© Libro N° 14466. El Último Disparo. Bianchi, Vitali. Emancipación. Noviembre 8 de 2025
Título Original: ©
Versión Original: ©
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original
de textos:
https://milcuentosrusos.blogspot.com/2016/03/vitali-bianchi-el-ultimo-disparo.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido,
con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio
de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones
originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está
prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con
fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir
este texto.
Portada E.O. de: Imagen Con IA Gemini
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
EL ÚLTIMO DISPARO
Vitali Bianchi
El Último
Disparo
Vitali Bianchi
"El Último Disparo"
Autor: Vitali Bianchi (Вита́лий Биа́нки)
El cuento se desarrolla en los bosques boreales de Rusia y se
centra en un cazador experimentado, posiblemente llamado Yegor o Vasili,
conocido por su habilidad, pero también por su impaciencia y, en ocasiones, su
crueldad.
La trama probablemente gira en torno a la temporada de caza de un
animal específico (como un alce, un oso o un gran pájaro). El cazador
persigue a su presa incansablemente, buscando la oportunidad para el tiro
perfecto. Sin embargo, en el momento crucial, ocurre un evento inesperado:
Un pequeño detalle de la vida salvaje o un error de cálculo del
cazador, hace que este falle su tiro. Este no es solo un fracaso
deportivo, sino una lección moral.
El "último disparo" se convierte en una metáfora del punto
límite donde la soberbia humana se enfrenta a la sabiduría y la resistencia
de la naturaleza. El cazador no solo pierde la presa, sino que aprende a
respetar el ciclo de la vida y la astucia del animal. El cuento es una
reflexión sobre la conexión profunda entre el hombre y el bosque, y la
necesidad de conservar y admirar, más que de conquistar.
Vitali Bianchi
Marzo 20, 2016
Imperio Ruso, 1984-San Petersburgo, 1959
La sopa de pan tostado, con mantequilla y sal, estaba preparada. Los
cazadores podían cenar.
Inesperadamente resonó un disparo, como trueno en cielo azul.
A Martemián se le cayó sobre la hoguera el caldero de la sopa,
atravesado por una bala. Bielka, la perra de fino oído, se hundió ladrando en
la oscuridad.
-¡Aquí! - gritó Markell
Se hallaba cerca del enorme cedro, bajo cuyas ramas se acomodaban los
cazadores para pasar la noche y fue el primero en refugiarse, de un salto, tras
el grueso tronco.
Martemián recogió la escopeta del suelo y en dos saltos se plantó al
lado de su hermano. Lo hizo a tiempo: una segunda bala rozó el tronco y penetró
zumbando en las tinieblas del bosque.
-La hoguera... ¡maldita sea! - exclamó Markell jadeando.
el fuego, cubierto por la sopa de pan, que se había vertido del caldero,
se reavivó con fuerza y llegó hasta las ramas secas, envolviéndolas con las
llamas altas, sin humo.
La situación era desesperada. La luz del fuego cegaba a los cazadores.
Nada distinguían más allá del apretado círculo de árboles que rodeaban el
calvero. No podían defenderse disparando.
De ahí, de las oscuras entrañas de la noche, el iluminado calvero se
veía como la palma de la mano, y unos ojos seguían atentamente los movimientos
de los dos hermanos.
Martemián dijo, completamente tranquilo:
-No importa, Bielka nos dirá por dónde se presenta el que ha disparado.
Iremos dando la vuelta al tronco. No nos alcanzará.
En estas pocas palabras se concentraba todo: el reconocimiento del
peligro y la indicación precisa de cómo salvarlo.
-¿Ileso? - preguntó Markell
-Ha dado en el caldero-respondió simplemente Martemián.
No se dijeron una palabra más. De pie, inmóviles, apretados contra la
áspera corteza del árbol, prestaban oído atento al ladrido de la perra que se
alejaba.
Aquellos dos hombres nunca se mostraban locuaces. Les avergonzaban las
palabra superfluas. Habían nacido en la taigá y en la taigá 1 habían pasado su
larga vida. El mayor había rebasado ya los sesenta años; el menor, los
cincuenta. ¿Quién lo habría dicho, al ver sus hombros erguidos y sus fuertes
espaldas? Enormes, velloso el rostro estaban de pie junto al oscuro cedro como
dos fieras levantadas sobre las patas traseras.
El ataque no necesitaba explicación alguna: en manos de los dos hombres
se encontraba un tesoro. Del hombro de Martemiá colgaba un saco de cuero
grueso, basto, endurecido y sucio. Dentro del saco guardaban lo que se
consideraba más valioso que el oro: pieles de martas cebellinas cuidadosamente
separadas del cuerpo de los animales, secadas y enrolladas con el brillante
pelo hacia adentro. era el fruto de su caza.
