conjuntos de pequeñas granjas adyacentes. Los granjeros debían entregar una parte de la producción agraria a su señor, o a veces una renta, pero más allá de eso, su existencia era fundamentalmente libre e independiente.
Página 310
En la época de Etelredo, estaba surgiendo una nueva forma de señorío y, con ella, un nuevo tipo de asentamiento. Los grandes señores estaban dividiendo sus enormes propiedades y otorgaban otras mucho más pequeñas a sus dependientes: señoríos compactos que podían constar de entre cinco y ocho kilómetros cuadrados de tierra. Como resultado, los labriegos fueron alentados u obligados a mudarse más cerca unos de otros, y formaron comunidades que podían considerarse aldeas. Eso les ofrecía unas mayores oportunidades para la mutua cooperación: las comunidades más cohesionadas podían unirse para comprar bestias de arado y los señores podían tentarlos con nuevos elementos tecnológicos en forma de molinos de agua, para que el grano no tuviera que ser laboriosamente molido a mano. En muchos casos, los nuevos pueblos recibieron el nombre de la persona que los había creado. Woolstone, en Berkshire, por ejemplo, es una contracción de Wulfric’s Tun, «la propiedad de Wulfric».
[17]
La velocidad y el alcance de esta transformación variaron mucho de una región a otra. En las partes centrales de Mercia y Wessex ya estaba sucediendo en algunas propiedades ya en el siglo IX, mientras que, en Kent, Anglia Oriental y las partes occidentales de Wessex, no hay evidencias de ello ni siquiera en el XI. En términos generales, sin embargo, una vez más parece que a mediados del siglo X se produce un momento crucial de aceleración. En los documentos, esto se puede constatar en el aumento de las concesiones de tierras realizadas por los reyes a sus thegns o en los contratos de arrendamiento registrados por el obispo Osvaldo, quien recompensó a sus familiares y dependientes con propiedades en el campo en torno a Worcester. En el registro arqueológico se puede constatar en la repentina reaparición de la arquitectura doméstica. Las viviendas construidas en la campiña inglesa durante los siglos VIII y IX no han dejado una huella perceptible, pero a partir de mediados del siglo X se empiezan a documentar los restos de importantes edificios que debieron ser residencias de prósperos terratenientes. Dispuestos, por lo general, a grandes intervalos, se dividían a nivel interno para formar pasillos, estancias e incluso retretes. En algunos casos, también contaban con un segundo piso, lo que parece ser una novedad. La Crónica Anglosajona relata cómo en el 978 todos los consejeros del rey sufrieron heridas, en algunos casos mortales, cuando se derrumbó la primera planta
Página 311
del edificio en el que se encontraban. Solo Dunstán, que de forma providencial quedó colgado de una viga, acabó totalmente ileso.[18]
Si una casa de dos plantas con una letrina privada era una aspiración para un miembro de la nobleza emergente de Inglaterra, la otra suponía contar con su propia iglesia. Las capillas privadas aparecen con frecuencia tanto en el registro escrito como en el arqueológico de la década del 940. En este momento, casi siempre estaban construidas en madera y a menudo se ubicaban junto a la residencia señorial, aunque también la utilizaba el resto de los miembros de la comunidad local. Previamente, las necesidades espirituales de la gente común estaban cubiertas por los sacerdotes del monasterio más cercano, que viajaban de un lugar a otro para realizar los servicios eclesiásticos. Cada vez con más frecuencia, estos oficios los realizaba un sacerdote que residía de forma permanente en el pueblo. Un nuevo énfasis en la importancia de ser enterrado en suelo sagrado condujo al surgimiento paralelo de los cementerios. A medida que los cenobios se reformaron a finales del siglo X, y se volvieron más cerrados y enclaustrados, se sentaron las bases del sistema parroquial.[19]
Las causas de estas transformaciones sociales y económicas fueron múltiples y, por consiguiente, difíciles de precisar. La paz, como se mencionó con anterioridad, obviamente era una condición necesaria. No habría tenido sentido construir ostentosas moradas e iglesias durante las expediciones e invasiones vikingas del siglo IX, o durante la prolongada guerra de desgaste entre ingleses y daneses de las primeras décadas del siglo X. No obstante, las condiciones en el sur de Inglaterra se mantuvieron estables desde la década del 940 en adelante, y a partir del 954 sucedió lo mismo en Northumbria. Dado que los reyes de Wessex habían extendido su dominio por todo el país, los poderosos y ambiciosos magnates tenían enormes oportunidades para reordenar el paisaje en su propio provecho.
Otro factor, vinculado con el retorno de la paz, fue el aumento de la población. En los siglos anteriores, la agricultura en Inglaterra se había centrado sobre todo en la cría de cerdos, ovejas y vacas; solo una pequeña proporción de tierra se dedicaba a la más ardua tarea de cultivar. Pero en aquellos lugares donde empezaron a formarse núcleos de población, comenzaron a dedicarse a la agricultura más y más terrenos comunales circundantes, un proceso que acabaría conformando los célebres «campos abiertos» de finales de la Edad Media. En las sociedades preindustriales,
Página 312
cualquier incremento en la producción cerealística se debía a un crecimiento demográfico. Más bocas que alimentar significaba que la tierra debía explotarse más y de un modo más intenso.[20]
Un estímulo económico final y más concreto, acaecido durante el reinado de Edgar, fue un fuerte aumento en la cantidad de moneda en circulación, posiblemente como resultado de la apertura de nuevas minas de plata en Alemania durante la década del 960. Aunque no tan elevado como el incremento masivo que desencadenó el auge económico de finales del siglo VII, sus efectos debieron ser muy similares e implica que el comercio internacional florecía de nuevo, pues la plata alemana se entregaba a cambio de las exportaciones inglesas. En ambos periodos se produjo una rápida expansión del monacato y el desarrollo paralelo de una gestión más eficiente y planificada de las haciendas. Fue a finales del siglo X cuando la palabra anglosajona rice, que antes significaba «poderoso», adquirió el nuevo sentido de rich, «rico». En la Inglaterra de Etelredo, ser poderoso era sinónimo de ser rico.[21]
Por supuesto, incluso en una época de prosperidad, mucha gente seguía siendo pobre. Los esclavos habían constituido una parte integral de la sociedad anglosajona desde el principio y pudieron representar hasta el treinta por ciento de la población total. A diferencia de los granjeros libres que los poseían, estas personas no tenían derechos y sus amos podían castigarles con la marca al rojo y la castración. Elfrico de Eynsham, además de aportarnos el ejemplo más antiguo de la palabra «Inglaterra», también nos obsequia con la primera descripción de la vida de un esclavo inglés. En un pasaje redactado desde la perspectiva imaginada de un pechero sin libertades, explica cómo ha de levantarse al amanecer y trabajar todo el día por miedo a su amo, sin importar la dureza del clima, hasta que se hubiese arado al menos un acre de tierra. «Ay, el trabajo es duro –se lamenta–, sí, el trabajo es duro, porque no soy libre».[22]
En el siglo X, también existía una clase social cada vez más amplia cuyas libertades se estaban erosionando de forma paulatina. Los geburs, como se les conocía, en un principio eran quienes trabajaban en las explotaciones agrarias intensivas de los grandes terratenientes. Aunque en teoría eran libres, estaban obligados a trabajar para su señor varios días a la semana, además de entregarle alimentos. En esencia, suponían el equivalente de los siervos de la Edad Media plena, que realizaban servicios que, aún en la actualidad, tendemos a describir como «feudales»,
Página 313
un hecho que puede sorprender a aquellos acostumbrados a pensar en los siervos y el feudalismo como un perjuicio causado por la conquista normanda. Lo cierto es que existían en la Inglaterra anglosajona tardía, y su presencia iba en aumento, ya que los nuevos y ambiciosos terratenientes trataban de incrementar las ganancias de sus propiedades. El número de geburs variaba de un lugar a otro, con un mayor impacto en las zonas centrales de Wessex y Mercia, y sin apenas rastro en Anglia Oriental, pero, como tendencia general, el fenómeno estaba en alza. Por cada beneficiado en esta nueva dinámica economía, muchos otros debían trabajar más duro, con menos derechos y menos recompensas.[23]
Figura 25: Un labrador, de un calendario inglés de principios del siglo XI. Cotton Julius A. VI, f.o 3 / Álbum / Alamy Stock fotografías.
En el momento de su coronación en el 979, Etelredo no contaba con más de trece años, tal vez tan solo nueve; un niño del que se esperaba que cumpliese las indicaciones de sus consejeros más sabios y de mayor edad. Sin embargo, a medida que el rey entraba en la adolescencia, como cabía esperar, comenzó a rebelarse contra la autoridad de sus regentes. Su poder se debilitó con la muerte del ealdorman Elfhere en el 983, y después se desmoronó por completo en agosto del año siguiente, a causa del deceso del obispo de Winchester. «Nuestro queridísimo obispo Etelwoldo –dijo Etelredo–, cuya laboriosidad y cuidado pastoral tutelaron no solo mi interés sino el de todo el país». Esto figuraba en un documento emitido
Página 314
nueve años después, tras una reflexión más madura. En ese momento, en el 984, el rey adolescente claramente disfrutaba de su recién adquirida libertad y prescindió de los miembros restantes del círculo del obispo. Inmediatamente después, su madre Elfrida dejó de figurar como testigo de los documentos reales, lo que evidencia que había sido apartada de la corte. Unos meses más tarde, a principios del 985, el cuñado y sucesor del ealdorman Elfhere fue enviado al exilio. Es probable que ese mismo año Etelredo celebrase asumir el poder desposándose con Elgiva, la hija de Thored, el ealdorman de York.[24]
Con este matrimonio, Etelredo no solo rechazaba el control de sus mentores de la infancia, sino que aceptaba el consejo de otros nuevos. Estos hombres formaban parte de una facción resentida con el régimen del obispo Etelwoldo, y no tardaron en buscar su venganza. Como ya había sucedido durante el reinado de Eduardo el Mártir, tal retribución afectó a los monasterios que se habían visto favorecidos por sus rivales. Cuando el cenobio de Abingdon, tan amado por Etelwoldo, perdió a su abad en el 984, el rey vendió el cargo al hermano del más destacado de sus nuevos consejeros, el ealdorman Elfrico de Hampshire, el cual recompensó a sus seguidores con las propiedades de la abadía. Se produjeron expropiaciones similares en otros centros monásticos asociados al obispo, incluida la catedral de Old Minster en Winchester, y tanto el rey como sus nuevos colegas se enriquecieron a expensas de los monjes. Cuando el obispo de Rochester expulsó a un beneficiado regio, a quien se le había otorgado una de las propiedades de la iglesia, Etelredo respondió enviando un ejército para arrasar la diócesis. Según las fuentes, esto desencadenó la condena de Dunstán, pero el arzobispo era ya muy anciano y falleció en el 988. A partir de ese momento, no hubo nadie que pudiera oponerse a la autoridad del rey.[25]
Al menos, no dentro de Inglaterra. En las costas del reino, la población volvió a contemplar aterrada las velas vikingas sobre el horizonte. La Crónica Anglosajona se jacta con orgullo de que durante el reinado de Edgar había imperado la paz en unos mares que, de forma poética, llama «la bañera del alcatraz», pues ninguna flota enemiga había podido atacar a los ingleses mientras el anciano rey estuvo con vida. No obstante, poco después de la ascensión al trono de Etelredo, las incursiones se reanudaron: a partir del año 980, la Crónica informa de ataques contra varias ciudades y monasterios en la costa meridional. Probablemente, los
Página 315
saqueadores de West Country y Cheshire provenían de Irlanda, mientras que los vikingos que asaltaron Kent y Hampshire acudían desde Escandinavia, una circunstancia insólita durante casi un siglo. Como en épocas anteriores, esto tal vez se debió a la creciente conflictividad política en Escandinavia, aunque una razón quizá aún más convincente fuera la renovada prosperidad de Inglaterra. De nuevo, ambiciosos oportunistas del otro lado del mar del Norte se veían atraídos por la perspectiva de copiosas y sencillas ganancias.[26]
Al principio, estas incursiones fueron a pequeña escala: Southampton fue saqueada en el 980 por una flota de siete naves y dos años después Portland resultó devastada por tan solo tres. Obviamente, algo más serio ocurrió en el 988, el año de la muerte de Dunstán, cuando en Watchet, Somerset, desembarcaron suficientes vikingos como para enfrentarse a los ingleses en batalla. La Crónica menciona a un thegn de Devonshire que pereció en la lucha y afirma que muchos otros cayeron junto a él, aunque, según la Vida de San Osvaldo, el resultado del choque fue una gloriosa victoria de los nativos: «muchos de nuestros hombres cayeron», admite el biógrafo del santo, «pero muchos más de los suyos». A pesar de la escalada en los ataques, aún no existía la sensación de una crisis inminente.[27]
Después, en el verano del 991, una fuerza mucho mayor llegó de Escandinavia. La Crónica asegura que contaba con noventa y tres barcos, y que su líder era Olaf Tryggvason, un señor de la guerra aventurero que más tarde se convertiría en rey de Noruega. Primero desembarcaron en Folkestone, Kent, devastaron la ciudad y el territorio circundante, y entonces se abrieron paso por la costa sudeste, donde causaron un pavor similar a los habitantes de Sandwich e Ipswich. Al fin, se detuvieron en Maldon, Essex, donde acamparon en una isla en el estuario del Blackwater. Allí se enfrentaron el 11 de agosto a un ejército dirigido por el ealdorman local, Byrhtnoth. A pesar de su avanzada edad, este rechazó las demandas de tributo de los invasores, y se produjo una feroz batalla, conmemorada en un largo poema escrito poco después del suceso. Presenta al ealdorman confiado en la victoria, tanto que por cortesía permitió que sus enemigos cruzaran la calzada que unía la isla donde estaba con el continente, para formar una línea de batalla. Semejante confianza, por desgracia, resultó infundada y los ingleses sufrieron una contundente derrota. El propio Byrhtnoth halló la muerte rodeado por sus
Página 316
más devotos seguidores, cuya lealtad a su señor caído constituye la temática del poema.[28]
La derrota en la batalla de Maldon supuso un golpe devastador para los ingleses, tanto psicológico como material. Desde los días del rey Alfredo, su identidad se había definido por sus éxitos militares contra los daneses. La Crónica Anglosajona constituía una celebración de más de un siglo de victorias de los ilustres antepasados de Etelredo y, de forma reciente, el rey les había recordado a todos estas antiguas gestas al llamar a su primogénito Atelstán. La Iglesia les había asegurado a los ingleses que ese triunfo no residía en su destreza militar, sino en su piedad religiosa, en especial cuando se expresaba con el apoyo a la reforma monástica. Según la Crónica, la situación había mejorado de un modo notable durante el reinado de Edgar porque «engrandeció la alabanza de Dios por todas partes y amó la ley de Dios». La matanza de Maldon hizo añicos esa confianza en sí mismos y planteaba la preocupante cuestión de por qué Dios había permitido que tal cosa sucediera.[29]
La consecuencia más inmediata de la catástrofe fue que forzó a Etelredo a realizar algo a lo que Byrhtnoth se había negado: pagar a los vikingos para que dejaran de saquear. La Crónica Anglosajona afirma que de inmediato les entregaron 10 000 libras, y agrega que se hizo por consejo de Sigerico, el nuevo arzobispo de Canterbury. La desaprobación del anónimo autor de la Crónica, que escribe en retrospectiva, resulta palpable, pues de forma implícita se deduce que el consejo de Sigerico era errado. Sin duda, así lo entendía Guillermo de Malmesbury. Consideró que pagar a los daneses para que se marcharan suponía «un hecho vergonzoso, indigno de auténticos hombres», y, a lo largo de los siglos, muchos otros autores se hicieron eco de tan condenatorio veredicto. Aunque ofrecer tributo a los vikingos cuando todo lo demás fallaba suponía un recurso habitual. Como han señalado durante mucho tiempo los modernos defensores de Etelredo, incluso Alfredo recurrió a pagar a los daneses al comienzo de su reinado cuando sus esfuerzos militares fracasaron.[30]
Sin embargo, una diferencia crucial entre Etelredo y Alfredo es que este último combatió a sus enemigos en persona. Su biógrafo, Asser, lo presenta en la batalla de Ashdown luchando «como un jabalí salvaje». Etelredo, por el contrario, estuvo notablemente ausente de la batalla de Maldon y de casi todos los enfrentamientos militares posteriores. Cuando, al año siguiente, se decidió reunir en Londres todos los barcos disponibles
Página 317
para hacer frente a la amenaza vikinga, el rey no participó en la expedición y confió el mando de la flota a otros. El resultado fue un fiasco total, al parecer porque el ealdorman Elfrico advirtió en secreto al enemigo de que su ataque era inminente, lo que les permitió escapar y luego infligir otra gran derrota a los ingleses. Por supuesto, no es posible afirmar que el resultado habría sido distinto si Etelredo hubiera estado presente, pero, en las sociedades medievales, se esperaba que los soberanos asumieran un liderazgo activo en la guerra. Como señala con acierto Guillermo de Malmesbury en su diatriba contra Etelredo, «suponen un gran respaldo la presencia de un general en batalla y el coraje que demuestre en tales circunstancias». Esta participación exponía a los reyes medievales a un gran riesgo, que muchos pagaban con la vida, pero al no dirigir a un ejército en persona se corría el riesgo de ser tachado de cobarde. Parece probable que estas acusaciones recayeran sobre Etelredo en la década del 990, ya que hacia el final de esta hallaron su réplica en un tratado de Elfrico de Eynsham. La vida de un rey, argumenta Elfrico, era demasiado preciosa para quedar expuesta a los peligros de la batalla, y citaba varios ejemplos de gobernantes bíblicos y emperadores romanos que habían delegado con éxito el mando militar en otros. Parece improbable que las apelaciones eruditas a estos precedentes históricos impresionaran a una élite guerrera que admiraba el coraje personal, tan elogiado en el poema La batalla de Maldon. La propia existencia del tratado de Elfrico sugiere que muchos de los ingleses llamados a luchar contra los vikingos se mostraron desconcertados e irritados ante la ausencia de su rey.[31]
La derrota en Maldon y el fracaso de sus lugartenientes a la hora de vengarla convencieron a Etelredo de que había seguido el camino equivocado. En Pentecostés del 993 convocó una asamblea en Winchester y anunció que había cometido un terrible error al apartarse de las doctas políticas del obispo Etelwoldo. Desde la muerte de este último, nueve años antes, explicó a su audiencia, el reino había sufrido calamidades que eran una señal inequívoca del disgusto divino. El rey puso todo esto por escrito unas semanas después en un documento en favor de la abadía de Etelwoldo en Abingdon, en la que culpaba de su mal comportamiento a la ignorancia juvenil y a la codicia de los hombres que lo habían engañado. En especial, culpó al ealdorman Elfrico, quien se había beneficiado de la
Página 318
apropiación indebida de las propiedades de Abingdon. Según la Crónica, Elfrico había sido el responsable de la debacle militar del año anterior, y la carta de Abingdon presagiaba su caída en desgracia. Su hijo, Elfgar, fue cegado por orden del rey y otros thegns que habían sido prominentes a finales de la década del 980 de repente dejaron de ser testigos de los documentos reales.[32]
El documento de Abingdon, de hecho, evidencia que en la primavera del 993 había tenido lugar una revolución en la corte de Etelredo. Con el fracaso de sus asesores más recientes, aquellos que habían sido relegados casi una década antes aprovecharon la oportunidad para ocupar de nuevo su lugar. El principal era su madre, Elfrida, que firmó como testigo de nuevo tras una ausencia de la corte de casi nueve años. Además de la antigua reina, estaba su hermano Ordulfo. Y junto a ellos figuraba el ealdorman Etelwardo –más tarde, famoso por su crónica–, su hijo Etelmer y un thegn de Mercia llamado Efhelm que se convirtió en ealdorman de Northumbria.[33]
Lo que esta nueva facción tenía en común era su deseo de revivir las políticas del difunto rey Edgar, en especial la reforma monástica. En el documento de Abingdon, Etelredo prometió enmendarse y devolver las tierras que había tomado de varios cenobios. Y durante los siguientes años hizo exactamente eso, declarando en un documento tras otro que lamentaba lo ocurrido y deseaba expiar sus pecados. El tono, en definitiva, era penitencial, y en gran medida tal fue el estado de ánimo que imperó en su corte a partir del 993. En los escritos de intelectuales como Elfrico de Eynsham, así como en cartas y otros documentos, encontramos repetidas alusiones al inminente fin del mundo y a la urgente necesidad de la paz entre cristianos. Tal ansiedad estuvo en parte alimentada por el milenio que se acercaba, ya que el Libro del Apocalipsis había predicho que Satanás sería desatado mil años después del nacimiento de Cristo. Los estragos y los incendios causados por los vikingos sugerían que el Apocalipsis estaba realmente cerca y, por tanto, se consideraba esencial que el rey y sus súbditos se purificaran y redoblaran su devoción religiosa. Esta época fue testigo de un afán casi frenético en la producción de textos religiosos, la construcción de nuevas iglesias y la traducción de las obras de los santos.[34]
También protagonizó una nueva política en el trato con los vikingos. Tras su victoria en Maldon en el 991, parece que Olaf y su flota no
Página 319
regresaron a Escandinavia, sino que permanecieron en Inglaterra durante los siguientes tres años, arrasando la costa este. En septiembre del 994, centraron su atención en Londres, aunque allí se encontraron con una resistencia inesperadamente fuerte. («Sufrieron más daños y perjuicios – dice la Crónica Anglosajona–, de lo que jamás imaginaron de los habitantes de los burh».) Frustrados ante su fracaso al asaltar la ciudad, los vikingos buscaron objetivos más asequibles y adoptaron una estrategia distinta. No solo asolaron las costas de Kent, Essex, Hampshire y Sussex, a decir de la Crónica, sino que además se apoderaron de caballos, «y cabalgaron tanto como quisieron», saqueando, incendiando y matando.
En respuesta, las autoridades parece que no ofrecieron resistencia militar alguna. En cambio, Etelredo y sus consejeros trataron de negociar con los invasores. Empezaron, como antes, prometiéndoles pagar un gran tributo y entregarles provisiones si a cambio cesaban los saqueos. El ejército vikingo aceptó la oferta y estableció un campamento de invierno en Southampton, donde se les entregaría el botín y los suministros a medida que se reunieran. Aunque esto solo era la primera parte del plan inglés. Una vez que el ejército se asentó, el rey persuadió a Olaf y al resto de líderes vikingos para que se reunieran con él en la hacienda regia de Andover en Wiltshire: enviaron al ealdorman Etelwardo y al obispo de Winchester para proporcionarles una escolta, y dejaron rehenes con la flota vikinga como garantía de buena fe. Cuando llegaron a Andover, dice la Crónica, los visitantes recibieron regalos y fueron tratados como reyes. Olaf, que ya había sido bautizado algunos años antes, accedió a una ceremonia de confirmación, con Etelredo como padrino.[35]
Los motivos de semejante bondad y generosidad, en pocas palabras, eran que el rey inglés deseaba comprar el ejército de Olaf para quedárselo. En lugar de tratar de enfrentarse a los curtidos guerreros, cuya principal motivación era la codicia, Etelredo y sus consejeros habían decidido que sería mejor retener a algunos como una fuerza mercenaria, pagándoles con lo que de otro modo habrían obtenido mediante la violencia, al asumir que protegerían al reino de otros depredadores. Este intento de convertir a los cazadores furtivos en guardabosques no era del todo novedoso: los reyes francos a veces habían empleado ejércitos vikingos para luchar contra otros, e incluso cabe la posibilidad de que se hubiera intentado lo mismo en otras ocasiones en Inglaterra. Aunque la Crónica Anglosajona no escatima elogios hacia el rey Edgar, añade una crítica muy llamativa: «él
Página 320
amaba las malas costumbres extranjeras –se lamenta–, y trajo demasiado firmemente modales paganos a esta tierra, y atrajo a extranjeros y a gente dañina a este país». ¿Podría este comentario, que ha desconcertado a los historiadores durante mucho tiempo, sugerir que Edgar también había reclutado a escandinavos como mercenarios? De ser así, la estrategia de Etelredo en el 994 sería otro ejemplo de una vuelta a las políticas que caracterizaron al reinado de su padre.[36]
Los líderes vikingos de Andover aceptaron la propuesta del rey y acordaron un tratado, cuyo texto ha sobrevivido. A cambio de 22 000 libras en oro y plata, Olaf y sus aliados, llamados Jostein y Guthmund, prometieron hacer las paces con Etelredo y apoyarlo contra cualquier flota hostil que amenazara su reino. Olaf, señala la Crónica, se mostró fiel a su palabra y pronto regresó a Noruega, donde se estableció como rey de un modo exitoso, sin duda gracias al respaldo de las riquezas recién adquiridas. La mayoría de sus hombres, sin embargo, debió quedarse en Inglaterra. Según los términos del tratado, Etelredo prometió proveerles de alimentos mientras permanecieran a su servicio, y les perdonó cualquier matanza y destrucción que hubiesen cometido antes de que se acordase la paz. Nadie, advirtió el rey a sus súbditos ingleses, debía buscar compensación o venganza.[37]
Por consiguiente, a principios del 995, Etelredo tenía a sueldo una flota escandinava, tal vez atracada en Southampton, y posiblemente formada por varios millares de hombres. Suponía una situación insólita: por lo general, los reyes medievales no trataban de mantener ejércitos de forma permanente porque resultaba prohibitivamente oneroso. En virtud del tratado, Etelredo se había comprometido a proveerlos de alimentos y sin duda hicieron otras demandas monetarias. Por tanto, merece la pena considerar, cómo recaudó los fondos y las provisiones necesarios para mantener satisfechos a sus mercenarios nórdicos. En esencia, lo que había hecho era institucionalizar el saqueo, pues al contratar al séquito armado de Olaf como mercenarios, impedía que se apropiaran de los bienes de sus súbditos a punta de espada, pero se comprometía a extraer esa misma riqueza por medios pacíficos.[38]
Para tal fin, el rey se basó en los logros de sus predecesores del siglo X, que habían desarrollado una red estable de burhs, condados y «centenares», gracias a la creación de una nueva generación de funcionarios regios. El término genérico en inglés antiguo para quien
Página 321
desarrollara un trabajo administrativo era reeve, pero solo durante el reinado de Etelredo se comienzan a documentar reeves responsables de todo un condado: shire-reeves o sheriffs. En la literatura medieval posterior, como los cuentos de Robin Hood, los alguaciles son sinónimo de extorsión fiscal, lo que no debe sorprendernos, porque, desde el principio, una parte importante de su función parece haber sido recaudar dinero en nombre del rey. Durante el reinado de Etelredo, las evidencias sugieren que estaban sumidos en una continua disputa con los terratenientes por los beneficios del sistema judicial. Cuando los reyes anteriores realizaron las concesiones de tierras, todos los involucrados habían asumido que el derecho a organizar tribunales y cobrar multas judiciales residiría en los nuevos propietarios. Pero Etelredo y sus sheriffs ahora argumentaban lo contrario e insistían en que tales ingresos debían reservarse para el rey. La presión financiera sobre el gobierno real, que debía ser muy elevada a causa de las demandas de los mercenarios vikingos, hizo que los nuevos secuaces de Etelredo exigieran dinero y suministros por cualquier método a su alcance.[39]
Durante un par de años el acuerdo persistió y, al parecer, todo se mantuvo tranquilo. Es probable que, durante este tiempo, algunos vikingos se dispersaran para alojarse en ciudades y burhs de todo el país: el tratado del 994 anticipó que los mercenarios se mezclarían con las comunidades inglesas. Otros debieron quedarse con sus barcos en Southampton. Aunque, de forma inevitable, estos hombres en última instancia se aburrieron y se frustraron, ya que permanecer inactivos, viviendo de subsidios, esperando que algo sucediera, difícilmente concordaría con la imagen que ellos tenían de sí mismos como guerreros a sueldo. En el 997, algunos se rebelaron, navegaron por la costa de Devon y Cornualles y se desbocaron. Al año siguiente, centraron su atención sobre Dorset, se internaron lo largo del río Frome y en el 999 marcharon aún más al este, a Kent, remontando el río Medway, capturando caballos y saqueando a su antojo. Según la Crónica, la respuesta inglesa se caracterizó, en su mayor parte, por la cobardía y la incompetencia, aunque los esfuerzos del rey para reunir unas fuerzas terrestres y navales en Kent pudieron haber sido más efectivos de lo que transmite el cronista, pues en el verano del año 1000 la flota vikinga se marchó de Inglaterra para dirigirse a Normandía.
Página 322
Pero al año siguiente regresaron con mayor furia, masacraron a muchos reeves y thegns del rey en Hampshire y luego se desplazaron al oeste, a Devon, donde vencieron a un ejército inglés en batalla.[40]
A esas alturas, debió quedar claro que la estrategia de Etelredo de reclutar a los vikingos para defender su reino había fracasado. A su llegada a Devon en 1001, a los asaltantes se les había unido un líder vikingo llamado Pallig, un mercenario que, obviamente, hasta entonces había permanecido leal al rey, y como resultado había sido recompensado con generosidad con oro, plata y concesiones de tierras. Pero, en ese momento, dice la Crónica Anglosajona, Pallig también había abandonado al rey, «a pesar de todas las promesas que le había hecho», y llevó tantos barcos como logró reunir para unirse a sus compatriotas. Juntos devastaron Devon y luego hicieron lo mismo con la isla de Wight. Etelredo y sus consejeros no tuvieron más alternativa que buscar otra paz desventajosa, y acordaron entregar provisiones a los saqueadores y pagarles otro enorme tributo.[41]
Con su política basada en el mercenariado hecha trizas, las autoridades inglesas probaron otra nueva estrategia e idearon un doble plan. En primer lugar, intentaron negociar con Normandía. Este ducado suponía, a efectos prácticos, el Danelaw más allá del canal de la Mancha, una amplia región en el noroeste de Francia que había sido invadida y colonizada por vikingos desde finales del siglo IX. Su nombre, Normannia, significaba «la tierra de los hombres del norte». Sin embargo, a diferencia del Danelaw, no había sido reconquistada en el siglo X y seguía estando gobernada por duques de ascendencia nórdica. Cuando se reanudaron las expediciones vikingas en el canal de la Mancha, el ducado no suponía un objetivo, sino un puerto de escala amistoso, dirigido por primos lejanos: un lugar donde reparar los barcos y acondicionarlos, y donde el botín y los esclavos podían venderse para obtener ganancias. Etelredo ya había intentado evitar esto al firmar un tratado con los normandos en el 991, pero eso no impidió que la flota que había devastado su reino fuese recibida en Normandía en el verano del año 1000. Al parecer, la respuesta inicial del rey fue ordenar una incursión de represalia en la costa normanda, pero en 1002 se alcanzó un acuerdo de paz y Etelredo forjó una alianza con el duque Ricardo II al aceptar casarse con su hermana. La anterior esposa del rey, Elgiva, probablemente había fallecido en algún momento a finales de la década del 990, otorgándole la libertad para
Página 323
buscar esta solución diplomática. En la primavera de 1002 se reunió con Emma, su consorte normanda, que fue consagrada como la nueva reina de Inglaterra.[42]
La segunda parte del plan en conjunto fue menos diplomática. También en 1002, dice la Crónica Anglosajona, «el rey ordenó que mataran a todos los daneses que se hallaban en Inglaterra». Esto se hizo, continúa el cronista, el día de San Bricio (13 de noviembre) y, por consiguiente, después se conoció como la Masacre del Día de San Bricio. Los historiadores posteriores imaginaron que implicaba la eliminación de todos los descendientes de escandinavos que residían en el reino, un escenario que, de haber sido el caso, habría equivalido a un genocidio en Northumbria, Anglia Oriental y las Tierras Medias Orientales. La suposición mucho más probable y realista es que Etelredo hubiera decidido acabar con los restantes miembros de la fuerza mercenaria que había estado a su servicio desde el 994; los vikingos que no habían desertado y aún estaban alojados en varios burhs. Dos años después de la masacre, el rey emitió un nuevo documento para la iglesia de Santa Fredesvinda en Oxford, que renovaba sus privilegios anteriores. Los documentos originales de la iglesia, explicaba, se habían perdido como resultado del decreto de que todos los daneses que habitaban en su reino debían ser asesinados. Los que habían residido en Oxford habían huido a Santa Fredesvinda para escapar de la muerte, y la gente del pueblo, incapaz de desalojarlos, había incendiado el edificio. Poco más de mil años después, en 2008, los arqueólogos que trabajaban en los terrenos de St. John’s College descubrieron los restos de al menos treinta y cuatro jóvenes que habían sido arrojados sin contemplaciones en lo que entonces era la zanja original de la ciudad. Algunos habían sido apuñalados, otros quemados y a todos los despojaron de sus posesiones. Esto dificultó su identificación, pero los resultados de los análisis científicos son coherentes con una procedencia escandinava durante el reinado de Etelredo.
Escenas similares debieron desarrollarse en todo el país dondequiera que estuvieran acantonados los mercenarios. En Ridgeway Hill, Dorset, entre las ciudades de Weymouth y Dorchester, se halló otra fosa común en 2009, que contenía los esqueletos de cincuenta jóvenes varones escandinavos, depositados descuidadamente en un pozo de la Edad del Hierro, a principios del primer milenio, y por tanto resulta muy probable que fueran víctimas de esta masacre. Sin embargo, parece indudable que
Página 324
Etelredo no los habría considerado víctimas. En su documento de Santa Fredesvinda, el rey no mostró ningún indicio de remordimiento por haber ordenado tales asesinatos. Los daneses, declaró, en Inglaterra habían surgido «como la cizaña entre el trigo», una referencia a una parábola del Evangelio de san Mateo, en la que las malas hierbas venenosas que habían crecido entre los cultivos sanos eran arrancadas en el momento de la cosecha y destruidas mediante la quema. La masacre en Oxford, insistía Etelredo, había sido «el más justo exterminio». La Crónica Anglosajona afirma que el rey había temido que los daneses estuvieran a punto de sublevarse y de matarlo a él y a sus consejeros, y tal vez fuera una mención dirigida al público con el fin de justificar su política de asesinatos en masa. Aunque sus súbditos ingleses, después de sufrir años de atrocidades a manos danesas, no habrían necesitado nuevos motivos para avivar el odio existente hasta convertirlo en una furia homicida. Eran colaboradores predispuestos en cualquier intento del rey de purificar los trigales de Inglaterra.[43]
Figura 26: La fosa común de Ridgeway Hill en Dorset. Nótese que los cuerpos se han decapitado. Oxford Arqueología. Usado con permiso.
Página 325
Si la Masacre del Día de San Bricio se concibió para resolver el problema vikingo de Inglaterra, resultó un fracaso rotundo. No está claro qué efecto tuvo en la flota enemiga que había aterrorizado la costa sur en los años previos a 1002. Quizá algunos de los asaltantes, después de acordar la paz ese año, entraron de nuevo al servicio de Etelredo y estaban entre los asesinados. Pero cualquiera que se salvara de la carnicería sin duda habría anhelado una inmediata venganza. Tales sentimientos, además, no se limitaban a los vikingos acampados en la isla de Wight. Los relatos sobre esta matanza planificada se extendieron muy rápido por todo el mar del Norte, llegaron a los oídos del rey Svein de Dinamarca y despertaron unos deseos similares de retribución.[44]
Svein, quien en siglos posteriores adquirió el apodo de Barbapartida, había sido rey de los daneses desde la muerte de su padre, Harald Dienteazul, en el 986. Tal vez había cumplido los cuarenta años, después de una exitosa trayectoria de saqueos y guerras, algunos de los cuales parecen haberse realizado en las costas de Inglaterra. Hacia el cambio de milenio, había incrementado su poder en Escandinavia al derrotar y ejecutar a Olaf Tryggvason, el anterior antagonista de Etelredo, y anexionarse una parte del reino de Noruega. En 1003, centró su atención en Inglaterra, supuestamente debido a lo ocurrido el día de san Bricio.
El rey danés inició su campaña en Devon, arrasó por entero el burh de Exeter y después marchó con su ejército tierra adentro. En Wiltshire se topó con una hueste inglesa que se había reunido para oponerse a él, aunque huyó antes de que se librara cualquier enfrentamiento. La Crónica culpa a su comandante, el ealdorman Elfrico de Hampshire, quien aún ostentaba el cargo a pesar de que Etelredo había cegado a su hijo una década antes. Tan pronto como los dos bandos se observaron, dice el cronista, Elfrico comenzó a sentir arcadas y aseguró que estaba enfermo, tras lo cual dejó a sus tropas en la estacada. Svein, al no hallar ninguna oposición, devastó e incendió el burh de Wilton y después regresó a sus naves. Al año siguiente, navegó desde Devon a Anglia Oriental y causó una devastación similar en Norwich y Thetford. Aunque allí encontró una resistencia más firme, gracias a un magnate local llamado Ulfketel, a quien la Crónica elogia por su valor. Aunque Svein salió victorioso del enfrentamiento, pues se nos da a entender que estuvo muy reñido, e
Página 326
incluso los vikingos admitieron más adelante que fue la lucha más dura que jamás habían librado en Inglaterra.
A pesar del implícito contraste entre la cobardía y el coraje de los dos comandantes ingleses, el rasgo común de ambas historias es la ausencia del rey: Etelredo, como de costumbre, había delegado la tarea de combatir a sus lugartenientes. A menudo se apunta en defensa del rey que su reino era mucho más extenso que el de Alfredo el Grande, y la distancia de 482 kilómetros entre Exeter y Norwich otorgaría validez a este argumento. Pero, en esta ocasión, Etelredo no tenía que lidiar con las tácticas basadas en súbitos golpes de mano, en atacar y huir, vikingos moviéndose a escondidas de un estuario a otro, esquivos debido a su velocidad. Svein era un rey rival que acaudillaba un ejército de invasión y avanzaban decididamente a través de su territorio, al parecer buscando un enfrentamiento armado. Según la Crónica, transcurrieron casi tres semanas entre la destrucción de Norwich y el posterior ataque a Thetford. El hecho de que Etelredo no se enfrentara a él en persona, difícilmente puede interpretarse como la respuesta reflexiva de un comandante que no desea malgastar esfuerzos en una persecución infructuosa, y más bien parece la confirmación de la falta de temple del rey inglés. «Como dice el proverbio –afirma la Crónica–, “cuando el líder se viene abajo, todo el ejército se verá entorpecido”».[*] El cronista comenta la cobarde actuación del ealdorman Elfrico, pero sus palabras eran igual de válidas para un rey encerrado en su palacio.[45]
Finalmente, después de dos años de campañas, Svein regresó a Dinamarca en 1005, quizá forzado por las crecientes dificultades de hallar bastimentos. Ese año, Inglaterra y muchas otras partes de Europa sufrieron una hambruna extremadamente severa. La Crónica Anglosajona la llamó «la Gran Hambre» (micla hungor) y asegura que fue la más cruel que nadie podía recordar, mientras que en Francia algunos autores posteriores afirmaron que llevaron a actos de canibalismo. Por tanto, la partida de los daneses no debió de ser motivo de gran celebración. Todavía había muerte por todas partes, solo que ahora no era fugaz sino lenta y duradera. Pero ahora las malas cosechas y el hambre eran una prueba adicional de que Dios seguía castigando a su pueblo y que debían hacer mucho más para purificarse a fin de recuperar su favor.[46]
Página 327
Etelredo lo interpretó como una señal de que debía realizar otra purga en su corte. La camarilla que había dominado sus consejos desde la anterior revolución palaciega del 993 había disminuido con el paso del tiempo. Su madre, Elfrida, había fallecido hacia el cambio de milenio, al igual que su pariente, el ealdorman Etelwardo. En 1005, el rey se volvió contra los miembros restantes. Al hijo de Etelwardo, Etelmer, se le persuadió para que abandonara la corte y se retirara a un nuevo monasterio creado en Eynsham, Oxfordshire. Su abad era su amigo Elfrico, el célebre predicador, pero en su carta fundacional, emitida por el rey, Etelmer dio el paso insólito de prometer que él también viviría en la abadía por el resto de sus días. También fue en este momento cuando el tío del rey, Ordulfo, desapareció de la corte, tal vez para vivir él también una existencia enclaustrada. La idea de que los dos consejeros habían sido obligados se ve reforzada por el hecho de que el resto de los miembros destacados de su círculo fueron eliminados casi al mismo tiempo por métodos más brutales. Elfhelm, nombrado ealdorman de Northumbria en el 993, fue asesinado; sus hijos, Wulfheah y Ufegeat, que figuraban entre los testigos más destacados de los documentos de Etelredo, fueron cegados, al parecer por orden del rey. Tal vez Ordulfo y Etelmer acordaron permanecer en clausura para escapar de un destino similar.[47]
Surgieron nuevos consejeros para ocupar el lugar de los antiguos y dos en particular fueron preeminentes. El primero, Wulfstán, el arzobispo de York. Al igual que Elfrico de Eynsham, Wulfstán era un renombrado hombre de letras, aunque sus sermones y homilías resultaban aún más apocalípticos. Etelredo lo había nombrado obispo de Londres en el 996 y lo promovió después a la archidiócesis del norte, en 1002, aunque solo tras la purga de 1005 destacó como uno de los principales asesores del rey; figura como testigo en el documento de ese año para Eynsham, en primer lugar tras la familia regia, e incluso por encima del arzobispo de Canterbury. La segunda nueva figura que dominó los consejos de Etelredo a partir de 1005 fue Eadric, un laico cuyo meteórico ascenso sin escrúpulos le valió entre sus coetáneos el apodo del Acaparador (streona). Su primera aparición como testigo tuvo lugar en 1002, como uno de tantos thegns del rey, aunque después de la revolución de 1005 saltó a la parte alta del listado y, al año siguiente, Etelredo lo elevó al rango de ealdorman. Cronistas posteriores atribuyeron a Eadric el asesinato del ealdorman Elfhelm y el cegamiento de sus hijos, una acusación que resulta
Página 328
muy plausible, dada la rivalidad territorial en el norte de Mercia y la indudable participación de Eadric en los homicidios que se produjeron después.[48]
Si el arzobispo Wulfstán fue responsable del tono cada vez más funesto en los pronunciamientos reales a partir de 1005, parece posible que Eadric el Acaparador comenzara a instarle a una respuesta militar más enérgica contra los vikingos. Fue en esta época cuando se modificó el diseño de las acuñaciones de Etelredo para representarlo con un yelmo, en lugar de una corona. Cuando una gran flota vikinga desembarcó en Sandwich el verano siguiente, la Crónica afirma que «toda la nación de Wessex y Mercia» fue convocada para luchar contra ellos. Por desgracia, este enorme ejército inglés causó más daño que beneficio y, según las fuentes, produjo casi tantos estragos como los propios daneses antes de disolverse en otoño, dejando a los invasores libres para saquear Wessex durante el invierno. Al final, el rey y sus consejeros reconocieron a regañadientes que la única solución a su alcance era pagar otro tributo, que entregaron en 1007.[49]
En 1008, sin embargo, la determinación de buscar una solución militar se reafirmó y Etelredo organizó un programa nacional de rearme. Los decretos redactados por el arzobispo Wulfstán en Pentecostés no solo exigían que todo el reino se mostrara más temeroso de Dios y más penitente: también exigían la oportuna reparación de puentes y fortalezas. La Crónica registra que el rey ordenó que cada 300 hides de tierra sufragaran la construcción de una nave de guerra y que cada 8 hides aportaran un yelmo y una cota de malla, es decir, el equipo de un guerrero bien armado. Si estas órdenes se hubieran aplicado al pie de la letra en toda Inglaterra, el resultado habría sido más de 8000 panoplias y 200 barcos. La Crónica sugiere que se logró algo parecido, pues informa de que, cuando los nuevos barcos se reunieron en Sandwich en la primavera de 1009, constituían una escuadra mayor de la que jamás había reunido antes ningún rey inglés.[50]
Pero fue en este momento cuando las violentas rivalidades entre facciones cortesanas de Etelredo comenzaron a descontrolarse. El ascenso de Eadric el Acaparador también supuso la promoción de sus muchos hermanos, quienes pronto entraron en conflicto con los otros consejeros del rey. En la primavera de 1009, la Crónica registra que uno de tales hermanos, Brihtric, acusó ante el rey a un thegn de Sussex llamado
Página 329
Wulfnoth de algún delito sin concretar. La respuesta de este, quien como es obvio poseía cierto rango, supuso ganarse el respaldo de las tripulaciones de veinte de los barcos fondeados en Sandwich y los condujo en una devastadora incursión a lo largo de la costa sur, «causando todo tipo de daños». Brihtric, «con la intención de ganarse una gran reputación», tomó otros ochenta barcos y partió en su busca, convencido de que sería fácil derrotar a los desertores y capturar a Wulfnoth vivo o muerto. No obstante, durante la persecución se toparon con una terrible tormenta y los barcos que no acabaron destrozados por las olas fueron arrastrados a tierra, donde Wulfnoth los incendió. En consecuencia, sin tan siquiera haber avistado a un solo barco vikingo, Etelredo perdió más de la mitad de su flota recién construida. El rey y sus consejeros abandonaron Sandwich y las naves restantes regresaron a Londres. «De este modo, el trabajo de toda la nación –se lamentaba la Crónica–, se convirtió en nada».
