© Libro N° 14539. El Gran Inquisidor. Dostoievski, Fiodor. Emancipación. Noviembre 29 de 2025
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EL GRAN INQUISIDOR
Fiodor Dostoievski
El Gran
Inquisidor
Fiodor Dostoievski
Han pasado ya quince siglos desde que Cristo dijo:
"No tardaré en volver. El día y la hora, nadie, ni el propio Hijo, las
sabe". Tales fueron sus palabras al desparecer, y la Humanidad le espera
siempre con la misma fe, o acaso con fe más ardiente aún que hace quince
siglos. Pero el Diablo no duerme; la duda comienza a co- rromper a la
Humanidad, a deslizarse en la tradición de los milagros. En el Norte de Ger-
mania ha nacido una herejía terrible, que, pre- cisamente, niega los milagros.
Los fieles, sin embargo, creen con más fe en ellos. Se espera a Cristo, se
quiere sufrir y morir como Él... Y he aquí que la Humanidad ha rogado tanto por
espacio de tantos siglos, ha gritado tanto "¡Se- ñor, dignáos,
aparecérosnos!", que Él ha queri- do, en su misericordia inagotable, bajar
a la tierra.
Y he aquí que ha querido mostrarse, al menos un
instante, a la multitud desgraciada, al pue- blo sumido en el pecado, pero que
le ama con amor de niño. El lugar de la acción es Sevilla; la época, la de la
Inquisición, la de los cotidianos soberbios autos de fe, de terribles
heresiarcas, ad majorem Dei gloriam.
No se trata de la venida prometida para la
consumación de los siglos, de la aparición súbi- ta de Cristo en todo el brillo
de su gloria y su divinidad, "como un relámpago que brilla del Ocaso al
Oriente". No, hoy sólo ha querido hacerles a sus hijos una visita, y ha
escogido el lugar y la hora en que llamean las hogueras. Ha vuelto a tomar la
forma humana que revistió, hace quince siglos, por espacio de treinta años.
Aparece entre las cenizas de las hogueras, donde la
víspera, el cardenal gran inquisidor, en presencia del rey, los magnates, los
caballe- ros, los altos dignatarios de la Iglesia, las más encantadoras damas
de la corte, el pueblo en masa, quemó a cien herejes. Cristo avanza hacia
la multitud, callado, modesto, sin tratar de lla-
mar la atención, pero todos le reconocen.
El pueblo, impelido por un irresistible impul- so,
se agolpa a su paso y le sigue. Él, lento, una sonrisa de piedad en los labios,
continúa avan- zando. El amor abrasa su alma; de sus ojos flu- yen la Luz, la
Ciencia, la Fuerza, en rayos ar- dientes, que inflaman de amor a los hombres.
Él les tiende los brazos, les bendice. De Él, de sus ropas, emana una virtud
curativa. Un viejo, ciego de nacimiento, sale a su encuentro y grita:
"¡Señor, cúrame para que pueda verte!" Una escama se desprende de sus
ojos, y ve. El pue- blo derrama lágrimas de alegría y besa la tierra que Él
pisa. Los niños tiran flores a sus pies y cantan Hosanna, y el pueblo exclama:
"¡Es Él!
¡Tiene que ser Él! ¡No puede ser otro que Él!"
Cristo se detiene en el atrio de la catedral. Se
oyen lamentos; unos jóvenes llevan en hombros a un pequeño ataúd blanco,
abierto, en el que reposa, sobre flores, el cuerpo de una niña de diecisiete
años, hija de un personaje de la ciu- dad.
–¡Él resucitará a tu hija! –le grita el pueblo a la
desconsolada madre.
El sacerdote que ha salido a recibir el ataúd mira,
con asombro, al desconocido y frunce el ceño.
Pero la madre profiere:
–¡Si eres Tú, resucita a mi hija!
Y se posterna ante Él. Se detiene el cortejo, los
jóvenes dejan el ataúd sobre las losas. Él lo con- templa, compasivo, y de
nuevo pronuncia el Talipha kumi (Levántate, muchacha).
La muerta se incorpora, abre los ojos, se sonríe,
mira sorprendida en torno suyo, sin soltar el ramo de rosas blancas que su
madre había colocado entre sus manos. El pueblo, lleno de estupor, clama,
llora.
En el mismo momento en que se detiene el cortejo,
aparece en la plaza el cardenal gran inquisidor. Es un viejo de noventa años,
alto, erguido, de una ascética delgadez. En sus ojos hundidos fulgura una llama
que los años no han apagado. Ahora no luce los aparatosos ro- pajes de la
víspera; el magnífico traje con que asistió a la cremación de los enemigos de
la Iglesia ha sido reemplazado por un tosco hábito de fraile.
Sus siniestros colaboradores y los esbirros del
Santo Oficio le siguen a respetuosa distancia. El cortejo fúnebre detenido, la
muchedumbre agolpada ante la catedral le inquietan, y espía desde lejos. Lo ve
todo: el ataúd a los pies del desconocido, la resurrección de la muerta... Sus
espesas cejas blancas se fruncen, se aviva, fatí- dico, el brillo de sus ojos.
–¡Prendedle!– les ordena a sus esbirros, seña-
lando a Cristo.
Y es tal su poder, tal la medrosa sumisión del
pueblo ante él, que la multitud se aparta, al punto, silenciosa, y los esbirros
prenden a Cris- to y se lo llevan. Como un solo hombre, el pueblo se inclina al
paso del anciano y recibe su bendición. Los esbirros conducen al preso a la
cárcel del Santo Oficio y le encierran en una angosta y oscura celda. Muere el
día, y una noche de luna una noche española, cálida y olorosa a limoneros y
laureles, le sucede.De pronto, en las tinieblas se abr la férrea puerta del
calabozo y penetra el gran inquisidor en persona solo, alumbrándose con una
linterna. La puerta se cierra tras él. E anciano se detiene a pocos pasos de
umbral y, sin hablar palabra, con templa, durante cerca de dos minutos, al
preso. Luego, avanza lenta mente, deja la lin- terna sobre la mesa y pregunta:
–¿Eres Tú, en efecto?
Pero, sin esperar la respuesta prosigue
–No hables, calla. ¿Qué podías decirme? De- masiado
lo sé. No tienes derecho a añadir ni una sola palabra a lo que ya dijiste.
¿Porqué has venido a molestarnos?… Bien sabes que tu ve- nida es inoportuna.
Mas yo te aseguro que mañana mismo... No quiero saber si eres Él o sólo su
apariencia; sea quien seas, mañana te con- denaré; perecerás en la hoguera como
el peor de los herejes. Verás cómo ese mismo pueblo que esta tarde te besaba
los pies, se apresura, a una señal mía, a echar leña al fuego. Quizá na- da de
esto te sorprenda... Y el anciano, mudo y pensativo sigue mirando al preso,
acechando la expresión de su rostro, serena y suave. –El Espíritu terrible e
inteligente – añade, tras una larga pausa –, el Espíritu de la negación y de la
nada, te habló en el desierto, y la Escritu- ras atestiguan que te
"tentó". No puede conce- birse nada más profundo que lo que se te
dijo e aquellas tres preguntas o, para emplear el len- guaje de la Escritura,
en aquellas tres "tentacio- nes". ¡Si ha habido algún milagro auténtico,
evidente, ha sido el de las tres tentaciones! ¡El hecho de que tales preguntas
hayan podido brotar de unos labios, es ya, por sí solo, un mi- lagro!
