© Libro N° 13005. Orlando Inmortal. Primera Parte. Paleteiro,
Manuel. Emancipación. Septiembre 28 de 2024
Título original: ©
Orlando Inmortal. Primera
Parte. Manuel Paleteiro
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Original: © Orlando
Inmortal. Primera
Parte. Manuel Paleteiro
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reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
ORLANDO INMORTAL
Primera Parte
Manuel Paleteiro
Orlando
Inmortal
Primera
Parte
Manuel
Paleteiro
EX LIBRIS
Editado
en España
Abril
de 2024
ORLANDO INMORTAL
Primera Parte
Manuel Paleteiro
Primera
edición: abril de 2024
Depósito
legal:
ISBN: 978-84-10232-22-8
Impresión
y encuadernación: Imprimelibros.com
© Del
texto: Manuel Paleteiro Ortiz
©
Maquetación y diseño: Manuel Paleteiro Ortiz
ORLANDO
INMORTAL
Primera
parte
1
Han
pasado casi trece siglos desde mi nacimiento en Burdeos allá por el año 736, y
observo con gran tristeza que los hombres no solo que no han avanzado en
nin-guna de las virtudes que deberían adornar a la Huma-nidad, sino que, muy al
contrario, han retrocedido en generosidad, en solidaridad, en honestidad, en
ingenio, en dignidad y en sentido de justicia, habiendo prospe-rado en gran
medida su egoísmo, su agresividad y su desamor al prójimo.
Sí, has
leído bien, amigo lector, tengo más de doce siglos de existencia. Yo soy aquel
conde Roland que el monje normando Turoldo cantó en su famoso poema titulado El
cantar de Roldán1. Soy aquel mismo Or-lando que, enamorado de la bella
Angélica, enloqueció de furor cuando fue rechazado por la ingrata, tal y como
os fue narrado por el poeta italiano Ludovico Ariosto en su poema épico
titulado Orlando furioso. Soy aquel caballero que comandaba la retaguardia del
ejército
1 Se ha considerado hasta hoy que el poema
épico La chanson de Roland es de autor anónimo, si bien muchos estudiosos lo
atribuyen al monje nor-mando Turoldo, basándose en que el último verso de la
obra dice: Ci falt la geste que Turoldus declinet, entendiendo que en francés
antiguo la palabra «declinet» puede traducirse por «entonar», «componer» o
quizás «transcri-bir», «copiar», por lo que el verso puede traducirse como
«Esta es la gesta que Turoldo compuso».
9
franco
carolingio cuando, una vez de regreso a Francia, un caluroso sábado, 15 de
agosto del año 778, caí muerto en Roncesvalles combatiendo a pie firme con-tra
una carga de quinientos vascones. Soy aquel que, tras sucumbir en el combate
junto a mis entrañables amigos, el conde Oliveros y el arzobispo Turpin,
em-puñando mi hasta entonces invicta espada Durandarte, me vi elevado al cielo
de los héroes y cantado en las plazas públicas de todas las ciudades de Europa
por los más afamados trovadores y juglares, después de que la fértil
imaginación de Turoldo convirtiera aquel medio millar de vascones en un
ejército de cuatrocientos mil feroces sarracenos y me adjudicara la falsa gesta
de ha-ber abatido a un millar de enemigos antes de caer muerto, convirtiéndome
así en el modelo a seguir por los caballeros medievales.
Pese a la
asombrosa incongruencia que supone el que un cadáver pueda estar hablando de su
propia muerte, el lector no tiene de qué alarmarse, ni mucho menos creer que le
estoy dirigiendo estas palabras desde ultratumba ya que, mientras escribo estas
líneas, estoy respirando el mismo aire que está respirando él, hoy 16 de enero
de 2024, en el mundo de los vivos. Y, como quiera que pienso aclarar este
misterio algo más adelante, le ruego encarecidamente al lector que conti-núe
leyendo y tenga un poco de paciencia.
No solo
que los no conozco a ciencia cierta, sino que ni tan siquiera sospecho quienes
fueron mis progenito-res, pues todas las veces que he intentado desvelar el
10
secreto
de mi nacimiento me he encontrado con un muro de silencios y ocultaciones que
lo ha hecho im-posible. Turoldo dice en su canto decimoquinto que soy sobrino
de mi señor Carlomagno, pero tal cosa es de todo punto imposible, dado que yo
nací seis años antes que mi rey y veintiún años antes que Gisela, la mayor de
sus cuatro hermanas. Tan solo sé que me crie como hijo adoptivo en el palacio
de una noble familia, junto con dos hermanastras que llegaron a este mundo
des-pués que yo, recibiendo de mis padres adoptivos todo el amor que un hijo
hubiera podido obtener de sus pa-dres naturales; lo más lejos que han llegado
mis pes-quisas tan solo han alcanzado a averiguar, aunque sin demasiada
garantía de certeza, que soy un vástago ile-gítimo de Pipino el Breve e hijo
secreto y adulterino de una noble dama de la realeza cuyo nombre y pecado no se
pueden revelar y, por tanto, nieto de Carlos Martel, Así pues, si todo esto
resultara ser cierto, mi señor Car-lomagno y yo seríamos hermanastros, por lo
que, ha-biendo nacido como bastardo en Burdeos el 16 de enero del año 736, soy
franco aquitano por nacimiento, y como quiera que aunque sea ocultamente vengo
a for-mar parte de la dinastía carolingia, creo poder afirmar que por mis venas
corre sangre de reyes. Aunque mi verdadero nombre es Roland, que sería
equivalente a Rolando, tan solo mi familia adoptiva y unos cuantos de mis más
allegados amigos me estuvieron llamando Orlando durante el tiempo que estuve
viviendo entre ellos en este mundo; y es por esto que, teniendo yo este
11
nombre en
gran estima, lo adopté hace ya muchísimo tiempo como mi nombre de pila en mi
nueva vida in-mortal y lo llevo orgulloso allá donde quiera que voy, cambiando
solo el apellido, si lo considero necesario, cada vez que me mudo de país.
Por
increíble que pueda parecerle al lector, la histo-ria que me dispongo a contar
es tan rigurosamente cierta como que en el momento en el que me encuentro
escribiéndola son las diez y veinte de la mañana del 16 de enero de 2024, fecha
esta en la que tendría que estar celebrando mi cumpleaños número mil doscientos
ochenta y ocho. Sí, amigos lectores, os aseguro que tengo mil doscientos
ochenta y ocho años cumplidos, y si mi edad os parece una exagerada cantidad de
años, imposible de ser alcanzada por un ser humano, sabed que estoy totalmente
de acuerdo con vuestra aprecia-ción, si bien he de aclarar dos cuestiones. La
primera es que esta gran acumulación de tiempo que llevo vi-vido no es el feliz
desenlace de haber tomado ningún elixir de vida eterna, ni tampoco es el
resultado exitoso de alguna desconocida ciencia médica moderna, de-biendo
añadir, además, que esta exagerada longevidad, llamada a convertirse en vida
eterna, ni tan siquiera cuenta con mi complacencia y mucho menos con mi
consentimiento. Lo segundo que os quiero comunicar es que no soy yo el único
inmortal que deambula por los caminos del planeta Tierra; de hecho, somos
ciento veintitrés los humanos inmortales que caminamos por este mundo, teniendo
por imposible abandonarlo por la
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decisión
unilateral que han tomado unos seres superio-res.
En los
ciento veintitrés casos, sin excepción, nuestra común inmortalidad ha tenido el
mismo origen. Somos cincuenta y siete hombres y sesenta y seis mujeres, to-dos
con el denominador común de que somos adultos de joven y mediana edad, todos
hemos fallecido de muerte violenta, y todos hemos pasado por el mismo proceso:
después de ser enterrados, hemos sido resuci-tados por unos seres de aspecto
humano que se hacen llamar uriatis y son de estatura media, cabeza y rostro
lampiños y de apariencia andrógina, en cuyo rostro se alojan dos grandes ojos
ovalados de color muy oscuro y brillantes, como los de las gacelas; visten un
traje to-talmente ajustado al cuerpo, como una segunda piel, de un color tan
blanco y tan brillante que les hacen parecer seres luminosos y, rodeando su
cintura, llevan una an-cha y abultada faja de color negro.
Con el
paso del tiempo, nosotros, los filsolis —así es como nos siguen llamando los
uriatis desde que hace dos mil doscientos años los romanos nos dieron el
nom-bre de filii solis, que en latín significa «hijos del sol»— hemos
descubierto que estos seres han venido resuci-tando e inmortalizando a los
humanos a razón de uno o dos cada siglo, siendo el más antiguo de nosotros una
mujer siria llamada Alissar que cuenta con más de siete mil años de edad. A lo
largo de los últimos siete mile-nios han ido inmortalizando a gentes de todos
los con-tinentes y de todas las culturas, sin que el criterio de
13
selección
haya sido nunca el nivel cultural o de cono-cimientos que tuviera el individuo;
con total seguridad, creo poder afirmar que los rasgos comunes de todos los
elegidos han sido la inteligencia natural, su capacidad de raciocinio y, sobre
todo, la bondad de su corazón. Me tengo por muy mal fisonomista y tal vez fuera
esa la razón por la que, al principio, me sentía incapaz de distinguir los
rasgos faciales de cada uno de nuestros resucitadores pues, al no ser cada uno
de ellos ni más alto ni más bajo, ni más grueso ni más delgado que los demás,
todos me parecían iguales; tuvo que pasar cierto tiempo para que comenzara a
distinguir sus rasgos fa-ciales individualmente y comenzar a hacer amigos
en-tre ellos. En aquellos primeros años me pareció extraño que, siendo yo una
persona de carácter introvertido al que desde siempre le había costado mucho
hacer ami-gos entre los humanos, ahora, en mi nueva vida de in-mortal, pudiera
hacerlos con tanta facilidad entre los extraterrestres. Ser consciente de mi eterna
juventud, me inhibía aún más en mis relaciones sociales al pensar que las
amistades que hiciera no podían durar dema-siado tiempo, pues mientras mis
amigos envejecieran yo me mantendría siendo tan joven como el día que nos
conocimos. Llegué a la conclusión de que la facilidad que encontraba en hacer
amistad con aquellos extrate-rrestres tenía que deberse a dos razones
principales: la primera era que, dado que en la comunicación telepá-tica es
imposible mentir y tampoco ocultar tus verda-deros sentimientos hacia la otra
persona, en el primer
14
diálogo
que tienen dos uriatis o un uriati con un hu-mano, los dialogantes ya conocen
los sentimientos que albergan el uno hacia el otro; si ambos sienten atracción
mutua, el diálogo se convierte en una especie de decla-ración de amor y, a poco
se la cultive, nacerá una buena amistad. La segunda razón es que, al ser ellos
también inmortales, ambos sabemos de antemano que ese senti-miento amoroso que
nazca entre nosotros, al que lla-mamos amistad para distinguirlo del amor
erótico, será para siempre; si una amistad no nace con la vocación de ser
eterna, no puede considerarse una verdadera amistad. Ambos sentimientos, el de
amor y el de amis-tad, son hermanos y no hay verdadera amistad sin amor y no
existe un verdadero amor, aunque este sea erótico, ya fuere homosexual o
heterosexual, si en él no sub-yace un sentimiento de amistad hacia la persona
amada. Que surja amor o amistad entre un humano y un uriati viene a demostrar
que tanto la amistad como el amor son sentimientos universales.
Lo
primero que pensé cuando vi a mi resucitador por primera vez fue que era el
arcángel Gabriel, pero al verlo tan radiante y luminoso, dudé durante un
instante si sería el propio Lucifer, dado que su propio nombre significa «el
portador de la luz». Tuvieron que pasar veinte meses y llegar el equinoccio de
primavera, en el mes de marzo del año 800, para acudir a una de sus asambleas y
que un filsolis esquimal me confirmara que aquellos seres no eran de este
mundo, sino entes extraterrestres procedentes de un lejano planeta de otro
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sistema
estelar que seleccionaban humanos para que participarán en sus asambleas.
Todos los
filsolis tenemos la facultad de comunicar-nos telepáticamente, si bien tenemos
establecidas dos principales normas restrictivas; la primera es la de no
inmiscuirnos mentalmente los unos en los asuntos de los otros ni invadir sin
previo permiso ningún cerebro ajeno, ya sea este de humano mortal o inmortal;
la se-gunda es la de reunirnos el día del equinoccio de pri-mavera de cada año
cuyo número acabe en cero, es de-cir, cada diez años. Podrá parecerle al lector
que desva-río si le digo que cada una de estas reuniones la lleva-mos a cabo en
la Luna, sí, amigo lector, nos reunimos en el que siempre hemos considerado
como nuestro sa-télite natural, aunque de natural no tiene nada, y en cada una
de estas asambleas, además de debatir los asuntos del orden del día, tenemos
ocasión de intercambiar de viva voz las nuevas experiencias y los conocimientos
que cada uno ha ido adquiriendo en la última década, si bien lo hacemos
dialogando en la lengua de los uriatis, que nos ha sido infundida en la mente
de cada uno de nosotros en el momento que fuimos resucitados.
También
he de deciros que no debéis tenernos envi-dia por nuestra inmortalidad. A todo
aquel que piense que la vida es un maravilloso regalo que nos hace la
Naturaleza, he de decirle que esa es una apreciación no pasa de ser la somera
impresión que los humanos tene-mos de la vida durante los primeros cien años de
nues-tra existencia, pues hasta el manjar más exquisito se
16
vuelve
repugnante si nos vemos obligados a comerlo todos los días de nuestras vidas.
Naturalmente, esto es así siempre y cuando que no hayamos nacido en la
in-digencia ya que, en tal caso, la aversión a la vida se manifiesta desde la
más temprana niñez debido al tor-mento con el que los rigores del clima y el
hambre cas-tigan nuestros cuerpos, así como por la tortura que la indiferencia
y el desprecio de la sociedad producen en el alma del indigente, haciendo que
su paso por este mundo les parezca que fuera la sentencia condenatoria dictada
por un desconocido y poderoso ser superior que se la hace pagar como castigo
por las faltas y los peca-dos cometidos en una existencia anterior. Por lo que
he vivido en carne propia, os puedo afirmar que durante los dos primeros siglos
de mi existencia todavía estaba en fase de aprendizaje y que, siendo la
curiosidad el motor del alma humana, es precisamente este ilusio-nante
noviciado que viví durante esos primeros dos-cientos años, al que tengo que
añadirle las muchas ga-nas de aprender que mostraba y las satisfacciones que
recibía en este aprendizaje, el que me mantenía des-pierto y atento a todo lo
que ocurría a mi alrededor, ha-ciendo que la vida me resultase soportable. Y
digo más, después de trescientos años de existencia aún conser-vaba alguna
capacidad para ser gratamente sorprendi-dos por algo inesperado e, incluso,
todavía era capaz de reír de tarde en tarde, ya que, a estas alturas, puede que
todavía me quedasen algunas migajas del sentido del humor, del que tanto
disfrutamos durante la juventud.
17
Pero de
lo que sí podéis estar plenamente seguros es de que, con tres siglos de vida a
mis espaldas, apenas si me restaban ya algunos jirones de sentimientos de
em-patía y de compasión por mis semejantes ya que, des-pués de haber amado a
tantas personas y haber tenido que soportar el dolor de sus muertes, llegó el
día en el que el amor comenzó a darme algo de grima. Cuando llegamos a cumplir
nuestro quinientos aniversario, des-pués de andar deambulando durante cinco
siglos de un lugar para otro, el mundo comienza a convertirse en una penitencia
para muchos de nosotros; a estas alturas ya apenas aprendemos nada nuevo y la
vida se nos ma-nifiesta como algo monótono, cansino y repetitivo; no podemos
estar demasiado tiempo en el mismo sitio sin correr el riesgo de que nuestros
vecinos descubran nuestro gran secreto al ver que no envejecemos, por lo que
debemos mudarnos de barrio cada quince o veinte años, y de ciudad cada treinta
o cuarenta. Con tantas y tan continuas mudanzas, cambiando constantemente no
solo de ciudad sino también de país, la mayoría de no-sotros hemos aprendido a
hablar decenas de idiomas, habiendo quien habla hasta más de un centenar de
len-guas y dialectos, algunos de ellos de uso muy minori-tario. Aunque
económicamente tenemos la vida re-suelta —más adelante os explicaré por qué—,
todos so-lemos tener un trabajo que nos mantiene ocupados, o más de uno como es
mi caso, pero como quiera que al-gunas veces nos vemos obligados a cambiar de
trabajo cada vez que nos mudamos de ciudad, como resultado
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de
tantísimos cambios muchos de nosotros hemos aca-bado por dominar a la
perfección un gran número de profesiones distintas; en mi caso particular, he
sido pro-fesor de gramática, de geometría y astronomía, de es-grima, de música,
y hasta de latín y griego antiguo; du-rante unos decenios fui pintor, escultor
y escritor, no muy bueno por cierto en estas últimas actividades, por lo que
mis obras de arte no han trascendido y están per-didas. Es en el quinto o sexto
siglo de existencia cuando uno ya se siente cansado de vivir y comienza a
pensar en recurrir al suicidio como medida de liberación, o al menos fue
entonces cuando a mí me pasó, pero para nuestra desgracia esa es una empresa
imposible, dado que aquel que un día pareció bendecirnos dándonos la inmortalidad
también nos privó de la posibilidad de suicidarnos, ya que resulta ser un
intento inútil, pues nos condenó a vivir hasta que nuestro sol se agote y
consuma con su fuego nuestro planeta en una apocalíp-tica explosión, si es que
para entonces continuamos vi-viendo en él y no hemos emigrado a otro mundo
habi-table; algo más adelante pienso dejarle claro al lector cómo y cuáles
fueron las excepcionales circunstancias en las que, en mi caso particular, se
produjo la supuesta «bendición» de mi inmortalidad. Pero bueno, ya está bien de
aburrir al lector contándole mis cuitas y es tiempo de pasar a narrale los
sucesos que me han traído hasta el momento actual, advirtiéndole que, dado que
mi narración se extiende a lo largo de doce siglos, pro-curaré transmitirle con
la mayor fidelidad posible los
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pensamientos
que en cada momento pasaron por mi ca-beza y los sentimientos que afloraron a
mi alma, expre-sados con la visión y la mentalidad con que los viví en cada
momento histórico.
Cuando, a
mediados del año 777, yo desempeñaba el puesto de margrave2 de la Marca de
Bretaña, mi señor Carlos3 recibió una misiva de Sulayman ben al-Arabí, el valí
de Barcelona, en la que le decía que habiéndose coligado con el valí de
Zaragoza, Al-Husain al-Ansarí, ambos gobernadores le ofrecían la pleitesía de
sus res-pectivas ciudades a cambio de su apoyo político y mi-litar para
independizarse del Emirato de Córdoba. Este inesperado ofrecimiento trastocó
los planes de mi se-ñor, cuya prioridad hasta entonces había sido la de
ane-xionarse la siempre amenazante Sajonia y así dilatar su reino por el norte
y ampliar la costa del mar del Norte hasta alcanzar la Marca danesa,
ilusionándose tanto con la idea de una expansión por el sur del continente
europeo que se olvidó por completo de los malvados y retorcidos sajones. Mi rey
Carlos creyó ver con clari-dad cómo esta acción le facilitaría poder ejercer
una presión sobre las fronteras del norte de Al-Ándalus y,
2 Margrave fue originalmente el título
medieval del gobernador militar, con rango y tratamiento de príncipe, asignado
para mantener la defensa de una de las provincias fronterizas del antiguo reino
de los francos. Orlando se ocupaba de controlar y defender la frontera entre al
reino franco y Bretaña.
3 Se refiere a Carlos I el Grande, rey de los
francos, que veintitrés años más tarde sería coronado como el primer emperador
de la dinastía carolingia y conocido históricamente como Carlomagno.
20
sobre
todo, por la oportunidad que se le ofrecía de ga-nar bastante terreno para la
Cristiandad, desplazando a los musulmanes tanto como pudiera hacia el sur de la
península ibérica. Así pues, dirigimos nuestro ejército al sur y a principios
del verano del año 778 ya habíamos invadido una ancha franja al sur de los
Pirineos y prees-tablecido la que más tarde sería una Marca Hispánica entre la
frontera franco-pirenaica y la que por entonces era el límite norte de la Marca
superior de Al-Ándalus. Con este inesperado golpe de suerte habíamos creado al
sur de los Pirineos una barrera defensiva de unas veinte leguas de anchura que
hacía de colchón entre el reino de los Omeyas y nuestro imperio Carolingio,
ha-biéndonos anexionado de esta manera las comarcas de Cerdanya, Osona y Urgel,
así como ciudades de la im-portancia de Barcelona, Gerona, Tarragona y Tortosa.
Llegado
el día de recibir la pleitesía prometida por la musulmana Zaragoza, al llegar
nuestro rey al frente del ejército frente a las murallas de la ciudad, recibió
la inesperada sorpresa de que el valí había cambiado de opinión y se negó a
cumplir el acuerdo que habíamos establecido con el valí de Barcelona, que en
dicho pacto actuaba en su nombre y representación, mante-niendo cerradas sus
puertas.
Dos días
más tarde, cuando aún nos encontrábamos acampados al pie de las murallas de
Zaragoza a la es-pera de una respuesta definitiva por parte del valí, mi señor
recibió a un mensajero procedente de Aquisgrán, y aquella misma mañana de
finales del mes de junio del
21
año 778,
después de haber escuchado las malas noticias de las que era portador aquel
heraldo, Carlomagno nos convocó a los comandantes del ejército a una reunión en
su tienda de campaña.
—Son dos
problemas de naturaleza distinta, aunque de igual gravedad, que se encuentran
separados por una distancia de más de doscientas leguas —nos comu-nicó—. Este
mensajero me ha anunciado que, en mi au-sencia, por un lado, los malditos
sajones han desatado un ataque contra nuestra frontera norte, y por otro lado,
que un grupo de nobles aquitanos se han rebelado con-tra mi autoridad y
amenazan mi reino. Y, como quiera que no podemos abatir ni escalar las murallas
de Zara-goza por no disponer de catapultas ni de las máquinas de asalto
necesarias ni de tiempo suficiente para cons-truirlas, dado que los conflictos
que me han anunciado exigen mi intervención inmediata, debemos levantar el
campamento y partir enseguida.
—Señor,
tal vez podáis atajar esos problemas mar-chando con la mitad del ejército —le
respondí yo—, creo hablar en nombre de todos vuestros comandantes y
lugartenientes si os digo que nos comprometemos a tomar Zaragoza con la otra
mitad.
Todos los
reunidos, manifestando gran entusiasmo y ánimos de vencedores, asintieron
efusivamente y se deshicieron en juramentos y promesas.
—Muchas
gracias a todos —respondió—. Mi que-rido Roland, estoy seguro de tu capacidad y
de la de todos los demás para llevar a cabo semejante hazaña;
22
de
empresas más duras y arriesgadas habéis salido vic-toriosos. Sé que
trabajaríais día y noche para fabricar arietes, catapultas y torres de asalto,
pero necesito a todo el ejército a fin de dividirlo en dos y truncar ambas
amenazas simultáneamente. Comprendo que no que-ráis volver a casa con las manos
vacías y que deseéis obtener de esta expedición un buen botín, por ello os
propongo que nos olvidemos de Zaragoza, que levan-temos el campamento de
inmediato y nos dirijamos de regreso a casa, pero pasando por Pamplona, la que
po-dremos tomar y saquear sin demasiada pérdida de tiempo, yo diría que no
tardaríamos en rendirla más de dos o tres jornadas. Estoy seguro de que el
botín que obtengamos en la capital navarra no os decepcionará.
Seis días
más tarde, en la noche del 5 de agosto, tras una fatigosa marcha y siendo ya
noche cerrada, alcan-zamos las murallas defensivas de Pamplona, casi dos horas
después de la puesta de sol. Aquella rápida mar-cha fue posible gracias a que
en el cielo lucía una res-plandeciente media luna creciente que nos recordaba a
las típicas estampas de paisajes nocturnos árabes, que suelen representarlos
con una brillante media luna junto al lucero de la tarde, lo que sin duda hacía
que aquella luna que nos alumbró durante todo el camino fuera más musulmana que
cristiana. Pero al llegar al pie de las murallas pamplonesas nos encontramos
con la sorpresa de que la ciudad estaba desierta y sus puertas se encontraban
abiertas de par en par, invitándonos a pasar y servirnos cuanto quisiéramos sin
impedimento
23
alguno,
si bien cuando entramos pudimos comprobar que, como quiera que todo ejército en
campaña siempre marcha acompañando de un buen número de prostitu-tas,
buhoneros, oportunistas y espías que van infor-mando a sus respectivos
príncipes de los movimientos y proyectos de la fuerza expedicionaria, debiendo
ha-ber sido los musulmanes pamploneses informados de nuestras intenciones,
habían decidido unos días antes no presentar batalla y abandonar la ciudad,
pero lleván-dose consigo todas sus pertenencias, sin que hubieran dejado en sus
casas nada de valor que pudiera ser sa-queado por nuestro ejército, haciendo
bueno el dicho de que no hay peor víctima de robo que aquella que se deja
robar. Ante aquella desolación, la indignada reac-ción de mi señor Carlomagno
no se hizo esperar y puso a trabajar a más de veinte mil soldados de su
ejército en la demolición de cuantas casas pudiéramos derribar en los
siguientes siete días, empezando por aquellas que fueran de los más ricos y,
por tanto, las de mejor factura, así como a desmontar los mampuestos de las
murallas defensivas para que los habitantes encontra-ran a su regreso una
ciudad arrasada y sin protección alguna.
