© Libro N° 13002. Cokaine. Titus Six. Emancipación.
Septiembre 28 de 2024
Título original: ©
Titus Six. Cokaine
Versión
Original: © Cokaine. Titus
Six
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://freeditorial.com/es/books/cokaine
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del
texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
https://i.pinimg.com/originals/a5/e0/b8/a5e0b8af61bb9084c059c0f82986ddb3.jpg
Portada
E.O. de Imagen original:
https://freeditorial.com/es/books/cokaine/related-books
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Titus Six
COKAINE
Titus Six
Cokaine
EdiciónTítulooriginal:PDF:julio
kaine
(Creative Commons2024 Reconocimiento-No
Comercial-SinDerivadas 4.0 Internacional) , Titus Six
Ilustración2024 de cubierta:
(Creative Commons Reconocimiento-No Comercial-Sin Derivadas 4.0 Internacional)
2023, Albert Ibáñez
«El arte y nada más que el
arte —dice Nietzsche—. Tenemos el arte para no morir de la verdad», Albert
Camús (El mito de Sísifo, 1942).
Calor y dinero
En el transcurso de aquella
tarde, a mediados de julio de , la ciudad de Palo Largo claudicaba cocida bajo
el sol ígneo del Estado de Nuevo1974 México. Un averno ladino parecía campar a
sus anchas, decidido a oprimir sin contemplaciones los destinos minúsculos e
intrascendentes de los que permanecían al margen de la gracia divina. La crisis
del petróleo, iniciada el año anterior, había dejado a muchísimo personal de
patitas en la calle o con pagas miserables, ganadas hoy aquí y mañana allí.
Gran cantidad de los trabajadores ocupados tampoco albergaba mejores miras,
pues la coyuntura del momento tendía hacia un futuro cruel y desairado.
¿Alguien siquiera recordaba la
Guerra de Yom Kipur? Quizá sí, quizá no; el enfrentamiento árabe -israelí
ocurrió tan lejos y fue tan fugaz que pasó como una pulga que cambia de chucho.
Empero, el cataclismo vino a Occidente, cuando la Organización de Países Árabes
Exportadores de Petróleo resolvió cerrar el grifo a las naciones que apoyaron a
Israel durante la citada contienda. En este periodo, Estados Unidos consumía el
% de la energía mundial. Con el dólar devaluado por segunda vez, el fin del
crudo33 barato puso en jaque hasta la mismísima Bolsa de Nueva York, que perdió
una porción de su valor. Tras un invierno riguroso, en el que el frío condujo a
echar el pestillo a escuelas y oficinas de varios territorios, de cara a
economizar el combustible de las calderas, los precios disparados del verano
obligaban a la clase media a ceñirse otro orificio del cinturón.
Aun así, a las gentes humildes de
Palo Largo no les apetecía demasiado debatir acerca del funesto estrago, y en
bares y tabernas las charlas acostumbraban a girar alrededor de los asuntos de
siempre: deportes y mujeres. Resulta evidente que añadir alcohol barato a la
frivolidad consigue soslayar todo lo que el vulgo recela a voz callada. Para
colmo, esos ambientes viciados, sofocantes, pegajosos y malolientes, removidos
sin descanso a golpe de aspa, contribuían a escurrir mil y
un gaznates agotados.
Menos malper quese al norte de la
Catorce (referencia intacta desde los tiempos en que treinta viales
polvorientos tejían la urbe), justo antes del puente de la vía férrea, los
críos, ajenos y despreocupados, pateaban una pelota semideshinchada. Miguel, el
hijo del carnicero mexicano, ejercía de portero, mientras que Johnsey y Moses,
en un bando, y Blackey junto Carter, en el rival, sudaban la gota gorda
intentando marcarle un gol.
Un poco más abajo, a la sombra
del toldo del colmado, las niñas saltaban a la comba. Su cancioncilla decía:
«Miss Susie had a baby
His name was Tiny Tim
She put him in the bathtub
To see if he could swim.
He drank up all the water.
He ate up all the soap.
He tried to eat the bathtub ».
But it wouldn't go down his
throat (*)
(*) «La señorita Susie tuvo un bebé / Su nombre era Tiny Tim / Ella lo
puso en la bañera / Para ver si sabía nadar. // Bebió toda el agua. / Se comió
todo el jabón. / Trató de comerse la bañera / Pero no le cabía por la
garganta».
En cuanto Sally pisó la cuerda y
tuvo que cambiar a sostenerla, Samantha estalló a carcajada limpia. El eco de
esa risa burlona retumbaba de tal forma que algunos fisgones asomaron la nariz
a ver qué diablos sucedía. Cuentan las lenguas viperinas que, el día de ayer,
Sally obtuvo al fin un besito de Blackey, el Morenito, lo cual exasperó a una
Samantha enamoradísima del líder de los mocosos. En suma, este acontecimiento
redoblaba la antipatía ya existente entre las dos.
En la orilla contraria a la de
las muchachitas radicaban los célebres apartamentos Vista Alegre. Aunque, con
franqueza, cualquier perspectiva a partir del lugar no ofrecía excesivo
alborozo: montones de fachadas fuliginosas y desvencijadas, saturados hormigones
plomizos, rojos ladrillos carcomidos, aparte de las vallas publicitarias de los
tejados, descuidadas desde finales de los benditos y distantes años cincuenta,
formaban el conjunto del panorama.
Al descender la vista, sorprendía
lo sucia y agrietada que estaba la calzada, también el cúmulo de vehículos
estacionados a ambos lados. Muchos, en raras circunstancias cambiaban de sitio
debido a las restricciones que el gobierno había impuesto sobre la gasolina. El
paseo público, si bien lucía amplio, no alojaba un solo árbol ni vegetación de
ningún tipo. Encima, acá los residuos comenzaban a amontonarse: la reciente
huelga de basureros destacaba ídem al mirar que al respirar.
A diferencia del grueso de la
ciudadanía de a pie, las malas rachas económicas suelen favorecer a
contribuyentes específicos; este sería el caso del señor Jorguensen, dueño del
nombrado bloque de viviendas quien, de manera ininterrumpida, recibía arrendatarios
incapaces de , permitirse mejores alternativas. Benny llevaba varios meses de
inquilino del segundo piso y, fiel al hábito, andaba ebrio tan pronto como
erguía esa percha enclenque y desgarbada del lecho.
Instalado en la ventana, conforme
empinaba el codo y observaba el partidillo, pretendía ejercer las funciones
propias de un entrenador. ¡Qué pelma de tío! Los chavales hacían oídos sordos a
toda su sarta de descabelladas directrices, claro está. Borracho perdido e
ignorado cual pendejo descortés, de repente empezó a escupir insultos a Moses
cuando el rapaz, en un leve traspié, facilitó que Blackey anotara otro tanto.
A raíz del griterío, hizo acto de
presencia cierto sujeto en camiseta de tiras remendada y pantalón corto
deshilachado; sudoroso, desmelenado y robusto a semejanza del Sansón bíblico.
Moses lo llamó «papi». ¡Ahí va! El beodo, mutis, ahuecó el ala a la velocidad
del rayo.
Entretanto, pasito a pasito,
Miles deambulaba vía arriba. El pobre hombre arrastraba la pierna más de lo
habitual aquel día. Las mozuelas desasistieron la cuerda y corrieron a
recibirlo. No obstante, en contra de lo esperado, el anciano, cabizbajo, extrajo
los forros vacíos de los bolsillos —¡pensión roñosa!— y lamentó no disponer de
un triste caramelo. Así que mantuvo el lento avance sonriente, pero
maldiciéndose entre dientes por seguir todavía vivo y coleando.
Carl continuaba testarudo de
limpiabotas, sin apenas arrancarle un condenado dólar a la jornada. Y pese a
que vivía lejos, a menudo era el primer foráneo en retomar los quehaceres al
término del almuerzo. Eternamente ataviado con sugerentes pajaritas, además de
la sonrisa de oreja a oreja siempre fija en el rostro, el lustrador
afroamericano parecía inmune a los malos tiempos y a las altas temperaturas. De
bajada otorgó un saludo afectuoso a chiquillas y chiquillos, luego al viejo
Miles, y fue derecho a los bancos de la esquina oeste, confiado de que en breve
las cosas volverían a ir boyantes.
En el plazo de escasos minutos
surgió Benedict Wilson, amo y señor del
comercio alimentario. Personaje
de carácter quisquilloso, enseguida puso trabas a las jovencitas porque decía
que estorbaban frente a su preciado negocio. Después de entrar, volteó el
cartelito de la puerta a «Abierto», y siguió a paso ligero para desaparecer en
el almacén. A la esposa del tendero le pirraban las telenovelas y acudía un
poquito más tarde, de modo que él aprovechaba el lapso a fin de otorgarse unos
cuantos lingotazos a escondidillas. ¡Ay, si ella lo averiguara!
Saber despiezar un cerdo de forma
correcta no satisfacía ni de lejos las aspiraciones del jovencísimo Miguel. Sin
embargo, contra viento y marea, en casa lo obligaban a aprender la profesión.
Recién salido a la calle, el progenitor sostuvo un fuerte silbido, y a la
sometida criatura no le quedó otra que abandonar el juego. ¡Qué remedio! Benny,
de vuelta a la expectativa, quiso inmiscuirse —¡mira tú por dónde!— en temas
ajenos y maldijo los huesos del carnicero por secuestrar al atleta y reventarle
el pasatiempo. A la luz del rosario de agravios, el mexicano prefirió
escurrirse la nuca con un pañuelo muy colorido a devolverle la palabra. Y padre
e hijo circularon camino de la charcutería, en una concordancia un tanto
forzada.
A despecho del endiablado
bochorno, Floyd trataba de combatir los nervios, barre que barre, una barbería
vacía de clientela. A la par, Charly pasaba junto al establecimiento. Como de
costumbre, el vagabundo traía consigo un carrito de supermercado rebosante de
chatarra, en apariencia recogida del vertedero. Detuvo la marcha y retiró el
ridículo gorrito de esa chola suya. Tras acercarse a la enorme vidriera, saludó
risueño. Harto de empuñar la escoba en balde, el amable peluquero lo invitó a
una buena trasquilada.
Charly era un veterano de la
guerra de Corea que tuvo la desgracia de perder la facultad del habla durante
este conflicto. Pero puesto que nunca sufrió el menor rasguño, los EE. UU.
rechazaron otorgarle la paga correspondiente, aduciendo que el horror del
combate jamás provoca mudez crónica. A la inversa del Tío Sam, incluso el
último del barrio lo apreciaba; posiblemente porque nadie comprendía el
lenguaje de los signos y, a la postre, ninguno alcanzaba a dilucidar a ciencia
cierta qué rondaba dentro de aquella sesera.
Desprovistos de portero, ahora
los zagales descansaban a resguardo del sol en el escalón del edificio
adyacente al colmado. Compartían un par de cigarrillos (¡cof-cof!), birlados de
alguna cajetilla despistada. De pronto, desde la esquina con Delaware irrumpió
una banda de motoristas. El rugido ensordecedor, salvaje e indomable de las
«burras» inundaba el entorno. Venían siete y pararon frente a
ellosReacio. a la clientela
indeseable, el temeroso señor Wilson, que atravesaba el pasillo del congelador,
galopó de inmediato a girar el rótulo a «Cerrado».
El Morenito, bravuconcillo, fue
directo hacia esos individuos sin quitarse el cigarro de los labios. Johnsey,
Carter y Moses siguieron detrás. El cabecilla de los pandilleros alzó las
Ray-Ban: quería averiguar si iban bien para el Boulevard. A Blackey: el humo le
irritó los ojitos y procuró encubrir una lagrimilla resbaladiza, mientras
dispensaba las indicaciones. Johnsey no distraía los ojos de la atractiva
tatuada en el brazo del greñudo.
Repleto de asombro, el pilluelo dudaba de si sentía-up más interés por el sexo
opuesto o por cómo se puede dibujar tan
requetebiénp.
El agreste piloto dio las
gracias, dispuso de nuevo sus gafas, hizo una seña singular, y la cuadrilla
aceleró hasta esfumarse pasado el puente.
A propósito del Boulevard, cabe
referir que la famosísima avenida recorría el Northwest, y muchos de los
locales del extremo septentrional sacaban tajada de una amplia gama de vicios.
Entre ellos resaltaba el Funny Fairy, donde cada fin de
semana había rocanrol en directo.
También el Six-Sex, a diario atestado de mendas cuyo anhelo consistía en
sacudírsela durante los estriptis privados. El trajín ordinario de viajantes,
transportistas y camioneros, prostitutas, yonquis, camellos y pandilleros, sin
olvidar el invariable puñado de turistas (despistados o no), conseguía que la
zona estuviera en constante efervescencia.
Precisamente Mary Jane, hermana
mayor de Samantha, abandonaba la ubicación descrita remolcando un Studebaker
del sesenta y dos. El maltrecho automóvil dejó tirado a un fulano de
Albuquerque que vendía medicamentos a lo largo y ancho del estado. De los talleres
del listín, el de la Catorce, propiedad de Barry, quedaba el más próximo, así
que telefoneó aquí.
La mecánica conducía a toda
leche, y el sufrido corredor soportaba el trote agarrado al asidero igual que
una garrapata va sujeta a su huésped. De hecho, casi arrollan a un pobre
cachorrillo en la curva antes del puente. Simple y llano: Mary
Jane —fisonomía viril, corte de
pelo , estatura mediana, espalda ancha y brazos robustos— presumía de seràla
ungarçonnemarimacho de pies a cabeza. Ruda y arrabalera, tampoco tenía pelos en
la lengua a la hora de tirarle los tejos a las del propio género.
Samantha, un tanto falta de
deferencia, no soportaba tal peculiaridad. Pasó de ella cuando recibió un
bocinazo y vio que volvía al garaje, emplazado a continuación de donde jugaba.
Por otra parte, cualquier
vecindario suele incluir no menos de un individuo de índole lunático, pirado,
demente... Que cada idiosincrasia califique según le plazca. Dentro de la
comunidad que nos ocupa, este papel lo cumplía de pe a pa una cincuentona llamada
Apolonia, quien, de golpe y porrazo, apareció con un esperpéntico tutú encima
del mono vaquero. Ni corta ni perezosa, se puso a bailar
en mitad de la acera. Gracias a
que lo cotidiano va a parar al tachoEllagodedelalosrutina,cisnessemejante
desvarío, torpe y carente de medio ápice de estética, apenas suscitaba interés
alguno, salvo el de los transeúntes forasteros.
La señora Harrison, dedicada en
cuerpo y alma a los parcheos costureros, huraña y chapada a la antigua, salía
del domicilio en aquel instante. Cruzó aprisa de cara a eludir tan incómoda
coincidencia. Tal cual alcanzó la bancada de Carl, el sentido del decoro la
indujo a detenerse y reprobar el arte y la peste a gato muerto que esa loca
desprendía.
El esmerado limpiabotas
abrillantaba los zapatos del cliente sin prestarle ni pizca de atención. En
consecuencia, la mujer, airada, reanudó el trayecto a la mercería. ¡Ups, vaya
chasco!
Nadie tenía ni puñetera idea de
debajo de qué piedra emergió Apolonia o el porqué de tan excéntrico talante;
estaba afincada en la localidad desde el año sesenta y su historia persistía
turbia como aguas revueltas. Unos afirmaban que perdió el oremus de drogarse a
base de bien, otros que la rareza le sobrevino a causa de practicar oscuros
ritos espiritistas ... Acervo de conjeturas y suposiciones al servicio de
distraer las mentes ociosas, en resumen.
Charly, orgulloso de exhibir un
cabello recién acicalado, retomó el carrito. Iba a la trapería cerca de la
estación de tren para deshacerse del cargamento, a cambio de unas monedas.
Apolonia aflojó la danza nada más divisarlo y anduvo a su encuentro; siempre
hacía igual: si de entre los desperdicios que trasladaba el pordiosero algo la
complacía, enseguida pujaba. En esta ocasión, una botella con forma de violín
atrajo el interés de la chiflada. Charly era mudo pero no estúpido, y rechazó
la propuesta inicial por considerarla insultantemente irrisoria.
Al momento, un sonido seco,
anodino, seguido de potentes alaridos, interrumpió el regateo. En el lado
contrapuesto al del taller de coches
permanecían, aparte de la señora
del ataque de nervios, dos caballeros que, agazapados, estaban de espaldas.
La pareja de negociadores
espabiló hacia allí. Los chavales les ganaron terreno porque trotaban a guisa
de corceles salvajes. Johnsey fue el primero en llegar: se quedó perplejo ante
el cuerpo desplomado de un varón obeso, rígido al estilo de las momias y con
una expresión inescrutable. La sangre fluía a borbotones de la crisma
fracturada. El espeluznante cuadro impresionó de la misma forma a los
amiguetes. Uno de aquellos viandantes intentaba encontrarle el pulso; el
contiguo reconfortaba ahora a la histérica. Finalizado el sondeo, el hombre
extrajo los dedos de la carótida y gesticuló en sentido negativo.
El ruido atronador de una sierra
radial impedía que los cuatro del taller cayeran en la cuenta del suceso. Un
cliente irrumpió a trompicones, expuso lo ocurrido y los mecánicos salieron
apresurados. «¡Jesucristo bendito! ¡Es Callahan, Murray Callahan! —dijo Barry
al ver el cadáver—. ¡Pide una ambulancia, rápido!», instó a Mary Jane, su
empleada favorita. El revuelo crecía aprisa. Numerosos entremetidos acudían
como moscas a la miel y el sitio comenzaba a llenarse.
Moses notó una presión
arrebatadora: su fornido padre tiraba de él, en tanto aconsejaba al resto de
compinches que despejaran el patio. Paseo arriba, el señor Wilson prohibía el
descenso a las niñas.
Tras la llamada, Mary Jane, muy
inquieta, corrió a reunirse junto a Samantha. Preguntas sin respuesta
revoloteaban de balcón en balcón y de ventana en
ventana. «¿Conocías a ese tipo,
Olivia?». «¡Caray, John! ¿Era vecino nuestro?». «¿Sabe usted si tenía esposa?,
¿hijos tal vez?». «Oye, ¿y de qué trabajaba?». «¿Cómo ha pasado, señora
Chamberlain?». De improviso, el mundo entero deseaba saberlo todo de Murray
Callahan; algo tarde para quien vivió a la sombra del anonimato. Ya solo cabía
contemplar una carcasa fofa y espachurrada y, si acaso, lamentarse.
Así, entremedio de murmullos,
sudores agrios, conjeturas e intrigas, los residentes al norte de la Catorce
añadían un toque macabro a la sofocante tarde veraniega.
Demonios
Traguito a traguito, Benny
vaciaba el tercer «biberón» de la jornada mientras
seguía el trágico suceso, la mar
de entretenido. Dadas sus actuales circunstancias,
la ventana era lo único capaz de
reemplazar ese pequeño televisor que, de forma
misteriosa, dejó de funcionarle
el sábado pasado. Pues tan corto andaba de parné,
que no tuvo más remedio que
debatirse entre ir pedo o ver telebasura, y a resultas
de la decisión obvia, mataba el
aburrimiento del mejor modo posible. Por fortuna
para él, de momento la calle
ofrecía espectáculo del bueno; además, le quedaban un
par de
botellas del tinto
preferido, idóneas de
cara a recibir
el ocaso en
condiciones.
Justo debajo del borrachín, la
brisa seca y escalfada agitaba el tupido cortinaje
de la ventana del primer piso.
Los destellos fortuitos allanaban aquel apartamento
a oscuras, iluminando el cuerpo
de la joven que ahí yacía. De rubios cabellos,
hermosas facciones y
despampanante figura, la conocida como Cokaine dormía a
pierna suelta, después de haber
pasado la noche de picos pardos hasta bien
entrado el amanecer. De súbito,
el intenso pitido de una sirena la perturbó. Al
instante pudo oír: «¡Yiiiijaa!
¡Aquí llega el séptimo de caballería! —chillaba Benny,
repleto de euforia—.
¡Bienvenidos, muchachos!». Y, tan pancho, le entró la vena de
cantar el glorioso Himno Nacional
a pleno pulmón.
Cokaine encendió la luz y miró el
reloj: casi las cinco y cuarto. ¡Qué tarde!
Produjo un
sonoro bostezo, aclaró
la garganta, y
frotó ligeramente esos
cautivadores ojos
glaucos. Un lindo
batín de raso,
estampado con motivos
japoneses, colgaba del respaldo
de la silla contigua; tras prenderlo, cubrió su total
desnudez e hizo correr la
cortina. Aun deslumbrada, se asomó. Benedict Wilson
permanecía ante el colmado y
vigilaba en dirección sur, de modo que ella dirigió la
vista allí. A la altura del
garaje merodeaba cantidad de gente; en medio, la policía
intentaba acotar un perímetro,
sin demasiado éxito. A lo lejos resonaba el ¡nino-
nino! de la ambulancia que
descendía: rebasó veloz el puente y detuvo la marcha
detrás del coche patrulla. De
inmediato aparecieron dos sanitarios de mediana
edad, vestidos de un blanco
angelical. Quien transportaba el maletín aligeró hacia
la muchedumbre; el compañero
abría las compuertas traseras del vehículo.
—On the shore dimly seen (¡hic!) —Benny, mano al pecho e
incombustible,
entonaba la segunda estrofa de The Star-Sp gled Banner— through the mists of
the deep (¡hic!) (1) —tales
gorgoritos producían auténtica jaqueca.
—¡Quieres cerrar el pico de una
vez, por favor? —le gritó Cokaine, harta del
«do de pecho».
—Where the foe's haughty host
(¡hic!) —ni puñetero caso— in dread silence
reposes (¡hic!) (2).
El tendero, hastiado también,
terció:
—¡Guarda silencio o despídete de
comprar más vino en mi tienda! ¿Entendido?
(faz retadora).
Semejante advertencia fue mano de
santo: el latoso beodo cesó ipso f cto . Puso
ojos tristones y, a tambaleos,
desocupó la posición. ¡Hora de dormir la mona!
—Buenas tardes, señor Wilson
—dijo entonces la muchacha—. ¿Sabe usted
qué sucede?
—No estoy seguro... Hablan de un
fallecido —le contestó en tono alto y grave.
(1) «En la orilla, escasamente visible entre la niebla del mar»
(2) «Donde la horda arrogante del enemigo en pavoroso silencio reposa»
—¡Aúpa! ¿De veras?
—Eso parece... —La venida de
nuevas fuerzas del orden lo distrajo.
Estos polizontes disponían de
poca paciencia: porra en mano, comenzaron a desalojar a empujones. «¡La maldita
función terminó! ¡Circulen! —ordenaba el de la barba—. ¡Vamos, vamos,
deprisa!». Su colega, escuálido y siniestro, esgrimía peores modales si cabe:
«¡Largo, joder! ¿No entienden que solo estorban? —El público de los balcones ni
mucho menos le pasó inadvertido—: ¡Y ustedes métanse en sus jaulas, coño!». La
contundente actuación sirvió de ejemplo a la pareja que ya prestaba servicio
acá, y pronto despejaron la plaza de cotillas.
El simpático pordiosero había
abandonado el carrito enfrente del edificio Vista Alegre y regresaba para
recuperarlo. Apolonia iba al lado murmurándole cosas todo el rato. Charly le
respondía una y otra vez con mohines de negación. «¿Cómo no te fijaste, hombre
de Dios? ¡Si era enorme y flotaba sobre nosotros!», insistió. Él se mantuvo
firme y testarudo; nada sabía de aquello que le comentaba. «¡Qué barbaridad,
chico! ¡Aparte de mudo, tampoco distingues tres en un burro!», le soltó,
despectiva. Charly la contradijo al señalar sus ojos y exhibir luego los
pulgares alzados. ¡Por descontado veía de maravilla! «Bueno, si tú lo dices,
viejo... ¡Epa, mira, Cokaine asoma! Apuesto a que desde arriba pudo apreciar el
fenómeno», y tomó la delantera.
—¿A qué te refieres exactamente?
—repuso ella frente a la cuestión.
—¡A lo oscuro, criatura! ¡La gran
sombra surgida del cielo que levantó el alma de ese pobre infeliz! —aclaró
Apolonia, convencida de su espejismo mental.
—Así que... ¿kaput, kaput?
—dedujo Cokaine. —¡Pues claro, chiquilla! ¡Falto de espíritu sanseacabó!
—¡Vaya! Ojalá descanse en paz. ¿Y quién...?
—¡Ey, aguarda! —la interrumpió,
ansiosa—. Pero ¿contemplaste la ascensión, verdad?
—Lo siento, guapa. Acabo de salir
justo ahora y no...
—¡Oooh, mecachis la mar! ¡Qué
mala pata! En fin, atiende y date cuenta: este cabeza de chorlito —aludía a
Charly— necesita gafas de las gruesas, porque estuvo pegado a mí sin separarse
medio pie y no pilló ni torta. ¡Como si yo anduviera mal de la azotea! ¿Eh,
pinche incrédulo? (brazos en jarras).
—DecidmeElreprendido—laaccionógachí
pretendíaunrotundoredirigir«¡NO,NO!»,eltema—,caraa¿conocíaisevitarofenderla.a...?
—Yo apenas. Nos saludábamos:
hola, adiós y para de contar —puntualizó Apolonia, un tanto afligida—. Oí que
lo llamaban Callahan; Murray, de nombre, creo...
—¿Callahan?... No me suena en
absoluto. ¿Y qué ha ocurrido? La chifladilla escrutó alrededor: nadie les
prestaba atención.
—Circula el runrún de que se
arrojó al vacío —expuso discreta—. ¿Escuchaste eso igual, mequetrefe? —Charly
convino—. ¡Ugh, gracias a Dios que tus orejotas aún funcionan! Algo es algo...
—¡Caramba!... ¿Y residía delante
del garaje? —prosiguió Cokaine.
—Ajá. Era un señor barrigudo que
llevaba bigotito estrecho a semejanza del de Oliver Hardy; el actor, ¿sabes? En
realidad, recordaba muchísimo a él. ¿Qué cuentas tú, botarate? ¿Lo trataste
nunca?
La réplica del camarada fue
afirmativa.
El—Enindigenteestecaso,admitió¿sospechastalposibilidad.quepudo...?
—le demandó la chica.
—¡Oh! ¿Y qué supones que lo
condujo a...? —intervino Apolonia. Charly utilizaba la mímica para expresarse y
realizó distintos gestos—. Eeem... ¿Significa
«montaña»?, ¿«cumbre»?
¡Ni hablar!; recompuso la
pantomima.
—¿«Tejado»?, ¿«cobijo»?...
¡«Casa»! —participó Cokaine.
Él hizo «más o menos» con un
balanceo de testa; a continuación frotó pulgares contra índices.
—¡Uau, «plata»! —supo la
acompañante. Y, precipitada, infirió—: ¡No podía satisfacer la renta e iban a
desahuciarlo! —Obtuvo una desalentadora negativa.
—¡Permítele que concluya, mujer!
¡Vamos, amigo, adelante!
Charly reanudó el ; Apolonia interpretaba:
—Veamos, giras algoshowcircular
y... ¿Uno, dos, tres...? ¡Ah, entiendo! ¡El chisme va numerado! Abres...
Metes... ¿Dinero?; sí, lo imaginaba. Y cierras. ¡«Caja fuerte»! — Exacto—.
¡Vale! ¡La caja fuerte bajo techo representa un banco! ¿A que sí? —Acertó de
lleno. Ahora Charly hacía como si manejara una calculadora de manivela—.
¡Banquero, era banquero!
En efecto, Murray Callahan dedicó
gran parte de su vida al mundo de las finanzas.
A la espectadora de arriba
aquello no le cuadraba demasiado.
—Oye, perdona, pero un
«millonetis» asentado aquí, cosa insólita, que luego decide quitarse de en
medio... ¿Estás bien informado?
El tácito comediante mostró ambas
palmas: había más. Acto seguido trazó en el aire lo que simulaban las curvas
femeninas; después puso las manos encima del corazón.
—¡Amaba a una doncella! —lanzó
Apolonia enseguida. Sí, tenía toda la razón. Y siguió descifrando la charada
posterior—: Según indicas, le propuso matrimonio, ¿cierto?... ¡Oh, conforme!
¡Ella aceptó! (¡ay, qué bonito es el amor!)... No obstante...
¿Cómo?... ¡Espera, espera! ¡Ve
despacio, leñe!... ¡Eso es, lento, mucho mejor!... ¡Ups! ¿La esposa desapareció
por sorpresa?... ¡Y sin dejar rastro!... ¡Uy, aguarda! ¿Quieres decir que los
fondos del banco volaron también?... ¡Arrea! ¡La sinvergonzona robó hasta el
último centavo! Entonces... A ver, a ver... Ya capto: lo declararon culpable de
malversación... ¡Y lo encerraron! ¡Uf, tremendo! ¿Cuántos años? ¡Nueve! ¡Virgen
santa!... , quedó libre al cabo
de la condena, lo pillo... ¿Insinúas la palabra «divisar»?OkeyNo, «divisar»,
no... ¿«Buscar»?; tampoco ... ¡Ah, «encontrar»! Halló empleo, aunque...
¿Tos?... De acuerdo, tosía... Tosía bastante ... Un montón, de hecho... ¡Jolines,
tanto que ingresó en la clínica! Eeem... Repite esta parte... ¡Ea!, le hicieron
varias pruebas y... ¡Cielo santo! ¡Cáncer! ¿Dónde...? ¡Uh, en los pulmones!...
Ahorita imitas a... ¿un médico?;
el doctor, ¡correcto!... Sí, «seis», lo cojo. ¿Seis qué?...
¡Ah, el reloj!; ¿«minutos»?,
¿«horas»?, ¿«días»?, ¿«semanas»?, ¡«meses»! ¡Ostras, le dio una esperanza de
vida de seis meses!
—¡Madre mía! ¡Qué cochina suerte
la suya! ¡Así no me extraña! —Cokaine reflejaba auténtica consternación.
El mudo, resignado, arrugó las
facciones con tristeza.
—¡No seáis ingenuos! ¡Poco o nada
tuvo que ver el azar en el asunto! — desconvino Apolonia—. ¡El pobre
desgraciado cayó víctima de un demonio! ¿Acaso os cabe alguna duda?
—¿Perdona?...
—¡Qué sí, nena! Estos monstruos
escogen a personas atribuladas o tristes de corazón... Y si no consigues
ahuyentarlos, juegan a torcer tu destino hasta quebrarlo por completo —arguyó,
segura de sí misma.
—¡Oh!, comprendo... —Cokaine,
tras insinuar una mueca de perplejidad a Charly, alertó—: ¡Fijaos, se lo
llevan!
Mientras charlaban, el forense
había realizado la correspondiente inspección y
acababa de autorizar el
levantamiento del cadáver. Los enfermeros procedieron de forma rutinaria.
Dispuesto el cadáver, la ambulancia hizo marcha atrás para coger la esquina
oeste. Cuando pasó frente a los banquillos, Carl saludó. Aunque cuesta decir si
aquel gesto fue su último adiós a Murray Callahan o simplemente despedía a los
auxiliares. La bofia, entretanto, inspeccionaba el apartamento del difunto: un
agente de paisano parecía comprobar la altura desde el balcón. A pie de calle,
el socio terminaba de interrogar a dos vecinos; guardó la libretita dentro del
bolsillo interior de la gabardina, y luego de entregarles una tarjeta accedió
al edificio.
Charly seguía siendo el legítimo
propietario de esa magnífica botella que tanto deseaba Apolonia. Sin ulteriores
dilaciones, era el momento ideal de volver a negociar.
—¿Te gusta, Cokaine? (la mostraba
en alto). Voy a pintarla de azul púrpura porque los violines suenan de este
color.
—Es chula... Nunca había visto
una similar.
—Yo tampoco... ¿La sacaste del
vertedero, viejo? —Reacio a expresarse, Charly declinó la solicitud—. Prefieres
no desvelar tus lugares de suministro, ¿eh, zorro astuto? —Persistía haciéndose
el longuis—. Bueno, como quieras... ¡Subo a cinco centavos! —Desestimó la puja
de plano; en opinión de él, tan curioso artículo bien valía tres monedas más.
Ella resolvió cambiar de estrategia; agarró una cajita
metálica que sobresalía del pilón
y propuso—: Añádela y soltaré un , ¿trato hecho? —Tal sugerencia lo pilló
desprevenido; vacilante, se rascabadimeelcoco(3)—. Es un arreglo equitativo,
¿no crees? Los dos salimos beneficiados. —El otro echaba humo de tanto
cavilar—. ¡Venga, hombre, no seas panoli! ¡Ese chatarrero avaricioso ni de coña
va a pagarte más!
—Hale, gente —interfirió
Cokaine—, os dejo a lo vuestro.
—¡Vale! ¡Hasta luego, rubia!
—dijo Apolonia. A su vez, un Charly todavía ensimismado la despedía con la
mano—. ¡Venga, tío, decídete ya!
—¡Chao, negociantes! —Un nuevo
día empezaba para la muchacha recién levantada.
(3) En el argot, se refiere a una moneda de diez centavos.
Nadiya Yurevna Kedzierski
A Cokaine le urgía vaciar la
vejiga y se precipitó lavabo adentro. «¡Uf, me entretuve demasiado!», murmuró,
acomodándose presurosa. «¡Por todos los santos! ¡Menudo drama lacrimógeno la
vida y milagros del tal Callahan! — consideraba a medio alivio—. En fin, así
funcionan las cosas: unos nacen con estrella y otros...». Al prender papel
higiénico, le vino un pensamiento muy distinto: «¡Diantre! ¡Esta mañana olvidé
preparar café!».
Y es que apenas sus pies tocaban
el suelo, gustaba de llenarse la taza hasta el borde. Mas el ajetreo de anoche
la dejó tan nocaut, que una vez en casa cayó fulminada. Asimismo, el
refrigerador continuaba vacío porque siquiera hizo la correspondiente compra.
«¡Bah, a la porra!... ¡Hoy zampo en Sammy's y listo!», resolvió al tirar de la
cadena. Acto seguido anduvo hacia la mesa, cogió el tabaco de encima, y fue a
rellenar la cafetera. Encendió el fogón, también un pitillo, y puso el
artefacto a calentar.
Cokaine llevaba cerca de nueve
meses en esa vivienda. A intervalos surgía la idea de mudarse a algún sitio
mejor, si bien debido a la pereza, inercia o simple descuido aquí estaba. Al
igual que el resto de ratoneras de Vista Alegre, la suya era reducida, modesta
y sin divisiones. Entrando a mano derecha, aislado entre dos tabiques, radicaba
el pequeño cuarto de baño. A la izquierda, junto a la nevera, una sencilla
cocinita cumplía las funciones indispensables. La mesa y cuatro sillas
completaban el área del comedor. Delante de la librería quedaba un deslucido
sofá de tres plazas; lindante, una butaca no menos destartalada. En última
instancia, la cama y dos roperos permanecían al fondo.
De cara a paliar tamaña aridez,
cubrió el piso de carteles y pósteres; la gran mayoría de músicos
afroamericanos. Contiguo a la lámpara de pie destacaba uno enorme de Charles
Mingus. En él, el recio compositor, aferrado a su aparatoso contrabajo, mantenía
una expresión seria y concentrada. Tampoco escapaban a la
vista los espeluznantes mofletes
del aclamado trompetero de Dizzy Gillespie. Estos, hinchados como globos, casi
sobresalían de la pared ubicadabebop detrás de la cómoda. Sobre ella descansaba
el tocadiscos y los altavoces. En la repisa inferior, cantidad de vinilos
aguardaban turno para ser reproducidos de nuevo.
Aparte de la música, Cokaine
amaba la lectura. Y puesto que carecía de televisor, devoraba cualquier libro
al alcance de sus fauces oculares. Además, dibujaba de maravilla, aunque en los
últimos tiempos rara vez atendía la afición.
A la espera de que terminaran las
gárgaras de la vaporosa moka, dubitativa,
revisaba los elepés. «Me apetece
escuchar algo de ...». Detuvo el
sondeo frente
a : cuarto álbum de los Ohio
Flyers. «¡Sí, perfecto!»funk. Lo retiró y lo depuso en el giradiscos de forma
cariñosa. Nada más apoyar la aguja, el ritmo sincopado y la
Ecsensualtat
voz del cantante inundaron el apartamento:
«Well, I want to tell you
About my girl, my girl
I will forever, forever, forever .
Stay with her, stay with her, oh,
yes (1)»
(1) Variación libre de la estrofa de la canción "Ecstasy",
del álbum del mismo titulo, perteneciente a:los Ohio Players, que no puedo
reproducir tal cual sin vulnerar los derechos de autor «Bueno, quiero decirte /
Sobre mi. chica, mi chica / Siempre, siempre, siempre / Estaré con ella, estaré
con ella, oh, sí»
Un par de y el agradable sabor
del café recién hecho contribuían a desvanecer los muffinsexcesos de la velada.
Pese a ello, todavía acusaba cierta fatiga legañosa, desidia incluso. Enseguida
sustrajo la polvera y un pequeño frasco del bolso. «Bendita nieve mágica...».
Vertió la cantidad oportuna sobre el espejito y, usando una cuchilla, hizo dos
líneas paralelas. Después de esnifarlas con avidez, frotó ligeramente esa
perfecta nariz griega. «¡Mucho mejor!».
De vuelta al aseo, abrió el grifo
de la ducha, aguardó a que saliera el chorro tibio, y ¡al agua, patos! Debajo
de la reconfortante aspersión, tarareaba la tonada de
tipazo(I’mCurious)enconsonanciaCanYou. Sense It? (Tengo curiosidad, ¿Puedes
sentirlo?) y movía el
«Finest piece of your heart was
misplaced
Best part of your life has passed
Now I stand by your side. to
provide
It’s as simple as that »
«A papá le habría encantado(2)
este grupo», rumió mientras derramaba un hilo de champú en la palma. Es
bastante probable que tuviera razón, ya que él adquirió gran parte de la
discoteca que tanto atesoraba y conocía de sobra sus preferencias. Yure Kedzierski,
así se llamaba, murió cuatro años atrás a resultas de un repentino ataque
cardíaco.
No culminaba día sin que el
recuerdo de aquel hombre sencillo, pero culto, afable y entregado como ninguno
la abordara. A decir verdad, ejerció una influencia decisiva en ella. Hete aquí
un repaso breve a su historia: corría el verano
de cuando el joven Yure —hijo de humildes campesinos de ascendencia
kazaja1935—, tras la horrible
experiencia del , decidió abandonar la maltrecha provincia de Poltava (al este
de Ucrania)Holodomorafin de(3)trasladarse a Moscú.
Allí progresó en el ramo
metalúrgico y al cabo de una breve etapa obtuvo la estabilidad necesaria.
Individuo listo, independiente e inconformista, combatió la falta de educación
sin ningún tipo de ayuda: de Dostoyevski a Kropotkin, pasando por Tolstói, Bakunin,
H. D. Thoreau, Nietzsche y Proudhon, leyó de todo.
La pasión devino lo mismo que un
relámpago insospechado, tan pronto como le presentaron a Irina Valenko: rubia
moscovita de mirada profunda y curvas de
ensueño, quien, a mediados de la
primavera de , dio a luz a Nadiya;
verdadero
nombre de Cokaine. 1951
Las cosas iban viento en popa
hasta que Yure fue preso a causa de los vínculos que sostenía con determinados
librepensadores tachados de disidentes. Declarado «enemigo del pueblo», lo
encarcelaron de inmediato. El ascenso a la presidencia de
Nikita Kruschev en introdujo un
periodo de «desestalinización» y recobró la libertad. Sin embargo,1953harto del
régimen, removió cielo y tierra de manera que él y su estimada familia lograran
marcharse de la Unión Soviética.
(2) Variación libre de la estrofa de la canción "(I Wanna Know)
Do You Feel It", del álbum "Ecstasy", perteneciente a los Ohio
Players, que no puedo reproducir tal cual sin vulnerar los derechos de autor:
«La mejor parte de tu corazón se perdió / La mejor parte de tu vida pasó /
Ahora estoy aquí para proveer / Es tan simple como eso».
(3) El Holodomor (1932-1934): hambruna acaecida durante las
confiscaciones que, bajo el liderazgo de Iósif Stalin, el Estado soviético
impuso en toda la Unión. La «colectivización» indiscriminado de cosechas,
semillas y alimentos causó el desastre: millones de personas murieron de
hambre, asesinadas o por enfermedades. La República Socialista Soviética de
Ucrania fue uno de los territorios más castigados.
Definitivamente establecidos en
Sugar Land (Texas, Estados Unidos), Kedzierski trabajó varios años para la
Imperial Sugar Company. Las circunstancias cambiaron de la noche a la mañana al
enfermar Irina. Por desgracia, la leucemia la venció a principios del sesenta.
Una posterior mala racha económica condujo a padre e hija a Bosque Farms
(proyecto de reasentamiento agrícola en el condado de Valencia, Nuevo México),
donde Yure terminaría sus días como empleado de correos.
Desde pequeñita, Nadiya demostró
poseer una mente ágil, abierta y resolutiva, lo cual fomentó que durante este
periodo ambos estrecharan aún más los lazos. «¡Eh, liebrecilla, adivina qué
disco acabo de comprar!»; a papá le encantaba sorprenderla. Unas veces traía
bajo el brazo las travesuras pianísticas de Thelonious Monk, otras el
torbellino caótico salido del saxo de Charlie Parker, la enigmática y melosa
voz de Billie Holiday, el sofisticado toque de guitarra de Wes
Montgomery, los incipientes
jugueteos de Miles Davis con el ; el del Delta
de Muddy Waters o el estilo
elegante de B. B. King, el derockArethabluesFranklin
y los
th Dimension, el de Jimmy Smith, el soul de Django
Reinhardt y
Stéphane5
Grappellifunk...;unjazzimparable goteo creativomanouchefiltraba a través de la
puerta poquito a poco. Así, al amparo de esas brillantes melodías, celebraban
los atardeceres en el porche.
Después de cenar, uno de los dos
leía a viva voz, o bien entablaban largas conversaciones acerca del mundo y su
funcionamiento. La sinceridad desinhibida de Nadiya a menudo preocupaba a Yure.
«Cuida tus argumentos, cariño —le advirtió una noche—, porque la razón es
enemiga de la necedad, y esta abunda». Guasona, la chiquilla repuso: «¡Fuera de
casa me callo, papi!».
La inesperada pérdida de aquel
espíritu afín significó un golpe tremebundo. Encima tuvo que interrumpir el
curso de secretariado y las clases de dibujo para ponerse manos a la obra en el
matadero de conejos, pues Bosque Farms ofrecía alternativas laborales muy
limitadas. La monotonía e intensidad de dicha ocupación, además del entorno
carente de estímulos intelectuales, agravaron la pesadumbre. Nadiya averiguó
entonces que la cocaína le aliviaba el estado de ánimo; de consumirla y de su
piel nívea provino el apodo.
Yure solía mencionar: «Da igual
como vivas tu vida, mientras no te olvides de vivirla»; en consecuencia, la
joven cedió el puesto a quien le placiera desollar los lagomorfos del demonio y
preparó la maleta. Palo Largo tampoco supuso el paraíso de las oportunidades;
fue duro al principio, pero pudo conseguir trabajo estable de bailarina en un
club de estriptis. Con todo, la recesión causaba estragos y el sector del ocio
sufría lo suyo, de modo que la despidieron.
Concluido el vigorizante remojón,
Cokaine hacía revolotear el corte recto
a merced del secador. «Un día de
estos —meditaba enfrente del espejolng—
probarébob a moldearme el pelo».
En realidad, carecía de importancia el peinado que luciera, dado que su belleza
deslumbraba en cualquier caso. Aunque un par de pinceladas al cutis la
convertirían en una diosa entre las divas: perfiló esos lindos ojos y dispuso
la sombra oportuna. Luego vino la pizca de colorete en las mejillas y el carmín
cereza a los labios. Por último, las pestañas postizas y los pendientes de aro
dorados le confirieron el toque supremo.
«¡Buff, hoy sudan hasta los
dientes!», resopló a la hora de escoger ropa. Se
abstuvo del sujetador; sacó del
cajón una blusa de tiras azul claro y el tejano de cintura alta. «¡Fresquita,
je, je...!». Puestas las sandalias, recogió el bolsoshrty dejó la morada.
A punto de alcanzar el rellano
del vestíbulo, dos voces discrepantes la alertaron. Blackey y Johnsey salían
del lóbrego cuarto de contadores forcejeando
acaloradamente.
—¡Agggh...! ¡Dije que NONES,
Johnsey, JODER!
—¡Hugggh...! ¡Vamos, macho!
¡Prometo retornarla antes de que aparezca tu viejo!
—¡Ni de coña, tío! ¡SUÉLTALA!
Rehúso correr el riesgo. ¿Lo captas?
—¡Ey! ¿Qué sucede, chavales?
—intervino Cokaine. Los encarados se sobresaltaron y, quién lo iba a suponer,
una revista fue a pararle junto a los pies—. A ver qué tenemos aquí... —la
recogió deprisa—. ¡Córcholis! ¡Esta es de las fuertes! ¿De dónde la habéis
sacado?
—A ti te lo voy a contar...
—replicó Blackey en plan chulito—. ¡Venga, trae! — quiso arrebatársela.
—¡Ah-ah-ah! —ella alzó el brazo
para impedírselo—. No tan deprisa, amiguito. ¿Qué me ofreces tú a cambio?
—¡Grrr...! ¡NADA DE NADA! ¡Es
mía! ¡Regrésamela enseguida!
—¿Tuya?... ¡Y un cuerno! Sé donde
las despachan y ahí no permiten la entrada a menores. ¡Anda, di la verdad!
—¡Eh, oye! —terció el compi—. ¡Te
doy mi colección de cromos de béisbol si nos la devuelves!
La chica le arrojó una mirada
despectiva. —¿Bromeas? ¿A santo de qué quiero yo esa baratija?
—¡Oh, pertenece a la temporada
pasada; dentro de unos años valdrá mucha pasta! —expuso Johnsey, esclavo de la
candidez puberal—. ¡En serio, no falta ningún jugador!...
—¡Nanay, olvídalo! —desconvino
Cokaine. Y áspera, lanzó—: Por cierto, ¿sabe Jorguensen que os coláis en el
edificio a ver esta clase de cosas? ¿Y vuestros padres?... —La amenaza indujo a
que saltaran todas las alarmas; aterrados, prometieron entregarle a partir de
ya sendas pagas semanales—. ¿Pretendéis que corra cremallera con miseria y
compañía? —le costaba disimular la risa de tanto tomarles el pelo.
—Hum—Escuanto...No
sé,recibimosnosé... ...—fingió¡Pasadela chivarte,joven. porfa! —rogó Johnsey.
—¡De veras, tronca! ¡Voy a morir
como mi padre la eche en falta! —previno el
otro—. Aparte, figúrate tú de
enterarse mi madre a quien pertenece...
Cokaine expandió una solemne
carcajada.
yo
guardaré—¡Deacuerdo!silencio—convino.sivosotrosY,tambiénjuguetona,cumplís.continuó—:
Os propongo lo siguiente:
—¿Ugh...? ¿De qué puñetas hablas?
—preguntó un Blackey descolocado. —Sí. ¿A qué te refieres, tía?
—Pues nada más y nada menos que
a... ¡ESTO! —dijo levantándose la blusa. Contemplar en vivo y en directo
aquella soberbia delantera les ocasionó un
impacto severo severo: jamás
imaginaron que la cordial vecinita de Vista Alegre ocultara tales portentos;
hasta la fecha nunca la habían tenido en cuenta. Y, de pronto, ¡zas! ¡Fíjate
qué buena estaba!
La muchacha bajó el telón y puso
su índice firme ante los labios: «¡Shhht...! Ahora, entre nosotros, existen
secretos inconfesables», susurró risueña, al tiempo que retornaba la revista a
Blackey. Tembloroso y avergonzado, el zagal la cogió; notaba crecer algo, y no
era precisamente la hierba bajo el sol. Johnsey persistía en
estado de , con los globos oculares medio salidos de las órbitas.
Convencidashock de que pocas
ganas les quedaban de pelearse, Cokaine se despidió: «Recordad: en boca cerrada
no entran moscas»; produjo un guiño picarón y, jocosa, desapareció tras cruzar
el portal.
Comida
Puesto que la residencia del
fallecido señor Callahan no mostraba signos de
agresión, y los vecinos tampoco
atestiguaron nada fuera de lo común, los dos
investigadores liquidaron las
pesquisas a la mayor brevedad posible. Anotar
«muerte voluntaria» al final del
escueto informe cerraría uno más de los muchos
asuntos que la jefatura archivaba
a diario. En definitiva, hora y pico después de lo
ocurrido, las cosas al norte de
la calle Catorce seguían el sórdido e inalterable curso
de siempre: personas y vehículos
de un lado a otro, gente acalorada abanicándose
en las ventanas, televisores que
retumbaban a través del aire enrarecido, un
chucho errático hacía pis al pie
de la farola, el ama de casa del bajo que vaciaba el
agua de fregar en la
alcantarilla... De nuevo prevalecía aquella calma inquieta, tan
propia de quienes esperan mejor
fortuna. La vida nunca cesa por muerte ajena y el
mundo había relegado ya al olvido
a Murray Callahan, si es que alguna vez lo tuvo
en consideración.
Cokaine acababa de dejar el
domicilio cuando una bocina, con el tono
ensordecedor de La cucar ha, le causó un soponcio de mil demonios.
—¿A dónde huyes, macizorra? —Mary
Jane detuvo el auto bruscamente a su
altura.
—¡Ahí va! ¡Hola, chata! ¿Y este
cochazo?
—¡Yeeepaa...! —pisó el
acelerador: ¡brrrum-brrrum-brrrum...!; ronroneaba a
las mil maravillas—. ¡Un
auténtico Charger del sesenta y nueve, tía! —los ojos le
relampaguearon.
—¡Ah! ¡Mola! —repuso ella, más o
menos convencida.
—¡Solo mola? ... —a la indómita
mecánica le pirraban los bólidos—. ¡Muñeca, el
V8 debajo del capó escupe 375 caballos de potencia! ¡Esta maravilla
alcanza las 200
mph—¡Uau!antesde¡Vaya!quepronuncies...¿Estuyo?«santiamén»!
O sea: ¡mooola maaazo!
—¡Ojalá, je, je...! —replicó
efusiva—. Pertenece a un cliente. Verás, el jefe andaba superdeprimido a causa
de... Oye, ¿sabes lo de...?
—¿El suicidio? Estoy al
corriente, sí.
—Ea, pues nada —prosiguió—. Barry
conocía a ese hombre, y como no lograba quitarse el mal rollo de encima,
prefirió volver a casa. De modo que aprovecho para acercarme a la chatarrería.
¡Adelante, encanto! ¡Monta y surcaremos juntas el horizonte!
—Oh, iba a Sammy's a comer algo.
—Mujer,—¡Chachi!son¡Mecuatropilla
depasoscamino!...
—¿Y...? ¡Venga, vamos! ¿O acaso
temes que intente meterle mano a tu carburador?
—¡Uy! —Cokaine puso un rostro
travieso—. ¿Eso pretendes?
—¡ ...! Concédeme el privilegio,
monada —la repasaba de arriba a abajo—, y del goceYahse te saldrán los pistones
de los cilindros.
—¡Diablos, Mary, ja, ja, ja...!
De veras, maja, ahora mismo priorizo el depósito porque circulo en reserva.
—¿Entonces?...
—Será un viaje cortito, pero ya
que...
—¡Insisto, insisto! —servicial en
extremo, le abrió la puerta del copiloto.
E iniciaron el trayecto. La
conductora, encantada, transitaba despacio cual ancianita en prácticas, a fin
de dilatar la ocasión todo lo posible.
—Y qué, nena, ¿cómo lo lleva tu
hermana? —quiso saber Cokaine.
—¡Buf! —resopló la otra torciendo
una mueca—. Echa chispas de sol a sol. —¡Jolines! ¿Todavía?
—Ya ves... En cuanto supo lo mío
con Marcy varió a peor.
—Bueno, la pobrecilla atraviesa
un periodo difícil. Ármate de paciencia, tarde o temprano cederá.
—¡Ay, si yo te contara!...
—suspiró Mary Jane, apesadumbrada—. Trato de hacerle comprender y no hay tutía
—paró ante el semáforo rojo—. Mira, justo acudo al desguace en busca de una
bici vieja, y la restauraré de cara a su cumpleaños. ¿Qué opinas?
—¡Ah, magnífica idea!
—¡Desde—¿Crees
queluego!legustará?
—Francamente —la tiarrona no
parecía confiada en exceso—, a veces pienso que el papel de madre encaja fatal
conmigo...
—¡Bah, chorradas! Perder a los
padres tan jovencita resulta muy duro. Y tú, chica, que ya soportas lo propio,
te desvives por ella. Además, sospecho que esta rabieta tonta es una manera de
desahogarse de la aflicción —discurrió cabal—. Considéralo.
—Hum... —Mary, absorta, miraba el
volante—. A lo mejor...
—¡Ups!—¡Eo!¡Verde!—Arrancó.
—Tranquila. El día menos pensado
—Cokaine quería animarla—, Samantha recuperará la sonrisa... y el sentido
común. Tiempo al tiempo, cariño.
—¡Aúúúpa ...! —Hizo sonar el
claxon: ¡TIRIRURIRU-TIRIRURIRU!—. ¡Tu «cariño» acaba de ponerme a tope!
—¡Qué boba!...
—Vale, preciosa —estaban delante
del restorán—, acuérdate de mí cuando necesites saciar otra clase de apetitos,
¿uh?
—Prometido... —convino al
bajarse, risueña—. Agradezco la carrera, guapetona.
—Un placer, rubita —Y gas a fondo
(chirrido de neumáticos), gritó—: ¡Cuida esa carrocería!
—¡De acuerdo! ¡Chao!
El café de Sammy apenas había
cambiado desde que Samuel Jenkins lo inauguró en el cincuenta y cinco; meterse
allí era casi como retroceder en el tiempo. Y aunque la destreza del cocinero
brillara por su ausencia, al menos el climatizador ofrecía un ambiente
agradable.
Dentro abundaban fotos, dibujos y
planos de avionetas antiguas. Incluso
colgaba la hélice de un biplano
Corsair de encima del acceso. Según parece, Jenkins pilotó varios de los
modelos expuestos1927 durante su excéntrica y alocada juventud. El resto del
local no tenía nada de particular, salvo la aparatosa gramola Wurlitzer,
estropeada desde Dios sabe cuando, ubicada junto a tres tragaperras famélicas,
que funcionaban a la perfección.
Tras saludar a la camarera,
Cokaine escogió la mesa de la parte central. Aquello permanecía bastante vacío.
Toda la clientela del momento se limitaba al abuelo del batido, nada más
entrar; tres tipos en la barra que, copa a copa, acaso lidiaban con los propios
problemas existenciales; la pareja de tortolitos del final; y el menda que
cebaba y cebaba uno de los citados chismes engañabobos.
La televisión emitía un especial
informativo sobre el escándalo Watergate ; el entrevistado, sagaz analista
político, maduro, elocuente y de modales(1) intachables, ponía en jaque la
continuidad de Richard Nixon al frente de los Estados Unidos a raíz de sus
implicaciones en semejante tejemaneje.
Becky —cincuenta y tantos, moño
revuelto, piernas enfundadas en medias de compresión (¡irritantes varices!),
cintura moldeada por las frituras de bolsa, y atavío de trabajo alegremente
escotado— agarró el jarro del café y fue a servir a la recién llegada.
—¿Oyes eso, querida? —dijo
masticando chicle, chicle que asomaba a intervalos.
Cokaine prendía un pitillo.
Aflojó el humo, produjo una mueca apática y contestó:
— Dicky de mugre hasta las cejas... ¡Menuda novedad!
—¡MalditoTricky pazguato!(2)
—exclamó la mujer, alterada—. Quise votar a Mc Govern, pero aquel día sufría
tal dolor de ovarios que ni siquiera Robert Redford hubiese conseguido
levantarme del sofá.
—Poco importa fulano, mengano o
zutano, Becky... —dio un sorbo—. Distintas caras, granujas idénticos.
—Ya te digo... Cualquier jeta
sienta bien al Tío Sam —lanzó mordaz mientras limpiaba la mesa.
—Mi padre solía mencionar que la
política es un negocio concebido a medida de los charlatanes...
—¡Claro, niña! ¿De qué viviría si
no toda esa gentuza? —Ambas arrojaron una solemne carcajada—. Tú dirás,
bonita... —sacó libreta y boli.
—Tomaré—Sobróchili...—ojeabadelalmuerzoelmenú—encasoel
númerode... seis.
—Naturalmente.—Gracias,prefiero¿Deel
beber?filetecon... patatas.
—¡Marchando!—Mebastaelcafé
—sonrió.
Nadie prestaba un ápice de
atención al tedioso blablablá de la caja tonta; quizá porque la suerte de Nixon
importaba un bledo a la gente modesta y el tema aburría sobremanera. Cokaine
pidió cambiar de cadena, tan pronto le trajeron el mantelito de papel y los
cubiertos. «¡Enseguida, tesoro!»; Becky cogió el remoto del bolsillo del
delantal y lo pulsó. «Veamos...». Avanzaba canales. La ABC ofrecía los dibujos
animados de (El Coyote y el
Correcaminos) y eso dejaron. SinWileduda,E.Coyoteeramuchoand
themásRoadentretenidoRuner.
A la hora del postre apareció un
melenudo esbelto y apuesto. Lucía amplios pantalones acampanados y una
sofisticada camisa oscura de cuello de mariposa. Recogió el pertinente botellín
en la barra y anduvo hacia Cokaine, que quedaba de espaldas a él.
(1) En plena campaña para las elecciones presidenciales de 1972,
atraparon a cinco individuos robando documentos en el edificio Watergate, sede
del Partido Demócrata. La administración de Nixon estuvo reticente a aclarar
los hechos, y ello desembocó en una crisis institucional jamás vista en los
Estados Unidos. Tras el descubrimiento de múltiples abusos de poder por parte
del círculo gubernamental, el presidente dimitió el 8 de agosto de 1974.
(2) Dick, el tramposo. Richard Nixon ganó este apodo jugando a las
cartas durante su estancia en el Pacífico Sur, allá por 1942.
—¡Ey!—¿Qué¡Hola,pasa,
Jasper!tía?—soltó contento.
—¿Esperas a alguien?
Así—Ahlo-ahhizo.—negó ella—.
Siéntate, pocholito.
—Muy—¡Buenamable.provecho!¿Gustas?—observaba
el pastel con ojos glotones.
—¡Caray, aparenta sabroso! ¿De
frambuesa?...
—Moras.
—¡Sí, cojonudo! ¡Me flipan!
—Toma, cielo —le acercó la
porción pinchada.
—¡Ñam-ñam!... —de inmediato
contrajo el rostro y despotricó—: ¡Joder! ¡Sabe a rayos!
—¡No grites! —Cokaine reía a
gusto—. ¡Becky puede oírte! De estar rico lo habría liquidado yo en un pispás,
mendrugo... —aclaró, redoblando la coña.
—¡Mecagüen...! —Un trago indujo a
que aquella bazofia bajara gaznate abajo. —¡Zampa, zampa! —insistió
sarcástica—, que si retira la porción a medias
protestará.
—¡Una leche! —le levantó el dedo
corazón.
Cuéntame,—Pueschicuelo,paralas¿escapasmoscasdel...—depusobochorno
oel...?tenedor y, ya serena, preguntó—:
—Negocios... —bebió de nuevo—.
Tengo en el bote a un personaje interesado que promete quitarme cantidad de
polvo de encima, je, je... De ir redondo este trato, puede que Morales me
ascienda. ¿Lo pescas?...
—Altos vuelos, ¿eh, mequetrefe?
—¡Dinero llama dinero, preciosa!
Uno acaba harto de trapichear en el Funny Fairy y aflojarle comisión a la vieja
arpía.
—Entiendo... —Cokaine ladeó la
cabeza.
—A propósito, trae a los Black
Panties. ¿Viste?
—¡Cómo no? —exclamó con cierto
desagrado—. La ciudad entera rebosa carteles.
—Sí, Molly apuesta fuerte. Debe
de haber invertido una morterada en el concierto.
—¡Puf! Después de largarnos a
todas y cada una dispondrá de sobra...
— ,
tal cual pintaba el panorama, u os despedía o bajaba la persiana. El Six-
Sex supoBabarrery vuestra
competencia; las nuevas estríperes mexicanas están, ¡ufff!, y atienden
«peticiones» sin rechistar.
—No la culpo, hombre. Tan solo...
¡Bah, olvídalo! ¡Hoy meo fuera de tiesto! En realidad, Molly se comporta
conmigo; incluso permitió que conservara la taquilla para evitar que salga
disfrazada de casa.
—¿Asistirás el sábado? —Jasper
encendía un cigarrillo.
—¡Nah! El suena machacón, soso...
Pasaré a arreglarme como siempre y al lío. glam rock
El grupo de moda tampoco
entusiasmaba demasiado al muchacho, que, satírico, rimó:
—Esos bufones cantarines
llegarán, llenarán, y mis papelinas volarán, je, je...
La—¡Ay,cantineramicamellitopululabasuertudo!cercay
vino—le dioasondear.unsimpático pellizco en la mejilla.
—¿Os falta algo, chicos? —Ambos
mostraron satisfacción—. ¿Qué no terminas el postre, hermosa?
—Oh, me siento llena. Demasiadas
patatas, supongo...
—Luces delgadita, criatura
—recogió el plato—. Te conviene ganar peso. Cokaine, tácita, mantuvo la
sonrisa, y Becky volvió a sus quehaceres. Jasper, a escondidas, sustrajo
mercancía de la caña del botín. Obró una seña: —¡Pilla! —alargaba el brazo por
debajo de la mesa.
—¡Epa! —la moza atrapó el tema—.
¿Y esto?
—Apetece compartir trigo con los
de confianza cuando la cosecha rinde a espuertas, je, je... —expuso, afable.
—¡Jo, vaya detalle! ¡Muchas
gracias!
En ese mismo instante ingresó un
afroamericano que vestía de veintiún botones: llevaba traje color crema y el
sombrero de ala ancha a juego, del que sobresalía una pluma blanca. Sujetaba,
además, un opulento bastón acabado en tono castaño, con el pomo redondo
incrustado de cristales. Alto, serio, de facciones sombrías, no fue a la barra
ni a sentarse. Se quedó inmóvil junto a la puerta.
—Ahí está ... —dijo Jasper,
levantándose—. ¡Hala, nena! ¡Ah!, y procura no
metértela—Descuida.todade¡Suerte,golpe,
¿pocholito!okey?
Aconteció el oportuno encaje de
manos entre cliente y proveedor y, sin demora, abandonaron la plaza.
Ella satisfizo la nota, más diez
centavos de propina. Al marcharse, Becky la animó a regresar mediante un
cordial «¡Hasta la vista, reina!».
Fuera persistía aquel calor
endemoniado, y eso que faltaba poco para que oscureciera. «¡Ojalá que llueva y
refresque pronto, carajo!», maldijo, sofocada, en tanto cruzaba la calle.
Avanzó ligera hacia la parada del
bus, situada a un tiro de piedra del restaurante. Acá detuvo el paso. Una madre
y su crío aguardaban allí: la señora, distraída, fumaba; el nene tenía un
dedito dentro de la nariz y hurgaba y hurgaba como si intentara extraer
petróleo. «¡En nombre de Dios, Harvey! ¡Compórtate, cochino!», lo regañó mamá
tras sorprenderlo.
Cokaine sustrajo un libro del
bolso, lo abrió por la parte final y empezó a leer.
Antes de que concluyera la
página, hizo el número . No era el suyo, pero la mujer y el niño subieron a
bordo. «¡Ughstop...!»: de repente24sintió una punzada en la barriga. Le dio
poca importancia y recuperó el párrafo. La subsiguiente devino muy enérgica.
«¡Mierda! ¡Será la puñetera tarta de marras! ¡Seguro!», dedujo inquieta. Habida
cuenta de que el malestar persistía, tomó la firme determinación de no consumir
nunca jamás dulces en Sammy's.
El club Funny Fairy
A semejanza de la gran mayoría de
ciudades importantes, Palo Largo quedaba bajo el amparo de lo que en Estados
Unidos denominan
. Este funcionamiento municipal
tiende a repartir el arbitrio, aunque la Mayor-concejo,unclgovernment
proporciónsystem varía de
localidad en localidad, entre el alcalde y un compuesto por regidores elegidos
de cada distrito. Conforme a la coyuntura de la metrópoli que nos concierne,
ambos poderes precisaban consensuarse para aprobar presupuestos, crear ordenanzas
e implementarlas, dirigir y administrar los distintos departamentos, etc.
El caso es que numerosos
rifirrafes entre las partes implicadas habían conducido a molestos paréntesis
en el servicio de recogida y gestión de residuos. Excepto el centro urbano,
donde las tareas básicas trataban de mantener un aspecto de relativa normalidad,
la periferia, en cambio, olía a puro estiércol. No era del todo insólito, pues,
encontrarse con algún que otro roedor audaz visitando las montañas de escombros
apiladas a lo largo de aceras y esquinas. Los chismes que proliferaban acerca
del simpático vecino de la zona oeste, que declaró a la televisión local que
los gatos callejeros engordaban de la noche a la mañana, hicieron verdadero
furor. Pero, ¡ay!, la entrañable periodista que emitió el reportaje, contra
ciertas recomendaciones, pagó cara semejante osadía y fue despachada. Sobra
decir que aquel revuelo puso a la cadena y al consistorio en el punto de mira
de unos contribuyentes harto enojados.
A resultas del intrincado
panorama, al parecer lejos de resolverse, Bernie Goldman, actual intendente, en
función de una de sus extravagantes artimañas políticas, reforzó rutas
concretas de la red pública de transporte, en un triste intento de paliar tanta
cólera. Acaso también influyera sobre esa medida la proximidad de las
elecciones, ya que Goldman no le hacía ascos a un nuevo mandato.
Cokaine acogió de buen grado la
discreta mejora porque el trayecto que frecuentaba fue de los beneficiados y
las esperas se redujeron. Aun así, a duras penas la favorecía ahora, visto que
la rapidez del autobús en que viajaba no obedecía ni de coña a su urgente
necesidad de ir al baño. «¡Cielo santo! ¡Este alfeñique pies planos circula a
paso de tortuga reumática!», pensó compungida, sudorosa e inquieta, mientras la
infame tarta de moras centrifugaba tripas adentro.
Al alcanzar la parada de
Arlington Rd bajó una persona y subieron cinco. Tres de ellas carecían de pase
multiviaje y el conductor, detenido, retornaba la calderilla con el ansia del
que padece discalculia . «¡Apúrate, zoquete!», lo maldijo entre dientes. En
Milton St, a la altura de Cactus(1) Ln, los baches de las obras suscitaron
incómodos brincos. «¡Toma ya! —oprime que oprime el ojete—. ¡Solo me faltaba la
montaña rusa!». Ya frente al paso a nivel, el convoy de mercancías avanzaba más
lento que una jornada sin pan. «¡No, si a este ritmo terminaré yéndome por la
patilla!».
El recorrido concluía en la
terminal de Boulevard Ave y los pasajeros abarrotaron la salida. Tal era el
apremio de Cokaine que desplazó de un tirón a la anciana tullida de delante.
«¡Grosera! ¡Qué descaro de juventud, madre de Dios!», objetó, furiosa.
El sol, batido en retirada,
distendía poco a poco el yugo abrasador. Asimismo, una luna llena aguardaba
impaciente el turno de regencia. Neones, letreros y alumbrados varios
despuntaban a la par en la colorida exaltación que antecede el ambiente
nocturno.
(1) Dificultad a la hora de aprender y resolver operaciones basadas en
números.
Siete motocicletas estacionadas
ante el Funny Fairy reflejaban esa luz tardía cuando Cokaine, apuradísima,
empujó la puerta del club. Los fuertes chillidos enseguida la alertaron: Molly
reconvenía severamente a uno de los Hells Angels, después de que el desdeñoso
motero escupiera en el suelo de su estimado local. Los demás compinches
atajaron la partida de billar; amenazantes, sujetaban sendos tacos. Aquella
bronca tenía un aspecto de mil demonios. La gachí, vista y no vista, traspasó
el barullo, directa al vestuario.
Llegados a este punto, tal vez
cabría destacar que a Molly la Fleur no convenía tomársela a pitorreo. Mitad
blanca, mitad negra y natural de Lafayette (Luisiana), pasó diez de sus sesenta
y dos primaveras a la sombra tras ser hallada culpable de tentativa de
asesinato. Pertinaz jugadora, los sabelotodo proclamaban que obtuvo la
propiedad del garito a base de cometer trampas en una partida de póker que duró
cincuenta y siete horas ininterrumpidas. Y aunque muchos la acusasen de
mezquina por vivir, a todas luces, pendiente de la caja registradora, tampoco
mentiría quien afirmara que otros tantos dispusieron de su gentileza según les
faltó. Aparte del consabido desglose, los asiduos del Funny Fairy estaban de
sobra enterados acerca del pequeño arsenal oculto detrás de la barra: un enorme
bate de béisbol, destinado a incidencias leves; y la escopeta recortada, cuya
aparición atajaba de un plumazo las peores bravuconerías. Desde luego, poco
sospechaban aquellos pipiolos greñudos de su perentoria insensatez, pues el
carácter feroz de la mestiza hacía que tuviera las suficientes agallas como
para enfrentarse al mismísimo Belcebú.
Cokaine evacuó en menos que canta
un gallo. «¡Uff, qué descanso!». Los retortijones remitieron y ahora sentía el
estómago ligero igual que un copo de nieve. Al fondo de la taza flotaba un
funesto puré marrón claro. «¡Jopé! ¡Huele horrible!», exclamó antes de que el
torrente lo arrollara cañería abajo.
Salió del aseo e introdujo la
llave en el candado de la taquilla. Dentro guardaba indumentaria de corte sexi.
Cuatro pares de zapatos sugestivos permanecían en la parte baja. Entretanto
ojeaba las prendas colgadas de la barra, los bramidos provenientes del bar
subían de tono. «Será mejor darse prisa...». Dicho y hecho, reemplazó la simple
blusa que vestía por un top de mangas acampanadas y escote atrevido, que
también dejaba media barriga descubierta. Combinó la mini pieza junto al
resplandeciente pantalón corto de color plata. A continuación, sustrajo una
tira de condones del cajoncito y la metió en el bolso. A medio calzarse los
zapatos de plataforma, resonó un potentísimo trueno. «¡La órdiga! ¡Ha sacado el
trabuco!».
El último pandillero huía del
recinto con toda la celeridad que le permitían las piernas. Eso sí, renegaba lo
indecible contra Molly. Esta, sin siquiera quitarse el cigarrillo de los labios
y a carcajada limpia, le devolvió algunas cortesías parecidas. El resto de
asistentes, mitad risueños, mitad aterrados, seguían la corriente a la dueña;
quizá porque aún sujetaba el rifle de modo amenazador.
—¡Joder, Molly! ¿Cómo osas abrir
fuego aquí dentro? —profirió Cokaine, acercándose a través del pasillo—.
¡Cualquier día provocarás una desgracia!
—¡Epa! ¡Cálmate, chiquilla!
—gruñó la mujer—. Solo son cartuchos de fogueo. ¡Fíjate! —Apuntó al techo:
¡BUM!
Sobrevino otro susto
generalizado. Cayeron, además, unos cuantos pedacitos de yeso en plena mesa de
billar.
—¡Válgame Cristo! —exclamó la
muchacha, aturdida—. ¿Te has vuelto loca? Una hilaridad fría, malévola y
rimbombante escapó de las fauces marchitas de
Molly.
—¡Atiza! ¡Confundí la caja de
munición falsa con la buena! —continuaba de
guasa—. ¡Qué le vamos a hacer! La
próxima vez que la cargue me pondré las gafas...
—agregó, tan pancha.
—¡Maldita chiflada! ¡Llama a Big
Jerry en lugar de liarte a tiros! A todo esto, ¿dónde puñeta anda?
—Imagino —devolvía el arma a su
sitio— que habrá estado espiando tu muda de ropa —le contestó, impasible.
Molly—¡Ah,lebravísimo!lanzóunaEscucha,miradaincisiva¿noeshorayrepuso:yade
cubrir el dichoso agujerito?
—¡Ni hablar! Puede que a la larga
vuelva a coger bailarinas, y así averiguo si son dignas de confianza.
—¡Puf! —resopló Cokaine,
consternada—. Tanto recelo ocasiona paranoia, ¿lo sabes?
—¡Mi casa, mis normas! —Separó la
colilla de la boca y la retorció en el cenicero como si asfixiara una víctima
indefensa—. Y dime, niña, ¿a qué obedecían esas prisas cuando entraste?
—¡Ah! Nada serio. Comí en Sammy's
y el pastel, que sabía tremendo (visaje de
asco), debió de sentarme mal. Un
segundo más y, ¡ejem!, la contención al carajo...
—¡Jua, jua, jua...!
—¡Adelante, regodéate! —la joven
fruncía el ceño—. ¡Condenada bruja! ¡Ya ves, qué gracia!
—¡Menuda temeridad la tuya,
criatura! Cabía reclutar a Becky Sinclair, enviarla a Vietnam y que hubiese
arrojado sus postres infectos a esos «charlies» . Solita
ganaba la guerra en un par de
semanas —bromeó, sarcástica. (2) —¡Bah, exagerada! De normal, siempre pido
fruta o yogur, pero hoy quise
darme el capricho y...
Un individuo de magnitudes
descomunales traía la carretilla llena hasta arriba de cajas de refrescos. Paró
frente a la puertecilla de acceso a la barra y empezó a descargar.
—E
—¡Eh,insistió—:tú!—le¡JERRRYYYY!dijoMolly. El otro, ni caso—. ¡Oh, Dios mío!
¡Cada día oye peor!
El gigante creyó que lo
solicitaba Cokaine.
—¡Hola, rubia, muy muy guapa! —la
vocecita infantil contrastaba frente al tamaño del físico—. ¿Qué deseas?
—¿DisfrutasteEllapusolosbrazosdelespectáculo,enjarrasy
grandullón?carademalas pulgas.
Aunque—¡Mucho,añoro
tusmuchísimo!bailesbonitos;—sonrió,siempreamercedfuistedelmi favorita.candorde
un alma simplona—.
—¡Ay,Cokainequédepusomono!la—suspiró.compostura.
En realidad, Jerry no se llamaba
«Jerry», sino Gerardinho. Y el apodo «Big» le quedaba igual de chiquitín que el
gorro marinero que llevaba puesto sobre el cabezón. Dotado de escultóricos
músculos, este sujeto medía siete pies de altura por tres en la parte ancha de
la espalda; quien más, quien menos, parecía un vulgar liliputiense a su lado.
De origen portugués, no existía puerto que no conociera: pasó cerca de dos
décadas enrolado en la marina mercante; esa piel curtida a fuerza de viento y
marea, donde tatuadores de alrededor del globo plasmaron sus bocetos, daba
constancia inequívoca de ello. No obstante, discurría lento y la progresiva
pérdida del oído lo condujo irremediablemente a tierra firme. Sin residencia
fija, visitaba la ciudad, y Molly decidió contratarlo de cara a preservar el
orden durante
los conciertos. lo consideró un
magnífico fichaje, pues abultaba lo mismo que tres tíos, si Abienprioriaprecio
de un único sueldo.
(2) Apodo que utilizaba el ejército estadounidense para referirse al
Viet Cong.
—¡Aparta tus ojos de ella, Jerry!
—demandó la jefa—. ¡Soy yo la que grita!
—¿Ugh...? ¡Ah, nhora! Mande usted.
—¿No percibiste el alboroto,
mastodonte del demonio?
—¿Alboroto?... ¡Caracoles!
—Crujió los nudillos de ambas manazas—: ¡Señale
al malo y lo sacudo!
Aquella amenaza indujo a los
cercanos a replegarse discretamente.
—¡Diantre de hombre! ¡De qué coño
me sirves si no te enteras de nada?
El pobre Jerry levantó la gorra e
hizo ademán de rascarse la coronilla.
—¡Ay, Molly! —intervino Cokaine—.
¡Eres más tosca que el canto de una
piedra! ¡Existen remedios,
caramba!
—¡No fastidies, mocosa! ¿Dónde va
a ir este con una trompetilla metida en la
oreja?
—¡Date cuenta, viejo chocho, de
que el resto de mortales no vivimos en mil
ochocientos!, ¿vale? Ahora
fabrican prótesis pequeñitas, capaces de incrementar de
forma efectiva la audición.
—¡Grrrr...! —la mestiza detestaba
que la contradijeran.
—¡Anda, anda! Aparca en batería
tu mala leche y admítelo; un audífono le iría
requetechupi —subrayó, jovial.
Molly, reflexiva, mantuvo
silencio un instante.
—¿Dónde narices venden eso?
—exigió acto seguido.
—Me figuro que en cualquier
tienda de radios... o en la casa de empeños.
—Hum... —Cogió la botella de
tequila, llenó tres vasitos, y dirigida a Jerry
expuso—: De acuerdo, mañana
preséntate pronto: visitaremos el establecimiento
de Lieberman.
Cokaine aproximó el chupito al
gigante.
—¡Ole, muchachote! En breve
advertirás incluso el vuelo de un mosquito —le
dijo. Y brindaron—: ¡Salud!
—¿Mañana qué... ? —preguntó él.
Un joven gallardo vino a por una
cerveza; también le apetecía usar el billar. «El
tapete está sucio», se quejó, un
poco altanero.
—¡Jerry!, coge
la escobilla y... ¡Bah!, tardaré menos en
limpiarlo que
explicándote. Tú, moza, atiéndelo y procura
que este pazguato
comprenda
mientras yo me encargo, ¿eh?
—¡Claro! ¡Pierde cuidado!
Cokaine tuvo que emplear la voz a
fondo. Para cuando la mesa quedó despejada, todo el mundo conocía el porqué
Jerry debía comparecer temprano al día siguiente.
Respecto a ese tiquismiquis
engreído, de alguna manera engendraba recelos en Molly. «¿Piensas jugar solo,
chaval?», lo interpeló con una mirada de soslayo. Ni corto ni perezoso, el tipo
propuso echarle una partida y arrojó veinte pavos sobre el tapete. A perro
viejo cuesta pillarlo desprevenido: enseguida supo que era otro de los
incontables buscavidas que solían acudir, a ver qué rapiñaban. Este, encima,
tenía la desfachatez de trajinar el propio taco en un vistoso estuche de pino
rojo muy trabajado. Decidida, atrapó el primero de los palos arrinconados y
repuso: «¡Mejor cuarenta, jovencito!».
Cokaine aceptó atender la plaza
durante el desafío, aunque acaso bebiera el doble de lo que servía. Jerry, a su
vez, rellenaba la nevera, más contento que unas castañuelas en la Feria de
Abril española.
Un reto así atrajo la atención de
los curiosos. La moneda lanzada resultó cruz: abría la criolla. Hubo risitas
socarronas. El contrincante miró alrededor sin comprender.
Molly, confiada, atacó la piña.
¡Zas!; taca-taca-taca... ¡glong!... ¡glong!... ¡glong!; las troneras laterales
engulleron tres lisas. «Suerte...», murmuró el menda. Ante la admiración de los
parroquianos, una a una, las bolas de la veterana desaparecieron como poseídas
por un extraño e inexplicable sortilegio. Apenas recobró los sentidos el
humillado competidor, la número ocho acertaba en el agujero correspondiente, y
su pasta, ¡sigh!, voló hacia bolsillo ajeno.
Al abandonar el club, Cokaine lo
descubrió sentado en la acera de enfrente, bastante desconsolado. «Te aconsejo
vigilar el terreno donde pisas, chico. ¡La vieja es un hueso duro de roer!», le
lanzó, en tanto se alejaba.
Trabajo
De los puntos «calientes» del
Boulevard, la glorieta noreste era sin duda el más conocido, ya que dicha
intersección gozaba de gran concurrencia al conectar con la Interestatal ,
procedente de las Cruces hacia Colorado y Wyoming. En aquel islote rodeado25de
asfalto, yermo, triste, polvoriento, sometido a los rigores del sol durante el
día y bañado por tenues luces amarillentas a partir del crepúsculo, solía
concentrarse el mayor número de prostitutas de la zona. No chocaba demasiado
que los conductores ávidos de servicios sexuales circulasen en torno hasta
descubrir a la que mejor personificara sus fantasías. A veces se producía tal
agolpamiento de vehículos que incluso afectaba la fluidez del tráfico.
Cláxones, gritos y afrentas ponían la banda sonora en similares casos, aunque
los audaces
culminaban siempre en agua de
borrajas.
crescendNoobstante, de un tiempo
para acá, buena parte de esas trabajadoras iba desplazándose a cualquiera de
los tres lupanares abiertos recientemente cerca del polígono industrial, a
varias manzanas de allí. Esta circunstancia obedecía al plan de reconversión y
revalorización del extrarradio que llevaba a cabo cierto grupo inversor, el
cual, mediante la ayuda e influencia del alcalde, perseguía obtener suculentos
beneficios de un área urbanística poco explotada.
Dos exbailarinas del Funny Fairy
charlaban en el citado espacio, pendientes de que alguien las solicitara.
—... A propósito, hoy tampoco veo
a Candy ni a Wendy —advertía Bunny—. ¿Qué habrá sido de ellas?
Sweetheart repuso:
—Me temo que después de todo,
querida, Darryl las facturó a ese picadero nuevo de Lake Rd.
—¡Nah! ¿Seguro?
—Tanto como que dos y dos suman
cuatro. —Un lujoso Cadillac descapotado aminoraba—. ¡Eh, atiende! —indicó, ojo
avizor.
—¿Uh...? —Bunny estaba en las
nubes—. ¡Ah! Alborozadas, se aproximaron cogiditas de la mano.
—¡Hooola, encanto! —dijo
Sweetheart—. ¿Vienes con tu linda carroza a por un par de Cenicientas
traviesas?
—¡Tenemos permiso del hada
madrina hasta el amanecer! —la cómplice, provocativa, meneaba la cadera—. ¿Te
apetece una aventura memorable, guapito de cara?
—¡Oooh, apuesto a que sí!
¿Verdad, mi rey? Mira, esta es Bunny y yo Sweetheart. ¡Anda!, déjanos subir y
haremos reales tus sueños más perver... —El individuo aceleró—. ¡Eh, aguarda!
¿A dónde...? ¡Regresa, amorcito!
—¡Bah! Ignóralo, Sweety. No
volverá.
—¡PÚDRETE, PICHAFLOJA! —soltó
cabreada—. ¡Gilipollas!...
Bunny quiso retomar el hilo:
—Escucha, en cuanto a Darryl, me
sorprende mucho este cambio de postura. Cada vez que venía al club
fanfarroneaba: «¡Si encerrara a mis chorbas en burdeles —tono grueso y ronco,
lo imitaba, burlona—, enmohecerían igual que el pan dentro de un cajón!».
—Pues ahorita declama que currar
bajo techo las favorece de mil y una
maneras; ¡tócate las narices!...
—¡Puaj! ¡Farsante! ¡Nunca les ha
facilitado nada!
—Eso mismo pensé —convino
Sweetheart. Y bajito, agregó—: Luego supe que
lo achucharon dos polizontes de
paisano. «Larga a tus furcias de la rotonda o las encerraremos contigo»; la
cosa fue algo por el estilo. Y entonces comprendí.
—¡Caray! ¿Desde cuándo le
preocupa a la bofia dónde ejercemos? ¿Acaso pretenden agrandar su pedazo del
pastel?
—Órdenes de arriba, sospecho...
—Extrajo el último cigarrillo del paquete y lo encendió—. Esa sabandija de
Goldman —arrojaba la bocanada— trata de barrer a fondo el distrito, estoy
convencida.
—¡Ugh! —Bunny alzó las cejas—.
¿El alcalde?
—¿Quién si no, boba? Abracadabra:
¡puff!; de repente brotan puticlubs del aire y aquí vamos de capa caída.
También cerraron el Mardi Gras sin razón, acuérdate, y el antro aquel de
Leicester Ln.
—Bueno, sí...
—Cuenta, además, las redadas,
detenciones, los desahucios, derribos, obras y maquinaria a punta pala... Viste
Farmington Rd cortada a la altura del cruce, ¿verdad? —Impulsiva, se apartó el
mechón rizado de la frente—. Conforme intuyo, algún ricachón espabilado trama
un proyecto inmobiliario de envergadura y...
—Y las pilinguis ensuciamos la
postal. ¡Lo pillo, Sweety, lo pillo!
—¡Exacto! ¡Nos barrerán del
panorama! El asunto pinta magro, dulzura — predijo, angustiada.
Bunny era de naturaleza
optimista.
La—¡Oh,compañera,unaspuertasadiferencia,cierran
tendíayotrasalabren,escepticismo.limoncito mío! —expresó vivaz.
—Abren una vez que dispones de
llave, chata... —adujo con un leve susurro. —¿Perdona?
—¡Ah,—¡Ejem,olvidabaejem!(manolatercera!ala
garganta)Lapelirroja..Carraspeo¿Cómo...?—soslayó.
A Sweetheart le sobrevino un
repelús pese a la certeza de que tarde o temprano preguntaría al respecto.
—¡Mandy,—Mandy—leajá!contestó,¿Aúnsigueentretantoenferma?meditaba:
«En fin, vamos allá...».
—¿Complicaciones?—Huboseriascomplicaciones,¿Quéclase
cariño.de...?
—De las que impiden salir
adelante, ya sabes. —No, Bunny no sabía—. ¡La jeringuilla, que la fulminó,
leñe!
—¡Ay, mecachis! ¡Vaya desgracia!
(gesto de estupor). Tan joven, preciosa, repleta de futuro...
—Sí, corazón, lamentable.
Figúrate tú, Chloe acompañó a Wendy y Candy a las exequias, y me comentaba que
Darryl ni siquiera tuvo el decoro de asistir.
¡Menuda—¡Malnacido!vergüenza!¡Después
de patear la calle noche tras noche en beneficio suyo!
—Presumo que hoy por hoy ese
cabronazo desfila detrás de cualquier alma de cántaro, lo bastante ingenua como
para caer rendida a su embrujo de macarra presuntuoso. —Sweetheart caló del
cigarrillo y, mordaz, prosiguió—: Pronto emergerá una Sandy, Cindy o Paddy
decidida a resolverle la plantilla. No te quepa la menor duda.
—¡Sí, sí! ¡Tiene la manía de
ponerles nombres terminados en «dy»!
—¡Uy! Según Chloe, lo devoran
multitud de paranoias; vive encerrado en una jaula de supersticiones. —«¡EO,
PAREJITA!» —resonó de súbito.
El toque de atención provenía del
paso de cebra a sus espaldas. Aquella voz fresca y resuelta les era del todo
familiar.
—¡A buenas horas, mangas verdes,
nena! —observó Sweetheart—. ¡Vienes
supertarde!
Cokaine atravesaba la carretera
oscilando levemente.
—Lo siento. Me entretuve, ¡ouch!
(ligero traspié), en el Funny. Molly ha
desplumado a otro mindundi al
billar; otro que jamás regresará, je, je, je...
—¿Estás—¡Esaviejapiripi,cascarrabiastesoro?—intervinoresultamáslafierasocia.que
la carpanta! —bromeó Bunny.
Cokaine puso carita de ángel.
Afloraron—Atendílacarcajadas.barradurante
el duelo —confesó.
—¡Obvio!—¡MollyrecaudaFuimos
—apuntabaexcelentesmaestras,Bunny—,¿eh,yestarubita?listilla vacía!
De forma espontánea, surgió el
gran festejo de la velada anterior, en donde, aparte de colocarse, beber y
manducar, brindaron servicio a tal o cual asistente. Entre anécdotas y
cuchicheos, Sweetheart quiso averiguar si la rezagada llevaba «algo» encima. «¿Al
margen del alcohol en vena? —ironizó Cokaine—. Apenas medio "tiro",
pero antes coincidí con Jasper de milagro y me hizo un regalito». Sacó la
papelina del bolso. «¡Fantástico!»; rostros ufanos.
Mientras se empolvaban la nariz,
el tránsito discurría sin que nadie les prestara ninguna atención. Tal escasez
de movimiento enseguida salió a relucir. La realidad manaba clara como agua
cristalina: gracias al empeño del departamento de policía, los proxenetas
movían a sus chicas, y la clientela volaba hacia el polígono. La minoría que, a
semejanza de ellas, actuaba por libre, sucumbiría de no adoptar idéntico
derrotero.
Los soplos acerca de las
flamantes mancebías generaban turbulencias en el pensamiento de las tres: tomar
ese tren significaba turnos ordinarios de ir ligeras de ropa, a merced de la
lujuria ajena. Asimismo, corría el rumor de que el trato a las distaba del
ofrecido a los macarras, dado que los susodichos aportaban
elfreelancersgruesodel personal.
¿Cómo sobreponerse a este cuadro?
—Visto lo visto —introdujo
Cokaine—, aceptaré la sugerencia de aquel fotógrafo que os dije.
—¿Lo del porno? —exclamó Bunny—.
¿Hablas en serio? Medítalo a conciencia porque las pelis perduran; quedarás
encasillada hasta que las ranas críen pelo.
—Lo eterno pertenece a los
dioses, chica, y el pudor solo rinde cuentas a la moral —repuso—. Es privilegio
de cada una disponer del propio cuerpo.
—Al fin y al cabo —terció
Sweeteart—, bien podría tratarse de una alternativa, cielo. Antes aludiste a
las oportunidades, ¿recuerdas?
—No me refería a esto
precisamente (visaje quisquilloso)...
—Entonces —reanudó la consorte—,
¿prefieres los palacios del folleteo, empuñar la fregona, de chacha, o servir
en el Safeway , esclavizada de sol a sol y a
cambio—¡Ja!de¡Ja!cuatro¡Quéperrasgraciosa!chicas? (*)
—Además, a falta de resguardo,
somos vulnerables. Y en la actualidad hay
montones de tarados e idiotas
sueltos...
—Coincido contigo, Sweety
—secundó Cokaine.
Enfrascadas en los pros y contras
de exhibirse delante del objetivo, les pasó desapercibida la camioneta
Chevrolet que acababa de frenar. ¡Mec-mec!
«¡Ups, tenemos visita!». Y de
inmediato desplegaron sendas artes seductoras. —¡Buenas noches, hermoso! —Bunny
contoneaba el tipo con delicado esmero
—. ¿Buscas compañía?
—¡Chasquea los dedos, muñeco —una
Cokaine explosiva le hacía ojitos—, y te hallarás en el paraíso!
(*) Cadena de súperes muy extendida en los Estados Unidos.
La restante, descarada,
bamboleaba jactanciosa su enorme pechera.
—¡Ay, guapetón, noto los pezones
duros como piedras! ¿Quieres lamerlos? — El tipo permanecía alelado, incapaz de
pronunciar palabra—. Oye, ¿te comió la lengua el gato, mi amor?
—¡Qué mono! Es de los tímidos,
ji, ji... —dedujo Bunny. De cara a romper el hielo, tras presentarse, nombró a
las restantes.
En el ínterin, Sweetheart fisgaba
a través de la ventanilla.
—Pues muy cohibido no parece,
hija... ¡Fíjate! —destacó el bulto bajo la barrigota, cuya altura casi
alcanzaba el volante.
—¡Dios santo, muchacho! —depuso
Bunny—. ¡Me hierve la sangre de imaginar lo que escondes ahí!
Cokaine también asomó la nariz.
—¡Uau! ¡Semejante herramienta
dará para todas! —Fluyeron risitas de complicidad.
—Err... Uh... ¡Yo...!
—¡Di, venga! ¡Sin miedo, bonito!
—Bunny supuso que ofrecerle una pequeña muestra de acción facilitaría las
cosas: deslizó una manita traviesa bajo la minifalda de la parienta.
—¡Oooh...! ¡Mmm...! —esta se
dejaba hacer.
—¿Ves, chato? —Cokaine contribuía
sobándole las tetazas—. ¡Así de suaves y tiernas seremos contigo!
—¡Uff! ¡Qué gustito, pillinas!
—Sweetheart dio por supuesto que el menda ya estaba en el bote. Furtiva, agarró
el asidero de la puerta. ¡Trak! ¡Ñiiiiic...! La luz de cortesía expuso a las
bravas un rostro de escasa apostura—. ¡Míralo! ¡Clavadito a Robert Mitchum!
—lisonjeó—. ¡Arriba, bellezones!
—¡Alto! —opuso el tipo.
—¡Solo—¿Ocurreella!algo,—señalómivida?aCokaine.—replicó
la pechugona, en el acto de montarse.
—¡La—¡Oh,rubia!noseas—reiteró.tontito!
¡Cabemos las tres!
—¡Condenado mequetrefe! —maldijo,
marcha atrás—. ¡Haberlo escupido de entrada y nos ahorrábamos el jodido
sainete!
Pactados los honorarios, la
elegida subió a bordo. «¡Chao, nenas!». El vehículo desapareció en la primera
salida, y con él el lucro de las despechadas.
—¡Manda huevos! —gruñó
Sweetheart—. ¡Llega cuando le pica, y muerden primero su anzuelo!
—¿Cuánto—Lapuñeterallevamosposeenosotrasunimán
aquí—convinodandoBunny,palosalresignada.agua?
—Hum... Creo que alrededor de
hora y pico, limoncito. Olvidé el reloj en casa. —¡Rayos! ¡Aparentan diez!
Devino la quietud entre ambas. De
fondo sobresalía el pertinaz murmullo de las cuatro colegas vecinas, el sonido
de la circulación intermitente y, a manera de contrapunto, un moscardón latoso
zumbaba alrededor.
—Dime.—Estoo... —Bunny deshizo el
silencio—. Referente a... —vaciló.
—¡Bah! Descuida.
—¡QuieresLacamarada,escupirlo,resabidajolín?detales
titubeos, cerró los ojos y lanzó:
—¡Claro!—¡Vale,vale!¿Por¿Contemplasqué?
de verdad lo del porno o...?
—Francamente, no sé yo si esa
perspectiva...
—¡Demonios! Vigila la libreta de
ahorros y comprobarás que apenas cubrimos
los gastos del carmín, conque...
—De acuerdo, pero...
—¡Pfff, qué borrica! —la achuchó,
afectuosa—. A ver cómo le va a Cokaine y entonces decidimos. ¿Chachi?
—Hum... ¡Chachi piruli! —sonrió
Bunny.
—¡Un—¡Hale,momento!pues!Sé
¡Aquelbuena yvienedamea tabaco,lacaza! porfa; liquidé mi cajetilla.
—¡Epa! —Sweetheart aderezó la
pechera, y vuelta a empezar—: ¡Yuuujuu, ricura...! —El coche las rebasó sin
siquiera detenerse—. ¡FORMIDABLE! ¡ESO, ESFÚMATE, PUSILÁNIME! ¡Oh, recristo...!
En distintas lenguas y modos
dispares, los pozos de erudición de alrededor del mundo destacan la
conveniencia de capear el mal tiempo poniendo una cara alegre: esta idea tan
propagada invadió el discurrir de Bunny. Aunque contravino divulgarlo de viva
voz; Sweetheart estaba tan furiosa que exhalaba el humo del pitillo a través de
los orificios auditivos. Prefirió no contrariarla más allá de lo necesario. Y,
en su tácita reserva, mantuvo la certeza de que, a despecho del carácter
rezongón, poder contar siempre con ella representaba la mayor de las fortunas.
¡Desde luego que pronto les cambiaría la suerte!
El granjero
Un hecho ineludible es que,
individuo a individuo y generación tras generación, los hombres transforman el
mundo conforme a la lógica propia de su especie. Este proceso de cambio
paulatino, tenaz e imparable —a menudo tipificado de «evolución» o «desarrollo»—
origina, por consiguiente, multitud de disciplinas, ámbitos y sectores en el
vasto grueso social, destinados a cubrir las necesidades, zozobras, excesos y
vanidades de aquellos que reinan sobre el resto de la fauna.
Otro fenómeno básico revela que,
en función del pluralismo entre personas, algunas nacen predispuestas para
manejarse dentro de un campo determinado o profesión específica. La naturaleza
manda y establece de modo aleatorio: ley de vida; única soberana capaz de
relegar al rincón más oscuro la tiranía de lo humano. En este sentido, y sin
lugar a entredichos, la formidable desenvoltura de Cokaine respecto a las artes
amatorias hacía de ella una meretriz privilegiada donde las haya. Acaso el
motivo residiera en esa agraciada lindeza inherente, desparpajo y erotismo que
rezumaba a flor de piel, quizá fuese la sublime modalidad de interpretar unas
farsas untadas de dosis masivas de cremosa lubricidad; los bordes del atractivo
y lo voluptuoso a menudo distan del raciocinio, serpenteando en el trasfondo
latente de lo inaccesible.
En pocas palabras: incendiaba la
lascivia hasta tal punto, que un eventual estándar sucumbía bajo su arrolladora
complacencia como si jamás hubiera gozado de ninguna fémina. Así de ágil iba el
asunto. Pero la muy astuta no lo liberaba de buenas a primeras, sino que,
mediante calculadas e inefables obscenidades, volvía a excitarlo al extremo de
que suplicara en pos de una segunda incursión. «¿Sabes el tiovivo de las
ferias, encanto? —disparaba entonces—. Pues esto funciona idéntico: un pago, un
viaje».
Con la «víctima» despachada del
todo, el terminaba; momento en que corría a darse el merecido remojón. Y libre
de hedoresaffai ajenos, regresaba a la casilla de salida, a la espera del
próximo que estuviera dispuesto a aligerar los testículos y la cartera en un
tiempo récord.
El servicio «completo» de Cokaine
costaba cuarenta dólares, alcoba al margen. Este incluía juegos y masajes
eróticos; también el acto de rigor, desde luego. Aunque, según la condición del
sujeto, y siempre y cuando alcanzara un pacto satisfactorio, toleraba ciertos
extras. En la práctica, la única norma impuesta era el uso del condón. Caso de
que el interesado lo rechazara, la réplica no se hacía demorar: «¡Abur,
mentecato! ¡Búscate un hormiguero y métela ahí!». Y por si cualquier canalla
pretendiera extralimitarse, en el interior del inseparable bolso
—trenzado en paja beis, que tenía
flores bordadas a los lados, flecos, y asa dobleshopperde cuero— ocultaba una
navaja automática de cuatro generosas pulgadas; obsequio de Molly la Fleur,
quien, a la par, le enseñó a esgrimirla con eficacia.
Aquella noche, después de
confluir junto a Bunny y Sweetheart, Cokaine abandonaba la glorieta en compañía
del «Robert Mitchum» timorato de la picop Chevrolet.
—Bueno, querido, ¿piensas
desvelarme tu nombre o debo escoger uno para la ocasión?
—MeTrasunallamorisitaGeorgetontorrona,—dijoadmirándolaeltipogirólaembelesado.cabeza.
—¡Un placer, bonito! Ya oíste
antes, soy Cokaine —le otorgó una carantoña dulce—. Y ahora que nos conocemos,
convendría que no desatendieras la carretera, mi amor.
La modesta soltura de George en
lo tocante al sexo opuesto resultaba palmaria. Quizá su particular fisonomía
colaborara a esa impericia: una frente estrecha, cejas abundantes y
desaliñadas, además de los pequeños ojos medio encubiertos detrás de rollizos
mofletes, esbozaban las trazas superiores del rostro. Llevaba el pelo
aplastado, aceitoso y ridículamente peinado a un lado. La mandíbula, redonda,
concluía en una barbilla regordeta dividida en «Y». De todas maneras, los
alarmantes incisivos —más típicos de un roedor que de un ser humano— parecían
aportar la causa definitiva que repelía a las damas. En cuanto a la elegancia,
imperaba la ausencia de la misma: vestía una camisa insulsa a cuadros,
abrochada hasta el último botón, que enquistaba debajo del tejano de saldo.
—No temas, preciosa —George
restauró la vista al frente—. Conduzco de fábula; mamá siempre lo menciona
cuando la acerco a alguna parte.
La gachí iba pensando que esta
faenita sería coser y cantar.
—Orgullosa estará de tener un
hijo tan apañado y atractivo —repuso sonriente, a título oportuno.
Él ladeó una mueca de fastidio.
—¡Cáscaras!—¡Uy!Mereñiría—se
cantidadsorprendiósi supieraella—.¿Yqueeso?alterno contigo.
—¡Uf! Aborrece las mujeres como
tú.
—¡Disculpa?...
—¡Aaaj! No quise... Verás, mi
madre acusa a las... de perseguir el dinero fácil. ¿Comprendes?
—¿Y quién no, cielito? —le
contestó; empero, tácita, protestaba: «¡DINERO FÁCIL?».
El menda puso cara de granuja y,
de un arrebato, aventó:
—Hoy cumplo años y cree que fui a
celebrarlo a casa de mis primos. —¿Soltaste una mentirijilla a mami para
escaparte conmigo, briboncete? —Así es, ¡ji, ji, ji...!
—¡Dios, qué adorable!
—Si no, no me permitía salir
—objetó, quejoso—. Sufre todo el tiempo. —Escucha, encanto, ¿qué tal si nos
olvidamos de la señora y me dices cuántos
añitos...?
—¡Vale, ji, ji...! Cumplo treinta
y uno.
—Gracias,—¡Caramba!guapa¡Muchísimas—Delrubor,felicidades,lesubieronrey
mío!;loscolores.¡muac!
—Bien, Georgie, bien —prosiguió
Cokaine—. Y a todo esto, ¿a qué te dedicas? —Oh, trabajo en la granja Tucker
—dijo.
—¿Tucker?... Lo lamento, ni idea.
—Cae dieciocho millas al sudoeste
de la ciudad. Criamos los mejores marranos del condado.
—¡Vaya! ¡Conque cerditos, je,
je...! Apuesto a que los mantienes lindos y rechonchos, ¿eh?
—En reaa... aa... aalid...
—percatado de que tartajeaba, se contuvo. Tomó aire y, despacio, recomenzó—:
En... en realidad, quien está a cargo de cebarlos es Williamson.
—¡Ji,—¡Ah!ji,¿Entoncesji...! tú
qué...?
—¿Y esta risita? ¿Qué significa,
corazón?
—Yo... Err... A los machos... les
hago, ¡ejem!, cositas... allí abajo... ¡Ji, ji, ji...! ¿Adivinas?
En efecto, George extraía esperma
a los verracos de cara a la crianza. Puesto
que el procedimiento era cien por
cien manual, la muchacha enseguida estableció un paralelismo entre sendas
labores, y retuvo su hilaridad durante el desglose inmediato. Pronto constató
que puercos y varones compartían múltiples semejanzas.
—... ¿Sabes? El señor Bronson,
jefe del laboratorio, asevera que poseo un don especial.
—¡Anda! ¿Y en qué consiste ese
don, cariño? —le siguió la corriente. —¡Consigo la máxima cantidad y calidad en
cada sacudida! —expuso, la mar de
satisfecho—. ¡No te cachondees!
¡Va en serio! Duncan, mi favorito, que pesa doscientas diez libras, puede
preñar a veinticinco hembras de un mero vaciado. ¡Y siente verdadero afecto
hacia mí! Apenas olerme, pega saltitos de alegría.
—¡Cómo no, ja, ja, ja...!
George accionó el intermitente y
giró a la izquierda: habían llegado al punto de destino.
A poco menos de seis millas de la
rotonda, el motel Paradise tenía fama de acoger aquellos encuentros que
requirieran una total discreción. Por lo demás, el parador no albergaba
características destacables; igual que tantos, se trataba de un inmueble convencional
de dos plantas, dispuesto en forma de «L», con el acostumbrado acceso a las
estancias a pie del aparcamiento. El ala oeste acogía una máquina de refrescos,
otra de patatas chips, y un viejo congelador que dispensaba hielo a quince
centavos la bolsa. En el lado norte radicaba una cabina telefónica de aspecto
ruinoso. Funcionaba, pero nunca devolvía el cambio. La recepción, abierta las
veinticuatro horas, ocupaba el ángulo del edificio.
Gustavo solía cubrir la jornada
nocturna. Aposentado detrás del mostrador,
disfrutaba de las peripecias del
Dr. Richard Kimble en (El fugitivo); serie de mediados de los sesenta que la
ABC reemitía a diestroTheFugysiniestrotive.
—¡BuenasAlentrarlanoches!pareja,
bajó¡Bienvenidos!elvolumen del aparato portátil y, muy cortés, entonó:
—¡Gus, chato! ¿Qué hay?, ¿todo
tranquilo? —Cokaine traía a George agarradito en plan enamorados.
—Ya,—Bastante,chico.
Elseñorita.aparcamientoNomás unosnomiente.cuantos huéspedes.
—Cierto... —convino jovial—. Y
díganme, ¿en qué puedo servirlos?
—A mi amigo y a mí nos gustaría
pasar un rato a solas. ¿Verdad, dulzura? George exudaba adrenalina a través de
cada uno de los poros.
—¡Sí, sí! ¡Denos una habitación!
—impuso. —Naturalmente. ¿La desea provista de radio, señor? La pregunta
desconcertó al granjero.
—Georgie, cielo —intervino la
moza—, ¿te apetece un bailecito sexi solo para tus ojos?
—¡ConÉltragóradio!saliva,
¡glups!, y arrojó:
—La quince les irá perfecta. —El
conserje extrajo la llave del casillero y la dejó al lado del libro del
registro—. Firme aquí, caballero.
—¿Eh...? ¡Ah!, claro. —Echó una
rúbrica temblorosa.
—Estupendo, señor... Mallory,
¿correcto?... Serán diez dólares, si le complace. —Este sacó la cartera (bien
repleta) y satisfizo el importe—. ¡Excelente! ¡Les deseo una feliz velada,
señores!
—¡Gracias, Gus! —ella recogió la
llave—. ¡Hale, cariño, vámonos!
Su acompañante la siguió cual
perrito faldero, pendiente de que le suelten un hueso.
El alojamiento quedaba a dos
zancadas de la máquina de refrescos. Aunque
sencillo, lo de dentro cumplía:
la cama, tipo , era amplia; había mesillas a ambos lados —la de la izquierda
dotada qudeenreceptorsize AM/FM—; dos butacas, cómodas en apariencia; un
guardarropa junto al aseo y, delante del catre, el escritorio donde Cokaine
colocó el bolso.
—¿Ugh—Georgie,...?¡Ay,pillín,lo
siento!¿quieres que la gente fisgue en nuestros asuntos?
—Eso, churri, cierra la puerta.
—Fue a poner la radio. Giró el dial: zzzz.. «...
Recordamos a nuestros oyentes que
pueden llamar al 391-4074 para cualquier petición. ¡Aquí la WLZRD, emitiendo
desde Palo Largo! (Falca publicitaria de jabones Florinda, patrocinador del
programpalmaditas).¡Yllegó la hora del último gran bombazo»—.Ahoradel
acomódate,verano:"ThetesoroPlayer",—propinabaimersingle del
nuevosobreplásticoel lechodeFirst—, Choicqueesto! te va a encantar. —E inició
un ardiente contoneo al ritmo de la animada pieza de música disco.
hechizado,George
seobservabaestremecíaaquelconmonumentocadagesto,enconaccióncadasinretorcimientodescuidarel
menoroposturadetalle;que adoptaba. En particular cuando empezó a bajarse la
cremallera del lustroso
mediaantesuvuelta.mismísimaElincesantenariz.Desabrochózarandeodetambiénlacaderael
corchete,indujoa queyluego,elatavíojuguetona,resbalarashortdio
acérrimopoquitoaadmiradorpocopiernaslomismoabajo.
queLas braguitasunsoploavivadeencajeelfuego.negras atizaron la brasa del
La joven tomó inclinación, agitó
el pandero sensualmente y, menea que menea la figura, volvió a incorporarse de
cara a él.
—¿Te gusta lo que ves, mi amor?
—¡Su... sublime! —Obvio que
semejante espectáculo rebasaba cualquier festejo en compañía de los primitos.
Y le vino el turno a la parte de
arriba: seductora, insinuó un hombro, después el otro; de tal guisa que,
coqueteo a coqueteo, sustrajo la prenda por entero. En tanto exhibía los senos,
provocativa a más no poder, se chupó el dedo medio izquierdo y humedeció con él
ambas aureolas. Asimismo, condujo la mano derecha hasta el pubis. Musitó
gemidos varios mientras la entretenía acá.
De improviso, asió el rostro del
pardillo y lo atrajo hacia las gentiles turgencias. —Georgie, rey, ¿acaso
pretendes hacerme el amor vestido?
—¡Sigh...! ¡Ehhhj…!
—¡Oh!, ¿te cuesta hablar
apretujado contra mis tetas? ¡Venga, yo te ayudo!
En el acto desbotonó la camisa,
la retiró, y mediante un empujoncito le hizo entrever que debía recostarse y
dejarla al mando. Pantalones fuera, de los calzoncillos afloró un miembro
rígido a modo de estaca. «Sucumbirá en el primer asalto», predijo, enfundándole
el preservativo que sostenía entre los labios.
—¡Oooh...! —la reacción del
machote fue rotunda. —¡Slurp-slurp! ¿Disfrutas, cariñín? ¡Slurp-slurp!
—¡Mmm...! ¡Aaah...!
—Bueno, tomaré eso como un «sí».
Al cabo de un momento adoptaron
la clásica posición del misionero. ¡Ñic, ñic, ñic... !; el somier, quejoso,
acusaba la intensidad del vaivén. «¡Así, así! ¡No pares, vida mía!», lo
encareció, entretanto comprobaba el reloj de reojo.
La cosa marchaba según lo
previsto: George parecía a punto de concluir, pero, de repente, detuvo la
actividad y adoptó una extraña rigidez. «¿Qué ocurre, querido? ¿Te encuentras
bien?». No demasiado, porque le dio por temblar y escupir babas igual que si
estuviera enganchado a la línea eléctrica. Asustadísima, forcejeó
para quitarse aquel peso de
encima; envuelta en una toalla, salió a pedir socorro. Un sujeto manipulaba las
alforjas de la motocicleta estacionada frente a la
pieza diecisiete; diríase que
acababa de llegar y procedía a instalarse. De treinta y pico, moreno, delgado;
aparte de su espeso bigote en herradura, destacaba la bonita gorra Gatsby que
llevaba puesta al revés. La súbita aparición de una belleza medio desnuda lo
distrajo.
—¿Qué—¡Ey,tú!sucede?—Cokaine—le
aligerabacontestó. en dirección a él—. ¡Necesito ayuda!
—¡Mi amigo sufre una especie de
ataque! ¡Tiene muy mala pinta!
—¿En serio?... —la miró
receloso—. ¿En qué clase de argucia quieres involucrarme?
—¡No es ningún engaño, palabra!
—opuso ella con vehemencia—. ¡Apúrate, carajo!
George,—Hum...tiradoDeacuerdoarasde—soltósuelo,
eltemblabaequipaje—.sin mesura.Cálmate, ya voy.
—¿Me crees ahora?
—Sí, mujer... —se arrodilló al
lado.
—¡Las sacudidas sobrevinieron de
improviso! ¿Sabes qué le pasa?
—Un brote epiléptico, sospecho
—intentaba colocarlo de costado—. Alcánzame el cojín, por favor... —le acomodó
la cabeza—. Y trae toallas; interesa que guarde el decúbito lateral.
Rauda, invadió el baño y regresó
. —¡La única que encontré, toma! ipsoyo facto —Demasiado pequeña... Descuida,
me encargo. —¡Joder, tío! ¡Está azul como un pitufo!
—Pasa a causa de la mala
oxigenación. Una vez que termine, los músculos perderán rigidez y respirará
normalmente. Tranquila.
—No.—¿Eres médico?
—Pues aparentas confianza...
ElLa
desconocidocrisiscesódelegolpe.tomó Georgeelpulso.permanecía inconsciente.
—Saldrá del aprieto —dijo al
levantarse—. Quizá le cueste volver en sí; los episodios agudos son
extenuantes. Y puede que al despertar muestre cierta desorientación. Os
recomiendo que acudáis a un especialista. Sin pegas añadidas, le recetará
anticonvulsivos y problema resuelto —sonrió—. En fin, buena suerte.
—¡Eh, aguarda! ¿A dónde vas?
—Mis cosas siguen fuera...
—¿Y si no espabila?
—¡Mejor—Entoncesquédate!pideuna
ambulancia.
—¿A qué? Ya lo cuidas tú.
—¡Oh! Yo... tan solo... Él
siquiera es...
El muchacho enseguida dedujo el
qué.
—Conforme, márchate —asintió—.
Luego vengo a echarle un vistazo, ¿ ?
—¡Sí, genial! ¡Oye, te lo
agradezco de corazón! okey —¡Bah! Olvídalo. —Le lanzó un guiño simpático y
desapareció.
Hacía cerca de cinco meses que
Cokaine vivía de la práctica, y en este tiempo nunca tuvo percance similar.
«¡Menudo susto me ha pegado el pipiolo de las narices!», exclamó, vistiéndose
aprisa.
George no era distinto del resto
de fulanos que pagaban por acostarse con ella,
y en absoluto sentía la mínima
obligación respecto a él. Aun así, lamentaba desentenderse de aquella manera,
acaso debido a la graciosa analogía surgida durante el viaje. Eso ni mucho
menos le impidió meter mano a su cartera y desembolsar ochenta pavos; cantidad
que, en circunstancias usuales, hubiera satisfecho de buen grado.
Popurrí
A continuación, fue a plantarse
junto a la carretera y alzó el pulgar. «Menos mal del chico de la moto
—discurría—, porque estaba muerta de miedo, y a saber cómo diantre apañármelas.
¡Ay, qué ojazos puso al verme! (mueca traviesa). Aunque, de entrada, sospechó
que trataba de engatusarlo... No lo culpo, pobrecillo; el lance tenía un toque
grotesco».
En aquel momento paró una
furgoneta Volkswagen naranja muy destartalada.
«¡Hola! ¿Os importa acercarme a
la ciudad, porfa?». El al lado del chófer convino: «¡Paz y amor, rayo de sol!».
Le abrieron la compuertahippielateral e ingresó en
el vehículo. Los cuatro de la
parte posterior traían idénticas fachas . «¡Pssst! ¡Eugene! —bisbiseó uno con
disimulo—. ¿Esta tía irradia luzflowerpropiapowoesr cosa del... ?». No obtuvo
respuesta en absoluto, dado que el compinche flipaba abstraído, intentando
atrapar algo invisible.
Ante según qué conductas, dedujo
que iban puestos de LSD hasta las cejas; incluso hubo lapsos en los que el
manejo alucinatorio del conductor le hizo temer la peor de las catástrofes.
«¡Jopé, vaya nochecita!». Apeada en la rotonda de una sola pieza, ¡gracias a
Dios!, buscó a Bunny y Sweetheart, pero ni rastro de ellas. De modo que después
de saludar a varias compañeras, encendió un cigarrillo, entretanto aguardaba al
próximo príncipe azul.
Este resultó ser un picapleitos
de mediana edad, casado y padre de tres espléndidas criaturas, cuyos retratos
destacaban en el portafotos familiar del salpicadero. Por lo visto, la
primogénita, dotada de una voz angelical, acababa de obtener el puesto de
solista en el coro infantil de la parroquia. «¡Mi adorada calabacita goza del
favor divino!», le transmitió repleto de orgullo.
Individuo de gustos elegantes y
sofisticados, la condujo a un lujoso apartamento del sur de la ciudad, donde,
además de farlopa peruana y alcohol de marca, también había una estancia
dedicada a las prácticas de sometimiento. Si bien es cierto que, durante el
servicio anterior, la desdichada tuvo que soportar los espumarajos del granjero
sobre su linda tez, en este caso, tan distinguido caballero ordenó que le
escupiera de forma reiterada, mientras lo sodomizaba con un majestuoso plátano,
que él mismo escogió de la cesta rebosante de frutas del tiempo allí ubicada.
Satisfechas las pertinentes
parafilias, regresó al Boulevard en taxi, a manos de un conductor sereno. Y
luego del merecido refrigerio en Burguer Flash, remató la noche practicando una
felación rápida detrás del susodicho establecimiento.
De vuelta a casa, las cuentas
culminaron así: aparte de los ochenta pavos de
George, el ilustre letrado aflojó
nada más y nada menos que un , al margen de cubrir el coste del retorno. Si
sumamos la faenita de últimaBenjihora,(*) obtuvo un beneficio total de ciento
noventa y cinco dólares libres de impuestos.
Sin embargo, la guita, igual que
el agua, suele escurrirse de entre los dedos: a mediodía el señor Jorguensen
vino a exigirle la renta pendiente.
—¡Apresúrate, Kedzierski!
—golpeaba la puerta por segunda vez—. ¡No dispongo de toda la tarde!
La moza, recién levantada, se
cubría.
—¡Voy, voy!... —Agarró el
monedero—. ¡Jolines! ¡Qué impaciente es usted! — dijo al abrirle.
—¡Cómo osas, deslenguada? —el
tipo relamía un cucurucho semideshecho—. ¡Llevas muchísimo retraso!
—Lo sé y le pido perdón.
¡Relájese, hombre!
(*) En el argot, se refiere a un billete de cien dólares, ya que
Benjamin Franklin sale retratado en el anverso.
—¡Las disculpas no cubren mis
gastos, jovencita!
Un rasgo ostensible en presencia
de Jorguensen era ese incómodo olor corporal que desprendía, similar al de la
mantequilla rancia fuera del frigorífico cuando el calor aprieta. Pese a las
mil y una lociones del mercado que probó, ninguna lograba encubrirlo lo
suficiente. Sujeto obeso y de baja estatura, vestía una
camisa hawaiana medio
desabrochada, sin temor a mostrar el húmedo de transpiración. Los
pantaloncillos, deshilachados de abajo,pecholoboylassandalias, calzadas encima
de calcetines blancos, remataban su planta.
—¡Equilicuá! —Cokaine le entregó
la cantidad exacta—. Quedamos en paz. —Solo hasta el cuatro del próximo mes,
señorita —una gota de helado pendía
amenazadora—¡Ups!—exclamódelabarbilla—,ella.
y procura ser puntual, ¿estamos?
—¿Qué?...
—Ahí —señaló—. Acaba de
mancharse.
—¡Bah! Pasa a diario.
Afortunadamente, mi señora tiene maña lavando.
—Una suerte, sí... ¡Oiga! Ya
puestos, ¿por qué no entra y hace algo con el aparato del aire?
—¿Algo cómo qué? —le contestó a
regañadientes. —¡Pues arreglarlo! Continúa estropeado, ¿recuerda? —Lo siento,
estos cacharros me superan. —Entonces recurra a un técnico, digo yo...
El casero aguzó la compostura y,
sarcástico, arrojó: —¿Conoces el total de viviendas del edificio, niña? —No.
—Tampoco.—¿Yloquecuesta mantener
los climatizadores?
—Ni—¿Imaginasidea...¿Elcuántosdeusted,funcionanquizás?a
día de hoy?
En el ínterin, el beodo del
segundo subía las escaleras.
—¡Muy buenas tardes! —les sonrió.
Pasaban de las doce y parecía más sobrio que un militar de servicio.
—¡Benny?Aquellosdos...—Jorguensenintercambiarondecidióunamiradacerciorarse.deasombro.
—¿Sí, jefe? —detuvo el paso.
—¿Eeeh—¿Teencuentras...? bien,
viejo?
—Bueno, andas pedo de sol a sol,
jornada tras jornada —le soltó sin tapujos—.
Hallarte sobrio da para un
titular en el .
Benny arrugó el borde de la bolsa
Paloque Largoacarreaba:Journalafloraron los cuellos de tres magníficas botellas
de vino peleón.
—Créame, amigo, aprisita
resolveré tan deplorable estado de lucidez —expuso mordaz. Y avanzó alegre cual
chiquillo que estrena zapatos nuevos.
El amo del bloque no quiso
escuchar una palabra más del aire acondicionado y la dejó con la palabra en la
boca. «¡Tío agarrado!», maldijo al cerrar la puerta.
El interior del frigorífico
criaba telarañas y a la muchacha no le apetecía volver a Sammy's. Así que
después de terminarse el cafelito se puso las pilas de inmediato.
Ante todo requería efectuar una
importante llamada; en consecuencia fue directa a la cabina del extremo norte
de la acera. Sacó el monedero, introdujo tres níqueles en la ranura, y marcó el
número de la tarjeta que guardaba. ¡Beeep!...
¡Beeep!... ¡Beeep!...
¡Bee-ding...!:
—Brad Murphy, fotógrafo. Aló...
—respondió la voz, que a duras penas
sobresalía—¡Hola,delBrad!intenso¡SoyalborotoCokaine!de
fondo.
—¿Cok...? Un segundo, aguarda...
¡Clodette, cariño!, ¿puedes bajar la música, que no me entero?... Sí, ¿decías,
nena?
—¡Cokaine Diamond! —le reiteró—.
Nos presentaron en el club de Molly la Fleur.
—¿La quién?...
—La Fleur; acudiste al Funny
Fairy el domingo pasado y coincidimos allí. —¡Aaah, la rubia buenorra! Lamento
el despiste, maja, Es que con tanta chica
arriba y abajo a veces mi
cabeza... Excúsame de nuevo. ¡Mierda, Clodette! ¡Para ya de colocarte y apaga
eso, joder! ¡No ves que hablo por teléfono? ¡Ejem...! ¡Estupendo, Cokaine! ¿Qué
te cuentas, muñeca?
—Pues verás, me preguntaba si
aquella propuesta todavía permanece en pie. —¡Claro, encanto! Fíjate tú que a
lo mejor podrías suscitar el interés del
grandísimo Lanz Harper.
¡Increíble!, ¿verdad?
—Sí, supongo...
—Habrás oído hablar de él.
—En realidad, yo nunca...
—¿De veras? ¡Dirigió y produjo
(La semilla de la lujuria); arrasó la taquilla el último verano! ¡El tío es
unSeedfigura!ofLust
—Dispensa mi ignorancia, Brad.
Sigo el género de lejos.
—¡Oh, lo comprendo, lo ...!
¡FLASH! ¡Pero qué cojon...? ¡Maldita sea, Clodette! ¿Por qué tocas la Polaroid?
¡No se toca la Polaroid! ¿Adivinas cuánto vale cada paquete de instantáneas?
Venga, compórtate, que enseguida vuelvo contigo. ¡Oh, Dios santo! Perdona,
bonita...
—Descuida, hombre.
—En fin, ¿qué iba dicien...? ¡Ah!
Harper pronto empezará a rodar su adaptación
de ( : Una odisea del
espacio), y precisa caras frescas.
Convendría2001:A
SpaceenviarleOdysseyunportafolio2001 tuyo a la mayor brevedad posible. ¿Qué
opinas? —Conforme —asintió resuelta.
—¡Fabuloso, ! ¡Opción acertada! Bien, consultemos la
agenda. Estamos a...
—Once, juevesbaby.
—Efectivamente. Mañana fatal...
Pasado peor... ¿Y el lunes a eso de las cinco? —Ajá, vale.
—De acuerdo, tomo nota... ¿Sabes
dónde cae mi estudio? —En el edificio Osmond; cerca de la biblioteca pública,
¿no? —¿Biblio...? ¡Sí, cierto, cierto!
—Conozco el sitio.
—¡Gracias,—¡Perfecto
Brad!entonces! ¡Chao, preciosa!
—¡A ti, a ti!...
Colgó y el chisme escupió tres
centavos de vuelta. «¿Una réplica verde de ?...».
2001Había visto la película de
Stanley Kubrick tiempo atrás: era poco convencional, cargada de simbolismo,
enigmática, profunda, muy conseguida en cuanto a la fotografía y los efectos
especiales... El cine pornográfico justo emergía de la clandestinidad y acusaba
presupuestos bajos, tramas vulgares e interpretaciones nefastas: semejante
proyecto sonaba a completo disparate. «Para gustos, colores», concluyó frente
al colmado de los Wilson.
En ese preciso instante la
chifladilla salía de comprar golosinas y se la encontró cara a cara. Hoy
llevaba unas enormes orejas de Mickey Mouse sobre su
desmelenada cabeza.
—¡Caray, Apolonia! —casi le
sobreviene un patatús—. ¿Y este disfraz?
—¡Oh!, ¿el colector
electromagnético? —replicó con envidiable naturalidad—.
Capta las ondas del ambiente y
las conduce al cerebro; ¡son muy beneficiosas! —expuso en tantohetapalpaba una
de esas aurículas—. Aunque puede que cubierto de papel de aluminio doblara la
capacidad receptiva, ¿no crees?
—Seguro que sí. Bueno, guapa,
necesito un par de cosillas y...
—¡Quieta! —espetó brusca,
reteniéndola del brazo—. ¡Detecto vibraciones exóticas! —Empezó a examinarla a
fondo.
Aquello rayaba lo inaudito.
—Recoges interferencias, mujer.
¡Anda, suficiente! —intentó esquivarla. —¡Cokaine!
—¿Qué, Apolonia? (mohín de
infinita paciencia). —¡Percibo tu séptimo chakra revuelto! —¡Vaya, mecachis la
mar!
—¿Sugieres—¡Enserio,
rubita!quepadezco¡Elauraunanoenfermedad?miente!—insistió tenaz.
—¡Dios quiera que no! Dime,
¿recuerdas si tropezaste con alguien raro?
La consulta indujo a que evocara
la noche anterior. ¿Acaso el talento expreso de George para estimular verracos
lo convertía en un personaje estrafalario? Por otra parte, las tendencias
ocultas del jurista resultarían singulares o degeneradas a ojos de la mayoría.
¡Y qué decir de su propia vecina, cuya idiosincrasia desafiaba los límites del
entendimiento! «Dónde trazo una línea que separe lo "normal" de la
"extravagancia" cuando existen tantos enfoques como personas. ¿Quién
o qué es bizarro en función de tal complejidad?», rumiaba distraída.
—¡Eh, despierta! —protestó
Apolonia.
—¿Y—¡Uy,bien?perdona!... Se me
fue el santo al cielo.
—No, no. Nadie fuera de lo común.
—Hum... Un ente oscuro debió de
cruzarse contigo casualmente —dedujo—, sucede en muchos casos. Tranquila, tu
aura sanará sola.
—Me quitas un peso de encima,
chica.
—¡Oh, ahí llega Charly! —El
pordiosero, que impelía el carrito vacío, asomaba por la esquina—. ¡Tengo una
idea! Lo seguiré a hurtadillas, a ver si averiguo de dónde saca la mercancía.
¡El muy puñetero nunca me deja acompañarlo!
—¡Qué traviesa! —sonrió Cokaine.
—¡Hale, nena, que voy a
esconderme! ¡Y en adelante vigila tus compañías! —Será mi prioridad. —Libre a
la postre, accedió al interior del comercio.
A Ágata Wilson, esposa del
tendero, le habían soplado vientos acerca de los quehaceres de la clienta
recién personada; apenas sorprende que los vecindarios gocen de vista y oídos
incluso en las alcantarillas. Mientras que el marido no prestaba ni pizca de
atención a los chismorreos, ella poseía arraigadas convicciones que la
impulsaban a censurar cualquier conducta desviada de la justa moral. Señora
madura, seca y de aspecto recatado, nunca degustó la maternidad y aquello la
reconcomía de todas todas. «¡Ay, nada en esta vida me hubiese otorgado mayor
júbilo que un churumbel!», gimoteaba tan pronto como la ocasión lo permitía.
Quizá la citada carencia propiciara ese desmesurado interés hacia los asuntos
ajenos —intuían algunos— y así lograba evadirse de los personales.
Aunque Cokaine procuraba eludir
sus insinuaciones, no podía evitar sentirse reprochada siempre que pasaba por
caja. De manera que una vez más hizo de tripas corazón y comenzó a poner el
género en la cinta transportadora.
—¿Cogiste todo lo imprescindible,
reina? —Ágata le lanzó un gesto cortés. —Eso espero... Disculpe, ¿estos yogures
tienen descuento?
—Continúan de oferta, en efecto
—asintió sin perder la sonrisa.
Tris tras, tris tras, una vaciaba
el carrito; ¡clic-clic -clic...!, suma y sigue, suma y sigue, la otra
introducía los precios a la velocidad del rayo. El débil hilo musical
aparentaba correr un inquietante telón de acero entre las dos.
¡Ka-ching!: la registradora
finalmente dispuso el total.
—Serán veintinueve con setenta y
seis —Ágata arrancó la cuenta—. A propósito, Pete Addams vino antes de ayer, y
comentó que precisa ampliar la plantilla... De pedírselo, presumo que te
aceptaría encantado.
En el acto, entró la señora
Harrison. Dirigió un saludo afectuoso en exclusiva a la dueña, sustrajo una
cesta de la pila, y se esfumó a través del pasillo.
—¿Oíste lo que dije, guapa?
—Sí, señora Wilson... —Cokaine le
entregó el dinero—. Agradezco el detalle, pero no estoy interesada.
Ágata retuvo la lengua hasta
devolverle el cambio.
—Rechazar un empleo decente en
estos tiempos no corresponde a una chica lista, ¿uh?
—Dudaría de mi sensatez, señora
—recogía presurosa—, si aceptara pasar la jornada en una cadena de montaje.
—Bueno, querida, el verdadero
trabajo cuesta o es poco agradable —repuso Ágata con actitud paternalista.
La gachí encendió una llama
malévola en las pupilas.
—De hecho, acaba de surgirme algo
bastante prometedor —le largó de sopetón.
—¡Caramba, excelente noticia!
¡Cuéntame!
—Pues mire, me proponen actuar en
una película pornográfica. ¿Qué le parece?
La dueña quedó tan estupefacta
que no pudo articular palabra al recibir las «¡Buenas tardes, señora Wilson!».
¡Quién diablos creía que era esa
mujer?; la joven regresaba a casa cargada como una mula y fuera de sus
casillas. «¡Que utilicen mi cuerpo para fornicar no resulta menos digno que si
lo emplean de cara a producir en masa!», despotricó cruzando la calzada.
Lejos de la mente de Cokaine
volaban los sueños de progreso, riqueza o adulación. Solo aspiraba a sobrevivir
en un mundo que aparecía extraño, obtuso y, con demasiada frecuencia, cruel o
adverso. Nada le exigía a la vida, salvo disponer cuanto fuese posible del
valor que más apreciaba: el propio tiempo. Tal vez esta oportunidad le brindara
cierto equilibrio entre lo ajeno y la voluntad personal.
Forasteros
Aquel sábado el Funny Fairy
estaba patas arriba. A primera hora de la mañana, aparcaron detrás del club dos
camiones cargados con toda la artillería necesaria
para montar el tan anunciado
concierto de y la actividad era frenética. Molly la Fleur tomaba su té favorito
en un recoveco,rockasombrada del tamaño que adquiría el escenario a medida que
lo armaban. Hacia las once quedó más o menos listo y entraron en acción los
técnicos de luces y sonido: cables, focos, soportes, altavoces, micros,
monitores...; el despliegue de artilugios y cachivaches parecía no acabar
nunca, aunque, como piezas de un puzle, cada cosa encajaba donde debía, a fin
de que las pruebas de sonido iniciaran puntualmente. Firme y comprometido es el
mundo de la farándula, no cabe duda.
Al término del almuerzo acudió
Albert Grossman: insigne representante musical que, en la década anterior, tuvo
a cargo artistas del calibre de Janis Joplin y
Bob Dylan. A mediados de , empero, fue acusado por el famoso músico
de
de pellizcar las cuentas,
y1970enoctubre del mismo año falleció la dama del folk; circunstancias que lo
alejaron de la escena durante un breve periodo. De vueltabluesal ruedo, ahora
acompañaba a la novedosa y arrolladora banda Black Panties en su gira de debut
alrededor del país. Hombre robusto, con cabello grisáceo, voz profunda y de
aspecto afable, quiso conocer a Molly antes que nada, y después de limpiarse
las gafas, emprendió la supervisión del tinglado de la forma más concienzuda
posible.
Pasadas las cinco apareció la
fastuosa limusina que traía a los miembros del grupo. Ante el alborozo de la
multitud que los aguardaba bajo un sol de justicia, dedicaron varios minutos a
firmar autógrafos.
Preferencias musicales aparte, y
sin ánimo de contrariar la pasión de aquellos fanes bronceados al extremo de
chuletas a la barbacoa, tal vez a una mente inquieta podría extrañarle que esas
canciones —tan chabacanas que tildarlas de «pegadizas» las encumbrarían—
consiguiesen aterrizar en las principales emisoras del sur del país. Pues bien,
todo empezó a raíz de la tenacidad de Herschel Atkinson, cantante y adalid del
conjunto, quien, trabajando de albañil, reformaba el palacete de un reputado
productor de Los Ángeles (California). Ya que remover argamasa no lo complacía
en absoluto, pronto se las compuso para seducir a la esposa del magnate. La
señora, cuyo esplendor tocaba al timbre de la tercera edad, falta de
inquietudes, ociosa y hastiada de todo, recobró la chispa de la vida gracias a
los arrumacos del desdichado pero carismático zagal, y, en agradecimiento, tocó
algunos hilos.
Por fin el buenazo de Hershel
pillaba la senda correcta: al cabo de unas cuantas lecciones de canto e
interpretación, juzgaron conveniente orientar tan escaso talento hacia donde
menos desluciera; o sea, el panorama roquero. En lo sucesivo hubo que buscarle
músicos profesionales que dieran la talla: Alvin Anderson a la guitarra, un
batería llamado Ted Álvarez, y el bajista Randall McIntosh fueron los
afortunados. Asimismo, y a tenor de las expectativas de la compañía
discográfica — la cual aspiraba a crear un producto de vanguardia—, alguien
expuso la brillante idea de recurrir a la pericia de un reputado estilista. El
tipo ventiló la cuestión a base de emperifollarlos con pantalones de licra,
camisetas de vinilo, pañuelos de colorines gritones, botas de plataforma;
maquillaje a mansalva y postizos cardados. Visto el aspecto definitivo de los
cuatro, una secretaria susurró a otra: «¡Madre
mía! ¡Parecen travestis que
celebran !».
Así, tras dos meses de sudar
sangreHalloweenalasórdenes de un prestigioso arreglista,
los Black Panties dieron a luz su
álbum inaugural, titulado (Muñecas retorcidas). Aquel trabajo caló
milagrosamente entre la crítica especializada;
Twisteddestacadodolls
incluso el tema (Amor de zombi) obtuvo un
puesto en las listas de la
revistaZombieBillboardLove. Todo iba redondo y a principios de junio iniciaron
la proyectada. La única pega era el comportamiento enervante del vocalista,
quetournéeprovocaba fricciones
cada dos por tres... No hay miel sin hiel, suele decirse.
A continuación de una comida
ligera, el cuarteto aguardaba la hora de pisar el escenario en el vestidor del
Funny Fairy. Entretanto los instrumentistas calentaban motores, Hershel bebía y
armaba bulla igual que un cosaco recién llegado del frente.
—¡CéntrateAlvin,hastiado,yaparcadejó
dela priva!tocarpara¡Haz advertirle:elfavor,compadre!
Ted, que redoblaba las baquetas
sobre el banquillo, convino:
—¡Lleva razón, hombre! A este
paso echarás la pota a mitad del .
El interpelado produjo un
desagradable eructo, a modo de réplica,showy,chacotero, enterró la nariz en la
montaña de coca del tocador.
—¡Sniiiif! ¡Hostia puta! ¡Menudo
puntazo, ja, ja, ja... ! —exclamó eufórico. Y al tiempo que se limpiaba los
residuos del polvillo, les soltó—: ¡Fresco como el salmón del pescadero!
¿Satisfechos, carcamales?
—Procura serenarte —reiteró el
guitarrista—. Hablo en serio.
—Ahora que lo mencionas, colega,
una mamadita (movimiento soez) me aliviaría cantidad —Hershel derramaba
agitación—. ¿Dónde carajo están las grupis? ¡Aquí faltan tetas y coños! ¡Faltan
tetas y coños! ¡Faltan tet...!
—¡Ya escuchaste a Grossman! —lo
cortó Randall, que también tenía la mosca detrás de la oreja—. ¡Conque cierra
el pico y para de fastidiarnos! Sigue, Alvin; a ver esos acordes.
—Vale, mira: primero do —rascaba
las cuerdas—, luego si bemol, fa, y do de nuevo.
—¡Mola!... ¿Y si aceleramos el
tempo? —El bajista subió una pizca el volumen del pequeño amplificador—.
¡Arranca, que te acompaño! —Ambos cuadraron la melodía.
Ted, por su parte, marcaba el
compás.
—¿Qué opinas, Hersh? —quiso
saber—. ¿Alguna idea?...
—Pues ya que lo pides,
quietecitos no daríais tanto la gaita —le largó de malas maneras.
—¡Avante!Deimproviso,—chillógolpearonAlvin.a
la puerta.
—¡Buenas noches! —una moza harto atractiva asomaba la cabeza—.
¿Permiso?...
—Sí, sí, pasa.
—¡Uau! ¡Que me aspen! —la visita
enseguida atrajo el interés del cantante—. Di, monada, ¿quién eres?
—Cokaine. ¡Hola! ¿Y tú?
—¿Oísteis, viejos? —Hershel reía
sarcástico—. ¡La chorba rebosa sentido del humor!
—Hum... No pillo el chiste, amigo
—objetó ella.
—¡Una treta muy original la de
colarte y fingir no conocernos je, je...! —Fue hasta su vera y, fanfarrón, le
susurró—: Puedes cortar el rollo, nena. Has captado mis cinco sentidos.
La joven hizo caso omiso y se
dirigió a los demás.
—Lamento molestaros, chicos, pero
necesitaría un momentito a solas, porfa —
señaló las taquillas—. Seré
rápida, prometido.
—¡Eso, piraos, carcamales! ¡Que
esta y yo intimaremos!
—Claro, guapa —le contestó Alvin,
alzándose. Ted y Randall lo imitaron. El irritante socio, estático, atendía al
vuelo de un insecto—. ¡Espabila, listillo!
—¡Aguafiestas de mierda! —Hershel
obedeció, si bien en lugar de salir, dispuso el cerrojo.
—¡Eh! ¿Qué pretendes, tío? —lo
reconvino Cokaine.
—¡De acuerdo, muñeca! —Sacó el
pajarito fuera de la jaula—. A esto viniste, ¿verdad?
—¡Tú alucinas, chaval! —le dijo a
media carcajada—. Afloja un par de cientos y quizá lo considere —añadió
satírica, brazos en jarras.
—¡Y—¡Leñe!dale!¿Desde...¡Acasocuándoparezcocobráisunapánfilalasadmiradorasencandilada,porpesado?elprivilegio?
—¡Ja, ja, ja...! Eres tope
graciosa y, ¡ufff!, estás cañón; lo reconozco. ¡Anda, apresúrate! ¡El reloj
corre!
—Mejor guarda esa culebrilla
escuálida y desaparece de mi vista, mequetrefe. —¡Aúpa, vaya fiera! ¡Me pone!
¡Me pone mucho!
¡POM-POM-POM...!
—¡Hersh! —vociferó Alvin desde el
exterior—. ¿Qué diablos sucede ahí? —¡Nada, nada, viejo! ¡Todo va fenomenal!
—depuso él.
—¡Lárgate cagando leches o te
arrepentirás! —insistió la gachí—. ¡Última oportunidad!
Hershel contrajo el rostro de
ira.
—¡Zorra asquerosa! ¡Cómo osas
amenazarme? —Y presa del arrebato, la agarró bruscamente del pelo.
—¡Ouch...! ¡SUÉLTAME, HIJOPUTA!
—¡Vas a tragártela sin rechistar!
¡Porque si no...!
—¡Deprisa, pibe, abre! —el
bramido pertenecía a Ted—. ¡Un sujeto enorme viene hacia...!
—¡IDOS A PASEO DE UNA PUÑETERA
VEZ, CARGANTES! —Tres... —Cokaine dibujó una risita burlona en los labios.
—¿Uh...?
—Dos...
—¿Qué diantre cuentas?
—Uno...
—¡Grrr! ¡Furcia de los cojon...!
¡BAM!, la puerta salió despedida
con la fuerza de un estallido y detrás surgió Big Jerry: en cuestión de un
suspiro lo agarró por el pescuezo.
—¡Aggggh...! —los pies del menda
oscilaban a cuatro palmos del piso.
—¡No se trata así a las damas,
señor! —censuró la voz infantil y pausada del coloso—. ¡Es usted un mal
educado!
Los otros tres fisgaban a
hurtadillas.
—Diez pavos a que le quiebra el
gaznate como si fuera un pollo —susurró Randall.
—¡Dios santo! —Ted mostraba
auténtico congojo—. ¡Esa mole nos joderá el curro!
En—¡Aceptoplenoapretón,tusdiez,TedRandy!intervino:—Alvin
alargó la mano.
—¡Jua,—¡Arrea!jua,¡Estájua...meándose!!
—¡Jo, jo, jo...!
—Basta, Big —Cokaine abría la
taquilla—. Libéralo o dejará el suelo hecho un
asco...
Jerry lo devolvió pies a tierra y
le impuso:
—¡Pida perdón a la señorita de
inmediato, caballero!
Hershel, falto de aliento,
sudoroso, mojado de pis y caído en desgracia, subió su calzón, todo trémulo.
Seguidamente, cabizbajo, farfulló algo parecido a una disculpa. «¡Piérdete,
miserable!». Y con el rabo entre las piernas, eso hizo.
—Escuché que le decías una
palabrota fea, feísima... —sonrió Jerry.
—¡Ostras! ¿Incluso a través del
tabique? —repuso ella—. ¡Porque sé que espiabas!, ¿eh, briboncete?
—¡Afirmativo, ji, ji, ji...!
—Señaló el audífono—: ¡Esto funciona requetebién! —¡Me alegro tanto! ¡Acércate,
hermoso! —El forzudo puso la mejilla y recibió
un
besazo—.—Denada¡Mil—balbució,gracias,cariño!ruborizado.
—Bueno, grandullón —Cokaine
contemplaba el marco vacío—, esperemos que la jefa sea indulgente...
Jerry, en previsión del rapapolvo
que le caería, torció una mueca de angustia. Tres cuartos de hora antes del
inicio del espectáculo habían abierto el acceso y
el público llenaba la plaza.
Molly sospechaba el motivo de la inoportuna ausencia del gigante y atendía la
barra con un humor de perros que tumbaba de espaldas. «¡Condenado voyerista!
—maldijo a su vuelta—. ¡No ves que estamos a reventar? ¡Taparé el jodido
agujero! ¡Sanseacabó!». El muy pillastre contuvo la lengua respecto al
destrozo; tampoco era esencial informarla en ese preciso instante...
Simuló arrepentimiento y anduvo a
lo mandado.
Acicalada de arriba a abajo,
Cokaine cruzó la salida de servicio rauda cual gacela que evade a un
depredador: acababa de sisar la droga de la coqueta en concepto de daños y
perjuicios. «¡Esnifad la purpurina que le echáis a las pelucas!», murmuró
divertida en dirección a la rotonda.
El grueso del ambiente circundaba
el Funny Fairy, apenas corría un alma una calle después. Semejante quietud y el
soplo del airecillo templado sentaban de lujo. Al aproximarse a la terraza del
Burger Flash, distinguió aquel muchacho que tuvo la amabilidad de socorrer a
George la otra noche. Le pareció curioso que escribiera tan absorto mientras
mordisqueaba el bocadillo. «Fue amable, considerado... ¿Qué? ¿Lo abordo?».
—¡Eo, motorista! —profirió en
tono suave. Él alzó la mirada—. ¡Hola! ¿Me recuerdas?
—¡Desde luego! —sonrió—. ¿Qué
tal, bonita? —¡Vivita y coleando, rey! Buen provecho. —¡Ah! Cenaba, gracias...
¿Te apetece tomar algo? —¡Uy! ¿Invitas a cualquier desconocida, Don Juan?
—Únicamente a las rubias que reclaman auxilio en los moteles...
—Lou.—¡Ja,ja,Encantadoja...!¡
—se,corazón!levantó—.Por¡Muac!cierto, soy Cokaine.
MuchoTuché
—¡Muac! gusto, Lou.
—Adelante, siéntate (ademán
cordial). ¿Qué deseas?
—Oh, pues ... ¿Has probado el
cóctel de tequila de la casa? ¡Está de miedo! —No, pero suena deleitable.
—Será—¿Encargasunauténticodosylosplacer.saboreamos
juntos?
—¡Ole, simpático!
Expedito, Lou recogió la bandeja
y engulló el último pedazo de sándwich de
camino al interior del bar.
El cuaderno cerrado, arrinconado
en el ángulo de la mesa, enseguida la atrajo. Era bastante voluminoso. La tapa,
azul marino, lucía ajada del uso. ¡Qué irresistible tentación! Constató que
desde la barra a duras penas la avistaba. «Aquí no sirven fuera... ¡Dispongo de
unos minutos!».
Al abrirlo observó que escribía
con letra pulcra, regular, picuda e inclinada a la derecha. «Bonita
caligrafía». Quedaban pocas páginas en blanco. Comenzó a leer una de las
intermedias: «... Dijo que se llamaba Douglas; Douglas no-sé-qué... Yo había
mamado lo mío y, francamente, a intervalos experimentaba el pálpito de flotar
en uno de esos enrevesados lienzos de Jackson Pollock. Todo alrededor parecía
abstracto: ajeno, remoto e incomprensible. El antro en el que nos
encontrábamos, ubicado debajo de un edificio antiguo, era cochambroso, lúgubre,
además de húmedo. Los vapores del vicio manaban a contraluz como espíritus
errantes que huyen de la sombra para revivir; entre medio, la humareda de un
cigarrillo mal apagado retorcía el serpenteo hasta fundirse con ellos. Olía a
moho,
alcohol, tabaco y ; insólito
hedor, en efecto. Sea como fuere, al menos permanecía a resguardo:aftershavela
lluvia aún bajaba a cántaros. Lo supe porque entró alguien sacudiéndose el
abrigo empapado. ¡Menuda tempestad la de aquella noche!
»Recuerdo también que sonaba un .
Estilo vivaracho que no pegaba ni a tiros ahí. Carecía de importancia; las
notas,ragtimejuguetonas, danzaban en mi cabeza y
casi lograba percibir el ajetreo
de la modernidad ingente del San Luis de de Scott Joplin. De repente, un eco
lejano: Douglas, de unos cincuenta, moreno,1900 delgado, apuesto y, por su
talle, acomodado, charlaba conmigo. Cuando ordenó la ronda, comprendí que
culminaba ese pacto no verbal ni escrito en el que uno habla y el otro escucha.
»Abrí las orejas. El tipo,
altivo, desembuchaba a fondo. Dedicado en cuerpo y alma a los negocios, según
expuso, fue víctima de una artimaña —trivial, puestos a opinar— por parte de un
camarada de oficina. «Ocurre a diario... Ignórelo usted», aprecié yo. Douglas,
a diferencia, lejos de despojarse del tema, fondeaba en aguas oscuras,
pendiente de regresarle la pelota tarde o temprano. Durante su perorata,
calculaba cuánto vigor y recursos hacen falta de cara a mantener encendida la
llama del ego. ¡Qué desperdicio de ímpetu, Dios santo! ¿E intentar distraer la
irritación en alternativas? La sugerencia resultó inútil: el orgullo chorreaba
de aquel hocico lo mismo que una cascada al cabo del monzón. Mi inquietud
inicial descendió en picado: poco aporta quien ondea el estandarte de la
revancha, salvo el polvo y las cenizas de los rencores que lo consumen».
«¡Canastos!», resopló del impacto.
—SeñoritaEljoventrajo...—posóloscombinadoslabebida
actofrenteseguidoaella. de que restituyera el bloc.
—Conforme.—¡Muyagradecida,Allávoy.caballero!¡Glup!¡Mmm¡Hale!,...!¿aEntraqué
suave.esperas?¡Sabe¡Échalerico!un traguito!
—¿A que sí? Me pirra el toque
ácido del limón. —Elevó la copa; él convino y, ¡clinc!—. ¡Chinchín!
—¡Salud! —Tras sorber de nuevo,
se frotó el bigote, esbozó una mueca pícara e introdujo—: ¿Me comentas ahora
acerca de lo que leíste?
Desconcertada, Cokaine admitió:
—¡Cómo demonios...? —Lou,
chistoso, repuso el lápiz sobre la libreta, tal cual lo dejó. Intercambiaron
risas—. ¡Ajjj! ¡Con la urgencia obvié el detalle! ¿Puedes excusarme, cielo?
—Descuida. Prefiero el interés a
la desidia.
—La verdad, el fragmento estaba
chévere; ameno y profundo a la par. Eres
escritor, supongo...
—Solo si beber lo convierte a uno
en bebedor —replicó guasón—. Anoto experiencias, encuentros, reflexiones...; no
como de pulir el lápiz.
—¡Oh! ¡Una real pena!
—No, no importa (visaje de
impasibilidad).
—Poseo—Luego,experiencia¿profesionalmenteenartesagráficas.qué...?
—Depende—¡Ah,caramba!delas¿Acudesopcionesa
laqueurbesurjan.atrabajar, quizás?
—Ajá... A propósito, Lou,
¿recobró la compostura el muchacho del ataque? —Presumo que sí: la Chevrolet
frente a la habitación había desaparecido y
nadie respondió a la puerta.
—¡Córcholis,—PobreGeorgemujer!...Pensé
que la palmaba, te lo juro.
—Suerte que «don oportuno»
rondaba el sitio apropiado en el momento preciso, ¿uh? —le puso ojitos.
—Mera coincidencia.
—Aprecio cuanto hiciste, cariño.
De no ser por ti...
—¿A—PierdelasaludcuidadodeGeorge?—gesticuló—propusoquitandoCokaine,hierroenal
contestación.asunto.
—¡Dondequiera que esté!
—Brindaron. Ella vació la copa—. ¡Caray, chica! ¿Otra ronda?
—De—¡Quémomentomajo!...¿Continúas—depuso,
jovial.hospedado en el Paradise?
La moza dejó caer una mano
intrépida encima de su antebrazo velludo. —¿Qué te parece si me subo contigo a
esa moto tan chula que tienes —lo
acariciaba, sugerente— y buscamos
la privacidad del motel?
—Err... Tu invitación es
halagadora, de veras. No obstante, debes disculparme. —¡Negarse al capricho de
una gentil doncella resulta ofensivo e impropio de un caballero, señor mío!
—reaccionó, comedianta—. No querrá vuestra merced
estropear esta grata
coincidencia.
—Asumo el riesgo, —le siguió el
juego—, y aceptaré de buen grado cualquier desenlace productomiladyde mi
arbitraje.
—Nada—¡Oh,vamos!deeso.¿Tienes
esposa? ¿Novia? ¡Tú no eres gay!
—Del—¡De
suficiente.dinerodispones!
—¡Vaya! —suspiró apenada—. Creía
que congeniábamos y te gustaba...
—Y así es.
—¡Chico! Entonces, ¿qué
problema...?
Lou adoptó un talante reflexivo,
honesto, y adujo:
—Verás, Cokaine, cuando saco el
tique del cine, entiendo que voy a presenciar una farsa; acomodo la percha en
la butaca, asumo el papel de espectador y disfruto del film. A la hora de
mantener relaciones, en cambio, vivo el acontecimiento de primera mano. Hasta
donde yo sé, tal circunstancia requiere franqueza mutua, porque el gozo de la
compañera repercute en el mío.
La simpleza del razonamiento la
sorprendió. ¡Qué extraño personaje! Notaba como si aquella mirada afable la
traspasara y consiguiese profundizar en ella igual que en un libro abierto. Al
margen, la calidez y determinación de su timbre grave, el carácter distinguido
—aunque modesto—, tierno, directo e ingenioso, otorgaban a Lou un magnetismo
extraordinario. «En tanto que los hombres con quienes
alterno, acaso faltos de cariño,
en busca de poder o del propio regocijo, transigen sin remilgos ante lo obvio,
este solicita auténtica complicidad», reflexionó.
—PorYquémejorfortuna,queelsoltarrestounaprescindeocurrenciade
quetusensatez,laeximieracielito;delpequeñodelocontrariofiasco: no
ganaría ni para pipas...
—LoEltinosiento,desencadenóhermosa.laLamentohilaridadtudepérdidaambos.deAl
tiempo.término, Lou dijo:
—¡Qué va, tontito!... —buscaba el
tabaco—. Si te soy sincera, jamás me había sentado tan bien una negativa
—manifestó.
Brotaron—Yamítanmásmalcarcajadas.declinar
una oferta —contrapuso, socarrón.
—¡Acepto,—Eresadorable.gracias!¿Fumas?
Cokaine le ofreció lumbre.
Prendió su cigarrillo también y, después de arrojar la bocanada, intervino:
—Enfoques similares al tuyo
escasean...
—Menos frecuente resulta hallar
beldad, inteligencia y gracia, todo junto. —¡Granujilla lisonjero! —exclamó
risueña, recogiendo el bolso—. En fin,
«míster—Igualmente.interesante»,
te dejo a lo tuyo. ¡Encantada, guapísimo!
—SuerteAcontecióconun
lamimofaena.de despedida.
—Gracias, linda. ¡Cuídate mucho!
Cokaine reanudó la marcha a
desgana. Lo cierto es que hubiera permanecido. «Dotes de conversador no le
faltan. Y escribe guay... ». Un raro efecto la recorría mientras avanzaba. Tal
vez fuera la sensación de confort que experimentó en compañía del accesible y peculiar
«desconocido». De él apenas destacaba la apariencia o condición física: su
atractivo fluía desde dentro, como una especie de aura que, además de cautivar,
arropa al mismo tiempo.
Cerca de la esquina detuvo el
paso.
—¿Sí?—¡Ey!...—le llamó la
atención, impulsiva.
—¡Claro!—¡Disfruté¡Ídem!denuestra
charla! ¡Lo sabes!, ¿no?
Ella le lanzó un beso y él lo
atrapó.
Cosas de críos
Al cabo de sesenta y cinco años
de vivir en completa plenitud, a John Pettiford ya solo le rondaba una única
idea por el pensamiento: la muerte. Quería que viniera a buscarlo cuando lo
ayudaban a levantarse de la cama, mientras se lo hacía encima del pañal,
entretanto regurgitaba los purés que Anne —su estimada y devota esposa— le
preparaba jornada tras jornada; también durante esas interminables estancias
junto a la ventana o delante del televisor. Y cada noche, antes de conciliar el
sueño, aquella alma triste, marchita y silenciosa, rogaba a Dios, pidiendo irse
en paz de una puñetera vez para siempre.
A despecho de la enojosa
situación, John adoraba al nietecito. Permanecer cerca de él, a todas luces,
conseguía aligerar una pizca tan lúgubre ocaso. Bien seguro que la sonrisa
clara, espontánea e inocente del bebé, así como los simpáticos movimientos que,
todavía torpes e imprecisos —aunque vigorosos—, anhelaban aferrarse al nuevo
mundo, infundían un atisbo de esperanza en el decrépito anciano.
Resulta que Pamela, hija única
del matrimonio, volvió a casa a principios del verano, después de romper una
relación de casi dos años. En suma, las perspectivas de la muchacha pegaban un
giro de ciento ochenta grados, y ahora iba a la caza de empleo lo mismo que un
gato detrás de un ratón. El hado le sonreía en parte, puesto que la mejor
alternativa acorde a sus aspiraciones se encontraba en Santa Fe, donde, al día
siguiente, la aguardaba una entrevista muy prometedora. A Anne no la seducía en
absoluto la idea de que el pequeño Curtis tuviera que quedarse bajo la custodia
del yerno, a quien detestaba, pero las circunstancias exigían este arreglo.
En el cuarto de estar, la pareja
de veteranos disfrutaba de los últimos instantes con el niño, previa separación
de él.
—Ene—¡Caracoles!...ucha...¡Fíjateferza...cómo—repusoagarraJohntu
dedo,atravésyayo!de los—exclamódesviadosunalabios.Anne jocosa.
—¡Pues claro! ¡Nuestro Curtis
rebosa fortaleza y apostura! —la mujer cogió inclinación para cosquillearle la
barriguita—. ¿Verdad, mi rey?
—¡Gugú...! ¡Ga, ga, ga...! —A más
carantoñas, mayor el regocijo del briboncete.
—Explícale al abuelo el porqué de
esta risa. ¡Venga, di! ¿Qué te hago?...
John quiso responder por boca del
bebé.
—¡Osquilas, ha, ha, ha...! E haze
osquil... ¡oug! ¡Cof-cof-cof...!
Toma,—¡VálgamebebeunpoquitoDios,cariño!decaldo.—Rauda,
atrapó la taza de la mesita contigua—.
—¡Cof-cof...! ¡Glup! —el sorbito
detuvo la tos—. ¡Ains...! —exhaló de alivio el pobre hombre.
—Epa, que te limpio eso tan
feo... —Extrajo el pañuelo del bolsillo del delantal y le retiró los restos de
baba amarillenta del mentón—. ¿Ves, Curtis? El abuelito también necesita
cuidados, igual que tú.
En aquel momento sonó la puerta
del piso.
—Va a caer una... —dijo Pamela,
entrando apresurada—. El cielo pinta fatal.
—¡Ay,—Odionoqueempieces,cojasel
automamá!siamenazaSeráunsimplemaltiempo,chaparrón.chiquilla —replicó Anne.
—Bueno —la señora opuso una mueca
circunspecta—. ¿Lo cargaste todo, querida?
—Eso creo... —Pamela echaba un
vistazo alrededor.
y... —Escucha, hija, ¿sigues
convencida de esto? Aún puedo telefonear a la tía Betty
—¡Ya lo discutimos, mamá, no
insistas! Tía Betty trabaja y tú abarcas de sobra, ¿no te parece?
—Pero me fío menos de tu ex que
de...
—¡Oh, tranquilízate! ¡Es su padre
a fin de cuentas! Sobrevivirá un par de días sin nosotras. ¡Tráelo, anda!
—Acomodó a Curtis en el cochecito, y luego anduvo a despedirse de John—.
Cuídate, ¿vale, papá? —le besó la mejilla.
Anne aventajó el paso con la
intención de solicitar el ascensor. Abiertas las compuertas, reiteró:
—Llámame en cuanto llegues al
hotel, ¿de acuerdo?
—Descuida, mamá...
—¡Muchísima fortuna, preciosa!
—Ambas formalizaron un fuerte abrazo—. ¡Adiós, Curtis, tesoro!
Pamela conducía hacia el centro
de la ciudad cuando, de golpe y porrazo, comenzó a llover a mares. Descargaba
tal cantidad de agua que el limpiaparabrisas apenas daba abasto. «¡Ahí va!
—gruñó de pasmo—. ¡No atisbo un pimiento!». Redujo el ritmo y redobló la
atención.
En plena calle Hawthorne, el
autobús de delante produjo un frenazo abrupto y tuvo que reaccionar. Comprobó
el estado del pasajero de atrás: Curtis sonreía. Ella suspiró de alivio. Al
restablecer la marcha, distinguió a dos transeúntes que ayudaban a una señora a
levantarse del suelo. «Pobrecilla, habrá resbalado debido al temporal...». La
corriente arrastraba su paraguas y el del chubasquero salió tras él. El tráfico
crecía según avanzaba. La urbe parecía sumirse en un caos generalizado; a la
mínima retención, los cláxones evidenciaban el estrés y las maneras de algunos
automovilistas. Y si bien el tiempo no acompañaba, para colmo, la gente tenía
más prisa que nunca...
Amarrado a la sillita cual
astronauta que franquea el espacio, Curtis contemplaba ojiplático el desfile
que acontecía por la ventanilla. Aquel sinfín de apariencias originales, la
seductora turbulencia de fuera, el poder de la naturaleza encima de él...; todo
ello lo asustaba y atraía en equivalente proporción. En ocasiones estiraba el
cuello, como si pretendiera entablar conversación con quienes capeaban el
aguacero debajo de cornisas y toldos. Un perro sacudiéndose la lluvia del
pelaje le hizo especial gracia. Enfrente del semáforo, al término de Rock Creek
St, mamá volvió la testa y dijo: «¿Te apetece ver a papi, corazón? —El nene
gesticuló de forma singular—. Lo sé, mi vida, a mí tampoco me entusiasma». El
disco cambió de súbito; Pamela se puso en circulación.
A poca distancia del punto de
destino radicaba una zona de carga y descarga. Aparcó allí. La tempestad no
cedía un ápice. Consecuencia del palmario atragantamiento de las alcantarillas,
la vía alojaba una pulgada de agua. «Suerte que añadí zapatos de repuesto en el
equipaje ...», pensó al bajarse. Sacó aprisa las cosas del crío, dispuso a
Curtis en el carrito, y contra viento y marea, aceleró hacia el portal del
edificio Osmond.
—¡Dichosos los ojos, señora
Murphy! —exclamó el conserje al instante de apreciarla—. Permítame... —Fue a
prestarle ayuda—. ¡Menuda tromba!, ¿verdad?
—¡Jesús! —resopló Pamela,
fatigada—. Buenas tardes, Osvaldo. Gracias —le cedió los bártulos—. Aunque
ahora utilizo el apellido Pettiford —quiso esclarecer.
—¡Oh! Lamento mucho oír eso,
señorita. —El empleado depuso la carga rellano adentro y, a continuación, lanzó
una mirada afectuosa al churumbel—. ¡Caramba, carambita! ¿Quién asoma por aquí
la cabecita?
—¡Gagá—¡Adelante,...!¡GugúCurtis!...!
¡Saluda a este señor! —intervino mamá.
—Hará—¡Hola,seishola,meseschiquitín!lapróxima...¡Quésemana.majo!¿Cuánto
tiene?
La—¡Ah!joven¡Entoncesojeabaeleresreloj.un
completo muchachote! —bromeó.
—Enseguida,—¿AvisasaBrad,señoritaporfavor?—convino,Deboservicial.cogereltren
y voy cronometrada.
De modo inminente compareció un
sujeto en torno a los cuarenta, alto, moreno, delgaducho, con cabello rizado y
largas patillas, que llevaba un aparatoso calibrador de luz colgado del cuello.
—¡Pam! ¿De dónde sales?
—despidió, confuso.
—¿A qué viene la extrañeza?
(ademán acalorado). Traigo a Curtis, conforme
quedamos...
—¡Pero dijiste el miércoles!
—¡Mecag...! ¡Mencioné bien claro
que lo dejaba HOY, LUNES, y lo recogería EL MIÉRCOLES, zoquete! ¡La reunión es
mañana!
—¿En serio? —Brad se rascaba el
cogote—. Yo hubiera jurado...
—Definitivamente, chico, tanta
teta alrededor ablanda el indicio de seso que conservas.
—¡Oh, basta de darme la vara!
¿Acaso no recibes la pensión a toca teja? —¡Puff! ¡Faltaría más, señorito! —le
soltó, irónica—. Y, dicho sea de paso, la
labor no implica tirarte el
tropel de pendonas que desfilan ante ti.
—¿Me—Bonita,incumbíanmisasuntosduranteyasolonuestrasoncosa«relación»,mía—objetóquizá?él,...
indolente.
—¡Oh, vamos, nena! Hiciste una
montaña de un miserable grano de arena y...
—¡BRAD MURPHY! —atajó, llena de
furia—. ¿Sabes cuál es tu problema, encanto?
—¡A—¡Cómodurasno,penasseñoritalograsPettiford!lacategoría¡Escúpalodecabezausted!hueca!
—¡Vaya! ¡Habló doña perfecta!
Olvidaste tus días de vino y rosas, ¿uh?
—¡Cómo te atreves,
desgraciado?...
En función de la penosa tesitura,
Osvaldo intentó hallar refugio detrás del desplegado de punta a punta. No
contaba con otro parapeto Paylao
escaladaLargoJournalbélica iba a
peor. Trató de concentrarse en las noticias deportivas: la aplastante victoria
de los Albuquerque Dukes sobre los Tacoma Rainiers atiborraba la columna
dedicada a las ligas menores de béisbol. Sin embargo, a los bramidos de la ex
pareja se le unió el llanto de la criatura, y aquello devino un
verdadero campo de Agramante. «¡
! ¡Alertarán incluso a los del ático!», susurró, achaparrado en el asiento.
CuandoÓrale la anciana señora O'Neill, del tercero segunda, llamó para que le
cambiara la bombilla del aseo, agradeció al cielo y salió escopeteado igual que
si huyera de la peste bubónica.
Brad Murphy acusaba un sudor
gélido mientras le recitaban el Padre Nuestro acerca de los cuidados del peque.
La sarta de instrucciones no concluía ni a la de tres y lo pillaba más
desprevenido que un carpintero sin clavos. «¡Rediez! Cité a la rubia a las
cinco. Luego le toca a Janine. ¿O era Jeanette?... Aparte, prometí asistir al
guateque de Warren. ¿Cómo narices voy a apañármelas?»; la frustración aumentaba
a medida que discurría. «¡Ah, y nada de fumar cerca de él! ¿Entendido?», fue lo
último que disparó Pamela antes de largarse toda airada.
En la soledad del individuo
resonaron altos y claros los primeros compases de de Chopin. Preocupado y
alicaído, atenazó los pertrechos,
empujólaMarchaelcarritofúnebredentro
del ascensor, y pulsó el botón del quinto.
Curtis puso sus sentidos a pleno
rendimiento tan pronto como ingresó en el
de papá. Había una sección a modo
de estudio, abarrotada de focos, reflectores, difusores y fondos, que lo sedujo
sobremanera. El área doméstica no era ni de lejos lao mitad de estimulante.
—Bueno, chavalín... Acabé
instalándome en el lugar donde faeno. ¿Te gusta? —¡BUAAAA!
Al fotógrafo se le erizaron hasta
los pelos de la nuca. «¡Ay, madre! ¡Pues sí que empezamos con mal pie!». Lo
asió (¡aúpa!) en brazos. «¡Oooh! ¿Qué te ocurre? ¡Díselo a papaíto!». Cierto
tufillo le dio una ligera idea de por dónde iban los tiros. «Conque es eso,
¿eh? ¡Descuida, hombre! ¡A mí me apodan "el rey de los pañales"!».
Lo mismo que una turbulencia
desatada, trincó la bolsa de los útiles del infante. En tanto rastreaba lo
necesario, escarnecía a la ex, imitando su peculiar tono de voz: «Recién
levantado, esto; después, aquello. Si el culete está así, úntale esta cremita;
si luce asá, la otra. A mediodía no te olvides de tal. Al acostarlo, de
blablablá, blablablá... ¡A veces me pregunto cómo diablos pude enamorarme de
ella!».
El llanto lindaba lo humanamente
soportable. «¡Un segundo, hijo!... ¿Y el puñetero talco?». Tiró de la
cremallera del costado. «¡Ah, aquí!». Hizo falta despejar la mesa de revistas
indecorosas, trastos y cacharros varios, a fin de proveerse de espacio. «¡Al
lío, coleguita!»; pescó a Curtis en volandas.
Visto que el vaivén del fotómetro
lo fastidiaba, se lo descolgó y lo puso al lado. Retirarle el paño sucio estuvo
chupado, aunque: «¡Snif, snif!... ¡Jesús bendito, chaval! ¿Qué diantre
comiste?». Sintió náuseas. Y a media arcada: ¡RIIIIING! El sobresalto provocó
que derramara un poco de caquita. «¡Maldita sea! ¡Esto es de locos!». Fregó el
marrón a toda pastilla. «¡Quieto, chato, vuelvo en un periquete!». Arrojó el
popó a la basura y corrió a abrir.
—¡Caray,—¡Buenas,muñeca!retratista!¿Naufragaste—Cokaine
deveníacaminoempapadaacá? de arriba a abajo.
—Casi, chico. Fuera acontece el
Diluvio Universal.
—Gracias.—Rápido, entra o
pescarás un resfriado —indicó Brad.
—Buscaré algo para que te seques.
Oh, y ahí hay café caliente...
—Muy amable. —Al desviar la
mirada, advirtió un surtidor de pis que descendía justo encima del
exposímetro—. ¡Eh, atiende a ese artilugio!
—¡Córcholis! —el menda pegó un
brinco como si llevara resortes en los zapatos. Echó el guante al aparato,
sustrajo un paño y lo secó. Tras chequearlo, dijo —: ¡Perfecto! ¡Menos mal de
ti, preciosa!
—Tranquilo... —admiraba aquella
menudencia—. ¡Qué ricura, je, je...!
—Sí, ¿verdad?... ¡Rubia, te
presento a mi hijo Curtis! ¡Rapazuelo, esta hermosura es Cokaine!
—¡Gú—¡Hola,-gúCurtis!...!—él
—acaricióledevolviósuunapancita.gracia.
—¿De—¡Uy!
veras?¡Quésimpático,—reaccionója,ja,bobalicón.ja...!Además, es clavadito a ti,
compadre.
—Aun sin patillas... —chacoteó
ella.
Brad, a oídos regalados, fue a
por la toalla prometida. De regreso, colocó el pañal limpio al mocosete, y lo
dejó bien apoltronado en la sillita al extremo del escenario. Manos a la obra,
capturó la cámara.
—Aligeraremos si utilizo la
Polaroid —le metía el cartucho nuevo de película —; los colores desmerecen un
tanto, pero así Harper recibirá el material hoy mismo.
—Ajá... —la muchacha terminaba de
arreglarse en la coqueta del rincón—. A
propósito, hay dos amigas mías
superatractivas a las que les interesa trabajar. A lo mejor le convienen
también a ese Harper...
—Puede —le contestó—. Sé que anda
detrás de lo que él llama una «ninfa carismática», de cara a cierto papel, y
sospecho que tú encajas. En cualquier caso, mañana dispongo de un hueco.
Entrégales mi tarjeta, concertaremos cita.
—De acuerdo. —Cokaine se quitó la
ropa—. ¡Lista!
Pese a la dilatada experiencia
del artífice, que estaba de vuelta de todo, semejante tipazo lo indujo a
proferir:
—¡Uau, divina! ¡Lanz flipará al
verte!
—Gentil de tu parte, corazón.
—Progresó hasta situarse bajo los focos.
—¿Qué tal algo de música? —el
tipo barajaba unos casetes—. ¿Te molan los Black Panties?
—¡Ah, ah! —opuso, tajante.
—¡Vaaale! Prefieres... ¿Jefferson
Airplane? ¿Sí?... ¡Espléndido! —introdujo la
cinta en el reproductor y pulsó .
El canto narcótico de
GraceplaySlick y las guitarras en estridente psicodelia enseguida la sedujeron:
emprendió un cálido zigzagueo al son de
(Alguien a quien amar). Somebody
to Love —¡Eso es, nena! —Murphy observaba a través del objetivo—. ¡Muévete, no
pares!
El quehacer tenía a Curtis
completamente fascinado. Vigilaba cada meneo de la modelo cual serpiente
rendida a su encantador. ¿Qué misteriosos y sugerentes atributos albergaba
aquella figura?...
—Gírate un poquito... ¡Equilicuá!
Ladea una pizca la cabeza... ¡Detente! — ¡FLASH! ¡Zzzzzzzzt! Extrajo la
instantánea y la apartó—. ¡A por otra! —Mas, de improviso: llantos, gimoteos y
sollozos—. ¡Diablos! ¿Qué ocurre ahora? Concédeme un minuto, guapa. —Depuso la
máquina y acudió veloz—. ¡Uuuy! ¿El fogonazo, angelito mío?
—¡BUAA...! ¡BUAAA...!
¡Tacháááán!—¡Nocabe¡Fíjateasustarse,enesto!hombre!¿Teapetece?¡Laluz
es inofensiva! —Le enseñó el chupete—:
Taxativo, lo menospreció.
Asimismo, el glinc-glinc del sonajero (que siempre lo entusiasmaba) ni siquiera
atrajo su atención. Papá, desconcertado y sin remota idea de cómo
arreglárselas, lo levantó para mecerlo.
—Pam dijo que comiste antes de
salir. Estás impoluto, luces magnífico, y la temperatura aparenta normal...
¿Qué sucede contigo, machote?
Cokaine afluyó con ánimo
colaborador. Como un milagro bíblico, el crío recuperó la calma en cuanto la
tuvo enfrente.
—Bueno—Oye,Brad,...¡Ejem!¿son...imaginacionesNoloculpo...—sonriómíasocontemplapicarón.
perplejo mis tetas?
Resolvieron proseguir. Apenas la
gachí se alejó un par de zancadas, Curtis recompuso el berreo. Hizo marcha
atrás, y el muy canalla cesó de inmediato, extraviado en la pechera.
—¡Porras! —papi no daba crédito
al fenómeno. —¡Qué bandido! —ella reía a placer—. ¡Tú te crees?
—¡Increíble! ¡Tus pechos ejercen
un poder hipnótico sobre él! —exclamó Brad, repleto de asombro—. ¡Son lindos!,
¿eh, pillín?
—¡Agú...! ¡Agú...!
Cokaine duplicó la hilaridad.
—¡Menudo rufián has engendrado,
amigo!
—Será que el chaval goza de buen
gusto, je, je... —adujo coñón.
—¡Curtis, cariño, no puedo
pasarme la tarde entera delante de ti!, ¿comprendes?
—¡Exacto, sinvergüenza! Debes
permitirnos avanzar. ¡Hale! ¡Sé bueno y compórtate!
Ruegos, zalamerías y arrullos de
nada sirvieron. A la mínima que esas redondeces escapaban a su percepción,
ponía el grito en el cielo. El sufrido progenitor le ofreció leche, por si
acaso. La rechazó. ¿Una cucharadita de la papilla favorita, quizá? Tres cuartos
de lo mismo. Lo paseó a lo largo y ancho del apartamento: inútil. En última
instancia, variar de música o el completo silencio tampoco causaron ningún
efecto. ¿No hay tetas? ¡Pues te jodes! «¡Por las llagas de Cristo! ¡Esto
resulta inaudito!»; Brad se tiraba los pelos de desesperanza.
—¡Tengo una idea, tío! —lanzó
Cokaine de repente, con un destello maquiavélico en los ojos.
—¿Uh...? —Murphy alzó las cejas—.
¿Cuál?
—¿Qué—¡Deprisa!tramas,¡Pillaencanto?lacámara
y aproxímate!
Posicionada en medio del set,
movió las manos enmarcando el par de elementos en cuestión.
—Ahora saca un primer plano —le
propuso. Curtis amenazaba nuevos pucheritos—. ¡Apúrate!
—¡Aaaah! ¡Ya capto! ¡Gran astucia
la tuya, sí, señora!
Disparó según lo previsto, y
esperaron a que surgiera la imagen. «¡Excelente! ¡Probemos!». Después de
ajustar el azafate de la trona a la altura adecuada, Cokaine fijó ahí el
retrato con un pedazo de cinta adhesiva. La súbita maniobra distrajo momentáneamente
a Curtis, pero acabó centrándose en la foto, que era de lo que se trataba.
—Funciona, ¿no? —observó al cabo.
—Averigüémoslo. Retrocede
despacio —repuso Brad, a la expectativa. El ingenio vino a ser mano de santo:
el peque, relajadísimo, disfrutaba tanto del
duplicado que no extrañó el busto
original—. ¡Eureka! ¡ , vales un
auténtico
imperio! Baby —¡Ja, ja, ja...!
¿Continuamos?
—¡Desde luego, reina!
Y gracias a esta singular
inventiva, los mayores retomaron la sesión sin más dilaciones.
Agresión
Los lúgubres remolinos de
tempestad menguaron con la misma presteza con la que habían invadido el cielo
del atardecer de aquel lunes, y en el nuevo albor floreció un majestuoso arco
iris de vaporosos tonos pastel. La lluvia despilfarrada se escurría sin prisa
pero sin pausa a través de cloacas, grietas y agujeros, y las tuberías de
desagüe atenuaban el flujo al compás mortecino de las últimas gotas, que caían
como lágrimas de desahogo a la postre de un sufrido berrinche.
Asimismo, el aire regalaba esa
agradable fragancia a tierra mojada tan típica después de un chubasco
veraniego, la circulación de vehículos producía el inconfundible sonido de
cuando los neumáticos ruedan sobre pavimento mojado, y poco a poco multitud de
ires y venires reconquistaban las calles, paseos y tiendas del núcleo de una
ciudad recién lavada, refrescada y perfumada. Gracias a Dios, el infierno de
los últimos días dejaba lugar a una temperatura menos severa; cambio que, a
buen seguro, todo el mundo agradecía.
Brad Murphy daba casi por sentado
que Harper no tardaría en contactar a Cokaine para el rol específico que
precisaba cubrir. Largó comentarios harto favorables acerca del susodicho
artista durante el resto de la sesión: según él, sus películas distaban «un
huevo» de la apabullante ordinariez del conjunto de producciones explícitas.
¡Las suyas eran arte erótico en estado puro!
La muchacha abandonó el edificio
Osmond con la ropa prácticamente seca y la esperanza de que el fotógrafo
acertara. Si bien el aplomo ceñía las riendas a un exceso de credulidad, tales
perspectivas la animaron; ya que pegaba este salto, mejor aterrizar en manos de
un genio...
De camino a la biblioteca aparcó
el tema. Compró el periódico, cuatro cajetillas de Tareyton, y centró las
expectativas inminentes en procurarse una novela entretenida. «Estoy saturada
de terror, suspense y aventuras. Las tramas románticas aburren, el género negro
te asfixia en la decadencia... ¡Ay, necesito algo distinto!», discurría
mientras aguardaba el semáforo.
Tan rápido como cruzó a la otra
orilla, se detuvo en los escaparates del centro comercial. «Estos pantalones de
algodón son sexis. —Y al leer el precio—: ¡Uf,
carísimos y les falta campana!».
Prendió un cigarrillo. La blusa de corte del maniquí adyacente la sedujo al
primer golpe de vista. «Quedaría fenomenalbho combinada junto a la faldita que
compré en primavera». La vitrina a su espalda alojaba calzado típico de
temporada. Había unas sandalias deslizables de color rojo carmín, que tenían
suela de madera y tacones altos y gruesos, muy llamativas. «¡Uau, qué chulas!».
Sintió el impulso de entrar a probárselas. No obstante, tras el sablazo de
Murphy por las fotos, la parada en el quiosco y la del estanco, reunía
alrededor de cuatro dólares. «¡Pero volveré a por ellas!».
Rambla arriba, un grupo hacía
cola frente a la taquilla del cine para el pase de las seis y media. La
cartelera anunciaba el reestreno de la ópera
(Jesucristo superestrella). Quiso
ojear las imágenes expuestas a pie de rock Jesus Chlargóist
calleSup.rstar«ABunny y
Sweetheart no les hizo ni fu ni fa. Jasper, a diferencia, maravillas. Vendría a
verla, aunque sola...». Y continuó hacia su destino, meditabunda y a paso
tranquilo.
La biblioteca pública de Palo
Largo radicaba en el antiguo casino que remodelaron a principios de los años
cuarenta, justo al cabo de que el gobierno adquiriera la propiedad. El trabajo
anduvo a cargo de la
: agencia creada en cuyo propósito era combatir el desempleo
Works Progressdos
surgidoAdmnistrationdurante la
Gran Depresión1935.Este emblemático edificio constaba de
pisos y un sótano, el cual solía
utilizarse a manera de salón de actos. El nivel superior, restringido a los
investigadores, albergaba libros de consulta especializada y documentos
reservados, además de un par de máquinas de microfilm. Debajo estribaban la
hemeroteca, una zona destinada a la lectura y, lógicamente, las secciones
literarias y el servicio de préstamo.
La rolliza bibliotecaria —con
mechones plateados entre horquillas, rostro oval de juventud distante, nariz
aguileña y mirada oblicua de institutriz pérfida— soplaba distraída encima de
un café recién sacado de la expendedora en el momento en que Cokaine se acercó
al mostrador.
—¡Ay, Suzanne! ¡Vas a añadir mi
nombre a la lista negra! —le dijo, un pelín inquieta.
—¡Caramba! Hola, nena —la señora
depuso el vasito—. ¿Y eso?...
—Buenas tardes, guapa —hurgaba
dentro del bolso, todavía húmedo—. Sucede que me pilló la tormenta en el bus. A
falta de paraguas, imagínate tú cuando descendí...
—¡Oh, vaya! —Ajustadas las lentes
gatunas que llevaba al cuello, atrapó el ejemplar reblandecido de Rosemary´s
baby (El bebé de Rosemary).
Cokaine no sabía cómo
disculparse.
—Lo siento en el alma —musitó
encogiendo la tez.
—A ti la lluvia te agarra
desprevenida —comprobaba el daño con rigor científico—, y aquí nos anega la
primera planta. El mozo de mantenimiento sigue ahí liado, mocho arriba, mocho
abajo.
—¡Ostras! ¡Menuda calamidad!
—Y que lo jures, chiquilla, A
este ritmo arreglarán el tejado una vez que coja la jubilación. —Dejó el libro
aparte—. Que seque. Si desluce demasiado, lo colaré en el informe de hoy y
asunto resuelto.
Era consciente de que Suzanne
nunca hacía la vista gorda. —Gracias, reina. Lamento el estropicio, de veras.
—Absuelta. ¿Qué tal estuvo?
—Pche-pche (ladeo de cabeza). De
Ira Levin, saboreé el doble
(Un beso antes de morir)
—confesó—. Escucha, ¿puedes sugerirme una A posiblekssbefore
historiadying atractiva de
ciencia ficción? Alejada de Asimov o C. Clarke, a ser . —Oh, pues (mohín
reflexivo)... ¿Te suena Phillip K. Dick? ¡Ajá, lo suponía!; es
poco popular. En fin, dos años
atrás... Mentira, irá para tres, recibimos una donación privada de doscientos
libros, y entre ellos emergió
( Sueñan los androides con ovejas
eléctricas?)DoAndroids.MeintrigabaDream ofy, ¡toma!,ElectricdescubríSheep? una¿
auténtica joya de este autor.
—El título choca.
—Eso mismo pensé —el canino de
oro relució al sonreír—. Aguarda. —Dio un repaso a la lista de préstamos—:
Libre, si te interesa.
Convino gustosa y extendió las
alas en dirección a la estantería correspondiente. «Apuesto a que Suzanne lee
incluso dormida, je, je...».
Un individuo larguirucho, que
escrutaba a fondo una pila semifosilizada de
revistas de los años cincuenta o
sesenta, impedía maniobrar allí. «¿Me permite, pulpcaballero?», le susurró
suavecito. El tipo produjo un graznido contradictorio; sin siquiera inmutarse,
se apartó dos pulgadas. «¡Dispense usted, estoy delgadita pero no tanto!».
El libro en cuestión, impreso en
formato de bolsillo y escacharrado del trote, pertenecía a la editorial
británica Panther Books Ltd (Science Fiction). El diseño de la cubierta
mostraba un esplendoroso prado repleto de ovejas, todas conectadas vía largos
cables a una especie de batería. En medio del rebaño deambulaba un
humanoide desnudo y alicaído, con
lo que le restaba del brazo dominante, amputado a la mitad, en alto. «¡Qué
original!».
De vuelta al mostrador tuvo una
grata sorpresa. Despachaban a cierto conocido suyo a quien le apetecía saludar
de nuevo.
—Recuerde usted —lo informaba una
Suzanne grave y pertinaz— que dispone de dos semanas máximo. Cada reintegro
fuera de plazo o uso indebido implica una sanción, y tres equivalen a la
pérdida transitoria del derecho. Considere también que los retornos en mal
estado o hurtos (énfasis en este punto) deberán ser abonados antes de diez
días. Caso contrario, damos parte a las autoridades mediante denuncia pública.
¿Alguna pregunta?
—Descuida, mujer —intervino
Cokaine—, que este parroquiano cumplirá a raja tabla. ¿Eh, míster interesante?
—De otra forma ya me veo en el
tablón del FBI... —respondió Lou, irónico—. Bromeo, señora (guiño pícaro).
¿Cómo estás, preciosa?
—¡Genial! —canje de besitos
cordiales—. ¡Qué casualidad!, ¿no? ¿Qué te trae por aquí?
—¿Sinceramente? ¡El aburrimiento!
—El gag la hizo sonreír—. Los tabiques del motel caen a plomo y leer es gratis,
conque... —La encargada le puso en las narices el carné acabado, sellado y
rubricado—. Estupendo, muy amable. —Al enfundarlo en el bolsillo trasero,
observó la mano izquierda de la chica—. ¿Qué cogiste?
—Ah, narrativa de ciencia
ficción. Mira...
Apenas pudo apreciar nada porque
Suzanne la interceptó de un plumazo. —Excusad, hay gente que espera —adujo a la
par que rellenaba la ficha. Delante del muchacho descansaba una obra tan enjuta
que a lo sumo contaría
cien páginas: , de Ludwig
Wittgenstein ( ). —¿Es tu Tractatuselección, Lou?gico—-PhilosophicusEnefecto,lo
era—. ¡Diablos! ¡Asusta igual1921 que un
perro rabioso!
Ambos soltaron una carcajada.
—¡Shhh! —los reconvino Suzanne.
Devolvió la novela a la moza—. Disfrútala, nena. ¡Hasta luego! (cariñosa).
Adiós, joven (correcta). —Y con una sutil batida de párpados, voló a atender al
siguiente usuario.
Ellos dos tomaron la salida en
común.
—¿Respecto—Creoquea a?grandes—contestórasgosél.—dilucidaba
Cokaine— voy atando cabos contigo.
—Quiero decir... La noche del
sábado, en el ; la crónica del cuaderno, el modo de expresarte... Y ahorita
apareces acá enburguerplan«viejo erudito —voz recia— que desempolva oscuros
textos recónditos». Total: que aparentas una persona introspectiva, ponderada...
—¡Qué—Jamásventajoso!necesitotanda(sonrisa)para.
¿Yretirareste interés?ensayos ¡Vamos,defilosofíacuéntame!—chanceó.
—Bueno, resulta apasionante
escabullirse entre bambalinas de cuando en cuando... —La gachí obró un gesto de
intriga—. Me refiero a que nuestro mundo, esta complicada trama existencialista
en la que nos vemos arrojados, donde cada cual desempeña su papel, concorde o
no, viene a ser como un gran teatro: en el escenario ocurre la explosión de
todo lo humano; es el espectáculo bullicioso, caótico y despiadado de una
realidad asumida. Visitar la chácena ofrece sosiego, perspectivas distintas.
Desde «detrás» intento comprender, en lo posible, los entresijos argumentales
del drama, por plantearlo de alguna manera.
—Dime.—Humm... ¿Sabes, cielo?
—«Míster interesante» te viene al
dedillo.
—¡Ja, ja, ja...!
Así, quietos en plena acera, ella
le sugirió:
—¿Me acompañas a la parada del
bus y charlamos entretanto?
—Oh, aparqué allí —señaló la
esquina—. Puedo aproximarte a cualquier puerto.
—¿Sí? Regresaba a casa...
—Tú marcas el rumbo.
—¡Suelta amarras, timonel!
—aceptó de buen grado.
Lou conducía una Honda CB de ,
rojo naranja, a la que incorporó un
baúl trasero y soportes
laterales750que permitieran1970 colgar alforjas. A Cokaine le agradaba esa
motocicleta.
—Es elegante, bonita —comentó.
—Pertenecía a un de Bloomington,
Indiana —secaba el sillín—, que la ocultaba dentro del establoamish.
—¿Estás de coña?
—En absoluto. Lo pescaron y la comunidad le impuso que se librara
de ella—¡Casoso... y cosas!
—chirigoteóin fragantiperpleja.
—Aún recuerdo aquel tipo el día
de la compraventa: barba a lo Abraham Lincoln, sombrerillo de paja, espiga al
borde de una mueca encorvada... —Subió a la moto—. Hoy agradecerá manejar el
carruaje sin preocuparse por la escasez de combustible. —Y, ¡brrrom!, arrancó.
Quince minutos después alcanzaron
el norte de la Catorce. La temperatura agradable y un ambiente cristalino
parecían haber dado cuerda a los lugareños: la señora Harrison, apresurada,
trajinaba el vestido remendado de la señora Pullman en un paquetito muy cuco;
tres ancianos hablaban de los viejos tiempos tras abandonar la barbería; Carl
agitaba el cepillo, ¡zis -zas, zis-zas!, sobre unos zapatos raídos hasta el
tuétano; los Hollister salían del colmado, bien provistos y en fila india;
Benny canturreaba asomado a la ventana, al tiempo que descorchaba otra botella;
el señor Jorguensen añadía un fardo de revistas viejas a la pila de basura;
Miles regresaba del ambulatorio, mejorado de la cojera; y los niños jugaban al
«corre que te pillo» esquivando el tráfico.
Cerca de la curva antes del
puente, Apolonia escudriñaba la mercancía del mudo, a semejanza de una oficial
de aduanas en busca de estraperlo. El advenimiento de la vecina la distrajo.
«¡Eh, rubiales!»; emprendió una corredera lerda. Sostenía algo en la diestra,
mientras con la siniestra atenazaba el ala de la pamela andrajosa y cubierta de
flores marchitas que llevaba puesta.
—¡Fíjate qué botella de
Coca-Cola! —rebufó.
Difería de las ordinarias por
tener la parte del centro más ancha. Según Charly, era de los años veinte:
escaseaban. ¡Un milagro! ¡Un tesoro! Que si iba a comprársela y pensaba
pintarle esto y aquello y la ubicaría contigua a la ventana porque alejaría los
malos augurios, blablabla, blablabla, al fin disparó: «¿Quién es este?».
—Ah, Lou, un amigo mío. Lou, te
presento a Apolonia; vive ahí —indicó.
—Mucho gusto, —le propuso un apretón.
Brusca e irrespetuosa,milady en
lugar de corresponder, empezó a inspeccionarlo de forma invasiva.
Charly detuvo el carrito donde
los tres. Ante ese inusitado procedimiento, dirigió su silenciosa perplejidad a
Cokaine, la cual, víctima de la vergüenza ajena, intervino:
—¡Apolonia! ¿Qué puñetas...?
—¡Chitón! —ahora lo olisqueaba.
A pesar del desconcierto, el
mancebo permanecía tácito y sereno encima del vehículo. Empero, de pronto,
introdujo:
El—Curiosocorazón
adornodelalunáticaparaunpegósombrero,unvuelcolady. Lansbury.
—¿Cómo me has llamado?
—Lansbury —reiteró él—. ¿No
contrajo usted matrimonio con sir Ash Lansbury, barón de Littlemoss?
Cokaine y Charly se quedaron
tiesos, lívidos; lo mismo que esculturas de mármol que decoran la vía pública.
—¿De dónde sacas semejante
patraña, mequetrefe? —arremetió la mujer, visiblemente molesta.
—¡Oh, yo también soy inglés,
señora! —repuso alegre—. La vi fotografiada varias veces en el Manchester
Guardian. Hace siglos, claro, aunque su sentido de la elegancia sobresale de
entre un millón y...
—Sin—¡Mi duda.apellidoEl dees
Evans,soltera,sabelotodo!¿verdad?
La cincuentona cambió del rosado
natural a la palidez de un cirio del Medievo. Desencajada, sudorosa, aturdida,
fluctuante, vaciló en la viscosidad de aquella letargia unos segundos eternos,
vertidos como plomo derretido. Acto seguido, resoplaba igual que una locomotora
a pleno rendimiento.
Reculó ni más ni menos que dos
trancos —ojos chispeantes, labios contraídos, tez sulfurada—, y lanzó el
preciado envase directo contra Lou. ¡Confusión! ¡Pasmo! ¡Estremecimiento!
Planeó hasta impactar en el bordillo opuesto, roto en mil pedazos. Afortunadamente,
el muchacho supo esquivarlo a tiempo.
El estruendo atrajo la atención
de los peques; Jorguensen volteó la cabeza; Carl
alzó la vista del calzado que
lustraba; Benny graznó «¡ uno!», partiéndose el pecho; los transeúntes próximos
apretaron el paso; y el Strikeseñor Wilson fisgó de reojo a través del
aparador.
—¡Cristo bendito! —Cokaine
flaqueaba de horror—. ¡A santo de qué...?
—¡UN DEMONIO! ¡UN DEMONIO! —el
índice justiciero de Apolonia lo tiroteaba a bocajarro.
—¡Oh, por favor!...
—¡Quieres—¡Fueestecalmarte?monstruo¡Louquienjamásalterómetuhaaura!causado¡Acasoningúnnolo
intuyes,daño! boba?
—¡Uh...? ¡Maldición, demasiado
tarde! ¡Sucumbiste al influjo diabólico! — dedujo entonces. E inmersa en sus
trece, se abalanzó sobre el maligno—. ¡LIBERA A MI AMIGA! ¡LIBERA A MI AMIGA!
—repetía, golpeándolo furiosa.
—¡EseBenny,
gancho!eufórico,¡Dalebebiófuerte!alasalud—ibadeborracholaagresora.perdido.
Para cuando Charly pudo
contenerla, el asaltado tenía una mano pegada a la mejilla izquierda.
—¡Cielos, cariño! —exclamó
Cokaine—. Quita, déjame ver... —Al descubrirse afloraron tres arañazos
feísimos—. ¡Arrea!
La chiflada huyó a su madriguera
cual comadreja esquiva, sin parar de farfullar cosas ininteligibles.
—¡Estate—Sospechoquieto!queno—ellalehevigilabacaídodemasiadolaherida.
bien —satirizó Lou.
—¿Es grave, doctora?
Él—¡Uff!buscóPintaelreflejomal.Convienedelretrovisor.desinfectarlo.
—Anda,—¡Ups!¡Casisube
estropeaacasaconmigo,mibigote!comediante.—dijodesenfadado.
—Bah, tranquila.
—¡Venga, hombre! ¡A saber qué
roña traía bajo las uñas!
Charly asintió, dándole la razón.
Lou descendió, dispuso el caballete, y ofreció una mano trémula al pordiosero.
Concluido—¿Noirás ela
zurrarmepequeñofollón,tútambién,loschismososeh,compadre?regresaron—continuabaalosuyo.de
broma.
Cokaine sentía muchísimo lo
ocurrido; en tanto cruzaban el umbral de Vista Alegre, agregaba disculpas a las
objeciones por aquel comportamiento.
—Oye,—Corramos¿ysegurountupidoquepertenecevelo—propusoalaaristocracia?Lou,siempre
amable.
—Alta nobleza —puntualizó—. De
canijo solía repartir prensa en Stockport, Gran Mánchester. Sobrevino un
incendio en la mansión Lansbury y el comunicado ocupó portadas, así que sí.
—Conque británico, ¿eh?... No
guardas acento.
—Once años entre yanquis liman
inclusive las papilas gustativas —apuntó, mordaz.
—Yo nací en Moscú.
—¡ , ni en sueños lo hubiera adivinado!
—Ah,Tovarishch.perovine de
pequeñita. —Abrió la puerta del piso—. Adelante, gentlemNadanmás entrar, el
invitado lanzó:
—¡Recórcholis! —observaba
alrededor, asombrado—. Charlie Parker, John Coltrane... ¡Desde luego, el gran
Charles Mingus! ¡Oh!, y este es Thelonious Monk. ¿Acierto?
—¡Caray! ¡Conoces a todo quisqui!
—¿Puedo...? —rogó al descubrir la discoteca. —A tu aire.
Le tomó la palabra. Conforme
pasaba un disco detrás de otro, doblaba el
frenesí. , , , , ...; no excluía género, intérprete o
grupo. «¡Qué
bien surtida!»Jazzblues. soul
funk rock
La joven presenciaba el cuadro
con ojos afables. Pues parecía un niño que, recién levantado, destapaba los
regalos del día de Navidad.
Al instante sustrajo cierto
recopilatorio del saxofonista Stan Getz.
—¿Un poco de ?
—¡Guay! —convinobossa. novaRetiró
el diario del bolso, lo arrojó encima de la mesa, y
fue en busca del botiquín. A la
vuelta sonaba (La chica de Ipanema). Lou, abstraído aún en los álbumes,
tarareaba la canción—. Acceda usted
The GsillarlFrom Ipanema
a la sala de curas, por favor
—guasona, le mostró la . Anduvo a sentarse; ella empapó el canto de una gasa.
—Taaa... ta, ta, ta, taa... ¡AAAU...!
—¡Escuece—¡Hale,quejica!delo ¡Apenaslindo!
te toqué!
—¡UYYY!—Melofiguro¡AYYY!—Sopló en
las rozaduras y reanudó la cura.
—¡Peor que los críos! ¿Quieres
dejar de moverte?
—Solo si prometes darme una
piruleta después...
Cokaine despidió una risotada.
—Pórtate bien y la enfermera de
guardia preparará tequilas ricos. ¿Trato hecho?
Cualquier testigo indiscreto
hubiese notado la excelente correlación que fluía en ambas direcciones. La
prórroga a ese encuentro azaroso deshacía a toda prisa un hielo completamente
resquebrajado.
Al término de los primeros
auxilios, la anfitriona procedió con las bebidas. Entretanto, Lou, esterilizado
y parcheado, inspeccionaba la prensa. De súbito,
profirió:
—¿Qué—¡Ahíva!sucede?¡Increíble!
—¿Cuánto hay de aquí a Las
Cruces? —preguntó, sagaz.
—Hum... Cien millas o así, creo.
¿Por?...
mío!—¡Este pianista —le enseñaba
un pequeño anuncio enmarcado— es colega
Depuso la rodaja de limón acabada
de cortar y acudió. La publicidad refería:
«Las Cruces Jazz n'go presenta a:
The Blue Henderson Quintet. Todos los martes, jueves y sábados de julio a
partir de las nueve».
—Blue nunca deja impasible
delante de las teclas y hace un montón que le perdí la pista. ¿Qué opinas,
socia? (mirada inductora).
¿Una excursión a Las Cruces? ¿ en
directo? ¿Y acompañada de Lou? Respondió que sí, sin pensárselo dos vecesJazz .
En realidad, la expectativa de gozar de una velada musical generó tal
entusiasmo que enseguida se pusieron de acuerdo para ir aquel martes mismo.
«En fin, no hay mal que por bien
no venga», discurrió Lou, palpándose el moflete dolorido.
Dos colores
A media tarde del día siguiente,
el británico se presentó en casa de Cokaine con
esa puntualidad que los
caracteriza, y enseguida tomaron la Interestatal 25 en
sentido sur hacia Las Cruces.
Daba la sensación como si todo hubiera de salir a
pedir de boca durante aquella
escapada fruto del impulso: la atmósfera permanecía
más limpia que una patena, un sol
henchido de benevolencia irradiaba sin
excederse, y el viento parecía
contener su soplo para no estorbar.
La rectísima autopista estiraba
el paso a través de los insondables matices
terracota del páramo desértico;
cactus, álamos, nopales, agaves y coloridas flores
silvestres crecían de forma
dispersa entre tanta aridez. A la izquierda del trazado
quedaba una hilera interminable
de postes de telégrafo, ahora inútiles, abrasados y
carcomidos, que Lou equiparó a
las antiguas crucifixiones de la era romana. En
respuesta, ella chacoteó: «¡De
ahí pendieron los últimos del ejército vencido de
Espartaco!»; le vino a la cabeza
el célebre film. En contraste, al sudoeste destacaba
la mayor elevación colindante a
Palo Largo: la Mud Mountain (Montaña de lodo),
de 5749 pies, que sobresalía
traviesa del llano lo mismo que un pechito pubescente.
El primer
núcleo poblado que
atravesaron fue Truth
or Consequences.
Llamada Hot Springs hasta 1950 ,
esta ciudad sustituyó el nombre original en virtud
de un famoso programa
radiofónico. Cuenta la historia, que el locutor del concurso
Truth or Consequences (Verdad o
consecuencias), propuso trasladar la emisión a
cualquier parte donde aceptaran
rebautizarse, usando el susodicho enunciado.
Puesto que Hot Springs obtuvo el
premio, acogió la infraestructura del show, y en lo
sucesivo consta en los mapas
conforme al singular apelativo.
Justo a continuación estriba la
minúscula aldea de Williamsburg, de solo media
milla cuadrada
de superficie. Aventajarla
les permitió distinguir
a las mil
maravillas el Caballo Cone,
montículo situado en el sector norte de las Montañas
Caballo, el cual también atiende
al alias Turtleback Mountain (Montaña tortuga).
Dejando atrás Las Palomas, el
piloto redujo a fin evitar el atropello de un
simpático armadillo que,
vacilante y miedica, no se decidía a trasponer la carretera. Cokaine jamás
había visto ninguno de cerca y le pareció una auténtica monada. Pero al
enterarse de que los mexicanos sacian las panzas con su carne, contrajo un
severo disgusto. «¡Qué atrocidad! —replicó indignada—. ¡Unos bichitos tan
hermosos!». Lou no quiso mortificarla; aceleró risueño, al tiempo que
discurría: «A falta de pan...».
Avante toda, el tramo consecutivo
los condujo derechos a la comunidad de Caballo, uno de los muchos lugares que
bordean la frontera, designados por el censo norteamericano (CDP). Este tipo de
asentamientos, no adscritos a las áreas urbanas, suelen ser bastante reducidos
y, aunque guardan una identidad comunitaria, carecen de organización
administrativa. Además, el Río Bravo, cuyo curso va contiguo al recorrido de la
vía, ensancha aquí el cauce en un reservorio denominado Caballo Lake; este
sobrepasa en extensión a Oasis, próximo municipio del itinerario.
Hatch supuso el remanso idóneo de
cara a hacer un alto y estirar un poco las
piernas. Resulta que la villa,
fundada en , antaño conocida bajo el nombre de Santa Bárbara, es mundialmente
famosa1851debido a los chiles que produce; tan recurrentes en la gastronomía
del país vecino como el arroz en la dieta china. Así pues, en honor a la
distinguida verdura, cenaron picante al fresco de un establecimiento chiquitín
y muy agradable que les recomendó el mozo de la gasolinera, en la que, lejos de
las tediosas colas de Palo Largo, repostaron. Lou
protagonizó la anécdota del
momento: el inglés, de paladar blandengue, antes de terminarse el primer plato,
fulminó la jarra de agua, cual corcel que regresa de una dura marcha a galope
tendido. Pidió que la rellenaran y la decantó aun llegado el café.De vuelta
sobre el asfalto, la pareja superó Rincón —CDP de apenas cien personas— para
luego alcanzar Radium Springs; localidad que bordea el extremo oeste del Valle
de Mesilla. A estas alturas, el conductor experimentaba tal urgencia urinaria
que tuvo que detenerse. Tras verter un caudal comparable al del Pecos (afluente
del Río Bravo), echó mano de la reserva de agua del portabultos, y engulló el
botellín entero a cara de perro. «Si te digo la verdad, aún noto cierto
ardor...», confesó mientras Cokaine lloraba de la risa. Bromas aparte y vista a
poniente, la panorámica de la sierra Robledo que contemplaron desde acá mereció
de sobra el paro.
Varias millas después, en pleno
condado de Doña Ana, emergería frente a ellos la cadena montañosa de los
Órganos, emplazada al este del punto de destino.
Adentrarse en las Cruces a la
buena de Dios, sin la más remota idea de qué camino seguir, aconteció una
peripecia digna de Odiseo. No en vano, esta es la segunda metrópolis del estado
y, como toda gran ciudad, entraña un galimatías a ojos del visitante primerizo.
Preguntar de antemano por el Jazz n'go a varios peatones sirvió de poco o nada:
ninguno había oído mención del antro ni de sus
señas. ¿Acaso el anuncio del fue
cosa de una ilusión conjunta? Lou estaba determinado a
NewadquirirMexicounObserverplanocuando, en un cruce de la zona céntrica, el
taxista afroamericano del carril adyacente pudo orientarlos. Debían dirigirse a
La Madriguera, suburbio de las afueras del distrito sudoeste, al lado del
aeropuerto.
Dando tumbos a diestro y
siniestro, al final hallaron el barrio. Este mostraba el típico aspecto
decrépito y olvidado de los incontables guetos segregados a lo largo y ancho
del país. Nadie de raza blanca transitaba aquellas calles de paredes
grafiteadas, cuyos diseños vivaces acometían contra la uniformidad del gris
preponderante. Extraviados en ese complicado laberinto, solicitaron las
indicaciones definitivas a una pandilla de chavales que hacía arte vanguardista
a la entrada de un garaje particular: el disyóquey alternaba ritmos de manera
simultánea con dos tocadiscos, en tanto otro rimaba enrevesados trabalenguas al
compás. Los colegas emprendían pasos de baile retorcidos y peliagudos,
imposibles para cualquiera sin esqueleto de goma. ¡Uaus! de pasmo del dúo
viajero.
Delante del Jazz n'go radicaba
una parcela arenosa, si bien entre la cantidad de vehículos que la atiborraba
no surgía un palmo libre donde aparcar. «¡La leche!», maldijo Lou. La luz
difusa de un coche los alertó de su retiro. «¡Qué potra la nuestra!». El
Douglas DC- , que descendía a la sazón, volaba tan a ras de suelo que casi los
despeinaba. Debajo10 del estruendoso ¡zuuuum! afloró la risita espontánea de
Cokaine: sentía el pompis magullado a causa del asiento y se lo frotaba
graciosamente. Él, a la vez que colocaba el antirrobo a la rueda trasera,
desvió los clisos. «Aparenta igual de lindo y redondito que siempre», adujo
gamberrillo.
Tres individuos compartían una
botella de Jim Beam a las puertas del club. El de la izquierda era chico y
enclenque. En medio prevalecía uno enorme y corpulento. El restante, ni fuerte
ni menudo, cabía en el cesto del montón. Al darse cuenta de que aquellos dos
avanzaban dispuestos a acceder, el grandote los abordó:
—¿A dónde os creéis que vais,
blanquitos? Lou puso una sonrisa de anuncio de dentífrico.
—Oh, verán ustedes, caballeros, a
la señorita y a mí nos encantaría escuchar a
BlueLosysutiposgrupoexplotaron...sinolesacomportacarcajadamolestia,limpia.
claro está.
—¿Oíste eso, Julius? —lanzó el
enano al forzudo—. Caballeros por aquí, señorita por allá... ¡Qué paliducho más
finolis!, ¿eh? ¡Ji, ji, ji...!
—Hay que joderse, Clarence
—repuso este de forma hosca.
—Encima, el menda parlotea del
maestro (subrayado) como un hermano — agregó el retaco, con esa vocecita
estridente.
—¡Será que festejan juntos
—Julius empezaba a frotarse los artejos— cuando el señor Henderson visita
sitios elegantes!
—¡Fijo, ji, ji...! —convino un
Clarence malicioso, que enseguida reparó en las heridas del foráneo—: ¡Mira qué
careto trae, tío!
—¡Recristo, jua, jua, jua... !
¿Provocaste a la gatita rubia, alfeñique? —el cachas le clavaba los luceros
cáusticos frente a frente. Asimismo, soltó un desagradable eructo, y luego lo
previno—: ¡Arrea, listillo! ¡Coge a tu zorra y esfúmate antes de que acabe de
arreglar tu fea jeta!
Cokaine, pesarosa, agarró al
camarada del brazo.
—Anda, cielo —dijo tirando de
él—, habrá otras ocasiones. —¡Abur, claras de huevo, ji, ji, ji...! —Clarence
les levantaba el
en señal de despedida. digitus
impudicus Mas, contra todo vaticinio, Lou se liberó y reculó.
—De hecho, señores, Blue es muy
amigo mío y largarme a las bravas me reconcomería a perpetuidad. ¿Comprenden?
—insistió risueño.
—¡PropinaElquesujetabauna
elbuenabourbon,tundacalladoaeste farsante,hastaahora,Julius!intervino:
El—¡Sáltalegrandullónlos
piños!escupió¡Sáltaleenlas lospalmazaspiños! —alentóyfueaporClarenceél. a la
par.
Cokaine estaba presta a tirar de
la navaja, no obstante, para sorpresa del personal, Lou hizo aparecer de la
nada tres billetes de veinte dólares y los antepuso a la cólera de Julius.
—Tal vez un pequeño incentivo los
convenza de avisarlo, así zanjamos el malentendido. ¿Qué opinan, amigos?
—Mejor pillo tu pasta y te atizo
a placer, ¿EH, AMIGO? —arremetió el abusón. —Pues menuda lástima, porque, según
infiero, los aquí presentes compartimos
la camaradería de Blue. Sin
embargo, en cuanto averigüe lo ocurrido, y no les quepa
duda de que se enterará, ustedes
perderán su respeto ; eso ha de doler mucho más que unos moretones —expuso
firme, aunquein aeternumlaxo.
Julius fluctuaba, indeciso.
Atenazó el parné y obró una seña al de la botella. —Si mientes, tenemos un
bonito cajón de pino de tu talla, cara cortada —dijo
acto seguido.
El sujeto retornó de inmediato en
compañía del músico.
—¿Louie...? —balbuceó Blue,
ojiplático a similitud de un búho avizor—. ¡Louie Hutchinson!
—¿Os suena el lechoso, maestro?
—Clarence exhalaba asombro.
—Renacuajo, puede que la fachada
blanca confunda, pero el alma de este hombre es tan negra como la nuestra —le
aclaró achispado—. ¡Jesús bendito, muchacho! ¡Qué alegría volver a verte!
—¡Hola, viejo zorro!
Ante el efusivo abrazo, Cokaine
suspiró de alivio. Los tres brutos: ni oste ni moste. En efecto, el «maestro»
gozaba del aprecio de los suyos y Lou supo jugar muy bien esa carta. Y es que
la naturaleza carismática de Henderson difícilmente pasaba desapercibida:
espigado, delgaducho y de compostura jovial pese a rondar
la setentena, vestía una camisa
chispeante de cuello cubano; la amplitud del escote revelaba tres collares de
oro de distintos tamaños. Llevaba pantalones de pitillo amarillos veteados de
negro, la gorra newsboy ladeada, y el pendiente de la oreja derecha emitía
destellos casuales bajo la débil luminosidad. Acérrimo enemigo de Cronos y
vanidoso a más no poder, solían bromear con que su edad exacta era el secreto
mejor guardado después de la receta de la Coca-Cola.
—¡Madre mía! —la emoción
embargaba al artista—. ¿De dónde sales, maldito lunático?
—Uf, resulta largo de explicar...
—contestó Lou—. Quise tomarme un plazo de renovación y desde entonces he
recorrido el país de norte a sur. Hogaño moro en el
Paradise de Palo Largo.
Casualidades de la vida, apercibí el reclamo del ,
de modo que... Observer
—¿Convertido a aventurero? ¡Caramba, me dejas atónito, chaval!
—«El hombre absurdo es el que no
cambia nunca», afirmaba un tal Clemenceau, je, je... ¡Oh, perdonad! —Acaecieron
las presentaciones.
—Tanto gusto, señor Henderson
—Cokaine le dispensó dos besitos cariñosos —. Lou habla maravillas de usted.
—Encanto, te permito tutearme si
prometes mantener a raya esas uñas...
—¡Habrase visto? (brazos en
jarras). ¿Por qué diantre todos me acusan?
La reacción cómica suscitó un
apunte escueto del pequeño jaleo de la tarde anterior. «De la piel de Barrabás,
Louie, sí. Pero de la piel del diablo, ¡nones!»; el desvarío de Apolonia le
hizo gracia. Y, a falta de otras dilaciones, entraron.
En el Jazz n'go no cabía un
puñetero alfiler. La multitud que abarrotaba la pista
movía el esqueleto al son del
nuevo sencillo de Betty Wright, !, que rugía enérgico a través de los
altavoces. Acomodados en la barra,Shoorah!en lasShoorahmesas dispersas o de
pie, los demás socializaban bebiendo, fumando y pasándolo bomba. Incluso alguno
brindaba sentado encima del escenario. Aquel local oscuro, denso, turbulento y
anárquico olía a hachís del bueno.
El privilegio de asistir a
semejante bum racial embaló el corazón de Cokaine. ¡Qué desparpajo! ¡Qué
poderío! La gente de color de veras albergaba ritmo en la sangre; esa frescura
que supuraban los cuerpos al unísono reducía las índoles caucásicas a la categoría
del café descafeinado. Polirritmias efervescentes y zarandeos vibrantes la
empujaban a un mundo salvaje, libre, repleto de pasión y sintonía.
Blue los guio al reservado de los
músicos —que subían ya a escena— frente a una concurrencia extrañada.
—De acuerdo, pimpollos, aquí os
quedáis —les dijo—. Disfrutad del ambiente, ¡y nada de comenzar la juerga sin
mí!, ¿estamos?
—¡Lo—Descuida,secundo,granuja.señor...¡MuchadigoBlue!mierda!
Más feliz que una perdiz, el
simpático líder ocupó la banqueta delante de las ochenta y ocho notas del
Fender Rhodes. «¿Preparados, chicos?». A la de tres,
despegaron con una potentísima
versión del tema (Arcilla roja), original del compositor y trompetista Freddie
Hubbard. ElRedquintetoClay —piano, bajo, saxo, trompeta y batería— atrajo hasta
el último par de orejas.
Poco a poco, las cabriolas
cromáticas progresaban entre sudores y muecas pasionales, plagadas de fuerza,
locura e ingenio. ¡CLAP-CLAP-CLAP! ¡FIUUU! ¡FIUUU! El auditorio bullía al
culminar cada solo.
—¡Entusiasmada,—¿Quétal?—Lou
cielo!sonrió¡Sonaladivinos!socia.
Una de las camareras los ojeaba
intrigada —cual anarquista que advierte
manchas claras en su negra
bandera—, quizá sopesando si procedía tomarles nota. De mirada felina, talle
esbelto, en torno a los treinta, la esponjosidad del peinado afro que exhibía
triplicaba el tamaño del semblante. Resuelta a curiosear, prendió la bandeja y
anduvo hacia ellos.
Entretanto, micro en mano, Blue
anunciaba a los miembros del conjunto. Uno a uno recibieron fuertes ovaciones.
Después de propinarle la caladita de rigor al canuto que peregrinaba por ahí,
dio el beneplácito y tornaron a la carga.
La banda interpretó estándares
varios, además de temas propios, alrededor de hora y media. Anunciado el
momento de acabar, desde el fondo gritaron: «¡No jodas, hermano! ¡La noche es
joven!». «¡Venga, tíos, dadle caña!», añadió alguien más. El clamor devino
unánime: «¡OTRA, OTRA...!».
—Sois un público adorable... —el
pianista atrapó la jarra, sorbió, y continuó—: Hoy asiste un excelente músico y
gran amigo mío, a quien solicito para rematar esta velada como Dios manda.
¡Damas y caballeros, demos la bienvenida a Louie Hutchinson!
—¡TúúúLosmurmullos...?¿Tú
tocas?secuestraron—Cokainelasalaalucinaba.entera: «¿Quién?...».
—¡Qué—¡Muy
calladitogracioso!lo—refunfuñótenías,briboncete!él,angustiado.
—¡Miserable...! —no encontraba
donde meterse—. ¡Sabe bien que detesto hacerlo en abierto!
Blue—¡Bah,reiteró:chorradas! ¿A
qué esperas? ¡Levanta, corre!
—Acérquese, señor Hutchinson, por
favor...
—¡Rayos! —El pobre despegó las
posaderas de la silla con el rostro de un condenado a muerte.
Su exaltada acompañante distrajo
el runrún al aplaudir la primera. «¡Suerte, tesoro!». Los de la mesa contigua
la emularon, algo reticentes. Ello animó un tibio vitoreo general.
—¡Traidor!El«artistainvitado»¡Sinvergüenza!propuso—leafectuososarrojóal
encajescofrade.de manos a los músicos.
Henderson reía sarcástico.
—¡No pretenderías comparecer sin
cambiar unas notas conmigo, hombre! —¡Ñññ...! ¿Qué sugieres, bellaco?
— (Lluvia
en los zapatos), esa pieza tuya —la buscaba entre los
papeles—Ajá.Rain—.LaOnrecuerdas,Sho
¿verdad?
—No.—¿Te apetece?
—Estupendo —obvió el caradura—.
¡Partitura sesenta y cuatro, señores! Y tú, Augustus, préstale la trompeta,
anda.
Listos todos, los acordes
iniciales brotaron del piano. Se trataba de una balada en tres por cuatro, de
tono cálido e intimista. El suave arrastre de las escobillas inducía un tempo
lento, cansado, casi mortecino. Tras incorporarse el bajo, el de Mánchester
introdujo los primeros hálitos de melodía: sus notas sobrevolaban la miscelánea
con la tersura de las aves que surcan el cielo nacarado de una tarde de
primavera. Tal cual, la platea sucumbió rendida a la luz de tanta emotividad.
Parecía que ese lamento sonoro lograra devolverte a casa al cabo de dilatados
años de ausencia.
Completadas las respectivas
tandas de solo, la trompeta recuperó el estribillo de cara a encauzar un dulce
epílogo. Gustó tanto que hubo propina. En este caso, el
desconocido puso los cinco
sentidos durante la ejecución del So What de Miles
Davis, que fue apoteósico. Y ya,
colmado de aplausos y silbidos, el grupo abandonó
la plaza.
Los compadres
regresaron con Cokaine;
el palique estalló
igual que
nitroglicerina agitada.
—... Imagínate mi perplejidad
—comentaba Lou—. Te creía en Detroit y
asomas al suroeste.
—Estuve cerca de dos años, pero
al unirme a los Braxton Brothers, la gira nos
condujo a Albuquerque. Allí
conocí a Ramona, mi esposa.
¡Semejante noticia significaba
romper el molde de la costumbre! ¡Jamás mostró
ningún interés en materia de
compromisos! «¿Arrancar una flor y apartarse del
jardín? —refería antaño—. ¡Y un
cuerno!». Empero, las hojas del calendario caían
aprisa, y Lou dedujo que quizá
ahora precisara mayor raigambre. Según contó,
llevaba año y pico junto a una
sinaloense que apenas hablaba inglés. Dado que la
prima de ella residía en Las
Cruces, acordaron instalarse acá.
—¡Salta a la vista que el
matrimonio te favorece, canalla!
—¡Exacto! —coincidió Cokaine—.
¡Luces genial!
El veterano contrajo la
expresión.
—¡Es un condenado sargento!
—disparó solemne. Y mantuvo ese visaje
tragicómico mientras ellos, a
sabiendas de su carácter bohemio e independiente,
hacían burla.
La joven quiso sacarle hierro al
asunto.
—¡Oh, vamos, gruñón! (todavía
risueña). Seguro que protestas en balde.
—¡En balde, monada? «¿Dónde
fuiste? ¿Con quién? ¿Has chupado (bebido)?
¿Fumado?...». ¡A veces la
descubro oliendo la ropa, rebuscando en los bolsillos o
fisgando la cartera! Al margen,
el "reglamento" a raja tabla: «¡Ay, tu colesterol,
papito!», y
me arrebata la
bolsa de frituras.
«¡No andes nomás en
chones
(calzoncillos)!», y te echa el
batín en pleno julio. Llega invierno: «¡Órale, que hace
un frío de mil demonios», y salgo
con la bufanda hasta las cejas. ¡Qué estamos en
Nuevo México, carajo! Y, tan
pancha, responde: «¿Acaso nadie coge resfriados
aquí?». ¡Tócate las narices!
Cuando libro, ¡Jesús!, a la cama temprano, porque
«¡Necesitas descansar chi (bien)!». Por no referir los paseos
matutinos, las tardes
de actividades programadas...
¡Una pesadilla monumental! Sí, sí... mofaos, mofaos de las desventuras ajenas,
insensibles. ¡Ah, agárrate! (dedo alzado) ¡Está cargada de supercherías, y le
chiflan los platillos volantes!
Carcajadas a mansalva.
—Ni boda sin canto —Lou se secaba
una lágrima furtiva— ni muerte sin llanto,
viejo amigo...
En mitad del jolgorio, aquella
moza del pelo afro vino a traerles el Southern Comfort, la «medicina» —como
decía— favorita de Henderson.
—Lo—¡Justosiento,atiempo!bombón,—exclamósoloatendemoseste—.DejaGracela
ybotellayo. y acompáñanos, Taneesha.
—¡Uh! ¿Y Jonelle?
—Tuvo que irse —llenaba las
copas, apresurada—. La tos ferina del nene...
—¡Demonios! ¡Cochina suerte!
—Sí, un fastidio. A propósito,
¿quedamos luego?
—Hum... ¿Puedes disculparme,
chiquita? Estos compinches acudieron a saludar y... ¿Te importa?
—En absoluto, rey mío. —Tomó
inclinación: ambos protagonizaron un morreo de los que cortan el hipo.
—¡Oooh, Taneesha! ¡Tu fuego
rejuvenece mi espíritu marchito!
—¡Bah, cuentista! Si coleas más
que los salmones a contracorriente. —Dirigió esa visual indómita hacia Lou—.
Buen soplo, blanquito. —Y, girando sobre sus talones, concluyó—: Vuelvo al
ruedo, guapote. ¡Disfruta!
Los sensuales andares de Taneesha
desaparecieron allende la muchedumbre ante el aturdimiento de la comparsa.
Blue, encogido de hombros, dibujó
una mueca bandida de oreja a oreja. Salvo Ramona, ¿quién osaría reprender a
tamaño personaje? De manera que los vasos tintinaron a la salud del truhan.
—¿Cómo coincidisteis vosotros?
—preguntó Cokaine en un giro de la conversación.
—Para mi desgracia —Lou servía
otra ronda—, se trasladó a Indianápolis y lo emplearon en la imprenta donde
trabajaba.
—¡Hala, antipático! —ella le
propinó un codazo—. ¿Por qué pinchas?
—¡Puf! Gran parte del horario
enredaba el doble de lo que asistía —adujo coñón.
Blue lanzó un guiño a la chica.
—Es el
peor maniático que he visto
nunca: todo siempre
impecable,
ultraperfecto...
—¡Apuesto a que sí! (risita de
complicidad). ¿Qué sucedió, Blue? ¿La música no...?
—Bueno, sobrevinieron miserias,
nena. Verás, en Detroit regentaba una
tiendecita de discos y solía
actuar en algunos clubes del . Aunque no era nada extraordinario, tiraba
adelante. Mas las condicionesNearWestdeSidenuestra gente empeoraban de manera
precipitada; la tensión racial crecía y crecía. Tales circunstancias me animaron
a formar parte de un grupo pro derechos civiles. En esa época organizábamos
manifestaciones, boicots a empresas; también incorporamos espacios educativos
dirigidos a la comunidad, etc. Recibí serias amenazas y quemaron mi negocio...
—¡Hostia, qué bestias! Cuánto lo
lamento, corazón.
—Agua pasada, bonita. Puesto que
tengo parientes en Indianápolis, decidí mudarme una temporada.
El crudísimo relato de Henderson
revelaba la Norteamérica oculta que, desde sus raíces más profundas, prosperaba
ciega al tedioso lastre del fanatismo y la intolerancia. No a falta de razón,
el rencor hacia los blancos desencadenó la serie
de violentas revueltas del , que sacudieron distintas
capitales. Largo y cálido verano de 1967
«¡Arriba,Latristeabajo,anécdotaalcentro,enseguida"pa"dentro!»;cedióla
alegríaelturnoobtuvoaasuntosdenuevomenoseltrono.escabrosos.
El tiempo galopa aprisa cada vez
que los acontecimientos ideales convergen. Apenas un suspiro, el bar clausuró,
y dilataron la reunión al claroscuro de las farolas, sentados en el bordillo.
Cokaine prestaba oídos rampantes
a las batallitas de aquel par. Reía sin mesura; eran la repera. Y pese a que el
carácter recogido de Lou contrastaba con los arranques del marchoso ancianete,
la amistad que los unía acuñaba anverso y reverso de una única moneda.
Al filo de las dos, siguieron a
Blue hasta su Ford Falcon de tercera mano.
—... ¡Ay de vosotros si no venís
a comer! ¿Estamos? —insistió tras arrancar el motor—. ¡Ramona guisa de
maravilla!
—¡Claro!—SeráunVehonorsacandoconocercubiertos,atuconsorte,sinvergüenza.¿verdad,
Lou?
—¡Cuidaos, guapetones! —Se puso
en movimiento—. ¡Nos vemos!
El auto avanzó cuesta abajo entre
quejidos y estrépitos mecánicos.
—Oye, Lou, ahora que atino,
Ramona es mexicana...
—De Sinaloa.
—Nah, lo menciono porque cocinará
picante...
—¡Ja,—Aloja,mejorja...!
¡Oooh,preparaquéunmalote!sabroso estofado de armadillo, ¿uh?
Luz y oscuridad
A eso de las tres de la madrugada
no circulaba ni Cristo por la autopista; solo el paso fugaz de un vehículo a
dos ruedas rompía la magnificente quietud instalada en el desierto. La luna,
pálida y refulgente, mordida cual galleta a la hora del desayuno, sonreía
oblicua a los viajeros de la noche que regresaban a casa forrados de aventura y
vibraciones macanudas, después de la apoteósica velada en compañía de Blue
Henderson; probablemente el pianista de raza negra más querido, insólito y
pícaro de Las Cruces.
La expectativa de volver pronto
para el convite del músico complacía por dos veces a Cokaine: aparte del
privilegio de compartir el pan junto a él y la «sargento» Ramona, tal
compromiso afianzaba, de alguna forma, el pilar definitivo de amistad con Lou;
circunstancia que valoraba y agradecía cantidad. Agarrada a su cintura, notaba
la agradable caricia del fresco en la tez, el revolotear del cabello a merced
de la velocidad, la furia rugiente de la motocicleta entre las piernas, y bajo
la prodigiosa bóveda estrellada del firmamento, el pálpito de la vida fluía
como aceite hirviendo a través de las venas. ¿Por qué aquella sensación
embriagadora, deliciosa, burbujeante, susurraba a gritos que el cariz de los
acontecimientos iba a cambiar antes de tiempo?
Mientras la rondaba la pregunta,
culminaron una loma: Palo Largo asomó luminosa en medio de lo oscuro. Mediante
una seña atrajo la atención del piloto; él satisfizo el requerimiento de parar.
La gachí desmontó y trotó hasta
el borde de la inclinación.
—¡Uau! ¡Nunca había presenciado
este aspecto de la ciudad! —voceó, toda emocionada—. ¡Acércate, mira!
Lou detuvo el motor y la siguió.
—Bonita perspectiva, sin duda
—convino.
—¿Y si nos apalancamos allí
—señalaba un pedrusco enorme— a fumar uno de esos obsequios de Blue? ¡Igual
aparecen platillos volantes!
—¿Bastará con una pizca de
hachís? —repuso socarrón.
—Presumo que no... —admitió
risueña—. ¿Vienes? —Ya sentados, el increíble panorama y la magia del instante
le espoleaban tanto la imaginación que, lanzada, introdujo—: Óyeme, pero al
margen de las fantasías de Ramona, ¿consideras que puedan morar otros ahí
arriba?
—Evidente.—Cualquier
Aunrespuestaasí,¿quées puraopinas?cábala... —resopló el muchacho.
—Oh, pues a mi entender —se quitó
la gorra y la colgó en la rodilla—, el hombre lleva cuestionándose acerca del
sentido de la existencia desde que posee uso de razón. Esa zozobra ha conducido
a fabular quimeras variopintas, y en la medida en que el concepto del vacío
absoluto, o sea la nada, lo incomoda sobremanera (porque si deja de trascender,
reduce su mundo al absurdo), los dioses, espíritus, alienígenas, etc.,
proporcionan el alivio necesario ante la realidad engorrosa a la que está
sometido. —Extrajo un porrete del bolsillo de la cazadora y, chistoso, añadió—:
Dicho esto, ¿quién sabe? ¿Me prestas el mechero, porfa?
—Ajá. Según referían en la radio
días atrás —hurgaba a tientas dentro del bolso—, durante las vacaciones de
verano, familias enteras acuden a Nuevo México para divisar ovnis. Figúrate
tú... —Le cedió el antiguo Zippo de papá.
—Gracias, linda. —Prendió el
canuto, exhaló una larga humareda, y devolvió el encendedor—. Bien meditado,
ahora mismo Estados Unidos atraviesa serios apuros: la crisis del petróleo, el
desastre de Vietnam, las implicaciones políticas del
escándalo Watergate, penurias y
conflictos sociales a punta pala... Tampoco choca demasiado que muchos
prefieran alzar la nariz a poner la vista al frente.
—Les saldría más barato escaparse
a la feria —bromeó ella.
—¡Justo, je, je...! Aunque,
¡sorpresa, sorpresa! (irónico), la industria del turismo exprime las modas de
cara a presentarnos aventuras atrayentes. Todo cabe en la viña del Señor cuando
de sacar tajada se trata, chica. ¡Tuyo! —le cedió el tema.
—Alma,Cokaine produjodestino,
unadeidades,caladafantasmas,intensa.Actoextraterrestresseguido,reflexionó...¿No
deresultaviva voz:obvio que
alimentar tantas supercherías nos
convierte en seres necios e inmaduros? —Bueno, frente a tu razonamiento, un
antropólogo o etnólogo optimista a lo
mejor alega que la subespecie del
Homo sapiens sapiens es reciente y le falta bastante trecho por recorrer.
—Vale. ¿Y uno pesimista? —disparó
retadora.
—Ah, este defendería que la
estupidez difícilmente tiene arreglo...
—¡Ja, ja, ja...! ¡Muy agudo! ¡Sí,
señor! —Tras echar otra bocanada, alargó el brazo.
—¡Uf...! Quédatelo, hoy alcancé
mi tope.
Lou—¡Venga,enseñóhombre!unapalma.¡Ati
ninguna Ramona te ata corto!
—Luego maniobro en zigzag...
—adujo jovial—. Y ya que la nombras, quizá toque moderar nuestro escepticismo
durante esa comida; no vayamos a meter al viejo en camisa de once varas.
—Claro —sonrió—, descuida. —Y
continuó fumando taciturna, como si el canto de los grillos la hubiera
embelesado.
El británico también guardaba
silencio, con la percepción extraviada en aquel horizonte a rebosar de
lucecitas. Y pese a que sus ojazos marrones, escrutadores, afilados, expelían
el destello de una mente que traspasa las honduras de los misterios insondables,
aparentaba hallarse en paz y completa serenidad. ¡La
mismísima templanza espiritual de
Kwai Chang en la serie !
De improviso, acaecieron varias
ráfagas de aire fresco,Kungdesagradablefu. Cokaine tuvo un repeluzno y se le
arrimó.
—¿Cogiste frío?
—Un poquito —dijo temblorosa. Él
hizo el gesto de rodearla. Encogida, recostó la mejilla sobre su hombro—.
Escucha, cielo —murmuró a la sazón—, debo comentarte cierto asuntillo...
—De acuerdo.
—Verás, en el Jazz n'go, cuando
fuiste al baño —el tono ahora sonaba frágil—, Blue quiso saber a qué me dedico.
—Uh, comprendo.
—Dependienta,—Yo...—alzóla
cabezaexcelente.ylo miró— le conté que estoy en una tienda de ropa.
—Anotado—Esque(pausa)yarchivado,.Nada,
tranquila.perdona.
—¿Ocurre—¡Tsk!Ni
dealgo,coñarubita?recelo de ti. Pensaba en... ¡Bah!, chorradas mías.
Titubeó una negativa reticente.
El joven, confuso, mantuvo la
boca hermética para evitar contrariarla. Actuaba distinta a raíz de aquel
ademán: tensa, acelerada, consumía el petardo a guisa de quien afronta un
embarazoso debate íntimo. Daba la impresión de que iba a pronunciarse en cualquier
momento, mas las palabras, retenidas en la ciénaga pegajosa de las
cavilaciones, no alcanzaban ninguna orilla.
—Antes... —articuló a la postre—
antes bailaba en el Funny Fairy, un club a dos calles del Burger Flash. —Depuso
la colilla y la pisó.
—Creo haber cruzado enfrente
—intervino Lou.
—El negocio andaba a trancas y
barrancas —prosiguió—, y nos largaron a todas de la noche a la mañana. Puesto
que conocía la prostitución muy de cerca, supuso el medio más rápido de salir
adelante; al fin y al cabo, en cuanto se os pone brava, perdéis el oremus y
cuesta poco manejaros. —El socio esbozó una mueca de gracia—. ¿Qué?...
—Disculpa, disculpa —la indujo a
reemprender el hilo.
—Exceptuando algún imbécil,
soporto impasible que los clientes distingan solo a una fulana de tres al
cuarto. ¿Cerrar trueques (expresión apática) acaso exige aprecio mutuo? Luego,
tal cual acertaste a decir, corto la farsa. Vuelvo a casa y sanseacabó. Hasta
hace un par de meses nadie fisgaba; las cosas transcurrían sin novedad. Pero,
ignoro cómo, la dueña del súper de enfrente de casa averiguó mi secreto. Es una
de esas sor María santurronas, cotilla, y a fuerza de entrometerse, le solté
que —contuvo el habla, al límite de revelarle lo del porno.
—Eso sí, apenas te cuelgan el
sambenito, las demás facetas particulares, las significativas incluso, caen en
saco roto —lamentó él.
—Por descontado. En resumidas
cuentas: hubiera jurado que la propia entereza, autosuficiencia o lo que sea,
bastaría frente a... aunque empiezo a tener entredichos. —Acostumbrada a
guardar bajo llave las debilidades y contradicciones, quedó perpleja de aquella
confesión. ¿Qué sucedía? ¿De golpe y porrazo la desbordaba el contexto?
¿Sucumbía al peso de la moral? ¿Cabía replantearse el derrotero del cine? ¿O
este súbito remolino de incertidumbre era fruto del porrete?—. ¡Qué folletín!
—clamó entonces, manos a la cabeza—. ¡Menuda pelmaza!
Lou, que desde que abandonó
Indianápolis, llevaba siempre encima el diario («Porque la escritura es
caprichosa —decía—, conviene estar preparado cada vez que fluye espontánea»),
al parecer, tiempo atrás redactó unas líneas en torno a lo expuesto, y Cokaine
de inmediato le propuso que las compartiera.
—Chiquillo, contigo fluctúo entre
tu don de la oportunidad y ese talante tan atractivo —coqueteó, de nuevo
animada.
—¡Ah, venga ya! —retornaba ligero
de la moto, en poder del cuaderno. —Escribes, filosofas, sales con trucos de
magia; ¡caray, y la destreza musical!
¿Por qué diablos me ocultaste
algo así, pillo?
—Ocultar implica intencionalidad,
mujer. Simplemente, no lo mencioné. —Tontito —rio, segura de que el
comedimiento fue el responsable—. ¿Y... qué
más escondes en la chistera?
—¡Oh! ¡Puede que la gallina de
los huevos de oro! —chanceó—. Veamos... — hojeaba las páginas a la claridad que
ella le ofrecía—. ¡Ajá, hételo aquí! Anoté esto a mediados de enero en Tulsa,
Oklahoma. —Y comenzó a leer—: Ciudades. ¿Cuántas habré visitado hasta la fecha?
En la placidez del retiro nocturno, dedico unos minutos a recorrer el abanico
de marcos que descolla a la memoria. Sinfines de edificios, plazas, calles,
barrios, tiendas, moteles... Casi que costaría ubicar muchas de las imágenes,
si coincidí con fulano o mengano acá o allá, o el tiempo que pasé en
determinado sitio, a no ser por mis notas. ¿Diez? ¿Quince? ¿Veinte? Renuncio a
contarlas, un montón.
»Empero, da igual el nombre; si
las ubicas al norte, sur, este u oeste del mapa; la amplitud de sus márgenes;
los miles o millones que las llenen; industria, comercio y servicios de que
dispongan; ni siquiera importa en demasía la historia que encierra cada una:
reflejo del triunfo de la voluntad humana, todas son
sinónimo de interrelaciones,
progreso, vanguardia, futuro, poder, esperanza, ¿felicidad? ... A menudo pienso
que nada subsiste en estas colmenas de hierro y hormigón, salvo nuestros
sueños, ratas y cucarachas.
»Cualquier localidad oscila
conforme a la luz y las tinieblas de los que viven ahí, entre lo manifiesto y
lo clandestino; a merced del consentimiento y la prohibición. Los verdaderos
cimientos de las urbes no ahondan el terreno, como cabría esperar, sino que
fluyen de aventurados imaginarios sociales que solo están en las seseras del
cuerpo social. Allí pululan cúmulos de tradiciones, creencias, comportamientos
y códigos, cuyas entidades, creadas a partir de espejismos, son plenamente
dependientes de su idea concreta para proyectarse. Moral, orden, justicia e
igualdad, regulan actos y conciencias desde un majestuoso castillo allende las
nubes, enarbolado mediante el helio de la fe ciega.
»Asimismo, los siervos de esos
espectros sacrosantos permanecen cosidos con el hilo de lo ilusorio, mientras
que cada fantasía viene representada en la superficie de lo perecedero por
organismos acordes. La jerarquía institucional arroja normas y más normas, a
fin de salvaguardarnos del peor de los abismos, del temible caos. En
consecuencia, el sistema trasciende a las personas y se impone a ellas,
reduciéndolas a meras piezas de una compleja maquinaria al servicio de lo
inalcanzable. Millares sacrifican las propiedades intrínsecas e irrepetibles, y
sucumben desesperanzados a la vorágine del sueño hecho realidad. No existe
alternativa ni escapatoria posible; apáñate como puedas.
»A despecho de encumbrar la
racionalidad, que tanto orgullo nos infunde, en esta arrolladora construcción
manda la regla del sinsentido absoluto. Dentro del colectivo estándar cada cual
es, en esencia, su trabajo, credo, raza, sexo; estúpido, guapo, pobre,
tramposo, suertudo... Si bien apenas el individuo mueve ficha arriba o abajo, a
derecha o izquierda, el «Gran Hermano» empieza la tarea de identificar,
etiquetar y juzgar según sople la brisa: el asesino de un hombre va a la silla
eléctrica, entretanto, cubren de medallas al héroe que fulminó a una docena en
la guerra. Otro afirma ser el auténtico Mesías, de modo que lo encierran para
que recupere el juicio. Mas, quien actúa en representación de Cristo, ocupa el
trono del Vaticano tan campante. El artista entregado discurre sin pena ni
gloria, pero el pintor de un garabato soso y torcido recibe los máximos
honores. La enfermera gozará de virtud eterna porque cuida del aquejado. No
obstante, esa mujer que alivia al solitario, sufre el trato de ramera, y la aguardan
los peores tormentos del infierno. El ladrón de bancos merece la cárcel por
saltarse las normas, en tanto la usura constituye un puntal indispensable del
«desarrollo». Copioso es el etcétera que clausura este párrafo.
»Nuestro ámbito cotidiano forma
un velo tejido a base de impresiones y conjeturas; los ecos de esas supuestas
realidades retumban en las fachadas del convencimiento, y calan
irreparablemente en la simpleza de la apatía. En efecto, lo real aparenta
certero a similitud de los juegos de prestidigitación. No resta otra verdad que
la que encierra o detenta cada uno; buscarla fuera resulta inútil.
La breve síntesis del británico
tuvo la mejor de las acogidas. Vislumbrar el mundo a través de aquella mirada
tenaz inspiró de tal manera a Cokaine, que ello produjo una soltura inusitada
durante el posterior canje de impresiones.
De hecho, desde la muerte de
Yure, no había establecido ningún vínculo equiparable en términos de
enriquecimiento personal. El día a día conllevaba ese ahogo que solo los
audaces sienten, pues cuesta seguir a flote mientras el entorno trata de
arrastrarte a las profundidades de la frivolidad. A la vera del nuevo camarada,
sin embargo, sentía recobrar el aliento que le faltaba. En él distinguía un
carácter poco convencional: Lou parecía deslizarse de puntillas, discreto, como
quien procura no levantar una
brizna de polvo; sus palabras, en comparación, desataban torbellinos de lucidez
capaces de arrasarlo todo. Sencillo, ingenioso, culto y comprensivo, siempre
reflejaba el deseo de vivir la vida igual que un fenómeno único e irrepetible,
de exprimirla a tope, de saciarse de ella a tutiplén, sin trampa ni cartón.
Además, el aura de autoconciencia que desprendía, tan difícil de ignorar,
propiciaba que uno se abriera y mostrase el lado franco.
Llegaron a los apartamentos Vista
Alegre con las primeras luces del amanecer. El hedor a putrefacción e
inmundicia desplazó aquel aroma puro de hacía unos momentos. La magnificencia
agreste del desierto quedaba ya lejana, difusa, lo mismo que un sueño pierde la
nitidez en el acto del desvelo.
A estas horas la calle Catorce
era un decorado vacío, excepto por el perro vagabundo que andaba olisqueando
los desperdicios apilados. Más allá, palomas madrugadoras picoteaban migajas
esparcidas de pan duro.
—Mi casero —Cokaine escribía el
número de la portería en un clínex— suele
avisar de las llamadas cuando
está de humor...
—¡Diantre! —exclamó Lou—. ¿Y si
telefoneo y escupe rayos?
—Entonces me pondré de muy mala
leche, porque contigo lo he pasado fenomenal —sonrojada, le entregó el pañuelo.
—Ídem, preciosa. No temas, yo
persuado al tipo. Iremos a tomar algo, ¿o al cine, tal vez?
—¡Uf, llevo siglos sin pisar uno!
—¡Equilicuá! ¡Una ojeada a la
cartelera y listos!
—Tendré el periódico a punto,
cielo. Quería decir, ¿te gustan los helados? —Cantidad —asintió él.
—En el quiosco del Tex-Mex Park
añaden siropes ricos...
—Claro.—PuesaYrelamerluegodamosdespuésun
depaseolapeli,juntos,¿no?¿vale?
—Tu instinto femenino —sus
pupilas chispeaban en las de ella— adivina mis intenciones.
—¿Y... esas intenciones (voz
dulzona)... contemplan cogerme de la mano? —Tan pronto como accedas a cenar
conmigo.
—Cualquier bar nos valdrá.
—Eso pensaba —la prendió
delicadamente del talle—. Aunque... a la vuelta...
en lugar de separarnos...
—Subirás a tomar una copa.
—Pondremos música...
—Música suave...
—Es posible que yo —Lou cerró los
ojos— intente robarte un...
—Nada hurtarás, cariño.
Y en el abrazo que acompañó al
beso, la masa de sus cuerpos se redujo a la liviandad de una pluma.
Novedades
Después de dos décadas y media de
lavados automáticos a temperaturas
glaciares, de manchas
persistentes en vez de lisonjas, de hedor a lejía cual delicado
perfume, de ilusiones enterradas
al fondo de un vaso de jabón en polvo, y dosis
masivas de suavizante extra
perfumado, los restos del matrimonio Jorguensen se
sujetaban al tendedero del amor
eterno nada más que con las pinzas del hábito y la
inercia. A decir verdad, él no
mostraba ya ninguna clase de interés hacia Adelyne,
esposa sufrida, y esa
indiferencia fue alejándolo del nido conyugal (edificio Vista
Alegre: quinta planta, puerta A)
hasta el extremo de haber transformado la portería
en una especie de pisito de
soltero.
El rincón era algo pequeño, pero
acogía todo el confort necesario: televisión en
color frente a un comodísimo
sillón de escay reclinable, radio y tocadiscos estéreo,
frigorífico provisto,
cafetera eléctrica, aire
acondicionado, muebles varios...
Abarrotado como estaba aquello,
apenas disponía de espacio para moverse con
soltura. Debajo del cristal
corredero, el cual le permitía ignorar las demandas de los
molestos inquilinos sin sentirse
avasallado, radicaba el escritorio —de diseño
italiano, recubierto en formica—,
donde resolvía puntualmente la contabilidad del
inmueble. Al lado, un viejo
archivador metálico de color gris albergaba toneladas
de documentos. Por añadidura, la
madera natural, acabada en tono rojizo, forraba
el conjunto de la estancia, y dos
reproducciones, muy bien enmarcadas, pendían de
paredes opuestas. A la derecha:
Trigal c cuervos, de Vincent Van Gogh;
a la
izquierda: Baile en el Moulin
Rouge, de Toulouse-Lautrec.
Antes de iniciar la jornada, el
señor Jorguensen tomaba un desayuno digno de
cualquier marqués europeo: huevos
revueltos, tostadas, rico beicon crujiente,
queso Havarti —importado de
Dinamarca, la tierra que lo vio partir—, tortitas,
bollos, y un yogur o fruta de
postre. Rebosante de satisfacción, acto seguido bajaba
a la portería, e inspeccionaba el
periódico deportivo mientras sorbía otro café.
Al término de ponerse de acuerdo
con el corredor del hipódromo, pasaba el
resto de la mañana pendiente de
cada carrera, a través de una emisora local
especializada. A la hora del
almuerzo, Adelyne enseguida adivinaba si la fortuna
había sonreído a su marido: los
días de ganancias, vaciaba el plato en un periquete;
caso contrario, engullía lo mismo
que si la reserva mundial de alimentos fuera a
agotarse de sopetón. Concluida
una escueta sobremesa, en la que intercambiaban
las palabras justas y adecuadas,
cada uno regresaba a lo suyo: ella, enzarzada entre
hilos de coser; Niels descendía
de vuelta a la guarida, sediento de ocio televisivo.
Aquel miércoles, tras el famoso
concurso The $25,000 Pyramid (La pirámide de
los 25.000 dólares), gozaba a
espuertas de The Pink Panther Show (El
espectáculo
de la pantera rosa) cuando sonó
el teléfono. «¡Por los clavos de Cristo! ¡Qué lata!». Hizo el sacrificio de
levantarse y descolgó: solicitaron a Cokaine. ¡Hale!, escaleras arriba,
malhumorado, a aporrear su puerta. «¡Llamada, Kedzierski!».
Surgió briosa, contenta. La
estampa de Lou rimbombaba cuerpo adentro —a
manera del de una pieza a todo
trapo— desde que el amanecer los separó. «¡Nuevagroovecita!», supuso al
instantefunk.
—¡Os he dicho mil veces que el
aparato de abajo no es de uso público, maldita sea! —el casero deambulaba
lento, haragán, igual que si el titiritero encargado de insuflarle vida
padeciera la enfermedad del sueño—. ¿Acaso parezco una jodida secretaria?
No quiso contradecirlo; anduvo a
la zaga callada, y aguardó ansiosa delante de la ventanilla.
la ventanilla.
—¡Espabila o lárgate a la cabina!
—la previno al cederle el auricular de mala gana.
—Diez segundos, señor Jorguensen
(sonrisa postiza). ¡Garantizado!
Una voz fina, melódica, cortés,
dio a conocerse como Brenda Salerno, quien, conforme expuso, dirigía la Apple
Model Agency. Esa tal Salerno era, de hecho, socia —también amante,
chismorreaban los sabidillos— del director y productor Lanz Harper, y la entidad
involucrada iba detrás de jovencitas lozanas, que estuvieran dispuestas a
dejarse retratar en actitudes poco decorosas.
A propósito de Lanz Harper, cabe
tener presente que a la sazón gozaba de cierto renombre dentro de la
floreciente industria del cine X. Natural de Brooklyn (Nueva York), comenzó a
rodar en formatos domésticos para luego distribuir el material de forma semiclandestina.
La mayor parte de aquellas películas aterrizaba
en los de la calle (Manhattan)
e inmediaciones. El porno suave
satisfacíasexlashopstripas de un
montón42 de (cabinas de visionado), que abundaban a modo de hongos en
condiciones de humedad, y lo más duro se
confiables,pep shows
saldaba «vía trastienda» a
clientes o bien por correo.
En Estados Unidos, el término
jurídico «obsceno» planteaba numerosos problemas respecto a la libertad de
expresión, cuyo amparo permanece bajo la Primera Enmienda. Este «resquicio
legal», sumado al incesante auge de contenidos explícitos que proliferaron a
partir de finales de los sesenta, llegó a atribular las salas de gran parte del
territorio. Sin embargo, el marco legislativo hizo un vuelco a
raíz del «Miller contra
California ( )», cuando la Corte Suprema revisó la definición de «obscenidad»,
y convino en que las producciones del género
poseyerancrtorari (*) 1973
quizá algún tipo de valor creativo. A efectos prácticos, esto
significó que
a partir del momento el porno ya
no implicaría un delito .
El inédito contexto alentó una
riada de inversiones,perquesepronto orientaron el sector hacia los ademanes
característicos de Hollywood: galas, fiestas, premios, fama; productoras,
representantes, prensa especializada... A la luz de tanta permisividad, las
esferas conservadoras y feministas radicales alzaron la voz. En contrapartida,
el cine erótico empezó a parodiar las temáticas de los largometrajes
convencionales, con miras a rendir alegaciones de «mérito artístico».
Salerno y Harper filmaron ( ) a
caballo entre un estudio alquilado y las afueras de la
ciudadSeeddeofPaloLustLargo,1973donde vivían afincados desde
. La cinta atrajo el interés del
público debido a la inclusión de sexo explícito en una1971 tragedia de
consecuencias devastadoras. El argumento era simple pero curioso: un parásito,
sediento de lujuria, aterriza en nuestro planeta e invade el organismo de
cierto magnate del sector automovilístico. El tipo se dedica a fornicar a
diestro y siniestro, transmitiendo ese fiero apetito concupiscente a las
seducidas, quienes, a la vez, propagan el síndrome a los respectivos amantes.
La pandemia progresa desbocada: bienes y servicios desatendidos, energía
interrumpida, industrias sin personal, comunicaciones cortadas, pesca,
ganadería y agricultura abandonadas... Por ende, tras producirse una orgía a
escala global, el alienígena retorna la mar de ufano a su lugar de origen,
mientras la raza humana, exhausta, pende al borde del colapso.
Los ingresos de la película
superaron muy mucho lo estimado, y ello permitió fundar la Apple Model Agency,
que, con sumo ahínco, conducía Salerno. Así pues, de acuerdo a la tendencia
establecida, el tándem de cineastas planificaba el
próximo bombazo de taquilla: (Infinito: una odisea sexual),
adaptación libre del film de
StanleyInfinite:KubrickASex. Odyssey
(*) Orden emitida por la Corte Suprema de los Estados Unidos para
inquirir el fallo de un tribunal inferior, generalmente a instancias de la
parte que busca apelar dicha decisión.
Al anochecer, entretanto el
tráfico sorteaba las chicas que resistían heroicamente en la glorieta, Cokaine
comunicaba el desenlace del telefonazo a sus dos camaradas del alma.
—... (dicharachera). Total,
pasado mañana acudiré a la oficina que tiene en el centro. Según dice, encabezo
la lista para el papel. ¡Os lo podéis creer, nenas?
—¡Jo! ¡Contrato y seguro médico!
—consideró Bunny—. Cojonudo, ¿verdad, limoncito?
—Pse-pse. ¡Nimiedades! —refunfuñó
Sweetheart—. ¿A tocateja? —Trescientos pavos contantes y sonantes —repuso
Cokaine. —¿Por un polvo normal o...?
—Ni idea, Sweety. El maldito
casero pululaba cerca y preferí aplazar los detalles de cara a la entrevista.
—Yo opino que el asunto pinta
guay —Bunny atrapaba la cajetilla de tabaco—. Oye, ¿mencionó si el actor está
bueno?
Aparentará—¡Pfff!
igualito¿Esoimporta?quelosdemás:—intervinootroraboSweetheart,pegadoaunhurtándolecerebrode
uncalabazacigarro—....
—¡Jolines, hija! ¡Siempre tan
cascarrabias! —la censuró Bunny, al tiempo que le ofrecía lumbre—. A lo mejor
toca cepillárnoslo también, boba. —Prendió el propio pitillo y, fantasiosa,
suspiró—: ¡Ay, qué ilusión aparecer en la gran pantalla junto al galán de moda!
—¡Tú te imaginas? —Sweetheart
apelaba a Cokaine—. Ayer, la muy pazguata aún gemía: «¡Buf!, no sé, no sé,
cariño (escarnio)... Da cosa retozar ante una cámara y que lo contemple todo el
mundo». ¡Ahora resulta que a esta DIVINA solo le preocupa verse favorecida!
Aparte,—Ñn,¿quéñn,hayñnde...
¡Culpamaloentuya,quererchata!figurar¡Insististesexiybienhastaacompañada?lasaciedad!,
¿recuerdas?
Cokaine—Sueña,propuso:amor,sueña.
—Pediré un retrato del adonis
a...
Bunny no prestaba atención.
—A mí me seducirá Steve McQueen
—gruñía a la socia—, y a ti te pondrán a meneársela al jorobado de Notre Dame,
¡ja, ja, ja...! —Sweetheart levantó un dedito; ella sazonaba el mismo gesto con
feas muecas.
—¡Parecéis chiquillas! ¡Venga!,
quietecitas y contadme vuestra sesión fotográfica.
—Ah, pues fue genial. Como la
seda, ¿eh, Bunny? —¡Chupi! Ese Brad Murphy es un cabroncete adorable.
—De antemano, sí —replicó
Cokaine—. Aunque a la hora de sacar el monedero, por cuatro cochinas imágenes,
descubres el bandido que oculta. — Aquellas pillastres intercambiaron un mohín
travieso—. ¿Qué? ¿Arregla el precio a las parejas?
—¿Entonces?—Fríofrío—repuso
Bunny.
—¿Pactast—Uh,pactamos....?¡Oh,
cielos!
La otra aderezaba su arrolladora
pechera.
—Cobró de sobra en especies,
rubita —dijo picarona.
—¡Te acuerdas, limoncito? La
niñera trajo al crío de pasearlo...
Risas—Yelfurtivas.mendacasi no se
mantenía en pie (jactanciosa).
—¡Vaya dos! ¡Qué terror!
—Mal andaríamos sin estos tipazos
—expuso Sweetheart.
—¿YEnel
túínterin,noomitesBunnyningúnlanzódetallito,unamiradasinvergonzona?suspicazaCokaine
e introdujo:
—Mi excursión a Las Cruces, claro
(leve atisbo de recato). Quedé impresionadísima, de veras; el local estaba
lleno y la banda arrasó. Luego conocí a Blue Henderson, el pianista, que... —La
tetuda, rotunda, contrapuso:
—¡Bah! ¡Corta el rollo y ve al
grano, pájara! —¡Exacto! ¡Háblanos del enigmático motero! —¿De Lou? Oh,
bueno... En realidad, ya dije todo.
—¿Todo? ¡Y una mierda!
—Sweetheart sacudió impulsiva la ceniza del cigarrillo—. ¿Metes un extraño
dentro de casa y, ¡ZAS!, a surcar juntitos el horizonte? Nunca actúas al
tuntún. ¿Qué coño escondes?
—Fijo que le vacía la cartera a
base de bien —infirió Bunny—. ¿A que sí, puñetera?
—¿Acaso—Niuncentavo.telotirasPuraporamistad.amoral
arte?
—¿Padeces sordera, Sweety? ¡Aaaj,
maliciosas! Lou ha viajado de aquí para allá algún tiempo; escribe, baraja
reflexiones interesantes, le encanta la música... Al finalizar el concierto,
tuvimos una charla amena y nada más.
Sweetheart contrajo los rasgos a
semejanza del papel arrugado.
—¡Puaj! ¡Jesusito de mi vida!
—berreó desdeñosa—. Los frikis y vuestras comidas de olla. ¡Menudo repelús!
—¿Y... —Bunny, que risueña la
observaba de reojo, arrojó el humo del tabaco al cielo vespertino— seguiréis en
contacto?
La—Puedepechugona...Esprobablerompióa...
mandíbulaMellamará,batiente.supongo.
—¡Escucha, bonita! —Cokaine
atendía perpleja—. ¿Dónde reside la gracia? —¿Necesita aclaración? —replicó
socarrona.
—¡Ole, ole! —Bunny pegaba
botecitos—. ¡Le hace tilín! ¡El motorista le hace tilín, ji, ji...!
—¡Hala! ¡La otra!
—¡Admítelo, mujer! ¡Sweety
acierta! Tú siempre fría en plan témpano de hielo,
y de la noche a la mañana...
—Deberías verte la jeta de
pánfila cada vez que escupes su nombre —satirizó la consorte.
—Vale, allá vosotras —distrajo la
vista, cruzada de brazos—. Pensad lo que os dé la gana.
(besito)—¡Oooh,¡Muchasvamos,felicidades!tontorrona!
—Bunny la estrechó—. ¡Enhorabuena, guapísima!
—Pero ¡será posible? —interpuso
Sweetheart, harta enfurruñada—. ¡Qué gilipolleces le encasquetas?
—¿Eh...? Yo únicam...
—¡Ups!—¡Nola¿Yanimes,eso?
insensata!
—¡Hay que jorobarse! ¿Salisteis
ayer del cascarón, borricas? Corren sueltos canallas muy sagaces: derrochan
pasta, fingen ser atentos, susurran cuanto aspiras a oír... ¡Chasquea los
dedos, encanto, que yo postraré la luna a tus pies!; venga la ristra de argucias,
embustes y juramentos a fin de que te sientas especial. Les basta encontrar un
resquicio donde meterse y terminan exprimiéndote incluso la médula. ¿O presumís
que Darryl cameló a Mandy a patadas?
—¡Qué bárbaro!
—Cokaine alucinaba—. ¿Me
expreso en chino?
¡Referí
bastante clarito que busca empleo
de impresor! Al margen, también toca la trompeta.
—¡Cómo no! Y entierra las narices
en libros retorcidos y escribe de maravilla...
¡Menuda chiripa la tuya, cielo,
porque este genio prodigioso se ajusta a ti lo que una media de seda!
—¿Qué insinúas exactamente,
Sweety? —le demandó, brazos en jarras. —¿Eres dura de mollera, reina? Si sabe
de buenas a primeras a qué te dedicas,
razona qué clase de tipejo
accedería a compartir tu entrepierna con cualquiera que afloje un par de
billetes.
—¡Suficiente! —rezongó
mosqueada—. ¡Ahórrate la saliva!
—¡Baja de las nubes, mona! Los
príncipes azules no existen fuera de la ficción. ¡Qué vas a hacer pelis
guarras, por el amor de Dios!
—Olvídalo, limoncito —Bunny
desechó la colilla—, o acabaréis reñidas — previno, mientras la pisaba como si
chafara una cucaracha escurridiza.
—Sí, mejor callo (sarcástica).
Unos gramos de farlopa, tequila a mansalva, y esas mariposillas del estómago
caerán fulminadas.
—¡Mira, Sweety! —explotó
Cokaine—. Siempre agradeceré vuestro apoyo, en concreto que me acogierais al
poco de llegar aquí. Os guardo infinita estima y tal sentimiento jamás
cambiará. Pero tú, dale que dale, no cesas de repetirme que solo soy una fulana
barriobajera. A diferencia de ti, Lou siquiera incurre en ello; a él le
bastaron cinco minutos para percatarse de que valgo más que eso.
—Blablabla. Ándate al loro,
criatura, que este pies planos usa piel de cordero. —¡Oh-oh! —Bunny vigilaba el
acceso este—. ¡La tartana de Jasper!
Cokaine giró la cabeza.
—Y aligera hacia acá —depuso.
—¡Nenas, huelo aires de fiesta
gorda! —aulló Sweetheart, adelantándose.
El vetusto Citroën Sapo gris
perla (robado en Ciudad Juárez, México, durante una noche de juerga
desenfrenada) produjo un molesto chirrido de frenos al parar.
—¿Qué pasa, Sweety? —el camello
le bajó la voz a los Deep Purple—. Estáis aburridas, ¿eh?, tan desamparadas...
—¿Y mueves tu culo aquí con la
intención de alegrarnos la velada, mequetrefe? —Algo así, muñeca. Hay unos
carcamales de celebración y les apetece
compañía.
—¿Lo pilláis? ¡Adivino el
porvenir! —largó a las rezagadas, que avanzaban entre cuchicheos.
—Les sobra el dinero y la nieve
corre a raudales. ¡Un chollo, preciosas! —¡Me pido ir delante! —Bunny,
revoltosa, se introdujo en un santiamén.
—¡ , pues! —Sweetheart abrió la
puerta de atrás; las bisagras rezaron un lamentoÁndale—.¡Monta, Cokaine!
Esta deslizó el pompis hasta
situarse detrás del chófer. «¡Hola, pocholito!». Sofocada a causa del
rifirrafe, prendió la manivela de la ventanilla. Al cabo de tres giros: la
luna, inmóvil. Desistió.
Sweetheart intentaba cerrar la
puerta en vano.
—Tiene truco —indicó el
muchacho—. Estrecha fuerte la manija y asesta un portazo seco—. Apenas
encajarla correctamente, el motor, ¡bluf!, paró porque sí—. ¡Condenada
chatarra! Disculpad... —Sustrajo la llave inglesa de la guantera, descendió y
levantó el capó.
¡BAM! ¡BAM! ¡BAM! Resultaba
palmario que el pobre automóvil pendía de un hilo desde la última vez que
subieron en él.
—Quita eso y pon la radio —pidió
Sweetheart a Bunny.
Al pulsar stop, la tonada de Ian
Gillan devino en frenética jerigonza: el casete
despidió una larguísima
serpentina.
—¡Joder, tía! —maldijo Jasper, de
regreso—. ¡Vomita la cinta si presionas mal! Arrancó a la tercera (¡va a la
vencida!) y tomaron el acceso contiguo.
Las trasladaba al Mimosa, segundo
de los dos hoteles de lujo de Palo Largo. En la espléndida suite de la octava
planta esperaban anhelantes tres empresarios de Denver (Colorado), tras una
jornada de duras negociaciones. Jasper les suministró el alijo alrededor de las
siete, cayó simpático, lo invitaron a todo lo que le vino en gana, y ahora él
correspondía con este favorcillo.
En el silencio etéreo de Cokaine,
prosperaba la semilla del recelo que la camarada había plantado y regado de
manera abundante. A ciencia cierta, ¿qué sabía de Lou? ¿Quién era? ¡Un
buscavidas tenaz, extravagante, según Sweetheart! Las cavilaciones armaban un
guirigay de mil demonios. «... Quiso invitarme a cenar. Luego, sin inmutarse,
suelta sesenta dólares a los energúmenos del Jazz 'n'go. ¡Ah, también pagó las
copas! ¿Caballero o lisonjero? Cuanto menos, parece que después de vagabundear
cerca de dos años, conserva la cartera surtida. Esto cuadra raro. Tampoco dijo
una palabra de la faena, ni si piensa quedarse o seguirá su camino. ¿Y acerca
de mi quehacer? ¿No le importa? De revelarle lo de la peli, ¿cómo reaccionaría?
Hum... Quizá me precipitara al besarlo, aunque fue tan...».
La ciudad, fugaz, distante e
impertérrita, pasaba a través del cristal sucio. Varados en un semáforo,
observó el cambio de turno de los cajeros del Eleven. El reloj luminoso de la
farmacia adyacente señalaba las diez. Debajo del 7toldo de la floristería yacía
un mendigo, acomodado en lo posible sobre unos cartones. Enfrente del hombre
estribaba un cartelito: pedía, en diáfanas mayúsculas, que, por favor, no lo
molestasen. Los basureros echaban las bolsas al camión mofándose de aquel
desdichado.
«¡Anímate, tesoro! —la descentró
Sweetheart—. Será pan comido mantener en vela a esas momias y limpiarles los
bolsillos». Cokaine dibujó una sonrisa obligada. La noche se presentaba
movidita, por mucho que no tuviera ganas de nada.
Confianza
El Cártel de Matamoros constituía
la más antigua y mayor red de maleantes de todo México: cierto informe
reservado del Servicio Secreto Mexicano aseguraba que los chanchullos que se
traía entre manos esta gente representaban el % de la actividad clandestina del
conjunto del territorio; porcentaje nada desdeñable25 desde un punto de vista
económico, en efecto. Y dado que a los gobiernos poca o ninguna gracia les
causa que circule dinero fuera de su alcance, qué mejor que destinar una
fracción del presupuesto nacional para ponérselo difícil. De nuevo, la eterna
historia del gato y el ratón servida en bandeja de plata.
Establecido a finales de los años
veinte, dicho consorcio hizo fortuna cuando exportó cantidades astronómicas de
alcohol al país vecino en tiempos de la ley
seca, aunque a partir de , tras
ser derogada, volcó su actividad en torno a la elaboración y comercio
de1933drogas a gran escala (sin descartar los beneficios del
juego, lenocinio, usura; sectores
que defendía). Alrededor de , las malas condiciones de la campiña mexicana
habían propiciado que la zona1940deltriángulo de oro (en medio de los estados
de Sinaloa, Durango y Chihuahua) estuviese prácticamente consagrada al cultivo
de amapola y cannabis. Durante la Segunda Guerra Mundial, los bandidos de
Matamoros (Tamaulipas) aprovecharon la falta de disponibilidad de heroína
(procedente de Asia y Europa) para abastecer las necesidades del Tío Sam. Aquel
negocio prosperó, máxime debido al influjo rebelde
de la , pues devino un notable
incremento del consumo de narcóticosbeatengenerationladesairada población
juvenil. Un poquito más tarde, a mediados de los sesenta, en ciudades como
Miami (Florida), Nueva York (NY), Los Ángeles y San Francisco (California), la
élite social impuso el hábito de esnifar, y la demanda de cocaína fue al alza;
dato que enseguida espoleó un puñado de mentes codiciosas.
México no producía hoja de coca.
El polvillo entraba en la tierra de las oportunidades —procedente de Chile,
Bolivia y Perú— por la vía del Caribe. Pero visto el éxito de este género, el
cártel forjó alianzas a fin de que muchos fardos salvaran la frontera desde
suelo azteca. Ya en plena década de los setenta, la potente irrupción
colombiana lograría extender el espectro de consumidores a niveles
insospechados.
Cualquier acción implica una
reacción: ante semejante despiporre, en , el Departamento de Justicia de los
Estados Unidos decidió unir las dos oficinas1973 a cargo del narcotráfico, que
hasta la fecha dependían de burós diferentes, y fundar
la archiconocida DEA ( ). Cara al
público, el flamante «combinado» significaría la receta perfecta contra esa
plaga diabólica que Drug Enfourgíacment Administrimparableion
asolaba América; puertas adentro,
detener el goteo de capital a los países suministradores. La agencia recién
estrenada no tardó demasiado en contactar a la Policía Federal mexicana...
Rufus Morales contaba cincuenta y
nueve años, e hizo sus pinitos en el ámbito de la delincuencia siendo todavía
un mocoso. Natural de Mogote de Santiago (Tamaulipas), el infortunio lo sacudió
de modo inesperado al perder a Camila y Melchor, padres y dóciles labriegos que
araban poco más que la miseria. Tuvo que pasar el grueso de la infancia bajo el
severo tutelaje (abundante vara y escasez de mano izquierda) de las Religiosas
del Sagrado Corazón de Jesús; motivo plausible de aquel odio recalcitrante que
declaraba a la iglesia.
Las precoces conexiones con el
hampa local pronto lo condujeron a ingresar en el tinglado matamoriense. Allí,
la valía y lealtad mostradas a fuerza de años terminaron por situarlo al frente
de los intereses del grupo en Palo Largo. A estas
alturas, tito Rufo —como
afectuosamente solían llamarlo— recibía un cargamento mensual, listo para
cortar y distribuir entre las insaciables narizotas del territorio que la
organización controlaba en Nuevo México.
Arrellanado a gusto en la
majestuosa butaca Chesterfield —cuya piel negra adornaban mil y un remaches, a
semejanza de luciérnagas en formación geométrica que franquean la nocturnidad
acolchada—, Morales atendía un telefonazo de última hora: «... ¡Qué va, en
absoluto! Estaba a punto de largarme
cuando... ¡Bah, tranquilo! Yo,
feliz de... ¡Por supuestísimo! Y cuenta, , ¿qué tal Sharon?... ¡Vaya! ¿En
serio? ... ¡Fantástica noticia! ¡Enhorabuena!... ¡Ja,güeyja,ja! ¡Desde luego!
¿Niño o niña?... Aún es temprano, evidente... Sin duda, sin duda. En fin, no
omitas dar a tu esposa un
cariñoso de mi parte, ¿vale?... ¡Eso,
je, je...! —
Cambió de postura—. ,apapacho¿enquépuedo ayudarte?... Sí...
Claro... Claro...
Repite... ¿Fitzpatrick?... Oh, de
Utah... Dueño del Scarlet Lounge... Pues no, no me Ándale, cuateverdad?
suena un ... (¡Ejem!)... ¿De ...
Hombre, en este caso... De acuerdo. Si
aseguras quecarajoel con Reynaldo López... Compréndelo, toda
precaución... ¡Exacto! ¿De cuánto
hablamos?... , ningún problema. —Echó una pinche trae buenalonda
ojeada al reloj—. Comunícale que
espero enChidoelParadise a medianoche, ni antes ni después. Habitación .
¿Comprendido?... Ajá, la tarifa habitual... ¿Eh?... ¡Ah,
descuida! Hoy por ti, mañana32...
Excelente, excelente... ¡ , ! ¡Cuidaos
mucho! ¡ !». Colgó de un golpe, airado. «¡ Órale
compadre!—maldijo en
direcciónByeala caja fuerte—. ¿ Hijo de la gran chingada ?».
Metió la clave de cinco
cifras,Nopodíassustrajoesperardos akilosmañana,defarlopa,cacho apartependejodel
revólver Smith & Wesson, que enfundó en la sobaquera, e introdujo ambos
paquetes dentro de un maletín rígido de ejecutivo color coñac. A continuación
anduvo hacia el perchero, se colocó la americana delante del espejo, retiró un
peinecillo del bolsillo del chaleco, y comenzó a rastrillar de forma cuidadosa
esa abundante mata de pelo gris.A tito Rufo le encantaba ir siempre impecable.
Lucía un traje a cuadros muy elegante, camisa de seda Charmeuse, además de
carísimos zapatos de piel de cocodrilo. Usaba gafas densas de pasta, llevaba
exuberantes patillas hasta el extremo de la mandíbula, y a guisa de toquecillo
refinado exhibía una enorme cadena de oro que quedaba debajo del cuello de la
prenda. Su figura achaparrada, en oposición a la imagen pulcra y de persona
destacable, le confería, no obstante, cierto aire caricaturesco. Al cabo de
dedicar un minuto al calzado, recogió la mercancía y abandonó el despacho.
En la calle el alumbrado público
suplantaba la luz extinta del crepúsculo. Algunos ventanales resplandecían aquí
y allá. Cosa curiosa, la avenida rebosaba, igual que si el mundo entero hubiera
acordado coincidir en el mismo sitio a la misma hora. El aire tórrido apestaba
a polución, polución mezclada con vapores humanos.
Morales conducía un Plymouth
amarillo mostaza del setenta que siempre estacionaba en el reservado frente a
la oficina. Apenas subirse, encendió el casete. Y entretanto acompañaba la voz
robusta e impetuosa del cantante, puso rumbo a la periferia.
Sigo«...Massiendocon
blancayoelmonarcaosinblanca
Y lo que digo es la ley (1)».
(1) Variación libre de la estrofa de la canción "El rey",
del cantante y actor José Alfredo Jiménez Sandoval, que no puedo reproducir tal
cual sin vulnerar los derechos de autor.
Quiso tomar Farmington Rd,
aunque, ¡córcholis!, vallas y avisos taponaban la
vía. «¡No manches, manito! ¡
Obras cojoneras!». Así que dobló en la próxima esquina
autorizada.
Al alcanzar la rotonda de las
pilinguis, distinguió a Cokaine (recién llegada,
fumando sin más compañía que su
sombra), y la atrajo con un discreto toque de
claxon.
—¡Tito! ¡Menuda sorpresa!
—prorrumpió—. ¿Cómo me tiene tanto tiempo en
el olvido, granujilla?
—Aaah tú sabes, güerita. Los
negocios del demonio... —adujo sonriente.
—¡Oooh, mi pobre y atribulado
cariñín! ¿Le complacería que esta noche
mamita cuidara de usted?
—¡Órale, preciosa! ¡Hoy
disfrutarás de algo fregón! —Al abrir la guantera,
afloró una botella de tequila
Cinco Herraduras—. ¡La flor y nata directa de Jalisco,
je, je...!
—¡Papito, beberemos a la salud
del «México lindo y querido»! (canción
tradicional mexicana). —Arrojó la
colilla y subió a bordo.
Morales obtuvo un sonoro besazo,
elevó los mariachis a cotas ensordecedoras,
y repuso la marcha.
«... Allá en el rancho grande,
allá donde vivíííía (¡yiiijaaa!)
Había una rancherita que alegre
me decía
Que alegre me decía».
Enfocada en parecer alegre y
solícita, la moza unió su canto a los gorgoritos del
traficante. Tito
Rufo le caía
bien. Era simpático,
generoso, no demasiado
pervertido, y esa jerga latina
que intercalaba cada dos por tres la hacía reír. A veces
le enseñaba a pronunciar palabras
o modismos, otras refería sobre costumbres
típicas mexicanas. Camino del
Paradise, derramaba infinidad de detalles acerca de
la elaboración de aquel carísimo
bebercio que, en breve, iban a degustar.
Pero, ¡ay!, ella prestaba
atención ahora sí, ahora no: la chola, empecinada,
regurgitaba el debate a propósito
de Lou de la víspera, previo al jolgorio en el hotel
Mimosa. Pese a hacer acopio de
voluntad, no dejaba de sentirse como una colegiala
reprendida, a la que obligan a
escupir el preciado dulce que saborea. Tanta
incertidumbre carcomía, y mucho.
«¡Aaaj, qué arduo resulta arrebatarle un cachito
de plenitud a esta vida!»,
consideró en el instante en que ganaron el desvío.
Morales detuvo el coche de cara
al alojamiento que preservaba arrendado a
título personal. «Acá zanjo los mbeos imprevistos, y de paso descargo
el
», estilaba comentar chistoso a
quien concerniera.
vergajoEn el ala opuesta, la
persiana de Lou permanecía abajo del todo, si bien escapaba claridad a través
de los resquicios. «Estará escribiendo», supuso (prefería trabajar vencido el
ocaso). ¡Jolines! ¡Tan cerca de lo que uno anhela, y tan lejos de compensar ese
afán!
Voy —¿Sacasadarme
unhieloremojón,yrefrescos,primerochamaquitaquenada.? —Morales le entregó diez
pavos—.
—¡ ! —la fonética española de
Cokaine estremecíaHíjole,. papito, que me cojo el tequila
Él, que estiraba el maletín del
asiento trasero, desató una risotada.
— —la
corrigió—. ¿Te acuerdas?
—¡Ah, sí, sí, ja, ja, ja...!
(puesto que, en México, «coger» significa —acepción generalizadaAgrrar, prender
o pillar
— «follar»).
—Yo sí te cogeré ya mismito...
¡Hújule, apúrate! —le propinó una palmadita en
pleno culete.
La gachí se alejó, cual
cervatillo silvestre que elude a su depredador, a por cambio. Mantuvo cinco
minutos de cháchara con Gustavo, y partió de la recepción agitando las monedas
que retenía en el puño. Había bastantes vehículos estacionados, aunque no asomaba
un alma.
La máquina de bebidas languidecía
justo al lado de la estancia de Lou; enfrente, la motocicleta sumida en la
flaqueza ambarina de las farolas colindantes. «Insectos contra el cuerpo y
tragar polvo es cuanto puedes esperar montada en este trasto», respondió el
muchacho en Hatch, el martes, tras quejarse ella de la manchita redonda y
asquerosilla de un díptero aplastado en la pernera del bonito vaquero
acampanado que vestía. La evocación le arrancó de los labios una sonrisa dulce.
Mientras insertaba el dinero en
la ranura, ingresó un Ford Galaxie marrón oscuro. Venía deprisa, sin luces.
Extrañada, le siguió la trayectoria: frenó en seco detrás del vehículo de tito.
«¡Ugh!». Tuvo un mal pálpito, y omitió pulsar el botón para que resbalaran las
latas. Enseguida descendieron dos sujetos trajeados. Pistolas descubiertas,
corrieron a posicionarse a los costados del umbral de la ,
ubicada en el extremo del
edificio. El de la derecha llamó con pulso firme. 32 «¡Mierda! ¡Liarán la de San Quintín!»,
dedujo angustiada. De manera que golpeó flojito a la puerta del colega. Esos
tipos percibieron el ruido. Quien presentaba mayor altura, mediante efusivas
señas, la indujo a que entrara de inmediato. Luego gritó: «¡Brigada de
narcóticos! ¡Persónese, caballero! ¡Queremos
hacerle unas preguntas!».
El cri- cri de los grillos
enmudeció sin motivo aparente; devino un silencio sobrecogedor. La tensión
arañaba el tiempo, cuyo espeso avance se dilataba segundo a segundo.
Lou tampoco acudía. ¿Indispuesto?
¿En el baño? ¡Toc-toc-toc! «¡Soy yo, Cokaine! ¡Abre!», insistió, arrimada al
marco. A la par, el poli alto depuso los rodeos: «¡Vamos, Morales, nos consta
que está dentro! ¡Afronte la situación! ¡Salga manos arriba!». «¡No demore lo
inevitable! —intervino el socio—. ¡Ríndase y conservará el pellejo!».
Miradas que agujereaban cortinas,
persianas que subían un palmo; aquellas voces atenazaron la paz de los
huéspedes. «¡Apresúrese o accederemos a la fuerza!», amenazó entonces el
larguirucho. Y de sopetón: ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG! ¡CRASH...! El tercer balazo hizo
trizas la luna delantera del Plymouth.
Contraída de terror, Cokaine notó
una enérgica apretura que la arrastró a la total oscuridad.
Lou había apagado las lámparas.
—¿Sigues entera, nena? ¿Qué
diantre ocurre ahí fuera? —Turbada, le soltó el orden de eventos a trompicones,
conforme lo seguía en dirección a la ventana—. Presumo que el menda —fisgaba
por una ranura— disparó desde el interior.
—¡Tío, menudo canguelo! ¡Me
tiemblan las tetas y todo!...
Sobrevino otra ráfaga.
—¡Agáchate! —la apartó del
ventanal. Esta vez, los policías contraatacaron. Agazapados en la sombra, oían
el silbido de las balas que impactaban Dios sabe
dónde.Lou,Acalladadevueltala
refriega,alaexpectativa,acaecieronsusurró:potentes sacudidas.
—Revientan la puerta a patadas.
Cokaine procuraba sosegarse
amorrada al Cinco Herraduras que traía consigo y, ansiosa, acababa de
descorchar. Satisfecha, ofreció la botella a su amiguete.
—Ahora no, guapa —continuaba muy
alerta del incidente—. Escucha, ¿los agentes te vieron llamar aquí? —Ante la
afirmación, sesgó una mueca—. ¿Y
sospechan que acompañabas a...?
—Pero—¡Quia!quizáLodicho,osvigilabanextraía
limasydeseencuandointerrogarte.apareció el auto. A mí, ni caso.
—¿A santo de qué? Tienen a tito
Rufo acorralado; solo soy la furcia de turno que recogió.
—¿Y el conserje? Conoce vuestra
relación, ¿cierto?
—Vínculo profesional, querido, y
Gustavo es ciego y mudo —le aclaró.
Él produjo un resoplido oneroso.
Volvió a espiar: en aquel momento, el polizonte de menor estatura, junto al
automóvil, descolgaba la radio, muerto de risa. Lou desplazó un dedo el cristal
y puso la antena.
—¡Shhh!—¡Eh!¿Qué—labichocortó.te
ha picad...?
No cabía duda alguna de que la
bofia le erizaba inclusive los pelos del bigote. ¿Acaso era un fugitivo?
¿Cuatrero? ¿Vándalo? ¿Tramposo? O peor aún: ¡uno de esos siniestros asesinos
múltiples que secuestran, torturan y descuartizan a sus víctimas en cualquier
calabozo lúgubre y recóndito! «¡Ni hablar! Siquiera dañaría a una mosca
—recapacitó—. Tampoco lo imagino atracando comercios o joyerías a punta de
trabuco, cubierto con la media». ¿Ergo ese interrogatorio pertinaz? ¿Qué
diablos encubría?
Desconcertada lo mismo que una
esquimal en mitad del desierto, desvió los ojos hacia el suelo del rincón
contiguo al baño. Por medio de la penumbra y gracias a una vista de lince, pudo
divisar unos botellines alineados; también cubetas apiladas de capacidades
dispares. De la pequeña asomaba el mango de un presunto rodillo. Varios trapos
mugrientos yacían esparcidos alrededor de una papelera desbordada.
«¡Caracoles!». Intrigadísima, prosiguió el sondeo: encima del escritorio
descansaba algo realmente bizarro y misterioso. «¿Qué puñetas... ?». Aprovechó
que el británico, de espaldas a ella, mantenía la oreja pegada a la persiana, y
gateó sigilosa para allá.
El artilugio llevaba manivela,
tenía un cilindro elevado en la porción central, guías y números en la bandeja
de la base... Le recordaba una pizca al ciclostil (mimeógrafo) que aprendió a
utilizar durante el curso de secretariado. Cuatro planchas metálicas
rectangulares, cubiertas de tinta fresca, lindaban una pila de papeles
inmaculados de escala comparable. «Son del mismo tamaño que...
¡Imposible!».
Las pesquisas la incentivaron a
registrar el lavabo. El piso de la ducha alojaba cachivaches diversos; la
regadera, descolgada, reptaba en medio de tres cubos. Arriba, descubrió un
rosario de hipotéticos billetes que pendían de cuerdecillas sujetas a la vía
del cortinaje.
—¡Caray! El tal Morales quedó
atascado en la ventanilla del baño al intentar huir —dijo Lou, virando risueño.
La chica: desaparecida—. ¿Dónde...?
—Hum—¿Esto...esPuesloqueno
sé.creoPruebaquees?suerte.—Cokaine señalaba aquel chisme.
—Hombre, sirve para falsificar
lana, intuyo.
denota—¡Atiza!profesionalidad¡Dichoasíy
carecesuena dehorrible!connotacionesYoprefieroéticas. el término «reproducir»:
—Éticas, claro (asentimiento
irónico)...
—Además, solo replico Hamiltons
($ ) y Jacksons ($ ) —expuso con mordaz
santurronería. 10 20
—¡Ah, entonces nada! Si solo son
Hamiltons y... —estalló a carcajada limpia. —¡Chist, no grites!
Debido a la imposibilidad de
reprimir el ataque, hizo ademán de taparse el
hocico, palma sobre palma.
Zozobras y especulaciones
disueltas, liberaba esa opresión acerba que tanto la había escocido. ¡Qué
desencaminada andaba Sweetheart! El fenómeno duró lo suyo: en cuanto la risa
fingía distender, regresaba igual que los bumeranes y, ¡hala!, a la casilla de
inicio. ¿Cuál sería la naturaleza indómita de semejante genialidad, locura y
audacia?
—¡Uf, mi panza!... —suspiró a la
postre. Retornó a la vera del compañero, que la contemplaba sonriente—. ¡La
madre que te...! —se secaba el cántaro de lágrimas a diestra tendida—. ¡Por las
barbas del profeta! ¿Cómo diantre ideaste...? —y cayó presa de otro abrumador
arrojo de endorfinas.
Resulta lógico inferir que Lou no
era el pionero en este tipo de fraudulencia. A
raíz de la película (Edmund Goulding, ), supo del increíble caso de
Emerich Juettner:
Misteruninmigrante880 austríaco de sesenta1950 y dos años, establecido en Nueva
York, que a causa de las penurias económicas que padecían él y su mascota,
decidió emplear la técnica de fotograbado con fines poco ortodoxos. Ni corto ni
perezoso, el afable anciano transfirió la imagen de un biyuyo de dólar a placas
de zinc sensibilizadas, y empezó a distribuir las imitaciones (de mala calidad,
mas ¿quién repara en un pavo?) poco a poco. Dada la irrisoria cuantía de copias
falsas en circulación —gastaba lo imprescindible y nunca repetía puesto—, trajo
de
cabeza al Servicio Secreto los
subsiguientes diez años (de a ), hasta que finalmente lo atraparon después de
incendiarse el edificio1938en el1948que vivía. Por suerte para el simpático
estafador, las razones del delito y su senectud ablandaron el corazón del juez:
un dólar de multa y libertad condicional.
La pureza campechana de tal
acción —exenta de ninguna avaricia—, el escarnio a los preceptos imperantes,
ese ¡basta! sordo y acuciante del individuo molido bajo el peso de la recesión
de los años treinta, calaron en el carácter escéptico e inconformista del rapaz
inglés, quien más adelante comenzaría a laborar en la imprenta de Indianápolis.
Solitario, minucioso, paciente e intelectual, el pillastre sisaba un ejemplar
de casi todo lo que publicaban, al margen del tema, y lo leía enterito.
Pronto dominó los intríngulis de
cada proceso gráfico. Así fue que, transcurridos seis años, le sugirieron
cubrir la baja del antiguo encargado. Asimismo, obtuvo conocimientos de
notafilia , y raspó tiempo y esmero a fin de
conseguir falsear efectivo. (2)
—... Elaborar el papel presentó
inconvenientes: gran parte es algodón, sin embargo, precisa un % de lino, con
alternancia de fibras rojas y azules.
—Bastante.—Perotúganabas25pasta
—Cokaine alucinaba en colorines.
—¿Y por qué...?
—Bueno, verás. En algún punto
experimenté una especie de clic interior: afloraron serios entredichos a nivel
existencialista, aconteció un desplome abrupto de los valores generales, y no
fui capaz de restaurar la antigua percepción del mundo. De ahí que a la larga
necesitara una alternativa antes de que el tedio y la rutina acabaran conmigo.
—Echó un traguito de tequila y prosiguió:
»Enfrente de mi apartamento vino
a vivir una pareja la mar de maja. Phillip y yo a menudo coincidíamos. «¡Tú,
Hutchinson! ¡Mira esto! —exclamó cierto día, subiéndose la manga—. ¡Compré el
reloj suizo del anuncio! ¡Mola!, ¿eh?». Al concluir un plácido atardecer de
junio, surgió de improviso tras la esquina: «Madison y yo nos proponemos ir de
vacaciones a Hawái. Ahora está muy de moda...». Y, cómo no, llegado diciembre:
«¡Feliz Navidad, vecino!», lanzó la víspera, mientras yo salía, y él y la
esposa trajinaban cinco pies de abeto. Tropezamos de
(2) Rama de la numismática dedicada al coleccionismo, investigación y
estudio del papel moneda y estampillas.
nuevo: «¡Invertir en Bolsa a
largo plazo! —me aconsejó—. ¡Es la clave, tío!». En el
último encuentro, enceraba su
Ford Torino recién adquirido. «De jovencito ansiaba
dedicarme a
la comedia, ¿sabías?
¡Pero fíjate! Tocar
de pies a
tierra da
recompensas».
»A despecho de que no compartía
las actitudes del bonachón de Phillip, afloró
el recelo de hasta qué punto era
dueño de mi propia voluntad. Todos somos fruto
de nuestra época, de los hábitos
que nos inculcan, las tendencias del momento,
tecnología, etc. Quizá el qu del asunto radicara en abandonar la zona de
confort;
alejarme de los tópicos mundanos,
ambiciones y cánones que esta coyuntura
pretende imponernos. Libre de
amarres, reposado y
sobre dos ruedas,
emprendería la senda en busca del
yo genuino (o lo más aproximado).
—Bienestar a cambio de
sometimiento —participó ella—. Ya lo avisaba papá...
—¡Uh!, Yure.
—Ajá. Él jamás quiso bailar al
son del timbal.
—Destacable personaje, según
contaste.
—¡Buah! Os habríais entendido de
maravilla. ¡Oh, perdona! Sigue, sigue...
—Apuesto a que sí. ¿Decía?...
¡Ah! Al principio, lo de recrear papel moneda no
entrañaba sino un reto personal,
un pasatiempo falto de mala intención que, con
logros mediocres, descuidé.
Empero, p teriori me propuse sacarle partido.
»Concebí a Wilma —(la gallina de
los huevos de oro) — de forma que pudiera desarmarla y transportarla sin
dificultad: es ligera, desmontada no ocupa demasiado, y a ojos inexpertos
apenas levanta sospechas. Las tintas grasas las compro en tiendas especializadas
a medida que las requiero, al igual que el resto de bártulos, los cuales
destruyo luego de usarlos. Tuve también la cautela de encargar las piezas en
distintos talleres. Una vez ajustada a conciencia, partí de las planchas
antiguas que conservaba; las recompuse, iba retocándolas en función del
resultado... —La joven resopló—. Trabajo de chinos, sí. El broche de oro
consistió en aportar al producto la apariencia de uso, cosa que consigo
mediante una fórmula especial que desgasta y agrieta un ápice el papel;
pliegues o rasgaduras de lado. Pillé los primeros diez pavos y fui a zamparme
un perrito caliente; recibieron una espléndida propina aquel sábado triunfal. A
la semana, dejaba atrás Indianápolis. Y al cabo de un año y nueve meses, acá
figuro.
—A escondidillas —observó
divertida. —¡Mujer! ¡Me diste un soponcio de muerte! —¡Ay, lo lamento en el
alma, cariño! —Olvídalo. Uno al año no hace daño —guaseó. Conmovida, asió las
manos del muchacho. —Soy una tumba. Lo sabes, ¿verdad?
—¡Míralo!—Claro—convino¿Tansegurodespreocupado.estás?
—¡Oh,—TúnuncaDios!
le—secortaríasleabalanzólasalasencima.aunpájaro.
El frenético e impetuoso
torbellino dispersaba vestiduras en múltiples direcciones.
—Te deseo, Cokaine (resuello).
—Encantado,—Nadiya,vidaNadiya.mía(jadeo).
Y febrilmente entrelazados, los
cuerpos ígneos, delirantes, despojados ya de cualquier gravidez, despegaron del
suelo, envueltos en una burbuja nacida de ambos placeres.
Ni mucho menos los distrajo la
comparecencia del camión de bomberos;
tampoco el escándalo del serrucho
radial que liberaba al pobre Morales de su singular atolladero. Para entonces,
los amantes emprendían el segundo asalto (en jerga pugilística).
Aplacado el desenfreno, la
exquisita calma poscoital y el suave perfume sinuoso del hachís inundaban el
cuarto. Lou se levantó a echar una ojeada.
—Limpio—¿Moros
yendespejado.lacosta?—Nadiya exhalaba pequeños anillos de humo.
— (adiós),
tito Rufo... ¿Fumas, corazón? —Él regresó a la cama. Al
acercarleDo
elsvidaniyacigarrillo, chismosilla inquirió—: ¿Wilma?...
—Azares de la programación
televisiva —adujo jovial—. Emitían (Los Picapiedra) mientras dibujaba los
planos en casa. Wilma aportabaThe
sensatezFlitonesa las locuras de
Fred y...
Nadiya aventó una risotada.
—Respecto a tu historia —dijo
acto seguido—, queda un aspecto clave
pendiente...
—¡Caramba! Dispara.
—Todavía—¿Hallastemejor:alauténticoteheencontradoLou?
a ti.
El porro fue depositado de
urgencia en el cenicero, e inauguraron el tercer... En fin, la pasión manda y
el cuerpo obedece.
Juntos
Varios chasquidos leves
reanimaron los sentidos de Nadiya. Todavía amodorrada, palpó a la vera: estaba
sola en el lecho. Abrió los ojos y ladeó la cabeza. A través de las ranuras de
la persiana irrumpían potentes rayos, como venablos etéreos, cuyas pendientes
paralelas terminaban clavadas en los baldosines del suelo. Infinitud de
minúsculas motas de polvo danzaban centelleando entre la refulgencia. A su vez,
el viento silbaba una curiosa melodía al traspasar la ventana mal cerrada. ¿O
soplaba por debajo de la puerta? ¿Provenía de ambas brechas quizás? Vigilia
recién estrenada; temprano para discernir con total lucidez. Y al instante lo
sintió: olía mucho a... ¿detergente? ¡No, lejía! El aire arrastraba también un
toquecillo de la volátil y aturdidora esencia de alguna variedad de trementina.
Imposible precisar cuál.
Tras frotarse la naricita, echó a
un costado la blancura de la sábana. Se enderezó y, holgazana, hizo la serie
completa de estiramientos mañaneros. Había descansado de maravilla. Notaba el
cuerpo repleto de vigor y tenía, además, la deleitable impresión de que aquella
jornada iba a ser muy especial.
Lou salió apresurado del cuarto
de baño. Acarreaba la fregona y el cubo. —¡Uy, disculpa! —dijo en voz baja—. No
pretendía despertarte. —Tranquilo... —bostezó—. ¿Qué hora es?
—¡Tsk!—EeemDormí...lasoncedesobra.menos
cuarto. Sigue acostada, si quieres.
—Entonces subiré una pizca el
telón. —El resplandor ahuyentó la penumbra del dormitorio. Este lucía
impecable; ni rastro del instrumental y desorden de ayer —. ¡Buenos días,
preciosa! —la besó.
—¡Mua! Hola, vida. ¿Y Wilma?...
—Estás encima —airoso, entraba de
nuevo en el lavabo.
Asomada bocabajo, atisbó tres
estuches del tamaño aproximado de cajas de
zapatos y una bolsita dotada de
cremallera. Todo tan cuco, tan pulcro, tan exacto...
—¡Ea, mi nene! ¡Qué apañadito!
—Él surgió de vuelta. Traía consigo unos cuantos fajos de apenas media pulgada
de grueso—. ¡Cáspita! ¿A ver? —Obtuvo tres manojos de diez dólares y dos de
veinte. Retiró un billete de cada valor. Después de examinarlos del derecho,
del revés, de cerca, de lejos y a contraluz, depuso—: ¡Recristo! ¡Parecen
auténticos!
—Esa es la intención...
Permíteme. —Apartó la mesita de noche. En la parte posterior del mueble había
añadido una madera delgada, a guisa de fondo falso, la cual sustrajo—. ¿Desea
usted efectuar el ingreso, señorita Kedzierski?
—¡Encantada, señor Hutchinson!
—Chistosa, sujetó el parné a la banda elástica que lo retenía firme en estado
vertical—. ¡Listo! —El granuja encajó la lámina y repuso el enser—. ¿Cómo
llevas la limpieza? —le consultó acto seguido.
—Resuelta en un periquete.
—¿Almorzamos luego? Mi tripa ruge
de gazuza.
—¡Secundo la moción! Ah, coloqué
tus efectos ahí —señaló el asiento.
—¡Qué mono!... —Dejó la piltra de
un saltito brioso, y procedió a vestirse. Puesto el top, no encontraba la
prenda íntima por ningún sitio. Descolgó el bolso del respaldo, a ver si en el
interior...—. ¿Dónde puñetas...? ¡Eh, cariño! ¿Y mis braguitas?
—¡Ah—¡Sobre-ah!la¡Acásilla!nones!—pudo
oírse desde el aseo.
—En tal caso —emergió la testa
bigotuda—, ni remota idea.
—Pues tú me las arrebataste,
bribón.
—Recuerdo el fragor del momento
(sonrojo acentuado), aunque su paradero
actual...
—¡Ji, ji, ji...! —ella rebuscaba
alrededor—. ¡Epa, hételas aquí! Justo al lado de la
papelera.
—¡Canastos! ¡Seré zoquete? —lanzó
perplejo—. ¡Casi descuido vaciarla! —Flis,
flas, anudó la bolsa y la
extrajo—. Conviene destruir estos descartes antes de
marcharnos. ¡Enseguida regreso!
Y es que el alegre revoloteo de
semejante pibón despistaría a cualquier
mancebo con sangre en las venas;
arroje la primera piedra el guapo que subestime
la hechicería de la belleza.
Nadiya, consciente de ese rubor,
atrapó divertida el cepillo y se introdujo en el
baño. «¡Madre mía! ¡Qué pelos!»,
exclamó ante la secuela del desbordante frenesí
nocturno. Un simple desajuste
estilístico que no hacía sino corroborar la propia
dicha. Los acontecimientos
ocurrían a gran velocidad; el tren del azar, ¡chu-chuuu!,
partía de la estación. ¿A qué
destino? El tique no lo especificaba, si bien el instinto
sostenía que la dirección era
correcta.
Ya alisada y rostro aclarado, fue
al velador a recoger los pendientes de aro.
Mientras adornaba sus
proporcionadas y gráciles orejas, reparó de soslayo en el
armario. «Hum...». Y, claro está,
el ansia de cotilleo aniquiló la mesura por KO. Lou
viajaba requeteligero: dos
pantalones, unos shorts, cuatro sencillas camisetas,
media docena de gayumbos, varios
pares de calcetines, un neceser chiquito, una
radio a pilas y, colgada del
perchero, la cazadora vaquera que vestía el martes. El
estante inferior alojaba tres
ejemplares de la revista satírica Mad, los números seis
y siete de la publicación
undergroud Zap Comix (que fundó Robert Crumb, el
controvertido dibujante), aquel
«temible» Tractatus logico-philosophicus prestado
de la biblioteca, su inseparable
cuaderno de escritura, El mito de Sísifo
(Albert
Camus, 1942), un mapa desplegable
y, ¡ay, pillín!, el Playboy Playmate Calend r;
saturado de las «conejitas»
estrella del setenta y tres. «Magro consuelo para tan
audaz trotamundos», discurrió
enternecida.
Pero al fondo estribaba algo...
¡un regalo! «¡Un disco!», dedujo de inmediato.
Cinta y envoltorio fuera,
apareció el álbum Birds of Fire (Pájaros de fuego), segundo
registro de
la Mahavishnu Orchestra.
Desconocía el grupo.
Tres franjas
horizontales, difuminadas en
amarillo, rosa y azul, coloreaban la carátula. Dentro
del rectángulo estrecho del
centro —pedazo de bóveda celeste— había dibujados
cinco pájaros que emprendían el
vuelo. Un vistazo a la contraportada reveló a los
músicos. ¡Caramba, uno tocaba el
violín!
—Jazz fusión de vanguardia —Lou
la pescó en flagrante delito (a estas alturas,
curado de espanto)—. Lo
escuché grosso modo
en la tienda: mezclan rock
progresivo, música oriental,
blues... Creo que te agradará.
—¡Qué delicia de criatura! —El
impetuoso mimo de correspondencia embriagó al muchacho—. ¿Zampamos en casa y lo
pincho? Me pica la curiosidad. —«¡Chévere!»—. ¡Dispuesta! ¿Y tú?
—Tan pronto como coja gorra y
lentes —sonrió bobalicón.
La mordedura del sol del mediodía
apretaba de lo lindo. Tremendas ráfagas de cálida ventisca impelían carretera
arriba dos plantas rodadoras y la arena desértica empezaba a salpicar el
asfalto del parquin. Costaba mantenerse en completo equilibrio. Los tortolitos
enfrentaron tal inclemencia a semejanza de los valientes
que gozan de la atracción más
osada de la feria. «¡Sujétese fuerte, , no sea que me la arrebate el
temporal!». Nadiya se adhirió a él comomiladyuna lapa, y arrancaron harto
contentos.
Sentado al borde del puente de la
vía férrea, Blackey sujetaba un paquete de cigarrillos a medias. A escasa
distancia, su eterno compinche de travesuras tenía la esperanza de hallar una
cerilla caída del cielo que los salvara del apuro. ¡Vana ilusión! De súbito,
cierta motocicleta cruzó fugaz bajo los pies suspendidos del Morenito. «¡Corre!
—exhortó a Johnsey—. ¡Cokaine nos dará fuego!».
—Un poco jóvenes para el vicio,
¿eh, chicos? —contrapuso esta.
—¡Bah, tía, ahórrate las
monsergas! —arremetió Blackey, que resoplaba a causa del esprint—. ¿A ti qué?
—Puesto que luchar contra los impulsos juveniles suele carecer de impacto,
accedió a la demanda.
Johnsey avizoraba al forastero,
quien fijaba el antirrobo a la moto.
—Amigo—¿Estu novio?—dijo
—preguntóella,entantopálidoleofrecíadeespumosalumbre. celosía.
—Caballeretes... —Lou concurrió.
Blackey hizo un saludo apático, envuelto en una nube de humo. A Johnsey le
sobrevino el clásico ataque de tos—. ¡Caray! ¡Respira, hombre, respira!
(palmadita en la espalda).
—¡Quita esa zarpa, demonio!
¡Cof...! ¡Cof...!
¡Fíjate tú el marisabidillo,
ensopado de la neura de Apolonia! Nadiya iba a reñirlo, mas el inglés,
histriónico, antepuso:
—¡Maldición! ¡Otro que me
descubre! —Se quitó la gorra ante las narices del rapaz, y en tono maléfico de
teatro de marionetas, prosiguió—: ¡Ahora tiembla a la luz de mis cuernos!
—¿Eeeh... ? —Johnsey lo miraba
desconcertado.
—¿Qué—¿Noloscola?ves, chaval?
—Puso el cuerpo de perfil—. ¿Y la cola?
—¿Tampoco?
—¡Intentas tomarme el pelo,
viejo?
—¡Oh, solo bromeo, compadre!
(sonrisa amplia). Aunque tú, a diferencia de un servidor, tiendes a esconder
cosillas. Observa. —Exhibió las palmas desnudas, y luego le pasó una mano
detrás de la oreja. Al desplegarla, afloró un dólar.
—¡Hala! —Blackey estaba
estupefacto. —¿Sacaréis unas chucherías de aquí, troncos? —¡Seguro! —replicó
Johnsey, pillando la pasta. —¡Ups! —interpuso Nadiya—. ¿Qué olvidáis?
—Simpáticos«¡Gracias!».Salieronmozalbetesdisparados—comentóhaciaLouelcolmadoportaladentro.delosWilson.
—Te—Prosperoloshas...ganado,ounpavochato.obraY
milagros.escapasteUnaileso.de dos.
—Graciosilla—Haztutruco... a
Apolonia la próxima vez —lo pinchó.
El apartamento, que flaqueaba en
la quietud mustia del vacío humano, celebró la compañía con un débil rechino de
travesaños. Nadiya corrió las cortinas y la claridad expuso el desbarajuste
genérico: ropa esparcida a discreción, la butaca — paradigma del caos— rebosaba
periódicos y revistas viejas, el camastro parecía un revuelto de tortilla, la
montaña del fregadero despotricaba de la mugre reseca...
—¡Ejem! Disculpa el enredo
—balbució avergonzada. Y cazó el canasto al vuelo.
—Pierde cuidado. Yo me encargo de
la vajilla.
—Enciende el horno primero
—recogía a toda prisa—. Compré pastel de carne artesanal. ¡De rechupete!
—¿No—Eeerte... Prefieroapetece?un
menú distinto, si es posible —expresó él.
—Eso—Desiemprellevamantequilla—extrañada,yhuevo,detuvo¿cierto?labatida.
—¿En—¡Ecssserio?...!—Lou enseñó
una lengua de palmo y medio.
—Mi paladar nunca miente.
—Bueno—¡Pfff...!...¡MenudoHoydía
británicosoyestadounidense.detresalcuarto! —rio burlona.
—¿Y lasaña de atún? —propuso
vivaracha—. La mía no trae bechamel; las verduritas te gustan.
—Ajá.—¿Tiene queso, por
casualidad?
—Mmm...
—Detesto—¿Qué? el queso.
—¡Ay, Dios santo! ¡Acércate,
tiquismiquis! —Abierto el frigo, la entente perfecta vino de las chuletas de
cerdo con patatas fritas.
Lou era peor que un niño mimado a
la hora de comer; peculiaridad que a ojos de la joven resultaba incluso cómica.
Menor angustia le originaba aún esa índole de pícaro recién descubierta, dado
que sobrevivía muy sencillamente sin arruinar a nadie. La gente intercambiaba
la moneda falsa que recibía y el timo se esfumaba en los vericuetos del mundo
económico. Una maniobra discreta, impoluta, exenta de perjuicios. «Abandonado
el patrón oro, la Reserva Federal siquiera advierte este diminuto aumento de la
inflación», reflejó anoche, sarcástico.
En realidad, sentirse vinculada a
un transgresor de tamaña modestia y astucia la excitaba sobremanera; nada raro
si la chispa que aviva las calderas prende de la erótica de la inteligencia.
Empero, el miedo a que sus quehaceres lo echaran todo al traste crecía minuto a
minuto. Lógico, porque aquella tarde debía acudir puntual a la Apple Model
Agency. «¡Jopé, qué aprieto! ¿Mejor ocultárselo? —Intuyó que un desliz así
socavaría los mismísimos pilares de la franqueza establecida—. ¡Nanay! ¡Eso
jamás!». ¿Cómo abordar tan peliaguda cuestión, pues?
La avalancha de ingenio y
virtuosismo de la Mahavishnu Orchestra la cautivaron apenas la aguja rozó el
vinilo. No existe mejor obsequio que el que infunde genuino placer, y Lou supo
acertar de lleno. A finales de la cara B,
entretanto el violín de Jerry
Goodman sazonaba de matices hindúes y los aromas tostados del café relevaban
alOpostre,enCountrydistendida,Joy casual, le soltó:
—A las cinco preciso atender un
asuntillo rápido en la urbe. Acompáñame y vamos al cine después, ¿sí?
—Claro —convino—. ¿Alguna
sugerencia?
—Veamos. —Recogió una edición
atrasada del de la pila del sillón, válida todavía en materia de espectáculos,
y la dispuso sobre la mesa—. ¿Qué opinas de las pelis porno? —disparó a bote
prontoPalo. Largo J urnal
—¡Uh! ¿Acaso quieres...?
—Oh,—¡No,nibobo!funiAnda,fa...
responde.
—En—¿Teabsoluto.ofenden?
—¿Sabes mi recado, cielo? —A
punto de sorber, Lou alzó las cejas—. Me entrevistan de cara a intervenir en
una.
—¡Glups! —depuso la taza. Y antes
de que consiguiera mediar palabra, ella exteriorizó la voluntad de huir del
ámbito de las farolas para cobijarse bajo los
focos, habida cuenta de las
ventajas que implicaba. Tras escucharla atentamente,
reflexionó—: De camarera,
verbigracia, finalizarías el turno exhausta, dolorida de
pies, y presumo que piropeada o
toqueteada. La «decencia» no es ningún chollo.
Ostentas una figura de escándalo
(¡Dios salve a la reina!); sácale el partido que
estimes oportuno.
—Vale. ¿Y tú? —Nadiya acusaba la
tensión cual soga en el juego del tira y
afloja.
—¿Yo?...
—¡Deja de hacerte el longuis,
sinvergüenza!
—¡Pero si coincido! ¡Acabo de
decirlo!
—¿Y eso qué significa? ¿O
insinúas que lo nuestro son ensueños míos?
—¡Ansío estar contigo! ¿No salta
a la vista? ¿Lo quieres por escrito y
rubricado? (visaje de caricatura
animada).
—¿A pesar de...?
Lou inhaló hondo; exhaló pausado.
La atrajo hacia sí y, afectuoso, le susurró al
oído:
—¿A quién brindas tu verdadero
cariño, atención y candor, ma petite chérie?
—Adivine usted, monsieur ...
—Entonces —continuó él—, ¿debo
preocuparme de que otro manosee un cofre
vacío, aun cuando disfruto del
auténtico botín?
—¡Miserable pirata! ¡Hasta la
última onza de oro te pertenece! —Lo besó con
los cinco sentidos vertidos en
ello. A continuación, alzándose de un brinco, se
deshizo del atuendo de arriba—.
Necesito una ducha. ¿Vienes?
—¡Ey! ¿Y la cartelera?
—Puede esperar. Yo, al
contrario...
—¡Ugh...!
La ciudad de Palo Largo acogía un
total de diecisiete salas de cine, cuatro de
ellas situadas en los aledaños
del centro. Ahí, la de mayor capacidad era el
Coliseum Theater, donde los hitos
Hollywoodienses seducían a mogollón de
insaciables roedores de
palomitas. A diferencia, la Filmoteca Río Grande, también
dedicada a los estrenos,
acostumbraba a presentar películas menos ordinarias:
desde Bergman, Pasolini,
Fassbinder y Tarkovski, a Kurosawa, Mizoguchi, Truffaut
o García Berlanga, el celuloide
extranjero tenía aquí un rinconcito en el que caerse
muerto. Por añadidura, invasiones
marcianas, horrendos monstruos disformes,
chupasangres sedientos,
zombis putrefactos y
justicieros enmascarados de
calzones ceñidos, cobraban vida
en la pantalla del Stadium, que, gracias a las
sesiones dobles,
tiradas de precio,
prometía ratos muy
amenos al público
incondicional de la serie B.
A cuatro manzanas de la oficina
de Brenda Salerno, el archiconocido Palo Largo
Movies reponía Jesus Christ
Superstar: un musical y el factor proximidad sedujeron
a la remojada pareja.
Nadiya concluía el protocolo de embellecimiento, sumergida en
ese agradable
estado de placidez que
proporciona el éxodo de las zozobras y elucubraciones
malsanas. «¡ ! (¡buen viaje!)»;
navegaban mar adentro con el repunte de Udachnoylamarea poyezdkiypropicios
vientos alisios. Su mente divagaba ahora a voluntad, embelesada por las notas
de salida lima siciliana, bergamota, melón y albahaca del Diorella de Dior.
«¡Tomy Pierce!». El nombre franqueó sin más el visillo del subconsciente.
«¡Llámame Tom, jolines! ¡Que ya no soy ningún crío!». «¡Demuéstralo!», lo retó
una Nadiya quinceañera de largas coletas y faldita plisada. Así, en aquella
noche mágica del cuatro de julio, Tom —dos años mayor, todo bucles dorados,
rostro aquilino manchado de pecas, cuerpo lozano y
temperamento de
topo despistado— la
desfloró entre flamígeros
estallidos
celestiales y carnales, detrás de
la gran carpa ferial. «¡Despierta, papá! ¡Quiero
contarte algo!», aulló al llegar
a casa de madrugada. Yure, soñoliento pero
emocionado, estrechó a la zagala
en su flamante plenitud. «Cuánto le habría
encantado conocer a Lou», pensó
enternecida.
El rumor distante filtró a través
del zumbido del secador:
—¿Pretendes abrir un quiosco de
revistas anticuadas? —el socio husmeaba en
aquel desbarajuste.
—Negativo, je, je ... Reservo las
fotos para dibujar y componer collages.
—¡Vaya! Conque talento pictórico,
¿eh? ¡Soberbio!
—Hombre, tampoco exageres. Antes
le dedicaba bastante tiempo, aunque
después de morir papá perdí un
poco las ganas. Jorguensen, el casero, iba a
desechar todo eso, y me entró el
gusanillo.
—¡Muéstrame, porfa! —le pidió muy
interesado.
—Encontrarás la carpeta encima
del ropero. Tú mismo.
Dicho y hecho, del interior
manaron bosquejos a lápiz, tiza, carboncillo, etc.
Muchos capturaban a músicos de
jazz en plena faena, copiados de portadas,
revistas o carteles. Aparte,
halló diversas acuarelas paisajistas, bodegones al óleo y
trabajos variopintos. Los últimos
revelaban una marcada tendencia psicodélica.
«¡Admirables!», juzgó ufano.
Lou otorgaba gran trascendencia a
la creatividad. Mantenía que implementarla
dispensaba múltiples beneficios.
Daba igual que fuera un indígena de la selva
amazónica que tallase flautas, un
tipo aporreando la máquina de escribir en su
miserable cuchitril de Nueva
York, ese japonés inquieto que se devana los sesos
para plegar el papel en forma de
rinoceronte, o una neomexicana provista de
tijeras, fotos y cola. «Elaborar,
conseguir que nazca algo del vacío o de la materia
bruta, requiere genio resolutivo
y pone a prueba los límites del individuo. En la
medida en que el arte exige la
interpretación personal e intransferible del mundo,
cada persona expresa unicidad. El
desarrollo comporta placer, conocimiento, y
refuerza la
autosuficiencia», expuso convencido.
Asimismo, puntualizó que
cualquier obra establece un mero
peldaño en la interminable escalera de la
experimentación. A este respecto,
desdeñaba la vertiente mercantilista a la que el
arte sucumbía, porque a su juicio
estropeaba la pureza y acicate del proceso
creativo.
—En una interviú al escritor
Arthur C. Clarke —introdujo Nadiya—, habló de
determinada red global de
comunicación, por medio de computadoras, que anda a
las puertas del desarrollo.
Imagínate un espacio en el que la gente aporte
creaciones y todos accedamos a
ellas de forma libre. Que contemplasen mis dibujos
o leyeran tus escritos desde
Australia o, qué sé yo, desde España... y al revés,
evidente. ¿No reduciría esta vía
las injerencias de terceros?
—De antemano, suena fenomenal
—repuso él.
—Sí, ¿verdad? Ay, el futuro
dirá... —Abandonó el baño—. ¿Qué tal luzco?
—¡Uau! ¡La belleza te debe a ti
el significado, chica!
—Briboncete halagüeño (besito).
¿En marcha?
La calle permanecía anormalmente
desierta. Ni vehículos en movimiento, ni
transeúntes de paso, ni niños
jugando, ni vecinos de palique... Siquiera rebotaba el
eco aislado de una radio,
televisor o bulla doméstica. Silencio sepulcral. Aparentaba
que la raza humana estuviese
desaparecida de la faz de la Tierra, como en uno de
esos turbadores episodios de The
Twilight Zo (La dimensión
desconocida).
Lou desatrancaba la moto tan
campante, cuando un chirrido agudo hizo despegar varias palomas. El gato que
hurgaba en los desperdicios huyó espantado
también y, ¡oh, terror de los
terrores!, la efigie andante de Apolonia, más verídica que el sol abrasador que
caía a plomo, surgió del portal de enfrente. Iba provista de una formidable
pistola de agua sujeta a la cintura. La mirada abismática que intercambiaron
ambos compatriotas hubiese encrespado incluso el mostacho del propio Wild Bill
Hickok. Mientras la violencia del aire agitaba hojas de periódico en mitad del
asfalto, la señora, retadora, dio tres zancadas al frente. La tensión rasgaba
la atmósfera lo mismo que un cuchillo corta gelatina sin dificultad.
El corazón de Nadiya empezó a
acelerarse. ¡Bum-bum! ¡Bum-bum! Cada pálpito latía el doble de vigoroso que el
anterior. Lou intentó avanzar, pero ella lo retuvo del brazo y le suplicó que
ignorara la provocación. «Un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer,
hermosa dama (postureo a lo John Wayne). Nada temáis. Vuestro amor es mi coraje
y mi consuelo». ¿Héroe o iluso? Fuera lo que fuese, cobarde, jamás. Temblorosa,
lo liberó con lágrimas amargas: comprendió que de no zanjar aquella rencilla
nunca vivirían tranquilos. Y a lo lejos el ferrocarril resoplaba, y un chucho
aulló desde la esquina oeste. La suerte estaba echada.
En la orilla opuesta, la
pistolera exhibía una expresión amenazadora, fría, desalmada. Acechaba
paciente, tentativa de efectuar el tiro certero que fulminara al adversario.
Este, desarmado y solo ante el peligro, sentía un sudor gélido que le chorreaba
frente abajo; ladeó la cabeza: sus vértebras crujieron. Nadie pronunciaba
oraciones ni súplicas ni tañían campanas. Únicamente el alma de la
emperatriz del sufría por el pellejo del humilde .
Cosquillea saloonquecosquillea el
mango del arma, Apoloniacwboyentrecerró los ojos. El tren alcanzó la pasarela;
desenfundó en el punto álgido del ruidoso traqueteo: ¡flush! Lou pudo esquivar
el chorro de milagro, que fue a humedecer la fachada del edificio Vista Alegre.
Nadiya aguantó la respiración, porque la otra apuntaba de nuevo. Casi percibía
el aliento mortal de la Parca detrás del cogote. En esta ocasión, su amado tuvo
el acierto de agacharse. La ráfaga pasó justo a ras del gorro.
La infame sicaria, de muy mala
gaita, frunció el ceño. «¡Gusano escurridizo!». Rebasó la acera y presionó el
gatillo con rabia, mas obtuvo un mísero hilacho de apenas media yarda.
Confundida, revisó la pipa: munición agotada.
Lou aprovechó que recargaba en la
boca de incendios para arrojarse sobre el corcel de hierro. Presto a ensartar
la llave en el contacto, de la risa, le resbaló de las manos. ¡Cling, cling...!
Nadiya, desternillándose igual, se apresuró a recogerla.
«¡Arranca, cariño, que regresa!».
¡Brrrom, brrrom...! Y al grito de ¡ !,
escaparon a galope tendido. hi-yo,
Silver La suerte parecía desamparar a Apolonia. Ese mal bicho era un hueso duro
de roer. Visto lo visto, ahuyentarlo requeriría acciones de mayor calado. ¡El
diablo merodeaba a voluntad y la rendición no constaba en la lista de
alternativas! De quedarse de brazos cruzados, ¿cuántos inocentes seguirían a la
tragedia de
Cokaine? «Quien ríe último, ríe
mejor», murmuró de vuelta a casa.
A las cinco y cinco, Salerno
recibía a la joven promesa del cine erótico en la agencia. «Las fotos no te
hacen justicia, querida», manifestó durante el cordial canje de besos. Mujer de
unos cuarenta años, alta, pelirroja, atractiva y cargada de estilo, la invitó a
pasar al despacho. Tras ofrecerle asiento, le dio a elegir té, café o un
refresco. Nadiya observaba curiosa los carteles promocionales que encubrían la
precariedad de las paredes añejas. Ninguna de aquellas películas despuntaba en
la memoria. «Expreso sin azúcar, guapa», subrayó la representante al cederle el
vasito recién sacado de la máquina del pasillo. Enseguida quiso averiguar si
poseía alguna experiencia en el campo de la interpretación, a lo que la gachí
contestó que se ganaba las habichuelas de fingir como una bellaca. «Sí...
Perspicaz, tal cual dijo Brad», sonrió complacida. Detuvo ahí los rodeos y
entró en materia.
Brenda disertaba de modo
relajado, elocuente, entregada. Los gestos de brazos y manos seguían su voz, al
tiempo que desvelaba la trama general de
. Conforme a lo descrito, Nadiya
dedujo que el proyectoInfinite:reunía AmásSex aspectosOdyssey de comedia que de
peli guarra: habían retorcido el argumento original del film de Kubrick hasta
convertirlo en una parodia de disparate. Y pese a las partes subidas de tono,
el sexo explícito representaba un valor añadido. «Lanz prevé que los distintos
ingredientes fluyan mediante el humor, ¿comprendes?». La palpable
profesionalidad y el enfoque irónico lograron engatusarla; a fin de cuentas,
una experiencia escénica garantizaba lo suyo.
Al cabo de la ristra de
indicaciones del personaje a cubrir, le propuso que leyera un fragmento del
diálogo. «Sé incisiva, chata. Recuerda que Karen ansía sonsacar al reverendo
Lloyd. ¡Venga, desde arriba!». A la tercera no miraba el folio e interpretaba
desinhibida. «¡Lanz llorará de felicidad contigo! —sustrajo un par de
documentos del cajón del escritorio—. En cuanto al contrato...».
El acuerdo estipulaba la
remuneración convenida a cambio de una jornada de rodaje, además del compromiso
de satisfacer las sesiones fotográficas tocantes a la campaña publicitaria, por
las que cobraría un jugoso dinerillo. En última instancia, la cláusula postrera
la ligaba a la entidad de cara a futuros trabajos. ¿Qué más podía pedir? Las
cosas pintaban nítidas y en perfecto orden, de manera que estampó la firma a
pies juntillas. «Concretaremos fecha de rodaje mañana o pasado. Procura atender
el recado, ¿de acuerdo? —Aconteció un amistoso estrechón—. ¡Bienvenida a bordo,
Cokaine!».
Al salir de allí no tuvo
paciencia para aguardar el ascensor. «¡Puf-puf...!», descendió la escalinata en
plan potro salvaje. Es probable que los envidiosos escupieran pestes de Lou, en
el momento en que aquella vorágine escultural atravesó la puerta del garito
donde la aguardaba, y lo estrujó, loca de júbilo. De sus sabrosos labios cereza
fluía un torrente imparable que cortocircuitaba las neuronas del pobre
muchacho. ¡Iba a actuar de veras delante de las cámaras!, insistió, en tanto
agitaba el guion que sostenía. «Inspira (ademán inductivo)...
Expira... Relájate... ¡Equilicuá!
Ahora, despacio, cuéntame», él gozaba de ese entusiasmo a similitud de un
lagarto al calorcito del sol. Nadiya despedía la pureza cristalina de una
mañana radiante sin final. Al solicitarle el libreto, descubrió que el diálogo
ocupaba numerosas páginas... y soslayó risueño el libidinoso cierre de la
segunda escena.
Conocedora del temperamento
bufonesco del británico, presupuso que la ayudaría. «¿A preparar tu papel?...
Desde luego, cuenta conmigo». Los clientes del bar, sutiles testimonios del
simpático numerito, a raíz del apasionado abrazo, esta vez detonaron en aplausos.
El reloj apremiaba si no querían
entrar comenzada la proyección de media tarde. La camarera, una mexicana de
caderas anchas, clisos prominentes y cabello trenzado, muy maja ella, rehusó
cobrarles las colas. «¡Da gusto contemplaros, parejita!». Lou correspondió a
tanta amabilidad con una contribución de diez pavos —auténticos— en el bote
(colecta a beneficio de la abuelita de alguien, la cual necesitaba una silla de
ruedas). ¡Todos felices!
Después de dos actos filmados en
suelo palestino e israelí, de veinticuatro canciones que oscilaban entre
vítores y discrepancias hacia el Mesías, de complots y sentencias, de treinta y
nueve latigazos escalofriantes, del sacrificio intencional y de un puñado de
esperanzas truncadas, decidieron estirar las piernas por el Tex-Mex Park.
Situado en el lado sudoeste de la periferia, el mayor jardín de Palo Largo
alojaba un magnífico estanque bordeado de fresnos y encinas. Entretanto
paseaban a la vera, comentando la música y el enfoque rompedor del drama
bíblico, un grupo
estrafalario los rodeó de
improviso. «
...», cantaban y bailaban al
sonHaredetambores,Krisna!HarepanderetasKrisna!Krisna!ychinchinesKrisa!Hare.Los
hombres,Hare! cuyos tiestos
rapados conservaban atrás un pequeño mechón, llamado
, vestían el típico anaranjado; las mujeres transitaban envueltas
en
llamativossikha de vivacesdhoticolores.
Una solasarismirada de mutua
complicidad bastó a la pareja para unirse a semejante cuadrilla, hasta que,
cansados de hacer el indio y hambrientos, fueron a comer perritos calientes en
el puesto ambulante de la entrada del parque.
—Cielito.
—¿Sí?...
—¡Oh!—Mostaza en el bigote, a las
tres.
—¡Ah!—¡Ji,ji...! La otra
comisura, tontito.
El día había apagado las luces
con tal rapidez que, quejicas, culparon al dios de comprimir el tiempo a
propósito. Tampoco importaba mucho, porque deChronosvuelta a la Catorce eran
dos llamas tan cercanas que solo se apreciaba un único fuego. ¿Hacía falta
decirlo? Chisporroteaba en las pupilas, en las voluntades y consciencias de
ambos. Sin lugar a dudas, el mañana los sorprendería bajo el
mismo techo.
El séptimo arte
A Garret Davis no lo apodaban
«pico de oro» por ser precisamente un orador
distinguido (a decir verdad,
carecía del don de la palabra), sino a causa de las
nueve pulgadas que medía su
miembro en estado sublime. Este portento de
muchacho gozaba también de
estatura aventajada, apariencia atlética digna del
David de Miguel Ángel, rasgos de
latin lover que recordaban al Valentino de los
años veinte, y pelo castaño
sinuoso en arremolinada profusión. Encima, para
deleite femenino
y celosía masculina,
esos ojos almendrados
azul turquesa
resplandecían igual que luz
derramada sobre aguas caribeñas.
Originario de Richmond
(Virginia), de mozo se trasladó a la ciudad de Nueva
York, resuelto a forjarse la vida
que soñaba, costara lo que costara. Las tempranas
apariciones en revistas efcake enseguida lo catapultaron hacia el
mundillo del
softcore gay. Durante aquella
época, desempeñó papeles secundarios en películas
de arte y ensayo subidas de tono
como Scrambled Eggs (Huevos revueltos)
(Clarence Rossi, 1969), o The Naughty Boys (Chicos traviesos)
(Wilbur Doyle,
1971), ambas filmadas en
dieciséis milímetros y con escasísima distribución.
Puesto que las producciones
heterosexuales obtenían mayor financiamiento y
anuencia, ávido de prestigio,
decidió cambiarse a la acera de enfrente. Sobra añadir
que ese talle y la monumental
herramienta dejaron a todo quisqui boquiabierto, y
pronto devino uno de los héroes
del ramo más reputados.
El tejemaneje que ocupaba a Lanz
Harper y Brenda Salerno exigía un reclamo
de máximo calibre que propiciara
la afluencia del público a las salas. John Holmes,
indiscutible rey del porno,
estaba liado haciendo del investigador Johnny Wadd en
Exotic Fre ch Fantasi s
(Fantasías francesas exóticas) (Michael McDermott 1974)
junto a Linda Lovelace, prima
donna del exitazo Deep throat (Garganta profunda)
(Gerard Damiano, 1973 ), por lo
que rechazó el ofrecimiento. En su defecto,
acordaron fichar a Davis de cara
a la secuencia de apertura. Matti Korhonen, judío
finlandés —en la actualidad
adepto de Osho (gurú del sexo y los Rolls-Royces)—,
dueño de una editorial, examante
y mánager del actor, recibió la propuesta cual coz
equina donde más duele: «¿Que
Garret interprete a un eclesiástico que le da al
ñaca-ñaca? ¡Acaso mascáis peyote?
¡Medio país codiciará nuestras cabezas!». El
tendido telefónico entre Palo
Largo y la Gran Manzana echaba chispas del frenético
tira y afloja. Empero, la fe
sobrenatural de los realizadores en el proyecto, su
actitud persuasiva capaz de
disuadir a Philip Morris de vender tabaco, y un
magnánimo redondeo al caché,
lograron inclinar la balanza.
El artista aterrizó según lo
previsto en el Palo Largo International Airp la
tarde previa al día de rodaje, y
fue recibido a bombo y platillo por el director, la solícita colega,
columnistas de prepago, incondicionales y curiosos entrometidos. Ya instalado a
cuerpo de rey en el célebre Hotel Mimosa, Harper le proporcionó una copia del
guion. «Estudia tu personaje, porque mañana iremos a contrarreloj», sugirió
antes de ausentarse.
Un suave aroma a sándalo
endulzaba aquella espaciosa suite del segundo piso. El trajín mundano irrumpía
a través de la terraza abierta de par en par, solapando los violines
melancólicos del hilo musical. Garret admiró ufano las comodidades que lo
arropaban: mobiliario de diseño, aspas suspendidas, televisión en color por
cable; nevera surtida de refrescos, un bol repleto de fruta madura, aperitivos
dispares, minibar intachable... Y, naturalmente, los clientes vips fruían del
grado máximo de atención. «¡Usted mande, que el servicio obedecerá!», le
aseguraron abajo. Fatigado del vuelo, anduvo a prepararse el oportuno
gin-tonic. Zapatos fuera,
bien repanchingado en el sofá,
estiró las piernas sobre la mesa baja y pegó un trago generoso al combinado.
¡Qué delicia nadar en semejante lujo!
Contiguo a los pies, reposaba el
de ; solitario, triste, remoto. Lo miró de reojo. No teníascriptni
pizcaInfinite:deA ganasSexOdysseydeempezar a leer. «¡Préndelo!... ¡Ábrelo!...»,
le musitaba la vocecita interior del tino profesional. «¡Olvídate y disfruta!»,
contradijo la desidia venenosa. E impasible, empinó el codo tan fresco. Estuvo
algunos minutos pendiente de las musarañas. Bostezó, se rascó el coco, luego la
entrepierna... Recompuso los cojines y varió de postura. Al encender un
cigarrillo, reparó al azar en el documento de marras. «Ignórame si quieres...
—parecía decirle—. De aquí no me muevo». La inquietud sobrevino abrumadora: «¿Y
si resultara ser el papelón de tu vida?... ¡Vamos, hombre! ¡Anímate!».
«¡Puñetas!»; lo pescó a desgana.
El reparto, de ocho participantes
(ninguna estrella adicional), encabezaba el impreso; extras al margen. En
virtud del trato, ejercía el rol de sacerdote. Pasó página. La sinopsis
concretaba: «Después de reconocer un enigmático objeto que había permanecido
enterrado bajo el suelo de la Luna desde tiempos inmemoriales, el eminente
teólogo, Rvdo. Helmut Lloyd, regresa a la estación espacial Daedalus con sus
conclusiones. Aunque este hallazgo es alto secreto, el
periódico , a raíz de una
filtración, resuelve enviar a Karen Kieslowski, su reportera
HotmásPressfisgona, descarada y ambiciosa, a ver qué averigua en el curso de la
entrevista que el religioso le concederá». «¡Puaj! ¡Menudo rollazo!». Volvió
atrás: una tal Cokaine Diamond representaba a la susodicha. «¡Oh, Dios!
¡Mujeres! ¡Qué pereza!». Arrojó el asunto de vuelta a chupar mueble. «Hum...
Quizá en conserjería sepan...». Y, vivaracho, alcanzó el teléfono.
Transcurrida media hora,
acudieron dos apuestos jovenzuelos. El de semblante andrógino aparentaba un
fideo quebradizo: huesudo, chico, de piel lechosa. Vestía un polo borgoña
brillante, pantalones de cintura alta acabados en enormes perneras, además del fino
pañuelo fucsia enroscado alrededor del cuello. El socio, recio en comparación,
usaba una camiseta color crema sin mangas y vaqueros estrechos.
—¡Uff! ¡Vaya dúo! —refunfuñó
Garret al abrir la puerta.
—Escucha, rey —el flaco exudaba
amaneramiento—: si albergas mejores planes, ahuecamos el ala y santas pascuas.
—¿Traéis lo que pedí?
—¡Pues claro, monada! —exclamó
este mismo, ofendido por la duda—. Enséñaselo, Ronny... —El colega extrajo del
bolsillo un frasquito de popper y tres papelinas de cocaína.
—¿Peruana? —mangoneó Davis.
—¡Del Boulevard, pastelito! ¡Oy,
qué macho! (pose afectada). ¡Carita de ángel y temperamento de demonio!
—Es buena —intervino Ronny.
—Está bien. Entrad y quitaos la
ropa. ***
¡Ring!... ¡Ring!... Garret
despertó sobresaltado del espejismo letárgico que lo arrebujaba. Yacía revuelto
entre los chaperos. Apartó de encima la pierna de uno, deshizo el enredo con el
brazo del otro y descolgó el aparato de la mesita.
—Aló...
La dicción manó enérgica cual
corriente eléctrica:
—¡Muy buenos días, míster Davis!
Me complace anunciarle que son las 6 a. m.
El cielo está despejado y la
temperatura exterior ronda los setenta y un grados. En breve le servirán
nuestro desayuno continental, que consta de leche, café, zumo de naranja,
brioche, cruasán, tostadas, mantequilla, mermelada y quesos selectos. ¿Alguna petición
especial, señor?
—¡Le—No,
deseono...—balbuciófelizjornada,amediocaballero!desperezarse.
—Agradecido. —¡Ding... ! Abandonó
la piltra y puso en pie aquel par a golpe de corneta—. Aquí tenéis lo vuestro
—les aventó la pasta camino del aseo como quien lanza una costilla roída a un
perro latoso—. ¡Abur, tíos!
Al cabo de tres cuartos de hora,
pulcro y saciado, descendió al vestíbulo. Un chófer de uniforme lo aguardaba.
«Sígame, señor Davis». Subió a la limusina, que lo condujo hasta el estudio
(antiguo hangar recompuesto), ubicado en el sector norte del polígono
industrial. Nada más pisar el set masculló: «¡La órdiga!». El decorado era
vasto, oblongo, hiperrealista. Dondequiera que observara dominaba un blanco
impoluto; la bóveda falsa despedía tanta luz que casi cegaba. A ambos lados,
aparte de las mesas blancas, circulares y amplias —cada cual rodeada de cuatro
sillones carmesí—, estribaban dos grandes aberturas desde donde podía
apreciarse el espacio exterior. A su derecha, diminuta, la Tierra. A la
izquierda: la Luna al alcance de un suspiro. En el centro del pasaje, se alzaba
un gran cilindro con compuertas cercadas de arcos azul fosforescente. Una
flecha de subida y otra de bajada indicaban el tráfico del presunto ascensor.
—¿Qué opinas del área de descanso
de la Daedalus, Garret? —Salerno surgió inesperadamente. Iba acompañada de una
veinteañera rubia.
—Impresiona,—¡Ey,Brenda!...¿eh?¡Joder,
extraordinario! —manifestó él.
—¡Ya lo creo! Da la sensación
real de estar en órbita. —Sí, je, je... Mira, te presento a Cokaine, tu
copartícipe. —Oh, encantado... ¡Mua!
—¡Mua! Ídem.
— ,
guapetones, ¡hora de vestiros! Seguidme, por favor.
JustoOkeycuando accedían a los
camerinos, ingresó un viejo escúter a toda pastilla. El individuo que lo
manejaba, de porte desaliñado, bajito y regordete, detuvo la carrera frente a
la expendedora de café. Descendió, se quitó el casco (ridículo, como de
juguete), e introdujo diez centavos en la máquina. Uno que circulaba cargado de
cachivaches le dijo:
—¡Buen día, director!
—Eso espero, Ortega —contestó al
tiempo que limpiaba las gafas—. Oye, ¿Jiménez ha solventado el problema del
robot?
—¿Y—La Jarvis?verdad... ni idea,
señor.
—Espléndido,—Preparando
gracias.lascámaras... imagino.
—Nos vemos, jefe. —El tipo
prosiguió.
Harper sustrajo el exprés y
atravesó la holgura del complejo en pos del chapuzas, al que esperaba encontrar
en el taller anexo a los probadores.
—¿Cómo va, genio?
—¡ ! —Jiménez encintaba un
cable—. Presumo que aguantará... — Cogió elÓrale,destornilladorpatrón y
restauró la cubierta del engendro mecánico. Este consistía en un simple
ortoedro, de unos dos pies de altura y longitud por uno de profundidad,
provisto de ruedecillas, hecho de metacrilato claro e iluminado por dentro—.
Cruce los dedos, «dire». —Empujó la palanquita del control remoto. ¡Bip-
respondíabip!,elchismefiel. progresó
adelante. Testó marcha
atrás, derecha, izquierda:
—¡Eres un fenómeno, chaval!
—LlegasSalernorecalótarde,apresuradaLanz...—lo
enreconvino,elminúsculomosqueada.departamento.
—¡Hola, Brenda! El puñetero
ciclomotor, que no arrancaba ni a puntapiés. —¡Jesús! ¡Tú y tu chatarra
cochambrosa! Ven conmigo. Restan cosas que
discutir. —Y, blablablá,
partieron recinto arriba.
Entretanto, en el vestidor,
guarnecido de pies a cabeza, Garret examinaba su reflejo con esmero. La sotana
de tafetán azul oscuro y hombreras pronunciadas denotaba un corte muy
futurista.
—El alzacuello aprieta igual que
una maldita soga —depuso luego de aclararse la garganta.
—Déjeme ver... —atendió la
responsable.
Una morena alta, delgada, que
trajinaba un baúl, cuya sonrisa ceñida escondía feos apliques ortodóncicos,
traspasó la cortina sin previo aviso.
—¿Puedo maquillarlo ya? —quiso
saber.
—Sí.—¿UltimasteDorothy
ayalalechica?arregla—replicóelpeinado.laseñora que ajustaba el collarín.
—Ajá—Vale,...
¡Perfecto,quédate,nena.mañosa!¿Mejor ahora, señor Davis?
—Siéntese acá —lo requirió la
estilista.
A las nueve clavadas hubo el
timbrazo de alerta. El personal aligeró a ocupar los correspondientes puestos y
situaron a la pareja de protagonistas en el sitio específico. Aquel ensayo
preliminar estuvo desastroso porque Garret ignoraba el diálogo; traba común a
la que se enfrentan los creativos que emplean celebridades de flaca vocación.
Pese a las pifias, extravíos y demás reveses, a fuerza de insistir y de los
chivatazos de Nadiya, logró retener lo básico.
Harper iba de acá para allá,
pendiente de mil historias, sin descuidar un ápice las interpretaciones. Era
cortés, de carácter calmo pero riguroso. En realidad, esa entrega que
derrochaba contribuía a generar un clima bonito de trabajo. «¡Atentos todos! —voceó
vía megáfono—. ¡Repetimos! ¡Desde el principio!». Tras el veloz ajetreo de
operarios arriba y abajo, silencio absoluto. Los camarógrafos mostraron sendos
pulgares. «¡Sonido y... grabando!». La claquetista cantó: «¡Escena primera,
toma tercera!». ¡Clac! «¡Acción!».
El plano general exponía al
clérigo acomodado enfrente de la formidable ventana, con la Luna argéntea
detrás y el insondable universo de fondo. Tomaba un refresco tan pancho,
mientras consultaba la pantalla de bolsillo. Varios figurantes transitaban por allí
a guisa de cívicos lugareños en la cotidianidad orbital, y había otros tantos
ocupando las mesas vecinas que simulaban charlar distendidos.
La segunda cámara emprendió un
trávelin hacia el signo de ascenso del elevador; parpadeaba cada vez más
rápido. ¡Ding!... ¡Ding!... ¡Ding!... Las compuertas se abrieron y apareció la
despampanante periodista. Llevaba puesto un trikini rojo intenso que apenas
cubría lo absolutamente indispensable. Lucía el cabello recogido de modo
vanguardista entre palos chinos fluorescentes en X, y unas atrevidas botas de
charol blancas remataban esa voluptuosa planta. Terminó
de pintarse los labios ante el ,
metió el en el bolsito dorado, y anduvo a reunirse a pasomultiangularseductorde
modelo deaerocarmínpasarela.
—¡Feliz hora, reverendo! Karen
Kieslowski, del —anunció vivaz. —Al amparo del Divino, hija —convino Lloyd,
alzándoseHotPress—. ¡Mucho gusto! —le
ofreció la mano al estilo
pontificio conforme a la etiqueta, si bien no disfrazaba
cierta apostura reprobatoria.
—Encantada de conocerlo
(inclinación sumisa y beso en la sortija). Ruego
disculpe mi aspecto; asistía a
una fiesta privada cuando me asignaron esta interviú
y... —Mandaré que le traigan ropa decente.
—¡Oh, vamos, excelencia! Un
caballero culto, sensato... atractivo como usted
(risita traviesa), es demasiado
severo. Recuerde que la estación espacial queda
exenta del protocolo de decoro
implantado por la Liga Católica. ¿Qué tal si nos
limitamos a guardar discreción?
—Hum... A la luz de las
circunstancias, la dispenso —transigió a regañadientes
—. Sentémonos (ademán de
beneplácito).
—Celebro tanta
empatía. Quiero agradecerle
también la enorme
disponibilidad; comprendo las
sujeciones inherentes a una agenda repleta.
—Qué mayor privilegio que
contentar a la prensa, hermana.
—Nada equipara el sumo placer de
acompañarlo, ministro (la frase espontánea
de Nadiya, cargada de
insinuación, hizo sonreír a Lanz).
En aquel momento, ¡bip-bip!,
apareció el robot: redujo la velocidad junto a la
muchacha.
—Identifíquese, por favor
—requirió el tono sintetizado. Ella puso la palma en
contacto; un potente brillo la
recorrió—. Escaneo completo. Bienvenida, señorita
Kieslowski. Ordene consumición.
—Tomaré lo mismo que monseñor
—indicó.
—El importe de una Saturn-Cola es
de catorce cubs; sumada la tarifa orbital,
asciende a diecisiete cubs con
veinte microcubs. ¿Procedo?
—Afirmativo.
—Demanda en activo. ¡Brrr!...
¡Chik, chak!... ¡Ziiiit...! —Abierta la escotilla
superior, afloró la botella y un
vasito de plástico transparente—. Saturn-Cola
suministrada. Han
sido deducidos de su cuenta
diecisiete cubs con
veinte
—No esperaba menos. —Karen
retiró la bebida
y, ¡bip-bip!, el
chisme
microcubs .
desapareció—. Tengo entendido,
padre Lloyd, que acaba de volver de la Luna, ¿no es así? —dijo en tanto sacaba
un aparatito.
—Fui invitado a la colonia para
presentar mi nuevo , en efecto.
—¡Oh, claro, claro! , un tratado
cyberbookineludible. ¿Le importa si registro nuestra charla? Virtud y castidad
—En absoluto. A propósito,
criatura, ¿notaste alivio espiritual según pasabas
sus ? —curioseó a título
privado—. La obra abriga esa modesta voluntadvideopáginas.
—Mmm... El caso, pastor, es que
debido a la pésima marcha de la
cuesta horrores leer cualquier
contenido...
Rimcom —Entiendo. Sí, por desgracia, la terrible oleada de vientos
solares dañó satélites clave de transferencia de la red informática mundial de
comunicación. Mas conserva tu fe; operamos en ello a espuertas. Los sistemas
implicados pronto
recuperarán la normalidad.
—De hecho, y permítame —continuó
Karen—, voces reacias acusan a la Liga Católica de obstruir adrede el libre
flujo de datos. ¿Desea pronunciarse al respecto?
—¡Virgen santísima! —opuso
quejoso—. ¡Inconcebible, inconcebible! Mi partido jamás urdiría maniobras que
disten de la ventura común. Gestionar a favor del pueblo, mujer, nunca en
contra; ahí reside el afán unitario.
—Estoy convencida. No obstante,
las averías de las que hablábamos coinciden con diversos rumores acerca de un
insólito elemento localizado bajo la superficie
lunar. ¿Corrobora dicho
encuentro?
—¡De ninguna
manera! —negó categórico—.
Además, ignoro tales
chismorreos.
—¿En serio? (mueca sorpresiva)...
Hay quienes aseguran que la coalición de
gobierno intenta encubrir este
descubrimiento a toda costa; ya nadie visita el astro
sin un permiso exclusivo. Llama
la atención que vuestra merced viaje allí justo
ahora.
—Como acabo de mencionarle,
señorita Kieslowski, regreso de dar una
conferencia. Falacias
y desacatos favorecen
siempre a intereses
mezquinos.
Prestarles oídos origina...
—¿Predicador Lloyd? —interfirió
un transeúnte de facciones esqueléticas, que
portaba traje amarillo a rayas
verdes, cartera metálica de oficinista y sombrero
rutilante en forma de madalena—.
¡Caramba! ¡En carne y hueso! Uy, perdone la
osadía; sigo regularmente su
actividad político-teológica y al reconocerlo me
venció el impulso. Solo quiero
que sepa que absorbo de cabo a rabo cada cyberbook
que publica, créame.
—Maravilloso, estimado feligrés
—Lloyd acentuó la sonrisa flemática de
muñeco de feria—. Encomiable
práctica.
—¡Mi esposa-bot MX-5 alucinará
cuando le cuente! Oiga, ya puestos, ¿sería
excesivo pedirle que santifique
esta humilde pantalla de bolsillo?
—Lo haré de buena gana, amigo.
Acérquemela.
La distracción vino de perilla a
Karen, que, disimulada, dejó caer una píldora
en el refresco del sacerdote. La
fugaz efervescencia diluyó el artificio por completo.
—¡Qué gran honor, vicario! ¡Qué
gran honor! Ea, no los entretengo más. Padre,
bella damisela, ¡disfruten de la
feliz hora!
—El Señor viva contigo, hijo mío
—Lloyd obró la señal de la Cruz mientras el
fan, deshecho en reverencias, se
retiraba. Luego, encogido de hombros, expresó—:
Lamento el intermedio, a veces me
abordan.
—No sufra usted —repuso la
cronista—. La fama lo aproxima al rebaño; lógico
que corresponda.
—Cierto, hermana, cierto. —Atrajo
la bebida y propinó un sorbo largo—. ¿Qué
comentaba?... ¡Ah!, que las
injurias que puedan difundirse, lo único que persiguen
es desestabilizar el actual pacto
de gobierno. Brindarles relieve embrutece la paz
que sacia los corazones nobles;
en consecuencia, el reposo mental soporta
tensiones innecesarias.
—Aun así, doctor, fuentes de la
propia colonia aseveran haber descubierto un
objeto muy elaborado que data de
antes de nuestros antepasados primigenios. La
cuestión inquieta, ¿verdad?
—Sin pruebas, todo el mundo está
en condiciones de afirmar sandeces,
apreciada parroquiana —objetó
desdeñoso.
—¿El reciente arresto y
aislamiento de la treintena de obreros coloniales
guarda algún vínculo? ¿Qué
criterio le merecen esas detenciones?
—¡Sucios anarquistas! (tez
contrecha de repulsa), detalla el informe de la
Jefatura Gubernativa. De ahí la
exigencia del control de tráfico al satélite. Admitirá
que las conductas rebeldes
comprometen el bienestar del colectivo residente.
—Tantas casualidades suscitan
reparos, pastor Lloyd, y la ciudadanía merece
veracidad.
—Honradez es cuanto recibe de
nosotros. ¡Confianza, chiquilla, confianza!
—Entonces... (vistazo a la
delicada pulsera-reloj —áurea, a juego con el bolso
—, seguido de una sonrisa
circunspecta). Entonces, digo, si enviaron a un
prestigioso teólogo, infiero que
el objeto en entredicho posee connotaciones
religiosas, místicas, ¿uh? ¿Voy
lo bastante encaminada?
—¡Oh, basta ya! —arremetió
Lloyd—. Estipulamos que la entrevista giraría en
torno a ; consentí a razón de
ello. Debo confesar, jovencita, que tu desfachatezVirtudrebasayCstidadmitemple.
—Vació el vaso de golpe y se puso de pie.
—¡Pero excelencia...!
—El tiempo representa un valor
demasiado útil para malgastarlo. ¡Feliz hora, señorita Kieslowski! —Al primer
paso, ¡ups!, vaciló.
—¿Está usted bien? —Karen
intervino en su ayuda.
—Yo... Siento náuseas... —trémulo
y sudoroso, parecía un escarabajo rociado con insecticida.
—¡Ay, pobrecito reverendo!
(sonsonete descarado). La fatiga a menudo pasa cuentas. Permítame guiarlo a la
alcoba para que descanse.
—Dios te bendiga, moza
—macilento, inestable, dejaba conducirse—. Este gesto piadoso enaltece tu alma.
—Despacio, despacio. Agárrese a
mi cintura...
En tanto avanzaban de espaldas a
la cámara uno, Harper gritó: «¡Corten!...
¡Genial, chicos! ¡Diez minutos de
descanso!». La soberbia actuación obtuvo fuertes vítores.
Parte de la plantilla formó cola
delante del lavabo. El resto salió fuera a fumar o a respirar aire puro. En el
ínterin, Salerno repartía botellines de agua a troche y moche; a la temperatura
veraniega cabía añadir el calor de los focos, por lo que mantenerse hidratado
era crucial. Después del breve receso, el director quiso rehacer la escena de
cara a grabar esos planos cortos e incisos que intercalaría durante el proceso
de edición.
Un toque a la una pregonó el
paréntesis del almuerzo. Actores, ayudantes, camarógrafos, extras, productores
y asociados corrieron a servirse. Aun cuando todos gozaban de apetito, el bufé
tuvo una acogida más bien tibia. «Este estofado de ternera huele fatal»,
gimoteó Lanz al acercarse a la bandeja. A su lado, Brenda sesgaba la cara, de
asco: «De no morir intoxicada, buscaré otro enseguida». La fortuna decretó que
los comensales abandonaran lacateringmesa indemnes, aunque apenas satisfechos.
El segundo tramo de la comedia
iba a suceder en el aposento del augusto capellán; entorno que acondicionaron
en la nave adosada, de menor tamaño que la principal. Harper dispuso aquel
plano de obertura de modo que únicamente encuadrara el rostro de Lloyd
—recostado sobre un cojín—, el cual figuraba que había perdido el conocimiento.
La cámara retrocedió poquito a poco y fue revelando el panorama completo: yacía
bocarriba, en pelota picada, amarrado de pies y manos a un gran lecho estilo
Luis XV, provisto de cabecero tallado y cubierto con pan de oro, tapizado en
color hueso. Apoltronada junto a la cama, la sagaz corresponsal se hacía la
manicura, entretanto tarareaba el éxito de moda. Distintas tendencias adornaban
la extensa habitación: mobiliario rococó, cuadros del
Renacimiento ( [Fra Angelico, ],
[Juan de Juanes,Virgen de la
],Humildadcomodestacables), así 1433como-1435unparLadeÚltimaesculturasCena
cubistas ( 1555-1562[Oleksandr Arjípenko, ]
y [Georges Braque,
]). Mujer peinándose 1914 Poisson
1940—¡Uff...! ¡Mi cabeza! —Lloyd despertó muy confuso.
—¡FelizKarendetuvohora,
padre!sufrívolo¿Sequehacerencuentray,mejor?alegre, aulló:
—¡Rayos y centellas! —maldijo al
verse en tal situación—. ¿Qué demonios significa esto?
—¡Calma, calma, hombre de Dios!
—Apagó el láser de uñas y lo guardó.
—Negativo—¡Cómoosas,—guaseóniña?...
ella.—forcejeaba—. ¡TE FALTA UN TORNILLO?
—¡Jesucristo...! —las correas no
cedían ni de coña—. ¡EXPLÍCATE DE INMEDIATO!
—Verás, Helmut (¿me permites
tutearte, Helmut?), necesito esclarecer qué diantre ocultan en la Luna y tú vas
a cantar de plano.
—¡Ugh...! —abrió los ojos como
platos— ¡Mala pécora! ¿Pretendes torturarme? —La fe asegura que los martirios
garantizan el Paraíso —adujo divertida—.
Pero traga saliva a gusto, cielo,
la libido desatará tu lengua. —¿Libido? ¿Mi libido? ¡Ja, ja, ja...! ¡Jo, jo,
jo...! —¡Caramba! ¿Y esas carcajadas?
—¡Acudo puntualmente a castración
química, necia majadera! ¡No experimento impulsos desde los dieciséis años!
—¡Ah!, lo sé... —replicó estoica.
—¡PUES LIBÉRAME DE UNA VEZ!
¡APÚRATE! —Seguro, rey mío. Tan pronto como vacíes el buche.
—¿Acaso padeces sordera? ¡TE
COSTARÍA MENOS SEDUCIR UN MULO! —Bueno, yo no pondría la mano en el fuego —rio
picarona—. Fíjate... —Señaló
el miembro del cura, que
asemejaba una columna de las del Partenón.
—¡SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS!
—Lloyd no daba crédito—. ¡ES...! ¡ES
IMPOSIBLE!
—El prodigio de los fármacos,
tesoro. Eché un comprimido en la cola que disparó tus niveles de testosterona.
—¡CONDENADA INGRATA! —rechinaba
los dientes del cabreo—. ¡ME DROGASTE?
—¡Ay! ¡Casi nada, exagerado!
Anda, basta de gruñir. —Se irguió de un brinco —. De acuerdo, ¡vamos allá! —Y,
glamurosa donde las haya, inauguró un destape tan ardiente que fundía el plató.
Ante aquel esplendor carnal
—pecaminoso entre los pecaminosos—, víctima del irrefrenable frenesí, Lloyd
apartó la vista.
—El Señor es mi pastor, nada me
falta: en verdes praderas me hace descansar. Me conduce a fuentes tranquil...
¡Glups! —Miró hacia abajo: Karen acababa de aprisionarlo con sus pechos, y los
agitaba de forma diestra, vigorosa; placentera—. ¡UUUGH...! ¡AAAH...! ¡Virgen
de la santísima Trinidad! ¡QUÉ DIVINA EXQUISITEZ!
—Retomemos el hilo, padrecito
(¡doing... doing!). Venga, descríbeme ese artilugio ultraconfidencial.
—Se... secreto de, ¡bufff...!,
estado, querida. Ningún detalle pued... ¡OOOH!, revelar. —La puñetera suspendió
el vaivén en seco—. ¡Ains?...
— ,
bribón —contrapuso harta lasciva.
—¡PorQuid prolas quollagas de
Cristo, continúa! ¡No resisto semejante tiesura sin el meneo!
—¡Ah-ah! Solo si desembuchas.
—¡Oh, sí, sí! ¡Soltaré incluso el
último detalle, lo juro! ¡Mas apiádate! ¡Deprisa! —Soy toda oídos... —E hizo
uso de la cavidad bucal—: ¡Slurp-slurp! —En
medio de impúdicos jadeos y
resuellos, Lloyd balbucía citas apocalípticas sin sentido concreto, hasta que
en pleno clímax escupió algo más que simiente:
—¡DESENTERRARON EL ROLLO CON LOS
SIETE SELLOS! —gritó durante el seísmo que sacudía su cuerpo.
—¡Cáspita, Helmut! ¿Te refieres
al de la profecía bíblica del fin del mundo? —Exacto, ¡arf... arf...!, el
mismísimo que desatará el Apocalipsis —sostuvo ebrio
de goce y terror a la par.
—¡Anda ya! —exclamó Karen,
limpiándose los morritos—. ¿Me crees estúpida? —Conforme explicita el Libro de
las Revelaciones, dulce lirio, el advenimiento del Juicio Final resulta
inequívoco; largas centurias de minuciosos análisis lo
ratifican.
—¡Bah! ¡Es una auténtica locura!
¡Cabe margen de error, digo yo!... —Empero, la ostensible desolación del
eclesiástico, anegada de amargas lágrimas y rezos expiatorios, consiguió
amedrentarla—. ¡Madre mía! ¿De veras nos aguarda...?
—La ira del Cordero desatará los
cuatro jinetes. Martirios, cataclismos, los juicios de las trompetas y las
copas... la devastación absoluta, ángel mío. El ocaso de todo bicho viviente.
—¡HOSTIA PUTA! —La gachí empezó a
pegar botes como una loca—. ¡GANARÉ EL PULITZER POR ESTE REPORTAJE! ¡EL MALDITO
PULIT...!
—¡NI PENSARLO, DESDICHADA! ¡De
divulgarse, cundiría el pánico! ¡El caos! —Desde luego —asintió cáustica—. Si
bien, saborearé un instante de gloria
antes de palmarla (¡no te jode!).
—¿Ah,—¡NO, sí?CRIATURA,...¿Cuál?
—reaccionóNO!¡Existeciertointrigadísima.atisbode esperanza!
La fisonomía del párroco esbozó
el clásico optimismo infundado del dogmático.
—Días atrás, captamos señales del
Creador provenientes de Europa (sexta luna de Júpiter) —expuso—. En respuesta,
nuestra Agencia Espacial ha previsto la nave que conducirá allí al grupo de
ilustrados más selecto de la Tierra jamás reunido.
—Conque aspiran a negociar, ¿eh?
—¡Esos sabios suponen la última
baza de la humanidad, chiquilla! Quizá sus argumentos, ruegos y promesas,
logren aplacar la cólera del Todopoderoso y considere perdonarnos.
La periodista, indecisa, sopesó
el contexto unos segundos.
—¡Muy bien! ¡Cremallera entonces!
—dijo a la postre—. Sin embargo, reverendo, mi discreción tiene precio...
—admiraba aquel prodigio de falo, recompuesto y jubiloso.
—¡Degenerada! ¿No pensarás
arrebatarme la castidad a cambio de tu silencio?
—Chico, esto parece cumplir mejor
que el de cinco velocidades...
y yo merezco una compensación
—argumentó rotundaFemi-Orgasm. —¡Santo cielo! ¡Tanta desvergüenza trasciende
los límites! —¡Ánimo, machote! ¿No conducen los sacrificios a la santidad?
Lloyd alzó las cejas.
—¡Pues—Err...Sí,hala,sí...
Helmut—farfulló,mío!echándole¡Altajo! coraje.
De esta manera, la filmación del
impresionante coito puso el broche de oro a la
secuencia primaria de .
La calurosa, prolongada e intensa
jornada de trabajo había agotado a todos. InfinitHarper: A Sex Odyssey
Mientras el equipo de desalojaba,
la cuadrilla de tramoyistas invadió las instalaciones a fin de armar el
siguiente escenario. En lo que concierne a Garret Davis, fue el primero en
largarse, puesto que volaba de regreso a Nueva York aquella misma noche. ¡Feliz
hora, reverendo!
Harper venía del acceso
principal, después de librar el metraje rodado al mensajero del laboratorio,
cuando tropezó con Nadiya, que se marchaba también.
¡Majestuosa!—¡Hete aquí a Karen Kieslowski! ¡Muñeca, lo bordaste! ¡Fantástica!
—Muchas gracias, señor Harper
—correspondió alborozada.
—Y, a diferencia de otros, traías
el texto al dedillo, ¿eh? (guiño afectuoso).
—Mi novio tuvo la gentileza de
preparar el papel conmigo. —¡Vaya! Apuesto a que dio la talla de sobra —atinó
picarón. —¡Ja, ja, ja...! Escuche, Lanz, ¿puedo preguntarle una cosa? —Una y
basta —bromeó.
—¿No teme usted que la película
levante ampollas entre los conservadores reaccionarios?
—Venden cremas para eso en
cualquier farmacia... —insinuó mordaz.
—Ya, je, je... Pero tal vez
intenten boicotearla; pienso en lo que cuesta producir
este tinglado y...
—¡Qué maja! —apreció
enternecido—. Verás, cariño, si los artistas no hacemos escarnio de lo
sacrosanto, ¿quién sino?
El pitazo del taxi que la
aguardaba los indujo a agilizar el adiós. Intercambiaron deseos de suerte y
grandes triunfos mediante un cordial abrazo. «¡Hasta la vista!». Nadiya montó
en posesión del cheque nominal que Salerno sustrajo del talonario, a su paso
por el camerino tras el rodaje. Como Lanz, quiso aplaudir la fiereza magnética
que vertió en el personaje. Dos besos y el recordatorio del inminente proceso
publicitario concluyeron la diligencia.
—Calle Catorce, a la altura del
puente, porfa —indicó al conductor.
Del trote, notaba la entrepierna
un pelín resentida. «A saber cuánto cobrará el mentecato de Garret por dejarse
menear», caviló irónica. Menudencia aparte, asumir el rol de esa reportera
empoderada en un género cinematográfico donde dominan las miras masculinas la
enorgullecía. ¡Y qué caray!, mofarse de la institución católica tampoco sentaba
nada mal. Absorta en los laureles, la asaltó uno de los simpáticos aforismos de
Lou, que decía: «El orgullo requiere similar trato al de un perrito faldero:
conviene sacarlo de paseo, aunque si le das rienda suelta acaba dirigiéndote».
Sonrió taciturna. El británico hizo promesa solemne de que la cena estaría
lista en cuanto llegara.
Un hombre en casa
La cajera del estaba tan poco
acostumbrada a ver varones que adquiriesen artículosdrugstoredeuso genuinamente
femenino, que cuando Lou vació el canasto de potingues cutáneos, toallitas
desmaquilladoras, tampones higiénicos, colorete, champú para cabellos rubios,
acondicionador a juego y demás, no pudo reprimir el impulso de sonreírle. El
inglés le devolvió la simpatía, al tiempo que repasaba una lista interminable
—de puño y letra de Nadiya—, antes de enfundarla en el bolsillo trasero del
pantalón. Y lejos de perder la chispa jovial que lo caracterizaba, metió el
surtido entero dentro del carro de la compra que traía consigo. Satisfizo el
pago librando un billete de veinte más falso que una disculpa de Henry
Kissinger, la cándida empleada le entregó la vuelta en moneda legítima, y
abandonó el comercio en dirección norte con una tonadilla pegadiza que acababa
de ocurrírsele. «... Da, da, daada, da, da, daaa... Da, da, dada, da, da,
daaa... ¡A Blue le pirraría esta idea!».
Contento a semejanza de ese
colegial revoltoso que perpetra otra barrabasada de las suyas con total
impunidad, notaba el ligero soplo del viento del este mimarle las facciones
cual caricia entrañable. A su vez, la temperatura cerca del mediodía de aquel jueves
quince de agosto era de veras acogedora. Un día así de fenomenal instaba a
echar toda la carne en el asador de la vida. Y salvo que la bonanza no colmara
de éxtasis el cupo, solo cabía contemplar alrededor: los servicios de gestión
de residuos restablecieron las funciones a principios de semana; ahora las
aceras lucían el doble de anchas, despejadas de repulsivos moradores de
alcantarilla, y el ambiente viciado de la calle Catorce al menos no daba grima.
Canturrea que canturrea, dos
tramos vía arriba se paró delante del taller de autos. Algo le rondaba la
sesera. Apenas traspasar el umbral, descubrió a Mary Jane, que, de espaldas a
él, retiraba a martillazo limpio la puerta de un Oldsmobile Cutlass hecho puré,
lo mismo que el corazón de un amante despechado. A saber si las víctimas del
siniestro permanecerían aún en el reino de los vivos...
—¡Buenos días, amigo! —la abordó.
Ella detuvo el estruendo, volteó la cabeza y le lanzó una mirada ambigua—. ¡Uy,
disculpa! (sonrisa balsámica). ¡Amiga! — rectificó enseguida—. Lamento
molestarte, pero arrastro este pequeño contratiempo desde que partí de casa
—empujó el carrito: ¡ñic, ñic, ñic! Hacia atrás, ídem—, y pensaba que quizá una
gotita de aceite...
—¡Claro, tío! —Anduvo risueña en
busca del pote de WD- y roció ambas
ruedas—. Prueba de nuevo. 40 Eso
hizo: ni rastro del chirrido de marras.
—¡Muchas mercedes! Lograste
regresarme la cordura.
—¿Tu qué?...
—¡Ah!,—Sensatez.ya.De nada.
—A propósito, ¿adquirís vehículos
usados? Necesito vender una motocicleta. —Hum, pues no sé... —desprevenida,
restregó las manazas grasientas contra el
mono—. ¿Qué marca?
—Honda, la CB ; una máquina
excelente. Tras millas y millas encima de esa «burra» todavía rebuzna750 de
maravilla. Incluyo dos alforjas grandes, una mediana y baúl trasero. Precio a
pactar. ¿Te interesa?
—Bueno... Deberías planteárselo a
Barry, el jefe, aunque no está. Vuelve luego y lo pescarás.
—Esta tarde me viene fatal
—objetó—. Mañana, si acaso.
—A tu bola, tronco.
—De acuerdo, entonces. ¡Chao!
(aupada de palma).
A la altura de la esquina, el eco
del estribillo desbocado que provenía del receptor de Carl lo atrajo igual que
si percibiera canturreos de sirena. El gentil limpiabotas, que afrontaba la
falta de clientela con el aplomo de los primeros mártires canonizados, movía el
pie derecho al compás. Lou observó ese detalle y le dijo:—¡Parker y Gillespie!
¿Acierto?
—Oh,—¡Vaya!estas¡Entiendepiruetasustedarmónicasdejzzson,caballero!inconfundibles—celebró...
el afroamericano.
—¡Buf! ¡Y que lo jure! Causaron
auténtico revuelo a mediados de los cuarenta. Aún recuerdo cuando nos
congregábamos alrededor del tocadiscos para devorar el flamante estilo. ¡Dios
mío, qué tiempos aquellos! —manifestó lleno de nostalgia.
—Sí, sí. El supuso un giro de tuerca, no cabe duda.
—¡Qué le voybebopacontar! ¡La
bocanada de aire fresco de mi generación, en pocas palabras! Las melodías
sonaban alocadas, punzantes, atrevidas, y, sobre todo — torció un gesto
mordaz—, irreverentes.
—¡Ja, ja, ja...! Entiendo.
—Por cierto, muchacho —examinaba
su mejilla—, ¿cómo evoluciona el arañazo?
—¡Ah, genial! Solo me acuerdo al
afeitarme —exteriorizó palpándose la herida cicatrizada.
—Bien, bien... Conque la rubia le
ha endosado la compra, ¿uh? (tono chistoso) —empero, la mueca confusa del
interlocutor lo indujo a excusarse—: ¡Ups, perdone! A intervalos los veo entrar
y salir juntos. En modo alguno pretendía...
—¡Tranquilo, compadre! Iba a
comentarle que, de momento, no acarreo sino que cosméticos; «sus ungüentos», en
concreto, je, je...
—¡Aaah, las mujeres! ¡Cuanto más
presumidas, más bellas! ¡Usted es el suertudo beneficiario! (guiño picarón).
—Imposible—Deverdad
refutarqueformaneso, señorunaparejamío.
—Afloraronlamardemaja,carcajadas.forastero.
—¡Un—Muyplacer!amable.Carl¡Oh!,Drayton,soyLoua
—alargósuservicio.lamano—, Lou Hutchinson.
—Tanto gusto, señor Drayton. En
fin, si me dispensa, terminaré los encargos, porque la crema hidratante, por
deliciosa que huela, no cundirá a la hora del almuerzo.
—¡Gracias!—Evidente —rio Carl—.
¡Bienvenido sea!
Chino chano, unos pasos después
cruzó a la orilla contraria. Al ingresar en el colmado, saludó cortésmente a
las señoras Wilson y Harrison —que cotorreaban, dale que te pego, adosadas a la
caja—, estacionó el carrito, sustrajo una cestita de la pila de cestitas, y
recuperó el dichoso memorando. El camembert encabezaba la relación de
comestibles. «¡Puñeta!». Contuvo el aliento e irrumpió veloz en la zona
«prohibida» de los quesos.
Despistado aquí y allá en
cumplimiento de las exigencias anotadas, un enérgico ¡mecachis en la mar
salada! lo alertó de improviso, de forma que fue presto a indagar: Ágata había
derramado mogollón de manzanas al final del pasillo.
—¡Diantre de caja! —maldijo la
mujer—. ¡El fondo cedió como papel vegetal! —Permítame —Lou capturó un cubo del
departamento de limpieza y se puso a
recogerlas.
—¡Olvídelo, olvídelo! Yo lo
arreglo.
—Descuide. Tardo un minuto.
—¡Ágata? —el señor Wilson asomó
la calva desde la trastienda.
—¡Todo en orden, Benedict!
¡Cayeron unas golden y este chico tan amable me ayuda! —contestó enérgica.
Falsa alarma, el marido volvió a su guarida—. No lo reconozco a usted, joven
—introdujo a continuación, rabiosa de intriga—. ¿Es la primera vez que visita
nuestro establecimiento?
—Acudí el viernes pasado, en
realidad —participó él.
—Ah. Lo despacharía mi esposo...
—Según parece —apresaba la última
pieza de fruta—. ¡Listo! ¿Dónde las...? —Acá mismo. ¡Dios se lo pague, castizo!
Lou depuso la carga y prosiguió a
lo suyo. Nada más presentarse ante la registradora, cómo no, ella quiso retomar
el hilo:
—Así, hijo —procedía detallando
las adquisiciones casi a cámara lenta—, ¿está de paso o...?
—Eso creí en un principio —indicó
irónico—, si bien, ahora resido ahí enfrente.
—¡Ah, caramba! En tal caso,
espero atenderlo a menudo.
—Este será el único supermercado
que pise. ¡Palabra de ! (ademán
acorde). scout
—¡Uy, qué simpático, ji, ji...!
¿Y... lo retiene la faena? ¿A qué se dedica?, si concede la indiscreción.
—Trabajaba de tipógrafo, pero al
trasladarme...
—Entiendo. La de vuelcos que da
la vida, ¿verdad? ¡Ay!, siempre pendientes del rigor de la suerte; somos hojas
que empuja el viento. ¿Y... busca empleo a lo mejor?
—En líneas generales. De hecho,
acabo de «aterrizar», y entre pitos y flautas. —Lógico —consideró magnánima—.
De interesarle, preséntese en la South
Automotive; fabrican piezas de
plástico para automóviles. Pitt Addams, el gerente, es un antiguo conocido y
suele faltarle personal.
—Naturalmente. ¿Dispone de las
señas?
—Sí, desde luego. —Interrumpió el
recuento a fin de sacar una tarjeta del cajón —. Tome. La empresa queda a cinco
manzanas; no le costará localizarla.
—¡Estupendo! Agradezco la
gentileza.
El señor Wilson entró en escena:
trajinaba la carretilla desbordada de productos varios a ritmo de ministro.
Comprobó que su mujer y el nuevo cliente empatizaban a las mil maravillas. No
les dijo ni mu y progresó hacia el fondo.
Al cabo de unos minutos, Lou
desapareció tras el tilín de la puerta, y a Ágata le faltaron alas para
emprender el vuelo adonde Benedict reponía género.
—¡Ay, qué encanto de chico,
cariño! A los de por aquí les aprovecharía media onza de la intachable cortesía
que desprende.
—Seguro —asintió él.
—Y tal cual habla, demuestra
cierto grado de instrucción. Me pregunto qué
diablos hará en estos lares...
—¡Venga—Eselmaromoya,bobo!de
¡Telapelandusca.loinventas!
—En absoluto. Días atrás los
sorprendí acaramelados al lado del congelador. Aquel impacto favorable de Ágata
se deshizo de un plumazo, como cuando el
lobo feroz sopló y sopló la casa
de paja del cerdito holgazán. La estampa de Lou fue arrojada de inmediato a la
marmita ponzoñosa del «dime con quien andas y te diré quién eres»:
—¡Farsante! ¡Crápula! ¡Proxenetas
en el barrio, el remate final! —y santiguándose—: ¡Jesús, María y José! ¡Qué
desperdicio de juventud!
De vuelta al piso, el británico
halló a Blackey sentado en mitad de la escalera. Puesto que los demás niños
jugaban fuera, encontrarlo allí tan solito y apacible le produjo extrañeza. A
la demanda de si le sucedía algo malo, replicó con una negativa y dijo que
meditaba. «¡Vaale!... A tu rollo, "compi". Yo me esfumo». Sin
embargo, a punto de alcanzar el último peldaño, el mozalbete lo reclamó, aunque
devino en un titubeo galopante; lo que fuera que reptaba a ras de su mollera no
conseguía deslizarse garganta abajo. Lou presupuso que tenía menester urgente
de escupirlo. «Acarreo suministros que requieren frío. ¿Me acompañas y
charlamos dentro?». Sugerencia aceptada, accedieron a la vivienda.
Sobre la mesa descansaba un
montón revuelto de octavillas, todas exactas, impresas en amarillo y negro.
Blackey estiró la primera que le vino: era impactante, psicodélica; repleta de
espeluznantes caricaturas mezcladas a lo loco, que bebían, reían y celebraban
en torno a una veterana de color, con cara de vinagre aguado y pertrechada,
además, de un rifle mastodóntico. Excepto por la disparidad étnica,
recordaba muchísimo a esa Ma
Barker de la película (Mamá sangrienta); drama criminal que disfrutó en
compañía del tíoBloodyEmmett,Mamaamediados de primavera, en la sala Palo Largo
Movies. El enunciado de la parte superior, cuyas grafías deformes parecían
salirse del papel, como aumentadas a golpe de fuelle, publicitaba —a raíz del
décimo aniversario del Funny Fairy— una gran fiesta para aquel imperioso
atardecer. Entretanto examinaba los detalles de la enrevesada filigrana,
solicitó:
—¿Y tu novia?
—No tardará, sospecho —Lou
vaciaba el carrito—. ¿Te gusta el panfleto? Lo compuso ella.
—¡Mola cantidad! ¿Iréis?
—Sí. Cokaine y la jefa del local
son viejas camaradas. —Abrió la nevera—. ¿Soda, campeón?
—Paso, gracias. —Y regresó al
cautiverio silencioso de su ansiedad. Mas, en cuanto los refrigerados
estuvieron a buen recaudo, burbujeante de audacia, disparó a quemarropa—: Oye,
¿cómo es hacerlo con una tía?
El otro retuvo el ¡ay, madre!, y
en lugar de eso profirió:
—¡Caray! ¡Las faldas acechan!,
¿eh, truhan? Debí figurarme por dónde silbaría
el tiro, je, je...
—¡Respóndeme, jolines!
(inquisitivo).
—¡Calma, tipo duro! (guasón).
Mira, en esencia resulta muy grato, divertido, bonito... Lo apreciarás, pierde
cuidado.
—¿Pero es lo mismo que... (vaivén
a mano alzada) o pasan cosas distintas? ¿Qué ocurre exactamente? Porque dime,
¿de qué manera empiezas a...?, ¿quién de los dos...?, ¿tengo que arrimarme yo
o...?
—¡Soo caballo! —lo cortó,
abrumado. Y detrás del inaudible ¡arrea con el crío!, adujo—: Me pides un
manual, colega, y las dinámicas varían de idilio en idilio. Influyen mil
factores: los involucrados, la ocasión, el ardor, la experiencia... —
Frustrado, Blackey arrugó el morro—. De acuerdo, hum... A grandes rasgos,
acontece que durante la fase de besos y caricias, una deliciosa e intensa
embriaguez adopta las riendas.
—¿En plan piripi? —interpuso
embarullado.
—¡No, fiera! Uno siente inquietud
a la vez que sosiego, el corazón late fogoso, los pensamientos desertan, el
tiempo se desvanece bajo las profundidades del deleite; algo así como soñar
despierto. ¿Sigues el rollo? ¡Bien! A merced de dicho fervor, anhelas descubrir
el cuerpo de la doncella; probablemente ella actúe igual y poquito a poco os
desprendéis del ropaje. Entonces, en estrecha fricción con esa
piel suave, envuelto en la
vaporosa fragancia femenina, y ávido de saborear el sinfín de sutilezas que
alberga, permitirá que le introduzcas el miembro. Lo inminente, je, je...
transcurre tan rítmico como placentero. ¿Satisfecho?
—Pse, imagino... —musitó
dubitativo.
—Amigo mío —le puso la mano en el
hombro—, conocer implica práctica y viceversa; paciencia y barajar. A todo esto
—continuó suspicaz—, apostaría a que este desespero entraña un motivo concreto.
¿Uh, briboncete?
—¡Bingo!—Sallydesea¿Sally?una...citaMmm,asolasnocaigo.enel
puente, hoy al ocaso.
—La de las trenzas —precisó el
rapaz.
—¿Tú—¡Oh! crees¿Aquellaque
pelirrojaplanea...?pecosa? ¡Linda zagala!
—Hombre, todavía sois jóvenes, y
tampoco suele acaecer en el transcurso del primer encuentro. Las prisas juegan
un mal papel, recuérdalo.
—¿Algún consejo?
—¡Suelta—Ah-ah—negóunosiquiera!Lou—.
¡Porfa,Cadadamaporfasupone...! un mundo.
—Tú procura que esté a gusto
contigo. ¡Ah!, y no olvides tomar precauciones cuando corresponda. ¿Copias el
tema, machote?
—¡Genial!—¡Ajá!—BlackeyHale,acércamealfintraslucíaesoscereales.alivio.
Ordenar el resto de víveres no lo
exoneró de atender más cuestiones tediosas, ya que el chiquillo hizo una
encuesta acerca de determinadas prácticas que había visto en las publicaciones
que papá recababa a hurtadillas de mamá. Acorralado contra las cuerdas del
escabroso cuadrilátero de la libido pura y dura, sin posibilidad de fugarse, la
súbita intrusión de la compañera vino a representar el merecido ¡ding-ding! del
final del asalto.
—¡Blackey! ¡Menuda sorpresa!
—cumplimentó afectuosa ante la inesperada presencia.
Lou batió un ojo a su amiguete,
en tanto declamaba las altezas del gran apoyo que acababa de prestarle. Nadiya
encomió tamaña diligencia con la socarronería de quien adivina turbias intrigas
varoniles. El beso inaplazable de la pareja produjo tal sismo, que Blackey
temió por la estructura del edificio.
—¿Te quedas a comer, cielo? —le
propuso la gachí—. Toca pollo frito, ¿verdad, Lou?
—¡Ñam, ñam!
—¿Convencido?—No,no...—repuso—insistióelchaval.ella.
¡Tú, —Sí,bigotudo!meaguardan en
casa. —Al atrapar la puerta, dio un viraje repentino—:
—¡Eres—¡Alaorden,guay!
¡Adiós!misargento!—Ycerró(señatrasmilitar)desí..
—¿Qué?Bajolanariz...—exclamódeNadiyasuescapabaamadísimo.una
risita satírica, maliciosa.
—Nada, nada. Ni mucho menos
perseguía fastidiar vuestras confidencias, ji, ji...
—¡Buff! ¡De buena me libraste,
nena! ¿Cómo demonios iba a explicarle los procederes de un trío amoroso si
nunca he participado en uno?
—¿Chicas y chico —se tronchaba— o
chicos y chica? —Total, a base de tirarle de la lengua, supo incluso del
romance Sally-Blackey.
—¿Contenta, señorita chismosa?
(aburrido de tanta encuesta). Bueno, ¿y qué la sesión de fotos? Cuenta.
—A pedir de boca —contestó
descalzándose—. La agencia posee una finca en la zona residencial sur: moderna,
lujosa, jardín amplio, piscina rodeada de sombrillas y hamacas; increíble, en
serio. Querían retratarme mojada, así que llego fresquita del chapuzón, je,
je... Brenda asevera que a final de mes saldré en tres o cuatro revistas.
—¡Bah,—¡Uau!
tontito!¡DirectoFruyesalquioscodemíapenasadiario.las repartan!
—Aparecerán otros bellezones
aparte de ti, presumo...
—¡No,—¡Ah,
sííícosquillas,...?¡Conqueno! esas—suplicabatenemos!,ala¿eh?fuga—.—Y
¡Cosquillas,selanzóaporno!él.
—¡No huyas, cobardica! —Corre
corre que te pillo, logró arrinconarlo en el sofá —: ¡Toma, bellaco, toma! (a
los costados, y sin piedad).
Lou avanzaba imparable una novela
a partir de las notas recopiladas a lo largo de casi dos años en la carretera.
Su intención era la de narrar de manera autobiográfica esa insólita aventura
que, por motivos ostensibles, dejaba atrás. A despecho del tiempo que pasaba
atascado en la biblioteca o erre que erre en el apartamento, Nadiya, colmada de
orgullo, aplaudía la iniciativa cual animadora deportiva de faldita mini y
esponjosos pompones multicolor. Ni una pizca de extrañeza la invadía si durante
el reposo nocturno despertaba y, clisos entreabiertos, detectaba al muchacho en
el rinconcito habilitado para él junto al armario (mesa sórdida recogida de la
calle, llena de papeles, libros, notas y folletos), a la tenue claridad de un
viejo flexo. El escritor genuino que llevaba oculto, liberado como el genio de
la lámpara maravillosa, desasía la magia a deshoras: lo arrancaba sin más de la
cama, del sillón, a medio almuerzo, o incluso de sus brazos. A veces,
amodorrada en el lecho, observaba aquel vórtice entusiasta que le recorría la
espina dorsal ahí sentado, mientras decantaba, palabra a palabra, reseñas de
sitios lejanos, experiencias relevantes —buenas y malas—, o ahondaba en
caracteres de personajes destacados que trató acá o acullá. Y, ufana,
anticipaba la pericia quirúrgica que hilvanarían esos razonamientos suyos;
óculos de lucidez donde todo simula cerrado u oscuro. En cuanto el sopor volvía
a apoderarse de ella, se arropaba en la certeza de que mañana encontraría una
tanda fresca de cautivadores párrafos.
El curso del proyecto la tenía en
ascuas y, lógicamente, coronado el alegre tormento, lo sondeó al respecto.
—Pienso titularlo —dijo
resuelto—. ¿Qué opinas? —¡Ah! ¡Muy oportuno! Refleja el espíritu de tu viaje a
las mil maravillas.
Carret raHondaymnta
—¡ ! Voy a vender la y adquiriré
una Olivetti de segunda mano y diccionarios;Okey estoy hastiado del moho de la
biblioteca.
Ella sentía bastante apego hacia
el par de ruedas (las consideraba emblemáticas del vínculo entre ambos), de
modo que semejante pragmatismo le cayó encima igual que un piano de cola.
—¡Coge el parné del fondo de
Wilma, hombre! —Prefiero evitar riesgos innecesarios —fue la respuesta. —¿Por
qué? ¿Intuyes problemas?
—Ninguno, de momento —aclaró—.
Aunque bien seguro, a estas alturas, los federales investigan a conciencia el
origen del dinero falso. Tratándose de sumas insignificantes y dispersas,
equivale a buscar una aguja en un pajar; no obstante, si prolongo la actividad
fraudulenta, quieto en Palo Largo, mermará mi ventaja.
Lou—Vale.opusoYo
cubrounvisajeelgastorotundo.yconservamos la moto.
—No comprendes lo que intento
decirte. —Y le entregó la tarjeta de la South
Automotive.
—¡Impresionante! —enseguida
dedujo su procedencia—.
¡Esa sor María
metomentodo debe cobrar comisión
por cada sujeto que remite! Cariño, esto ni de
coña casa contigo. ¡Es labor de
autómatas, y las condiciones laborales nefastas!
—¿Puedo sugerir el adjetivo
«provisional»? ...
Nadiya empezaba a excitarse.
—A ver, atiende un segundo. Desde
la peli, nadie me toca un pelo; poso y gano
pasta. ¿Despilfarrarás tus dotes
en una fabricucha de mierda sin necesidad?
—¿Crees que Brenda te confiere
trabajos «a medida» porque se lo pediste
amablemente? —replicó a ceja
alzada.
—Chico, fui bien clarita:
desnudos y punto. Y cumple a raja tabla.
—Sí, solo que ahora la beneficia
que aparezcas en magazines soft de cara al
estreno del film, así atrae
público de clase media y crea expectativa. ¿Preservará el
acuerdo posteriori?
—Ostras... —flaqueó ella.
—Aquí está. Elijo aceptar el
puesto a que dentro de cuatro días retornes a lo que detestas.
En efecto, Nadiya había puesto
freno a los retozos de carácter profesional; no a causa de ninguna queja de
Lou, sino que fue un arbitrio a cabalidad suya. Ni corta ni perezosa, llamó a
la agencia, concertó cita, y expuso de forma espontánea que la relación
afectiva que mantenía alcanzaba tal nivel, que recelaba de mezclar la
exquisitez del chocolate chocolate con sucedáneos faltos de auténtico cacao,
ergo rebajaría las expectativas de pureza que el paladar codiciaba. El tono
franco y apelativo de la metáfora provocó una sonrisa concorde a la elegancia
de la representante, quien le propuso varios reportajes fotográficos destinados
a publicaciones mixtas; combinación de destape y artículos de actualidad.
Agradecida por el trato preferencial, jamás cayó en la cuenta de que quizá la
manipulaban,. a efectos de deshacerse de ella una vez servidos los intereses de
marketingConjeturas e hipótesis a un lado, el inmovilismo de Lou la perturbaba
a título de enfermedad fatídica. ¿Acaso el hado exigía cercenar las alas al más
libre de los pájaros, ahora que desplegaba aquel potencial indómito? Pitt
Addams pagaba sueldos roñosos a cambio de jornadas interminables entre
maquinaria de inyección de plástico, polvo de pulidoras, vahos poco
recomendables, ruido ensordecedor, gritos de apremio, y una temperatura que
derretía el yeso de las paredes. Los reportes provenían de obreros de la planta
que despilfarraban su miseria en amoríos de prepago, de ahí que conociera de
sobra donde estaba dispuesto a meterse.
De golpe, el espectro de un
pasado lúgubre y remoto la cautivó, al evocar el matadero de conejos de Bosque
Farms: ese hedor nauseabundo a sangre y vísceras, sazonado de verborrea
chirriante de compañeras impasibles; los continuos vistazos a un reloj cuyas
agujas se negaban a impulsar las horas; el tedio delante de la cinta
transportadora, atestada de raquíticos cadáveres de ojos extintos; los apuros
derivados de cumplir la cuota de despiece... Y, a la postre, el zumbido
estrepitoso de bombardeo anunciando el final del turno, que, en realidad,
iniciaba la cuenta atrás hasta la vuelta. ¡Ajjj! ¡Los designios prevalentes
carcomen la voluntad mediante la alienación!: producir, comprar lo que
fabricas, y dejarte el pellejo en la estéril senda del «progreso». ¿Por qué el
desarrollo del individuo debe alimentarse siempre de las migajas?
—Me vas a prometer una cosa
—arrojó muy seria.
—Sí, mami (cara de niño
cándido)...
Lou—¡Aparcaignorólasla
mitadchorradasdelaysúplica.escúchame!
—Estornino a Libélula (palma
detrás de la oreja): recibo alto y claro. Cambio.
¿Conforme,—Decompaginarpayaso?—pretendíamalescrituracerraryuncurro:apretón.¡ABUR!;
ya nos las apañaremos.
—¡Trato hecho, abogada
Kedzierski! —Tras la encajada, desvió la chola—: Con la venia, señoría —hablaba
al retrato de Thelonious Monk colgado en la pared adyacente—, solicitamos un
receso inmediato para el almuerzo.
—¡Dios! ¡Eres incorregible! —Y
ambas risas, fulgores acrisolados de la virtud, dispersaron cualquier sombra de
inconveniencia.
Citar nuestro archiconocido
«Contigo, pan y cebolla» ilustraría a la perfección el espíritu reinante a
bordo del navío que botaron dos semanas atrás. Tan profundo era el calado del
uno en el otro, que ni el más eficiente de los sacacorchos hubiese conseguido
extirparles el afán de surcar juntos las aguas del destino. Pues a similitud de
los marineros avezados, nunca claudicarían ante la peor tormenta blanca o calma
chicha harta persistente.
Acto seguido de una sobremesa
dedicada a los cariños y arrumacos, la brisa soplaba a favor del Funny Fairy, o
sea que largaron velas hacia ese puerto. Molly la Fleur decidió cerrar el local
al público a fin de que la concurrencia gozara a tutiplén de la efeméride.
Cerca de cien invitados —clientes habituales, camaradas, exbailarinas,
prostitutas, chulos y maleantes de todas las raleas habidas y por haber—
acudirían con la gazuza de robinsones víctimas de un naufragio, en espera de
pegarse el atracón a cuenta de la casa. Los tres chinos contratados del
restaurante de la avenida Wingate
(famoso por un del que nadie sabía a ciencia cierta qué incorporaba), iban
sirviendo, sonrienteschopsueyyreverenciales hasta la terquedad, a cuantos
pasearan el plato vacío enfrente del variado piscolabis. Faena la suya, porque
los comensales, ora pruebo esto ora me apetece lo otro, se apelotonaban sin
darles tregua.
A la par, Big Jerry controlaba
las admisiones. En el momento en que abría la puerta, asustaba los recién
llegados al desplegarles a bocajarro un escandaloso matasuegras. Y bobalicón al
extremo de una criatura que celebra el cumpleaños, luego sujetaba a cada cabeza
uno de esos conos verbeneros tan chulis. Lou casi pierde la gorra del susto
cuando la mole surgió de repente. «¡Cielo santo! ¡Goliat, quedaría chiquitín en
comparación!», chanceó después de recomponer el pulso.
Entre los asistentes no podían
faltar Bunny y Sweetheart. Las amigas del alma acudieron temprano, deseosas de
conocer al misterioso motorista de una puñetera vez; cuán presto había
conquistado el corazón de Cokaine entrañaba el enigma del milenio y la curiosidad
les corroía las tripas. Mientras cacareaban de tal y cual, Bunny la distinguió
en la entrada: leve codazo a la socia y, ¡zas!, disparadas a recibirla. Aquella
tarde irradiaba una expresión de júbilo insólita; asimismo, su porte coqueto
pero natural la hacía destacar del barroquismo mayoritario de las demás: lucía
la blusa estampada de Paisley de hombros descubiertos, la que le sentaba de
maravilla; los pantalones de campana blancos, bordados de florecillas al
término de las perneras, aparte de unas sandalias de plataforma muy cucas, las
cuales infirieron, acabaría de estrenar. El acompañante, en cambio, no
aparentaba gran cosa: vestía tope informal, y de cara tampoco es que
sobresaliera del montón,
como estila decirse. Hete aquí sintetiza la impronta que las
asaltó. La dama ydebidamentelvagabundo
Ya a pie de barra, el muchacho
fue presentado a Molly, quien les sirvió un matarratas de feria que presumía
ser tequila. La mestiza andaba demasiado liada y los abandonó enseguida, de
modo que los cuatro tomaron una
mesa solitaria, lejos del meollo.
Si bien la reciente experiencia
cinematográfica de Nadiya ocupó el inicio de la conversación, Sweetheart no
tuvo ningún reparo en interferir y ametrallar a Lou a base de preguntas
tendenciosas. Él respondía a la manifiesta desconfianza con el refinado tono
agradable y granuja a un tiempo. Nadiya y Bunny presenciaban
entretenidas el ping-pong
dialéctico igual que en una de esas de la tele, claro que el británico pronto
redujo el cúmulo de reticencias sitcomsalacategoría de «supuestos infundados» o
«dudas razonables», y la cosa terminó en mucho ruido y pocas nueces. Absuelto
de los cargos, el procesado estimó que tocaba celebrar la indulgencia: levantó
las posaderas, a por la siguiente ronda.
Sweetheart, asombrada de sí
misma, murmuró:
—Tiene algo este tío, cierto,
cierto...
—No sé qué, limoncito, pero algo
tiene —convino una Bunny meditabunda. — Y la mecha de los cotilleos quedó
prendida.
Nadiya, vetada a las
oportunidades de réplica, asistía perpleja al trepidante patatín y patatán de
las dos. ¡Como si no estuviera! La conclusión que sacaron apenas la sorprendió:
el atractivo de Lou residía en el talante peculiar; ¡pff!, nada que no supiese
ella de antemano. ¡Ahora incluso les parecía una auténtica monada!
Aquel par de pícaras también
hacían sus pinitos en la industria de la procacidad: resulta que el martes
posaron para uno de los fotógrafos itinerantes de
la revista , que, a la sazón,
irrumpía con ahínco en el mercado. Entretanto comentabanHustlerlosavatares del
mundillo, Sweetheart sintió el gaznate árido de tanto pipiar:
—¡Oye, chata! Lou es supermajo y
tal, pero más lento que el caballo del malo, ¿vale?
—Caramba, pues sí —repuso Nadiya,
extrañada—. ¿Dónde demonios ...? —¡Fijaos! —Bunny señalaba la barra: Molly y él
socializaban, la mar de felices. —¡Córcholis! —Sweetheart no cabía de la
consternación—. ¿Desde cuándo la
vieja arpía se ríe así?
—¿Estará pedo?... —apuntó Bunny.
—¿Tu novio posee dotes de
hipnotizador, o qué, nena?
—No me consta, Sweety («aunque
esconde algún que otro truco bajo la manga», bisbiseó furtiva).
En el acto, observaron
estupefactas que Lou, de regreso, sostenía una botella entera de tequila del
bueno. «¡Qué simpática esa Molly! No pude negarme a aceptarla», sonrió,
colocándola en el centro.
Cuatro tragos, y como si siempre
hubiera vivido allí. ¡Por fin en casa!
Delirio
Tres meses después de marcharse
de Indianápolis, Lou escribía en la libreta recién estrenada: «A raíz del afán
por desprenderme de lo confortable y ordinario, lamenté dejar atrás a quienes
valoraba como amigos. La encrucijada que plasma esta frase excita el recuerdo
de un pasado cercano y remoto a la par. Suelto el lápiz, levanto la vista del
papel, y pierdo unos minutos contemplando a través de la ventana. Las emociones
de aquellos días previos a mi partida refluyen a la penumbra de un cuchitril
sudoroso que da al río Cedar, en Cedar Rapids, Iowa. Afuera oscurece deprisa,
las aguas corren tranquilas bajo la niebla primaveral, y aquí dentro el tiempo
y el espacio danzan de la mano conmigo.
»Nora fue la única en demostrar
cierta solidaridad. La pobrecilla, que a menudo adivinaba los malestares que le
ocultaba tras astutos juegos de palabras, acaso intuyera esta huida mucho antes
que un servidor. Aún cavilo de donde sacaría semejante talento. Era excepcional
en el arte de entrever a partir de detalles circunspectos, silencios difusos o
gestos triviales. Tres años de salir juntos le otorgaron algunas ventajas,
presumo. ¿Qué podía decirle? ¿Cómo establecen conexión dos entes que orbitan
alrededor de planetas distintos? Trabajaba de enfermera y nos conocimos en el
Community Hospital East, a causa del pequeño accidente de tráfico que sufrí a
fines del sesenta y nueve. Chica independiente, dicharachera, enraizada en la
cotidianidad, satisfecha de llevar una vida de cuidados al prójimo, me escayoló
la fractura diafisaria del antebrazo (sin desplazamiento del radio, menos mal),
enseguida surgió magnetismo, quedamos
una noche, !
»A la sazón,etvoilàel mundo
entero ardía ante mis propias narices: la multiplicidad de narrativas que lo
configuran, moldean y sostienen quemaban en tropel, igual
que si esos bomberos pirómanos de
la historia de Bradbury, ,
hubiesen desatado los perros del infierno. Cultura, sociedad, normas,
procederes, Fahrenhaveit 451
creencias; la gran quema
diseminaba cenizas de las que resurgía un Fénix sediento de fundamentos
veraces. Yo intentaba ajustar una brújula cuya aguja rotaba a la deriva en
medio del incendio existencialista, y el "ligue" alivió la medida de
las tribulaciones que arrastraba. Ahora bien, el contraste entre nosotros lo
compararía al de Guy Montag y su esposa Mildred, a razón de la citada novela.
Disfrutábamos del cariño de dos amigos "con derecho a roce", pero
ninguno demandaba más de lo que el otro pudiera brindar.
»Preguntó si volvería a verme; no
supe qué responder. Lloró; lloré abrazado a ella, y luego conseguimos
levantarle unas risas a la tristeza. Ojalá que el transcurso de los años
mantenga intacta la memoria de aquel semblante vivaz que tantas cucamonas
recibió de mí. ¡Hasta siempre, Nora!
»A punto estuvieron Mason y
Aubree de atarme de brazos y piernas a una silla, la lluviosa tarde de
diciembre que nos reunimos y expuse el porqué de abandonarlo todo. Y aunque tal
incidencia no ocurriera, la decisión los trastocó al margen de cualquier pronóstico.
Sus rostros reflejaban el desconcierto de percibir un galimatías insensato. Las
pastas de té y el brebaje acorde que ofrecí de nada sirvieron; la conversación
devino grotesca a ratos. Resulta duro comprobar que los apegos conducen a
reacciones viscerales frente a determinadas sorpresas o desengaños. Uno tuvo
que hacer malabares al respecto. Previa separación, propuse que tomaran cuanto
les viniera en gana: indecisos a semejanza del bandido que exprime un socio,
echaron mano del estéreo, la tele y cuatro cosillas más. El saldo de
pertenencias las empeñé, cedí a beneficencia, o moran en la basura.
»Quiera la fortuna que el
porvenir colme de regocijo los vacíos ulteriores a tan ajetreada despedida. A
mi matrimonio favorito también les deseo lo mejor, claro que sí.
»En líneas generales, los demás
me dijeron adiós con el mohín del cuerdo que despide a don Quijote, pese a que
jamás tomé molino por gigante. No culpo a ninguno, sería absurdo. Nadie
renuncia a la comodidad de la madriguera que escarba jornada a jornada,
conforme a los designios de nuestra arrolladora civilización, para abrazar la
rudeza de la intemperie; exponiéndose a plena luz, a merced del polvo del
camino, del viento y la lluvia o del calor y la helada, rumbo hacia sí mismo y
en compañía de la soledad como escudera. Empero, nos guste o no, todo culmina
en esta creación; incluso las relaciones, desde el momento en que te atan a un
decorado superficial, desprovisto de esencia y propósito, incapaz de satisfacer
la sed de vida auténtica que requiero. Las paredes guardianas del antiguo piso
al oeste del Broad Ripple Village, el empleo fijo y bien remunerado, esa
existencia responsable, sensata, programada, sumisa, inmutable, alienante,
dolorosa; el lote completo revela hoy la certificación de una muerte agónica.
La
instantánea del ego de ayer queda
archivada en el álbum de , al tiempo que el pentaprisma del hado desvía la
claridad a un nuevo materialsouvenirssensible. Justo cuando el individuo logra
infundirse de valor y libertad, avanza: debe aprender, adaptarse, pugnar y
resolver conflictos; pues en el extremo inverso solo existe el mejunje
soporífero de la rutina en la que chapotea la masa.
»Sin embargo, dirigir los pasos a
sendas desconocidas suscita una fuente inagotable de estímulos frescos.
»De acá para allá, nunca antes
había tropezado con tantos y tan variopintos personajes. Requiere mínimo
empeño: escojo sitios sobre la marcha y permanezco en ellos días o semanas,
según vea. Recorrer e inspeccionar monumentos, parques, bares, restaurantes,
bibliotecas, lavanderías, museos, mercados o comercios me entretiene de sobra.
Ahí, envuelto entre la multitud, cual
que bebe del cuerno de la
abundancia, aguzo la sensibilidadflâneural (1)máximo:baudelaireanooigoel runrún
de trabajadores durante su almuerzo, ancianos que intercambian quejas de los
males que acusan, la riña de la pareja del café, melodías de músicos urbanos,
clamor de mozalbetes que acaban el cole, la circulación en hora punta,
campanadas a mediodía, sirenas al ocaso, suspiros de amantes nocturnos; observo
aquel transeúnte apurado que cruza la calzada en rojo, la expresión del mendigo
al recibir limosna, el caminar altivo de la policía haciendo la ronda, los
gestos del tendero que despacha a la señora, el agujero en la chaqueta de uno
que pide tabaco, los trapicheos del tipo de la esquina de enfrente; gozo del
amplio espectro de minúsculas realidades que la naturaleza vierte con serena
apatía. De ellas capturo fragmentos, impresiones; signos de caracteres
moldeados a golpe de venturas y mellas, de sueños volátiles e ineludibles
certezas. La verdad es que surgen charlas a porrillo. Huelga decir que la mayoría
son fugaces o nimias; a veces exentas de lógica, caso de que mi interlocutor
vaya puesto o borracho. Aun así, agradezco cantidad estos terroncitos de
comunicación: retirarles la envoltura y paladearlos dulcifica el del día a día.
(1) Charles Baudelaire escribe sobre el "flâneur" (paseante,
en francés) en "El pintor de la vida moderna" (1863): «... Para el
perfecto flâneur, para el observador apasionado, es una alegría inmensa
establecer su morada en el corazón de la multitud, entre el flujo y reflujo del
movimiento, en medio de lo fugitivo y lo infinito. Estar lejos del hogar y aun
así sentirse en casa en cualquier parte, contemplar el mundo, estar en el
centro del mundo, y sin embargo pasar inadvertido, tales son los pequeños placeres
de estos espíritus independientes, apasionados, incorruptibles, que la lengua
apenas alcanza a definir torpemente».
»En ocasiones encuentro algún que
otro sujeto que aparenta gozar de una ataraxia envidiable; no hablo de
flamantes discípulos de Epicuro salidos del
, ni de estoicos repletos de o escépticos en perfecto uso de laJardín
(2), sino de personas
comuneseudaimycorrientesnía(3) —quizá
faltas de magisterio—epojéque
parecen(4) sintonizar la
frecuencia idónea de nuestro orbe, igual que si les corriera una sabiduría
ancestral, casi mística, en las venas. Tales coincidencias puntuales favorecen
que la soledad —siempre gélida, taciturna, huraña— muestre la clemencia del
gentil, y experimento momentos de gran armonía al calor de una voz amiga. En
equivalente medida, asoman tipos siniestros e imprevisibles detrás del cogote;
entonces, mientras evoco de manera instintiva esa seguridad y confianza, las
cuales disfrutaba indiferente al amparo de lo familiar, procuro poner pies en
polvorosa.
»Hogaño, exento de cargas
afectivas, me percato de que extraer percepciones correctas de los que se
cruzan conmigo adquiere una dimensión a la altura de las circunstancias. Sí,
porque codearte a diario con desconocidos entraña riesgos, y si te descuidas
puedes caer víctima de los ardides más insospechados. En una jungla enmarañada
de voluntades que luchan a brazo partido a fin de satisfacerse, el mito de la
bondad humana evoca las tiras cómicas de los periódicos del domingo. Pero, dato
curioso, la cara oculta de distinguir probables aliados de farsantes pasa por
un sondeo tenaz de los propios parámetros de criterio, ya que las opiniones
fluyen de una perspectiva individual concreta, acaso empañada. En consecuencia,
descubrir mis prejuicios infundados o flaquezas obviadas ayuda a vislumbrar en
ambos sentidos; luego, conocer gente desencadena un importante proceso de
análisis interior».
Poco imaginó el intrépido
aventurero que diecisiete meses después de anotar esto, a su discreta llegada
al motel Paradise de Palo Largo, el acto de fiarse de una rubia cañón engañosa,
que pedía socorro medio en cueros, iba a alterar el curso de los acontecimientos.
Era consciente de que tarde o temprano las andanzas terminarían, si bien
aguardaba que el destino le proporcionara un motivo de peso. Y así sucedió:
Nadiya, mujer de espíritu intenso, genuino, honesto; de mente abierta, nítida y
perspicaz, ávida de extraerle el jugo al meollo, suponía la compañera idónea de
cara a compartir aquella madurez adquirida. Lou estaba completo, sereno y
creativo junto a ella. Decidido a asentarse, centraría los esfuerzos en moldear
una parcela de libertad donde crecer al alimón. «... Vivir conlleva adoptar
decisiones. De acuerdo a esta base, en cuanto surge, elijo lo adecuado para mí,
renunciando cabalmente al resto de alternativas viables. Presiento que ahora
toca bajarme de la moto», es lo último que anotó en el cuaderno, la noche que
se trajo el cepillo de dientes a casa de Nadiya.
(2) Nombre de la escuela fundada por Epicuro de Samos dedicada al
fomento de la vida «sin perturbaciones», donde se cultivaba la amistad y el
placer.
(3) Palabra griega que puede traducirse por felicidad, beatitud o
prosperidad. Los estoicos proponían llegar a esta condición mediante el
autocontrol, aceptando las circunstancias tal como vienen.
(4) Según Sexto Empírico, es «El estado de reposo mental por el cual
ni afirmamos ni negamos».
De los múltiples engorros del
reintegro a la «normalidad», el muchacho siquiera habría considerado las
relaciones vecinales, de no ser por Apolonia Lansbury —o mejor dicho, Evans,
tal como quería que la llamaran—, quien alimentaba una tirria feroz hacia él.
Nadiya, a estas alturas bastante intranquila, aireó el tema durante la
celebración del Funny Fairy: «¡De veras, tías, está obsesionada y no lo deja en
paz! ¡Debe asegurarse primero de pisar a la calle!». Casi que sin el vestigio
de ese odio profuso todavía patente en la mejilla del «motorista», las dos
socias hubiesen tomado el asunto a pitorreo. Bunny sugirió denunciarla, aunque
Lou dijo que ni hablar del peluquín. A Sweetheart le vino a la cabeza que el
irlandés al que apodaban el Ventilador resolvería la problemática de forma
eficiente, rápida y definitiva. ¡Ah, y a precio módico! «¿Careces de entrañas,
so bestia? —discrepó Bunny—. ¡Que tratamos de una enferma mental, leñe!». Dada
la escasez de soluciones mágicas, Nadiya rumiaba la posibilidad de cambiar de
ubicación. «¡Oh, vamos, nena! De quedarnos sin azúcar, evitaré pedírselo a ella
y a la larga desistirá», manifestó Lou, achispado del tequila que las amiguitas
revoltosas le servían sin cesar.
Apolonia Evans vivía en una
segunda planta, tres edificios a la derecha del colmado de los Wilson, rodeada
de mininos; nueve en conjunto, todos con antecedentes callejeros. A nadie del
rellano le pasaba inadvertida la peste a leonera procedente de su morada y
acumulaba pilas y pilas de quejas, pero era lo mismo que exigir peras al olmo.
Y menos mal que jamás recibía visitas, porque por mucho que algunos afirmen
hallar orden en el caos, ahí no afloraba ni a la de tres. Guardaba hasta un
alfiler; latas, botellas, plásticos, cajas y cajas —repletas de vete a saber
qué— apelotonadas unas encima de otras, juguetes maltrechos, electrodomésticos
inservibles, mobiliario obtenido del vertedero... Según parece, el arte de
deslizar pinceles y brochas sobre trastos obsoletos le infundía inconmensurable
placer. En medio de tanto desbarajuste radicaba una mesita, a guisa de
santuario, que ponía la carne de gallina: varias muñecas de porcelana,
cochambrosas y tristonas, circundaban un globo terráqueo ennegrecido a causa
del incesante flameo de cirios. Para la señora Evans, cualquier cosa al alcance
de la razón giraba invariablemente en torno a espectros, adivinaciones,
hechicería, amuletos, astrología, ángeles y, cómo no, demonios.
El caso es que, coincidiendo con
el traslado del británico, Casandra, postrera felina acogida, enfermó de
pronto. Semejante circunstancia la indujo a establecer una relación causal
inmediata, y nada más apreciar indicios similares en Livingstone e Isaac,
reafirmó tan descabellada teoría. Vómitos, diarrea, fiebre, desidia,
convulsiones, ataxia, dificultad respiratoria, cojera; síntomas de la
toxoplasmosis: afección contagiosa, común en gatos nómadas, que un veterinario
competente hubiera diagnosticado enseguida. No obstante, la dama recelaba de la
medicina convencional, y los dolientes acusaban esa laguna de fe a medida que
el tiempo evolucionaba. Además, ¿qué podía la ciencia contra el maleficio
diabólico de Lou? Numerosos fueron los rituales practicados, infinitas las
conjuras pronunciadas, pócimas y remedios testados; incluida cierta receta
tópica —de propia invención— a base de excrementos de paloma, huevo, canela,
polvos de talco y trementina, sin olvidar la pizquita de nuez moscada.
Desenlace: Casandra estiró la pata en el plazo de una semana, e idéntica
desventura le sobrevino a Isaac días más tarde. Aquel jueves noche, Livingstone
fallecía también.
La mujer velaba el cadáver del
animal, cuando un peculiar rugido de motor interrumpió sus oraciones. Anduvo a
la ventana y apartó un poco el visillo: Nadiya y Lou regresaban ufanos al cabo
del sonado convite. Desmontaron del vehículo riendo y triscando, como si les
divirtiese sobremanera el enorme infortunio que
padecía. Colérica, los maldijo
entre dientes.
—¿YPrunella,yaestá,veteranamami?de—maullólamenguadacon
ojosmanada,que alcanzódespedíanelalféizarhieloy defuegoun salto.alapar—.
¿Vas a cruzarte de brazos?
—¡Ay, lo lamento en el alma, mi
amor! —la pena desgarraba el corazón abatido de Apolonia—. Esta magia atroz
rebasa muy mucho mis dotes sanadoras.
—¿De modo que permitirás a ese
monstruo que siga y siga? ¡Alister empieza a sentirse indispuesto!
—¿Y qué sugieres, cariño? —le
acariciaba el lomo despacito—. He probado a espantarlo un millar de veces.
Traté de sabotearle la moto, y a resultas la guarda dentro del portal, al
cobijo del casero. Es astuto, muy poderoso. Tiene a todo quisqui metido en el
bolsillo.
—¡Pues claro! ¡Cokaine solo
representaba el entremés del copioso menú! —Charly tampoco escucha ya. Cree que
me falta un tornillo...
Las orejas de la gata se
irguieron de golpe. Buscó la mirada parda de su dueña, y después de un leve
serpenteo de cola ronroneó:
—Recuerda años ha, mami, el día
que tu marido aristócrata quiso mandarte al psiquiatra. ¿Accediste?
—¡Nones!
—¡Lo—¡Miau!achicharréYencuantovivopretendióyhuideInglaterra!queteencerraran,
¿qué fue lo que...?
—Excelente... —la bestia
perfilaba una sonrisa malévola. —¡Dios santo, Prunella! ¡No puedo incendiar
Vista Alegre! —¡Shhh...! ¡Baja la voz, estúpida! ¡Conseguirás que nos oigan!
—¡Uy, perdona! —Y flojito—: Date
cuenta de que la mayoría de inquilinos son inocentes.
Lame que relame la patita, le
contestó:
—Las luchas, ¡slurp-slurp!,
comportan daños colaterales... O esos sucios miserables, ¡slurp-slurp!, o
nosotros. De ti depende.
A la luz del dilema, mutismo
total. Prunella descendió, y a paso calmo, ganó el rincón. Acá estribaba una
vieja garrafa de plástico blanca vacía. Dio la vuelta alrededor, para luego
esfumarse en el dormitorio.
El obrar fortuito del felino
adquirió especial relevancia a juicio de Apolonia: atrapó dicho envase de un
arrebato. Acto seguido, puso la vivienda patas arriba en busca de líquidos
inflamables. Quitamanchas, disolvente, aceite, barniz, alcohol, acetona; colmó
el bidón. Así, provista de martillo y lumbre, aguardó sigilosa hasta ver la vía
desocupada.
Una vez estuvo ante el preciado
mausoleo de Jorguensen, envolvió la herramienta e hizo trizas la ventanilla
corredera. Tras despejar cuidadosamente los cristales, vertió a través la
mezcla explosiva. ¡Glug-glug!, ¡glug-glug!; apestaba tanto que tuvo que taparse
la nariz. «Te devolveré al infierno del que provienes», bisbiseó antes de
soltar el fósforo encendido. Se produjo una deflagración
considerable. La portería,
forrada de madera, prendió .
Entretanto, en lo alto del
puente, Sally y Blackey acababanipsofacto de besuquearse, tal cual corresponde
a los enamorados.
—¿Te ha gustado? —preguntó el
zagal.
—Ajá —repuso la chiquilla,
sonrojada—. ¿Y a ti? —Chachi. ¿Sabes?, me fijé en Lou cuando besaba a la rubia.
—¡Oh! ¿Aprendiste de él?
—No estoy seguro —vaciló.
—Pero... ¿Cokaine no es una...?
Bueno, eso.
El Morenito contrajo los hombros.
—Sea lo que sea, aparentan amarse
lo máximo.
—Cierto. —Sally olía algo raro en
el aire y giró la cabeza—. ¡Eh, allí! —al fondo manaba una columna de humo más
negra que la barba de Edward Teach .
—¡Atiza! ¡Procede de los
apartamentos! —Blackey agarró a su amorcito(5) de la mano—. ¡Aprisa, avisemos!
«¡FUEGO! ¡FUEGO!», chillaban
mientras corrían como almas que agita el diablo. Benny mostró la chola por la
ventana el número uno. ¡Qué novedad, llevaba un pedal de aquí te espero! En
virtud del lóbrego panorama, le dijo a la botella: «No te preocupes, preciosa
(¡hic!), afrontaremos juntos este embrollo», y la remató de un trago. Los demás
residentes del bloque ni de broma compartían el temple del borracho; la garra
del pánico los trababa a medida que adquirían conciencia del
peligro.
—Tú quédate. —Blackey deseaba
comprobar una cosa—. Vuelvo en un plis. —¿Adónde...?
—¡«Tranqui», tía! ¡Sigue
gritando!
—¡No entres ahí! ¡Es demasiado
peligroso! —Mas el chaval se desvaneció en el
tupido nubarrón—. ¡INCENDIO EN
VISTA ALEGRE! ¡VISTA ALEGRE ARDE!...
El asombro estampaba su sello
distintivo en los rostros de aquellos que, a manera de alimañas indiscretas,
surgían de oquedades y resquicios colindantes. En cuestión de un pestañeo,
medio vecindario ocupó el tramo enfrente de la catástrofe.
Nadiya había accedido a la
plataforma exterior e intentaba desbloquear el mecanismo de la escalera de
incendios.
—¡Ayúdame, cariño!, ¡cof-cof...!
¡No consigo extenderla!, ¡cof-cof...!
otra.Lou acudió con parte del
rostro oculto debajo de una camiseta mojada. Traía —Póntela igual que yo y
retírate a un lado. —Traspasó la ventana y la relevó.
Una hilera de inquilinos
despavoridos descendía por la escalerilla; el dispositivo continuaba atascado—.
¡Imposible! ¡Este raíl no cede! ¡Algunos de ustedes retrocedan y arrojen
colchones! ¡Deprisa! —Unos cuantos dieron marcha atrás—. ¡Y si alguien desconfía
de saltar, la azotea es el sitio indicado! —Se volvió hacia Nadiya—: ¡Rápido,
lancemos el nuestro también!
Al mismo tiempo, Blackey
retornaba empujando la Honda. Tosía un montón y de sus ojazos de azabache
chorreaban gruesas lágrimas.
Sally corrió a ayudarlo.
—¡Eres tonto! ¡Pudiste sufrir
quemaduras! —lo reconvino. —¿Pasaste, ¡cof-cof...!, ansia? —paró, medio
asfixiado. —¡Claro, bobo!
—Eso significa, ¡cof-cof...!, que
de verdad te molo —depuso sonriente—. ¡Ea, alejémonos!
Cuatro audaces que apilaron sin
demora los jergones precipitados asistían al primer saltimbanqui de la
escalinata —un anciano giboso, raquítico y bizco—, que justo aterrizaba sano y
salvo. La quincena de domiciliados aguardaba turno con
impaciencia. Uno a uno, saltaron , y gran parte del desalojo
aconteció bastante rodado. allegro ma non troppo
Solo permanecía Evelyn Johnson,
del tercero C. Llenita de complexión, pero corta de talla, iba de andar por
casa (zapatillas a topos, camisón parcheado, batín
roído)—¡Quieta,yperdíaseñora!losrulos¡Serénese!delpeloen—leplenoimploróshockLou..
—¡TENGO MIEDO! ¡MUCHO MIEDO!
—reiteraba a grito pelado.
(5) Pirata apodado Barbanegra (1680-1718).
—¡Escúcheme! —la zarandeó—. Únase
a los del tejado, si lo prefiere; los bomberos no tardarán. Pero un botecito es
mejor a recular, en serio.
—¡Descuide, Evelyn! ¡Nosotros nos
ocupamos de usted! —convino Nadiya. Tan pronto como quedó sentada al borde del
tenebroso abismo, la descolgaron
suavemente, sujetada de los
brazos, y tomó tierra ilesa.
Restaban ellos dos. A la derecha,
una lengua incandescente que excedía el vestíbulo empezaba a lamiscar la
fachada.
—¡Hale! ¡Tu turno, nena!
Nadiya situó el pompis y pegó un
brinco.
—¡Ya eres mía! —Mary Jane y
Charly la recibieron—. ¿Estás de una pieza, encanto?
—Sí, gracias, bonitos.
—FaltaFloyd,eluno,barbero,¿verdad?yBenedict—observóWilsonestecompletabanúltimo.
la tropa de apoyo.
—Mi novio.
—¡Tu quééé...? —prorrumpió Mary
Jane.
—Oh, luego te cuento —vigilaba
arriba, inquieta—. ¡Maldito sea! ¿Dónde puñetas... ? —De sopetón, un fuerte
¡bum! la aventó cuerpo a tierra—. ¡LOU! ¡LOU! —bramó al advertir la cortina de
su apartamento encendida.
—¡Frena! ¡Frena! —Mary Jane
impedía que hiciese una locura—. ¡Muévete al revés, monada!
—¡NO! ¡NO! —Nadiya pataleaba
histérica—. ¡SUÉLTAME, COÑO!
Charly colaboró y la remolcaron a
la orilla opuesta. Floyd, el señor Wilson y un par de recién incorporados
retiraban la pila a modo preventivo.
En ese preciso instante,
reverberó un grito desde la cima de Vista Alegre: «¡LOS BOMBEROS! ¡LOS
BOMBEROS!». Doblaron hurras y repicaron palmeos. El carro bomba circulaba en
sentido contrario por el oeste; venía tan flechado que los neumáticos
chirriaron al coger la curva. Ante la enardecida expectación, detuvo la marcha
rebasado el portal en llamas.
Cinco operarios, aparte de un
mando a quien llamaban jefe Dreyfuss, constituían la unidad. Cada cual, de
apariencia fornida y expresión flemática,
portaba equipo autónomo, casco,
hacha al cinto, linterna y . Rápidamente pusieron manos a la obra desplegando
larguísimas manguerastalkie. En el ínterin, Dreyfuss interrogaba a los Wilson.
«Que sepamos, hay un chico en la planta baja», notificó Benedict.
El capataz —de mediana edad,
humilde en estatura, clisos impasibles, nariz prominente, rostro chupado y
melena ondulada color castaño— retorcía las extremidades de su gallardo
mostacho entre preguntas y respuestas. A juzgar por ese porte altivo —acaso temerario—,
el matrimonio tenía la sensación de dirigirse al mismísimo teniente coronel
George Armstrong Custer. Finiquitada la corta entrevista, el tipo paseó delante
del incendio con la parsimonia del que saca el perro a mear.
De vuelta, sin perder un atisbo
de compostura, expuso la estrategia a los hombres. «... ¡Y comuniquen de
inmediato cualquier incidente!», ordenó a la postre. Hubo un clamoroso «¡sí,
señor!». «¡Caballeros, ahí no hallarán fortuna ni gloria; solo apuros y sequedad
de garganta! ¡Respondan!, ¿qué somos? —«¡Bomberos, señor!»—. ¡Pues adelante,
mis valientes!». Atacaron el desastre en paralelo: un equipo de tres ingresó al
frente de una lanza; otro chorro penetraba vía el mirador de Benny. Este,
comediante victimista, achuchó a los Wilson tratando de conseguir bebercio,
pero el tendero lo envió a la mierda.
Los de la azotea revoloteaban a
semejanza de pajarillos en la jaula del cazador.
El carnavalesco líder agarró el
megáfono: «¡Ejem, ejem... ! (pitido de acople). Señoras y señores, les habla
Clinton Dreyfuss, sargento de la sección cuarta del honorable cuerpo de
bomberos de Palo Largo. A la mayor brevedad posible, dominaremos la situación y
serán debidamente evacuados. Hasta entonces, aléjense del frontis en llamas y
guarden calma. ¡Muchas gracias!».
Ni decir que la escueta
declaración satisfizo en absoluto a Nadiya; ¡Lou proseguía sin dar señales de
vida! La desdichada se mordisqueaba la punta de los dedos, después de quedarse
sin uñas que roer. Mary Jane y su hermana Samantha, Charly, Johnsey, Carter,
Sally y Blackey le hacían compañía.
A poca distancia, agarrada del
marido, Ágata Wilson presenciaba la angustia de la gachí.
—¡Ay, Benedict! ¡Dios nos libre
de una tragedia! —Más vale... o la moza va a explotar —predijo él.
La llegada de un coche patrulla
los alertó. Dos agentes un tanto desaliñados salieron al encuentro de Dreyfuss.
Mientras abordaban los pormenores de la operación, la ambulancia que subía
estacionó pasada la confluencia con Delaware. A aquel ambiente confuso cabía
añadir la tremenda peste a barbacoa rancia y el incesante barullo del morbo.
Aunque parezca mentira, los Abercrombie habían bajado sillas, refrescos y
patatas fritas, de cara a gozar confortables del espectáculo. Empero, la
policía los obligó a retirarse.
Las tareas de extinción surtían
efecto porque apenas se apreciaba fuego desde el exterior. Asimismo, la columna
de humo adelgazaba igual que un marqués a pan y agua. Mary Jane propinó un
empujoncito de ánimo a Nadiya. «¿Qué te dije, chata? ¡Estos mendas controlan
mogollón!». Ella: mutis, tiesa y vista extraviada en el infinito. Charly
intervino, pero la perorata muda y las gracias gestuales tampoco trascendieron.
Los críos estaban pendientes del jefe de bomberos, que resurgía de
la alcantarilla cercana. El carraspeó: «Cuervo para Mando. ¿Me recibe,
Mando?». La principal
sufridoratalkieamaneció del trance hipnótico1. Todos arrimaron la oreja.
Dreyfuss extrajo el aparato de la
cadera.
—Mando,—Altoyclaro,informoCuervoque1el.Adelante.vestíbuloCambio....(interferencia).
— ,
Cuervo . Mensaje no copiado. Cambio.
—10-01, Mando.1Repito: sofocado
incendio en el vestíbulo. Ascendemos a la primera10planta-04. Cambio.
—Negativo,—Recibido,
Cuervoseñor.Nadie1.Buenalatrabajo.vista.Cambio.¿Algúnrastro del individuo?
Cambio.
— , Cuervo . Abrid bien los ojos.
Cierro. —A punto de reenganchar la radio, zumbó10-04 de nuevo:1
—Mando, aquí Cuervo . Detecto
movimiento a las doce (rechinos y siseos de fondo). Permanezca a la escucha1.
Cambio.
—Copiado —ratificó Dreyfuss—. , Cuervo .
—Mary Jane rodeaba a la
compañera, que tenía el corazón
en un10puño-65. Los segundos1 transcurrían eternos, glutinosos, como cuando uno
asiste forzado a misa y el capellán no abrevia—. Mando a Cuervo , aguardo
noticias —insistió—. Cambio.
Y al fin: 1
— ,
jefe. ¡Ya es nuestro!
—Excelente,Nadiya,10-24totalmenteCuervopálida,.Notifiquevomitóestado.inclusoCambio.laleche
materna.
—Algo de oxígeno y1 recobrará el
aliento, señor. Solicito permiso para que Ortega lo respalde; el tipo va más
cargado que un mulo. Cambio.
Sonaban aplausos y silbidos.
—Concedido, Cuervo . ,
sacadlo de ahí. Corto.
Lou atravesó el umbral1 10en-
31posesión de las alforjas que contenían a Wilma, las
planchas de falsificado, la
libreta y el manuscrito de . Por su aspecto parecía la novedad estrella de
aquellas viejas exhibicionesCarreteraydemantararezas de P. T. Barnum : llevaba
la colcha empapada a manera de poncho mexicano, una toalla convertida(6) a
kufiya palestina, manoplas de cocina, y cobertura de papel de aluminio en las
deportivas.
—¡NUNCA JAMÁS...! —Nadiya, fuera
de sí, cruzaba la carretera escopeteada— ¡NUNCA JAMÁS VUELVAS A HACERME ESTO!
—le asestó un bofetón de campeonato.
Ortega, que traía el canasto de
la ropa sucia repleto de discos, se quedó perplejo.
Lou depuso los bultos, encajó la
mandíbula y dijo: —¡Venga, mi vida!, ¡cof-cof...! Solo ha sido un susto. —Yo...
—rompió a llorar a moco tendido, abrazada a él.
—Eso, nena. Suéltalo todo. —Tal
gimoteo, hondo, profuso; liberador, centraba el interés del público—. ¡Muy
agradecido, amigo! —musitó al bombero. Ortega convino, soltó lastre y retornó a
lo suyo.
Nadiya comenzaba a recobrar el
aplomo.
—¡Bah,—¡Snif,
snif!olvídalo!;¡Lo...
loslosientonerviosmuchísimo,traicionan.cariño!¿Mejor?¿Puedes perdonarme?
—¡Oh, Lou! ¡Temí perderte! —clamó
estrujándolo.
El sanitario, que aguardaba a la
vera con una bombona pequeña de oxígeno, vio el momento de interrumpir.
«Respira normal, muchacho», indicó en tanto le
ajustaba la mascarilla. Y le hizo
el sondeo rutinario .
No supone ningún secreto que Mary
Jane hubiera cedido un riñón a cambio de inAsíitu
ocupar el puesto del fantoche en
la emotiva escena. que, henchida de «voluntad colaborativa», decidió
entrometerse. La sorpresa fue mayúscula: «¡No me jodas! ¡El mequetrefe del
carrito!». Tras las presentaciones, capturó los elepés rescatados (un buen pellizco
de la colección) y escoltó a la pareja adonde el grupito custodiaba la
motocicleta.
—¡Caracoles! ¡Alguien merece una
medalla a la valía! —guaseó Lou al distinguirla.
—¡Cuélgasela a Blackey! —Sally
destilaba orgullo.
—«Compi», no encuentro palabras
capaces de manifestar mi gratitud.
—Me debes un puñado de vueltas a
la manzana... —el Morenito le lanzó un guiño.
—¡Ja, ja, ja...! ¡Faltaría más,
hombre! Pero de ahora en adelante, recuerda que demasiados valientes yacen
pasto de los gusanos. La suerte implica una moneda de dos caras. ¿De acuerdo?
—¡Buuu! No me sermonees, tronco,
porque tú arriesgaste el pellejo para salvar esos cachivaches —señaló
deslenguado.
Charly produjo una risotada
silente; Lou, chistoso, le llamó la atención:
—¡Tú no te mofes y sugiere una
réplica, caramba! —El mudo reflexionó y, ocurrente, simuló pegarle un tortazo—.
¡Exacto! ¿Viste, Blackey? Cokaine tuvo la cortesía de devolverme el sentido
común (supuraba sarcasmo).
Resonaron—¡Vayasilograndeshizo!—largócarcajadas.Johnsey—.
¡El guantazo estuvo de teleserie!
—¡Oh!,Nadiya,
Johnseyquecharlabaposeedespistadaunmagníficoconsentidolamecánica,delhumorpreguntó—soslayóquéocurría.Lou.
(6) Phineas Taylor Barnum (1810-1891): empresario circense, conocido
por sus «freak shows»; espectáculos de extravagancias y fenómenos biológicos.
—¡Ah, estupendo! (amplia sonrisa
al pequeño rufián)... Oye, cielo, me comentaba Mary Jane que podemos pernoctar
en su casa.
—Y cuantas noches convengan,
ricura —subrayó la susodicha—. Os prepararé el cuarto de mis padres.
—¡No, mujer, no te molestes!
Cualquier rinconcito bastará; mañana nos acogerán unas amigas.
—¡Uy!—¿Seguro,Ella
mandarubita?...—esquivó¡Tú,pimpollo!Lou. ¡Convéncela!
—En serio, guapetona —reiteró
Nadiya—. Gracias de todas formas. —Tú misma (tono desengañado)... Bueno, debes
de sentirte exhausta. —Bastante, la verdad —olisqueaba la camiseta de
tirantes—. ¡Buff, y atufo a
churrasco que no veas!
—Te prestaré ropa mía, tranquila.
—Volvió la vista hacia él—: Y a este
calzonazos le pondremos vestuario
de papá...
—¡Caray, Mary! ¡Eres fabulosa!
—Lo sé, muñeca. ¡Hale, Samantha,
condúcelos! —le entregó el llavero—, que yo encierro la moto en el taller; aquí
estorba.
Se despidieron de la pandilla, y
la jovencita los guio acera arriba.
Las hermanas ocupaban el tercer
piso del antiguo edificio de cinco plantas de la esquina. El sitio lucía muy
pulcro, acogedor. En el salón, sobre la repisa intermedia del mueble librero,
destacaba el retrato de los difuntos padres. Murieron a principios de enero, a
consecuencia de un trágico percance automovilístico, y la sombra del luto
todavía impregnaba la atmósfera. Samantha, que siempre les mandaba besos al
pasar delante, colgó las llaves en uno de los ganchos del gracioso búho
metálico de la pared. Nadiya sentía la necesidad acuciante de quitarse esa
peste de encima y solicitó usar el baño enseguida. «Es la segunda puerta a la
izquierda. Te traeré toallas y ropa limpia»; la niña entró en la alcoba del
inicio del pasillo.
Lou anduvo a contemplar el
deslucido paisaje desde el balcón. La tremenda mancha negra que surgía del
portal de Vista Alegre sobrepasaba la mitad de la fachada. El bombeo de agua
había cesado y los de la azotea fluían a nivel de calle. Parientes, vecinos o
amigos aguardaban a algunos; encajadas, saludos y abrazos. El rumor era
incesante. Jorguensen esparcía drásticos aspavientos, mientras los oficiales de
policía fingían escucharlo. Su esposa le pedía calma y él la ignoraba. Un
ciclomotor de paso sorteó el jaleo hasta fundirse debajo del puente. A la vez,
Mary Jane subía del garaje, aunque se detuvo a entablar conversación con unas
personas.
El británico regresó al interior
y desplomó la percha en el sillón más próximo. «Menuda nochecita ...», susurró.
Y los párpados le bajaron como persianas de un comercio al final de la jornada.
Carretera y manta
El día que Nadiya descendió del
autocar en la Estación Central de Palo Largo, tras apartarse a cabalidad del
entorno anodino de la villa de Bosque Farms , iba perdida lo mismo que un pobre
cachorrillo acabado de nacer. Sola, desamparada,(1) maleta en mano, con la
carpeta de dibujo bajo el brazo, una mochila enorme a la espalda y tirando del
carrito repleto de los discos de papá, parecía que llevara el peso del mundo
entero a cuestas. La quimera de las oportunidades sensatas pronto quedó
truncada ante el desdén de aquella ciudad carente de alma, cuyos regocijos y
estrecheces se fundían en jornadas grises y trilladas noches de satenes glasé.
¡Subsistir acá era una pesadilla estrafalaria sujeta al constreñimiento de una
lata de gusanos! Acostumbrada a lo rural, donde los devenires fluyen como aguas
parsimoniosas de un riachuelo, la constante estridencia urbana, rebosante de
prisas y humos oprimentes, añadida a los anhelos generalizados, la apabullaron
sin remedio. El estrés en el ambiente arremetía cual virus endémico que
contagia los foráneos cuando migran a territorio inédito.
Durante los insomnes reposos no
paraba de preguntarse por el sentido de la existencia y qué le depararía un
destino que, desde que le arrebató a Yure, ponía palos en las ruedas a cada
intento de avanzar. El gran enjambre de concreto y asfalto, mecánico, premeditado,
sórdido e insensible, rebosante de millares de trascendencias que desaguan en
la hondura del anonimato, solo ofrecía sobredosificación de desengaño. A decir
verdad, consideró la disyuntiva de volverse a la casilla de inicio más veces de
las que podía recordar; el humor no siempre emerge a disposición y las
vacilaciones arrugan y retuercen esa fortaleza que tanto costó reunir.
Los cinco primeros meses los pasó
en la residencia de estudiantes de Coronado Ave, a un tiro de piedra de la
Universidad Estatal. Fingió estar matriculada presentando acreditación falsa,
que obtuvo mediante argucias típicas a las que recurrían muchos jóvenes de cara
a que los acogieran. Lo cierto es que el sitio alojaba todo tipo de gente,
excepto potenciales licenciados. Compartía apartamento junto con otras tres,
muy malas pécoras ellas. Los suministros de la nueva inquilina a menudo echaban
el vuelo igual que si poseyeran alas, y nadie nunca sabía un carajo al
respecto. En ocasiones, por obra y gracia del Espíritu Santo, descubría manchas
o pliegues en los bocetos que reanudaba después de cenar, o no encontraba esta
tiza o aquel pincel porque se los escondieron a posta. «Ya está la pueblerina
de vuelta dando la tabarra...», escarnecía June, la insidiosa cabecilla. Sus
fieles aliadas, como marionetas felices de complacer a la titiritera, avivaban
el caldero de inmediato. Corolario: tremendos rifirrafes acontecían día sí, día
también. Puesto que en este turbulento intervalo la lectura representaba una
importante válvula de escape, el afecto gradual de Suzanne Baker, la rechoncha
encargada de la biblioteca pública, fue el salvavidas que la preservó de ahogarse
(o tal vez de linchar a las tipejas de marras, todo es posible).
El Red Oak, uno de los
restaurantes de mayor afluencia del Boulevard, requería personal: Nadiya
cruzaba delante y arrancó el papelito de la vidriera sin dilación ni timidez.
Al cabo de varias semanas de su llegada, numerosas solicitudes de empleo habían
caído en saco roto; las últimas monedas se le escurrían entre los dedos y la
necesidad acechaba a la vuelta de la esquina. Empezó de friegaplatos, no
obstante, luego la pusieron a servir mesas; el jefe —tipo astuto— dedujo que
una figura bonita animaría la clientela que almorzaba allí a diario.
(1) Constituida como tal en 1974.
Casualidades de la vida, Bunny y
Sweetheart frecuentaban el local y las simpatías brotaron instintivamente. Eran
un poquito mayores, caraduras,
independientes, descabelladas
y... ! (interjección francesa que antaño aliñaba sus pícaras exclamaciones),
ohla cocaínalàlà las volvía locas. Al parecer, ambas vivían del estriptis. El
curioseo la indujo a que una tarde que libraba del trabajo decidiera visitar el
tan nombrado club Funny Fairy. Molly la Fleur apreció en ella un diamante en
bruto y le propuso unirse al elenco de bailarinas; sugerencia que aceptó de
buen grado. «¡Maldición! ¡Esta zorra novata acaparará el parné!», gruñían
determinadas veteranas, visto que la diosa del Olimpo le cogía el tranquillo
a la superaprisa. En plena disputa con el Six-Sex por el liderazgo del
desfoguepole dancemasculino,(2)
Molly replicaba quisquillosa: «¡Que Cokaine os sirva de ejemplo, holgazanas, o
bajaré el telón e iréis a la puta calle!».
La recién incorporada enseguida
supo obtener provecho de esos encantos naturales que la distinguían: los
hombres la invitaban a copas, a rayas; asistía a guateques, fiestas y, de tanto
en tanto, aceptaba acostarse con alguno. El posterior traslado a casa de las
dos bribonzuelas significó el empujoncito definitivo que la conduciría hasta el
presente.
arrendabanBunnyyunSweetheartáticoacuatro—cuyosmanzanasnombresde
larealesfamosasiguenrotondasiendonoreste.unaincógnita—Teníatres
perohabitaciones:confortable,eldormitorioelcualocupóprincipal,Nadiya;amplio,yla
estanciabieniluminado;intermedia,uncuartoquecumplíachiquitínla función de
vestidor. Y aunque el salón gozara de bastante espacio, la cocina y el
antiguolavaboapenasalojamientoexcedíandespuéslasuperficiedel
lamentabledeunpardeincendiocabinas telefónicas.letrajomultitudRetomardeel
remembranzas. En ausencia de alguien confiable que la sustituyera,
cambiadacontinuabay talasí
comolopercibíalodejódeantesuntiempodemudarseaestaparte.aVistaLosAlegre.enfoquesEmpero,alusogrossoellavirabanestabamodoa
velocidad estratosférica en función del idilio que mantenía. El singular
carisma de
vigorLoulainusitadoampliaba,e
impetuosoenriquecía,...la revitalizaba; hacía que dentro de sí borboteara un
Había leído de cabo a rabo el
manuscrito más o menos listo de
: ahí abundaban esbozos de
parajes, vivencias, huroneos, detallesCarreteradey personas;manta materia prima
de la que el autor se valía para introducir aspectos sociales, filosóficos y
psicológicos. Muy vinculado a la corriente existencialista, Lou aglutinaba
conceptos y posturas arañadas del cinismo y nihilismo, además de numerosos
matices ácratas, influencia de Max Stirner (Johann Kaspar Schmidt) y Émile
Armand. Con todo, al igual que ese fenómeno de Groucho Marx —del que admiraba
el talante surrealista y la afilada mordacidad— «nunca pertenecería a un club
que lo admitiera como socio», él tampoco quería fijar lindes a su raciocinio:
«Puede que mañana o pasado replantee mis posturas —elucidaba chancero—. Ninguna
hecatombe: las ideas deben servirnos a nosotros y no al revés. Mantener el
balcón abierto permite renovar aires cargados».
A semejanza del buen
subjetivista, en la crónica sostenía que cada individuo constituye una realidad
inherente: «... Aun cuando utilizan códigos, espacios o exhiben menesteres
comunes, la verdad de un clérigo diverge de forma diametral de la de un cirujano;
incluso existe disparidad léxica en los respectivos ámbitos.
" , escribió Terencio en la comedia
Quot homines».Por totlo
sententiae:queala éticasuo'quoiquerespecta,mos"rechazaba(3) de plano
lanzar juicios Formión
(2) Baile que las estríperes realizan en una barra vertical.
(3) Cuantos hombres hay, tantas opiniones existen: cada uno tiene su
costumbre.
ordinarios: «Únicamente aspiro a
discernir las motivaciones que nos empujan, ya que lo que a mí me agrada quizá
le parezca horrible al vecino. "Bueno" y "malo" no son sino
abstracciones encumbradas a conveniencia. La naturaleza no comprende de moral
ni de justicia, solo de impulsos. Aquí abajo, en el llano que pisamos, es entre
la amplitud de dos bornes donde suceden nuestros quehaceres». Y dado que
confería nula importancia a los lazos consanguíneos, del amor señalaba: «Jamás
me gustó este vocablo: pronunciarlo genera regusto a posesión, sacrificio,
conformidad, deber, tradición, fábula... Sin embargo, ofrecer y recibir,
siempre de manera honesta, libre y consentida, asegura cooperaciones prósperas;
óptimas si florecen lazos afectivos, creativos e intelectuales».
El hilo argumental de aquel viaje
iniciático rezumaba espontaneidad, robustez, franqueza, mundología, aventura,
pensamiento... Si bien hasta cierto punto recogía
el testigo de los escritores de
la Generación (Huncke, Kerouac, Ginsberg, etc.), la estructura y el contenido
distaban por beatdesplegar una narrativa más serena,
analítica, madura; post
movimiento , alejada de la embriaguez de las «flores y el amor». Y a pesar del
flagelo quehippiechasqueaba embravecido contra los marcos reinantes, ningún
párrafo omitía la fascinación hacia el género humano o su contexto natural. A
fin de cuentas, Lou planteaba construir valores autónomos conforme a la
soberanía innata de cada sujeto, y lo exponía a través de un cántico a la vida;
cántico que invitaba a zambullirse a fondo en cada recoveco.
Nada sorprende menos que la voz
de la dulce bohemia susurrara a oídos de Nadiya, ahora que la ropa puesta no
era ni suya. Ángulos y deliberaciones le bullían como espaguetis arremolinados
al candor del fogón: «¿A qué aspiro en realidad? ¿Prefiero continuar explotando
mi cuerpo, vivir un simulacro mediocre, convencional, ilusorio, en vez de
escoger la coherencia? Éxito, progreso, riqueza; ¡todo patrañas! ¿Acaso el
último grito en aspiradores, la tele en color o un coche de lujo otorgan
auténtico placer? ¿Por qué no tomarme este percance cual ventana a ópticas
diferentes, un umbral a otras posibilidades?». Y de repente, ¡patapán!; atisbo
de lucidez suprema: «¡Viajar él y yo juntos!».
Es harto probable que la sombra
del empleo en la South Automotive incentivara tal epifanía, pues dicha
perspectiva la atormentaba sobremanera; a lo mejor porque Lou estaba resuelto a
sacrificar su valiosa libertad debido a ella. Imaginarlo sonriente tras
prolongadas horas al pie de una cadena de montaje rozaba la simpleza, desde
luego. Conocía de primera mano que las índoles despiertas, a falta de laburo
acorde, necesitan tiempo y espacio propios. «¿Cuánto tarda en languidecer un
león enjaulado?», volvió a plantearse. No cabía darle más vueltas: «¡Nanai! ¡Ni
de coña! ¡A escribir!, ¡lo que le corresponde! En cuanto a mí, ¡menuda delicia
despertar en cualquier andurrial y captarlo con el carboncillo!». Semejante
confín adquiría nitidez a medida que rumiaba; peregrinar atendía a la
perfección los intereses de ambos. Solo observó una ligera pega: «Dos ruedas no
nos bastan para este propósito. Hum... tal vez Mary Jane sepa de alguna
furgoneta baratita. La adaptaríamos a nuestro antojo y, ¡alehop!, el hogar a cuestas».
Lou, que salía tan pancho del
baño, fue envuelto por un tornado de fuerza cinco (EF) que lo arrastró directo
a la alcoba. «¡Ahí va! ¿Qué ocurre?». La moza emanaba nervio y chiribitas lo
mismo que una pantera embravecida: eyectó al muchacho sobre la cama, se puso a
horcajadas encima de él, y le escupió a saco Paco la propuesta. «¡Caray, rubia!
¿Tengo alternativa? —dijo de guasa—. Seguro, tú eres mi techo. ¡Compartiremos
destino y fortuna!».
El ajetreo de la planificación
filtraba a la sala de estar.
—¿Qué diantre gorjean los
pichones? —murmuró Sweetheart.
—Algo traman, limoncito —repuso
Bunny. Y subió el volumen de la peli.
Contando los ingresos postreros
de Nadiya, la motocicleta y el milagroso potencial de Wilma había margen de
maniobra. Quiso el albur que Barry
conservara aún la vieja
Mercedes-Benz L azul claro y blanca, que tiempo atrás aceptó a título de un
adeudo familiar. Aquella319 chatarra ocupaba mucho espacio en el patio trasero
del taller y deshacerse del bulto le iba de perlas. «Circularéis a paso de tortuga,
pero este motor es más fiel que un perro cojo», expuso Mary Jane, deseosa de
ponerla en condiciones. Acordaron una cantidad, más la entrega de la Honda, y
el trato quedó cerrado.
A las estimadas socias se les
hacía cuesta arriba concebir el derrotero de Nadiya en un momento tan halagüeño
para ella. «¡Recristo! ¿A vagar en plan gitano? ¡Tú no riges fina, chiquilla!»,
arremetió Sweetheart con notable exaspero. «¡Vamos, niñas, calmaos!», intervino
una Bunny atrapada en fuego cruzado. La algazara que trajo consigo el inusitado
anuncio recordaba las típicas sobremesas de cuando el hijo revela su voluntad
de dedicarse al arte, y papá y mamá ponen el grito en el cielo porque no atinan
en qué obraron mal. A despecho del revuelo, la luz arrobadora de esos ojos
verdes y unos labios incapaces de disimular el torrente de dicha hablaban por
sí mismos. «¡Pero fíjate! ¡Si aparenta ir de coca hasta las cejas!»; Sweetheart
responsabilizaba a Lou de haberle llenado la cabeza de pájaros. «¡Espléndido!
¡Ahora acúsalo! —desconvino Nadiya—. ¿Es tu forma sutil de insinuar que carezco
de personalidad?». Y la disputa aumentó de tono. El inculpado, boca cerrada a
cal y canto (fingía leer), cavaba la trinchera en el sillón del fondo. ¿Qué
clase de majadero trataría de inmiscuirse? ¡Al menos Sweety ya no desconfiaba
de él! «¡Tú te figuras! ¡Dios los cría y ellos se juntan!», apostrofaron las
últimas palabras de esta acerca del tema.
Días después, a la hora del
almuerzo, Nadiya fregaba los platos sucios de la cena. Bunny entró en la cocina
toda acelerada.
—Estupenda—¿Ysipreparoelecciónunaensaladita—convinodelaprimero?huésped.—venía
muerta de hambre.
—¡Marchando! —Abrió el
refrigerador, sustrajo tomates , lechuga, aguacate Fuerte, cebolla morada,
media lima, nueces, y una latacherryala mitad de frijoles cocidos—. Uh, falta
queso panela; ¡el toque maestro!
—Aparta una ración antes de
añadirlo —previno Nadiya.
—¡Ay, sí! Olvidaba las
peculiaridades de tu novio, ji, ji...
—Bueno—Yquelo...
Otradigasde...—asintiósusrarezas.risueña—. Me tiene aburrida con la comida.
—¿Cómo que «otra»? (giro
reflejo)...
—Mujer, resulta muy mono,
simpático y graciosísimo, en serio. Aunque
excéntrico, ya sabes...
—¡Nah! ¡Exagerada!
—Claro, tú ni te das cuenta
porque sois tal para cual. —Comenzó a trinchar la lechuga—. Sin ir más lejos,
ayer no entendimos un pimiento de eso que parloteabais de «los límites en el
mundo»... —vaciló dubitativa—. Espera, ¿o era «del lenguaje?». —Detuvo el
cuchillo—. ¡Ostras! ¿Cómo...?
—¡Exacto!—«Loslímites¿Lo
deves?mi¿Quiénlenguajediablossonlosdiscutelímitescosasdemiasí?mundo».
—Pertenece a Wittgenstein, un
filósofo dedicado a la lógica del lenguaje. Es que Lou cogió un libro suyo de
la biblioteca y el aforismo nos entretuvo. Lo siento, cielo. A veces perdemos
la noción y...
—¡Puf! Sobran las disculpas. Yo
encantada de que colme tus inquietudes. — Recobró el desmenuce.
—¡Gracias, hermosa! —vajilla
lista, Nadiya se secaba las manos—. ¿Te ayudo?
—Descuida. Fríe la carne,
entretanto.
—¡Hecho! —Puso la sartén a
calentar y sacó cuatro bistecs.
—Y en el catre...
—¡chaca-chaca-chaca!; Bunny parecía una trituradora de aquellas que reducen a
jirones los documentos clasificados— ¿te complace?
—¡Uy! ¡Calla, boba! ¡Que puede
oírnos!
—¡Ugh...! Aguarda. —Sigilosa,
asomó el tiesto: el inglés, en lo alto de la escalera, desmontaba la lámpara
del techo del salón—. Continúa liado. ¡Venga! ¡Desembucha!
—¡Vamos,—¡Alotuyo,nocotilla!seasmojigata!
—¡Oooh!—¡Quénones,¿Niunpesada!mísero—Ladetallito?ternera...¡Corre,crepitaba;di!
bajó una pizca el gas.
—ManejaAbasede
insistir,lalengualemejorhizolaquesiguienteSweety.confidencia:
—¿Me—¡Bah!llamas¡Tonterías!mentirosa?—arrojó
Bunny, incrédula.
—¿Qué—No,perodecís,...¡glups!guapas?—Lou—lassobrevinosaludó.
de golpe y porrazo.
—¡Weinstein! —satisfizo la perturbada anfitriona—. Charlábamos de
Weinstein, je, je...
—¿Weins...?
(Nadiya—¡Sí,hombre!adurasElpenasde«losconteníalímites
ladelrisa)mundo».Élatóy cabos:todala pesca —aclaró resabida.
—¡Ah, vale! —Y le enseñó un
portalámparas—. Funciona mal debido a que está chamuscado. Aquí, observa.
—¡Oh! ¿Y eso? —Los pómulos de
Bunny alcanzaban el rojo intenso de las fresas silvestres.
—Quizá un repunte de tensión, o
el desgaste del chisme... ¿Guardáis recambios?
—Eeem... En la esquina izquierda
del ropero tenemos un baúl repleto de trastos.
—De acuerdo, lo investigo.
Caramba, ¿te encuentras bien?
—De lujo, chato. ¿Por?...
—No sé, luces sofocada. —Miró a
Nadiya—: ¿Verdad, nena?
—Culpa del bochorno —depuso
ella—. ¿Eh, bribona? —furtiva, pellizcó el trasero de la amiguita.
—(¡Au!) ¡sí, sí! ¡Qué asco de
calor! —resopló abanicándose con la palma. —Hoy aprieta, en efecto. ¡Mercedes,
señoritas!
—A ti, muñeco. —Bunny, frota que
frota la nalga, unió sus carcajadas a las de la partícipe.
Sweetheart regresaba de destender
ropa en la azotea y advirtió al varón liado entre cables, artilugios y
cachivaches.
—¿Qué buscas? —le preguntó.
—Un simple portalámparas, no
obstante...
—Mala pata, chico.
—Cerca del garaje hay una
ferretería y requiero útiles, conque...
—¡Cierto!, esta tarde os entregan
la «furgo». —Y mustia runruneó—: Luego...
partiréis enseguida, ¿no?
—En tres o cuatro días, calculo.
—¡Ay, Dios mío! ¡Vaya dueto de
majaretas!
—Cuerdos o dementes, Sweety, nos
movemos en el mismo tren —arguyó
alegre.
—¡Puaj! ¡Trágate tus agudeces y
cuídala! ¿Lo captas?
—¡Hale, gente! ¡Al ataque! —Bunny
pasaba ensaladera en mano. Nadiya, a la zaga, traía la ración exenta de queso y
los filetes. —¿Pilláis cubertería, platos y bebercio, porfa?
Panzas rellenas, tras el café los
tortolitos anduvieron a la parada del bus para desplazarse a la Catorce. Nadiya
extrañaba la moto y lamentó no disponer de ella. Aquella maravillosa sensación
de formar totalidad, aferrada a compañero y máquina, era algo de difícil
renuncia. «¿Distingues esas nubes de algodón? —señaló Lou, animoso—. Pronto
dormiremos al raso si nos apetece». Y se besaron febrilmente aunados en un
profundo abrazo. La dama de regia envergadura que aguardaba al lado, cuya
fisonomía de bulldog recordaba cantidad a Carrie Nation (activista puritana del
Movimiento por la Templanza, muy aficionada a destrozar a
hachazos botellas y mobiliario de
bares en la década de ), los hería con la mirada como quien ensarta a un
enemigo. «Damos la nota,1900cariño», previno el muchacho. «¡Envidiosa! —Nadiya
le espachurró las posaderas adrede—. ¡Que fisgue cuanto quiera!», y repuso sus
labios anhelantes en los de él. Percatada del descaro intencional, la testigo
produjo un resoplo airado y buscó prismas más decentes.
Ya ubicados en el barrio, los de
la pandilla corrieron a transmitirles la explosiva primicia de la que hablaba
todo quisqui: resulta que Apolonia fue detenida a media mañana, acusada de
provocar el siniestro en Vista Alegre. «Forcejeaba, chillaba y maldecía
mientras los polizontes la arrastraban hacia el coche —explicó Blackey frente a
la perplejidad de la pareja—. ¡Máximo espectáculo, colegas!».
Acto seguido visitaron al señor
Jorguensen, quien les reveló los pormenores del caso:
—El perito del ayuntamiento
sustrajo de debajo de los escombros un bidón casi fundido que alojaba restos de
una mezcla inflamable; de ahí que la policía tomara cartas en el asunto. En el
transcurso de las pesquisas, Charly reconoció habérselo vendido tiempo atrás a
la loca del demonio, y durante el registro a su domicilio hallaron vestigios de
la sustancia en cuestión...
—¡Madre mía! —Nadiya alucinaba—.
¿Crees que esa manía atroz contigo pudo incitarla, cariño?
Lou encogió los hombros.
—Vete a saber a dónde conducen
según qué desatinos.
—A la cárcel o al manicomio, me
temo —terció el casero—. Entonces, ¿insistes en abandonar el apartamento,
jovencita? Los pintores terminarán en un periquete...
—Muy amable, pero sí, señor
Jorguensen. Solo vinimos a decirle adiós. — Deseos de buena suerte y cordiales
apretones clausuraron el encuentro.
Urgía proveer la furgoneta de
varias comodidades básicas: algún estante, luz interior, un depósito de agua
potable, cama, fogón... ; a guisa de audaces e ingeniosos nómadas, cobijaban
recursos chupis de cara a ahorrar espacio, tiempo y molestias. El subsiguiente
paseíto por los pasillos de la ferretería abasteció el listado de material y
herramientas indispensables.
—¿Tenemos todos los tornillos que
nos faltan? —Nadiya, de coña, refería la locura que les achacaba Sweetheart.
—Sospecho que me odia...
—¡Qué va, bobo! ¡Le caes la mar
de bien! La pobrecilla tiende a enfurruñarse porque la preocupo, ¿comprendes?
—¡Mecachis! ¡El portalámparas que
le prometí! —Y en ausencia de memoria, piernas.
Posteriormente, en el taller, la
Mercedes-Benz mostraba un aspecto formidable: chapa repintada y lisa a manera
del culete de un bebé, neumáticos nuevos, cristales en cada ventanilla, faros y
retrovisores restablecidos; aparentaba igual que si acabara de salir de
fábrica. «¿A qué esperáis? ¡Rápido, subid a bordo!», los exhortó Mary Jane. La
cabina resplandecía como los chorros del oro. El salpicadero estaba entero, la
radio arreglada, los asientos restaurados en escay marrón oscuro, sistema de
aire y calefacción en perfecto estado... ¡Un trabajo impecable! Al examinar la
parte trasera, el suelo de madera, liso y reluciente a semejanza de las pistas
de patinaje, los dejó boquiabiertos. «Con cortinas y cuatro arreglillos nos
quedará un nidito genial»; Nadiya rebosaba júbilo. En última instancia, la
ojeada al motor colocó el broche de oro a esa impresión preliminar.
—El curro supera la estimación;
¡mutis! —Mary Jane hizo un guiño a su bienamada venus.
—¡Oh, querida! ¡Nunca podré
agradecértelo lo suficiente!
La mecánica aprovechó que Lou
firmaba los papeles en la oficina para bromear:
—Deshazte del mostacho panoli,
larguémonos juntas y cuestión resuelta. — Ambas hilaridades propiciaron una
emotiva muestra de afecto—. ¿Volveré a verte, rubita?
—Ni idea, tesoro... Suceda lo que
suceda, residirás a perpetuidad dentro de mi corazón.
En cuanto el vehículo arrancó,
volaron besos a granel. «¡Hasta siempre!». Enfrente del colmado, chavales y
chavalas contaban chistes apalancados al
borde de la acera. El ¡mec-mec!
de la furgona que ascendía los alertó.
—¿A quién le apetece un helado?
—Lou asomaba a través de la ventanilla. —¡Córcholis! ¡Qué chulada! ¿De dónde la
has sacado? —demandó Johnsey. —La cambié por la moto (sonrisa amplia). ¡Arriba,
tropa!
Sally y el Morenito montaron
delante; Samantha, Johnsey, Carter y Moses, atrás. Apenas doblaron la esquina,
apareció Charly. «¡Ey, amigo! Aparca el carrito y vente al Tex Mex Park. —El
chófer no tuvo que repetírselo dos veces—. ¡Vááámonos!».
La consiguiente incursión en el
tenderete del área verde supuso un festín de sabores y matices al amparo de
fresnos y encinas: la cúpula vainilla de Blackey contrastaba ante su tez de
ébano, mientras chispas rojas esparcidas encima de la fresa se añadían a las
pecas de Sally; Moses absorbía embelesado el amarillo del limón con esos
vibrantes labios carmesí, divertidas pinceladas de chocolate teñían las
comisuras rosadas de Carter, la piel tostada de Charly y el dulce de café eran
uno, y la rica cereza, ¡ups!, manchó traicionera la blusa beis de Samantha.
Asimismo, menguaba veloz el pistacho bajo la maleza bigotuda de Lou, y el
sorbete arcoíris de Nadiya estallaba en mil colores para envolverlos a todos en
un suave abrazo. Lamían y relamían sendos cucuruchos en tanto afloraban
anécdotas, chanzas y carcajadas de transparente alborozo.
A los aventureros les supo fatal
verse en la tesitura de informar de la inminente partida, pero así funcionan
las cosas.
—¡Jo, tíos, vaya chamba! Los
mayores hacéis siempre lo que os sale de las narices —protestó Moses.
—¡Ya te digo! —sostuvo Carter—. A
nosotros nos aguarda el dichoso cole en cuatro días.
Las demás caras, largas, le
conferían la razón; salvo una.
—A mí... A mí me gusta estudiar
—titubeó Samantha.
—¡Buah! ¡Cierra el pico,
empollona! —la mueca de Jonhsey atrajo mofas sobre la niña.
—¡Basta, chicos! —cortó Nadiya—.
¿Qué hay de malo en aplicarse? Yo perseveraba...
—Ajá—¿De
—asintióveras?—intervinoconvincente.Sally.
—¿Y tú, Lou? —quiso averiguar
Blackey.
—Eeer... no fui precisamente un
alumno modélico —confesó—, aunque saqué provecho de aquellos años.
—¿En qué sentido? —inquirió
Moses.
—Bueno, conseguí falsificar la
cartilla de los resultados académicos. —La consorte le propinó un codazo; el
resto explotaba en risas—. Tranquila, aprenderán cuando les pique la curiosidad
—adujo en voz baja.
De vuelta al barrio, la
separación suscitó tiernos achuchones. «No seáis demasiado granujas. ¿De
acuerdo?». Hubo un ¡chao! unánime, a la par que Charly gesticulaba su tácita
despedida.
En un pispás aparcaron a la
puerta del bloque de las camaradas. Nadiya usó el interfono: «¡Deprisa, nenas!
¡Enfundaos trapitos decentes y bajad!». La flamante camioneta enseguida obtuvo
grandes alabos. «Ahora nos invitáis a cenar, ¿me equivoco, mequetrefes?»,
conjeturó Sweetheart, risueña. Bunny propuso acudir al Red Oak, como en los
viejos tiempos. «¡Ea! ¡Pediré un buen plato de macarrones gratinados!», lanzó
Nadiya. Paladares en vibración simpática, cual grito que desencadena un alud,
las otras manifestaron idéntica apetencia. Lou, con repeluznos de asco, puso en
funcionamiento el motor. «¿Derecha o izquierda,
?».
La pequeña celebración continuó
en el Funny Fairy, pues Molly la Fleur meritabasdmesun sonado adiós. Después de
narrar el terrible soponcio del incendio, la gachí le comunicó los planes.
—... Resta pendiente la visita a
Blue, el músico colega de Lou; Las Cruces será nuestro alto inaugural
—explicaba—. Luego, nos aguarda un laaargo (gesto ancho) rodeo hasta
California, estado en el que pensamos echar raíces.
—Olvidaos de Los Ángeles, niña
—la previno Molly—. Fui de vacaciones en el sesenta y siete... ¿o sesenta y
ocho?... ¡Bah!, no importa: lo encontré un jodido estercolero.
Quizá—¡Nadacercadeldemarciudades,...
mujer! Un pueblecito chiquitín y apacible me refiero.
—¡Menuda envidia, criatura! —el
programa gustaba a la mestiza—. De poder quitarme diez años de encima, ocuparía
tu puesto sin dudarlo.
—Di mejor treinta, optimista...
—la pinchó Sweetheart.
—¡Chitón, ubres de vaca!
—arremetió Molly. Y produjo un seductor meneo para deleite del británico—. ¿Te
parezco vieja, majete?
La presencia de Lou le agradaba a
tal extremo que sacó tequila del caro y empezó a contar batallitas de juventud.
Bunny y Sweetheart, hartas de esas historias, prefirieron refugiarse en la
pista de baile. Puñetera donde las haya, Nadiya permaneció porque le colmaban
el vasito al tris de vaciarlo.
Big Jerry sentía tanto la marcha
de la joven que arrastraba el disgusto a modo de grilletes plomizos.
—¡Eh, forzudo mío! ¡Acércate! —lo
apremió ella—. ¿Sabes? Guardo algo especial que te encantará. —Atrajo el bolso.
—¿Qué es?... ¿Qué es?... —Jerry
repicaba palmaditas igual que un crío en el
umbral de Disney World. Recibió
una cajita con lacito incluido; tras retirarlo impaciente, la abrió: contenía
retratos polaroid—. ¡Aúpa! ¿Túúú?
—¡Un—Mis
montón!primeras¡Milfotosgracias,desnuda.Cokaine!¿Tegustan?
Y
otro—Trae,amiguapote:préstame¡muá!una. —Besó la franja blanca: el carmín quedó
estampado—.
La gentil delicadeza fue mano de
santo: el gigante reanudó su actividad más feliz que una perdiz.
El irrebatible empecinamiento de
Molly había conseguido que Lou acarreara un pedo considerable a la hora de
retornar a casa.
—Deberías sacarte la licencia,
cielo; tu limoncito aguanta fatal la bebida — apuntó Bunny.
—Eso haré, je, je... —convino
Nadiya— ¿Estás bien, corazón? Lou aparentaba cruzar el cabo de Hornos en pleno
temporal. —Un poco maread... ¡buaaaah! —echó medio litro de pota.
—¡Anda! ¡Alcánzame las llaves,
pardillo! —dijo Sweetheart—. Yo conduciré.
Libertad
El inquietante vuelo de un
mosquito, ¡ñiiii...!, arruinó de pronto el vals etéreo que Bunny danzaba en
compañía de Morfeo. La orquesta detuvo el encanto
primoroso del vienés, el apuesto
dios alado se desvaneció junto a la aristocrática comitivavivace que,
¡un-dos-tres, un-dos-tres!, giraba y giraba
graciosamente en la amplitud del
magnífico salón , y una bambalina de negrura oscureció los grandes candelabros
que pendíanbelleépoquedeltecho. Toda grogui, la muchacha produjo un bostezo
haragán, frotó sus dulces opalillos legañosos, y luego, a tientas, prendió la
lamparita. El reloj, tic-tac, tic -tac, señalaba las dos menos cuarto de la
madrugada. «¡Uh! Pensé que serían la cuatro o las cinco...». Al otro lado del
lecho, Sweetheart dormía a pierna suelta, con la jeta medio cubierta por el
antifaz de los corazoncitos rosa. Resoplaba a semejanza de una tuba en labios
inexpertos; tal era la profundidad de ese letargo que ni un terremoto de magnitudes
catastróficas la hubiera soliviantado. Nada más incorporarse, la pobre insomne
realizó el sondeo de rigor a brazos, piernas, torso, cara: cero picaduras.
«¡Eureka!», resolló mitigada. Justo entonces, la terrible amenaza, cual F-
Tomcat
en pleno combate aéreo, sobrevino
de vuelta a la carga. «¡Miserable chupóptero!»14. Tras repeler a la famélica
alimaña de un rotundo aspaviento, observó alrededor. «¿Dónde diablos dejé el
insecticida?...». Deslizó los pies en las zapatillas de conejito y salió al
pasillo.
Por la puerta entrecerrada del
cuarto de los huéspedes huía luz, también livianos bisbiseos. «¡Cáspita!
¿Todavía continúan de palique estos dos?». Furtiva, arrimó la oreja sin hacer
el menor ruido: vocecitas azucaradas, jadeos, risitas...
«¡Ups! ¡Están...?», dedujo
enseguida. «¡Discreción, querida mía! —advirtió una Bunny diminuta y angelical
que aleteaba avizora—. ¡Lo que ocurre ahí dentro no te concierne!». «¡Corta el
rollo, doña perfecta! —interpuso la réplica diabólica—. ¡Adelante, nena!
¡Husmea a tus anchas!». Vanas deliberaciones ilusorias, a la Bunny de carne y
hueso le crecieron dos cuernecillos. «¡Solo una ojeada rapidita!», y miró a
través del resquicio. En efecto, la pareja retozaba juguetona sobre el catre.
Lou henchía a su compañera de ardientes besos y caricias: una mano quedaba
oculta entre los cabellos de oro, la otra bajo la prenda íntima excelsa. Ella
recibía esas atenciones deseosa, a la par que le desabrochaba poco a poco los
vaqueros.
«¡Qué fuerte! —Bunny desvió la
mirada—. ¡Pillados in fraganti!», rio cubriéndose el hocico. Al atender de
nuevo, el pantalón había volado. Él mismo se deshizo de la parte de arriba; la
consorte deslizó los calzoncillos piernas abajo y, ¡tacháááán! «¡Ah! Dimensiones
adecuadas, ¡sí, señora!», fue el dictamen de puertas afuera. Envuelta en una
espiral sicalíptica, Nadiya alzó los brazos para que la despojara cuanto antes.
De inmediato afloraron las formidables cúpulas albas, firmes y tersas, cuyas
cúspides, rígidas igual que balas del , apuntaban certeras en sentido
ascendente. «¡Oooh, cariño!... —balbució el agraciado45 rufián al contacto con
tan augusta opulencia—. ¡Tu piel de seda desborda mi deleite!». La gachí,
eufórica, lo encarecía conforme era explorada de arriba a abajo, centímetro a
centímetro. Las braguitas cedieron diligentes a una maniobra fugaz, y el
precioso matojo de rizos de fuego asomó como la gloriosa claridad que irradia
las auroras del edén. Aquel triángulo abrasivo añadía el colmo del sofoco a una
noche en que los termómetros tocaban techo.
A estas alturas, el pulso de
Bunny latía tan salvaje —ímpetu y cadencia de tambor de guerra africano— que ni
por descuido recordaba la razón del intempestivo garbeo. Contemplaba la escena
embelesada de pies a cabeza, acaso
porque sentía crecer un impulso
irrefrenable desde lo más hondo. Revuelta y sudorosa, alcanzó su entrepierna y
empezó a toquetearse. Enfrente, los preliminares amorosos avanzaban: ahora la
imponente erección aparecía y desaparecía, presa de la ternura oral femenina.
Nada recelaba el gentil galán de las bondades de tal práctica, ya que según los
visajes parecía a punto de chorrear a guisa de una soda agitada en exceso.
Pero, contra todo pronóstico, pudo contener el impulso y llegó íntegro al
intercambio de roles. Así, abierta la suave florecilla de par en par, acudió
cual abejita laboriosa para deleitarse de las mieles ofrecidas. La fausta
amante sucumbió agarrada a la sábana, apretujando, retorciendo y arañándola.
«¡Dios santo! ¡Qué maña se da el
condenado!»; la fisgona casi experimentaba en carne propia el éxtasis ajeno,
pues con tanto ahínco se autocomplacía que, despistada, gimió. «¡Uy! ¿Me
oyeron?». Tuvo a Nadiya delante de las narices antes de que parpadeara. «¡Epa!
¡Perdonad, je, je... ! —el sonrojo de las mejillas la traicionaba de manera
indefectible—. Estoo ... ¡El flit! ¡Busco el flit! ¿Imagináis dónde...?». En
respuesta obtuvo muecas reprobatorias, brazos en jarras, movimientos rítmicos
del pie contra el suelo... El rostro de la voyerista adquirió la contrición de
una niña que ha sido mala mala mala, aunque una sonrisita traicionera de la
rubia evidenció que solo fingía enojo, y en el acto repuso el tono travieso.
Esta llamativa situación condujo
a lo siguiente: Bunny lanzó un guiño salaz a Lou, él dirigió sus facciones
harto perplejas a Nadiya, quien movió un dedito pillín ante la sinvergonzona,
invitándola a pasar.***
Sweetheart amaneció enferma de
escozor. «¡Mecagüen la...!», maldijo al advertir el descomunal aguijonazo del
hombro izquierdo. Rasca, rasca, que pica, echó en falta a Bunny. Supuso que
había madrugado: la lámpara de su banda estaba encendida pese a la claridad
matinal. «¡Ay, Señor, Señor! ¡Va más despistada que un pez fuera del agua!».
Fue a apagarla, deshizo la cama de un jalón, y partió del dormitorio, presta a
entrar en el baño. Entretanto hacía pis, no dejaba de restregarse. Aparentaba
una de esas maníacas que acusan la algidez del desvarío. El voto «¡Ojalá reste
pomada!» repercutía allende las celestialidades divinas.
Después de tirar de la cadena,
sustrajo el tubo retorcido del armario, lo estranguló como si arrancara el
último suspiro a un convicto, y esparció el saldo encima del férvido bulto.
«¡Uff! ¡Qué alivio!». Accionó el pedal de la papelera; ¡zas!, cadáver a la fosa
común. A continuación, mientras canturreaba una melodía irreconocible, anduvo
ligera a la cocina. Metódica, preparó despacito el zumo de naranja que a diario
solía deleitarla, «¡tarirorirorííí...!», atrapó una caja de
muy llamativa, y puso rumbo al
salón. Iba a ser el desayuno que tanto codiciaba,muffins cuando la tarde
anterior adquirió esta selectísima repostería. Sus venas latían del ansia de
abrir el embalaje, contemplar absorta aquel colorido que embadurna la vista,
aproximarse, oler a pulmón libre los aromas mezclados de tropecientos sabores
para, finalmente, obtener múltiples clímax a base de rellenos de crema,
chocolate, frutas, mermelada, praliné... «¡Mmm... soberbio festín!». Imbuida de
tal corriente de voracidad, retrocedió confusa apenas rebasar la alcoba de
Nadiya: acá contaba tres, donde debían acostarse dos, y para el carro. «¡La
madre que...!». Prosiguió adelante, con el reflejo de los lirones entrelazados
en pelota picada clavado en la retina.
Al confort del sofá, entre
gruñidos y rezongos, arrancaba cachitos a uno de esos
dulces, lo mismo que el malvado
doctor Fu Manchú desmembraría a un occidental por puro placer. «¡Manda huevos
el asunto!...». De repente, ¡tap-tap-tap!, detectó movimiento. Supo a ciencia
cierta cuál de ellos era porque el asiento del inodoro chirriaba al levantarlo.
Maliciosa, ciñó los labios y de un tirón atrajo el
de la mesita.
Lou surgió en breve, puede que
algo más pálido u ojeroso de lo normal. SosteníaCmpolitan
el café matutino humeante
humeante...
—¡Hola, Sweety! —dijo sin
adentrarse.
—¡Buenos días, machote!
(requetesimpática). ¿Dormiste plácido anoche? —la pregunta supuraba retintín a
mansalva. Él alzó un pulgar grácil al tiempo que soplaba la taza—. Tío,
¿esperas el autobús ahí paralizado?
—¡Oh!, me piro en un plis; aún
tengo pendientes unos arreglillos a la «furgo» —comentó risueño.
—¡Zampa primero, hombre! —hizo
notar la caja de .
—El café basta, gracias. muffins
—¡Ay, este mozo! —desvió la
atención hacia el magacín—. Es malo esforzarse en ayunas... ¡Vamos!, coge uno
al menos —pasaba página—, o caerás redondo a media faena.
—Tal vez dentro de un rato, de
veras. —Dio un sorbito. ¡Quemaba!—. Bueno, ¡luego nos vemos, linda!
—¡Ah, venga, venga! ¡No te
largues así, alcornoque, que están de rechupete! — le lanzó avispada—.
¡Cáspita! ¡Pero fíjate tú! —ojiplática, lo reconocía de cabo a rabo—. ¡Si hoy
luces el doble de flacucho que de costumbre! Hale, corazón, acércate (palmaditas
sobre la tapicería), que necesitas recobrar fuerzas.
—¡Qué insistencia, chica! De
acuerdo, probaré uno...
—¡Oh, insisto, insisto! Además,
ayer siquiera coincidimos, «rey mío». De modo que dime —depuso la revista—,
¿alguna novedad en el frente?
—PuesLouretiróacudimosunapiezaaundelsitiosurtido,colosalla
mordió,desegunda¡chompmano-chomp!,acomprarengullólucesy expuso:degas,el
fogón, la mesa y dos sillas de
camping. —Por descontado no era lo que ella quería escuchar—. El lote salió
tirado de precio. Pásate cualquier día; este mercadillo que te digo estriba...
—Conozco el rastro de Farmington
Rd, mi vida —lo interrumpió tenaz—. ¿Qué más? ¡Cuenta, cuenta!
—Ah, Nadiya dispuso visillos a
las ventanillas, y yo acabé de instalar el tanque; lo he adaptado a fin de que
recoja el agua de la lluvia —destacó orgulloso.
—¡Caramba! ¡Muy apañados! ¿Y...
eso es todo? Juraría que omites «cierto detallito», tesoro...
—Eeem... ¡Ups, lo olvidaba! Llamé
a mi viejo colega Blue. Quedamos en que llegaríamos a la hora de la cena.
—Conque Blue, ¿eh? (mirada
perforadora)...
—El mismo que viste y calza.
—¿Me tomas por el pito de sereno,
puñetero?
—¡En absoluto! Resulta que su
esposa cocina de maravilla; preparará un banquete espléndido en nuestro honor.
—¡Buenos—¡Ey,gente!días!—Nadiya—lerespondieron.emergióbriosa,
descalza y desmelenada.
—¡Canastos! ¡Qué buena pinta
tienen los ! —traía un hambre de loba anémica—. ¿Son de aquella pastelería del
centro,muffinsSweety? —En efecto, lo eran—. ¡Buah! ¡Menudo peligro, je, je...!
La recién personada, que venía
hecha un auténtico torbellino, barrió de
sopetón el «delicado» tira y
afloja de los tertulianos. Hablaba, gesticulaba y comía con tal atolondramiento
que pasmaba a la propia Madre Naturaleza. Sin duda, el entusiasmo le rezumaba a
flor de piel debido al inminente despegue. ¡Faltaban pocas horas!
—SeñoritasLouengulló...el—sebocadopusodefinitivo.enpie.
—Mujer,—¿Nofaffandonasconviene
solucionarya,minino?lo—Ladelfogónglotoneríaantes dede Nadiyairnos. despertó
hilaridad.
—Me calzo y te ayudo si acaso...
—Tranquila, arregla tus cosas.
—¡Vale! Bajaré tan pronto como
termine, hermoso. ¡Mua!
—¡Mua! —Giró la cabeza y,
pilluelo, batió un ojo a la anfitriona—: Guapa...
—Bandido...
Sweetheart quiso averiguar
deprisita deprisita los pormenores del frenesí nocturno. En consecuencia, de
cotilleo en cotilleo, dilataron el desayuno al estilo de colegialas
gamberrillas.
—... ¡Ay, la pendona de marras!
—resumía Nadiya a carcajada limpia—. ¡Mira que hacerse un dedito mientras nos
espiaba!
—¡Puf! ¡La cabra loca de Bunny!
—arrojó la socia, incisiva.
—Y, al pillarla, me suelta el
rollo del matamoscas, ¿sabes? Y yo ahí superenfurruñada. ¡No veas qué carita
puso, jua, jua, jua...!
—¡Jolines!—¡Oh,eneso—Ynoambasfaroleaba!redoblaron—Lemostróelalborozo.lahinchazón.
Devotas del , Bunny y Sweetheart
constituían la prueba fehaciente de que la modaprêtes-àun-porterfenómeno
adictivo, caprichoso, voluble. Los estantes y percheros del cuarto ropero
abarcaban modelitos de todas las tendencias actuales:
blusas hindúes, africanas,
chinas; vestidos de corte estampados en tonos vivos; faldas minis y maxis,
anchas y estrechas; monoshippy ceñidos con perneras elefánticas; pantalones
acampanados, rectos y de pitillo; chalecos, shorts y camisetas de mil y un tipos;
chaquetas, cazadoras vaqueras, de poliéster, de piel; pañuelos y turbantes
lisos o estampados; sombreros de distintas alas... A similitud de la cueva de
los cuarenta ladrones —¡ábrete, sésamo!—, las puertas correderas del armario
empotrado ocultaban un alijo en materia de bolsos, gafas de sol, pulseras,
pendientes, collarines, anillos, broches; complementos indispensables a la
hora de ir . Asimismo, zapatos
altos, planos, plataformas, botas de charol, camperas,commebotinesilfaut
dispares, deportivas y sandalias a punta pala recorrían el perímetro del suelo.
Cuando Bunny dio señales de vida,
las tres accedieron apresuradas a ese fastuoso templo de la elegancia femenina:
una, dispuesta a solucionar su déficit indumentario; las dos restantes, a hacer
hueco de cara a la temporada otoño-invierno.
El intenso proceso de selección
desataba historias de lo más variopintas: «¡La hostia! ¡Tenía esta camisa
ranchera completamente olvidada! No la uso desde que un puerco asqueroso soltó
lefa encima», dijo Sweetheart, descartándola. Bunny, muerta de risa, sacó un
bolso brillante de color carmesí, chiquitín, peculiar, que permanecía
arrinconado en el fondo. «¿Te acuerdas, limoncito? ¡Vaya pedo la tarde que lo
sisé del centro comercial!, ¿eh?». O sea que, anécdota tras anécdota, algarabía
garantizada. «¡Sois la repanocha!»; Nadiya atendía divertida, en tanto se
probaba una prenda detrás de otra.
A media mañana, el vestuario
recolectado ocupaba dos bolsas generosas. A trancas y barrancas, las acarreó
hasta el furgón.
—¡Córcholis! ¡Cómo pesan!
—exclamó Lou al cargarlas—. ¿Dejaste a esas
desdichadas algo con lo que
cubrirse?
—¡Buf, de sobra, je, je ...!
¡Pero las miserables no aflojaban cosméticos ni a
punta de pistola! —bromeó ella.
—¡Saqueadora! (Risas). A
propósito, nena (expresión vacilante), ¿Sweety lleva
bien lo de...?
—¿De?... ¡Ah! —infirió jovial—.
¡Perfecto! ¿Por?...
—Verás, esta mañana la noté un
tanto... ¿cabreada?
—¡Bah! Es que anoche le hubiese
encantado unirse; de ahí que te chinchara,
tontito.
—Entiendo —respondió
meditabundo—. Oye, a lo mejor
podríamos
quedarnos hoy y...
—¡Ah-ah! —opuso Nadiya—. Ese tren
ya pasó, cielito. Aparte —picarona, le
pellizcaba la mejilla—, estaría
feo defraudar a Blue, ¿uh?
—¡Claro, claro! —pestañeó el muy
canalla.
La joven precisaba reclutar un
puñado de compañeros de viaje para la gran
aventura: pinceles, sanguinas,
lápices, carboncillos, témperas, acrílicos, acuarelas,
blocs de dibujo, etc.; aguardaban
pacientes en la tienda de bellas artes de Cactus Ln,
su favorita. ¡No escatimaría
ningún requisito! Wilma, gustosa, sufragaba los costes.
«Monta, te acerco», exhortó Lou.
Agradecida, rehusó. Prefería desplazarse a pie y
disfrutar sola de aquel momento
privilegiado. Después de tanta euforia derramada,
el cuerpo llamaba a la serenidad
del recogimiento consigo misma; perderse por
calles y rincones bajo el cálido
brillo del mediodía, acompañada de su silueta
oblicua.
Entretanto caminaba a paso laxo,
todo cuanto percibía lo apreciaba diferente.
¡Qué soberbia emoción! La intensa
obertura del mundo rimbombaba alrededor:
cuerdas y arcos tejían un
universo de posibilidades ante sí, bocanadas de vientos
alfénidos la empujaban a
territorio desconocido, y el tantarantán de los tambores
ponía ritmo al deslumbrante balé
de la vida. El recuerdo de Yure, «¡Papá, querido
papá!», afluyó cual carantoña
espontánea, como ese pícolo revoltoso que sobresale
de la orquesta emulando el cantar
del prístino pajarillo primaveral. Y pensó en la
felicidad que sentiría de verla
en este lapso de cambio, vinculada sin reservas a un
hombre sencillo, de noble temple
e ingenio verdadero.
A mitad de camino alguien le tocó
el claxon; la magia presente fue a
desvanecerse tras el lienzo de lo
mensurable. De buenas a primeras no atinó quién
era. «¿Estiras
las piernas, rubita?»;
Jasper manejaba un
flamante (Ford)
Thunderbird beige. Se había
cortado el pelo e iba de punta en blanco, con traje y
corbata. «¡Caray,
pocholito! ¡Menudo new
look!». Rápidamente entablaron
conversación.
Él explicó que ahora ejercía las
funciones de su antiguo jefe, Rufus Morales. «¡A
nuevo estatus, nueva imagen, !».
Nadiya introdujo: «¡Te perdiste el guateque de Molly! ¿Dónde diablos
andabasbaby metido?». Como es lógico, las actuales responsabilidades lo
mantenían lejos del ambiente callejero que solía frecuentar. Y recobró el
cotorreo en torno al ascenso, hasta que ella quiso informarse de la situación
del capo mexicano entre rejas. «Corrían rumores de cierto arreglo con la DEA.
Los de arriba decidieron que más vale prevenir que...», contestó seco. A
despecho del impacto de la noticia, la gachí contuvo ahí el interés. No
obstante, le comunicó que abandonaba la ciudad de manera indefinida. Este
encuentro fortuito traía primicias de diversas clases. Jasper, asombrado, la
invitó a celebrar la ocasión a bordo. «Gracias, encanto, pero llevo dos semanas
limpia». Dedujo que estaba de coña e insistió. «¡Paso, en serio!»; no hubo
forma humana.
A la hora de la despedida, el
tipo le confesó: «Muñeca, al contrario que las demás chicas del Funny, siempre
sospeché que en tu sesera sonaba una onda especial. ¡A tope, tía!...». Pisó el
acelerador. ¡Mec-mec!; y siguió el fluir del tráfico. «¡Cuídate, pocholito!».
Bien seguro que Jasper no erraba
el tiro, porque los viajes, los de verdad, germinan en la mente del audaz mucho
antes de ponerse en movimiento. Son aquellos que nacen de sueños insondables e
inquietudes recónditas, del anhelo de resistir a lo establecido y exceder
fronteras; esos que, en suma, moldean la voluntad de uno. El aventurero —libre
ya de rutinas y vicios, sensible a sus prioridades— adquiere entonces la
condición del desarraigo: goza de extraviarse; vive el presente, poco lo
angustia el mañana; aprovecha la luz y jamás desdeña el anochecer; avanza y
arriesga a diario la propia identidad, sabiendo que nunca regresará a la tierra
que lo vio partir, pues habrá muerto y renacido una y mil veces a lo largo del
sendero.
Extravagancias del albur, quizá
Palo Largo vino a representar un simple oasis para Nadiya; la parada y fonda
donde, con el devenir del tiempo, el horizonte adquiriera ese perfil propicio
que anhelaba en extremo. Y a la sazón discernió que, puesto a correr el
cuentakilómetros, aquella urbe quedaría detenida en el recuerdo, como un legado
de imágenes adheridas a sensaciones. Cuanto dejaba atrás evolucionaría al
margen de su persona y nada familiar volvería a ser igual. «¿Qué les deparará
el futuro a este par de truhanas?», cavilaba al filo de la partida, mientras se
arreglaba enfrente del espejo. Acurrucadas en el sofá, las amigas del alma
aguardaban tristes la temible separación. El silencio que oprimía el
apartamento pesaba el doble de lo que ninguna hubiera deseado.
«La vida es un cúmulo de pérdidas
y ganancias; de nosotros depende aprovechar cada experiencia»; la reflexión de
Lou le cruzó el pensamiento conforme Bunny y Sweetheart disminuían a través del
retrovisor. Agitaban los brazos enérgicamente y ella, anegada de lágrimas, les
devolvía el adiós. No, no encontraba dicho, aforismo o proverbio que la
consolara. Quiso recalcar el propósito de escribir y llamarlas con frecuencia,
pero un nudo le trababa la garganta. «¡Os amo, pareja!», consiguió articular a
duras penas en el instante postrero. La furgoneta cogía el desvío del final de
la calle: un vulgar trecho a ojos de cualquiera; amargo viacrucis en el sentir
de Nadiya. Su vacío interior contrastaba frente a la agitación de fuera:
tránsito intenso, obras, ruido, peatones aquí y allá. Un vehículo de
emergencias ascendía aprisa. El semáforo estaba rojo; los carriles atestados.
¡Bloqueo! Empiezan a tocar bocinas. ¡Nervios! Conductores
que hacen señas. ¡Gritos! El
contiguo maniobra y roza el coche de delante. ¡Insultos! Sale un
ciclomotorjeepque zigzaguea en mitad del caos. ¡Locura! La ambulancia pasa
zumbando a marchas forzadas. ¡Estrépito!
Un minuto después, en dirección a
la Interestatal, alcanzaron la célebre glorieta. Acá apenas contaba media
docena de mozas —a dos las conocía de vista —; aún era temprano. Contempló el
islote por última vez. «Oferta y demanda, apariencias y devaneos, necesidad y
poder; la estampa de la humanidad rodeada de asfalto», discurrió. Casi lograba
visualizarse bajo la penumbra ambarina del alumbrado, a la espera del próximo
cliente. Libre de culpa, pena o ira, según circulaban, sintió palidecer el
nombre de Cokaine Diamond, lo mismo que toda palabra mengua tras ser
pronunciada. El único eco del personaje resonaría en unos metros de
celuloide...
Al acceder a la autopista,
prendió el receptor: « ... —Hizo girar
la
ruedecilla—: ... ... ... Cháchara ...
retransmisión—aquídeportivaparó.El
locutornoiciasdecíazzz—: ...anuncio de quitamanchas
zzz... programa musical Y ahora, queridos amigos,
damos pasoBrotaronlostripulantes(
del incombustible) "zepelín metálico". ¡Yeah! Ahí va
». arpegios pausados y
melancólicos de la guitarra acústica. De "Going to Califo nia" Y ndo
Calif rnia saltarina,desuálbum sin título. ¡Disfru adla a
improviso,tutiplén! se incorporó
una mandolina para luego dar paso a la voz reposada del cantante. De corte
folk, la canción trataba de alguien en vías de recomenzar de cero. Una temática
cercana que acompañaba el momento.
Miró a Lou, que conducía apacible
y asestaba toquecillos al compás sobre la dirección. Él le devolvió un mohín
tierno. ¿Qué poseía ese semblante que tanto la reconfortaba? ¡Oh, Dios! ¡El
afecto de aquel muchacho capaz de comprender, aportar y tomar desde la
igualdad, suponía el mayor tesoro del mundo entero! Acomodó la cabecita en su
hombro; enseguida obtuvo un beso. El aire puro irrumpía por las ventanillas y
todo lo alborotaba. Delante había un larguísimo tramo de carretera recta,
desierto a ambos lados, y el cielo, transparente, despejado, parecía otorgarles
el más sincero de los beneplácitos. Detrás del asiento quedaba el reducido
hogar, y muchas, muchas hojas en blanco donde escribir o dibujar. ¡Nada podía
salir mal!
¿Realismo funk?
Remota en el espacio pero cercana
gracias al milagro de Internet, Valeria,
compañera de letras y buena
conocedora de la literatura, destacó en cierta ocasión
—con ese admirable salero andaluz
que la caracteriza— el tono atractivo, accesible
y dinámico de mi escritura.
Agradecido, le contesté que no estaba lo bastante
satisfecho y que pretendía darle
una vuelta de tuerca más; a fin de cuentas, botar el
ancla de la conformidad impide
descubrir islotes alternativos, acaso de relevancia.
El propósito era cincelar
bajorrelieves de palabras que trascendieran la base del
papel para afianzarse en la
imaginería profunda del lector. «¡Casi ná, mi ma!».
Afán este el de muchos
novelistas, repleta de intriga, preguntó si ocultaba alguna
fórmula milagrosa. Hacía tiempo
que barajaba la idea de situar una historia en
Estados Unidos
durante la década
de los setenta,
pues aparte del
propio
entusiasmo por la música y
estética del periodo, el marco favorece la introducción
de varios elementos de interés
social. En plenas maquinaciones, inferí que el mejor
modo de transmitir la
efervescencia del momento y el lugar sería inspirándome en
uno de sus máximos exponentes: el
funk. «¡Ozú, qué apañaico! —exclamó ella—.
¡Cuenta, quillo, cuenta!».
A semejanza de todo cuanto
elevamos a la condición de excelso, el género de
referencia alberga dos facetas
integrales. Una, la forma, que corresponde al ritmo,
armonía e instrumentos: poderosos
gr v a
palo seco, vibrantes y audaces o
sensuales y juguetones, te
electrocutan con esa deliciosa corriente que cala hasta la médula del hueso.
Entre muletillas, crujidos y estrépitos de bajos, baterías, teclados
y guitarras, acude puntualmente
la clásica sección de metales, cuyos atienden ora a exuberancias, clamores y
alaridos, ora a desplomes, lamentos ohitssollozos de voces pletóricas donde las
haya. A la postre, un coro de radiante brillantez aporta el condimento perfecto
a la explosiva receta. Cabe incluir también el perfil ligado al estilo: los
músicos calzan plataformas o botas largas, exhiben camisas, monos y faldas de
colores atrevidos, pantalones de campana, complementos tales como gafas de sol
estrafalarias, cinturones anchos, bisutería exorbitante, y para aquellos que el
volumen del peinado afro se lo permite, desde sombreros de ala ancha a
chapelas, gorros, boinas... A tal despilfarro africanista le siguen puestas en
escena distintivas, teatrales, intrépidas; a menudo encapotadas de humor o
carga erótica.
El segundo aspecto, más
heterogéneo, lo constituye el fondo: fenómeno cien
por cien , este hijo de tantos
padres irradia festejo, libertad ymadeprotestain.NorthLetrasAfroamericayactitudes
combinan la rebeldía de los humildes junto a
la extravagancia e imaginación
del visionario; el toma distancia de las iglesias, que hasta la fecha
constituían el centro neurálgicofunkdel colectivo, y sitúa la mirada en el
«individuo cósmico». Rechaza aplicar fórmulas comerciales porque le encanta
sentarse a la mesa de los
mayores: prende de la fuente del ,
pica del plato del
, bebe del , comparte el pan con el o
los soulritmos latinos; es un
omnívoroblues voraz. Trasjazz la
comilona, descarado, regurgitarock oro. Levanta el pandero del asiento, se
sacude los ademanes acartonados de las solapas y echa a andar. Poco le preocupa
su apariencia tosca. Disfruta de ambientes escabrosos, del sexo, del poder, de
la fuerza; ¡raza, ritmo, agitación y juerga! ¡Tu piel oscura: el mayor
privilegio!
Este prodigio estremecía las
calles de los guetos que pisaba. ¿Estarse quieto? ¡Jamás! Ocupó
radios, tocadiscos, emisiones
televisivas, bendijo el
cine , y aun caló en la audiencia de menos pigmento. La huella que ha
estampadoblaxploitationen el folclore estadounidense no solo impregna el
imaginario histórico, sino que abordar la década sin considerarlo equivaldría a
visitar la capilla Sixtina a ojos ciegos.
Valeria se rasgaba las vestiduras
cavilando la manera de transferir semejante batiburrillo a la escritura.
«¡Relájate —le sugerí— y te expongo el plan!». Según la RAE, el término
«eufonía» refiere a la «sonoridad agradable que resulta de la acertada combinación
de los elementos acústicos de las palabras». ¡Más simple que añadir azúcar al
café!: lo que el ritmo pegadizo invita a moverse, en el ámbito literario
«engancha». Esto requiere pulcritud a la hora de componer el fraseo: la
cadencia justa surgirá de vigilar tanto la oración precedente como la
consecutiva, en busca del flujo y equilibrio que necesita un párrafo. Además,
el uso de modismos, onomatopeyas, lenguaje colorido, argot, dichos o refranes
proyecta «afinidad», siempre bienvenida durante el bailoteo. Y, por supuesto,
una puntuación precisa debe establecer el compás idóneo a la silenciosa
melodía. Ya dentro del plano narrativo, balancear con eficacia relato,
descripción y diálogo hará que la cosa zumbe potente potente. Releer,
replantear o el tanteo son claves importantes del proceso: «Aunque es percibido
como suelto, libre y fluido, lo cierto
es que el es tan rígido como
cualquier motor de corriente continua», dijo Peter Shapiro (funk : ), promotor
musical.
En la2011pantalla139apareció
«¡Todo lo contrario a Vladimir Nabokov, !» al lado de una carita sonriente
(días atrás comentaba en un blog que laspishanumerosas acotaciones, paréntesis
reiterados y digresiones kilométricas de su obra la
abruman). «Me queda claro cómo
transliterar la "forma" del —seguía—.
No
obstante, ¿y la esencia?, ¿el
espíritu?». Respondí a eso con elfunksiguiente : «visión imaginativa de la
cotidianidad». Y de cara a ilustrarlo, cité el leitmotivrealismo mágico,
surrealismo, la novela psicológica, también el experimentalismo (tendencia de
vanguardia del siglo XX que explora nuevos conceptos y representaciones del
mundo); corrientes afines a mi objetivo, de las cuales sacaría buen provecho.
Elaborar metáforas, símiles, prosopopeyas y analogías impactantes; incluir
contexto histórico; dibujar bocetos concisos pero eficaces; introducir
discordancias significativas en la trama; crear personajes extravagantes y
adentrarse en sus historias; tejer diálogos auténticos, naturales; aparte del
uso frecuente del humor y la ironía, forman el sostén que expresará a las mil
maravillas el género que pretendo emular. Wah-wah, chorus, flanger, reverb,
ecualizador,
etcétera; la retórica actúa a
manera de los efectos utilizados en la producción
musical. Añaden matiz y viveza a
riffs, hooks, puentes, solos... Sin embargo, nada
suena «completo» si las
florituras sustituyen aquello que de veras importa; lo
ameno requiere hondura y
autenticidad.
La red arrojaba chispas
músico-literarias por doquier, y en algún instante surgió la denominación
«realismo funk » (risas). El caso es que nada más terminar la charla, me puse
manos a la obra. Eran las tantas de una noche de agosto.
Sudaban incluso las uñas del
bochorno que hacía. Subí el ventilador a máxima potencia, llené la taza de
café, y a teclear se ha dicho.
Titus
Six, 8 de julio de 2024.

No hay comentarios:
Publicar un comentario