[51]
Sin esta fuerza de disuasión, no había nada que impidiera que se reanudaran los ataques escandinavos. En agosto de 1009, en palabras de la Crónica, «un inmenso ejército de asalto» desembarcó en Sandwich, acaudillado por un jefe vikingo llamado Torkjell el Alto. Pronto marchó hacia Canterbury, lo que hizo que la población del este de Kent solicitara la paz y pagase un tributo de 3000 libras. Después, los invasores se trasladaron a la isla de Wight y desde esa base habitual realizaron incursiones en Sussex, Hampshire y Berkshire, devastando e incendiando a placer.
La respuesta inicial de Etelredo fue convocar una asamblea en Bath, a una distancia segura de las regiones amenazadas. Allí emitió un edicto, obviamente redactado por el arzobispo Wulfstán, que exigía a todos sus súbditos que realizasen un acto de penitencia colectiva. En los tres días previos a Michaelmas (29 de septiembre),[**] todos debían ayunar, sin comer más que pan y vegetales, y beber solo agua. Después, durante el propio Michaelmas, debían acudir en procesión descalzos a la iglesia, acompañados por sacerdotes que portaban reliquias sagradas y cantaban misas. Todos debían invocar con fervor a Cristo, «para que podamos, con su ayuda, resistir a nuestros enemigos». Los esclavos debían ser eximidos del trabajo para que pudieran participar; cualquiera que se negara sería
Página 330
azotado, mientras que los hombres libres que no lo hicieran se enfrentarían a fuertes multas. Además, debían pagar un penique por cada hide de tierra, para distribuir recursos entre los más necesitados. Parece probable que una rara emisión de moneda del reinado de Etelredo, con una imagen del Cordero de Dios en una cara y la Paloma de la Paz en la otra, se acuñó específicamente para esta limosna ordenada por la realeza.[52]
Figura 27: Dos monedas de Etelredo el Indeciso. Arriba, en la acuñada en 1005-1006 el rey aparece con un yelmo. Grupo Numismático Clásico, LLC. Usado con permiso. Abajo, no obstante, una emisión especial de 1009 presenta el Cordero de Dios y la Paloma de la Paz. © Gabriel Hildebrand, The Royal Coin Cabinet / Statens Historika Museer (Estocolmo). Dominio público.
Página 331
También hubo un intento de enfrentarse a la invasión por medios más convencionales. En el año 1006, Etelredo convocó un ejército y, en su favor, cabe señalar que esta vez sí estuvo presente. No obstante, como en anteriores ocasiones, sus líderes se mostraron reacios a combatir y se negaron a librar batalla cuando se presentó la oportunidad adecuada y, como resultado, los vikingos siguieron causando estragos con total impunidad. En noviembre, establecieron un campamento de invierno en el estuario del Támesis, en Greenwich, a unos pocos kilómetros al este de Londres, desde donde atacaron Kent y Essex. Aunque Londres resistió sus asaltos, al año siguiente avanzaron por el Támesis y saquearon Oxford. En la primavera de 1010, se trasladaron a Anglia Oriental, navegaron con su flota hasta Ipswich y derrotaron a un ejército reunido contra ellos en Cambridgeshire; la Crónica Anglosajona enumera, con tristeza, los nombres de los aristócratas ingleses que perecieron en la batalla. Después, los seguidores de Torkjell al parecer no hallaron más resistencia. Obtuvieron caballos y pasaron los siguientes tres meses asolando todo el este de Inglaterra, «incluso los pantanos salvajes». El relato de la Crónica rememora la llegada del gran ejército pagano que destruyó Anglia Oriental en el 866 y da la impresión de que, en esta ocasión, los vikingos eran imparables. En otoño, asaltaron Oxfordshire, Buckinghamshire, Bedfordshire y Northamptonshire, y completaron el año con una incursión en Wessex, antes de regresar a sus barcos. Dondequiera que fueran, se lamenta la Crónica, el ejército inglés estaba en otra parte, y cualesquiera que fueran los planes del rey y sus consejeros no duraban más de un mes. «Al final –se queja el anónimo autor–, no hubo un solo líder que reuniera un ejército, sino que cada cual huyó como pudo y ningún condado auxilió ni siquiera al vecino».
Por tanto, en 1011, Etelredo y sus asesores se vieron obligados a admitir que la política bélica de los últimos años había fracasado y ofrecieron dinero a cambio de la paz. Ni siquiera este acostumbrado requisito puso fin a la violencia. La Crónica sugiere que se entregó algún tributo y que, aun así, los vikingos continuaron asaltando y matando, aunque también pudo darse la circunstancia de que al maltrecho gobierno de Etelredo le resultara imposible recaudar la enorme suma que habían prometido en las negociaciones de paz. Tal vez por este motivo, en septiembre de 1011, el ejército de Torkjell regresó a Kent y asedió Canterbury. La ciudad pronto cayó, al parecer debido a una traición, y los
Página 332
vikingos triunfantes se apoderaron de todo cuanto había de valor, incluidos los ciudadanos más preeminentes. Entre la multitud de hombres y mujeres cautivos que condujeron a su campamento de Greenwich estaban Elfward, el reeve del rey, el obispo Godwin de Rochester y Elpegio, el arzobispo de Canterbury.[53]
Si el secuestro del eclesiástico más importante de Inglaterra en su sede catedralicia suponía una estratagema para acelerar el pago del tributo, funcionó a las mil maravillas, pues en la Pascua de 1012, Eadric el Acaparador y los demás consejeros del rey acudieron a Londres para supervisar la entrega de lo recaudado, que, según la Crónica, suponía la monstruosa cifra de 48 000 libras. Pero el plan fracasó en parte cuando los vikingos trataron de exigir un dinero adicional para el regreso del arzobispo. Elpegio se negó a ser rescatado y prohibió que nadie pagara en su nombre. Irritados y frustrados, y al parecer borrachos por el vino, sus captores comenzaron a arrojarle huesos de animales y cabezas de buey, hasta que uno finiquitó el asunto de un modo sangriento al golpear al arzobispo en la cabeza con el dorso del hacha.[54]
La muerte de un religioso de alto rango a manos de los nórdicos tal vez no podría resultar sorprendente, dada su añeja reputación como paganos impíos. Pero esa fama se había forjado en el siglo IX, cuando, como paganos, masacraron de forma indiscriminada a hombres y mujeres de Dios e incendiaron sus iglesias hasta los cimientos. En el siglo XI, los escandinavos habían comenzado a abrazar el cristianismo: el primer rey danés en convertirse fue el padre de Svein Barbapartida, Harald Dienteazul, quizá en la década del 960. Por tanto, aunque las reiteradas invasiones de Inglaterra durante el reinado de Etelredo habían sido enormemente destructivas, la mayoría de los lugares cristianos se habían salvado. Por este motivo, el martirio de Elfego produjo una mayor conmoción, pues incluso los líderes del ejército vikingo parecían apreciarlo. A la mañana siguiente del asesinato, llevaron su cadáver desde Greenwich y lo entregaron al obispo de Londres, quien dispuso que fuera sepultado con honores en la catedral de San Pablo.[55]
Parece probable que un cierto sentimiento de culpa por la muerte del arzobispo hiciera que algunos vikingos de Greenwich reconsiderasen, si no su violento modo de vida, al menos sus prioridades. Justo después de entregarse el ansiado tributo, se realizaron juramentos de paz y la mayor parte del «inmenso ejército invasor» regresó a sus hogares. No obstante,
Página 333
muchos de ellos, incluido el propio Torkjell el Alto, se quedaron en Inglaterra, tras acceder a luchar por Etelredo. Dadas las escasas opciones a su alcance, el acosado rey decidió resucitar la estrategia que había adoptado por primera vez casi veinte años antes, y recurrió a los servicios de una flota mercenaria nórdica. Las tripulaciones de cuarenta y cinco barcos, potencialmente casi dos mil guerreros, se añadieron a la nómina regia, tras haber prometido defender el país.[56]
Los nuevos hombres de Etelredo no tuvieron que esperar demasiado para ganarse el sueldo. En el verano del año siguiente, se presentó otra gran fuerza vikinga, dirigida de nuevo por el rey de Dinamarca, Svein Barbapartida. Los historiadores han advertido, desde hace tiempo, que sus intenciones habían variado desde su asalto anterior a Inglaterra en el año 1003. La expedición anterior parece haber sido una incursión punitiva, tal vez como represalia por la Masacre del Día de San Bricio. En esta ocasión, el rey danés había acudido a Inglaterra con la clara intención de conquistarla. La causa de tal escalada en sus ambiciones está sujeta a debate, pero un posible factor pudo ser que se había dado cuenta de que, tal vez, podía contar con el apoyo de algunos de los súbditos de Etelredo, hastiados de su rey hasta el extremo de que anhelaban a toda costa reemplazarlo.[57]
Las razones no son difíciles de comprender. Durante las últimas dos décadas, el régimen de Etelredo se había vuelto cada vez más opresivo. Ya fuera para financiar los gigantescos tributos destinados a sobornar a los ejércitos invasores, para sostener ejércitos permanentes de mercenarios, para construir nuevos buques de guerra o para proporcionar armaduras a millares de hombres, el rey había necesitado obtener ingentes sumas de dinero de sus súbditos, y para ello había recurrido a métodos cada vez más similares a la extorsión. Sus sheriffs habían forzado a la gente común de sus condados, obligándolos a entregar sus posesiones al rey. Al mismo tiempo, Etelredo había exigido a sus nobles cantidades cada vez mayores en concepto de derechos de sucesión. Es decir, cuando moría un guerrero anglosajón, la tradición establecía que su señor debía recibir una parte de su equipo de guerra, pero Etelredo había abusado de la costumbre y había exigido cantidades excesivas de caballos, armas y oro a la familia del difunto. Finalmente, para financiar su nueva fuerza de mercenarios, había
Página 334
introducido un impuesto a nivel nacional, conocido como heregeld («dinero del ejército»), que después la Crónica afirma que había «oprimido a todo el pueblo inglés». Esta incautación de dinero tal vez no habría importunado tanto si, al menos, hubiera obtenido resultados prácticos o duraderos. Pero las enormes sumas recaudadas se despilfarraron una y otra vez, debido a una mezcla de cobardía e incompetencia por parte del rey y sus consejeros. Por tanto, muchos pudieron llegar a la conclusión de que, en lugar de pagar ingentes sumas para que los daneses se marcharan, sería preferible dejar que asumieran el poder.[58]
Estos eran agravios generalizados. También había algunos individuos poderosos que albergaban rencores personales contra Etelredo y los principales miembros de su régimen y, por tanto, estaban preparados y deseosos de colaborar con el rey danés. La flota de Svein apareció por primera vez en Sandwich, pero no atacó los objetivos convencionales, como Canterbury, Winchester o Londres. En su lugar, sus barcos recorrieron con rapidez la costa oriental hasta el Humber, luego remontaron el río Trent y al final desembarcaron en Gainsborough, Lincolnshire. La explicación habitual para este hecho es que el rey danés esperaba explotar la afinidad cultural del Danelaw, y sin duda hay algo de verdad en ello. Pero se antoja improbable que fuera una simple apuesta por parte de Svein, y es casi seguro que se vio atraído a Gainsborough por ofertas concretas de apoyo. La razón de mayor peso para tal suposición es que, en ese momento, quizá poco después de su llegada, el hijo adolescente del rey, Canuto, estaba casado con una inglesa llamada Elgiva de Northampton. Elgiva era la hija de Elfhelm, el ealdorman de Northumbria asesinado por Eadric el Acaparador en 1005; sus hermanos, Wulfheah y Ufegeat, habían sido cegados ese mismo año por orden de Etelredo. Por tanto, el matrimonio de esta mujer en particular con el hijo de Svein supuso una alianza entre los enemigos internos y externos de Etelredo, que quizá se forjó en los meses o años previos a 1013 y se consolidó formalmente con la llegada del rey danés.[59]
Esta impresión de que acudió al norte de Inglaterra en respuesta a una invitación se ve reforzada por su recepción pacífica. Los habitantes de Northumbria y la gente de Lincolnshire, dice la Crónica, se sometieron a él «a la vez», y también lo hicieron todos los habitantes de los Cinco Burgos. El rey danés no se basó únicamente en promesas de lealtad y con
Página 335
prudencia tomó rehenes de estas familias notables, aunque al parecer no hubo luchas ni hostigamientos en ninguna de estas regiones. No fue hasta que llegó a Watling Street cuando comenzó su ofensiva militar. Tras dejar a su hijo en Gainsborough para atender a los barcos y rehenes, el rey y sus guerreros montaron los caballos que les entregaron los lugareños, cruzaron esta antigua línea fronteriza y, en palabras de la Crónica, «causaron el mayor daño que podría realizar un ejército».
Hallaron poca resistencia. Oxford se rindió de inmediato y entregó rehenes y, poco después, Winchester hizo lo mismo. Solo Londres, donde se refugiaba el propio Etelredo, opuso más resistencia. Al acercarse a la ciudad, el ejército danés cometió un error al intentar cruzar el Támesis sin usar un puente, pues perdió muchos hombres en el intento, y cuando acometió el asalto fueron rechazados por los lugareños. La defensa probablemente también estuvo respaldada por los mercenarios de Torkjell el Alto, quien se sabe que estaba junto a Etelredo.[60]
Sin embargo, este solo fue un revés temporal. Tras retirar sus tropas de Londres, se dirigió hacia el oeste, a Bath, y allí recibió la sumisión de los thegns de los condados occidentales. A la cabeza de estos notables estaba el antiguo consejero de Etelredo, Etelmer, que había sido desterrado de la corte en 1005 y forzado a vivir como un monje en la abadía de Eynsham. Poco antes de la invasión, el rey lo liberó de su promesa anterior y lo elevó al rango de ealdorman, un cargo que antes había ocupado su padre. Pero si se trataba de un gesto de buena voluntad, llegó demasiado tarde, pues Etelmer juró lealtad a Svein.[61]
La pérdida del antiguo corazón de Wessex supuso el fin de régimen de Etelredo. A partir de este momento, nos dice la Crónica, toda la nación consideró a Svein como el rey indiscutible. Llevando consigo los rehenes tomados en occidente, el líder danés regresó a sus barcos en Gainsborough y exigió dinero y vituallas para el próximo invierno. En el sur, el ejército de Torkjell hizo lo mismo. Los ciudadanos de Londres, por temor a ser aniquilados por Svein en un segundo asalto, se sometieron a él. Una vez perdido su mayor baluarte, Etelredo se trasladó al campamento de Torkjell en Greenwich y desde allí envió a su reina y sus hijos a través del canal de la Mancha a la corte de su hermano, el duque de Normandía. Después, el rey navegó con sus mercenarios a la isla de Wight. Tras pasar la Navidad en la isla, finalmente admitió la derrota y escapó para unirse con su familia en el exilio.[62]
Página 336
Lo razonable hubiera sido que las gentes de la época supusieran que el reinado de Etelredo finalmente había llegado a su fin. Superado por un adversario extranjero, había perdido tanto su reino como la lealtad de sus súbditos. En este momento, tenía cuarenta y tantos años y debía de dar la impresión de que pasaría el resto de sus días retirado en la corte de su cuñado, en Normandía, para al final perecer en el anonimato. Pero el destino decidió lo contrario. Unas semanas después de su partida, Etelredo debió de sentirse sorprendido y encantado de saber que Svein había muerto. El conquistador danés había exhalado su último aliento el 3 de febrero de 1014 y la Crónica describe su deceso como «un acontecimiento feliz». Lo repentino de su muerte puede parecer sospechoso, pero tenía más de cincuenta años, por lo que es razonable suponer que las causas fueron naturales. Solo a finales del siglo XI alguien consideró que el rey había perecido por causas sobrenaturales, atravesado por una lanza empuñada por san Edmundo, quien de este modo obtuvo venganza por su propia muerte a manos danesas casi ciento cincuenta años antes.[63]
El cadáver de Svein se trasladó para su entierro a York, que comenzaba a llenarse de magnates ingleses que habían acudido para asistir a la primera asamblea nacional del nuevo rey. En cambio, de pronto se vieron como invitados de su funeral y, sin duda, se preguntaron qué pasaría después. Para el ejército danés, aún acampado a noventa y seis kilómetros de distancia, en Gainsborough, la solución era simple: de inmediato eligieron a Canuto para suceder a su padre. Pero los nobles ingleses no tenían ningún motivo evidente para hacer lo mismo. Los juramentos de lealtad a Svein habían expirado con su muerte y no estaban obligados a renovarlos con su hijo. «El pueblo tiene la opción de elegir como rey a quien le plazca», decía en una de sus célebres homilías Elfrico de Eynsham, quien había fallecido unos años antes. «Pero –continuaba–, después de que sea consagrado como rey, tendrá la autoridad sobre la gente y no podrán sacudirse el yugo de sus cuellos». Para los ingleses reunidos en York, esta máxima planteaba la preocupante pregunta de si se habían equivocado al abandonar a Etelredo.[64]
Una inquietud que el arzobispo Wulfstán de York agravó en su sermón dirigido a esos mismos magnates unos días después. El arzobispo debió haber aceptado la soberanía de Svein y previsto su obligación de trabajar
Página 337
con él. Es probable que hubiera planeado recordarle a su audiencia la insistencia de san Pablo de que los poderes terrenales estaban designados por Dios y recomendar que todos colaborasen con su nuevo rey danés. Pero el arzobispo tenía capacidad de improvisación. Enfrentado a unas circunstancias radicalmente distintas y sin tiempo para cambios de relevancia en el guion, hizo lo que haría cualquier autor sensato: desempolvar un clásico. Durante años, Wulfstán había recitado una apocalíptica diatriba titulada el Sermón del lobo a los ingleses, ya que lobo, en inglés wolf, suponía un juego de palabras con su propio nombre. Comenzó recordando a su público que el fin del mundo era inminente y se recreaba en los males que les habían producido los vikingos. Una y otra vez, lamentaba Wulfstán, los invasores habían traído devastación y derramamiento de sangre, habían violado a las esposas e hijas de los thegns y capturado a multitud de cristianos para venderlos como esclavos. «Pero todos los insultos que a menudo sufrimos, los respondemos honrando a quienes nos insultan –dijo el arzobispo–. Les pagamos continuamente y nos humillan a diario». Sin duda, estas no eran las palabras de alguien que estaba a punto de respaldar a un candidato vikingo.
Al mismo tiempo, Wulfstán trasladó a su congregación la idea de que todo era culpa de ellos. Dios castigaba a los ingleses porque estaban sumidos en el pecado. Había demasiados asesinatos, robos, fornicación y prostitución, infanticidio y perjurio, y muy poca oración, ayuno y penitencia. «Y también aquí, en el país –continuaba, en una sección que parecía adaptada para la ocasión–, hay muchos que son traidores». Supuso un enorme acto de traición, dijo Wulfstán, que un hombre traicionara a su señor para matarlo, «o expulsarlo de la tierra durante su vida»; lo primero era una referencia al asesinato de Eduardo el Mártir que había inaugurado el reinado de Etelredo, lo segundo al exilio reciente con el que parecía haber terminado. El mensaje de Wulfstán, por consiguiente, era claro: si los magnates ingleses querían evitar más calamidades y escapar de la ira de Dios, tenían que restaurar a Etelredo como su gobernante legítimo.[65]
Esta sugerencia debió de inquietar a muchos de los presentes, tal vez a la mayoría. Si Etelredo recuperaba el poder sin restricciones, sin duda buscaría venganza contra aquellos que se habían aliado de forma voluntaria con Svein. Además, la multitud de motivos para rechazar a Etelredo seguían en pie. Decidieron que, si iban a restituir al rey
Página 338
desterrado, necesitarían que les garantizase su seguridad y un compromiso de enmienda. En consecuencia, enviaron emisarios a Normandía y le manifestaron su voluntad de reponerle en el trono, pero con condiciones. «Dijeron que ningún señor les era más querido que su señor natural – explica la Crónica–, si los gobernaba más justamente que antes».[66]
En muchos sentidos, la situación de Etelredo resultaba muy similar a la del rey Juan I Sin Tierra, y esta hora supuso su particular Magna Carta. El célebre rey Plantagenet, que gobernaría dos siglos después, fue criticado por sus contemporáneos por su cobardía y crueldad, su excesiva confianza en los sheriffs y mercenarios extranjeros, y sus duras exacciones fiscales, que incluían exorbitantes impuestos sobre la sucesión, la incautación forzosa de bienes y niveles confiscatorios de impuestos. Los súbditos de Juan se rebelaron contra él y planearon su destitución, pero luego fueron persuadidos para darle una segunda oportunidad, a cambio de una promesa extensa y detallada de gobernar mejor: la célebre Gran Carta de las Libertades de 1215.[67] Las fuentes sugieren que los súbditos de Etelredo hicieron lo mismo en 1014 y le presentaron una serie de agravios que deseaban ver reparados. Con un escaso margen de maniobra, el rey exiliado aceptó. A través de sus propios mensajeros, Etelredo «dijo que sería un señor misericordioso para ellos y que reformaría todas las cosas que odiaban». Al mismo tiempo, el rey perdonó a sus súbditos todas las ofensas contra él, a condición de que lo recibieran sin traición. Y, de este modo, se produjo un acercamiento, con promesas y juramentos por ambas partes. En algún momento durante la Cuaresma, dice la Crónica, «el rey Etelredo regresó a casa con su propia gente y fue recibido con alegría por todos».[68]
Cabe suponer que las negociaciones a través del canal de la Mancha se mantuvieron en secreto para Canuto y el ejército danés que merodeaba en Gainsborough. Al parecer, no fue hasta después de Pascua cuando el joven caudillo vikingo se dio cuenta de que no estaba al mando, lo que hizo que comenzara a prepararse para una nueva ofensiva militar, pero entonces ya era demasiado tarde. Antes de abandonar Normandía, Etelredo había reclutado los servicios de Olaf Haraldsson –un futuro rey de Noruega, pero en ese momento un soldado de fortuna– y a su regreso a Inglaterra se reunió con la hueste mercenaria de Torkjell el Alto. Estas fuerzas combinadas cayeron sobre el ejército de Canuto mientras aún se estaba preparando y mataron a tantos como pudieron. El propio Canuto y parte de
Página 339
sus tropas lograron alcanzar sus barcos y hacerse a la mar, llevándose consigo los rehenes que su padre había tomado durante la campaña del año anterior. La nobleza inglesa había supuesto que no mataría a sus parientes cautivos, y así fue: en su viaje de regreso a Dinamarca, Canuto se detuvo en Sandwich y permitió que los rehenes desembarcaran, pero dejó clara su decepción ante lo sucedido y les privó de manos, narices y orejas.[69]
Justo después de su regreso, Etelredo se esforzó en apaciguar a los críticos. Se vieron desilusionados por el hecho de que no hubiera ninguna reducción de la carga fiscal y la Crónica lamenta la decisión de que el rey exigiera un enorme heregeld para pagar a Torkjell y su flota mercenaria. Pero la primera asamblea regia tras el regreso de Etelredo fue testigo de la promulgación de varias ordenanzas destinadas a mejorar su gobierno. Una de ellas debía de responder a los agravios materiales que había prometido atender a principios de año; otra, redactada por Wulfstán, se ocupaba de asuntos espirituales y eclesiásticos. La intención declarada era «limpiar el país» y concluyó con una apelación a la unidad: «Apoyemos todos lealmente a un soberano, y dejemos que cada uno de nuestros amigos ame al prójimo con auténtica fidelidad».[70]
Pero esto fue una ilusión, dadas las tensiones no resueltas y de largo recorrido en la corte de Etelredo, reveladas por un trío de muertes que ocurrieron en el año posterior a su regreso. La primera fue la de su hijo mayor, Atelstán. Nacido poco después del primer matrimonio del rey en el 985, Atelstán tenía veintitantos años y estaba en una posición preferente para suceder a su padre, pero a mediados del verano de 1014 enfermó de muerte y redactó su testamento a toda prisa. Un documento fascinante del que sobrevive una copia original y muestra al príncipe moribundo repartiendo su tesoro, dinero y tierras entre sus amigos y dependientes. Su madre adoptiva recibía una hacienda «debido a sus grandes méritos», mientras que su hermano menor, Edmundo, heredó «la espada que había pertenecido al rey Offa». Otro importante beneficiario fue un tal Sigeferth, quien recibió tierras en Bedfordshire, además de un caballo, una espada y un escudo. Él y su hermano Morcar, también mencionado en el testamento, eran miembros destacados de la corte del rey; la Crónica los describe como los «principales jefes» de los Cinco Burgos. Esta era una posición que habían heredado al pertenecer a la misma familia que el
Página 340
ealdorman Elfhelm, asesinado en 1005 por el conocido secuaz de Etelredo, Eadric el Acaparador.[71]
Por tanto, en el momento de su muerte, Atelstán se había alineado con los enemigos del principal asesor de su padre, lo que indica que esta enemistad envenenaba entonces las relaciones políticas al más alto nivel. La situación estalló en la primavera de 1015, durante una asamblea real en Oxford, cuando Eadric ordenó asesinar a Sigeferth y Morcar. («Los atrajo a su cámara –dice la Crónica Anglosajona–, y fueron vilmente asesinados dentro».) Al igual que en 1005, al parecer el crimen se llevó a cabo con la complicidad del rey: Etelredo, dice la Crónica, ordenó la incautación de todas las tierras de los hermanos y también de la viuda de Sigeferth, Edith, que fue conducida a Malmesbury, con la obvia intención de obligarla a ingresar en un convento.
Sin embargo, Edmundo, el mayor de los hijos supervivientes de Etelredo, la libró de este destino. En ese momento, con veintitantos años, el nuevo portador de la espada del rey Offa también había asumido el puesto de su difunto hermano como líder de la alianza contra Eadric. Desafiando a su padre, marchó a Malmesbury, liberó a Edith y ambos se casaron. Después, en agosto, cabalgó con ella de regreso a los Cinco Burgos y tomó posesión de las propiedades que habían pertenecido a los dos hermanos asesinados. La población de aquellas regiones, dice la Crónica, se sometió a él.
Fue en este momento, con una coordinación impecable, cuando Canuto regresó a Inglaterra. El joven príncipe danés primero llegó a Sandwich, luego navegó con su ejército a lo largo de la costa sur hasta Dorset, donde comenzó a adentrarse en el corazón de Wessex. Etelredo llegó hasta Portsmouth, antes de enfermar y delegar la respuesta militar inglesa sobre Eadric. Esto impidió que un esfuerzo bélico conjunto con las regiones que se habían sometido a Edmundo fuera posible. Los dos rivales formaron ejércitos separados que se unieron brevemente, aunque los rumores acerca de una traición del ealdorman hicieron que se dividieran casi de inmediato. Y tales rumores no eran infundados: Eadric, al percibir que la dinastía de Etelredo había acabado, se pasó al bando danés. Se llevó consigo cuarenta barcos, probablemente la flota mercenaria de Torkjell el Alto. El pueblo de Wessex no tuvo más remedio que rendirse y accedió a proporcionar caballos a los invasores. A medida que el año llegaba a su
Página 341
fin, Canuto condujo a su hueste reforzada y montada a través del Támesis y comenzó a aterrorizar a la gente de Mercia.[72]
Edmundo intentó reclutar un ejército para enfrentarse a él, con muy poco éxito. Las fuerzas que reunió antes de Navidad se negaron a combatir a menos que se les unieran el rey y los habitantes de Londres. Cuando volvió a intentarlo después de Navidad, tras rogarle a su padre y a los londinenses que asistieran, el resultado seguía siendo un desastre y Etelredo, temiendo una traición, abandonó la reunión. A principios de 1016, sin duda desesperado, Edmundo cabalgó hacia el norte, donde logró persuadir al conde Uhtred de Northumbria para que se uniera a él, y juntos devastaron las propiedades de Eadric en el noroeste de Mercia. Pero cuando Canuto atravesó las Tierras Medias y comenzó a amenazar York, Uhtred también decidió pasarse al lado danés, junto con todos los habitantes de Northumbria. Al propio conde, esta deserción no le benefició y, siguiendo el consejo de Eadric, fue ejecutado de inmediato para ser reemplazado por un danés llamado Erik. Con casi todo el reino en sus manos, Canuto regresó a sus naves en la costa meridional, antes de principios de abril. Edmundo, sin otras cartas que jugar, se dirigió a Londres para reunirse con su padre enfermo.[73]
Etelredo murió el 23 de abril, el día de san Jorge, como señaló el autor de la Crónica Anglosajona. Para el lector moderno, puede parecer muy irónico que un rey que había demostrado ser tan incapaz como líder militar falleciera en la fiesta del más célebre santo guerrero. Pero en 1016, la evolución de Jorge hasta convertirse en un caballero matadragones aún estaba lejos, al menos en Inglaterra, donde no adquirió el estatus de héroe nacional hasta finales de la Edad Media.[***] A principios del siglo XI, únicamente se le conocía en su forma anterior, como un noble cristiano del Imperio romano de Oriente o, como señaló Elfrico de Eynsham cuando compuso una pasión del santo, «un rico ealdorman en el condado de Capadocia». Este Jorge no tenía atributos militares, pero había muerto como un mártir a manos de los paganos. Quizá, por tal motivo, el autor de la Crónica consideró apropiado que Etelredo hubiera muerto ese día en particular, mientras el país era invadido por los vikingos. El único comentario adicional de la Crónica sobre el deceso del rey fue que «había mantenido su reino con gran esfuerzo y dificultades mientras duró su vida».[74]
Página 342
Sin duda fue el comentario más caritativo que el autor creyó que podía ofrecerle a modo de obituario. Su opinión general acerca de Etelredo se puede inferir de la narración de todo el reinado, que presenta como un absoluto desastre. Aunque el rey nunca es criticado a nivel individual, una y otra vez, tanto él como sus consejeros son condenados por haber actuado de forma imprudente. En 1011, cuando el «inmenso ejército de asalto» de Torkjell el Alto había arrasado todo el país durante más de un año, la Crónica cuestionó a los líderes ingleses, de quienes dice que ni lucharon contra los invasores ni ofrecieron tributo, hasta que fue demasiado tarde y todo había sido ya destruido. «Todos estos desastres –se lamenta–, nos sobrevinieron por malos consejos [unrædas]».[75]
El uso de unrædas, en este contexto, podría reforzar la idea de que se trataba de un apodo empleado en su época y es posible entender el porqué. A lo largo de su extenso reinado, Etelredo estuvo sin duda dominado por los consejos ajenos y fue incapaz de controlar las facciones en su corte. Su decisión de promover a un hombre como Eadric el Acaparador sugiere un escaso criterio. Autores coetáneos como Elfrico y Wulfstán, que a menudo insistían en la necesidad de que los reyes recibieran buenos consejos, insinúan que esto fue precisamente lo que le faltó a su propio rey. A pesar de los intentos recientes de rescatarlo de la condena exagerada de los autores posteriores, como Guillermo de Malmesbury, la reputación de Etelredo como un rey mal aconsejado aun así parece muy merecida.
Lejos de sellar el destino de sus súbditos, la muerte de Etelredo supuso una liberación, permitiéndoles jurar lealtad a su valiente hijo. Una vez dejaron al difunto en su tumba de la catedral de San Pablo, los habitantes de Londres y los demás consejeros presentes eligieron a Edmundo II como rey, y él a su vez los defendió con tal firmeza que le otorgaron el apodo de Costado de Hierro. A lo largo de la primavera y el verano de 1016, Edmundo libró cuatro batallas contra las fuerzas de Canuto, derrotándolas en todas las ocasiones. Wessex se sometió a él, se levantó el asedio a Londres y el traicionero Eadric el Acaparador renovó sus votos de fidelidad.
Pero en octubre de ese mismo año, Edmundo se enfrentó al desastre cuando participó en una batalla final contra los daneses en un lugar de Essex llamado Assandun. «Allí Canuto obtuvo la victoria», dice la Crónica
Página 343
Anglosajona, al tiempo que señalaba que este resultado estuvo condicionado por Eadric, quien, una vez más, cambió de bando. Edmundo escapó de la carnicería y accedió poco después a dividir su reino, cediendo Mercia a Canuto y conservando Wessex para sí mismo. Pero unas semanas más tarde, el 30 de noviembre, el rey inglés murió, quizá por las heridas sufridas en Assandun, lo que posibilitó una victoria danesa absoluta. Canuto, dice la Crónica, «le sucedió en todo el reino de Inglaterra».[76]
Página 344
Crepúsculo 10
El ascenso de la casa de
Godwin
Página 345
stá ampliamente asumido que la época anglosajona concluyó el 14 de octubre de 1066, un sábado por la tarde, hacia la hora del té. Fue el día en Equeun ejército inglés liderado por el rey Haroldo II Godwinsson se enfrentó a un ejército invasor acaudillado por el duque Guillermo de Normandía, en lo que hasta entonces había sido una cresta ignota a unos nueve kilómetros y medio al noroeste de Hastings.
La batalla dio comienzo hacia las nueve de la mañana y se prolongó durante todo el día; solo cuando el sol comenzaba a ponerse, según los relatos coetáneos, la noticia de que Harold o había caído se difundió por el campo de batalla, lo que provocó que las tropas inglesas supervivientes huyeran al amparo de la creciente oscuridad otoñal. La muerte del rey está recreada en un famoso fragmento del Tapiz de Bayeux, una extraordinaria historieta de setenta metros de largo, realizada poco después de la batalla y que milagrosamente se conserva. Muestra a Haroldo sujetando el asta de una flecha clavada en su ojo, una imagen que hizo que los cronistas posteriores creyeran que así fue como halló su fin este desafortunado rey.[1]
Aun a riesgo de caer en una excesiva precisión cronológica –los periodos históricos rara vez se dividen de un modo tan nítido como pretenden los historiadores–, existen buenos motivos para considerar el año 1066 como un punto de inflexión trascendental. El hecho de que Haroldo cayera en Hastings significó que su oponente lo sucedió como rey esa misma Navidad y, más tarde, fue recordado como Guillermo el Conquistador, un soberano cuyo reinado fue testigo de unos niveles asombrosos de violencia y agitación social. La conquista normanda hizo que la clase dirigente de Inglaterra fuese barrida casi por completo y reemplazada por unos recién llegados del otro lado del canal de la Mancha que tenían nociones muy distintas sobre los modos de gobernar un país. Como resultado, se produjeron grandes cambios que afectaron al idioma, las leyes, la guerra, la arquitectura y las actitudes hacia la vida humana. En un sentido literal, en efecto, la batalla de Hastings supuso el albor de una nueva y espléndida era.[2]
A causa del carácter decisivo del año 1066, los relatos acerca de las décadas que lo precedieron a menudo se conciben como un preludio y pueden transmitir la impresión de que las personas de esa época anticipaban la conquista o de algún modo pudieron predecir sus efectos devastadores. Sin embargo, no hay ningún respaldo en las fuentes a la idea de que los ingleses coetáneos anticiparan la tormenta antes de que
Página 346
estallara. Durante la mayor parte de los cincuenta años anteriores a 1066, los ingleses estuvieron preocupados, como lo habían estado durante siglos, por los asuntos en Escandinavia y, en especial, por las consecuencias de la conquista danesa de 1016, una experiencia que resultó mucho más traumática de lo que se suele reconocer. Durante la primera mitad de este periodo, Inglaterra estuvo gobernada por el rey Canuto y sus hijos, como parte de un imperio mucho más amplio que se extendía por el mar del Norte. En la segunda mitad, se produjo un cambio sorprendente, la restauración de la antigua casa de Wessex y la ascensión al trono de Eduardo el Confesor, un hijo de Etelredo el Indeciso. Tales cambios dinásticos hicieron que la existencia de la élite gobernante de Inglaterra fuera extremadamente compleja: las antiguas lealtades se erosionaran, las identidades se pusieran en duda y se crearan profundas divisiones, con consecuencias a la postre fatales.
Nadie personifica mejor estos cambios y conflictos que Haroldo Godwinsson, quien ascendió al trono a principios de 1066. Como sugiere su apellido, el rey maldito no era descendiente ni de Canuto ni de Etelredo, aunque estaba relacionado con ambos de un modo indirecto. Su padre, Godwin, era inglés, aunque su madre, Gytha, era danesa, un hecho que explica por qué la pareja le otorgó a su vástago el nombre escandinavo de Haroldo. Este matrimonio se había producido como resultado directo de la conquista danesa de 1016, y ningún inglés se había beneficiado más de esa violenta toma de poder que el propio Godwin. En el transcurso del siguiente medio siglo, tanto él como su familia medraron sin descanso, hasta el punto de que pudieron contemplar la posibilidad de sustituir a las dinastías rivales que los habían aupado. Su tumultuosa historia es la temática de este capítulo final.[3]
Según Enrique de Huntingdon, que escribió un siglo después, hubo tres hechos especialmente memorables acerca del rey Canuto II de Dinamarca. El primero fue la boda de su hija con el emperador germánico y el segundo fue que había negociado una reducción de los peajes para los mercaderes ingleses que visitaban el continente. Como cabía esperar, estos logros hace mucho tiempo que se desvanecieron de la memoria colectiva, pero el tercer hecho mencionado por Enrique resultó verdaderamente inolvidable: cuando Canuto se hallaba en el apogeo de su poder, asegura el cronista,
Página 347
hizo colocar su trono en la orilla del mar cuando subía la marea, y ordenó a las olas que no lo mojaran. Esto transmite la impresión de que el rey danés desvariaba, hasta el extremo de que algunos autores posteriores lo consideraron un artificio destinado a demostrar a los cortesanos aduladores que el poder regio tenía sus límites. Enrique, sin embargo, no menciona a tales cortesanos y no ofrece ninguna opinión sobre si fue una ocurrencia del rey.[4]
Más allá de dichas leyendas, los historiadores han concluido que Canuto fue un político astuto y un gobernante exitoso respetado por sus súbditos. A pesar de la violencia empleada en su conquista de Inglaterra, existen pocas evidencias de que se produjeran cambios estructurales de relevancia. Por supuesto, hubo novedades lingüísticas: el rey y sus seguidores daneses llamaban a su séquito armado huscarles y se referían a los ealdormen como earls, «condes», pero más allá de esto, no parece que se sucedieran muchos cambios. Por tanto, la conclusión tradicional ha sido que Canuto trajo la paz y la estabilidad tan necesitadas después del tumultuoso reinado de Etelredo.[5]
El nuevo rey parece que, asimismo, realizó un decidido esfuerzo por solventar las diferencias entre sus súbditos ingleses y daneses. En 1020, trasladó toda su corte a Assandun, en Essex, donde había derrotado a Edmundo Costado de Hierro cuatro años antes, para asistir a la inauguración de una nueva iglesia que había hecho que se ubicara en el campo de batalla. Algún tiempo antes, en el aniversario de la muerte de Edmundo, Canuto le había mostrado un respeto similar al visitar la tumba de su adversario en Glastonbury y depositar sobre ella una capa bordada con imágenes de pavos reales. El rey también trató de enmendar los ultrajes que precedieron a su propia invasión. En 1023 dispuso que el cuerpo de san Elfego, martirizado once años antes por un ejército vikingo borracho, fuera retirado con reverencia de la catedral londinense de San Pablo y trasladado con gran solemnidad a Canterbury. Estos actos públicos de expiación proclamaban las credenciales de Canuto como un gobernante cristiano, una imagen que sin duda deseaba cultivar. «Nos asombraron tus conocimientos, así como tu fe», le dijo el obispo de Chartres en una carta al rey, después de que Canuto le enviara unos libros ricamente decorados. «Tú, de quien habíamos oído decir que eras un príncipe pagano, ahora podemos constatar que no solo eres cristiano, sino también un donante muy generoso para los siervos de Dios».[6]
Página 348
Página 349
Figura 28: El rey Canuto y la reina Emma (aquí con su nombre inglés, Ælfgifu) entregan una cruz gigante a la nueva catedral de Winchester. © Junta de la Biblioteca Británica; BL Stowe Ms 944, f.o 6.