El día 14
de agosto iniciamos la marcha hacia el norte dejando a nuestras espaldas los
restos esqueléti-cos de lo que una semana antes había sido Pamplona. Carlomagno
quería cubrir en diez jornadas las cin-cuenta y dos leguas que separaban la
capital navarra de Burdeos, la que por entonces era la capital de Aquitania
24
y también
mi ciudad natal. Nos pusimos en marcha al alba con un cielo despejado y una
temperatura que, se-gún nos dijo nuestro hombre del tiempo, se mantendría
agradable durante toda la jornada, y pese a que la cli-matología era benigna,
aquel día, al igual que los ante-riores y los que siguieron, el pesado
armamento y la abundante impedimenta con la que cargábamos nos im-posibilitó
cubrir una distancia superior a las cinco le-guas, yendo a acampar el ejército
aquella noche al pie de un bosque de robles, a no mucha distancia de una
aldehuela que no contaba con más de media docena de casas.
Al día
siguiente, 15 de agosto, cuando aún no había amanecido, después de oír misa a
la luz de las antorchas por ser la festividad de la Asunción de Nuestra Señora,
iniciamos la marcha con los primeros rayos del sol, sin llegar a sospechar ni
por asomo lo que nos acontecería unas horas más tarde.
Ocurrió
que, cuando hicimos la parada de dos horas que cada día hacíamos para almorzar
y descansar, nos vimos sorprendidos por unos quinientos vascones que habían
estado emboscados esperándonos y nos ataca-ron de improviso, tal vez en una
justa venganza por la destrucción de la ciudad de Pamplona y de sus murallas
defensivas. Éramos unos tres mil francos los que, for-mando la retaguardia,
habíamos acampado en aquel lu-gar; la vanguardia y el resto del cuerpo del
ejército ha-bían continuado su marcha habiéndose separado de no-sotros media
legua hacia el norte con el fin de salir de
25
aquella
estrecha vaguada en la que nos encontrábamos y en la que no cabíamos todos. Los
tres mil nos había-mos desperdigado formando pequeños grupos por entre los
carromatos en los que transportábamos las vituallas, el armamento pesado y el
resto de la impedimenta, sen-tados en el húmedo y resbaladizo suelo de la
hondo-nada en forma de V que formaban las dos pendientes de la vaguada. Los
caballos, libres de sus monturas, ha-bían quedado sueltos, trabados de manos y
pastando a su aire por el terreno. Y, cuando ya nos disponíamos a almorzar, una
lluvia de flechas cayó sobre nuestras ca-bezas matando o hiriendo a un centenar
de nuestros sol-dados. El ensordecedor griterío del medio millar de vascones
que nos llegó a continuación se mezcló con el silbido de las flechas que
continuaban lloviendo y con el estruendo de los grandes peñascos que nos
lanzaban desde ambos flancos rodando pendiente abajo y alcan-zando velocidades
meteóricas cuando llegaban al fondo de la vaguada, arrollando y aplastando a
decenas de nuestros soldados. Encontrándonos con la desven-taja de estar en una
posición deprimida, como era el fondo de la vaguada, no podíamos responder al
ataque, por lo que el número de bajas en nuestras filas crecía rápidamente.
«Haz una llamada de socorro con tu oli-fante» —me dijeron mis amigos Oliveros y
Turpín—, pero yo no quise hacerles caso pensando que al fin y al cabo nosotros
éramos tres mil y ellos solo quinientos, que estábamos en una proporción de
seis contra uno y que aun podíamos darle una respuesta eficaz a aquel
26
ataque.
Durante más de una hora estuvimos debatién-donos contra los vascones, pero a
costa de un alto pre-cio, pues permutábamos la vida de cada vascón por las de
cinco o seis de los nuestros; y cuando al fin me de-cidí a pedirle ayuda a
nuestra vanguardia, con el sol ya sobrepasado de su cénit y declinando hacia
poniente, y con más de un millar de valientes soldados francos que habían caído
aplastados por las rocas o asaetados y des-pués degollados como corderos, soplé
mi cuerno de guerra con tal fuerza y desesperación que a punto estu-vieron de
estallarme las sienes, elevándose el estentó-reo e inconfundible sonido córneo
de mi olifante sobre las rocosas escarpaduras pirenaicas de Roncesvalles. Y,
cuando los ecos de mi desesperada llamada llegaron a los oídos de mi
hermanastro y señor Carlomagno, la vanguardia ya se encontraba a más de una
legua de dis-tancia, pues hacía ya rato que habían comido, descan-sado y
reanudado la marcha. Cuando una hora más tarde el grueso del ejército llegó a
la vaguada en nues-tro auxilio, encontraron que los vascones habían
desa-parecido sin dejar rastro, llevándose todos los víveres y todo nuestro
armamento, y el campo sembrado con los cadáveres de los tres mil francos que
formábamos la retaguardia. Como si se tratara de un ritual, todos los cadáveres
aparecían degollados, daba igual que el sol-dado hubiera muerto asaetado o
aplastado por alguna de las grandes rocas que los vascones habían despe-ñado
sobre nosotros, pero todos, sin excepción, había-mos sido degollados, como si se
tratara de un rito que
27
confirmaba
la muerte de cada uno de nosotros con un profundo tajo de muerte en el cuello.
Mi cadáver y los de Oliveros y Turpín estaban juntos y rodeados de una decena
de enemigos muertos; los tres habíamos lu-chado con denuedo, espalda contra
espalda, y habíamos sucumbido acribillados a flechazos después de haber abatido
a aquellos vascones.
Tras dar
sepultura en uno de los taludes a los algo más de tres mil soldados muertos en
la refriega y dejar tirados, como pasto para los buitres, a los dos centena-res
de cadáveres de los vascones que habían caído en la desigual pelea y sus
compañeros habían dejado aban-donados en el campo de batalla, nuestros tres
cuerpos fueron alojados en otros tantos ataúdes, rodeados de abundante paja y
de hielo glacial pirenaico para ser conservados durante el viaje, cargados en
uno de los carromatos y transportados hasta Blaye, a cinco leguas al norte de
Burdeos, donde fuimos enterrados el vier-nes, 28 de agosto, en la iglesia de
Saint-Romain, dán-dosenos un triduo de misas de difuntos que terminó el
domingo, día 30.
28
2
Fui
resucitado al filo de la media noche de aquel mismo domingo 30 de agosto, a los
quince días de mi muerte, y en el momento de mi resucitación no pude darme una
explicación de cómo aquel individuo —ya os he aclarado antes que se trataba de
un uriati— pudo no ya hacer el milagro de resucitarme, pues todos sabe-mos cómo
Jesús de Nazaret hizo posible resucitar a Lá-zaro después de llevar este tres
días muerto, sino algo que a mí me pareció aún más incomprensible que el
milagro de una resurrección, que al fin y al cabo solo es devolverle la vida a
una carne muerta, sino que lo que más me admiraba en aquel momento era cómo
pudo sacar mi cuerpo del sepulcro sin tan siquiera le-vantar la pesada losa que
lo cubría, pudiendo observar que esta permanecía encastrada en su hueco y con
su sellado perimetral intacto, poniendo de manifiesto que no había sido
removida. Recuerdo bien que aquel día pensé que tan solo Dios y el Diablo
debían tener el po-der necesario para hacer tal cosa. Aunque las facciones de
aquel sujeto no parecían ser de este mundo y mucho menos se parecían a los
bellísimos rostros y los estili-zados cuerpos de los seres alados que la
Iglesia nos pre-senta en las imágenes de los templos y en las estampas
religiosas como ángeles celestiales, si no fuera porque aquel traje que vestía,
totalmente ajustado a su cuerpo, como si de una segunda piel se tratara, y de
un color tan blanco, tan luminoso y tan radiante como el de la
29
luna en
una noche de plenilunio lo hacía parecerse a un ser celestial, hubiera llegado
a tener mis dudas de si me encontraba en el Infierno y aquel individuo era el
mis-mísimo Satanás que estaba engañándome con algún sortilegio o alguna de sus
sutiles estratagemas, hacién-dome creer que estaba vivo ante el altar de la
iglesia de Saint-Romain.
Algo más
tarde supe que, aquello que aquel día me pareció ser una abultada faja que el
uriati llevaba alre-dedor de su cintura, en realidad era el ingenio con el que
me había tele-portado al exterior del sepulcro, de-sintegrando mi cuerpo en el
interior del ataúd y vol-viéndolo a integrar al pie del presbiterio, en mitad
de la nave central de la iglesia. Entonces comprendí que lle-vaba razón aquel
inuit filsolis que os he mencionado antes cuando me dijo que eran seres
extraterrestres que iban eligiendo humanos a lo largo del tiempo para ha-cernos
participar en unas asambleas universales, sin que supiera yo por entonces por
qué querían que parti-cipásemos en sus asambleas y con qué criterio nos
ele-gían.
Lo cierto
es que, en aquel momento en el que aca-baba de resucitar, tuve la sensación de
que me acababa de despertar de un sueño, sabiendo que había estado soñando,
pero sin conciencia de haber estado muerto durante quince días, y durante un
instante llegué a pen-sar que me había levantado sonámbulo y me había
des-pertado cuando me encontraba de pie a tan solo dos o tres codos de
distancia de aquella desconocida persona,
30
entidad
alienígena o quien quiera que fuese, que me mi-raba muy fijamente a los ojos,
pareciendo que me estu-viera leyendo el pensamiento, o tal vez estuviera
infun-diéndome mentalmente ese extraño lenguaje con el que nos comunicamos los
filsolis y los uriatis, formado por una mezcla de expresiones vocales, de
algunos esporá-dicos signos corporales y de imágenes telepáticas, siendo
inmensamente más descriptivo y preciso en la transmisión de pensamientos que
cualquier idioma te-rrícola. Con toda seguridad, debió ser esto último que
digo, porque cuando mi extraño resucitador rompió el silencio emitiendo algunos
sonidos bucales, al tiempo que los acompañaba de unos movimientos de sus
de-dos, lo entendí a la perfección. Y esto fue lo que me dijo:
—Bienvenido
seas de nuevo al mundo de los vivos, Orlando. Me llamo Suriel y a partir de
ahora seré tu tutor y asesor hasta que te familiarices con tu nueva existencia.
Has de saber que ya no eres humano, dejaste de serlo el día que moriste, ahora
eres un filsolis, es de-cir, un hijo del sol, uno de los elegidos, un inmortal
que vivirá hasta el fin de los tiempos. Ningún arma podrá herirte y tu cuerpo
estará libre de enfermedades. Nada podrá acabar con tu vida y ni siquiera el
fuego podrá consumir tu cuerpo. A partir de este momento, podrás utilizar todas
las potencialidades de tu cerebro, que hasta ahora tan solo las habías venido
usando en no más de un diez por ciento. Estas facultades de tu cerebro te
permitirán tele-portarte en el espacio-tiempo con tan
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solo
desearlo, pudiendo desaparecer del lugar donde estés y aparecer
instantáneamente en otro lugar que desees estar, por muy lejano que este se
encuentre, y siempre podrás hacerlo acompañado de todo aquello que esté en
contacto con tu cuerpo. Ahora tu capacidad de raciocinio se ha multiplicado por
diez y tu cuerpo ha adquirido una fuerza física tan sobrehumana que serás capaz
de sostener el peso de cinco hombres con una sola de tus manos. También serás
insensible al dolor y no necesitarás de las siete u ocho horas de sueño diario
que empleabas cuando eras humano, bastará con que durante una hora de cada día,
ya sea en posición de pie, sentado o tumbado en una cama, cierres los ojos y te
relajes dejando tu mente en blanco. Tampoco podrás tener sexo, pues la libido
ha desaparecido para siempre de tu cuerpo. Asimismo, tampoco necesitarás
alimen-tarte; a partir de ahora deberás tomar, como mínimo, ocho vasos de agua
cada día. Tu cuerpo tomará de esa agua la energía que necesite y repondrá la
que haya per-dido a través de la respiración, la sudoración o la orina. Podrás
ingerir alimentos sólidos si lo deseas, pero al no necesitar tu cuerpo extraer
sus nutrientes, los desinte-grará sin necesidad de excrementarlos. Por otra
parte, tu espíritu ha dejado de pertenecer al colectivo humano y ha pasado a
integrarse en el alma universal; a partir de este momento eres un inmortal
llamado a tomar de-cisiones en aquellos asuntos que afecten a la totalidad del
Universo por lo que deberás estar disponible en todo momento, quedando a la
espera, junto con los
32
otros
filsoliss, a que os llamemos para participar en una asamblea universal cuando
sea necesario. Salvo que se presente una emergencia, por sistema celebramos una
asamblea cada diez años, concretamente aquellos años cuya cifra termina en
cero.
Y, en
diciendo esto, desapareció esfumándose en el aire sin despedirse y sin darme
opción a pedirle algunas aclaraciones a sus palabras. Me quedé lleno de dudas,
queriendo saber cuáles habían sido las razones por las que yo había sido
elegido y, ahora que ya no era hu-mano, también hubiera querido saber en qué
clase de ser me había convertido y cuál era mi nueva naturaleza. También me
hubiera gustado preguntarle en qué lugar se celebran esas asambleas universales
y de que natu-raleza son las decisiones se toman en ellas.
Era muy
tarde, ya de madrugada, cuando salí de la iglesia de Saint-Romain. Conociendo
bien las calles de Blaye, ya que esta ciudadela estaba a tan solo a dos ho-ras
a caballo de mi Burdeos natal y había estado mu-chas veces en ella, encaminé
mis pasos a la posada que se encontraba a la entrada de la población por el
camino del sur, en la que conocía a Gilbert, el dueño, y a su hija, Jeanine,
por haber pernoctado en ella varias veces. Fue entonces cuando caí en la cuenta
de algunas cosas: la primera era que no podía ir por la ciudad vestido con mi
atuendo de guerrero, como era la costumbre de amortajar y enterrar a los que
mueren en batalla, pero cuando pasé junto al farol que iluminaba el portal de
una casa y me miré vi que iba vestido con ricas ropas
33
de calle
que eran desconocidas para mí; lo segundo era que no podía presentarme en la
posada diciendo que era el conde Roland porque todo el mundo en Blaye debía
saber que había resultado muerto en Roncesvalles y que me habían enterrado en
su iglesia de Saint-Romain hacía tres días, por lo que tendría que confiar en
que con la oscuridad de la noche y su mala vista Gilbert no me reconociera; a
Jeanine, que tenía buena vista, ya ve-ría lo que podría decirle, tal vez
podrían tragarse que soy un hermano gemelo de Orlando que había venido a su
entierro. La tercera cosa que recordé era que no es costumbre enterrar a nadie
con la bolsa del dinero, lo que venía a significar que no debía llevar encima
ni un mísero denier, pero cuando, al pensar en esto, llevé ins-tintivamente mi
mano al lugar donde solía llevar mi bolsa, me llevé la sorpresa de que, no solo
que colgaba una bolsa de mi cinturón, sino que además era bastante abultada y,
aunque con la sorpresa y la emoción vividas hasta aquel momento no había notado
su peso en mi cintura, cuando la sopesé con la mano descubrí que de-bía rondar
sus buenas cinco libras de peso. Algo más tarde, cuando la abrí, pude comprobar
que mi miste-rioso resucitador había estado en todo y, además de ha-berme
adornado con ricas vestiduras, me había provisto nada menos que con seiscientas
sesenta y seis monedas de oro, cantidad más que suficiente para comprar una
casa grande con todos sus muebles, así como un mag-nífico carruaje y unas
buenas caballerías y, tras ese gasto, aún seguiría siendo un hombre
inmensamente
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rico.
Aquella noche recordé que el Apocalipsis asocia el número 666 con el Diablo y
lo llama el número de la Bestia, pero debo confesar que este descubrimiento no
me preocupó en absoluto, tal vez debido a mi gran in-credulidad en materia de
supersticiones o de religiones, que para mí no son más que un conjunto de
narraciones fantásticas, oficializadas con un falso marchamo de au-tenticidad
por los poderosos y los sacerdotes avispa-dos, viniendo a decirle a los
indigentes y a los incautos de buena fe que deben compadecer a los ricos
porque, antes de que ellos entren en el Paraíso, un camello de-berá poder pasar
por el ojo de una aguja, y prometién-doles que, si se conforman e incluso
alaban su pobreza, se asegurarán una segunda vida, que será eterna y es-tará
llena de bendiciones, al mismo tiempo que los asustan con el fuego eterno de un
infierno si no son su-misos y obedientes. Siempre me he negado a las creen-cias
irreflexivas, sean o no sean religiosas, que solo sir-ven para embrutecer el
alma.
Tan solo
dos aldabonazos en el portón de entrada fueron suficientes para que un instante
después chirria-ran los cerrojos y, empuñando una antorcha, Gilbert
en-treabriera la puerta y asomara la cabeza para ver quién llegaba a horas tan
tardías.
—Buenas
noches, Gilbert —lo saludé, al tiempo que él acercaba la tea algo más a mi
rostro para escudriñarlo y daba señales de no conocerme—. ¿No me recuerdas?
Soy… —sin darme cuenta, iba a decir que era el conde
35
Roland,
pero rectifiqué a tiempo y, dado que era noche cerrada sin luna y
aprovechándome de que Gilbert era algo corto de vista, aparté algo mi rostro de
la luz con-fiando en que no me reconociese—. Soy Tomás Vives, un viajero de
Barcelona que se alojó en esta misma po-sada hace tres años.
—Perdonadme,
caballero, pero si estuvisteis en mi casa hace ya tres años, por no ser yo muy
buen recono-cedor de caras es imposible que os recuerde, pero os ruego que
paséis, pues a mí me da igual quién seáis y cuales sean vuestra nacionalidad y
vuestros negocios siempre que traigáis buenos dineros para pagar mis
ser-vicios; mi oficio es el de ventero y me es indiferente quien sea el que
acude a mi casa a que le dé posada — me respondió, con su inconveniente
sinceridad y su mala sombra de siempre.
De todas
formas, por haberme visto varias veces en su posada, Gilbert debería conocer
suficientemente mi rostro, por lo que quedé convencido que fueron su mio-pía y
la poca luz ambiental las culpables de que no me hubiera reconocido; no pude
evitar estremecerme al pensar si todos aquellos días que había pasado sumido en
los brazos de la muerte habrían hecho irreconocibles las facciones de mi
rostro.
—¿No
portáis ninguna valija? —me inquirió Gil-bert, al tiempo que movía la antorcha
de un lado al otro buscando con la vista algún bagaje a mi alrededor.
—No, no
traigo nada. En el lugar de donde vengo no necesitaba de ningún equipaje.
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—Solo hay
dos lugares en los que no se necesita equipaje, uno es la cárcel y el otro es
la tumba; sabemos que del segundo jamás se vuelve, pero de donde quiera que
vengáis vos no es cuenta mía. Siento no poder ofre-ceros algo de comer pues a
esta hora duermen todos los servidores de la posada,
—No te
preocupes, Gilbert, no tengo hambre nin-guna.
—Entonces
seguidme, os acompañaré hasta vuestro cuarto.
Cuando
entramos en la habitación noté un calor so-focante. Ya había pernoctado yo
otras veces en aquel mismo cuarto y sabía que la única ventana con la que
contaba se abría al exterior del edificio por la fachada de poniente, por lo
que aquel calor procedía de que esta había sido caldeada durante toda la tarde
por el incle-mente sol de finales de agosto. Gilbert encendió con su antorcha
los dos candiles con los que contaba la habi-tación, y aunque la luz que
emitían era algo pobre, al situar uno de ellos sobre la mesita de noche que se
en-contraba situada junto al cabecero de la cama, y el otro colocado sobre una
cómoda de cuatro cajones, fueron más que suficientes para iluminar bien el
cuarto. Nece-sitando refrescarme la cara y, sabiendo que tras la hoja de la
puerta de acceso había un palanganero con espejo, lo primero que hice cuando
Gilbert se marchó fue diri-girme al lavabo. Tomé el aguamanil, vertí agua en la
palangana, me enjuagué la cara y el cuello con ambas manos, para luego secarme
con la toalla y asomarme al
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espejo.
Tengo que confesar que retrocedí espantado y estuve a punto de desmayarme,
teniendo que volver a dar un paso hacia delante y agarrarme al borde de la
jofaina para no caer al suelo. La imagen que me devol-vió el espejo no era la
de mi cara. Yo había muerto a los cuarenta y dos años, era de tez morena, barba
y ca-bellos cortos, espesos, negros y sin una sola cana, ojos marrones y un
lunar circular de un cuarto de pulgada de diámetro en la mejilla derecha; en
cambio, las fac-ciones de aquella imagen aparentaban diez o doce años menos y
tanto podían pasar por ser las de un hombre como las de una mujer: eran las de
una cabeza de frente ancha, con una melena rubia que me caía hasta los hombros,
ojos azules, labios carnosos y una cara total-mente lampiña que venía a
recordar las de los ángeles que vemos pintados en las iglesias. Debo reconocer
que, aunque aquel rostro no se correspondía con el de un hombre de cuarenta y
dos años, sino más bien con el de un joven de treinta, resultaba bastante
interesante, pudiéndose apreciar en él unas facciones nada vulga-res, que más
bien parecían corresponder a la nobleza, así como una mirada intensa e
inteligente. Ahora en-tendía que Gilbert no me hubiera reconocido.
Aquella
noche tuve un sueño intranquilo. Durante toda la noche estuve soñando con seres
enfundados en el mismo traje blanco y brillante que llevaba aquel que me
resucitó, y que, aun careciendo de alas, se despla-zaban volando por el aire a
lo largo de las inverosímiles calles de una ciudad que no parecía ser de este
mundo,
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en la que
las calzadas y las fachadas de las casas emi-tían luz propia iluminando el
ambiente nocturno como si fuese de día, pero sin producir sombras; vi que sobre
la ciudad circulaban vehículos voladores sin alas sin que emitieran ningún
sonido, cosas que, aún hoy en día del siglo XXI en el que vivo, me parecen
fantásticas, pero que en aquellas fechas pensé que eran artefactos diabólicos.
También vi en mi sueño deliciosos parques arbolados, en el qu las ardillas
correteaban por el cés-ped entre las gentes, y jardines muy bien cuidados que
perfumaban el ambiente con sus flores, en los que de-cenas de niños jugaban a
perseguirse revoloteando por los aires, como si fueran juguetones gorriones o
ange-lotes de los que pintan los artistas en las iglesias, pero sin que
tuvieran alas, y a madres que paseaban por los senderos arbolados del parque
llevando a sus bebés en carritos sin ruedas que flotaban en el aire.
Cuando
llegó la mañana, me vestí y bajé al salón co-medor de la posada, donde Jeanine
se encontraba sir-viendo el desayuno a los huéspedes y, al verme sentado en una
de las mesas, vino hasta mí para atenderme.
—¿Deseáis
desayunar? —me preguntó, dirigién-dome la palabra en un tono ambiguo y una
extraña mi-rada que quizás obedeciera a no saber si yo era un hom-bre o tal vez
una mujer vestida con ropas de hombre, pues tal era mi dudoso aspecto de
andrógino.
—Buenos
días, Jeanine —la saludé dedicándole una sonrisa, si bien al oír el tono grave
de mi voz pareció convencerse de que estaba hablando con un varón.
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—Buenos
días nos dé Dios, caballero, ¿me conocéis por mi nombre?
—Te
conozco desde que eras una niña, pero los años han cambiado mi rostro y por eso
tú ya no me recono-ces —le respondí, echándole la primera mentira que se me
ocurrió y dándome cuenta ya algo tarde de que lo que le dije era una estupidez
que era poco creíble dado que mi rostro parecía representar poca más edad que
la suya—. Jeanine, después de desayunar necesito alqui-lar un coche que me
lleve a Burdeos, ¿podrías bus-carme a un cochero que esté disponible?
—Claro,
señor. Para eso no hay que andar mucho, ¿ve aquel mozo que se encuentra sentado
al fondo, en la mesa del rincón? Se llama Gastón, es cochero y es seguro que
está libre, pero no sé si hoy domingo estará dispuesto a trabajar; tenemos un
párroco que por menos de un pitillo te condena al fuego eterno del infierno,
sobre todo por trabajar en domingo, excepto si trabajas para hacerle limpieza o
alguna reparación gratis en su casa o en la iglesia. Le diré que venga a hablar
con vos.
