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N° 14468. Relato Sobre El Primer
Amor. Nikitin,
Serguei Konstantinovich. Emancipación. Noviembre 8 de 2025
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RELATO SOBRE EL PRIMER AMOR
Serguei Konstantinovich Nikitin
Relato Sobre
El Primer Amor
Serguei
Konstantinovich Nikitin
"Relato Sobre El Primer Amor"
Autor: Serguéi Konstantínovich Nikitin
"Relato Sobre El Primer Amor" es una narración que sumerge al
lector en la delicada y a menudo tumultuosa experiencia de las primeras
emociones románticas. La historia se sitúa probablemente en la Rusia rural o en
una pequeña ciudad de provincias, un escenario que permite resaltar la pureza y
la intensidad de los sentimientos lejos de las complejidades de la vida urbana.
El protagonista, un joven o una jovencita en el umbral de la adultez,
experimenta el despertar del amor por primera vez. Nikitin, con su estilo
evocador, probablemente explora:
1.
La idealización del ser amado: Cómo
la persona amada se convierte en el centro del universo del protagonista,
percibida con una belleza y perfección casi etéreas.
2.
La timidez y el anhelo: Los
silencios, las miradas furtivas, los encuentros casuales que adquieren un
significado monumental, y el constante anhelo por la presencia del otro.
3.
La intensidad de las emociones: La
alegría desbordante y la desesperación profunda que acompañan cada pequeña
victoria o revés en el camino del amor.
4.
El entorno como reflejo: La
naturaleza circundante (un río, un bosque, un campo de centeno) actúa como un
testigo mudo y un espejo de los estados emocionales de los jóvenes amantes.
Aunque el final de un "primer amor" no siempre es feliz o
duradero, el relato de Nikitin no se centra tanto en el desenlace como en el
proceso mismo de sentir por primera vez. Es una historia que celebra la
inocencia, la pasión y la profunda huella que el primer amor deja en el alma,
marcando el paso de la niñez a la madurez. Es una reflexión nostálgica sobre un
tiempo irrecuperable pero inolvidable.
Relato Sobre
El Primer Amor
Serguei
Konstantinovich Nikitin
el abril 12, 2012
Kovrov-Rusia, 1926
Serguei Konstaninovich Nikitin, pertenece a los
literatos rusos de la joven generación.
Nace en 1926, en la ciudad de Kovrov (región de Vladimir), donde termina
la Escuela Técnica de transporte ferroviario y comienza a escribir en la prensa
local desde 1948. En 1952 acaba sus estudios en el Instituto Gorki de
Literatura Universal (Moscú). Desde esta fecha ha publicado varias colecciones
de relatos, entre ellos “El regreso”, “Siete elefantes”, “Una vez, en verano”,
“Relato sobre el primer amor” (1955),
“En una noche de insomnio”, premiado con medalla de oro en un concurso
literario, etcétera.
Cuando mi hermano, carpintero por tradición
familiar, se marchó al frente, me quedó solito no ya en la ciudad populosa,
abarrotada de gente que la guerra había arrojado de sus hogares, sino en el
mundo entero.
Hombre taciturno, de pocas palabras, antes de
partir me dijo:
-Te quedarás con una buena familia. No dejarán que
te descarríes.
Me llevó a un barrio extremo de la ciudad, a una
casa rodeada por una calle tras de la cual crecía la malva. Me entregó a una
mujer vieja, de rostro tan arrugado que parecía una manzana asada. La mujer
arrojaba de su boca las palabras como si escupiera cáscaras de girasol.
-Con nosotros estarás bien – me dijo al acompañarme
a la habitación, pero yo presentí, confusamente, que sería todo lo contrario.
Acostumbrado
a la libertad de las brigadas móviles de carpinteros, me inspiraban poca
confianza las casas que olían a estufa, que tenían gatos somnolientos,
pirámides de almohadas de distinto tamaño sobre las camas y nopales
decorativos, diríase que de cera, en los rincones.
Al despedirse, mi hermano me estrechó entre sus
brazos como a un igual.
-No te doy dinero. Lo entregaré todo a la patrona.
Los domingos te dará un billete de diez rublos. No pierdas el tiempo, y
estudia.
Se fue por la anchurosa calle del arrabal, sin
volver la cabeza. Se fue de mi vida para siempre.
Desde los primeros días resultó que en la casa tras
de la valla se condenaban los actos más sencillos y naturales. No se podía
tener encendida por mucho tiempo la lamparita eléctrica, no se debía hablar en
voz alta, ni reír,ni mucho menos invitar a los amigos a pasar el rato.
Me alegré mucho de que convirtieran nuestra escuela
en hospital. Desde entonces tuvimos las clases en el edificio de una escuela
técnica sin acabar, al otro extremo de la ciudad, en la colonia obrera. Así
permanecía menos tiempo en la desagradable casa. Terminadas las clases,
regresábamos sin prisas, dando algún rodeo. Por el camino nos entreteníamos
jugando con niños que no conocíamos o me llegaba con Senka Braguin hasta el
río, hasta el mercado, hasta el parque o hasta la estación.