Supongamos que hubieran sido borradas del libro, que hubiera que inventarlas,
que forjárselas de nuevo. Supongamos que, con ese objeto, se reuniesen todos
los sabios de la tierra, los hombres de Estado, los príncipes de la Igle- sia,
los filósofos, los poetas, y que se les dijese: "Inventad tres preguntas
que no sólo corres- pondan a la grandeza del momento, sino que contengan, en su
triple interrogación, toda la historia de la Humanidad futura", ¿crees que
esa asamblea de todas las grandes inteligencias terrestres podría forjarse algo
tan alto, tan for- midable como las tres preguntas del inteligente y poderoso
Espíritu? Esas tres preguntas, por sí solas, demuestran que quien te habló
aquel día no era un espíritu humano, contingente, sino el Espíritu Eterno,
Absoluto. Toda la historia ulte- rior de la Humanidad está predicha y conden-
sada en ellas; son las tres formas en que se con- cretan todas las
contradicciones de la historia de nuestra especie. Esto, entonces, aún no era
evidente, el porvenir era aún desconocido; pero han pasado quince siglos y
vemos que todo estaba previsto en la Triple Interrogación, que es nuestra
historia.¿Quién tenía razón, di? ¿Tú o quien te interrogó?...
Si no el texto, el sentido de la primera pregun- ta
es el siguiente: "Quieres presentarte al mun- do con las manos vacías,
anunciándoles a los hombres una libertad que su tontería y su mal- dad
naturales no lo permiten comprender, una liberad espantosa, ¡pues para el
hombre y para la sociedad no ha habido nunca nada tan es- pantoso como la
libertad!, cuando, si convirtie- ses en panes todas esas piedras peladas espar-
cidas ante tu vista, verías a la Humanidad co- rrer, en pos de ti, como un
rebaño, agradecida, sumisa, temerosa tan sólo de que tu mano de- pusiera su
ademán taumatúrgico y los panes se tornasen piedras." Pero tú no quisiste
privar al hombre de su libertad y repeliste la tentación; te horrorizaba la
idea de comprar con panes la obediencia de la Humanidad, y contestaste que
"no so1o de pan vive el hombre", sin saber que el espíritu de la
tierra, reclamando el pan de la tierra, había de alzarse contra ti, combatirte
y vencerte, y que todos le seguirían, gritando: "¡Nos ha dado el fuego del
cielo!" Pasarán si- glos y la Humanidad proclamará, por boca de sus
sabios, que no hay crímenes y, por consi- guiente, no hay pecado; que so1o hay
ham- brientos. "Dales pan si quieres que sean virtuo- sos." Esa será
la divisa de los que se alzarán contra ti, el lema que inscribirán en su
bandera; y tu templo será derribado y, en su lugar, se erigirá una nueva Torre
de Babel, no más firme que la primera, el esfuerzo de cuya erección y mil años
de sufrimientos podías haberles aho- rrado a los hombres. Pues volverán a
nosotros, al cabo de mil años de trabajo y dolor, y nos buscarán en los
subterráneos, en las catacum- bas donde estaremos escondidos – huyendo aún de
la persecución, del martirio –, para gri- tarnos: "¡Pan! ¡Los que nos
habían prometido el fuego del cielo no nos lo han dado!" Y nosotros
acabaremos su Babel, dándoles pan, lo único de que tendrán necesidad. Y se lo
daremos en tu nombre. Sabemos mentir. Sin nosotros, se morirían de hambre. Su
ciencia no les mantendría. Mientras gocen de libertad les faltará el pan; pero
acabarán por poner su libertad a nuestros pies, clamando: "¡Cadenas y
pan!" Compren- derán que la libertad no es compatible con una justa
repartición del pan terrestre entre todos los hombres, dado que nunca – ¡nunca!
– sabrán repartírselo. Se convencerán también de que son indignos de la
libertad; débiles, vicio- sos, necios, indómitos. Tú les prometiste el pan del
cielo. ¿Crees que puede ofrecerse ese pan, en vez del de la tierra, siendo la
raza humana lo vil, lo incorregiblemente vil que es? Con tu pan del cielo
podrás atraer y seducir a miles de al- mas, a docenas de miles, pero ¿y los
millones y las decenas de millones no bastante fuertes pa- ra preferir el pan
del cielo al pan de la tierra?
¿Acaso eres tan sólo el Dios de los grandes? Los
demás, esos granos de arena del mar; los de- más, que son débiles, pero que te
aman, ¿no son a tus ojos sino viles instrumentos en manos de los grandes?...
Nosotros amamos a esos pobres seres, que acabarán, a pesar de su condición
viciosa y rebelde, por dejarse dominar. Nos admirarán, seremos sus dioses, una
vez sobre nuestros hombros la carga de su libertad, una vez que hayamos
aceptado el cetro que – ¡tanto será el miedo que la libertad acabará por inspi-
rarles! – nos ofrecerán. Y reinaremos en tu nombre, sin dejarte acercar a
nosotros. Esta impostura, esta necesaria mentira, constituirá nuestra cruz.
Como ves, la primera de la tres preguntas en-
cerraba el secreto del mundo. ¡Y tú la desdeñas- te! Ponías la libertad por
encima de todo, cuan- do, si hubieras consentido en tornar panes las piedras
del desierto, hubieras satisfecho el eterno y unánime deseo de la Humanidad; le
hubieras dado un amo. El más vivo afán del hombre libre es encontrar un ser
ante quien inclinarse. Pero quiere inclinarse ante una fuer- za incontestable,
que pueda reunir a todos los hombres en una comunión de respeto; quiere que el
objeto de su culto lo sea de un culto universal; quiere una religión común. Y
esa nece- sidad de la comunidad en la adoración es, des- de el principio de los
siglos, el mayor tormento individual y colectivo del género humano. Por
realizar esa quimera, los hombres se extermi- nan. Cada pueblo se ha creado un
dios y le ha dicho a su vecino: "¡Adora a mi dios o te mato!" Y así
ocurrirá hasta el fin del mundo; los dioses podrán desaparecer de la tierra,
mas la Huma- nidad hará de nuevo por los ídolos lo que ha hecho por los dioses.
Tú no ignorabas ese secre- to fundamental de la naturaleza humana y, no
obstante, rechazaste la única bandera que te hubiera asegurado la sumisión de
todos los hombres: la bandera del pan terrestre; la recha- zaste en nombre del
pan celestial y de la liber- tad, y en nombre de la libertad seguiste obran- do
hasta tu muerte. No hay, te repito, un afán más vivo en el hombre que encontrar
en quien delegar la libertad de que nace dotada tan mi- serable criatura. Sin
embargo, para obtener la ofrenda de la libertad de los hombres, hay que darles
la paz de la conciencia. El hombre se hubiera inclinado ante ti si le hubieras
dado pan, porque el pan es una cosa incontestable; pero si, al mismo tiempo,
otro se hubiera adue- ñado de la conciencia humana, el hombre hubiera dejado tu
pan para seguirle. En eso, tenías razón; el secreto de la existencia humana
consiste en la razón, en el motivo de la vida. Si el hombre no acierta a
explicarse por qué debe vivir preferirá morir a continuar esta existencia sin
objeto conocido, aunque disponga de una inmensa provisión de pan. Pero ¿de qué
te sir- vió el conocer esa verdad? En vez de coartar la libertad humana, le
quitaste diques, olvidando, sin duda, que a la libertad de elegir entre el bien
y el mal el hombre prefiere la paz, aunque sea la de la muerte. Nada tan caro
para el hom- bre como el libre albedrío, y nada, también, que le haga sufrir
tanto. Y, en vez de formar tu doc- trina de principios sólidos que pudieran
pacifi- car definitivamente la conciencia humana, la formaste de cuanto hay de
extraordinario, vago, conjetural, de cuanto traspasa los límites de las fuerzas
del hombre, a quien, ¡tú que diste la vida por él!, diríase que no amabas. Al
quitarle diques a su libertad, introdujiste en el alma humana nuevos elementos
de dolor. Querías ser amado con un libre amor, libremente segui- do. Abolida la
dura ley antigua, el hombre deb- ía, sin trabas, sin más guía que tu ejemplo,
ele- gir entre el bien y el mal. ¿,No se te alcanzaba que acabarías por desacatar
incluso tu ejemplo y tu verdad, abrumado bajo la terrible carga de la libre
elección, y que gritaría: "Si Él hubiera poseído la verdad, no hubiera
dejado a sus hijos sumidos en una perplejidad tan horrible, envueltos en tales
tinieblas?" Tú mismo prepa- raste tu ruina: no culpes a nadie. Si hubieras
escuchado lo que se te proponía... Hay sobre la tierra tres únicas fuerzas
capaces de someter para siempre la conciencia de esos seres débiles e indómitos
– haciéndoles felices – : el milagro, el misterio y la autoridad. Y tú no
quisiste va- lerte de ninguna. El Espíritu terrible te llevó a la
almena del templo y te dijo: "¿Quieres saber
si eres el Hijo de Dios? Déjate caer abajo, porque escrito está que los ángeles
tomarte han en las manos." Tú rechazaste la proposición, no te dejaste
caer. Demostraste con ello el sublime orgullo de un dios; ¡pero los hombres,
esos se- res débiles, impotentes, no son dioses! Sabías que, sólo con intentar
precipitarte, hubieras perdido la fe en tu Padre, y el gran Tentador hubiera
visto, regocijadísimo, estrellarse tu cuerpo en la tierra que habías venido a
salvar. Mas, dime, ¿hay muchos seres semejantes a ti?
¿Pudiste pensar un solo instante que los hom- bres
serían capaces de comprender tu resisten- cia a aquella tentación? La
naturaleza humana no es bastante fuerte para prescindir del mila- gro y
contentarse con la libre elección del co- razón, en esos instantes terribles en
que las preguntas vitales exigen una respuesta. Sabías que tu heroico silencio
sería perpetuado en los libros y resonaría en lo más remoto de los tiempos, en
los más apartados rincones del mundo. Y esperabas que el hombre te imitaría y
prescindiría de los milagros, como un dios, siendo así que, en su necesidad de
milagros, los inventa y se inclina ante los prodigios de los magos y los
encantamientos de los hechiceros, aunque sea hereje o ateo.
Cuando te dijeron, por mofa: "¡Baja de la cruz
y creeremos en ti!", no bajaste. Entonces, tam- poco quisiste someter al
hombre con el milagro, porque lo que deseaba de él era una creencia libre, no
violentada por el prestigio de lo mara- villoso; un amor espontáneo, no los
transportes serviles de un esclavo aterrorizado. En esta ocasión, como en
todas, obraste inspirándote en una idea del hombre demasiado elevada: ¡es
esclavo, aunque haya sido creado rebelde! Han pasado quince siglos: ve y juzga.
¿A quién has elevado hasta ti? El hombre, créeme, es más débil y más vil de lo
que tú pensabas. ¿Puede, acaso, hacer lo que tú hiciste? Le estimas dema- siado
y sientes por él demasiado poca piedad; le has exigido demasiado, tú que le
amas más
que a ti mismo. Debías estimarle menos y exi- girle
menos. Es débil y cobarde. El que hoy se subleve en todas partes contra nuestra
autori- dad y se enorgullezca de ello, no significa nada. Sus bravatas son
hijas de una vanidad de esco- lar. Los hombres son siempre unos chiquillos: se
sublevan contra el profesor y le echan del aula; pero la revuelta tendrá un
término y les costará cara a los revoltosos. No importa que derriben templos y
ensangrienten la tierra: tar- de o temprano, comprenderán la inutilidad de una
rebelión que no son capaces de sostener. Verterán estúpidas lágrimas; pero, al
cabo, comprenderán que el que les ha creado rebel- des les ha hecho objeto de
una burla y lo gri- tarán, desesperados. Y esta blasfemia acrecerá su miseria,
pues la naturaleza humana, dema- siado mezquina para soportar la blasfemia, se
encarga ella misma de castigarla.
La inquietud, la duda, la desgracia: he aquí el
lote de los hombres por quienes diste tu sangre. Tu profeta dice que, en su
visión simbólica, vio a todos los partícipes de la primera resurrec- ción y que
eran doce mil por cada generación. Su número no es corto, si se considera que
su- pone una naturaleza más que humana el llevar tu cruz, el vivir largos años
en el desierto, ali- mentándose de raíces y langostas; y puedes, en verdad,
enorgullecerte de esos hijos de la liber- tad, del libre amor, estar satisfechos
del volun- tario y magnífico sacrificio de sí mismos, hecho en tu nombre. Pero
no olvides que se trata só1o de algunos miles y, más que de hombres, de dioses.
¿Y el resto de la Humanidad? ¿Qué cul- pa tienen los demás, los débiles
humanos, de no poseer la fuerza sobrenatural de los fuertes?
¿Qué culpa tiene el alma feble de no poder so-
portar el peso de algunos dones terribles?
¿Acaso viniste tan sólo por los elegidos? Si es
así, lo importante no es la libertad ni el amor, sino el misterio, el
impenetrable misterio. Y nosotros tenemos derecho a predicarles a los hombres
que deben someterse a él sin razonar, aun contra los dictados de su conciencia.
Y eso
es lo que hemos hecho. Hemos corregido tu obra; la
hemos basado en el "milagro", el "mis- terio" y la
"autoridad". Y los hombres se han congratulado de verse de nuevo
conducidos como un rebaño y libres, por fin, del don funes- to que tantos
sufrimientos les ha causado. Di,
¿hemos hecho bien? ¿Se nos puede acusar de no amar
a la Humanidad? ¿No somos nosotros los únicos que tenemos conciencia de su fla-
queza; nosotros que, en atención a su fragili- dad, la hemos autorizado hasta
para pecar, con tal que nos pida permiso? ¿Por qué callas? ¿Por qué te limitas
a mirarme con tus dulces y pene- trantes ojos? ¡No te amo y no quiero tu amor;
prefiero tu cólera! ¿Y para qué ocultarte nada? Sé a quién le hablo. Conoces lo
que voy a decir- te, lo leo en tus ojos... Quizá quieras oír preci- samente de
mi boca nuestro secreto. Oye, pues: no estamos contigo, estamos con Él... ;
nuestro secreto es ése. Hace mucho tiempo – ¡ocho si- glos! – que no estamos
contigo, sino con Él. Hace ocho siglos que recibimos de Él el don que tú,
cuando te tentó por tercera vez mostrándote todos los reinos de la tierra, re-
chazaste indignado; nosotros aceptamos y, dueños de Roma y la espada de César,
nos de- claramos los amos del mundo. Sin embargo, nuestra conquista no ha
acabado aún, está to- davía en su etapa inicial, falta mucho para verla
concluida; la tierra ha de sufrir aún durante mucho tiempo; pero nosotros
conseguiremos nuestro objeto, seremos el César y, entonces, nos preocuparemos
de la felicidad universal. Tú también pudiste haber tomado la espada de César;
¿por qué rechazaste tal don? Aceptándo- le, hubieras satisfecho todos los
anhelos de los hombres sobre la tierra, les hubieras dado un amo, un
depositario de su conciencia y, a la vez, un ser en torno a quien unirse,
formando un inmenso hormiguero, ya que la necesidad de la unión universal es
otro de los tres supre- mos tormentos de la Humanidad. La Humani- dad siempre
ha tendido a la unidad mundial. Cuanto más grandes y gloriosos, más sienten
los pueblos ese anhelo. Los grandes conquista-
dores, los Tamerlan, los Gengis Kan que reco- rren la tierra como un huracán
devastador, obedecen, de un modo inconsciente, a esa nece- sidad. Tomando la
púrpura de César, hubieras fundado el imperio universal, que hubiera sido la
paz del mundo. Pues, ¿quién debe reinar sobre los hombres sino el que es dueño
de sus conciencias y tiene su pan en las manos?
Tomamos la espada de César y, al hacerlo, rompimos
contigo y nos unimos a Él. Aún habrá siglos de libertinaje intelectual, de
pedan- tería y de antropofagia –los hombres, luego de erigir, sin nosotros, su
Torre de Babel, se entre- garán a la antropofagia–; pero la bestia acabará por
arrastrarse hasta nuestros pies, los lamerá y los regará con lágrimas de
sangre. Y nosotros nos sentaremos sobre la bestia y levantaremos una copa en la
que se leerá la palabra "Miste- rio". Y entonces, sólo entonces,
empezará para los hombres el reinado de la paz y de la dicha. Tú te de tus
elegidos, pero son una mi noria:
nosotros les
daremos el re y la calma a todos. Y aun de esa minoría, aun de entre esos
"fuertes" llamados a ser de los elegidos, ¡cuántos han acabado y
acabarán por cansarse de esperar, cuán tos han empleado y emplearán contra ti
las fuerzas de su espíritu y el ardor de su co- razón en uso de la libertad de
que te son deu- dores! Nosotros les daremos a todos la felici- dad,
concluiremos con las re vueltas y matan- zas originadas por la libertad. Les
convencere- mos de que no serán verdaderamente libres, sino cuando nos hayan
confiado su libertad.
¿Mentiremos? ¡No! Y bien sabrán ellos que no les
engañamos, cansados de las dudas y de los terrores que la libertad lleva
consigo. La inde- pendencia, el libre pensamiento y la ciencia llegarán a
sumirles en tales tinieblas, a espan- tarlos con tales prodigios, a causar los
con tales exigencias, que los menos suaves y dóciles se suicidarán; otros,
también indóciles, pero débi- les y violentos, se asesinarán, y otros –los
más–, rebaño de cobardes y de miserables, gritarán a
nuestros pies: "¡Sí, tenéis razón! Sólo
vosotros poseéis su secreto y volvemos a vosotros! ¡Sal- vadnos de nosotros
mismos!"
No se les ocultará que el pan –obtenido con su
propio trabajo, sin milagro alguno– que re- ciben de nosotros se lo tomamos
antes nosotros a ellos para repartírselo, y que no convertimos las piedras en
panes. Pero, en verdad, más que el pan en sí, lo que les satisfará es que
nosotros se lo demos. Pues verán que, si no convertimos las piedras en partes,
tampoco los panes se convierten, vuelto el hombre a nosotros, en piedras.
¡Comprenderán, al cabo, el valor de la sumisión! Y mientras no lo comprendan,
pade- cerán. ¿Quién, dime, quién ha puesto más de su parte para que dejen de
padecer? ¿Quién ha dividido el rebaño y le ha dispersado por ex- traviados
andurriales? Las ovejas se reunirán de nuevo, el rebaño volverá a la obediencia
y ya nada le dividirá ni lo dispersará. Nosotros, entonces, les daremos a los
hombres una felici- dad en armonía con su débil naturaleza, una felicidad
compuesta de pan y humildad. Sí, les predicaremos la humildad – no, como Tú, el
orgullo . Les probaremos que son débiles niños, pero que la felicidad de los
niños tiene particu- lares encantos. Se tornarán tímidos, no nos per- derán
nunca de vista y se estrecharán contra nosotros como polluelos que buscan el
abrigo del ala materna. Nos temerán y nos admirarán. Les enorgullecerá el pensar
la energía y el genio que habremos necesitado para domar a tanto rebelde. Les
asustará nuestra cólera, y sus ojos, como los de los niños y los de las
mujeres, serán fuentes de lágrimas. ¡Pero con que facili- dad, a un gesto
nuestro, pasarán del llanto a la risa, a la suave alegría de los niños! Les
obliga- remos, ¿qué duda cabe?, a trabajar; pero los organizaremos, para sus
horas de ocio, una vida semejante a los juegos de los niños, mezcla de
canciones, coros inocentes y danzas. Hasta les permitiremos pecar – ¡su
naturaleza es tan flaca!–. Y, como les permitiremos pecar, nos amarán con un
amor sencillo, infantil. Les diremos que todo pecado cometido con nuestro
permiso será perdonado, y lo haremos por amor, pues, de sus pecados, el castigo
será para nosotros y el placer para ellos. Y nos adorarán como a bienhechores.
Nos lo dirán todo y, según su grado de obediencia, les permitiremos o les
prohibiremos vivir con sus mujeres o sus amantes y les consentiremos o no les
consenti- remos tener hijos. Y nos obedecerán, muy con- tentos. Nos someterán
los más penosos secretos de su conciencia, y nosotros decidiremos en todo y por
todo; y ellos acatarán, alegres, nues- tras sentencias, pues les ahorrarán el
cruel tra- bajo de elegir y de determinarse libremente.
Todos los millones de seres humanos serán así,
felices, salvo unos cien mil, salvo nosotros, los depositarios del secreto.
Porque nosotros seremos desgraciados. Los felices se contarán por miles de
millones, y habrá cien mil mártires del conocimiento, exclusivo y maldito, del
bien y del mal. Morirán en paz. pronunciando tu nombre, y, más allá de la
tumba, sólo verán la oscuridad de la muerte. Sin embargo, nos lo callaremos;
embaucaremos a los hombres, por su bien, con la promesa de una eterna recom-
pensa en el cielo, a sabiendas de que, si hay otro mundo, no ha sido, de
seguro, creado para ellos. Se vaticina que volverás, rodeado de tus elegidos, y
que vencerás; tus héroes sólo podrán envanecerse de haberse salvado a sí
mismos, mientras que nosotros habremos sal- vado al mundo entero. Se dice que
la fornica- dora, sentada sobre la bestia y con la "copa del
misterio" en las manos, será afrentada y que los débiles se sublevarán por
vez postrera, desga- rrarán su púrpura y desnudarán su cuerpo im- puro. Pero yo
me levantaré entonces y te mos- traré los miles de millones de seres felices
que no han conocido el pecado. Y nosotros que, por su bien, habremos asumido el
peso de sus cul- pas, nos alzaremos ante ti, diciendo: "¡Júzganos, si
puedes y te atreves!" No te temo. Yo también he estado en el desierto; yo
también me he ali- mentado de langostas y raíces; yo también he bendecido la
libertad que les diste a los hom- bres y he soñado con ser del número de los
fuertes. Pero he renunciado a ese sueño, he re- nunciado a tu locura para
sumarme al grupo de los que corrigen tu obra. He dejado a los orgu– llosos para
acudir en socorro de los humildes.
Lo que te digo se realizará; nuestro imperio será
un hecho.
Y te repito que mañana, a una señal mía, verás a un
rebaño sumiso echar leña a la hoguera donde te haré morir, por haber venido a
perturbarnos. ¿Quién más digno que Tú de la hoguera? Mañana te quemaré. Dixi.
El inquisidor calla. Espera unos instantes la
respuesta del preso. Aquel silencio le turba. El preso le ha oído, sin dejar de
mirarle a los ojos, con una mirada fija y dulce, decidido eviden- temente a no
contestar nada. El anciano hubiera querido oír de sus labios una palabra,
aunque hubiera sido la más amarga, la más terrible. Y he aquí que el preso se
le acerca en silencio y da un beso en sus labios exangües de nonagenario.
¡A eso se reduce su respuesta! El anciano se
estremece, sus labios tiemblan; se dirige a la puerta, la abre y dice: “¡Vete y
no vuelvas nun- ca… , nunca! Y le deja salir a las tinieblas de la ciudad. El
preso se aleja.
FIN

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