La medida más destacada de Canuto para promover la reconciliación entre ambos pueblos fue su matrimonio con Emma, la viuda de Etelredo el Indeciso. Su boda se celebró a los pocos meses de iniciarse su reinado, en el verano de 1017. Emma, que es probable que fuera al menos una década mayor que su nuevo esposo, más tarde insistiría en lo encantada que estuvo por este acontecimiento y en cómo la había cortejado con promesas y regalos. La realidad, casi con total seguridad, debió ser mucho menos romántica. La Crónica Anglosajona afirma que Canuto hizo que la reina fuera «traída como su esposa». Aparte de todo lo demás, el rey ya tenía una consorte, Elgiva (Ælfgifu) de Northampton, con quien se había desposado unos años antes, probablemente en 1013, y no hay indicios de que la abandonara después. El consuelo para Emma fue que retuvo el título regio y no había dudas de que era la consorte «oficial» de Canuto: ambos aparecen retratados juntos en un manuscrito ilustrado realizado en la abadía de Newminster en Winchester, exhibiendo una cruz de oro gigante en el altar mayor de la iglesia. Además de enfatizar su vinculación con Emma, esta imagen presenta de nuevo a Canuto como un modelo de rey cristiano, que sujeta la cruz con una mano y su espada con la otra, mientras un ángel deposita la corona sobre su cabeza.[7]
Sin embargo, debemos evitar la tentación de considerar a Canuto un gobernante benigno. Buena parte de las evidencias que han sobrevivido de su reinado, como la miniatura anterior, son en esencia propaganda, elaborada a instancia suya por clérigos cristianos que intentan mostrarlo del mejor modo posible. Otras pruebas, menos obvias y más escasas, esbozan una imagen bastante distinta del rey y del régimen que presidía, y mucho más acorde con su pasado como señor de la guerra vikingo.
De entrada, la conquista de Canuto había sido extremadamente salvaje. Incluso antes de su acceso al trono, en 1014, el rey había demostrado un carácter brutal al ordenar la mutilación de los numerosos rehenes ingleses que entregaron a su padre el año anterior. Durante el transcurso de su
Página 350
propia campaña de invasión, dos años después, se derramó mucha sangre. En la culminante batalla de Assandun, la lista de ingleses caídos incluía al obispo de Dorchester, el abad de Ramsey, dos ealdormen y muchos otros combatientes de rango aristocrático. «Toda la nobleza de Inglaterra –se lamenta la Crónica–, fue allí destruida». Y después de su coronación, la matanza continuó, pues Canuto comenzó a asesinar a los ingleses de los que desconfiaba. En 1017, Eadric el Acaparador fue ejecutado, junto con los hijos de varios ealdormen, y ese mismo año el rey ordenó la muerte de Eduino, el único vástago superviviente del primer matrimonio de Etelredo el Indeciso. Casi al mismo tiempo, Canuto envió a los hijos pequeños de Edmundo Costado de Hierro a Suecia, junto a una petición dirigida al rey sueco de que los eliminara con discreción.[8]
Como consecuencia de todos estos asesinatos, había muchas vacantes que cubrir y, como cabía esperar, en primera instancia Canuto decidió hacerlo promocionando a los daneses. Al comienzo de su reinado, el nuevo rey dividió el país en cuatro grandes condados, basados en el territorio de los antiguos reinos anglosajones. Entregó Northumbria a su cuñado, Erik, durante el transcurso de la conquista. A continuación, entregó Anglia Oriental al mercenario vikingo Tjorkell el Alto, como recompensa por su apoyo. En un principio, Mercia se asignó a Eadric el Acaparador, aunque pronto también estuvo en manos danesas, repartida entre varios condes escandinavos de Canuto. En cuanto a Wessex, el rey se lo guardó para sí.[9]
La excepción a la norma fue Godwin, padre del futuro rey Haroldo, un magnate inglés que no solo escapó de la purga de 1017, sino que fue ascendido hasta ejercer un poder sin igual. Sobre los antecedentes de Godwin casi no sabemos nada; es posible que fuera hijo de Wulfnoth, el thegn de Sussex que se había apoderado de parte de la flota regia en 1008 para realizar una expedición pirática a lo largo de la costa sur. Sobre el propio Godwin, sin embargo, contamos con mucha más información, gracias a un libro encargado por su hija para celebrar el ascenso de su linaje. Hoy se le conoce con el nombre de la Vida del rey Eduardo, porque hacia mitad de la composición se reformuló como una historia de Eduardo el Confesor, aunque su propósito original, expuesto al comienzo de la obra, era cantar alabanzas a Godwin y sus hijos. Según la Vida, Godwin prosperó debido a sus talentos como estadista y guerrero, además de su disposición a colaborar con Canuto. Un claro punto de inflexión en su trayectoria se produjo en 1019, cuando Canuto regresó a Dinamarca para
Página 351
reclamar el trono danés tras la muerte de su hermano Harald II. Godwin lo acompañó y, según las fuentes, demostró tanto su coraje como su sabiduría, hasta el punto de que el rey decidió otorgarle grandes recompensas. Mientras permanecían en Dinamarca, Godwin se casó con la cuñada de Canuto, Gytha, y cuando regresaron a Inglaterra al año siguiente, fue ascendido a earl de Wessex.[10]
Tal era la confianza de Canuto en Godwin, asegura, que el earl se convirtió en el aristócrata más importante de Inglaterra. A medida que avanzaba la década de 1020, sus homólogos daneses desaparecieron de forma gradual. Tjorkell fue desterrado en 1021, Erik falleció en 1023 y, hacia el final de la década, los diversos earls de Mercia fueron trasladados para ocuparse de asuntos en Escandinavia. Canuto también pasó la mayor parte de la década de 1020 lejos de Inglaterra, luchando contra la resistencia a su dominio en expansión por todo el mar del Norte y peregrinando a Roma. Esto significaba que dependía cada vez más de Godwin, su cuñado, para actuar como su regente en Inglaterra. La Vida del rey Eduardo presenta al earl como «senescal de casi todo el reino», y asegura que era extremadamente popular entre los ingleses, que no lo consideraban un señor, sino que lo reverenciaban como a un padre.[11]
Y, sin embargo, existen motivos para suponer que no todo era tan color de rosa como nos haría pensar una obra encargada por la hija de Godwin, o tan incuestionable como los historiadores han asumido a partir del silencio casi absoluto de las fuentes inglesas coetáneas. (La Crónica Anglosajona, por ejemplo, no aporta casi nada sobre los asuntos de Inglaterra durante el reinado de Canuto). Frente a la piadosa propaganda redactada en nombre del rey, y que ensalzaba la armonía entre conquistadores y conquistados, contamos con un poema compuesto en su alabanza, y casi con certeza recitado en su corte. «Aplastasteis a la raza de Edgar en ese ataque», se jactaba Ottar el Negro en su Knútsdrápa, una celebración escáldica de la invasión de Inglaterra. «La profunda zanja fluyó sobre los cadáveres de los northumbrios […]. La noble descendencia de Edmundo recibió heridas mortales […]. No pudieron defender sus fortalezas cuando atacaste».[12]
Esta actitud, la de ensalzar a los daneses y el sufrimiento que habían infligido, al tiempo que se cuestiona la reputación militar de sus oponentes vencidos, habrían tenido una buena acogida entre los escandinavos del séquito de Canuto, pero habría causado incomodidad a los oyentes
Página 352
ingleses, en el mejor de los casos. Muchos de los nobles ingleses tendrían parientes vivos que habrían sido horriblemente desfigurados y mutilados por orden del rey. Sin duda, algunos, como Godwin, con una esposa danesa, abrazaron la cultura de los vencedores: los hallazgos arqueológicos sugieren que los arreos de caballo decorados de los guerreros daneses de Canuto fueron ampliamente imitados en Inglaterra durante su reinado. Otros, por el contrario, consideraban que adoptar estas modas extranjeras suponía una traición a su identidad nacional. «Haces mal en abandonar las prácticas inglesas que siguieron tus padres», decía el autor anónimo de una carta a su hermano, regañándolo por cortarse el pelo al estilo escandinavo, rapado en la nuca pero con un flequillo largo. «Al amar las prácticas de los paganos –agregaba–, desprecias a tu raza y a tus antepasados».[13]
La ansiedad producida por este choque cultural trascendía los atalajes y los cortes de pelo. Wulfstán, el arzobispo de York y antiguo consejero del rey Etelredo, alcanzó muy rápido un acuerdo con Canuto y se esforzó por cerrar la brecha abierta entre ingleses y daneses. Fue el encargado de redactar la legislación para el nuevo rey, y también el autor de una carta que Canuto envió desde Dinamarca en 1019 o 1020 a sus súbditos de Inglaterra, prometiéndoles que sería un señor leal y un defensor del cristianismo. Pero antes de su muerte en (o hacia) el año 1023, el arzobispo redactó una homilía, conservada en un libro del evangelio de York, acerca de los peligros del paganismo. «Aquí en la tierra –dijo–, hay enemigos de lo divino, y los que desprecian la ley de Dios, homicidas y asesinos de parientes, los que odian a la iglesia y los asesinos de sacerdotes, profanadores de las órdenes sagradas y adúlteros, prostitutas y homicidas de niños». En la mayoría de los aspectos, suponía un ensayo acerca de los pecados contra los que ya había despotricado en su anterior Sermón del Lobo a los ingleses, aunque escrito después de la victoria danesa, bajo el temor de que las prácticas paganas se incrementaran.[14]
Algo que Wulfstán aborrecía en especial era la exportación de esclavos ingleses al extranjero: se lamenta de ello tanto en su homilía sobre el paganismo como en su famoso sermón. Respecto a la esclavitud en sí, la Iglesia no tenía ninguna queja –era una institución que existía desde los tiempos bíblicos– aunque resultaba esencial que tanto los esclavos como los amos fueran cristianos. Si los ingleses eran vendidos fuera, a manos de paganos, entonces sus almas se perderían. No cabe duda de que el
Página 353
comercio internacional de esclavos suponía un gran negocio a principios del siglo XI. La prosperidad de Brístol se basó en la exportación de esclavos ingleses, muchos siglos antes de la célebre participación de la ciudad en el comercio transatlántico de esclavos africanos. Grandes cantidades de esclavos se vendían a Escandinavia. Según Guillermo de Malmesbury, una de las figuras que más se benefició de su miseria fue la esposa danesa del conde Godwin, de quien «se decía que compraba grupos de esclavos en Inglaterra y los enviaba a Dinamarca».
Aunque es posible que algunos de estos esclavos se emplearan para trabajos forzados, como el pechero del soliloquio de Elfrico, otros se vendían con fines sexuales. En Bristol, según Malmesbury, se podía ver a jóvenes «de ambos sexos» atados en filas, y los mercaderes vendían a sus propias sirvientas después de dejarlas embarazadas. Wulfstán, en su Sermón del Lobo, aseguraba que era una práctica común que varios hombres se pusieran de acuerdo para comprar una mujer, destinada a su propio placer, y luego venderla «fuera del país, en poder de extraños». La esposa de Godwin se habría especializado en la exportación de muchachas jóvenes, «cuya belleza y juventud aumentarían su precio». El clero, en especial los eclesiásticos reformados, podrían condenar esto a gritos y defender las virtudes del celibato y el matrimonio monógamo, pero en la Inglaterra de Canuto sin duda existía una noción contradictoria de que el poder de un hombre podía medirse por el número de concubinas que poseía. El rey, a pesar de sus imposturas piadosas, había hecho muy poco para disipar esta idea al tener dos esposas.[15]
La sospecha de que Inglaterra no era tan estable y armoniosa durante el reinado de Canuto, como siempre se ha supuesto, se ve reforzada por los sucesos posteriores a su muerte. El rey enfermó en el otoño de 1035 y falleció el 12 de noviembre. (Dado que los poetas mencionan su juventud en el momento de acceder al trono, parece probable que no tuviera más de cuarenta años en el momento de su muerte). En sus últimos años había tratado de convertir su poligamia en su ventaja política. Su primera cónyuge, Elgiva, había sido enviada a gobernar Noruega con su hijo mayor, Svein, y su segunda esposa, Emma, había tenido un hijo llamado Hardeknut, que se hizo cargo de Dinamarca. A partir de tales hechos, los autores posteriores asumieron que Canuto tenía la intención de dividir su
Página 354
imperio y había acordado un plan de sucesión. Sin embargo, si este fuera el caso, se desmoronó a los pocos días de su deceso.[16]
Inmediatamente después de que el cadáver de Canuto fuera enterrado en Winchester, se celebró una asamblea en Oxford. La Crónica Anglosajona lo denomina witena-gemot, literalmente «una reunión de sabios», un término acuñado una generación antes por Elfrico de Eynsham. La tradición de convocar asambleas nacionales se remontaba al reinado de Atelstán un siglo antes, pero a menudo se exagera su importancia a nivel constitucional. La habitual afirmación de que la realeza inglesa era «electiva» parece menos convincente cuando se recuerda que, hasta el ascenso al trono de Canuto, todos los candidatos habían sido miembros de la misma familia real, descendientes directos de Alfredo el Grande. Sin embargo, da la impresión de que la influencia de las asambleas y su capacidad de hablar en nombre de toda la nación habían ido en aumento, y el uso de la palabra witena-gemot podría reflejarlo. Los earls y thegns que se reunieron en Oxford a finales de 1035 sabían que se habían congregado para decidir quién sería su próximo gobernante.
Pronto quedó claro que no había consenso. «El earl Godwin y todos los magnates de Wessex», dice la Crónica, apoyaban a Hardeknut, el hijo de la reina Emma. Sin embargo, se opusieron los thegns al norte del Támesis, dirigidos por el earl Leofric. Hijo de un anterior ealdorman inglés, Leofric provenía de un linaje que había caído en desgracia al comienzo del reinado de Canuto: su hermano había estado entre los ejecutados en la purga de 1017. Pero Leofric había trabajado para restaurar su posición y, recientemente, había sido ascendido al rango de earl de Mercia, reemplazando a los daneses que habían muerto o partido a Dinamarca. En los últimos documentos de Canuto, figura entre los testigos, solo por debajo de Godwin, con quien claramente no estaba de acuerdo. Él y la gente de su condado rechazaron la candidatura de Hardeknut y manifestaron su apoyo a Haroldo, el hijo menor de la primera esposa de Canuto, Elgiva (el hijo mayor había muerto).
La mayor dificultad para los partidarios de Hardeknut fue que su candidato todavía estaba en Dinamarca, mientras que Haroldo se hallaba en Inglaterra, y probablemente presente en la reunión de Oxford. Acordaron que la decisión final tendría que esperar al regreso de Hardeknut. Mientras tanto, se propuso que Haroldo gobernara todo el reino como regente. Godwin y sus seguidores se opusieron de forma
Página 355
enérgica a tal sugerencia, dice la Crónica, aunque no pudieron hacer nada para evitarlo. La única concesión que el earl pudo obtener de sus oponentes fue que Wessex debería permanecer bajo el control directo de la madre de Hardeknut, la reina Emma, quien residiría en Winchester con los huscarles de su difunto esposo.[17]
Nadie deseaba más que Emma que Hardeknut se convirtiera en rey. Había sido reina de Inglaterra durante más de tres décadas y estaba decidida a no renunciar a ese rango solo porque su anterior esposo real hubiese fallecido antes de una forma desconsiderada. Sus esfuerzos en nombre de Hardeknut aparecen en un tratado que encargó unos años después, conocido en la actualidad como el Encomium Emmae Reginae (Encomio de la reina Emma). Afirma, de un modo tan conveniente como improbable, que, en el momento de casarse, Canuto había jurado que solo podrían sucederle sus hijos. También expone la poco sutil calumnia de que Haroldo, en realidad, no era hijo de Canuto y Elgiva, sino de una de sus criadas. Sin embargo, Elgiva demostró estar más que a la altura en esta guerra de relaciones públicas. En la primavera de 1036, decidió ganarse el apoyo de los magnates ingleses que se mostraban indecisos, invitándolos a una gran fiesta y ofreciéndoles sobornos. Resulta obvio que la estratagema tuvo éxito y a esto contribuyó el hecho de que Hardeknut aún no hubiese aparecido. Cuanto más tiempo permanecía en Dinamarca, más fuerte se volvían los apoyos a Haroldo.[18]
En el verano de 1036, Emma estaba lo bastante desesperada como para contemplar un cambio radical de planes. Hardeknut había sido el único vástago que alumbró con Canuto, aunque tenía otros hijos de su matrimonio anterior con Etelredo el Indeciso. Estos muchachos, Eduardo y Alfredo, habían huido de Inglaterra antes de finales de 1016 y, por tanto, se libraron de la masacre de comienzos del reinado de Canuto. Desde entonces, vivían como exiliados en Normandía, la patria de su madre, como invitados de sus parientes, los duques normandos. A medida que se hicieron adultos, los dos hermanos albergaron la esperanza de recuperar algún día su herencia perdida. Eduardo, el mayor de ambos, ya había intentado regresar a Inglaterra unos años antes, aunque no lo logró, y aparece como testigo de algunos documentos, mencionado como «rey».[19]
Con Hardeknut aún retenido en Dinamarca, Emma se dirigió a los hijos que había abandonado veinte años antes y obviamente les hizo creer que contarían con un gran respaldo a su regreso. En el otoño de 1036, los
Página 356
dos hermanos partieron hacia Inglaterra con distintos itinerarios. Eduardo parece que zarpó primero y se dirigió a Southampton, el puerto obvio para una cita con su madre en Winchester. A su llegada, sin embargo, se desengañó de su supuesta popularidad gracias a un gran ejército inglés con el que enfrentó a sus fuerzas en batalla y lo convenció de retirarse a Normandía. Alfredo, mientras tanto, zarpó de Flandes y desembarcó en Dover. Él también tenía la intención de reunirse con su madre, aunque poco después de su llegada se encontró con el earl Godwin. Este le dio la bienvenida, le juró lealtad y acompañó a su séquito hasta Guildford, donde fueron invitados a una lujosa fiesta de recepción.[20]
Godwin no actuaba de buena fe. En los días posteriores a la muerte de Canuto, Emma y él habían sido aliados incondicionales: la Crónica Anglosajona lo describe como su partidario más fiel. Pero la decisión posterior de la reina de abandonar a Hardeknut y apoyar la causa de Eduardo y Alfredo debió de horrorizarlo. El earl se lo debía todo a su respaldo a la conquista danesa. Y su destino estaría en entredicho si alguno de sus principales supervivientes accedía al trono. Desde su punto de vista, suponía un imperativo que el nuevo rey fuera un hijo de Canuto. Si Hardeknut se había descartado a sí mismo a causa de su demora, Godwin tendría que hacer las paces con Haroldo. Y tener al rival de Haroldo bajo su techo en Guildford suponía la oportunidad perfecta.
Durante la noche posterior a la fiesta, tras haber bebido en demasía y retirarse al lecho, Alfredo y sus seguidores fueron asaltados por los hombres de Godwin. Algunos fueron asesinados, otros mutilados y el resto vendidos como esclavos. Supuso, según la Crónica Anglosajona, la peor atrocidad cometida en Inglaterra desde la conquista danesa de veinte años antes. El propio Alfredo fue capturado y enviado a Londres para reunirse con Haroldo, quien ordenó que se lo llevaran para cegarlo. El desafortunado pretendiente al trono fue enviado en barco a los pantanos de Anglia Oriental, privado de la vista mientras aún estaba a bordo, y luego lo dejaron al cuidado de los monjes de Ely. Poco tiempo después falleció, tal vez a consecuencia de su traumática lesión.[21]
Aunque después los cronistas otorgaron mucha importancia a la muerte de Alfredo, en ese momento su destitución resolvió el enfrentamiento político en Inglaterra. En 1037, dice la Crónica Anglosajona, «Haroldo fue aclamado rey en todas partes y Hardeknut repudiado, pues permaneció demasiado tiempo en Dinamarca». Godwin,
Página 357
al haber entregado Alfredo a Haroldo, había confirmado su compromiso con el nuevo régimen y retuvo su poder en Wessex. Emma, por su parte, después de alentar a sus dos hijos exiliados en contra del rey, había demostrado su deslealtad. En ese momento, dice la Crónica, la reina, dos veces viuda, «fue expulsada del país sin piedad, para enfrentarse al furioso invierno».[22]
No obstante, el reinado de Haroldo I resultó breve, pues murió el 17 de marzo de 1040, con no más de veinticinco años, apenas tres años después de su ascensión al trono. Lo que sucedió en Inglaterra durante este tiempo es un misterio. La Crónica, compuesta tras la muerte del rey, guarda un discreto silencio y no se ha conservado ninguno de los documentos que expidió. Incluso su colorido apodo, Haroldo Pie de Liebre, no nos dice nada. Los autores medievales posteriores afirmaron que aludía a su enorme agilidad, pero dado que se registra por primera vez en una crónica del siglo XII como Harefah, la explicación más plausible es que surgió de una confusión con el rey noruego, Harald I Cabellera Hermosa, Fairhair, en inglés. La única certeza es que, durante el reinado de Haroldo, los temores a una nueva invasión desde Escandinavia debieron de aumentar, ya que Hardeknut no había abandonado la esperanza de gobernar todo el imperio de su padre. Instigado por su madre desde su exilio en Flandes, el rey danés zarpó hacia Inglaterra en la primavera de 1040, listo para disputarse la corona con su medio hermano. Al parecer, mientras estaba en camino le llegó la noticia de la muerte de Haroldo, seguida de la invitación de los magnates ingleses para que asumiera el trono de forma pacífica.[23]
«Pensaron que estaban actuando sabiamente», dice la Crónica Anglosajona, pero pronto se demostró cuán equivocados estaban. Hardeknut, continúa la Crónica, «no hizo nada digno de un rey mientras gobernó». En parte se debió a que él y su madre regresaron a Inglaterra decididos a vengarse. Poco después de su llegada, Hardeknut hizo que extrajeran el cuerpo de Haroldo de su lugar de descanso en Westminster y lo «arrojaran a un pantano». Godwin, acusado de forma pública por su participación en la muerte de Alfredo, logró capear el temporal de reproches, tras jurar al nuevo rey que solo había obedecido órdenes. Otros no fueron tan hábiles. El earl de Northumbria fue asesinado por orden de Hardeknut, cabe suponer que bajo sospecha de deslealtad. Esto tal vez podría considerarse un acto político legítimo, de no ser porque el rey lo
Página 358
había atraído al sur con la promesa de un salvoconducto, lo que llevó a la Crónica a calificarlo como «un violador de su palabra».
Sin embargo, lo que de verdad comprometió la realeza de Hardeknut fue la presión fiscal. Desde 1012, cuando Etelredo el Indeciso introdujo el heregeld, los ingleses se habían acostumbrado a pagar este impuesto para financiar una flota mercenaria permanente. Canuto lo había empleado para mantener los servicios de dieciséis barcos, y Haroldo hizo lo mismo. Sin embargo, Hardeknut llegó a Inglaterra con una fuerza de sesenta y dos barcos y exigió que se pagara a sus tripulaciones con el mismo salario establecido. El resultado, dice la Crónica, fue «un impuesto muy severo, que se satisfizo con dificultad»: el precio del trigo se disparó y cuando dos de los huscarles del rey llegaron a Worcester para exigir el pago, fueron asesinados por una multitud enfurecida. En respuesta, Hardeknut ordenó que se castigara a la ciudad y sus tropas pasaron cuatro días allí saqueando e incendiando. «Todos los que antes habían mostrado celo en su provecho –dice la Crónica–, ahora estaban mal dispuestos hacia él».[24]
La caída en picado de la popularidad del nuevo rey supone la mejor explicación de lo acaecido a continuación. En algún momento del segundo año de su reinado, Hardeknut invitó a su medio hermano superviviente, Eduardo, a regresar de Normandía y compartir el gobierno del reino; la Crónica Anglosajona afirma que Eduardo «prestó juramento como rey». Según el Encomio de la reina Emma, esto no fue más que una expresión de amor fraternal, una explicación que parece muy poco probable, dado que los dos hombres, casi con toda certeza, jamás se habían conocido. Un motivo más plausible sería que Hardeknut se vio forzado por sus magnates y por las demandas de toda la comunidad política. Un tratado legal del siglo XII, llamado Quadripartitus, asegura que Eduardo fue llamado a Inglaterra por la iniciativa del earl Godwin y el obispo de Winchester, y que cuando llegó a la costa de Hampshire se encontró con «los thegns de toda Inglaterra». Antes de que se le permitiera seguir adelante, se hizo jurar a Eduardo ante una gran asamblea que defendería «las leyes de Canuto». Dado que las leyes de Canuto se remontaban explícitamente a las del rey Edgar, en esencia se trataba de la exigencia de volver a los viejos tiempos, antes de la imposición de los exorbitantes impuestos del rey. El trato que se le ofrecía a Eduardo resultaba similar al realizado por su padre en 1014, cuando los súbditos de Etelredo lo recibieron de su exilio normando a condición de que los gobernara mejor. Más aún que la
Página 359
witena-gemot de Oxford en 1035, esto demuestra el poder de negociación colectiva de los thegns de Inglaterra.[25]
A partir de 1041, el país se encontró en la extraña tesitura de tener dos reyes, uno hijo de Etelredo, el otro de Canuto, ambos de la misma madre. El Encomio de Emma, que ella misma encargó entonces para justificar tan insólita situación, compara a este triunvirato con la Santísima Trinidad e insiste en que «no hubo desacuerdo entre ellos». De haberse dado esto último, por supuesto, la declaración habría sido redundante, y más bien debemos sospechar que a los dos medio hermanos –el uno víctima de la conquista danesa, el otro el mayor exponente de sus consecuencias– les resultó muy difícil trabajar juntos.[26]
Página 360
Página 361
Figura 29: El autor del Encomium presenta su obra a la reina Emma. Da la impresión de que sus dos hijos, Hardeknut y Eduardo, fueron añadidos a la imagen, del mismo modo que el propio texto se revisó para adaptarlo a las cambiantes circunstancias políticas. © Junta de la Biblioteca Británica; Add Ms. 33241 (Encomium Emmae reginae).
Por fortuna, el problema no duró demasiado. El 8 de junio de 1042, un año después del regreso de Eduardo, Hardeknut sufrió un colapso repentino y falleció en Lambeth, cerca de Londres, mientras asistía a la boda de uno de sus hombres. Dada la tensión política en su corte, no sería pecar de suspicacia sospechar de alguna intriga palaciega, y las fuentes aportan sólidos indicios de que, en realidad, una se hallaba en marcha. Hardeknut tenía poco más de veinte años y, según los informes, «poseía una buena salud y un gran corazón», sin embargo, según la Crónica Anglosajona, murió «mientras bebía» y cayó al suelo «con unas espantosas convulsiones». Con independencia de que vertieran algo en su cuerno de beber o no, su rápido deceso supuso el retorno a una forma de gobierno más convencional. Incluso antes de ser sepultado, dice la Crónica, «toda la nación eligió a Eduardo para que fuera rey».[27]
Hoy en día, Eduardo resulta familiar para muchos a causa de su célebre sobrenombre de «el Confesor». Le fue otorgado después de 1161, momento en el que el papa lo canonizó tras aceptar las evidencias de que el rey había obrado milagros, tanto antes como después de su muerte. Muchos de ellos son descritos en la Vida del rey Eduardo, y aunque existen motivos para dudar de su autenticidad, no hay dudas de que Eduardo fue realmente piadoso. La Vida asegura que asistía diligentemente a misa, que era generoso en la entrega de limosnas a los pobres y que le gustaba conversar con abades y monjes. Desde el comienzo de su reinado, se convirtió en un devoto mecenas de la modesta y antes empobrecida comunidad monástica del oeste de Londres, cuya abadía era conocida como West Minster, pues reconstruyó su iglesia a tal escala que, en el momento de su muerte, era la más grande de toda Britania.[28]
Sin embargo, su santidad póstuma no debe inducirnos a creer que no se preocupaba por los asuntos seculares o que no tenía aptitudes para los
Página 362
aspectos más enérgicos de la realeza. Puede que fuera piadoso, pero el Confesor no era ni pacifista ni pusilánime. En el segundo año de su reinado, respondió de forma contundente a las noticias de que su madre conspiraba en su contra; marchó con sus earls y sus séquitos armados a Winchester y despojó a la antigua reina de todas sus propiedades. De un modo similar, en 1044, y también en el año siguiente, Eduardo respondió a las amenazas de una inminente invasión noruega reuniendo barcos en Sandwich y navegando hacia el Canal, listo para defender al reino de cualquier ataque.
Lo que a Eduardo le faltaba no eran agallas, sino aliados políticos. Un cuarto de siglo en el exilio significó que no había tenido la oportunidad de forjar el tipo de relaciones cercanas con sus principales nobles que los reyes necesitaban para prosperar. A diferencia de Canuto, no había llegado a Inglaterra como un conquistador, capaz de hacer cumplir su voluntad con un ejército invasor, dispuesto a reemplazar a cualquiera que se le opusiera o le desagradara. El Confesor había llegado de forma pacífica, por invitación, y solamente le asistían un puñado de amigos y seguidores de Normandía. Tras huir de su tierra natal cuando era un niño, había regresado como un hombre próximo a los cuarenta, para descubrir que tanto él como el país habían cambiado, y que ahora era un extraño, más familiarizado con los asuntos y costumbres del norte de Francia que con los de su país de nacimiento.[29]
Por todas estas razones, el nuevo rey necesitaba a Godwin. En ese mismo periodo de veinticinco años, el earl se había convertido en todo aquello que el rey no era: rico, popular y bien relacionado. Como earl de Wessex, ocupaba el centro de poder de los antepasados de Eduardo y, hasta cierto punto, debió de usurpar su posición como foco de lealtades. Los motivos del earl para defender la causa de Eduardo son más difíciles de entender, si tenemos en cuenta su feroz oposición al regreso de Alfredo apenas unos años antes. Podría ser que, tras abandonar a Hardeknut en favor de Haroldo, se sintiera vulnerable cuando el primero asumió de forma inesperada el poder y comenzó a vengarse de quienes le habían traicionado. Aunque parece improbable que Eduardo se hubiera mostrado más indulgente con el asesinato de su hermano, es posible que Godwin pensara que resultaría más fácil lidiar con un exiliado sin apenas poder que con un furioso rey de Dinamarca que podía obtener apoyo militar de sus otros dominios.
Página 363
El reinado de Eduardo, por consiguiente, se basó en esta incómoda alianza, que requería que Godwin y él escenificaran en público su reconciliación. El earl, por su parte, juró que jamás tuvo la intención de que Alfredo sufriera daño y le regaló un magnífico barco de guerra dorado, tripulado por ochenta guerreros, todos con ropajes dorados. Eduardo respondió con la entrega de condados (earldoms) a tres de los parientes de Godwin. A sus hijos mayores, Svein y Haroldo, en 1043, se les entregó el sudoeste de las Tierras Medias y Anglia Oriental, respectivamente, y a su sobrino Beorn se le otorgó el mando del sudeste de las Tierras Medias en 1045.[30]
También fue en 1045 cuando el rey se casó con Edith, la hija de Godwin. Según la Vida del rey Eduardo, que ella misma encargó escribir, Edith rozaba la perfección: hermosa, inteligente, elocuente, cariñosa, honesta, generosa, con dotes artísticas y (obviamente) modesta. Pero incluso al enumerar con todo lujo de detalles tales virtudes y atractivos, el autor a sueldo no oculta la realidad política que se escondía detrás de su relación con Eduardo. El rey, asegura, «estuvo dispuesto a contraer este matrimonio porque sabía que, con el consejo y la ayuda de Godwin, tendría un control más firme sobre sus derechos hereditarios en Inglaterra».[31]
Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, la relación de Eduardo con su suegro comenzó a volverse conflictiva. Esto se debía en parte a sus distintas actitudes hacia el legado de la conquista danesa. Poco después de su matrimonio, el rey desterró a una sobrina del rey Canuto llamada Gunhilda, que residía en Inglaterra con sus dos hijos, y al año siguiente expulsó a Osgod Clapa, uno de los seguidores daneses de Canuto. Godwin, por el contrario, se esforzaba por mantener estrechas relaciones con Dinamarca. Cuando, en 1047, el nuevo rey danés, Svein Estridsson, solicitó a Inglaterra ayuda militar contra Noruega, Godwin –su tío– se mostró totalmente a favor y aconsejó enviar una flota de cincuenta barcos. Algo a lo que Eduardo se negó, respaldado por Leofric de Mercia y, al parecer, la gran mayoría de la clase política inglesa. «A todos les pareció un plan insensato», afirma la Crónica Anglosajona.[32]
Los dos hombres también se enfrentaron por los nombramientos eclesiásticos. Cuando el arzobispo de Canterbury dimitió a causa de problemas de salud en 1044, la elección de su suplente se había realizado «con el consejo del rey y del earl Godwin». Pero cuando el arzobispo
Página 364
finalmente murió en octubre de 1050, Eduardo rechazó la sugerencia de Godwin de reemplazarlo y nombró a su amigo, Roberto de Jumièges. Tal como sugiere su nombre, Roberto era un normando, el antiguo abad de Jumièges, un monasterio del río Sena. Llegó a Inglaterra junto con Eduardo en 1041 y fue nombrado obispo de Londres tres años después. Según la Vida del rey Eduardo, Roberto era «el consejero íntimo más poderoso del rey», lo que obviamente lo convertía en un rival de Godwin, quien se opuso con firmeza a la promoción de un «extranjero» como arzobispo. Sin embargo, al igual que con su consejo sobre política exterior, el earl fue ignorado y, en marzo de 1051, el consejo del rey confirmó el nombramiento de Roberto.[33]
La gota que colmó el vaso resultó ser la cuestión sucesoria. El plan de Godwin era, como es evidente que Eduardo y Edith le darían un nieto que, a su debido tiempo, se convertiría en el nuevo rey. Pero, en 1051, tras seis años de matrimonio, la pareja real aún no había tenido hijos. Los investigadores modernos suelen pensar que esto fue simple mala suerte biológica, aunque la propia Edith insistía en que esto se debía a que su esposo nunca se había acostado con ella. El rey, asegura su biógrafo, era un célibe que «conservaba la dignidad de su consagración con santa castidad».[34] En cualquiera de los casos, la falta de descendencia preocupaba profundamente a todos, ya que no había otros candidatos obvios para el trono. Eduardo era el último representante conocido de la antigua casa de Wessex: sus medio hermanos mayores habían sido asesinados durante la conquista danesa y Godwin había traicionado a su hermano menor Alfredo. Si el rey no lograba engendrar un heredero, el país se sumiría de nuevo en una crisis similar a la que había precedido su ascensión al trono.
Sin embargo, a Eduardo se le ocurrió una alternativa. En la primavera de 1051, quizá en el mismo concilio que aprobó el nombramiento de Roberto de Jumièges, al parecer el rey propuso que, tras su muerte, la corona pasara a su primo, el duque Guillermo de Normandía. Desde la perspectiva del rey, esto tenía mucho sentido. Nacido alrededor de 1027, Guillermo era un guerrero joven y exitoso que había establecido su autoridad en el norte de Francia frente a los repetidos intentos de derrocarlo. A nivel práctico, su adhesión restauraría la alianza entre Inglaterra y Normandía que se había forjado con el matrimonio de Etelredo y Emma, los padres de Eduardo, casi medio siglo antes. Parece
Página 365
casi seguro que existían razones personales por parte de Eduardo para preferir a Guillermo. El rey había pasado veinticinco años en Normandía como exiliado y, sin duda, sentía una deuda de gratitud hacia la familia ducal que lo había criado y apoyado en sus intentos de asumir el trono.[35]
La perspectiva de una sucesión normanda debió sentar muy mal a Godwin y, en los meses siguientes, su relación con Eduardo se deterioró con rapidez. En el verano de 1051, el conde se enfrentó al consejero más íntimo del rey, Roberto de Jumièges, quien lo acusó de invadir algunas tierras de Canterbury y, al parecer, convenció a Eduardo de que Godwin planeaba atacarlo. Después, en los últimos días de agosto, el earl se enfrentó al propio rey. El detonante fue una visita a Inglaterra del conde de Boulogne, que estaba casado con Goda, la hermana de Eduardo. En su camino de regreso, los hombres del conde se pelearon con los ciudadanos de Dover, y en esta disputa se produjeron muertes por ambos bandos. El conde se quejó a su cuñado, el rey, y Eduardo respondió ordenando a Godwin que asaltara Dover en represalia. Algo a lo que el earl se negó. Kent formaba parte de su condado y, según las fuentes, declaró que no dañaría a su propia gente.[36]
Con la brecha entre ellos al fin abierta, el rey y su suegro se prepararon para resolver sus diferencias mediante la fuerza. Godwin y sus hijos reclutaron a los hombres de sus condados, y Eduardo convocó a su lado a Leofric de Mercia y Siward, el earl de Northumbria. Pero cuando en septiembre los dos ejércitos se reunieron en Gloucestershire, dispuestos para la lucha, sus comandantes vacilaron, temiendo (dice la Crónica) que la guerra civil dejaría el país expuesto a una invasión extranjera y supondría la ruina colectiva. En su lugar se acordó que todas las partes se dirigirían a Londres, donde Godwin sería juzgado. No obstante, a medida que marchaban hacia el este, las fuerzas del earl se desvanecieron lentamente, mientras que el ejército del rey se hizo más fuerte. Cuando al fin llegaron a Londres, Eduardo se sintió en una situación lo bastante sólida como para revelar su intención oculta durante mucho tiempo y le dijo a Godwin que tendría la paz «cuando le devolviera vivo a su hermano».
Al darse cuenta, demasiado tarde, de que el odio del rey estaba tan profundamente arraigado, y era implacable, el earl respondió huyendo. Dos de sus hijos cabalgaron hacia el oeste y zarparon hacia Irlanda, mientras que Godwin y el resto de su familia cruzaron el canal de la
Página 366
Mancha rumbo a Flandes. Solo su hija, la reina Edith, no logró escapar, y su esposo la recluyó de inmediato en un convento. «Si a cualquier inglés le hubieran dicho que los acontecimientos tomarían este giro, se habría sorprendido mucho –dice la Crónica Anglosajona–, porque Godwin había alcanzado una preeminencia tan grande como si gobernara sobre el rey y toda Inglaterra».[37]
Tras expulsar con éxito a sus familiares políticos, Eduardo tomó medidas para apuntalar su posición. Los condados en poder de la familia Godwin fueron incautados y reasignados a otros: Anglia Oriental fue entregada a Elfgar, el hijo del earl Leofric, y los condados occidentales de Wessex fueron asignados a Odda, que probablemente era un pariente lejano del rey. Eduardo también convocó a su pariente más cercano, el duque Guillermo de Normandía, quien cruzó el Canal para visitarlo en algún momento del otoño de 1051 o durante el invierno siguiente. Podemos suponer que el propósito era reafirmar la promesa de sucesión que le había hecho a principios de año y vincular a Guillermo de un modo más estrecho con la causa de Eduardo. La Crónica Anglosajona, al mencionar la presencia del duque en Inglaterra, afirma que el rey lo recibió como vasallo. Obviamente, la ambición de Eduardo consistía en otorgar a estos hombres, nativos y normandos, un interés personal en salvaguardar aquella revolución, de modo que acudirían en su ayuda en caso de una revancha de Godwin.[38]
Este apoyo sería aún más necesario en la medida en que el rey había abandonado de forma reciente la política paterna de mantener una flota mercenaria. En 1049 despidió a nueve de los catorce barcos que tenía a su cargo y al año siguiente se deshizo de los cinco restantes. Visto en retrospectiva, semejante decisión, tomada cuando su enemistad con Godwin se intensificaba, parece errada, pero hay dos factores que pudieron hacerla deseable. En primer lugar, el heregeld, el impuesto para mantener la flota, siempre había sido muy impopular, hasta el punto de que pudo costarle a Hardeknut su reinado. La Crónica Anglosajona informa de su abolición en 1051 con evidente alivio. En segundo lugar, desde siempre los barcos financiados con el heregeld habían estado tripulados por hombres de ascendencia escandinava y, por consiguiente, suponían otro legado de la conquista danesa que Eduardo deseaba desechar. Cabe, asimismo, la posibilidad de que hubiera simpatías entre estos hombres
Página 367
hacia Godwin y su deseo de vincularse con la política escandinava. De ser así, la decisión del rey de deshacerse de ellos resulta más comprensible.[39] La viabilidad de los planes de Eduardo se puso a prueba en 1052, cuando la familia Godwin intentó un retorno armado. Al principio, la posición del rey parecía prometedora. Ordenó a sus earls recién ascendidos que reunieran una flota, que logró evitar que Godwin desembarcara y lo forzó a regresar a Flandes. Pero las tripulaciones de estos barcos, al ser voluntarias, pronto declararon que su servicio había concluido y navegaron de regreso a Londres, dejando a Eduardo en busca de reemplazos a la desesperada. Esta demora dio a sus enemigos la oportunidad que necesitaban. En agosto, Godwin volvió a hacerse a la mar, reuniendo esta vez sus fuerzas en el Canal con la de sus hijos que había enviado a Irlanda. Juntos navegaron por la costa sudeste de Inglaterra, capturaron suministros y barcos y reclutaron cada vez más seguidores. La opinión pública, hasta donde sabemos, parece haberse inclinado hacia el earl exiliado, tal vez porque el plan del rey para una sucesión normanda había trascendido. Cuando Godwin llegó a Londres, se hallaba a la cabeza de una enorme escuadra, mientras que Eduardo todavía esperaba tristemente por los refuerzos. «El mar estaba cubierto de barcos», dice el autor de la Vida del rey Eduardo, incapaz de contener su júbilo. «El
cielo brillaba por la multitud de las armas».
