/* ELIMINACIÓN DE TEXTOS RESIDUALES EN EL MENÚ */ .label-size, .label-name, .label-count, .cloud-label-widget-content, .label-wrapper, .label-item, .label-head, .label-list, .feed-link, .show-more, .status-msg-wrap { display: none !important; visibility: hidden !important; height: 0 !important; font-size: 0 !important; /* Mata el texto aunque el contenedor no cierre */ margin: 0 !important; padding: 0 !important; } /* SI ES PUBLICIDAD DE ADSENSE MAL UBICADA */ ins.adsbygoogle[data-ad-status="unfilled"], .google-auto-placed { display: none !important; } /* ====== FORMATO FIJO PARA ENTRADAS ====== */ /* Títulos */ h1 { font-size: 2.2em; font-weight: bold; text-align: center; margin: 25px 0; color: #d32f2f; } h2 { font-size: 1.8em; font-weight: bold; margin: 20px 0; color: #333333; } h3 { font-size: 1.4em; font-weight: bold; margin: 15px 0; color: #555555; } /* Texto */ p { margin-bottom: 15px !important; line-height: 1.6; } strong { font-weight: bold; color: #002060; } em { font-style: italic; color: #444444; } /* Imágenes */ img { max-width: 100%; height: auto; display: block; margin: 15px auto; border-radius: 5px; /* opcional */ }

Menú

Slider

Libros Más Recientes

CANAL EMANCIPACION

Emancipación N° 1048: Neofacismo, resistencia y ciencia

Emancipación N° 1048: Neofacismo, resistencia y ciencia

Emancipación N° 1047: Neofacismo, resistencia y ciencia

Emancipación N° 1046: Neofacismo, resistencia y ciencia

Los Dominios del Poder 2026

Progreso, IA y Mundial 2026

Libros Más Leídos

Libro N° 13004. Orlando Inmortal. Segunda Parte. Paleteiro, Manuel.

 


© Libro N° 13004. Orlando Inmortal. Segunda Parte. Paleteiro, Manuel. Emancipación. Septiembre 28 de 2024

 

Título original: © Orlando Inmortal. Segunda Parte. Manuel Paleteiro

 

Versión Original: ©  Orlando Inmortal. Segunda Parte. Manuel Paleteiro

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://freeditorial.com/es/books/orlando-inmortal-2-parte/related-books

 

Licencia Creative Commons:

Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.

La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.  

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

Fondo:

https://i.pinimg.com/originals/a5/e0/b8/a5e0b8af61bb9084c059c0f82986ddb3.jpg

 

Portada E.O. de Imagen original:

https://freeditorial.com/system/book/cover_free/000/058/155/58155/thumb_cover_58155.jpg

 

 

© Edición, reedición  y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ORLANDO INMORTAL

Segunda Parte

Manuel Paleteiro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Orlando Inmortal

Segunda Parte

Manuel Paleteiro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EX LIBRIS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Editado en España

Agosto de 2024

 

 

ORLANDO INMORTAL

 

 

Segunda Parte

Manuel Paleteiro

 

 

 

Primera edición: agosto de 2024

 

Depósito legal:

ISBN: 978-84-10474-08-6

Impresión y encuadernación: Imprimelibros.com

© Del texto: Manuel Paleteiro Ortiz

© Maquetación y diseño: Manuel Paleteiro Ortiz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ORLANDO INMORTAL

Segunda parte

 

 

 

ORLANDO INMORTAL

 

Segunda parte

 

1

 

Pensé que no era conveniente tele-portarme directa-mente desde Clermont a Mesina, capital en la que había decidido vivir las próximas cuatro o cinco décadas, más que nada por no aparecer de un día para otro en una ciudad de unos cuarenta mil habitantes en la que todos se conocen, como si fuera un aparecido que ha surgido de la nada, a quien nadie ha visto llegar y no saben ni cómo ni de dónde ha venido, sino que, por el contrario, creí que debía hacer una entrada pública, a la vista de todos, en su siempre concurrido puerto marítimo. Que-ría que todos supieran que yo era un francés adinerado, nacido en Burdeos, que había abandonado Clermont y había llegado en un barco negrero procedente de Mar-sella; ya me encargaría yo durante la travesía de poner al corriente a aquellos marineros que fueran más par-lanchines para que se encargaran de chismorrearlo cuando llegáramos al puerto de Mesina, sin sospechar que tal cosa me sería imposible debido a los aconteci-mientos que se producirían dos días más tarde. Así pues, una vez tomada esta decisión, no tuve más reme-dio que resignarme a hacer por tierra el más que incó-modo, más bien diría penoso, viaje desde la boscosa Clermont hasta la marinera Marsella dado que, a falta de caminos que dispusieran de una calzada por la que

 

1

 

se pudiera rodar con mediana comodidad, durante los seis días que duraría el viaje tendría que soportar el continuo zarandeo a bordo del que, con seguridad, sería un pesado carruaje mixto de carga y pasajeros, sin ba-llestas amortiguadoras en sus ruedas, teniendo que sal-var a duras penas las sesenta y dos leguas de campo traviesa y de estrechas veredas rurales que llevaban hasta el gran puerto marsellés, donde tomaría el primer barco que zarpara con destino a Mesina.

 

Como quiera que mi inagotable bolsa de monedas de oro me permitía ser el hombre más generoso del mundo, el día de mi partida le regalé mis dos carruajes, mi cuadra con seis hermosas caballerías, y mi casa en-tera, con todos sus muebles dentro, a Etienne Bou-chard, uno de mis mejores amigos auverneses, merca-der de oficio, que unos días antes de mi partida había recibido la noticia de haber sufrido un gran descalabro económico al perder en una tempestad dos de sus me-jores barcos, que venían cargados de ricas especias de Indonesia y de costosísimas sedas de la China, así como sus correspondientes tripulaciones, que se aho-garon en las turbulentas aguas del océano Índico, en-contrándose en aquel momento muy afectado moral-mente y estar pasando por una situación pecuniaria bas-tante delicada. Luego alquilé los servicios de un co-chero, cuyo carruaje mixto, apto tanto para el trans-porte de carga como el de pasajeros, esultó ser un pe-sado y aparatoso vehículo de grandes dimensiones ti-rado por cuatro robustos caballos bretones y cubierto

 

2

 

por una recia lona a fin de poder transportar mercancías y pasajeros a cubierto de la lluvia. Así pues, el lunes 15 de diciembre de 1147, después de cargar aquel carretón con seis enormes y pesados baúles que iban llenos con todos mis libros, así como también con las armas de mis clases de esgrima, con todos mis ropajes y con un sinnúmero de esas pequeñas obras de arte que solemos colgar de las paredes de la casa o repartir sobre los muebles y que de verlas a diario acaban pasándonos inadvertidas, pero que, de cuando en cuando, un día nos fijamos en ellas como si las viéramos por primera vez y nos paramos un momento a tocarlas o a contemplar-las, nos pusimos en marcha rumbo al sur, tomando el camino de Aviñón.

 

Nunca hubiera podido imaginar que un viaje como aquel, relativamente corto al hacerse en tan solo seis jornadas terrestres y tres singladuras marítimas, que no debería haber presentado ningún problema, hubiera re-sultado tan azaroso y tan lleno de peligros.

 

A continuación, narraré las cosas que ocurrieron du-rante el susodicho viaje, y juzgue el lector si no es para pensar que, tanto en el carruaje como luego en el barco, debíamos llevar a bordo a un gafe o cuando menos a un malasombra perseguido por la mala suerte; y como quiera que, después de que el cochero me dejara en el puerto de Marsella y se volviera con su carruaje a Cler-mont, continuó acompañándonos la mala suerte, llegué a la conclusión de que el gafe debía de ser yo mismo.

 

Como ya os he dicho antes, salimos de Clermont con

 

3

 

el alba del lunes día 15 de diciembre y en esa primera jornada, después de haber recorrido sin novedad once leguas por un camino no demasiado malo, llegamos a Brioude, donde nos alojamos en una hospedería muy vieja que parecía tener el aspecto de haber sido una an-tigua caupona1 romana. La segunda jornada fue peor en lo que se refiere al estado de los caminos, pues estuvi-mos más de la mitad del trayecto dando tumbos hasta que, después de haber recorrido nueve leguas escasas, cuando ya casi se ponía el sol, llegamos a Le Puy-en-Velay, donde nos alojamos más cómodamente en una hostería de cierta calidad, al ser esta ciudad origen del Camino de Santiago y acoger a muchos peregrinos.

 

Fue al cubrir la tercera etapa, de Le Puy-en-Velay a Aubenas, cuando el cielo comenzó a castigarnos con la mala suerte. Salimos temprano, después de hacer un buen desayuno en la hospedería. Como en días anterio-res, había amanecido un día luminoso. Aquel año tuvi-mos un mes de diciembre bastante templado. Llevába-mos varios días con los cielos despejados y tampoco soplaba viento por lo que no hacía mucho frío, y el poco que hacía era soportable. Tomamos el camino viejo que llevaba a Coubon, una aldea situada una legua más al sur, en la margen izquierda del río Loira.

 

El primer percance ocurrió cuando ya el sol se había elevado unos cuarenta y cinco grados sobre el hori-zonte, a una altura tal que nuestras sombras tenían casi

 

 

 

1     La caupona era una especie de hostal de carretera para el alojamiento de viajeros en la Antigua Roma.

 

4

 

la misma longitud que nuestros cuerpos. Teníamos ya la aldea de Coubon a la vista y el carretero dirigió el carruaje hacia el viejo puente de madera que cruzaba el río y desembocaba a unos cincuenta metros antes de llegar a las primeras casas. Al pie del puente, pero en la orilla opuesta, media docena de mujeres lavaban sus ropas en el río, y en su parte central, apoyados en la barandilla, dos hombres pescaban con cañas. Ocurrió que, cuando las cuatro corpulentas caballerías bretonas pisaron el tablero del puente, oímos crujir la tablazón bajo sus robustos cascos y vimos cómo los pescadores nos hacían viva y desesperadamente señas con sus ma-nos de que no siguiésemos, pero cuando a continuación entraron en el puente las dos ruedas delanteras del ca-rromato, el crujido se convirtió en un inquietante chas-quido que hizo al cochero dar la orden de detenerse a los animales a voz en cuello. Calculo que el conjunto formado por el carro, la carga y las cuatro caballerías debía pesar entre cincuenta y sesenta quintales, por lo que, siendo aquel un puente bastante desvencijado, que debía tener más de dos siglos de existencia, no era de extrañar que al ser sometido a tal peso se le hubiera roto algún soporte bajo el tablero, o tal vez se hubiera que-brado su apoyo en el estribo. Lo cierto es que, cuando el cochero ordenó a las bestias que dieran marcha atrás, lo que quiera que fuese que se hubiese tronchado se acabó de partir, y al tiempo que también se rompían varias tablas medio podridas del tablero, el carruaje se hundía de golpe quedando atorado en el hueco que se

 

5

 

había producido. El hundimiento del carruaje hizo que el cochero saliera despedido del pescante, que volara por los aires y cayera al río en medio de un estruendoso chapoteo. Pero ahí no quedó la cosa; para colmo de mala suerte, la barandilla en la que se apoyaban los pes-cadores también se rompió y estos cayeron al agua. Viendo a los tres hombres manotear desesperadamente intentando mantenerse a flote, pero hundiéndose y emergiendo sucesivamente de las aguas una y otra vez, enseguida me di cuenta de que ninguno de ellos sabía nadar. No tuve otro remedio que descubrir mis poderes ante aquellos hombres y mujeres. Conecté el cinturón del traje biónico que llevaba puesto bajo mis ropajes, y desde la trasera del carruaje, donde me había aferrado a uno de los costados, salté al agua, me zambullí, buceé hasta el cochero y, atrapándolo por las piernas, lo elevé hasta que asomó casi todo el cuerpo por encima de la superficie del agua. Recordaréis que os dije que el traje biónico me permitía respirar bajo el agua, por lo que continué sumergido y, a gran velocidad, me desplacé buceando hasta donde se encontraban los dos pescado-res llevando sujeto al cochero por las piernas. Las la-vanderas debieron asombrarse de ver al carretero puesto de pie sobre la superficie del río y desplazarse velozmente por ella como si emulara a Jesús de Nazaret caminado sobre las aguas del lago Tiberiades. Al llegar hasta los pescadores, también les abracé las piernas y conduje a los tres hasta la orilla donde se encontraban las lavanderas. Una vez puestos los tres a salvo, seguí

 

6

 

sumergido en el agua y volví buceando hasta la orilla donde se encontraba atorado el carruaje. Afortunada-mente, los caballos no habían caído al agua; al estar atados al tiro del carruaje, el peso de este los había de-jado inmovilizados sobre el talud que formaba la orilla en aquel punto. Apoyando firmemente los pies en el suelo del talud, aferré con fuerza la lanza del carromato y, haciendo uso de mi extraordinaria fortaleza, la im-pulsé hacia arriba hasta que, tanto los caballos como el carruaje, pudieron salir del agujero en el que se encon-traban metidos, en el agujero que se había formado en el podrido tablero del puente, y pudieron volver al ca-mino. Cuando los tres pescadores y las seis lavanderas vieron aquel portento de fuerza hercúlea desde la orilla opuesta, no daban crédito a sus ojos y, haciéndose cru-ces, se arrodillaron en el cenagoso terreno y se pusieron a rezar un padrenuestro. Y para colmo, estando ya el carruaje situado de nuevo en el camino de llegada al puente, cuando vieron que me acosté sobre la lanza, y tocando con todas las partes de mi cuerpo al carruaje y a los caballos, el carruaje desapareció ante sus ojos para volver a aparecer tele-portado al otro lado del puente, una de aquellas mujeres se desmayó y tuvieron que echarle agua del río en la cara para espabilarla. Lo que siguió fue apoteósico. Aquellos hombres y mujeres co-rrieron en el pueblo la voz de lo sucedido, diciendo que yo era un ángel venido del cielo o, cuando menos, un gran mago que había estado más de media hora bajo el agua sin respirar, que había salvado de ahogarse a los

 

7

 

tres hombres y transportado aquel pesado carro de una orilla del río a la otra, a una tan alta velocidad que los ojos no habían podido seguir un movimiento tan rá-pido, por lo que, cuando quisimos continuar nuestra marcha hacia el sur en dirección a Aubenas, una gran muchedumbre nos lo impidió; todos los habitantes de Coubon se habían concentrado a nuestro alrededor, arrodillándose al pie del carruaje, haciéndose cruces y entonando cánticos religiosos. Tuvieron que venir un cura y dos frailes armados de vergajos, quienes al com-probar que el cochero y yo éramos personas normales y no teníamos alas como los ángeles, disolvieron la ma-nifestación teniendo que descargar más de un vergajazo en las espaldas de los más reticentes.

 

Durante el resto de la jornada parece que nuestro mal fario nos dio un descanso y, salvo que una de las ruedas del carromato había resultado seriamente dañada en el accidente y la llevamos tambaleante durante el resto del trayecto, teniéndola que reemplazar al llegar a Aube-nas, por lo demás no hubo ninguna otra incidencia que fuese digna de mención.

 

Después de la paliza que el cochero sufrió en el ac-cidente pues, además de todo lo contado hasta ahora, también se había golpeado en un costado cuando salió despedido del carromato, presentando un negro mora-tón y un fuerte dolor en las costillas golpeadas, cuando llegamos a la posada de Aubenas le dije que aquella noche descansara en una cama, que la carga que llevá-bamos era demasiado pesada para ser robada y que no

 

8

 

se preocupara por ella, a lo que me respondió que él, como transportista, era responsable de la seguridad de la carga y que su obligación era dormir cada noche en el carruaje con unas cuantas cuerdas estratégicamente dispuestas, que atadas a mis baúles y a sus pies, le avi-saran del movimiento de cualquiera de ellos o la en-trada en la cuadra de cualquier intruso. Esta respuesta tan honesta, añadida a lo sufrido en el accidente y a la fácil generosidad que me proporcionaba mi inagotable bolsa, le valió ganarse unas cuantas monedas de oro ex-tras que quintuplicaron el precio convenido para el transporte hasta Marsella. Cuando llegamos a nuestro destino, el cochero estaba tan agradecido por el regalo que insistió en que tomara nota de su dirección para que, si algún día yo decidía regresar a Clermont, le es-cribiera y él vendría gratuitamente con su carro a reco-germe a Marsella para llevarme a casa, afirmando que mi espléndida generosidad había pagado con creces ese transporte de vuelta.

 

En la cuarta jornada cubrimos las doce leguas que van desde Aubenas a Orange, resultando ser el más largo y el más movido de los cuatro, aunque con la ven-taja de que rodábamos más deprisa al avanzar movién-donos cuesta abajo. Afortunadamente, el campo de fuerzas de mi traje biónico hacía que me resultaran ino-cuos los golpes que recibía mi cuerpo con los vaivenes de los grandes baches del camino, pero no ocurría lo mismo con el cochero, que aquella noche cayó tan ren-dido que a la mañana siguiente hubo que desatarle las

 

9

 

cuerdas atadas a sus pies y despertarlo cuando el sol ya asomaba un palmo sobre el horizonte.

 

En la quinta jornada teníamos previsto hacer de un tirón las once leguas que van desde Orange a Salon-de-Provence, comiendo en el carruaje sin detener la mar-cha, pero viendo al cochero tan cansado le ordené que se desviara hasta Aviñón, que se encontraba a algo más de tres leguas de distancia, donde, después de poner a buen recaudo el carretón, la carga y las caballerías, al-morzaríamos y dormiríamos una siesta en una cama de alguna de las varias casas de huéspedes que había en la ciudad, por ser esta ciudad nudo del comercio y del paso de las caravanas de La Provence.

 

Encontramos sitio en la primera fonda donde para-mos, una que se encontraba al pie del camino, en las afueras de Aviñón, y aunque el aspecto que ofrecía no tenía muy buena catadura, como quiera que nos evitaba tener que deambular callejeando por el interior de la ciudad con aquel enorme carruaje tratando de encontrar otra con mejor aspecto, así como también nos facilitaba la salida a la hora de reanudar nuestro camino, y dado que tan solo íbamos a estar en ella el tiempo de almor-zar y de dar una cabezada de una o dos horas, decidi-mos quedarnos en ella.

 

Nos recibió una pareja que dijeron ser matrimonio. Ella era una mujer rubia de unos cuarenta años, algo metida en carnes, con grandes pechos y un abultado tra-sero, al gusto de la época, que dijo llamarse Christine.

 

 

 

10

 

Él se llamaba Florián, era alto y corpulento, con gran-des manos y pies, ni un solo pelo en la cabeza, una nube que le blanqueaba el ojo derecho, y una gran cicatriz que desde la barbilla le cruzaba la cara hasta el ojo iz-quierdo quedándole este medio cerrado. Nos exigieron pagarles por adelantado la ocupación de las camas, la estancia del carretón y la de las caballerías en la cuadra, así como nuestros dos almuerzos y una ración de paja para las bestias, la consumieran o no. No me pasaron desapercibidas las miradas que ambos le dirigieron a mi abultada bolsa a la hora de pagarles por adelantado, por lo que rápidamente la oculté a su vista para evitar malas tentaciones.

 

Después de comer, obligando al cochero a que se ol-vidara de la carga y descansara en un catre, nos alojaron en un dormitorio con dos camas. Nos acostamos vesti-dos y, antes de contar hasta diez, el cochero comenzó a roncar. Yo cerré los ojos y dejé mi mente en blanco tra-tando de aislarme de los ruidos del exterior, como me había aconsejado Suriel y como venía haciendo cada día desde aquel día en el que me resucitó hacía ya tres-cientos setenta años. Cuando todavía no había entrado en ese estado de obnubilación en el que cada día me mantengo durante una hora escasa, oí crujir levemente las bisagras de la puerta del dormitorio, entreabrí el párpado de un ojo y pude ver a Christine que entraba, dejaba la puerta entreabierta y se dirigía hacia mi cama. Al llegar hasta mí, levantó las ropas de la cobertura, se introdujo en la cama, se acostó a mi lado, me abrazó y

 

11

 

comenzó a besarme en los labios y a buscar mi lengua con la suya. Recordaréis que os dije que, desde el mismo día que Suriel me resucitó, mi libido había des-aparecido, cosa que durante muchos años estuve echando de menos, pero que terminé justificándola pensando que la sabia Naturaleza se negaba a transmitir unos genes inmortales y con unos poderes tan extraor-dinarios. Durante un momento, quizás porque aquellas caricias me traían viejos recuerdos de cuando yo amaba a las mujeres, me dejé hacer, pero enseguida vi entrar en la habitación a Florián quien, creyéndome distraído y entregado por entero a hacer el amor con su mujer, se dedicó a registrar la mesita de noche, los cajones de la cómoda y cada uno de los rincones y recovecos de la habitación. Es seguro que buscaba mi bolsa y, como quiera que no la encontrase, pensó que debía llevarla atada a mi cintura, como así era, y se dirigió hacia mí. Al llegar a la cama le hizo un gesto a Christine para que se fuera y, una vez que esta se hubo escurrido fuera de las sábanas, Florián quitó las ropas de cobertura de un fuerte tirón, extrajo un puñal de su funda y, empuñán-dolo con ambas manos, me descargó una puñalada que iba dirigida al corazón. Antes de que el golpe fuera re-pelido por el campo de fuerza de mi traje biónico, le agarré en el aire sus antebrazos con mis dos manos y los apreté más y más hasta que el doloroso lamento que aquel matón lanzó al aire se mezcló con los crujidos que emitían sus huesos al quedar destrozados sus dos

 

 

 

12

 

cúbitos y sus dos radios. Tras las quebraduras ocasio-nadas, un empujón dado a los antebrazos rotos lanzó al facineroso Florián rodando por el suelo los cuatro o cinco pasos que lo separaban de la puerta. Como pudo, Christine lo levantó del suelo, sin que él pudiera ayu-darla en lo más mínimo al tener ambos brazos rotos, inutilizados y colgando a ambos lados del cuerpo, lo sacó de la habitación y cerró la puerta tan suavemente como la había abierto, como si allí no hubiera ocurrido nada. El cochero, que no se había enterado de nada, continuaba durmiendo plácidamente, habiendo estado durante todo el tiempo que duró aquel acontecimiento acompañándonos con sus plácidos y rítmicos ronqui-dos. Dos horas más tarde, al marcharnos, no vimos al matrimonio, seguramente algún físico estaría tratando de recomponerle los huesos rotos, pero sí que notamos las miradas de miedo y respeto que nos dedicaba la pro-terva fauna humana que habitaba aquella posada.

 

Se nos hizo de noche cuando aún nos faltaba algo más de una legua para llegar a la villa de Salon-de-Pro-vence, que por entonces aún era llamada la Villa Sa-llonne, por lo que, durante las dos últimas horas, tuvi-mos que terminar de recorrer el quinto trayecto a la luz de dos antorchas bien aceitadas que el cochero llevaba preparadas en el fondo del carromato.

 

Confiando en que, después del accidente del puente de Coubon y del episodio de la posada de Aviñón, nuestra mala suerte se hubiera agotado, afortunada-mente, aquella noche, después de convencer al cochero

 

13

 

para que durmiera una noche más en una cama, exi-miéndolo de toda responsabilidad en cuanto a la segu-ridad de mis baúles, ambos pudimos reposar en uno de los dormitorios de un figón de poca monta que se en-contraba perdido en mitad del camino, a un cuarto de milla antes de llegar a Salon-de-Provence, yo durante mi hora de relax, y el cochero, que debía ser hombre de conciencia muy tranquila y por consiguiente de buen sueño reparador, estuvo roncando durante toda la no-che, pese a que aquel lugar apestaba a estiércol, a aceite de freír quemado y a que durante toda la noche estuvi-mos oyendo mugir a las vacas de algún establo cercano.

 

Aún faltaban más de dos horas para el amanecer del sábado 20 de diciembre cuando nos pusimos en marcha en dirección a Marsella. Las ocho leguas que teníamos por delante en nuestro sexto y último trayecto terrestre, las recorreríamos a mayor velocidad que la que había-mos traído hasta entonces, ya que una buena parte del final del trayecto había sido pavimentada no hacía mu-cho tiempo siguiendo la misma técnica que los roma-nos habían empleado en la construcción de la vía Agripa, que discurría desde Lyon hasta Arlés, en la que podríamos poner a los caballos al trote y rodar en un pavimento firme y sin baches, pudiendo alcanzar el puerto marsellés a primeras horas de la tarde.

 

Llegamos al puerto de Marsella cuando la campana de un convento cercano tocaba a vísperas. Encontra-mos a cuatro barcos amarrados a otros tantos norayes. Dos de ellos eran galeras trirremes pertenecientes a la

 

14

 

armada carolingia que estaban dedicadas a patrullar el Mediterráneo y a combatir la piratería berberisca, de-biendo estar la soldadesca repartida por la ciudad ya que en su cubierta no se veía más que una media docena de soldados de guardia. Los otros dos eran dos naves árabes y en ambas se observaba bastante actividad; una de ellas era una coca2 de la que se estaban descargando ánforas de aceite de oliva procedentes del sur de Al-Ándalus, y la otra era una urca3 de la que se descarga-ban esclavos negros que, capturados en el interior de Angola, habían sido comprados en el mercado de Luanda y habían sobrevivido a una penosa travesía de cuatro mil seiscientas millas y a más de un mes de es-casísima alimentación y de hacinamiento en la insalu-bre bodega del barco negrero, habiendo muerto en el camino un gran número de aquellos infortunados cau-tivos, cuyos cuerpos, arrojados al mar, habían servido de alimento a los peces.

 

Pedí permiso para subir a bordo en ambos buques de carga para preguntarles a sus capitanes si después de descargar en Marsella alguno de ellos se dirigía a Me-sina. El capitán andalusí me respondió que, tras desem-barcar su cargamento de aceite, cargaría doscientos quintales de plomo con destino a varios puertos del

 

 

 

2     La coca (del flamenco kok) era una embarcación de vela de casco trin-cado, o solapamiento, que apareció por primera vez en el siglo IX, y que fue muy utilizada en el siglo XII, sobre todo para el comercio marítimo.

 

3     Embarcación de gran anchura en su centro y de unos cuarenta metros de largo, que tanto podía ser usada para el transporte de mercancías como para la guerra. Fue utilizada durante toda la Edad Media y hasta el siglo XVI.

 

15

 

norte de África, empezando por el de Túnez, siguiendo por el de Argel y acabando en el de Tetuán. Cuando subí a la urca, en cuya proa lucía un hermoso mascarón representando a la diosa romana Libertas, resultando bastante impropio para un barco negrero, y en cuyas amuras se veía escrito en bellos caracteres árabes el nombre de Al-boraní4. Su el capitán, llamado Yasir, me contó que había cargado doscientas cuarenta «piezas de ébano»5 en el puerto de Luanda y que en la larga sin-gladura de algo más de un mes que habían estado en el mar se le habían muerto una treintena de aquellas «pie-zas», habiéndolas tenido que arrojar al mar. Me dijo que descargaría a ciento cinco «piezas», que eran la mi-tad de los que le habían llegado vivos, para ponerlos a la venta en el mercado de esclavos de Marsella al día siguiente, domingo, y que la otra mitad los vendería en el mercado de Roma. Así pues, como esa otra mitad de esclavos, a los que sumaría los que no hubiera podido vender en Marsella, no los podría poner a la venta en Roma hasta el próximo domingo día 28, acordamos que el lunes 22 zarparíamos con destino al puerto de Me-sina, donde atracaríamos el viernes 26 a primeras horas de la mañana, quedándole tiempo más que suficiente para llegar al puerto de Ostia el sábado por la tarde y estar con su mercancía de carne negra en el mercado de

 

 

 

4     Al-borani significa en árabe «Lugar por donde sale el sol». De esta pa-labra derivan los nombres del mar y la isla de Alborán.

 

5     Con el nombre de «pieza» solían calificar los negreros a los esclavos, ya fueran estos negros o de cualquier otra etnia, con los que traficaban. A los negros les añadían un epíteto y los llamaban «piezas de ébano».

 

16

 

esclavos de Roma el domingo por la mañana.

 

Tras despedirme del cochero, pagándole por su ser-vicio y añadiéndole las monedas de oro que antes os he mencionado que le había prometido como premio a su fidelidad y dedicación, cuando se terminó de izar a bordo el último de mis baúles ya se nos había echado la noche encima, lo que me impidió dar un paseo por la bonita ciudad foceana6 que tantas ganas tenía de cono-cer. El capitán Yasir me asignó lo que él llamó eufe-místicamente un camarote, que no era más que un cuar-tucho que quedaba situado a la espalda del timonel, en el alcázar de popa, al que se accedía desde la cubierta, sucio, repleto de trastos y con las maderas de sus pare-des podridas y cubiertas de salitre marino, en el que se había instalado un estrecho catre y a su lado una estan-tería con tres baldas, en las que había una decena de pequeños sonrientes monos disecados, seguramente para venderlos como adornos en algún mercado o feria, así como un enorme ejemplar de gorila, también em-balsamado y puesto de pie en uno de los rincones. El taxidermista que lo había disecado había hecho un buen trabajo, lo presentaba con la boca muy abierta, ense-ñaba dos grandes colmillos, pariendo que rugía muy enfadado y me miraba con los ojos rojos de sangre, dándome la impresión de que en cualquier momento se

 

 

 

 

 

6     El apelativo de Marsella es el de «ciudad foceana» al haber sido fundada hacia el año 600 a.C. por marinos y mercaderes griegos procedentes de Focea (en la península de Anatolia, en la actual Turquía).

 

17

 

abalanzaría sobre mí. Otros mil pequeños objetos se en-contraban dispersos por doquier en aquel cuartucho, en el que tendría que dormir las tres noches que duraría la travesía.

 

La tripulación del capitán Yasir estaba formada por Uthal, su segundo de a bordo, un tunecino musculoso y de grandes espaldas, que seguramente alcanzaba los siete pies de estatura y pesaba más de un quintal; Ufa, el cocinero, un hombre menudo y con cara de bona-chón; y otros seis marineros cuyos nombres no re-cuerdo.

 

Con un ambiente frío y húmedo y un cielo cubierto de negras nubes, a media mañana del lunes zarpamos con la pleamar y pusimos rumbo sureste. Gracias a la brújula, que traída de China por los árabes hacía poco tiempo se había extendido por Europa, ya no era nece-sario bordear la costa del sur de Francia y la costa oeste de Italia para llegar al puerto de Mesina, sino que na-vegaríamos con ese rumbo en mar abierto hasta el es-trecho de Bonifacio y, tras atravesarlo, continuaríamos con el mismo rumbo directamente hasta Mesina cru-zando el mar Tirreno, cubriendo así una singladura de quinientas setenta y cinco millas, en lugar de las algo más de setecientas que hubiésemos tenido que hacer si-guiendo la antigua navegación de cabotaje.

 

En el capitán Yasir todo era mediano. Su mediana estatura no superaba los cinco pies y medio; su mediana edad rondaría los cuarenta años; su mediana inteligen-cia no le daba para que hiciera más de lo que había

 

18

 

aprendido en los veinticinco años que llevaba nave-gando desde que pisó por primera vez la cubierta de un barco como grumete a los quince años; y su mediana cultura, así como su menos que mediana sensibilidad, no le permitían apiadarse de la carga humana que trans-portaba en condiciones infrahumanas. No se podía de-cir de él que fuese una mala persona, pues por aquellos tiempos la cultura y los conocimientos estaban relega-dos exclusivamente a los monasterios y, como quiera que la sociedad medieval, entiéndase por sociedad me-dieval tanto el campesinado, ya fueran estos libres o siervos, como los militares y la nobleza no tenían más ley ni más forma de vida que la que le dictaba la reli-gión, y como quiera que la Iglesia aprobaba la esclavi-tud como algo permitido por Dios, nadie que poseía un esclavo, entre los que me incluyo, teníamos el menor remordimiento ni el más ligero sentimiento de culpa; el cambio de mentalidad ocurrida en mí interior en aque-llas fechas no se debió a un proceso de reflexión, sino que fue el resultado de la catarsis provocada por mi re-sucitación. Podríamos decir que, de cuando en cuando, Yasir tenía algún rasgo de bondad y de humanidad, casi siempre manifestado con los miembros de su tripula-ción, nunca con los esclavos con los que traficaba, a los que no consideraba humanos sino tan solo mercancía. Sin embargo, se negaba a desembarcar en las costas del golfo de Guinea y entrar en el interior de las tierras de negros para capturarlos por la fuerza personalmente, argumentando que tenía problemas de conciencia al

 

19

 

verse obligado a tener que matar a todos aquellos que se les oponían con sus rudimentarias armas en la mano negándose a ser esclavizados, así como también a sus mujeres y a sus hijos a fin de evitar que estos murieran de hambre al faltarles el amparo de su hombre, que era quien cazaba y recolectaba los elementos con los que cada día se alimentaba la familia, prefiriendo que ese trabajo sucio lo hicieran otros; él tranquilizaba su con-ciencia limitándose a comprarlos en los puertos africa-nos, una vez que ya habían sido capturados, encadena-dos y conducidos en reatas por otros a los puertos de embarque, para luego ser transportados en insalubres barcos y vendidos en los mercados europeos. Tenía la bodega del barco acondicionada para transportar hasta doscientos cuarenta cuerpos, haciéndolo en las mismas condiciones inhumanas que todos los demás barcos ne-greros, es decir, acostados en las ochenta literas de tres plazas instaladas en la bodega y con sus muñecas o to-billos aherrojados con grilletes sujetos a las cuadernas del casco. El único detalle humanitario que el capitán Yasir parecía tener con sus «piezas» era ir desencade-nándolos a lo largo de toda la mañana, haciéndolos subir cada día a la cubierta en pequeños grupos de diez o doce a fin de que pudieran defecar, beber agua y res-pirar el aire puro del mar durante un rato, si bien esta-ban estrechamente vigilados por dos marineros arma-dos, pese a que en mitad del mar no tuvieran a donde huir; y digo que solo parecía ser un detalle humanitario porque, en las tres jornadas que pude presenciarlo,

 

20

 

hubo veces que no pude evitar pensar que hacía aquello para reducir el número de bajas que sufría en cada viaje, que según me dijo era de entre un diez y un veinte por ciento.

 

Uthal, el segundo de a bordo, este sí que era un ver-dadero malvado, que usaba su fuerza y su brutalidad para hacer daño innecesariamente y para someter a los demás a su voluntad. Era él quien tenía la llave maestra que abría los grilletes de los esclavos y cada mañana debía entregársela a la pareja que le tocaba vigilar a los grupos que subirían a la cubierta para desintoxicarse de la miseria y la podredumbre que los devoraba en aque-lla siniestra bodega, haciéndolo de mala gana pues, por él, los dejaría pudrirse en sus literas hasta que llegaran al puerto europeo de destino. Él era quien cada día se encargaba de arrojar al mar los cadáveres de aquellos que amanecían muertos en sus literas, habiendo unos fallecidos por enfermedad y otros muertos por la tris-teza de verse amarrados ya que, al ser hombres libres de la selva, eran incapaces de soportar el confinamiento y la inmovilidad. Había veces que arrojaba al mar a los muy enfermos, sin esperar a que hubieran expirado. Y no lo hacía porque se lo hubiera ordenado el capitán, sino por pura diversión, pareciendo disfrutar como un niño al cogerlos rodeándoles el cuello con una de sus manazas mientras con la otra los cogía por el taparra-bos, los balanceaba y los arrojaba a la de tres por la borda, para luego correr a asomarse, riendo a carcaja-das, por ver si tenía la suerte de contemplar cómo aquel

 

21

 

desgraciado era devorado por algún tiburón.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

22

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

23

 

2

 

A mediodía del segundo día de navegación, cuando ya nos adentrábamos en el estrecho de Bonifacio, los dos marineros vigilantes dieron por terminado el asueto del último grupo de esclavos haciéndolos abandonar la cubierta y volver a sus literas, donde, después de ser obligados a tumbarse en los camastros de las literas, quedaron inmovilizados, con sus tobillos engrilletados a las cuadernas del casco. Pero cuando aquellos dos marineros vigilantes subieron a la cubierta y uno de ellos fue a entregarle la llave maestra de los grilletes al segundo Uthal, esta no se encontraba en su faltriquera, donde decía haberla guardado después de encadenar al último de los esclavos. El marinero dijo que tenía la faltriquera rota y que debía habérsele caído en la bo-dega, por lo que Uthal, después de abofetearlo por el descuido, le ordenó que volviera, que la buscara y que no volviera hasta que la encontrara, pero con la poquí-sima luz que entraba en la bodega debido a la ausencia de sol que provocaba el nublado, aquel hombre la buscó por el suelo y en cada rincón durante un buen rato sin dar con ella, llegando a ser la luz diurna tan escasa que el capitán, tras comprobar que tenía la fal-triquera rota y que la llave debía haberse colado por en-tre dos maderos del suelo de la bodega y haber caído en la sentina, decidió que fuera buscada a la mañana siguiente, a plena luz del día y por un número mayor de hombres.

 

24

 

Aunque no había llovido en los dos días anteriores, el cielo seguía estando tan encapotado de nubes que aquel día anocheció más temprano que de costumbre y todos se fueron a sus catres y chinchorros en el mo-mento que debíamos estar navegando a mitad de ca-mino entre los estrechos de Bonifacio y Mesina, que-dando en la cubierta tan solo el timonel y el vigía que estaría de guardia toda la noche. Como quiera que, pese a la fecha en la que nos encontrábamos, no hacía nin-gún frío y soplaba una brisa bonancible que hacía avan-zar la urca a no más de cinco o seis nudos, yo aún me quedé un buen rato en la cubierta charlando con el vigía antes de irme a mi maloliente y tenebroso cuchitril, al que el capitán llamaba camarote.

 

Después de haber cubierto mi hora diaria de relax y encontrándome acostado y con los ojos cerrados, escu-ché lo que me pareció ser un débil gemido seguido de un fuerte golpe sobre el maderamen del suelo de la cu-bierta. Me sonó como si uno de los dos, bien el piloto o el vigía, hubiera resbalado y se hubiera caído gol-peándose contra la cubierta. No sé qué hora sería pues, aunque el camarote disponía de un ventanuco a través del cual se veía el cielo, al estar las estrellas ocultas por las nubes era imposible saberlo. La curiosidad y el ánimo de ayudar en caso de que fuera necesario, hizo que me deslizara fuera del catre y saliera a la cubierta para ver lo ocurrido. Cuando abrí la puerta de mi cama-rote, que como os he dicho antes se encontraba a la es-palda del timón, me llevé una más que desagradable

 

25

 

sorpresa, diría más, recibí un horrible sobresalto cuando a la luz de las antorchas que iluminaban la cu-bierta vi al timonel y al vigía de guardia degollados y tirados en el suelo, al pie de la rueda del timón, sobre un gran charco de sangre. Formando un semicírculo al-rededor de los dos cadáveres, una treintena de jóvenes esclavos negros, que al parecer se habían librado de sus grilletes, habían salido de la bodega y se encontraban en la cubierta del Al-boraní, todos ellos esgrimiendo espadas, puñales y hachas de guerra, que debían haber-las tomado del arsenal del barco, todos ellos mirán-dome fijamente, pero sin mostrarme ninguna animad-versión y sin hacer ningún gesto que diera lugar a pen-sar que tuvieran intención de agredirme. Aquel san-griento espectáculo y la pasividad de aquellos esclavos en lo que se refería a mi persona, me hicieron pensar que a mí no me tenían como enemigo y que toda la tri-pulación debía haber corrido la misma suerte que aque-llos dos desgraciados que tenía a mis pies. Al parecer, aquella llave maestra no se le había extraviado al mari-nero, sino que debió haberle sido hábilmente sustraída de su faltriquera por el último esclavo al que engrilletó en la bodega quien, al tener la llave en su poder, se ocupó de liberar a los demás durante la madrugada. To-dos ellos me conocían de haberme visto en la cubierta las dos mañanas anteriores y debían haberse dado cuenta de que yo era un pasajero que no formaba parte de la tripulación. Los hombres de la selva desarrollan un fino instinto animal que les advierte del peligro, y

 

26

 

tal vez fuese ese instinto el que les dijo que yo no era su enemigo, o quizás, gracias a esa fina percepción de la que gozaban, intuyesen mis poderes sobrenaturales y me consideraran un ser superior al que debían respe-tar.

 

Salí de dudas de inmediato, cuando al no conocer su lengua me dirigí a ellos telepáticamente y, tal como ha-bía pensado, ninguno se extrañó ni se asustó de oír mi voz en el interior de su cabeza por lo que, cuando uno de ellos comenzó a contestarme en su lenguaje hablado, deduje que debían considerarme un ser de naturaleza divina que era capaz de hablarles directamente a sus cabezas y a sus corazones sin utilizar las palabras, co-sas que solo los dioses son capaces de hacer.

 

—«Estad tranquilos —les dije mentalmente—, es-táis en vuestro derecho de hacer lo que habéis hecho. Ningún dios os castigará por haber defendido vuestra libertad, sino que, muy al contrario, el día que el dios al que adoráis os llame a su seno os acogerá con alegría y premiará vuestra valentía. En cambio, los espíritus de aquellos que os han privado de vuestra libertad y que hoy habéis exterminado, serán castigados con la muerte por olvido; son mala gente que han apestado la tierra a su paso y que durante sus vidas solo han provocado miedo y dolor, sin haber aportado ningún beneficio a la Humanidad ni al mundo. Nadie muere del todo mien-tras viva alguien que lo recuerde, pero a estos nadie los recordará con el paso del tiempo; será como si nunca hubiesen existido».

 

27

 

—«¿Acaso eres tú un dios?» —me inquirió en su ex-traño lenguaje aquel al que parecían obedecer los de-más.

 

Si bien sus palabras eran ininteligibles a mis oídos, las ideas que estas palabras expresaban no solo se for-maban telepáticamente en mi mente con meridiana cla-ridad, sino que además me llegaban complementadas con las emociones que, en su estado más puro, mi in-terlocutor estaba sintiendo en el momento de pronun-ciarlas. La telepatía no solo transmite ideas, sino que también trasfiere emociones.

 

—«No, no soy un dios, pero hace ya mucho tiempo que estoy al servicio de los dioses de la Luna y ellos me han hecho algunos regalos maravillosos».

 

—«¿Te refieres a los dioses de rostros blancos y de cuerpos tan brillantes y plateados como la Luna llena, que pueden volar como pájaros sin alas, que viajan en canoas voladoras y que sus cuerpos aparecen y desapa-recen a su libre voluntad?» —volvió a preguntarme el mismo hombre, quedándome muy claro que, en la des-cripción que hacía de los dioses de la Luna, se estaba refiriendo a los uriatis con diáfana claridad.

 

—«Sí, precisamente a esos dioses me refiero. ¿Es que los conocéis?».

 

—«Nosotros nunca los hemos visto, pero nuestros ancianos nos cuentan que en tiempos muy remotos es-tos dioses visitaron nuestra tribu. Nos dijeron que vi-vían en la Luna y que venían a buscar una planta a la que nosotros llamamos bucanga. Y, dime, ¿qué regalos

 

28

 

son esos que te han hecho los dioses de la Luna?».

 

—«Me han dado, entre otros, el poder de llevaros a vuestras casas en un instante para que podáis reuniros de nuevo con vuestras familias».

 

Esta última respuesta mía debió parecerles tan sor-prendente que provocó un murmullo de sorpresa y ad-miración en todos ellos.

 

—«¿Harías eso por nosotros? —preguntó otra voz distinta».

 

—«Sí, lo haré si así lo deseáis» —les respondí, ob-teniendo un emocionado sí colectivo como respuesta.

 

Esta última afirmación la hice sin estar plenamente convencido de ser capaz de tele-portar un barco entero, con toda su carga y más de cien personas a bordo, que debía pesar unos diez mil quintales; incluso llegué a pensar por un momento en pedirle ayuda a Suriel, pero finalmente me decidí por hacer un primer intento y, solo en el caso de que no pudiera conseguirlo, le pediría ayuda a mi tutor uriati.

 

Aprovechando que nos encontrábamos práctica-mente en el mismo meridiano que la capital angoleña y por tanto también sería noche cerrada en Luanda, quise tele-portarme yo primero con objeto de ver si su puerto se encontraba despejado de barcos y de posibles testi-gos. No necesité más que un corto instante de tiempo para salvar las mil leguas que separaban la urca negrera del puerto luandés y comprobar que este se encontraba desierto; tan solo en un extremo de su muelle se encon-traban amarrados dos barquitos de pesca, estando libre

 

29

 

el resto y con hueco más que suficiente para dar cabida al Al-boraní. Al materializarme de nuevo, ya de re-greso, en la cubierta de la urca, me encontré con que todos habían caído postrados en actitud de adoración al verme desaparecer ante sus ojos; seguramente, sin que-rerlo, les había confirmado que esto era lo que sus an-cestros le habían contado que podían hacer los dioses de la Luna, habiendo quedado todos ellos con sus rodi-llas, sus antebrazos y sus frentes clavadas en la tabla-zón de la cubierta.

 

—«Alzaos —les dije mentalmente—, jamás debéis humillar vuestro orgullo y vuestra dignidad de hombres libres adoptando esa postura degradante, ni ante mí ni ante nadie, por muy elevado que este se encuentre. No soy ningún dios, sino un hombre de carne y hueso como vosotros; los dioses han sido inventados por personas sin escrúpulo que se aprovechan del miedo y la igno-rancia que los hombres sencillos tienen acerca del mundo que los rodea. Los dioses solo existen en vues-tra imaginación, pero tened por seguro que, si los dio-ses existieran, ninguno de ellos desearía ver a sus hijos humillados en su presencia».

 

Al llegar estas palabras a lo más profundo de sus mentes y de sus corazones, reveladas precisamente por quien ellos consideraban que formaba parte de la divi-nidad, su asombro, y también su desconcierto, se pu-sieron de manifiesto en los gestos de sorpresa y en los cruces de miradas que se intercambiaron mientras se alzaban lentamente del suelo.

 

30

 

—«Entonces, ¿a quién debemos dar gracias cada día por ver un nuevo amanecer y por obtener nuestro sus-tento? —me inquirió, confundido, aquel que parecía ser el jefe».

 

—«Debéis agradecérselo a nuestra Gran Madre Tie-rra que es la que hace nacer las plantas que consumís y que también son las que alimentan a los animales que cazáis y de los que os nutrís; debéis dar gracias cada día al aire que respiráis, pues él os da la vida a través de vuestros pulmones; a las aguas de los ríos, que hacen que vuestros cuerpos funcionen y no sean secados por el sol, y a las de las nubes, que son las que riegan las raíces de las plantas, así como a nuestro Gran Padre el Sol, que es quien las hace crecer con sus rayos vivifi-cadores —les respondí—. Estos cuatro elementos, aire, tierra, agua y sol, deben ser vuestros objetos de vene-ración y a los que debéis cuidar con la misma dedica-ción y el mismo esmero, amor y respeto con el que cui-dáis a vuestros hijos y a vuestros ancianos padres. Y, sobre todo, dedicad a los árboles mismo respeto y ve-neración que a vuestros mayores, pues todos los seres que nos movemos por el mundo dependemos de ellos ya que, además de darnos alimentos, los árboles lim-pian el aire que respiramos y sostienen la vida sobre la Tierra. Si cada vez que tomáis los frutos de un árbol os abrazáis a su tronco con gran respeto y amor, y le agra-decéis de corazón su generosidad con sentidas palabras de alabanza, él percibirá vuestro emocionado agradeci-miento y os recompensará con nuevos y aún mejores

 

31

 

frutos. Y si cuidáis y respetáis las aguas de los ríos, si no arrojáis basuras a sus cauces y las mantenéis limpias y cristalinas, cuando las bebáis os resultarán más dulces y más frescas. Y, si al bañaros en sus aguas lo hacéis con respeto y les dedicáis palabras de alabanza, cuando vuestros cuerpos se sumerjan en ellas sentiréis cómo os reconfortan y fortalecen. Las aguas siempre guardarán memoria de vuestros buenos actos y os responderán dándoos peces más grandes y más sabrosos. Recor-dadlo, no le prestéis la menor atención a las patrañas urdidas por los hechiceros de vuestras tribus, que os quieren tener a su servicio, sumisos y temerosos; haced lo que os digo y no necesitareis derribar árboles para tallar sus troncos y convertirlos en tótems a los que re-zar, ni tendréis que postraros en adoración ante ellos para pedirles que os den buen tiempo y conseguir que la Tierra os proporcione buenas cosechas. No olvidéis mis palabras. Y ahora sentaos todos agrupados en el centro de la cubierta porque voy a intentar llevaros al puerto de Luanda».

 

Debo confesar que, después de llevar más de tres-cientos sesenta años siendo un filsolis, aún no conocía bien el alcance de mis poderes. Dudando aún de que pudiera llevar a cabo la tele-portación de todo el barco, me quité las ropas que llevaba puestas y las arrojé al suelo con la intención de que el efecto de mi cinturón uriati no se viera estorbado por nada, provocando que, al quedarme tan solo vestido con el traje biónico y mos-trar su blancura y su brillante luminosidad, del abultado

 

32

 

grupo de negros se elevara un murmullo de admiración y sorpresa al reconocer el mismo aspecto del que le ha-blaban sus antepasados cuando se referían a la vesti-menta de los dioses de la Luna. No nervioso, pero sí algo preocupado temiendo posible fracaso, cerré los ojos, rememoré el puerto de Luanda, volviendo a ver en mi imaginación aquellos barquitos de pesca, y traté de imaginar a la urca negrera amarrada a dos de sus norayes y ocupando el espacio que quedaba libre en el centro del muelle. Aún no había evocado el deseo de trasladarme, o al menos no lo había hecho en forma consciente, cuando noté ese ligero vahído que se siente al hacer la tele-portación; y, cuando abrí los ojos, un segundo rumor volvió a elevarse en el aire, pero esta vez, lo que empezó siendo un murmullo, acabó siendo una algarabía de risas, besos y abrazos. Tal y como lo había imaginado un momento antes, nos encontrába-mos amarrados a dos norayes del puerto de Luanda. Todos se pusieron de pie, reconocieron el lugar donde se encontraban, y se acercaron a mí. Unos me tocaban las manos, otros me acariciaban la cara y otros muchos me abrazaron mojándome con sus lágrimas. Después de un rato, fueron de uno en uno despidiéndose de mí tomando mi mano y besándola, bajando del barco feli-ces y sonrientes, pero en silencio, y cuando todos se hubieron agolpado al pie del casco, me dieron un úl-timo adiós agitando en el aire sus brazos, me dedicaron unas amplias sonrisas con sus blancas dentaduras, que resplandecieron brillantes a la luz de la luna, cruzaron

 

33

 

como negras polillas las manchas de luz que las antor-chas proyectaban sobre el suelo del muelle y se perdie-ron fundiendo las negruras de ébano de sus cuerpos con las sombras del puerto.

 

Tras estos acontecimientos, volví a tele-portar la Al-boraní al mismo punto del mar Tirreno en el que se en-contraba en su ruta a Mesina antes de la tele-portación a Luanda. Con el fin de llegar a Mesina a media mañana del día siguiente, tal como estaba previsto, a partir de aquí fui haciendo navegar a la urca impulsándola men-talmente a la misma velocidad con la que había venido navegando. Como quiera que aún no había tenido oca-sión de ver los cadáveres de la tripulación, fui a echar-les un vistazo y los encontré tal y como los había ima-ginado. El capitán Yasir se encontraba en su cama con el cuello abierto y una puñalada dada en pleno corazón; aquellos hombres negros estaban acostumbrados a ma-tar animales y sabían herir en los puntos más vulnera-bles a fin de quitarles la vida sin hacer sufrir a la víc-tima. Ufa, el cocinero, y los demás miembros de la tri-pulación solo estaban degollados limpiamente, pare-ciendo que habían muerto de manera instantánea, sin sufrimiento alguno. Sin embargo, en el cadáver de Uthal sí pude observar una alta dosis de ensañamiento pues, además de haber sido degollado, le habían arran-cado los ojos de sus órbitas, le habían cortado la lengua, la orejas y la nariz, y su cuerpo aparecía desnudo de cintura para abajo, pero sin los genitales, que también habían desaparecido; tal vez le hubieran hecho estas

 

34

 

mutilaciones siguiendo algún ritual encaminado a que no pudiera acceder al Paraíso tras su muerte o para que su espíritu no pudiera ver, oír, oler, gustar ni hacer el amor, y que anduviera errante por el ultramundo. Los dejé donde estaban para que así los vieran las autorida-des mesinesas cuando subieran a bordo a inspeccionar el barco después de que denunciara el caso al llegar al puerto.

 

Ya os dije que no quise tele-portarme desde Cler-mont a Mesina porque deseaba que los mesineses me vieran hacer una entrada en el puerto, con el fin de que nadie pensara que había llegado a la ciudad como por arte de magia; quería dejarme ver al llegar al puerto, pero nunca hubiera pensado que la entrada que tuve fuera tan espectacular y que me convirtiera en el blanco de las miradas de todos los mesineses.

 

Llegué al puerto a media mañana del jueves 25 de diciembre de 1147, pareciendo que el día de Navidad fuera una constante en mi vida, pues en este día había vivido muchos acontecimientos extraordinarios. Dado que era día de fiesta y nadie trabajaba, encontré el puerto lleno de gente vestida de domingo que paseaba por sus muelles. Y, como nunca fui marino y por tanto no tenía la menor idea de cómo se atracaba un barco en un muelle, si bien podía haberlo atracado mentalmente, quiero decir de igual forma que había venido movién-dolo durante la navegación, al aproximarme al puerto y ver a tantísima gente, me puse al timón simulando que lo iba pilotando, terminando por dejarlo atracado de

 

35

 

costado al muelle, en la posición que me pareció más correcta, si bien estoy completamente seguro de que debió llamar la atención de cuantos marineros y gente de mar se encontraban en el muelle el hecho de que, siendo prácticamente imposible que una sola persona pudiese manejar una urca de tan gran tamaño como aquella y que la hubiera atracado en el muelle sin que en su cubierta no se viera a nadie más que al timonel y a ningún otro marinero encargándose del aparejo; lo cierto es que, cuando bajé del barco, me extrañó mu-chísimo que nadie me pidiera una explicación de cómo había sido posible aquello. Así que, una vez en el mue-lle, lo primero que hice fue pedirles a los soldados que patrullaban el puerto que permanecieran junto a la rampa de acceso con el fin de impedir que nadie subiera a bordo, y que alguno de ellos corriera a la comandan-cia del puerto y diera aviso a las autoridades.

 

No tardó mucho en llegar un sargento, algo ya ma-yor, que parecía estar contrariado por haberlo hecho ve-nir a toda prisa, tal vez pensando que se trataba de al-guna necedad.

 

—Soy Cósimo Rosso, el sargento del destacamento del puerto. ¿Quién sois vos y qué es lo que ocurre que exige tanta urgencia? —me inquirió de mal talante.

 

—Mi nombre es Orlando Vives y vengo de Cler-mont, en la Francia occidental. Me embarqué en esta urca en Marsella…, pero creo que no debo contaros lo ocurrido delante de tantos testigos —le respondí cuando vi que se amontonaba una multitud de curiosos

 

36

 

a      nuestro alrededor—, lo mejor será que subáis con-migo a la nave y os lo cuente todo al mismo tiempo que lo veáis vos mismo.

 

Con el ceño fruncido por el misterio y mirándome con desconfianza, el sargento subió a la urca, si bien sus recelos le hicieron hacerse acompañar de dos sol-dados como medida de seguridad. Lo llevé primero a la rueda del timón, donde vio los cadáveres del piloto y del vigía; luego lo fui llevando de catre en catre y fue mirando detenidamente los cadáveres del resto de la tri-pulación, observando en qué forma había muerto cada uno de ellos y analizando con mirada de experto cada uno de los detalles que estaban a la vista.

 

—¿Hay más? —me preguntó con frialdad después de contemplar impasible durante un buen rato el cadá-ver de Uthal.

 

—No, sargento, este es el último.

 

—Y, ¿quién o quiénes son los autores de esta ma-tanza? —me inquirió en un tono inquisitorial, después de cubrir con la sábana el hueco que habían dejado en el cuerpo de Uthal sus desaparecidos genitales.

 

—Supongo que ha sido llevada a cabo por el más de un centenar de esclavos negros que eran traídos a Me-sina por el capitán Yasir para ser vendidos en el mer-cado; y digo que lo supongo porque no he sido testigo del hecho.

 

—Y ¿dónde están esos esclavos?

—Han desaparecido

—¿Desaparecido en alta mar?

 

37

 

—Es inexplicable, pero así ha sido.

 

—Y a vos ¿por qué no os han hecho ningún daño?

 

—Supongo que habrá sido porque, al no formar yo parte de la tripulación y ser un simple pasajero, no me han considerado su enemigo.

 

—Suponéis demasiadas cosas, señor Orlando, pero las suposiciones no me sirven de nada. Quiero certezas. Además, ¿cómo ha llegado un barco de estas dimensio-nes al puerto si tan solo vos lo tripulabais? Debéis ser un excelente marino.

 

—Sargento Rosso, creedme, tengo un sueño muy pe-sado y no me he enterado de nada de lo ocurrido. Cuando me he despertado esta mañana y he salido de mi camarote, he descubierto que toda la tripulación ha-bía sido muerta en sus catres y que los esclavos, que durante las dos primeras singladuras los había estado viendo pasear por la cubierta durante las mañanas, ha-bían desaparecido. Puede parecer que es cosa de bruje-ría, pero le estoy diciendo la pura verdad. Tal vez esta urca haya sido abordada en silencio durante la noche por algún otro barco negrero, y puede que hayan sido estos los que han acabado con la vida de todos estos marineros que veis aquí, y puede que después hayan trasladado los esclavos a su barco, no sé qué decirle, sargento, ya le digo que yo he estado durmiendo toda la noche y no me he enterado de nada. Sargente, ob-servo que estáis escuchándome con un gesto de descon-fianza en vuestro rostro, pero como podréis compren-der, sería de todo punto imposible que un solo hombre

 

38

 

pudiera haber hecho esta escabechina y además haberse deshecho de los cuerpos de más de cien hombres, a los que tendría que haber ido desencadenando uno por uno para luego arrojarlos al mar. No se me ocurre qué otra explicación darle a lo ocurrido, a no ser que vos tengáis otra más plausible. Además, sargento, tengo que deci-ros que no solo que no soy marino, sino que no tengo la más remota idea de náutica, y que aquello que seña-labais antes de cómo había llegado el barco al puerto es otro misterio insondable. Durante las pocas horas que el barco ha tardado en alcanzar el puerto de Mesina, lo ha hecho por sí mismo, navegando en soledad y sin mi intervención, como si lo hubieran estado gobernando los espíritus de su tripulación muerta.

 

—Está bien, aceptaré que sois un inocente dormilón, que no os habéis enterado de nada de lo ocurrido y que el barco ha llegado hasta el puerto de Mesina pilotado por los espíritus de la tripulación muerta, pero hasta que los jueces aclaren este asunto os prohíbo que os au-sentéis de Mesina.

 

—No os preocupéis por eso, sargento Rosso, no es-toy de paso en Mesina, sino que he venido acompañado de un voluminoso equipaje para quedarme a vivir en ella.

 

Debo aclarar al lector que por aquellas fechas, des-pués de haber sido instituido en 1130 el reino de Sicilia por Roger II de Altavilla, ocupando no solo la isla, sino también toda la mitad sur de la península italiana hasta

 

39

 

limitar por el norte con los Estados Pontificios y con el Ducado de Espoleto, tras diecisiete años de férreo go-bierno angevino, Mesina al fin, en 1147, había dejado de ser el nido de piratas sarracenos que había venido asolando el comercio marítimo tanto en el mar Tirreno como en el Jónico, llevando ya todos estos años la vida ciudadana desarrollándose en perfecto orden. Esta era quizás la más poderosa de las razones por las que, aun-que mi apariencia externa fuera la de un treintañero, un viejo como yo, cuyos huesos ya tenían trescientos se-tenta años de edad, se había mudado a Sicilia buscando paz, tranquilidad y una vida más sencilla, que no son más que las dos cosas que buscan los viejos. Es por esto que esta vez compré una casa en el campo, no muy le-jos de la ciudad, pero en el campo, a tan solo media legua escasa hacia el norte, emplazada en los altos de Spartá y mirando al mar Tirreno, quedando lo suficien-temente alejada de Mesina como para que no me lle-gara ni el bullicio ni el ajetreo de la que por entonces era un importante nudo de comunicaciones marítimas en cuyo puerto desembarcaban continuamente marine-ros genoveses, tunecinos, marselleses, romanos y na-politanos, todos ellos hombres jóvenes y con ganas de diversión. Se trataba de una casa rural de dos plantas, situada en la margen izquierda del camino que bor-deaba toda la costa norte de la isla hasta Palermo, cuyas fachadas estaban labradas con blancos mampuestos de piedras calizas, quedando como una edificación aislada que se ubicaba en la parte delantera de una parcela de

 

40

 

amplias dimensiones y que, tanto por su aspecto exte-rior como por su distribución interior, recordaba a una antigua villa romana. Disponía de un vestíbulo, seguido de un primer patio con un pequeño estanque, que bien podría pasar por ser un atrio con un impluvio, y un se-gundo patio al fondo, que era más grande que el pri-mero, estaba porticado y contaba con una piscina, que podría pasar por ser un peristilo. La parte delantera de la parcela se encontraba ajardinada y la trasera, como de una media hectárea de extensión, estaba destinada a huerto y a árboles frutales. La compré el segundo día de llegar y la habité en menos de una semana, después de haberla amueblado y de haber comprado una amplia carroza con dos buenas caballerías de tiro y otros dos caballos de monta con sus correspondientes sillas y arreos. Contraté a un mayordomo, a un cochero que también era jardinero y sabía mucho de agricultura, y a tres mujeres algo mayores como criadas, de las que una de ellas, según me dijeron y pude comprobar algo más tarde, era una de las mejores cocineras de Mesina. Y, después de todo este gasto, mi bolsa mágica continuaba amaneciendo cada mañana con seiscientas sesenta y seis monedas de oro, sin que este número jamás se hu-biera mostrado diabólico en los trescientos setenta años que llevaba dicha bolsa en mi poder, sino que, por el contrario, había servido para ayudar a mucha gente ne-cesitada, lo que venía a confirmar que el dinero puede ser un invento tanto divino como diabólico, en función del uso al que se destine.

 

41

 

Casi dos meses más tarde fui llamado por el juez, por primera y única vez, para declarar sobre el caso de la matanza del Al-boraní y la misteriosa desaparición de su carga de esclavos africanos, dando el magistrado el caso por sobreseído al no haber ninguna prueba aclara-toria del suceso, después de haberse comprobado que la urca zarpó tres días antes del puerto de Marsella y que no había atracado en ninguno de los puertos de Córcega o Cerdeña donde hubiera podido haber descar-gado a los esclavos; el magistrado entendía que resul-taba materialmente imposible para un solo hombre ha-cer desaparecer a más de cien esclavos sin dejar ningún rastro. A partir de entonces, nació la leyenda popular del misterio del Al-boraní, el barco negrero fantasma que un día de Navidad llegó navegando por sí solo al puerto de Mesina con toda su tripulación degollada y su carga de esclavos africanos desaparecida sin dejar el menor rastro. La urca, convertida en una especie de barco maldito al que no solo nadie se acercaba, sino que ni siquiera osaba dedicarle una mirada, quedó atracada en el muelle durante muchas décadas hasta que las ma-deras de su casco se pudrieron y hubo que remolcarla hasta alta mar, donde se abandonó a su suerte para que se hundiera, pues nadie se atrevió nunca a subir a bordo por miedo a las almas en pena de los marineros muertos y a los espíritus malignos de los que los asesinaron que, según decían, aún seguían habitando en su interior. La leyenda cuenta que el Al-boraní aún sigue navegando en solitario y que, de cuando en cuando, cuando algún

 

42

 

barco se cruza con la urca fantasma en alta mar, la tri-pulación debe rezar tres padrenuestros y tres avemarías si no quieren que los espíritus malignos que lo hacen navegar les echen encima una tormenta que lo mande a pique.

 

Liberado de esa carga judicial, ya podía comenzar a disfrutar de la elevada posición social que me propor-cionaban mis abundantes e inagotables monedas de oro y llevar una vida tranquila en la Mesina medieval, en la que los señores reafirman su poder manteniendo a la población en estado de idiotez mediante el vino de las tabernas, las prédicas desde los púlpitos de las iglesias dadas por sacerdotes que no ven más allá de sus nari-ces, y las justas y los torneos, a los que acude el pueblo en masa y en los que se aceptaban apuestas. Así pues, lo primero que hice fue pedirle audiencia a Edmundo, el conde de Sicilia, que por entonces era la autoridad competente en la ciudad; lo protocolario era que, al lle-gar a la ciudad y comprarme una casa para vivir en ella permanentemente, como un nuevo ciudadano de posi-ción elevada, debía presentarme a quien ostentaba el poder para presentarle mis respetos y ofrecerme a él para cuanto pudiese necesitar de mí.

 

Me recibió en una de las salas del palacio, sentado ante una mesa, mientras un criado le avivaba las brasas del brasero que tenía a sus pies y su mayordomo le ser-vía un refrigerio.

 

—Os agradezco de todo corazón vuestro ofreci-miento, maese Orlando —me respondió, después de

 

43

 

presentarme a él y ofrecerle poner a su servicio mi tiempo y mi fortuna—. Veo que sois hombre de buen gusto —añadió, en tono de halago—. Creo que habéis elegido para vivir el mejor paraje de Mesina; la vista al mar que disfrutáis desde ese lugar es muy hermosa. Pero decidme, ¿cuál es el motivo real que os ha traído a vivir en nuestra ciudad?

 

—Vengo de Clermont, donde los avatares de la po-lítica y el papado no dejan vivir tranquilos a los ciuda-danos. He venido a Mesina buscando la paz y la tran-quilidad que al fin ha conseguido nuestro señor Roger al acabar con la piratería.

 

—Sí, eso es cierto, al fin se vive con tranquilidad en Mesina —me respondió, si bien continuó con su inte-rrogatorio—. Tengo entendido que sois un hombre muy rico, pero viniendo de Francia he de preguntaros si vais a dedicaros a alguna actividad lucrativa o pen-sáis vivir de vuestras rentas.

 

—Soy persona activa, conde, y siguiendo el consejo de nuestro señor Jesucristo, me gusta enseñar al que no sabe. Así que pienso abrir una academia y enseñar a leer a los siervos y a los campesinos. Creo que, si am-plían sus conocimientos sobre el mundo que los rodea, serán personas más felices y sus trabajos ganarán en calidad.

 

—En eso os equivocáis, Orlando, y no os aconsejo que hagáis tal cosa; para que disfrutéis de la paz y la tranquilidad que tanto ansiáis necesitáis mantener al vulgo en la ignorancia. No olvidéis la frase del satírico

 

44

 

Juvenal: «panem et circenses»7. Mientras mantenga-mos al pueblo distraído con verbenas y torneos, incapaz de tener conciencia de sus carencias, los errores que co-metamos los que mandamos pasarán desapercibidos. Al villano hay que mantenerlo incapacitado para pen-sar, solo así podrá creer todo aquello lo que le digamos, por muy disparatado que sea; si lo despertáis y lo ense-ñáis a pensar, habréis perdido la única garantía de se-guridad que necesitáis para mantener vuestra seguridad personal y conservar íntegro vuestro patrimonio.

 

—Eso que decís parece algo egoísta y no suena muy cristiano.

 

—¿Eso creéis? Dios no nos ha creado a todos igua-les, a unos nos ha hecho líderes y dirigentes, mientras que a otros los ha destinado a ser siervos y campesinos; a los siervos les ha dado la mansedumbre necesaria para obedecer fielmente a sus señores; a los campesi-nos los ha provisto de cuerpos resistentes para el duro trabajo del campo, capaces de soportar las inclemen-cias del tiempo; y a nosotros, los que los mandamos y los gobernamos, nos ha dado la inteligencia y la astucia necesarias para mantener el equilibrio de este estado de cosas. Recordad que el evangelista Mateo pone en boca del propio Jesucristo la frase de «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Así pues, de-jemos que las leyes de Dios y de la Naturaleza sigan su curso.

 

 

 

7     La frase «Pan y espectáculos de circo» viene dada como la manera de hacer olvidar al pueblo romano su derecho a participar en la política.

 

45

 

3

 

Aunque mis condiciones físicas seguían siendo las de un joven de treinta y tantos años, el mucho tiempo que llevaba ya vivido me pedía, como a cualquier viejo saciado ya de vida, alejarme de la gente, del bullicio y de los eventos sociales en busca de paz y sosiego. No obstante, hice algunos amigos, no muchos, pero algu-nos de ellos, como Antonio Giuliano y Ángelo Marine-lli, eran de pensamiento tan avanzado que, amándose apasionadamente el uno al otro, cierto día, desafiando a las críticas despectivas e incluso agresivas que reci-birían de la puritana y acomodada sociedad mesinesa, decidieron acogerse a la adelfopoiesis8, la antigua ce-remonia eclesiástica que aún estaba vigente desde cuando en siglos pasados la Iglesia aceptaba la homo-sexualidad, mediante la cual el arzobispo unía a dos hombres o a dos mujeres en santa hermandad.

 

Accedí a ser su padrino y la ceremonia se llevó a cabo el domingo 1 de diciembre de 1157, en la recién construida catedral de Santa María Asunta, por el obispo Roberto III, de quien se murmuraba que vivía amancebado con un joven que decía ser su sobrino y al que le llevaba más de veinte años.

 

Aquel día, llegada la hora de la ceremonia, el obispo,

 

 

 

8     También llamada «fraternitas iurata», era una ceremonia practicada por

 

varias iglesias cristianas de Europa, durante la Edad Media e inicios de la Edad Moderna, para «hermanar» o «unir espiritualmente» a dos personas del mismo sexo, generalmente varones.

 

46

 

en solidaridad con los participantes o tal vez pensando ilusionadamente que era él quien se había atrevido a unirse a su amante, ordenó echar al vuelo las campanas de la iglesia mayor, haciéndose la ilusión de que eran volteadas en su honor. Un hermano de Antonio y yo éramos los padrinos y fuimos los primeros en entrar en el templo precediendo a los contrayentes que, vestidos con túnicas de largas colas, que eran sostenidas por cuatro niños pequeños, avanzaron por el pasillo central de la nave principal hasta el presbiterio mientras los asistentes les arrojaban pétalos de rosas.

 

Ya en al ábside, profusamente adornado de flores, el obispo los recibió de pie, junto a un facistol dorado cuyo plano inclinado estaba presidido por una soberbia cruz de plata maciza y sobre el que reposaba un volu-minoso ejemplar de las sagradas escrituras primorosa-mente ilustrado. Siendo Antonio tres años mayor que Ángelo, el obispo les indicó que debían permanecer de pie ante el atril y tocando con las yemas de los dedos de sus manos las páginas del sagrado libro, debiendo estar el mayor de los dos colocado a la derecha y el más joven a la izquierda.

 

—Queridos hermanos en Cristo —dijo el obispo, dando comienzo a su prédica—, hoy estamos aquí reunidos para celebrar el amor de dos personas espe-ciales que, superando obstáculos, han decidido unir sus vidas. Juntos construirán un camino hermoso, sólido y lleno de amor incondicional. Cada uno de los pasos que den juntos representará una promesa de apoyo mutuo,

 

47

 

la de ser compañeros en todas las situaciones y la de enfrentar los desafíos que la vida les presente. Hoy, en este momento mágico, quiero recordarles lo especial que son el uno para el otro. Su amor es una inspiración para todos nosotros, nos enseña que el compromiso verdadero y la lealtad inquebrantable son la base de cualquier relación que busque el éxito. En este día de celebración, quiero hacer una pausa y recordar a aque-llos seres queridos que ya no están físicamente con no-sotros, pero que siguen viviendo en nuestros corazones, y que con sus bendiciones y su amor nos acompañarán siempre, especialmente en ocasiones tan significativas como esta. Antonio y Ángelo, es nuestro deseo que vuestra unión sea eterna, llena de alegría y de felicidad, y que vuestro amor perdure para siempre, más allá de la muerte. Estoy seguro de que juntos crearéis un futuro maravilloso y lleno de bendiciones. En nombre de to-dos los presentes, os deseamos que vuestros corazones sigan rebosantes de amor y que el camino que recorran juntos esté lleno de momentos memorables y felices.

 

Tras este discurso, un acólito rodeó a ambos contra-yentes con un cinturón y los ató; luego le puso a cada uno de ellos una vela encendida en su mano izquierda y les dijo que volvieran a colocar su mano derecha so-bre los Evangelios. A continuación, los asistentes reza-ron oraciones y letanías pidiendo que los dos fueran unidos en el amor, y el obispo procedió a recordar a los asistentes algunos ejemplos en la historia de la Iglesia de eterna amistad entre personas del mismo sexo.

 

48

 

—Dios todopoderoso, que lo fuiste antes que el tiempo y lo serás por todos los tiempos, que te rebajaste a visitar a los hombres a través del seno de la Virgen María, envía a tu santo ángel a estos tus servidores, An-tonio y Ángelo, para que se amen el uno al otro al igual como se amaron tus santos apóstoles Pedro y Pablo, Andrés y Jacobo, Juan y Tomás, Jacobo y Felipe, Ma-teo, Bartolomé, Simón, Tadeo, Matías y los santos már-tires Sergio y Baco, así como Cosme y Damián, no solo por amor carnal, sino por la fe y el amor del Espíritu Santo, y que todos los días de su vida permanezcan en este santo amor. Por Jesucristo, nuestro señor. Amén.

 

Seguidamente, se leyeron los versos del discurso que hace San Pablo sobre el amor en la Primera carta a los corintios y el discurso de Jesucristo sobre la unidad en el Evangelio de San Juan. Se leyeron más oraciones y letanías, se rezó un padrenuestro y los futuros herma-nos, Antonio y Ángelo, cogidos de la mano, dieron vueltas alrededor del atril, intercambiándose besos en las mejillas, mientras los asistentes cantaban salmos in-tercalando el tropo: «Señor, mira desde el cielo y ve». Por último, el acto finalizó con los presentes cantando el salmo: «Oh, ¡qué bueno y qué dulce es habitar los hermanos todos juntos!».

 

Desoyendo los consejos que me dio el conde de Si-cilia, seguí mi vocación de enseñante y volví a abrir una academia, que como siempre la destiné a instruir a los siervos y al campesinado. No tuvo que pasar demasiado

 

49

 

tiempo para tenerle que dar la razón al conde cuando, en aquella visita que le hice a poco de llegar a Mesina, me advirtió que con mis enseñanzas convertiría a los plebeyos en rebeldes e insumisos. Así fue como, el do-mingo de Ramos, 3 de abril de 1160, uno de mis alum-nos, Adriano Sartori, un joven de veintitrés años que era vasallo del conde, aprovechando que este había re-ducido el número de soldados de su hueste al haberle prestado una buena parte de ella a nuestro señor, Gui-llermo II, y que, por ser día de fiesta, todos los campe-sinos de su feudo que eran usufructuarios de sus tierras, así como sus braceros, no había acudido ese día a los campos, encontrándose en sus casas, promovió un le-vantamiento en protesta por las abusivas condiciones del vasallaje, según el cual, solo el señor podía poseer tierras y, a cambio de prestarlas en usufructo, los la-briegos usuarios estaban obligados a guardarle fideli-dad absoluta; a prestarle servicio militar; a cuidar de sus caballos; a entregarle una buena parte de la cosecha que obtuvieran; a pagarle por el uso de la panadería, de la herrería, del molino, de la leña que tomaran del bos-que para cocinar y calentarse en invierno, así como por obtener su permiso para vadear el río o para ir a pescar a sus orillas, además de tener que entregarle obligato-riamente a la Iglesia un diezmo del diez por ciento de la cosecha que obtenían, por muy escasa que esta fuera.

 

Aquel Domingo de Ramos, Adriano Sartori y otros tres cabecillas, seguidos por medio millar de agriculto-res y braceros, todos ellos acompañados de sus esposas

 

50

 

e hijos, invadieron las calles de Mesina portando ollas vacías y pancartas que habían sido escritas por aquellos que ya habían aprendido a escribir en mi academia, en las que se decía que pasaban hambre mientras que los perros del conde se alimentaban de las abundantes so-bras de las cocinas de su palacio. Las procesiones de aquel Domingo de Ramos tuvieron que ser interrumpi-das y volvieron a sus templos después de que Jesús, a lomos de la borriquita en la entrada a Jerusalén y algu-nos apóstoles de la Sagrada Cena rodaran por el suelo en medio de las refriegas que se produjeron con los sol-dados que las custodiaban. Durante los siguientes días, las manifestaciones y refriegas continuaron, los cam-pos fueron abandonados y, finalmente, el jueves el obispo canceló el resto de las procesiones de la Semana Santa mesinesa de 1160.

 

El lunes de Pascua, 11 de abril, varios millares de mesineses se concentraron frente al palacio del conde de Mesina. Aquel gentío no solo estaba formado por los usufructuarios de sus tierras, sino que, en solidari-dad con los campesinos, también se habían sumado a la manifestación los tenderos, los taberneros y los artesa-nos de la ciudad, así como sus respectivas familias y amigos. Jóvenes, ancianos, mujeres y niños coreaban consignas no solo contra el conde de Sicilia, sino contra toda la nobleza en general. Y, cuando la masa popular, enardecida por las consignas llegó a los insultos perso-nales al conde y al monarca, las puertas del palacio se abrieron y un centenar de soldados armados de picas

 

51

 

salieron y formaron una compacta línea, hombro con hombro, que avanzó hacia la desarmada multitud hos-tigándola a punta de lanza. Finalmente, la manifesta-ción se disolvió cuando algunos de estos soldados se envalentonaron y se excedieron en sus hostigamientos hasta llegar a derramar la sangre de algunos manifes-tantes, sin distinguir que estos fueran hombres, mujeres o niños.

 

Fue al día siguiente, cuando una segunda manifesta-ción aún más numerosa que la del día anterior, se con-centró de nuevo ante el palacio condal, pero esta vez la gente no había ido con las manos vacías. Al compás de los gritos y las frases de las consignas, varios cientos de cuchillos de cocina, estacas, rastrillos y bieldos, se veían subir y bajar airadamente por encima de las ca-bezas de la multitud. Por segundo día consecutivo se abrieron las puertas del palacio y esta vez fueron tres centenares de soldados los que, protegidos por cotas de malla y escudos, salieron al exterior empuñando lanzas y, sin mediar palabra, a la orden de un sargento comen-zaron a masacrar a la población. Los cuchillos de co-cina, así como los rastrillos y los bieldos de madera, se astillaban al chocar contra los escudos de la soldadesca, mientras las lanzas penetraban en los pechos y en los vientres de hombres y mujeres, que caían al suelo vo-mitando borbotones de sangre o arrastrando sus intes-tinos por los suelos, que eran pisoteados por los solda-dos en su implacable avance.

 

Cuando la muchedumbre se retiró, en la dilatada

 

52

 

plaza que se abría delante del palacio quedaron más de doscientos cadáveres y otros tantos heridos de los que muy pocos sobrevivirían. Adriano Sartori y los otros tres cabecillas fueron detenidos y llevados a presencia del conde quien, sin juicio previo, ordenó que fueran decapitados de inmediato y que sus cabezas fueran col-gadas del balcón principal del palacio para general es-carmiento.

 

Una semana después del ajusticiamiento de los ca-becillas del levantamiento, recibí la visita de un lacayo del conde de Sicilia que me entregó una notificación para que acudiera al día siguiente a su palacio.

 

En esta segunda ocasión, me recibió en la misma sala que la vez anterior, pero se encontraba de pie dictán-dole a su secretario una lista de artículos variados que debía comprar.

 

—Tomad asiento, Orlando —me dijo señalando una de las sillas que rodeaban la mesa—. ¿Qué me decís de lo ocurrido?, ¿estáis ya convencido de lo perniciosas que eran vuestras enseñanzas al vulgo? —me inquirió, sin ninguna acritud, mientras el secretario terminaba de escribir lo último que le había dictado —. Habéis po-dido comprobar con vuestros propios ojos que aquello que os advertí que ocurriría ha ocurrido tal como os lo pronostiqué, ahora sabéis que no eran imaginaciones mías sino la pura realidad. Os advertí de lo que pasaría y no hicisteis caso. ¿Qué pretendíais enseñando a pen-sar a una caterva de siervos y campesinos que han na-cido para servir a sus amos y para regar la tierra con su

 

53

 

sudor mientras empujan el arado?

 

—Pretendía sacarlos de su animalidad y hacer que sus almas fueran más humanas. Son tan hijos de Dios como el más noble de los caballeros y tienen derecho a disfrutar del mundo que el Creador nos ha dado.

 

—Dios no nos da a todos los mismos destinos, sino que escoge escrupulosamente el nacimiento de cada uno de nosotros. A unos nos trae al mundo en una casa noble y acomodada, destinándonos a mandar, y a otros los hace nacer en una choza para que sean mandados.

 

—Aunque eso que decís fuera cierto, siempre sería discutible dado que en la Historia hay grandes hombres que han nacido en una choza y han dirigido los destinos del mundo, sirviendo como ejemplo de lo que digo el propio Jesucristo, que nació pobre. Nuestro señor nos predicaba enseñar al que no sabe, así como también nos exhortaba al cristiano ejercicio de la humildad, la mi-sericordia, la caridad y la generosidad. A cultivar todo esto me dedicaba yo cuando los enseñaba a pensar.

 

—El corazón de nuestro señor Jesucristo era todo bondad y nunca tuvo en cuenta las exigencias materia-les de la sociedad de su tiempo. Cuando hace once si-glos Jesús predicaba que el esclavo y el rey eran iguales ante los ojos de Dios, no pensaba que la economía del Imperio Romano se basaba en la mano de obra esclava y, si realmente lo sabía y conocía el alcance de sus pré-dicas, lo hacía desafiando al poder del emperador Ti-berio y conociendo cuales serían sus consecuencias. Nuestro señor Jesucristo no fue crucificado por sus

 

54

 

ideas religiosas, sino por ser un sedicioso que atentaba contra la seguridad del Imperio. A día de hoy ocurre lo mismo que entonces; nuestra economía está basada en la esclavitud, la servidumbre y el campesinado. Pilato demostró ser un astuto político cuando le dio a elegir a la masa popular a quién prefería salvar y esta le respon-dió que debía liberar a Barrabás y condenar al naza-reno: el romano sabía muy bien que un pueblo igno-rante y manipulado siempre prefiere pan y circo antes que verdad y justicia.

 

—Entonces, decidme, conde, ¿qué queréis que haga?

 

—Os lo diré con toda claridad, Orlando. Si vuestra vocación es la enseñanza, podéis mantener abierta vuestra academia para siervos y campesinos, pero os abstendréis de enseñarlos a leer y mucho menos ense-ñarles humanidades. A los siervos les enseñareis las bondades y beneficios que supone, tanto para la socie-dad como para ellos mismos, la obediencia ciega a sus superiores. A los campesinos los ilustrareis en los con-tenidos de los textos antiguos de agricultura y de cli-matología, en lo referente a la previsión del tiempo, pero encaminando estas enseñanzas a que sus cosechas resulten más abundantes y de mejor calidad. Resultaría muy apropiado que tomarais como texto básico para vuestras clases la colección bizantina de veinte libros titulada Geopónica, dedicada íntegramente a agrono-mía y agricultura; y si queréis leerles algo de poesía, recitadles las Geórgicas de Virgilio, que también es un

 

55

 

texto muy útil para los agricultores. A los herreros y a los armeros podréis aleccionarlos en los secretos de las aleaciones de los metales y de la forja del hierro. Podéis seguir impartiendo clases de esgrima a domicilio, pero exclusivamente en casas de ricos comerciantes, ban-queros y terratenientes, así como en las de hidalgos, ca-balleros, escuderos, infanzones y, por supuesto, en las de la nobleza de toga, teniendo terminantemente prohi-bido enseñarle el manejo de las armas a los plebeyos. Por último y muy importante, os advierto que, para po-der enseñar cualquier materia en los palacios de la alta nobleza, como príncipes, duques, marqueses o condes, deberéis obtener un permiso especial del rey.

 

El severo castigo sufrido por aquellos campesinos y siervos que se alzaron contra el poder feudal, así como las limitaciones que me impuso el conde en mi activi-dad de enseñante, me dejaron sin alumnos y me sumie-ron en una deprimente y a la vez degradante inactividad que, cuando al cabo de casi dos años más me impacien-taba y la echaba de menos, un gravísimo suceso vino a hacérmela olvidar de nuevo.

 

Aunque nunca descansaba y siempre se encontraba activo, desde mediados de enero de 1169, el volcán Etna había elevado el volumen de sus rugidos y venía haciéndolo bastante más alto que de costumbre. Pese a encontrarse a quince leguas de distancia al sur de Me-sina, notábamos sus continuos estertores en nuestros pies cuando estábamos parados, o en nuestras manos si las apoyábamos en alguna pared. No eran movimientos

 

56

 

violentos, pero sí tenían la fuerza suficiente para hacer vibrar el agua de los vasos y de las jarras colocadas so-bre las mesas y formar ondas en su superficie del agua contenida en los pilones de los patios.

 

La tragedia llegó tres semanas más tarde, el martes, 4 de febrero de aquel mismo año de 1169, cuando aún no había amanecido y las campanas de las iglesias de Mesina tocaban anunciando la hora prima9. Como digo, aún era noche cerrada y soplaba un gélido viento del norte que arrastraba largos girones de nubes grises que, como finos flecos, se cruzaban por delante del estrecho arco luminoso que presentaba la Luna en su primer día de fase creciente, ensuciando el cielo y ocultando las estrellas. Como quiera que la madrugada había sido muy fría y había algo de escarcha, sobre los mojados ripios que pavimentaban los suelos de las estrechas ca-llejas, comenzaron a oírse las rítmicas pisadas y resba-lones de los cascos de las caballerías de aquellos cam-pesinos que acudían a sus diarias faenas agrícolas en los campos cercanos. Poco después, fueron los alegres y vivaces pregones de los lecheros, de los panaderos y de los carboneros los que alegraron el alba, que ya cla-reaba sobre la costa calabresa. Y, como cada día, las calles de Mesina se colmaron de gentes, saturando el aire con los ruidos de la cotidiana actividad humana. Era la víspera de Santa Ágata, la santa patrona de la vecina Catania, la vieja colonia griega que se extendía a los pies del volcán, pero como quiera que algunas

 

 

9     Las seis de la mañana.

 

57

 

iglesias de Mesina también homenajeaban a la santa, era costumbre en ambas ciudades que la víspera lleva-ran a cabo un oficio religioso conocido como la «Misa de la Aurora», que se celebrara justamente a la salida del sol y a la que acudían muchos cataneses que vivían en Mesina.

 

El primer temblor llegó cuando habían transcurrido los dos tercios de la hora prima y un tímido sol ya co-menzaba a asomar tras la cumbre del Aspromonte. El inesperado sismo comenzó moviendo los muebles de las casas, derribando los cacharros de los estantes y ha-ciendo perder en las calles el equilibrio a las caballe-rías, con el consiguiente espanto de las mismas, costán-dole a los jinetes, y sobre todo a los cocheros y carrete-ros, Dios y ayuda poder dominarlas para que no salie-ran corriendo en estampida por las calles. Los mesine-ses ya estaban acostumbrados a estos frecuentes movi-mientos de tierra ocasionados por las erupciones del cercano Etna y no le dieron más importancia que la de un susto repentino e inesperado, pues a nadie le pareció que el volcán estuviera tan activo como para enviarles un terremoto en toda regla. Pero no habían transcurrido ni tres avemarías cuando vino una segunda sacudida, mucho más intensa y de mayor duración que la ante-rior, que hizo que la vieja Mesina, con veinte siglos ya a sus espaldas, se resintiera, abriendo algunas grietas en las fachadas de las casas más nuevas y derribando un centenar de algunas de las más viejas. Tras esta se-gunda y fuerte sacudida, en la que sucumbieron varios

 

58

 

centenares de mesineses, el aire se llenó de gritos y la-mentos; la violencia del seísmo no se correspondía con lo que los mesineses habían vivido en otras ocasiones, según el comportamiento del volcán. Y, sin tiempo a reponerse de este segundo golpe, llegó la tercera y de-finitiva sacudida. Fue como si el dios Neptuno, hubiera descendido desde el fondo del mar hasta los infiernos de su hermano Plutón y ambos colosos, desde el infra-mundo, hubieran ascendido a la velocidad del rayo y golpeado a la isla de Sicilia en su base. El efecto resultó ser el de un gigantesco ariete que de un solo y definitivo golpe hizo que todo saltara por los aires. Las casas de adobe desaparecieron formando una densa nube de polvo; las de ladrillos se abrieron en canal, dejando du-rante un instante a la vista sus interiores para luego ser cubiertas por los tejados que cayeron a plomo sobre las ruinas convirtiéndolas en surcos; y una gran cantidad de aquellas que eran de piedra también fueron abatidas al ser sus basamentos escupidos fuera de la tierra por la ciclópea fuerza telúrica de la onda de choque; en las calles se abrieron por doquier oscuras e insondables grietas que se tragaron a cientos de las personas y de los carruajes que por ellas circulaban en aquel mo-mento; los árboles eran derribados como si una invisi-ble mano gigantesca los barriera, quedando abatidos y con sus raíces al aire; en el puerto, las aguas del mar parecían haber entrado en ebullición, haciendo subir a los barcos hasta alturas de diez codos para luego dejar-los caer y ser tragados por los grandes remolinos que el

 

59

 

sismo formaba, pareciendo que fueran sorbidos por un fabuloso y gigantesco kraken. Se vieron caballos que, galopando enloquecidos, arrastraban a gran velocidad trepidantes carruajes cargados de personas o de mer-cancías, dejando tras de sí un reguero de muertos y de heridos a su paso; vimos cómo cientos de casas ardían al haberse prendido el fuego con las lámparas que aún permanecían encendidas cuando llegaron las primeras sacudidas, y a decenas de personas convertidas en an-torchas, con sus ropajes envueltos en llamas, corriendo despavoridas por las calles y aullando de dolor.

 

Y, tras el terremoto, llegó el tsunami. Todas las pe-queñas aldeas de pescadores a lo largo de la costa, entre Mesina y Siracusa, primero fueron barridas por una gi-gantesca ola de más de treinta metros de altura, y luego, con el reflujo de las aguas en su retorno al mar Jónico, los restos de las casas y sus habitantes fueron arrastra-dos y succionados mar adentro.

 

Luego supimos que, aunque el Etna ha estado activo desde tiempo inmemorial, en esta ocasión la hecatombe procedía del mar. El volcán no había llegado a entrar en erupción y tan solo había sufrido el colapso de una parte del cono de su cráter por efecto del terremoto. En aquellas ocasiones en las que el Etna manifestaba una mayor actividad eruptiva, las ciudades de su área de in-fluencia habían aprendido a interpretar su lenguaje y se preparaban con tiempo para recibir sus terremotos. En estos casos solían atar aquellos elementos que eran sus-ceptibles de caer al suelo y romperse, desenjaulaban a

 

60

 

los animales domésticos para que pudieran huir, y pre-paraban un hatillo con ropa y alimentos para dos o tres días, por si acaso tenían que huir al campo. Sin em-bargo, en esta ocasión, la muerte había llegado desde el interior del mar; algo debía de haberse roto en el fondo del mar Jónico, pues los viajeros que habían estado lle-gando a Mesina procedentes de las ciudades situadas al sur, como eran las de Catania y Siracusa, habían sido obligados testigos de que el Etna se encontraba tran-quilo al tener que bordear la base del monte Gibello10 en su camino hacia Mesina, por lo que el inesperado terremoto también los había cogido a ellos por sor-presa. Esta vez, la serie de temblores y la fuerte inten-sidad con la que estos se produjeron no había sido la consecuencia de ninguna erupción volcánica.

 

Confieso que fue tal el asombro y la perplejidad que me produjo la contemplación de aquel dantesco espec-táculo, que quedé paralizado por el horror, sin saber a dónde acudir ni a quién auxiliar, hasta el punto de que mis poderosas facultades no sirvieron ni tan siquiera para mitigar un poco de tanto dolor. Tan solo pude res-catar a algunas personas que se debatían manoteando entre las turbulentas aguas y recuperar los cuerpos de una veintena de cadáveres, entre los que se hallaba el de un niño que, al recobrarlo, pude comprobar que solo contaba con medio cuerpo, ya que la otra mitad había

 

 

 

10   Este es el nombre que los árabes le dieron en la Edad Media al volcán Etna. Aún hoy, los sicilianos llaman Gibello o Mongibelo a la montaña, que-dando reservada la denominación «Etna» para el cráter volcánico.

 

61

 

sido devorada por un tiburón de un solo bocado. Estos espectaculares salvamentos que llevé a cabo

 

no pasaron desapercibidos para numerosas personas, que pudieron observar cómo, vistiendo tan solo el bri-llante traje biónico, me elevaba en el aire para divisar desde la altura a las personas que se debatían inten-tando mantenerse a flote sobre las olas o los cadáveres que flotaban medio sumergidos en las aguas del mar, y cómo me zambullía una y otra vez, permaneciendo su-mergido durante muchos minutos para luego emerger cargado con varias personas, unas vivas y otras muer-tas, para ponerlas a salvo transportándolas volando por los aires hasta la costa. De entre todos aquellos mesi-neses que me vieron llevar a cabo estos rescates, debió haber algunos que me reconocieron y, pasados los pri-meros días de la catástrofe, se lo hicieron saber al conde de Sicilia, quien había salido indemne del desastre al haber resultado su palacio casi incólume, con tan solo algunos desperfectos sin importancia, pues tal era la ca-lidad de sus materiales y la robustez de su construcción. Al darse el conde por enterado de las sobrenaturales fa-cultades que yo había desplegado en el salvamento de personas y en la recuperación de cadáveres, el gober-nante se mostró muy interesado y me mandó llamar.

 

Así como en las dos entrevistas anteriores me recibió en una de las amplias salas del palacio, sin importarle que nuestra conversación fuera escuchada por su ma-yordomo, su secretario o alguno de sus criados, en esta ocasión tuvo buen cuidado de hacerlo en un gabinete

 

62

 

de dimensiones más reducidas, que supuse debía ser su lugar de recogimiento y de trabajo, pues contaba con una mesa equipada con una escribanía, en la que se veían diversos documentos que claramente se notaba que estaban siendo leídos o consultados, así como va-rias estanterías repletas de legajos. Esta reserva en la entrevista me hizo pensar que esta vez deseaba una conversación sin testigos, temiéndome una vez más que, como ya me había ocurrido en otras ocasiones, fuera a pedirme algo ilícito o fuera de lo común.

 

—Sentaos, Orlando —me invitó cuando entré en aquel gabinete, después de que el mayordomo le anun-ciara mi llegada, me hiciera pasar y se marchara recu-lando, al tiempo que mantenía la cabeza inclinada en una exagerada reverencia y cerrara la puerta cuidado-samente tras de sí, pareciendo que estuviera revistiendo sus movimientos en un halo de misterio—. Me han contado algunas cosas extraordinarias y sin explicación natural que dicen que hicisteis durante el terremoto. Si no son fantasías de las gentes, no será necesario que os las enumere. Decidme, ¿son ciertas?

 

—Sí, conde, son ciertas —le respondí, aún con cierta timidez, temiéndome que quisiera aprovecharse de mis excepcionales facultades encomendándome llevar a cabo alguna felonía.

 

—¿Me estáis diciendo que podéis volar como un pá-jaro, bucear bajo el agua al igual que un pez tanto tiempo como deseéis, y que tenéis una fuerza hercúlea, siendo capaz de cargar con varios cuerpos humanos?

 

63

 

—Sí, conde, puedo hacer todo eso.

 

—¿Sois tal vez un brujo o es que habéis hecho algún pacto con el Diablo?

 

—No, conde, ni soy un brujo ni tengo tratos con el Diablo.

 

—Entonces, ¿qué explicación razonablemente hu-mana podéis darme para semejantes hechos?

 

Al pedirme aquella explicación, mi calenturienta imaginación a punto estuvo de improvisar una nueva historia, diciéndole que había sido la voluntad de Dios la que me había hecho nacer con tales capacidades so-brenaturales, tal vez para ponerlas al servicio de los ne-cesitados, pero entonces recordé lo bien que me había funcionado aquella otra historia que me inventé mu-chos años atrás, y que seguramente el lector recordará; se trataba de aquella en la que contaba cómo fui atacado y muerto por un tigre de Bengala, y cómo me resucitó el hechicero de la tribu con un mágico brebaje elabo-rado a base de una desconocida y misteriosa hierba que solo crecía por aquellos parajes y a la que los nativos le daban en nombre de rhastú, y añadía yo en mi historia inventada que aquel brujo no solo me devolvió la vida sino que también me proporcionó una gran longevidad, congelando en mi cuerpo para siempre el aspecto juve-nil que tenía en aquel momento y proporcionándome estas capacidades extraordinarias de las que disfruto desde entonces. Así que fue esta misma patraña la que le narré al conde con todo lujo de detalles, adornándola cuanto puede para que fuese más creíble, añadiendo a

 

64

 

la narración misteriosos ritos de hechicería que incluían sacrificios de animales con cuya sangre se embadurnó mi cuerpo y danzas tribales con las que toda la tribu acompañó las prácticas hechiceras del brujo.

 

—¡Lo que me acabáis de contar es asombroso e in-creíblemente fascinante! —me respondió, una vez que hubo escuchado mi narración sin pestañear y casi sin respirar, con los ojos y la boca muy abiertos, como quien oye embelesado la narración de uno de los cuen-tos de la princesa Sherezade, la de las Mil y una noches, pero tragándose mi farsa de pe a pa—. Mi querido Or-lando, esto es un milagro. Estoy pasando por un graví-simo problema y solo vos podéis librarme de él. Es Dios quien os ha enviado y os ha puesto en mi camino para ayudarme.

 

—¿Y cuál es ese problema tan grave que tenéis, conde? —le pregunté resignadamente, empezando a arrepentirme de haber reconocido que poseía aquellos poderes extraordinarios, al vislumbrar que iba a pe-dirme que los pusiera a su servicio para hacer sabe Dios qué cosa.

 

—Se trata de Lorenzo, mi primogénito y único hijo; se me muere, Orlando. Los físicos me dicen que tiene un cáncer en el estómago y que no existe ninguna fór-mula que cure esta terrible enfermedad. He recurrido a la herbolaria y me ha confirmado el mismo diagnóstico de los físicos, así como su imposibilidad de curación, pero como quiera que ella también es una persona que ha sido tocada por el dedo de Dios dándole el don de la

 

65

 

clarividencia, en uno de sus trances me ha dicho que mi hijo no morirá, que será salvado por un hombre que ha regresado del mundo de los muertos y posee poderes comparables a los de los arcángeles. Y, sin duda ese hombre sois vos, Orlando.

 

La respuesta del conde me dejó abrumado al no sa-ber yo cómo poder ayudar a su hijo, ya que entre mis poderes no figuraba el de la sanación. Excitado y con los ojos brillantes, no me dio ocasión de contestarle, pues de inmediato hizo sonar la campanilla que tenía sobre la mesa y, como si estuviera haciendo guardia y esperando la llamada, la puerta del gabinete se abrió y apareció el mayordomo.

 

—Decidme, señor.

 

—Patricio, ve de inmediato al dormitorio de mi hijo y ordena de mi parte que salga de él todo el mundo, sean quienes sean los que estén, tanto si son los médi-cos como si son sus amigos.

 

—Señor, el único que está con él en estos momentos es Ademaro, el abad benedictino de Lipari, que ha ve-nido a confesarlo y darle la comunión.

 

—Pues ruégale al abad en mi nombre que se marche, aunque lo esté confesando o dándole la comunión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

66

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

67

 

4

 

Recorrimos los largos pasillos del palacio condal, con sus paredes cubiertas de retratos de amigos, fami-liares y antepasados del conde, la mayoría de ellos ya muertos; cruzamos varias salas lujosamente amuebla-das y bellamente decoradas, en las que abundaban los muebles de maderas nobles y exóticas, así como bellos tapices de grandes dimensiones; ascendimos a la planta alta por la ancha y majestuosa escalera imperial del pa-lacio, y llegamos hasta el dormitorio de Lorenzo, en cuyo interior aún se encontraba el abad Ademaro, que no había querido salir de la habitación, habiéndose que-dado a la espera de nuestra llegada para saber qué era lo que pasaba.

 

—No os preocupéis, mi querido abad, este que viene conmigo es Orlando, un prestigioso físico al que Dios le ha dado la facultad de poder comunicarse mental-mente con los espíritus de su divina corte, por lo que, siguiendo el bienaventurado consejo de sus sabios ar-cángeles, puede hacer milagros curando lo incurable — le mintió el conde, sin ser consciente de que estaba acertando en su apreciación; tan solo se equivocaba en que los que me daban consejos no eran arcángeles sino uriatis—. Este es el motivo de que me ha pedido que se desaloje la habitación, pues desea mantener oculto su arte y quiere trabajar sin testigos.

 

Aunque hasta ese momento yo no le había pedido al conde que me dejaran a solas con el enfermo, tal y

 

68

 

como él había afirmado, me pareció que eso era lo más prudente, pues ya por el camino hasta el dormitorio ha-bía ido pensando en la posibilidad de tener que curar a Lorenzo recurriendo a los conocimientos médicos de los uriatis para lo que tal vez fuera preciso tele-portar al enfermo a la Luna o bien tele-portar a un médico uriati a la habitación de Lorenzo.

 

—¿Cómo es posible que os podáis comunicar con la divinidad si vos no habéis hecho votos sacerdotales y por tanto la Iglesia no os ha revestido de ningún vínculo que os permita llevar a cabo tal cosa? —se escandalizó el abad, llevándose las manos a la cabeza, pretendiendo dar a entender con estas palabras que únicamente los sacerdotes son dignos de comunicarse con Dios y su corte celestial—. Jamás podréis hacer tal cosa a no ser que estéis revestido de santidad; solo los santos pueden hablar con Dios, y para ser declarado santo necesita-ríais estar muerto y haber sido sometido a un proceso de canonización. Hacer una afirmación como esa se castiga con anatema.

 

Al ver al abad tan visiblemente airado, y conside-rando que su belicosa actitud bien podía complicarme la vida acusándome de apóstata o de sacrílego o de vaya usted a saber de qué otra terrible imputación que podía llevarme ante un tribunal eclesiástico que dictara con-tra mí una excomunión o que directamente me enviara a la cárcel, opté por ignorar sus palabras y decidí no contestarle, ya que de haberlo hecho hubiera tenido que recordarle la vergonzosa conducta de los papas durante

 

69

 

el siglo X, cuya inmoralidad los invalidaba para cano-nizar a un supuesto santo. Así que, a fin de hacerles evidente a los dos hombres que sí podía conectar men-talmente con lo que para el conde y el abad sería la corte celestial, decidí recurrir telepáticamente a Suriel en presencia de ambos.

 

Cuando entré en el dormitorio el deplorable aspecto del muchacho me impactó. Se encontraba sobre la cama, sin cubrir y semidesnudo, con tan solo un tapa-rrabos cubriendo sus genitales; las sangraduras de sus brazos evidenciaban que había sido sometido a varias sangrías, y también le habían estado aplicando sangui-juelas, pues eran patentes las huellas que estos bichos le habían dejado en todo su cuerpo. Varios braseros en-cendidos tenían caldeada la habitación hasta el punto de que al entrar en ella noté una fuerte bofetada de ca-lor. Los signos y síntomas del cáncer se le hacían visi-bles en todo su cuerpo. Su rostro, del color de la cera, parecía el de un fantasma; su delgadez era extrema, casi cadavérica, haciendo que los pómulos, las clavículas y algunas costillas parecieran que iban a romper la piel de un momento a otro. Debía de haber tenido un vómito recientemente que se había extendido por el suelo y ha-bía manchado parte de la sábana, impregnando la habi-tación de un fuerte olor áspero y picante.

 

Aquella impactante escena hizo que me sintiera abrumado e impotente, y durante un breve lapso no supe qué hacer ni qué decir. Tuve la impresión de que al pobre chiquillo le quedaban muy pocas horas de vida

 

70

 

por lo que, sin más pérdida de tiempo, decidí conectar telepáticamente con Suriel para que viera al enfermo a través de mis ojos y, sobre todo, para que me diera su consejo sobre qué era lo que debía hacer.

 

—Voy a pedirle consejo al arcángel Gabriel conec-tándome con él mediante el pensamiento —les dije a ambos hombres, provocando una mirada en el abad, mezcla de sorpresa y de desconfianza, seguramente to-mándome por uno de esos charlatanes que van de plaza en plaza exhortando a las gentes a que se arrepientan de sus pecados, anunciándoles que se aproxima el fin del mundo y diciéndoles que ellos son el mesías pro-metido que ha venido a ofrecerles la salvación.

 

Suriel me respondió enseguida, diciéndome que iba a conectarse con Radix, uno de sus médicos, para estar unidos mentalmente los tres.

 

—«Escucha, Orlando —sonó la voz pensante de Ra-dix en mi cerebro un momento después—, recorre len-tamente con tu mirada todo el cuerpo del enfermo, desde la cabeza hacia abajo, y yo te diré cuando debes parar».

 

Lo hice tal como me lo pidió y al llegar a la cintura me ordenó detenerme y mantener la mirada en ese punto.

 

—«Podemos curarlo, pero es imposible hacerlo ahí, tenemos que traerlo a la Luna —dijo Radix».

 

—«Ya leo en tu memoria que les has dicho a esos dos que ibas a comunicarte con el arcángel Gabriel — me dijo Suriel—. Pues sigue mintiéndoles y diles que

 

71

 

ahora te voy a enviar al arcángel Rafael.

 

—Me dice el arcángel Gabriel que deben curarlo en el cielo, por lo que ahora bajará el arcángel Rafael, que cómo sabéis por el libro de Enoc, es el encargado de curar las enfermedades y todas las heridas de los hijos de los hombres —les mentí a los dos hombres, al tiempo que, al escuchar mis palabras, el abad se echaba las manos a la cara y su rostro adquiría tintes de creti-nismo, tal vez por la incongruencia que suponía que ba-jara el arcángel Rafael, sabiendo él que la existencia de la corte celestial era una patraña más de la Iglesia—. Caballeros, lo que va a suceder a continuación, es decir, el rapto de Lorenzo por el abrazo del arcángel, no debe ser visto por los mortales; es por esta razón que ambos debéis salir de la habitación.

 

Ambos hombres salieron del dormitorio, pero fueron tan ladinos que, al cerrar la puerta, dejaron la hoja un poco entreabierta para poder observar lo que quiera que ocurriese a través de la rendija.

 

Creo que el pobre chico enfermo no se enteraba de lo que estaba ocurriendo a su alrededor; sus pupilas es-taban dilatadas, sin poder fijar la mirada en ningún punto concreto, y también parecía estar algo ido. Viendo que no tenía fuerzas para moverse, lo levanté de la cama como quien levanta una pluma, pues no pe-saba casi nada; lo sostuve de pie pasando mis manos bajo sus axilas durante un instante, y fue en ese preciso momento que se materializó junto a nosotros el cuerpo de Radix, lo que me llevó a imaginar al conde y al abad

 

72

 

mirando por la rendija y a punto de darles un síncope al ver aparecer de la nada al que ellos creían que era el arcángel Rafael, enfundado en su traje biónico, blanco, brillante y reluciente, para a continuación ver cómo Ra-dix sostenía a Lorenzo mientras yo me desvestía de mis ropas, quedándome tan solo con el traje biónico que, al igual que el de Radix, también era igual de blanco, de brillante y de reluciente. Ya no quise figurarme qué fue lo que el abad pensaría de mí al verme de esta guisa, tal vez pensara que yo era un ángel que estaba ayudando al arcángel, ni qué es lo que sintieron ambos hombres cuando, un segundo más tarde, nos vieron abrazar el cuerpo de Lorenzo y desaparecer los tres como si nos hubiéramos disuelto en el aire.

 

Cuando nos materializamos en la antesala del teatro donde se celebran las asambleas, pusimos al enfermo sobre una camilla que ya aguardaba levitando, de la que Radix se hizo cargo llevándosela flotando por uno de los pasillos que confluían en la antesala.

 

—Tardará diez días en curarse sumergido en el tan-que de regeneración celular —me dijo Suriel.

 

—¿Qué es el tanque de regeneración celular? —le inquirí.

 

—Para que lo entiendas, es como si hubiera vuelto al vientre de su madre durante el embarazo y estuviera sumergido en líquido amniótico. Ese líquido invadirá su cuerpo, tanto por dentro como por fuera, y durante los días que esté sumergido en el tanque no solo que sanarán las células cancerosas de su estómago, sino

 

73

 

también todas aquellas otras células de su cuerpo que se encuentren enfermas, reiniciando incluso la poten-cial habilidad que las células tienen para dividirse y producir nuevas células. Cuando salga del tanque rege-nerador volverá a estar tan sano como el día que nació. Además, ten por seguro que ese muchacho será lon-gevo, pues los años que lleva vividos hasta ahora no contabilizaran en su envejecimiento. Puedes anunciarle a su padre que dentro de diez días le devolveremos a su hijo en perfecto estado de salud.

 

Me despedí de Suriel y cuando me tele-porté de nuevo a la habitación de Lorenzo, encontré al conde acompañado de su esposa, Olivia, una hermosa mujer de unos cuarenta años a la que la delicadeza de sus ras-gos faciales y la hermosura de las formas de su cuerpo hacía aparentar diez años menos. El conde se encon-traba sentado en la cama, con los codos apoyados en los muslos y las manos cubriéndose el rostro; ella es-taba de pie y hablaba con el abad. El aspecto de Ed-mundo era el de un hombre abatido que, después de ha-ber presenciado nuestra espontánea desaparición a tra-vés de la rendija de la puerta, temía que el cielo le hu-biera arrebatado a su hijo para siempre. El rostro de Olivia, sin menoscabo de su belleza, presentaba unas grandes ojeras que yo achaqué a la pesadumbre que le provocaba el estado crítico de su único hijo.

 

Al verme aparecer de nuevo en la habitación, cre-yéndome un ángel, el conde se levantó, cayó de rodillas a mis pies y se santiguó tres veces; luego me tomó las

 

74

 

manos, cerró los ojos, y me las besó con fruición, mo-jándomelas con sus lágrimas. Olivia se aproximó a mí y me dio un beso de agradecimiento en la mejilla. En cambio, el abad no reaccionó de igual manera, quien seguía mirándome con el ceño fruncido, sin creer que yo fuese un ser angelical, muy probablemente por ser él un gran incrédulo que no creía en la divinidad ni en los milagros, ni en la otra vida, ni en nada, y que estu-viese ejerciendo su ministerio por puro interés crema-tístico, como la gran mayoría de los clérigos, que salen del seminario como fervorosos creyentes dispuestos a evangelizar el mundo y se retiraban en la vejez siendo ateos.

 

—Alzaos, conde —le dije, al tiempo que lo sostenía por los brazos y lo levantaba del suelo—. No tenéis de qué preocuparos, vuestro hijo estará de regreso con vos sano y salvo dentro de diez días.

 

—¿Dónde se encuentra mi hijo ahora? —me inquirió con la curiosidad propia de un padre desasosegado por la amenaza de perder a su hijo.

 

—No os preocupéis por el lugar en el que se encuen-tra, solo os puedo decir que ese lugar no es de este mundo, pero lo importante no es dónde está sino en qué manos se encuentra. Antes os he dicho que el arcángel Rafael vendría a por vuestro hijo, y sé que ambos ha-béis visto lo que ha ocurrido en esta habitación a través de la rendija de la puerta. Os lo pregunto a ambos, de-cidme, sobre todo vos, abad, ¿dudáis de que, tanto el ente que se ha materializado ante vuestros ojos como

 

75

 

yo mismo, seamos seres divinos?

 

—Yo ya no tengo la menor duda de que sois un miembro de la corte celestial, aunque no sé cuál será vuestra jerarquía —respondió el conde Edmundo.

 

—Y vos, abad, ¿qué creéis?

 

—Por lo que he visto hasta ahora, creo que sois un ser con unas capacidades tan extraordinarias, que tanto pueden ser propias de un agente de Dios como del Dia-blo.

 

—¿Pensáis que el Diablo se preocuparía por sanar a un muchacho?

 

—Si el muchacho es de alma pura y está en gracia de Dios, como estoy seguro de que lo está, el Diablo no quiere que muera porque irá al Paraíso, y no a su in-fierno. Si Lorenzo muere, estoy seguro de que irá al cielo. El Diablo puede estar interesado en que siga vi-viendo para así tener tiempo y ocasiones para ensuciar su alma y ganarlo para su infierno.

 

—Abad, habéis de saber, que también tengo la facul-tad de leer los pensamientos. A mí no podéis hablarme de cielo e infierno porque vos no creéis en su existen-cia, como tampoco creéis en la existencia de Dios ni en la del Diablo. Lo vuestro como superior de la abadía es puro negocio y el disfrute del derecho de pernada del que gozáis sobre las doncellas y las monjas de los con-ventos de vuestra diócesis, pero no os preocupéis, no seré yo quien difunda estas verdades entre la población mesinesa; podréis seguir como hasta ahora, engañando a vuestros incautos e ignorantes fieles, recibiendo sus

 

76

 

limosnas domingueras y añadiendo a vuestra abadía la propiedad de las tierras de aquellos terratenientes que os las dejan en herencia al fallecer.

 

El conde, escandalizado, miraba al clérigo mientras yo le iba echando a la cara estas cosas, pero el inteli-gente abad acusó el golpe y no me respondió nada.

 

—Decidme una cosa, abad —proseguí—. ¿Pensáis hacer mención en vuestro sermón de la misa de mañana de lo que ha ocurrido hoy aquí?

 

—¿Creéis que debo hacerlo? —me respondió con otra pregunta

 

—Si no estáis seguro de si lo que ha ocurrido ha sido intervención de Dios o del Diablo, creo que no debe-ríais mencionarlo, ya que podríais estar mintiéndole a vuestros feligreses, ¿no os parece? Pero adivino que sí lo haréis; diréis que, gracias a vuestra intermediación, Dios ha mandado al palacio del conde Edmundo a su arcángel Rafael para que cure a su hijo Lorenzo y de esta forma convenceréis a la comunidad de vuestra in-fluencia en la corte celestial y así ganaréis más adeptos que aumentarán el número y el valor de sus limosnas para que roguéis por la salvación de sus almas.

 

—Estáis siendo muy duro conmigo, señor. Yo no os he hecho nada ofensivo y no creo merecer este trato.

 

—Sí que lo habéis hecho, abad. Habéis dudado y aún seguís dudando de mi honestidad y de mi buena volun-tad en la curación de Lorenzo. La maldad que albergáis en vuestra alma os hace ver al Diablo en todos aquellos que os rodean, cuando la realidad es que sois vos el que

 

77

 

lleva a Satanás en el corazón. Os rogaría que en la misa de mañana omitáis mi nombre y os refiráis solo a la aparición del arcángel Rafael, que es quien curará a Lo-renzo. Además, el arcángel os autoriza a que le digáis a vuestra feligresía que Lorenzo quedará tan limpio de enfermedades como si acabara de nacer y que su vida será longeva en extremo; lo que añadáis a esto que os digo ya será invención vuestra.

 

En la Mesina del siglo XII, las noticias no tardaban más de un día en difundirse hasta el más recóndito de sus rincones. A la mañana siguiente salí temprano de casa, di mi paseo matinal y me fui a la academia, donde estuve hasta el mediodía. Cuando ya volvía a casa noté que algunas personas se paraban al verme pasar y se hacían comentarios al oído en voz baja; una anciana se santiguó al cruzarse conmigo, y unos niños que jugaban en la calle corrieron hasta mí y me besaron las manos. No tardé en salir de dudas; cuando llegué a casa mi ma-yordomo, que había estado parte de la mañana en el mercado comprando víveres, me puso al corriente de todo. Al parecer, el abad no me había mencionado al contar en su sermón de aquella mañana lo ocurrido el día anterior en el palacio condal, sino que fueron el conde Edmundo y su mayordomo los que difundieron mi nombre como el hacedor del milagro. Los primeros en enterarse fueron los servidores del palacio condal y los soldados de la guarnición que lo custodiaba; luego fueron sucesivamente la familia del conde y los amigos que lo visitaron a lo largo del resto del día. La versión

 

78

 

era que yo, el salvador de tantos mesineses durante el terremoto, había invocado la ayuda del arcángel Rafael y este había acudido a mi llamada, habiendo bajado a la Tierra dispuesto a curar a Lorenzo, pero dado que no podía hacerlo en el palacio, se lo había llevado al cielo, donde estaría curándose durante diez días, pero lo in-sólito era que yo había acompañado al arcángel y a Lo-renzo en ese viaje a las alturas, o sea, que, o bien yo formaba parte de la corte celestial o era un asiduo visi-tante de la misma. Habiéndose hecho de dominio pú-blico que yo gozaba de excepcionales facultades que me habían sido otorgadas por las más altas jerarquías angélicas; que me trataba de tú a tú tanto con querubi-nes, serafines y tronos, que eran la jerarquía suprema, como con dominaciones, virtudes y potestades, que conformaban la jerarquía media y que, para rizar el rizo, también decían que los principados, arcángeles y ángeles obedecían mis órdenes como si fueran las del mismísimo Jehová, a partir de aquel día comenzó cada mañana a formarse una cola en la puerta de mi casa, que fue aumentando hasta que, cuando pasados diez días Lorenzo, a quien todos ya habían dado por muerto, regresó sano y lleno de vida, la concurrencia de gente se hizo tan masiva, que las colas de personas que cada día venían a pedirme ayuda llegaron a sobrepasar el centenar. El jorobado quería que su giba desapareciera y que la figura de su cuerpo se tornara apolínea; los enanos me pedían que su cuerpo creciera tres o cuatro palmos; aquellos que decían ser unas buenas personas

 

79

 

y habían perdido alguna de sus extremidades, se queja-ban de que no habían hecho nada que mereciera aquel castigo y me pedían que le reclamara a Dios que les devolviera el brazo o la pierna que tan injustamente les había arrebatado en la guerra o en un accidente de tra-bajo; el soldado tuerto venía a pedirme que Dios le pu-siera un ojo nuevo en el hueco que le había quedado después de perderlo en una batalla; el terrateniente que llevaba diez años de casado y Dios no lo había bende-cido con un hijo, quería que le pidiera al Creador que le diera un heredero; y la mujer que era pobre de so-lemnidad y que ya tenía diez hijos en el mundo a los que no podía alimentar, pero que había quedado emba-razada de nuevo, me pedía que convenciera a Dios para que se apiadara de este último hijo haciendo que le na-ciera muerto antes de que la criatura tuviera que morir de hambre, y también que le quitara a su marido las ga-nas de hacer el amor con ella. Un homosexual, te-miendo que un día lo condenaran a muerte por cometer el pecado nefando, vino un día a rogarme que le pidiera a Dios que le quitara la vida una noche mientras dor-mía, ya que él no se atrevía a suicidarse por miedo a tener que sufrir los tormentos con los que el Altísimo castiga a los que los suicidas en el infierno durante toda la eternidad. Tampoco faltaban los que querían que un mocito o una mocita cayeran rendidos a sus pies y me solicitaban que en una de mis visitas al cielo interme-diara directamente con San Valentín o con San Antonio bendito para que obraran el milagro. Y puede parecer

 

80

 

paradójico, pero aquellos que por haber nacido defor-mes o con alguna invalidez pedían limosna en las puer-tas de las iglesias no me visitaron nunca, ya que estos habían asumido que gracias a sus deformidades podían comer cada día de las limosnas que recibían, por lo que, en el caso de que estas deformidades desaparecieran de sus cuerpos, a ellos se les haría la vida más difícil te-niendo que trabajar en el campo de sol a sol.

 

Por más que me esforzaba en decirle a todo el mundo que no necesitaban de intermediarios y que eran ellos los que tenían que hacerle directamente su petición a Dios, poniendo en la plegaria todo su fervor, siempre recibía como respuesta que yo era su última esperanza, pues llevaban toda su vida dirigiéndole al Creador sus peticiones, poniendo en sus preces toda su alma, pero que, como quiera que ellos eran pobres, el Altísimo, que solo atiende a las peticiones de los ricos, nunca los escuchaba; y apoyaban su argumento diciendo que a la vista de todos estaba que eso era así, pues los ricos se hacen cada vez más ricos mientras que los pobres son cada vez más pobres. Sostenían que algún padre de la Iglesia debió haberse equivocado al traducir aquellas palabras de Jesús, cuando dijo que «antes que un rico entre el cielo, un camello deberá pasar por el ojo de una aguja»; seguramente, el nazareno debió decir: «tendrá que pasar un camello por el ojo de una aguja antes de que un pobre se haga rico».

 

Casi dos años estuve sufriendo aquella avalancha diaria de gentes hasta que, viendo que, por más que me

 

81

 

lo pidieran, sus jorobas no desaparecían, ni les nacía un ojo nuevo en la cuenca vacía, ni les crecían brazos o piernas nuevas en el lugar donde tenían un muñón, fi-nalmente las colas desaparecieron y, habiendo quedado en el recuerdo colectivo la milagrosa curación de Lo-renzo, mi fama abogado de los pobres se trocó en la de defensor de los ricos.

 

Pasaron más de cuatro años del terremoto, durante los cuales habría empleado íntegramente una docena de bolsas de mis inagotables monedas de oro en recons-truir y amueblar un centenar de viviendas para otras tantas familias pobres que el seísmo las había dejado sin un techo donde guarecerse, lo que me devolvió mi antigua fama de procurador de los necesitados. Tam-bién había quedado ya lejos el recuerdo de aquellas co-las de indigentes que durante dos años me estuvieron rompiendo el corazón a la puerta de mi casa, cuando al atardecer de un caluroso lunes de mediados de julio de 1173, con el sol hundiéndose ya por el poniente en las azules aguas del Tirreno y las bandadas de golondrinas revoloteando a poca altura sobre las concurridas calles mesinesas, piando y persiguiéndose entre ellas mien-tras cazaban al vuelo insectos voladores, sin que me hubiera sido anunciada previamente, recibí la visita de la condesa Olivia, la esposa del conde Edmundo.

 

Desde el día que cuatro años atrás tele-porté a Lo-renzo hasta la Luna para que fuera curado por los uria-tis, tan solo había visto a Olivia en dos o tres ocasiones,

 

82

 

pero siempre a distancia y sin llegar a hablar con ella. Así, cuando mi mayordomo me avisó de su llegada, acudí alegremente a recibirla pues así tenía la ocasión de mirarla a los ojos con total libertad y asi poder con-templar su belleza a placer sin que pareciera una im-pertinencia. Puede observar que, aun conservando su gran belleza natural, su semblante era el de una persona preocupada por algún asunto grave, además de que aún conservaba en sus ojos aquellas mismas ojeras que cuando su hijo se estaba muriendo y que a mí me pare-cía que, no solo que no la afeaban, sino que la favore-cían resaltando su personalidad.

 

—Condesa Olivia. ¡Qué agradable sorpresa!, ¿a qué debo el honor de vuestra visita? ¿No habrá enfermado de nuevo Lorenzo?

 

—No, Orlando, gracias a Dios y a vos, que fuisteis el intermediario, Lorenzo está muy bien de salud. El motivo de mi visita es un problema de naturaleza muy distinta.

 

—¿Habéis dicho un problema?, ¿qué problema po-déis tener vos, Olivia, teniendo un hijo encantador y un esposo que os ama y os colma de atenciones?

 

—¡Cuán equivocado estáis, Orlando! No tengo un esposo que me ama ni me colma de atenciones, sino todo lo contrario.

 

La verdad es que no me esperaba una respuesta como aquella; hasta entonces había estado convencido de que la familia del conde Edmundo estaba bien avenida y que, cuando menos, era moderadamente feliz. Así que,

 

83

 

aún sin estar yo muy seguro de poder hacer un acepta-ble papel de consejero matrimonial, la animé a que me contara sus cuitas.

 

—Estoy asustada, Orlando —comenzó diciéndome, al tiempo que pude notar con claridad cómo fingía en-jugarse un par de lágrimas con un pañuelito, lo que me puso en guardia, pues las lágrimas y el pañuelo suelen ser armas de mujer—. No me puedo fiar de nadie y no tengo a quien recurrir. Creo que mi esposo desea mi muerte.

 

—¿Qué me estáis diciendo, Olivia?, ¿en qué os ba-sáis para hacer semejante afirmación?

 

—Estoy convencida de que Edmundo está inten-tando envenenarme.

 

—¿Qué motivos tendría vuestro esposo para hacer tal cosa?

 

—Cuando mi padre, el marqués de Casaflorida, mu-rió hace dos años, Alfonso, mi hermano mayor, además del título nobiliario, heredó la mitad de las sesenta mil hectáreas de tierras que poseía el marquesado; yo he-redé la otra mitad. Muchas veces me ha pedido Ed-mundo que le transfiera esas tierras con el fin de unirlas a las que él ya posee en su condado, que son colindan-tes, pero yo siempre me he negado a hacerlo.

—¿Por qué os habéis negado a cedérselas?

 

—Porque cuando mi hermano muera, y estoy segura de que no tardará mucho en hacerlo ya que padece de esa enfermedad a la que llaman escrófula, como quiera que no tiene ningún descendiente en su matrimonio, el

 

84

 

título de marqués de Casaflorida recaerá en mi hijo Lo-renzo, a quien sí le cederé esos terrenos, con lo que el marquesado de volverá a reunir las mismas tierras que en tiempos de mi padre. En cambio, si yo muero antes que mi hermano, esas tierras mías volverán a ser de Ed-mundo.

 

—Y, ¿por qué razón le negáis esas tierras a vuestro esposo?, al fin y al cabo, tanto el marquesado de Ca-saflorida como el condado de vuestro esposo irán a pa-rar a manos de vuestro hijo.

 

—Son tres las razones. La primera es por castigar su actitud hacia mí al estar intentando envenenarme, lo que me ha obligado a fingir que consumo las comidas elaboradas en las cocinas del palacio, cuando la reali-dad es que me estoy alimentando a escondidas con los platos que me hace una herbolaria amiga mía. La se-gunda es porque es preferible que estas tierras retornen al marquesado, por ser este de más alta jerarquía que el condado. Y la tercera es por una cuestión sentimental, pues segura estoy de que mi padre desde el cielo se ale-grará de que así sea.

 

—Entonces, decidme, Olivia. ¿qué es lo que queréis de mí?

 

—Quiero pediros que subáis al cielo y le pidáis a Dios que llame lo antes posible a su seno a mi hermano y a mi esposo. De esa forma mi hijo heredará ambos títulos y refundirá en el marquesado todas las tierras, incluidas las del condado.

 

—Y, ¿por qué tendría yo que intervenir tomando

 

85

 

partido en un asunto que no me concierne en absoluto?

 

—Porque sé que os gusto mucho como mujer, y creo que también como persona, lo noto en vuestras palabras y sobre todo en vuestras miradas, y si me hacéis este favor me entregaré a vos, pudiendo poseerme cuantas veces lo deseéis.

 

—Olivia, estáis disparatando. ¿Sabíais que una vez estuve muerto y fui resucitado?

 

—Sí, lo sé. He oído esa historia de que os mató un tigre en Bengala y fuisteis resucitado con una pócima mágica.

 

—¿Sabéis cuánto tiempo hace de eso?

 

—No, ese detalle no lo menciona la leyenda que me han contado.

 

—Pues sabed que estas carnes frescas y lozanas que veis en mis manos y en mi cara, en las que no se aprecia ni una sola arruga y aparentan ser las de un hombre de algo más de treinta años, tienen ya la friolera de cuatro siglos. Nací en Burdeos un 16 de enero del año 736, por lo que el año pasado celebré el cuarto centenario de mi nacimiento.

 

Esta confesión dejó momentáneamente muda a la condesa, que se dedicó a observarme con gran curiosi-dad y detalle, pasándome las yemas de sus dedos por el rostro y las manos, que eran las partes visibles de mi cuerpo, pero al fin reaccionó y me contestó.

 

—Bueno, ¿y qué? No me importa lo más mínimo la edad que tengáis, Orlando, pero ¿qué estoy diciendo?, es todo lo contrario, me encantará hacer el amor con

 

86

 

alguien que llegará a competir en vejez con las momias egipcias. ¡Con las experiencias amorosas que habréis acumulado a lo largo de todo ese tiempo debéis ser ma-ravilloso en la cama!

 

Jamás hubiera creído que aquella actitud libertina y aquel lenguaje, que en boca de una dama de tan alto linaje podía considerarse que rayaba en lo soez, pudie-ran ser de la Olivia a la que, tal como ella había notado, le había dedicado tantos pensamientos que, si real-mente no eran carnales, sí que eran pensamientos muy agradables.

 

—Mi querida Olivia, ¿sabéis que acabo de descubri-ros? Siempre os tuve por una cándida e inocente joven que podía ser manejada por su esposo, pero veo que razonáis cómo el más retorcido de los políticos; debe ser cosa de esta nobleza moderna que tanto se aleja de los valores éticos de la antigua nobleza caballeresca. Lamentándolo mucho, os tengo que adelantar una mala noticia para vuestro proyecto; por desgracia, cuando fui resucitado recibí el don de la longevidad, que ya va ca-mino de ser inmortalidad, pero al mismo tiempo fui desposeído del regalo divino del sexo; mi libido desa-pareció aquel mismo día y no he vuelto a tener relación carnal con ninguna mujer en estos más de tres siglos que llevo resucitado. Y, como quiera que esto invalida vuestra propuesta de hacer ambos el amor como leones salvajes, ya os adelanto que no pienso mover un dedo para que consigáis hacer realidad vuestros planes.

 

Mis palabras fueron seguidas de un nuevo mutismo

 

87

 

de Olivia y una profunda y acerada mirada que se hacía más y más torva cuanto más tiempo la sostenía.

 

—¿Sabéis que con esa respuesta os estáis jugando el poner fin a vuestra longevidad? Ya no puedo fiarme de vos ni de que guardaréis el secreto de lo que os acabo de contar.

 

—Si estáis pensando en enviarme un sicario para que me asesine una de estas noches, os ahorraré el trabajo

 

—le respondí, al tiempo que extraía del tahalí de mi cinturón mi daga turca y se la ponía en una de sus ma-nos—. Tomad, empuñad mi daga y aquí tenéis mi cue-llo, podéis degollarme cuando queráis. Aferradla con fuerza, descargad el golpe fatal y os sorprenderéis de lo que ocurrirá.

 

Nunca pensé que Olivia, tan bella y delicada, tuviera agallas para hacer lo que le estaba pidiendo que hiciera, pero me equivocaba. Primero miró el puñal, luego miró mi cuello, volvió a mirar el cuchillo, tanteó con cuidado su filo, y de improviso me descargó un golpe con tal rapidez, fuerza y saña que, si no hubiera tenido la pro-tección del traje biónico, me hubiera decapitado. Como quiera que la intensidad de la repulsión del campo de fuerza del traje biónico era proporcional a la fuerza con la que llegaba el golpe, tanto la daga como la propia Olivia salieron violentamente despedidos y ambos ro-daron unos metros por los suelos.

 

Tras aquella humillante experiencia, la condesa se levantó del suelo, se alisó y ajustó el vestido al cuerpo y, levantando altiva la cabeza, salió de la casa sin decir

 

88

 

ni media palabra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

89

 

5

 

El 11 de noviembre de 1189 tuvimos la desgracia de perder a nuestro señor, Guillermo II, a la temprana edad de treinta y seis años, dejando viuda a Juana de Ingla-terra, con la que no había tenido descendencia. Había reinado desde el 7 de mayo de 1166, cuando solo con-taba con trece años, al acaecer en esta fecha la muerte de su padre, Guillermo I, por disentería, si bien, hasta que cumplió los dieciocho años en 1171, lo hizo bajo la regencia de su madre, Margarita de Navarra. Como quiera que ambos, padre e hijo, tenían el mismo nom-bre de pila, por contraposición, el pueblo apodó al hijo como «Guillermo, el Bueno» mientras que al padre lo estuvo nombrando durante todo su reinado como «Gui-llermo, el Malo». Cuando estaba a punto de morir, al no tener descendencia directa, nombró como heredera a su tía Constanza I, obligando a los caballeros del reino a jurarle lealtad, y aceptando la sorpresiva boda de esta con Enrique VI, el hijo de Federico Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

 

El reinado de Constanza y su consorte, Enrique VI, fue tan efímero que no duró más de dos meses, pues a principios de 1190, apoyado por el canciller Mateo D’Ajello y la oficialía del ejército, el conde Tancredo se rebeló, reclamando la corona del reino de Sicilia, y se hizo con el poder. Tancredo, que era hijo ilegítimo del rey Roger II de Sicilia, y de Emma, la hermana del conde Acardo II de Lecce, había heredado el condado

 

90

 

a la muerte de su abuelo y, tras la muerte de Guillermo II, creyéndose heredero del trono, se rebeló dando un golpe de fuerza, siendo coronado como Tancredo I, rey de Sicilia, a principios de 1190; él sería el último go-bernante de la casa de Altavilla.

 

Fue en octubre de este mismo año cuando conocí a Ricardo I de Inglaterra, el apodado «Corazón de León», que había llegado a Mesina con un gran ejército de cru-zados, donde había quedado en esperar la llegada por mar de Felipe II, rey de Francia, para hacer juntos el camino hasta Tierra Santa en la Tercera Cruzada, cru-zando el Tirreno desde Marsella.

 

Ocurrió que, a su muerte, Guillermo II le había de-jado a Juana Plantagenet, su esposa y hermana de Ri-cardo «Corazón de León», una generosa herencia con-sistente en una parte importante del tesoro real sici-liano, y como quiera que Tancredo deseaba apropiarse de tan sustancial legado había comenzado por ordenar el encarcelamiento de Juana.

 

Ante la negativa de Tancredo a liberar a Juana y abo-narle su herencia, el rey inglés capturó un monasterio y el castillo de La Bagnara. Viendo Tancredo a Mesina ocupada por los ejércitos inglés y francés, le ofreció a Ricardo una importante compensación económica a cambio de que depusiera las armas y olvidara la heren-cia de su hermana, propuesta que no aceptó. Y, como quiera que la presencia de los dos ejércitos extranjeros causara el descontento entre los sicilianos, a primeros de octubre, el pueblo de Mesina se rebeló, demandando

 

91

 

que los extranjeros abandonaran la isla. La respuesta de Ricardo fue atacar y conquistar la ciudad el 4 de octu-bre de 1190. Después de que Mesina hubiera sido sa-queada y quemada, Ricardo y Felipe establecieron allí sus bases y decidieron pasar en la isla todo el invierno. Fue entonces, ante la derrota, cuando Tancredo accedió a firmar el tratado que le impuso Ricardo, según el cual Juana sería puesta en libertad, recibiendo no solo su he-rencia, sino también la dote que su padre le había dado para aportarla en su boda con Guillermo II. A cambio, Ricardo y Felipe reconocían a Tancredo como el rey legal de Sicilia y juraban los tres guardar la paz entre sus reinos. Tras firmar el tratado, ambos ejércitos aban-donaron Sicilia; Felipe zarpó el 30 de marzo y Ricardo el 10 de abril de 1191.

 

El suceso que me dispongo a narrar ocurrió en el campamento del ejército inglés durante el periodo de los seis meses que ambos reyes permanecieron en Me-sina antes de partir para Tierra Santa, concretamente sucedió en el mes de enero de 1191, a pocos días pa-sada la Pascua de Reyes. Resultó que, habiéndose ex-tendido por el resto de Europa mi fama de ser el hombre más longevo del mundo y de ser invulnerable a cual-quier arma, tanto Ricardo I, el apodado «Corazón de León», que además de ser rey de Inglaterra también era duque de Aquitania, así como Felipe II, llamado «el Augusto», que era el rey de los franceses, se mostraron muy interesados en conocerme personalmente y me mandaron llamar a su presencia. Ya os he contado con

 

92

 

anterioridad que, con el fin de seguir ocultando mi ver-dadera personalidad, la de ser el legendario conde Rol-dán inmortalizado, así como mi increíble aunque autén-tica historia de haber sido el margrave de la Marca de Bretaña que el 15 de agosto del año 778 cayó muerto en Roncesvalles a manos de un batallón de vascones, y que quince días más tarde fui resucitado por unos seres que no son de la raza de los hombres que pueblan la Tierra ya que proceden de otro lejano mundo, hace ya más de cuatrocientos años que me vi obligado a inven-tarme la falsa historia sobre mi muerte y mi posterior resucitación que ya conocéis. Decidí ocultar, como he dicho antes, mi increíble historia y contarle a todo el mundo que caí muerto en Bengala bajo las garras de un tigre que me destrozó el cuello de un zarpazo durante un terremoto, y que fui resucitado por el brujo de una tribu bengalí mediante la ingesta de una pócima elabo-rada con una hierba milagrosa que, además de resuci-tarme, me había conferido unas facultades tan extraor-dinarias que prácticamente me hacían inmortal e invul-nerable, cuando la realidad es que dichas facultades me fueron dadas por estos seres extraterrenales.

 

Recuerdo que el día que llegué a la puerta de entrada del campamento inglés el cielo estaba encapotado de nubes y que me recibió un sargento quien, después de registrarme y comprobar que no portaba ningún arma, me acompañó hasta la tienda del rey, viniendo a con-tarme por el camino que ambos reyes se encontraban juntos bajo la misma carpa esperándome; que habían

 

93

 

conocido mi historia y que, al haber sabido casual-mente que yo me encontraba viviendo en Mesina, am-bos se habían mostrado muy interesados en conocerme personalmente. Al llegar a la puerta de la tienda real, cuatro soldados cruzaron sus lanzas impidiéndonos el paso.

 

—Abrid paso. Este es Orlando —les ordenó el sar-gento—. Ya lo he registrado yo y he comprobado que viene desarmado.

 

Al oír pronunciar mi nombre, de inmediato las lan-zas se separaron y los soldados dieron un paso a un lado dejando despejada la entrada de la gran carpa circular que era la tienda real.

 

—Podéis pasar, Orlando —me dijo el sargento, acompañando sus palabras de un gesto de invitación de su mano indicándome que podía entrar sin acompaña-miento.

 

La ausencia de sol originada por el nublado, así como el espesor de la lona de la carpa, sumían el inte-rior de la tienda en una media luz que al entrar me im-pidió tener una visión clara, pero a la que en pocos se-gundos se aclimataron mis ojos. Es por ello que pude ver con diáfana claridad cómo ambos reyes, al oírme carraspear para hacerles notar mi presencia, se deshi-cieron del abrazo en el que se encontraban fundidos y separaron sus bocas interrumpiendo el pasional beso que se daban en los labios. Sin dar ninguno de ellos se-ñales de embrazo ni azoramiento al ser descubiertos co-metiendo el pecado nefando, ni yo extrañarme lo más

 

94

 

mínimo de la escena que acababa de presenciar, pues ya había oído de labios dignos de crédito hablar de la homosexualidad de ambos monarcas, me detuve y los saludé con una simple, aunque suficientemente respe-tuosa, inclinación de cabeza, sin dedicarles ni tan si-quiera un amago de genuflexión como era protocolario, pues ni en mi vida de mortal ni en la de inmortal he estado nunca dispuesto a mostrar ningún servilismo arrodillándome ante un semejante, como prueba de lo que digo os hago saber que ni tan siquiera lo hice nunca ante el hombre más importante y poderoso de Europa, el emperador Carlomagno, pese a que era mi hermanas-tro y le tenía una gran devoción.

 

—Pasad, Orlando, pasad, os estábamos esperando —me dijo el rey inglés en un perfecto gascón, sin que se le notara ningún acento extranjero por todos los años de su juventud vividos en Aquitania junto a su madre, Leonor.

 

—Sí, adelante, Orlando, pasad —me invitó también el rey francés, y dirigiéndose a Ricardo, añadió—: me encantan estos bordeleses, tienen un genio muy alegre y, tal vez sea porque son los mejores criadores y los más grandes bebedores de vino de Francia, los encuen-tro que son muy amables y ocurrentes.

 

Ambos reyes se encontraban esperándome al pie de la revuelta cama de grandes dimensiones de Ricardo, donde seguramente habrían estado refocilándose antes de llegar yo, así que caminé hasta que me detuve a tres pasos de distancia de ellos.

 

95

 

—Vamos, acercaos a nosotros, no seáis tímido — dijo Felipe—. Ya alcanzasteis fama en Francia por vuestra extraordinaria historia y estamos ansiosos por conoceros y por tocar las carnes de alguien que lleva viviendo más de cuatrocientos años.

 

—También vuestra fama llegó a Inglaterra —añadió Ricardo—, sabemos de vuestra intervención en el sitio que Abu Marwan le puso a Barcelona allá por el año 815, y en la batalla del río Lechfeld, en el 955; y de ambos encuentros ha pasado ya muchísimo tiempo.

 

Cuando llegué hasta ellos, el primero que osó to-carme fue Felipe. Acercando una de sus manos a mi rostro, acarició mi cara con el dorso de sus dedos, mien-tras que con su otra mano libre tomaba una de las mías. Mi reacción fue la de dar un paso hacia atrás en señal de rechazo.

 

—¿Qué os pasa, Orlando? ¿Rechazáis que os toque vuestro rey? —me inquirió Felipe— ¿Es que no sabéis que el rey tiene el derecho divino sobre la vida y la muerte de sus súbditos?

 

—No, señor, ya no tenéis ese derecho sobre mí; lo perdisteis el día que fallecí, aunque ese día aún faltaban casi cuatro siglos para que vos nacierais —le res-pondí—. Ahora soy yo quien tiene el derecho divino de no envejecer, de ser invulnerable a cualquier agresión y de sobrevivir a todos mis contemporáneos, genera-ción tras generación. Ahora nadie puede tocar mi cuerpo si no cuenta con mi permiso, y menos aún si quien pretende hacerlo es un ser mortal como vos.

 

96

 

Pude notar cómo mi insolente respuesta dejó sin pa-labras al rey Felipe y cómo Ricardo salió al paso rom-piendo aquel incómodo silencio.

 

—¿Queréis decir que sois inmortal? —me interrogó el inglés.

 

—La longevidad de aquel que ha muerto y ha sido resucitado, como es mi caso, ha de ser eterna, quiero decir que no puede ser otra más que la inmortalidad. La muerte solo tiene una oportunidad de triunfo; una vez que la Parca te ha atrapado, pero has logrado escapar de sus huesudas garras, ya no puede volver a atraparte de nuevo, has quedado borrado de su lista.

 

—¿En qué os basáis para hacer semejante afirma-ción?

 

—Las personas longevas viven muchos años, pero envejecen y es la vejez la que las conduce a la muerte —le respondí.

 

Y, como no podía contarle que fui resucitado a los quince días de estar muerto por unos seres que no son de este mundo, que se llaman a sí mismo los uriatis, continué con la versión inventada por mí cuatro siglos atrás.

 

—Yo fui resucitado el domingo 30 de agosto del año 778, y en los cuatrocientos doce años que han transcu-rrido desde entonces mi cuerpo sigue conservando la misma frescura, el mismo aspecto y la misma vitalidad de aquel día. A esto yo lo llamo inmortalidad, no lon-gevidad.

 

—Dicen que sois invulnerable a los golpes y a las

 

97

 

armas, ¿es eso cierto? —me inquirió Felipe.

 

—Sí, señor, es cierto.

 

—Yo soy un buen luchador en la palestra —afirmó Ricardo— y todavía no he encontrado no solo a quien me venza, sino ni tan siquiera a quién me haga sangrar en una lucha armada. Veo que vos, Orlando, no sois un hombre robusto ni musculoso; vuestro aspecto físico no es intimidante. ¿Estaríais dispuesto a demostrar vuestra invulnerabilidad enfrentándoos a mí?

 

—Si es que no me creéis y necesitáis ser vencido para convenceros, con mucho gusto os haré una demos-tración no solo de invulnerabilidad, sino también de mis facultades físicas, como mi fuerza y mi rapidez de movimientos.

 

—Lo haremos ahora mismo, y en presencia de mis capitanes —respondió Ricardo, sin poder evitar la son-risa de satisfacción y entusiasmo que le provocaba aquel enfrentamiento, pareciendo así evidenciar la fama que tenía de ser un gran luchador, cruel y sangui-nario.

 

—Os aconsejo que no hagáis tal cosa si no queréis quedar en ridículo —le dije con el fin de preservar su imagen ante sus inferiores—. Mejor hagámoslo en pri-vado.

 

—Nunca me sentiré ridículo si algún día un hombre me vence en buena lid, pero mucho menos me avergon-zaré si quien me derrota es alguien tan extraordinario como decía vos que sois.

 

Y, dicho esto, asió una cuerda que se encontraba

 

98

 

atada al badajo de una campana de bronce fijada al poste central de la tienda, la agitó varias veces hacién-dola sonar con impaciencia, y el sargento de la guardia de la puerta entró de inmediato para recibir sus órdenes.

 

—Sargento, disponed que preparen la palestra y avi-sad a mis capitanes para que acudan a ella de inmediato

 

—le ordenó Ricardo—. Nuestro invitado, Orlando, y yo vamos a dirimir cierto asunto y quiero que todos ellos sean testigos.

 

—Sargento, mandad también aviso a mi campa-mento para que mis capitanes dejen lo que estén ha-ciendo y acudan también ahora mismo a la palestra — se apresuró a ordenarle el rey Felipe al soldado, mos-trándose muy interesado en el resultado del enfrenta-miento, quizás por ser Ricardo el duque de Aquitania y yo aquitano de nacimiento.

 

Mientras esperábamos a que el sargento nos avisara de que la palestra estaba dispuesta y que los capitanes esperaban en ella, Ricardo continuó haciéndome pre-guntas sobre mis facultades.

 

—Dicen de vos que tenéis la fuerza de diez hombres, ¿de dónde la sacáis, si la musculatura que se aprecia en vuestra anatomía es la de un hombre poco curtido en la lucha?

 

—Pues la verdad es que no sé de dónde la saco, pero os aseguro que puedo sostener con una de mis manos una piedra de un quintal de peso y arrojarla a una dis-tancia de cincuenta metros.

 

—Increíble —respondió Felipe—. No creo que ni el

 

99

 

mismísimo Heracles, el semidiós griego, fuese capaz de semejante proeza.

 

—Y, ¿qué me decís de vuestra velocidad de movi-mientos?, dicen que es altísima.

 

—Puedo moverme de un punto a otro a mayor velo-cidad que la vista de cualquier persona, dando la im-presión de que desaparecido de un sitio y vuelto a apa-recer en otro lugar.

 

—¿Y todas esas facultades las habéis adquirido des-pués de vuestra resucitación? —siguió inquiriéndome Ricardo, tal vez para tener una idea más aproximada de a qué se iba a enfrentar dentro de un momento.

 

—No, señor, no fueron adquiridas, las recibí en el mismo momento en el que resucité.

 

—Aclaradme una cosa, Orlando —intervino Fe-lipe—, habéis dicho que fuisteis resucitado cuando ya llevabais quince días muerto, ¿en qué lugar estuvo vuestra alma durante esos días? ¿Quizás estuvisteis en el cielo y visteis a Dios o tal vez pasasteis esos días en el infierno con Satanás?

 

—No lo sé, señor, si estuve en algún sitio, no lo re-cuerdo. Cuando resucité tuve la impresión de que aca-baba de despertarme de un largo y reparador sueño, con una agradable sensación de placer y bienestar en todo el cuerpo, como nunca antes la había sentido.

 

—Y, ¿qué sentisteis mientras estuvisteis muerto? — preguntó Ricardo.

 

—Cuando caí muerto, aun estando inconsciente, sa-bía que era un cadáver y durante unos momentos puede

 

100

 

oír y ver todo lo que ocurría a mi alrededor. Luego perdí la noción del tiempo, a la vez que se me despertó la memoria y comencé a recordar detalles de mi vida que creía tenerlos olvidados para siempre desde hacía muchos años. Finalmente, vi una intensa luz muy blanca y tuve la sensación de que volaba hacia ella, pues la luz comenzó a crecer y se fue haciendo cada vez más y más grande a medida que iba teniendo la im-presión de que me aproximaba a ella, pero yo también crecía al mismo ritmo hasta que ambos, la luz y yo, aca-bamos fundiéndonos y llenándolo todo, y fue en ese momento cuando descubrí que esa inmensa masa lumi-nosa eran miles de millones de estrellas, y que todas ellas estaban dentro de mí. Hasta ahí puedo recordar. Después vino el vacío, la nada absoluta, el olvido, el sueño eterno.

 

Cuando el sargento de guardia hizo acto de presencia de nuevo y nos avisó de que la palestra estaba dispuesta y los capitanes de ambos reinos ya esperaban en ella, Ricardo y Felipe me situaron entre ellos y salimos los tres caminando de la tienda real, seguidos por la guar-dia de escolta.

 

La palestra era rectangular, de unos quince pasos de largo por ocho o nueve de ancho, cubierta por una carpa a dos aguas de lona a rayas rojas y negras, en cuya cum-brera ondeaba un estandarte con los tres leones de la casa Plantagenet, y sus laterales se encontraban cerra-dos por palenques de estacas.

 

Cuando llegamos, la decena de caballeros ingleses y

 

101

 

franceses, que se hallaban mezclados y en animada conversación, cesaron en sus pláticas y se dirigieron ca-minando hacia nosotros.

 

—Mis nobles caballeros, prestad atención —mani-festó Ricardo, elevando el tono de voz—. Este que nos acompaña es Orlando, célebre, además de por ser un hombre muy rico, por ser el único humano que goza de una longevidad tan prolongada que ya raya en inmorta-lidad y por poseer tan extraordinarias facultades físicas que lo convierten en un semidiós.

 

—Sí, ciertamente así es. Yo he oído cantar vuestra apasionante y no menos extraña historia a trovadores y juglares en mi propio castillo y en algunas plazas pú-blicas del sur de Francia, y también de España y Portu-gal —confirmó Robert de Sablé, un noble templario an-gevino que era afamado por ser un gran estratega y que solía aconsejarle a Ricardo que ganaría más aliándose con Saladino que enfrentándose a él—. Según se cuenta en esos cantares, sois capaz de volar; vuestra piel no puede ser atravesada por ningún arma; vuestra fuerza es la de diez hombres robustos, y sois tan viejo que ya debéis cargar a vuestras espaldas con más de cuatro-cientos años.

 

—Efectivamente, así es —respondí—. Nací el 16 de enero del año 737 y fui resucitado el 30 de agosto del 778.

 

—Entonces ya habéis rebasado el ecuador de vuestro quinto siglo de existencia —me respondió—, así que cuando os vengáis a dar cuenta ya habréis sobrepasado

 

102

 

los novecientos sesenta y nueve años de Matusalén. También tengo entendido que durante unos años osten-tasteis el cargo de margrave de la Marca Hispánica, para el que fuisteis nombrado por el emperador Carlo-magno. Decidme, ¿es cierto o son invenciones de ju-glar?

 

—Es cierto cuanto os han contado, mi señor —le confirmé, dándole el tratamiento de «mi señor», como correspondía a su título nobiliario.

 

—Olvidaos del protocolo y de quién sois ahora, Or-lando. El título de margrave que durante años habéis ostentado en el pasado es similar al de príncipe, es de-cir, superior al de duque. Yo solo soy un conde, por lo que os ruego que simple y llanamente me llaméis por mi nombre de pila, que es Robert.

 

En esto vimos cómo el maestro de armas se aproxi-maba hasta nosotros, después de haberle dado su visto bueno a los escuderos que se ocupaban del armero.

 

—Mi señor, las armas están preparadas y revisadas para que elijáis las que deseéis usar en la contienda.

 

—Está bien, maestro, vamos allá —le respondió el rey, al tiempo que echaba a andar en dirección al ar-mero y, tomándome por un brazo, me dirigía unas pa-labras—. Decidme, Orlando, ¿cuál es vuestra arma fa-vorita?

 

—Ninguna, señor. Como quiera que las armas cau-san más dolor y más desgracias que satisfacciones, he acabado odiándolas. Como podréis comprobar dentro de un momento, mi cuerpo está defendido contra todo

 

103

 

tipo de agresiones, ya sea ejecutada esta con un arma o con cualquier otro objeto ofensivo, pero si soy yo el que quiere agredir, cosa que no hago desde hace cuatro si-glos, prefiero usar mis manos.

 

—Curiosa manera de ver la vida, habiendo estado dedicado a la guerra durante tantos años —me respon-dió Ricardo—. Vuestra mansedumbre pondría los reinos al alcance de la mano del primer conquistador que no tuviera vuestros escrúpulos y acabaría con las ambiciones humanas, que son las que mueven el mundo, convirtiéndolo en un rebaño de borregos.

 

—Supongo que las ambiciones humanas a las que os referís son las del poder y el dinero.

 

—¿A cuáles otras, si no, podría referirme? La ri-queza lleva al poder y este eleva a la persona por en-cima de sus semejantes.

 

—Sí, eso es cierto, pero la riqueza y el poder no les garantizan la felicidad a la persona que los alcanza. ¿Qué os parecería descubrir el secreto para alcanzar el estado de felicidad suprema? Me estoy refiriendo a una forma placentera de estar y de vivir en el mundo, sin que vuestro ánimo sufra por nada ni sea perturbado por preocupación alguna.

 

—Ese debe ser el estado de ánimo que alcanzan los santos, pero no todos estamos tocados por el dedo de Dios —intervino Felipe, que había venido escuchando en silencio—. Ni siquiera el papa goza de ese estado al que os referís, prueba de ello es que esta Cruzada ya es la tercera que convoca llamándonos a los fieles a dar la

 

104

 

vida por la fe de Cristo y exhortándonos a ganar el Pa-raíso matando al mayor número posible de musulma-nes.

 

—Pues en eso el papa se equivoca —le respondí—. La vida ha sido creada por Dios y, como todo lo creado por Él, tiene carácter divino y sagrado, lo que hace que convocar una Cruzada para matar en nombre de Dios sea un doble crimen; ni siquiera un juez debería tener autoridad para condenar a muerte a un asesino, ya que la vida del homicida es tan sagrada como la de su víc-tima, y su muerte tan solo debe estar en manos de Dios. Es una aberración que un insignificante ser humano, que es menos que una mota de polvo en el Universo, pretenda interpretar que la voluntad de Dios sea qui-tarle la vida a otro hombre, ya sea en nombre de la Gue-rra Santa o de la Justicia; quien así actúa está agre-diendo al Creador. Tan solo sería aceptable causar daño, aunque sin saña y en la menor medida posible, siempre que fuera en defensa de la propia vida. La fe-licidad se alcanza mediante el ejercicio de la bondad y de la ayuda al prójimo, y a esto solo se llega a través del respeto y del amor incondicional. Si os liberáis de la querencia a las cosas materiales y os dedicáis a hacer felices a las personas que están cercanas a vos, vuestra alma no ambicionará más riquezas ni más poder del que ya tenéis; y solo entonces habréis alcanzado ese estado de felicidad que os hará merecer la gloria y el respeto de los hombres.

 

—Sabéis lo que os digo, Orlando —concluyó el rey

 

105

 

Felipe cuando ya estábamos parados ante el armero—, que equivocasteis vuestra carrera y hubierais sido un magnífico obispo y aún mejor papa.

 

—Yo no tomaré escudo, me armaré con una espada larga y una maza rígida —dijo Ricardo—. Y vos, Or-lando, ¿qué vais a elegir?

 

—Yo tomaré solo un escudo, por cierto ¿cuál de es-tos me aconsejáis?

 

—¿Solo un escudo? ¿Es que no pensáis defenderos?

 

—En el caso de que destruyáis mi escudo con vues-tra espada o con la maza, ya comprobaréis que continúo suficientemente defendido —le respondí pues, como el lector ya habrá imaginado, llevaba puesto mi traje bió-nico—. Bien, me haré con un escudo. Veo que esta ro-dela está chapada de hierro, creo que debe ser la más resistente, ¿no os parece?

 

—Sí, ciertamente es la más resistente, pero también es la más pesada —me respondió—. Pesa unas cin-cuenta libras, más del tripe que una rodela normal, ya que el espesor de la chapa de hierro que la recubre es de un cuarto de dedo11, siendo capaz de detener maza-zos e incluso lanzazos a corta distancia. Está diseñada exclusivamente para guerreros muy fuertes y robustos, para aquellos hombres que tengan fuerzas suficientes para sostenerla durante el transcurso de una batalla, aunque si es cierto que tenéis la fuerza de diez hombres,

 

 

 

11   En la Edad Media, el dedo era una unidad de medida de longitud equi-valente a la dieciseisava parte de un pie, es decir, a 17,4 milímetro. Así pues, un cuarto de dedo serían unos 4 milímetros de espesor.

 

106

 

como dice vuestra leyenda, vos la encontraréis ligera. Pero si no empuñáis un arma ofensiva me niego a lu-char contra vos; sería yo un despreciable cobarde si lu-chara contra un hombre desarmado, por muy bien pro-tegido que esté.

 

—Os pido perdón, señor, nunca estará en mi ánimo desairaros; tomaré la rodela como escudo de protección y esta daga rompe-espadas12 como arma ofensiva.

 

—¿No deberíais hacer como yo y protegeros la ca-beza y el cuerpo con una cota de malla?

 

—Creedme, señor, cuando os digo que no la nece-sito.

 

—Está bien. Vamos allá —dijo, dando media vuelta y en media docena de grandes y decididas zancadas se situó en el centro de la palestra.

 

Yo lo seguí y me situé frente a él, a tres pasos de distancia.

 

—¿Estáis preparado? —me preguntó.

—Estoy preparado —le respondí.

 

—Comencemos pues. Atacadme vos —me ordenó. Di dos pasos al frente protegido con el escudo y, al llegar hasta él y tenerlo al alcance de mi arma, alcé un poco la rodela, simulando protegerme la cabeza, y le

 

 

 

 

12   La daga rompe-espadas es una variante de la daga zurda. Aunque la daga zurda es principalmente un arma de parada, la rompe-espadas va más allá, pues no solo bloquea ataques, sino que también puede romper la hoja del arma del oponente. Su hoja está diseña en dientes de sierra destinados a atra-par y romper la hoja enemiga mediante un giro de muñeca, si bien, es nece-sario tener en los dedos una fuerza extraordinaria para lograr realizar esta maniobra con eficacia.

 

107

 

lancé con la daga rompe-espadas una puñalada al vien-tre que encontró la protección de la cota de malla que lo cubría hasta medio muslo.

 

—Buena embestida de comienzo —dijo Ricardo, algo sorprendido—. Confieso que no la esperaba.

 

Y, en diciendo esto, dio un paso hacia mí y descargó un golpe terrible de su maza sobre mi escudo, abo-llando la chapa de revestimiento y haciendo que la ma-dera de la rodela crujiera. Al tiempo que mi brazo iz-quierdo aguantaba sin inmutarse el fuerte golpe, giré mi cuerpo dando una vuelta sobre mí mismo y le des-cargué una segunda puñalada, esta vez en su costado izquierdo, que igualmente fue detenida por la cota de malla.

 

—He de reconocer que sois muy hábil en la lucha y es sorprendente la agilidad que demostráis tener con cuatrocientos años a las espaldas. Prestad atención: ahí lleváis mi respuesta.

 

Dio un paso hacia mí y descargó sobre mi escudo varios golpes de espada muy seguidos, y aprovechando que yo mantenía la rodela en alto aguantando los gol-pes, volteó por un lateral la maza que esgrimía en su mano izquierda y le descargó un segundo golpe al es-cudo que hizo que se saliera de mi brazo y volara por los aires, dejándome desprotegido. Su siguiente movi-miento fue el de lanzarle a mi costado izquierdo un golpe de plano con la espada, pero viéndolo venir, tuve tiempo de sobra para tele-portarme tres metros hacia atrás. Un murmullo de sorpresa y admiración se levantó

 

108

 

entre los capitanes que, al no haber podido ver el des-plazamiento de mi cuerpo, interpretaron que me había movido a una velocidad superior a su vista.

 

—Ahora os entiendo cuando antes hablabais de vuestra increíble rapidez de movimientos —dijo Ri-cardo—. Confieso que mis ojos no han sido incapaces de ver la rapidez con la que habéis eludido mi golpe.

 

—En cualquier caso, al descargar vuestro golpe, si vuestra espada se hubiera acercado a mi cuerpo os hu-bierais llevado una sorpresa aún mayor que esta.

 

—¿A qué sorpresa os referís? Estoy ansioso por verlo.

 

—Descargad sin temor un golpe con el filo de vues-tra espada en la parte de mi cuerpo que más os plazca. Y hacedlo con toda vuestra fuerza.

 

Así que, al invitarlo a hacer tal cosa, la agresividad y la crueldad que Ricardo llevaba en la sangre hizo que el golpe lo descargara tomando el puño de la espada con ambas manos y haciendo un giro casi completo a fin de que el filo llegara con toda la fuerza de la que era capaz. Ya sabéis que el campo de fuerzas del traje bió-nico se activa instantáneamente cuando detecta el acer-camiento de algún objeto a una velocidad que pueda causarle daño al cuerpo y que, cuanta más alta sea esta velocidad, con más fuerza es rechazado el objeto. Así que, cuando la espada se aproximó a la distancia de un codo de mi pecho, no llegó a tocar mi cota de malla, sino que escapó de las manos de Ricardo y voló por el aire en dirección a donde se encontraban los capitanes,

 

109

 

yendo a clavarse en un pie de Garnier de Nablus, el Gran Maestre de la Orden de Malta, que lanzó un au-llido desaforado de dolor al perder dos dedos de su pie izquierdo. Al ver lo ocurrido, Ricardo, aunque asom-brado y con los ojos aún brillantes por la jactancia de su gran fuerza, asió el mango de la maza con ambas manos y volvió a descargar un segundo golpe dirigido a mi cabeza, pareciendo no importarle las consecuen-cias. El resultado fue el mismo: cuando llegó a un codo de distancia de mi cuerpo, la maza rebotó como si hu-biera chocado contra una roca, saliendo despedida ha-cia atrás y yendo a estrellarse contra el almófar13 que le cubría la cabeza y la frente, lo que le hizo perder mo-mentáneamente el sentido, después de que las anillas de la cota de malla se clavaran en sus carnes, hacién-dolo sangrar y dejándole dibujada su huella en la frente para el resto de sus días. Me incliné sobre él para ayu-darlo y, cuando el sargento y los soldados de la escolta vieron a su rey tendido en el suelo, sin sentido y san-grando, se abalanzaron sobre mí y, agarrándome por las ropas, tiraron de ellas para separarme de él con tal vio-lencia que, siendo tan solo una amplia túnica la única prenda de vestir que llevaba puesta, me la arrancaron del tirón dejándome con el deslumbrante y blanquísimo traje biónico a la vista. Y, como quiera que no deseaba hacerle daño a ninguno de aquellos soldados, opté por elevarme en el aire a unos siete u ocho codos de altura.

 

 

 

13   El almófar era una capucha de malla que cubría la cabeza, el cuello y los hombros.

 

110

 

Al verme flotando, suspendido en el aire, enfundado en el muy blanco y resplandeciente traje biónico, todos quedaron perplejos y como idiotizados ante lo que para ellos era algo milagroso. Durante unos segundos, tanto los soldados como los nobles capitanes de Ricardo de-tuvieron su movimiento de avance quedando algunos de ellos paralizados, mientras que otros caían de rodi-llas pidiéndome perdón. Y, aun así, una de las ballestas que portaban el grupo de soldados se disparó y el virote fue a impactar a la altura de mi vientre, siendo recha-zado con la misma fuerza que llegó y con idéntica tra-yectoria, pero en la dirección opuesta con la que había llegado, por lo que fue a clavarse en el pecho del sol-dado que la había disparado, que cayó al suelo herido de muerte. De todo esto resultó que, tanto lo ocurrido con el rey Ricardo como con el soldado, parecía poner de manifiesto no solo mi invulnerabilidad, sino que fue interpretado como que cualquier intento de atentar con-tra mí era inmediatamente castigado por Dios, pues como ya venía ocurriendo desde hacía más de cuatro siglos, todos me tomaron por un ser angélico bajado a la Tierra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

111

 

6

 

Habían transcurrido más de cien años desde que la Iglesia católica había dejado atrás el siglo X, llamado «el siglo de la pornocracia»14 porque, durante los pri-meros sesenta años de ese siglo, la docena de papas que se sucedieron, desde Sergio III hasta Juan XII, habían sido títeres en manos de la nobleza y, sobre todo, de las prostitutas que los manipulaban; el palacio de Letrán, sede del papado, estuvo convertido en un lupanar en el que se celebraban frecuentes orgías, en las que se daban cenas pantagruélicas y tanto el papa como sus cardena-les fornicaban por los pasillos del palacio con las pros-titutas romanas, que son las que durante todo ese tiempo estuvieron dirigiendo los destinos de los católi-cos del mundo. No fue hasta el siglo XII que la Iglesia reaccionó y recuperó su autoridad, aún con más fuerza que antes si cabe, conservándola durante los siglos si-guientes, mediante la cual, argumentando que la digni-dad de un rey tenía que ser divina y concedida directa-mente por Dios, los papas se arrogaron, como vicarios de Cristo, la facultad de poner y quitar monarcas en Eu-ropa, utilizando la excomunión como arma arrojadiza sobre aquellos aspirantes a reyes que no se mostraban fieles y obedientes a los criterios políticos que dictaba

 

 

 

14   La históricamente denominada pornocracia significa «gobierno de las prostitutas» y se refiere a la forma de gobierno de los papas del siglo X, ca-racterizado por la fuerte influencia de las cortesanas en los asuntos públicos.

 

112

 

el papado.

 

Así pues, tras verse libre de los cruzados el 30 de marzo de 1191 con la marcha a Tierra Santa del rey francés Felipe II, seguido diez días más tarde por Ri-cardo I, su amante inglés, Tancredo consiguió ser al fin coronado como rey de Sicilia por el papa Celestino III, teniendo que hacer frente a las serias desavenencias suscitadas con Enrique VI, el emperador del Sacro Im-perio Romano Germánico, quien lo acusaba de ser un bastardo y le reclamaba el trono del reino de Sicilia para su esposa, Constanza, por ser esta la hija póstuma, pero legítima, del rey Roger II de Sicilia, desacuerdos estos que dieron lugar a diversos choques armados. Tres años más tarde, a la muerte de Tancredo en Pa-lermo el 20 de febrero de 1194 y sucederle en el trono el emperador Enrique y su esposa, Constanza, la dinas-tía de los Hohenstaufen se abrió paso al fin en el go-bierno del reino de Sicilia.

 

Más de cincuenta años estuve viviendo en Mesina hasta que, estando ya cansado de ser objeto de las mi-radas de los mesineses y de los muchos extranjeros que desembarcaban conociendo ya de antemano mi insólita historia y deseaban conocerme personalmente, tomé la decisión de abandonar la ciudad y mudarme a Palermo. Si bien algunas de aquellas miradas, que en verdad eran más bien pocas, estaban llenas del respeto debido a un anciano de más de cuatrocientos cincuenta años de edad, pese a que mi aspecto seguía siendo el de un hom-bre de entre treinta y cuarenta años, lo cierto era que,

 

113

 

algunas de entre ellas, me parecían que eran más bien miradas de conmiseración, tal vez por tener que sopor-tar tantos años de vida en un mundo asolado por el hambre y las guerras que no invitaba a ser vivido, pero las restantes, que venían a ser la gran mayoría de ellas, eran las mismas miradas de asombro y de curiosidad con las que se mira a los animales exóticos de un par-que zoológico. Así pues, el jueves 10 de agosto de 1245, festividad de San Lorenzo, cuya elevada tempe-ratura ambiente le hacía honor al calor de la parrilla en la que fue sacrificado el santo mártir, me mudé a Pa-lermo, la capital del reino de Sicilia cuando este trono estaba ocupado por el mismísimo emperador Federico

 

II     del Sacro Imperio Romano Germánico, que gober-naba la isla como su noveno rey, con el nombre de Fe-derico I.

 

Siguiendo mi inveterada costumbre de alejarme del centro de la ciudad y estar rodeado de Naturaleza, me compré una casa en las afueras, al este de la ciudad, por ser esta la zona más alta, desde donde podía divisar la suave y poco penetrante bahía que el Tirreno forma frente al puerto de Palermo. Era una magnífica finca de recreo a la romana, con dos plantas habitables y un jar-dín delantero, con su parte trasera dedicada a árboles frutales, y a la que vine a añadirle una nueva y amplia edificación de una sola planta, en la que instalé la sem-piterna academia que me había servido como vía de es-cape al aburrimiento y de aliciente para sentirme útil en cada una de las ciudades en las que había vivido hasta

 

114

 

entonces.

 

Fue en la mañana de un domingo de mediados de septiembre de 1249 cuando conocí personalmente al conde Filippo de Ventimiglia. Acababa el noble de salir de oír misa en la catedral cuando vino a visitarme acompañado de su primogénito Enrico, un joven muy alto de diecinueve años, de ojos grandes, glaucos y bri-llantes que contrastaban con la piel de su rostro, muy morena por exceso de sol, y con una melena de negrí-simos cabellos rizados que le caían sobre los hombros formando bucles.

 

—Conde Filippo, sed bienvenido a mi humilde casa. Me honráis con vuestra visita —fue el cumplido con el que lo saludé al recibirlo, acompañándolo de una res-petuosa inclinación de cabeza.

 

— Gracias, maese Orlando. Sé de vuestra historia y de vuestra sabiduría, tanto científica como humanís-tica, por lo que para mí también es un honor ser reci-bido por vos —me respondió, devolviéndome el cum-plido—. Este que me acompaña es Enrico, mi primo-génito.

 

—Entonces es doble el honor que entrambos me es-táis procurando —les respondí, dirigiendo esta vez una leve cabezada al hijo—. Hoy ha amanecido un día pre-cioso, soleado y con una temperatura agradable; parece que el otoño se retrasa y que el verano no quiere irse. Pasemos pues a la parte trasera de la casa que es más fresca, donde mi mayordomo nos servirá un refrigerio y podremos hablar con más comodidad.

 

115

 

Acomodados alrededor de un velador, a la sombra de un limonero, con los suelos recién regados y una al-garabía de pájaros persiguiéndose revoloteando de ár-bol en árbol, el conde Filippo dio comienzo a expli-carme el motivo de su visita con todo lujo de detalles previos.

 

—Como supongo que sabéis, dado que la noticia se ha extendido por toda Europa, los turbulentos y belico-sos acontecimientos que desde primeros de año se han venido dando en toda la Liguria en general y en Venti-miglia en particular, me han obligado a tener que acep-tar la soberanía feudal superior de la Comuna de Gé-nova, habiendo pasado a su dominio directo los territo-rios más orientales de mi condado y, al paso que van las cosas, también acabarán obligándome a tener que cederle a Carlos de Anjou, el actual conde de la Pro-venza, mis derechos sobre la zona más occidental de mi condado.

 

—Sí, conde, estoy al tanto de lo ocurrido y siento de veras que tengáis que estar pasando por todo esto —le respondí.

 

—Gracias, maese Orlando. A fin de paliar y hacer frente a tan grave contratiempo, he acordado con el conde Alduino de Geraci, al que conoceréis de aquí en Sicilia, el matrimonio entre mi primogénito, Enrico, aquí presente, y su segundogénita, Isabella, para dentro de tres años.

 

—Bendito sea Dios, al fin recibo una buena noticia

—respondí de buena gana—. Recibid ambos mi más

 

116

 

sincera y leal felicitación.

 

—Gracias, magister —me contestó el joven Enrico, adelantándose a las gracias de su padre, llamándome la atención el apelativo de «magister» que me daba y que me trasladaba a los años del Imperio romano.

 

—Hemos venido a Palermo —continuó diciendo el conde— con el fin de que los prometidos se conozcan personalmente y, ya una vez aquí, he pensado que, dado que a través de ese casamiento Enrico está lla-mado a heredar las posesiones del condado de Geraci en Sicilia, sería muy conveniente que pasara por un proceso de educación que sea puramente siciliano. Como sabéis, la Liguria se encuentra en el norte de Ita-lia, a más de seiscientas millas marinas de Palermo, por lo que toda la región genovesa está muy influenciada tanto por la cultura francesa como por la de los pueblos alpinos, que tan diferentes son de la cultura sureña ita-liana. Y, como quiera que un gobernante no solo debe conocer las costumbres, sino también saber cómo siente y cómo piensa el pueblo que gobierna, es por lo que os pido que aceptéis a Enrico como vuestro discí-pulo durante estos tres años que le restan de soltería. Deseo no solo que le enseñéis todas las materias que tan sabiamente domináis, sino que, además, lo edu-quéis para ser un buen príncipe y le enseñéis que todos sus actos deben estar presididos por la sensatez y la jus-ticia, dirigidos siempre al bienestar de su pueblo y en perfecto equilibrio con sus intereses personales, aunque sin olvidar las tan necesarias reglas que la política le

 

117

 

impone al gobernante, como pueden ser un entusiasmo que sea capaz de hacer frente a cuantos desafíos puedan presentársele, y desarrollar la astucia necesaria para re-vertir los acontecimientos y ponerlos a su favor. ¿Acep-taréis mi petición de ser su tutor durante los tres si-guientes años? Por vuestros emolumentos no debéis guardar ningún cuidado, os pagaré la cantidad que me pidáis.

 

Más de una vez he pensado que no debí aceptar aquella petición por la alta responsabilidad que repre-sentaba, pero tal vez la acepté porque vine a tomar como un desafío la educación de un joven noble desti-nado a gobernar, o quizás lo hice por romper mi sole-dad de cuatro siglos, o quién sabe si por ambas cosas a la vez, lo cierto es que así fue cómo el conde Filippo de Ventimiglia se volvió a sus territorios de Liguria a se-guir soportando aquellos levantamientos que todavía le amargarían la vida durante varios años, dejando a su hijo Enrico a mi cuidado, viviendo bajo mi techo y su-jeto a mi vigilancia y tutoría.

 

El carácter de Enrico era fundamentalmente flemá-tico, si bien de tarde en tarde tenía rasgos apasionados, sobre todo frente a situaciones de injusticia, en los que se mostraba comprensivo, compasivo y servicial, pero en su día a día se mostraba inteligente, metódico, orde-nado, individualista y poco expresivo. Podía decirse que comúnmente era frío, pero que en ocasiones le bro-taba un ramalazo de orgullo, de aspereza y de sequedad que hacía difícil su trato, prueba de esto fue que,

 

118

 

cuando en la primavera de 1252 contrajo matrimonio con Isabella de Geraci, me pidió que fuera su padrino de bodas, rechazando como tal a su propio suegro, el conde de Geraci, y se mostró inflexible sobre el templo en el que deberían celebrarse sus esponsales; mientras que el obispo Bernardo de Castagna le insistía en que debía llevarse a cabo en la nueva catedral que el obispo Gualtiero había mandado construir en 1185 sobre una antigua basílica bizantina, él prefería hacerlo en la igle-sia normanda de Monreale, fundada por Guillermo II en el año 1172, en la que se fundía el arte normando con el árabe imperante en Sicilia, alojando en su inte-rior unos impresionantes mosaicos dorados con esce-nas del Antiguo y del Nuevo Testamento.

 

Lo cierto es que, en los tres años que vivió conmigo, Enrico fue un buen conversador, que participaba en las tertulias que yo organizaba en mi academia y llenó mu-chas de mis noches de soledad, así como también fue un magnífico estudiante que no solo sacó un gran pro-vecho de todas mis enseñanzas, sino también de las de otros científicos y humanistas que frecuentaban mi casa y mi academia, entre ellos, el afamado médico Juan de Prócida, que ya de joven recibió una cátedra universi-taria y a quien Federico II, el que fuera iniciador de la Escuela Poética Siciliana, que también acudía a mi ter-tulia y que más tarde sería rey de Sicilia, rey de Jerusa-lén y emperador del Sacro Imperio Romano Germá-nico, lo nombró su médico personal, como también lo era del cardenal Juan Orsini, el futuro papa Nicolás III.

 

119

 

Juan de Prócida conocía bien los entresijos del reino pues había crecido en el seno de la burocracia Hohens-taufen y siempre fue considerado por todos, además de un gran sabio por sus grandes conocimientos médicos, como persona muy inteligente y pragmática. Y, en cuanto a Enrico, aunque después de su boda pasó a vi-vir en el palacio que le cedió su suegro, durante bastan-tes años siguió acudiendo con mucha frecuencia a mi tertulia.

 

Pasaron los años y en 1250 tuve que vivir la muerte del gran Federico, apodado por todos como «stupor mundi»15, cuando tan solo contaba con cincuenta y cinco años de edad, así como también tuve que pasar por los reinados y las muertes de tres de sus sucesores, a saber: Conrado I, que murió de malaria a los veinti-séis años; Conradino, hijo del anterior; y Manfredo, hijo de Federico, para terminar alcanzando a ver con gran tristeza cómo en enero de 1266, respondiendo a la petición de ayuda formulada por el papa Urbano IV, con la promesa de adjudicarle la corona de Sicilia, el por entonces conde de Provenza, Carlos de Anjou, her-mano de Luis IX de Francia, armaba un poderoso ejér-cito con el que debía ejecutar la orden papal de expulsar a Manfredo de los territorios del papado, debiendo con-finarlo en el sur de Italia, como represalia por haber de-rrotado, junto a los gibelinos de Siena, a los güelfos de Florencia y haber recibido el reconocimiento de los flo-rentinos como protector de la Toscana. Para desgracia

 

 

15   El asombro del mundo.

 

120

 

del mundo, el 26 de febrero de 1266, Carlos de Anjou derrotaba a Manfredo en la batalla de Benevento, la misma ciudad que mil años antes ya había sido testigo de otra batalla entre el ejército del macedonio Pirro de Epiro y las legiones romanas al mando del cónsul Ma-nio Curio Dentato. Y, no conforme con haberlo derro-tado, en lugar de expulsarlo y recluirlo en el sur de Ita-lia como le había pedido el papa, el sanguinario Carlos le dio muerte. Poco tiempo después de la nefasta batalla de Benevento, el joven nieto de Federico II —Conra-dino lo llamaba el pueblo—, con el apoyo de los gibe-linos16 italianos, después de fracasar en un nuevo in-tento de recuperar el poder al ser también derrotado por Carlos de Anjou, tuve que sufrir una nueva canallada del francés quien, después de capturarlo, ordenó que fuera decapitado sin tener la menor consideración a su juventud, pues el adolescente Conradino tan solo con-taba con dieciséis años de edad.

 

Con estas victorias, el de Anjou se convirtió en el nuevo dueño del reino de Sicilia, ganándose con sus muchos errores cometidos el odio o, cuando menos, la antipatía de los sicilianos de todas las clases sociales. A todo este malestar, hay que añadirle que el nuevo rey instauró un duro gobierno absolutista y estableció un elevadísimo régimen fiscal que vino a empeorar aún

 

 

 

16   Güelfos y gibelinos son los nombres de las dos facciones que desde el siglo XII apoyaron en el Sacro Imperio Romano Germánico, respectivamente, a la Casa de Baviera y a la casa de los Hohenstaufen de Suabia. La lucha entre ambas facciones tuvo lugar también en Italia desde la segunda mitad del siglo XII. Durante esta época, ambas facciones se disputaron el Dominium mundi.

 

121

 

más el muy alto que ya sufrían y que, cuando Carlos les exigió a los terratenientes que acreditaran sus patrimo-nios presentando los títulos de propiedad de sus casas y tierras, lo único que consiguió fue poner a toda la no-bleza siciliana aún más en su contra, dado que, al care-cer de escrituras la gran mayoría de las familias, el mo-narca decretó que aquellas tierras, casas y palacios que no tuviesen título de propiedad, junto con las de aque-llos rebeldes convictos que le habían hecho frente en su conquista, fueran confiscadas y entregadas a la nobleza francesa de la que venía acompañado en la campaña bélica. Un último agravio para el pueblo de Palermo fue que el rey decidiera trasladar el centro del poder a Nápoles, relegando a Palermo a un segundo plano.

 

A lo largo de todos estos años, mi pupilo Enrico, que había ido recibiendo los títulos nobiliarios de sus fami-liares fallecidos, hasta llegar a acumular en 1266 cuatro nombramientos de conde y tres de señor, así como el de capitán general de los ejércitos del rey Manfredo y vicario general del reino de Sicilia, fue desposeído por el de Anjou de todos aquellos títulos que dependían de su autoridad, viéndose obligado a tener que marcharse de Sicilia y refugiarse en sus feudos de Liguria. Enrico recurrió a la corona de Aragón en petición de amparo, por lo que, aprovechándose de que aragoneses y ange-vinos mantenían una larga rivalidad por ocupar el trono de Sicilia desde que algunos años atrás el infante Pedro, heredero del rey aragonés Alfonso II, había contraído matrimonio en Montpellier con Constanza de Sicilia,

 

122

 

hija de Manfredo, durante los siguientes dieciséis años estuvo intentando convencer a los reyes aragoneses de que debían anexionarse el trono de Sicilia, una vez que este enlace matrimonial armaba de derechos sucesorios a la corona de Aragón, así como ofreciéndoles también sus servicios como estratega para planificar la interven-ción militar en la isla.

 

Otro hito importante en la vida de Palermo fue la fe-cha del 30 de marzo de 1282, día en el que se inició una sangrienta revuelta, conocida como las Vísperas Sici-lianas, cuyo origen ha llegado hasta nuestros días ac-tuales en forma difusa, como una mezcla de leyenda y de supuestos hechos históricos que no han sido plena-mente confirmados, por lo que, habiendo sido yo un testigo presencial de tales hechos, procuraré arrojarle al lector algo de luz. La leyenda que ha llegado a nuestro día de hoy dice que la revuelta siciliana estalló cuando un sargento francés llamado Drouet, obedeciendo la or-den que tenía de vigilar que ningún palermitano llevara armas, estando bebido quiso registrar a una joven que se dirigía con su marido a la iglesia del Espíritu Santo de Palermo, siendo este el detonante de la rebelión y la masacre. Esta versión es la que corrió de boca en boca por las calles de Palermo aquel lunes 30 de marzo, sir-viendo de acicate a las gentes para que se unieran a le rebelión, pudiendo ser cierta en su totalidad o solo par-cialmente, ya que no es menos cierto que, en los dieci-séis años que ya llevaba Carlos de Anjou reinando en

 

123

 

Sicilia, no había pasado ni un solo día sin que los sici-lianos conspiraran en su contra, pudiendo dar fe de que esto que os digo es cierto, pues mi academia servía de centro de reunión conspiratorio para un numeroso grupo de opositores, entre los que se encontraban mi pupilo, Enrico de Ventimiglia, el médico Juan de Pró-cida, el abad Palmieri y una decena de barones agravia-dos, de los que algunos de ellos eran nacionalistas que no aceptaban estar sometidos al gobierno del francés y querían expulsar al invasor, mientras que los más eran víctimas que habían resultado perjudicados en sus pa-trimonios por las malévolas decisiones tomadas por el monarca angevino. Ya en 1279, Juan de Prócida, que por entonces se encontraba en Barcelona, se embarcó rumbo a Sicilia disfrazado de franciscano para organi-zar la resistencia; y poco después, habiéndose acordado en una de aquellas reuniones clandestinas ofrecerle la corona del reino de Sicilia al entonces rey aragonés, Pedro III, que como os he contado antes, al estar casado con Constanza, la hija del rey Manfredo, acumulaba su-ficientes méritos sucesorios para ser nombrado rey de Sicilia, fueron Juan de Prócida y Enrico los que viaja-ron a Constantinopla para convencer a Miguel Paleó-logo, el emperador bizantino, de que apoyara la causa del monarca aragonés. No debe extrañaros que se deci-diera recabar el apoyo de Bizancio ya que, por aquellos días, Carlos de Anjou se disponía a emprender la con-quista del Imperio Bizantino y se esperaba que su em-perador se mostrara receptivo a una propuesta de esta

 

124

 

naturaleza, que estaba dirigida a menguar las fuerzas del ejército angevino.

 

En definitiva, lo que vino a ocurrir aquel 30 de marzo fue que, estando el levantamiento popular coordinado de forma directa por el grupo formado por Juan de Pró-cida, mi pupilo Enrico de Ventimiglia, el Abad Pal-mieri y media docena de barones, y previsto que esta-llara el domingo 12 de abril, es decir, dos días después de que zarpara de Mesina la flota angevina con destino a Constantinopla, el lunes 30 de marzo los palermitanos adelantaron los acontecimientos cuando, en un día tan señalado como el de las vísperas al martes de Pascua, se disponían a celebrar la fiesta de il Vespro en la igle-sia del Espíritu Santo, un austero templo cisterciense situado a las afueras de la ciudad, al otro lado de la vieja muralla. El aire festivo que reinaba el día de la celebra-ción, con danzas y cantos populares por las calles, se mezclaba con el gran resentimiento que dominaba a la población por la arbitraria actuación de los franceses, que se comportaban como los dueños y señores del te-rritorio, a los que se les acusaba de continuos abusos y atropellos. Aquel día se había congregado una gran multitud en la plaza que se abría junto a la iglesia, es-tando a la espera de que las campanas del templo anun-ciaran las vísperas, y como quiera que era día de fiesta y gran parte de la guarnición francesa disfrutaba de su permiso en la calle, un grupo de soldados, alegres, be-bidos y con ganas de pasarlo bien, irrumpió en el lugar. Según se dijo aquel día, al mando del grupo de soldados

 

125

 

iba un sargento, muy altivo y petulante, que molestó a una de las mujeres más jóvenes que iba acompañada de su marido, lo que provocó la ira del esposo, quien se abalanzó sobre el francés, le arrebató la espada y lo atravesó con ella sin piedad; posiblemente al insulto re-cibido de parte del sargento debió sumarse la fuerte in-quina que la presencia francesa provocaba en los paler-mitanos. Por desgracia, cuando el resto de los soldados acudieron a socorrer al sargento ya era demasiado tarde; el militar había fallecido. La multitud que se api-ñaba en la plaza debió presentir que aquel acto era la oportunidad que estaban esperando y la interpretaron como la señal para levantarse contra el opresor. Así que, en aquel preciso momento, la masa popular enfu-recida cayó sobre el grupo de soldados y la matanza de franceses se extendió como reguero de pólvora y sin piedad por toda la ciudad.

 

Al ver el campanero del Espíritu Santo lo que estaba ocurriendo en la plaza, en lugar de tocar a vísperas tocó a rebato y echó las campanas del templo al vuelo ha-ciéndolas tañer con tal ímpetu que su sonido parecía el anuncio del tan esperado levantamiento popular. Diez minutos más tarde, las campanas de todas las iglesias de Palermo repicaban al unísono y. al grito de «¡Mue-ran los franceses!», los palermitanos, dominados por la furia, se echaron a las calles armados de hachas, ma-chetes y cuchillos. Grupos de ciudadanos entraban a saco en mesones, casas y conventos, donde asesinaban sin ninguna contemplación a mujeres, niños, hombres

 

126

 

y religiosos que no hablaran italiano con acento sici-liano. A los dominicos y franciscanos les daban una oportunidad para aclarar sus orígenes, obligándolos

 

a      pronunciar correctamente la palabra cirici, que signi-fica «garbanzos», en dialecto siciliano, ya que su pro-nunciación era muy complicada para los franceses, y aquellos que fracasaban en el intento de una correcta pronunciación eran pasados a cuchillo de inmediato.

 

Al día siguiente, Palermo amaneció teñida de rojo. Salpicaduras sanguinolentas y espesos charcos de san-gre coagulada cubrían las paredes de las casas y los pa-vimentos de las calles y las plazas de la ciudad. Más de dos mil víctimas, unas degolladas y otras que habían sido destripadas y mutiladas con rabiosa saña, yacían dispersas o formando grupos al tratarse de familias en-teras que habían sido masacradas; mujeres con la gar-ganta abierta, que antes de morir desangradas se habían abrazado al cadáver apuñalado de sus hijos, muchos de ellos aún eran bebés; ancianos que habían sido apalea-dos hasta la muerte y sus cadáveres aparecían con el cráneo abierto y la masa encefálica a la vista; y hom-bres que habían intentado defenderse de la criminal tur-bamulta y habían muerto con sus cuerpos cosidos a pu-ñaladas.

 

Aquel mismo martes, el pueblo se constituyó en Co-muna, puso a Roger Mastrangelo al frente y envió emi-sarios a las principales ciudades de Sicilia para anun-ciarles lo ocurrido e incitarlas a sumarse a la revolu-ción.

 

127

 

En pocos días, el levantamiento se había extendido a las ciudades de Corleone, Trapani, Caltanissetta, Cala-tafini y Sperlinga, si bien en estas dos últimas se res-petó la vida de la guarnición francesa, con la que la po-blación llevaba dieciséis años conviviendo sin proble-mas. En apenas dos semanas, la rebelión controlaba el centro y el oeste de Sicilia, solo faltaba convencer a los habitantes de Messina para que se unieran a la revolu-ción, pero ello no era fácil ya que, siendo un lugar es-tratégico dada su proximidad a la península Itálica, la flota angevina se encontraba anclada y fuertemente de-fendida por una numerosa guarnición, además de que los Riso, la familia más poderosa de la ciudad, apoya-ban la causa de Carlos de Anjou. Los mesineses cons-tituyeron una Comuna dirigida por un capitán y cuatro consejeros quienes, después de tres días de dudas y dis-cusiones, debatiéndose entre la cautela y la moviliza-ción, al final se impuso la solidaridad con el resto de la isla y, dado que muchos de los mesineses eran de ori-gen palermitano, decidieron sumarse a la revuelta. La gran mayoría de los hombres, así como también nume-rosas mujeres, salieron a la calle armados con dagas y cuchillos a la caza, captura y exterminio del francés. Lo primero que hicieron fue diezmar la guarnición pasán-dola a cuchillo en los cuarteles, al tiempo que asaltaban e incendiaban la flota francesa.

 

La caída de Messina fue el punto de inflexión para que Carlos de Anjou se diera cuenta de la magnitud de la revuelta y de que el problema no tenía marcha atrás;

 

128

 

si quería hacerse de nuevo con el gobierno de Sicilia debía apostar por otros caminos más diplomáticos, pero nunca por los de la imposición y la fuerza. Aquel que nunca había tenido en consideración el sentimiento na-cionalista de los isleños, ahora publicaba un decreto en el que reconocía los excesos cometidos por sus hom-bres y prohibía a sus funcionarios llevar a cabo actos como confiscar los bienes personales de cualquier ciu-dadano sin darle una justa compensación, o encarcelar a las personas sin juicio o sin causa justificada. Sin em-bargo, el pueblo siciliano, que había pasado por mu-chas mentiras y ya estaba escarmentado, prefirió la lu-cha armada. Y, como quiera que los sicilianos necesi-taran apoyos exteriores para enfrentarse a tan poderoso adversario, a poco de iniciarse la revuelta, Juan de Pró-cida acudió como embajador a Roma para solicitar el amparo papal, pero dado que el papa Martín IV era un ferviente defensor de la causa angevina se negó a apo-yar a las comunas sicilianas.

 

Al llegarle la noticia de la matanza y de la quema de su flota, Carlos de Anjou no tardó en bajar navegando desde Nápoles con su ejército y desembarcar en Mesina para, desde allí, intentar avanzar hacia el centro de la isla. Fue entonces cuando los sicilianos buscaron auxi-lio al otro lado del Mediterráneo, en el monarca arago-nés Pedro III, que como os he dicho antes se había ca-sado cuando aún era un infante con Constanza Hohens-taufen de Suabia, la única heredera legítima que aún quedaba con vida de la familia real siciliana, eliminada

 

129

 

por Carlos de Anjou cuando conquistó la isla, y por tanto con derechos sucesorios sobre el reino de Sicilia.

 

Aunque no puedo afirmarlo con seguridad, es muy probable que tiempo atrás el rey aragonés hubiera pen-sado hacerse con el reino italiano y que hubiera estado esperando el momento oportuno para llevarlo a cabo, pero lo cierto es que también llevaba bastante tiempo planeando la conquista de Túnez y que en aquellos mo-mentos su flota se hallaba frente a la costa tunecina pre-parada para dar inicio a la invasión; así pues, podemos decir que fue el azar quien le sirvió en bandeja la opor-tunidad de conquistar la Sicilia que tanto ambicionaba, dado que la posición geográfica de la isla, combinada con la de Túnez, le daría la llave del Mediterráneo.

 

Según me contó mi pupilo, Enrico de Ventimiglia, el acuerdo al que él mismo junto a Juan de Prócida, el abad Palmieri y el resto de los barones, habían llegado con Pedro III era esperar a que Carlos de Anjou iniciara la conquista de Bizancio y, cuando la flota y el grueso del ejército francés abandonaran Sicilia con destino a Constantinopla, darían comienzo a la revuelta interna para así tener ocupada a la guarnición, circunstancia que sería aprovechada por el ejército luso para invadir y ocupar la isla, pero todo esto se vino abajo cuando la impaciencia del pueblo, que desde hacía algún tiempo ya atisbaba lo que se estaba tramando y se había con-vertido en el rumor de cada día, desbarató los planes dando lugar en Palermo a los sucesos del 30 de marzo y de las semanas que le siguieron, que fueron los que

 

130

 

por sí mismos iniciaron el alzamiento y precipitaron los acontecimientos.

 

El 29 de agosto de aquel mismo año, aplazando la invasión de Túnez, Pedro III cruzó las ciento veinte mi-llas de mar Mediterráneo que lo separaban de Sicilia, desembarcó en Trapani y entró en Palermo al día si-guiente, cuando la ciudad estaba a punto de rendirse a las tropas angevinas; luego se dirigió a Mesina y le-vantó el sitio al que estaba sometida.

 

Un mes más tarde, cuando Carlos volvía a la carga al mando de una escuadra compuesta por galeras de Nápoles, Marsella y la República de Pisa, el 8 de sep-tiembre de 1282 fue interceptado por la flota aragonesa a veintiséis millas al norte de Mesina, en el golfo de Gioia, a la altura del puerto de Nicótera, entablando ba-talla ambas flotas y siendo derrotada la francesa por el almirante Pedro de Queralt i de Anglesola, a pesar de la superioridad numérica angevina, perdiendo los fran-ceses en el encuentro veintidós galeras y cuatro mil hombres, así como el control sobre el estrecho de Me-sina. El enfrentamiento de Pedro el III con el papa, pro-vocó que este lo excomulgara y coronara a Carlos de Valois como nuevo rey de la Corona de Aragón.

 

Finalmente, el 9 de noviembre de 1282, el obispo de Cefalú, desairando la voluntad del papa, coronó al ara-gonés en Palermo como Pedro I, rey de Sicilia.

 

El conflicto no terminó con la coronación de Pedro pues, para dirimir el contencioso sobre la isla, Carlos de Anjou le propuso al aragonés batirse en un duelo de

 

131

 

caballeros en Burdeos, reto que Pedro aceptó. El 1 de junio de 1283, ambos monarcas acudieron al lugar in-dicado en compañía de sus testigos y sus guardias de escolta, pero lo hicieron a diferente hora, por lo que cada uno de ellos se limitó a levantar acta de su presen-cia y declararse vencedor en conciencia.

 

A partir de la coronación de Pedro I de Sicilia, la isla quedó vinculada por siglos a la Corona de Aragón y a la monarquía hispánica. Y, cuando tres años más tarde, en 1285, murieron Pedro III de Aragón y Carlos I de Anjou, el reino de Sicilia se dividió en dos de forma permanente, la parte insular por un lado y la continental por el otro, pero como quiera los sucesores de ambos monarcas siguieron intitulándose «rey de Sicilia», al objeto de poder distinguirlos comenzamos a llamar reino de Nápoles al continental, y reino de Sicilia o reino de Trinacria17 al de la isla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

17   La trinacria es un escudo que representa una cabeza de mujer de la que salen tres piernas dobladas. Es un símbolo utilizado desde la antigüedad y difundido a Occidente por los griegos, en el que la cabeza representa al dios del sol mientras que las tres piernas representan las estaciones de primavera, verano e invierno. El símbolo de Trinacria fue adoptado como emblema de Sicilia a partir del alzamiento de las Vísperas Sicilianas, y está muy presente en la cultura y tradición de la isla. Se encuentra a menudo en banderas, escu-dos de armas, monedas y monumentos, y representa la identidad de Sicilia y su pertenencia a la cultura mediterránea y europea.

 

132

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

133

 

7

 

Fueron tantos los muertos inocentes que hubo en las Vísperas Sicilianas de aquel nefasto año de 1282 que se me quitaron las ganas de seguir viviendo en Pa-lermo. Durante los siguientes tres años, allá por donde quiera que iba no dejaba de ver teñidas de sangre las calles y las puertas de las casas que sirvieron de esce-nario a la matanza; día tras día continuaba viendo el horror de aquellos montones de cadáveres de hombres, mujeres y niños que, con sus bocas abiertas en un mudo grito de terror y sus ojos desorbitados por el horror que les había provocado la visión de la cercana presencia de la muerte, figurándoseme que fijaban sobre mí su mirada muerta acusándome de no haber utilizado mis poderes extraordinarios para salvarlos de tan triste des-tino. Así pues, en noviembre de 1285, con la temprana muerte a sus cuarenta y cinco años de edad del rey ara-gonés Pedro I, decidí continuar con el eterno destino errante que me había tocado vivir y cambiar de domi-cilio mudándome a algún otro lugar que me ofreciera algo de paz y tranquilidad y me ayudara a olvidar tanta locura y crueldad humanas como llevaba vividas.

 

Después de dudar durante algunos días qué ciudad era la que podría ofrecerme el sosiego que necesitaba, y de llegar a la conclusión de que no la encontraría en Europa, por ser un mundo donde sus gobernantes se de-batían en continuas guerras con las que darle satisfac-ción a sus ansias de riquezas y de poder, pensé que bien

 

134

 

podría encontrar la calma y la serenidad que tan ansio-samente buscaba en alguna ciudad africana que estu-viera algo más alejada de la política y la religión, ya que ambas están al servicio del dinero y son la peste de la Humanidad. La ciega fe religiosa que la Iglesia le exige a sus fieles representa la negación de la razón y del pensamiento crítico, al tiempo que es el marasmo del progreso y el germen de las guerras de religión. La política es el arte con el que el gobernante engaña a su oponente disfrazando las perversas intenciones de los potentados para los que trabaja, aplicando las políticas y dictando las leyes que los poderos les dictan y que siempre van encaminadas a favorecer el aumento de sus riquezas, de las cuales el político suele participar recibiendo la debida recompensa a sus favores. La reli-gión, al igual que la política, es el arte mediante el cual los sacerdotes se encargan de garantizarle a los mismos personajes para los que trabaja el político que sus bie-nes no les van a ser arrebatados por el pueblo, por muy necesitado y hambriento que esté, para lo cual el clé-rigo acepta la misión de mantener en la inopia a la masa popular, negándole la educación que podría despertar-los y teniendo en vilo a cada uno de los ciudadanos a lo largo de toda su vida con la terrorífica amenaza de un llameante infierno en el que su alma arderá durante toda una eternidad si no se muestra obediente a los dic-tados de la Iglesia y no conserva la fe necesaria en los dogmas religiosos. En los siglos que llevábamos de vida supuestamente civilizada, ha muerto más gente

 

135

 

por la violencia de la política y por las guerras que por muerte natural.

 

Finalmente, la ciudad que elegí fue El Cairo. Desde que, hacía ya más de un siglo, Saladino construyó la ciudadela para fortificar la ciudad, ampliándola y sus-tituyendo las viejas murallas por otras de piedra, la ca-pital no había dejado de crecer hacia el sur y el oeste con la construcción de palacios, mezquitas, madrasas, baños y fuentes públicas, así como otros muchos edifi-cios públicos que atraían a un gran número de inmi-grantes, artesanos y comerciantes. Por otro lado, hacía ya treinta y cinco años que los mamelucos habían ex-pulsado a los mongoles y a los cruzados y gobernaban el país manteniéndolo en paz.

 

Después de mi resucitación, el área del lenguaje de mi cerebro se había potenciado hasta el extremo de po-der llegar a hablar y escribir correctamente un nuevo idioma en menos de tres meses, y aunque yo dominaba a la perfección el latín y una decena de idiomas euro-peos, no conocía ni una sola palabra de las lenguas que se hablaban en Egipto, por lo que, a fin de ahorrarme un año de aprendizaje, esta vez acudí a Suriel en busca de ayuda y le pedí que alguno de sus androides políglo-tas que hablaban decenas de miles de lenguas del Uni-verso, infundiera en mi cabeza el árabe egipcio, el árabe saidi y el egipcio copto, que eran las tres lenguas principales con las que podría entenderme con casi to-das las etnias del territorio egipciano sin tener que verme obligado, durante el tiempo que me llevaría

 

136

 

aprenderlos de viva voz, a tener que invadir telepática-mente el cerebro de algún ciudadano, sin contar con su permiso, para comprender lo que me estuviera diciendo o para hacerme entender transmitiéndole yo algún pen-samiento.

 

El lunes 11 de diciembre de 1285, después de vender todas mis posesiones en Palermo, me embarqué en una galera que iba con destino a Alejandría transportando un cargamento de cobre y volvería al puerto de Ostia cargada de esclavos, perfumes de Arabia, alfombras de Persia y sedas de la China. Como de costumbre en cada mudanza, viajaba yo con un equipaje de seis grandes baúles en los que, al haber dejado de dar clases de es-grima, yo no transportaba armas y tan solo llevaba mis ropas europeas y mi inveterada colección de libros, en-tre los que aún conservaba los mismos que hacía ya más de quinientos años transporté en mi primer tras-lado. Pese a que viajaba en uno de los peores meses del año para navegar por el Mediterráneo, la mar se man-tuvo serena y el viaje fue bastante tranquilo. Aún no había amanecido cuando el domingo 17 de diciembre divisamos a gran distancia la luz del faro de Alejandría, pudiendo comprobar al llegar al puerto que, aun es-tando muy dañado y condenado a una destrucción total al haber sufrido los estragos de varios terremotos, el enorme edificio de más de trescientos codos de altura aún cumplía a la perfección con su función de ayuda a la navegación, reflejando con un gran espejo la luz del sol durante el día, y durante la noche la de una gran

 

137

 

fogata en la que se quemaba alquitrán, por ser la ma-dera muy escasa en el delta del Nilo.

 

Siendo muy sensibles los egipcios a los títulos nobi-liarios, me presenté en Alejandría como el conde Or-lando de Aquitania, que viajaba a Egipto por placer y estaba muy interesado en conocer su riquísima historia y sus maravillas, por lo que llegaba en disposición de vivir en El Cairo una larga temporada.

 

Tres días estuve hospedado en una posada de Ale-jandría, durante los cuales pude ver cuánto de intere-sante se podía ver de los restos antiguos de la mítica ciudad fundada por el gran Alejandro Magno hacía ya más de mil seiscientos años.

 

El tercer día de mi estancia en Alejandría apalabré con el carretero Zaid el alquiler de su carreta y antes del amanecer del cuarto día, el miércoles 20 de diciem-bre, cargué en ella mis baúles y siguiendo un camino paralelo a la costa, nos dirigimos a la ciudad portuaria de Rashid18, donde vierte sus aguas al mediterráneo el brazo más occidental y más caudaloso de los que for-maban el gran delta del río Nilo por entonces. El sol ya se ocultaba cuando llegamos a Rashid y, una vez allí, embarqué en la embarcación del barquero Omari, una

 

 

18   La antigua ciudad de Rashid es la actual Rosetta, localizada a sesenta y cinco kilómetros al estenordeste de Alejandría. Su actual nombre le fue dado por las tropas napoleónicas, y es famosa porque en ella se descubrió en 1799 la Piedra de Rosetta, que le permitió a Champollion descifrar la escri-tura jeroglífica egipcia al tratarse de una estela que tenía grabado un decreto del faraón Ptolomeo V escrito en tres escrituras distintas: jeroglíficos egipcios en la parte superior, escritura demótica en la intermedia, y griego antiguo en la inferior.

 

138

 

esas barcazas que no tienen más de veinte codos de es-lora y cinco o seis de manga, en las que los egipcios transportan por el Nilo alimentos, enseres y toda clase de materiales, y en cuya popa ardía un infiernillo en el que se estaba cocinando algo que olía a gloria.

 

—Buenas noches, capitán Omari —saludé al bar-quero en el correctísimo y culto árabe egipcio que el androide multilingüe de Suriel había infundido en el área del lenguaje de mi cerebro, devolviéndome el hombre una amplia sonrisa al oírme, que me hizo dudar si era porque pronuncié la frase sin ningún acento ex-tranjero o quizás su sonrisa evidenciaba la gran ilusión que le hizo el que lo llamara «capitán»—. Eso que está cocinando huele muy bien, ¿qué es?

 

—Es un estofado de cocodrilo, señor —me respon-dió muy ufano—. Nadie en el Delta sabe guisarlo mejor que yo.

 

—¿Cocodrilo?, pero ¿ese animal se come?

 

—¿Qué si se come? En vuestra vida habréis probado una carne más exquisita.

 

Pese a que podía comer alimentos sólidos, aunque mi cuerpo no los necesitara, y ya llevara cuatro siglos que prácticamente me alimentaba de unos cuantos va-sos de agua cada día, siendo contadas las comidas que había hecho durante este tiempo en celebraciones even-tuales, mi memoria gastronómica permanecía aún in-tacta y el aroma de un buen estofado seguía estimu-lando mis sentidos y haciéndome salivar.

 

—Espero que me invitaréis a probarlo —le dije.

 

139

 

—Naturalmente, mi señor —me respondió con afa-bilidad—, sabía que llegaríais tarde y que a esta hora vendríais hambriento. Lo he cocinado especialmente para vos. Os estábamos esperando y ahora mismo co-meremos todos de la misma cazuela.

 

—Ah, muchas gracias, capitán, sois muy amable. Al decir «comeremos todos» se estaba refiriendo a

 

él, a mí y a los marineros Ode y Hasani, las dos únicas personas que lo acompañaban como tripulación.

 

Debo reconocer que el capitán Omari llevaba razón: un estofado de carne de cocodrilo es un manjar de dio-ses, sobre todo si iba acompañado de todas aquellas ri-quísimas verduras que la inmensa y fértil huerta que es el delta del río Nilo les proporciona a los egipcios.

 

Aquella noche dormimos en la cubierta de la bar-caza, junto al infiernillo, que fue bien cargado de leña por el marinero Ode para combatir la humedad noc-turna del Delta. Bueno, quizás debería decir que ellos tres durmieron, ya que yo estuve una hora con los ojos cerrados y el resto de la noche fingiendo que dormía o paseando por la cubierta.

 

Ver amanecer en el delta del Nilo era todo un espec-táculo de la Naturaleza que rayaba en lo divino. No es de extrañar que los egipcios adoraran al dios Ra, la en-carnación del Sol, pues la primera impresión que se tiene al ver aparecer al astro rey por el horizonte y ele-varse sobre la gran llanura verde que forma el Delta del Nilo, es que tanto el diámetro aparente del disco solar como su brillo cegador son el doble de los que se ven

 

140

 

en cualquier otra parte del mundo. Desde el mismo ins-tante en que da inicio el orto, notas en tu cara y en los dorsos de tus manos su intensísimo calor y tienes la sensación de que sus rayos penetran en el interior de tu cuerpo y te invade su energía vivificadora. Y, a conti-nuación, tienes la suerte de contemplar el milagro de la vida, al ver cómo se despiertan los colores y los aromas campestres, y de asombrarte admirando el diario rena-cer de toda la vida en el Delta. De repente, el aire se llena de una algarabía de píos, trinos, gorjeos y otros cantos de millones de pájaros de todas las especies; una muchedumbre volátil llena el espacio, unos cruzando los cielos aleteando y otros zancajeando las riberas en busca de ranas, roedores y pequeños peces, mientras que los majestuosos cocodrilos, alineados en las orillas, reposan calentando sus ateridos cuerpos puestos de cara al sol, con sus temibles fauces abiertas a fin de que los reparadores rayos solares penetren en el interior de sus gargantas y les proporcione la energía necesaria para su cacería diaria.

 

Con este amanecer del jueves iniciamos nuestro viaje fluvial. Estuvimos navegando todo el día en di-rección al sur, ascendiendo río arriba hasta que, ya ano-checido y gracias al gran conocimiento que el capitán Omari tenía del curso de aquel brazo de río, alcanza-mos la ciudad de Damanhu, donde intenté pernoctar en una cabaña situada al margen derecho del río, tenién-dola que abandonar casi enseguida y volver al barco, junto al infiernillo, huyendo de un ejército de pulgas,

 

141

 

mosquitos y garrapatas que estaba dispuesto a celebrar un banquete con mi cuerpo; era preferible soportar el ajetreo del barco que, aunque estaba amarrado, no pa-raba de moverse por la fuerte corriente fluvial, que ser comido vivo por aquella marabunta alada y saltarina.

 

El viernes amaneció con algunas nubecillas, que no tardaron en desaparecer, y el viento, que en el Delta suele soplar casi de forma permanente desde el Medi-terráneo, hinchó las velas y la barcaza continuó nave-gando rumbo al sur, en dirección a El Cairo. De cuando en cuando nos cruzábamos con otras barcazas que transportaban gran diversidad de cosas: unas iban car-gadas de cal, arena y ladrillos para la construcción; otras se dirigían a los mercados abarrotadas de frutas y verduras; y otras navegaban atestadas de animales do-mésticos como vacas, cabras y ovejas, que serían sacri-ficados y descuartizados en el mismo mercado, a la vista de los compradores.

 

Era mediodía cuando nos sentamos a comer y, pese a que el capitán Omari era un buen cocinero y dispo-níamos de otros platos para elegir, como eran un riquí-simo plato de habas, al que llaman ful medames, que suelen consumirlo en las primeras horas del mediodía, y un exquisito guiso de albóndigas al que llaman kofta, todos preferimos acabar con el estofado de cocodrilo que había sobrado del día anterior. Y entonces vino a ocurrir que, cuando terminamos de comer, el marinero Hasani recogió los platos y, al asomarse por la borda con la intención de vaciar las sobras en el río para que

 

142

 

sirvieran como alimento a los peces, un enorme coco-drilo, que al parecer había venido siguiendo de cerca la embarcación, surgió de las aguas, atrapó en sus fauces un brazo del marinero y lo arrastró a las profundidades. Yo, al presenciar el ataque, reaccioné lanzándome al agua tras él y, pese a que las aguas del Nilo bajan tur-bias por el limo que arrastran, pude ver al saurio nadar hacia el fondo del río con su presa en la boca. Pudiendo respirar bajo el agua a través de mi traje biónico, lo se-guí nadando con pies y manos a toda la velocidad de la era capaz y no tardé en alcanzarlo. Al llegar hasta él, lo agarré por el cuello en un fuerte abrazo y nadé impul-sándome con los pies arrastrándolo hacia la superficie. Ni que decir tiene que la velocidad y la fuerza natatoria de mis piernas era muy superior a la de la cola de aque-lla bestia y, cuando tan solo había transcurrido un es-caso minuto, el capitán Omari y el marinero Ode me vieron aparecer abrazado al cocodrilo para, a continua-ción, ver con gran asombro cómo le abría a la bestia con ambas manos sus poderosas mandíbulas y liberaba el brazo del aterrorizado Hasani, que nadó hacia la bar-caza a la mayor velocidad que le permitían las heridas y magulladuras que aquella fiera le había provocado en su brazo. Luego liberé al animal de mi abrazo, que se sumergió y huyó hacia el fondo del río, para a conti-nuación elevarme en el aire hasta unos seis o siete co-dos sobre el agua y volar hasta posarme sobre la cu-bierta de la barcaza. La profunda herida abierta que las fauces del cocodrilo habían provocado en el brazo de

 

143

 

Hasani, sin llegar a romper el hueso, necesitó que le aplicara un poco de un ungüento que tiempo atrás me había dado Radix, el médico uriati, cerrándose y sa-nando en tan solo media hora sin dejar siquiera ni la menor señal de una cicatriz.

 

La mezcla de sorpresa, mezclada con la de miedo y admiración que se reflejaba en los rostros del capitán Omari y de sus dos marineros, rayaba en lo grotesco y movía a risa; los tres se habían quedado alelados, con los ojos muy abiertos, casi desorbitados por el estupor, con las mandíbulas descolgadas, sus labios inferiores caídos, y algún que otro hilillo de baba colgando de sus comisuras, parecían estar contemplando algún truco de magia o un número de prestidigitación de un mago de feria. Y, para colmo, cuando me quité mis empapadas ropas y me quedé cubierto tan solo con el luminosa-mente blanco, brillante y ajustado traje biónico que, al destellar los rayos del sol parecía que tuviera luz pro-pia, los tres cayeron de rodillas y dieron con sus frentes en la cubierta del barco.

 

—Alzaos, por favor, no soy ninguno de vuestros dio-ses —les dije—. Tan solo soy un hombre que está al servicio de los dioses de la Luna y goza de sus favores.

 

Se alzaron tímidamente, sin atreverse a mirarme a los ojos, y durante algunos segundos se quedaron de pie frente a mí con la mirada clavada en el suelo. Al fin, el capitán Omari, levantando lentamente la cabeza y se dirigió a mí en un tono que denotaba un cierto temor.

—¿Los dioses de la Luna, dices? Esta noche no has

 

144

 

dormido nada, cada vez que me desperté te vi paseando por la cubierta y, sin embargo, hoy estás tan fresco como si hubieras descansado durante toda la noche. Solo un dios no necesita dormir, ¿acaso eres un hijo de los antiguos dioses, Isis y Osiris, y hermano de Horus?

 

—No, Omari, estos a los que me refiero son otros poderosos dioses cuya morada está en la Luna y son los encargados de proteger la vida en nuestro planeta Tie-rra.

 

—¿Proteger la vida?, ¿qué peligros puede correr la vida?

 

—Son muchísimos y muy graves los peligros que amenazan nuestro planeta, Omari. Además de algunos que no son visibles para el ojo humano, hay grandes rocas, como los cometas, que son de tan grandes como montañas y viajan a velocidades tan inimaginables que si caen sobre nosotros pueden destruirnos para siempre convirtiéndonos en un planeta muerto.

 

—Los musulmanes creemos que es Alá quien se en-carga de protegernos; los cristianos dicen que es Jehová quien lo hace y los judíos que es Yahvé.

 

—Sí, lo sé, Omari. Los tres dioses que has mencio-nado son la misma persona con distinto nombre. ¿No crees que, si de verdad este mismo y único Dios con tres nombres distintos protegiera la vida sobre la Tierra, hubiera impedido que los hombres se mataran entre sí en las nueve guerras de religión, a las que hemos lla-mado Cruzadas, que hemos tenido en los últimos dos-cientos años, sobre todo siendo estas tres religiones tan

 

145

 

idénticas entre sí, con los mismos o parecidos dogmas y preceptos, y en las que en definitiva solo se discute por el nombre que cada uno le da a ese dios?

 

—Es el dios cristiano el que no respeta la vida, pues han sido los papas quienes, en su nombre, han promo-vido esas nueve guerras en las que han muerto más de cinco millones de personas. De todas formas, parece muy lógico todo lo que dices, pero no sé qué otra cosa contestarte. Los sacerdotes de las tres religiones dicen que, aunque no pueden demostrar nada de lo que afir-man sobre Dios y muchas de esas afirmaciones aparen-tan no tener lógica ni sentido alguno, pareciendo que han sido dichas por un loco o por un visionario, debe-mos tener fe en que sus palabras son verdaderas.

 

—¿Sabéis lo que pienso de las guerras? Que la de-fensa de la fe, de la religión y de la verdad tan solo son excusas y que la verdadera y única razón de las guerras son el egoísmo, las ansias de poder, el saqueo y el en-riquecimiento ilícito.

 

El resto de la tarde transcurrió en una navegación tranquila y sin sobresaltos, en la que de cuando en cuando el capitán Omari o el marinero Ode, interrum-pían lo que estuvieran haciendo para tomar el brazo de Hasani y volverlo a mirar con asombro, pasándole los dedos una y otra vez sobre lo que antes había sido una profunda herida abierta que había llegado hasta el hueso y ahora era piel sana, sonrosada y sin señal al-guna de cicatriz.

Cuando alcanzamos el gran puerto de El Cairo, el

 

146

 

disco solar ya rozaba por el poniente las cumbres de las elevadas dunas de El Sheikh Zayed. Fue el propio ca-pitán Omari quien bajó a tierra y buscó un carretón de alquiler en el que cargar mis baúles; y a la hora de la separación los tres marinos se inclinaron ante mí, sin atreverse a tocarme, como si en verdad creyeran que se estaban despidiendo de un hijo de la diosa Isis y del poderoso dios Osiris, pero yo los atraje hacia mí y les di un abrazo a cada uno de ellos; luego, el capitán le ordenó al carretero que me llevara a Casa Hasán, la me-jor hospedería de la capital egipcia; subí al pescate del carretón y, tras restallar el cochero su látigo en el aire, la pareja de obedientes y fuertes caballos árabes se pu-sieron en marcha y nos internamos entre las sombras de la noche cairota que ya envolvían a la gran ciudad.

 

La hospedería de Hasán era un antiguo palacete egipcio con unos quinientos años de antigüedad, de la época del califato Omeya. Disponía de unas veinte ha-bitaciones y, realmente, todo en ella, miraras a donde miraras, ponía de manifiesto el lujo y la belleza de los que solían rodearse los califas. Tan solo tuve necesidad de estar hospedado durante una quincena, pues ya al quinto día encontré una magnífica casa que se encon-traba en venta, situada a espaldas de la vieja mezquita de Amr ibn al-As, la primera que fue construida en toda África, levantada en el año 641, a poco de acometerse la conquista árabe musulmana de la región. En diez días la amueblé, corregí algunos detalles de construc-ción de poca importancia y el sábado 12 de enero de

 

147

 

1286, después de contratar a un mayordomo y a ocho personas para el servicio doméstico, abandoné la hos-pedería de Hasán y me mudé a mi nueva casa egip-ciana.

 

Lo primero que hice el lunes fue solicitar una audien-cia con Qalawun, el sultán mameluco suní que llevaba siete años gobernando Egipto y ya contaba con sesenta y cuatro años de edad, habiéndose destacado como un eficiente guerrero que había participado en numerosas campañas militares; desbaratado una importante inva-sión mongola en 1281; y conquistado algunas de las es-casas plazas cruzadas que aún existían en el Levante mediterráneo.

 

Tuve que esperar algo más de tres semanas para que el sultán Qalawun me recibiera, y fue durante la entre-vista que se me desveló la razón de tanta tardanza. Al parecer, el sultán ya conocía mi existencia y le habían llegado algunas noticias de mi asombrosa historia por lo que, antes de recibirme, quiso tener una información completa de mi persona. Tengo que confesar que sentí una gran admiración y mi vanidad halagada cuando descubrí que mi historia había llegado hasta el lejano Egipto y que el servicio de información del sultán la conocía al detalle.

 

El jueves 7 de febrero amaneció nublado. Salí de casa una hora después de amanecer y fui dando un largo paseo por la orilla del Nilo, bordeando el viejo barrio de Al-Manial. Cuando llegué al palacio real la guardia de la puerta ya estaba avisada de mi llegada y fue el

 

148

 

propio oficial de guardia quien me acompañó al gabi-nete de trabajo del mayordomo del sultán que también me esperaba. Después de recorrer un laberinto de pasi-llos y varias salas lujosamente amuebladas y bella-mente decoradas, el mayordomo me llevó hasta el salón del trono, a presencia del príncipe mameluco.

 

Sayf al-Din Qalawun era un hombre de aspecto im-ponente, muy alto y de proporciones atléticas. Sus grandes ojos, de un color azul muy intenso, un rasgo fisonómico característico de los mamelucos, se clava-ban en los de su interlocutor con la fuerza y la fijeza de la mirada del miope, destacaban en un rostro ovalado y de facciones delicadas; su abundante cabellera, así como su larga y espesa barba, antes rubias doradas y ahora de un blanco plateado, luminoso y brillante, que lo revestía de un majestuoso porte patriarcal. Se con-taba de él que, habiendo sido hecho esclavo siendo ya adulto, era tan atractivo que un rico y enamorado co-merciante llegó a pagar por él mil dinares, lo que le va-lió el sobrenombre de al-Alfi (el de los mil).

 

Una vez que el mayordomo del palacio me presentó al sultán y, a una indicación de este, me hubo acomo-dado sobre unos cómodos cojines de seda en la gruesa y extensa alfombra que cubría el suelo, mientras que el monarca permanecía sentado mayestáticamente en su trono, situado cinco peldaños más arriba, en la cima de una escalinata, quedando mi cabeza a la altura de sus pies, como ordenaba el protocolo.

 

—Orlando, no debemos comenzar esta audiencia sin

 

149

 

que antes me aclaréis si la historia que me han contado de vuestra vida es cierta o son habladurías y exagera-ciones de las gentes —me dijo el sultán en lengua túr-cica, que pude entender, más por telepatía que por co-nocer yo algo del idioma turco, sin saber en aquel mo-mento si Qalawun era un negado para el aprendizaje de nuevas lenguas o era uno más de los sultanes mamelu-cos que se habían negado a adoptar el árabe como len-gua oficial de su reino.

 

—Mi señor, no sé qué historias os habrán contado sobre mí, pero os advierto que la mayoría de las cosas que se cuentan de mi vida son inventadas por la fantasía popular.

 

—Me han contado que ya tenéis más de quinientos años de edad, por lo que sois considerado como inmor-tal, y que disfrutáis además de unos maravillosos pode-res, como el de volar, el de moveros a una velocidad que escapa a la que puede percibir la vista humana, o el de tener la fuerza física de veinte hombres robustos. Y, lo último y más reciente que me han contado de vos es que, viniendo navegando en una barcaza hacia El Cairo por el canal de Rashid, habéis rescatado a un marinero de las mandíbulas de un gigantesco cocodrilo abrién-dole sus fauces con vuestras propias manos y habéis obrado el milagro de curar instantáneamente sus heri-das sin que le queden cicatrices. Decidme, ¿son ciertas estas cosas o son charlatanerías de las gentes?

 

—Si bien hay muchas cosas que se dicen de mí y no son ciertas, estas que en concreto habéis mencionado

 

150

 

son rigurosamente ciertas, mi señor.

 

De nuevo tuve que recurrir a la falsa historia que un día me vi obligado a improvisar, y volver a contar que un ya lejano día me mató un tigre en Bengala durante un terremoto y que fui resucitado y curado de mis heri-das con una poción de una hierba que era desconocida para el resto del mundo y que me fue administrada por el brujo de una tribu local bengalí.

 

—Sí, ciertamente esa historia coincide con la que me han contado mis informadores. ¿Conocéis el nombre de esa tribu y de esa hierba?

 

—Ellos se llamaban a sí mismos la tribu de los asho, y a la hierba le daban el nombre de rhastú, pero por más geógrafos y herbolarios a los que les he consultado, ninguno los conoce por esos nombres.

 

—Y, ¿sabríais llegar de nuevo hasta aquella tribu?

 

—No, mi señor, eso es materialmente imposible. Fui recogido en el mismo lugar donde me mató aquel tigre por un grupo de nativos ashos que viajaban de regreso a su aldea. Durante dos días, transportaron mi cadáver hasta su aldea a través de una espesa selva y, después que me rescataron de la muerte, estuve durante varios días en un estado de agotamiento y de aturdimiento que me tuvo sumergido en una especie de sopor. Como en una nebulosa, los oía hablar en una lengua incompren-sible para mí, y cuando consideraron que estaba fuera de peligro y que ya había recuperado suficientes facul-tades físicas y mentales para valerme por mí mismo, me hicieron cruzar de nuevo la selva y me dejaron en

 

151

 

el mismo lugar donde me habían encontrado. Siempre tuve la impresión de que aquellos hombres, aislados en aquella inmensa e impenetrable selva, evitaban el con-tacto con el mundo exterior, como si quisieran mante-nerse a salvo de toda contaminación externa. Ni en cien años podría yo encontrar el lugar dónde se asentaba su pequeña aldea, en mitad de una selva en la que todos los árboles me parecían iguales.

 

En aquel momento, Qalawun se levantó de su trono y yo comencé a levantarme también, pero me hizo se-ñas de que continuara sentado; bajó los peldaños y se sentó sobre otros cojines, a la escasa distancia de tres o cuatro codos de donde yo me encontraba.

 

—Es una verdadera lástima —concluyó visible-mente defraudado, al tiempo que tomaba asiento, pues al igual que cualquier otro humano el sultán quería vi-vir eternamente—. De haber tenido ocasión de tomar esa poción y si hubiera causado en mí el mismo efecto que en vos, juntos podríamos haber creado un imperio que hubiera dominado el mundo entero durante miles de años.

 

—No creáis tal cosa, mi señor, la realidad hubiera sido muy distinta a la que imagináis.

 

—¿Por qué decís eso?

 

—Porque veo que no os habéis parado a pensar que el apego que los humanos le tenemos a la vida se debe a que esta es corta y a que estamos irremisiblemente condenados a perderla. Llevo viviendo más de cuatro siglos y os puedo asegurar que, cuando se ha adquirido

 

152

 

la inmortalidad, el paso del tiempo hace cambiar el co-lor de la vida y ya no la vemos como cuando tenemos cincuenta o sesenta años. Cuando dejamos de sorpren-dernos porque ya lo hemos vivido todo; cuando no existe nada que sea capaz de asombrarnos; cuando co-nocemos todas las respuestas; cuando ya no vivimos nada nuevo y la existencia se nos hace enojosamente iterativa, llegamos a un punto en el que la vida puede convertirse en un infierno. Creedme, mi señor, la vida puede llegar a ser tan insufrible que deseemos escapar de este mundo pidiendo la muerte a voces y no poda-mos suicidarnos porque somos inmortales.

 

—Sí, creo que lleváis razón. Tengo sesenta y cuatr años cumplidos y hay ocasiones en las que a mí la vida no me parece un placer sino un castigo. A veces me pregunto qué sentido tiene que lleguemos desnudos a este mundo sin haber pedido venir a él y sin que nadie nos haya consultado antes, para que durante los años que existimos estemos padeciendo enfermedades y lu-chando por conseguir poder y riquezas, y que un día desaparezcamos sin podernos llevar nada de lo que he-mos conseguido con tanto esfuerzo a donde quiera que esté ese el lugar a donde van los que han fallecido, si es que existe algún sitio a donde ir después de muertos.

 

—Tanto vuestra religión islámica como la mía cató-lica afirman la existencia de un Dios creador de todo lo existente, así como la de un Paraíso y la de un Infierno, pero ninguna de ellas puede demostrar que esto sea cierto; las dos recurren al tópico de que, si todo tiene

 

153

 

un principio, debió haber un momento en el que no existía nada de lo que ahora existe, por lo que alguien tuvo que haberlo creado, y ese alguien es un Dios que ha existido siempre. Naturalmente, si aceptamos que todo tiene un principio, Dios también debió tenerlo y la pregunta inmediata es ¿quién creó a Dios? Si la res-puesta a esta pregunta es que Dios no tuvo principio y existió desde siempre, también el Universo puede ha-ber existido desde siempre, por lo que ambos, Dios y el Universo, bien podrían ser la misma entidad.

 

—Ese razonamiento es de una lógica aplastante, pero dado que la función de investigar la realidad del mundo que nos rodea es de la Ciencia, poco nos debe importar si la religión acierta o no a decir la verdad. Averiguar si el Universo ha existido desde siempre o si ha sido creado por algún taumaturgo en seis días es la-bor de los científicos, no de los sacerdotes; es por esto que yo siempre digo que al Pentateuco le sobra el libro del Génesis. La función de la religión debe ser pura-mente social, debiéndose limitar tan solo a dictar el modo de vida que han de llevar los ciudadanos. Tanto en el islam como en el catolicismo, el poder eclesiás-tico es un excelente auxiliar del gobernante. Con la amenaza de un Infierno y la promesa de un Paraíso, los sacerdotes conminan a los creyentes a tener fe ciega en sus dogmas y a ser dóciles y obedientes a las decisiones de los poderes fácticos; también los reafirman dicién-doles que el trabajo es una forma de redención de los pecados, por lo que aquellos que se quieren redimir de

 

154

 

cualquier falta laboran con más ahínco, de lo cual se beneficia el terrateniente para el que trabajan. Conven-cido el indigente de que su pobreza es el camino que le conducirá al Cielo, los gobernantes podemos llevar a cabo nuestra labor sin obstáculos y sin correr el riesgo de rebeliones populares. Esto es para lo único que sir-ven los credos religiosos, jamás nos resuelven las dudas y las inquietudes que tengamos sobre el mundo que nos rodea a los que no llevamos puesta en los ojos la venda de la religión. Con independencia de este auxilio que nos da el poder religioso, es labor de un buen gober-nante conseguir un perfecto equilibrio entre el amor y el miedo que le ha de inspirar a su pueblo.

 

—No os entiendo, ¿qué queréis decir?

 

—Digo que, si un monarca quiere tener un reinado feliz, debe ser lo suficientemente temido para mantener el orden y lo suficientemente amado para ganar la fide-lidad de sus súbditos. Sobre ese equilibrio se funda-menta un buen gobierno. Pero, hablando de otra cosa, decidme, Orlando, vos que habéis vivido tanto, ¿creéis que la vida tiene un sentido distinto para cada uno de nosotros y que cada hombre tiene escrito un destino?

 

—No, no lo creo. Por lo que llevo vivido y estudiado, me ha parecido comprobar que todo lo que vemos y to-camos es la energía del Universo condensada. Creo que nada en este mundo existe con un fin determinado de antemano, que lo único que ocurre es que la materia cambia continuamente de forma y a esos cambios los hombres les damos libremente la interpretación que

 

155

 

mejor nos cuadra con nuestros deseos. Creo que la vida nace y se desarrolla por puro azar, que tanto el origen de la Vida en el Universo como el nacimiento de cada uno de los seres que lo pueblan, así como cada uno de los sucesos que ocurren a nuestro alrededor son exclu-sivamente producto de la casualidad. Nada de lo que proyectemos a medio y largo plazo resultará como hu-biéramos deseado; solo podemos provocar aconteci-mientos premeditados dentro de un plazo inmediato, en cuanto trascurre un cierto tiempo, los hechos que ha-bíamos previsto se ven influidos y transformados por otros agentes externos que son producto de lo casual. Os lo advierto, mi señor. No tratéis de encontrale a vuestra vida más sentido que el vos mismo le hayáis dado porque, si os defraudáis llegando a la conclusión de que vuestra existencia es absurda, que no tiene nin-gún sentido y que discurre de acá para allá, llevada por los acontecimientos que ocurren a vuestro alrededor como una hoja de otoño que es llevada por el viento, corréis el peligro de enloquecer, o peor aún, de suici-daros si descubrís que todo aquello por lo que habéis luchado es tan solo una ilusión. El hecho de que la vida no tenga un sentido universal no quita para que vos en-contréis una justificación y vuestra propia razón parti-cular para vivirla, así como que encontréis placer en vi-vir determinados momentos y los disfrutéis. El que crea que ha venido a este mundo para llenarse de conoci-miento, será feliz estudiando; y quien crea que la feli-cidad está en la creación y contemplación de la belleza,

 

156

 

encontrará la felicidad dedicando su vida al arte. Aquel que alcanza a comprender que nada tiene sentido, que todo es casual, que acepta de buen grado e incluso llega a disfrutar de esos avatares de su vida que lo van lle-vando de un lado a otro, como esa hoja al viento, no os quepa duda alguna de que será un hombre feliz y, si por añadidura descubre cuál es la actividad que llena más plenamente de satisfacción su alma y se dedica a ella con pasión, será doblemente feliz.

 

—Orlando, he visto morir a muchas personas y he podido comprobar en todas ellas que la muerte relaja y beatifica la expresión de sus rostros. Esto siempre me había llevado a pensar que en el breve instante que si-gue a nuestro fallecimiento, quiero decir cuando nues-tro corazón ha detenido su marcha y nuestros sentidos han abandonado nuestro cuerpo y nos han desconec-tado del mundo exterior, debemos ser conscientes de que hemos expirado y que, en nuestro último hálito de vida, al fin se nos revela cuál ha sido el sentido de nues-tra existencia, y que este conocimiento debe tranquili-zarnos, pero lo que vos me estáis diciendo es que pierda toda esperanza de llegar a ese conocimiento, ya que nuestras vidas no están predestinadas.

 

—Lo que os digo es que tan solo somos dueños de ir acomodando nuestra vida a cada una de las eventuales alternativas que los acontecimientos nos vayan presen-tando en cada momento; que la vida se vive momento a momento, circunstancia a circunstancia, sin que exista un plan preconcebido para ellas. Estad seguro de

 

157

 

lo que os digo, mi señor, no os quepa la menor duda de que, al ser el azar quien rige los eventos que ocurren a nuestro alrededor y al estar todos los avatares de nues-tra vida sujetos a lo contingente, la existencia de un destino personal se hace totalmente imposible.

 

—Entonces, ¿qué me decís de mis oráculos y adivi-nos, a los que consulto con frecuencia? ¿Acaso me es-táis diciendo que mis astrólogos me mienten o que se burlan de mí?

 

—No, mi señor, no es eso los que os digo. Cuando os digo que todo lo que ocurre a nuestro alrededor es fruto del azar y que nadie tiene un destino escrito de antemano por ningún dios, también os estoy diciendo que lo único predecible son las leyes físicas que rigen el Universo, ya que estas son inmutables; si sostenéis un objeto en vuestras manos y lo soltáis, tened por se-guro que la ley de gravitación hará que caiga y se es-trelle contra el suelo. Seguro estoy de que vuestros adi-vinos actúan de buena fe creyendo de verdad que sois sultán de Egipto por la voluntad de Dios, no porque ca-sualmente habéis nacido en una noble cuna y también casualmente se han dado las circunstancias que os han llevado al trono de Egipto. Ellos creen de buena fe que son los intermediarios entre vos y la divinidad, y que todo cuanto os anuncian es la voluntad de Dios, sin ser conscientes de que son hombres y mujeres muy intuiti-vos que, al ser conocedores de los hechos que están ocurriendo en el presente y de los ya sucedidos en el pasado, esa gran intuición de la que gozan los sitúa en

 

158

 

las mejores condiciones para predecir cuáles serán los hechos que, por pura lógica, son los más probables que ocurran en un futuro inmediato. Lo que vuestros adivi-nos os cuentan no son más que las lógicas deducciones que resultan de sus disquisiciones mentales. De lo único que se les puede acusar es de revestir esas con-clusiones de la parafernalia y la solemnidad necesarias para que queden disfrazadas como si se trataran de au-gurios que les han sido inspirados por Dios.

 

—Toda mi vida he creído que Alá me había enviado a este mundo para ser el sultán de Egipto y en verdad os digo que me cuesta creer lo que decís, pero no es menos cierto que también he creído siempre que no hay mayor sabiduría que aquella que dan los años de vida y vos ya habéis vivido más de cuatro siglos, por lo que tengo que rendirme ante vuestra experiencia. Voy a ha-ceros una proposición. ¿Aceptaríais ser uno de mis con-sejeros? No tendríais grandes obligaciones, tan solo acudir a mi palacio cada vez que os mande aviso para darme vuestra opinión sobre algún asunto de Estado o para aconsejarme en temas militares cuando entremos en conflicto con algún otro reino.

 

—Aunque nunca he creído tener las dotes necesarias para ser un buen político y siendo vos un gran militar, será un gran honor para mí ser vuestro asesor y por ende lo acepto con mucho gusto, mi señor. A partir de hoy, procuraré ilustrarme con la riquísima Historia de Egipto y ponerme al día en su vida política.

 

 

 

159

 

8

 

No podía negarme a la petición del sultán de ser su consejero personal ya que, al ser yo un extranjero, su propuesta de nombrarme uno de sus hombres de con-fianza suponía un doble honor; rechazarla habría mar-cado para siempre mi vida en El Cairo, pues la negativa habría sido considerada como un desprecio y una ofensa al príncipe, no solo por el propio sultán sino también por todos sus funcionarios.

 

Me empeñé en conocer su biografía, y en las siguien-tes semanas supe que el sultán Sayf al-Din Qalawun al-Alfi al-Mansur —este era su largo título oficial— era de origen kipchak19, de la tribu Burj Oghlu, y que cuando el 4 de diciembre de 1279 asumió el título de emir y alcanzó el trono con el nombre de Al-Malik al-Mansur —«el rey victorioso»—, ya había cumplido los sesenta años de edad y era un militar veterano que ha-bía participado en numerosas campañas contra los cru-zados, habiendo mandado también las expediciones de 1266 y 1275 contra el reino de Cilicia20. En 1281 des-articuló una ya muy avanzada conspiración mongola tramada contra él por el antiguo virrey del Kunduk, dando con ello lugar a que, a partir de entonces y con

 

 

 

 

19   El pueblo kipchak era una confederación tribal originaria del kanato de Kimek que conquistaron gran parte de la estepa euroasiática durante la ex-pansión túrquica d los siglos XI y XII.

 

20   Cilicia era el nombre que se le daba en la Antigüedad a la zona costera meridional de la península de Anatolia.

 

160

 

el fin de evitar que los virreyes se volviesen demasiado poderosos, decidiera reemplazarlos con frecuencia.

 

Hacía exactamente un año, en enero de 1285, Qala-wun emprendió una campaña contra algunos de los Es-tados Cruzados que aún existían en el levante medite-rráneo y tres meses más tarde, en la primavera de aquel año, asedió Marqab. Los hospitalarios no esperaban el ataque, pues confiaban en la tregua que el sultán había firmado con la Orden Hospitalaria. Aunque de corta duración, el sitio fue más arduo de lo esperado pues, aunque ya habían pasado siete años de la novena y úl-tima Cruzada, a la que bien podía calificársele de una débil guerrilla y no se esperaba gran resistencia en los cruzados, estos presentaron una dura resistencia, aca-bando con la rendición de la plaza el 25 de mayo. Esta fue la forma que tuvo Qalawun de castigar la alianza de la Orden Hospitalaria con los mongoles, y su participa-ción en la invasión mongola de 1281.

 

Realmente, el primer obstáculo serio que el sultán tuvo en su reinado ocurrió en abril de 1280, a los cuatro meses de haber asumido el trono. Se trató de una rebe-lión interna que dio comienzo cuando al gobernador de Damasco, Sunqur al-Ashqar, le llegó la noticia de que Qalawun había destronado al joven sultán Salamish, uno de los hijos del fallecido sultán Baibars, que había heredado el trono a la muerte de su padre y apenas lle-vaba reinando cuatro meses. La revuelta contó con el favor de la población damascena, que siempre se había mantenido remisa a ser gobernada desde Egipto, siendo

 

161

 

también apoyada por diversas ciudades sirias y palesti-nas, algunas de ellas de la importancia de Alepo, Hama, Safed o Kerak. Sin embargo, en la batalla que se dis-putó el 21 de junio en Jasura, al sur de Damasco, los rebeldes fueron derrotados, si bien el gobernador Al-Ashqar logró huir del campo de batalla y refugiarse en la fortaleza de Saone, en el norte de Siria. Después de aquella victoria, sabiendo que no era querido en Da-masco y que nunca llegaría a gozar de las simpatías de sus habitantes, Qalawun no se atrevió a visitar la ciudad hasta el año siguiente, siendo aquel día recibido por el pueblo arrojándole casquerías a su paso por las calles.

 

Qalawun había venido demostrando tener visión de estadista al fomentar el comercio, en especial con las repúblicas marítimas italianas. Una gran parte de la prosperidad de Egipto dependía del comercio medite-rráneo que dominaban los italianos, por lo que favore-ció el comercio de esclavos africanos subsaharianos, mercado que estaba dominado por los traficantes escla-vistas genoveses que eran los encargados de venderlos en todas las capitales europeas. También tuvo la visión comercial de convertirse en el intermediario exclusivo en la exportación de especias a Europa, en la que des-tacaban los genoveses y los venecianos si bien también venían asiduamente a buscarlas mercaderes de Francia y de la península ibérica, haciéndolas traer en carava-nas de camellos desde China, la India y el sureste asiá-tico. Los aranceles que pagaban tanto los comerciantes que acudían a comprarlas como los caravaneros que

 

162

 

viajaban a Asia para traerlas, suponían una parte nota-ble de los ingresos de Qalawun. También se había ocu-pado del campo, aumentando la superficie irrigada por el Nilo mediante la construcción de nuevos canales, vi-niendo mejorando sensiblemente la agricultura del sul-tanato año tras año, sin que hubiera parado de prosperar durante los siete años que llevaba de reinado.

 

Tras la victoria en la batalla de Jasura, el derrotado al-Ashqar huyó al norte y se refugió en la fortaleza de Saone, desde donde solicitó el auxilio de los mongoles. Respondiendo a su llamada, estos enviaron un ejército en su ayuda, tomando y saqueando las ciudades de Ain-tab, Baghras, Darbsaq y Alepo. Cinco días más tarde, el 25 de octubre de 1280, antes de partir para enfren-tarse al ejército mongol, en previsión de que pudiera caer muerto en la batalla, Qalawun nombró heredero a su hijo Ali, sin embargo, no hubo necesidad de ninguna batalla pues al llegar a Gaza recibió la noticia de la re-tirada mongola y retornó a El Cairo.

 

Finalmente, con el fin de evitar una nueva interven-ción de los mongoles en el conflicto, Qalawun y al-Ashqar alcanzaron un acuerdo amistoso, por el cual al-Ashqar aceptaría a Qalawun como sultán a cambio de recibir como señorío algunas localidades sirias, tales como Saone, Balatunus, Antioquía, Apamea y otras, en el noroeste de la región.

 

En abril de 1281, cuando llegaron nuevas noticias de movimientos del ejército mongol y la amenaza de una nueva invasión, Qalawun partió de nuevo hacia Siria

 

163

 

para enfrentarlos, pero la esperada invasión no se pro-dujo hasta el otoño del 1281, cuando unos cincuenta mil mongoles y otros treinta mil aliados, entre arme-nios, turcos anatolios y georgianos, penetraron en Siria. Los dos ejércitos chocaron el 29 de octubre en Homs, sufriendo ambos bandos numerosas bajas, si bien la victoria, aunque pírrica por el enorme coste en vidas y material, la obtuvieron los mamelucos egipcios, gracias en gran parte al importante papel que desempeñaron en la lucha los beduinos sirios.

 

La gravosa victoria de Homs dejó al vencedor ejér-cito egipcio diezmado y al sultán con abundantes pro-blemas a los que no podía hacer frente, viéndose obli-gado a tener que mantener la autonomía de al-Ashqar en el norte de Siria, a permitir las correrías de los hos-pitalarios de Marqab, y a afrontar un levantamiento be-duino que saqueó Naplusa y Gaza a finales de 1281. Cuando al fin el ejército se recuperó la suficiente fuerza como para emprender una nueva campaña en busca de algún rico botín que repusiera sus arcas vacías, el sultán comenzó eligiendo un enemigo débil, como lo eran los armenios de Cilicia, cuyo puerto de Ayas fue saqueado por el virrey de Alepo en 1283. El objetivo de la incur-sión era doblemente económico, por un lado obtener un rico botín, y por otro, destruir la ruta comercial mon-gola que servía para transportar los productos asiáticos a Europa a través de los puertos armenios, ya que Qa-lawun deseaba dominar este comercio y concentrarlo en Egipto. En 1284 volvió a llevar a cabo una incursión

 

164

 

contra el mismo enemigo, los armenios de Cilicia. Esta vez, el motivo del ataque era tanto político, para casti-gar la alianza armenia con los mongoles y el sostén que le habían prestado a los cruzados del norte, antioqueños y tripolitanos, como económico, a fin de obtener ma-dera y hierro, escasos en los territorios del sultán. Las campañas dieron su fruto y en 1285 el rey de Cilicia solicitó la paz, que Qalawun concedió a cambio de un oneroso tributo y otras importantes concesiones comer-ciales.

 

El sultán no requirió de mis consejos a lo largo de todo aquel año de 1286, si bien no dejó de invitarme a todas las fiestas que organizó en su palacio con motivo de su cumpleaños y del de su primogénito heredero; del aniversario de su ascenso al trono; de algunas batallas ganadas, así como de las dos fiestas religiosas que mar-can la ruptura del ayuno del Ramadán y el final de la peregrinación a la Meca.

 

No fue hasta enero de 1287 que me llamó para de-cirme que estaba pensando en llevar a cabo una cam-paña militar contra el reino nubio de Makuria.

 

—El rey nubio Semamun no es hombre belicoso, pero está mal aconsejado y no descarto la posibilidad de que, mientras yo estoy con mi ejército en el norte, sea convencido para iniciar una campaña contra mis fronteras del sur con el fin de apoderarse de la franja de cuarenta leguas de terreno que van desde Asuán a Lu-xor —me dijo mientras consumíamos un refrigerio.

 

165

 

—Señor —le respondí—, como bien sabéis, los nu-bios están considerados como grandes guerreros desde los tiempos de los faraones, de hecho, el ejército fatimí se los disputaba y aún conserva en sus filas a varios miles de ellos. Esto quiere decir que necesitaréis un ejército numeroso y bien entrenado.

 

—Lo sé y estoy en ello. He enviado agentes a Cilicia y a Circasia con la orden de reclutar mamelucos que sean guerreros profesionales. Ya sabéis que la prepara-ción militar de los mamelucos es superior a todas las demás.

 

—Sí, lo sé, pero aclaradme una duda. Todas las gue-rras tienen un trasfondo económico. Decidme, ¿qué es lo que buscáis en Makuria? Entre la primera y la sexta catarata del Nilo solo hay arena.

 

—Sí, eso es cierto, no hay muchas riquezas de las que apropiarse en Nubia. Esta campaña solo tiene por objeto cubrir la necesidad que tengo de tener las espal-das cubiertas para prestar toda mi atención sobre Pales-tina y Siria; no puedo distraer demasiados soldados en previsión de recibir un ataque por la frontera sur mien-tras tengo al grueso de mi ejército en el norte. Es por esto que, en previsión de cualquier ataque, quiero con-vertir las ciento setenta leguas de arena del territorio nubio que hay entre Asuán y Jartum en un colchón que haga las veces de una Marca. Entonces, decidme, ¿qué os parece la idea de una ocupación de Makuria y qué estrategia militar me aconsejáis?

 

—Tal como lo habéis planteado, me parece una muy

 

166

 

buena medida previsora. En cuanto a la estrategia mili-tar que debéis llevar a cabo, esta debe estar basada en la idea de que la ocupación debe ser fulminante y lle-varse a efecto con todo el grueso de vuestro ejército, sin darle tiempo ni opción a los nubios a defenderse. Creo que lo más eficaz sería atacar directamente a Don-gola, la capital de Makuria, entre la segunda y la cuarta catarata, pasando de largo por la región norte de Naba-tia, pero dejando un retén no inferior a medio millar de soldados en Faras, su capital, en previsión de que estos intenten acudir en ayuda de los dongoleños.

 

—Me alegra, al tiempo que me reafirma, oíros decir esto porque ese es mi plan. ¿Hay algún otro consejo que queráis darme?

 

—Sí, hay uno y es importante. Dado que habéis he-cho ricos a un gran número de comerciantes italianos, y como quiera que necesitaréis un número importante de esclavos que marchen junto al ejército asistiéndolo, os aconsejo que os ahorréis el gasto en la compra de toda esa carne esclava y que sean los mercaderes quie-nes os la aporten, si es que quieren seguir disfrutando del comercio egipcio con Europa.

 

A mediados de 1287, Qalawun había conseguido re-clutar para su ejército a doce mil mamelucos, llegando a sumar en sus filas el mayor número de soldados de todo su sultanato. De estos doce mil reclutados, a un grupo selecto formado por trescientos emires y tres mil soldados, con el fin de tenerlos a la mano en una alarma o emergencia, los acuarteló en la ciudadela de El Cairo,

 

167

 

razón por la que la gente los llamó los buryíes («los de la torre»). Los restantes fueron acuartelados repartidos por distintos puntos de la capital. Y, habiendo el sultán seguido mi consejo, consiguió que un elevado número de los esclavos que acompañaban al ejército hubieran sido suministrados por los comerciantes genoveses, ha-biéndolos traído desde Crimea, a través del Bósforo, y desde diversos puertos de la costa de Cilicia, en el sur de Anatolia.

 

Cuando el sábado 10 de enero de 1288 el ejército partió hacia el sur con destino a Nubia, ocurrió lo que desde hacía ya algún tiempo venía yo temiéndome que ocurriría: queriendo Qalawun seguir contando con mi compañía y mi consejo, me pidió que lo acompañase durante toda la campaña guerrera, cosa esta a la que no me pude negar.

 

Como en días anteriores, aquel sábado amaneció con un cielo despejado y una agradable temperatura de unos 20 ºC. Con el fin de ser transportados por el Nilo durante las siguientes cinco jornadas hasta Asuán, ciu-dad esta hasta donde es navegable el río por encontrase allí la primera de sus seis cataratas, treinta y dos mil guerreros embarcaron en ciento ochenta y cuatro gran-des barcazas de treinta remos, de las que diecinueve de ellas transportaban las máquinas bélicas de asedio. Aprovechando la ausencia de lluvias y la benignidad del clima sahariano en el Alto Egipto durante los meses de invierno, las ciento cuarenta leguas que restaban para alcanzar Dongola, que por entonces era la capital

 

168

 

del reino nubio, serían cubiertas a pie cruzando el de-sierto en veintiocho jornadas, a razón de cinco leguas cada día.

 

El viento del norte que, moderado e incesante, suele soplar todo el año del Mediterráneo, hinchó las grandes velas y la flota se puso en marcha. Los remos comen-zaron a batir las aguas con el ímpetu y el ritmo que iban marcando las acompasadas canciones de los remeros. La superficie del Nilo se volvió blanca de espuma por tanto golpe de remo y los asustados cocodrilos abando-naron las profundidades del río y huyeron a refugiarse en los cañaverales de las riberas. Toda la población cai-rota, entre la que abundaban los padres, las madres y las esposas de los soldados con sus hijos pequeños de la mano o en los brazos, se encontraba en las orillas despidiendo a sus hijos y esposos, reflejando en sus rostros la amargura de la incertidumbre, sin saber si volverían a verlos regresar de la guerra; aquellos treinta y dos mil hombres arriesgaban sus vidas y la seguridad de sus familias poniéndolas al servicio de la ambición de un solo hombre.

 

La barcaza capitana, en la que viajábamos el sultán y el acompañamiento de una veintena de nobles egip-cios, generales y asesores políticos y militares, estaba dotada de cómodos camarotes servido cada uno de ellos por un asistente. El mío se llamaba Manu. Era un joven de aspecto algo raro, la piel del rostro y de las manos muy clara, la boca pequeña, los pómulos muy salientes y los ojos muy grandes, almendrados y muy

 

169

 

oscuros, como los de una gacela, pero con una mirada muy inteligente. Curiosamente las partes de su cuerpo que estaban a la vista eran totalmente lampiñas, inclu-yendo las cejas, las pestañas, la barba y la cabeza, o tal vez, pensé en aquel momento, las tuviera muy rasura-das, como acostumbraban hacer los antiguos sacerdo-tes egipcios. Llevaba puesto un sayo que le llegaba hasta las rodillas y la cabeza, como ya he dicho, calva o tal vez rasurada, la cubría con una capucha.

 

—Bienvenido, mi señor. Soy Manu y para mí es un gran honor estar a vuestro servicio para todo cuanto deseéis mandarme —fue el saludo de bienvenida que me dirigió mi asistente cuando llegué al camarote—. Acabo de arreglar la estancia y espero que sea de vues-tro gusto. Si algo no os gusta, solo tenéis que decírmelo y lo cambiaré enseguida.

 

—Gracias, Manu. Yo soy Orlando.

 

—Sí, mi señor, ya sé que sois Orlando, servidor de la antigua diosa Isis y uno de los hombres resucitados por ella y enviados a la Tierra para proteger a la Huma-nidad.

 

—¿Quién te ha dicho eso?

 

—Es de dominio público que tenéis más de quinien-tos cincuenta años de edad, que formáis parte de la corte celestial del reino de la Luna y que la diosa Isis os ha mandado a la Tierra, junto con los demás resuci-tados, para proteger a los desvalidos.

 

Oyendo aquellas palabras, me resultaba curioso comprobar cómo el tiempo y la transmisión boca a boca

 

170

 

convierten en leyenda todos aquellos sucesos que por su naturaleza desconocida o extraordinaria resultan in-comprensibles para los hombres. Siendo imposible ocultar la presencia en el mundo de los uriatis y de los filsolis, cuyas existencias eran conocidas desde hacía ya varios milenios, así como que los inmortales viaja-mos a nuestro satélite cada diez años para participar en una asamblea encargada de tratar aquellos asuntos que impliquen alguna amenaza para el planeta Tierra, una parte de la población egipcia había vuelto a personifi-car la Luna como la vieja diosa Isis, a los uriatis como su corte celestial y a los filsolis los humanos que había-mos sido elegidos e inmortalizados por estos con la mística misión de participar en la protección de la vida del planeta, en general, y de la Humanidad, en particu-lar.

 

—Mi señor —continuó diciéndome Manu— daría cualquier cosa por ser vuestro servidor durante toda mi vida. No tendríais que pagarme ningún salario, tan solo proporcionarme la alimentación diaria. Serviros a vos es servir a los dioses de la Luna.

 

—¿Cómo es eso?, ¿es que no eres musulmán o cris-tiano copto?

 

—No, mi señor. He oído a los sacerdotes y leído los libros sagrados del Antiguo Testamento, así como los textos de la Biblia catolica, del Corán y la Torah, y tanto los unos como los otros me han parecido que con-tienen una sarta de disparates tan increíbles que a punto estuve de convertirme en ateo. No quiero ser un impío,

 

171

 

mi señor, pero prefiero creer en nuestros dioses anti-guos; al menos, las fabulosas historias que los mitos nos refieren de ellos son más humanas y más atractivas que las que nos cuentan los libros cristianos, judíos y musulmanes.

 

—Está bien, Manu, me has conmovido con tu ofre-cimiento. Creo que eres una buena persona y te acepto como servidor, pero te pagaré por tus servicios como a uno más de mis criados.

 

—¡Oh! Gracias, mi señor…, sois muy generoso…, aceptándome me habéis hecho el hombre más feliz de este mundo… —respondió emocionado el balbuciente asistente quien, cayendo al suelo de rodillas, me tomó ambas manos y se las llevó a los labios para besarlas—

 

. No tendréis queja de mí, ya lo veréis…, estaré dis-puesto a sacrificar mi vida a cambio de la vuestra…, pero qué estupidez estoy diciendo, si vos sois inmor-tal…

 

—Vale, vale, basta ya, Manu —lo interrumpí—. Anda, álzate, ve a buscarme una jarra de agua y cuando vuelvas me dices si el sultán está en su camarote o en la cubierta.

 

Cuando Manu volvió me comunicó que Qalawun de-bía encontrarse en sus aposentos privados, pues no es-taba en la cubierta, ocasión que aproveché para acudir a ella con la intención de conocer al capitán y charlar con algunos marineros.

 

Al llegar a la cubierta, me detuve un instante para oír los rítmicos golpes del tambor del cómitre que marcaba

 

172

 

el ritmo de la boga, así como el suave, acompasado y casi inaudible chapoteo de los remos, que en «boga limpia» penetraban en el agua y se volvían a elevar sin levantar salpicaduras, batiéndose acompañados del bronco grave ronquido colectivo que, con cada palada, exhalaban los esforzados pechos de los remeros. La brisa mediterránea del norte soplaba suave, pero cons-tante. Khalid, el capitán de la nave, no se encontraba en la cubierta, pero sí que estaban sentados en el banco de la popa el capitán Jabari y el sargento Musa, ambos per-tenecientes a la guardia personal del sultán.

 

—Buenos días, caballeros —los saludé—. ¿Puedo sentarme en el banco con vosotros?

 

—Naturalmente, Orlando, será un honor —respon-dió el sargento Musa, al tiempo que el capitán Jabari también asentía con una sonrisa y se desplazaba hacia un lado dejando un hueco libre entre los dos.

 

—Decidme, ¿cómo está el ánimo y la moral de la tropa? —les pregunté a ambos.

 

—Muy alta —respondió el sargento Musa—. Son buenos guerreros, avezados en la pelea.

 

—Están bien entrenados y acuden a la lucha despro-vistos de sentimientos humanitarios —añadió el capi-tán Jabari.

 

—¿Sin sentimientos humanitarios?

 

—Sí, así es. El guerrero mameluco está adiestrado para que cuando entre en batalla destripe, mutile y de-capite hombres a mansalva imaginándose que está sa-crificando las cabras de un rebaño —afirmó el capitán.

 

173

 

—¿Queréis decir que durante la batalla el guerrero se deshumaniza, se despoja de su alma y se convierte en un matarife?

—Efectivamente, así es. No se puede definir mejor.

 

—Pero si hasta el más duro de los jiferos puede sen-tir compasión por su víctima…

 

—El guerrero mameluco no siente nada, ni pena ni compasión —me interrumpió el sargento—; puede ma-tar a una mujer y al bebé que esté amamantando sin hacerse por ello ningún reproche.

 

—¿Calificaríais de glorioso al guerrero que hace algo así?

 

—En la batalla, el soldado nunca alcanza la gloria. El guerrero solo es una máquina, que ni piensa ni ra-zona y solo se ocupa de ejecutar la orden dada por su superior de matar al mayor número de enemigos posi-ble —respondió el capitán—. En cualquier caso, el mé-rito de disponer de una tropa así de bien entrenada y la gloria de la victoria siempre serán del rey y del general que los manda.

 

—¿No merecen ninguna gloria los que han caído en el campo de batalla?

 

—Ninguna —respondió tajante el sargento—. Los soldados van a la guerra a morir, es su obligación; si se libran de la muerte tendrán por ello que darles gracias a Dios. A los que caen muertos les rendimos honores militares y los enterramos, pero la Historia solo recor-dará al rey y al general.

 

Y, en diciendo estas palabras, tanto el sargento como

 

174

 

el capitán se levantaron del banco y se pusieron en po-sición de firmes; creí que se disponían a hacer algún tipo de saludo militar en señal de respeto y considera-ción a los caídos en combate, pero no se trataba de eso, sino que el sultán acababa de entrar en la cubierta de la barcaza y se habían levantado para a continuación de-dicarle una genuflexión, rodilla en tierra, acompañada de un fuerte golpe en sus pechos con sus puños dere-chos y de una exagerada y servil inclinación de cabeza.

 

—¡Vaya, si tenemos aquí a nuestro invencible Or-lando! —dijo el sultán a modo de saludo—. Me alegra encontraros en amable conversación con mis oficiales. ¿De qué hablabais?

 

—Hablábamos de la guerra y de quién merece o no la gloria de la victoria en una batalla —le respondí yo—

 

. El sargento Manu nos decía que la Historia siempre le adjudica la gloria al rey y al general que manda el ejér-cito vencedor. ¿Qué opináis vos?

 

—No solo se obtiene la gloria con la victoria —co-menzó diciendo Qalawun—, también hay derrotas glo-riosas. Acordaos de la insigne derrota de Leónidas y sus trescientos espartanos en el paso de las Termópilas quien, enormemente superado en número y atrinche-rado en el desfiladero, durante siete días detuvo el avance del gran ejército persa de Jerjes que, según He-ródoto, contaba con dos millones de soldados.

 

—Y podían haberlos detenido durante mucho más tiempo si no hubiera sido por la traición de Efialtes, que fue quien les mostró a los persas el camino que podían

 

175

 

seguir para llegar a la retaguardia de los espartanos — añadí yo.

 

—Efectivamente, así ocurrió —afirmó el sultán—. Siendo innegable la gloria y la grandeza de Jerjes, lo cierto es que en las Termópilas hubo mucha más gloria en la derrota de Leónidas que en la victoria del rey persa. Dado que los reyes que han de regir los destinos de un pueblo, como los generales que han de librar las batallas, son elegidos por Dios, no cabe la menor duda de que una victoria, aunque no haya sido obtenida como resultado de una buena estrategia de su general o por la valentía de sus soldados, sino que, como en el caso de las Termópilas, es el resultado de una traición al enemigo, siempre será gloriosa para un rey y para un general al ser la voluntad de Dios quien la ha otorgado. En cuanto a lo que hablabais de los guerreros muertos en la batalla, siendo el soldado el instrumento que el Altísimo pone en nuestras manos para conducirnos al resultado que nos tenga reservado, cuando este cae muerto en la lucha, al tratarse de una simple herra-mienta, queda exento de gloria en caso de obtenerse la victoria, o de deshonor en el caso de una derrota.

 

El lector habrá podido apreciar que este endiosa-miento propio de reyes, de sacerdotes, de nobles y de generales, considerándose a sí mismos como una casta de seres superiores que han sido elegidos por Dios para llevar a cabo misiones sublimes, era el que convertía a los solados en peones a sacrificar en la batalla y a los plebeyos en simples instrumentos con dos piernas y dos

 

176

 

brazos, sin voluntad alguna, para que estuvieran incon-dicionalmente a su servicio.

 

—Señor —le respondí al sultán al escuchar aquellas consideraciones tan injustas—, ya sé que la realidad es así, tal como la pintáis, pero no creéis que considerar al soldado y al plebeyo un simple instrumento es deshu-manizarlos y equiparalos a simples máquinas. Ellos son personas que piensan, sienten, padecen y tienen padres, madres, hijos y esposas que llorarán sus muertes.

 

—Sin duda lleváis razón, mi querido Orlando, pero deshumanizar al soldado y al plebeyo es el único medio que tenemos, los terratenientes para que sus campos den el máximo rendimiento, y los reyes y los generales para ganar batallas y que nuestro reino sea temido y respetado sin que nuestras conciencias nos hagan nin-gún reproche. Para que el trabajo fluya con fuerza y la nobleza se fortalezca y adquiera riqueza y poder, no po-demos mirar a los soldados, a los artesanos y a los bra-ceros del campo como a personas, tenemos que verlos como a objetos que pueden ser reemplazados; si pensá-ramos en ellos viéndolos como padres, hijos o esposos no podríamos enviarlos a la muerte en cada batalla ni los tendríamos trabajando los campos desde la salida hasta la puesta del sol.

 

En las cinco jornadas de navegación que duró la tra-vesía hasta Asuán tuve largas conversaciones no solo con el sultán, el capitán Jabari, el sargento Musa y con Khalid, el capitán de la nave real, sino también en el camarote con Manu, mi asistente, que se destapó como

 

177

 

un gran conversador, al que le encantaba contar episo-dios de su vida. Me contó que tenía dieciocho años cumplidos, cosa que me sorprendió ya que también me dijo que desde hacía muchos años sabía leer y escribir y había tenido tiempo de leer varios cientos de libros. También me contó que pertenecía a una familia de la-briegos, que era el menor de diez hermanos y que, desde hacía varios siglos, toda su familia se había re-sistido a abrazar las nuevas religiones monoteístas que habían traído los cristianos europeos y los árabes mu-sulmanes, y que él siempre había deseado ser un servi-dor del templo de Isis. Me reveló que, aunque ya no se les rendía públicamente culto a los dioses que habían adorado durante más de tres mil años, aún quedaba en Egipto un núcleo clandestino de adoradores de Isis que se autodenominaban con el nombre de Eibad Alqamar21, al que pertenecía su familia, que había con-tinuado celebrando clandestinamente los ritos de ini-ciación religiosa, llamados «los misterios de Isis», desde que fueron prohibidos hacía ya mil años.

 

—Decidme, maestro Orlando, ¿es cierto todo cuanto dicen de vos? —me preguntó el segundo día de nave-gación, llamándome «maestro», costumbre que ya no abandonó.

 

—¿Qué es lo que dicen de mí?

 

—Dicen que estáis al servicio de Isis, que sois amigo de los selenitas, que subís a la Luna con frecuencia y

 

 

 

21   En árabe, significa «Adoradores de la Luna».

 

178

 

que habláis con la diosa. ¿Es cierto esto, maese Or-lando? ¿Es Isis tan bella y tan sabia como cuentan?

 

Verlo tan convencido de la existencia de la diosa Isis y oírle aquellas inocentes preguntas, despertaron en mi alma una ternura y un afecto hacia el joven Manu que hicieron imposible que le contara la verdad de la Luna, me refiero a la presencia de los uriatis y a que no existe ninguna diosa, pero como quiera que era un muchacho muy perspicaz, alguna extraña expresión debió notar en mi rostro que arrugó el entrecejo y me espetó:

 

—Maestro Orlando, sé que habéis vivido durante más de quinientos años, razón por la cual vuestra sabi-duría es comparable a la de un dios. Si creéis que estoy en un error y tenéis algo que decirme, os pido por favor que no dudéis en hacerlo. Mi padre siempre me dijo que la mentira pudre el alma y que la verdad está por en-cima de dioses, de reyes, de sacerdotes y de dogmas religiosos.

 

—Está bien, mi querido Manu —le respondí, resig-nado a contarle toda la verdad—. Eres joven, pero tam-bién veo que eres muy inteligente; espero que sepas en-cajar las verdades que te voy a contar.

 

Más de una hora me estuvo Manu escuchando sin pestañear, poniendo toda su atención en cada una de mis palabras, sin interrumpirme ni una sola vez para hacerme alguna pregunta, pareciendo que nada de lo que le contaba llamara su atención o despertara su ad-miración. Su rostro permaneció impasible cuando le conté que los uriatis eran una muy antigua civilización

 

179

 

procedente de un sistema solar muy lejano, cuyos indi-viduos son extremadamente sabios y habían alcanzado la inmortalidad hace ya algunos eones; tampoco mani-festó la menor sorpresa cuando le aclaré que los uriatis le habían vaciado a la Luna una parte de su núcleo y que en ese hueco tenían instalados sus hangares, sus fá-bricas y sus ciudades, habiéndolas adecuado con una atmósfera y una gravedad artificial. Tampoco reac-cionó cuando le dije que la Luna había sido un pequeño planeta errante al que los uriatis habían convertido en una inmensa nave interestelar esférica de naturaleza pé-trea al acoplarle un gigantesco motor de curvatura, ni cuando le aclaré que hace cuatro mil quinientos millo-nes de años pusieron esa enorme nave en órbita alrede-dor de la Tierra y a la distancia adecuada para que su masa provocara las mareas de nuestros mares, regulara nuestra velocidad de rotación, redujera la intensidad de nuestros vientos, estimulara la producción de oxígeno de las plantas y suavizara la magnitud de nuestro campo magnético, creando así las condiciones más fa-vorables para la vida. Por un momento pensé que todo aquello que le estaba contando le estuviera sonando a una especie de cuento de las Mil y una noches y que se encontrara extasiado; tampoco hubo respuesta cuando le mostré el traje biónico que llevaba bajo las ropas cu-briendo mi cuerpo, ni a la demostración que le hice de algunas de sus maravillosas propiedades, como fue la de tele-portarme de un extremo al otro del camarote o del violento rechazo que el campo de fuerza del traje

 

180

 

ejerció sobre un cuchillo, haciéndolo volar de mi mano al intentar clavarlo en mi propio pecho; nada de todo esto fue capaz de provocar en su rostro un gesto de sor-presa o de entusiasmo.

 

—Ya veo que no te asombra nada de lo que te he contado, ¿es que todo esto te parece normal? —le in-quirí extrañado al joven Manu.

 

Cuando oyó mi pregunta pareció salir de la abstrac-ción en la que se encontraba, me miró y sonrió.

 

—Ya conozco esas historias —me respondió—. Es la misma que nos cuenta Astennu, el sacerdote de nues-tra comunidad de creyentes Eibad Alqamar. Astennu dice que hace más de cuatro mil años, cuando en Egipto reinaba el faraón Narmer, la diosa Isis ordenó a su ar-cángel Tehovás y a otros sabios selenitas que bajaran a la Tierra en sus carros voladores y nos enseñaran a fa-bricar el bronce, así como el cultivo del farro y el de las legumbres. Durante el tiempo que el arcángel y los ser-vidores de la diosa estuvieron conviviendo con noso-tros, nos contaron muchas historias de la Luna y, entre ellas, esas que vos acabáis de narrar.

 

No sé qué cosas pudieron contarles de la Luna, pero me cuesta creer que los uriatis alimentaran en el pueblo egipcio la idea de la existencia de una diosa de la Luna, o quizás sí, ¿quién sabe?, tal vez pensaron que, a falta de verdades obtenidas mediante el razonamiento cien-tífico, buenas eran las mentiras y las medias verdades de la religión. Debo confesar que aquella inesperada respuesta de Manu me dejó perplejo. Había yo asistido

 

181

 

ya a medio centenar de asambleas en la Luna y ninguna de las veces que había conversado con Tehovás me contó nada de su contacto con la antigua civilización egipcia, lo que me hizo sospechar que tal vez también hubiera sido responsable de la revolución neolítica que se originó en la región del Creciente Fértil, en los terri-torios del Levante mediterráneo y en Mesopotamia. Tras esta reflexión, me propuse que, cuando dentro de dos años, con la llegada del equinoccio el 20 de marzo de 1290, se celebrara la próxima asamblea lunar, le pe-diría a Tehovás que me aclarara estas cuestiones, pen-sando que tal vez tuviera él algo que ver con otras cul-turas antiguas, como la china, la del Valle del Indo o incluso, aunque menos antiguas, también con las del continente americano, cuya existencia yo ya la conocía desde seiscientos años antes de su descubrimiento en 1492 al haberlo sobrevolado en varias ocasiones en al-gunas de las naves uriatis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

182

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

183

 

9

 

A media mañana del cuarto día de navegación, cuando circunnavegábamos el gran meandro de Quena y Luxor, con setenta y cuatro millas de longitud, en cuyo punto central de su orilla derecha aún se ven las ruinas de los templos de la muy antigua ciudad de Cop-tos, el sultán Qalawun ordenó a la flota detenerse du-rante el resto del día para hacer un descanso en las ver-des riberas del Nilo, a fin de que las tropas estiraran las piernas y también para que las barcazas repusieran agua y verduras frescas; se continuaría el viaje al ama-necer del día siguiente.

 

Por ser cinco veces milenaria y constituir un enclave estratégico en las rutas comerciales de las caravanas que comunicaban el valle del Nilo con el mar Rojo, to-davía por entonces la vieja Coptos contaba con una im-portante población que hasta mil años atrás había sido adoradora de los dioses Min y Horus, pero sobre todo la mayor devoción de los creyentes era para la diosa Isis, a la que durante muchos siglos le tuvieron consa-grado un hermosísimo templo que, aún en las fechas a las que me estoy refiriendo, se conservaba en buenas condiciones de uso para el culto, desde que lo clausu-rara el emperador Justiniano en el año 530, y todavía e su interior se mantenía en pie una estatua de Isis con Horus niño en su brazos, si bien a la diosa del cielo nocturno le faltaba la nariz, la barbilla y la mitad supe-rior del disco solar que coronaba su cabeza, así como

 

184

 

el niño carecía de piernas de rodillas para abajo.

 

Un momento antes de que desembarcara el sultán acompañado de un séquito de una decena de personas, entre las que me encontraba yo, mi asistente Manu me había pedido permiso para ir a visitar el templo de Isis, y aún pude verlo saltar a tierra con alegría y correr en dirección al templo.

 

Descendimos del barco y el sultán se mostró intere-sado por echar un vistazo a los viejos templos paganos, por lo que nos dirigimos primero al de Min, que era el que se encontraba más cercano. Cuando llegamos a las ruinas del templo pudimos contemplar el bajo relieve del dintel de la puerta de entrada, en el que se evoca una escena de entronización del faraón Sesostris I y, ya en el interior, los penes erectos de tres colosales esta-tuas itifálicas del dios, que yacían tiradas en el suelo, tal vez abatidas por la pudibunda furia cristiana o isla-mista, despertaron las risas del sultán y de sus acompa-ñantes. Cuando salimos del templo de Min nos dirigi-mos al de Isis, pero al ver el sultán que ya era mediodía, pues nuestras sombras se reducían a oscuras manchas compactas bajo nuestros pies, señal de que el sol estaba en su cénit y era el momento de rezar el Duhr, el azalá del mediodía, a una señal suya, unos criados trajeron las rihal y los misbaha22, estos últimos elaborados im-púdicamente con carísimas cuentas de perlas negras. A continuación, todos, menos yo por no ser musulmán, se

 

 

 

22   Las rihal son alfombrillas para arrodillarse, y los misbaha son los ro-sarios para rezar el tasbih.

 

185

 

arrodillaron junto a la puerta principal del templo, en la estrecha sombra que proyectaba uno de los pilonos de la fachada. Y, como quiera que desde donde se encon-traban rezando el sultán y su séquito se veía el interior del oratorio, cuando Qalawun, arrodillado sobre su al-fombrilla y mirando al sureste en dirección a La Meca, divisó a mi asistente Manu en el interior del templo de Isis, a los pies de la estatua de la diosa, tendido en el suelo cuán largo era, boca abajo y con los brazos en cruz, se alzó furioso y, señalándolo con su dedo índice, ordenó vociferante a sus guardias de escolta:

 

—¡Detened a ese idólatra impío y traedlo de inme-diato a mi presencia!

 

Dos robustos guardias penetraron en el templo, se abalanzaron sobre Manu y, tomándolo por los brazos, lo sacaron en volandas del recinto y lo arrojaron a los pies del sultán, al tiempo que mantenían las amenazan-tes puntas de sus lanzas a un palmo de su pecho.

 

—¿Qué estabas haciendo, desgraciado? ¿Estabas adorando a un falso ídolo de la antigua religión? ¡Con-testa, maldito pagano!

 

—Sí, mi señor —respondió Manu, obligado por sus creencias religiosas a decir a verdad—. Soy un adora-dor de la Luna.

 

—Lo sospechaba. Es un despreciable miembro de esa secta llamada Eibad Alqamar. Siendo tan joven y ya está envenenado con esas falsas creencias. Tendré que dar con él un ejemplo y ejecutarlo públicamente para que sirva de general escarmiento.

 

186

 

—Mi señor —intervine al ver que la vida de mi asis-tente estaba amenazada—, sed compasivo. Tanto Alá como Yahvé y Jehová instan a sus fieles a que sean compasivos. Parece estar muy claro que alguien se ha aprovechado de la torpeza de su juventud y ha sumido a este joven en un grave error religioso.

 

—Por razón de Estado no puedo ser compasivo, Or-lando. El único y verdadero Dios creador del Universo es Alá; si acepto a los judíos y a los cristianos es porque nuestras tres religiones monoteístas tienen el mismo origen y fundamento, porque en las tres veneramos a los mismos cinco libros del Pentateuco y porque ado-ramos a un mismo Dios, aunque le demos nombres dis-tintos. Pero lo que no puedo tolerar es el paganismo ni la idolatría de los viejos politeísmos egipcio, griego o romano. Todos hemos visto como este apóstata impío le rendía culto a esa diosa del viejo panteón egipcio y debo darle un castigo ejemplar.

 

Y, en diciendo esto, le dio orden al capitán de su guardia personal para que preparara durante la noche un cadalso lo suficientemente elevado para que, al ama-necer del día siguiente, antes de zarpar de nuevo en di-rección a Asuán, todo el ejército pudiera presenciar la ejecución pública del infiel Manu. Mientras tanto, el reo permanecería incomunicado, encerrado y custo-diado en una de las celdas del barco prisión, sin permi-tírsele tener contacto con nadie y mucho menos recibir una visita.

 

Durante el resto del día, en ningún momento dejé de

 

187

 

acompañar al sultán y no tuve ocasión de prestarle a Manu la ayuda que necesitaba, pero al llegar la noche, cuando me retiré a mi camarote, me dispuse a llevar a cabo la maniobra que había previsto de antemano, y que no era otra más que la de quitarme la ropa y que-darme vestido tan solo con el traje biónico para, a con-tinuación, tele-portarme a la celda donde lo habían en-cerrado; una vez allí, lo abrazaría y nos tele-portaría-mos juntos a su casa de El Cairo. Así, cuando por la mañana abrieran la celda para llevarlo al cadalso la en-contrarían vacía.

 

La noche era clara, con un cielo limpio de nubes y una Luna que ya superaba el cuarto creciente. Esperé a que los ruidos externos cesaran y a que todos durmie-ran, y cuando desde el interior del camarote ya tan solo escuchaba algunos ronquidos y los lentos pasos de los guardias sobre la cubierta, así como, de cuando en cuando, oía el cuchicheo de sus apagadas voces char-lando entre sí cuando se cruzaban en su ronda, entreabrí una rendija en la puerta y, aunque la operación de tele-portación era silenciosa, cuando vi que los guardias se encontraban suficientemente alejados de mi puerta me tele-porté a la celda de Manu, situada en una barcaza que había sido acondicionada como prisión y que que-daba algo alejada de la nave capitana.

 

Cuando me materialicé, la celda estaba tan oscura que no veía nada.

 

—Manu, soy yo, Orlando —susurré, para que no pu-dieran oírme los guardias de la puerta, pero no recibí

 

188

 

respuesta alguna.

 

Pasado uno minuto, mis ojos acabaron acostumbrán-dose a la oscuridad, y con la escasa luz de luna que se filtraba por algunas rendijas en el casco comencé a vis-lumbrar algunas formas en el interior de la celda, pu-diendo finalmente comprobar que aquella celda estaba completamente vacía y que tan solo estaba habitada por media docena de ratas que correteaban libremente por ella. Han debido cambiarlo de celda, me dije, y cuando ya me disponía a ir tele-portándome de celda en celda hasta dar con él, en un oscuro roncón descubrí el sayo que Manu había llevado puesto durante aquella ma-ñana, lo que me confirmaba que había estado allí. No obstante, a fin de asegurarme de que no se encontraba en la barcaza, recorrí las veintidós celdas de la prisión tele-portándome de una a otra, sin que en ninguna de ellas se hallara mi asistente. En algunas de estas tele-portaciones pude comprobar que los dos soldados que guardaban la puerta de la celda continuaban en su puesto, como si aún continuaran custodiando al reo. Entonces, ¿qué misterio era aquel?, ¿sospecharía el ca-pitán de la guardia que el preso pudiera ser liberado por alguien y lo tendría encerrado en algún lugar secreto?

 

Volví a mi camarote y pasé el resto de la noche in-tentado conectar telepáticamente con Manu, sin inten-ción de invadir su cerebro, tan solo para saber que se encontraba bien, pero me fue imposible establecer la conexión, dándome la impresión de que era el propio Manu quien se resistía, pareciendo que dominaba a la

 

189

 

perfección la técnica del bloqueo y aislamiento telepá-tico. Por más esfuerzos y elucubraciones que hice a lo largo de toda la noche, me sorprendió la llegada del amanecer sin haber sido capaz de resolver aquel miste-rio.

 

Como en los días anteriores, la mañana llegó con un cielo limpio de nubes y el inveterado viento del norte, que seguía soplando con idéntica fuerza. Cuando salí a la cubierta, el imponente sol egipcio ya comenzaba a asomar su fulgurante disco tras las cimas de las altas dunas que cubren la arenosa franja de desierto com-prendida entre el Padre Nilo y la costa occidental del mar Rojo, encontrándose el sultán en la cubierta ro-deado de algunos nobles que escuchaban con atención al capitán Bakari, el comandante de la guardia personal del sultán, quien les hablaba en voz muy baja y con cierto aire de misterio.

 

—Buenos días, Orlando. Que la paz, las bendiciones y la misericordia de Dios sean contigo —me saludó el sultán al verme aparecer, dedicándome estas amables, aunque sospechosas palabras de saludo, que más bien parecían un intento de aparentar tranquilidad, al tiempo que no podía evitar dirigirme una siniestra mirada que no presagiaba nada bueno.

 

Enseguida comprendí que el capitán de la guardia los estaba poniendo al corriente de la inexplicable desapa-rición del preso y que aquella mirada del sultán parecía albergar alguna sombra de duda o de recelo hacia mi persona. No era de extrañar que, después de denegarme

 

190

 

la petición de clemencia que le hice a favor de Manu y conociendo Qalawun mis poderes extraordinarios, tu-viera la sospecha de que yo tuviera algo que ver con su misteriosa desaparición.

 

—Orlando, ¿sabéis que vuestro asistente ha desapa-recido? —me inquirió el sultán, al tiempo de todos cla-vaban sus miradas en mis ojos como queriendo adivi-nar mis pensamientos—. Alguien ha debido liberarlo.

 

—¿Desparecido, decís? —repetí yo a mi vez—, ¿pero no estaba encerrado en una celda y custodiado por guardias armados? ¿Tenía la celda alguna ventana o algún otro hueco por el que haya podido escapar?

 

—No, ninguno. Es como si alguien que estuviera do-tado de poderes mágicos lo hubiera hecho desaparecer.

 

—me respondió el sultán poniendo un cierto tono iró-nico en su voz—Espero que no hayáis sido vos, apia-dado de él, quien lo haya liberado. ¿Podéis jurarme por vuestro Dios que no habéis tenido nada que ver con esta desaparición?

 

—Os lo juro por mi honor de caballero, y pongo a Dios por testigo de que lo que os digo es cierto.

 

—Está bien, Orlando, os creo. Estos malditos adora-dores de la Luna tienen secuaces a donde quiera que van, seguramente han debido liberarlo sus correligio-narios utilizando algún encantamiento de magia negra con los guardias que custodiaban la celda —respondió Qalawun y, dándome la espalda, se dirigió de nuevo al capitán Bakari—. Capitán, en ausencia del reo, ordenad que fabriquen un monigote de trapos a tamaño natural,

 

191

 

vestidlo con el sayo que habéis encontrado en la celda de ese idólatra, y al amanecer de mañana proceded a la decapitación del infiel y su posterior quema a la vista de todo el ejército. Quiero que, cuando mañana partan a la guerra, todos sepan que Alá es el único Dios que escuchará sus plegarias y el que los salvará de la muerte a manos de los bravos y fieros nubios, o del fuego del infierno si es que caen en la batalla.

 

Aquella orden se adelantaba en dos siglos a lo que sería el primer auto de fe llevado a cabo por la inicua Santa Inquisición, fundada por los Reyes Católicos en el reino de Castilla. Y, tal como le fue ordenado, así lo hizo. Media hora más tarde, sobre el patíbulo de ma-dera que se había construido durante la noche, un tri-bunal militar le leyó a aquel muñeco de trapo, vestido con el sayo de Manu, los cargos de los que se le encon-traba culpable y, a una señal del sultán, el verdugo le-vantó el hacha y, tras un certero golpe, la falsa cabeza fue seccionada y rodó hasta caer en un cesto de mim-bre. Y, al finalizar el esperpéntico espectáculo, cuando cesaron los vítores de la soldadesca y se apagaron los fervorosos gritos de ¡Allah uh akbar!, el cadalso fue in-cendiado y ardió hasta consumirse junto con los sim-bólicos cabeza y cuerpo del ajusticiado.

 

Como en los cuatro días anteriores, la quinta jornada transcurrió navegando a contracorriente del anchuroso Nilo que, con la ayuda de los remos y levemente im-pulsados por la brisa mediterránea del norte, avanzába-mos a una velocidad de entre cuatro y cinco nudos, lo

 

192

 

que hacía previsible que cubriéramos las ciento veinte millas que nos separaban de Asuán a primeras horas del día siguiente. Y, al igual que en las noches anteriores, como quiera que al sultán le gustaba trasnochar, cena-mos con él e hicimos una larga sobremesa en la que hablamos muy poco de la guerra que se avecinaba, y a la que nos aproximábamos cada vez más a medida que avanzábamos río arriba, y en cambio se especuló muy mucho con la misteriosa desaparición de mi asistente Manu, pudiéndose oír en bocas de los presentes las más disparatas opiniones sobre lo sucedido. Y, cuando ya al filo de la medianoche Qalawun bostezó un par de ve-ces, nos despedimos de él y nos retiramos a nuestros camarotes.

 

Cuando llegué al mío, con el candil con el que había venido alumbrándome por el camino le prendí fuego al soberbio candelabro de plata que representaba a un ca-ballero montando un unicornio cuyo cuerno había sido sustituido por una vela de grueso calibre. Y, al ilumi-narse la estancia, no podía dar crédito a mis ojos: allí se encontraba Manu, sentado en una butaca y vistiendo un blanco traje biónico uriati. Sin hablarle, me quedé mirándolo fijamente, en silencio, a la espera de que fuera él quien me dirigiera la palabra y me diera una explicación.

 

—Sí, no soy ningún fantasma, soy yo, y he vuelto para darte, perdón, quiero decir para daros una explica-ción —me dijo, corrigiendo un amago de tuteo, tal vez por haberse sentido igual a mí durante un instante, sin

 

193

 

considerar que mi inmortalidad y mis vivencias de cinco siglos me situaban muy por encima suya—. Des-pués me marcharé de nuevo y ya no nos veremos más, o tal vez nos veamos más adelante, ¿quién sabe?

 

—¿Quién eres tú? —le inquirí, intencionadamente lacónico.

 

—Soy Manu, descendiente directo de Tehovás. Des-pués de transcurridas más de dieciséis mil generacio-nes, por mis venas todavía corre algunas gotas de san-gre uriati mezclada con mi sangre humana.

—¿Por qué no me explicas eso?

 

—No requiere mucha explicación. Cuando hace cua-tro mil años Tehovás bajó a la Tierra a explicarnos las técnicas de algunos cultivos y la forma de obtención del bronce, tanto él como dos de los tres uriatis que ve-nían acompañándolo, se enamoraron de algunas de las mujeres egipcias que conocieron y durante los meses que estuvieron con nosotros se aparearon con una vein-tena de ellas y nacieron varios hijos que fueron consi-derados por todos como semidioses, habiendo sido esta descendencia identificada, seguida de cerca por nues-tros sacerdotes y registrada escrupulosamente a lo largo de todos estos milenios. Yo soy uno de los más de cien mil de esos descendientes en los que ha permanecido viva la sangre uriati. Desde varios siglos anteriores a nuestra era, cuando Roma aún era una República, ya los romanos nos llamaban fililunis —hijos de la Luna— y así han seguido llamándonos los uriatis desde entonces.

 

 

 

194

 

—Sí, ahora lo veo; la ausencia de vello en todo tu cuerpo y los rasgos de tu rostro me recuerdan a los uria-tis.

 

—Sí, todos nos parecemos entre nosotros, sobre todo en los pómulos, en los ojos y en la total carencia de vellos en todo nuestro cuerpo, que son los rasgos fiso-nómicos que han perdurado durante todo este tiempo.

—¿Habéis heredado también la inmortalidad?

 

—No, eso no, somos mortales, pero muy longevos, podemos alcanzar fácilmente los doscientos años de vida. Yo, que aparento tener menos de veinte años, ya estoy próximo a cumplir los cincuenta. Lo que sí hemos heredado ha sido la facultad de comunicarnos telepáti-camente.

 

—Veo que llevas un traje biónico, ¿todos los descen-dientes de los uriatis disponéis de uno?

 

—Todos no, solo algunos. En mi caso particular, re-cibí este traje el día que hubo una epidemia de cólera en todas las ciudades del Delta del Nilo, y Clorión, mi tutor uriati, bajó de la Luna en su carro volador a en-tregarme un aparato vibrador que curaba una gran can-tidad de enfermedades, matando con sus ondas vibran-tes a esos minúsculos bichos, invisibles al ojo humano, que las causaban. Me dio el traje y me explicó su fun-cionamiento para que no perdiera tiempo en despla-zarme y para que pudiera tele-portarme con rapidez de una ciudad a otra para curar al mayor número de enfer-mos.

 

—Y, dime una cosa, Manu, sabiendo tú quién soy

 

195

 

yo, ¿por qué no me confesaste quién eras el primer día que nos conocimos?

 

—Porque lo tenemos terminantemente prohibido por los uriatis y hasta estar seguro de que podía hacerlo; los adoradores de Isis tenemos que ser muy precavidos. Si te lo estoy diciendo ahora es porque ha quedado cla-ramente al descubierto quien soy.

 

—Y, dime otra cosa, ¿a qué lugar te tele-portaste cuando te encerraron en la celda? Cuando acudí a ella para liberarte la encontré vacía y, por más que lo in-tenté, no conseguí establecer contacto telepático con-tigo.

 

—Sí, lo sé. He venido a daros una explicación por-que cuando hui de la celda me encontraba tan afectado por lo sucedido que establecí un bloqueo mental con la intención de aislarme del mundo. Me fui a mi casa de El Cairo, con mi familia, y allí volveré en cuanto demos por terminada esta conversación.

 

La charla adquirió el tono amistoso de dos colegas que comparten vivencias muy parecidas, y todavía se alargó un buen rato. Quedamos en vernos cuando ter-minara la invasión de Nubia y yo volviera a El Cairo, y también acordamos que, si aún seguía interesado en tra-bajar de criado en mi casa, podía hacerlo cuando qui-siese. Manu me dio las gracias y me expresó sus temo-res de que volvieran a detenerlo y trataran de ejecutarlo por segunda vez, pero yo lo tranquilicé diciéndole que su sentencia de muerte dictada por el sultán ya había sido ejecutada simbólicamente cuando, después de

 

196

 

leerle los cargos a aquel monigote, lo decapitaron y lo quemaron, y que no se podía ejecutar una sentencia dos veces.

 

A la mañana siguiente, se había ya elevado el sol más de un palmo sobre el arenoso y desértico horizonte de Levante cuando divisamos en la lejanía las altas mura-llas defensivas de Asuán. Al desembarcar en los mue-lles, hombres y máquinas de guerra fuimos recibidos por los vítores de la gran multitud que esperaba nuestra llegada, quedando finalmente la flota fondeada bor-deando la isla Elefantina, a la espera del regreso de los supervivientes de la campaña bélica para embarcarlos de nuevo y devolverlos a sus casas. También en Asuán se nos sumó a la expedición una parte importante de la guarnición sienitana que defendía la ciudad, engro-sando nuestras filas hasta superar los treinta y cinco mil hombres.

 

Aquella tarde Qalawun convocó una reunión de sus nobles capitanes y asesores en la que comenzaron ha-blando de asuntos de Estado, pero cuando llegó la hora de proyectar el plan a seguir en nuestro avance hacia Dongola a través del desierto, me mandó llamar, levan-tando malestares entre los asistentes cuando el sultán me hizo señas de que me sentara a su derecha, haciendo que uno de sus nobles caballeros se desplazara para de-jarme libre su sitio; quería dejar discutido y bien fijado aquel plan y, dado que debido a su edad era bastante duro de oído, deseaba tenerme cerca para oír bien mis opiniones al respecto.

 

197

 

—Podemos hacer la travesía en veinte días, a razón de seis leguas por día —estaba diciendo uno de los ca-pitanes cuando me incorporé a la reunión—, siendo apoyado en esta idea por otros dos capitanes y algunos nobles.

 

—¿Qué opináis, Orlando? ¿Qué os parece hacer la travesía del desierto en veinte días?

 

—Caminar seis leguas por día en un terreno firme ya es duro, sobre todo en las últimas jornadas, en las que el cansancio de los días anteriores se ha acumulado; ha-cerlo en las arenas sueltas del desierto provocará que al llegar a Dongola el ejército se encuentre exhausto du-rante los primeros días, y además habremos consumido una parte importante de los víveres ya que tendremos que aumentar las raciones de comida para reponer el excesivo gasto de energías. Mi consejo es hacer la tra-vesía en veinticuatro días, a razón de cinco leguas dia-rias.

 

—Ese razonamiento me parece bastante lógico. ¿Qué os parece a vosotros? —respondió el sultán mi-rando a todos los demás.

 

Hubo unos cuantos silencios y algunos simples asen-timientos de cabeza como respuesta, evidenciando así que el malestar aún persistía.

 

—Y, decidnos, Orlando, ¿qué ruta nos aconsejaríais que siguiéramos?

 

—Sin duda la del río, atajando por terrenos arenosos tan solo en aquellos meandros en los que la distancia a cubrir entre sus extremos no supere la media legua. El

 

198

 

terreno de las riberas, al tener más humedad, está más compactado y más apelmazado, siendo más cómodo de transitar; así los soldados se cansarán menos y en las paradas siempre tendrán la posibilidad de refrescarse con un baño en el río.

 

—¿Estáis todos de acuerdo con esta idea? —volvió a preguntarle el sultán a sus capitanes y nobles aseso-res, recibiendo las mismas afirmativas, aunque silen-ciosas, respuestas que la vez anterior—. Y, en cuanto a estrategia, ¿cuál creéis que sería la más apropiada? A ver, Bakari, tú que tienes fama de buen estratega, ¿cuál es tu opinión?

 

El capitán de la guardia, con una velada sonrisa que ponía de manifiesto que la consulta del sultán había en-golado su vanidad y su autosuficiencia, se arrellanó en su butaca y respondió en un tono tan ampuloso y alti-sonante que rayaba la pedantería.

 

—Es imprescindible, que antes de atacar a Dongola para someter al reino de Makuria, avasallemos la re-gión de Nobatia, para lo que tendremos que ir directa-mente contra Faras, su capital. No debemos arriesgar-nos a pasar de largo y dejar a nuestras espaldas a un enemigo que, aunque débil, puede poner en marcha una fuerza lo suficientemente importante como para empa-redarnos contra los muros de Dongola cuando la este-mos asediando.

 

—Pue sí, parece de una lógica aplastante. ¿Qué opi-náis los demás?

 

La respuesta fue un sí masivo de todos los capitanes

 

199

 

y nobles asesores.

 

—Orlando, ¿estás también vos de acuerdo con esta estrategia?

 

—No, sultán, discrepo de ella.

—¿Querríais darnos una explicación?

 

—Los espías de Makuria ya deben haber hecho su trabajo y a estas alturas ya han debido darle aviso al rey Semamun de la partida de nuestra expedición. Cada día que pase, las defensas de Dongola serán más fuertes y resistente, nuestro asedio será más costoso en vidas hu-manas y durará más tiempo, corriendo el riesgo de que agotemos nuestra agua y nuestros víveres. Y, como quiera que la guarnición de Faras no llega a alcanzar los dos mil hombres, mi propuesta es que no perdamos tiempo en ponerle sitio y continuemos hasta Dongola con el fin de evitar que estos progresen más en los re-fuerzos que con toda seguridad estarán llevando a cabo en sus defensas. A nuestro paso por Faras, podemos de-jar al pie de sus murallas una fuerza equivalente a la de sus defensores con el fin de mantenerlos confinados en la ciudad y así evitar que acudan en ayuda de los don-goleños durante el asedio.

 

—Pues también esta propuesta está llena de lógica, ¿qué os parece?

 

—Si tanta prisa tenemos por llegar a Dongola antes de que refuercen sus defensas, ¿por qué no adoptamos la primera propuesta de hacer la travesía en veinte días, a razón de seis leguas diarias? —planteó el capitán Ba-kari.

 

200

 

—Porque una marcha a esa velocidad es tan agota-dora que tanto los hombres que dejemos al pie de los muros de Faras, como los que lleguen hasta Dongola, lo harán con ampollas en los pies y estarán tan exhaus-tos que quedarán inservibles al menos durante los dos o tres primeros días y, en estas condiciones, ni en Faras podremos detener a la guarnición nubia si estos deciden salir de sus murallas y acudir en ayuda de sus vecinos del sur, ni en Dongola podremos defendernos si la guarnición hace una descubierta y ataca nuestro cam-pamento. Y. además de todo esto…

 

—Bien, con esto es suficiente, ya he oído todo cuanto necesitaba oír —me interrumpió Qalawun—. Orlando me ha convencido de que su propuesta de es-trategia es la mejor y será la suya la que llevemos a cabo, así que no se hable más y pongámonos en mar-cha. Tenemos cuarenta y tres leguas y ocho días de marcha por delante antes de llegar a Faras.

 

Ya en tierras nubias, y pese a que los ocho días de travesía hasta Faras los hicimos transitando por las cer-canías de la margen derecha del Nilo, donde la hume-dad del río hacía que el aire que respirábamos estuviera menos seco y los terrenos que pisábamos fueran más compactos, pareció que todas las alimañas y las tram-pas del desierto estuvieran esperando nuestro paso para cebarse en la tropa. Las arenas movedizas, los reptiles y las arañas, a cuál de ellos más venenoso, fueron nues-tros letales enemigos durante esos primeros ocho días de marcha y los dieciséis que posteriormente siguieron

 

201

 

hasta llegar a Dongola, llegándonos a causar un cente-nar de bajas antes de enfrentarnos en batalla a los nu-bios; como ejemplo de la peligrosidad del desierto, sirva el caso que sucedió a unas cuatro leguas al sur de la primera catarata, cuando ya andábamos cerca de la ciudad de Premnis. Sucedió que un pelotón de dieci-ocho guerreros que, provistos de dos odres cada uno, habían sido enviados a extraer agua de un pozo cercano al río, cuando ya regresaban con los odres cargados, fueron tragados, todos ellos a la vez, por unas arenas movedizas; todo ocurrió tan rápido que no hubo la me-nor posibilidad de intentar el salvamento de ninguno de ellos lanzándoles algún cabo. Y para dar una idea de la peligrosidad de las aguas del Nilo, sirva de ejemplo el caso de otro numeroso grupo de soldados que, estando dándose un refrescante baño en el río, fueron atacados por una docena de cocodrilos y seis de ellos acabaron siendo devorados vivos por aquellas aterradoras bes-tias.

 

Cuando llegamos a Faras nos llevamos la gran sor-presa de encontrarnos la ciudad desierta. Las puertas estaban abiertas, la guarnición había desertado, proba-blemente se habría trasladado al sur para incorporarse a la de Dongola, y el resto de los habitantes habían huido llevándose consigo todas sus pertenencias de va-lor; hasta los perros callejeros, los gatos y los pájaros habían eludido al ejército mameluco. No había por tanto ningún sito que establecer, ni un asedio que pre-parar, ni un saqueo que llevar a cabo, ni desprenderse

 

202

 

de dos mil hombres como estaba previsto para mante-ner confinada a la guarnición, lo que venía a confirmar que los planes, por muy minucioso y concienzudo que se haya sido al trazarlos, siempre estarán sujetos a un número de variables tan elevado que es prácticamente imposible que puedan cumplirse a la perfección.

 

Como ya os he contado antes, durante los dieciséis días de marcha que siguieron hasta alcanzar las mura-llas de Dongola fuimos perseguidos por los hados de la mala suerte, o tal vez no se trataba de mala suerte, sino de que, al ir moviéndose por el desierto una masa de treinta y cinco mil hombres, tan solo se produjeron aquellos accidentes que por puro azar tenían la proba-bilidad de producirse. En esta segunda parte de la tra-vesía, más de medio centenar de guerreros murieron envenenados por picaduras de serpientes y arañas, y también más de uno, atraído por la belleza y el aroma de la rosa del desierto, pereció víctima de su extrema toxicidad.

 

Llegamos a Dongola el martes 10 de febrero de 1288. Los adarves de las murallas de defensa se veían atestados de gentes, siendo la mayoría de ellas personal civil, no militar, por lo que dedujimos que la ciudad de-bía estar a rebosar de refugiados, no solo los que huye-ron de Faras, sino también los de aquellas otras ciuda-des que se encontraban en nuestro camino y que habían huido ante nuestra proximidad, sin saber que no tenía-mos intenciones hostiles hacia ellas y que pasaríamos de largo frente a sus murallas, ya que nuestra única y

 

203

 

exclusiva meta era Dongola, la capital del reino maku-rio; sin darse cuenta, huyendo de la guerra, aquellas gentes se habían metido de lleno en ella.

 

Así que no hubo asedio ni asalto a los muros de de-fensa de Dongola. Al día siguiente a nuestra llegada, el rey Semamun, famoso por ser un gobernante pacífico e inteligente, tratando de aprovechar que tenía a su favor el sol de espaldas, abrió las puertas, salió al frente de su guarnición y nos presentó batalla en la explanada que se abría entre las murallas y nuestro campamento, un espacio no excesivamente amplio, que no superaba un jat, o sea, diez sechat23. Las fuerzas con las que con-taba el rey makurio, después de sumarse las guarnicio-nes de las otras ciudades que habían acudido a la capi-tal, no llegaban a alcanzar la cifra de diez mil guerreros, por lo que el gesto de presentar batalla a un ejército de treinta y cinco mil mamelucos, todos ellos profesiona-les de la guerra bien entrenados, no dejaba de ser un acto de valor que rayaba en temeridad. Por eso, cuando los arqueros mamelucos, infalibles disparando el arco desde la montura de sus caballos puestos al galope, abatieron en una primera pasada a un centenar de ar-queros nubios, sin que estos tuvieran la menor posibi-lidad de réplica o de defensa, y otros dos millares de lanceros se abrieron en semicírculo y se aprestaron para atacarlos por los flancos, el rey Semamun levantó su mano ordenando levantar una pértiga con la bandera de la rendición.

 

 

23   Un sechat equivalía a unos 2700 m2. Diez sechat era un jat.

204

 

El enfrentamiento acabó con la expulsión del rey Se-mamun que, acompañado de una parte importante de la población que no quería vivir bajo el gobierno de los egipcios, se retiró hacia el sur, al tiempo que Qalawun instalaba en el trono de Makuria a uno de sus sobrinos, un inútil, un títere que no movería un dedo si no se lo ordenaba su tío.

 

En el mes de abril de aquel mismo año el ejército egipcio se retiró, volviendo a su punto de partida y de-jando al nuevo rey fantoche arropado por una guarni-ción de dos mil soldados, situación que aprovechó el rey Semamun para volver en junio con su pequeño ejér-cito de diez mil hombres, expulsar a los mamelucos y ocupar de nuevo el trono de Makuria.

 

Dieciséis meses más tarde, a primeros de octubre de 1289, Qalawun envió una nueva expedición que tuvo que enfrentarse a la misma estrategia del rey nubio, es decir, a la evacuación de la capital, que el ejército egip-cio pudo ocupar por segunda vez sin oposición. Y, aun-que los destacamentos que los egipcios enviaron al sur pudieron capturar a una parte de los huidos y devolver-los a Dongola, en cuanto el ejército egipcio regresó de nuevo al norte, Semamun recuperó una vez más el trono. Esta inteligente estrategia del rey makurio obli-gaba a Qalawun a tener que mantener cuando menos a la mitad de su ejército en Dongola, cosa que no se podía permitir por tener bastante esquilmado el tesoro real y por estar inmerso en una costosa campaña contra los cruzados. Así pues, con el fin de acabar de una vez por

 

205

 

todas con el conflicto, Semamun se avino a pagar el tributo que el sultán le exigía si quería mantenerse en el trono de Makuria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

206

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

207

 

10

 

Cuando a mediados de diciembre de 1289, ya de vuelta de Dongola, desembarqué en El Cairo, mi asis-tente, Manu, se encontraba en los muelles esperán-dome. Al parecer, tal vez por la protección física que le ofrecía el traje biónico, debía haber ganado confianza en sí mismo y ya no le importaba ser reconocido como aquel apóstata que, allá en la vieja ciudad de Coptos, rindió culto a la diosa Isis, prohibida por el cristianismo junto a los demás dioses del panteón egipcio, siendo por ello condenado a muerte y pudiendo escapar del hacha del verdugo gracias al maravilloso traje biónico que le habían regalado los dioses de la Luna. Venía acompañado de una joven que aparentaba tener unos veinticinco años, algunos más de los que aparentaba él, llevando un bebé en los brazos cuyos rasgos fisonómi-cos eran claramente uriatis y una viva estampa de Manu. En cuanto me vio bajar por la pasarela dejó a la joven con el bebé atrás, vino hacia mí dando sonriente, dando grandes zancadas y con los brazos abiertos, re-cibiéndome con un fuerte abrazo y dos sonoros besos en las mejillas. Al aproximarse ella hasta donde está-bamos, me la presentó.

 

—Maestro Orlando, esta es Sagira, mi esposa, y este es Akila, mi bebé recién nacido que, como podréis apreciar, ha heredado los rasgos de nuestros dioses lu-nares.

 

Y, efectivamente, siendo la madre de piel algo más

 

208

 

oscura y tener una abundante cabellera negra, los ras-gos del bebé eran completamente opuestos a los suyos y plenamente uriatis: totalmente lampiño, incluyendo cabellos, cejas y pestañas, con los ojos excesivamente grandes y saltones, intensamente negros y con una mi-rada tan inteligente que le hacía parecer un niño mayor.

 

—Maestro Orlando, lo he pensado durante todo este tiempo y he decidido que seré vuestro criado y vuestro discípulo. Me gustaría unir mi vida y la de mi familia a la vuestra.

 

—Oírte decir eso me da una gran alegría, pero has de saber que mi intención es marcharme de El Cairo.

 

—¿Por qué os queréis marchar?, ¿no os gusta la ciu-dad?

 

—La ciudad sí que me gusta, y mucho. Llegué a El Cairo a primeros de enero de 1286 buscando paz y tran-quilidad y en estos tres años solo he encontrado dolor y muerte. A veces tengo la impresión de que no me puedo librar de las guerras, que me persiguen allá donde vaya, pero yo sé que no es así, que la verdad de lo que ocurre es que a donde quiera que voy me en-cuentro con gobernantes ignorantes, ambiciosos y egoístas, que adolecen de tener muy escasa sabiduría y aún menos inteligencia. El mundo lleva miles de años debatiéndose en una guerra continua, y lo seguirá es-tando hasta que los pueblos adquieran cultura y los di-rigentes dejen de ser cargos hereditarios y sean los pro-pios ciudadanos los que, imbuidos como digo de una sólida cultura y educados en la práctica y el ejercicio

 

209

 

de la razón crítica, elijan a sus vecinos mejor prepara-dos, a los de moral más íntegra y que sean reconocidos por su sabiduría, su inteligencia y, sobre todo, por la bondad de su corazón. Y, a partir de que los pueblos alcancen este estadio, podrán vivir en una felicísima anarquía que hará innecesarios a los gobernantes. Na-turalmente, los pueblos tendrán que superar la oposi-ción que las élites formadas por reyes, nobles, potenta-dos, políticos y sacerdotes, han venido hasta ahora lu-chando con todas sus fuerzas para que esto no ocurra a fin de seguir manteniendo a la clase plebeya en la más grosera, vil y soez de las ignorancias.

 

—Cierto, así es, pero decidme, maestro, ¿es que, después de haber conquistado Nubia y ampliado las fronteras de Egipto hasta la sexta catarata, el sultán no piensa parar de guerrear?

 

—No es que no piense parar, Manu, es que no puede parar. Desde mucho antes de hacerse con el sultanato de Egipto en 1279, Qalawun ya estaba enfrascado en una lucha sin cuartel contra los cruzados y, después del receso en su lucha contra los cristianos que ha supuesto la conquista de Nubia, ahora volverá de nuevo, y con más bríos si cabe, a sus campañas contra los infieles de la cruz, y ten por seguro que volverá a llamarme para que lo acompañe y lo aconseje en sus correrías. Si lo piensas bien, mi querido Manu, un rey inteligente y sa-bio debería justificar su reinado haciendo que este fuera un largo periodo de paz y prosperidad, pero esto solo se consigue aplicando políticas sensatas y humanitarias

 

210

 

que tan solo nacen de la cultura, de la inteligencia y de la bondad de corazón. Cuando un monarca no tiene más justificación para ocupar un trono que el simple hecho de haber nacido en el seno de una familia que ostenta un título nobiliario, pese a que, en múltiples ocasiones, esta persona llega a este mundo con sus facultades físi-cas y mentales mermadas, como resultado de que su sangre no se renueva debido a la endogamia que los nobles practican casándose entre ellos, este rey necesita de otros argumentos más sólidos para justificarse ante su propia corte y ante sus súbditos. Es por esto que sue-len recurrir a mantener durante su reinado una guerra permanente, tratando de hacerles ver a sus vasallos que ellos son sus paladines defensores elegidos por Dios para protegerlos y que gracias a ellos no han sido es-clavizados por algún conquistador extranjero, y afir-mando que es el mismísimo Creador quien cada noche les dice en sueños contra quien tiene que guerrear cada día. Y, a tal fin, subyugan a sus súbditos utilizando im-púdicamente la religión a su favor, aprovechándose de que nuestras confesiones monoteístas, tanto la judía como la cristiana y la musulmana, son las que tienen los dioses más belicosos, hasta el punto de que tienen instituidas las guerras santas en sus libros sagrados; me estoy refiriendo a la Milkhemet Mitzvah judía, que los rabinos la definen como «la guerra por mandamiento»; a la Yihad islámica, que insta a los creyentes a defender la fe musulmana con un párrafo que recoge palabras del propio Mahoma, y que dice: «Salid a combatir sea cual

 

211

 

fuere vuestra condición. Contribuid por la causa de Allah con vuestros bienes y luchad (Corán, sura 9:41)»; y a la Cruzada cristiana contra los infieles con el fin de recuperar los Santos Lugares, que son convocadas por los papas, prometiéndoles a los creyentes que, si mue-ren en combate contra los infieles, ocuparán en el cielo los lugares más privilegiados, que son aquellos que go-zan de prerrogativas tanto más especiales cuanto mayor sea el número de musulmanes y de judíos que cada uno hubiera matado en la batalla, es decir, que aquel que más infieles hubiera matado gozaría de una mayor cer-canía al Creador y sería más digno de sus favores.

 

—Sí, maestro, eso es muy cierto, pero el más cruel de los tres dioses ha sido Jehová, el dios cristiano.

 

—¿Solo el cristiano? ¿Y qué me dices del musul-mán? Cuando en el año 622 salieron de Arabia los ejér-citos de Mahoma y en menos de un siglo ocuparon a golpe de lanza y espada todo el norte de África y la pe-nínsula Ibérica, dejando a su paso cientos de miles de muertos, ¿en nombre de qué Dios se hacían todas aque-llas matanzas?

 

—Es verdad, lleváis toda la razón, ciertamente las hacían en el nombre de Alá. Y también es cierto que allá dónde llegaban para quedarse construían mezqui-tas antes que madrasas.

 

—Sí, así es. Y como los cristianos y los musulmanes somos tal para cual, ahora que seis siglos más tarde los seguidores de Mahoma están siendo vencidos y expul-sados de Europa, los cristianos hispanos se dedican a

 

212

 

convertir esas mezquitas en iglesias, ahorrándose el tra-bajo de construirlas con tan solo añadirle un campana-rio al alminar desde donde el almuédano llamaba a la oración a los fieles creyentes; revistiendo con arcos apuntados de piedra la puerta de entrada en la fachada principal y sustituyendo en el interior el antiguo mih-rab, que le señalaba a los fieles la dirección de La Meca, por un ábside en el que sitúa el retablo del altar mayor.

 

—Es cierto, maestro, también en esto lleváis razón, pero decidme, ¿a qué lugar habéis pensado trasladaros? Y no es que me importe demasiado el lugar al que ha-yáis decidido marcharos, porque yo os seguiré hasta el fin del mundo, os lo pregunto por simple curiosidad y también para decírselo a mis hermanos cuando me des-pida de ellos.

 

—Pues, la verdad es que todavía no lo he decidido. Tal vez tengamos mejor acierto si lo pensamos juntos y elegimos el sitio entre los dos.

 

—Maestro Orlando, yo que vos me pensaría lo de movernos de El Cairo. Aunque sois diez veces más viejo que yo y me superáis en experiencia y sabiduría, permitidme que os dé un consejo. A mí me parece que a cualquier sitio que vayamos nos vamos a encontrar con la maldad, la ambición y el egoísmo humanos, que como vos bien decís, son las depravaciones que pro-mueven todas las guerras, pero digo yo, ¿no creéis que el hecho de tener un sultán tan belicoso como Qalawun, que va con su ejército llevando la guerra de reino en

 

213

 

reino, si bien es cierto que nos embarca en una guerra permanente, no es menos cierto que lo hace lejos de nuestras fronteras, preservándonos de ser atacados por estos mismos reinos a los que ataca? Acabamos de fi-nalizar un conflicto con Nubia que ha durado dos años y teméis que nuestro sultán se enfrasque en una cam-paña contra los reinos cristianos y os vuelva a nombrar su asesor y consejero, pero mientras no sean los cruza-dos los que vengan a El Cairo a atacarnos, cosa que creo muy improbable, ¿no creéis que el hecho de que nuestro sultán haya decidido ir a incordiarlos a sus reinos no debe afectarnos como ciudadanos, ya que al desarrollarse esa campaña guerrera fuera de nuestras fronteras solo debe preocuparles a los guerreros profe-sionales y a las familias de los jóvenes que se encuen-tran en servicio militar activo? Creo que de lo único que vos os tenéis que preocupar es de buscar una ex-cusa plausible para evitar tener que acompañar al sultán en sus correrías.

 

—Sí, Manu, créeme que entiendo tu postura, pero yo me refería a encontrar un sitio donde no exista ni la más remota posibilidad de un conflicto armado.

 

—No creo que exista un sitio así en el mundo civili-zado conocido. Tal vez podamos encontralo en alguna remota isla desierta…

 

—Eso es, Manu, tú lo has dicho. Una isla desierta es el lugar ideal. Nuestros trajes biónicos nos lo ponen fá-cil, podremos vivir apartados y solo necesitaremos tele-portarnos de vez en cuando al mundo civilizado para

 

214

 

transportar a la isla aquellas cosas que necesitemos.

 

—Sí, eso sería posible, pero ¿no creéis que en poco tiempo acabaríamos echando de menos la presencia hu-mana?

 

—En lo que a mí respecta, estoy absolutamente se-guro de que no echaría de menos la compañía humana. Tú tal vez sí la añoraras, pero podrías remediarlo tele-portándote de cuando en cuando a alguna ciudad popu-losa, donde te darías un baño de humanidad durante unos cuantos días, para luego regresar de nuevo a la isla.

 

—No tendría por qué ser una isla desierta, podría es-tar habitada por algún pueblo nativo que viviera en ar-monía al margen de la civilización y que no conociera la guerra.

 

—Una isla así no la encontraremos en el Mediterrá-neo, tendríamos que buscarla en los mares del sur.

 

—Maestro, estamos viviendo los últimos días del año 1289. Dentro de tres meses entraremos en el equi-noccio de primavera de 1290 y los filsolis celebrareis en la Luna la asamblea decenal, ¿por qué no esperáis hasta entonces y lo consultáis con Tehovás o con vues-tro tutor uriati, ellos conocen mejor que nadie cada rin-cón de nuestro planeta y deben saber dónde se encuen-tra el lugar ideal que queréis encontrar?

 

—Sí, creo que llevas razón, no debemos tener prisa por escapar de El Cairo. Si el sultán me pide que le acompañe en calidad de asesor militar en su campaña contra los cruzados, ya me inventaré alguna excusa.

 

215

 

Oyendo hablar a Manu, tuve la sensación de que me estaba viendo a mí mismo en un espejo, pues al igual que yo aparentaba tener tan solo algo más de treinta años cuando estaba a punto de cumplir quinientos se-senta y ocho años el próximo 16 de enero, él parecía ser un joven veinteañero y me estaba dando tan admi-rable ejemplo de buen criterio y de buen razonamiento que era propio de una persona sensata y muy madura, como correspondía a su verdadera edad de algo más de cincuenta años. Como digo, lo estaba oyendo y pensaba que esa misma impresión debían tener los demás cuando me escuchaban a mí.

 

Aquel año de 1290, la Tierra cruzaba el equinoccio de primavera a las veintiuna horas y doce minutos del lunes 20 de marzo. El cielo se encontraba limpio de nu-bes y, como quiera que hacía días que no soplaba viento del desierto, también se encontraba libre de la sucia y bochornosa calima que era propia de los meses prima-verales; por su parte, la colosal luna cairota se enseño-reaba de cielo nocturno resplandeciendo en fase gibosa creciente y eclipsando a las estrellas.

 

Llegado el momento del salto, Manu revisaba el ma-cuto en el que portaba una decena de regalos para mis amigos filsolis más allegados.

 

—Lo lleváis todo, no falta nada. Maestro, me encan-taría poder acompañaros a la Luna, aunque fuese en ca-lidad de oyente, sin derecho a voz ni voto —me dijo Manu, cerrando el macuto, al tiempo que Sagira me

 

216

 

ajustaba por detrás el cinturón del traje biónico.

 

—Lo sé, Manu, lo sé. Aunque los uriatis nunca nos dicen cuál es el orden del día de la asamblea y no sabe-mos de cuantos asuntos vamos a tratar ni cuantos días vamos a estar allí debatiéndolos, te prometo que, si tengo ocasión, le comentaré a Tehovás las muchas ga-nas que tienes de ir a la Luna y, si lo autoriza, te lo comunicaré telepáticamente para que te tele-transpor-tes hasta allí enseguida.

 

Con Manu y su esposa situados a mi derecha, esperé a sentir en mi interior esa inconfundible sensación, pa-recida a una especie de corriente eléctrica en los intes-tinos, que siempre notaba al pasar el centro de nuestro planeta por la imaginaria línea sideral de los equinoc-cios y, llegado el momento de partir, me despedí de am-bos con una sonrisa y un gesto de mi mano, que más bien era una caricia dibujada en el aire, sin llegar a to-carlos para no arrastrarlos conmigo en la tele-porta-ción.

 

Fui de los primeros en llegar a la sala de las asam-bleas, donde ya charlaban formando corros una vein-tena de uriatis y no más de una docena de filsolis, en-contrándose en uno de estos grupos Tehovás y Suriel, su segundo y mi tutor, lo que me invitaba a plantearles la inquietud de mi asistente, así como su gran deseo de visitar por primera vez la Luna.

 

—Sé bienvenido, Orlando —fue el saludó de Teho-vás.

 

217

 

—Paz y amor —fueron los cumplidos de los otros cuatro uriatis, así como de los tres filsolis que forma-ban el corrillo, utilizando los primeros la forma de sa-ludo que acostumbrábamos a usar los filsolis.

 

—Me alegro de encontraros juntos porque acabo de despedirme en El Cairo de un asistente que me surgió hace un par de años, casi por sorpresa, y que dice ser descendiente directo del arcángel Tehovás, según pala-bras suyas.

 

—Déjame adivinar, ¿se trata tal vez de Manu? —me inquirió Tehovás, adivinando de quien se trataba sin re-currir a la telepatía.

 

—Sí, Tehovás, lo has adivinado. Se trata de Manu, y para tu información te diré que acaba de tener un hijo que puede pasar perfectamente por ser un bebé uriati, tales son sus rasgos fisonómicos.

 

—Me alegra oír eso; entre nosotros, la frecuencia de nacimientos es muy baja —me respondió Tehovás—. Y su esposa, ¿también porta genes uriatis?

 

—No me lo parece, al menos en su apariencia física.

 

—Entonces debe ser que nuestros genes están muy potenciados en él.

 

—Lo he dejado muy triste. Me ha dicho que daría cualquier cosa por venir a la Luna y presenciar una asamblea, aunque sea sin voz ni voto, como simple oyente. Le he prometido que os lo plantearía y que, si lo autorizáis, se lo trasmitiría telepáticamente para que se tele-portase.

 

—Ya sabes que en las asambleas se tratan asuntos

 

218

 

que, generalmente, deben ser ignorados por los terríco-las.

 

—Pero él es medio uriati y me ha dicho que, si bien no ha heredado de vosotros la inmortalidad, si disfruta de una larga longevidad.

 

—Sí, eso es cierto los fililunis pueden vivir unos mil años. Ellos están llamados a sustituir al homo sapiens que actualmente puebla la Tierra, pero aun así no es muy conveniente que sean testigos de ciertos aconteci-mientos y, sobre todo, de los graves riegos por los que a veces pasa el planeta, como por ejemplo el que vamos a tratar hoy.

 

Aquellas palabras nos pusieron en alerta a los cuatro filsolis que nos encontrábamos en el corrillo. Ya sabéis que las asambleas decenales se celebran indefectible-mente el día que la Tierra pasa por el equinoccio de primavera, y que hacen sin una convocatoria previa y sin que los uriatis nos adelanten ningún orden del día que hemos de tratar, posiblemente para no darnos oca-sión de hablar con otros terrícolas de los problemas o de las amenazas por las que pasa la Tierra, con el con-siguiente riesgo de que la noticia se expanda y cree en la población una alarma innecesaria.

 

—Está bien —continuó diciendo Tehovás—, si tanto interés tiene en conocer nuestras instalaciones en la Luna, puedes comunicarle que he autorizado su visita y que se ponga en contacto telepático con su tutor, que será quien le haga de cicerone.

 

Es inenarrable la explosión de alegría que percibí en

 

219

 

la mente de Manu cuando le comuniqué que Tehovás autorizaba su visita y que Clorión, su tutor, sería quien le enseñaría las instalaciones de los uriatis en la Luna.

 

Tras media hora de charla en aquel corrillo, recibi-mos el consiguiente aviso telepático para ocupar nues-tros escaños en el hemiciclo y dar comienzo a la pri-mera sesión.

 

Como de costumbre, Tehovás, que es quien siempre dirige la asamblea asistido por Suriel, se situó tras el atril y nos dirigió la palabra.

 

—Queridos hermanos filsolis, como en décadas an-teriores nos hemos reunido hoy para tratar aquellos asuntos que puedan suponer alguna amenaza para nues-tro planeta Tierra y, así como ha habido años en los que, por fortuna, no ha habido problemas que resolver y la asamblea tan solo ha servido para vernos de nuevo, saludarnos y pasar un rato de agradable conversación, esta vez tenemos que tratar de un asunto que, si bien hasta ahora no había revestido ninguna urgencia, desde hace dos años se ha venido agravando y requiere toda nuestra atención.

 

Hacía ya bastantes décadas que en las asambleas no se planteaba ningún asunto que pudiera ser calificado de grave, por lo que este anuncio de Tehovás hizo que los asistentes se revolvieran algo inquietos en sus asientos.

 

—Todos sabéis que los polos magnéticos terrestres se invierten cuatro o cinco veces cada millón de años transcurridos, por lo que este fenómeno ha ocurrido

 

220

 

muchas veces a lo largo de la historia de nuestro pla-neta —continuó diciendo Tehovás—, y también habéis de saber que la próxima inversión ya se está retrasando demasiado, pues han pasado más de seiscientos mil años desde que se produjo la última de estas inversio-nes polares. También sabéis que este proceso de inver-sión geomagnética está provocado por los movimientos giratorios del núcleo de hierro fundido del planeta y que, cada vez que esto ocurre, las puntas de la aguja de la brújula también se invierten, señalando al sur la antes apuntaba al norte y viceversa. Antes de continuar, ¿al-guien quiere hacer alguna pregunta o necesita alguna aclaración a lo que acabo de decir?

 

—¿Estás diciéndonos que se ha iniciado una inver-sión de los polos magnéticos? Sabemos que el eje mag-nético de la Tierra no es inamovible y que, de hecho, se está moviendo continuamente dentro de ciertos límites, ¿no será que esta vez se está desplazando algo más de lo acostumbrado? —le inquirió un filsolis que se en-contraba dos filas más abajo de la que yo me encon-traba.

 

—Esta vez, uno se esos movimientos erráticos a los que te refieres ha continuado y ha sobrepasado los lí-mites acostumbrados; el ángulo de inclinación respecto al eje de rotación de la Tierra, que habitualmente es de 11,5 grados, ha alcanzado ya los 19 grados y no va a parar, sino que va a seguir avanzando hasta invertir to-talmente la polaridad. Excuso deciros la prudencia y la reserva que tendréis que tener con esta noticia ya que,

 

221

 

si trascendiera a las calles de las ciudades, los catastro-fistas anunciarían el fin del mundo, vaticinarían que las estrellas caerán del cielo, que la peste y todo tipo de enfermedades asolarán la Tierra, y afirmarían que Sa-tanás con sus legiones de diablos se adueñarán del pla-neta. Es cierto que las inversiones polares que se han producido en el pasado han sido muy lentas, tardando en completarse varios miles de años, pero esta vez no va a ser así; la velocidad a la que se está produciendo el fenómeno hace pensar que, en un espacio de tiempo que quedaría comprendido entre cincuenta y cien años, se habrá producido una completa la inversión polar, es decir, que el polo norte magnético pasará a estar en la Antártida y el polo sur en el Ártico.

 

—Y, ¿qué más nos da dónde se encuentren los po-los? —preguntó otra voz humana desde el fondo de la sala—. La vida seguirá igual que hasta ahora.

 

—No, no seguirá igual —le respondió Tehovás—. Si el cambio fuera tan lento que durara miles de años, to-dos aquellos animales, sobre todo una gran cantidad de especies de pájaros, de insectos y también de animales marinos que se orientan por el campo magnético, ten-drían el tiempo necesario y suficiente para ir adaptán-dose y encontrar soluciones a sus problemas de despla-zamiento, pero, al ser un cambio tan brusco, la mayoría de estas especies se extinguirán, contándose por des-gracia entre ellas las abejas, que dejarían de polinizar decenas de miles de especies de plantas, provocando, por un efecto dominó, la extinción de muchísimas otras

 

222

 

especies que se alimentan de ellas.

 

—¿Y qué ocurrirá con el escudo de protección con-tra el viento solar que nos proporciona el campo mag-nético? —inquirió otra voz, esta vez era la de un uriati, queriendo tal vez provocar que se hablara de una cues-tión tan importante.

 

—Efectivamente, el campo magnético de nuestro planeta nos protege del viento solar y de la radiación cósmica, por lo que una inversión prolongada supon-dría que la Tierra quedaría desprotegida contra estos rayos de origen sideral que, como sabéis, tan perjudi-ciales son tanto para la vida animal como para la vege-tal. Es cierto que nunca ha ocurrido que el campo mag-nético terrestre desaparezca por completo, pero si puede debilitarse excesivamente durante el tiempo que dure la inversión, quedando la Tierra durante todo este tiempo sometida a la acción de las funestas partículas de alta energía que nos bombardean constantemente y, por tanto, expuesta a altos niveles de radiación, produ-ciendo en muy poco tiempo un aumento de enfermeda-des mortales, como por ejemplo el cáncer.

 

—Habéis establecido ya algún plan de actuación en-caminado a defendernos de esta amenaza? —inquirió un filsolis de la última fila.

 

—Sí, hemos diseñado dos alternativas, una de ellas a más largo plazo que la otra, que os las queremos ex-poner a grandes rasgos para someterlas a vuestra con-sideración —respondió Tehovás—. Cualquiera de las dos es igualmente válida. La primera de ellas consiste

 

223

 

en desplegar dos centenares de grandes naves, equipa-das todas ellas con inductores magnéticos de gran po-tencia, que quedarían estacionadas e interpuestas entre la Tierra y el Sol, a una distancia de doce mil quinientos kilómetros de la superficie terrestre. Estas naves se en-cargarían de producir el campo magnético que fuera necesario en cada momento para compensar el debili-tamiento del campo terrestre con objeto de estar todo el tiempo protegido de la radiación cósmica. Esta solu-ción la mantendríamos activa durante todo un siglo, que es el tiempo que tardaría el eje magnético en com-pletar la inversión polar que se está iniciando ahora, y en recuperar por sí misma la normal intensidad magné-tica terrestre, quedando finalmente los polos invertidos, después de haber provocado durante ese siglo los gra-ves daños en la flora y en la fauna terrestres, sobre todo, como hemos mencionado antes, en aquellas especies de animales que se orientan con el campo magnético. La segunda solución estaría encaminada a detener la in-versión que ahora se inicia y restituir el eje magnético a su posición habitual. Es por esto que resultará una operación más compleja pues, además de necesitar ha-cer lo mismo que os acabo de decir con esos dos cente-nares de naves, rodearíamos el ecuador terrestre con otras cuatrocientas naves, igualmente equipadas con in-ductores magnéticos de gran potencia, que quedarían situadas en posiciones geoestacionarias, a una altura de unos ochenta kilómetros sobre la superficie terrestre, separadas entre sí a una distancia de cien kilómetros y

 

224

 

formando una línea sobre el ecuador. Esta hilera de in-ductores magnéticos, actuando sobre el núcleo sólido terrestre durante un plazo no mayor de veinte años, de-tendría su movimiento errático, que es el que está pro-vocando la inversión polar. Con esta segunda solución impediríamos que la inversión llegue a término y res-tauraríamos los actuales polos magnéticos, evitando el grave desastre ecológico que dicha inversión provoca-ría en la flora y en la fauna. Esto es cuanto os puedo informar, por lo que, si no hay más preguntas, podemos pasar a elegir la solución que creamos más conveniente mediante una votación.

 

Ni que decir tiene que la segunda solución propuesta fue votada por unanimidad; nadie se resignaba a la idea de una inversión en los polos magnéticos y mucho me-nos al desastre ecológico que esto conllevaba. Además, la restauración de los polos magnéticos mediante el cinturón de naves sobre el ecuador, se conseguiría en tan solo veinte años, evitando así el tener que mantener un escudo de protección con doscientas naves durante un siglo.

 

Como era costumbre desde siempre, se formó una comisión de filsolis que acompañarían a los uriatis en la misión, siendo espectadores y testigos de las opera-ciones que se llevarían a cabo tanto en la magnetosfera como sobre el ecuador terrestre; y, también como siem-pre, mi natural curiosidad me obligó a formar parte de dicha comisión.

 

Terminada la asamblea, cuando salimos de la sala

 

225

 

me estaba esperando Manu acompañado de su tutor Clorión.

 

—Hola, Manu. Dime, ¿qué te parece la Luna por dentro?, ¿hubieras podido imaginar todo esto alguna vez en tu vida?

 

—Ni soñando lo hubiera imaginado, maestro.

 

—Es muy inteligente mi pupilo —intervino su tutor, el uriati Clorión—, apenas se ha sorprendido con las cosas que ha visto y ha entendido a la primera explica-ción que le ha dado de cómo una nave con motor de curvatura puede plegar el espacio y viajar a mayor ve-locidad que la luz.

 

—Suriel y Clorión —dije en tono algo ceremonioso, mirando a los dos uriatis— me gustaría que Manu pre-senciara estas operaciones, lo haríais el hombre más fe-liz del mundo embarcándolo en una de vuestras naves y saliendo al espacio exterior. ¿Es posible tal cosa?

 

—Solo es posible si jura o promete guardar el más absoluto secreto de todo cuanto vea y oiga —respondió Suriel.

 

—Ya le he tomado yo juramento de guardar en se-creto todo cuanto le llevo enseñado y explicado.

 

—Eso está bien, pero, además, si viajas con noso-tros al espacio exterior, ¿estarías dispuesto a jurar por tu esposa, tu hijo y tu adorada diosa Isis que guardarás el secreto de todo cuanto veas y oigas durante el viaje?

 

—Sí, lo juro, lo juro, lo juro y lo prometo por quien queráis —repitió Manu lleno de júbilo y entusiasmo, llevándose ambas manos a la cara y haciéndonos reír

 

226

 

incluso a los uriatis, a quienes su gran sabiduría y su inmortalidad les había hecho perder el sentido del hu-mor hacía ya varios millones de años—. Os juro y os prometo por lo más sagrado que, de todo cuanto vea y oiga, seré el espectador más silencioso, me mantendré más callado que un muerto en su tumba y que no se contaré a nadie, ni siquiera a mi esposa.

 

La nave comisionada en la que viajábamos unos treinta fildolis era oblonga, teniendo la forma de un ci-lindro de unos cincuenta metros de largo por diez de diámetro, con sus extremos redondeados; y, al objeto de ir aclarándonos cualquier duda que tuviéramos, en ella también viajaba Tehovás con el equipo técnico que supervisaría las operaciones. Estas se llevarían a cabo en dos fases; la primera sería la interposición del es-cudo magnético entre la Tierra y el Sol y, una vez fina-lizada esta, la segunda consistiría en posicionar el cin-turón de naves sobre el ecuador terrestre para revertir el eje magnético a su inclinación actual de 11,5 grados con respecto al eje de rotación.

 

En tan solo unos minutos, una veintena de cráteres lunares abrieron sus fondos y vomitaron las doscientas naves que habrían de llevar a cabo la primera fase de la operación «escudo magnético», que así fue llamada por los filsolis; los uriatis, al tener costumbre de comuni-carse entre ellos telepáticamente, no necesitaron darle nombre alguno a la operación. Y, cuando ya en el es-pacio exterior, a doce mil kilómetros sobre la superficie terrestre, tras apagarse las luces blancas de nuestra nave

 

227

 

y de encenderse las rojas, que tiñeron de sonrojo nues-tros rostros, las paredes del casco se hicieron transpa-rentes. Y fue en este preciso momento cuando noté cómo unas frenéticas manos se aferraban a mi brazo iz-quierdo; era Manu, que al verse como si estuviera flo-tando en el espacio vacío había entrado en pánico y se aferraba a mi brazo. Lo tranquilicé tomándolo fuerte-mente de una mano y dirigiéndole una sonrisa alenta-dora, si bien toda su aprensión y su miedo desapareció por completo cuando ante nosotros aparecieron en for-mación las doscientas naves circulares, de unos treinta metros de diámetro, que constituían la flota que haría de escudo magnético protector de la Tierra.

 

La verdad era que el espectáculo que ofrecían impre-sionaba por lo grandioso. Aquellos dos centenares de naves ocultaron la luz solar cuando adoptaron una for-mación compacta en forma de círculo alrededor de una línea imaginaria que unía los centros de la Tierra y el Sol. En aquel momento la luz solar diurna iluminaba el continente asiático por lo que los astrólogos de la China, la India y de los países del sureste asiático esta-rían contemplando un eclipse solar imprevisto al que no le podían dar una explicación razonable, razón por la cual los sacerdotes ya habrían echado de mano de los falsos argumentos de los que se valen y que suelen uti-lizar para asustar al pueblo ignorante, tales como que aquel eclipse era el presagio de un castigo colectivo que el Cielo enviaba a los hombres por su irreligiosidad y su mal comportamiento. Pasada una media hora, a una

 

228

 

orden de Tehovás, las naves rompieron la formación y se desplegaron, alejándose del radialmente del centro del círculo que habían formado, en todos los sentidos hasta que las perdimos de vista. Tehovás nos explicó que se habían dispuesto en el espacio, distribuidas uni-formemente, hasta formar un disco del diámetro de la Tierra, es decir, de unos doce mil kilómetros; y, a una segunda orden de Tehovás, todas pusieron en marcha sus inductores magnéticos, protegiendo cada una de ellas una superficie terrestre de unos quinientos mil ki-lómetros cuadrados. A partir de aquel momento, todo el proceso sería automático; las naves estarían mi-diendo permanentemente el campo magnético terrestre y regularían las intensidades de sus inductores al objeto de mantener una intensidad de campo similar a la nor-mal del eje magnético de la Tierra. Con esta primera fase, el planeta había quedado perfectamente protegido contra la nociva radiación cósmica.

 

La segunda fase comenzó situándose nuestra nave a una altura de ochenta kilómetros sobre un punto del océano Atlántico, en el golfo de Guinea, pudiendo ser testigos de cómo otras cuatrocientas naves circulares, navegando en fila, iban una tras otro ocupando su puesto estacionario cada cien kilómetros sobre la línea del ecuador hasta formar un anillo que circunvalaba el planeta. A otra orden de Tehovás, las naves conectaron sus sistemas automáticos que irían actuando magnéti-camente sobre las masas de aleaciones metálicas que formaban el núcleo terrestre a fin de ir corrigiendo la

 

229

 

inclinación del eje magnético hasta alcanzar la inclina-ción de 11,5 grados respecto al eje de rotación del pla-neta.

 

Absorto en lo que ocurría en el espacio a nuestro al-rededor, durante todo este tiempo había tenido tomado de la mano a mi asistente. Y, cuando ya casi se daba por terminada esta segunda fase, noté que apretaba mi mano con más fuerza, le dirigí una mirada y pude com-probar que tenía el rostro anegado en lágrimas. El es-pectáculo que, en su imponente inmensidad, el Uni-verso ofrecía a nuestros ojos era tan grandioso, y a la vez tan admirable y perturbador, que mi asistente, con el ánimo sobrecogido, estaba llorando de felicidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

230

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

231

 

11

 

 

Tras la asamblea decenal de marzo de 1290 en la Luna y culminar las operaciones llevadas a cabo en la mag-netosfera terrestre, volví a El Cairo con mi asistente Manu. Durante los siguientes meses no se produjo nin-gún acontecimiento que fuera digno de ser contado aportando detalles del mismo, incluyendo las tres o cuatro veces que tuve que acudir al palacio del sultán como invitado a fiestas y celebraciones, siendo todas ellas igual de vacuas e insustanciales que siempre, y otro par de veces que me llamó para pedirme opinión y consejo sobre las negociaciones que estaba llevando a cabo con los cruzados de Acre y que finalmente fueron rotas en agosto de aquel mismo año por los asaltos, ro-bos y asesinatos de mercaderes sirios a manos de los cruzados llegados del norte de Italia a bordo de naves venecianas y aragonesas, después que hubiera sido res-tablecido el comercio con los musulmanes de Siria. Tras jurar públicamente por Alá que castigaría aquellos crímenes pasando por las armas a todos los cristianos de Acre, Qalawun, aun estando tan enfermo que los médicos ya le anunciaban su próxima muerte, se revis-tió con la coraza de un ángel vengador y se puso al frente de su ejército el 4 de noviembre. No pudo llegar a Acre pues falleció cinco días más tarde, en Marjat at-Tin, tras hacer jurar a su hijo Jalil, su heredero y suce-sor, que continuaría la campaña que él acababa de co-menzar.

 

232

 

Fue el propio Manu quien, tal vez temiendo que lo reclutaran habiéndose convertido en padre de una cria-tura y repudiando la guerra en la que Egipto se veía permanente inmersa por mor de la ambición y la beli-cosidad de sus gobernantes, una mañana de mediados de julio de 1291 me volvió a recordar aquella idea que en su día yo le apunté de retirarnos a una isla desierta.

 

—Maestro, creo que lleváis toda la razón al pensar en refugiarnos en una isla desierta. Es un sinvivir el es-tar continuamente pensando en que te pueden reclutar para llevarte a la guerra.

 

—Con tu traje biónico estás totalmente protegido; mientras no te desprendas de él, no tienes nada que te-mer en una batalla.

 

—Sí, lo sé, pero me veré obligado a tener que matar a otros hombres.

 

—Siempre puedes recurrir a tele-portarte a otro lu-gar, convertirte en espectador del encuentro y volver al campo de batalla una vez que este haya concluido.

 

—Sí, es cierto, todo eso está muy bien, pero yo creo que lo mejor sería desaparecer del mundo y perdernos en esa isla desierta de la que habláis.

 

—Cuando hablamos de esto dijimos que no existía ninguna isla en el mundo conocido que reuniera esas condiciones y estuviera disponible y, además, me pare-ció que no te hacía ninguna gracia abandonar El Cairo, ¿es que ya no te importa marcharte?

 

—Sí, maestro, es verdad. He pensado en cuanto di-jisteis y he comprendido que lleváis mucha razón al

 

233

 

querer huir de las guerras. Ya que no puede ser una isla, ¿qué os parecería un oasis? En Egipto tenemos unos cuantos, encontrándose el más alejado, que a su vez es el más pequeño, a unas ochenta leguas de El Cairo; me estoy refiriendo al oasis de Farafra. Una vez que tuve que ir a una aldea del desierto de Libia, donde había muerto mi hermano mayor, y regresaba con su cadáver a El Cairo viajando con una caravana de camellos, hi-cimos noche en aquel oasis y os puedo asegurar que es un lugar paradisíaco, en el que crecen palmeras datile-ras y donde se puede cultivar toda clase de árboles y hortalizas.

 

—¿Quién vive allí?

 

—La vez que yo estuve, hace ya de esto seis años, estaba habitado por cinco o seis familias de agricultores que no sumaban más de treinta o cuarenta personas.

 

—Aunque creo que cuarenta son demasiadas perso-nas, en principio me está gustando la idea. Quizás sea posible que, en una comunidad tan reducida, en la que todo el mundo está entregado al trabajo y a la vida fa-miliar, podamos encontrar la paz que buscamos. Tal vez debiéramos tele-portanos allí para echar un primer vistazo y después decidimos si nos mudamos o nos quedamos en El Cairo. ¿Qué te parece?

 

—Pues sí, creo que eso será lo más sensato. Por mí, nos podemos tele-portar en el momento que vos digáis.

 

Debido a algunos asuntos que estaba gestionando, todavía tuvieron que pasar tres días más antes de tele-portarnos, durante los cuales no dejamos de hablar del

 

234

 

oasis Farafra, preguntándonos dónde viviríamos, cómo seríamos acogidos por aquellas gentes y si habría tierra disponible para cultivarla. Así pues, el domingo 15 de julio, nos dispusimos a tele-portarnos al oasis de Fara-fra cuando ya el sol se había elevado sobre el horizonte medio palmo, después de que Manu hiciera un buen desayuno de ful mudames24, en el que abundaban más los garbanzos que las habas, y de que yo tomara unos cuantos vasitos de infusión de té, sustituyendo así los dos o tres vasos de agua que mi tutor Suriel me recetó como desayuno el día que me resucitó, y que desde ha-cía más de cinco siglos los tomaba cada mañana.

 

—¿Qué armas preparo, maestro?

 

—¿Armas?, ¿para qué necesitaremos llevar armas, Manu? Somos inmunes a cualquier ataque y tampoco queremos hacerle ningún daño a nadie. En todo caso, prepara un macuto con algunos alimentos para ti.

 

—Ya lo tengo preparado.

—Entonces, ¿estás preparado para dar el salto?

—Sí, maestro, cuando vos digáis.

 

—Pues vamos allá.

 

Pese a que nuestros trajes biónicos regulaban el calor

 

 

 

 

24   El ful mudames es un plato tradicional de la cocina egipcia, siendo considerado desde tiempo inmemorial como uno de sus platos nacionales. Su ingrediente principal es el haba, si bien se le puede añadir garbanzos. Tradi-cionalmente se cocina lentamente en un pote de cobre (si se elabora en un pote de un metal diferente, no adquiere el sabor adecuado). Se suele servir a horas tempranas, siendo además un alimento típico en los periodos de absti-nencia del Ramadán.

 

235

 

de nuestros cuerpos, en el momento de materializarnos en el oasis Farafra notamos en nuestros rostros una drástica bajada de temperatura de cuatro o cinco grados respecto a la que teníamos en El Cairo. Las repugnantes pestilencias de las aguas fecales que corrían por las me-dianas de las calles de la gran ciudad y los olores de las barbacoas callejeras en las que se asaban verduras, car-nes y pescados, había sido sustituidos por un aire lim-pio que, impregnado del agradable frescor que provo-caba la densa vegetación, en la primera bocanada que tomamos de él, nuestro olfato y nuestros pulmones se extasiaron con el fuerte aroma que se desprendía de una gran extensión de terreno que se encontraba cubierta de palmitos, y con la intensa fragancia que nos llegaba desde el bosquecillo de tamarindos que teníamos a po-cos metros enfrente. Cuando nos volvimos para echar una mirada a nuestro alrededor, descubrimos que a nuestras espaldas había una antigua construcción en la que se mezclaba la piedra y el adobe.

 

—¿Qué construcción es esta? —le inquirí a Manu.

 

—Me dijeron que fue construida por los romanos como una fortaleza en los tiempos del emperador Tibe-rio, pero que luego, durante todo el tiempo que estuvie-ron en Egipto, la utilizaron para guardar el trigo que se producía en el oasis. Los beduinos con los que viajaba cuando conducíamos al cadáver de mi hermano me contaron que el faraón Ramsés II mandaba extraer de aquí toda la piedra que necesitó para los templos que mandó construir en Luxor, y también me contaron que,

 

236

 

cuando los árabes invadieron Egipto, el oasis fue refu-gió de los cristianos coptos que huían del islam.

 

—¿Y aquel grupo de casas de adobe que se ve al fondo?… Parecen estar abandonadas…

 

—Hace seis años estaban ocupadas por las familias de agricultores que vivían aquí, pero, es cierto lo que decís, ahora parece que estén abandonadas…

 

—¿Y esas lagunas que se ven dispersas?

 

—Son casi un centenar de pozos en los que el agua mana a ras de tierra formando pequeñas lagunas en las que podemos darnos un baño en los días de calor in-tenso. Están distribuidos por todo el oasis y gracias a ellos abundan las palmeras datileras, los cítricos, los al-baricoqueros, los olivos y los algarrobos. ¿Veis aquel exuberante palmeral del fondo?, pues está verde todo el año gracias a que está rodeado por más de veinte po-zos de agua. Aquella vez que pasamos por aquí, hici-mos noche precisamente en aquel palmeral y pudimos contemplar cómo, a la caída de la tarde, acudían a beber a esos pozos una gran cantidad de gacelas, ovejas de Berbería, zorros rojos, chacales, gatos de arena y hasta pudimos ver algunos leones del desierto. Ah, y también vimos una cueva, a la que llamaban Cueva Djara, que tiene grandes estalactitas y dibujos que fueron grabados en las paredes por nuestros antepasados de la antigüe-dad.

 

—¿Dónde está la gente que me dijiste vivía aquí?

 

—No lo sé, maestro. Parece que el oasis esté de-sierto. Acerquémonos a las casas por ver si hay alguien

 

237

 

en alguna de ellas.

 

Echamos a andar en dirección sur, hacia el grupo de casas, sin ver ninguna señal de vida, ni siquiera algún animal doméstico suelto, como pudiera ser un gato, que tanto les gustan a los egipcios; tan solo llegaban a nues-tros oídos los trinos de algunos pájaros cantores que debían haber anidado en el bosque de tamarindos. Avanzábamos por un camino de tierra a cuyos ambos lados las parcelas agrícolas parecían estar abandonadas y en las que sus cultivos crecían salvajes, sin rastro al-guno de intervención humana.

 

—¡Maestro, he visto moverse algo en el interior de aquella casa que tiene la puerta abierta! —me dijo mi asistente, casi en un grito.

 

—¿Cuál de ellas? A todas les falta la puerta de en-trada o las tienen abiertas.

 

—La segunda de la hilera.

 

—Está bien, acerquémonos hasta allí y preguntemos. Nos dirigimos hacia aquella segunda puerta de la hi-lera y, cuál sería nuestro asombro y, ¿por qué no de-cirlo?, también sorpresa y gran susto, que cuando ya nos encontrábamos a unos diez pasos de aquella puerta, lo que asomó por ella no fue una persona sino la abun-dante melena de un enorme e imponente león del de-sierto que se plantó en el umbral con la cabeza erguida y su mirada clavada en nosotros. Atenazados por la sor-presa y la impresión que nos causó la imagen de fuerza y fiereza que proyectaba aquel león, Manu y yo nos pa-ramos en seco y nos quedamos inmóviles sosteniéndole

 

238

 

la mirada a la fiera, pese a que los que conocen a fondo a estos animales dicen que no hay que mirarlos a los ojos y que sostenerle la mirada es un desafío que se les está lanzando pudiendo provocar que reaccionen vio-lentamente. No era miedo lo que sentíamos ante la pre-sencia de aquella bestia, ya que íbamos protegidos al llevar activados los campos de fuerza de nuestros trajes biónicos, pero sí que nos que nos impresionaba la so-berbia estampa de fuerza y poder que presentaba, pero, sobre todo, nos invadía una gran extrañeza la presencia de un león en un poblado humano. Y, mientras nos en-contrábamos estáticos, esperando a ver cuál era la reac-ción del animal, un segundo león macho, seguido de dos leonas, apareció por el extremo de aquel camino en el que nos encontrábamos. La protección del campo de fuerzas nos daba la templanza suficiente para no tomar la decisión de tele-portarnos a otro lugar y seguir aguantando clavados al terreno para ver qué pasaba. Fue entonces cuando, dos puertas más allá de aquella en la que se encontraba el primer león, apareció la fi-gura de un hombre.

 

Flaco, descalzo, de piel oscura y semidesnudo, vis-tiendo tan solo un turbante y un taparrabos rojos, con una melena de abundantes cabellos negros que le lle-gaba a media espalda, entre los que se entremezclaban algunas canas que brillaban a la luz del sol como si fue-ran hilos de plata, y con la barba también entrecana hasta la mitad del pecho, aquel hombre daba una ima-gen muy parecida a la de un maestro gurú de la India.

 

239

 

A una voz que dio, llevándose las manos la boca para hacer bocina, en un tono muy agudo, como parecía co-rresponder a su fragilidad corporal, los leones volvie-ron sus caras hacia él y lo miraron expectantes, como esperando que les dijera algo más, y a un gesto que hizo a renglón seguido volteando su mano derecha desde el pecho hasta extenderla con el brazo en forma de cruz, los animales dieron media vuelta y se retiraron. Fue en-tonces cuando el hombre acudió caminando hasta donde nos encontrábamos nosotros y, al llegar, nos sa-ludó con un namasté, el saludo de bienvenida propio de la India y Nepal, es decir, insinuando una reverencia con una ligera inclinación de cabeza y llevando las pal-mas de las manos ante el pecho, unidas en posición de rezo.

 

—Sed bienvenidos al oasis Farafra, hermanos. Mi nombre es Madú —nos saludó y se presentó— Si sois viajeros que vais de paso y necesitáis descansar, seréis bien acogidos en mi humilde morada. En ella tenéis agua fresca y alimentos que repondrán vuestras fuer-zas. Pero no veo vuestros camellos, ¿cómo habéis lle-gado hasta aquí si no traéis animales de carga?

 

—Gracias por tu ofrecimiento, Madú, lo aceptamos con sumo gusto —le respondí—. Yo soy Orlando y este que me acompaña es Manu. Creo que todos tenemos que darnos algunas explicaciones. Nosotros, en lugar de encontrarnos con los agricultores que normalmente viven en los oasis, nos hemos encontrado con varios leones.

 

240

 

—Llevas razón, es cierto que necesitamos explica-ciones. Por favor, ¿seréis tan amables de acompañarme hasta mi morada?

 

Lo que él llamaba «su morada» era una habitación situada en aquella hilera de casas de adobe y a la que le faltaba la puerta de entrada. El suelo de la habitación era terrizo y en su centro había una estera de esparto circular de unos dos metros de diámetro sobre la que reposaba una pequeña mesita rectangular construida con delgadas cañas de bambú, resultando tan raquítica y tan baja que su tablero tan solo se alzaba a poco más de un palmo sobre la estera. Adosado a una de las pa-redes, se encontraba un igualmente enclenque estante con dos baldas, también de finas cañas de bambú, sobre las que reposaban una Biblia, cuya cubierta de cuero estaba desgastada y renegrida por tanto manoseo; una jarra y varias tazas, todas ellas de arcilla y toscamente labradas; así como algunos vegetales comestibles entre los que abundaban los tubérculos. Una cajita conte-niendo un eslabón y un trozo de sílex, así como una antorcha puesta en un candelero fijado a la pared, com-pletaban el mobiliario de aquella habitación, pare-ciendo ser muy propia de la vivienda de un eremita. Y, en un rincón, sin apenas guardar una forma reconoci-ble, yacía lo que parecía ser un jergón con muchos agu-jeros, a través de los cuales se veía el relleno de paja.

 

—Por favor, sentaos —nos dijo, indicándonos con un gesto de su mano que lo hiciéramos alrededor de la mesita, sentados sobre la tosca e incómoda estera de

 

241

 

esparto—. Solo os puedo ofrecer agua para beber y ver-duras para saciar vuestra hambre.

 

—Gracias, Madú, pero no tengo hambre ni sed —le respondí y, dirigiéndome a Manu, le consulté: — ¿Quieres tú tomar un poco de agua o comer algunas verduras?

 

—No, gracias, Madú, yo tampoco tengo hambre ni sed.

 

—Y dime, Madú, ¿a qué obedece la presencia en el poblado de estos leones y la ausencia de los colonos? —le inquirí.

 

—Sí, os lo explicaré, pero será mejor que empiece por el principio. Soy un anacoreta cristiano copto que, huyendo del pecado del mundo y buscando en la sole-dad poder estar en comunicación directa con Dios, vine al oasis de Farafra hace poco más de un año con la idea de poder vivir en él ocupando el mínimo espacio posi-ble en alguno de sus rincones, apartado de los campe-sinos y fuera de la vista de todos; me conformaba con disponer de una pequeña parcela en la que yo pudiera cultivar mi alimento diario. Al llegar, me adentré en el poblado y observé con suma extrañeza lo mismo que habéis visto vosotros, un lugar desierto cuando se su-ponía que debía estar habitado por una pequeña pobla-ción que se ocupara de trabajar una tierra tan fértil. En-tré en una de las casas y lo que encontré me levantó el estómago y me puso los vellos de punta: los restos de dos cadáveres, uno de un adulto y el otro de un niño, que habían quedado a medio devorar por las alimañas.

 

242

 

Lo primero que pensé fue que una epidemia de peste había acabado matando a una parte de la población y que los supervivientes habrían huido dejando aquellos cadáveres sin enterrar. Pero fue al salir de aquella casa cuando me vi rodeado por una manada de veintidós leo-nes, formada por tres grandes machos, ocho leonas ma-dres y once ejemplares jóvenes, de los que tres de ellos eran adolescentes y los demás eran cachorros. Cre-yendo llegada mi hora y que serviría de alimento a aquella manada, me arrodillé y comencé a rezar en un acto de contrición, pidiéndole a Dios perdón por mis muchos pecados, pero los leones, en vez de atacarme, comenzaron a ronronear a mi alrededor y a darme ca-bezadas cariñosas. Algo debieron ver u oler en mi cuerpo que no solo no los incitaba a atacarme, sino que, por el contrario, las fieras solo me dedicaban caranto-ñas y acabaron por adoptarme como su líder. A partir de entonces, estos animales, pareciendo que leyeran mis pensamientos, obedecen todos mis deseos. A ve-ces, para ordenarles algo les hago algunos gestos con las manos o con el rostro, pero yo sé que estos gestos no les dicen nada y que si me entienden es porque me leen el pensamiento.

 

—Debe ser que hueles a santidad y por eso, al igual que respetaron al profeta Daniel cuando fue arrojado al foso de los leones, estas fieras hacen todo cuanto les pides que hagan —le respondí—. Los animales son más inteligentes de lo que creemos y leen los pequeños gestos de nuestro rostro, pareciendo que nos adivinan

 

243

 

los pensamientos. Entonces, ¿qué crees que ocurrió con los colonos del oasis?

 

—Debo suponer que lo que ocurrió fue que un día la manada de leones penetró en el oasis, atacó a los agri-cultores, y aquellos que no pudieron huir o que les hi-cieron frente sucumbieron a sus garras y fueron devo-rados. Yo enterré los despojos de siete cadáveres, de los que tres de ellos eran de niños. Y, después de algo más de un año, aquí siguen todavía, sin que ninguno de ellos se haya marchado desde que llegué. Aquí tienen la sombra y el agua que necesitan para combatir el ca-lor, y por las tardes cazan algunos de los animales que vienen a beber a los pozos de agua. Pero habladme de vosotros, decidme, ¿quiénes sois y cómo habéis llegado hasta aquí si no traéis animales que os hayan transpor-tado?

 

Manu y yo nos cruzamos una furtiva mirada de sos-layo, como queriendo confirmarnos el uno al otro que no nos quedaba más remedio que contarle al anacoreta la verdad o, al menos, alguna historia a base de medias verdades.

 

—Hemos venido volando —se me ocurrió decirle, y esperé a ver su reacción.

 

De momento no contestó. Con el rostro algo alelado, se quedó pensativo y mirando al vacío, pareciendo que estuviera haciendo una lenta digestión de mis palabras. Finalmente, cerrando su entreabierta boca y recogiendo su colgante labio inferior, me señaló con su dedo índice y, mirándome muy fijamente a los ojos, me dijo:

 

244

 

—Veo que no tenéis alas, luego eso quiere decir que habéis venido volando como lo hacen los ángeles del cielo, trasladándose si alas, tan solo con el pensa-miento. ¿Sois ángeles enviados por Dios?

 

—Sí, Madú, nos ha enviado Dios y hemos venido volando con el pensamiento, como solo pueden hacerlo los emisarios de Dios —le confirmé, aprovechándome de que su incontestable fe religiosa le hacía vernos como enviados del Creador.

 

—¿Habéis venido a llevarme con Él?

 

—No, Madú, aún no ha llegado tu hora, tan solo he-mos venido a hacerte una visita.

 

En esto, se oyeron unos poderosos rugidos en el ex-terior que eran respondidos por otros varios, unos de igual potencia, que serían de los otros machos, y otros algo menos fuertes, que se suponían eran de las hem-bras. Parecía como si alguno de los grandes machos tu-viera una discusión violenta con otros miembros de la manada.

 

—Perdonadme un momento, voy a ver qué es lo que ocurre —nos dijo, al tiempo que se levantaba y se aso-maba a la puerta de la habitación.

 

Manu y yo también nos levantamos y lo acompaña-mos hasta la puerta. Toda la manada se encontraba ocu-pando la calzada del camino terrizo y parecía estar muy inquieta. Dos de los grandes machos dirigían sus enfu-recidos bramidos hacia la habitación en la que nos en-contrábamos, con esos rugidos, muy seguidos e insis-tentes, con los que los leones suelen pregonar su poder

 

245

 

y su dominio sobre un territorio, esos rugidos largos e intimidantes que provocan escalofríos en la espalda y erizan los pelos de la nuca. No tardó mucho en que el tercer gran macho se uniera al concierto y, con él, el resto de la manada.

 

—Rugen por vosotros dos. Parece que no os quieren aquí. Creo que están celosos de que yo os esté dedi-cando mi atención a vosotros y no a ellos.

 

—Trataré de calmarlos —dijo Manu de improviso y, sin darnos tiempo a reaccionar, fue hasta donde se en-contraban los rugientes leones.

 

Las fieras, primero sorprendidas y quizás tomando aquello como un acto de valor o de desafío, se aparta-ron, pero luego rodearon a Manu, dando la imagen de ser el profeta Daniel redivivo y arrojado de nuevo al foso de los leones. Al suponer el gran riesgo que corría Manu de morir bajo las zarpas de los leones, el anaco-reta inició una carrera con el fin de llegar hasta las fie-ras y evitar que fuera atacado, pero fue en ese momento que uno de los leones, dando un gran salto, se abalanzó sobre mi asistente al tiempo que le descargaba un feroz y tremendo zarpazo con tal furia que de seguro le hu-biera abierto el pecho. Como el lector ya habrá su-puesto, el león fue rechazado violentamente por el campo de fuerzas de su traje biónico y lanzado a varios metros de distancia rodando por el suelo. Al ver al pri-mer macho atacante frustrado y abatido, la reacción de sus dos hermanos fue inmediata y ambos arremetieron a la vez contra Manu, corriendo la misma suerte que el

 

246

 

primero. Tras este segundo rechazo, aún más violento que el primero, las tres fieras quedaron aturdidas du-rante un breve instante, pero como quiera que no perci-bían en Manu una actitud agresiva ni defensiva, los tres cargaron de nuevo, una y otra vez, recibiendo todas las veces idéntico castigo; cuanto más se enfurecían y más fuerza empleaban en sus ataques con más violencia eran despedidos por el campo anti-gravitatorio del traje biónico. Sorprendido, y a la vez admirado por la asom-brosa e inexplicable escena que estaba contemplando, Madú detuvo su carrera a mitad de camino, desistiendo de la ayuda que corría a prestarle a Manu; para él aquel muchacho era un ángel que estaba protegido contra todo mal por la invisible e invencible fuerza divina de Dios Todopoderoso. Llegó un momento en el que, pri-mero las leonas y algo más tarde los machos, parecie-ron comprender que estaban atacando a un ser intoca-ble, y todos los componentes de la manada terminaron agazapándose en el terreno en señal de sumisión, con las cabezas bajas y las colas recogidas entre sus patas.

 

Cuando Manu ya regresaba incólume a la puerta de la habitación, encontró a Madú arrodillado en mitad del camino, con la frente y los antebrazos extendidos en el suelo, rezando y llorando a la vez. Manu lo alzó del suelo con gran delicadeza y lo acompañó hasta la puerta de la habitación, tomándole sus dos manos con una de las suyas, y con la otra mano pasada alrededor de su cintura, en un tierno abrazo.

 

—Lo que acabo de presenciar es un milagro —nos

 

247

 

dijo, después que le hiciéramos tomar un vaso de agua para tranquilizarlo—. Ahora sé que me habéis dicho la verdad y que estoy ante dos ángeles del cielo.

 

Estuvimos viviendo en el oasis durante una semana, tiempo más que suficiente para poder comprobar que el escaso entendimiento, y aún menos discernimiento, con el que la Naturaleza había dotado a Madú era in-versamente proporcional a la largueza de bondad de co-razón que le había regalado. En él todo era corazón; los sentimientos afloraban a su rostro y se asomaban a sus pupilas con la misma diáfana claridad con la que el agua surge del manantial. Le tenía pánico a la idea del Infierno. Con su retiro al oasis, evadiéndose del pecado del mundo, aquel santo varón no aspiraba tanto a ganar el Paraíso como a evitar el fuego del Infierno. La idea de tener que purgar cualquier pecado, por leve que este fuese. abrasándose en un fuego que no se extingue nunca durante toda una eternidad, además de horrenda, la encontraba espantosamente injusta, desproporcio-nada y absolutamente falta de piedad, impropia de un Dios que ama a sus hijos y que dice ser infinitamente bueno; no podía entender cómo un padre podía castigar a sus hijos de forma tan dura, tan severa y tan impía. Era tan firme su creencia en la existencia del Infierno que había decidido no correr el más mínimo riesgo de cometer un pecado mortal o de tener algún mal pensa-miento y ser por ello condenado al fuego eterno. Como digo, evitar el reino de Satanás era la razón por la que

 

248

 

había huido del mundo, desterrándose en aquel oasis, donde se pasaba todo el día metido en rezos y en una contemplación de la divinidad, que no era más que el producto de su fantasía imaginativa. Nos decía que imaginaba a Dios como a un gigante musculoso y bar-budo, del tamaño de una montaña, que allá en su invi-sible palacio flotante situado mucho más arriba de las nubes, se sentaba en un trono de oro macizo, rodeado de sus serafines, querubines, tronos y arcángeles. Cada noche, se acostaba en su mísero jergón con la concien-cia más limpia que los chorros del oro, sin que en ella pesase ni la más leve falta de la que tener que arrepen-tirse. En los días que estuvimos con él no llegamos a saber cuál era la razón por la que estaba convencido de que la naturaleza del pecado era la misma que la de una enfermedad; cada noche se dormía convencido de que las siguientes ocho horas de sueño profundo y repara-dor bastarían para borrar cualquier falta que hubiera co-metido de obra o pensamiento durante la vigilia de aquel día; al parecer, la Naturaleza lo había dotado de la facultad de olvidar por la mañana cualquier pesa-dumbre con la que se hubiese ido al camastro la noche anterior. Así que, al levantarse cada mañana, Madú era un hombre nuevo, al que durante la noche el sueño lo había sometido a una catarsis purificadora.

 

La despedida fue conmovedora. Sentados los tres en la estera de esparto, alrededor de la mesita y soste-niendo cada uno en la mano un vaso de agua, a manera de brindis, le prometimos a Madú que le daríamos a

 

249

 

Dios un buen informe de él y, como quiera que no lo veíamos convencido de que así lo haríamos, para de-mostrárselo y que se quedara plenamente satisfecho, hasta tuvimos que redactarlo y mostrarle el escrito que le entregaríamos en propia mano al Creador y que decía lo siguiente:

 

»     De los ángeles Orlando y Manu a nuestro Señor Jehová, Dios Creador del Universo.

 

Por el presente os informamos que, después de ha-cer una visita, tal como nos habíais ordenado, al ana-coreta Madú, hemos podido comprobar los siguientes extremos:

 

1º El buen Madú vive en un oasis, en pleno desierto, alejado del pecado del mundo y entregado por completo a la oración y a la contemplación de vuestra excelsa y divina majestad.

 

2º Hemos mirado en el interior del corazón de Madú y solo hemos encontrado bondad de pensamientos y de sentimientos. Su corazón, como el de los ni-ños y el de los santos, es tan ligero como una pluma.

 

3º Os confirmamos, divino Señor, que Madú vive si-guiendo el ejemplo que dio al mundo vuestro que-rido hijo, Jesús, aquel con el que preñasteis a la virgen María de Nazaret, la joven y bella esposa de José, el carpintero, quien aceptó de buen ta-lante pasar por ser el padre putativo de Joshua.

4º Hemos corroborado como prueba irrefutable de

 

250

 

la bondad y limpieza de corazón de Madú, que una manada de leones del desierto lo respeta y lo ha adoptado como su líder, tal como le ocurrió al profeta Daniel.

 

Es por todo lo dicho anteriormente que nos permiti-mos sugerir a vuestra Divina Majestad dé por ganado el Paraíso al buen Madú y autorice desde ahora su en-trada al mismo, cursándole las oportunas instruccio-nes a San Pedro, nuestro querido y fiel portero, para que le franquee el paso el día de su muerte.

 

A medida que iba leyendo el informe, el bondadoso rostro de Madú se iba iluminando con una encantadora y contagiosa sonrisa que nos alegró el alma y nos hizo sonreír a Manu y a mí; al terminar la lectura, soltó el papel, suspiró, y la satisfecha y agradecida mirada que nos dirigió revelaba una inmensa y beatífica paz inte-rior.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

251

 

12

 

El lunes 23 de julio de 1291, estando ya en El Cairo de vuelta del oasis Farafra, dado que el sultán Qalawun había muerto en noviembre del año anterior y que su hijo Jalil estaba ocupado en hacer su guerra contra los cruzados de Trípoli, tal como le había jurado que haría a su difunto padre, pareció volver algo de tranquilidad a mi vida pues, al no ser yo santo de la devoción del nuevo sultán, cosa que me alegraba y me reconfortaba sobremanera por considerarlo una mala persona, este jamás me llamaba para tratar asuntos de Estado ni mu-cho menos para hacerme consultas como asesor militar. Así pues, Manu y yo decidimos continuar viviendo en El Cairo, aplazar la mudanza para más adelante, y así dejaríamos tranquilo a Madú en su oasis, donde se sen-tía cerca de Dios y se encontraba bien acompañado de sus fieles leones. Sin embargo, he de decir, no sin asombro y bastante pesar, que unos años más tarde, cuando volvimos a Farafra para hacerle una visita de cortesía al anacoreta, encontramos el oasis sin leones y poblado por un centenar de personas. Entonces nos en-teramos de que Madú había muerto en un enfrenta-miento con los beduinos que conducían una caravana a través del desierto y los leones abatidos uno tras otro a tiros de ballesta. Al parecer, sabiéndose poseedor de un salvoconducto que le aseguraba su entrada en el Pa-raíso (me estoy refiriendo al informe que redactamos aquel día y que se supone que se lo entregamos en

 

252

 

mano a Dios), Madú estuvo utilizando su manada de leones para intimidar y asaltar las caravanas que acu-dían al oasis Farafra, siendo en uno de esos enfrenta-mientos que murió de la cuchillada que recibió en el pecho de manos de un beduino.

 

Ahora mi vida discurría de nuevo en la capital egip-cia sin sorpresas ni sobresaltos. En aquellos años, en los que la vida social estaba regida por la religión, por el hecho de ser yo cristiano católico estaba excusado por los musulmanes tanto de la asistencia de los viernes a la mezquita como de los cinco rezos diarios mirando a la Kaaba; y, por parte de los cristianos coptos, al per-tenecer estos a la Iglesia ortodoxa de Egipto y no acep-tar la autoridad del papa católico, también estaba excu-sado de asistir a misa los domingos, lo que me suponía una gran liberación al no verme obligado a unas lasti-mosas pérdidas de tiempo y a tener que fingir unas creencias que no tenía.

 

Antes de verme obligado a tener que acudir a la cam-paña de Nubia acompañando a Qalawun, ya había co-nocido yo a Issa, el astrólogo que le anunciaba al sultán los próximos acontecimientos del cielo, interpretándole a su manera el significado o el presagio de cada uno de los acontecimientos celestes. Habíamos hecho amistad e intimado bastante, por lo que solíamos tener largas charlas sobre el Universo visible, escapándoseme de cuando en cuando algunos de los muchos conocimien-tos astronómicos que a lo largo de mis cinco siglos de vida había aprendido de los uriatis o que había tenido

 

253

 

la ocasión de presenciarlos físicamente en mis salidas al espacio exterior a bordo de sus naves interestelares, revelaciones estas que unas veces a él les sonaban a fantasías mías y otras veces se me ponía serio calificán-dolas poco menos que de anatema.

 

Al mediodía del lunes, 10 de septiembre, como todos los lunes del año, Issa se encontraba en mi casa invitado para almorzar.

 

—Esta noche la Luna nos dará un bonito espectáculo —me dijo, mientras que, sentados en la terraza exterior de la casa, tomábamos unos aperitivos que nos había servido Manu. A mi asistente le gustaban mis conver-saciones con Issa y cada lunes se prestaba a servirnos y se quedaba rondando el velador que ocupábamos con el fin de pescar algunas frases sueltas.

—Ah, ¿sí? ¿por qué? ¿tendremos eclipse?

 

—Sí, tendremos un eclipse total, pero podremos contemplar una majestuosa Luna de sangre.

 

—Pues sí que es un espectáculo maravilloso, Issa, pero ¿sabes lo que me ocurre cuando miro una Luna de sangre?, que, por un lado, me encanta contemplarla, pero por otro lado me impresiona bastante y no sé por qué razón, siendo yo, como bien sabes, un incrédulo inveterado en lo que se refiere a religiones o a hechos fantásticos, no puedo evitar pensar en cosas malas cuando la veo —le aseguré bromeando, pero em-pleando el mejor tono de seriedad del que fui capaz, procurando que no advirtiera en mi rostro la carga de socarronería que había en mi afirmación, ya que por

 

254

 

aquellos entonces los astrólogos, basándose en la ob-servación de los astros, eran los encargados de vaticinar acontecimientos, que casi siempre eran nefastos—. ¿Crees que esta vez anunciará algo malo?

 

—No, mi querido Orlando, nada de malos presagios. Aquello de que la Luna de sangre anuncia desgracias solo es un bulo que desde siempre ha corrido entre el vulgo —me respondió con seriedad, sin dar muestra de haber captado la ironía—. La realidad es que nunca se ha podido asociar con ella ninguna catástrofe natural ni ningún otro infortunio.

 

Esta fue la afortunada respuesta que me dio el astro-logo, alegrándome por ello, cuando yo me esperaba una réplica más insensata y que estuviera cargada de su-perstición.

 

—He visto Lunas de sangre en otros países —le dije— y siempre me han resultado un espectáculo de una gran magnificencia, aunque, ya te digo, demasiado impresionante para mí. Esta será la primera vez que la vea en Egipto y espero que supere a todas las demás; el cielo egipcio es excepcionalmente claro y limpio y to-dos estos fenómenos lucen con una mayor esplendidez. Recuerdo el primer amanecer que vi cuando navegaba por el Delta en dirección a El Cairo y el asombro que me causó aquel grandioso disco solar, que parecía lle-nar todo el horizonte.

 

—Sí, es cierto lo que dices, pero ¿sabes dónde una Luna de sangre resulta un espectáculo insuperable en belleza?

 

255

 

—No lo sé. Dímelo tú.

 

—Tienes que verla en el Valle de los Reyes, allá en Luxor, es algo maravilloso. Allí aún se ve más grande y más roja, y contemplarla elevándose sobre el farallón rocoso que se alza tras la tumba de la reina Hatshepsut te traslada al Imperio Nuevo haciéndote retroceder dos mil setecientos años en el tiempo.

 

Cuando, tras el almuerzo y la larga sobremesa que solíamos hacer, despedí a Issa, le comenté a Manu el acontecimiento astronómico que tendría lugar en el cielo esa noche y la recomendación que me había hecho el astrólogo de verla en el Valle de los Reyes, mostrán-dose entusiasmado con la idea de presenciarlo.

—¿Por qué no vamos a verlo, maestro Orlando?

 

—¿Me estás diciendo que nos tele-portemos esta no-che cien leguas al sur para ver la Luna de sangre en Luxor?

 

—Sí, maestro, ¿por qué no?, estaremos mirándola solo un rato, después nos volvemos. Según os ha dicho Issa, es un espectáculo que merece la pena ser visto.

 

—Está bien, Manu, iremos a Luxor. Nos tele-porta-remos después de cenar, cuando tras la puesta de sol veamos surgir en el horizonte a tu amada Isis.

 

Aquella noche cenamos más temprano que de cos-tumbre, pues no era muy aconsejable hacer una tele-portación con el estómago lleno o en plena digestión; así que, después de cenar, nos fuimos al patio trasero de la casa con un vaso de limonada en la mano. Aún era de día cuando nos sentamos en un velador, y desde

 

256

 

allí, como cada tarde, vimos la puesta de sol. Pasado un rato, cuando tras el horizonte de poniente comenzaban a extinguirse las últimas luces crepusculares del ocaso, en el de levante comenzó a verse el filo superior del disco lunar. Como he dicho antes, la Luna en Egipto se ve más grande que en el resto del mundo, y al elevarse aquella noche nos daba la impresión de ser un enorme globo rojizo que, a medida que se elevaba alejándose de la línea del horizonte, parecía que iba perdiendo algo de su diámetro aparente, pero sin menoscabo de su magnificencia. Llegado el momento de tele-portarnos

 

—el satélite ya se había elevado dos palmos sobre el horizonte y ya debía estar a punto de asomar sobre el farallón que sirve de fondo al templo de la reina Hats-hepsut—, nos levantamos del velador, nos pusimos de pie en el centro del patio, nos cogimos de la mano y dimos el salto espacial de cien leguas.

 

Al materializarnos en el Valle de los Reyes nos en-volvió una oscuridad mucho más intensa que la que acabábamos de abandonar en El Cairo; la Luna no ha-bía asomado todavía y tan solo se apreciaba un leve resplandor rojizo tras aquel macizo que, cortado a pico, le servía de telón de fondo al santuario de la reina fa-raón. Miramos al cielo y vimos que el número de estre-llas se había duplicado, ya que el cielo nocturno de la capital egipcia siempre se veía algo más velado por las muchas antorchas que durante la noche iluminaban sus calles.

 

—Maestro Orlando, me parece que hemos llegado

 

257

 

demasiado pronto —afirmó mi asistente.

 

—No, Manu, creo hemos llegado a punto, la Luna no tardará en aparecer por encima del farallón e ilumi-nar tenuemente el valle con su luz rojiza. —¿Dónde nos encontramos, maestro?

 

—Esa edificación alargada que apenas se vislumbra delante nuestra, allá al fondo, es el templo de la reina Hatshepsut. Debemos estar a unos cien metros de la fa-chada.

 

—Maestro, ¡mirad!, ¡mirad!, ya comienza la Luna a asomar su cara roja por el farallón.

 

—Sí, ya asoma. Quedémonos aquí para ver cómo se ilumina de rojo la fachada de la tumba de la faraona.

 

Issa llevaba toda la razón cuando me dijo que aquel era un espectáculo único, al que además se le unía que el contacto del aire en el rostro resultaba especialmente agradable al no enfriarse tanto el aire tras la puesta de sol en aquel lugar como suele hacerlo en otros lugares del Sáhara; que la leve brisa que soplaba parecía trans-portar aromas de especias, como las que se pueden oler en los mercados orientales; y que el disco lunar que asomaba por el borde superior del precipicio también se veía mucho más grande y más rojo que el que vimos en El Cairo antes de tele-portarnos. Tanto la fantástica visión de aquella enorme Luna roja llenando el cielo nocturno y eclipsando a las estrellas, como el paisaje desértico que se abría a nuestro alrededor, no solo eran impresionantes sino también intimidantes. Las blancas arenas del desierto se habían teñido de un intenso rojo,

 

258

 

recordarnos la sangre derramada por el dios Osiris, que como bien sabéis era la encarnación mitológica del Sol. El antiguo mito nos cuenta que, al ser Osiris asesinado y desmembrado por su hermano Seth, que era la encar-nación mitológica de las tinieblas de la noche, con el fin de usurparle su trono, el fratricida esparció los miembros del divino cuerpo de su hermano a lo largo del valle del Nilo. Estos sacrosantos miembros, conver-tidos en flores de loto al caer sobre las aguas del sa-grado río, fueron buscados incansablemente por Isis, su amantísima esposa, hasta lograr reunirlos de nuevo, restaurar el cuerpo de su amado esposo, volver a darle vida y así poder concebir póstumamente a su hijo Ho-rus, la encarnación mitológica del sol naciente.

 

La sombra que proyectaba el precipicio que se ele-vaba a la espalda del templo de la famosa reina egipcia Hatshepsut, se iba reduciendo lentamente a medida que la diosa de la noche se elevaba sobre el borde del fara-llón internándose en el cielo nocturno, hasta que los ro-jizos rayos lunares incidieron en la fachada del majes-tuoso templo haciendo que el blanco calizo de sus mi-lenarias piedras se tornara rojo.

 

Solo quien ha pasado algunas noches en el desierto conoce la verdadera naturaleza del silencio. Los ruidos propios de campo, como el de una rata moviéndose en-tre los matorrales, el del ululato de un búho, el siseo de un serpiente que se desliza por el terreno, o el leve ru-mor que produce el silencioso vuelo de un ave noc-turna, no existen en el desierto; allí no existe el ruido,

 

259

 

es absorbido por las arenas; la víbora, el escorpión, el escarabajo y la tarántula se desplazan por ellas en el más absoluto de los mutismos, y ni tan siquiera el viento encuentra un objeto en el que se pueda frotar y hacerse oír con su roce. El silencio del desierto debe ser parecido al frío silencio tras la muerte.

 

Sumido en aquella conmovedora calma y absorto en la hermosísima contemplación del templo, me sobre-saltó la voz de Manu, que se elevó de improviso, al tiempo que señalaba con su dedo índice hacia el sur-oeste.

 

—Maestro, mirad aquellas luces. Parecen que sean personas portando antorchas.

 

Aunque es difícil calcular las distancias en la noche, la tenue luz lunar me permitió estimar que, a unos dos-cientos metros a la derecha de donde nos hallábamos, se movían por el terreno tres antorchas.

 

—No sé quiénes pueden ser y qué harán a estas horas de la noche.

 

—Yo sí creo saberlo, maestro —afirmó Manu—.

 

Apuesto a que son ladrones de tumbas.

 

—¿Ladrones de tumbas?, ¿Quién se atreve a pertur-bar la paz de los muertos y qué buscan en las tumbas?

 

—Son gente sin escrúpulos que buscan los objetos de valor con los que esas personas, sobre todo los reyes y los nobles, fueron enterradas hace quince o veinte si-glos convencidos de que podrían utilizarlos en una se-gunda vida.

 

—Privar a esas personas de sus bienes impidiendo

 

260

 

que puedan utilizarlos en su segunda vida es intolera-ble.

 

—Pero maestro Orlando, yo pensaba que erais ateo y que no creíais en la segunda vida —me dijo mi asis-tente, en un tono que casi parecía una increpación.

 

—Y así es, mi querido Manu, pero las creencias de los demás, siempre que sean inocuas y no perjudiquen a nadie, deben ser tan respetadas en la misma medida que cada uno desea que sean aceptadas por los demás las creencias propias; igualmente, la voluntad expre-sada en vida por un difunto respecto a sus bienes tam-bién debe ser respetada tras su muerte. Esas personas muertas, que creían en una segunda vida, se hicieron enterrar con todos aquellos objetos y utensilios que creían necesitar tras su resurrección, por lo que la inicua apropiación de esas cosas por esos ladrones debe ser considerada un expolio que debemos impedir con la misma fuerza y convicción que si esas personas conti-nuaran con vida. Nadie nos agradecerá que impidamos este latrocinio, Manu, pero le habremos dado satisfac-ción a nuestras convicciones y a nuestras conciencias.

 

—Maestro, decís las cosas de una forma tan convin-cente que es imposible negarse. ¿Cómo hacemos?, ¿nos tele-portamos hasta donde están ellos o nos aproxima-mos volando?

 

—Dejemos aquí nuestras ropas, luego las recogere-mos; quedémonos tan solo vistiendo los trajes biónicos, y vayamos hasta ellos volando. Tal vez, con esta Luna en el cielo, si ven llegar volando por los aires nuestras

 

261

 

figuras resplandeciendo con la luz roja, crean que so-mos espíritus infernales y huyan aterrorizados.

 

—Es una magnífica idea. Así no tendremos que las-timar a nadie.

 

En la sociedad de hoy en día —me estoy refiriendo a la sociedad del siglo XXI—, para describir una situa-ción en la que las cosas parecen salir al revés de cómo se habían pensado, se menciona un principio, al que lla-man Ley de Murphy, que postula que «si algo puede salir mal, saldrá mal». Pues, creedme si os digo que en el siglo XIII este postulado también era válido.

 

Con el fin de que pudieran vernos en la distancia y tuvieran tiempo de huir antes de que los alcanzáramos, nos acercamos hasta ellos desplazándonos por el aire, volando con lentitud a una altura de unos cuatro o cinco metros sobre el suelo, mientras nuestros blancos trajes biónicos reflejaban la rojiza luz de la Luna dándonos el aspecto maligno de ser infernales aves ígneas enviadas por el mismísimo Satanás para capturar a los ladrones de tumbas y arrastrarlos al Infierno.

 

Y aquí es donde se muestra el acierto y la validez del principio de Murphy, pues los ladrones, en vez de salir huyendo como habíamos previsto, al vernos en el aire avanzar hacia ellos, armaron sus ballestas y nos hicie-ron una salva de disparos. Afortunadamente, llevába-mos los cinturones de los trajes biónicos activados y los virotes fueron repelidos con idéntica fuerza y velocidad con la que llegaron hasta el campo de fuerza, llegando uno de aquellos virotes rebotados a herir a uno de los

 

262

 

ladrones al ir a impactar de lleno en su muslo derecho. Eran cinco hombres, todos ellos vestidos con túnicas negras, seguramente para resultar más invisibles en la oscuridad de la noche, tres de los cuales portaban an-torchas encendidas que, al quedar el desierto iluminado por la Luna, las habían clavado en el arenoso suelo. Al finalizar nuestro vuelo y poner pie en tierra, pudimos comprobar que aquellos hombres no solo que no se ha-bían amilanado lo más mínimo ante nuestra presencia, sino que, muy al contrario, empuñando largas y afila-das gumías nos hicieron frente adoptando posturas de lucha que parecían poner de manifiesto que, además de ladrones de tumbas, debían ser gentuza acostumbrada

 

a la lucha y a rebanar pescuezos.

 

Pese a la severidad de las penas que dictaban los tri-bunales egipcios, que castigaban con la muerte los ro-bos de tumbas, estos se producían de forma constante. Ya en los antiguos tiempos de los faraones, y mucho más en aquel siglo XIII del que estoy hablando, no todos los egipcios sentían una sagrada veneración hacia sus reyes y sus nobles difuntos, ni un miedo supersticioso hacia los castigos divinos o humanos que sus actos im-píos pudieran acarrearles; de hecho, los ladrones de tumbas se caracterizaban por mostrar muy poco respeto hacia los muertos y no tener miedo alguno a las adver-tencias de los sacerdotes, que avisaban de que el robo de tumbas era un crimen que los dioses jamás perdona-ban a aquellos que lo cometían.

 

Y, como quiera que estos malhechores no mostraban

 

263

 

el menor escrúpulo, si necesitaban luz para llevar a cabo sus fechorías, no dudaban en convertir una momia infantil en una improvisada antorcha para iluminar el camino, y tampoco les importaba desgarrar sin mira-miento alguno las envolturas de lino que cubrían los cuerpos de reyes, reinas y nobles con tal de llegar a alcanzar el tan codiciado oro, como podía ser una gruesa cadena alrededor del cuello o los anillos de sus manos, aunque para ello tuviesen que arrancarles las cabezas y las extremidades, arrojándolas al suelo sin mostrar el menor respeto. Tampoco les intimidaban las trampas con las que el ingenio y la agudeza de los cons-tructores sembraban las sepulturas para evitar su expo-lio, pues rara era la tumba egipcia que no había sido saqueada. La realidad era que en casi todas ellas los la-drones lograban penetrar en su interior, ya fuera exca-vando pacientemente noche tras noche algún túnel, bien fuera desmontando piedra a piedra una parte de la fachada, o por algún otro ingenioso medio por muy tra-bajoso que este fuera. Los arquitectos de los faraones, haciendo alarde de una fértil imaginación, diseñaron desde cerrojos de difícil apertura hasta falsos pasadi-zos, pasando por trampillas deslizantes de piedra, fal-sas puertas que conducían al ladrón a precipitarse en una sima sin fondo, o pozos rellenos de cascotes sueltos que debían sepultar a cualquiera que intentara cruzar-los, pero nada de esto detenía a los intrépidos y rapaces cacos. Es tan necesario como obligado, decir en favor de los ingeniosos arquitectos que diseñaban las tumbas,

 

264

 

así como de los astutos policías egipcios, que no siem-pre los ladrones alcanzaban el éxito en sus fechorías; muchos de ellos caían en las trampas o eran atrapados por los gendarmes y, de estos, algunos confesaban ser los autores de los robos esperando algo de clemencia. En unos papiros que datan de finales del Reino Nuevo, que por aquellas fechas del siglo XIII de las que hablo ya contaban con veinticinco siglos de antigüedad, cuentan uno de los casos más curiosos de robos de tum-bas durante el reinado de Ramsés IX, el octavo faraón de la Vigésima Dinastía de Egipto. En aquella época se desató una auténtica plaga de saqueos en las necrópolis reales tebanas y ocurrió que el alcalde de Tebas, de nombre Paser, acusó a un tal Pauraa, segundo alcalde de la Tebas Occidental, que era donde se situaban la mayoría de las necrópolis, de ser cómplice de los sa-queadores de tumbas. Se abrió una investigación, se llevaron a cabo varias detenciones e interrogatorios, y se acabó sacando a la luz toda una red bien organizada de expolios en sepulturas reales que implicaba a impor-tantes miembros de la administración.

 

Mientras estoy contando lo que ocurría hace más de tres mil quinientos años, creo adivinar que el lector es-tará pensando que estos hechos vienen a demostrar que, a fecha de hoy, un día cualquiera del siglo XXI, la am-bición que el dinero despierta en las personas continúa siendo exactamente la misma que entonces y que la so-ciedad actual podrá presumir de grandes avances cien-tíficos y técnicos, pero en calidad moral en hemos

 

265

 

avanzado ni un ápice, pues la miseria espiritual de estas personas, ya sean reyes, nobles, presidentes de gobier-nos, ministros, políticos o funcionarios públicos, no ha cambiado ni un ápice y hoy sigue siendo la misma de entonces.

 

El visir que se hizo cargo de aquel asunto ordenó rea-lizar varias visitas de inspección en las necrópolis para comprobar el estado en el que se encontraban los ente-rramientos, pudiendo comprobar la gravedad de los ex-polios llevado a cabo por estos desaprensivos. El texto del mencionado papiro recoge el interrogatorio a que fueron sometidos algunos de los ocho ladrones deteni-dos. Así, un albañil llamado Amenpnufer declaró lo si-guiente: «Fuimos a robar las tumbas según nuestros há-bitos regulares y encontramos la pirámide del rey Se-kemre-Shedtawy Sobekemsaf II. Tomamos nuestras herramientas de cobre y penetramos en la pirámide hasta su parte más interior. Luego atravesamos los cas-cotes y hallamos al faraón yaciendo en la parte de atrás de su tumba. La noble momia estaba completamente adornada con oro y plata por dentro y por fuera, y con todo tipo de piedras preciosas incrustadas». El papiro continúa diciendo que junto a la momia del monarca descansaba la de su esposa, adornada de modo similar, y que los ladrones recogieron los objetos de valor que pudieron de ambas momias y que, sin inmutarse, pren-dieron fuego a sus ataúdes con el objeto de que el fuego desprendiera los posibles restos de las láminas de oro que aún quedaban aferrados a la madera. Después de

 

266

 

eso, repartieron el botín y se dirigieron hacia Tebas, donde alguien los había denunciado y fueron detenidos. No sabemos con exactitud el castigo que recibieron, pero la declaración de uno de los integrantes de la banda no deja lugar a dudas de que debió ser bastante severo; dice así: «Como Amón vive y como el Sobe-rano vive, si soy hallado como que he tenido algo que ver con cualquiera de los ladrones, puedo ser mutilado en la nariz y en las orejas y ser colocado en la estaca». Lo que sí deja muy claro el texto del papiro es que los interrogatorios se llevaban a cabo mediante el uso de la fuerza, cuando más adelante dice: «Su interrogatorio fue efectuado golpeándolos con palos, y sus pies y sus manos fueron retorcidos».

 

De aquellos cinco individuos, aquel que parecía ser el jefe fue el primero en atacarnos. Era un tipo alto y delgado, con ojos pequeños y las pupilas muy negras, como los de un insecto; su cara, enjuta y con los pómu-los muy salientes, estaba cruzada en su mejilla iz-quierda por una gran cicatriz que iba desde la comisura del ojo opuesta al lagrimal hasta el mentón, dándole el aspecto siniestro de un facineroso; su torva y perversa mirada era la de un sicario que no le da ningún valor a la vida humana. Saltó con agilidad felina sobre Manu y, cuando aún tenía los pies en el aire, le descargó una feroz puñalada con su gumía, dirigida de arriba abajo, con la criminal intención de que la larga y curva hoja de su cuchillo penetrara por la base del cuello y llegara

 

267

 

hasta el corazón de su víctima. La gran violencia con la que el arma impactó en el campo de fuerzas del traje biónico de Manu hizo que la daga saliera repelida, arrastrando y retorciendo en su rebote el brazo y el cuerpo del agresor, que se estrelló violentamente contra el suelo a varios metros de distancia, lanzando tremen-dos aullidos de dolor al haber quedado los huesos de su brazo derecho descoyuntados por la violencia de la re-pulsión.

 

Los cuatro malhechores restantes se miraron descon-certados, sin comprender exactamente qué era lo que le había pasado a su jefe, pero al verlo retorciéndose en el suelo, lanzando aullidos de dolor y con su brazo dere-cho sangrando y en una postura imposible, ya que los huesos de la muñeca y del codo habían roto la piel y quedado a la vista, reaccionaron y se aprestaron a ata-carnos, más por vengar el daño que le habíamos cau-sado a su líder que por castigar nuestra intromisión. Los dos que se enfrentaron a mí siguieron la técnica de que mientras uno te ataca ferozmente de frente, obligándote a prestarle toda tu atención para defenderte, el otro te rodea y te apuñala por la espalda, pero cuando este se-gundo observó que los golpes del puñal de su compa-ñero eran repelidos por mi cuerpo, sin que tan siquiera llegara a tocarlo con su arma, y vio que con una mano lo agarré por el cuello, lo elevé en el aire como si fuera una tenue pluma, lo volteé y lo lancé a diez metros de distancia, como el que lanza una peonza o el tejo en algún juego infantil, se quedó perplejo, paralizado por

 

268

 

la sorpresa y el miedo, con su brazo armado levantado, pero congelado en el aire, como si fuera una estatua, sin llegar a atreverse a descargar el golpe en mi espalda por miedo a que le hiciera lo mismo que a su compin-che. Entonces me volví, lo miré fijamente a los ojos y

 

vi    en ellos el miedo supersticioso de quien se enfrenta a una fuerza superior y desconocida. Tomé con una de mis manos aquel antebrazo que tenía levantado y, sin dejar de mirarlo hipnóticamente a los ojos, se lo oprimí hasta hacerle lanzar un espeluznante alarido cuando los huesos crujieron bajo mis dedos al quedar estos destro-zados por la enorme presión ejercida por mi mano y el individuo caía a mis pies desmayado por tan inmenso e irresistible dolor. Y, creedme si os digo que recuerdo con vergüenza aquel episodio, pues era tal el odio que me despertaron aquellos forajidos que, sin respeto, sin pudor y sin escrúpulo alguno, turbaban la paz de los muertos y los despojaban de aquellos objetos, que el daño que les hice me hizo sentir un cierto placer.

 

Cuando miré a los dos atacantes de Manu pude ver que habían corrido parecida suerte; ambos se encontra-ban en el suelo magullados y seminconscientes.

 

Finalmente, agrupamos a los cinco rufianes, los abrazamos y nos tele-portamos con ellos a las puertas del puesto de guardia de la guarnición de Luxor, donde se los entregamos a los soldados, después de que estos se repusieran del susto que recibieron con nuestra es-pontánea y repentina aparición, al ver que nos materia-lizábamos en el aire, apareciendo ante sus ojos de la

 

269

 

nada, como si fuéramos unos fantasmas. El jefe del puesto, contento de ponerse una medalla ante sus jefes por haber capturado a cinco ladrones de tumbas, que tan perseguidos estaban, ordenó que fueran puestos a buen recaudo encerrándolos en los calabozos.

 

Ya de vuelta en El Cairo, cuando Manu y yo nos des-pedimos y disponíamos a retirarnos a nuestros dormi-torios, Manu me hizo una pregunta que durante un ins-tante me hizo pensar.

 

—Decidme una cosa, maestro Orlando, ¿de verdad creéis que la Luna de sangre no ha sido la culpable del encuentro que hemos tenido con esos ladrones?

 

—¿Me estás preguntando que si no creo que la Luna de sangre sea portadora de desgracias?

 

—Sí, eso es lo que digo. Esta noche, la luna, a noso-tros solo nos ha traído un inconveniente, pero a esos ladrones ha sido una desgracia ¿No creéis que, si esa es la creencia popular, no solo en Egipto, sino en todo el mundo, debe ser por algo? Los cristianos, los judíos y los musulmanes dicen que en el Apocalipsis se describe el fin del mundo precedido de un gran terremoto y que, a continuación, el sol «se volvió negro como paño de saco de pelo y la Luna se volvió como de sangre». Otros pueblos de la Antigüedad creían que la Luna en-sangrentada era señal de que los dioses estaban lu-chando entre sí; y en la zona de la India hay pueblos que creen que la Luna de sangre es la causante de algu-nas dolencias en el cuerpo humano, como la indigestión

 

270

 

si se come durante las horas que dura el eclipse o la falta de cicatrización si nos hacemos una herida en ese periodo de tiempo.

 

—Sí, he oído todo eso, y también se dice que la Luna roja despierta el furor en aquellos que sufren de lican-tropía, y que si un hombre-lobo te hiere mientras luce en el cielo una Luna de sangre, tú también se vuelves un licántropo. Mira, Manu, eres muy libre de creer lo que quieras, pero nada de eso está comprobado; todas estas cosas que se dicen suelen ser fantasías de las gen-tes. Ya oíste lo que dijo Issa, que aquello que se dice de que la Luna de sangre anuncia desgracias tan solo es un bulo que desde siempre ha corrido entre el vulgo, pero que la realidad es que a la presencia de una Luna de sangre en el cielo nunca se le ha podido asociar ninguna catástrofe natural ni ningún otro infortunio. Lo más probable sea que, al ser la imagen de una Luna teñida de rojo tan impactante y agresiva, los pueblos, que son tan cultos como ignorantes, dramatizan el fenómeno dándole una explicación disparatada, que suele ser tan violenta como lo es la propia imagen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

271

 

13

 

Manu y yo continuamos viviendo juntos en El Cairo hasta su muerte, acaecida en la madrugada del sçabado 10 de febrero de 1487, a la avanzadísima edad de dos-cientos cuarenta y seis años, sin que aparentara tener más de cuarenta o cincuenta. Había estado casi siglo y medio viudo de su esposa Sagira, pues nunca se volvió a casar; y su hijo Akila, llevaba casi cien años viviendo en la Luna con los uriatis, como si fuera uno más de ellos. Manu murió como suelen morir las buenas per-sonas, plácidamente en su cama, mientras dormía. Aquella mañana, viendo que no se levantaba, una de las criadas lo descubrió muerto en su cama; tenía su sem-blante de siempre y se encontraba en su postura habi-tual, con las palmas de ambas manos juntas y colocadas entre la almohada y su mejilla derecha, lo que indicaba que había pasado del sueño a la muerte sin haber su-frido ningún estertor. Creo que a esta forma de morir es a la única que se le puede llamar «el sueño eterno», pues para mí es como si Manu aún siguiera durmiendo.

 

Había llegado a querer tanto a Manu que su ausencia se me hacía poco llevadera. Añoraba su presencia y echaba de menos nuestras largas charlas, veía su ima-gen en cada rincón de la casa, los recuerdos se agolpa-ban en mi mente y mi corazón sufría. Así pues, aban-doné Egipto dos meses después de su muerte, a prime-ros de abril de aquel mismo año de 1487, después de haber vivido en El Cairo durante doscientos años y de

 

272

 

haber sido durante todo ese tiempo aceptado por todos los cairotas como aquel que fue muerto por un tigre de Bengala y posteriormente resucitado e inmortalizado por el brujo de una tribu desconocida mediante una po-ción hecha a base de una hierba que tiene poderes má-gicos y cuyo nombre también es desconocido.

 

Después de dudar y sopesar durante muchos días la elección de mi nuevo destino, opté por mudarme a To-ledo, una ciudad con una larga Historia, que había sido romana, capital del reino visigodo y musulmana. Así pues, poco después del amanecer de aquel lunes, 12 de abril, cargado con mis inveterados baúles, que en cada mudanza resultan ser más numerosos, más volumino-sos y más deslucidos, volví a navegar por el Delta del Nilo, pero esta vez en dirección contraria a la que traía en enero de 1286. La falúa que me transportaba contaba en la popa con un castillete de cañas de bambú que, ce-rrado con lonas por sus laterales y a estando a cubierto de la lluvia, llevaba instaladas en su interior dos literas, por lo que aquella noche pude descansar y dormir re-posadamente mientras la embarcación se deslizaba en silencio por las nilóticas aguas sagradas, sin más ruidos de fondo que el canto de los grillos, el ululato de las aves nocturnas y algún que otro chapoteo de los coco-drilos que huían a nuestro paso. Era aún de noche, fal-tando una hora para que amaneciera, cuando el martes, 13 de abril, entramos en el puerto de Alejandría.

 

En las siguientes dos horas, mientras el capitán de la falúa continuaba guardando mis pertenencias, estuve

 

273

 

subiendo a cada uno de los más de veinte barcos que se encontraban amarrados a sus muelles y preguntando a sus respectivos capitanes si alguno tenía previsto viajar a algún puerto hispano o si, en su defecto, estarían dis-puesto a transportarme a alguno de los puertos más cer-canos a ciudad de Toledo, como bien pudieran ser los de Valencia, Alicante o Cartagena, pero todos me des-pacharon con una rápida negativa, la mayoría de ellos diciéndome que estaban comprometidos con carga-mentos que tenían que entregar a fechas fijas. Cuando ya me quedaban muy pocas embarcaciones a las que consultar y casi había perdido la esperanza de poderme embarcar en breve, subí a una galera birreme y me re-cibió el capitán Sirius, un excéntrico marino de sonrisa fácil que, pese a ser griego, vestía combinando su indu-mentaria una colorida túnica egipcia de las que se uti-lizaban habitualmente en la actualidad, pero cubriendo su cabeza con un viejo nemes a rayas bancas y rojas, como los que se usaban en los tiempos de los faraones, diciendo que ese era el mejor tocado que había utili-zado en su vida, fresco en verano y cálido en invierno. Aquella galera, de nombre Ítaca, llevaba ciento setenta remeros, estaba tripulada por dieciocho marineros e iba protegida por una guarnición de doce soldados, a las órdenes de un sargento, que iban armados con lanza, espada y ballesta.

 

—¿Cuál me habéis dicho que es vuestro destino fi-nal, maese Orlando? —me inquirió el capitán Sirius, después de haberme llevado hasta su cámara y hacerme

 

274

 

sentar a uno de los lados de un velador sobre el que se encontraban dos vasos, una jarra de vino griego y un plato con algunas cuñas de queso.

 

—Mi destino final es la ciudad de Toledo que, como sabréis se encuentra en la zona central de la península Ibérica. Y, ¿cuál es el vuestro, capitán?

 

—Me dedico al trasporte de cabotaje bordeando toda la costa norte africana, desde Alejandría hasta Tánger; Luego cruzo el estrecho de las Columnas de Hércules, llego hasta Gades y regreso de nuevo al Mediterráneo para bordear la costa sur de Francia, las dos costas ita-lianas, la tirrena y la adriática, y algunas de las islas griegas occidentales; finalmente, regreso de nuevo a Alejandría, que es mi puerto base. A media mañana de hoy habré terminado de descargar la última de las tres mil doscientas ánforas de aceite de oliva que cargué hace un mes en un puerto de la costa mediterránea del sur de Hesperia25, que es precisamente a donde vos queréis viajar. Cuando demos por terminada la des-carga del aceite, montaremos las ciento sesenta literas triples que caben en mi bodega y en ellas aherrojaremos a ciento ochenta esclavos africanos que han sido captu-rados en las selvas de Nigeria, Camerún y Guinea Ecuatorial y que esperan a ser embarcados.

 

—¿Para venderlos en el mercado de Gades?

 

—No todos. Gades no es un buen mercado negrero y no tiene capacidad para comprar trescientas sesenta

 

 

 

25   En la Edad Media, algunos navegantes llamaban Hesperia a la penín-sula Ibérica, por ser Héspero la estrella más occidental del firmamento

 

275

 

«piezas». Antes de alcanzar la costa hispánica tengo que pasar por los mercados de Trípoli y Argel. En Ga-des terminaré de vender a bajo precio todos aquellos negros que no haya podido despachar en estos dos mer-cados africanos.

 

—Me extraña que no acudáis al mercado de Túnez y, por otra parte, si en Gades os veis obligados a vender a bajo precio, ¿por qué llegáis hasta ella?, ¿no os resul-taría más rentable vender los esclavos sobrantes en Barcelona, en Marsella o en Génova?

 

—Túnez es un nido de piratas. Acudir a su mercado es muy arriesgado; si lo hacemos, lo más probable es que antes de alcanzar su puerto seamos rodeados por varias galeras y asaltados en alta mar. Y en cuanto a vuestra pregunta de por qué voy a Gades, os respon-deré: voy porque en Gades desmonto las ciento veinte literas, despejó la bodega y cargo en ella entre dos y tres millares de ánforas llenas de costosísimo garo, que días más tarde lo venderé en los puertos del sur de Fran-cia y en los italianos, tanto en los de la costa tirrena como en los de la adriática, sacándole una buena ga-nancia económica; y si me sobran algunas ánforas, siempre podré venderlas en los puertos griegos de Sa-lamina y El Pireo.

 

—Entonces, decidme, capitán Sirius, ¿cuándo calcu-láis que llegaréis a Gades?

 

—Tengo previsto atracar en el puerto gaditano el martes, 4 de mayo.

 

—¿Tan tarde?… Es mucho tiempo…

 

276

 

—Solo son tres semanas, pero si tenéis mucha prisa podéis esperar a mi primo Dorian, que dentro de tres días llegará con su urca a Alejandría, procedente de Chipre, para cargar papiros, cuerdas y pieles de buey curtidas y transportarlas directamente a Lisboa, sin es-calas, pero la urca tarda quince días en hacer esa sin-gladura, que sumados a los tres días de espera y un día más para la carga, lo único que ganáis son dos días. Yo no puedo llegar a Gades antes de la fecha que os he dicho porque los mercados negreros de los puertos mu-sulmanes solo se abren los viernes, que es el día de fiesta de los mahometanos. Así que, zarparemos de Alejandría el próximo sábado y llegaremos a Trípoli el jueves 22, donde haremos noche, y al día siguiente acu-diremos al mercado negrero para vender nuestra mer-cancía. El sábado 24 zarparemos rumbo a Argel; allí atracaremos el jueves 29, y al día siguiente acudiremos al mercado. El sábado 1 de mayo zarparemos con des-tino a Gades, donde atracaremos el martes 4, al medio-día o a media tarde. Decidme, maese Orlando, ¿cono-céis en Gades a quien os pueda transportar hasta To-ledo? Os lo pregunto porque, si no conocéis a nadie, os puedo recomendar a un transportista que es serio y su precio es razonable.

 

—Ah, perfecto. Os lo agradezco, capitán. Espero que el carruaje de ese transportista sea cómodo, ya que son un centenar las leguas que separan la bimilenaria Gades de la «ciudad de las tres culturas», que así es como creo que llaman a Toledo por estar habitada

 

277

 

desde hace siglos por cristianos, judíos y musulmanes.

 

—Creo que esa convivencia ya toca a su fin. Se ru-morea que los reyes españoles, los católicos Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, se proponen expulsarlos de la península.

 

—No creo que cometan semejante barbaridad. Tal cosa sería un gran error ya que provocaría un empobre-cimiento no solo económico sino también intelectual, tanto científico como artístico. Esos reyes deben ser bastante zoquetes si no tienen en cuenta que la casi to-talidad de la artesanía, las artes y las ciencias hispanas están en manos de los moriscos y los judíos.

 

La verdad es que podía haberme ahorrado tan incó-modo viaje, sobre todo la segunda parte del mismo, en la que tenía que recorrer media Hispania en un duro ca-rruaje, dando botes y saltos por esos campos y veredas, unas veces en terrenos rocosos, otras veces terrizos, y muchas otras embarrados, pero si no lo hice fue por los mismos motivos que tampoco lo hice en las mudanzas anteriores; no quise tele-portarme a Toledo, sino hacer el correspondiente viaje por mar y por tierra con el fin de que los toledanos me vieran entrar en su ciudad car-gado con mis baúles y cubierto por el polvo del camino.

 

En la galera Ítaca me asignaron un camarote situado en la popa del barco y muy cercano a la cámara del ca-pitán que, si bien sus dimensiones no superaban los tres metros de largo por dos de ancho, bien podría calificár-sele de lujo, ya que contaba con una mesita redonda,

 

278

 

dos sillas, una cama con somier y almohada, un lavabo y una letrina que evacuaba los excrementos al mar a través del casco del espejo de popa de la nave, aunque, como sabéis, al no necesitar comer, yo no tenía nada que evacuar y no la utilizaría en todo el viaje.

 

Si por aquellas fechas la vida en los barcos ya resul-taba difícil, en las galeras aún lo era más. Había pocos espacios despejados en la nave, y los pocos que podían encontrarse eran muy limitados; de la higiene y la sani-dad ni hablamos, ya que brillaban por su ausencia, eran inexistentes no solo en la mar sino también en tierra; muchos de los alimentos se podrían en los viajes largos y la fetidez era el olor dominante en el barco; los maldi-tos y pestilentes olores a veces eran tan insoportables que provocaban el vómito, sobre todo en los primeros días de navegación, luego las narices terminaban por acostumbrarse y se hacía más llevadero. Fuese cual fuese la parte del barco donde estuvieses, siempre esta-bas rodeado de gente; la masificación invadía hasta el último rincón del barco, sin poder encontrar un mo-mento de aislamiento y soledad si no era recluyéndote en tu camarote. Durante las noches no podías salir a la cubierta a respirar aire fresco sin tener que ir sorteando los cuerpos de los tripulantes que, desperdigados, dor-mían al raso, en cualquier punto y en cualquier rincón, extendiendo un colchoncillo y protegiéndose del frío con una manta. Con todo, lo peor no era carecer de cama o de otras comodidades, sino el continuo e indiscrimi-nado movimiento de la galera, que hacía vomitar incluso

 

279

 

a los más marinos más viejos y avezados; otro suplicio a soportar eran las picaduras de las chinches, de los pio-jos y de las pulgas, que se contaban por millones. La chusma26 dormitaba en los bancos de los remos. Y en cuanto a la higiene de los remeros, de los soldados y de la marinería, jamás utilizaban el jabón; los más limpios, de tarde en tarde, lanzaban por la borda un balde atado a un cabo, lo izaban lleno de agua de mar, y se lavaban la cara, el pecho y los sobacos; y para dar de vientre uti-lizaban una letrina, que generalmente estaba en la proa y a la vista de todos, o tenían que encaramarse sobre la borda, sentarse en ella con el trasero desnudo asomado al exterior y agarrarse firmemente a un cabo para no caer el agua.

 

Las muertes a bordo eran frecuentes. Las enfermeda-des abundaban, principalmente por la falta de higiene y la mala conservación de los alimentos y el agua. Un ci-rujano era el responsable de la atención médica, y si no se contaba con uno, que era lo más frecuente, la salud corría a cargo del barbero.

 

En las llagas y las heridas se aplicaban todo tipo de emplastes, ungüentos, cataplasmas, sinapismos y una variadísima cantidad de aceites. También se llevaban a bordo muchas plantas medicinales con las que se elabo-raban infusiones y tisanas. Y, si se trataba de una herida muy grave que se había infectado y se encontraba putre-

 

 

 

 

26   Se les llamaba chusma a los galeotes que servían en las galeras reales y, por extensión, a los remeros de cualquier galera.

 

280

 

facta, siendo necesario tener que amputar algún miem-bro para evitar el riesgo de gangrena, se procedía a llevar a cabo la amputación sin anestesia y se cauterizaba la herida con fuego.

 

Se hacían tres comidas al día, principalmente a base del llamado bizcocho, que no era más que una torta de harina de trigo que se pasaba dos veces por el horno, dándoles así una mayor dureza para que pudiera resistir mejor el paso del tiempo. Si no estaba bien elaborado o se tardaba demasiado en consumirlo, era frecuente en-contrar en ellas arañas, pulgas y gusanos. El bizcocho siempre venía acompañado de una escudilla de potaje, por lo general de garbanzos o habas, o bien un guiso de arroz. Eso sí, nunca faltaba la ración de vino, que era de un litro por cabeza, cuyo consumo era considerado por la tripulación tan importante como la paga dado que formaba parte de la dieta y la cultura mediterránea.

 

El tiempo libre se dedicaba básicamente a los juegos de azar, generalmente naipes y dados, dando lugar a nu-merosas discusiones, que a veces se elevaban tanto de tono y resultaban tan violentas que los jugadores llega-ban a las manos. A fin de evitarlas, las autoridades del barco, generalmente el capitán o el segundo de a bordo, les ponían ciertos límites tanto en cuanto a las horas en las que podían practicarse como a las sumas que se apos-taban, pero no los prohibían. Durante los descansos tam-bién se cantaban romances, se bailaba a la luz de los fa-nales, se hacían lecturas en voz alta, dado que la gran mayoría de los tripulantes eran totalmente analfabetos,

 

281

 

se montaban tertulias o se organizaban carreras de ani-males.

 

La presencia de mujeres en las galeras estaba prohi-bida, naturalmente me refiero a mujeres decentes, no así a las prostitutas, que eran subidas a bordo en aquellos puertos donde se amarraba, debiendo abandonar el barco a la puesta de sol. Sin embargo, alguna que otra vez, también iban a bordo en travesías en alta mar, con-virtiéndose en fuente de conflictos al tener la tripulación que compartir sus servicios. De todas formas, con pros-titutas o sin ellas, la convivencia entre la tripulación no era fácil. Los enfrentamientos eran frecuentes por insul-tos, robos o abusos. Entre los tripulantes, procedentes en su mayoría de los bajos fondos urbanos, abundaban las armas blancas, que salían a relucir en las reyertas y so-lían derramar sangre y dejar cicatrices. Los castigos que se aplicaban a quienes promovían peleas eran severos, unas veces los pendencieros eran sancionados descon-tándoles varios días de la paga, incluyendo la pérdida de varias raciones de comida, y otras veces eran castigos corporales, recibiendo públicamente una tanda de lati-gazos en las espaldas o de vergajazos en las plantas de los pies. Frente a tantas penalidades, y tanta miseria y violencia, también es justo decir que, en muchos casos, tanto entre la marinería como entre la chusma, surgían los fuertes lazos de una auténtica y fraterna amistad.

 

Los seis días que duró la singladura desde Alejandría a Trípoli transcurrieron con una buena mar y sin que se

 

282

 

produjera ningún suceso que fuera digno de mención, salvo que, al segundo día de navegación se nos apro-ximó un jabeque con una culebrina montada en su proa y todas sus velas desplegadas, que tenía toda la pinta de estar dedicado a la piratería, pero que, al ver brillar las armaduras de los soldados en la cubierta, así como sus ballestas, debió desistir de sus perversas intenciones y continuó su marcha; más adelante, cuando cruzábamos el golfo de Sidra, atisbamos a una familia de cachalotes que llamó poderosamente la atención de remeros, tripu-lantes y soldados por ser infrecuente ver a estos anima-les en latitudes tan bajas.

 

Tal como tenía calculado el capitán Sirius, llegamos a Trípoli el jueves 22 de abril, cuando el sol ya se había puesto y las luces de su ocaso agonizaban tras el hori-zonte, dejando un cielo semicubierto por algunos giro-nes de nubes grises que a ratos ocultaban una Luna llena que ya comenzaba a verse algo gibosa, camino de con-vertirse en cuarto menguante.

 

Como quiera que, por ser el viernes día de mercado, también sería día de asueto para toda la chusma, así como para diez de los dieciocho tripulantes y para ocho de los doce soldados que, al quedar libres de servicio, se lavotearon a toda velocidad sus partes íntimas, se pusie-ron calzones limpios, y salieron en desbandada a la bús-queda de los placeres nocturnos que la ciudad pudiera ofrecerles. El barco quedó semidesierto, con tan solo cuatro guardias armados en la cubierta y los ocho tripu-lantes que al día siguiente tendrían que adecentar a los

 

283

 

esclavos, fregoteándolos con estropajo y jabón para qui-tarles la roña y así presentarlos con mejor presencia, lle-varlos luego al mercado y permanecer allí hasta que fi-nalizara la subasta para retornar al barco aquellos que no se hubieran vendido.

 

La subasta transcurrió con normalidad. Como era costumbre entre los traficantes de esclavos, primero pre-sentaron las peores «piezas», es decir, los más viejos y los que tenían algún defecto físico, reservando para el final a los más fuertes y los de mejor apariencia, pero sobre todo a los adolescentes, niños y niñas, ya que siempre había entre el público algún que otro pedófilo adinerado dispuesto a pagar lo que le pidieran por un bello efebo con el que poder darles satisfacción a sus pasiones homosexuales.

 

Ocurrió que, después de haber comenzado vendiendo a una negra, que era más fea que un demonio, junto a su hijo, un bebé al que aún amamantaba, y a los tres negros más viejos y peor malcarados del lote, que ya superaban con creces los cuarenta años de edad, la subasta conti-nuó y pasado el mediodía se habían vendido cincuenta y nueve «piezas». Finalmente, el capitán Sirius puso a la venta a un muchacho de unos quince años, al que ha-bía dejado deliberadamente para el final. El joven, que tenía la piel morena clara, unos preciosos ojos verdes y un cuerpo esbelto y atlético, de inmediato llamó la aten-ción de todo el mundo, sobre todo de los homosexuales que habían acudido al mercado, aproximándose varios interesados para examinarlo detenidamente. Como si se

 

284

 

tratara de una bestia de carga en una feria de ganado, la piel del chico fue observada y explorada con todo detalle centímetro a centímetro, buscando algún signo de enfer-medad cutánea; le hicieron abrir su boca para observar la salud de su dentadura; le escudriñaron las uñas y las oreja, siendo palpado cada uno de los músculos de su cuerpo, e incluso sus genitales, por varios pares de ma-nos masculinas que, sedientas de sexo, le hurgaban la piel con la suavidad de una caricia femenina. Cuando se inició la subasta, con un precio de salida que doblaba al de cualquiera otra «pieza» del lote, cuatro hombres co-menzaron la puja, si bien, pasados unos minutos, dos de ellos desistieron y tan solo quedaron pugnando un terra-teniente árabe, que tenía los dedos cubiertos por anillos de oro engarzados con piedras preciosas de todos los co-lores, y un afamado ricachón tripolitano que era muy amanerado y que exudaba esencias de nardos por todo su cuerpo. Finalmente, el árabe fue el vencedor; adqui-rió al muchacho por una cifra que quintuplicaba el pre-cio de salida.

 

—Capitán, espero que este mozo esté completo —le dijo el árabe al capitán Sirius—, ya sabéis a lo qué me refiero.

 

—Está completo, señor, podéis comprobarlo vos mismo, aquí y ahora, delante de todos.

 

El árabe no esperó a que se lo dijera una segunda vez y, agarrándole al chico el taparrabos por la cintura, se lo arrancó de un tirón dejándolo completamente desnudo. Todos vieron que el muchacho no solo estaba completo

 

285

 

sino sobrado. Cuando el árabe vio el tamaño fuera de lo común de aquel órgano, sus ojos refulgieron de lujuria y no pudo evitar tomarlo con una de sus manos y agitarlo para comprobar como respondía, pero la respuesta que recibió fue muy distinta a la que él esperaba. El chico reaccionó propinándole al gerifalte tan fuerte y sonora bofetada que lo hizo trastabillar, provocando la rechifla de todos los que asistían a la subasta y que todas las mi-radas convergieran en él. Aquel potentado, acostum-brado a ordenar y a disponer de la vida de sus esclavos, airado y visiblemente abochornado por la humillación recibida, extrajo su gumía del tahalí y de un solo tajo degolló al muchacho, que se desplomó al suelo con la garganta convertida en una fuente de la que manaba la sangre a borbotones.

 

Aquel mismo viernes por la tarde, ya casi a la puesta de sol, el timonel detectó una avería en el timón, pues al parecer se había roto uno de los cabos que gobernaban los movimientos de la pala, teniendo que esperar al día siguiente para repararla. Como quiera que la reparación del timón impidió que pudiéramos zarpar con la primera pleamar del sábado, tuvimos que hacerlo con la se-gunda, ya bien entrada la tarde. Como medida de segu-ridad, a de fin de no pasar cerca de la costa tunecina y evitar un encuentro con los piratas, la mayoría de los barcos comerciales preferían dar un rodeo, bordeando la isla de Sicilia y cruzando el estrecho de Mesina para luego acercarse a la costa sur de Cerdeña y continuar el viaje cruzando el meridiano de Túnez alejados a más de

 

286

 

cien millas, pero habiendo perdido medio día por la ave-ría del timón y a fin de recuperar el retraso, el capitán Sirius ordenó poner rumbo al norte, en dirección a la punta Marsala, en el extremo occidental de Sicilia, de-jando a babor las islas de Lampedusa y Pantelaria para luego seguir subiendo ciento veinte millas más al no-roeste, en dirección al puerto sardo de Cagliari, y allí vi-rar a poniente en dirección a Argel. Haciendo esta sin-gladura, en lugar de subir hasta Mesina, recuperaría el medio día perdido y llegaría a tiempo de acudir el vier-nes al mercado argelino. Alcanzaríamos el puerto de Ar-gel sobre el mediodía del jueves, lo que significaba que, al ser día de fiesta el viernes, la tripulación, los remeros y la guardia, tendrían día y medio de asueto, cosa que resultaba harto peligrosa pues las prostitutas de Argel estaban en manos de proxenetas que tenían fama de ser facinerosos o antiguos piratas que con los botines obte-nidos en sus robos habían comprado casas y montado sus prostíbulos.

 

Impulsados por un viento del este que soplaba bonan-cible, estuvimos navegando de bolina durante todo el día del sábado y la madrugada del domingo, sin que durante este tiempo se produjera ningún acontecimiento que fuese digno de mención, hasta que, al mediodía del do-mingo, estando ya a mitad de camino hasta la punta Marsala y cuando ya sobrepasábamos la costa oriental de la isla de Lampedusa, como a media milla de distan-cia divisamos la blanca silueta de un velamen que, na-vegando sobre nuestra estela, se aproximaba a nosotros

 

287

 

a una buena velocidad.

 

—¡Piratas! —afirmó el capitán Sirius—. Los piratas tunecinos han debido establecer una base en la isla y este debe ser un jabeque dedicado a la piratería. Suelen usar este tipo de embarcación por llevar una potente arbola-dura con tres palos y un gran velamen, lo que los hace sumamente rápidos. Nos darán alcance antes de media hora.

 

—¿Qué pensáis hacer, capitán?

 

—Les haremos frente —me respondió con firmeza— . Llevamos a bordo doce soldados bien armados, todos ellos buenos ballesteros que pueden causarles treinta o cuarenta bajas antes de abordarnos.

 

—¿Por qué lado creéis que nos abordarán?

 

—Llevan en la proa una culebrina de dieciséis libras. Cuando nos tengan a tiro intentarán destrozarnos el ti-món a fin de dejarnos sin maniobrabilidad; luego nos harán una pasada por un costado y nos romperán los re-mos al tiempo que nos asaetean sus ballesteros.

 

—Pero, si no aciertan a rompernos el timón, pueden abrirnos un boquete bajo la línea de flotación y hundir-nos

 

—Tendrán buen cuidado de que eso no ocurra. Si nos hunden, su botín también se hundirá, y no es eso lo que quieren. Voy a dar las órdenes oportunas. Creo que lo mejor que podéis hacer es encerraros en vuestro cama-rote y esperar a que termine este zafarrancho.

 

—Ya veremos, capitán, a lo mejor os puedo ayudar más de lo que sospecháis —le respondí, dejándolo algo

 

288

 

intrigado y sin saber a qué podía estar refiriéndome. Me retiré a mi camarote, pero en lugar de quedarme

 

allí encerrado, me quité la túnica que llevaba puesta, me quedé vestido tan solo con mi traje biónico, salí de nuevo a la cubierta y volé hasta posarme sobre el techo del castillo de popa, desde donde tenía una buena visión de todo cuanto acontecía.

 

Tal como dijo Sirius, los piratas no tardaron en tener-nos a tiro de su culebrina y, desde mi atalaya, pude ver cómo, mientras un artillero sostenía en una de sus manos una antorcha encendida, otro cargaba el cañón con un saquete de pólvora, lo retacaba, le introducía luego por la boca una negra bala de hierro, de dieciséis libras de peso y unos doce centímetros de diámetro, y la apuntaba a nuestro timón, quedando ambos hombres a la espera de que su capitán les diera la orden de abrir fuego.

 

Recordé que el campo de fuerza de mi traje biónico era capaz de detener a un meteorito, con una masa de hasta cinco libras y a una velocidad superior a los cien mil kilómetros por hora, por lo que, en el momento en el que vi al capitán elevar su mano en el aire para dar la orden de disparar, me eché a volar y en menos de un segundo me situé frente al cañón, a unos cinco o seis metros de su boca, presentándole mi pecho a la bala mientras flotaba en el aire con los brazos abiertos en forma de cruz, en un elocuente gesto que decía «no dis-paréis».

 

Creo que nadie me reconoció. El sorprendente espec-táculo de ver a un ser con figura humana, cuya piel era

 

289

 

de un blanco tan refulgente que los rayos de sol refleja-dos en ella cegaban a los que lo miraban, pareciendo que tuviera luz propia, y que, por añadidura, flotaba inmóvil en el aire, acabó ipso facto con el vocerío de las tripula-ciones de ambos barcos, imponiéndose un silencio tan profundo que solo era roto por el ruido del oleaje. «Es un ángel del cielo», dijo un remero de la galera Ítaca; «No, no es un ángel, debe ser Satanás. Los ángeles tie-nen alas», le respondió uno de los tripulantes. El capitán pirata, al que poco le importaba que fuera un ángel o un demonio lo que tenía delante, acabó bajando su mano al tiempo que, gritando a voz en cuello, daba la orden de ¡FUEGO! El artillero de la antorcha, saliendo del éxtasis en el que había entrado ante la visión de aquel prodigio al oír la voz del capitán, le aplicó fuego a la mecha que asomaba por el oído del cañón y se produjo la detona-ción. Todos pudieron ver con asombro cómo la bala sa-lió despedida al llegar a dos palmos de mi pecho, como si hubiera chocado con un invisible muro elástico, y cómo, volviendo por donde había venido y a la misma velocidad que había salido por la boca del cañón, atra-vesaba el cuerpo del artillero que la había disparado, partiéndolo en dos, y cómo barría la cubierta del jabeque matando a otros dos piratas. A continuación, volé hasta la borda de la proa del jabeque y me posé donde mismo había estado un momento antes el artillero muerto, arranque de cuajo la culebrina, que debía pesar bastante más de dos quintales, y la hice volar por los aires arro-jándola al mar a una gran distancia. Al presenciar esta

 

290

 

nueva proeza, un segundo rumor de sorpresa y admira-ción se elevó de las cubiertas de los dos barcos y, a ren-glón seguido, el jabeque dejó de perseguir a la galera y comenzó a arriar sus velas. Al parecer, el capitán pirata debió haber comprendido que era inútil enfrentarse al gran poder de la divinidad.

 

Cuando estuve convencido de que el encuentro bélico se había dado por terminado, volví a mi camarote, me vestí de nuevo mi túnica y volví a la popa, junto al capi-tán Sirius.

 

—¿Qué ha ocurrido, capitán?, he oído desde mi ca-marote grandes voces que parecían de sorpresa o de ad-miración y veo que el barco pirata ha dejado de perse-guirnos.

 

—Oh, mi querido Orlando, ¡ha sido asombroso! Os habéis perdido un espectáculo único, pero ¿qué digo?, hemos sido espectadores de un gran milagro que no se volverá a repetir en nuestras vidas. Ha bajado un ángel del cielo y nos ha salvado a todos.

 

En el mercado de Argel el capitán Sirius hizo un buen negocio vendiendo ochenta y siete esclavos a buen pre-cio, y afortunadamente no hubo que lamentar la pérdida de ningún tripulante en los bajos fondos de la ciudad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

291

 

14

 

Entramos en el puerto de Gades a media tarde del martes 4 de mayo, tal como lo tenía previsto el puntua-lísimo capitán Sirius. Después de atracar e inmovilizar el Ítaca amarrándolo a dos norayes del muelle, y de darle rienda suelta a la chusma, el capitán nos invitó a su segundo y a mí a una cena en una casa de huéspedes del puerto, donde era muy conocido y muy apreciado. Se ponía ya el sol cuando Sirius envió a un marinero a buscar a Esteban Ortiz, el transportista del que me ha-bló días antes para cargar con mi pesado equipaje y lle-varme hasta Toledo. Una hora más tarde, cuando ya nos encontrábamos sentados a la mesa del comedor de la casa de huéspedes consumiendo el primer plato, apare-ció el tal Esteban, un hombre de estura media, de unos treinta años de edad, moreno de piel y con los ojos tan negros que, al reflejarle la luz de las antorchas del local en las pupilas, estas parecían ser pequeños carbones en-cendidos; tocado con un bonete rojo sangre, una abun-dante melena de un intenso color negro azabache, ri-zada y sin una sola cana, le caía formando bucles sobre los hombros.

 

—Ahí está Esteban —dijo Sirius, al tiempo que le-vantaba una mano y le hacía señas—. Esteban, estamos aquí —lo llamó, elevando la voz—. Ven, acércate a nuestra mesa.

 

—A la paz de Dios, señores. Que tengan sus señorías buen apetito y un buen provecho —nos saludó el recién

 

292

 

llegado, descubriéndose y acompañando al saludo ver-bal con una exagerada y servil inclinación de cabeza.

 

—Maese Orlando, este es Esteban, el transportista del que os hablé —me lo presentó Sirius.

 

—Hola, Esteban —lo saludé, dedicándole una son-risa.

 

—Buenas noches, mi señor, soy Esteban Ortiz, el ca-rretero, para servir a Dios y a su señoría en lo que guste mandar.

 

—Necesito viajar junto a mi equipaje hasta Toledo, dime si puedes llevarme hasta allí y cuanto me cobrarás por el servicio.

 

—A ver…, lo que es poder, poder, sí que puedo, ¿comprende su señoría?, pero no sé cuánto cobraros por el servicio; a ver…, para mí, Toledo está en el fin del mundo, lo más lejos que he viajado ha sido a Jaén, ¿comprende su señoría? Ni siquiera sé cuántos días nos llevará el viaje.

 

—Son cien leguas para allá y otras tantas de vuelta. ¿A qué velocidad viajan vuestros animales?

 

—A ver…, yendo cargados, podemos hacer entre seis y siete leguas diarias, según el estado en el que se encuentren los caminos… ¿comprende su señoría?

 

—Sí, Esteban, comprendo —le respondí algo fasti-diado por su persistente muletilla, aunque el hecho de que comenzara todas sus respuestas por aquel «a ver…» parecía indicar que siempre pensaba lo que iba a responder y, por tanto, que era una persona refle-xiva—. Como quiera que tengo interés en conocer un

 

293

 

par de ciudades en el camino, aun contando con las pa-radas que hagamos en ellas, serán unos veinte días a la ida, a los que habrá que sumarles los diez u once que tardarás en la vuelta, con el carruaje ya vacío; para re-dondear, digamos que faltarás de tu casa durante un mes. En cuanto al costo del servicio, te parecería bien tres monedas como esta —le respondí, al tiempo que abría mi bolsa, extraía una moneda de oro y se la ponía en una de sus manos.

 

El brillo del oro siempre sorprende agradablemente a quien lo toca y seduce incluso al más rico de los hom-bres, sobre todo cuando sabes que ese oro pasará a ser de tu propiedad. Cuando Esteban sintió la moneda en su mano, la sopesó, la miró en detalle con gran curiosi-dad, pareciendo que fuera la primera vez que viera una monada de tal valor, la llevó a su boca, la mordió y, abriendo mucho lo ojos y llevándose la otra mano a la cara, respondió:

 

—A ver…, sois muy generoso, mi señor, una sola de estas monedas ya pagaría con creces el servicio, ¿com-prende su señoría?; por tres monedas como esta puedo estar viajando a vuestro servicio todo un año.

 

—Bien, pues no se hable más, Esteban, el trato queda cerrado, con estos dos caballeros como testigos. Esta noche dormiré en la Ítaca, te espero mañana al amanecer con mi equipaje preparado en la cubierta para cargarlo en tu carruaje y dar comienzo al viaje.

 

A la mañana siguiente, con los primeros rayos de sol, apareció el carretero montado sobre el pescante de un

 

294

 

pesado y aparatoso carruaje que recordaba a una ca-rruca, el vehículo familiar que utilizaban los antiguos romanos para largos viajes. Se trataba de un cubículo de unos cuatro metros de largo por dos de ancho y casi dos y medio de alto, construido totalmente en madera y montado sobre un recio bastidor con cuatro gruesas ruedas reforzadas con llantas de hierro. Tanto las tablas del tejadillo que lo cubría como las paredes que lo ce-rraban por sus cuatro costados estaban calafateadas e impermeabilizadas al agua de lluvia. En su pared lateral izquierda se abría una ventana de dos hojas con celosías venecianas, y en la pared del cerramiento trasero se abría la puerta, a la que se accedía mediante un estribo abatible con tres peldaños. Tirado por tres gigantescos caballos percherones, la pesada solidez de aquel vehículo ya me estaba anunciando de antemano que el largo viaje de cien leguas hasta Toledo sería lento pero seguro, que no avanzaríamos cada día más de seis o siete leguas, pero también que no habría repecho que se resistiera a la fuerza de aquellos tres titanes cua-drúpedos ni bache que no pudieran salvar, si bien, la carencia de amortiguadores en las ruedas también me garantizaba, en este caso para mal, que durante todo el camino tendría que soportar un permanente traqueteo y que, para no ir dando tumbos, me vería obligado a tener que conectar el campo de fuerza de mi traje biónico, que amortiguaría y absorbería los continuos golpes y empellones que iría recibiendo en glúteos, riñones y espalda. Y no es que me importara mucho el tiempo

 

295

 

que tardara en llegar a mi destino, pues el gozo del viaje se encuentra en el continuo cambio de escenarios, ros-tros y situaciones que se van sucediendo a lo largo del desplazamiento.

 

Tras descargar mis baúles con el auxilio de la cabria del barco y depositarlos en el techo del carruaje, cuando entré en el interior del vehículo me llevé una agradable sorpresa al comprobar que, además de una cómoda cama de ochenta centímetros de anchura, tam-bién llevaba un lavatorio completo, equipado con es-pejo, jofaina y aguamanil, así como una cuba de ma-dera colocada al lado conteniendo unos doscientos li-tros de agua; una mesita con dos cajones y una silla con respaldo completaban el mobiliario. Y, para mayor sor-presa, vi cómo, a un lado de la pared que hacía de ca-becero de la cama, había dispuesta una panoplia con dos lanzas, dos espadas roperas, tres dagas rondel, cua-tro ballestas, y en el suelo, bajo la panoplia, una caja de madera con un centenar de virotes palomeros.

 

—Dime, Esteban, ¿para qué son todas estas armas?

 

—A ver…, ascenderemos por el valle del Guadal-quivir, pero cuando lleguemos a las cercanías de Bailén tendremos que torcer hacia el norte y cruzar Sierra Mo-rena, corriendo el riesgo de que nos asalten los bando-leros, ¿me comprende su señoría? A ver…, además de llevar estas armas para defendernos de cualquier ata-que, sería muy conveniente que en Bailén contratéis una escolta de seis hombres armados para que nos acompañen al menos hasta Santa Cruz de Mudela o

 

296

 

hasta Valdepeñas, donde ya habrá pasado el peligro, ¿me comprendéis?

 

—Ah, es por eso. No debes preocuparte, ya verás como no es necesario contratar a nadie, cruzaremos esa sierra solos y, si se produce algún percance, ten por se-guro que lo resolveremos sin necesidad de ayuda.

 

—¿Quizás afirmáis eso porque sois un guerrero in-vencible?

 

—Ya sabrás por qué lo digo si es que sufrimos el ataque de alguna partida de bandoleros.

 

No quise aclararle que me estaba refiriendo a mis po-deres extraordinarios, ya los descubriría si llegaba el caso de que tuviera que utilizarlos.

 

—A ver…, decidme, maese Orlando, ¿preferís que sigamos el curso del río Guadalquivir o cruzamos por los montes de Málaga hasta Andújar?

 

—¿No rodará tu carruaje mejor si sigues el antiguo trazado de la romana vía Augusta, a lo largo del valle del Guadalquivir? Me gustaría conocer la capital del reino de Sevilla y también la bella Córdoba, la musul-mana, pues tengo entendido que ambas ciudades son las más hermosas de Andalucía.

 

—A ver…, maese Orlando, pocos pueblos y ciuda-des hay en Andalucía que no sean hermosas, pero, sin lugar a duda, las dos que habéis mencionado sí que son realmente hermosas y muy antiguas; dicen que la pri-mera de ellas fue fundada nada menos que por el mis-mísimo Hércules; y a la segunda la hicieron romana hace ya más de dieciocho siglos. Pues no se hable más,

 

297

 

ahora mismo tiramos para el norte camino de Serva la Bari27.

 

Hicimos parada en El Puerto de Santa María, donde almorzamos a base de mariscos y ostiones rebozados, acompañándolos del exquisito y bendito vino moscatel que Dios les ha dado a los portuenses, con el que Este-ban se achispó y, sentado en el pescante, fue cantando a voz en cuello durante un buen trecho hasta que se le agotó el repertorio. Continuamos viaje y, a la puesta de sol, fuimos a parar a una hostería de las afueras de Jerez de la Frontera, donde cenamos, teniendo ocasión de probar sus afamados vinos; esa noche jerezana dormi-mos en una blanda cama y nos cubrimos con sábanas que olían a sol. El almuerzo del segundo día lo hicimos en un ventorro de El Cuervo y la dormida en una fonda de Las Cabezas de San Juan. La villa de Dos Hermanas fue nuestro dormitorio del tercer día y al mediodía de la cuarta jornada hicimos entrada en Sevilla. Era mar-tes, 8 de mayo de 1487 y la ciudad olía a azahar.

 

Estacionamos el carruaje junto a la puerta de Triana, pasamos al otro lado del río caminando por un puente de barcas que conectaba el viejo barrio trianero con la ciudad, y fuimos a almorzar a una venta que nos reco-mendaron, situada en una plaza a la que los trianeros llamaban del Altozano. Tras el almuerzo, desandamos el camino por el puente de barcas, subimos al carruaje

 

 

 

27   «Serva, la Bari» es el nombre que los gitanos le dieron a Sevilla cuando llegaron a esta ciudad a finales del siglo xv. En caló significa «Sevilla, la Grande».

 

298

 

y le dije a Esteban que fuera recorriendo la margen iz-quierda del río Guadalquivir hacia el sur, en el mismo sentido que bajaban las aguas, discurriendo por la zona a la que los sevillanos llaman El Arenal, hasta que lle-gamos a la Torre del Oro, una de las torres albarranas que los almohades construyeron hacía ya casi tres si-glos para la defensa de la ciudad. Luego continuamos siguiendo la margen derecha de un arroyo al que llaman Tagarete, que iba a desembocar al Guadalquivir al pie de la Torre del Oro, hasta que fuimos a dar con el Real Alcázar sevillano, el conjunto palaciego que por enton-ces ya contaba con tres siglos de existencia, cuyo fabu-loso interior me lo enseñó el guarda del edificio des-pués de que aceptara muy gustosamente la generosa gratificación que le ofrecí. Cuando salí del alcázar le ordené a Esteban que me llevara hacia el interior de la ciudad, tomando siempre como punto de referencia y de destino la esbelta torre de la catedral, que por su gran altura era visible desde cualquier punto de la ciudad. Aunque aún tendrían que pasar veinte años para colo-car la piedra postrera en la parte más alta del cimborrio y dar por terminada su construcción, la contemplación de la asombrosa belleza y la magnificencia de aquella que, después de la basílica de San Pedro de Roma, era considerada como la mayor catedral del orbe católico, sobrecogía el alma del espectador que la admiraba por primera vez, y hasta me atrevería a decir que los pro-pios sevillanos, pese a estar acostumbrados a verla a diario, también se emocionaban cuando al pasar cerca

 

299

 

miraban alguna de sus seis maravillosas puertas. Tam-bién impresionaba su torre almohade, la que fuera el alminar de la mezquita aljama de Sevilla, tan alta y tan primorosa que parecía hecha de encajes y era conside-rada como una de las torres más bellas del mundo. Aquella noche cenamos y dormimos en la judería sevi-llana, en una casa de hospedaje llamada La hostería del laurel, y a la mañana siguiente, antes de ponernos de nuevo en camino, pude empaparme de belleza y de misterio paseando durante un buen rato por las estre-chas y tortuosas calles de aquel barrio de la Santa Cruz que, paradójicamente, así se llamaba la judería, pare-ciendo que, al ponerle tal nombre, el ayuntamiento se-villano hubiera querido infligir un permanente castigo a las conciencias de los asesinos de Cristo.

 

Tras aquel mágico paseo, era ya media mañana cuando bajamos con el carruaje hasta la plaza de San Francisco y entramos en la calle de las Sierpes. Por ella nos dirigimos a la collación de Santa Catalina, nos in-ternamos en la calle de Bustos Tavera28 y desemboca-mos a la plaza de San Marcos, donde enfilamos la muy antigua calle de San Luis, la que fuera cardo máximo en tiempos de los romanos y por la que, un día de abril

 

 

 

 

28   En esta calle vivían en el siglo XIV dos familias principales, los Tavera y los Roelas. Ocurrió que, estando enamorados Sancho Ortiz de las Roelas y Estrella Tavera, su amor se vio turbado por el malnacido rey Alfonso XI, quien, despechado al ser rechazado por Estrella Tavera, en venganza hizo matar a su hermano Bustos Tavera, de quien la calle toma el nombre, orde-nando el malvado y vengativo rey Alfonso que quien ejecutase la sentencia fuera Sancho Ortiz.

 

300

 

del año 68 a.C., entraría Julio César montando a Geni-tor. Salimos de la ciudad a través de la vieja muralla almohade, por la puerta de la Macarena, y continuamos rodando hacia el norte. Media hora más tarde ya había-mos cruzado la pedanía de San Jerónimo y nos había-mos internado en el camino de Córdoba; ahora, las llan-tas de nuestro carruaje rodaban sobre el viejo empe-drado de la vía Augusta.

 

Como quiera que habíamos salido de Sevilla algo tarde, se nos echó encima el mediodía cuando tan solo nos habíamos alejado de la ciudad un par de leguas y circulábamos cerca de un lugar llamado La Rinconada. Allí nos detuvimos para almorzar con los fiambres que llevábamos y paramos a la fresca sombra de unos ci-preses que crecían junto a un hospital regentado por los caballeros de la Orden de Malta, que según nos dijeron había sido fundado por el rey Fernando III de Castilla tras conquistar Sevilla en 1248. Tras el almuerzo con-tinuamos la marcha hasta que hicimos parada para dor-mir en un bosquecillo de encinas que quedaba algo apartado del camino, pero que parecía ofrecernos segu-ridad bajo la sombra de sus espesas copas. Los lugares por los que pasamos el segundo día, en los que se podía comer o dormir, no se ajustaron a nuestro horario, pa-sando frente a ellos o demasiado pronto o demasiado tarde, por lo que tuvimos que comer y dormir en el ca-rruaje.

 

—Duerme tú en la cama, Esteban —le dije el primer día que nos vimos obligados a tener que dormir en el

 

301

 

carruaje.

 

—A ver…, maese Orlando, yo estoy acostumbrado a dormir en el pescante, es lo suficientemente largo para que me haga de cama.

 

—Pero yo padezco de insomnio y no voy a dormir en toda la noche —le mentí, por no contarle que mi in-mortalidad me impedía dormir—. Es una lástima que se desperdicie la cama.

 

El tercer día, estando ya próximo el mediodía, cuando llevábamos recorridas dieciocho leguas desde Sevilla, sobre la cima de un alto cerro vimos en la dis-tancia el castillo de Almodóvar y, al doblar un recodo del camino, seis soldados nos salieron al paso.

 

—¡Alto! —vociferó el que parecía ser el jefe, al tiempo que levantaba el brazo en un inapelable gesto autoritario—. ¿Quiénes sois vosotros y a dónde vais?

 

—Soy el conde Orlando, de Burdeos —me presenté, utilizando mi antiguo título de cuando era mortal y margrave de la marca de Bretaña—. Me dirijo a la ciu-dad de Toledo en la que pienso residir durante algún tiempo. ¿Y vosotros?, ¿Quiénes sois vosotros?

 

—Perdonadme, señor conde, yo soy el sargento Juan Palominos y estos soldados pertenecen a la guarnición del castillo, al servicio de nuestro señor don Gonzalo Fernández de Córdoba, el señor del castillo, más cono-cido por el sobrenombre de Gran Capitán, que se ha tomado un respiro en la guerra que nuestros reyes Isa-bel y Fernando libran en Granada contra el sultán na-zarí Boabdil.

 

302

 

—Pues le deseo de todo corazón a vuestro señor toda suerte de bendiciones y de grandes éxitos militares en su lucha contra el moro.

 

—Conde Orlando, los ejércitos cristiano y musul-mán han acordado una tregua de dos semanas, que mi señor don Gonzalo ha aprovechado para cabalgar vein-ticinco leguas en dos días, desde el campamento de Santa Fe hasta Almodóvar, con el fin de descansar y de inspeccionar sus propiedades. Llegó hace una semana, y ahora que ya ha terminado con su inspección se en-cuentra en el castillo haciendo tiempo para volver a Granada, pero como quiera que se halla abatido por el aburrimiento, me ha ordenado que, si pasaba por el ca-mino algún viajero que fuera culto y no llevara dema-siada prisa, lo invitara a subir a la fortaleza con el fin de tener con quien compartir un rato de charla mientras toman un refrigerio. Siendo vos de noble cuna y abo-lengo y debiendo tener una elevada formación cultural, si fueseis tan amable de aceptar su invitación, mi señor os quedaría eternamente agradecido.

 

—Aunque no contaba con este retraso, la verdad es que no me espera en Toledo ningún asunto urgente que resolver. Así pues, acepto gustoso la invitación.

 

El discurrir por distintos y variados paisajes, el escu-char distintos acentos en el lenguaje y estas situaciones imprevistas son las que hacen al viaje ameno e instruc-tivo.

 

—Os lo agradezco con toda mi alma, señoría —me respondió el soldado visiblemente satisfecho de haber

 

303

 

conseguido dar cumplimiento a la orden de su señor o tal vez por haberse librado de algún castigo severo si no lo hubiera logrado—. Yo y mis hombres iremos de-lante del carruaje abriéndoos camino al cruzar la villa de Almodóvar.

 

Pese a que, dada que era próxima hora del mediodía, las calles estaban llenas de lugareños que deambulaban ocupados en sus quehaceres, cruzamos el pueblo sin te-ner que detenernos en ningún momento; los soldados se ocupaban de ir despejando a los transeúntes a golpes de regatón de sus lanzas dados sin el menor miramiento en las espaldas de los transeúntes. Pude ver que la mi-seria reinaba en aquel pueblo; en general, el aspecto de los vecinos era depauperado, sus vestidos se veían gas-tados, remendados y en ellos abundaban los parches que simulaban hacer las veces de coderas y rodilleras. La fuerte pendiente de los más de cien metros de des-nivel existentes en la subida al castillo fue agotador para los caballos, teniendo que tirar de tan pesado ca-rruaje, que acabaron resoplando de cansancio cuando culminaron el cerro sobre el que se elevaba la fortaleza. El sargento Palominos había enviado a un joven sol-dado al castillo para anunciarle mi llegada al señor del castillo, quien salió a la puerta a recibirme.

 

Tendría poco más de treinta años de edad, el pelo lacio y negro, aunque algo escaso y con grandes entra-das, lo que le anunciaba una próxima calvicie; sus ojos eran grandes y marrones, pero lo que más destacaba en su rostro era una protuberante nariz, muy fina y algo

 

304

 

aguileña que, además de no afearlo, le otorgaba un cierto aire de seriedad.

 

—Sed bienvenido a mi casa, conde Orlando —me saludó al bajar del carruaje—. Os agradezco infinito que hayáis aceptado mi invitación. Pasad, conde, pa-sad.

 

Antes de entrar en el castillo se volvió para ordenarle al sargento:

 

—Palominos, da orden de que atiendan al carretero, que le den todo cuanto necesite, y también que les den forraje y agua a los animales.

 

Me condujo directamente a la torre del homenaje y no sabría decir si aquella mesa estaba preparada de an-temano desde hacía más tiempo o la habían montado en el escaso lapso transcurrido entre el momento que el soldado les anunció mi visita y el de mi llegada, pero lo cierto es que lo que el sargento Palominos había nombrado como «un refrigerio» era todo un banquete con el que podrían saciarse veinte personas. Allí había de todo. Las frutas cubrían media docena de grandes fruteros de cerámica fina, y los asados de carnes de caza, como conejos, perdices, faisanes y hasta un ja-bato, se amontonaban en varias bandejas de plata. A te-nor de la miseria que pude ver al cruzar el pueblo, pa-recía ponerse de manifiesto que Gonzalo Fernández de Córdoba, apodado Gran Capitán por sus grandes cua-lidades militares, su valentía, su arrojo y su osadía, solo se interesaba por la guerra, importándole muy poco la vida y el bienestar de sus vasallos.

 

305

 

—Os agradezco muchísimo vuestra visita, conde Or-lando. Sed bienvenido —me saludó de nuevo, pare-ciendo que fuera sincero, pero sin tan siquiera dignarse, ni antes ni ahora, a dedicarme una inclinación de ca-beza, aunque fuese muy somera, en señal de respeto, tal vez poseído de la altanería que le proporcionaba la altísima posición política que ocupaba en el reino de Castilla—. Os ha anunciado el mensajero como el conde Orlando, de Burdeos, que se dirige a la ciudad de Toledo, en la que pensáis vivir algún tiempo. ¿Acaso sois descendiente del aquel conde Roldán, a quien to-dos llamaban Orlando, que siendo margrave de la marca bretona murió en Roncesvalles y que aún es can-tado en las plazas de pueblos y ciudades por juglares y trovadores?

 

Durante un instante, aquella inesperada pregunta me dejó en suspenso y sin saber qué contestarle. Final-mente, decidí confirmarle que era descendiente del conde Roldán.

 

—Hace años oí una trova en la que se decía que un descendiente del mítico conde Roldán era inmortal y llevaba varios siglos vagando por el mundo, ¿habéis oído vos tal historia? —me inquirió.

 

Cansado de tanto mentir, al oír aquellas palabras tuve un rasgo de sinceridad y le declaré que yo era aquel descendiente del conde Roldán, si bien, como no podía contarle mi historia con los uriatis, no tuve más remedio que mentir de nuevo y contarle la falsa historia de mi milagrosa resucitación en Bengala, así como la

 

306

 

extraordinaria longevidad que me proporcionó la in-gesta de la poción que me dio a beber el brujo de aque-lla ignota tribu. No le mencioné ninguno de mis pode-res ocultos, pues no solía yo hablar con nadie de mis extraordinarias facultades salvo que no pudiera evitarlo o que fuera estrictamente necesario y, cuando lo hacía, jamás mencionaba a los uriatis ni el traje biónico que siempre llevaba puesto, ya que hubiera sido tomado por un loco que desvariaba diciendo estupideces, pero la respuesta que me dio don Gonzalo me dejó estupefacto.

 

—Por Dios que es un relato asombroso el que me acabáis de narrar. Como os he dicho antes, ya la había oído hace muchos años, pero creyendo que era fruto de la fantasía de algún juglar nunca le di crédito. Así que vos sois el protagonista de esa increíble historia que lleva siglos circulando y que no es ninguna fantasía, sino que resulta ser cierta. Esto quiere decir que tenéis a vuestras espaldas setecientos cincuenta años de vida.

—Efectivamente, así es.

 

—Decidme, conde Orlando, ¿qué se siente sabién-dose inmortal?

 

—Se echa de menos la idea de la muerte.

 

—¿Cómo es eso?, ¿no se siente uno feliz sabiendo que está a salvo de la muerte?

 

—La idea de la muerte es la que hace que amemos la vida e intentemos darle un sentido a nuestra presen-cia temporal en este mundo. Y, por otra parte, al sentir-nos inmortal acabamos negándonos a amar a otros para no sufrir el dolor de la pérdida de los seres queridos.

 

307

 

—Ya, comprendo. Lo pintáis como si la inmortali-dad fuese un castigo.

 

—Sí, así es. Es un castigo del que no se puede esca-par, dado que no podemos suicidarnos.

 

—En vuestra historia se cuenta que, además de in-mortal, sois invulnerable a las armas, tanto las blancas como las de fuego; que sois insensible al dolor; que po-seéis la facultad de trasladaros de un lugar a otro a más velocidad de la que la vista humana es capaz de apre-ciar, y que vuestra fuerza es hercúlea, equivalente a la de cincuenta hombres. ¿Son ciertas estas afirmaciones?

—Sí, lo son.

 

—En tal caso, vuestra ayuda puede ser decisiva en la guerra de Granada. Como capitán general de los ejérci-tos de Castilla y Aragón, en nombre de nuestros reyes, Isabel y Fernando, me veo en la obligación de pediros que pongáis vuestros poderes extraordinarios al servi-cio de nuestra causa. Apelo a vuestra fe cristiana y vuestro catolicismo para que coadyuvéis a culminar el proyecto de unificación del territorio hispano que nues-tros reyes católicos están llevando a cabo.

 

—Mi estimado capitán general, yo soy francés y cre-yente cristiano, aunque poco católico; lo que os quiero decir es que procuro seguir las enseñanzas de Jesu-cristo, pero rechazo las de la Iglesia. No tengo nada en contra de Boabdil, por el contrario, me consta que es un hombre culto, amante de las artes y las ciencias, y que gobierna a su pueblo con justicia, razones por las que el sultán goza de todo mi respeto y admiración.

 

308

 

—¿Me estáis diciendo que no nos ayudareis a ganar esta guerra?

 

—Creo haber sido suficientemente explícito en mis argumentos, señor. Y os diré más, tengo entendido que el mismo respeto y admiración que yo siento por él también lo sienten vuestros reyes. Durante las veces que el sultán ha sido vuestro prisionero, vuestro rey ha sostenido con él largas conversaciones de las que al pa-recer quedaba encantado, tal es el nivel cultural y de conocimientos que posee Boabdil. Habéis de saber, mi estimado capitán general, que los negocios de la guerra no me interesan en absoluto.

 

—Habéis dicho que os dirigís a Toledo, ciudad en la que proyectáis vivir algún tiempo. Como bien sabéis, Toledo pertenece al reino de Castilla, por lo que estáis obligado a prestarle ayuda al reino anfitrión; si os ne-gáis puede caer sobre vos todo el peso de la ley y sufrir consecuencias desagradables.

 

—Esa sería una ley injusta que nadie estaría obli-gado a cumplir. Llevo más de setecientos años viajando por el mundo y en todas las ciudades en las que he vi-vido he llevado una vida silenciosa y fiel cumplidora de las leyes. Estaría dispuesto a ayudar al reino de Cas-tilla en cualquier otro asunto que no sea una guerra como esta.

 

—¿Por qué no queréis participar en esta guerra?, ¿qué tiene esta que no tengan las demás?

 

—Porque esta es una guerra que, bajo la exclusa de tratar de expulsar a los musulmanes y que la península

 

309

 

ibérica quede bajo dominio exclusivo de la Iglesia ca-tólica, subyace un marcado interés económico y mili-tar. Después de haber participado en muchas de ellas, me he vuelto contrario a las guerras al ver que todas, sin excepción, están promovidas por la avaricia y el egoísmo de los reyes; la única razón para la guerra, que jamás se menciona, es la de arrebatarle sus bienes y ri-quezas al reino vecino. Estaré dispuesto a ayudar al de Castilla en todo aquello que sirva para mejorar la vida de sus gentes, pero no aceptaré que se me impongan obligaciones que sean contrarias a mi conciencia. En cuanto a la velada amenaza que me habéis hecho de que, si no obedezco, me aplicaréis vuestra ley y sufriré «consecuencias desagradables», solo os puedo decir que no tengo nada que temer, mi estimado capitán ge-neral, recordad que soy insensible al dolor y que no puedo ser herido ni encerrado en una prisión.

 

Aquel día cenamos y dormimos en el castillo de Al-modóvar. A la mañana siguiente desayuné en compañía del Gran Capitán, quien, tras el desayuno, me acom-pañó hasta el rellano de la escalinata que accedía desde el patio de armas hasta la puerta de la puerta de la torre del homenaje.

 

—Conde Orlando, os deseo un buen viaje y que Dios os colme de toda suerte de venturas en vuestra larga vida —me dijo como despedida, dándome un abrazo.

 

—Gracias, capitán general, lo mismo deseo para vos

 

—le respondí correspondiendo con otro abrazo al suyo.

 

 

 

310

 

Subido al pescante del carruaje, Esteban me espe-raba al otro lado del gran patio de armas. Bajé los seis o siete peldaños de la escalinata y dirigí mis pasos hacia el carruaje. Como a unos diez metros había un grupo de soldados que formaban corro. Levanté la mano en un gesto de saludo de despedida y, fue en aquel mo-mento, que tres virotes de ballesta silbaron en el aire. Como quiera que no había conectado el campo de fuerza del traje biónico, las tres saetas fueron a clavarse en mi pecho y costado derecho. Mi inmunidad a las he-ridas hizo que me volviera con toda tranquilidad y en-carara al Gran Capitán, que observaba con curiosa atención el desarrollo del ataque que obviamente había ordenado él mismo. Con los tres hierros clavados pro-fundamente en mi cuerpo, de los que solo quedaban a la vista la mitad de las longitudes de sus vástagos, volví sobre mis pasos, ascendí de nuevo por la escalinata y llegué hasta el alevoso Gonzalo Fernández de Córdoba, que no daba crédito a sus ojos cuando delante de él me extraje los tres virotes, uno tras otro, sin derramar una sola gota de sangre, le tomé una de sus manos, se los puse en la palma y le cerré los dedos sobre el haz.

 

—Mirad, capitán general, estos virotes han debido escapárseles accidentalmente a algunos de vuestros hombres y casualmente han impactado en mi cuerpo.

 

—Lo siento —me respondió, mirando al suelo, sin atreverse a mirarme a los ojos—, necesitaba comprobar que era cierto lo que me habíais contado acerca de vuestra invulnerabilidad a las armas.

 

311

 

—Es decir que, si no era cierto, me castigabais con la muerte. ¿Sabéis lo que están pensando del noble y valiente Gran Capitán esos soldados a los que cobarde y alevosamente habéis ordenado que me maten? Yo os lo diré: que el capitán general de los ejércitos castella-nos y aragoneses es un cobarde, incapaz de enfrentarse lealmente a un adversario, por lo que tiene que orde-narles a sus soldados que lo asesinen.

 

Con el brillo de la fama destruido, el rostro enroje-cido por la vergüenza, y un ominoso silencio que pre-gonaba su cobardía, el Gran Capitán quedó reducido a menos que una simple sombra. Le di la espalda y, para terminar de impresionar aún más al grupo de soldados, que habían permanecido todo el tiempo pasmados y bo-quiabiertos, me tele-porté desde el rellano de la escali-nata donde me encontraba hasta el pescante del ca-rruaje, quedando sentado junto a Esteban.

 

Salimos del castillo, descendimos del cerro, bajando de nuevo al camino, volvimos a situar nuestro carruaje en la vía Augusta, y continuamos nuestro viaje.

 

—Maese Orlando…, a ver…, todas estas cosas má-gicas que he presenciado…, ¿qué o quién sois vos? ¿sois un mago, un ángel o un demonio?

 

—No soy ninguna de esas tres cosas, Esteban. Tan solo soy un hombre de carne y hueso al que Dios ha tenido el capricho de hacerlo inmortal. En vista de que vamos estar juntos durante muchos días, creo mereces que te cuente la historia —le respondí, para narrarle a continuación la ya manida historia bengalí.

 

312

 

Cuando ya estábamos a poco más de una legua de Córdoba nos encontramos con las impresionantes rui-nas de Medina Azahara, la que fuera bellísima ciudad palatina mandada construir en el año 936 por el califa Abderramán III, habiendo sido destruida sesenta y cinco años más tarde durante la guerra civil de al-Án-dalus, lo que venía a poner de manifiesto una vez más que el germen destructivo de la avaricia y la ambición de poder de los hombres pone continuamente a la Hu-manidad en riesgo de autodestrucción pues, como bien decía el poeta, la guerra es bárbara, es torpe, es regre-siva, pone un soplo de hielo en los hogares y el hambre en los caminos.

 

Pasaba ya una hora del mediodía cuando hicimos la entrada en la ciudad de Córdoba transitando por el so-berbio puente romano que, después de llevar quince si-glos soportando el pesado tráfico de los carros y carre-tas que diariamente entran en la ciudad para acudir a sus mercados, continuaba conservando las misma bue-nas condiciones del primer día, dándonos de cara con la mezquita aljama cuando llegamos al otro extremo. Dejamos el carruaje a la salida del puente romano y en-tramos en un ventorro de grandes dimensiones que ha-bía a la derecha. Salmorejo, mazamorra, ajoblanco y rabo de toro fueron los platos que el ventero nos sirvió cuando le dijimos que queríamos probar las comidas más típicas de la cuidad. Después de comer, mientras Esteban aguardaba en el carruaje, me dediqué a deam-bular por la judería, pudiendo comprobar que tenía el

 

313

 

mismo encanto y misterio que la de Sevilla. Cuando entré en la mezquita aljama, quedé extasiado con sus más de mil columnas, todas ellas distintas entre sí, y sus 365 arcos policromados, tantos como días tiene el año. Igualmente quedé impresionado por la majestuosa imagen de potencia militar que transmitía el Alcázar de los Reyes Cristianos. Me entretuve tanto tiempo con-templando las bellezas musulmanas de Córdoba que se nos hizo tarde para continuar el camino y aquella noche nos quedamos a dormir en la ciudad.

 

El resto del viaje fue lento, pero tranquilo. Cruzamos Sierra Morena sin ser atacados por ningún bandolero, comimos bien en todos los sitios donde paramos y no sufrimos ninguna avería en el carruaje. Y, el sábado 27 de mayo de 1486, hacíamos nuestra entrada en la Ciu-dad de las Tres Culturas.

 

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

314

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Impreso en España

Agosto de 2024

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Suscripcion

📚 Biblioteca Emancipación

Accede y recibe automáticamente cada nuevo libro publicado

Suscríbete gratis

📩 Contacto: emancipacionbiblioteca@gmail.com