Yendo de obra en obra, primero con mi padre y luego
con mi hermano, había visto muchas ciudades, mas ninguna me había gustado tanto
como ésta. Por su mucho verdor, por la animación de sus calles y por el
temperamento de sus habitantes, recordaba las ciudades marítimas del Sur.
Cuando, al atardecer , sobre la parte baja del valle se extendía la niebla en
todo lo que alcanzaba la vista, esa impresión era total. Me sentía arrastrado
por una fuerza misteriosa a deambular por las calles –un desconocido entre desconocidos-,
tropezando con los transeúntes, mirando por las ventanas de las casas,
corriendo alucinado tras los soldados que marcaban el paso cantando sus
canciones. Me encantaba permanecer en el puente del ferrocarril, notar el acre
olor de los gases de carbón y ver cómo, abajo, habría dicho que en un apretado
hoyo, se movían, silbaban, crepitaban con voces distintas las moles oscuras de
las locomotoras.
En esta ciudad quedó truncada mi infancia, casi de
modo repentino y descorazonador. Presionado por los acontecimientos, caminé a
grandes pasos hacia la juventud prematura de los tiempos de guerra.
Recuerdo un hermoso día del veranillo de San
Martín, de aire transparente, con hilos de araña volando por las calles, con
susurro de hojas caídas sobre el asfalto. Fue el día en que el Comité local de
la organización juvenil nos llamó a los alumnos de las clases octava y novena.
Salí de aquella reunión como si, de golpe, hubiera
adquirido varios años de experiencia. Se nos confió la misión de vigilar el
camuflaje de la luz por toda la ciudad. No se trataba de un juego ni de un
trabajo social de poca importancia, sino de desempeñar el cargo de ayudante del
Estado mayor para la defensa antiaérea de la ciudad. El jefe del Estado mayor
nos entregó el correspondiente documento a nuestro nombre, un pase para poder
circular por la noche. Se nos concedió el derecho de poder imponer una multa a
los infractores, lo cual nos daba una mayor conciencia de que la misión que se
nos encomendaba era de responsabilidad y seria.
Al guardar los
nuevos documentos, metí la mano en el bolsillo y toqué con los dedos...
el tiratacos. Lo saqué. Lo tenía
barnizado con laca amarilla; había hecho adornos de talla en el mango.
La goma era fuerte, de color rojo. Como si efectuara un rito de despedida con
la infancia, lo arrojé disimuladamente a la papelera.
La vigilancia nocturna me ligó aúnmás estrechamente
con Senka Braguin. Ahora teníamos una segunda vida, invisible para los demás,
y esa vida, como secreto compartido
entre los dos, daba aún más consistencia a nuestra amistad.
Quien ha visto la ciudad sin luces depués del toque
de queda sólo por casualidad – por haber
prolongado una visita a los amigos y haber regresado luego a su casa a
escondidas-, quizá tenga la impresión de que, en esas circunstancias, la ciudad
está vacía y ofrece un aspecto hostil y tenebroso. Nosotros, empero, la
percibíamos de otro modo. Al pasar por las calles donde resonaban nuestros
pasos, divisábamos, a veces, el brillo súbito del farol de una patrulla; otras
veces, en un momento de quietud, cuando no soplaba el viento, llegaba hasta
nosotros un retazo de conversación sostenida por los servidores de las piezas
antiaéreas en los tejados de las casas; o bien nos deteníamos, asustados por el
ruido insólito que emitía un guarda de turno después de bostezar dulce y
convulsivamente. En este tiempo,
nosotros, dos muchachos enfundados en abrigos raquíticos y raídos, a la par de
todos cuantos prestaban servicios de defensa por la noche, formábamos parte del
grupo de custodios con que contaba la ciudad. Con plena conciencia de nuestro
deber, golpeábamos con los dedos ateridos las ventanas de casas y tiendas,
repitiendo: “¡Ciudadanos, alerta!”
Junto a la estación, al lado de los depósitos de
trigo y otras mercancías, sobre una alta base de piedra blanca, se levantaba
una casa alargada, de una sola planta. Por dos veces encontramos una de sus
ventanas iluminada, cual brecha de luz en la tenebrosa noche. Al instante
tomamos las correspondientes medidas: Senka se me subió a hombros y golpeó
conel puño el marco de la ventana. Se notaba movimiento tras los cristales y
caía, desenrollándose, el papel de camuflaje. La tercera vez, decidimos
levantar acta por infracción de las normas de
enmarascamiento. Entramos en el zaguán, buscamos a tientas la puerta
forrada de hule y llamamos. Probablemente teníamos aspecto de muy pocos amigos,
pues la muchacha que nos abrió la puerta retrocedió hacia el fondo de la
habitación y gritó asustada:
-¡Papá!
De pronto pareció como si la sangre se me agolpara
en la cabeza, dejándome la conciencia embotada. Todo lo que después sucedió, lo
percibí como a través de un velo, obediente a la voluntad de Senka, que de modo
inesperado se manifestó inquebrantable, por lo que yo, más tarde, sentí una
simpatía aún más profunda hacia mi amigo.
Cuando de la habitación inmediata salió un hombre
de anchos hombros, con la guerrera de ferroviario desabrochada, Senka le mostró
su documentación y le explicó a qué habíamos ido.
-Estoy muy cansado, muchachos, y me olvido de bajar el papel de camuflaje de mi habitación
– dijo aquel hombre.
No se justificó, ni en el tono de voz se notaba el
menor ruego para ganarse nuestra condescendencia, con lo cual fácilmente nos
sentimos inclinados en su favor. Pero Senka, con integridad glacial dijo:
-Tenga la
bondad de traer papel y tinta, camarada ferroviario.
Levantó acta según las indicaciones que nos había
dado el jefe del Estado mayor de la Defensa Pasiva, la firmó, me la dio a mí
para que la firmara, luego la pasó a la firma del dueño de la casa y nos
fuimos.
Sólo en la calle salí de mi aturdimiento y miré con
respeto al pequeño Senka , estremecido de frío, que a diferencia de mí, se
había mostrado tan firme y práctico.
-¿Te has fijado en la muchacha? Es de nuestra
escuela – comentó Senka displicentemente.
-¡Estás bueno! ¿Cómo no iba a darme cuenta de Alia
Reutova?
Entonces todos nosotros – lo mismo yo que Senka y
que la mitad o más de los muchachos de nuestra clase – estábamos secretamente
enamorados de Alia Reutova, alumna de la novena clase. En todas las escuelas
existe la joven que se apodera de los pensamientos de los muchachos, sin
sospechar siquiera que despierte tan unánime admiración. En presencia de
aquella muchacha de pícaros ojos semientornados, dejábamos de ser nosotros
mismos. Unos se volvían tímidos, callados. Otros, en cambio, se animaban y
alborotaban de modo exagerado. Durante los recreos, al pasar por delante de la
novena clase, sólo teníamos ojos para mirar a Alia Reutova. Bastaba, empero,
que en uno de nosotros se detuviera la mirada de aquellos ojos semientornados
para que el elegido se pusiera instantáneamente como la púrpura y diera la vuelta. Este juego era
atormentador y dulce. Los días en que por algún motivo ella no venía a la
escuela, era, para nosotros, días melancólicos, de incomprensible apatía y
dispersión.
“Ahora los dos hemos quemado nuestras naves”,
pensé, y contra lo que podía esperar, esta idea despertó en mí una sensación de
alivio y de cierta renovación, como si mi vida hubiera dado un rotundo viraje
por un camino mejor.
A la mañana siguiente me encaminé hacia la escuela
orgulloso de mi independencia, llevando en los labios una sonrisa despectiva
para quienes todavía no habían
comprendido la alegría de sentirse libre frente a la poderosa atracción de los
ojos entornados de Alia Reutova, para quienes, deslumbrados, aún encontraban
pícaros aquellos ojos, mientras que para mí eran sencillamente miopes. Yo no
sospechaba que aquella visión terrena de su figura me descubriría nuevos
aspectos de Alia Reutova, iluminaría
nuevos encantos, le conferiría una fuerza de atracción aún más irresistible, de
suerte que aquella joven no pasaría por mi vida sin dejar huella, como habría
ocurrido de haber seguido siendo la Alia inasequible y celestial, aureolada de
virtudes, que nosotros mismos imaginábamos.
Ese mismo día, durante el descanso más largo, Alia
se me acercó y declaró, categóricamente:
-Le inscribo en el círculo dramático.
Yo podía esperar que hablara conmigo de la visita
nocturna, pero jamás habría imaginado que me propusiera entrar en el círculo
dramático, y por esto me puse en guardia.
-No sé declamar – respondí circunspecto, sintiendo,
no obstante, que se me encendía la cara.
-Aprenderá –repuso Alia con decisión-. Sólo hace
falta identificarse con el papel que se representa. Le inscribo.
Yo sabía que la propia Alia quería ser actriz; que,
según ella, no existe vocación más elevada que la de servir al arte escénico, y
que, por tanto, no admitiría réplica alguna ni siquiera de un joven desgarbado,
larguirucho, de grandes cejas y manos como las de un obrero. Accedí.
MI amigo Senka, comentando mi iniciación en el arte
de la escena, dijo:
-Llevas pantalones remendados, las botas de fieltro
cosidas con alambre... ¡y quieres ser ar-tis-ta!
Se me dio el papel de Lopajin en “El jardín de los
cerezos”.