Resultaba muy difícil -demasiado- cazar al astuto animal; con excesiva
frecuencia, gente sin botín. Los hermanos se turnaban para llevar el saco y no
se separaban de él ni por un instante.
El enemigo se dio maña para atacarlos por sorpresa. No quedaba más
solución que esconderse de su mano invisible mientras no se consumiera el fuego
por sí mismo.
Los dos hermanos callaban. Cada uno sabía que el otro pensaba de la
misma manera.
El ladrido de Bielka se dirigía hacia la derecha. Los dos hombres,
parapetados tras el árbol, se desplazaron un poco hacia la izquierda.
Se notó que la perra había hallado al hombre escondido en las tinieblas
y que se le arrojaba encima
"¡Boba!... ¡Te dejarán seca de un tiro!", pensó Martemián, y
sintió escalofríos.
De pronto el ladrido se quebró, transformándose en ronquido apagado. En
el silencio que instantáneamente se produjo, se oyó el ruido sordo de un cuerpo
al caer, y enseguida el roce de unas patas que escarbaban convulsivamente el
suelo.
-¡Diablo!... ¡Bielka! - gritó Martemián, y ya había echado a correr
cuando añadió, dirigiéndose al hermano: -¡No te muevas!
Markell estaba acostumbrado a obedecer en todo a su hermano mayor. Se
acostumbró a ello en la infancia y siguió haciéndolo hasta la vejez.
Miraba inquieto de qué modo corría por el calvero, traidoramente
ilumiando.
Cuando Martemián llegaba al propio muro de árboles, resplandeció un fogonazo y
retumbó un nuevo disparo.
Martemián dejó caer la escopeta, tropezó y cayó al suelo.
-¡Corre! - gritó el hermano-. ¡La Bielka!...
Markelll le comprendió a media palabra: su hermano quería decirle que
quien había disparado deseaba apoderarse, no del saco de cuero, sino de la
perra, y que debían recuperarla costara lo que costara. Markell abandonó su
refugio y se lanzó a través del calvijar dando grandes saltos.
No hubo más disparos, pero cuando Markell llegó a los árboles oyó más
allá crujido de ramas: alguien huía pesadamente por la taigá.
Pronto la espesura cerró el camino al cazador. Una punta de rama le
golpeó la cara, cerca del ojo.
Markell se detuvo. En la cerrada oscuridad que tenía enfrente no
distinguía siquiera los troncos de los árboles. Los pasos del fugitivo se
apagaron.
Metió la escopeta en la espesura y disparó sin apuntar.
Aguzó el oído. A su espalda chiporroteaba tranquilamente la hoguera.
Markell volvió al lado de su hermano.
La bala le había atravesado el brazo derecho y le había lamido un
costado, a la altura de las costillas. La herida no era peligros, pero salía
mucha sangre. Markell dobló por el codo el brazo herido y lo ató apretamente al
pecho. Logró contener la hemorragia.
Los dos hermanos apagaron la hoguera, se echaron al suelo y, sin pegar
ojo, aguardaron silenciosamente el amanecer. Pensaba en su Bielka y en lo que
podrían hacer para recuperarla. Para un cazador, su fiel amigo,el perro, es
mucho más apreciado que el más valioso de los botines.
Habrían preferido quedarse sin el saco de cuero que sin Bielka. Con la
perra habrían cazado otras martas cebellinas. Conla pérdida de aquel animal los
hermanos quedaban, no ya robados, sino arruinados.
No habría manera de encontrar otra perra como Bielka. Aunque joven - no
había cumplido todavía cuatro años -, era famosa en todos aquellos contornos,
como la mejor perra esquimal de caza. Sus cachorros se distinguían por su
extraordinario olfato. Por cada uno de ellos daban de quince a veinte rublos.
Por la madre en más de una ocasión habían ofrecido doscientos. Pero los
hermanos no se dejaron tentar ni siquiera por tan inaudita suma
¿Quién pudo habérsela robado?
En toda la región no había otra perra blanca como aquélla; ¿quién no la
conocía? Sus dueños oirían hablar de ella muy pronto si aparecía en un lugar
cualquiera de allí.
Sólo podía haberla robado quien no temiera que los dueños legales de la
perra le obligaran a devolverla por los tribunales o por la fuerza.
En toda la región no había más que un hombre exento de dicho temor; el
jefe de la policía rural.
Más de una vez les había pedido que le vendieran la perra, y, ante la
negativa de los dos hermanos, aprovechaba todas las ocasiones que se le
presentaban para vejarlos. No había duda de que él había enviado a un hombre de
su confianza para que robase la perra. Tampoco cabía duda de que en las aldeas
no se encontraría un solo hombre que declarara contra él.
Los hermanos se daban cuenta de su impotencia frente al policía, tanto
en las aldeas como en la ciudad. Acostados uno al lado del otro, pensaban lo
mismo: de qué modo podrían alcanzar al ladrón antes de que saliera de la taigá.
Sus mentes trabajaban a la par, como si para los dos poseyeran una cabeza.
En la taigá había un solo camino: el río. Por él se dirigían los
cazadores a los cotos y por él regresaban a la aldea, tampoco podía seguir otro
camino el ladrón. Probablemente tenía su barca escondida en algún lugar
cercano.
Los dos hermanos habían amarrado la suya más arriba. Para llegar hasta
aquel punto del río necesitarían un día entero.
El río pasaba cerca de donde se encontraban. Si no estuvieran en
la taigá, si no fuera la espesura, llegar hasta el río habría sido cuestión de
media hora. Entonces sería posible...
Los dos hermanos poseían otro tesoro, que sólo se les podía arrebatar
quitándoles la vida, y era su impecable puntería.
Les bastaría ver al ladrón. Ello sería suficiente para que una bala
dirigida con firme pulso le impidiera escapar. La taigá conservaría el secreto
de la muerte. No bien comenzaron a percibirse en la oscuridad los árboles
inmediatos, los dos hermanos se levantaron del suelo.
Martemián se limitó a mirar a su hermano y a entregarle el saco de
cuero. Emprendieron el camino en una misma dirección.
¡Quién, si no ellos, conocían la taigá! A tientas, en la oscuridad,
hallaron el paso invisible utilizado por las fieras y llegaron por él, al
sendero.
Resbalando en los hoyos abiertos por los ciervos,
tropezando en las raíces, corrieron por la estrecha verdad hasta
distinguir el acompasado rumor del agua.
Entonces se pusieron a caminar al paso, tomaron aliento, a fin de que
nos fallara la puntería y no les temblara el pulso si necesitaban disparar de
un momento a otro.
Se había hecho completamente de día.
Apartaron las ramas y miraron al río tan cautelosamente como si
estuvieran al acecho de un ciervo escarmentado.
El río se había hinchado a consecuencia de las abundantes lluvias de
otoño. Una ancha e impetuosa corriente bajaba, retumbante, al encuentro de los
dos hermanos. Se veía en una gran extensión, hacia adelante.
No había ninguna barca
Los hermanos miraron hacia atrás. Allí mismo el río contorneaba un
promontorio y cambiaba bruscamente de dirección. El alto bosque tapaba el río
después del recodo:
Si el ladrón había pasado ya por aquel lugar, podían despedirse de él:
jamás lo verían.
Un mismo, interrogante atormentaba a los dos hermanos, incluso sin
formularlo: ¿sí o no?
Sus ojos rebuscaban por las ondas del río como si quisieran hallar entre
ellas el rastro invisible del fugitivo.
Así estuvieron vigilando largo rato. El sol ya se había levantado sobre
la taigá y cubría de vívidos destellos las olas de la corriente.
Los dos hermanos se sentían fatigados por la noche pasada en vela: les
dolían las piernas después de su rápida carrera por el sendero. Pero ni por un
momento se les ocurrió sentarse, como si, sentados, hubieran podido dejar
pasar, inadvertida, la barca que flotare ante ellos.
El ataque nocturno les había dejado sin cena. Por la mañana no habían
tenido tiempo de comer. Pero no les vino a las mientes que podían tomar un
trozo del pan que llevaban en el costado y roerlo.
De repente, Markell, cuyos ojos veían a mayor distancia, exclamó:
-¡Ahí está!
Eran las primeras palabras que pronunciaban después de seis horas de
silencio.
A continuación los hechos se sucedieron rápidamente, en mucho menos que
el tiempo necesario para contarlos.
La barca se deslizaba por la corriente a una velocidad temeraria.
Markell distinguió antes que su hermano a la perra, en la proa de la
barca, y gritó:
-¡Aquí, Bielka!
Se vio claramente que la perra dio un tirón; pero la correa que llevaba
atada al cuello la arrojó atrás, hacia el interior de la barca. Llegó a
percibirse un ronco ladrido de indignación, ahogado por el ruido de las aguas.
Entonces Martemián sacó del cabestrillo el brazo herido, con la mano
izquierda apoyó el fusil sobre una rama, apretó el gatillo con la derecha y
resonó un disparo.