Superado en número y en estrategia, el rey no tuvo más remedio que someterse, aunque, obviamente, la rendición se presentó como una reconciliación. Apretando los dientes con furia, Eduardo perdonó públicamente a su suegro y les devolvió a él y a sus hijos a sus antiguos condados. La reina Edith, enviada a un convento el año anterior, recuperó la alcoba real. Los amigos normandos del rey, al darse cuenta de su precaria posición, escaparon en todas direcciones. Algunos partieron al norte, dice la Crónica, y otros marcharon al oeste, para terminar en Escocia, donde entraron al servicio de su rey asesino, Macbeth. El principal consejero de Eduardo, Roberto de Jumièges, huyó hacia el este, hasta la costa de Essex, y tomó un barco peligrosamente dañado para regresar a Normandía. Según cualquier evaluación objetiva, el plan para una sucesión normanda había naufragado.[40]
Página 368
Godwin tuvo poco tiempo para disfrutar de su triunfo. Apenas siete meses después, el lunes de Pascua de 1053, sufrió una convulsión mientras cenaba con el rey en Winchester. «De repente se hundió en el escaño –dice la Crónica Anglosajona–, privado del habla y de todas sus fuerzas». Tres días después murió y lo enterraron en la abadía de Old Minster. En su funeral, dice la Vida del rey Eduardo, la gente mostró un gran dolor y lloró la pérdida del «protector del reino».[41]
Aunque pronto se sintieron reconfortados, continúa la misma fuente, porque a Godwin le sucedió como earl de Wessex «su hijo mayor y más sabio, Harold». Estrictamente hablando, este era el hijo mayor superviviente: otro hermano, aún mayor, Svein, había fallecido unos meses antes, en septiembre de 1052, cuando regresaba de una peregrinación a Jerusalén. Fue algo así como un alivio para la familia, pues a Svein ni siquiera se le menciona en la Vida del rey Eduardo, pues los avergonzó en repetidas ocasiones, primero al secuestrar a la abadesa de Leominster y luego al asesinar a su primo el earl Beorn. Haroldo, por el contrario, no compartía ninguno de los defectos de su difunto hermano y, en opinión de la pluma a sueldo de su hermana, era incluso mejor que el propio Godwin. «Un verdadero amigo del pueblo y de su país –dice la Vida–, ejerció los poderes de su padre de un modo aún más activo y recorrió sus caminos con paciencia y misericordia». Alto, guapo, fuerte de cuerpo y mente, amable con los hombres de buena voluntad, aunque feroz en el trato a los criminales, Haroldo nos es presentado como casi perfecto: un rey vacante.
[42]
Resultaba apropiado, ya que queda igual de claro, gracias a la Vida, que al propio Eduardo no se le permitió ejercer demasiado poder tras el violento regreso de sus suegros. Como es obvio, el autor lo presenta como una decisión voluntaria del rey. Eduardo, nos dice, delegó alegremente las pesadas tareas de gobierno sobre otros, al preferir pasar el tiempo dedicado a la caza y la cetrería, o centrado en sus devociones religiosas. Resulta difícil no concluir, a partir de las descripciones sobre las actividades del rey, que tras los eventos de 1052 se había convertido, en esencia, en un títere de Godwin, manteniéndose aparte o haciendo lo que se le ordenaba. Su esposa, Edith, tras regresar de su humillante destierro, sin duda desempeñó un papel esencial en este control, al orquestar sus apariciones públicas. Solo en ocasiones especiales, dice la Vida del rey Eduardo,
Página 369
«mostró la pompa de las galas regias con las que la reina lo vestía gentilmente».[43]
La evidencia más sólida de que Eduardo no ejercía ningún poder real después de 1052 es la identidad del nuevo arzobispo de Canterbury. Las simpatías religiosas del rey eran ante todo monásticas y a favor de la reforma. No resulta sorprendente, ya que su exilio en Normandía había coincidido con la adopción tardía, aunque entusiasta, del monacato benedictino por parte de los duques normandos y sus magnates. El entusiasmo de Eduardo queda reflejado en su amistad con Roberto de Jumièges, cuya abadía fue uno de los centros de reforma más importantes del ducado. Roberto había comenzado a reconstruir su iglesia en un nuevo estilo románico, que estaba de moda antes de su partida a Inglaterra, y después de su ascenso al trono, Eduardo había hecho lo mismo en Westminster, usando a Jumièges como modelo. Ambos habían respondido positivamente cuando los reformadores asumieron el papado en 1048: Eduardo había enviado delegados ingleses a los concilios papales en los dos años siguientes y, tras ser nombrado arzobispo de Canterbury en 1051, Roberto había acudido, diligente, a Roma para recibir su palio.[44]
Sin embargo, en septiembre de 1052, después de que el retorno de Godwin provocara la huida de Roberto, el arzobispado de Canterbury recayó sobre Stigand. Como sugiere su nombre nórdico, Stigand formaba parte de la conexión anglodanesa. Al igual que el propio Godwin, su figura emergió bajo el gobierno de Canuto, quien lo nombró sacerdote de la iglesia erigida en el lugar de la batalla de Assandun. Tras la muerte de Canuto, permaneció apegado a la reina viuda Emma; parece probable que, gracias a su influencia, o a la de Godwin, obtuviera el obispado de Winchester en 1047. Antaño sede de los reyes de Wessex, Winchester había adquirido una fuerte vinculación con la memoria de la conquista danesa: Canuto había sido enterrado en ese lugar, al igual que Hardeknut, y la propia Emma halló descanso allí tras su muerte en 1052, a la que pronto seguiría Godwin, un año después. La decisión de Eduardo de reconstruir la abadía de Westminster y establecer un nuevo palacio real en las inmediaciones es muy probable que obedeciera a su disgusto al ver en lo que Winchester se había convertido y su deseo de un nuevo comienzo.
[45]
Por tanto, que Stigand asumiera el cargo de arzobispo de Canterbury suponía el ascenso de una figura que representaba todo a lo que Eduardo
Página 370
se había enfrentado y debemos considerarlo como un nombramiento dictado por la familia Godwin en su momento de triunfo. Stigand no era un monje, sino un sacerdote secular, el primer no monje en convertirse en arzobispo de Canterbury desde hacía casi un siglo. Esto, en sí mismo, no suponía necesariamente un problema –Wulfstán, el antiguo arzobispo de York, quizá tampoco había sido monje–, pero Stigand resultaba secular en extremo, un clérigo mundano que mostraba un notable desprecio por los ideales de la reforma. Tras su ascenso a Canterbury, no pudo renunciar a su cargo como obispo de Winchester y continuó ocupando las dos sedes, una práctica que los reformadores deploraban. Algunos autores posteriores también le acusaron de simonía: la compra y venta de cargos eclesiásticos. Rico y poderoso, Stigand dedicaba muy poco tiempo a un papado recién reformado. En lugar de viajar a Roma para recoger su palio, tal como era costumbre, se limitó a emplear el que Roberto de Jumièges había dejado atrás al partir a toda prisa. Por tales razones, algunos eclesiásticos ingleses no consideraron legítimo su nombramiento. «No había arzobispo en esta tierra», decía una versión de la Crónica Anglosajona en 1053. En los años siguientes, varios obispos recién elegidos marcharon al extranjero para ser consagrados, ansiosos por evitar el estigma de Stigand.[46]
Sin duda, Stigand supuso un caso extremo, al ser despreciado por algunos de sus colegas episcopales, aunque debemos señalar que la mayoría de la gente, tanto los religiosos como los laicos, no tenían ningún problema con los sacerdotes seculares en sí. El mismo Eduardo el Confesor, a pesar de su amor por los monjes, mantuvo a clérigos seculares en su casa y en algunos casos los recompensó con obispados. El rey claramente no compartía la opinión de su abuelo Edgar de que las oraciones de tales hombres resultaban inútiles. El ascenso de los reformadores rigurosos y puritanos durante el reinado de Edgar había resultado muy dañino durante el de Etelredo, pues propició una mentalidad de autoflagelación entre la élite inglesa mientras luchaban contra las nuevas invasiones vikingas. Tras la conquista danesa, su actitud hacia la religión parece haber sido más sana. Guiados por el ejemplo de sus conquistadores daneses, que mostraban confianza en sí mismos, los ingleses seguían siendo piadosos, aunque ya no estaban atrapados en un círculo vicioso de purgas en busca de pureza moral.[47]
Esta nueva actitud anglodanesa hacia la religión queda patente en Haroldo Godwinsson. El nuevo conde de Wessex fue un generoso
Página 371
benefactor de varios monasterios benedictinos y amigo de sus abades: Leofric, el abad de Peterborough, lo acompañó en su marcha a Hastings. Sin embargo, la principal obra de mecenazgo religioso de Haroldo fue una iglesia no monástica en Waltham, Essex. La Santa Cruz de Waltham, como se la conocía, había sido fundada una generación antes por uno de los seguidores de Canuto, Tovi el Orgulloso, después de descubrir de un modo milagroso una cruz en una de sus propiedades. Haroldo reconstruyó la iglesia a gran escala y la refundó como un colegio de canónigos seculares, un nuevo tipo de institución que estaba de moda en el continente. Allí los sacerdotes eran piadosos y eruditos, pero también pragmáticos, y podían servir en su casa como administradores y secretarios si fuese necesario. Tal vez no todos eran tan seculares como Leofgar, un sacerdote a quien el conde promocionó en 1056 hasta convertirlo en el nuevo obispo de Hereford. «Llevaba bigotes durante su sacerdocio», dice la Crónica Anglosajona, con desaprobación, «y tomó su lanza y espada después de su consagración como obispo». Leofgar y otros sacerdotes combatientes murieron en una batalla contra los galeses unos meses después.[48]
La fuerte inversión de Haroldo en Waltham influyó en las realizadas por sus compañeros earls. Leofric de Mercia y su esposa, Godiva, crearon un colegio de canónigos seculares al volver a dotar a la iglesia de Santa María Stow en Lincolnshire, y quizá fueron responsables de la creación de lo que hoy es una de las más grandes iglesias anglosajonas que sobreviven. Siward, el earl de Northumbria, hizo algo similar en York, al fundar un minster secular dedicado a san Olaf, un antiguo rey de Noruega que antes en vida pudo haber participado en la conquista de Inglaterra por Canuto. El earl Odda, quien sobrevivió a la revolución de 1052 pero recibió un condado mucho más pequeño, encargó una capilla más modesta en Deerhurst, Gloucestershire, consagrada en 1056; tanto la capilla como su inscripción fundacional han sobrevivido. Y estos earls marcaron la pauta a seguir. Durante el reinado de Eduardo, en todo el país, los prósperos thegns o bien fundaron nuevas iglesias parroquiales en sus propiedades o bien reconstruyeron en piedra las antiguas de madera. Las torres de Barton-on-the-Humber en Lincolnshire y Earls Barton en Northamptonshire (imagen a color n.º 23) son ejemplos destacados.[49]
Este piadoso mecenazgo en piedra supone un buen indicador del retorno de la prosperidad a Inglaterra. Después de largas décadas de guerras, invasiones e incertidumbre, el país por fin parecía estar en calma.
Página 372
Obviamente, la primera década del reinado de Eduardo no había sido fácil: a lo largo de la década de 1040, la Crónica hace repetidas menciones a duros inviernos y tormentas, pestilencias que castigaron a personas y animales, malas cosechas, inflación y hambruna, y durante ese mismo periodo la calidad de la moneda fue pésima. Pero a medida que se aproximaban los años 1050, la imagen mejora, pues desaparecen las alusiones a los desastres naturales y la acuñación se reformó a unos altos estándares. Tras el retorno de la familia Godwin, dice la Vida del rey Eduardo, «todo el país se asentó en paz y tranquilidad». El Confesor es comparado con el rey Salomón, al disfrutar de un reinado colmado de gloria y abundancia. «Una época dorada –dice el autor–, brilló para la raza inglesa».[50]
Por debajo de ese éxito económico subyacían profundas divisiones políticas, un legado duradero de la conquista danesa. Algunas personas del país estaban vinculadas con la antigua casa real de Wessex y querían que esta continuara, a pesar de que Eduardo no pudo engendrar un sucesor. La evidencia más clara fue un esfuerzo continuo para encontrar a un pariente del rey, perdido hacía mucho tiempo. Poco después del retorno de la familia Godwin, tal vez incluso antes, Eduardo descubrió que tenía un sobrino con su mismo nombre que vivía al otro lado de Europa. Ese Eduardo, conocido por los historiadores como Eduardo el Exiliado, era uno de los dos hijos de Edmundo Costado de Hierro, que Canuto había enviado cuando eran niños pequeños a Suecia, junto a la petición de que desaparecieran de un modo discreto. Al parecer, el rey sueco se apiadó de los infantes y los envió a Hungría. Uno de ellos, llamado Edmundo en honor a su padre, murió después, pero Eduardo sobrevivió y se hizo adulto. En 1054, el obispo de Worcester fue enviado al extranjero con la esperanza de convencerlo para que regresara. Aunque esta misión fracasó, tres años después, quizá tras una diplomacia a larga distancia más paciente, el príncipe exiliado desembarcó en Inglaterra, después de una ausencia de más de cuarenta años.[51]
Justo después de su llegada, cayó muerto en circunstancias que algunos consideraron sospechosas. «No sabemos por qué motivo no se le permitió visitar a su pariente, el rey Eduardo», dice una versión de la Crónica, que insinuaba claramente la existencia de una conspiración. «Ay, este fue un destino miserable y doloroso para todo este pueblo, que tan raudo terminó con su vida después de su llegada a Inglaterra». La muerte
Página 373
del Exiliado en realidad no fue un desastre de la magnitud que sugiere la Crónica, ya que había engendrado un hijo, llamado Edgar, de no más de cinco años, que ocupó su lugar como supuesto heredero. Para quienes deseaban que sobreviviera el antiguo linaje real, este joven príncipe (Atheling) suponía la última esperanza que les quedaba.[52]
Sin embargo, el problema para estas personas residía en que muchos otros no compartían su apego. La conquista danesa había disuelto unas lealtades establecidas desde hacía mucho tiempo y destruido el antiguo consenso político, al mismo tiempo que fraguó nuevos linajes que no debían nada a Eduardo y sus antepasados. El principal, por supuesto, era la familia de Godwin, cuyo poder, en esta época, se estaba expandiendo con rapidez. En 1055, cuando murió el anciano earl Siward de Northumbria, no fue sucedido por su hijo, como cabría esperar, sino por Tostig, el hermano menor de Haroldo. «Sin hallar oposición del rey», señala la Vida del rey Eduardo, lo que sugiere que había quien esperaba que la hubiera. Sin duda, uno de ellos era el earl Elfgar de Anglia Oriental, hijo de Leofric de Mercia, que fue exiliado en dos ocasiones durante esos años, casi con total seguridad, a causa de sus repetidas protestas contra el dominio absoluto que la familia Godwin ejercía sobre el patrocinio real. Pero las objeciones de Elfgar fueron en vano. Cuando heredó Mercia de su padre en 1057, Anglia Oriental se le otorgó a un tercer hermano de Godwin, Gyrth, y al año siguiente se creó un nuevo condado en el sudeste para un cuarto, Leofwine.[53]
Con todos los principales condados de Inglaterra bajo su control, salvo uno, los vástagos de Godwin parecían intocables. Cuando el arzobispo de York falleció en 1060, le sustituyó el obispo Aldred de Worcester, un amigo y partidario de Haroldo, lo que significa que las dos archidiócesis se hallaban en manos de amigos de Godwin. Tras la muerte de Elfgar de Mercia en, o poco después de, 1062, Haroldo y Tostig lanzaron un ataque devastador contra su antiguo aliado, el rey Gruffudd de Gales, y lo reemplazaron por un gobernante títere tras enviar su cabeza cercenada a Inglaterra en señal de triunfo. Se erigieron piedras conmemorativas en todo Gales para celebrar la victoria, que proclamaban a Haroldo como el conquistador del país. A pesar de la existencia del joven Edgar Atheling, el conde de Wessex debía antojarse un firme candidato para reemplazar al canoso Eduardo el Confesor, que ahora rondaba los sesenta años. Solo
Página 374
cuando Haroldo decidió visitar al duque Guillermo de Normandía esta imparable racha de éxitos se detuvo.[54]
El viaje de Haroldo a Normandía, que debió de tener lugar en 1064, está bien documentado al estar minuciosamente recreado en el Tapiz de Bayeux. (De hecho, se podría decir que Haroldo es el verdadero tema del Tapiz, pues su narración comienza con su aventura normanda y termina con su muerte). Las primeras escenas muestran al earl conversando con Eduardo el Confesor, más tarde cabalgando con su séquito hacia Bosham, para luego, tras una comida final y una oración prudente, hacerse a la mar.
Pero ¿por qué Haroldo emprendió ese viaje? El tapiz, cuyos subtítulos son muy breves, no pretende decírnoslo, y los autores ingleses de la época no lo mencionan en absoluto. Según los cronistas normandos, el earl acudió, ante la insistencia de Eduardo el Confesor, para renovar la promesa del trono inglés al duque Guillermo. Sin embargo, semejante afirmación posee muy poca credibilidad. Resulta inverosímil que el anciano Confesor, obviamente supeditado a la familia Godwin desde 1052, pudiera haber ordenado a Haroldo que emprendiera una misión tan contraria a sus propios intereses y ambiciones.[55]
La explicación más convincente la ofrece un cronista inglés llamado Eadmer de Canterbury, quien escribió a principios del siglo XII y asegura que Haroldo viajó a Normandía para recuperar a dos de sus parientes retenidos como rehenes. La existencia de tales rehenes no está sujeta a dudas, incluso los cronistas normandos no pueden evitar mencionarlos. Habían sido entregados a Eduardo durante su enfrentamiento con la familia Godwin en 1051, y es probable que fueran transferidos a la custodia de Guillermo cuando el duque visitó Inglaterra poco después. Eadmer, cuyo relato está cuajado de detalles, los llama Wulfnoth, que era otro de los hermanos menores de Haroldo, y Hakon, el hijo de su hermano mayor, el difunto earl Svein.
La sugerencia de que Haroldo acudió por su propia iniciativa para asegurar la liberación de estos dos parientes cercanos encaja mucho mejor con lo que sabemos de su posición en este momento. A mediados de la década de 1060, era fuerte, exitoso y popular, y de facto gobernaba el reino en nombre de Eduardo. Para él y sus seguidores debía resultar vergonzoso que dos miembros de su linaje siguieran retenidos por
Página 375
Guillermo, más de una docena de años después de su rendición. Cabe suponer que Wulfnoth y Hakon habían sido entregados al duque como una forma de garantizar la promesa del Confesor sobre la cuestión de la sucesión inglesa. Si, como parece probable, Haroldo ya contemplaba su propia candidatura al trono, para él habría resultado esencial asegurar su liberación y ponerlos a salvo de cualquier daño. Su esperanza debía ser que, de alguna manera, lograría convencer a Guillermo y comprar la libertad de los rehenes. Según Eadmer, el conde se embarcó para Normandía «llevando consigo a sus hombres más ricos y honorables, equipados con una provisión señorial de oro, plata y ropa costosa».[56]
Figura 30: El tapiz de Bayeux, escena en la que Haroldo jura defender la reclamación al trono de Guillermo. Con permiso especial de la Ciudad de Bayeux.
Este viaje, por desgracia, no salió según lo planeado. En primer lugar, Haroldo y sus hombres se toparon con una tormenta y fueron desviados de su rumbo, de suerte que acabaron en Ponthieu, el vecino nororiental de Normandía, convertidos en prisioneros. Fueron liberados gracias a la intervención de Guillermo, conducidos a Normandía y tratados con mayores honores. El tapiz muestra al duque entregando una armadura a
Página 376
Haroldo y llevándolo consigo a una campaña militar en Bretaña: el earl demuestra su heroísmo al rescatar a algunos soldados normandos de las arenas movedizas. Sin embargo, cuando abordaron el asunto de los rehenes, Haroldo solo obtuvo un éxito parcial, al asegurar la liberación de su sobrino, Hakon, pero no de su hermano, Wulfnoth. Guillermo le dejó bien claro que no tenía ninguna intención de renunciar a sus derechos sobre el trono inglés y, obviamente, deseaba contar con al menos un rehén como garantía de seguridad. Pero lo peor para las ambiciones de Haroldo fue que el duque lo obligó a jurar sobre varias reliquias sagradas que respaldaría su reclamación al trono y que, llegado el momento, trabajaría para asegurar una sucesión normanda sin problemas. Sin otra forma a su alcance de escapar, dice Eadmer, Haroldo accedió a todo cuanto Guillermo deseaba.[57]
Si la visita de Haroldo a Normandía supuso una decepción, lo que siguió fue casi un desastre. Poco después de su regreso a Inglaterra se produjo un alzamiento masivo en Northumbria contra la autoridad de su hermano Tostig. La imposición de un Godwinsson como gobernador, desde el principio había disgustado a los northumbrios y, en la década transcurrida, Tostig había hecho poco para mejorar las cosas. A decir de unos cronistas muy poco comprensivos, el earl había aumentado los impuestos, robado a la Iglesia, matado a sus enemigos y se había apoderado de sus tierras. Incluso la Vida del rey Eduardo, compuesta en alabanza a los Godwinsson, admite que Tostig era «a veces demasiado severo al atajar el mal», e informa de que sus críticos lo acusaron de ser cruel en exceso. En 1064, el earl invitó a dos de sus rivales norteños a una conferencia de paz en York, solo para matarlos a traición. Cuando su señor acudió al sur para quejarse en la corte del Confesor, reunida por Navidad, fue, a su vez, asesinado por orden de la hermana de Tostig, la reina Edith.
[58]
En el otoño de 1065, los rencores acumulados estallaron. A principios de octubre, un grupo de doscientos hombres armados atacó York, mató a los huscarles de Tostig, asaltó la sala del tesoro y se apoderó de todas sus armas, de la plata y del oro. La rebelión se extendió con rapidez por toda la región, con nuevas matanzas en las calles de Lincoln y en la campiña circundante. Cualquiera que pudiera ser identificado como miembro de la comitiva del earl, dice la Vida del rey Eduardo, acabó ejecutado sin juicio. Promover estos actos violentos respondía a un proyecto político. El
Página 377
objetivo de los rebeldes era reemplazar a Tostig por Morcar, el hijo del difunto earl Elfgar de Mercia. Tanto él como su hermano mayor, Edwino, que había heredado el condado de su padre, obviamente formaban parte de la conspiración desde el principio. Alzaron en armas a los hombres de las Tierras Medias y pronto se les unieron gentes de Gales. No solo se trataba de un levantamiento en el norte, sino que formaban una amplia coalición de todos los damnificados como resultado del auge de los hijos de Godwin.[59]
Tostig no estaba en Northumbria cuando arreció la tempestad, sino en Wiltshire, asistiendo a la nueva consagración de la abadía de Wilton. Había sido el hogar de la infancia de su hermana, la reina Edith, y ella había financiado la reedificación de su antigua iglesia de madera en piedra. Por supuesto, la reina también estuvo presente en la ceremonia, junto con el rey y una multitud de nobles. Es casi seguro que Haroldo Godwinsson figuraba entre ellos, ya que, cuando llegó la noticia de la revuelta en el norte, lo enviaron a negociar. Se reunió con los rebeldes en Northampton y les transmitió un mensaje del rey: debían retirarse y sus agravios serían enmendados. Como era de esperar, los rebeldes rechazaron esta propuesta y declararon que solo estarían satisfechos cuando Tostig fuera expulsado del reino.[60]
Cuando Haroldo regresó a la corte de Eduardo junto con esta respuesta, el ambiente ya se había enrarecido y otros magnates acusaron a su hermano de haber atraído la ruina sobre su propia cabeza. Una vez que quedó claro que el precio por la paz sería su expulsión, no solo de Northumbria sino de toda Inglaterra, Tostig reaccionó con furia y acusó de forma pública a Haroldo de conspirar con los rebeldes para despojarle de su condado. Tal acusación parece muy exagerada y es probable que la verdadera causa de la ira de Tostig fuera la negativa de su hermano a brindarle apoyo militar. Cuando el rey ordenó que se reuniera un ejército contra los rebeldes, que para entonces habían devastado Northamptonshire y avanzaban hasta Oxford, los nobles se negaron con la excusa de que daba comienzo el invierno, las dificultades de reunir tropas y la inconveniencia de una guerra civil. Ante su obstinada respuesta, Eduardo no tuvo más remedio que cumplir con las demandas de los rebeldes y envió a Tostig al exilio.[61]
La reina, dice la Vida del rey Eduardo, lloró desconsolada ante la partida de su hermano y toda la corte se sumió en el luto. Pero nadie, al
Página 378
parecer, estaba más angustiado que el propio Eduardo, y tan enojado ante la desobediencia de sus nobles que enfermó. En las semanas siguientes, su estado empeoró y el día de Navidad estaba demasiado indispuesto para comer durante el banquete festivo, sin importar qué manjares le ofrecieran. A causa del rápido empeoramiento de su salud, la consagración de la abadía de Westminster, aún inacabada, se adelantó al 28 de diciembre, aunque el rey estaba demasiado enfermo para asistir. Ocho días después de la ceremonia, rodeado de sus más cercanos compañeros, el Confesor falleció y, al día siguiente, el 6 de enero de 1066, su cuerpo fue trasladado a la abadía para que lo enterraran. Más tarde, ese mismo día, quizá en el mismo espacio sagrado, Haroldo fue coronado como sucesor.[62]
La coronación de Haroldo como nuevo rey de Inglaterra puede suponer una sorpresa para un puñado de personas. Para muchos, debió antojarse la conclusión inevitable de una historia iniciada medio siglo antes, cuando Canuto sacó a su padre del arroyo y lo encumbró hasta convertirlo en el principal aristócrata del país. El propio Godwin se había contentado con el matrimonio de su hija con Eduardo el Confesor, bajo la esperanza de que, finalmente, surgiría de él un nuevo linaje real. Cuando Eduardo frustró este plan y trató en vano de expulsar a su familia política, respondieron reduciéndolo a la condición de títere y asumiendo el control del reino. Debió de parecer improbable que se arriesgaran a perder ese poder simplemente porque, mientras tanto, se había encontrado un candidato al trono con un vínculo de sangre más fuerte. Con independencia del apego residual que pudiera haber en algunos sectores hacia la antigua casa de Wessex, en 1066 no había nadie lo bastante poderoso para defender el derecho hereditario del joven Edgar Atheling, un muchacho apenas entrado en la adolescencia, y muchos estarían dispuestos a asumir la visión pragmática de que el trono debía recaer sobre un adulto con un historial atestiguado en la guerra y el gobierno.
Página 379
Figura 31: El tapiz de Bayeux, escena de la coronación de Haroldo Godwinsson. Con permiso especial de la Ciudad de Bayeux.
En este contexto, los mecanismos por los que Haroldo y sus muchos seguidores asestaron este golpe apenas importan. Según fuentes afines a la casa Godwin, el earl fue nominado por Eduardo el Confesor antes de expirar, una escena también representada en el tapiz de Bayeux. Otras fuentes se muestran más escépticas y aseguran que el viejo rey simplemente «le confió» a Haroldo el reino, o que el earl se apoderó de él «con una fuerza astuta». Guillermo de Malmesbury, que escribió medio siglo después, señaló que, en su época, muchos ingleses afirmaban que el Confesor había legado el trono a Haroldo, pero el propio Malmesbury no estaba muy convencido. «Creo que esta afirmación se basa más en la buena voluntad que en el buen juicio –dijo–, porque transmitía su herencia a un hombre de cuya influencia siempre había sospechado».[63]
Más importante aún que cualquier discutible cambio de opinión de última hora por parte de un Confesor moribundo era el respaldo de la mayoría de los magnates del reino, y en este aspecto no cabe duda de que Haroldo se aseguró de tener los apoyos necesarios. Tenía la bendición de ambos arzobispos y la conformidad de sus seguidores en el sur y el este de Inglaterra. Lo que también necesitaba era el respaldo de los nuevos earls de Mercia y Northumbria, Edwino y Morcar, que habían liderado la reciente revuelta. En algún momento del otoño de 1065, Haroldo debió
Página 380
alcanzar algún acuerdo con los dos hermanos y los convenció de que accedieran a apoyarlo llegado el momento. Ambos estuvieron presentes en la corte esa Navidad y cabe suponer que acordaron que fuese coronado unos días después. La existencia de este pacto queda en evidencia por el matrimonio de Haroldo con su hermana, Edith, acaecido en ese momento. La única persona descontenta con ese arreglo tal vez fue la entonces esposa del earl, la legendaria Edith, el Dulce Cisne.[64]
Haroldo no corría un verdadero riesgo al apartar a un adolescente sin poder real o al decepcionar a la madre de sus hijos. La auténtica apuesta suponía asumir que el duque Guillermo no reaccionaría a la traición a su juramento ejecutando a su hermano Wulfnoth. Al final respetó la vida de este y Guillermo respondió, en primera instancia, con el envío de emisarios a Haroldo para instarlo a honrar su juramento reciente. Como cabía esperar, esto no tuvo ningún efecto en Haroldo, cuya estrategia obviamente se basaba en revelar el farol de su oponente. Después de conocer a Guillermo en persona y ver cómo dirigía una cautelosa campaña militar contra los bretones, debió imaginar que el duque no estaría dispuesto a llegar al extremo de organizar una peligrosa invasión a través del canal de la Mancha. Los normandos, a pesar de sus raíces vikingas, no eran famosos como nación marinera. No obstante, después de unas semanas, el rey descubrió que Guillermo realizaba preparativos para hacer exactamente eso y reunió una gran armada.[65]
Durante la primavera de 1066, la tensión en Inglaterra comenzó a aumentar. Los temores del pueblo no se vieron aliviados por la aparición del cometa Halley, que brilló en el cielo nocturno durante la última semana de abril, lo que hizo que muchos lo interpretaran como presagio de un gran y terrible cambio en el reino. Y, en efecto, poco después, el reino sufrió un ataque, pero no por el duque de Normandía. El asalto estuvo dirigido por Tostig, el hermano resentido de Haroldo, quien saqueó la isla de Wight y después devastó la costa meridional inglesa hasta Sandwich. Qué esperaba lograr con ello no está nada claro, aunque, dado que sus tácticas eran casi idénticas a las que empleó su padre en 1052, el plan pudo consistir en un intento de forzar su readmisión en la corte por medios similares. Haroldo, que realizaba los preparativos contra una invasión normanda, se trasladó con celeridad a la costa de Kent, lo que obligó a su hermano a navegar hacia el norte, hasta el Humber. Una vez allí, el earl renegado se enfrentó a sus rivales, Edwino y Morcar, quienes también lo expulsaron con éxito.
Página 381
Tostig huyó, maltrecho, con tan solo doce barcos de una flota inicial de sesenta, y halló refugio entre el rey de los escoceses.[66]
Mientras tanto, Haroldo permanecía en Sandwich y estaba reuniendo un ejército y una flota contra el previsible ataque de Normandía. Obviamente, esto le llevó algún tiempo, aunque los resultados fueron impresionantes. «Hizo más levas navales y terrestres que cualquier otro rey de este país hubiese reunido antes», afirma la Crónica Anglosajona. Habría sido muy poco práctico mantener a miles de hombres en un mismo lugar durante semanas, por lo que, a principios de verano, Haroldo tomó la decisión de dividirlos, para que fueran distribuidos por varios puntos a lo largo de la costa meridional. Luego navegó a la isla de Wight y esperó a contemplar las velas normandas.[67]
Durante todo el verano, el rey inglés y su vasto ejército aguardaron, pero no se presentó ningún enemigo. Al parecer, Guillermo, había estado listo para embarcarse en agosto, pero se lo impidió el mal tiempo en el canal de la Mancha y un viento que soplaba en la dirección equivocada. A medida que pasaban las semanas y se acercaba el comienzo del otoño, los dos comandantes debieron sentirse cada vez más ansiosos, a sabiendas de que no podrían mantener unidos a sus enormes ejércitos por mucho más tiempo. Al fin, el 8 de septiembre, la espera terminó cuando, de mala gana, Haroldo disolvió sus fuerzas. «Las provisiones de los hombres se habían agotado –dice la Crónica–, y nadie podía retenerlos allí por más tiempo». Las tropas, reclutadas de todo el país, regresaron a casa, y el rey retornó a Londres. Sucedió en el peor momento posible. Tan pronto como llegó a la ciudad, le llegó la noticia de que las fuerzas enemigas habían desembarcado. Pero no en el sur de Inglaterra, y tampoco el enemigo que esperaba. Era su problemático hermano Tostig, que había regresado a Northumbria acompañado de una horda de vikingos.[68]
En algún momento durante su exilio, Tostig viajó a Noruega y entabló amistad con su rey, Harald III Sigurdsson. Incluso en vida, este otro rey Haroldo[*] era considerado una leyenda. Adán de Bremen, que escribía en la década de 1070, lo apodó el Rayo del Norte, y otro cronista lo describe como «el hombre más fuerte vivo bajo el sol». Nacido en torno al año 1015, pasó su juventud luchando al servicio de los soberanos de Rusia y Constantinopla, gracias a lo cual ganó una fortuna y una reputación
Página 382
temible, antes de regresar a Noruega en 1045 y convertirse en rey. Ya en el siglo XIII, o quizá antes, los escandinavos lo recordaban como Hardråde, «el rey de la mano dura» o el Despiadado.
A pesar de las opiniones de muchos historiadores modernos, no hay indicios de que Hardråde tuviera planes para Inglaterra antes de 1066. La única referencia anterior en la Crónica Anglosajona aparece en 1047, cuando acuerda una paz con Eduardo el Confesor, y desde entonces se mostró preocupado por luchar contra sus vecinos de Escandinavia. Fue la aparición de Tostig Godwinsson lo que persuadió al ya canoso rey, que en ese momento tenía unos cincuenta años, de que Inglaterra estaba lista para ser desvalijada. El earl exiliado aseguró a su nuevo amigo que Northumbria daría la bienvenida a un nuevo gobierno nórdico y que la conquista del sur no supondría ningún problema para un guerrero de tanta destreza. La tentación resultó irresistible y, en agosto, Hardråde zarpó con una flota de trescientos barcos. Tras reunirse con Tostig y su flotilla en el río Tyne, el rey noruego realizó una derrota meridional hacia el Humber, y desembarcó en Riccall a principios de septiembre. La Crónica describe su llegada como unwaran, «inesperada».[69]
Esta tesitura tomó a Haroldo Godwinsson completamente por sorpresa. Durante meses, había concentrado todas sus fuerzas en la costa del canal de la Mancha, por temor a una invasión desde Normandía, y luego las dispersó, pocos días antes de enterarse del desembarco noruego. Al darse cuenta de la magnitud de su error, se apresuró a reunir un ejército y marchó hacia el norte lo más rápido que pudo, llamando a los guerreros recién licenciados. El 24 de septiembre, unas dos semanas después de su regreso a Londres, había llegado a la ciudad de Tadcaster, en Yorkshire. En ese momento, las noticias no eran buenas. Cuatro días antes, los earls de Mercia y Northumbria, Edwino y Morcar, se habían enfrentado a los invasores en un lugar llamado Fulford, a unos pocos kilómetros al sur de York. Ambos bandos sufrieron grandes pérdidas, pero los noruegos se adueñaron del campo y los earls ingleses huyeron. Hardråde y Tostig entraron después en York y establecieron una alianza con sus habitantes, quienes prometieron ayudarle a conquistar el resto del país.
No obstante, a la mañana siguiente, el rey inglés recibió noticias mucho más alentadoras. Los noruegos habían abandonado la ciudad, sin saber de su rápido avance y de su cercanía –Tadcaster está a solo dieciséis kilómetros de York–, para marchar a un lugar a trece kilómetros al este,
Página 383
llamado Stamford Bridge. El pacto con los habitantes de York requería la entrega mutua de rehenes y este iba a ser el lugar del intercambio; mejor aún, aunque llevaban sus armas consigo, los nórdicos habían decidido no vestir sus cotas de malla debido a la calidez del clima.[70]
Suponía una oportunidad que no se podía pasar por alto. Haroldo partió de inmediato, recorrió con su ejército veintinueve kilómetros a través de York, hasta Stamford Bridge, donde cayeron sobre sus desprevenidos enemigos. Se desató una batalla salvaje, tan sangrienta y decisiva que sería recordada en las sagas escandinavas posteriores, repletas de detalles emocionantes pero inventados. Las fuentes coetáneas fiables solo dicen que la lucha resultó feroz y que se prolongó hasta el anochecer. Innumerables hombres cayeron por ambos bandos, afirma la Crónica Anglosajona, aunque el resultado fue una victoria indiscutible para Haroldo Godwinsson. Su hermano Tostig figuraba entre los caídos, al igual que su tocayo, el poderoso Hardråde. Cuando los noruegos se dieron cuenta de que sus líderes habían perecido, trataron de regresar a sus barcos en Riccall, pero los ingleses los persiguieron y los mataron mientras huían. El río Ouse acabó repleto de cadáveres, asegura la Vida del rey Eduardo, y el Humber se tiñó de rojo con la sangre vikinga. Solo un puñado de noruegos fueron perdonados, incluido Olaf, el hijo de Hardråde, a quien se le permitió partir a cambio de la promesa de no volver jamás. Según la Crónica, únicamente se necesitaron veinticuatro de sus trescientos barcos para llevarlos de regreso a casa.[71]
Para el autor de la Vida, una saga familiar de Godwin, esto supuso una terrible tragedia. Haroldo y Tostig, sus héroes gloriosos, se habían peleado y combatieron hasta la muerte. «¡Ay, los corazones de tales hermanos son demasiado duros! –se lamenta–. Esta sangrienta página difícilmente complacerá a su hermana, la reina». Para muchos otros, incluido el propio Haroldo, el resultado de la batalla debió de suponer un motivo de celebración más que de luto. Había sido elegido rey a principios de año con el argumento de su supuesta virtud y la creencia de que esta importaba más que los vínculos de sangre. Desde entonces, el país se había sumido en un estado de gran angustia, lo que hizo que la Crónica comentara que su reinado vio «poca tranquilidad». En ese momento, la virtud de Haroldo había sido reivindicada. Dios lo había favorecido en la batalla. Actuando con audacia y decisión, había derrotado y segado la vida de un adversario formidable, Harald Hardråde, conocido como el guerrero más grande de su
Página 384
época. Mientras que algunos aún lloraban la pérdida de Tostig, otros debían estar componiendo canciones en honor a su heroico rey y anticipando los gloriosos años que se avecinaban.
