Título Original: ©
Versión Original: ©
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original
de textos:
https://ww3.lectulandia.com/book/el-futuro-de-europa
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido,
con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio
de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones
originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está
prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con
fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir
este texto.
Portada E.O. de:
https://ww3.lectulandia.com/book/el-futuro-de-europa/
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
EL FUTURO DE EUROPA
Antonio Turiel Martínez
El Futuro De
Europa
Cómo Decrecer Para Una
Reindustrialización Urgente
Antonio Turiel Martínez
Vivimos en una era de crisis múltiples, que avanzan a diferentes ritmos
e intensidades y definen nuestro presente. La crisis climática se acelera,
mientras que la crisis social crece con el rechazo a la gentrificación y el
auge de movimientos populistas. La crisis energética alterna momentos críticos
con periodos de calma, y la de materias primas afecta las cadenas de
suministro; a todas ellas ahora sumamos la crisis del agua potable.
Esta situación nos conduce a un choque inevitable con los límites de un
planeta finito y la incapacidad de los poderes políticos y económicos para
entender que seguir creciendo de forma perpetua es inviable. Pero,
paradójicamente, cuando las empresas manufactureras priorizan la supervivencia
al crecimiento, está claro que algo tampoco va bien.
Europa, particularmente vulnerable por su envejecimiento, la escasez de
recursos y una industria superada por potencias como China y Rusia, enfrenta
una rápida desindustrialización.
Es urgente encontrar soluciones sostenibles que aprovechen el verdadero
potencial del continente. El futuro de Europa plantea el
necesario debate sobre el modelo industrial y el futuro que nos espera en este
contexto de crisis global.
Antonio Turiel Martínez
El futuro de Europa
Cómo decrecer para una reindustrialización urgente
ePub r1.0
Titivillus 09.11.2025
Título original: El futuro de Europa
Antonio Turiel Martínez, 2024
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Índice de contenido
4 La
crisis ignorada: la crisis social
II
Soluciones que no funcionan
5 El mito
de la electrificación absoluta
8 El
incierto futuro de la fotovoltaica
9 La
siguiente burbuja renovable
10 Sin
modelo para gestionar la crisis del diésel
11
Proteccionismo y sectores estratégicos
12 De la
separación energía y máquina a la máquina integrada
13
Tecnologías apropiadas con materiales apropiados
14 El
transporte en un mundo en descenso energético
15
Transporte fluvial: un ejemplo de cómo la preservación ambiental
también lo es económica
16 La
desindustrialización del sector primario
18 La
necesidad de una electrónica sostenible
20 El
decrecimiento como conclusión
A mi madre, Carmen, mujer luchadora y comprometida, avanzada a su
tiempo, gracias a la cual aprendí el respeto y el tesón, y también el cariño.
Te echo de menos, mamá. Te echamos de menos.
A mi padre, Agustín, que aún sigue a mi lado y me obliga a mejorar mis
argumentos, mi primer crítico y apoyo.
A mi tía Chelo, por su incondicional cariño durante todos estos años.
A mis hermanas y hermanos, por estar ahí. Simplemente eso, algo tan
sencillo y a la vez tan complicado.
A mis sobrinas y sobrinos, por recordarme por qué merece la pena luchar.
A mi mujer, Montse, y a mis hijos, Alba y David, por esa sabia
combinación de quererme y aguantarme.
A mi suegra Aurora, porque es de justicia reconocer a la gente buena.
A toda esa gente diminuta, que con sus diminutas voces me llama y con
sus diminutos brazos me sostiene.
Prólogo
Hace casi quince años decidí empezar a divulgar sobre la Crisis
Energética, y más concretamente sobre el problema inmenso que planteaba la
inminente llegada al pico de producción de petróleo. Un problema complejo con
tantas implicaciones y tantas ramificaciones que, sin darme cuenta, me ha ido
arrastrando, llevándome cada vez más lejos de mi punto de partida.
¿Cómo ha podido pasar que un físico que desarrolla su investigación en
el estudio de los océanos acabe hablando de recursos naturales y de energía, y
a partir de ahí, con el tiempo, acabe atreviéndose a plantear propuestas
concretas de política industrial?
Esa es una pregunta que no solo me lanzan mis más ácidos detractores,
sino que yo mismo me repito con mucha frecuencia. Y, sin embargo, cada vez
estoy más convencido de que era algo necesario y hasta cierto punto inevitable.
Necesario porque, al hablar de la transición energética y del modelo de
sociedad que esta implica, hay demasiados puntos ciegos, demasiadas omisiones e
intereses creados, que dificultan obtener una imagen clara de la realidad, una
que se base exclusivamente en criterios técnicos y en una discusión abierta en
la que todo se analiza y considera, y que inclusive se pueda rectificar cuando
convenga. Para poder tener esa visión hace falta alguien completamente
independiente, un servidor público en el verdadero sentido del término, con un
fuerte conocimiento técnico y capacidad de integrar a un nivel suficiente
informaciones muy diversas y con niveles de detalle muy dispares. Lo ideal
sería que los distintos cuerpos técnicos con los que cuenta la Administración de
los Estados, y particularmente la del Estado español, pudieran hacer ese papel.
Pero no lo hacen. No lo hacen porque, por desgracia, no son
independientes. Siguen unas directrices en una estructura muy jerárquica, la cual la mayoría de las veces está supeditada a no contrariar
determinados intereses económicos. Esto provoca que, a pesar de disponer de
numerosos órganos estatales y autonómicos que cuentan con los conocimientos y
los recursos para ofrecer esa visión técnicamente correcta y conceptualmente
crítica, nadie se atreva a contradecir en público el discurso dominante.
Y eso hace inevitable mi dedicación, porque después de haberme pasado
años hablando de forma muy crítica y abierta de estos temas, profundizando
conceptualmente más en ellos, y amparado por la libertad propia de los
académicos (ya que ni mi sueldo ni mi destino dependen de congraciarme con un
superior jerárquico), cada vez más gente contacta conmigo para exponerme sus
congojas y amarguras, en ocasiones por correo electrónico, otras por teléfono,
o incluso en un lugar discreto lejos de miradas curiosas. Ya es triste que en
la autoproclamada sociedad de la información la única manera de conocer ciertas
cosas sea en una conversación informal mientras miras los remolinos que se
forman en una taza de café.
Han sido quince años de largo periplo y muchos sinsabores y muchas
noches de poco dormir (porque yo continúo sacando adelante mi trabajo de
oceanógrafo e incluso he liderado diversas iniciativas en mi campo). He llegado
a un punto en el que ya no tengo más dudas sobre la transición energética. No
tengo dudas de que aquello que se anuncia de forma obsesiva a bombo y platillo
como «la transición energética» no funciona ni funcionará, como cada vez está
siendo más evidente. No solo no funcionará: empecinarse en ese modelo
únicamente detraerá recursos vitales para abordar la transición real. Porque
realmente necesitamos, con urgencia y necesidad, tanto por la acumulación de
problemas ambientales como por la escasez de recursos, llevar a cabo una
transición que no solo es energética, sino principalmente económica y social.
Tengo también claro qué características debe tener un modelo de
transición verdaderamente transitable. Y también qué tipo de estrategias son
posibles desde una ubicación primero española y luego europea. Pero hasta ahí
puedo llegar. No puedo ser tan arrogante como para creer que tengo las
soluciones a problemas tan inmensos, cuando ni siquiera soy capaz de comprender
una parte mínima de la complejidad de todo lo que aquí trato. No tengo la
solución última, el modelo de transición completo y perfecto listo para
implementarse mañana mismo. Conseguir eso es una tarea
multidisciplinar de un equipo de muchas personas, que requiere mucho trabajo de
campo, mucho ensayo y error, y probablemente muchos años de esfuerzo e
inversión. Así que a quien esperase encontrar en este libro la solución a todos
los problemas que nos acucian tengo que darle una mala noticia: no, este libro
no proporciona la solución.
Y sin embargo considero que su lectura es indispensable para abrir por
fin un debate excesivamente postergado. Hay que empezar a hablar, claramente y
sin límites, de la transición energética posible y necesaria. La complacencia
con que aceptamos los modelos obsoletos que usamos para describir el mundo,
aceptando que van a funcionar cuando cada vez es más evidente que no están
funcionando, es lo que nos está llevando a un verdadero callejón sin salida.
Hay que sacudir la cabeza, acabar con el abotargamiento y pensar con claridad,
mirar con claridad.
Dado que yo soy físico de formación, a lo largo del libro me he centrado
en algunos aspectos técnicos de esa transición; y dado que hace años que
trabajo en el campo de las ciencias ambientales, he intentado también dar una
visión ecosistémica, más holística y general, de los problemas que nos aquejan
y de las características que deberían tener las soluciones que buscamos. A
pesar de la diversidad y la complejidad de los temas tratados, he hecho un
esfuerzo por explicarlos de la manera más simple y divulgativa que he sabido,
en parte porque es lo que ahora se necesita para fomentar este debate sobre el
modelo de transición, en parte porque el nivel de detalle al que yo soy capaz
de llegar es limitado, en parte porque, por desgracia, aún no contamos con suficiente
desarrollo técnico como para profundizar más. También, en algunos casos, he
introducido reflexiones sobre las implicaciones sociales de los cambios en los
medios de producción y las tecnologías que deberemos usar, siempre quedándome
en los aspectos más evidentes y superficiales, a la espera de que los
especialistas de las ciencias sociales recojan el guante y continúen el trabajo
aquí esbozado.
Nada de lo que aquí se expone es una verdad absoluta, sencillamente son
observaciones y reflexiones sobre los datos de los que disponemos. Habrá, a
buen seguro, algunos errores y hay, eso lo sé, muchas omisiones. Todo está
abierto a discusión, en aras de ese debate que veo imprescindible comenzar ya.
No sé si conseguiré que arranque este debate sobre el nuevo modelo energético,
económico y social que necesitamos para Europa, pero si
puedo aportar algo a su discusión, me daré por satisfecho.
Este es un libro desde Europa y para Europa. No busque el lector
lecciones generales que puedan ser aplicadas a todos los territorios de este
planeta. Habrá ideas, propuestas, que quizá puedan ser adaptadas y adoptadas en
otros lugares, pero en cualquier caso a mí me ha parecido urgente escribirle al
Viejo Continente sobre él mismo, sobre su futuro, porque su ensimismamiento, su
ofuscación en un pasado que percibe brillante le está haciendo perder de vista
los enormes riesgos y las limitaciones que le aguardan en un futuro inmediato.
El ascenso de los populismos, el autoritarismo y la xenofobia, la tentación de
usar la guerra para garantizar el acceso a esos recursos escasos que no se
volverán abundantes aunque se roben a mano armada, la pobreza, la exclusión,
las revueltas… Todos ellos son peligros reales que acechan hoy a Europa, en
esta hora aciaga.
Europa no tiene recursos, no es como otras regiones de este planeta. Por
eso necesita una estrategia diferente para su transición energética e
industrial, una que no se base en un consumo masivo de materiales en su mayoría
escasos y que proceden de la otra parte del mundo. Ese modelo, fuertemente
material y extractivista, es de otra época, de la época fósil en que la energía
era abundante y barata y consecuentemente una variable que no era necesario
tomar en demasiada consideración a la hora de diseñar estrategias. En el mundo
posfósil, la energía es mucho más escasa, más cara y más difícil de manejar, y
las cadenas de suministro deben ser en general más cortas. Digámoslo claro: sin
combustibles fósiles, la minería, el transporte y en general el uso de maquinaria
pesada, amén de las gargantuescas cantidades de cemento y acero que mueve
nuestra civilización, van a verse enormemente reducidos. El gigantismo
industrial que caracteriza las soluciones que hoy se quieren implementar
necesita de, y no puede funcionar sin, combustibles fósiles.
Eso no quiere decir que no haya un futuro para España y para Europa. Lo
hay. Se puede construir. Pero eso requiere un esfuerzo de comprensión, de
debate técnico y de humildad. Se puede conseguir, sí, aunque Europa lo tiene
que buscar y a partir de él (re)construirse por sí misma.
I
Retos actuales
1
La crisis climática
El año 2023 ha marcado un punto de inflexión en la Crisis Climática. Lo
ha sido por numerosos motivos, y particularmente por la alarmante recurrencia y
gravedad de fenómenos extremos: los gigantescos incendios en Canadá
(propiciados por unas temperaturas completamente anormales en la región, con
registros de hasta 48 °C en verano), el incremento en el número de tornados en
Europa (hasta tres veces más tornados que en un año habitual y de mayor
intensidad) y la recurrencia de tormentas especialmente violentas en distintos
puntos del globo. Por su especial gravedad destacaré dos de ellas,
particularmente destructivas. En octubre de 2023, la tormenta Otis pasó de ser
una tormenta tropical sin especial intensidad a un huracán de categoría 5 en
menos de veinticuatro horas, algo que ningún modelo meteorológico fue capaz de
predecir hasta que el fenómeno estaba ya gestándose. Esa intensificación se
produjo muy cerca de la costa pacífica de México, gracias, entre otros
factores, a lo anómalamente cálida que se encontraba esa parte del océano
Pacífico. El impacto de Otis contra el estado de Guerrero, y particularmente
contra la ciudad de Acapulco, fue devastador. El Gobierno mexicano nunca
difundió datos realistas sobre los daños humanos y materiales, pero podemos estimar
que el peaje humano se cuenta en varios miles de personas; por su parte, las
instalaciones turísticas quedaron completamente destruidas y la reconstrucción
de todas las infraestructuras, si alguna vez se puede llevar a cabo, llevaría
muchos años. En la otra parte del planeta, la tormenta Daniel sembró terror y
destrucción en el Mediterráneo a comienzos de septiembre de 2023. Sobre Grecia
descargó 1000 litros por metro cuadrado en cuarenta y ocho horas, es decir,
aproximadamente el equivalente a dos años de precipitación en dos días. Aparte
de las diecisiete muertes que causó y de los estragos sobre la cabaña ganadera
griega, se estima que por culpa de esta única tempestad se ha perdido, al menos
para varios años, el 25 % de las tierras de cultivo de Grecia, entre
Página 11
las zonas que han quedado anegadas y las que han
sufrido tal erosión por escorrentía que han perdido demasiado suelo fértil como
para permitir más cultivo. Pero la trágica historia de Daniel no acabó allí.
Después de golpear Grecia, atravesó el Mediterráneo para llegar a la ribera
norteafricana, y en su tránsito pasó por una zona especialmente cálida del mar,
produciéndose un fenómeno de intensificación y alcanzando una potencia propia
de un huracán. La estela fría que dejó sobre el mar a la derecha de su trayectoria
atestigua que el proceso de intensificación de Daniel fue el de un huracán,
siendo por tanto un verdadero «medicán» (en inglés, medicane),
término acuñado hace unos veinte años para describir aquellas tormentas del
Mediterráneo que por su evolución y virulencia se comportan igual que sus
hermanos mayores tropicales, aunque con un tamaño afortunadamente mucho menor.
Y tras esta intensificación Daniel llegó a Libia, país devastado por una guerra
civil desde hace más de diez años. En medio del desierto, descargó 400 litros
por metro cuadrado en seis horas sobre un área muy extensa y provocó el colapso
de dos presas. La ola gigante arrasó la ciudad de Derna, dejando un balance de
13 000 personas muertas y varias decenas de miles desaparecidas.
Suelo incidir en los casos de Otis y de Daniel porque a pesar de la
extrema gravedad de lo sucedido, de lo alarmante que resulta que nuestros
modelos meteorológicos se estén mostrando impotentes para avisarnos con una
anticipación adecuada, de que no hablamos de zonas recónditas y abandonadas a
su suerte sino de lugares bien conocidos, y del poco tiempo que ha transcurrido
desde estos fenómenos, estoy seguro de que una buena parte de los lectores de
este libro no ha oído hablar de estas tormentas ni de la catástrofe que
desencadenaron. No es casualidad: justo cuando más seria se está poniendo la
Crisis Climática, más sordina mediática se está aplicando a estos fenómenos
extremos e inusuales. Peor aún: hay una tendencia creciente al negacionismo
climático y al fomento de actitudes virulentas, incluso agresivas, contra
quienes intentan alertar a la sociedad del peligro inmenso que supone el Cambio
Climático. Hablaremos más de ello en el capítulo donde se aborda la Crisis
Social.
Y que la Crisis Climática se está agravando es bastante evidente
simplemente observando los registros de temperaturas. En el año 2023, la
temperatura media (a lo largo de todo el planeta y promediando todas las horas
de los 365 días) fue aproximadamente 1,5 °C superior al promedio preindustrial
(de acuerdo con el Servicio Climático de Copernicus, la
Página 12
temperatura promedio de nuestro planeta fue de
14,98 °C, con una incertidumbre de 0,06 °C, mientras que en el promedio de 1850
a 1900, que se toma como referencia preindustrial, la temperatura del planeta
se estima que era de 13,5 °C). Esto es gravísimo, porque el Acuerdo de París,
que se adoptó en diciembre de 2015 en el marco de la 21.a Conferencia de Partes
sobre Cambio Climático de Naciones Unidas (COP21), estipulaba que se debían
tomar las medidas (reducción de emisiones de CO2 y
descarbonización) de modo que se evitase llegar a un calentamiento de 1,5 °C en
2100. El hecho es que ya en 2023 hemos llegado a este valor, y lo previsible es
que en 2024 el promedio se quede en un valor semejante (en el momento de
escribir estas líneas, el promedio de los últimos 365 días es 1,6 °C superior a
la media preindustrial). Bien es cierto que dada la variabilidad interanual de
la temperatura media y el hecho de que en el bienio 2023-2024 se ha producido
un fenómeno de El Niño (una perturbación cuasi periódica del clima planetario
que se produce naturalmente como un medio de rebalanceo energético entre el
hemisferio norte y el sur), lo más probable es que en 2025 la temperatura media
del planeta baje un poco y así podamos tener una idea más clara de cuál es el
nuevo valor de base, pero todo indica que probablemente no va a bajar de
1,35 °C o incluso 1,4 °C de calentamiento respecto a la temperatura
preindustrial. Eso es gravísimo, porque implica que, aunque el calentamiento de
1,5 °C no estuviera aún consolidado, no estamos lejos de llegar y sobrepasar
esa marca. Incluso algunos científicos, como el climatólogo James Hansen, que
trabajó para la NASA aunque ya está jubilado, apuntan que para 2030 habríamos
sobrepasado de manera consistente los 1,5 °C y para 2050 podríamos estar ya en
2 °C de calentamiento.
La mayoría de la gente se queda un tanto fría con esta discusión sobre
unas décimas de grado más o menos de calentamiento global, porque no acaban de
entender por qué una variación tan pequeña puede tener un impacto tan
importante, ya que tienden a compararla con las variaciones de la temperatura
ambiental que se producen a lo largo de un año, o incluso de un mismo día, que
son mucho mayores. La clave está en que aquí estamos discutiendo la media de la
temperatura de todo el planeta a la vez, lo cual incluye zonas tan cálidas como
el ecuador y tan frías como los polos, y además a lo largo de todo el año, es
decir, pasando por todas las estaciones, desde el invierno hasta el verano.
Este valor medio tiene
Página 13
mucho interés para los físicos ya que se sabe que
la temperatura de un cuerpo nos da una medida de la energía cinética (la
asociada al movimiento) de las partículas que lo componen, y así podemos
conocer el balance energético del planeta. Este valor de temperatura media a lo
largo de todo el planeta y a lo largo de un año tendría que ser extremadamente
constante, porque las diferencias entre irradiación solar recibida y reemitida
al espacio, al promediar en todas las latitudes y todas las estaciones, deberían
quedar perfectamente compensadas. Y el valor de temperatura media no debería
mostrar ninguna tendencia ni creciente ni decreciente, simplemente debería
oscilar un poco. La razón por la que esas décimas de incremento de la
temperatura global son tan alarmantes es que nos indican que el planeta cada
vez tiene más energía disponible, y por tanto tiende a crear estaciones más
extremas y a generar más caos y anomalías.
Para el caso concreto de la península ibérica, teniendo en cuenta que el
calentamiento aquí es más rápido que en el conjunto del mundo y que cuanta más
energía hay más extremas son las estaciones, un calentamiento global de 1,5 °C
implica que temperaturas por encima de los 45 °C serán habituales durante el
verano en la mayor parte de la península. Con un calentamiento de 2 °C, las
temperaturas máximas durante el verano peninsular serán habitualmente de 50 °C,
registros que entran ya en el rango de lo incompatible con la vida humana (como
desgraciadamente se ha podido comprobar este año 2024 en la India, Arabia
Saudita, Egipto y Grecia).
Hay una infinidad de argumentos manidos y medio cocinados por parte del
negacionismo climático que basándose en datos reales pretenden argumentar que
lo del Cambio Climático es una patraña. Yo no voy a entrar en detalle a
discutir esos argumentos aquí —algunos los refutamos en un artículo con Juan
Bordera y Fernando Valladares, [Bordera, 2023] —, pero sí quería comentar uno
por banal y repetido, y que da buena idea de la confusión sobre los conceptos
básicos de física y sobre el orden de magnitud real de las cosas. Se suele
argumentar que es inverosímil que el CO2 pueda causar un efecto
tan grande, un calentamiento tan extremo, cuando representa solamente el 0,04 %
de la concentración de gases atmosféricos, y que de ellos el incremento que ha
supuesto el uso de los combustibles fósiles sería tan solo el 0,01 % del
volumen total de gases de la atmósfera.
Página 14
Lo primero a destacar es que la mayoría de los
gases que hay en nuestra atmósfera no generan efecto invernadero, es decir, no
ayudan a retener la radiación infrarroja que emite la superficie terrestre
después de haber sido calentada por la radiación del Sol, que tiene una
longitud de onda más corta y para la cual los gases de efecto invernadero son
transparentes. El más importante de los gases de efecto invernadero en la
atmósfera es el vapor de agua, que con una concentración promedio de
aproximadamente un 1 % es capaz de calentar el planeta de los –18 °C que le
corresponderían por su distancia al Sol hasta los 13,5 °C preindustriales, un
calentamiento nada más y nada menos que de 31,5 °C. Por comparación, la quema
de combustibles fósiles ha causado un incremento de 0,01 % de CO2 sobre
el total de la atmósfera (100 veces menos concentración que el vapor de agua) y
habría sido capaz de elevar la temperatura 1,5 °C (unas veinte veces menos que
el vapor de agua). Pero es que el CO2 genera aproximadamente
entre cinco y diez veces más efecto invernadero que el vapor de agua. Es decir,
los números cuadran.
Sobre la segunda parte del argumento (que dice que es inverosímil que
tan poco incremento de concentración de CO2 genere un efecto de
gran magnitud a nivel del planeta), la respuesta es que el cambio,
efectivamente, no es tan grande. Desde el punto de vista de comprender el
balance energético de la Tierra, la temperatura del planeta se tiene que medir
en grados Kelvin, no en grados centígrados, porque así la temperatura es
directamente proporcional a la energía cinética de las moléculas del aire.
Medir en Kelvin es como medir en grados centígrados, solo que el origen de la
escala se pone en el cero absoluto de temperatura, que está en –273,16 °C. Por
tanto, para medir las temperaturas en Kelvin simplemente tenemos que sumarle
273,16 a las temperaturas centígradas. De ese modo, la temperatura
preindustrial de nuestro planeta era de 286,66 K, y las emisiones de CO2 la
habrían elevado a 288,16 K. Un incremento porcentual del 0,5: ese ha sido el
aumento de energía de la atmósfera debido a las emisiones de CO2. Por
tanto, es cierto: no ha sido un gran aumento. Pero eso no quiere decir que ese
pequeño aumento sea inocuo; al contrario, es muy peligroso. Ahora bien, lo que
está en peligro no es el planeta, ni siquiera la vida en el planeta: a lo largo
de su historia geológica de 4500 millones de años, la Tierra ha conocido
aumentos y disminuciones de la temperatura mucho mayores. No. Lo que
Página 15
verdaderamente está en juego es la vida de los
humanos. Porque los primeros homínidos datan de hace uno o dos millones de
años, los primeros humanos de hace unos 40 000 años y la civilización de hace
unos 10 000 años, cuando la agricultura empezó a ser posible. Esto es lo que
podría desaparecer, lo que podría dejar de ser viable. Ese es el riesgo real.
Para mí, precisamente por mi trabajo como oceanógrafo físico, uno de los
mayores signos de alarma de los últimos tiempos es la aceleración del aumento
de la temperatura de la superficie del mar, que actualmente podemos medir con
bastante precisión gracias a los satélites de observación de la Tierra. En los
últimos años, pero especialmente desde 2016, hemos podido comprobar que la
temperatura de la superficie del mar crece a un ritmo sin parangón, pasando de
una velocidad de elevación de 0,09 °C por década a más del doble en 2023. Algo
insólito porque el mar es la componente lenta del sistema climático terrestre,
y cuando comienza a experimentar cambios tan rápidos quiere decir que el
planeta se dirige a un régimen climático completamente diferente a lo que
conocemos. Es decir, que el planeta podría estar sobrepasando alguno de los
puntos de no retorno climáticos [Pérez Vilar, 2020].
Con respecto a los océanos y a esos puntos de no retorno climático,
durante los últimos años se han publicado varios estudios de mucho impacto
sobre la posible ralentización e incluso detención del brazo atlántico de la
Corriente de Lazo Meridional (AMOC). Esta corriente oceánica que trascurre por
el norte del océano Atlántico es la responsable de que la Europa continental
tenga un clima más cálido y húmedo de lo que le correspondería por latitud
(similar a la de Canadá o el sur de Siberia). Si esta corriente se detuviera,
lo previsible es que Europa tuviera un clima más frío y más seco, llegándose
incluso a producir una extensión del hielo ártico en latitudes europeas. Al
mismo tiempo, el exceso de calor que ya no se estaría aportando para temperar
el clima europeo se acumularía más hacia el sur y afectaría gravemente a la
precipitación en la selva amazónica y congoleña, y al monzón asiático. En
conjunto, al menos 3000 millones de personas estarían afectadas por una posible
detención de la AMOC y en su mayoría se verían obligadas a emigrar a otras
zonas (si es que ello fuera posible).
El posible colapso de la AMOC no es un tema nuevo [Hofmann, 2009], se
lleva estudiando desde los años sesenta del siglo pasado, pero los nuevos
sistemas de observación y monitoreo del océano, y las mayores
Página 16
capacidades de cálculo actuales, están
proporcionando indicios cada vez más sólidos de que el fenómeno podría estar a
punto de producirse o inclusive estar ya en marcha. En uno de los trabajos más
recientes [Van Westen, 2024] se utilizan modelos numéricos para calibrar un
indicador temprano de la posible detención de la AMOC y luego se evalúa ese
indicador con datos reales, revelando que el proceso de colapso de esta
corriente oceánica podría ya estar en marcha, y en su caso sus efectos serían
visibles en pocas décadas. Es un aviso, uno más, de que el Cambio Climático se
va a caracterizar por efectos no lineales, por cambios drásticos y repentinos,
y no por una modificación gradual; es también un recordatorio de que el peligro
es mucho mayor de lo que generalmente se piensa. Y por desgracia, el colapso de
la AMOC es solo uno más de los puntos de no retorno climáticos del planeta
(otros son la liberación del metano del permafrost siberiano, la desaparición
de la selva amazónica, el colapso de las placas de hielo continentales de la
Antártida, la destrucción de los corales, la acidificación de los océanos…),
cada uno de los cuales afectaría gravemente a la vida de millones de personas
en todo el globo. Peor aún: muchos de esos puntos de no retorno están conectados,
y la caída de uno de ellos puede desencadenar o acelerar la llegada de otros,
generando un perverso efecto dominó.
El Cambio Climático puede suponer el fin del Holoceno, la era geológica
en la que disfrutamos de estaciones predecibles y que ha permitido a la especie
humana salir de África y dejar de ser simplemente cazadores-recolectores. No es
casualidad que la Revolución neolítica, definida por la invención de la
agricultura, se diera cuando acabó la última glaciación y comenzó el Holoceno.
Si se acaban las estaciones, se acaba la agricultura. Y si se acaba la
agricultura, la civilización humana probablemente se acabará. Desaparecerá. No
el planeta, no la vida, y quizá ni siquiera la especie humana, pero sí nuestra
civilización. Por eso debemos tomarnos el Cambio Climático muy en serio.
Página 17
2
La crisis ambiental
En 2009, Johan Rockström, del Stockholm Resilience Centre, y Will
Steffen, de la Universidad Nacional de Australia, junto con otros veintiséis
científicos de diversas instituciones internacionales, definieron el concepto
de «límites planetarios» [Rockström, 2009]. De acuerdo con los propios autores,
«atravesar uno o más de los límites planetarios puede ser perjudicial o incluso
catastrófico debido al riesgo de superar umbrales que desencadenen cambios
ambientales no lineales y abruptos en los sistemas a escala continental o
planetaria». El estudio de los límites planetarios se inscribe dentro del
concepto de Cambio Global, que es más amplio y que incluye dentro de sí el de
Cambio Climático. En él se reconoce que la acción de los seres humanos es el
principal motor del cambio ambiental a escala global desde la Revolución
Industrial y que el objetivo es mantener la estabilidad de los sistemas
planetarios ambientales que han caracterizado el Holoceno y han permitido el
desarrollo de la civilización humana.
El análisis de los límites planetarios supera el reduccionismo tan común
hoy en día que considera que el Cambio Climático es el único problema ambiental
o el más importante que tiene que afrontar el ser humano. Por el contrario, da
una visión holística de todos los problemas ambientales que tenemos y nos ayuda
con ello a diseñar estrategias adecuadas para abordarlos, de modo que no
empeoremos algunos parámetros ambientales mientras intentamos resolver otros.
El ejemplo más paradigmático de miopía ambiental es lo que se suele
denominar visión en túnel del carbono, la cual por desgracia
domina aún hoy la toma de medidas políticas. En el paradigma de la
visión en túnel del carbono, el único problema ambiental es el Cambio Climático
y la única estrategia posible para abordarlo es la toma de medidas de
descarbonización de la economía; y estas pasan fundamentalmente por el fomento
de una transición renovable basada en el modelo Renovable Eléctrica Industrial
Página 18
(REI). En realidad, el Cambio Climático no es el
único (ni el más grave) problema ambiental. Hay otras medidas que se pueden
tomar para combatirlo además de la descarbonización y, lo más importante, el
REI tiene muchas deficiencias y limitaciones, e inclusive puede empeorar el
resto de los problemas ambientales que tenemos, amén de agravar la Crisis
Social. Todo eso lo abordaremos en la segunda parte de este libro.
Para evaluar los límites planetarios, se fijan nueve variables
ambientales y sus correspondientes umbrales de seguridad, con valores
cuantificables, que definen un espacio operativo seguro para la especie humana.
Ha sido necesaria la colaboración internacional de miles de científicos de todo
el mundo durante quince años para ser capaces de evaluar los valores de estas
nueve variables ambientales y comprobar si se encontraban en la zona de
seguridad o no. Y los resultados han sido bastante alarmantes. En 2009 se
consiguió evaluar siete de los nueve indicadores ambientales y se encontró que
tres de ellos ya habían sobrepasado su límite de seguridad, mientras que otros
dos corrían el riesgo de superarlo en los siguientes años. En 2015
efectivamente ya se habían sobrepasado cinco de los límites planetarios. Y en
2023 se finalizó la evaluación de los dos indicadores ambientales que restaban,
pudiéndose comprobar que uno de ellos también estaba sobrepasado (de hecho, es
el que se encuentra en peor estado). En el momento en que escribo estas líneas
se han sobrepasado seis de los nueve límites planetarios, mientras que otros
dos empeoran a tal ritmo que no sería sorprendente que dentro de unos años
también se hayan sobrepasado.
Conviene recordar de nuevo que sobrepasar solo uno de estos nueve
límites planetarios supone un riesgo claro e inminente para la civilización
humana e incluso para la especie. Parece que estamos tan acostumbrados a leer
todo tipo de desgracias ambientales, nunca puestas en contexto de lo que
realmente representan, que no entendemos la gravedad de la situación. No hemos
sobrepasado uno de esos límites de peligro: hemos sobrepasado seis y quizá en
unos años ya sean ocho de los nueve posibles. Que un tema de este alcance y
gravedad sea tan deliberadamente ignorado, arrinconándolo a un mero trabajo y
debate académico, es una muestra de hasta qué punto nuestra sociedad está
desnortada y desorientada, ajena a aquello que le es más vital. Por eso creo
que es importante dedicar este capítulo a presentar con detalle y explicar los
límites planetarios y qué es lo que representan.
Página 19
Los nueve indicadores ambientales que se usan para
definir los límites planetarios son, por orden de gravedad en su estado:
1. Entidades nuevas
2. Integridad de la biosfera
3. Flujos biogeoquímicos
4. Cambio Climático
5. Cambios del suelo
6. Uso del agua dulce
7. Acidificación de los océanos
8. Carga de aerosoles
9. Agotamiento del ozono estratosférico
1. Entidades nuevas: entendemos por «entidades
nuevas» todas las sustancias tóxicas que hemos dispersado, así como los
organismos cuya genética se ha modificado, en ambos casos cuando no se haya
hecho una evaluación adecuada del impacto que pueden tener en el medio ambiente.
De los nueve límites, este es el que tiene la cuantificación más difusa o se
podría decir que más estricta, ya que se considera que no se debería diseminar
nada cuyos efectos no estén controlados y sean bien conocidos; por ese motivo,
se considera el límite más rebasado. En esta categoría de entidades nuevas, y
centrándonos en el caso de las sustancias, encontramos los residuos
radioactivos de alta actividad y duración, los plásticos en todas sus
variedades, los metales pesados y las sustancias orgánicas persistentes. Se han
encontrado sobrados indicios de dispersión de estas sustancias por todo el
planeta y se sabe que se están incorporando al metabolismo de prácticamente
todos los seres vivos, causando en ellos alteraciones significativas. El efecto
de las
Página 20
sustancias radioactivas y de los metales pesados es
conocido desde hace mucho: provoca mutaciones, cánceres y multitud de efectos
en órganos internos. Hoy en día se considera que no existe límite seguro de
concentración de metales pesados en el agua y en el aire, pues son sustancias
que se bioacumulan a lo largo de la vida de las personas, con efectos que son
incrementales en función de la cantidad absorbida. En cuanto a los plásticos,
cada vez se conocen mejor sus efectos metabólicos, con numerosas afectaciones
como disruptores endocrinos y daño directo a órganos. La contaminación por
plásticos es una de las más insidiosas, ya que en la actualidad se encuentran
microplásticos hasta en el agua de la lluvia o pellets en las
playas de la Antártida, amén de toda la acumulación de macro y microplásticos
en los fondos marinos y en la superficie. Además, la preocupación por las
sustancias orgánicas persistentes o forever chemicals («productos
químicos eternos») es relativamente reciente: su presencia es
absolutamente masiva, desde las pinturas ignífugas en infinidad de objetos
hasta productos dermatológicos como cremas solares. Se trata de sustancias muy
estables que permanecen sin degradarse durante largos años y cuyos efectos
sobre la salud de las personas y los ecosistemas solo ahora comenzamos a
conocer.
2. Integridad de la biosfera: es el segundo límite
ambiental más
transgredido. Incluye dos subcategorías: la biodiversidad (es decir, la
cantidad de organismos diferentes que son capaces de cumplir una misma función
en uno o diversos ecosistemas) y la integridad funcional de los ecosistemas
(que es una medida de su robustez). Los seres humanos tienden a tener una
visión mecanicista y simplista de los ecosistemas, en la cual cada uno de los
organismos que intervienen (virus, bacterias, algas, plantas, animales) tienen
una función concreta que permite el reciclaje continuo de materia, en tanto que
la energía de esa perfecta máquina la proporciona el Sol. En el mundo real, sin
embargo, los ecosistemas suelen ser bastante complejos, con una especie
cumpliendo múltiples funciones y en un delicado y complejo equilibrio con el
resto de las especies del ecosistema. El problema con el equilibrio
ecosistémico es que si se pierde el balance, el ecosistema entero podría
colapsar y desaparecer por completo de una zona. Por ejemplo, si esterilizamos
los suelos con sustancias químicas podrían morir las bacterias que fijan el
nitrógeno en el suelo y eso haría disminuir el
Página 21
número de plantas; por tanto, habría menos
herbívoros y entonces menos depredadores, por lo que se generarían menos
detritos, con lo que la población bacteriana en su conjunto se resentiría,
entrando en una espiral de decadencia que podría acabar con todo el ecosistema.
Los seres humanos hemos puesto en peligro múltiples ecosistemas que nos ofrecen
servicios ecosistémicos vitales (como el reciclaje del oxígeno y de residuos, o
la protección frente a ciertas enfermedades), y el problema es que restaurar ecosistemas
muy dañados o desaparecidos con nuestro limitado entendimiento es muy difícil.
3. Flujos biogeoquímicos: la vida en el planeta
depende de la circulación de ciertos elementos y sustancias químicas que están
continuamente siendo usados y reciclados, ya que la cantidad de ellos que hay
disponible es limitada. Eso origina diversos ciclos de estas sustancias, siendo
uno de los más conocidos el ciclo del agua, desde su evaporación en el mar, su
acumulación en la atmósfera, la precipitación en tierra firme y su acumulación
en acuíferos y ríos hasta que vuelve al mar y en el camino es utilizada por
numerosos seres vivos y es clave en infinidad de procesos químicos, físicos y
geológicos. Los seres humanos, a través de la agricultura industrial, hemos
modificado dos de esos ciclos fundamentales para la vida hasta el extremo de
sobrepasar sus límites de seguridad: el ciclo del nitrógeno y el ciclo del
fósforo. Ambos elementos químicos son fundamentales para el crecimiento de las
plantas, y por eso el ser humano los ha introducido en grandes cantidades para
fertilizar los terrenos y aumentar las cosechas. El problema es que se ha hecho
con muy poco control de las cantidades usadas, hasta el punto de alterar el
ciclo planetario de estos elementos. En el caso del nitrógeno, se trata del
elemento más abundante en nuestra atmósfera. Algunos organismos, como las
bacterias o las plantas leguminosas, son capaces de fijarlo en el suelo,
favoreciendo su disponibilidad para el resto de las plantas. El abuso de
fertilizantes nitrogenados ha degradado la vida invertebrada y microscópica de
nuestros suelos, y se ha filtrado en acuíferos y cursos de agua,
contaminándolos y favoreciendo la proliferación de algas y otros organismos que
agotan todos los recursos y generan zonas muertas en lagos y océanos por
eutrofización (exceso de nutrientes). En cuanto al fósforo, sus efectos son
semejantes a los del nitrógeno puesto que es también un fertilizante esencial,
pero a diferencia del
Página 22
nitrógeno no es un elemento tan abundante en el
medio natural y su disponibilidad se ha visto gigantescamente aumentada por el
uso masivo de fosfatos en los fertilizantes agrícolas, incrementando la
eutrofización global y generando con ello un elevado riesgo futuro de escasez,
ya que no hay tantos depósitos de mineral de fosfato en el mundo.
4. Cambio Climático: todo el capítulo anterior ha
abordado la cuestión del Cambio Climático, así que no me extenderé más aquí.
Simplemente recordar que es el cuarto límite en cuanto a la magnitud de la
transgresión, lo cual pone el riesgo que representa en otra perspectiva.
5. Cambios del suelo: la extensión de los biomas
naturales del planeta se está reduciendo a medida que avanzan la
desertificación, la deforestación y la conversión de paisajes antes agrestes en
tierras de cultivo. Eso quiere decir que hay cada vez menos hábitats propicios
para determinadas especies. Y también que cada vez hay más fragilidad, ya que
algunos de los biomas que se están haciendo predominantes, como los agrícolas o
los urbanos y periurbanos, son más vulnerables a los efectos del Cambio
Climático (por ejemplo, la erosión de los suelos después de tormentas fuertes,
la contaminación de los acuíferos, etc.). También se rompe la continuidad
biológica de los hábitats, lo cual afecta sobre todo a especies con mayor
movilidad, que se ven confinadas a espacios más reducidos.
6. Uso del agua dulce: la mayor parte del agua directamente
disponible en este planeta (blue water) es agua del mar:
alrededor de un 97 %. Un 2 % adicional está en forma de hielo en los casquetes
polares y en glaciares. Eso quiere decir que solo el 1 % del agua disponible es
agua dulce. Desafortunadamente, una cantidad creciente de esta agua se está volviendo
no apta para el consumo humano debido a la fuerte presencia de contaminantes de
todo tipo inducidos por la actividad humana, que incluye algunos de los
mencionados en los otros límites. La actividad humana no solo está perturbando
las masas de agua dulce directamente disponible, sino también la que está
contenida en las plantas, el suelo y la lluvia (green water). Aunque
este límite es el que menos transgredido
Página 23
está, se halla en el origen de muchas enfermedades
transmisibles, y también en el de muchos conflictos armados entre países por el
control de un recurso que por desgracia es cada vez más escaso.
7. Acidificación de los océanos: las emisiones de CO2 no
están afectando únicamente a la atmósfera, se calcula que cerca de dos tercios
de esas emisiones están siendo absorbidas por los océanos. Una vez disuelto en
agua, el CO2 se combina con la molécula de agua para formar
ácido carbónico, incrementando por tanto la acidez de las aguas marinas. Ese
progresivo aumento de la acidez del agua en algunas regiones del océano global
está originando trastornos en la vida marina, y particularmente en la de todos
los organismos que tienen un exoesqueleto calcáreo, pues al subir la presencia
de ácido carbónico esa cobertura exterior tiende a deshacerse, efecto que se
incrementa con la subida de temperatura de los océanos. Esto está siendo
especialmente grave en el caso de los corales, que sufren el proceso denominado blanqueamiento,
es decir, la pérdida de carbonatos y la fragilización del exoesqueleto de la
colonia de pólipos. Pero los corales son la base del hábitat de numerosas
especies marinas, incluyendo peces, cangrejos, estrellas de mar, etc., así que
su retroceso pone en peligro algunas de las zonas más densamente pobladas del
océano global. Además, el incremento de la acidez del agua de mar llega a ser
insoportable para algunas especies, que deben emigrar a zonas menos afectadas
por la acidificación o morir. Combinada con las olas de calor marina, la
acidificación de los océanos está causando episodios de mortandad masiva de
muchos animales marinos, que luego son arrastrados en cantidades de decenas de
millares a las costas. Este límite planetario aún no ha sido sobrepasado, pero
si continuamos incrementando la acidez del mar al ritmo actual pasaremos el
umbral de seguridad en pocos años, con el agravante de que el efecto no es
homogéneo y las zonas más afectadas son las más importantes en cuanto a vida
marina.
8. Carga de aerosoles: los aerosoles son sustancias
sólidas o líquidas que se encuentran en suspensión en el aire. En la actual
carga de aerosoles en la atmósfera del planeta, lo más frecuente es el polvo,
generalmente originado en los desiertos del mundo y particularmente en el del
Sáhara. Aparte de afectar a la calidad del
Página 24
aire y de sus efectos en la respiración, los
aerosoles cambian la distribución de energía en la atmósfera, causando
apantallamiento de la radiación solar en algunas zonas y calentamiento en
otras. La diferente carga de aerosoles entre el hemisferio norte (más cargado,
porque a los aerosoles naturales se unen los generados por la actividad humana,
habitualmente por la quema de diversos combustibles) y el hemisferio sur
provoca un desplazamiento de la zona de convergencia entre la circulación
atmosférica de ambos hemisferios (zona de convergencia intertropical),
desplazando los monzones (de manera similar a lo que planteamos en el capítulo
anterior respecto del colapso de la AMOC). Este límite está aún dentro de los
márgenes de seguridad, aunque probablemente está empeorando. Sin embargo, la
aprobación de la reciente normativa marítima internacional (IMO 2020) ha
disminuido radicalmente las emisiones de dióxido de azufre, lo cual,
paradójicamente, puede haber contribuido, y mucho, al aumento de la temperatura
del hemisferio norte en los últimos años.
9. Agotamiento del ozono estratosférico: es uno
de los problemas ambientales más conocidos y sobre el que la actuación
coordinada internacional ha conseguido grandes logros. Hacia los años setenta
se comprobó que la emisión de ciertos gases usados en los sistemas de
refrigeración y neveras, los clorofluorocarbonados (CFC), estaba provocando la
destrucción del ozono estratosférico. Esta molécula inusual del oxígeno (en la
que se combinan tres átomos de oxígeno en vez de los dos habituales) tiene la
particularidad de absorber de manera muy efectiva los rayos ultravioleta más
energéticos provenientes del Sol, convirtiendo la capa de ozono planetaria en
un sistema de protección vital, ya que sin ella los rayos ultravioleta
acabarían por erradicar toda la vida en el planeta. La disminución del ozono
verificada en el siglo pasado, sobre todo importante en las zonas polares, y
más particularmente sobre la Antártida, fue bastante moderada gracias a una
relativamente rápida reacción de los países, culminada con la firma del
Protocolo de Montreal en 1987. Sin embargo, a pesar de eso y de la rápida
recuperación de los niveles de ozono estratosférico, se estima que los agujeros
de la capa de ozono son los responsables aún hoy de varias decenas de miles de
casos de cáncer de piel en todo el mundo. Este es el único límite que hoy día
no solo está por debajo del nivel de seguridad, sino que no tiene visos de
empeorar en los próximos años. No
Página 25
obstante, durante el año 2023 un cambio en la
estructura del vórtice polar antártico ha favorecido un mayor intercambio entre
los gases CFC que aún sobreviven en la atmósfera y el ozono estratosférico,
generando la menor concentración de ozono en más de una década. Un recordatorio
de que los efectos no lineales siguen estando presentes en un sistema tan
complejo como es la atmósfera y de que no podemos bajar la guardia en la
vigilancia ni en los límites ambientales que consideramos más seguros.
Después de leer la descripción de los límites planetarios, el lector o
lectora quizá habrá reparado en que no son cajas estancas, sino que tienen
fuertes interacciones entre ellos. Por ejemplo, el Cambio Climático afecta a la
biodiversidad, a los cambios del uso del suelo y a la disponibilidad de agua
dulce. Pero es que, al revés, la disponibilidad de agua dulce afecta a la
biodiversidad y a los cambios de uso del suelo y puede agravar el Cambio
Climático. Esa es en parte la razón por la cual sobrepasar los límites es tan
peligroso: nos acerca a puntos de no retorno que pueden desencadenarse en
cascada. Por esa misma razón, cualquier estrategia de mitigación de los
problemas que aquejan a uno de los límites planetarios tiene que hacerse
teniéndolos todos en cuenta. No tiene sentido que para extraer los materiales
que necesitamos para construir aerogeneradores y paneles fotovoltaicos
contaminemos de manera irreversible el agua de grandes zonas de Asia y África.
Tampoco tiene sentido que, para asegurar la disponibilidad de agua dulce,
destruyamos los hábitats de ecosistemas esenciales e irreemplazables. O que
para evitar los males ambientales de la actual minería desbocada decidamos
seguir consumiendo combustibles fósiles, agravando con ello el Cambio Climático.
Necesitamos un abordaje integral del problema ambiental, que en el fondo es uno
solo con múltiples facetas. A quien le importa de verdad el medio ambiente, le
interesa todo él, no solo la mitad.
La Crisis Ambiental enlaza de manera directa con muchas otras cuestiones
acuciantes de nuestra insostenible sociedad, como la justicia social, la deuda
del Norte con el Sur Global o los derechos de los demás seres vivos con los que
compartimos el planeta. Hay una, en particular, que me parece clave destacar
aquí: la Salud Planetaria [Horton, 2015]. El enfoque de la Salud Planetaria es
hasta cierto punto evidente y al mismo
Página 26
tiempo revolucionario. Implica reconocer que los
humanos somos seres vivos y que necesitamos de ecosistemas saludables y
funcionales, que nuestra salud no puede desligarse de la de nuestro entorno a
través de múltiples interacciones, algunas más obvias y otras más sutiles. Y
como consecuencia, si el medio ambiente está enfermo, nosotros también
estaremos enfermos. En definitiva, la protección del medio ambiente no es un
capricho de greñudos idealistas y malcriados, sino una cuestión, nunca mejor
dicho, vital, ya que nos va literalmente la vida en ello. Y si nuestro sistema
económico está diseñado de tal manera que no es capaz de preservar el medio
ambiente, entonces eso quiere decir que es un sistema económico enfermo,
patológico.
Justamente, en enero de 2021 la Agencia Europea del Medio Ambiente
(AEMA), que responde solamente ante la Comisión Europea, publicó un informe
breve titulado «Crecimiento sin crecimiento económico» [AEMA, 2021]. En este,
la AEMA se preguntaba si era posible compatibilizar el crecimiento económico
con el respeto al medio ambiente. La conclusión: un rotundo NO. La única salida
a la situación actual pasaría, por tanto, por abrazar sistemas económicos sin
crecimiento o inclusive en decrecimiento. Más aún: el informe reconoce que hace
falta mucho más que soluciones tecnológicas, critica explícitamente el Pacto
Verde Europeo por centrarse en ellas y apunta a que, dada la fuerte
implantación de la idea del crecimiento en nuestra sociedad, se necesita
impulsar el cambio por vías democráticas, llegando a proponer que tomemos las
comunidades donde se vive en una mayor simplicidad como fuente de inspiración
para la innovación social que necesitamos.
Ya hemos visto que nuestro sistema económico está profundamente enfermo,
porque enferma a nuestro planeta y con él a nosotros. Hasta aquí nos hemos
cuidado de lo que sale del sistema, de los residuos que genera, que impactan en
el medio ambiente y lo degradan.
Pero ahora miraremos al otro lado de la ecuación de la
(in)sostenibilidad de nuestra sociedad, la que tiene que ver con los insumos,
con lo que entra. Y aquí nos llevaremos una sorpresa. Porque si el problema de
los residuos es que nos enferman, el problema de los insumos es que se están
agotando. Y eso quiere decir que nuestro sistema está abocado a su parada más o
menos brusca.
Página 27
3
La crisis energética
En la actualidad, el mundo está inmerso en un proceso de declive
energético progresivo e imparable. Es un proceso, no un hecho puntual: no nos
quedaremos de golpe sin energía. Por el contrario, lo que viviremos es una
sucesión continua de sobresaltos, que se irán alternando con periodos de
relativa tranquilidad aunque creciente escasez, en un proceso que se alargará
durante años e incluso décadas. Esta es la esencia de la Crisis Energética.
La Crisis Energética tiene dos patas: por una parte, el agotamiento
geológico de las materias primas energéticas no renovables (a saber, petróleo,
gas natural, carbón y uranio), que aún representan casi el 86 % de toda la
energía primaria consumida mundialmente; por la otra, las limitaciones de la
energía renovable, que no van a poder cubrir todo el agujero energético que
deja el agotamiento de lo no renovable.
La cuestión del agotamiento de los combustibles fósiles y el uranio ya
la he tratado con bastante extensión en mis libros previos [Turiel, 2020;
Turiel, 2022], y a ellos me remito si el lector quiere encontrar más detalles.
A continuación, haré un resumen breve de los hechos y datos más relevantes y
actuales sobre el agotamiento de las fuentes no renovables de energía.
La extracción de petróleo crudo convencional llegó a su máximo histórico
en 2005, tan solo cinco años más tarde de la fecha que el geólogo Marion King
Hubbert había calculado en 1971 [Deffeyes, 2005]. En 2005, la extracción media
de petróleo convencional fue de 70 millones de barriles diarios (Mb/d); en
2023, de 60 Mb/d, un 14 % menos, según los datos de la Agencia Internacional de
la Energía.
La caída de la extracción de petróleo convencional, al igual que la del
resto de las materias primas energéticas no renovables, es un fenómeno de
naturaleza principalmente geológica (pues depende de cómo se encuentra el
recurso en el subsuelo) y física (ya que depende del coste energético de
Página 28
la extracción, puesto que se tiene que recuperar
más energía de la que se consuma en todo el proceso de extracción y
elaboración), y aunque otros factores (económicos, sociales, tecnológicos)
también tienen impacto, a largo plazo son los dos primeros los que conducen a
un declive inevitable de la extracción.
Para compensar la falta de petróleo crudo convencional, se ha hecho un
esfuerzo ingente introduciendo otro tipo de sustancias que más o menos se
pueden asimilar al petróleo convencional. Son los llamados petróleos no
convencionales, los cuales incluyen los líquidos del gas natural, los biocombustibles,
los petróleos extrapesados de Venezuela y Canadá y el petróleo ligero de roca
compacta extraído principalmente en Estados Unidos y en mucha menor medida en
Argentina. Contando con estos petróleos no convencionales, el máximo extractivo
de las sustancias que podemos usar como combustible líquido (lo que se
denomina crudo más condensado), de acuerdo con los datos del
Departamento de Energía de Estados Unidos y mirando la producción
en términos mensuales, fue en noviembre de 2018, con 84,6 Mb/d, y ya está en
caída, aún moderada (82,6 Mb/d en marzo de 2024). Si lo miramos en términos
anuales, de acuerdo con el Anuario Estadístico del Energy Institute de 2024
(que continúa la serie de los Anuarios Estadísticos de BP, ahora
discontinuada), en 2023 se produjeron de media 82,76 Mb/d de crudo más
condensado, cuando en 2017 la media fue de 83,61 Mb/d. Pero si añadimos los
líquidos del gas natural (que en realidad son en su mayoría gases, butano y
propano de hecho, y que no deberían contabilizarse junto con el petróleo), en
septiembre de 2023 se alcanzó brevemente el nivel de noviembre de 2018, aunque
sin muchas perspectivas de poder seguir aumentándolo. Es decir, incluso con
contabilidad creativa, todo indica que ya hemos pasado ese punto de no retorno
a partir del cual la producción de todo lo que hemos dado en llamar petróleo
simplemente va a ir decreciendo con el tiempo.
El resto de las materias primas energéticas no renovables no está mucho
mejor, de acuerdo con los datos del Anuario del Energy Institute de 2024. La
producción de carbón crece muy poco desde 2013 (de 165,5 exajulios en 2013 a
179,2 en 2023, un crecimiento del 0,8 % anual), y todo apunta a que en
cualquier momento tocará máximo y comenzará a bajar sin remedio. En cuanto al
gas natural, el año 2023 es el que marca de momento la máxima extracción, en
146,13 exajulios, con un muy ligero aumento desde 2021 (145,57 exajulios), y
aunque la producción podría
Página 29
aumentar algo más en los próximos años, ya es
seguro que será por poco tiempo: antes de 2030 comenzará el proceso de descenso
continuado. Por último, el uranio marcó su máximo extractivo en 2016, con
63 000 toneladas de uranio natural, y en 2022 la producción mundial ya había
caído a 49 355 toneladas, un 23 % menos, de acuerdo con los datos de la
Asociación Nuclear Mundial, y se espera que esta caída se vaya acentuando con
el paso de los años.
A pesar de los claros signos de agotamiento de la producción de materias
primas energéticas no renovables, continúa siendo común en la discusión pública
asumir que no hay realmente ninguna limitación a su extracción. Este tipo de
argumentación se basa en una falacia, que consiste en considerar las reservas
conocidas de estas materias primas (que son muy grandes y que equivalen a
muchas décadas, cuando no siglos, del consumo actual) y asumir que estas
materias primas están a libre disposición de los seres humanos y que pueden ser
extraídas a la velocidad que a uno le plazca. Sin embargo, esto no es cierto.
El hecho de que sepamos que en el subsuelo hay una gran cantidad de estas
materias primas, e incluso tengamos identificado dónde se encuentran, no quiere
decir que se puedan extraer a la velocidad que queramos. La velocidad de
extracción es una cuestión de exergía, es decir, del rendimiento energético que
tienen estas materias, concepto que se aplica no solamente a la extracción de
materias primas energéticas, sino a todo tipo de materiales [Valero, 2021]. En
la visión de la economía clásica, se piensa que al aumentar la inversión, de
manera natural, hay más recurso disponible y al final se acaba encontrando un
punto de equilibrio en el precio que garantiza que los recursos se extraen. Sin
embargo, sabemos que hay un precio máximo que se puede pagar por la energía, so
pena de condenar a la economía a entrar en recesión, que el profesor James
Hamilton cifra en el 5,5 % del PIB para la factura petrolera y del 10 % del PIB
para la factura de toda la energía [Hamilton, 2010]. Por esa razón, no es
posible ver el barril de petróleo a 200 dólares o más de manera persistente, ya
que se excedería el límite de precio que marca Hamilton y la economía entraría
en recesión. Y por ese motivo, al final la velocidad de extracción de cualquier
materia prima sigue una curva de evolución que viene limitada por la
rentabilidad posible, y pasado un punto de máxima extracción, o pico de
producción, empieza a disminuir, simplemente porque lo que
Página 30
queda está más disperso y su extracción es más
dificultosa, y solo se puede extraer a un ritmo más lento para que aún compense
económicamente.
No solo nos tenemos que ir acoplando al ritmo de extracción que marca el
descenso de rentabilidad energética de los yacimientos que nos restan, sino que
el declive de la energía neta es bastante acusado, hasta el punto de que en el
caso concreto del petróleo se estima que en algún momento hacia el año 2050 su
extracción consumirá tanta energía como la que nos pueda proporcionar esta
materia prima [Delannoy, 2021]. Eso no significa que en ese punto se detenga
por completo la extracción de petróleo, pero sí que a partir de entonces dejará
de considerarse una fuente de energía y que si se extrae será porque
proporcione otras ventajas o usos, pero no excedentes energéticos, porque en
realidad los consumirá. Eso también significa que debería haber otra fuente de
energía disponible que proporcione los suficientes excedentes energéticos como
para que la extracción de petróleo fuese posible, algo harto dudoso.
Pero en realidad los problemas con el petróleo, y con el resto de las
materias primas energéticas, comienzan mucho antes de que ya no sea rentable
energéticamente extraerlos. Por ejemplo, desde el año 2015 la producción de
diésel del mundo ya no crece de manera neta, y de hecho desde el año 2018 está
en un proceso, con subidas y bajadas, de descenso tendencial. De todos los
combustibles que refinamos a partir del petróleo, el diésel es el primero que
muestra problemas, debido a que algunos de los hidrocarburos líquidos que hemos
introducido no son tan buenos para producir diésel [Turiel, 2022]. Y el diésel
es la sangre de nuestro sistema económico: diésel es transporte, diésel es
maquinaria pesada, diésel es agricultura y diésel es minería. La crisis del diésel
nos aboca a una crisis sin precedentes de nuestro sistema productivo. Los
actuales niveles de producción de diésel [Fernández, 2024] están
persistentemente un 11 % por debajo de los niveles del periodo 2015-2017, y eso
está causando problemas en muchos países, incluso en algunos que producen
petróleo: pérdida de parte de las cosechas en Argentina, Bolivia y Venezuela,
restricciones de acceso al combustible en Nigeria, problemas de suministro en
Irán… Es simplemente una cuestión de tiempo, a medida que la escasez de diésel
se agudice, que esos problemas comiencen a manifestarse en Europa y en
particular en España (aunque España está mejor situada para capear este
problema, al refinar suficiente diésel para las necesidades nacionales en su
propio territorio).
Página 31
Está claro que tanto por los problemas ambientales
antes discutidos, con el Cambio Climático a la cabeza, como por el problema que
plantea el descenso geológico de los combustibles no renovables necesitamos
hacer una transición urgente a un modelo cien por cien renovable. Y obviamente
eso va a ser el pilar del modelo de reindustrialización que se propone en la
tercera parte de este libro. Sin embargo, el modelo de transición renovable que
se está planteando ahora mismo tiene muchas limitaciones: máxima cantidad de
energía que realmente se puede captar del medio ambiente, dependencia de
materiales críticos que no son tan abundantes, dependencia de los combustibles
fósiles y el problema específico que plantea un modelo de renovable, el que yo
denomino de Renovable Eléctrica Industrial, basado en la producción
masiva de electricidad para su transporte a larga distancia por una
red de alta tensión. Estas limitaciones las he discutido con extensión en
libros anteriores [Turiel, 2020, 2022], y parte de ellas serán motivo de la
discusión de la segunda parte de este libro. Únicamente quisiera comentar ahora
que, a pesar de que el año 2023 fue el que vio la máxima instalación de
sistemas de captación de energía renovable, y también el año en que una mayor
parte de la electricidad generada a nivel mundial fue renovable (30 %), también
fue el año en que las emisiones de CO2 marcaron máximos
históricos (por encima de las 40 gigatoneladas) y se han consumido más
combustibles fósiles que nunca. La clave está en que no se está produciendo
ninguna transición energética, sino sencillamente una mera acumulación de todos
los medios de producción de energía disponible. Nada se sustituye ni se desecha
de manera neta: solo se quita lo que llega al final de su vida útil, pero
enseguida es reemplazado por sistemas equivalentes. El consumo de todas las
fuentes de energía sigue creciendo, y solo veremos una disminución de los
combustibles fósiles por su agotamiento geológico, no por una deliberada y
planificada sustitución. Por eso el año 2022 vimos una fuerte Crisis
Energética, con precios disparados de los combustibles, de la electricidad y
del gas, sin que las renovables pudieran hacer nada por evitarlo. La
recurrencia de crisis como la de 2022 será inevitable mientras no emprendamos el
camino de la verdadera transición energética, que va mucho más allá de un burdo
intento de sustituir fuentes de energía no renovables por renovables.
Página 32
4
La crisis ignorada: la crisis social
Lo hemos visto repetidas veces durante los últimos años: los chalecos
amarillos en Francia; las protestas de los agricultores en Países Bajos y
Alemania a principios de 2022; las protestas contra la apropiación de los
recursos hídricos en medio de la sequía y la fuerte represión del
movimiento Les soulèvements de la terre («los levantamientos
de la tierra») de nuevo en Francia, y en 2024 una protesta generalizada en
todos los países de la Unión Europea de los agricultores, con tractoradas
incluidas… Y eso solamente en Europa, en una zona donde el bienestar económico
es todavía grande. En otros países tienen revueltas, golpes de Estado, guerras
civiles y entre países, con la guerra en Ucrania y la sistemática destrucción
de Gaza ocupando el imaginario occidental en los últimos años, pero al tiempo
con múltiples conflictos armados ignorados, como la guerra en Yemen, en Sudán y
en tantos otros lugares. El mundo vive en un estado de convulsión y
conflictividad creciente que nada parece tener que ver con aquel Fin de la
Historia que preconizaba Francis Fukuyama.
Hay una enorme disonancia entre la percepción de los retos de futuro tal
y como se ven desde Europa y desde otras regiones del mundo. Europa se imagina
a sí misma como el adalid en la lucha por los derechos humanos y en particular
contra el Cambio Climático, pero la realidad es que la mayoría de las veces las
políticas europeas pecan de timoratas, cuando no de directamente hipócritas.
Una gran parte de la responsabilidad de que haya esta percepción tan
errónea de la realidad por parte de los europeos recae en los medios de
comunicación, los cuales están controlados por cada vez menos manos, por unos
pocos fondos de capital que acaban controlando el flujo de la información. Así,
se han calificado sin rubor de «verdes» todo tipo de tecnologías, desviando la
atención del enorme impacto ambiental, más allá de las emisiones de CO2,
que se generaba en otros lugares del planeta,
Página 33
mientras se fomentaba un extractivismo salvaje,
como nunca antes se había visto en la Tierra, provocando una enorme cantidad de
sufrimiento en comunidades del Sur Global y la destrucción masiva de
ecosistemas y degradando gravemente los otros límites ambientales que
comentábamos en el capítulo 2, con la excusa de estar luchando contra el Cambio
Climático, como si el medio ambiente no fuera un todo, como si no se tuvieran
que respetar todas y cada una de sus múltiples facetas. Y, más allá del
problema ambiental, como si los derechos de los pueblos y de las personas en
los lugares asolados por la loca carrera por los materiales críticos no fueran
importantes y pudieran ser pisoteados o, peor aún, completamente ocultados a la
conciencia de los habitantes de Europa.
Pero, a medida que la mal llamada Transición Ecológica ha
tenido que ir avanzando, se ha empezado a hacer evidente que se van a necesitar
sacrificios no solo de los habitantes del Sur Global, sino también de las
menguantes clases medias de los países del Norte. Así, se va instalando la idea
de que quizá no todo el mundo pueda tener coche, ni un techo que pueda llamar
propio, y en poco tiempo ni siquiera se podrá elegir la alimentación. De nuevo
el papel de los medios de comunicación — legitimando ciertas medidas y
actuaciones cada vez más coercitivas y amparándolas en las necesidades de la
lucha contra el Cambio Climático— ha conseguido crear un rechazo social, cada
vez más fuerte y fundamentado, entre la clase media europea y española.
Porque el ciudadano de a pie lo que nota es que cada día se le exige más
y tiene menos derechos: se le limita el acceso al centro de las ciudades con su
vehículo privado; tiene menos dinero disponible debido a la inflación; se
expulsa a más gente de las grandes ciudades delante de la imparable
turistificación y la gentrificación; artículos alimentarios antes corrientes
como el aceite o la harina refinada se van volviendo productos de lujo… Hasta
el agua en determinados momentos está limitada.
Limitada… para algunos. Porque lo que también se percibe es que en cada
limitación, en cada restricción, en cada exclusión creciente, hay unos que
perdemos (la mayoría), pero unos pocos que salen ganando. No se le exige lo
mismo al trabajador asalariado que a la persona adinerada. Y para mayor inri,
encima a menudo se culpabiliza al pobre trabajador de no ser moralmente
responsable como lo es el rico, y no comprarse un coche de bajas emisiones que
cuesta lo mismo que su sueldo íntegro de varios años, o consumir alimentos
ecológicos que cuestan el doble de los que él se
Página 34
puede permitir. Hay un cierto elitismo moral, una
cierta carga de superioridad moral en las medidas para luchar contra el Cambio
Climático, pero que en realidad tienen un claro sesgo de clase, de
favorecimiento de las rentas altas.
En este contexto, no es de extrañar que un fenómeno relativamente
marginal como lo era en Europa hasta hace unos años, el del negacionismo
climático, se esté convirtiendo en un auténtico fenómeno emergente.
Hay razones sociológicas profundas en ese negacionismo cerril y agresivo
de esas personas que piensan que por haber leído unos artículos en internet y
visto un par de vídeos ya comprenden toda la complejidad del clima. Esas
personas que denuncian una conspiración en la que, según ellos, estamos
implicados todos los que no pensamos como ellos, y particularmente los que
trabajamos en temas ambientales. Desde mi punto de vista, estas actitudes
tienen un fuerte componente de reacción contra algunas políticas que la
población percibe como injustas y regresivas, porque lo son, pero que
teóricamente se promulgan en aras de la lucha contra el Cambio Climático. El
problema de fondo es que no es posible emprender una política eficaz contra el
Cambio Climático, ni contra el resto de las crisis de sostenibilidad que ya
hemos ido comentando, sin abordar un cambio profundo de nuestro modelo
económico y social para que sea realmente sostenible. Peor aún: la mayoría de
las veces, las medidas que se están proponiendo buscan en realidad mantener o
crear nuevas oportunidades de negocio, y acaban por tanto siendo más a medida
de los grandes intereses económicos que del interés general, y en no pocas
ocasiones acaban incluso yendo contra el interés general. Como veremos en los capítulos
dedicados a las soluciones tecnológicas que no funcionan, el hecho de que las
políticas públicas incidan una y otra vez en esas tecnologías fallidas, encima
con un discurso triunfalista y en demasiadas ocasiones atropellando ambiental y
socialmente a diversos sectores de la población, está creando un caldo de
cultivo indeseable para el escepticismo climático, pues se identifica la
falsedad de esas políticas y tecnologías fallidas con lo que teóricamente
buscan paliar, es decir, la Crisis Climática.
En este contexto, por ejemplo, la Agenda 2030 de Naciones Unidas ha
acabado cubierta del fango de la conspiranoia más delirante. Los Objetivos del
Desarrollo Sostenible (con la sola excepción del contradictorio encabezado del
Objetivo 8, «Crecimiento económico») son simplemente
Página 35
brindis al Sol, objetivos con los que es imposible
no estar de acuerdo: «pobreza cero», «hambre cero», «agua limpia», «respeto a
los derechos humanos», «trabajo justo». ¿Quién puede discrepar de esto? El
problema con la Agenda 2030 es que con excesiva frecuencia hemos visto los
diecisiete sectores circulares de colores que la simbolizan en multitud de
actos meramente propagandísticos y en el marco de acciones que en modo alguno
estaban contribuyendo a esos objetivos. La Agenda 2030 se ha convertido en un
símbolo tan manoseado con fines arteros que al final una parte de la opinión
pública la ha identificado con esos fines ilegítimos: para ellos la Agenda no
es el parapeto detrás del cual se escondían intereses inconfesables, sino un
documento perverso, casi demoníaco, en el que se promulga toda la desgracia que
nos está pasando. Lo cual demuestra que quienes piensan así no se la han leído,
pero en la época de internet, en la que cada vez menos gente se para a leer un
texto que tenga más de 140 caracteres, eso no importa, y así mucha gente se
cree que los atropellos a los que estamos sometidos están realmente contenidos
y redactados en la pobre Agenda 2030, convertida ya en un símbolo de su propio
fracaso.
Si algo caracteriza el momento actual en Europa es un creciente desapego
y desconfianza hacia las élites políticas tradicionales. El ciudadano de a pie
percibe que «los políticos» no se ocupan de los problemas del común de los
mortales y que, peor aún, muchas veces legislan en contra de los intereses de
la mayoría. Esto está creando una inestabilidad política creciente, con una
fuerte división del voto que no permite crear mayorías estables para gobernar,
y un ascenso de las opciones políticas populistas, que proponen soluciones
sencillas a problemas complejos. Para gestionar esta creciente inestabilidad,
que no solo es política sino también social, la tendencia ahora mismo en Europa
es la adopción de políticas cada vez más represivas, particularmente contra
grupos activistas ambientales: testimonio de ello han sido las detenciones
masivas preventivas durante la COP21 de París, las redadas de miembros de
Extinction Rebellion en el Reino Unido, la imputación de los quince activistas
de Rebelión Científica por su acto de protesta en las escalinatas del Congreso
en España o la investigación contra Futuro Vegetal como organización criminal.
Al final, el ascenso a las élites gobernantes por parte de opciones políticas
radicales, de lo que se denomina ultraderecha, con un fuerte
componente xenófobo, racista, elitista y en general apenas
Página 36
respetuoso con los derechos humanos y radicalmente
defensor de los privilegios de unos pocos, abona el camino hacia el ecofascismo
[Taibo, 2022], un sistema político que, ciertamente, puede gestionar la
sociedad de manera sostenible, manteniéndonos dentro de los límites
planetarios, pero a costa del retroceso en las libertades fundamentales y con
un reparto injusto de los recursos, con una minoría privilegiada y una mayoría
desposeída.
Y mientras esto pasa en el Norte Global, en el Sur Global la situación
creada por la creciente desigualdad social y degradación ambiental impulsada
por el extractivismo a gran escala provocado por la búsqueda de todo tipo de
materiales escasos está sentando las bases para un futuro y para nada lejano
estallido social. Los movimientos de los últimos años en Latinoamérica y en
África, las continuas protestas, huelgas y revueltas, los golpes de Estado y
las crisis de abastecimiento, tanto de energía como de alimentos, anticipan un
escenario de estallido final, en un mundo donde los bloques económicos se están
reconfigurando y nuevos actores ganan importancia. Si no se pone remedio a la
creciente injusticia y desposeimiento, algunos de estos países podrían llegar a
colapsar socialmente, quedando así desconectados del entorno global, agravando
su problema interno y privando quizá del vital (para Europa) suministro de
algunas materias críticas.
Esta situación no puede continuar, porque es obvio que va a acabar mal,
de una manera caótica, desorganizada, desestructurada.
Al final, la base de la verdadera sostenibilidad ambiental es una
estructura social robusta y saludable. Hace años causó cierta sensación el
trabajo de Motesharrei y sus colaboradores [Motesharrei, 2014] con el modelo
Handy, que servía para caracterizar el funcionamiento de sociedades sometidas a
una presión de sostenibilidad, ya fuera por la falta de recursos o por
problemas ambientales. Lo que el modelo Handy mostraba es que, bajo ciertas
configuraciones, algunas sociedades sometidas a estrés de sostenibilidad, en
vez de avanzar hacia un mejor reparto de los recursos y una disminución de la
carga transversal a toda la sociedad, tendían a un reparto desigual de la
riqueza y a un mayor acaparamiento por parte de las élites, justo cuando menos
había, agravando la pobreza general y llevando a sus sociedades hacia el
colapso.
Nada hay que esté escrito en piedra y de ningún modo acabar en alguno de
los peores escenarios que dibuja el modelo Handy es algo
Página 37
inevitable o necesario. Sin embargo, la Crisis
Social no debe ser despreciada. Hay que abordar el problema desde su misma
raíz, aunque cause incomodidad reconocer las causas finales de nuestros
problemas, y esta no es otra que el capitalismo como sistema económico y social
indisociablemente insostenible, tal y como discutiremos en la parte final del
libro.
La incapacidad de algunos pensadores y politólogos, incluso en partidos
que se califican a sí mismos como progresistas, de imaginar una superación del
capitalismo lleva a veces a discursos próximos o incluso justificativos del
ecofascismo como única estrategia política posible para hacer frente con
garantías a los retos de sostenibilidad de nuestra sociedad (el ejemplo
paradigmático de pensamiento ecofascista ibérico, disfrazado de falso
ecologismo, se puede encontrar en [Santiago, 2023]). Frente al relato de que el
ecofascismo es inevitable, incluso necesario, surge la necesidad de presentar
el decrecimiento como alternativa radicalmente democrática e igualitaria para
conseguir una transición sostenible para nuestra sociedad.
Aunque la idea del decrecimiento planea sobre todo el libro, el objetivo
de este modesto trabajo es simplemente presentar y discutir las alternativas
técnicas para un mundo en no crecimiento, con esquemas abordables y adoptables
desde una perspectiva netamente europea. A eso dedicaremos la tercera parte del
libro. Pero antes explicaremos por qué el modelo de transición que se está
imponiendo es técnicamente fallido.
Página 38
II
Soluciones que no funcionan
Página 39
5
El mito de la electrificación absoluta
El consumo de electricidad en España tiene una tendencia a la baja
(moteada con pequeñas subidas y bajadas con respecto a esa tendencia
descendente) desde el año 2008. Eso son dieciséis años en el momento que yo
escribo. Antes de 2008, la producción de electricidad experimentaba un
crecimiento vigoroso desde por lo menos dos décadas antes; a partir de 2008, un
lento pero persistente declive. De acuerdo con Red Eléctrica Española, si en
2008 se llegaron a producir y poner en distribución de la red de alta tensión
unos 295 000 GWh de energía eléctrica, en 2023 la producción se quedó en
alrededor de los 266 000 GWh: una caída del 10 % respecto a 2008. Los valores
son menores si miramos la demanda de electricidad, ya que parte de la
electricidad se disipa en el proceso de transporte y parte se exporta a
nuestros vecinos: en 2008 se consumieron en España unos 275 000 GWh de
electricidad y en 2023, 245 000 GWh.
Esto que le ha pasado a España no es algo aislado. El consumo eléctrico
también cae, o en el mejor de los casos está estancado, tanto en la Unión
Europa como en la OCDE en su conjunto. En todos los casos, desde 2008. Por
supuesto, el año en cuestión no es ninguna casualidad: en 2008 comenzó una
grave crisis económica cuyo pistoletazo de salida fue la quiebra de Lehman
Brothers en septiembre. Desde 2008, en los países occidentales no ha habido una
recuperación plena. No solo eso: se ha producido un cambio en la tendencia
histórica. Antes de 2008, el consumo de electricidad crecía en todos estos
países; a partir de 2008, baja.
La razón de esta más que significativa caída en el consumo de
electricidad radica en la deslocalización de la industria más intensiva en el
consumo de energía, y en particular de electricidad. No casualmente, ese tipo
de industria también suele ser la más contaminante, aunque no la de mayor valor
añadido. Europa se ha ido deshaciendo de sus fábricas menos atractivas, que se
han ido principalmente a China. Esto no ha sido un movimiento temporal
desencadenado por la crisis de 2008, sino que tiene
Página 40
características estructurales: la fuga de fábricas
más electrointensivas (y en general energointensivas) no ha parado en estos
dieciséis años. Bien es cierto que en los últimos tiempos una parte de la caída
del consumo de la electricidad que transporta la red de alta tensión tiene que
ver con el incremento del autoconsumo sobre todo doméstico, pero este fenómeno
es relativamente reciente y, en todo caso, se estima que dos tercios del
descenso de consumo son aún debidos a la caída del consumo industrial.
Este marcado descenso del consumo de electricidad, bien conocido por
todo el mundo pero del cual nadie quiere hablar, y que se suele intentar
disimular dando cifras de variación de años puntuales en los que se produce
algún ligero repunte sobre la tendencia bajista, casa muy mal con el discurso
dominante de la transición energética que teóricamente tiene que basarse en una
producción masiva de electricidad de origen renovable, la cual debería ir
sustituyendo de forma rápida y eficaz los usos de la energía que actualmente se
suplen con combustibles fósiles, favoreciendo así la descarbonización de la
economía.
Hay muchas falacias en ese tipo de argumentación, no siendo la menor de
ellas la escasez de muchas materias primas indispensables para la transición
[Valero, 2021]. De hecho, es esta escasez de materiales una de las causas
principales por las cuales las tecnologías palanca, que deberían estar
favoreciendo la transición al cien por cien renovable, no están funcionando
como se esperaba. Las dos tecnologías palanca fundamentales y que discutiremos
aquí son el vehículo eléctrico y el hidrógeno verde.
En el momento actual, las limitaciones del vehículo eléctrico se están
haciendo cada vez más evidentes. De ser la gran apuesta de las empresas
automovilísticas, las compañías europeas han echado freno a su supuesta
implementación a escala masiva. La razón principal la dejó clara el CEO de
Opel, Florian Huettl: «No podemos hacer un coche eléctrico de menos de 25 000
euros». El coche eléctrico precisa una gran cantidad de materiales exóticos,
los cuales requieren una gran cantidad de energía para su extracción y
procesamiento, y además no se producen al ritmo necesario para permitir la
adopción masiva de vehículos eléctricos. En sus últimos informes sobre la
transición renovable, la Agencia Internacional de la Energía advertía de que la
producción minera actual más la proyectada en los próximos años para algunos
materiales críticos como el cobre, el litio o el níquel era largamente
insuficiente para cubrir las
Página 41
necesidades previstas incluso en los escenarios más
modestos de la transición energética. Eso está llevando a un proceso de
encarecimiento de los vehículos eléctricos. Resulta que toda la industria del
coche eléctrico depende de la abundancia de energía fósil barata, y eso
justamente es lo que está empezando a escasear. Por ese motivo, las compañías
europeas se han visto obligadas a mantenerse en el mercado de los coches con
motor de explosión y dejar para un poco más adelante la transición al vehículo eléctrico.
Tampoco es que haya un gran mercado para el coche eléctrico de origen chino,
contrariamente a lo que se suele decir: a pesar de que son en general más
baratos, los coches chinos a precio asequible tienen unas prestaciones,
particularmente a nivel de autonomía, muy bajas, además de presentar
potenciales problemas de fiabilidad y seguridad.
En el momento actual hay toda una serie de factores adicionales que
dificultan la aceptación del coche eléctrico como solución masiva a la
automoción. Se suelen citar la escasez de puntos de recarga adecuados o los
tiempos elevados de recarga con instalaciones domésticas si se necesita una
carga completa, pero hay además otros factores que están pesando en contra de
la compra de este tipo de vehículo. Por ejemplo, la constatación de que el uso
repetido de cargadores de carga rápida acorta rápidamente la vida de las
baterías, o que la integración de las enormes baterías con el chasis del
vehículo hacen que en caso de accidente, incluso uno que provoque desperfectos
moderados, la reparación de la batería sea tan compleja que su coste pueda ser
muy elevado, a veces comparable con la del propio coche.
Por otro lado, dada la baja densidad energética de las baterías
(alrededor de 0,6 MJ/l con las de ion litio, las más capaces: unas sesenta
veces menos energéticas que el diésel), resulta completamente imposible
desarrollar maquinaria pesada eléctrica basada en baterías (otra cosa sería si
estuviera conectada directamente a la red eléctrica), debido al enorme volumen
que necesitarían tener para ofrecer unas prestaciones mínimamente comparables a
las de las máquinas que se utilizan actualmente.
La otra gran tecnología palanca que debería permitir incrementar la
sustitución del actual consumo de energía fósil por energía eléctrica de origen
renovable es el hidrógeno verde. El hidrógeno verde, presentado como la panacea
energética para múltiples aplicaciones, ha recibido en los últimos años una
atención desmedida, dado lo limitado de la tecnología
Página 42
actual y de la que previsiblemente se pueda
desarrollar con él. Lo cierto es que el hidrógeno obtenido por electrólisis (ya
sea usando electricidad de origen renovable o no) es un vector energético con
muchas limitaciones, muchas más de las que se suele reconocer. La primera de
ellas es el bajo rendimiento del proceso de electrólisis con el cual se divide
la molécula de agua en hidrógeno y oxígeno. Para efectuar la electrólisis, se
tiene que hacer circular una corriente eléctrica continua en una cubeta de agua
en la que se han sumergido los dos electrodos que forman parte del circuito. El
paso de la corriente permite la separación de las dos especies químicas, yendo
el hidrógeno al cátodo (electrodo negativo) y el oxígeno al ánodo (electrodo
positivo). La eficiencia de este proceso en una planta de electrólisis
comercial suele estar en torno al 50 %, es decir, se pierde un 50 % de la
energía utilizada comparada con la que se obtendría de quemar el hidrógeno
producido. Es moneda común presentar la eficiencia de la electrólisis de manera
engañosa, poniendo solo la parte del consumo eléctrico (donde se pierde entre
el 20 y el 30 % de la energía) pero no mencionando que el agua debe calentarse
a 80 °C antes de proceder a la electrólisis (donde se pierde el restante de la
energía), y así tratar de hacer creer que el proceso tiene eficiencias
superiores a las reales.
Una vez producido, el hidrógeno tiene un contenido de energía por unidad
de volumen bastante mediocre. Recordemos que el hidrógeno es un gas, así que el
número de moléculas que hay en un litro, y por ende su contenido energético,
depende tanto de la presión como de la temperatura. Así pues, el hidrógeno
contiene unos 12 kilojulios por litro a presión ambiente y a una temperatura de
25 °C. Esto es aproximadamente la tercera parte del contenido de energía del
gas natural en las mismas condiciones. Por eso para poder utilizar el hidrógeno
en vehículos se necesita comprimir a altas presiones, 700 atmósferas en los
vehículos más pequeños (coches) y alrededor de 300 para camiones y maquinaria
pesada. De esa manera se incrementa sustancialmente el contenido energético por
litro, hasta los 5 megajulios por litro a 700 atmósferas de presión, que aunque
ya permite trabajar es poco más de la octava parte del contenido energético del
diésel. El proceso de compresión consume energía, por sí mismo y porque primero
se tiene que refrigerar el hidrógeno a temperaturas de entre 20 y 40 °C bajo
cero para evitar que se caliente demasiado en el momento de comprimir. Ambos
procesos, refrigerado y compresión, implican pérdidas de energía sustanciales,
de en torno al 10 %
Página 43
de toda la energía inicialmente usada para producir
el hidrógeno. Después, este hidrógeno se tendría que quemar en una célula de
combustible, que produce electricidad, pero las células de mayor rendimiento a
temperatura ambiental aprovechan solo un 50 % de la energía del combustible. Y
con eso se generaría una corriente eléctrica para cargar una batería que sería
la que verdaderamente alimentaría el motor eléctrico del vehículo. Con este
diseño, el rendimiento final de todo el proceso se mueve entre el 10 y el 25 %
de la energía inicialmente utilizada; además, este tipo de vehículos no elimina
el consumo de materiales escasos que aquejaba a los coches eléctricos, aunque
en cantidades menores porque las baterías son más pequeñas en este caso.
No se agotan aquí los problemas del hidrógeno. Se trata de una sustancia
muy reactiva, muy explosiva y que quema con una temperatura de llama muy alta,
de 2400 °C, lo cual hace que su llama sea invisible. El manejo del hidrógeno es
siempre muy complicado y por ese motivo en los lugares donde se usa (por
ejemplo, en la industria química) se suele producir para su consumo más o menos
directo y siempre en depósitos pequeños. En realidad, el único sentido que
tiene la producción de hidrógeno por electrólisis es para ciertos usos
industriales, aceptando las pérdidas del 50 % que implica la electrólisis pero
con pocas pérdidas adicionales: en hornos de alta temperatura para producir
cemento, cerámica, ladrillos… y también en la fabricación de productos
químicos, plásticos, etc. Es una alternativa más cara que la actual (que se
basa en la reforma del gas natural) pero que será viable cuando el gas natural
comience a escasear. Donde el hidrógeno no tiene futuro es como combustible.
Para consultar con más detalle acerca de las ventajas e inconvenientes del
hidrógeno, se recomienda leer a [Rupérez, 2023].
Los usos derivativos del hidrógeno verde tienen aún menos sentido que el
propio hidrógeno. La producción de amoníaco a partir de hidrógeno (combinando
un átomo de nitrógeno con tres de hidrógeno) es muy poco práctica, para empezar
por las pérdidas adicionales asociadas al proceso de síntesis y después por las
dificultades de manejo del amoníaco, que es un gas tóxico y corrosivo. En
cuanto a otros usos, como la producción de hidrocarburos sintéticos, caen en el
campo de la ciencia ficción: volver a montar una molécula medianamente compleja
a partir de carbono, sea cual sea su origen, y de hidrógeno es un proceso
forzosamente muy prohibitivo desde un punto de vista energético. En la
actualidad, el poco combustible
Página 44
sintético que se ha generado por síntesis de
carbono e hidrógeno tiene un precio de mil euros por litro, y es dudoso que se
pueda abaratar mucho más, ya que ese precio es un reflejo del pésimo
rendimiento energético inherente a este proceso.
No tenemos a punto, por tanto, sistemas para aprovechar la energía
eléctrica renovable que podríamos generar para sustituir la energía fósil, y
eso pone en cuestión todo el plan de electrificación masiva de la economía.
Pero hay una amenaza mucho más cercana. En su tesis doctoral, Alicia Valero
[Valero, 2008], al analizar el rendimiento exergético de diversos materiales,
avanzaba que el cobre podría llegar a su pico de producción hacia el año 2023.
A la luz de la evolución de la extracción de cobre en Chile, principal
productor mundial, todo indica que efectivamente se ha sobrepasado ya ese pico
de extracción, lo cual significa que a partir de ahora el problema con el cobre
no va a ser solo si hay suficiente en el planeta para acometer todos los planes
de electrificación previstos, sino que además la cantidad anual de cobre
extraído irá cayendo año tras año, y eso significa que será cada vez más
difícil continuar haciendo lo que hacíamos hasta ahora, no hablemos ya de
expandir los usos del cobre. La única alternativa es incrementar rápidamente el
reciclaje tanto de este como de otros materiales, pero eso es algo más fácil de
decir que de hacer, entre otras cosas porque el reciclaje es una actividad
energéticamente muy onerosa. Discutiremos más sobre el reciclaje en la tercera
parte de este libro.
Página 45
6
Electricidad y renovables
En el año 2023 había en España una potencia eléctrica instalada de 126
GW, lo cual quiere decir que si todos los sistemas que generan electricidad
estuviesen a su máximo rendimiento en un momento determinado, esa sería la
potencia total que generarían: 126 GW. Sin embargo, como comentamos en el
capítulo anterior, la demanda eléctrica en España fue de 245 000 GWh en ese
mismo 2023, equivalente a una potencia media consumida de casi 28 GW. Obsérvese
la enorme disparidad entre las cifras: 126 GW instalados frente a 28 GW
consumidos de media. Incluso si lo comparamos con los picos de máximo consumo
durante 2023 (41 GW en algunos momentos del invierno y del verano, por las
necesidades de climatización), la diferencia entre instalado y consumido es muy
grande.
Parte de esa enorme diferencia es debida a la intermitencia de las
renovables. Los parques eólicos y las plantas fotovoltaicas tienen factores de
planta limitados, de entre el 15 % en el peor de los casos, que suelen ser
fotovoltaicos, hasta el 40 % en los mejores parques eólicos (se dice que la
eólica marina puede llegar al 60 %, pero eso es raramente cierto). El factor de
planta es el porcentaje de energía que realmente se llega a producir en una
determinada planta con respecto al máximo que produciría si siempre hubiera
funcionado a la máxima potencia. Con la fotovoltaica es completamente lógico
que los porcentajes de factor de planta estén bien por debajo del 50 %, de
entrada porque de noche no hay producción y, además, porque hay días nubosos (y
también de peor insolación, por ejemplo en invierno). En el caso de la eólica,
hay que tener en cuenta que no todo viento se puede aprovechar: el viento
mínimo para poner en marcha un aerogenerador suele estar alrededor de los 12
km/h, mientras que por encima de los 80-90 km/h lo normal es poner el
aerogenerador «en vela», bloqueando las aspas, y dejar de producir para evitar
dañar el rotor. En el caso particular de la eólica, además, como es una fuente
más
Página 46
intermitente que la solar (pasar de vientos fuertes
a calma y viceversa puede ser cuestión de minutos), por necesidades técnicas de
estabilidad de la red no es nada extraño que parte de la producción eólica
potencial quede fuera de la red y no se aproveche. Conocer los factores de
planta de las tecnologías renovables es importante, porque eso determinará el
grado de redundancia, o sobrepotencia instalada, que se requerirá para asegurar
el suministro eléctrico.
En las discusiones públicas sobre el potencial renovable se suelen citar
como factores de planta promedio para estas tecnologías un 20-25 % en el caso
de la fotovoltaica, y de un 30-35 % en el caso de la eólica (mayores aún en el
caso de la eólica marina). Sin embargo, los datos en condiciones reales de
operación de estos sistemas muestran una notable discrepancia con estos
valores. De acuerdo con Red Eléctrica Española (REE), hacia finales de 2023
había en España una potencia fotovoltaica instalada de unos 25,5 GW y eólica de
30,8 GW. También de acuerdo con REE, la eólica supuso el 23,5 % de la
producción total de electricidad y la fotovoltaica, el 14 %. En 2023, la
producción eléctrica total fue 266 000 GWh, lo cual equivale a una potencia
media de 30,3 GW. Por tanto, la potencia media generada por la eólica (23,5 %
de 30,3 GW) fue de 7,1 GW, es decir, un 23,2 % de toda la potencia eólica
instalada. En el caso de la fotovoltaica, su potencia media generada (14 % de
30,3 GW) fue de 4,25 GW, esto es, un 16,6 %. En resumen: los factores de planta
prácticos de las instalaciones eólicas y fotovoltaicas en España fueron de 23,2
y 16,6 %, respectivamente. Es cierto que los porcentajes reales podrían ser
ligeramente mejores que los de esta estimación porque una cantidad nada
despreciable de la potencia instalada, sobre todo fotovoltaica, fue puesta en
servicio a lo largo de todo el año, pero aun así los porcentajes se desvían
mucho de los valores que el fabricante atribuye a estas tecnologías. Y una de
las razones más importantes tiene que ver con las características y los
requerimientos del sistema eléctrico y la poca adecuación de la nueva renovable
(eólica y fotovoltaica) a dichos requerimientos.
Contrariamente a la percepción general, transportar electricidad en una
red de alta tensión es mucho más que poner cierta cantidad de energía en la
red. Se suele pensar en la energía eléctrica de manera análoga a como se piensa
en la red de suministro de agua: hay una especie de fluido (la energía
eléctrica) que discurre por unas conducciones (los cables), hasta
Página 47
llegar al punto de uso, donde simplemente se toma.
Esta analogía puede ser útil, pero proyecta una idea muy equivocada sobre cómo
funciona la electricidad en realidad.
Para empezar, electricidad es movimiento. En una conducción de agua, si
no se abre el grifo el agua continúa estando en la cañería para ser utilizada
posteriormente. En la red eléctrica, la energía la transporta el incesante
movimiento ondulatorio de los campos eléctricos transportados por el cable: si
se quiere, se puede pensar en el movimiento de una comba. Si uno no aprovecha
la energía producida ahora mismo, no se queda en reserva para después: hay que
volverla a generar. Peor aún: la red eléctrica tiene que estar siempre en
perfecto equilibrio entre la energía que se genera y la energía que se consume.
Si se pone más energía de la que se necesita en un instante dado, la red se
sobrecarga y se pueden producir averías. Si se pone menos energía de la que se
necesita, se pueden producir apagones por falta de potencia. Por eso, la
función crucial del regulador eléctrico (REE en el caso de España) es mantener
siempre oferta y demanda perfectamente equilibradas, anticipando al segundo, a
los diez segundos, al minuto, a la hora y al día cuál va ser la demanda para
poder darle respuesta con la oferta disponible.
Las centrales eléctricas clásicas son perfectas para este fin. Estas
centrales incluyen las térmicas de todo tipo (carbón, gasoil, gas convencional
y de ciclo combinado), la nuclear y la hidroeléctrica. En todas ellas, la
electricidad se genera haciendo girar una turbina muy pesada, de varias decenas
de toneladas, conectada a un alternador que genera la corriente alterna de gran
potencia, que será convertida a una corriente alterna de alta tensión que se
transportará por su red. Este tipo de sistema es ideal por dos motivos
principales: es gestionable (la potencia producida se puede aumentar en mayor o
menor medida regulando el consumo de combustible, y por tanto dando respuesta a
las variaciones de la demanda) y es inercial (el gran peso de la turbina garantiza
un movimiento muy regular, generando una señal de corriente alterna muy cercana
al perfil sinusoidal ideal). En particular, la inercialidad es muy importante
para garantizar que no se producen cambios en la frecuencia de la señal, algo
muy peligroso porque si los sistemas de generación eléctricos conectados a la
red no están perfectamente sincronizados ejecutando el mismo patrón sinusoidal,
se podrían producir diferencias de potencial en puntos aleatorios de la red,
creando descargas eléctricas
Página 48
eventualmente de alta potencia con enorme potencial
destructivo. El mantenimiento de la estabilidad en frecuencia de la red europea
es actualmente uno de los grandes motivos de preocupación del ente
suprarregulador, ENTSO-E, debido a la multiplicación de los incidentes de
separación de frecuencia en los últimos años.
Por contraste, la nueva renovable es un tipo de «tecnología
desobediente»[1]. Para empezar, es intermitente, lo cual quiere decir que su
disponibilidad es aleatoria, y bien puede producir en exceso cuando no se
necesita tanto y no producir en absoluto en un momento de alta demanda. Por
supuesto, no es gestionable: el regulador puede jugar a conectar y desconectar
más sistemas renovables para dar respuesta a las necesidades de la red, pero
eso implica un gran esfuerzo y mayor imprecisión, y no siempre es posible. Y
para terminar no son inerciales: la eólica, porque la variabilidad del viento
hace difícil garantizar que se conserve el movimiento perfectamente periódico,
y en cuanto a la fotovoltaica, porque no genera corriente alterna sino
continua, y se requiere un tipo de equipo especializado, llamado inversor,
que transforma la señal en alterna e intenta sincronizarla con la red, algo que
no siempre es sencillo, y máxime con una multitud de sistemas pequeños
conectados a la red, creando ruido.
Obviamente, se ha hecho un enorme esfuerzo para corregir o al menos
limitar los problemas que generan las renovables. Por ejemplo, para evitar la
falta de inercialidad, los aerogeneradores pueden funcionar como sistemas
activos-reactivos, de modo que toman energía de la red hasta conseguir girar a
la frecuencia adecuada y a partir de ese punto mantienen el movimiento gracias
al impulso del viento. La instalación de pequeños sistemas de baterías en los
parques renovables permite compensar las oscilaciones en la potencia generada
siempre que estos sean de corta duración, y también permite una salida y
entrada de la energía generada más ordenada y menos repentina. Pero el gran
caballo de batalla con las renovables es la mitigación de la intermitencia.
La intermitencia, es decir, la fuerte variación de la energía eólica y
solar disponible debida a los fenómenos naturales, tiene diversas escalas
temporales. El viento y la iluminación solar varían mucho durante el día, lo
hacen también en el plazo de las semanas, y más aún a lo largo de todo el año
según van cambiando las estaciones. Ahora que la implantación de sistemas de
captación de energía renovable está creciendo rápidamente, la solución técnica
propuesta por organismos como la Agencia Internacional
Página 49
de la Energía o la Unión Europea es aumentar
drásticamente el almacenamiento de electricidad producida por las renovables en
los momentos de bonanza para poder aprovecharlos en momentos de menor o nula
producción. Hay varias tecnologías que se podrían usar para almacenar los
excesos energéticos cuando se producen, pero las dos que se suelen citar más
frecuentemente —por ser las más escalables— son las baterías y las centrales
hidroeléctricas reversibles. Se debe tener en cuenta que las necesidades de almacenamiento
crecen rápidamente según la extensión temporal que se quiera compensar. En la
práctica, cuando se quiere cubrir la variabilidad de unos pocos días, los
requerimientos son prohibitivos en lo material, ya sea a nivel de materiales si
se piensa en baterías, o de lugares donde almacenar el agua, si se piensa en
presas de bombeo reversible, y también en lo económico y energético. Por poner
un ejemplo práctico, en marzo de 2023 Naturgy anunció que invertiría 117
millones de euros para poner en marcha una planta de almacenamiento con una
capacidad energética total de 290 MWh. La demanda eléctrica de España equivale
a una potencia media de unos 28 GW; por tanto, la planta de Naturgy podría
proporcionar una energía equivalente al consumo de España durante 37 segundos.
Visto de otro modo, construir una planta o plantas con un coste como el de la
de Naturgy para cubrir una hora de consumo nacional tendría un coste de unos
11 300 millones de euros; para cubrir un día, 271 000 millones de euros; para
cubrir 28 días de consumo (el periodo mínimo necesario para estar seguro de
compensar la variabilidad estacional), 7,6 billones de euros: más de cinco
veces el PIB español. Y eso asumiendo unos precios constantes, algo que no
sucederá a medida que los materiales se vayan volviendo más escasos, máxime si
todo el planeta apuesta por este modelo de transición. Y aunque los costes
puedan optimizarse con el tiempo con respecto a la referencia de Naturgy, lo
más probable es que la escasez de materiales sea el factor dominante y empuje
el precio al alza.
En resumen, por más insistencia que se ponga en ello, los sistemas de
almacenamiento tienen una utilidad sobre todo para la compensación de los
problemas de estabilidad, en una escala temporal más bien breve, y poco más. Y
siempre y cuando no tengamos escasez de materiales.
Volviendo a España: para satisfacer una demanda media de 28 GW con picos
de 41 GW, incluso teniendo en cuenta la intermitencia, debería ser suficiente
con unos 80 GW. Pero con 126 GW instalados, tenemos una
Página 50
capacidad excedentaria de varias decenas de GW. Eso
explica por qué en muchos momentos no se puede absorber toda la electricidad
renovable que se puede llegar a producir y se dan los nefastos curtailments:
intervalos de tiempo en los que parte de la producción eléctrica simplemente no
se puede aprovechar porque no hay demanda para ella. Ese es uno de los
problemas principales que aquejan hoy en día en España a la energía
fotovoltaica, y en menor medida a la eólica. La cara opuesta de los curtailments es
la necesidad de mantener una cierta potencia activa clásica «de
respaldo», para poder cubrir la necesidad de la red cuando las renovables
repentinamente dejan de estar ahí. Los dos sistemas clásicos de generación
eléctrica con mayor rapidez para dar respuesta son la hidroeléctrica y las
centrales de gas de ciclo combinado, y son los que se suelen usar para
garantizar la estabilidad de la red. En cuanto a los primeros, dependen de la
disponibilidad de agua embalsada y por tanto su uso tiene limitaciones, incluso
aunque no haya sequía, porque no se puede desembalsar una cantidad arbitraria
de agua. Y en cuanto a los segundos, exigen una quema continua de gas natural
para mantener las turbinas girando a una velocidad adecuada para dar una
respuesta rápida (recordemos que esas turbinas pesan decenas de toneladas y se
tienen que poner en movimiento progresivamente, durante horas, para evitar
dañarlas).
Se da así la paradoja de que mantener un alto nivel de uso de renovables
en una red de alta tensión con gestión de la oferta acaba exigiendo continuar
quemando cierta cantidad de gas —el hidrógeno sería prohibitivamente caro—.
Eso, o buscar un modelo de producción y gestión eléctrica alternativo.
Página 51
7
El hundimiento de la eólica
Hay una verdad incómoda que debería estarse discutiendo públicamente,
como primer paso para buscar soluciones duraderas, y que sin embargo se omite.
Como en tantas otras cuestiones de la política industrial europea, se mira para
otro lado en la esperanza de que el problema desaparezca o de que otro se haga
cargo del mismo.
Esta es la verdad: la industria eólica europea está herida de muerte.
Las grandes compañías que hace veinte años dominaban el mercado
(Vestas, Nordex, Gamesa) están hoy en una crisis con vistas de ser
terminal. Grandes operadores eólicos, como Oërsted o Statcraft, se replantean
toda su estrategia industrial expansiva.
Mientras tanto, las diez primeras empresas de fabricación de
aerogeneradores son ahora chinas. De manera análoga a lo que pasó hace más de
veinte años con la industria fotovoltaica, el retroceso industrial de la eólica
europea puede acabar con la desaparición de todos los fabricantes europeos y
que China se vuelva el proveedor prácticamente en exclusiva de los
aerogeneradores que se instalen en el Viejo Continente, con todo lo que ello
supone de pérdida de capacidad industrial y de soberanía energética.
Hay múltiples causas para esa crisis, pero aunque luego haga falta
introducir (importantes) matices, al final todo se puede resumir en una frase
sencilla:
No es posible construir aerogeneradores de altas prestaciones de manera
rentable. No a los precios que exigen los operadores.
Examinemos primero el caso de Siemens Gamesa. Gamesa era una compañía
vasca dedicada, entre otras cosas, al diseño y construcción de aerogeneradores.
En 2022 fue comprada por la filial de energía del grupo industrial Siemens y
pasó a llamarse Siemens Gamesa, como una marca integrada dentro de Siemens
Energy.
Página 52
Desde la adquisición, Siemens Gamesa ha tenido
muchos problemas económicos. En 2022 perdió 2000 millones de dólares. En 2023,
4500 millones. Los problemas de Gamesa son los mismos de todo el sector:
encarecimiento de la energía y las materias primas, dificultades
administrativas… Y un problema particular (o quizá no tanto) de Gamesa: los
problemas estructurales de sus modelos 4.X y 5.X.
Los aerogeneradores 4.X y 5.X de Gamesa se comenzaron a introducir en el
año 2017 aproximadamente. Se trata de aerogeneradores con una potencia máxima
de entre 5 y 7 MW, y suponían un salto adelante en la carrera de todo el sector
hacia la construcción de aerogeneradores de mayor tamaño. El rendimiento de un
aerogenerador crece cuadráticamente con el diámetro del aerogenerador, así que
el proceso lógico era ir fabricando aerogeneradores más grandes. Todo el
trabajo de ingeniería se dirigía al diseño de máquinas cada vez mayores, usando
para ello materiales de mayores prestaciones para conseguir esa proeza técnica.
Pero algo se torció.
A finales de 2022 se comenzó a reportar que algunos aerogeneradores de
los modelos 4.X y 5.X presentaban defectos estructurales. Tras varios años de
uso, se observaba la aparición de fracturas, sobre todo en los puntos de
inserción de las palas, y crecientes vibraciones. Con el tiempo, los defectos
estructurales podían acabar afectando al propio rotor. Como se fue comprobando
posteriormente, si no se tomaban medidas los aerogeneradores acababan
rompiéndose, generalmente separándose una pala, en ocasiones llegando a
colapsar toda la estructura. La reparación de los aerogeneradores afectados era
muy costosa, sobre todo si el rotor ya estaba afectado. La corrección de los
problemas estructurales resultaba muy compleja. En octubre de 2023, Gamesa tomó
la decisión de suspender la fabricación y venta de nuevos aerogeneradores
durante un plazo estimado de dieciocho meses, en el conocimiento de que
instalar más aerogeneradores solo serviría para incrementar las pérdidas. En el
momento de escribir este libro, el futuro de Gamesa parece muy incierto, tras
el anuncio de que en 2024 seguirán teniendo pérdidas milmillonarias, la
aplicación de un Expediente de Regulación de Empleo para más de 4000
trabajadores y la amenaza de una posible demanda colectiva por parte de los
operadores eólicos que han instalado sus aerogeneradores defectuosos.
Página 53
Los problemas de Gamesa, tan impactantes, no son
exclusivos de esta empresa. Tanto Vestas como Nordex han tenido que incrementar
sus provisiones de fondos para cubrir problemas con aerogeneradores ya
instalados por anomalías no previstas. La división eólica de la americana
General Electric también ha reportado problemas económicos y operativos
importantes: recientemente General Electric ha sido demandada por los fallos
masivos en sus aerogeneradores. Quizá los problemas del resto de los
fabricantes de aerogeneradores occidentales no son tan graves como los de
Gamesa, pero tampoco son inexistentes, y es difícil saber qué evolución tendrán
con el tiempo, dada la lógica discreción con estos temas.
¿Cómo ha podido pasar esto? ¿Es que no es posible construir
aerogeneradores de este tamaño que no tengan problemas estructurales
relevantes? A juzgar por el desempeño de los fabricantes chinos, es
perfectamente posible construir aerogeneradores de gran tamaño y
suficientemente fiables. Entonces, ¿qué ha pasado en Gamesa y, en menor medida,
en el resto de las compañías occidentales?
El problema no es, ni nunca ha sido, si se pueden construir
aerogeneradores de hasta 7 MW lo suficientemente resistentes (otra cosa son los
aerogeneradores aún mayores que con bastante ligereza se suelen dar por seguros
en los próximos años). No es una cuestión de factibilidad técnica. Es una
cuestión de coste.
Intentar construir un aerogenerador de este tamaño a un precio de 1,3
millones de dólares por megavatio instalado (precio medio de un aerogenerador
en 2021) se está demostrando muy difícil. Quizá incluso imposible. Simplemente
porque a mayor tamaño del aerogenerador, mayores esfuerzos mecánicos deben
soportar los puntos de inserción de las palas y el propio rotor, ya que la masa
de las palas se va incrementando con el tamaño. Y para poder soportar esos
esfuerzos durante los veinte años de la vida útil de un aerogenerador es
necesario utilizar materiales de mayor resistencia, más duraderos y,
lógicamente, más caros.
La industria china no tiene ese problema. Sus costes de fabricación son
menores porque su mano de obra es más barata y porque en su propio país dispone
de muchos de los materiales que nosotros nos vemos obligados a importar. Pero
aparte de eso, las empresas chinas suelen hacer cierto dumping en
sus productos: a fin de cuentas, tienen detrás al Estado chino, que
las avala y que puede cubrir parte de sus costes si las cuentas no salen.
Página 54
Con esa estrategia barrieron en su momento a la
industria fotovoltaica europea, y con presumiblemente la misma estrategia van a
barrer del mapa a nuestra industria eólica.
Si queremos preservar la industria de fabricación de aerogeneradores,
porque consideramos que es una industria estratégica de cara al futuro,
deberíamos tener una discusión técnica en profundidad y seria sobre los costes
reales de la eólica y sobre qué interesa hacer y qué no.
Por ejemplo, existen muchas dudas sobre la viabilidad económica de la
eólica marina. Los costes operativos acaban siendo mayores de lo inicialmente
esperado, en tanto que los precios mínimos contratados (generalmente con el
Estado) no son lo suficientemente altos para cubrirlos. Durante los últimos
años hemos visto múltiples cancelaciones de grandes proyectos de eólica marina,
especialmente en Estados Unidos, con varios campos abandonados por Iberdrola y
Oersted, ya que las políticas de subsidios no son tan generosas como en la
Unión Europea. En el Reino Unido, una subasta de eólica marina quedó desierta a
finales de 2023 porque nadie quiso pujar por ella al precio mínimo garantizado
por la electricidad producida que ofrecía el Estado británico, y el Gobierno se
plantea si subir este precio mínimo, so pena de encarecer la electricidad en
todo el país.
Tierra adentro, el mayor de los problemas parece estar en la saturación
de proyectos. Los efectos de interacción entre diversos parques eólicos limitan
las localizaciones disponibles, y las zonas de mayor potencial eólico están
mayoritariamente copadas. Los nuevos proyectos tendrán en general menores
rentabilidades que los anteriores, salvo en los casos en los que se opte por
una repotenciación de los campos viejos.
Mientras tanto, los planes de la industria continúan pasando por
construir aerogeneradores más potentes (y más caros). La gran frontera está en
los 12 a 15 MW, de los cuales se están empezando a probar prototipos. En vista
del fiasco que han supuesto los aerogeneradores de la generación anterior, se
debería proceder con la máxima cautela y asegurarse de que esos modelos vayan a
tener la durabilidad requerida y se consiga hacerlos rentables.
Por desgracia, en el momento actual hay bastante poca voluntad de
profundizar en estos debates. La gran afluencia de dinero proveniente de los
fondos NextGenerationEU, que tiene fecha de caducidad en 2026, ha llevado a que
se ponga toda la prioridad en construir ahora y evaluar los
Página 55
riesgos y problemas más tarde. Esta constituye la
mejor receta para el desastre, sobre todo en España, un país donde ya hemos
vivido varios episodios de burbuja inmobiliaria y de la construcción que han
acabado con un enorme parque de edificios e infraestructuras infrautilizadas,
cuando no directamente abandonadas. En un contexto en el que sabemos que
necesitamos realmente hacer la transición energética, tanto por la cuestión
ambiental como por la del declive energético, perder tiempo, dinero y recursos
en infraestructuras defectuosas o inútiles es tremendamente temerario.
Se podría comenzar a discutir si no sería necesario considerar la
producción de energía, o por ejemplo la parte que tenga un origen eólico, como
un gasto a ser sufragado directamente con fondos públicos. La obsesión por
utilizar mecanismos de mercado en un contexto industrial en el que parece que
no es efectivo, pero que podría ser justificado por su utilidad social, solo
nos lleva a una continua huida hacia delante en la que se lanzan ingentes
cantidades de dinero, pensando que al final acabará siendo rentable. Si como
resultado de esta táctica escapista al final se tienen que socializar las
pérdidas del sector para evitar su desaparición, es también legítimo plantearse
si se deberían socializar los beneficios, sobre todo los sociales antes que los
económicos, y considerar por fin el acceso a la energía como un servicio. Algo
que discutiremos más adelante.
Página 56
8
El incierto futuro de la fotovoltaica
La energía fotovoltaica tiene muchas ventajas, pero también muchos
inconvenientes. Empecemos por las primeras.
Los paneles fotovoltaicos son de los pocos sistemas que permiten una
conversión directa de la energía captada en energía eléctrica, sin tener que
pasar por el proceso de calentar un fluido para mover una turbina, que es el
proceso habitual. La producción de electricidad a través del movimiento de una
turbina impulsada por un fluido a presión implica grandes pérdidas energéticas
en todo el proceso de conversión, mayor necesidad de mantenimiento y una
instalación de gran tamaño. Por contraste, los paneles fotovoltaicos son
pequeños y delgados, modulares, no tienen partes móviles, con lo que requieren
mucho menos mantenimiento, son limpios y prácticos, y pueden instalarse
prácticamente sobre cualquier superficie. En cuanto al rendimiento energético,
los paneles que se instalan actualmente no tienen grandes factores de
conversión de la energía solar (alrededor del 20 % de la radiación incidente),
pero se trata de una energía ambiental siempre disponible y por tanto no
implica el consumo de ningún combustible, con lo que en cierto modo es
ilimitada (al menos en el tiempo, por eso decimos que es renovable).
Por la sencillez de instalación y gestión, eficacia, limpieza y
modularidad, los paneles fotovoltaicos son la elección natural para cualquier
instalación doméstica e incluso para factorías de pequeño y mediano tamaño.
En cuanto a las desventajas, la más evidente es la escasa cantidad de
energía que producen por metro cuadrado ocupado y su fuerte intermitencia
(aunque a diferencia del caso eólico esta es mucho más previsible y fácil de
modelizar). En promedio, llega a la superficie del planeta Tierra una potencia
radiante de unos 250 vatios por metro cuadrado (W/m²), pero eso incluye todas
las latitudes, todas las estaciones del año y todas las horas del día y de la
noche. En el caso concreto de
Página 57
España, la radiación media de las zonas más
soleadas está alrededor de los 200 W/m², pero de nuevo esa potencia oscila
mucho de unas estaciones del año a otras, llegando a ser de 2000 W/m² o más en
las horas centrales del día en verano. Teniendo esto en cuenta, hay dos maneras
obvias de utilizar la energía fotovoltaica: o adaptarse a la variabilidad del
ciclo solar (diario y estacional) y consumir la energía cuando está disponible,
o introducir una superficie enorme de captación para compensar el efecto de su
variabilidad, a sabiendas de que por la noche nunca habrá disponible. El
problema de esta segunda estrategia es que implica que en muchos momentos hay
un exceso de producción, porque se ha sobredimensionado la instalación para
poder estar a la altura en los momentos de menor producción (típicamente en
invierno o en días poco soleados). Otra estrategia sería recurrir al
almacenamiento masivo, pero ya hemos visto que no es viable por el enorme coste
energético, económico y de materiales. Alternativamente, se podría jugar con
distribuir la producción sobre una extensión geográfica muy grande, de modo que
se pueda compensar la falta de generación de unas zonas con la mayor generación
en otras. Desafortunadamente, las pérdidas de energía eléctrica por transporte
son muy grandes en cuanto las distancias sobrepasan los mil kilómetros, y a
distancias inferiores no hay tanta diferencia entre la generación solar entre
unos sitios y otros.
El problema que se plantea actualmente con la fotovoltaica es que el
modelo de integración preferido es el de grandes parques fotovoltaicos para ser
conectados a la red de alta tensión que transportará la electricidad hasta
grandes centros de producción y consumo. Este modelo de gestión de la energía
renovable es lo que denominamos el modelo de Renovable Eléctrica
Industrial o REI. Pero justamente la fotovoltaica es el
tipo de tecnología peor adaptada para este modelo.
En primer lugar, como ya comentamos, no es despachable ni síncrona. Eso
obliga a tener sistemas de respaldo para poder cubrir su intermitencia y los
problemas de estabilidad que se generan, aunque a diferencia de la eólica la
previsión sobre su comportamiento es bastante más simple y más precisa
(básicamente es el ciclo día-noche, a lo que hay que añadir las variaciones de
la nubosidad media, que son mejor predichas por los modelos numéricos que las
del viento).
En segundo lugar, al producir corriente continua se tiene que ser
especialmente cuidadoso en el uso de los inversores. Una mala
Página 58
programación de los mismos puede acentuar
comportamientos transitorios que no representan la carga real de la red. Eso
también implica una mayor inversión en estos equipamientos, que precisamente
suelen ser la parte de la instalación de un parque fotovoltaico que tiene una
vida útil más corta y que por tanto tienen que ser repuestos, con frecuencia
por completo, encareciendo la gestión de la electricidad producida.
Pero el problema principal ahora mismo es la redundancia. Dado que en
España se siguen instalando más parques fotovoltaicos y cuando hace sol lo hace
en áreas muy amplias, es habitual tener excesos de producción fotovoltaica en
las horas centrales del día, especialmente en primavera, pues las condiciones
de insolación son ya muy buenas y la temperatura ambiental —que hace bajar la
eficiencia de los paneles— aún no es tan elevada como en verano.
Justamente en primavera, por esas temperaturas más suaves y los días más
largos, la demanda eléctrica suele ser menor. Eso ha llevado a una situación
bastante compleja en España en la primavera de 2024, que es una repetición de
realidades observadas en otros países. Por un lado, hay curtailments cada
vez más importantes: parte de la energía renovable que se podría
generar se desaprovecha porque no hay demanda. Eso, obviamente, es negativo
para los propietarios de las instalaciones, que no las pueden rentabilizar (de
nuevo aparece la cuestión de si estas instalaciones no deberían ser gestionadas
como un servicio público antes que como un producto de mercado). Pero por otro
lado, dada las características del sistema marginalista que se usa para fijar
el precio de la electricidad, se repiten las horas en las que el precio de la
electricidad en el mercado mayorista es cero, debido a que toda la demanda se
cubre con nuclear (que entra a precio cero) y fotovoltaica (que puede entrar a
precio cero si tienen contratos de precio garantizado por el Estado, que les
cubre la diferencia entre el precio real y el que se hubiera convenido)[2]. Esto genera mucho malestar en todos los productores que no tienen ese
tipo de contrato (nuclear) y en los que tienen que mantener en marcha, con el
consiguiente consumo de combustible, los sistemas de respaldo para garantizar
la estabilidad de la red (ciclos combinados). El 22 de mayo de 2024 se vivió
una situación un tanto crítica en España ya que, después de varias semanas con
precios cero a muchas horas del día, algunos ciclos combinados habían sido
apagados y no fue posible cubrir la demanda eléctrica a la caída del sol. Eso
obligó a REE a desconectar toda la
Página 59
industria que tenía suscritos contratos de
interruptibilidad, a importar tanta electricidad desde Francia como fue posible
y a rezar para que no se produjera ninguna avería en alguna de las centrales
que estaban en marcha. Aunque se han tomado medidas correctoras, el problema de
fondo continúa sin resolverse, y es cuál debe ser el mecanismo de fijación de
precios en un entorno con tanta fotovoltaica redundante (y encima en un
mercado, el eléctrico, cuya demanda lleva cayendo desde 2008).
Hay aún algunas otras cuestiones a considerar en el caso de la
fotovoltaica.
Por un lado, su escalabilidad puede ser mucho más limitada de lo que
muchos expertos creen simplemente porque la escasez de materiales es muy
limitante para esta tecnología. Los dos materiales más escasos son el telurio y
particularmente la plata, la cual está experimentando un proceso de agotamiento
terminal en todo el planeta y es necesaria también en la industria
microelectrónica. La plata es difícilmente sustituible en los paneles
fotovoltaicos debido a que estos bajarían considerablemente su rendimiento.
Por otro lado, los paneles fotovoltaicos contienen sustancias tóxicas y
solubles en agua, como el propio telurio, el cadmio y el plomo. La gestión de
los paneles al final de su vida útil es muy importante y debe hacerse de una
manera respetuosa con el medio ambiente por el riesgo de diseminación de esas
sustancias tóxicas. Esto plantea el problema añadido de qué pasa cuando un
panel fotovoltaico se rompe, por ejemplo, por culpa de una tormenta de pedrisco
o debido a que el fuerte viento ha levantado el bastidor y los paneles han
salido volando y se han hecho añicos. Precisamente el problema de la renovable
tradicional es que es muy vulnerable al tipo de situaciones que plantea el
Cambio Climático. Y ya no es solo contar con planes para la recogida de paneles
al final de su vida útil (que será de veinte a treinta años tras su
instalación, y quién sabe lo que pasará entonces), sino que se necesitan planes
para todas las contingencias, particularmente las inclemencias meteorológicas,
que pueden destruir los paneles y diseminar sus restos.
Página 60
9
La siguiente burbuja renovable
En los capítulos anteriores hemos discutido sobre las limitaciones
actuales de las tecnologías en las que se basa el modelo REI. Existen otros
muchos problemas asociados con estas tecnologías que fueron discutidos en los
libros anteriores [Turiel, 2020, 2022], y a ellos me remito si el lector quiere
profundizar en esta cuestión. La conclusión que emerge, una vez considerado
todo, es que el modelo REI no es verdaderamente funcional para permitir una
transición energética, entendida esta como una sustitución completa de todos
los usos actuales de la energía por la energía renovable que proporcionaría el
REI. No hay suficiente potencial de producción, ni materiales, ni capital, ni
tecnologías para sustitución, ni maneras eficaces de resolver las cuestiones técnicas
más complejas, como la intermitencia, la no gestionabilidad o la asincronía de
la nueva renovable.
Pero, a pesar de la evidencia que se va acumulando, tozuda, sobre la
mesa, los planes de la Unión Europea siguen pasando exclusivamente por el
fomento del REI como único medio para hacer la transición y como garantía
indiscutible de conseguir la ansiada descarbonización (y, de manera menos
reconocida, la seguridad energética en un mundo donde los combustibles fósiles
comienzan a escasear). Y cuando se separa de ese discurso es para recuperar
callejones sin salida como es la nuclear (opción sin sentido en un mundo donde
la materia prima que más rápidamente está cayendo es el uranio, o alimentando
quimeras como la IV Generación o la fusión —ver [Turiel, 2020]).
Y aunque es una cuestión de tiempo, dentro de no tantos años se hará
evidente que el REI no nos lleva a ningún lado. No se consigue la sustitución,
no se produce el tipo de energía que se necesita y no garantiza la seguridad
energética. Con el REI vamos a vivir una situación de precios crecientes en
todo tipo de productos, escasez de energía y de materias, y se
Página 61
continuará en la senda de la desindustrialización
en la que está firmemente instalada Europa.
Llegará un momento en el que se tendrá que aceptar que el REI ha
fracasado y que no tiene sentido seguir invirtiendo en él.
¿Qué pasará entonces?
¿Alguien asumirá la responsabilidad de lo que ha sucedido? ¿Alguien
explicará clara y honestamente lo que ha pasado? ¿Alguien pedirá perdón por
haber desoído las advertencias, por haberse burlado y acosado a los científicos
que advertían de este desastre?
¿Dónde se esconderán esos asesores que aseguraron que la electrificación
total de la sociedad no solo era posible sino que sería económicamente
provechosa? ¿A qué se dedicarán esos expertos en movilidad eléctrica, en
hidrógeno verde, en combustibles verdes, en sostenibilidad, cuando el edificio
del REI se derrumbe? ¿Cómo adaptarán sus programas electorales los partidos
políticos para encajar la disonancia de haberlo apostado todo a la nada? ¿Y qué
propondrán a partir de ese momento?
Más importante: ¿cómo se reparará el daño causado? No solo por el coste
de oportunidad de no haber hecho lo que se necesitaba para hacer frente a los
graves problemas ya presentes (tanto ambientales como de escasez de recursos),
no solo por haber malgastado a manos llenas el dinero de los contribuyentes.
No, no solo por eso. ¿Quién reparará esos bosques y campos de cultivo
destrozados para instalar macroparques eólicos y fotovoltaicos, o líneas de
evacuación? ¿Y la tierra removida y contaminada, probablemente en países
lejanos, para extraer materiales críticos y escasos? ¿Y las comunidades
destruidas? ¿Y las vidas arrebatadas?
Preguntas todas ellas retóricas, pues ya sabemos que nadie dará una
respuesta adecuada a esas cuestiones acuciantes. Por defecto, y si la
ciudadanía no se alza para exigir un cambio de rumbo radical, aquí viviremos un
nuevo ejercicio de cinismo, de mirar a otro lado y eludir la responsabilidad,
un cambio de caras sin cambio de formas de hacer, y poco más. En realidad,
posiblemente se irá a buscar la siguiente burbuja renovable.
Porque, de no ponérsele remedio, después de esta primera burbuja
renovable habrá una segunda, para la cual se están sentando las bases ahora
mismo.
Página 62
¿Y en qué se basará la siguiente burbuja renovable,
si no es en la producción de electricidad?
Fácil: se basará en la producción de combustibles. Para seguir haciendo
lo que mejor sabemos hacer desde la invención del fuego: quemar.
¿Y qué combustibles renovables podemos producir?
Tienen un nombre muy adecuado, por aséptico y por el aire tecnológico y
verde que le da: biomasa. Aunque en realidad ese nombre oculta la leña de toda
la vida, que será la principal fuente de biomasa que utilizaremos.
¿Qué es la biomasa? Teóricamente, cualquier fuente de materia orgánica
que pueda aprovecharse para producir combustible. Y por cualquiera realmente se
quiere decir cualquiera. Lo que pasa es que no todos los tipos de materia
orgánica tienen la misma cantidad de energía, ni todos pueden aprovecharse para
hacer los mismos combustibles.
La materia orgánica, tanto la de origen vegetal como la de origen
animal, está compuesta en más de un 95 % por solo cuatro átomos: carbono,
hidrógeno, oxígeno y nitrógeno, CHON. Y a efectos energéticos, lo que más nos
interesa de la materia orgánica es conseguir a partir de ella la formación de
moléculas en forma de cadenas de hidrocarburos, es decir, moléculas lineales
formadas con un esqueleto de carbonos interconectados entre sí y combinando sus
enlaces libres con hidrógeno (y eventualmente con oxígeno y algunas otras
especies químicas en menor concentración). Este tipo de cadenas son fáciles de
quemar, es decir, se pueden hacer reaccionar con oxígeno a una cierta
temperatura, y a partir de aquí la reacción de oxidación (combinación con
oxígeno) resultante se puede mantener ella sola simplemente gracias al calor
que se desprende. Es lo que pasa cuando le prendemos fuego a la madera.
Para poder aprovechar la materia orgánica en nuestras máquinas
necesitamos procesarla primero, sobre todo para eliminar impurezas y sustancias
que pueden producir compuestos tóxicos o corrosivos. Así pues, podemos
aprovechar la biomasa de tres maneras principales: como combustible sólido,
líquido o gaseoso.
El combustible gaseoso es relativamente fácil de producir. Al pudrirse
(es decir, ser descompuesta por las bacterias), la materia orgánica emite
grandes cantidades de metano, que es el hidrocarburo más simple que existe: un
carbono y cuatro hidrógenos combinados con él, CH4. Las
Página 63
bacterias van digiriendo la materia orgánica,
aprovechando su energía y sus nutrientes, y en el proceso de cortar las
moléculas de compuestos de carbono de la materia orgánica se desprenden trozos
pequeños, átomos de carbono sueltos combinados con el hidrógeno, el metano. El
metano es lo mismo que el gas natural, y por tanto puede ser usado de la misma
manera que se usa el gas natural hoy en día.
El combustible líquido es mucho más difícil y esquivo de producir,
fundamentalmente porque la materia orgánica no suele estar pensada para quemar.
Se puede conseguir procesando la materia orgánica tanto vegetal como animal
mediante reacciones físicas, químicas y biológicas, como la fermentación y la
destilación, y así producir etanol (CH3-CH2OH), que es el
alcohol corriente y que funciona como un sustituto razonable de la gasolina.
También se puede producir metanol, que es más simple (CH3OH, el
alcohol de quemar o de madera de toda la vida) y puede usarse como gasolina,
pero también es una sustancia más corrosiva y tóxica. Conseguir producir
combustibles más complejos como el diésel es bastante más complicado y
energéticamente más costoso, y generalmente se derivan a partir de sustancias
grasas o aceites.
Por último, como combustible sólido, prácticamente solo son aptas las
partes leñosas de las plantas. Y aunque los rastrojos que quedan en los campos
después de la siega son utilizables, su contenido energético por unidad de
volumen o de masa es incomparablemente más bajo que el de la leña de los
árboles.
En un mundo industrializado y parco en energía, una vez que se comprenda
que el REI es una quimera, los países se van a lanzar a quemar biomasa para
mantener las máquinas funcionando tal y como lo hacen ahora mismo. Pero hay un
problema obvio: no hay forma sostenible de producir con biomasa la misma
cantidad de energía que estamos consumiendo hoy, ni siquiera una fracción
significativa.
Respecto a los biocombustibles (bioetanol y biodiésel derivados de
plantas cultivadas), aparte de que su rendimiento energético es nulo, si
destináramos todas las cosechas actuales para la producción de biocombustibles
produciríamos el equivalente a 15 Mb/d, es decir, aproximadamente el 15 % de
todo el consumo de petróleo actual, y el petróleo es solamente el 33 % del
consumo total de energía primaria. Por lo tanto, si nos quedáramos sin qué
comer ni qué dar de comer a nuestro
Página 64
ganado podríamos producir el equivalente al 5 % de
toda la producción de energía primaria actual.
Respecto al uso de biomasa sólida, aquí el problema es la tasa de
regeneración de los bosques. Estamos viviendo ya un proceso de deforestación
intenso en algunas regiones fundamentales del planeta (es parte de uno de los
límites planetarios que discutíamos en el capítulo 2, «cambio de los usos del
suelo»), y eso sin intentar sustituir todo nuestro consumo energético con
grandes cantidades de madera. La cantidad de bosque que se puede explotar de
manera sostenible es obviamente insuficiente para hacer esta sustitución, y eso
sin olvidar que la madera tiene otros usos más allá de simplemente quemar (para
construcción, muebles y hasta para hacer el papel en que estarán impresas las
copias físicas de este libro). Peor aún, en el caso concreto de los bosques tropicales
se sabe que no es posible hacer rentable la tala sostenible [Zimmerman, 2012].
Desde un punto de vista más general, la biosfera en su conjunto produce
una cantidad de energía (embebida en la materia orgánica que crea, la cual no
toda es directamente aprovechable como fuente de energía) de 4200 exajulios al
año, de la cual los seres humanos ya estamos extrayendo unos 620 exajulios para
todos nuestros usos, incluyendo los alimentarios y la construcción [Delaygue,
2022], una cantidad muy similar a la energía total que consume la humanidad. El
problema es que la productividad primaria de la biosfera da alimento a todo el
resto de las especies animales, y también sirve para fijar el CO2 atmosférico
que hemos emitido en exceso. Intentar sustituir todo nuestro consumo energético
con biomasa es sencillamente imposible y suicida.
Y a pesar de todas estas consideraciones, si no hay una reacción
ciudadana en contra, la burbuja de la biomasa será la siguiente en inflarse,
causando escasez de alimentos y desforestación, hasta que finalmente explote.
Se usarán los cultivos para producir combustibles, se quemarán bosques en
centrales térmicas para producir electricidad, se aprovechará todo lo que no se
pueda aprovechar de otra forma para producir biogás a través de biodigestores.
No para intentar producir aquello que realmente se necesite, sino simplemente
para mantener la megamáquina industrial actual en marcha, en la esperanza de
seguir creciendo aunque excluyendo a cada vez más gente del reparto exiguo de
la energía y degradando aún más rápidamente nuestro medio ambiente.
Página 65
Y así pasará, con el aval de expertos, de
economistas, de consultores y de políticos que nos dirán que la biomasa es la
gran promesa. Como de hecho ya están comenzando a hacer, y tal y como se están
posicionando para el futuro, comenzando con los arrendamientos de tierras
agrícolas para cuarenta años para instalar parques fotovoltaicos, cuando la
vida útil de uno de esos parques es de veinte años.
Nadie aceptará la culpa del error anterior y nos precipitaremos al error
siguiente, avalado por los informes técnicos preceptivos que dirán, de nuevo,
que lo imposible se puede hacer, aunque al final acabe en fracaso.
Así se gestará la segunda burbuja renovable. Así pasará. Si no hay una
reacción.
Si no hay una reacción ciudadana. Una que diga que hay límites. Una que
exija un cambio radical en la manera de hacer las cosas. Y que empiece por
hacerse la pregunta fundamental: energía ¿para hacer qué?
Página 66
10
Sin modelo para gestionar la crisis del diésel
En el periodo que va de 2015 a 2017, en el mundo se producían
aproximadamente unos 26 Mb/d de diésel. Esos fueron los años en los que más
diésel se ha producido nunca, y los que marcan la interrupción de una tendencia
creciente que se alargaba por lo menos desde los años ochenta del siglo pasado,
con algún traspiés asociado a las crisis económicas. Sin embargo, desde
entonces la producción ya no sube. Sin que se haya modificado sustancialmente
la cantidad de maquinaria que usa diésel en el mundo, ni que se haya visto una
introducción masiva de una tecnología sustitutiva, a principios de 2024 la
producción de diésel se mantenía por debajo de los 23 Mb/d, un 11 % por debajo
de los niveles del periodo 2015-2017.
La evolución de la producción de diésel en estos últimos años no ha sido
un simple descenso desde el periodo de mayor producción. En 2018 y 2019 se fue
produciendo una caída paulatina, que se vio drásticamente acelerada en 2020
debido a los confinamientos de la COVID y la parada de la actividad mundial. A
partir de finales de 2021 comienza un proceso de recuperación que se acelera en
2022, y a finales de ese año, durante dos meses, se llega a los niveles de
producción de 2015-2017, para después emprender una caída constante y sin
esperanza hasta los niveles actuales. Se puede decir que a finales de 2022 se
echó el resto, esperando poder volver a los máximos, pero no ha sido posible
mantenerlo.
La caída de la producción de diésel era algo previsible, debido a la
naturaleza de los hidrocarburos sustitutivos del petróleo crudo que se han ido
introduciendo en los últimos años, mucho menos aptos para la producción de
diésel. Precisamente ahora que la caída de la producción de petróleo crudo
comienza a acelerar, lo previsible es que también lo haga la de diésel. Y esto
tendrá consecuencias nefastas, porque el diésel es con toda propiedad la sangre
de nuestro sistema económico y productivo.
Página 67
Por esa misma razón, resulta muy alarmante que
ningún gobierno occidental esté tomando medidas anticipatorias para hacer
frente a la inevitable crisis del diésel. Esta es estructural, irreversible e
irá empeorando con el tiempo, y además seguramente se desarrollará a un ritmo
más acelerado que la del resto de los combustibles derivados del petróleo. Por
desgracia, lo más probable es que a medida que los problemas con el diésel se
agudicen, las estrategias consistan en poner parches a corto plazo, confiando en
que al final volveremos a «la normalidad».
En el caso del diésel, dado su uso en multitud de actividades, los
efectos de su escasez se dejarán sentir en múltiples sectores, lo cual hará más
difícil reconocer la causa común de su falta y favorecerá que se tomen medidas
sectoriales, que en poco o nada ayudarán, dado que ninguna de ellas irá a la
raíz del problema. Contribuye a la falta de identificación de que el problema
está en el diésel el hecho de que los economistas esperan que su escasez
conduzca a un periodo de precios continuamente elevados, cuando en realidad la
escasez lo que provoca es volatilidad en el precio [Turiel, 2014]. Volatilidad
y conflictos.
Analicemos el espectro de problemas que se van a presentar (algunos de
los cuales en realidad ya comienzan a estar presentes).
Transporte: hablar de diésel es hablar de
transporte. En Europa más del 70 % de las mercancías que se transportan más de
cien kilómetros por vía terrestre lo hacen en camión, un porcentaje similar al
que tiene Estados Unidos. Las condiciones de trabajo de los chóferes han ido
empeorando a lo largo de los años, a medida que los costes han ido aumentando
pero los fletes no han subido de la misma manera. Hay una precarización
creciente del sector, lo que garantiza mayores problemas simplemente cuando el
precio del diésel aumente, no digamos ya si empieza a escasear y se tiene que
racionar. De manera similar, los costes del transporte marítimo también han
subido, porque aunque los barcos no funcionan con diésel usan combustibles de
la misma franja de producción (destilados medios) y ahora que se limitan las
emisiones de dióxido de azufre tienen unas características más similares a las
del diésel, y por eso la escasez de uno acaba siendo la del otro. Dado que el
transporte en barco es el preferido para largas distancias, la escasez de
combustibles, aparte de otros problemas como son las
Página 68
restricciones en los canales de Suez y de Panamá o
la escasez de contenedores (efecto indirecto también de la escasez de diésel,
aparte de otros factores), produce un encarecimiento generalizado de todo tipo
de productos. Por último, la aviación está también comprometida por culpa de
las limitaciones en la producción de diésel, porque si bien la producción de
keroseno (el combustible de la aviación) no ha sufrido caídas tan importantes
aún, se ve afectada porque en algunos países se añade keroseno al diésel para
compensar la escasez de este último. En los últimos tiempos se ha comenzado a
hablar de la necesidad de introducir impuestos al keroseno en aviación, que
probablemente sea el mejor mecanismo de mercado que los líderes mundiales han
ideado para paliar su creciente escasez. También se habla mucho de la necesidad
de costear la transición de la aviación a los SAF (combustibles aéreos
sintéticos), que no deja de ser otro nombre aparente para los biocombustibles,
en este caso de uso aéreo (porque, no, no se van a hacer combustibles
sintéticos dado lo prohibitivo de su producción). Estos movimientos anticipan
un encarecimiento muy importante del transporte aéreo, en particular el de
viajeros, y por tanto volar se convertirá progresivamente en un privilegio para
unos pocos, como lo fue en décadas anteriores. Por eso mismo, es previsible que
se reduzca aún más el número de aerolíneas.
Minería: aunque la electrificación de las
operaciones de extracción en las minas es algo necesario (no se pueden quemar
combustibles bajo tierra, so pena de agotar el oxígeno y también por el peligro
de explosiones), muchas minas no tienen acceso a una red eléctrica suficiente
como para poder alimentar los compresores de la maquinaria extractiva y por
tanto recurren a grupos electrógenos que funcionan con diésel. Al margen de
eso, el movimiento en superficie del material de mina se suele realizar con
camiones que funcionan con diésel, y para el transporte de larga distancia, de
nuevo, el uso de camiones es bastante frecuente. Todo esto hace que los
volúmenes de diésel consumidos por la minería sean muy grandes y que el
encarecimiento y escasez del diésel tenga mucho impacto en la disponibilidad de
ciertos minerales, particularmente en países más periféricos pero que pueden
estar suministrando algún mineral crítico para el sistema económico actual. A
corto plazo, los encarecimientos y retrasos en entrega de material son de
esperar. A largo plazo, se puede generar una gran conflictividad
Página 69
(como ya se empieza a observar) cuando la
extracción minera compita con la agricultura nacional.
Agricultura: los tractores y las cosechadoras,
como toda la maquinaria pesada, funcionan con diésel. Observando únicamente el
año 2024 hemos visto problemas para cosechar por falta de diésel en múltiples
países, algunos de ellos productores de petróleo: Argentina, Venezuela,
Bolivia, Nigeria… En el caso concreto de Europa, el funcionamiento del mercado
alimentario hace que los intermediarios fijen los precios máximos a pagar en
origen y, con demasiada frecuencia, esos precios no permiten siquiera cubrir
los costes, o si lo hacen es por un exiguo margen. Unido a los problemas de
encarecimiento de los fertilizantes (sobre todo el nitrato de amonio, que
actualmente se produce usando gas natural, que va caro), la crisis del sector
agrícola en Europa es muy intensa, como se refleja en las repetidas protestas
de los últimos años y particularmente en toda la Unión Europea en 2024. Sin
embargo, no se está dando ninguna respuesta eficaz a estos problemas porque no
se plantea que el aumento de costes sea estructural ni se cuestiona el
funcionamiento del mercado, claramente asimétrico en favor de los
distribuidores. Agravan el problema doméstico las importaciones a bajo precio
de otras naciones con menores costes salariales y menor respeto medioambiental.
Pero también hay que levantar la vista más allá de Europa y mirar lo que está
pasando en el mundo. Desde el año 2021 son recurrentes las crisis y las
protestas por la escasez de alimentos por todo el mundo (a finales de 2021 la
BBC reportaba 95 países, de los 196 que hay en el planeta, donde había habido
protestas y revueltas). El tensionamiento creciente de la producción
agropecuaria por culpa de la escasez de energía y en especial del diésel puede
acabar en estallidos de violencia, guerras civiles y revoluciones que podrían
poner el mercado mundial de todo tipo de productos, algunos muy esenciales para
Europa, completamente patas arriba.
Lo peor de la situación actual es la falta de conciencia de la
vulnerabilidad extrema en la que se encuentra Europa por diversos factores,
pero particularmente por todos los conflictos generados por la caída de la
producción global de diésel, y en buena medida por la incomprensión de
Página 70
cómo actúa esta escasez y la incapacidad de aceptar
que no solo es irreversible sino que inevitablemente irá a peor.
Y es que la disminución de la producción global de diésel se va a
manifestar en dos fases diferenciadas, completamente dependientes del país. En
Europa, mientras el euro siga siendo una moneda fuerte y respetada (y eso
depende de que conserve su capacidad industrial, sobre todo en aquello donde
Europa aporta un mayor valor añadido) los problemas llegarán más tarde, pero en
otros países con economías y monedas más vulnerables los problemas están
llegando ya y se agravarán durante los próximos años.
La primera fase es la de carestía. El diésel se vuelve caro, cada vez
más caro, hasta que se llega a un punto de ruptura en el cual se destruye parte
de la actividad económica, aquí y/o en otras regiones del mundo. Cuando se ha
destruido suficiente demanda, aquí y/o en otras partes, el precio baja, y puede
bajar mucho si la demanda cae sensiblemente por debajo de la oferta. El precio
se mantiene bajo por un tiempo hasta que se empieza a producir cierta
recuperación de la demanda o al ir cayendo la producción por motivos
geológicos, y otra vez la producción posible no puede satisfacer la demanda,
volviéndose a disparar el precio. Estos son los ciclos de volatilidad del
precio, y al proceso que los desencadena se le denomina espiral de
destrucción de oferta/destrucción de demanda [Turiel, 2014].
La segunda fase es la de escasez: da igual qué precio se quiera pagar
por el diésel, no hay suficiente cantidad disponible para satisfacer la
demanda. Esta es una situación en la que se encuentran actualmente algunos
países, y exacerba el problema que Europa esté comprando diésel por todos los
lados para compensar la falta de combustible ruso y el descenso de producción
de las refinerías europeas. Por ejemplo, Pakistán se ha encontrado repetidas
veces excluido del mercado diario de diésel y de gas en los últimos años, y
probablemente ha pasado algo semejante en muchas naciones de África. A largo
plazo, el problema de la escasez llegará también a Europa, y más rápidamente si
su moneda empieza a perder credibilidad en el mercado internacional. Cuando
comienza la escasez, el problema no es ya el precio, sino la necesidad de
racionamiento. Un tema complejo y controvertido, porque toda medida de
racionamiento tiene un fuerte componente político, ya que según a qué
Página 71
sectores se priorice o relegue se está apostando
por un modelo de país u otro.
No hay alternativas a corto plazo para hacer frente a la escasez de
diésel, y costará muchos años montar estructuras alternativas. Además, los
impactos de la escasez de diésel nos afectarán gravemente incluso de modo
indirecto debido a la falta de muchas materias primas. En realidad, la única
alternativa posible es buscar disminuir nuestra dependencia externa en la mayor
medida posible en el plazo más corto de tiempo que se pueda. Algo que
contradice la teoría económica dominante y que por eso no se contempla nada
parecido, ni se contemplará hasta que ya sea demasiado tarde.
Aunque nunca será tarde para tomar medidas paliativas.
Página 72
III
Reindustrializar Europa
Página 73
11
Proteccionismo y sectores estratégicos
Se estima que desde la COVID más del 20 % de la industria alemana ha
cerrado, sobre todo la industria pesada (particularmente la química y la
metalúrgica). El foco se pone en la alemana, pero toda la industria europea,
inclusive la española, está en un proceso franco de retroceso en todos los
sectores, sobre todo en la industria pesada. No es de extrañar: la industria
pesada es la más intensiva en materiales y en energía. De los primeros, porque
se requieren grandes cantidades que serán transformados mediante complejos
procesos en materiales aptos para su uso en la industria de bienes de equipo,
con una gran generación de desechos y residuos; y de la segunda, porque esos
procesos requieren también grandes cantidades de energía para obrar esa
transformación. En los últimos meses hemos visto como BASF, la gigante alemana
de la química, ha comenzado a desmantelar parte del ciclópeo complejo integrado
de Ludwigshafen, la joya de la corona, para llevarlo a países donde los costes
unitarios son menores, como China o Estados Unidos. Incluso en la industria de
bienes de equipo y de consumo se observa un retroceso más que considerable, y
en particular en la industria manufacturera más importante de Alemania,
Francia, el Reino Unido, Italia y España: la industria automovilística. Aparte
de su repliegue en el sector del coche eléctrico, los fabricantes de coches
europeos anuncian día sí y día también recortes temporales o definitivos de
empleo, mientras reducen su oferta de modelos y poco a poco se van centrando en
menos segmentos del mercado, al tiempo que se agudiza el proceso de
concentración empresarial que comenzó a principio de este siglo.
El retroceso de la industria europea, sin embargo, no es algo reciente.
Hay un año particularmente importante en esta historia de descenso, que es
2008, cuando comienza una crisis económica de cuyas consecuencias nunca hemos
llegado a librarnos enteramente. No es casual que sea en 2008 cuando en la
Unión Europea y en el conjunto de la OCDE comienza
Página 74
a descender el consumo de electricidad: es
precisamente a partir de ese año cuando la industria europea entra en un
declive que se ha demostrado irreversible.
Pero hay otra fecha que en realidad es tanto o más importante en el
ocaso industrial de Europa, y es 2001. Precisamente, cuando China ingresa en la
Organización Mundial del Comercio. A partir de que China pasa a ser miembro de
la OMC, el país asiático da un salto de gigante en su conversión en la fábrica
del mundo y se consuma la globalización que había comenzado una década antes.
Sobre el papel, un organismo como la OMC debería generar la mayor
eficiencia económica, al garantizar un comercio libre de mercancías entre los
países miembros. En teoría, cada país se especializa en la producción de
aquello en lo que es más eficiente y de ese modo el precio de los productos
finales es el óptimo, con lo que los consumidores salen beneficiados por el
mejor precio, los países en vías de desarrollo logran progresar y los países
más avanzados se especializan en una producción tecnológicamente más puntera y
de mayor valor añadido. Todos ganan.
Después de décadas de funcionamiento, podemos convenir que no es así
como ha funcionado la OMC. El hecho de que en ella participen tanto países con
cultura democrática como países autoritarios (cuando no dictaduras declaradas)
no ha favorecido un progreso generalizado de todos los pueblos del mundo sino,
al contrario, una degradación de las condiciones laborales en todas partes. La
producción más contaminante y peligrosa (que suele formar parte de la industria
pesada y por tanto también es muy intensiva en energía y materiales) se ha ido
a radicar a países con menor respeto ambiental y por los derechos humanos, y
también donde se paga menos la mano de obra y no son extrañas las jornadas
laborales de dieciséis horas diarias o el trabajo infantil y/o esclavo.
Ese dumping social y ambiental ha conllevado que las
industrias radicadas en los países occidentales no hayan podido competir y se
hayan visto obligadas a cerrar. El problema ha venido cuando esos países como
China, a medida que su industria pesada ha crecido de modo desmedido para
absorber la demanda literalmente del mundo entero, ha atesorado capital y
recursos como para poder dar los siguientes pasos y ha ido ocupando los nichos
tecnológicos siguientes. Y como en esos países no hay una verdadera separación
entre capital y Estado, ha sido el propio Estado el que ha asignado los
excedentes generados en las industrias
Página 75
básicas para lanzar las tecnológicas y de esa
manera hacer no solo dumping social (a través de las peores
condiciones laborales y ambientales), sino también económico,
directamente subvencionando las industrias tecnológicas que al principio no
eran competitivas y ahora barren el mercado. Actualmente China es una gran
potencia tecnológica que hace tiempo que ha dejado atrás a Europa y
probablemente ha superado ya a Estados Unidos. En realidad, China no nos
necesita para nada a nivel industrial desde hace mucho, y solo le servimos como
consumidores, pero a medida que crezca su mercado interno y el de sus vecinos,
ni para eso.
Este auténtico dislate, obviamente contrario a los intereses de Europa,
ha sido posible por una fe ciega en un pensamiento verdaderamente doctrinal, el
neoliberalismo económico. Esta escuela económica, por desgracia aún la
dominante en las facultades de Economía, se basa en una serie de principios e
hipótesis no solo no refrendados por la realidad, sino con frecuencia
desmentidos por ella; pero la flagrante evidencia contraria solo ha servido
para un reatrincheramiento ideológico en los pilares centrales de este
pensamiento, que se repiten con fiereza e incluso agresividad, descalificando
con argumentos ad hominem a quien se atreve a cuestionarlos.
Dos de los pilares conceptuales más importantes del neoliberalismo económico
son su fe absoluta en el libre mercado y su defensa a ultranza del crecimiento.
Desde un punto de vista conceptual, un mercado libre, esto es, uno al
cual todos los agentes tienen igual acceso y sobre el que comparten una
información completa, debería ser el más eficiente a la hora de asignar
recursos y conseguir la mayor eficiencia económica, entendida como la obtención
de los mejores precios y ganancias para todo el mundo. Partiendo de este modelo
conceptual, posiblemente correcto sobre el papel pero absolutamente ideal y
para nada realista, los neoliberales llegan a la conclusión de que no hay que
poner ningún tipo de traba ni regulación al mercado, para que este sea libre y
por tanto eficiente y autorregulado.
El problema es que en el mundo real los mercados no se comportan como
libres, sino como naturales. Un mercado natural es aquel en el que los agentes
más poderosos utilizan su posición de fuerza para reforzar su dominio, y
tienden a largo plazo a convertirse en oligopolios o monopolios. De hecho, sin
un mecanismo regulador que supervise de manera independiente la libre
competencia, los mercados tienden
Página 76
naturalmente a ese estado de «ley del más fuerte».
Por desgracia, el poder de los agentes más fuertes se usa también para cooptar
al regulador o al Estado, de modo que en la práctica los mercados muchas veces
acaban siendo dominados por prácticas oligopólicas.
Como quiera que es evidente que el mercado natural no es capaz de
funcionar como dicen los libros de texto que funciona un mercado libre (porque
no lo es), es frecuente aludir al concepto de «fallos de mercado» [Medema,
2004]: situaciones reales en las cuales el mercado no funciona de forma
eficiente. De hecho, el mayor problema con los «fallos del mercado» es que son
tantos y tan abundantes que uno debe legítimamente cuestionarse si no son más
la norma que la excepción, y que en realidad la teoría económica neoliberal
está siendo refutada por la experiencia. La única propiedad que el mercado
natural sí que verifica es la de ser autorregulado, pero conviene desmitificar
este concepto ya que, per se, la autorregulación no es
necesariamente algo positivo: por ejemplo, en ecología, cuando se produce una
proliferación de un organismo por un exceso de recursos (la marabunta, las
plagas de langosta), al final la población se ajusta por un proceso de autorregulación,
la mortandad masiva, que no parecería el más deseable si estuviéramos hablando
de una población humana.
El otro gran pilar conceptual de la ideología neoliberal es la necesidad
del crecimiento. Esto es así porque en teoría la mejor manera de utilizar el
capital es tenerlo siempre en movimiento, y en particular tenerlo invertido, no
disponer de mucho capital inmovilizado. Eso lleva a que las empresas, para
satisfacer sus necesidades de tesorería, recurran a la financiación ajena, a
cambio de devolver los créditos que piden con un pequeño porcentaje de interés.
Pero es precisamente ese porcentaje, el interés compuesto, el que crea la
necesidad del crecimiento: uno tiene que generar más riqueza que la que ha
pedido prestada. Tiene que devolver el capital inicial y aún tiene que generar
un mínimo de beneficios simplemente para pagar el interés. Ahora imagínense eso
a la escala de toda la economía. Es esta forma de funcionar, con capital
prestado que tendrá que ser devuelto con interés, lo que empuja a la economía
en su conjunto a crecer, y peor aún, a hacerlo a un ritmo rapidísimo,
exponencial. Piénsese que tomando por ejemplo una tasa de crecimiento del PIB
del 2,7 % (que muchos economistas calificarían sin dudarlo de «sana»), este se
tiene que multiplicar por 2 cada veinticinco años, es decir, por 4 cada
cincuenta años
Página 77
y por tanto por 16 cada cien años. Y eso el primer
siglo: en dos siglos se habría multiplicado por 256, en tres por 4096, y así
sucesivamente. Esta es la magia del interés compuesto, que parece que no
representa nada pero, cuando se utiliza de manera masiva en toda la sociedad,
es la causa que nos empuja a este crecimiento desmedido y acelerado que acaba
siendo la razón profunda de todos los problemas de sostenibilidad que tenemos,
porque son fruto de chocar contra los límites biofísicos de un planeta que es
finito.
El problema es que, dentro del marco teórico-conceptual del
neoliberalismo, no crecer es equivalente a tener problemas económicos y
sociales graves: los créditos no se devuelven, las empresas quiebran, la gente
pierde su empleo… Eso ha llevado a una identificación abusiva de crecimiento
con bienestar que hoy en día es aceptada de manera acrítica y generalizada por
la sociedad. Sin embargo, dado que los límites biofísicos que nos marca el
planeta existen, el crecimiento perpetuo es imposible, y de hecho ya estamos en
un momento histórico en el que el crecimiento no puede ya continuar por los
diversos trastornos que está causando. Más aún: insistir en seguir creciendo ya
no consigue mayor bienestar a la población, sino mayor empobrecimiento y
degradación tanto social como ambiental. El paradigma de esta degradación por
crecimiento en la España de 2024 es la gentrificación y turistificación de las
grandes ciudades, que las está convirtiendo en gigantescos resorts para
turistas mientras expulsa a la población autóctona hacia la periferia, lo
encarece todo y degrada sus condiciones de vida.
Pero por culpa de esta fe a ultranza en el mercado libre (inexistente) y
en el crecimiento perpetuo (imposible y con claros síntomas de agotamiento),
estamos acelerando la desindustrialización de Europa en un periodo crítico,
perdiendo así el que debería ser nuestro activo principal para conservar un
lugar destacado no ya en el mundo, sino en nuestra propia sociedad, y así
evitar convertirnos en meros Estados clientes sometidos al dictado de una
potencia extranjera, cuando no simplemente en parques temáticos del turismo
global mientras este dure y cuando el turismo global colapse, en decadentes y
abandonados balnearios.
Hay que ser honestos evaluando nuestra situación real y nuestras
posibilidades de mejora. No podemos seguir permitiendo la destrucción de
sectores estratégicos de nuestra industria. Perdimos la fotovoltaica, al paso
Página 78
que vamos perderemos la eólica y estamos perdiendo
la química, la metalúrgica, los fármacos…
Son tantos los sectores verdaderamente estratégicos que tendríamos que
proteger para garantizar el futuro de Europa que en realidad nos deberíamos
plantear una nueva manera de relacionarnos comercialmente con otros países. La
filosofía de la globalización y la especialización planetaria solo tenía
sentido con energía abundante y barata, y se está volviendo un lastre en las
condiciones actuales. En los años recientes ha favorecido el cierre de nuestras
fábricas, en los años venideros, por el creciente coste del transporte y de la
mera producción industrial, puede significar que nos falte de todo.
Necesitamos una nueva teoría económica que se adapte a los límites
biofísicos del planeta. Aunque en realidad conocemos los principios básicos de
lo que necesitamos [Hickel, 2023] y tenemos diversas aproximaciones
teórico-prácticas que podrían sernos útiles, como la economía ecológica
[Martínez Alier, 1999] o la economía del estado estacionario [Daly, 1991]. Pero
no entraremos en profundidad en estos necesarios conceptos en este libro, ya
que este está centrado sobre todo en las cuestiones técnicas materiales, más de
ingeniería que de economía.
Volviendo a la cuestión de la energía, en el momento actual Europa está
violando flagrantemente los principios básicos del libre mercado: Francia
rescata Électricité de France; Alemania nacionaliza las tres principales
distribuidoras de gas del país; Bruselas rescata su compañía de gas; Viena, su
compañía eléctrica… No contentos con eso, la Unión Europea declaró el gas
natural y la nuclear como «energías verdes», más allá de toda lógica ambiental,
simplemente para que los Estados pudieran darles subvenciones. Todo esto se
supone que viola las leyes del libre mercado, y sin embargo es lo que se ha
hecho en los últimos años. Y si se ha hecho es porque la alternativa era peor,
porque se corría el riesgo de que hubiera interrupciones en un servicio tan
transversal y esencial como es la energía. Pero si estamos de acuerdo en eso, y
dado que vamos a intervenir el mercado, al menos hagámoslo bien.
Parece lógico que se considere que la energía es un servicio público, o
incluso un derecho, y por tanto se tiene que garantizar el acceso a la misma al
margen de los mecanismos de mercado. Eso evitaría los problemas del
intervencionismo actual y los posibles conflictos futuros con la OMC u otros
organismos de comercio. Hablándolo todo con
Página 79
honestidad y con transparencia, se podría
justificar técnicamente este cambio en la consideración jurídica de la energía
justamente por la disminución de la disponibilidad de la energía abundante y
barata y por la emergencia de un nuevo orden.
Este debería ser el rol de las incipientes empresas públicas de energía:
garantizar el suministro más allá de los ciegos mecanismos de mercado. Por
desgracia ahora mismo, viendo el planteamiento que se está haciendo y la
excesiva connivencia que frecuentemente se da entre las grandes empresas
energéticas y los gobiernos, el riesgo es que se convierta a las compañías
energéticas públicas en el equivalente a los «bancos malos» de la época de la
resaca de la crisis de las hipotecas subprime; básicamente, que se
les endosen todos los activos de baja calidad, como la eólica excedentaria y en
general los grandes parques fotovoltaicos del REI. En realidad, y para
garantizar un servicio eficaz y adecuado, lo lógico sería que los activos de
las energéticas públicas fueran los de más alta calidad (tecnologías
gestionables y síncronas, utilizadas para garantizar la estabilidad de la red
pero sin abusar de ellas) y que la iniciativa privada, si le apetece,
compitiera con las tecnologías más difíciles; de hecho, con el discurso
mayoritario del mito del progreso, de que el ser humano tiene una inventiva sin
límites y que dada la oportunidad aparecerá un emprendedor que la aprovechará,
este esquema debería ser un claro incentivo para ese tan cacareado progreso
tecnológico (si es que es posible).
Centrándonos en el caso de la electricidad, este modelo permitiría
acabar con la aberración del actual sistema de fijación de precios en el
mercado mayorista, el denominado sistema marginalista, en el que
toda la electricidad que se vende a cada hora se paga al precio de la
tecnología más cara que se requiera en ese momento. Teóricamente, este sistema
marginalista debería servir de estímulo para la introducción de nuevas
tecnologías y de nuevas fuentes de energía, y además crearía una ilusión de
competencia en un mercado que en realidad es oligopólico. Con las eléctricas
públicas ejerciendo su papel de garantes del servicio y de la estabilidad del
suministro, a precios públicos, y las compañías privadas explotando las nuevas
tecnologías, se podría ver cuál es la capacidad real de invención y se evitaría
que en el proceso el precio de la luz se hunda a veces y se dispare otras.
Pero no solo habría que intervenir el mercado de la energía.
Probablemente se tendría que intervenir, en mayor o menor medida, en la
Página 80
mayoría de los mercados, sobre todo en aquellos en
los que la industria esencial para Europa esté amenazada.
Europa podría poner aranceles para penalizar el dumping social
y ambiental de los productos que vengan de otros países. Lo que no está claro
es que hacer algo así sea legítimo o moralmente correcto. Siendo sinceros,
cuando se creó la OMC en 1995, se hizo con la intención de que los intercambios
fueran asimétricos y favorecieran a Europa, con la excusa de «estos son los
precios del mercado» o la manida frase «son los mercados» cuando algo se estaba
vendiendo anormalmente barato. Así que uno de los esfuerzos que tendría que
hacer Europa es explicar por qué ahora se apuesta por el proteccionismo, al
menos a cierta escala. Y pensar que quizá se tendrían que dar compensaciones a
ciertos países que han sido claramente perjudicados en nuestro beneficio
durante estas tres décadas de la OMC y las previas, con los grandes tratados
comerciales como el GATT.
Página 81
12
De la separación energía y máquina a la máquina
integrada
Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, la provisión de
energía para la transformación y el transporte seguía un circuito corto en la
mayoría de los casos. No se importaban grandes cantidades de carbón desde
lejanos territorios para fabricar los mejores aceros, sino que el suministro de
carbón (generalmente vegetal) provenía de lugares más o menos cercanos. No se
desviaba el agua de un río para hacerla pasar por el molino que estaba en la
ciudad, sino que el molino se situaba en el lugar más conveniente del curso de
agua. Del mismo modo, los molinos de viento se colocaban en aquellos lugares
donde la energía eólica era óptima, y allí, donde estaba el molino, se llevaba
el grano para la molienda.
A principios del siglo XX, este aprovechamiento local de la energía
llegó a su máximo grado de refinamiento con el despliegue de las colonias
textiles. Auténticas grandes fábricas, junto con las viviendas de los obreros
que trabajaban en ellas, se construían en lugares concretos de los márgenes de
los ríos para poder aprovechar su fuerza hidráulica para, directamente y sin
conversión intermedia en electricidad, aprovecharla para el movimiento de los
telares por medio de sistemas de transmisión mecánica con poleas y engranajes.
E igual que había fábricas textiles, había batanes, molinos papeleros y pequeña
siderurgia. Por ejemplo, a principios del siglo XX, la villa industrial de
Olot, en medio de la montañosa comarca gerundense de La Garrotxa, era conocida
por sus fundiciones, que se explotaban gracias a los saltos de agua, abundantes
allí. Olot era una ciudad industrial a pesar de estar lejos de las grandes vías
de comunicación y de los grandes centros de consumo, sencillamente porque
poseía el recurso energético que marcaba la diferencia.
Página 82
Ejemplos como este eran frecuentes por toda Europa,
una Europa que ya había finalizado la Primera Revolución Industrial y todavía
caminaba vacilante por la Segunda. Europa aprovechaba el conocimiento en
mecánica y en termodinámica atesorado en los siglos anteriores y mejorado con
la Primera Revolución Industrial, para sacar el máximo rendimiento de la
energía renovable de manera próxima, generando riqueza allí donde se encontraba
la energía. Bien es cierto que en aquella época la omnipresente máquina de vapor
había desplazado masivamente otras formas de producir y aprovechar la energía,
pero dado que el carbón no siempre era fácil de transportar, o simplemente no
salía a cuenta transportarlo a todos los sitios y para todos los usos, durante
un tiempo se produjo esta convivencia entre un combustible fósil cada vez más
dominante, el carbón, y las tecnologías renovables no eléctricas para usos
industriales.
Con el advenimiento del motor de explosión y el uso masivo del petróleo
primero, y la extensión de la electricidad después, el modelo integrativo entre
energía y máquina fue perdiendo peso. La abundancia fósil permitió ya en el
siglo XX hacer una abstracción entre energía y máquina, de modo que
los procesos de una se hacían independientemente de los de la otra. Desde el
punto de vista estrictamente energético, esta separación tan drástica
seguramente no era lo más eficiente (por las diversas pérdidas de transporte y
de transformación entre las formas de energía, de la original —típicamente
térmica— a la finalmente utilizada — mecánica o eléctrica—), pero en aquel
momento la energía fósil era tan barata como abundante, y desde el punto de
vista económico esta separación sí que era ventajosa, porque permitía la
especialización y la taylorización del trabajo. Así, se despreciaron las
pérdidas energéticas y se impuso la separación energía-máquina.
Han pasado muchas décadas y el modelo de separación energía-máquina ha
llegado a su máxima expresión, hasta el punto de que casi no hay recuerdo de
otra manera de trabajar. Los ingenieros de hoy no conciben que se integre
dentro del mismo proceso la procuración de energía y la operación de la
máquina; los planes económicos y ministeriales discuten las cuestiones
relacionadas con la energía en un capítulo aparte del dedicado a la industria,
el consumo doméstico y el comercial. Todo el mundo ve natural hablar de energía
como algo separado e independiente. Pero ahora que la energía ya no es, y cada
vez lo
Página 83
será menos, abundante y barata, ahora que las cosas
ya no son como eran a comienzos del siglo XX, ahora que todo está
cambiando, quizá este esquema, esta separación energía-máquina, también debería
ser repensada. No en todos los casos, no para todas las aplicaciones, pero
quizá sí para unos cuantos contextos donde la reintegración de la obtención de
energía y la operación de la máquina sea lo más sensato.
Piensen por un momento en sus actividades del día de hoy. ¿Podrían decir
cuánta energía llevan consumida? Seguramente no tienen ni idea de cuántos
megajulios o kilovatios hora han gastado. Pero si se les pregunta sobre qué han
comido, cuántos kilómetros han recorrido, cuántas personas han transportado en
algún vehículo, cuántos objetos han movido o creado, cuántos mensajes han
enviado, etc., probablemente tendrán una idea aproximada más o menos certera de
todo eso. Ustedes no recuerdan cuánta energía han usado porque realmente no lo
han sabido nunca, pero sí que saben lo que han hecho con esa energía. Tienen
muy claro para qué ha servido, qué utilidad ha generado. Y es que la energía es
solo una herramienta, una abstracción que nos resulta práctica a los físicos
para entender los procesos y para gestionarlos, pero una vez integrada en el
proceso humano es simplemente una parte más de lo que se requiere para hacer
las cosas que nos interesan a los humanos y que necesitamos.
Por eso mismo, poner tanto énfasis en la cantidad de energía que se
necesita o necesitará (como suelen hacer los grandes planes de transición
energética, por ejemplo el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima de
España, el PNIEC) en realidad desvía la atención de los problemas reales a
abordar, ya que, como dijimos antes, la primera pregunta a hacerse es: energía
¿para qué?, ¿para hacer qué? Cuando en estos grandes planes se habla del
consumo de energía actual y proyectado, se asumen unos ciertos metabolismos,
unas ciertas maneras de hacer las cosas, y eso implica unos ciertos modelos de
conseguir la energía, que tiene que ser de unos tipos concretos, y de cómo
utilizarla.
¿Qué pasa si el metabolismo actual de nuestra sociedad es sencillamente
inviable? ¿Qué sucede si no va a poder mantener los inputs de
energía, en las cantidades y tipos que se precisan? ¿Qué pasa si no es realista
intentar mantener todas las máquinas y las industrias actuales? Todas las
vueltas en círculo que estamos dando desde hace años en materia de política
energética, y la apuesta por modelos de transición fallidos como el REI, se
explican por la incapacidad de aceptar que hay que
Página 84
cambiar el metabolismo social. Es decir, cuánto y
qué se consume, y para qué.
Se puede decir que los fundamentos teóricos del análisis del metabolismo
social se deben a Nicholas Georgescu-Roegen [Georgescu-Roegen, 1971], y una
figura prominente en el desarrollo del concepto fue Joan Martínez Alier
[Martínez Alier, 1993]. El propio Martínez Alier y José Manuel Naredo [Naredo,
2000] fueron pioneros en la aplicación de los métodos para analizar el
metabolismo social de España. Recientemente, varios estudios de Luis González
Reyes, Adrián Almazán y Érika González [González Reyes, 2023, 2024] han
abordado un análisis crítico del metabolismo tanto español como catalán y vasco
desde la perspectiva de los retos ambientales y de recursos, llegando a la
conclusión de que solo con una estrategia de decrecimiento y de abandono de
aquellos sectores insostenibles se podrá conseguir una sociedad verdaderamente
sostenible y resiliente a los retos del siglo XXI.
Por ese motivo, una estrategia realmente eficiente de adaptación
industrial tiene que centrarse en aquello que se quiere producir, y no en
asumir que se necesita una cantidad de energía, porque en ese último caso se
asume que nada va a cambiar, y por tanto es una estrategia condenada al
fracaso.
Por desgracia, no tenemos muchos ejemplos de las tecnologías
industriales apropiadas que estén preparadas ahora mismo para ser adoptadas
inmediatamente por la industria. Un reciente estudio [Almazán, 2024] ha hecho
un esfuerzo de compilación de algunas de estas «tecnologías humildes» que vamos
a tener que usar. Algunas de estas tecnologías son los molinos de agua para
usar el impulso mecánico en factorías, las fraguas con fuelles hidráulicos, los
arietes hidráulicos para el bombeo de agua, la concentración solar para el
calor intenso, tanto para cocinar como para usos industriales, y en general el
uso responsable y moderado de la biomasa como fuente de materiales y,
ocasionalmente y de manera moderada, energía.
Hace falta mucha investigación en este campo, pero no se hace porque no
hay inversión, porque la sociedad continúa apostándolo todo a tecnoquimeras,
desde baterías ultrasofisticadas e increíblemente capaces a placas
fotovoltaicas ultrafinas y ultraeficientes, pasando por aerogeneradores
gigantescos, sistemas smart de gestión de la demanda
eléctrica, la fusión nuclear y todo un repertorio de tecnofantasías, a cuál
Página 85
más alocada (e infundada). Siquiera por un
elemental sentido de prudencia, se debería invertir cierta cantidad de
esfuerzos en estas tecnologías humildes, basadas en materiales sencillos y
resilientes. Pero aún no se hace, y será uno de los retos de los próximos años
introducir estas tecnologías en los planes de investigación nacionales. El
desafío es poner al día diseños que en muchos casos datan de hace más de un
siglo, tanto en materiales como en mecánica y en usos, que son ahora diferentes
a los de principios del siglo XX.
Uno de los aspectos que se considerarán negativos de esta aproximación
integrativa es que no es escalable. No es posible pensar en aumentar la
producción respecto al nivel consolidado. De hecho, se tendrá forzosamente que
reducir respecto a los niveles de fabricación actuales. Incluso aunque se haga
un uso más eficiente y continuo de la energía, va a haber un salto hacia atrás
en la capacidad de transformación de la materia y por tanto en la producción
industrial. La producción en cadena y los actuales grandes centros de
producción y distribución pertenecen al pasado, son mastodontes condenados a
desaparecer.
Porque si algo ponen de relieve estas «tecnologías humildes», y lo que
es la clave de la integración energía-máquina, es la localidad. Los procesos
son locales, de proximidad. Y además son de temporada, son estacionales; la
capacidad productiva sigue las estaciones del año: cuando hace más sol, cuando
hay más biomasa, cuando sopla más el viento, cuando el río lleva más agua… La
producción se tiene que planificar, los excedentes se tienen que reservar para
aguantar hasta la siguiente estación. Eso quiere decir que la producción no
podrá nunca abastecer a todo el planeta, ni siquiera un gran ámbito geográfico
internacional. Será una producción local pensada para abastecer las necesidades
locales. Precisamente por su vocación local, en cada región se tendrá que
buscar cuáles son las tecnologías más adecuadas para proporcionar la producción
necesaria. Por eso mismo, por la reducción de la producción y su
especialización hacia la necesidad local como objetivo prioritario, el comercio
descenderá en volumen, por la propia disminución de lo producido y por su
localismo, aparte de por la escasez energética. Solo aquellos objetos que
tengan un gran valor añadido, medido en términos de su valor social, podrán
recorrer grandes distancias porque compensará que lo hagan. Para la mayoría de
la producción, su circuito será eminentemente local, con solo una pequeña parte
distribuida a nivel regional y marginalmente a nivel internacional.
Página 86
13
Tecnologías apropiadas con materiales
apropiados
No todo es fabricación: usamos la energía en una gran diversidad de
aplicaciones. Y no todo es energía (recordemos que en última instancia la
energía es solo una herramienta, un medio para la consecución de bienes): el
problema radica también en los materiales, en cómo conseguirlos y cómo
transformarlos. Dada las dificultades a las que nos enfrentaremos, el foco se
tiene que poner en qué se quiere conseguir, y no en cuánta energía se necesita
o qué materiales se requieren haciendo las cosas tal y como las hacemos hoy.
En este capítulo discutiré cómo abordar las necesidades humanas que no
vamos a poder cubrir como se ha estado haciendo hasta ahora. Muchas de las
ideas que aquí comentaré las he extraído del excelente reciente informe de
Ecologistas en Acción sobre tecnologías humildes [Almazán, 2024] o bien de
sitios web con mucha solera en la recuperación de tecnologías ahora anticuadas,
como Low-tech Magazine y No Tech Magazine, aunque
estoy seguro de que existen excelentes referencias bibliográficas
en nuestras bibliotecas de ingeniería esperando a ser desempolvadas.
Comencemos por el ámbito doméstico. Los usos principales (en el sentido
de imprescindibles) de la energía en un domicilio son para producir calor/frío
y para iluminarlo.
La climatización de la vivienda engloba ambos aspectos: se necesitan
viviendas frescas en verano y templadas en invierno, y según cómo se juegue con
la ubicación de las ventanas podemos mejorar o empeorar estos aspectos, y
también aumentar o reducir las necesidades de iluminación.
En la climatización de la vivienda el aspecto más influyente es su misma
construcción. El uso de materiales aislantes, el respeto a la orientación más
adecuada (de espaldas al norte en los lugares donde sopla
Página 87
viento de esa componente preferencialmente,
orientación sur para recibir iluminación todo el año a cualquier hora del día
pero evitando el exceso de sol por la mañana o por la tarde de la orientación a
levante o poniente) y un especial cuidado con el aislamiento de las aberturas
son los factores más decisivos para garantizar un buen confort térmico incluso
sin necesidad de tener calderas o aire acondicionado. Asumiendo un uso moderado
de electricidad, sistemas como las bombas de calor o los suelos radiantes
consiguen buenas eficiencias, pero son en ocasiones costosos tanto
económicamente como en uso de materiales (y la bomba de calor solo sale a
cuenta en lugares con inviernos moderadamente fríos). La calefacción por
radiación infrarroja tiene la ventaja de calentar solo las superficies
iluminadas y así evita desperdiciar demasiada energía calentando el aire. De
manera no eléctrica, se puede utilizar la geotermia de baja entalpía en los
sitios donde el gradiente geotérmico sea suficientemente importante y la perforación
no demasiado costosa, como un método para garantizar una temperatura de base
constante todo el año; el inconveniente es que en determinados tipos de suelo,
como los graníticos, puede favorecer la concentración de radón.
Para la iluminación no hay demasiadas alternativas. Se pueden usar velas
o quinqués con aceite, pero son poco efectivos y comportan cierto riesgo de
incendio. Como norma general, el uso de la electricidad parece la manera más
adecuada para garantizar la iluminación de las viviendas de forma eficiente y
poco peligrosa. El uso de ledes reporta la ventaja de una gran iluminación
gracias a su bajo consumo eléctrico, pero tiene el inconveniente del uso de
materiales exóticos con notable impacto ambiental y energético en su
fabricación, aparte de eventuales problemas de agotamiento de dichos
materiales.
En cuanto al agua caliente sanitaria (uno de los mayores gastos
energéticos de los hogares), la manera más eficiente de producirla es con
sistemas termosolares. Se trata de tecnologías muy sencillas: en esencia, un
sistema de tuberías en el tejado, pintadas de negro para absorber la radiación
solar, y una cisterna para almacenar el agua caliente. Incluso en países con
menores índices de radiación que España es posible generar cantidades
suficientes de agua caliente sanitaria por este método. Otros sistemas de
calentamiento del agua, eléctricos o térmicos, pueden ser utilizados como
complemento, para los momentos en los que la termosolar no genere una cantidad
suficiente.
Página 88
El bombeo de agua supone un consumo energético
bastante significativo en las ciudades, aunque no se consuma en los domicilios,
y es una cuestión clave en viviendas aisladas. En los lugares donde el agua es
suficientemente abundante se puede utilizar un ariete hidráulico, que permite
elevar muchos metros un cierto volumen de agua sin usar ningún motor, empleando
la propia energía potencial del agua a partir de un desnivel previo al punto de
bombeo, y el desnivel no tiene por qué ser muy grande; el inconveniente es que
por cada litro que se bombea se tienen que verter (y por tanto desperdiciar)
muchos litros de agua, que quizá podrían aprovecharse en la zona baja para
regar y usos similares. En otros lugares se tendrá que recurrir a sistemas de
bombeo más tradicionales.
Algunos electrodomésticos con función mecánica pueden ser sustituidos
por sistemas de tracción humana, siendo las más eficaces las bicilavadoras, con
las que se logra un buen compromiso entre el esfuerzo humano y el rendimiento
conseguido. Lógicamente, este tipo de solución no es apta para todo el mundo.
En general, la manera más eficaz en términos de coste energético y material de
gestionar ciertos electrodomésticos, sobre todo en bloques de pisos, es la
propiedad compartida, con una zona de lavandería e inclusive una zona de cocina
con neveras comunes, dejando para las propias viviendas las despensas y la
preparación de comidas que no requieran cocción. En lugares soleados, el uso de
cocinas y hornos solares puede suponer un ahorro importante de energía, aparte
de que son más fáciles de reparar y mantener, y más duraderos que cualquier
otro tipo alternativo de cocina.
En el sector comercial, y para ciertos aspectos no directamente
productivos del sector industrial, las tecnologías discutidas para los
domicilios (como la climatización o el agua caliente) serán también de
utilidad.
Uno de los mayores gastos energéticos de nuestra sociedad que no está
directamente relacionado con la producción industrial es el transporte, tanto
de personas como de mercancías. Dado que esta es una cuestión compleja, le
dedicaremos el siguiente capítulo.
El último apartado de usos no manufactureros de la energía al que me
referiré aquí es el del sector primario. No hablaré aún sobre el sector
agropecuario, porque dada su importancia y la fuerte necesidad de reconversión
también en este caso he creído conveniente dedicarle un
Página 89
capítulo entero. Así que ahora me centraré en dos
sectores extractivos, uno renovable y el otro no: la pesca y la minería.
En cuanto a la pesca, hace décadas que sabemos que la explotación
sostenible de las pesquerías requiere medidas de gestión con la participación
de todos los actores, monitorizando el nivel y tipo de capturas y garantizando
que las tasas de reclutamiento de nuevos especímenes son suficientes para
evitar el colapso de las pesquerías, colapso que por desgracia ha pasado en más
de una pesquería en el pasado. Al final, por el interés general, se suele
llegar a un consenso sobre cuál es el modo y nivel de explotación, aunque con
demasiada frecuencia nos movemos en una línea muy delgada que separa la
explotación sostenible de la degradación de la pesquería. No voy a discutir
estas cuestiones, también para evitar, por mi desconocimiento práctico de estas
materias, acabar siendo amonestado por mis colegas del Instituto de Ciencias
del Mar, que llevan muchos años dedicándose a este tema (y a los cuales envío
un saludo desde aquí). Pero sí que querría introducir dos cuestiones que sin
duda van a ser claves en nuestro incierto futuro. La primera es el Cambio
Climático: la aceleración del calentamiento de las aguas superficiales de los
océanos, las cada vez más frecuentes olas de calor marinas y los cambios de
gran calado que se están operando en la circulación general de los océanos, que
hace cambiar la estacionalidad y la ubicación de la producción primaria, están
poniendo muchas pesquerías tradicionales en una situación muy comprometida que
exige una reevaluación de los parámetros de sostenibilidad que utilizábamos hasta
ahora, y una discusión pormenorizada según los diversos escenarios. El otro
grave problema al cual se enfrenta la pesca es la disminución de combustibles
provenientes del petróleo: hoy en día la pesca es una actividad muy intensiva
en el uso de carburante, con largas distancias recorridas, y eso en un mundo en
descenso energético va a ser algo complejo de gestionar. Igual que discutiremos
en el caso del transporte, el recurso a la vela puede dar un cierto apoyo, pero
en general la crisis energética en el sector de la pesca va a ser muy grave, y
va a obligar a redefinirla por completo, con una considerable disminución de su
volumen y de las distancias recorridas.
En cuanto a la minería, el alto grado de agotamiento de las minas de
muchos materiales [Valero, 2008, 2021] tiene dos consecuencias nefastas. Al
disminuir la ley, o concentración del mineral, en las vetas de las minas
Página 90
que se explotan en el mundo, se incrementan, y de
forma cada vez más rápida, tanto las toneladas de roca de desecho como las de
productos químicos que se liberan en los diversos procesos, y al mismo tiempo
crece también rapidísimamente la cantidad de energía necesaria para realizar
estas operaciones de minería. Para muchos de los metales críticos que usamos
hoy en múltiples aplicaciones, desde el oro, la plata, el platino y el rodio
hasta la mayoría de las tierras raras o el cobre, al cabo de pocas décadas nos
podemos encontrar con que los requerimientos energéticos sean tan grandes que a
efectos prácticos podremos considerar estos materiales como geológicamente
agotados, ya que solo compensará su extracción en pequeñas cantidades y para
artículos realmente de lujo. Siendo honestos, no hay un verdadero futuro
sostenible para la mayor parte de la minería actual, pues solo serán
explotables a gran escala por un tiempo indefinido los llamados materiales
de la esperanza (los más abundantes: hierro, aluminio, hidrógeno,
carbono…), que suponen una proporción mínima de todos los materiales que
estamos extrayendo ahora mismo. En general, el futuro de la minería implicará
una reducción drástica y en algunos casos su total desaparición. Por ese
motivo, el reciclaje y el reaprovechamiento serán las dos políticas críticas en
este campo.
Página 91
14
El transporte en un mundo en descenso
energético
¿Cómo debería ser el transporte en un mundo marcado por el descenso
energético y material, y también por los numerosos retos ambientales?
En primer lugar, debería ser muchísimo menor que el actual. La
hipermovilidad actual sencillamente no es sostenible, y eso se sabe desde hace
mucho tiempo [Shaw, 2006]. El rápido deterioro de las carreteras por el paso
continuo de vehículos ligeros y pesados obliga a un consumo constante de
recursos, la mayoría de ellos derivados del petróleo. El movimiento acelerado
de personas y mercancías para satisfacer un mercado en continuo crecimiento
implica cantidades crecientes de energía, de nuevos vehículos que reemplacen a
los anteriores, de inversiones en mayores infraestructuras. Hablamos del tercer
cinturón de circunvalación, del cuarto, del quinto… En las grandes ciudades,
materiales y personas llegan a desplazarse diariamente centenares de kilómetros
como parte de la actividad cotidiana. Pero la cuestión es simple: no habrá
energía ni materiales para mantener este ritmo. De manera inevitable, tanto si
queremos como si no, va a haber un parón [De Blas, 2020]. Como norma general,
la distancia que podrá viajar una mercancía dependerá del valor añadido que
aporte (económico o social), y en el caso de las personas, de la importancia
social real del viaje en cuestión. Y cuando escribo «podrá» no me estoy
refiriendo a ninguna ley ni imposición administrativa. No. Es algo que irá
sucediendo por sí mismo, porque el coste real de viajar se irá haciendo cada
vez más caro. Y por supuesto que durante un tiempo habrá quien pueda permitirse
esos viajes más caros simplemente por el estatus que da, pero a largo plazo se
tiende a ser pragmático, y máxime cuando hay otros problemas más urgentes sobre
la mesa.
Teniendo eso en cuenta, se tiene que buscar la forma más efectiva para
cada modo de transporte, según la distancia que se vaya a recorrer y el
Página 92
En el transporte terrestre, el medio más eficaz es el ferrocarril
electrificado: hablando por ejemplo de transporte de mercancías, la eficiencia
varía según países, tipo de ferrocarril, orografía, etc., pero en condiciones
óptimas un ferrocarril eléctrico es diez veces más eficiente que un camión. La
rodadura en raíles comporta menor rozamiento y menores pérdidas energéticas, y
usando frenos regenerativos cada vez que el convoy tiene que frenar se recupera
parte de la energía, que se devuelve a la red. En general, es preferible el
tren convencional al de alta velocidad, debido a los menores costes de
mantenimiento de la vía (los esfuerzos que soportan las vías de alta velocidad
implican un mayor desgaste), aparte de que a partir de 40 kilómetros por hora de
velocidad la componente debida a la turbulencia domina el rozamiento del aire y
el coste energético para un mismo trayecto crece con la velocidad.
En general, Europa tiene una red de ferrocarril convencional bastante
tupida, especialmente en países como Alemania. En España, por desgracia, es
mucho menos mallada y además durante las últimas décadas se han abandonado
algunas líneas (como la Ruta de la Plata) que ahora sería urgente recuperar. Y
no solo para las líneas de larga distancia: ideas como el tren-tranvía que se
propone en algunas comarcas de Cataluña (trenes ligeros para enlazar núcleos de
población secundarios que dentro de ellos se comportarían como tranvías) son
exactamente lo que necesitamos. Sin embargo, a pesar de sus ventajas en cuanto
a consumo energético en operación y en la propia instalación y mantenimiento,
en el momento actual, en el que algunos materiales empiezan a escasear o encarecerse
por culpa de la Crisis Energética (piensen en los cada vez más habituales robos
de cobre), hacer un gran despliegue de líneas de ferrocarril es un reto de
primera magnitud, y aunque probablemente es la mejor inversión que se podría
hacer, se requerirá un alto grado de consenso social ya que el coste económico
para una masificación del transporte ferroviario será muy elevado.
Las líneas férreas son muy eficientes, sin duda, pero van de lugares
concretos a lugares concretos. Se necesita un medio de transporte para recorrer
el último kilómetro, esa distancia final hasta el punto de destino. Si hablamos
del transporte de pasajeros, esos últimos pocos kilómetros pueden ser
recorridos por autobuses, metros, en bicicleta o caminando, pero la situación
es diferente para las mercancías. En algunos casos
Página 93
(envíos desde fábricas o hacia fábricas) lo óptimo
es situar la fábrica cerca de un punto nodal de la red ferroviaria e inclusive
construir algún ramal de vía para el movimiento de las mercancías. Pero para la
distribución entre el comercio, sobre todo el comercio pequeño y de proximidad,
se necesita una red capilar que tendrá que estar basada en camiones, camionetas
o furgonetas (se pueden llevar pequeñas cantidades en rickshaws,
aunque eso no va a ser nunca una solución a gran escala). Se puede plantear que
estos vehículos sean eléctricos, y en algunos casos lo serán, pero como norma
general lo más probable es que se opte por vehículos con motor de combustión
interna, porque es una tecnología demostrada y adecuada para esta tarea, con
una eficiencia energética baja aunque razonable para ese uso.
Esto plantea por supuesto el problema de cómo se va a conseguir el
combustible necesario, y la respuesta lógica es a través de biocombustibles.
Como la producción de biocombustibles será necesariamente limitada [Turiel,
2020], esto pone un límite al movimiento de mercancías al detalle. Con toda
seguridad, los grandes mercados de venta al detalle se tendrán que ubicar al
lado de los nodos ferroviarios, reservando la distribución hacia las zonas
periféricas para aquellos objetos que merezcan la pena (alimentos o bienes de
valor añadido). Una cuestión que va a ser crucial en los próximos años es la
redefinición del urbanismo en función de los nuevos ejes del transporte.
El transporte marítimo es también muy eficiente, más aún que el tren: el
rozamiento es menor, el hecho de que el buque se desplace sobre agua permite
llevar grandes cantidades de mercancías sin temor a que se agrieten la
carretera o la vía, y en el mar no hay orografía, así que el desplazamiento es
netamente horizontal. El hándicap del transporte marítimo es que es
intrínsecamente lento, y por eso es lo más idóneo para el transporte de
mercancías no perecederas o congeladas.
El transporte marítimo es un gran consumidor de combustible: según la
Organización Marítima Internacional, los buques de más de 5000 toneladas
consumieron unos 213 millones de toneladas de petróleo en el año 2022, lo cual
representa alrededor de un 4,3 % de todo el petróleo consumido ese año en el
mundo. Es evidente que a largo plazo no se van a poder mantener estos niveles
de consumo, y tampoco hay sustitutos viables a los combustibles derivados del
petróleo para sostener un comercio tan masivo a un precio competitivo. Esto
obliga a un
Página 94
replanteamiento total del comercio marítimo
internacional, y sin duda viviremos décadas muy complejas, en las que habrá
mucha disputa sobre la priorización del comercio marítimo en el consumo de
petróleo primero y eventualmente de biocombustibles. A largo plazo (y en este
caso el plazo puede acabar siendo tan largo como todo lo que queda de
siglo XXI), el transporte marítimo volverá a ser a vela, de modo que
quienes se sitúen rápidamente en este tipo de tecnología serán los que tengan
más ventajas en el complejo futuro que viene. A finales del siglo XIX,
los clippers a vela eran capaces de desarrollar velocidades
medias de quince nudos, muy competitivas con los diez u once nudos de los
grandes cargueros actuales, pero obviamente con una capacidad de carga muy
limitada, de unas 400 toneladas; otros veleros más lentos podían llevar hasta
2000 toneladas o más, una ridiculez comparada con cualquier carguero moderno,
los más pequeños de los cuales llevan 10 000 toneladas y los mayores, alrededor
de 400 000. Sin embargo, el empleo de veleros, utilizando los conocimientos y
la tecnología actuales, podría perfectamente mantener un nivel de comercio
marítimo de larga distancia bastante decente, y para el transporte por
navegación costera entre lugares cercanos puede llegar a ser muy competitivo.
Además, los veleros emplean bastante más tripulación que los cargueros
modernos, con lo que aquí puede haber un nicho de empleo importante.
En cuanto al transporte aéreo, es un medio condenado a disminuir
drásticamente hasta convertirse en algo marginal. El consumo de energía de cada
vuelo es exorbitante, por pasajero y kilo transportado (entre 3 y 20 veces el
consumo de un camión [García-Álvarez, 2013]), y encima la capacidad de carga de
cada avión es bastante limitada. Pero es que además la aviación necesita de una
gran infraestructura para su operación, cuyo coste será bastante difícil de
justificar en un mundo en descenso energético. Las tendencias de los últimos
años apuntan a una drástica reducción, primero por la concentración empresarial
(cada vez hay menos compañías) y más recientemente por los impuestos que se
anuncian para el keroseno. Volar en avión se va a ir volviendo un lujo solo
accesible para unos pocos, pero a largo plazo va a ser complicado justificar su
existencia incluso a una mucho menor escala que la actual. La alternativa, por
supuesto, es el uso de zepelines, pero aquí de nuevo la escasa capacidad de
carga y el limitado interés de usar este medio en un mundo en descenso
energético hace poco probable que ni siquiera estos se extiendan.
Página 95
Querría acabar este capítulo con una reflexión
final sobre el turismo. Resulta obvio, de todo lo comentado más arriba, que a
largo plazo el turismo de masas va a desaparecer. Entiendo que resulta chocante
decir eso en un momento en que por ejemplo España está en plena ebullición
turística y se han superado los volúmenes de visitantes anteriores a la
pandemia, pero esta bonanza tiene los pies de barro: nuestro principal mercado,
Europa, está en una situación de estancamiento económico, aquejada de los muchos
problemas que hemos descrito en capítulos anteriores, y una buena parte de la
reconstrucción turística de España se ha hecho en detrimento de otros destinos.
Lo cierto es que, a medida que viajar se haga más caro, de manera inevitable el
turismo irá decayendo, y sobre todo, cuando volar sea prohibitivo, el turismo
global sufrirá una fuerte caída. Probablemente en pocas décadas la actividad
turística en Europa será marginal, a pesar de albergar los principales destinos
turísticos del mundo, con Francia y España a la cabeza. Pensar en el descenso
turístico y prepararse para ello debería ser una prioridad política (pensemos
que en España el turismo aporta el 14 % del PIB y más del 10 % de todo el
empleo). Por desgracia, los gestores políticos no querrán creer que este
descenso, aunque paulatino, será inevitable. Preferirán pensar cada año que la
disminución es coyuntural y se remitirán al año siguiente, solo para
encontrarse que a cada año de pequeño repunte le sucederán varios años de
caídas importantes. La reconversión turística requiere una planificación a
largo plazo, pues no va a ser tan sencillo reformar, incluso urbanísticamente,
las ciudades y reciclar a los trabajadores del sector: cuanto antes se comience
a preparar, menos traumático será cuando ya no se pueda aplazar más.
Página 96
15
Transporte fluvial: un ejemplo de cómo la
preservación ambiental también lo es económica
Desde el punto de vista de las comunicaciones, una de las ventajas de
Europa central, sobre todo en su sector más septentrional, es su orografía
relativamente plana, que ha hecho más sencillo el trazado de caminos y
carreteras, y también la construcción de canales fluviales. Partiendo de la
explotación comercial histórica de los grandes ríos navegables (el Rin, el
Danubio, el Sena), con la Primera Revolución Industrial Europa se lanzó a la
construcción masiva de canales navegables y actualmente cuenta con una red de
más de 41 000 kilómetros. A pesar de la expansión del transporte por carretera
en alas de un consumo masivo de petróleo barato, Europa continúa explotando hoy
todas estas vías de agua continentales para el transporte de mercancías, dada
su notable eficiencia energética, que se traduce en unos menores costes
económicos. Como en el caso de la navegación marítima, el mayor hándicap del
transporte fluvial y por aguas continentales es su lentitud, pero las
distancias a recorrer en este caso no son tan importantes y dado el gran
volumen de carga transportable llega a ser competitivo incluso en ese aspecto
si se compara con el transporte por carretera. La Unión Europa concede una
enorme importancia a la navegación continental, y prueba de ello es el Plan
Naiades III, aprobado en 2021 como parte del Pacto Verde Europeo, en el que se
pretende fomentar el transporte por ríos y canales como método de transporte
más sostenible y descarbonizado.
En España, igual que en los países del sur de Europa, la opción de la
navegación por canales es mucho más reducida, debido a una orografía mucho más
complicada y a la menor cantidad de precipitación, que es también de carácter
más irregular y con cuencas fluviales más pequeñas que las de la Europa
central. La obra hidráulica más importante de estas características fue el
Canal de Castilla, pero resultó muy caro para la época
Página 97
y quedó pronto obsoleto con la llegada del
ferrocarril; en la actualidad, el canal se usa principalmente para regadío.
El uso de ríos y canales para el transporte de mercancías puede ser una
gran oportunidad para aquellos países cuya orografía y pluviosidad lo hagan
rentable. Pero además puede ser un método para la gestión de las inundaciones
en aquellos entornos más amenazados por los fenómenos extremos en una situación
de Cambio Climático. Un sistema de esclusas y canalizaciones, con zonas
apropiadas para la descarga de agua, puede servir para controlar avenidas: las
esclusas, las zonas donde la anchura del canal aumenta y un uso inteligente de
la vegetación en las zonas adyacentes, e inclusive en la misma cuenca, pueden
servir para reducir la velocidad del agua durante los episodios de avenidas y
evitar así desbordamientos e inundaciones.
El uso de canales puede servir también para evitar la tentación de
poblar zonas inundables, un mal muy extendido en muchos países de Europa (y
particularmente en España). Todos los cursos de agua, incluso aquellos que solo
llevan agua ocasionalmente, tienen ciertas zonas que no deberían ser
urbanizadas por el riesgo cierto de inundaciones con tiempos de recurrencia
que, por culpa del Cambio Climático, se están reduciendo. Pero es importante no
echarle la culpa de todo al Cambio Climático: en muchos casos, las inundaciones
y las pérdidas materiales y humanas se darían sin necesidad de una mayor
ocurrencia de tempestades, simplemente porque se urbaniza lo que debería
dejarse libre y naturalizado. En ese sentido, contar con sistemas de canales
evita la tentación de construir demasiado cerca y neutraliza la impresión de
que ciertos terrenos están desaprovechados desde el punto de vista humano, ya
que se estarían utilizando para un fin con provecho social.
Pero los canales pueden ser también espacios apropiados para la
renaturalización, y no solo para la actividad humana. Dada su naturaleza, el
transporte en barcazas —vehículos lentos y poco contaminantes— es fácil de
compatibilizar con la presencia de ecosistemas diversos. El transporte por
canales es mucho menos agresivo con el entorno, y precisamente su presencia
puede protegerlo de otras actividades más agresivas.
En cuanto al desplazamiento de las barcazas en sí, al igual que
discutíamos en el capítulo del transporte, va a ser complicado contar con
motores y combustibles para un tránsito masivo. El uso de la vela es
Página 98
mucho más complejo en este entorno, porque el
trayecto es lineal y porque en ocasiones hay que pasar por debajo de puentes.
Históricamente, la tracción de las barcazas se realizaba con sirgas, unas sogas
que se enganchaban a ambos lados de la barcaza por un extremo y por el otro a
animales de tiro (en ocasiones, incluso seres humanos) que iban siguiendo los
caminos que había a los lados del canal, tirando de la barcaza. Hoy en día,
sería posible bien dotar a los canales de algún tipo de catenaria, bien tener
sistemas de tracción cada cierta distancia para poder empujar la barcaza. Lo
cual implica, sin duda, que hay un importante trabajo de estudio y desarrollo a
hacer aquí, y la solución a adoptar deberá depender de cada entorno. Además, se
deberá tener en cuenta todo lo anteriormente comentado sobre las zonas
inundables (y, en ese sentido, el uso de catenarias eléctricas probablemente no
sea la mejor opción en la mayoría de los casos).
Los canales pueden servir también como corredores biológicos,
especialmente para dar paso a especies que viven en ríos cuyos caudales están
muy regulados por presas y embalses. El flujo de agua en una vía alternativa
puede, en algunos casos, ser útil para ayudar a ciertas especies a superar los
obstáculos que les imponen las construcciones humanas en el curso de agua
principal.
Todo lo cual está muy bien, aunque, como hemos comentado, la navegación
por canales no es algo que pueda extenderse a gran escala en España, Italia o
Grecia. En estos países, aparte del uso del tren, puede tener una especial
importancia la navegación de cabotaje: pequeños trayectos en el mar siguiendo
la línea de costa, trasladando mercancías entre ciudades no muy distantes. Con
una red adecuada de distribución, el tránsito de mercancías puede ser ágil y
efectivo. El objetivo no sería llevar la mercancía con el mismo barco desde una
ciudad dada a otra muy lejana, sino que vaya pasando por etapas sucesivas
usando las líneas de cabotaje entre nodos consecutivos de la red de cabotaje.
Así se evita que un barco tenga que recorrer grandes distancias y se facilita
en todo momento que la disponibilidad de medios de cabotaje de una ciudad-nodo
determinada sea prácticamente constante. Por supuesto esto introduce una cierta
complejidad logística, y para que las cargas y descargas sean ágiles se está
hablando de volúmenes moderados de mercancías, tanto en cada transporte
individual como en el volumen total transportado. Pero en un entorno de
disminución del tráfico marítimo, el uso del cabotaje, en especial en países
Página 99
con muchos kilómetros de litoral (como es el caso
de los países del sur de Europa), supondría una buena oportunidad de
reconversión tanto industrial como de creación de empleo en los grandes
puertos.
Página 100
16
La desindustrialización del sector primario
Uno de los sectores más comprometidos por la situación de descenso
energético y material es el agropecuario. En nuestro modelo de agricultura y
ganadería industriales, el consumo de energía es muy elevado y además muy
fósil: fertilizantes provenientes de la extracción minera (fosfatos y potasas)
o derivados del gas natural (nitratos), y grandes cantidades de diésel usadas
por la maquinaria agrícola (tractores y cosechadoras). No es por tanto de
extrañar que este sector no sea únicamente intensivo en energía, sino en
emisiones de gases de efecto invernadero (contando no solo con las propias de
la quema del diésel o de la producción de nitratos, sino con las emisiones de
metano de la descomposición de restos y el resultante por la digestión de
mamíferos rumiantes —las flatulencias de las vacas, vamos).
No hay una solución sencilla para el sector agroganadero si se pretende
mantener el sistema actual, caracterizado por la explotación masiva y la
producción orientada a la exportación. El tipo de agricultura por el que se
debería apostar es regenerativo, con una disminución radical del uso de
fertilizantes y fitosanitarios (por cierto, responsables ambos de dos de los
límites planetarios más trasgredidos, el de los ciclos biogeoquímicos y el de
las sustancias químicas contaminantes). Con el tiempo, los sistemas de
agricultura resiliente (incluyendo regeneración de suelos, permacultura,
bosques comestibles y ecosistemas integrativos) pueden tener rendimientos
comparables o mejores por hectárea que los sistemas de agricultura tradicional,
pero implican superar una enorme curva de aprendizaje y adaptación desde los
sistemas actuales. No solo eso: no todos los cultivos serán igualmente viables
y no en todos los sitios se podrá cultivar de todo. Habrá ciertos cultivos que
tendrán que ser abandonados, por ser de nicho, de lujo o de poco valor añadido.
Además, se tendrá que fomentar la alimentación de temporada y de proximidad,
optimizando lo que se consume de acuerdo con las posibilidades de
Página 101
producción. Y todo eso sin entrar en las cuestiones
de la necesidad de disminución del consumo de productos de origen animal y la
garantía del buen trato a los animales, que son evidentes, o la de la
conveniencia de una dieta vegana (algo aún fuertemente polémico en nuestra
sociedad y sobre lo cual yo reconozco no tener conocimientos para dar una
opinión fundada). Lo que sí está claro es que, dada la crítica importancia del
sector agropecuario para garantizar la seguridad alimentaria, o yendo más allá
conseguir la soberanía alimentaria [Duch, 2013], se necesitaría invertir y
fomentar otro tipo de agricultura y ganadería como una gran apuesta de sociedad
defendida de manera consistente por nuestros gobernantes. Algo por supuesto muy
lejano de la situación actual. En todo caso, se haga lo que se haga está claro
que se tiene que disminuir la grandiosidad de la industria agroganadera actual,
quizá tendiendo a un modelo de mucha menor escala, más basado en pequeñas y
medianas explotaciones, más optimizado y con menor impacto ambiental.
Dos cuestiones que siempre emergen cuando se discute sobre la necesaria
e inevitable reconversión forzosa del sector agropecuario es si la mecanización
agrícola está condenada y si una sociedad poscrecentista es forzosamente una
sociedad completamente agrícola, es decir, que la práctica totalidad de la
población activa debería dedicarse al sector primario, y más particularmente al
agropecuario. Con respecto a la primera cuestión, el mantenimiento de un cierto
grado de mecanización es sin duda deseable para evitar los trabajos físicamente
más penosos. No parece demasiado probable que se pueda producir una
mecanización basada en maquinaria electrificada (ni basada en baterías, porque
serían demasiado voluminosas y pesadas, ni basadas en conexión directa a la red
eléctrica mediante cable, porque no se podría extender de manera tan masiva
como se necesitaría, y en ambos casos por todo el consumo de materiales que
implican).
De manera realista, lo más lógico al menos a corto plazo es apostar por
máquinas con motor de combustión que usarían biocombustibles. Dadas las
limitaciones de la producción de los mismos, sería bastante menos maquinaria
que hoy en día y seguramente más pequeña, en consonancia con un modelo de
agricultura muy diferente, más regenerativo, más permacultural, con menor
manipulación del suelo. Conseguir llegar a ese modelo es algo que llevará un
tiempo y que tendrá que crearse adaptado a la idiosincrasia de cada región,
comarca, suelo…, intentando conseguir un
Página 102
verdadero modelo agroecológico. Disculpará el
lector que no me extienda más sobre estos temas, pero caen ya muy lejos de mi
ámbito de conocimiento. Al lector interesado suelo remitirlo a las referencias
básicas en permacultura [Fukuoka, 2011] o al trabajo que desarrolla la
profesora Marta Rivera Ferré (e. g., [Rivera Ferré, 2021]).
En cuanto a si será necesario que aumente la mano de obra en las
explotaciones agrícolas, parece bastante probable que sí: actualmente
representa el 3,6 % de la población activa de Europa, y solo en unos pocos
países como Grecia o Bulgaria supera el 10 %. Si se hace una transición
ordenada y se puede preservar una estructura industrial razonable en el Viejo
Continente, no debería ser necesario que este sector ocupara a la mayoría de la
población activa, pero en cualquier escenario es lógico pensar que será varias
veces superior a lo que es actualmente. Esta conversión de la mano de obra se
dará de forma natural, a medida que las oportunidades de empleo (sobre todo los
de más baja cualificación) escaseen en las ciudades y la gente busque nuevas
oportunidades en el campo. Una cuestión que generará nuevas dificultades y
conflictos sociales, por lo que idealmente debería ser un proceso lo bastante
lento y progresivo como para evitar agravar las dificultades sociales y
logísticas de esta transición.
La vuelta al campo tendrá como consecuencia dos efectos raramente
considerados y que contradicen por completo las proyecciones demográficas que
se suelen hacer desde la ONU y otros organismos. La primera, más obvia, es que
el proceso de urbanización creciente se detendrá en las próximas décadas y que,
al contrario de lo que se proyecta, la población de las ciudades descenderá.
Aquí hay varios matices importantes, que dependen de qué se califique como
ciudad (generalmente, cualquier núcleo de población de más de 5000 o 10 000
habitantes). Es posible que una parte de la población reasentada en el medio
rural lo haga en esos núcleos más pequeños pero que aún se consideran «ciudad».
Por tanto, lo que sí que parece que va a pasar es que las grandes ciudades (sobre
todo las que están por encima de un millón de habitantes, que es la referencia
de las grandes ciudades de la Antigüedad) van a perder población. El otro
efecto derivado de la reruralización de la sociedad es que el peso relativo de
la alimentación sobre la renta disponible de las familias va a aumentar. Eso es
algo natural en una sociedad que revaloriza el papel del campo como productor
de alimentos,
Página 103
además en un entorno más complejo por culpa de la
escasez de energía, de materiales y en medio de un Cambio Climático de grandes
dimensiones.
Relacionada con el sector agropecuario está la actividad de la
silvicultura. Durante el periodo de expansión industrial hemos visto proliferar
la explotación de algunas especies de árboles, sobre todo para la producción de
madera y de celulosa. En muchos casos se han primado las especies de rápido
crecimiento, que generan problemas de degradación de los suelos, en
monocultivos de biodiversidad limitada. También ha sido frecuente un tipo de
explotación que tiene más de cultivo extensivo que de verdadero bosque, creando
poblaciones frágiles y en ocasiones enfermas. La silvicultura, y en general la
explotación de los bosques, son actividades que deberán continuar,
fundamentalmente porque serán una manera segura y fiable de proporcionar
materiales versátiles para muchos usos, aparte de la función benéfica de los
bosques en la regulación ambiental local, en especial por favorecer el ciclo
corto del agua. Sin embargo, el tipo de explotación deberá cambiar radicalmente
hacia uno más sostenible y por definición de mucha menos extensión. Como en
todos los otros sectores, será necesario un desescalado hasta llegar a una
magnitud que sea verdaderamente sostenible.
Querría acabar este capítulo con una reflexión sobre la sostenibilidad
tanto ecológica como económica y social del sector agropecuario. Con el actual
modelo agroindustrial imperante en Europa hay una gran dependencia tanto de una
larga cadena de insumos energéticos y materiales que vienen de lugares lejanos
como de mercados globales donde se colocan los productos. Estos dos elementos
no se van a poder mantener en un mundo en descenso energético y material. Como
tampoco se va a poder mantener el actual sistema de mercado, en el cual un
grupo muy reducido de compradores masivos fija los precios en origen. Se tendrá
que modificar la legislación para favorecer la venta de proximidad y lo más
directa posible de los productos del campo a los consumidores finales, se
tendrá que reducir la longitud de los circuitos de distribución y se tendrá que
pagar un precio justo por los alimentos y en general por los productos
agropecuarios. Durante el último siglo, con la mecanización del campo y la
reducción de la mano de obra empleada en estas labores, se ha vivido también un
proceso de reducción del precio final de los alimentos, lo cual ha permitido
que las familias tuvieran mayor renta disponible para el consumo de la
producción industrial. Esto se acaba, se acaba ya, es lógico
Página 104
que se acabe y es bueno que se acabe, pero
obviamente va a tener muchas consecuencias. El aumento del precio de la
producción agraria dignificará este trabajo y le ayudará a hacer la transición
necesaria hacia prácticas sostenibles. Pero si las familias van a dedicar una
mayor parte de su renta al pago de necesidades básicas como son los alimentos,
eso querrá decir que tendrá menos renta para destinarla a otros gastos
discrecionales. Este es otro de los motivos por los cuales la producción
industrial en su conjunto está abocada a un descenso, y por ello se tiene que
optar por una producción más dirigida a la satisfacción de las necesidades
reales de la población, con una escala adecuada para los fines perseguidos.
Página 105
17
Materiales y exergía
Europa es un continente geológicamente exhausto. Ya en la Edad Antigua,
primero se explotaron los yacimientos de cobre y estaño, y luego los de hierro,
aparte del oro y la plata. En Europa vio la luz la Primera Revolución
Industrial, para la cual fue necesario aprovechar extensamente los grandes
depósitos de carbón y hierro que había en el Viejo Continente. Y así se hizo, a
gran escala, durante muchas décadas. Pero en la actualidad esos grandes
depósitos están agotados, y en Europa el tipo de carbón que resta es cada vez
de peor calidad y menor poder calorífico; además, para extraerlo se tiene que
recurrir a prácticas ambientalmente desastrosas como el desmontado de cimas (mountaintopremoval)
o las minas de cielo abierto, pues la concentración es tan baja que es preciso
mover muchas toneladas de roca para extraer algunos kilos de los materiales que
se buscan.
Y no solo es el carbón. Por más que continuamente se publiciten en
prensa grandes proyectos extractivos promovidos por compañías mineras de dudoso
pedigrí ambiental y financiero, lo cierto es que en Europa no hay recursos
mineros abundantes. Hay algunos pocos materiales cuyo aprovechamiento minero
puede ser razonable, sí, pero la mayoría de los proyectos que se presentan son
salvajadas ambientales cuya producción máxima podría cubrir una cantidad ínfima
de las necesidades materiales actuales de la industria europea.
También es cuestionable intentar la extracción de materiales que
implican un gran consumo de agua y elevados niveles de contaminación, como por
ejemplo los que emplean la práctica de la lixiviación, tanto in situ como
a través de balsas donde el material extraído de la mina se hace reaccionar
con sustancias químicas para poder separar el metal deseado, dejando detrás
balsas tóxicas que en la mayoría de los casos nunca son tratadas y quedan
abandonadas a su suerte (en España, aún está presente el recuerdo del desastre
de Aznalcóllar, en 1998, cuando una balsa de
Página 106
lixiviados reventó y contaminó el entorno del
Parque Nacional de Doñana). Precisamente en una situación de descenso
energético habrá menos capacidad de tratar esas balsas de residuos y también de
remediar el desastre que pueden dejar detrás.
Y a las preocupaciones ambientales se debería añadir la preocupación
directa por el impacto del descenso energético en la propia actividad de
minería, como comentamos antes. Con depósitos de tan poca riqueza, extraer,
triturar y procesar toneladas de roca implican un gasto energético exorbitante,
y posiblemente muchos proyectos que ahora se están iniciando acaben siendo
abandonados porque nadie se podrá permitir pagar unos precios económicos tan
elevados como los que implicarán los materiales que así se consigan. Si el
rendimiento exergético baja, también lo hace el económico [Valero, 2008].
Bien es cierto que, en un futuro cercano de descenso energético y
material, el tamaño y volumen de la industria europea va forzosamente a
contraerse muchísimo, pero aun así será necesario tener alguna manera de
proveerse de muchos materiales que ya no será tan barato conseguir en países
remotos.
Europa cuenta, sin embargo, con un recurso estratégico único que puede
proporcionarle una ventaja crucial durante un tiempo limitado. Me refiero a
todos los vertederos y chatarrerías donde se han ido arrojando innumerables
objetos que contienen materiales de alta calidad.
Es cierto que en las chatarrerías ya hace mucho que se realiza un enorme
esfuerzo para el reciclado de metales, sobre todo de los más estructurales: el
aluminio, el hierro/acero, el cobre… En el caso del cobre, la tasa de reciclaje
actual es superior al 30 %, una cifra destacable pero que llevaría a un rápido
descenso del cobre activamente usado en una situación en la que la extracción
de cobre comience a disminuir (como parece ser el caso). Y si la situación no
es buena con los metales estructurales, el reto está en realidad en el
aprovechamiento de los materiales usados en la microelectrónica, sobre todo las
tierras raras. Hay un gran potencial para el aprovechamiento de esos materiales
en España [Torrubia, 2023], pero las tasas de reciclaje son inferiores al 1 %
en promedio, debido a la dificultad que supone la separación de materiales que
aparecen en concentraciones muy pequeñas.
Por tanto, hay dos cuestiones en lo que respecta al reciclaje de
materiales.
Página 107
Por un lado, hay que tratar los materiales de
desecho de una manera completamente diferente a la actual, favoreciendo su
separación y tratamiento desde la recogida y evitando que vayan a parar a
vertederos comunes, lo cual implica concienciación y pedagogía: explicar a la
ciudadanía la importancia de cerrar los ciclos materiales no solo por
cuestiones ambientales, sino por mera supervivencia del sistema industrial.
Además, hay que hacer un esfuerzo adicional a nivel de las chatarrerías para
que la tasa de desechos sea la mínima posible.
Por el otro, es preciso cambiar muchos de los diseños en los objetos que
consumimos, desde los coches hasta los móviles. Hay que evitar al máximo la
mezcla de materiales, que hará difícil y energéticamente costosa su separación,
aunque sea a costa de sacrificar parte del rendimiento de los productos
finales: es mejor tener un dispositivo voluminoso, menos potente o incluso
menos eficiente energéticamente si de esta manera se ahorra energía en su
reciclado posterior y se minimiza la fracción de materiales que no será
reciclada y será tratada como un desecho.
Estos cambios implican unas inversiones muy grandes, que deberían estar
impulsadas por los propios Estados y las empresas, como una forma de garantizar
el acceso a los materiales que se van a necesitar después. Es una inversión con
un retorno en un plazo largo de tiempo, pero decisiva de cara a la política
industrial europea.
En cuanto al aprovechamiento de los materiales que se utilizan en la
microelectrónica, no existe una respuesta sencilla a su reciclaje. Muchas de
las tierras raras y elementos químicos exóticos que se utilizan en los
dispositivos electrónicos se combinan en cantidades ínfimas, de traza,
dispuestos en los chips en diferentes capas muy finas, de unos pocos átomos de
espesor. Su separación, si es que es posible, requeriría, con los medios y
conocimientos de hoy en día, una enorme cantidad de energía. En estos casos,
quizá la mejor estrategia, al menos por el momento, es modificar los diseños
para que los microchips sean de propósito más general y con características
estandarizadas, aunque no sean tan potentes o compactos, y que se fabriquen
para ser muy duraderos y fácilmente extraíbles de la placa madre donde estén
montados. Esta filosofía de favorecer la reutilización de piezas de más difícil
reciclaje pero que pueden ser muy duraderas es algo que ya se está empezando a
imponer en
Página 108
la industria con los móviles y ordenadores
reacondicionados, y es algo en lo que seguramente merece la pena profundizar.
Justamente uno de los grandes retos del futuro es cuál va a ser el papel
de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) en un futuro de
descenso energético. Esta discusión será el objeto del próximo capítulo.
Aparte de las chatarrerías e incluso vertederos, Europa tiene otras
posibles fuentes de materiales de alta calidad. En un mundo donde la movilidad
será menos masiva de lo que es actualmente, no va a ser necesario tener tantos
elementos de señalización (semáforos, señales de tráfico, pórticos), algunos
además cada vez más prescindibles, como las farolas de las autopistas. Aparte
de estos elementos, habrá un sinnúmero de objetos que quedarán en desuso en
todo tipo de actividades, y la mayoría de estos contienen materiales de alta
calidad que sin duda pueden ser muy necesarios para mantener la actividad
industrial futura.
Cuestión aparte la plantean materiales ya habitualmente reciclados como
son el vidrio o el papel. El vidrio se fabrica a partir de arena y por tanto no
tiene una limitación en su materia prima, pero sí que lo limita la enorme
cantidad de energía que se necesita para fundirla y convertirla en vidrio. El
reciclaje del vidrio implica una nueva fundición, ergo un importante consumo de
energía, y además, dados los aditivos que se le ponen a cada tipo de vidrio,
obtener un vidrio más mezclado y de peor calidad. Por eso, en el caso del
vidrio, la mejor opción siempre que se pueda es la reutilización, por ejemplo
de los envases, tal y como se hacía en Europa en los años setenta del siglo
pasado.
El caso del papel es más complejo, porque aunque reciclable, al igual
que el vidrio, el reciclado es de peor calidad por culpa de las impurezas. La
producción de celulosa implica un gran consumo de pulpa de madera y ha
favorecido la implantación de especies arbóreas de crecimiento rápido pero
agresivas con el sustrato como son los eucaliptos. Dado que los árboles son en
realidad un recurso renovable, en el caso de la producción de papel y cartón lo
más idóneo es disminuir su producción hasta alcanzar niveles verdaderamente
sostenibles de explotación y sin utilizar especies que degradan los ecosistemas
(recordemos de nuevo los límites planetarios). Se debe tener en cuenta, además,
que el Cambio Climático está introduciendo ya un alto grado de estrés térmico e
hídrico en nuestros bosques. Va a implicar un gran esfuerzo evitar que algunos
bosques
Página 109
desaparezcan y que irrumpan los problemas que
vendrían después: erosión del suelo, desertificación y empeoramiento del
acondicionamiento ambiental local. Además, la actual industria papelera consume
grandes cantidades de agua y utiliza sustancias muy contaminantes, por lo que
el esfuerzo deberá dirigirse no solo a una disminución de la actividad hasta
niveles sostenibles, sino a una modificación del modelo de producción hacia
modelos ambientalmente más respetuosos, aunque sean económicamente menos eficientes.
Todas estas ideas están emparentadas con el concepto de economía
circular [Haas, 2015] y se pueden englobar en el concepto de la economía del
dónut, introducida por Kate Raworth [Raworth, 2018]. La economía del dónut
recupera el concepto de límites planetarios que discutimos en el capítulo 2 y
lo extiende, de modo que además del límite superior a los indicadores de salud
ambiental que nos marca el entorno seguro para la operación de nuestro sistema
económico, hay un límite inferior que es necesario alcanzar para garantizar un
nivel de consumo suficiente para las necesidades humanas. Y es que cualquier
actividad humana siempre tendrá impacto, así que no tiene sentido aspirar a no
alterar nuestro entorno en absoluto. El objetivo debe ser garantizar que la alteración
no rebase el nivel máximo que ponga en peligro nuestro hábitat, pero al mismo
tiempo que no sea inferior a la mínima requerida para garantizar una vida digna
para todos los habitantes de este planeta; en definitiva, tener un espacio
operativo que sea suficiente y seguro. Se puede argumentar que es una visión
muy antropocéntrica y que se debería generalizar a una visión más ecosistémica,
pero como mínimo la economía del dónut nos da un primer marco operativo para
hacer factible la vida en la Tierra.
Página 110
18
La necesidad de una electrónica sostenible
Este capítulo tratará de manera sucinta el problema de la
insostenibilidad de la microelectrónica actual y abordará la necesidad de
comenzar ya una transición rápida hacia una electrónica sostenible que nos
permita mantener unas TIC (Tecnologías de la Información y las Comunicaciones)
funcionales. Existen pocos textos que se puedan consultar sobre esta materia.
Al lector interesado lo remito a los libros de Félix Moreno y en particular a
su Peak memory [Moreno, 2020].
Desde hace unos años, existe una hostilidad creciente entre los países
occidentales (Estados Unidos y Europa, en realidad) y China por la cuestión de
los microchips. La producción mundial de microchips de altas prestaciones está
ahora concentrada en tan solo tres megafactorías en tres países que además
están próximos geográficamente: China, Taiwán y Corea del Sur. Esta extrema
concentración de la fabricación no es casual, sino fruto de una evolución de
décadas: hoy en día, para poder ser competitivo en el mercado de los microchips
necesitas una inversión de decenas de miles de millones de dólares en la
maquinaria de litografía, aparte de contar con personal altamente cualificado
en cantidades de miles de personas, las cuales provienen de un ecosistema universitario
local que forma miles de nuevos ingenieros especialistas en microelectrónica
cada año. Solo así, llevando la lógica de la producción en cadena y la
concentración empresarial a sus últimos extremos, es posible masificar una
producción industrial tan costosa y compleja hasta un punto que haga que el
precio unitario de los chips sea lo suficientemente barato como para mantener
un mercado de dispositivos electrónicos a un precio asequible para la mayoría.
Pero esto se ha empezado a romper por diversos motivos, todos ellos conectados
con diversos límites del mundo físico.
Todos los límites convergen en el agotamiento de la ley de Moore. En
1965, el ingeniero Gordon Moore, cofundador de Intel, enunció su famosa ley
(que no es tal, sino una simple observación empírica y proyección de
Página 111
futuro), según la cual cada dos años
aproximadamente se duplicaría el número de transistores y la velocidad de
proceso de los chips. Y durante más de cinco décadas así ha sido. Gracias a
ello, un teléfono móvil que cabe en un bolsillo tiene millones de veces la
potencia de cálculo y memoria de los ordenadores que se usaron para enviar al
hombre a la Luna, y eso que estos ocupaban salas enteras. Es la ley de Moore la
que ha hecho posible la generalización de la microinformática, la omnipresencia
de las TIC en nuestras vidas, la expansión de internet, la digitalización y más
recientemente la explosión de la Inteligencia Artificial. Sin embargo, hoy se
empieza a dar por hecho que la ley de Moore está llegando a su límite de
aplicabilidad, si no lo ha hecho ya.
Hay varias razones para que la ley de Moore deje de ser válida. Por una
parte, los costes energéticos de la producción de los chips se han ido
disparando a medida que los requerimientos de miniaturización de la litografía
(grabado de los circuitos en la oblea de silicio) se hacían cada vez más
exigentes: no es lo mismo «imprimir» chips con un tamaño de pista de una micra
(milésima de milímetro, como los Pentium) que con un tamaño de dos nanómetros
(millonésima de milímetro), que es el objetivo actual para los chips de nueva
generación. En una situación de altos costes de la energía, el consumo en
fabricación de las nuevas reglas nanométricas es excesivamente elevado como
para permitir una producción a un precio razonable para el consumidor final.
Los diseñadores de las máquinas de litografía se esfuerzan para intentar
contener el coste de fabricación, pero estamos lejos de conseguir un resultado
razonable, y eso está deteniendo el crecimiento a la Moore. Mención
aparte merecen las necesidades de agua dulce de calidad, que también empiezan a
ser inmanejables.
Incluso si el problema energético de la producción de los chips fuera
abordable, estamos ya muy cerca del límite cuántico. Un átomo de silicio tiene
un diámetro atómico de 0,222 nanómetros. Eso quiere decir que una pista de dos
nanómetros puede contener aproximadamente nueve átomos de silicio uno al lado
de otro (en realidad podrían ser más, ya que las nubes electrónicas de los
átomos se solapan). En cualquier caso, son ya muy estrechas y en estos tamaños
los efectos cuánticos empiezan a ser importantes (en el mundo cuántico nada
ocupa un lugar preciso en el espacio o se mueve con una velocidad determinada,
todo sigue una cierta distribución de probabilidad). Eso obliga a incorporar
más sistemas de corrección de los errores que se producen espontáneamente,
haciendo más
Página 112
grandes y complejos los chips y echando a perder la
potencial ventaja de poder integrar más transistores.
Otro límite que pone fin a la ley de Moore son los recursos. La base de
cualquier chip es el silicio, un metal muy abundante en el planeta: la arena y
el cuarzo están hechos mayoritariamente de óxido de silicio. Los chips de más
alta tecnología utilizan sustancias exóticas para el sustrato (zafiro azul) y
para los dopantes (desde los clásicos como el galio, el germanio o el arsénico
hasta algunas tierras raras para chips con funciones específicas). Con reglas
tan pequeñas como dos nanómetros, estas sustancias deben ser purificadas hasta
extremos increíbles (ya el propio silicio suele usarse con purezas de al menos
99,9999 %), lo cual consume grandes cantidades de energía y a veces limita
también qué material se utiliza como punto de partida (por ejemplo, el silicio
no se purifica a partir de la arena, que solo tiene un 80 % de óxido de
silicio, sino de polvo de cuarcita, que tiene un 95 % de SiO2).
Y para acabar, otro límite que está golpeando fuerte es la disminución
de la renta disponible de la mayoría de los ciudadanos de este planeta. En
medio de una crisis de abastecimiento energético y carestía de muchos bienes
básicos, la gente disminuye su gasto en electrónica para destinarlo a
cuestiones más primordiales, y este descenso del consumo lógicamente no
estimula la inversión en producir chips más potentes y sensiblemente más caros.
En realidad, como muestra Félix Moreno [Moreno, 2020], a escala mundial
ya hace algunos años que hemos superado el pico de producción de chips de
memoria, de discos duros, de portátiles, de tabletas, de móviles… Cada uno de
ellos se ha producido en una fecha diferente entre 2018 y 2022, pero en todos
los casos se observa un proceso de caída que en algunos de ellos comenzó antes
de la pandemia de la COVID-19 y que por tanto es difícil atribuirle a ella. De
hecho, contrariamente a lo que se dijo, durante el confinamiento no se
dispararon las ventas de dispositivos electrónicos, al menos no a escala
global. La microelectrónica lleva años en una espiral de caída causada por este
duro choque contra los límites planetarios que nadie quiere reconocer, y la
creciente guerra comercial con China solo puede agravar esta situación.
Y así, mientras el mundo se lanza en una loca carrera a ninguna parte
con las reglas de dos nanómetros, deberíamos estar pensando en cómo hacer chips
de escala micrométrica de manera sostenible.
Página 113
Porque en lo que nadie piensa es en la importancia
real de los sistemas informáticos, sobre todo por los sistemas de cómputo y
control que se utilizan en múltiples aplicaciones necesarias para nuestra vida
cotidiana: desde la gestión de la red eléctrica hasta el control de la calidad
del agua, desde la regulación de los semáforos hasta las transferencias
bancarias o los historiales médicos. Vivimos, sobre todo en Europa, en un mundo
de una complejidad inaudita y mucho más frágil de lo que pensamos. Por ejemplo,
sin sistemas de cómputo no tendríamos previsiones meteorológicas
suficientemente precisas para gestionar la variabilidad de la producción
eléctrica renovable, y sin ella la red eléctrica podría caer, o no podríamos
anticipar las temperaturas de los próximos días y no se pondría la mezcla
correcta de biodiésel en los depósitos de las gasolineras para que no se
solidifique, lo cual causaría daños a los motores a escala masiva; o no se
harían descargas preventivas en los pantanos antes de un episodio de lluvias
fuertes, o no se activarían decenas de sistemas de alerta que hoy día son
fundamentales. Y eso refiriéndonos únicamente al tiempo meteorológico.
Necesitamos chips. Necesitamos capacidad de cómputo y de proceso,
necesitamos sistemas de control. Necesitamos comunicaciones suficientemente
rápidas y fiables y procesar toda esa información. Lo necesitamos, porque si
todo eso cayera de golpe nuestra sociedad no estaría preparada para gestionar
el caos que se desencadenaría.
Por eso es imprescindible realizar un esfuerzo para garantizar la
producción de chips verdaderamente sostenibles, aunque sean de una capacidad de
proceso muy inferior a los actuales. Poca gente entiende la complejidad de la
cadena de procesado de los chips: desde la fundición de la cuarcita, que se
hace en un puñado de fundiciones en todo el mundo, que necesita de un tipo de
leña especial que genera poco humo y consigue una temperatura homogénea y
estable, hasta el cortado de precisión de las obleas, con la deposición capa a
capa, actualmente a escala atómica, en habitaciones blancas con un grado de
contaminación aérea ínfimo, aisladas de las vibraciones exteriores, con un
suministro eléctrico estabilizado y continuo, en un proceso lento, lentísimo,
que exige horas para fabricar una tanda de microchips.
Seguramente no podemos hacer sostenible un proceso de esta magnitud de
complejidad. Tenemos que volver a chips que puedan ser fabricados a una escala
nacional con unos medios más modestos. Los
Página 114
chips que se fabricaban a principios de los ochenta
del siglo pasado se producían en fábricas locales, sofisticadas pero con una
complejidad asumible. Hablamos de los Z80, de los 8080, de los 8086… ¿Dónde
está el límite? ¿Cuál es el chip más sofisticado que nos podremos permitir? No
lo sabemos, no hasta que fijemos un programa de producción de chips sostenibles
con el objetivo de garantizar el funcionamiento de sistemas críticos.
Personalmente opino que si somos capaces de llegar a un nivel como el de los primeros
Pentium, podremos mantener una capacidad semejante a la actual. Con mucho menos
internet, muchos menos dispositivos, pero garantizando lo fundamental.
Hay más cuestiones a abordar en esta nueva electrónica sostenible. Hay
que acabar con los principios de la obsolescencia programada, que afectan a
todo tipo de productos pero que en este caso son más importante si cabe, dada
la escasez de recursos básicos para su fabricación y lo crítico de estas
tecnologías. Los condensadores diseñados para reventar al cabo de un cierto
tiempo de uso y que te obligan a tirar toda la placa. Ese tipo de prácticas
deben ser prohibidas y vigiladas.
Pensando ya a largo plazo, asumiendo que somos capaces de consolidar una
microelectrónica verdaderamente sostenible y radicada en Europa (para evitar
una peligrosa dependencia exterior), tendremos que abordar otros aspectos
fundamentales como es el del almacenamiento. Los sistemas de almacenamiento
actuales son muy poco resilientes: la nube, por su dependencia de internet; las
memorias y los discos de estado sólido, porque están creados para durar una
decena de años. Hay que comenzar a pensar en sistemas de almacenamiento más
durable y que no requieran energía para conservar la información.
También pensando a largo plazo, está claro que internet tal y como lo
conocemos hoy dejará de existir. Simplemente, requiere demasiada energía,
demasiados materiales, demasiado almacenamiento. Internet deberá simplificarse
para atender en primera instancia los requerimientos más funcionales, asociados
a la operativa de sistemas críticos, y después para ofrecer sistemas de
búsqueda e intercambio de información a los ciudadanos y a las empresas. Sé que
lo que estoy diciendo resulta chocante en el mundo hiperconectado de hoy en
día, mientras escribo estas líneas en un procesador de texto que corre en un
portátil conectado a internet a través de una wifi, pero eso no cambia el hecho
de que nuestro futuro es muy probablemente un futuro con un internet más reducido,
más
Página 115
restringido y más funcional, y eso suponiendo que
seamos capaces de hacer los cambios y adaptaciones que lo hagan auténticamente
funcional.
Quería acabar con una reflexión sobre la sensación del momento, la
Inteligencia Artificial. La IA es una herramienta muy útil y una evolución
natural de los sistemas de búsqueda, con una buena integración de los
contenidos de manera semántica. Ha contribuido decisivamente a su espectacular
desarrollo actual el trabajo realizado durante décadas en el área de
investigación del lenguaje natural por un ejército de lingüistas e ingenieros
informáticos. Pero el propio modelo de desarrollo que han escogido las empresas
dominantes en el sector —las grandes tecnológicas
— es una muestra de la falta de comprensión de los límites planetarios:
la IA se alimenta con cantidades masivas de datos tomados de forma no
estructurada desde internet y entrenada por fuerza bruta sobre esa plétora de
información, sin hacer ningún esfuerzo de simplificación de las reglas de
aprendizaje incorporando relaciones y propiedades conocidas. Con ese modelo de
ingestión en masa y sin estructura, el consumo de energía en el entrenamiento
es descomunal y la cantidad de datos necesarios para actualizar la IA tiene que
crecer exponencialmente. Es un modelo intrínsecamente insostenible, condenado a
topar con los límites incluso si no hubiera restricciones de acceso a la
energía y los materiales. Es una demostración de la soberbia sin límite
del Homo technologicus, que se cree por encima de la realidad del
mundo físico y natural en el que vive. Sin un proceso de análisis y de
evaluación honesta de las limitaciones que tiene, la IA estará condenada a caer
como un castillo de naipes. Y es una lástima, porque con una estrategia
apropiada la IA podría seguir usándose y sería una gran herramienta para
gestionar el descenso que viene. No como el oráculo milagroso que algunos
piensan que es, capaz de crear nuevo conocimiento de manera inductiva, con un
pensamiento autónomo, pero sí como un sistema eficiente para gestionar y
acceder al conocimiento humano y optimizar su uso.
Página 116
19
Recuperar el equilibrio
El error fundamental de nuestro sistema industrial, y por extensión de
nuestro sistema económico, es que no está integrado con el planeta, y en
particular con su biosfera.
Los humanos somos seres vivos. Esta frase que parece muy sencilla tiene
muchas implicaciones. Para empezar, todos los seres vivos son sistemas alejados
del equilibrio, desde el punto de vista de la Termodinámica. Y es que, de
acuerdo con la Termodinámica (esa parte de la Física que se relaciona con los
intercambios de calor y trabajo), todos los sistemas físicos tienen una
tendencia a reducir sus diferencias, a compensar sus gradientes, a
equilibrarse. El cuerpo caliente suministra calor (en el fondo, transfiere
energía del movimiento molecular) al cuerpo frío hasta que al final ambos
acaban en una misma temperatura, intermedia entre las dos iniciales. Acaban en
equilibrio. Del mismo modo, cuando una sustancia tiene un gran potencial
químico y está en contacto con otra con uno mucho menor, habrá una tendencia
(que puede ser extremadamente lenta) a la mezcla y el equilibrio de ambas
sustancias, hasta que sus potenciales químicos se igualen. Las diferentes
especies químicas tienen tendencia a reaccionar hasta llegar a su formulación
más estable. Las rocas, por la acción de la erosión, tienden a disgregarse. Y
así sucesivamente.
En el mundo regido por las leyes de la Termodinámica, a largo plazo (un
tiempo que puede llegar a eones) todo tiende a la dispersión, al equilibrio y a
la muerte térmica. Todo se va degradando hasta que ya nada más interesante
puede pasar. La entropía va creciendo hasta que llega a su valor máximo, en el
que todo es homogéneo y ya nada se mueve.
La entropía es una variable física, de la que a veces se dice que mide
el grado de desorden de un sistema. No es del todo correcto. En realidad, la
entropía es un reflejo de la complejidad estructural del sistema, siendo máxima
cuando observar lo observado es lo más probable y mínima
Página 117
cuando su probabilidad es la más baja. Cuanto más
complejo y estructurado es, menor será su entropía, ya que se tratará de una
configuración de átomos y moléculas con poca probabilidad. Es algo debido al
orden, no al azar, y por tanto poco entrópico. Al contrario, cuando las cosas
se oxidan, se queman, se pudren, se degradan, son dispersadas por el viento y
la lluvia, llegan a la máxima entropía, a una configuración sin ninguna
estructura ni orden, fruto del puro azar y por tanto sin contenido ni capacidad.
En la naturaleza, hay una contraposición de procesos, algunos de los
cuales aumentan la entropía y otros que la reducen; los primeros son la
mayoría, ya que la destrucción es más fácil que la construcción. En el conjunto
del universo, el balance siempre es positivo para la entropía. La entropía
siempre crece. Las cosas están progresivamente más degradadas, más dispersas,
más homogeneizadas, más anodinas. Y siempre que en una parte del universo ha
disminuido la entropía es porque en otra parte ha aumentado y en mayor medida.
De hecho, la disminución local de la entropía suele suponer en otro punto un
gran aumento, mucho mayor en magnitud. Por ejemplo, cuando comemos destruimos
tejido vivo en gran cantidad para generar pequeñas cantidades de tejido vivo
propio y para producir la energía que necesitamos para mantener nuestro cuerpo
caliente y mover nuestros músculos.
Los seres vivos somos el paradigma de la lucha contra la entropía,
porque para nosotros la entropía es literalmente la muerte, dejar de funcionar
y de existir. Es una lucha que no podemos ganar para siempre, ni individual ni
colectivamente, pero mediante la reproducción podemos engañarla durante un
tiempo, durante mucho tiempo de hecho. Todo el tiempo que ha existido la vida
en el planeta. Y después de una evolución de millones de años, la vida creó en
este planeta ecosistemas que eran capaces de mantenerse a costa de generar
cantidades mínimas de entropía. En los ecosistemas terrestres todos los
materiales se reciclan con tasas cercanas al 99 %, mientras se aprovecha la
energía constante del Sol (mientras siga brillando en nuestro cielo) para mover
todos los ciclos naturales que mantienen la integridad y la funcionalidad de
los ecosistemas.
O así fue hasta que apareció la especie humana. Los primeros humanos
vivían más o menos en equilibrio con los ecosistemas en los que habitaban,
cazando y recolectando, pero en un momento dado dieron el
Página 118
primer salto tecnológico cualitativo y empezaron a
cultivar y a tener ganado: fue la Revolución neolítica. En algunos lugares, los
humanos causaron tales desequilibrios que los ecosistemas colapsaron, y con
ellos las civilizaciones humanas que de ellos dependían (decía Honoré de
Balzac: «Los bosques preceden a las civilizaciones, los desiertos las
suceden»). Pero en otros lugares las civilizaciones humanas que se
desarrollaron fueron capaces de alcanzar un estado de más o menos equilibro con
su entorno, con algún que otro sobresalto por extralimitaciones regionales de
la capacidad de carga.
Y así nos mantuvimos hasta que los humanos comenzaron a explotar
masivamente los combustibles fósiles e hicieron sus revoluciones industriales.
La enorme cantidad de energía disponible hizo que los humanos olvidasen una
lección aprendida larga y amargamente durante generaciones: la necesidad de
mantenerse en equilibrio con el ecosistema, de reducir la tasa de generación de
entropía a un mínimo, so pena de acabar con la vida, la nuestra y la de otras
especies.
Ahora mismo, los seres humanos son probablemente la principal fuerza
geológica que actúa en el planeta, hasta el punto de que algunos geólogos
consideran que hemos entrado en una nueva era geológica, el Antropoceno,
caracterizado por esa capacidad de alterar nuestro medio. Hasta en esta
definición hay bastante arrogancia, porque se está asumiendo que vamos a
mantener esta capacidad, cuando en realidad lo más probable es que nuestra
acción geológica se reduzca en paralelo a la reducción de la disponibilidad de
combustibles fósiles; y del mismo modo que la era que comienza después de la
extinción de los dinosaurios por el impacto de un meteorito no se llama
Meteoritoceno sino Paleoceno, quizá esta nueva era merezca un nombre diferente.
Y, como dice John Michael Greer, si de algún modo debiéramos denominar nuestra
breve —en términos geológicos— disrupción sería algo así como la Antropopausa,
semejante al fino estrato que dejó el meteorito responsable de la Quinta
Extinción. Esto me parecería una posición más humilde y más lógica.
Y justamente de humildad va el cambio que tenemos que emprender. Porque
nos hemos equivocado, y debemos reconocerlo. Perdimos el camino, perdimos la
conexión con la Tierra. Nos creímos todopoderosos, embriagados por la
abundancia de los combustibles fósiles. Y así, en vez de mantenernos lo más
cerca posible del equilibrio, en vez de preservar la vida, hemos actuado como
auténticos siervos de la entropía, acelerando la
Página 119
destrucción, la degradación, la dispersión.
Extraemos materiales sin cesar para, después de aprovecharlos brevemente,
arrojarlos de cualquier manera contaminando el agua, el aire y la vida. Pisamos
el acelerador a fondo en nuestra carrera hacia Thanatia [Valero, 2021], ese
planeta que ya no es la Tierra porque su capital natural está totalmente
degradado.
No vamos a poder continuar por este camino, ni por razones ambientales
ni por la escasez de recursos. Tenemos que recuperar el equilibrio, y tenemos
que hacer de ello el motivo principal de todas las políticas que emprendamos.
Tenemos que vivir en equilibro con los ciclos del planeta: con el ciclo del
agua, con el ciclo del nitrógeno, con las estaciones, con la lluvia y el sol. Y
ese equilibrio se tiene que reflejar en la tecnología que usemos. Una
tecnología que esté integrada en el medio ambiente y en las medidas de
reparación ambiental.
Para no aumentar la entropía, y esta es la primera lección de humildad,
hay que cultivar la parsimonia. Hacer las cosas lentamente, pero hacerlas bien.
Es a través de una sucesión de procesos cuasiestáticos cuando aumenta menos, o
nada, la entropía. La entropía es amiga de la velocidad. La vida es amiga de la
contemplación. Y esa debe ser la filosofía con la que repensemos todos los
procesos industriales. Ser lentos, acoplarse a los ritmos de la naturaleza, a
los del planeta. Por ejemplo, introduciendo el motor de Stirling: un tipo de
máquina térmica que consigue alcanzar una eficiencia muy elevada y que, si está
bien diseñada, tiene una eficiencia muy cercana a la de Carnot, que es la
máxima posible para una máquina térmica. Sin embargo, el de Stirling es un
motor lento, muy eficiente pero muy lento. Es un tipo de motor ideal para
grandes máquinas, para procesos que tienen lugar continuamente, para cosas que
se necesitan siempre. También, por sus características, es un motor de gran
tamaño, y eso reduce su escalabilidad. No podemos pensar en un uso masivo de
materiales para llenar el mundo de Stirlings, aunque no se requieran materiales
sofisticados ni escasos. El motor de Stirling nos ofrece un buen rendimiento
pero a cambio nos limita la cantidad de motores que podemos operar. Al final
nadie se escapa de las limitaciones de la Termodinámica, y si ganas por un
aspecto, has de perder forzosamente por otro lado.
Porque esta es la segunda lección de humildad: hay que repensar la
escala. La grandiosidad de la época fósil se acaba con los combustibles
fósiles. No podemos intentar compensar la necesaria lentitud con un despliegue
de gran magnitud. No tenemos materiales para ello, no hay
Página 120
suficiente espacio, no se puede hacer converger
tanto material en un espacio limitado. Hay que volver a lo local, hay que hacer
lo justo y necesario para cubrir las necesidades humanas, y hay que hacerlo de
tal modo que no perturbemos los ciclos de la vida. Para que podamos volver a
encajar dentro de ellos, como la vida que fuimos y nunca dejamos de ser.
20
El decrecimiento como conclusión
Durante el libro se ha mencionado algunas veces, porque es el concepto
siempre implícito y al tiempo inevitable: decrecimiento. En un mundo con
límites, límites biofísicos contra los que nos estrellamos con toda nuestra
fuerza y suicida tozudez, no hay margen ya para el crecimiento. Toca decrecer,
sobre todo en lugares como Europa, que tienen más que un sobredesarrollo, un
sobreconsumo. No ya por una cuestión moral (gula, avaricia, vanidad), sino por
imposibilidad práctica.
Hablar de decrecimiento significa hablar del fin del capitalismo. Del
capitalismo como lo hemos entendido en los últimos dos siglos. Se suele definir
el capitalismo como un sistema de libre mercado con propiedad privada de los
medios de producción. Con esa definición, cuando hablamos del final del
capitalismo es por tanto natural pensar que la gente crea que estamos (o que lo
estoy particularmente yo) abogando por un sistema de mercado intervenido y
propiedad colectiva. Básicamente, por el comunismo.
Es indudable que hacer frente a los límites biofísicos implica un cierto
grado de intervención del mercado, al menos cierta planificación, pues no solo
la energía disponible ha disminuido, sino que seguirá disminuyendo. Eso implica
racionamiento, y por tanto una discusión, de carácter político, sobre el modelo
de sociedad, ya que tenemos que decidir qué se le da y a quién se le da. De
todos modos, la economía capitalista moderna también se caracteriza por un alto
grado de planificación. Simplemente, ahora los objetivos serían otros.
Y en cuanto a la propiedad de los bienes de producción, es evidente que
se tiene que repensar si todos ellos pueden ser privados: ya hemos hablado de
la necesidad de convertir la energía en un servicio público, y seguramente eso
también se deba hacer con otros bienes cruciales y estratégicos, como el agua.
Pero es un error pensar que el modelo que
necesitamos sea necesariamente comunista. Algunos de mis lectores sin duda
abogarán por él o por otros modelos de carácter comunitarista, y están en su
legítimo derecho de hacerlo. Sin embargo, la superación del capitalismo no
implica la necesidad del comunismo (y menos aún de un comunismo estatalista y
productivista, como el que hemos visto en el siglo XX, que adolece de los
mismos problemas de sostenibilidad del capitalismo y encima con modos aún más
autoritarios). Alcanzar la sostenibilidad no implica abandonar el libre mercado
o la propiedad privada, que son sin duda rasgos del capitalismo, pero que no le
son distintivos. Lo que caracteriza al capitalismo es la necesidad del
crecimiento, el cual nace del interés compuesto, y es precisamente el
crecimiento lo que es insostenible. El gran mérito de la hegemonía discursiva
del capitalismo es que, a pesar de que se habla a todas horas del crecimiento
como una necesidad (incluso se identifica con el bienestar), consigue ocultar a
la vista de todo el mundo que el crecimiento es su rasgo distintivo y
específico.
El hecho de que tengamos que vivir en armonía con los límites del
planeta implica una actitud mucho más cuidadosa en cuanto a la relación entre
los seres humanos y el resto de los seres vivos con los que compartimos este
planeta (y que tienen tanto derecho como nosotros a él) y con nuestro entorno.
Pero la sostenibilidad no impone un determinismo social en cuestiones como la
propiedad privada, por más que cada persona, o incluso yo mismo, pueda tener
sus preferencias a ese respecto.
El contenido de este libro es profundamente político, pues político es
todo lo que afecta a la polis, a la ciudad, a los ciudadanos; lo que les
interesa y preocupa. Y aquí hablamos de los retos a los que nos enfrentamos
para garantizar nuestra continuidad como civilización e incluso como especie,
¿qué otra cosa podría ser más importante para los ciudadanos? Pero es
imprescindible separar la discusión meramente técnica de la ideológica. Yo he
intentado, con mis sesgos y limitaciones, centrarme en las cuestiones técnicas,
poniendo el énfasis en lo que ya sabemos técnicamente que no funciona y
tratando de proponer alternativas viables. Seguro que todo lo que he escrito
aquí puede ser matizado, discutido y revisado: eso es perfecto, porque la
ciencia se construye con la discusión de ideas, no con la afirmación de dogmas.
Nadie posee la verdad absoluta y solo podemos aproximarnos a un pálido reflejo
de la misma a través del debate de ideas y de la forja de consensos.
Pero, por eso mismo, cuando a lo largo y ancho de
este libro se ha mostrado la imposibilidad de mantener el crecimiento, que es
la esencia real del capitalismo, hay que entender que el razonamiento es de
carácter lógico, no ideológico. No hay una posición tomada de antemano para la
cual se buscan argumentos; al contrario, se analizan los hechos y se llega a
las conclusiones que implican, pero siempre desde el punto de vista técnico. Y
la cuestión desde el punto de vista de la ciencia y la técnica es clara: el
capitalismo no solo es inviable, sino que está chocando ya contra la
imposibilidad material de mantener el crecimiento. De ahí la necesidad radical
de apostar por el decrecimiento.
Porque si no hay decrecimiento (entendido como un movimiento planificado
y democrático para adaptarnos al inevitable descenso energético y la Crisis
Ambiental, amén de las otras crisis), lo que habrá es empobrecimiento. Creer,
como puro acto de fe, que se van a producir innovaciones disruptivas en este
momento simplemente porque nos resultarían muy convenientes es la manera de
negarse a aceptar que está pasando lo que está pasando y que no estamos
haciendo nada útil para adaptarnos a ello. Y lo que tenemos como resultado de
esta inacción es inflación, problemas con los suministros,
desindustrialización, paro, malestar social, radicalización política, guerras,
hambre, muerte, destrucción, miseria… Realmente, ¿no sabemos hacerlo mejor que
eso?
Con la dimensión actual de las múltiples facetas de la policrisis, no
tiene sentido postergar más tiempo la toma de medidas que busquen adaptarnos a
la realidad que vivimos, y no a la fantasía tecnooptimista con la que sueñan
algunos con tal de no renunciar a su modelo crecentista. Porque esa sí es una
posición de fuerte componente ideológico. Piénselo bien. El crecimiento no se
puede cuestionar, es algo que se da por supuesto en todas las proyecciones a
futuro que hacen los diversos organismos gubernamentales. Y a pesar de la
evidencia que se acumula contra la validez lógica del crecentismo, nadie osa
cuestionarlo. ¿No sería ya el momento?
¿Qué necesitamos en realidad? Necesitamos garantizar unas condiciones de vida digna para todo el mundo. Trabajo, alimentos, agua, ropa, vivienda, educación, sanidad… y poco más. Habrá quien dirá que eso es muy poco, que es miserable. Yo digo que ahora mismo hasta eso está en peligro para la mayoría de la población, y que particularmente en Europa supondrá un amargo despertar para su población si no empezamos a hacer algo para garantizar la preservación de esos bienes básicos. Y si después de garantizar eso hay excedentes y se pueden producir más bienes y prestar más servicios, pues bienvenidos sean. Pero comencemos por garantizar eso.
Comencemos por decrecer para garantizar un futuro para Europa y para el
mundo. Nos va literalmente todo en ello.
Bibliografía
[AEMA, 2021] Agencia Europea del Medio Ambiente, «Growth without
economic growth», publicado el 11 de enero de 2021, disponible
en:
<https://www.eea.europa.eu/publications/growth-without-economic-growth>.
[Almazán, 2024] Adrián Almazán Gómez, Jesús Garrido Martínez, Pablo
Alonso López, Vanessa Álvarez González y Luis González Reyes, «Técnicas
humildes para el decrecimiento», Ecologistas en Acción, 2024.
[Bordera, 2023] Juan Bordera, Fernando Valladares y Antonio Turiel,
«Manual contra el negacionismo climático en la década axial», publicado
en Contexto y Acción el 16 de julio de 2023, disponible
en
<https://ctxt.es/es/20230701/Firmas/43502/Juan-Bordera-Fernando-Valladares-Antonio-Turiel-cambio-climatico-negacionismo-crisis-ecologica.htm>.
[Daly, 1991] Herman Daly, Steady-state economics, Eurospan,
Reino Unido, 1991.
[De Blas, 2020] Ignacio de Blas, Margarita
Mediavilla, Íñigo Capellán-Pérez y Carmen Duce, «The limits of transport
decarbonization under the current growth paradigm», Energy Strategy
Reviews, 32 (2020), 100543.
[Deffeyes, 2005] Kenneth S. Deffeyes, Beyond Oil: The View from
Hubbert’s Peak, Hill and Wang, Estados Unidos, 2005.
[Delannoy, 2021] Louis Delannoy, Pierre-Yves Longaretti, David J.
Murphy y Emmanuel Prados, «Peak oil and the low-carbon energy transition: A
net-energy perspective», Applied Energy, 304 (2021), 117843.
[Delaygue, 2022] Gilles Delaygue, «Biomass, a massively available and major source of energy, an unsustainable use», Encyclopédie de l’Energie, 2022, disponible en: <https://www.encyclopedie-energie.org/en/biomass-major-source-energy-unsustainable-use/>.
[Duch, 2013] Gustavo Duch, «Revalorizar la agricultura y la
alimentación», Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas, 0
(2013), pp. 12-15.
[Fernández, 2024] Rafael Fernández Díez, «El pico del diésel: Edición de
2023», publicado en The Oil Crash el 9 de enero de 2023,
disponible en:
<https://crashoil.blogspot.com/2024/01/el-pico-del-diesel-edicion-de-2023.html>.
[Fukuoka, 2011] Masanobu Fukuoka, «La revolución de una brizna de paja:
una introducción a la agricultura natural», Editorial EcoHabitar, Madrid, 2011.
[García-Álvarez, 2013] A. García-Álvarez, P. J. Pérez-Martínez, I.
González Franco, «Energy consumption and carbon dioxide emissions in rail and
road freight transport in Spain: a case study of car carriers and bulk
petrochemicals», Journal of Intelligent Transportation Systems, 17
(2013), pp. 233-244.
[Georgescu-Roegen, 1971] Nicholas Georgescu-Roegen, The Entropy
Law and the Economic Process, Harvard University Press, Estados Unidos,
1971.
[González Reyes, 2023] Luis González Reyes y Adrián Almazán, Decrecimiento:
del qué al cómo, Icaria, Barcelona, 2023.
[González Reyes, 2024] Luis González Reyes, Erika González Briz y Adrián
Almazán, Transición ecosocial en Cataluña: una propuesta decrecentista,
El Foli Verd, Barcelona, 2024.
[Haas, 2015] Willi Haas, Fridolin Krausmann, Dominik Wiedenhofer, Markus
Heinz, «How Circular is the Global Economy?: An Assessment of Material Flows,
Waste Production, and Recycling in the European Union and the World in
2005», Journal of Itrial Ecology, 19, 2015, pp. 765-777.
[Hamilton, 2010] James Hamilton, «Causes and consequences of the oil
shock 2007-08», Brookings Papers on Economic Activity, Economic
Studies Program, The Brookings Institution, 40, 2010, pp. 215-283.
[Hickel, 2022] Jason Hickel, Giorgos Kallis, Tim Jackson, Daniel W. O’Neill, Juliet B. Schor, Julia K. Steinberger, Peter A. Victor y Diana Ürge-Vorsatz, «Degrowth can work - here’s how science can help», Nature, 612 (2022), pp. 400-403.
[Hickel, 2023] Jason Hickel, Menos es más, Capitán Swing,
Madrid, 2023.
[Hofmann, 2009] Matthias Hofmann y Stefan Rahmstorf, «On the stability
of the Atlantic meridional overturning circulation», Proceedings of
National Academy of Sciences, 106 (49), 2009, pp. 20584-20589.
[Horton, 2015] Richard Horton y Selina Lo, «Planetary health: a new
science for exceptional action», The Lancet, 386 (2015), pp.
1921-1922.
[Martínez Alier, 1993] Joan Martínez Alier, Ecological economy:
Energy, environment and society, Blackwell Publishers, Estados Unidos, 1993.
[Martínez Alier, 1999] Joan Martínez Alier, Introducción a la
economía ecológica, Editorial Rubes, Barcelona, 1999.
[Medema, 2004] Steven G. Medema, «The Hesitant Hand: Mill, Sidgwick, and
the Evolution of the Theory of Market Failure», History of Political
Economy, 39 (2004), pp. 331-358.
[Moreno, 2020] Félix Moreno, PEAK MEMORY XL: El fin de la
memoria, autoedición, 2020.
[Motesharrei, 2014] Safa Motesharrei, Jorge Rivas y Eugenia Kalnay,
«Human and nature dynamics (HANDY): Modeling inequality and use of resources in
the collapse or sustainability of societies», Ecological Economics,
101 (2014), pp. 90-102.
[Naredo, 2000] José Manuel Naredo, «El metabolismo de la sociedad
industrial y su incidencia planetaria», en José Manuel Naredo y Fernando Parra,
eds., Economía, ecología y sostenibilidad en la sociedad actual,
Siglo XXI Editores, Madrid, 2000, pp. 193-229.
[Pérez Vilar, 2020] Ferran Pérez Vilar, «Peor de lo esperado. Índice
tentativo», en el blog Usted no se lo cree (2020), disponible
en:
<https://ustednoselocree.com/background-climatico/otros/%20mucho-peor-de-lo-esperado/>.
[Raworth, 2018] Kate Raworth, Doughnut economics: seven ways to
think like a 21st-century economist, Random House International, 2018.
[Rivera Ferré, 2021] Marta Guadalupe Rivera Ferré, M. Di Masso, I. Vara,
M. Cuellar, F. López-i-Gelats, G. D. Bhatta y D. Gallar,
«Traditional agricultural knowledge in land
management: the potential contributions of ethnographic research to climate
change adaptation in India, Bangladesh, Nepal, and Pakistan», Climate
and Development, 13 (2021), pp. 644-661.
[Rockström, 2009] Johan Rockström, Will Steffen, Kevin Noone, Åsa
Persson, F. Stuart Chapin, Eric F. Lambin, Timothy M. Lenton, Marten Scheffer,
Carl Folke, Hans Joachim Schellnhuber y Björn Nykvist, «A safe operating space
for humanity», Nature, 461 (2009), pp. 472-475.
[Rupérez, 2023] Marcos Rupérez, «El hidrógeno verde, ¿burbuja o una
realidad energética? Analizando la rentabilidad del sector», OBS Business
School, 2023, p. 45.
[Santiago, 2023] Emilio Santiago Muiño, Contra el mito del
colapso ecológico, Arpa Editores, Barcelona, 2023.
[Shaw, 2006] S. Shaw y C. Thomas, «Social and cultural dimensions of air
travel demand: Hyper-mobility in the UK?», Journal of Sustainable
Tourism, 14 (2006), pp. 209-215.
[Taibo, 2022] Carlos Taibo, Ecofascismo: Una introducción,
Los Libros de la Catarata, Madrid, 2022.
[Torrubia, 2023] Jorge Torrubia, Alicia Valero, Antonio Valero y Anthony
Lejuez, «Challenges and Opportunities for the Recovery of Critical Raw
Materials from Electronic Waste: The Spanish Perspective», Sustainability,
15 (2023).
[Turiel, 2014] Antonio Turiel, «La espiral», blog The Oil Crash,
2014,
disponible en:
<https://crashoil.blogspot.com/2014/10/la-espiral.html>.
[Turiel, 2020] Antonio Turiel, Petrocalipsis. Crisis energética
global y cómo (no) la solucionaremos, Alfabeto Editorial, Madrid, 2020.
[Turiel, 2022] Antonio Turiel, Sin energía: Pequeña guía para el
Gran Descenso, Alfabeto Editorial, Madrid, 2022.
[Valero, 2008] Alicia Valero, «Estudio de la evolución exergética del
capital mineral de la tierra», tesis doctoral presentada en la Universidad de
Zaragoza, 2008.
[Valero, 2021] Alicia Valero, Antonio Valero y Guiomar Calvo, Thanatia.
Límites materiales de la transición energética, Editorial Prensas de la
Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 2021.
[Van Westen, 2024] René M. van Westen, Michael Kliphuis y Henk A. Dijkstra, «Physics-based early warning signal shows that AMOC is on tipping course», Science Advances 10 (2024).
[Zimmerman, 2012] Barbara Zimmerman y Cyril Kormos, «Prospects for
Sustainable Logging in Tropical Forests», BioScience, 62 (2012),
pp. 479-487.
ANTONIO TURIEL MARTÍNEZ (León, España, 1970). Científico y divulgador
licenciado en Física y Matemáticas y doctor en Física Teórica por la
Universidad Autónoma de Madrid. Trabaja como científico titular en el Institut
de Ciències del Mar del CSIC. Es autor de más de 120 artículos
científicos especializados, ha dirigido cuatro tesis doctorales y ha sido
miembro del tribunal de una quinta (Universidad de Marne La Valleé), así como
una patente. Es más conocido como redactor principal del blog The Oil
Crash, en el cual toca temas sensibles sobre el agotamiento de los recursos
convencionales de combustibles fósiles, como el pico del petróleo y sus
posibles implicaciones a escala mundial. También aboga por el decrecimiento, y
es crítico de posturas sobre la ideología productivista de los diversos
sistemas políticos tanto de derecha como de izquierda. Asimismo, opina que la
fracturación hidráulica es una burbuja especulativa, pues el rendimiento
energético de tal técnica es mucho menor comparándolo con la extracción
convencional de combustibles fósiles de antaño, así como sus daños ambientales
importantes.
Es crítico de las posturas de Vicenç Navarro y Juan Torres y su
influencia en la ideología del partido político Podemos, contrario a la postura
decrecentista de Florent Marcellesi.
Notas
[1] El término tecnología desobediente es
apócrifamente atribuido a algún técnico de REE. <<
[2] Este tipo de contratos, conocidos como CfDs (contratos por
diferencia), no son tan absurdos como podría parecer: se hicieron para fomentar
el despliegue masivo de las renovables cuando no eran competitivas en una
situación de economía de mercado. <<
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario