© Libro N° 13003. Gloria. Millán, JG. Emancipación.
Septiembre 28 de 2024
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Gloria. JG Millán
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Millán
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© Edición,
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
GLORIA
JG Millán
Gloria
JG Millán
Índice
Prefacio
La boda
Los inicios
Madrid
Envidia
La Mari
En soledad
Diagnóstico
Lágrimas
El traslado
La crisis
Enfrentados
Falta de consideración
Una cena conflictiva
Compensación
Confesión
El cuerpo
Aniversario
Flores
La academia
Sospechas
La mosquita muerta
Mano sobre mano
Mallas negras y top fucsia
Cataratas de arroz
Epílogo
Prefacio
Un
triángulo amoroso irresoluble que tuvo su origen en un amor a primera vista.
Gloria
conoce a un apuesto joven en el convite de una boda y se enamora perdidamente
de él.
Sin
embargo, ella no es muy agraciada, y su natural timidez le hará quedarse atrás
en la carrera por conseguirle, compitiendo de manera directa con su prima que
es mucho más atractiva.
Llegará
un momento en que tendrá que elegir entre sus sentimientos y su lealtad hacia
ella, intentando lograr las dos cosas sin dejar de ser fiel a sí misma.
Es una
novela romántica deliciosa y enternecedora sobre el anhelo y los deseos
reprimidos de una mujer que lucha contra sí misma y contra sus pasiones,
narrada en clave de humor, aunque también hay momentos de gran dramatismo.
La boda
Le vi por
primera vez en la boda de mi hermano José. Bueno, según mi madre, aquello no
fue una boda, sino una fiesta, pues, para ser boda, en su opinión, tenía que
haber una iglesia y un cura. Y allí no había ni una cosa ni la otra.
Pero la
verdad es que fue todo muy emotivo, a pesar de las quejas de quien tenía que
haber sido la madrina. En aquella "boda", la lectura de los
evangelios fue sustituida por la lectura del código civil, y las cartas de los
apóstoles a los corintios o a los filipenses se cambiaron por cartas escritas
por los amigos de los novios, que, aunque mi madre nunca lo llegó a reconocer,
hicieron asomar algunas lágrimas en sus ojos. Hasta mi abuela, a pesar de que
ya no se enteraba de mucho, llegó a decir:
—Sí, sí,
es todo muy bonito, pero, no sé, le falta algo… —¡Claro! —replicó mi madre, con
acritud—. ¡Le falta el cura!
Con cura
o sin él, la boda de mi hermano, además de lacrimógena, fue un evento que nunca
olvidaré. Y no solo porque fue allí donde conocí a Carlos.
Ya desde
la entrada de la finca se sucedían las guirnaldas multicolores que flanqueaban
el camino por donde entró aquel fastuoso coche de época, con los novios en su
interior. Al llegar al prado, se detuvo muy cerca del "altar", donde
les esperaba el concejal del ayuntamiento que iba a oficiar la ceremonia.
Primero
salió mi hermano. Todo un caballero con su traje de chaqué reluciendo al sol de
aquella tarde de mayo, cuando justo hasta el día anterior había estado
diluviando durante varios días sin parar. Después salió el padre de la novia,
quien procedió cortésmente a abrir la puerta a su hija, que tardó más de la
cuenta en hacerlo por el esfuerzo de recogerse aquella larga cola del vestido
nupcial. Un precioso traje que se arruinó notablemente cuando su portadora
hundió hasta el fondo del césped sus tacones, pringando de barro todos los
bajos. Por no hablar de la cola, lógicamente, que quedó bastante maltrecha,
como pueden todos ustedes imaginar.
Pero a
pesar de esos pequeños detalles, la fiesta, que no boda según mi madre, fue
celebrada por todo lo alto, y todos los invitados reímos, cantamos y bailamos
hasta bien entrada la noche.
Dicen que
de una boda sale otra boda, y justamente eso fue lo que pasó en aquella. Fue
Mamen, mi prima, quien primero comenzó a hablar sobre él.
—Oye, ¿te
has fijado en aquel tío? —me comentó, mirando hacia nuestra derecha, enfocando
sus ojos hacia un chico que debía tener nuestra edad. Llevaba un traje marrón
oscuro con una corbata beige sobre una camisa blanca, y permanecía con la
chaqueta puesta a pesar de que casi todos los hombres se la habían quitado. El
sol estaba en lo alto y aquella tarde de mayo comenzaba a ser calurosa y
húmeda. Pero a pesar de todo, él seguía guardando el decoro que se exige en un
evento como ese. Tenía el cabello corto, ligeramente rizado, y los pómulos
marcados le hacían parecer que tenía los ojos hundidos, cuando en realidad no
era así. Una barbita exquisitamente perfilada le daba un aspecto sumamente
elegante y varonil, y su expresión pausada le confería un tono de solemnidad
impropia de un hombre joven, de veintipocos años.
—¿Quién?
¿El rubio ese? —señalé yo también con la mirada.
—Bueno…
rubio, rubio… no es, yo diría. Castaño claro, quizás.
Las dos
no dejábamos de mirarlo, con la baba resbalando por nuestras mejillas.
—Tía, no
me puedo creer que no te hayas dado cuenta hasta ahora. ¿En serio que no lo
habías visto antes?
—No
—mentí. En realidad, me fijé en él desde el mismo instante en que apareció por
la finca.
—¿Quién
será? —preguntó Mamen.
—Es un
primo de Carolina, la novia. Creo que vive en Villanueva.
—Pero,
¿tú como lo sabes?
Ahí casi
me pilla. Yo ya había averiguado quién era a través de mis padres.
—Bueno…
—tartamudeé, como siempre que me pongo nerviosa—. Mi madre me dijo que esos
eran primos de la novia, y como ella es de allí...
—¿Y no te
fijaste en él?
—La
verdad, no me di cuenta.
—Joder,
Gloria, siempre estás en las nubes. A veces pienso que eres bollera, con ese
poco interés que tienes por los tíos.
Me callé.
¿Qué le iba a decir? En parte tenía razón. No en el tema de mis preferencias
sexuales, que eran las mismas que las suyas, pero el caso es que, después de
tantos años de ser ignorada por los chicos, una ya se hace a la idea de que se
va a quedar "para vestir santos", que es como se decía en los tiempos
de mi abuela para referirse a las solteronas.
Las dos
teníamos la cara de botijo que habíamos heredado de nuestra abuela Carmen, solo
que mi prima, en contraposición a mí, tenía un cuerpo escultural y unas curvas
de infarto, que aquel ajustadísimo vestido de raso azul acentuaban si cabe más
todavía. Además, un escote de vértigo dejaba ver la casi totalidad de unos
pechos mayores que los míos, de manera que las dos juntas parecíamos más bien
don Quijote y Sancho Panza, pues yo, además de la cara de botijo, también tenía
cuerpo de botijo precisamente.
Y fue así
cómo, en medio del cóctel, Mamen no tardó ni un instante en decirme:
—Venga,
tía, ya le estás diciendo a tu cuñada que nos lo presente.
—¿A mi
cuñada?
—¡Claro!
¿A quién si no? ¿No es su primo?
—Ya, ya,
si yo lo digo por lo de "mi cuñada". Me ha parecido gracioso oírlo
así por primera vez.
—Pues
vete acostumbrando, bonita. Desde hoy ha dejado de ser Carolina, o “la novia de
mi hermano”, para ser, simplemente, "tu cuñada". Ya te lo digo yo.
Me quedé
pensando en ese último comentario, y Mamen me apresuró:
—¡Venga!
¡Ya estás tardando en decírselo!
Salí de
mi ensimismamiento y nos dispusimos a ir a su encuentro. Porque la verdad, nos
costó trabajo acceder a ella. En medio de aquel multitudinario cóctel, tuvimos
que sortear a un buen número de corrillos hasta que por fin llegamos a “mi
cuñada”, y después esperar otro buen rato hasta que se quedara libre. Pero al
final lo conseguimos. Después de felicitar a la novia, la abrazamos y le dimos
los besos de rigor. A continuación, le dije:
—Oye,
aquel chico de allí es tu primo, ¿no?
—¿Quién?
—Aquel,
el del traje marrón. El rubio.
—Sí, es
Carlos. ¿Queréis que os lo presente?
—¡Pues
claro! Ya estás tardando, bonita —musitó mi prima, algo que solo pude oír yo.
—Sí, nos
gustaría mucho —contesté.
Así que
Carol me agarró del brazo y me llevó tras de sí con mi prima detrás, sorteando
corrillos y haciendo un gesto con la mano a todos aquellos con los que se
cruzaba, como indicando que en un momento estaría con ellos. Hasta que por fin
llegamos hasta donde se encontraba aquel estupendo ejemplar masculino.
Y si de
lejos era espectacular, ya de cerca ni les cuento. Me quedé extasiada
contemplando sus ojos; unos grandes faros del color de la esmeralda que teñían
de verde una mirada profunda y serena.
Estaba
con sus padres, sosteniendo una copa de algo que parecía un refresco. La novia
saludó y besó a sus tíos, y después procedió a presentarnos.
—Bueno,
Carlos, te presento a Gloria, la hermana de José. Y esta es...
—Mari
Carmen —se adelantó mi prima—. Pero puedes llamarme Mamen.
Se
abalanzó sobre él y le dio los dos besos antes de que yo pudiera hacer lo
propio.
—¿Sois
hermanas? —preguntó, mientras “mi cuñada” comenzaba a hablar con su tía.
—¿Yo,
hermana, de esta? —respondió Mamen, con algo de desprecio. Estuvo a punto de
usar el neutro, refiriéndose a mí como "esto"—. ¿Acaso nos parecemos?
—En la
cara, sí —contestó Carlos, y tenía toda la razón. La misma cara de botijo, es
decir, basta, con la frente huidiza, ensanchada a la altura de los pómulos,
orejas grandes a modo de asas, y con un fuerte mentón. Una cara fea, vaya,
aunque la de Mamen era más fina que la mía y estaba un tanto dulcificada
gracias a unos expresivos ojos de los que yo carecía. Como también carecía del
resto de sus encantos, en particular su estilizada figura, sus largas piernas y
sus grandes pechos. En mi caso, todo era pequeño, excepto la extensión de mi
contorno abdominal, donde ahí sí que la superaba ampliamente. Se ve que hubo
que compensar tanto dispendio invertido en ella, y ya no quedaron encantos que
repartir de la herencia de nuestra común abuela Carmen.
—Somos
primas —contesté—. Quizás por eso nos parezcamos... algo.
El caso
es que esa fue prácticamente mi última intervención en aquella conversación,
pues Mamen acaparó el resto de la misma. Carlos la seguía encantado,
intentando, por decoro, no mirar demasiado a los pechos de mi prima, algo que
solo consiguió a duras penas.
Al final,
puesto que casi ni me miraban, me volví con mis padres, con quienes me quedé el
resto de una velada que yo calificaría como "agridulce".
Los
inicios
Mi prima
y yo siempre estuvimos muy unidas. Ella era hija única y yo, como si lo fuera,
pues mi hermano José era mucho mayor que yo y apenas nos tratábamos. De hecho,
yo siempre he dicho que mis padres habían tenido dos hijos únicos en lugar de
dos hermanos.
Vivíamos
puerta con puerta en Entrerríos, un pueblo que cada vez se despoblaba más. De
hecho, ni siquiera era un pueblo, sino una pequeña pedanía dependiente de
Villanueva, que era la ciudad más importante de una comarca que está en el
centro de Extremadura.
Mi madre
y la suya eran hermanas, y por eso las dos heredamos la misma cara por línea
materna. Aunque en su caso los genes de la familia de su padre prevalecieron
sobre la nuestra, para darle a su cuerpo esa forma escultural que volvía locos
a los hombres.
Vivíamos
tan juntas porque nuestros abuelos fueron adjudicatarios de dos parcelas de
fértiles tierras en un gran latifundio que sus dueños mantenían improductivo y
que el Gobierno expropió en los años 50 del siglo pasado. Así se fundaron
decenas de lo que se vino en llamar "pueblos de colonización" a lo
largo y ancho de España, para sacar de la pobreza a miles de familias que de
esa manera pudieron asegurar un futuro para sus hijos.
Mi prima
siempre ejerció un poderoso influjo sobre mí. Cuando ella estaba cerca, yo
solía seguir sus órdenes sin rechistar, aunque se exasperaba ante mi habitual
lentitud para hacer cualquier cosa, siendo como era ella una mujer impulsiva y
de carácter. Sin embargo, nuestra relación cambió cuando fuimos al Instituto,
en la ciudad, y un mundo se abrió ante nosotras.
Bueno,
mejor dicho, ante Mamen, quien empezó a flirtear y a salir con infinidad de
chicos, mientras yo me quedaba siempre plantada. Mejor dicho, casi siempre. Tan
solo una vez, en las fiestas del pueblo, conseguí que un chico me hiciera caso.
Mamen se había empeñado en que dos compañeros se vinieran a las fiestas, algo
que no consiguió. Pero en la verbena nos encontramos con otros dos, también de
Villanueva, uno de los cuales cayó fácilmente víctima de sus encantos. El otro
se quedó descolocado, conformándose a regañadientes con el premio de
consolación, que era yo.
Todo
ocurrió muy deprisa, en la parcela del tío Ramón, el clásico lugar al que
acudían los novios para hacer "sus cosas".
Era noche
cerrada, aunque las luces distantes de la feria iluminaban todavía lo
suficiente como para poder marchar por el estrecho camino que serpenteaba entre
la carretera y los campos de labor, en dirección a nuestro objetivo.
De vez en
cuando pasaba algún coche y nos deslumbraba con sus luces, aunque se veía venir
con la suficiente antelación para ocultarnos entre las plantas de maíz o tras
los árboles frutales. A mi prima le daba un poco igual, pero yo me hubiera
muerto de vergüenza si mi madre se hubiera enterado de que me habían visto ir
hacia allí en compañía masculina.
Mientras
avanzábamos, yo iba temblando como una hoja. Más de una vez pensé en marcharme
y darme la vuelta, bajo cualquier excusa.
—Me
encuentro mal. Creo que me voy a ir a mi casa —llegué a decir, con miedo, pero
mis palabras no fueron escuchadas. En el momento de decirlas pasó una moto por
la carretera y no se me oyó.
—¿Qué has
dicho? —preguntó Mamen, con gesto serio—. ¿No irás a rajarte ahora? ¿Eh?
—Bueno… yo…
—Vamos,
Gloria —me susurró—. Verás como te lo pasas muy bien. Tú relájate… ¡Y disfruta!
Por fin
llegamos a la parcela del tío Ramón. Había que abrir una pequeña verja que
impedía el paso directo desde la carretera hacia el camino interior de la
finca.
—No jodas
que tendremos que saltar esa valla —dijo el “novio” de Mamen.
—No,
idiota —respondió ella—. Es para que no se escapen los animales. Solo está
sujeta con una cuerda.
—¿Hay
bichos sueltos por ahí? —preguntó el mío.
—Que no…
por la noche los guardan en un establo.
Al final
entramos y comenzamos a avanzar por el camino que dividía en dos la parcela, y
que estaba flanqueado por árboles frutales. La parte de la derecha estaba más
oscura porque los árboles impedían que la luz de la incipiente luna llegara con
la suficiente claridad, y tuvimos que andar con cuidado para no caernos en
alguna zanja. Tan solo disponíamos de un mechero que encendió el novio de
Mamen, y que iluminaba escasamente la zona por donde él avanzaba. Yo, que iba
la última, no veía apenas nada, y más de una vez me tropecé y casi me caigo al
suelo.
Cuando
llegamos a la zona “caliente”, ya saben ustedes a qué me refiero, el sonido
machacón del reguetón procedente de la feria todavía se percibía claramente,
como también se oían las voces y las risas de otras parejas que habían acudido
allí a hacer lo mismo que nosotras. Finalmente pudimos localizar un hueco entre
unos árboles que estaba lo suficientemente apartado de los otros “novios” y que
lindaba con un campo de alfalfa. Lo rodeaba una pequeña zanja que en invierno
solía estar llena de agua, pero que en verano se usaba para depositar los sacos
de hierba ya cortada que se usarían para dar de comer a los animales. El césped
y la suave inclinación hacían de aquel lugar un sitio ideal para practicar el
acto amoroso, mientras que los sacos funcionaban perfectamente como buenos
cojines.
Antes de
que pudiera darme cuenta, mi prima ya se encontraba en plena acción, y los
gemidos de su novio se entremezclaban con los suyos propios.
—Bueno,
qué —dijo Pedro, que así se llamaba el mío—. ¿No te quitas los pantalones?
—¿Quién?
¿Yo? —repliqué, totalmente confundida. Me encontraba más desorientada, más
confusa y más fuera de lugar que una cabra en un garaje lleno de coches. Así
que el mozalbete, ansioso por consumar su amor, comenzó a bajármelos él mismo.
—¡Pues
claro, Mamen! ¿Quién si no? —respondió a mi pregunta—. ¿Acaso ves por aquí a
otra tía que no esté ya "chingando"?
—No soy
Mamen; esa es mi prima. Yo me llamo Gloria.
—Vale,
pues Gloria —farfulló, mientras intentaba desabrocharme la blusa, sin dejar el
asunto de los pantalones, que, francamente, se le estaba dando bastante mal.
Como yo
estaba "gordita", aquella prenda, a pesar de ser elástica, se pegaba
bastante a mis carnes, y ya me costaba a mí ponérmelos y quitármelos, cuanto
más a aquel tipo, ya de por sí bastante perjudicado por el alcohol, y con su
otra mano ocupada en manosear otras partes de mi anatomía.
Al final,
muy a su pesar, tuvo que quitar su mano derecha del lugar donde la tenía —mis
pechos—, y dedicarse con las dos a extraer de mi cuerpo unos pantalones que se
encontraban totalmente pegados a mis piernas, debido al sudor que emanaba
profusamente por todos los poros de mi piel.
—¡Tía!
Podrías colaborar un poco, joder —se quejó.
Estaba yo
como para colaborar. Totalmente bloqueada y paralizada, bastante tenía con
mantener la calma, mientras mi corazón latía a velocidades de infarto, y nunca
mejor dicho.
Al final,
después de muchos afanes, por fin consiguió sacar una pierna mientras la otra
se negaba a bajar de la rodilla, y con eso se conformó.
Y así
fue, sobre un saco de alfalfa y de una forma tan poco romántica, como perdí mi
virginidad. No recuerdo nada especial de aquel acto amoroso, salvo el dolor
inicial al comienzo, y el fuerte olor a alcohol que exhalaba Pedro. Un chico al
que, por cierto, no volví a ver en mi vida, y quién estoy segura de que solo se
acostó conmigo porque estaba completamente borracho y no veía muy bien con
quien lo hacía aquella noche. Eso sí, mi prima se lo pasó de maravilla, a
juzgar por los gemidos que profirió en aquella parcela.
Mamen era
una persona que sabía muy bien lo que quería, y además, tenía las herramientas
necesarias para conseguirlo, a pesar de los aparentes obstáculos, como son los
que se derivan de vivir en un pueblo.
Lo malo
de nacer y vivir fuera de las grandes ciudades es que las posibilidades que una
tiene de estudiar se reducen. No todo el mundo tiene el músculo financiero
necesario para permitirse el lujo de enviar a un hijo o a una hija a vivir a
una ciudad con universidad y costearle el alojamiento y la manutención.
Desde
luego, ni mis padres ni mis tíos lo tenían, y por tanto, ni mi prima ni yo
pudimos pasar de la enseñanza media. Pero a ella no parecía importarle
demasiado.
—¿Estudiar?
¿Para qué? —se preguntaba.
—Para
tener un buen empleo, Mamen, ¿para qué va a ser?
—¿Y a
quién le interesa trabajar?
—Bueno,
ya me dirás tú, de qué vamos a vivir cuando falten nuestros padres.
—Pues del
marido, bonita, pareces idiota.
—¡Chica!
Pareces del siglo pasado. Eso ya no se lleva.
—Me da
igual que se lleve o no se lleve. Lo único bueno de vivir en el campo es que
aquí las casas son baratas, y no hace falta que trabaje el marido y la mujer
para pagar la hipoteca. Uno de los dos se puede permitir el lujo de no dar un
palo al agua durante toda su vida.
—Y ese
alguien piensas ser tú. ¿Verdad?
—Exactamente.
—A mí no
me parece bien eso, Mamen. Yo creo que es importante tener independencia
económica.
—¿Para
qué?
—Pues por
si...
—Sí, ya
sé lo que me vas a decir. Por si el marido te sale rana y te pega, ¿no es así?
Por si tienes que poner pies en polvorosa, y te tienes que largar, ¿verdad?
Bueno, pues entonces ya te buscarás la vida. No necesitas tener que buscártela
antes.
—Ya,
pero...
—Mira,
Gloria, ahora la que pareces del siglo pasado eres tú. Ya no estamos en la
época de nuestros abuelos, ¿entiendes? Ahora la mujer tiene derechos, cada vez
más, e incluso más que los hombres, sobre todo en ese tema. A unas malas, si el
marido te falla, te buscas otro, o si no, te buscas entonces el empleo, y
punto. ¿Para qué estar sacrificada desde antes?
—Yo no
entiendo el trabajo como un sacrificio, Mamen.
—¿Qué no?
Vamos a ver bonita, trabajar en una oficina, con compañeras, no te voy a negar
que puede tener su encanto. Pero tú y yo, sin estudios, no nos va a quedar más
remedio que trabajar "duro", no sé si me entiendes, y eso sí que no.
¡Eso sí que no! ¡Vamos, que ni de coña! ¡Ni que yo fuera tonta! —
exclamó—.
Mejor buscarse a un marido que trabaje por ti. ¿No te parece? —hizo una pausa—.
Yo comprendo que a ti no te va a quedar otro remedio —me espetó, insinuando que
yo, como era fea, no me iba a comer una rosca. —¿Pero yo? —siguió, pasándose
una mano por la cintura y otra por el pecho, y añadió: —¿Quién va a resistirse
a estos encantos?
—Ya, pero
es que quedarse en casa tampoco es un plato de gusto, "bonita"
—repliqué, con sarcasmo, en un alarde de atrevimiento.
—Vamos a
ver, Gloria —se enfadó—. ¿Por qué regla de tres no trabajar significa
necesariamente quedarse en casa? ¿Quién quiere quedarse en casa, aburrida? ¡Yo
no iba a parar de hacer cosas!
—¿Qué
cosas?
—Pues ir
a la peluquería, tomar un café con las amigas, apuntarme a actividades... En
Villanueva hacen zumba, aerobic, yoga, pilates… ¡mil cosas! ¡Estar en casa!
¡Ja! Donde no iba a parar es precisamente en casa.
—Sí, ya
entiendo.
—Eso es
mejor que una oficina, ¿no te parece? Allí puedes tener algo de palique con las
compañeras mientras curras o no curras. Pero no las puedes elegir. De la otra
manera, las eliges tú, y cuando te dejen de gustar, pues te buscas otras.
—Ya, pero
te estás olvidando de un detalle muy importante, Mamen.
—¿Ah sí?
¿Cuál?
—Los
hijos. Esos sí que te van a atar a la casa.
—¡Ah, eso
sí que no! No pienso tener ninguno.
Madrid
Fue a
raíz de aquella conversación cuando tomé la decisión de estudiar. Mientras mi
prima se divertía con los chicos intentando cazar alguno, yo me apunté a una
academia de Villanueva, la ciudad de al lado, para intentar sacar unas
oposiciones.
Aunque en
realidad, en la academia no estuve mucho tiempo. No era demasiado cara, pero
mis padres tenían que hacer un esfuerzo para pagarla, y me limité a estar allí
el tiempo necesario para que me orientaran sobre los contenidos. Ciertamente,
el trabajo de verdad se hace en casa, estudiando a diario sin descanso,
memorizando todas las reglas, normas, disposiciones y leyes que rigen los
organismos del Estado. Un sinfín de libros llenos de páginas de apretadas
letras que configuran unas materias, que, como ustedes se pueden imaginar, no
son muy amenas precisamente. Fueron cinco largos años de duro estudio, sin
apenas salir de casa, pero que finalmente dieron sus frutos.
Fue poco
después de la boda de mi hermano cuando por fin me saqué una plaza para
trabajar de auxiliar administrativa en el Ministerio de Agricultura. Eso sí, me
tuve que desplazar a Madrid, donde tenía que compartir piso, dados los
prohibitivos precios de la capital. Yo había ido a esa ciudad solo un par de
veces, de turismo con mis padres.
En la era
de la televisión no te sorprenden tanto las cosas, pues ya las has visto en ese
medio, pero aun así no dejas de impresionarte con la altura de los edificios,
el bullicio de las calles o incluso el ruido continuo, que no cesa ni de día ni
de noche.
Sin
embargo, nada que ver con vivir allí. Para una sencilla chica de pueblo como
yo, no terminas de acostumbrarte a las prisas, a que nadie te salude, ni
siquiera tus vecinos del edificio en el que vives, y por supuesto, al carácter
agrio y malhumorado que parece tener todo el mundo.
Así pues,
me volqué en mi trabajo, que consistía básicamente en tramitar expedientes de
subvenciones de la Unión Europea que se concedían a los agricultores por
plantar ciertos cultivos, y en atender en ventanilla a los escasos
beneficiarios que venían a solicitarlas en persona. Un trabajo solitario y
aburrido, pues en el mundo de Internet, casi todo se tramitaba ya online.
Allí me
encontré con que tenía todas las tardes libres, y dado mi carácter, me dediqué
a seguir estudiando para poder ascender. Como no tenía una carrera
universitaria, mi techo era el puesto de jefa de negociado, al que jamás podría
llegar, pero entre tanto, sí que podía pasar a oficial administrativa, o
incluso a técnico, con la posibilidad de doblar el sueldo.
Y
respecto a mis compañeras de piso… un horror. El dueño alquilaba las
habitaciones a estudiantes universitarias, que eran pueblerinas como yo, solo
que de padres “con posibles”. Pero las niñas se despendolaban al pisar Madrid y
hacían de todo menos estudiar. Desde fiestas continuas, hasta entregarse a
desenfrenos sexuales con todo lo que pillaban, en mis propias narices.
Para
colmo, eran unas guarras de mucho cuidado, y yo, a pesar de tener solo un
puñado de años más que ellas, ejercía de madre de todas, y me dedicaba a
limpiar la casa para mantener un mínimo de habitabilidad. Tonta que es una, ya
lo ven ustedes, pues hasta les recogía los restos higiénicos de los desenfrenos
nocturnos.
Una que
no sabe decir que no, ni enfrentarse a nadie, y por eso, en cuanto que los
ahorros y los primeros ascensos me lo permitieron, conseguí mudarme a otro
piso, que esta vez no compartí con nadie. Eso sí, estaba muy a las afueras de
la ciudad, y me veía obligada a madrugar y a invertir bastante tiempo en el
transporte público; algo a lo que la gente de provincias no estamos
acostumbrados.
Pero a
todo se hace una, oiga, y al final lo conviertes en rutina y lo ves como
normal. Al fin y al cabo, es lo que hacen y como viven la mayoría de los
madrileños. Todos viviendo a grandes distancias de su trabajo, por la carestía
de la vivienda.
Envidia
Los
padres de Carlos sí que tenían los posibles de los que los míos carecían, y por
tanto, pudieron enviar al chico a estudiar Económicas a Mérida, donde estaba la
universidad más cercana. Cuando fue la boda de mi hermano, justo había
terminado la carrera, y se encontraba barajando distintas alternativas de
empleo en algunas empresas de Villanueva.
Al final
se colocó como contable en Almirex, una multinacional de productos químicos que
tenía en esta ciudad la sede de su división de fertilizantes. Y como todos
ustedes ya se habrán imaginado, mi prima lo cazó. ¡Vaya que si lo hizo! El
pobre Carlos no supo, no pudo o no quiso resistirse a sus encantos, y tan solo
un año después de la boda en la que se conocieron, se celebró otra en el mismo
sitio, y con prácticamente los mismos invitados.
La verdad
es que Mamen estaba radiante. Una chica de naturaleza delgada, si cabe adelgazó
más todavía para la ocasión, y se enfundó un traje de novia que no hubiera
cabido ni siquiera en una de mis piernas. Yo acababa de aprobar las oposiciones
y llevaba ya unos meses en Madrid. Pero solicité permiso para pasar unos días
en el pueblo y ayudar a mi prima con los preparativos.
No me
apetecía nada hacer eso, sobre todo porque eso era certificar mi renuncia
definitiva a aquel hombre que tanto me impresionó desde el primer instante en
que lo vi. Pero ya saben ustedes que no me puedo negar a nada de lo que mi
prima me pida.
Curioso
asunto este del amor a primera vista. Yo he conocido a muchos hombres guapos, y
Mamen ha salido con un buen puñado de ellos. Pero más allá de reconocer que lo
eran, jamás nadie me cautivó tan profundamente como lo hizo Carlos.
Cuando
estábamos en la pubertad, Mamen bromeaba a menudo dudando sobre cuál era mi
condición sexual, dado el poco interés que mostraba por los chicos. Pero yo
creo que eso no era más que un acto reflejo motivado por el poco interés que
ellos mostraban por mí.
Desde
luego, yo siempre tuve muy clara cuál era mi condición sexual. Pero si alguna
vez llegué a dudarla, cuando conocí a Carlos se me disiparon todas las dudas.
Es más, puede que yo no tuviera muy claro si los hombres me gustaban mucho o me
gustaban poco —desde luego, las mujeres no me gustaban nada—. Pero lo que sí
que tenía claro, vamos, clarísimo, es que Carlos me gustaba, y mucho.
El caso
es que estuve casi todo el tiempo con Mamen durante esos días, y no vi a este
hasta el día de la boda. Y si ella estaba radiante, el novio lo estaba todavía
más. Alto, guapo, apuesto, varonil, con esa voz grave tan cautivadora... Se me
caía la baba cuando lo miraba, y no podía sentir sino una profunda envidia de
mi prima. Una envidia que se acentuó todavía más cuando lo conocí de cerca,
mucho después, cuando comprobé que en realidad su carácter era mucho más
parecido al mío que al de su mujer.
Pero
aquel día todo era felicidad para los novios. Al igual que mis padres se
gastaron todos sus ahorros en la boda de mi hermano un año antes, los de Carlos
hicieron lo propio con su hijo en aquella finca acomodada para celebraciones
fastuosas.
Además,
como fue en julio, el riesgo de lluvias era muy bajo, y todos pasamos una
agradable velada nocturna llena de risas, de música y de bailes a la luz de la
luna y de las estrellas, hasta casi el amanecer.
Todos...
menos yo, que no podía dejar de pensar en cómo era posible que un hombre, ¡un
hombre como ese!, hubiera sido tan tonto como para caer atrapado en las garras
de una mujer tan superficial como era mi prima.
Me volví
a Madrid, en parte aliviada. No hubiera podido soportar el hecho de vivir en el
mismo lugar que aquel par de tortolitos. La envidia me hubiera corroído el
alma, pues en lugar de asentarse
inmediatamente
en Villanueva, al lado de la fábrica, como Carlos pretendía, en una casa que
pertenecía a su familia, Mamen lo convenció para reformarla antes de arriba a
abajo, en una obra descomunal en la que se gastaron una fortuna. Y mientras
tanto, bueno, pues se fueron a vivir al pueblo, a Entrerríos, a la casa de mis
tíos, justo al lado de la mía.
La Mari
Antes les
he dicho que mi prima y yo vivíamos puerta con puerta en Entrerríos. Bueno, no
exactamente. En medio de las dos estaba "la Mari", una mujer viuda y
sin hijos, una cotilla de manual que hacía de "agente doble", y ahora
me explicaré.
En las
películas de espías —que a mí me gustan tanto—, el agente doble es aquel que
teóricamente trabaja para un bando espiando al otro, y le da de vez en cuando
cierta información no demasiado relevante. Pero en el fondo, para quien
realmente trabaja es para el bando enemigo, a quien proporciona los datos
importantes de verdad. Bien, pues en nuestra calle, también había dos bandos,
que eran mi madre y su hermana, mi tía Carmen.
Al igual
que me pasaba a mí con mi prima, también mi madre estaba dominada por su
hermana —de casta le viene al galgo, como se suele decir—. Pero con la
diferencia de que, si bien yo aceptaba el dominio de Mamen con resignación y
sumisión, mi madre se quejaba amargamente del que mi tía ejercía sobre ella, y
quién servía de paño de lágrimas no era otra que la Mari, quien precisamente se
encargaba de azuzar las diferencias entre las dos hermanas.
Al igual
que los espías, la Mari siempre iba de uniforme: un vestido con motivos
florales siempre lleno de lamparones con una "combinación" debajo, un
chal de ganchillo negro que llevaba sobre los brazos y que no se quitaba ni en
invierno ni en verano, y unas zapatillas de estar en casa marrones con un
agujero en la punta del dedo gordo. Por supuesto, no faltaba el moño, que
estiraba notablemente hacia atrás un cabello que se lavaba poco, por no decir
nada.
Siempre
buscando la noticia bomba, la exclusiva —créetelo porque lo sé de buena tinta,
era una de sus frases habituales—, la Mari sabía los chismes de todo el mundo.
Era la primera en enterarse de todo, y "sus fuentes" llegaban hasta
Villanueva, donde mantenía un nutrido grupo de informadores, mejor dicho, de
informadoras, pues esto del cotilleo es casi en exclusiva un asunto femenino.
No había
forma de librarse de ella y quienes se marchaban a vivir a la ciudad de al lado
seguían tan controlados como si todavía vivieran en Entrerríos. Además, tenía
un ojo clínico especial para detectar si una mujer estaba embarazada, y más
fiable que una prueba de farmacia. Mi padre bromeaba con mi tío diciendo que la
Mari se enteraba de que alguien estaba preñada antes incluso de que el marido
la tocara. Y no es broma. A mi tía le costó bastante trabajo concebir a mi
prima. Sin embargo, después de llevar muchos años intentándolo, nuestra común
vecina, un mes de octubre le vaticinó: "antes de que se acabe el año, tú
estás preñaá". Y ciertamente no se equivocó. Era un poco bruja esta
señora, en todas las acepciones de la palabra.
Porque la
Mari, en su calidad de agente doble, ponía verde a mi madre cuando hablaba con
mi tía Carmen, y le ponía verde a ella cuando hablaba con mi madre. Eso sí,
cuando estaban juntas las tres, reinaba el amor y la cordialidad más absoluta,
como si todas fueran amiguísimas del alma. Por supuesto, en cuanto que alguna
se daba la vuelta, era machacada sin piedad por las otras dos.
He de
reconocerles que yo en parte me fui del pueblo para alejarme de una vez de
aquel ambiente tan tóxico. Un ambiente al que mi prima no era tan ajena, pues
no le importó ni lo más mínimo quedarse allí, tan cerca de la Mari, mientras se
reformaba la que sería su casa. Y como todos ustedes se pueden imaginar, bien
que gozó aquella bruja con toda la información que obtuvo de aquellos recién
casados, durante los meses que permanecieron en casa de mi tía.
En
soledad
Pasaron
diez años. A Mamen y a Carlos solo los vi de forma ocasional, cuando pasaba las
vacaciones en el pueblo, y ellos se dejaban caer por allí para ver a mi tía.
Mi madre
se quedó viuda, y como suele ser habitual, tan solo contaba conmigo, aun
estando en Madrid, para paliar su soledad.
Mi
hermano se fue a trabajar a Barcelona, y Carolina, su mujer, nunca veía el
momento apropiado para darle el primer nieto a mi madre. “Es que, aun
trabajando los dos, no nos llega. Es que, es mucha responsabilidad”, decía. “Es
que, si tenemos ahora un crío, adiós a viajar, a cenar en un restaurante, a ir
al teatro...”
Entre
unas cosas y otras, mi cuñada se plantó con 40 años, y cuando vio que tenía que
ser ahora o nunca, tras un intento frustrado que acabó en aborto, se decidió
que no sería nunca.
Mi madre
se quedó sin nietos y sin hijo, pues los hombres, ya se sabe que no suelen
acordarse mucho de las madres, y lógicamente no lo iba a hacer la nuera, que,
por otra parte, sí se acordaba de la suya y la llamaba todos los días.
Lo mismo
que hacía yo con la mía, claro está, a quien, poco después de morir mi padre,
me la traje a mi casa de Madrid. Sobre todo, porque, quién sabe si a causa de
los disgustos que todos le dimos, desarrolló un cáncer de mama cuyo duro
tratamiento era más fácil de seguirse aquí, en la capital, que a través de los
escasos medios de los que disponía el hospital de Villanueva.
Pero al
principio no quería venir:
—Hija,
tienes que mirar antes por tu porvenir. Ningún hombre se va a acercar a ti si
saben que vives con tu madre.
—Mamá
—repuse—, ningún hombre se acercaría a mí, aunque fuera la única mujer
disponible en una isla desierta.
—¡Hija!
—se enojó— ¡Tú no eres tan fea! Tan solo estás un poco "rellenita".
¡Ay, las
madres! Ninguna vería fea a cualquiera de sus retoños, aunque en lugar de una
hija hubiera tenido a la mona Chita.
Pero el
caso es que la traje a casa, y, aunque enferma, alivió mi soledad y yo la suya,
dentro del sufrimiento que supone padecer un cáncer. Porque fueron meses muy
duros para todos, especialmente para mí, que lo viví bien de cerca. Cuando se
lo detectaron, la enfermedad ya estaba muy avanzada, de forma que comenzaba a
extenderse a otras partes del cuerpo.
Unos
meses después de aquel infierno, mi madre falleció y yo me hundí por completo.
A punto estuve de caer en una depresión, y solo me salvé gracias a que entré en
un grupo de oración de la parroquia de mi barrio, a instancias de una vecina
que lo frecuentaba.
Por fin
lo superé, desde luego, aunque me veía sola, mucho más que nunca, y además con
dos amenazas a futuro: en primer lugar, la ausencia de familia. Yo no tenía ya
padres, ni sobrinos, ni familia alguna, ni por supuesto, hijos. Ninguna hija me
llamaría cuando yo fuera vieja, si es que llegaba a esa edad, pues había otra
amenaza aún mayor: el cáncer de mi madre era hereditario, y además yo lo tenía
por partida doble. Resultó que también lo había heredado por parte de mi padre,
pues dos de sus hermanas se murieron de eso.
Diagnóstico
Todavía
recuerdo con un escalofrío aquella mañana en la consulta del oncólogo, el
especialista en cáncer. Me habían hecho una buena batería de pruebas y análisis
sanguíneos, y ese día me daban los resultados.
Me senté,
nerviosa, en la silla que había enfrente de la mesa del médico, mientras este
leía con atención los datos que se recogían en aquel informe. Subrayó algunas
cosas y rodeó con el bolígrafo algunos parámetros numéricos que yo no entendía.
Era un
señor de unos cincuenta años, calvo, con buena presencia, y llevaba la típica
bata blanca con el logotipo del hospital bordado en la misma. Después de varios
minutos de silencio en medio de un ambiente de alta tensión, por fin se dirigió
a mí.
—Te voy a
ser sincero, Gloria. Esto no pinta nada bien.
En ese
momento, me dio un vuelco el corazón. Me quedé sin aliento, y mi pecho comenzó
a subir y bajar de forma convulsiva. El doctor me lo notó y extendió una mano
intentando tranquilizarme. Entonces le dije, con un hilo de voz:
—¿Tengo
cáncer?
—No. De
momento.
—¿Cómo
que de momento?
—A ver,
no sé cómo decírtelo —se detuvo. Me miró fijamente, y luego siguió—: bueno, te
lo resumiré de esta manera: tienes un ochenta por ciento de probabilidades de
desarrollar un cáncer de mama antes de los sesenta años.
Se me
secó la boca en ese mismo instante. Mi corazón comenzó a latir a toda
velocidad, y llegué a experimentar un vahído que, afortunadamente, solo se
quedó en eso. Después dije:
—¿A los
sesenta años?
—No;
antes de los sesenta. Puede ser a los cuarenta, a los cincuenta... cualquiera
sabe. Tienes una carga genética importante, y en este tipo de cáncer eso es
decisivo.
—¿El
cáncer de mama es hereditario?
—No todos
lo son. Muchos aparecen porque sí, en mujeres sin antecedente familiar alguno.
Pero en tu caso, además de ese riesgo que todas tenéis, se suma el factor
genético.
—¿Por
qué?
—Bueno,
el cáncer es una enfermedad que existe desde siempre. Es más frecuente según se
van cumpliendo años, y ahora que se vive más que nunca, pues aparece a menudo.
Además, hay factores externos, como el exceso en la alimentación de ciertos
tipos de carne, algunos aditivos que se añaden en los alimentos, la
contaminación de las grandes ciudades… Todo eso unido, hace que el cáncer sea
una enfermedad cada vez más común. Además, el de mama, es el más frecuente de
todos. De hecho, se estima que una de cada siete mujeres lo desarrollará a lo
largo de su vida.
—¿Una de
cada siete?
—Sí. Cada
vez es más prevalente.
—Y yo
tengo muchas papeletas para que me toque ese “premio”. ¿No es así?
—Me temo
que sí.
—De
acuerdo —intenté serenarme y razonar—. ¿Qué se puede hacer en caso de que me
aparezca?
¿Hay
alguna medicina que se pueda tomar o algo así?
—Me temo
que no.
—¿No
podría recibir quimioterapia, o radioterapia, o...?
—No,
Gloria. Si te saliera, lo primero que habría que hacer es practicar una
mastectomía. Ya sabes, amputar el pecho. La quimio o la radio solo sirven para
intentar que las cosas no vayan a mayores.
—¿A
mayores?
—Sí, para
que no te mueras, vaya. Aunque quitemos el pecho, el cáncer se puede haber
extendido ya a otras partes del cuerpo. Vamos, como le pasó a tu madre.
Me hundí
en la silla como si acabaran de pronunciar mi sentencia de muerte. El doctor no
dijo nada, y respetó mi silencio, con un gesto comprensivo.
—Perdóname
que sea tan claro, pero en estos temas tan serios no me puedo andar con medias
tintas.
Yo seguía
enfrascada en mis pensamientos, con multitud de preguntas y de dudas que se
atropellaban en mi mente intentando salir.
—Pero, si
yo a partir de ahora comienzo a hacer deporte, a comer solo verduras, si me voy
a vivir al pueblo, si yo...
—No
serviría de nada —interrumpió—. Esas cosas están bien para prevenir otros tipos
de cáncer, incluso el de mama, pero no en tu caso.
—¿Por qué
no en mi caso?
—Porque
lo que tú tienes es una predisposición genética. Puedes cambiar lo que comes,
puedes cambiar donde vives, pero tus genes no los puedes cambiar de ninguna
manera.
En ese
momento me eché a llorar. El médico me ofreció unos pañuelos de papel y estuve
un buen rato sollozando, ante la mirada comprensiva del doctor.
—Desahógate,
Gloria. Llora todo lo que quieras.
—Tiene
mucha gente esperando… —conseguí decir—. No quisiera entretenerle más de la
cuenta…
—No te
preocupes por eso. También es parte de mi trabajo. ¿Ves esta caja de pañuelos?
—señaló hacia su derecha—. A veces la gasto en menos de un día. Voy a tener que
pedir que me den un aumento de sueldo para sufragar su coste. No es que sean
muy caros, pero una caja al día... al final del mes es un dinero. No siempre
doy malas noticias, pero… ya ves.
—Es que
es muy duro, doctor —afirmé, mientras me secaba las lágrimas.
—Sí, ya
me hago cargo —respondió con comprensión, manteniendo silencio mientras me
desahogaba.
Tras unos
instantes, yo insistí:
—¿De
verdad que no serviría de nada, si yo ahora mismo dejara de comer carne, de
consumir productos con aditivos, si hiciera ejercicio, si…?
—En tu
caso, serviría de muy poco, Gloria —sentenció—. Vamos, que de tener un riesgo
del 80%, podrías bajar al 78%, si es que baja algo. Pero hazlo si quieres. Esas
cosas nunca están de más —se calló durante unos instantes y después dijo:
—De todas
maneras, hay quien opta por hacerse una mastectomía de los dos senos de forma
preventiva cuando aún están sanos. Es una operación de cirugía mayor, pero con
eso se suele acabar el problema.
Yo negué
con la cabeza y dije: —No me amputaré los pechos, doctor.
—No
tienes por qué quedarte sin ellos, Gloria. Lo usual en estos casos es ponerse
prótesis de silicona.
Hay quien
lo hace solo por motivos estéticos, ya lo sabes.
—Hay que
tener mucho valor para hacer eso.
—Sin
duda. Cualquier operación es dolorosa y, además, entraña riesgos. Pasar por un
quirófano siempre es traumático.
—Entonces,
¿por qué hay tanta gente que lo hace?
—A ver,
no es lo mismo insertar una prótesis en una mujer sana que simplemente quiere
aumentar el tamaño de sus senos, que lo que haríamos en tu caso. En esa mujer
no cortaríamos nada; solo se introduce la prótesis a través de una pequeña
incisión, y eso sí, duele lo suyo porque la piel se tiene que estirar hasta
abarcar el nuevo volumen. Aun así, no es algo que esté exento de riesgos, ni a
corto ni a largo plazo.
—Ya.
—Pero en
tu caso, aparte de la cirugía mayor que implicaría vaciar los senos, cauterizar
los vasos sanguíneos, restablecer los tejidos, insertar vías de drenaje al
exterior y un montón de cosas más que no te voy a detallar para no asustarte,
se depositarían las prótesis sobre esa zona, ya bastante afectada por la propia
cirugía.
—Eso debe
de doler...
—Ya lo
creo. Mínimo una semana de intenso dolor. A algunas pacientes les tenemos que
administrar morfina para que lo soporten.
Yo abrí
los ojos como platos. El médico siguió:
—Luego,
según se van cicatrizando las heridas internas y se va drenando el exudado, la
situación mejora, poco a poco. Pasarías una buena temporada con dolor y
molestias, aparte, como te digo, de los posibles riesgos o complicaciones. En
definitiva, es una operación delicada porque además de todo eso, hay que tener
mucho cuidado de no seccionar los músculos pectorales que también están por esa
zona, y que es prácticamente inevitable; siempre se cortan algunas fibras, y
eso hace que te pases un tiempo con dolor cada vez que muevas los brazos.
—No me
está animando a hacerlo, doctor.
—Mi
trabajo no consiste en animar o convencer de nada. Yo solo expongo los hechos,
porque luego no quiero que me vengan con que si yo no avisé de esto o de lo
otro.
—Vale. ¿Y
con eso se acabaría el riesgo de tener cáncer de mama?
—Si te
dijera que sí, te mentiría. Desde luego, disminuiría notablemente, aunque he
tenido casos de pacientes que lo han desarrollado igualmente.
—¿Dónde?
¿En la silicona?
—No,
mujer, en la propia piel del seno. Vaciamos los pechos del tejido mamario, pero
la piel tiene que seguir ahí para envolver las prótesis. Incluso aunque no te
las pongas, algo de piel siempre es necesaria… para tapar el hueco, para que me
entiendas.
—Ya.
Estaba
totalmente impresionada y puse un gesto de profundo desagrado, aunque no culpo
al médico por decir las cosas tal y como son. Volví a negar con la cabeza una
vez más y él me dijo:
—Tú
piénsatelo, Gloria. No tienes por qué decidirlo ahora. Yo solo te doy los
datos, para que no se me pueda acusar de no haberlos dicho o de no haberlos
expresado con claridad.
—Y, ¿qué
suele hacer la gente en estos casos?
El médico
se reclinó hacia atrás sobre su butaca y dijo:
—Pues hay
de todo. Hay quien está peor y no se hace nada por miedo a la operación… —Es
que es lógico —interrumpí.
—Sí, es
lógico. Pero también hay quien tiene menos posibilidades que tú de tener cáncer
y no se la juega. Se someten a la mastectomía profiláctica sin dudarlo. Y entre
esa gente, hay quién se pone prótesis y quién no se pone nada de nada. Como te
digo, hay de todo.
Suspiré.
Sí, no tenía por qué decidirlo en ese momento, pero había que tener mucho valor
para someterse a eso. Y valor es algo de lo que precisamente carezco al ser una
persona cobarde por naturaleza.
Yo me
resistía con todas mis fuerzas a quitarme los pechos, y entonces le dije:
—Pero,
vamos a ver una cosa. ¿Por qué tenemos que amputar ahora? ¿No podemos esperar a
que me salga, y entonces, ya que cortamos, que cortemos por algo? —el médico
negó con la cabeza según decía eso—. Quiero decir, ¿si yo me hago revisiones
frecuentes, si lo detectamos a tiempo...?
—No,
Gloria. Por supuesto, si optas por no operarte, te quiero ver aquí cada seis
meses para hacerte una mamografía. Pero la cuestión ya no es esa. La cuestión
es que, aunque nos demos prisa, podemos llegar tarde de todas maneras.
—¿Por
qué?
—Porque
el cáncer puede haber pasado de la mama a otras partes del cuerpo, y eso sí que
sería grave. —¿Más grave todavía?
—Sí
—afirmó, con rotundidad—. Las mamas, al fin y al cabo, no son un órgano vital.
Quiero decir, puedes vivir sin ellas. Pero si llega a afectar al hígado, al
pulmón, a los huesos...
—Sí, sí,
ya entiendo —comprendí—. Puedo seguir viva sin las mamas, pero no me puedo
quedar sin el hígado, sin los pulmones o sin el cerebro. ¿No es así?
—Así es.
Esos son órganos vitales. No podemos quitarlos para solucionar el problema.
Algo que sí podemos hacer en el otro caso.
—Ya. Pero
—yo seguía empeñada en encontrar una solución—, si no le damos tiempo a llegar
a esos sitios, si en lugar de cada seis meses, si en lugar de eso me hacen una
mamografía cada tres para detectar si ya hay algo...
—No,
Gloria. El cáncer se extiende desde la mama a través del sistema linfático y
por ahí llega a todas partes. De hecho, cada vez que se hace una mastectomía
por presencia de tumor hay que extirpar también los ganglios linfáticos de la
axila, y cruzar los dedos para que no estén afectados. En definitiva, no
podemos correr ese riesgo. Además, tampoco podemos hacer mamografías tan
frecuentemente.
—¿Por qué
no?
—Porque
esos aparatos identifican los tumores emitiendo radiación. Ya sabes,
radioactividad. Y eso no es bueno precisamente para el cáncer, y más en tu
caso, con lo propensa que eres.
—Vamos,
que me pueden provocar un cáncer, intentando evitarlo.
—Así es.
Las mamografías no se pueden hacer tan a menudo. Si se hacen de vez en cuando,
no pasa nada. Pero no se pueden hacer cada tres meses.
—En
definitiva, o me quito los pechos, o me arriesgo a morirme.
—Bueno,
es una manera de decirlo.
Comencé a
llorar de nuevo, y me sequé las lágrimas con otro pañuelo que me proporcionó el
doctor.
—¿Es que
no hay otra cosa que se pueda hacer? —dije finalmente, entre los sollozos—. ¿No
hay más alternativas? ¿Qué puedo hacer para que ese porcentaje…? ¿Cuánto me
dijo? ¿El ochenta por ciento? —el médico asintió—. ¿Qué puedo hacer para que
baje ese porcentaje? Si es que se puede hacer algo.
Él miró
hacia un lado y tras unos instantes, me preguntó:
—¿Eres
madre, o piensas tener hijos?
—Ya me
gustaría —repliqué—, pero ni una cosa ni la otra. No tengo con quién.
—Ya
—respondió, mirándome de arriba a abajo—. Y tienes más de treinta años, ¿no es
así?
Yo
asentí. —¿Por qué lo dice?
—Porque
está demostrado que la lactancia materna reduce la probabilidad de tener cáncer
de mama a razón de un cinco por ciento por cada año que se practique.
—¿Ah, sí?
—Eso es
lo que dicen las estadísticas. Si en tu caso, por ejemplo, estuvieras siete
años amamantando, la probabilidad de desarrollar ese cáncer se reduciría a
menos de la mitad.
—¡Ah…!
—La
lactancia es vital, y nunca mejor dicho, para evitar el cáncer de mama. Está
comprobado que tener el primer hijo antes de los 18 años es crucial para
reducir ese riesgo, mientras que las posibilidades de padecerlo aumentan
significativamente según se va retrasando la maternidad.
—Pero
doctor, ¿quién va a tener un hijo antes de esa edad?
—Bueno,
hasta los tiempos modernos eso era lo normal. La mujer ha sido diseñada
específicamente por la evolución durante millones de años para eso mismo. A esa
edad, una hembra humana lleva ya varios años teniendo la regla, y está
perfectamente preparada para tener hijos.
Yo seguí
mirando al médico de forma ojiplática y este añadió:
—Eso es
lo que hay, Gloria. Yo me limito a decirte los datos objetivos desde el punto
de vista médico. Y desde ese punto de vista, el hecho de que hoy en día las
mujeres no tengan hijos o que los tengan cuando ya son tan mayores, es una
barbaridad.
—¿Por lo
de la lactancia?
—Entre
otras cosas. ¿No has oído decir eso de que un órgano que no se utiliza se
atrofia? —yo asentí
—. Pues
eso es así para los senos de una mujer. Han sido diseñados específicamente para
la lactancia, igual que las piernas han sido diseñadas para andar y para
correr. Una persona que no se mueve tiene sus músculos atrofiados y sus células
no se regeneran con la suficiente frecuencia. Por eso el ejercicio previene el
cáncer, porque hace que las células se regeneren a menudo, y eso evita la
aparición de carcinomas. Igual ocurre con los senos. Durante la gestación, se
segregan las hormonas esteroideas y se preparan las células de las glándulas
mamarias para la secreción láctea, lo que les hace resistentes a la
carcinogénesis.
—Entiendo.
Por eso antes no había tanta incidencia.
—También
porque ahora se vive más, claro, pero ese también es un factor decisivo. Hasta
ahora, hasta los tiempos modernos, las mujeres se pasaban la vida embarazadas y
dando el pecho a sus hijos, y en esas condiciones, el cáncer no puede
proliferar. Las células están constantemente regenerándose, y eso evita que se
hagan demasiado viejas. En definitiva, la lactancia previene el cáncer de mama,
aunque eso
no quiere
decir, lógicamente, que las mujeres que no tengan hijos lo vayan a desarrollar
necesariamente.
Solo
implica que el riesgo aumenta.
El doctor
me entregó el informe y se levantó de la butaca, dando a entender que había
terminado. Como colofón, reiteró:
—También
influye la alimentación, el sedentarismo, la contaminación, la longevidad… cada
cosa va sumando, claro.
Yo
suspiré y también me levanté, dispuesta a marcharme.
—De todas
formas, recuerda que no es seguro que desarrolles ese cáncer. Puede que nunca
lo tengas.
Solo
tienes el ochenta por ciento de probabilidades.
—¿Solo?
—me volví—. ¿Le parece poco, doctor? Aunque la proporción fuera la contraria,
es decir, aunque solo tuviera el veinte por ciento, ya estaría preocupada, y
mucho.
—Sí, lo
comprendo.
—Es como
si en una bolsa hay cinco bolas, que son cuatro negras y una blanca. Si tuviera
que sacar una bola a ciegas, lo más probable es que sacara una negra.
—Así es
—confirmó—. De todas maneras, es lo que te digo. He dado noticias peores.
—Eso no
me consuela mucho, la verdad.
—Lo sé
—dijo, con un gesto comprensivo—. Buenos días, Gloria —se despidió—. ¡Ah! Y
piénsate lo de la profilaxis. Todavía no estás llegando a la edad más
peligrosa, pero el tiempo no corre a tu favor precisamente.
Volví a
negar con la cabeza, horrorizada por todo lo que me había dicho. Además, cuando
salí de la consulta vi que los pacientes que esperaban a entrar eran en su
mayoría mujeres. Muchas de ellas llevaban un pañuelo en la cabeza, señal
inequívoca de que se les había caído el pelo como consecuencia de la
quimioterapia. Entonces rompí a llorar de nuevo y me lamenté de no haber
recogido más pañuelos de papel. Mientras buscaba en mi bolso a ver si tenía
alguno, me marché de allí apresuradamente, sin mirar a nadie más, totalmente
devastada.
Lo
primero que hice fue entrar en una iglesia y rogar a Dios para que hiciera un
milagro y a mí no me pasara aquello. Yo no estaba dispuesta a quitarme los
pechos, una parte tan importante de la feminidad de una mujer, y lloré junto al
altar implorando la ayuda del Único que podía echarme una mano en aquel momento
de desazón.
Eso me
tranquilizó, y después, junto al grupo de oración de mi parroquia, fui poco a
poco recuperando la serenidad, aunque ciertamente, nunca la recobré del todo.
Lágrimas
No fue
mucho después cuando recibí una llamada de Mamen. Desde que se casó, nuestra
relación se había enfriado un tanto, en parte por mí, por el sentimiento que yo
tenía con respecto a Carlos, de quien como ustedes ya imaginan, yo me enamoré
desde el primer momento en que lo vi. Aun así, nos habíamos seguido viendo en
Navidades, cuando yo volvía a mi casa.
Por su
parte, todo hay que decirlo, ella me llamaba con cierta regularidad, aunque
nuestras conversaciones nunca fueron ni lo intensas ni lo íntimas que fueron en
nuestra niñez y juventud.
—Hola,
Mamen, ¿qué tal? ¿Qué tal estáis?
Se oyó un
suspiro a través de la línea.
—Pues
mal, Gloria, mejor dicho… fatal.
—¿Por
qué? ¿Os ha pasado algo? —pregunté. Mi prima no contestó de inmediato, pero a
los pocos instantes la oí claramente sollozar.
—Mamen,
¿qué es lo que pasa?
—Va a
haber despidos en la empresa, Gloria.
—¿Despidos?
¿Van a despedir a Carlos?
—No lo sé
—declaró—. Lo que sí es seguro es que van a cerrar la fábrica de Villanueva, y
se van a ir todos los obreros a la calle. Dichosa crisis… —volvió a sollozar.
—¿Y
Carlos?
—Puede
que se salve. Es un buen empleado y muy trabajador, y lo pueden reaprovechar en
otra parte. —¿Dónde?
—Pues, si
consigue que no lo echen, lo más seguro es que sea en la sede central, en
Madrid. —Y, ¿qué probabilidades hay de que ocurra eso?
—No lo
sé. Según él, la empresa sigue adelante, aunque con menos personal. Van a echar
a contables, también en Madrid, pero se van a deshacer de los peores,
lógicamente, con lo cual, con un poco de suerte, él entraría allí en lugar de
algún otro.
—Ya, pero
si los problemas son económicos, no creo que estén dispuestos a pagar su
sueldo, que es alto, ¿no? Además de los traslados y...
—Es que
esa es la cuestión, Gloria. Si consigue salvarse, su sueldo se quedaría en la
mitad, o menos, y por supuesto, nada de pagar por traslados o cosas por el
estilo.
—Pero,
¿eso se puede hacer? ¿Se puede bajar el sueldo, así como así?
—Pues,
eso parece. El Gobierno lo ha decretado para que las empresas no tengan que
cerrar, que es lo que pasaría si tuvieran que pagar indemnizaciones o mantener
los salarios.
—Ya,
entiendo. Mejor salvar a unos pocos, que perderlos a todos.
—Eso es.
—Bueno,
mujer, pues si se queda, que seguro que se quedará, al menos podréis seguir
adelante, a diferencia de sus compañeros.
—Ya,
Gloria, pero en Madrid... Tendríamos que buscarnos alojamiento, y ya sabes que
los precios son prohibitivos, y…
—Sí, lo
sé, lo sé muy bien.
—Pues
eso. ¿Cómo vamos a vivir y pagar un alquiler, con un sueldo tan bajo?
—¿No
tenéis ahorros?
Esa era
una pregunta retórica, pues yo bien sabía que Mamen se fundía todo el sueldo de
su marido en caprichos, y sobre todo en viajes.
—No,
Gloria, no tenemos nada. Carlos hizo unas inversiones con lo poco que teníamos,
que se han perdido con la crisis.
—¿Y tus
suegros? ¿No os pueden echar una mano?
—Están en
la misma situación. Lo han perdido todo con la quiebra de la bolsa, y solo les
queda su pensión, que es poca, como la de todo el mundo.
—Ya,
entiendo. De todas maneras, tú podrías buscarte aquí algún empleo, Mamen. En
Madrid hay muchas oportunidades.
Ahí mi
prima se calló como una muerta. Después de unos instantes, dijo:
—No,
Gloria, ni en Madrid, ni en ninguna parte hay trabajo ahora mismo con la que
está cayendo. De verdad, tú tienes mucha suerte al ser funcionaria. Tienes la
certeza de que nunca te van a echar.
“La
suerte de la fea, la bonita la desea”, pensé, y sonreí para mis adentros. Pero
ese pensamiento malvado me perturbó, y para remediarlo le dije a mi prima:
—Bueno,
mujer, si no tenéis otra cosa, os podéis venir a mi casa hasta que encontréis
algo. Mi piso es pequeño, pero yo estoy sola y os puedo dejar mi habitación,
que es la más grande, para que os alojéis. Yo puedo acomodarme perfectamente en
el otro cuarto que tengo.
—¿Tú me
harías ese favor?
—¡Claro,
mujer! Además de primas, también somos amigas, ¿no?
El
traslado
En esos
10 años, yo había intentado verle poco —para no sufrir—. Mis vacaciones de
verano no solían coincidir con las suyas, y si lo hacían tampoco nos veíamos,
pues ellos hacían fastuosos viajes mientras que yo las pasaba en el pueblo con
mis padres. En Navidades sí que era más difícil esquivarlos, pues al igual que
yo, Mamen venía a ver a su madre, y era muy difícil no encontrarse. Pero, aun
así, siempre me las arreglaba para estar fuera en los momentos más críticos.
En
definitiva, le había visto poco en los últimos años, y desde la última vez
hacía ya mucho tiempo.
Por eso,
cuando entró en mi casa, se me volvió a caer la baba como el primer día en que
lo vi. ¡Estaba si cabe más guapo! Un hombre maduro de treinta y pocos años en
la plenitud de su vida, tan alto y apuesto como siempre, o más.
Aquel
domingo por la mañana yo acababa de venir de misa. La verdad es que los
esperaba algo más tarde, cerca de la hora de comer.
—El
autocar ha salido a las siete de Villanueva —me dijo Mamen.
—Pero ¿no
habéis venido en vuestro coche?
—Lo hemos
tenido que vender, Gloria —respondió, mirando hacia otro lado, mientras su
marido terminaba de subir las maletas que habían dejado en el portal—. Teníamos
ciertas deudas que saldar antes de venir.
Más tarde
me enteré, a través de la Mari —mi vecina cotilla—, de que las famosas
"deudas" eran precisamente de juego, pues Mamen se había aficionado
al bingo junto a unas amigas, y había pedido prestada una determinada suma al
haber tenido "una corazonada". Corazonada que, por supuesto, no se
cumplió.
La Mari,
siempre intentando satisfacer sus ansias irrefrenables por conocer, era la
única que me llamaba tras morir mi madre. “Hija, ahora que ya no tienes madre,
pues yo he sido un poco como tu segunda madre”, me decía. Sí, claro, como si mi
tía no hubiera existido. Claro que para ella esa era el enemigo, y lógicamente,
no contaba.
Yo
atendía sus llamadas por pura cortesía, intentando colgar lo antes posible.
Aunque, a decir verdad, así me enteré de algunas cosas de Mamen que me fueron
de cierta utilidad. Es increíble cómo eran de eficaces los contactos que esta
mujer tenía en Villanueva y que llegaban hasta el entorno más próximo de mi
prima. La intrincada red de espionaje de la Mari extendía sus tentáculos hasta
los más insospechados rincones de la comarca, y sus grandes e inquisitivos ojos
negros hipnotizaban a sus víctimas siendo capaz de sonsacarles hasta sus más
íntimos secretos.
Como
digo, gracias a ella me enteré de varias cosas. La primera, que Mamen había
sopesado la posibilidad de quedarse en Villanueva, y que solo su marido se
trasladara a Madrid. Pero finalmente no lo hizo por tres razones. La primera,
económica. Era mejor cerrar la casa y dar de baja la electricidad, el agua y el
gas, para no tener gastos innecesarios. La segunda, también por lo mismo, por
no tener que mostrarse ante sus amigas con restricciones de gasto, dar excusas
para no salir a tomar el aperitivo, borrarse del gimnasio, etcétera. Por mucho
que ellas pasaban por una situación similar, su orgullo no le permitía
mostrarse tan a las claras como una perdedora. Por el contrario, les hizo ver
que se marchaba a Madrid porque a Carlos le habían ofrecido un ascenso en la
sede central, y claro, no podían desaprovechar tan suculenta oportunidad.
Y la
tercera razón fue que Charo, su mejor amiga, le dijo que no era prudente dejar
a su marido solo conviviendo con su prima, es decir, conmigo, pues podía
ocurrir "cualquier cosa". A lo que ella respondió: “eso es imposible.
Gloria no sería capaz de seducir ni a un orangután”. La amiga sonrió y le dijo:
“tú no te fíes de las mosquitas muertas; esas son las más peligrosas de todas.”
Cuando me
llamó y me contó estas cosas, la Mari esperaba que yo dijera algo así como:
“¡qué tía más aprovechada! ¡Vaya cara que tiene! A ver si se larga pronto. Y
respecto a su marido, ¡que se lo meta por donde le quepa! ¿Qué se cree? ¿Qué a
mí me interesa algo de ese tonto aburrido e insulso?”
Por
supuesto, yo no dije nada de eso, pues cualquier cosa le sería referida a Mamen
inmediatamente, pues esa era especialidad de la Mari en su condición de agente
doble. Me limité a decir un lacónico "bueno, mi prima ha sido bienvenida
en mi casa, y haré todo lo que pueda para ayudarla". Lo cual era verdad en
cierto modo, aunque estoy segura de que esa cotilla debió echar espuma por la
boca al no recibir la carnaza que esperaba con la que saciar su insaciable
ansia de criticar.
La crisis
La crisis
no solo no mejoró, sino que empeoró más si cabe, y ellos dejaron de pensar en
la posibilidad de mudarse a otra casa. Era totalmente inviable. Además, Carlos
redujo su jornada a la mitad —aunque seguía trabajando el mismo tiempo o
incluso más—, lo que se tradujo en un sueldo todavía menor.
Y
respecto a cómo me tomé yo esta nueva situación en mi vida… ¡Pues qué quieren
que les diga! Para mí fue un antes y un después. En primer lugar, por la
compañía. Desde que se murió mi madre, ya saben que me vi más sola que nunca, y
ahora pasé de vivir así a tener a dos personas más en mi diminuta casa. ¡Y qué
dos personas más diferentes!
Respecto
a Carlos, su proximidad me llevó a un estado de intranquilidad tal, que mi
trabajo se vio resentido, a pesar de lo sencillo que era. Más de una vez
tramité subvenciones al arroz cuando eran al maíz, o liquidé compensaciones por
barbecho a agricultores que seguían plantando sus cultivos. Lógicamente, mi
jefe me echó una buena bronca cuando los afectados se dieron cuenta y
reclamaron al Ministerio por cobrar menos de lo que les correspondía.
Pero así
estaban las cosas. Mi cabeza estaba en otra parte y yo no veía importes a pagar
o impresos que tramitar. Yo solo veía a Mamen y a Carlos, a Carlos y a Mamen,
interaccionando entre ellos mientras yo contemplaba todo sin poder hacer nada,
sin poder cambiar el curso de los acontecimientos.
Y ese
estado de desasosiego me llevaba a dormir poco, y en ocasiones, nada de nada.
Sobre todo, las noches en las que los oía hacer el amor. Y es que ya saben
ustedes que las paredes de las casas modernas son “de papel”, como se suele
decir, y su habitación y la mía estaban separadas solo por ese fino “papel”.
Así que les oía todo, absolutamente todo. Mejor dicho, le oía a ella, pues
siempre fue muy escandalosa en ese asunto.
Es lo que
tienen las casas pequeñas; la intimidad es prácticamente imposible, y el
delgado muro que separaba mi habitación de la de ellos se convirtió en mi mayor
enemigo.
Pero si
mi vida cambió, la de Mamen no les quiero ni contar.
Al
principio estaba más o menos como siempre, y hacíamos vida en común los tres
juntos. Desayunábamos, comíamos y cenábamos juntos, paseábamos juntos, y en los
ratos de ocio pasábamos las tardes jugando a las cartas, al parchís y a otros
juegos de mesa a los que yo era tan aficionada, y por lo que descubrí, Carlos
también. No así Mamen, que se aburría soberanamente con ellos, y bostezaba con
frecuencia durante las partidas de naipes o de dominó.
Pero eso
no duró mucho. Las oportunidades de la gran ciudad pronto la cautivaron. Al fin
y al cabo, Villanueva, el sitio donde vivían antes, no era sino la ciudad
principal de una comarca agraria, sin parangón con la enormidad de una capital
de primera clase. En Madrid descubrió un mundo distinto que no conocía, y,
aunque con menos dinero que antes, enseguida comenzó a llevar un modo de vida
similar al que llevaba allí. Es decir, no paraba en casa, y se pasaba todo el
día fuera.
Y en
todos esos momentos de ausencia nos quedábamos solos en casa Carlos y yo.
Además de seguir con los juegos de mesa, veíamos películas, documentales,
informativos... Me confesó que, salvo al principio, nunca llegó a compartir más
de media hora con ella viendo la televisión. Era un hombre sencillo, algo
introvertido, amante del hogar… vamos, como yo.
Y eso me
hacía si cabe mucho más infeliz. Si él hubiera sido como ella, es decir,
alocado, disoluto, amante de las juergas y del desenfreno nocturno,
despilfarrador… entonces me hubiera gustado físicamente, claro, pero nada más.
Pero viendo que eran tan distintos… ya se pueden ustedes imaginar mi desazón.
Pero el
caso es que ella cambió. No es que cambiara su carácter o su manera de pensar,
que seguía siendo el mismo, sino que cambió su actitud hacia mí, pero sobre
todo hacia su marido.
Enfrentados
Dice el
refrán que cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por la ventana.
¡Y qué cierto es! Mamen cambió hacia un carácter más irascible, más
inconformista, casi agresivo, y estaba siempre de mal humor, protestando por
todo, o por casi todo.
Las
discusiones comenzaron a ser cada vez más frecuentes, y llegó un punto en que
lo hacían incluso delante de mí.
En una
ocasión que no estaba él, me dijo:
—Este tío
es insoportable, Gloria. Bueno, ya lo habrás visto —se quejó, cuando en
realidad, la insoportable era ella.
—Es
normal, Mamen —intenté apaciguar—. Ya lleváis diez años casados, y es habitual
que las cosas ya no sean como al principio —dije yo, conciliadora.
—Es que
las cosas no fueron bien, ni siquiera al principio.
—¿Ah no?
Se os veía muy enamorados...
—Guardábamos
las apariencias, Gloria, nada más.
Me callé.
Eso sí que no lo esperaba, y la dejé continuar. —Este tío es un muermo. ¿Es que
no te has dado cuenta? Puse cara de circunstancia.
—Claro,
no lo has visto, porque tú eres como él. A ti, que un hombre no quiera salir,
que solo quiera estar en casa, que sea un soso, un mustio y un aburrido, no te
parece mal, porque tú eres así. Pero es lo que te digo. No es un hombre capaz
de satisfacer adecuadamente a una mujer de bandera como soy yo —me espetó, y se
quedó tan pancha.
—Pues no
lo parece —repliqué, con una sonrisa pícara.
—A ver,
no me refiero al sexo. Yo me refiero a que no es un hombre divertido,
ocurrente, simpático… no sé si me entiendes.
Seguí con
la misma cara de antes.
—No le
gusta salir, no le gusta viajar, es un muermo, ¡tía!
—Bueno,
habéis hecho muchos viajes —apunté—. Habéis ido a las islas Molucas, al Caribe,
a Tailandia, y eso, que yo sepa.
—Sí, y a
algún sitio más. Pero este hombre lo hace “obligado”, ¿sabes?, y una vez allí
tienes que tirar de él para hacerle salir del hotel. No tiene ninguna
iniciativa, y es que no me divierte nada, ya te lo digo. Sigo con él... porque
no tengo nada mejor.
—¿En
serio? —yo me quedé boquiabierta, y ahora la que puso cara de circunstancia fue
ella. Después se dio la vuelta y me dijo:
—Bueno,
me marcho. Voy a ir dando un paseo hacia la academia. A ver si me despejo un
poco. Llevo ya demasiado tiempo entre estas cuatro paredes.
—¿No has
salido esta mañana?
—No. Me
levanté tarde y no me apeteció.
¡Qué
raro! Pensé yo. Lo normal es que cuando yo venía del Ministerio no hubiera
nadie en la casa, pues Carlos aún no había regresado de la oficina, y ella no
paraba dentro. Y respecto a lo de la academia,
Mamen
había pasado de estar mantenida por su marido a estarlo por su prima, es decir,
por mí, y quizá esa fue la razón por la que, a regañadientes, se apuntó al
desempleo, e inició un curso de teleoperadora por las tardes.
Así las
cosas, los dos se quejaban el uno del otro, y yo en medio, como si fuera el
confesor de ambos, teniendo que guardar secreto de confesión.
Creo que
fue aquella misma tarde, al marcharse ella, cuando recibí las quejas de Carlos.
—Yo
siempre he querido tener hijos, Gloria. Al menos uno. Pero Mamen nunca ha
estado por la labor. ¿Sabes que si nos hubiéramos casado por la iglesia, eso
sería motivo de nulidad matrimonial?
—¿El qué?
¿El no tenerlos?
—No. El
casarse con la intención de no tenerlos.
—Bueno,
la nulidad civil, es decir, el divorcio, siempre está ahí.
Él se
calló y miró para otro lado. Se veía claramente que, a pesar de todo, quería a
su mujer. Entonces le dije:
—Yo
siempre pensé que lo que a ti más te molestaba de ella era que no trabajase.
Esto lo
dije porque la Mari, siempre malmetiendo, me dijo una vez que los oyó discutir
sobre ese asunto cuando vivieron junto a ella, en el pueblo, hasta que
reformaron su casa de Villanueva. Quizás no debía haber hecho esa afirmación,
que era enteramente gratuita y sin pruebas.
—A ver,
si a mí no me importaba que no trabajase. Ya ganaba yo lo suficiente, y de
sobra. Lo que me fastidiaba, y me sigue fastidiando, es lo otro, lo de los
hijos. Porque yo creo que un matrimonio es una aportación mutua, en la que
ambos salen ganando, ¿no te parece?
Asentí, y
él siguió:
—Lo que
no puede ser es que uno sea el que lo aporte todo, y la otra parte no ponga
nada. Y no lo digo por lo del trabajo, que conste. Pero es que —se sinceró—,
hasta yo me tenía que ocupar de las labores domésticas.
—¿Ah sí?
¿No teníais una criada?
—La
tuvimos, pero cuando las cosas empezaron a ir mal en la fábrica, la tuvimos que
despedir. Y yo no me considero machista, eh, porque nunca me he quejado de eso,
a pesar de que, ya te digo, hacía yo más que ella.
—Pero
¿por qué, Carlos? ¿Por qué no hacía nada?
Resopló,
y luego dijo:
—Porque
no tenía tiempo —se calló, mirando para otro lado, y yo no dije nada, esperando
que continuara.
—Estaba
muy ocupada con sus pandillas.
—¿Qué
pandillas?
Yo era
toda curiosidad, y él comenzaba a sentirse incómodo. Un hombre discreto y de
pocas palabras como Carlos, no se sentía a gusto contando detalles de su vida
privada. Tenía que estar muy enfadado para verse en la necesidad de contárselo
a alguien, y como yo comenzaba ya a ser como de su familia, siguió.
—Por las
mañanas estaban las arpías. ¡Menudas pájaras! Mamen quedaba a desayunar con
ellas y se ponían a charlar despellejando a los maridos hasta bien entrada la
mañana. Después se iba al gimnasio y
no volvía
hasta la hora de comer. Luego por la tarde estaba la pandilla del café.
Quedaban en una cafetería del barrio y después se iban de tiendas, o al bingo,
según tocara. Y luego por la noche las arpías volvían a la carga, y nos
juntamos con sus maridos para tomar vinos.
—¿Tú
también?
—A ver,
¡qué remedio! No sea que la niña se enfadara.
—Carlos,
no tenías por qué hacerlo si no querías.
—¡Claro
que no quería! ¿Tú crees que me apetecía estar todas las noches con esa panda
de holgazanes que eran los maridos de esas mujeres, hablando de toros, o de
fútbol, o de maquinaria agrícola? Pero Mamen me decía que, si las demás
llevaban a sus maridos, no iba a ser ella la única que no lo hiciera.
—¿Eso te
decía?
—Seguía a
pies juntillas lo que le decía Charo, la jefa de la panda.
—¿A qué
te refieres?
—Es que,
según esa mujer, a los hombres no se les puede dejar solos por la noche, pues,
según ella, se pueden ir “de golfeo” —resopló de nuevo—. Se cree el ladrón que
todos son de su condición.
—Ya
entiendo. Que a sus maridos se les tenga que “atar en corto” no significa que a
ti se te tenga que hacer lo mismo.
—¡Pues
claro! ¿Qué se creían? ¿Qué yo me iba a marchar por ahí de juerga o de
borrachera, y después iba a ir un burdel?
—Eso es
lo que harían esos, si les dejaran solos, ¿verdad?
—Pues,
debe ser. Pero lo que a mí me apetecía cuando llegaba de trabajar era estar en
mi casa, a ser posible con mi mujer, y ver un rato la televisión. Vamos, lo
normal.
—Ya,
entiendo.
—Porque
la casa, Gloria, estaba sin hacer cuando yo llegaba. Después de los vinos me
tocaba planchar, barrer, tender la ropa, recoger los platos...
—¿No te
ayudaba ella?
—¡Ja!
Cuando no le dolía la cabeza estaba muy cansada, o simplemente desaparecía. Y
eran días muy duros, Gloria. Con la crisis, los departamentos de contabilidad
son los qué más trabajan, pues nos piden toda clase de informes, de números
para ajustar los ingresos, reducir los gastos, en fin, ya sabes. Yo llegaba a
casa a las tantas, y lo que menos me apetecía era pasar un rato con esos
idiotas y las arpías de sus mujeres.
—Carlos,
insisto, no tenías por qué ir si no querías.
—Mira,
Gloria, el problema ya no es ese. Un matrimonio, para que funcione, se basa en
las cesiones. Uno cede en una cosa, y otro cede en otra, para llegar a un
acuerdo. A mí no me importaría tanto ir a tomar vinos con esa gente, ya que
Mamen insistía tanto en que lo hiciera, si ella también cediera en otras cosas
en las que yo también insisto. Pero lo que no puede ser es que siempre ceda el
mismo. No puede ser que yo siempre le complazca en todo lo que me pide,
mientras que ella no es capaz de complacerme a mí en la más mínima cosa.
—Como en
el asunto de los hijos.
—Por
ejemplo. Pero bueno, yo comprendo que ese es un asunto más serio, que requiere
de un consenso más amplio.
—Eso es
verdad, Carlos. No se puede obligar a nadie a hacer una cosa así si no quiere.
—Desde
luego. Aun así, yo estoy convencido de que ella sería una buena madre, y voy a
seguir intentándolo.
Este
Carlos, ¡qué ingenuo es!, pensé. Porque yo estaba convencida de que Mamen, en
caso de que alguna vez llegara a tener hijos, nunca sería una buena madre.
Y
respecto a lo de ceder, el caso es que ella pensaba lo mismo de él, es decir,
que no cedía. Que no cedía en ser un aburrido, un soso, un tío casero que no le
gustaba salir. Y sin embargo, él salía con ella y hacían viajes juntos.
Pero
claro, no lo hacía con gusto, y en eso no se puede cambiar. Uno no puede fingir
que disfruta, cuando en realidad no lo está haciendo.
Aquel fue
un matrimonio equivocado desde el principio, y en mi opinión, solo les unía el
atractivo sexual que sentían el uno por el otro. O al menos, eso pensaba yo.
Pero esos son cimientos muy débiles en los que sustentar cualquier relación, y
tarde o temprano terminan por ceder, nunca mejor dicho.
—Bueno,
no te preocupes —dije finalmente, pasándole una mano por el hombro—. Aquí las
cosas han cambiado. Verás como ella también lo hace.
Fueron
unas palabras de mero consuelo, desde luego, porque ella no tenía visos de
cambiar. Al igual que en Villanueva, tampoco Mamen en Madrid paraba en casa, y
la única diferencia es que ahora, al menos, alguien hacía las tareas domésticas
—yo—.
Falta de
consideración
Aquella
no fue la única vez que recibí las quejas de Carlos. Como Mamen se marchaba por
las tardes a la academia, él y yo coincidíamos con frecuencia. Al ser
funcionaria, tenía todas las tardes libres y a veces estábamos juntos en casa,
cuando él salía pronto de trabajar.
Pronto
quiere decir a su hora, pues lo normal es que hiciera varias horas extras que,
por supuesto, no le pagaban. La crisis arreciaba y las empresas no tenían
clientes con los que generar ingresos, y por tanto, para sobrevivir, no les
quedaba más remedio que recortar gastos. Y como los salarios son el coste más
importante, pues era ahí donde los recortes eran más grandes.
En su
caso, Almirex era una empresa química que vendía sus productos a otras
empresas. Pero de esas empresas, muchas habían cerrado y las que quedaban
habían reducido drásticamente su actividad.
—No lo
entiendo, Carlos. ¿Si las ventas han bajado, por qué tú sigues teniendo tanto
trabajo?
Me
encontraba en la cocina, preparando la cena. Mamen no debería tardar ya mucho
en llegar, y él había pasado para tirar a la basura los restos de una manzana
que se acababa de comer. En lugar de volverse al salón, se quedó un rato allí,
mirando por la ventana hacia la calle. Me contestó:
—Tengo
tanto trabajo porque yo no me dedico a vender. La gente que produce y despacha
los productos son los que no tienen mucho que hacer, y se han cebado con ellos.
Aun así, los vendedores, es decir, los que se encargan de buscar clientes,
resulta que están más atareados que nunca, pues no paran de ir por ahí buscando
a quién venderle algo.
—Y con
poco éxito, supongo.
—Pues,
sí. Pero no les queda más remedio que seguir intentándolo —hizo una pausa—. Y
los contables, pues bueno, estamos igual que antes de la crisis. Nuestro
trabajo no se ve afectado por eso.
—¿Por
qué?
—Pues
porque yo tardo lo mismo en contabilizar una factura de venta por un importe de
200 que otra por un importe de 20. El único trabajo que me ahorro —sonrió— es
pulsar en el teclado un cero.
—Sí, ya
entiendo. Y si la factura pasa de 200 a 100, ni eso.
—Exactamente.
Bueno, rectifico, no estamos igual que antes. Estamos peor, porque ahora somos
menos para hacer las mismas tareas, y encima, con la mitad del sueldo. Dichosa
crisis… Antes teníamos menos trabajo y más sueldo. Y ahora, más trabajo y menos
sueldo.
—Bueno,
no te preocupes —me volví, y le pasé una mano por el hombro, a modo de
consuelo—. En cuanto Mamen termine el curso y le salga trabajo, podréis
remontar un poco.
Carlos
puso cara de circunstancia, como queriendo decir que no estaba muy de acuerdo
con esa afirmación. Entonces dije:
—Veo que
no tienes mucha confianza en ello…
—Es que…
—suspiró—, sinceramente, no le veo a tu prima teniendo mucho aguante en un
trabajo como ese.
—¿Por qué
no? Ser teleoperadora tampoco es un trabajo muy duro, ¿no?
—Depende.
Si es para recibir quejas de usuarios, sí lo es. Y si es para vender, que lo
será, pues más todavía.
—Ah, ya
entiendo. El trabajo que le salga será para vender “a puerta fría”, ¿verdad?
—Seguramente.
Con la crisis, todas las empresas se afanan en buscar clientes hasta debajo de
las piedras. Hay campañas de bombardeos masivos a todos los teléfonos que hay
en el país. Porque,
cuando a
ti te llama alguien para venderte algo, ¿tú qué haces?
—Bueno,
yo soy un poco tonta para eso, y me cuesta colgar. Pero sé que es lo que hace
todo el mundo.
—Pues
eso. Es muy duro aguantar una llamada tras otra, sin que nadie te haga caso.
—O sea,
que no le ves a Mamen trabajando de eso.
—No —se
volvió—. Para eso hay que ser lo que yo llamo, “un atleta anímico”, es decir,
tener aguante, sin desfallecer, a pesar de lo que te digan, de lo que te
llamen, o de los insultos que recibas.
—Y ella
es “muy floja”, como decimos en mi pueblo.
—Sí. Ella
no tolera mucho la frustración… vamos, por no decir nada. Y es ahí donde debía
tener más aguante, al menos para ese tipo de trabajo. Pero igual que te digo
esto, también te digo que es totalmente despreocupada para otras cosas.
—Sí, ya
sé por dónde vas.
Se volvió
de nuevo hacia mí y asintió con la cabeza.
—¿Verdad
que sí? A Mamen le da todo igual. No es constante, no se preocupa por las
cosas. Por las cosas importantes, me refiero.
Se ve que
tenía ganas de hablar, quizás para desahogarse de nuevo, y le dejé continuar.
—Por
ejemplo, cuando despidieron a tanta gente en la empresa. No te creas que se
preocupó mucho, aun sabiendo que me podía tocar a mí.
—¿Ah, no?
Cuando me llamó, parecía muy afectada…
—Se
afectó cuando me dijeron que me tenía que venir a Madrid con la mitad del
sueldo. Ahí fue cuando se dio de bruces con la realidad. Pero ni un solo apoyo
antes, Gloria. Ni una sola palabra de consuelo, de ánimo, ningún gesto de
preocupación. Yo pasé días muy malos, desde que nos dijeron que iba a haber
despidos hasta que se concretó todo, y Mamen se lo tomaba como si nada.
Se metió
las manos en los bolsillos y miró hacia arriba. Después dijo:
—La
verdad es que es muy frustrante estar casado con una persona que no te
comprende, que no te apoya, que solo mira por su propio interés, y con la que,
además, estás siempre discutiendo.
Una
confesión tan clara no me la esperaba. En ese momento pregunté:
—Pero,
entonces, Carlos, ¿por qué sigues con ella?
La
pregunta me salió del alma, y además lo hice sin maldad; yo creo que, después
de oír todo aquello, es lo que le hubiera preguntado cualquiera.
Me miró
fijamente, como si también él se estuviera preguntando por qué seguía estando
con una mujer que le utilizaba de esa manera y que claramente no le quería. La
respuesta no pudo ser más descorazonadora, al menos para mí:
—Sigo con
ella porque la quiero, Gloria. ¿Por qué si no?
Ahí me
turbé y sentí como si me dieran una puñalada por dentro. Y él claramente me lo
notó. Me sentí incómoda y para escapar de aquella situación, añadí:
—Sí, lo
comprendo. Y comprendo cómo te sientes. A mí también me pasa algo parecido.
—¿El qué?
—Me
refiero a eso que dices de no tener apoyos cuando pasas por momentos difíciles.
Él se
quedó callado, esperando que continuara. Y eso fue lo que hice, para contarle
lo mal que lo pasaba cuando tenía las revisiones.
—Cada
seis meses me tengo que hacer unas pruebas para ver si tengo cáncer.
—Sí, lo
sé.
—Bueno,
pues, cuando tengo que ir a que me den los resultados, es como asistir a un
juicio, Carlos. ¡Es como un juicio! Un juicio donde te dan un veredicto en el
que te pueden condenar a muerte, o bien declararte inocente.
—Ya, lo
entiendo.
—No veas
lo mal que lo paso, según se van acercando los días. Me pongo enferma, Carlos,
y yo no tengo a nadie a quien contárselo. No tengo a nadie que me dé ánimos.
—¿En
serio?
—Solo
tengo a mi hermano, que vive en Barcelona. Pero me pasa lo mismo que a ti con
Mamen. Nunca se acuerda de cuándo tengo las citas, y soy yo quien tiene que
tomar la iniciativa al llamarle: “José, ayer me dieron el resultado de la
mamografía”. “¿Ah sí? ¿Y qué tal?”. “Bien. Estoy limpia”. “¡Ah, pues me alegro!
Verás como la próxima vez sigues así.”
—¿Y eso
es todo?
—Eso es
todo.
—Pues eso
se acabó, Gloria. Desde ahora, ya puedes contar conmigo para eso.
—No,
Carlos, tú siempre estás muy ocupado… no quiero molestarte con mis problemas.
—No es
ninguna molestia. Ya te lo digo. Si no tienes a nadie que te escuche, aquí
tienes un par de orejas que lo harán gustosamente. Yo te daré todo ese apoyo,
todos esos ánimos que nadie te da.
En ese
momento lo abracé de forma instintiva. Me dirigió una mirada cálida y una
sonrisa de afecto, y pude sentir la fuerza de sus brazos rodeando mi espalda;
la proximidad de su aliento sobre mí, el exquisito olor de su piel, el calor de
su cuerpo fundiéndose con el mío...
Solo con
un esfuerzo sobrehumano conseguí despegarme de aquel nido de amor, sin llegar a
conocer realmente cuánto tiempo estuvimos así —supongo que serían solo unos
segundos—. Solo recuerdo que me separé y le dije:
—Pues, lo
mismo digo yo, Carlos. Si Mamen no está a la altura… de lo que sea… yo seré
toda tuya…
Sonrió y
ahora fue él quien me abrazó a mí, mientras me acariciaba suavemente la
espalda. De nuevo, me sumergí en aquel océano de ternura y perdí la noción del
tiempo, hasta que, de repente, una voz horrible me arrancó bruscamente del
éxtasis:
—¿Qué
está pasando aquí?
Mamen
acababa de llegar y no me había dado ni cuenta. Carlos y yo nos separamos, y él
le dijo:
—Gloria.
Le acaban de decir que su mamografía está bien.
—¡Ah! ¿Ha
sido ahora?
—Sí, hace
poco —dije yo.
—Pues, me
alegro —contestó, dirigiéndose hacia su habitación, a la vez que preguntaba
algo sobre cuándo iba a estar lista la cena. Él sonrió y me guiñó un ojo, y yo
le devolví el guiño.
Todavía
hoy, a pesar de que han pasado ya tantos años, parece que estoy viendo aquel
ojo de color verde cerrándose y abriéndose en ese exquisito gesto de
complicidad.
Una cena
conflictiva
Como ya
he dicho, desde que Mamen y Carlos llegaron a Madrid, todo fueron discusiones.
Al principio las tenían en su habitación, intentando no levantar la voz. Pero
era inútil. En un piso tan pequeño, todo se oía, y, aunque él procuraba
callarse por deferencia a mí, a veces no le quedaba más remedio que replicar a
su mujer, quien no tenía ningún pudor en discutir delante de mí, pues me
consideraba poco más que una criada.
Una vez,
estábamos terminando de cenar los tres, y volvió a salir el asunto de los
hijos.
—¿Tú qué
opinas, Gloria? —me preguntó Carlos.
¡Pues qué
voy a opinar! Sonreí, intentando quitarle hierro al asunto. ¡Pues lo mismo que
él! Esto no lo dije; solo lo pensé. Mi prima me hubiera soltado un bofetón si
lo llego a decir en alto. Bueno, no creo que se hubiera atrevido a tanto, pero
casi.
—¡Uf!
—suspiré—. Es un asunto muy personal, que debéis de resolver entre los dos.
Fui
neutra. No podía ni quería meterme donde no me llamaban.
—Sí, sí,
pero —insistió él—, ¿a ti te gustaría tener hijos?
Yo sonreí
de nuevo, esta vez de forma más intensa.
—Para
eso, primero tendría que tener pareja —concluí, intentando salir del
atolladero. —¿Y si la tuvieras?
—Bueno,
en ese caso... —no me quedó más remedio que mojarme—, supongo que sí —dije,
mirando de reojo a Mamen, quien me echó una mirada tal, que si estas mataran yo
me hubiera caído muerta allí mismo. Entonces reculé:
—Pero,
claro, es un asunto muy personal, como te dije, y eso dependerá de las parejas.
No se puede forzar a nadie a hacer lo que no quiere.
En ese
momento, Mamen se fue hacia su cuarto, y yo me levanté, para recoger la mesa.
—Déjame
que te ayude —se ofreció Carlos.
—No. Ya
lo termino yo —me negué, mirando hacia la puerta de su habitación, haciendo un
gesto con la cabeza indicándole que debería de entrar ahí y reconciliarse con
su mujer.
Y eso fue
lo que hizo. Solo que, en lugar de apaciguarla, allí siguieron con la
discusión.
En
teoría, yo estaba en la cocina, fregando los platos, y quizá por eso no
tuvieron el cuidado de hablar bajito. Aunque no hubiera servido de mucho. Ya
saben ustedes que en mi casa los muros son de papel y se oye todo.
—Vamos a
ver, Mamen —dijo él—. No puedes estar siempre diciéndome lo mismo. “Ya los
tendremos, ya los tendremos”. Antes, porque querías “vivir la vida”. Ahora,
porque no tenemos dinero. ¿Cuándo entonces?
—Cuando
se pueda —respondió ella—. Ahora es el peor momento.
—Claro,
siempre es el peor momento, ¿no es así?
—Ahora,
desde luego, lo es.
Se hizo
un silencio y tras el cual, Carlos continuó:
—Mira,
Mamen. La crisis terminará algún día; y a mí me deben mucho dinero, por todas
las horas extras que he hecho y que no me han pagado.
—Ni te
pagarán.
—Es
posible. Aun así, cuando todo se arregle, me ascenderán, y las cosas empezarán
a ir bien. Se estima que dentro de un año…
—Pues
entonces, ya veremos —le interrumpió.
—No,
Mamen. Tendría que ser ahora, para que naciera entonces. Ya te vas acercando a
una edad en la que cada vez te será más difícil quedarte embarazada.
—¿Me
estás diciendo que ya soy vieja?
—No,
¡claro que no! Pero mira lo que le pasó con Carolina, la mujer de tu primo.
Cuando quiso ponerse a tenerlos, ya no pudo.
—No voy a
quedarme embarazada ahora, Carlos.
—Ya,
pero...
—Mira, te
voy a ser muy clara —le interrumpió, levantando ostensiblemente la voz—. Ya me
estoy hartando de estar siempre con lo mismo, de que siempre insistas con la
misma historia. Así que, te lo voy a dejar muy claro, para que no volvamos a
hablar de ello nunca más. ¿Me entiendes?
—¿Qué es
lo que me quieres decir?
—Que no
pienso tener hijos, Carlos. Eso es. No los voy a tener nunca. ¿Me oyes? ¡Nunca!
—Pero, ¿por qué?
—Porque
los hijos son esclavitud. Son problemas e impedimentos de todas clases, y yo no
he venido a este mundo a ser esclava de nadie. ¿Te queda claro?
Carlos no
dijo nada. Ella siguió:
—Así que,
ve haciéndote a la idea de que jamás tendrás hijos. Ya está.
Compensación
Aquella
discusión afectó mucho a Carlos, y en los siguientes días se le vio mucho más
callado y taciturno de lo normal. Mamen seguía entrando y saliendo de casa como
si viviera en una pensión, sin dar explicaciones a nadie, y no parecía afectada
ni lo más mínimo por aquella aparente frialdad que ahora había entre los dos.
Una
tarde, Carlos rompió su silencio, y me dijo:
—Toma,
Gloria, esto es para ti.
Yo estaba
en la cocina, terminando de hornear unas magdalenas con anís que a él le
encantaban, cuando este vino con unos cuantos billetes que dejó sobre la mesa.
Yo miré al dinero y después lo miré a él, y añadió:
—Es por
los gastos. Ya llevamos un tiempo aquí, y no quiero que pienses que somos unos
aprovechados.
Yo seguía
sin saber muy bien qué decir, y volví a mirar al horno. No quería que se me
quemaran las magdalenas, aunque en realidad, lo que no quería era enfrentarme a
esa situación.
—Tómalo,
Gloria —insistió—. El mes que viene te daré algo más, según vaya cobrando lo
que me deben.
—¡Ah!,
pero, ¿te van a pagar al fin las horas extras?
—Eso
parece. Los sindicatos han llegado a un acuerdo, a cambio de ceder en otras
cosas.
Yo seguí
con lo mío, y tras un rato, él insistió:
—Anda,
recógelo.
Nada, ni
caso. Continué con el asunto de la repostería, hasta que llegó un momento en
que no tuve más remedio que decir algo, antes de que él pensara que era una
maleducada, o que me había vuelto sorda de repente.
—No
pienso aceptar ese dinero, Carlos. Vosotros lo necesitáis más que yo. Si tenéis
intención de tener algún día ese bebe...
—Olvídate
de eso, Gloria. No creo que Mamen cambie de opinión.
Yo
asentí. Mi prima para algunas cosas era terca como una mula, y esa era una de
ellas.
—Bueno,
¡quién sabe! —agregué—. En cualquier caso, no me hace ninguna falta. Además,
somos familia, ¿no?
—Ya, pero
no es justo, Gloria.
—¿El qué
no es justo?
—No es
justo que estemos aquí dos personas, viviendo a tu costa.
Yo
suspiré. No se me ocurrió otra cosa que decir:
—Me
hacéis compañía, Carlos. Desde que llegué a Madrid he vivido siempre sola, tras
el breve paréntesis que supuso tener aquí a mi madre. Y eso tampoco fue muy
agradable, pues ya sabes que vino aquí prácticamente a morirse.
—Sí, lo
sé.
—Pues
eso. Ahora estoy acompañada, y para mí eso es importante. No tengo marido, ni
tengo hijos, ni prácticamente amigas. Vosotros dos sois esa familia que me
falta y que yo necesito, y cobrarte a ti por
eso me
haría sentirme fatal. No sé si lo entiendes.
Eso era
verdad en parte, y ahora me explicaré. Porque resultó que tener un piso en la
capital era un bien preciado más allá de lo que alguien pudiera imaginar, en el
sentido en que a una le salían pretendientes hasta debajo de las piedras. Pero
no vayan ustedes a pensar mal.
A medida
que la crisis avanzaba, los tipos de interés se desplomaron, y como los precios
de los alquileres seguían siendo muy altos, era mucho más barato comprar un
piso que alquilarlo. A pesar de ser una mujer sola, los bancos no pusieron
ningún impedimento en concederme una hipoteca con una cuota mensual mucho más
económica que lo que yo pagaba de alquiler, puesto que yo era funcionaria, y
por tanto, no corrían el riesgo de que les dejara de pagar al quedarme sin
empleo.
El caso
es que el poco trabajo que había en esa época se concentraba en las grandes
ciudades y no en los pueblos, y yo empezaba a recibir "ofertas" para
compartir piso por parte de conocidos de Entrerríos.
Después
de las malas experiencias que tuve con aquellas estudiantes despendoladas,
siempre me negaba diciendo que el dueño no permitía el subarriendo —lo cual era
cierto—. Pero una vez que pasé de inquilina a propietaria, ya no tuve excusas
para negarme, y me vi obligada a admitir en mi casa a un chico, un sobrino de
Carolina, mi cuñada, que venía a trabajar a Madrid de albañil.
Yo me
resistí todo lo que pude. Le dije que no. Que de ninguna manera iba a admitir a
un hombre en mi casa.
—Vamos,
Gloria, que ya no estamos en los tiempos de nuestros abuelos —me dijo mi
hermano—.
Nadie va
a criticarte por convivir en la misma casa con un hombre sin estar casados.
Sí, era
vergüenza y pudor, no lo voy a negar.
El caso
es que lo admití a regañadientes, pues me dijeron que iban a ser solo unos
días, mientras el chico se buscaba algo más cerca —al fin y al cabo, mi casa
seguía estando en las afueras, pues la compré en el mismo bloque de viviendas
en el que estaba la que me alquilaban—. Era un piso idéntico al otro, es decir,
de unos 50 o 60 metros cuadrados, con dos dormitorios pequeños, que sus dueños
habían heredado al fallecer sus padres.
He de
admitir que la experiencia con aquel chico no fue tan mala como esperaba. El
sobrino era educado y respetuoso, y yo, que en el fondo había nacido para
servir, vi colmada mi natural inclinación a ejercer ese servicio.
Es
curioso cómo las mujeres criticamos con vehemencia la ausencia de limpieza en
otras mujeres, y sin embargo, toleramos con naturalidad que un hombre sea si
cabe más guarro.
Felipe
era guarrete, sí, como todos los hombres. Se dejaba la tapa del inodoro
abierta, no vaciaba la cisterna, tenía su habitación hecha una leonera... Y yo,
displicentemente, me dedicaba a subsanar todas esas deficiencias sin demasiados
remilgos.
El caso
es que se acomodó bien a vivir conmigo y renunció a buscarse otra casa —en
parte porque el alquiler que yo le cobraba era casi simbólico por ser medio
familia, y se limitaba a cubrir los gastos y poco más—.
Yo me
acostumbré a convivir con un hombre, y me comporté con él como si fuera su
madre, a pesar de que la diferencia de edad no era mucha. Me sentí útil,
acompañada, seguía unas rutinas... desde luego, mucho mejor que estar sola o
convivir con otras mujeres. Me inclino a pensar que ese es el estado natural de
una mujer, esto es, convivir con un hombre.
Pero
cuando la crisis arreció todavía más, el muchacho fue despedido y se volvió al
pueblo, volviéndome a quedar sola otra vez.
Por eso,
lo que yo le dije a Carlos era verdad. El hecho de que los dos vivieran ahora
conmigo era un alivio para una soledad que ya comenzaba a pesarme como una
losa. De hecho, muchas veces soñaba con que Carlos era mi marido y Mamen
nuestra hija rebelde, díscola y maleducada a la que teníamos que soportar
porque no nos quedaba más remedio. Y no es broma. Era un sueño que yo tenía con
frecuencia, es decir, que yo estaba casada con Carlos, y que mi prima era una
niña caprichosa que estaba en la edad del pavo y que nos daba todo tipo de
problemas. Pero el sueño se transformaba en pesadilla cuando Carlos, al final,
en lugar de acostarse conmigo, se acostaba con ella.
El caso
es que no le acepté el dinero que me ofrecía... y creo que hice mal. En lugar
de ahorrarlo para el porvenir, Mamen se lo gastaba en todo tipo de caprichos
intentando llevar un modo de vida similar al que tenía en Villanueva y lo
dilapidaba por ahí, quién sabe si otra vez en el bingo.
Confesión
—Padre,
me confieso de alegrarme cuando mis primos discuten.
Les he
dicho que, a excepción de los pocos meses que estuve con mi madre antes de
morir y del tiempo que compartí con el sobrino de mi cuñada, siempre he estado
sola. No es verdad. El padre Guillermo siempre estuvo ahí para consolarme, para
confortarme, para hacerme ver que mi soledad era solo aparente y que Dios
estaba conmigo. La verdad, ¡qué servicio tan necesario prestan los sacerdotes!
La gente se gasta un dinero en psicólogos, teniendo como tienen a alguien que
te escucha, te aconseja, y además, de forma gratuita.
Este era
un hombre ya mayor, sabio y prudente, al que, después de todo, no quería
molestar demasiado, y solo acudía a él cuando me veía en la necesidad. Aquella
tarde, no lo encontré en el confesionario, y tuve que ir a buscarlo al despacho
parroquial.
—A ver,
Gloria, cuéntame qué es lo que ha pasado.
—Bueno,
ya sabe usted que mi prima y su marido llevan ya un tiempo viviendo en mi casa
y…
El hombre
hizo un gesto como de no acordarse demasiado. Seguro que no sabía muy bien de
qué le estaba hablando, pues, con la escasez de curas, llevar toda una
parroquia, con todas las catequesis, los cursillos, las reuniones pastorales,
la asistencia domiciliaria a los enfermos, y todo lo que le exigían a una
persona tan mayor, a buen seguro que lo mío le sonaba lejano, o bien se
confundía con la historia de alguna otra parroquiana.
—Sí, sí,
me suena —respondió, yo creo que por cumplir y no hacerme el feo.
—Pues
verá, padre… esto no se lo he contado nunca a nadie, pero es que yo… —no me
atrevía a decírselo, pero al final lo solté: —tengo muchos celos, don
Guillermo.
—¿Celos?
—De mi
prima. Cada vez que él la mira, cada vez que él la toca, cada vez que él la
besa… ¡yo me muero, padre!
—¡Pero
hija!
—Yo me
derrito cuando le veo entrar por la puerta… ¡y luego fallezco cuando la toca!
—el cura abrió los ojos como platos—. No sabe usted lo que me entra en el
cuerpo, cada vez que los oigo hacer el amor. Es una rabia, un desasosiego, una
impotencia, una desazón, una intranquilidad… —yo me retorcía las manos mientras
lo contaba—. Me he comprado unos tapones para los oídos porque no puedo
soportarlo, ¡no puedo soportarlo! Pero me hacen daño y no me los pongo, y al
final, la verdad es que yo…
—Vamos a
ver, Gloria. Esos celos, ¿en qué se han traducido?
—En nada.
—¿En
nada?
—Así es.
Todo lo sufro en silencio. Pero es lo que le digo. No puedo evitar tener celos
ni alegrarme cuando los veo discutir. ¿Eso es pecado?
—Pues,
depende. Siempre hay una falta, desde luego, pero si no se ha traducido en
nada, si no hay consecuencias, la gravedad se mitiga.
—Ya, es
lo que usted siempre dice, ¿verdad? Puede que no podamos controlar nuestras
emociones, pero siempre podremos controlar nuestros actos. ¿No es así?
—Así es.
—Vale,
pues verá, fue el otro día… Bueno, antes de nada —me interrumpí—, le quiero
decir que ellos no están casados por la Iglesia. Solo están solo casados por
“lo civil”, ya me entiende.
—Sí, hoy
en día eso es lo normal. Antes era la excepción, pero ahora la excepción,
lamentablemente, es casarse por la Iglesia. Bueno, sigue.
—Pues
eso. Ellos discuten mucho. Tienen estrecheces económicas, y por eso viven en mi
casa y en fin, lo que le digo, ayer tuvieron otra discusión gorda porque él
quiere tener hijos y ella no, y bueno, mi prima se fue a su habitación toda
enfadada y él intentó apaciguarla, pero fue en vano y entonces…
—Sí, sí,
abrevia, Gloria —me interrumpió—. No es por nada, ya sabes que yo estaría
encantado escuchandote toda la tarde, pero es que faltan diez minutos para la
misa, y todavía no me he puesto la casulla y…
—Perdón,
padre. Ya termino. Bueno, el caso es que yo me alegré por aquella discusión.
—Bueno, pero si no se ha traducido en nada…
—En nada,
padre. Es más, yo le animé a que entrase en la habitación para que hiciera las
paces con su mujer.
—Hiciste
lo correcto.
—Pero
ellos no están casados por la Iglesia. Ante Dios es como si solo fueran novios,
¿no es así?
—Sí, pero
tú no tienes derecho a quitarle ese “novio” a tu prima. Los pecados que hayan
cometido los tendrán que justificar ante Dios, no ante ti.
—No, si
yo no pretendo quitárselo a Mamen. En su día respeté su noviazgo, y ahora
respeto su matrimonio.
—Así debe
ser.
—Además,
aunque quisiera, no creo que pudiera. Soy tan tímida, tan prudente, tan…
—Lo sé,
hija, lo sé. Bueno, no te preocupes —el hombre estaba deseando terminar y no
paraba de mirar a su reloj—. Ahora, en la misa, durante la consagración —me
exigió—, pídele a Jesús que tus primos se reconcilien, que tengan hijos, y que
algún día se casen “como Dios manda”. ¿De acuerdo?
—De
acuerdo, padre —musité con desgana, mirando al suelo.
El hombre
se fue pitando hacia la sacristía, mientras otra parroquiana le abordaba por un
asunto que no pude oír. Yo me quedé sola con mis dilemas, sin parar de pensar
en todo lo que le había contado.
Y sí,
durante la misa pedí por todo lo que don Guillermo me había dicho. En el fondo,
si bien yo no podía tener un sentimiento favorable hacia Mamen, yo quería a
Carlos con toda mi alma, y, aunque solo fuera por su bien y porque él fuera
feliz, rogué a Dios que lo fuese con aquella mujer que él había elegido.
El cuerpo
Era un
sábado por la mañana y yo venía de comprar algo de fruta y unas verduras. Desde
que me dijeron lo del cáncer ya solo como eso, y de hecho, he adelgazado una
barbaridad. Además, todos los días corro un buen puñado de kilómetros, con lo
que me he quedado hecha una sílfide.
Nada más
entrar en mi casa hay un pequeño recibidor que desemboca en el salón, y allí
dejamos los abrigos y los zapatos. Estaba descalzándome, cuando los oí
discutir, una vez más. Ellos estaban en su habitación, pero con la puerta
abierta, y parece que no me oyeron llegar.
—Ya te
doy mi cuerpo, ¡qué más quieres! Otras que yo conozco no les dan ni eso.
—Sí,
Charo, ¿verdad? La arpía alfa. No esperaba yo menos de esa.
Se hizo
un silencio.
—Pues eso
—siguió ella—. Confórmate con lo que tienes, que ya es mucho.
—Con tu
cuerpo.
—Sí
—alargó la sílaba, como arrastrándola—. Bastante hago con dártelo.
—Qué poco
sacrificio te cuesta hacer eso —dijo él.
—¿Ah sí?
—se oyó un golpe, como si hubiera dado un puñetazo en un mueble—. Pues desde
ahora, ya no te lo daré más. ¿Me oyes? ¡Nunca más! Para que así aprendas a
valorarlo.
En ese
momento carraspeé y entré en el salón. En el fragor de la discusión ni siquiera
se habían percatado de que había llegado, y en ese momento se callaron,
mostrando un rictus serio como nunca los había visto. A continuación, Mamen se
fue hacia el dormitorio, y tras recoger algunas cosas, se dirigió hacia la
puerta de la casa.
—¿Dónde
vas? —preguntó Carlos.
—¡A ti
que te importa! —respondió, y se marchó, dando un fuerte portazo.
Esa
noche, Mamen no durmió en casa, y no apareció hasta el domingo a última hora.
Carlos se centró en su trabajo, y apenas me dirigió la palabra en todo el fin
de semana. Habían despedido al jefe de contabilidad de la empresa porque su
sueldo era el más alto de todos, y no podían asumirlo. Pero claro, ese trabajo
había que hacerlo de todos modos, y el marido de mi prima fue quien se encargó
de ello. Eso sí, sin subida de sueldo alguna, claro está. Bastante tenía con
mantener el empleo, un bien preciado y escaso en aquellos tiempos.
Como
digo, Mamen llegó al día siguiente, muy tarde, y sin mediar palabra se encerró
en su cuarto.
—Cariño,
perdóname —dijo él, tocando con los nudillos en la puerta.
Yo estaba
en la cocina, disimulando, haciéndoles ver que no me enteraba de nada, pero
cómo no, estaba pendiente de todo.
—Mamen,
de verdad que yo... No era mi intención...
Pero ella
seguía sin decir palabra. Entonces giro la manilla de la puerta, y antes de que
esta se abriera del todo, se oyó:
—¡No se
te ocurra pasar!
Instantes
después, el pijama de Carlos salió volando por el escaso margen de la puerta
entreabierta, y este se vio obligado a dormir en el sofá.
Aniversario
Ciertamente,
ni él ni yo pasamos una buena noche. Ignoro cómo la pasaría Mamen, pero creo
que bien, pues no le oí dar muchas vueltas en el colchón. Era el mío, el que yo
usaba cuando dormía en esa habitación, que no estaba ya muy bien que digamos.
De hecho, yo estaba a punto de cambiarlo cuando llegaron ellos, y lo hubiera
hecho de buena gana, aunque solo fuera para no oírlos hacer el amor en él. Ese
soniquete rítmico se me había metido en la cabeza de tal forma, que me
despertaba en medio de la noche empapada en sudor, creyendo que los oía
hacerlo, cuando en realidad lo que tenía era una pesadilla. Pero Mamen se
empeñó en que, a falta del suyo propio, que se quedó en Villanueva porque era
demasiado grande para esa habitación, a ella le gustaba el mío porque tenía la
dureza óptima para su espalda, pues no era ni demasiado duro ni demasiado
blando. Así que, nos tuvimos que quedar con él, muy a mi pesar.
Al día
siguiente yo me levanté como todos los días para ir a trabajar. Como digo, no
dormí bien pensando en cómo ese hombre podía rebajarse tanto ante semejante
persona, y eso me dolió en el alma.
El sofá
tenía una sábana puesta todavía por encima, pero su usuario no estaba allí,
sino en la cocina.
—Te has
levantado muy temprano, Carlos.
—Sí —me
dijo, ya vestido, apurando una taza de café—. Como habrás podido imaginar, no
he dormido muy bien esta noche.
—Claro,
es que ese sofá es muy pequeño. Casi no quepo ni yo, con que tú… —Bueno, eso,
entre otras cosas.
Dejó la
taza vacía en el fregadero, se marchó al recibidor para ponerse la chaqueta, y
mientras tomaba su maletín con sus papeles, me dijo:
—Tengo
mucho trabajo, y así aprovecharé para sacarlo adelante. A ver si con un poco de
suerte puedo llegar esta tarde a una hora razonable.
Y
ciertamente cumplió su palabra. Esa tarde llegó a su hora, que era la hora
“normal” a la que llegaba a casa antes de que le saturaran con tantas
ocupaciones. Se quitó la chaqueta, dejó el maletín en el suelo y miró hacia la
puerta de su habitación.
—¿Está
Mamen?
—No. Se
ha marchado ya a la academia.
—Vaya…
—respondió, contrariado—. Mira que me he dado prisa para intentar verla antes…
Su
expresión era la de un hombre cansado, con ojeras, que parecía dispuesto a
hacer algo para complacer a su mujer.
—¿Pensabais
ir a cenar fuera?
—No. ¿Por
qué?
—Porque
hoy es vuestro aniversario, Carlos.
—¿Cómo
sabes tú eso? ¿Te lo ha dicho ella?
—No.
Cuando vine del Ministerio no estaba en casa, y cuando llegó, apenas
intercambiamos dos palabras. Se volvió a marchar enseguida. Pero lo sé, porque
yo estuve en vuestra boda, no sé si te acuerdas.
—Sí,
claro —respondió, casualmente.
—Pues
eso, el 15 de julio. Una fecha que nunca se me olvidará —declaré, y él me miró,
con una expresión extraña.
Entonces,
me oí a mí misma decir:
—Anda, ve
a buscarla a la salida de la academia y llévale un ramo de flores. A todas las
mujeres nos gustan esos detalles.
Flores
Suponía
que esa noche se quedarían a cenar en algún restaurante del centro comercial
que estaba al lado de la academia. Mamen era dura de pelar, pero seguramente se
ablandaría cuando viera a su marido con las flores. Tras esos días de castigo
después de aquella discusión, probablemente él ya habría expiado todas sus
culpas y mi prima se vería satisfecha.
Pero no
fue así, ni remotamente.
Todavía
llevaba las flores en la mano cuando apareció por la puerta; un precioso ramo
de magnolias, ya algo marchitas. Una sorpresiva tormenta de verano las había
arruinado, como también había calado hasta los huesos a Carlos, quien venía
totalmente empapado.
Nada más
entrar arrojó las flores al cubo de la basura y se sentó en el sofá, sin ni
siquiera quitarse aquel fantástico traje beige, el mejor que tenía.
Venía
chorreando, literalmente, y algunas gotitas de agua resbalaban por sus cabellos
y corrían por su cuello para introducirse en su espalda a través del espacio
que hay entre la camisa y este. Todavía se notaban las pisadas húmedas que
habían dejado los zapatos, igual de empapados, en el trayecto desde el pasillo
de entrada hacia el salón. A continuación, se cubrió la cara con las dos manos,
y comenzó a llorar como un niño.
No tardé
mucho en sentarme a su lado. Le abracé con cariño, y le dije:
—Anda,
cuéntame lo que ha pasado.
La
academia
Fue un
relato desgarrador. Él había llegado allí con la mejor de las intenciones, y se
había quedado en la calle, esperando pacientemente a que saliera su mujer. Pero
ya había transcurrido más de media hora desde el supuesto final de las clases,
y Mamen no terminaba de salir.
Entonces
entró y preguntó en la secretaría. Allí le indicaron la ubicación del aula, y
cuando llegó se encontró con lo que menos se esperaba.
Allí,
apoyado sobre la mesa del profesor, se encontraba este junto a mi prima,
dándose un apasionado beso. Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue que Mamen, al
darse cuenta de que Carlos había llegado, no solo no se apartó de su amante,
sino que, por el contrario, se apretó todavía más contra él, sin apartar la
vista de su marido, quien tuvo que salir de allí totalmente turbado y ofuscado,
y sin que aquel maestro de marketing telefónico se diera cuenta de que alguien
había entrado en su clase.
Lo demás
ya se lo pueden ustedes imaginar. Carlos caminó por la calle de vuelta a casa
lentamente, cabizbajo, soportando indolente el fuerte aguacero que se había
desatado aquella noche, sin intención alguna de refugiarse bajo ningún sitio.
Tan solo pensaba, y pensaba, meditaba sobre lo injusto que es el amor, sobre
todo lo que él había hecho por su mujer y por salvar su matrimonio, y la forma
como ella se lo había pagado.
Tras
terminar de contármelo, le ayudé a desvestirse y le traje ropa seca que él se
puso mientras yo le preparaba una tila con leche caliente. Después lo acosté en
su cama y como si fuera su madre le desee buenas noches y le dije: “si me
necesitas, para lo que sea, estaré en la habitación de al lado”.
Aquel 15
de julio se pareció mucho a ese mismo día, diez años atrás. Cuando Carlos y
Mamen se casaron, probablemente durmieron poco aquella noche. Yo dormí menos
aún. 10 años después, Carlos tampoco pudo dormir mucho otro 15 de julio, como
tampoco lo hice yo. Nuestras vidas corrían paralelas en muchos sentidos, mucho
más de lo que pudiera parecer a simple vista.
Sospechas
A decir
verdad, yo ya sospechaba algo de esto. La Mari me lo contó, pues Mamen se lo
había dicho a Charo, su amiga íntima de Villanueva, y una información tan
suculenta no pasó desapercibida a la red de contactos que esta mujer tenía en
aquella ciudad. Y todo porque la tal Charo tenía una cuñada cuya hermana había
sido íntima amiga de otra que había vivido en Entrerríos, y de esa manera
llegaban las noticias a mi antigua vecina. A ver si se iban a creer ustedes que
esta conocía las cosas por ciencia infusa.
En fin,
que si una no quiere que algo se sepa, lo mejor es no contárselo a nadie, pero
a nadie, que era lo que yo hacía. No así Mamen, cuyos asuntos eran plenamente
públicos, pues no sabía estar con la boca cerrada. Visto lo visto, ni siquiera
Charo, su mejor amiga, era de fiar.
Aunque de
poco nos sirvieron los chivatazos que nos ofrecía el eficaz servicio de
inteligencia de la Mari, pues no supimos hacer un uso conveniente del mismo.
Porque el
caso es que yo no di mucho crédito a semejante historia cuando recibí la
suculenta información, y menos al proceder de una persona tan ávida de malmeter
como esa mujer. Y lo que no podía ni debía hacer era alertar a Carlos sobre
eso, pues, de ser mentira —yo pensaba que lo era—, yo hubiera sido parte de una
correa de transmisión que lo que pretendía era meter cizaña en un matrimonio.
Sin
embargo, no debí minusvalorar el increíble olfato para ese tipo de cosas que
tenía la Mari, pues no era la primera vez que alertaba sobre ellas. Es
increíble cómo alguien, a kilómetros de distancia, era capaz de darse cuenta de
las cosas antes que yo, que las tenía delante; y más si se tiene en cuenta que
yo jamás dije nada, por mucho que esta mujer me llamaba con frecuencia para
husmear en todos nuestros asuntos.
Por
supuesto, ella sabía perfectamente acerca de mi dolor cuando Carlos se hizo
novio de Mamen. Y no porque yo le dijera algo, ya que eso no lo sabía ni mi
madre. Pero es que esta mujer sabía leer en las caras mejor que el más
competente de los psicólogos, y más a mí, que me conocía desde que nací. Todo
su interés se basaba en hablar mal de mi prima con el objetivo de obtener de mi
parte críticas hacia ella, y que yo me alegrara de sus desgracias como mujer
despechada que teóricamente era.
Por
supuesto, la Mari también hablaba con Mamen, claro, pues esta seguía interesada
en los cotilleos de sus amigas de Entrerríos. Aunque bien se cuidaba esta de
decirle cosas de lo suyo. Pero daba igual. La Mari podía leer en el alma de la
gente, incluso por teléfono.
El caso
es que la noticia debió de correr como la pólvora entre la red de informadoras
de mi exvecina, y prueba de ello es que pasó de no llamarme casi nunca —puesto
que yo raramente le daba algo que pudiera aprovechar—, a llamarme casi todos
los días. Por supuesto, yo nunca contesté a sus llamadas a pesar de que pudiera
obtener alguna información que pudiera ser útil para Carlos, algo que pudiera
ayudarle a sobrellevar su duelo. Me había determinado a cortar definitivamente
los lazos con esa mujer.
Y
respecto a Carlos, pues ¡qué les voy a contar! El mazazo fue brutal. Enseguida
descubrimos que aquel lunes por la mañana Mamen había vaciado casi toda su ropa
del armario, y se la había llevado mientras Carlos y yo estábamos trabajando.
¡Vaya espantada!
Yo creo
que él no se hundió del todo gracias a su trabajo, en el que se volcó
totalmente mientras intentaba asimilar lo que había ocurrido. Por aquella
época, la empresa había conseguido un importante contrato con fuertes
implicaciones financieras que le habían sobrecargado de tareas, y a eso se
dedicó, intentando sobrellevar como podía su condición de hombre engañado por
su esposa.
La
mosquita muerta
Ante
aquella situación, yo mantuve un mutismo absoluto. Él estaba pasando un duelo,
y yo no quería ni podía posicionarme por ninguna de las partes. Eso sí, me
mantuve cerca de él, estando a su disposición para cualquier cosa que me
pudiera necesitar.
Y entre
esas cosas, estaba la necesidad de conocer. Él ya se había humillado bastante,
y, aunque en algún momento hizo amago de llamarla, yo le aconsejé que no lo
hiciera. No por lo que ustedes ya se imaginan, sino porque, en mi opinión,
hubiera sido contraproducente. Aquella ruptura tenía visos de ser definitiva, y
cualquier intento de acercamiento por su parte hubiera mostrado una vez más su
debilidad, y eso probablemente significaría más ensañamiento por parte de
Mamen.
Pero yo
sí que necesitaba hablar con ella. Al fin y al cabo, yo era su “casera”, es
decir, la dueña de la pensión donde vivían, o sea, mi casa.
No
contestó al teléfono a la primera. Creo recordar que fueron varios intentos
hasta que por fin atendió mi llamada.
—¿Qué
coño quieres? —respondió, por fin, en un tono agrio que yo no me esperaba.
Aunque a decir verdad, tampoco esperaba que me dijera algo así, como “¡Hola
Gloria! ¿Qué tal? ¿Qué tal va todo?”.
—¿Te
pillo en un mal momento? —contesté, intentando ser educada.
—Vete al
grano, Gloria. No estoy de humor.
—¿Te
ocurre algo?
—¿A mí?
No me ocurre absolutamente nada. Estaba de muy buen humor hasta que vi tu
nombre aparecer en la pantalla de mi teléfono.
—¿Por
qué, Mamen? ¿Qué te he hecho yo?
—¿Qué me
has hecho? Has intentado hundir mi matrimonio desde el mismo momento en que
llegamos. —¿Yo?
—Sí, tú.
Pero ¡qué quieres que te diga! No te guardo demasiado rencor por eso. Mi
matrimonio ya hacía aguas desde antes.
—Mamen,
no sé por qué puedes llegar a pensar eso de mí. Yo jamás… —¿Cómo qué no? ¡Te
has puesto de su parte!
—No. ¡Eso
no es cierto! —repliqué—. En vuestras discusiones, yo siempre estuve al margen,
o como mucho, fui neutral.
—Ya,
claro, no apoyar a tu prima es mantenerte neutral. ¡Qué cara tienes!
Yo estaba
estupefacta, aunque enseguida tuve una intuición que demostró ser la buena.
Ella siguió:
—Pues,
nada. ¿No es eso lo que querías? ¿Eh? ¿No querías quedarte con él? Ahora a lo
mejor tienes una oportunidad.
—¿A qué
te refieres?
—Venga,
bonita, no te hagas la mosquita muerta. Que ya nos conocemos. Estabas deseando
que viniera para cortejarlo y quitármelo.
—¿Yo?
—¡Sí, tú!
—¡Yo no
quería nada de eso!
—¡Sí!
¡Claro que lo querías! —chilló, atronando el altavoz— ¡Se lo dijiste a la Mari!
Le dijiste que tú siempre habías querido a Carlos, y que te llevaste una
“profunda decepción” cuando se casó conmigo.
—¡No,
Mamen! ¡Yo nunca dije tal cosa!
—¡Sí que
lo hiciste! Se lo dijiste a ella, y lógicamente no tardó nada en contármelo.
¡Ni que no la conocieras!
Ahí tenía
toda la razón. ¡Ni que no la conociera! La Mari, siempre intentando buscar
discordia, no tardó en tergiversar una media verdad para luego conocer lo que
decía una de la otra. Además, como yo ya no contestaba a sus llamadas, se vengó
de mí de esa manera.
—Yo nunca
le dije eso. ¡Te lo juro!
—Eres una
falsa, Gloria —masculló, entre dientes—. Tu actitud te delata.
—¿Qué
actitud?
—Solo hay
que ver esos abrazos y cómo le miras, cómo le tratas… “Toma, Carlos, estas
magdalenitas las he hecho para ti” —puso voz de niña tonta—. “Que sé que te
gustan mucho”. “¿Se te ha quedado fría la comidita, Carlos? ¿Quieres que te la
caliente un poco más?” “No, no, no te levantes. Ya quito yo la mesa”. Eso sí,
si la quitaba yo, no decías ni pío. ¡Ni pío!
¿Ella
recoger la mesa? ¿Desde cuándo? Mi prima continuó:
—¡Siempre
estás igual con él! ¡Joder! ¿Qué te crees? ¿Qué no me he dado cuenta?
—No,
Mamen, yo…
—Mira,
bonita… bueno, lo de bonita es un decir. Has adelgazado para gustarle a él. ¡Es
más que evidente! Toda la vida hecha un botijo, y de repente, la mosquita
muerta se pone a régimen. ¡Venga ya!
—No,
Mamen….
—Pero
¿sabes qué? No te servirá de nada. ¿Me oyes? ¡De nada! ¡Él jamás se fijará en
ti! ¡Nunca has valido nada y sigues sin valer nada! ¿Me entiendes? ¡Nada!
—atronó el teléfono otra vez—. Le conozco bien y sé lo que le gusta. Él se iría
con una vieja antes que contigo. ¿Te queda claro, Gloria?
Me quedé
perpleja ante semejante perorata, y me defendí como pude:
—Mamen,
yo no adelgacé para seducir a tu marido. ¡Yo ya estaba así desde antes de que
vinierais! ¿Acaso no te acuerdas? Aquel domingo, cuando llegasteis desde
Villanueva. ¿Es que no te fijaste?
No. No me
extraña que no lo hiciera. Para ella siempre fui un mero trozo de carne informe
y nunca le importó si el trozo era más grande o más pequeño.
—Mientes,
Gloria. Vas a tener que ir a confesarte con tu querido cura —se mofó—. Debe ser
el único hombre que te hace algo de caso.
—Fue a
raíz de lo del cáncer —seguí, haciendo caso omiso de su burla—. ¡Te lo dije! Me
hice vegetariana, comencé a correr... ¿Es que no lo recuerdas? No ha sido cosa
de ahora...
Se quedó
callada. Le acababa de refrescar la memoria. Aunque sí que es cierto que desde
que llegaron ellos adelgacé todavía más, por todos los kilómetros extra que
corría en mi desesperación.
—Me da
igual —replicó, furiosa—. Sé que Carlos te gusta. ¡Siempre te gustó!
—No.
Mamen, yo…
—¿Acaso
lo niegas? ¿Eh? No puedo creerlo… —se ofuscó— ¡Júramelo por la memoria de tu
madre!
¡Júramelo!
¡Júrame que no tienes ningún interés en él!
Ahí quien
se quedó callada fui yo.
—Pues,
muy bien. Te lo regalo. Ahora es todo tuyo. A ver si consigues conquistarle con
esa cara de mona arrugada que se te ha quedado.
Suspiré.
Desde luego, ese varapalo no me lo esperaba. Tras unos segundos de tenso
silencio, le pregunté:
—¿Vas a
volver?
—¿Quién
quiere saberlo? ¿Tú o él?
—Lo digo,
porque te has dejado aquí algunas cosas. Además, han llegado algunos paquetes
de cosméticos que pediste por correo y…
—Ya
enviaré a alguien a recogerlo.
—¿Cuándo?
—Pronto.
Tendréis noticias mías… pronto.
Mano
sobre mano
Si un
hombre pone los cuernos a su mujer y después la abandona, a buen seguro que
ella habrá estado narrándole a su mejor amiga todos los detalles de esa
situación desde el primer minuto, y desde la primera sospecha. Las dos habrían
estado horas y horas hablando por teléfono si no vivían cerca, y la amiga
habría consolado hábilmente a la mujer abandonada con todo tipo de consignas:
"todos los hombres son iguales", "tú vales mucho más que
él", "ningún hombre se merece una sola lágrima de una mujer", y
cosas por el estilo.
Pero los
hombres no actúan de la misma manera. En el caso contrario, es decir, en el
caso de que el hombre sea el agraviado, las cosas funcionan de forma distinta.
Ellos se lo callan, no dicen nada a nadie, quizás por vergüenza, y lo llevan
todo en su interior, digiriéndolo como pueden y sopesando cuál serían los pasos
a seguir, las decisiones a tomar, o cómo seguir adelante a partir de ese
momento. Todo en soledad y sufriendo interiormente, y más en el caso de Carlos,
un hombre reservado y taciturno por naturaleza.
Pensándolo
bien, ese carácter suyo fue la causa principal por la que su mujer lo abandonó.
Un hombre callado, de pocas palabras, nada divertido. La antítesis de lo que
busca una mujer de hoy.
Aunque,
en el fondo, eso era solo apariencia. La cuestión es que no sintonizaba bien
con mi prima, quien no sabía pulsar la tecla adecuada, como se suele decir. De
hecho, ahora que me pongo a pensar, no recuerdo haber visto a Carlos reírse
nunca con Mamen, ni siquiera al principio de salir juntos. Sin embargo, conmigo
sí que se reía, y mucho. Nos reíamos cuando veíamos series que nos gustaban a
los dos, cuando veíamos películas españolas de los años 60, o cuando, jugando
al parchís, me comía dos fichas seguidas en una misma jugada. Me llegó a
confesar que con ella era imposible reírse, pues no tenían los mismos gustos, y
además, Mamen tenía muy mal perder.
El caso
es que, tras referirle sucintamente mi última conversación con ella, él siguió
unos cuantos días conmocionado, como no podía ser de otra manera. Yo le notaba
tenso, como si tuviera una intensa lucha interior para decidir qué era lo que
iba a hacer a partir de entonces.
Yo por mi
parte me mostraba cercana, amigable, comprensiva, como si fuera una madre que
estuviera esperando que su hijo le contara un problema gordo que ella sabía que
tenía. Porque yo también tenía un intenso debate interior, como ya se pueden
ustedes imaginar.
Mi
corazón me decía a gritos que me acercara más. Que fuera algo más que cariñosa
con él, que fuera a la peluquería, que me maquillara, que me mostrara
atractiva, que me pusiera ropa ajustada —mi cuerpo ya no era el de antes,
después de todo lo que había adelgazado, y ahora podía lucirlo, aunque sin
llegar, ni de lejos, a tener la figura de mi prima—. Porque, al fin y al cabo,
un clavo saca a otro clavo, como se suele decir, y yo podría ser ese medio por
el cual Carlos pudiera saliera del atolladero en el que se encontraba.
Pero, por
otra parte, mi timidez y mi carácter timorato de mujer cohibida y estrecha, que
es lo que he sido siempre, —sí, estrecha, no me duelen prendas en decirlo—, me
retraía de tal manera, que cualquier intento de acercamiento se frustraba
incluso antes de empezar, y me quedaba paralizada cuando tenía que hablar o
actuar, como si fuera un pasmarote insulso.
Eso fue
lo que pasó una noche, creo que dos o tres días después de la llamada de Mamen.
Habíamos
terminado de cenar, y mientras yo recogía la mesa, él había comenzado a limpiar
la vitrocerámica. Pero yo sabía que estaba muy atareado, pues como jefe de
contabilidad tenía que revisar las cuentas de la empresa con motivo del cierre
de la operación comercial que antes mencioné. Llevaba varios días trayéndose el
trabajo a casa, pues la falta de personal le obligaba a hacer las tareas de
varios empleados.
Entonces
yo quise impedir que perdiera el tiempo con las tareas domésticas, y le sujeté
la mano para que dejara de limpiar aquello.
—No,
deja, ya lo haré yo —le dije.
Pero, no
sé por qué, mi mano se quedó posada sobre la suya, y entonces, los dos nos
miramos. Su mano sobre la bayeta, la mía sobre la suya y nuestros ojos
mirándose intensamente.
Mi
corazón comenzó a latir deprisa, muy deprisa, tanto, que me parecía que se me
iba a salir por la boca de lo nerviosa que estaba.
En ese
momento, desfallecí. La intensa emoción, el pudor o el miedo pudieron conmigo…
y retiré la mano, apartando mi mirada de la suya y clavándola en el suelo.
Pero
enseguida me arrepentí. “¡Tonta! ¡Tonta! ¡Tonta!”, me dije a mí misma, una y
otra vez. ¡Cómo fui tan tonta! Porque yo creo que él hubiera estado dispuesto a
algo más. Si yo me hubiera acercado... Si yo le hubiera acariciado la mano o el
brazo... Si le hubiera ofrecido mi boca... Él me habría besado sin lugar a
dudas.
¿O tal
vez no? ¿O tal vez esa supuesta predisposición suya no era tal? ¿O quizá todo
fueron imaginaciones mías, derivadas del ansia que tenía de estar con él?
Sea como
fuere, la situación no podía seguir así. Yo no dormía, yo no comía, yo no me
concentraba en el trabajo… ¡Yo no vivía en mí! Por las tardes corría y corría,
a la desesperada, haciendo más kilómetros que nunca, intentando apagar el fuego
que me consumía. Pero todo era inútil. Por las noches, a pesar de estar muerta
de cansancio, seguía durmiendo fatal, cavilando y pensando qué debía hacer.
Me
debatía en un mar de dudas y de temores, y tenía pesadillas en las que veía a
Mamen apareciendo por la puerta, llegando de la academia como un día
cualquiera, mientras que Carlos la abrazaba, se besaban y después hacían el
amor.
Y es que
yo creo que eso era lo que él esperaba que ocurriera. Él tenía la esperanza de
que un día Mamen aparecería por nuestra casa y le dijera algo así como
“perdóname, cariño. Ha sido solo un desliz; no volverá a ocurrir”.
Sin
embargo, lo que apareció por la puerta poco después no fue eso, sino una
demanda de divorcio en toda regla.
La leímos
prácticamente juntos, pues el cartero me la dejó a mí, y él me pasó el
documento tras hacer una primera lectura rápida. Yo no sabía qué decir, y él,
para mi sorpresa, tampoco dijo nada. Simplemente, se marchó a su habitación y
permaneció allí, en silencio, hasta que después de un buen rato yo toqué con
los nudillos en la puerta, y dije:
—Carlos,
ya tengo la cena preparada. ¿Quieres que cenemos?
—¿Carlos?
—insistí, tras unos segundos.
—No,
gracias, Gloria. No tengo apetito. Cena tú sola.
Mallas
negras y top fucsia
Normalmente,
me levantaba a las seis de la mañana para salir de casa a las siete y poder
estar a las ocho en el trabajo, que era la hora de entrada. Carlos hacía esa
misma rutina una hora más tarde, pues él entraba a las nueve. Tan solo nos
veíamos unos minutos, o ni siquiera eso, pues cuando yo salía de casa, era
cuando él se levantaba.
Había
pasado casi una semana desde que recibimos aquella carta, y un día yo no me fui
a trabajar, pues tenía lo que en el argot se llama un día "moscoso",
es decir, aquellos que nos daban en el Ministerio para realizar gestiones
particulares que no son estrictamente vacaciones.
Había
pedido cita para renovar el carnet de identidad y me la habían dado a las once.
Podía haber elegido también la tarde, pero no quería dejar solo a Carlos,
después de lo que había ocurrido. Tenía que estar allí con él, para lo que me
pudiera necesitar.
El caso
es que, a pesar de que ese día no tenía por qué madrugar, a las siete ya estaba
despierta y me decidí a levantarme. En realidad, me había despertado mucho
antes, pues desde que llegó aquella carta de divorcio, yo creo que ni él ni yo
dormíamos mucho.
Mi debate
interior ya no trataba sobre si debía o no debía acercarme a él, pues ahora
Carlos era libre. ¡Sí, ya estaba libre! Estaba libre y yo no tenía por qué
tener remordimientos si me acercaba, pues Mamen ya no era su mujer. Era lo
bueno de haberse casado “por lo civil”. De haberlo hecho por la Iglesia, él
seguiría casado a los ojos de Dios, y eso probablemente hubiera supuesto un
freno para mí.
Pero el
problema es que yo no sabía cómo acercarme. Cómo declararle mi amor a un hombre
que, aunque nos habíamos conocido tan de cerca, nunca hizo ningún gesto por
considerarme algo más que una buena amiga.
Ahora, el
debate interior consistía en decidir qué hacer. Si debía de ir por fin a la
peluquería y arreglarme, si debía esperar algo más para que él terminara “su
duelo” …o quizás cualquier tipo de espera podría ser un gran error porque él
podría buscarse otra mujer. Como les he dicho, me debatía en dudas y más dudas,
sin saber qué hacer, y rogaba a Dios para que esto se solucionara de la mejor
manera posible para los dos.
Como
tenía que ir a lo del carnet a las once, no me quedaba más remedio que irme a
correr antes, si no quería perder mi rutina de ejercicio. A Carlos le oí hacer
algo de ruido en su habitación, y, como tenía la puerta cerrada, no me atreví a
entrar para darle los buenos días. Intenté esperar a que saliera, pues eran ya
casi las ocho, la hora en la que él solía irse para la oficina.
Estuve
esperando un rato ya vestida con mi atuendo de correr —mallas negras y un top
deportivo de tirantes de color fucsia—, pero como no terminaba de salir, me
recogí el pelo con la goma para hacerme una coleta y me dirigí hacia la calle.
Debía apresurarme si quería hacer mi recorrido habitual para que después me
diera tiempo a llegar, ducharme, e ir hacia la oficina del carnet.
Carlos no
quería comer en la empresa para ahorrarse el dinero del almuerzo, y yo le solía
preparar con todo mi amor una tartera de arroz con carne o de pollo con
patatas, que era su plato preferido. Pero ese día, cuando volví de correr, me
encontré con que la bolsa de la comida estaba todavía en la cocina, y lo que es
peor, él salía de su habitación portando una maleta.
—Hoy no
voy a ir a la oficina, Gloria. He pedido que me den el día libre, por la
mudanza —me dijo, con gesto triste.
La verdad
es que, tras recibir la demanda de divorcio, apenas nos habíamos hablado. Él no
se encontraba bien, pues fue la constatación definitiva de lo que ya sabíamos,
es decir, que Mamen lo había dejado, y yo preferí respetar su silencio. Por
tanto, ni él sabía que yo tenía el día libre, ni yo que lo tenía él.
—¿Qué
mudanza? —repliqué, alarmada.
—Me
marcho, Gloria. Creo que es lo mejor. Ahora que Mamen ya no está, tendré menos
gastos y podré pagarme una pensión.
En ese
momento lo vi todo perdido. Si se marchaba, probablemente no volvería a saber
nada más de él, pues yo sería parte de una vida anterior que preferiría
olvidar.
Un miedo
tremendo se apoderó de mí. Una angustia indescriptible, un horror al vacío que
sería quedarme otra vez sola, a quedarme sin él, al hecho de venir del trabajo
y no encontrarme allí con Carlos, a decir adiós para siempre a la posibilidad
de estar con el hombre de mi vida, al que llegué a amar con todas mis fuerzas,
con locura y con pasión, aun sin habernos hecho ni siquiera una caricia.
Entonces
me armé de valor y me acerqué a él, y venciendo mi natural timidez, mi pudor y
todos mis miedos, lo rodeé con mis brazos por la cintura, y le dije:
—No te
vayas, Carlos. ¡Quédate conmigo! Yo te daré todos esos hijos que tanto deseas.
¡Todos los que tú quieras!
Él se
quedó parado. Ciertamente no se lo esperaba, aunque tampoco se separó de mí. Me
puse de puntillas, entorné los ojos, acerqué mi boca a la suya todo lo que
pude, y añadí:
—Creo que
podré estar a la altura de un hombre como tú, si tú quisieras... —le susurré,
embelesada de amor.
Él clavó
su mirada en la mía y me sonrió. Sus ojos verdes atravesaron mi pupila castaña
y pude sentir cómo las dos almas se conectaban intercambiando mensajes de
ternura. Yo cerré los ojos, y en ese momento sucedió el milagro… y nos besamos
apasionadamente.
—¡Oh!
¡Amor mío! —suspiré, y lo abracé con todas mis fuerzas, llorando de alegría—.
¡Cuánto he deseado que llegara este momento!
Cataratas
de arroz
Recuerdo
todos los detalles de aquella boda como si la estuviera viendo ahora mismo
delante de mis ojos. En el que fue el día más feliz de mi vida, yo no quise
vestirme a la manera como lo hicieron Carolina, mi cuñada, o Mamen, antes que
yo. En lugar de un caro vestido de bordados y larga cola, que no cuadraba nada
con mi personalidad, el mío fue un sencillo traje de falda y chaqueta de color
crema con una rosa roja en la solapa, unos zapatos de tacón del mismo color, y
un broche de oro que había sido de mi madre y que sujetaba el tocado que los
peluqueros me hicieron esa mañana.
Me casé
por la Iglesia, como no podía ser de otra manera, y no en aquel dichoso lugar
de bodas civiles. Entre otras cosas, porque ya lo habían cerrado por falta de
uso, pues cada vez se casaba menos gente. De hecho, cuando acudimos a don
Guillermo para solicitar la fecha, nos dijo, “pues, si queréis, este mismo
sábado”.
No fue
tan pronto porque mi hermano tenía que solicitar permiso en su trabajo, y era
muy precipitado.
Pero no
fue mucho más tarde. Tan pronto como terminó nuestro noviazgo, nos casamos.
Y sí,
hubo noviazgo. Carlos y yo fuimos novios durante un mes aproximadamente, e
hicimos lo que hacen los novios, es decir, vernos por las tardes, hablar por
teléfono, pasear… muchos besos y abrazos… y nada más. Yo tenía mucha ilusión en
tener una noche de bodas a la antigua usanza, y Carlos estuvo de acuerdo.
Facilitó
mucho las cosas el hecho de que, durante ese tiempo, él se fuera a vivir a la
pensión que había reservado. Le habían hecho un precio muy bueno porque pagó un
mes por adelantado —sin derecho a reembolso—, y gracias a eso las cosas no
fueron “a mayores”. No sé si hubiera podido contenerme, de haber vivido los dos
bajo el mismo techo.
También
aprovechamos para hacer algunas reformas en la casa. Lo primero que salió por
la puerta fue el famoso colchón que ustedes ya conocen, y además, cambiamos la
habitación grande de arriba a abajo.
Había
dormido poco, por no decir, nada, la noche anterior. Sin embargo, esa mañana
amanecí muy serena, y quería estarlo para grabar en mi memora todos los
detalles de un día tan especial que recordaría durante toda mi vida.
Los
invitados fueron pocos; solo la gente más cercana. Por mi parte, asistieron mi
hermano y mi cuñada, y mi jefe del Ministerio con su mujer. Por parte de
Carlos, sus padres y un par de tíos, además de unos cuantos compañeros de
trabajo.
José y
Carolina llegaron el viernes por la tarde. Habían traído su propio vehículo,
que era bueno y caro, y que serviría como coche nupcial. Los alojé en la
habitación que ya estaba preparada para Carlos y para mí, y de esa manera Mamen
no sería la última mujer que habría dormido en ese cuarto. La verdad es que su
presencia sirvió para contener los nervios que yo tenía en ese día, y me
hicieron un gran servicio hasta que a las seis de la tarde de un caluroso día
de septiembre, llegó el momento cumbre de mi existencia.
El coche
de mi hermano aparcó junto a la entrada de la iglesia. José lo detuvo y salió
del vehículo para abrirme la puerta, mientras que su mujer salía por el lado
opuesto para montarse en el asiento del conductor y llevárselo para aparcarlo.
Porque mi hermano era el padrino, y debía de acompañarme subiendo las escaleras
que llegaban hasta el atrio de la iglesia, y lógicamente, debía permanecer a mi
derecha durante toda la ceremonia.
Mientras
subía aquellos peldaños, mi corazón palpitaba con una mezcla de emoción y
nerviosismo. El mundo parecía detenerse y el bullicio a mi alrededor se
desvanecía. Solo podía escuchar el latido de mi corazón, fuerte y constante,
que era un recordatorio de lo que estaba por venir. Respiré hondo, no fuera a
ser que me desmayara en ese momento, en un instante en el que todos los ojos se
clavaban en mí.
Porque
ese momento era mi momento, algo que yo jamás había experimentado. Nunca había
sido el centro de la atención de nadie, excepto ese día. Cada instante de aquel
trayecto hacia el altar se quedó grabado en mi memoria, como una serie de
fotografías que jamás se desvanecerían.
Arriba de
la escalinata estaba Carlos, junto a su madre, que iba a ser la madrina. Una
mujer ya mayor, pero con una sonrisa amable. Me pareció que me miraba de una
forma mucho más afectiva de como miró a mi prima, diez años atrás.
El traje
del novio era también sencillo; nada de chaqué, frac o similar. Un corriente
traje de chaqueta de color gris marengo que contrastaba con el brillo de una
camisa de seda blanca y una corbata fucsia, mi color preferido.
Mis ojos
se encontraron con sus dos esmeraldas y nos miramos de forma intensa durante
unos instantes, de una forma muy similar a como lo hicimos el día en que nos
besamos por primera vez. Yo llevaba ese día el color fucsia en mi ropa de
correr, y el día de nuestra boda lo llevaba él en su corbata, como si fuera un
guiño a aquel momento tan especial en el que nos prometimos amor eterno. Y como
en aquella ocasión, también en ese momento cerré los ojos para que me besara la
boca, un instante en el que el mundo se volvió a detener. Cuando este reanudó
su marcha alrededor del sol, Carlos y yo nos agarramos del brazo e iniciamos el
camino hacia el altar flanqueados por los padrinos.
Don
Guillermo nos esperaba allí, en esa pose suya tan característica que consistía
en tener una pierna más adelantada que la otra, con la cabeza levantada y las
manos juntas sobre el regazo.
Un rayo
de luz dorada se filtraba a través de la vidriera que coronaba la puerta
principal, tiñendo de color el pasillo de la iglesia como si el cielo mismo
estuviera bendiciendo nuestro amor. Mis ojos lo recorrieron a lo largo, donde
los bancos de madera oscura estaban decorados con delicados arreglos florales
de lirios y rosas blancas que mis amigas del grupo de oración habían insistido
en colocar, a pesar de mis negativas. “Gloria, para una vez que se casa
alguien, deja que nos demos el gusto de poner bonita la iglesia”.
Todas
ellas me felicitaron y me besaron, llenándose de asombro al ver a mi novio.
Probablemente esperaban a algún tipo del Ministerio, bajito y rechoncho y con
gafas de culo de vaso… Pero no les culpo. Yo también pensé en alguna ocasión
que, de casarme, lo haría con alguien así.
Tras una
ceremonia muy emocionante que no les voy a narrar para no aburrirles demasiado,
terminó la celebración y nos dispusimos a salir para recibir sobre nuestras
cabezas los pertinentes granos de arroz cuyo lanzamiento había organizado mi
cuñada, y que ya no se veían ni por asomo. Es curioso que yo, de pequeña,
cuando mi madre me llevaba a misa, los veía a menudo en la puerta de la iglesia
de Entrerríos, como signo de que la tarde anterior había habido una boda. Unos
granos que, paulatinamente, dejé de ver hasta que prácticamente desaparecieron.
En todas
las bodas hay una anécdota, y en la mía no podía faltar una. Ahora les voy a
contar la que yo creo que fue la parte más rocambolesca de lo que sucedió ese
día.
La había
visto fugazmente durante la ceremonia, al final de la iglesia, en una de las
pocas ocasiones en las que me volví mientras don Guillermo hacía su trabajo.
Pero me dije: “no puede ser”, y me olvidé. De nuevo, cuando la catarata de
arroz se cernía sobre nuestras cabezas, creí verla de nuevo, pero con todo lo
que se nos venía encima —nunca mejor dicho—, no pude volver a mirar para
asegurarme o no si era ella. Hasta que, un poco después, cuando ya terminaba la
fila de gente que nos felicitaba, la vi de nuevo, detrás de dos personas.
Era la
Mari.
No me
explico quién pudo contarle que me casaba y cómo averiguó dónde era, pero ya
saben ustedes que esta mujer es extremadamente lista. ¡Qué gran tesoro se
pierden los servicios de inteligencia de las naciones! Tuvo que ser
forzosamente a través de los padres de Carlos, quienes quizá tenían una vecina
que
conocía a una amiga de la prima de una cuñada de la hermana de una sobrina de
la Mari… o algo parecido. En cualquier caso, un acontecimiento como mi boda
tenía que ser visto con sus propios ojos, y no podía conformarse con que se lo
contara alguien.
Allí
estaba, mirándonos de arriba a abajo con sus ojos vidriosos, escaneando
profusamente todos los detalles de mi vestido y de mi cara, y la de Carlos,
claro.
La mujer
había dejado su uniforme en casa y, como buena espía, para pasar más
desapercibida se había vestido “de civil”, esto es, de incógnito. Llevaba un
sencillo vestido de color azul marino, unos zapatos negros, y se había lavado
el pelo quitándose el moño para transformar su cabello en una melena corta.
Pero yo
la identifiqué enseguida, claro, y cuando pasamos por su lado, aparté a un par
de personas que la ocultaban, me dirigí a ella y le dije:
—Hola,
Mari. Si hubiera sabido que venías, te hubiera reservado un cubierto en el
restaurante.
La mujer
se quedó patidifusa, pues no esperaba ni remotamente que me dirigiera a ella.
Comenzó a tartamudear:
—Eh…
pues… yo…
—Pero no
te preocupes —le agarré de la mano—. Seguro que nos pueden hacer algún hueco.
Siempre hay gente que falla a última hora.
—¡Ay,
hija! ¡No esperaba yo menos de ti! ¡Con lo buena que tú eres! —exclamó,
cambiando rápidamente sus facciones. Me la acababa de ganar para mi causa.
—¡Oye! ¡Estás guapísima! —siguió —. Me habían dicho que habías adelgazado,
pero… ¡es que pareces una sirena!
Yo me
reí. Esta Mari, tan falsa como siempre, me dije. Pero la verdad es que la mujer
se portó muy bien. Cuando llegamos a casa aquella noche me encontré en la
puerta un estupendo ramo de flores que encargó —quizá sobre la marcha—, con una
nota que decía: “para mi vecinita querida. Que seas la mujer más feliz del
mundo. ¡Te lo mereces!”
Porque
efectivamente, siempre hay gente que falla a última hora, y eso fue lo que
ocurrió con un compañero del Ministerio. Era un ordenanza ya mayor al que sus
achaques le impidieron asistir.
Así que
senté a la Mari junto a mi jefe y su mujer, y la verdad es que fue todo un
acierto a juzgar por las risas —a carcajadas—, que pude oír saliendo de aquella
mesa. Mi exvecina solía ser muy ocurrente cuando quería.
Después
de cenar llegó el baile, que tuvo lugar en un pequeño apartado del restaurante.
A modo de pista, habían acondicionado un pequeño rincón en la terraza al que
añadieron unos altavoces, y allí nos divertimos todos, cantando, riendo y
bailando hasta bien entrada la madrugada. Hasta la Mari bailó un pasodoble con
Carlos, y los dos se rieron mucho.
Cuando ya
terminó todo y los invitados comenzaban a marcharse, nos despedimos de ella.
—¿Tienes
dónde quedarte esta noche? —le pregunté.
—Sí, he
llamado a mi sobrina, la de la Moraleja, para que venga a recogerme. Pasaré la
noche con ella, y mañana saldré pa’l pueblo. Por cierto, Gloria, no te olvides
de llamarme para el bautizo.
—¿Qué
bautizo?
—¡Pues
cuál va a ser! ¡El de tu hija!
—¿Qué?
—me quedé ojiplática.
—El año
que viene, por estas fechas, tendrás una preciosa niña con ojos verdes. ¡Ya lo
verás!
Carlos
soltó una carcajada, y añadió:
—Señora,
si eso es así, tenga por seguro que la llamaremos María.
Yo puse
cara de circunstancia, y la Mari, cómo no, me lo notó. Se dirigió a mí y me
dijo:
—Claro,
tú pensabas llamarla Gloria, ¿verdad?
—Bueno
—terció Carlos—, también podríamos llamarla María Gloria, ¿verdad, cariño? —me
achuchó, y yo sonreí. Desde luego, con las ganas que tenía de ser padre, no le
hubiera importado llamarla Segismunda, si le garantizaban que nacería dentro de
un año.
—Primero
me tengo que quedar embarazada, Mari. A ver si tengo suerte y no me pasa como a
las mujeres de mi familia, que es algo que les cuesta.
—¡Ah! ¡Tú
no vas a ser así! Eso, tenlo por seguro, que yo entiendo de estas cosas. Antes
de que acabe el año, tú estás preñaá —sentenció, y luego se dio la vuelta. Un
fabuloso coche de alta gama acababa de llegar.
—Mira, ya
viene la Ofi.
La Ofi,
resultó ser Ofelia, su sobrina, una chica de mi edad a la que yo veía algunas
veces de niña, y con la que jugábamos Mamen y yo. La Mari siempre hablaba de
ella, diciendo que había “cazado” a un rico, que era un “jefazo” en una gran
empresa. La verdad, yo nunca hice caso de esos chismes, y no seguía mucho el
devenir de mi antigua amiga. Sí que es cierto que la chica había estudiado una
carrera, pues sus padres, a diferencia de los míos, tenían “posibles”.
El caso
es que, cuando la vi salir del coche, la recordé plenamente. Era una mujer
exquisitamente vestida y peinada, que al parecer venía de una cena de empresa
con su marido, y que me reconoció enseguida:
—¡Gloria!
¡Qué alegría volver a verte!
—¡Ofelia!
¡Yo también me alegro mucho!
—Oye,
¡Enhorabuena!
Nos dimos
besos y abrazos, y después salió su esposo, procediendo con las presentaciones.
—Este es
Carlos, mi marido. Ya puedo decir que lo es. —Encantada. Oye —me susurró, en el
oído—. ¡Qué guapo es! Yo sonreí y bajé los ojos, y después me presentó al suyo.
—Este es Alberto. Es jefe de ventas en Santex.
—¿En
Santex? —preguntó Carlos—. ¿La multinacional petroquímica?
—Sí
—afirmó—. ¿Nos conoces?
—¡Claro!
Yo soy jefe de contabilidad en Almirex. —¡Anda! ¿No teníais vosotros una
división de fertilizantes?
—Sí, la
teníamos. Pero dejamos el negocio cuando empezó la crisis.
—¡Vaya!
Una pena. Y, ¿no pensáis retomar ese asunto?
—Pues,
ahora precisamente, como las cosas van mejorando, hay un proyecto para comenzar
con eso otra vez. Al fin y al cabo, seguimos teniendo el conocimiento y muchos
clientes ya nos lo vuelven a pedir.
—Pues, te
voy a dejar una tarjeta —se sacó una del bolsillo—, y cuando vengáis de la luna
de miel, me llamas. Quizá podamos hacer negocios juntos. Por cierto, ¿dónde
vais a viajar?
—A
Tenerife —dije yo.
—¿Tan
cerca? —preguntó Ofelia.
—Sí.
Carlos ha estado ya por allí, pero yo no conozco las islas Canarias. Y teniendo
un paraíso como ese tan cerca, ¿para qué irse más lejos?
—Pues
hacéis muy bien —dijo Alberto—. No hace falta irse al otro extremo del mundo.
¿Verdad?
—Así es
—contestó mi marido—. Yo ya he viajado mucho en mi vida anterior, y ahora lo
que me apetece es estar cerca de casa.
—¡Ah! La
vida hogareña. En Santex tengo que viajar por trabajo casi todos los días. ¡No
sabes lo que envidio a los que estáis siempre en el mismo sitio!
Los
cuatro nos reímos y Carlos siguió hablando con Alberto sobre cuestiones de las
industrias químicas, mientras yo recordaba viejos tiempos con Ofelia. Tras unos
minutos más, esta última dijo:
—Oye,
¿dónde está mi tía?
La
verdad, la mujer había desaparecido de nuestra vista, y fue Alberto quién la
encontró. Señaló hacia el interior de su coche, y allí estaba la Mari, sentada
en el asiento de atrás, roncando portentosamente.
Nos
volvimos a reír. Demasiado ajetreo para una mujer que, aunque parecía
incansable, ya pasaba de los setenta años.
La Mari
estaba cansada y la verdad es que yo también lo estaba. Con los nervios, no
había dormido nada la noche anterior, y supuestamente tampoco lo iba a hacer
aquella.
Y así
fue. Cuando llegamos a nuestra casa, Carlos me elevó sobre suelo tomándome en
sus brazos y me llevó al dormitorio. En ese momento me acordé de Pedro, el
muchacho con quién tuve mi primera experiencia sexual muchos años atrás. Esta
desde luego iba a ser la segunda.
Como
aquella vez, también estaba yo muy nerviosa, aunque eran otro tipo de nervios.
Ahora, estaba segura de que esta ocasión no iba a ser como aquella, y no me
equivoqué. Esas horas que restaban hasta el amanecer fui la mujer más dichosa
que hubo esa noche sobre la faz de la tierra.
Epílogo
Mañana
cumpliré 60 años, y justo ahora acabo de terminar este libro. El gran amor de
mi vida sigue conmigo, y me ha dado —y yo le he dado a él— cuatro preciosos
hijos: dos chicas y dos chicos. La mayor, María Gloria, ya vive fuera, pero me
llama todos los días. Otro también se ha casado, aunque vive al lado nuestro,
mientras que los demás están todavía con nosotros obsequiándonos con su
compañía. ¡Ah, y la de mis nietos! ¡Que ya tengo dos!
Prolongué
la lactancia de mis hijos todo lo que pude hasta que mis pechos ya no dieron
más de sí. Y no sé si será por eso, pero el caso es que, todavía —toco madera—,
no me ha visitado el temido cáncer.
Muchas
veces pienso que todos aquellos años de tristezas y soledades merecieron la
pena, aunque solo fuera porque después llegó una época esplendorosa en la que
fui la mujer más feliz de la tierra.
Ciertamente
que fue providencial que La Mari asistiera a aquella boda. Gracias a su
sobrina, y al marido de esta, la empresa de Carlos pudo firmar un importante
contrato con Santex que los llevó a multiplicar por diez las ventas que tenían
antes. Con el tiempo, las dos empresas se fusionaron y Carlos llegó a ser
nombrado director de finanzas de aquella importante multinacional.
Ganó
tanto dinero, que nos pudimos comprar una fabulosa casa en la Moraleja, el
mejor barrio de Madrid, al lado de Ofelia y de su marido, de quienes llegamos a
ser grandes amigos. Hasta que trasladaron a Alberto para darle un importante
cargo en la sede central que tenía esta empresa en Estados Unidos, y nos
volvimos a quedar solos de nuevo.
Pero no
fue mayor problema. Para entonces, ya habían nacido nuestros cuatro hijos, y
como yo había pedido excedencia en el Ministerio, me dediqué a su crianza en
cuerpo y alma. Bueno, a su crianza, y a gozar de Carlos, ¡cómo no! ¡Fuimos los
esposos más felices del mundo!
Este
Carlos… con los años se ha vuelto un poco pícaro, y suele bromear con mis
yernos y nueras diciendo que hubo una época en la que convivió con dos mujeres:
con una se lo pasaba bien por el día, y con la otra por la noche. ¡Y es cierto!
La verdad es que no guardamos ningún rencor a Mamen, pues gracias a ella hemos
podido estar juntos. Si ella no hubiera existido, ni él se hubiera fijado en mí
en la boda de mi hermano José, ni yo me hubiera acercado aquel día. No lo
hubiera vuelto a ver más, y ahora no estaríamos gozando de esta felicidad.
La Mari
murió poco después de nuestra boda, a resultas de una indigestión. La mujer
tenía otro vicio muy pernicioso —además del cotilleo—, que era el de
atiborrarse compulsivamente de pasteles. Llegó a ser tan adicta, que
prácticamente no comía otra cosa, y claro, le pasó factura.
En cuanto
a mi prima, no volvimos a saber más de ella, aunque algunos rumores nos
llegaban de sus andanzas. Rumores que apuntaban a que se fue a vivir al
extranjero, que pasaba de mano en mano como la falsa moneda, que jamás llegó a
trabajar de teleoperadora, y que su profesor tan solo fue uno más de los muchos
que estuvieron con ella. Todo hasta que, al llegarle la menopausia, su cuerpo,
que era su principal activo, se deformó, y ya nadie se fijó en ella.
Y sin
embargo, eso no fue lo peor que le pasó. Hace un mes por fin apareció… y se
acordó de mí. Me llamó desde México, el país en el que vive ahora, pues de allí
era su última pareja, quién la dejó hacía tiempo. Después de tantos años sin
saber nada, estuvimos conversando durante un buen rato. Al fin y al cabo, yo
soy de la poca familia que le queda, por no decir la única.
Parecía
la misma de siempre, y me habló como si nada hubiera ocurrido después de
veinticinco años. Como si Carlos jamás hubiera existido, y ella y yo
siguiéramos siendo las primas que siempre fuimos, viviendo una junto a la otra.
He de confesarles que esta fue la razón por la que me animé a escribir esta
historia; por todo lo que su llamada removió en mi interior al recordar los
tiempos de mi juventud.
Como
siempre, solo habló de sí misma, y apenas me escuchó cuando yo intenté contarle
algo sobre mis hijos o nietos —a Carlos, intenté no mencionarlo—.
Me
confirmó muchos de los rumores que corrían sobre ella. Me contó sus chismes, en
un tono desenfadado, como cuando me relataba sus andanzas con los chicos en el
instituto, o cuando me refería su parecer sobre los atributos masculinos
internos o externos de este u otro muchacho.
Sin
embargo, todo era pura apariencia y falsedad. Mi prima no es una persona que
cambie de actitud o de pensamientos —nunca lo fue—, y, a pesar de todos los
años transcurridos, seguía siendo la misma mujer a la que yo llegué a conocer
de una forma tan cercana.
Por eso,
detrás de aquellas palabras alegres se escondía claramente una profunda
tristeza. Una gran melancolía y una honda amargura derivadas de una situación
personal de soledad y abandono, pues, aunque no me lo dijo directamente —su
orgullo no se lo permitiría—, yo saqué en conclusión que está prácticamente en
la pobreza y que sobrevive miserablemente administrando los pocos ahorros que
le quedan de lo que le sacara a alguna de sus últimas parejas.
No fue
hasta el final de nuestra conversación cuando me contó la parte más
escalofriante de todo lo que estuvimos hablando. Ya a punto de colgar, casi de
pasada, me refirió que le habían diagnosticado un cáncer de mama…
La verdad
es que eso era algo que yo siempre pensé que le podría ocurrir. Al fin y al
cabo, compartimos una herencia genética similar, y en su caso, al tener los
pechos más grandes, eso le hace más propensa, pues hay más espacio donde el que
el cáncer puede proliferar.
Le deseo,
y así se lo dije, toda la suerte del mundo, y le ofrecí todo mi apoyo y que no
dudara en pedirme cualquier ayuda, incluso económica. Ruego a Dios que le ayude
a superarlo, igual que a mí me está ayudando a evitarlo.
Porque
ciertamente, desde ese día rezo mucho por ella. Debe ser muy duro pasar por una
cosa así sin tener el apoyo de una familia que te quiera, y eso es algo que yo
agradezco tener infinitamente.
Confío en
que lo supere, con la ayuda de Dios. Pero, aunque sea así, va a ser difícil que
cambie la situación personal tan trágica en la que está. Ahora que se vive casi
hasta los cien años, se pasará la mitad de su vida amargada y en soledad,
lamentando los errores cósmicos que cometió en el pasado.
Yo, en
cambio, nunca estaré sola. He construido una familia que me quiere junto al
mejor hombre del mundo, y al que sigo amando tanto como el primer día.
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Puedes
contactar con quien ha escrito esta novela escribiendo un correo a:
xanticore@live.com

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