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Libro N° 14517. El Futuro De Europa. Cómo Decrecer Para Una Reindustrialización Urgente. Turiel Martínez, Antonio.


© Libro N° 14517. El Futuro De Europa. Cómo Decrecer Para Una Reindustrialización Urgente. Turiel Martínez, Antonio. Emancipación. Noviembre 22 de 2025

 

Título Original: © El Futuro De Europa. Cómo Decrecer Para Una Reindustrialización Urgente. Antonio Turiel Martínez

 

Versión Original: © El Futuro De Europa. Cómo Decrecer Para Una Reindustrialización Urgente. Antonio Turiel Martínez

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/el-futuro-de-europa


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

EL FUTURO DE EUROPA

Cómo Decrecer Para Una Reindustrialización Urgente

Antonio Turiel Martínez


 

 

 

 

El Futuro De Europa

Cómo Decrecer Para Una Reindustrialización Urgente

Antonio Turiel Martínez


 

 



 

Vivimos en una era de crisis múltiples, que avanzan a diferentes ritmos e intensidades y definen nuestro presente. La crisis climática se acelera, mientras que la crisis social crece con el rechazo a la gentrificación y el auge de movimientos populistas. La crisis energética alterna momentos críticos con periodos de calma, y la de materias primas afecta las cadenas de suministro; a todas ellas ahora sumamos la crisis del agua potable.

 

Esta situación nos conduce a un choque inevitable con los límites de un planeta finito y la incapacidad de los poderes políticos y económicos para entender que seguir creciendo de forma perpetua es inviable. Pero, paradójicamente, cuando las empresas manufactureras priorizan la supervivencia al crecimiento, está claro que algo tampoco va bien.

 

Europa, particularmente vulnerable por su envejecimiento, la escasez de recursos y una industria superada por potencias como China y Rusia, enfrenta una rápida desindustrialización.

 

Es urgente encontrar soluciones sostenibles que aprovechen el verdadero potencial del continente. El futuro de Europa plantea el necesario debate sobre el modelo industrial y el futuro que nos espera en este contexto de crisis global.

 

 

 

 

 

 

Antonio Turiel Martínez

 

El futuro de Europa

 

Cómo decrecer para una reindustrialización urgente

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 09.11.2025



 

 

 

 

 

 

 

Título original: El futuro de Europa

 

Antonio Turiel Martínez, 2024

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1



 

 

 

 

 

 

Índice de contenido

 

 

 

Prólogo

 

I Retos actuales

 

1 La crisis climática

2 La crisis ambiental

3 La crisis energética

4 La crisis ignorada: la crisis social

 

II Soluciones que no funcionan

 

5 El mito de la electrificación absoluta

6 Electricidad y renovables

7 El hundimiento de la eólica

8 El incierto futuro de la fotovoltaica

9 La siguiente burbuja renovable

10 Sin modelo para gestionar la crisis del diésel

 

III Reindustrializar Europa

 

11 Proteccionismo y sectores estratégicos

12 De la separación energía y máquina a la máquina integrada

 

13 Tecnologías apropiadas con materiales apropiados

14 El transporte en un mundo en descenso energético

15 Transporte fluvial: un ejemplo de cómo la preservación ambiental también lo es económica

16 La desindustrialización del sector primario

17 Materiales y exergía

18 La necesidad de una electrónica sostenible

19 Recuperar el equilibrio

20 El decrecimiento como conclusión

 

Bibliografía

 

Sobre el autor

 

Notas



 

 

 

A mi madre, Carmen, mujer luchadora y comprometida, avanzada a su tiempo, gracias a la cual aprendí el respeto y el tesón, y también el cariño. Te echo de menos, mamá. Te echamos de menos.

 

A mi padre, Agustín, que aún sigue a mi lado y me obliga a mejorar mis argumentos, mi primer crítico y apoyo.

 

A mi tía Chelo, por su incondicional cariño durante todos estos años.

 

A mis hermanas y hermanos, por estar ahí. Simplemente eso, algo tan sencillo y a la vez tan complicado.

 

A mis sobrinas y sobrinos, por recordarme por qué merece la pena luchar.

 

A mi mujer, Montse, y a mis hijos, Alba y David, por esa sabia combinación de quererme y aguantarme.

 

A mi suegra Aurora, porque es de justicia reconocer a la gente buena.

 

A toda esa gente diminuta, que con sus diminutas voces me llama y con sus diminutos brazos me sostiene.



 

 

 

 

 

Prólogo

 

 

 

 

Hace casi quince años decidí empezar a divulgar sobre la Crisis Energética, y más concretamente sobre el problema inmenso que planteaba la inminente llegada al pico de producción de petróleo. Un problema complejo con tantas implicaciones y tantas ramificaciones que, sin darme cuenta, me ha ido arrastrando, llevándome cada vez más lejos de mi punto de partida.

 

¿Cómo ha podido pasar que un físico que desarrolla su investigación en el estudio de los océanos acabe hablando de recursos naturales y de energía, y a partir de ahí, con el tiempo, acabe atreviéndose a plantear propuestas concretas de política industrial?

 

Esa es una pregunta que no solo me lanzan mis más ácidos detractores, sino que yo mismo me repito con mucha frecuencia. Y, sin embargo, cada vez estoy más convencido de que era algo necesario y hasta cierto punto inevitable.

Necesario porque, al hablar de la transición energética y del modelo de sociedad que esta implica, hay demasiados puntos ciegos, demasiadas omisiones e intereses creados, que dificultan obtener una imagen clara de la realidad, una que se base exclusivamente en criterios técnicos y en una discusión abierta en la que todo se analiza y considera, y que inclusive se pueda rectificar cuando convenga. Para poder tener esa visión hace falta alguien completamente independiente, un servidor público en el verdadero sentido del término, con un fuerte conocimiento técnico y capacidad de integrar a un nivel suficiente informaciones muy diversas y con niveles de detalle muy dispares. Lo ideal sería que los distintos cuerpos técnicos con los que cuenta la Administración de los Estados, y particularmente la del Estado español, pudieran hacer ese papel.

 

Pero no lo hacen. No lo hacen porque, por desgracia, no son independientes. Siguen unas directrices en una estructura muy jerárquica, la cual la mayoría de las veces está supeditada a no contrariar determinados intereses económicos. Esto provoca que, a pesar de disponer de numerosos órganos estatales y autonómicos que cuentan con los conocimientos y los recursos para ofrecer esa visión técnicamente correcta y conceptualmente crítica, nadie se atreva a contradecir en público el discurso dominante.

 

Y eso hace inevitable mi dedicación, porque después de haberme pasado años hablando de forma muy crítica y abierta de estos temas, profundizando conceptualmente más en ellos, y amparado por la libertad propia de los académicos (ya que ni mi sueldo ni mi destino dependen de congraciarme con un superior jerárquico), cada vez más gente contacta conmigo para exponerme sus congojas y amarguras, en ocasiones por correo electrónico, otras por teléfono, o incluso en un lugar discreto lejos de miradas curiosas. Ya es triste que en la autoproclamada sociedad de la información la única manera de conocer ciertas cosas sea en una conversación informal mientras miras los remolinos que se forman en una taza de café.

 

Han sido quince años de largo periplo y muchos sinsabores y muchas noches de poco dormir (porque yo continúo sacando adelante mi trabajo de oceanógrafo e incluso he liderado diversas iniciativas en mi campo). He llegado a un punto en el que ya no tengo más dudas sobre la transición energética. No tengo dudas de que aquello que se anuncia de forma obsesiva a bombo y platillo como «la transición energética» no funciona ni funcionará, como cada vez está siendo más evidente. No solo no funcionará: empecinarse en ese modelo únicamente detraerá recursos vitales para abordar la transición real. Porque realmente necesitamos, con urgencia y necesidad, tanto por la acumulación de problemas ambientales como por la escasez de recursos, llevar a cabo una transición que no solo es energética, sino principalmente económica y social.

 

Tengo también claro qué características debe tener un modelo de transición verdaderamente transitable. Y también qué tipo de estrategias son posibles desde una ubicación primero española y luego europea. Pero hasta ahí puedo llegar. No puedo ser tan arrogante como para creer que tengo las soluciones a problemas tan inmensos, cuando ni siquiera soy capaz de comprender una parte mínima de la complejidad de todo lo que aquí trato. No tengo la solución última, el modelo de transición completo y perfecto listo para implementarse mañana mismo. Conseguir eso es una tarea multidisciplinar de un equipo de muchas personas, que requiere mucho trabajo de campo, mucho ensayo y error, y probablemente muchos años de esfuerzo e inversión. Así que a quien esperase encontrar en este libro la solución a todos los problemas que nos acucian tengo que darle una mala noticia: no, este libro no proporciona la solución.

 

Y sin embargo considero que su lectura es indispensable para abrir por fin un debate excesivamente postergado. Hay que empezar a hablar, claramente y sin límites, de la transición energética posible y necesaria. La complacencia con que aceptamos los modelos obsoletos que usamos para describir el mundo, aceptando que van a funcionar cuando cada vez es más evidente que no están funcionando, es lo que nos está llevando a un verdadero callejón sin salida. Hay que sacudir la cabeza, acabar con el abotargamiento y pensar con claridad, mirar con claridad.

Dado que yo soy físico de formación, a lo largo del libro me he centrado en algunos aspectos técnicos de esa transición; y dado que hace años que trabajo en el campo de las ciencias ambientales, he intentado también dar una visión ecosistémica, más holística y general, de los problemas que nos aquejan y de las características que deberían tener las soluciones que buscamos. A pesar de la diversidad y la complejidad de los temas tratados, he hecho un esfuerzo por explicarlos de la manera más simple y divulgativa que he sabido, en parte porque es lo que ahora se necesita para fomentar este debate sobre el modelo de transición, en parte porque el nivel de detalle al que yo soy capaz de llegar es limitado, en parte porque, por desgracia, aún no contamos con suficiente desarrollo técnico como para profundizar más. También, en algunos casos, he introducido reflexiones sobre las implicaciones sociales de los cambios en los medios de producción y las tecnologías que deberemos usar, siempre quedándome en los aspectos más evidentes y superficiales, a la espera de que los especialistas de las ciencias sociales recojan el guante y continúen el trabajo aquí esbozado.

 

Nada de lo que aquí se expone es una verdad absoluta, sencillamente son observaciones y reflexiones sobre los datos de los que disponemos. Habrá, a buen seguro, algunos errores y hay, eso lo sé, muchas omisiones. Todo está abierto a discusión, en aras de ese debate que veo imprescindible comenzar ya. No sé si conseguiré que arranque este debate sobre el nuevo modelo energético, económico y social que necesitamos para Europa, pero si puedo aportar algo a su discusión, me daré por satisfecho.

 

Este es un libro desde Europa y para Europa. No busque el lector lecciones generales que puedan ser aplicadas a todos los territorios de este planeta. Habrá ideas, propuestas, que quizá puedan ser adaptadas y adoptadas en otros lugares, pero en cualquier caso a mí me ha parecido urgente escribirle al Viejo Continente sobre él mismo, sobre su futuro, porque su ensimismamiento, su ofuscación en un pasado que percibe brillante le está haciendo perder de vista los enormes riesgos y las limitaciones que le aguardan en un futuro inmediato. El ascenso de los populismos, el autoritarismo y la xenofobia, la tentación de usar la guerra para garantizar el acceso a esos recursos escasos que no se volverán abundantes aunque se roben a mano armada, la pobreza, la exclusión, las revueltas… Todos ellos son peligros reales que acechan hoy a Europa, en esta hora aciaga.

 

Europa no tiene recursos, no es como otras regiones de este planeta. Por eso necesita una estrategia diferente para su transición energética e industrial, una que no se base en un consumo masivo de materiales en su mayoría escasos y que proceden de la otra parte del mundo. Ese modelo, fuertemente material y extractivista, es de otra época, de la época fósil en que la energía era abundante y barata y consecuentemente una variable que no era necesario tomar en demasiada consideración a la hora de diseñar estrategias. En el mundo posfósil, la energía es mucho más escasa, más cara y más difícil de manejar, y las cadenas de suministro deben ser en general más cortas. Digámoslo claro: sin combustibles fósiles, la minería, el transporte y en general el uso de maquinaria pesada, amén de las gargantuescas cantidades de cemento y acero que mueve nuestra civilización, van a verse enormemente reducidos. El gigantismo industrial que caracteriza las soluciones que hoy se quieren implementar necesita de, y no puede funcionar sin, combustibles fósiles.

 

Eso no quiere decir que no haya un futuro para España y para Europa. Lo hay. Se puede construir. Pero eso requiere un esfuerzo de comprensión, de debate técnico y de humildad. Se puede conseguir, sí, aunque Europa lo tiene que buscar y a partir de él (re)construirse por sí misma.



 

 

 

 

  

 

I

 

Retos actuales

 

  

1

 

La crisis climática

 

 

 

El año 2023 ha marcado un punto de inflexión en la Crisis Climática. Lo ha sido por numerosos motivos, y particularmente por la alarmante recurrencia y gravedad de fenómenos extremos: los gigantescos incendios en Canadá (propiciados por unas temperaturas completamente anormales en la región, con registros de hasta 48 °C en verano), el incremento en el número de tornados en Europa (hasta tres veces más tornados que en un año habitual y de mayor intensidad) y la recurrencia de tormentas especialmente violentas en distintos puntos del globo. Por su especial gravedad destacaré dos de ellas, particularmente destructivas. En octubre de 2023, la tormenta Otis pasó de ser una tormenta tropical sin especial intensidad a un huracán de categoría 5 en menos de veinticuatro horas, algo que ningún modelo meteorológico fue capaz de predecir hasta que el fenómeno estaba ya gestándose. Esa intensificación se produjo muy cerca de la costa pacífica de México, gracias, entre otros factores, a lo anómalamente cálida que se encontraba esa parte del océano Pacífico. El impacto de Otis contra el estado de Guerrero, y particularmente contra la ciudad de Acapulco, fue devastador. El Gobierno mexicano nunca difundió datos realistas sobre los daños humanos y materiales, pero podemos estimar que el peaje humano se cuenta en varios miles de personas; por su parte, las instalaciones turísticas quedaron completamente destruidas y la reconstrucción de todas las infraestructuras, si alguna vez se puede llevar a cabo, llevaría muchos años. En la otra parte del planeta, la tormenta Daniel sembró terror y destrucción en el Mediterráneo a comienzos de septiembre de 2023. Sobre Grecia descargó 1000 litros por metro cuadrado en cuarenta y ocho horas, es decir, aproximadamente el equivalente a dos años de precipitación en dos días. Aparte de las diecisiete muertes que causó y de los estragos sobre la cabaña ganadera griega, se estima que por culpa de esta única tempestad se ha perdido, al menos para varios años, el 25 % de las tierras de cultivo de Grecia, entre



 

 

 

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las zonas que han quedado anegadas y las que han sufrido tal erosión por escorrentía que han perdido demasiado suelo fértil como para permitir más cultivo. Pero la trágica historia de Daniel no acabó allí. Después de golpear Grecia, atravesó el Mediterráneo para llegar a la ribera norteafricana, y en su tránsito pasó por una zona especialmente cálida del mar, produciéndose un fenómeno de intensificación y alcanzando una potencia propia de un huracán. La estela fría que dejó sobre el mar a la derecha de su trayectoria atestigua que el proceso de intensificación de Daniel fue el de un huracán, siendo por tanto un verdadero «medicán» (en inglés, medicane), término acuñado hace unos veinte años para describir aquellas tormentas del Mediterráneo que por su evolución y virulencia se comportan igual que sus hermanos mayores tropicales, aunque con un tamaño afortunadamente mucho menor. Y tras esta intensificación Daniel llegó a Libia, país devastado por una guerra civil desde hace más de diez años. En medio del desierto, descargó 400 litros por metro cuadrado en seis horas sobre un área muy extensa y provocó el colapso de dos presas. La ola gigante arrasó la ciudad de Derna, dejando un balance de 13 000 personas muertas y varias decenas de miles desaparecidas.

 

Suelo incidir en los casos de Otis y de Daniel porque a pesar de la extrema gravedad de lo sucedido, de lo alarmante que resulta que nuestros modelos meteorológicos se estén mostrando impotentes para avisarnos con una anticipación adecuada, de que no hablamos de zonas recónditas y abandonadas a su suerte sino de lugares bien conocidos, y del poco tiempo que ha transcurrido desde estos fenómenos, estoy seguro de que una buena parte de los lectores de este libro no ha oído hablar de estas tormentas ni de la catástrofe que desencadenaron. No es casualidad: justo cuando más seria se está poniendo la Crisis Climática, más sordina mediática se está aplicando a estos fenómenos extremos e inusuales. Peor aún: hay una tendencia creciente al negacionismo climático y al fomento de actitudes virulentas, incluso agresivas, contra quienes intentan alertar a la sociedad del peligro inmenso que supone el Cambio Climático. Hablaremos más de ello en el capítulo donde se aborda la Crisis Social.

 

Y que la Crisis Climática se está agravando es bastante evidente simplemente observando los registros de temperaturas. En el año 2023, la temperatura media (a lo largo de todo el planeta y promediando todas las horas de los 365 días) fue aproximadamente 1,5 °C superior al promedio preindustrial (de acuerdo con el Servicio Climático de Copernicus, la



 

 

 

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temperatura promedio de nuestro planeta fue de 14,98 °C, con una incertidumbre de 0,06 °C, mientras que en el promedio de 1850 a 1900, que se toma como referencia preindustrial, la temperatura del planeta se estima que era de 13,5 °C). Esto es gravísimo, porque el Acuerdo de París, que se adoptó en diciembre de 2015 en el marco de la 21.a Conferencia de Partes sobre Cambio Climático de Naciones Unidas (COP21), estipulaba que se debían tomar las medidas (reducción de emisiones de CO2 y descarbonización) de modo que se evitase llegar a un calentamiento de 1,5 °C en 2100. El hecho es que ya en 2023 hemos llegado a este valor, y lo previsible es que en 2024 el promedio se quede en un valor semejante (en el momento de escribir estas líneas, el promedio de los últimos 365 días es 1,6 °C superior a la media preindustrial). Bien es cierto que dada la variabilidad interanual de la temperatura media y el hecho de que en el bienio 2023-2024 se ha producido un fenómeno de El Niño (una perturbación cuasi periódica del clima planetario que se produce naturalmente como un medio de rebalanceo energético entre el hemisferio norte y el sur), lo más probable es que en 2025 la temperatura media del planeta baje un poco y así podamos tener una idea más clara de cuál es el nuevo valor de base, pero todo indica que probablemente no va a bajar de 1,35 °C o incluso 1,4 °C de calentamiento respecto a la temperatura preindustrial. Eso es gravísimo, porque implica que, aunque el calentamiento de 1,5 °C no estuviera aún consolidado, no estamos lejos de llegar y sobrepasar esa marca. Incluso algunos científicos, como el climatólogo James Hansen, que trabajó para la NASA aunque ya está jubilado, apuntan que para 2030 habríamos sobrepasado de manera consistente los 1,5 °C y para 2050 podríamos estar ya en 2 °C de calentamiento.

 

La mayoría de la gente se queda un tanto fría con esta discusión sobre unas décimas de grado más o menos de calentamiento global, porque no acaban de entender por qué una variación tan pequeña puede tener un impacto tan importante, ya que tienden a compararla con las variaciones de la temperatura ambiental que se producen a lo largo de un año, o incluso de un mismo día, que son mucho mayores. La clave está en que aquí estamos discutiendo la media de la temperatura de todo el planeta a la vez, lo cual incluye zonas tan cálidas como el ecuador y tan frías como los polos, y además a lo largo de todo el año, es decir, pasando por todas las estaciones, desde el invierno hasta el verano. Este valor medio tiene



 

 

 

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mucho interés para los físicos ya que se sabe que la temperatura de un cuerpo nos da una medida de la energía cinética (la asociada al movimiento) de las partículas que lo componen, y así podemos conocer el balance energético del planeta. Este valor de temperatura media a lo largo de todo el planeta y a lo largo de un año tendría que ser extremadamente constante, porque las diferencias entre irradiación solar recibida y reemitida al espacio, al promediar en todas las latitudes y todas las estaciones, deberían quedar perfectamente compensadas. Y el valor de temperatura media no debería mostrar ninguna tendencia ni creciente ni decreciente, simplemente debería oscilar un poco. La razón por la que esas décimas de incremento de la temperatura global son tan alarmantes es que nos indican que el planeta cada vez tiene más energía disponible, y por tanto tiende a crear estaciones más extremas y a generar más caos y anomalías.

 

Para el caso concreto de la península ibérica, teniendo en cuenta que el calentamiento aquí es más rápido que en el conjunto del mundo y que cuanta más energía hay más extremas son las estaciones, un calentamiento global de 1,5 °C implica que temperaturas por encima de los 45 °C serán habituales durante el verano en la mayor parte de la península. Con un calentamiento de 2 °C, las temperaturas máximas durante el verano peninsular serán habitualmente de 50 °C, registros que entran ya en el rango de lo incompatible con la vida humana (como desgraciadamente se ha podido comprobar este año 2024 en la India, Arabia Saudita, Egipto y Grecia).

 

Hay una infinidad de argumentos manidos y medio cocinados por parte del negacionismo climático que basándose en datos reales pretenden argumentar que lo del Cambio Climático es una patraña. Yo no voy a entrar en detalle a discutir esos argumentos aquí —algunos los refutamos en un artículo con Juan Bordera y Fernando Valladares, [Bordera, 2023] —, pero sí quería comentar uno por banal y repetido, y que da buena idea de la confusión sobre los conceptos básicos de física y sobre el orden de magnitud real de las cosas. Se suele argumentar que es inverosímil que el CO2 pueda causar un efecto tan grande, un calentamiento tan extremo, cuando representa solamente el 0,04 % de la concentración de gases atmosféricos, y que de ellos el incremento que ha supuesto el uso de los combustibles fósiles sería tan solo el 0,01 % del volumen total de gases de la atmósfera.



 

 

 

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Lo primero a destacar es que la mayoría de los gases que hay en nuestra atmósfera no generan efecto invernadero, es decir, no ayudan a retener la radiación infrarroja que emite la superficie terrestre después de haber sido calentada por la radiación del Sol, que tiene una longitud de onda más corta y para la cual los gases de efecto invernadero son transparentes. El más importante de los gases de efecto invernadero en la atmósfera es el vapor de agua, que con una concentración promedio de aproximadamente un 1 % es capaz de calentar el planeta de los –18 °C que le corresponderían por su distancia al Sol hasta los 13,5 °C preindustriales, un calentamiento nada más y nada menos que de 31,5 °C. Por comparación, la quema de combustibles fósiles ha causado un incremento de 0,01 % de CO2 sobre el total de la atmósfera (100 veces menos concentración que el vapor de agua) y habría sido capaz de elevar la temperatura 1,5 °C (unas veinte veces menos que el vapor de agua). Pero es que el CO2 genera aproximadamente entre cinco y diez veces más efecto invernadero que el vapor de agua. Es decir, los números cuadran.

 

Sobre la segunda parte del argumento (que dice que es inverosímil que tan poco incremento de concentración de CO2 genere un efecto de gran magnitud a nivel del planeta), la respuesta es que el cambio, efectivamente, no es tan grande. Desde el punto de vista de comprender el balance energético de la Tierra, la temperatura del planeta se tiene que medir en grados Kelvin, no en grados centígrados, porque así la temperatura es directamente proporcional a la energía cinética de las moléculas del aire. Medir en Kelvin es como medir en grados centígrados, solo que el origen de la escala se pone en el cero absoluto de temperatura, que está en –273,16 °C. Por tanto, para medir las temperaturas en Kelvin simplemente tenemos que sumarle 273,16 a las temperaturas centígradas. De ese modo, la temperatura preindustrial de nuestro planeta era de 286,66 K, y las emisiones de CO2 la habrían elevado a 288,16 K. Un incremento porcentual del 0,5: ese ha sido el aumento de energía de la atmósfera debido a las emisiones de CO2. Por tanto, es cierto: no ha sido un gran aumento. Pero eso no quiere decir que ese pequeño aumento sea inocuo; al contrario, es muy peligroso. Ahora bien, lo que está en peligro no es el planeta, ni siquiera la vida en el planeta: a lo largo de su historia geológica de 4500 millones de años, la Tierra ha conocido aumentos y disminuciones de la temperatura mucho mayores. No. Lo que



 

 

 

 

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verdaderamente está en juego es la vida de los humanos. Porque los primeros homínidos datan de hace uno o dos millones de años, los primeros humanos de hace unos 40 000 años y la civilización de hace unos 10 000 años, cuando la agricultura empezó a ser posible. Esto es lo que podría desaparecer, lo que podría dejar de ser viable. Ese es el riesgo real.

 

Para mí, precisamente por mi trabajo como oceanógrafo físico, uno de los mayores signos de alarma de los últimos tiempos es la aceleración del aumento de la temperatura de la superficie del mar, que actualmente podemos medir con bastante precisión gracias a los satélites de observación de la Tierra. En los últimos años, pero especialmente desde 2016, hemos podido comprobar que la temperatura de la superficie del mar crece a un ritmo sin parangón, pasando de una velocidad de elevación de 0,09 °C por década a más del doble en 2023. Algo insólito porque el mar es la componente lenta del sistema climático terrestre, y cuando comienza a experimentar cambios tan rápidos quiere decir que el planeta se dirige a un régimen climático completamente diferente a lo que conocemos. Es decir, que el planeta podría estar sobrepasando alguno de los puntos de no retorno climáticos [Pérez Vilar, 2020].

 

Con respecto a los océanos y a esos puntos de no retorno climático, durante los últimos años se han publicado varios estudios de mucho impacto sobre la posible ralentización e incluso detención del brazo atlántico de la Corriente de Lazo Meridional (AMOC). Esta corriente oceánica que trascurre por el norte del océano Atlántico es la responsable de que la Europa continental tenga un clima más cálido y húmedo de lo que le correspondería por latitud (similar a la de Canadá o el sur de Siberia). Si esta corriente se detuviera, lo previsible es que Europa tuviera un clima más frío y más seco, llegándose incluso a producir una extensión del hielo ártico en latitudes europeas. Al mismo tiempo, el exceso de calor que ya no se estaría aportando para temperar el clima europeo se acumularía más hacia el sur y afectaría gravemente a la precipitación en la selva amazónica y congoleña, y al monzón asiático. En conjunto, al menos 3000 millones de personas estarían afectadas por una posible detención de la AMOC y en su mayoría se verían obligadas a emigrar a otras zonas (si es que ello fuera posible).

 

El posible colapso de la AMOC no es un tema nuevo [Hofmann, 2009], se lleva estudiando desde los años sesenta del siglo pasado, pero los nuevos sistemas de observación y monitoreo del océano, y las mayores



 

 

 

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capacidades de cálculo actuales, están proporcionando indicios cada vez más sólidos de que el fenómeno podría estar a punto de producirse o inclusive estar ya en marcha. En uno de los trabajos más recientes [Van Westen, 2024] se utilizan modelos numéricos para calibrar un indicador temprano de la posible detención de la AMOC y luego se evalúa ese indicador con datos reales, revelando que el proceso de colapso de esta corriente oceánica podría ya estar en marcha, y en su caso sus efectos serían visibles en pocas décadas. Es un aviso, uno más, de que el Cambio Climático se va a caracterizar por efectos no lineales, por cambios drásticos y repentinos, y no por una modificación gradual; es también un recordatorio de que el peligro es mucho mayor de lo que generalmente se piensa. Y por desgracia, el colapso de la AMOC es solo uno más de los puntos de no retorno climáticos del planeta (otros son la liberación del metano del permafrost siberiano, la desaparición de la selva amazónica, el colapso de las placas de hielo continentales de la Antártida, la destrucción de los corales, la acidificación de los océanos…), cada uno de los cuales afectaría gravemente a la vida de millones de personas en todo el globo. Peor aún: muchos de esos puntos de no retorno están conectados, y la caída de uno de ellos puede desencadenar o acelerar la llegada de otros, generando un perverso efecto dominó.

 

El Cambio Climático puede suponer el fin del Holoceno, la era geológica en la que disfrutamos de estaciones predecibles y que ha permitido a la especie humana salir de África y dejar de ser simplemente cazadores-recolectores. No es casualidad que la Revolución neolítica, definida por la invención de la agricultura, se diera cuando acabó la última glaciación y comenzó el Holoceno. Si se acaban las estaciones, se acaba la agricultura. Y si se acaba la agricultura, la civilización humana probablemente se acabará. Desaparecerá. No el planeta, no la vida, y quizá ni siquiera la especie humana, pero sí nuestra civilización. Por eso debemos tomarnos el Cambio Climático muy en serio.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2

 

La crisis ambiental

 

 

 

En 2009, Johan Rockström, del Stockholm Resilience Centre, y Will Steffen, de la Universidad Nacional de Australia, junto con otros veintiséis científicos de diversas instituciones internacionales, definieron el concepto de «límites planetarios» [Rockström, 2009]. De acuerdo con los propios autores, «atravesar uno o más de los límites planetarios puede ser perjudicial o incluso catastrófico debido al riesgo de superar umbrales que desencadenen cambios ambientales no lineales y abruptos en los sistemas a escala continental o planetaria». El estudio de los límites planetarios se inscribe dentro del concepto de Cambio Global, que es más amplio y que incluye dentro de sí el de Cambio Climático. En él se reconoce que la acción de los seres humanos es el principal motor del cambio ambiental a escala global desde la Revolución Industrial y que el objetivo es mantener la estabilidad de los sistemas planetarios ambientales que han caracterizado el Holoceno y han permitido el desarrollo de la civilización humana.

 

El análisis de los límites planetarios supera el reduccionismo tan común hoy en día que considera que el Cambio Climático es el único problema ambiental o el más importante que tiene que afrontar el ser humano. Por el contrario, da una visión holística de todos los problemas ambientales que tenemos y nos ayuda con ello a diseñar estrategias adecuadas para abordarlos, de modo que no empeoremos algunos parámetros ambientales mientras intentamos resolver otros. El ejemplo más paradigmático de miopía ambiental es lo que se suele denominar visión en túnel del carbono, la cual por desgracia domina aún hoy la toma de medidas políticas. En el paradigma de la visión en túnel del carbono, el único problema ambiental es el Cambio Climático y la única estrategia posible para abordarlo es la toma de medidas de descarbonización de la economía; y estas pasan fundamentalmente por el fomento de una transición renovable basada en el modelo Renovable Eléctrica Industrial



 

 

 

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(REI). En realidad, el Cambio Climático no es el único (ni el más grave) problema ambiental. Hay otras medidas que se pueden tomar para combatirlo además de la descarbonización y, lo más importante, el REI tiene muchas deficiencias y limitaciones, e inclusive puede empeorar el resto de los problemas ambientales que tenemos, amén de agravar la Crisis Social. Todo eso lo abordaremos en la segunda parte de este libro.

 

Para evaluar los límites planetarios, se fijan nueve variables ambientales y sus correspondientes umbrales de seguridad, con valores cuantificables, que definen un espacio operativo seguro para la especie humana. Ha sido necesaria la colaboración internacional de miles de científicos de todo el mundo durante quince años para ser capaces de evaluar los valores de estas nueve variables ambientales y comprobar si se encontraban en la zona de seguridad o no. Y los resultados han sido bastante alarmantes. En 2009 se consiguió evaluar siete de los nueve indicadores ambientales y se encontró que tres de ellos ya habían sobrepasado su límite de seguridad, mientras que otros dos corrían el riesgo de superarlo en los siguientes años. En 2015 efectivamente ya se habían sobrepasado cinco de los límites planetarios. Y en 2023 se finalizó la evaluación de los dos indicadores ambientales que restaban, pudiéndose comprobar que uno de ellos también estaba sobrepasado (de hecho, es el que se encuentra en peor estado). En el momento en que escribo estas líneas se han sobrepasado seis de los nueve límites planetarios, mientras que otros dos empeoran a tal ritmo que no sería sorprendente que dentro de unos años también se hayan sobrepasado.

 

Conviene recordar de nuevo que sobrepasar solo uno de estos nueve límites planetarios supone un riesgo claro e inminente para la civilización humana e incluso para la especie. Parece que estamos tan acostumbrados a leer todo tipo de desgracias ambientales, nunca puestas en contexto de lo que realmente representan, que no entendemos la gravedad de la situación. No hemos sobrepasado uno de esos límites de peligro: hemos sobrepasado seis y quizá en unos años ya sean ocho de los nueve posibles. Que un tema de este alcance y gravedad sea tan deliberadamente ignorado, arrinconándolo a un mero trabajo y debate académico, es una muestra de hasta qué punto nuestra sociedad está desnortada y desorientada, ajena a aquello que le es más vital. Por eso creo que es importante dedicar este capítulo a presentar con detalle y explicar los límites planetarios y qué es lo que representan.



 

 

 

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Los nueve indicadores ambientales que se usan para definir los límites planetarios son, por orden de gravedad en su estado:

 

1.  Entidades nuevas

 

 

2.  Integridad de la biosfera

 

 

3.  Flujos biogeoquímicos

 

 

4.  Cambio Climático

 

 

5.  Cambios del suelo

 

 

6.  Uso del agua dulce

 

 

7.  Acidificación de los océanos

 

 

8.  Carga de aerosoles

 

 

9.  Agotamiento del ozono estratosférico

 

 

 

1.   Entidades nuevas: entendemos por «entidades nuevas» todas las sustancias tóxicas que hemos dispersado, así como los organismos cuya genética se ha modificado, en ambos casos cuando no se haya hecho una evaluación adecuada del impacto que pueden tener en el medio ambiente. De los nueve límites, este es el que tiene la cuantificación más difusa o se podría decir que más estricta, ya que se considera que no se debería diseminar nada cuyos efectos no estén controlados y sean bien conocidos; por ese motivo, se considera el límite más rebasado. En esta categoría de entidades nuevas, y centrándonos en el caso de las sustancias, encontramos los residuos radioactivos de alta actividad y duración, los plásticos en todas sus variedades, los metales pesados y las sustancias orgánicas persistentes. Se han encontrado sobrados indicios de dispersión de estas sustancias por todo el planeta y se sabe que se están incorporando al metabolismo de prácticamente todos los seres vivos, causando en ellos alteraciones significativas. El efecto de las



 

 

 

 

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sustancias radioactivas y de los metales pesados es conocido desde hace mucho: provoca mutaciones, cánceres y multitud de efectos en órganos internos. Hoy en día se considera que no existe límite seguro de concentración de metales pesados en el agua y en el aire, pues son sustancias que se bioacumulan a lo largo de la vida de las personas, con efectos que son incrementales en función de la cantidad absorbida. En cuanto a los plásticos, cada vez se conocen mejor sus efectos metabólicos, con numerosas afectaciones como disruptores endocrinos y daño directo a órganos. La contaminación por plásticos es una de las más insidiosas, ya que en la actualidad se encuentran microplásticos hasta en el agua de la lluvia o pellets en las playas de la Antártida, amén de toda la acumulación de macro y microplásticos en los fondos marinos y en la superficie. Además, la preocupación por las sustancias orgánicas persistentes o forever chemicals («productos químicos eternos») es relativamente reciente: su presencia es absolutamente masiva, desde las pinturas ignífugas en infinidad de objetos hasta productos dermatológicos como cremas solares. Se trata de sustancias muy estables que permanecen sin degradarse durante largos años y cuyos efectos sobre la salud de las personas y los ecosistemas solo ahora comenzamos a conocer.

 

2.  Integridad de la biosfera: es el segundo límite ambiental más

 

transgredido. Incluye dos subcategorías: la biodiversidad (es decir, la cantidad de organismos diferentes que son capaces de cumplir una misma función en uno o diversos ecosistemas) y la integridad funcional de los ecosistemas (que es una medida de su robustez). Los seres humanos tienden a tener una visión mecanicista y simplista de los ecosistemas, en la cual cada uno de los organismos que intervienen (virus, bacterias, algas, plantas, animales) tienen una función concreta que permite el reciclaje continuo de materia, en tanto que la energía de esa perfecta máquina la proporciona el Sol. En el mundo real, sin embargo, los ecosistemas suelen ser bastante complejos, con una especie cumpliendo múltiples funciones y en un delicado y complejo equilibrio con el resto de las especies del ecosistema. El problema con el equilibrio ecosistémico es que si se pierde el balance, el ecosistema entero podría colapsar y desaparecer por completo de una zona. Por ejemplo, si esterilizamos los suelos con sustancias químicas podrían morir las bacterias que fijan el nitrógeno en el suelo y eso haría disminuir el



 

 

 

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número de plantas; por tanto, habría menos herbívoros y entonces menos depredadores, por lo que se generarían menos detritos, con lo que la población bacteriana en su conjunto se resentiría, entrando en una espiral de decadencia que podría acabar con todo el ecosistema. Los seres humanos hemos puesto en peligro múltiples ecosistemas que nos ofrecen servicios ecosistémicos vitales (como el reciclaje del oxígeno y de residuos, o la protección frente a ciertas enfermedades), y el problema es que restaurar ecosistemas muy dañados o desaparecidos con nuestro limitado entendimiento es muy difícil.

 

3.   Flujos biogeoquímicos: la vida en el planeta depende de la circulación de ciertos elementos y sustancias químicas que están continuamente siendo usados y reciclados, ya que la cantidad de ellos que hay disponible es limitada. Eso origina diversos ciclos de estas sustancias, siendo uno de los más conocidos el ciclo del agua, desde su evaporación en el mar, su acumulación en la atmósfera, la precipitación en tierra firme y su acumulación en acuíferos y ríos hasta que vuelve al mar y en el camino es utilizada por numerosos seres vivos y es clave en infinidad de procesos químicos, físicos y geológicos. Los seres humanos, a través de la agricultura industrial, hemos modificado dos de esos ciclos fundamentales para la vida hasta el extremo de sobrepasar sus límites de seguridad: el ciclo del nitrógeno y el ciclo del fósforo. Ambos elementos químicos son fundamentales para el crecimiento de las plantas, y por eso el ser humano los ha introducido en grandes cantidades para fertilizar los terrenos y aumentar las cosechas. El problema es que se ha hecho con muy poco control de las cantidades usadas, hasta el punto de alterar el ciclo planetario de estos elementos. En el caso del nitrógeno, se trata del elemento más abundante en nuestra atmósfera. Algunos organismos, como las bacterias o las plantas leguminosas, son capaces de fijarlo en el suelo, favoreciendo su disponibilidad para el resto de las plantas. El abuso de fertilizantes nitrogenados ha degradado la vida invertebrada y microscópica de nuestros suelos, y se ha filtrado en acuíferos y cursos de agua, contaminándolos y favoreciendo la proliferación de algas y otros organismos que agotan todos los recursos y generan zonas muertas en lagos y océanos por eutrofización (exceso de nutrientes). En cuanto al fósforo, sus efectos son semejantes a los del nitrógeno puesto que es también un fertilizante esencial, pero a diferencia del



 

 

 

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nitrógeno no es un elemento tan abundante en el medio natural y su disponibilidad se ha visto gigantescamente aumentada por el uso masivo de fosfatos en los fertilizantes agrícolas, incrementando la eutrofización global y generando con ello un elevado riesgo futuro de escasez, ya que no hay tantos depósitos de mineral de fosfato en el mundo.

 

4.  Cambio Climático: todo el capítulo anterior ha abordado la cuestión del Cambio Climático, así que no me extenderé más aquí. Simplemente recordar que es el cuarto límite en cuanto a la magnitud de la transgresión, lo cual pone el riesgo que representa en otra perspectiva.

 

5.  Cambios del suelo: la extensión de los biomas naturales del planeta se está reduciendo a medida que avanzan la desertificación, la deforestación y la conversión de paisajes antes agrestes en tierras de cultivo. Eso quiere decir que hay cada vez menos hábitats propicios para determinadas especies. Y también que cada vez hay más fragilidad, ya que algunos de los biomas que se están haciendo predominantes, como los agrícolas o los urbanos y periurbanos, son más vulnerables a los efectos del Cambio Climático (por ejemplo, la erosión de los suelos después de tormentas fuertes, la contaminación de los acuíferos, etc.). También se rompe la continuidad biológica de los hábitats, lo cual afecta sobre todo a especies con mayor movilidad, que se ven confinadas a espacios más reducidos.

 

6.  Uso  del  agua  dulce:  la  mayor  parte  del  agua  directamente

 

disponible en este planeta (blue water) es agua del mar: alrededor de un 97 %. Un 2 % adicional está en forma de hielo en los casquetes polares y en glaciares. Eso quiere decir que solo el 1 % del agua disponible es agua dulce. Desafortunadamente, una cantidad creciente de esta agua se está volviendo no apta para el consumo humano debido a la fuerte presencia de contaminantes de todo tipo inducidos por la actividad humana, que incluye algunos de los mencionados en los otros límites. La actividad humana no solo está perturbando las masas de agua dulce directamente disponible, sino también la que está contenida en las plantas, el suelo y la lluvia (green water). Aunque este límite es el que menos transgredido



 

 

 

 

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está, se halla en el origen de muchas enfermedades transmisibles, y también en el de muchos conflictos armados entre países por el control de un recurso que por desgracia es cada vez más escaso.

 

7.  Acidificación de los océanos: las emisiones de CO2 no están afectando únicamente a la atmósfera, se calcula que cerca de dos tercios de esas emisiones están siendo absorbidas por los océanos. Una vez disuelto en agua, el CO2 se combina con la molécula de agua para formar ácido carbónico, incrementando por tanto la acidez de las aguas marinas. Ese progresivo aumento de la acidez del agua en algunas regiones del océano global está originando trastornos en la vida marina, y particularmente en la de todos los organismos que tienen un exoesqueleto calcáreo, pues al subir la presencia de ácido carbónico esa cobertura exterior tiende a deshacerse, efecto que se incrementa con la subida de temperatura de los océanos. Esto está siendo especialmente grave en el caso de los corales, que sufren el proceso denominado blanqueamiento, es decir, la pérdida de carbonatos y la fragilización del exoesqueleto de la colonia de pólipos. Pero los corales son la base del hábitat de numerosas especies marinas, incluyendo peces, cangrejos, estrellas de mar, etc., así que su retroceso pone en peligro algunas de las zonas más densamente pobladas del océano global. Además, el incremento de la acidez del agua de mar llega a ser insoportable para algunas especies, que deben emigrar a zonas menos afectadas por la acidificación o morir. Combinada con las olas de calor marina, la acidificación de los océanos está causando episodios de mortandad masiva de muchos animales marinos, que luego son arrastrados en cantidades de decenas de millares a las costas. Este límite planetario aún no ha sido sobrepasado, pero si continuamos incrementando la acidez del mar al ritmo actual pasaremos el umbral de seguridad en pocos años, con el agravante de que el efecto no es homogéneo y las zonas más afectadas son las más importantes en cuanto a vida marina.

 

8.  Carga de aerosoles: los aerosoles son sustancias sólidas o líquidas que se encuentran en suspensión en el aire. En la actual carga de aerosoles en la atmósfera del planeta, lo más frecuente es el polvo, generalmente originado en los desiertos del mundo y particularmente en el del Sáhara. Aparte de afectar a la calidad del



 

 

 

 

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aire y de sus efectos en la respiración, los aerosoles cambian la distribución de energía en la atmósfera, causando apantallamiento de la radiación solar en algunas zonas y calentamiento en otras. La diferente carga de aerosoles entre el hemisferio norte (más cargado, porque a los aerosoles naturales se unen los generados por la actividad humana, habitualmente por la quema de diversos combustibles) y el hemisferio sur provoca un desplazamiento de la zona de convergencia entre la circulación atmosférica de ambos hemisferios (zona de convergencia intertropical), desplazando los monzones (de manera similar a lo que planteamos en el capítulo anterior respecto del colapso de la AMOC). Este límite está aún dentro de los márgenes de seguridad, aunque probablemente está empeorando. Sin embargo, la aprobación de la reciente normativa marítima internacional (IMO 2020) ha disminuido radicalmente las emisiones de dióxido de azufre, lo cual, paradójicamente, puede haber contribuido, y mucho, al aumento de la temperatura del hemisferio norte en los últimos años.

 

9.   Agotamiento del ozono estratosférico: es uno de los problemas ambientales más conocidos y sobre el que la actuación coordinada internacional ha conseguido grandes logros. Hacia los años setenta se comprobó que la emisión de ciertos gases usados en los sistemas de refrigeración y neveras, los clorofluorocarbonados (CFC), estaba provocando la destrucción del ozono estratosférico. Esta molécula inusual del oxígeno (en la que se combinan tres átomos de oxígeno en vez de los dos habituales) tiene la particularidad de absorber de manera muy efectiva los rayos ultravioleta más energéticos provenientes del Sol, convirtiendo la capa de ozono planetaria en un sistema de protección vital, ya que sin ella los rayos ultravioleta acabarían por erradicar toda la vida en el planeta. La disminución del ozono verificada en el siglo pasado, sobre todo importante en las zonas polares, y más particularmente sobre la Antártida, fue bastante moderada gracias a una relativamente rápida reacción de los países, culminada con la firma del Protocolo de Montreal en 1987. Sin embargo, a pesar de eso y de la rápida recuperación de los niveles de ozono estratosférico, se estima que los agujeros de la capa de ozono son los responsables aún hoy de varias decenas de miles de casos de cáncer de piel en todo el mundo. Este es el único límite que hoy día no solo está por debajo del nivel de seguridad, sino que no tiene visos de empeorar en los próximos años. No



 

 

 

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obstante, durante el año 2023 un cambio en la estructura del vórtice polar antártico ha favorecido un mayor intercambio entre los gases CFC que aún sobreviven en la atmósfera y el ozono estratosférico, generando la menor concentración de ozono en más de una década. Un recordatorio de que los efectos no lineales siguen estando presentes en un sistema tan complejo como es la atmósfera y de que no podemos bajar la guardia en la vigilancia ni en los límites ambientales que consideramos más seguros.

 

 

 

Después de leer la descripción de los límites planetarios, el lector o lectora quizá habrá reparado en que no son cajas estancas, sino que tienen fuertes interacciones entre ellos. Por ejemplo, el Cambio Climático afecta a la biodiversidad, a los cambios del uso del suelo y a la disponibilidad de agua dulce. Pero es que, al revés, la disponibilidad de agua dulce afecta a la biodiversidad y a los cambios de uso del suelo y puede agravar el Cambio Climático. Esa es en parte la razón por la cual sobrepasar los límites es tan peligroso: nos acerca a puntos de no retorno que pueden desencadenarse en cascada. Por esa misma razón, cualquier estrategia de mitigación de los problemas que aquejan a uno de los límites planetarios tiene que hacerse teniéndolos todos en cuenta. No tiene sentido que para extraer los materiales que necesitamos para construir aerogeneradores y paneles fotovoltaicos contaminemos de manera irreversible el agua de grandes zonas de Asia y África. Tampoco tiene sentido que, para asegurar la disponibilidad de agua dulce, destruyamos los hábitats de ecosistemas esenciales e irreemplazables. O que para evitar los males ambientales de la actual minería desbocada decidamos seguir consumiendo combustibles fósiles, agravando con ello el Cambio Climático. Necesitamos un abordaje integral del problema ambiental, que en el fondo es uno solo con múltiples facetas. A quien le importa de verdad el medio ambiente, le interesa todo él, no solo la mitad.

 

La Crisis Ambiental enlaza de manera directa con muchas otras cuestiones acuciantes de nuestra insostenible sociedad, como la justicia social, la deuda del Norte con el Sur Global o los derechos de los demás seres vivos con los que compartimos el planeta. Hay una, en particular, que me parece clave destacar aquí: la Salud Planetaria [Horton, 2015]. El enfoque de la Salud Planetaria es hasta cierto punto evidente y al mismo



 

 

 

 

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tiempo revolucionario. Implica reconocer que los humanos somos seres vivos y que necesitamos de ecosistemas saludables y funcionales, que nuestra salud no puede desligarse de la de nuestro entorno a través de múltiples interacciones, algunas más obvias y otras más sutiles. Y como consecuencia, si el medio ambiente está enfermo, nosotros también estaremos enfermos. En definitiva, la protección del medio ambiente no es un capricho de greñudos idealistas y malcriados, sino una cuestión, nunca mejor dicho, vital, ya que nos va literalmente la vida en ello. Y si nuestro sistema económico está diseñado de tal manera que no es capaz de preservar el medio ambiente, entonces eso quiere decir que es un sistema económico enfermo, patológico.

 

Justamente, en enero de 2021 la Agencia Europea del Medio Ambiente (AEMA), que responde solamente ante la Comisión Europea, publicó un informe breve titulado «Crecimiento sin crecimiento económico» [AEMA, 2021]. En este, la AEMA se preguntaba si era posible compatibilizar el crecimiento económico con el respeto al medio ambiente. La conclusión: un rotundo NO. La única salida a la situación actual pasaría, por tanto, por abrazar sistemas económicos sin crecimiento o inclusive en decrecimiento. Más aún: el informe reconoce que hace falta mucho más que soluciones tecnológicas, critica explícitamente el Pacto Verde Europeo por centrarse en ellas y apunta a que, dada la fuerte implantación de la idea del crecimiento en nuestra sociedad, se necesita impulsar el cambio por vías democráticas, llegando a proponer que tomemos las comunidades donde se vive en una mayor simplicidad como fuente de inspiración para la innovación social que necesitamos.

 

Ya hemos visto que nuestro sistema económico está profundamente enfermo, porque enferma a nuestro planeta y con él a nosotros. Hasta aquí nos hemos cuidado de lo que sale del sistema, de los residuos que genera, que impactan en el medio ambiente y lo degradan.

 

Pero ahora miraremos al otro lado de la ecuación de la (in)sostenibilidad de nuestra sociedad, la que tiene que ver con los insumos, con lo que entra. Y aquí nos llevaremos una sorpresa. Porque si el problema de los residuos es que nos enferman, el problema de los insumos es que se están agotando. Y eso quiere decir que nuestro sistema está abocado a su parada más o menos brusca.



 

 

 

 

 

 

 

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La crisis energética

 

 

 

En la actualidad, el mundo está inmerso en un proceso de declive energético progresivo e imparable. Es un proceso, no un hecho puntual: no nos quedaremos de golpe sin energía. Por el contrario, lo que viviremos es una sucesión continua de sobresaltos, que se irán alternando con periodos de relativa tranquilidad aunque creciente escasez, en un proceso que se alargará durante años e incluso décadas. Esta es la esencia de la Crisis Energética.

 

La Crisis Energética tiene dos patas: por una parte, el agotamiento geológico de las materias primas energéticas no renovables (a saber, petróleo, gas natural, carbón y uranio), que aún representan casi el 86 % de toda la energía primaria consumida mundialmente; por la otra, las limitaciones de la energía renovable, que no van a poder cubrir todo el agujero energético que deja el agotamiento de lo no renovable.

 

La cuestión del agotamiento de los combustibles fósiles y el uranio ya la he tratado con bastante extensión en mis libros previos [Turiel, 2020; Turiel, 2022], y a ellos me remito si el lector quiere encontrar más detalles. A continuación, haré un resumen breve de los hechos y datos más relevantes y actuales sobre el agotamiento de las fuentes no renovables de energía.

La extracción de petróleo crudo convencional llegó a su máximo histórico en 2005, tan solo cinco años más tarde de la fecha que el geólogo Marion King Hubbert había calculado en 1971 [Deffeyes, 2005]. En 2005, la extracción media de petróleo convencional fue de 70 millones de barriles diarios (Mb/d); en 2023, de 60 Mb/d, un 14 % menos, según los datos de la Agencia Internacional de la Energía.

La caída de la extracción de petróleo convencional, al igual que la del resto de las materias primas energéticas no renovables, es un fenómeno de naturaleza principalmente geológica (pues depende de cómo se encuentra el recurso en el subsuelo) y física (ya que depende del coste energético de



 

 

 

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la extracción, puesto que se tiene que recuperar más energía de la que se consuma en todo el proceso de extracción y elaboración), y aunque otros factores (económicos, sociales, tecnológicos) también tienen impacto, a largo plazo son los dos primeros los que conducen a un declive inevitable de la extracción.

 

Para compensar la falta de petróleo crudo convencional, se ha hecho un esfuerzo ingente introduciendo otro tipo de sustancias que más o menos se pueden asimilar al petróleo convencional. Son los llamados petróleos no convencionales, los cuales incluyen los líquidos del gas natural, los biocombustibles, los petróleos extrapesados de Venezuela y Canadá y el petróleo ligero de roca compacta extraído principalmente en Estados Unidos y en mucha menor medida en Argentina. Contando con estos petróleos no convencionales, el máximo extractivo de las sustancias que podemos usar como combustible líquido (lo que se denomina crudo más condensado), de acuerdo con los datos del Departamento de Energía de Estados Unidos y mirando la producción en términos mensuales, fue en noviembre de 2018, con 84,6 Mb/d, y ya está en caída, aún moderada (82,6 Mb/d en marzo de 2024). Si lo miramos en términos anuales, de acuerdo con el Anuario Estadístico del Energy Institute de 2024 (que continúa la serie de los Anuarios Estadísticos de BP, ahora discontinuada), en 2023 se produjeron de media 82,76 Mb/d de crudo más condensado, cuando en 2017 la media fue de 83,61 Mb/d. Pero si añadimos los líquidos del gas natural (que en realidad son en su mayoría gases, butano y propano de hecho, y que no deberían contabilizarse junto con el petróleo), en septiembre de 2023 se alcanzó brevemente el nivel de noviembre de 2018, aunque sin muchas perspectivas de poder seguir aumentándolo. Es decir, incluso con contabilidad creativa, todo indica que ya hemos pasado ese punto de no retorno a partir del cual la producción de todo lo que hemos dado en llamar petróleo simplemente va a ir decreciendo con el tiempo.

 

El resto de las materias primas energéticas no renovables no está mucho mejor, de acuerdo con los datos del Anuario del Energy Institute de 2024. La producción de carbón crece muy poco desde 2013 (de 165,5 exajulios en 2013 a 179,2 en 2023, un crecimiento del 0,8 % anual), y todo apunta a que en cualquier momento tocará máximo y comenzará a bajar sin remedio. En cuanto al gas natural, el año 2023 es el que marca de momento la máxima extracción, en 146,13 exajulios, con un muy ligero aumento desde 2021 (145,57 exajulios), y aunque la producción podría



 

 

 

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aumentar algo más en los próximos años, ya es seguro que será por poco tiempo: antes de 2030 comenzará el proceso de descenso continuado. Por último, el uranio marcó su máximo extractivo en 2016, con 63 000 toneladas de uranio natural, y en 2022 la producción mundial ya había caído a 49 355 toneladas, un 23 % menos, de acuerdo con los datos de la Asociación Nuclear Mundial, y se espera que esta caída se vaya acentuando con el paso de los años.

 

A pesar de los claros signos de agotamiento de la producción de materias primas energéticas no renovables, continúa siendo común en la discusión pública asumir que no hay realmente ninguna limitación a su extracción. Este tipo de argumentación se basa en una falacia, que consiste en considerar las reservas conocidas de estas materias primas (que son muy grandes y que equivalen a muchas décadas, cuando no siglos, del consumo actual) y asumir que estas materias primas están a libre disposición de los seres humanos y que pueden ser extraídas a la velocidad que a uno le plazca. Sin embargo, esto no es cierto. El hecho de que sepamos que en el subsuelo hay una gran cantidad de estas materias primas, e incluso tengamos identificado dónde se encuentran, no quiere decir que se puedan extraer a la velocidad que queramos. La velocidad de extracción es una cuestión de exergía, es decir, del rendimiento energético que tienen estas materias, concepto que se aplica no solamente a la extracción de materias primas energéticas, sino a todo tipo de materiales [Valero, 2021]. En la visión de la economía clásica, se piensa que al aumentar la inversión, de manera natural, hay más recurso disponible y al final se acaba encontrando un punto de equilibrio en el precio que garantiza que los recursos se extraen. Sin embargo, sabemos que hay un precio máximo que se puede pagar por la energía, so pena de condenar a la economía a entrar en recesión, que el profesor James Hamilton cifra en el 5,5 % del PIB para la factura petrolera y del 10 % del PIB para la factura de toda la energía [Hamilton, 2010]. Por esa razón, no es posible ver el barril de petróleo a 200 dólares o más de manera persistente, ya que se excedería el límite de precio que marca Hamilton y la economía entraría en recesión. Y por ese motivo, al final la velocidad de extracción de cualquier materia prima sigue una curva de evolución que viene limitada por la rentabilidad posible, y pasado un punto de máxima extracción, o pico de producción, empieza a disminuir, simplemente porque lo que



 

 

 

 

 

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queda está más disperso y su extracción es más dificultosa, y solo se puede extraer a un ritmo más lento para que aún compense económicamente.

 

No solo nos tenemos que ir acoplando al ritmo de extracción que marca el descenso de rentabilidad energética de los yacimientos que nos restan, sino que el declive de la energía neta es bastante acusado, hasta el punto de que en el caso concreto del petróleo se estima que en algún momento hacia el año 2050 su extracción consumirá tanta energía como la que nos pueda proporcionar esta materia prima [Delannoy, 2021]. Eso no significa que en ese punto se detenga por completo la extracción de petróleo, pero sí que a partir de entonces dejará de considerarse una fuente de energía y que si se extrae será porque proporcione otras ventajas o usos, pero no excedentes energéticos, porque en realidad los consumirá. Eso también significa que debería haber otra fuente de energía disponible que proporcione los suficientes excedentes energéticos como para que la extracción de petróleo fuese posible, algo harto dudoso.

 

Pero en realidad los problemas con el petróleo, y con el resto de las materias primas energéticas, comienzan mucho antes de que ya no sea rentable energéticamente extraerlos. Por ejemplo, desde el año 2015 la producción de diésel del mundo ya no crece de manera neta, y de hecho desde el año 2018 está en un proceso, con subidas y bajadas, de descenso tendencial. De todos los combustibles que refinamos a partir del petróleo, el diésel es el primero que muestra problemas, debido a que algunos de los hidrocarburos líquidos que hemos introducido no son tan buenos para producir diésel [Turiel, 2022]. Y el diésel es la sangre de nuestro sistema económico: diésel es transporte, diésel es maquinaria pesada, diésel es agricultura y diésel es minería. La crisis del diésel nos aboca a una crisis sin precedentes de nuestro sistema productivo. Los actuales niveles de producción de diésel [Fernández, 2024] están persistentemente un 11 % por debajo de los niveles del periodo 2015-2017, y eso está causando problemas en muchos países, incluso en algunos que producen petróleo: pérdida de parte de las cosechas en Argentina, Bolivia y Venezuela, restricciones de acceso al combustible en Nigeria, problemas de suministro en Irán… Es simplemente una cuestión de tiempo, a medida que la escasez de diésel se agudice, que esos problemas comiencen a manifestarse en Europa y en particular en España (aunque España está mejor situada para capear este problema, al refinar suficiente diésel para las necesidades nacionales en su propio territorio).



 

 

 

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Está claro que tanto por los problemas ambientales antes discutidos, con el Cambio Climático a la cabeza, como por el problema que plantea el descenso geológico de los combustibles no renovables necesitamos hacer una transición urgente a un modelo cien por cien renovable. Y obviamente eso va a ser el pilar del modelo de reindustrialización que se propone en la tercera parte de este libro. Sin embargo, el modelo de transición renovable que se está planteando ahora mismo tiene muchas limitaciones: máxima cantidad de energía que realmente se puede captar del medio ambiente, dependencia de materiales críticos que no son tan abundantes, dependencia de los combustibles fósiles y el problema específico que plantea un modelo de renovable, el que yo denomino de Renovable Eléctrica Industrial, basado en la producción masiva de electricidad para su transporte a larga distancia por una red de alta tensión. Estas limitaciones las he discutido con extensión en libros anteriores [Turiel, 2020, 2022], y parte de ellas serán motivo de la discusión de la segunda parte de este libro. Únicamente quisiera comentar ahora que, a pesar de que el año 2023 fue el que vio la máxima instalación de sistemas de captación de energía renovable, y también el año en que una mayor parte de la electricidad generada a nivel mundial fue renovable (30 %), también fue el año en que las emisiones de CO2 marcaron máximos históricos (por encima de las 40 gigatoneladas) y se han consumido más combustibles fósiles que nunca. La clave está en que no se está produciendo ninguna transición energética, sino sencillamente una mera acumulación de todos los medios de producción de energía disponible. Nada se sustituye ni se desecha de manera neta: solo se quita lo que llega al final de su vida útil, pero enseguida es reemplazado por sistemas equivalentes. El consumo de todas las fuentes de energía sigue creciendo, y solo veremos una disminución de los combustibles fósiles por su agotamiento geológico, no por una deliberada y planificada sustitución. Por eso el año 2022 vimos una fuerte Crisis Energética, con precios disparados de los combustibles, de la electricidad y del gas, sin que las renovables pudieran hacer nada por evitarlo. La recurrencia de crisis como la de 2022 será inevitable mientras no emprendamos el camino de la verdadera transición energética, que va mucho más allá de un burdo intento de sustituir fuentes de energía no renovables por renovables.



 

 

 

 

 

 

 

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La crisis ignorada: la crisis social

 

 

 

Lo hemos visto repetidas veces durante los últimos años: los chalecos amarillos en Francia; las protestas de los agricultores en Países Bajos y Alemania a principios de 2022; las protestas contra la apropiación de los recursos hídricos en medio de la sequía y la fuerte represión del movimiento Les soulèvements de la terre («los levantamientos de la tierra») de nuevo en Francia, y en 2024 una protesta generalizada en todos los países de la Unión Europea de los agricultores, con tractoradas incluidas… Y eso solamente en Europa, en una zona donde el bienestar económico es todavía grande. En otros países tienen revueltas, golpes de Estado, guerras civiles y entre países, con la guerra en Ucrania y la sistemática destrucción de Gaza ocupando el imaginario occidental en los últimos años, pero al tiempo con múltiples conflictos armados ignorados, como la guerra en Yemen, en Sudán y en tantos otros lugares. El mundo vive en un estado de convulsión y conflictividad creciente que nada parece tener que ver con aquel Fin de la Historia que preconizaba Francis Fukuyama.

 

Hay una enorme disonancia entre la percepción de los retos de futuro tal y como se ven desde Europa y desde otras regiones del mundo. Europa se imagina a sí misma como el adalid en la lucha por los derechos humanos y en particular contra el Cambio Climático, pero la realidad es que la mayoría de las veces las políticas europeas pecan de timoratas, cuando no de directamente hipócritas.

Una gran parte de la responsabilidad de que haya esta percepción tan errónea de la realidad por parte de los europeos recae en los medios de comunicación, los cuales están controlados por cada vez menos manos, por unos pocos fondos de capital que acaban controlando el flujo de la información. Así, se han calificado sin rubor de «verdes» todo tipo de tecnologías, desviando la atención del enorme impacto ambiental, más allá de las emisiones de CO2, que se generaba en otros lugares del planeta,



 

 

 

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mientras se fomentaba un extractivismo salvaje, como nunca antes se había visto en la Tierra, provocando una enorme cantidad de sufrimiento en comunidades del Sur Global y la destrucción masiva de ecosistemas y degradando gravemente los otros límites ambientales que comentábamos en el capítulo 2, con la excusa de estar luchando contra el Cambio Climático, como si el medio ambiente no fuera un todo, como si no se tuvieran que respetar todas y cada una de sus múltiples facetas. Y, más allá del problema ambiental, como si los derechos de los pueblos y de las personas en los lugares asolados por la loca carrera por los materiales críticos no fueran importantes y pudieran ser pisoteados o, peor aún, completamente ocultados a la conciencia de los habitantes de Europa.

 

Pero, a medida que la mal llamada Transición Ecológica ha tenido que ir avanzando, se ha empezado a hacer evidente que se van a necesitar sacrificios no solo de los habitantes del Sur Global, sino también de las menguantes clases medias de los países del Norte. Así, se va instalando la idea de que quizá no todo el mundo pueda tener coche, ni un techo que pueda llamar propio, y en poco tiempo ni siquiera se podrá elegir la alimentación. De nuevo el papel de los medios de comunicación — legitimando ciertas medidas y actuaciones cada vez más coercitivas y amparándolas en las necesidades de la lucha contra el Cambio Climático— ha conseguido crear un rechazo social, cada vez más fuerte y fundamentado, entre la clase media europea y española.

 

Porque el ciudadano de a pie lo que nota es que cada día se le exige más y tiene menos derechos: se le limita el acceso al centro de las ciudades con su vehículo privado; tiene menos dinero disponible debido a la inflación; se expulsa a más gente de las grandes ciudades delante de la imparable turistificación y la gentrificación; artículos alimentarios antes corrientes como el aceite o la harina refinada se van volviendo productos de lujo… Hasta el agua en determinados momentos está limitada.

Limitada… para algunos. Porque lo que también se percibe es que en cada limitación, en cada restricción, en cada exclusión creciente, hay unos que perdemos (la mayoría), pero unos pocos que salen ganando. No se le exige lo mismo al trabajador asalariado que a la persona adinerada. Y para mayor inri, encima a menudo se culpabiliza al pobre trabajador de no ser moralmente responsable como lo es el rico, y no comprarse un coche de bajas emisiones que cuesta lo mismo que su sueldo íntegro de varios años, o consumir alimentos ecológicos que cuestan el doble de los que él se



 

 

 

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puede permitir. Hay un cierto elitismo moral, una cierta carga de superioridad moral en las medidas para luchar contra el Cambio Climático, pero que en realidad tienen un claro sesgo de clase, de favorecimiento de las rentas altas.

 

En este contexto, no es de extrañar que un fenómeno relativamente marginal como lo era en Europa hasta hace unos años, el del negacionismo climático, se esté convirtiendo en un auténtico fenómeno emergente.

 

Hay razones sociológicas profundas en ese negacionismo cerril y agresivo de esas personas que piensan que por haber leído unos artículos en internet y visto un par de vídeos ya comprenden toda la complejidad del clima. Esas personas que denuncian una conspiración en la que, según ellos, estamos implicados todos los que no pensamos como ellos, y particularmente los que trabajamos en temas ambientales. Desde mi punto de vista, estas actitudes tienen un fuerte componente de reacción contra algunas políticas que la población percibe como injustas y regresivas, porque lo son, pero que teóricamente se promulgan en aras de la lucha contra el Cambio Climático. El problema de fondo es que no es posible emprender una política eficaz contra el Cambio Climático, ni contra el resto de las crisis de sostenibilidad que ya hemos ido comentando, sin abordar un cambio profundo de nuestro modelo económico y social para que sea realmente sostenible. Peor aún: la mayoría de las veces, las medidas que se están proponiendo buscan en realidad mantener o crear nuevas oportunidades de negocio, y acaban por tanto siendo más a medida de los grandes intereses económicos que del interés general, y en no pocas ocasiones acaban incluso yendo contra el interés general. Como veremos en los capítulos dedicados a las soluciones tecnológicas que no funcionan, el hecho de que las políticas públicas incidan una y otra vez en esas tecnologías fallidas, encima con un discurso triunfalista y en demasiadas ocasiones atropellando ambiental y socialmente a diversos sectores de la población, está creando un caldo de cultivo indeseable para el escepticismo climático, pues se identifica la falsedad de esas políticas y tecnologías fallidas con lo que teóricamente buscan paliar, es decir, la Crisis Climática.

 

En este contexto, por ejemplo, la Agenda 2030 de Naciones Unidas ha acabado cubierta del fango de la conspiranoia más delirante. Los Objetivos del Desarrollo Sostenible (con la sola excepción del contradictorio encabezado del Objetivo 8, «Crecimiento económico») son simplemente



 

 

 

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brindis al Sol, objetivos con los que es imposible no estar de acuerdo: «pobreza cero», «hambre cero», «agua limpia», «respeto a los derechos humanos», «trabajo justo». ¿Quién puede discrepar de esto? El problema con la Agenda 2030 es que con excesiva frecuencia hemos visto los diecisiete sectores circulares de colores que la simbolizan en multitud de actos meramente propagandísticos y en el marco de acciones que en modo alguno estaban contribuyendo a esos objetivos. La Agenda 2030 se ha convertido en un símbolo tan manoseado con fines arteros que al final una parte de la opinión pública la ha identificado con esos fines ilegítimos: para ellos la Agenda no es el parapeto detrás del cual se escondían intereses inconfesables, sino un documento perverso, casi demoníaco, en el que se promulga toda la desgracia que nos está pasando. Lo cual demuestra que quienes piensan así no se la han leído, pero en la época de internet, en la que cada vez menos gente se para a leer un texto que tenga más de 140 caracteres, eso no importa, y así mucha gente se cree que los atropellos a los que estamos sometidos están realmente contenidos y redactados en la pobre Agenda 2030, convertida ya en un símbolo de su propio fracaso.

 

Si algo caracteriza el momento actual en Europa es un creciente desapego y desconfianza hacia las élites políticas tradicionales. El ciudadano de a pie percibe que «los políticos» no se ocupan de los problemas del común de los mortales y que, peor aún, muchas veces legislan en contra de los intereses de la mayoría. Esto está creando una inestabilidad política creciente, con una fuerte división del voto que no permite crear mayorías estables para gobernar, y un ascenso de las opciones políticas populistas, que proponen soluciones sencillas a problemas complejos. Para gestionar esta creciente inestabilidad, que no solo es política sino también social, la tendencia ahora mismo en Europa es la adopción de políticas cada vez más represivas, particularmente contra grupos activistas ambientales: testimonio de ello han sido las detenciones masivas preventivas durante la COP21 de París, las redadas de miembros de Extinction Rebellion en el Reino Unido, la imputación de los quince activistas de Rebelión Científica por su acto de protesta en las escalinatas del Congreso en España o la investigación contra Futuro Vegetal como organización criminal. Al final, el ascenso a las élites gobernantes por parte de opciones políticas radicales, de lo que se denomina ultraderecha, con un fuerte componente xenófobo, racista, elitista y en general apenas



 

 

 

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respetuoso con los derechos humanos y radicalmente defensor de los privilegios de unos pocos, abona el camino hacia el ecofascismo [Taibo, 2022], un sistema político que, ciertamente, puede gestionar la sociedad de manera sostenible, manteniéndonos dentro de los límites planetarios, pero a costa del retroceso en las libertades fundamentales y con un reparto injusto de los recursos, con una minoría privilegiada y una mayoría desposeída.

 

Y mientras esto pasa en el Norte Global, en el Sur Global la situación creada por la creciente desigualdad social y degradación ambiental impulsada por el extractivismo a gran escala provocado por la búsqueda de todo tipo de materiales escasos está sentando las bases para un futuro y para nada lejano estallido social. Los movimientos de los últimos años en Latinoamérica y en África, las continuas protestas, huelgas y revueltas, los golpes de Estado y las crisis de abastecimiento, tanto de energía como de alimentos, anticipan un escenario de estallido final, en un mundo donde los bloques económicos se están reconfigurando y nuevos actores ganan importancia. Si no se pone remedio a la creciente injusticia y desposeimiento, algunos de estos países podrían llegar a colapsar socialmente, quedando así desconectados del entorno global, agravando su problema interno y privando quizá del vital (para Europa) suministro de algunas materias críticas.

 

Esta situación no puede continuar, porque es obvio que va a acabar mal, de una manera caótica, desorganizada, desestructurada.

Al final, la base de la verdadera sostenibilidad ambiental es una estructura social robusta y saludable. Hace años causó cierta sensación el trabajo de Motesharrei y sus colaboradores [Motesharrei, 2014] con el modelo Handy, que servía para caracterizar el funcionamiento de sociedades sometidas a una presión de sostenibilidad, ya fuera por la falta de recursos o por problemas ambientales. Lo que el modelo Handy mostraba es que, bajo ciertas configuraciones, algunas sociedades sometidas a estrés de sostenibilidad, en vez de avanzar hacia un mejor reparto de los recursos y una disminución de la carga transversal a toda la sociedad, tendían a un reparto desigual de la riqueza y a un mayor acaparamiento por parte de las élites, justo cuando menos había, agravando la pobreza general y llevando a sus sociedades hacia el colapso.

 

Nada hay que esté escrito en piedra y de ningún modo acabar en alguno de los peores escenarios que dibuja el modelo Handy es algo



 

 

 

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inevitable o necesario. Sin embargo, la Crisis Social no debe ser despreciada. Hay que abordar el problema desde su misma raíz, aunque cause incomodidad reconocer las causas finales de nuestros problemas, y esta no es otra que el capitalismo como sistema económico y social indisociablemente insostenible, tal y como discutiremos en la parte final del libro.

 

La incapacidad de algunos pensadores y politólogos, incluso en partidos que se califican a sí mismos como progresistas, de imaginar una superación del capitalismo lleva a veces a discursos próximos o incluso justificativos del ecofascismo como única estrategia política posible para hacer frente con garantías a los retos de sostenibilidad de nuestra sociedad (el ejemplo paradigmático de pensamiento ecofascista ibérico, disfrazado de falso ecologismo, se puede encontrar en [Santiago, 2023]). Frente al relato de que el ecofascismo es inevitable, incluso necesario, surge la necesidad de presentar el decrecimiento como alternativa radicalmente democrática e igualitaria para conseguir una transición sostenible para nuestra sociedad.

 

Aunque la idea del decrecimiento planea sobre todo el libro, el objetivo de este modesto trabajo es simplemente presentar y discutir las alternativas técnicas para un mundo en no crecimiento, con esquemas abordables y adoptables desde una perspectiva netamente europea. A eso dedicaremos la tercera parte del libro. Pero antes explicaremos por qué el modelo de transición que se está imponiendo es técnicamente fallido.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Soluciones que no funcionan



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El mito de la electrificación absoluta

 

 

 

El consumo de electricidad en España tiene una tendencia a la baja (moteada con pequeñas subidas y bajadas con respecto a esa tendencia descendente) desde el año 2008. Eso son dieciséis años en el momento que yo escribo. Antes de 2008, la producción de electricidad experimentaba un crecimiento vigoroso desde por lo menos dos décadas antes; a partir de 2008, un lento pero persistente declive. De acuerdo con Red Eléctrica Española, si en 2008 se llegaron a producir y poner en distribución de la red de alta tensión unos 295 000 GWh de energía eléctrica, en 2023 la producción se quedó en alrededor de los 266 000 GWh: una caída del 10 % respecto a 2008. Los valores son menores si miramos la demanda de electricidad, ya que parte de la electricidad se disipa en el proceso de transporte y parte se exporta a nuestros vecinos: en 2008 se consumieron en España unos 275 000 GWh de electricidad y en 2023, 245 000 GWh.

 

Esto que le ha pasado a España no es algo aislado. El consumo eléctrico también cae, o en el mejor de los casos está estancado, tanto en la Unión Europa como en la OCDE en su conjunto. En todos los casos, desde 2008. Por supuesto, el año en cuestión no es ninguna casualidad: en 2008 comenzó una grave crisis económica cuyo pistoletazo de salida fue la quiebra de Lehman Brothers en septiembre. Desde 2008, en los países occidentales no ha habido una recuperación plena. No solo eso: se ha producido un cambio en la tendencia histórica. Antes de 2008, el consumo de electricidad crecía en todos estos países; a partir de 2008, baja.

 

La razón de esta más que significativa caída en el consumo de electricidad radica en la deslocalización de la industria más intensiva en el consumo de energía, y en particular de electricidad. No casualmente, ese tipo de industria también suele ser la más contaminante, aunque no la de mayor valor añadido. Europa se ha ido deshaciendo de sus fábricas menos atractivas, que se han ido principalmente a China. Esto no ha sido un movimiento temporal desencadenado por la crisis de 2008, sino que tiene



 

 

 

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características estructurales: la fuga de fábricas más electrointensivas (y en general energointensivas) no ha parado en estos dieciséis años. Bien es cierto que en los últimos tiempos una parte de la caída del consumo de la electricidad que transporta la red de alta tensión tiene que ver con el incremento del autoconsumo sobre todo doméstico, pero este fenómeno es relativamente reciente y, en todo caso, se estima que dos tercios del descenso de consumo son aún debidos a la caída del consumo industrial.

 

Este marcado descenso del consumo de electricidad, bien conocido por todo el mundo pero del cual nadie quiere hablar, y que se suele intentar disimular dando cifras de variación de años puntuales en los que se produce algún ligero repunte sobre la tendencia bajista, casa muy mal con el discurso dominante de la transición energética que teóricamente tiene que basarse en una producción masiva de electricidad de origen renovable, la cual debería ir sustituyendo de forma rápida y eficaz los usos de la energía que actualmente se suplen con combustibles fósiles, favoreciendo así la descarbonización de la economía.

Hay muchas falacias en ese tipo de argumentación, no siendo la menor de ellas la escasez de muchas materias primas indispensables para la transición [Valero, 2021]. De hecho, es esta escasez de materiales una de las causas principales por las cuales las tecnologías palanca, que deberían estar favoreciendo la transición al cien por cien renovable, no están funcionando como se esperaba. Las dos tecnologías palanca fundamentales y que discutiremos aquí son el vehículo eléctrico y el hidrógeno verde.

En el momento actual, las limitaciones del vehículo eléctrico se están haciendo cada vez más evidentes. De ser la gran apuesta de las empresas automovilísticas, las compañías europeas han echado freno a su supuesta implementación a escala masiva. La razón principal la dejó clara el CEO de Opel, Florian Huettl: «No podemos hacer un coche eléctrico de menos de 25 000 euros». El coche eléctrico precisa una gran cantidad de materiales exóticos, los cuales requieren una gran cantidad de energía para su extracción y procesamiento, y además no se producen al ritmo necesario para permitir la adopción masiva de vehículos eléctricos. En sus últimos informes sobre la transición renovable, la Agencia Internacional de la Energía advertía de que la producción minera actual más la proyectada en los próximos años para algunos materiales críticos como el cobre, el litio o el níquel era largamente insuficiente para cubrir las



 

 

 

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necesidades previstas incluso en los escenarios más modestos de la transición energética. Eso está llevando a un proceso de encarecimiento de los vehículos eléctricos. Resulta que toda la industria del coche eléctrico depende de la abundancia de energía fósil barata, y eso justamente es lo que está empezando a escasear. Por ese motivo, las compañías europeas se han visto obligadas a mantenerse en el mercado de los coches con motor de explosión y dejar para un poco más adelante la transición al vehículo eléctrico. Tampoco es que haya un gran mercado para el coche eléctrico de origen chino, contrariamente a lo que se suele decir: a pesar de que son en general más baratos, los coches chinos a precio asequible tienen unas prestaciones, particularmente a nivel de autonomía, muy bajas, además de presentar potenciales problemas de fiabilidad y seguridad.

 

En el momento actual hay toda una serie de factores adicionales que dificultan la aceptación del coche eléctrico como solución masiva a la automoción. Se suelen citar la escasez de puntos de recarga adecuados o los tiempos elevados de recarga con instalaciones domésticas si se necesita una carga completa, pero hay además otros factores que están pesando en contra de la compra de este tipo de vehículo. Por ejemplo, la constatación de que el uso repetido de cargadores de carga rápida acorta rápidamente la vida de las baterías, o que la integración de las enormes baterías con el chasis del vehículo hacen que en caso de accidente, incluso uno que provoque desperfectos moderados, la reparación de la batería sea tan compleja que su coste pueda ser muy elevado, a veces comparable con la del propio coche.

 

Por otro lado, dada la baja densidad energética de las baterías (alrededor de 0,6 MJ/l con las de ion litio, las más capaces: unas sesenta veces menos energéticas que el diésel), resulta completamente imposible desarrollar maquinaria pesada eléctrica basada en baterías (otra cosa sería si estuviera conectada directamente a la red eléctrica), debido al enorme volumen que necesitarían tener para ofrecer unas prestaciones mínimamente comparables a las de las máquinas que se utilizan actualmente.

La otra gran tecnología palanca que debería permitir incrementar la sustitución del actual consumo de energía fósil por energía eléctrica de origen renovable es el hidrógeno verde. El hidrógeno verde, presentado como la panacea energética para múltiples aplicaciones, ha recibido en los últimos años una atención desmedida, dado lo limitado de la tecnología



 

 

 

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actual y de la que previsiblemente se pueda desarrollar con él. Lo cierto es que el hidrógeno obtenido por electrólisis (ya sea usando electricidad de origen renovable o no) es un vector energético con muchas limitaciones, muchas más de las que se suele reconocer. La primera de ellas es el bajo rendimiento del proceso de electrólisis con el cual se divide la molécula de agua en hidrógeno y oxígeno. Para efectuar la electrólisis, se tiene que hacer circular una corriente eléctrica continua en una cubeta de agua en la que se han sumergido los dos electrodos que forman parte del circuito. El paso de la corriente permite la separación de las dos especies químicas, yendo el hidrógeno al cátodo (electrodo negativo) y el oxígeno al ánodo (electrodo positivo). La eficiencia de este proceso en una planta de electrólisis comercial suele estar en torno al 50 %, es decir, se pierde un 50 % de la energía utilizada comparada con la que se obtendría de quemar el hidrógeno producido. Es moneda común presentar la eficiencia de la electrólisis de manera engañosa, poniendo solo la parte del consumo eléctrico (donde se pierde entre el 20 y el 30 % de la energía) pero no mencionando que el agua debe calentarse a 80 °C antes de proceder a la electrólisis (donde se pierde el restante de la energía), y así tratar de hacer creer que el proceso tiene eficiencias superiores a las reales.

 

Una vez producido, el hidrógeno tiene un contenido de energía por unidad de volumen bastante mediocre. Recordemos que el hidrógeno es un gas, así que el número de moléculas que hay en un litro, y por ende su contenido energético, depende tanto de la presión como de la temperatura. Así pues, el hidrógeno contiene unos 12 kilojulios por litro a presión ambiente y a una temperatura de 25 °C. Esto es aproximadamente la tercera parte del contenido de energía del gas natural en las mismas condiciones. Por eso para poder utilizar el hidrógeno en vehículos se necesita comprimir a altas presiones, 700 atmósferas en los vehículos más pequeños (coches) y alrededor de 300 para camiones y maquinaria pesada. De esa manera se incrementa sustancialmente el contenido energético por litro, hasta los 5 megajulios por litro a 700 atmósferas de presión, que aunque ya permite trabajar es poco más de la octava parte del contenido energético del diésel. El proceso de compresión consume energía, por sí mismo y porque primero se tiene que refrigerar el hidrógeno a temperaturas de entre 20 y 40 °C bajo cero para evitar que se caliente demasiado en el momento de comprimir. Ambos procesos, refrigerado y compresión, implican pérdidas de energía sustanciales, de en torno al 10 %



 

 

 

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de toda la energía inicialmente usada para producir el hidrógeno. Después, este hidrógeno se tendría que quemar en una célula de combustible, que produce electricidad, pero las células de mayor rendimiento a temperatura ambiental aprovechan solo un 50 % de la energía del combustible. Y con eso se generaría una corriente eléctrica para cargar una batería que sería la que verdaderamente alimentaría el motor eléctrico del vehículo. Con este diseño, el rendimiento final de todo el proceso se mueve entre el 10 y el 25 % de la energía inicialmente utilizada; además, este tipo de vehículos no elimina el consumo de materiales escasos que aquejaba a los coches eléctricos, aunque en cantidades menores porque las baterías son más pequeñas en este caso.

 

No se agotan aquí los problemas del hidrógeno. Se trata de una sustancia muy reactiva, muy explosiva y que quema con una temperatura de llama muy alta, de 2400 °C, lo cual hace que su llama sea invisible. El manejo del hidrógeno es siempre muy complicado y por ese motivo en los lugares donde se usa (por ejemplo, en la industria química) se suele producir para su consumo más o menos directo y siempre en depósitos pequeños. En realidad, el único sentido que tiene la producción de hidrógeno por electrólisis es para ciertos usos industriales, aceptando las pérdidas del 50 % que implica la electrólisis pero con pocas pérdidas adicionales: en hornos de alta temperatura para producir cemento, cerámica, ladrillos… y también en la fabricación de productos químicos, plásticos, etc. Es una alternativa más cara que la actual (que se basa en la reforma del gas natural) pero que será viable cuando el gas natural comience a escasear. Donde el hidrógeno no tiene futuro es como combustible. Para consultar con más detalle acerca de las ventajas e inconvenientes del hidrógeno, se recomienda leer a [Rupérez, 2023].

 

Los usos derivativos del hidrógeno verde tienen aún menos sentido que el propio hidrógeno. La producción de amoníaco a partir de hidrógeno (combinando un átomo de nitrógeno con tres de hidrógeno) es muy poco práctica, para empezar por las pérdidas adicionales asociadas al proceso de síntesis y después por las dificultades de manejo del amoníaco, que es un gas tóxico y corrosivo. En cuanto a otros usos, como la producción de hidrocarburos sintéticos, caen en el campo de la ciencia ficción: volver a montar una molécula medianamente compleja a partir de carbono, sea cual sea su origen, y de hidrógeno es un proceso forzosamente muy prohibitivo desde un punto de vista energético. En la actualidad, el poco combustible



 

 

 

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sintético que se ha generado por síntesis de carbono e hidrógeno tiene un precio de mil euros por litro, y es dudoso que se pueda abaratar mucho más, ya que ese precio es un reflejo del pésimo rendimiento energético inherente a este proceso.

 

No tenemos a punto, por tanto, sistemas para aprovechar la energía eléctrica renovable que podríamos generar para sustituir la energía fósil, y eso pone en cuestión todo el plan de electrificación masiva de la economía. Pero hay una amenaza mucho más cercana. En su tesis doctoral, Alicia Valero [Valero, 2008], al analizar el rendimiento exergético de diversos materiales, avanzaba que el cobre podría llegar a su pico de producción hacia el año 2023. A la luz de la evolución de la extracción de cobre en Chile, principal productor mundial, todo indica que efectivamente se ha sobrepasado ya ese pico de extracción, lo cual significa que a partir de ahora el problema con el cobre no va a ser solo si hay suficiente en el planeta para acometer todos los planes de electrificación previstos, sino que además la cantidad anual de cobre extraído irá cayendo año tras año, y eso significa que será cada vez más difícil continuar haciendo lo que hacíamos hasta ahora, no hablemos ya de expandir los usos del cobre. La única alternativa es incrementar rápidamente el reciclaje tanto de este como de otros materiales, pero eso es algo más fácil de decir que de hacer, entre otras cosas porque el reciclaje es una actividad energéticamente muy onerosa. Discutiremos más sobre el reciclaje en la tercera parte de este libro.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Electricidad y renovables

 

 

 

En el año 2023 había en España una potencia eléctrica instalada de 126 GW, lo cual quiere decir que si todos los sistemas que generan electricidad estuviesen a su máximo rendimiento en un momento determinado, esa sería la potencia total que generarían: 126 GW. Sin embargo, como comentamos en el capítulo anterior, la demanda eléctrica en España fue de 245 000 GWh en ese mismo 2023, equivalente a una potencia media consumida de casi 28 GW. Obsérvese la enorme disparidad entre las cifras: 126 GW instalados frente a 28 GW consumidos de media. Incluso si lo comparamos con los picos de máximo consumo durante 2023 (41 GW en algunos momentos del invierno y del verano, por las necesidades de climatización), la diferencia entre instalado y consumido es muy grande.

 

Parte de esa enorme diferencia es debida a la intermitencia de las renovables. Los parques eólicos y las plantas fotovoltaicas tienen factores de planta limitados, de entre el 15 % en el peor de los casos, que suelen ser fotovoltaicos, hasta el 40 % en los mejores parques eólicos (se dice que la eólica marina puede llegar al 60 %, pero eso es raramente cierto). El factor de planta es el porcentaje de energía que realmente se llega a producir en una determinada planta con respecto al máximo que produciría si siempre hubiera funcionado a la máxima potencia. Con la fotovoltaica es completamente lógico que los porcentajes de factor de planta estén bien por debajo del 50 %, de entrada porque de noche no hay producción y, además, porque hay días nubosos (y también de peor insolación, por ejemplo en invierno). En el caso de la eólica, hay que tener en cuenta que no todo viento se puede aprovechar: el viento mínimo para poner en marcha un aerogenerador suele estar alrededor de los 12 km/h, mientras que por encima de los 80-90 km/h lo normal es poner el aerogenerador «en vela», bloqueando las aspas, y dejar de producir para evitar dañar el rotor. En el caso particular de la eólica, además, como es una fuente más



 

 

 

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intermitente que la solar (pasar de vientos fuertes a calma y viceversa puede ser cuestión de minutos), por necesidades técnicas de estabilidad de la red no es nada extraño que parte de la producción eólica potencial quede fuera de la red y no se aproveche. Conocer los factores de planta de las tecnologías renovables es importante, porque eso determinará el grado de redundancia, o sobrepotencia instalada, que se requerirá para asegurar el suministro eléctrico.

 

En las discusiones públicas sobre el potencial renovable se suelen citar como factores de planta promedio para estas tecnologías un 20-25 % en el caso de la fotovoltaica, y de un 30-35 % en el caso de la eólica (mayores aún en el caso de la eólica marina). Sin embargo, los datos en condiciones reales de operación de estos sistemas muestran una notable discrepancia con estos valores. De acuerdo con Red Eléctrica Española (REE), hacia finales de 2023 había en España una potencia fotovoltaica instalada de unos 25,5 GW y eólica de 30,8 GW. También de acuerdo con REE, la eólica supuso el 23,5 % de la producción total de electricidad y la fotovoltaica, el 14 %. En 2023, la producción eléctrica total fue 266 000 GWh, lo cual equivale a una potencia media de 30,3 GW. Por tanto, la potencia media generada por la eólica (23,5 % de 30,3 GW) fue de 7,1 GW, es decir, un 23,2 % de toda la potencia eólica instalada. En el caso de la fotovoltaica, su potencia media generada (14 % de 30,3 GW) fue de 4,25 GW, esto es, un 16,6 %. En resumen: los factores de planta prácticos de las instalaciones eólicas y fotovoltaicas en España fueron de 23,2 y 16,6 %, respectivamente. Es cierto que los porcentajes reales podrían ser ligeramente mejores que los de esta estimación porque una cantidad nada despreciable de la potencia instalada, sobre todo fotovoltaica, fue puesta en servicio a lo largo de todo el año, pero aun así los porcentajes se desvían mucho de los valores que el fabricante atribuye a estas tecnologías. Y una de las razones más importantes tiene que ver con las características y los requerimientos del sistema eléctrico y la poca adecuación de la nueva renovable (eólica y fotovoltaica) a dichos requerimientos.

 

Contrariamente a la percepción general, transportar electricidad en una red de alta tensión es mucho más que poner cierta cantidad de energía en la red. Se suele pensar en la energía eléctrica de manera análoga a como se piensa en la red de suministro de agua: hay una especie de fluido (la energía eléctrica) que discurre por unas conducciones (los cables), hasta



 

 

 

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llegar al punto de uso, donde simplemente se toma. Esta analogía puede ser útil, pero proyecta una idea muy equivocada sobre cómo funciona la electricidad en realidad.

 

Para empezar, electricidad es movimiento. En una conducción de agua, si no se abre el grifo el agua continúa estando en la cañería para ser utilizada posteriormente. En la red eléctrica, la energía la transporta el incesante movimiento ondulatorio de los campos eléctricos transportados por el cable: si se quiere, se puede pensar en el movimiento de una comba. Si uno no aprovecha la energía producida ahora mismo, no se queda en reserva para después: hay que volverla a generar. Peor aún: la red eléctrica tiene que estar siempre en perfecto equilibrio entre la energía que se genera y la energía que se consume. Si se pone más energía de la que se necesita en un instante dado, la red se sobrecarga y se pueden producir averías. Si se pone menos energía de la que se necesita, se pueden producir apagones por falta de potencia. Por eso, la función crucial del regulador eléctrico (REE en el caso de España) es mantener siempre oferta y demanda perfectamente equilibradas, anticipando al segundo, a los diez segundos, al minuto, a la hora y al día cuál va ser la demanda para poder darle respuesta con la oferta disponible.

 

Las centrales eléctricas clásicas son perfectas para este fin. Estas centrales incluyen las térmicas de todo tipo (carbón, gasoil, gas convencional y de ciclo combinado), la nuclear y la hidroeléctrica. En todas ellas, la electricidad se genera haciendo girar una turbina muy pesada, de varias decenas de toneladas, conectada a un alternador que genera la corriente alterna de gran potencia, que será convertida a una corriente alterna de alta tensión que se transportará por su red. Este tipo de sistema es ideal por dos motivos principales: es gestionable (la potencia producida se puede aumentar en mayor o menor medida regulando el consumo de combustible, y por tanto dando respuesta a las variaciones de la demanda) y es inercial (el gran peso de la turbina garantiza un movimiento muy regular, generando una señal de corriente alterna muy cercana al perfil sinusoidal ideal). En particular, la inercialidad es muy importante para garantizar que no se producen cambios en la frecuencia de la señal, algo muy peligroso porque si los sistemas de generación eléctricos conectados a la red no están perfectamente sincronizados ejecutando el mismo patrón sinusoidal, se podrían producir diferencias de potencial en puntos aleatorios de la red, creando descargas eléctricas



 

 

 

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eventualmente de alta potencia con enorme potencial destructivo. El mantenimiento de la estabilidad en frecuencia de la red europea es actualmente uno de los grandes motivos de preocupación del ente suprarregulador, ENTSO-E, debido a la multiplicación de los incidentes de separación de frecuencia en los últimos años.

 

Por contraste, la nueva renovable es un tipo de «tecnología desobediente»[1]. Para empezar, es intermitente, lo cual quiere decir que su disponibilidad es aleatoria, y bien puede producir en exceso cuando no se necesita tanto y no producir en absoluto en un momento de alta demanda. Por supuesto, no es gestionable: el regulador puede jugar a conectar y desconectar más sistemas renovables para dar respuesta a las necesidades de la red, pero eso implica un gran esfuerzo y mayor imprecisión, y no siempre es posible. Y para terminar no son inerciales: la eólica, porque la variabilidad del viento hace difícil garantizar que se conserve el movimiento perfectamente periódico, y en cuanto a la fotovoltaica, porque no genera corriente alterna sino continua, y se requiere un tipo de equipo especializado, llamado inversor, que transforma la señal en alterna e intenta sincronizarla con la red, algo que no siempre es sencillo, y máxime con una multitud de sistemas pequeños conectados a la red, creando ruido.

 

Obviamente, se ha hecho un enorme esfuerzo para corregir o al menos limitar los problemas que generan las renovables. Por ejemplo, para evitar la falta de inercialidad, los aerogeneradores pueden funcionar como sistemas activos-reactivos, de modo que toman energía de la red hasta conseguir girar a la frecuencia adecuada y a partir de ese punto mantienen el movimiento gracias al impulso del viento. La instalación de pequeños sistemas de baterías en los parques renovables permite compensar las oscilaciones en la potencia generada siempre que estos sean de corta duración, y también permite una salida y entrada de la energía generada más ordenada y menos repentina. Pero el gran caballo de batalla con las renovables es la mitigación de la intermitencia.

 

La intermitencia, es decir, la fuerte variación de la energía eólica y solar disponible debida a los fenómenos naturales, tiene diversas escalas temporales. El viento y la iluminación solar varían mucho durante el día, lo hacen también en el plazo de las semanas, y más aún a lo largo de todo el año según van cambiando las estaciones. Ahora que la implantación de sistemas de captación de energía renovable está creciendo rápidamente, la solución técnica propuesta por organismos como la Agencia Internacional



 

 

 

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de la Energía o la Unión Europea es aumentar drásticamente el almacenamiento de electricidad producida por las renovables en los momentos de bonanza para poder aprovecharlos en momentos de menor o nula producción. Hay varias tecnologías que se podrían usar para almacenar los excesos energéticos cuando se producen, pero las dos que se suelen citar más frecuentemente —por ser las más escalables— son las baterías y las centrales hidroeléctricas reversibles. Se debe tener en cuenta que las necesidades de almacenamiento crecen rápidamente según la extensión temporal que se quiera compensar. En la práctica, cuando se quiere cubrir la variabilidad de unos pocos días, los requerimientos son prohibitivos en lo material, ya sea a nivel de materiales si se piensa en baterías, o de lugares donde almacenar el agua, si se piensa en presas de bombeo reversible, y también en lo económico y energético. Por poner un ejemplo práctico, en marzo de 2023 Naturgy anunció que invertiría 117 millones de euros para poner en marcha una planta de almacenamiento con una capacidad energética total de 290 MWh. La demanda eléctrica de España equivale a una potencia media de unos 28 GW; por tanto, la planta de Naturgy podría proporcionar una energía equivalente al consumo de España durante 37 segundos. Visto de otro modo, construir una planta o plantas con un coste como el de la de Naturgy para cubrir una hora de consumo nacional tendría un coste de unos 11 300 millones de euros; para cubrir un día, 271 000 millones de euros; para cubrir 28 días de consumo (el periodo mínimo necesario para estar seguro de compensar la variabilidad estacional), 7,6 billones de euros: más de cinco veces el PIB español. Y eso asumiendo unos precios constantes, algo que no sucederá a medida que los materiales se vayan volviendo más escasos, máxime si todo el planeta apuesta por este modelo de transición. Y aunque los costes puedan optimizarse con el tiempo con respecto a la referencia de Naturgy, lo más probable es que la escasez de materiales sea el factor dominante y empuje el precio al alza.

 

En resumen, por más insistencia que se ponga en ello, los sistemas de almacenamiento tienen una utilidad sobre todo para la compensación de los problemas de estabilidad, en una escala temporal más bien breve, y poco más. Y siempre y cuando no tengamos escasez de materiales.

Volviendo a España: para satisfacer una demanda media de 28 GW con picos de 41 GW, incluso teniendo en cuenta la intermitencia, debería ser suficiente con unos 80 GW. Pero con 126 GW instalados, tenemos una



 

 

 

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capacidad excedentaria de varias decenas de GW. Eso explica por qué en muchos momentos no se puede absorber toda la electricidad renovable que se puede llegar a producir y se dan los nefastos curtailments: intervalos de tiempo en los que parte de la producción eléctrica simplemente no se puede aprovechar porque no hay demanda para ella. Ese es uno de los problemas principales que aquejan hoy en día en España a la energía fotovoltaica, y en menor medida a la eólica. La cara opuesta de los curtailments es la necesidad de mantener una cierta potencia activa clásica «de respaldo», para poder cubrir la necesidad de la red cuando las renovables repentinamente dejan de estar ahí. Los dos sistemas clásicos de generación eléctrica con mayor rapidez para dar respuesta son la hidroeléctrica y las centrales de gas de ciclo combinado, y son los que se suelen usar para garantizar la estabilidad de la red. En cuanto a los primeros, dependen de la disponibilidad de agua embalsada y por tanto su uso tiene limitaciones, incluso aunque no haya sequía, porque no se puede desembalsar una cantidad arbitraria de agua. Y en cuanto a los segundos, exigen una quema continua de gas natural para mantener las turbinas girando a una velocidad adecuada para dar una respuesta rápida (recordemos que esas turbinas pesan decenas de toneladas y se tienen que poner en movimiento progresivamente, durante horas, para evitar dañarlas).

 

Se da así la paradoja de que mantener un alto nivel de uso de renovables en una red de alta tensión con gestión de la oferta acaba exigiendo continuar quemando cierta cantidad de gas —el hidrógeno sería prohibitivamente caro—. Eso, o buscar un modelo de producción y gestión eléctrica alternativo.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El hundimiento de la eólica

 

 

 

Hay una verdad incómoda que debería estarse discutiendo públicamente, como primer paso para buscar soluciones duraderas, y que sin embargo se omite. Como en tantas otras cuestiones de la política industrial europea, se mira para otro lado en la esperanza de que el problema desaparezca o de que otro se haga cargo del mismo.

 

Esta es la verdad: la industria eólica europea está herida de muerte. Las grandes compañías que hace veinte años dominaban el mercado

(Vestas, Nordex, Gamesa) están hoy en una crisis con vistas de ser terminal. Grandes operadores eólicos, como Oërsted o Statcraft, se replantean toda su estrategia industrial expansiva.

Mientras tanto, las diez primeras empresas de fabricación de aerogeneradores son ahora chinas. De manera análoga a lo que pasó hace más de veinte años con la industria fotovoltaica, el retroceso industrial de la eólica europea puede acabar con la desaparición de todos los fabricantes europeos y que China se vuelva el proveedor prácticamente en exclusiva de los aerogeneradores que se instalen en el Viejo Continente, con todo lo que ello supone de pérdida de capacidad industrial y de soberanía energética.

Hay múltiples causas para esa crisis, pero aunque luego haga falta introducir (importantes) matices, al final todo se puede resumir en una frase sencilla:

No es posible construir aerogeneradores de altas prestaciones de manera rentable. No a los precios que exigen los operadores.

Examinemos primero el caso de Siemens Gamesa. Gamesa era una compañía vasca dedicada, entre otras cosas, al diseño y construcción de aerogeneradores. En 2022 fue comprada por la filial de energía del grupo industrial Siemens y pasó a llamarse Siemens Gamesa, como una marca integrada dentro de Siemens Energy.



 

 

 

 

 

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Desde la adquisición, Siemens Gamesa ha tenido muchos problemas económicos. En 2022 perdió 2000 millones de dólares. En 2023, 4500 millones. Los problemas de Gamesa son los mismos de todo el sector: encarecimiento de la energía y las materias primas, dificultades administrativas… Y un problema particular (o quizá no tanto) de Gamesa: los problemas estructurales de sus modelos 4.X y 5.X.

 

Los aerogeneradores 4.X y 5.X de Gamesa se comenzaron a introducir en el año 2017 aproximadamente. Se trata de aerogeneradores con una potencia máxima de entre 5 y 7 MW, y suponían un salto adelante en la carrera de todo el sector hacia la construcción de aerogeneradores de mayor tamaño. El rendimiento de un aerogenerador crece cuadráticamente con el diámetro del aerogenerador, así que el proceso lógico era ir fabricando aerogeneradores más grandes. Todo el trabajo de ingeniería se dirigía al diseño de máquinas cada vez mayores, usando para ello materiales de mayores prestaciones para conseguir esa proeza técnica. Pero algo se torció.

A finales de 2022 se comenzó a reportar que algunos aerogeneradores de los modelos 4.X y 5.X presentaban defectos estructurales. Tras varios años de uso, se observaba la aparición de fracturas, sobre todo en los puntos de inserción de las palas, y crecientes vibraciones. Con el tiempo, los defectos estructurales podían acabar afectando al propio rotor. Como se fue comprobando posteriormente, si no se tomaban medidas los aerogeneradores acababan rompiéndose, generalmente separándose una pala, en ocasiones llegando a colapsar toda la estructura. La reparación de los aerogeneradores afectados era muy costosa, sobre todo si el rotor ya estaba afectado. La corrección de los problemas estructurales resultaba muy compleja. En octubre de 2023, Gamesa tomó la decisión de suspender la fabricación y venta de nuevos aerogeneradores durante un plazo estimado de dieciocho meses, en el conocimiento de que instalar más aerogeneradores solo serviría para incrementar las pérdidas. En el momento de escribir este libro, el futuro de Gamesa parece muy incierto, tras el anuncio de que en 2024 seguirán teniendo pérdidas milmillonarias, la aplicación de un Expediente de Regulación de Empleo para más de 4000 trabajadores y la amenaza de una posible demanda colectiva por parte de los operadores eólicos que han instalado sus aerogeneradores defectuosos.



 

 

 

 

 

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Los problemas de Gamesa, tan impactantes, no son exclusivos de esta empresa. Tanto Vestas como Nordex han tenido que incrementar sus provisiones de fondos para cubrir problemas con aerogeneradores ya instalados por anomalías no previstas. La división eólica de la americana General Electric también ha reportado problemas económicos y operativos importantes: recientemente General Electric ha sido demandada por los fallos masivos en sus aerogeneradores. Quizá los problemas del resto de los fabricantes de aerogeneradores occidentales no son tan graves como los de Gamesa, pero tampoco son inexistentes, y es difícil saber qué evolución tendrán con el tiempo, dada la lógica discreción con estos temas.

 

¿Cómo ha podido pasar esto? ¿Es que no es posible construir aerogeneradores de este tamaño que no tengan problemas estructurales relevantes? A juzgar por el desempeño de los fabricantes chinos, es perfectamente posible construir aerogeneradores de gran tamaño y suficientemente fiables. Entonces, ¿qué ha pasado en Gamesa y, en menor medida, en el resto de las compañías occidentales?

El problema no es, ni nunca ha sido, si se pueden construir aerogeneradores de hasta 7 MW lo suficientemente resistentes (otra cosa son los aerogeneradores aún mayores que con bastante ligereza se suelen dar por seguros en los próximos años). No es una cuestión de factibilidad técnica. Es una cuestión de coste.

Intentar construir un aerogenerador de este tamaño a un precio de 1,3 millones de dólares por megavatio instalado (precio medio de un aerogenerador en 2021) se está demostrando muy difícil. Quizá incluso imposible. Simplemente porque a mayor tamaño del aerogenerador, mayores esfuerzos mecánicos deben soportar los puntos de inserción de las palas y el propio rotor, ya que la masa de las palas se va incrementando con el tamaño. Y para poder soportar esos esfuerzos durante los veinte años de la vida útil de un aerogenerador es necesario utilizar materiales de mayor resistencia, más duraderos y, lógicamente, más caros.

 

La industria china no tiene ese problema. Sus costes de fabricación son menores porque su mano de obra es más barata y porque en su propio país dispone de muchos de los materiales que nosotros nos vemos obligados a importar. Pero aparte de eso, las empresas chinas suelen hacer cierto dumping en sus productos: a fin de cuentas, tienen detrás al Estado chino, que las avala y que puede cubrir parte de sus costes si las cuentas no salen.



 

 

 

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Con esa estrategia barrieron en su momento a la industria fotovoltaica europea, y con presumiblemente la misma estrategia van a barrer del mapa a nuestra industria eólica.

 

Si queremos preservar la industria de fabricación de aerogeneradores, porque consideramos que es una industria estratégica de cara al futuro, deberíamos tener una discusión técnica en profundidad y seria sobre los costes reales de la eólica y sobre qué interesa hacer y qué no.

Por ejemplo, existen muchas dudas sobre la viabilidad económica de la eólica marina. Los costes operativos acaban siendo mayores de lo inicialmente esperado, en tanto que los precios mínimos contratados (generalmente con el Estado) no son lo suficientemente altos para cubrirlos. Durante los últimos años hemos visto múltiples cancelaciones de grandes proyectos de eólica marina, especialmente en Estados Unidos, con varios campos abandonados por Iberdrola y Oersted, ya que las políticas de subsidios no son tan generosas como en la Unión Europea. En el Reino Unido, una subasta de eólica marina quedó desierta a finales de 2023 porque nadie quiso pujar por ella al precio mínimo garantizado por la electricidad producida que ofrecía el Estado británico, y el Gobierno se plantea si subir este precio mínimo, so pena de encarecer la electricidad en todo el país.

 

Tierra adentro, el mayor de los problemas parece estar en la saturación de proyectos. Los efectos de interacción entre diversos parques eólicos limitan las localizaciones disponibles, y las zonas de mayor potencial eólico están mayoritariamente copadas. Los nuevos proyectos tendrán en general menores rentabilidades que los anteriores, salvo en los casos en los que se opte por una repotenciación de los campos viejos.

Mientras tanto, los planes de la industria continúan pasando por construir aerogeneradores más potentes (y más caros). La gran frontera está en los 12 a 15 MW, de los cuales se están empezando a probar prototipos. En vista del fiasco que han supuesto los aerogeneradores de la generación anterior, se debería proceder con la máxima cautela y asegurarse de que esos modelos vayan a tener la durabilidad requerida y se consiga hacerlos rentables.

Por desgracia, en el momento actual hay bastante poca voluntad de profundizar en estos debates. La gran afluencia de dinero proveniente de los fondos NextGenerationEU, que tiene fecha de caducidad en 2026, ha llevado a que se ponga toda la prioridad en construir ahora y evaluar los



 

 

 

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riesgos y problemas más tarde. Esta constituye la mejor receta para el desastre, sobre todo en España, un país donde ya hemos vivido varios episodios de burbuja inmobiliaria y de la construcción que han acabado con un enorme parque de edificios e infraestructuras infrautilizadas, cuando no directamente abandonadas. En un contexto en el que sabemos que necesitamos realmente hacer la transición energética, tanto por la cuestión ambiental como por la del declive energético, perder tiempo, dinero y recursos en infraestructuras defectuosas o inútiles es tremendamente temerario.

 

Se podría comenzar a discutir si no sería necesario considerar la producción de energía, o por ejemplo la parte que tenga un origen eólico, como un gasto a ser sufragado directamente con fondos públicos. La obsesión por utilizar mecanismos de mercado en un contexto industrial en el que parece que no es efectivo, pero que podría ser justificado por su utilidad social, solo nos lleva a una continua huida hacia delante en la que se lanzan ingentes cantidades de dinero, pensando que al final acabará siendo rentable. Si como resultado de esta táctica escapista al final se tienen que socializar las pérdidas del sector para evitar su desaparición, es también legítimo plantearse si se deberían socializar los beneficios, sobre todo los sociales antes que los económicos, y considerar por fin el acceso a la energía como un servicio. Algo que discutiremos más adelante.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El incierto futuro de la fotovoltaica

 

 

 

La energía fotovoltaica tiene muchas ventajas, pero también muchos inconvenientes. Empecemos por las primeras.

 

Los paneles fotovoltaicos son de los pocos sistemas que permiten una conversión directa de la energía captada en energía eléctrica, sin tener que pasar por el proceso de calentar un fluido para mover una turbina, que es el proceso habitual. La producción de electricidad a través del movimiento de una turbina impulsada por un fluido a presión implica grandes pérdidas energéticas en todo el proceso de conversión, mayor necesidad de mantenimiento y una instalación de gran tamaño. Por contraste, los paneles fotovoltaicos son pequeños y delgados, modulares, no tienen partes móviles, con lo que requieren mucho menos mantenimiento, son limpios y prácticos, y pueden instalarse prácticamente sobre cualquier superficie. En cuanto al rendimiento energético, los paneles que se instalan actualmente no tienen grandes factores de conversión de la energía solar (alrededor del 20 % de la radiación incidente), pero se trata de una energía ambiental siempre disponible y por tanto no implica el consumo de ningún combustible, con lo que en cierto modo es ilimitada (al menos en el tiempo, por eso decimos que es renovable).

 

Por la sencillez de instalación y gestión, eficacia, limpieza y modularidad, los paneles fotovoltaicos son la elección natural para cualquier instalación doméstica e incluso para factorías de pequeño y mediano tamaño.

En cuanto a las desventajas, la más evidente es la escasa cantidad de energía que producen por metro cuadrado ocupado y su fuerte intermitencia (aunque a diferencia del caso eólico esta es mucho más previsible y fácil de modelizar). En promedio, llega a la superficie del planeta Tierra una potencia radiante de unos 250 vatios por metro cuadrado (W/m²), pero eso incluye todas las latitudes, todas las estaciones del año y todas las horas del día y de la noche. En el caso concreto de



 

 

 

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España, la radiación media de las zonas más soleadas está alrededor de los 200 W/m², pero de nuevo esa potencia oscila mucho de unas estaciones del año a otras, llegando a ser de 2000 W/m² o más en las horas centrales del día en verano. Teniendo esto en cuenta, hay dos maneras obvias de utilizar la energía fotovoltaica: o adaptarse a la variabilidad del ciclo solar (diario y estacional) y consumir la energía cuando está disponible, o introducir una superficie enorme de captación para compensar el efecto de su variabilidad, a sabiendas de que por la noche nunca habrá disponible. El problema de esta segunda estrategia es que implica que en muchos momentos hay un exceso de producción, porque se ha sobredimensionado la instalación para poder estar a la altura en los momentos de menor producción (típicamente en invierno o en días poco soleados). Otra estrategia sería recurrir al almacenamiento masivo, pero ya hemos visto que no es viable por el enorme coste energético, económico y de materiales. Alternativamente, se podría jugar con distribuir la producción sobre una extensión geográfica muy grande, de modo que se pueda compensar la falta de generación de unas zonas con la mayor generación en otras. Desafortunadamente, las pérdidas de energía eléctrica por transporte son muy grandes en cuanto las distancias sobrepasan los mil kilómetros, y a distancias inferiores no hay tanta diferencia entre la generación solar entre unos sitios y otros.

 

El problema que se plantea actualmente con la fotovoltaica es que el modelo de integración preferido es el de grandes parques fotovoltaicos para ser conectados a la red de alta tensión que transportará la electricidad hasta grandes centros de producción y consumo. Este modelo de gestión de la energía renovable es lo que denominamos el modelo de Renovable Eléctrica Industrial o REI. Pero justamente la fotovoltaica es el tipo de tecnología peor adaptada para este modelo.

 

En primer lugar, como ya comentamos, no es despachable ni síncrona. Eso obliga a tener sistemas de respaldo para poder cubrir su intermitencia y los problemas de estabilidad que se generan, aunque a diferencia de la eólica la previsión sobre su comportamiento es bastante más simple y más precisa (básicamente es el ciclo día-noche, a lo que hay que añadir las variaciones de la nubosidad media, que son mejor predichas por los modelos numéricos que las del viento).

 

En segundo lugar, al producir corriente continua se tiene que ser especialmente cuidadoso en el uso de los inversores. Una mala



 

 

 

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programación de los mismos puede acentuar comportamientos transitorios que no representan la carga real de la red. Eso también implica una mayor inversión en estos equipamientos, que precisamente suelen ser la parte de la instalación de un parque fotovoltaico que tiene una vida útil más corta y que por tanto tienen que ser repuestos, con frecuencia por completo, encareciendo la gestión de la electricidad producida.

 

Pero el problema principal ahora mismo es la redundancia. Dado que en España se siguen instalando más parques fotovoltaicos y cuando hace sol lo hace en áreas muy amplias, es habitual tener excesos de producción fotovoltaica en las horas centrales del día, especialmente en primavera, pues las condiciones de insolación son ya muy buenas y la temperatura ambiental —que hace bajar la eficiencia de los paneles— aún no es tan elevada como en verano.

Justamente en primavera, por esas temperaturas más suaves y los días más largos, la demanda eléctrica suele ser menor. Eso ha llevado a una situación bastante compleja en España en la primavera de 2024, que es una repetición de realidades observadas en otros países. Por un lado, hay curtailments cada vez más importantes: parte de la energía renovable que se podría generar se desaprovecha porque no hay demanda. Eso, obviamente, es negativo para los propietarios de las instalaciones, que no las pueden rentabilizar (de nuevo aparece la cuestión de si estas instalaciones no deberían ser gestionadas como un servicio público antes que como un producto de mercado). Pero por otro lado, dada las características del sistema marginalista que se usa para fijar el precio de la electricidad, se repiten las horas en las que el precio de la electricidad en el mercado mayorista es cero, debido a que toda la demanda se cubre con nuclear (que entra a precio cero) y fotovoltaica (que puede entrar a precio cero si tienen contratos de precio garantizado por el Estado, que les cubre la diferencia entre el precio real y el que se hubiera convenido)[2]. Esto genera mucho malestar en todos los productores que no tienen ese tipo de contrato (nuclear) y en los que tienen que mantener en marcha, con el consiguiente consumo de combustible, los sistemas de respaldo para garantizar la estabilidad de la red (ciclos combinados). El 22 de mayo de 2024 se vivió una situación un tanto crítica en España ya que, después de varias semanas con precios cero a muchas horas del día, algunos ciclos combinados habían sido apagados y no fue posible cubrir la demanda eléctrica a la caída del sol. Eso obligó a REE a desconectar toda la



 

 

 

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industria que tenía suscritos contratos de interruptibilidad, a importar tanta electricidad desde Francia como fue posible y a rezar para que no se produjera ninguna avería en alguna de las centrales que estaban en marcha. Aunque se han tomado medidas correctoras, el problema de fondo continúa sin resolverse, y es cuál debe ser el mecanismo de fijación de precios en un entorno con tanta fotovoltaica redundante (y encima en un mercado, el eléctrico, cuya demanda lleva cayendo desde 2008).

 

Hay aún algunas otras cuestiones a considerar en el caso de la fotovoltaica.

Por un lado, su escalabilidad puede ser mucho más limitada de lo que muchos expertos creen simplemente porque la escasez de materiales es muy limitante para esta tecnología. Los dos materiales más escasos son el telurio y particularmente la plata, la cual está experimentando un proceso de agotamiento terminal en todo el planeta y es necesaria también en la industria microelectrónica. La plata es difícilmente sustituible en los paneles fotovoltaicos debido a que estos bajarían considerablemente su rendimiento.

Por otro lado, los paneles fotovoltaicos contienen sustancias tóxicas y solubles en agua, como el propio telurio, el cadmio y el plomo. La gestión de los paneles al final de su vida útil es muy importante y debe hacerse de una manera respetuosa con el medio ambiente por el riesgo de diseminación de esas sustancias tóxicas. Esto plantea el problema añadido de qué pasa cuando un panel fotovoltaico se rompe, por ejemplo, por culpa de una tormenta de pedrisco o debido a que el fuerte viento ha levantado el bastidor y los paneles han salido volando y se han hecho añicos. Precisamente el problema de la renovable tradicional es que es muy vulnerable al tipo de situaciones que plantea el Cambio Climático. Y ya no es solo contar con planes para la recogida de paneles al final de su vida útil (que será de veinte a treinta años tras su instalación, y quién sabe lo que pasará entonces), sino que se necesitan planes para todas las contingencias, particularmente las inclemencias meteorológicas, que pueden destruir los paneles y diseminar sus restos.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La siguiente burbuja renovable

 

 

 

En los capítulos anteriores hemos discutido sobre las limitaciones actuales de las tecnologías en las que se basa el modelo REI. Existen otros muchos problemas asociados con estas tecnologías que fueron discutidos en los libros anteriores [Turiel, 2020, 2022], y a ellos me remito si el lector quiere profundizar en esta cuestión. La conclusión que emerge, una vez considerado todo, es que el modelo REI no es verdaderamente funcional para permitir una transición energética, entendida esta como una sustitución completa de todos los usos actuales de la energía por la energía renovable que proporcionaría el REI. No hay suficiente potencial de producción, ni materiales, ni capital, ni tecnologías para sustitución, ni maneras eficaces de resolver las cuestiones técnicas más complejas, como la intermitencia, la no gestionabilidad o la asincronía de la nueva renovable.

 

Pero, a pesar de la evidencia que se va acumulando, tozuda, sobre la mesa, los planes de la Unión Europea siguen pasando exclusivamente por el fomento del REI como único medio para hacer la transición y como garantía indiscutible de conseguir la ansiada descarbonización (y, de manera menos reconocida, la seguridad energética en un mundo donde los combustibles fósiles comienzan a escasear). Y cuando se separa de ese discurso es para recuperar callejones sin salida como es la nuclear (opción sin sentido en un mundo donde la materia prima que más rápidamente está cayendo es el uranio, o alimentando quimeras como la IV Generación o la fusión —ver [Turiel, 2020]).

Y aunque es una cuestión de tiempo, dentro de no tantos años se hará evidente que el REI no nos lleva a ningún lado. No se consigue la sustitución, no se produce el tipo de energía que se necesita y no garantiza la seguridad energética. Con el REI vamos a vivir una situación de precios crecientes en todo tipo de productos, escasez de energía y de materias, y se



 

 

 

 

 

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continuará en la senda de la desindustrialización en la que está firmemente instalada Europa.

 

Llegará un momento en el que se tendrá que aceptar que el REI ha fracasado y que no tiene sentido seguir invirtiendo en él.

¿Qué pasará entonces?

 

¿Alguien asumirá la responsabilidad de lo que ha sucedido? ¿Alguien explicará clara y honestamente lo que ha pasado? ¿Alguien pedirá perdón por haber desoído las advertencias, por haberse burlado y acosado a los científicos que advertían de este desastre?

¿Dónde se esconderán esos asesores que aseguraron que la electrificación total de la sociedad no solo era posible sino que sería económicamente provechosa? ¿A qué se dedicarán esos expertos en movilidad eléctrica, en hidrógeno verde, en combustibles verdes, en sostenibilidad, cuando el edificio del REI se derrumbe? ¿Cómo adaptarán sus programas electorales los partidos políticos para encajar la disonancia de haberlo apostado todo a la nada? ¿Y qué propondrán a partir de ese momento?

Más importante: ¿cómo se reparará el daño causado? No solo por el coste de oportunidad de no haber hecho lo que se necesitaba para hacer frente a los graves problemas ya presentes (tanto ambientales como de escasez de recursos), no solo por haber malgastado a manos llenas el dinero de los contribuyentes. No, no solo por eso. ¿Quién reparará esos bosques y campos de cultivo destrozados para instalar macroparques eólicos y fotovoltaicos, o líneas de evacuación? ¿Y la tierra removida y contaminada, probablemente en países lejanos, para extraer materiales críticos y escasos? ¿Y las comunidades destruidas? ¿Y las vidas arrebatadas?

Preguntas todas ellas retóricas, pues ya sabemos que nadie dará una respuesta adecuada a esas cuestiones acuciantes. Por defecto, y si la ciudadanía no se alza para exigir un cambio de rumbo radical, aquí viviremos un nuevo ejercicio de cinismo, de mirar a otro lado y eludir la responsabilidad, un cambio de caras sin cambio de formas de hacer, y poco más. En realidad, posiblemente se irá a buscar la siguiente burbuja renovable.

Porque, de no ponérsele remedio, después de esta primera burbuja renovable habrá una segunda, para la cual se están sentando las bases ahora mismo.



 

 

 

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¿Y en qué se basará la siguiente burbuja renovable, si no es en la producción de electricidad?

 

Fácil: se basará en la producción de combustibles. Para seguir haciendo lo que mejor sabemos hacer desde la invención del fuego: quemar.

¿Y qué combustibles renovables podemos producir?

 

Tienen un nombre muy adecuado, por aséptico y por el aire tecnológico y verde que le da: biomasa. Aunque en realidad ese nombre oculta la leña de toda la vida, que será la principal fuente de biomasa que utilizaremos.

¿Qué es la biomasa? Teóricamente, cualquier fuente de materia orgánica que pueda aprovecharse para producir combustible. Y por cualquiera realmente se quiere decir cualquiera. Lo que pasa es que no todos los tipos de materia orgánica tienen la misma cantidad de energía, ni todos pueden aprovecharse para hacer los mismos combustibles.

 

La materia orgánica, tanto la de origen vegetal como la de origen animal, está compuesta en más de un 95 % por solo cuatro átomos: carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno, CHON. Y a efectos energéticos, lo que más nos interesa de la materia orgánica es conseguir a partir de ella la formación de moléculas en forma de cadenas de hidrocarburos, es decir, moléculas lineales formadas con un esqueleto de carbonos interconectados entre sí y combinando sus enlaces libres con hidrógeno (y eventualmente con oxígeno y algunas otras especies químicas en menor concentración). Este tipo de cadenas son fáciles de quemar, es decir, se pueden hacer reaccionar con oxígeno a una cierta temperatura, y a partir de aquí la reacción de oxidación (combinación con oxígeno) resultante se puede mantener ella sola simplemente gracias al calor que se desprende. Es lo que pasa cuando le prendemos fuego a la madera.

 

Para poder aprovechar la materia orgánica en nuestras máquinas necesitamos procesarla primero, sobre todo para eliminar impurezas y sustancias que pueden producir compuestos tóxicos o corrosivos. Así pues, podemos aprovechar la biomasa de tres maneras principales: como combustible sólido, líquido o gaseoso.

El combustible gaseoso es relativamente fácil de producir. Al pudrirse (es decir, ser descompuesta por las bacterias), la materia orgánica emite grandes cantidades de metano, que es el hidrocarburo más simple que existe: un carbono y cuatro hidrógenos combinados con él, CH4. Las



 

 

 

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bacterias van digiriendo la materia orgánica, aprovechando su energía y sus nutrientes, y en el proceso de cortar las moléculas de compuestos de carbono de la materia orgánica se desprenden trozos pequeños, átomos de carbono sueltos combinados con el hidrógeno, el metano. El metano es lo mismo que el gas natural, y por tanto puede ser usado de la misma manera que se usa el gas natural hoy en día.

 

El combustible líquido es mucho más difícil y esquivo de producir, fundamentalmente porque la materia orgánica no suele estar pensada para quemar. Se puede conseguir procesando la materia orgánica tanto vegetal como animal mediante reacciones físicas, químicas y biológicas, como la fermentación y la destilación, y así producir etanol (CH3-CH2OH), que es el alcohol corriente y que funciona como un sustituto razonable de la gasolina. También se puede producir metanol, que es más simple (CH3OH, el alcohol de quemar o de madera de toda la vida) y puede usarse como gasolina, pero también es una sustancia más corrosiva y tóxica. Conseguir producir combustibles más complejos como el diésel es bastante más complicado y energéticamente más costoso, y generalmente se derivan a partir de sustancias grasas o aceites.

 

Por último, como combustible sólido, prácticamente solo son aptas las partes leñosas de las plantas. Y aunque los rastrojos que quedan en los campos después de la siega son utilizables, su contenido energético por unidad de volumen o de masa es incomparablemente más bajo que el de la leña de los árboles.

En un mundo industrializado y parco en energía, una vez que se comprenda que el REI es una quimera, los países se van a lanzar a quemar biomasa para mantener las máquinas funcionando tal y como lo hacen ahora mismo. Pero hay un problema obvio: no hay forma sostenible de producir con biomasa la misma cantidad de energía que estamos consumiendo hoy, ni siquiera una fracción significativa.

Respecto a los biocombustibles (bioetanol y biodiésel derivados de plantas cultivadas), aparte de que su rendimiento energético es nulo, si destináramos todas las cosechas actuales para la producción de biocombustibles produciríamos el equivalente a 15 Mb/d, es decir, aproximadamente el 15 % de todo el consumo de petróleo actual, y el petróleo es solamente el 33 % del consumo total de energía primaria. Por lo tanto, si nos quedáramos sin qué comer ni qué dar de comer a nuestro



 

 

 

 

 

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ganado podríamos producir el equivalente al 5 % de toda la producción de energía primaria actual.

 

Respecto al uso de biomasa sólida, aquí el problema es la tasa de regeneración de los bosques. Estamos viviendo ya un proceso de deforestación intenso en algunas regiones fundamentales del planeta (es parte de uno de los límites planetarios que discutíamos en el capítulo 2, «cambio de los usos del suelo»), y eso sin intentar sustituir todo nuestro consumo energético con grandes cantidades de madera. La cantidad de bosque que se puede explotar de manera sostenible es obviamente insuficiente para hacer esta sustitución, y eso sin olvidar que la madera tiene otros usos más allá de simplemente quemar (para construcción, muebles y hasta para hacer el papel en que estarán impresas las copias físicas de este libro). Peor aún, en el caso concreto de los bosques tropicales se sabe que no es posible hacer rentable la tala sostenible [Zimmerman, 2012].

 

Desde un punto de vista más general, la biosfera en su conjunto produce una cantidad de energía (embebida en la materia orgánica que crea, la cual no toda es directamente aprovechable como fuente de energía) de 4200 exajulios al año, de la cual los seres humanos ya estamos extrayendo unos 620 exajulios para todos nuestros usos, incluyendo los alimentarios y la construcción [Delaygue, 2022], una cantidad muy similar a la energía total que consume la humanidad. El problema es que la productividad primaria de la biosfera da alimento a todo el resto de las especies animales, y también sirve para fijar el CO2 atmosférico que hemos emitido en exceso. Intentar sustituir todo nuestro consumo energético con biomasa es sencillamente imposible y suicida.

 

Y a pesar de todas estas consideraciones, si no hay una reacción ciudadana en contra, la burbuja de la biomasa será la siguiente en inflarse, causando escasez de alimentos y desforestación, hasta que finalmente explote. Se usarán los cultivos para producir combustibles, se quemarán bosques en centrales térmicas para producir electricidad, se aprovechará todo lo que no se pueda aprovechar de otra forma para producir biogás a través de biodigestores. No para intentar producir aquello que realmente se necesite, sino simplemente para mantener la megamáquina industrial actual en marcha, en la esperanza de seguir creciendo aunque excluyendo a cada vez más gente del reparto exiguo de la energía y degradando aún más rápidamente nuestro medio ambiente.



 

 

 

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Y así pasará, con el aval de expertos, de economistas, de consultores y de políticos que nos dirán que la biomasa es la gran promesa. Como de hecho ya están comenzando a hacer, y tal y como se están posicionando para el futuro, comenzando con los arrendamientos de tierras agrícolas para cuarenta años para instalar parques fotovoltaicos, cuando la vida útil de uno de esos parques es de veinte años.

 

Nadie aceptará la culpa del error anterior y nos precipitaremos al error siguiente, avalado por los informes técnicos preceptivos que dirán, de nuevo, que lo imposible se puede hacer, aunque al final acabe en fracaso.

Así se gestará la segunda burbuja renovable. Así pasará. Si no hay una reacción.

Si no hay una reacción ciudadana. Una que diga que hay límites. Una que exija un cambio radical en la manera de hacer las cosas. Y que empiece por hacerse la pregunta fundamental: energía ¿para hacer qué?



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Sin modelo para gestionar la crisis del diésel

 

 

 

En el periodo que va de 2015 a 2017, en el mundo se producían aproximadamente unos 26 Mb/d de diésel. Esos fueron los años en los que más diésel se ha producido nunca, y los que marcan la interrupción de una tendencia creciente que se alargaba por lo menos desde los años ochenta del siglo pasado, con algún traspiés asociado a las crisis económicas. Sin embargo, desde entonces la producción ya no sube. Sin que se haya modificado sustancialmente la cantidad de maquinaria que usa diésel en el mundo, ni que se haya visto una introducción masiva de una tecnología sustitutiva, a principios de 2024 la producción de diésel se mantenía por debajo de los 23 Mb/d, un 11 % por debajo de los niveles del periodo 2015-2017.

 

La evolución de la producción de diésel en estos últimos años no ha sido un simple descenso desde el periodo de mayor producción. En 2018 y 2019 se fue produciendo una caída paulatina, que se vio drásticamente acelerada en 2020 debido a los confinamientos de la COVID y la parada de la actividad mundial. A partir de finales de 2021 comienza un proceso de recuperación que se acelera en 2022, y a finales de ese año, durante dos meses, se llega a los niveles de producción de 2015-2017, para después emprender una caída constante y sin esperanza hasta los niveles actuales. Se puede decir que a finales de 2022 se echó el resto, esperando poder volver a los máximos, pero no ha sido posible mantenerlo.

 

La caída de la producción de diésel era algo previsible, debido a la naturaleza de los hidrocarburos sustitutivos del petróleo crudo que se han ido introduciendo en los últimos años, mucho menos aptos para la producción de diésel. Precisamente ahora que la caída de la producción de petróleo crudo comienza a acelerar, lo previsible es que también lo haga la de diésel. Y esto tendrá consecuencias nefastas, porque el diésel es con toda propiedad la sangre de nuestro sistema económico y productivo.



 

 

 

 

 

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Por esa misma razón, resulta muy alarmante que ningún gobierno occidental esté tomando medidas anticipatorias para hacer frente a la inevitable crisis del diésel. Esta es estructural, irreversible e irá empeorando con el tiempo, y además seguramente se desarrollará a un ritmo más acelerado que la del resto de los combustibles derivados del petróleo. Por desgracia, lo más probable es que a medida que los problemas con el diésel se agudicen, las estrategias consistan en poner parches a corto plazo, confiando en que al final volveremos a «la normalidad».

 

En el caso del diésel, dado su uso en multitud de actividades, los efectos de su escasez se dejarán sentir en múltiples sectores, lo cual hará más difícil reconocer la causa común de su falta y favorecerá que se tomen medidas sectoriales, que en poco o nada ayudarán, dado que ninguna de ellas irá a la raíz del problema. Contribuye a la falta de identificación de que el problema está en el diésel el hecho de que los economistas esperan que su escasez conduzca a un periodo de precios continuamente elevados, cuando en realidad la escasez lo que provoca es volatilidad en el precio [Turiel, 2014]. Volatilidad y conflictos.

 

Analicemos el espectro de problemas que se van a presentar (algunos de los cuales en realidad ya comienzan a estar presentes).

 

Transporte: hablar de diésel es hablar de transporte. En Europa más del 70 % de las mercancías que se transportan más de cien kilómetros por vía terrestre lo hacen en camión, un porcentaje similar al que tiene Estados Unidos. Las condiciones de trabajo de los chóferes han ido empeorando a lo largo de los años, a medida que los costes han ido aumentando pero los fletes no han subido de la misma manera. Hay una precarización creciente del sector, lo que garantiza mayores problemas simplemente cuando el precio del diésel aumente, no digamos ya si empieza a escasear y se tiene que racionar. De manera similar, los costes del transporte marítimo también han subido, porque aunque los barcos no funcionan con diésel usan combustibles de la misma franja de producción (destilados medios) y ahora que se limitan las emisiones de dióxido de azufre tienen unas características más similares a las del diésel, y por eso la escasez de uno acaba siendo la del otro. Dado que el transporte en barco es el preferido para largas distancias, la escasez de combustibles, aparte de otros problemas como son las



 

 

 

 

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restricciones en los canales de Suez y de Panamá o la escasez de contenedores (efecto indirecto también de la escasez de diésel, aparte de otros factores), produce un encarecimiento generalizado de todo tipo de productos. Por último, la aviación está también comprometida por culpa de las limitaciones en la producción de diésel, porque si bien la producción de keroseno (el combustible de la aviación) no ha sufrido caídas tan importantes aún, se ve afectada porque en algunos países se añade keroseno al diésel para compensar la escasez de este último. En los últimos tiempos se ha comenzado a hablar de la necesidad de introducir impuestos al keroseno en aviación, que probablemente sea el mejor mecanismo de mercado que los líderes mundiales han ideado para paliar su creciente escasez. También se habla mucho de la necesidad de costear la transición de la aviación a los SAF (combustibles aéreos sintéticos), que no deja de ser otro nombre aparente para los biocombustibles, en este caso de uso aéreo (porque, no, no se van a hacer combustibles sintéticos dado lo prohibitivo de su producción). Estos movimientos anticipan un encarecimiento muy importante del transporte aéreo, en particular el de viajeros, y por tanto volar se convertirá progresivamente en un privilegio para unos pocos, como lo fue en décadas anteriores. Por eso mismo, es previsible que se reduzca aún más el número de aerolíneas.

 

Minería: aunque la electrificación de las operaciones de extracción en las minas es algo necesario (no se pueden quemar combustibles bajo tierra, so pena de agotar el oxígeno y también por el peligro de explosiones), muchas minas no tienen acceso a una red eléctrica suficiente como para poder alimentar los compresores de la maquinaria extractiva y por tanto recurren a grupos electrógenos que funcionan con diésel. Al margen de eso, el movimiento en superficie del material de mina se suele realizar con camiones que funcionan con diésel, y para el transporte de larga distancia, de nuevo, el uso de camiones es bastante frecuente. Todo esto hace que los volúmenes de diésel consumidos por la minería sean muy grandes y que el encarecimiento y escasez del diésel tenga mucho impacto en la disponibilidad de ciertos minerales, particularmente en países más periféricos pero que pueden estar suministrando algún mineral crítico para el sistema económico actual. A corto plazo, los encarecimientos y retrasos en entrega de material son de esperar. A largo plazo, se puede generar una gran conflictividad



 

 

 

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(como ya se empieza a observar) cuando la extracción minera compita con la agricultura nacional.

 

Agricultura: los tractores y las cosechadoras, como toda la maquinaria pesada, funcionan con diésel. Observando únicamente el año 2024 hemos visto problemas para cosechar por falta de diésel en múltiples países, algunos de ellos productores de petróleo: Argentina, Venezuela, Bolivia, Nigeria… En el caso concreto de Europa, el funcionamiento del mercado alimentario hace que los intermediarios fijen los precios máximos a pagar en origen y, con demasiada frecuencia, esos precios no permiten siquiera cubrir los costes, o si lo hacen es por un exiguo margen. Unido a los problemas de encarecimiento de los fertilizantes (sobre todo el nitrato de amonio, que actualmente se produce usando gas natural, que va caro), la crisis del sector agrícola en Europa es muy intensa, como se refleja en las repetidas protestas de los últimos años y particularmente en toda la Unión Europea en 2024. Sin embargo, no se está dando ninguna respuesta eficaz a estos problemas porque no se plantea que el aumento de costes sea estructural ni se cuestiona el funcionamiento del mercado, claramente asimétrico en favor de los distribuidores. Agravan el problema doméstico las importaciones a bajo precio de otras naciones con menores costes salariales y menor respeto medioambiental. Pero también hay que levantar la vista más allá de Europa y mirar lo que está pasando en el mundo. Desde el año 2021 son recurrentes las crisis y las protestas por la escasez de alimentos por todo el mundo (a finales de 2021 la BBC reportaba 95 países, de los 196 que hay en el planeta, donde había habido protestas y revueltas). El tensionamiento creciente de la producción agropecuaria por culpa de la escasez de energía y en especial del diésel puede acabar en estallidos de violencia, guerras civiles y revoluciones que podrían poner el mercado mundial de todo tipo de productos, algunos muy esenciales para Europa, completamente patas arriba.

 

 

 

Lo peor de la situación actual es la falta de conciencia de la vulnerabilidad extrema en la que se encuentra Europa por diversos factores, pero particularmente por todos los conflictos generados por la caída de la producción global de diésel, y en buena medida por la incomprensión de



 

 

 

 

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cómo actúa esta escasez y la incapacidad de aceptar que no solo es irreversible sino que inevitablemente irá a peor.

 

Y es que la disminución de la producción global de diésel se va a manifestar en dos fases diferenciadas, completamente dependientes del país. En Europa, mientras el euro siga siendo una moneda fuerte y respetada (y eso depende de que conserve su capacidad industrial, sobre todo en aquello donde Europa aporta un mayor valor añadido) los problemas llegarán más tarde, pero en otros países con economías y monedas más vulnerables los problemas están llegando ya y se agravarán durante los próximos años.

La primera fase es la de carestía. El diésel se vuelve caro, cada vez más caro, hasta que se llega a un punto de ruptura en el cual se destruye parte de la actividad económica, aquí y/o en otras regiones del mundo. Cuando se ha destruido suficiente demanda, aquí y/o en otras partes, el precio baja, y puede bajar mucho si la demanda cae sensiblemente por debajo de la oferta. El precio se mantiene bajo por un tiempo hasta que se empieza a producir cierta recuperación de la demanda o al ir cayendo la producción por motivos geológicos, y otra vez la producción posible no puede satisfacer la demanda, volviéndose a disparar el precio. Estos son los ciclos de volatilidad del precio, y al proceso que los desencadena se le denomina espiral de destrucción de oferta/destrucción de demanda [Turiel, 2014].

 

La segunda fase es la de escasez: da igual qué precio se quiera pagar por el diésel, no hay suficiente cantidad disponible para satisfacer la demanda. Esta es una situación en la que se encuentran actualmente algunos países, y exacerba el problema que Europa esté comprando diésel por todos los lados para compensar la falta de combustible ruso y el descenso de producción de las refinerías europeas. Por ejemplo, Pakistán se ha encontrado repetidas veces excluido del mercado diario de diésel y de gas en los últimos años, y probablemente ha pasado algo semejante en muchas naciones de África. A largo plazo, el problema de la escasez llegará también a Europa, y más rápidamente si su moneda empieza a perder credibilidad en el mercado internacional. Cuando comienza la escasez, el problema no es ya el precio, sino la necesidad de racionamiento. Un tema complejo y controvertido, porque toda medida de racionamiento tiene un fuerte componente político, ya que según a qué



 

 

 

 

 

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sectores se priorice o relegue se está apostando por un modelo de país u otro.

 

No hay alternativas a corto plazo para hacer frente a la escasez de diésel, y costará muchos años montar estructuras alternativas. Además, los impactos de la escasez de diésel nos afectarán gravemente incluso de modo indirecto debido a la falta de muchas materias primas. En realidad, la única alternativa posible es buscar disminuir nuestra dependencia externa en la mayor medida posible en el plazo más corto de tiempo que se pueda. Algo que contradice la teoría económica dominante y que por eso no se contempla nada parecido, ni se contemplará hasta que ya sea demasiado tarde.

Aunque nunca será tarde para tomar medidas paliativas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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III

 

Reindustrializar Europa



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Proteccionismo y sectores estratégicos

 

 

 

Se estima que desde la COVID más del 20 % de la industria alemana ha cerrado, sobre todo la industria pesada (particularmente la química y la metalúrgica). El foco se pone en la alemana, pero toda la industria europea, inclusive la española, está en un proceso franco de retroceso en todos los sectores, sobre todo en la industria pesada. No es de extrañar: la industria pesada es la más intensiva en materiales y en energía. De los primeros, porque se requieren grandes cantidades que serán transformados mediante complejos procesos en materiales aptos para su uso en la industria de bienes de equipo, con una gran generación de desechos y residuos; y de la segunda, porque esos procesos requieren también grandes cantidades de energía para obrar esa transformación. En los últimos meses hemos visto como BASF, la gigante alemana de la química, ha comenzado a desmantelar parte del ciclópeo complejo integrado de Ludwigshafen, la joya de la corona, para llevarlo a países donde los costes unitarios son menores, como China o Estados Unidos. Incluso en la industria de bienes de equipo y de consumo se observa un retroceso más que considerable, y en particular en la industria manufacturera más importante de Alemania, Francia, el Reino Unido, Italia y España: la industria automovilística. Aparte de su repliegue en el sector del coche eléctrico, los fabricantes de coches europeos anuncian día sí y día también recortes temporales o definitivos de empleo, mientras reducen su oferta de modelos y poco a poco se van centrando en menos segmentos del mercado, al tiempo que se agudiza el proceso de concentración empresarial que comenzó a principio de este siglo.

 

El retroceso de la industria europea, sin embargo, no es algo reciente. Hay un año particularmente importante en esta historia de descenso, que es 2008, cuando comienza una crisis económica de cuyas consecuencias nunca hemos llegado a librarnos enteramente. No es casual que sea en 2008 cuando en la Unión Europea y en el conjunto de la OCDE comienza



 

 

 

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a descender el consumo de electricidad: es precisamente a partir de ese año cuando la industria europea entra en un declive que se ha demostrado irreversible.

 

Pero hay otra fecha que en realidad es tanto o más importante en el ocaso industrial de Europa, y es 2001. Precisamente, cuando China ingresa en la Organización Mundial del Comercio. A partir de que China pasa a ser miembro de la OMC, el país asiático da un salto de gigante en su conversión en la fábrica del mundo y se consuma la globalización que había comenzado una década antes.

Sobre el papel, un organismo como la OMC debería generar la mayor eficiencia económica, al garantizar un comercio libre de mercancías entre los países miembros. En teoría, cada país se especializa en la producción de aquello en lo que es más eficiente y de ese modo el precio de los productos finales es el óptimo, con lo que los consumidores salen beneficiados por el mejor precio, los países en vías de desarrollo logran progresar y los países más avanzados se especializan en una producción tecnológicamente más puntera y de mayor valor añadido. Todos ganan.

Después de décadas de funcionamiento, podemos convenir que no es así como ha funcionado la OMC. El hecho de que en ella participen tanto países con cultura democrática como países autoritarios (cuando no dictaduras declaradas) no ha favorecido un progreso generalizado de todos los pueblos del mundo sino, al contrario, una degradación de las condiciones laborales en todas partes. La producción más contaminante y peligrosa (que suele formar parte de la industria pesada y por tanto también es muy intensiva en energía y materiales) se ha ido a radicar a países con menor respeto ambiental y por los derechos humanos, y también donde se paga menos la mano de obra y no son extrañas las jornadas laborales de dieciséis horas diarias o el trabajo infantil y/o esclavo. Ese dumping social y ambiental ha conllevado que las industrias radicadas en los países occidentales no hayan podido competir y se hayan visto obligadas a cerrar. El problema ha venido cuando esos países como China, a medida que su industria pesada ha crecido de modo desmedido para absorber la demanda literalmente del mundo entero, ha atesorado capital y recursos como para poder dar los siguientes pasos y ha ido ocupando los nichos tecnológicos siguientes. Y como en esos países no hay una verdadera separación entre capital y Estado, ha sido el propio Estado el que ha asignado los excedentes generados en las industrias



 

 

 

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básicas para lanzar las tecnológicas y de esa manera hacer no solo dumping social (a través de las peores condiciones laborales y ambientales), sino también económico, directamente subvencionando las industrias tecnológicas que al principio no eran competitivas y ahora barren el mercado. Actualmente China es una gran potencia tecnológica que hace tiempo que ha dejado atrás a Europa y probablemente ha superado ya a Estados Unidos. En realidad, China no nos necesita para nada a nivel industrial desde hace mucho, y solo le servimos como consumidores, pero a medida que crezca su mercado interno y el de sus vecinos, ni para eso.

 

Este auténtico dislate, obviamente contrario a los intereses de Europa, ha sido posible por una fe ciega en un pensamiento verdaderamente doctrinal, el neoliberalismo económico. Esta escuela económica, por desgracia aún la dominante en las facultades de Economía, se basa en una serie de principios e hipótesis no solo no refrendados por la realidad, sino con frecuencia desmentidos por ella; pero la flagrante evidencia contraria solo ha servido para un reatrincheramiento ideológico en los pilares centrales de este pensamiento, que se repiten con fiereza e incluso agresividad, descalificando con argumentos ad hominem a quien se atreve a cuestionarlos. Dos de los pilares conceptuales más importantes del neoliberalismo económico son su fe absoluta en el libre mercado y su defensa a ultranza del crecimiento.

 

Desde un punto de vista conceptual, un mercado libre, esto es, uno al cual todos los agentes tienen igual acceso y sobre el que comparten una información completa, debería ser el más eficiente a la hora de asignar recursos y conseguir la mayor eficiencia económica, entendida como la obtención de los mejores precios y ganancias para todo el mundo. Partiendo de este modelo conceptual, posiblemente correcto sobre el papel pero absolutamente ideal y para nada realista, los neoliberales llegan a la conclusión de que no hay que poner ningún tipo de traba ni regulación al mercado, para que este sea libre y por tanto eficiente y autorregulado.

 

El problema es que en el mundo real los mercados no se comportan como libres, sino como naturales. Un mercado natural es aquel en el que los agentes más poderosos utilizan su posición de fuerza para reforzar su dominio, y tienden a largo plazo a convertirse en oligopolios o monopolios. De hecho, sin un mecanismo regulador que supervise de manera independiente la libre competencia, los mercados tienden



 

 

 

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naturalmente a ese estado de «ley del más fuerte». Por desgracia, el poder de los agentes más fuertes se usa también para cooptar al regulador o al Estado, de modo que en la práctica los mercados muchas veces acaban siendo dominados por prácticas oligopólicas.

 

Como quiera que es evidente que el mercado natural no es capaz de funcionar como dicen los libros de texto que funciona un mercado libre (porque no lo es), es frecuente aludir al concepto de «fallos de mercado» [Medema, 2004]: situaciones reales en las cuales el mercado no funciona de forma eficiente. De hecho, el mayor problema con los «fallos del mercado» es que son tantos y tan abundantes que uno debe legítimamente cuestionarse si no son más la norma que la excepción, y que en realidad la teoría económica neoliberal está siendo refutada por la experiencia. La única propiedad que el mercado natural sí que verifica es la de ser autorregulado, pero conviene desmitificar este concepto ya que, per se, la autorregulación no es necesariamente algo positivo: por ejemplo, en ecología, cuando se produce una proliferación de un organismo por un exceso de recursos (la marabunta, las plagas de langosta), al final la población se ajusta por un proceso de autorregulación, la mortandad masiva, que no parecería el más deseable si estuviéramos hablando de una población humana.

 

El otro gran pilar conceptual de la ideología neoliberal es la necesidad del crecimiento. Esto es así porque en teoría la mejor manera de utilizar el capital es tenerlo siempre en movimiento, y en particular tenerlo invertido, no disponer de mucho capital inmovilizado. Eso lleva a que las empresas, para satisfacer sus necesidades de tesorería, recurran a la financiación ajena, a cambio de devolver los créditos que piden con un pequeño porcentaje de interés. Pero es precisamente ese porcentaje, el interés compuesto, el que crea la necesidad del crecimiento: uno tiene que generar más riqueza que la que ha pedido prestada. Tiene que devolver el capital inicial y aún tiene que generar un mínimo de beneficios simplemente para pagar el interés. Ahora imagínense eso a la escala de toda la economía. Es esta forma de funcionar, con capital prestado que tendrá que ser devuelto con interés, lo que empuja a la economía en su conjunto a crecer, y peor aún, a hacerlo a un ritmo rapidísimo, exponencial. Piénsese que tomando por ejemplo una tasa de crecimiento del PIB del 2,7 % (que muchos economistas calificarían sin dudarlo de «sana»), este se tiene que multiplicar por 2 cada veinticinco años, es decir, por 4 cada cincuenta años



 

 

 

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y por tanto por 16 cada cien años. Y eso el primer siglo: en dos siglos se habría multiplicado por 256, en tres por 4096, y así sucesivamente. Esta es la magia del interés compuesto, que parece que no representa nada pero, cuando se utiliza de manera masiva en toda la sociedad, es la causa que nos empuja a este crecimiento desmedido y acelerado que acaba siendo la razón profunda de todos los problemas de sostenibilidad que tenemos, porque son fruto de chocar contra los límites biofísicos de un planeta que es finito.

 

El problema es que, dentro del marco teórico-conceptual del neoliberalismo, no crecer es equivalente a tener problemas económicos y sociales graves: los créditos no se devuelven, las empresas quiebran, la gente pierde su empleo… Eso ha llevado a una identificación abusiva de crecimiento con bienestar que hoy en día es aceptada de manera acrítica y generalizada por la sociedad. Sin embargo, dado que los límites biofísicos que nos marca el planeta existen, el crecimiento perpetuo es imposible, y de hecho ya estamos en un momento histórico en el que el crecimiento no puede ya continuar por los diversos trastornos que está causando. Más aún: insistir en seguir creciendo ya no consigue mayor bienestar a la población, sino mayor empobrecimiento y degradación tanto social como ambiental. El paradigma de esta degradación por crecimiento en la España de 2024 es la gentrificación y turistificación de las grandes ciudades, que las está convirtiendo en gigantescos resorts para turistas mientras expulsa a la población autóctona hacia la periferia, lo encarece todo y degrada sus condiciones de vida.

 

Pero por culpa de esta fe a ultranza en el mercado libre (inexistente) y en el crecimiento perpetuo (imposible y con claros síntomas de agotamiento), estamos acelerando la desindustrialización de Europa en un periodo crítico, perdiendo así el que debería ser nuestro activo principal para conservar un lugar destacado no ya en el mundo, sino en nuestra propia sociedad, y así evitar convertirnos en meros Estados clientes sometidos al dictado de una potencia extranjera, cuando no simplemente en parques temáticos del turismo global mientras este dure y cuando el turismo global colapse, en decadentes y abandonados balnearios.

Hay que ser honestos evaluando nuestra situación real y nuestras posibilidades de mejora. No podemos seguir permitiendo la destrucción de sectores estratégicos de nuestra industria. Perdimos la fotovoltaica, al paso



 

 

 

 

 

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que vamos perderemos la eólica y estamos perdiendo la química, la metalúrgica, los fármacos…

 

Son tantos los sectores verdaderamente estratégicos que tendríamos que proteger para garantizar el futuro de Europa que en realidad nos deberíamos plantear una nueva manera de relacionarnos comercialmente con otros países. La filosofía de la globalización y la especialización planetaria solo tenía sentido con energía abundante y barata, y se está volviendo un lastre en las condiciones actuales. En los años recientes ha favorecido el cierre de nuestras fábricas, en los años venideros, por el creciente coste del transporte y de la mera producción industrial, puede significar que nos falte de todo.

 

Necesitamos una nueva teoría económica que se adapte a los límites biofísicos del planeta. Aunque en realidad conocemos los principios básicos de lo que necesitamos [Hickel, 2023] y tenemos diversas aproximaciones teórico-prácticas que podrían sernos útiles, como la economía ecológica [Martínez Alier, 1999] o la economía del estado estacionario [Daly, 1991]. Pero no entraremos en profundidad en estos necesarios conceptos en este libro, ya que este está centrado sobre todo en las cuestiones técnicas materiales, más de ingeniería que de economía.

Volviendo a la cuestión de la energía, en el momento actual Europa está violando flagrantemente los principios básicos del libre mercado: Francia rescata Électricité de France; Alemania nacionaliza las tres principales distribuidoras de gas del país; Bruselas rescata su compañía de gas; Viena, su compañía eléctrica… No contentos con eso, la Unión Europea declaró el gas natural y la nuclear como «energías verdes», más allá de toda lógica ambiental, simplemente para que los Estados pudieran darles subvenciones. Todo esto se supone que viola las leyes del libre mercado, y sin embargo es lo que se ha hecho en los últimos años. Y si se ha hecho es porque la alternativa era peor, porque se corría el riesgo de que hubiera interrupciones en un servicio tan transversal y esencial como es la energía. Pero si estamos de acuerdo en eso, y dado que vamos a intervenir el mercado, al menos hagámoslo bien.

 

Parece lógico que se considere que la energía es un servicio público, o incluso un derecho, y por tanto se tiene que garantizar el acceso a la misma al margen de los mecanismos de mercado. Eso evitaría los problemas del intervencionismo actual y los posibles conflictos futuros con la OMC u otros organismos de comercio. Hablándolo todo con



 

 

 

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honestidad y con transparencia, se podría justificar técnicamente este cambio en la consideración jurídica de la energía justamente por la disminución de la disponibilidad de la energía abundante y barata y por la emergencia de un nuevo orden.

 

Este debería ser el rol de las incipientes empresas públicas de energía: garantizar el suministro más allá de los ciegos mecanismos de mercado. Por desgracia ahora mismo, viendo el planteamiento que se está haciendo y la excesiva connivencia que frecuentemente se da entre las grandes empresas energéticas y los gobiernos, el riesgo es que se convierta a las compañías energéticas públicas en el equivalente a los «bancos malos» de la época de la resaca de la crisis de las hipotecas subprime; básicamente, que se les endosen todos los activos de baja calidad, como la eólica excedentaria y en general los grandes parques fotovoltaicos del REI. En realidad, y para garantizar un servicio eficaz y adecuado, lo lógico sería que los activos de las energéticas públicas fueran los de más alta calidad (tecnologías gestionables y síncronas, utilizadas para garantizar la estabilidad de la red pero sin abusar de ellas) y que la iniciativa privada, si le apetece, compitiera con las tecnologías más difíciles; de hecho, con el discurso mayoritario del mito del progreso, de que el ser humano tiene una inventiva sin límites y que dada la oportunidad aparecerá un emprendedor que la aprovechará, este esquema debería ser un claro incentivo para ese tan cacareado progreso tecnológico (si es que es posible).

 

Centrándonos en el caso de la electricidad, este modelo permitiría acabar con la aberración del actual sistema de fijación de precios en el mercado mayorista, el denominado sistema marginalista, en el que toda la electricidad que se vende a cada hora se paga al precio de la tecnología más cara que se requiera en ese momento. Teóricamente, este sistema marginalista debería servir de estímulo para la introducción de nuevas tecnologías y de nuevas fuentes de energía, y además crearía una ilusión de competencia en un mercado que en realidad es oligopólico. Con las eléctricas públicas ejerciendo su papel de garantes del servicio y de la estabilidad del suministro, a precios públicos, y las compañías privadas explotando las nuevas tecnologías, se podría ver cuál es la capacidad real de invención y se evitaría que en el proceso el precio de la luz se hunda a veces y se dispare otras.

 

Pero no solo habría que intervenir el mercado de la energía. Probablemente se tendría que intervenir, en mayor o menor medida, en la



 

 

 

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mayoría de los mercados, sobre todo en aquellos en los que la industria esencial para Europa esté amenazada.

 

Europa podría poner aranceles para penalizar el dumping social y ambiental de los productos que vengan de otros países. Lo que no está claro es que hacer algo así sea legítimo o moralmente correcto. Siendo sinceros, cuando se creó la OMC en 1995, se hizo con la intención de que los intercambios fueran asimétricos y favorecieran a Europa, con la excusa de «estos son los precios del mercado» o la manida frase «son los mercados» cuando algo se estaba vendiendo anormalmente barato. Así que uno de los esfuerzos que tendría que hacer Europa es explicar por qué ahora se apuesta por el proteccionismo, al menos a cierta escala. Y pensar que quizá se tendrían que dar compensaciones a ciertos países que han sido claramente perjudicados en nuestro beneficio durante estas tres décadas de la OMC y las previas, con los grandes tratados comerciales como el GATT.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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12

 

De la separación energía y máquina a la máquina

 

 

integrada

 

 

 

Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, la provisión de energía para la transformación y el transporte seguía un circuito corto en la mayoría de los casos. No se importaban grandes cantidades de carbón desde lejanos territorios para fabricar los mejores aceros, sino que el suministro de carbón (generalmente vegetal) provenía de lugares más o menos cercanos. No se desviaba el agua de un río para hacerla pasar por el molino que estaba en la ciudad, sino que el molino se situaba en el lugar más conveniente del curso de agua. Del mismo modo, los molinos de viento se colocaban en aquellos lugares donde la energía eólica era óptima, y allí, donde estaba el molino, se llevaba el grano para la molienda.

 

A principios del siglo XX, este aprovechamiento local de la energía llegó a su máximo grado de refinamiento con el despliegue de las colonias textiles. Auténticas grandes fábricas, junto con las viviendas de los obreros que trabajaban en ellas, se construían en lugares concretos de los márgenes de los ríos para poder aprovechar su fuerza hidráulica para, directamente y sin conversión intermedia en electricidad, aprovecharla para el movimiento de los telares por medio de sistemas de transmisión mecánica con poleas y engranajes. E igual que había fábricas textiles, había batanes, molinos papeleros y pequeña siderurgia. Por ejemplo, a principios del siglo XX, la villa industrial de Olot, en medio de la montañosa comarca gerundense de La Garrotxa, era conocida por sus fundiciones, que se explotaban gracias a los saltos de agua, abundantes allí. Olot era una ciudad industrial a pesar de estar lejos de las grandes vías de comunicación y de los grandes centros de consumo, sencillamente porque poseía el recurso energético que marcaba la diferencia.



 

 

 

 

 

 

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Ejemplos como este eran frecuentes por toda Europa, una Europa que ya había finalizado la Primera Revolución Industrial y todavía caminaba vacilante por la Segunda. Europa aprovechaba el conocimiento en mecánica y en termodinámica atesorado en los siglos anteriores y mejorado con la Primera Revolución Industrial, para sacar el máximo rendimiento de la energía renovable de manera próxima, generando riqueza allí donde se encontraba la energía. Bien es cierto que en aquella época la omnipresente máquina de vapor había desplazado masivamente otras formas de producir y aprovechar la energía, pero dado que el carbón no siempre era fácil de transportar, o simplemente no salía a cuenta transportarlo a todos los sitios y para todos los usos, durante un tiempo se produjo esta convivencia entre un combustible fósil cada vez más dominante, el carbón, y las tecnologías renovables no eléctricas para usos industriales.

 

Con el advenimiento del motor de explosión y el uso masivo del petróleo primero, y la extensión de la electricidad después, el modelo integrativo entre energía y máquina fue perdiendo peso. La abundancia fósil permitió ya en el siglo XX hacer una abstracción entre energía y máquina, de modo que los procesos de una se hacían independientemente de los de la otra. Desde el punto de vista estrictamente energético, esta separación tan drástica seguramente no era lo más eficiente (por las diversas pérdidas de transporte y de transformación entre las formas de energía, de la original —típicamente térmica— a la finalmente utilizada — mecánica o eléctrica—), pero en aquel momento la energía fósil era tan barata como abundante, y desde el punto de vista económico esta separación sí que era ventajosa, porque permitía la especialización y la taylorización del trabajo. Así, se despreciaron las pérdidas energéticas y se impuso la separación energía-máquina.

 

Han pasado muchas décadas y el modelo de separación energía-máquina ha llegado a su máxima expresión, hasta el punto de que casi no hay recuerdo de otra manera de trabajar. Los ingenieros de hoy no conciben que se integre dentro del mismo proceso la procuración de energía y la operación de la máquina; los planes económicos y ministeriales discuten las cuestiones relacionadas con la energía en un capítulo aparte del dedicado a la industria, el consumo doméstico y el comercial. Todo el mundo ve natural hablar de energía como algo separado e independiente. Pero ahora que la energía ya no es, y cada vez lo



 

 

 

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será menos, abundante y barata, ahora que las cosas ya no son como eran a comienzos del siglo XX, ahora que todo está cambiando, quizá este esquema, esta separación energía-máquina, también debería ser repensada. No en todos los casos, no para todas las aplicaciones, pero quizá sí para unos cuantos contextos donde la reintegración de la obtención de energía y la operación de la máquina sea lo más sensato.

 

Piensen por un momento en sus actividades del día de hoy. ¿Podrían decir cuánta energía llevan consumida? Seguramente no tienen ni idea de cuántos megajulios o kilovatios hora han gastado. Pero si se les pregunta sobre qué han comido, cuántos kilómetros han recorrido, cuántas personas han transportado en algún vehículo, cuántos objetos han movido o creado, cuántos mensajes han enviado, etc., probablemente tendrán una idea aproximada más o menos certera de todo eso. Ustedes no recuerdan cuánta energía han usado porque realmente no lo han sabido nunca, pero sí que saben lo que han hecho con esa energía. Tienen muy claro para qué ha servido, qué utilidad ha generado. Y es que la energía es solo una herramienta, una abstracción que nos resulta práctica a los físicos para entender los procesos y para gestionarlos, pero una vez integrada en el proceso humano es simplemente una parte más de lo que se requiere para hacer las cosas que nos interesan a los humanos y que necesitamos.

 

Por eso mismo, poner tanto énfasis en la cantidad de energía que se necesita o necesitará (como suelen hacer los grandes planes de transición energética, por ejemplo el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima de España, el PNIEC) en realidad desvía la atención de los problemas reales a abordar, ya que, como dijimos antes, la primera pregunta a hacerse es: energía ¿para qué?, ¿para hacer qué? Cuando en estos grandes planes se habla del consumo de energía actual y proyectado, se asumen unos ciertos metabolismos, unas ciertas maneras de hacer las cosas, y eso implica unos ciertos modelos de conseguir la energía, que tiene que ser de unos tipos concretos, y de cómo utilizarla.

¿Qué pasa si el metabolismo actual de nuestra sociedad es sencillamente inviable? ¿Qué sucede si no va a poder mantener los inputs de energía, en las cantidades y tipos que se precisan? ¿Qué pasa si no es realista intentar mantener todas las máquinas y las industrias actuales? Todas las vueltas en círculo que estamos dando desde hace años en materia de política energética, y la apuesta por modelos de transición fallidos como el REI, se explican por la incapacidad de aceptar que hay que



 

 

 

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cambiar el metabolismo social. Es decir, cuánto y qué se consume, y para qué.

 

Se puede decir que los fundamentos teóricos del análisis del metabolismo social se deben a Nicholas Georgescu-Roegen [Georgescu-Roegen, 1971], y una figura prominente en el desarrollo del concepto fue Joan Martínez Alier [Martínez Alier, 1993]. El propio Martínez Alier y José Manuel Naredo [Naredo, 2000] fueron pioneros en la aplicación de los métodos para analizar el metabolismo social de España. Recientemente, varios estudios de Luis González Reyes, Adrián Almazán y Érika González [González Reyes, 2023, 2024] han abordado un análisis crítico del metabolismo tanto español como catalán y vasco desde la perspectiva de los retos ambientales y de recursos, llegando a la conclusión de que solo con una estrategia de decrecimiento y de abandono de aquellos sectores insostenibles se podrá conseguir una sociedad verdaderamente sostenible y resiliente a los retos del siglo XXI.

 

Por ese motivo, una estrategia realmente eficiente de adaptación industrial tiene que centrarse en aquello que se quiere producir, y no en asumir que se necesita una cantidad de energía, porque en ese último caso se asume que nada va a cambiar, y por tanto es una estrategia condenada al fracaso.

 

Por desgracia, no tenemos muchos ejemplos de las tecnologías industriales apropiadas que estén preparadas ahora mismo para ser adoptadas inmediatamente por la industria. Un reciente estudio [Almazán, 2024] ha hecho un esfuerzo de compilación de algunas de estas «tecnologías humildes» que vamos a tener que usar. Algunas de estas tecnologías son los molinos de agua para usar el impulso mecánico en factorías, las fraguas con fuelles hidráulicos, los arietes hidráulicos para el bombeo de agua, la concentración solar para el calor intenso, tanto para cocinar como para usos industriales, y en general el uso responsable y moderado de la biomasa como fuente de materiales y, ocasionalmente y de manera moderada, energía.

 

Hace falta mucha investigación en este campo, pero no se hace porque no hay inversión, porque la sociedad continúa apostándolo todo a tecnoquimeras, desde baterías ultrasofisticadas e increíblemente capaces a placas fotovoltaicas ultrafinas y ultraeficientes, pasando por aerogeneradores gigantescos, sistemas smart de gestión de la demanda eléctrica, la fusión nuclear y todo un repertorio de tecnofantasías, a cuál



 

 

 

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más alocada (e infundada). Siquiera por un elemental sentido de prudencia, se debería invertir cierta cantidad de esfuerzos en estas tecnologías humildes, basadas en materiales sencillos y resilientes. Pero aún no se hace, y será uno de los retos de los próximos años introducir estas tecnologías en los planes de investigación nacionales. El desafío es poner al día diseños que en muchos casos datan de hace más de un siglo, tanto en materiales como en mecánica y en usos, que son ahora diferentes a los de principios del siglo XX.

 

Uno de los aspectos que se considerarán negativos de esta aproximación integrativa es que no es escalable. No es posible pensar en aumentar la producción respecto al nivel consolidado. De hecho, se tendrá forzosamente que reducir respecto a los niveles de fabricación actuales. Incluso aunque se haga un uso más eficiente y continuo de la energía, va a haber un salto hacia atrás en la capacidad de transformación de la materia y por tanto en la producción industrial. La producción en cadena y los actuales grandes centros de producción y distribución pertenecen al pasado, son mastodontes condenados a desaparecer.

 

Porque si algo ponen de relieve estas «tecnologías humildes», y lo que es la clave de la integración energía-máquina, es la localidad. Los procesos son locales, de proximidad. Y además son de temporada, son estacionales; la capacidad productiva sigue las estaciones del año: cuando hace más sol, cuando hay más biomasa, cuando sopla más el viento, cuando el río lleva más agua… La producción se tiene que planificar, los excedentes se tienen que reservar para aguantar hasta la siguiente estación. Eso quiere decir que la producción no podrá nunca abastecer a todo el planeta, ni siquiera un gran ámbito geográfico internacional. Será una producción local pensada para abastecer las necesidades locales. Precisamente por su vocación local, en cada región se tendrá que buscar cuáles son las tecnologías más adecuadas para proporcionar la producción necesaria. Por eso mismo, por la reducción de la producción y su especialización hacia la necesidad local como objetivo prioritario, el comercio descenderá en volumen, por la propia disminución de lo producido y por su localismo, aparte de por la escasez energética. Solo aquellos objetos que tengan un gran valor añadido, medido en términos de su valor social, podrán recorrer grandes distancias porque compensará que lo hagan. Para la mayoría de la producción, su circuito será eminentemente local, con solo una pequeña parte distribuida a nivel regional y marginalmente a nivel internacional.



 

 

 

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Tecnologías apropiadas con materiales

 

apropiados

 

 

 

No todo es fabricación: usamos la energía en una gran diversidad de aplicaciones. Y no todo es energía (recordemos que en última instancia la energía es solo una herramienta, un medio para la consecución de bienes): el problema radica también en los materiales, en cómo conseguirlos y cómo transformarlos. Dada las dificultades a las que nos enfrentaremos, el foco se tiene que poner en qué se quiere conseguir, y no en cuánta energía se necesita o qué materiales se requieren haciendo las cosas tal y como las hacemos hoy.

 

En este capítulo discutiré cómo abordar las necesidades humanas que no vamos a poder cubrir como se ha estado haciendo hasta ahora. Muchas de las ideas que aquí comentaré las he extraído del excelente reciente informe de Ecologistas en Acción sobre tecnologías humildes [Almazán, 2024] o bien de sitios web con mucha solera en la recuperación de tecnologías ahora anticuadas, como Low-tech Magazine y No Tech Magazine, aunque estoy seguro de que existen excelentes referencias bibliográficas en nuestras bibliotecas de ingeniería esperando a ser desempolvadas.

Comencemos por el ámbito doméstico. Los usos principales (en el sentido de imprescindibles) de la energía en un domicilio son para producir calor/frío y para iluminarlo.

La climatización de la vivienda engloba ambos aspectos: se necesitan viviendas frescas en verano y templadas en invierno, y según cómo se juegue con la ubicación de las ventanas podemos mejorar o empeorar estos aspectos, y también aumentar o reducir las necesidades de iluminación.

 

En la climatización de la vivienda el aspecto más influyente es su misma construcción. El uso de materiales aislantes, el respeto a la orientación más adecuada (de espaldas al norte en los lugares donde sopla



 

 

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viento de esa componente preferencialmente, orientación sur para recibir iluminación todo el año a cualquier hora del día pero evitando el exceso de sol por la mañana o por la tarde de la orientación a levante o poniente) y un especial cuidado con el aislamiento de las aberturas son los factores más decisivos para garantizar un buen confort térmico incluso sin necesidad de tener calderas o aire acondicionado. Asumiendo un uso moderado de electricidad, sistemas como las bombas de calor o los suelos radiantes consiguen buenas eficiencias, pero son en ocasiones costosos tanto económicamente como en uso de materiales (y la bomba de calor solo sale a cuenta en lugares con inviernos moderadamente fríos). La calefacción por radiación infrarroja tiene la ventaja de calentar solo las superficies iluminadas y así evita desperdiciar demasiada energía calentando el aire. De manera no eléctrica, se puede utilizar la geotermia de baja entalpía en los sitios donde el gradiente geotérmico sea suficientemente importante y la perforación no demasiado costosa, como un método para garantizar una temperatura de base constante todo el año; el inconveniente es que en determinados tipos de suelo, como los graníticos, puede favorecer la concentración de radón.

 

Para la iluminación no hay demasiadas alternativas. Se pueden usar velas o quinqués con aceite, pero son poco efectivos y comportan cierto riesgo de incendio. Como norma general, el uso de la electricidad parece la manera más adecuada para garantizar la iluminación de las viviendas de forma eficiente y poco peligrosa. El uso de ledes reporta la ventaja de una gran iluminación gracias a su bajo consumo eléctrico, pero tiene el inconveniente del uso de materiales exóticos con notable impacto ambiental y energético en su fabricación, aparte de eventuales problemas de agotamiento de dichos materiales.

 

En cuanto al agua caliente sanitaria (uno de los mayores gastos energéticos de los hogares), la manera más eficiente de producirla es con sistemas termosolares. Se trata de tecnologías muy sencillas: en esencia, un sistema de tuberías en el tejado, pintadas de negro para absorber la radiación solar, y una cisterna para almacenar el agua caliente. Incluso en países con menores índices de radiación que España es posible generar cantidades suficientes de agua caliente sanitaria por este método. Otros sistemas de calentamiento del agua, eléctricos o térmicos, pueden ser utilizados como complemento, para los momentos en los que la termosolar no genere una cantidad suficiente.



 

 

 

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El bombeo de agua supone un consumo energético bastante significativo en las ciudades, aunque no se consuma en los domicilios, y es una cuestión clave en viviendas aisladas. En los lugares donde el agua es suficientemente abundante se puede utilizar un ariete hidráulico, que permite elevar muchos metros un cierto volumen de agua sin usar ningún motor, empleando la propia energía potencial del agua a partir de un desnivel previo al punto de bombeo, y el desnivel no tiene por qué ser muy grande; el inconveniente es que por cada litro que se bombea se tienen que verter (y por tanto desperdiciar) muchos litros de agua, que quizá podrían aprovecharse en la zona baja para regar y usos similares. En otros lugares se tendrá que recurrir a sistemas de bombeo más tradicionales.

 

Algunos electrodomésticos con función mecánica pueden ser sustituidos por sistemas de tracción humana, siendo las más eficaces las bicilavadoras, con las que se logra un buen compromiso entre el esfuerzo humano y el rendimiento conseguido. Lógicamente, este tipo de solución no es apta para todo el mundo. En general, la manera más eficaz en términos de coste energético y material de gestionar ciertos electrodomésticos, sobre todo en bloques de pisos, es la propiedad compartida, con una zona de lavandería e inclusive una zona de cocina con neveras comunes, dejando para las propias viviendas las despensas y la preparación de comidas que no requieran cocción. En lugares soleados, el uso de cocinas y hornos solares puede suponer un ahorro importante de energía, aparte de que son más fáciles de reparar y mantener, y más duraderos que cualquier otro tipo alternativo de cocina.

 

En el sector comercial, y para ciertos aspectos no directamente productivos del sector industrial, las tecnologías discutidas para los domicilios (como la climatización o el agua caliente) serán también de utilidad.

Uno de los mayores gastos energéticos de nuestra sociedad que no está directamente relacionado con la producción industrial es el transporte, tanto de personas como de mercancías. Dado que esta es una cuestión compleja, le dedicaremos el siguiente capítulo.

El último apartado de usos no manufactureros de la energía al que me referiré aquí es el del sector primario. No hablaré aún sobre el sector agropecuario, porque dada su importancia y la fuerte necesidad de reconversión también en este caso he creído conveniente dedicarle un



 

 

 

 

 

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capítulo entero. Así que ahora me centraré en dos sectores extractivos, uno renovable y el otro no: la pesca y la minería.

 

En cuanto a la pesca, hace décadas que sabemos que la explotación sostenible de las pesquerías requiere medidas de gestión con la participación de todos los actores, monitorizando el nivel y tipo de capturas y garantizando que las tasas de reclutamiento de nuevos especímenes son suficientes para evitar el colapso de las pesquerías, colapso que por desgracia ha pasado en más de una pesquería en el pasado. Al final, por el interés general, se suele llegar a un consenso sobre cuál es el modo y nivel de explotación, aunque con demasiada frecuencia nos movemos en una línea muy delgada que separa la explotación sostenible de la degradación de la pesquería. No voy a discutir estas cuestiones, también para evitar, por mi desconocimiento práctico de estas materias, acabar siendo amonestado por mis colegas del Instituto de Ciencias del Mar, que llevan muchos años dedicándose a este tema (y a los cuales envío un saludo desde aquí). Pero sí que querría introducir dos cuestiones que sin duda van a ser claves en nuestro incierto futuro. La primera es el Cambio Climático: la aceleración del calentamiento de las aguas superficiales de los océanos, las cada vez más frecuentes olas de calor marinas y los cambios de gran calado que se están operando en la circulación general de los océanos, que hace cambiar la estacionalidad y la ubicación de la producción primaria, están poniendo muchas pesquerías tradicionales en una situación muy comprometida que exige una reevaluación de los parámetros de sostenibilidad que utilizábamos hasta ahora, y una discusión pormenorizada según los diversos escenarios. El otro grave problema al cual se enfrenta la pesca es la disminución de combustibles provenientes del petróleo: hoy en día la pesca es una actividad muy intensiva en el uso de carburante, con largas distancias recorridas, y eso en un mundo en descenso energético va a ser algo complejo de gestionar. Igual que discutiremos en el caso del transporte, el recurso a la vela puede dar un cierto apoyo, pero en general la crisis energética en el sector de la pesca va a ser muy grave, y va a obligar a redefinirla por completo, con una considerable disminución de su volumen y de las distancias recorridas.

 

En cuanto a la minería, el alto grado de agotamiento de las minas de muchos materiales [Valero, 2008, 2021] tiene dos consecuencias nefastas. Al disminuir la ley, o concentración del mineral, en las vetas de las minas



 

 

 

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que se explotan en el mundo, se incrementan, y de forma cada vez más rápida, tanto las toneladas de roca de desecho como las de productos químicos que se liberan en los diversos procesos, y al mismo tiempo crece también rapidísimamente la cantidad de energía necesaria para realizar estas operaciones de minería. Para muchos de los metales críticos que usamos hoy en múltiples aplicaciones, desde el oro, la plata, el platino y el rodio hasta la mayoría de las tierras raras o el cobre, al cabo de pocas décadas nos podemos encontrar con que los requerimientos energéticos sean tan grandes que a efectos prácticos podremos considerar estos materiales como geológicamente agotados, ya que solo compensará su extracción en pequeñas cantidades y para artículos realmente de lujo. Siendo honestos, no hay un verdadero futuro sostenible para la mayor parte de la minería actual, pues solo serán explotables a gran escala por un tiempo indefinido los llamados materiales de la esperanza (los más abundantes: hierro, aluminio, hidrógeno, carbono…), que suponen una proporción mínima de todos los materiales que estamos extrayendo ahora mismo. En general, el futuro de la minería implicará una reducción drástica y en algunos casos su total desaparición. Por ese motivo, el reciclaje y el reaprovechamiento serán las dos políticas críticas en este campo.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El transporte en un mundo en descenso

 

energético

 

 

 

¿Cómo debería ser el transporte en un mundo marcado por el descenso energético y material, y también por los numerosos retos ambientales?

 

En primer lugar, debería ser muchísimo menor que el actual. La hipermovilidad actual sencillamente no es sostenible, y eso se sabe desde hace mucho tiempo [Shaw, 2006]. El rápido deterioro de las carreteras por el paso continuo de vehículos ligeros y pesados obliga a un consumo constante de recursos, la mayoría de ellos derivados del petróleo. El movimiento acelerado de personas y mercancías para satisfacer un mercado en continuo crecimiento implica cantidades crecientes de energía, de nuevos vehículos que reemplacen a los anteriores, de inversiones en mayores infraestructuras. Hablamos del tercer cinturón de circunvalación, del cuarto, del quinto… En las grandes ciudades, materiales y personas llegan a desplazarse diariamente centenares de kilómetros como parte de la actividad cotidiana. Pero la cuestión es simple: no habrá energía ni materiales para mantener este ritmo. De manera inevitable, tanto si queremos como si no, va a haber un parón [De Blas, 2020]. Como norma general, la distancia que podrá viajar una mercancía dependerá del valor añadido que aporte (económico o social), y en el caso de las personas, de la importancia social real del viaje en cuestión. Y cuando escribo «podrá» no me estoy refiriendo a ninguna ley ni imposición administrativa. No. Es algo que irá sucediendo por sí mismo, porque el coste real de viajar se irá haciendo cada vez más caro. Y por supuesto que durante un tiempo habrá quien pueda permitirse esos viajes más caros simplemente por el estatus que da, pero a largo plazo se tiende a ser pragmático, y máxime cuando hay otros problemas más urgentes sobre la mesa.

 

Teniendo eso en cuenta, se tiene que buscar la forma más efectiva para cada modo de transporte, según la distancia que se vaya a recorrer y el



 

 

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medio que se use.

 

En el transporte terrestre, el medio más eficaz es el ferrocarril electrificado: hablando por ejemplo de transporte de mercancías, la eficiencia varía según países, tipo de ferrocarril, orografía, etc., pero en condiciones óptimas un ferrocarril eléctrico es diez veces más eficiente que un camión. La rodadura en raíles comporta menor rozamiento y menores pérdidas energéticas, y usando frenos regenerativos cada vez que el convoy tiene que frenar se recupera parte de la energía, que se devuelve a la red. En general, es preferible el tren convencional al de alta velocidad, debido a los menores costes de mantenimiento de la vía (los esfuerzos que soportan las vías de alta velocidad implican un mayor desgaste), aparte de que a partir de 40 kilómetros por hora de velocidad la componente debida a la turbulencia domina el rozamiento del aire y el coste energético para un mismo trayecto crece con la velocidad.

 

En general, Europa tiene una red de ferrocarril convencional bastante tupida, especialmente en países como Alemania. En España, por desgracia, es mucho menos mallada y además durante las últimas décadas se han abandonado algunas líneas (como la Ruta de la Plata) que ahora sería urgente recuperar. Y no solo para las líneas de larga distancia: ideas como el tren-tranvía que se propone en algunas comarcas de Cataluña (trenes ligeros para enlazar núcleos de población secundarios que dentro de ellos se comportarían como tranvías) son exactamente lo que necesitamos. Sin embargo, a pesar de sus ventajas en cuanto a consumo energético en operación y en la propia instalación y mantenimiento, en el momento actual, en el que algunos materiales empiezan a escasear o encarecerse por culpa de la Crisis Energética (piensen en los cada vez más habituales robos de cobre), hacer un gran despliegue de líneas de ferrocarril es un reto de primera magnitud, y aunque probablemente es la mejor inversión que se podría hacer, se requerirá un alto grado de consenso social ya que el coste económico para una masificación del transporte ferroviario será muy elevado.

 

Las líneas férreas son muy eficientes, sin duda, pero van de lugares concretos a lugares concretos. Se necesita un medio de transporte para recorrer el último kilómetro, esa distancia final hasta el punto de destino. Si hablamos del transporte de pasajeros, esos últimos pocos kilómetros pueden ser recorridos por autobuses, metros, en bicicleta o caminando, pero la situación es diferente para las mercancías. En algunos casos



 

 

 

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(envíos desde fábricas o hacia fábricas) lo óptimo es situar la fábrica cerca de un punto nodal de la red ferroviaria e inclusive construir algún ramal de vía para el movimiento de las mercancías. Pero para la distribución entre el comercio, sobre todo el comercio pequeño y de proximidad, se necesita una red capilar que tendrá que estar basada en camiones, camionetas o furgonetas (se pueden llevar pequeñas cantidades en rickshaws, aunque eso no va a ser nunca una solución a gran escala). Se puede plantear que estos vehículos sean eléctricos, y en algunos casos lo serán, pero como norma general lo más probable es que se opte por vehículos con motor de combustión interna, porque es una tecnología demostrada y adecuada para esta tarea, con una eficiencia energética baja aunque razonable para ese uso.

 

Esto plantea por supuesto el problema de cómo se va a conseguir el combustible necesario, y la respuesta lógica es a través de biocombustibles. Como la producción de biocombustibles será necesariamente limitada [Turiel, 2020], esto pone un límite al movimiento de mercancías al detalle. Con toda seguridad, los grandes mercados de venta al detalle se tendrán que ubicar al lado de los nodos ferroviarios, reservando la distribución hacia las zonas periféricas para aquellos objetos que merezcan la pena (alimentos o bienes de valor añadido). Una cuestión que va a ser crucial en los próximos años es la redefinición del urbanismo en función de los nuevos ejes del transporte.

 

El transporte marítimo es también muy eficiente, más aún que el tren: el rozamiento es menor, el hecho de que el buque se desplace sobre agua permite llevar grandes cantidades de mercancías sin temor a que se agrieten la carretera o la vía, y en el mar no hay orografía, así que el desplazamiento es netamente horizontal. El hándicap del transporte marítimo es que es intrínsecamente lento, y por eso es lo más idóneo para el transporte de mercancías no perecederas o congeladas.

El transporte marítimo es un gran consumidor de combustible: según la Organización Marítima Internacional, los buques de más de 5000 toneladas consumieron unos 213 millones de toneladas de petróleo en el año 2022, lo cual representa alrededor de un 4,3 % de todo el petróleo consumido ese año en el mundo. Es evidente que a largo plazo no se van a poder mantener estos niveles de consumo, y tampoco hay sustitutos viables a los combustibles derivados del petróleo para sostener un comercio tan masivo a un precio competitivo. Esto obliga a un



 

 

 

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replanteamiento total del comercio marítimo internacional, y sin duda viviremos décadas muy complejas, en las que habrá mucha disputa sobre la priorización del comercio marítimo en el consumo de petróleo primero y eventualmente de biocombustibles. A largo plazo (y en este caso el plazo puede acabar siendo tan largo como todo lo que queda de siglo XXI), el transporte marítimo volverá a ser a vela, de modo que quienes se sitúen rápidamente en este tipo de tecnología serán los que tengan más ventajas en el complejo futuro que viene. A finales del siglo XIX, los clippers a vela eran capaces de desarrollar velocidades medias de quince nudos, muy competitivas con los diez u once nudos de los grandes cargueros actuales, pero obviamente con una capacidad de carga muy limitada, de unas 400 toneladas; otros veleros más lentos podían llevar hasta 2000 toneladas o más, una ridiculez comparada con cualquier carguero moderno, los más pequeños de los cuales llevan 10 000 toneladas y los mayores, alrededor de 400 000. Sin embargo, el empleo de veleros, utilizando los conocimientos y la tecnología actuales, podría perfectamente mantener un nivel de comercio marítimo de larga distancia bastante decente, y para el transporte por navegación costera entre lugares cercanos puede llegar a ser muy competitivo. Además, los veleros emplean bastante más tripulación que los cargueros modernos, con lo que aquí puede haber un nicho de empleo importante.

 

En cuanto al transporte aéreo, es un medio condenado a disminuir drásticamente hasta convertirse en algo marginal. El consumo de energía de cada vuelo es exorbitante, por pasajero y kilo transportado (entre 3 y 20 veces el consumo de un camión [García-Álvarez, 2013]), y encima la capacidad de carga de cada avión es bastante limitada. Pero es que además la aviación necesita de una gran infraestructura para su operación, cuyo coste será bastante difícil de justificar en un mundo en descenso energético. Las tendencias de los últimos años apuntan a una drástica reducción, primero por la concentración empresarial (cada vez hay menos compañías) y más recientemente por los impuestos que se anuncian para el keroseno. Volar en avión se va a ir volviendo un lujo solo accesible para unos pocos, pero a largo plazo va a ser complicado justificar su existencia incluso a una mucho menor escala que la actual. La alternativa, por supuesto, es el uso de zepelines, pero aquí de nuevo la escasa capacidad de carga y el limitado interés de usar este medio en un mundo en descenso energético hace poco probable que ni siquiera estos se extiendan.



 

 

 

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Querría acabar este capítulo con una reflexión final sobre el turismo. Resulta obvio, de todo lo comentado más arriba, que a largo plazo el turismo de masas va a desaparecer. Entiendo que resulta chocante decir eso en un momento en que por ejemplo España está en plena ebullición turística y se han superado los volúmenes de visitantes anteriores a la pandemia, pero esta bonanza tiene los pies de barro: nuestro principal mercado, Europa, está en una situación de estancamiento económico, aquejada de los muchos problemas que hemos descrito en capítulos anteriores, y una buena parte de la reconstrucción turística de España se ha hecho en detrimento de otros destinos. Lo cierto es que, a medida que viajar se haga más caro, de manera inevitable el turismo irá decayendo, y sobre todo, cuando volar sea prohibitivo, el turismo global sufrirá una fuerte caída. Probablemente en pocas décadas la actividad turística en Europa será marginal, a pesar de albergar los principales destinos turísticos del mundo, con Francia y España a la cabeza. Pensar en el descenso turístico y prepararse para ello debería ser una prioridad política (pensemos que en España el turismo aporta el 14 % del PIB y más del 10 % de todo el empleo). Por desgracia, los gestores políticos no querrán creer que este descenso, aunque paulatino, será inevitable. Preferirán pensar cada año que la disminución es coyuntural y se remitirán al año siguiente, solo para encontrarse que a cada año de pequeño repunte le sucederán varios años de caídas importantes. La reconversión turística requiere una planificación a largo plazo, pues no va a ser tan sencillo reformar, incluso urbanísticamente, las ciudades y reciclar a los trabajadores del sector: cuanto antes se comience a preparar, menos traumático será cuando ya no se pueda aplazar más.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Transporte fluvial: un ejemplo de cómo la

 

preservación ambiental también lo es económica

 

 

 

Desde el punto de vista de las comunicaciones, una de las ventajas de Europa central, sobre todo en su sector más septentrional, es su orografía relativamente plana, que ha hecho más sencillo el trazado de caminos y carreteras, y también la construcción de canales fluviales. Partiendo de la explotación comercial histórica de los grandes ríos navegables (el Rin, el Danubio, el Sena), con la Primera Revolución Industrial Europa se lanzó a la construcción masiva de canales navegables y actualmente cuenta con una red de más de 41 000 kilómetros. A pesar de la expansión del transporte por carretera en alas de un consumo masivo de petróleo barato, Europa continúa explotando hoy todas estas vías de agua continentales para el transporte de mercancías, dada su notable eficiencia energética, que se traduce en unos menores costes económicos. Como en el caso de la navegación marítima, el mayor hándicap del transporte fluvial y por aguas continentales es su lentitud, pero las distancias a recorrer en este caso no son tan importantes y dado el gran volumen de carga transportable llega a ser competitivo incluso en ese aspecto si se compara con el transporte por carretera. La Unión Europa concede una enorme importancia a la navegación continental, y prueba de ello es el Plan Naiades III, aprobado en 2021 como parte del Pacto Verde Europeo, en el que se pretende fomentar el transporte por ríos y canales como método de transporte más sostenible y descarbonizado.

 

En España, igual que en los países del sur de Europa, la opción de la navegación por canales es mucho más reducida, debido a una orografía mucho más complicada y a la menor cantidad de precipitación, que es también de carácter más irregular y con cuencas fluviales más pequeñas que las de la Europa central. La obra hidráulica más importante de estas características fue el Canal de Castilla, pero resultó muy caro para la época



 

 

 

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y quedó pronto obsoleto con la llegada del ferrocarril; en la actualidad, el canal se usa principalmente para regadío.

 

El uso de ríos y canales para el transporte de mercancías puede ser una gran oportunidad para aquellos países cuya orografía y pluviosidad lo hagan rentable. Pero además puede ser un método para la gestión de las inundaciones en aquellos entornos más amenazados por los fenómenos extremos en una situación de Cambio Climático. Un sistema de esclusas y canalizaciones, con zonas apropiadas para la descarga de agua, puede servir para controlar avenidas: las esclusas, las zonas donde la anchura del canal aumenta y un uso inteligente de la vegetación en las zonas adyacentes, e inclusive en la misma cuenca, pueden servir para reducir la velocidad del agua durante los episodios de avenidas y evitar así desbordamientos e inundaciones.

 

El uso de canales puede servir también para evitar la tentación de poblar zonas inundables, un mal muy extendido en muchos países de Europa (y particularmente en España). Todos los cursos de agua, incluso aquellos que solo llevan agua ocasionalmente, tienen ciertas zonas que no deberían ser urbanizadas por el riesgo cierto de inundaciones con tiempos de recurrencia que, por culpa del Cambio Climático, se están reduciendo. Pero es importante no echarle la culpa de todo al Cambio Climático: en muchos casos, las inundaciones y las pérdidas materiales y humanas se darían sin necesidad de una mayor ocurrencia de tempestades, simplemente porque se urbaniza lo que debería dejarse libre y naturalizado. En ese sentido, contar con sistemas de canales evita la tentación de construir demasiado cerca y neutraliza la impresión de que ciertos terrenos están desaprovechados desde el punto de vista humano, ya que se estarían utilizando para un fin con provecho social.

 

Pero los canales pueden ser también espacios apropiados para la renaturalización, y no solo para la actividad humana. Dada su naturaleza, el transporte en barcazas —vehículos lentos y poco contaminantes— es fácil de compatibilizar con la presencia de ecosistemas diversos. El transporte por canales es mucho menos agresivo con el entorno, y precisamente su presencia puede protegerlo de otras actividades más agresivas.

En cuanto al desplazamiento de las barcazas en sí, al igual que discutíamos en el capítulo del transporte, va a ser complicado contar con motores y combustibles para un tránsito masivo. El uso de la vela es



 

 

 

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mucho más complejo en este entorno, porque el trayecto es lineal y porque en ocasiones hay que pasar por debajo de puentes. Históricamente, la tracción de las barcazas se realizaba con sirgas, unas sogas que se enganchaban a ambos lados de la barcaza por un extremo y por el otro a animales de tiro (en ocasiones, incluso seres humanos) que iban siguiendo los caminos que había a los lados del canal, tirando de la barcaza. Hoy en día, sería posible bien dotar a los canales de algún tipo de catenaria, bien tener sistemas de tracción cada cierta distancia para poder empujar la barcaza. Lo cual implica, sin duda, que hay un importante trabajo de estudio y desarrollo a hacer aquí, y la solución a adoptar deberá depender de cada entorno. Además, se deberá tener en cuenta todo lo anteriormente comentado sobre las zonas inundables (y, en ese sentido, el uso de catenarias eléctricas probablemente no sea la mejor opción en la mayoría de los casos).

 

Los canales pueden servir también como corredores biológicos, especialmente para dar paso a especies que viven en ríos cuyos caudales están muy regulados por presas y embalses. El flujo de agua en una vía alternativa puede, en algunos casos, ser útil para ayudar a ciertas especies a superar los obstáculos que les imponen las construcciones humanas en el curso de agua principal.

Todo lo cual está muy bien, aunque, como hemos comentado, la navegación por canales no es algo que pueda extenderse a gran escala en España, Italia o Grecia. En estos países, aparte del uso del tren, puede tener una especial importancia la navegación de cabotaje: pequeños trayectos en el mar siguiendo la línea de costa, trasladando mercancías entre ciudades no muy distantes. Con una red adecuada de distribución, el tránsito de mercancías puede ser ágil y efectivo. El objetivo no sería llevar la mercancía con el mismo barco desde una ciudad dada a otra muy lejana, sino que vaya pasando por etapas sucesivas usando las líneas de cabotaje entre nodos consecutivos de la red de cabotaje. Así se evita que un barco tenga que recorrer grandes distancias y se facilita en todo momento que la disponibilidad de medios de cabotaje de una ciudad-nodo determinada sea prácticamente constante. Por supuesto esto introduce una cierta complejidad logística, y para que las cargas y descargas sean ágiles se está hablando de volúmenes moderados de mercancías, tanto en cada transporte individual como en el volumen total transportado. Pero en un entorno de disminución del tráfico marítimo, el uso del cabotaje, en especial en países



 

 

 

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con muchos kilómetros de litoral (como es el caso de los países del sur de Europa), supondría una buena oportunidad de reconversión tanto industrial como de creación de empleo en los grandes puertos.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La desindustrialización del sector primario

 

 

 

Uno de los sectores más comprometidos por la situación de descenso energético y material es el agropecuario. En nuestro modelo de agricultura y ganadería industriales, el consumo de energía es muy elevado y además muy fósil: fertilizantes provenientes de la extracción minera (fosfatos y potasas) o derivados del gas natural (nitratos), y grandes cantidades de diésel usadas por la maquinaria agrícola (tractores y cosechadoras). No es por tanto de extrañar que este sector no sea únicamente intensivo en energía, sino en emisiones de gases de efecto invernadero (contando no solo con las propias de la quema del diésel o de la producción de nitratos, sino con las emisiones de metano de la descomposición de restos y el resultante por la digestión de mamíferos rumiantes —las flatulencias de las vacas, vamos).

 

No hay una solución sencilla para el sector agroganadero si se pretende mantener el sistema actual, caracterizado por la explotación masiva y la producción orientada a la exportación. El tipo de agricultura por el que se debería apostar es regenerativo, con una disminución radical del uso de fertilizantes y fitosanitarios (por cierto, responsables ambos de dos de los límites planetarios más trasgredidos, el de los ciclos biogeoquímicos y el de las sustancias químicas contaminantes). Con el tiempo, los sistemas de agricultura resiliente (incluyendo regeneración de suelos, permacultura, bosques comestibles y ecosistemas integrativos) pueden tener rendimientos comparables o mejores por hectárea que los sistemas de agricultura tradicional, pero implican superar una enorme curva de aprendizaje y adaptación desde los sistemas actuales. No solo eso: no todos los cultivos serán igualmente viables y no en todos los sitios se podrá cultivar de todo. Habrá ciertos cultivos que tendrán que ser abandonados, por ser de nicho, de lujo o de poco valor añadido. Además, se tendrá que fomentar la alimentación de temporada y de proximidad, optimizando lo que se consume de acuerdo con las posibilidades de



 

 

 

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producción. Y todo eso sin entrar en las cuestiones de la necesidad de disminución del consumo de productos de origen animal y la garantía del buen trato a los animales, que son evidentes, o la de la conveniencia de una dieta vegana (algo aún fuertemente polémico en nuestra sociedad y sobre lo cual yo reconozco no tener conocimientos para dar una opinión fundada). Lo que sí está claro es que, dada la crítica importancia del sector agropecuario para garantizar la seguridad alimentaria, o yendo más allá conseguir la soberanía alimentaria [Duch, 2013], se necesitaría invertir y fomentar otro tipo de agricultura y ganadería como una gran apuesta de sociedad defendida de manera consistente por nuestros gobernantes. Algo por supuesto muy lejano de la situación actual. En todo caso, se haga lo que se haga está claro que se tiene que disminuir la grandiosidad de la industria agroganadera actual, quizá tendiendo a un modelo de mucha menor escala, más basado en pequeñas y medianas explotaciones, más optimizado y con menor impacto ambiental.

 

Dos cuestiones que siempre emergen cuando se discute sobre la necesaria e inevitable reconversión forzosa del sector agropecuario es si la mecanización agrícola está condenada y si una sociedad poscrecentista es forzosamente una sociedad completamente agrícola, es decir, que la práctica totalidad de la población activa debería dedicarse al sector primario, y más particularmente al agropecuario. Con respecto a la primera cuestión, el mantenimiento de un cierto grado de mecanización es sin duda deseable para evitar los trabajos físicamente más penosos. No parece demasiado probable que se pueda producir una mecanización basada en maquinaria electrificada (ni basada en baterías, porque serían demasiado voluminosas y pesadas, ni basadas en conexión directa a la red eléctrica mediante cable, porque no se podría extender de manera tan masiva como se necesitaría, y en ambos casos por todo el consumo de materiales que implican).

 

De manera realista, lo más lógico al menos a corto plazo es apostar por máquinas con motor de combustión que usarían biocombustibles. Dadas las limitaciones de la producción de los mismos, sería bastante menos maquinaria que hoy en día y seguramente más pequeña, en consonancia con un modelo de agricultura muy diferente, más regenerativo, más permacultural, con menor manipulación del suelo. Conseguir llegar a ese modelo es algo que llevará un tiempo y que tendrá que crearse adaptado a la idiosincrasia de cada región, comarca, suelo…, intentando conseguir un



 

 

 

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verdadero modelo agroecológico. Disculpará el lector que no me extienda más sobre estos temas, pero caen ya muy lejos de mi ámbito de conocimiento. Al lector interesado suelo remitirlo a las referencias básicas en permacultura [Fukuoka, 2011] o al trabajo que desarrolla la profesora Marta Rivera Ferré (e. g., [Rivera Ferré, 2021]).

 

En cuanto a si será necesario que aumente la mano de obra en las explotaciones agrícolas, parece bastante probable que sí: actualmente representa el 3,6 % de la población activa de Europa, y solo en unos pocos países como Grecia o Bulgaria supera el 10 %. Si se hace una transición ordenada y se puede preservar una estructura industrial razonable en el Viejo Continente, no debería ser necesario que este sector ocupara a la mayoría de la población activa, pero en cualquier escenario es lógico pensar que será varias veces superior a lo que es actualmente. Esta conversión de la mano de obra se dará de forma natural, a medida que las oportunidades de empleo (sobre todo los de más baja cualificación) escaseen en las ciudades y la gente busque nuevas oportunidades en el campo. Una cuestión que generará nuevas dificultades y conflictos sociales, por lo que idealmente debería ser un proceso lo bastante lento y progresivo como para evitar agravar las dificultades sociales y logísticas de esta transición.

 

La vuelta al campo tendrá como consecuencia dos efectos raramente considerados y que contradicen por completo las proyecciones demográficas que se suelen hacer desde la ONU y otros organismos. La primera, más obvia, es que el proceso de urbanización creciente se detendrá en las próximas décadas y que, al contrario de lo que se proyecta, la población de las ciudades descenderá. Aquí hay varios matices importantes, que dependen de qué se califique como ciudad (generalmente, cualquier núcleo de población de más de 5000 o 10 000 habitantes). Es posible que una parte de la población reasentada en el medio rural lo haga en esos núcleos más pequeños pero que aún se consideran «ciudad». Por tanto, lo que sí que parece que va a pasar es que las grandes ciudades (sobre todo las que están por encima de un millón de habitantes, que es la referencia de las grandes ciudades de la Antigüedad) van a perder población. El otro efecto derivado de la reruralización de la sociedad es que el peso relativo de la alimentación sobre la renta disponible de las familias va a aumentar. Eso es algo natural en una sociedad que revaloriza el papel del campo como productor de alimentos,



 

 

 

 

 

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además en un entorno más complejo por culpa de la escasez de energía, de materiales y en medio de un Cambio Climático de grandes dimensiones.

 

Relacionada con el sector agropecuario está la actividad de la silvicultura. Durante el periodo de expansión industrial hemos visto proliferar la explotación de algunas especies de árboles, sobre todo para la producción de madera y de celulosa. En muchos casos se han primado las especies de rápido crecimiento, que generan problemas de degradación de los suelos, en monocultivos de biodiversidad limitada. También ha sido frecuente un tipo de explotación que tiene más de cultivo extensivo que de verdadero bosque, creando poblaciones frágiles y en ocasiones enfermas. La silvicultura, y en general la explotación de los bosques, son actividades que deberán continuar, fundamentalmente porque serán una manera segura y fiable de proporcionar materiales versátiles para muchos usos, aparte de la función benéfica de los bosques en la regulación ambiental local, en especial por favorecer el ciclo corto del agua. Sin embargo, el tipo de explotación deberá cambiar radicalmente hacia uno más sostenible y por definición de mucha menos extensión. Como en todos los otros sectores, será necesario un desescalado hasta llegar a una magnitud que sea verdaderamente sostenible.

 

Querría acabar este capítulo con una reflexión sobre la sostenibilidad tanto ecológica como económica y social del sector agropecuario. Con el actual modelo agroindustrial imperante en Europa hay una gran dependencia tanto de una larga cadena de insumos energéticos y materiales que vienen de lugares lejanos como de mercados globales donde se colocan los productos. Estos dos elementos no se van a poder mantener en un mundo en descenso energético y material. Como tampoco se va a poder mantener el actual sistema de mercado, en el cual un grupo muy reducido de compradores masivos fija los precios en origen. Se tendrá que modificar la legislación para favorecer la venta de proximidad y lo más directa posible de los productos del campo a los consumidores finales, se tendrá que reducir la longitud de los circuitos de distribución y se tendrá que pagar un precio justo por los alimentos y en general por los productos agropecuarios. Durante el último siglo, con la mecanización del campo y la reducción de la mano de obra empleada en estas labores, se ha vivido también un proceso de reducción del precio final de los alimentos, lo cual ha permitido que las familias tuvieran mayor renta disponible para el consumo de la producción industrial. Esto se acaba, se acaba ya, es lógico



 

 

 

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que se acabe y es bueno que se acabe, pero obviamente va a tener muchas consecuencias. El aumento del precio de la producción agraria dignificará este trabajo y le ayudará a hacer la transición necesaria hacia prácticas sostenibles. Pero si las familias van a dedicar una mayor parte de su renta al pago de necesidades básicas como son los alimentos, eso querrá decir que tendrá menos renta para destinarla a otros gastos discrecionales. Este es otro de los motivos por los cuales la producción industrial en su conjunto está abocada a un descenso, y por ello se tiene que optar por una producción más dirigida a la satisfacción de las necesidades reales de la población, con una escala adecuada para los fines perseguidos.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Materiales y exergía

 

 

 

Europa es un continente geológicamente exhausto. Ya en la Edad Antigua, primero se explotaron los yacimientos de cobre y estaño, y luego los de hierro, aparte del oro y la plata. En Europa vio la luz la Primera Revolución Industrial, para la cual fue necesario aprovechar extensamente los grandes depósitos de carbón y hierro que había en el Viejo Continente. Y así se hizo, a gran escala, durante muchas décadas. Pero en la actualidad esos grandes depósitos están agotados, y en Europa el tipo de carbón que resta es cada vez de peor calidad y menor poder calorífico; además, para extraerlo se tiene que recurrir a prácticas ambientalmente desastrosas como el desmontado de cimas (mountaintopremoval) o las minas de cielo abierto, pues la concentración es tan baja que es preciso mover muchas toneladas de roca para extraer algunos kilos de los materiales que se buscan.

 

Y no solo es el carbón. Por más que continuamente se publiciten en prensa grandes proyectos extractivos promovidos por compañías mineras de dudoso pedigrí ambiental y financiero, lo cierto es que en Europa no hay recursos mineros abundantes. Hay algunos pocos materiales cuyo aprovechamiento minero puede ser razonable, sí, pero la mayoría de los proyectos que se presentan son salvajadas ambientales cuya producción máxima podría cubrir una cantidad ínfima de las necesidades materiales actuales de la industria europea.

 

También es cuestionable intentar la extracción de materiales que implican un gran consumo de agua y elevados niveles de contaminación, como por ejemplo los que emplean la práctica de la lixiviación, tanto in situ como a través de balsas donde el material extraído de la mina se hace reaccionar con sustancias químicas para poder separar el metal deseado, dejando detrás balsas tóxicas que en la mayoría de los casos nunca son tratadas y quedan abandonadas a su suerte (en España, aún está presente el recuerdo del desastre de Aznalcóllar, en 1998, cuando una balsa de



 

 

 

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lixiviados reventó y contaminó el entorno del Parque Nacional de Doñana). Precisamente en una situación de descenso energético habrá menos capacidad de tratar esas balsas de residuos y también de remediar el desastre que pueden dejar detrás.

 

Y a las preocupaciones ambientales se debería añadir la preocupación directa por el impacto del descenso energético en la propia actividad de minería, como comentamos antes. Con depósitos de tan poca riqueza, extraer, triturar y procesar toneladas de roca implican un gasto energético exorbitante, y posiblemente muchos proyectos que ahora se están iniciando acaben siendo abandonados porque nadie se podrá permitir pagar unos precios económicos tan elevados como los que implicarán los materiales que así se consigan. Si el rendimiento exergético baja, también lo hace el económico [Valero, 2008].

 

Bien es cierto que, en un futuro cercano de descenso energético y material, el tamaño y volumen de la industria europea va forzosamente a contraerse muchísimo, pero aun así será necesario tener alguna manera de proveerse de muchos materiales que ya no será tan barato conseguir en países remotos.

Europa cuenta, sin embargo, con un recurso estratégico único que puede proporcionarle una ventaja crucial durante un tiempo limitado. Me refiero a todos los vertederos y chatarrerías donde se han ido arrojando innumerables objetos que contienen materiales de alta calidad.

 

Es cierto que en las chatarrerías ya hace mucho que se realiza un enorme esfuerzo para el reciclado de metales, sobre todo de los más estructurales: el aluminio, el hierro/acero, el cobre… En el caso del cobre, la tasa de reciclaje actual es superior al 30 %, una cifra destacable pero que llevaría a un rápido descenso del cobre activamente usado en una situación en la que la extracción de cobre comience a disminuir (como parece ser el caso). Y si la situación no es buena con los metales estructurales, el reto está en realidad en el aprovechamiento de los materiales usados en la microelectrónica, sobre todo las tierras raras. Hay un gran potencial para el aprovechamiento de esos materiales en España [Torrubia, 2023], pero las tasas de reciclaje son inferiores al 1 % en promedio, debido a la dificultad que supone la separación de materiales que aparecen en concentraciones muy pequeñas.

 

Por tanto, hay dos cuestiones en lo que respecta al reciclaje de materiales.



 

 

 

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Por un lado, hay que tratar los materiales de desecho de una manera completamente diferente a la actual, favoreciendo su separación y tratamiento desde la recogida y evitando que vayan a parar a vertederos comunes, lo cual implica concienciación y pedagogía: explicar a la ciudadanía la importancia de cerrar los ciclos materiales no solo por cuestiones ambientales, sino por mera supervivencia del sistema industrial. Además, hay que hacer un esfuerzo adicional a nivel de las chatarrerías para que la tasa de desechos sea la mínima posible.

 

Por el otro, es preciso cambiar muchos de los diseños en los objetos que consumimos, desde los coches hasta los móviles. Hay que evitar al máximo la mezcla de materiales, que hará difícil y energéticamente costosa su separación, aunque sea a costa de sacrificar parte del rendimiento de los productos finales: es mejor tener un dispositivo voluminoso, menos potente o incluso menos eficiente energéticamente si de esta manera se ahorra energía en su reciclado posterior y se minimiza la fracción de materiales que no será reciclada y será tratada como un desecho.

Estos cambios implican unas inversiones muy grandes, que deberían estar impulsadas por los propios Estados y las empresas, como una forma de garantizar el acceso a los materiales que se van a necesitar después. Es una inversión con un retorno en un plazo largo de tiempo, pero decisiva de cara a la política industrial europea.

En cuanto al aprovechamiento de los materiales que se utilizan en la microelectrónica, no existe una respuesta sencilla a su reciclaje. Muchas de las tierras raras y elementos químicos exóticos que se utilizan en los dispositivos electrónicos se combinan en cantidades ínfimas, de traza, dispuestos en los chips en diferentes capas muy finas, de unos pocos átomos de espesor. Su separación, si es que es posible, requeriría, con los medios y conocimientos de hoy en día, una enorme cantidad de energía. En estos casos, quizá la mejor estrategia, al menos por el momento, es modificar los diseños para que los microchips sean de propósito más general y con características estandarizadas, aunque no sean tan potentes o compactos, y que se fabriquen para ser muy duraderos y fácilmente extraíbles de la placa madre donde estén montados. Esta filosofía de favorecer la reutilización de piezas de más difícil reciclaje pero que pueden ser muy duraderas es algo que ya se está empezando a imponer en



 

 

 

 

 

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la industria con los móviles y ordenadores reacondicionados, y es algo en lo que seguramente merece la pena profundizar.

 

Justamente uno de los grandes retos del futuro es cuál va a ser el papel de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) en un futuro de descenso energético. Esta discusión será el objeto del próximo capítulo.

Aparte de las chatarrerías e incluso vertederos, Europa tiene otras posibles fuentes de materiales de alta calidad. En un mundo donde la movilidad será menos masiva de lo que es actualmente, no va a ser necesario tener tantos elementos de señalización (semáforos, señales de tráfico, pórticos), algunos además cada vez más prescindibles, como las farolas de las autopistas. Aparte de estos elementos, habrá un sinnúmero de objetos que quedarán en desuso en todo tipo de actividades, y la mayoría de estos contienen materiales de alta calidad que sin duda pueden ser muy necesarios para mantener la actividad industrial futura.

Cuestión aparte la plantean materiales ya habitualmente reciclados como son el vidrio o el papel. El vidrio se fabrica a partir de arena y por tanto no tiene una limitación en su materia prima, pero sí que lo limita la enorme cantidad de energía que se necesita para fundirla y convertirla en vidrio. El reciclaje del vidrio implica una nueva fundición, ergo un importante consumo de energía, y además, dados los aditivos que se le ponen a cada tipo de vidrio, obtener un vidrio más mezclado y de peor calidad. Por eso, en el caso del vidrio, la mejor opción siempre que se pueda es la reutilización, por ejemplo de los envases, tal y como se hacía en Europa en los años setenta del siglo pasado.

 

El caso del papel es más complejo, porque aunque reciclable, al igual que el vidrio, el reciclado es de peor calidad por culpa de las impurezas. La producción de celulosa implica un gran consumo de pulpa de madera y ha favorecido la implantación de especies arbóreas de crecimiento rápido pero agresivas con el sustrato como son los eucaliptos. Dado que los árboles son en realidad un recurso renovable, en el caso de la producción de papel y cartón lo más idóneo es disminuir su producción hasta alcanzar niveles verdaderamente sostenibles de explotación y sin utilizar especies que degradan los ecosistemas (recordemos de nuevo los límites planetarios). Se debe tener en cuenta, además, que el Cambio Climático está introduciendo ya un alto grado de estrés térmico e hídrico en nuestros bosques. Va a implicar un gran esfuerzo evitar que algunos bosques



 

 

 

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desaparezcan y que irrumpan los problemas que vendrían después: erosión del suelo, desertificación y empeoramiento del acondicionamiento ambiental local. Además, la actual industria papelera consume grandes cantidades de agua y utiliza sustancias muy contaminantes, por lo que el esfuerzo deberá dirigirse no solo a una disminución de la actividad hasta niveles sostenibles, sino a una modificación del modelo de producción hacia modelos ambientalmente más respetuosos, aunque sean económicamente menos eficientes.

 

Todas estas ideas están emparentadas con el concepto de economía circular [Haas, 2015] y se pueden englobar en el concepto de la economía del dónut, introducida por Kate Raworth [Raworth, 2018]. La economía del dónut recupera el concepto de límites planetarios que discutimos en el capítulo 2 y lo extiende, de modo que además del límite superior a los indicadores de salud ambiental que nos marca el entorno seguro para la operación de nuestro sistema económico, hay un límite inferior que es necesario alcanzar para garantizar un nivel de consumo suficiente para las necesidades humanas. Y es que cualquier actividad humana siempre tendrá impacto, así que no tiene sentido aspirar a no alterar nuestro entorno en absoluto. El objetivo debe ser garantizar que la alteración no rebase el nivel máximo que ponga en peligro nuestro hábitat, pero al mismo tiempo que no sea inferior a la mínima requerida para garantizar una vida digna para todos los habitantes de este planeta; en definitiva, tener un espacio operativo que sea suficiente y seguro. Se puede argumentar que es una visión muy antropocéntrica y que se debería generalizar a una visión más ecosistémica, pero como mínimo la economía del dónut nos da un primer marco operativo para hacer factible la vida en la Tierra.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La necesidad de una electrónica sostenible

 

 

 

Este capítulo tratará de manera sucinta el problema de la insostenibilidad de la microelectrónica actual y abordará la necesidad de comenzar ya una transición rápida hacia una electrónica sostenible que nos permita mantener unas TIC (Tecnologías de la Información y las Comunicaciones) funcionales. Existen pocos textos que se puedan consultar sobre esta materia. Al lector interesado lo remito a los libros de Félix Moreno y en particular a su Peak memory [Moreno, 2020].

 

Desde hace unos años, existe una hostilidad creciente entre los países occidentales (Estados Unidos y Europa, en realidad) y China por la cuestión de los microchips. La producción mundial de microchips de altas prestaciones está ahora concentrada en tan solo tres megafactorías en tres países que además están próximos geográficamente: China, Taiwán y Corea del Sur. Esta extrema concentración de la fabricación no es casual, sino fruto de una evolución de décadas: hoy en día, para poder ser competitivo en el mercado de los microchips necesitas una inversión de decenas de miles de millones de dólares en la maquinaria de litografía, aparte de contar con personal altamente cualificado en cantidades de miles de personas, las cuales provienen de un ecosistema universitario local que forma miles de nuevos ingenieros especialistas en microelectrónica cada año. Solo así, llevando la lógica de la producción en cadena y la concentración empresarial a sus últimos extremos, es posible masificar una producción industrial tan costosa y compleja hasta un punto que haga que el precio unitario de los chips sea lo suficientemente barato como para mantener un mercado de dispositivos electrónicos a un precio asequible para la mayoría. Pero esto se ha empezado a romper por diversos motivos, todos ellos conectados con diversos límites del mundo físico.

 

Todos los límites convergen en el agotamiento de la ley de Moore. En 1965, el ingeniero Gordon Moore, cofundador de Intel, enunció su famosa ley (que no es tal, sino una simple observación empírica y proyección de



 

 

 

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futuro), según la cual cada dos años aproximadamente se duplicaría el número de transistores y la velocidad de proceso de los chips. Y durante más de cinco décadas así ha sido. Gracias a ello, un teléfono móvil que cabe en un bolsillo tiene millones de veces la potencia de cálculo y memoria de los ordenadores que se usaron para enviar al hombre a la Luna, y eso que estos ocupaban salas enteras. Es la ley de Moore la que ha hecho posible la generalización de la microinformática, la omnipresencia de las TIC en nuestras vidas, la expansión de internet, la digitalización y más recientemente la explosión de la Inteligencia Artificial. Sin embargo, hoy se empieza a dar por hecho que la ley de Moore está llegando a su límite de aplicabilidad, si no lo ha hecho ya.

 

Hay varias razones para que la ley de Moore deje de ser válida. Por una parte, los costes energéticos de la producción de los chips se han ido disparando a medida que los requerimientos de miniaturización de la litografía (grabado de los circuitos en la oblea de silicio) se hacían cada vez más exigentes: no es lo mismo «imprimir» chips con un tamaño de pista de una micra (milésima de milímetro, como los Pentium) que con un tamaño de dos nanómetros (millonésima de milímetro), que es el objetivo actual para los chips de nueva generación. En una situación de altos costes de la energía, el consumo en fabricación de las nuevas reglas nanométricas es excesivamente elevado como para permitir una producción a un precio razonable para el consumidor final. Los diseñadores de las máquinas de litografía se esfuerzan para intentar contener el coste de fabricación, pero estamos lejos de conseguir un resultado razonable, y eso está deteniendo el crecimiento a la Moore. Mención aparte merecen las necesidades de agua dulce de calidad, que también empiezan a ser inmanejables.

 

Incluso si el problema energético de la producción de los chips fuera abordable, estamos ya muy cerca del límite cuántico. Un átomo de silicio tiene un diámetro atómico de 0,222 nanómetros. Eso quiere decir que una pista de dos nanómetros puede contener aproximadamente nueve átomos de silicio uno al lado de otro (en realidad podrían ser más, ya que las nubes electrónicas de los átomos se solapan). En cualquier caso, son ya muy estrechas y en estos tamaños los efectos cuánticos empiezan a ser importantes (en el mundo cuántico nada ocupa un lugar preciso en el espacio o se mueve con una velocidad determinada, todo sigue una cierta distribución de probabilidad). Eso obliga a incorporar más sistemas de corrección de los errores que se producen espontáneamente, haciendo más



 

 

 

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grandes y complejos los chips y echando a perder la potencial ventaja de poder integrar más transistores.

 

Otro límite que pone fin a la ley de Moore son los recursos. La base de cualquier chip es el silicio, un metal muy abundante en el planeta: la arena y el cuarzo están hechos mayoritariamente de óxido de silicio. Los chips de más alta tecnología utilizan sustancias exóticas para el sustrato (zafiro azul) y para los dopantes (desde los clásicos como el galio, el germanio o el arsénico hasta algunas tierras raras para chips con funciones específicas). Con reglas tan pequeñas como dos nanómetros, estas sustancias deben ser purificadas hasta extremos increíbles (ya el propio silicio suele usarse con purezas de al menos 99,9999 %), lo cual consume grandes cantidades de energía y a veces limita también qué material se utiliza como punto de partida (por ejemplo, el silicio no se purifica a partir de la arena, que solo tiene un 80 % de óxido de silicio, sino de polvo de cuarcita, que tiene un 95 % de SiO2).

 

Y para acabar, otro límite que está golpeando fuerte es la disminución de la renta disponible de la mayoría de los ciudadanos de este planeta. En medio de una crisis de abastecimiento energético y carestía de muchos bienes básicos, la gente disminuye su gasto en electrónica para destinarlo a cuestiones más primordiales, y este descenso del consumo lógicamente no estimula la inversión en producir chips más potentes y sensiblemente más caros.

 

En realidad, como muestra Félix Moreno [Moreno, 2020], a escala mundial ya hace algunos años que hemos superado el pico de producción de chips de memoria, de discos duros, de portátiles, de tabletas, de móviles… Cada uno de ellos se ha producido en una fecha diferente entre 2018 y 2022, pero en todos los casos se observa un proceso de caída que en algunos de ellos comenzó antes de la pandemia de la COVID-19 y que por tanto es difícil atribuirle a ella. De hecho, contrariamente a lo que se dijo, durante el confinamiento no se dispararon las ventas de dispositivos electrónicos, al menos no a escala global. La microelectrónica lleva años en una espiral de caída causada por este duro choque contra los límites planetarios que nadie quiere reconocer, y la creciente guerra comercial con China solo puede agravar esta situación.

 

Y así, mientras el mundo se lanza en una loca carrera a ninguna parte con las reglas de dos nanómetros, deberíamos estar pensando en cómo hacer chips de escala micrométrica de manera sostenible.



 

 

 

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Porque en lo que nadie piensa es en la importancia real de los sistemas informáticos, sobre todo por los sistemas de cómputo y control que se utilizan en múltiples aplicaciones necesarias para nuestra vida cotidiana: desde la gestión de la red eléctrica hasta el control de la calidad del agua, desde la regulación de los semáforos hasta las transferencias bancarias o los historiales médicos. Vivimos, sobre todo en Europa, en un mundo de una complejidad inaudita y mucho más frágil de lo que pensamos. Por ejemplo, sin sistemas de cómputo no tendríamos previsiones meteorológicas suficientemente precisas para gestionar la variabilidad de la producción eléctrica renovable, y sin ella la red eléctrica podría caer, o no podríamos anticipar las temperaturas de los próximos días y no se pondría la mezcla correcta de biodiésel en los depósitos de las gasolineras para que no se solidifique, lo cual causaría daños a los motores a escala masiva; o no se harían descargas preventivas en los pantanos antes de un episodio de lluvias fuertes, o no se activarían decenas de sistemas de alerta que hoy día son fundamentales. Y eso refiriéndonos únicamente al tiempo meteorológico.

 

Necesitamos chips. Necesitamos capacidad de cómputo y de proceso, necesitamos sistemas de control. Necesitamos comunicaciones suficientemente rápidas y fiables y procesar toda esa información. Lo necesitamos, porque si todo eso cayera de golpe nuestra sociedad no estaría preparada para gestionar el caos que se desencadenaría.

Por eso es imprescindible realizar un esfuerzo para garantizar la producción de chips verdaderamente sostenibles, aunque sean de una capacidad de proceso muy inferior a los actuales. Poca gente entiende la complejidad de la cadena de procesado de los chips: desde la fundición de la cuarcita, que se hace en un puñado de fundiciones en todo el mundo, que necesita de un tipo de leña especial que genera poco humo y consigue una temperatura homogénea y estable, hasta el cortado de precisión de las obleas, con la deposición capa a capa, actualmente a escala atómica, en habitaciones blancas con un grado de contaminación aérea ínfimo, aisladas de las vibraciones exteriores, con un suministro eléctrico estabilizado y continuo, en un proceso lento, lentísimo, que exige horas para fabricar una tanda de microchips.

 

Seguramente no podemos hacer sostenible un proceso de esta magnitud de complejidad. Tenemos que volver a chips que puedan ser fabricados a una escala nacional con unos medios más modestos. Los



 

 

 

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chips que se fabricaban a principios de los ochenta del siglo pasado se producían en fábricas locales, sofisticadas pero con una complejidad asumible. Hablamos de los Z80, de los 8080, de los 8086… ¿Dónde está el límite? ¿Cuál es el chip más sofisticado que nos podremos permitir? No lo sabemos, no hasta que fijemos un programa de producción de chips sostenibles con el objetivo de garantizar el funcionamiento de sistemas críticos. Personalmente opino que si somos capaces de llegar a un nivel como el de los primeros Pentium, podremos mantener una capacidad semejante a la actual. Con mucho menos internet, muchos menos dispositivos, pero garantizando lo fundamental.

 

Hay más cuestiones a abordar en esta nueva electrónica sostenible. Hay que acabar con los principios de la obsolescencia programada, que afectan a todo tipo de productos pero que en este caso son más importante si cabe, dada la escasez de recursos básicos para su fabricación y lo crítico de estas tecnologías. Los condensadores diseñados para reventar al cabo de un cierto tiempo de uso y que te obligan a tirar toda la placa. Ese tipo de prácticas deben ser prohibidas y vigiladas.

Pensando ya a largo plazo, asumiendo que somos capaces de consolidar una microelectrónica verdaderamente sostenible y radicada en Europa (para evitar una peligrosa dependencia exterior), tendremos que abordar otros aspectos fundamentales como es el del almacenamiento. Los sistemas de almacenamiento actuales son muy poco resilientes: la nube, por su dependencia de internet; las memorias y los discos de estado sólido, porque están creados para durar una decena de años. Hay que comenzar a pensar en sistemas de almacenamiento más durable y que no requieran energía para conservar la información.

También pensando a largo plazo, está claro que internet tal y como lo conocemos hoy dejará de existir. Simplemente, requiere demasiada energía, demasiados materiales, demasiado almacenamiento. Internet deberá simplificarse para atender en primera instancia los requerimientos más funcionales, asociados a la operativa de sistemas críticos, y después para ofrecer sistemas de búsqueda e intercambio de información a los ciudadanos y a las empresas. Sé que lo que estoy diciendo resulta chocante en el mundo hiperconectado de hoy en día, mientras escribo estas líneas en un procesador de texto que corre en un portátil conectado a internet a través de una wifi, pero eso no cambia el hecho de que nuestro futuro es muy probablemente un futuro con un internet más reducido, más



 

 

 

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restringido y más funcional, y eso suponiendo que seamos capaces de hacer los cambios y adaptaciones que lo hagan auténticamente funcional.

 

Quería acabar con una reflexión sobre la sensación del momento, la Inteligencia Artificial. La IA es una herramienta muy útil y una evolución natural de los sistemas de búsqueda, con una buena integración de los contenidos de manera semántica. Ha contribuido decisivamente a su espectacular desarrollo actual el trabajo realizado durante décadas en el área de investigación del lenguaje natural por un ejército de lingüistas e ingenieros informáticos. Pero el propio modelo de desarrollo que han escogido las empresas dominantes en el sector —las grandes tecnológicas

— es una muestra de la falta de comprensión de los límites planetarios: la IA se alimenta con cantidades masivas de datos tomados de forma no estructurada desde internet y entrenada por fuerza bruta sobre esa plétora de información, sin hacer ningún esfuerzo de simplificación de las reglas de aprendizaje incorporando relaciones y propiedades conocidas. Con ese modelo de ingestión en masa y sin estructura, el consumo de energía en el entrenamiento es descomunal y la cantidad de datos necesarios para actualizar la IA tiene que crecer exponencialmente. Es un modelo intrínsecamente insostenible, condenado a topar con los límites incluso si no hubiera restricciones de acceso a la energía y los materiales. Es una demostración de la soberbia sin límite del Homo technologicus, que se cree por encima de la realidad del mundo físico y natural en el que vive. Sin un proceso de análisis y de evaluación honesta de las limitaciones que tiene, la IA estará condenada a caer como un castillo de naipes. Y es una lástima, porque con una estrategia apropiada la IA podría seguir usándose y sería una gran herramienta para gestionar el descenso que viene. No como el oráculo milagroso que algunos piensan que es, capaz de crear nuevo conocimiento de manera inductiva, con un pensamiento autónomo, pero sí como un sistema eficiente para gestionar y acceder al conocimiento humano y optimizar su uso.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Recuperar el equilibrio

 

 

 

El error fundamental de nuestro sistema industrial, y por extensión de nuestro sistema económico, es que no está integrado con el planeta, y en particular con su biosfera.

 

Los humanos somos seres vivos. Esta frase que parece muy sencilla tiene muchas implicaciones. Para empezar, todos los seres vivos son sistemas alejados del equilibrio, desde el punto de vista de la Termodinámica. Y es que, de acuerdo con la Termodinámica (esa parte de la Física que se relaciona con los intercambios de calor y trabajo), todos los sistemas físicos tienen una tendencia a reducir sus diferencias, a compensar sus gradientes, a equilibrarse. El cuerpo caliente suministra calor (en el fondo, transfiere energía del movimiento molecular) al cuerpo frío hasta que al final ambos acaban en una misma temperatura, intermedia entre las dos iniciales. Acaban en equilibrio. Del mismo modo, cuando una sustancia tiene un gran potencial químico y está en contacto con otra con uno mucho menor, habrá una tendencia (que puede ser extremadamente lenta) a la mezcla y el equilibrio de ambas sustancias, hasta que sus potenciales químicos se igualen. Las diferentes especies químicas tienen tendencia a reaccionar hasta llegar a su formulación más estable. Las rocas, por la acción de la erosión, tienden a disgregarse. Y así sucesivamente.

 

En el mundo regido por las leyes de la Termodinámica, a largo plazo (un tiempo que puede llegar a eones) todo tiende a la dispersión, al equilibrio y a la muerte térmica. Todo se va degradando hasta que ya nada más interesante puede pasar. La entropía va creciendo hasta que llega a su valor máximo, en el que todo es homogéneo y ya nada se mueve.

La entropía es una variable física, de la que a veces se dice que mide el grado de desorden de un sistema. No es del todo correcto. En realidad, la entropía es un reflejo de la complejidad estructural del sistema, siendo máxima cuando observar lo observado es lo más probable y mínima



 

 

 

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cuando su probabilidad es la más baja. Cuanto más complejo y estructurado es, menor será su entropía, ya que se tratará de una configuración de átomos y moléculas con poca probabilidad. Es algo debido al orden, no al azar, y por tanto poco entrópico. Al contrario, cuando las cosas se oxidan, se queman, se pudren, se degradan, son dispersadas por el viento y la lluvia, llegan a la máxima entropía, a una configuración sin ninguna estructura ni orden, fruto del puro azar y por tanto sin contenido ni capacidad.

 

En la naturaleza, hay una contraposición de procesos, algunos de los cuales aumentan la entropía y otros que la reducen; los primeros son la mayoría, ya que la destrucción es más fácil que la construcción. En el conjunto del universo, el balance siempre es positivo para la entropía. La entropía siempre crece. Las cosas están progresivamente más degradadas, más dispersas, más homogeneizadas, más anodinas. Y siempre que en una parte del universo ha disminuido la entropía es porque en otra parte ha aumentado y en mayor medida. De hecho, la disminución local de la entropía suele suponer en otro punto un gran aumento, mucho mayor en magnitud. Por ejemplo, cuando comemos destruimos tejido vivo en gran cantidad para generar pequeñas cantidades de tejido vivo propio y para producir la energía que necesitamos para mantener nuestro cuerpo caliente y mover nuestros músculos.

 

Los seres vivos somos el paradigma de la lucha contra la entropía, porque para nosotros la entropía es literalmente la muerte, dejar de funcionar y de existir. Es una lucha que no podemos ganar para siempre, ni individual ni colectivamente, pero mediante la reproducción podemos engañarla durante un tiempo, durante mucho tiempo de hecho. Todo el tiempo que ha existido la vida en el planeta. Y después de una evolución de millones de años, la vida creó en este planeta ecosistemas que eran capaces de mantenerse a costa de generar cantidades mínimas de entropía. En los ecosistemas terrestres todos los materiales se reciclan con tasas cercanas al 99 %, mientras se aprovecha la energía constante del Sol (mientras siga brillando en nuestro cielo) para mover todos los ciclos naturales que mantienen la integridad y la funcionalidad de los ecosistemas.

 

O así fue hasta que apareció la especie humana. Los primeros humanos vivían más o menos en equilibrio con los ecosistemas en los que habitaban, cazando y recolectando, pero en un momento dado dieron el



 

 

 

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primer salto tecnológico cualitativo y empezaron a cultivar y a tener ganado: fue la Revolución neolítica. En algunos lugares, los humanos causaron tales desequilibrios que los ecosistemas colapsaron, y con ellos las civilizaciones humanas que de ellos dependían (decía Honoré de Balzac: «Los bosques preceden a las civilizaciones, los desiertos las suceden»). Pero en otros lugares las civilizaciones humanas que se desarrollaron fueron capaces de alcanzar un estado de más o menos equilibro con su entorno, con algún que otro sobresalto por extralimitaciones regionales de la capacidad de carga.

 

Y así nos mantuvimos hasta que los humanos comenzaron a explotar masivamente los combustibles fósiles e hicieron sus revoluciones industriales. La enorme cantidad de energía disponible hizo que los humanos olvidasen una lección aprendida larga y amargamente durante generaciones: la necesidad de mantenerse en equilibrio con el ecosistema, de reducir la tasa de generación de entropía a un mínimo, so pena de acabar con la vida, la nuestra y la de otras especies.

Ahora mismo, los seres humanos son probablemente la principal fuerza geológica que actúa en el planeta, hasta el punto de que algunos geólogos consideran que hemos entrado en una nueva era geológica, el Antropoceno, caracterizado por esa capacidad de alterar nuestro medio. Hasta en esta definición hay bastante arrogancia, porque se está asumiendo que vamos a mantener esta capacidad, cuando en realidad lo más probable es que nuestra acción geológica se reduzca en paralelo a la reducción de la disponibilidad de combustibles fósiles; y del mismo modo que la era que comienza después de la extinción de los dinosaurios por el impacto de un meteorito no se llama Meteoritoceno sino Paleoceno, quizá esta nueva era merezca un nombre diferente. Y, como dice John Michael Greer, si de algún modo debiéramos denominar nuestra breve —en términos geológicos— disrupción sería algo así como la Antropopausa, semejante al fino estrato que dejó el meteorito responsable de la Quinta Extinción. Esto me parecería una posición más humilde y más lógica.

 

Y justamente de humildad va el cambio que tenemos que emprender. Porque nos hemos equivocado, y debemos reconocerlo. Perdimos el camino, perdimos la conexión con la Tierra. Nos creímos todopoderosos, embriagados por la abundancia de los combustibles fósiles. Y así, en vez de mantenernos lo más cerca posible del equilibrio, en vez de preservar la vida, hemos actuado como auténticos siervos de la entropía, acelerando la



 

 

 

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destrucción, la degradación, la dispersión. Extraemos materiales sin cesar para, después de aprovecharlos brevemente, arrojarlos de cualquier manera contaminando el agua, el aire y la vida. Pisamos el acelerador a fondo en nuestra carrera hacia Thanatia [Valero, 2021], ese planeta que ya no es la Tierra porque su capital natural está totalmente degradado.

 

No vamos a poder continuar por este camino, ni por razones ambientales ni por la escasez de recursos. Tenemos que recuperar el equilibrio, y tenemos que hacer de ello el motivo principal de todas las políticas que emprendamos. Tenemos que vivir en equilibro con los ciclos del planeta: con el ciclo del agua, con el ciclo del nitrógeno, con las estaciones, con la lluvia y el sol. Y ese equilibrio se tiene que reflejar en la tecnología que usemos. Una tecnología que esté integrada en el medio ambiente y en las medidas de reparación ambiental.

 

Para no aumentar la entropía, y esta es la primera lección de humildad, hay que cultivar la parsimonia. Hacer las cosas lentamente, pero hacerlas bien. Es a través de una sucesión de procesos cuasiestáticos cuando aumenta menos, o nada, la entropía. La entropía es amiga de la velocidad. La vida es amiga de la contemplación. Y esa debe ser la filosofía con la que repensemos todos los procesos industriales. Ser lentos, acoplarse a los ritmos de la naturaleza, a los del planeta. Por ejemplo, introduciendo el motor de Stirling: un tipo de máquina térmica que consigue alcanzar una eficiencia muy elevada y que, si está bien diseñada, tiene una eficiencia muy cercana a la de Carnot, que es la máxima posible para una máquina térmica. Sin embargo, el de Stirling es un motor lento, muy eficiente pero muy lento. Es un tipo de motor ideal para grandes máquinas, para procesos que tienen lugar continuamente, para cosas que se necesitan siempre. También, por sus características, es un motor de gran tamaño, y eso reduce su escalabilidad. No podemos pensar en un uso masivo de materiales para llenar el mundo de Stirlings, aunque no se requieran materiales sofisticados ni escasos. El motor de Stirling nos ofrece un buen rendimiento pero a cambio nos limita la cantidad de motores que podemos operar. Al final nadie se escapa de las limitaciones de la Termodinámica, y si ganas por un aspecto, has de perder forzosamente por otro lado.

 

Porque esta es la segunda lección de humildad: hay que repensar la escala. La grandiosidad de la época fósil se acaba con los combustibles fósiles. No podemos intentar compensar la necesaria lentitud con un despliegue de gran magnitud. No tenemos materiales para ello, no hay



 

 

 

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suficiente espacio, no se puede hacer converger tanto material en un espacio limitado. Hay que volver a lo local, hay que hacer lo justo y necesario para cubrir las necesidades humanas, y hay que hacerlo de tal modo que no perturbemos los ciclos de la vida. Para que podamos volver a encajar dentro de ellos, como la vida que fuimos y nunca dejamos de ser.


 

 

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El decrecimiento como conclusión

 

 

 

Durante el libro se ha mencionado algunas veces, porque es el concepto siempre implícito y al tiempo inevitable: decrecimiento. En un mundo con límites, límites biofísicos contra los que nos estrellamos con toda nuestra fuerza y suicida tozudez, no hay margen ya para el crecimiento. Toca decrecer, sobre todo en lugares como Europa, que tienen más que un sobredesarrollo, un sobreconsumo. No ya por una cuestión moral (gula, avaricia, vanidad), sino por imposibilidad práctica.

 

Hablar de decrecimiento significa hablar del fin del capitalismo. Del capitalismo como lo hemos entendido en los últimos dos siglos. Se suele definir el capitalismo como un sistema de libre mercado con propiedad privada de los medios de producción. Con esa definición, cuando hablamos del final del capitalismo es por tanto natural pensar que la gente crea que estamos (o que lo estoy particularmente yo) abogando por un sistema de mercado intervenido y propiedad colectiva. Básicamente, por el comunismo.

Es indudable que hacer frente a los límites biofísicos implica un cierto grado de intervención del mercado, al menos cierta planificación, pues no solo la energía disponible ha disminuido, sino que seguirá disminuyendo. Eso implica racionamiento, y por tanto una discusión, de carácter político, sobre el modelo de sociedad, ya que tenemos que decidir qué se le da y a quién se le da. De todos modos, la economía capitalista moderna también se caracteriza por un alto grado de planificación. Simplemente, ahora los objetivos serían otros.

 

Y en cuanto a la propiedad de los bienes de producción, es evidente que se tiene que repensar si todos ellos pueden ser privados: ya hemos hablado de la necesidad de convertir la energía en un servicio público, y seguramente eso también se deba hacer con otros bienes cruciales y estratégicos, como el agua.


Pero es un error pensar que el modelo que necesitamos sea necesariamente comunista. Algunos de mis lectores sin duda abogarán por él o por otros modelos de carácter comunitarista, y están en su legítimo derecho de hacerlo. Sin embargo, la superación del capitalismo no implica la necesidad del comunismo (y menos aún de un comunismo estatalista y productivista, como el que hemos visto en el siglo XX, que adolece de los mismos problemas de sostenibilidad del capitalismo y encima con modos aún más autoritarios). Alcanzar la sostenibilidad no implica abandonar el libre mercado o la propiedad privada, que son sin duda rasgos del capitalismo, pero que no le son distintivos. Lo que caracteriza al capitalismo es la necesidad del crecimiento, el cual nace del interés compuesto, y es precisamente el crecimiento lo que es insostenible. El gran mérito de la hegemonía discursiva del capitalismo es que, a pesar de que se habla a todas horas del crecimiento como una necesidad (incluso se identifica con el bienestar), consigue ocultar a la vista de todo el mundo que el crecimiento es su rasgo distintivo y específico.

 

El hecho de que tengamos que vivir en armonía con los límites del planeta implica una actitud mucho más cuidadosa en cuanto a la relación entre los seres humanos y el resto de los seres vivos con los que compartimos este planeta (y que tienen tanto derecho como nosotros a él) y con nuestro entorno. Pero la sostenibilidad no impone un determinismo social en cuestiones como la propiedad privada, por más que cada persona, o incluso yo mismo, pueda tener sus preferencias a ese respecto.

El contenido de este libro es profundamente político, pues político es todo lo que afecta a la polis, a la ciudad, a los ciudadanos; lo que les interesa y preocupa. Y aquí hablamos de los retos a los que nos enfrentamos para garantizar nuestra continuidad como civilización e incluso como especie, ¿qué otra cosa podría ser más importante para los ciudadanos? Pero es imprescindible separar la discusión meramente técnica de la ideológica. Yo he intentado, con mis sesgos y limitaciones, centrarme en las cuestiones técnicas, poniendo el énfasis en lo que ya sabemos técnicamente que no funciona y tratando de proponer alternativas viables. Seguro que todo lo que he escrito aquí puede ser matizado, discutido y revisado: eso es perfecto, porque la ciencia se construye con la discusión de ideas, no con la afirmación de dogmas. Nadie posee la verdad absoluta y solo podemos aproximarnos a un pálido reflejo de la misma a través del debate de ideas y de la forja de consensos.


Pero, por eso mismo, cuando a lo largo y ancho de este libro se ha mostrado la imposibilidad de mantener el crecimiento, que es la esencia real del capitalismo, hay que entender que el razonamiento es de carácter lógico, no ideológico. No hay una posición tomada de antemano para la cual se buscan argumentos; al contrario, se analizan los hechos y se llega a las conclusiones que implican, pero siempre desde el punto de vista técnico. Y la cuestión desde el punto de vista de la ciencia y la técnica es clara: el capitalismo no solo es inviable, sino que está chocando ya contra la imposibilidad material de mantener el crecimiento. De ahí la necesidad radical de apostar por el decrecimiento.

 

Porque si no hay decrecimiento (entendido como un movimiento planificado y democrático para adaptarnos al inevitable descenso energético y la Crisis Ambiental, amén de las otras crisis), lo que habrá es empobrecimiento. Creer, como puro acto de fe, que se van a producir innovaciones disruptivas en este momento simplemente porque nos resultarían muy convenientes es la manera de negarse a aceptar que está pasando lo que está pasando y que no estamos haciendo nada útil para adaptarnos a ello. Y lo que tenemos como resultado de esta inacción es inflación, problemas con los suministros, desindustrialización, paro, malestar social, radicalización política, guerras, hambre, muerte, destrucción, miseria… Realmente, ¿no sabemos hacerlo mejor que eso?

 

Con la dimensión actual de las múltiples facetas de la policrisis, no tiene sentido postergar más tiempo la toma de medidas que busquen adaptarnos a la realidad que vivimos, y no a la fantasía tecnooptimista con la que sueñan algunos con tal de no renunciar a su modelo crecentista. Porque esa sí es una posición de fuerte componente ideológico. Piénselo bien. El crecimiento no se puede cuestionar, es algo que se da por supuesto en todas las proyecciones a futuro que hacen los diversos organismos gubernamentales. Y a pesar de la evidencia que se acumula contra la validez lógica del crecentismo, nadie osa cuestionarlo. ¿No sería ya el momento?

¿Qué necesitamos en realidad? Necesitamos garantizar unas condiciones de vida digna para todo el mundo. Trabajo, alimentos, agua, ropa, vivienda, educación, sanidad… y poco más. Habrá quien dirá que eso es muy poco, que es miserable. Yo digo que ahora mismo hasta eso está en peligro para la mayoría de la población, y que particularmente en Europa supondrá un amargo despertar para su población si no empezamos a hacer algo para garantizar la preservación de esos bienes básicos. Y si después de garantizar eso hay excedentes y se pueden producir más bienes y prestar más servicios, pues bienvenidos sean. Pero comencemos por garantizar eso.

 

Comencemos por decrecer para garantizar un futuro para Europa y para el mundo. Nos va literalmente todo en ello.


 

 

 

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ANTONIO TURIEL MARTÍNEZ (León, España, 1970). Científico y divulgador licenciado en Física y Matemáticas y doctor en Física Teórica por la Universidad Autónoma de Madrid. Trabaja como científico titular en el Institut de Ciències del Mar del CSIC. Es autor de más de 120 artículos científicos especializados, ha dirigido cuatro tesis doctorales y ha sido miembro del tribunal de una quinta (Universidad de Marne La Valleé), así como una patente. Es más conocido como redactor principal del blog The Oil Crash, en el cual toca temas sensibles sobre el agotamiento de los recursos convencionales de combustibles fósiles, como el pico del petróleo y sus posibles implicaciones a escala mundial. También aboga por el decrecimiento, y es crítico de posturas sobre la ideología productivista de los diversos sistemas políticos tanto de derecha como de izquierda. Asimismo, opina que la fracturación hidráulica es una burbuja especulativa, pues el rendimiento energético de tal técnica es mucho menor comparándolo con la extracción convencional de combustibles fósiles de antaño, así como sus daños ambientales importantes.

 

Es crítico de las posturas de Vicenç Navarro y Juan Torres y su influencia en la ideología del partido político Podemos, contrario a la postura decrecentista de Florent Marcellesi.


 

 

Notas


 

 


 

[1] El término tecnología desobediente es apócrifamente atribuido a algún técnico de REE. <<

 

[2] Este tipo de contratos, conocidos como CfDs (contratos por diferencia), no son tan absurdos como podría parecer: se hicieron para fomentar el despliegue masivo de las renovables cuando no eran competitivas en una situación de economía de mercado. <<

 



FIN

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