Markell dijo apresuradamente:
-No harás nada... déjalo, hay sacos.
De la borda sobresalían sacos terreros. A popa se movía el remo que
servía de timón, pero no se veía al hombre que la manejaba. Las balas no podían
alcanzarlo.
Los dos hermanos se desconcertaron por un instante. Su última esperanza
se derrumbaba.
La barca se acercaba a todo correr. Había que hacer algo en aquel
instante, enseguida, sin perder un momento.
Y he aquí que, por vez primera en decenas de años, los pensamientos de
los dos hermanos volaron en distintas direcciones.
El mayor, presuroso, se puso a cargar de nuevo la escopeta.
El menor se quitó el saco de cuero, lo levantó sobre la cabeza y gritó,
venciendo el estrépito del río:
-¡Toma las martas cebellinas, devuelve la perra!
En respuesta de la barca salió un tiro. La bala zumbó en el aire. La
embarcación se mantenía cerca de la otra orilla y pasaba ya por delante de
ellos.
Martemián apoyó la escopeta en la rama. Su cara tenía una expresión
terrible. Murmuró:
-¿Va a dar cachorros al ladrón? ¡Mentira! ¡No será de nadie!
Su brazo herido le obedecía torpemente, le impedía manejar con rapidez
la escopeta.
De un salto Markell se puso al lado de su hermano. Apartó la escopeta de
la rama y puso la suya en el mismo lugar, diciendo secamente:
-¡Cállate! Me encargo yo.
Apuntó con cuidado, como si enfrente tuviera una marta cebellina, -a la
fierecilla hay que tocarla en la cabeza para no estropear la valiosa piel.
Martemián clavó los ojos en la nívea figura de la perra atada a la
barca.
Bielka, poniendo tensa la estrecha correa, de pie sobre las patas
traseras y altas las de delante, se esforzaba por saltar hacia sus dueños.
Un instante más, y el entrañable amigo desaparecería tras el recodo del
río; quedaría para siempre en manos del odiado ladrón.
Retumbó el disparo junto al propio oído de Martemián.
Vio hundirse a Bielka con el hocico avanzado.
La barca desapareció.
Los dos hermanos permanecieron unos minutos inmóviles, mirando las olas
del río que corrían veloces hacia el otro lado del promontorio.
Luego el mayor dijo, indicando con la cabeza el brazo herido:
-Estrecha más las ligaduras.
De la herida manaba abundante sangre. Martemián sintió náuseas. Una
debilidad jamás experimentada se iba apoderando de su enorme cuerpo.
Cerró los ojos y no los abrió mientras el hermano le estuvo arreglando
el vendaje.
Lo que le torturaba, empero, no era la herida. Era el corazón, que no
podía acostumbrarse a la idea de haber perdido a la perra sin igual.
Sabía que su hermano también pensaba en la perra; abrió los ojos y le
miró.
Inopinadamente el ojo izquierdo de Markell se contrajo e hizo un guiño.
"¡Hasta hace muecas de dolor!", pensó Martemián, y de nuevo
cerró los ojos.
El brazo, apretadamente vendado, empezaba a dolerle con sordo dolor
animal.
Un fuerte rumor, procedente de la espesura, le hizo abrir los ojos otra
vez.
Vio ante sí el magnífico espectro de Bielka, diamantina en el arco iris
de las gotas de agua que se sacudía.
La perra acabó de zarandearse, se arrojó al pecho de Martemián, le lamió
la cara y se apartó de un salto para lanzarse sobre Markell.
Martemián permaneció un segundo inmóvil.
Luego se inclinó rápidamente y agarró con la mano sana el trozo de
correa que colgaba del cuello de Bielka.
En el extremo de la correa había como una mordedura circular, huella de
la bala.
El rostro velloso y tosco del viejo cazador se iluminó con una sonrisa
pueril, radiante de felicidad.
-¡Eres un águila... el disparo es perfecto! -dijo en voz alta.
Mas al instante se dominó: las palabras dichas ya eran superfluas, podía
habérselas ahorrado.
1937
1 La taigá (del ruso тайга taigá, y este probablemente del
yakuto тайга, todo territorio inhabitado, cubierto de vastos bosques;
espesura del bosque) o bosque boreal es un bioma caracterizado por sus
formaciones boscosas de coníferas, siendo la mayor masa forestal del planeta.
En Canadá se emplea bosque boreal para designar la zona sur del ecosistema,
mientras que taiga se usa para la zona más próxima a la línea de vegetación
ártica. En otros países se emplea taigá para referirse a los bosques boreales
rusos y bosque de coníferas para los demás países.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario