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UNA CARTA QUE NUNCA LLEGÓ A RUSIA
Vladimir Nabokov
Una Carta Que
Nunca Llegó A Rusia
Vladimir Nabokov
Autor de renombre mundial: Vladimir Nabokov.
"Una Carta Que Nunca Llegó A Rusia" (o "A Letter That
Never Reached Russia") es un título fascinante y muy propio del estilo de
Nabokov, quien a menudo exploraba temas de nostalgia, exilio, memoria y la
naturaleza de la realidad y la ficción. Si bien Nabokov es más conocido por
novelas como "Lolita" o "Pálido Fuego", también escribió
numerosos cuentos. Este título específico podría ser un cuento corto o parte de
una colección.
Vamos a elaborar el resumen y la propuesta de portada basándonos en el
estilo y los temas recurrentes en la obra de Nabokov.
"Una Carta Que Nunca Llegó A Rusia"
Autor: Vladimir Nabokov
"Una Carta Que Nunca Llegó A Rusia" es una obra que encapsula
la profunda melancolía y el desarraigo característicos de la experiencia
del exilio ruso tras la Revolución de 1917, un tema recurrente y central en la
vida y obra de Nabokov.
El relato se centra probablemente en la figura de un emigrado ruso,
posiblemente intelectual o de la nobleza, que vive en Europa Occidental
(Berlín, París, o alguna ciudad de la Riviera Francesa), lejos de su patria.
Esta persona ha escrito una carta, no una misiva cualquiera, sino una extensa
reflexión, una confesión íntima o un último adiós a alguien o a algo que
quedó atrás en Rusia:
1.
El Destinatario Perdido: La carta podría estar dirigida a un ser querido (un familiar, un amor),
un amigo, o incluso a una entidad abstracta como "Rusia misma" o el
"pasado irrecuperable".
2.
Temas de la Carta: En su contenido, la carta exploraría la memoria fragmentada de la
Rusia prerrevolucionaria, la dolorosa adaptación a una nueva vida en el
exilio, la culpa del superviviente, la esperanza desvanecida de un retorno, y
la omnipresente sensación de pérdida cultural y personal.
3.
El "Nunca Llegó": El clímax y la esencia del título residen en el hecho de que la
carta nunca alcanza su destino. Esto puede ser literal (se pierde en el
correo, el destinatario ya no existe) o metafórico (la distancia, el tiempo y
los cambios irrevocables hacen que el mensaje sea incomprensible o irrelevante
para la Rusia actual).
4.
La Condición del Exiliado: A través de la carta, Nabokov subraya la condición suspendida del
exiliado, que vive entre dos mundos, con un pie en el pasado glorificado y
otro en un presente ajeno, y donde la comunicación con el país natal se vuelve
imposible, como un grito en el vacío.
La obra es una poderosa meditación sobre la desconexión, la memoria
como construcción frágil, y la irreversibilidad del tiempo y la historia,
temas que Nabokov manejaba con una maestría inigualable y una prosa de
exquisita belleza.
UNA CARTA QUE
NUNCA LLEGÓ A RUSIA
VLADIMIR
NABOKOV
el abril 10,
2012
San Petersburgo-Rusia, 1899-Montreux-Suiza, 1977
Vladimir Nabokov, cuyo nombre en ruso era Vladímir
Vladímirovich Nabókov, fue un escritor de origen ruso, nacionalizado
estadounidense. Escribió sus primeras obras literarias en ruso, pero se hizo
internacionalmente famoso como un maestro de la novela con su obra escrita en
inglés, especialmente su novela Lolita, un retrato de la sociedad
estadonunidense a través de la metáfora del viaje, en cuya trama un hombre de
mediana edad, se enamora y sostiene una relación con una adolescente. Es
conocido también por sus significativas contribuciones al estudio de los
lepidópteros y por su creación de problemas de ajedrez.
***
Mi adorable, mi muy querida y lejana, me imagino
que no habrás olvidado nada en los más de ocho años que dura ya nuestra
separación, si es que aún consigues recordar a aquel guarda canoso con su
librea azul que ni se molestaba siquiera en mirarnos cuando hacíamos novillos
para encontrarnos en aquellas mañanas heladas de San Petersburgo, en el Museo
Suvorov, tan polvoriento, tan pequeño, tan semejante a una suntuosa caja de
rapé. ¡Con qué ardor nos besábamos a espaldas de aquel granadero engominado! Y
más tarde, cuando por fin nos liberábamos de aquellas antigüedades polvorientas
y salíamos a la luz, cómo nos deslumbraba el resplandor de plata del parque
Tavricheski, y qué extraño resultaba oír los gruñidos alegres, ávidos,
profundos de los soldados, que se lanzaban unánimes a las órdenes de su
comandante, resbalando por el suelo helado, embistiendo con su bayoneta a un
muñeco de paja con casco alemán en medio de una calle de San Petersburgo.
Sí, ya sé que en otra de mis cartas te he jurado
que no volvería a mencionar el pasado, especialmente las naderías de nuestro
pasado en común, porque se supone que nosotros, los escritores exiliados,
tenemos una especie de pudor altanero en nuestra forma de expresarnos y sin
embargo aquí estoy, despreciando, desde la primera línea de mi carta, el
derecho a toda sublime imperfección y destrozando con epítetos vanos el
recuerdo, ese recuerdo que tú rozabas con tanta gracia y ligereza. Pero no es
del pasado, mi amor, de lo que quiero hablarte.
Es de noche. Por la noche se percibe con especial
intensidad la inmovilidad de los objetos —la lámpara, los muebles, las
fotografías en sus marcos sobre mi mesa. De cuando en cuando, el agua borbotea
y chasquea en sus tuberías ocultas como si una serie de lamentos subiera por
las paredes de la garganta de la casa. Por las noches salgo a dar un paseo. Los
reflejos de las farolas rezuman brillos intermitentes sobre el helado asfalto
de Berlín cuya superficie parece una película de grasa negra en cuyas arrugas
se hubieran recostado los charcos. Aquí y allá, una luz granate brilla sobre
alguna alarma de incendios. Una columna de cristal, llena de una líquida luz
amarilla, se yergue junto a la parada del tranvía, y, por alguna extraña razón,
experimento una sensación tan melancólica, tan placentera, cuando, de noche, ya
tarde, pasa por delante un tranvía a toda velocidad, vacío, con un chirrido al
tomar la curva. A través de sus ventanas se ven con toda claridad las filas de
asientos marrones iluminadas entre las cuales se abre camino, a contramarcha,
un revisor solitario, con su negra cartera colgando al costado, tambaleándose
ligeramente, como si estuviera un poco borracho.
Mientras paseo por alguna calle silenciosa y
oscura, me gusta oír cómo algún hombre regresa a casa. El hombre no resulta
visible en la oscuridad, y nunca sabes de antemano qué puerta se abrirá a la
vida y condescenderá a dejarse penetrar por el chirrido de una llave, para
después girar, y detenerse luego, retenida por el contrapeso, para acabar
cerrándose de golpe; la llave chirriará de nuevo desde dentro, y, en las
profundidades al otro lado del cristal de la puerta, un débil resplandor se
rezagará durante un minuto maravilloso.
Pasa un coche sobre columnas de luz húmeda. Es
negro, con una raya amarilla bajo las ventanillas. Irrumpe ronco con su bocina
en los oídos de la noche y su sombra cruza bajo mis pies. Ahora la calle está
totalmente desierta, salvo por un gran danés cuyas patas rascan la acera
mientras pasea con una bella joven distraída y sin sombrero que lleva un
paraguas abierto. Cuando pasa bajo la farola granate (a su izquierda, sobre la
alarma de incendios), sólo una parte, negra y tensa, de su paraguas se ilumina de
húmedo rojo.
Y más allá de la curva, sobre la acera —¡y de qué
forma tan inesperada!—, la fachada de un cine se arruga con diamantes. Dentro,
en su pantalla rectangular y pálida como la luna, se ve a unos mimos más o
menos hábiles: la inmensa cara de una joven, con trémulos ojos grises y labios
negros cruzados verticalmente por grietas relucientes, se acerca desde la
pantalla, y no deja de crecer mientras detiene sus ojos contemplando la nada de
la sala oscura, y una maravillosa lágrima, brillante y larga se desliza por una
de sus mejillas. Y en alguna ocasión (¡momento celestial!) aparece incluso la
vida de verdad, ignorante de que está siendo filmada: un grupo de gente que
asoma por azar, unas aguas que brillan, un árbol que cruje silenciosa aunque
perceptiblemente.
Más lejos, en la esquina de una plaza, una
prostituta corpulenta vestida con pieles negras pasea despacio, deteniéndose de
cuando en cuando delante de un escaparate ferozmente iluminado, donde una mujer
de cera muy pintarrajeada expone a los paseantes de la noche sus enaguas de
papel esmeralda y la seda brillante de sus medias color de melocotón. Me gusta
observar a esta plácida puta de mediana edad, mientras se le acerca un hombre
maduro con bigote que llegó por la mañana de Papenburg en viaje de negocios (primero
pasa por delante y luego se vuelve a mirarla un par de veces). Ella le llevará
sin apresurarse hasta una habitación del edificio cercano, que, a la luz del
día, apenas se distingue de los otros edificios, igualmente ordinarios. Un
viejo portero, educado e impasible, hace guardia toda la noche en el vestíbulo
de entrada apenas iluminado. En lo alto de una empinada escalera otra mujer
igualmente impasible abrirá con sabia despreocupación una habitación desocupada
y recibirá su pago por ello.
¡Y no sabes qué maravilloso es el estruendo con el
que el tren todo iluminado, y riéndose por las ventanillas, atraviesa el puente
por encima de la calle! Probablemente no vaya más allá de los suburbios, pero
en ese preciso momento la oscuridad bajo el vano negro del puente se llena con
una música tan poderosamente metálica que no puedo sino imaginarme las tierras
soleadas hacia las que partiré en cuanto me haya procurado esos marcos extras
que anhelo con tanta ligereza y despreocupación.
Me encuentro tan alegre que a veces me gusta ir a
ver a la gente que baila en el café de mi barrio. Muchos de mis compañeros
exiliados denuncian con indignación (una indignación no exenta de un punto de
placer) las abominaciones de la moda, entre las que incluyen los bailes
actuales. Pero la moda es una criatura de la mediocridad humana, de un cierto
nivel de vida, es la vulgaridad de la igualdad, y denunciarla significaría
admitir que la mediocridad puede crear algo (ya sea una forma de gobierno o un
nuevo tipo de peinado) por lo que merezca la pena preocuparse. Y ni que decir
tiene que estos llamados bailes modernos nuestros son cualquier cosa menos
modernos: la moda y la locura de los mismos se remonta a los días del
Directorio, porque entonces como ahora los vestidos de las mujeres se llevaban
pegados al cuerpo y los músicos eran negros. La moda respira a través de los
siglos: la crinolina en forma de bóveda, de moda a mediados del XIX, no era
sino la máxima inhalación del aliento de la moda, seguida por una exhalación:
faldas estrechas, bailes apretados. Nuestros bailes, después de todo, son muy
naturales y bastante inocentes y, a veces —en las salas de baile de Londres—,
absolutamente elegantes en su monotonía. Todos recordamos lo que Pushkin
escribió acerca del vals: «Monótono y loco». Todo viene a acabar en lo mismo.
En cuanto al deterioro de la moral... Esto es lo que leí en las memorias de
D'Agricourt: «No conozco nada más depravado que el minué y sin embargo nadie se
opone a que se baile en nuestras ciudades».
Y así me divierto observando, en los cafés damants
de aquí, cómo las parejas «desaparecen veloces ante mis ojos», por volver a
citar a Pushkin. Los ojos maquillados de formas divertidas brillan de pura
satisfacción, con alegría sencillamente humana. Los pantalones negros se tocan
y se enredan con las medias ligeras. Los pies giran hacia un lado y se vuelven
hacia el otro. Y mientras, al otro lado de la puerta, me espera mi fiel noche,
noche solitaria, con sus reflejos húmedos, sus coches ruidosos, y sus corrientes
de viento enfebrecido.
En una noche de ésas, en el cementerio ortodoxo
ruso que está a las afueras de la ciudad, una anciana de setenta años se
suicidó en la tumba de su marido recientemente fallecido. Fui allí por puro
azar a la mañana siguiente, y el guarda, un veterano mutilado de la campaña de
Denikin, que caminaba con muletas que crujían al mínimo movimiento de su
cuerpo, me enseñó la cruz blanca de la que se había colgado la anciana, y los
jirones amarillos que se habían quedado prendidos en el lugar donde los cabos
de la soga («totalmente nueva», dijo amablemente) se rozaban. Pero lo más
misterioso y encantador de todo, sin embargo, eran las huellas en forma de
medialuna de sus tacones, diminutas como las de un niño, abandonadas en la
tierra húmeda junto a la losa. «Pisoteó un poco el césped, pobrecilla, pero por
lo demás no ha estropeado nada», observó el guarda tranquilamente y, mirando
aquellos jirones amarillos y aquellos lugares en que la tierra estaba un poco
hundida, me di cuenta de repente de que se puede distinguir una sonrisa
inocente incluso en la muerte. Probablemente, mi amor, la razón principal por
la que te escribo esta carta es para contarte este final tan fácil, tan dulce.
La noche de Berlín quedó así resuelta.
Escucha: soy feliz, absoluta o idealmente feliz. Mi
felicidad es una especie de desafío. Mientras deambulo por las calles y plazas
y por los caminos junto al canal, sintiendo distraído los labios de la humedad
a través de mis suelas gastadas, llevo orgulloso sobre los hombros mi inefable
felicidad. Los siglos pasarán uno tras otro, y los escolares bostezarán ante la
historia de nuestras revoluciones y miserias; todo pasará, pero mi felicidad,
mi amor, mi felicidad permanecerá, en el reflejo húmedo de una farola, en la
curva precavida de los escalones de piedra que descienden hasta las aguas
negras del canal, en la sonrisa de una pareja que baila, en todo aquello con lo
que Dios tan generosamente circunda la soledad humana.
FIN

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