Tres días después, el duque de Normandía desembarcó en Sussex y marchó con su ejército hasta Hastings.[72]
Página 385
Conclusión
El sol salió la mañana después de la batalla para revelar una escena de carnicería repugnante. «A lo largo y ancho –escribió Guillermo de Poitiers, el capellán de Guillermo el Conquistador–, la tierra
estaba cubierta con la flor de la nobleza y la juventud de Inglaterra, empapada en sangre». La más notable víctima era el rey Haroldo, que había sido tajado hasta la muerte por un grupo de caballeros normandos y su cuerpo quedó mutilado hasta resultar casi irreconocible.[1]
Por desgracia, esto solo fue el comienzo. Cuando los ingleses supervivientes se negaron a someterse a Guillermo y eligieron, en su lugar, al joven Edgar Atheling como su nuevo soberano, el duque marchó con su ejército hacia Londres, sometiendo a los condados circundantes a una campaña de terror. Al fin, los más pertinaces se rindieron, lo que permitió que el Conquistador fuera coronado el día de Navidad, un evento empañado por los incendios causados por sus hombres en las casas que rodeaban la abadía de Westminster. Pero, en los meses siguientes, sus nuevos súbditos ingleses intentaron repetidamente revertir lo sucedido en Hastings, y Guillermo sofocó sus rebeliones con una creciente crueldad. Cuando los northumbrios se alzaron contra él por tercera vez en 1069, apoyados por un ejército invasor de Dinamarca, la retribución del rey fue terrible y, por orden suya, toda la tierra más allá del Humber fue arrasada. Un autor describió cómo el ganado y los cultivos meticulosamente cosechados en cada localidad se reunieron e incendiaron, y afirmó que,
Página 386
como resultado, más de cien mil personas perecieron de hambre. Los datos del Libro de Domesday sugieren que es probable que el verdadero número de muertos fuese incluso mayor.[2]
La Devastación del Norte, como se la llamó en época moderna, resulta merecidamente célebre y las gentes de la época lo consideraron un crimen atroz por el que Guillermo tendría que responder ante Dios. Aunque, en términos porcentuales, la conquista fue aún más devastadora para la aristocracia que para los campesinos inocentes. Los Godwinsson – Haroldo, Tostig, Leofwine y Gyrth– perecieron en las batallas de 1066, y su afligida madre Gytha acabó sus días en un exilio extranjero. Edwino y Morcar, los hermanos earls de Mercia y Northumbria, se unieron a una desesperada rebelión final inglesa en 1071 y perecieron como resultado: Edwino traicionado y asesinado por sus propios hombres, Morcar capturado y encarcelado por el resto de sus días. El arzobispo Stigand, mientras tanto, fue depuesto en 1070 y falleció en cautiverio dos años después, y muchos otros obispos y abades acabaron destituidos en ese mismo momento. El crepúsculo casi total de la élite anglosajona queda manifiesta en las páginas del Domesday: de las cerca de mil personas cuya posesión de tierras procedía directamente del rey en 1086, solo trece eran ingleses; todos los demás eran recién llegados extranjeros.[3]
Este reemplazo de la clase dominante de Inglaterra tuvo profundas consecuencias, ya que los normandos tenían ideas muy distintas sobre la forma en que la sociedad debía regirse. Una innovación importante fue el castillo, una forma de fortificación nueva y brutalmente efectiva que se había estado desarrollando en Francia a partir del cambio de milenio. «Construyeron castillos a lo largo y ancho de la tierra», dice la Crónica Anglosajona en 1067, «oprimiendo a la gente infeliz». En todos los pueblos y ciudades importantes, se despejaron grandes áreas y se destruyeron docenas de casas para dar paso a estas monstruosidades que se avecinaban de tierra y madera, desde donde los ocupantes podían vigilar a los habitantes molestos. En el resto del país, allá donde un nuevo señor normando asumiera el control, se erigía un castillo como medio para salvaguardar el enclave. A partir de 1066, en una generación o dos, se construyeron unos quinientos en Inglaterra y Gales como un medio para mantener a la población bajo control.[4]
Sin embargo, no todas las ideas nuevas condujeron a un aumento de la opresión. A pesar de que los normandos impusieron mayores cargas a la
Página 387
población que antes se consideraba libre, al mismo tiempo liberaron a quienes habían sido considerados esclavos. Guillermo el Conquistador prohibió la exportación de esclavos desde Brístol y emancipó a los que encontró en Gales. El Libro de Domesday sugiere que durante su reinado la población no libre se redujo en una cuarta parte y, a mediados del siglo XII, casi había desaparecido. «A este respecto –escribió un cronista en la década de 1130–, los ingleses descubrieron que los extranjeros les trataban mejor de lo que ellos se habían tratado a sí mismos». A pesar de toda su crueldad en la guerra, Guillermo y sus seguidores se mostraron caballerosos en su trato con los enemigos derrotados, al preferir encarcelarlos y, a veces, liberarlos a cambio de un rescate. Las purgas sangrientas como las que se llevaron a cabo en las cortes de Etelredo y Canuto no se repitieron después de 1066, y no se supo de ellas hasta el siglo XIV.[5]
Como sugieren tales aspectos más benignos de la Conquista, los normandos en gran medida habían trascendido sus orígenes vikingos. Cuando sus lejanos antepasados atacaron e invadieron Inglaterra en siglos anteriores, no conocieron límites a sus actos, incendiaron iglesias y esclavizaron en su ansia de sangre y botín. Los normandos se mostraron igual de codiciosos y exhibían la misma aptitud hacia la violencia, pero su apetito por la destrucción parece menos desenfrenado. En lo que respecta a las iglesias, las destruyeron para reconstruirlas, derribando las antiguas catedrales que habían surgido de forma gradual a lo largo de los siglos y reemplazándolas con nuevas construcciones de estilo románico, con un diseño uniforme y unas dimensiones colosales. En el norte, donde los vikingos habían destruido el monacato, refundaron famosos centros monásticos, incluida la abadía de Santa Hilda en Whitby y la amada Wearmouth-Jarrow de Beda. Los cronistas contemporáneos lo consideraron no sin motivo un renacimiento religioso y arquitectónico.[6]
La actitud normanda hacia la Iglesia de Inglaterra resulta crucial, ya que condicionó la cantidad de fuentes escritas que sobrevivieron a su toma de posesión. Por un lado, los normandos se mostraron como unos reformadores intransigentes, con un escaso uso de documentos y crónicas redactadas en inglés antiguo. Mucho material debió perderse después de 1066 por un proceso de lento desgaste, ya que los textos antiguos que no eran comprensibles se descartaron. Por otro lado, el hecho de que los conquistadores fueran cristianos rigurosos hizo que las bibliotecas no se
Página 388
destruyeran de forma indiscriminada. En la práctica, los vikingos habían aniquilado la historia escrita de Northumbria y Anglia Oriental. Los normandos, por el contrario, conservaron al menos una parte de lo que encontraron. Beowulf y Beda, Asser y la Crónica Anglosajona, las vidas de Wilfrido, Dunstán, Osvaldo y Etelwoldo, todos sobrevivieron a la revolución cultural iniciada en 1066.
Además, al encargar el Libro de Domesday, Guillermo el Conquistador creó una fuente textual que preservaría más información sobre la Inglaterra anglosajona que cualquier otra. Es cierto que la gran investigación no podría haberse realizado sin el aparato administrativo introducido por los reyes de Inglaterra del siglo X. Aquí también los normandos construían sobre unos sólidos cimientos anglosajones. Pero la escala de este censo, a juzgar por el asombro de los coetáneos, era nueva. Su producción principal, el Libro de Domesday, supone el estudio más completo de cualquier sociedad humana antes del siglo XIX (imagen a color n.º 24). Un tesoro de casi dos millones de palabras que conserva una imagen compleja de la Inglaterra anglosajona en su ocaso: sus ciudades y burhs, sus condados y centenares, sus earls, ceorls, sacerdotes, monjes y labradores.
[7]
Gran parte de esa Inglaterra se ha ido para siempre. Al contrario que Roma, los anglosajones nunca pensaron realmente que su legado sería eterno. Sus salones de madera y sus pabellones de caza se incendiaron hace mucho tiempo, al igual que antes desaparecieron sus propietarios. La mayor parte de sus iglesias fueron, asimismo, reemplazadas por la obra de reformadores posteriores, ya fueran normandos o victorianos. La cripta de Wilfrido en Hexham puede alimentar nuestra imaginación, aunque nunca provocará la misma admiración que el cercano Muro de Adriano. Con una o dos excepciones notables –la Muralla de Offa o la iglesia construida en Brixworth–, el legado físico de los anglosajones es escaso y los monumentos que sobreviven son muy pocos.
De entrada, parte de esa Inglaterra nunca existió en realidad. Mucho de lo que a menudo se promueve como el legado perdurable de los anglosajones resulta ser mitológico al examinarlo de cerca. La afirmación de que inventaron el gobierno representativo porque sus reyes organizaban enormes asambleas ignora el hecho de que otros gobernantes de la Europa contemporánea hacían lo mismo. La creencia de que fueron pioneros en su amor por la libertad nos hace olvidar que sus vecinos continentales más
Página 389
próximos se llamaban a sí mismos los francos, es decir, el pueblo libre. La mayor parte de sus leyes y conceptos legales desaparecieron en el siglo XII, al ser reemplazados por otros normandos recién elaborados. La idea de que se consideraban los únicos favorecidos por Dios se ha desacreditado en los últimos años con el argumento de que ningún documento que ha sobrevivido realiza tales afirmaciones en su propio nombre.[8]
Y, sin embargo, aunque la mayoría de sus edificios han desaparecido y sus mitos se han diluido, aún se conserva una gran parte de la herencia anglosajona. La cabeza de la Iglesia de Inglaterra todavía tiene su sede en Canterbury, porque era la mayor ciudad del rey Etelberto cuando recibió a san Agustín hace más de mil cuatrocientos años. Westminster sigue siendo el corazón político del reino, porque Eduardo el Confesor construyó un palacio real al reconstruir su antigua abadía. Los condados de Inglaterra, aunque modificados a finales del siglo XX, son en esencia los mismos que en el momento de su creación hace más de mil años. La mayoría de los pueblos ingleses pueden presumir de ser mencionados por primera vez en el Libro de Domesday, aunque sus nombres a menudo muestran una historia que dio comienzo siglos antes. Woodnesborough en Kent, cerca del cementerio del siglo V en Finglesham, conserva la memoria del dios pagano Wotan y, por consiguiente, una historia que se remonta al pasado precristiano. El hecho de que buena parte de todo esto no haya cambiado resulta, en sí mismo, notable. La Britania romana, a pesar de la grandeza de sus ruinas, apenas duró cuatrocientos años y finalizó a mediados del siglo V. Inglaterra es todavía un trabajo en progreso.
El hecho de que la conquista normanda dejara intactos tales cimientos no debe cegarnos ante su tragedia humana. «¡Ay de ti, Inglaterra!», escribió el autor de la Vida del rey Eduardo, cuyo trabajo se había arruinado por la destrucción de la familia Godwin. «Perdiste a tu rey nativo y sufriste la derrota, con un gran derramamiento de sangre de muchos de tus hombres, en una guerra contra un extranjero». No deseaba abordar los traumáticos eventos de 1066, al igual que la mayoría de sus contemporáneos. «Guillermo se convirtió en rey –escribió Eadmer de Canterbury a fines del siglo XI–. Me abstengo de decir qué trato se otorgó a quienes lograron sobrevivir a la gran masacre».[9]
Página 390
Por tanto, cuando una nueva generación trató de otorgar sentido a su pasado en el siglo XII, descubrió que había mucho trabajo por hacer. En la década de 1120, Guillermo de Malmesbury comenzó su obra Gesta regum anglorum y, en la década de 1130, Enrique de Huntingdon inició su Historia Anglorum. Ambos individuos eran de ascendencia mixta anglonormanda, aunque se consideraban ingleses, y ambos escribieron en parte con la esperanza de cerrar la brecha que había creado la conquista, «para reparar la cadena rota de nuestra historia», como dijo Malmesbury. En ambos casos, sus ambiciosas obras comienzan con la llegada de los ingleses en el siglo V y prosiguieron hasta su presente. Para ellos, la llegada de los normandos solo era un nuevo capítulo, no el final de la historia.[10]
Figura 32: Gran Libro de Domesday y Pequeño Libro de Domesday. De W. Andrews, en Historic Byways and Highways of Old England (1900).
Página 391
Bibliografía
ABREVIATURAS
Æthelweard The Chronicle of Æthelweard, A. Campbell (ed.), London, Thomas
Nelson & Sons, 1962.
Annals of St The Annals of St Bertin, J. L. Nelson (ed.), Manchester, Manchester University
Bertin Press, 1991.
ASE Anglo-Saxon England, Cambridge, Cambridge University Press.
ASSAH Anglo-Saxon Studies in Archaeology and History, Oxford, Archaeopress
Archaeology, desde 1979.
Asser Alfred the Great. Asser’s Life of King Alfred and other Contemporary Sources,
S. Keynes y M. Lapidge (trads. y eds.), Penguin, 1983.
Beda Beda, Ecclesiastical History of the English People, B. Colgrave y R. A. B. Mynors
(eds.), Oxford, 1969.
Blair, J. Blair, Building Anglo-Saxon England, Princeton y Oxford, Princeton University
Building Press, 2018.
Early Lives The Early Lives of St Dunstan, M. Winterbottom y M. Lapidge (trads. y eds.),
Oxford, Oxford University Press, 2012.
EHD English Historical Documents, London, Eyre and Spottiswoode, (ahora en Oxford
University Press), 1953-2011.
EHR English Historical Review, Oxford, Oxford University Press, desde 1886.
Página 392
Encomium Encomium Emmae Reginae, A. Campbell (ed.) y S. Keynes (introd.), Cambridge,
Cambridge University Press, 1998.
Encyclopedia The Wiley Blackwell Encyclopedia of Anglo-Saxon England, M. Lapidge, J. Blair,
S. Keynes y D. Scragg, Oxford, Wiley-Blackwell, 2014 (2000).
Gildas Gildas, The Ruin of Britain and Other Works, M. Winterbottom (trad. y ed.),
Phillimore, 1978.
Halsall, Halsall, G., 2013: Worlds of Arthur: Facts & Fictions of the Dark Ages, Oxford,
Worlds Oxford University Press.
HBC Handbook of British Chronology, E. B. Fryde, D. E. Greenway, S. Porter e I. Roy
(eds.), Cambridge, Cambridge University Press, 1986 (1940).
Higham y Higham, N. J. y Ryan, M. J., 2013: The Anglo-Saxon World, New Haven
Ryan (Connecticut), Yale University Press.
John de The Chronicle of John of Worcester, II, R. R. Darlington and P. McGurk (eds.),
Worcester Bray, J. y P. McGurk (trads.), Oxford, Clarendon Press, 1995.
Keynes y Alfred the Great: Asser’s Life of King Alfred and other Contemporary Sources,
Lapidge S. Keynes y M. Lapidge (trads. y eds.), Penguin, 1983.
Life of King The Life of King Edward Who Rests at Westminster, F. Barlow (ed.), Oxford,
Edward Clarendon Press, 1992 (1962).
Life of St Wulfstán de Winchester, Life of St Æthelwold, M. Lapidge y M. Winterbottom
Æthelwold (trads. y eds.), Oxford, Oxford University Press, 1991.
Lives of St Byrhtferth de Ramsey, The Lives of St Oswald and St Ecgwine, M. Lapidge (trad. y
Oswald ed.), Oxford, Oxford University Press, 2009.
Life of Eddius Stephanus, «The Life of Wilfrid», The Age of Bede, J. F. Webb (ed.) y D. H.
Wilfrid Farmer (trad.), Penguin, 1983 (ed. rev.).
Malmesbury Guillermo de Malmesbury, Gesta Regum Anglorum, R. A. B. Mynors,
R. M. Thomson y M. Winterbottom (trads. y eds.), 2 vols., Oxford, Oxford
University Press, 1998-1999.
Molyneaux, Molyneaux, G., 2015: The Formation of the English Kingdom in the Tenth Formation Century, Oxford, Oxford University Press.
ODNB The Oxford Dictionary of National Biography, H. C. G. Matthews y B. Harrison
(eds.), 60 vols., Oxford, Oxford University Press, 2004, disponible en [www.oxforddnb.com] (entradas citadas por autor y materia).
Sawyer The Electronic Sawyer: Online catalogue of Anglo-Saxon charters, versión en red
revisada, actualizada y expandida de Peter Sawyer, Anglo-Saxon Charters: an
Annotated List and Bibliography, London, Royal Historical Society, 1968,
disponible en [https://esawyer.lib.cam.ac.uk/about/index.html] (citado por número
de documento).
TRHS Transactions of the Royal Historical Society, Cambridge, Cambridge University
Press, desde 1872.
Página 393
FUENTES CLÁSICAS Y PRIMARIAS
A menos que se indique lo contrario, el lugar de publicación es Londres.
Aelfric’s Lives of Saints, W. W. Skeat (ed.), London Pub. for the Early English Society, 1881.
Alfred the Great. Asser’s Life of King Alfred and other Contemporary Sources, S. Keynes y M. Lapidge (trads. y eds.), Penguin, 1983.
Amiano Marcelino, Historia, M.ª L. Harto Trujillo (ed. lit.), Madrid, Akal, 2002.
An Anglo-Saxon Passion of St George, C. Hardwick (ed. y trad.), Percy Society, 1850.
Annals of Ireland: Three Fragments, J. O’Donovan (trad. y ed.), Dublin, Dublin Irish Archaeological and Celtic Society, 1860.
Barlow, F. (ed.), 1992 (1962): The Life of King Edward Who Rests at Westminster, Oxford, Clarendon Press.
Bedae, Opera de Temporibus, C. W. Jones (ed.), Cambridge (Massachussets), Mediaeval Academy of America, 1943.
Beda, Ecclesiastical History of the English People, B. Colgrave y R. A. B. Mynors (eds.), Oxford, 1969.
Beda, «Life of Cuthbert» y «Lives of the Abbots of Wearmouth and Jarrow», en J. F. Webb (ed.), D. H. Farmer (trad.), The Age of Bede, Penguin, 1983 (ed. rev.).
Beda el Venerable, Historia eclesiástica del pueblo de los anglos, J. L. Moralejo Álvarez (trad.), Madrid, Akal, 2013.
Beowulf, S. Heaney (trad.), Faber & Faber, 1999 [ed. en esp: Beowulf y otros poemas anglosajones. Siglos VII-X, L. Lerate y J. Lerate (eds. y trads.), Madrid, Alianza Editorial, 2012].
Página 394
Byrhtferth de Ramsey, The Lives of St Oswald and St Ecgwine, M. Lapidge (trad. y ed.), Oxford, Oxford University Press, 2009.
Colgrave, B., 1940: Two Lives of St Cuthbert, Cambridge, Cambridge University Press.
Douglas, D. C. y Greenaway, G. W., 1953: English Historical Documents, 1042-1189, Routledge.
Eadmer’s History of Recent Events in England, G. Bosanquet (ed.), Cresset Press, 1964.
Eddius Stephanus [Esteban de Ripon], «The Life of Wilfrid», en J. F. Webb (ed.), D. H. Farmer (trad.), The Age of Bede, Penguin, 1983 (ed. rev.).
Encomium Emmae Reginae, A. Campbell (ed.) y S. Keynes (introd.), Cambridge, Cambridge University Press, 1998.
Enrique de Huntingdon, archidiácono, Historia Anglorum: The History of the English People, D. Greenway (ed.), Oxford, Clarendon Press, 1996.
Gildas, The Ruin of Britain and Other Works, M. Winterbottom (trad. y ed.), Phillimore, 1978.
Grocock, C. y Wood, I. N., 2013: Abbots of Wearmouth and Jarrow, Oxford.
Guillermo de Malmesbury, 1998-1999: Gesta Regum Anglorum, R. A. B. Mynors, R. M. Thomson y M. Winterbottom (trads. y eds.), 2 vols., Oxford, Oxford University Press.
Guillermo de Malmesbury, 2002: Saints’ Lives, M. Winterbottom y R. M. Thomson (eds.), Oxford, Oxford University Press. Harmer, R., 1970: A Choice of Anglo-Saxon Verse, Faber & Faber.
Historia de Sancto Cuthberto: a history of Saint Cuthbert and a record of his patrimony, T. Johnson South (ed. y trad.), Cambridge, D. S. Bewer, 2002.
Hume, D., 1763: The History of England, vol. 1, London, Andrew Millar.
Procopio de Cesarea, Historia de las guerras. Libros III-IV. Guerra vándala, J. A. Flores Rubio (trad.), Madrid, Gredos, 2006.
Regularis Concordia: Anglicae Nationis Monachorum Sanctimonialiumque. The Monastic Agreement of the Monks and Nuns of the English Nation, T. Symons (trad. y ed.), Thomas Nelson, 1953.
Página 395
Sidonio Apolinar, Letters, O. M. Dalton (trad.), vol. 2, 1915.
Sidonio Apolinar, Poemas y panegíricos, A. López Kindler (trad. y notas), Madrid, Gredos, 2005.
Sidonio Apolinar, Poems and Letters, W. B. Anderson (trad), vol. 1, 1963 [ed. en esp.: Poemas, Agustín López Kindler (trad.), Madrid, Gredos, 2005].
Tangl, M. 1916: S. Bonifatii et S. Lullii Epistolae (Monumenta
Germaniae Historica: Epistolae Selectae, I), Berlin,
Weidmannsche Buchhandlung.
The Anglo-Saxon Chronicles, M. Swanton (ed. y trad.), London, Phoenix Press, 1996.
The Annals of St Bertin, J. L. Nelson (ed.), Manchester, Manchester University Press, 1991.
The Chronicle of Æthelweard, A. Campbell (ed.), London, Thomas Nelson & Sons, 1962.
The Chronicle of John of Worcester, II, R. R. Darlington y P. McGurk
(eds), J. Bray y P. McGurk (trads.), Oxford, Clarendon Press, 1995. The Early Lives of St Dunstan, M. Winterbottom y M. Lapidge (trads. y
eds.), Oxford, Oxford University Press, 2012.
The Gesta Guillelmi of William of Poitiers, R. H. C. Davis y M. Chibnall
(eds.), Oxford, Clarendon Press, 1998.
The Letters of Cassiodorus, T. Hodhkin (trad.), London, H. Frowde, 2006 [1886].
«The Life of St Germanus of Auxerre», en T. F. X. Noble y T. Head (eds.), Soldiers of Christ: Saints and Saints’ Lives from Late Antiquity and the Early Middle Ages, Pennsylvania University Press, 1995.
Whitelock, D., 1979 (2.ª ed. rev.): English Historical Documents, c. 500-1042, Routledge.
Wulfstán de Winchester, Life of St Æthelwold, M. Lapidge y M. Winterbottom (trads. y eds.), Oxford, Oxford University Press, 1991.
Zósimo, New History, R. T. Ridley (ed.), Canberra, Australian Association for Byzantine Studies, University of Sydney, 1982.
Zósimo, Nueva historia, J. M.ª Candau Morón (ed.), Madrid, Gredos, 1992.
Página 396
OBRAS SECUNDARIAS (CITADAS)
Abels, R., 1998: Alfred the Great: War, Kingship and Culture in Anglo-Saxon England, Routledge.
Abels, R., 2006: «Alfred and his Biographers: Images and Imagination», D. Bates, J. Crick, y S. Hamilton (eds.), en Writing Medieval Biography, 750-1250: Essays in Honour of Frank Barlow, Woodbridge, Boydell & Brewer.
Abels, R., 2018: Æthelred the Unready, Penguin.
Abrams, L., 2001: «Edward the Elder’s Danelaw», en N. J. Higham y D. H. Hill (eds.), Edward the Elder, 899-924, Abingdon, Routledge.
Abrams, L., 2001b: «The Conversion of the Danelaw», en J. Graham-Campbell (ed.), Vikings and the Danelaw, Oxford, Oxbow Books.
Abrams, L., 2008: «King Edgar and the Men of the Danelaw», en D. Scragg (ed.), Edgar, King of the English, 959-975: New Interpretations, Woodbridge, Boydell Press.
Aird, W. M., 2004: «Siward, Earl of Northumbria», en ODNB.
Aldrete, G. S., 2004: Daily Life in the Roman City: Rome, Pompei, and Ostia, Greenwood Press.
Allott, S., 1974: Alcuin of York: His Life and Letters, York, William Sessions Limited.
Arnold, M., 2006: The Vikings: Culture and Conquest, Hambledon Continuum.
Atherton, M., 2017: The Making of England: A New History of the Anglo-Saxon World, Bloomsbury Academic.
Banton, N., 1992: «Monastic Reform and the Unification of Tenth-Century England», Studies in Church History 18 (Religion and National Identity).
Barlow, F., 1997 (1970): Edward the Confessor, New Haven (Connecticut), Yale University Press.
Barrow, J., 2004: «Wulfwig», en ODNB.
Barrow, J., 2008: «The Chronology of the Benedictine “Reform”», en D. Scragg (ed.), Edgar, King of the English, 959-975: New Interpretations, Woodbridge, Boydell Press.
Página 397
Bassett, S., 1989: «In Search of the Origins of Anglo-Saxon Kingdoms», en S. Bassett (ed.), The Origins of Anglo-Saxon Kingdoms, Leicester, Leicester University Press.
Bately, J., 2009: «Did King Alfred Actually Translate Anything? The Integrity of the Alfredian Canon Revisited», Medium Ævum 78 (2).
Bately, J., 2015: «Alfred as Author and Translator», en N. G. Discenza y P. E. Szarmach (eds.), Companion to Alfred the Great, Leiden, Brill.
Baxter, S., 2007: The Earls of Mercia: Lordship and Power in Late Anglo-Saxon England, Oxford, Oxford University Press.
Behr, C., 2000: «The Origins of Kingship in Early Medieval Kent», Early Medieval Europe 9 (1).
Behr, C., 2010: «New Bracteate Finds from Early Anglo-Saxon England», Medieval Archaeology 54 (1).
Biddle, M., 1976: Winchester in the Early Middle Ages: An Edition and Discussion of the Winton Domesday, Oxford, Oxford University Press.
Biddle, M., 2018: The Search for Winchester’s Anglo-Saxon Minsters, Oxford, Archeopress Archaeology.
Biddle, M. y Hill, D., 1971: «Late Saxon Planned Towns», Antiquaries Journal 51 (1).
Bidwell, P. T., 2010: «A Survey of the Anglo-Saxon Crypt at Hexham and Its Reused Roman Stonework», Archaeologia Aeliana (Series 5) 39.
Birley, A. R., 2005: The Roman Government of Britain, Oxford, Oxford University Press.
Blackmore, L., Blair, I., Hirst, S. y Scull, C., 2019: The Prittlewell Princely Burial: Excavations at Priory Crescent, Southend-on-Sea, Essex, 2003, Museum of London Archaeology Service.
Blair, J., 2005: The Church in Anglo-Saxon Society, Oxford, Oxford University Press.
Blair, J., 2018: Building Anglo-Saxon England, Princeton y Oxford, Princeton University Press.
Bland, R., 2014: «Hoarding in the Iron Age and Roman Britain: The Puzzle of the Late Roman Period», British Numismatic Journal 84.
Bland, R., 2018: Coin Hoards and Hoarding in Roman Britain ad 43-c. 498, Spink Books.
Página 398
Bozoky, E., 2009: «The Sanctity and Canonisation of Edward the Confessor», en R. Mortimer (ed.), Edward the Confessor: The Man and the Legend, Woodbridge, Boydell Press.
Breay, C. y Story, J., 2018: Anglo-Saxon Kingdoms: Art, Word, War, British Library Publishing.
Breeze, A., 1997: «Armes Prydein, Hywel Dda, and the Reign of Edmund of Wessex», Études Celtiques 33.
Breeze, D. J. y Dobson, B., 2000 (4.ª ed.): Hadrian’s Wall, Penguin.
Brooks, N., 1971: «The Development of Military Obligations in Eighth-and Ninth-Century England», en P. Clemoes y K. Hughes (eds.), England Before the Conquest: Studies in primary sources presented to Dorothy Whitelock, Cambridge, Cambridge University Press.
Brooks, N., 1979: «England in the Ninth Century: The Crucible of Defeat», TRHS (5th series) 29, 1-20.
Brooks, N., 1984: The Early History of the Church of Canterbury, Leicester, Leicester University Press.
Brooks, N., 1989: «The Formation of the Mercian Kingdom», en S. Bassett (ed.), The Origins of Anglo-Saxon Kingdoms, Leicester, Leicester University Press.
Brooks, N., 1992: «The Career of St Dunstan», en N. Ramsey, M. Sparks y T. Tatton-Brown (eds.), St Dunstan: His Life, Times and Cult, Woodbridge, Boydell Press.
Brooks, N., 2004: «Oswald [St Oswald]», en ODNB.
Brown, D., 2004: «Constantine II», en ODNB.
Brown, M., 2003: The Lindisfarne Gospels: Society, Spirituality and the Scribe, Toronto, University of Toronto Press.
Brown, M. P., 2004: Painted Labyrinth: The World of the Lindisfarne Gospels, The British Library (ed. rev.).
Bruce-Mitford, R. L. S., 1969: «The Art of the Codex Amiatinus: Jarrow Lecture 1967», Journal of the British Archaeological Association (3rd series) 32 (1).
Campbell, J., 1986: «Bede I», en J. Campbell, Essays in Anglo-Saxon History, London y Ronceverte, Hambledon Press.
Campbell, J. (ed.), 2006 (1991): The Anglo-Saxons, Penguin.
Carver, M., 2017: The Sutton Hoo Story: Encounters with Early England, Woodbridge, Boydell Press.
Página 399
Casey, P. J., 2002: «The Fourth Century and Beyond», en P. Salway (ed.), The Roman Era: The British Isles: 55 BC-AD 410, Oxford, Oxford University Press.
Charles-Edwards, T. M., 1972: «Kinship, Status and the Origins of the Hide», Past & Present 56.
Charles-Edwards, T. M., 2004: «The Making of Nations in Britain and Ireland in the Early Middle Ages», en R. Evans (ed.), Lordship and Learning: Studies in Memory of Trevor Aston, Woodbridge, Boydell Press.
Charles-Edwards, T. M., 2013: Wales and the Britons, 350-1064, Oxford, Oxford University Press.
Coates, S. J., 2004: «Aldfrith», en ODNB.
Coates, S. J., 2004b: «Benedict Biscop», en ODNB.
Coates, S. J., 2004c: «Ceolfrith», en ODNB.
Cocherell, C. R., 1851: Iconography of the West Front of Wells Cathedral, Oxford y London, John Henry Parker.
Corning, C., 2006: The Celtic and Roman Traditions: Conflict and Consensus in the Early Medieval Church, Palgrave Macmillan.
Coupland, S., 1988: «Dorestad in the Ninth Century: The Numismatic Evidence», Jaarboek voor Munt en Penningkunde 75.
Coupland, S., 1991: «The Fortified Bridges of Charles the Bald», Journal of Medieval History 17 (1).
Cowdrey, H. E. J., 2004: «Robert of Jumièges», en ODNB.
Cowdrey, H. E. J., 2004b: «Stigand», en ODNB.
Cowie, R., 2001: «Mercian London», en M. P. Brown y C. A. Farr (eds.), Mercia: An Anglo-Saxon Kingdom in Europe, Leicester, Leicester University Press.
Cox, O. J. W., 2013: «Frederick, Prince of Wales, and the First Performance of “Rule Britannia!”», Historical Journal 56 (4).
Craig, D. J., 2004: «Oswald, king of Northumbria», en ODNB.
Cramp, R., 2004: «Alchfrith», en ODNB.
Cramp, R., 2004b: «Aldfrith, king of Northumbria», en ODNB.
Crawford, B. E., 1986: «The Making of a Frontier: The Firthlands from the Ninth to the Twelfth Centuries», en J. R. Baldwin (ed.), Firthlands of Ross and Sutherland, Scottish Soc. for Northern Studies.
Página 400
Cubitt, C., 1997: «The Tenth-Century Benedictine Reform in England», Early Medieval Europe 6.
Cubitt, C. y Costambeys, M., 2004: «Oda», en ODNB.
The Dating of Beowulf: A Reassessment, L. Neidorf (ed.), Cambridge, Boydell & Brewer, 2014.
Davidson, M. R., 2001: «The (Non) Submission of the Northern Kings in 920», en. N. J. Higham y D. H. Hill (eds.), Edward the Elder, 899-924, London y New York, Routledge.
Davies, R. R., 2000: The Age of Conquest: Wales 1063-1415, Oxford, Oxford University Press.
Davis, R. H. C., 1970: A History of Medieval Europe, Pearson (ed. rev.).
Dobat, A. S., 2006: «The King and his Cult: The Axe-Hammer from Sutton Hoo and its Implications for the Concept of Sacral Leadership in Early Medieval Europe», Antiquity vol. 80, n.º 310
(1).
Dodgson, J. M., 1966: «The Significance of the Distribution of the English Place-Name in -ingas, -inga-, in South-East England», Medieval Archaeology 10 (1).
Downham, C., 2003: «The Chronology of the Last Scandinavian Kings of York, ad 937-954», Northern History 40.
Downham, C., 2004: «Eric Bloodaxe – Axed? The Mystery of the Last Scandinavian King of York», Medieval Scandinavia 14.
Downham, C., 2008: Viking Kings of Britain and Ireland: The Dynasty of Ívarr to AD 1014, Edinburgh, Dunedin Academic Press.
Downham, C., 2009: «“Hiberno-Norwegians” and “Anglo-Danes”: Anachronistic Ethnicities in Viking-Age England», Mediaeval Scandinavia 19.
Downham, C., 2017: «The Earliest Viking Activity in England?», EHR 132.
Dyer, C., 2002: Making a Living in the Middle Ages: The People of Britain, 850-1520, New Haven (Connecticut), Yale University Press.
Edwards, H., 2004: «Beorhtric», en ODNB.
Edwards, H., 2004b: «Cinewulfo», en ODNB.
Edwards, H., 2004c: «Ecgberht», en ODNB.
Esmonde-Cleary, S., 2011: «The Ending(s) of Roman Britain», en H. Hamerow, D. A. Hinton y S. Crawford (eds.), The Oxford
Página 401
Handbook to Anglo-Saxon Archaeology, Oxford, Oxford University Press.
Esmonde-Cleary, S., 2014: «Introduction: The Roman Society and the Study of ad 410», en F. K. Haarer et al., AD 410: The History and Archaeology of Late and Post-Roman Britain, Society for the Promotion of Roman Studies.
Faulkner, N. y Reece, R., 2002: «The Debate About the End: A Review of Evidence and Methods», Archaeological Journal 159 (1).
Fern, C., Dickinson, T. y Webster, L., 2019: The Staffordshire Hoard:
An Anglo-Saxon Treasure, Society of Antiquaries of London.
Fernie, E., 2009: «Edward the Confessor’s Westminster Abbey», en R. Mortimer (ed.), Edward the Confessor: The Man and the Legend, Woodbridge, Boydell Press.
Fisher, D. J. V., 1952: «The Anti-Monastic Reaction in the Reign of Edward the Martyr», The Cambridge Historical Journal 10 (3).
Fleming, R., 1991: Kings and Lords in Conquest England, Cambridge, Cambridge University Press.
Fleming, R., 2004: «Harold II», en ODNB.
Fleming, R., 2010: Britain After Rome: The Fall and Rise, 400 to 1070, Penguin.
Foot, S., 1996: «The Making of Angelcynn: English Identity Before the Norman Conquest», TRHS (6th series) 6.
Foot, S., 2006: Monastic Life in Anglo-Saxon England, c.600-900, Cambridge, Cambridge University Press.
Foot, S., 2011: Æthelstan, New Haven (Connecticut), Yale University Press.
Ford, B. M. y Teague, S., 2011: Winchester: A City in the Making, Oxford, Oxford Archaeology.
Freeman, C., 2014 (1996): Egypt, Greece and Rome: Civilizations of the Ancient Mediterranean, Oxford, Oxford University Press.
Frodsham, P. y O’Brien, C. (eds.), 2005: Yeavering. People, Power & Place, The History Press.
Fryde, E. B., Greenway, D. E., Porter, S. y Roy, I., 1986 (1941): Handbook of British Chronology, Cambridge, Cambridge University Press.
Gibbons, A., 2018: «Why 536 was “the Worst Year to Be Alive”», Science 362 (noviembre).
Página 402
Gilchrist, R. y Green, C., 2015: Glastonbury Abbey: Archaeological Investigations 1904-79, The Society of Antiquaries of London.
Gittos, H., 2013: Liturgy, Architecture and Sacred Places in Anglo-Saxon England, Oxford, Oxford University Press.
Godden, M. R., 1990: «Money, Power and Morality in Late Anglo-Saxon England», ASE 19.
Godden, M. R., 2007: «Did King Alfred Write Anything?», Medium Ævum, 76.
Gransden, A., 1974: Historical Writing in England, c. 550 to c. 1307, Routledge.
Gransden, A., 2004: «Edmund [St Edmund]», en ODNB.
Gretsch, M., 1999: The Intellectual Foundations of the English Benedictine Reform, Cambridge, Cambridge University Press.
Guest, P., 2014: «The Hoarding of Roman Metal Objects in Fifth-Century Britain», en F. K. Haarer et al., AD 410: The History and Archaeology of Late and Post-Roman Britain, Society for the Promotion of Roman Studies.
Hadley, D. M., 2006: The Vikings in England: Settlement, Society and Culture, Manchester, Manchester University Press.
Hadley, D. M., Richards, J. D., Brown, H., Craig-Atkins, E., Mahoney-Swales, D., Perry, G., Stein, S. y Wood, A., 2016: «The Winter Camp of the Viking Great Army, AD 872-873, Torksey, Lincolnshire», Antiquaries Journal 96.
Halloran, K., 2013: «Anlaf Guthfrithson at York: A Non-Existent Kingship?», Northern History 50.
Halloran, K., 2015: «A Murder at Pucklechurch: The Death of King Edmund, 26 May 946», Midland History 40.
Halloran, K., 2016: «The War for Mercia, 942-943», Midland History 41.
Halsall, G., 1992: «Playing By Whose Rules? A Further Look at Viking Atrocity in the Ninth Century», Medieval History 2.
Halsall, G., 2003: Warfare and Society in the Barbarian West, 450-900, Routledge,
Halsall, G., 2007: Barbarian Migrations and the Roman West, 376-568, Cambridge, Cambridge University Press [ed. en esp: Las migraciones bárbaras y el Occidente romano, R. González Arévalo (trad.), Valencia, Publicacions de la Universitat de València, 2012].
Página 403
Halsall, G., 2013: Worlds of Arthur: Facts and Fictions of the Dark Ages, Oxford, Oxford University Press.
Hanaghan, M. P., 2019: Reading Sidonius’ Epistles, Cambridge, Cambridge University Press.
Härke, H., 2011: «Anglo-Saxon Immigration and Ethnogenesis», Medieval Archaeology 55.
Hart, C., 1992: The Danelaw, London y Rio Grande, Hambledon Press.
Hart, C., 2004: «Æthelstan Half-King», en ODNB.
Hart, C., 2004b: «Edward the Martyr», en ODNB.
Haslam, J., 2016: «The Burghal Hidage and the West Saxon Burhs: A Reappraisal», ASE 45.
Hayes, L. y Malim, T., 2008: «The Date and Nature of Wat’s Dyke: A Reassessment in the Light of Recent Investigations at Gobowen, Shropshire», ASSAH 15.
Heather, P., 1995: «The Huns and the End of the Roman Empire in Western Europe», EHR 110.
Heather, P., 2009: Empires and Barbarians, Oxford, Oxford University Press [ed. en esp.: Emperadores y bárbaros: el primer milenio de la historia, J. Rabasseda y T. de Lozoya (trads.), Barcelona, Editorial Crítica, 2018 (2010)].
Herbert, M., 2004: «Columba», en ODNB.
Hetherington, P., 1994: Medieval Rome: A Portrait of the City and its Life, New York, St. Martin’s Press.
Higham, N. J., 2001: «Edward the Elder’s Reputation: An Introduction», en N. J. Higham y D. H. Hill, Edward the Elder, 899-924, London and New York, Routledge.
Higham, N. J., 2002: King Arthur: Myth-Making and History, London and New York, Routledge.
Higham, N. J. y Ryan, M. J., 2013: The Anglo-Saxon World, New Haven (Connecticut), Yale University Press.
Hill, D., 2000: «Offa’s Dyke: Pattern and Purpose», The Antiquaries Journal 80.
Hines, J., 1994: «The Becoming of the English: Identity, Material Culture and Language in Early Anglo-Saxon England», ASSAH 7.
Hines, J., 2017: «A New Chronology and New Agenda: The Problematic Sixth Century», en C. Insley and G. R. Owen-Crocker (eds.),
Página 404
Transformation in Anglo-Saxon Culture: Toller Lectures on Art, Archaeology and Text, Oxford, Oxbow Books.
Holt, R., 2010: «The Urban Transformation in England, 900-1100», Anglo-Norman Studies 32.
Hope-Taylor, B., 2009 (1977): Yeavering: An Anglo-British Centre of Early Northumbria, Liverpool, Liverpool University Press.
Hudson, B. T., 2004: «Ealdred», en ODNB.
Hudson, B. T., 2004b: «Óláf Guthfrithson», en ODNB.
Hudson, J., 2002, 2007: Historia Ecclesie Abbendonensis: The History of the Church of Abingdon, 2 vols., Oxford, Oxford University Press.
Insley, C., 2009: «Southumbria», en P. Stafford (ed.), A Companion to the Early Middle Ages: Britain and Ireland, c. 500-c. 1100, Chichester, Wiley-Blackwell.
Insley, C., 2012: «Charters, Ritual and Late Tenth-Century English Kingship», en S. Reynolds, J. Nelson y S. M. Johns (eds.), Gender and Historiography: Studies in the Earlier Middle Ages in Honour of Pauline Stafford, Institute of Historical Research.
Iogna-Prat, D., 2000: «Cluny, 909-910, ou l’Instrumentalisation de la Mémoire des Origines», Revue Mabillon 11.
Jarman, C. L., Biddle, M., Higham, T. y Bronk Ramsey, C., 2018: «The Viking Great Army in England: New Dates from the Repton Charnel», Antiquity 92.
Jayakumar, S., 2008: «Eadwig and Edgar: Politics, Propaganda, Faction», en D. Scraagg (ed.), Edgar, King of the English, 959-975: New Interpretations, Woodbridge, Boydell Press.
John, E., 1966: «The King and the Monks in the Tenth-Century Reformation», en E. John, Orbis Britanniae and other Studies, Leicester, Leicester University Press.
John, E., 1966b: «The Newminster Charter», en E. John, Orbis Britanniae and other Studies, Leicester, Leicester University Press.
Johns, C. y Bland, R., 1994: «The Hoxne Late Roman Treasure», Britannia 25.
Jones, M. E., 1996: The End of Roman Britain, Ithaca (New York), Cornell University Press.
Karkov, C. E., 2004: The Ruler Portraits of Anglo-Saxon England, Woodbridge, Boydell Press.
Página 405
Karkov, C. E., 2008: «The Frontispiece to the New Minster Charter and the King’s Two Bodies», en D. Scraagg (ed.), Edgar, King of the English, 959-975: New Interpretations, Woodbridge, Boydell Press.
Kelly, S. E., 2004: «Æthelbald», en ODNB.
Kelly, S. E., 2004b: «Offa», en ODNB.
Kelly, S. E., 2004c: «Penda», en ODNB.
Kershaw, J. F., 2013: Viking Identities: Scandinavian Jewellery in England, Oxford, Oxford University Press.
Kershaw, J. F. y Røyrvik, E. C., 2016: «The “People of the British Isles” Project and Viking Settlement in England», Antiquity 90.
Keynes, S., 1985: «King Æthelstan’s Books», en M. Lapidge y H. Gneuss (eds.), Learning and Literature in Anglo-Saxon England, Cambridge, Cambridge University Press.
Keynes, S., 1986: «A Tale of Two Kings: Alfred the Great and Æthelred the Unready», TRHS 36.
Keynes, S., 1994: «The West Saxon Charters of King Æthelwulf and His Sons», EHR 109.
Keynes, S., 1996: «The Vikings in England», en P. Sawyer (ed.), The Oxford Illustrated History of the Vikings, Oxford, Oxford University Press.
Keynes, S., 1996b: «The Reconstruction of a Burnt Cottonian Manuscript: The Case of MS. Otho A. I», British Library Journal 22.