-¡Que toque la música! ¡Que se haga todo como yo
deseo! ¡Aquí está el nuevo propietario del jardín de los cerezos!
¡Puedo pagar por todo! – gritaba yo agitando las manos, vehemente, tal como
hacía en otro tiempo mi padre cuando había bebido algo más de la cuenta.
Alia representaba el papel de Ranévskaia y yo tenía
que estrecharle la mano. Sus dedos eran tan delicados que podía aplastárselos,
como si se tratara de un racimo de uvas. Con paso incierto (Lopajin estaba
borracho) me acercaba a la mesa en que ella se apoyaba impotente, tomaba
aquellos dedos en mi manaza y decía, con voz suave, llena de ternura:
-¿Por qué no me hizo caso? ¿Por qué? Pobrecita
paloma mía, ahora ya no es posible volver atrás.
Según opinión del director de escena, lo de voz
suave, llena de ternura, no me salía bien...
Poco a poco me habitué a la presencia de Alia y ya
no permanecía como alelado ante ella. Perdí la timidez y surgió entonces el
deseo irresistible de estar siempre a su lado, de oír su voz, de contemplar sus
movimientos airosos, un poco afectados; ahora levanta el brazo, ahora se sujeta
un mechón rebelde, ahora se sienta, se pone en pie, se va...
Un día se
presentó en nuestra escuela un mozo bisojo, de poca estatura, se quitó el gorro
de grandes orejeras, preguntó por el despacho del director y subió presuroso al
segundo piso rozando los peldaños de la escalera con el borde sul arga zamarra.
Terminadas las clases, el director nos comunicó que los komsomoles de un sovjós
cercano pedían a nuestro círculo que les diéramos una representación.
Nos trasladamos al sovjós en trineos arrastrados
por caballos alazanes de largo pelo, que corrían a un trote siempre igual y que
relinchaban bruscamente en las cuestas . Estábamos en marzo, mas aún no había
comenzado el deshielo. Incluso de día, cuando el sol neblinoso flotaba en el
frío cielo, soplaba, ululante, un viento que
calaba hasta los huesos, levantando la nieve seca y punzante.
El club del sovjós, largo tiempo cerrado, estaba
hecho un témpano. Alia, hundiendo la barbilla en el suave cuello de piel de
lobo de su abrigo, en medio de la escena polvorienta, fruncía el ceño
despectivamente y se hacía la caprichosa. Cediendo a los antojos de su “prima”,
los miembros del círculo dramático decidieron representar alguna pequeña pieza
en lugar de “El jardín de los cerezos”,
y luego cantar y bailar alguna cosa.
Ni Alia ni yo teníamos ningún papel en la obrita, y
nos quedamos entre bastidores. Arrebujada en su abrigo, recogidas las pineras,
ella estaba sentada en un diván desvencijado, cavilosa, lejana, con los ojos
fijos, sin pestañear, en la lucecita humeante de un quinqué. Lo probable es que
ella tuviera frío y deseara regresar a su casa, pero (sobre todo después del
campanazo que acababa de dar ante sus compañeros de círculo) a mí me parecía
que la escena polvorienta, con sus trapos pintarrajeados en vez de decoraciones,
el diván hundido, el mal olor del petróleo y yo mismo con con mis pantalones
gastados y mis botas de fieltro cosidas con alambre, todo ello junto ofendía su
sensible naturaleza artística. Yo estaba convencido de que nunca me decidiría a
acercarme, tomarla de la mano y, fuera de la escena, decirle palabras tiernas y
penetrantes, capaces de hacerle comprender que la amaba.
En aquellos años los exámenes eran sencillos y
breves;: una redacción, un trabajo de control en matemáticas, y se abrían ante
nosotros las largas vacaciones de estío, desde junio hasta octubre. No sé lo
que habría hecho con aquella enorme cantidad de tiempo libre, de no habernos
enviado otra vez al mismo sovjós, si bien ahora en calidad de ayudantes para
las faenas del campo. Creo que desde entonces odié la papilla de mijo y me
gustaron los sosegados crepúsculos de la aldea, con el croar de las ranas, el
piar de los vencejos bajo el alero de los tejados, y el húmedo frescor que sube
del río. A menudo permanecía solo, en el umbra del henil donde pernoctábamos,
junto a la caballeriza, y prestaba oído atento a los sonidos del día que se
acababa. Me era dificil creer que en algún otro lugar de esa misma tierra se
levantaba el estruendo de la batalla, estallaban los obuses, danzaban las rojas
llamas de los incendios y el negro humo se extendía sobre el suelo.
Pero la guerra, cruel y brutal, como siempre, nos
obligó a todo a creer en ello. Irrumpió en nuestra ciudad con su trágico
semblante habitual; con el polvo de las casas hundidas, con los lamentos de los
heridos y las lágrimas por los muertos... No oímos las señales de alarma,
apagadas por la distancia, y nos despertamos sólo cuando las tremebundas
explosiones, que en nada se parecían a los estallidos de los disparos
antiaéreos, conmovieron, de pronto, las paredes del henil. Agrupados en la
puerta, mirábamos en silencio hacia la ciudad, y al ver un tembloroso reflejo
en el cielo nublado, sin ponernos de acuerdo, nos dirigimos presurosos hacia
aquella dirección pr el camino que las abundantes aguas pluviales acababan de
maltratar.
Recuerdo mal esa noche. Probablemente porque estaba
subyugado por una idea: ver a Alia viva
cuanto antes. Cuando en respuesta a mi frenética llamada abrió la puerta una
mujer soñolienta con larga bata, probablemente la madre de la muchacha, sólo
fui capaz de pronunciar una palabra:
-Alia...
La mujer se quedó mirándome, sorprendida, y me
dijo:
-Está en la aldea, en casa de la abuela.
Quizá se debió al tono sosegado y sorprendido de
estas palabras, quizá me parecieron entonces dolorosamente inútiles mis
angustias de aquella noche, mas de pronto sentí
que en algo muy importante para
toda mi vida acababan de engañarme de modo descarado e injusto, poniéndome en
ridículo.
Amanecía cuando andaba aún por las calles. En el
transcurso de aquella noche habían cambiado, hasta el punto que era imposible
reconocerlas. El cambio no se debía
precisamente a los edificios derruidos,
aún humeantes, a los trozos de cristal
que crujían bajo los pies, ni a que las ambulancias de socorro pasaran raudas
tocando las sirenas, ni tampoco a que fueran soldados reguladores del tráfico,
vestidos con sus capotes grises, en lugar de los guardias municipales de la
circulación, los que les dejaran el paso libre. No. Lo que había cambiado era
el espíritu mismo de la ciudad, y ello se reflejaba, como en un espejo, en los
severos rostros de los peatones con que me cruzaba.
Si entonces yo hubiera tenido más experiencia de la
vida y un conocimiento algo más profundo de mí mismo, habría comprendido lo que
me hirió tan profundamente aquella mañana. El hecho era que Alia el ser a quien más quería yo en la
tierra, nunca se encontraba donde todos nosotros pasábamos dificultades y la
amargura nos oprimía los corazones. ¿Era casual? No lo sé...
Ante las ruinas del cine encontré a Senka.
-Senka –le dije-. Vámonos al frente, voluntarios.
-Vamos –respondió.
Sellamos la decisión con un solemne apretón de
manos.
En la caja de reclutamiento de la ciudad se
negaron, con abundancia de razones, a aceptar nuestra muy reiterada solicitud.
El primero de octubre, de nuevo empezaron para nosotros las clases, con sus
cuadernos, sus ecuaciones, sus notas, y, para mí, con el mismo enamoramiento de
antes hacia Alia Reutova.
Para poderla ver con más frecuencia seguí
desempeñando celosamente mis obligaciones de actor. En cierta ocasión, después
de un prolongado ensayo, salimos juntos de la escuela. Desde el primer momento
procuré mantenerme a una distancia decorosa de medio paso, pero Alia me dijo
con una nota burlona en la voz:
-Podrías cogerme del brazo. Se resbala tanto, que
por lo menos de nada puedes romperte la crisma.
Por supuesto, aquello no era más que un ruego
corriente entre camaradas, y ella lo habría dirigido a cualquiera de nosotros
que, después del ensayo, hubiera seguido el mismo camino, pero yo lo
recibí como una gran felicidad.
Deshelaba. Por los vacíos oscuros de las calles
soplaba un viento pesado que olía a nieve húmeda. Empezaba a apoderarse de mí
una gran confusión. Menos mal que Alia hablaba sin cesar, de modo que yo tenía
la posibilidad de callar o de responder con simples monosílabos de diversa
entonación, cuyo significado podía ella interpretar a su gusto.
Junto a su casa,
Alia se detuvo y dijo:
-Aún podríamos seguir hablando, pero ahora sin duda
me llamarán.
En efecto, resonó la puerta, salió alguien al
portal y la llamaron.
-Es mamá –murmuró confidencialmente. En la
oscuridad le brillaron los ojos con reflejo verdoso-. ¿Te gusta leer?
-Me gusta.
-A mí también. ¿Sabes? Si el final de un libro no me gusta, yo misma lo
invento.
-¡Alia! – volvieron a decir desde el portal.
-¡Ya voy! – respondió ella caprichosa, y añadió en
voz baja, para mí: -Seguiremos hablando otro rato... ¿eh?
Al día
siguiente, procurando disimular mi turbación, me quitaba la nieve del calzado
en el zaguán de los Reutova. Contra mis esperanzas, el padre en seguida me
reconoció y, mirándome con sus fatigados ojos, me dijo:
-Gracias a sus señorías, entonces me gané una multa
de cien rublos.
De la cocina pasé a una habitación donde ardía,
acogedora, una lámpara bajo una gran pantalla de tela azul con flecos, que
oscilaba cada vez que se abría la puerta y hacía mover sobre la pared leves
sombras. Ahí tomamos té y luego entramos en la habitación de Alia, cuyas paredes se hallaban cubiertas de
mapas, tapices,fotografías y cuadros.
Todo me gustaba en aquella casa espaciosa y con calefacción (sobre todo
teniendo en cuenta que esta última particularidad entonces no se daba casi en
ninguna vivienda y era tenida en muy alta estima). Yo procuraba tocar
disimuladamente todos los objetos que rodeaban a Alia, como si esperara poder llevarme conmigo
una parte de su calor, de su pulcritud y, quién sabe si a ella misma.
En cierta ocasión Alia me dijo que en verano iría a
estudiar a Moscú. Desde entonces no pude librarme de la dolorosa idea de que
íbamos a separarnos, y como por casualidad hablaba de que era posible estudiar
también en nuestra ciudad, y recordaba los refranes poco halagadores para
Moscú: “Moscú no cree en lágrimas”. “Lo que quiere Moscú es la bolsa llena”.
Resultaba evidente, empero, que mi casuística diplomacia estaba condenada al
fracaso.
Aún se examinaban los alumnos dela décima clase
cuando los demás ya trabajábamos de nuevo en el sovjós. Calculé aproximadamente
cuándo debía partir Alia, y me fui a la ciudad. Llegué a tiempo.
Al entrar en la conocida casa, vi los objetos
revueltos, las maletas abiertas en el suelo, y los ojos llorosos de la madre
de Alia. Comprendí que se aproximaba lo
terrible e irreparable que tanto había temido, secretamente, durante todo el
último tiempo.
Alia quitaba
sus cuadritos de la pared. No dije
ni una palabra. Sólo la miré y vi que
ella también tenía los ojos llorosos y la punta de la nariz roja.
-Ya ves, me voy –dijo-.Ahora esto es un caos y
todos estamos de mal humor... Vete. Nos veremos en la estación. ¿Irás a
despedirme?
Se oyeron unos pasos que se acercaban.
-¡Pero vete ya! –dijo Alia imperiosa.
Salí. Me crucé con alguien en el comedor, me
saludaron, pero yo no respondí. Me encaminé directamente a la estación y me
senté en un banco.
Los ferroviarios iban y venían por caminitos de
crujiente escoria, mirando sorprendidos y desconfiados a aquel jovenzuelo alto
que llevaba botas altas y una chaqueta maltratada, que se estuvo sentado e
inmóvil hasta que oscureció. Entonces se
le acercó una muchacha, también alta, pero muy delgada, vestida con sencillez,
si bien con ropa de abrigo apropiada para ir de viaje, y dijo autoritaria:
-Vamos.
Nos pusimos a la sombre de los tilos, que dejaban
caer una lluvia de flores consumidas cada vez que soplaba una ráfaga de viento.
-Te escribiré desde Moscú. Tú también me
escribirás... ¿Por qué te callas? – preguntó Alia.
-No te vayas – le dije sordamente, expresando con
toda claridad, por primera vez lo que hasta entonces había manifestado sólo con
alusiones.
Alia se sonrió tristemente, tal como se sonreía
cuando representaba el papel de Ranésvkaia.
-¿Cómo quieres que no me vaya?
-No lo sé. No te vayas...
En el círculo de luz difuminada por la pantalla de
camuflaje, apareció la mamá de Alia. Miró impaciente en torno y gritó:
-¡Alia!
-Allí, delante de mis padres, resultará violento
despedirse - dijo Alia.
Estábamos de pie, uno frente al otro, sin
decidirnos a dar el paso que nos separaba. Ella fue la primera en acercarse, me
tomó por los hombros y me besó en los labios...
Luego caminé por las traviesas hasta que perdí de
vista la vacilante lucecita roja del último vagón. Me senté en el talud, sobre
unas matas de ajenjo polvoriento, y prorrumpí en llanto.
“¿Por qué no me hizo caso? ¿Por qué? Pobrecita,
paloma mía, ahora no es posible ya volver atrás...”
Cuando recuerdo mi vida, después de la partida de
Alia, se me aparece como un denso grumo de acontecimientos apretados enun
espacio de tiempo inconcebiblemente reducido. En unos tres meses recorrí el
camino en apariencia sencillo y recto, pero en el fondo difícil y complejo, que
lleva desde el aula de la escuela y de la visión semiinfantil del mundo, a la
compañía de tiradores con sus severas normas de vida, escritas y sin escribir.
El primer
paso por este camino lo di al decidir trasladarme a Moscú, en pos de Alia, no
bien recibiera su primera carta. Por aquel entonces yo tenía que romper
definitivamente con los dueños de la casa en que vivía. A ellos no les gustaban
mis ausencias nocturnas, la tardía llamada a la puerta,y a mí me repelía su
vida mezquina, con el eterno suspiro por el pedazo de pan y con su
intolerancia. Propia de las personas
limitadas, en lo tocante a la independencia de una persona que les era ajena
como yo. Necesitaba buscar trabajo e ingresar en la escuela de formación
profesional, “En este caso – me decía-, qué más da comenzar la nueva vida aquí
o en Moscú...”
Mis preparativos fueron breves. Nunca me ha
resultado difícil ponerme en marcha – algo ha debido de influir en ello la
tradición de mi familia -, y no me asustaba ni el largo camino ni el
desconocimiento de las nuevas ciudades.
Senka acudió a la estación a despedirme y me trajo
sus objetos más valiosos: una guitarra y una caja de compases, enorme como un
asador.
-Toma –me dijo, frunciendo el entrecejo-. Te lo
pules por el camino, si te encuentras
apurado.
Ante nosotros comenzaron a deslizarse los vagones.
Salté al estribo, y por encima del hombro del revisor miré como retrocedían en
el espacio y en el tiempo los depósitos de la estación, la alargada casa sobre
un alto pedestal de piedra blanca, y la pequeña figura de Senka, encorvada,
azotada por el viento...
Guardo mal recuerdo del camino hasta Moscú. Sólo
tenía billete hasta la estación inmediata y carecía del permiso que entonces se
necesitaba para trasladarse a la capital. La mayor parte del viaje la pasé
escondiéndome de las patrullas y de los revisores debajo de los bancos, en el
estribo del vagón o tras las maletas ajenas en las literas superiores.
Encontré a Alia con facilidad. Vivía en una de las
tortuosas callejuelas de Arbat, arrendando parte de una habitación a una
ordenada viejecita que por las mañanas bebía café pasado por un filtro de plata
y luego dedicaba el día a leer un “Libro de cocina, regalo a las jóvenes amas
de casa”, o “La guerra y la paz”.
Alia se
alegró mucho de verme cuando me presenté el día de mi llegada.
-Es mi paisano... Mírelo bien, mírelo, es paisano
mío... Es de nuestra ciudad, paisano –repetía sin cesar, dirigiéndose a la
viejecita; luego me preguntó si le había traído algún paquete de víveres o
dinero de su casa.
Le dije que ni se me había ocurrido ir a ver a sus
padres antes de partir.
-¡Qué cabeza , la tuya! – exclamó Alia, disgustada
-, ¡Venir a Moscú y no traer provisiones de casa!
Al atardecer salimos a pasear. Jamás olvidaré el
radiante asombro que se apoderó de mí cuando, de pronto, entre el retumbar de
los cañones, se iluminaron sobre la ciudad los haces de los cohetes y,
reflejándose en las aguas negroverdosas del río Moskova, se consumieron
lentamente en lo alto. Estábamos en el puente de Crimea. A nuestro alrededor no
había nadie, y en la oscuridad que siguió un nuevo estallido de luz, osado por
el entusiasmo que me embargaba, besé a Alia en los ojos.
-Ahora todos los días hay salvas. Incluso dos y
tres veces – dijo, enderezándose las pestañas que le había quedado aplastadas.
De repente me vino a la memoria el club helado del
sovjós y la Alia fría, ajena, con la mirada fija en la llamita humeante del
quinqué. ¿Por qué? Pero eran demasiadas las cosas que entonces requerian mi
atención para que pudiera ocuparme de aquel interrogante.
Por la mañana cayó una lluvia helada y odiosa, como
suele caer únicamente en Moscú por las raras particularidades meteorológicas
del clima. Después de pasar la noche en la estación, pesada la cabeza con un
vivo dolor de ojos y un desagradable sabor a desinfectante en la boca, caminé
por las calles leyendo los anuncios en las “vitrinas” municipales. Por fin
encontré lo que buscaba. Las oficinas de la empresa constructora (seguía una
larga palabra inarticulable) admitían obreros de distintos oficios, entre ellos
carpinteros. Abajo, con letra pequeña, se añadía: “A los sin familia se les
proporciona residencia”. ¡Con qué fresca ironía me miraba esta palabra a mí,
que empezaba a sentirme realmente sin familia, solo y perdido en aquella enorme
ciudad, envuelta en el polvillo agudo de la lluvia!
Tuve que ir
en el tren eléctrico de las cercanías hasta un pequeño poblado de dachas donde
se hallaban las oficinas de la empresa constructora, tras una valla compacta de
tablas alabeadas. Por la tarde, después de pasar por la tortura de las medidas
sanitarias,ya podía limpiarme el barro de las botas junto al umbral del
edificio de madera, tipo barraca, que desde entonces era mi casa.
Casi todas las tardes veía a Ali. Siempre la
encontraba deprimida e irritada. Incluso las buenas noticias me las comunicaba
con sonrisa forzada e infausta.
-Hoy... – citaba el nombre de una artista famosa –
ha dicho que tengo dotes muy originales para las que resulta difícil encontrar
la correspondiente llave pedagógica. No está mal, pero nunca he de actuar en
cine. ¡Qué absurdo!
Alia sólo se reanimaba cuando recibía dinero de su
casa. Iba a las tiendas de lujo, compraba golosinas y manjares finos, se pasaba
el día comiéndoselos, y una semana después me decía:
-¡Tienes dinero? Dámelo, haz el favor... O si no,
toma: aquí tienes la cartilla del pan. Vete a buscármelo.
Feliz de poderme sacrificar por ella, le entregaba
todo lo que tenía, y luego me daba cuenta, dolorido y apenado, que pronto
volvería a perderla...
Héroe infortunado de los dramas de andén, de nuevo
me encuentro en la estación. Es raro, pero los minutos más amargos de mi vida
se hallan indefectiblemente vinculados al tumulto de las estaciones, a los
insoportables resoplidos de las locomotoras, a la aguja de los relojes
eléctricos en su convulsivo avance a saltos, al olor especial a andén en el que
se mezclan los olores del fenol, del gas que despide el carbón, de los residuos
del petróleo y el olor a metal... Noviembre toca a su fin. Cae una nieve muy fina,
perceptible sólo bajo la pantalla de las farolas. Estamos de pie junto a la
barra del vagón. Agarrándome a una última esperanza, balbuceo palabras sin brío
sobre las dificultades del momento, sobre la fuerza de voluntad, sobre mi
decisión de trabajar con todas mis fuerzas, más por la felicidad que se refleja en el semblante de Alia veo que ya no es mía, que ella se proyecta
por completo a centenares de kilómetros de distancia, hacia la vida sosegada,
confortable y sin dificultades de su casa paterna.
¡Adiós, Alia!
Unos días después me tocó inscribirme en la caja de
reclutamiento del distrito. Allí mismo, los jóvenes de mi propia edad, mejor
informados que yo, me enseñaron a no esperar a que me movilizaran, y me hice
voluntario. A los movilizados los enviaban a
a escuelas de preparación militar; a los voluntarios, al frente sin
dilaciones. Redactamos una instancia común y la entregamos seguida de una larga
serie de firmas...
Aquí podría
poner término a mi relato, si la propia vida no lo hubiese prolongado hace poco
tiempo.
Había acabado los estudios en la Academia Militar.
Me enviaron a la unidad de infantería..., y para incorporarme a mi destino
tenía que pasar por la ciudad donde comenzó mi juventud. ¡Cómo se había
transformado, libre de su camuflaje de colores verdosos, obligada vestidura de
la guerra! Parecía más extensa, más luminosa y más semejante, aún, a una ciudad
meridional llena de temperamento.
Faltaban cuatro horas para la salida del tren.
Compré unas flores y me dirigí al cementerio. Los llorones abedules de aquél
lugar se inclinaban todos hacía una misma dirección, rumoreantes, movidos por
el viento, y sus ramas finas se agitaban como cabellos sueltos. Leves sombras
estivales corrían por el césped, por los montículos de las tumbas, por las
viejas cruces, por las grises losas de piedras. El guarda, sordomudo,
comprendió al fin lo que yo quería y me acompañó hasta el fondo del recinto, junto a una cerca de hierro tras de
la cual enterraron a los combatientes que fallecieron en los hospitales de la
ciudad. Allí encontré un pequeño obelisco con una fotografía amarillenta
colocada en un marco negro y la inscripción: “Al soldado de la Guardia Semión
Alexándrovich Braguin. 1925-1944”.
Por un raro capricho del destino, Senka, herido,
fue evacuado a su ciudad natal y murió en la escuela habilitada para atender a
los heridos del frente, enla misma escuela donde en otro tiempo había abierto
el silabario.
Naturalmente, también me acordé de Alia. Mejor
dicho, el recuerdo de ese tímido primer amor siempre ha vivido en mí, porque
¿no es éste el recuerdo más dichoso, más tierno y encantador de la juventud?
Al regresar a la estación pasé por delante de su
casa. En el portal había una mujer alta, de busto acusado. Apaleaba una
alfombra colgada del pasamanos. Lo único que , quizá, hacía pensar en la
antigua Alia, delgada y esbelta, era el modo de entornar los ojos miopes. Pasé
por delante de ella sólo retardando levemente el paso. Tuve la impresión de que
si me ponía a hablar con ella atentaría contra el luminoso recuerdo de mi
juventud, un recuerdo limpio, como el inolvidable aroma de los tilos en flor,
triste, como aquellas palabras ajenas que mi imaginación llenaba de un
contenido distinto, peculiar: “¿Por qué no me hizo caso? ¿Por qué? Pobrecita,
paloma mía, ahora ya no es posible volver atrás.
FIN

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