© Libro N° 14478. Pietri. Grin, Elmar. Emancipación. Noviembre 15 de 2025
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PIETRI
Elmar Grin
Pietri
Elmar Grin
Pietri
Elmar Grin
Su verdadero nombre es Alexandr Vasilievich. Nació en 1909. En sus
primeros relatos ("Familia recuperada"; 1937; "Eino", 1937;
"Abetos oscuros", 1937) muestra cierta tendencia al naturalismo. Por
"Viento del Sur" (1946), su mejor novela, de amiente finlandés, Elmar
Grin recició el premio Stalin. Ha adaptado "Viento del Sur" al
teatro, y la obra se ha representado con gran éxito. El relato que se
incluye a continuación, "Pietri", fue publicado en 1937.
El espacioso patio llevaba ya bastante tiempo cubierto de un líquido
barrillo producido por el chaparrón primaveral., Sobre el barro seguía
lloviendo, haciéndolo más líquido y más profundo. No le importaba a la lluvia
nada que en medio de ese barro un hombre de baja estatura golpease a otro
hombre, de baja estatura también.
Tampoco le importaba nada al viento, que ayudaba a la lluvia a remojarlo
todo con un polvillo de agua. El viento se había vuelto loco definitivamente
aquella tarde. Metíase entre las construcciones y revolvía en el patio todo
cuanto alcanzaban sus manos de borracho. Agarraba de los techos puñados de paja
y mojadas tablas, que lanzaba a lo alto, y azotaba y dispersaba la lluvia hacia
un lado y otro.
Pero los dos hombres del centro del patio no se fijaban en él. estaban
demasiado ocupados. Uno descargaba puñetazos sobre la mojada cara del otro, que
sostenía una brazada de leña. Y éste aullaba de dolor, inclinando la cabeza
sobre la leña y manchándola con la sangre que le caía de la nariz.
Parecía como si no quisiera soltar la leña. Pero cuando recibió una
patada en el vientre, la dejó caer en el líquido barro y se inclinó dolorido.
Era un golpe terrible, que hizo escapar un ronquido de amenaza de la
garganta del hombre que lo había recibido. Y este hombre se hizo adelante con
paso tan enérgico, que el otro se detuvo indeciso y dio un salto atrás; pero
luego se apoderó de un leño y gritó: "¡Que te mato!"
Lo gritó con voz desgarrada. Y era tan terrible su furia, que no podían
apagar los fríos chorros de la lluvia, y enarboló el leño con tal decisión, que
el hombre que había dejado caer los troncos se asustó y salió corriendo.
Cruzó todo el patio, resbalando en el barrillo con sus piernas zambas,
perseguido por el hombre del leño.
Casi al mismo tiempo llegaron a una pequeña dependencia que se levantaba
en el fondo del patio.
Dentro de esa dependencia las sombras de la tarde eran ya tan espesas,
que ni el fuego que ardía debajo del gran caldero del horno de barro era
bastante a dispersarlas.
Mas la cerda, desde la cochiquera donde estaba con sus crías, a través
de una rendija de la pared vio como, a los resplandores rosáceos del fuego, un
hombre de baja estatura levantaba un trozo de madera y lo dejaba caer con gran
frecuencia sobre la cabeza de otro hombre de baja estatura. Éste se retorcía y
ocultaba la cabeza entre unos sacos vacíos de patatas. La cerda gruñó, como
preguntando qué era eso, y empujó con el hocico la puerta por la que solían
darle la comida.
Entonces uno de los hombres salió dela pequeña y ahumada dependencia, agitando
los puños y dejando escapar de su garganta penetrantes gruñidos de amenaza.
El otro quedó tendido un rato en el suelo, apretándose la cabeza con las
manos; luego se levantó tambaleándose, se acercó al fuego, arrimó con el pie un
tizón que se consumía debajo del caldero y, lentamente, salió también al patio.
Pocos minutos después estaba de vuelta y arrojaba una brazada de sucios
y mojados leños al suelo de tierra, junto ala puerta. Escogiendo unos cuantos
tarugos, los colocó debajo del caldero y se sentó ante el fuego, en los sacos
vacíos de patatas.
La llama tenía sus turbios ojos de un color rosáceo. El hombre lloraba,
dejando correr lágrimas transparentes y brillantes. Su garganta emitía sonidos
de protesta contra la atroz injuria. Gruñidos así se pueden escuchar a un perro
hambriento y calado por la lluvia ante una puerta cerrada. Al otro lado de la
pared gruñó de nuevo la cerda, que esperaba su cena. Por los ruidos y por el
olor que llegaba de la cocina, deducía que era la hora de oír el rechinar de la
puerta al abrirse y el chapoteo del condumio al caer en la bacía. Pero no
llegaban ni el chirrido ni el chapoteo. Gruñó otra vez, perpleja. Sabía que era
la hora de recibir la reserva de jugos que chupaban de ella los cerditos. Pero
en vano. El hombre sentado junto al fuego seguía sordo a sus requerimientos.
Hubo de meterse de nuevo entre la paja, cosa que hizo con precauciones, para no
aplastar las rosadas pelotas que acudían chillando a sus mamas. Por si acaso,
tuvo la precaución de dejar una oreja fuera, a fin de no perderse el agradable
chirrido de la puerta.
El hombre desgranaba en voz alta el rosario de sus desventuras, mientras
que con un pie removía los tizones. Con la manga empapada se limpió la sangre
de la mojada cara y, con la vista puesta en el fuego, trató de comprender algo
muy importante.
El fuego, empero, se limitaba a lanzar sus resplandores a las negras
paredes y a reflejarse en sus turbios ojos, sin que le trajera explicación
alguna. La lluvia tamborileaba sobre las tablas del techo y el viento aullaba
en el exterior.
El caldero empezó a hervir. Por la abertura que dejaba la tapa de madera
escaparon chorros de vapor. La cocina se llenó de un olor a patatas y coles
cocidas.
El miraba el fuego y trataba de comprender algo muy importante.
Todo parecía, sin embargo, en vano.
Nadie diría de Pietri Oinas que era un mal muchacho. No se podía decir
esto de él. Todos sabían que era pacífico y de buenos sentimientos.
Mas a veces su comportamiento era algo extraño. En plena conversación
enmudecía repentinamente y su mirada turbia se quedaba perdida, mientras que
sus albinas pestañas se movían en constante parpadeo. A la vez, levantaba algo
las manos hacia delante y movía los dedos, como si éstos quisiesen apoderarse
de algo, aplastarlo y hacerlo pedazos. Luego caía de bruces, sin doblar las
rodillas,y comenzaba a dar patadas y cabezadas contra lo que tenía más cerca.
Sus labios se cubrían de espuma y dejaban escapar un estertor semejante al
hipo. El cuerpo se revolvía con la misma facilidad que si dos manos robustas e
invisibles lo empujaran de un sitio a otro, golpeándolo contra el suelo de
costado, en la cara o en las piernas.
Esos brazos se doblaban a veces en forma de arco; luego de nuevo se
abatían sobre el suelo.
La gente se apartaba de Pietri en esos momentos, porque sus dedos
no cesaban de moverse como si tratartan de apoderarse de algo. Eran unos dedos
gruesos y nudosos, capaces de apretar como los de ningún otro.
Ni el propio Ujt, el viejo, podía abrir esos dedos. Hubiera podido
romper a Pietri el espinazo de un golpe de su puño, pero no podía abrir esos
dedos. La gente se apartaba de Pietri en esos momentos y lo miraba con temor y
lástima, Finalmente él se apaciguaba, poníase en pie, con las piernas
temblorosas, y empezaba a andar todo derecho sin mirar el camino.
Si no lo detenían en esos momentos, adentrábase en el bosque o en los
pantanos y tardaba largo tiempo en encontrar el camino de vuelta.
Había que detenerlo en esos momentos. Después del acceso quedaba débil
como un niño y no era peligroso.
Y jamás le daban dos ataques seguidos.
La gente tenía lástima de él y se hacía cruces de que nadie lo cuidase.
¿Por qué no trataban de curarlo? ¿Se iba a perder así el mozo? ¿No trabajaba
como un mulo? ¿Por qué se ganaba palizas en vez de agradecimiento? Nadie podía
comprenderlo.
Pietri trataba también de comprenderlo, con la vista puesta en el
fuego.Las llamas subían, iluminando su rostro manchado de sangre y de lágrimas,
pero no le daban respuesta.
Pietri no sabía como se llamaba. El viejo Oinas decía que nunca tuvo
apellido. Agregaba el viejo Oinas que el nombre lo había recibido por un error.
Un aborto como aquél no era merecedor de llevar un nombre d e persona.
Pero cuando un inspector que recorría las alquerías preguntó al viejo
Oinas acerca de Pietri, Oinas respondió que Pietri era un hijo adoptivo y que
su apellido era también Oinas. Había que comprender y decidir. Mas Pietri no
podía comprender ni decidir nada. Era muy poco lo que sabía de su infancia.
No sabía que la esposa de Oinas -ella demasiado alta y él demasiado
pequeño- había estado mucho tiempo sin tener hijos. Esto les afligía, y del
hospicio de Narva sacaron un niño de un año, que se llamaba Pietri .
La vida Oinas no había sido fácil. Lo mismo que Ujt, había llegado de
Estonia a Rusia, y como él compró a los habitantes del Oeste ruso, a bajo
precio, tierras de bosque y pantano.
Pero el vigoroso Ujt, él solo, sin ayuda alguna, cargó con los troncos y
se construyó su isba; y Oinas no podía hacer eso. Ujt era un gigantón con
mucha carne dura sobre la ancha osamenta. El sólo era capaz de colocar un
tronco vertical y luego subirlo hasta lo más alto de la pared de la casa.
Juhan Oinas no podía hacer esas cosas.
Cierto que su carne era dura como la madera y que podía trabajar días
enteros sin descanso, pero esa carne, unida al reducido esqueleto, no pesaba
más allá de cuatro puds. Por eso Juhan Oinas no podía arrastrar los
enormes troncos.
Le ayudaron a hacerlo carpinteros rusos. Durante dos años resonaron en
su tierra los golpes del hacha y se oyó el chirrido de la sierra.
Poco a poco creció la casa; después aparecieron las caballerizas, los
establos, el cobertizo y otras dependencias. A su alrededor se levantaban los
altos abetos y se arrastraba la niebla qeu salía de los pantanos.
Se aisló del resto del mundo con vallas y empalizadas, y nadie se oponía
a que se derrengase en el trabajo. Su mujer se derrengaba con él. Los bosques y
los pantanos eran pobres en sustancias nutritivas y era necesario poner en
ellos mucho sudor y muchas maldiciones para recibir a cambio trigo, leche y
tocino.
La mujer lavaba cada semana las camisas, duras como la corteza de abeto
por el sudor y el barro.
Ambos miraban al pequeño Pietri con esperanza y lo llamaban hijito
querido. Pero pequeño Pietri no empezó a hablar hasta los cuatro años, y
lo que decía era tan absurdo que Oinas, irritado, le dio un trompazo en la
cabeza.
Esto no enmendó la situación. Pietri siguió hablando con su media
lengua, o pasaba días sin decir palabra. Viendo burladas sus esperanzas, Oinas
perdía la paciencia. Su puño caía cada vez con más frecuencia sobre la cabeza
del hijo adoptivo. Mas el pequeño Pietri seguía tan imbécil como antes.
Sólo a los diez años empezó a comprender que la casa es casa, que la
vaca es va y que el pan es pan.
Entonces Oinas comenzó a imbuirle la de idea de que el trabajo es
trabajo. Empezó a llevarlo consigo al campo, al bosque y al pantano.
Y en la colada de la mujer de Oinas apareció otra camisa tiesa por
el sudor.
Oinas recobró en parte sus esperanzas. En las palabras de Pietri
aparecían algunos destellos de razón y en el trabajo demostraba una fuerza
descomunal.
Pero cierto día cayó al suelo y empezó a sacudir convulsivamente las
piernas y a echar espuma por la boca.
Y Oinas perdió definitivamente las esperanzas.
Ahora le golpeaba sin compasión ni motivo a cualquier hora del día y de
la noche, lo mismo en los días de labor que en los de fiesta. Así es como
vengaba sus esperanzas perdidas.
Cuando menos lo esperaban, la siempre triste esposa de Oinas dió a
a luz un hijo de veras; entonces Pietri dejó de ser persona, dejó de ser
miembro de la familia, dejó de vivir en el mundo. Limitábase a trabajar, a
comer y a caer al suelo allí donde le arrojaban dos manos grandes e invisibles.
Se retorcía en el campo, tragando la tierra arcillosa del frío surco; se
retorcía entre las flores de vivo colorido y la hierba de los prados; se
retorcía en el pantano, hundiendo su calurosa cabeza en el musgo fresco y
húmedo. Oinas, feliz,no se enfadaba ya con él, y si le pegaba era por la fuerza
de la costumbres, sin rabia ni ganas.
Pero cierta vez, en que Pietri se revolvió, Oinas irguió su cuerpo
como nunca, miró como nunca lo había hecho a Pietri y le golpeó con furia,
hasta que lo vio sin sentido.
En los turbios ojos de Pietri, Oinas había visto la muerte
para él, y, temblando de miedo, trató de alejar esa muerte. Sabía la fuerza que
se encerraba en las manos de Pietri. Temía incluso imaginarse qué podría
ocurrir si esas manos terribles se escapaban a la obediencia y se acercaban a
su cuello... ¡No! Había que golpearle y golpearle, para que no pensase siquiera
que podía agredir impunemente a Oinas. ¿Dónde habría nacido esa fiera? ¡Si se
lo llevasen soldado! Pero nadie lo quería como soldado. Hasta en la guerra
civil lo despreciaron, lo mismo los blancos que los rojos. Y así transcurría su
vida: trabajaba como un mulo e infundía un oculto temor a Oinas.
...Pietri no sabía nada de estoy en vano miraba interrogativamente al
fuego. ¿Acaso el fuego podía darle respuesta alguna? Lo único que podía era
lanzar suaves destellos sobre las negras paredes y reflejarse en sus lágrimas.
Podía también, ciertamente, ayudarle a recordar. Pietri recordaba por
ejemplo, cómo el último otoño, después de uno de sus ataques, se había visto en
una era al pronto desconocida. No recordaba, naturalmente, cómo había ido a
parar allí. La era pertenecía a Otti Karjamaa. en el cobertizo habías un
muchacho sentado ante una hoguera, que atizaba los leños con los ojos llorosos
por el humo. Al ver a Pietri salió del cobertizo y le miró inquisitivo y
receloso. Pietri sonrió confuso.
-Yo... yo... no sé cómo hoy... -dijo en ruso- Estaba llevando unos haces
y... me sentí enfermo... caí al suelo allá abajo y he venido aquí... no sé el
caballo...
-Ah -dijo el muchacho, tranquilizándose-. No importa. No se irá el
caballo. Tú siéntate, descansa. Te tiemblan las piernas.
Pietri se sentó en el trillo, parpadeando confuso. El muchacho no dijo
nada más.
Ese muchacho parecía un ser extraño. Nadie sabía cómo había ido a parar
a casa de los hermanos Karjamaa. Siempre callaba. Su lenguaje no era el de los
otros rusos que vivían en las aldeas. Acaso por eso hablaba tan poco. Quien
sabe. Pero aquel día se le soltó la lengua.
-¿Qué es eso, sangre? - preguntó, señalando una desolladura en la oreja
izquierda de Pietri.
-Sí - respondió Pietri , llevándose la mano a la herida -. Y aquí
también... y aquí... Es mi padre - agregó.
-Ya... sé ve que vives mal.
Guardaron un rato silencio.
-Vives peor que un bracero - siguió el muchacho-. El bracero puede
dejarlo todo y marcharse.
-Sí... - asintió Pietri .
-Deberías de firmar un contrato y trabajar como peón...
-Entonces... me echaría definitivamente.
-Sí. Mal veo tus asuntos.
Callaron de nuevo.
-Así que... quiere decir... que... estoy perdido... no tengo a nadie. Ni
amigos ni nadie... - y en la voz de Pietri se advertían las lágrimas
-Tú no necesitas a nadie. Sólo tú te puedes ayudar. Nadie más. Eres tres
veces más fuerte qu él. No te dejes pegar, y se acabó.
El muchacho calló y salió a la era.
Pietri recordaba bien sus palabras. Hasta trató de seguir el consejo. ¿Y
qué había sucedido? Se tentó con precauciones la la ensangrentada cabeza. era
mejor no seguir su consejo; de otro modo aquel viejo rabioso acabaría por
matarlo.
Pietri se limpió las lágrimas y la sangre de la cara y se puso en pie.
Levantó la tapa de madera que cubría el caldero y comenzó a remover con un palo
las patatas y las coles.
La baja puerta se abrió con un chirrido y Salmi Ujt, toda empapada,
entró en la cocina. Dijo:
-No has visto por aquí nuestra ternera? Llevo una hora buscándola y no
la puedo encontrar.
-No... no la he visto - contestó Pietri
-¡Es una desgracia! - prosiguió Salmi-. No sé ni dónde buscarla. Estoy
helada.
Se aproximó a la estufa y acercó al fuego sus pies grandes y descalzos.
-Tengo las piernas que no las siento - dijo sonriendo, y se levantó la
saya hasta las rodillas.
El caldero borboteaba; Pietri en silencio, hundía en él el palo y
miraba de reojo las piernas desnudas, rosadas por el fuego.
Salmi tenía veinticinco años y el veintidós. Ella se sentó en cuclillas,
atizó la lumbre y preguntó:
-¿Te vas a casar pronto, Pietri?
El parpadeó, confuso, y contestó tartamudeando:
-¿Quién, yo? Y... y ¿quién querría casarse conmigo?
-Todavía pregunta quién querría casarse -le excitó ella -. La que tú
elijas.
El sonrió de nuevo, confuso, y, sin saber qué decir, hundió con más
rabia el palo en la masa hirviente.
Ella tenía veinticinco años y él veintidós. Ella era una moza sana y robusta,
de exuberantes pechos, que apenas si le cabían en la chambra.
Y él era bajo, ancho y fuerte, como el caldero en que se cocía la comida
de la cerda.
Ella dijo, después de un corto silencio.
-Echa leña, que se va a apagar el fuego.
El acercó unos tarugos -sin quererlo, tropezó con sus desnudas rodillas.
O acaso la rodilla le había empujado a él. Sería difícil decirlo. El caso es
que Salmi lanzó un ¡ay!, se pasó la mano por la rodilla y dijo:
-¡Diablos, me has hecho daño! - y le propinó una palmada en la espalda.
El sonrió, confuso, y se apoderó de una de las piernas desnudas. La mano
y la pierna ardían a causa de la proximidad del fuego.
Ella tenía veinticinco años. Hacía tiempo que hubiera debido casarse,
pero no se había terciado la ocasión: trabajaba mucho y no había tiempo de
pensar en matrimonios. Y el vecino más próximo era aquel tan alborotador y tan
diminuto.
El contacto de la mano la hizo estremecerse ligeramente; entre risas
atrajo hacia sí a Pietri, tirando de su revuelta cabellera albina.
El tenía veintidós años. Jamás había pensado en casarse. Además, ¿quién
le iba a querer? Y el vecino más próximo era el viejo y silencioso Ujt.
Pietri sonrió aún más turbado y se apoderó de la segunda pierna, gruesa
y ardiente. Y las cosas resultaron de tal manera que la tiró (o acaso ella
misma se dejara caer) sobre los sacos vacíos)
Las patatas y las coles borboteaban y se cubrían de espuma en el
caldero, formando una masa espesa.
Cuando Salmi Ujt se marchaba dijo que unos días más tarde pensaba
trasladar su cama al pequeño cobertizo del huerto y allí dormiría todo el
verano; allí no hacía calor...
Se marchó, y Pietri salió detrás de ella a la oscuridad de la noche
primaveral.
¡El tiempo era espléndido!
La tierra estaba ya desde mucho antes cubierta de barro, pero la fresca
y alegre lluvia seguía cayendo sobre ese barro, haciéndolo más líquido y
profundo. Y el viento, aquel viento loco, le ayudaba a dispersar por todos los
sitios sus gruesas gotas. Parecía como si una alegría desconocida le hubiese
hecho perder la razón, y ya llenaba el pecho de un aire fresco y denso, ya
azotaba su ardiente rostro con un ramalazo de agua. Alrededor todo crujía y
sonaba con esta desenfrenada y alegre danza del viento y de la lluvia. Del
huerto llegaba el rumor de los árboles, que se decían maliciosamente cosas al
oído. Y a lo lejos ululaba el zumbido alborozado del bosque cubierto por las
tinieblas. ¡Jamás había visto Pietri un tiempo tan espléndido!
Después de esto, durante un mes, Pietri vivió entre nieblas, sin
distinguir el día de la noche. La puerta del pequeño cobertizo del viejo Ujt se
abría cada noche para él y la vida semejaba una danza frenética de borrachos a
las que se sumaban la lluvia y el viento.
Luego sucedió lo que no podía por menos de suceder, lo que tanto
temía Pietri.
Sucedió un día en que el tiempo era infame; el cielo estaba sin una
nube, y en vez del alegre viento reinaba un silencio tan tristón que entraban
deseos de dejarlo todo y de echarse a dormir en los blandos terrones.
El sol, pertinaz, abrasaba como si quisiera asomarse al alma misma de la
tierra. Hasta en el bosque en que trabajaba Pietri sus vivos rayos
atravesaban las mayores espesuras de los silencios árboles, haciendo brillar y
temblar a parte de las ramas, mientras que las otras se hundían aún más en el
verde oscuro de las sombras. Pájaros de toda clase se desgañitaban allí arriba.
Olía a hormigas, a miel y a resina. En cierto lugar zumbaban las abejas. De
allí llegaba el olor a miel. Seguramente era un enjambre que se había instalado
en el hueco de un árbol. Pero el olor a miel era muy débil. No le costaba
trabajo imponerse al olor del musgo podrido y de las primeras setas.
El bosque rebosaba de aromas. todos ellos se confundían. Casa tronco en
que Pietri hundía su hacha tenía su olor; lo tenía también, y muy
perceptible, cada matorral de aliso o de abedul que él arrancaba con sus
raíces. Todo el espacio que había limpiado, todos los montones de ramas y leños
reunidos por él en ese día, despedían, mezclándolos, los olores más
caprichosos.
Pietri estaba tan absorbido por su trabajo, que no se daba cuenta de
nmada: sólo levantó la vista cuando a sus espaldas, junto a él, se oyó un ruido
de pasos.
-Quería acercarme calladita y asustarte - serió Salmi Ujt, tirando al
suelo dos cabezadas.
El hacha de Pietri se hundió profundamente en un tronco y allí
quedó largo rato abandonada.
La algarabía de los pájaros inundaba el bosque y los aromas primaverales
se combinaban caprichosamente.
Y aquel día sucedió lo que tanto temía Pietri . NO quería de
ninguna manera que ella lo viese. Podía ocurrirle diez veces al día, pero no
delante de ella.
Se habían despedido ya y Salmi se marchaba, cuando sintió la llegada
de aquello. Quiso apartarse, huir simplemente, pero, como siempre
sucedía en tales casos, no tuvo tiempo de hacer nada.
Una mano fría e inmisericorde subió por su espalda, entró en el cerebro,
le golpeó produciéndole un dolor sordo y lo arrojó a un lugar negro y
terrible. Pietri no recordaba nunca lo que le había sucedido después de
este vertiginoso vuelo a las tinieblas sin fin.
Salmi Ujt lo vio. Había andado cosa de diez pasos cuando creyó
que Pietri la llamaba. Volvió los ojos y vio que él agitaba extrañamente
los brazos, como si quisiera guardar el equilibrio, y balbuceaba frases
incoherentes.
-¿Qué quieres? - dijo, y se acercó a él.
Pietri, sin responder, siguió su alegre baile y sus movimientos de
cabeza.
-¿Pero qué quieres? -repitió ella, y se acercó aún más.
Los ojos de Pietri eran dos charcos turbios que la miraban sin
verla y su enorme boca seguía sus balbuceos; la baba le caía sobre los escasos
pelos de la sotabarba.
Ella se hizo atrás cautelosamente.
Luego los brazos de Pietri se flexionaron, agarrotáronse sus dedos
y, sin doblarse, cayó de bruces y se revolcó por el suelo, hipando, sin cesar
en sus balbuceos,mientras sus retorcidos dedos arrancaban el musgo, los
arándanos y cuanto encontraba a su alcance
Ella se hizo algo más atrás.
Había oído que en esos momentos era conveniente mantenerse lejos de sus
manos. Esas manos eran tímidas y cariñosas en sus abrazos, pero la gente
contaba de ellas cosas terribles. El año anterior, según decían, en la feria de
Demídovka, Pietri se cayó sobre un montón de troncos. Un bielorruso,
hombre buenos sentimientos,había tratado de sacarlo de allí para que no se
abriese la cabeza. Pero Pietri rompió al bueno del bielorrusso una mano,
lo apartó de sí de una patada y, a pesar de todo, se abrió la cabeza.
Contábase que en otra ocasión, cuando estaban picando coles, cayó sobre
un montón de desperdicios. Su mano tropezó con un troncho, que quedó convertido
en gachas entre los terribles garfios.
Ella se hizo aún más atrás. Apretaba con ambas manos sus mejillas
redondas y soleadas y parecía que iba a estallar en sollozos de compasión y
miedo a la vista de aquello que se retorcía a sus pies. Sabía, ciertamente, que
a veces le ocurría esto, mas no lo había visto nunca ni se imaginaba que fuese
tan espantoso. Cinco minutos antes la abrazaba tímido y cariñoso, buscaba su
labios de manera que daba risa; y ahora arañaba el suelo, lanzaba roncos
gemidos y la espuma brotaba de su boca.
Luego advirtió que empezaba a calmarse. Cesó el hipo y sus manos dejaron
de arañar la tierra.
Incluso trató de levantarse. La primera vez no lo consiguió. Su cara,
sucia de espuma y tierra, reflejaba sufrimiento.
Acabó por ponerse en pie, y con la vista turbia y perdida, empezó a
andar derecho hacia el pantano. Su mojada pelambrera color arcilla estaba más
revuelta que nunca. La camisa se le había roto por el hombro y una pernera se
le había salido de la caña de la bota.
Salmi había oído que en esos momentos era necesario detenerlo, porque se
podía meter en cualquier sitio. Había oído también que en esas ocasiones era
más débíl que un niño y que nunca le repetía el ataque.
Lo llamó, le dio alcance y le cogió del brazo.
-Pietri -dijo cariñosamente -. , no vayas ahí. Déjalo. Siéntate. Así.
Descansa un poco.
El se sentó dócilmente en un tocón, parpadeando con sus albinas pestañas
y moviendo como un caballo el labio inferior manchado de tierra.
Cuando Pietri volvió a ver el bosque atravesado por los ardientes
rayos del sol y pudo oír la algarabía de los pájaros, Salmi no estaba ya a su
lado.
Desde aquel día la puerta del pequeño cobertizo del huerto del viejo Ujt
no se abrió más para él.
En vano recorría los alrededores, en vano la acechaba. Ella sentía
siempre su vecindad y no se dejaba ver.
El verano fue seco y caluroso. Un verano en el que no se podían
distinguir los días de las noches. Hubo un trabajo continuo y agobiador, hubo
terribles palizas, hubo saltos a la tinieblas heladas y sin fondo y una
constante tristeza que le desgarraba el alma.
Cierto día, mediado el otoño, se encontró en el bosque con el
pastorcillo ruso Pávlushka. El muchacho llevaba las vacas a casa. Pietri
le preguntó:
-¿Ya estás de vuelta?... Parece temprano... ¿O es que va a llover?
-No, no es porque va a llover - respondió el muchacho - es que quiero ir
a la boda de los estonianos.
-¿A la boda? ¿Y dónde es?
-¿No estás enterado? En casa de Jan Jut. Su hija Salmi se casa con
Robert Karjamaa.
-Con Robert...
Aquel día Pietri no cortó más troncos. Dejó olvidada el hacha en el
bosque se fue a casa. Acas no pensara siquiera en hacerlo, pero al salir del
bosque dio en su prado y el camino le condujo directamente a casa.
En el patio, Juhan Oinas se daba prisa en descargar el carro de
paja que había traído de la era.
-¡No te quedes ahí plantado! ¡Ayúdame! -gritó.
-Me voy a la boda... - dijo Pietri.
-¿Adónde?
- A la boda...
-La boda te la voy a dar yo. Lleva esta paja.
-Yo me voy a la boda - repitió Pietri .
-¡Ah, a la boda! ¡Toma boda! ¡Toma! ¡Toma! ¿Quieres más boda? ¡Toma!
-¡Voy a la boda! -aullí Pietri entre lágrimas, y dio a Oinas
tal empellón que lo tiró al suelo.
Oinas quedó callado varios segundos, sentado como estaba en el suelo.
-¿Con que esas tenemos?... ¿A tu padre?... Muy bien.
Se levantó lentamente y, sin apartar los ojos de Pietri, dio unos
pasos hacia la cerca. Arrancó la estaca más gruesa y avanzó a Pietri .
-Te voy a matar - dijo sin elevar la voz, y enarboló la estaca.
-¡No me toques! - aulló Pietri, y el caballo, al oír tal grito, se
estremeció y dio un tirón, haciendo caer la paja del carro.
Pietri alcanzó de un salto a Oinas y lo agarró por el pecho. Lo
zarandeó con estaca y todo, a un lado y a otro,y finalmente lo arrojó con
fuerza contra la vieja cerca, que crujió al recibir el peso del cuerpo y se
vino abajo con él sobre los caballones del huerto.
Pietri se marchó campo adelante sin advertir los matorrales, sin
advertir los senderos ni el arroyo en el que empezaban las tierras del viejo
Ujt.
Era cojo si flotase en una niebla, no sentía sus pies. Las sombras
vespertinas venían a su encuentro. La lluvia azotaba sus ardorosas mejillas y
el viento penetraba por el cuello abierto de su camisa de lienzo, hinchándola
en la espalda como una almohada.
La lluvia y el viento le recordaban algo muy bueno e intenso. Una sangre
ardiente le hinchaba las venas de los brazos. Su pecho rebosaba de cólera y
tristeza.
Si ella se le marchaba, ¿qué le quedaría? Sí, ¿qué le quedaría en la
vida? No le quedaría nada.
Encorvado hacia delante, Pietri se acercaba vertiginosamente a la
casa del viejo Ujt.
Cuando entró ardían ya las lámparas de petróleo. La primera pieza estaba
llena de gente y de humo de tabaco. Confundíanse allí rusos y estonianos, mozos
y mozas, hombres y chicos, borrachos y no borrachos, invitados y no invitados.
Detrás de la cortina, en el fogón y en el horno, trajinaban las mujeres.
de allí un olor a carne cocida, cebolla frita, aceite y col. A la izquierda, en
otra habitación, se habían reunido en el festín de bodas los parientes del
viejo Ujt y de Ioganes Karjamaa. También había allí gente extraña. Pietri
pasó silenciosamente y se sentó en un rincón oscuro. La buscó con los ojos.
Pero no estaba.
Ahora ella tenía otras cosas que hacer. El día anterior había pasado la
tarde sentada con sus amigas y había llorado a sus anchas. Hoy, ella y otras
mujeres ayudaban a su enferma madre en la cocina.
Se acercó a la mesa con dos trazas de gelatina, acompañada por el
fru-fru de su nuevo vestido azul claro, y Pietri sintió un alivio en el
alma. A pesar de todo, estaba allí. Hoy estaba allí. Y con eso se conformaba...
Volvió a la cocina, sin advertir la presencia de Pietri. El
permanecía sentado en su oscuro rincón, sumido en sus graves y machacones
pensamientos. Su frente era un haz de pequeñas arrugas. Un mechón de su pelo
albino le caía hasta tocar las pestañas, que no cesaban de parpadear sobre sus
turbios ojos. Esta habitación se hallaba también llena de humo de tabaco y de
vapores de vino y de sudor humano. También por ella iba y venía sin cesar la
gente. Pero Pietri no veía sino el vestido azul, ajustado en las anchas
caderas, y nada más.
Esta tarde otoñal pensaba machanacomente.
Hoy veía esas caderas, y mañana ya no las vería. Y no sólo mañana;
pasado mañana, una semana, un año, cinco años después. No las vería nunca más
de cerca, no volvería a sentir su suave calor. A partir de de mañana esas
caderas las tocaría aquel mozo larguirucho y ebrio que, sin darse cuenta,
acababa de tirar al suelo un plato de pastelillos y que ahora se reía abriendo
desmesuradamente la boca. ¿Qué derecho tenía a tomar lo que le pertenecía a él,
a Pietri? ¿No había acudido ella misma a buscarle aquella tarde de
primavera? ¿Por qué había de apartarse ahora? ¿O es que era peor que los demás?
Pietri se echaba adelante sin darse cuenta, tal era la intensidad de sus
pensamientos. Jamás había pensado tanto como aquella tarde.
Ese Robert Karjamaa era guapo sin disputa. Era alto y de piel fina; no
en vano se había dado la gran vida. Sus mejillas eran sonrosadas y sus labios
carnosos y despreocupados, como los de un niño. Las mozas siempre le habían
querido, y no sólo porque era alto y bien plantado, sino porque sus bolsillos
estaban llenos de caramelos. Podía tirarlos, en la tienda de su padre tenía
cuanto quisiera.
A Pietri le resplandecían los ojos cuando miraba al novio y a su
largo y fino cuello, que se parecía al tronco de un abdeul joven.
Salmi Ujt acabó por verle. Se detuvo indecisa, sin saber que hacer;
acercarse a él o seguir a la cocina.
Dijo:
-Hola, Pietri.
Y él se apresuró a contestar:
-Hola...
Se hizo tan adelante que casi se puso en pie. Esperaba que ella dijese
algo más. Acaso dijera que esto no era su boda, que ella no pensaba siquiera en
casarse y que aguardaba impaciente la nueva primavera, cuando otra vez podría
abrirle la puerta del pequeño cobertizo. Pero no dijo nada.
Vaciló unos instantes y volvió a la mesa. Allí inclinó su rubia cabeza
entre su padre y el novio y les habló algo al oído.
El novio se volvió impulsivamente.
-¿Quién es? -gritó-. ¡Ah, ése! ¡Eh, tú,! ¡Pietri! ¡Ven aquí! ¡Siéntate!
Eres un buen muchacho y... vecino, siéntate... y diviértete. Aquí, siéntate.
Le hizo sitio a su derecha y Pietri se sentó entre el pesado y
viejo Ioganes Karjamaa y su feliz hijo.
El novio le sirvió una copa de aguardiente y Pietri bebió sonriendo
tímidamente. Le sirvió otra y le acercó tazas y platos con diversas
viandas. Pietri sonrió más tímidamente aún y bebió de nuevo. Luego empezó
a comer de lo que tenía más cerca. La timidez desapareció y sus ideas fluyeron
por los cauces de antes.
A su alrededor, entre el humo del tabaco, se balanceaban, masticaban y
alborotaban rostros de diversa catadura: unos con barba y otros afeitados.
Todos se sentían muy alegres. Y a Pietri esa alegría le contrariaba. De
nuevo aparecieron las arrugas en su pobre frente. Quería recordar algo.
Necesitaba orientar su cabeza hacia los pensamientos que empezaban a
concretarse en ella cuando venía por el camino. Necesitaba recuperar esos
pensamientos y sumarlos a las angustiosas ideas que habían nacido en esta habitación.
Entonces podría resolver algo muy importante, acaso lo más importante de su
vida. Pero aquellos pensamientos no volvían, aunque cada vez era más frecuente
el parpadeo de sus albinas pestañas.
Pietri bebió otra copa. No recordaba ya cuántas había apurado. Ante él
flotaba una niebla. Y el novio seguía sirviéndole y le daba amistosas palmadas
en la espalda.
-Tú bebe. ¿Cómo te llamas?... ¿Pietri? Bebe y come, Pietri. No
tengas reparo. ¡Estás en una boda, así que diviértete!
Este novio era un mozo muy alegre. Pietri lo veía reír animadamente
a su lado. Hasta se echaba hacia atrás al lanzar una carcajada. Su garganta se
arqueaba y estremecía entonces, y una esferilla le subía y bajaba bajo la piel.
No cesaba de moverse. ¡Era tan inquieto! A todos rozaba con aquellas
manos y con aquellos pies tan largos. Dos veces le había rozado a Pietri
la cara con el codo y ni siquiera había parado mientes.
Pietri estuvo a punto de lanzar un grito cuando la pesada mano le rozó
dolorosamente el pómulo. En el pómulo tenía una desolladura reciente, que hasta
poco antes había estado sangrando. Ahora se le abrió y comenzó a correr de ella
la sangre.
Un hilo rojo le bajó rápido por la mejilla, culebreando entre los pelos
albinos. Al alcanzar la barbilla se detuvo por unos instantes y luego saltó a
la la camisa de lienzo. Algunos invitados vieron esa sangre. Miraron
disimuladamente con simpatía a Pietri, con sus ojos de borracho, movieron
las cabezas y suspiraron. Sabían la procedencia de esas desolladuras.
Pietri no advirtió esas muestras de condolencia. Creció su interés por
el novio y no dejaba de mirarlo. Sus ojos estaban a un mismo nivel del cuello
del novio, y él no apartaba su vista de ese cuello largo y sano, con su pequeña
elevación en el centro, que saltaba cada vez que algo le producía risa.
La verdad es que no veía nada más que ese cuello. En el cuarto era tal
el humo y el vino le había calentado tanto la cabeza, que los ojos le
lagrimeaban y todo lo veía envuelto en niebla. Lo único que salía de esa niebla
era el novio con su largo cuello, porque estaba sentado junto a Pietri y
se levantaba sobre él.
Movía los brazos, daba puñetazos en la mesa, tiraba las tazas de dulce y
de carne, y gritaba animando a todos a comer y beber, porque era su boda, era
él quien se casaba.
Todos bebían y comían en abundancia, y hablaban, y alborotaban, y
gritaban, y cantaban. Se balanceaban en torno a la gran mesa entre el humo del
tabaco, abrazábanse, cada uno hablaba de lo suyo y se divertían como podían.
El novio no cesaba de llenar las copas vacías y enarcaba el robusto
pecho. También servía a Pietri y le daba palmadas en la espalda. Luego se
volvía hacia otro lado. Buscaba con los ojos a la novia. Pero la novia se
hallaba en la habitación vecina y ayudaba a su madre a preparar más comida y a
hacer café. Entonces miraba de nuevo las barbudas caras de la mesa y de nuevo
gritaba: lo hacía simplemente por gritar, para que oyeran su voz.
Otra vez rozó la cara ensangrentada de Pietri y tampoco en esta
ocasión se dio cuenta.
Después se volvió hacia su suegro, el viejo Ujt, que estaba a su
izquierda. Lo abrazó, y al oído le dijo que era una persona excelente, que la
boda había sido espléndida y que le daba las gracias por ello. No debía de
ponerse triste. Su hija no se iba tan lejos; no eran más de tres verstas.
Después de todo ella era una buena muchacha y le gustaba. No era muy joven,
pero él había cumplido ya los veintiséis. ¿De qué se trataba, pues? Y no se iba
para siempre. Vendría a verles. ¿Para qué entristecerse? ¿No era así?
Aún habló largo y tendido a su suegro, sin cesar de abrazarlo. El suegro
guardaba silencio. Estaba tan borracho, que no comprendía casi nada. Limitábase
a sonreír astutamente, a pasarse los dedos por las grisdes cerdas de la cara y
a carrasperar con aire de importancia. También hubiera querido dar a los ojos
una expresión astuta e incrédula, pero los ojos se nublaban cariñosamente
mirando los platos medio vacíos y se le cerraban una vez y otra. El viejo Ujt
había dormido poco en su joventud y siempre sentía deseos de entregarse al
sueño.
El novio rozó de nuevo a Pietri en la herida. Pietri se
estremeció de dolor y sus dientes rechinaron: tan insufrible fue el daño. Hasta
las lágrimas afluyeron a sus ojos, que miraban a las botellas vacías. ¡También
aquí le agraviaban!
Todas las ideas nacidas en aquel cuarto llenaban de nuevo su cabeza e
invadían su pecho con una oleada en la que se mezclaban la tristeza y la
sensación de verse agraviado.
A través de los cuellos de las botellas veía a Salmi Ujt. Ella miraba
con enfado sus lágrimas. Dábase cuenta, por su cara, de que no le agradaba
verle sentado a la mesa y bebiendo, y de que habría preferido que él no hubiera
aparecido por allí. Aquel rostro tan serio se lo decía así.
Y entonces los pensamientos que por el camino empezaban a brotar
emergieron con toda nitidez y se unieron a las ideas que le producían tristeza
y aquella sensación de agravio. Por su cabeza cruzaron los cuadros de un
trabajo largo y rudo, las palizas sin cuento que ese trabajo le valía; recordó
la danza furiosa de la lluvia y del viento, los vivos rayos de aquel sol
maldito; volvieron las palabras del silencioso criado del viejo Otti Karjamaa,
cuando le dijo que nadie le ayudaría si no se ayudaba él mismo, y él enfurecido
Juhan Oinas que volaba con el rostro descompuesto hacia la podrida cerca y se
desplomaba con ella sobre los negros caballones. Todas esas ideas se fundieron
en su cabeza hasta componer otra idea nueva y salvaje. Pero nadie llegó a saber
qué idea era ésta. Todos vieron que Pietri a ponía en pie, parpadeando, y
comenzaba a mugir algo incoherente.
Sus manos se extendieron temblorosas sobre la mesa. Los dedos de la
derecha se encorvaron formando como una tenaza. El cuerpo de Pietri dio un
violento giro a la izquierda y comenzó a caer, seguido por la mano derecha, que
describió un semicírculo sobre la mesa. Mas en su camino tropezó con el largo
cuello de Robert Karjamaa, se agarró a él, un poco más abajo del movedizo hulto
de la nuez, y lo arrastró consigo.
El novio se llevó en su caída el banco y a todos cuantos en él se
sentaban En vano trató con todas sus fuerzas de desprenderse de la mano que
atenazaba su garganta. Ahogándose, comenzó a debatirse convulsivamente en el
suelo. Todos acudieron, sin comprender de qué se trataba. Luego empezaron a
gritar: había que apartarlo del enfermo, de lo contrario éste lo mataría. Pero
ni el mismo viejo Ujt podía separar4 la mano de Pietri de la garganta del
novio. Hubiera sido capaz, sí, de romperle el espinazo de un golpe de su puño,
mas nunca pudo abrirle los dedos. Y hoy estaba borracho. Levantó a los dos del
suelo y de nuevo los dejó caer. Era incapaz de separarlos.
Pietri mugía y jadeaba, retorciéndose en el suelo. Su cuerpo iba de un
lado a otro, llevado por los convulsivos tirones del larguirucho Robert
Karjamaa.
El pesado y sombrío Ioganes Karjamaa no cesaba de dar patadas
a Pietri en la cabeza, en la espalda y en los costados.
Finamente echó sobre él sus siete puds de peso. Pero ya era tarde
Su hijo miraba al techo con ojos inexpresivos y, como si se burlara de
alguien situado arriba, una lengua azulenca apuntaba entre sus blancos
dientes...
Pietri echó a un lado a Ioganes Karjamaa y se puso en pie. Alargó las
manos, rígidas y temblorosas, y se dirigió a la salida.
Esta vez no le detuvo nadie. Esta vez le abrieron una calle tan ancha
que no habría podido alcanzar a nadie con sus manos.
Así, entre aquella gente que le miraba contenido la respiración, llegó
hasta la misma puerta.
Salió al patio y la lluvia y el viento le azotaron el rostro. Hizo una
profunda inspiración, absorbiendo esa lluvia y ese viento, y echó a andar sin
prisa por el huerto.
Al llegar a la linde, se detuvo. Quedóse mirando la lluviosa noche de
otoño, como pensativo; se tambaleó adelante y atrás y pareció estremecerse. Sus
manos se extendieron, tratando de asir el aire y la lluvia, y de la garganta se
le escapó el estertor del hipo. Finalmente cayó sin flexionar las rodillas,
cayó entre unas matas de viejas ortigas y empezó a retorcerse y a arrancar la
tierra y los hierbajos.
Jamás se le había producido el ataque dos veces seguidas...
FIN

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