Keynes, S., 1998: «King Alfred and the Mercians», en M. A. S. Blackburn y D. N. Dumville (eds.), Kings, Currency and Alliances, Woodbridge, Boydell Press.
Keynes, S., 1999: «The Cult of King Alfred the Great», ASE 28.
Keynes, S., 2001: «Mercia and Wessex in the Ninth Century», en M. P. Brown y C. A. Farr (eds.), Mercia: An Anglo-Saxon Kingdom in Europe, Leicester, Leicester University Press.
Keynes, S., 2004: «Æthelred II», en ODNB.
Keynes, S., 2004b: «Eadric Streona», en ODNB.
Keynes, S., 2004c: «Eadwig», en ODNB.
Keynes, S., 2004d: «Emma [Ælfgifu]», en ODNB.
Keynes, S., 2005: «The Kingdom of the Mercians in the Eighth
Century», en D. Hill y M. Worthington, Æthelbald and Offa: Two
Página 406
Eighth-Century Kings of Mercia, BAR British Series, 383. Keynes, S., 2008: «Edgar, rex admirabilis», en D. Scraagg (ed.), Edgar,
King of the English, 959-975: New Interpretations, Woodbridge, Boydell Press.
Keynes, S., 2015: «Alfred the Great and the Kingdom of the Anglo-Saxons», en N. G. Discenza y P. E. Szarmach (eds.), A Companion to Alfred the Great, Leiden, Brill.
Keynes, S. y Love, R., 2009: «Earl Godwine’s Ship», ASE 38.
Kirby, D. P., 2000 (1990): The Earliest English Kings, Routledge (ed.
rev.).
Kleinschmidt, H., 1996: «The Old English Annal for 757 and West Saxon Dynastic Strife», Journal of Medieval History 22.
Knowles, D. D., 1963 (1940): The Monastic Order in England: A History of its Development from the Times of St Dunstan to the Fourth Lateran Council 940-1216, Cambridge, Cambridge University Press.
Konshuh, C., 2016: «Fighting with a Lytlewerode: Alfred’s Retinue in the Anglo-Saxon Chronicle», The Medieval Chronicle X, Leiden, Brill.
Krautheimer, R., 2000: Rome: Profile of a City, 312-1308, Princeton, Princeton University Press.
Lagorio, V. M., 2001: «The Evolving Legend of St Joseph of Glastonbury», en P. J. Carley (ed.), Glastonbury Abbey and the Arthurian Tradition, Cambridge, D. S. Brewer.
Lambert, T., 2017: Law and Order in Anglo-Saxon England, Oxford, Oxford University Press.
Lapidge, M., 1980: «Some Latin Poems as Evidence for the Reign of Athelstan», ASE 9.
Lapidge, M., 2004: «Dunstan», en ODNB.
Lapidge, M., Blair, J., Keynes, S., y Scragg, D. (eds.), 2014 (2000): The Wiley Blackwell Encyclopedia of Anglo-Saxon England, Oxford, Wiley-Blackwell.
Lawson, M. K., 2004: «Cenwulf», en ODNB.
Lawson, M. K., 2004b: «Cnut [Canute]», en ODNB.
Lawson, M. K., 2011: Cnut: England’s Viking King, 1016-3, Stroud, The History Press.
Página 407
Leahy, K., 2007: The Anglo-Saxon Kingdom of Lindsey, Stroud, The History Press.
Maddicott, J. R., 1989: «Trade, Industry and the Wealth of King Alfred», Past & Present 123.
Maddicott, J. R., 1997: «Plague in Seventh-Century England», Past & Present 156.
Maddicott, J. R., 2000: «Two Frontier States: Northumbria and Wessex, c. 650-750», en J. R. Maddicott and D. M. Palliser (eds.), The Medieval State: Essays Presented to James Campbell, Hambledon Press.
Maddicott, J. R., 2003: «Prosperity and Power in the Age of Bede and Beowulf», Proceedings of the British Academy 117.
Maddicott, J. R., 2004: «Edward the Confessor’s Return to England in 1041», EHR 119.
Maddicott, J. R., 2004b: «Ecgfrith», en ODNB.
Maddicott, J. R., 2005: «London and Droitwich, c. 650-750: Trade, Industry and the Rise of Mercia», ASE 34.
Maddicott, J. R., 2010: The Origins of the English Parliament, 924-1327, Oxford, Oxford University Press.
Malim, T., 2010: «Grim’s Ditch, Wansdyke and the Ancient Highways of England: Linear Monuments and Political Control», Proceedings of the Clifton Antiquarian Club 9.
Malone, C. M., 2004: Façade as Spectacle: Ritual and Ideology at Wells Cathedral, Leiden, Brill.
Mann, J. C., 1998: «The Creation of Four Provinces in Britain by Diocletian», Britannia 29.
Marafioti, N., 2014: The King’s Body: Burial and Succession in Late Anglo-Saxon England, Toronto, University of Toronto Press.
Matthews, H. C. G. y Harrison, B., 2004: The Oxford Dictionary of National Biography [ODNB], 60 vols., Oxford, Oxford University Press.
Mattingly, D., 2006: An Imperial Possession: Britain in the Roman Empire, 54 BC - AD 409, Penguin Books.
Mayr-Harting, H., 1977 (1972): The Coming of Christianity to Anglo-Saxon England, Batsford.
McEvoy, M. A., 2013: Child Emperor Rule in the Late Roman West, AD 367-455, Oxford, Oxford University Press.
Página 408
McGrail, S., 1998 (1987): Ancient Boats in North-West Europe: The Archaeology of Water Transport to AD 1500, Routledge.
Metcalf, D. M., 2009: «Betwixt Sceattas and Offa’s Pence: Mint-Attributions and the Chronology of a Recession», British Numismatic Journal 79.
Meyer, M. A., 1977: «Women and the Tenth-Century English Monastic Reform», Revue Bénédictine 87.
Miller, S., 2004: «Edward [called Edward the Elder]», en ODNB.
Molyneaux, G., 2009: «The Old English Bede: English Ideology or Christian Instruction?», HER 124.
Molyneaux, G., 2014: «Did the English Really Think They Were God’s Elect in the Anglo-Saxon Period?», Journal of Ecclesiastical History, 65.
Molyneaux, G., 2015: The Formation of the English Kingdom in the Tenth Century, Oxford, Oxford University Press.
Morris, J., 1973: The Age of Arthur:A History of the British Isles from 350 to 650, Macmillan.
Morris, M., 2008: A Great and Terrible King: Edward I and the Forging of Britain, Hutchinson.
Morris, M., 2012: The Norman Conquest, Cornerstone.
Morris, M., 2015: King John: Treachery, Tyranny and the Road to Magna Carta, Hutchinson.
Naismith, R., 2010: «The Coinage of Offa Revisited», British Numismatic Journal 80.
Naismith, R., 2011: «The Origins of the Line of Egbert, King of the West Saxons, 802-839», EHR 126.
Naismith, R., 2012: Money and Power in Anglo-Saxon England: The Southern English Kingdoms, 757-865, Cambridge, Cambridge University Press.
Naismith, R., 2017: Medieval European Coinage 8: Britain and Ireland c. 400-1066, Cambridge, Cambridge University Press.
Naismith, R., 2019: Citadel of the Saxons: The Rise of Early London, Bloomsbury Academic.
Nelson, J. L., 1997: «The Frankish Empire», en P. Sawyer (ed.), The Oxford Illustrated History of the Vikings, Oxford, Oxford University Press.
Página 409
Nelson, J. L., 2001: «Carolingian Contacts», en M. P. Brown y C. A. Farr, Mercia: An Anglo-Saxon Kingdom in Europe, Leicester, Leicester University Press.
Nelson, J. L., 2004: «Æthelwulf», en ODNB.
Nelson, J. L., 2009: King and Emperor: A New Life of Charlemagne, Allen Lane.
Newfield, T. P., 2018: «The Climate Downturn of 536-50», en S. White, C. Pfister, and F. Mauelshagen (eds.), The Palgrave Handbook of Climate History, Palgrave Macmillan.
Newton, S., 1993: The Origins of Beowulf and the Pre-Viking Kingdom of East Anglia, Woodbridge, D. S. Brewer.
Notker de Balbulus, Gestas del emperador Carlomagno, G. Fabián Rodríguez (ed. e introd.) y C. R. Domínguez (trad.), Mar del Plata, Universidad Nacional de Mar del Plata, 2019.
Ó Corráin, D., 1997: «Ireland, Wales, Man, and the Hebrides», en P. Sawyer (ed.), The Oxford Illustrated History of the Vikings,
Oxford, Oxford University Press.
Page, W. y Ditchfield, P. H., 1924: A History of the County of Berkshire, vol. IV, London, Victoria County History.
Parsons, D. y Sutherland, D., 2013: The Anglo-Saxon Church of All Saints, Brixworth, Northamptonshire: Survey, Excavation and Analysis, 1972-2010, Oxford.
Peacock, D. P. S., 1997: «Charlemagne’s Black Stones: The Re-Use of Roman Columns in Early Medieval Europe», Antiquity 71.
Pearson, A., 2002: The Roman Shore Forts: Coastal Defences of Southern Britain, Stroud, Tempus.
Pelteret, D. A. E., 1995: Slavery in Early Mediæval England, Woodbridge, Boydell and Brewer.
Pratt, D., 2001: «The Illnesses of King Alfred the Great», ASE 30.
Pratt, D., 2012: «The Voice of the King in “King Edgar’s Establishment of Monasteries”», ASE 41.
Prien, R., 2017: «The Copy of an Empire? Charlemagne, the Carolingian Renaissance and Early Medieval Perception of Late Antiquity», en C. Forberg y P. Stockhammer (eds.), The Transformative Power of the Copy, Heidelberg, Heidelberg University Publishing.
Rahtz, P., 1993: Glastonbury, Cambridge Rare Books.
Página 410
Ray, K. y Bapty, I., 2016: Offa’s Dyke: Landscape and Hegemony in Eighth-Century Britain, Oxford, Oxbow Books.
Reuter, T., 1985: «Plunder and Tribute in the Carolingian Empire», TRHS 35.
Richards, J. D., 2005: The Vikings: A Very Short Introduction, Oxford, Oxford University Press.
Richardson, H. G. y Sayles, G. O., 1966: Law and Legislation from Æthelberht to Magna Carta, Edinburgh, Edinburgh University Press.
Rippon, S., Smart, C. y Pears, B., 2015: The Fields of Britannia, Oxford, Oxford University Press.
Roach, L., 2013: Kingship and Consent in Anglo-Saxon England, 871-978, Cambridge, Cambridge University Press.
Roach, L., 2016: Æthelred the Unready, New Haven (Connecticut), Yale University Press.
Rogers, C. J., 2010: The Oxford Encyclopedia of Medieval Warfare and Military Technology, vol. 1, Oxford, Oxford University Press.
Rollason, D. y Dobson, R., 2004: «Cuthbert», en ODNB.
Royal Commission on the Historical Monuments of England, 1959:
«Wareham West Walls», Medieval Archaeology 3.
Rumble, A. R., 1980: «Hamtun alias Hamwic (Saxon Southampton): The Place-Name Traditions and their Significance», en P. Holdsworth (ed.), Excavations at Melbourne Street Southampton, 1971-76, Council for British Archaeology.
Rumble, A. R., 2008: «The Laity and the Monastic Reform in the Reign of Edgar», en D. Scragg (ed.), Edgar, King of the English, 959-975: New Interpretations, Woodbridge, Boydell Press.
Salway, P. y Blair, J., 1992: Roman and Anglo-Saxon Britain, Oxford, Oxford Paperbacks.
Salway, P. y Blair, J., 1993: The Oxford Illustrated History of Roman Britain, Oxford, Oxford University Press.
Salway, P. y Blair, J., 2002: «Conclusion», en P. Salway (ed.), The Roman Era: The British Isles: 55 BC-AD 410, Oxford, Oxford University Press.
Sawyer, P., 1995: «The Last Scandinavian Kings of York», Northern History 31.
Página 411
Sawyer, P., 1997: «The Age of the Vikings and Before», en P. Sawyer (ed.), The Oxford Illustrated History of the Vikings, Oxford, Oxford University Press.
Sawyer, P., 2002: «Conclusion», en P. Salway (ed.), The Roman Era:
The British Isles: 55 BC-AD 410, Oxford, Oxford University Press.
Sawyer, P., 2004: «Swein», en ODNB.
Sawyer, P., 2013: The Wealth of Anglo-Saxon England, Oxford, Oxford University Press.
Scull, C., Minter, F. y Plouviez, J., 2016: «Social and Economic Complexity in Early Medieval England: A Central Place Complex of the East Anglian Kingdom at Rendlesham, Suffolk», Antiquity 90.
Smith, A. W., 1989: «“And Did Those Feet…?”: The “Legend” of Christ’s Visit to Britain», Folklore 100.
Smyth, A., 1995: King Alfred the Great, Oxford, Oxford University Press.
Squatriti, P., 2002: «Digging Ditches in Early Medieval Europe», Past & Present 176.
Stafford, P., 1982: «The Laws of Cnut and the History of Anglo-Saxon Royal Promises», ASE 10.
Stafford, P., 1994: «Women and the Norman Conquest», TRHS (6th series) 4.
Stafford, P., 1997: Queen Emma and Queen Edith: Queenship and Women’s Power un Eleventh Century England, Oxford, Blackwell Publishers.
Stafford, P., 2004: «Ælfthryth», en ODNB.
Stafford, P., 2004b: «Ælfgifu of Northampton», en ODNB.
Stafford, P., 2004c: «Eadgifu», en ODNB.
Stenton, D. M., 1956: The English Woman in History, Routledge.
Stenton, F. M., 1971 (1943): Anglo-Saxon England, Oxford University Press.
Summerson, H., 2004: «George [St George]», en ODNB.
Summerson, H., 2009: «Tudor Antiquaries and the Vita Ædwardi regis», ASE 38.
Thacker, A., 2004: «Ælfflæd», en ODNB.
Thacker, A., 2004b: «Wilfrid», en ODNB.
Página 412
Thacker, A., 2005: «England in the Seventh Century», en P. Fouracre (ed.), The New Cambridge Medieval History, I: c. 500 - c. 700, Cambridge, Cambridge University Press
Tolkien, J. R. R., 2015: Beowulf: A Translation and Commentary, C. Tolkien (ed.), HarperCollins y Houghton Mifflin Harcourt [ed. en esp.: Beowulf: traducción y comentario, N. Ferrante (trad.), Barcelona, Minotauro, 2015].
Tolley, C., 2012 (2007): «Old English Influence on The Lord of the Rings», en R. North y J. Allard (eds.), Beowulf and Other Stories: A New Introduction to Old English, Old Icelandic and Anglo-Norman Literatures, Routledge.
Townend, M., 2001: «Contextualizing the Knútsdrápur: Skaldic Praise-Poetry at the Court of Cnut», ASE 30.
Treharne, E., 2012: Living Through Conquest: The Politics of Early English, 1020-1220, Oxford, Oxford University Press.
Tyler, D. J., 2011: «Offa’s Dyke: A Historiographical Reappraisal», Journal of Medieval History 37.
Ulmschneider, K., 2000: «Settlement, Economy, and the “Productive” Site: Middle Anglo-Saxon Lincolnshire ad 650-780», Medieval Archaeology 44.
Wallace-Hadrill, J. M., 1988: Bede’s Ecclesiastical History of the English People: A Historical Commentary, Oxford, Oxford University Press.
Ward-Perkins, B., 2000: «Why Did the Anglo-Saxons Not Become More British?», EHR 115.
Ward-Perkins, B., 2005: The Fall of Rome and the End of Civilization, Oxford, Oxford University Press [ed. en esp: La caída de Roma y el fin de la civilización, M. Cuesta y D. Hernández de la Fuente (trads.), Madrid, Espasa, 2007].
Webster, L., 2012: Anglo-Saxon Art, Ithaca (New York), Cornell University Press.
Welch, M., 1993: Anglo-Saxon England, Batsford.
Welch, M., 2007: «Anglo-Saxon Kent to AD 800», en J. H. Williams, The Archaeology of Kent to AD 800, Woodbridge, Boydell Press.
Wilcox, J., 2004: «Wulfstán’s Sermo Lupi ad Anglos as Political
Performance: 16 February 1014 and Beyond», en M. O. Townend
Página 413
(ed.), Wulfstán, Archbishop of York: The Proceedings of the Second Alcuin Conference, Turnhout.
Williams, A., 2004: «Eadred», en ODNB.
Williams, A., 2004b: «Edgar», en ODNB.
Williams, A., 2004c: «Godwine», en ODNB.
Williams, A., 2004d: «Odda», en ODNB.
Williams, G., 2001: «Mercian Coinage and Authority», en M. P. Brown y C. A. Farr (eds.), Mercia: An Anglo-Saxon Kingdom in Europe, Leicester, Leicester University Press.
Williams, G., 2001b: «Military Institutions and Royal Power», en M. P. Brown y C. A. Farr (eds.), Mercia: An Anglo-Saxon Kingdom in Europe, Leicester, Leicester University Press.
Williams, H., 2002.: «Cemeteries as Central Places-Place and Identity in Migration Period Eastern England», en L. Larsson y B. Hárdh (eds.), Central Places in the Migration and Merovingian Periods, Stockholm, Lunds Universitet.
Williams, T., 2017: Viking Britain: An Exploration, HarperCollins.
Wilmott, T., 2012: Richborough and Reculver, English Heritage.
Wiseman, H., 2000: «The Derivation of the Date of the Badon Entry in the Annales Cambriae from Bede and Gildas», Parergon 17.
Wood, I. N., 2004: «Boniface», en ODNB.
Wood, M., 1999: «The Lost Life of King Athelstan», en M. Wood, In
Search of England: Journeys into the English Past, Viking.
Wood, M., 2006 (1987): In Search of the Dark Ages, BBC Books.
Wood, M., 2013: «Searching for Brunanburh: The Yorkshire Context of the “Great War” of 937», Yorkshire Archaeological Journal 85.
Woolf, A., 1998: «Erik Bloodaxe Revisited», Northern History 35.
Woolf, A., 2007: From Pictland to Alba, 789-1070, Edinburgh, Edinburgh University Press.
Wormald, P., 1983: «Bede, the Bretwaldas and the Origin of the Gens Anglorum», en P. Wormald, D. Bullough y R. Collins (eds.), Ideal and Reality in Frankish and Anglo-Saxon Society, Oxford.
Wormald, P., 1994: «Engla Londe: The Making of an Allegiance», Journal of Historical Sociology 7.
Wormald, P., 1999: The Making of English Law: King Alfred to the Twelfth Century, Oxford, Wiley.
Wormald, P., 2004: «Æthelweard», en ODNB.
Página 414
Wormald, P., 2004b: «Wulfstán [Lupus]», en ODNB.
Worthington, M., 2005: «Offa’s Dyke», en D. Hill y M. Worthington (eds.), Æthelbald and Offa: Two Eighth-Century Kings of Mercia, BAR British Series, 383.
Wyatt, D., 2001: «The Significance of Slavery: Alternative Approaches to Anglo-Saxon Slavery», Anglo-Norman Studies 23.
Wyatt, D., 2009: Slaves and Warriors in Medieval Britain and Ireland, 800-1200, Leiden, Brill.
Yorke, B., 1988: «Æthelwold and the Politics of the Tenth Century», en B. Yorke (ed.), Bishop Æthelwold: His Career and Influence, Woodbridge, Boydell & Brewer.
Yorke, B., 1989: «The Jutes of Hampshire and Wight and the Origins of Wessex», en S. Bassett (ed.), The Origins of Anglo-Saxon Kingdoms, Leicester, Leicester University Press.
Yorke, B., 1990: Kings and Kingdoms of Early Anglo-Saxon England, Routledge.
Yorke, B., 1995: Wessex in the Early Middle Ages, Leicester, Leicester University Press.
Yorke, B., 2003: «Anglo-Saxon Gentes and Regna», en H.-W. Goetz, J. Jarnut y W. Pohl (eds.), Regna and Gentes: The Relationship between Late Antique and Early Medieval Peoples and Kingdoms in the Transformation of the Roman World, Leiden, Brill.
Yorke, B., 2004: «Cædwalla», en ODNB.
Yorke, B., 2004b: «Ceawlin», en ODNB.
Yorke, B., 2008: «Anglo-Saxon Origin Legends», en J. Barrow y A. Wareham (eds.), Myth, Rulership, Church and Charters: Essays in Honour of Nicholas Brooks, Routledge.
Yorke, B., 2009: «The Bretwaldas and the Origins of Overlordship in Anglo-Saxon England», en S. Baxter, C. Karkov, J. L. Nelson y D. Pelter (eds.), Early Medieval Studies in Memory of Patrick Wormald, Routledge.
Yorke, B., 2010: «The Representation of Early West Saxon History in the Anglo-Saxon Chronicle», en A. Jorgensen (ed.), Reading the Anglo-Saxon Chronicle: Language, Literature, History, Turnhout, Brepols.
Página 415
OBRAS SECUNDARIAS (CONSULTADAS)
Backhouse, J., 1995: The Lindisfarne Gospels: A Masterpiece of Book Painting, British Library.
Baker, J. y Brookes, S., 2012: «Fulham 878-79: A New Consideration of Viking Manoeuvres», Viking and Medieval Scandinavia 8.
Baker, J. y Brookes, S., 2013: Beyond the Burghal Hidage: Anglo-Saxon Civil Defence in the Viking Age, Leiden, Brill.
Scragg, D. (ed.), 1991: The Battle of Maldon AD 991, Oxford, Blackwell.
Beech, G. T., 2009: «How England Got Its Name (1014-1030)», Nouvelle Revue d’Onomastique 51.
Blair, J., 1988: «Introduction: From Minster to Parish Church», en J. Blair (ed.), Minsters and Parish Churches: The Local Church in Transition, 950-1200, Oxford, Oxford University Committee for Archaeology Monographs, 17.
Breeze, A., 2010: «Gildas: Renewed Approaches», Northern History 47.
Brooks, N., 2003: «English Identity from Bede to the Millennium», Haskins Society Journal 14.
Brugmann, B., 2011: «Migration and Endogenous Change», en H. Hamerow, D. A. Hinton y S. Crawford (eds.), Oxford Handbook of Anglo-Saxon Archaeology, Oxford, Oxford University Press.
Campbell, J., 1986: «Bede’s Reges and Principes», en J. Campbell, Essays in Anglo-Saxon History, Bloomsbury Academic.
Campbell, J., 1986b: «Bede II», en J. Campbell, Essays in Anglo-Saxon History, Bloomsbury Academic.
Campbell, J., 1986c: «The First Century of Christianity in England», en J. Campbell, Essays in Anglo-Saxon History, Bloomsbury Academic.
Campbell, J., 1986d: «Observations on the Conversion of England», en J. Campbell, Essays in Anglo-Saxon History, Bloomsbury Academic.
Campbell, J., 2000: «England, c. 991», en J. Campbell, The Anglo-Saxon State, Bloomsbury Academic.
Página 416
Campbell, J., 2000b: «The Late Anglo-Saxon State: A Maximum View», en J. Campbell, The Anglo-Saxon State, Bloomsbury Academic.
Campbell, J., 2000c: «Was it Infancy in England?», en J. Campbell, The Anglo-Saxon State, Bloomsbury Academic.
Campbell, J., 2000d: «Some Agents and Agencies of the Late Anglo-Saxon State», en J. Campbell, The Anglo-Saxon State, Bloomsbury Academic.
Charles-Edwards, T., 1989: «Early Medieval Kingships in the British Isles», en S. Bassett (ed.), The Origins of Anglo-Saxon Kingdoms. Leicester, Leicester University Press.
Charles-Edwards, T., 2001: «Wales and Mercia, 613-918», en M. P. Brown y C. A. Farr (eds.), Mercia: An Anglo-Saxon Kingdom in Europe, Leicester, Leicester University Press.
Chick, D., 2005: «The Coinage of Offa in Light of Recent Discoveries», en D. Hill y M. Worthington (eds.), Æthelbald and Offa: Two Eighth-Century Kings of Mercia, BAR British Series, 383.
Collins, R., 2010 (1991): Early Medieval Europe, 300-1000, Red Globe Press.
Costen, M., 1992: «Dunstan, Glastonbury and the Economy of Somerset in the Tenth Century», en N. Ramsey, M. Sparks y T. Tatton-Brown (eds.), St Dunstan: His Life, Times and Cult, Woodbridge, Boydell Press.
Crawford, B. E., 2003: «The Vikings», en W. Davies (ed.), From the Vikings to the Normans, Oxford, Oxford University Press.
Cubitt, C., 1989: «Wilfrid’s “Usurping Bishops”: Episcopal Elections in Anglo-Saxon England, c. 600-c. 800», Northern History 25.
Dales, D., 2013 (1988): Dunstan: Saint and Statesman, Cambridge, James Clark & Co.
Downham, C., 2009: «“Hiberno-Norwegians” and “Anglo-Danes”: Anachronistic Ethnicities in Viking Age England», Mediaeval Scandinavia 19.
Dumville, D. M., 1992: «Between Alfred the Great and Edgar the Peaceable: Athelstan, the First King of England», en D. M. Dumville, Wessex and England from Alfred to Edgar, Woodbridge, Boydell Press.
Dumville, D. M., 1992b: «King Alfred and the Tenth-Century Reform of the English Church», en D. M. Dumville, Wessex and England from
Página 417
Alfred to Edgar, Woodbridge, Boydell Press.
Dumville, D. M., 1984: «Gildas and Maelgwn: Problems of Dating», en M. Lapidge y D. Dumville (eds.), Gildas: New Approaches, Woodbridge, Boydell Press.
Dumville, D. M., 1984b: «The Chronology of De Excidio Britanniae, Book 1», en M. Lapidge y D. Dumville (eds.), Gildas: New Approaches, Woodbridge, Boydell Press.
Edwards, N., 2009: «Rethinking the Pillar of Eliseg», Antiquaries Journal 89.
Fleming, R., 2001: «The New Wealth, the New Rich and the New Political Style in Late Anglo-Saxon England», Anglo-Norman Studies 23.
Fleming, R., 2003: «Lords and Labour», en W. Davies (ed.), From the Vikings to the Normans, Oxford, Oxford University Press.
Fraser, J. E., 2008: «Bede, the Firth of Forth, and the Location of Urbs Iudeu», Scottish Historical Review 87 (1).
Gelling, M., 2000: The Landscape of Place-Names, Stamford, Paul Watkins Publishing.
Gelling, M., 2010 (1978): Signposts to the Past: Place-Names and the History of England, Chichester, Phillimore & Company.
Gerrard, J., 2013: The Ruin of Roman Britain: An Archaeological Perspective, Cambridge, Cambridge University Press.
Gibbs, M., 1973: «The Decrees of Agatho and the Gregorian Plan for York», Speculum 48.
Godden, M., 2004: «Ælfric of Eynsham», en ODNB.
Griffiths, D., 2003: «Exchange, Trade and Urbanization», en W. Davies (ed.), From the Vikings to the Normans, Oxford, Oxford University Press.
Hall, A., 2012: «The Instability of Place-Names in Anglo-Saxon England and Early Medieval Wales, and the Loss of Roman Toponymy», en R. Jones y S. Semple (eds.), Sense of Place in Anglo-Saxon England, Donington, Shaun Tyas Publishing.
Halsall, G., 2005: «The Barbarian Invasions», en P. Fouracre (ed.), The New Cambridge Medieval History, I: c. 500-c. 700, Cambridge, Cambridge University Press.
Hamerow, H., 2005: «The Earliest Anglo-Saxon Kingdoms», en
P. Fouracre (ed.), The New Cambridge Medieval History, I:
Página 418
c. 500-c. 700, Cambridge, Cambridge University Press.
Hamerow, H., 2012: Rural Settlements and Society in Anglo-Saxon England, Oxford, Oxford Academic.
Harrington, S. y Welch, M., 2014: The Early Anglo-Saxon Kingdoms of Southern Britain, AD 450-650, Oxford, Oxbow Books.
Haslam, J., 1987: «Market and Fortress in England in the Reign of Offa», World Archaeology 19.
Haslam, J., 2011: «King Alfred, Mercia and London, 874-86: A Reassessment», ASSAH 17.
Hedeager, L., 1998: «Cosmological Endurance: Pagan Identities in Early Christian Europe», European Journal of Archaeology 1.
Higham, N., 1993: The Kingdom of Northumbria: AD 350-1100, Stroud, Sutton Pub.
Higham, N., 1994: The English Conquest: Gildas and Britain in the Fifth Century, Manchester, Manchester University Press.
Hill, D., 1984 (1981): An Atlas of Anglo-Saxon England, 700-1066, Oxford, Wiley-Blackwell.
Hill, D., 2001: «Mercians: Dwellers on the Boundary», en M. P. Brown y C. A. Farr, Mercia: An Anglo-Saxon Kingdom in Europe, Leicester, Leicester University Press.
Hill, D., 2005: «The Eighth-Century Urban Landscape», en D. Hill y M. Worthington, Æthelbald and Offa: Two-Eighth Century Kings of Mercia, BAR British Series, 383.
Hines, J., 1995: «Cultural change and social organization in early Anglo-Saxon England», en G. Ausenda (ed.), After Empire: Towards an Ethnology of Europe’s Barbarians, Woodbridge, Boydell & Brewer.
Holland, T., 2016: Athelstan: The Making of England, Penguin.
Howe, N., 2008: Writing the Map of Anglo-Saxon England, New Haven (Connecticut), Yale University Press.
Hudson, J., 2018 (2016): The Formation of the English Common Law: Law and Society in England from King Alfred to Magna Carta, Routledge.
Hunt, J., 2016: Warriors, Warlords and Saints: The Anglo-Saxon Kingdom of Mercia, Alcester, West Midlands History.
Inker, P., 2000: «Technology as Active Material Culture: The Quoit-Brooch Style», Medieval Archaeology 44.
Página 419
Jayakumar, S., 2009: «Reform and Retribution: The “Anti-Monastic Reaction” in the Reign of Edward the Martyr», en S. Baxter, C, Karkov y J. L. Nelson (eds.), Early Medieval Studies in Memory of Patrick Wormald, Routledge.
John, E., 1996: Reassessing Anglo-Saxon England, Manchester, Manchester University Press.
Jones, M. A., 2016: «A Chosen Missionary People? Willibrord, Boniface, and the Election of the Angli», Medieval Worlds 3.
Keynes, S., 1999: «England, 900-1016», en T. Reuter (ed.), The New Cambridge Medieval History, III: c. 900-c. 1024, Cambridge, Cambridge University Press.
Keynes, S., 2001: «Mercia and Wessex in the Ninth Century», en M. P. Brown y C. A. Farr (eds.), Mercia: An Anglo-Saxon Kingdom in Europe, Leicester, Leicester University Press.
Keynes, S., 2001b: «Edward, King of the Anglo-Saxons», en N. J.
Higham y D. H. Hill (eds.), Edward the Elder, 899-924, Routledge.
Kirby, D. P., 1983: «Bede, Eddius Stephanus, and the “Life of Wilfrid”», EHR 98.
Kock, J. T., 1999: «The Place of Y Gododdin in the History of Scotland», en R. Black, W. Gillies y R. Ó. Maolalaigh (eds.), Celtic Connections, vol. 1, East Linton, Tuckwell Press.
Lavelle, R., 2010: Alfred’s Wars: Sources and Interpretations of Anglo-Saxon Warfare in the Viking Age, Woodbridge, Boydell & Brewer.
Lavelle, R., 2017: Cnut: The North Sea King, Penguin.
Leahy, K., Bland, R., Hooke, D., Jones, A. y Okasha, E., 2011: «The Staffordshire (Ogley Hay) Hoard: Recovery of a Treasure», Antiquity 85.
Leyser, H., 2015: Beda: A Journey Through the Seven Kingdoms in the Age of Bede, Head of Zeus.
Leyser, H., 2017: A Short History of the Anglo-Saxons, Bloomsbury Academic.
Manco, J., 2018: The Origins of the Anglo-Saxons, Thames & Hudson.
Miller, M., 1975: Bede’s use of Gildas, HER 90.
Moisl, H., 1983: «The Bernician Royal Dynasty and the Irish in the Seventh Century», Peritia 2.
Página 420
Murray, A., 2007: «Bede and the Unchosen Race», en H. Pryce y J. Watts (eds.), Power and Identity in the Middle Ages, Oxford, Oxford University Press.
Nelson, J. L., 1986: «“A King Across the Sea”: Alfred in Continental Perspective», TRHS 36.
Nelson, J. L., 1993: «The Political Ideas of Alfred of Wessex», J. Duggan (ed.), Kings and Kingship in Medieval Europe, King’s College London Centre for Late Antique and Medieval Studies.
Nelson, J. L., 2003: «England and the Continent in the Ninth Century:
II, The Vikings and Others», TRHS 13.
Noble, T. F. X., 1995: «Rome in the Seventh Century», M. Lapidge (ed.), Archbishop Theodore: Commemorative Studies on His Life and Influence, Cambridge, Cambridge University Press.
Parsons, D., 2001: «The Mercian Church: Archaeology and Topography», en M. P. Brown y C. A. Farr (eds.), Mercia: An Anglo-Saxon Kingdom in Europe, Leicester, Leicester University Press.
Pelteret, D., 1998: «Saint Wilfrid: Tribal Bishop, Civic Bishop or Germanic Lord», en J. Hill y M. Swan (eds.), The Community, the Family and the Saint, Turnhout, Brepols.
Pollington, S., 2008: Anglo-Saxon Burial Mounds: Princely Burials in the 6th and 7th centuries, Swaffham, Anglo-Saxon Books.
Pratt, D., 2003: «Persuasion and Invention at the Court of Alfred the Great», en C. E. Cubitt, Court Culture in the Early Middle Ages: The Proceedings of the First Alcuin Conference, Turnhout, Brepols.
Reynolds, S., 1985: «What Do We Mean by “Anglo-Saxon” and “Anglo-Saxons”?», Journal of British Studies 24.
Richards, J. D., 2004 (1980): Viking Age England, Stroud, The History Press.
Rollason, D., 2003: Northumbria, 500-1100: Creation and Destruction of a Kingdom, Cambridge, Cambridge University Press.
Smyth, A. P., 1998: «The Emergence of English Identity, 700-1000», en A. P. Smyth (ed.), Medieval Europeans: Studies in Ethnic Identity and National Perspectives in Medieval Europe, Basingstoke, Palgrave Macmillan.
Snyder, C. A., 1998: An Age of Tyrants: Britain and the Britons, AD 400-600, Stroud, Sutton Publishing Ltd.
Página 421
Squatriti, P., 2004: «Offa’s Dyke Between Nature and Culture», Environmental History 9.
Stafford, P., 1989: Unification and Conquest: A Political and Social History of England in the Tenth and Eleventh Centuries, Hodder Education Publishers.
Thompson, E. A., 1979: «Gildas and the History of Britain», Britannia 10.
Tolkien, J. R. R., 1983: Beowulf: The Monsters and the Critics and Other Essays, George Allen & Unwin.
Tyler, D. J., 2005: «Orchestrated Violence and the “Supremacy of the Mercian Kings”», en D. Hill y M. Worthington, Æthelbald and Offa: Two-Eighth Century Kings of Mercia, BAR British Series, 383.
Underwood, R., 1999: Anglo-Saxon Weapons and Warfare, Stroud, Tempus Pub Ltd.
Vince, A., 2001: «Market Centres and Towns in the Mercian Hegemony», en M. P. Brown y C. A. Farr (eds.), Mercia: An Anglo-Saxon Kingdom in Europe, Leicester, Leicester University Press.
Webster, L., 2017: «Anglo-Saxon Art: Tradition and Transformation», en C. Insley y G. R. Owen-Crocker, Transformation in Anglo-Saxon Culture: Toller Lectures on Art, Archaeology and Text, Oxford, Oxbow Books.
Webster, L., Sparey-Green, C., Périn, P. y Hills, C., 2011: The Staffordshire (Ogley Hay) Hoard: Problems of Interpretation, Antiquity 85.
White, R. H., 2014: «A Brave New World? The Archaeology of Western Britain in the Fifth and Sixth Centuries», en F. K. Haarer et al., AD410: The History and Archaeology of Late and Post-Roman Britain, Society for the Promotion of Roman Studies.
Wickham, C., 2009: The Inheritance of Rome: A History of Europe from 400 to 1000, Penguin [ed. en esp.: El legado de Roma: una historia de Roma de 400 a 1000, C. Belza y G. García (trads.), Barcelona, Pasado y Presente, 2013].
Williams, G., 2001: «Military Institutions and Royal Power», en M. P. Brown y C. A. Farr (eds.), Mercia: An Anglo-Saxon Kingdom in Europe, Leicester, Leicester University Press.
Página 422
Williams, G., 2005: «Military Obligations and Mercian Supremacy in the Eighth Century», en D. Hill y M. Worthington, Æthelbald and Offa: Two-Eighth Century Kings of Mercia, BAR British Series, 383.
Wood, I., 1984: «The End of Roman Britain: Continental Evidence and Parallels», M. Lapidge y D. Dumville (eds.), Gildas: New Approaches, Woodbridge, Boydell Press.
Wood, I., 1995: «Northumbrians and Franks in the Age of Wilfrid», Northern History 31.
Wood, M., 1999: «Glastonbury, the Grail and the Isle of Avalon», en M. Wood, In Search of England: Journeys into the English Past, Viking.
Woods, D., 2010: «Gildas and the Mystery Cloud of 536-7», Journal of Theological Studies (New Series) 61.
Wormald, P., 1978: «Bede, Beowulf, and the Conversion of the Anglo-Saxon Aristocracy», en R. T. Farrell (ed.), Bede and Anglo-Saxon England: Papers in honour of the 1300th anniversary of the birth of Bede, given at Cornell University in 1973 and 1974, Oxford, British Archaeological Reports Oxford Ltd.
Worthington, M., 1997: «Wat’s Dyke: An Archaeological and Historical Enigma», Bulletin of the John Rylands Library 79.
Yorke, B., 1999: «The Origins of Anglo-Saxon Kingdoms: The Contribution of Written Sources», ASSAH 10.
Yorke, B., 2006: The Conversion of Britain: Religion, Politics and Society in Britain, c. 600-800, Routledge.
Yorke, B., 2003: Nunneries and the Anglo-Saxon Royal Houses, Bloomsbury Publishing.
Zaluckyj, S., 2001: Mercia: The Anglo-Saxon Kingdom of Central England, Almeley, Logaston Press.
Página 423
«Mayor ha de ser nuestro brío y coraje,
mayor el tesón, cuanto menos
podamos.
Al caudillo excelente aquí sobre
el polvo
muerto tenemos. Por siempre
quizá
lo lamente después el que ahora
flaquee.
Avanzada es mi edad: de aquí no
he de irme;
con mi amado señor me pienso
quedar
Página 424
y junto con él daré yo mi vida».
La batalla de Maldon, 312-319 (trad. L. Lerate y J. Lerate, Alianza editorial, 1999).
El casco de Sutton Hoo, ilustración de Pablo Outeiral.
Página 425
Galería de imágenes
1. El tesoro de Hoxne. La vitrina transparente reproduce el arcón y los cofres de madera en los que originalmente se guardaba el tesoro. © Mike Peel (www.mikepeel.net). Dominio público.
Página 426
2. El Muro de Adriano. El famoso hito fronterizo, que se extiende a lo largo de ciento diecisiete kilómetros de costa a costa, refleja las enormes dimensiones del poder militar romano. © Kevin Standage / Shutterstock.
Página 427
3. Dos recreaciones artísticas de Durovernum (Canterbury), que muestran la ciudad en el apogeo de su esplendor romano y su ruinoso estado tras el fin del dominio imperial. Canterbury romana, en torno al año 300 d. C., y Canterbury romana abandonada. Museos y galerías de Canterbury. © Ivan Lapper.
Página 428
4. La fíbula de Kingston Down. Galería de Arte Walker, Museos Nacionales de Liverpool. © Bridgeman imágenes.
5. La hebilla del cinturón de Sutton Hoo. © Fideicomisarios del Museo Británico. Todos los derechos reservados.
Página 429
6. Artefactos del tesoro de Staffordshire. Museo y Galería de Arte de Birmingham. © Bridge-man imágenes.
7. La cruz pectoral empleada por San Cutberto. © Owen Humphreys / PA imágenes / Alamy Stock fotografías.
Página 430
8. La cripta de la abadía de Hexham, construida por san Wilfredo. Reproducida con la autorización del British Pilgrimage Trust.
9. La iglesia de Bradwell-on-Sea en Essex, construida por san Ceda. © Colm O’Laoi. Dominio público.
Página 431
10. Los Evangelios de Lindisfarne. Primera página del Evangelio de San Mateo. © Junta de la Biblioteca Británica; Cotton Nero D. IV.
Página 432
11. La muralla de Offa atravesando la colina de Llanfair. Fotografía de David Jones. © PA imágenes.
12. La iglesia de Todos los Santos de Brixworth. La torre y el pináculo se añadieron en los siglos XI y XIII, aunque la mayor parte de la nave está fechada a finales del siglo VIII o principios del IX. Es probable que su construcción fuera ordenada por el rey Offa. © Baz Richardson. Reservados todos los derechos.
13. Moneda de oro emitida por el rey Offa, a imitación de un dinar de Oriente Próximo. A pesar de que, en la actualidad, se encuentra en el Museo Británico, se documentó por primera vez en Roma, lo que sugiere que pudo ser una de las 365 monedas de oro que Offa prometió entregarle al papa anualmente. Cortesía del Sylloge de monedas de las islas británicas.
14. Una de las cinco cabezas de animales talladas que se encontraron en el enterramiento del barco de Oseberg del siglo IX. Cabeza de animal tallada procedente del barco de Oseberg. © Museo de Historia Cultural, Universidad de Oslo, Noruega / Kirsten Helgeland. Dominio publico.
15. Una página (Mateo 1, 18) del Codex Aureus de Estocolmo, probablemente elaborado en Canterbury en el siglo VIII. Un escueto texto, añadido en el siglo IX, describe cómo se recuperó el libro de los vikingos mediante el pago de un rescate. Codex Aureus, f.os 9v y 10r. © The Picture Art Collection / Alamy Stock fotografías.
16. La joya de Alfredo. Fotografía de stock de Heritage Image Partnership Ltd / Alamy.
17.
La espada de Gilling. Datada a finales del siglo IX o principios del X, este arma, en un excelente estado de conservación, fue hallada por Garry Fridd cuando tenía nueve años en un arroyo en Gilling, Yorkshire, en 1976. Imagen cortesía del Fideicomiso de los museos de York (yorkmuseumstrust.org.uk). Dominio público. 18.
El rey Atelstán entrega un libro a San Cutberto. Imagen extraída de un evangelio regalado por este rey a la comunidad monástica de San Cutberto en Chester-le-Street en el 934. Cedido por Biblioteca Parker, Corpus Christi College, Cambridge. 19. Fragmentos de una estola y un manípulo bordados en oro regalados a la comunidad de San Cutberto por el rey Atelstán en el 934, redescubiertos en 1827. La figura de la izquierda es Pedro el Diácono; a la derecha, se encuentra el profeta Nahúm. Bordado de la tumba de Cutberto. Reproducido con la autorización del Cabildo de la Catedral de Durham.
20. Glastonbury Tor. © Esteban Govan. Reservados todos los derechos. Usado con permiso.
21. La garganta de Cheddar, en Somerset, donde el rey Edmundo (m. 946) estuvo a punto de morir, lo que lo impulsó a buscar la reconciliación con san Dunstán. © James Loveridge / Alamy fotografía de archivo.
22. El frontispicio de la carta de refundación de Newminster, Winchester, emitida en el
966. Muestra al rey Edgar entregando personalmente la carta a Cristo. Documento de New Minster © British Library Board; BL Cotton MS Vespasian A VIII.
23. La arquitectura eclesiástica inglesa en vísperas de la conquista normanda: la torre de Earls Barton, de mediados del siglo XI, en Northamptonshire. © Laurence Burridge. Reproducido con autorización.
Página 442
24. Un folio del Libro de Domesday. Las entradas de cada condado (en este caso, Bedfordshire) comienzan con un listado de sus principales propietarios. El primer nombre es el rey Guillermo (Rex Willelmus). © Mary Evans / Archivos Nacionales, Londres.
Página 443
Marc Morris 14 de septiembre de 1973. Estudió en la Oakwood Park Grammar School, en el King’s College de Londres y en la Universidad de Oxford. En Oxford, fue alumno de la Facultad de Historia Moderna y del Merton College. Obtuvo su doctorado en Filosofía (DPhil) en 2004 por su tesis doctoral The Bigod earls of Norfolk in the thirteenth century (Los condes Bigod de Norfolk en el siglo XIII). Historiador y locutor especializado en la Edad Media. Presentó la aclamada serie de seis capítulos Castle para Channel 4 y escribió su acompañamiento Castle (Channel 4 Books, 2003). También ha colaborado en programas de historia como Time Team, así como en otros programas de televisión y radio. Experto en monarquía y aristocracia medievales, ha escrito numerosos artículos para History Today, BBC History Magazine y Heritage Today.
Autor de la biografía más vendida de Eduardo I, A Great and Terrible King (2008), y de The Norman Conquest (2012), que explica con la misma pasión, brío y escrupulosa preocupación por la exactitud histórica con la que Marc abordó a Eduardo I, por qué la conquista normanda fue el acontecimiento más importante de la historia de Inglaterra. Su libro King
Página 444
John: Treachery, Tyranny and the Road to the Magna Carta (2015) ofrece un retrato convincente de un rey extraordinario, cuyo reinado marcó un punto de inflexión trascendental en la historia de Gran Bretaña y Europa. Una historia que abarca más de medio milenio, Anglosajones. La primera Inglaterra (2024) es nada menos que una búsqueda de los orígenes de Inglaterra. Un bestseller del Sunday Times y ampliamente aclamado por la crítica.
Imparte conferencias con regularidad en colegios, sociedades históricas y festivales literarios, y también dirige visitas especializadas a castillos del Reino Unido. Es miembro de la Royal Historical Society.
Página 445
Notas
[1] Stenton, D. M., 1956, 348.
[2] Stafford, P., 1994, 221-249. Stafford también desmonta la afirmación de que las mujeres anglosajonas tenían mayores derechos como propietarias de tierras. Solo el cinco por ciento de la tierra registrada en el Libro de Domesday estaba en manos de mujeres, y solo el uno por ciento, en manos de mujeres distintas de reinas y condesas; ibid., 226.
[3] Higham y Ryan, 13-15.
Página 446
[1] «Eric Lawes: Obituary», The Guardian, 23 de julio de 2015; Johns, C. y Bland, R., 1994, 165-173; Bland, R, 2014, 30-36.
[2] Id., 2018, 12-14, 113-116; Johns, C. y Bland, R., op. cit., 165; Maddicott, J. R., 2003, 58.
[3] Salway, P. y Blair, J., 1992, 1-24; Fleming, R., 2010, 1-6; Campbell, J. (ed.), 1991, 10; Higham y Ryan, 26.
[4] Fleming, R., op. cit., 17-20; Mattingly, D., 2006, 20.
[5] Ward-Perkins, B., 2005, 88-100; Fleming, R., op. cit., 6-7; Härke, H., 2011, 8; Salway, P. y Blair, J., op. cit., 2.
[6] Halsall, G., 2013, 92; Casey, P. J., 2002, 76-77.
[7] Higham y Ryan, 22-25; Breeze, D. J. y Dobson, B., 2000, 1; Fleming, R., op. cit., 3-5; Mattingly, D., op. cit., 239.
[8] Faulkner, N. y Reece, R., 2002, 68; Wilmott, T., 2012, 32-41; Pearson, A., 2002, passim; Fleming, R., op. cit., 5-6.
[9] Birley, A. R., 2005, 415-416, 428-429, 430-440.
[10] Faulkner, N. y Reece, R., op. cit., 59-76.
[11] Heather, P., 1995, 4-41; Freeman, C., 2014, 611. Para la cita de Amiano Marcelino, vid. Amiano Marcelino, Historia, 31, 2, 12.
[12] Halsall, G., op. cit., 177-178; McEvoy, M. A., 2013, 85.
[13] Birley, A. R., op. cit., 423-424, 449.
[14] Ibid., 449; Casey, P. J., op. cit., 93.
[15] Halsall, G., 2007, 187-188, 201-202.
[16] Bland, R., 2014, 28-30; Higham y Ryan, 2013, 41.
Página 447
[17] Guest, P., 2014, 122-124.
[18] Halsall, G., 2013, 12-13; Birley, A. R., op. cit., 456-460.
[19] Ibid., 460; Ward-Perkins, B., op. cit., 48-49; Zósimo, Nueva historia, VI, 5, 3.
[20] Fleming, R., op. cit., 27; Halsall, G., op. cit., 97, 174-177.
[21] Para una exposición mayor, vid. Esmonde-Cleary, S., 2014, 1-110 y 2011, 13-29.
[22] Guest, P., op. cit., 119; Higham y Ryan, 2013, 50.
[23] Sidonio Apolinar, VII, Panegirico a Avito, 370-372.
[24] Sidonio Apolinar, 1915, 149.
[25] Salway, P., 1993, 236-239. Para un breve resumen de la carrera de Sidonio, vid. Hanaghan, M. P., 2019, 2-8.
[26] Sidonio Apolinar, 1915, 149-150.
[27] «The Life of St Germanus of Auxerre», 1995, 85-91.
[28] Beda el Venerable, Historia, I, 12, 1 y I, 15, 3.
[29] Halsall, G., op. cit., 15, 60; Heather, P., 2009, 124, 282; Yorke, B., 2008, 15-18.
[30] El pasaje clave es Gildas, 28, pero la traducción resulta discutible. Para una interpretación diferente (la entendida por Beda) vid. Wiseman, H., 2000, 1-10; vid. también, n. 59.
[31] Gildas, 17, 22.
[32] Ibid., 26-7.
[33] Yorke, B., op. cit., 19-20; Gildas, 25-26.
Página 448
[34] Mattingly, D., op. cit., 230; Welch, M., 1993, 100-101; Salway, P., op. cit., 100-101 y 2002, 231-232.
[35] Beda el Venerable, Historia, I, 15, 1; Gildas, 23-24, 149. En realidad, el reinado de Marciano como emperador comenzó en el año 450.
[36] Higham y Ryan, 76-78; Halsall, G., op. cit., 104. En la actualidad, se ha rechazado la datación que evidencia el asentamiento sajón antes del 430. Vid., por ejemplo, Welch, M., op. cit., 101-102. Para la Crónica Gala, vid. Birley, A. R., op. cit., 464. No he usado su traducción.
[37] Gildas, 27-28. Gildas no aporta ninguna indicación sobre cuánto tiempo transcurrió entre la revuelta sajona y la resistencia de Ambrosio. Sin embargo, sí señala que los nietos de este último estaban vivos en su época y asegura que eran inferiores, lo que implica que eran gobernantes adultos. Por tanto, es probable que Ambrosio viviera al menos medio siglo antes que Gildas, y es posible que más. Beda sitúa su resistencia en el reinado de Zenón (474-491), pero evidentemente solo se trata de una suposición. Wiseman, H., op. cit., 7, 9.
[38] Fleming, R., op. cit., 45, 142-144; Halsall, G., op. cit., 26-30, 104, 223-234; Higham y Ryan, 112-119.
[39] Williams, H., 2002, 341-362; Halsall, G., op. cit., 260-265.
[40] Mann, J. C., 1998, 339-341.
[41] Yorke, B., 2003, 395-397.
[42] Ward-Perkins, B., 2000, 518-521.
[43] Halsall, G., op. cit., 103-113.
[44] Ibid., 112-113, 242-245; Higham y Ryan, 87-91.
[45] Halsall, G., op. cit., 111-112.
[46] Cf. Jones, M. E., 1996, 73-99.
Página 449
[47] Vid. cálculos similares en Härke, H., op. cit.
[48] Ward-Perkins, B., op. cit., 521-523; Higham y Ryan, 70; Stenton, F. M., 1971, 98-101.
[49] Ward-Perkins, B., op. cit., 517, 528-529; Salway, P., 1997, 513-529. Para conocer la persistencia de los límites del campo romano, vid. Rippon, S., Smart, C. y Pears, B., 2015.
[50] Härke, H., op. cit., 13-14.
[51] Ward-Perkins, B., op. cit., 514; Heather, P., op. cit., 283-285.
[52] Beda el Venerable, Historia, I, 15, 2.
[53] Hines, J., 1994, 50-52; Beda el Venerable, Historia, V, 9, 1.
[54] Hines, J., op. cit., 52-53; Halsall, G., op. cit., 267-269.
[55] Fleming, R., op. cit., 32-35; Ward-Perkins, B., 2005, 117-120.
[56] Halsall, G., op. cit., 41-42.
[57] Gildas, 28, pero cf. Wiseman, H., op. cit., 6.
[58] Para una disección de la leyenda artúrica, cf. Higham, N. J., 2002.
[59] Gildas, 13, 28; Wiseman, H., op. cit., 6. Gildas dice que nació cuarenta y tres años después de la victoria de Ambrosio Aureliano, que tuvo lugar «algún tiempo» después de la revuelta sajona, que fecha alrededor del año 440.
[60] Gildas, 28; Fleming, R., op. cit., 28; Naismith, R., 2019, 43; Leahy, K., 2007, 25-26.
[61] Gildas, 28-29.
Página 450
[1] Encyclopedia, 65-66. Para un resumen reciente del debate, vid. The Dating of Beowulf: A Reassessment.
[2] Newton, S., 1993, 27-28.
[3] Tolkien, J. R. R., 2015; Tolley, C., 2012, 38-62.
[4] Beowulf, 1999, 46, 50, 78.
[5] Enrique de Huntingdon, Historia Anglorum, 1996, 16-17.
[6] Kirby, D. P., 2000, 4-7.
[7] EHD, I, 152-155.
[8] Yorke, B., 1989, 85-87.
[9] Ibid., 37-39; Higham y Ryan, 91-95.
[10] Charles-Edwards, T. M., 1972, 6-7; Härke, H., 2011, 6-7.
[11] Hines, J., 2017, 1-22; Higham y Ryan, 128-133; Fleming, R., 2010, 89-90, 93-97; Blair, J., 2018, 114-125.
[12] Dodgson, J. M., 1966, 1-29; Encyclopedia, 257.
[13] Beowulf, op. cit., 3-5.
[14] Fleming, R., op. cit., 102-109; EHD, I, 406; Bassett, S., 1989, 3-27.
[15] Yorke, B., 1990.
[16] Bassett, S., op. cit., 24.
[17] Newfield, T. P., 2018, 450; EHD, I, 155-156. Para la cita de Procopio, vid. Procopio de Cesarea, IV, 14, 5.
[18] Gibbons, A., 2018, 733-734; cf. Newfield, T. P., op. cit., 448.
Página 451
[19] Ibid., 469, 471; anterior, 39; Maddicott, J. R., 2000, 42-43; Morris, J., 1973, 222-223, sugiere que la plaga no afectó a los anglosajones.
[20] Maddicott, J. R., 1997, 10-11 y 2000, 43-45.
[21] Beda el Venerable, Historia, II, 5, 1.
[22] Ibid., II, 5, 1 y III, 7, 1; EHD, i, 157-158; Yorke, B., 2008, 17-18 y 2004b.
[23] Beda el Venerable, Historia, II, 5, 1-2.
[24] Ibid., 37; Welch, M., 2007, 209-220; cf. Behr, C., 2000, 25-52 y 2010, 34-88.
[25] Welch, M., op. cit., 191-192; Campbell, J. (ed.), 1991, 24-25; Behr, C., 2000, 48.
[26] Higham y Ryan, 131; Heather, P., 2009, 306-310. La tumba de Childerico fue redescubierta en 1653, pero la mayor parte del tesoro que contenía fue robado en 1831 y fundida, por lo que hoy solo quedan unas pocas piezas.
[27] Welch, M., op. cit., 190-191.
[28] Brooks, N., 1984, 5-6, 21-25.
[29] Ibid., 3-4; EHD, i, 790; Beda el Venerable, Historia, II, 1, 11-12.
[30] Ibid., I, 25, 1-2; Brooks, N., op. cit., 4-8.
[31] Beda el Venerable, Historia, I, 32, 2-7; II, 5, 2. Para conocer el código legal de Etelberto, vid. EHD, i, 391-394.
[32] Webster, L., 2012, 55-67.
[33] Ibid., 61-67; Welch, M., op. cit., 190, 193, 209, 244; Beda el Venerable, Historia, I, 25, 1.
[34] Ibid., I, 29-33; II, 2-3; Brooks, N., op. cit., 9-11.
Página 452
[35] Beda el Venerable, Historia, I, 34, 1; Yorke, B., 1990, 74.
[36] Ibid., 74-77; Kirby, D. P., op. cit., 57; Beda el Venerable, Historia, I, 34; II, 6, 2; III, 17 y V, 24, 1; EHD, i, 156.
[37] Beda el Venerable, Historia, I, 34; Kirby, D. P., op. cit., 59.
[38] Ibid., 60; Yorke, B., op. cit., 77.
[39] Beda el Venerable, Historia, I, 12, 1-4.
[40] Ibid., II, 5, 1; II, 12, 4-5; III, 1.
[41] Ibid., II, 15, 1; III, 22, 4; Yorke, B., op. cit., 61; Carver, M., 2017, 38-39; Scull, C., Minter, M. y Plouviez, J., 2016, 1594-1612.
[42] Beda el Venerable, Historia, II, 15, 1.
[43] Blackmore, L., Blair, I., Hirst, S. y Scull, C., 2019.
[44] Enrique de Huntingdon, Historia Anglorum, op. cit., 17; Carver, M., op. cit., 120-151.
[45] Ibid., 2-28, relata la historia de la excavación original y describe el tesoro en 29-55.
[46] Ibid., 38-39, 195-196; Halsall, G., 2013, 36-37.
[47] Carver, M., op. cit., 8-14, 129-134, 191, 195. Se descubrió otro enterramiento con una embarcación en la próxima localidad de Snape, en 1862: Higham y Ryan, 133.
[48] Cf. Newton, S., op. cit.; Beowulf, I, 34-42.
[49] Beda el Venerable, Historia, II, 9, 1.
[50] Ibid., II, 16, 3; Carver, op. cit., 31-32; EHD, i, 186.
[51] Wormald, P., 1983, 99-129; Yorke, B., 2009, 81-95.
Página 453
[52] Bedae, 1943, 213; Dobat, A. S., 2006, 880-893.
[53] Maddicott, J. R., op. cit., 32-33.
[54] Beowulf, I, 67-85.
[55] Beda el Venerable, Historia, II, 14, 2; Hope-Taylor, B., 2009.
[56] Maddicott, J. R., op. cit., 32; Higham y Ryan, 136. Vid. también Frodsham P. y O’Brien, C. (eds.), 2005.
[57] Campbell, J., 2006, 57; Carver, M., op. cit., 187.
[58] Beowulf, I, 82-85; Beda el Venerable, Historia, II, 14, 2. Para un planteamiento general sobre los grandes salones, vid. Blair, J., op. cit., 114-131.
[59] Beda el Venerable, Historia, II, 13, 3.
[60] Ibid., II, 5, 3.
[61] Ibid., I, 30, 2, sobre el sacrificio de bueyes y II, 11, 5, la carta a Etelburga.
[62] Ibid., II, 14, 1.
[63] Ibid., II, 9, 5-7.
[64] Ibid., II, 5, 1; II; 9; II, 20, 1-2.
[65] Ibid., II, 20, 2-3; Beowulf, IV, 3150-3155.
[66] Beda el Venerable, Historia, III, 1-2.
[67] Ibid., II, 5; III, 1; III, 6, 2.
[68] Ibid., II, 20, 3; III, 9, 1; Kirby, D. P., op. cit., 75-76.
[69] Beda el Venerable, Historia, III, 24, 5; Brooks, N., 1989, 159-170; Yorke, B., 1990, 101-102.
Página 454
[70] Ibid.; EHD, i, 161-162; Beda el Venerable, Historia, III, 20, 1; Wallace-Hadrill, J. M., 1988, 84.
[71] Beda el Venerable, Historia, III, 9 1; III, 12, 3; Craig, D. J., 2004.
[72] Beda el Venerable, Historia, II, 5, 1; III, 7, 3; III, 18, 1.
[73] Ibid., III, 14, 1; III, 16, 1; III; 21, 1; Kelly, S. E., 2004c.
[74] Beda el Venerable, Historia, III, 24, 1-2; Kirby, D. P., op. cit., 80.
[75] Beda el Venerable, Historia, III, 24, 1-3; Wallace-Hadrill, J. M., op. cit., 122-123.
[76] Kelly, S. E., op. cit. (vid. también Brooks, N., op. cit., 169: «Penda of Mercia bestrode the political stage like a Colossus»); Beda el Venerable, Historia, III, 24, 3; Blair, J., op. cit., 94-95.
[77] Campbell, J., 1986, 13.
[78] Fern, C., Dickinson, T. y Webster, L., 2019, passim; Carver, M., op. cit., 194-195.
[79] Beowulf, IV, 2247-2254.
[*] N. del T.: En el original, Grubenhauser o sunken-featured buildings (SFB por sus siglas en inglés).
[**] N. del T.: Los especialistas no se ponen de acuerdo en cuánto podría ser esta medida de capacidad anglosajona antigua, así que no incluyo un equivalente en litros.
[***] N. del E.: Se trata de Casiodoro (ca. 485-580), senador y prefecto del pretorio y que comenta ese eclipse a su colaborador Ambrosio en términos muy parecidos a los de Procopio en el año 538: «El Sol, el primero de los astros, parece haber perdido su luz habitual y se muestra de un color azulado. Nos maravillamos al no ver sombras de nuestros cuerpos al mediodía, al sentir el poderoso vigor de su calor consumido hasta la debilidad y los fenómenos que acompañan a un eclipse transitorio
Página 455
prolongados durante todo un año» (Cartas, XII, 25, en The Letters of Cassiodorus, 518-519).
[****] N. del E.: Irlanda.
[*****] N. del T.: Números, 10, 35; tomamos la traducción española de la Biblia de Reina-Valera, revisión de 2015.
Página 456
[1] Bidwell, P. T., 53-55, 84, 86; Life of Wilfrid, 128.
[2] Ibid., 106; Beda el Venerable, Historia, II, 20, 1-2 y III, 1-2; Life of Wilfrid, 75-77. Wilfredo era especialmente devoto del culto de Osvaldo, y quizá uno de los motivos por los que decidió construir una iglesia en Hexham fuese su cercanía a Heavenfield. Beda el Venerable, Historia, III, 2 y IV, 14, 4-5.
[3] Mayr-Harting, H., 1977, 78-93.
[4] Herbert, M., 2004.
[5] Craig, D. J., 2004; Beda el Venerable, Historia, III, 3, 1-2. La iglesia de Aidán se incendió en dos ocasiones, pero su sucesor Finan la reconstruyó «según el modo irlandés, no en piedra sino en roble labrado, techada con juncos». Ibid. 264-265, 294-295.
[6] Life of Wilfrid, 107-108.
[7] Ibid., 108-109. Esteban de Ripon llama «Dalfinus» a Anemundo.
[8] Aldrete, G. S., 2004, 21-23; Krautheimer, R., 2000, 62-64; Hetherington, P., 1994, 30-35.
[9] Ibid., 52; Davis, R. H. C., 1970, 72-74, 85-94; Life of Wilfrid, 110.
[10] Ibid.; Hetherington, P., op. cit., 51-52.
[11] Corning, C., 2006, 13-14; Life of Wilfrid, 111.
[12] Ibid.; Beda el Venerable, Historia, III, 14, 5; Davis, R. H. C., op. cit., 83, 118-119.
[13] Life of Wilfrid, 111-112.
[14] Beda el Venerable, Historia, II, 18; III, 16-17; III, 20-22 y III, 23-24.
[15] Ibid., III, 7, 1; Life of Wilfrid, 112.
Página 457
[16] Ibid., 112-113, 120, 156; Beda, 1983, 51, 53; Mayr-Harting, H., op. cit., 148; Foot, S., 2006, 1-4.
[17] Bedae, 1943, 212. Beda es el único escritor contemporáneo que se refiere a Eostre, así que esto es todo lo que sabemos sobre ella. No hay evidencia que la conecte con Ishtar, huevos o conejitos.
[18] Mayr-Harting, H., op. cit., 103-105; Corning, C., op. cit., 4-13.
[19] Beda el Venerable, Historia, III, 25, 1-3.
[20] Ibid., III, 25, 4 y IV, 21-22; Mayr-Harting, H., op. cit., 150-151.
[21] Life of Wilfrid, 114; Beda el Venerable, Historia, III, 7, 4; 25, 3-4.
[22] Ibid., III, 25, 5-6.
[23] Life of Wilfrid, 114-115; Beda el Venerable, Historia, III, 25, 6-10.
[24] Ibid., III, 25, 11 y 26, 1.
[25] Ibid., III, 25, 4; 26, 1; Mayr-Harting, H., op. cit., 109-110.
[26] Beda el Venerable, Historia, III, 23, 3-25, 1-3; 27, 1-2; 30, 1-2. Para una exposición amplia, vid. Maddicott, J. R., 1997.
[27] Beda el Venerable, Historia, I, 27, 6 y IV, 2, 3; Life of Wilfrid, 117-118; Maddicott, J. R., op. cit., 15.
[28] Beda el Venerable, Historia, III, 26, 1; 28, 1; Life of Wilfrid, 118.
[29] Ibid., 118-120; Beda el Venerable, Historia, III, 28, 1-3.
[30] Ibid., III, 13, 2-3; 28, 1-3; Maddicott, J. R., op. cit., 16; Beda, 1983, 186; Cramp, R., 2004.
[31] Life of Wilfrid, 120.
[32] Beda el Venerable, Historia, III, 29 y IV, 1.
Página 458
[33] Ibid., III, 8 y IV, 1, 2-3. Se ha asumido la participación de Teodoro en el nombramiento de Bisi para Anglia Oriental en 669/670 según la fecha. HBC, 216.
[34] Life of Wilfrid, 122.
[35] Foot, S., op. cit., 12-13.
[36] Stenton, F. M., 1971, 148-151; Webster, L., 2012, 86-90.
[37] Beda el Venerable, Historia, III, 7; Beda, «Life of Cuthbert», 163-165 [capítulo 3].
[38] Fleming, R., 2010, 161-162; Beda el Venerable, Historia, IV, 3, 1.
[39] Fleming, R., op. cit., 60-61.
[40] Beda el Venerable, Historia, IV, 2, 1; 5, 1-4.
[41] Ibid., IV, 5, 1; 13, 3; Life of Wilfrid, 123-124, 126; Maddicott, J. R., 2004b.
[42] Life of Wilfrid, 123-124. Al igual que en Hexham, la cripta de Wilfrido en Ripon ha sobrevivido.
[43] Ibid.,128; Beda el Venerable, Historia, IV, 5, 3-4; 17, 1-2. Es posible que Wilfrido hubiese intentado disolver el enlace alegando que no se había consumado, ya que insistió en que Eteldreda había permanecido virgen. Esto parece improbable, ya que estuvo casada con Egfrido durante más de una década y ya estuvo casada una vez antes. Beda admite que la gente dudaba del argumento de Wilfrido.
[44] Life of Wilfrid, 127-130.
[45] Ibid., 133-134; Beda el Venerable, Historia, IV, 5, 5-6, 1-2; Stenton, F. M., op. cit., 134.
[46] Life of Wilfrid, 130; Beda el Venerable, Historia, IV, 12, 3.
[47] Life of Wilfrid, 130-134, 137.
Página 459
[48] Ibid., 135-138; Beda el Venerable, Historia, IV, 12, 3. Los tres nuevos obispos fueron Bosa, Eata y Eadhed.
[49] Life of Wilfrid, 138-140.
[50] Ibid., 140-142.
[51] Ibid., 146-149.
[52] Ibid., 148-149; cf. Beda el Venerable, Historia, IV, 13, 1.
[53] Ibid., IV, 3, 2; 7, 1; 13, 3-14, 2; 17, 1; Maddicott, J. R., 1997, 12-14.
[54] Beda el Venerable, Historia, IV, 14, 7; Yorke, B., 1990, 137.
[55] Beda el Venerable, Historia, IV, 8-9. Edwino de Northumbria también había prometido convertirse si Dios le concedía la victoria sobre Wessex: ibid., II, 9, 4-7.
[56] Maddicott, J. R., op. cit., 13-14.
[57] Beda el Venerable, Historia, IV, 12, 3; 24, 1-2; 26.
[58] Ibid., IV, 25-26; Rollason, D. y Dobson, R., 2004.
[59] Beda el Venerable, Historia, IV, 24, 1-2; Beda, 1983, 77-79.
[60] EHD, i, 167-168; Yorke, B., 2004.
[61] Life of Wilfrid, 150-151. Según las fuentes, Cedwalla resultó herido durante su conquista de la isla de Wight, y es posible que su estrella ya estuviera menguando. Dos años más tarde partió hacia Roma, donde murió poco después de su llegada, tras haber sido bautizado por el papa.
[62] Cramp, R., 2004b; Thacker, A., 2004; Life of Wilfrid, 151.
[63] Ibid., 152; Beda el Venerable, Historia, IV, 27, 3. Poco después de su consagración en 685, Cutberto había intercambiado diócesis con Eata: ibid., IV, 26, 4.
Página 460
[64] Maddicott, J. R., op. cit., 13-14, 45, 47-48.
[65] Grocock, C. y Wood, I. N., 2013, xxix-xxxii; Coates, S. J., 2004c y 2004b.
[66] Beda el Venerable, Historia, xx, xxv; Bruce-Mitford, R. L. S., 1969, 2. El Codex Amiatinus, una de las tres Biblias encargadas por Ceolfrith, aún sobrevive. Con casi medio metro de altura y un peso monumental de treinta y cuatro kilogramos, fue elaborada como regalo para el papa y llevada al continente por un gran grupo de monjes de Wearmouth-Jarrow, liderados por el propio Ceolfrith. Por desgracia, el anciano abad falleció de camino a Roma y el códice acabó en el monasterio del Monte Amiata en Toscana, de ahí su engañoso nombre moderno. Permaneció allí durante más de un milenio, hasta que fue adquirida por la Biblioteca Laurenciana de Florencia. En 2018 se cedió de forma temporal a la Biblioteca Británica para una exposición de manuscritos anglosajones y retornó a Gran Bretaña por primera vez en más de mil años.
[67] Brown, M. P. 2004, 4, 10; Coates, S. J., 2004; Life of Wilfrid, 152.
[68] Ibid., 150-153; HBC, 217, 219; Beda el Venerable, Historia, V, 8.
[69] Life of Wilfrid, 153. El llamamiento de Wilfrido a Roma durante su estancia en Mercia se desprende del fallo del papa Sergio (687-701) mencionado en ibid., 154, 159, 161, 165.
[70] Ibid., 153-156.
[71] Ibid., 158-165.
[72] Ibid., 165-167.
[73] Ibid., 168-171.
[74] Ibid., 171-173.
[75] Ibid., 173-174; Beda el Venerable, Historia, V, 3.
[76] Life of Wilfrid, 174-176.
Página 461
[77] Ibid., 178-180; Thacker, A., 2004b.
[78] Life of Wilfrid, 179; Beda, el Venerable, Historia, V, 19, 13-14.
[79] Life of Wilfrid, 180.
[80] Ibid., 162, 164-166; Thacker, A., 2005, 482; Stenton, F. M., op. cit., 145-146.
[81] Beda el Venerable, Historia, V, 23, 2-7.
[*] N. del E.: En el original se emplea la palabra inglesa Passover, traducción literal de la Pésaj, y que es un vocablo que aparece por primera vez en la Biblia de Tyndale, traducción del texto bíblico al inglés moderno por William Tyndale entre, aproximadamente, 1522 y 1535, y que más tarde se recogió en la Biblia del Rey Jacobo (1611). Puesto que el autor emplea Passover para la Pascua judía y Easter para la cristiana, conviene incidir en el siguiente párrafo sobre a cuál de las dos festividades se refiere para que el lector en español no se confunda.
[**] N. del E.: José Luis Moralejo lo traduce como «tierra […] de los huicios» en la edición citada de Akal.
[***] N. del E.: Esteban de Ripon menciona que «Wilfrid era su padre y el más querido de todos» (42); vid., la nota 3 antes mencionada de Colgrave y Mynors en Beda, 1969, 380-381. Ambos especialistas comentan que se trataba de una asociación difícil de explicar, más aún, como se ha mencionado, si estaba dispuesto a compartir el botín de las devastaciones de Cedwalla al recibir 300 pieles en la isla de Wight, pero es posible que el obispo tuviera algunas razones prácticas y sólidas para aceptarlas. El reinado de Cedwalla fue corto y al parecer exitoso, y murió en Roma en olor de santidad (vid., Beda, V, 7, 1-2).
Página 462
[1] Davies, R. R., 2000, 3-4.
[2] Ray, K. y Bapty, I., 2016, 56, 127-128; Worthington, M., 2005, 91; Squatriti, P., 2002, 21.
[3] Tyler, D. J., 2011, 147-149.
[4] Asser, 71; Ray, K. y Bapty, I., op. cit., 23-25.
[5] Ibid., 25-29; Higham y Ryan, 52-54. Respecto al Wansdyke, vid. Malim, T., 2010, 148-179.
[6] Higham y Ryan, 79-81, 115-119.
[7] Naismith, R., 2019, 40-55; Harmer, R., 1970, 26-27, 110-111, 180-181.
[8] Naismith, R., op. cit., 2, 10, 14.
[9] Maddicott, J. R., 2003, 58-59; Sawyer, P., 2013, 52-60.
[10] Cowie, R., 2001, 195, 198-201; Naismith, R., op. cit., 80-89.
[11] Maddicott, J. R., op. cit., 53-54, 57-60; Ulmschneider, K., 2000, 68.
[12] Beda el Venerable, Historia, II, 3, 1; Naismith, R., op. cit., 73-76, 80-81.
[13] Maddicott, J. R., 2005, 16-23.
[14] Ibid., 21-24, 49-50, 57-58; Campbell, J. (ed.), 2006, 95-98.
[15] Maddicott, J. R., op. cit., 13, 16; EHD, i, 173-175, 266.
[16] Kelly, S. E., 2004; EHD, i, 492-494; Beda el Venerable, Historia, V, 23, 3-4.
[17] Mayr-Harting, H., 1977, 262-74.
[18] Wood, I. N., 2004.
Página 463
[19] EHD, i, 816-817.
[20] Ibid., 820.
[21] Ibid., 804-806; Yorke, B., 1990, 91, 163-164.
[22] Tangl, M., 1916, 171 (n. 78).
[23] Ray, K. y Bapty, I., op. cit., 108; Hayes, L. y Malim, T., 2008, 147-149.
[24] Keynes, S., 1996, 137; Sawyer, P., op. cit., 92.
[25] Blair, J., 2018, 189-191.
[26] Brooks, N., 1971; Blair, J., op. cit., 114-115, 190-193.
[27] EHD, i, 173-175, 266.
[28] Ibid., 771-775.
[29] Mercia y Northumbria, por ejemplo, se habían disputado violentamente el control del reino menor de Lindsey a mediados del siglo VII, pero dejaron de hacerlo después del 679, cuando se incorporó a Mercia de forma permanente. En el 743, Etelbaldo se alió con Cuthredo de Wessex para luchar contra los britanos. Yorke, B., op. cit., 79, 105; EHD, i, 174.
[30] Halsall, G., 2913, 303; Maddicott, J. R., 2000, 42-43; Charles-Edwards, T. M., 2013, 27.
[31] EHD, i, 266, 286 [y «Continuación» en la traducción española de la Historia eclesiástica de Beda].
[32] Encyclopedia, 204-206; Charles-Edwards, T. M., op. cit., 419, 434-435.
[33] Sawyer, P., op. cit., 105; Stenton, F. M., 1971, 206-207; Brooks, N., 1984, 111-112.
Página 464
[34] Ibid., 112-113; EHD, I, 268; Sawyer, P., op. cit., 108; Stenton, F. M., op. cit., 208-209.
[35] Ibid., 207; Brooks, N., op. cit., 113; EHD, I, 178.
[36] Charles-Edwards, T. M., op. cit., 414-419. Si Cyngen hubiera nacido antes del año 780, habría tenido más de setenta y cuatro años en el momento de su muerte. Si hubiera nacido después del 790, habría tenido menos de dieciocho años en el momento de su ascenso. Ninguno de los escenarios resulta imposible, aunque parece más probable que su nacimiento se produjera en algún momento entre ambas fechas.
[37] Hill, D., 2000, 200-201.
[38] Ibid., 195-206; Worthington, M., op. cit., 91-95.
[39] Ray, K. y Bapty, I., op. cit., 270.
[40] Por ejemplo, Wood, M., 2006, 101. Cf. Tyler, D. J., op. cit., 153, 157.
[41] Keynes, S., 2005, 10; Campbell, J. (ed.), op. cit., 119; Worthington, M., op. cit., 2005, 91-95; Tyler, D. J, op. cit., 152-153.
[42] Stenton, F. M., op. cit., 217-218; Brooks, N, op. cit., 113-114.
[43] Metcalf, D. M., 2009, 1-33.
[44] Maddicott, J. R. 2003, 52, 65; Naismith, R., 2010, 77-79.
[45] Ibid., 84-85 y 2012, 8, 54-58, 100-101, 206.
[46] Ibid., 62-64; EHD, I, 817, 820; Kelly, S. E., 2004b.
[47] Ibid.; EHD, I, 773.
[48] Wickham, C., 2009, 376-378; Keynes, S., op. cit., 15.
[49] EHD, I, 860; Brooks, N, op. cit., 114-117.
[50] Ibid., 117-118; EHD, I, 836–40.
Página 465
[51] Ibid., 180, 860, 862; Brooks, N., op. cit., 118-120.
[52] Edwards, H., 2004b; EHD, I, 175-176, 179-180, 837.
[53] Ibid., 175-176. Para una exposición detallada, vid., por ejemplo: Kleinschmidt, H., 1996; Yorke, B., 2010, 142-148.
[54] Edwards, H., 2004; Kelly, S. E., op. cit.; EHD, I, 180, 187.
[55] Allott, S., 1974, 16, 43 (n.os 10 y 31); EHD, I, 341.
[56] Ibid., 180, 187, 848.
[57] Ibid., 848-889; Nelson, J. L., 2001, 142.
[58] Ibid., 129; EHD, I, 181, 849; Naismith, R., op. cit., 79; Williams, G., 2001, 215.
[59] EHD, I, 848-849; Peacock, D. P. S., 1997, 709-715; Prien, R., 2017, 309-329.
[60] Parsons, D. y. Sutherland, D., 2013, XXII-XXIII, 232-233; Blair, J., 2005, 274-277.
[61] Squatriti, P., op. cit., 11-65; Tyler, D. J., op. cit.,159-161.
[62] Charles-Edwards, T. M., 2004, 17-18; EHD, I, 494, 812-813, 816.
[63] Charles-Edwards, T. M., op. cit., 13-14, 20, 36-37 y 2013, 1-2, 424; EHD, I, 398-407.
[64] Charles-Edwards, T. M., 2004, 20 y 2013, 226-241, 424, 427; Beda el Venerable, Historia, I, 22, 2; V, 21, 16-22, 1-3; 23, 5; EHD, i, 773.
[65] Beda el Venerable, Historia, I, 26, 2; Charles-Edwards, T. M., op. cit., 421-422.
[66] Keynes, S., op. cit., 3-6. Cf. Kelly, S. E., op. cit., y Brooks, N., op. cit., 113.
Página 466
[67] Kelly, S. E., op. cit. Alcuino, por ejemplo, lamentó el asesinato del rey Etelredo de Northumbria en el 796, pero no presentó ninguna queja similar sobre el fallecimiento de Offa.
[68] EHD, i, 846, 855.
[69] Ibid., 855; Keynes, S., op. cit., 17.
[70] Allott, S., op. cit., 10, 65-66 (n.os 7 y 50).
[*] N. del T.: El término inglés charters es un cajón de sastre para referirse a actas, diplomas, mandatos y testamentos regios de época anglosajona, conocidos de forma genérica en español como «documentos anglosajones». En adelante, traduciremos charter por «documento», ya que muy rara vez se precisa de qué tipo se trata.
[**] N. del T.: «Ribera» en antiguo anglosajón, voz que dio nombre a una calle londinense.
[***] N. del E.: Se trata de la Gesta Karoli magni, escrita por el monje Notker del monasterio de St. Gall (Suiza) entre el 884 y el 887, y que en cuanto a anécdotas y tradición oral depende de la biografía de Carlomagno a cargo de Eginardo. Seguimos la traducción de Carlos Rafael Domínguez en Notker Balbulus, Gestas del emperador Carlomagno, libro I, párrafo 34.
[****] N. del E.: Son varias las menciones en la obra de Beda: «la cuestión de los anglos», causa anglorum (I, 30, 1); «pueblo de los anglos»: genti anglorum (II, 2, 4 y 4, 3); «a la provincia de los anglos», ad prouinciam anglorum (III, 5, 1); «pueblos anglos», anglorum gentes (IV, 2, 1); «del pueblo de los anglos», populis anglorum (IV, 25, 2).
Página 467
[1] EHD, I, 181, 842-846; Sawyer 134.
[2] Richards, J. D., 2005, 2-4; Sawyer, P., 1997, 2; Williams, T., 2017, 37-42.
[3] EHD, I, 843; Sawyer, P., op. cit., 3-7.
[4] Arnold, M., 2006, 67-78, 80; Hadley, D. M., 2006, 17.
[5] Arnold, M., op. cit., 165; Williams, T., op. cit., 67-69, 75-76.
[6] Ibid., 32-35, 48-49; Halsall, G., 1992, 3-12; Arnold, M., op. cit., 29-32, 49-50.
[7] Sawyer, P., op. cit., 3; EHD, I, 180, 273. Para el Gran Glen, vid. Crawford, B. E., 1986, 33-46.
[8] Sawyer, P., op. cit., 3; Nelson, J. L., 2009, 376; EHD, I, 272-276; Sawyer 134.
[9] EHD, I, 154-8, 169; Lawson, M. K., 2004; Brooks, N., 1984,114,
121-127; Hayes, L. y Malim, T., 2008, 173-176.
[10] EHD, I, 183, 187. La afirmación de que Egberto estaba relacionado con los reyes de Kent ha quedado desacreditada. Naismith, R., 2011, 1-16. Cf. Keynes, S., 2005, 16-17; Edwards, H., 2004c.
[11] Sawyer 1435; Keynes, S., 2001, 311-313; EHD, I, 185-186.
[12] Ibid., 186.
[13] Downham, C., 2017, 5-10.
[14] Nelson, J. L., 1997, 23-24; Annals of St Bertin, 30. Para Dorestad, vid. Rogers, C. J., 2010, 543-544; Coupland, S., 1988, 5-26.
[15] Arnold, M., op. cit., 82-84; Ó Corráin, D., 1997, 83-85.
Página 468
[16] McGrail, S., 1998, 216; EHD, I, 186. Para las incursiones posteriores en la costa de Somerset realizadas desde Irlanda, vid. EHD, II, 127, 149-150.
[17] EHD, I, 187; Nelson, J. L., 2004.
[18] Annals of St Bertin, 42-43. Pace la nota del editor: el rey que envió los emisarios en la primavera del 839 debió ser Egberto, no Etelwulfo.
[19] EHD, I, 187; Nelson, J. L., 1997, 24-26; Annals of St Bertin, 50-51.
[20] EHD, I, 187; Encyclopedia, 156, 434; Rumble, A. R., 1980, 7-20.
[21] EHD, I, 187.
[22] Ibid., 180-181; Naismith, R., 2019, 102-104; Higham y Ryan, 247.
[23] Yorke, B., 1995, 47, 58; Brooks, N., 1971, 81; Sawyer 292; Nelson, J. L., 2004; Keynes, S., 1994, 1116.
[24] Nelson, J. L., 1997, 25-26; Annals of St Bertin, 55-56, 60, 62, 65, 68.
[25] EHD, I, 188.
[26] Ibid.; Ó Corráin, D., 1997, 87-88; Annals of St Bertin, 56.
[27] EHD, I, 188; Brooks, N., 1979, 5-6.
[28] EHD, I, 188; Annals of St Bertin, 69. Cuando Londres fue atacada en el 842, la Crónica la llama Lundenne, pero en el 851 aparece bajo el nombre de Lundenburg, lo que sugiere una ciudad amurallada.
[29] EHD, I, 189; Asser, 69; Abels, R., 1998, 68-70.
[30] Ibid., 70-71; EHD, I, 187-188.
[31] Ibid., 189; Annals of St Bertin, 80.
[32] Abels, R., op. cit., 72-77.
Página 469
[33] Ibid., 71, 78; Annals of St Bertin, 83.
[34] Ibid.; Asser, 70-71.
[35] Ibid. No me convence el argumento de que Etelberto permaneció como rey de Kent, Sussex y Essex, y que el centro de Wessex se dividió entre Etelbaldo y su padre. Entre otras muchas cuestiones, ignora que el entierro de Etelwulfo se realizó en Steyning, Sussex, en el 858, y también su posterior traslado a Winchester tras la muerte de Etelbaldo. Abels, R., op. cit., 89. Cf. Kirby, D. P., 2000, 166-167.
[36] Asser, 72-73.
[37] Nelson, J. L., 2004; EHD, i, 187.
[38] Asser, 73.
[39] Ibid.; Keynes y Lapidge, 174; Abels, R., op. cit., 93-94.
[40] EHD, i, 190-191; Asser, 73-74.
[41] Annals of St Bertin, 82-86, 90-91, 94.
[42] Ibid., 100, 118, 131; Coupland, S., 1991, 1-12.
[43] EHD, i, 190-191.
[44] Ibid., 190; Downham, C., 2008, 15-16, 64-65; Keynes, S., 1996, 54.
[45] EHD, i, 191; Brooks, N., op. cit., 9-10.
[46] EHD, i, 191; Abels, R., op. cit., 117-118; Williams, T., op. cit., 110-113.
[47] EHD, i, 192.
[48] Ibid., 187-189, 527.
[49] Ibid., 192; Asser, 77.
Página 470
[50] Ibid., 78; EHD, i, 192; Gransden, A., 2004.
[51] EHD, i, 192; Asser, 78.
[52] Ibid., 78-80.
[53] Ibid., 80; EHD, i, 193; Downham, C., op. cit., 66-67.
[54] Asser, 80-81; EHD, i, 193.
[55] Ibid., 190-191, 193.
[*] N. del E.: En el año 840, como se menciona más adelante, sus tres
hijos —Lotario (emperador), Carlos II el Calvo y Luis II el Germánico— se repartieron el Imperio carolingio en el Tratado de Verdún (843).
[**] N. del E.: Francia Occidental (Francia Occidentalis) es el nombre que recibió Carlos II el Calvo cuando se dividió el Imperio carolingio, mediante el Tratado de Verdún, entre esa parte occidental, una parte central (Francia Media) para Lotario y otra oriental (Francia Orientalis) para Luis II el Germánico. A partir del 987, con la extinción de la dinastía carolingia y su sustitución por los Capetos, esa parte occidental se considera ya el precedente de la Francia moderna, mientras que la oriental se convirtió en el Reino de Germania y después en el Sacro Imperio Romano Germánico; por otro lado, la Francia Media se disgregó en diversos territorios desde el 855 (Tratado de Prüm), hasta que quince años después la mayor parte de ella fue absorbida por las otras dos partes.
Página 471
[1] Page, W. y Ditchfield, P. H., 1924, 320; Jackson’s Oxford Journal, n.º 542, 17 de septiembre de 1763, y n.º 543, 24 de septiembre de 1763; Cocherell, C. R., 1851, 75, sugirió que una de las estatuas en la fachada del siglo XIII de la catedral representaba a Alfredo, aunque autores más recientes han rechazado la idea. Cf. Malone, C. M., 2004, 61-64.
[2] Cox, O. J. W., 2013, 201, 931-954; Keynes, S., 1999, 278-279. Para las locuras posteriores del siglo XVIII dedicadas a Alfredo, ibid., 286, 320-322, y para el desarrollo de un culto a su figura a partir de entonces, 281-356; Abels, R., 1998, 2.
[3] Keynes y Lapidge, 44; Keynes, S., op. cit., 231-232, 239, 254, 268.
[4] Keynes y Lapidge, 48-58, 201-202, 223-227.
[5] Abels, R., op. cit., 318-319 y 2006, 70. El argumento de la falsificación fue presentado de forma más reciente por Smyth, A., 1995. Consultar la reseña de Howlett, D. R., en EHR, 1997, n.º 112, 942-944.
[6] Jacobo I fue el siguiente autor real publicado en Gran Bretaña después del propio Alfredo, aunque algunos monarcas anteriores habían escrito y traducido para su propia educación. Isabel I, por ejemplo, tradujo La consolación de la filosofía de Boecio, uno de los textos traducidos asimismo por Alfredo.
[7] Godden, M., 2007, 1-23.
[8] Biddle, M., 1976, 277-282; Ford, B. M. y Teague, S., 2011, 76-79, 189,
232-236, sugieren que las calles se trazaron entre el 840 y el 880. Biddle, M., 2018, 1, 6-7, acepta este rango de dataciones revisado.
[9] Hudson, J., 2002, 2007, I, 272-275.
[10] Abels, R., 1998, 45-46; Asser, 74-75, 80-81.
[11] Ibid., 69-70; EHD, I, 880; Abels, R., op. cit., 57-67.
[12] Asser, 76, 88-91, 101; Pratt, D., 2001, 73-74.
Página 472
[13] Asser, 195-201; Asser, 79.
[14] Ibid., 106; EHD, I, 192; Encyclopedia, 459-461.
[15] Asser, 81; Maddicott, J. R., 1989, 12.
[16] EHD, I, 277, 282-283.
[17] Ibid., 194; Hadley, D. M., Richards, J. D, Brown, H., Craig-Atkins, E., Mahoney-Swales, D., Perry, G., Stein, S. y Wood, A, 2016, 26, 39, 43, 50, 54, 62.
[18] Ibid., 43; EHD, I, 194; Williams, T., 2017, 147; Jarman, C. L., Biddle, M., Higham T. y Bronk Ramsey, C., 2018, 1-17.
[19] EHD, I, 194, 200. Cf. Keynes, S., 1998, 12-19.
[20] EHD, I, 192, 194; Williams, T., op. cit., 155-161.
[21] EHD, I, 194-195; Blair, Building, 245-246; Asser, 82-83.
[22] EHD, I, 195, 283.
[23] Ibid., 195; Asser, 69; Halsall, G., 2003, 156.
[24] EHD, I, 195; Asser, 83. Vid. Konshuh, C., 2016, 106-108.
[25] Keynes and Lapidge, 197-202.
[26] Asser, 83-84; EHD, I, 195.
[27] Asser, 84, 103.
[28] Ibid., 84-85; EHD, I, 196. Algunos autores afirman que los vikingos huyeron al castro de la Edad del Hierro en Bratton Camp, a tres kilómetros de Edington. Esta tradición se remonta al siglo XVIII —por ejemplo: Archaeologia, vol. 7, 1785, 22— pero no hay nada en las fuentes coetáneas que lo respalde. Las menciones anteriores en el relato de Asser a que los vikingos acamparon en Chippenham, y las posteriores a su salida
Página 473
de Chippenham, hacen más probable que este fuera el lugar que Alfredo asedió.
[29] Asser, 85; Abels, R., op. cit., 164.
[30] Asser, 85; EHD, I, 196, 200.
[31] Naismith, R., 2017, 169-170. Cf. Keynes, S., 2015, 20-21.
[32] Ibid., 22; EHD, i, 196.
[33] Ibid., 416-417. Juan de Worcester dice que «después de la muerte de Celwulfo, Alfredo, rey de los sajones occidentales, para expulsar de su reino al ejército de los daneses paganos, recuperó Londres y sus alrededores con su actividad, y adquirió parte del reino de los mercianos que Celwulfo había controlado». EHD, i, 199, n. 4.
[34] Abels, R., op. cit.,180-182; Naismith, R., op. cit., 165-166.
[35] Ibid., 169; Foot, S., 1996, 27, 29-30; Asser, 86-88, 97, 99.
[36] Ibid., 85-86; EHD, ii, 196-197. La entrada de la Crónica para el año
883 ha desconcertado a los historiadores durante mucho tiempo. Un enfrentamiento exitoso contra los vikingos en Fulham en el 879, que hizo que Alfredo prometiera limosna a Roma, me parece la explicación más probable. Cf. Abels, R., op. cit., 171; EHD, i, 197, n. 6.
[37] Halsall, G., op. cit., 1-19; Williams, G., 2001b, 295-309.
[38] Halsall, G., op. cit., 223-227.
[39] Reuter, T., 1985, 87-91; Sawyer 134.
[40] Campbell, J., 2006 (ed.), 152-153, por ejemplo, presenta una visión convencional, basada en Biddle, M. y Hill, D., 1971, 70-85.
[41] Keynes y Lapidge, 193-194, 339-344; Asser, 101-102. Haslam, J., 2016, supone el intento más reciente del mismo autor de argumentar que
Página 474
todos los burhs fueron creados al mismo tiempo por Alfredo en el 878-879. Buckingham, sin embargo, sigue siendo un obstáculo.
[42] Asser, 144-146, 186; Blair, Building, 245-246; Asser, 82.
[43] Royal Commission on the Historical Monuments of England, 1959, 120; Blair, Building, 232-226.
[44] Asser, 101-103; Keynes y Lapidge, 340; EHD, i, 203-204.
[45] Abels, R., op. cit., 203.
[46] Keynes y Lapidge, 193-194, 341; Yorke, B., 1995, 116.
[47] Ibid., 194, 341.
[48] La Crónica del 892-893 dice que Alfredo «había dividido su ejército en dos, de modo que siempre la mitad estaba en casa, la otra mitad en servicio, aparte de los hombres que custodiaban los burhs». No está claro si se trató de una medida introducida ese año, o en algún momento anterior de su reinado. Asser describe cómo quienes servían en la casa real se dividían en tres grupos que trabajaban en rotación mensual, pero no dice que el sistema fuera creado por Alfredo. EHD, i, 202; Asser, 106. Cf. Abels, R., op. cit., 196-198.
[49] Brooks, N., 1979, 20; Abels, R., op. cit., 207; Asser, 101; Hudson, J., op. cit., i, 272-275.
[50] Asser, 86-87; EHD, i, 197-198.
[51] Como, por ejemplo: Keynes y Lapidge, 24-25. Cf. Holt, R., 2010, 57-78.
[52] Ford, B. M. y Teague, S., op. cit., 76-79, 189, 232-236.
[53] Asser, 97-98; Ford, B. M. y Teague, S., 2011, 186.
[54] Naismith, R., 2019, 119-123; EHD, i, 199; Keynes, S., 1998, 27-28.
[55] Asser, 97-98, 101.
Página 475
[56] Atherton, M, 2017, 66-67.
[57] Keynes y Lapidge, 124-126; Brooks, N., op. cit., 12-16.
[58] EHD, i, 845; Brooks, N., op. cit., 183-184, 189-190, 207.
[59] EHD, i, 197, 200; Naismith, R., 2017, 172-173; Asser, 102-105.
[60] Keynes y Lapidge, 125; Asser, 92-94.
[61] Ibid., 75-76, 99-100.
[62] Keynes y Lapidge, 125-126.
[63] Ibid., 28-29.
[64] Asser, 92; Bately, J., 2015,115-118; Godden, M. R., op. cit., 1-23.
[65] Keynes y Lapidge, 126, 203-206.
[66] Cf. Godden, M. R., 2007, 1-23 y Bately, J., 2009, 189-215.
[67] Asser, 90, 107, 110; Keynes y Lapidge, 126; Foot, S., 1996, 35; Abels, R., op. cit., 14-18, 192.
[68] Keynes yLapidge, 283-284; EHD, i, 201; Asser, 102.
[69] EHD, i, 202.
[70] Ibid.; Keynes y Lapidge, 189-190.
[71] Ibid., 190; EHD, i, 201-203.
[72] Ibid., 202-203.
[73] Ibid., 203-204.
[74] Ibid., 204-205; Keynes y Lapidge, 194.
[75] EHD, i, 205-206.
Página 476
[76] Ibid., 206-207; Keynes, S., 1999, 231.
[77] Abels, R., op. cit., 5.
[78] Marafioti, M., 2014, 26.
[*] N. del T.: El autor se refiere a una anécdota de la vida de Alfredo, muy conocida por el público británico, y que se relata más adelante.
[**] N. del E.: En el original, el autor escribe twelfth night, la «duodécima noche», es decir, la noche del 5 al 6 de enero que cierra los doce días o el tiempo de la Navidad (desde el 25 de diciembre) y preludia la Epifanía. La obra homónima de William Shakespeare se escribió como un entretenimiento que sería representado en esa festividad.
[***] N. del T.: El pole, o rod, es una medida topográfica anglosajona equivalente a 5,5 yardas, o 5,02 metros.
[****] N. del E.: El mancuso —palabra que procede del árabe manqūsh— era equivalente al dinar de oro islámico, con un peso de 4,25 gramos de oro y un valor algo inferior al solidus bizantino.
Página 477
[1] Keynes y Lapidge, 173-174; Historia de Sancto Cuthberto, 2002, 1-2, 84, 96.
[2] Ibid., 64-67. La donación del rey se registra en forma de documento, aunque estrictamente hablando es un testamentum, y el libro que contiene la Vida de San Cutberto debe haber sido donado en algún momento después de la visita del rey. Foot, S., 2011, 122; Keynes, S., 1985, 180-185.
[3] Encyclopedia, 135; Rollason, D. y Dobson, R., 2004; Foot, S., op. cit.,
122-123.
[4] Ibid., 121-122; Brown, M., 2003, 122-123, 134-139; Karkov, C. E., 2004, 53-83.
[5] Keynes, S., op. cit., 174; Foot, S., op. cit., 212-216.
[6] Ibid., 243; Historia de Sancto Cuthberto, op. cit., 64-67; EHD, i, 307.
[7] Ibid., 305; Foot, S., op. cit., 251-258; Lapidge, M., 1980, 62-71; Wood, M., 1999, 149-168.
[8] EHD, i, 305; Lapidge, M., op. cit., 72-83; Wood, M., op. cit., 207.
[9] Life of St Æthelwold, 2-3; Miller, S., 2004; Asser, 90-91; Malmesbury,
196-197; Higham, N. J., 2001, 2.
[10] Keynes y Lapidge, 173-178; Abels, R., 1998, 178-180.
[11] Hadley, D. M., 2006, 1-9, 92; Encyclopedia, 145, 192; Kershaw, J. F. y Røyrvik, E. C., 2016, 1670-1675.
[12] Ibid., 1675-1679.
[13] Abrams, L., 2001, 128-143; Hart, C., 1992, 3-24.
[14] Abrams, L., op. cit., 240; Molyneaux, Formation, 45-47.
[15] EHD, i, 209.
Página 478
[16] Ibid., 210-211.
[17] Keynes, S., 1998, 27-28; Annals of Ireland: Three Fragments, 1860, 226-237; EHD, i, 211.
[18] Ibid., 211-212.
[19] Ibid., 212-213.
[20] Ibid., 214-216.
[21] Ibid., 216-217.
[22] Ibid., 217; Davidson, M. R., 2001, 200-211.
[23] EHD, i, 218.
[24] Foot, S., op. cit., xv, 29-44.
[25] Ibid., 38-40; EHD, i, 218, 305; Biddle, M., 2018, 66-67.
[26] Sawyer 395; Foot, S., op. cit., 43, 56-61, 73.
[27] Ibid., 73-77, 216-223.
[28] EHD, i, 218, 307.
[29] Lapidge, M., op. cit., 83. El autor ha traducido Saxonum y Saxonia como «English» y «England» («inglés» e «Inglaterra»).
[30] Foot, S., op. cit., 25-28, 154-155, 212-213, 216.
[31] EHD, i, 306; Naismith, R., 2017, 168; Maddicott, J. R., 1989, 4, 14-17.
[32] EHD, i, 307.
[33] Maddicott, J. R., op. cit., 52 y 2010. Para una exposición en detalle del itinerario de Atelstán, vid. Foot, S., op. cit., 77-91.
Página 479
[34] Maddicott, J. R., op. cit., 1-11.
[35] Ibid., 12-32. Para una exposición más amplia, vid. Roach, L., 2013.
[36] Hudson, B. T., 2004; Woolf, A., 2007, 161-165, analiza algunas posibles causas de la invasión.
[37] Sawyer 407, 425; EHD, i, 219, 278, 548-551. La entrada de la Crónica correspondiente al año 934 contiene la primera mención de Escocia. Su entrada del año 920 contiene su primera referencia al rey de los escoceses. No está del todo claro por qué los escotos habían sustituido a los pictos. Vid. Woolf, A., op. cit., 320-322.
[38] Brown, B., 2004; Woolf, A., op. cit., 166; Sawyer 426, 1792.
[39] Woolf, A., op. cit., 165-168. El autor de Historia Brittonum era conocido tradicionalmente como Nennio. Para su contexto e intencionalidad, vid. Higham, N. J., 2002, 119-166.
[40] Abels, R., op. cit., 182-183, 186-187; Breeze, A., 1997, 210-215.
[41] Hudson, B. T., 2004b; EHD, i, 279, 309.
[42] Ibid., 309; Woolf, A., op. cit., 169-171; Downham, C., 2008, 104. Cf. Wood, M., 2013, 138-159.
[43] Woolf, A., op. cit., 169; EHD, i, 219-220, 309.
[44] Æthelweard, 54.
[45] EHD, i, 220, 214-215; Malmesbury, 228-229.
[46] Ibid., 216-217, 228-229; Morris, M., 2008, passim.
[47] EHD, i, 220.
[*] N. del E.: En lo que pronto se convertiría en el Sacro Imperio Romano Germánico, el emperador era coronado con la corona de hierro como rey de los lombardos, la corona de plata como rey de Alemania y la corona de oro como emperador.
Página 480
[**] N. del T.: Los habitantes de Cornualles, pues «cuerno» o «cabo» es el significado de Kernow, su nombre córnico.
Página 481
[1] Higham, N. J., 2002, 230-232; Lagorio, V. M., 2001, 55-75. El relato de que Jesús llegó a Glastonbury cuando era niño en compañía de José de Arimatea, un comerciante atraído por Britania debido al comercio del estaño, no aparece antes de la última década del siglo XIX. Por tanto, es improbable que William Blake se refiriera a él cuando compuso su famoso poema «Jerusalén» en 1808, como se suele afirmar. Vid. Smith, A. W., 1989, 63-83.
[2] Malmesbury, 802-805; Gilchrist, R. y Green, C., 2015, 6, 57, 102, 124, 145.
[3] Early Lives, XIII, 14-17, 54-57; Lapidge, M., 2004.
[4] Early Lives, 10-13; Brooks, N., 1992, 3-7. B claramente se equivoca al situar el nacimiento de Dunstán en el reinado de Atelstán. La mayoría de los especialistas se decantan por una fecha alrededor del 909. Vid., por ejemplo, Gretsch, M., 1999, 256-257, n. 94.
[5] Rahtz, P., 1993, 12-18; Early Lives, 12-19.
[6] Ibid., 16-17; Foot, S., 2006, 5-7; Early Lives, 96, 98; Encyclopedia,
327-328, 363-364.
[7] Abrams, L., 2001, 31-44; Stenton, F. M., 1971, 434.
[8] Ibid., 438-439; Brooks, N., 1979, 12; Stenton, F. M., op. cit., 229; Fleming, R., 2010, 318-321.
[9] Early Lives, XXIV-XV.
[10] Iogna-Prat, D., 2000, 161-185; Campbell, J. (ed.), 2006, 181, 184; Roach, L., 2016, 33-34; Higham y Ryan, 311.
[11] Foot, S., 2011, 22, 44-52, 100-102; Cubitt, C. y Costambeys, M., 2004; Encyclopedia, 279.
[12] Early Lives, XVIII, 18-29. El texto no respalda la creencia de los editores de que Dunstán había sido expulsado de la corte de Atelstán. Cf.
Página 482
Brooks, N., 1992, 5; Foot, S., op. cit., 108.
[13] Encyclopedia, 6-7; Early Lives, 26-27.
[14] Ibid., 34-43; Meyer, M. A., 1977, 34-61.
[15] Early Lives, 40-41; Stafford, P., 2004b.
[16] Early Lives, 42-47.
[17] Ibid., 48-49.
[18] Ibid., 48-51, 58-59.
[19] Ibid., 50-51; Brooks, N., op. cit., 11-12; Life of St Æthelwold, 14-17.
[20] EHD, I, 220; Downham, C., 2008, 43. A menudo se confunde a Olaf Cuarán y se le asocia con Olaf Guthfrithson, el adversario de Atelstán en Brunanburh, quien invadió Britania el año anterior, aunque es probable que no fuera rey de York, como suele afirmarse. Vid. Halloran, K., 2013, 180-185.
[21] EHD, I, 221, 279; Halloran, K., 2016, 96-105; Downham, C., 2009, 148, ofrece una mejor traducción del poema de la Crónica.
[22] EHD, I, 221-222; Halloran, K., op. cit., 105-106; Early Lives, XXIX; Malmesbury, 820-821.
[23] EHD, I, 222; Early Lives, 60-61, 92-97, 124-125; Halloran, K., 2015, 120-129.
[24] Ibid., 60-61; Williams, A., 2004; Brooks, N., op. cit., 13; Lives of St Oswald, 84-85.
[25] EHD, I, 222-224, 280; Cubitt, C. y Costambeys, M., op. cit. Para el debate sobre los acontecimientos de estos años y la identidad de Erik, vid. Sawyer, P., 1995, 39-44; Downham, C., 2003, 25-51; Woolf, A., 1998, 189-193; Downham, C., 2004, 51-77.
[26] Life of St Æthelwold, 10-17.
Página 483
[27] Ibid., 18-25.
[28] Early Lives, 64-85; EHD, I, 224; Life of St Æthelwold, 16-19.
[29] Keynes, S., 2004c; Æthelweard, 55.
[30] Early Lives, 66-69.
[31] Ibid., 68-73; Brooks, N., op. cit., 15.
[32] Early Lives, 76n, 92-93; Sawyer 1211; Hart, C., 2004; Jayakumar, S., 2008, 93-94; Yorke, B., 1988, 74-75.
[33] Jayakumar, S., op. cit., 84-89.
[34] Ibid., 89-91; Yorke, B., op. cit., 79-80.
[35] John, E., 1966, 157-168; Maddicott, J. R., 2010, 25; Williams, A., 2004b; cf. Keynes, S., op. cit.
[36] Ibid.; Early Lives, 74-75.
[37] Ibid., XXXV-XXXVII, 76-79. El rey Edred le había ofrecido a Dunstán el obispado de Crediton, pero lo había rechazado: ibid., 62-63.
[38] Ibid., 76-77; EHD, I, 225; Jayakumar, S., op. cit., 88; Yorke, B., op. cit., 77-78; Keynes, S., op. cit.
[39] Williams, A., 2004 y 2004b.
[40] Early Lives, 78-81; Brooks, N., 1984, 243-244.
[41] Early Lives, XXXVIII-XXXIX, 82-85; HBC, 220; Lives of St Oswald, 8-11, 38-39, 50-59.
[42] Early Lives, XXXIX-XL.
[43] Lives of St Oswald, 76-79; EHD, I, 921; John, E., op. cit., 160; Life of St Æthelwold, 24-29.
Página 484
[44] Ibid., 28-33; Lapidge, M., op. cit.; EHD, I, 226.
[45] Lives of St Oswald, 72-79.
[46] Ibid., 78-81; Fleming, R., op. cit., 323.
[47] Lives of St Oswald, 88-95, 100-101, 112-113; Life of St Æthelwold, 43n; Lapidge, M., op. cit.; Brooks, N., 2004.
[48] Yorke, B., op. cit., 68; Life of St Æthelwold, 38-41; Brooks, N., 1984, 224; Knowles, D., 1963, 50-51.
[49] Life of St Æthelwold, 44-45; Regularis Concordia, 1953, 1-4.
[50] Ibid., 2, 7; Gretsch, M., 1999, 14-15, 272-273, 335; Barrow, J., 2008, 212, 218.
[51] Regularis Concordia, 1953, 5; Breay, C. y Story, J., 2018, 286-287; John, E., 1966b, 271-275; Sawyer 745; Pratt, D., 2012, 145-204; Karkov, C. E., 2004, 85-93.
[52] Breay, C. y Story, J., op. cit., 280, 290-291; EHD, I, 922.
[53] Higham y Ryan, 320; Cubitt, C., 1997, 88-90; Gretsch, M., 1999, 2; Atherton, M., 2017, 262-266.
[54] EHD, I, 433, 920; Molyneaux, Formation, 155-165.
[55] Ibid., 141-55; Lambert, T., 2017, 133, 242-250.
[56] EHD, I, 226, 434; Rumble, A. R., 2008, 246-247, 251; Gittos, H., 2013, 103.
[57] Early Lives, 120-121; EHD, I, 227-228, 284; Lives of St Oswald, 74-75; Wormald, P., 1999, 125.
[58] Stenton, F. M., op. cit., 455-456; Brooks, N., 2004.
[59] Encyclopedia, 488; EHD, I, 435; Wormald, P., op. cit., 318. Para una exposición amplia, vid. Abrams, L., 2008, 171-191.
Página 485
[60] EHD, I, 435; Molyneaux, Formation, 116-141; Regularis Concordia, 1953, 3.
[61] Keynes, S., 1996, 70-73 y 2008, 25; Banton, N., 1992, 81.
[62] Cubitt, C., op. cit., 79-80; Molyneaux, Formation, 190, 257; Insley, C., 2012, 86-87; Davis, R. H. C., 1970, 225.
[63] Ibid., 152, 215; EHD, I, 227-228; Molyneaux, Formation, 187-188; Karkov, C. E., 2008, 235 y 2004, 86-87.
[64] Lives of St Oswald, 104-111; Molyneaux, Formation, 188, 191; Banton, N., op. cit., 81-82.
[65] EHD, I, 225, 228, 927; Keynes, S., op. cit., 50-51; Lives of St Oswald, 108-109.
[66] Keynes, S., op. cit., 51; Lives of St Oswald, 120-121.
[67] Ibid., 122-123; Regularis Concordia, 1953, 2.
[*] N. del E.: La elección de la minúscula carolina tiene su lógica, pues se trata de un tipo de letra clara, con formas redondeadas y, en especial (como generaciones de estudiantes de paleografía e investigadores en archivos han podido constatar), muy legible. Originada en torno al año 778 en la abadía franca de Corbie, según la tesis más aceptada, fue utilizada en los diversos territorios del pronto extinto Imperio carolingio entre los siglos IX y XIII.
[**] N. del T.: El autor se refiere al Colt 45, apodado Peacemaker en el siglo XIX.
Página 486
[1] Malmesbury, 268-275; Malmesbury, II, 146.
[2] Roach, L., 2016, 6-7.
[3] Æthelweard, 9; Aelfric’s Lives of Saints, 1881, 414-415, 422-425,
454-455. «Engla londe» se había utilizado con anterioridad en una traducción de la Historia eclesiástica… de Beda de alrededor del 900, pero en el sentido más amplio de «territorio inglés». Molyneaux, Formation, 6.
[4] Roach, L., op. cit., 3-15.
[5] Ibid., 43-44; Hart, C., 2004b.
[6] Roach, L., op. cit., 45-55.
[7] Ibid., 61-63.
[8] Fisher, D. J. V., 1952, 262-265; Roach, L., op. cit., 102.
[9] Lives of St Oswald, 122-125.
[10] Ibid., 122-131, 136-137.
[11] Ibid., 138-141; EHD, i, 230.
[12] Stafford, P., 2004; Abels, R., 2018, 14-19; Roach, L., op. cit., 68-80.
[13] Abels, R., op. cit., 21-22; Lives of St Oswald, 140-143. Existen dudas sobre la identidad del cuerpo porque el arzobispo Wulfstán declaró más tarde que el cadáver de Eduardo había sido incinerado: EHD, i, 931.
[14] EHD, i, 231; Maddicott, J. R., 2010, 34-35.
[15] Roach, L., op. cit., 86-88; Biddle, M., 2018, 42-43, 48-51; Life of St Æthelwold, 60-63.
[16] Holt, R., 2010, 67, 70, 73-76; Blair, Building, 269-274, 339-350.
Página 487
[17] Fleming, R., 2010, 276-278; Dyer, C., 2002, 26-35; Blair, Building, 354-355.
[18] Ibid., 311-317, 355-362; Insley, C., 2009, 332-333; Holt, R., op. cit., 67; EHD, i, 230.
[19] Blair, Building, 78, 375-376.
[20] Ibid., 282-302, 316.
[21] Sawyer, P., 2013, 120-121; Godden, M. R., 1990, 48-50.
[22] Wyatt, D., 2009, 31; Richardson, H. G. y Sayles, G. O., 1966, 10, 16, 20-21; Pelteret, D. A. E., 1995, 65. Cf. arriba, n. 3.
[23] Blair, Building, 303-305, 314.
[24] Roach, L., op. cit., 91-95, 100-102; Keynes, S., 2004 (citando a Sawyer 876); EHD, I, 233.
[25] Roach, L., op. cit., 101-103.
[26] EHD, i, 228, 232.
[27] Ibid., 232-233; Lives of St Oswald, 154-157.
[28] EHD, i, 234, 319–24. Es posible que Svein Barbapartida participara en este ataque: ibid., 579-580.
[29] Ibid., 225; Roach, L., op. cit., 95, 129-131.
[30] EHD, i, 234; Malmesbury, 270-271; Keynes, S., 1986, 203-205.
[31] Asser, 79; EHD, i, 234; Malmesbury, 272-275; Abels, R., op. cit., 45-48; Roach, L., op. cit., 166.
[32] Ibid., 137-140; EHD, i, 234; Abels, R., op. cit., 63.
[33] Roach, L., op. cit., 138, 159-161.
Página 488
[34] Ibid., 136-167, 241-251; Keynes, S., 2004.
[35] Ibid.; EHD, i, 235.
[36] Roach, L., op. cit., 175-177; EHD, i, 225.
[37] Ibid., 236, 437-439.
[38] Ibid., 438.
[39] Molyneaux, Formation, 179-182; Lambert, T., 2017, 251-253, 306-310, 342-348.
[40] EHD, i, 236-238; Abels, R., op. cit., 53, sugiere que una nueva flota atacó Inglaterra en el 997, pero cf. John de Worcester, 446-447.
[41] EHD, i, 237-238.
[42] Ibid., 238; Morris, M., 2012, 15-16; Keynes, S., 2004d; Stafford, P., 1997, 174-175.
[43] EHD, i, 238-239; Roach, L., op. cit., 187-200.
[44] Ibid., 200-201; Sawyer, P., 2004; arriba, n. 28.
[45] EHD, i, 239-240; Roach, L., op. cit., 180-182.
[46] Ibid., 202-203; EHD, i, 240.
[47] Wormald, P., 2004; EHD, i, 240; Roach, L., op. cit., 188, 203-207.
[48] Ibid., 210-211; Wormald, P., 2004b; Keynes, S., 2004b; EHD, i, 240n.
[49] Roach, L., op. cit., 201-202; EHD, i, 240-241.
[50] Ibid., 241, 442-446; Roach, L., op. cit., 227-235; Abels, R., op. cit., 90-91.
[51] Keynes, S., op. cit.; EHD, i, 242.
Página 489
[52] Ibid., 242, 447-448; Roach, L., op. cit., 267-279.
[53] EHD, i, 242-244, 246.
[54] Ibid., 245.
[55] Abels, R., op. cit., 34; Roach, L., op. cit., 265; EHD, i, 245.
[56] Ibid.
[57] Ibid.
[58] Stafford, P., 1982, 176-182; Lambert, T., op. cit., 252-253, 308-310; Molyneaux, Formation, 220-221; EHD, ii, 120.
[59] EHD, i, 245; Stenton, F. M., 1971, 384-385; Higham y Ryan, 351; Stafford, S., 2004b.
[60] EHD, i, 245-246.
[61] Ibid., 246; Roach, L., op. cit., 287, 291.
[62] EHD, i, 246.
[63] Ibid.; John de Worcester, II, 1995, 476-477.
[64] EHD, i, 246-247, 925-926; Wilcox, J., 2004, 375-396. Cf. Roach, L., op. cit., 279-283.
[65] Ibid.; EHD, i, 929-934.
[66] Ibid., 246.
[67] Morris, M., 2015, 94-96, 127-130, 254-256, 271-275, 290-294.
[68] EHD, i, 246-247. Stafford, P, 1982, 176-182, sostiene que los términos impuestos a Etelredo en 1014 se repitieron en las cláusulas 69-83 del segundo código legal del rey Canuto (para lo cual vid. EHD, i, 465-467).
Página 490
[69] EHD, i, 247; Roach, L., op. cit., 294.
[70] EHD, i, 247, 451; Roach, L., op. cit., 297-298.
[71] Ibid., 298-300; EHD, i, 247, 593-596.
[72] Ibid., 247-248.
[73] Ibid., 248-249.
[74] Ibid., 249; Summerson, H., 2004; An Anglo-Saxon Passion of St George, 1850, 2-3.
[75] EHD, i, 244.
[76] Ibid., 249-251. Costado de Hierro había sido acuñado en 1057: EHD, ii, 135.
[*] N. del E.: Comenta Michael Swanton, editor y traductor de The Anglo-Saxon Chronicles (1996) en la página 135, nota 13, que no hay un proverbio conocido que corresponda a esa cita, pero que pueden compararse esas palabras con las de una carta de Alcuino al arzobispo Eanbaldo de York entre el 780 y el 796, cuando, con ocasión de los ataques de los vikingos sobre Northumbria, le instó a no abandonar su iglesia: «Si el portaestandarte huye, qué no hará el ejército; “y si la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla?” [cf. Corintios 1, 14, 8]; si el líder está asustado, ¿cómo se salvará el soldado?». (MGH, Epistolae Karolini Aevi, IV, 377; traducción inglesa en EHD, I, 796). Tomamos la traducción española de la cita de Corintios de la versión de la Biblia de Reina-Valera.
[**] N. del E.: Michaelmas corresponde a la festividad de San Miguel y de
Todos los Ángeles —específicamente los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael en la Iglesia católica—, celebrada en algunos calendarios litúrgicos, como el anglicano y el luterano el 29 de septiembre, y también en el calendario ortodoxo el 8 de noviembre.
[***] N. del E.: De hecho, no sería hasta Eduardo III (1327-1377) cuando san Jorge se erigió en patrón de Inglaterra, en torno a 1344 o posiblemente
Página 491
en 1348, cuando fundó la Orden de la Jarretera (Order of the Garter) y designó al santo guerrero como su patrono; en su día, el 23 de abril, se designan los nuevos miembros de la orden.
Página 492
[1] Morris, M., 2012,176-188.
[2] Ibid., 198-199, 327-353.
[3] Fleming, R., 2004.
[4] Enrique de Huntingdon, archidiácono, Historia Anglorum, 1996, 366-369; Hume, D., 1763, 163-164.
[5] Morris, M., op. cit., 24, 28; Treharne, E., 2012, 9-14.
[6] EHD, I, 252-254, 896; Lawson, M. K., 2011, 129, 146.
[7] Keynes, S., 2004d; EHD, I, 251; Encomium, [xxii-xxiv], 32-35; Treharne, E., op. cit., 14-15.
[8] EHD, I, 247, 250-251; John de Worcester, II, 502-503.
[9] EHD, I, 250; Baxter, S., 2007, 26-28.
[10] Williams, A., 2004c; Life of King Edward, 9-11.
[11] Ibid., 11; Morris, M., op. cit., 29; Lawson, M. K., 2004b.
[12] EHD, I, 332-333; Townend, M., 2001, 145-179.
[13] Kershaw, J. F., 2013, 177; Wormald, P., 1994, 18; EHD, I, 895-896.
[14] Ibid., 452-424; Treharne, E., op. cit., 16-21, 26, 61-64.
[15] Ibid., 64; EHD, I, 931; Guillermo de Malmesbury, 2002, 100-103; Malmesbury, 362-363; Wyatt, D., 2001, 327-347.
[16] Morris, M., op. cit., 23, 30-31.
[17] EHD, I, 256-257; Maddicott, J. R., 2010, 49-56; Baxter, S., op. cit., 33-35.
[18] Encomium, [xxxii-xxxiii], 32-35, 38-41.
Página 493
[19] Morris, M., op. cit., 19-22.
[20] Ibid., 34-37.
[21] EHD, I, 257-258; Encomium, [xxx], 42-47.
[22] EHD, I, 258.
[23] Morris, M., op. cit., 37-38.
[24] Ibid., 39-40; EHD, I, 259-260.
[25] Ibid., 260; Encomium, 52-53; Maddicott, J. R., 2004, 650-666; EHD, I, 352-353.
[26] Encomium, 52-53.
[27] EHD, I, 260; John de Worcester, 532-533.
[28] Bozoky, E., 2009, 173-186; Life of King Edward, 62-71, 92-127; Fernie, E., 2009, 139-150.
[29] Morris, M., op. cit., 59-61, 63.
[30] Ibid., 39, 62-63; Life of King Edward, 20-21. Para el texto completo del poema, vid. Summerson, H., 2009, 170-172. Para un comentario, vid. Keynes, S y Love, R., 2009, 185-223.
[31] Life of King Edward, 22-25.
[32] EHD, II, 112, 114-115; John de Worcester, 544-545.
[33] EHD, II, 112, 119-120; Life of King Edward, 28-31; Cowdrey, H. E. J., 2004.
[34] Life of King Edward, lxxiii-lxxviii, 14-15, 92-93. Para un análisis, vid. Morris, M., op. cit., 64, 365.
[35] Ibid., 19-22, 34, 43-44, 51-58, 69-70.
Página 494
[36] Life of King Edward, 30-33; EHD, II, 120-122.
[37] Ibid., 121-125; Life of King Edward, 34-37.
[38] Morris, M., op. cit., 72-75.
[39] EHD, II, 118-120.
[40] Ibid., 125-130; Life of King Edward, 42-45; John de Worcester, 572-575.
[41] EHD, II, 130-131; Life of King Edward, 46-47.
[42] Ibid., 46-49; EHD, II, 114, 118, 127.
[43] Life of King Edward, 60-65.
[44] Morris, M., op. cit., 86-90, 96-98.
[45] Ibid., 96-97; Cowdrey, H. E. J., 2004b.
[46] Morris, M., op. cit., 99-100, 107-108.
[47] Barlow, F., 1997, 180; Roach, L., 2016, 209-210.
[48] Fleming, R., op. cit. y 2010, 333; EHD, II, 134-135, 143.
[49] Baxter, S., op. cit., 182-188; Barrow, J., 2004; Aird, W. M., 2004; Williams, A., 2004d; Encyclopedia, 138-139; Blair, Building, 402-405.
[50] Barlow, F., op. cit., 139; Fleming, R., 1991, 53; Life of King Edward, 6-7, 18-19, 46-47.
[51] Morris, M., op. cit., 102-13, 105.
[52] Ibid., 105-106; EHD, II, 135-136.
[53] Fleming, R., op. cit., 48-52; Life of King Edward, 48-49; Morris, M., op. cit., 103-107.
Página 495
[54] Ibid., 107-109.
[55] EHD, II, 239-241; Morris, M., op. cit., 115, 117.
[56] Ibid., 115-116; Eadmer’s History of Recent Events in England, 1964,
6.
[57] Ibid., 6-8; EHD, II, 248-251; Morris, M., op. cit., 113-114, 116-118.
[58] Ibid., 122-127; Life of King Edward, 48-49, 78-79.
[59] Ibid., 76-77; Morris, M., op. cit., 128.
[60] Ibid., 129; Life of King Edward, 70-77.
[61] Ibid., 78-81; EHD, II, 140.
[62] Ibid., 140-141; Life of King Edward, 80-83, 110-113; Summerson, H., op. cit., 8-9, 21-22.
[63] EHD, II, 141-142, 254; Malmesbury, 420-423; Morris, M., op. cit., 132-141.
[64] Ibid., 107-108, 136-137.
[65] Ibid., 142-146.
[66] Ibid., 146-148.
[67] EHD, II, 142-143.
[68] Ibid., 143-144; Morris, M., op. cit., 152-154.
[69] Ibid., 155-161.
[70] Ibid., 161-164.
[71] Ibid., 164-165; EHD, II, 143-145; Life of King Edward, 88-89.
[72] Ibid., 84-85, 88-89; EHD, II, 141, 144.
[*] N. del E.: Juego de palabras en el original, donde el autor en este momento llama Harald a Harold, que nosotros conocemos como Haroldo, al ser ambos nombres similares en grafía y pronunciación.
Página 497
[1] The Gesta Guillelmi of William of Poitiers, 1998, 139-141; Morris, M., 2012, 186.
[2] Ibid., 189-231, 313-314.
[3] Ibid., 189, 225, 238-240, 247-250, 320.
[4] EHD, ii, 146; Morris, M., op. cit., 333-334.
[5] Ibid., 294-296, 338-339.
[6] Ibid., 339-340.
[7] Ibid., 307.
[8] Molyneaux, G., 2015, 233-245; Wickham, C., 2009, 100-101; Lambert, T., 2017, 349-363; Molyneaux, G., 2014, 721-737 y 2009, 1289-1323.
[9] Life of King Edward, 108-111; Eadmer’s History, 1964, 9.
Gransden, A., 1974, 172, 194; Malmesbury, 14-15
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario