© Libro N° 13004. Orlando Inmortal. Segunda Parte. Paleteiro,
Manuel. Emancipación. Septiembre 28 de 2024
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Orlando Inmortal. Segunda Parte. Manuel Paleteiro
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Inmortal. Segunda Parte. Manuel Paleteiro
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reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
ORLANDO INMORTAL
Segunda Parte
Manuel Paleteiro
Orlando
Inmortal
Segunda
Parte
Manuel
Paleteiro
EX LIBRIS
Editado
en España
Agosto
de 2024
ORLANDO INMORTAL
Segunda Parte
Manuel Paleteiro
Primera
edición: agosto de 2024
Depósito
legal:
ISBN:
978-84-10474-08-6
Impresión
y encuadernación: Imprimelibros.com
© Del
texto: Manuel Paleteiro Ortiz
©
Maquetación y diseño: Manuel Paleteiro Ortiz
ORLANDO
INMORTAL
Segunda
parte
ORLANDO
INMORTAL
Segunda
parte
1
Pensé que
no era conveniente tele-portarme directa-mente desde Clermont a Mesina, capital
en la que había decidido vivir las próximas cuatro o cinco décadas, más que
nada por no aparecer de un día para otro en una ciudad de unos cuarenta mil
habitantes en la que todos se conocen, como si fuera un aparecido que ha
surgido de la nada, a quien nadie ha visto llegar y no saben ni cómo ni de
dónde ha venido, sino que, por el contrario, creí que debía hacer una entrada
pública, a la vista de todos, en su siempre concurrido puerto marítimo. Que-ría
que todos supieran que yo era un francés adinerado, nacido en Burdeos, que
había abandonado Clermont y había llegado en un barco negrero procedente de
Mar-sella; ya me encargaría yo durante la travesía de poner al corriente a
aquellos marineros que fueran más par-lanchines para que se encargaran de
chismorrearlo cuando llegáramos al puerto de Mesina, sin sospechar que tal cosa
me sería imposible debido a los aconteci-mientos que se producirían dos días
más tarde. Así pues, una vez tomada esta decisión, no tuve más reme-dio que
resignarme a hacer por tierra el más que incó-modo, más bien diría penoso,
viaje desde la boscosa Clermont hasta la marinera Marsella dado que, a falta de
caminos que dispusieran de una calzada por la que
1
se
pudiera rodar con mediana comodidad, durante los seis días que duraría el viaje
tendría que soportar el continuo zarandeo a bordo del que, con seguridad, sería
un pesado carruaje mixto de carga y pasajeros, sin ba-llestas amortiguadoras en
sus ruedas, teniendo que sal-var a duras penas las sesenta y dos leguas de
campo traviesa y de estrechas veredas rurales que llevaban hasta el gran puerto
marsellés, donde tomaría el primer barco que zarpara con destino a Mesina.
Como
quiera que mi inagotable bolsa de monedas de oro me permitía ser el hombre más
generoso del mundo, el día de mi partida le regalé mis dos carruajes, mi cuadra
con seis hermosas caballerías, y mi casa en-tera, con todos sus muebles dentro,
a Etienne Bou-chard, uno de mis mejores amigos auverneses, merca-der de oficio,
que unos días antes de mi partida había recibido la noticia de haber sufrido un
gran descalabro económico al perder en una tempestad dos de sus me-jores
barcos, que venían cargados de ricas especias de Indonesia y de costosísimas
sedas de la China, así como sus correspondientes tripulaciones, que se
aho-garon en las turbulentas aguas del océano Índico, en-contrándose en aquel
momento muy afectado moral-mente y estar pasando por una situación pecuniaria
bas-tante delicada. Luego alquilé los servicios de un co-chero, cuyo carruaje
mixto, apto tanto para el trans-porte de carga como el de pasajeros, esultó ser
un pe-sado y aparatoso vehículo de grandes dimensiones ti-rado por cuatro
robustos caballos bretones y cubierto
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por una
recia lona a fin de poder transportar mercancías y pasajeros a cubierto de la
lluvia. Así pues, el lunes 15 de diciembre de 1147, después de cargar aquel
carretón con seis enormes y pesados baúles que iban llenos con todos mis
libros, así como también con las armas de mis clases de esgrima, con todos mis
ropajes y con un sinnúmero de esas pequeñas obras de arte que solemos colgar de
las paredes de la casa o repartir sobre los muebles y que de verlas a diario
acaban pasándonos inadvertidas, pero que, de cuando en cuando, un día nos
fijamos en ellas como si las viéramos por primera vez y nos paramos un momento
a tocarlas o a contemplar-las, nos pusimos en marcha rumbo al sur, tomando el
camino de Aviñón.
Nunca
hubiera podido imaginar que un viaje como aquel, relativamente corto al hacerse
en tan solo seis jornadas terrestres y tres singladuras marítimas, que no
debería haber presentado ningún problema, hubiera re-sultado tan azaroso y tan
lleno de peligros.
A
continuación, narraré las cosas que ocurrieron du-rante el susodicho viaje, y
juzgue el lector si no es para pensar que, tanto en el carruaje como luego en
el barco, debíamos llevar a bordo a un gafe o cuando menos a un malasombra
perseguido por la mala suerte; y como quiera que, después de que el cochero me
dejara en el puerto de Marsella y se volviera con su carruaje a Cler-mont,
continuó acompañándonos la mala suerte, llegué a la conclusión de que el gafe
debía de ser yo mismo.
Como ya
os he dicho antes, salimos de Clermont con
3
el alba
del lunes día 15 de diciembre y en esa primera jornada, después de haber
recorrido sin novedad once leguas por un camino no demasiado malo, llegamos a
Brioude, donde nos alojamos en una hospedería muy vieja que parecía tener el
aspecto de haber sido una an-tigua caupona1 romana. La segunda jornada fue peor
en lo que se refiere al estado de los caminos, pues estuvi-mos más de la mitad
del trayecto dando tumbos hasta que, después de haber recorrido nueve leguas
escasas, cuando ya casi se ponía el sol, llegamos a Le Puy-en-Velay, donde nos
alojamos más cómodamente en una hostería de cierta calidad, al ser esta ciudad
origen del Camino de Santiago y acoger a muchos peregrinos.
Fue al
cubrir la tercera etapa, de Le Puy-en-Velay a Aubenas, cuando el cielo comenzó
a castigarnos con la mala suerte. Salimos temprano, después de hacer un buen
desayuno en la hospedería. Como en días anterio-res, había amanecido un día
luminoso. Aquel año tuvi-mos un mes de diciembre bastante templado. Llevába-mos
varios días con los cielos despejados y tampoco soplaba viento por lo que no
hacía mucho frío, y el poco que hacía era soportable. Tomamos el camino viejo
que llevaba a Coubon, una aldea situada una legua más al sur, en la margen
izquierda del río Loira.
El primer
percance ocurrió cuando ya el sol se había elevado unos cuarenta y cinco grados
sobre el hori-zonte, a una altura tal que nuestras sombras tenían casi
1 La caupona era una especie de hostal de
carretera para el alojamiento de viajeros en la Antigua Roma.
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la misma
longitud que nuestros cuerpos. Teníamos ya la aldea de Coubon a la vista y el
carretero dirigió el carruaje hacia el viejo puente de madera que cruzaba el
río y desembocaba a unos cincuenta metros antes de llegar a las primeras casas.
Al pie del puente, pero en la orilla opuesta, media docena de mujeres lavaban
sus ropas en el río, y en su parte central, apoyados en la barandilla, dos
hombres pescaban con cañas. Ocurrió que, cuando las cuatro corpulentas
caballerías bretonas pisaron el tablero del puente, oímos crujir la tablazón
bajo sus robustos cascos y vimos cómo los pescadores nos hacían viva y
desesperadamente señas con sus ma-nos de que no siguiésemos, pero cuando a
continuación entraron en el puente las dos ruedas delanteras del ca-rromato, el
crujido se convirtió en un inquietante chas-quido que hizo al cochero dar la
orden de detenerse a los animales a voz en cuello. Calculo que el conjunto
formado por el carro, la carga y las cuatro caballerías debía pesar entre
cincuenta y sesenta quintales, por lo que, siendo aquel un puente bastante
desvencijado, que debía tener más de dos siglos de existencia, no era de
extrañar que al ser sometido a tal peso se le hubiera roto algún soporte bajo
el tablero, o tal vez se hubiera que-brado su apoyo en el estribo. Lo cierto es
que, cuando el cochero ordenó a las bestias que dieran marcha atrás, lo que
quiera que fuese que se hubiese tronchado se acabó de partir, y al tiempo que
también se rompían varias tablas medio podridas del tablero, el carruaje se hundía
de golpe quedando atorado en el hueco que se
5
había
producido. El hundimiento del carruaje hizo que el cochero saliera despedido
del pescante, que volara por los aires y cayera al río en medio de un
estruendoso chapoteo. Pero ahí no quedó la cosa; para colmo de mala suerte, la
barandilla en la que se apoyaban los pes-cadores también se rompió y estos
cayeron al agua. Viendo a los tres hombres manotear desesperadamente intentando
mantenerse a flote, pero hundiéndose y emergiendo sucesivamente de las aguas
una y otra vez, enseguida me di cuenta de que ninguno de ellos sabía nadar. No
tuve otro remedio que descubrir mis poderes ante aquellos hombres y mujeres.
Conecté el cinturón del traje biónico que llevaba puesto bajo mis ropajes, y
desde la trasera del carruaje, donde me había aferrado a uno de los costados,
salté al agua, me zambullí, buceé hasta el cochero y, atrapándolo por las
piernas, lo elevé hasta que asomó casi todo el cuerpo por encima de la
superficie del agua. Recordaréis que os dije que el traje biónico me permitía
respirar bajo el agua, por lo que continué sumergido y, a gran velocidad, me
desplacé buceando hasta donde se encontraban los dos pescado-res llevando
sujeto al cochero por las piernas. Las la-vanderas debieron asombrarse de ver
al carretero puesto de pie sobre la superficie del río y desplazarse velozmente
por ella como si emulara a Jesús de Nazaret caminado sobre las aguas del lago
Tiberiades. Al llegar hasta los pescadores, también les abracé las piernas y
conduje a los tres hasta la orilla donde se encontraban las lavanderas. Una vez
puestos los tres a salvo, seguí
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sumergido
en el agua y volví buceando hasta la orilla donde se encontraba atorado el
carruaje. Afortunada-mente, los caballos no habían caído al agua; al estar
atados al tiro del carruaje, el peso de este los había de-jado inmovilizados
sobre el talud que formaba la orilla en aquel punto. Apoyando firmemente los
pies en el suelo del talud, aferré con fuerza la lanza del carromato y,
haciendo uso de mi extraordinaria fortaleza, la im-pulsé hacia arriba hasta
que, tanto los caballos como el carruaje, pudieron salir del agujero en el que
se encon-traban metidos, en el agujero que se había formado en el podrido
tablero del puente, y pudieron volver al ca-mino. Cuando los tres pescadores y
las seis lavanderas vieron aquel portento de fuerza hercúlea desde la orilla
opuesta, no daban crédito a sus ojos y, haciéndose cru-ces, se arrodillaron en
el cenagoso terreno y se pusieron a rezar un padrenuestro. Y para colmo,
estando ya el carruaje situado de nuevo en el camino de llegada al puente,
cuando vieron que me acosté sobre la lanza, y tocando con todas las partes de
mi cuerpo al carruaje y a los caballos, el carruaje desapareció ante sus ojos
para volver a aparecer tele-portado al otro lado del puente, una de aquellas
mujeres se desmayó y tuvieron que echarle agua del río en la cara para
espabilarla. Lo que siguió fue apoteósico. Aquellos hombres y mujeres
co-rrieron en el pueblo la voz de lo sucedido, diciendo que yo era un ángel
venido del cielo o, cuando menos, un gran mago que había estado más de media
hora bajo el agua sin respirar, que había salvado de ahogarse a los
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tres
hombres y transportado aquel pesado carro de una orilla del río a la otra, a
una tan alta velocidad que los ojos no habían podido seguir un movimiento tan
rá-pido, por lo que, cuando quisimos continuar nuestra marcha hacia el sur en
dirección a Aubenas, una gran muchedumbre nos lo impidió; todos los habitantes
de Coubon se habían concentrado a nuestro alrededor, arrodillándose al pie del
carruaje, haciéndose cruces y entonando cánticos religiosos. Tuvieron que venir
un cura y dos frailes armados de vergajos, quienes al com-probar que el cochero
y yo éramos personas normales y no teníamos alas como los ángeles, disolvieron
la ma-nifestación teniendo que descargar más de un vergajazo en las espaldas de
los más reticentes.
Durante
el resto de la jornada parece que nuestro mal fario nos dio un descanso y,
salvo que una de las ruedas del carromato había resultado seriamente dañada en
el accidente y la llevamos tambaleante durante el resto del trayecto,
teniéndola que reemplazar al llegar a Aube-nas, por lo demás no hubo ninguna
otra incidencia que fuese digna de mención.
Después
de la paliza que el cochero sufrió en el ac-cidente pues, además de todo lo
contado hasta ahora, también se había golpeado en un costado cuando salió
despedido del carromato, presentando un negro mora-tón y un fuerte dolor en las
costillas golpeadas, cuando llegamos a la posada de Aubenas le dije que aquella
noche descansara en una cama, que la carga que llevá-bamos era demasiado pesada
para ser robada y que no
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se
preocupara por ella, a lo que me respondió que él, como transportista, era
responsable de la seguridad de la carga y que su obligación era dormir cada
noche en el carruaje con unas cuantas cuerdas estratégicamente dispuestas, que
atadas a mis baúles y a sus pies, le avi-saran del movimiento de cualquiera de
ellos o la en-trada en la cuadra de cualquier intruso. Esta respuesta tan
honesta, añadida a lo sufrido en el accidente y a la fácil generosidad que me
proporcionaba mi inagotable bolsa, le valió ganarse unas cuantas monedas de oro
ex-tras que quintuplicaron el precio convenido para el transporte hasta
Marsella. Cuando llegamos a nuestro destino, el cochero estaba tan agradecido
por el regalo que insistió en que tomara nota de su dirección para que, si
algún día yo decidía regresar a Clermont, le es-cribiera y él vendría
gratuitamente con su carro a reco-germe a Marsella para llevarme a casa,
afirmando que mi espléndida generosidad había pagado con creces ese transporte
de vuelta.
En la
cuarta jornada cubrimos las doce leguas que van desde Aubenas a Orange,
resultando ser el más largo y el más movido de los cuatro, aunque con la
ven-taja de que rodábamos más deprisa al avanzar movién-donos cuesta abajo.
Afortunadamente, el campo de fuerzas de mi traje biónico hacía que me
resultaran ino-cuos los golpes que recibía mi cuerpo con los vaivenes de los
grandes baches del camino, pero no ocurría lo mismo con el cochero, que aquella
noche cayó tan ren-dido que a la mañana siguiente hubo que desatarle las
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cuerdas
atadas a sus pies y despertarlo cuando el sol ya asomaba un palmo sobre el
horizonte.
En la
quinta jornada teníamos previsto hacer de un tirón las once leguas que van
desde Orange a Salon-de-Provence, comiendo en el carruaje sin detener la
mar-cha, pero viendo al cochero tan cansado le ordené que se desviara hasta
Aviñón, que se encontraba a algo más de tres leguas de distancia, donde,
después de poner a buen recaudo el carretón, la carga y las caballerías,
al-morzaríamos y dormiríamos una siesta en una cama de alguna de las varias
casas de huéspedes que había en la ciudad, por ser esta ciudad nudo del
comercio y del paso de las caravanas de La Provence.
Encontramos
sitio en la primera fonda donde para-mos, una que se encontraba al pie del
camino, en las afueras de Aviñón, y aunque el aspecto que ofrecía no tenía muy
buena catadura, como quiera que nos evitaba tener que deambular callejeando por
el interior de la ciudad con aquel enorme carruaje tratando de encontrar otra
con mejor aspecto, así como también nos facilitaba la salida a la hora de
reanudar nuestro camino, y dado que tan solo íbamos a estar en ella el tiempo
de almor-zar y de dar una cabezada de una o dos horas, decidi-mos quedarnos en
ella.
Nos
recibió una pareja que dijeron ser matrimonio. Ella era una mujer rubia de unos
cuarenta años, algo metida en carnes, con grandes pechos y un abultado
tra-sero, al gusto de la época, que dijo llamarse Christine.
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Él se
llamaba Florián, era alto y corpulento, con gran-des manos y pies, ni un solo
pelo en la cabeza, una nube que le blanqueaba el ojo derecho, y una gran
cicatriz que desde la barbilla le cruzaba la cara hasta el ojo iz-quierdo
quedándole este medio cerrado. Nos exigieron pagarles por adelantado la
ocupación de las camas, la estancia del carretón y la de las caballerías en la
cuadra, así como nuestros dos almuerzos y una ración de paja para las bestias,
la consumieran o no. No me pasaron desapercibidas las miradas que ambos le
dirigieron a mi abultada bolsa a la hora de pagarles por adelantado, por lo que
rápidamente la oculté a su vista para evitar malas tentaciones.
Después
de comer, obligando al cochero a que se ol-vidara de la carga y descansara en
un catre, nos alojaron en un dormitorio con dos camas. Nos acostamos vesti-dos
y, antes de contar hasta diez, el cochero comenzó a roncar. Yo cerré los ojos y
dejé mi mente en blanco tra-tando de aislarme de los ruidos del exterior, como
me había aconsejado Suriel y como venía haciendo cada día desde aquel día en el
que me resucitó hacía ya tres-cientos setenta años. Cuando todavía no había
entrado en ese estado de obnubilación en el que cada día me mantengo durante
una hora escasa, oí crujir levemente las bisagras de la puerta del dormitorio,
entreabrí el párpado de un ojo y pude ver a Christine que entraba, dejaba la
puerta entreabierta y se dirigía hacia mi cama. Al llegar hasta mí, levantó las
ropas de la cobertura, se introdujo en la cama, se acostó a mi lado, me abrazó
y
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comenzó a
besarme en los labios y a buscar mi lengua con la suya. Recordaréis que os dije
que, desde el mismo día que Suriel me resucitó, mi libido había des-aparecido,
cosa que durante muchos años estuve echando de menos, pero que terminé
justificándola pensando que la sabia Naturaleza se negaba a transmitir unos
genes inmortales y con unos poderes tan extraor-dinarios. Durante un momento,
quizás porque aquellas caricias me traían viejos recuerdos de cuando yo amaba a
las mujeres, me dejé hacer, pero enseguida vi entrar en la habitación a Florián
quien, creyéndome distraído y entregado por entero a hacer el amor con su
mujer, se dedicó a registrar la mesita de noche, los cajones de la cómoda y
cada uno de los rincones y recovecos de la habitación. Es seguro que buscaba mi
bolsa y, como quiera que no la encontrase, pensó que debía llevarla atada a mi
cintura, como así era, y se dirigió hacia mí. Al llegar a la cama le hizo un
gesto a Christine para que se fuera y, una vez que esta se hubo escurrido fuera
de las sábanas, Florián quitó las ropas de cobertura de un fuerte tirón,
extrajo un puñal de su funda y, empuñán-dolo con ambas manos, me descargó una
puñalada que iba dirigida al corazón. Antes de que el golpe fuera re-pelido por
el campo de fuerza de mi traje biónico, le agarré en el aire sus antebrazos con
mis dos manos y los apreté más y más hasta que el doloroso lamento que aquel
matón lanzó al aire se mezcló con los crujidos que emitían sus huesos al quedar
destrozados sus dos
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cúbitos y
sus dos radios. Tras las quebraduras ocasio-nadas, un empujón dado a los
antebrazos rotos lanzó al facineroso Florián rodando por el suelo los cuatro o
cinco pasos que lo separaban de la puerta. Como pudo, Christine lo levantó del
suelo, sin que él pudiera ayu-darla en lo más mínimo al tener ambos brazos
rotos, inutilizados y colgando a ambos lados del cuerpo, lo sacó de la
habitación y cerró la puerta tan suavemente como la había abierto, como si allí
no hubiera ocurrido nada. El cochero, que no se había enterado de nada,
continuaba durmiendo plácidamente, habiendo estado durante todo el tiempo que
duró aquel acontecimiento acompañándonos con sus plácidos y rítmicos
ronqui-dos. Dos horas más tarde, al marcharnos, no vimos al matrimonio,
seguramente algún físico estaría tratando de recomponerle los huesos rotos,
pero sí que notamos las miradas de miedo y respeto que nos dedicaba la
pro-terva fauna humana que habitaba aquella posada.
Se nos
hizo de noche cuando aún nos faltaba algo más de una legua para llegar a la
villa de Salon-de-Pro-vence, que por entonces aún era llamada la Villa
Sa-llonne, por lo que, durante las dos últimas horas, tuvi-mos que terminar de
recorrer el quinto trayecto a la luz de dos antorchas bien aceitadas que el
cochero llevaba preparadas en el fondo del carromato.
Confiando
en que, después del accidente del puente de Coubon y del episodio de la posada
de Aviñón, nuestra mala suerte se hubiera agotado, afortunada-mente, aquella
noche, después de convencer al cochero
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para que
durmiera una noche más en una cama, exi-miéndolo de toda responsabilidad en
cuanto a la segu-ridad de mis baúles, ambos pudimos reposar en uno de los
dormitorios de un figón de poca monta que se en-contraba perdido en mitad del
camino, a un cuarto de milla antes de llegar a Salon-de-Provence, yo durante mi
hora de relax, y el cochero, que debía ser hombre de conciencia muy tranquila y
por consiguiente de buen sueño reparador, estuvo roncando durante toda la
no-che, pese a que aquel lugar apestaba a estiércol, a aceite de freír quemado
y a que durante toda la noche estuvi-mos oyendo mugir a las vacas de algún
establo cercano.
Aún
faltaban más de dos horas para el amanecer del sábado 20 de diciembre cuando
nos pusimos en marcha en dirección a Marsella. Las ocho leguas que teníamos por
delante en nuestro sexto y último trayecto terrestre, las recorreríamos a mayor
velocidad que la que había-mos traído hasta entonces, ya que una buena parte
del final del trayecto había sido pavimentada no hacía mu-cho tiempo siguiendo
la misma técnica que los roma-nos habían empleado en la construcción de la vía
Agripa, que discurría desde Lyon hasta Arlés, en la que podríamos poner a los
caballos al trote y rodar en un pavimento firme y sin baches, pudiendo alcanzar
el puerto marsellés a primeras horas de la tarde.
Llegamos
al puerto de Marsella cuando la campana de un convento cercano tocaba a
vísperas. Encontra-mos a cuatro barcos amarrados a otros tantos norayes. Dos de
ellos eran galeras trirremes pertenecientes a la
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armada
carolingia que estaban dedicadas a patrullar el Mediterráneo y a combatir la
piratería berberisca, de-biendo estar la soldadesca repartida por la ciudad ya
que en su cubierta no se veía más que una media docena de soldados de guardia.
Los otros dos eran dos naves árabes y en ambas se observaba bastante actividad;
una de ellas era una coca2 de la que se estaban descargando ánforas de aceite
de oliva procedentes del sur de Al-Ándalus, y la otra era una urca3 de la que
se descarga-ban esclavos negros que, capturados en el interior de Angola,
habían sido comprados en el mercado de Luanda y habían sobrevivido a una penosa
travesía de cuatro mil seiscientas millas y a más de un mes de es-casísima
alimentación y de hacinamiento en la insalu-bre bodega del barco negrero,
habiendo muerto en el camino un gran número de aquellos infortunados cau-tivos,
cuyos cuerpos, arrojados al mar, habían servido de alimento a los peces.
Pedí
permiso para subir a bordo en ambos buques de carga para preguntarles a sus
capitanes si después de descargar en Marsella alguno de ellos se dirigía a
Me-sina. El capitán andalusí me respondió que, tras desem-barcar su cargamento
de aceite, cargaría doscientos quintales de plomo con destino a varios puertos
del
2 La coca (del flamenco kok) era una
embarcación de vela de casco trin-cado, o solapamiento, que apareció por
primera vez en el siglo IX, y que fue muy utilizada en el siglo XII, sobre todo
para el comercio marítimo.
3 Embarcación de gran anchura en su centro y
de unos cuarenta metros de largo, que tanto podía ser usada para el transporte
de mercancías como para la guerra. Fue utilizada durante toda la Edad Media y
hasta el siglo XVI.
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norte de
África, empezando por el de Túnez, siguiendo por el de Argel y acabando en el
de Tetuán. Cuando subí a la urca, en cuya proa lucía un hermoso mascarón
representando a la diosa romana Libertas, resultando bastante impropio para un
barco negrero, y en cuyas amuras se veía escrito en bellos caracteres árabes el
nombre de Al-boraní4. Su el capitán, llamado Yasir, me contó que había cargado
doscientas cuarenta «piezas de ébano»5 en el puerto de Luanda y que en la larga
sin-gladura de algo más de un mes que habían estado en el mar se le habían
muerto una treintena de aquellas «pie-zas», habiéndolas tenido que arrojar al
mar. Me dijo que descargaría a ciento cinco «piezas», que eran la mi-tad de los
que le habían llegado vivos, para ponerlos a la venta en el mercado de esclavos
de Marsella al día siguiente, domingo, y que la otra mitad los vendería en el
mercado de Roma. Así pues, como esa otra mitad de esclavos, a los que sumaría
los que no hubiera podido vender en Marsella, no los podría poner a la venta en
Roma hasta el próximo domingo día 28, acordamos que el lunes 22 zarparíamos con
destino al puerto de Me-sina, donde atracaríamos el viernes 26 a primeras horas
de la mañana, quedándole tiempo más que suficiente para llegar al puerto de
Ostia el sábado por la tarde y estar con su mercancía de carne negra en el
mercado de
4 Al-borani significa en árabe «Lugar por
donde sale el sol». De esta pa-labra derivan los nombres del mar y la isla de
Alborán.
5 Con el nombre de «pieza» solían calificar
los negreros a los esclavos, ya fueran estos negros o de cualquier otra etnia,
con los que traficaban. A los negros les añadían un epíteto y los llamaban
«piezas de ébano».
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esclavos
de Roma el domingo por la mañana.
Tras
despedirme del cochero, pagándole por su ser-vicio y añadiéndole las monedas de
oro que antes os he mencionado que le había prometido como premio a su
fidelidad y dedicación, cuando se terminó de izar a bordo el último de mis
baúles ya se nos había echado la noche encima, lo que me impidió dar un paseo
por la bonita ciudad foceana6 que tantas ganas tenía de cono-cer. El capitán
Yasir me asignó lo que él llamó eufe-místicamente un camarote, que no era más
que un cuar-tucho que quedaba situado a la espalda del timonel, en el alcázar
de popa, al que se accedía desde la cubierta, sucio, repleto de trastos y con
las maderas de sus pare-des podridas y cubiertas de salitre marino, en el que
se había instalado un estrecho catre y a su lado una estan-tería con tres
baldas, en las que había una decena de pequeños sonrientes monos disecados,
seguramente para venderlos como adornos en algún mercado o feria, así como un
enorme ejemplar de gorila, también em-balsamado y puesto de pie en uno de los
rincones. El taxidermista que lo había disecado había hecho un buen trabajo, lo
presentaba con la boca muy abierta, ense-ñaba dos grandes colmillos, pariendo
que rugía muy enfadado y me miraba con los ojos rojos de sangre, dándome la
impresión de que en cualquier momento se
6 El apelativo de Marsella es el de «ciudad
foceana» al haber sido fundada hacia el año 600 a.C. por marinos y mercaderes
griegos procedentes de Focea (en la península de Anatolia, en la actual
Turquía).
17
abalanzaría
sobre mí. Otros mil pequeños objetos se en-contraban dispersos por doquier en
aquel cuartucho, en el que tendría que dormir las tres noches que duraría la
travesía.
La
tripulación del capitán Yasir estaba formada por Uthal, su segundo de a bordo,
un tunecino musculoso y de grandes espaldas, que seguramente alcanzaba los
siete pies de estatura y pesaba más de un quintal; Ufa, el cocinero, un hombre
menudo y con cara de bona-chón; y otros seis marineros cuyos nombres no re-cuerdo.
Con un
ambiente frío y húmedo y un cielo cubierto de negras nubes, a media mañana del
lunes zarpamos con la pleamar y pusimos rumbo sureste. Gracias a la brújula,
que traída de China por los árabes hacía poco tiempo se había extendido por
Europa, ya no era nece-sario bordear la costa del sur de Francia y la costa
oeste de Italia para llegar al puerto de Mesina, sino que na-vegaríamos con ese
rumbo en mar abierto hasta el es-trecho de Bonifacio y, tras atravesarlo,
continuaríamos con el mismo rumbo directamente hasta Mesina cru-zando el mar
Tirreno, cubriendo así una singladura de quinientas setenta y cinco millas, en
lugar de las algo más de setecientas que hubiésemos tenido que hacer si-guiendo
la antigua navegación de cabotaje.
En el
capitán Yasir todo era mediano. Su mediana estatura no superaba los cinco pies
y medio; su mediana edad rondaría los cuarenta años; su mediana inteligen-cia
no le daba para que hiciera más de lo que había
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aprendido
en los veinticinco años que llevaba nave-gando desde que pisó por primera vez
la cubierta de un barco como grumete a los quince años; y su mediana cultura,
así como su menos que mediana sensibilidad, no le permitían apiadarse de la
carga humana que trans-portaba en condiciones infrahumanas. No se podía de-cir
de él que fuese una mala persona, pues por aquellos tiempos la cultura y los
conocimientos estaban relega-dos exclusivamente a los monasterios y, como
quiera que la sociedad medieval, entiéndase por sociedad me-dieval tanto el
campesinado, ya fueran estos libres o siervos, como los militares y la nobleza
no tenían más ley ni más forma de vida que la que le dictaba la reli-gión, y
como quiera que la Iglesia aprobaba la esclavi-tud como algo permitido por
Dios, nadie que poseía un esclavo, entre los que me incluyo, teníamos el menor
remordimiento ni el más ligero sentimiento de culpa; el cambio de mentalidad
ocurrida en mí interior en aque-llas fechas no se debió a un proceso de
reflexión, sino que fue el resultado de la catarsis provocada por mi
re-sucitación. Podríamos decir que, de cuando en cuando, Yasir tenía algún
rasgo de bondad y de humanidad, casi siempre manifestado con los miembros de su
tripula-ción, nunca con los esclavos con los que traficaba, a los que no
consideraba humanos sino tan solo mercancía. Sin embargo, se negaba a
desembarcar en las costas del golfo de Guinea y entrar en el interior de las
tierras de negros para capturarlos por la fuerza personalmente, argumentando
que tenía problemas de conciencia al
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verse
obligado a tener que matar a todos aquellos que se les oponían con sus
rudimentarias armas en la mano negándose a ser esclavizados, así como también a
sus mujeres y a sus hijos a fin de evitar que estos murieran de hambre al
faltarles el amparo de su hombre, que era quien cazaba y recolectaba los
elementos con los que cada día se alimentaba la familia, prefiriendo que ese
trabajo sucio lo hicieran otros; él tranquilizaba su con-ciencia limitándose a
comprarlos en los puertos africa-nos, una vez que ya habían sido capturados,
encadena-dos y conducidos en reatas por otros a los puertos de embarque, para
luego ser transportados en insalubres barcos y vendidos en los mercados
europeos. Tenía la bodega del barco acondicionada para transportar hasta doscientos
cuarenta cuerpos, haciéndolo en las mismas condiciones inhumanas que todos los
demás barcos ne-greros, es decir, acostados en las ochenta literas de tres
plazas instaladas en la bodega y con sus muñecas o to-billos aherrojados con
grilletes sujetos a las cuadernas del casco. El único detalle humanitario que
el capitán Yasir parecía tener con sus «piezas» era ir desencade-nándolos a lo
largo de toda la mañana, haciéndolos subir cada día a la cubierta en pequeños
grupos de diez o doce a fin de que pudieran defecar, beber agua y res-pirar el
aire puro del mar durante un rato, si bien esta-ban estrechamente vigilados por
dos marineros arma-dos, pese a que en mitad del mar no tuvieran a donde huir; y
digo que solo parecía ser un detalle humanitario porque, en las tres jornadas
que pude presenciarlo,
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hubo
veces que no pude evitar pensar que hacía aquello para reducir el número de
bajas que sufría en cada viaje, que según me dijo era de entre un diez y un
veinte por ciento.
Uthal, el
segundo de a bordo, este sí que era un ver-dadero malvado, que usaba su fuerza
y su brutalidad para hacer daño innecesariamente y para someter a los demás a
su voluntad. Era él quien tenía la llave maestra que abría los grilletes de los
esclavos y cada mañana debía entregársela a la pareja que le tocaba vigilar a
los grupos que subirían a la cubierta para desintoxicarse de la miseria y la
podredumbre que los devoraba en aque-lla siniestra bodega, haciéndolo de mala
gana pues, por él, los dejaría pudrirse en sus literas hasta que llegaran al
puerto europeo de destino. Él era quien cada día se encargaba de arrojar al mar
los cadáveres de aquellos que amanecían muertos en sus literas, habiendo unos
fallecidos por enfermedad y otros muertos por la tris-teza de verse amarrados
ya que, al ser hombres libres de la selva, eran incapaces de soportar el
confinamiento y la inmovilidad. Había veces que arrojaba al mar a los muy
enfermos, sin esperar a que hubieran expirado. Y no lo hacía porque se lo
hubiera ordenado el capitán, sino por pura diversión, pareciendo disfrutar como
un niño al cogerlos rodeándoles el cuello con una de sus manazas mientras con
la otra los cogía por el taparra-bos, los balanceaba y los arrojaba a la de
tres por la borda, para luego correr a asomarse, riendo a carcaja-das, por ver
si tenía la suerte de contemplar cómo aquel
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desgraciado
era devorado por algún tiburón.
22
23
2
A
mediodía del segundo día de navegación, cuando ya nos adentrábamos en el
estrecho de Bonifacio, los dos marineros vigilantes dieron por terminado el
asueto del último grupo de esclavos haciéndolos abandonar la cubierta y volver
a sus literas, donde, después de ser obligados a tumbarse en los camastros de
las literas, quedaron inmovilizados, con sus tobillos engrilletados a las
cuadernas del casco. Pero cuando aquellos dos marineros vigilantes subieron a
la cubierta y uno de ellos fue a entregarle la llave maestra de los grilletes
al segundo Uthal, esta no se encontraba en su faltriquera, donde decía haberla
guardado después de encadenar al último de los esclavos. El marinero dijo que
tenía la faltriquera rota y que debía habérsele caído en la bo-dega, por lo que
Uthal, después de abofetearlo por el descuido, le ordenó que volviera, que la
buscara y que no volviera hasta que la encontrara, pero con la poquí-sima luz
que entraba en la bodega debido a la ausencia de sol que provocaba el nublado,
aquel hombre la buscó por el suelo y en cada rincón durante un buen rato sin
dar con ella, llegando a ser la luz diurna tan escasa que el capitán, tras
comprobar que tenía la fal-triquera rota y que la llave debía haberse colado
por en-tre dos maderos del suelo de la bodega y haber caído en la sentina,
decidió que fuera buscada a la mañana siguiente, a plena luz del día y por un
número mayor de hombres.
24
Aunque no
había llovido en los dos días anteriores, el cielo seguía estando tan
encapotado de nubes que aquel día anocheció más temprano que de costumbre y
todos se fueron a sus catres y chinchorros en el mo-mento que debíamos estar
navegando a mitad de ca-mino entre los estrechos de Bonifacio y Mesina,
que-dando en la cubierta tan solo el timonel y el vigía que estaría de guardia
toda la noche. Como quiera que, pese a la fecha en la que nos encontrábamos, no
hacía nin-gún frío y soplaba una brisa bonancible que hacía avan-zar la urca a
no más de cinco o seis nudos, yo aún me quedé un buen rato en la cubierta
charlando con el vigía antes de irme a mi maloliente y tenebroso cuchitril, al
que el capitán llamaba camarote.
Después
de haber cubierto mi hora diaria de relax y encontrándome acostado y con los
ojos cerrados, escu-ché lo que me pareció ser un débil gemido seguido de un
fuerte golpe sobre el maderamen del suelo de la cu-bierta. Me sonó como si uno
de los dos, bien el piloto o el vigía, hubiera resbalado y se hubiera caído
gol-peándose contra la cubierta. No sé qué hora sería pues, aunque el camarote
disponía de un ventanuco a través del cual se veía el cielo, al estar las
estrellas ocultas por las nubes era imposible saberlo. La curiosidad y el ánimo
de ayudar en caso de que fuera necesario, hizo que me deslizara fuera del catre
y saliera a la cubierta para ver lo ocurrido. Cuando abrí la puerta de mi
cama-rote, que como os he dicho antes se encontraba a la es-palda del timón, me
llevé una más que desagradable
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sorpresa,
diría más, recibí un horrible sobresalto cuando a la luz de las antorchas que
iluminaban la cu-bierta vi al timonel y al vigía de guardia degollados y
tirados en el suelo, al pie de la rueda del timón, sobre un gran charco de
sangre. Formando un semicírculo al-rededor de los dos cadáveres, una treintena
de jóvenes esclavos negros, que al parecer se habían librado de sus grilletes,
habían salido de la bodega y se encontraban en la cubierta del Al-boraní, todos
ellos esgrimiendo espadas, puñales y hachas de guerra, que debían haber-las
tomado del arsenal del barco, todos ellos mirán-dome fijamente, pero sin
mostrarme ninguna animad-versión y sin hacer ningún gesto que diera lugar a
pen-sar que tuvieran intención de agredirme. Aquel san-griento espectáculo y la
pasividad de aquellos esclavos en lo que se refería a mi persona, me hicieron
pensar que a mí no me tenían como enemigo y que toda la tri-pulación debía
haber corrido la misma suerte que aque-llos dos desgraciados que tenía a mis
pies. Al parecer, aquella llave maestra no se le había extraviado al mari-nero,
sino que debió haberle sido hábilmente sustraída de su faltriquera por el
último esclavo al que engrilletó en la bodega quien, al tener la llave en su
poder, se ocupó de liberar a los demás durante la madrugada. To-dos ellos me
conocían de haberme visto en la cubierta las dos mañanas anteriores y debían
haberse dado cuenta de que yo era un pasajero que no formaba parte de la
tripulación. Los hombres de la selva desarrollan un fino instinto animal que
les advierte del peligro, y
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tal vez
fuese ese instinto el que les dijo que yo no era su enemigo, o quizás, gracias
a esa fina percepción de la que gozaban, intuyesen mis poderes sobrenaturales y
me consideraran un ser superior al que debían respe-tar.
Salí de
dudas de inmediato, cuando al no conocer su lengua me dirigí a ellos
telepáticamente y, tal como ha-bía pensado, ninguno se extrañó ni se asustó de
oír mi voz en el interior de su cabeza por lo que, cuando uno de ellos comenzó
a contestarme en su lenguaje hablado, deduje que debían considerarme un ser de
naturaleza divina que era capaz de hablarles directamente a sus cabezas y a sus
corazones sin utilizar las palabras, co-sas que solo los dioses son capaces de
hacer.
—«Estad
tranquilos —les dije mentalmente—, es-táis en vuestro derecho de hacer lo que
habéis hecho. Ningún dios os castigará por haber defendido vuestra libertad,
sino que, muy al contrario, el día que el dios al que adoráis os llame a su
seno os acogerá con alegría y premiará vuestra valentía. En cambio, los
espíritus de aquellos que os han privado de vuestra libertad y que hoy habéis
exterminado, serán castigados con la muerte por olvido; son mala gente que han
apestado la tierra a su paso y que durante sus vidas solo han provocado miedo y
dolor, sin haber aportado ningún beneficio a la Humanidad ni al mundo. Nadie
muere del todo mien-tras viva alguien que lo recuerde, pero a estos nadie los
recordará con el paso del tiempo; será como si nunca hubiesen existido».
27
—«¿Acaso
eres tú un dios?» —me inquirió en su ex-traño lenguaje aquel al que parecían
obedecer los de-más.
Si bien
sus palabras eran ininteligibles a mis oídos, las ideas que estas palabras
expresaban no solo se for-maban telepáticamente en mi mente con meridiana
cla-ridad, sino que además me llegaban complementadas con las emociones que, en
su estado más puro, mi in-terlocutor estaba sintiendo en el momento de
pronun-ciarlas. La telepatía no solo transmite ideas, sino que también
trasfiere emociones.
—«No, no
soy un dios, pero hace ya mucho tiempo que estoy al servicio de los dioses de
la Luna y ellos me han hecho algunos regalos maravillosos».
—«¿Te
refieres a los dioses de rostros blancos y de cuerpos tan brillantes y
plateados como la Luna llena, que pueden volar como pájaros sin alas, que
viajan en canoas voladoras y que sus cuerpos aparecen y desapa-recen a su libre
voluntad?» —volvió a preguntarme el mismo hombre, quedándome muy claro que, en
la des-cripción que hacía de los dioses de la Luna, se estaba refiriendo a los
uriatis con diáfana claridad.
—«Sí,
precisamente a esos dioses me refiero. ¿Es que los conocéis?».
—«Nosotros
nunca los hemos visto, pero nuestros ancianos nos cuentan que en tiempos muy
remotos es-tos dioses visitaron nuestra tribu. Nos dijeron que vi-vían en la
Luna y que venían a buscar una planta a la que nosotros llamamos bucanga. Y,
dime, ¿qué regalos
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son esos
que te han hecho los dioses de la Luna?».
—«Me han
dado, entre otros, el poder de llevaros a vuestras casas en un instante para
que podáis reuniros de nuevo con vuestras familias».
Esta
última respuesta mía debió parecerles tan sor-prendente que provocó un murmullo
de sorpresa y ad-miración en todos ellos.
—«¿Harías
eso por nosotros? —preguntó otra voz distinta».
—«Sí, lo
haré si así lo deseáis» —les respondí, ob-teniendo un emocionado sí colectivo
como respuesta.
Esta
última afirmación la hice sin estar plenamente convencido de ser capaz de
tele-portar un barco entero, con toda su carga y más de cien personas a bordo,
que debía pesar unos diez mil quintales; incluso llegué a pensar por un momento
en pedirle ayuda a Suriel, pero finalmente me decidí por hacer un primer
intento y, solo en el caso de que no pudiera conseguirlo, le pediría ayuda a mi
tutor uriati.
Aprovechando
que nos encontrábamos práctica-mente en el mismo meridiano que la capital
angoleña y por tanto también sería noche cerrada en Luanda, quise tele-portarme
yo primero con objeto de ver si su puerto se encontraba despejado de barcos y
de posibles testi-gos. No necesité más que un corto instante de tiempo para
salvar las mil leguas que separaban la urca negrera del puerto luandés y
comprobar que este se encontraba desierto; tan solo en un extremo de su muelle
se encon-traban amarrados dos barquitos de pesca, estando libre
29
el resto
y con hueco más que suficiente para dar cabida al Al-boraní. Al materializarme
de nuevo, ya de re-greso, en la cubierta de la urca, me encontré con que todos
habían caído postrados en actitud de adoración al verme desaparecer ante sus
ojos; seguramente, sin que-rerlo, les había confirmado que esto era lo que sus
an-cestros le habían contado que podían hacer los dioses de la Luna, habiendo
quedado todos ellos con sus rodi-llas, sus antebrazos y sus frentes clavadas en
la tabla-zón de la cubierta.
—«Alzaos
—les dije mentalmente—, jamás debéis humillar vuestro orgullo y vuestra
dignidad de hombres libres adoptando esa postura degradante, ni ante mí ni ante
nadie, por muy elevado que este se encuentre. No soy ningún dios, sino un
hombre de carne y hueso como vosotros; los dioses han sido inventados por
personas sin escrúpulo que se aprovechan del miedo y la igno-rancia que los
hombres sencillos tienen acerca del mundo que los rodea. Los dioses solo
existen en vues-tra imaginación, pero tened por seguro que, si los dio-ses
existieran, ninguno de ellos desearía ver a sus hijos humillados en su
presencia».
Al llegar
estas palabras a lo más profundo de sus mentes y de sus corazones, reveladas
precisamente por quien ellos consideraban que formaba parte de la divi-nidad,
su asombro, y también su desconcierto, se pu-sieron de manifiesto en los gestos
de sorpresa y en los cruces de miradas que se intercambiaron mientras se
alzaban lentamente del suelo.
30
—«Entonces,
¿a quién debemos dar gracias cada día por ver un nuevo amanecer y por obtener
nuestro sus-tento? —me inquirió, confundido, aquel que parecía ser el jefe».
—«Debéis
agradecérselo a nuestra Gran Madre Tie-rra que es la que hace nacer las plantas
que consumís y que también son las que alimentan a los animales que cazáis y de
los que os nutrís; debéis dar gracias cada día al aire que respiráis, pues él
os da la vida a través de vuestros pulmones; a las aguas de los ríos, que hacen
que vuestros cuerpos funcionen y no sean secados por el sol, y a las de las
nubes, que son las que riegan las raíces de las plantas, así como a nuestro
Gran Padre el Sol, que es quien las hace crecer con sus rayos vivifi-cadores
—les respondí—. Estos cuatro elementos, aire, tierra, agua y sol, deben ser
vuestros objetos de vene-ración y a los que debéis cuidar con la misma
dedica-ción y el mismo esmero, amor y respeto con el que cui-dáis a vuestros
hijos y a vuestros ancianos padres. Y, sobre todo, dedicad a los árboles mismo
respeto y ve-neración que a vuestros mayores, pues todos los seres que nos
movemos por el mundo dependemos de ellos ya que, además de darnos alimentos,
los árboles lim-pian el aire que respiramos y sostienen la vida sobre la
Tierra. Si cada vez que tomáis los frutos de un árbol os abrazáis a su tronco
con gran respeto y amor, y le agra-decéis de corazón su generosidad con
sentidas palabras de alabanza, él percibirá vuestro emocionado agradeci-miento
y os recompensará con nuevos y aún mejores
31
frutos. Y
si cuidáis y respetáis las aguas de los ríos, si no arrojáis basuras a sus
cauces y las mantenéis limpias y cristalinas, cuando las bebáis os resultarán
más dulces y más frescas. Y, si al bañaros en sus aguas lo hacéis con respeto y
les dedicáis palabras de alabanza, cuando vuestros cuerpos se sumerjan en ellas
sentiréis cómo os reconfortan y fortalecen. Las aguas siempre guardarán memoria
de vuestros buenos actos y os responderán dándoos peces más grandes y más
sabrosos. Recor-dadlo, no le prestéis la menor atención a las patrañas urdidas
por los hechiceros de vuestras tribus, que os quieren tener a su servicio,
sumisos y temerosos; haced lo que os digo y no necesitareis derribar árboles
para tallar sus troncos y convertirlos en tótems a los que re-zar, ni tendréis
que postraros en adoración ante ellos para pedirles que os den buen tiempo y
conseguir que la Tierra os proporcione buenas cosechas. No olvidéis mis
palabras. Y ahora sentaos todos agrupados en el centro de la cubierta porque
voy a intentar llevaros al puerto de Luanda».
Debo
confesar que, después de llevar más de tres-cientos sesenta años siendo un
filsolis, aún no conocía bien el alcance de mis poderes. Dudando aún de que
pudiera llevar a cabo la tele-portación de todo el barco, me quité las ropas
que llevaba puestas y las arrojé al suelo con la intención de que el efecto de
mi cinturón uriati no se viera estorbado por nada, provocando que, al quedarme
tan solo vestido con el traje biónico y mos-trar su blancura y su brillante
luminosidad, del abultado
32
grupo de
negros se elevara un murmullo de admiración y sorpresa al reconocer el mismo
aspecto del que le ha-blaban sus antepasados cuando se referían a la
vesti-menta de los dioses de la Luna. No nervioso, pero sí algo preocupado
temiendo posible fracaso, cerré los ojos, rememoré el puerto de Luanda,
volviendo a ver en mi imaginación aquellos barquitos de pesca, y traté de
imaginar a la urca negrera amarrada a dos de sus norayes y ocupando el espacio
que quedaba libre en el centro del muelle. Aún no había evocado el deseo de
trasladarme, o al menos no lo había hecho en forma consciente, cuando noté ese
ligero vahído que se siente al hacer la tele-portación; y, cuando abrí los
ojos, un segundo rumor volvió a elevarse en el aire, pero esta vez, lo que
empezó siendo un murmullo, acabó siendo una algarabía de risas, besos y
abrazos. Tal y como lo había imaginado un momento antes, nos encontrába-mos
amarrados a dos norayes del puerto de Luanda. Todos se pusieron de pie,
reconocieron el lugar donde se encontraban, y se acercaron a mí. Unos me
tocaban las manos, otros me acariciaban la cara y otros muchos me abrazaron
mojándome con sus lágrimas. Después de un rato, fueron de uno en uno
despidiéndose de mí tomando mi mano y besándola, bajando del barco feli-ces y
sonrientes, pero en silencio, y cuando todos se hubieron agolpado al pie del
casco, me dieron un úl-timo adiós agitando en el aire sus brazos, me dedicaron
unas amplias sonrisas con sus blancas dentaduras, que resplandecieron
brillantes a la luz de la luna, cruzaron
33
como
negras polillas las manchas de luz que las antor-chas proyectaban sobre el
suelo del muelle y se perdie-ron fundiendo las negruras de ébano de sus cuerpos
con las sombras del puerto.
Tras
estos acontecimientos, volví a tele-portar la Al-boraní al mismo punto del mar
Tirreno en el que se en-contraba en su ruta a Mesina antes de la tele-portación
a Luanda. Con el fin de llegar a Mesina a media mañana del día siguiente, tal
como estaba previsto, a partir de aquí fui haciendo navegar a la urca
impulsándola men-talmente a la misma velocidad con la que había venido
navegando. Como quiera que aún no había tenido oca-sión de ver los cadáveres de
la tripulación, fui a echar-les un vistazo y los encontré tal y como los había
ima-ginado. El capitán Yasir se encontraba en su cama con el cuello abierto y
una puñalada dada en pleno corazón; aquellos hombres negros estaban
acostumbrados a ma-tar animales y sabían herir en los puntos más vulnera-bles a
fin de quitarles la vida sin hacer sufrir a la víc-tima. Ufa, el cocinero, y
los demás miembros de la tri-pulación solo estaban degollados limpiamente,
pare-ciendo que habían muerto de manera instantánea, sin sufrimiento alguno.
Sin embargo, en el cadáver de Uthal sí pude observar una alta dosis de
ensañamiento pues, además de haber sido degollado, le habían arran-cado los
ojos de sus órbitas, le habían cortado la lengua, la orejas y la nariz, y su
cuerpo aparecía desnudo de cintura para abajo, pero sin los genitales, que
también habían desaparecido; tal vez le hubieran hecho estas
34
mutilaciones
siguiendo algún ritual encaminado a que no pudiera acceder al Paraíso tras su
muerte o para que su espíritu no pudiera ver, oír, oler, gustar ni hacer el
amor, y que anduviera errante por el ultramundo. Los dejé donde estaban para
que así los vieran las autorida-des mesinesas cuando subieran a bordo a
inspeccionar el barco después de que denunciara el caso al llegar al puerto.
Ya os
dije que no quise tele-portarme desde Cler-mont a Mesina porque deseaba que los
mesineses me vieran hacer una entrada en el puerto, con el fin de que nadie
pensara que había llegado a la ciudad como por arte de magia; quería dejarme
ver al llegar al puerto, pero nunca hubiera pensado que la entrada que tuve
fuera tan espectacular y que me convirtiera en el blanco de las miradas de
todos los mesineses.
Llegué al
puerto a media mañana del jueves 25 de diciembre de 1147, pareciendo que el día
de Navidad fuera una constante en mi vida, pues en este día había vivido muchos
acontecimientos extraordinarios. Dado que era día de fiesta y nadie trabajaba,
encontré el puerto lleno de gente vestida de domingo que paseaba por sus
muelles. Y, como nunca fui marino y por tanto no tenía la menor idea de cómo se
atracaba un barco en un muelle, si bien podía haberlo atracado mentalmente,
quiero decir de igual forma que había venido movién-dolo durante la navegación,
al aproximarme al puerto y ver a tantísima gente, me puse al timón simulando
que lo iba pilotando, terminando por dejarlo atracado de
35
costado
al muelle, en la posición que me pareció más correcta, si bien estoy
completamente seguro de que debió llamar la atención de cuantos marineros y
gente de mar se encontraban en el muelle el hecho de que, siendo prácticamente
imposible que una sola persona pudiese manejar una urca de tan gran tamaño como
aquella y que la hubiera atracado en el muelle sin que en su cubierta no se
viera a nadie más que al timonel y a ningún otro marinero encargándose del
aparejo; lo cierto es que, cuando bajé del barco, me extrañó mu-chísimo que
nadie me pidiera una explicación de cómo había sido posible aquello. Así que,
una vez en el mue-lle, lo primero que hice fue pedirles a los soldados que
patrullaban el puerto que permanecieran junto a la rampa de acceso con el fin
de impedir que nadie subiera a bordo, y que alguno de ellos corriera a la
comandan-cia del puerto y diera aviso a las autoridades.
No tardó
mucho en llegar un sargento, algo ya ma-yor, que parecía estar contrariado por
haberlo hecho ve-nir a toda prisa, tal vez pensando que se trataba de al-guna
necedad.
—Soy
Cósimo Rosso, el sargento del destacamento del puerto. ¿Quién sois vos y qué es
lo que ocurre que exige tanta urgencia? —me inquirió de mal talante.
—Mi
nombre es Orlando Vives y vengo de Cler-mont, en la Francia occidental. Me
embarqué en esta urca en Marsella…, pero creo que no debo contaros lo ocurrido
delante de tantos testigos —le respondí cuando vi que se amontonaba una
multitud de curiosos
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a nuestro alrededor—, lo mejor será que
subáis con-migo a la nave y os lo cuente todo al mismo tiempo que lo veáis vos
mismo.
Con el
ceño fruncido por el misterio y mirándome con desconfianza, el sargento subió a
la urca, si bien sus recelos le hicieron hacerse acompañar de dos sol-dados
como medida de seguridad. Lo llevé primero a la rueda del timón, donde vio los
cadáveres del piloto y del vigía; luego lo fui llevando de catre en catre y fue
mirando detenidamente los cadáveres del resto de la tri-pulación, observando en
qué forma había muerto cada uno de ellos y analizando con mirada de experto
cada uno de los detalles que estaban a la vista.
—¿Hay
más? —me preguntó con frialdad después de contemplar impasible durante un buen
rato el cadá-ver de Uthal.
—No,
sargento, este es el último.
—Y,
¿quién o quiénes son los autores de esta ma-tanza? —me inquirió en un tono
inquisitorial, después de cubrir con la sábana el hueco que habían dejado en el
cuerpo de Uthal sus desaparecidos genitales.
—Supongo
que ha sido llevada a cabo por el más de un centenar de esclavos negros que
eran traídos a Me-sina por el capitán Yasir para ser vendidos en el mer-cado; y
digo que lo supongo porque no he sido testigo del hecho.
—Y ¿dónde
están esos esclavos?
—Han
desaparecido
—¿Desaparecido
en alta mar?
37
—Es
inexplicable, pero así ha sido.
—Y a vos
¿por qué no os han hecho ningún daño?
—Supongo
que habrá sido porque, al no formar yo parte de la tripulación y ser un simple
pasajero, no me han considerado su enemigo.
—Suponéis
demasiadas cosas, señor Orlando, pero las suposiciones no me sirven de nada.
Quiero certezas. Además, ¿cómo ha llegado un barco de estas dimensio-nes al
puerto si tan solo vos lo tripulabais? Debéis ser un excelente marino.
—Sargento
Rosso, creedme, tengo un sueño muy pe-sado y no me he enterado de nada de lo
ocurrido. Cuando me he despertado esta mañana y he salido de mi camarote, he
descubierto que toda la tripulación ha-bía sido muerta en sus catres y que los
esclavos, que durante las dos primeras singladuras los había estado viendo
pasear por la cubierta durante las mañanas, ha-bían desaparecido. Puede parecer
que es cosa de bruje-ría, pero le estoy diciendo la pura verdad. Tal vez esta
urca haya sido abordada en silencio durante la noche por algún otro barco
negrero, y puede que hayan sido estos los que han acabado con la vida de todos
estos marineros que veis aquí, y puede que después hayan trasladado los
esclavos a su barco, no sé qué decirle, sargento, ya le digo que yo he estado
durmiendo toda la noche y no me he enterado de nada. Sargente, ob-servo que
estáis escuchándome con un gesto de descon-fianza en vuestro rostro, pero como
podréis compren-der, sería de todo punto imposible que un solo hombre
38
pudiera
haber hecho esta escabechina y además haberse deshecho de los cuerpos de más de
cien hombres, a los que tendría que haber ido desencadenando uno por uno para
luego arrojarlos al mar. No se me ocurre qué otra explicación darle a lo
ocurrido, a no ser que vos tengáis otra más plausible. Además, sargento, tengo
que deci-ros que no solo que no soy marino, sino que no tengo la más remota
idea de náutica, y que aquello que seña-labais antes de cómo había llegado el
barco al puerto es otro misterio insondable. Durante las pocas horas que el
barco ha tardado en alcanzar el puerto de Mesina, lo ha hecho por sí mismo,
navegando en soledad y sin mi intervención, como si lo hubieran estado
gobernando los espíritus de su tripulación muerta.
—Está
bien, aceptaré que sois un inocente dormilón, que no os habéis enterado de nada
de lo ocurrido y que el barco ha llegado hasta el puerto de Mesina pilotado por
los espíritus de la tripulación muerta, pero hasta que los jueces aclaren este
asunto os prohíbo que os au-sentéis de Mesina.
—No os
preocupéis por eso, sargento Rosso, no es-toy de paso en Mesina, sino que he
venido acompañado de un voluminoso equipaje para quedarme a vivir en ella.
Debo
aclarar al lector que por aquellas fechas, des-pués de haber sido instituido en
1130 el reino de Sicilia por Roger II de Altavilla, ocupando no solo la isla,
sino también toda la mitad sur de la península italiana hasta
39
limitar
por el norte con los Estados Pontificios y con el Ducado de Espoleto, tras
diecisiete años de férreo go-bierno angevino, Mesina al fin, en 1147, había
dejado de ser el nido de piratas sarracenos que había venido asolando el
comercio marítimo tanto en el mar Tirreno como en el Jónico, llevando ya todos
estos años la vida ciudadana desarrollándose en perfecto orden. Esta era quizás
la más poderosa de las razones por las que, aun-que mi apariencia externa fuera
la de un treintañero, un viejo como yo, cuyos huesos ya tenían trescientos
se-tenta años de edad, se había mudado a Sicilia buscando paz, tranquilidad y
una vida más sencilla, que no son más que las dos cosas que buscan los viejos.
Es por esto que esta vez compré una casa en el campo, no muy le-jos de la
ciudad, pero en el campo, a tan solo media legua escasa hacia el norte,
emplazada en los altos de Spartá y mirando al mar Tirreno, quedando lo
suficien-temente alejada de Mesina como para que no me lle-gara ni el bullicio
ni el ajetreo de la que por entonces era un importante nudo de comunicaciones
marítimas en cuyo puerto desembarcaban continuamente marine-ros genoveses,
tunecinos, marselleses, romanos y na-politanos, todos ellos hombres jóvenes y
con ganas de diversión. Se trataba de una casa rural de dos plantas, situada en
la margen izquierda del camino que bor-deaba toda la costa norte de la isla
hasta Palermo, cuyas fachadas estaban labradas con blancos mampuestos de
piedras calizas, quedando como una edificación aislada que se ubicaba en la parte
delantera de una parcela de
40
amplias
dimensiones y que, tanto por su aspecto exte-rior como por su distribución
interior, recordaba a una antigua villa romana. Disponía de un vestíbulo,
seguido de un primer patio con un pequeño estanque, que bien podría pasar por
ser un atrio con un impluvio, y un se-gundo patio al fondo, que era más grande
que el pri-mero, estaba porticado y contaba con una piscina, que podría pasar
por ser un peristilo. La parte delantera de la parcela se encontraba ajardinada
y la trasera, como de una media hectárea de extensión, estaba destinada a
huerto y a árboles frutales. La compré el segundo día de llegar y la habité en
menos de una semana, después de haberla amueblado y de haber comprado una
amplia carroza con dos buenas caballerías de tiro y otros dos caballos de monta
con sus correspondientes sillas y arreos. Contraté a un mayordomo, a un cochero
que también era jardinero y sabía mucho de agricultura, y a tres mujeres algo
mayores como criadas, de las que una de ellas, según me dijeron y pude
comprobar algo más tarde, era una de las mejores cocineras de Mesina. Y,
después de todo este gasto, mi bolsa mágica continuaba amaneciendo cada mañana
con seiscientas sesenta y seis monedas de oro, sin que este número jamás se
hu-biera mostrado diabólico en los trescientos setenta años que llevaba dicha
bolsa en mi poder, sino que, por el contrario, había servido para ayudar a
mucha gente ne-cesitada, lo que venía a confirmar que el dinero puede ser un
invento tanto divino como diabólico, en función del uso al que se destine.
41
Casi dos
meses más tarde fui llamado por el juez, por primera y única vez, para declarar
sobre el caso de la matanza del Al-boraní y la misteriosa desaparición de su
carga de esclavos africanos, dando el magistrado el caso por sobreseído al no
haber ninguna prueba aclara-toria del suceso, después de haberse comprobado que
la urca zarpó tres días antes del puerto de Marsella y que no había atracado en
ninguno de los puertos de Córcega o Cerdeña donde hubiera podido haber
descar-gado a los esclavos; el magistrado entendía que resul-taba materialmente
imposible para un solo hombre ha-cer desaparecer a más de cien esclavos sin
dejar ningún rastro. A partir de entonces, nació la leyenda popular del
misterio del Al-boraní, el barco negrero fantasma que un día de Navidad llegó
navegando por sí solo al puerto de Mesina con toda su tripulación degollada y
su carga de esclavos africanos desaparecida sin dejar el menor rastro. La urca,
convertida en una especie de barco maldito al que no solo nadie se acercaba,
sino que ni siquiera osaba dedicarle una mirada, quedó atracada en el muelle
durante muchas décadas hasta que las ma-deras de su casco se pudrieron y hubo
que remolcarla hasta alta mar, donde se abandonó a su suerte para que se
hundiera, pues nadie se atrevió nunca a subir a bordo por miedo a las almas en
pena de los marineros muertos y a los espíritus malignos de los que los
asesinaron que, según decían, aún seguían habitando en su interior. La leyenda
cuenta que el Al-boraní aún sigue navegando en solitario y que, de cuando en
cuando, cuando algún
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barco se
cruza con la urca fantasma en alta mar, la tri-pulación debe rezar tres
padrenuestros y tres avemarías si no quieren que los espíritus malignos que lo
hacen navegar les echen encima una tormenta que lo mande a pique.
Liberado
de esa carga judicial, ya podía comenzar a disfrutar de la elevada posición
social que me propor-cionaban mis abundantes e inagotables monedas de oro y
llevar una vida tranquila en la Mesina medieval, en la que los señores
reafirman su poder manteniendo a la población en estado de idiotez mediante el
vino de las tabernas, las prédicas desde los púlpitos de las iglesias dadas por
sacerdotes que no ven más allá de sus nari-ces, y las justas y los torneos, a
los que acude el pueblo en masa y en los que se aceptaban apuestas. Así pues,
lo primero que hice fue pedirle audiencia a Edmundo, el conde de Sicilia, que
por entonces era la autoridad competente en la ciudad; lo protocolario era que,
al lle-gar a la ciudad y comprarme una casa para vivir en ella permanentemente,
como un nuevo ciudadano de posi-ción elevada, debía presentarme a quien
ostentaba el poder para presentarle mis respetos y ofrecerme a él para cuanto
pudiese necesitar de mí.
Me
recibió en una de las salas del palacio, sentado ante una mesa, mientras un
criado le avivaba las brasas del brasero que tenía a sus pies y su mayordomo le
ser-vía un refrigerio.
—Os
agradezco de todo corazón vuestro ofreci-miento, maese Orlando —me respondió,
después de
43
presentarme
a él y ofrecerle poner a su servicio mi tiempo y mi fortuna—. Veo que sois
hombre de buen gusto —añadió, en tono de halago—. Creo que habéis elegido para
vivir el mejor paraje de Mesina; la vista al mar que disfrutáis desde ese lugar
es muy hermosa. Pero decidme, ¿cuál es el motivo real que os ha traído a vivir
en nuestra ciudad?
—Vengo de
Clermont, donde los avatares de la po-lítica y el papado no dejan vivir
tranquilos a los ciuda-danos. He venido a Mesina buscando la paz y la
tran-quilidad que al fin ha conseguido nuestro señor Roger al acabar con la
piratería.
—Sí, eso
es cierto, al fin se vive con tranquilidad en Mesina —me respondió, si bien
continuó con su inte-rrogatorio—. Tengo entendido que sois un hombre muy rico,
pero viniendo de Francia he de preguntaros si vais a dedicaros a alguna
actividad lucrativa o pen-sáis vivir de vuestras rentas.
—Soy
persona activa, conde, y siguiendo el consejo de nuestro señor Jesucristo, me
gusta enseñar al que no sabe. Así que pienso abrir una academia y enseñar a
leer a los siervos y a los campesinos. Creo que, si am-plían sus conocimientos
sobre el mundo que los rodea, serán personas más felices y sus trabajos ganarán
en calidad.
—En eso
os equivocáis, Orlando, y no os aconsejo que hagáis tal cosa; para que
disfrutéis de la paz y la tranquilidad que tanto ansiáis necesitáis mantener al
vulgo en la ignorancia. No olvidéis la frase del satírico
44
Juvenal:
«panem et circenses»7. Mientras mantenga-mos al pueblo distraído con verbenas y
torneos, incapaz de tener conciencia de sus carencias, los errores que
co-metamos los que mandamos pasarán desapercibidos. Al villano hay que
mantenerlo incapacitado para pen-sar, solo así podrá creer todo aquello lo que
le digamos, por muy disparatado que sea; si lo despertáis y lo ense-ñáis a
pensar, habréis perdido la única garantía de se-guridad que necesitáis para
mantener vuestra seguridad personal y conservar íntegro vuestro patrimonio.
—Eso que
decís parece algo egoísta y no suena muy cristiano.
—¿Eso
creéis? Dios no nos ha creado a todos igua-les, a unos nos ha hecho líderes y
dirigentes, mientras que a otros los ha destinado a ser siervos y campesinos; a
los siervos les ha dado la mansedumbre necesaria para obedecer fielmente a sus
señores; a los campesi-nos los ha provisto de cuerpos resistentes para el duro
trabajo del campo, capaces de soportar las inclemen-cias del tiempo; y a
nosotros, los que los mandamos y los gobernamos, nos ha dado la inteligencia y
la astucia necesarias para mantener el equilibrio de este estado de cosas.
Recordad que el evangelista Mateo pone en boca del propio Jesucristo la frase
de «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Así pues,
de-jemos que las leyes de Dios y de la Naturaleza sigan su curso.
7 La frase «Pan y espectáculos de circo»
viene dada como la manera de hacer olvidar al pueblo romano su derecho a
participar en la política.
45
3
Aunque
mis condiciones físicas seguían siendo las de un joven de treinta y tantos
años, el mucho tiempo que llevaba ya vivido me pedía, como a cualquier viejo
saciado ya de vida, alejarme de la gente, del bullicio y de los eventos
sociales en busca de paz y sosiego. No obstante, hice algunos amigos, no
muchos, pero algu-nos de ellos, como Antonio Giuliano y Ángelo Marine-lli, eran
de pensamiento tan avanzado que, amándose apasionadamente el uno al otro,
cierto día, desafiando a las críticas despectivas e incluso agresivas que
reci-birían de la puritana y acomodada sociedad mesinesa, decidieron acogerse a
la adelfopoiesis8, la antigua ce-remonia eclesiástica que aún estaba vigente
desde cuando en siglos pasados la Iglesia aceptaba la homo-sexualidad, mediante
la cual el arzobispo unía a dos hombres o a dos mujeres en santa hermandad.
Accedí a
ser su padrino y la ceremonia se llevó a cabo el domingo 1 de diciembre de
1157, en la recién construida catedral de Santa María Asunta, por el obispo
Roberto III, de quien se murmuraba que vivía amancebado con un joven que decía
ser su sobrino y al que le llevaba más de veinte años.
Aquel
día, llegada la hora de la ceremonia, el obispo,
8 También llamada «fraternitas iurata», era
una ceremonia practicada por
varias
iglesias cristianas de Europa, durante la Edad Media e inicios de la Edad
Moderna, para «hermanar» o «unir espiritualmente» a dos personas del mismo
sexo, generalmente varones.
46
en
solidaridad con los participantes o tal vez pensando ilusionadamente que era él
quien se había atrevido a unirse a su amante, ordenó echar al vuelo las
campanas de la iglesia mayor, haciéndose la ilusión de que eran volteadas en su
honor. Un hermano de Antonio y yo éramos los padrinos y fuimos los primeros en
entrar en el templo precediendo a los contrayentes que, vestidos con túnicas de
largas colas, que eran sostenidas por cuatro niños pequeños, avanzaron por el
pasillo central de la nave principal hasta el presbiterio mientras los
asistentes les arrojaban pétalos de rosas.
Ya en al
ábside, profusamente adornado de flores, el obispo los recibió de pie, junto a
un facistol dorado cuyo plano inclinado estaba presidido por una soberbia cruz
de plata maciza y sobre el que reposaba un volu-minoso ejemplar de las sagradas
escrituras primorosa-mente ilustrado. Siendo Antonio tres años mayor que
Ángelo, el obispo les indicó que debían permanecer de pie ante el atril y
tocando con las yemas de los dedos de sus manos las páginas del sagrado libro,
debiendo estar el mayor de los dos colocado a la derecha y el más joven a la
izquierda.
—Queridos
hermanos en Cristo —dijo el obispo, dando comienzo a su prédica—, hoy estamos
aquí reunidos para celebrar el amor de dos personas espe-ciales que, superando
obstáculos, han decidido unir sus vidas. Juntos construirán un camino hermoso,
sólido y lleno de amor incondicional. Cada uno de los pasos que den juntos
representará una promesa de apoyo mutuo,
47
la de ser
compañeros en todas las situaciones y la de enfrentar los desafíos que la vida
les presente. Hoy, en este momento mágico, quiero recordarles lo especial que
son el uno para el otro. Su amor es una inspiración para todos nosotros, nos
enseña que el compromiso verdadero y la lealtad inquebrantable son la base de
cualquier relación que busque el éxito. En este día de celebración, quiero
hacer una pausa y recordar a aque-llos seres queridos que ya no están
físicamente con no-sotros, pero que siguen viviendo en nuestros corazones, y
que con sus bendiciones y su amor nos acompañarán siempre, especialmente en
ocasiones tan significativas como esta. Antonio y Ángelo, es nuestro deseo que
vuestra unión sea eterna, llena de alegría y de felicidad, y que vuestro amor
perdure para siempre, más allá de la muerte. Estoy seguro de que juntos
crearéis un futuro maravilloso y lleno de bendiciones. En nombre de to-dos los
presentes, os deseamos que vuestros corazones sigan rebosantes de amor y que el
camino que recorran juntos esté lleno de momentos memorables y felices.
Tras este
discurso, un acólito rodeó a ambos contra-yentes con un cinturón y los ató;
luego le puso a cada uno de ellos una vela encendida en su mano izquierda y les
dijo que volvieran a colocar su mano derecha so-bre los Evangelios. A
continuación, los asistentes reza-ron oraciones y letanías pidiendo que los dos
fueran unidos en el amor, y el obispo procedió a recordar a los asistentes
algunos ejemplos en la historia de la Iglesia de eterna amistad entre personas
del mismo sexo.
48
—Dios
todopoderoso, que lo fuiste antes que el tiempo y lo serás por todos los
tiempos, que te rebajaste a visitar a los hombres a través del seno de la
Virgen María, envía a tu santo ángel a estos tus servidores, An-tonio y Ángelo,
para que se amen el uno al otro al igual como se amaron tus santos apóstoles
Pedro y Pablo, Andrés y Jacobo, Juan y Tomás, Jacobo y Felipe, Ma-teo,
Bartolomé, Simón, Tadeo, Matías y los santos már-tires Sergio y Baco, así como
Cosme y Damián, no solo por amor carnal, sino por la fe y el amor del Espíritu
Santo, y que todos los días de su vida permanezcan en este santo amor. Por
Jesucristo, nuestro señor. Amén.
Seguidamente,
se leyeron los versos del discurso que hace San Pablo sobre el amor en la
Primera carta a los corintios y el discurso de Jesucristo sobre la unidad en el
Evangelio de San Juan. Se leyeron más oraciones y letanías, se rezó un
padrenuestro y los futuros herma-nos, Antonio y Ángelo, cogidos de la mano,
dieron vueltas alrededor del atril, intercambiándose besos en las mejillas,
mientras los asistentes cantaban salmos in-tercalando el tropo: «Señor, mira
desde el cielo y ve». Por último, el acto finalizó con los presentes cantando
el salmo: «Oh, ¡qué bueno y qué dulce es habitar los hermanos todos juntos!».
Desoyendo
los consejos que me dio el conde de Si-cilia, seguí mi vocación de enseñante y
volví a abrir una academia, que como siempre la destiné a instruir a los
siervos y al campesinado. No tuvo que pasar demasiado
49
tiempo
para tenerle que dar la razón al conde cuando, en aquella visita que le hice a
poco de llegar a Mesina, me advirtió que con mis enseñanzas convertiría a los
plebeyos en rebeldes e insumisos. Así fue como, el do-mingo de Ramos, 3 de
abril de 1160, uno de mis alum-nos, Adriano Sartori, un joven de veintitrés
años que era vasallo del conde, aprovechando que este había re-ducido el número
de soldados de su hueste al haberle prestado una buena parte de ella a nuestro
señor, Gui-llermo II, y que, por ser día de fiesta, todos los campe-sinos de su
feudo que eran usufructuarios de sus tierras, así como sus braceros, no había
acudido ese día a los campos, encontrándose en sus casas, promovió un
le-vantamiento en protesta por las abusivas condiciones del vasallaje, según el
cual, solo el señor podía poseer tierras y, a cambio de prestarlas en
usufructo, los la-briegos usuarios estaban obligados a guardarle fideli-dad
absoluta; a prestarle servicio militar; a cuidar de sus caballos; a entregarle
una buena parte de la cosecha que obtuvieran; a pagarle por el uso de la
panadería, de la herrería, del molino, de la leña que tomaran del bos-que para
cocinar y calentarse en invierno, así como por obtener su permiso para vadear
el río o para ir a pescar a sus orillas, además de tener que entregarle
obligato-riamente a la Iglesia un diezmo del diez por ciento de la cosecha que
obtenían, por muy escasa que esta fuera.
Aquel
Domingo de Ramos, Adriano Sartori y otros tres cabecillas, seguidos por medio
millar de agriculto-res y braceros, todos ellos acompañados de sus esposas
50
e hijos,
invadieron las calles de Mesina portando ollas vacías y pancartas que habían
sido escritas por aquellos que ya habían aprendido a escribir en mi academia,
en las que se decía que pasaban hambre mientras que los perros del conde se
alimentaban de las abundantes so-bras de las cocinas de su palacio. Las
procesiones de aquel Domingo de Ramos tuvieron que ser interrumpi-das y
volvieron a sus templos después de que Jesús, a lomos de la borriquita en la
entrada a Jerusalén y algu-nos apóstoles de la Sagrada Cena rodaran por el
suelo en medio de las refriegas que se produjeron con los sol-dados que las
custodiaban. Durante los siguientes días, las manifestaciones y refriegas
continuaron, los cam-pos fueron abandonados y, finalmente, el jueves el obispo
canceló el resto de las procesiones de la Semana Santa mesinesa de 1160.
El lunes
de Pascua, 11 de abril, varios millares de mesineses se concentraron frente al
palacio del conde de Mesina. Aquel gentío no solo estaba formado por los
usufructuarios de sus tierras, sino que, en solidari-dad con los campesinos,
también se habían sumado a la manifestación los tenderos, los taberneros y los
artesa-nos de la ciudad, así como sus respectivas familias y amigos. Jóvenes,
ancianos, mujeres y niños coreaban consignas no solo contra el conde de
Sicilia, sino contra toda la nobleza en general. Y, cuando la masa popular,
enardecida por las consignas llegó a los insultos perso-nales al conde y al
monarca, las puertas del palacio se abrieron y un centenar de soldados armados
de picas
51
salieron
y formaron una compacta línea, hombro con hombro, que avanzó hacia la desarmada
multitud hos-tigándola a punta de lanza. Finalmente, la manifesta-ción se
disolvió cuando algunos de estos soldados se envalentonaron y se excedieron en
sus hostigamientos hasta llegar a derramar la sangre de algunos manifes-tantes,
sin distinguir que estos fueran hombres, mujeres o niños.
Fue al
día siguiente, cuando una segunda manifesta-ción aún más numerosa que la del
día anterior, se con-centró de nuevo ante el palacio condal, pero esta vez la
gente no había ido con las manos vacías. Al compás de los gritos y las frases
de las consignas, varios cientos de cuchillos de cocina, estacas, rastrillos y
bieldos, se veían subir y bajar airadamente por encima de las ca-bezas de la
multitud. Por segundo día consecutivo se abrieron las puertas del palacio y
esta vez fueron tres centenares de soldados los que, protegidos por cotas de
malla y escudos, salieron al exterior empuñando lanzas y, sin mediar palabra, a
la orden de un sargento comen-zaron a masacrar a la población. Los cuchillos de
co-cina, así como los rastrillos y los bieldos de madera, se astillaban al
chocar contra los escudos de la soldadesca, mientras las lanzas penetraban en
los pechos y en los vientres de hombres y mujeres, que caían al suelo
vo-mitando borbotones de sangre o arrastrando sus intes-tinos por los suelos,
que eran pisoteados por los solda-dos en su implacable avance.
Cuando la
muchedumbre se retiró, en la dilatada
52
plaza que
se abría delante del palacio quedaron más de doscientos cadáveres y otros
tantos heridos de los que muy pocos sobrevivirían. Adriano Sartori y los otros
tres cabecillas fueron detenidos y llevados a presencia del conde quien, sin
juicio previo, ordenó que fueran decapitados de inmediato y que sus cabezas
fueran col-gadas del balcón principal del palacio para general es-carmiento.
Una
semana después del ajusticiamiento de los ca-becillas del levantamiento, recibí
la visita de un lacayo del conde de Sicilia que me entregó una notificación
para que acudiera al día siguiente a su palacio.
En esta
segunda ocasión, me recibió en la misma sala que la vez anterior, pero se
encontraba de pie dictán-dole a su secretario una lista de artículos variados
que debía comprar.
—Tomad
asiento, Orlando —me dijo señalando una de las sillas que rodeaban la mesa—.
¿Qué me decís de lo ocurrido?, ¿estáis ya convencido de lo perniciosas que eran
vuestras enseñanzas al vulgo? —me inquirió, sin ninguna acritud, mientras el
secretario terminaba de escribir lo último que le había dictado —. Habéis
po-dido comprobar con vuestros propios ojos que aquello que os advertí que
ocurriría ha ocurrido tal como os lo pronostiqué, ahora sabéis que no eran
imaginaciones mías sino la pura realidad. Os advertí de lo que pasaría y no
hicisteis caso. ¿Qué pretendíais enseñando a pen-sar a una caterva de siervos y
campesinos que han na-cido para servir a sus amos y para regar la tierra con su
53
sudor
mientras empujan el arado?
—Pretendía
sacarlos de su animalidad y hacer que sus almas fueran más humanas. Son tan
hijos de Dios como el más noble de los caballeros y tienen derecho a disfrutar
del mundo que el Creador nos ha dado.
—Dios no
nos da a todos los mismos destinos, sino que escoge escrupulosamente el
nacimiento de cada uno de nosotros. A unos nos trae al mundo en una casa noble
y acomodada, destinándonos a mandar, y a otros los hace nacer en una choza para
que sean mandados.
—Aunque
eso que decís fuera cierto, siempre sería discutible dado que en la Historia
hay grandes hombres que han nacido en una choza y han dirigido los destinos del
mundo, sirviendo como ejemplo de lo que digo el propio Jesucristo, que nació
pobre. Nuestro señor nos predicaba enseñar al que no sabe, así como también nos
exhortaba al cristiano ejercicio de la humildad, la mi-sericordia, la caridad y
la generosidad. A cultivar todo esto me dedicaba yo cuando los enseñaba a
pensar.
—El
corazón de nuestro señor Jesucristo era todo bondad y nunca tuvo en cuenta las
exigencias materia-les de la sociedad de su tiempo. Cuando hace once si-glos
Jesús predicaba que el esclavo y el rey eran iguales ante los ojos de Dios, no
pensaba que la economía del Imperio Romano se basaba en la mano de obra esclava
y, si realmente lo sabía y conocía el alcance de sus pré-dicas, lo hacía
desafiando al poder del emperador Ti-berio y conociendo cuales serían sus
consecuencias. Nuestro señor Jesucristo no fue crucificado por sus
54
ideas
religiosas, sino por ser un sedicioso que atentaba contra la seguridad del
Imperio. A día de hoy ocurre lo mismo que entonces; nuestra economía está
basada en la esclavitud, la servidumbre y el campesinado. Pilato demostró ser
un astuto político cuando le dio a elegir a la masa popular a quién prefería
salvar y esta le respon-dió que debía liberar a Barrabás y condenar al
naza-reno: el romano sabía muy bien que un pueblo igno-rante y manipulado
siempre prefiere pan y circo antes que verdad y justicia.
—Entonces,
decidme, conde, ¿qué queréis que haga?
—Os lo
diré con toda claridad, Orlando. Si vuestra vocación es la enseñanza, podéis
mantener abierta vuestra academia para siervos y campesinos, pero os
abstendréis de enseñarlos a leer y mucho menos ense-ñarles humanidades. A los
siervos les enseñareis las bondades y beneficios que supone, tanto para la
socie-dad como para ellos mismos, la obediencia ciega a sus superiores. A los
campesinos los ilustrareis en los con-tenidos de los textos antiguos de
agricultura y de cli-matología, en lo referente a la previsión del tiempo, pero
encaminando estas enseñanzas a que sus cosechas resulten más abundantes y de
mejor calidad. Resultaría muy apropiado que tomarais como texto básico para
vuestras clases la colección bizantina de veinte libros titulada Geopónica, dedicada
íntegramente a agrono-mía y agricultura; y si queréis leerles algo de poesía,
recitadles las Geórgicas de Virgilio, que también es un
55
texto muy
útil para los agricultores. A los herreros y a los armeros podréis
aleccionarlos en los secretos de las aleaciones de los metales y de la forja
del hierro. Podéis seguir impartiendo clases de esgrima a domicilio, pero
exclusivamente en casas de ricos comerciantes, ban-queros y terratenientes, así
como en las de hidalgos, ca-balleros, escuderos, infanzones y, por supuesto, en
las de la nobleza de toga, teniendo terminantemente prohi-bido enseñarle el
manejo de las armas a los plebeyos. Por último y muy importante, os advierto
que, para po-der enseñar cualquier materia en los palacios de la alta nobleza,
como príncipes, duques, marqueses o condes, deberéis obtener un permiso
especial del rey.
El severo
castigo sufrido por aquellos campesinos y siervos que se alzaron contra el
poder feudal, así como las limitaciones que me impuso el conde en mi activi-dad
de enseñante, me dejaron sin alumnos y me sumie-ron en una deprimente y a la
vez degradante inactividad que, cuando al cabo de casi dos años más me
impacien-taba y la echaba de menos, un gravísimo suceso vino a hacérmela
olvidar de nuevo.
Aunque
nunca descansaba y siempre se encontraba activo, desde mediados de enero de
1169, el volcán Etna había elevado el volumen de sus rugidos y venía haciéndolo
bastante más alto que de costumbre. Pese a encontrarse a quince leguas de
distancia al sur de Me-sina, notábamos sus continuos estertores en nuestros
pies cuando estábamos parados, o en nuestras manos si las apoyábamos en alguna
pared. No eran movimientos
56
violentos,
pero sí tenían la fuerza suficiente para hacer vibrar el agua de los vasos y de
las jarras colocadas so-bre las mesas y formar ondas en su superficie del agua
contenida en los pilones de los patios.
La
tragedia llegó tres semanas más tarde, el martes, 4 de febrero de aquel mismo
año de 1169, cuando aún no había amanecido y las campanas de las iglesias de
Mesina tocaban anunciando la hora prima9. Como digo, aún era noche cerrada y
soplaba un gélido viento del norte que arrastraba largos girones de nubes
grises que, como finos flecos, se cruzaban por delante del estrecho arco
luminoso que presentaba la Luna en su primer día de fase creciente, ensuciando
el cielo y ocultando las estrellas. Como quiera que la madrugada había sido muy
fría y había algo de escarcha, sobre los mojados ripios que pavimentaban los
suelos de las estrechas ca-llejas, comenzaron a oírse las rítmicas pisadas y
resba-lones de los cascos de las caballerías de aquellos cam-pesinos que
acudían a sus diarias faenas agrícolas en los campos cercanos. Poco después,
fueron los alegres y vivaces pregones de los lecheros, de los panaderos y de
los carboneros los que alegraron el alba, que ya cla-reaba sobre la costa
calabresa. Y, como cada día, las calles de Mesina se colmaron de gentes,
saturando el aire con los ruidos de la cotidiana actividad humana. Era la
víspera de Santa Ágata, la santa patrona de la vecina Catania, la vieja colonia
griega que se extendía a los pies del volcán, pero como quiera que algunas
9 Las seis de la mañana.
57
iglesias
de Mesina también homenajeaban a la santa, era costumbre en ambas ciudades que
la víspera lleva-ran a cabo un oficio religioso conocido como la «Misa de la
Aurora», que se celebrara justamente a la salida del sol y a la que acudían
muchos cataneses que vivían en Mesina.
El primer
temblor llegó cuando habían transcurrido los dos tercios de la hora prima y un
tímido sol ya co-menzaba a asomar tras la cumbre del Aspromonte. El inesperado
sismo comenzó moviendo los muebles de las casas, derribando los cacharros de
los estantes y ha-ciendo perder en las calles el equilibrio a las caballe-rías,
con el consiguiente espanto de las mismas, costán-dole a los jinetes, y sobre
todo a los cocheros y carrete-ros, Dios y ayuda poder dominarlas para que no
salie-ran corriendo en estampida por las calles. Los mesine-ses ya estaban
acostumbrados a estos frecuentes movi-mientos de tierra ocasionados por las
erupciones del cercano Etna y no le dieron más importancia que la de un susto
repentino e inesperado, pues a nadie le pareció que el volcán estuviera tan
activo como para enviarles un terremoto en toda regla. Pero no habían
transcurrido ni tres avemarías cuando vino una segunda sacudida, mucho más
intensa y de mayor duración que la ante-rior, que hizo que la vieja Mesina, con
veinte siglos ya a sus espaldas, se resintiera, abriendo algunas grietas en las
fachadas de las casas más nuevas y derribando un centenar de algunas de las más
viejas. Tras esta se-gunda y fuerte sacudida, en la que sucumbieron varios
58
centenares
de mesineses, el aire se llenó de gritos y la-mentos; la violencia del seísmo
no se correspondía con lo que los mesineses habían vivido en otras ocasiones,
según el comportamiento del volcán. Y, sin tiempo a reponerse de este segundo
golpe, llegó la tercera y de-finitiva sacudida. Fue como si el dios Neptuno,
hubiera descendido desde el fondo del mar hasta los infiernos de su hermano
Plutón y ambos colosos, desde el infra-mundo, hubieran ascendido a la velocidad
del rayo y golpeado a la isla de Sicilia en su base. El efecto resultó ser el
de un gigantesco ariete que de un solo y definitivo golpe hizo que todo saltara
por los aires. Las casas de adobe desaparecieron formando una densa nube de
polvo; las de ladrillos se abrieron en canal, dejando du-rante un instante a la
vista sus interiores para luego ser cubiertas por los tejados que cayeron a
plomo sobre las ruinas convirtiéndolas en surcos; y una gran cantidad de
aquellas que eran de piedra también fueron abatidas al ser sus basamentos escupidos
fuera de la tierra por la ciclópea fuerza telúrica de la onda de choque; en las
calles se abrieron por doquier oscuras e insondables grietas que se tragaron a
cientos de las personas y de los carruajes que por ellas circulaban en aquel
mo-mento; los árboles eran derribados como si una invisi-ble mano gigantesca
los barriera, quedando abatidos y con sus raíces al aire; en el puerto, las
aguas del mar parecían haber entrado en ebullición, haciendo subir a los barcos
hasta alturas de diez codos para luego dejar-los caer y ser tragados por los
grandes remolinos que el
59
sismo
formaba, pareciendo que fueran sorbidos por un fabuloso y gigantesco kraken. Se
vieron caballos que, galopando enloquecidos, arrastraban a gran velocidad
trepidantes carruajes cargados de personas o de mer-cancías, dejando tras de sí
un reguero de muertos y de heridos a su paso; vimos cómo cientos de casas
ardían al haberse prendido el fuego con las lámparas que aún permanecían
encendidas cuando llegaron las primeras sacudidas, y a decenas de personas
convertidas en an-torchas, con sus ropajes envueltos en llamas, corriendo
despavoridas por las calles y aullando de dolor.
Y, tras
el terremoto, llegó el tsunami. Todas las pe-queñas aldeas de pescadores a lo
largo de la costa, entre Mesina y Siracusa, primero fueron barridas por una
gi-gantesca ola de más de treinta metros de altura, y luego, con el reflujo de
las aguas en su retorno al mar Jónico, los restos de las casas y sus habitantes
fueron arrastra-dos y succionados mar adentro.
Luego
supimos que, aunque el Etna ha estado activo desde tiempo inmemorial, en esta
ocasión la hecatombe procedía del mar. El volcán no había llegado a entrar en
erupción y tan solo había sufrido el colapso de una parte del cono de su cráter
por efecto del terremoto. En aquellas ocasiones en las que el Etna manifestaba
una mayor actividad eruptiva, las ciudades de su área de in-fluencia habían
aprendido a interpretar su lenguaje y se preparaban con tiempo para recibir sus
terremotos. En estos casos solían atar aquellos elementos que eran
sus-ceptibles de caer al suelo y romperse, desenjaulaban a
60
los
animales domésticos para que pudieran huir, y pre-paraban un hatillo con ropa y
alimentos para dos o tres días, por si acaso tenían que huir al campo. Sin
em-bargo, en esta ocasión, la muerte había llegado desde el interior del mar;
algo debía de haberse roto en el fondo del mar Jónico, pues los viajeros que
habían estado lle-gando a Mesina procedentes de las ciudades situadas al sur,
como eran las de Catania y Siracusa, habían sido obligados testigos de que el
Etna se encontraba tran-quilo al tener que bordear la base del monte Gibello10
en su camino hacia Mesina, por lo que el inesperado terremoto también los había
cogido a ellos por sor-presa. Esta vez, la serie de temblores y la fuerte
inten-sidad con la que estos se produjeron no había sido la consecuencia de
ninguna erupción volcánica.
Confieso
que fue tal el asombro y la perplejidad que me produjo la contemplación de
aquel dantesco espec-táculo, que quedé paralizado por el horror, sin saber a
dónde acudir ni a quién auxiliar, hasta el punto de que mis poderosas
facultades no sirvieron ni tan siquiera para mitigar un poco de tanto dolor.
Tan solo pude res-catar a algunas personas que se debatían manoteando entre las
turbulentas aguas y recuperar los cuerpos de una veintena de cadáveres, entre
los que se hallaba el de un niño que, al recobrarlo, pude comprobar que solo
contaba con medio cuerpo, ya que la otra mitad había
10 Este es el nombre que los árabes le dieron en
la Edad Media al volcán Etna. Aún hoy, los sicilianos llaman Gibello o
Mongibelo a la montaña, que-dando reservada la denominación «Etna» para el
cráter volcánico.
61
sido
devorada por un tiburón de un solo bocado. Estos espectaculares salvamentos que
llevé a cabo
no
pasaron desapercibidos para numerosas personas, que pudieron observar cómo,
vistiendo tan solo el bri-llante traje biónico, me elevaba en el aire para
divisar desde la altura a las personas que se debatían inten-tando mantenerse a
flote sobre las olas o los cadáveres que flotaban medio sumergidos en las aguas
del mar, y cómo me zambullía una y otra vez, permaneciendo su-mergido durante
muchos minutos para luego emerger cargado con varias personas, unas vivas y
otras muer-tas, para ponerlas a salvo transportándolas volando por los aires
hasta la costa. De entre todos aquellos mesi-neses que me vieron llevar a cabo
estos rescates, debió haber algunos que me reconocieron y, pasados los
pri-meros días de la catástrofe, se lo hicieron saber al conde de Sicilia,
quien había salido indemne del desastre al haber resultado su palacio casi
incólume, con tan solo algunos desperfectos sin importancia, pues tal era la
ca-lidad de sus materiales y la robustez de su construcción. Al darse el conde
por enterado de las sobrenaturales fa-cultades que yo había desplegado en el
salvamento de personas y en la recuperación de cadáveres, el gober-nante se
mostró muy interesado y me mandó llamar.
Así como
en las dos entrevistas anteriores me recibió en una de las amplias salas del
palacio, sin importarle que nuestra conversación fuera escuchada por su
ma-yordomo, su secretario o alguno de sus criados, en esta ocasión tuvo buen
cuidado de hacerlo en un gabinete
62
de
dimensiones más reducidas, que supuse debía ser su lugar de recogimiento y de
trabajo, pues contaba con una mesa equipada con una escribanía, en la que se
veían diversos documentos que claramente se notaba que estaban siendo leídos o
consultados, así como va-rias estanterías repletas de legajos. Esta reserva en
la entrevista me hizo pensar que esta vez deseaba una conversación sin
testigos, temiéndome una vez más que, como ya me había ocurrido en otras
ocasiones, fuera a pedirme algo ilícito o fuera de lo común.
—Sentaos,
Orlando —me invitó cuando entré en aquel gabinete, después de que el mayordomo
le anun-ciara mi llegada, me hiciera pasar y se marchara recu-lando, al tiempo
que mantenía la cabeza inclinada en una exagerada reverencia y cerrara la
puerta cuidado-samente tras de sí, pareciendo que estuviera revistiendo sus
movimientos en un halo de misterio—. Me han contado algunas cosas
extraordinarias y sin explicación natural que dicen que hicisteis durante el
terremoto. Si no son fantasías de las gentes, no será necesario que os las
enumere. Decidme, ¿son ciertas?
—Sí,
conde, son ciertas —le respondí, aún con cierta timidez, temiéndome que
quisiera aprovecharse de mis excepcionales facultades encomendándome llevar a
cabo alguna felonía.
—¿Me
estáis diciendo que podéis volar como un pá-jaro, bucear bajo el agua al igual
que un pez tanto tiempo como deseéis, y que tenéis una fuerza hercúlea, siendo
capaz de cargar con varios cuerpos humanos?
63
—Sí,
conde, puedo hacer todo eso.
—¿Sois
tal vez un brujo o es que habéis hecho algún pacto con el Diablo?
—No,
conde, ni soy un brujo ni tengo tratos con el Diablo.
—Entonces,
¿qué explicación razonablemente hu-mana podéis darme para semejantes hechos?
Al
pedirme aquella explicación, mi calenturienta imaginación a punto estuvo de
improvisar una nueva historia, diciéndole que había sido la voluntad de Dios la
que me había hecho nacer con tales capacidades so-brenaturales, tal vez para
ponerlas al servicio de los ne-cesitados, pero entonces recordé lo bien que me
había funcionado aquella otra historia que me inventé mu-chos años atrás, y que
seguramente el lector recordará; se trataba de aquella en la que contaba cómo
fui atacado y muerto por un tigre de Bengala, y cómo me resucitó el hechicero
de la tribu con un mágico brebaje elabo-rado a base de una desconocida y
misteriosa hierba que solo crecía por aquellos parajes y a la que los nativos
le daban en nombre de rhastú, y añadía yo en mi historia inventada que aquel
brujo no solo me devolvió la vida sino que también me proporcionó una gran
longevidad, congelando en mi cuerpo para siempre el aspecto juve-nil que tenía
en aquel momento y proporcionándome estas capacidades extraordinarias de las
que disfruto desde entonces. Así que fue esta misma patraña la que le narré al
conde con todo lujo de detalles, adornándola cuanto puede para que fuese más
creíble, añadiendo a
64
la
narración misteriosos ritos de hechicería que incluían sacrificios de animales
con cuya sangre se embadurnó mi cuerpo y danzas tribales con las que toda la
tribu acompañó las prácticas hechiceras del brujo.
—¡Lo que
me acabáis de contar es asombroso e in-creíblemente fascinante! —me respondió,
una vez que hubo escuchado mi narración sin pestañear y casi sin respirar, con
los ojos y la boca muy abiertos, como quien oye embelesado la narración de uno
de los cuen-tos de la princesa Sherezade, la de las Mil y una noches, pero
tragándose mi farsa de pe a pa—. Mi querido Or-lando, esto es un milagro. Estoy
pasando por un graví-simo problema y solo vos podéis librarme de él. Es Dios
quien os ha enviado y os ha puesto en mi camino para ayudarme.
—¿Y cuál
es ese problema tan grave que tenéis, conde? —le pregunté resignadamente,
empezando a arrepentirme de haber reconocido que poseía aquellos poderes
extraordinarios, al vislumbrar que iba a pe-dirme que los pusiera a su servicio
para hacer sabe Dios qué cosa.
—Se trata
de Lorenzo, mi primogénito y único hijo; se me muere, Orlando. Los físicos me
dicen que tiene un cáncer en el estómago y que no existe ninguna fór-mula que
cure esta terrible enfermedad. He recurrido a la herbolaria y me ha confirmado
el mismo diagnóstico de los físicos, así como su imposibilidad de curación,
pero como quiera que ella también es una persona que ha sido tocada por el dedo
de Dios dándole el don de la
65
clarividencia,
en uno de sus trances me ha dicho que mi hijo no morirá, que será salvado por
un hombre que ha regresado del mundo de los muertos y posee poderes comparables
a los de los arcángeles. Y, sin duda ese hombre sois vos, Orlando.
La
respuesta del conde me dejó abrumado al no sa-ber yo cómo poder ayudar a su
hijo, ya que entre mis poderes no figuraba el de la sanación. Excitado y con
los ojos brillantes, no me dio ocasión de contestarle, pues de inmediato hizo
sonar la campanilla que tenía sobre la mesa y, como si estuviera haciendo
guardia y esperando la llamada, la puerta del gabinete se abrió y apareció el
mayordomo.
—Decidme,
señor.
—Patricio,
ve de inmediato al dormitorio de mi hijo y ordena de mi parte que salga de él
todo el mundo, sean quienes sean los que estén, tanto si son los médi-cos como
si son sus amigos.
—Señor,
el único que está con él en estos momentos es Ademaro, el abad benedictino de
Lipari, que ha ve-nido a confesarlo y darle la comunión.
—Pues
ruégale al abad en mi nombre que se marche, aunque lo esté confesando o dándole
la comunión.
66
67
4
Recorrimos
los largos pasillos del palacio condal, con sus paredes cubiertas de retratos
de amigos, fami-liares y antepasados del conde, la mayoría de ellos ya muertos;
cruzamos varias salas lujosamente amuebla-das y bellamente decoradas, en las
que abundaban los muebles de maderas nobles y exóticas, así como bellos tapices
de grandes dimensiones; ascendimos a la planta alta por la ancha y majestuosa
escalera imperial del pa-lacio, y llegamos hasta el dormitorio de Lorenzo, en
cuyo interior aún se encontraba el abad Ademaro, que no había querido salir de
la habitación, habiéndose que-dado a la espera de nuestra llegada para saber
qué era lo que pasaba.
—No os
preocupéis, mi querido abad, este que viene conmigo es Orlando, un prestigioso
físico al que Dios le ha dado la facultad de poder comunicarse mental-mente con
los espíritus de su divina corte, por lo que, siguiendo el bienaventurado
consejo de sus sabios ar-cángeles, puede hacer milagros curando lo incurable —
le mintió el conde, sin ser consciente de que estaba acertando en su
apreciación; tan solo se equivocaba en que los que me daban consejos no eran
arcángeles sino uriatis—. Este es el motivo de que me ha pedido que se desaloje
la habitación, pues desea mantener oculto su arte y quiere trabajar sin
testigos.
Aunque
hasta ese momento yo no le había pedido al conde que me dejaran a solas con el
enfermo, tal y
68
como él
había afirmado, me pareció que eso era lo más prudente, pues ya por el camino
hasta el dormitorio ha-bía ido pensando en la posibilidad de tener que curar a
Lorenzo recurriendo a los conocimientos médicos de los uriatis para lo que tal
vez fuera preciso tele-portar al enfermo a la Luna o bien tele-portar a un
médico uriati a la habitación de Lorenzo.
—¿Cómo es
posible que os podáis comunicar con la divinidad si vos no habéis hecho votos
sacerdotales y por tanto la Iglesia no os ha revestido de ningún vínculo que os
permita llevar a cabo tal cosa? —se escandalizó el abad, llevándose las manos a
la cabeza, pretendiendo dar a entender con estas palabras que únicamente los
sacerdotes son dignos de comunicarse con Dios y su corte celestial—. Jamás
podréis hacer tal cosa a no ser que estéis revestido de santidad; solo los
santos pueden hablar con Dios, y para ser declarado santo necesita-ríais estar
muerto y haber sido sometido a un proceso de canonización. Hacer una afirmación
como esa se castiga con anatema.
Al ver al
abad tan visiblemente airado, y conside-rando que su belicosa actitud bien
podía complicarme la vida acusándome de apóstata o de sacrílego o de vaya usted
a saber de qué otra terrible imputación que podía llevarme ante un tribunal
eclesiástico que dictara con-tra mí una excomunión o que directamente me
enviara a la cárcel, opté por ignorar sus palabras y decidí no contestarle, ya
que de haberlo hecho hubiera tenido que recordarle la vergonzosa conducta de
los papas durante
69
el siglo
X, cuya inmoralidad los invalidaba para cano-nizar a un supuesto santo. Así
que, a fin de hacerles evidente a los dos hombres que sí podía conectar
men-talmente con lo que para el conde y el abad sería la corte celestial,
decidí recurrir telepáticamente a Suriel en presencia de ambos.
Cuando
entré en el dormitorio el deplorable aspecto del muchacho me impactó. Se
encontraba sobre la cama, sin cubrir y semidesnudo, con tan solo un tapa-rrabos
cubriendo sus genitales; las sangraduras de sus brazos evidenciaban que había
sido sometido a varias sangrías, y también le habían estado aplicando
sangui-juelas, pues eran patentes las huellas que estos bichos le habían dejado
en todo su cuerpo. Varios braseros en-cendidos tenían caldeada la habitación
hasta el punto de que al entrar en ella noté una fuerte bofetada de ca-lor. Los
signos y síntomas del cáncer se le hacían visi-bles en todo su cuerpo. Su
rostro, del color de la cera, parecía el de un fantasma; su delgadez era
extrema, casi cadavérica, haciendo que los pómulos, las clavículas y algunas
costillas parecieran que iban a romper la piel de un momento a otro. Debía de
haber tenido un vómito recientemente que se había extendido por el suelo y
ha-bía manchado parte de la sábana, impregnando la habi-tación de un fuerte
olor áspero y picante.
Aquella
impactante escena hizo que me sintiera abrumado e impotente, y durante un breve
lapso no supe qué hacer ni qué decir. Tuve la impresión de que al pobre
chiquillo le quedaban muy pocas horas de vida
70
por lo
que, sin más pérdida de tiempo, decidí conectar telepáticamente con Suriel para
que viera al enfermo a través de mis ojos y, sobre todo, para que me diera su
consejo sobre qué era lo que debía hacer.
—Voy a
pedirle consejo al arcángel Gabriel conec-tándome con él mediante el
pensamiento —les dije a ambos hombres, provocando una mirada en el abad, mezcla
de sorpresa y de desconfianza, seguramente to-mándome por uno de esos
charlatanes que van de plaza en plaza exhortando a las gentes a que se
arrepientan de sus pecados, anunciándoles que se aproxima el fin del mundo y
diciéndoles que ellos son el mesías pro-metido que ha venido a ofrecerles la
salvación.
Suriel me
respondió enseguida, diciéndome que iba a conectarse con Radix, uno de sus
médicos, para estar unidos mentalmente los tres.
—«Escucha,
Orlando —sonó la voz pensante de Ra-dix en mi cerebro un momento después—,
recorre len-tamente con tu mirada todo el cuerpo del enfermo, desde la cabeza
hacia abajo, y yo te diré cuando debes parar».
Lo hice
tal como me lo pidió y al llegar a la cintura me ordenó detenerme y mantener la
mirada en ese punto.
—«Podemos
curarlo, pero es imposible hacerlo ahí, tenemos que traerlo a la Luna —dijo
Radix».
—«Ya leo
en tu memoria que les has dicho a esos dos que ibas a comunicarte con el
arcángel Gabriel — me dijo Suriel—. Pues sigue mintiéndoles y diles que
71
ahora te
voy a enviar al arcángel Rafael.
—Me dice
el arcángel Gabriel que deben curarlo en el cielo, por lo que ahora bajará el
arcángel Rafael, que cómo sabéis por el libro de Enoc, es el encargado de curar
las enfermedades y todas las heridas de los hijos de los hombres —les mentí a
los dos hombres, al tiempo que, al escuchar mis palabras, el abad se echaba las
manos a la cara y su rostro adquiría tintes de creti-nismo, tal vez por la
incongruencia que suponía que ba-jara el arcángel Rafael, sabiendo él que la
existencia de la corte celestial era una patraña más de la Iglesia—.
Caballeros, lo que va a suceder a continuación, es decir, el rapto de Lorenzo
por el abrazo del arcángel, no debe ser visto por los mortales; es por esta
razón que ambos debéis salir de la habitación.
Ambos
hombres salieron del dormitorio, pero fueron tan ladinos que, al cerrar la
puerta, dejaron la hoja un poco entreabierta para poder observar lo que quiera
que ocurriese a través de la rendija.
Creo que
el pobre chico enfermo no se enteraba de lo que estaba ocurriendo a su
alrededor; sus pupilas es-taban dilatadas, sin poder fijar la mirada en ningún
punto concreto, y también parecía estar algo ido. Viendo que no tenía fuerzas
para moverse, lo levanté de la cama como quien levanta una pluma, pues no
pe-saba casi nada; lo sostuve de pie pasando mis manos bajo sus axilas durante
un instante, y fue en ese preciso momento que se materializó junto a nosotros
el cuerpo de Radix, lo que me llevó a imaginar al conde y al abad
72
mirando
por la rendija y a punto de darles un síncope al ver aparecer de la nada al que
ellos creían que era el arcángel Rafael, enfundado en su traje biónico, blanco,
brillante y reluciente, para a continuación ver cómo Ra-dix sostenía a Lorenzo
mientras yo me desvestía de mis ropas, quedándome tan solo con el traje biónico
que, al igual que el de Radix, también era igual de blanco, de brillante y de
reluciente. Ya no quise figurarme qué fue lo que el abad pensaría de mí al
verme de esta guisa, tal vez pensara que yo era un ángel que estaba ayudando al
arcángel, ni qué es lo que sintieron ambos hombres cuando, un segundo más
tarde, nos vieron abrazar el cuerpo de Lorenzo y desaparecer los tres como si
nos hubiéramos disuelto en el aire.
Cuando
nos materializamos en la antesala del teatro donde se celebran las asambleas,
pusimos al enfermo sobre una camilla que ya aguardaba levitando, de la que
Radix se hizo cargo llevándosela flotando por uno de los pasillos que confluían
en la antesala.
—Tardará
diez días en curarse sumergido en el tan-que de regeneración celular —me dijo
Suriel.
—¿Qué es
el tanque de regeneración celular? —le inquirí.
—Para que
lo entiendas, es como si hubiera vuelto al vientre de su madre durante el
embarazo y estuviera sumergido en líquido amniótico. Ese líquido invadirá su
cuerpo, tanto por dentro como por fuera, y durante los días que esté sumergido
en el tanque no solo que sanarán las células cancerosas de su estómago, sino
73
también
todas aquellas otras células de su cuerpo que se encuentren enfermas,
reiniciando incluso la poten-cial habilidad que las células tienen para
dividirse y producir nuevas células. Cuando salga del tanque rege-nerador
volverá a estar tan sano como el día que nació. Además, ten por seguro que ese
muchacho será lon-gevo, pues los años que lleva vividos hasta ahora no
contabilizaran en su envejecimiento. Puedes anunciarle a su padre que dentro de
diez días le devolveremos a su hijo en perfecto estado de salud.
Me
despedí de Suriel y cuando me tele-porté de nuevo a la habitación de Lorenzo,
encontré al conde acompañado de su esposa, Olivia, una hermosa mujer de unos
cuarenta años a la que la delicadeza de sus ras-gos faciales y la hermosura de
las formas de su cuerpo hacía aparentar diez años menos. El conde se
encon-traba sentado en la cama, con los codos apoyados en los muslos y las
manos cubriéndose el rostro; ella es-taba de pie y hablaba con el abad. El
aspecto de Ed-mundo era el de un hombre abatido que, después de ha-ber
presenciado nuestra espontánea desaparición a tra-vés de la rendija de la
puerta, temía que el cielo le hu-biera arrebatado a su hijo para siempre. El
rostro de Olivia, sin menoscabo de su belleza, presentaba unas grandes ojeras
que yo achaqué a la pesadumbre que le provocaba el estado crítico de su único
hijo.
Al verme
aparecer de nuevo en la habitación, cre-yéndome un ángel, el conde se levantó,
cayó de rodillas a mis pies y se santiguó tres veces; luego me tomó las
74
manos,
cerró los ojos, y me las besó con fruición, mo-jándomelas con sus lágrimas.
Olivia se aproximó a mí y me dio un beso de agradecimiento en la mejilla. En
cambio, el abad no reaccionó de igual manera, quien seguía mirándome con el
ceño fruncido, sin creer que yo fuese un ser angelical, muy probablemente por
ser él un gran incrédulo que no creía en la divinidad ni en los milagros, ni en
la otra vida, ni en nada, y que estu-viese ejerciendo su ministerio por puro
interés crema-tístico, como la gran mayoría de los clérigos, que salen del
seminario como fervorosos creyentes dispuestos a evangelizar el mundo y se
retiraban en la vejez siendo ateos.
—Alzaos,
conde —le dije, al tiempo que lo sostenía por los brazos y lo levantaba del
suelo—. No tenéis de qué preocuparos, vuestro hijo estará de regreso con vos
sano y salvo dentro de diez días.
—¿Dónde
se encuentra mi hijo ahora? —me inquirió con la curiosidad propia de un padre
desasosegado por la amenaza de perder a su hijo.
—No os
preocupéis por el lugar en el que se encuen-tra, solo os puedo decir que ese
lugar no es de este mundo, pero lo importante no es dónde está sino en qué
manos se encuentra. Antes os he dicho que el arcángel Rafael vendría a por
vuestro hijo, y sé que ambos ha-béis visto lo que ha ocurrido en esta
habitación a través de la rendija de la puerta. Os lo pregunto a ambos,
de-cidme, sobre todo vos, abad, ¿dudáis de que, tanto el ente que se ha
materializado ante vuestros ojos como
75
yo mismo,
seamos seres divinos?
—Yo ya no
tengo la menor duda de que sois un miembro de la corte celestial, aunque no sé
cuál será vuestra jerarquía —respondió el conde Edmundo.
—Y vos,
abad, ¿qué creéis?
—Por lo
que he visto hasta ahora, creo que sois un ser con unas capacidades tan
extraordinarias, que tanto pueden ser propias de un agente de Dios como del
Dia-blo.
—¿Pensáis
que el Diablo se preocuparía por sanar a un muchacho?
—Si el
muchacho es de alma pura y está en gracia de Dios, como estoy seguro de que lo
está, el Diablo no quiere que muera porque irá al Paraíso, y no a su in-fierno.
Si Lorenzo muere, estoy seguro de que irá al cielo. El Diablo puede estar
interesado en que siga vi-viendo para así tener tiempo y ocasiones para
ensuciar su alma y ganarlo para su infierno.
—Abad,
habéis de saber, que también tengo la facul-tad de leer los pensamientos. A mí
no podéis hablarme de cielo e infierno porque vos no creéis en su existen-cia,
como tampoco creéis en la existencia de Dios ni en la del Diablo. Lo vuestro
como superior de la abadía es puro negocio y el disfrute del derecho de pernada
del que gozáis sobre las doncellas y las monjas de los con-ventos de vuestra
diócesis, pero no os preocupéis, no seré yo quien difunda estas verdades entre
la población mesinesa; podréis seguir como hasta ahora, engañando a vuestros
incautos e ignorantes fieles, recibiendo sus
76
limosnas
domingueras y añadiendo a vuestra abadía la propiedad de las tierras de
aquellos terratenientes que os las dejan en herencia al fallecer.
El conde,
escandalizado, miraba al clérigo mientras yo le iba echando a la cara estas
cosas, pero el inteli-gente abad acusó el golpe y no me respondió nada.
—Decidme
una cosa, abad —proseguí—. ¿Pensáis hacer mención en vuestro sermón de la misa
de mañana de lo que ha ocurrido hoy aquí?
—¿Creéis
que debo hacerlo? —me respondió con otra pregunta
—Si no
estáis seguro de si lo que ha ocurrido ha sido intervención de Dios o del
Diablo, creo que no debe-ríais mencionarlo, ya que podríais estar mintiéndole a
vuestros feligreses, ¿no os parece? Pero adivino que sí lo haréis; diréis que,
gracias a vuestra intermediación, Dios ha mandado al palacio del conde Edmundo
a su arcángel Rafael para que cure a su hijo Lorenzo y de esta forma
convenceréis a la comunidad de vuestra in-fluencia en la corte celestial y así
ganaréis más adeptos que aumentarán el número y el valor de sus limosnas para
que roguéis por la salvación de sus almas.
—Estáis
siendo muy duro conmigo, señor. Yo no os he hecho nada ofensivo y no creo
merecer este trato.
—Sí que
lo habéis hecho, abad. Habéis dudado y aún seguís dudando de mi honestidad y de
mi buena volun-tad en la curación de Lorenzo. La maldad que albergáis en
vuestra alma os hace ver al Diablo en todos aquellos que os rodean, cuando la
realidad es que sois vos el que
77
lleva a
Satanás en el corazón. Os rogaría que en la misa de mañana omitáis mi nombre y
os refiráis solo a la aparición del arcángel Rafael, que es quien curará a
Lo-renzo. Además, el arcángel os autoriza a que le digáis a vuestra feligresía
que Lorenzo quedará tan limpio de enfermedades como si acabara de nacer y que
su vida será longeva en extremo; lo que añadáis a esto que os digo ya será
invención vuestra.
En la
Mesina del siglo XII, las noticias no tardaban más de un día en difundirse
hasta el más recóndito de sus rincones. A la mañana siguiente salí temprano de
casa, di mi paseo matinal y me fui a la academia, donde estuve hasta el
mediodía. Cuando ya volvía a casa noté que algunas personas se paraban al verme
pasar y se hacían comentarios al oído en voz baja; una anciana se santiguó al
cruzarse conmigo, y unos niños que jugaban en la calle corrieron hasta mí y me
besaron las manos. No tardé en salir de dudas; cuando llegué a casa mi
ma-yordomo, que había estado parte de la mañana en el mercado comprando
víveres, me puso al corriente de todo. Al parecer, el abad no me había
mencionado al contar en su sermón de aquella mañana lo ocurrido el día anterior
en el palacio condal, sino que fueron el conde Edmundo y su mayordomo los que
difundieron mi nombre como el hacedor del milagro. Los primeros en enterarse
fueron los servidores del palacio condal y los soldados de la guarnición que lo
custodiaba; luego fueron sucesivamente la familia del conde y los amigos que lo
visitaron a lo largo del resto del día. La versión
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era que
yo, el salvador de tantos mesineses durante el terremoto, había invocado la
ayuda del arcángel Rafael y este había acudido a mi llamada, habiendo bajado a
la Tierra dispuesto a curar a Lorenzo, pero dado que no podía hacerlo en el
palacio, se lo había llevado al cielo, donde estaría curándose durante diez
días, pero lo in-sólito era que yo había acompañado al arcángel y a Lo-renzo en
ese viaje a las alturas, o sea, que, o bien yo formaba parte de la corte
celestial o era un asiduo visi-tante de la misma. Habiéndose hecho de dominio
pú-blico que yo gozaba de excepcionales facultades que me habían sido otorgadas
por las más altas jerarquías angélicas; que me trataba de tú a tú tanto con
querubi-nes, serafines y tronos, que eran la jerarquía suprema, como con
dominaciones, virtudes y potestades, que conformaban la jerarquía media y que,
para rizar el rizo, también decían que los principados, arcángeles y ángeles
obedecían mis órdenes como si fueran las del mismísimo Jehová, a partir de
aquel día comenzó cada mañana a formarse una cola en la puerta de mi casa, que
fue aumentando hasta que, cuando pasados diez días Lorenzo, a quien todos ya
habían dado por muerto, regresó sano y lleno de vida, la concurrencia de gente
se hizo tan masiva, que las colas de personas que cada día venían a pedirme
ayuda llegaron a sobrepasar el centenar. El jorobado quería que su giba
desapareciera y que la figura de su cuerpo se tornara apolínea; los enanos me
pedían que su cuerpo creciera tres o cuatro palmos; aquellos que decían ser
unas buenas personas
79
y habían
perdido alguna de sus extremidades, se queja-ban de que no habían hecho nada
que mereciera aquel castigo y me pedían que le reclamara a Dios que les
devolviera el brazo o la pierna que tan injustamente les había arrebatado en la
guerra o en un accidente de tra-bajo; el soldado tuerto venía a pedirme que
Dios le pu-siera un ojo nuevo en el hueco que le había quedado después de
perderlo en una batalla; el terrateniente que llevaba diez años de casado y
Dios no lo había bende-cido con un hijo, quería que le pidiera al Creador que
le diera un heredero; y la mujer que era pobre de so-lemnidad y que ya tenía
diez hijos en el mundo a los que no podía alimentar, pero que había quedado
emba-razada de nuevo, me pedía que convenciera a Dios para que se apiadara de
este último hijo haciendo que le na-ciera muerto antes de que la criatura
tuviera que morir de hambre, y también que le quitara a su marido las ga-nas de
hacer el amor con ella. Un homosexual, te-miendo que un día lo condenaran a
muerte por cometer el pecado nefando, vino un día a rogarme que le pidiera a
Dios que le quitara la vida una noche mientras dor-mía, ya que él no se atrevía
a suicidarse por miedo a tener que sufrir los tormentos con los que el Altísimo
castiga a los que los suicidas en el infierno durante toda la eternidad.
Tampoco faltaban los que querían que un mocito o una mocita cayeran rendidos a
sus pies y me solicitaban que en una de mis visitas al cielo interme-diara
directamente con San Valentín o con San Antonio bendito para que obraran el
milagro. Y puede parecer
80
paradójico,
pero aquellos que por haber nacido defor-mes o con alguna invalidez pedían
limosna en las puer-tas de las iglesias no me visitaron nunca, ya que estos
habían asumido que gracias a sus deformidades podían comer cada día de las
limosnas que recibían, por lo que, en el caso de que estas deformidades
desaparecieran de sus cuerpos, a ellos se les haría la vida más difícil
te-niendo que trabajar en el campo de sol a sol.
Por más
que me esforzaba en decirle a todo el mundo que no necesitaban de
intermediarios y que eran ellos los que tenían que hacerle directamente su
petición a Dios, poniendo en la plegaria todo su fervor, siempre recibía como
respuesta que yo era su última esperanza, pues llevaban toda su vida
dirigiéndole al Creador sus peticiones, poniendo en sus preces toda su alma,
pero que, como quiera que ellos eran pobres, el Altísimo, que solo atiende a
las peticiones de los ricos, nunca los escuchaba; y apoyaban su argumento
diciendo que a la vista de todos estaba que eso era así, pues los ricos se
hacen cada vez más ricos mientras que los pobres son cada vez más pobres.
Sostenían que algún padre de la Iglesia debió haberse equivocado al traducir
aquellas palabras de Jesús, cuando dijo que «antes que un rico entre el cielo,
un camello deberá pasar por el ojo de una aguja»; seguramente, el nazareno
debió decir: «tendrá que pasar un camello por el ojo de una aguja antes de que
un pobre se haga rico».
Casi dos
años estuve sufriendo aquella avalancha diaria de gentes hasta que, viendo que,
por más que me
81
lo
pidieran, sus jorobas no desaparecían, ni les nacía un ojo nuevo en la cuenca
vacía, ni les crecían brazos o piernas nuevas en el lugar donde tenían un
muñón, fi-nalmente las colas desaparecieron y, habiendo quedado en el recuerdo
colectivo la milagrosa curación de Lo-renzo, mi fama abogado de los pobres se
trocó en la de defensor de los ricos.
Pasaron
más de cuatro años del terremoto, durante los cuales habría empleado
íntegramente una docena de bolsas de mis inagotables monedas de oro en
recons-truir y amueblar un centenar de viviendas para otras tantas familias
pobres que el seísmo las había dejado sin un techo donde guarecerse, lo que me
devolvió mi antigua fama de procurador de los necesitados. Tam-bién había
quedado ya lejos el recuerdo de aquellas co-las de indigentes que durante dos
años me estuvieron rompiendo el corazón a la puerta de mi casa, cuando al
atardecer de un caluroso lunes de mediados de julio de 1173, con el sol
hundiéndose ya por el poniente en las azules aguas del Tirreno y las bandadas
de golondrinas revoloteando a poca altura sobre las concurridas calles
mesinesas, piando y persiguiéndose entre ellas mien-tras cazaban al vuelo
insectos voladores, sin que me hubiera sido anunciada previamente, recibí la
visita de la condesa Olivia, la esposa del conde Edmundo.
Desde el
día que cuatro años atrás tele-porté a Lo-renzo hasta la Luna para que fuera
curado por los uria-tis, tan solo había visto a Olivia en dos o tres ocasiones,
82
pero
siempre a distancia y sin llegar a hablar con ella. Así, cuando mi mayordomo me
avisó de su llegada, acudí alegremente a recibirla pues así tenía la ocasión de
mirarla a los ojos con total libertad y asi poder con-templar su belleza a
placer sin que pareciera una im-pertinencia. Puede observar que, aun
conservando su gran belleza natural, su semblante era el de una persona
preocupada por algún asunto grave, además de que aún conservaba en sus ojos
aquellas mismas ojeras que cuando su hijo se estaba muriendo y que a mí me
pare-cía que, no solo que no la afeaban, sino que la favore-cían resaltando su
personalidad.
—Condesa
Olivia. ¡Qué agradable sorpresa!, ¿a qué debo el honor de vuestra visita? ¿No
habrá enfermado de nuevo Lorenzo?
—No,
Orlando, gracias a Dios y a vos, que fuisteis el intermediario, Lorenzo está
muy bien de salud. El motivo de mi visita es un problema de naturaleza muy
distinta.
—¿Habéis
dicho un problema?, ¿qué problema po-déis tener vos, Olivia, teniendo un hijo
encantador y un esposo que os ama y os colma de atenciones?
—¡Cuán
equivocado estáis, Orlando! No tengo un esposo que me ama ni me colma de
atenciones, sino todo lo contrario.
La verdad
es que no me esperaba una respuesta como aquella; hasta entonces había estado
convencido de que la familia del conde Edmundo estaba bien avenida y que,
cuando menos, era moderadamente feliz. Así que,
83
aún sin
estar yo muy seguro de poder hacer un acepta-ble papel de consejero
matrimonial, la animé a que me contara sus cuitas.
—Estoy
asustada, Orlando —comenzó diciéndome, al tiempo que pude notar con claridad
cómo fingía en-jugarse un par de lágrimas con un pañuelito, lo que me puso en
guardia, pues las lágrimas y el pañuelo suelen ser armas de mujer—. No me puedo
fiar de nadie y no tengo a quien recurrir. Creo que mi esposo desea mi muerte.
—¿Qué me
estáis diciendo, Olivia?, ¿en qué os ba-sáis para hacer semejante afirmación?
—Estoy
convencida de que Edmundo está inten-tando envenenarme.
—¿Qué
motivos tendría vuestro esposo para hacer tal cosa?
—Cuando
mi padre, el marqués de Casaflorida, mu-rió hace dos años, Alfonso, mi hermano
mayor, además del título nobiliario, heredó la mitad de las sesenta mil
hectáreas de tierras que poseía el marquesado; yo he-redé la otra mitad. Muchas
veces me ha pedido Ed-mundo que le transfiera esas tierras con el fin de
unirlas a las que él ya posee en su condado, que son colindan-tes, pero yo
siempre me he negado a hacerlo.
—¿Por qué
os habéis negado a cedérselas?
—Porque
cuando mi hermano muera, y estoy segura de que no tardará mucho en hacerlo ya
que padece de esa enfermedad a la que llaman escrófula, como quiera que no
tiene ningún descendiente en su matrimonio, el
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título de
marqués de Casaflorida recaerá en mi hijo Lo-renzo, a quien sí le cederé esos
terrenos, con lo que el marquesado de volverá a reunir las mismas tierras que
en tiempos de mi padre. En cambio, si yo muero antes que mi hermano, esas
tierras mías volverán a ser de Ed-mundo.
—Y, ¿por
qué razón le negáis esas tierras a vuestro esposo?, al fin y al cabo, tanto el
marquesado de Ca-saflorida como el condado de vuestro esposo irán a pa-rar a
manos de vuestro hijo.
—Son tres
las razones. La primera es por castigar su actitud hacia mí al estar intentando
envenenarme, lo que me ha obligado a fingir que consumo las comidas elaboradas
en las cocinas del palacio, cuando la reali-dad es que me estoy alimentando a
escondidas con los platos que me hace una herbolaria amiga mía. La se-gunda es
porque es preferible que estas tierras retornen al marquesado, por ser este de
más alta jerarquía que el condado. Y la tercera es por una cuestión
sentimental, pues segura estoy de que mi padre desde el cielo se ale-grará de
que así sea.
—Entonces,
decidme, Olivia. ¿qué es lo que queréis de mí?
—Quiero
pediros que subáis al cielo y le pidáis a Dios que llame lo antes posible a su
seno a mi hermano y a mi esposo. De esa forma mi hijo heredará ambos títulos y
refundirá en el marquesado todas las tierras, incluidas las del condado.
—Y, ¿por
qué tendría yo que intervenir tomando
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partido
en un asunto que no me concierne en absoluto?
—Porque
sé que os gusto mucho como mujer, y creo que también como persona, lo noto en
vuestras palabras y sobre todo en vuestras miradas, y si me hacéis este favor
me entregaré a vos, pudiendo poseerme cuantas veces lo deseéis.
—Olivia,
estáis disparatando. ¿Sabíais que una vez estuve muerto y fui resucitado?
—Sí, lo
sé. He oído esa historia de que os mató un tigre en Bengala y fuisteis
resucitado con una pócima mágica.
—¿Sabéis
cuánto tiempo hace de eso?
—No, ese
detalle no lo menciona la leyenda que me han contado.
—Pues
sabed que estas carnes frescas y lozanas que veis en mis manos y en mi cara, en
las que no se aprecia ni una sola arruga y aparentan ser las de un hombre de
algo más de treinta años, tienen ya la friolera de cuatro siglos. Nací en
Burdeos un 16 de enero del año 736, por lo que el año pasado celebré el cuarto
centenario de mi nacimiento.
Esta
confesión dejó momentáneamente muda a la condesa, que se dedicó a observarme
con gran curiosi-dad y detalle, pasándome las yemas de sus dedos por el rostro
y las manos, que eran las partes visibles de mi cuerpo, pero al fin reaccionó y
me contestó.
—Bueno,
¿y qué? No me importa lo más mínimo la edad que tengáis, Orlando, pero ¿qué
estoy diciendo?, es todo lo contrario, me encantará hacer el amor con
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alguien
que llegará a competir en vejez con las momias egipcias. ¡Con las experiencias
amorosas que habréis acumulado a lo largo de todo ese tiempo debéis ser
ma-ravilloso en la cama!
Jamás
hubiera creído que aquella actitud libertina y aquel lenguaje, que en boca de
una dama de tan alto linaje podía considerarse que rayaba en lo soez, pudie-ran
ser de la Olivia a la que, tal como ella había notado, le había dedicado tantos
pensamientos que, si real-mente no eran carnales, sí que eran pensamientos muy
agradables.
—Mi
querida Olivia, ¿sabéis que acabo de descubri-ros? Siempre os tuve por una
cándida e inocente joven que podía ser manejada por su esposo, pero veo que
razonáis cómo el más retorcido de los políticos; debe ser cosa de esta nobleza
moderna que tanto se aleja de los valores éticos de la antigua nobleza
caballeresca. Lamentándolo mucho, os tengo que adelantar una mala noticia para
vuestro proyecto; por desgracia, cuando fui resucitado recibí el don de la
longevidad, que ya va ca-mino de ser inmortalidad, pero al mismo tiempo fui
desposeído del regalo divino del sexo; mi libido desa-pareció aquel mismo día y
no he vuelto a tener relación carnal con ninguna mujer en estos más de tres
siglos que llevo resucitado. Y, como quiera que esto invalida vuestra propuesta
de hacer ambos el amor como leones salvajes, ya os adelanto que no pienso mover
un dedo para que consigáis hacer realidad vuestros planes.
Mis
palabras fueron seguidas de un nuevo mutismo
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de Olivia
y una profunda y acerada mirada que se hacía más y más torva cuanto más tiempo
la sostenía.
—¿Sabéis
que con esa respuesta os estáis jugando el poner fin a vuestra longevidad? Ya
no puedo fiarme de vos ni de que guardaréis el secreto de lo que os acabo de
contar.
—Si
estáis pensando en enviarme un sicario para que me asesine una de estas noches,
os ahorraré el trabajo
—le
respondí, al tiempo que extraía del tahalí de mi cinturón mi daga turca y se la
ponía en una de sus ma-nos—. Tomad, empuñad mi daga y aquí tenéis mi cue-llo,
podéis degollarme cuando queráis. Aferradla con fuerza, descargad el golpe
fatal y os sorprenderéis de lo que ocurrirá.
Nunca
pensé que Olivia, tan bella y delicada, tuviera agallas para hacer lo que le
estaba pidiendo que hiciera, pero me equivocaba. Primero miró el puñal, luego
miró mi cuello, volvió a mirar el cuchillo, tanteó con cuidado su filo, y de
improviso me descargó un golpe con tal rapidez, fuerza y saña que, si no
hubiera tenido la pro-tección del traje biónico, me hubiera decapitado. Como
quiera que la intensidad de la repulsión del campo de fuerza del traje biónico
era proporcional a la fuerza con la que llegaba el golpe, tanto la daga como la
propia Olivia salieron violentamente despedidos y ambos ro-daron unos metros
por los suelos.
Tras
aquella humillante experiencia, la condesa se levantó del suelo, se alisó y
ajustó el vestido al cuerpo y, levantando altiva la cabeza, salió de la casa
sin decir
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ni media
palabra.
89
5
El 11 de
noviembre de 1189 tuvimos la desgracia de perder a nuestro señor, Guillermo II,
a la temprana edad de treinta y seis años, dejando viuda a Juana de
Ingla-terra, con la que no había tenido descendencia. Había reinado desde el 7
de mayo de 1166, cuando solo con-taba con trece años, al acaecer en esta fecha
la muerte de su padre, Guillermo I, por disentería, si bien, hasta que cumplió
los dieciocho años en 1171, lo hizo bajo la regencia de su madre, Margarita de
Navarra. Como quiera que ambos, padre e hijo, tenían el mismo nom-bre de pila,
por contraposición, el pueblo apodó al hijo como «Guillermo, el Bueno» mientras
que al padre lo estuvo nombrando durante todo su reinado como «Gui-llermo, el
Malo». Cuando estaba a punto de morir, al no tener descendencia directa, nombró
como heredera a su tía Constanza I, obligando a los caballeros del reino a
jurarle lealtad, y aceptando la sorpresiva boda de esta con Enrique VI, el hijo
de Federico Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.
El
reinado de Constanza y su consorte, Enrique VI, fue tan efímero que no duró más
de dos meses, pues a principios de 1190, apoyado por el canciller Mateo
D’Ajello y la oficialía del ejército, el conde Tancredo se rebeló, reclamando
la corona del reino de Sicilia, y se hizo con el poder. Tancredo, que era hijo
ilegítimo del rey Roger II de Sicilia, y de Emma, la hermana del conde Acardo
II de Lecce, había heredado el condado
90
a la
muerte de su abuelo y, tras la muerte de Guillermo II, creyéndose heredero del
trono, se rebeló dando un golpe de fuerza, siendo coronado como Tancredo I, rey
de Sicilia, a principios de 1190; él sería el último go-bernante de la casa de
Altavilla.
Fue en
octubre de este mismo año cuando conocí a Ricardo I de Inglaterra, el apodado
«Corazón de León», que había llegado a Mesina con un gran ejército de
cru-zados, donde había quedado en esperar la llegada por mar de Felipe II, rey
de Francia, para hacer juntos el camino hasta Tierra Santa en la Tercera
Cruzada, cru-zando el Tirreno desde Marsella.
Ocurrió
que, a su muerte, Guillermo II le había de-jado a Juana Plantagenet, su esposa
y hermana de Ri-cardo «Corazón de León», una generosa herencia con-sistente en
una parte importante del tesoro real sici-liano, y como quiera que Tancredo
deseaba apropiarse de tan sustancial legado había comenzado por ordenar el
encarcelamiento de Juana.
Ante la
negativa de Tancredo a liberar a Juana y abo-narle su herencia, el rey inglés
capturó un monasterio y el castillo de La Bagnara. Viendo Tancredo a Mesina
ocupada por los ejércitos inglés y francés, le ofreció a Ricardo una importante
compensación económica a cambio de que depusiera las armas y olvidara la
heren-cia de su hermana, propuesta que no aceptó. Y, como quiera que la
presencia de los dos ejércitos extranjeros causara el descontento entre los
sicilianos, a primeros de octubre, el pueblo de Mesina se rebeló, demandando
91
que los
extranjeros abandonaran la isla. La respuesta de Ricardo fue atacar y
conquistar la ciudad el 4 de octu-bre de 1190. Después de que Mesina hubiera
sido sa-queada y quemada, Ricardo y Felipe establecieron allí sus bases y
decidieron pasar en la isla todo el invierno. Fue entonces, ante la derrota,
cuando Tancredo accedió a firmar el tratado que le impuso Ricardo, según el
cual Juana sería puesta en libertad, recibiendo no solo su he-rencia, sino
también la dote que su padre le había dado para aportarla en su boda con
Guillermo II. A cambio, Ricardo y Felipe reconocían a Tancredo como el rey
legal de Sicilia y juraban los tres guardar la paz entre sus reinos. Tras
firmar el tratado, ambos ejércitos aban-donaron Sicilia; Felipe zarpó el 30 de
marzo y Ricardo el 10 de abril de 1191.
El suceso
que me dispongo a narrar ocurrió en el campamento del ejército inglés durante
el periodo de los seis meses que ambos reyes permanecieron en Me-sina antes de
partir para Tierra Santa, concretamente sucedió en el mes de enero de 1191, a
pocos días pa-sada la Pascua de Reyes. Resultó que, habiéndose ex-tendido por
el resto de Europa mi fama de ser el hombre más longevo del mundo y de ser
invulnerable a cual-quier arma, tanto Ricardo I, el apodado «Corazón de León»,
que además de ser rey de Inglaterra también era duque de Aquitania, así como
Felipe II, llamado «el Augusto», que era el rey de los franceses, se mostraron
muy interesados en conocerme personalmente y me mandaron llamar a su presencia.
Ya os he contado con
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anterioridad
que, con el fin de seguir ocultando mi ver-dadera personalidad, la de ser el
legendario conde Rol-dán inmortalizado, así como mi increíble aunque autén-tica
historia de haber sido el margrave de la Marca de Bretaña que el 15 de agosto
del año 778 cayó muerto en Roncesvalles a manos de un batallón de vascones, y
que quince días más tarde fui resucitado por unos seres que no son de la raza
de los hombres que pueblan la Tierra ya que proceden de otro lejano mundo, hace
ya más de cuatrocientos años que me vi obligado a inven-tarme la falsa historia
sobre mi muerte y mi posterior resucitación que ya conocéis. Decidí ocultar,
como he dicho antes, mi increíble historia y contarle a todo el mundo que caí
muerto en Bengala bajo las garras de un tigre que me destrozó el cuello de un
zarpazo durante un terremoto, y que fui resucitado por el brujo de una tribu
bengalí mediante la ingesta de una pócima elabo-rada con una hierba milagrosa
que, además de resuci-tarme, me había conferido unas facultades tan extraor-dinarias
que prácticamente me hacían inmortal e invul-nerable, cuando la realidad es que
dichas facultades me fueron dadas por estos seres extraterrenales.
Recuerdo
que el día que llegué a la puerta de entrada del campamento inglés el cielo
estaba encapotado de nubes y que me recibió un sargento quien, después de
registrarme y comprobar que no portaba ningún arma, me acompañó hasta la tienda
del rey, viniendo a con-tarme por el camino que ambos reyes se encontraban
juntos bajo la misma carpa esperándome; que habían
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conocido
mi historia y que, al haber sabido casual-mente que yo me encontraba viviendo
en Mesina, am-bos se habían mostrado muy interesados en conocerme
personalmente. Al llegar a la puerta de la tienda real, cuatro soldados
cruzaron sus lanzas impidiéndonos el paso.
—Abrid
paso. Este es Orlando —les ordenó el sar-gento—. Ya lo he registrado yo y he
comprobado que viene desarmado.
Al oír
pronunciar mi nombre, de inmediato las lan-zas se separaron y los soldados
dieron un paso a un lado dejando despejada la entrada de la gran carpa circular
que era la tienda real.
—Podéis
pasar, Orlando —me dijo el sargento, acompañando sus palabras de un gesto de
invitación de su mano indicándome que podía entrar sin acompaña-miento.
La
ausencia de sol originada por el nublado, así como el espesor de la lona de la
carpa, sumían el inte-rior de la tienda en una media luz que al entrar me
im-pidió tener una visión clara, pero a la que en pocos se-gundos se
aclimataron mis ojos. Es por ello que pude ver con diáfana claridad cómo ambos
reyes, al oírme carraspear para hacerles notar mi presencia, se deshi-cieron
del abrazo en el que se encontraban fundidos y separaron sus bocas
interrumpiendo el pasional beso que se daban en los labios. Sin dar ninguno de
ellos se-ñales de embrazo ni azoramiento al ser descubiertos co-metiendo el
pecado nefando, ni yo extrañarme lo más
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mínimo de
la escena que acababa de presenciar, pues ya había oído de labios dignos de
crédito hablar de la homosexualidad de ambos monarcas, me detuve y los saludé
con una simple, aunque suficientemente respe-tuosa, inclinación de cabeza, sin
dedicarles ni tan si-quiera un amago de genuflexión como era protocolario, pues
ni en mi vida de mortal ni en la de inmortal he estado nunca dispuesto a
mostrar ningún servilismo arrodillándome ante un semejante, como prueba de lo
que digo os hago saber que ni tan siquiera lo hice nunca ante el hombre más
importante y poderoso de Europa, el emperador Carlomagno, pese a que era mi
hermanas-tro y le tenía una gran devoción.
—Pasad,
Orlando, pasad, os estábamos esperando —me dijo el rey inglés en un perfecto
gascón, sin que se le notara ningún acento extranjero por todos los años de su
juventud vividos en Aquitania junto a su madre, Leonor.
—Sí,
adelante, Orlando, pasad —me invitó también el rey francés, y dirigiéndose a
Ricardo, añadió—: me encantan estos bordeleses, tienen un genio muy alegre y,
tal vez sea porque son los mejores criadores y los más grandes bebedores de
vino de Francia, los encuen-tro que son muy amables y ocurrentes.
Ambos
reyes se encontraban esperándome al pie de la revuelta cama de grandes
dimensiones de Ricardo, donde seguramente habrían estado refocilándose antes de
llegar yo, así que caminé hasta que me detuve a tres pasos de distancia de
ellos.
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—Vamos,
acercaos a nosotros, no seáis tímido — dijo Felipe—. Ya alcanzasteis fama en
Francia por vuestra extraordinaria historia y estamos ansiosos por conoceros y
por tocar las carnes de alguien que lleva viviendo más de cuatrocientos años.
—También
vuestra fama llegó a Inglaterra —añadió Ricardo—, sabemos de vuestra
intervención en el sitio que Abu Marwan le puso a Barcelona allá por el año
815, y en la batalla del río Lechfeld, en el 955; y de ambos encuentros ha
pasado ya muchísimo tiempo.
Cuando
llegué hasta ellos, el primero que osó to-carme fue Felipe. Acercando una de
sus manos a mi rostro, acarició mi cara con el dorso de sus dedos, mien-tras
que con su otra mano libre tomaba una de las mías. Mi reacción fue la de dar un
paso hacia atrás en señal de rechazo.
—¿Qué os
pasa, Orlando? ¿Rechazáis que os toque vuestro rey? —me inquirió Felipe— ¿Es
que no sabéis que el rey tiene el derecho divino sobre la vida y la muerte de
sus súbditos?
—No,
señor, ya no tenéis ese derecho sobre mí; lo perdisteis el día que fallecí,
aunque ese día aún faltaban casi cuatro siglos para que vos nacierais —le
res-pondí—. Ahora soy yo quien tiene el derecho divino de no envejecer, de ser
invulnerable a cualquier agresión y de sobrevivir a todos mis contemporáneos,
genera-ción tras generación. Ahora nadie puede tocar mi cuerpo si no cuenta con
mi permiso, y menos aún si quien pretende hacerlo es un ser mortal como vos.
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Pude
notar cómo mi insolente respuesta dejó sin pa-labras al rey Felipe y cómo
Ricardo salió al paso rom-piendo aquel incómodo silencio.
—¿Queréis
decir que sois inmortal? —me interrogó el inglés.
—La
longevidad de aquel que ha muerto y ha sido resucitado, como es mi caso, ha de
ser eterna, quiero decir que no puede ser otra más que la inmortalidad. La
muerte solo tiene una oportunidad de triunfo; una vez que la Parca te ha
atrapado, pero has logrado escapar de sus huesudas garras, ya no puede volver a
atraparte de nuevo, has quedado borrado de su lista.
—¿En qué
os basáis para hacer semejante afirma-ción?
—Las
personas longevas viven muchos años, pero envejecen y es la vejez la que las
conduce a la muerte —le respondí.
Y, como
no podía contarle que fui resucitado a los quince días de estar muerto por unos
seres que no son de este mundo, que se llaman a sí mismo los uriatis, continué
con la versión inventada por mí cuatro siglos atrás.
—Yo fui
resucitado el domingo 30 de agosto del año 778, y en los cuatrocientos doce
años que han transcu-rrido desde entonces mi cuerpo sigue conservando la misma
frescura, el mismo aspecto y la misma vitalidad de aquel día. A esto yo lo
llamo inmortalidad, no lon-gevidad.
—Dicen
que sois invulnerable a los golpes y a las
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armas,
¿es eso cierto? —me inquirió Felipe.
—Sí,
señor, es cierto.
—Yo soy
un buen luchador en la palestra —afirmó Ricardo— y todavía no he encontrado no
solo a quien me venza, sino ni tan siquiera a quién me haga sangrar en una
lucha armada. Veo que vos, Orlando, no sois un hombre robusto ni musculoso;
vuestro aspecto físico no es intimidante. ¿Estaríais dispuesto a demostrar
vuestra invulnerabilidad enfrentándoos a mí?
—Si es
que no me creéis y necesitáis ser vencido para convenceros, con mucho gusto os
haré una demos-tración no solo de invulnerabilidad, sino también de mis
facultades físicas, como mi fuerza y mi rapidez de movimientos.
—Lo
haremos ahora mismo, y en presencia de mis capitanes —respondió Ricardo, sin
poder evitar la son-risa de satisfacción y entusiasmo que le provocaba aquel
enfrentamiento, pareciendo así evidenciar la fama que tenía de ser un gran
luchador, cruel y sangui-nario.
—Os
aconsejo que no hagáis tal cosa si no queréis quedar en ridículo —le dije con
el fin de preservar su imagen ante sus inferiores—. Mejor hagámoslo en
pri-vado.
—Nunca me
sentiré ridículo si algún día un hombre me vence en buena lid, pero mucho menos
me avergon-zaré si quien me derrota es alguien tan extraordinario como decía
vos que sois.
Y, dicho
esto, asió una cuerda que se encontraba
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atada al
badajo de una campana de bronce fijada al poste central de la tienda, la agitó
varias veces hacién-dola sonar con impaciencia, y el sargento de la guardia de
la puerta entró de inmediato para recibir sus órdenes.
—Sargento,
disponed que preparen la palestra y avi-sad a mis capitanes para que acudan a
ella de inmediato
—le
ordenó Ricardo—. Nuestro invitado, Orlando, y yo vamos a dirimir cierto asunto
y quiero que todos ellos sean testigos.
—Sargento,
mandad también aviso a mi campa-mento para que mis capitanes dejen lo que estén
ha-ciendo y acudan también ahora mismo a la palestra — se apresuró a ordenarle
el rey Felipe al soldado, mos-trándose muy interesado en el resultado del
enfrenta-miento, quizás por ser Ricardo el duque de Aquitania y yo aquitano de
nacimiento.
Mientras
esperábamos a que el sargento nos avisara de que la palestra estaba dispuesta y
que los capitanes esperaban en ella, Ricardo continuó haciéndome pre-guntas
sobre mis facultades.
—Dicen de
vos que tenéis la fuerza de diez hombres, ¿de dónde la sacáis, si la
musculatura que se aprecia en vuestra anatomía es la de un hombre poco curtido
en la lucha?
—Pues la
verdad es que no sé de dónde la saco, pero os aseguro que puedo sostener con
una de mis manos una piedra de un quintal de peso y arrojarla a una dis-tancia
de cincuenta metros.
—Increíble
—respondió Felipe—. No creo que ni el
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mismísimo
Heracles, el semidiós griego, fuese capaz de semejante proeza.
—Y, ¿qué
me decís de vuestra velocidad de movi-mientos?, dicen que es altísima.
—Puedo
moverme de un punto a otro a mayor velo-cidad que la vista de cualquier
persona, dando la im-presión de que desaparecido de un sitio y vuelto a
apa-recer en otro lugar.
—¿Y todas
esas facultades las habéis adquirido des-pués de vuestra resucitación? —siguió
inquiriéndome Ricardo, tal vez para tener una idea más aproximada de a qué se
iba a enfrentar dentro de un momento.
—No,
señor, no fueron adquiridas, las recibí en el mismo momento en el que resucité.
—Aclaradme
una cosa, Orlando —intervino Fe-lipe—, habéis dicho que fuisteis resucitado
cuando ya llevabais quince días muerto, ¿en qué lugar estuvo vuestra alma
durante esos días? ¿Quizás estuvisteis en el cielo y visteis a Dios o tal vez
pasasteis esos días en el infierno con Satanás?
—No lo
sé, señor, si estuve en algún sitio, no lo re-cuerdo. Cuando resucité tuve la
impresión de que aca-baba de despertarme de un largo y reparador sueño, con una
agradable sensación de placer y bienestar en todo el cuerpo, como nunca antes
la había sentido.
—Y, ¿qué
sentisteis mientras estuvisteis muerto? — preguntó Ricardo.
—Cuando
caí muerto, aun estando inconsciente, sa-bía que era un cadáver y durante unos
momentos puede
100
oír y ver
todo lo que ocurría a mi alrededor. Luego perdí la noción del tiempo, a la vez
que se me despertó la memoria y comencé a recordar detalles de mi vida que
creía tenerlos olvidados para siempre desde hacía muchos años. Finalmente, vi
una intensa luz muy blanca y tuve la sensación de que volaba hacia ella, pues
la luz comenzó a crecer y se fue haciendo cada vez más y más grande a medida
que iba teniendo la im-presión de que me aproximaba a ella, pero yo también
crecía al mismo ritmo hasta que ambos, la luz y yo, aca-bamos fundiéndonos y
llenándolo todo, y fue en ese momento cuando descubrí que esa inmensa masa
lumi-nosa eran miles de millones de estrellas, y que todas ellas estaban dentro
de mí. Hasta ahí puedo recordar. Después vino el vacío, la nada absoluta, el
olvido, el sueño eterno.
Cuando el
sargento de guardia hizo acto de presencia de nuevo y nos avisó de que la
palestra estaba dispuesta y los capitanes de ambos reinos ya esperaban en ella,
Ricardo y Felipe me situaron entre ellos y salimos los tres caminando de la
tienda real, seguidos por la guar-dia de escolta.
La
palestra era rectangular, de unos quince pasos de largo por ocho o nueve de
ancho, cubierta por una carpa a dos aguas de lona a rayas rojas y negras, en
cuya cum-brera ondeaba un estandarte con los tres leones de la casa
Plantagenet, y sus laterales se encontraban cerra-dos por palenques de estacas.
Cuando
llegamos, la decena de caballeros ingleses y
101
franceses,
que se hallaban mezclados y en animada conversación, cesaron en sus pláticas y
se dirigieron ca-minando hacia nosotros.
—Mis
nobles caballeros, prestad atención —mani-festó Ricardo, elevando el tono de
voz—. Este que nos acompaña es Orlando, célebre, además de por ser un hombre
muy rico, por ser el único humano que goza de una longevidad tan prolongada que
ya raya en inmorta-lidad y por poseer tan extraordinarias facultades físicas
que lo convierten en un semidiós.
—Sí,
ciertamente así es. Yo he oído cantar vuestra apasionante y no menos extraña
historia a trovadores y juglares en mi propio castillo y en algunas plazas
pú-blicas del sur de Francia, y también de España y Portu-gal —confirmó Robert
de Sablé, un noble templario an-gevino que era afamado por ser un gran
estratega y que solía aconsejarle a Ricardo que ganaría más aliándose con
Saladino que enfrentándose a él—. Según se cuenta en esos cantares, sois capaz
de volar; vuestra piel no puede ser atravesada por ningún arma; vuestra fuerza
es la de diez hombres robustos, y sois tan viejo que ya debéis cargar a
vuestras espaldas con más de cuatro-cientos años.
—Efectivamente,
así es —respondí—. Nací el 16 de enero del año 737 y fui resucitado el 30 de
agosto del 778.
—Entonces
ya habéis rebasado el ecuador de vuestro quinto siglo de existencia —me
respondió—, así que cuando os vengáis a dar cuenta ya habréis sobrepasado
102
los
novecientos sesenta y nueve años de Matusalén. También tengo entendido que
durante unos años osten-tasteis el cargo de margrave de la Marca Hispánica,
para el que fuisteis nombrado por el emperador Carlo-magno. Decidme, ¿es cierto
o son invenciones de ju-glar?
—Es
cierto cuanto os han contado, mi señor —le confirmé, dándole el tratamiento de
«mi señor», como correspondía a su título nobiliario.
—Olvidaos
del protocolo y de quién sois ahora, Or-lando. El título de margrave que
durante años habéis ostentado en el pasado es similar al de príncipe, es
de-cir, superior al de duque. Yo solo soy un conde, por lo que os ruego que
simple y llanamente me llaméis por mi nombre de pila, que es Robert.
En esto
vimos cómo el maestro de armas se aproxi-maba hasta nosotros, después de
haberle dado su visto bueno a los escuderos que se ocupaban del armero.
—Mi
señor, las armas están preparadas y revisadas para que elijáis las que deseéis
usar en la contienda.
—Está
bien, maestro, vamos allá —le respondió el rey, al tiempo que echaba a andar en
dirección al ar-mero y, tomándome por un brazo, me dirigía unas pa-labras—.
Decidme, Orlando, ¿cuál es vuestra arma fa-vorita?
—Ninguna,
señor. Como quiera que las armas cau-san más dolor y más desgracias que
satisfacciones, he acabado odiándolas. Como podréis comprobar dentro de un
momento, mi cuerpo está defendido contra todo
103
tipo de
agresiones, ya sea ejecutada esta con un arma o con cualquier otro objeto
ofensivo, pero si soy yo el que quiere agredir, cosa que no hago desde hace
cuatro si-glos, prefiero usar mis manos.
—Curiosa
manera de ver la vida, habiendo estado dedicado a la guerra durante tantos años
—me respon-dió Ricardo—. Vuestra mansedumbre pondría los reinos al alcance de
la mano del primer conquistador que no tuviera vuestros escrúpulos y acabaría
con las ambiciones humanas, que son las que mueven el mundo, convirtiéndolo en
un rebaño de borregos.
—Supongo
que las ambiciones humanas a las que os referís son las del poder y el dinero.
—¿A
cuáles otras, si no, podría referirme? La ri-queza lleva al poder y este eleva
a la persona por en-cima de sus semejantes.
—Sí, eso
es cierto, pero la riqueza y el poder no les garantizan la felicidad a la
persona que los alcanza. ¿Qué os parecería descubrir el secreto para alcanzar
el estado de felicidad suprema? Me estoy refiriendo a una forma placentera de
estar y de vivir en el mundo, sin que vuestro ánimo sufra por nada ni sea
perturbado por preocupación alguna.
—Ese debe
ser el estado de ánimo que alcanzan los santos, pero no todos estamos tocados
por el dedo de Dios —intervino Felipe, que había venido escuchando en
silencio—. Ni siquiera el papa goza de ese estado al que os referís, prueba de
ello es que esta Cruzada ya es la tercera que convoca llamándonos a los fieles
a dar la
104
vida por
la fe de Cristo y exhortándonos a ganar el Pa-raíso matando al mayor número
posible de musulma-nes.
—Pues en
eso el papa se equivoca —le respondí—. La vida ha sido creada por Dios y, como
todo lo creado por Él, tiene carácter divino y sagrado, lo que hace que
convocar una Cruzada para matar en nombre de Dios sea un doble crimen; ni
siquiera un juez debería tener autoridad para condenar a muerte a un asesino,
ya que la vida del homicida es tan sagrada como la de su víc-tima, y su muerte
tan solo debe estar en manos de Dios. Es una aberración que un insignificante
ser humano, que es menos que una mota de polvo en el Universo, pretenda
interpretar que la voluntad de Dios sea qui-tarle la vida a otro hombre, ya sea
en nombre de la Gue-rra Santa o de la Justicia; quien así actúa está
agre-diendo al Creador. Tan solo sería aceptable causar daño, aunque sin saña y
en la menor medida posible, siempre que fuera en defensa de la propia vida. La
fe-licidad se alcanza mediante el ejercicio de la bondad y de la ayuda al
prójimo, y a esto solo se llega a través del respeto y del amor incondicional.
Si os liberáis de la querencia a las cosas materiales y os dedicáis a hacer
felices a las personas que están cercanas a vos, vuestra alma no ambicionará
más riquezas ni más poder del que ya tenéis; y solo entonces habréis alcanzado
ese estado de felicidad que os hará merecer la gloria y el respeto de los
hombres.
—Sabéis
lo que os digo, Orlando —concluyó el rey
105
Felipe
cuando ya estábamos parados ante el armero—, que equivocasteis vuestra carrera
y hubierais sido un magnífico obispo y aún mejor papa.
—Yo no
tomaré escudo, me armaré con una espada larga y una maza rígida —dijo Ricardo—.
Y vos, Or-lando, ¿qué vais a elegir?
—Yo
tomaré solo un escudo, por cierto ¿cuál de es-tos me aconsejáis?
—¿Solo un
escudo? ¿Es que no pensáis defenderos?
—En el
caso de que destruyáis mi escudo con vues-tra espada o con la maza, ya
comprobaréis que continúo suficientemente defendido —le respondí pues, como el
lector ya habrá imaginado, llevaba puesto mi traje bió-nico—. Bien, me haré con
un escudo. Veo que esta ro-dela está chapada de hierro, creo que debe ser la
más resistente, ¿no os parece?
—Sí,
ciertamente es la más resistente, pero también es la más pesada —me respondió—.
Pesa unas cin-cuenta libras, más del tripe que una rodela normal, ya que el
espesor de la chapa de hierro que la recubre es de un cuarto de dedo11, siendo
capaz de detener maza-zos e incluso lanzazos a corta distancia. Está diseñada
exclusivamente para guerreros muy fuertes y robustos, para aquellos hombres que
tengan fuerzas suficientes para sostenerla durante el transcurso de una
batalla, aunque si es cierto que tenéis la fuerza de diez hombres,
11 En la Edad Media, el dedo era una unidad de
medida de longitud equi-valente a la dieciseisava parte de un pie, es decir, a
17,4 milímetro. Así pues, un cuarto de dedo serían unos 4 milímetros de
espesor.
106
como dice
vuestra leyenda, vos la encontraréis ligera. Pero si no empuñáis un arma
ofensiva me niego a lu-char contra vos; sería yo un despreciable cobarde si
lu-chara contra un hombre desarmado, por muy bien pro-tegido que esté.
—Os pido
perdón, señor, nunca estará en mi ánimo desairaros; tomaré la rodela como
escudo de protección y esta daga rompe-espadas12 como arma ofensiva.
—¿No
deberíais hacer como yo y protegeros la ca-beza y el cuerpo con una cota de
malla?
—Creedme,
señor, cuando os digo que no la nece-sito.
—Está
bien. Vamos allá —dijo, dando media vuelta y en media docena de grandes y
decididas zancadas se situó en el centro de la palestra.
Yo lo
seguí y me situé frente a él, a tres pasos de distancia.
—¿Estáis
preparado? —me preguntó.
—Estoy
preparado —le respondí.
—Comencemos
pues. Atacadme vos —me ordenó. Di dos pasos al frente protegido con el escudo
y, al llegar hasta él y tenerlo al alcance de mi arma, alcé un poco la rodela,
simulando protegerme la cabeza, y le
12 La daga rompe-espadas es una variante de la
daga zurda. Aunque la daga zurda es principalmente un arma de parada, la
rompe-espadas va más allá, pues no solo bloquea ataques, sino que también puede
romper la hoja del arma del oponente. Su hoja está diseña en dientes de sierra
destinados a atra-par y romper la hoja enemiga mediante un giro de muñeca, si
bien, es nece-sario tener en los dedos una fuerza extraordinaria para lograr
realizar esta maniobra con eficacia.
107
lancé con
la daga rompe-espadas una puñalada al vien-tre que encontró la protección de la
cota de malla que lo cubría hasta medio muslo.
—Buena
embestida de comienzo —dijo Ricardo, algo sorprendido—. Confieso que no la
esperaba.
Y, en
diciendo esto, dio un paso hacia mí y descargó un golpe terrible de su maza
sobre mi escudo, abo-llando la chapa de revestimiento y haciendo que la ma-dera
de la rodela crujiera. Al tiempo que mi brazo iz-quierdo aguantaba sin
inmutarse el fuerte golpe, giré mi cuerpo dando una vuelta sobre mí mismo y le
des-cargué una segunda puñalada, esta vez en su costado izquierdo, que
igualmente fue detenida por la cota de malla.
—He de
reconocer que sois muy hábil en la lucha y es sorprendente la agilidad que
demostráis tener con cuatrocientos años a las espaldas. Prestad atención: ahí
lleváis mi respuesta.
Dio un
paso hacia mí y descargó sobre mi escudo varios golpes de espada muy seguidos,
y aprovechando que yo mantenía la rodela en alto aguantando los gol-pes, volteó
por un lateral la maza que esgrimía en su mano izquierda y le descargó un
segundo golpe al es-cudo que hizo que se saliera de mi brazo y volara por los
aires, dejándome desprotegido. Su siguiente movi-miento fue el de lanzarle a mi
costado izquierdo un golpe de plano con la espada, pero viéndolo venir, tuve
tiempo de sobra para tele-portarme tres metros hacia atrás. Un murmullo de
sorpresa y admiración se levantó
108
entre los
capitanes que, al no haber podido ver el des-plazamiento de mi cuerpo,
interpretaron que me había movido a una velocidad superior a su vista.
—Ahora os
entiendo cuando antes hablabais de vuestra increíble rapidez de movimientos
—dijo Ri-cardo—. Confieso que mis ojos no han sido incapaces de ver la rapidez
con la que habéis eludido mi golpe.
—En
cualquier caso, al descargar vuestro golpe, si vuestra espada se hubiera
acercado a mi cuerpo os hu-bierais llevado una sorpresa aún mayor que esta.
—¿A qué
sorpresa os referís? Estoy ansioso por verlo.
—Descargad
sin temor un golpe con el filo de vues-tra espada en la parte de mi cuerpo que
más os plazca. Y hacedlo con toda vuestra fuerza.
Así que,
al invitarlo a hacer tal cosa, la agresividad y la crueldad que Ricardo llevaba
en la sangre hizo que el golpe lo descargara tomando el puño de la espada con
ambas manos y haciendo un giro casi completo a fin de que el filo llegara con
toda la fuerza de la que era capaz. Ya sabéis que el campo de fuerzas del traje
bió-nico se activa instantáneamente cuando detecta el acer-camiento de algún
objeto a una velocidad que pueda causarle daño al cuerpo y que, cuanta más alta
sea esta velocidad, con más fuerza es rechazado el objeto. Así que, cuando la
espada se aproximó a la distancia de un codo de mi pecho, no llegó a tocar mi
cota de malla, sino que escapó de las manos de Ricardo y voló por el aire en
dirección a donde se encontraban los capitanes,
109
yendo a
clavarse en un pie de Garnier de Nablus, el Gran Maestre de la Orden de Malta,
que lanzó un au-llido desaforado de dolor al perder dos dedos de su pie
izquierdo. Al ver lo ocurrido, Ricardo, aunque asom-brado y con los ojos aún
brillantes por la jactancia de su gran fuerza, asió el mango de la maza con
ambas manos y volvió a descargar un segundo golpe dirigido a mi cabeza,
pareciendo no importarle las consecuen-cias. El resultado fue el mismo: cuando
llegó a un codo de distancia de mi cuerpo, la maza rebotó como si hu-biera
chocado contra una roca, saliendo despedida ha-cia atrás y yendo a estrellarse
contra el almófar13 que le cubría la cabeza y la frente, lo que le hizo perder
mo-mentáneamente el sentido, después de que las anillas de la cota de malla se
clavaran en sus carnes, hacién-dolo sangrar y dejándole dibujada su huella en
la frente para el resto de sus días. Me incliné sobre él para ayu-darlo y,
cuando el sargento y los soldados de la escolta vieron a su rey tendido en el
suelo, sin sentido y san-grando, se abalanzaron sobre mí y, agarrándome por las
ropas, tiraron de ellas para separarme de él con tal vio-lencia que, siendo tan
solo una amplia túnica la única prenda de vestir que llevaba puesta, me la
arrancaron del tirón dejándome con el deslumbrante y blanquísimo traje biónico
a la vista. Y, como quiera que no deseaba hacerle daño a ninguno de aquellos
soldados, opté por elevarme en el aire a unos siete u ocho codos de altura.
13 El almófar era una capucha de malla que
cubría la cabeza, el cuello y los hombros.
110
Al verme
flotando, suspendido en el aire, enfundado en el muy blanco y resplandeciente
traje biónico, todos quedaron perplejos y como idiotizados ante lo que para
ellos era algo milagroso. Durante unos segundos, tanto los soldados como los
nobles capitanes de Ricardo de-tuvieron su movimiento de avance quedando
algunos de ellos paralizados, mientras que otros caían de rodi-llas pidiéndome
perdón. Y, aun así, una de las ballestas que portaban el grupo de soldados se
disparó y el virote fue a impactar a la altura de mi vientre, siendo recha-zado
con la misma fuerza que llegó y con idéntica tra-yectoria, pero en la dirección
opuesta con la que había llegado, por lo que fue a clavarse en el pecho del
sol-dado que la había disparado, que cayó al suelo herido de muerte. De todo
esto resultó que, tanto lo ocurrido con el rey Ricardo como con el soldado,
parecía poner de manifiesto no solo mi invulnerabilidad, sino que fue
interpretado como que cualquier intento de atentar con-tra mí era
inmediatamente castigado por Dios, pues como ya venía ocurriendo desde hacía
más de cuatro siglos, todos me tomaron por un ser angélico bajado a la Tierra.
111
6
Habían
transcurrido más de cien años desde que la Iglesia católica había dejado atrás
el siglo X, llamado «el siglo de la pornocracia»14 porque, durante los
pri-meros sesenta años de ese siglo, la docena de papas que se sucedieron,
desde Sergio III hasta Juan XII, habían sido títeres en manos de la nobleza y,
sobre todo, de las prostitutas que los manipulaban; el palacio de Letrán, sede
del papado, estuvo convertido en un lupanar en el que se celebraban frecuentes
orgías, en las que se daban cenas pantagruélicas y tanto el papa como sus
cardena-les fornicaban por los pasillos del palacio con las pros-titutas
romanas, que son las que durante todo ese tiempo estuvieron dirigiendo los
destinos de los católi-cos del mundo. No fue hasta el siglo XII que la Iglesia
reaccionó y recuperó su autoridad, aún con más fuerza que antes si cabe,
conservándola durante los siglos si-guientes, mediante la cual, argumentando
que la digni-dad de un rey tenía que ser divina y concedida directa-mente por
Dios, los papas se arrogaron, como vicarios de Cristo, la facultad de poner y
quitar monarcas en Eu-ropa, utilizando la excomunión como arma arrojadiza sobre
aquellos aspirantes a reyes que no se mostraban fieles y obedientes a los
criterios políticos que dictaba
14 La históricamente denominada pornocracia
significa «gobierno de las prostitutas» y se refiere a la forma de gobierno de
los papas del siglo X, ca-racterizado por la fuerte influencia de las
cortesanas en los asuntos públicos.
112
el
papado.
Así pues,
tras verse libre de los cruzados el 30 de marzo de 1191 con la marcha a Tierra
Santa del rey francés Felipe II, seguido diez días más tarde por Ri-cardo I, su
amante inglés, Tancredo consiguió ser al fin coronado como rey de Sicilia por
el papa Celestino III, teniendo que hacer frente a las serias desavenencias
suscitadas con Enrique VI, el emperador del Sacro Im-perio Romano Germánico,
quien lo acusaba de ser un bastardo y le reclamaba el trono del reino de
Sicilia para su esposa, Constanza, por ser esta la hija póstuma, pero legítima,
del rey Roger II de Sicilia, desacuerdos estos que dieron lugar a diversos
choques armados. Tres años más tarde, a la muerte de Tancredo en Pa-lermo el 20
de febrero de 1194 y sucederle en el trono el emperador Enrique y su esposa,
Constanza, la dinas-tía de los Hohenstaufen se abrió paso al fin en el
go-bierno del reino de Sicilia.
Más de
cincuenta años estuve viviendo en Mesina hasta que, estando ya cansado de ser
objeto de las mi-radas de los mesineses y de los muchos extranjeros que
desembarcaban conociendo ya de antemano mi insólita historia y deseaban
conocerme personalmente, tomé la decisión de abandonar la ciudad y mudarme a
Palermo. Si bien algunas de aquellas miradas, que en verdad eran más bien
pocas, estaban llenas del respeto debido a un anciano de más de cuatrocientos
cincuenta años de edad, pese a que mi aspecto seguía siendo el de un hom-bre de
entre treinta y cuarenta años, lo cierto era que,
113
algunas
de entre ellas, me parecían que eran más bien miradas de conmiseración, tal vez
por tener que sopor-tar tantos años de vida en un mundo asolado por el hambre y
las guerras que no invitaba a ser vivido, pero las restantes, que venían a ser
la gran mayoría de ellas, eran las mismas miradas de asombro y de curiosidad
con las que se mira a los animales exóticos de un par-que zoológico. Así pues,
el jueves 10 de agosto de 1245, festividad de San Lorenzo, cuya elevada
tempe-ratura ambiente le hacía honor al calor de la parrilla en la que fue
sacrificado el santo mártir, me mudé a Pa-lermo, la capital del reino de
Sicilia cuando este trono estaba ocupado por el mismísimo emperador Federico
II del Sacro Imperio Romano Germánico, que
gober-naba la isla como su noveno rey, con el nombre de Fe-derico I.
Siguiendo
mi inveterada costumbre de alejarme del centro de la ciudad y estar rodeado de
Naturaleza, me compré una casa en las afueras, al este de la ciudad, por ser
esta la zona más alta, desde donde podía divisar la suave y poco penetrante
bahía que el Tirreno forma frente al puerto de Palermo. Era una magnífica finca
de recreo a la romana, con dos plantas habitables y un jar-dín delantero, con
su parte trasera dedicada a árboles frutales, y a la que vine a añadirle una
nueva y amplia edificación de una sola planta, en la que instalé la sem-piterna
academia que me había servido como vía de es-cape al aburrimiento y de
aliciente para sentirme útil en cada una de las ciudades en las que había
vivido hasta
114
entonces.
Fue en la
mañana de un domingo de mediados de septiembre de 1249 cuando conocí
personalmente al conde Filippo de Ventimiglia. Acababa el noble de salir de oír
misa en la catedral cuando vino a visitarme acompañado de su primogénito
Enrico, un joven muy alto de diecinueve años, de ojos grandes, glaucos y
bri-llantes que contrastaban con la piel de su rostro, muy morena por exceso de
sol, y con una melena de negrí-simos cabellos rizados que le caían sobre los
hombros formando bucles.
—Conde
Filippo, sed bienvenido a mi humilde casa. Me honráis con vuestra visita —fue
el cumplido con el que lo saludé al recibirlo, acompañándolo de una res-petuosa
inclinación de cabeza.
—
Gracias, maese Orlando. Sé de vuestra historia y de vuestra sabiduría, tanto
científica como humanís-tica, por lo que para mí también es un honor ser
reci-bido por vos —me respondió, devolviéndome el cum-plido—. Este que me
acompaña es Enrico, mi primo-génito.
—Entonces
es doble el honor que entrambos me es-táis procurando —les respondí, dirigiendo
esta vez una leve cabezada al hijo—. Hoy ha amanecido un día pre-cioso, soleado
y con una temperatura agradable; parece que el otoño se retrasa y que el verano
no quiere irse. Pasemos pues a la parte trasera de la casa que es más fresca,
donde mi mayordomo nos servirá un refrigerio y podremos hablar con más
comodidad.
115
Acomodados
alrededor de un velador, a la sombra de un limonero, con los suelos recién
regados y una al-garabía de pájaros persiguiéndose revoloteando de ár-bol en
árbol, el conde Filippo dio comienzo a expli-carme el motivo de su visita con
todo lujo de detalles previos.
—Como
supongo que sabéis, dado que la noticia se ha extendido por toda Europa, los
turbulentos y belico-sos acontecimientos que desde primeros de año se han
venido dando en toda la Liguria en general y en Venti-miglia en particular, me
han obligado a tener que acep-tar la soberanía feudal superior de la Comuna de
Gé-nova, habiendo pasado a su dominio directo los territo-rios más orientales
de mi condado y, al paso que van las cosas, también acabarán obligándome a
tener que cederle a Carlos de Anjou, el actual conde de la Pro-venza, mis
derechos sobre la zona más occidental de mi condado.
—Sí,
conde, estoy al tanto de lo ocurrido y siento de veras que tengáis que estar
pasando por todo esto —le respondí.
—Gracias,
maese Orlando. A fin de paliar y hacer frente a tan grave contratiempo, he
acordado con el conde Alduino de Geraci, al que conoceréis de aquí en Sicilia,
el matrimonio entre mi primogénito, Enrico, aquí presente, y su segundogénita,
Isabella, para dentro de tres años.
—Bendito
sea Dios, al fin recibo una buena noticia
—respondí
de buena gana—. Recibid ambos mi más
116
sincera y
leal felicitación.
—Gracias,
magister —me contestó el joven Enrico, adelantándose a las gracias de su padre,
llamándome la atención el apelativo de «magister» que me daba y que me
trasladaba a los años del Imperio romano.
—Hemos
venido a Palermo —continuó diciendo el conde— con el fin de que los prometidos
se conozcan personalmente y, ya una vez aquí, he pensado que, dado que a través
de ese casamiento Enrico está lla-mado a heredar las posesiones del condado de
Geraci en Sicilia, sería muy conveniente que pasara por un proceso de educación
que sea puramente siciliano. Como sabéis, la Liguria se encuentra en el norte
de Ita-lia, a más de seiscientas millas marinas de Palermo, por lo que toda la
región genovesa está muy influenciada tanto por la cultura francesa como por la
de los pueblos alpinos, que tan diferentes son de la cultura sureña ita-liana.
Y, como quiera que un gobernante no solo debe conocer las costumbres, sino
también saber cómo siente y cómo piensa el pueblo que gobierna, es por lo que
os pido que aceptéis a Enrico como vuestro discí-pulo durante estos tres años
que le restan de soltería. Deseo no solo que le enseñéis todas las materias que
tan sabiamente domináis, sino que, además, lo edu-quéis para ser un buen
príncipe y le enseñéis que todos sus actos deben estar presididos por la
sensatez y la jus-ticia, dirigidos siempre al bienestar de su pueblo y en
perfecto equilibrio con sus intereses personales, aunque sin olvidar las tan
necesarias reglas que la política le
117
impone al
gobernante, como pueden ser un entusiasmo que sea capaz de hacer frente a
cuantos desafíos puedan presentársele, y desarrollar la astucia necesaria para
re-vertir los acontecimientos y ponerlos a su favor. ¿Acep-taréis mi petición
de ser su tutor durante los tres si-guientes años? Por vuestros emolumentos no
debéis guardar ningún cuidado, os pagaré la cantidad que me pidáis.
Más de
una vez he pensado que no debí aceptar aquella petición por la alta
responsabilidad que repre-sentaba, pero tal vez la acepté porque vine a tomar
como un desafío la educación de un joven noble desti-nado a gobernar, o quizás
lo hice por romper mi sole-dad de cuatro siglos, o quién sabe si por ambas
cosas a la vez, lo cierto es que así fue cómo el conde Filippo de Ventimiglia
se volvió a sus territorios de Liguria a se-guir soportando aquellos
levantamientos que todavía le amargarían la vida durante varios años, dejando a
su hijo Enrico a mi cuidado, viviendo bajo mi techo y su-jeto a mi vigilancia y
tutoría.
El
carácter de Enrico era fundamentalmente flemá-tico, si bien de tarde en tarde
tenía rasgos apasionados, sobre todo frente a situaciones de injusticia, en los
que se mostraba comprensivo, compasivo y servicial, pero en su día a día se
mostraba inteligente, metódico, orde-nado, individualista y poco expresivo.
Podía decirse que comúnmente era frío, pero que en ocasiones le bro-taba un
ramalazo de orgullo, de aspereza y de sequedad que hacía difícil su trato,
prueba de esto fue que,
118
cuando en
la primavera de 1252 contrajo matrimonio con Isabella de Geraci, me pidió que
fuera su padrino de bodas, rechazando como tal a su propio suegro, el conde de
Geraci, y se mostró inflexible sobre el templo en el que deberían celebrarse
sus esponsales; mientras que el obispo Bernardo de Castagna le insistía en que
debía llevarse a cabo en la nueva catedral que el obispo Gualtiero había
mandado construir en 1185 sobre una antigua basílica bizantina, él prefería
hacerlo en la igle-sia normanda de Monreale, fundada por Guillermo II en el año
1172, en la que se fundía el arte normando con el árabe imperante en Sicilia,
alojando en su inte-rior unos impresionantes mosaicos dorados con esce-nas del
Antiguo y del Nuevo Testamento.
Lo cierto
es que, en los tres años que vivió conmigo, Enrico fue un buen conversador, que
participaba en las tertulias que yo organizaba en mi academia y llenó mu-chas
de mis noches de soledad, así como también fue un magnífico estudiante que no
solo sacó un gran pro-vecho de todas mis enseñanzas, sino también de las de
otros científicos y humanistas que frecuentaban mi casa y mi academia, entre
ellos, el afamado médico Juan de Prócida, que ya de joven recibió una cátedra
universi-taria y a quien Federico II, el que fuera iniciador de la Escuela
Poética Siciliana, que también acudía a mi ter-tulia y que más tarde sería rey
de Sicilia, rey de Jerusa-lén y emperador del Sacro Imperio Romano Germá-nico,
lo nombró su médico personal, como también lo era del cardenal Juan Orsini, el
futuro papa Nicolás III.
119
Juan de
Prócida conocía bien los entresijos del reino pues había crecido en el seno de
la burocracia Hohens-taufen y siempre fue considerado por todos, además de un
gran sabio por sus grandes conocimientos médicos, como persona muy inteligente
y pragmática. Y, en cuanto a Enrico, aunque después de su boda pasó a vi-vir en
el palacio que le cedió su suegro, durante bastan-tes años siguió acudiendo con
mucha frecuencia a mi tertulia.
Pasaron
los años y en 1250 tuve que vivir la muerte del gran Federico, apodado por
todos como «stupor mundi»15, cuando tan solo contaba con cincuenta y cinco años
de edad, así como también tuve que pasar por los reinados y las muertes de tres
de sus sucesores, a saber: Conrado I, que murió de malaria a los veinti-séis
años; Conradino, hijo del anterior; y Manfredo, hijo de Federico, para terminar
alcanzando a ver con gran tristeza cómo en enero de 1266, respondiendo a la
petición de ayuda formulada por el papa Urbano IV, con la promesa de
adjudicarle la corona de Sicilia, el por entonces conde de Provenza, Carlos de
Anjou, her-mano de Luis IX de Francia, armaba un poderoso ejér-cito con el que
debía ejecutar la orden papal de expulsar a Manfredo de los territorios del
papado, debiendo con-finarlo en el sur de Italia, como represalia por haber
de-rrotado, junto a los gibelinos de Siena, a los güelfos de Florencia y haber
recibido el reconocimiento de los flo-rentinos como protector de la Toscana.
Para desgracia
15 El asombro del mundo.
120
del
mundo, el 26 de febrero de 1266, Carlos de Anjou derrotaba a Manfredo en la
batalla de Benevento, la misma ciudad que mil años antes ya había sido testigo
de otra batalla entre el ejército del macedonio Pirro de Epiro y las legiones
romanas al mando del cónsul Ma-nio Curio Dentato. Y, no conforme con haberlo
derro-tado, en lugar de expulsarlo y recluirlo en el sur de Ita-lia como le
había pedido el papa, el sanguinario Carlos le dio muerte. Poco tiempo después
de la nefasta batalla de Benevento, el joven nieto de Federico II —Conra-dino
lo llamaba el pueblo—, con el apoyo de los gibe-linos16 italianos, después de
fracasar en un nuevo in-tento de recuperar el poder al ser también derrotado
por Carlos de Anjou, tuve que sufrir una nueva canallada del francés quien,
después de capturarlo, ordenó que fuera decapitado sin tener la menor
consideración a su juventud, pues el adolescente Conradino tan solo con-taba
con dieciséis años de edad.
Con estas
victorias, el de Anjou se convirtió en el nuevo dueño del reino de Sicilia,
ganándose con sus muchos errores cometidos el odio o, cuando menos, la
antipatía de los sicilianos de todas las clases sociales. A todo este malestar,
hay que añadirle que el nuevo rey instauró un duro gobierno absolutista y
estableció un elevadísimo régimen fiscal que vino a empeorar aún
16 Güelfos y gibelinos son los nombres de las
dos facciones que desde el siglo XII apoyaron en el Sacro Imperio Romano
Germánico, respectivamente, a la Casa de Baviera y a la casa de los
Hohenstaufen de Suabia. La lucha entre ambas facciones tuvo lugar también en
Italia desde la segunda mitad del siglo XII. Durante esta época, ambas
facciones se disputaron el Dominium mundi.
121
más el
muy alto que ya sufrían y que, cuando Carlos les exigió a los terratenientes
que acreditaran sus patrimo-nios presentando los títulos de propiedad de sus
casas y tierras, lo único que consiguió fue poner a toda la no-bleza siciliana
aún más en su contra, dado que, al care-cer de escrituras la gran mayoría de
las familias, el mo-narca decretó que aquellas tierras, casas y palacios que no
tuviesen título de propiedad, junto con las de aque-llos rebeldes convictos que
le habían hecho frente en su conquista, fueran confiscadas y entregadas a la
nobleza francesa de la que venía acompañado en la campaña bélica. Un último
agravio para el pueblo de Palermo fue que el rey decidiera trasladar el centro
del poder a Nápoles, relegando a Palermo a un segundo plano.
A lo
largo de todos estos años, mi pupilo Enrico, que había ido recibiendo los
títulos nobiliarios de sus fami-liares fallecidos, hasta llegar a acumular en
1266 cuatro nombramientos de conde y tres de señor, así como el de capitán
general de los ejércitos del rey Manfredo y vicario general del reino de
Sicilia, fue desposeído por el de Anjou de todos aquellos títulos que dependían
de su autoridad, viéndose obligado a tener que marcharse de Sicilia y
refugiarse en sus feudos de Liguria. Enrico recurrió a la corona de Aragón en
petición de amparo, por lo que, aprovechándose de que aragoneses y ange-vinos
mantenían una larga rivalidad por ocupar el trono de Sicilia desde que algunos
años atrás el infante Pedro, heredero del rey aragonés Alfonso II, había contraído
matrimonio en Montpellier con Constanza de Sicilia,
122
hija de
Manfredo, durante los siguientes dieciséis años estuvo intentando convencer a
los reyes aragoneses de que debían anexionarse el trono de Sicilia, una vez que
este enlace matrimonial armaba de derechos sucesorios a la corona de Aragón,
así como ofreciéndoles también sus servicios como estratega para planificar la
interven-ción militar en la isla.
Otro hito
importante en la vida de Palermo fue la fe-cha del 30 de marzo de 1282, día en
el que se inició una sangrienta revuelta, conocida como las Vísperas
Sici-lianas, cuyo origen ha llegado hasta nuestros días ac-tuales en forma
difusa, como una mezcla de leyenda y de supuestos hechos históricos que no han
sido plena-mente confirmados, por lo que, habiendo sido yo un testigo
presencial de tales hechos, procuraré arrojarle al lector algo de luz. La
leyenda que ha llegado a nuestro día de hoy dice que la revuelta siciliana
estalló cuando un sargento francés llamado Drouet, obedeciendo la or-den que
tenía de vigilar que ningún palermitano llevara armas, estando bebido quiso
registrar a una joven que se dirigía con su marido a la iglesia del Espíritu
Santo de Palermo, siendo este el detonante de la rebelión y la masacre. Esta
versión es la que corrió de boca en boca por las calles de Palermo aquel lunes
30 de marzo, sir-viendo de acicate a las gentes para que se unieran a le
rebelión, pudiendo ser cierta en su totalidad o solo par-cialmente, ya que no
es menos cierto que, en los dieci-séis años que ya llevaba Carlos de Anjou
reinando en
123
Sicilia,
no había pasado ni un solo día sin que los sici-lianos conspiraran en su
contra, pudiendo dar fe de que esto que os digo es cierto, pues mi academia
servía de centro de reunión conspiratorio para un numeroso grupo de opositores,
entre los que se encontraban mi pupilo, Enrico de Ventimiglia, el médico Juan
de Pró-cida, el abad Palmieri y una decena de barones agravia-dos, de los que
algunos de ellos eran nacionalistas que no aceptaban estar sometidos al
gobierno del francés y querían expulsar al invasor, mientras que los más eran
víctimas que habían resultado perjudicados en sus pa-trimonios por las
malévolas decisiones tomadas por el monarca angevino. Ya en 1279, Juan de
Prócida, que por entonces se encontraba en Barcelona, se embarcó rumbo a Sicilia
disfrazado de franciscano para organi-zar la resistencia; y poco después,
habiéndose acordado en una de aquellas reuniones clandestinas ofrecerle la
corona del reino de Sicilia al entonces rey aragonés, Pedro III, que como os he
contado antes, al estar casado con Constanza, la hija del rey Manfredo,
acumulaba su-ficientes méritos sucesorios para ser nombrado rey de Sicilia,
fueron Juan de Prócida y Enrico los que viaja-ron a Constantinopla para
convencer a Miguel Paleó-logo, el emperador bizantino, de que apoyara la causa
del monarca aragonés. No debe extrañaros que se deci-diera recabar el apoyo de
Bizancio ya que, por aquellos días, Carlos de Anjou se disponía a emprender la
con-quista del Imperio Bizantino y se esperaba que su em-perador se mostrara
receptivo a una propuesta de esta
124
naturaleza,
que estaba dirigida a menguar las fuerzas del ejército angevino.
En
definitiva, lo que vino a ocurrir aquel 30 de marzo fue que, estando el
levantamiento popular coordinado de forma directa por el grupo formado por Juan
de Pró-cida, mi pupilo Enrico de Ventimiglia, el Abad Pal-mieri y media docena
de barones, y previsto que esta-llara el domingo 12 de abril, es decir, dos
días después de que zarpara de Mesina la flota angevina con destino a
Constantinopla, el lunes 30 de marzo los palermitanos adelantaron los
acontecimientos cuando, en un día tan señalado como el de las vísperas al
martes de Pascua, se disponían a celebrar la fiesta de il Vespro en la igle-sia
del Espíritu Santo, un austero templo cisterciense situado a las afueras de la
ciudad, al otro lado de la vieja muralla. El aire festivo que reinaba el día de
la celebra-ción, con danzas y cantos populares por las calles, se mezclaba con
el gran resentimiento que dominaba a la población por la arbitraria actuación
de los franceses, que se comportaban como los dueños y señores del te-rritorio,
a los que se les acusaba de continuos abusos y atropellos. Aquel día se había
congregado una gran multitud en la plaza que se abría junto a la iglesia,
es-tando a la espera de que las campanas del templo anun-ciaran las vísperas, y
como quiera que era día de fiesta y gran parte de la guarnición francesa
disfrutaba de su permiso en la calle, un grupo de soldados, alegres, be-bidos y
con ganas de pasarlo bien, irrumpió en el lugar. Según se dijo aquel día, al
mando del grupo de soldados
125
iba un
sargento, muy altivo y petulante, que molestó a una de las mujeres más jóvenes
que iba acompañada de su marido, lo que provocó la ira del esposo, quien se
abalanzó sobre el francés, le arrebató la espada y lo atravesó con ella sin
piedad; posiblemente al insulto re-cibido de parte del sargento debió sumarse
la fuerte in-quina que la presencia francesa provocaba en los paler-mitanos.
Por desgracia, cuando el resto de los soldados acudieron a socorrer al sargento
ya era demasiado tarde; el militar había fallecido. La multitud que se api-ñaba
en la plaza debió presentir que aquel acto era la oportunidad que estaban
esperando y la interpretaron como la señal para levantarse contra el opresor.
Así que, en aquel preciso momento, la masa popular enfu-recida cayó sobre el
grupo de soldados y la matanza de franceses se extendió como reguero de pólvora
y sin piedad por toda la ciudad.
Al ver el
campanero del Espíritu Santo lo que estaba ocurriendo en la plaza, en lugar de
tocar a vísperas tocó a rebato y echó las campanas del templo al vuelo
ha-ciéndolas tañer con tal ímpetu que su sonido parecía el anuncio del tan
esperado levantamiento popular. Diez minutos más tarde, las campanas de todas
las iglesias de Palermo repicaban al unísono y. al grito de «¡Mue-ran los
franceses!», los palermitanos, dominados por la furia, se echaron a las calles
armados de hachas, ma-chetes y cuchillos. Grupos de ciudadanos entraban a saco
en mesones, casas y conventos, donde asesinaban sin ninguna contemplación a
mujeres, niños, hombres
126
y
religiosos que no hablaran italiano con acento sici-liano. A los dominicos y
franciscanos les daban una oportunidad para aclarar sus orígenes, obligándolos
a pronunciar correctamente la palabra
cirici, que signi-fica «garbanzos», en dialecto siciliano, ya que su
pro-nunciación era muy complicada para los franceses, y aquellos que fracasaban
en el intento de una correcta pronunciación eran pasados a cuchillo de
inmediato.
Al día
siguiente, Palermo amaneció teñida de rojo. Salpicaduras sanguinolentas y
espesos charcos de san-gre coagulada cubrían las paredes de las casas y los
pa-vimentos de las calles y las plazas de la ciudad. Más de dos mil víctimas,
unas degolladas y otras que habían sido destripadas y mutiladas con rabiosa
saña, yacían dispersas o formando grupos al tratarse de familias en-teras que
habían sido masacradas; mujeres con la gar-ganta abierta, que antes de morir
desangradas se habían abrazado al cadáver apuñalado de sus hijos, muchos de
ellos aún eran bebés; ancianos que habían sido apalea-dos hasta la muerte y sus
cadáveres aparecían con el cráneo abierto y la masa encefálica a la vista; y
hom-bres que habían intentado defenderse de la criminal tur-bamulta y habían
muerto con sus cuerpos cosidos a pu-ñaladas.
Aquel
mismo martes, el pueblo se constituyó en Co-muna, puso a Roger Mastrangelo al
frente y envió emi-sarios a las principales ciudades de Sicilia para
anun-ciarles lo ocurrido e incitarlas a sumarse a la revolu-ción.
127
En pocos
días, el levantamiento se había extendido a las ciudades de Corleone, Trapani,
Caltanissetta, Cala-tafini y Sperlinga, si bien en estas dos últimas se
res-petó la vida de la guarnición francesa, con la que la po-blación llevaba
dieciséis años conviviendo sin proble-mas. En apenas dos semanas, la rebelión
controlaba el centro y el oeste de Sicilia, solo faltaba convencer a los
habitantes de Messina para que se unieran a la revolu-ción, pero ello no era
fácil ya que, siendo un lugar es-tratégico dada su proximidad a la península
Itálica, la flota angevina se encontraba anclada y fuertemente de-fendida por
una numerosa guarnición, además de que los Riso, la familia más poderosa de la
ciudad, apoya-ban la causa de Carlos de Anjou. Los mesineses cons-tituyeron una
Comuna dirigida por un capitán y cuatro consejeros quienes, después de tres
días de dudas y dis-cusiones, debatiéndose entre la cautela y la moviliza-ción,
al final se impuso la solidaridad con el resto de la isla y, dado que muchos de
los mesineses eran de ori-gen palermitano, decidieron sumarse a la revuelta. La
gran mayoría de los hombres, así como también nume-rosas mujeres, salieron a la
calle armados con dagas y cuchillos a la caza, captura y exterminio del
francés. Lo primero que hicieron fue diezmar la guarnición pasán-dola a
cuchillo en los cuarteles, al tiempo que asaltaban e incendiaban la flota
francesa.
La caída
de Messina fue el punto de inflexión para que Carlos de Anjou se diera cuenta
de la magnitud de la revuelta y de que el problema no tenía marcha atrás;
128
si quería
hacerse de nuevo con el gobierno de Sicilia debía apostar por otros caminos más
diplomáticos, pero nunca por los de la imposición y la fuerza. Aquel que nunca
había tenido en consideración el sentimiento na-cionalista de los isleños,
ahora publicaba un decreto en el que reconocía los excesos cometidos por sus
hom-bres y prohibía a sus funcionarios llevar a cabo actos como confiscar los
bienes personales de cualquier ciu-dadano sin darle una justa compensación, o
encarcelar a las personas sin juicio o sin causa justificada. Sin em-bargo, el
pueblo siciliano, que había pasado por mu-chas mentiras y ya estaba
escarmentado, prefirió la lu-cha armada. Y, como quiera que los sicilianos
necesi-taran apoyos exteriores para enfrentarse a tan poderoso adversario, a
poco de iniciarse la revuelta, Juan de Pró-cida acudió como embajador a Roma
para solicitar el amparo papal, pero dado que el papa Martín IV era un
ferviente defensor de la causa angevina se negó a apo-yar a las comunas
sicilianas.
Al
llegarle la noticia de la matanza y de la quema de su flota, Carlos de Anjou no
tardó en bajar navegando desde Nápoles con su ejército y desembarcar en Mesina
para, desde allí, intentar avanzar hacia el centro de la isla. Fue entonces
cuando los sicilianos buscaron auxi-lio al otro lado del Mediterráneo, en el
monarca arago-nés Pedro III, que como os he dicho antes se había ca-sado cuando
aún era un infante con Constanza Hohens-taufen de Suabia, la única heredera
legítima que aún quedaba con vida de la familia real siciliana, eliminada
129
por
Carlos de Anjou cuando conquistó la isla, y por tanto con derechos sucesorios
sobre el reino de Sicilia.
Aunque no
puedo afirmarlo con seguridad, es muy probable que tiempo atrás el rey aragonés
hubiera pen-sado hacerse con el reino italiano y que hubiera estado esperando
el momento oportuno para llevarlo a cabo, pero lo cierto es que también llevaba
bastante tiempo planeando la conquista de Túnez y que en aquellos mo-mentos su
flota se hallaba frente a la costa tunecina pre-parada para dar inicio a la
invasión; así pues, podemos decir que fue el azar quien le sirvió en bandeja la
opor-tunidad de conquistar la Sicilia que tanto ambicionaba, dado que la
posición geográfica de la isla, combinada con la de Túnez, le daría la llave
del Mediterráneo.
Según me
contó mi pupilo, Enrico de Ventimiglia, el acuerdo al que él mismo junto a Juan
de Prócida, el abad Palmieri y el resto de los barones, habían llegado con
Pedro III era esperar a que Carlos de Anjou iniciara la conquista de Bizancio
y, cuando la flota y el grueso del ejército francés abandonaran Sicilia con
destino a Constantinopla, darían comienzo a la revuelta interna para así tener
ocupada a la guarnición, circunstancia que sería aprovechada por el ejército
luso para invadir y ocupar la isla, pero todo esto se vino abajo cuando la
impaciencia del pueblo, que desde hacía algún tiempo ya atisbaba lo que se
estaba tramando y se había con-vertido en el rumor de cada día, desbarató los
planes dando lugar en Palermo a los sucesos del 30 de marzo y de las semanas
que le siguieron, que fueron los que
130
por sí
mismos iniciaron el alzamiento y precipitaron los acontecimientos.
El 29 de
agosto de aquel mismo año, aplazando la invasión de Túnez, Pedro III cruzó las
ciento veinte mi-llas de mar Mediterráneo que lo separaban de Sicilia,
desembarcó en Trapani y entró en Palermo al día si-guiente, cuando la ciudad
estaba a punto de rendirse a las tropas angevinas; luego se dirigió a Mesina y
le-vantó el sitio al que estaba sometida.
Un mes
más tarde, cuando Carlos volvía a la carga al mando de una escuadra compuesta
por galeras de Nápoles, Marsella y la República de Pisa, el 8 de sep-tiembre de
1282 fue interceptado por la flota aragonesa a veintiséis millas al norte de
Mesina, en el golfo de Gioia, a la altura del puerto de Nicótera, entablando
ba-talla ambas flotas y siendo derrotada la francesa por el almirante Pedro de
Queralt i de Anglesola, a pesar de la superioridad numérica angevina, perdiendo
los fran-ceses en el encuentro veintidós galeras y cuatro mil hombres, así como
el control sobre el estrecho de Me-sina. El enfrentamiento de Pedro el III con
el papa, pro-vocó que este lo excomulgara y coronara a Carlos de Valois como
nuevo rey de la Corona de Aragón.
Finalmente,
el 9 de noviembre de 1282, el obispo de Cefalú, desairando la voluntad del
papa, coronó al ara-gonés en Palermo como Pedro I, rey de Sicilia.
El
conflicto no terminó con la coronación de Pedro pues, para dirimir el
contencioso sobre la isla, Carlos de Anjou le propuso al aragonés batirse en un
duelo de
131
caballeros
en Burdeos, reto que Pedro aceptó. El 1 de junio de 1283, ambos monarcas
acudieron al lugar in-dicado en compañía de sus testigos y sus guardias de
escolta, pero lo hicieron a diferente hora, por lo que cada uno de ellos se
limitó a levantar acta de su presen-cia y declararse vencedor en conciencia.
A partir
de la coronación de Pedro I de Sicilia, la isla quedó vinculada por siglos a la
Corona de Aragón y a la monarquía hispánica. Y, cuando tres años más tarde, en
1285, murieron Pedro III de Aragón y Carlos I de Anjou, el reino de Sicilia se
dividió en dos de forma permanente, la parte insular por un lado y la
continental por el otro, pero como quiera los sucesores de ambos monarcas
siguieron intitulándose «rey de Sicilia», al objeto de poder distinguirlos
comenzamos a llamar reino de Nápoles al continental, y reino de Sicilia o reino
de Trinacria17 al de la isla.
17 La trinacria es un escudo que representa una
cabeza de mujer de la que salen tres piernas dobladas. Es un símbolo utilizado
desde la antigüedad y difundido a Occidente por los griegos, en el que la
cabeza representa al dios del sol mientras que las tres piernas representan las
estaciones de primavera, verano e invierno. El símbolo de Trinacria fue
adoptado como emblema de Sicilia a partir del alzamiento de las Vísperas
Sicilianas, y está muy presente en la cultura y tradición de la isla. Se
encuentra a menudo en banderas, escu-dos de armas, monedas y monumentos, y
representa la identidad de Sicilia y su pertenencia a la cultura mediterránea y
europea.
132
133
7
Fueron
tantos los muertos inocentes que hubo en las Vísperas Sicilianas de aquel
nefasto año de 1282 que se me quitaron las ganas de seguir viviendo en
Pa-lermo. Durante los siguientes tres años, allá por donde quiera que iba no
dejaba de ver teñidas de sangre las calles y las puertas de las casas que
sirvieron de esce-nario a la matanza; día tras día continuaba viendo el horror
de aquellos montones de cadáveres de hombres, mujeres y niños que, con sus
bocas abiertas en un mudo grito de terror y sus ojos desorbitados por el horror
que les había provocado la visión de la cercana presencia de la muerte,
figurándoseme que fijaban sobre mí su mirada muerta acusándome de no haber
utilizado mis poderes extraordinarios para salvarlos de tan triste des-tino.
Así pues, en noviembre de 1285, con la temprana muerte a sus cuarenta y cinco
años de edad del rey ara-gonés Pedro I, decidí continuar con el eterno destino
errante que me había tocado vivir y cambiar de domi-cilio mudándome a algún
otro lugar que me ofreciera algo de paz y tranquilidad y me ayudara a olvidar
tanta locura y crueldad humanas como llevaba vividas.
Después
de dudar durante algunos días qué ciudad era la que podría ofrecerme el sosiego
que necesitaba, y de llegar a la conclusión de que no la encontraría en Europa,
por ser un mundo donde sus gobernantes se de-batían en continuas guerras con
las que darle satisfac-ción a sus ansias de riquezas y de poder, pensé que bien
134
podría
encontrar la calma y la serenidad que tan ansio-samente buscaba en alguna
ciudad africana que estu-viera algo más alejada de la política y la religión,
ya que ambas están al servicio del dinero y son la peste de la Humanidad. La
ciega fe religiosa que la Iglesia le exige a sus fieles representa la negación
de la razón y del pensamiento crítico, al tiempo que es el marasmo del progreso
y el germen de las guerras de religión. La política es el arte con el que el
gobernante engaña a su oponente disfrazando las perversas intenciones de los
potentados para los que trabaja, aplicando las políticas y dictando las leyes
que los poderos les dictan y que siempre van encaminadas a favorecer el aumento
de sus riquezas, de las cuales el político suele participar recibiendo la
debida recompensa a sus favores. La reli-gión, al igual que la política, es el
arte mediante el cual los sacerdotes se encargan de garantizarle a los mismos
personajes para los que trabaja el político que sus bie-nes no les van a ser
arrebatados por el pueblo, por muy necesitado y hambriento que esté, para lo
cual el clé-rigo acepta la misión de mantener en la inopia a la masa popular,
negándole la educación que podría despertar-los y teniendo en vilo a cada uno
de los ciudadanos a lo largo de toda su vida con la terrorífica amenaza de un
llameante infierno en el que su alma arderá durante toda una eternidad si no se
muestra obediente a los dic-tados de la Iglesia y no conserva la fe necesaria
en los dogmas religiosos. En los siglos que llevábamos de vida supuestamente
civilizada, ha muerto más gente
135
por la
violencia de la política y por las guerras que por muerte natural.
Finalmente,
la ciudad que elegí fue El Cairo. Desde que, hacía ya más de un siglo, Saladino
construyó la ciudadela para fortificar la ciudad, ampliándola y sus-tituyendo
las viejas murallas por otras de piedra, la ca-pital no había dejado de crecer
hacia el sur y el oeste con la construcción de palacios, mezquitas, madrasas,
baños y fuentes públicas, así como otros muchos edifi-cios públicos que atraían
a un gran número de inmi-grantes, artesanos y comerciantes. Por otro lado,
hacía ya treinta y cinco años que los mamelucos habían ex-pulsado a los
mongoles y a los cruzados y gobernaban el país manteniéndolo en paz.
Después
de mi resucitación, el área del lenguaje de mi cerebro se había potenciado
hasta el extremo de po-der llegar a hablar y escribir correctamente un nuevo
idioma en menos de tres meses, y aunque yo dominaba a la perfección el latín y
una decena de idiomas euro-peos, no conocía ni una sola palabra de las lenguas
que se hablaban en Egipto, por lo que, a fin de ahorrarme un año de
aprendizaje, esta vez acudí a Suriel en busca de ayuda y le pedí que alguno de
sus androides políglo-tas que hablaban decenas de miles de lenguas del
Uni-verso, infundiera en mi cabeza el árabe egipcio, el árabe saidi y el
egipcio copto, que eran las tres lenguas principales con las que podría
entenderme con casi to-das las etnias del territorio egipciano sin tener que
verme obligado, durante el tiempo que me llevaría
136
aprenderlos
de viva voz, a tener que invadir telepática-mente el cerebro de algún
ciudadano, sin contar con su permiso, para comprender lo que me estuviera
diciendo o para hacerme entender transmitiéndole yo algún pen-samiento.
El lunes
11 de diciembre de 1285, después de vender todas mis posesiones en Palermo, me
embarqué en una galera que iba con destino a Alejandría transportando un
cargamento de cobre y volvería al puerto de Ostia cargada de esclavos, perfumes
de Arabia, alfombras de Persia y sedas de la China. Como de costumbre en cada
mudanza, viajaba yo con un equipaje de seis grandes baúles en los que, al haber
dejado de dar clases de es-grima, yo no transportaba armas y tan solo llevaba
mis ropas europeas y mi inveterada colección de libros, en-tre los que aún
conservaba los mismos que hacía ya más de quinientos años transporté en mi
primer tras-lado. Pese a que viajaba en uno de los peores meses del año para
navegar por el Mediterráneo, la mar se man-tuvo serena y el viaje fue bastante
tranquilo. Aún no había amanecido cuando el domingo 17 de diciembre divisamos a
gran distancia la luz del faro de Alejandría, pudiendo comprobar al llegar al
puerto que, aun es-tando muy dañado y condenado a una destrucción total al haber
sufrido los estragos de varios terremotos, el enorme edificio de más de
trescientos codos de altura aún cumplía a la perfección con su función de ayuda
a la navegación, reflejando con un gran espejo la luz del sol durante el día, y
durante la noche la de una gran
137
fogata en
la que se quemaba alquitrán, por ser la ma-dera muy escasa en el delta del
Nilo.
Siendo
muy sensibles los egipcios a los títulos nobi-liarios, me presenté en
Alejandría como el conde Or-lando de Aquitania, que viajaba a Egipto por placer
y estaba muy interesado en conocer su riquísima historia y sus maravillas, por
lo que llegaba en disposición de vivir en El Cairo una larga temporada.
Tres días
estuve hospedado en una posada de Ale-jandría, durante los cuales pude ver
cuánto de intere-sante se podía ver de los restos antiguos de la mítica ciudad
fundada por el gran Alejandro Magno hacía ya más de mil seiscientos años.
El tercer
día de mi estancia en Alejandría apalabré con el carretero Zaid el alquiler de
su carreta y antes del amanecer del cuarto día, el miércoles 20 de diciem-bre,
cargué en ella mis baúles y siguiendo un camino paralelo a la costa, nos
dirigimos a la ciudad portuaria de Rashid18, donde vierte sus aguas al
mediterráneo el brazo más occidental y más caudaloso de los que for-maban el
gran delta del río Nilo por entonces. El sol ya se ocultaba cuando llegamos a
Rashid y, una vez allí, embarqué en la embarcación del barquero Omari, una
18 La antigua ciudad de Rashid es la actual
Rosetta, localizada a sesenta y cinco kilómetros al estenordeste de Alejandría.
Su actual nombre le fue dado por las tropas napoleónicas, y es famosa porque en
ella se descubrió en 1799 la Piedra de Rosetta, que le permitió a Champollion
descifrar la escri-tura jeroglífica egipcia al tratarse de una estela que tenía
grabado un decreto del faraón Ptolomeo V escrito en tres escrituras distintas:
jeroglíficos egipcios en la parte superior, escritura demótica en la intermedia,
y griego antiguo en la inferior.
138
esas
barcazas que no tienen más de veinte codos de es-lora y cinco o seis de manga,
en las que los egipcios transportan por el Nilo alimentos, enseres y toda clase
de materiales, y en cuya popa ardía un infiernillo en el que se estaba
cocinando algo que olía a gloria.
—Buenas
noches, capitán Omari —saludé al bar-quero en el correctísimo y culto árabe
egipcio que el androide multilingüe de Suriel había infundido en el área del
lenguaje de mi cerebro, devolviéndome el hombre una amplia sonrisa al oírme,
que me hizo dudar si era porque pronuncié la frase sin ningún acento
ex-tranjero o quizás su sonrisa evidenciaba la gran ilusión que le hizo el que
lo llamara «capitán»—. Eso que está cocinando huele muy bien, ¿qué es?
—Es un
estofado de cocodrilo, señor —me respon-dió muy ufano—. Nadie en el Delta sabe
guisarlo mejor que yo.
—¿Cocodrilo?,
pero ¿ese animal se come?
—¿Qué si
se come? En vuestra vida habréis probado una carne más exquisita.
Pese a
que podía comer alimentos sólidos, aunque mi cuerpo no los necesitara, y ya
llevara cuatro siglos que prácticamente me alimentaba de unos cuantos va-sos de
agua cada día, siendo contadas las comidas que había hecho durante este tiempo
en celebraciones even-tuales, mi memoria gastronómica permanecía aún in-tacta y
el aroma de un buen estofado seguía estimu-lando mis sentidos y haciéndome
salivar.
—Espero
que me invitaréis a probarlo —le dije.
139
—Naturalmente,
mi señor —me respondió con afa-bilidad—, sabía que llegaríais tarde y que a
esta hora vendríais hambriento. Lo he cocinado especialmente para vos. Os
estábamos esperando y ahora mismo co-meremos todos de la misma cazuela.
—Ah,
muchas gracias, capitán, sois muy amable. Al decir «comeremos todos» se estaba
refiriendo a
él, a mí
y a los marineros Ode y Hasani, las dos únicas personas que lo acompañaban como
tripulación.
Debo
reconocer que el capitán Omari llevaba razón: un estofado de carne de cocodrilo
es un manjar de dio-ses, sobre todo si iba acompañado de todas aquellas
ri-quísimas verduras que la inmensa y fértil huerta que es el delta del río
Nilo les proporciona a los egipcios.
Aquella
noche dormimos en la cubierta de la bar-caza, junto al infiernillo, que fue
bien cargado de leña por el marinero Ode para combatir la humedad noc-turna del
Delta. Bueno, quizás debería decir que ellos tres durmieron, ya que yo estuve
una hora con los ojos cerrados y el resto de la noche fingiendo que dormía o
paseando por la cubierta.
Ver
amanecer en el delta del Nilo era todo un espec-táculo de la Naturaleza que
rayaba en lo divino. No es de extrañar que los egipcios adoraran al dios Ra, la
en-carnación del Sol, pues la primera impresión que se tiene al ver aparecer al
astro rey por el horizonte y ele-varse sobre la gran llanura verde que forma el
Delta del Nilo, es que tanto el diámetro aparente del disco solar como su
brillo cegador son el doble de los que se ven
140
en
cualquier otra parte del mundo. Desde el mismo ins-tante en que da inicio el
orto, notas en tu cara y en los dorsos de tus manos su intensísimo calor y
tienes la sensación de que sus rayos penetran en el interior de tu cuerpo y te
invade su energía vivificadora. Y, a conti-nuación, tienes la suerte de
contemplar el milagro de la vida, al ver cómo se despiertan los colores y los
aromas campestres, y de asombrarte admirando el diario rena-cer de toda la vida
en el Delta. De repente, el aire se llena de una algarabía de píos, trinos,
gorjeos y otros cantos de millones de pájaros de todas las especies; una
muchedumbre volátil llena el espacio, unos cruzando los cielos aleteando y
otros zancajeando las riberas en busca de ranas, roedores y pequeños peces, mientras
que los majestuosos cocodrilos, alineados en las orillas, reposan calentando
sus ateridos cuerpos puestos de cara al sol, con sus temibles fauces abiertas a
fin de que los reparadores rayos solares penetren en el interior de sus
gargantas y les proporcione la energía necesaria para su cacería diaria.
Con este
amanecer del jueves iniciamos nuestro viaje fluvial. Estuvimos navegando todo
el día en di-rección al sur, ascendiendo río arriba hasta que, ya ano-checido y
gracias al gran conocimiento que el capitán Omari tenía del curso de aquel
brazo de río, alcanza-mos la ciudad de Damanhu, donde intenté pernoctar en una
cabaña situada al margen derecho del río, tenién-dola que abandonar casi
enseguida y volver al barco, junto al infiernillo, huyendo de un ejército de
pulgas,
141
mosquitos
y garrapatas que estaba dispuesto a celebrar un banquete con mi cuerpo; era
preferible soportar el ajetreo del barco que, aunque estaba amarrado, no
pa-raba de moverse por la fuerte corriente fluvial, que ser comido vivo por
aquella marabunta alada y saltarina.
El
viernes amaneció con algunas nubecillas, que no tardaron en desaparecer, y el
viento, que en el Delta suele soplar casi de forma permanente desde el
Medi-terráneo, hinchó las velas y la barcaza continuó nave-gando rumbo al sur,
en dirección a El Cairo. De cuando en cuando nos cruzábamos con otras barcazas
que transportaban gran diversidad de cosas: unas iban car-gadas de cal, arena y
ladrillos para la construcción; otras se dirigían a los mercados abarrotadas de
frutas y verduras; y otras navegaban atestadas de animales do-mésticos como
vacas, cabras y ovejas, que serían sacri-ficados y descuartizados en el mismo
mercado, a la vista de los compradores.
Era
mediodía cuando nos sentamos a comer y, pese a que el capitán Omari era un buen
cocinero y dispo-níamos de otros platos para elegir, como eran un riquí-simo
plato de habas, al que llaman ful medames, que suelen consumirlo en las
primeras horas del mediodía, y un exquisito guiso de albóndigas al que llaman
kofta, todos preferimos acabar con el estofado de cocodrilo que había sobrado
del día anterior. Y entonces vino a ocurrir que, cuando terminamos de comer, el
marinero Hasani recogió los platos y, al asomarse por la borda con la intención
de vaciar las sobras en el río para que
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sirvieran
como alimento a los peces, un enorme coco-drilo, que al parecer había venido
siguiendo de cerca la embarcación, surgió de las aguas, atrapó en sus fauces un
brazo del marinero y lo arrastró a las profundidades. Yo, al presenciar el
ataque, reaccioné lanzándome al agua tras él y, pese a que las aguas del Nilo
bajan tur-bias por el limo que arrastran, pude ver al saurio nadar hacia el
fondo del río con su presa en la boca. Pudiendo respirar bajo el agua a través
de mi traje biónico, lo se-guí nadando con pies y manos a toda la velocidad de
la era capaz y no tardé en alcanzarlo. Al llegar hasta él, lo agarré por el
cuello en un fuerte abrazo y nadé impul-sándome con los pies arrastrándolo
hacia la superficie. Ni que decir tiene que la velocidad y la fuerza natatoria
de mis piernas era muy superior a la de la cola de aque-lla bestia y, cuando
tan solo había transcurrido un es-caso minuto, el capitán Omari y el marinero
Ode me vieron aparecer abrazado al cocodrilo para, a continua-ción, ver con
gran asombro cómo le abría a la bestia con ambas manos sus poderosas mandíbulas
y liberaba el brazo del aterrorizado Hasani, que nadó hacia la bar-caza a la
mayor velocidad que le permitían las heridas y magulladuras que aquella fiera
le había provocado en su brazo. Luego liberé al animal de mi abrazo, que se
sumergió y huyó hacia el fondo del río, para a conti-nuación elevarme en el
aire hasta unos seis o siete co-dos sobre el agua y volar hasta posarme sobre
la cu-bierta de la barcaza. La profunda herida abierta que las fauces del
cocodrilo habían provocado en el brazo de
143
Hasani,
sin llegar a romper el hueso, necesitó que le aplicara un poco de un ungüento
que tiempo atrás me había dado Radix, el médico uriati, cerrándose y sa-nando
en tan solo media hora sin dejar siquiera ni la menor señal de una cicatriz.
La mezcla
de sorpresa, mezclada con la de miedo y admiración que se reflejaba en los
rostros del capitán Omari y de sus dos marineros, rayaba en lo grotesco y movía
a risa; los tres se habían quedado alelados, con los ojos muy abiertos, casi
desorbitados por el estupor, con las mandíbulas descolgadas, sus labios
inferiores caídos, y algún que otro hilillo de baba colgando de sus comisuras,
parecían estar contemplando algún truco de magia o un número de
prestidigitación de un mago de feria. Y, para colmo, cuando me quité mis
empapadas ropas y me quedé cubierto tan solo con el luminosa-mente blanco,
brillante y ajustado traje biónico que, al destellar los rayos del sol parecía
que tuviera luz pro-pia, los tres cayeron de rodillas y dieron con sus frentes
en la cubierta del barco.
—Alzaos,
por favor, no soy ninguno de vuestros dio-ses —les dije—. Tan solo soy un
hombre que está al servicio de los dioses de la Luna y goza de sus favores.
Se
alzaron tímidamente, sin atreverse a mirarme a los ojos, y durante algunos
segundos se quedaron de pie frente a mí con la mirada clavada en el suelo. Al
fin, el capitán Omari, levantando lentamente la cabeza y se dirigió a mí en un
tono que denotaba un cierto temor.
—¿Los
dioses de la Luna, dices? Esta noche no has
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dormido
nada, cada vez que me desperté te vi paseando por la cubierta y, sin embargo,
hoy estás tan fresco como si hubieras descansado durante toda la noche. Solo un
dios no necesita dormir, ¿acaso eres un hijo de los antiguos dioses, Isis y
Osiris, y hermano de Horus?
—No,
Omari, estos a los que me refiero son otros poderosos dioses cuya morada está
en la Luna y son los encargados de proteger la vida en nuestro planeta Tie-rra.
—¿Proteger
la vida?, ¿qué peligros puede correr la vida?
—Son
muchísimos y muy graves los peligros que amenazan nuestro planeta, Omari.
Además de algunos que no son visibles para el ojo humano, hay grandes rocas,
como los cometas, que son de tan grandes como montañas y viajan a velocidades
tan inimaginables que si caen sobre nosotros pueden destruirnos para siempre
convirtiéndonos en un planeta muerto.
—Los
musulmanes creemos que es Alá quien se en-carga de protegernos; los cristianos
dicen que es Jehová quien lo hace y los judíos que es Yahvé.
—Sí, lo
sé, Omari. Los tres dioses que has mencio-nado son la misma persona con
distinto nombre. ¿No crees que, si de verdad este mismo y único Dios con tres
nombres distintos protegiera la vida sobre la Tierra, hubiera impedido que los
hombres se mataran entre sí en las nueve guerras de religión, a las que hemos
lla-mado Cruzadas, que hemos tenido en los últimos dos-cientos años, sobre todo
siendo estas tres religiones tan
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idénticas
entre sí, con los mismos o parecidos dogmas y preceptos, y en las que en
definitiva solo se discute por el nombre que cada uno le da a ese dios?
—Es el
dios cristiano el que no respeta la vida, pues han sido los papas quienes, en
su nombre, han promo-vido esas nueve guerras en las que han muerto más de cinco
millones de personas. De todas formas, parece muy lógico todo lo que dices,
pero no sé qué otra cosa contestarte. Los sacerdotes de las tres religiones
dicen que, aunque no pueden demostrar nada de lo que afir-man sobre Dios y
muchas de esas afirmaciones aparen-tan no tener lógica ni sentido alguno,
pareciendo que han sido dichas por un loco o por un visionario, debe-mos tener
fe en que sus palabras son verdaderas.
—¿Sabéis
lo que pienso de las guerras? Que la de-fensa de la fe, de la religión y de la
verdad tan solo son excusas y que la verdadera y única razón de las guerras son
el egoísmo, las ansias de poder, el saqueo y el en-riquecimiento ilícito.
El resto
de la tarde transcurrió en una navegación tranquila y sin sobresaltos, en la
que de cuando en cuando el capitán Omari o el marinero Ode, interrum-pían lo
que estuvieran haciendo para tomar el brazo de Hasani y volverlo a mirar con
asombro, pasándole los dedos una y otra vez sobre lo que antes había sido una
profunda herida abierta que había llegado hasta el hueso y ahora era piel sana,
sonrosada y sin señal al-guna de cicatriz.
Cuando
alcanzamos el gran puerto de El Cairo, el
146
disco
solar ya rozaba por el poniente las cumbres de las elevadas dunas de El Sheikh
Zayed. Fue el propio ca-pitán Omari quien bajó a tierra y buscó un carretón de
alquiler en el que cargar mis baúles; y a la hora de la separación los tres
marinos se inclinaron ante mí, sin atreverse a tocarme, como si en verdad
creyeran que se estaban despidiendo de un hijo de la diosa Isis y del poderoso
dios Osiris, pero yo los atraje hacia mí y les di un abrazo a cada uno de
ellos; luego, el capitán le ordenó al carretero que me llevara a Casa Hasán, la
me-jor hospedería de la capital egipcia; subí al pescate del carretón y, tras
restallar el cochero su látigo en el aire, la pareja de obedientes y fuertes
caballos árabes se pu-sieron en marcha y nos internamos entre las sombras de la
noche cairota que ya envolvían a la gran ciudad.
La
hospedería de Hasán era un antiguo palacete egipcio con unos quinientos años de
antigüedad, de la época del califato Omeya. Disponía de unas veinte
ha-bitaciones y, realmente, todo en ella, miraras a donde miraras, ponía de
manifiesto el lujo y la belleza de los que solían rodearse los califas. Tan
solo tuve necesidad de estar hospedado durante una quincena, pues ya al quinto
día encontré una magnífica casa que se encon-traba en venta, situada a espaldas
de la vieja mezquita de Amr ibn al-As, la primera que fue construida en toda
África, levantada en el año 641, a poco de acometerse la conquista árabe
musulmana de la región. En diez días la amueblé, corregí algunos detalles de
construc-ción de poca importancia y el sábado 12 de enero de
147
1286,
después de contratar a un mayordomo y a ocho personas para el servicio
doméstico, abandoné la hos-pedería de Hasán y me mudé a mi nueva casa
egip-ciana.
Lo
primero que hice el lunes fue solicitar una audien-cia con Qalawun, el sultán
mameluco suní que llevaba siete años gobernando Egipto y ya contaba con sesenta
y cuatro años de edad, habiéndose destacado como un eficiente guerrero que
había participado en numerosas campañas militares; desbaratado una importante
inva-sión mongola en 1281; y conquistado algunas de las es-casas plazas
cruzadas que aún existían en el Levante mediterráneo.
Tuve que
esperar algo más de tres semanas para que el sultán Qalawun me recibiera, y fue
durante la entre-vista que se me desveló la razón de tanta tardanza. Al
parecer, el sultán ya conocía mi existencia y le habían llegado algunas
noticias de mi asombrosa historia por lo que, antes de recibirme, quiso tener
una información completa de mi persona. Tengo que confesar que sentí una gran
admiración y mi vanidad halagada cuando descubrí que mi historia había llegado
hasta el lejano Egipto y que el servicio de información del sultán la conocía
al detalle.
El jueves
7 de febrero amaneció nublado. Salí de casa una hora después de amanecer y fui
dando un largo paseo por la orilla del Nilo, bordeando el viejo barrio de
Al-Manial. Cuando llegué al palacio real la guardia de la puerta ya estaba
avisada de mi llegada y fue el
148
propio
oficial de guardia quien me acompañó al gabi-nete de trabajo del mayordomo del
sultán que también me esperaba. Después de recorrer un laberinto de pasi-llos y
varias salas lujosamente amuebladas y bella-mente decoradas, el mayordomo me
llevó hasta el salón del trono, a presencia del príncipe mameluco.
Sayf
al-Din Qalawun era un hombre de aspecto im-ponente, muy alto y de proporciones
atléticas. Sus grandes ojos, de un color azul muy intenso, un rasgo fisonómico
característico de los mamelucos, se clava-ban en los de su interlocutor con la
fuerza y la fijeza de la mirada del miope, destacaban en un rostro ovalado y de
facciones delicadas; su abundante cabellera, así como su larga y espesa barba,
antes rubias doradas y ahora de un blanco plateado, luminoso y brillante, que
lo revestía de un majestuoso porte patriarcal. Se con-taba de él que, habiendo
sido hecho esclavo siendo ya adulto, era tan atractivo que un rico y enamorado
co-merciante llegó a pagar por él mil dinares, lo que le va-lió el sobrenombre
de al-Alfi (el de los mil).
Una vez
que el mayordomo del palacio me presentó al sultán y, a una indicación de este,
me hubo acomo-dado sobre unos cómodos cojines de seda en la gruesa y extensa
alfombra que cubría el suelo, mientras que el monarca permanecía sentado
mayestáticamente en su trono, situado cinco peldaños más arriba, en la cima de
una escalinata, quedando mi cabeza a la altura de sus pies, como ordenaba el
protocolo.
—Orlando,
no debemos comenzar esta audiencia sin
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que antes
me aclaréis si la historia que me han contado de vuestra vida es cierta o son
habladurías y exagera-ciones de las gentes —me dijo el sultán en lengua
túr-cica, que pude entender, más por telepatía que por co-nocer yo algo del
idioma turco, sin saber en aquel mo-mento si Qalawun era un negado para el
aprendizaje de nuevas lenguas o era uno más de los sultanes mamelu-cos que se
habían negado a adoptar el árabe como len-gua oficial de su reino.
—Mi
señor, no sé qué historias os habrán contado sobre mí, pero os advierto que la
mayoría de las cosas que se cuentan de mi vida son inventadas por la fantasía
popular.
—Me han
contado que ya tenéis más de quinientos años de edad, por lo que sois
considerado como inmor-tal, y que disfrutáis además de unos maravillosos
pode-res, como el de volar, el de moveros a una velocidad que escapa a la que
puede percibir la vista humana, o el de tener la fuerza física de veinte
hombres robustos. Y, lo último y más reciente que me han contado de vos es que,
viniendo navegando en una barcaza hacia El Cairo por el canal de Rashid, habéis
rescatado a un marinero de las mandíbulas de un gigantesco cocodrilo
abrién-dole sus fauces con vuestras propias manos y habéis obrado el milagro de
curar instantáneamente sus heri-das sin que le queden cicatrices. Decidme, ¿son
ciertas estas cosas o son charlatanerías de las gentes?
—Si bien
hay muchas cosas que se dicen de mí y no son ciertas, estas que en concreto
habéis mencionado
150
son
rigurosamente ciertas, mi señor.
De nuevo
tuve que recurrir a la falsa historia que un día me vi obligado a improvisar, y
volver a contar que un ya lejano día me mató un tigre en Bengala durante un
terremoto y que fui resucitado y curado de mis heri-das con una poción de una
hierba que era desconocida para el resto del mundo y que me fue administrada
por el brujo de una tribu local bengalí.
—Sí,
ciertamente esa historia coincide con la que me han contado mis informadores.
¿Conocéis el nombre de esa tribu y de esa hierba?
—Ellos se
llamaban a sí mismos la tribu de los asho, y a la hierba le daban el nombre de
rhastú, pero por más geógrafos y herbolarios a los que les he consultado,
ninguno los conoce por esos nombres.
—Y,
¿sabríais llegar de nuevo hasta aquella tribu?
—No, mi
señor, eso es materialmente imposible. Fui recogido en el mismo lugar donde me
mató aquel tigre por un grupo de nativos ashos que viajaban de regreso a su
aldea. Durante dos días, transportaron mi cadáver hasta su aldea a través de
una espesa selva y, después que me rescataron de la muerte, estuve durante
varios días en un estado de agotamiento y de aturdimiento que me tuvo sumergido
en una especie de sopor. Como en una nebulosa, los oía hablar en una lengua
incompren-sible para mí, y cuando consideraron que estaba fuera de peligro y
que ya había recuperado suficientes facul-tades físicas y mentales para valerme
por mí mismo, me hicieron cruzar de nuevo la selva y me dejaron en
151
el mismo
lugar donde me habían encontrado. Siempre tuve la impresión de que aquellos
hombres, aislados en aquella inmensa e impenetrable selva, evitaban el
con-tacto con el mundo exterior, como si quisieran mante-nerse a salvo de toda
contaminación externa. Ni en cien años podría yo encontrar el lugar dónde se
asentaba su pequeña aldea, en mitad de una selva en la que todos los árboles me
parecían iguales.
En aquel
momento, Qalawun se levantó de su trono y yo comencé a levantarme también, pero
me hizo se-ñas de que continuara sentado; bajó los peldaños y se sentó sobre
otros cojines, a la escasa distancia de tres o cuatro codos de donde yo me
encontraba.
—Es una
verdadera lástima —concluyó visible-mente defraudado, al tiempo que tomaba
asiento, pues al igual que cualquier otro humano el sultán quería vi-vir
eternamente—. De haber tenido ocasión de tomar esa poción y si hubiera causado
en mí el mismo efecto que en vos, juntos podríamos haber creado un imperio que
hubiera dominado el mundo entero durante miles de años.
—No
creáis tal cosa, mi señor, la realidad hubiera sido muy distinta a la que
imagináis.
—¿Por qué
decís eso?
—Porque
veo que no os habéis parado a pensar que el apego que los humanos le tenemos a
la vida se debe a que esta es corta y a que estamos irremisiblemente condenados
a perderla. Llevo viviendo más de cuatro siglos y os puedo asegurar que, cuando
se ha adquirido
152
la
inmortalidad, el paso del tiempo hace cambiar el co-lor de la vida y ya no la
vemos como cuando tenemos cincuenta o sesenta años. Cuando dejamos de
sorpren-dernos porque ya lo hemos vivido todo; cuando no existe nada que sea
capaz de asombrarnos; cuando co-nocemos todas las respuestas; cuando ya no
vivimos nada nuevo y la existencia se nos hace enojosamente iterativa, llegamos
a un punto en el que la vida puede convertirse en un infierno. Creedme, mi
señor, la vida puede llegar a ser tan insufrible que deseemos escapar de este
mundo pidiendo la muerte a voces y no poda-mos suicidarnos porque somos
inmortales.
—Sí, creo
que lleváis razón. Tengo sesenta y cuatr años cumplidos y hay ocasiones en las
que a mí la vida no me parece un placer sino un castigo. A veces me pregunto
qué sentido tiene que lleguemos desnudos a este mundo sin haber pedido venir a
él y sin que nadie nos haya consultado antes, para que durante los años que
existimos estemos padeciendo enfermedades y lu-chando por conseguir poder y
riquezas, y que un día desaparezcamos sin podernos llevar nada de lo que he-mos
conseguido con tanto esfuerzo a donde quiera que esté ese el lugar a donde van
los que han fallecido, si es que existe algún sitio a donde ir después de
muertos.
—Tanto
vuestra religión islámica como la mía cató-lica afirman la existencia de un
Dios creador de todo lo existente, así como la de un Paraíso y la de un
Infierno, pero ninguna de ellas puede demostrar que esto sea cierto; las dos
recurren al tópico de que, si todo tiene
153
un
principio, debió haber un momento en el que no existía nada de lo que ahora
existe, por lo que alguien tuvo que haberlo creado, y ese alguien es un Dios
que ha existido siempre. Naturalmente, si aceptamos que todo tiene un
principio, Dios también debió tenerlo y la pregunta inmediata es ¿quién creó a
Dios? Si la res-puesta a esta pregunta es que Dios no tuvo principio y existió
desde siempre, también el Universo puede ha-ber existido desde siempre, por lo
que ambos, Dios y el Universo, bien podrían ser la misma entidad.
—Ese
razonamiento es de una lógica aplastante, pero dado que la función de
investigar la realidad del mundo que nos rodea es de la Ciencia, poco nos debe
importar si la religión acierta o no a decir la verdad. Averiguar si el
Universo ha existido desde siempre o si ha sido creado por algún taumaturgo en
seis días es la-bor de los científicos, no de los sacerdotes; es por esto que
yo siempre digo que al Pentateuco le sobra el libro del Génesis. La función de
la religión debe ser pura-mente social, debiéndose limitar tan solo a dictar el
modo de vida que han de llevar los ciudadanos. Tanto en el islam como en el
catolicismo, el poder eclesiás-tico es un excelente auxiliar del gobernante.
Con la amenaza de un Infierno y la promesa de un Paraíso, los sacerdotes
conminan a los creyentes a tener fe ciega en sus dogmas y a ser dóciles y
obedientes a las decisiones de los poderes fácticos; también los reafirman
dicién-doles que el trabajo es una forma de redención de los pecados, por lo
que aquellos que se quieren redimir de
154
cualquier
falta laboran con más ahínco, de lo cual se beneficia el terrateniente para el
que trabajan. Conven-cido el indigente de que su pobreza es el camino que le
conducirá al Cielo, los gobernantes podemos llevar a cabo nuestra labor sin
obstáculos y sin correr el riesgo de rebeliones populares. Esto es para lo
único que sir-ven los credos religiosos, jamás nos resuelven las dudas y las
inquietudes que tengamos sobre el mundo que nos rodea a los que no llevamos
puesta en los ojos la venda de la religión. Con independencia de este auxilio
que nos da el poder religioso, es labor de un buen gober-nante conseguir un
perfecto equilibrio entre el amor y el miedo que le ha de inspirar a su pueblo.
—No os
entiendo, ¿qué queréis decir?
—Digo
que, si un monarca quiere tener un reinado feliz, debe ser lo suficientemente
temido para mantener el orden y lo suficientemente amado para ganar la
fide-lidad de sus súbditos. Sobre ese equilibrio se funda-menta un buen
gobierno. Pero, hablando de otra cosa, decidme, Orlando, vos que habéis vivido
tanto, ¿creéis que la vida tiene un sentido distinto para cada uno de nosotros
y que cada hombre tiene escrito un destino?
—No, no
lo creo. Por lo que llevo vivido y estudiado, me ha parecido comprobar que todo
lo que vemos y to-camos es la energía del Universo condensada. Creo que nada en
este mundo existe con un fin determinado de antemano, que lo único que ocurre
es que la materia cambia continuamente de forma y a esos cambios los hombres
les damos libremente la interpretación que
155
mejor nos
cuadra con nuestros deseos. Creo que la vida nace y se desarrolla por puro
azar, que tanto el origen de la Vida en el Universo como el nacimiento de cada
uno de los seres que lo pueblan, así como cada uno de los sucesos que ocurren a
nuestro alrededor son exclu-sivamente producto de la casualidad. Nada de lo que
proyectemos a medio y largo plazo resultará como hu-biéramos deseado; solo
podemos provocar aconteci-mientos premeditados dentro de un plazo inmediato, en
cuanto trascurre un cierto tiempo, los hechos que ha-bíamos previsto se ven
influidos y transformados por otros agentes externos que son producto de lo
casual. Os lo advierto, mi señor. No tratéis de encontrale a vuestra vida más
sentido que el vos mismo le hayáis dado porque, si os defraudáis llegando a la
conclusión de que vuestra existencia es absurda, que no tiene nin-gún sentido y
que discurre de acá para allá, llevada por los acontecimientos que ocurren a
vuestro alrededor como una hoja de otoño que es llevada por el viento, corréis el
peligro de enloquecer, o peor aún, de suici-daros si descubrís que todo aquello
por lo que habéis luchado es tan solo una ilusión. El hecho de que la vida no
tenga un sentido universal no quita para que vos en-contréis una justificación
y vuestra propia razón parti-cular para vivirla, así como que encontréis placer
en vi-vir determinados momentos y los disfrutéis. El que crea que ha venido a
este mundo para llenarse de conoci-miento, será feliz estudiando; y quien crea
que la feli-cidad está en la creación y contemplación de la belleza,
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encontrará
la felicidad dedicando su vida al arte. Aquel que alcanza a comprender que nada
tiene sentido, que todo es casual, que acepta de buen grado e incluso llega a
disfrutar de esos avatares de su vida que lo van lle-vando de un lado a otro,
como esa hoja al viento, no os quepa duda alguna de que será un hombre feliz y,
si por añadidura descubre cuál es la actividad que llena más plenamente de
satisfacción su alma y se dedica a ella con pasión, será doblemente feliz.
—Orlando,
he visto morir a muchas personas y he podido comprobar en todas ellas que la
muerte relaja y beatifica la expresión de sus rostros. Esto siempre me había
llevado a pensar que en el breve instante que si-gue a nuestro fallecimiento,
quiero decir cuando nues-tro corazón ha detenido su marcha y nuestros sentidos
han abandonado nuestro cuerpo y nos han desconec-tado del mundo exterior,
debemos ser conscientes de que hemos expirado y que, en nuestro último hálito
de vida, al fin se nos revela cuál ha sido el sentido de nues-tra existencia, y
que este conocimiento debe tranquili-zarnos, pero lo que vos me estáis diciendo
es que pierda toda esperanza de llegar a ese conocimiento, ya que nuestras
vidas no están predestinadas.
—Lo que
os digo es que tan solo somos dueños de ir acomodando nuestra vida a cada una
de las eventuales alternativas que los acontecimientos nos vayan presen-tando
en cada momento; que la vida se vive momento a momento, circunstancia a
circunstancia, sin que exista un plan preconcebido para ellas. Estad seguro de
157
lo que os
digo, mi señor, no os quepa la menor duda de que, al ser el azar quien rige los
eventos que ocurren a nuestro alrededor y al estar todos los avatares de
nues-tra vida sujetos a lo contingente, la existencia de un destino personal se
hace totalmente imposible.
—Entonces,
¿qué me decís de mis oráculos y adivi-nos, a los que consulto con frecuencia?
¿Acaso me es-táis diciendo que mis astrólogos me mienten o que se burlan de mí?
—No, mi
señor, no es eso los que os digo. Cuando os digo que todo lo que ocurre a
nuestro alrededor es fruto del azar y que nadie tiene un destino escrito de
antemano por ningún dios, también os estoy diciendo que lo único predecible son
las leyes físicas que rigen el Universo, ya que estas son inmutables; si
sostenéis un objeto en vuestras manos y lo soltáis, tened por se-guro que la
ley de gravitación hará que caiga y se es-trelle contra el suelo. Seguro estoy
de que vuestros adi-vinos actúan de buena fe creyendo de verdad que sois sultán
de Egipto por la voluntad de Dios, no porque ca-sualmente habéis nacido en una
noble cuna y también casualmente se han dado las circunstancias que os han
llevado al trono de Egipto. Ellos creen de buena fe que son los intermediarios
entre vos y la divinidad, y que todo cuanto os anuncian es la voluntad de Dios,
sin ser conscientes de que son hombres y mujeres muy intuiti-vos que, al ser
conocedores de los hechos que están ocurriendo en el presente y de los ya
sucedidos en el pasado, esa gran intuición de la que gozan los sitúa en
158
las
mejores condiciones para predecir cuáles serán los hechos que, por pura lógica,
son los más probables que ocurran en un futuro inmediato. Lo que vuestros
adivi-nos os cuentan no son más que las lógicas deducciones que resultan de sus
disquisiciones mentales. De lo único que se les puede acusar es de revestir
esas con-clusiones de la parafernalia y la solemnidad necesarias para que
queden disfrazadas como si se trataran de au-gurios que les han sido inspirados
por Dios.
—Toda mi
vida he creído que Alá me había enviado a este mundo para ser el sultán de
Egipto y en verdad os digo que me cuesta creer lo que decís, pero no es menos
cierto que también he creído siempre que no hay mayor sabiduría que aquella que
dan los años de vida y vos ya habéis vivido más de cuatro siglos, por lo que
tengo que rendirme ante vuestra experiencia. Voy a ha-ceros una proposición.
¿Aceptaríais ser uno de mis con-sejeros? No tendríais grandes obligaciones, tan
solo acudir a mi palacio cada vez que os mande aviso para darme vuestra opinión
sobre algún asunto de Estado o para aconsejarme en temas militares cuando
entremos en conflicto con algún otro reino.
—Aunque
nunca he creído tener las dotes necesarias para ser un buen político y siendo
vos un gran militar, será un gran honor para mí ser vuestro asesor y por ende
lo acepto con mucho gusto, mi señor. A partir de hoy, procuraré ilustrarme con
la riquísima Historia de Egipto y ponerme al día en su vida política.
159
8
No podía
negarme a la petición del sultán de ser su consejero personal ya que, al ser yo
un extranjero, su propuesta de nombrarme uno de sus hombres de con-fianza
suponía un doble honor; rechazarla habría mar-cado para siempre mi vida en El
Cairo, pues la negativa habría sido considerada como un desprecio y una ofensa
al príncipe, no solo por el propio sultán sino también por todos sus
funcionarios.
Me empeñé
en conocer su biografía, y en las siguien-tes semanas supe que el sultán Sayf
al-Din Qalawun al-Alfi al-Mansur —este era su largo título oficial— era de
origen kipchak19, de la tribu Burj Oghlu, y que cuando el 4 de diciembre de
1279 asumió el título de emir y alcanzó el trono con el nombre de Al-Malik
al-Mansur —«el rey victorioso»—, ya había cumplido los sesenta años de edad y
era un militar veterano que ha-bía participado en numerosas campañas contra los
cru-zados, habiendo mandado también las expediciones de 1266 y 1275 contra el
reino de Cilicia20. En 1281 des-articuló una ya muy avanzada conspiración
mongola tramada contra él por el antiguo virrey del Kunduk, dando con ello
lugar a que, a partir de entonces y con
19 El pueblo kipchak era una confederación
tribal originaria del kanato de Kimek que conquistaron gran parte de la estepa
euroasiática durante la ex-pansión túrquica d los siglos XI y XII.
20 Cilicia era el nombre que se le daba en la
Antigüedad a la zona costera meridional de la península de Anatolia.
160
el fin de
evitar que los virreyes se volviesen demasiado poderosos, decidiera
reemplazarlos con frecuencia.
Hacía
exactamente un año, en enero de 1285, Qala-wun emprendió una campaña contra
algunos de los Es-tados Cruzados que aún existían en el levante medite-rráneo y
tres meses más tarde, en la primavera de aquel año, asedió Marqab. Los
hospitalarios no esperaban el ataque, pues confiaban en la tregua que el sultán
había firmado con la Orden Hospitalaria. Aunque de corta duración, el sitio fue
más arduo de lo esperado pues, aunque ya habían pasado siete años de la novena
y úl-tima Cruzada, a la que bien podía calificársele de una débil guerrilla y
no se esperaba gran resistencia en los cruzados, estos presentaron una dura
resistencia, aca-bando con la rendición de la plaza el 25 de mayo. Esta fue la
forma que tuvo Qalawun de castigar la alianza de la Orden Hospitalaria con los
mongoles, y su participa-ción en la invasión mongola de 1281.
Realmente,
el primer obstáculo serio que el sultán tuvo en su reinado ocurrió en abril de
1280, a los cuatro meses de haber asumido el trono. Se trató de una rebe-lión
interna que dio comienzo cuando al gobernador de Damasco, Sunqur al-Ashqar, le
llegó la noticia de que Qalawun había destronado al joven sultán Salamish, uno
de los hijos del fallecido sultán Baibars, que había heredado el trono a la
muerte de su padre y apenas lle-vaba reinando cuatro meses. La revuelta contó
con el favor de la población damascena, que siempre se había mantenido remisa a
ser gobernada desde Egipto, siendo
161
también
apoyada por diversas ciudades sirias y palesti-nas, algunas de ellas de la
importancia de Alepo, Hama, Safed o Kerak. Sin embargo, en la batalla que se
dis-putó el 21 de junio en Jasura, al sur de Damasco, los rebeldes fueron
derrotados, si bien el gobernador Al-Ashqar logró huir del campo de batalla y
refugiarse en la fortaleza de Saone, en el norte de Siria. Después de aquella
victoria, sabiendo que no era querido en Da-masco y que nunca llegaría a gozar
de las simpatías de sus habitantes, Qalawun no se atrevió a visitar la ciudad
hasta el año siguiente, siendo aquel día recibido por el pueblo arrojándole
casquerías a su paso por las calles.
Qalawun
había venido demostrando tener visión de estadista al fomentar el comercio, en
especial con las repúblicas marítimas italianas. Una gran parte de la
prosperidad de Egipto dependía del comercio medite-rráneo que dominaban los
italianos, por lo que favore-ció el comercio de esclavos africanos
subsaharianos, mercado que estaba dominado por los traficantes escla-vistas
genoveses que eran los encargados de venderlos en todas las capitales europeas.
También tuvo la visión comercial de convertirse en el intermediario exclusivo
en la exportación de especias a Europa, en la que des-tacaban los genoveses y
los venecianos si bien también venían asiduamente a buscarlas mercaderes de
Francia y de la península ibérica, haciéndolas traer en carava-nas de camellos
desde China, la India y el sureste asiá-tico. Los aranceles que pagaban tanto
los comerciantes que acudían a comprarlas como los caravaneros que
162
viajaban
a Asia para traerlas, suponían una parte nota-ble de los ingresos de Qalawun.
También se había ocu-pado del campo, aumentando la superficie irrigada por el
Nilo mediante la construcción de nuevos canales, vi-niendo mejorando
sensiblemente la agricultura del sul-tanato año tras año, sin que hubiera
parado de prosperar durante los siete años que llevaba de reinado.
Tras la
victoria en la batalla de Jasura, el derrotado al-Ashqar huyó al norte y se
refugió en la fortaleza de Saone, desde donde solicitó el auxilio de los
mongoles. Respondiendo a su llamada, estos enviaron un ejército en su ayuda,
tomando y saqueando las ciudades de Ain-tab, Baghras, Darbsaq y Alepo. Cinco
días más tarde, el 25 de octubre de 1280, antes de partir para enfren-tarse al
ejército mongol, en previsión de que pudiera caer muerto en la batalla, Qalawun
nombró heredero a su hijo Ali, sin embargo, no hubo necesidad de ninguna
batalla pues al llegar a Gaza recibió la noticia de la re-tirada mongola y
retornó a El Cairo.
Finalmente,
con el fin de evitar una nueva interven-ción de los mongoles en el conflicto,
Qalawun y al-Ashqar alcanzaron un acuerdo amistoso, por el cual al-Ashqar
aceptaría a Qalawun como sultán a cambio de recibir como señorío algunas
localidades sirias, tales como Saone, Balatunus, Antioquía, Apamea y otras, en
el noroeste de la región.
En abril
de 1281, cuando llegaron nuevas noticias de movimientos del ejército mongol y
la amenaza de una nueva invasión, Qalawun partió de nuevo hacia Siria
163
para
enfrentarlos, pero la esperada invasión no se pro-dujo hasta el otoño del 1281,
cuando unos cincuenta mil mongoles y otros treinta mil aliados, entre
arme-nios, turcos anatolios y georgianos, penetraron en Siria. Los dos
ejércitos chocaron el 29 de octubre en Homs, sufriendo ambos bandos numerosas
bajas, si bien la victoria, aunque pírrica por el enorme coste en vidas y
material, la obtuvieron los mamelucos egipcios, gracias en gran parte al
importante papel que desempeñaron en la lucha los beduinos sirios.
La
gravosa victoria de Homs dejó al vencedor ejér-cito egipcio diezmado y al
sultán con abundantes pro-blemas a los que no podía hacer frente, viéndose
obli-gado a tener que mantener la autonomía de al-Ashqar en el norte de Siria,
a permitir las correrías de los hos-pitalarios de Marqab, y a afrontar un
levantamiento be-duino que saqueó Naplusa y Gaza a finales de 1281. Cuando al
fin el ejército se recuperó la suficiente fuerza como para emprender una nueva
campaña en busca de algún rico botín que repusiera sus arcas vacías, el sultán
comenzó eligiendo un enemigo débil, como lo eran los armenios de Cilicia, cuyo
puerto de Ayas fue saqueado por el virrey de Alepo en 1283. El objetivo de la
incur-sión era doblemente económico, por un lado obtener un rico botín, y por
otro, destruir la ruta comercial mon-gola que servía para transportar los
productos asiáticos a Europa a través de los puertos armenios, ya que Qa-lawun
deseaba dominar este comercio y concentrarlo en Egipto. En 1284 volvió a llevar
a cabo una incursión
164
contra el
mismo enemigo, los armenios de Cilicia. Esta vez, el motivo del ataque era
tanto político, para casti-gar la alianza armenia con los mongoles y el sostén
que le habían prestado a los cruzados del norte, antioqueños y tripolitanos,
como económico, a fin de obtener ma-dera y hierro, escasos en los territorios
del sultán. Las campañas dieron su fruto y en 1285 el rey de Cilicia solicitó
la paz, que Qalawun concedió a cambio de un oneroso tributo y otras importantes
concesiones comer-ciales.
El sultán
no requirió de mis consejos a lo largo de todo aquel año de 1286, si bien no
dejó de invitarme a todas las fiestas que organizó en su palacio con motivo de
su cumpleaños y del de su primogénito heredero; del aniversario de su ascenso
al trono; de algunas batallas ganadas, así como de las dos fiestas religiosas
que mar-can la ruptura del ayuno del Ramadán y el final de la peregrinación a
la Meca.
No fue
hasta enero de 1287 que me llamó para de-cirme que estaba pensando en llevar a
cabo una cam-paña militar contra el reino nubio de Makuria.
—El rey
nubio Semamun no es hombre belicoso, pero está mal aconsejado y no descarto la
posibilidad de que, mientras yo estoy con mi ejército en el norte, sea
convencido para iniciar una campaña contra mis fronteras del sur con el fin de
apoderarse de la franja de cuarenta leguas de terreno que van desde Asuán a
Lu-xor —me dijo mientras consumíamos un refrigerio.
165
—Señor
—le respondí—, como bien sabéis, los nu-bios están considerados como grandes
guerreros desde los tiempos de los faraones, de hecho, el ejército fatimí se
los disputaba y aún conserva en sus filas a varios miles de ellos. Esto quiere
decir que necesitaréis un ejército numeroso y bien entrenado.
—Lo sé y
estoy en ello. He enviado agentes a Cilicia y a Circasia con la orden de
reclutar mamelucos que sean guerreros profesionales. Ya sabéis que la
prepara-ción militar de los mamelucos es superior a todas las demás.
—Sí, lo
sé, pero aclaradme una duda. Todas las gue-rras tienen un trasfondo económico.
Decidme, ¿qué es lo que buscáis en Makuria? Entre la primera y la sexta
catarata del Nilo solo hay arena.
—Sí, eso
es cierto, no hay muchas riquezas de las que apropiarse en Nubia. Esta campaña
solo tiene por objeto cubrir la necesidad que tengo de tener las espal-das
cubiertas para prestar toda mi atención sobre Pales-tina y Siria; no puedo
distraer demasiados soldados en previsión de recibir un ataque por la frontera
sur mien-tras tengo al grueso de mi ejército en el norte. Es por esto que, en
previsión de cualquier ataque, quiero con-vertir las ciento setenta leguas de
arena del territorio nubio que hay entre Asuán y Jartum en un colchón que haga
las veces de una Marca. Entonces, decidme, ¿qué os parece la idea de una
ocupación de Makuria y qué estrategia militar me aconsejáis?
—Tal como
lo habéis planteado, me parece una muy
166
buena
medida previsora. En cuanto a la estrategia mili-tar que debéis llevar a cabo,
esta debe estar basada en la idea de que la ocupación debe ser fulminante y
lle-varse a efecto con todo el grueso de vuestro ejército, sin darle tiempo ni
opción a los nubios a defenderse. Creo que lo más eficaz sería atacar
directamente a Don-gola, la capital de Makuria, entre la segunda y la cuarta
catarata, pasando de largo por la región norte de Naba-tia, pero dejando un
retén no inferior a medio millar de soldados en Faras, su capital, en previsión
de que estos intenten acudir en ayuda de los dongoleños.
—Me
alegra, al tiempo que me reafirma, oíros decir esto porque ese es mi plan. ¿Hay
algún otro consejo que queráis darme?
—Sí, hay
uno y es importante. Dado que habéis he-cho ricos a un gran número de
comerciantes italianos, y como quiera que necesitaréis un número importante de
esclavos que marchen junto al ejército asistiéndolo, os aconsejo que os
ahorréis el gasto en la compra de toda esa carne esclava y que sean los
mercaderes quie-nes os la aporten, si es que quieren seguir disfrutando del
comercio egipcio con Europa.
A
mediados de 1287, Qalawun había conseguido re-clutar para su ejército a doce
mil mamelucos, llegando a sumar en sus filas el mayor número de soldados de
todo su sultanato. De estos doce mil reclutados, a un grupo selecto formado por
trescientos emires y tres mil soldados, con el fin de tenerlos a la mano en una
alarma o emergencia, los acuarteló en la ciudadela de El Cairo,
167
razón por
la que la gente los llamó los buryíes («los de la torre»). Los restantes fueron
acuartelados repartidos por distintos puntos de la capital. Y, habiendo el
sultán seguido mi consejo, consiguió que un elevado número de los esclavos que
acompañaban al ejército hubieran sido suministrados por los comerciantes
genoveses, ha-biéndolos traído desde Crimea, a través del Bósforo, y desde
diversos puertos de la costa de Cilicia, en el sur de Anatolia.
Cuando el
sábado 10 de enero de 1288 el ejército partió hacia el sur con destino a Nubia,
ocurrió lo que desde hacía ya algún tiempo venía yo temiéndome que ocurriría:
queriendo Qalawun seguir contando con mi compañía y mi consejo, me pidió que lo
acompañase durante toda la campaña guerrera, cosa esta a la que no me pude
negar.
Como en
días anteriores, aquel sábado amaneció con un cielo despejado y una agradable
temperatura de unos 20 ºC. Con el fin de ser transportados por el Nilo durante
las siguientes cinco jornadas hasta Asuán, ciu-dad esta hasta donde es
navegable el río por encontrase allí la primera de sus seis cataratas, treinta
y dos mil guerreros embarcaron en ciento ochenta y cuatro gran-des barcazas de
treinta remos, de las que diecinueve de ellas transportaban las máquinas
bélicas de asedio. Aprovechando la ausencia de lluvias y la benignidad del
clima sahariano en el Alto Egipto durante los meses de invierno, las ciento
cuarenta leguas que restaban para alcanzar Dongola, que por entonces era la
capital
168
del reino
nubio, serían cubiertas a pie cruzando el de-sierto en veintiocho jornadas, a
razón de cinco leguas cada día.
El viento
del norte que, moderado e incesante, suele soplar todo el año del Mediterráneo,
hinchó las grandes velas y la flota se puso en marcha. Los remos comen-zaron a
batir las aguas con el ímpetu y el ritmo que iban marcando las acompasadas
canciones de los remeros. La superficie del Nilo se volvió blanca de espuma por
tanto golpe de remo y los asustados cocodrilos abando-naron las profundidades
del río y huyeron a refugiarse en los cañaverales de las riberas. Toda la
población cai-rota, entre la que abundaban los padres, las madres y las esposas
de los soldados con sus hijos pequeños de la mano o en los brazos, se
encontraba en las orillas despidiendo a sus hijos y esposos, reflejando en sus
rostros la amargura de la incertidumbre, sin saber si volverían a verlos
regresar de la guerra; aquellos treinta y dos mil hombres arriesgaban sus vidas
y la seguridad de sus familias poniéndolas al servicio de la ambición de un
solo hombre.
La
barcaza capitana, en la que viajábamos el sultán y el acompañamiento de una
veintena de nobles egip-cios, generales y asesores políticos y militares,
estaba dotada de cómodos camarotes servido cada uno de ellos por un asistente.
El mío se llamaba Manu. Era un joven de aspecto algo raro, la piel del rostro y
de las manos muy clara, la boca pequeña, los pómulos muy salientes y los ojos
muy grandes, almendrados y muy
169
oscuros,
como los de una gacela, pero con una mirada muy inteligente. Curiosamente las
partes de su cuerpo que estaban a la vista eran totalmente lampiñas,
inclu-yendo las cejas, las pestañas, la barba y la cabeza, o tal vez, pensé en
aquel momento, las tuviera muy rasura-das, como acostumbraban hacer los
antiguos sacerdo-tes egipcios. Llevaba puesto un sayo que le llegaba hasta las
rodillas y la cabeza, como ya he dicho, calva o tal vez rasurada, la cubría con
una capucha.
—Bienvenido,
mi señor. Soy Manu y para mí es un gran honor estar a vuestro servicio para
todo cuanto deseéis mandarme —fue el saludo de bienvenida que me dirigió mi
asistente cuando llegué al camarote—. Acabo de arreglar la estancia y espero
que sea de vues-tro gusto. Si algo no os gusta, solo tenéis que decírmelo y lo
cambiaré enseguida.
—Gracias,
Manu. Yo soy Orlando.
—Sí, mi
señor, ya sé que sois Orlando, servidor de la antigua diosa Isis y uno de los
hombres resucitados por ella y enviados a la Tierra para proteger a la
Huma-nidad.
—¿Quién
te ha dicho eso?
—Es de
dominio público que tenéis más de quinien-tos cincuenta años de edad, que
formáis parte de la corte celestial del reino de la Luna y que la diosa Isis os
ha mandado a la Tierra, junto con los demás resuci-tados, para proteger a los
desvalidos.
Oyendo
aquellas palabras, me resultaba curioso comprobar cómo el tiempo y la
transmisión boca a boca
170
convierten
en leyenda todos aquellos sucesos que por su naturaleza desconocida o
extraordinaria resultan in-comprensibles para los hombres. Siendo imposible
ocultar la presencia en el mundo de los uriatis y de los filsolis, cuyas
existencias eran conocidas desde hacía ya varios milenios, así como que los
inmortales viaja-mos a nuestro satélite cada diez años para participar en una
asamblea encargada de tratar aquellos asuntos que impliquen alguna amenaza para
el planeta Tierra, una parte de la población egipcia había vuelto a
personifi-car la Luna como la vieja diosa Isis, a los uriatis como su corte
celestial y a los filsolis los humanos que había-mos sido elegidos e
inmortalizados por estos con la mística misión de participar en la protección
de la vida del planeta, en general, y de la Humanidad, en particu-lar.
—Mi señor
—continuó diciéndome Manu— daría cualquier cosa por ser vuestro servidor
durante toda mi vida. No tendríais que pagarme ningún salario, tan solo
proporcionarme la alimentación diaria. Serviros a vos es servir a los dioses de
la Luna.
—¿Cómo es
eso?, ¿es que no eres musulmán o cris-tiano copto?
—No, mi
señor. He oído a los sacerdotes y leído los libros sagrados del Antiguo
Testamento, así como los textos de la Biblia catolica, del Corán y la Torah, y
tanto los unos como los otros me han parecido que con-tienen una sarta de
disparates tan increíbles que a punto estuve de convertirme en ateo. No quiero
ser un impío,
171
mi señor,
pero prefiero creer en nuestros dioses anti-guos; al menos, las fabulosas
historias que los mitos nos refieren de ellos son más humanas y más atractivas
que las que nos cuentan los libros cristianos, judíos y musulmanes.
—Está
bien, Manu, me has conmovido con tu ofre-cimiento. Creo que eres una buena
persona y te acepto como servidor, pero te pagaré por tus servicios como a uno
más de mis criados.
—¡Oh!
Gracias, mi señor…, sois muy generoso…, aceptándome me habéis hecho el hombre
más feliz de este mundo… —respondió emocionado el balbuciente asistente quien,
cayendo al suelo de rodillas, me tomó ambas manos y se las llevó a los labios
para besarlas—
. No
tendréis queja de mí, ya lo veréis…, estaré dis-puesto a sacrificar mi vida a
cambio de la vuestra…, pero qué estupidez estoy diciendo, si vos sois
inmor-tal…
—Vale,
vale, basta ya, Manu —lo interrumpí—. Anda, álzate, ve a buscarme una jarra de
agua y cuando vuelvas me dices si el sultán está en su camarote o en la
cubierta.
Cuando
Manu volvió me comunicó que Qalawun de-bía encontrarse en sus aposentos
privados, pues no es-taba en la cubierta, ocasión que aproveché para acudir a
ella con la intención de conocer al capitán y charlar con algunos marineros.
Al llegar
a la cubierta, me detuve un instante para oír los rítmicos golpes del tambor
del cómitre que marcaba
172
el ritmo
de la boga, así como el suave, acompasado y casi inaudible chapoteo de los
remos, que en «boga limpia» penetraban en el agua y se volvían a elevar sin
levantar salpicaduras, batiéndose acompañados del bronco grave ronquido
colectivo que, con cada palada, exhalaban los esforzados pechos de los remeros.
La brisa mediterránea del norte soplaba suave, pero cons-tante. Khalid, el
capitán de la nave, no se encontraba en la cubierta, pero sí que estaban
sentados en el banco de la popa el capitán Jabari y el sargento Musa, ambos
per-tenecientes a la guardia personal del sultán.
—Buenos
días, caballeros —los saludé—. ¿Puedo sentarme en el banco con vosotros?
—Naturalmente,
Orlando, será un honor —respon-dió el sargento Musa, al tiempo que el capitán
Jabari también asentía con una sonrisa y se desplazaba hacia un lado dejando un
hueco libre entre los dos.
—Decidme,
¿cómo está el ánimo y la moral de la tropa? —les pregunté a ambos.
—Muy alta
—respondió el sargento Musa—. Son buenos guerreros, avezados en la pelea.
—Están
bien entrenados y acuden a la lucha despro-vistos de sentimientos humanitarios
—añadió el capi-tán Jabari.
—¿Sin
sentimientos humanitarios?
—Sí, así
es. El guerrero mameluco está adiestrado para que cuando entre en batalla
destripe, mutile y de-capite hombres a mansalva imaginándose que está
sa-crificando las cabras de un rebaño —afirmó el capitán.
173
—¿Queréis
decir que durante la batalla el guerrero se deshumaniza, se despoja de su alma
y se convierte en un matarife?
—Efectivamente,
así es. No se puede definir mejor.
—Pero si
hasta el más duro de los jiferos puede sen-tir compasión por su víctima…
—El
guerrero mameluco no siente nada, ni pena ni compasión —me interrumpió el
sargento—; puede ma-tar a una mujer y al bebé que esté amamantando sin hacerse
por ello ningún reproche.
—¿Calificaríais
de glorioso al guerrero que hace algo así?
—En la
batalla, el soldado nunca alcanza la gloria. El guerrero solo es una máquina,
que ni piensa ni ra-zona y solo se ocupa de ejecutar la orden dada por su
superior de matar al mayor número de enemigos posi-ble —respondió el capitán—.
En cualquier caso, el mé-rito de disponer de una tropa así de bien entrenada y
la gloria de la victoria siempre serán del rey y del general que los manda.
—¿No
merecen ninguna gloria los que han caído en el campo de batalla?
—Ninguna
—respondió tajante el sargento—. Los soldados van a la guerra a morir, es su
obligación; si se libran de la muerte tendrán por ello que darles gracias a
Dios. A los que caen muertos les rendimos honores militares y los enterramos,
pero la Historia solo recor-dará al rey y al general.
Y, en
diciendo estas palabras, tanto el sargento como
174
el
capitán se levantaron del banco y se pusieron en po-sición de firmes; creí que
se disponían a hacer algún tipo de saludo militar en señal de respeto y
considera-ción a los caídos en combate, pero no se trataba de eso, sino que el
sultán acababa de entrar en la cubierta de la barcaza y se habían levantado
para a continuación de-dicarle una genuflexión, rodilla en tierra, acompañada
de un fuerte golpe en sus pechos con sus puños dere-chos y de una exagerada y
servil inclinación de cabeza.
—¡Vaya,
si tenemos aquí a nuestro invencible Or-lando! —dijo el sultán a modo de
saludo—. Me alegra encontraros en amable conversación con mis oficiales. ¿De
qué hablabais?
—Hablábamos
de la guerra y de quién merece o no la gloria de la victoria en una batalla —le
respondí yo—
. El
sargento Manu nos decía que la Historia siempre le adjudica la gloria al rey y
al general que manda el ejér-cito vencedor. ¿Qué opináis vos?
—No solo
se obtiene la gloria con la victoria —co-menzó diciendo Qalawun—, también hay
derrotas glo-riosas. Acordaos de la insigne derrota de Leónidas y sus
trescientos espartanos en el paso de las Termópilas quien, enormemente superado
en número y atrinche-rado en el desfiladero, durante siete días detuvo el
avance del gran ejército persa de Jerjes que, según He-ródoto, contaba con dos
millones de soldados.
—Y podían
haberlos detenido durante mucho más tiempo si no hubiera sido por la traición
de Efialtes, que fue quien les mostró a los persas el camino que podían
175
seguir
para llegar a la retaguardia de los espartanos — añadí yo.
—Efectivamente,
así ocurrió —afirmó el sultán—. Siendo innegable la gloria y la grandeza de
Jerjes, lo cierto es que en las Termópilas hubo mucha más gloria en la derrota
de Leónidas que en la victoria del rey persa. Dado que los reyes que han de
regir los destinos de un pueblo, como los generales que han de librar las
batallas, son elegidos por Dios, no cabe la menor duda de que una victoria,
aunque no haya sido obtenida como resultado de una buena estrategia de su
general o por la valentía de sus soldados, sino que, como en el caso de las
Termópilas, es el resultado de una traición al enemigo, siempre será gloriosa
para un rey y para un general al ser la voluntad de Dios quien la ha otorgado.
En cuanto a lo que hablabais de los guerreros muertos en la batalla, siendo el
soldado el instrumento que el Altísimo pone en nuestras manos para conducirnos
al resultado que nos tenga reservado, cuando este cae muerto en la lucha, al
tratarse de una simple herra-mienta, queda exento de gloria en caso de
obtenerse la victoria, o de deshonor en el caso de una derrota.
El lector
habrá podido apreciar que este endiosa-miento propio de reyes, de sacerdotes,
de nobles y de generales, considerándose a sí mismos como una casta de seres
superiores que han sido elegidos por Dios para llevar a cabo misiones sublimes,
era el que convertía a los solados en peones a sacrificar en la batalla y a los
plebeyos en simples instrumentos con dos piernas y dos
176
brazos,
sin voluntad alguna, para que estuvieran incon-dicionalmente a su servicio.
—Señor
—le respondí al sultán al escuchar aquellas consideraciones tan injustas—, ya
sé que la realidad es así, tal como la pintáis, pero no creéis que considerar
al soldado y al plebeyo un simple instrumento es deshu-manizarlos y equiparalos
a simples máquinas. Ellos son personas que piensan, sienten, padecen y tienen
padres, madres, hijos y esposas que llorarán sus muertes.
—Sin duda
lleváis razón, mi querido Orlando, pero deshumanizar al soldado y al plebeyo es
el único medio que tenemos, los terratenientes para que sus campos den el
máximo rendimiento, y los reyes y los generales para ganar batallas y que
nuestro reino sea temido y respetado sin que nuestras conciencias nos hagan
nin-gún reproche. Para que el trabajo fluya con fuerza y la nobleza se
fortalezca y adquiera riqueza y poder, no po-demos mirar a los soldados, a los
artesanos y a los bra-ceros del campo como a personas, tenemos que verlos como
a objetos que pueden ser reemplazados; si pensá-ramos en ellos viéndolos como
padres, hijos o esposos no podríamos enviarlos a la muerte en cada batalla ni
los tendríamos trabajando los campos desde la salida hasta la puesta del sol.
En las
cinco jornadas de navegación que duró la tra-vesía hasta Asuán tuve largas
conversaciones no solo con el sultán, el capitán Jabari, el sargento Musa y con
Khalid, el capitán de la nave real, sino también en el camarote con Manu, mi
asistente, que se destapó como
177
un gran
conversador, al que le encantaba contar episo-dios de su vida. Me contó que
tenía dieciocho años cumplidos, cosa que me sorprendió ya que también me dijo
que desde hacía muchos años sabía leer y escribir y había tenido tiempo de leer
varios cientos de libros. También me contó que pertenecía a una familia de
la-briegos, que era el menor de diez hermanos y que, desde hacía varios siglos,
toda su familia se había re-sistido a abrazar las nuevas religiones monoteístas
que habían traído los cristianos europeos y los árabes mu-sulmanes, y que él
siempre había deseado ser un servi-dor del templo de Isis. Me reveló que,
aunque ya no se les rendía públicamente culto a los dioses que habían adorado
durante más de tres mil años, aún quedaba en Egipto un núcleo clandestino de
adoradores de Isis que se autodenominaban con el nombre de Eibad Alqamar21, al
que pertenecía su familia, que había con-tinuado celebrando clandestinamente
los ritos de ini-ciación religiosa, llamados «los misterios de Isis», desde que
fueron prohibidos hacía ya mil años.
—Decidme,
maestro Orlando, ¿es cierto todo cuanto dicen de vos? —me preguntó el segundo
día de nave-gación, llamándome «maestro», costumbre que ya no abandonó.
—¿Qué es
lo que dicen de mí?
—Dicen
que estáis al servicio de Isis, que sois amigo de los selenitas, que subís a la
Luna con frecuencia y
21 En árabe, significa «Adoradores de la Luna».
178
que
habláis con la diosa. ¿Es cierto esto, maese Or-lando? ¿Es Isis tan bella y tan
sabia como cuentan?
Verlo tan
convencido de la existencia de la diosa Isis y oírle aquellas inocentes
preguntas, despertaron en mi alma una ternura y un afecto hacia el joven Manu
que hicieron imposible que le contara la verdad de la Luna, me refiero a la
presencia de los uriatis y a que no existe ninguna diosa, pero como quiera que
era un muchacho muy perspicaz, alguna extraña expresión debió notar en mi
rostro que arrugó el entrecejo y me espetó:
—Maestro
Orlando, sé que habéis vivido durante más de quinientos años, razón por la cual
vuestra sabi-duría es comparable a la de un dios. Si creéis que estoy en un
error y tenéis algo que decirme, os pido por favor que no dudéis en hacerlo. Mi
padre siempre me dijo que la mentira pudre el alma y que la verdad está por
en-cima de dioses, de reyes, de sacerdotes y de dogmas religiosos.
—Está
bien, mi querido Manu —le respondí, resig-nado a contarle toda la verdad—. Eres
joven, pero tam-bién veo que eres muy inteligente; espero que sepas en-cajar
las verdades que te voy a contar.
Más de
una hora me estuvo Manu escuchando sin pestañear, poniendo toda su atención en
cada una de mis palabras, sin interrumpirme ni una sola vez para hacerme alguna
pregunta, pareciendo que nada de lo que le contaba llamara su atención o
despertara su ad-miración. Su rostro permaneció impasible cuando le conté que
los uriatis eran una muy antigua civilización
179
procedente
de un sistema solar muy lejano, cuyos indi-viduos son extremadamente sabios y
habían alcanzado la inmortalidad hace ya algunos eones; tampoco mani-festó la
menor sorpresa cuando le aclaré que los uriatis le habían vaciado a la Luna una
parte de su núcleo y que en ese hueco tenían instalados sus hangares, sus
fá-bricas y sus ciudades, habiéndolas adecuado con una atmósfera y una gravedad
artificial. Tampoco reac-cionó cuando le dije que la Luna había sido un pequeño
planeta errante al que los uriatis habían convertido en una inmensa nave
interestelar esférica de naturaleza pé-trea al acoplarle un gigantesco motor de
curvatura, ni cuando le aclaré que hace cuatro mil quinientos millo-nes de años
pusieron esa enorme nave en órbita alrede-dor de la Tierra y a la distancia
adecuada para que su masa provocara las mareas de nuestros mares, regulara
nuestra velocidad de rotación, redujera la intensidad de nuestros vientos,
estimulara la producción de oxígeno de las plantas y suavizara la magnitud de
nuestro campo magnético, creando así las condiciones más fa-vorables para la
vida. Por un momento pensé que todo aquello que le estaba contando le estuviera
sonando a una especie de cuento de las Mil y una noches y que se encontrara
extasiado; tampoco hubo respuesta cuando le mostré el traje biónico que llevaba
bajo las ropas cu-briendo mi cuerpo, ni a la demostración que le hice de
algunas de sus maravillosas propiedades, como fue la de tele-portarme de un
extremo al otro del camarote o del violento rechazo que el campo de fuerza del
traje
180
ejerció
sobre un cuchillo, haciéndolo volar de mi mano al intentar clavarlo en mi
propio pecho; nada de todo esto fue capaz de provocar en su rostro un gesto de
sor-presa o de entusiasmo.
—Ya veo
que no te asombra nada de lo que te he contado, ¿es que todo esto te parece
normal? —le in-quirí extrañado al joven Manu.
Cuando
oyó mi pregunta pareció salir de la abstrac-ción en la que se encontraba, me
miró y sonrió.
—Ya
conozco esas historias —me respondió—. Es la misma que nos cuenta Astennu, el
sacerdote de nues-tra comunidad de creyentes Eibad Alqamar. Astennu dice que
hace más de cuatro mil años, cuando en Egipto reinaba el faraón Narmer, la
diosa Isis ordenó a su ar-cángel Tehovás y a otros sabios selenitas que bajaran
a la Tierra en sus carros voladores y nos enseñaran a fa-bricar el bronce, así
como el cultivo del farro y el de las legumbres. Durante el tiempo que el
arcángel y los ser-vidores de la diosa estuvieron conviviendo con noso-tros,
nos contaron muchas historias de la Luna y, entre ellas, esas que vos acabáis
de narrar.
No sé qué
cosas pudieron contarles de la Luna, pero me cuesta creer que los uriatis
alimentaran en el pueblo egipcio la idea de la existencia de una diosa de la
Luna, o quizás sí, ¿quién sabe?, tal vez pensaron que, a falta de verdades
obtenidas mediante el razonamiento cien-tífico, buenas eran las mentiras y las
medias verdades de la religión. Debo confesar que aquella inesperada respuesta
de Manu me dejó perplejo. Había yo asistido
181
ya a
medio centenar de asambleas en la Luna y ninguna de las veces que había
conversado con Tehovás me contó nada de su contacto con la antigua civilización
egipcia, lo que me hizo sospechar que tal vez también hubiera sido responsable
de la revolución neolítica que se originó en la región del Creciente Fértil, en
los terri-torios del Levante mediterráneo y en Mesopotamia. Tras esta
reflexión, me propuse que, cuando dentro de dos años, con la llegada del
equinoccio el 20 de marzo de 1290, se celebrara la próxima asamblea lunar, le
pe-diría a Tehovás que me aclarara estas cuestiones, pen-sando que tal vez
tuviera él algo que ver con otras cul-turas antiguas, como la china, la del
Valle del Indo o incluso, aunque menos antiguas, también con las del continente
americano, cuya existencia yo ya la conocía desde seiscientos años antes de su
descubrimiento en 1492 al haberlo sobrevolado en varias ocasiones en al-gunas
de las naves uriatis.
182
183
9
A media
mañana del cuarto día de navegación, cuando circunnavegábamos el gran meandro
de Quena y Luxor, con setenta y cuatro millas de longitud, en cuyo punto
central de su orilla derecha aún se ven las ruinas de los templos de la muy
antigua ciudad de Cop-tos, el sultán Qalawun ordenó a la flota detenerse
du-rante el resto del día para hacer un descanso en las ver-des riberas del
Nilo, a fin de que las tropas estiraran las piernas y también para que las
barcazas repusieran agua y verduras frescas; se continuaría el viaje al
ama-necer del día siguiente.
Por ser
cinco veces milenaria y constituir un enclave estratégico en las rutas
comerciales de las caravanas que comunicaban el valle del Nilo con el mar Rojo,
to-davía por entonces la vieja Coptos contaba con una im-portante población que
hasta mil años atrás había sido adoradora de los dioses Min y Horus, pero sobre
todo la mayor devoción de los creyentes era para la diosa Isis, a la que
durante muchos siglos le tuvieron consa-grado un hermosísimo templo que, aún en
las fechas a las que me estoy refiriendo, se conservaba en buenas condiciones
de uso para el culto, desde que lo clausu-rara el emperador Justiniano en el
año 530, y todavía e su interior se mantenía en pie una estatua de Isis con
Horus niño en su brazos, si bien a la diosa del cielo nocturno le faltaba la
nariz, la barbilla y la mitad supe-rior del disco solar que coronaba su cabeza,
así como
184
el niño
carecía de piernas de rodillas para abajo.
Un
momento antes de que desembarcara el sultán acompañado de un séquito de una
decena de personas, entre las que me encontraba yo, mi asistente Manu me había
pedido permiso para ir a visitar el templo de Isis, y aún pude verlo saltar a
tierra con alegría y correr en dirección al templo.
Descendimos
del barco y el sultán se mostró intere-sado por echar un vistazo a los viejos
templos paganos, por lo que nos dirigimos primero al de Min, que era el que se
encontraba más cercano. Cuando llegamos a las ruinas del templo pudimos
contemplar el bajo relieve del dintel de la puerta de entrada, en el que se
evoca una escena de entronización del faraón Sesostris I y, ya en el interior,
los penes erectos de tres colosales esta-tuas itifálicas del dios, que yacían
tiradas en el suelo, tal vez abatidas por la pudibunda furia cristiana o
isla-mista, despertaron las risas del sultán y de sus acompa-ñantes. Cuando
salimos del templo de Min nos dirigi-mos al de Isis, pero al ver el sultán que
ya era mediodía, pues nuestras sombras se reducían a oscuras manchas compactas
bajo nuestros pies, señal de que el sol estaba en su cénit y era el momento de
rezar el Duhr, el azalá del mediodía, a una señal suya, unos criados trajeron
las rihal y los misbaha22, estos últimos elaborados im-púdicamente con
carísimas cuentas de perlas negras. A continuación, todos, menos yo por no ser
musulmán, se
22 Las rihal son alfombrillas para arrodillarse,
y los misbaha son los ro-sarios para rezar el tasbih.
185
arrodillaron
junto a la puerta principal del templo, en la estrecha sombra que proyectaba
uno de los pilonos de la fachada. Y, como quiera que desde donde se
encon-traban rezando el sultán y su séquito se veía el interior del oratorio,
cuando Qalawun, arrodillado sobre su al-fombrilla y mirando al sureste en
dirección a La Meca, divisó a mi asistente Manu en el interior del templo de
Isis, a los pies de la estatua de la diosa, tendido en el suelo cuán largo era,
boca abajo y con los brazos en cruz, se alzó furioso y, señalándolo con su dedo
índice, ordenó vociferante a sus guardias de escolta:
—¡Detened
a ese idólatra impío y traedlo de inme-diato a mi presencia!
Dos
robustos guardias penetraron en el templo, se abalanzaron sobre Manu y,
tomándolo por los brazos, lo sacaron en volandas del recinto y lo arrojaron a
los pies del sultán, al tiempo que mantenían las amenazan-tes puntas de sus
lanzas a un palmo de su pecho.
—¿Qué
estabas haciendo, desgraciado? ¿Estabas adorando a un falso ídolo de la antigua
religión? ¡Con-testa, maldito pagano!
—Sí, mi
señor —respondió Manu, obligado por sus creencias religiosas a decir a verdad—.
Soy un adora-dor de la Luna.
—Lo
sospechaba. Es un despreciable miembro de esa secta llamada Eibad Alqamar.
Siendo tan joven y ya está envenenado con esas falsas creencias. Tendré que dar
con él un ejemplo y ejecutarlo públicamente para que sirva de general
escarmiento.
186
—Mi señor
—intervine al ver que la vida de mi asis-tente estaba amenazada—, sed
compasivo. Tanto Alá como Yahvé y Jehová instan a sus fieles a que sean
compasivos. Parece estar muy claro que alguien se ha aprovechado de la torpeza
de su juventud y ha sumido a este joven en un grave error religioso.
—Por
razón de Estado no puedo ser compasivo, Or-lando. El único y verdadero Dios
creador del Universo es Alá; si acepto a los judíos y a los cristianos es
porque nuestras tres religiones monoteístas tienen el mismo origen y
fundamento, porque en las tres veneramos a los mismos cinco libros del
Pentateuco y porque ado-ramos a un mismo Dios, aunque le demos nombres
dis-tintos. Pero lo que no puedo tolerar es el paganismo ni la idolatría de los
viejos politeísmos egipcio, griego o romano. Todos hemos visto como este
apóstata impío le rendía culto a esa diosa del viejo panteón egipcio y debo
darle un castigo ejemplar.
Y, en
diciendo esto, le dio orden al capitán de su guardia personal para que
preparara durante la noche un cadalso lo suficientemente elevado para que, al
ama-necer del día siguiente, antes de zarpar de nuevo en di-rección a Asuán,
todo el ejército pudiera presenciar la ejecución pública del infiel Manu.
Mientras tanto, el reo permanecería incomunicado, encerrado y custo-diado en
una de las celdas del barco prisión, sin permi-tírsele tener contacto con nadie
y mucho menos recibir una visita.
Durante
el resto del día, en ningún momento dejé de
187
acompañar
al sultán y no tuve ocasión de prestarle a Manu la ayuda que necesitaba, pero
al llegar la noche, cuando me retiré a mi camarote, me dispuse a llevar a cabo
la maniobra que había previsto de antemano, y que no era otra más que la de
quitarme la ropa y que-darme vestido tan solo con el traje biónico para, a
con-tinuación, tele-portarme a la celda donde lo habían en-cerrado; una vez
allí, lo abrazaría y nos tele-portaría-mos juntos a su casa de El Cairo. Así,
cuando por la mañana abrieran la celda para llevarlo al cadalso la
en-contrarían vacía.
La noche
era clara, con un cielo limpio de nubes y una Luna que ya superaba el cuarto
creciente. Esperé a que los ruidos externos cesaran y a que todos durmie-ran, y
cuando desde el interior del camarote ya tan solo escuchaba algunos ronquidos y
los lentos pasos de los guardias sobre la cubierta, así como, de cuando en
cuando, oía el cuchicheo de sus apagadas voces char-lando entre sí cuando se
cruzaban en su ronda, entreabrí una rendija en la puerta y, aunque la operación
de tele-portación era silenciosa, cuando vi que los guardias se encontraban
suficientemente alejados de mi puerta me tele-porté a la celda de Manu, situada
en una barcaza que había sido acondicionada como prisión y que que-daba algo
alejada de la nave capitana.
Cuando me
materialicé, la celda estaba tan oscura que no veía nada.
—Manu,
soy yo, Orlando —susurré, para que no pu-dieran oírme los guardias de la
puerta, pero no recibí
188
respuesta
alguna.
Pasado
uno minuto, mis ojos acabaron acostumbrán-dose a la oscuridad, y con la escasa
luz de luna que se filtraba por algunas rendijas en el casco comencé a
vis-lumbrar algunas formas en el interior de la celda, pu-diendo finalmente
comprobar que aquella celda estaba completamente vacía y que tan solo estaba
habitada por media docena de ratas que correteaban libremente por ella. Han
debido cambiarlo de celda, me dije, y cuando ya me disponía a ir
tele-portándome de celda en celda hasta dar con él, en un oscuro roncón
descubrí el sayo que Manu había llevado puesto durante aquella ma-ñana, lo que
me confirmaba que había estado allí. No obstante, a fin de asegurarme de que no
se encontraba en la barcaza, recorrí las veintidós celdas de la prisión
tele-portándome de una a otra, sin que en ninguna de ellas se hallara mi
asistente. En algunas de estas tele-portaciones pude comprobar que los dos
soldados que guardaban la puerta de la celda continuaban en su puesto, como si
aún continuaran custodiando al reo. Entonces, ¿qué misterio era aquel?,
¿sospecharía el ca-pitán de la guardia que el preso pudiera ser liberado por
alguien y lo tendría encerrado en algún lugar secreto?
Volví a
mi camarote y pasé el resto de la noche in-tentado conectar telepáticamente con
Manu, sin inten-ción de invadir su cerebro, tan solo para saber que se
encontraba bien, pero me fue imposible establecer la conexión, dándome la
impresión de que era el propio Manu quien se resistía, pareciendo que dominaba
a la
189
perfección
la técnica del bloqueo y aislamiento telepá-tico. Por más esfuerzos y
elucubraciones que hice a lo largo de toda la noche, me sorprendió la llegada
del amanecer sin haber sido capaz de resolver aquel miste-rio.
Como en
los días anteriores, la mañana llegó con un cielo limpio de nubes y el
inveterado viento del norte, que seguía soplando con idéntica fuerza. Cuando
salí a la cubierta, el imponente sol egipcio ya comenzaba a asomar su
fulgurante disco tras las cimas de las altas dunas que cubren la arenosa franja
de desierto com-prendida entre el Padre Nilo y la costa occidental del mar
Rojo, encontrándose el sultán en la cubierta ro-deado de algunos nobles que
escuchaban con atención al capitán Bakari, el comandante de la guardia personal
del sultán, quien les hablaba en voz muy baja y con cierto aire de misterio.
—Buenos
días, Orlando. Que la paz, las bendiciones y la misericordia de Dios sean
contigo —me saludó el sultán al verme aparecer, dedicándome estas amables,
aunque sospechosas palabras de saludo, que más bien parecían un intento de
aparentar tranquilidad, al tiempo que no podía evitar dirigirme una siniestra
mirada que no presagiaba nada bueno.
Enseguida
comprendí que el capitán de la guardia los estaba poniendo al corriente de la
inexplicable desapa-rición del preso y que aquella mirada del sultán parecía
albergar alguna sombra de duda o de recelo hacia mi persona. No era de extrañar
que, después de denegarme
190
la
petición de clemencia que le hice a favor de Manu y conociendo Qalawun mis
poderes extraordinarios, tu-viera la sospecha de que yo tuviera algo que ver
con su misteriosa desaparición.
—Orlando,
¿sabéis que vuestro asistente ha desapa-recido? —me inquirió el sultán, al
tiempo de todos cla-vaban sus miradas en mis ojos como queriendo adivi-nar mis
pensamientos—. Alguien ha debido liberarlo.
—¿Desparecido,
decís? —repetí yo a mi vez—, ¿pero no estaba encerrado en una celda y
custodiado por guardias armados? ¿Tenía la celda alguna ventana o algún otro
hueco por el que haya podido escapar?
—No,
ninguno. Es como si alguien que estuviera do-tado de poderes mágicos lo hubiera
hecho desaparecer.
—me
respondió el sultán poniendo un cierto tono iró-nico en su voz—Espero que no
hayáis sido vos, apia-dado de él, quien lo haya liberado. ¿Podéis jurarme por
vuestro Dios que no habéis tenido nada que ver con esta desaparición?
—Os lo
juro por mi honor de caballero, y pongo a Dios por testigo de que lo que os
digo es cierto.
—Está
bien, Orlando, os creo. Estos malditos adora-dores de la Luna tienen secuaces a
donde quiera que van, seguramente han debido liberarlo sus correligio-narios
utilizando algún encantamiento de magia negra con los guardias que custodiaban
la celda —respondió Qalawun y, dándome la espalda, se dirigió de nuevo al
capitán Bakari—. Capitán, en ausencia del reo, ordenad que fabriquen un
monigote de trapos a tamaño natural,
191
vestidlo
con el sayo que habéis encontrado en la celda de ese idólatra, y al amanecer de
mañana proceded a la decapitación del infiel y su posterior quema a la vista de
todo el ejército. Quiero que, cuando mañana partan a la guerra, todos sepan que
Alá es el único Dios que escuchará sus plegarias y el que los salvará de la
muerte a manos de los bravos y fieros nubios, o del fuego del infierno si es
que caen en la batalla.
Aquella
orden se adelantaba en dos siglos a lo que sería el primer auto de fe llevado a
cabo por la inicua Santa Inquisición, fundada por los Reyes Católicos en el
reino de Castilla. Y, tal como le fue ordenado, así lo hizo. Media hora más
tarde, sobre el patíbulo de ma-dera que se había construido durante la noche,
un tri-bunal militar le leyó a aquel muñeco de trapo, vestido con el sayo de
Manu, los cargos de los que se le encon-traba culpable y, a una señal del
sultán, el verdugo le-vantó el hacha y, tras un certero golpe, la falsa cabeza
fue seccionada y rodó hasta caer en un cesto de mim-bre. Y, al finalizar el
esperpéntico espectáculo, cuando cesaron los vítores de la soldadesca y se
apagaron los fervorosos gritos de ¡Allah uh akbar!, el cadalso fue in-cendiado
y ardió hasta consumirse junto con los sim-bólicos cabeza y cuerpo del
ajusticiado.
Como en
los cuatro días anteriores, la quinta jornada transcurrió navegando a
contracorriente del anchuroso Nilo que, con la ayuda de los remos y levemente
im-pulsados por la brisa mediterránea del norte, avanzába-mos a una velocidad
de entre cuatro y cinco nudos, lo
192
que hacía
previsible que cubriéramos las ciento veinte millas que nos separaban de Asuán
a primeras horas del día siguiente. Y, al igual que en las noches anteriores,
como quiera que al sultán le gustaba trasnochar, cena-mos con él e hicimos una
larga sobremesa en la que hablamos muy poco de la guerra que se avecinaba, y a
la que nos aproximábamos cada vez más a medida que avanzábamos río arriba, y en
cambio se especuló muy mucho con la misteriosa desaparición de mi asistente
Manu, pudiéndose oír en bocas de los presentes las más disparatas opiniones
sobre lo sucedido. Y, cuando ya al filo de la medianoche Qalawun bostezó un par
de ve-ces, nos despedimos de él y nos retiramos a nuestros camarotes.
Cuando
llegué al mío, con el candil con el que había venido alumbrándome por el camino
le prendí fuego al soberbio candelabro de plata que representaba a un
ca-ballero montando un unicornio cuyo cuerno había sido sustituido por una vela
de grueso calibre. Y, al ilumi-narse la estancia, no podía dar crédito a mis
ojos: allí se encontraba Manu, sentado en una butaca y vistiendo un blanco
traje biónico uriati. Sin hablarle, me quedé mirándolo fijamente, en silencio,
a la espera de que fuera él quien me dirigiera la palabra y me diera una
explicación.
—Sí, no
soy ningún fantasma, soy yo, y he vuelto para darte, perdón, quiero decir para
daros una explica-ción —me dijo, corrigiendo un amago de tuteo, tal vez por
haberse sentido igual a mí durante un instante, sin
193
considerar
que mi inmortalidad y mis vivencias de cinco siglos me situaban muy por encima
suya—. Des-pués me marcharé de nuevo y ya no nos veremos más, o tal vez nos
veamos más adelante, ¿quién sabe?
—¿Quién
eres tú? —le inquirí, intencionadamente lacónico.
—Soy
Manu, descendiente directo de Tehovás. Des-pués de transcurridas más de
dieciséis mil generacio-nes, por mis venas todavía corre algunas gotas de
san-gre uriati mezclada con mi sangre humana.
—¿Por qué
no me explicas eso?
—No
requiere mucha explicación. Cuando hace cua-tro mil años Tehovás bajó a la
Tierra a explicarnos las técnicas de algunos cultivos y la forma de obtención
del bronce, tanto él como dos de los tres uriatis que ve-nían acompañándolo, se
enamoraron de algunas de las mujeres egipcias que conocieron y durante los
meses que estuvieron con nosotros se aparearon con una vein-tena de ellas y
nacieron varios hijos que fueron consi-derados por todos como semidioses,
habiendo sido esta descendencia identificada, seguida de cerca por nues-tros
sacerdotes y registrada escrupulosamente a lo largo de todos estos milenios. Yo
soy uno de los más de cien mil de esos descendientes en los que ha permanecido
viva la sangre uriati. Desde varios siglos anteriores a nuestra era, cuando
Roma aún era una República, ya los romanos nos llamaban fililunis —hijos de la
Luna— y así han seguido llamándonos los uriatis desde entonces.
194
—Sí,
ahora lo veo; la ausencia de vello en todo tu cuerpo y los rasgos de tu rostro
me recuerdan a los uria-tis.
—Sí,
todos nos parecemos entre nosotros, sobre todo en los pómulos, en los ojos y en
la total carencia de vellos en todo nuestro cuerpo, que son los rasgos
fiso-nómicos que han perdurado durante todo este tiempo.
—¿Habéis
heredado también la inmortalidad?
—No, eso
no, somos mortales, pero muy longevos, podemos alcanzar fácilmente los
doscientos años de vida. Yo, que aparento tener menos de veinte años, ya estoy
próximo a cumplir los cincuenta. Lo que sí hemos heredado ha sido la facultad
de comunicarnos telepáti-camente.
—Veo que
llevas un traje biónico, ¿todos los descen-dientes de los uriatis disponéis de
uno?
—Todos
no, solo algunos. En mi caso particular, re-cibí este traje el día que hubo una
epidemia de cólera en todas las ciudades del Delta del Nilo, y Clorión, mi
tutor uriati, bajó de la Luna en su carro volador a en-tregarme un aparato
vibrador que curaba una gran can-tidad de enfermedades, matando con sus ondas
vibran-tes a esos minúsculos bichos, invisibles al ojo humano, que las
causaban. Me dio el traje y me explicó su fun-cionamiento para que no perdiera
tiempo en despla-zarme y para que pudiera tele-portarme con rapidez de una
ciudad a otra para curar al mayor número de enfer-mos.
—Y, dime
una cosa, Manu, sabiendo tú quién soy
195
yo, ¿por
qué no me confesaste quién eras el primer día que nos conocimos?
—Porque
lo tenemos terminantemente prohibido por los uriatis y hasta estar seguro de
que podía hacerlo; los adoradores de Isis tenemos que ser muy precavidos. Si te
lo estoy diciendo ahora es porque ha quedado cla-ramente al descubierto quien
soy.
—Y, dime
otra cosa, ¿a qué lugar te tele-portaste cuando te encerraron en la celda?
Cuando acudí a ella para liberarte la encontré vacía y, por más que lo
in-tenté, no conseguí establecer contacto telepático con-tigo.
—Sí, lo
sé. He venido a daros una explicación por-que cuando hui de la celda me
encontraba tan afectado por lo sucedido que establecí un bloqueo mental con la
intención de aislarme del mundo. Me fui a mi casa de El Cairo, con mi familia,
y allí volveré en cuanto demos por terminada esta conversación.
La charla
adquirió el tono amistoso de dos colegas que comparten vivencias muy parecidas,
y todavía se alargó un buen rato. Quedamos en vernos cuando ter-minara la
invasión de Nubia y yo volviera a El Cairo, y también acordamos que, si aún
seguía interesado en tra-bajar de criado en mi casa, podía hacerlo cuando
qui-siese. Manu me dio las gracias y me expresó sus temo-res de que volvieran a
detenerlo y trataran de ejecutarlo por segunda vez, pero yo lo tranquilicé
diciéndole que su sentencia de muerte dictada por el sultán ya había sido
ejecutada simbólicamente cuando, después de
196
leerle
los cargos a aquel monigote, lo decapitaron y lo quemaron, y que no se podía
ejecutar una sentencia dos veces.
A la
mañana siguiente, se había ya elevado el sol más de un palmo sobre el arenoso y
desértico horizonte de Levante cuando divisamos en la lejanía las altas
mura-llas defensivas de Asuán. Al desembarcar en los mue-lles, hombres y
máquinas de guerra fuimos recibidos por los vítores de la gran multitud que
esperaba nuestra llegada, quedando finalmente la flota fondeada bor-deando la
isla Elefantina, a la espera del regreso de los supervivientes de la campaña
bélica para embarcarlos de nuevo y devolverlos a sus casas. También en Asuán se
nos sumó a la expedición una parte importante de la guarnición sienitana que
defendía la ciudad, engro-sando nuestras filas hasta superar los treinta y
cinco mil hombres.
Aquella
tarde Qalawun convocó una reunión de sus nobles capitanes y asesores en la que
comenzaron ha-blando de asuntos de Estado, pero cuando llegó la hora de
proyectar el plan a seguir en nuestro avance hacia Dongola a través del
desierto, me mandó llamar, levan-tando malestares entre los asistentes cuando
el sultán me hizo señas de que me sentara a su derecha, haciendo que uno de sus
nobles caballeros se desplazara para de-jarme libre su sitio; quería dejar
discutido y bien fijado aquel plan y, dado que debido a su edad era bastante
duro de oído, deseaba tenerme cerca para oír bien mis opiniones al respecto.
197
—Podemos
hacer la travesía en veinte días, a razón de seis leguas por día —estaba
diciendo uno de los ca-pitanes cuando me incorporé a la reunión—, siendo
apoyado en esta idea por otros dos capitanes y algunos nobles.
—¿Qué
opináis, Orlando? ¿Qué os parece hacer la travesía del desierto en veinte días?
—Caminar
seis leguas por día en un terreno firme ya es duro, sobre todo en las últimas
jornadas, en las que el cansancio de los días anteriores se ha acumulado;
ha-cerlo en las arenas sueltas del desierto provocará que al llegar a Dongola
el ejército se encuentre exhausto du-rante los primeros días, y además habremos
consumido una parte importante de los víveres ya que tendremos que aumentar las
raciones de comida para reponer el excesivo gasto de energías. Mi consejo es
hacer la tra-vesía en veinticuatro días, a razón de cinco leguas dia-rias.
—Ese
razonamiento me parece bastante lógico. ¿Qué os parece a vosotros? —respondió
el sultán mi-rando a todos los demás.
Hubo unos
cuantos silencios y algunos simples asen-timientos de cabeza como respuesta,
evidenciando así que el malestar aún persistía.
—Y,
decidnos, Orlando, ¿qué ruta nos aconsejaríais que siguiéramos?
—Sin duda
la del río, atajando por terrenos arenosos tan solo en aquellos meandros en los
que la distancia a cubrir entre sus extremos no supere la media legua. El
198
terreno
de las riberas, al tener más humedad, está más compactado y más apelmazado,
siendo más cómodo de transitar; así los soldados se cansarán menos y en las
paradas siempre tendrán la posibilidad de refrescarse con un baño en el río.
—¿Estáis
todos de acuerdo con esta idea? —volvió a preguntarle el sultán a sus capitanes
y nobles aseso-res, recibiendo las mismas afirmativas, aunque silen-ciosas,
respuestas que la vez anterior—. Y, en cuanto a estrategia, ¿cuál creéis que
sería la más apropiada? A ver, Bakari, tú que tienes fama de buen estratega,
¿cuál es tu opinión?
El
capitán de la guardia, con una velada sonrisa que ponía de manifiesto que la
consulta del sultán había en-golado su vanidad y su autosuficiencia, se
arrellanó en su butaca y respondió en un tono tan ampuloso y alti-sonante que
rayaba la pedantería.
—Es
imprescindible, que antes de atacar a Dongola para someter al reino de Makuria,
avasallemos la re-gión de Nobatia, para lo que tendremos que ir directa-mente
contra Faras, su capital. No debemos arriesgar-nos a pasar de largo y dejar a
nuestras espaldas a un enemigo que, aunque débil, puede poner en marcha una
fuerza lo suficientemente importante como para empa-redarnos contra los muros
de Dongola cuando la este-mos asediando.
—Pue sí,
parece de una lógica aplastante. ¿Qué opi-náis los demás?
La
respuesta fue un sí masivo de todos los capitanes
199
y nobles
asesores.
—Orlando,
¿estás también vos de acuerdo con esta estrategia?
—No,
sultán, discrepo de ella.
—¿Querríais
darnos una explicación?
—Los
espías de Makuria ya deben haber hecho su trabajo y a estas alturas ya han
debido darle aviso al rey Semamun de la partida de nuestra expedición. Cada día
que pase, las defensas de Dongola serán más fuertes y resistente, nuestro
asedio será más costoso en vidas hu-manas y durará más tiempo, corriendo el
riesgo de que agotemos nuestra agua y nuestros víveres. Y, como quiera que la
guarnición de Faras no llega a alcanzar los dos mil hombres, mi propuesta es
que no perdamos tiempo en ponerle sitio y continuemos hasta Dongola con el fin
de evitar que estos progresen más en los re-fuerzos que con toda seguridad
estarán llevando a cabo en sus defensas. A nuestro paso por Faras, podemos
de-jar al pie de sus murallas una fuerza equivalente a la de sus defensores con
el fin de mantenerlos confinados en la ciudad y así evitar que acudan en ayuda
de los don-goleños durante el asedio.
—Pues
también esta propuesta está llena de lógica, ¿qué os parece?
—Si tanta
prisa tenemos por llegar a Dongola antes de que refuercen sus defensas, ¿por
qué no adoptamos la primera propuesta de hacer la travesía en veinte días, a
razón de seis leguas diarias? —planteó el capitán Ba-kari.
200
—Porque
una marcha a esa velocidad es tan agota-dora que tanto los hombres que dejemos
al pie de los muros de Faras, como los que lleguen hasta Dongola, lo harán con
ampollas en los pies y estarán tan exhaus-tos que quedarán inservibles al menos
durante los dos o tres primeros días y, en estas condiciones, ni en Faras
podremos detener a la guarnición nubia si estos deciden salir de sus murallas y
acudir en ayuda de sus vecinos del sur, ni en Dongola podremos defendernos si
la guarnición hace una descubierta y ataca nuestro cam-pamento. Y. además de
todo esto…
—Bien,
con esto es suficiente, ya he oído todo cuanto necesitaba oír —me interrumpió
Qalawun—. Orlando me ha convencido de que su propuesta de es-trategia es la
mejor y será la suya la que llevemos a cabo, así que no se hable más y
pongámonos en mar-cha. Tenemos cuarenta y tres leguas y ocho días de marcha por
delante antes de llegar a Faras.
Ya en
tierras nubias, y pese a que los ocho días de travesía hasta Faras los hicimos
transitando por las cer-canías de la margen derecha del Nilo, donde la hume-dad
del río hacía que el aire que respirábamos estuviera menos seco y los terrenos
que pisábamos fueran más compactos, pareció que todas las alimañas y las
tram-pas del desierto estuvieran esperando nuestro paso para cebarse en la
tropa. Las arenas movedizas, los reptiles y las arañas, a cuál de ellos más
venenoso, fueron nues-tros letales enemigos durante esos primeros ocho días de
marcha y los dieciséis que posteriormente siguieron
201
hasta
llegar a Dongola, llegándonos a causar un cente-nar de bajas antes de
enfrentarnos en batalla a los nu-bios; como ejemplo de la peligrosidad del
desierto, sirva el caso que sucedió a unas cuatro leguas al sur de la primera
catarata, cuando ya andábamos cerca de la ciudad de Premnis. Sucedió que un
pelotón de dieci-ocho guerreros que, provistos de dos odres cada uno, habían
sido enviados a extraer agua de un pozo cercano al río, cuando ya regresaban
con los odres cargados, fueron tragados, todos ellos a la vez, por unas arenas
movedizas; todo ocurrió tan rápido que no hubo la me-nor posibilidad de
intentar el salvamento de ninguno de ellos lanzándoles algún cabo. Y para dar
una idea de la peligrosidad de las aguas del Nilo, sirva de ejemplo el caso de
otro numeroso grupo de soldados que, estando dándose un refrescante baño en el
río, fueron atacados por una docena de cocodrilos y seis de ellos acabaron
siendo devorados vivos por aquellas aterradoras bes-tias.
Cuando
llegamos a Faras nos llevamos la gran sor-presa de encontrarnos la ciudad
desierta. Las puertas estaban abiertas, la guarnición había desertado,
proba-blemente se habría trasladado al sur para incorporarse a la de Dongola, y
el resto de los habitantes habían huido llevándose consigo todas sus
pertenencias de va-lor; hasta los perros callejeros, los gatos y los pájaros
habían eludido al ejército mameluco. No había por tanto ningún sito que
establecer, ni un asedio que pre-parar, ni un saqueo que llevar a cabo, ni
desprenderse
202
de dos
mil hombres como estaba previsto para mante-ner confinada a la guarnición, lo
que venía a confirmar que los planes, por muy minucioso y concienzudo que se
haya sido al trazarlos, siempre estarán sujetos a un número de variables tan
elevado que es prácticamente imposible que puedan cumplirse a la perfección.
Como ya
os he contado antes, durante los dieciséis días de marcha que siguieron hasta
alcanzar las mura-llas de Dongola fuimos perseguidos por los hados de la mala
suerte, o tal vez no se trataba de mala suerte, sino de que, al ir moviéndose
por el desierto una masa de treinta y cinco mil hombres, tan solo se produjeron
aquellos accidentes que por puro azar tenían la proba-bilidad de producirse. En
esta segunda parte de la tra-vesía, más de medio centenar de guerreros murieron
envenenados por picaduras de serpientes y arañas, y también más de uno, atraído
por la belleza y el aroma de la rosa del desierto, pereció víctima de su
extrema toxicidad.
Llegamos
a Dongola el martes 10 de febrero de 1288. Los adarves de las murallas de
defensa se veían atestados de gentes, siendo la mayoría de ellas personal
civil, no militar, por lo que dedujimos que la ciudad de-bía estar a rebosar de
refugiados, no solo los que huye-ron de Faras, sino también los de aquellas
otras ciuda-des que se encontraban en nuestro camino y que habían huido ante
nuestra proximidad, sin saber que no tenía-mos intenciones hostiles hacia ellas
y que pasaríamos de largo frente a sus murallas, ya que nuestra única y
203
exclusiva
meta era Dongola, la capital del reino maku-rio; sin darse cuenta, huyendo de
la guerra, aquellas gentes se habían metido de lleno en ella.
Así que
no hubo asedio ni asalto a los muros de de-fensa de Dongola. Al día siguiente a
nuestra llegada, el rey Semamun, famoso por ser un gobernante pacífico e
inteligente, tratando de aprovechar que tenía a su favor el sol de espaldas,
abrió las puertas, salió al frente de su guarnición y nos presentó batalla en
la explanada que se abría entre las murallas y nuestro campamento, un espacio
no excesivamente amplio, que no superaba un jat, o sea, diez sechat23. Las
fuerzas con las que con-taba el rey makurio, después de sumarse las
guarnicio-nes de las otras ciudades que habían acudido a la capi-tal, no
llegaban a alcanzar la cifra de diez mil guerreros, por lo que el gesto de
presentar batalla a un ejército de treinta y cinco mil mamelucos, todos ellos
profesiona-les de la guerra bien entrenados, no dejaba de ser un acto de valor
que rayaba en temeridad. Por eso, cuando los arqueros mamelucos, infalibles
disparando el arco desde la montura de sus caballos puestos al galope,
abatieron en una primera pasada a un centenar de ar-queros nubios, sin que
estos tuvieran la menor posibi-lidad de réplica o de defensa, y otros dos
millares de lanceros se abrieron en semicírculo y se aprestaron para atacarlos
por los flancos, el rey Semamun levantó su mano ordenando levantar una pértiga
con la bandera de la rendición.
23 Un sechat equivalía a unos 2700 m2. Diez
sechat era un jat.
204
El
enfrentamiento acabó con la expulsión del rey Se-mamun que, acompañado de una
parte importante de la población que no quería vivir bajo el gobierno de los
egipcios, se retiró hacia el sur, al tiempo que Qalawun instalaba en el trono
de Makuria a uno de sus sobrinos, un inútil, un títere que no movería un dedo
si no se lo ordenaba su tío.
En el mes
de abril de aquel mismo año el ejército egipcio se retiró, volviendo a su punto
de partida y de-jando al nuevo rey fantoche arropado por una guarni-ción de dos
mil soldados, situación que aprovechó el rey Semamun para volver en junio con
su pequeño ejér-cito de diez mil hombres, expulsar a los mamelucos y ocupar de
nuevo el trono de Makuria.
Dieciséis
meses más tarde, a primeros de octubre de 1289, Qalawun envió una nueva
expedición que tuvo que enfrentarse a la misma estrategia del rey nubio, es
decir, a la evacuación de la capital, que el ejército egip-cio pudo ocupar por
segunda vez sin oposición. Y, aun-que los destacamentos que los egipcios
enviaron al sur pudieron capturar a una parte de los huidos y devolver-los a
Dongola, en cuanto el ejército egipcio regresó de nuevo al norte, Semamun
recuperó una vez más el trono. Esta inteligente estrategia del rey makurio
obli-gaba a Qalawun a tener que mantener cuando menos a la mitad de su ejército
en Dongola, cosa que no se podía permitir por tener bastante esquilmado el
tesoro real y por estar inmerso en una costosa campaña contra los cruzados. Así
pues, con el fin de acabar de una vez por
205
todas con
el conflicto, Semamun se avino a pagar el tributo que el sultán le exigía si
quería mantenerse en el trono de Makuria.
206
207
10
Cuando a
mediados de diciembre de 1289, ya de vuelta de Dongola, desembarqué en El
Cairo, mi asis-tente, Manu, se encontraba en los muelles esperán-dome. Al
parecer, tal vez por la protección física que le ofrecía el traje biónico,
debía haber ganado confianza en sí mismo y ya no le importaba ser reconocido
como aquel apóstata que, allá en la vieja ciudad de Coptos, rindió culto a la
diosa Isis, prohibida por el cristianismo junto a los demás dioses del panteón
egipcio, siendo por ello condenado a muerte y pudiendo escapar del hacha del
verdugo gracias al maravilloso traje biónico que le habían regalado los dioses
de la Luna. Venía acompañado de una joven que aparentaba tener unos veinticinco
años, algunos más de los que aparentaba él, llevando un bebé en los brazos
cuyos rasgos fisonómi-cos eran claramente uriatis y una viva estampa de Manu.
En cuanto me vio bajar por la pasarela dejó a la joven con el bebé atrás, vino
hacia mí dando sonriente, dando grandes zancadas y con los brazos abiertos,
re-cibiéndome con un fuerte abrazo y dos sonoros besos en las mejillas. Al
aproximarse ella hasta donde está-bamos, me la presentó.
—Maestro
Orlando, esta es Sagira, mi esposa, y este es Akila, mi bebé recién nacido que,
como podréis apreciar, ha heredado los rasgos de nuestros dioses lu-nares.
Y,
efectivamente, siendo la madre de piel algo más
208
oscura y
tener una abundante cabellera negra, los ras-gos del bebé eran completamente
opuestos a los suyos y plenamente uriatis: totalmente lampiño, incluyendo
cabellos, cejas y pestañas, con los ojos excesivamente grandes y saltones,
intensamente negros y con una mi-rada tan inteligente que le hacía parecer un
niño mayor.
—Maestro
Orlando, lo he pensado durante todo este tiempo y he decidido que seré vuestro
criado y vuestro discípulo. Me gustaría unir mi vida y la de mi familia a la
vuestra.
—Oírte
decir eso me da una gran alegría, pero has de saber que mi intención es
marcharme de El Cairo.
—¿Por qué
os queréis marchar?, ¿no os gusta la ciu-dad?
—La
ciudad sí que me gusta, y mucho. Llegué a El Cairo a primeros de enero de 1286
buscando paz y tran-quilidad y en estos tres años solo he encontrado dolor y
muerte. A veces tengo la impresión de que no me puedo librar de las guerras,
que me persiguen allá donde vaya, pero yo sé que no es así, que la verdad de lo
que ocurre es que a donde quiera que voy me en-cuentro con gobernantes
ignorantes, ambiciosos y egoístas, que adolecen de tener muy escasa sabiduría y
aún menos inteligencia. El mundo lleva miles de años debatiéndose en una guerra
continua, y lo seguirá es-tando hasta que los pueblos adquieran cultura y los
di-rigentes dejen de ser cargos hereditarios y sean los pro-pios ciudadanos los
que, imbuidos como digo de una sólida cultura y educados en la práctica y el
ejercicio
209
de la
razón crítica, elijan a sus vecinos mejor prepara-dos, a los de moral más
íntegra y que sean reconocidos por su sabiduría, su inteligencia y, sobre todo,
por la bondad de su corazón. Y, a partir de que los pueblos alcancen este
estadio, podrán vivir en una felicísima anarquía que hará innecesarios a los
gobernantes. Na-turalmente, los pueblos tendrán que superar la oposi-ción que
las élites formadas por reyes, nobles, potenta-dos, políticos y sacerdotes, han
venido hasta ahora lu-chando con todas sus fuerzas para que esto no ocurra a
fin de seguir manteniendo a la clase plebeya en la más grosera, vil y soez de
las ignorancias.
—Cierto,
así es, pero decidme, maestro, ¿es que, después de haber conquistado Nubia y
ampliado las fronteras de Egipto hasta la sexta catarata, el sultán no piensa
parar de guerrear?
—No es
que no piense parar, Manu, es que no puede parar. Desde mucho antes de hacerse
con el sultanato de Egipto en 1279, Qalawun ya estaba enfrascado en una lucha
sin cuartel contra los cruzados y, después del receso en su lucha contra los
cristianos que ha supuesto la conquista de Nubia, ahora volverá de nuevo, y con
más bríos si cabe, a sus campañas contra los infieles de la cruz, y ten por
seguro que volverá a llamarme para que lo acompañe y lo aconseje en sus
correrías. Si lo piensas bien, mi querido Manu, un rey inteligente y sa-bio
debería justificar su reinado haciendo que este fuera un largo periodo de paz y
prosperidad, pero esto solo se consigue aplicando políticas sensatas y
humanitarias
210
que tan
solo nacen de la cultura, de la inteligencia y de la bondad de corazón. Cuando
un monarca no tiene más justificación para ocupar un trono que el simple hecho
de haber nacido en el seno de una familia que ostenta un título nobiliario,
pese a que, en múltiples ocasiones, esta persona llega a este mundo con sus
facultades físi-cas y mentales mermadas, como resultado de que su sangre no se
renueva debido a la endogamia que los nobles practican casándose entre ellos,
este rey necesita de otros argumentos más sólidos para justificarse ante su
propia corte y ante sus súbditos. Es por esto que sue-len recurrir a mantener
durante su reinado una guerra permanente, tratando de hacerles ver a sus
vasallos que ellos son sus paladines defensores elegidos por Dios para
protegerlos y que gracias a ellos no han sido es-clavizados por algún
conquistador extranjero, y afir-mando que es el mismísimo Creador quien cada
noche les dice en sueños contra quien tiene que guerrear cada día. Y, a tal
fin, subyugan a sus súbditos utilizando im-púdicamente la religión a su favor,
aprovechándose de que nuestras confesiones monoteístas, tanto la judía como la
cristiana y la musulmana, son las que tienen los dioses más belicosos, hasta el
punto de que tienen instituidas las guerras santas en sus libros sagrados; me
estoy refiriendo a la Milkhemet Mitzvah judía, que los rabinos la definen como
«la guerra por mandamiento»; a la Yihad islámica, que insta a los creyentes a
defender la fe musulmana con un párrafo que recoge palabras del propio Mahoma,
y que dice: «Salid a combatir sea cual
211
fuere
vuestra condición. Contribuid por la causa de Allah con vuestros bienes y
luchad (Corán, sura 9:41)»; y a la Cruzada cristiana contra los infieles con el
fin de recuperar los Santos Lugares, que son convocadas por los papas,
prometiéndoles a los creyentes que, si mue-ren en combate contra los infieles,
ocuparán en el cielo los lugares más privilegiados, que son aquellos que go-zan
de prerrogativas tanto más especiales cuanto mayor sea el número de musulmanes
y de judíos que cada uno hubiera matado en la batalla, es decir, que aquel que
más infieles hubiera matado gozaría de una mayor cer-canía al Creador y sería
más digno de sus favores.
—Sí,
maestro, eso es muy cierto, pero el más cruel de los tres dioses ha sido
Jehová, el dios cristiano.
—¿Solo el
cristiano? ¿Y qué me dices del musul-mán? Cuando en el año 622 salieron de
Arabia los ejér-citos de Mahoma y en menos de un siglo ocuparon a golpe de
lanza y espada todo el norte de África y la pe-nínsula Ibérica, dejando a su
paso cientos de miles de muertos, ¿en nombre de qué Dios se hacían todas
aque-llas matanzas?
—Es
verdad, lleváis toda la razón, ciertamente las hacían en el nombre de Alá. Y
también es cierto que allá dónde llegaban para quedarse construían mezqui-tas
antes que madrasas.
—Sí, así
es. Y como los cristianos y los musulmanes somos tal para cual, ahora que seis
siglos más tarde los seguidores de Mahoma están siendo vencidos y expul-sados
de Europa, los cristianos hispanos se dedican a
212
convertir
esas mezquitas en iglesias, ahorrándose el tra-bajo de construirlas con tan
solo añadirle un campana-rio al alminar desde donde el almuédano llamaba a la
oración a los fieles creyentes; revistiendo con arcos apuntados de piedra la
puerta de entrada en la fachada principal y sustituyendo en el interior el
antiguo mih-rab, que le señalaba a los fieles la dirección de La Meca, por un
ábside en el que sitúa el retablo del altar mayor.
—Es
cierto, maestro, también en esto lleváis razón, pero decidme, ¿a qué lugar
habéis pensado trasladaros? Y no es que me importe demasiado el lugar al que
ha-yáis decidido marcharos, porque yo os seguiré hasta el fin del mundo, os lo
pregunto por simple curiosidad y también para decírselo a mis hermanos cuando
me des-pida de ellos.
—Pues, la
verdad es que todavía no lo he decidido. Tal vez tengamos mejor acierto si lo
pensamos juntos y elegimos el sitio entre los dos.
—Maestro
Orlando, yo que vos me pensaría lo de movernos de El Cairo. Aunque sois diez
veces más viejo que yo y me superáis en experiencia y sabiduría, permitidme que
os dé un consejo. A mí me parece que a cualquier sitio que vayamos nos vamos a
encontrar con la maldad, la ambición y el egoísmo humanos, que como vos bien
decís, son las depravaciones que pro-mueven todas las guerras, pero digo yo,
¿no creéis que el hecho de tener un sultán tan belicoso como Qalawun, que va
con su ejército llevando la guerra de reino en
213
reino, si
bien es cierto que nos embarca en una guerra permanente, no es menos cierto que
lo hace lejos de nuestras fronteras, preservándonos de ser atacados por estos
mismos reinos a los que ataca? Acabamos de fi-nalizar un conflicto con Nubia
que ha durado dos años y teméis que nuestro sultán se enfrasque en una cam-paña
contra los reinos cristianos y os vuelva a nombrar su asesor y consejero, pero
mientras no sean los cruza-dos los que vengan a El Cairo a atacarnos, cosa que
creo muy improbable, ¿no creéis que el hecho de que nuestro sultán haya
decidido ir a incordiarlos a sus reinos no debe afectarnos como ciudadanos, ya
que al desarrollarse esa campaña guerrera fuera de nuestras fronteras solo debe
preocuparles a los guerreros profe-sionales y a las familias de los jóvenes que
se encuen-tran en servicio militar activo? Creo que de lo único que vos os
tenéis que preocupar es de buscar una ex-cusa plausible para evitar tener que
acompañar al sultán en sus correrías.
—Sí,
Manu, créeme que entiendo tu postura, pero yo me refería a encontrar un sitio
donde no exista ni la más remota posibilidad de un conflicto armado.
—No creo
que exista un sitio así en el mundo civili-zado conocido. Tal vez podamos
encontralo en alguna remota isla desierta…
—Eso es,
Manu, tú lo has dicho. Una isla desierta es el lugar ideal. Nuestros trajes
biónicos nos lo ponen fá-cil, podremos vivir apartados y solo necesitaremos
tele-portarnos de vez en cuando al mundo civilizado para
214
transportar
a la isla aquellas cosas que necesitemos.
—Sí, eso
sería posible, pero ¿no creéis que en poco tiempo acabaríamos echando de menos
la presencia hu-mana?
—En lo
que a mí respecta, estoy absolutamente se-guro de que no echaría de menos la
compañía humana. Tú tal vez sí la añoraras, pero podrías remediarlo
tele-portándote de cuando en cuando a alguna ciudad popu-losa, donde te darías
un baño de humanidad durante unos cuantos días, para luego regresar de nuevo a
la isla.
—No
tendría por qué ser una isla desierta, podría es-tar habitada por algún pueblo
nativo que viviera en ar-monía al margen de la civilización y que no conociera
la guerra.
—Una isla
así no la encontraremos en el Mediterrá-neo, tendríamos que buscarla en los
mares del sur.
—Maestro,
estamos viviendo los últimos días del año 1289. Dentro de tres meses entraremos
en el equi-noccio de primavera de 1290 y los filsolis celebrareis en la Luna la
asamblea decenal, ¿por qué no esperáis hasta entonces y lo consultáis con
Tehovás o con vues-tro tutor uriati, ellos conocen mejor que nadie cada rin-cón
de nuestro planeta y deben saber dónde se encuen-tra el lugar ideal que queréis
encontrar?
—Sí, creo
que llevas razón, no debemos tener prisa por escapar de El Cairo. Si el sultán
me pide que le acompañe en calidad de asesor militar en su campaña contra los
cruzados, ya me inventaré alguna excusa.
215
Oyendo
hablar a Manu, tuve la sensación de que me estaba viendo a mí mismo en un
espejo, pues al igual que yo aparentaba tener tan solo algo más de treinta años
cuando estaba a punto de cumplir quinientos se-senta y ocho años el próximo 16
de enero, él parecía ser un joven veinteañero y me estaba dando tan admi-rable
ejemplo de buen criterio y de buen razonamiento que era propio de una persona
sensata y muy madura, como correspondía a su verdadera edad de algo más de
cincuenta años. Como digo, lo estaba oyendo y pensaba que esa misma impresión
debían tener los demás cuando me escuchaban a mí.
Aquel año
de 1290, la Tierra cruzaba el equinoccio de primavera a las veintiuna horas y
doce minutos del lunes 20 de marzo. El cielo se encontraba limpio de nu-bes y,
como quiera que hacía días que no soplaba viento del desierto, también se
encontraba libre de la sucia y bochornosa calima que era propia de los meses
prima-verales; por su parte, la colosal luna cairota se enseño-reaba de cielo
nocturno resplandeciendo en fase gibosa creciente y eclipsando a las estrellas.
Llegado
el momento del salto, Manu revisaba el ma-cuto en el que portaba una decena de
regalos para mis amigos filsolis más allegados.
—Lo
lleváis todo, no falta nada. Maestro, me encan-taría poder acompañaros a la
Luna, aunque fuese en ca-lidad de oyente, sin derecho a voz ni voto —me dijo
Manu, cerrando el macuto, al tiempo que Sagira me
216
ajustaba
por detrás el cinturón del traje biónico.
—Lo sé,
Manu, lo sé. Aunque los uriatis nunca nos dicen cuál es el orden del día de la
asamblea y no sabe-mos de cuantos asuntos vamos a tratar ni cuantos días vamos
a estar allí debatiéndolos, te prometo que, si tengo ocasión, le comentaré a
Tehovás las muchas ga-nas que tienes de ir a la Luna y, si lo autoriza, te lo
comunicaré telepáticamente para que te tele-transpor-tes hasta allí enseguida.
Con Manu
y su esposa situados a mi derecha, esperé a sentir en mi interior esa
inconfundible sensación, pa-recida a una especie de corriente eléctrica en los
intes-tinos, que siempre notaba al pasar el centro de nuestro planeta por la
imaginaria línea sideral de los equinoc-cios y, llegado el momento de partir,
me despedí de am-bos con una sonrisa y un gesto de mi mano, que más bien era
una caricia dibujada en el aire, sin llegar a to-carlos para no arrastrarlos
conmigo en la tele-porta-ción.
Fui de
los primeros en llegar a la sala de las asam-bleas, donde ya charlaban formando
corros una vein-tena de uriatis y no más de una docena de filsolis,
en-contrándose en uno de estos grupos Tehovás y Suriel, su segundo y mi tutor,
lo que me invitaba a plantearles la inquietud de mi asistente, así como su gran
deseo de visitar por primera vez la Luna.
—Sé
bienvenido, Orlando —fue el saludó de Teho-vás.
217
—Paz y
amor —fueron los cumplidos de los otros cuatro uriatis, así como de los tres
filsolis que forma-ban el corrillo, utilizando los primeros la forma de sa-ludo
que acostumbrábamos a usar los filsolis.
—Me
alegro de encontraros juntos porque acabo de despedirme en El Cairo de un
asistente que me surgió hace un par de años, casi por sorpresa, y que dice ser
descendiente directo del arcángel Tehovás, según pala-bras suyas.
—Déjame
adivinar, ¿se trata tal vez de Manu? —me inquirió Tehovás, adivinando de quien
se trataba sin re-currir a la telepatía.
—Sí,
Tehovás, lo has adivinado. Se trata de Manu, y para tu información te diré que
acaba de tener un hijo que puede pasar perfectamente por ser un bebé uriati,
tales son sus rasgos fisonómicos.
—Me
alegra oír eso; entre nosotros, la frecuencia de nacimientos es muy baja —me
respondió Tehovás—. Y su esposa, ¿también porta genes uriatis?
—No me lo
parece, al menos en su apariencia física.
—Entonces
debe ser que nuestros genes están muy potenciados en él.
—Lo he
dejado muy triste. Me ha dicho que daría cualquier cosa por venir a la Luna y
presenciar una asamblea, aunque sea sin voz ni voto, como simple oyente. Le he
prometido que os lo plantearía y que, si lo autorizáis, se lo trasmitiría
telepáticamente para que se tele-portase.
—Ya sabes
que en las asambleas se tratan asuntos
218
que,
generalmente, deben ser ignorados por los terríco-las.
—Pero él
es medio uriati y me ha dicho que, si bien no ha heredado de vosotros la
inmortalidad, si disfruta de una larga longevidad.
—Sí, eso
es cierto los fililunis pueden vivir unos mil años. Ellos están llamados a
sustituir al homo sapiens que actualmente puebla la Tierra, pero aun así no es
muy conveniente que sean testigos de ciertos aconteci-mientos y, sobre todo, de
los graves riegos por los que a veces pasa el planeta, como por ejemplo el que
vamos a tratar hoy.
Aquellas
palabras nos pusieron en alerta a los cuatro filsolis que nos encontrábamos en
el corrillo. Ya sabéis que las asambleas decenales se celebran
indefectible-mente el día que la Tierra pasa por el equinoccio de primavera, y
que hacen sin una convocatoria previa y sin que los uriatis nos adelanten
ningún orden del día que hemos de tratar, posiblemente para no darnos oca-sión
de hablar con otros terrícolas de los problemas o de las amenazas por las que
pasa la Tierra, con el con-siguiente riesgo de que la noticia se expanda y cree
en la población una alarma innecesaria.
—Está
bien —continuó diciendo Tehovás—, si tanto interés tiene en conocer nuestras
instalaciones en la Luna, puedes comunicarle que he autorizado su visita y que
se ponga en contacto telepático con su tutor, que será quien le haga de
cicerone.
Es
inenarrable la explosión de alegría que percibí en
219
la mente
de Manu cuando le comuniqué que Tehovás autorizaba su visita y que Clorión, su
tutor, sería quien le enseñaría las instalaciones de los uriatis en la Luna.
Tras
media hora de charla en aquel corrillo, recibi-mos el consiguiente aviso
telepático para ocupar nues-tros escaños en el hemiciclo y dar comienzo a la
pri-mera sesión.
Como de
costumbre, Tehovás, que es quien siempre dirige la asamblea asistido por
Suriel, se situó tras el atril y nos dirigió la palabra.
—Queridos
hermanos filsolis, como en décadas an-teriores nos hemos reunido hoy para
tratar aquellos asuntos que puedan suponer alguna amenaza para nues-tro planeta
Tierra y, así como ha habido años en los que, por fortuna, no ha habido
problemas que resolver y la asamblea tan solo ha servido para vernos de nuevo,
saludarnos y pasar un rato de agradable conversación, esta vez tenemos que
tratar de un asunto que, si bien hasta ahora no había revestido ninguna
urgencia, desde hace dos años se ha venido agravando y requiere toda nuestra
atención.
Hacía ya
bastantes décadas que en las asambleas no se planteaba ningún asunto que
pudiera ser calificado de grave, por lo que este anuncio de Tehovás hizo que
los asistentes se revolvieran algo inquietos en sus asientos.
—Todos
sabéis que los polos magnéticos terrestres se invierten cuatro o cinco veces
cada millón de años transcurridos, por lo que este fenómeno ha ocurrido
220
muchas
veces a lo largo de la historia de nuestro pla-neta —continuó diciendo
Tehovás—, y también habéis de saber que la próxima inversión ya se está
retrasando demasiado, pues han pasado más de seiscientos mil años desde que se
produjo la última de estas inversio-nes polares. También sabéis que este
proceso de inver-sión geomagnética está provocado por los movimientos
giratorios del núcleo de hierro fundido del planeta y que, cada vez que esto
ocurre, las puntas de la aguja de la brújula también se invierten, señalando al
sur la antes apuntaba al norte y viceversa. Antes de continuar, ¿al-guien
quiere hacer alguna pregunta o necesita alguna aclaración a lo que acabo de
decir?
—¿Estás
diciéndonos que se ha iniciado una inver-sión de los polos magnéticos? Sabemos
que el eje mag-nético de la Tierra no es inamovible y que, de hecho, se está
moviendo continuamente dentro de ciertos límites, ¿no será que esta vez se está
desplazando algo más de lo acostumbrado? —le inquirió un filsolis que se
en-contraba dos filas más abajo de la que yo me encon-traba.
—Esta
vez, uno se esos movimientos erráticos a los que te refieres ha continuado y ha
sobrepasado los lí-mites acostumbrados; el ángulo de inclinación respecto al
eje de rotación de la Tierra, que habitualmente es de 11,5 grados, ha alcanzado
ya los 19 grados y no va a parar, sino que va a seguir avanzando hasta invertir
to-talmente la polaridad. Excuso deciros la prudencia y la reserva que tendréis
que tener con esta noticia ya que,
221
si
trascendiera a las calles de las ciudades, los catastro-fistas anunciarían el
fin del mundo, vaticinarían que las estrellas caerán del cielo, que la peste y
todo tipo de enfermedades asolarán la Tierra, y afirmarían que Sa-tanás con sus
legiones de diablos se adueñarán del pla-neta. Es cierto que las inversiones
polares que se han producido en el pasado han sido muy lentas, tardando en
completarse varios miles de años, pero esta vez no va a ser así; la velocidad a
la que se está produciendo el fenómeno hace pensar que, en un espacio de tiempo
que quedaría comprendido entre cincuenta y cien años, se habrá producido una
completa la inversión polar, es decir, que el polo norte magnético pasará a
estar en la Antártida y el polo sur en el Ártico.
—Y, ¿qué
más nos da dónde se encuentren los po-los? —preguntó otra voz humana desde el
fondo de la sala—. La vida seguirá igual que hasta ahora.
—No, no
seguirá igual —le respondió Tehovás—. Si el cambio fuera tan lento que durara
miles de años, to-dos aquellos animales, sobre todo una gran cantidad de
especies de pájaros, de insectos y también de animales marinos que se orientan
por el campo magnético, ten-drían el tiempo necesario y suficiente para ir
adaptán-dose y encontrar soluciones a sus problemas de despla-zamiento, pero,
al ser un cambio tan brusco, la mayoría de estas especies se extinguirán,
contándose por des-gracia entre ellas las abejas, que dejarían de polinizar
decenas de miles de especies de plantas, provocando, por un efecto dominó, la
extinción de muchísimas otras
222
especies
que se alimentan de ellas.
—¿Y qué
ocurrirá con el escudo de protección con-tra el viento solar que nos
proporciona el campo mag-nético? —inquirió otra voz, esta vez era la de un
uriati, queriendo tal vez provocar que se hablara de una cues-tión tan
importante.
—Efectivamente,
el campo magnético de nuestro planeta nos protege del viento solar y de la
radiación cósmica, por lo que una inversión prolongada supon-dría que la Tierra
quedaría desprotegida contra estos rayos de origen sideral que, como sabéis,
tan perjudi-ciales son tanto para la vida animal como para la vege-tal. Es
cierto que nunca ha ocurrido que el campo mag-nético terrestre desaparezca por
completo, pero si puede debilitarse excesivamente durante el tiempo que dure la
inversión, quedando la Tierra durante todo este tiempo sometida a la acción de
las funestas partículas de alta energía que nos bombardean constantemente y,
por tanto, expuesta a altos niveles de radiación, produ-ciendo en muy poco
tiempo un aumento de enfermeda-des mortales, como por ejemplo el cáncer.
—Habéis
establecido ya algún plan de actuación en-caminado a defendernos de esta
amenaza? —inquirió un filsolis de la última fila.
—Sí,
hemos diseñado dos alternativas, una de ellas a más largo plazo que la otra,
que os las queremos ex-poner a grandes rasgos para someterlas a vuestra
con-sideración —respondió Tehovás—. Cualquiera de las dos es igualmente válida.
La primera de ellas consiste
223
en
desplegar dos centenares de grandes naves, equipa-das todas ellas con
inductores magnéticos de gran po-tencia, que quedarían estacionadas e
interpuestas entre la Tierra y el Sol, a una distancia de doce mil quinientos
kilómetros de la superficie terrestre. Estas naves se en-cargarían de producir
el campo magnético que fuera necesario en cada momento para compensar el
debili-tamiento del campo terrestre con objeto de estar todo el tiempo
protegido de la radiación cósmica. Esta solu-ción la mantendríamos activa
durante todo un siglo, que es el tiempo que tardaría el eje magnético en
com-pletar la inversión polar que se está iniciando ahora, y en recuperar por
sí misma la normal intensidad magné-tica terrestre, quedando finalmente los
polos invertidos, después de haber provocado durante ese siglo los gra-ves
daños en la flora y en la fauna terrestres, sobre todo, como hemos mencionado
antes, en aquellas especies de animales que se orientan con el campo magnético.
La segunda solución estaría encaminada a detener la in-versión que ahora se
inicia y restituir el eje magnético a su posición habitual. Es por esto que
resultará una operación más compleja pues, además de necesitar ha-cer lo mismo
que os acabo de decir con esos dos cente-nares de naves, rodearíamos el ecuador
terrestre con otras cuatrocientas naves, igualmente equipadas con in-ductores
magnéticos de gran potencia, que quedarían situadas en posiciones
geoestacionarias, a una altura de unos ochenta kilómetros sobre la superficie
terrestre, separadas entre sí a una distancia de cien kilómetros y
224
formando
una línea sobre el ecuador. Esta hilera de in-ductores magnéticos, actuando
sobre el núcleo sólido terrestre durante un plazo no mayor de veinte años,
de-tendría su movimiento errático, que es el que está pro-vocando la inversión
polar. Con esta segunda solución impediríamos que la inversión llegue a término
y res-tauraríamos los actuales polos magnéticos, evitando el grave desastre
ecológico que dicha inversión provoca-ría en la flora y en la fauna. Esto es
cuanto os puedo informar, por lo que, si no hay más preguntas, podemos pasar a
elegir la solución que creamos más conveniente mediante una votación.
Ni que
decir tiene que la segunda solución propuesta fue votada por unanimidad; nadie
se resignaba a la idea de una inversión en los polos magnéticos y mucho me-nos
al desastre ecológico que esto conllevaba. Además, la restauración de los polos
magnéticos mediante el cinturón de naves sobre el ecuador, se conseguiría en
tan solo veinte años, evitando así el tener que mantener un escudo de
protección con doscientas naves durante un siglo.
Como era
costumbre desde siempre, se formó una comisión de filsolis que acompañarían a
los uriatis en la misión, siendo espectadores y testigos de las opera-ciones
que se llevarían a cabo tanto en la magnetosfera como sobre el ecuador
terrestre; y, también como siem-pre, mi natural curiosidad me obligó a formar
parte de dicha comisión.
Terminada
la asamblea, cuando salimos de la sala
225
me estaba
esperando Manu acompañado de su tutor Clorión.
—Hola,
Manu. Dime, ¿qué te parece la Luna por dentro?, ¿hubieras podido imaginar todo
esto alguna vez en tu vida?
—Ni
soñando lo hubiera imaginado, maestro.
—Es muy
inteligente mi pupilo —intervino su tutor, el uriati Clorión—, apenas se ha
sorprendido con las cosas que ha visto y ha entendido a la primera explica-ción
que le ha dado de cómo una nave con motor de curvatura puede plegar el espacio
y viajar a mayor ve-locidad que la luz.
—Suriel y
Clorión —dije en tono algo ceremonioso, mirando a los dos uriatis— me gustaría
que Manu pre-senciara estas operaciones, lo haríais el hombre más fe-liz del
mundo embarcándolo en una de vuestras naves y saliendo al espacio exterior. ¿Es
posible tal cosa?
—Solo es
posible si jura o promete guardar el más absoluto secreto de todo cuanto vea y
oiga —respondió Suriel.
—Ya le he
tomado yo juramento de guardar en se-creto todo cuanto le llevo enseñado y
explicado.
—Eso está
bien, pero, además, si viajas con noso-tros al espacio exterior, ¿estarías
dispuesto a jurar por tu esposa, tu hijo y tu adorada diosa Isis que guardarás
el secreto de todo cuanto veas y oigas durante el viaje?
—Sí, lo
juro, lo juro, lo juro y lo prometo por quien queráis —repitió Manu lleno de
júbilo y entusiasmo, llevándose ambas manos a la cara y haciéndonos reír
226
incluso a
los uriatis, a quienes su gran sabiduría y su inmortalidad les había hecho
perder el sentido del hu-mor hacía ya varios millones de años—. Os juro y os
prometo por lo más sagrado que, de todo cuanto vea y oiga, seré el espectador
más silencioso, me mantendré más callado que un muerto en su tumba y que no se
contaré a nadie, ni siquiera a mi esposa.
La nave
comisionada en la que viajábamos unos treinta fildolis era oblonga, teniendo la
forma de un ci-lindro de unos cincuenta metros de largo por diez de diámetro,
con sus extremos redondeados; y, al objeto de ir aclarándonos cualquier duda
que tuviéramos, en ella también viajaba Tehovás con el equipo técnico que
supervisaría las operaciones. Estas se llevarían a cabo en dos fases; la
primera sería la interposición del es-cudo magnético entre la Tierra y el Sol
y, una vez fina-lizada esta, la segunda consistiría en posicionar el cin-turón
de naves sobre el ecuador terrestre para revertir el eje magnético a su
inclinación actual de 11,5 grados con respecto al eje de rotación.
En tan
solo unos minutos, una veintena de cráteres lunares abrieron sus fondos y
vomitaron las doscientas naves que habrían de llevar a cabo la primera fase de
la operación «escudo magnético», que así fue llamada por los filsolis; los
uriatis, al tener costumbre de comuni-carse entre ellos telepáticamente, no
necesitaron darle nombre alguno a la operación. Y, cuando ya en el es-pacio
exterior, a doce mil kilómetros sobre la superficie terrestre, tras apagarse
las luces blancas de nuestra nave
227
y de
encenderse las rojas, que tiñeron de sonrojo nues-tros rostros, las paredes del
casco se hicieron transpa-rentes. Y fue en este preciso momento cuando noté
cómo unas frenéticas manos se aferraban a mi brazo iz-quierdo; era Manu, que al
verse como si estuviera flo-tando en el espacio vacío había entrado en pánico y
se aferraba a mi brazo. Lo tranquilicé tomándolo fuerte-mente de una mano y
dirigiéndole una sonrisa alenta-dora, si bien toda su aprensión y su miedo
desapareció por completo cuando ante nosotros aparecieron en for-mación las
doscientas naves circulares, de unos treinta metros de diámetro, que constituían
la flota que haría de escudo magnético protector de la Tierra.
La verdad
era que el espectáculo que ofrecían impre-sionaba por lo grandioso. Aquellos
dos centenares de naves ocultaron la luz solar cuando adoptaron una for-mación
compacta en forma de círculo alrededor de una línea imaginaria que unía los
centros de la Tierra y el Sol. En aquel momento la luz solar diurna iluminaba
el continente asiático por lo que los astrólogos de la China, la India y de los
países del sureste asiático esta-rían contemplando un eclipse solar imprevisto
al que no le podían dar una explicación razonable, razón por la cual los
sacerdotes ya habrían echado de mano de los falsos argumentos de los que se
valen y que suelen uti-lizar para asustar al pueblo ignorante, tales como que
aquel eclipse era el presagio de un castigo colectivo que el Cielo enviaba a
los hombres por su irreligiosidad y su mal comportamiento. Pasada una media
hora, a una
228
orden de
Tehovás, las naves rompieron la formación y se desplegaron, alejándose del
radialmente del centro del círculo que habían formado, en todos los sentidos
hasta que las perdimos de vista. Tehovás nos explicó que se habían dispuesto en
el espacio, distribuidas uni-formemente, hasta formar un disco del diámetro de
la Tierra, es decir, de unos doce mil kilómetros; y, a una segunda orden de
Tehovás, todas pusieron en marcha sus inductores magnéticos, protegiendo cada
una de ellas una superficie terrestre de unos quinientos mil ki-lómetros
cuadrados. A partir de aquel momento, todo el proceso sería automático; las
naves estarían mi-diendo permanentemente el campo magnético terrestre y
regularían las intensidades de sus inductores al objeto de mantener una
intensidad de campo similar a la nor-mal del eje magnético de la Tierra. Con
esta primera fase, el planeta había quedado perfectamente protegido contra la
nociva radiación cósmica.
La
segunda fase comenzó situándose nuestra nave a una altura de ochenta kilómetros
sobre un punto del océano Atlántico, en el golfo de Guinea, pudiendo ser
testigos de cómo otras cuatrocientas naves circulares, navegando en fila, iban
una tras otro ocupando su puesto estacionario cada cien kilómetros sobre la
línea del ecuador hasta formar un anillo que circunvalaba el planeta. A otra
orden de Tehovás, las naves conectaron sus sistemas automáticos que irían
actuando magnéti-camente sobre las masas de aleaciones metálicas que formaban
el núcleo terrestre a fin de ir corrigiendo la
229
inclinación
del eje magnético hasta alcanzar la inclina-ción de 11,5 grados respecto al eje
de rotación del pla-neta.
Absorto
en lo que ocurría en el espacio a nuestro al-rededor, durante todo este tiempo
había tenido tomado de la mano a mi asistente. Y, cuando ya casi se daba por
terminada esta segunda fase, noté que apretaba mi mano con más fuerza, le
dirigí una mirada y pude com-probar que tenía el rostro anegado en lágrimas. El
es-pectáculo que, en su imponente inmensidad, el Uni-verso ofrecía a nuestros
ojos era tan grandioso, y a la vez tan admirable y perturbador, que mi
asistente, con el ánimo sobrecogido, estaba llorando de felicidad.
230
231
11
Tras la
asamblea decenal de marzo de 1290 en la Luna y culminar las operaciones
llevadas a cabo en la mag-netosfera terrestre, volví a El Cairo con mi
asistente Manu. Durante los siguientes meses no se produjo nin-gún
acontecimiento que fuera digno de ser contado aportando detalles del mismo,
incluyendo las tres o cuatro veces que tuve que acudir al palacio del sultán
como invitado a fiestas y celebraciones, siendo todas ellas igual de vacuas e
insustanciales que siempre, y otro par de veces que me llamó para pedirme
opinión y consejo sobre las negociaciones que estaba llevando a cabo con los
cruzados de Acre y que finalmente fueron rotas en agosto de aquel mismo año por
los asaltos, ro-bos y asesinatos de mercaderes sirios a manos de los cruzados
llegados del norte de Italia a bordo de naves venecianas y aragonesas, después
que hubiera sido res-tablecido el comercio con los musulmanes de Siria. Tras
jurar públicamente por Alá que castigaría aquellos crímenes pasando por las
armas a todos los cristianos de Acre, Qalawun, aun estando tan enfermo que los
médicos ya le anunciaban su próxima muerte, se revis-tió con la coraza de un
ángel vengador y se puso al frente de su ejército el 4 de noviembre. No pudo
llegar a Acre pues falleció cinco días más tarde, en Marjat at-Tin, tras hacer
jurar a su hijo Jalil, su heredero y suce-sor, que continuaría la campaña que
él acababa de co-menzar.
232
Fue el
propio Manu quien, tal vez temiendo que lo reclutaran habiéndose convertido en
padre de una cria-tura y repudiando la guerra en la que Egipto se veía
permanente inmersa por mor de la ambición y la beli-cosidad de sus gobernantes,
una mañana de mediados de julio de 1291 me volvió a recordar aquella idea que
en su día yo le apunté de retirarnos a una isla desierta.
—Maestro,
creo que lleváis toda la razón al pensar en refugiarnos en una isla desierta.
Es un sinvivir el es-tar continuamente pensando en que te pueden reclutar para
llevarte a la guerra.
—Con tu
traje biónico estás totalmente protegido; mientras no te desprendas de él, no
tienes nada que te-mer en una batalla.
—Sí, lo
sé, pero me veré obligado a tener que matar a otros hombres.
—Siempre
puedes recurrir a tele-portarte a otro lu-gar, convertirte en espectador del
encuentro y volver al campo de batalla una vez que este haya concluido.
—Sí, es
cierto, todo eso está muy bien, pero yo creo que lo mejor sería desaparecer del
mundo y perdernos en esa isla desierta de la que habláis.
—Cuando
hablamos de esto dijimos que no existía ninguna isla en el mundo conocido que
reuniera esas condiciones y estuviera disponible y, además, me pare-ció que no
te hacía ninguna gracia abandonar El Cairo, ¿es que ya no te importa marcharte?
—Sí,
maestro, es verdad. He pensado en cuanto di-jisteis y he comprendido que
lleváis mucha razón al
233
querer
huir de las guerras. Ya que no puede ser una isla, ¿qué os parecería un oasis?
En Egipto tenemos unos cuantos, encontrándose el más alejado, que a su vez es
el más pequeño, a unas ochenta leguas de El Cairo; me estoy refiriendo al oasis
de Farafra. Una vez que tuve que ir a una aldea del desierto de Libia, donde
había muerto mi hermano mayor, y regresaba con su cadáver a El Cairo viajando
con una caravana de camellos, hi-cimos noche en aquel oasis y os puedo asegurar
que es un lugar paradisíaco, en el que crecen palmeras datile-ras y donde se
puede cultivar toda clase de árboles y hortalizas.
—¿Quién
vive allí?
—La vez
que yo estuve, hace ya de esto seis años, estaba habitado por cinco o seis
familias de agricultores que no sumaban más de treinta o cuarenta personas.
—Aunque
creo que cuarenta son demasiadas perso-nas, en principio me está gustando la
idea. Quizás sea posible que, en una comunidad tan reducida, en la que todo el
mundo está entregado al trabajo y a la vida fa-miliar, podamos encontrar la paz
que buscamos. Tal vez debiéramos tele-portanos allí para echar un primer
vistazo y después decidimos si nos mudamos o nos quedamos en El Cairo. ¿Qué te
parece?
—Pues sí,
creo que eso será lo más sensato. Por mí, nos podemos tele-portar en el momento
que vos digáis.
Debido a
algunos asuntos que estaba gestionando, todavía tuvieron que pasar tres días
más antes de tele-portarnos, durante los cuales no dejamos de hablar del
234
oasis
Farafra, preguntándonos dónde viviríamos, cómo seríamos acogidos por aquellas
gentes y si habría tierra disponible para cultivarla. Así pues, el domingo 15
de julio, nos dispusimos a tele-portarnos al oasis de Fara-fra cuando ya el sol
se había elevado sobre el horizonte medio palmo, después de que Manu hiciera un
buen desayuno de ful mudames24, en el que abundaban más los garbanzos que las
habas, y de que yo tomara unos cuantos vasitos de infusión de té, sustituyendo
así los dos o tres vasos de agua que mi tutor Suriel me recetó como desayuno el
día que me resucitó, y que desde ha-cía más de cinco siglos los tomaba cada
mañana.
—¿Qué
armas preparo, maestro?
—¿Armas?,
¿para qué necesitaremos llevar armas, Manu? Somos inmunes a cualquier ataque y
tampoco queremos hacerle ningún daño a nadie. En todo caso, prepara un macuto
con algunos alimentos para ti.
—Ya lo
tengo preparado.
—Entonces,
¿estás preparado para dar el salto?
—Sí,
maestro, cuando vos digáis.
—Pues
vamos allá.
Pese a
que nuestros trajes biónicos regulaban el calor
24 El ful mudames es un plato tradicional de la
cocina egipcia, siendo considerado desde tiempo inmemorial como uno de sus
platos nacionales. Su ingrediente principal es el haba, si bien se le puede
añadir garbanzos. Tradi-cionalmente se cocina lentamente en un pote de cobre
(si se elabora en un pote de un metal diferente, no adquiere el sabor
adecuado). Se suele servir a horas tempranas, siendo además un alimento típico
en los periodos de absti-nencia del Ramadán.
235
de
nuestros cuerpos, en el momento de materializarnos en el oasis Farafra notamos
en nuestros rostros una drástica bajada de temperatura de cuatro o cinco grados
respecto a la que teníamos en El Cairo. Las repugnantes pestilencias de las
aguas fecales que corrían por las me-dianas de las calles de la gran ciudad y
los olores de las barbacoas callejeras en las que se asaban verduras, car-nes y
pescados, había sido sustituidos por un aire lim-pio que, impregnado del
agradable frescor que provo-caba la densa vegetación, en la primera bocanada
que tomamos de él, nuestro olfato y nuestros pulmones se extasiaron con el
fuerte aroma que se desprendía de una gran extensión de terreno que se
encontraba cubierta de palmitos, y con la intensa fragancia que nos llegaba
desde el bosquecillo de tamarindos que teníamos a po-cos metros enfrente.
Cuando nos volvimos para echar una mirada a nuestro alrededor, descubrimos que
a nuestras espaldas había una antigua construcción en la que se mezclaba la
piedra y el adobe.
—¿Qué
construcción es esta? —le inquirí a Manu.
—Me
dijeron que fue construida por los romanos como una fortaleza en los tiempos
del emperador Tibe-rio, pero que luego, durante todo el tiempo que estuvie-ron
en Egipto, la utilizaron para guardar el trigo que se producía en el oasis. Los
beduinos con los que viajaba cuando conducíamos al cadáver de mi hermano me
contaron que el faraón Ramsés II mandaba extraer de aquí toda la piedra que
necesitó para los templos que mandó construir en Luxor, y también me contaron
que,
236
cuando
los árabes invadieron Egipto, el oasis fue refu-gió de los cristianos coptos
que huían del islam.
—¿Y aquel
grupo de casas de adobe que se ve al fondo?… Parecen estar abandonadas…
—Hace
seis años estaban ocupadas por las familias de agricultores que vivían aquí,
pero, es cierto lo que decís, ahora parece que estén abandonadas…
—¿Y esas
lagunas que se ven dispersas?
—Son casi
un centenar de pozos en los que el agua mana a ras de tierra formando pequeñas
lagunas en las que podemos darnos un baño en los días de calor in-tenso. Están
distribuidos por todo el oasis y gracias a ellos abundan las palmeras
datileras, los cítricos, los al-baricoqueros, los olivos y los algarrobos.
¿Veis aquel exuberante palmeral del fondo?, pues está verde todo el año gracias
a que está rodeado por más de veinte po-zos de agua. Aquella vez que pasamos
por aquí, hici-mos noche precisamente en aquel palmeral y pudimos contemplar
cómo, a la caída de la tarde, acudían a beber a esos pozos una gran cantidad de
gacelas, ovejas de Berbería, zorros rojos, chacales, gatos de arena y hasta
pudimos ver algunos leones del desierto. Ah, y también vimos una cueva, a la
que llamaban Cueva Djara, que tiene grandes estalactitas y dibujos que fueron
grabados en las paredes por nuestros antepasados de la antigüe-dad.
—¿Dónde
está la gente que me dijiste vivía aquí?
—No lo
sé, maestro. Parece que el oasis esté de-sierto. Acerquémonos a las casas por
ver si hay alguien
237
en alguna
de ellas.
Echamos a
andar en dirección sur, hacia el grupo de casas, sin ver ninguna señal de vida,
ni siquiera algún animal doméstico suelto, como pudiera ser un gato, que tanto
les gustan a los egipcios; tan solo llegaban a nues-tros oídos los trinos de
algunos pájaros cantores que debían haber anidado en el bosque de tamarindos.
Avanzábamos por un camino de tierra a cuyos ambos lados las parcelas agrícolas
parecían estar abandonadas y en las que sus cultivos crecían salvajes, sin
rastro al-guno de intervención humana.
—¡Maestro,
he visto moverse algo en el interior de aquella casa que tiene la puerta
abierta! —me dijo mi asistente, casi en un grito.
—¿Cuál de
ellas? A todas les falta la puerta de en-trada o las tienen abiertas.
—La
segunda de la hilera.
—Está
bien, acerquémonos hasta allí y preguntemos. Nos dirigimos hacia aquella
segunda puerta de la hi-lera y, cuál sería nuestro asombro y, ¿por qué no
de-cirlo?, también sorpresa y gran susto, que cuando ya nos encontrábamos a
unos diez pasos de aquella puerta, lo que asomó por ella no fue una persona
sino la abun-dante melena de un enorme e imponente león del de-sierto que se
plantó en el umbral con la cabeza erguida y su mirada clavada en nosotros.
Atenazados por la sor-presa y la impresión que nos causó la imagen de fuerza y
fiereza que proyectaba aquel león, Manu y yo nos pa-ramos en seco y nos
quedamos inmóviles sosteniéndole
238
la mirada
a la fiera, pese a que los que conocen a fondo a estos animales dicen que no
hay que mirarlos a los ojos y que sostenerle la mirada es un desafío que se les
está lanzando pudiendo provocar que reaccionen vio-lentamente. No era miedo lo
que sentíamos ante la pre-sencia de aquella bestia, ya que íbamos protegidos al
llevar activados los campos de fuerza de nuestros trajes biónicos, pero sí que
nos que nos impresionaba la so-berbia estampa de fuerza y poder que presentaba,
pero, sobre todo, nos invadía una gran extrañeza la presencia de un león en un
poblado humano. Y, mientras nos en-contrábamos estáticos, esperando a ver cuál
era la reac-ción del animal, un segundo león macho, seguido de dos leonas,
apareció por el extremo de aquel camino en el que nos encontrábamos. La
protección del campo de fuerzas nos daba la templanza suficiente para no tomar
la decisión de tele-portarnos a otro lugar y seguir aguantando clavados al
terreno para ver qué pasaba. Fue entonces cuando, dos puertas más allá de aquella
en la que se encontraba el primer león, apareció la fi-gura de un hombre.
Flaco,
descalzo, de piel oscura y semidesnudo, vis-tiendo tan solo un turbante y un
taparrabos rojos, con una melena de abundantes cabellos negros que le lle-gaba
a media espalda, entre los que se entremezclaban algunas canas que brillaban a
la luz del sol como si fue-ran hilos de plata, y con la barba también entrecana
hasta la mitad del pecho, aquel hombre daba una ima-gen muy parecida a la de un
maestro gurú de la India.
239
A una voz
que dio, llevándose las manos la boca para hacer bocina, en un tono muy agudo,
como parecía co-rresponder a su fragilidad corporal, los leones volvie-ron sus
caras hacia él y lo miraron expectantes, como esperando que les dijera algo
más, y a un gesto que hizo a renglón seguido volteando su mano derecha desde el
pecho hasta extenderla con el brazo en forma de cruz, los animales dieron media
vuelta y se retiraron. Fue en-tonces cuando el hombre acudió caminando hasta
donde nos encontrábamos nosotros y, al llegar, nos sa-ludó con un namasté, el
saludo de bienvenida propio de la India y Nepal, es decir, insinuando una
reverencia con una ligera inclinación de cabeza y llevando las pal-mas de las
manos ante el pecho, unidas en posición de rezo.
—Sed
bienvenidos al oasis Farafra, hermanos. Mi nombre es Madú —nos saludó y se
presentó— Si sois viajeros que vais de paso y necesitáis descansar, seréis bien
acogidos en mi humilde morada. En ella tenéis agua fresca y alimentos que
repondrán vuestras fuer-zas. Pero no veo vuestros camellos, ¿cómo habéis
lle-gado hasta aquí si no traéis animales de carga?
—Gracias
por tu ofrecimiento, Madú, lo aceptamos con sumo gusto —le respondí—. Yo soy
Orlando y este que me acompaña es Manu. Creo que todos tenemos que darnos
algunas explicaciones. Nosotros, en lugar de encontrarnos con los agricultores
que normalmente viven en los oasis, nos hemos encontrado con varios leones.
240
—Llevas
razón, es cierto que necesitamos explica-ciones. Por favor, ¿seréis tan amables
de acompañarme hasta mi morada?
Lo que él
llamaba «su morada» era una habitación situada en aquella hilera de casas de
adobe y a la que le faltaba la puerta de entrada. El suelo de la habitación era
terrizo y en su centro había una estera de esparto circular de unos dos metros
de diámetro sobre la que reposaba una pequeña mesita rectangular construida con
delgadas cañas de bambú, resultando tan raquítica y tan baja que su tablero tan
solo se alzaba a poco más de un palmo sobre la estera. Adosado a una de las
pa-redes, se encontraba un igualmente enclenque estante con dos baldas, también
de finas cañas de bambú, sobre las que reposaban una Biblia, cuya cubierta de
cuero estaba desgastada y renegrida por tanto manoseo; una jarra y varias
tazas, todas ellas de arcilla y toscamente labradas; así como algunos vegetales
comestibles entre los que abundaban los tubérculos. Una cajita conte-niendo un
eslabón y un trozo de sílex, así como una antorcha puesta en un candelero
fijado a la pared, com-pletaban el mobiliario de aquella habitación, pare-ciendo
ser muy propia de la vivienda de un eremita. Y, en un rincón, sin apenas
guardar una forma reconoci-ble, yacía lo que parecía ser un jergón con muchos
agu-jeros, a través de los cuales se veía el relleno de paja.
—Por
favor, sentaos —nos dijo, indicándonos con un gesto de su mano que lo
hiciéramos alrededor de la mesita, sentados sobre la tosca e incómoda estera de
241
esparto—.
Solo os puedo ofrecer agua para beber y ver-duras para saciar vuestra hambre.
—Gracias,
Madú, pero no tengo hambre ni sed —le respondí y, dirigiéndome a Manu, le
consulté: — ¿Quieres tú tomar un poco de agua o comer algunas verduras?
—No,
gracias, Madú, yo tampoco tengo hambre ni sed.
—Y dime,
Madú, ¿a qué obedece la presencia en el poblado de estos leones y la ausencia
de los colonos? —le inquirí.
—Sí, os
lo explicaré, pero será mejor que empiece por el principio. Soy un anacoreta
cristiano copto que, huyendo del pecado del mundo y buscando en la sole-dad
poder estar en comunicación directa con Dios, vine al oasis de Farafra hace
poco más de un año con la idea de poder vivir en él ocupando el mínimo espacio
posi-ble en alguno de sus rincones, apartado de los campe-sinos y fuera de la
vista de todos; me conformaba con disponer de una pequeña parcela en la que yo
pudiera cultivar mi alimento diario. Al llegar, me adentré en el poblado y
observé con suma extrañeza lo mismo que habéis visto vosotros, un lugar
desierto cuando se su-ponía que debía estar habitado por una pequeña pobla-ción
que se ocupara de trabajar una tierra tan fértil. En-tré en una de las casas y
lo que encontré me levantó el estómago y me puso los vellos de punta: los
restos de dos cadáveres, uno de un adulto y el otro de un niño, que habían
quedado a medio devorar por las alimañas.
242
Lo
primero que pensé fue que una epidemia de peste había acabado matando a una
parte de la población y que los supervivientes habrían huido dejando aquellos
cadáveres sin enterrar. Pero fue al salir de aquella casa cuando me vi rodeado
por una manada de veintidós leo-nes, formada por tres grandes machos, ocho
leonas ma-dres y once ejemplares jóvenes, de los que tres de ellos eran
adolescentes y los demás eran cachorros. Cre-yendo llegada mi hora y que
serviría de alimento a aquella manada, me arrodillé y comencé a rezar en un
acto de contrición, pidiéndole a Dios perdón por mis muchos pecados, pero los
leones, en vez de atacarme, comenzaron a ronronear a mi alrededor y a darme
ca-bezadas cariñosas. Algo debieron ver u oler en mi cuerpo que no solo no los
incitaba a atacarme, sino que, por el contrario, las fieras solo me dedicaban
caranto-ñas y acabaron por adoptarme como su líder. A partir de entonces, estos
animales, pareciendo que leyeran mis pensamientos, obedecen todos mis deseos. A
ve-ces, para ordenarles algo les hago algunos gestos con las manos o con el
rostro, pero yo sé que estos gestos no les dicen nada y que si me entienden es
porque me leen el pensamiento.
—Debe ser
que hueles a santidad y por eso, al igual que respetaron al profeta Daniel
cuando fue arrojado al foso de los leones, estas fieras hacen todo cuanto les
pides que hagan —le respondí—. Los animales son más inteligentes de lo que
creemos y leen los pequeños gestos de nuestro rostro, pareciendo que nos
adivinan
243
los
pensamientos. Entonces, ¿qué crees que ocurrió con los colonos del oasis?
—Debo
suponer que lo que ocurrió fue que un día la manada de leones penetró en el
oasis, atacó a los agri-cultores, y aquellos que no pudieron huir o que les
hi-cieron frente sucumbieron a sus garras y fueron devo-rados. Yo enterré los
despojos de siete cadáveres, de los que tres de ellos eran de niños. Y, después
de algo más de un año, aquí siguen todavía, sin que ninguno de ellos se haya
marchado desde que llegué. Aquí tienen la sombra y el agua que necesitan para
combatir el ca-lor, y por las tardes cazan algunos de los animales que vienen a
beber a los pozos de agua. Pero habladme de vosotros, decidme, ¿quiénes sois y
cómo habéis llegado hasta aquí si no traéis animales que os hayan
transpor-tado?
Manu y yo
nos cruzamos una furtiva mirada de sos-layo, como queriendo confirmarnos el uno
al otro que no nos quedaba más remedio que contarle al anacoreta la verdad o,
al menos, alguna historia a base de medias verdades.
—Hemos
venido volando —se me ocurrió decirle, y esperé a ver su reacción.
De
momento no contestó. Con el rostro algo alelado, se quedó pensativo y mirando
al vacío, pareciendo que estuviera haciendo una lenta digestión de mis
palabras. Finalmente, cerrando su entreabierta boca y recogiendo su colgante
labio inferior, me señaló con su dedo índice y, mirándome muy fijamente a los
ojos, me dijo:
244
—Veo que
no tenéis alas, luego eso quiere decir que habéis venido volando como lo hacen
los ángeles del cielo, trasladándose si alas, tan solo con el pensa-miento.
¿Sois ángeles enviados por Dios?
—Sí,
Madú, nos ha enviado Dios y hemos venido volando con el pensamiento, como solo
pueden hacerlo los emisarios de Dios —le confirmé, aprovechándome de que su
incontestable fe religiosa le hacía vernos como enviados del Creador.
—¿Habéis
venido a llevarme con Él?
—No,
Madú, aún no ha llegado tu hora, tan solo he-mos venido a hacerte una visita.
En esto,
se oyeron unos poderosos rugidos en el ex-terior que eran respondidos por otros
varios, unos de igual potencia, que serían de los otros machos, y otros algo
menos fuertes, que se suponían eran de las hem-bras. Parecía como si alguno de
los grandes machos tu-viera una discusión violenta con otros miembros de la
manada.
—Perdonadme
un momento, voy a ver qué es lo que ocurre —nos dijo, al tiempo que se
levantaba y se aso-maba a la puerta de la habitación.
Manu y yo
también nos levantamos y lo acompaña-mos hasta la puerta. Toda la manada se
encontraba ocu-pando la calzada del camino terrizo y parecía estar muy
inquieta. Dos de los grandes machos dirigían sus enfu-recidos bramidos hacia la
habitación en la que nos en-contrábamos, con esos rugidos, muy seguidos e
insis-tentes, con los que los leones suelen pregonar su poder
245
y su
dominio sobre un territorio, esos rugidos largos e intimidantes que provocan
escalofríos en la espalda y erizan los pelos de la nuca. No tardó mucho en que
el tercer gran macho se uniera al concierto y, con él, el resto de la manada.
—Rugen
por vosotros dos. Parece que no os quieren aquí. Creo que están celosos de que
yo os esté dedi-cando mi atención a vosotros y no a ellos.
—Trataré
de calmarlos —dijo Manu de improviso y, sin darnos tiempo a reaccionar, fue
hasta donde se en-contraban los rugientes leones.
Las
fieras, primero sorprendidas y quizás tomando aquello como un acto de valor o
de desafío, se aparta-ron, pero luego rodearon a Manu, dando la imagen de ser
el profeta Daniel redivivo y arrojado de nuevo al foso de los leones. Al
suponer el gran riesgo que corría Manu de morir bajo las zarpas de los leones,
el anaco-reta inició una carrera con el fin de llegar hasta las fie-ras y
evitar que fuera atacado, pero fue en ese momento que uno de los leones, dando
un gran salto, se abalanzó sobre mi asistente al tiempo que le descargaba un
feroz y tremendo zarpazo con tal furia que de seguro le hu-biera abierto el
pecho. Como el lector ya habrá su-puesto, el león fue rechazado violentamente
por el campo de fuerzas de su traje biónico y lanzado a varios metros de
distancia rodando por el suelo. Al ver al pri-mer macho atacante frustrado y
abatido, la reacción de sus dos hermanos fue inmediata y ambos arremetieron a
la vez contra Manu, corriendo la misma suerte que el
246
primero.
Tras este segundo rechazo, aún más violento que el primero, las tres fieras
quedaron aturdidas du-rante un breve instante, pero como quiera que no
perci-bían en Manu una actitud agresiva ni defensiva, los tres cargaron de
nuevo, una y otra vez, recibiendo todas las veces idéntico castigo; cuanto más
se enfurecían y más fuerza empleaban en sus ataques con más violencia eran
despedidos por el campo anti-gravitatorio del traje biónico. Sorprendido, y a
la vez admirado por la asom-brosa e inexplicable escena que estaba
contemplando, Madú detuvo su carrera a mitad de camino, desistiendo de la ayuda
que corría a prestarle a Manu; para él aquel muchacho era un ángel que estaba
protegido contra todo mal por la invisible e invencible fuerza divina de Dios Todopoderoso.
Llegó un momento en el que, pri-mero las leonas y algo más tarde los machos,
parecie-ron comprender que estaban atacando a un ser intoca-ble, y todos los
componentes de la manada terminaron agazapándose en el terreno en señal de
sumisión, con las cabezas bajas y las colas recogidas entre sus patas.
Cuando
Manu ya regresaba incólume a la puerta de la habitación, encontró a Madú
arrodillado en mitad del camino, con la frente y los antebrazos extendidos en
el suelo, rezando y llorando a la vez. Manu lo alzó del suelo con gran
delicadeza y lo acompañó hasta la puerta de la habitación, tomándole sus dos
manos con una de las suyas, y con la otra mano pasada alrededor de su cintura,
en un tierno abrazo.
—Lo que
acabo de presenciar es un milagro —nos
247
dijo,
después que le hiciéramos tomar un vaso de agua para tranquilizarlo—. Ahora sé
que me habéis dicho la verdad y que estoy ante dos ángeles del cielo.
Estuvimos
viviendo en el oasis durante una semana, tiempo más que suficiente para poder
comprobar que el escaso entendimiento, y aún menos discernimiento, con el que
la Naturaleza había dotado a Madú era in-versamente proporcional a la largueza
de bondad de co-razón que le había regalado. En él todo era corazón; los
sentimientos afloraban a su rostro y se asomaban a sus pupilas con la misma
diáfana claridad con la que el agua surge del manantial. Le tenía pánico a la
idea del Infierno. Con su retiro al oasis, evadiéndose del pecado del mundo,
aquel santo varón no aspiraba tanto a ganar el Paraíso como a evitar el fuego
del Infierno. La idea de tener que purgar cualquier pecado, por leve que este
fuese. abrasándose en un fuego que no se extingue nunca durante toda una
eternidad, además de horrenda, la encontraba espantosamente injusta,
desproporcio-nada y absolutamente falta de piedad, impropia de un Dios que ama
a sus hijos y que dice ser infinitamente bueno; no podía entender cómo un padre
podía castigar a sus hijos de forma tan dura, tan severa y tan impía. Era tan
firme su creencia en la existencia del Infierno que había decidido no correr el
más mínimo riesgo de cometer un pecado mortal o de tener algún mal pensa-miento
y ser por ello condenado al fuego eterno. Como digo, evitar el reino de Satanás
era la razón por la que
248
había
huido del mundo, desterrándose en aquel oasis, donde se pasaba todo el día
metido en rezos y en una contemplación de la divinidad, que no era más que el
producto de su fantasía imaginativa. Nos decía que imaginaba a Dios como a un
gigante musculoso y bar-budo, del tamaño de una montaña, que allá en su
invi-sible palacio flotante situado mucho más arriba de las nubes, se sentaba
en un trono de oro macizo, rodeado de sus serafines, querubines, tronos y
arcángeles. Cada noche, se acostaba en su mísero jergón con la concien-cia más
limpia que los chorros del oro, sin que en ella pesase ni la más leve falta de
la que tener que arrepen-tirse. En los días que estuvimos con él no llegamos a
saber cuál era la razón por la que estaba convencido de que la naturaleza del
pecado era la misma que la de una enfermedad; cada noche se dormía convencido
de que las siguientes ocho horas de sueño profundo y repara-dor bastarían para
borrar cualquier falta que hubiera co-metido de obra o pensamiento durante la
vigilia de aquel día; al parecer, la Naturaleza lo había dotado de la facultad
de olvidar por la mañana cualquier pesa-dumbre con la que se hubiese ido al
camastro la noche anterior. Así que, al levantarse cada mañana, Madú era un
hombre nuevo, al que durante la noche el sueño lo había sometido a una catarsis
purificadora.
La
despedida fue conmovedora. Sentados los tres en la estera de esparto, alrededor
de la mesita y soste-niendo cada uno en la mano un vaso de agua, a manera de
brindis, le prometimos a Madú que le daríamos a
249
Dios un
buen informe de él y, como quiera que no lo veíamos convencido de que así lo
haríamos, para de-mostrárselo y que se quedara plenamente satisfecho, hasta
tuvimos que redactarlo y mostrarle el escrito que le entregaríamos en propia
mano al Creador y que decía lo siguiente:
» De los ángeles Orlando y Manu a nuestro
Señor Jehová, Dios Creador del Universo.
Por el
presente os informamos que, después de ha-cer una visita, tal como nos habíais
ordenado, al ana-coreta Madú, hemos podido comprobar los siguientes extremos:
1º El
buen Madú vive en un oasis, en pleno desierto, alejado del pecado del mundo y
entregado por completo a la oración y a la contemplación de vuestra excelsa y
divina majestad.
2º Hemos
mirado en el interior del corazón de Madú y solo hemos encontrado bondad de
pensamientos y de sentimientos. Su corazón, como el de los ni-ños y el de los
santos, es tan ligero como una pluma.
3º Os
confirmamos, divino Señor, que Madú vive si-guiendo el ejemplo que dio al mundo
vuestro que-rido hijo, Jesús, aquel con el que preñasteis a la virgen María de
Nazaret, la joven y bella esposa de José, el carpintero, quien aceptó de buen
ta-lante pasar por ser el padre putativo de Joshua.
4º Hemos
corroborado como prueba irrefutable de
250
la bondad
y limpieza de corazón de Madú, que una manada de leones del desierto lo respeta
y lo ha adoptado como su líder, tal como le ocurrió al profeta Daniel.
Es por
todo lo dicho anteriormente que nos permiti-mos sugerir a vuestra Divina
Majestad dé por ganado el Paraíso al buen Madú y autorice desde ahora su
en-trada al mismo, cursándole las oportunas instruccio-nes a San Pedro, nuestro
querido y fiel portero, para que le franquee el paso el día de su muerte.
A medida
que iba leyendo el informe, el bondadoso rostro de Madú se iba iluminando con
una encantadora y contagiosa sonrisa que nos alegró el alma y nos hizo sonreír
a Manu y a mí; al terminar la lectura, soltó el papel, suspiró, y la satisfecha
y agradecida mirada que nos dirigió revelaba una inmensa y beatífica paz
inte-rior.
251
12
El lunes
23 de julio de 1291, estando ya en El Cairo de vuelta del oasis Farafra, dado
que el sultán Qalawun había muerto en noviembre del año anterior y que su hijo
Jalil estaba ocupado en hacer su guerra contra los cruzados de Trípoli, tal
como le había jurado que haría a su difunto padre, pareció volver algo de
tranquilidad a mi vida pues, al no ser yo santo de la devoción del nuevo
sultán, cosa que me alegraba y me reconfortaba sobremanera por considerarlo una
mala persona, este jamás me llamaba para tratar asuntos de Estado ni mu-cho
menos para hacerme consultas como asesor militar. Así pues, Manu y yo decidimos
continuar viviendo en El Cairo, aplazar la mudanza para más adelante, y así
dejaríamos tranquilo a Madú en su oasis, donde se sen-tía cerca de Dios y se
encontraba bien acompañado de sus fieles leones. Sin embargo, he de decir, no
sin asombro y bastante pesar, que unos años más tarde, cuando volvimos a
Farafra para hacerle una visita de cortesía al anacoreta, encontramos el oasis
sin leones y poblado por un centenar de personas. Entonces nos en-teramos de
que Madú había muerto en un enfrenta-miento con los beduinos que conducían una
caravana a través del desierto y los leones abatidos uno tras otro a tiros de
ballesta. Al parecer, sabiéndose poseedor de un salvoconducto que le aseguraba
su entrada en el Pa-raíso (me estoy refiriendo al informe que redactamos aquel
día y que se supone que se lo entregamos en
252
mano a
Dios), Madú estuvo utilizando su manada de leones para intimidar y asaltar las
caravanas que acu-dían al oasis Farafra, siendo en uno de esos enfrenta-mientos
que murió de la cuchillada que recibió en el pecho de manos de un beduino.
Ahora mi
vida discurría de nuevo en la capital egip-cia sin sorpresas ni sobresaltos. En
aquellos años, en los que la vida social estaba regida por la religión, por el
hecho de ser yo cristiano católico estaba excusado por los musulmanes tanto de
la asistencia de los viernes a la mezquita como de los cinco rezos diarios
mirando a la Kaaba; y, por parte de los cristianos coptos, al per-tenecer estos
a la Iglesia ortodoxa de Egipto y no acep-tar la autoridad del papa católico,
también estaba excu-sado de asistir a misa los domingos, lo que me suponía una
gran liberación al no verme obligado a unas lasti-mosas pérdidas de tiempo y a
tener que fingir unas creencias que no tenía.
Antes de
verme obligado a tener que acudir a la cam-paña de Nubia acompañando a Qalawun,
ya había co-nocido yo a Issa, el astrólogo que le anunciaba al sultán los
próximos acontecimientos del cielo, interpretándole a su manera el significado
o el presagio de cada uno de los acontecimientos celestes. Habíamos hecho
amistad e intimado bastante, por lo que solíamos tener largas charlas sobre el
Universo visible, escapándoseme de cuando en cuando algunos de los muchos
conocimien-tos astronómicos que a lo largo de mis cinco siglos de vida había
aprendido de los uriatis o que había tenido
253
la
ocasión de presenciarlos físicamente en mis salidas al espacio exterior a bordo
de sus naves interestelares, revelaciones estas que unas veces a él les sonaban
a fantasías mías y otras veces se me ponía serio calificán-dolas poco menos que
de anatema.
Al
mediodía del lunes, 10 de septiembre, como todos los lunes del año, Issa se
encontraba en mi casa invitado para almorzar.
—Esta
noche la Luna nos dará un bonito espectáculo —me dijo, mientras que, sentados
en la terraza exterior de la casa, tomábamos unos aperitivos que nos había
servido Manu. A mi asistente le gustaban mis conver-saciones con Issa y cada
lunes se prestaba a servirnos y se quedaba rondando el velador que ocupábamos
con el fin de pescar algunas frases sueltas.
—Ah, ¿sí?
¿por qué? ¿tendremos eclipse?
—Sí,
tendremos un eclipse total, pero podremos contemplar una majestuosa Luna de
sangre.
—Pues sí
que es un espectáculo maravilloso, Issa, pero ¿sabes lo que me ocurre cuando
miro una Luna de sangre?, que, por un lado, me encanta contemplarla, pero por
otro lado me impresiona bastante y no sé por qué razón, siendo yo, como bien
sabes, un incrédulo inveterado en lo que se refiere a religiones o a hechos
fantásticos, no puedo evitar pensar en cosas malas cuando la veo —le aseguré
bromeando, pero em-pleando el mejor tono de seriedad del que fui capaz,
procurando que no advirtiera en mi rostro la carga de socarronería que había en
mi afirmación, ya que por
254
aquellos
entonces los astrólogos, basándose en la ob-servación de los astros, eran los
encargados de vaticinar acontecimientos, que casi siempre eran nefastos—.
¿Crees que esta vez anunciará algo malo?
—No, mi
querido Orlando, nada de malos presagios. Aquello de que la Luna de sangre
anuncia desgracias solo es un bulo que desde siempre ha corrido entre el vulgo
—me respondió con seriedad, sin dar muestra de haber captado la ironía—. La
realidad es que nunca se ha podido asociar con ella ninguna catástrofe natural
ni ningún otro infortunio.
Esta fue
la afortunada respuesta que me dio el astro-logo, alegrándome por ello, cuando
yo me esperaba una réplica más insensata y que estuviera cargada de
su-perstición.
—He visto
Lunas de sangre en otros países —le dije— y siempre me han resultado un
espectáculo de una gran magnificencia, aunque, ya te digo, demasiado
impresionante para mí. Esta será la primera vez que la vea en Egipto y espero
que supere a todas las demás; el cielo egipcio es excepcionalmente claro y
limpio y to-dos estos fenómenos lucen con una mayor esplendidez. Recuerdo el
primer amanecer que vi cuando navegaba por el Delta en dirección a El Cairo y
el asombro que me causó aquel grandioso disco solar, que parecía lle-nar todo
el horizonte.
—Sí, es
cierto lo que dices, pero ¿sabes dónde una Luna de sangre resulta un
espectáculo insuperable en belleza?
255
—No lo
sé. Dímelo tú.
—Tienes
que verla en el Valle de los Reyes, allá en Luxor, es algo maravilloso. Allí
aún se ve más grande y más roja, y contemplarla elevándose sobre el farallón
rocoso que se alza tras la tumba de la reina Hatshepsut te traslada al Imperio
Nuevo haciéndote retroceder dos mil setecientos años en el tiempo.
Cuando,
tras el almuerzo y la larga sobremesa que solíamos hacer, despedí a Issa, le
comenté a Manu el acontecimiento astronómico que tendría lugar en el cielo esa
noche y la recomendación que me había hecho el astrólogo de verla en el Valle
de los Reyes, mostrán-dose entusiasmado con la idea de presenciarlo.
—¿Por qué
no vamos a verlo, maestro Orlando?
—¿Me
estás diciendo que nos tele-portemos esta no-che cien leguas al sur para ver la
Luna de sangre en Luxor?
—Sí,
maestro, ¿por qué no?, estaremos mirándola solo un rato, después nos volvemos.
Según os ha dicho Issa, es un espectáculo que merece la pena ser visto.
—Está
bien, Manu, iremos a Luxor. Nos tele-porta-remos después de cenar, cuando tras
la puesta de sol veamos surgir en el horizonte a tu amada Isis.
Aquella
noche cenamos más temprano que de cos-tumbre, pues no era muy aconsejable hacer
una tele-portación con el estómago lleno o en plena digestión; así que, después
de cenar, nos fuimos al patio trasero de la casa con un vaso de limonada en la
mano. Aún era de día cuando nos sentamos en un velador, y desde
256
allí,
como cada tarde, vimos la puesta de sol. Pasado un rato, cuando tras el
horizonte de poniente comenzaban a extinguirse las últimas luces crepusculares
del ocaso, en el de levante comenzó a verse el filo superior del disco lunar.
Como he dicho antes, la Luna en Egipto se ve más grande que en el resto del
mundo, y al elevarse aquella noche nos daba la impresión de ser un enorme globo
rojizo que, a medida que se elevaba alejándose de la línea del horizonte,
parecía que iba perdiendo algo de su diámetro aparente, pero sin menoscabo de
su magnificencia. Llegado el momento de tele-portarnos
—el
satélite ya se había elevado dos palmos sobre el horizonte y ya debía estar a
punto de asomar sobre el farallón que sirve de fondo al templo de la reina
Hats-hepsut—, nos levantamos del velador, nos pusimos de pie en el centro del
patio, nos cogimos de la mano y dimos el salto espacial de cien leguas.
Al
materializarnos en el Valle de los Reyes nos en-volvió una oscuridad mucho más
intensa que la que acabábamos de abandonar en El Cairo; la Luna no ha-bía
asomado todavía y tan solo se apreciaba un leve resplandor rojizo tras aquel
macizo que, cortado a pico, le servía de telón de fondo al santuario de la
reina fa-raón. Miramos al cielo y vimos que el número de estre-llas se había
duplicado, ya que el cielo nocturno de la capital egipcia siempre se veía algo
más velado por las muchas antorchas que durante la noche iluminaban sus calles.
—Maestro
Orlando, me parece que hemos llegado
257
demasiado
pronto —afirmó mi asistente.
—No,
Manu, creo hemos llegado a punto, la Luna no tardará en aparecer por encima del
farallón e ilumi-nar tenuemente el valle con su luz rojiza. —¿Dónde nos
encontramos, maestro?
—Esa
edificación alargada que apenas se vislumbra delante nuestra, allá al fondo, es
el templo de la reina Hatshepsut. Debemos estar a unos cien metros de la
fa-chada.
—Maestro,
¡mirad!, ¡mirad!, ya comienza la Luna a asomar su cara roja por el farallón.
—Sí, ya
asoma. Quedémonos aquí para ver cómo se ilumina de rojo la fachada de la tumba
de la faraona.
Issa
llevaba toda la razón cuando me dijo que aquel era un espectáculo único, al que
además se le unía que el contacto del aire en el rostro resultaba especialmente
agradable al no enfriarse tanto el aire tras la puesta de sol en aquel lugar
como suele hacerlo en otros lugares del Sáhara; que la leve brisa que soplaba
parecía trans-portar aromas de especias, como las que se pueden oler en los
mercados orientales; y que el disco lunar que asomaba por el borde superior del
precipicio también se veía mucho más grande y más rojo que el que vimos en El
Cairo antes de tele-portarnos. Tanto la fantástica visión de aquella enorme
Luna roja llenando el cielo nocturno y eclipsando a las estrellas, como el
paisaje desértico que se abría a nuestro alrededor, no solo eran impresionantes
sino también intimidantes. Las blancas arenas del desierto se habían teñido de
un intenso rojo,
258
recordarnos
la sangre derramada por el dios Osiris, que como bien sabéis era la encarnación
mitológica del Sol. El antiguo mito nos cuenta que, al ser Osiris asesinado y
desmembrado por su hermano Seth, que era la encar-nación mitológica de las
tinieblas de la noche, con el fin de usurparle su trono, el fratricida esparció
los miembros del divino cuerpo de su hermano a lo largo del valle del Nilo.
Estos sacrosantos miembros, conver-tidos en flores de loto al caer sobre las
aguas del sa-grado río, fueron buscados incansablemente por Isis, su amantísima
esposa, hasta lograr reunirlos de nuevo, restaurar el cuerpo de su amado
esposo, volver a darle vida y así poder concebir póstumamente a su hijo Ho-rus,
la encarnación mitológica del sol naciente.
La sombra
que proyectaba el precipicio que se ele-vaba a la espalda del templo de la
famosa reina egipcia Hatshepsut, se iba reduciendo lentamente a medida que la
diosa de la noche se elevaba sobre el borde del fara-llón internándose en el
cielo nocturno, hasta que los ro-jizos rayos lunares incidieron en la fachada
del majes-tuoso templo haciendo que el blanco calizo de sus mi-lenarias piedras
se tornara rojo.
Solo
quien ha pasado algunas noches en el desierto conoce la verdadera naturaleza
del silencio. Los ruidos propios de campo, como el de una rata moviéndose
en-tre los matorrales, el del ululato de un búho, el siseo de un serpiente que
se desliza por el terreno, o el leve ru-mor que produce el silencioso vuelo de
un ave noc-turna, no existen en el desierto; allí no existe el ruido,
259
es
absorbido por las arenas; la víbora, el escorpión, el escarabajo y la tarántula
se desplazan por ellas en el más absoluto de los mutismos, y ni tan siquiera el
viento encuentra un objeto en el que se pueda frotar y hacerse oír con su roce.
El silencio del desierto debe ser parecido al frío silencio tras la muerte.
Sumido en
aquella conmovedora calma y absorto en la hermosísima contemplación del templo,
me sobre-saltó la voz de Manu, que se elevó de improviso, al tiempo que
señalaba con su dedo índice hacia el sur-oeste.
—Maestro,
mirad aquellas luces. Parecen que sean personas portando antorchas.
Aunque es
difícil calcular las distancias en la noche, la tenue luz lunar me permitió
estimar que, a unos dos-cientos metros a la derecha de donde nos hallábamos, se
movían por el terreno tres antorchas.
—No sé
quiénes pueden ser y qué harán a estas horas de la noche.
—Yo sí
creo saberlo, maestro —afirmó Manu—.
Apuesto a
que son ladrones de tumbas.
—¿Ladrones
de tumbas?, ¿Quién se atreve a pertur-bar la paz de los muertos y qué buscan en
las tumbas?
—Son
gente sin escrúpulos que buscan los objetos de valor con los que esas personas,
sobre todo los reyes y los nobles, fueron enterradas hace quince o veinte
si-glos convencidos de que podrían utilizarlos en una se-gunda vida.
—Privar a
esas personas de sus bienes impidiendo
260
que
puedan utilizarlos en su segunda vida es intolera-ble.
—Pero
maestro Orlando, yo pensaba que erais ateo y que no creíais en la segunda vida
—me dijo mi asis-tente, en un tono que casi parecía una increpación.
—Y así
es, mi querido Manu, pero las creencias de los demás, siempre que sean inocuas
y no perjudiquen a nadie, deben ser tan respetadas en la misma medida que cada
uno desea que sean aceptadas por los demás las creencias propias; igualmente,
la voluntad expre-sada en vida por un difunto respecto a sus bienes tam-bién
debe ser respetada tras su muerte. Esas personas muertas, que creían en una
segunda vida, se hicieron enterrar con todos aquellos objetos y utensilios que
creían necesitar tras su resurrección, por lo que la inicua apropiación de esas
cosas por esos ladrones debe ser considerada un expolio que debemos impedir con
la misma fuerza y convicción que si esas personas conti-nuaran con vida. Nadie
nos agradecerá que impidamos este latrocinio, Manu, pero le habremos dado
satisfac-ción a nuestras convicciones y a nuestras conciencias.
—Maestro,
decís las cosas de una forma tan convin-cente que es imposible negarse. ¿Cómo
hacemos?, ¿nos tele-portamos hasta donde están ellos o nos aproxima-mos
volando?
—Dejemos
aquí nuestras ropas, luego las recogere-mos; quedémonos tan solo vistiendo los
trajes biónicos, y vayamos hasta ellos volando. Tal vez, con esta Luna en el
cielo, si ven llegar volando por los aires nuestras
261
figuras
resplandeciendo con la luz roja, crean que so-mos espíritus infernales y huyan
aterrorizados.
—Es una
magnífica idea. Así no tendremos que las-timar a nadie.
En la
sociedad de hoy en día —me estoy refiriendo a la sociedad del siglo XXI—, para
describir una situa-ción en la que las cosas parecen salir al revés de cómo se
habían pensado, se menciona un principio, al que lla-man Ley de Murphy, que
postula que «si algo puede salir mal, saldrá mal». Pues, creedme si os digo que
en el siglo XIII este postulado también era válido.
Con el
fin de que pudieran vernos en la distancia y tuvieran tiempo de huir antes de
que los alcanzáramos, nos acercamos hasta ellos desplazándonos por el aire,
volando con lentitud a una altura de unos cuatro o cinco metros sobre el suelo,
mientras nuestros blancos trajes biónicos reflejaban la rojiza luz de la Luna
dándonos el aspecto maligno de ser infernales aves ígneas enviadas por el
mismísimo Satanás para capturar a los ladrones de tumbas y arrastrarlos al
Infierno.
Y aquí es
donde se muestra el acierto y la validez del principio de Murphy, pues los
ladrones, en vez de salir huyendo como habíamos previsto, al vernos en el aire
avanzar hacia ellos, armaron sus ballestas y nos hicie-ron una salva de
disparos. Afortunadamente, llevába-mos los cinturones de los trajes biónicos
activados y los virotes fueron repelidos con idéntica fuerza y velocidad con la
que llegaron hasta el campo de fuerza, llegando uno de aquellos virotes
rebotados a herir a uno de los
262
ladrones
al ir a impactar de lleno en su muslo derecho. Eran cinco hombres, todos ellos
vestidos con túnicas negras, seguramente para resultar más invisibles en la
oscuridad de la noche, tres de los cuales portaban an-torchas encendidas que,
al quedar el desierto iluminado por la Luna, las habían clavado en el arenoso
suelo. Al finalizar nuestro vuelo y poner pie en tierra, pudimos comprobar que
aquellos hombres no solo que no se ha-bían amilanado lo más mínimo ante nuestra
presencia, sino que, muy al contrario, empuñando largas y afila-das gumías nos
hicieron frente adoptando posturas de lucha que parecían poner de manifiesto
que, además de ladrones de tumbas, debían ser gentuza acostumbrada
a la
lucha y a rebanar pescuezos.
Pese a la
severidad de las penas que dictaban los tri-bunales egipcios, que castigaban
con la muerte los ro-bos de tumbas, estos se producían de forma constante. Ya
en los antiguos tiempos de los faraones, y mucho más en aquel siglo XIII del
que estoy hablando, no todos los egipcios sentían una sagrada veneración hacia
sus reyes y sus nobles difuntos, ni un miedo supersticioso hacia los castigos
divinos o humanos que sus actos im-píos pudieran acarrearles; de hecho, los
ladrones de tumbas se caracterizaban por mostrar muy poco respeto hacia los
muertos y no tener miedo alguno a las adver-tencias de los sacerdotes, que
avisaban de que el robo de tumbas era un crimen que los dioses jamás
perdona-ban a aquellos que lo cometían.
Y, como
quiera que estos malhechores no mostraban
263
el menor
escrúpulo, si necesitaban luz para llevar a cabo sus fechorías, no dudaban en
convertir una momia infantil en una improvisada antorcha para iluminar el
camino, y tampoco les importaba desgarrar sin mira-miento alguno las envolturas
de lino que cubrían los cuerpos de reyes, reinas y nobles con tal de llegar a
alcanzar el tan codiciado oro, como podía ser una gruesa cadena alrededor del
cuello o los anillos de sus manos, aunque para ello tuviesen que arrancarles
las cabezas y las extremidades, arrojándolas al suelo sin mostrar el menor
respeto. Tampoco les intimidaban las trampas con las que el ingenio y la
agudeza de los cons-tructores sembraban las sepulturas para evitar su expo-lio,
pues rara era la tumba egipcia que no había sido saqueada. La realidad era que
en casi todas ellas los la-drones lograban penetrar en su interior, ya fuera
exca-vando pacientemente noche tras noche algún túnel, bien fuera desmontando
piedra a piedra una parte de la fachada, o por algún otro ingenioso medio por
muy tra-bajoso que este fuera. Los arquitectos de los faraones, haciendo alarde
de una fértil imaginación, diseñaron desde cerrojos de difícil apertura hasta
falsos pasadi-zos, pasando por trampillas deslizantes de piedra, fal-sas
puertas que conducían al ladrón a precipitarse en una sima sin fondo, o pozos
rellenos de cascotes sueltos que debían sepultar a cualquiera que intentara
cruzar-los, pero nada de esto detenía a los intrépidos y rapaces cacos. Es tan
necesario como obligado, decir en favor de los ingeniosos arquitectos que
diseñaban las tumbas,
264
así como
de los astutos policías egipcios, que no siem-pre los ladrones alcanzaban el
éxito en sus fechorías; muchos de ellos caían en las trampas o eran atrapados
por los gendarmes y, de estos, algunos confesaban ser los autores de los robos
esperando algo de clemencia. En unos papiros que datan de finales del Reino
Nuevo, que por aquellas fechas del siglo XIII de las que hablo ya contaban con
veinticinco siglos de antigüedad, cuentan uno de los casos más curiosos de
robos de tum-bas durante el reinado de Ramsés IX, el octavo faraón de la
Vigésima Dinastía de Egipto. En aquella época se desató una auténtica plaga de
saqueos en las necrópolis reales tebanas y ocurrió que el alcalde de Tebas, de
nombre Paser, acusó a un tal Pauraa, segundo alcalde de la Tebas Occidental,
que era donde se situaban la mayoría de las necrópolis, de ser cómplice de los
sa-queadores de tumbas. Se abrió una investigación, se llevaron a cabo varias
detenciones e interrogatorios, y se acabó sacando a la luz toda una red bien
organizada de expolios en sepulturas reales que implicaba a impor-tantes
miembros de la administración.
Mientras
estoy contando lo que ocurría hace más de tres mil quinientos años, creo
adivinar que el lector es-tará pensando que estos hechos vienen a demostrar
que, a fecha de hoy, un día cualquiera del siglo XXI, la am-bición que el
dinero despierta en las personas continúa siendo exactamente la misma que
entonces y que la so-ciedad actual podrá presumir de grandes avances
cien-tíficos y técnicos, pero en calidad moral en hemos
265
avanzado
ni un ápice, pues la miseria espiritual de estas personas, ya sean reyes,
nobles, presidentes de gobier-nos, ministros, políticos o funcionarios
públicos, no ha cambiado ni un ápice y hoy sigue siendo la misma de entonces.
El visir
que se hizo cargo de aquel asunto ordenó rea-lizar varias visitas de inspección
en las necrópolis para comprobar el estado en el que se encontraban los
ente-rramientos, pudiendo comprobar la gravedad de los ex-polios llevado a cabo
por estos desaprensivos. El texto del mencionado papiro recoge el interrogatorio
a que fueron sometidos algunos de los ocho ladrones deteni-dos. Así, un albañil
llamado Amenpnufer declaró lo si-guiente: «Fuimos a robar las tumbas según
nuestros há-bitos regulares y encontramos la pirámide del rey Se-kemre-Shedtawy
Sobekemsaf II. Tomamos nuestras herramientas de cobre y penetramos en la
pirámide hasta su parte más interior. Luego atravesamos los cas-cotes y
hallamos al faraón yaciendo en la parte de atrás de su tumba. La noble momia
estaba completamente adornada con oro y plata por dentro y por fuera, y con
todo tipo de piedras preciosas incrustadas». El papiro continúa diciendo que
junto a la momia del monarca descansaba la de su esposa, adornada de modo
similar, y que los ladrones recogieron los objetos de valor que pudieron de ambas
momias y que, sin inmutarse, pren-dieron fuego a sus ataúdes con el objeto de
que el fuego desprendiera los posibles restos de las láminas de oro que aún
quedaban aferrados a la madera. Después de
266
eso,
repartieron el botín y se dirigieron hacia Tebas, donde alguien los había
denunciado y fueron detenidos. No sabemos con exactitud el castigo que
recibieron, pero la declaración de uno de los integrantes de la banda no deja
lugar a dudas de que debió ser bastante severo; dice así: «Como Amón vive y
como el Sobe-rano vive, si soy hallado como que he tenido algo que ver con
cualquiera de los ladrones, puedo ser mutilado en la nariz y en las orejas y
ser colocado en la estaca». Lo que sí deja muy claro el texto del papiro es que
los interrogatorios se llevaban a cabo mediante el uso de la fuerza, cuando más
adelante dice: «Su interrogatorio fue efectuado golpeándolos con palos, y sus
pies y sus manos fueron retorcidos».
De
aquellos cinco individuos, aquel que parecía ser el jefe fue el primero en
atacarnos. Era un tipo alto y delgado, con ojos pequeños y las pupilas muy
negras, como los de un insecto; su cara, enjuta y con los pómu-los muy
salientes, estaba cruzada en su mejilla iz-quierda por una gran cicatriz que
iba desde la comisura del ojo opuesta al lagrimal hasta el mentón, dándole el
aspecto siniestro de un facineroso; su torva y perversa mirada era la de un
sicario que no le da ningún valor a la vida humana. Saltó con agilidad felina
sobre Manu y, cuando aún tenía los pies en el aire, le descargó una feroz
puñalada con su gumía, dirigida de arriba abajo, con la criminal intención de
que la larga y curva hoja de su cuchillo penetrara por la base del cuello y
llegara
267
hasta el
corazón de su víctima. La gran violencia con la que el arma impactó en el campo
de fuerzas del traje biónico de Manu hizo que la daga saliera repelida,
arrastrando y retorciendo en su rebote el brazo y el cuerpo del agresor, que se
estrelló violentamente contra el suelo a varios metros de distancia, lanzando
tremen-dos aullidos de dolor al haber quedado los huesos de su brazo derecho
descoyuntados por la violencia de la re-pulsión.
Los
cuatro malhechores restantes se miraron descon-certados, sin comprender
exactamente qué era lo que le había pasado a su jefe, pero al verlo
retorciéndose en el suelo, lanzando aullidos de dolor y con su brazo dere-cho
sangrando y en una postura imposible, ya que los huesos de la muñeca y del codo
habían roto la piel y quedado a la vista, reaccionaron y se aprestaron a
ata-carnos, más por vengar el daño que le habíamos cau-sado a su líder que por
castigar nuestra intromisión. Los dos que se enfrentaron a mí siguieron la
técnica de que mientras uno te ataca ferozmente de frente, obligándote a
prestarle toda tu atención para defenderte, el otro te rodea y te apuñala por
la espalda, pero cuando este se-gundo observó que los golpes del puñal de su
compa-ñero eran repelidos por mi cuerpo, sin que tan siquiera llegara a tocarlo
con su arma, y vio que con una mano lo agarré por el cuello, lo elevé en el
aire como si fuera una tenue pluma, lo volteé y lo lancé a diez metros de
distancia, como el que lanza una peonza o el tejo en algún juego infantil, se
quedó perplejo, paralizado por
268
la
sorpresa y el miedo, con su brazo armado levantado, pero congelado en el aire,
como si fuera una estatua, sin llegar a atreverse a descargar el golpe en mi
espalda por miedo a que le hiciera lo mismo que a su compin-che. Entonces me
volví, lo miré fijamente a los ojos y
vi en ellos el miedo supersticioso de quien se
enfrenta a una fuerza superior y desconocida. Tomé con una de mis manos aquel
antebrazo que tenía levantado y, sin dejar de mirarlo hipnóticamente a los
ojos, se lo oprimí hasta hacerle lanzar un espeluznante alarido cuando los
huesos crujieron bajo mis dedos al quedar estos destro-zados por la enorme
presión ejercida por mi mano y el individuo caía a mis pies desmayado por tan
inmenso e irresistible dolor. Y, creedme si os digo que recuerdo con vergüenza
aquel episodio, pues era tal el odio que me despertaron aquellos forajidos que,
sin respeto, sin pudor y sin escrúpulo alguno, turbaban la paz de los muertos y
los despojaban de aquellos objetos, que el daño que les hice me hizo sentir un
cierto placer.
Cuando
miré a los dos atacantes de Manu pude ver que habían corrido parecida suerte;
ambos se encontra-ban en el suelo magullados y seminconscientes.
Finalmente,
agrupamos a los cinco rufianes, los abrazamos y nos tele-portamos con ellos a
las puertas del puesto de guardia de la guarnición de Luxor, donde se los
entregamos a los soldados, después de que estos se repusieran del susto que
recibieron con nuestra es-pontánea y repentina aparición, al ver que nos
materia-lizábamos en el aire, apareciendo ante sus ojos de la
269
nada,
como si fuéramos unos fantasmas. El jefe del puesto, contento de ponerse una
medalla ante sus jefes por haber capturado a cinco ladrones de tumbas, que tan
perseguidos estaban, ordenó que fueran puestos a buen recaudo encerrándolos en
los calabozos.
Ya de
vuelta en El Cairo, cuando Manu y yo nos des-pedimos y disponíamos a retirarnos
a nuestros dormi-torios, Manu me hizo una pregunta que durante un ins-tante me
hizo pensar.
—Decidme
una cosa, maestro Orlando, ¿de verdad creéis que la Luna de sangre no ha sido
la culpable del encuentro que hemos tenido con esos ladrones?
—¿Me
estás preguntando que si no creo que la Luna de sangre sea portadora de
desgracias?
—Sí, eso
es lo que digo. Esta noche, la luna, a noso-tros solo nos ha traído un
inconveniente, pero a esos ladrones ha sido una desgracia ¿No creéis que, si
esa es la creencia popular, no solo en Egipto, sino en todo el mundo, debe ser
por algo? Los cristianos, los judíos y los musulmanes dicen que en el
Apocalipsis se describe el fin del mundo precedido de un gran terremoto y que,
a continuación, el sol «se volvió negro como paño de saco de pelo y la Luna se
volvió como de sangre». Otros pueblos de la Antigüedad creían que la Luna
en-sangrentada era señal de que los dioses estaban lu-chando entre sí; y en la
zona de la India hay pueblos que creen que la Luna de sangre es la causante de
algu-nas dolencias en el cuerpo humano, como la indigestión
270
si se
come durante las horas que dura el eclipse o la falta de cicatrización si nos
hacemos una herida en ese periodo de tiempo.
—Sí, he
oído todo eso, y también se dice que la Luna roja despierta el furor en
aquellos que sufren de lican-tropía, y que si un hombre-lobo te hiere mientras
luce en el cielo una Luna de sangre, tú también se vuelves un licántropo. Mira,
Manu, eres muy libre de creer lo que quieras, pero nada de eso está comprobado;
todas estas cosas que se dicen suelen ser fantasías de las gen-tes. Ya oíste lo
que dijo Issa, que aquello que se dice de que la Luna de sangre anuncia
desgracias tan solo es un bulo que desde siempre ha corrido entre el vulgo,
pero que la realidad es que a la presencia de una Luna de sangre en el cielo
nunca se le ha podido asociar ninguna catástrofe natural ni ningún otro
infortunio. Lo más probable sea que, al ser la imagen de una Luna teñida de
rojo tan impactante y agresiva, los pueblos, que son tan cultos como
ignorantes, dramatizan el fenómeno dándole una explicación disparatada, que
suele ser tan violenta como lo es la propia imagen.
271
13
Manu y yo
continuamos viviendo juntos en El Cairo hasta su muerte, acaecida en la
madrugada del sçabado 10 de febrero de 1487, a la avanzadísima edad de
dos-cientos cuarenta y seis años, sin que aparentara tener más de cuarenta o
cincuenta. Había estado casi siglo y medio viudo de su esposa Sagira, pues
nunca se volvió a casar; y su hijo Akila, llevaba casi cien años viviendo en la
Luna con los uriatis, como si fuera uno más de ellos. Manu murió como suelen
morir las buenas per-sonas, plácidamente en su cama, mientras dormía. Aquella
mañana, viendo que no se levantaba, una de las criadas lo descubrió muerto en
su cama; tenía su sem-blante de siempre y se encontraba en su postura
habi-tual, con las palmas de ambas manos juntas y colocadas entre la almohada y
su mejilla derecha, lo que indicaba que había pasado del sueño a la muerte sin
haber su-frido ningún estertor. Creo que a esta forma de morir es a la única
que se le puede llamar «el sueño eterno», pues para mí es como si Manu aún
siguiera durmiendo.
Había
llegado a querer tanto a Manu que su ausencia se me hacía poco llevadera.
Añoraba su presencia y echaba de menos nuestras largas charlas, veía su ima-gen
en cada rincón de la casa, los recuerdos se agolpa-ban en mi mente y mi corazón
sufría. Así pues, aban-doné Egipto dos meses después de su muerte, a prime-ros
de abril de aquel mismo año de 1487, después de haber vivido en El Cairo
durante doscientos años y de
272
haber
sido durante todo ese tiempo aceptado por todos los cairotas como aquel que fue
muerto por un tigre de Bengala y posteriormente resucitado e inmortalizado por
el brujo de una tribu desconocida mediante una po-ción hecha a base de una
hierba que tiene poderes má-gicos y cuyo nombre también es desconocido.
Después
de dudar y sopesar durante muchos días la elección de mi nuevo destino, opté
por mudarme a To-ledo, una ciudad con una larga Historia, que había sido
romana, capital del reino visigodo y musulmana. Así pues, poco después del
amanecer de aquel lunes, 12 de abril, cargado con mis inveterados baúles, que
en cada mudanza resultan ser más numerosos, más volumino-sos y más deslucidos,
volví a navegar por el Delta del Nilo, pero esta vez en dirección contraria a
la que traía en enero de 1286. La falúa que me transportaba contaba en la popa
con un castillete de cañas de bambú que, ce-rrado con lonas por sus laterales y
a estando a cubierto de la lluvia, llevaba instaladas en su interior dos
literas, por lo que aquella noche pude descansar y dormir re-posadamente
mientras la embarcación se deslizaba en silencio por las nilóticas aguas
sagradas, sin más ruidos de fondo que el canto de los grillos, el ululato de
las aves nocturnas y algún que otro chapoteo de los coco-drilos que huían a
nuestro paso. Era aún de noche, fal-tando una hora para que amaneciera, cuando
el martes, 13 de abril, entramos en el puerto de Alejandría.
En las
siguientes dos horas, mientras el capitán de la falúa continuaba guardando mis
pertenencias, estuve
273
subiendo
a cada uno de los más de veinte barcos que se encontraban amarrados a sus
muelles y preguntando a sus respectivos capitanes si alguno tenía previsto
viajar a algún puerto hispano o si, en su defecto, estarían dis-puesto a
transportarme a alguno de los puertos más cer-canos a ciudad de Toledo, como
bien pudieran ser los de Valencia, Alicante o Cartagena, pero todos me
des-pacharon con una rápida negativa, la mayoría de ellos diciéndome que
estaban comprometidos con carga-mentos que tenían que entregar a fechas fijas.
Cuando ya me quedaban muy pocas embarcaciones a las que consultar y casi había
perdido la esperanza de poderme embarcar en breve, subí a una galera birreme y
me re-cibió el capitán Sirius, un excéntrico marino de sonrisa fácil que, pese
a ser griego, vestía combinando su indu-mentaria una colorida túnica egipcia de
las que se uti-lizaban habitualmente en la actualidad, pero cubriendo su cabeza
con un viejo nemes a rayas bancas y rojas, como los que se usaban en los
tiempos de los faraones, diciendo que ese era el mejor tocado que había
utili-zado en su vida, fresco en verano y cálido en invierno. Aquella galera,
de nombre Ítaca, llevaba ciento setenta remeros, estaba tripulada por dieciocho
marineros e iba protegida por una guarnición de doce soldados, a las órdenes de
un sargento, que iban armados con lanza, espada y ballesta.
—¿Cuál me
habéis dicho que es vuestro destino fi-nal, maese Orlando? —me inquirió el
capitán Sirius, después de haberme llevado hasta su cámara y hacerme
274
sentar a
uno de los lados de un velador sobre el que se encontraban dos vasos, una jarra
de vino griego y un plato con algunas cuñas de queso.
—Mi
destino final es la ciudad de Toledo que, como sabréis se encuentra en la zona
central de la península Ibérica. Y, ¿cuál es el vuestro, capitán?
—Me
dedico al trasporte de cabotaje bordeando toda la costa norte africana, desde
Alejandría hasta Tánger; Luego cruzo el estrecho de las Columnas de Hércules,
llego hasta Gades y regreso de nuevo al Mediterráneo para bordear la costa sur
de Francia, las dos costas ita-lianas, la tirrena y la adriática, y algunas de
las islas griegas occidentales; finalmente, regreso de nuevo a Alejandría, que
es mi puerto base. A media mañana de hoy habré terminado de descargar la última
de las tres mil doscientas ánforas de aceite de oliva que cargué hace un mes en
un puerto de la costa mediterránea del sur de Hesperia25, que es precisamente a
donde vos queréis viajar. Cuando demos por terminada la des-carga del aceite,
montaremos las ciento sesenta literas triples que caben en mi bodega y en ellas
aherrojaremos a ciento ochenta esclavos africanos que han sido captu-rados en
las selvas de Nigeria, Camerún y Guinea Ecuatorial y que esperan a ser
embarcados.
—¿Para
venderlos en el mercado de Gades?
—No
todos. Gades no es un buen mercado negrero y no tiene capacidad para comprar
trescientas sesenta
25 En la Edad Media, algunos navegantes llamaban
Hesperia a la penín-sula Ibérica, por ser Héspero la estrella más occidental
del firmamento
275
«piezas».
Antes de alcanzar la costa hispánica tengo que pasar por los mercados de
Trípoli y Argel. En Ga-des terminaré de vender a bajo precio todos aquellos
negros que no haya podido despachar en estos dos mer-cados africanos.
—Me
extraña que no acudáis al mercado de Túnez y, por otra parte, si en Gades os
veis obligados a vender a bajo precio, ¿por qué llegáis hasta ella?, ¿no os
resul-taría más rentable vender los esclavos sobrantes en Barcelona, en
Marsella o en Génova?
—Túnez es
un nido de piratas. Acudir a su mercado es muy arriesgado; si lo hacemos, lo
más probable es que antes de alcanzar su puerto seamos rodeados por varias
galeras y asaltados en alta mar. Y en cuanto a vuestra pregunta de por qué voy
a Gades, os respon-deré: voy porque en Gades desmonto las ciento veinte
literas, despejó la bodega y cargo en ella entre dos y tres millares de ánforas
llenas de costosísimo garo, que días más tarde lo venderé en los puertos del
sur de Fran-cia y en los italianos, tanto en los de la costa tirrena como en
los de la adriática, sacándole una buena ga-nancia económica; y si me sobran
algunas ánforas, siempre podré venderlas en los puertos griegos de Sa-lamina y
El Pireo.
—Entonces,
decidme, capitán Sirius, ¿cuándo calcu-láis que llegaréis a Gades?
—Tengo
previsto atracar en el puerto gaditano el martes, 4 de mayo.
—¿Tan
tarde?… Es mucho tiempo…
276
—Solo son
tres semanas, pero si tenéis mucha prisa podéis esperar a mi primo Dorian, que
dentro de tres días llegará con su urca a Alejandría, procedente de Chipre,
para cargar papiros, cuerdas y pieles de buey curtidas y transportarlas
directamente a Lisboa, sin es-calas, pero la urca tarda quince días en hacer
esa sin-gladura, que sumados a los tres días de espera y un día más para la
carga, lo único que ganáis son dos días. Yo no puedo llegar a Gades antes de la
fecha que os he dicho porque los mercados negreros de los puertos mu-sulmanes
solo se abren los viernes, que es el día de fiesta de los mahometanos. Así que,
zarparemos de Alejandría el próximo sábado y llegaremos a Trípoli el jueves 22,
donde haremos noche, y al día siguiente acu-diremos al mercado negrero para
vender nuestra mer-cancía. El sábado 24 zarparemos rumbo a Argel; allí
atracaremos el jueves 29, y al día siguiente acudiremos al mercado. El sábado 1
de mayo zarparemos con des-tino a Gades, donde atracaremos el martes 4, al
medio-día o a media tarde. Decidme, maese Orlando, ¿cono-céis en Gades a quien
os pueda transportar hasta To-ledo? Os lo pregunto porque, si no conocéis a
nadie, os puedo recomendar a un transportista que es serio y su precio es
razonable.
—Ah,
perfecto. Os lo agradezco, capitán. Espero que el carruaje de ese transportista
sea cómodo, ya que son un centenar las leguas que separan la bimilenaria Gades
de la «ciudad de las tres culturas», que así es como creo que llaman a Toledo
por estar habitada
277
desde
hace siglos por cristianos, judíos y musulmanes.
—Creo que
esa convivencia ya toca a su fin. Se ru-morea que los reyes españoles, los
católicos Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, se proponen expulsarlos de
la península.
—No creo
que cometan semejante barbaridad. Tal cosa sería un gran error ya que
provocaría un empobre-cimiento no solo económico sino también intelectual,
tanto científico como artístico. Esos reyes deben ser bastante zoquetes si no
tienen en cuenta que la casi to-talidad de la artesanía, las artes y las
ciencias hispanas están en manos de los moriscos y los judíos.
La verdad
es que podía haberme ahorrado tan incó-modo viaje, sobre todo la segunda parte
del mismo, en la que tenía que recorrer media Hispania en un duro ca-rruaje,
dando botes y saltos por esos campos y veredas, unas veces en terrenos rocosos,
otras veces terrizos, y muchas otras embarrados, pero si no lo hice fue por los
mismos motivos que tampoco lo hice en las mudanzas anteriores; no quise
tele-portarme a Toledo, sino hacer el correspondiente viaje por mar y por
tierra con el fin de que los toledanos me vieran entrar en su ciudad car-gado
con mis baúles y cubierto por el polvo del camino.
En la
galera Ítaca me asignaron un camarote situado en la popa del barco y muy
cercano a la cámara del ca-pitán que, si bien sus dimensiones no superaban los
tres metros de largo por dos de ancho, bien podría calificár-sele de lujo, ya
que contaba con una mesita redonda,
278
dos
sillas, una cama con somier y almohada, un lavabo y una letrina que evacuaba
los excrementos al mar a través del casco del espejo de popa de la nave,
aunque, como sabéis, al no necesitar comer, yo no tenía nada que evacuar y no
la utilizaría en todo el viaje.
Si por
aquellas fechas la vida en los barcos ya resul-taba difícil, en las galeras aún
lo era más. Había pocos espacios despejados en la nave, y los pocos que podían
encontrarse eran muy limitados; de la higiene y la sani-dad ni hablamos, ya que
brillaban por su ausencia, eran inexistentes no solo en la mar sino también en
tierra; muchos de los alimentos se podrían en los viajes largos y la fetidez
era el olor dominante en el barco; los maldi-tos y pestilentes olores a veces
eran tan insoportables que provocaban el vómito, sobre todo en los primeros
días de navegación, luego las narices terminaban por acostumbrarse y se hacía
más llevadero. Fuese cual fuese la parte del barco donde estuvieses, siempre
esta-bas rodeado de gente; la masificación invadía hasta el último rincón del
barco, sin poder encontrar un mo-mento de aislamiento y soledad si no era
recluyéndote en tu camarote. Durante las noches no podías salir a la cubierta a
respirar aire fresco sin tener que ir sorteando los cuerpos de los tripulantes
que, desperdigados, dor-mían al raso, en cualquier punto y en cualquier rincón,
extendiendo un colchoncillo y protegiéndose del frío con una manta. Con todo,
lo peor no era carecer de cama o de otras comodidades, sino el continuo e
indiscrimi-nado movimiento de la galera, que hacía vomitar incluso
279
a los más
marinos más viejos y avezados; otro suplicio a soportar eran las picaduras de
las chinches, de los pio-jos y de las pulgas, que se contaban por millones. La
chusma26 dormitaba en los bancos de los remos. Y en cuanto a la higiene de los
remeros, de los soldados y de la marinería, jamás utilizaban el jabón; los más
limpios, de tarde en tarde, lanzaban por la borda un balde atado a un cabo, lo
izaban lleno de agua de mar, y se lavaban la cara, el pecho y los sobacos; y
para dar de vientre uti-lizaban una letrina, que generalmente estaba en la proa
y a la vista de todos, o tenían que encaramarse sobre la borda, sentarse en
ella con el trasero desnudo asomado al exterior y agarrarse firmemente a un
cabo para no caer el agua.
Las
muertes a bordo eran frecuentes. Las enfermeda-des abundaban, principalmente
por la falta de higiene y la mala conservación de los alimentos y el agua. Un
ci-rujano era el responsable de la atención médica, y si no se contaba con uno,
que era lo más frecuente, la salud corría a cargo del barbero.
En las
llagas y las heridas se aplicaban todo tipo de emplastes, ungüentos,
cataplasmas, sinapismos y una variadísima cantidad de aceites. También se
llevaban a bordo muchas plantas medicinales con las que se elabo-raban
infusiones y tisanas. Y, si se trataba de una herida muy grave que se había
infectado y se encontraba putre-
26 Se les llamaba chusma a los galeotes que
servían en las galeras reales y, por extensión, a los remeros de cualquier
galera.
280
facta,
siendo necesario tener que amputar algún miem-bro para evitar el riesgo de
gangrena, se procedía a llevar a cabo la amputación sin anestesia y se
cauterizaba la herida con fuego.
Se hacían
tres comidas al día, principalmente a base del llamado bizcocho, que no era más
que una torta de harina de trigo que se pasaba dos veces por el horno, dándoles
así una mayor dureza para que pudiera resistir mejor el paso del tiempo. Si no
estaba bien elaborado o se tardaba demasiado en consumirlo, era frecuente
en-contrar en ellas arañas, pulgas y gusanos. El bizcocho siempre venía
acompañado de una escudilla de potaje, por lo general de garbanzos o habas, o
bien un guiso de arroz. Eso sí, nunca faltaba la ración de vino, que era de un
litro por cabeza, cuyo consumo era considerado por la tripulación tan
importante como la paga dado que formaba parte de la dieta y la cultura
mediterránea.
El tiempo
libre se dedicaba básicamente a los juegos de azar, generalmente naipes y
dados, dando lugar a nu-merosas discusiones, que a veces se elevaban tanto de
tono y resultaban tan violentas que los jugadores llega-ban a las manos. A fin
de evitarlas, las autoridades del barco, generalmente el capitán o el segundo
de a bordo, les ponían ciertos límites tanto en cuanto a las horas en las que
podían practicarse como a las sumas que se apos-taban, pero no los prohibían.
Durante los descansos tam-bién se cantaban romances, se bailaba a la luz de los
fa-nales, se hacían lecturas en voz alta, dado que la gran mayoría de los
tripulantes eran totalmente analfabetos,
281
se
montaban tertulias o se organizaban carreras de ani-males.
La
presencia de mujeres en las galeras estaba prohi-bida, naturalmente me refiero
a mujeres decentes, no así a las prostitutas, que eran subidas a bordo en
aquellos puertos donde se amarraba, debiendo abandonar el barco a la puesta de
sol. Sin embargo, alguna que otra vez, también iban a bordo en travesías en
alta mar, con-virtiéndose en fuente de conflictos al tener la tripulación que
compartir sus servicios. De todas formas, con pros-titutas o sin ellas, la
convivencia entre la tripulación no era fácil. Los enfrentamientos eran
frecuentes por insul-tos, robos o abusos. Entre los tripulantes, procedentes en
su mayoría de los bajos fondos urbanos, abundaban las armas blancas, que salían
a relucir en las reyertas y so-lían derramar sangre y dejar cicatrices. Los
castigos que se aplicaban a quienes promovían peleas eran severos, unas veces
los pendencieros eran sancionados descon-tándoles varios días de la paga,
incluyendo la pérdida de varias raciones de comida, y otras veces eran castigos
corporales, recibiendo públicamente una tanda de lati-gazos en las espaldas o
de vergajazos en las plantas de los pies. Frente a tantas penalidades, y tanta
miseria y violencia, también es justo decir que, en muchos casos, tanto entre
la marinería como entre la chusma, surgían los fuertes lazos de una auténtica y
fraterna amistad.
Los seis
días que duró la singladura desde Alejandría a Trípoli transcurrieron con una
buena mar y sin que se
282
produjera
ningún suceso que fuera digno de mención, salvo que, al segundo día de
navegación se nos apro-ximó un jabeque con una culebrina montada en su proa y
todas sus velas desplegadas, que tenía toda la pinta de estar dedicado a la
piratería, pero que, al ver brillar las armaduras de los soldados en la
cubierta, así como sus ballestas, debió desistir de sus perversas intenciones y
continuó su marcha; más adelante, cuando cruzábamos el golfo de Sidra,
atisbamos a una familia de cachalotes que llamó poderosamente la atención de
remeros, tripu-lantes y soldados por ser infrecuente ver a estos anima-les en
latitudes tan bajas.
Tal como
tenía calculado el capitán Sirius, llegamos a Trípoli el jueves 22 de abril,
cuando el sol ya se había puesto y las luces de su ocaso agonizaban tras el
hori-zonte, dejando un cielo semicubierto por algunos giro-nes de nubes grises
que a ratos ocultaban una Luna llena que ya comenzaba a verse algo gibosa,
camino de con-vertirse en cuarto menguante.
Como
quiera que, por ser el viernes día de mercado, también sería día de asueto para
toda la chusma, así como para diez de los dieciocho tripulantes y para ocho de
los doce soldados que, al quedar libres de servicio, se lavotearon a toda
velocidad sus partes íntimas, se pusie-ron calzones limpios, y salieron en
desbandada a la bús-queda de los placeres nocturnos que la ciudad pudiera
ofrecerles. El barco quedó semidesierto, con tan solo cuatro guardias armados
en la cubierta y los ocho tripu-lantes que al día siguiente tendrían que
adecentar a los
283
esclavos,
fregoteándolos con estropajo y jabón para qui-tarles la roña y así presentarlos
con mejor presencia, lle-varlos luego al mercado y permanecer allí hasta que
fi-nalizara la subasta para retornar al barco aquellos que no se hubieran
vendido.
La
subasta transcurrió con normalidad. Como era costumbre entre los traficantes de
esclavos, primero pre-sentaron las peores «piezas», es decir, los más viejos y
los que tenían algún defecto físico, reservando para el final a los más fuertes
y los de mejor apariencia, pero sobre todo a los adolescentes, niños y niñas,
ya que siempre había entre el público algún que otro pedófilo adinerado
dispuesto a pagar lo que le pidieran por un bello efebo con el que poder darles
satisfacción a sus pasiones homosexuales.
Ocurrió
que, después de haber comenzado vendiendo a una negra, que era más fea que un
demonio, junto a su hijo, un bebé al que aún amamantaba, y a los tres negros
más viejos y peor malcarados del lote, que ya superaban con creces los cuarenta
años de edad, la subasta conti-nuó y pasado el mediodía se habían vendido
cincuenta y nueve «piezas». Finalmente, el capitán Sirius puso a la venta a un
muchacho de unos quince años, al que ha-bía dejado deliberadamente para el
final. El joven, que tenía la piel morena clara, unos preciosos ojos verdes y
un cuerpo esbelto y atlético, de inmediato llamó la aten-ción de todo el mundo,
sobre todo de los homosexuales que habían acudido al mercado, aproximándose
varios interesados para examinarlo detenidamente. Como si se
284
tratara
de una bestia de carga en una feria de ganado, la piel del chico fue observada
y explorada con todo detalle centímetro a centímetro, buscando algún signo de
enfer-medad cutánea; le hicieron abrir su boca para observar la salud de su
dentadura; le escudriñaron las uñas y las oreja, siendo palpado cada uno de los
músculos de su cuerpo, e incluso sus genitales, por varios pares de ma-nos
masculinas que, sedientas de sexo, le hurgaban la piel con la suavidad de una
caricia femenina. Cuando se inició la subasta, con un precio de salida que
doblaba al de cualquiera otra «pieza» del lote, cuatro hombres co-menzaron la
puja, si bien, pasados unos minutos, dos de ellos desistieron y tan solo
quedaron pugnando un terra-teniente árabe, que tenía los dedos cubiertos por
anillos de oro engarzados con piedras preciosas de todos los co-lores, y un
afamado ricachón tripolitano que era muy amanerado y que exudaba esencias de
nardos por todo su cuerpo. Finalmente, el árabe fue el vencedor; adqui-rió al
muchacho por una cifra que quintuplicaba el pre-cio de salida.
—Capitán,
espero que este mozo esté completo —le dijo el árabe al capitán Sirius—, ya
sabéis a lo qué me refiero.
—Está
completo, señor, podéis comprobarlo vos mismo, aquí y ahora, delante de todos.
El árabe
no esperó a que se lo dijera una segunda vez y, agarrándole al chico el
taparrabos por la cintura, se lo arrancó de un tirón dejándolo completamente
desnudo. Todos vieron que el muchacho no solo estaba completo
285
sino
sobrado. Cuando el árabe vio el tamaño fuera de lo común de aquel órgano, sus
ojos refulgieron de lujuria y no pudo evitar tomarlo con una de sus manos y
agitarlo para comprobar como respondía, pero la respuesta que recibió fue muy
distinta a la que él esperaba. El chico reaccionó propinándole al gerifalte tan
fuerte y sonora bofetada que lo hizo trastabillar, provocando la rechifla de
todos los que asistían a la subasta y que todas las mi-radas convergieran en
él. Aquel potentado, acostum-brado a ordenar y a disponer de la vida de sus
esclavos, airado y visiblemente abochornado por la humillación recibida,
extrajo su gumía del tahalí y de un solo tajo degolló al muchacho, que se
desplomó al suelo con la garganta convertida en una fuente de la que manaba la
sangre a borbotones.
Aquel
mismo viernes por la tarde, ya casi a la puesta de sol, el timonel detectó una
avería en el timón, pues al parecer se había roto uno de los cabos que
gobernaban los movimientos de la pala, teniendo que esperar al día siguiente
para repararla. Como quiera que la reparación del timón impidió que pudiéramos
zarpar con la primera pleamar del sábado, tuvimos que hacerlo con la se-gunda,
ya bien entrada la tarde. Como medida de segu-ridad, a de fin de no pasar cerca
de la costa tunecina y evitar un encuentro con los piratas, la mayoría de los
barcos comerciales preferían dar un rodeo, bordeando la isla de Sicilia y
cruzando el estrecho de Mesina para luego acercarse a la costa sur de Cerdeña y
continuar el viaje cruzando el meridiano de Túnez alejados a más de
286
cien
millas, pero habiendo perdido medio día por la ave-ría del timón y a fin de
recuperar el retraso, el capitán Sirius ordenó poner rumbo al norte, en
dirección a la punta Marsala, en el extremo occidental de Sicilia, de-jando a
babor las islas de Lampedusa y Pantelaria para luego seguir subiendo ciento
veinte millas más al no-roeste, en dirección al puerto sardo de Cagliari, y
allí vi-rar a poniente en dirección a Argel. Haciendo esta sin-gladura, en
lugar de subir hasta Mesina, recuperaría el medio día perdido y llegaría a
tiempo de acudir el vier-nes al mercado argelino. Alcanzaríamos el puerto de
Ar-gel sobre el mediodía del jueves, lo que significaba que, al ser día de
fiesta el viernes, la tripulación, los remeros y la guardia, tendrían día y
medio de asueto, cosa que resultaba harto peligrosa pues las prostitutas de
Argel estaban en manos de proxenetas que tenían fama de ser facinerosos o
antiguos piratas que con los botines obte-nidos en sus robos habían comprado
casas y montado sus prostíbulos.
Impulsados
por un viento del este que soplaba bonan-cible, estuvimos navegando de bolina
durante todo el día del sábado y la madrugada del domingo, sin que durante este
tiempo se produjera ningún acontecimiento que fuese digno de mención, hasta
que, al mediodía del do-mingo, estando ya a mitad de camino hasta la punta
Marsala y cuando ya sobrepasábamos la costa oriental de la isla de Lampedusa,
como a media milla de distan-cia divisamos la blanca silueta de un velamen que,
na-vegando sobre nuestra estela, se aproximaba a nosotros
287
a una
buena velocidad.
—¡Piratas!
—afirmó el capitán Sirius—. Los piratas tunecinos han debido establecer una
base en la isla y este debe ser un jabeque dedicado a la piratería. Suelen usar
este tipo de embarcación por llevar una potente arbola-dura con tres palos y un
gran velamen, lo que los hace sumamente rápidos. Nos darán alcance antes de
media hora.
—¿Qué
pensáis hacer, capitán?
—Les
haremos frente —me respondió con firmeza— . Llevamos a bordo doce soldados bien
armados, todos ellos buenos ballesteros que pueden causarles treinta o cuarenta
bajas antes de abordarnos.
—¿Por qué
lado creéis que nos abordarán?
—Llevan
en la proa una culebrina de dieciséis libras. Cuando nos tengan a tiro
intentarán destrozarnos el ti-món a fin de dejarnos sin maniobrabilidad; luego
nos harán una pasada por un costado y nos romperán los re-mos al tiempo que nos
asaetean sus ballesteros.
—Pero, si
no aciertan a rompernos el timón, pueden abrirnos un boquete bajo la línea de
flotación y hundir-nos
—Tendrán
buen cuidado de que eso no ocurra. Si nos hunden, su botín también se hundirá,
y no es eso lo que quieren. Voy a dar las órdenes oportunas. Creo que lo mejor
que podéis hacer es encerraros en vuestro cama-rote y esperar a que termine
este zafarrancho.
—Ya
veremos, capitán, a lo mejor os puedo ayudar más de lo que sospecháis —le
respondí, dejándolo algo
288
intrigado
y sin saber a qué podía estar refiriéndome. Me retiré a mi camarote, pero en
lugar de quedarme
allí
encerrado, me quité la túnica que llevaba puesta, me quedé vestido tan solo con
mi traje biónico, salí de nuevo a la cubierta y volé hasta posarme sobre el
techo del castillo de popa, desde donde tenía una buena visión de todo cuanto
acontecía.
Tal como
dijo Sirius, los piratas no tardaron en tener-nos a tiro de su culebrina y,
desde mi atalaya, pude ver cómo, mientras un artillero sostenía en una de sus
manos una antorcha encendida, otro cargaba el cañón con un saquete de pólvora,
lo retacaba, le introducía luego por la boca una negra bala de hierro, de
dieciséis libras de peso y unos doce centímetros de diámetro, y la apuntaba a
nuestro timón, quedando ambos hombres a la espera de que su capitán les diera
la orden de abrir fuego.
Recordé
que el campo de fuerza de mi traje biónico era capaz de detener a un meteorito,
con una masa de hasta cinco libras y a una velocidad superior a los cien mil
kilómetros por hora, por lo que, en el momento en el que vi al capitán elevar
su mano en el aire para dar la orden de disparar, me eché a volar y en menos de
un segundo me situé frente al cañón, a unos cinco o seis metros de su boca,
presentándole mi pecho a la bala mientras flotaba en el aire con los brazos
abiertos en forma de cruz, en un elocuente gesto que decía «no dis-paréis».
Creo que
nadie me reconoció. El sorprendente espec-táculo de ver a un ser con figura
humana, cuya piel era
289
de un
blanco tan refulgente que los rayos de sol refleja-dos en ella cegaban a los
que lo miraban, pareciendo que tuviera luz propia, y que, por añadidura,
flotaba inmóvil en el aire, acabó ipso facto con el vocerío de las
tripula-ciones de ambos barcos, imponiéndose un silencio tan profundo que solo
era roto por el ruido del oleaje. «Es un ángel del cielo», dijo un remero de la
galera Ítaca; «No, no es un ángel, debe ser Satanás. Los ángeles tie-nen alas»,
le respondió uno de los tripulantes. El capitán pirata, al que poco le
importaba que fuera un ángel o un demonio lo que tenía delante, acabó bajando
su mano al tiempo que, gritando a voz en cuello, daba la orden de ¡FUEGO! El
artillero de la antorcha, saliendo del éxtasis en el que había entrado ante la
visión de aquel prodigio al oír la voz del capitán, le aplicó fuego a la mecha
que asomaba por el oído del cañón y se produjo la detona-ción. Todos pudieron
ver con asombro cómo la bala sa-lió despedida al llegar a dos palmos de mi
pecho, como si hubiera chocado con un invisible muro elástico, y cómo,
volviendo por donde había venido y a la misma velocidad que había salido por la
boca del cañón, atra-vesaba el cuerpo del artillero que la había disparado,
partiéndolo en dos, y cómo barría la cubierta del jabeque matando a otros dos
piratas. A continuación, volé hasta la borda de la proa del jabeque y me posé
donde mismo había estado un momento antes el artillero muerto, arranque de
cuajo la culebrina, que debía pesar bastante más de dos quintales, y la hice volar
por los aires arro-jándola al mar a una gran distancia. Al presenciar esta
290
nueva
proeza, un segundo rumor de sorpresa y admira-ción se elevó de las cubiertas de
los dos barcos y, a ren-glón seguido, el jabeque dejó de perseguir a la galera
y comenzó a arriar sus velas. Al parecer, el capitán pirata debió haber
comprendido que era inútil enfrentarse al gran poder de la divinidad.
Cuando
estuve convencido de que el encuentro bélico se había dado por terminado, volví
a mi camarote, me vestí de nuevo mi túnica y volví a la popa, junto al capi-tán
Sirius.
—¿Qué ha
ocurrido, capitán?, he oído desde mi ca-marote grandes voces que parecían de
sorpresa o de ad-miración y veo que el barco pirata ha dejado de perse-guirnos.
—Oh, mi
querido Orlando, ¡ha sido asombroso! Os habéis perdido un espectáculo único,
pero ¿qué digo?, hemos sido espectadores de un gran milagro que no se volverá a
repetir en nuestras vidas. Ha bajado un ángel del cielo y nos ha salvado a
todos.
En el
mercado de Argel el capitán Sirius hizo un buen negocio vendiendo ochenta y
siete esclavos a buen pre-cio, y afortunadamente no hubo que lamentar la
pérdida de ningún tripulante en los bajos fondos de la ciudad.
291
14
Entramos
en el puerto de Gades a media tarde del martes 4 de mayo, tal como lo tenía
previsto el puntua-lísimo capitán Sirius. Después de atracar e inmovilizar el
Ítaca amarrándolo a dos norayes del muelle, y de darle rienda suelta a la
chusma, el capitán nos invitó a su segundo y a mí a una cena en una casa de
huéspedes del puerto, donde era muy conocido y muy apreciado. Se ponía ya el
sol cuando Sirius envió a un marinero a buscar a Esteban Ortiz, el
transportista del que me ha-bló días antes para cargar con mi pesado equipaje y
lle-varme hasta Toledo. Una hora más tarde, cuando ya nos encontrábamos
sentados a la mesa del comedor de la casa de huéspedes consumiendo el primer
plato, apare-ció el tal Esteban, un hombre de estura media, de unos treinta
años de edad, moreno de piel y con los ojos tan negros que, al reflejarle la
luz de las antorchas del local en las pupilas, estas parecían ser pequeños
carbones en-cendidos; tocado con un bonete rojo sangre, una abun-dante melena
de un intenso color negro azabache, ri-zada y sin una sola cana, le caía
formando bucles sobre los hombros.
—Ahí está
Esteban —dijo Sirius, al tiempo que le-vantaba una mano y le hacía señas—.
Esteban, estamos aquí —lo llamó, elevando la voz—. Ven, acércate a nuestra
mesa.
—A la paz
de Dios, señores. Que tengan sus señorías buen apetito y un buen provecho —nos
saludó el recién
292
llegado,
descubriéndose y acompañando al saludo ver-bal con una exagerada y servil
inclinación de cabeza.
—Maese
Orlando, este es Esteban, el transportista del que os hablé —me lo presentó
Sirius.
—Hola,
Esteban —lo saludé, dedicándole una son-risa.
—Buenas
noches, mi señor, soy Esteban Ortiz, el ca-rretero, para servir a Dios y a su
señoría en lo que guste mandar.
—Necesito
viajar junto a mi equipaje hasta Toledo, dime si puedes llevarme hasta allí y
cuanto me cobrarás por el servicio.
—A ver…,
lo que es poder, poder, sí que puedo, ¿comprende su señoría?, pero no sé cuánto
cobraros por el servicio; a ver…, para mí, Toledo está en el fin del mundo, lo
más lejos que he viajado ha sido a Jaén, ¿comprende su señoría? Ni siquiera sé
cuántos días nos llevará el viaje.
—Son cien
leguas para allá y otras tantas de vuelta. ¿A qué velocidad viajan vuestros
animales?
—A ver…,
yendo cargados, podemos hacer entre seis y siete leguas diarias, según el
estado en el que se encuentren los caminos… ¿comprende su señoría?
—Sí,
Esteban, comprendo —le respondí algo fasti-diado por su persistente muletilla,
aunque el hecho de que comenzara todas sus respuestas por aquel «a ver…»
parecía indicar que siempre pensaba lo que iba a responder y, por tanto, que
era una persona refle-xiva—. Como quiera que tengo interés en conocer un
293
par de
ciudades en el camino, aun contando con las pa-radas que hagamos en ellas,
serán unos veinte días a la ida, a los que habrá que sumarles los diez u once
que tardarás en la vuelta, con el carruaje ya vacío; para re-dondear, digamos
que faltarás de tu casa durante un mes. En cuanto al costo del servicio, te
parecería bien tres monedas como esta —le respondí, al tiempo que abría mi
bolsa, extraía una moneda de oro y se la ponía en una de sus manos.
El brillo
del oro siempre sorprende agradablemente a quien lo toca y seduce incluso al
más rico de los hom-bres, sobre todo cuando sabes que ese oro pasará a ser de
tu propiedad. Cuando Esteban sintió la moneda en su mano, la sopesó, la miró en
detalle con gran curiosi-dad, pareciendo que fuera la primera vez que viera una
monada de tal valor, la llevó a su boca, la mordió y, abriendo mucho lo ojos y
llevándose la otra mano a la cara, respondió:
—A ver…,
sois muy generoso, mi señor, una sola de estas monedas ya pagaría con creces el
servicio, ¿com-prende su señoría?; por tres monedas como esta puedo estar
viajando a vuestro servicio todo un año.
—Bien,
pues no se hable más, Esteban, el trato queda cerrado, con estos dos caballeros
como testigos. Esta noche dormiré en la Ítaca, te espero mañana al amanecer con
mi equipaje preparado en la cubierta para cargarlo en tu carruaje y dar
comienzo al viaje.
A la
mañana siguiente, con los primeros rayos de sol, apareció el carretero montado
sobre el pescante de un
294
pesado y
aparatoso carruaje que recordaba a una ca-rruca, el vehículo familiar que
utilizaban los antiguos romanos para largos viajes. Se trataba de un cubículo
de unos cuatro metros de largo por dos de ancho y casi dos y medio de alto,
construido totalmente en madera y montado sobre un recio bastidor con cuatro
gruesas ruedas reforzadas con llantas de hierro. Tanto las tablas del tejadillo
que lo cubría como las paredes que lo ce-rraban por sus cuatro costados estaban
calafateadas e impermeabilizadas al agua de lluvia. En su pared lateral
izquierda se abría una ventana de dos hojas con celosías venecianas, y en la
pared del cerramiento trasero se abría la puerta, a la que se accedía mediante
un estribo abatible con tres peldaños. Tirado por tres gigantescos caballos
percherones, la pesada solidez de aquel vehículo ya me estaba anunciando de
antemano que el largo viaje de cien leguas hasta Toledo sería lento pero
seguro, que no avanzaríamos cada día más de seis o siete leguas, pero también
que no habría repecho que se resistiera a la fuerza de aquellos tres titanes
cua-drúpedos ni bache que no pudieran salvar, si bien, la carencia de
amortiguadores en las ruedas también me garantizaba, en este caso para mal, que
durante todo el camino tendría que soportar un permanente traqueteo y que, para
no ir dando tumbos, me vería obligado a tener que conectar el campo de fuerza
de mi traje biónico, que amortiguaría y absorbería los continuos golpes y
empellones que iría recibiendo en glúteos, riñones y espalda. Y no es que me
importara mucho el tiempo
295
que
tardara en llegar a mi destino, pues el gozo del viaje se encuentra en el
continuo cambio de escenarios, ros-tros y situaciones que se van sucediendo a
lo largo del desplazamiento.
Tras
descargar mis baúles con el auxilio de la cabria del barco y depositarlos en el
techo del carruaje, cuando entré en el interior del vehículo me llevé una
agradable sorpresa al comprobar que, además de una cómoda cama de ochenta
centímetros de anchura, tam-bién llevaba un lavatorio completo, equipado con
es-pejo, jofaina y aguamanil, así como una cuba de ma-dera colocada al lado
conteniendo unos doscientos li-tros de agua; una mesita con dos cajones y una
silla con respaldo completaban el mobiliario. Y, para mayor sor-presa, vi cómo,
a un lado de la pared que hacía de ca-becero de la cama, había dispuesta una
panoplia con dos lanzas, dos espadas roperas, tres dagas rondel, cua-tro
ballestas, y en el suelo, bajo la panoplia, una caja de madera con un centenar
de virotes palomeros.
—Dime,
Esteban, ¿para qué son todas estas armas?
—A ver…,
ascenderemos por el valle del Guadal-quivir, pero cuando lleguemos a las
cercanías de Bailén tendremos que torcer hacia el norte y cruzar Sierra
Mo-rena, corriendo el riesgo de que nos asalten los bando-leros, ¿me comprende
su señoría? A ver…, además de llevar estas armas para defendernos de cualquier
ata-que, sería muy conveniente que en Bailén contratéis una escolta de seis
hombres armados para que nos acompañen al menos hasta Santa Cruz de Mudela o
296
hasta
Valdepeñas, donde ya habrá pasado el peligro, ¿me comprendéis?
—Ah, es
por eso. No debes preocuparte, ya verás como no es necesario contratar a nadie,
cruzaremos esa sierra solos y, si se produce algún percance, ten por se-guro
que lo resolveremos sin necesidad de ayuda.
—¿Quizás
afirmáis eso porque sois un guerrero in-vencible?
—Ya
sabrás por qué lo digo si es que sufrimos el ataque de alguna partida de
bandoleros.
No quise
aclararle que me estaba refiriendo a mis po-deres extraordinarios, ya los
descubriría si llegaba el caso de que tuviera que utilizarlos.
—A ver…,
decidme, maese Orlando, ¿preferís que sigamos el curso del río Guadalquivir o
cruzamos por los montes de Málaga hasta Andújar?
—¿No
rodará tu carruaje mejor si sigues el antiguo trazado de la romana vía Augusta,
a lo largo del valle del Guadalquivir? Me gustaría conocer la capital del reino
de Sevilla y también la bella Córdoba, la musul-mana, pues tengo entendido que
ambas ciudades son las más hermosas de Andalucía.
—A ver…,
maese Orlando, pocos pueblos y ciuda-des hay en Andalucía que no sean hermosas,
pero, sin lugar a duda, las dos que habéis mencionado sí que son realmente
hermosas y muy antiguas; dicen que la pri-mera de ellas fue fundada nada menos
que por el mis-mísimo Hércules; y a la segunda la hicieron romana hace ya más
de dieciocho siglos. Pues no se hable más,
297
ahora
mismo tiramos para el norte camino de Serva la Bari27.
Hicimos
parada en El Puerto de Santa María, donde almorzamos a base de mariscos y
ostiones rebozados, acompañándolos del exquisito y bendito vino moscatel que
Dios les ha dado a los portuenses, con el que Este-ban se achispó y, sentado en
el pescante, fue cantando a voz en cuello durante un buen trecho hasta que se
le agotó el repertorio. Continuamos viaje y, a la puesta de sol, fuimos a parar
a una hostería de las afueras de Jerez de la Frontera, donde cenamos, teniendo
ocasión de probar sus afamados vinos; esa noche jerezana dormi-mos en una
blanda cama y nos cubrimos con sábanas que olían a sol. El almuerzo del segundo
día lo hicimos en un ventorro de El Cuervo y la dormida en una fonda de Las
Cabezas de San Juan. La villa de Dos Hermanas fue nuestro dormitorio del tercer
día y al mediodía de la cuarta jornada hicimos entrada en Sevilla. Era mar-tes,
8 de mayo de 1487 y la ciudad olía a azahar.
Estacionamos
el carruaje junto a la puerta de Triana, pasamos al otro lado del río caminando
por un puente de barcas que conectaba el viejo barrio trianero con la ciudad, y
fuimos a almorzar a una venta que nos reco-mendaron, situada en una plaza a la
que los trianeros llamaban del Altozano. Tras el almuerzo, desandamos el camino
por el puente de barcas, subimos al carruaje
27 «Serva, la Bari» es el nombre que los gitanos
le dieron a Sevilla cuando llegaron a esta ciudad a finales del siglo xv. En
caló significa «Sevilla, la Grande».
298
y le dije
a Esteban que fuera recorriendo la margen iz-quierda del río Guadalquivir hacia
el sur, en el mismo sentido que bajaban las aguas, discurriendo por la zona a
la que los sevillanos llaman El Arenal, hasta que lle-gamos a la Torre del Oro,
una de las torres albarranas que los almohades construyeron hacía ya casi tres
si-glos para la defensa de la ciudad. Luego continuamos siguiendo la margen
derecha de un arroyo al que llaman Tagarete, que iba a desembocar al
Guadalquivir al pie de la Torre del Oro, hasta que fuimos a dar con el Real
Alcázar sevillano, el conjunto palaciego que por enton-ces ya contaba con tres
siglos de existencia, cuyo fabu-loso interior me lo enseñó el guarda del
edificio des-pués de que aceptara muy gustosamente la generosa gratificación
que le ofrecí. Cuando salí del alcázar le ordené a Esteban que me llevara hacia
el interior de la ciudad, tomando siempre como punto de referencia y de destino
la esbelta torre de la catedral, que por su gran altura era visible desde
cualquier punto de la ciudad. Aunque aún tendrían que pasar veinte años para
colo-car la piedra postrera en la parte más alta del cimborrio y dar por
terminada su construcción, la contemplación de la asombrosa belleza y la
magnificencia de aquella que, después de la basílica de San Pedro de Roma, era
considerada como la mayor catedral del orbe católico, sobrecogía el alma del
espectador que la admiraba por primera vez, y hasta me atrevería a decir que
los pro-pios sevillanos, pese a estar acostumbrados a verla a diario, también
se emocionaban cuando al pasar cerca
299
miraban
alguna de sus seis maravillosas puertas. Tam-bién impresionaba su torre
almohade, la que fuera el alminar de la mezquita aljama de Sevilla, tan alta y
tan primorosa que parecía hecha de encajes y era conside-rada como una de las
torres más bellas del mundo. Aquella noche cenamos y dormimos en la judería
sevi-llana, en una casa de hospedaje llamada La hostería del laurel, y a la
mañana siguiente, antes de ponernos de nuevo en camino, pude empaparme de
belleza y de misterio paseando durante un buen rato por las estre-chas y
tortuosas calles de aquel barrio de la Santa Cruz que, paradójicamente, así se
llamaba la judería, pare-ciendo que, al ponerle tal nombre, el ayuntamiento
se-villano hubiera querido infligir un permanente castigo a las conciencias de
los asesinos de Cristo.
Tras
aquel mágico paseo, era ya media mañana cuando bajamos con el carruaje hasta la
plaza de San Francisco y entramos en la calle de las Sierpes. Por ella nos
dirigimos a la collación de Santa Catalina, nos in-ternamos en la calle de
Bustos Tavera28 y desemboca-mos a la plaza de San Marcos, donde enfilamos la
muy antigua calle de San Luis, la que fuera cardo máximo en tiempos de los
romanos y por la que, un día de abril
28 En esta calle vivían en el siglo XIV dos
familias principales, los Tavera y los Roelas. Ocurrió que, estando enamorados
Sancho Ortiz de las Roelas y Estrella Tavera, su amor se vio turbado por el
malnacido rey Alfonso XI, quien, despechado al ser rechazado por Estrella
Tavera, en venganza hizo matar a su hermano Bustos Tavera, de quien la calle
toma el nombre, orde-nando el malvado y vengativo rey Alfonso que quien
ejecutase la sentencia fuera Sancho Ortiz.
300
del año
68 a.C., entraría Julio César montando a Geni-tor. Salimos de la ciudad a
través de la vieja muralla almohade, por la puerta de la Macarena, y
continuamos rodando hacia el norte. Media hora más tarde ya había-mos cruzado
la pedanía de San Jerónimo y nos había-mos internado en el camino de Córdoba;
ahora, las llan-tas de nuestro carruaje rodaban sobre el viejo empe-drado de la
vía Augusta.
Como
quiera que habíamos salido de Sevilla algo tarde, se nos echó encima el
mediodía cuando tan solo nos habíamos alejado de la ciudad un par de leguas y
circulábamos cerca de un lugar llamado La Rinconada. Allí nos detuvimos para
almorzar con los fiambres que llevábamos y paramos a la fresca sombra de unos
ci-preses que crecían junto a un hospital regentado por los caballeros de la
Orden de Malta, que según nos dijeron había sido fundado por el rey Fernando
III de Castilla tras conquistar Sevilla en 1248. Tras el almuerzo con-tinuamos
la marcha hasta que hicimos parada para dor-mir en un bosquecillo de encinas
que quedaba algo apartado del camino, pero que parecía ofrecernos segu-ridad
bajo la sombra de sus espesas copas. Los lugares por los que pasamos el segundo
día, en los que se podía comer o dormir, no se ajustaron a nuestro horario,
pa-sando frente a ellos o demasiado pronto o demasiado tarde, por lo que
tuvimos que comer y dormir en el ca-rruaje.
—Duerme
tú en la cama, Esteban —le dije el primer día que nos vimos obligados a tener
que dormir en el
301
carruaje.
—A ver…,
maese Orlando, yo estoy acostumbrado a dormir en el pescante, es lo
suficientemente largo para que me haga de cama.
—Pero yo
padezco de insomnio y no voy a dormir en toda la noche —le mentí, por no
contarle que mi in-mortalidad me impedía dormir—. Es una lástima que se
desperdicie la cama.
El tercer
día, estando ya próximo el mediodía, cuando llevábamos recorridas dieciocho
leguas desde Sevilla, sobre la cima de un alto cerro vimos en la dis-tancia el
castillo de Almodóvar y, al doblar un recodo del camino, seis soldados nos
salieron al paso.
—¡Alto!
—vociferó el que parecía ser el jefe, al tiempo que levantaba el brazo en un
inapelable gesto autoritario—. ¿Quiénes sois vosotros y a dónde vais?
—Soy el
conde Orlando, de Burdeos —me presenté, utilizando mi antiguo título de cuando
era mortal y margrave de la marca de Bretaña—. Me dirijo a la ciu-dad de Toledo
en la que pienso residir durante algún tiempo. ¿Y vosotros?, ¿Quiénes sois
vosotros?
—Perdonadme,
señor conde, yo soy el sargento Juan Palominos y estos soldados pertenecen a la
guarnición del castillo, al servicio de nuestro señor don Gonzalo Fernández de
Córdoba, el señor del castillo, más cono-cido por el sobrenombre de Gran
Capitán, que se ha tomado un respiro en la guerra que nuestros reyes Isa-bel y
Fernando libran en Granada contra el sultán na-zarí Boabdil.
302
—Pues le
deseo de todo corazón a vuestro señor toda suerte de bendiciones y de grandes
éxitos militares en su lucha contra el moro.
—Conde
Orlando, los ejércitos cristiano y musul-mán han acordado una tregua de dos
semanas, que mi señor don Gonzalo ha aprovechado para cabalgar vein-ticinco
leguas en dos días, desde el campamento de Santa Fe hasta Almodóvar, con el fin
de descansar y de inspeccionar sus propiedades. Llegó hace una semana, y ahora
que ya ha terminado con su inspección se en-cuentra en el castillo haciendo
tiempo para volver a Granada, pero como quiera que se halla abatido por el
aburrimiento, me ha ordenado que, si pasaba por el ca-mino algún viajero que
fuera culto y no llevara dema-siada prisa, lo invitara a subir a la fortaleza
con el fin de tener con quien compartir un rato de charla mientras toman un
refrigerio. Siendo vos de noble cuna y abo-lengo y debiendo tener una elevada
formación cultural, si fueseis tan amable de aceptar su invitación, mi señor os
quedaría eternamente agradecido.
—Aunque
no contaba con este retraso, la verdad es que no me espera en Toledo ningún
asunto urgente que resolver. Así pues, acepto gustoso la invitación.
El
discurrir por distintos y variados paisajes, el escu-char distintos acentos en
el lenguaje y estas situaciones imprevistas son las que hacen al viaje ameno e
instruc-tivo.
—Os lo
agradezco con toda mi alma, señoría —me respondió el soldado visiblemente
satisfecho de haber
303
conseguido
dar cumplimiento a la orden de su señor o tal vez por haberse librado de algún
castigo severo si no lo hubiera logrado—. Yo y mis hombres iremos de-lante del
carruaje abriéndoos camino al cruzar la villa de Almodóvar.
Pese a
que, dada que era próxima hora del mediodía, las calles estaban llenas de
lugareños que deambulaban ocupados en sus quehaceres, cruzamos el pueblo sin
te-ner que detenernos en ningún momento; los soldados se ocupaban de ir
despejando a los transeúntes a golpes de regatón de sus lanzas dados sin el
menor miramiento en las espaldas de los transeúntes. Pude ver que la mi-seria
reinaba en aquel pueblo; en general, el aspecto de los vecinos era depauperado,
sus vestidos se veían gas-tados, remendados y en ellos abundaban los parches
que simulaban hacer las veces de coderas y rodilleras. La fuerte pendiente de
los más de cien metros de des-nivel existentes en la subida al castillo fue
agotador para los caballos, teniendo que tirar de tan pesado ca-rruaje, que
acabaron resoplando de cansancio cuando culminaron el cerro sobre el que se
elevaba la fortaleza. El sargento Palominos había enviado a un joven sol-dado
al castillo para anunciarle mi llegada al señor del castillo, quien salió a la
puerta a recibirme.
Tendría
poco más de treinta años de edad, el pelo lacio y negro, aunque algo escaso y
con grandes entra-das, lo que le anunciaba una próxima calvicie; sus ojos eran
grandes y marrones, pero lo que más destacaba en su rostro era una protuberante
nariz, muy fina y algo
304
aguileña
que, además de no afearlo, le otorgaba un cierto aire de seriedad.
—Sed
bienvenido a mi casa, conde Orlando —me saludó al bajar del carruaje—. Os
agradezco infinito que hayáis aceptado mi invitación. Pasad, conde, pa-sad.
Antes de
entrar en el castillo se volvió para ordenarle al sargento:
—Palominos,
da orden de que atiendan al carretero, que le den todo cuanto necesite, y
también que les den forraje y agua a los animales.
Me
condujo directamente a la torre del homenaje y no sabría decir si aquella mesa
estaba preparada de an-temano desde hacía más tiempo o la habían montado en el
escaso lapso transcurrido entre el momento que el soldado les anunció mi visita
y el de mi llegada, pero lo cierto es que lo que el sargento Palominos había
nombrado como «un refrigerio» era todo un banquete con el que podrían saciarse
veinte personas. Allí había de todo. Las frutas cubrían media docena de grandes
fruteros de cerámica fina, y los asados de carnes de caza, como conejos,
perdices, faisanes y hasta un ja-bato, se amontonaban en varias bandejas de
plata. A te-nor de la miseria que pude ver al cruzar el pueblo, pa-recía
ponerse de manifiesto que Gonzalo Fernández de Córdoba, apodado Gran Capitán
por sus grandes cua-lidades militares, su valentía, su arrojo y su osadía, solo
se interesaba por la guerra, importándole muy poco la vida y el bienestar de
sus vasallos.
305
—Os
agradezco muchísimo vuestra visita, conde Or-lando. Sed bienvenido —me saludó
de nuevo, pare-ciendo que fuera sincero, pero sin tan siquiera dignarse, ni
antes ni ahora, a dedicarme una inclinación de ca-beza, aunque fuese muy
somera, en señal de respeto, tal vez poseído de la altanería que le
proporcionaba la altísima posición política que ocupaba en el reino de
Castilla—. Os ha anunciado el mensajero como el conde Orlando, de Burdeos, que
se dirige a la ciudad de Toledo, en la que pensáis vivir algún tiempo. ¿Acaso
sois descendiente del aquel conde Roldán, a quien to-dos llamaban Orlando, que
siendo margrave de la marca bretona murió en Roncesvalles y que aún es can-tado
en las plazas de pueblos y ciudades por juglares y trovadores?
Durante
un instante, aquella inesperada pregunta me dejó en suspenso y sin saber qué
contestarle. Final-mente, decidí confirmarle que era descendiente del conde
Roldán.
—Hace
años oí una trova en la que se decía que un descendiente del mítico conde
Roldán era inmortal y llevaba varios siglos vagando por el mundo, ¿habéis oído
vos tal historia? —me inquirió.
Cansado
de tanto mentir, al oír aquellas palabras tuve un rasgo de sinceridad y le
declaré que yo era aquel descendiente del conde Roldán, si bien, como no podía
contarle mi historia con los uriatis, no tuve más remedio que mentir de nuevo y
contarle la falsa historia de mi milagrosa resucitación en Bengala, así como la
306
extraordinaria
longevidad que me proporcionó la in-gesta de la poción que me dio a beber el
brujo de aque-lla ignota tribu. No le mencioné ninguno de mis pode-res ocultos,
pues no solía yo hablar con nadie de mis extraordinarias facultades salvo que
no pudiera evitarlo o que fuera estrictamente necesario y, cuando lo hacía,
jamás mencionaba a los uriatis ni el traje biónico que siempre llevaba puesto,
ya que hubiera sido tomado por un loco que desvariaba diciendo estupideces,
pero la respuesta que me dio don Gonzalo me dejó estupefacto.
—Por Dios
que es un relato asombroso el que me acabáis de narrar. Como os he dicho antes,
ya la había oído hace muchos años, pero creyendo que era fruto de la fantasía
de algún juglar nunca le di crédito. Así que vos sois el protagonista de esa
increíble historia que lleva siglos circulando y que no es ninguna fantasía,
sino que resulta ser cierta. Esto quiere decir que tenéis a vuestras espaldas
setecientos cincuenta años de vida.
—Efectivamente,
así es.
—Decidme,
conde Orlando, ¿qué se siente sabién-dose inmortal?
—Se echa
de menos la idea de la muerte.
—¿Cómo es
eso?, ¿no se siente uno feliz sabiendo que está a salvo de la muerte?
—La idea
de la muerte es la que hace que amemos la vida e intentemos darle un sentido a
nuestra presen-cia temporal en este mundo. Y, por otra parte, al sentir-nos
inmortal acabamos negándonos a amar a otros para no sufrir el dolor de la
pérdida de los seres queridos.
307
—Ya,
comprendo. Lo pintáis como si la inmortali-dad fuese un castigo.
—Sí, así
es. Es un castigo del que no se puede esca-par, dado que no podemos
suicidarnos.
—En
vuestra historia se cuenta que, además de in-mortal, sois invulnerable a las
armas, tanto las blancas como las de fuego; que sois insensible al dolor; que
po-seéis la facultad de trasladaros de un lugar a otro a más velocidad de la
que la vista humana es capaz de apre-ciar, y que vuestra fuerza es hercúlea,
equivalente a la de cincuenta hombres. ¿Son ciertas estas afirmaciones?
—Sí, lo
son.
—En tal
caso, vuestra ayuda puede ser decisiva en la guerra de Granada. Como capitán
general de los ejérci-tos de Castilla y Aragón, en nombre de nuestros reyes,
Isabel y Fernando, me veo en la obligación de pediros que pongáis vuestros
poderes extraordinarios al servi-cio de nuestra causa. Apelo a vuestra fe
cristiana y vuestro catolicismo para que coadyuvéis a culminar el proyecto de
unificación del territorio hispano que nues-tros reyes católicos están llevando
a cabo.
—Mi
estimado capitán general, yo soy francés y cre-yente cristiano, aunque poco
católico; lo que os quiero decir es que procuro seguir las enseñanzas de
Jesu-cristo, pero rechazo las de la Iglesia. No tengo nada en contra de
Boabdil, por el contrario, me consta que es un hombre culto, amante de las
artes y las ciencias, y que gobierna a su pueblo con justicia, razones por las
que el sultán goza de todo mi respeto y admiración.
308
—¿Me
estáis diciendo que no nos ayudareis a ganar esta guerra?
—Creo
haber sido suficientemente explícito en mis argumentos, señor. Y os diré más,
tengo entendido que el mismo respeto y admiración que yo siento por él también
lo sienten vuestros reyes. Durante las veces que el sultán ha sido vuestro
prisionero, vuestro rey ha sostenido con él largas conversaciones de las que al
pa-recer quedaba encantado, tal es el nivel cultural y de conocimientos que
posee Boabdil. Habéis de saber, mi estimado capitán general, que los negocios
de la guerra no me interesan en absoluto.
—Habéis
dicho que os dirigís a Toledo, ciudad en la que proyectáis vivir algún tiempo.
Como bien sabéis, Toledo pertenece al reino de Castilla, por lo que estáis
obligado a prestarle ayuda al reino anfitrión; si os ne-gáis puede caer sobre
vos todo el peso de la ley y sufrir consecuencias desagradables.
—Esa
sería una ley injusta que nadie estaría obli-gado a cumplir. Llevo más de
setecientos años viajando por el mundo y en todas las ciudades en las que he
vi-vido he llevado una vida silenciosa y fiel cumplidora de las leyes. Estaría
dispuesto a ayudar al reino de Cas-tilla en cualquier otro asunto que no sea
una guerra como esta.
—¿Por qué
no queréis participar en esta guerra?, ¿qué tiene esta que no tengan las demás?
—Porque
esta es una guerra que, bajo la exclusa de tratar de expulsar a los musulmanes
y que la península
309
ibérica
quede bajo dominio exclusivo de la Iglesia ca-tólica, subyace un marcado
interés económico y mili-tar. Después de haber participado en muchas de ellas,
me he vuelto contrario a las guerras al ver que todas, sin excepción, están
promovidas por la avaricia y el egoísmo de los reyes; la única razón para la
guerra, que jamás se menciona, es la de arrebatarle sus bienes y ri-quezas al
reino vecino. Estaré dispuesto a ayudar al de Castilla en todo aquello que
sirva para mejorar la vida de sus gentes, pero no aceptaré que se me impongan
obligaciones que sean contrarias a mi conciencia. En cuanto a la velada amenaza
que me habéis hecho de que, si no obedezco, me aplicaréis vuestra ley y sufriré
«consecuencias desagradables», solo os puedo decir que no tengo nada que temer,
mi estimado capitán ge-neral, recordad que soy insensible al dolor y que no
puedo ser herido ni encerrado en una prisión.
Aquel día
cenamos y dormimos en el castillo de Al-modóvar. A la mañana siguiente desayuné
en compañía del Gran Capitán, quien, tras el desayuno, me acom-pañó hasta el
rellano de la escalinata que accedía desde el patio de armas hasta la puerta de
la puerta de la torre del homenaje.
—Conde
Orlando, os deseo un buen viaje y que Dios os colme de toda suerte de venturas
en vuestra larga vida —me dijo como despedida, dándome un abrazo.
—Gracias,
capitán general, lo mismo deseo para vos
—le
respondí correspondiendo con otro abrazo al suyo.
310
Subido al
pescante del carruaje, Esteban me espe-raba al otro lado del gran patio de
armas. Bajé los seis o siete peldaños de la escalinata y dirigí mis pasos hacia
el carruaje. Como a unos diez metros había un grupo de soldados que formaban
corro. Levanté la mano en un gesto de saludo de despedida y, fue en aquel
mo-mento, que tres virotes de ballesta silbaron en el aire. Como quiera que no
había conectado el campo de fuerza del traje biónico, las tres saetas fueron a
clavarse en mi pecho y costado derecho. Mi inmunidad a las he-ridas hizo que me
volviera con toda tranquilidad y en-carara al Gran Capitán, que observaba con
curiosa atención el desarrollo del ataque que obviamente había ordenado él
mismo. Con los tres hierros clavados pro-fundamente en mi cuerpo, de los que
solo quedaban a la vista la mitad de las longitudes de sus vástagos, volví
sobre mis pasos, ascendí de nuevo por la escalinata y llegué hasta el alevoso
Gonzalo Fernández de Córdoba, que no daba crédito a sus ojos cuando delante de
él me extraje los tres virotes, uno tras otro, sin derramar una sola gota de
sangre, le tomé una de sus manos, se los puse en la palma y le cerré los dedos
sobre el haz.
—Mirad,
capitán general, estos virotes han debido escapárseles accidentalmente a
algunos de vuestros hombres y casualmente han impactado en mi cuerpo.
—Lo
siento —me respondió, mirando al suelo, sin atreverse a mirarme a los ojos—,
necesitaba comprobar que era cierto lo que me habíais contado acerca de vuestra
invulnerabilidad a las armas.
311
—Es decir
que, si no era cierto, me castigabais con la muerte. ¿Sabéis lo que están
pensando del noble y valiente Gran Capitán esos soldados a los que cobarde y
alevosamente habéis ordenado que me maten? Yo os lo diré: que el capitán
general de los ejércitos castella-nos y aragoneses es un cobarde, incapaz de
enfrentarse lealmente a un adversario, por lo que tiene que orde-narles a sus
soldados que lo asesinen.
Con el
brillo de la fama destruido, el rostro enroje-cido por la vergüenza, y un
ominoso silencio que pre-gonaba su cobardía, el Gran Capitán quedó reducido a
menos que una simple sombra. Le di la espalda y, para terminar de impresionar
aún más al grupo de soldados, que habían permanecido todo el tiempo pasmados y
bo-quiabiertos, me tele-porté desde el rellano de la escali-nata donde me
encontraba hasta el pescante del ca-rruaje, quedando sentado junto a Esteban.
Salimos
del castillo, descendimos del cerro, bajando de nuevo al camino, volvimos a
situar nuestro carruaje en la vía Augusta, y continuamos nuestro viaje.
—Maese
Orlando…, a ver…, todas estas cosas má-gicas que he presenciado…, ¿qué o quién
sois vos? ¿sois un mago, un ángel o un demonio?
—No soy
ninguna de esas tres cosas, Esteban. Tan solo soy un hombre de carne y hueso al
que Dios ha tenido el capricho de hacerlo inmortal. En vista de que vamos estar
juntos durante muchos días, creo mereces que te cuente la historia —le
respondí, para narrarle a continuación la ya manida historia bengalí.
312
Cuando ya
estábamos a poco más de una legua de Córdoba nos encontramos con las
impresionantes rui-nas de Medina Azahara, la que fuera bellísima ciudad
palatina mandada construir en el año 936 por el califa Abderramán III, habiendo
sido destruida sesenta y cinco años más tarde durante la guerra civil de
al-Án-dalus, lo que venía a poner de manifiesto una vez más que el germen
destructivo de la avaricia y la ambición de poder de los hombres pone
continuamente a la Hu-manidad en riesgo de autodestrucción pues, como bien
decía el poeta, la guerra es bárbara, es torpe, es regre-siva, pone un soplo de
hielo en los hogares y el hambre en los caminos.
Pasaba ya
una hora del mediodía cuando hicimos la entrada en la ciudad de Córdoba
transitando por el so-berbio puente romano que, después de llevar quince
si-glos soportando el pesado tráfico de los carros y carre-tas que diariamente
entran en la ciudad para acudir a sus mercados, continuaba conservando las
misma bue-nas condiciones del primer día, dándonos de cara con la mezquita
aljama cuando llegamos al otro extremo. Dejamos el carruaje a la salida del
puente romano y en-tramos en un ventorro de grandes dimensiones que ha-bía a la
derecha. Salmorejo, mazamorra, ajoblanco y rabo de toro fueron los platos que
el ventero nos sirvió cuando le dijimos que queríamos probar las comidas más
típicas de la cuidad. Después de comer, mientras Esteban aguardaba en el
carruaje, me dediqué a deam-bular por la judería, pudiendo comprobar que tenía
el
313
mismo
encanto y misterio que la de Sevilla. Cuando entré en la mezquita aljama, quedé
extasiado con sus más de mil columnas, todas ellas distintas entre sí, y sus
365 arcos policromados, tantos como días tiene el año. Igualmente quedé
impresionado por la majestuosa imagen de potencia militar que transmitía el
Alcázar de los Reyes Cristianos. Me entretuve tanto tiempo con-templando las
bellezas musulmanas de Córdoba que se nos hizo tarde para continuar el camino y
aquella noche nos quedamos a dormir en la ciudad.
El resto
del viaje fue lento, pero tranquilo. Cruzamos Sierra Morena sin ser atacados
por ningún bandolero, comimos bien en todos los sitios donde paramos y no
sufrimos ninguna avería en el carruaje. Y, el sábado 27 de mayo de 1486,
hacíamos nuestra entrada en la Ciu-dad de las Tres Culturas.
FIN DE LA
SEGUNDA PARTE
314
Impreso
en España
Agosto de
2024

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