Cuando se
levantó de la mesa y vino hacia mí, vi que aquel mozo era un muchacho
fortachón, de unos vein-ticinco años de edad, de estatura media, con la barba y
el cabello pelirrojos y, cosa extraña en un pelirrojo, te-nía los ojos de un
verde intenso y brillante, como las hojas de la albahaca, que caminaba con las
piernas se-paradas y algo torcidas, pareciendo que hubiera estado montando a
caballo desde su más tierna infancia y se le hubieran deformado los huesos de
tanto cabalgar.
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—Buenos
días, señor, mi nombre es Gastón —me saludó, acompañando el saludo con una
exagerada in-clinación de cabeza—. Me ha dicho Jeanine que nece-sitáis los
servicios de un cochero.
—Sí, así
es, Gastón. ¿Podías llevarme a Burdeos y permanecer allí durante unos días
estando a mi servi-cio?
Lo de
permanecer en Burdeos unos días a mi servi-cio era porque, al no poder volver a
mi casa, lo necesi-taría todo el tiempo mientras me compraba una nueva vivienda
y me acomodaba en ella.
—Sí,
señor, puedo hacerlo. Soy soltero, no tengo ningún compromiso con ninguna
mujer, y puedo faltar de casa de mis padres todo el tiempo que sea necesario.
—Y, ¿no
te importa que el párroco te condene al in-fierno por trabajar en domingo?
—Él es
quien tiene ganado el infierno con las por-querías que les hace a los niños
pequeños —respondió poniendo cara de repugnancia—. Al parecer, el muy cerdo
interpreta a su manera aquella frase de Jesucristo: «Dejad que los niños se
acerquen a mí». Así pues, estoy dispuesto a iniciar el viaje a Burdeos cuando
vos me lo ordenéis.
Aún no
era mediodía cuando, después de cruzar los puentes sobre el río Dordoña y el
caudaloso Garona, entrábamos en Burdeos por la puerta levantina de San Eloy.
Aunque en aquel momento no veía la forma de poder abrazar a mi familia, le
ordené a Gastón que me llevara a la que fue mi casa palaciega durante todo el
41
tiempo
que fui mortal, situada en pleno centro de la vi-lla, con su fachada principal
mirando desde la orilla iz-quierda al gran meandro que forma el río Garona a su
paso por la ciudad y al que llamábamos «Puerto de la Luna» por su forma de
media luna abierta hacia el le-vante. Tenía grandes y fervientes deseos de ver
y abra-zar a mi anciana madre adoptiva y a mis dos hermanas-tras, comprendía
que eso iba a ser imposible ya que el conde Roland estaba muerto y enterrado, y
ni siquiera podía presentarme como resucitado ya que ninguno de los rasgos de
mi cara recordaba a mi antigua fisonomía y me tomarían por un loco o un
impostor. Cruzamos la puerta de San Eloy sin prisas, con la caballería puesta
al paso, y recorrimos las alegres calles bordelesas que, impregnadas del olor a
vino que emanaba de sus nume-rosas bodegas, eran transitadas por una variopinta
po-blación que parecía ser más mediterránea que atlántica y solía hacer vida de
calle. Al llegar a la plaza principal pudimos contemplar cómo algún trovador ya
había compuesto un poema sobre mi vida y mi muerte, y como un juglar lo cantaba
acompañándose de una vieja cítola y rodeado de más de cien personas que lo
escu-chaban con atención, entre las que se contaban más mu-jeres y niños que
hombres, estas últimas enjugando los pañuelos con sus lágrimas, conmovidas por
la gloriosa historia de mi muerte. Le ordené a Gastón que detu-viera el
carruaje y durante el escaso tiempo que estuve oyendo la canción no pude por
menos que asombrarme de la imaginación del trovador que la había compuesto,
42
pues al
igual que escribió el monje Turoldo trescientos años más tarde, había
convertido los quinientos vasco-nes en cuatrocientos mil feroces musulmanes y
antes de yo caer abatido por una lluvia de flechazos junto a mis amigos, el
conde Oliveros y el arzobispo Turpin, había atravesado con mi espada los
corazones de más de un millar de sarracenos que yacían muertos a mis pies.
Cuando llegamos frente a la fachada de mi pala-cete, vi los tristes y lúgubres
crespones negros que, en señal de luto, colgaban a ambos lados del pórtico
fron-tal de la entrada y, haciéndoseme un nudo en la gar-ganta, me entristecí
por el dolor que estaría sufriendo mi familia por causa de mi pérdida. Hubiera
continuado la marcha en busca de una hospedería, donde me toma-ría los días que
fueran necesarios para localizar y com-prar alguna casa de grandes dimensiones
que fuese de mi agrado y estuviese en venta, así como para hacerle las reformas
que considerase oportunas y amueblarla, pero eran tantas la ganas que tenía de
ver y abrazar a mi madre y hermanas que me apeé del coche y avancé por el paseo
de acceso, flanqueado por dos setos en los que se mezclaban geranios, begonias
y petunias en flor, hasta alcanzar el portal de la casa. Me abstuve de llamar
con dos aldabonazos, seguidos de una pausa y un ais-lado tercer golpe de
aldaba, como era mi costumbre, por no reavivarles los dolorosos recuerdos de mi
muerte, aunque tampoco tuve necesidad de hacerlo ya que mis hermanas Agnes e
Irene debieron haberme visto avanzar por el camino a través de alguna de las
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ventanas
de la casa y acudieron prestas a abrir la puerta.
—Buenos
días, señoras —las saludé cuando abrie-ron el portal, mirándolas tiernamente y
aguantándome las enormes ganas que tenía de darles un fuerte abrazo y cubrilas
de besos—, por estos crespones negros veo que están de luto y les ruego
encarecidamente que me perdonen si las importuno, pero desearía hablar con el
conde Roland, ¿se encuentra en la casa? —pregunté, haciéndome pasar por un
viajero al que aún no le había llegado la triste noticia de la muerte del
margrave y he-roico comandante carolingio.
—Sentimos
tener que deciros que el conde murió el pasado día 15 de agosto y fue enterrado
hace cuatro días —me respondió mi hermana Agnes.
—¡Dios
mío, que gran tragedia! —respondí, lleván-dome las manos a la boca y poniendo
cara de circuns-tancias—. Créanme que lo siento muchísimo. Ustedes deber ser
sus hermanas, Agnes e Irene, ¿es cierto?
—Así es,
señor. Yo soy Agnes y mi hermana pe-queña es Irene —respondió Agnes, la mayor
de las dos—. ¿Erais amigo de nuestro hermano?
—Sí, así
es. Nos conocimos hace dos años en Barce-lona y trabamos una hermosa amistad.
Y, ¿cómo ha su-cedido tan gran tragedia?
—Si
gustáis pasar a la casa y daros a conocer a Louise, nuestra madre, con mucho
gusto y también con gran tristeza os explicaremos los detalles de su muerte
—añadió mi hermana Irene.
—Aunque
me resulte doloroso escuchar el relato de
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la muerte
de un gran amigo, os lo agradezco en lo más profundo de mi alma. Créanme que
deseo con fervor poder expresarle mis condolencias a vuestra madre y al resto
de la familia.
Hacía ya
tres años que faltaba de Burdeos y, cuando crucé el umbral de la casa, los
muebles, las baldosas del suelo, las vigas de los techos, los cuadros y los
tapices que colgaban de las paredes, pero sobre todo el familiar olor de mi
hogar, me llenaron de recuerdos y me enter-necieron el alma. En ese momento
hubiera cambiado con gusto mi inmortalidad por vivir unos cuantos años en
aquella casa rodeado de mi madre adoptiva, mis dos hermanastras y mis sobrinos.
Y fue en aquel momento cuando, renunciando al nombre de Tomás que le había dado
al posadero, adopté oficialmente el nombre de Or-lando para el resto de mi
eternidad.
—Buenas
tardes, señora. Mi nombre es Orlando Vi-ves, de Barcelona. Rendido a sus pies
os transmito mis más sinceras condolencias por la muerte de vuestro hijo.
—¿Erais
amigo suyo?
—Más que
amigo, señora, éramos como hermanos. Con estas palabras saludé a mi madre y,
resistiendo las ganas de darle un abrazo, tomé con delicadeza una de sus manos
y la besé con fruición, pareciéndome que aquella pasión que puse en mi beso
fuera captada por ella, pues me devolvió una amplia sonrisa acompañada de una
tan tierna mirada maternal que por un momento creí que, pese a mi falta de
parecido físico con su hijo,
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me había
reconocido como tal y me daría un beso y un abrazo.
—Habéis
dicho que os llamáis Orlando. Así era como llamábamos a mi hijo Roland los
familiares y sus amigos más allegados.
—Sí,
señora, lo sé, y le revelaré que ha sido en este mismo momento, al recibir la
noticia de su muerte, que he decidido sustituir mi nombre de pila, que es
Tomás, por el de vuestro hijo Orlando, a quien conocí hace tan solo tres años
escasos en Barcelona —proseguí min-tiéndole—, pero como quiera que
congeniábamos y coincidíamos en todos nuestros gustos y pensamientos, en muy
poco tiempo nació entre nosotros una amistad tan intensa que aún superaba a la
de amigos de toda la vida, era como si fuéramos hermanos.
—Oh,
Orlando Vives, me habéis emocionado con vuestro generoso acto de amor y amistad
—me respon-dió y, tomándome de las manos, me las besó, dándome la ocasión de
devolverle aquel beso con otro en su me-jilla y darle un fuerte abrazo que me
llenó el alma de gloria bendita.
Después
de escucharles durante un buen rato la apa-sionadamente triste narración de mi
muerte, descrita con las mismas exageraciones que cantaba el juglar, me despedí
de ellas, anunciándoles que, siguiendo los con-sejos del propio Roland, había
venido a instalarme en Burdeos para dedicarme al comercio de vinos durante unos
años y pidiéndoles su permiso para poderlas visi-tar de vez en cuando, permiso
que me fue concedido de
46
mil
amores. Por un momento creí que me iban a invitar a que me quedara alojado en
la casa, pero enseguida comprendí que no lo estimaran conveniente pues, aun-que
ya no eran jóvenes, siendo mi madre una anciana de setenta y dos años, Irene
una soltera de veintiocho y Agnes una viuda de treinta y siete con dos hijos,
no de-jaban de ser tres mujeres que vivían solas, por lo que alojar a un hombre
joven significaba correr el riesgo de ser objeto de las habladurías de toda la
ciudad.
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48
3
Diez días
tuve a Gastón a mi servicio, durante los cuales me estuve hospedando en la
fonda de mala fama de madame Mimí Falgout, la única en la que encontra-mos dos
habitaciones libres; las otras tres posadas que había en la ciudad se
encontraban llenas al completo de huéspedes por estar celebrándose en la ciudad
un ciclo de torneos, al que habían acudido combatientes profe-sionales, no solo
de toda Aquitania, sino hasta de partes tan alejadas como Borgoña, Alemania,
Sajonia o Fran-conia, en busca del importante premio en metálico que se ofrecía
al ganador. Los primeros cuatro días estuvi-mos recorriendo la ciudad a bordo
del coche de Gastón, calle por calle y sin prisas, buscando una casa que
es-tuviese en venta y que fuese de grandes dimensiones, que contase con dos o
tres plantas y, a ser posible, que tuviese un espacioso jardín, sin que en esos
días diése-mos con ninguna que fuese de mi gusto. La pesada bolsa con unas
cinco libras de oro que, por no fiarme de dejarla escondida en la posada tenía
forzosamente que llevarla atada a mi cinto, me estaba pidiendo a vo-ces que la
aligerara de peso, sobre todo después del se-rio y trágico percance que por su
causa tuve durante la madrugada del quinto día que dormía en la fonda. Esa
noche, como en las cuatro anteriores, bajé al comedor y, como quiera que Sutiel
me había dicho que podía tomar alguna cosa sólida o líquida que no fuera agua,
a fin de disimular ante los demás huéspedes mi ausencia
49
de la
necesidad de alimentación y, por qué no decirlo, que a mí siempre me había
gustado comer y aún no me había acostumbrado a la abstinencia a la que me
some-tía mi nueva naturaleza de inmortal, tomé un plato de lo que madame Mimí
Falgout llamaba sopa, pero que no era más que el agua donde había hervido las
verdu-ras de la comida del mediodía, sin que hubiera pasado por la olla el
menor rastro de jamón, de huevo de ga-llina o de hueso de vacuno que le diera
algo de sustan-cia y consistencia. Durante el corto tiempo que estuve aquella
noche en el comedor de la posada, pude obser-var por el rabillo del ojo cómo
dos individuos de sos-pechosa catadura no dejaron de mirarme y de hacer en-tre
ellos comentarios en voz baja todo el tiempo; así que, sintiéndome un tanto
incómodo por tanta observa-ción y tantos cuchicheos susurrados al oído, cuando
ter-miné de tomar la sopa me retiré a mi habitación. Cuando entré en el cuarto,
después de encender los tres candiles que se encontraban repartidos por la
habita-ción, recordé que era sábado cuando vi que madame Mimí había dispuesto
junto a la cama la tina de agua caliente que le había pedido para darme mi baño
sema-nal. Así que, para tener buena luz, puse dos candiles sobre la mesita de
noche, me despojé de mis ropas, me metí en el barreño, me di una buena friega
con jabón y, después de enjuagarme, siguiendo con la que solía ser mi
costumbre, me dispuse a leer durante un rato, hasta que el agua se enfriara, a
uno de mis escritores favori-tos, que por aquel entonces eran los bizantinos
Hipólito
50
de Tebas,
Juan Damasceno y Teodoro el Estudita. Una hora más tarde, cerré el libro, lo
dejé sobre la mesita, me sequé el cuerpo, me recosté desnudo en la cama y cerré
los ojos. Había aprendido que la respiración pau-sada y profunda me facilitaba
la relajación, me desco-nectaba del mundo que me rodeaba y me predisponía a la
meditación profunda. No llevaba mucho tiempo en esta actitud relajada e
intensamente meditativa cuando vino a sorprenderme un fuerte golpe que recibí
en el pecho y otro en la garganta. Alarmado, abrí los ojos y pude ver a
aquellos dos hombres que tanto me miraban en el comedor; uno de ellos con las
manos llevadas a la cabeza y mirándome con asombro, y el otro empu-ñando un
cuchillo de grandes dimensiones, de esos que usan los facinerosos, que son de
grandes dimensiones y con doble filo. Por lo que pude colegir, aquellos dos
hombres habían subido a mi habitación para asesi-narme y robarme la bolsa. Uno
de ellos me había des-cargado con su daga un golpe en el pecho, clavándo-mela
hasta la empuñadura en el corazón, y el otro me había degollado con la afilada
hoja de su cuchillo. Así que, cuando vieron que me levanté de la cama y con dos
dedos me extraje la daga del pecho sin que asomara por la herida ni una sola
gota de sangre, y que tanto la llaga abierta del pecho como los labios de la
herida del cuello no sangraban y se cerraban en pocos segundos sin dejar ningún
rastro de herida, la reacción de uno de ellos fue la de correr hacia la ventana
que asomaba a un patio interior y arrojarse por ella desde unos quince pies
51
de
altura, muriendo en el acto al romperse el cuello cuando se estrelló contra el
pavimento, mientras que el otro caía de rodillas a mis pies, temblando como un
azogado y con los brazos extendidos en el suelo hacia delante, en la actitud de
quien adora a un ídolo; así que, haciendo uso de mi nueva y descomunal fuerza,
lo aga-rré con una sola mano por el cogote, lo elevé a tres pies de altura
sobre el suelo, lo saqué del cuarto y lo arrojé con desprecio al pasillo, como
quien se desprende de un saco de basura. Lo más probable es que aquellos dos
criminales me hubieran tomado por un ángel o por cualquier otra criatura
celestial de mayor autoridad y prestigio que un ángel, tal vez creyendo que yo
fuera un arcángel o un serafín.
Fue a la
mañana siguiente de este trágico percance cuando, al venir Gastón a recogerme,
me dio la noticia de que la tarde del día anterior había visto una preciosa
casa de dos plantas, rodeada de un espacioso parterre, que según le habían
dicho estaba en venta y que, ade-más, quedaba muy cercana a la del difunto
conde Ro-land, la que habíamos visitado el primer día que llega-mos a Burdeos.
Conociendo ya, después de todas las casas que llevábamos vistas, cuales eran
mis gustos, me animó a que fuéramos a verla, convencido de que me gustaría.
La casa
no era todo lo grande que yo hubiera querido que fuese, pero me gustó desde el
momento en que Gastón me la señaló en la distancia y la estuve obser-vando a
través de la ventanilla del coche a medida que
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nos
aproximábamos a ella. Se trataba de una construc-ción aislada cuyos muros
estaban compuestos de mam-puestos de piedra caliza de un color crema muy claro,
casi blanco. La fachada principal tenía unos treinta pa-sos de longitud y
estaba orientada al sur, disponiendo de una entrada muy señorial con un amplio
porche de-lantero que sobresalía de la fachada y al que se accedía ascendiendo
una escalinata con cinco anchos peldaños. El edificio contaba con dos plantas
de unos quince pies de altura cada una, en las que asomaban cinco hermo-sos
ventanales, y la cubierta era inclinada a varias aguas con tejas de pizarra,
ofreciéndole al espectador una imagen alegre y sólida a la vez. En el exterior,
un grueso murete de mampostería de unos sesenta pasos de longitud y dos pies de
altura, coronado por una ar-tística verja de hierro fundido, con un cancel de
dos ho-jas en su punto central, aislaba el terreno de la parcela que rodeaba la
casa del acerado de la calle; un camino de entre quince y veinte pasos de
longitud y unos cuatro de anchura que, empedrado y flanqueado a todo su largo
por dos setos verdes, discurría desde el cancel hasta la escalinata de acceso
al porche. Toda la parcela se encontraba ajardinada con un hermoso parterre,
sal-picado de algunos bancos de piedra situados a la som-bra de espesas copas
arbóreas, por el que serpenteaban algunos estrechos caminitos de tierra que
invitaban al paseo y la reflexión.
Ya
anochecido, el 30 de septiembre, a un mes justo de mi resurrección, sentado
junto al propietario de la
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casa
alrededor de una mesita en el porche y bañados en plata por los rayos de una
luna creciente que vino a re-cordarme aquella otra que nos iluminó el camino a
Pamplona, le aboné el importe de la compra del inmue-ble, mi bolsa sufrió una
apreciable bajada del mucho peso que tanto había venido soportando mi cintura y
su volumen se redujo a menos de la mitad, pero cuál no sería mi sorpresa cuando
a la mañana siguiente, ya ves-tido y dispuesto a salir a la calle, al tomarla
para colo-carla de nuevo en mi cinturón, noté que volvía a pesar lo mismo que
el día anterior. Lleno de asombro y cu-riosidad, la abrí, la vacié sobre la
cama, y no salía de mi estupor cuando, al contar de nuevo las monedas, constaté
que su número había vuelto a ser el diabólico seiscientos sesenta y seis, es
decir, que al parecer dis-ponía de una bolsa que cada noche reponía lo gastado
el día anterior de forma misteriosa, incomprensible y hasta mágica me pareció a
mí por entonces. Y, como quiera que aquella bolsa era el sueño de cualquier ni-gromante
y me garantizaba disponer por toda la eterni-dad que duraría mi vida de una
fortuna inagotable, al menos mientras el oro siguiese siendo el dios de la
eco-nomía, le propuse a Gastón comprarle su coche y sus caballos a un precio
tan inigualable que lo dejó asom-brado, así como también le expresé mi deseo de
que fuera mi criado, ofreciéndole un magnífico salario que doblaba al que
normalmente solía cobrar esta clase de servidor, propuestas que fueron
aceptadas de mil amo-res.
54
Durante
el resto del año 778 y todo el 779, mi nueva vida de filsolis inmortal
discurrió apacible y sin sobre-saltos en mi recién estrenada casa. Como quiera
que el único cambio que había yo experimentado era el fiso-nómico, sin que mi
inmortalidad hubiera afectado en nada a mi carácter ni a mi personalidad, sino
tan solo a mi inteligencia, a mi fuerza física y a la forma de ver el mundo,
cuando volví a acercarme a aquellos que fueron mis amigos durante mi vida
anterior tuve ocasión de comprobar que, al no poseer ya un título de conde, ni
ser el margrave de Bretaña, ni el segundo comandante del ejército carolingio,
pude comprobar cómo, al no servirle ya para proteger sus intereses, la gran
mayoría de los que proclamaban ser mis más sinceros amigos me rechazaban,
pudiendo contar con los dedos de una mano los que volvieron a congeniar conmigo
y de nuevo renació entre nosotros una relación de verdadera y sincera amistad.
Una vez
instalado en mi nueva casa, comencé visi-tando un día a la semana a Louise, mi
madre adoptiva, y a mis hermanastras, concretamente los sábados por la tarde.
Durante una hora tomábamos una jarra de infu-sión de manzanilla, aromatizada
con estrellas de anís y acompañadas de algunas pastas, y charlábamos de co-sas
del pasado, casi siempre de su difunto hijo. Yo, al tiempo que le demostraba
que Orlando me había reve-lado muchos secretos de la familia, también les ponía
de manifiesto que aquella demostración de confianza por parte de su hijo se
debía a que nuestra relación, más
55
que
amistad, había sido una hermandad. Fueron ellas tres las que un día,
argumentando que disfrutaban mu-cho con mis visitas, me animaron a que las
hiciera más frecuentes, a lo que yo, encantado de la vida, respondí
visitándolas desde aquel momento tres días a la se-mana, los martes, jueves y
sábados.
Estaba
tan contento con Gastón, que cada día me de-mostraba ser hombre inteligente,
serio y trabajador, que al poco tiempo acabé nombrándolo mayordomo de mi casa.
También contraté a tres criadas, un cochero y un jardinero, por lo que vivía
totalmente liberado de pro-blemas domésticos. Al no haber perdido mis
costum-bres castrenses, me levantaba al amanecer, desayunaba en el porche
cuando hacía buen tiempo y me daba un largo paseo de dos horas a paso de marcha
militar re-corriendo en ambos sentidos la más de media legua de longitud que
abarcaba el meandro del Puerto de la Luna. Como no tenía a quién escribirle
cartas, le dedi-caba a la lectura las primeras tres o cuatro horas de la mañana
o escribía algunos poemitas que se me ocu-rrían, aun sabiendo que no tenía alma
de poeta y que no eran de muy buena factura; las restantes horas, hasta el
mediodía, me las pasaba pajareando de aquí para allá, visitando a los amigos
que, aunque escasos, sabía que eran sinceros, y aprovechando que el alcohol no
me emborrachaba ni le causaba daño alguno a mi cuerpo, tomando con ellos
algunas copas en sus casas o en las muchas tabernas que existían en Burdeos,
que por eso la llamaban la Ciudad del Vino. Después de comer, tras
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un
simulacro de siesta que consistía en sentarme en mi butaca de lectura y cerrar
los ojos durante una escasa media hora, el resto de la tarde la empleaba en dar
un paseo por el jardín o, si era día de visita a mi oculta familia, una pequeña
caminata de quince minutos para acudir a mi antigua casa de cuando era humano y
char-lar un par de horas con mi madre y mis hermanas. Luego volví a casa,
cenaba y leía hasta que se acostaba el último de los criados. Finalmente, me
refugiaba en mi dormitorio, donde pasaba la noche meditando hasta que
comenzaban a cantar los gallos de la vecindad.
En la
última visita que le hice a mi familia, ya mi hermanastra Agnes, que era la que
se había encargado de seguir regentando nuestros viñedos, me había pre-guntado
por aquel proyecto de dedicarme al negocio del vino que les anuncié en la
primera visita que les hice, y dado que aquello resultó ser una mentira que me
inventé sobre la marcha para salir del paso, tuve que decirle que había
desistido de tal proyecto porque había descubierto que me gustaba más beberme
el vino que criarlo. De todas formas, no pasó mucho tiempo para que sintiera la
necesidad de hacer algo útil; así que arrendé un cobertizo, mandé adecentarlo,
contraté a dos maestros y lo convertí en una academia. Durante cuatro o cinco
horas diarias, me dediqué a darles enseñanza gratuita a los niños pobres de la
ciudad, decisión que no fue muy bien vista por aquellos que regentaban
pe-queños y medianos talleres artesanales, y mucho menos por la élite bordelesa
adinerada, la que era dueña de los
57
campos,
de los viñedos, de las bodegas y de los grandes talleres artesanos; los
primeros porque querían en sus pequeño talleres trabajadores analfabetos a los
que po-der manipular, y no a individuos ilustrados que siempre les salían
rebeldes, insolentes, exigentes y respondo-nes; los segundos por idéntica
razón, pero sobre todo porque querían acaparar toda la cultura exclusivamente
para sus hijos.
Dos
semanas antes del equinoccio de primavera del año 800, el invierno había
sucumbido ante una antici-pada elevación de las temperaturas que despertaron a
los dormidos viñedos y cubrieron los campos bordele-ses de flores multicolores.
El 7 de marzo, estando en la academia, cuando acababa de dar mi clase de
geometría y ya comenzaba con la de astronomía, recibí una comu-nicación
telepática convocándome a la reunión decenal de filsoliss. Más tarde supe que
un Consejo formado por los diez inmortales más viejos, es decir, no los de
mayor edad humana, sino los que más tiempo llevaban resucitados, era y sigue
siendo quien cada diez años se encarga de convocarnos, uno por uno, a todos los
de-más. Nunca supe muy bien cómo ocurrió, aunque re-cuerdo que les acababa de
explicar a mis alumnos el teorema de Pitágoras y ya comenzaba a explicarles la
teoría geocéntrica de Claudio Ptolomeo, según la cual la Tierra era un disco
plano cubierto por siete semies-feras concéntricas y superpuestas, que formaban
la bó-veda celeste que nos envolvía, en las que orbitaban la Luna, los planetas
y las estrellas, pero recuerdo bien
58
que
cuando aquel miembro componente del Consejo de ancianos entró en mi cabeza para
anunciarme la convo-catoria, en mi cerebro se hizo una repentina luz
escla-recedora y de inmediato comprendí que la Tierra no era el centro del
Universo, que no era plana, sino esférica como los demás astros del firmamento,
y que la Luna no se encontraba tan cercana de la Tierra como para poder llegar
volando hasta ella si Dios nos hubiera dado alas, sino que estaba a tan gran
distancia que hubiéra-mos tardado muchísimos años en alcanzarla a base de
aletazos, o al menos, así lo entendí yo por entonces. Por esta misma razón, mi
asombro alcanzó límites de lo-cura cuando la voz que oí en el interior de mi
cerebro me dijo que la asamblea se celebraría en la Luna y, sin saber cómo, en
mi mente se formó la idea de que en la superficie lunar habría ciudades
habitadas, y que los uriatis que nos habían resucitado debían ser selenitas.
Supe que la asamblea no se celebraría en la superficie cuando aquella voz me
aconsejó que, como quiera que tendría que trasladarme a la Luna haciendo uso de
mi facultad para tele-portarme y dado que esta era la pri-mera vez que lo
haría, que me sería más fácil si procu-raba hacerlo teniendo el astro de la
noche a la vista y que concentrara mi pensamiento en trasladarme a la gran sala
de reuniones situada en el interior del satélite, no es su superficie,
concretamente en el centro físico de su esfera, y me animaba a que tuviera
confianza, que era muy fácil y que lo haría perfectamente bien.
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Durante
los días que faltaban para el equinoccio de primavera no hubo una sola
madrugada que dejara de salir al jardín de mi casa y me quedara durante un buen
rato embobado mirando al astro de la noche ya que, por un lado, tenía ilusión
por conocer al resto de los inmor-tales de este mundo, los otros ciento
veintidós filsoliss, y por otro lado, convencido de que el tiempo es el arma
más dura que puede con todo y dudando de que el as-pecto juvenil del que yo
disfrutaba se mantuviera incó-lume durante miles de años, me temía que algunos
de ellos, sobre todo los más viejos, que ya habían vivido sobre la faz de la
Tierra muchos miles de años de su vida inmortal, tuvieran una apariencia física
tan decré-pita que diera miedo o desazón mirarlos, temores que el día de la
reunión pude comprobar que eran infunda-dos ya que todos los filsoliss
conservamos para siempre el mismo aspecto que teníamos cuando fuimos
inmor-talizados. Me pasé aquellos días previos a la asamblea intentando
dilucidar si aquellos que nos resucitaban, tan parecidos físicamente a
nosotros, eran los selenitas o si eran seres venidos de otro mundo más lejano,
y si los selenitas, pese a ser nuestros vecinos, tendrían cua-tro patas y rabo
como nuestros animales; y cuando, no sé cómo, supe que en la Luna los cuerpos
están some-tidos a una fuerza gravitatoria que es seis veces menor que la de la
Tierra y por tanto todo pesa seis veces me-nos, imaginé que los selenitas
debían ser seres gigan-tescos para que su gran peso les impidiera salir volando
cuando caminan o corren, pero dado que por aquellos
60
días
andábamos de conversaciones telepáticas, algún filsolis debió oír mis
pensamientos sobre los selenitas y tuvo a bien aclararme que en la Luna no
había atmós-fera y por tanto no había selenitas; me contó que los uriatis eran
una antigua civilización procedente de un sistema solar muy lejano, cuyos
individuos son extre-madamente sabios y habían alcanzado la inmortalidad hace
ya algunos eones; que le vaciaron una parte de su núcleo a la Luna y en ese
hueco instalaron sus hanga-res, sus fábricas y sus ciudades, adecuándolas con
una atmósfera y una gravedad artificial. También me dijo que la Luna había sido
un pequeño planeta errante al que los uriatis le acoplaron un gigantesco motor
de cur-vatura, convirtiéndolo en una inmensa nave interestelar esférica de
naturaleza pétrea. Finalmente, hace ya de esto cuatro mil quinientos millones
de años, pusieron esa enorme nave en órbita alrededor de la Tierra y a la
distancia adecuada para que su masa provocara las ma-reas de nuestros mares,
regulara nuestra velocidad de rotación, redujera la intensidad de nuestros
vientos, es-timulara la producción de oxígeno de las plantas y sua-vizara la
magnitud de nuestro campo magnético, creando así las condiciones más favorables
para la vida. Debo reconocer que esta revelación me dejó absoluta-mente
perplejo pues todo esto ocurría en el año 800, cuando el Antiguo Testamento era
toda la ciencia que se nos enseñaba y aún hoy, en el siglo XXI, aún queda algún
sacerdote que sigue diciéndonos que Dios creó el Universo hace tan solo seis
mil años.
61
El 20 de
marzo del año 800 el cielo amaneció com-pletamente encapotado por una densa y
espesa capa de nubarrones negros que descargaban una lluvia torren-cial
acompañada de un intenso aparato eléctrico, con incesantes relámpagos que
iluminaban el cielo y horrí-sonos truenos que parecían amenazar con desplomar
el cielo sobre la Tierra. Aunque el momento en el que la Tierra cruzaría el
equinoccio de primavera sería du-rante la madrugada, ese día la Luna estaría
oculta por las nubes y sería invisible, por lo que no podría seguir el consejo
que me dio aquel filsolis de que me tele-transportara teniendo el satélite a la
vista para que me resultara más fácil. Un día antes, le había dicho a Gas-tón
que los siguientes dos días los pasaría en casa de la condesa Roldán. Así pues,
cuando llegó el momento de intentar la teleportación aún estaba lloviendo,
aunque con menos fuerza, y en mitad de la madrugada, cuando a fin de que nadie
fuera testigo de mi desaparición ins-tantánea me situé en mitad del patio
trasero de la casa, miré al cielo aguantando la lluvia sobre mi rostro y aguardé
con los ojos cerrados durante unos minutos a recibir alguna señal. Esta llegó
cuando sentí en mi in-terior una especie de descarga eléctrica que me dijo que
en ese preciso momento la Tierra estaba pasando por la imaginaria línea del
equinoccio; así que abrí los ojos, fijé la vista en el cielo encapotado,
mirando a un punto en el que supuse que podría encontrase la Luna, deseé con
todas mis fuerzas encontrarme en el lugar de reunión de los filsolis, en el
núcleo interno del satélite,
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y el
milagro se produjo. Sentí un ligero vahído y en una fracción de segundo el
patio desapareció de mi alrede-dor, siendo sustituido al instante siguiente por
un nuevo escenario, tan extraño y tan onírico que pensé que es-taba soñando. Se
trataba de una espaciosa sala, en la que el suelo, las paredes y el techo
emitían una luz blanca lechosa que lo iluminaba todo sin producir som-bra
alguna. Dos personajes, que eran físicamente idén-ticos a mi resucitador,
vinieron hacia mí y ambos a la vez me hicieron un extraño gesto, que yo
interpreté como de saludo, que consistió en, manteniendo el brazo izquierdo
pegado al cuerpo, levantar el antebrazo y lle-var junto a la cara la palma de
la mano abierta, con los dedos juntos y mirando al frente para, a continuación,
abrir y cerrar los cuatro dedos de esa mano sobre el pul-gar hasta tres veces
seguidas. A continuación, ambos se situaron a mis flancos y, tomándome cada uno
de ellos de una mano, me condujeron en dirección a la pa-red del fondo de la
sala; cuando nos faltaban para llegar a la pared unos cuatro o cinco pasos, una
línea roja, como la de un láser, dibujó en ella la forma de una an-cha puerta
ojival cuyo interior se vació de materia ins-tantáneamente, como por arte de
magia, franqueándo-nos el paso a la sala contigua.
Debí ser
de los últimos en llegar. El gran espacio diá-fano que había al otro lado de la
puerta ojival era la antesala de una especie de teatro semicircular con cinco
gradas escalonadas de asientos que se abría al fondo. Esta antesala se
encontraba llena de personas que se
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encontraban
de pie charlando amistosamente, siendo sus aspectos físicos tan variados que, a
primera vista, me pareció que en aquel gentío estaban representadas todas las
razas humanas de la Tierra. Los primeros que se acercaron a saludarme fueron un
pequeño pigmeo del Congo que, vestido con un traje blanco luminoso idéntico al
que llevaban puestos los uriatis, pero hecho a su reducida medida, conversaba
con un altísimo ma-sái keniata vestido igualmente con el mismo traje,
man-teniéndose levitando en el aire para así compensar su diferencia de
estatura y así mantener su rostro incluso algo por encima del masái, quizás
debido a una reac-ción de inferioridad por su baja estatura. A ambos hom-bres
se les veía muy jóvenes.
—Sé
bienvenido, Orlando —me dijo el pigmeo, lla-mándome por mi nombre y
descendiendo un palmo hasta quedar a mi altura.
—Que el
amor sea contigo, Orlando —fue el saludo del masái.
Entonces
caí en la cuenta de que no solo entendía lo que ambos me decían, sino que
también yo conocía sus nombres.
—Gracias,
Aka, bien hallado seas —le respondí al pigmeo—. Gracias, Naserian, que también
el amor sea contigo —le contesté al masái, al tiempo que les dedi-caba a ambos
una respetuosa inclinación de cabeza.
—¿Qué te
ha parecido tu primera teleportación?, ¿te has mareado? —me inquirió Aka.
—No, solo
he sentido un ligero vahído durante un
64
instante,
pero decidme, ¿sois vosotros filsoliss de los más antiguos?
—Yo llevo
resucitado casi mil años —me respondió Naserian—. Me mató un león el día que
cumplía mi mayoría de edad. Ocurrió cuando, siguiendo nuestra ancestral
costumbre ancestral de celebrar la ceremonia que llamamos Eunoto, fui a matar a
un gran macho que era el jefe de una numerosa manada. Después de lan-cearlo y
matarlo, cuando ya me disponía a cortarle una de sus garras como trofeo, un
segundo león más joven, que debía estar escondido entre la maleza, pareció
sur-gir de la nada y me atacó por la espalda. De un zarpazo me derribó al suelo
y de una rápida dentellada me rom-pió el cuello, matándome instantáneamente. No
llegó a devorarme gracias a que los que me acompañaban lo ahuyentaron corriendo
hacia mí y dando grandes voces. Tras la ceremonia mortuoria, siguiendo nuestra
cos-tumbre, dejaron mi cuerpo abandonado a la intemperie, algo alejado del
poblado y embadurnado con grasa y sangre de buey para que fuera devorado por
las fieras salvajes, pero el uriati que me resucitó llegó a materia-lizarse
junto a mi cadáver antes de que el olor de la grasa atrajera a la primera
alimaña.
—Yo no
llevo tanto tiempo como Naserian, morí ahogado hace algo más de cincuenta años
—añadió Aka—, persiguiendo a una gacela caí al río y las turbu-lentas aguas me
arrastraron hasta que me despeñé con la catarata desde una altura de más de
cien codos. El uriati que me resucitó rescató mi cuerpo del fondo de
65
la
catarata, donde había quedado enredado entre unas plantas acuáticas.
—¿Uriati?
¿Se llaman uriatis nuestros resucitado-res? —les inquirí, pues hasta entonces
yo aún no había oído tal nombre.
—Sí,
ellos son la raza humanoide que sembraron la vida sobre la Tierra y colocaron a
la Luna satelizando la Tierra —me respondió Naserian—. Tienen una anti-güedad
de varios miles de millones de años y alcanza-ron la inmortalidad hace
muchísimo tiempo. Este traje blanco luminoso y este cinturón que llevamos
puesto son los que nos regalan en la primera asamblea a la que acudimos, siendo
idénticos a los que usan ellos y, tanto el traje como el cinto, cumplen
funciones muy impor-tantes, destacando dos de entre todas ellas; la primera es
que el traje es un respirador que introduce oxígeno en el torrente sanguíneo a
través de la piel de quien lo lleva puesto, permitiéndonos poder permanecer
bajo el agua por tiempo indefinido sin necesidad de respira-ción pulmonar; la
segunda es la de ser el cinturón un potente tele-portador que potencia aún más
nuestra ca-pacidad de teleportación, permitiéndonos viajar por el hiperespacio
de forma instantánea hasta cualquier punto del universo con tan solo desearlo.
El traje tam-bién regula la temperatura del cuerpo, manteniéndola constante sea
cual sea la temperatura exterior; y si nos movemos por el vacío del espacio
exterior, nos man-tiene sometidos a la misma presión atmosférica que la de
nuestro planeta de origen; otra cualidad importante
66
que posee
es la de permitirnos caminar por la superficie de cualquier planeta, sea cual
sea su fuerza de atracción de la gravedad, ya que posee un regulador
gravitacional que aumenta o disminuye el peso de nuestros cuerpos hasta el
nivel apropiado para nuestra musculatura, pu-diendo incluso eliminarlo
totalmente a voluntad o in-cluso hacerlo negativo, permitiéndonos en este caso
volar; y, por último, también es un escudo defensivo, capaz de generar a
nuestro alrededor un intensísimo campo de fuerza que nos protege de golpes,
repeliendo a todos aquellos objetos que lleguen hasta nosotros con una
velocidad y una energía cinética tal que pudieran hacernos daño, siendo capaz
de detener a un meteorito con una masa de hasta cinco libras sin que notemos en
nuestro cuerpo la más mínima reacción ante el impacto.
—También
tiene la facultad de poder mimetizarse a voluntad con el entorno que lo rodea,
adquiriendo sus mismos color, textura y matices, cosa que a mí me re-sulta muy
útil para cazar en mi selva —añadió Aka.
—¡Es
increíble y maravilloso! Esta deber ser la ves-timenta de los dioses —recuerdo
que exclamé admi-rado y también abrumado por tantas y tan maravillosas
propiedades como se concentraban en aquel vestido mágico—. Y, por si fuera
poco, todas estas maravillas han sido reunidas en un traje que no debe pesar
más de cinco o seis libras. Pero decidme, ¿qué asuntos debati-remos en esta
asamblea?
Y, en
aquel preciso momento, antes de que pudieran darme una respuesta, la
conversación fue interrumpida
67
por una
voz que sonó en el interior de nuestras cabezas invitándonos a ocupar los
escaños en el graderío del teatro semicircular que ocupaba el fondo del gran
salón en el que nos encontrábamos.
68
4
Aunque,
con el fin de conocer la opinión de los te-rrícolas, en la Asamblea solo tenían
voto los filsoliss, también se veían repartidos por los asientos de las gra-das
a algunos uriatis que hacían de consejeros a peti-ción de otros tantos
filsoliss, calculando a buen ojo que debíamos ser alrededor de ciento cuarenta
los asisten-tes que ocupábamos el graderío. Y, aunque yo no había solicitado la
asistencia de ningún uriati, uno de ellos se sentó a mi lado. Tal vez fuera
porque siempre he sido un mal fisonomista o porque aún no era yo capaz de
distinguir sus facciones y todos ellos me parecían igua-les, no reconocí al que
se sentó a mi lado, resultando ser Suriel, el mismo que me había resucitado.
Una vez que se identificó, me aclaró que todo aquel que era de-signado para
transformar a un humano en filsolis me-diante la resucitación, se convertía
automáticamente en su tutor, razón por la que, siendo aquella mi primera
asamblea, había decidido acompañarme con el ánimo de ayudarme en las dudas que
me fueran surgiendo, de-talle que le agradecí con gran vehemencia, pues me
en-contraba yo bastante preocupado temiendo no estar a la altura de las
circunstancias.
El rumor
de las conversaciones que reinaba en la sala cesó de improviso cuando un uriati
apareció de la nada, materializándose justamente en el centro del semi-círculo
que formaba el graderío, detrás de una especie de tablero cuadrado que parecía
hacer las veces de atril,
69
de unos
dos codos de lado, y que se mantenía flotando ingrávido en el aire.
—Ese es
Tehovás, el hijo de Rahvels —me dijo Su-riel, en el idioma uriati—. Él es
nuestro líder y maestro en la Luna. Cuando termine la asamblea te llevaré a su
presencia para que te dé la bienvenida y te haga la en-trega oficial de tu
traje biónico. Ahora nos expondrá el objeto de la asamblea y nos dará dos días
de plazo para que reflexionemos sobre la respuesta que debemos darle a la
cuestión que nos plantee…
—Perdona
que te interrumpa, Suriel, pero ¿quién es Rahvels? —le inquirí.
—Es la
autoridad científico-administrativa a cuyas órdenes están sujetos los cuatro
mil millones de androi-des científicos destinados a vigilar y controlar las
cua-renta y cinco galaxias que forman nuestro grupo local, constituido por los
sistemas de Andrómeda, la Vía Lác-tea y el Triángulo —me respondió—. También
tiene a su cargo la observación y custodia de las más de cien civilizaciones
humanas que habitan estos tres sistemas galácticos, encontrándose cada una de
ellas en un dis-tinto grado de evolución, y de las que tan solo la nues-tra, la
andromedana de los uriatis, ha alcanzado la in-mortalidad.
—Por
simple curiosidad, Suriel, aclárame una cosa —le insistí, aprovechando que
Tehovás aún cruzaba unas palabras con otro uriati, demorándose en iniciar su
discurso—, ¿hay alguna razón por la que los nom-bres de Tehovás y Rahvels sean
tan parecidos a los que
70
nosotros
le hemos venido dando a algunos de nuestros dioses, como el Jehová de los
cristianos o el Yahvé de los judíos?
—Me
congratulo de ver que eres un buen observa-dor, ya que esa es una de las
virtudes que ha de tener un filsolis, y también de que, como ya te anuncié el
día de tu resurrección, tu intelecto se se va intensificando con el paso del
tiempo considerablemente —me res-pondió, pareciéndome observar por primera vez
una in-sinuante sonrisa en el rostro de un uriati—. Sí, efecti-vamente la hay.
Hace más de tres mil años, habiendo acudido Rahvels y Tehovás a una de las
laderas del monte Sinaí a tomar una muestra de un raro mineral que habíamos
detectado desde nuestro observatorio lu-nar, ambos fueron sorprendidos por
aquel patriarca al que llamabais Moisés. Cuando regresaron a la Luna, los dos
nos contaron que, al verlos brillar enfundados en sus trajes biónicos y desplazarse
de roca en roca le-vitando por el aire, el tal Moisés los tomó por ser los
dioses creadores de este universo y, arrodillándose ante ellos, los adoró.
Hicieron que se levantara de suelo, les dieron sus nombres y cruzaron con él
unas palabras. Eso fue todo lo que pasó, pero a partir de entonces, Moisés
comenzó a escribir los cinco libros que voso-tros llamáis Pentateuco, como si
fueran revelaciones que hubieran salido de las bocas de Rahvels y Tehovás,
cuando la realidad es que no son más que una serie de increíbles historias
ilusorias salidas de su fértil imagi-nación. Algunas de ellas son excesivamente
infantiles,
71
pues dada
la limitada capacidad intelectual y de cono-cimientos de su época, Moisés
intenta darle una expli-cación fantástica a la creación del mundo visible y de
la especie humana a manos de un todopoderoso dios imaginario al que le asignó
en su relato los nombres de Yahvé y Jehová, que son los de nuestros líderes,
aun-que algo alterados, tal vez porque así los recordó él o porque…
Y, en
aquel momento, Suriel se vio interrumpido por Tehovás, que dio inicio a su
discurso verbal, al tiempo que también lo hacía telepáticamente, resultando ser
transmitido con una claridad y una profundidad inigua-lables por ninguna lengua
terrícola.
—Amigos
uriatis y filsoliss, os deseo a todos que re-cibáis la paz del amor cósmico y
que el alma universal os resulte plácida y benigna —fue su saludo inicial—.
Después de haberlos estado observando durante treinta y dos siglos y de la
visita oficial que les hicimos hace ciento dieciocho años terrestres, la
civilización de los grelfos, habitantes del planeta Lungnok, el quinto de los
ocho que orbitan la estrella Salf-1, en el décimo octavo cuadrante del brazo de
Orión, ha solicitado ser admitida en la Confederación Galáctica de la Vía
Láctea. Así pues, damos comienzo a esta Asamblea, cuyo único or-den del día es
debatir y enjuiciar esta cuestión a fin de emitir nuestro voto justificado a
favor o en contra de dicha admisión.
Tehovás
se interrumpió durante unos segundos, ba-rrió con la mirada el amplio
semicírculo que formaban
72
las
gradas y, después de comprobar mentalmente que contaba con la atención de
todos, continuó.
—Con el
fin de que tengáis los elementos de juicio necesarios para pronunciaros en esta
asamblea, y con independencia de que en nuestros archivos tenéis a vuestra
disposición cuanta información necesitéis so-bre el planeta Lungnok y la
civilización de los grelfos que lo habita, abriremos a continuación un turno de
preguntas a viva voz sobre sobre cuáles son las carac-terísticas fundamentales
de dicha civilización. ¿Quién hará la primera pregunta?
—¿Cuán
numerosa es su población y qué nivel tec-nológico han alcanzado? —preguntó
Naserian, que se encontraba junto a Aka, ambos sentados en la grada in-mediata
inferior, justo delante de mí y de Suriel.
—Se trata
de una civilización humanoide constituida por una población de ciento dos
millones de individuos, con un nivel tecnológico Alfa-8, es decir, tres niveles
por debajo de la que actualmente tiene la civilización terrícola, o sea, el
equivalente al que tenía la Humani-dad en el siglo XVIII —le respondió
Tehovás—. Aca-ban de inventar dos motores que no son contaminantes, ya que uno
de ellos toma la energía del agua y el otro la toma del aire. De todas formas,
os recuerdo que el nivel tecnológico de una sociedad no es determinante para
ser admitida en la Confederación Galáctica, mien-tras que sí lo es su grado de
humanización, es decir, su ausencia de violencia y de agresividad, así como
tam-bién su alto nivel de bondad, empatía y solidaridad con
73
sus
semejantes. ¿Siguiente pregunta?
—¿Tienen
alguna religión? —esta vez la pregunta surgió de un uriati, que con toda
seguridad conocía la respuesta, pero que posiblemente la hiciera porque de-bió
parecerle interesante que la respuesta fuera de co-nocimiento general.
—Los
grelfos son poco o nada fantasiosos y sus mentes se rigen por la razón y la
lógica, siendo estas las principales causas por las que no creen en una segunda
vida después de la muerte. A diferencia de los huma-nos, no tienen dioses ni
santos que rijan sus vidas, y ni tan siquiera han creado a un dios imaginario
al que le atribuyan la creación del Universo, si bien es cierto que, como
quiera que lo único que ellos consideran sa-gradas son la Vida y la Naturaleza,
practican algunos ritos naturalistas con los que exaltan a algunos elemen-tos
naturales, tales como el agua de lluvia, la nieve, el calor del sol o los
árboles, ya que entienden que todos ellos son dadores de vida.
—¿Cuál es
su sistema de gobierno? —se oyó otra voz en el extremo opuesto a donde yo me
encontraba, esta vez de un filsolis.
—Todos
ellos tienen un alto sentido innato de la igualdad y la justicia, por lo que
viven en un sistema ácrata, es decir, sin gobierno ni autoridad alguna ya que,
al parecer, ellos consideran que ni les conviene ni lo necesitan. Asumen que
todos son iguales y que nin-gún grelfo es superior a otro grelfo, si bien
reconocen y aceptan la autoridad moral e intelectual de aquellos
74
individuos
que son más sabios y siguen sus consejos de buen grado, pero no aceptan
imposiciones.
—¿Tienen
guerras? —se elevó preguntando la voz de otro filsolis.
—No, ni
las tienen ni nunca las han tenido, se lo im-pide el altísimo valor que ellos
le otorgan a la vida, tanto a la propia como a la ajena. A diferencia de los
terrícolas, que declaran la vida sagrada, pero incurren en el contrasentido de
ensalzar las guerras y glorificar con medallas y honores a aquellos que han
matado a muchos enemigos, o le quitan la vida a aquel que ha asesinado a otra
persona, dando a entender que hay vi-das que son sagradas y otras que no los
son, entre los grelfos jamás ha habido un crimen; nunca se pelean ni se
levantan la voz unos a otros, y ni tan siquiera tienen discusiones que puedan
considerarse violentas; sus disputas siempre son razonadas y discurren en un
tono cordial.
—¿Y son
egoístas? —preguntó otra voz que surgió del graderío y que también esta vez era
de un filsolis—
, quiero decir que si tienen el gen del
egoísmo en su ADN.
—No, en
absoluto, ellos carecen de este gen —res-pondió Tehovás—. La costumbre que
tienen los terrí-colas de acumular riquezas en tales cantidades que les serían
imposible consumir a lo largo de varias vidas, mientras que muchos de sus
congéneres mueren de hambre, no sería entendida por los grelfos y,
cierta-mente, tal cosa la verían como algo monstruoso y les
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causaría
repugnancia. No conocen el dinero y ni si-quiera hacen trueques con los
productos que cultivan o fabrican. Todos trabajan voluntariamente las horas que
creen necesarias para producir todo aquello que precisa la sociedad de la
comunidad en la que viven, siendo llevada la producción a almacenes públicos de
los que cada uno toma solo aquello que realmente necesita para su vida diaria.
Estas y
otras cien preguntas más, siendo todas ellas del mismo tenor, fueron
respondidas por Tehovás, po-niendo de manifiesto con sus respuestas que la
socie-dad de los grelfos estaba libre de las muchas rémoras que lastran a la
sociedad terrícola.
Cuando se
dio fin a la asamblea, me despedí de Aka y Naserian, dándonos los tres
mutuamente permiso para comunicarnos telepáticamente siempre que nos surgiera
algún problema y necesitáramos un consejo o una duda que resolver. Y,
terminadas las despedidas y los votos de amistad eterna, el uriati Suriel me
llevó ante Tehovás.
—Sé
bienvenido, Orlando —me dijo—. He sentido en la asamblea la gran atención que
le has dedicado a mis palabras, cosa que te agradezco, y veo que tu
razo-namiento te lleva a votar a favor de la entrada de los grelfos en la
Federación Galáctica, por lo que, tanto tu lógica cerebral como la bondad de tu
corazón, responde a las expectativas que habíamos depositado en tu
resu-rrección. Sou consciente de que tan solo ha pasado poco más de año y medio
desde que te convertiste en
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un
filsolis, pero dime una cosa, Orlando, en este tiempo ¿has echado de menos
cosas de tu vida anterior, como la comida, el sueño o el sexo?
—No, en
absoluto —le respondí—, pero no creo que eso suponga ningún mérito en mí pues
nunca fui un glotón, ni perseguí a las mujeres más allá de lo que me dictaba la
prudencia, ni tampoco fui un dormilón, sino más bien persona de sueño muy
ligero.
—Eso dice
mucho a tu favor y confirma el conoci-miento que teníamos de tu alma cuando
vivías como humano. Eras reflexivo, honesto, justo, sincero y muy poco o nada
apegado a los deleites carnales, virtudes que hacían que tuvieras una gran
espiritualidad. Esos fueron los valores decisivos para tu elección como
fil-solis.
—Gracias,
Tehovás, gracias por esta nueva vida que me habéis regalado —le respondí con
sinceridad—. Llevaré adelante mis cometidos lo mejor que pueda y sepa.
—Para que
puedas llevar adelante tus misiones con mayor facilidad, es para lo que solemos
darle a cada filsolis uno de nuestros trajes biónicos, pero ya leo en tu
pensamiento que conoces sus características físi-cas…
—Sí, me
las han explicado Aka y Naserian con todo detalle.
—Sí, ya
lo leo en tu mente, aunque se han dejado atrás algunas de ellas, pero ya las
irás conociendo con el uso y el tiempo. En cualquier caso, cuando necesites
77
saber más
sobre los usos del traje o sobre cualquier otra cuestión uriati preguntale a tu
tutor Suriel. A fin de que estés permanentemente en contacto a nivel colectivo
con nosotros y con tus compañeros filsoliss, deberás llevarlo siempre puesto.
Se ajusta perfectamente y comprobarás que conservas el sentido del tacto en
todo tu cuerpo, como si no llevases nada puesto y fuera una segunda piel; y no
debes preocuparte por su limpieza ni por la de tu propio cuerpo, ya que está
diseñado para que rechace cualquier clase de partícula foránea, ya sea esta
sólida, líquida o gaseosa, así como para mantener tu cuerpo en perfectas
condiciones de limpieza.
Dos días
más tarde, cuando la asamblea se volvió a reunir, se votó por unanimidad que
los grelfos eran me-recedores de ingresar en la Federación Galáctica de la Vía
Láctea; también tendrían derecho a tener opción a adquirir los grandes
conocimientos del universo que poseían los uriatis, y a poder participar en las
grandes decisiones que cada día tomaba la Federación para el buen
funcionamiento de nuestra galaxia.
La
primavera fue cálida y no excesivamente llu-viosa, circunstancias estas que, en
una zona vinícola como Burdeos, eran muy favorables para obtener una cosecha de
uvas de la mejor calidad; así que, cuando a finales de mayo los viñedos se
cubrieron de blancas flo-recillas y un multitudinario ejército de abejas acudió
a libarlas, los corazones, no solo de los vinateros sino que también del resto
de la población bordelesa, que en su
78
mayoría
vivía de la producción vinícola, se inflamaron con la promesa de una
excepcional cosecha. Pero como quiera que Tique, la helénica diosa de la
Fortuna, suele andar dormida casi todo el tiempo, cuando a mediados de
septiembre las uvas habían madurado y comenzaban a pedir ser cosechadas, el
hado de la mala suerte, que siempre anda suelto buscando alguna víctima a la
que fastidiar, o tal vez fuera algún demonio que se oponía a que la cosecha
cuajara, desató un repentino cambio de tiempo que aterrorizó a la población. La
agradable temperatura veraniega que se había venido disfrutando hasta aquel día
comenzó a bajar cuando un frente de negros nubarrones procedente de las islas
británicas asomó por la costa bretona del noroeste, provocando el pánico general
ante la amenaza de perder la cosecha. La temperatura bajó tanto y tan rápido
que obligó a la gente a tener que abrigarse como si hubiera llegado el invierno
y a los vinateros a encender cientos de brase-ros y repartirlos entre las vides
de sus viñas, El frío y la amenaza de fuertes lluvias hizo que los pájaros
aban-donaran los cielos y se refugiaran en sus nidos; que los insectos se
ocultaran bajo tierra; que el obispo hiciera una misa suplicándole a toda la
corte celestial que no lloviera; que a las mujeres más viejas de los labriegos
les dieran fuertes retortijones de tripas; que a las más jóvenes se les
adelantara la menstruación; y que tanto las viejas como las jóvenes se
reunieran con urgencia formando corros para rezarle a Santa Bárbara.
Aquel día
me encontraba yo en el campo junto a
79
Remy, el
capataz de la finca, a un par de leguas al norte de Burdeos, visitando el
viñedo familiar que yo admi-nistraba cuando formaba parte del mundo de los
vivos, y que ahora era explotado por mi madre adoptiva y mis hermanastras,
sobre todo por Agnes, la mayor, que a mi muerte se destapó como una buena
gestora, cuando vi-mos aquel amenazador frente nuboso que, acompañado de un
gran aparato eléctrico, avanzaba hacia nuestros campos desde la desembocadura
del Garona, al tiempo que soplaba un viento gélido que hacía descender la
temperatura más y más a medida que se acercaba.
—En poco
más de una hora lo tendremos sobre nues-tras cabezas —afirmó Remy—, y con
seguridad va a ser una tormenta muy violenta y destructiva. Si sigue bajando la
temperatura como hasta ahora, cuando las nubes lleguen aquí lo que descargarán
será granizo, y adiós cosecha. En tan solo media hora granizando lo destruirá
todo, no quedará ni un solo grano de uva apro-vechable.
Al oír
aquello, no le respondí a Remy. En aquel mo-mento no supe que fue lo que sentí
dentro de mi cabeza, si fue un chispazo de inspiración que tuve o si fue una
idea inducida telepáticamente por alguno de mis ami-gos Aka o Naseran, me
pareció una especie de zum-bido, hasta que oí la voz de Suriel en el interior
de mi cerebro.
«No soy
ninguno de tus amigos filsoliss, soy Suriel. He sentido tu preocupación, he
mirado y he visto el problema. Si me lo permitís, puedo ayudaros» —fueron
80
sus
palabras.
«Naturalmente,
Suriel. No solo te lo permitimos, sino que te lo rogamos y te quedaremos
eternamente agradecidos si impides este desastre» —le respondí con el
pensamiento.
No sé si
sería por encontrarme muy absorto o porque se me hubiera dibujado en el rostro
algún extraño gesto mientras cruzaba estos pensamientos con Suriel, que Remy se
alarmó y, tomándome por un brazo, me za-randó preguntándome qué me pasaba y si
me encon-traba bien. Lo cierto es que tres o cuatro minutos más tarde vimos
surgir por el horizonte del sur una nubecilla muy blanca que parecía tener vida
propia, avanzando absurdamente a una gran velocidad en dirección al norte y
contraria al viento. Cuando la pequeña nube al-canzó al plomizo frente nuboso,
vimos cómo penetraba en él y cómo, a medida que avanzaba hacia su interior las
negras nubes se iban deshaciendo hasta desaparecer de la vista. Quince minutos
más tarde el sol de septiem-bre volvía a lucir y Remy, asombrado y sin entender
lo que había ocurrido, caía de rodillas al suelo haciéndose cruces y dando las
gracias al Altísimo por tan maravi-lloso milagro. Aquel extraño fenómeno, que
había sido visto por la casi totalidad de los vinateros bordeleses, que en
aquel momento se encontraban en sus campos rezándole a todos los santos del
cielo para que no llo-viese, fue considerado por todos como un milagro, por lo
que, al día siguiente, el obispo organizó un acto de acción de gracias sacando
en procesión la Custodia del
81
Santísimo
Sacramento, como si hubiera llegado el día de la fiesta del Corpus Christi, y
dejándose felicitar muy ufano por la buena mano que había demostrado tener con
Dios, la Virgen María y con todos los ángeles y los santos del cielo al haber
sido escuchado su ruego en la misa del día anterior.
En el año
783 sufrí con gran dolor la muerte de mi madre adoptiva; quince años más tarde
tuve que pasar por la pérdida de mi hermana Agnes y un año después por la de mi
hermana Irene. Así que, después de veinte años viviendo en Burdeos, cuando ya
todos, extrañados y con gran insistencia, me decían que mi rostro seguía tan
fresco como el primer día que llegué a la ciudad, e incluso había llegado a mis
oídos que en los mentideros de la ciudad se decía que yo había hecho un pacto
con el Diablo para mantenerme siempre joven, tomé la de-cisión de hacer la
primera de las setenta y cinco mu-danzas que llevo hechas en mi larga vida. El
6 de abril de 798 le regalé a Gastón mi casa con todos sus mue-bles como premio
a su fidelidad hacia mi persona y les entregué, tanto a él como al resto de mis
criados, una generosa cantidad de oro que dejó aquel día vacía mi bolsa mágica,
en la seguridad de que la encontraría llena de monedas al día siguiente,
convirtiéndolos a to-dos ellos en personas acaudaladas. Al día siguiente, después
de despedirme de mi hermana Irene, que ya se encontraba achacosa por entonces,
aunque no esperaba yo que se muriera a los pocos meses, y de los escasos
82
amigos
que ya casi anciano aún supervivían a los años, cargué mis libros, mi cómodo
sillón de lectura y todas mis cosas personales en un carretón y me mudé a
Van-nes, ciudad muy poblada y alejada sesenta y siete le-guas de Burdeos, donde
difícilmente sería reconocido por cualquier viajero bordelés con el que pudiera
cru-zarme algún día y que, además, era la capital de la Marca de Bretaña, en la
que viví durante los años que fui su margrave. Y, a poco de llegar a Vannes, me
com-pré una nueva casa muy parecida a la que había dejado en Burdeos.
Finalizaba
ya el octavo siglo de nuestra era cuando mi señor Carlos, con cincuenta y cinco
años ya cumpli-dos, sería coronado por el papa León III como primer emperador
franco de la dinastía carolingia en la antigua basílica constantiniana de San
Pedro de Roma. Como quiera que llevaba ya viviendo dos años en Vannes y había
adquirido fama de ser poseedor de una gran for-tuna, habiéndome convertido en
uno de los más desta-cados prohombres de las ciudad, aunque la realidad fuese
que tal riqueza se limitaba a la bolsa que me pro-porcionó Suriel, mi
resucitador uriati, conteniendo aquellas seiscientas sesenta y seis monedas de
oro, en la que cada mañana se reponen las que hubiera gastado el día anterior,
fui invitado a asistir al magno aconteci-miento por Reinaldo el Gordo, el que
fuera mi sucesor como nuevo margrave de la Marca bretona tras mi muerte y que
vivía ocupando el palacete que yo mismo
83
habité
durante los dieciséis años que ocupé dicho cargo, siendo apodado así porque
antaño había estado excesivamente grueso, pero hacía ya algunos años que su
figura era la de una persona apuesta y gentil, es de-cir, que no estaba ni
gordo ni flaco. Tenía fama de ser un gran misógino, aunque se mostraba sensible
como una mujer en asuntos del corazón; también era un afa-mado espadachín,
amigo de duelos, cruel en la guerra y sin ningún escrúpulo a la hora de
arrebatarle la vida a alguien; y también era de general conocimiento po-pular
que sentía una gran debilidad por los jóvenes de bellos rostros y hermosos
cuerpos. Había yo mantenido con Reinaldo un trato de amistad desde muchos años
atrás, cuando aún contaba yo en el mundo de los vivos como el conde Roldán, sin
que nunca se me hubiera insinuado con su más que evidente homosexualidad,
quizás por no atreverse al ser yo un bastardo de sangre real, margrave de la
Marca de Bretaña, comandante del ejército y hermanastro y valido del emperador
en mu-chos negocios políticos. Se ve que, tras mi resucitación, mi nuevo
aspecto físico y mi persona debieron llamar su atención y ser de su gusto pues
continuamente me dedicaba una gran atención, siempre acompañada de sus mejores
cumplidos, y también de siempre me había parecido que gozaba de un gran sentido
intuitivo, di-ríase casi femenino, pues algo debió ver en mí que le recordara a
su antiguo amigo, que le hizo sospechar quién era yo en realidad, aunque no
pudiera aceptar se-mejante idea al saber a ciencia cierta que Orlando había
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muerto y
que él en persona había acudido a su entierro. Un día llegó a decirme que me
mostraba como un gran experto en los asuntos relativos a la Marca de Bretaña,
con conocimientos que solo podía tenerlos un mar-grave, y que parecía como si
el espíritu del fallecido conde Roldán se hubiera reencarnado en mí y hablara
por mi boca, pues incluso usaba en la conversación idénticos giros y frases
hechas que utilizaba Orlando. Por todo esto, con la excusa de que aprendía
mucho conmigo, no paraba de hablarme de sus asuntos breto-nes, manteniendo
largas conversaciones como pretexto para estar junto a mí, aunque sin dejar de
intercalar en-tre frase y frase continuos toques de sus manos a mis muslos,
brazos y pecho.
Dado que
la coronación de Carlomagno tendría lugar el 25 de diciembre, día de la fiesta
de la Navidad, y como quiera que haríamos el viaje juntos y él prefería hacerlo
por mar con el fin de llegar al puerto de Ostia al atardecer del día 23 y poder
disfrutar de todo el 24 en la Ciudad Eterna, embarcaríamos al amanecer del 11
de diciembre en una galera que permanecía amarrada y avituallada de forma
permanente en el puerto de Don-ges, a unas doce leguas al sureste de Vannes, en
el es-tuario del Loira. Así pues, el día 10 cubriríamos en una sola jornada, a
postas de caballos, el trayecto por tierra de Vannes al puerto de Donges y, en
una travesía de doce singladuras, cubriríamos las más de dos mil millas
náuticas que nos separaban del puerto romano de Ostia. Además, dado que el
título de margrave es equivalente
85
al de
príncipe, haríamos la travesía escoltados por diez soldados al mando de Bernard
Grignon, un capitán de alabarderos, amigo y hombre de confianza de Reinaldo, de
quienes en los corrillos de los mentideros bordeleses se decía que eran amantes
desde hacía ya varios años. Así pues, iríamos bastante bien protegidos, ya que
nuestros diez alabarderos de escolta, eran todos ellos hombres musculosos, de
gran talla y bien entrenados en el manejo de la alabarda, la espada y la daga
de doble filo, uniéndose a la veintena de soldados, también bue-nos
espadachines y expertos ballesteros, que formaban la guarnición que por
obligación había de llevar toda galera de guerra cuando navegara.
A
mediodía del día 9, víspera del viaje y sin previo aviso, tal era su mala
costumbre, recibí en mi casa la visita de Reinaldo, siendo esto algo que en él
ya se ha-bía convertido en un hábito. Los jueves y los domingos solía acudir a
la catedral de San Pedro para oír la misa de las doce, y a la salida venía
derecho hasta mi casa, viéndome obligado, por ser la hora del almuerzo, a
te-ner que invitarlo a sentarse en mi mesa y acompañarme en la comida,
invitación que jamás rechazaba.
—El
pasado día 27 de noviembre envié a un mensa-jero a caballo para que le
anunciara nuestra llegada al conde Karl Mayer, que como bien sabes es el
mayor-domo mayor de nuestro rey, a fin de que se encargue de enviar una carroza
a recogernos en el puerto de Os-tia, así como de gestionar nuestro alojamiento
en Roma —me anunció mientras tomábamos una copa de vino
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bordelés
y un aperitivo—. Creo que haremos una buena travesía, pues mi hombre del tiempo
dice que tendre-mos cielos despejados a lo largo de todo el camino, pero que
debemos ir bien abrigados porque hará bas-tante frío.
—El frío
es lo de menos, se combate con buenos abrigos; lo importante es que no tengamos
que enfren-tarnos a una violenta tormenta. ¿No crees que partiendo el día 10
vamos muy justos de tiempo?, tan solo conta-remos con un día de margen en el
caso de que algo nos retrase.
—No
tenemos por qué preocuparnos, nada nos retra-sará, según mi hombre del tiempo,
las aguas del mar estarán serenas. Bueno, y ¿qué me dices de Regina, la última
concubina de nuestro futuro emperador?
—Que esta
esta es la cuarta y que se está llenando de hijos ilegítimos.
—Sí, eso
es cierto. La verdad es que a sus cincuenta y cinco años aún está hecho un buen
semental y sus amantes ya le han parido tres bastardas. La primera fue
Adeltruda, que ya ha cumplido los veintiséis años; la segunda, Rutilda, ya
tiene veinticinco cumplidos, y la tercera, Alpaida, hace unos días que ha
cumplido los seis.
—Sí, y a
Regina ya la ha dejado preñada, por lo que dentro de unos meses le nacerá el
cuarto bastardo.
—Bueno,
el cuarto, que sepamos; igual tiene otros tantos desperdigados que nunca
sabremos que existen; es tan enamoradizo que le da igual acostarse con una
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princesa
que con una esclava.
— Yo creo
que terminará por no saber dónde colo-carlos. Menos mal que hasta ahora solo le
han nacido hembras y siempre hay un hueco en algún convento donde meterlas.
—Si son
varones tampoco será un problema, sobran sitios donde colocarlos y, en caso
necesario, no hay que preocuparse, él les creará nuevos puestos políticos que
saldrán de la nada, que no servirán para nada y en los que sus bastardos no
tendrán que hacer nada, pero sí que les procurarán buenas rentas.
88
5
Me llamó
la atención que la galera, una birreme de ciento cuarenta remeros, se llamara
Eolo; tal vez la hu-bieran bautizado con el nombre del dios griego para que
este la favoreciera con sus buenos vientos en las travesías. La mandaba el
capitán Edmond Chartier, un marino avezado en más de una batalla naval, que
ron-daba los cincuenta años de edad, si bien sus cabellos y barba, de un blanco
níveo, y la piel de su rostro, curtida por el sol y la sal marina, le hacían
aparentar tener diez años más, que fue grumete a los nueve años y ya lle-vaba
más de cuarenta navegando por todos los mares conocidos. Tal como le había anunciado
el hombre del tiempo a Reinaldo, el 11 de diciembre amaneció un día con un
precioso cielo despejado y un sol radiante. Cuando zarpamos con la pleamar, el
día ya alboreaba por el horizonte del levante y, como quiera que soplaba un
mistral flojo, que no superaba los veinte nudos, bas-tante frío y muy seco, el
capitán Chartier se abstuvo de ordenar a la tripulación que izaran las velas,
mandó a la chusma remar a boga limpia, y al piloto que avanzara en dirección
oeste por el curso del amplio estuario que forma el Loira en su desembocadura
en el golfo de Viz-caya. Aún recuerdo vivamente aquel corto viaje por el
estuario, pues el espectáculo de flora y fauna que nos ofrecía la campiña de
Saint-Nazaire era de una belleza tan grande y sublime que tanto Reinaldo, el
capitán Bernard Grignon y yo, como hasta el propio capitán
89
Chartier,
acostumbrado a verla con mucha frecuencia, no pudimos evitar que la emoción
inflamara nuestros corazones, se nos hiciera un nudo en nuestras gargantas y
que los ojos se nos humedecieran hasta hacer saltar alguna lágrima.
—¿Sabéis
lo qué os digo? —manifestó de improviso Reinaldo, extasiado por tanta belleza—
Que Dios debe ser un gran pintor paisajista y en esta tierra dibujó una obra
maestra; todo en ella es hermoso.
—Me
alegra oírte decir eso —respondió el capitán Grignon—, yo soy de un pueblecito
de esta comarca, que a mí me parece la tierra más hermosa del mundo.
—Sí, sé
que naciste en esta tierra y formas parte de su paisaje —le respondió Reinaldo,
al tiempo que le dedicaba una tierna mirada, seguida de una sonrisa que nos la
hizo extensiva a los dos—, lo de la belleza, la hermosura y la obra de arte
maestra también iba por ti.
Esta
respuesta de Reinaldo, pronunciada impruden-temente en mi presencia y expresada
con la franqueza y la espontánea libertad que le otorgaba el saberse
in-contestable por ser el margrave de Bretaña, hizo que el capitán enrojeciera
y yo tuve la impresión de que iba dirigida a los dos, tal vez con el fin de
dejarme claro, por si tenía alguna duda, de cuáles eran sus inclinacio-nes
sexuales y de la atracción que sentía hacia mi per-sona.
Cuando
una hora más tarde desembocamos en el in-menso golfo de Vizcaya y pusimos rumbo
al sureste para bordear la costa, como quiera que ahora el mistral
90
había
aumentado de fuerza y nos soplaba de popa, el capitán ordenó izar las velas,
que se hincharon de in-mediato y nos impulsaron a una velocidad de siete u ocho
nudos, por lo que, al anochecer del día siguiente veríamos las luces de las
barcas de los pescadores vas-cones de la Bella Easo4 faenando. Cuando la noche
se nos echó encima y las luces del barco se encendieron, el capitán nos invitó
a los tres a cenar en su camarote y, como quiera que Chartier era un ferviente
admirador de Carlomagno, no hubo más tema de conversación du-rante la cena que
la de su vida y sus triunfos. El capitán Chartier, hombre religioso y creyente
conde los hu-biera, habló de cómo al suceder a su padre, Pipino el Breve, tuvo
que reinar junto a su hermano menor Car-loman, con quien mantenía unas
relaciones extremada-mente tensas, afirmando que Dios hizo que este mu-riera
cuando solo contaba con veinte años con el fin de evitar una guerra entre ambos
y que Carlos cumpliera su destino de llegar a ser el emperador Carlomagno. Reinaldo,
a quien tal vez su homosexualidad lo obli-gaba a ser más religioso que
guerrero, exaltó su perma-nente lucha contra los impíos pueblos eslavos y cómo,
tras una larga campaña, logró someter a los sajones, obligándolos a convertirse
al cristianismo, integrándo-los en su reino y allanando de este modo el camino
para
4 Con este nombre es conocida San Sebastián,
si bien esta denominación está fundada en la errónea creencia de que la capital
guipuzcoana está edifi-cada sobre una antigua ciudad romana llamada Oiasso que,
en realidad, se encontraba cercana a Irún.
91
el
establecimiento del imperio carolingio. Nuestro ca-pitán Bernard Grignon,
guerrero por los cuatro costa-dos pese a su uranismo, ponderó sus grandes
éxitos al expandir los distintos reinos francos hasta conseguir transformarlos
en un imperio, al que incorporó Italia y una gran parte de Europa occidental.
Yo, en cambio, no me privé de poner una nota negativa al recordar el su-ceso de
Roncesvalles y la pérdida de los veinte mil sol-dados francos que formaban la
retaguardia del ejército carolingio —naturalmente omitiendo que era yo quien
los mandaba—, que cayeron degollados a manos de quinientos vascones, viniendo
este suceso a empañar la gloria del emperador, si bien todos me respondieron a
una exaltando con pasión la gloria del caballero Roldán y de sus fieles amigos,
el conde Oliveros y el arzobispo Turpin, teniendo que aceptar la apasionada
defensa y el enaltecimiento que hicieron todos ellos de los tres ca-balleros
caídos —uno de los cuales era yo mismo—, como un velado reproche que me hacían
por haber traído a colación aquel aciago episodio.
En las
singladuras de las dos jornadas siguientes, abandonamos la costa baja francesa,
cubierta de abun-dantes playas de arenas doradas; recorrimos la agreste costa
vascona, de altos e irregulares acantilados; bor-deamos la abrupta costa
cantábrica del reino astur y, tras haber recorrido setecientas millas con la
ayuda del ya fuerte y persistente mistral que nos acompañó todo el tiempo, al
amanecer del tercer día de navegación nos encontrábamos frente al estuario que
forma el río
92
Duero en
su desembocadura, al pie de la ciudad de Por-tucale5. A partir de aquí, a lo
largo de las seiscientas cincuenta millas que cubrimos en las siguientes tres
singladuras hasta alcanzar el cabo de Gata, las costas que estuvimos
contemplando eran las del Emirato Omeya de Córdoba, que por entonces ocupaba la
tota-lidad de la península ibérica, excepto una franja de te-rreno, de unas
veinticinco leguas de anchura, que reco-rría toda la cornisa cantábrica y la
ladera sur de los Pi-rineos, extendiéndose desde la costa atlántica galaica
hasta la mediterránea, en la que se refugiaron los con-dados catalanes y los
reinos cristianos de Asturias y Navarra.
El
séptimo día amaneció soplando un viento gregal frío y bonancible, que no
superaba los quince o veinte nudos de fuerza, por lo que el capitán Edmond
Chartier ordenó a la chusma una boga larga, y al piloto que na-vegara de bolina
y bien ceñido al viento del noreste. Caía del cielo un molesto sirimiri que
parecía que no mojaba, pero que si estabas mucho tiempo al descu-bierto te
humedecía el rosto y te calaba la ropa hasta los huesos. Así que, mientras
nuestro capitán Bernard Grignon concentraba en la cubierta tanto a sus hombres
como a los de la guarnición del barco, todos ellos des-nudos y cubriéndose sus
vergüenzas con taparrabos, exponiéndolos al frío y a la lluvia y sometiéndolos
a
5 Portucale era el nombre dado a Oporto en la
Edad Media. Significaba «Puerto de Cale», siendo Cale la primigenia ciudad
fundada por los fenicios, dando origen al actual nombre del país, Portugal.
93
una serie
de ejercicios militares para mantenerlos en forma en el manejo de la alabarda,
la espada y la ba-llesta, Reinaldo y yo nos poníamos a cubierto en el cas-tillo
de popa, muy próximos a un brasero que nos qui-taba algo de frío, y jugábamos
al ajedrez en un tablero especialmente diseñado para utilizarlo durante la
nave-gación, en el que las piezas no se veían afectadas por los movimientos del
barco al tener en sus bases una pe-queña espiga que quedaba encastrada en un
agujerito que había en cada una de las casillas del tablero. No hacía mucho
tiempo que la campana del barco había anunciado la hora sexta, cuando la
potente voz del vigía anunció «barco a la vista por la proa». Aun estando
nu-blado, la visibilidad era buena y todos, agolpados en la borda de proa,
pudimos ver un punto oscuro en el hori-zonte de poniente, si bien la excelente
vista del vigía y sus muchos años de experiencia en el avistamiento de barcos
en el mar, hicieron que nos anunciara con total convencimiento que el barco que
se nos acercaba era una galera de remos sencillos y dos grandes velas
cua-dradas desplegadas, que avanzaba hacia nosotros con viento a favor y a muy
buena marcha. Al oír el informe del vigía, el capitán, buen conocedor de la
zona y rece-loso de que pudiera ser un barco pirata, ordenó detener la boga y
poner el barco al pairo a fin de retrasar el en-cuentro.
—Si se
trata de una galera comercial, se cruzará con nosotros, intercambiaremos
algunos saludos y pasará de largo, pero es muy posible que sean piratas
argelinos
94
que
interceptan los barcos que se dirigen a Constanti-nopla con armas y productos
artesanos, o a los que re-gresan cargados con ricos brocados, especias
orientales y esclavos africanos —nos dijo el capitán Chartier—. Todavía
tardarán una media hora en llegar hasta noso-tros por lo que debemos
prepararnos para lo peor.
—¿Cuántos
guerreros creéis que serán? —le inquirió Reinaldo, a sabiendas de que la
respuesta del capitán sería que en las galeras piratas todos cuantos navega-ban
en ellas intervienen en la lucha, incluyendo a los grumetes y a los cocineros.
—Pueden
ser unos doscientos, contando a los reme-ros y a la gente de cabo —le respondió
el capitán.
—Doscientos
contra tan solo una treintena que so-mos los que de entre nosotros sabemos
manejar una es-pada representa una ventaja para ellos de siete a uno — dije yo.
—Muchos
de nuestros remeros son galeotes conde-nados por crímenes de sangre, podemos
soltarlos pro-metiéndoles la libertad a todos los que salgan con bien de esta;
son facinerosos y gente de cuchillo que está bragada en la pelea —propuso el
capitán Grignon.
—Si los
soltamos a los galeotes para que luchen con-tra los piratas, aunque les
prometamos la libertad, lo más probable será que deserten y se pasen al otro
bando
—respondió
el capitán Chartier—. Los restantes reme-ros no saben luchar; son hombres
libres que se han en-rolado asalariados. Tenemos que elegir entre luchar por
nuestras vidas o entregarles el barco y resignarnos a ser
95
esclavizados
o liberados a cambio de un fuerte rescate.
—Luchemos,
pues —dijo el capitán Bernard Grig-non—. Si tenemos que morir, moriremos
matando.
—Bien
dicho, Bernard, si es que Dios nos está lla-mando a su seno le entregaremos
nuestras vidas con la dignidad de caballeros que nos corresponde —le res-pondió
Reinaldo.
—Lucharemos
y venceremos, tenedlo por seguro — añadí yo, totalmente convencido de lo que
les decía sin saber por qué, quizás intentando elevarles la moral de lucha, al
tiempo que le daba vueltas a la cabeza en qué forma podía intervenir yo en
aquel conflicto.
Cuando ya
se encontraba a unos doscientos codos de nuestra proa, los remos de la aún
desconocida galera dejaron de bogar y se alzaron inactivos sobre el agua,
dejándose llevar tan solo impulsado por la fuerza que el viento ejercía en sus
velas. A esa distancia ya pudi-mos saber con toda seguridad que nos
enfrentábamos a una nave pirata, pues vimos cómo los remeros y las gentes de
cabo subían a la cubierta armados todos ellos de espada y puñal, y también
pudimos observar que ve-nían bien pertrechados de armamento, pues en la proa
traían una catapulta ya tensada y cargada con una roca muy grande, que bien
podía pesar trescientas libras, así como otras tres más pequeñas que se veían
repartidas a lo largo de las bordas, todas ellas tensadas y cargadas de unas bolas
de color negruzco que tal vez fueran de fuego griego. Y cuando la distancia
entre ambas naves ya se había reducido a unos cincuenta codos, aquel que
96
parecía
ser el capitán, un individuo de gran talla al que le faltaba el antebrazo
izquierdo, seguramente perdido en algún abordaje, pese a su mutilación, se
encaramó ágilmente en el botalón de proa y, haciendo un alarde de equilibrio,
se montó a horcajadas sobre el grueso palo sosteniéndose tan solo con las
piernas abarcadas a su alrededor. Aquel descarado desplante del capitán pi-rata
daba fe tanto de su confianza como de su seguridad en que ya había vencido sin
necesidad de un abordaje y sin ni siquiera tener que disparar una sola flecha.
Por
aquellos días, a algo más de dos años de mi re-sucitación, todavía mantenía yo
en mis venas la ar-diente sangre del guerrero que fui durante mi vida hu-mana,
por lo que, sabiéndome inmortal e invulnerable al llevar siempre puesto bajo
mis ropajes el traje bió-nico que Tehovás me había regalado, vine a tomar la
decisión de intervenir en la lucha utilizando los poderes del traje y las
facultades sobrehumanas que los uriatis me habían otorgado al resucitarme y
convertirme en un filsolis.
—Capitán
—vociferó aquel pirata mutilado—, aho-rremos muertes inútiles. Somos superiores
en número y en armamento y os necesito vivos; a la chusma, a los soldados y a
la tripulación para venderlos en el mer-cado de esclavos, y a ti y a esos
pasajeros que veo en la cubierta vistiendo ricas prendas y que parecen ser de
alta alcurnia, para pedir por ellos un buen rescate. Así que, si rendís la
embarcación, os prometo que no habrá muertos y así todos quedaremos contentos.
97
Mientras
el verborreico capitán pirata se regodeaba echando al aire su cínico discurso
de triunfador y hu-millando a sus víctimas anticipándoles lo que pensaba hacer
con ellas, aprovechando que todos estaban pen-dientes de sus palabras, yo me
escabullí de la cubierta sin que se percatara nadie, llegué hasta mi camarote
y, quitándome con rapidez la ropa, quedé vestido única-mente con el traje
biónico. Luego rebusqué un trozo de carboncillo en el ya apagado brasero y,
mientras me pintarrajeaba con él la cara hasta hacerla irreconocible, no paré
de oír la recia voz del gigantesco capitán manco. Así que cuando acabé de
pintarme, sin pensarlo dos veces, concentré mi pensamiento en tele-portarme
hasta el botalón y al instante me materialicé, flotando en el aire, con los
pies a un palmo sobre la verga y a dos codos de donde se encontraba sentado a
horcajadas el pirata argelino quien, al verme aparecer de repente, fue tal su
sorpresa que a punto estuvo de escurrírsele el trasero de su montura y caer de
cabeza al agua. El siri-miri había cesado hacía ya rato y, casualmente, en el
preciso momento en el que me materialicé, las nubes se abrieron y un rayo de
sol incidió sobre mi blanco y re-luciente traje biónico volviéndolo aún más
luminoso y reflectante de lo que ya era, lo que hizo que un rumor procedente de
las tripulaciones de ambas galeras, mez-cla de asombro, admiración y sobre todo
de supersti-ción, se elevara ante mi espontánea aparición. Me di cuenta de que
las dos tripulaciones debían haberme to-mado por algún ser angelical enviado
por Dios; los de
98
nuestra
galera, pensando que había venido a librarlos de las amenazas de aquel asalto,
y los asaltantes cre-yendo que había llegado con el ánimo de hacer justicia y
castigarlos, por lo que la mala conciencia de los pira-tas hizo que la cubierta
de su galera se les quedara pe-queña cuando todos se arrojaron al suelo en
actitud de sumisión y adoración hacia mi persona. Y, mientras miraba, distraído
y algo asombrado, a aquella alfombra humana que formaban los piratas tendidos
sobre la cu-bierta en posición decúbito prono, el gigantón manco, que al
parecer era menos impresionable que los demás, de un ágil salto felino se puso
de pie sobre el botalón y, extrayendo del tahalí su curva y afilada gumía, me
des-cargó un terrible golpe dirigido al pecho. Todos vieron como el arma
saltaba de sus manos al llegar la punta del cuchillo a un palmo de mi pecho,
pareciendo que hubiera rebotado en un invisible muro de protección — como en
realidad así era—, y cómo el arma se hundía para siempre en las aguas del mar.
A continuación, to-dos presenciaron estupefactos cómo, con una sola mano y sin
hacer el menor esfuerzo, agarraba yo al gi-gantón por las solapas de aquella
especie de casaca que llevaba puesta, lanzaba por los aires su cuerpo, que bien
podía superar las doscientas cincuenta libras de peso, a más de veinte codos de
altura, pareciendo que estuviera lanzando una pequeña piedra, para acabar
cayendo a las frías aguas mediterráneas a más de cien codos de dis-tancia de la
embarcación. Cuando vi que aquel jayán no sabía nadar, pareciendo estar
ahogándose, pues no
99
paraba de
dar boqueadas y manotazos sobre las olas, hundiéndose una y otra vez en las
aguas con la boca y los ojos desmesuradamente abiertos por el miedo, to-dos
fueron testigos de cómo volé por los aires, me su-mergí en el agua, lo saqué
unos segundos más tarde su-jetándolo por un tobillo con una sola mano y de esta
guisa lo transporté en un vuelo de regreso hasta la cu-bierta de su barco,
donde lo solté hecho un guiñapo que en nada se parecía a aquel arrogante que
hacía unos mi-nutos hablaba de victoria y poco menos que le pedía a sus
víctimas que le rindieran pleitesía.
Así como
durante el tiempo que duró este aconteci-miento la tripulación de la galera
pirata se mantuvo ti-rada en el suelo, con sus frentes apoyadas sobre la
cu-bierta y sumida en el leve murmullo que se elevaba de sus oraciones
pidiéndole perdón a Alá por sus pecados, la tripulación cristiana de nuestra
galera se mantuvo durante el espectáculo en un religioso silencio, conven-cidos
de que estaban contemplando al arcángel Gabriel, el mensajero de Dios,
impartiendo orden y justicia di-vina.
Cuando,
después de tele-portarme de nuevo al cama-rote y volver a vestirme con mis
ropas sobre el traje biónico, volví a la cubierta del Eolo y me situé en el
mismo lugar en el que estaba cuando me marché, junto a Reinaldo, la galera
pirata ya había puesto rumbo a la costa argelina y se alejaba remando a boga
arrancada, como alma que lleva el Diablo.
—Creo que
hemos sido testigos de un gran milagro,
100
¿no crees
tú lo mismo, Orlando? —me inquirió el mar-grave, volviendo su rostro hacia mí y
evidenciando con su mirada que no se había percatado en ningún mo-mento de mi
ausencia al haber estado todo el tiempo atento a lo que sucedía en la galera
pirata.
—Sí,
Reinaldo, también yo creo que hemos presen-ciado un milagro —le respondí con la
mayor seriedad y convicción que fui capaz de fingir.
El resto
de la travesía hasta el puerto de Ostia se desarrolló sin incidencias dignas de
mención, excepto consignar que, durante esos tres últimos días de nave-gación,
en el barco no se habló de otra cosa que de la ayuda divina que habíamos
recibido al mandarnos Dios aquel arcángel.
—Cuando
le cuente a nuestro señor Carlomagno el milagro que hemos presenciado, seguro
estoy de que le pedirá al papa que diga una misa de acción de gracias en la
basílica de San Pedro en Roma —me repetía por tercera vez Reinaldo—, aunque yo
creo que ese com-portamiento tan caballeresco que el arcángel ha tenido con el
pirata, salvándolo de morir ahogado, es más pro-pio de la nobleza de un
guerrero que de la de un men-sajero, es por eso que más bien creo, mejor dicho,
estoy convencido de que se trataba del arcángel San Miguel, el jefe de los
ejércitos celestiales.
—Estoy
seguro de que estás en lo cierto —le res-pondí, dándole la razón una vez más—,
yo también lo creo así. La forma en que lo agarró y lo sostuvo en aire
101
antes de
lanzarlo al mar era propia de alguien que está acostumbrado a luchar cuerpo a
cuerpo.
—Sí,
efectivamente, eso es. Así es cómo lo he visto yo también —afirmó, plenamente
convencido de que había presenciado la lucha entre el jefe de los ejércitos de
Dios y un humano, si bien esta vez el arcángel había luchado con sus manos, es
decir, sin sus sempiternas lanza y espada flamígera con las que siempre es
repre-sentado en los templos.
Llevaba
ya tres días oyendo decir a los marineros, a los soldados, a la tripulación e
incluso a los galeotes, siendo estos últimos los menos impresionables, cosas
realmente dispares; la mayoría de ellos decían que lo que habían presenciado
era un milagro de Dios nuestro Señor, que había sido llevado a cabo con el
auxilio del mensajero divino, el arcángel San Gabriel; otros decían que había
sido el arcángel San Miguel, que había acu-dido desarmado al no tener que
enfrentarse a un ejército y no necesitar ningún arma para vencer a esos
piratas; y no faltaba quien afirmaba que aquel ser tan brillante y luminoso era
el mismísimo Lucifer, que como su pro-pio nombre indica es el portador de la
luz, que debía haberse desfigurado el rostro pintándoselo con alguno de los
ardientes tizones del Infierno, habiendo acudido en auxilio de alguno de
nuestros galeotes con quien ha-bría firmado con sangre algún pacto. Por
aquellos re-motos días, todas estas versiones de lo sucedido que es-cuchaba me
parecían ser de lo más normal, pues eran aquellos tiempos oscuros en los que el
pueblo, sumido
102
en el
analfabetismo, la ignorancia y la superstición, creía a pie juntillas todo
cuanto le contaban los curas desde el púlpito cuando les hablaban del Antiguo y
el Nuevo Testamento; así pues aceptaban como ciertas fantasías tales como
serpientes que hablan, vírgenes que quedan embarazadas sin haber tenido
contacto con ningún varón y continúan siendo vírgenes después de parir y magos
que abren las aguas del mar con su varita mágica para que todo un pueblo lo
cruce caminando por el fondo, si bien, habiendo estado observando du-rante
siglos el comportamiento de los hombres, he po-dido comprender que las ideas de
lo milagroso y de lo divino nacen del miedo a lo desconocido y de la supina
ignorancia a la que sistemáticamente ha sido sometida la Humanidad por los
poderosos.
Cuando el
23 de diciembre atracamos en el puerto de Ostia, haciendo ya un buen rato que
había amanecido con un cielo despejado de nubes, una agradable tempe-ratura y
un sol radiante, impropios de la época, pare-ciendo ser un tiempo más
primaveral que invernal, nos vimos sorprendidos de que, siendo un día
laborable, los muelles estuvieran repletos de gentes bulliciosas, ves-tidas con
ropas domingueras, que parecían haber acu-dido expresamente a darnos la
bienvenida; luego supi-mos que, habiendo sido avisado de nuestra llegada por el
mensajero que le había enviado Reinaldo el pasado día 27 de noviembre, el conde
Karl Mayer, no solo ha-bía abandonado los muchos compromisos de su cargo
103
de
mayordomo mayor de Carlomagno para acudir per-sonalmente al puerto a recibirnos
y conducirnos a Roma, sino que lo había hecho en una carroza real ti-rada por
cuatro soberbios caballos alazanos, con dos cocheros uniformados ocupando el
pescante delantero y dos lacayos en el trasero, escoltada además por veinte
lanceros al mando de un capitán, y como culmen de su gran generosidad, había
gastado de su propio peculio algunos miles de denarios en gratificar a una
multitud popular, formada por más de quinientas personas de condición sencilla,
para que se vistieran de domingo y nos ofrecieran una calurosa bienvenida
dedicándonos vítores, aplausos y exclamaciones de alabanzas. Algo más tarde,
cuando ya rodábamos en la carroza por la vía ostiense cubriendo las escasas
cuatro leguas que se-paraban el puerto de Ostia de la Ciudad Eterna y fui
testigo de las explayadas e inmoderadas muestras de cariño que, sabiéndose
fuera de la vista de la escolta y sin tener en cuenta mi presencia,
intercambiaron el conde Karl Mayer y el margrave Reinaldo en sus besos y
abrazos de salutación, pude darme cuenta, con gran sorpresa, de que toda
aquella generosidad y esplendor en el recibimiento obedecían a la íntima
amistad que existía entre ambos hombres pues, aunque ya en mis tiempos de vida
humana yo sabía que ambos se cono-cían desde hacía mucho tiempo y también
conocía la exagerada exquisitez que el mayordomo empleaba en sus expresiones
habladas y en sus amanerados gestos, que a veces rayaban en lo femenino, nunca
sospeché
104
que entre
ellos hubiera algo más que una buena, aunque simple amistad. Realmente, fue por
entonces, cuando mi capacidad de observación y mi intelecto se habían ampliado
como resultado de mi inmortalidad, me per-caté de que el amor entre personas
del mismo sexo es muchísimo más frecuente y abundante de lo que pode-mos
apreciar a simple vista en nuestra actividad diaria.
Por el
mayordomo real nos enteramos que aquella misma mañana se celebraría en el
palacio de Letrán un juicio al papa por una serie de acusaciones que ciertos
miembros de la nobleza romana habían hecho contra él y que dicho juicio estaba
siendo presidido por Carlo-magno.
Y, cuando
Reinaldo le contó a su amado Karl Mayer el milagro sucedido en el mar,
protagonizado nada me-nos, según él, que por el mismísimo arcángel San Mi-guel,
el mayordomo real concluyó que aquel prodigio de salvación estuvo
exclusivamente dedicado al mar-grave y a mí, por ser las dos únicas personas
nobles que viajábamos en el barco, evidenciando con diáfana cla-ridad que la
voluntad de Dios era que ambos llegára-mos con buen fin a la coronación del
emperador Carlo-magno y que, posiblemente, el Creador también nos tu-viera
reservada alguna importante misión futura en de-fensa de la Cristiandad.
—Y, dime,
querido Karl, ¿dónde has pensado alojar-nos? —le inquirió Reinado.
—En el
palacio de Letrán —respondió con énfasis, mirándonos intermitentemente a los
dos y mostrando
105
un gesto
en su rostro que parecía haber quedado a la expectativa de ver cuál era nuestra
reacción.
—¿Has
dicho en el palacio de Letrán?, ¿en la resi-dencia del papa León tercero?
—Sí, eso
he dicho. El papa quiere conocer de pri-mera mano y por boca del margrave de la
Marca bre-tona en qué estado se encuentran los esfuerzos políticos y militares
que se vienen haciendo por integrar la Bre-taña al reino franco.
—Entonces,
¿dónde me alojaré yo? —le pregunté.
—También
os alojareis en el palacio. Le he hablado al pontífice de vos y de vuestra gran
fortuna, su res-puesta ha sido que estará encantado en recibiros. Os digo más:
como quiera que el papa León conoció a Ro-land cuando era cardenal de Santa
Susana y jefe del te-soro pontificio, y quedó tan gratamente impresionado por
su personalidad, cuando le conté, según Reinaldo me decía en su misiva, que
fuisteis tan gran amigo suyo que hasta parece que tenéis un alma gemela a la
suya, el pontífice insistió aún más en conoceros. ¿No es esto una prueba más de
que ambos estáis destinados a pres-tar un importante servicio al papado o tal
vez a toda la Cristiandad?
Ante
semejante conclusión a la que llegaba el ma-yordomo mayor, tan sorprendente
como gratuita, no tuve más que sonreír y callar.
106
6
Pasado ya
el sol del mediodía cuando, después de llevar dos horas circulando con la
carroza a muy buen paso por la bien pavimentada y muy transitada vía os-tiense,
habíamos cubierto las casi cuatro leguas que se-paran el puerto de Ostia de
Roma gracias a que durante todo el trayecto los alabarderos de escolta fueron
des-pejando el camino a base de golpes dados sin conside-ración alguna, ya
fuera con el pecho de sus caballos o con las astas de sus alabardas, en las
espaldas de los agricultores para que apartaran sus lentos carros tirados por
burros cansinos, abarrotados de las verduras que cada día transportaban a los
mercados romanos; o en los traseros de los buhoneros que transportaban sus
ba-ratijas de aldea en aldea empujando sus carrillos de mano; o apartando con
desconsiderados golpes de los estribos de sus monturas a los pescadores que,
llevando su carga en dos grandes cenachos colgados de los ex-tremos de una
barra de madera atravesada a modo de yugo sobre la cerviz, iban vendiendo sus
capturas en las muchas tabernas y posadas que jalonaban la carre-tera.
Entramos
en Roma por la Porta Ostiensis y, calle-jeando las estrechas y malolientes
calles del barrio an-tiguo, en las que las aguas fecales corrían por canaletas
que discurrían por sus medianas, como en cualquier otra ciudad medieval,
habiéndose perdido con el paso de los siglos la salubridad de la que gozaban en
tiempos
107
del
Imperio, cuando estas aguas eran conducidas por un alcantarillado que ahora se
encontraba abandonado e inservible, nos dirigimos directamente al palacio de
Le-trán, el ya muy antiguo y majestuoso edificio que, junto con un hermoso
baptisterio, mandó construir el empe-rador Constantino para que le sirviera de
residencia a los papas y donde Carlomagno venía hospedándose desde hacía ya
varios días. Recuerdo bien que nos reci-bió el camarlengo con fingidas y
exageradas muestras de afecto y de respeto, al tiempo que nos informaba,
mostrando por cierto y sin fingimientos bastante ansie-dad en sus palabras, de
que los cardenales aún seguían reunidos en la basílica de San Pedro, por lo que
era de suponer que el juicio del que nos había hablado el ma-yordomo aún debía
continuar; luego nos llevó al come-dor, donde debíamos esperar la llegada del
papa y de nuestro rey Carlos con los que íbamos a almorzar aquel día,
haciéndonos circular por una red de interminables pasillos y de suntuosos
salones cuyo esplendor, supe-rior al de cualquier palacio real, sobrecogía y
nos hacía pensar en la inutilidad de tantas riquezas, que solo ser-vían para
demostrar lujo y ostentación, mientras que el pueblo llano padecía de hambre
crónica y se pudría en la miseria. Nunca he olvidado el gesto de sorpresa y de
asombro que asomó a nuestros rostros ante la belleza del grandioso triclinio
que el papa León había mandado construir recientemente para dar en él los
banquetes oficiales que le exigían sus compromisos políticos. Se trataba de una
amplia sala que podría dar cabida a más
108
de
doscientas personas, cuyas paredes estaban decora-das con frescos de motivos
bíblicos y religiosos, y en cuyo fondo destacaba un hermoso ábside enmarcado
por un arco de triunfo en cuyo interior se dejaba ver una bóveda semicircular
con un gran mosaico represen-tando a Jesucristo en el momento en el que enviaba
a sus once apóstoles —Judas aún no había sido sustituido por Matías— a
evangelizar todos los pueblos del mundo. A la izquierda del arco de triunfo se
veía a Cristo entronizado, entregándole con una mano las lla-ves de la Iglesia
a San Silvestre y con la otra el lábaro a Constantino, y a la derecha, San
Pedro, sentado en su cátedra, le entregaba un báculo a León III y el
estan-darte de la Iglesia a Carlomagno. La simbología re-creaba con diáfana claridad
las nuevas condiciones his-tóricas del momento, presentando a Carlomagno como
si fuera un nuevo Constantino, benefactor y protector de la Santa Sede; y al
poder temporal en una perfecta y total armonía con el poder espiritual, aunque
supedi-tado al mismo, mostrándolo como el defensor de su mi-sión universal.
Como
quiera que León III fue elegido papa y entro-nizado en la silla de San Pedro,
con el voto unánime del clero y de todo el pueblo romano, al día siguiente de
la muerte de su antecesor, Adriano I, sin darle tiempo a los parientes de este
último a proponer como papa a un nuevo miembro de su familia para así
asegurarse de no perder los privilegios que habían recibido a lo largo de los
veintitrés años de reinado de Adriano, y no estando
109
dispuestos
a perder su poder y su influencia frente a un papa que se mostraba presto a
poner fin a su insaciable codicia, iniciaron una campaña de desprestigio contra
el nuevo pontífice mediante la invención de innumera-bles calumnias que
hicieron circular por Roma, asegu-rándose de que llegaran a los oídos de
Carlomagno en Aquisgrán; y no conformes con esto, promovieron un atentado en su
contra el 25 de abril del año 799, fiesta de San Marcos. Ese día, yendo León a
la cabeza del clero presidiendo la solemne procesión de las letanías mayores,
cuando esta circulaba frente al monasterio de los Santos Esteban y Silvestre,
fue atacado por un des-tacamento armado bajo las órdenes conjuntas del
pri-micerio Pascual, del tesorero Cámpulo y de Mario Ne-pesino. El pontífice
fue tirado por tierra, se le arrebata-ron los hábitos pontificales, fue
golpeado y se le intentó arrancar los ojos y la lengua. Cubierto de sangre fue
encerrado en una celda de dicho monasterio, de donde fue sacado aquella
madrugada y llevado a rastras a San Erasmo, sobre el monte Celio.
Afortunadamente, gra-cias a uno de sus guardianes, pudo ser rescatado por
Albino y algunos otros de sus leales y trasladado a San Pedro, donde León pudo
al fin recuperarse.
Al
enterarse Carlomagno de lo sucedido, de inme-diato envió a Roma al arzobispo
Aldeboldo de Colonia, al conde palatino Anscario y a su hijo, el rey Pipino de
Italia, con el fin de oír la versión de boca del propio pontífice, si bien los
enemigos del papa no permanecie-ron inactivos pues, además de saquear Roma,
enviaron
110
a
Carlomagno una embajada presentando graves acu-saciones contra León. Llegados a
este punto, los con-sejeros del rey franco recomendaron proteger al papa y
hacerlo escoltar hasta Roma por una fuerza armada, pero también propusieron que
se debían examinar los hechos ante un tribunal, si bien dejando muy claro que
la Santa Sede no podía ser juzgada por ningún tribunal terrenal.
León III
pudo regresar a Roma en el otoño de 799 sano y salvo, y un mes más tarde, en la
mañana de aquel mismo 23 de diciembre del año 800, mientras nosotros
recorríamos las cuatro leguas de camino que van de Os-tia a Roma, los obispos
se reunían en asamblea y decla-raban que el papa era inviolable y por tanto no
podían juzgarlo, tras lo cual el pontífice, siguiendo una antigua costumbre,
juró delante de todos, desde el púlpito y so-bre el libro de los Evangelios,
ser inocente de todos los cargos que inicuamente se le imputaban, lo que le
valió ser declarado inocente. Los conspiradores fueron con-denados a muerte,
pero a instancias del propio papa León les fue conmutada la pena capital por la
de exilio.
Mucho
debieron de haber conversado Carlomagno y León tras la justificación
juramentada de este, pues cuando ambos acudieron al triclinio ya llevábamos
Reinaldo y yo tanto tiempo esperando que estaba pró-xima la hora de laudes.
—Ya veo
que es cierto cuanto me han contado de vos —me dijo el papa León cuando le fui
presentado—
111
, aunque la fisonomía de vuestro rostro es
totalmente distinta a la del difunto Roland, tenéis un aire e incluso algunos
gestos que recuerdan a los suyos y, sobre todo, tenéis su misma mirada, limpia
y directa, sin tener nada que ocultar.
Aquel
reconocimiento del papa me venía a demos-trar que, o bien la transfiguración
facial que me hizo Suriel al resucitarme y convertirme en un filsolis no fue
todo lo completa que debiera haber sido, y tanto en mi rostro como en mis
formas y maneras de expresión ha-bían quedado restos del desaparecido Roland, o
las perspicacias que había demostrado tener tanto mi ma-dre adoptiva, como
Reinaldo y el pontífice eran excep-cionales.
La
parquedad en las viandas y las bebidas que se sir-vieron en aquel almuerzo
contrastaba vivamente con el lujo y el esplendor de todo lo que nos rodeaba: un
con-somé, un pescado asado y una fuente de frutas variadas que fue emplazada en
el centro de una mesa redonda de tamaño mediano, así como una jarra de agua y
otra de vino, fue todo lo que nos sirvieron los dos jóvenes frai-les que
hicieron de camareros. Naturalmente, como quiera que mi cuerpo de filsolis no
aceptaba más que un poco de pan, alguna pieza de fruta y algún líquido, tuve
que dar la excusa de que no estaba bien del estó-mago y tan solo tomé el
consomé, unas cuantas uvas y un par de vasos de agua.
—Y,
además, da la casualidad de que tenéis el mismo nombre que él —me insistió el
papa durante la
112
comida,
sin dejar de mirarme admirado de mi parecido, no físico, pero sí expresivo, con
el conde Roldán—. Or-lando es como llamaban a Roland su familia y sus más
íntimos amigos.
—Sí, así
es, santidad, pero no es casualidad que lleve su mismo nombre —le mentí al
pontífice—. Nos cono-cimos en Barcelona durante el verano del año 770 y desde
el primer momento nos hicimos grandes amigos. Nuestras almas parecían ser
gemelas pues nuestros pensamientos siempre coincidían en todo, fuese cual fuese
el tema del que tratásemos, llegando a veces a adivinarnos el pensamiento
mutuamente. Cuando cayó muerto en Roncesvalles, pese a la gran distancia que
nos separaba, yo sentí su agonía en mi interior, y fue tanta mi pena que en
aquel momento decidí adoptar su nombre e irme a vivir a Burdeos, su ciudad
natal, para así estar cerca de las personas y las cosas que rodearon su vida,
habiendo llegado a amar a su madre, a sus her-manas y a sus antiguos amigos
bordeleses como si fue-ran de mi propia sangre. Lo amaba tanto que
gustosa-mente hubiera cambiado mi vida por la suya; tal vez la razón de irme a
vivir a Burdeos fuera que, en mi inte-rior, yo deseaba ser Orlando y vivir su
vida.
—Es
encantador esto que decís, Orlando —me res-pondió el papa—, porque ese
sentimiento de entrega y sacrificio hacia otra persona es la verdadera
naturaleza de la amistad y del amor, que nada tiene que ver con la atracción
sexual entre dos personas.
—Así lo
creo yo también, santidad. Era imposible no
113
amar a
Roland, pues Dios lo había adornado con virtu-des tan humanamente escasas como
son la bondad de corazón, la rectitud y la honestidad en el comporta-miento,
así como también con un alto sentido de la jus-ticia — observó Carlomagno,
interviniendo en la con-versación—, y son estas bondades las que conquistaban
los corazones tanto de hombres como de mujeres.
—Sí, así
era Roland, pero como humano que era también tenía sus defectos —le respondí yo
al sentirme aludido si bien, como quiera que la claridad mental de la que
gozamos los filsoliss me hacía ver mis propios defectos, mi respuesta vino a
ser una especie de exa-men de conciencia—. A veces era excesivamente exi-gente
con el trabajo de los demás e intolerante con aquellas costumbres que se
alejaban de las suyas. En ocasiones sufría o se airaba por motivos que podían
pa-recer irrisorios, como podía ser la vestimenta estrafala-ria que pudiera
llevar alguno de sus subordinados o por la vulgaridad de una frase que hubiera
sido mal expre-sada por alguien de forma involuntaria. Otras veces, cuando
discutía con alguien que le rebatía alguna afir-mación referente a algún asunto
que él conocía a fondo, no podía evitar que sus palabras se vieran afectadas de
un cierto barniz de soberbia que lo hacía parecer altivo e inmodesto.
—Sí, pero
esos defectos no fueron óbice para el amor que le dedicaste —me observó
Reinaldo—. To-dos tenemos pequeños defectos de personalidad que nos hacen
distintos a los demás sin que eso signifique
114
que somos
malas personas.
—Efectivamente,
esos defectos eran los que lo ha-cían humano —le respondí—. Tal vez, si no los
hubiera tenido, lo hubiera considerado un santo y el amor que le dediqué no
hubiera alcanzado las mismas cotas.
Tras los
postres, el papa, mostrando auténticas an-sias de que la Bretaña se incorporara
cuanto antes al reino franco, se interesó vivamente por los asuntos po-líticos
y militares relativos a la Marca bretona y durante todo el tiempo que estuvo
conversando de estos asuntos con el rey, con Reinaldo y conmigo, decidí
abstenerme cuanto pudiera de dar mis opiniones, siendo yo un ex-perto en
asuntos bretones por los muchos años que fui margrave de dicha Marca, a fin de
evitar que tal vez el Santo Padre, que tenía fama de ser un gran
supersti-cioso, lo interpretara como una prueba más de que el alma y los
conocimientos del difunto Roland se habían reencarnado en mi cuerpo.
Terminado
el almuerzo, el papa, tras darnos su ben-dición apostólica a Reinaldo y a mí,
se retiró junto con Carlomagno a sus aposentos dejándonos en libertad para
deambular por Roma hasta que el lunes acudiéra-mos a la coronación imperial de
nuestro rey.
El día de
Nochebuena, aprovechando que también amaneció soleado, que no hacía demasiado
frío y que en Roma no nos conocía nadie, Reinaldo renunció a que nos acompañara
ninguna escolta y dedicamos la mañana a pasear por aquellos sitios en los que
aún per-duraba el recuerdo de la Roma imperial. Así pues,
115
deambulamos
por el monte Palatino donde, según la le-yenda, la loba Luperca cuidó y
alimentó a Rómulo y Remo; fuimos al Coliseo y estuvimos sentados en sus gradas
imaginando ser espectadores de las feroces lu-chas entre gladiadores o contra
las fieras; en el Panteón de Agripa, donde aún quedaban en sus hornacinas las
estatuas de algún que otro dios romano, pudimos admi-rar su magnífico pórtico
soportado por inmensas co-lumnas corintias de granito y la gigantesca cúpula
que cubre el templo; y en el arco triunfal de Tito pudimos rememorar sus
grandes victorias, así como la destruc-ción de Jerusalén. En el Foro,
imaginando cómo sería un día cualquiera en la vida cotidiana de los romanos,
pudimos ver con los ojos de la fantasía a las matronas deambulando por el
mercado, haciendo la compra del día de tenderete en tenderete, y vimos al
político de turno dando un discurso a la plebe desde las escalinatas del
edificio del Senado, al que los romanos llamaban la Curia Julia; en el teatro
Marcelo nos reímos recordando la anécdota del día de su inauguración al
romperse la silla del emperador Augusto y rodar este por el suelo en plena
ceremonia; y en el Circo máximo soñamos que asistíamos a una emocionante
carrera de cuadrigas.
Aquel día
almorzamos en una de las tabernas de Campo Marzio, muy cercana al río, cuya
planta alta era un burdel barato en el que podías tener sexo con hom-bres y
mujeres adultas, así como con adolescentes de ambos sexos. Aquel día, mientras
comíamos, una mu-chachita, no demasiado guapa, pero con un cuerpo tan
116
escultural
como el que pudiera haber lucido la diosa Venus, acompañada de un muchacho con
el rostro de un ángel, ambos de unos catorce o quince años de edad, bajaron al
comedor a ofrecerse a los comensales. Yo los rechacé a los dos pues, como ya os
he contado antes, cuando el uriati Suriel me resucitó ya me anunció que la
sexualidad había desaparecido de mi cuerpo, cosa que en cierto modo no vine a
lamentar, pues cuando en días sucesivos, ante la vista de un cuerpo desnudo de
mujer, pude comprobar que mi cuerpo no manifestaba ningún signo de erotismo; no
hizo lo mismo Reinaldo que, en cuanto acabamos de consumir los postres, se
apresuró a subir la empinada escalera de madera que subía a la planta alta en
busca del muchacho, deján-dome esperándolo en la mesa. No habría pasado el
tiempo de tres padrenuestros y dos avemarías cuando se oyó un gran alboroto en
la planta de arriba. Sonaban golpes y pasos apresurados en el techo de madera
del comedor, que servía de suelo a la planta superior, hasta que apareció un joven
de unos veinte años trastabi-llando en el rellano de la escalera, con las dos
manos en el pecho y el rostro lívido que, al ir a poner el pie en el primer
escalón para bajar, puso los ojos en blanco y, desplomándose muerto, cayó
rodando hasta llegar al pie de la escalera, donde quedó boca arriba, inmóvil,
con la boca y los ojos muy abiertos, los brazos en cruz y una gran mancha
circular de sangre en el pecho, pa-reciendo indicar que había sido apuñalado en
el cora-zón. Tras él, enseguida asomó en el rellano Reinaldo
117
empuñando
aún su hermosa daga persa con empuña-dura de oro y un diamante engastado en el
pomo, cuya brillante hoja de acero se había vuelto roja y goteaba sangre
fresca. El margrave descendió por la escalera con lentitud, peldaño a peldaño
y, sin ninguna prisa ni afectación, llegó al pie de la escalera, limpió la daga
en la ropa del muerto y, mirándome fríamente a los ojos, como quien está
acostumbrado a quitarle la vida a dia-rio a jóvenes veinteañeros, me dijo:
—A este
ya no va a meter más la mano en la bolsa de alguien que está distraído.
—¿Qué ha
ocurrido?, ¿te ha atacado? —le inquirí.
—No,
estaba desarmado. Tan solo es un ladronzuelo que ha cometido el error de meter
la mano en mi bolsa y he tenido que darle un escarmiento.
—Sí, ya
lo veo. Has decidido que matándolo habrá escarmentado y aprendido la lección
para siempre y que ya no lo volverá hacer nunca más.
—Así es,
lo has explicado a la perfección.
Alguien
debió avisar a los vigilantes de la puerta que hoy se llama Porta del Popolo,
pero que por entonces era la Porta Flaminia, que se encontraba muy cercana a la
taberna donde estábamos, por lo que no tardó mucho tiempo en presentarse un
alguacil con dos guardias. Después de que Reinaldo se identificara como un
prín-cipe franco y como margrave de la Marca de Bretaña, decirle que había
acudido a la coronación de su señor Carlomagno, le contara su particular
versión de lo su-cedido y le entregara de tapadillo una moneda de oro,
118
el
alguacil dio por buena la muerte de aquel muchacho y se marchó con sus dos
asistentes sin hacer más averi-guaciones.
La tarde
la pasamos en el palacio de Letrán char-lando y jugando al ajedrez con algunos
de los nobles del séquito del rey. Y, a la noche, hicimos la cena de Nochebuena
el triclinio del palacio de Letrán, junto a más de un centenar de personas,
entre las que se encon-traban una gran parte de las autoridades y de la nobleza
romana, que por motivos políticos o por intereses cre-matísticos habían
preferido una cena colectiva con el papa antes que cenar en una noche tan
señalada con sus familias en la intimidad de sus casas. En los doce siglos que
llevo viviendo como filsolis, he podido comprobar que el Diablo es el gran
triunfador, rey del mundo y dueño y señor del Poder y del Dinero, ante el cual
el Dios de la Paz y la Justicia se inclina y le rinde pleite-sía, como el gran
perdedor que ha resultado ser. El día de Navidad cambió el tiempo radicalmente
y llegó el invierno, amaneciendo un día frío y gris, con un cielo plomizo y un
viento gélido que soplaba de los Alpes. Parecía como si el cielo mostrara su
desagrado por la ceremonia de coronación que se iba a llevar a cabo aquel día.
El acto
comenzaría a la hora tercia con una misa pon-tifical, que sería oficiada por el
papa, asistido por dos obispos. A esa hora, el intenso y penetrante olor a
in-cienso, así como los cantos gregorianos que las varoni-les y monódicas voces
monacales del coro entonaban,
119
ya se
extendían por toda la basílica de San Pedro; y cuando los tres ministros
entraron en el presbiterio, el abundante oro de sus pesadas vestiduras sagradas
cegó a los fieles allí reunidos; todos cambiaron la mirada conmiserativa que
les estaban dedicando al ensangren-tado Jesús crucificado que presidía el altar
por otra mi-rada más sórdida y avarienta al fijar sus ojos en aque-llos
riquísimos ornamentos, ignorando a la multitud que, olvidando su hambre y sus
miserias, había acudido a los alrededores de la opulenta basílica para ser
espec-tadores de la llegada de las ricas carrozas y de las mag-níficas
vestimentas que lucían los nobles asistentes a la coronación.
Los
sagrados ritos de la misa pontifical se sucedieron uno tras otro y cuando, tras
la comunión, el coro inició un Aleluya, el rey franco Carlos I avanzó por el
pasillo central en dirección al altar vestido con la túnica, la toga pretexta
púrpura y el calzado senatorial de un pa-tricio romano, dado que ostentaba el
título de Patricius Romanorum, mientras que el papa y los dos obispos lo
esperaban de pie delante del altar. Al llegar el rey al reclinatorio que se
hallaba dispuesto al pie del presbi-terio, se arrodilló, inclinó la cabeza en
actitud de ora-ción y acto seguido se puso en marcha la ostentosa pa-rafernalia
que acompaña a todas las ceremonias de co-ronación real. Cuando León III colocó
la corona sobre las sienes de Carlomagno, la multitud reunida en la ba-sílica
prorrumpió por tres veces seguidas en la excla-mación: «Carolo, piisimo Augusto
a Deo coronato,
120
magno et
pacificio Imperatori, ¡Vita et victoria!6.
La
coronación de mi rey Carlomagno, de igual foma evidenciaba que la autoridad del
obispo de Roma era superior a la de las demás sedes de la Cristiandad como que
el prestigio y el poder del rey de los francos, como patricio y protector de la
Iglesia, excedía al del resto de los príncipes cristianos. En lo sucesivo y a
lo largo de unos cuantos siglos, la historia de Europa iba a quedar marcada por
las relaciones entre el poder del papado y el del imperio.
Como
quiera que residía en Aquisgrán de manera ha-bitual, Carlomagno la convirtió en
capital administra-tiva del imperio y desde ella llevó a cabo la consolida-ción
de sus muchas conquistas y de la civilización oc-cidental según el ideal
cristiano, consiguiendo que, des-pués de cuatro siglos de invasiones bárbaras y
de ines-tabilidad política, al fin Europa comenzara a reorgani-zarse, siendo en
los planos de la cultura y de la educa-ción en los que su obra dejó huellas más
perdurables, dado que durante toda su vida apoyó la difusión de los
conocimientos a través de la escritura.
Me
invadió una inmensa tristeza cuando murió Car-lomagno en enero de 814, y
también sufrí de una pena muy honda cuando veintiséis años más tarde, en junio
de 840, viendo su hijo y sucesor, Ludovico, a quien to-dos llamaban el Piadoso
por su inclinación a la vida re-ligiosa, próxima su muerte y siguiendo la costumbre
6 A Carlos, piadosísimo Augusto, coronado por
Dios magno y pacífico emperador, ¡Vida y victoria!
121
franca de
repartir la herencia entre todos los hijos varo-nes, nombró herederos a sus
tres vástagos, que se en-frascaron en una guerra civil que duró casi tres años
para conseguir los mejores territorios del imperio, cul-minando en agosto de
843 con la firma del tratado de Verdún, quedando el imperio dividido en tres
reinos francos independientes: el occidental, que le correspon-dió a Carlos el
Calvo; el central fue para Lotario y el oriental para Luís el Germánico.
Pese a la
corta duración del imperio carolingio, no cabe duda de que mi señor Carlomagno
fue un gigante de la Historia, merecedor del epíteto de Magno, que sentó las
bases de una Europa moderna.
La galera
Eolo y el capitán Edmond Chartier, que nos trajeron a Roma, así como el capitán
Bernard Grig-non y sus alabarderos, que nos escoltaron, tuvieron que esperar
tres días y divertirse durante este tiempo antes de zarpar para hacer la
travesía de vuelta ya que, tras la coronación de Carlomagno, el papa decretó
otros tantos días de fiestas populares y el emperador sufragó los gastos de las
fiestas y las comilonas que durante esos tres días se dieron en el salón
principal del palacio de Letrán para toda la nobleza romana, así como el de los
músicos que animaron las verbenas que se organizaron en las plazas de Roma y el
de las chucherías y golosinas que se repartieron entre la plebe.
122
7
Mi vida
en Vannes discurría más o menos como en Burdeos, pero con la salvedad de que,
con mi nueva naturaleza inmortal de un filsolis disponía de las casi
veinticuatro horas del día activas, ya que me ahorraba los tiempos de comer y
de dormir. Aprovechándome de tanto tiempo libre, abrí una nueva academia con la
in-tención de enseñar gratuitamente a leer y escribir a los plebeyos, así como
darles clases de gramática y de cálculo aritmético, como había venido haciendo
hasta ahora en Burdeos, con la esperanza de que con estos conocimientos los
pobres pudieran defenderse de los engaños a los que de continuo eran sometidos
por los grandes y opulentos señores terratenientes a los que servían. Durante
los siguientes diez años también me dediqué a estudiar medicina con Gustav
Arpin, un buen médico que gustosamente se ofreció a descubrirme los secretos de
su ciencia cuando vio el gran interés que yo mostraba por aprender. Con Arpin
estuve, durante va-rias horas diarias y hasta el mismo día en el que acon-teció
su muerte, acompañándolo en sus visitas a los en-fermos y ayudándole en sus
experimentos, incluyendo el robo de cadáveres para llevar a cabo el estudio de
la anatomía humana mediante la disección de sus cuer-pos. «La religión, al
impedir el avance de las ciencias, incluida la Medicina, se muestra como la
peor y la más retrógrada de las supersticiones», solía decirme car-gado de
buenas razones dado que, bajo la amenaza de
123
encarcelamiento
y excomunión, la Iglesia católica le impedía utilizar muchas de las pócimas con
las que él había experimentado y comprobado su poder curativo; los santos
padres consideraban que empleaba en ellas algunos elementos innobles, como el
azufre, que era considerado como diabólico, así como le prohibía tocar con sus
cuchillos de cirugía en ciertos órganos del cuerpo humano que, según decían los
doctores de la Iglesia, debían mantenerse incólumes para el día del juicio
final, sin que estos zopencos iletrados tuvieran en cuenta que, tras la muerte,
el tiempo se encarga de pudrirlos, desintegrarlos y devolverlos a la tierra.
En los
días que siguieron a la coronación de Carlo-magno, Reinaldo intensificó las
visitas a mi casa; ahora no solo me visitaba y almorzaba en mi casa los jueves
y los domingos después de oír misa, sino que añadió los sábados y,
esporádicamente, algunos miércoles. No creí por entonces que sus visitas tan
solo obedecieran a que pudiera estar enamorado de mí, como también lo estuvo
cuando yo era el conde Roland, aun siendo diez años mayor que yo, sino que más
bien me inclinaba a creer que, al ser un solterón que rondaba ya los sesenta,
al no tener por familia más que a sus criados, y al estar su sexualidad en
franco declive, lo que hacía que cada día estuviera más distanciado de sus
amantes, tal vez fuera la soledad la que lo empujaba a buscar en mí una sincera
amistad y la compañía que le faltaba a diario. Y no es que Reinaldo fuera un
dechado de cultura y de
124
amabilidad
que hicieran de él un buen conversador, aunque tampoco era un ignorante, pero
salvando los arranques de irascible crueldad que sufría de cuando en cuando,
sobre todo con sus inferiores, tengo que reco-nocer en él algunas buenas
cualidades, como eran su sensibilidad para las obras de arte, el buen gusto en
su vestimenta y en la decoración de su casa, sus golpes de ocurrencias que
hacían reír a la concurrencia y, como paradoja a su crueldad y a su aparente
misantropía, te-nía frecuentes rasgos de generosa gratitud con aquellos que le
habían prestado ayudada en algún momento. Po-siblemente fueran estas virtudes
las que animaban las largas charlas que sosteníamos durante aquellos al-muerzos
o sentados a la sombra de un roble centenario en un banco que había en mi
jardín.
Ocho años
llevaba yo viviendo en Vannes y ya se iniciaba el mes de mayo del año 806
cuando acudí a casa de Reinaldo para celebrar su sexagésimo cumplea-ños. Me
había invitado a un almuerzo junto con algu-nos otros notables ciudadanos, así
como las autoridades civiles de la ciudad y sus comandantes de la Marca
bre-tona. Y, cuando se dio por finalizado el almuerzo y to-dos comenzaron a
despedirse, Reinaldo me pidió que me quedara pues quería hablar conmigo de un
asunto importante.
—Mi
querido Orlando, creo estar seguro de que no pasará mucho tiempo antes de que
Carlomagno, nues-tro señor, me sustituya como margrave de la Marca y
125
no
quisiera que tal cosa ocurriera sin haber dejado yo alguna huella histórica. Es
por esto y porque me de-muestras cada día que eres un experto en los asuntos de
Estado, que quiero pedirte, en aras a nuestra amistad, que me ayudes en mi
empeño.
—¿A qué
huella histórica y a qué ayuda te refieres?
—Como
sabes, primero los merovingios y después nosotros, los carolingios, llevamos
más de cuatro siglos queriendo integrar sin éxito la Bretaña en nuestro reino
franco; recuerda que, siendo Carlomagno el mejor rey guerrero que los francos
hemos tenido en toda nuestra historia, de las tres expediciones que ha
organizado, la primera en el año 769, seguidas de una segunda en 787 y una
tercera en 799, todas ellas fueron infructuosas. Orlando, amigo mío, ayúdame a
ser yo quien consiga la anexión de Bretaña al reino franco.
—¿Sabes
lo que estás diciendo, querido Reinaldo? Como margrave debes saber que los
bretones cuentan con un gran ejército de duros guerreros que son exper-tos
luchadores; sabes bien que, en varias ocasiones, los francos ya han sufrido
esta cualidad bretona en sus pro-pias carnes. ¿Con qué fuerzas cuentas para
semejante expedición?, pero, sobre todo, ¿sabe el emperador de esta intención
tuya?
—No, no
lo sabe, si se lo propusiera me lo prohibi-ría. De todas formas, ahora no se le
puede hablar de nada de esto; se encuentra muy atareado con esa asam-blea de
nobles que ha convocado para estipular la divi-sión del imperio entre sus hijos
después de su muerte.
126
Parece
que las guerras contra los andalusíes y los sajo-nes lo han dejado agotado
física y mentalmente, a lo que hay que añadir sus problemas de salud a causa de
la gota que lo tiene baldado. Con todos mis respetos, he de reprocharle que
como emperador no ha sabido crear un poder central fuerte y que el imperio se
le va al ga-rete. Y, respondiendo a tu otra pregunta de con qué fuerzas cuento,
te digo que tan solo cuento con tres mil soldados y doscientos veinte
caballeros, pero sin duda son los más aguerridos de Francia.
—Sí, es
cierto que son valientes y aguerridos, pero son muy pocos. Tu fuerza está
dimensionada para lle-var a cabo una defensa de la frontera en caso de alguna
incursión bretona, no para resistir a un ejército y mucho menos para llevar a
cabo un ataque masivo a las pobla-ciones bretonas, todas ellas bien defendidas,
y tampoco cuentas con las máquinas de guerra necesarias para po-nerles sitio o
para asaltar sus murallas defensivas.
—Sí, es
cierto, no tengo torres de asalto, pero tengo buenos ingenieros que me han
construido veinte gran-des y potentes catapultas con las que podré destruir sus
murallas o incendiar sus ciudades arrojándoles grandes bolas de asfalto
encendido, obligándolos a salir fuera de sus muros y luchar en campo abierto.
Soy un buen estratega y confió en la victoria.
—Y, ¿qué
ayuda puedo prestarte yo?, sabes que no soy ningún guerrero.
—Sé muy
bien quién eres, Orlando. Cuando era jo-ven conocí a un hombre extranjero que
era como tú.
127
—¿Qué era
como yo?, ¿qué quieres decir?
—Sé que
eres un inmortal.
—¿Qué
estás diciendo, Reinaldo?
—Aunque
aquel día disimulé aparentando no ha-berme dado cuenta de nada, vi desde la
cubierta de la Eolo lo que hiciste con aquel capitán pirata.
—¿Lo que
hice…? ¿Qué fue lo que hice?, estuve todo el tiempo a tu lado.
—Sí,
Orlando, vi la proeza que hiciste. Deja de fingir conmigo, amigo. Aquel día no
estuviste todo el tiempo a mi lado. El extranjero que conocí hace cuarenta años
me salvó la vida cuando por accidente me despeñé por un acantilado. Y cuando
caía al abismo, aquel hombre surgió de repente en el aire de la nada y, volando
como un águila, pero sin abatir los brazos como hacen las aves con sus alas, me
recogió en el aire, impidiendo que me estrellara contra las rocas del fondo, y
me volvió a subir en volandas hasta depositarme en tierra firme, le-jos del
precipicio por el que había caído al desprenderse una gran roca del borde en el
momento en el que yo pasaba. Aquel hombre me explicó lo que era un filsolis.
No me
esperaba aquello y quedé atónito. Reinaldo llevaba ocho años acudiendo a mi
casa, sabiendo que yo era Orlando resucitado e inmortalizado, y no me ha-bía
dicho nada, sin ni tan siquiera insinuármelo, ni yo haber detectado nunca en
sus gestos o en sus palabras que fuera conocedor de mi oculta realidad. Fue
enton-ces cuando me pareció entender el porqué, estando se-guro de que yo le
gustaba mucho, nunca se me hubiera
128
insinuado
sexualmente; aquel filsolis que conoció de joven debió decirle que una de las
cosas que sacrifica-mos a cambio de la inmortalidad es la sexualidad.
—Espero
que sepas guardar mi secreto, es la condi-ción que te impongo para seguir
siendo amigos; en caso contrario desapareceré de Vannes sin dejar el menor
rastro. Y dime, ¿qué quieres que haga por ti?, ¿cómo quieres que te ayude? —le
inquirí.
—Empleando
tu gran poder —me respondió, acom-pañando sus palabras con un gesto de triunfo
en el ros-tro que evidenciaba su satisfacción al parecerle haber conseguido que
yo aceptara su propuesta—. Sé que tú puedes vencer a todo el ejército bretón,
pero si quieres seguir ocultándole a los demás tu naturaleza, disfrázate de
ángel, empuña una espada con la hoja pintada con el color del fuego, y yo diré
que conseguí la victoria gra-cias a la ayuda del arcángel San Miguel. No
conozco bien cuáles son las facultades que has adquirido en tu nueva y eterna
vida, pero tú has sido un guerrero du-rante muchos años y sabrás que es lo que
tienes que hacer para vencer a los bretones o, al menos, para de-bilitarlos y
que podamos derrotarlos con nuestras esca-sas fuerzas.
—Está
bien, te ayudaré. ¿Para cuándo piensas hacer esa incursión?
—Tengo
las tropas y el armamento preparados y a punto desde hace un mes; tan solo
estaba esperando el momento de poder planteártelo. Y ahora dime una cosa,
Orlando, no todos los días tiene uno la ocasión de
129
hablar
con alguien que ha estado muerto y siento curio-sidad por saber qué se siente
en el momento en que te mueres.
—¿Para
qué quieres saber tal cosa?
—Para
reconocer a la muerte cuando llegue mi hora y estar preparado.
—En los
últimos instantes, desaparece el dolor, te invade una paz infinita, sueñas con
tu vida pasada y re-cuerdas escenas de momentos que habías vivido, pero que
tenías olvidados. Luego dejas de soñar y se hace un negro vacío. Cuando
resucité doce días más tarde, fue como si me hubiera despertado después de
haberme acostado la noche anterior; no tenía ningún recuerdo que no fuera el de
la refriega que tuvimos con los vas-cones en Roncesvalles; los doce días que
estuve muerto no existían en mi memoria. Cuando te llega la muerte ya no eres
nada ni nadie, ya no estás en ninguna parte, el pensamiento se evapora, los
sentidos se extinguen y ya no sientes miedo ni pena ni gloria; has pasado de
ser a no ser. Bueno, cuando sabes que te estás muriendo sí que sientes algo de
pena por tener que abandonar el es-cenario del mundo y dejar de ser el actor
que has sido durante toda tu vida ya que, además de ser el intérprete de la
obra que tú mismo vas escribiendo día a día, el acto de vivir se convierte en
una adicción que vamos adquiriendo a lo largo de los años, y cuando llega el
momento de la muerte duele desprenderse de ella. Y, sin embargo, para muchos es
un consuelo pensar que con la muerte se extinguen todos sus problemas y todas
130
sus
preocupaciones, cesa el dolor y el sufrimiento, y desaparecen las pesadillas y
los malos pensamientos.
—Entonces,
¿qué sentido tiene la vida, Orlando?
—Ninguno,
créeme. Tanto nosotros como todo lo que nos rodea, incluso los acontecimientos
que ocurren a nuestro alrededor, son puro azar. Dedícate a vivir, disfruta de
todo cuanto de bueno te ofrece la naturaleza, la familia y la sociedad, y no te
afanes en encontrarle un sentido a la vida porque puedes acabar suicidándote.
Durante
la siguiente semana Reinaldo debió hablar de la incursión con sus capitanes y
estos con sus sar-gentos, resultando que debió llegar a oídos de algún es-pía
que tendríamos en nuestras filas porque de inme-diato supimos que las ciudades
más próximas a la fron-tera habían empezado a reforzar sus fortificaciones y
sus defensas.
Como
quiera que el mes de abril había sido muy llu-vioso y los campos habían quedado
embarrados, des-pués de que el radiante sol que tuvimos en mayo los secara, de
que los caminos volvieran a ser transitables y de que el hombre del tiempo nos
anunciara que el ve-rano llegaba adelantado y tendríamos un clima propicio para
nuestras marchas y maniobras militares, el 4 de junio de aquel año 806, después
de que el obispo ofi-ciara una misa castrense al aire libre, los tres mil
solda-dos y los doscientos veinte caballeros francos cruzaron la frontera
bretona con dirección a las ciudades de Quimperlé y Concarneau.
Al no
tener que transportar una gran impedimenta,
131
dado que
el único material pesado que llevábamos eran diez grandes catapultas que
viajaban desarmadas en ca-rros tirados por mulas, el primer día de marcha
pudi-mos hacer un recorrido de seis leguas, que eran la mitad de la distancia
hasta Quimperlé. Aquel día, a poco de terminar de montar el campamento ya se
ponía el sol y unos momentos después se encendieron las primeras fogatas y se
oyeron las primeras canciones de la solda-desca, casi todas ellas cargadas de
tristeza y melancolía pues, salvo una pequeña cantidad de soldados
profesio-nales, la mayoría de aquellos hombres eran campesinos que habían sido
obligados a abandonar sus campos y sus familias, sabiendo que, sin tener la
menor idea del lúgubre arte de la guerra, estaban destinados a ser carne de cañón.
Dado que
hacía algo de viento, por razones de segu-ridad, sobre todo para el caso de que
se originara un incendio y el viento hiciera saltar con facilidad las lla-mas
de una lona a otra, y con el fin de que en el caso de que esto ocurriera el
ejército no se quedara sin jefe, Reinaldo y yo nos alojamos en distintas
tiendas, que-dando estas bastante separadas en la distancia, si bien cenamos
juntos en la suya y hasta tuvimos tiempo de jugar un par de partidas de ajedrez
antes de irnos a dor-mir. Ya en mi tienda, estuve leyendo a Horacio durante
bastante rato y oyendo de cuando en cuando las voces de alerta de los
centinelas. Debía ser pasada ya la mitad de la madrugada cuando unas fuertes
voces me sacaron del ensimismamiento nocturno de una hora que era mi
132
descanso
diario. Salí a exterior y les pregunté qué ocu-rría a los dos soldados que
montaban guardia en la puerta de mi tienda.
—No lo
sabemos, mi señor —me respondió uno de ellos—, los gritos parecen venir del
otro extremo del campamento, tal vez de la zona donde se encuentra la tienda
del margrave.
Corrí
hacia aquella parte y cuando llegué a la tienda encontré un revuelo de
soldados, entre los que había dos capitanes, alrededor de la entrada. Al llegar
yo se apartaron y pude ver que los dos soldados que hacían guardia en su puerta
yacían en el suelo, degollados y sobre un gran charco de sangre.
—¿Qué ha
ocurrido? —le pregunté a uno de los ca-pitanes.
—Además
de a estos dos guardias, han matado a dos de los centinelas que rodean el
campamento y han se-cuestrado al margrave —me respondió, visiblemente alarmado
por las consecuencias que le acarrea a un ejército la falta de su líder—.
Señor, vos sois el se-gundo en el mando y, según tenemos entendido sois un buen
estratega, o al menos eso es lo que nos anunció Reinaldo, lo que quiere decir
que estáis capacitado para liderar el ejército. Tomad el mando y conducidnos a
la victoria.
—Los
capitanes de Reinaldo tienen fama de ser bue-nos y aguerridos guerreros —le
respondí con entera sinceridad porque esa fama era cierta—. Capitán estoy
seguro de que entre vosotros debe haber uno que sea
133
más
merecedor que yo de este honor.
—Señor,
creo habar en nombre de todos mis compa-ñeros de armas si os pido que toméis el
mando y nos conduzcáis en esta expedición a la victoria.
—No,
capitán, eso no es posible. Esta incursión era una decisión que había tomado el
margrave bajo su res-ponsabilidad personal, sin que hubiera contado con la
anuencia de nuestro rey para llevarla a cabo —le res-pondí, provocándole un
gesto de sorpresa que venía a poner de manifiesto que Reinaldo no los había
puesto en antecedentes.
—Pero
debemos intentar liberarlo de las manos del enemigo
—Eso sí,
por supuesto, capitán. Como lo más proba-ble es que lo hayan llevado a
Quimperlé, a fin de dis-poner durante el mayor tiempo posible de luz diurna,
mañana forzaremos la marcha para alcanzar sus mura-llas lo antes posible de la
puesta de sol. Al llegar les exigiremos que lo pongan en libertad bajo la
amenaza de pasar a cuchillo a toda la población y destruir la ciu-dad hasta sus
cimientos. Si nos piden un rescate por su liberación, lo pagaremos y nos
volveremos a Vannes; solo en el caso de que nos nieguen su libertad le
pon-dremos sitio o asaltaremos sus muros.
Como
quiera que los capitanes quedaron satisfechos de esta decisión, así lo hicimos.
Aquella noche el cielo estaba despejado de nubes y una luna casi llena bañaba
de plata los campos e iluminaba los caminos, por lo que no esperamos a que
amaneciera para iniciar la marcha.
134
Mandé a
unos jinetes que se dispersaran y se adelanta-ran explorando el terreno por ver
si descubrían alguna pista que nos confirmara que lo habían llevado a
Quim-perlé, aunque pensábamos que no podía estar en otro sitio por ser esta
ciudad la más cercana y quedar las demás excesivamente lejanas. Faltaba aún una
legua para alcanzar las murallas de la ciudad bretona cuando amaneció el nuevo
día y, cuando estábamos a media milla escasa de las murallas, uno de los
exploradores llegó hasta nosotros a galope tendido.
—¿Qué
ocurre? —le pregunté al jinete. —Una gran desgracia, señor. —¿Qué desgracia es
esa?
—No sé
cómo describirla, señor, será mejor que lo veáis vos mismo. Está a cinco
minutos a caballo.
Cuando
llegamos al sitio, pese a que después de toda una vida dedicada a la guerra yo
estaba acostumbrado al macabro espectáculo de la muerte, la escena que
con-templé me puso los vellos de punta.
A un
centenar de pasos de la puerta real de Quim-perlé se encontraba Reinaldo
empalado en un poste de madera de unos seis o siete centímetros de diámetro,
cuyo extremo inferior había sido clavado en el terreno y la otra punta había
sido afilada hasta convertirla en un puntiagudo punzón. Con las dos manos
atadas a la espalda, su desnudo cuerpo se había quedado suspen-dido a mitad del
poste después de que la afilada punta superior de la estaca hubiera penetrado
por el ano, atra-vesado el tronco en toda su longitud, y salido por la
135
boca. Del
cuello le colgaba un gran cartel, que parecía haber sido escrito con su misma
sangre, diciendo: «Este asesino de hombres honrados ha recibido su merecido, si
bien, dada su inclinación a la práctica del pecado ne-fando pasivo, es posible
que esta muerte le haya resul-tado placentera».
Ante
aquella atroz e inhumana manera de quitarle la vida a un hombre, tanto a sus
capitanes como a mí nos hirvió la sangre en las venas y decidimos castigar a la
ciudad.
Después
de liberar de su mortal espetón el cadáver de Reinaldo, amortajarlo,
introducirlo en un improvi-sado ataúd y dedicarle una piadosa oración, ordené
re-partir las diez catapultas a lo largo de todo el contorno de las murallas
defensivas de Quimperlé, emplazándo-las fuera del alcance de sus ballestas,
ordené cargarlas con piedras de unas quinientas libras de peso recubier-tas de
una espesa capa de estopa impregnada en pez y, tras encenderlas con las
antorchas, mandé dispararlas una y otra vez hasta que las voraces llamas se
elevaron al cielo devorando por sus cuatro costados a la ciudad y llegaron
entremezclados a nuestros oídos los aterra-dores lamentos de dolor de los
pobladores ardiendo en aquel infierno. Dispuse frente a cada una de las tres
puertas de la ciudad un grupo de veinte ballesteros que asaetaban a todo aquel
que intentaba escapar por al-guna de ellas, sin distinguir si eran hombres,
mujeres o niños; y a aquellos que huyendo del fuego se arrojaban desde el
adarve que coronaba la muralla, algunos de
136
ellos con
las ropas en llamas, los rematábamos en el suelo a hachazos, si es que no
habían muerto de la caída. Debo confesar con vergüenza que era tal mi ira y mi
ánimo de venganza en aquellos momentos por la horrible muerte que le habían
dado a mi amigo, que lle-gué a disfrutar con aquella dantesca exhibición de
ho-rror y muerte.
Diez días
más tarde, un mensajero llevó la noticia de lo ocurrido al palacio de
Carlomagno en Aquisgrán. Al leer la misiva que yo mismo redacté, en la que le
na-rraba punto por punto lo ocurrido, y responderle el mensajero al monarca de
viva voz a todos cuantos de-talles del acontecimiento quiso conocer, el
emperador debió quedar enterado hasta del último pormenor del suceso, no
dudando ni un solo momento en despachar al mensajero con otra misiva dirigida a
mí, ordenán-dome que ocupara de manera provisional el puesto que Reinaldo había
dejado vacante, pareciéndome que era voluntad de Dios que, tanto siendo yo un
mortal como un inmortal, mi ocupación debía seguir siendo la de margrave de la
Marca de Bretaña. Pero, por otro lado, el tono familiar en el que Carlomagno me
daba aquella orden, tal como acostumbraba a hacer cuando yo era su hermanastro
Roland, me hizo sospechar si el empera-dor, que gozaba de una buena dosis de
perspicacia, ha-bría reconocido las características singulares de mi le-tra y
mi sobrio estilo literario, pudiendo haber llegado a pensar que el espíritu de
su difunto hermanastro Or-lando se había encarnado en mí, ya que también tenía
137
una buena
dosis de supersticioso.
Siete
años estuve desempeñando por segunda vez el cargo de príncipe de la Marca
bretona, que venían a su-marse a los dieciséis que permanecí siéndolo cuando
aún era el conde Roldán, y durante este tiempo tuve que sofocar media docena de
incursiones, algunas de ellas de gran envergadura, pero que no llegaron a
traspasar la línea de demarcación establecida como frontera con el reino
franco.
En enero
del año 814, a la muerte de mi hermanastro Carlos, dado que su hijo y sucesor,
Ludovico Pío, rey de Aquitania, con quien el emperador ya cogobernaba el
imperio desde hacía más de un año, me tenía por ser un advenedizo al no poseer
yo título nobiliario alguno, decidí dejar el puesto de príncipe de la Marca
bretona. Así pues, argumentando la necesidad de tener que vol-ver a mi casa con
urgencia por graves asuntos familia-res que afectaban a mis posesiones en
Cataluña, nom-bré a un margrave provisional, le envié una misiva de despedida a
Ludovico, y me mudé a Barcelona.
Por
aquellos años la ciudad condal andaba convulsa por sus continuos conflictos con
los musulmanes de Al-Ándalus. Cuando catorce años antes, en abril de 797, Sadun
al-Ruayni, el por entonces valí de Barcelona, al igual que hizo veinte años
antes el valí Sulayman ben al-Arabí, se presentó en Aquisgrán y le ofreció a
Car-lomagno entregarle la ciudad a cambio de mantenerlo en el gobierno y
ayudarle en su lucha contra el emir de
138
Córdoba,
el emperador convocó una asamblea en To-losa en la primavera del año 800 en la
que decidió en-viar a Barcelona a su hijo Ludovico al mando de un ejército
capitaneado por varios nobles, entre los que se encontraban el conde Rostan de
Gerona, Ademar de Narbona y Guillermo I de Tolosa. Partieron esperando la
sumisión de la ciudad ofrecida por Sadun, pero el valí se arrepintió y no
cumplió su palabra, negándose a entregarla y obligando a que los francos la
asediaran. Después de un largo sitio, Sadun intentó escapar hacia Córdoba para
pedir ayuda, pero fue capturado por los suyos, siendo depuesto y su lugar ocupado
por el valí Harun. La población quedó tan afectada por el hambre y las
penalidades del sitio que, finalmente, decidieron entregar a Harun y rendir la
ciudad el 3 de abril de 801, entrando Ludovico en ella al día siguiente. No
mucho después, Bera, el hijo de Guillermo de Tolosa, que ha-bía participado en
la conquista junto a su padre, era in-vestido como conde y nombrado margrave de
la Marca Hispánica.
Durante
todos estos años, Ludovico y Bera estuvie-ron empeñados en la conquista de
Tortosa, habiendo llevado a cabo hasta tres expediciones que resultaron
infructuosas frente a la férrea defensa musulmana, ha-biendo incluso sido
derrotados en la tercera expedición por el ejército cordobés encabezado por
Abderramán II, hijo del emir Al-Hakam I, que acudió en defensa de Tortosa.
Ante
todos estos fracasos, Carlomagno recibió en
139
Aquisgrán
un mensaje de Bera en el que le proponía negociar con los sarracenos una tregua
por un plazo de tres años, propuesta que fue aceptada por el emperador aquel
mismo año 812.
140
8
Cuando
llegué a Barcelona el 7 de febrero de 814, aunque aún faltaba un año para que
expirara la tregua, la actividad de las más de diez mil personas que estaban
dedicadas a los reforzamientos de las defensas en las murallas era muy intensa;
todos esperaban que, al fina-lizar la tregua, los sarracenos de Al-Ándalus
atacaran la ciudad como respuesta a los ataques que ellos habían recibido de
los francos de la Marca Hispánica. Y el 15 de abril, cuando ya había comprado
un palacete en el que hoy se conoce como barrio gótico, y me encontraba
totalmente instalado en él, recibí una nota manuscrita por el propio conde Bera
en la que me invitaba a tener una entrevista con él en su palacio condal.
El día de
la visita me había citado a la hora tercia, por lo que me dio tiempo de
contemplar el precioso amanecer en el Mediterráneo, desayunar tranquila-mente y
darme un largo paseo hasta el palacio condal. Un criado me pasó a un vestíbulo
que se encontraba a la entrada y, en no más de dos o tres minutos, el mar-grave
en persona vino a recibirme, demostrándome una especial atención. Después de
saludarme con gran cor-dialidad, recorrimos charlando un pasillo, cruzamos un
salón, entramos en su gabinete de trabajo, no muy grande, por cierto, pero de
cuyo techo colgaba una im-presionante lámpara de hierro forjado con más de
treinta bujías. Una mesa con sillón de respaldo alto y escabel, una estantería,
dos taburetes y dos soberbios
141
butacones
con mullidos cojines, todos ellos tallados ar-tísticamente en negra madera de
ébano, era el mobilia-rio de aquella estancia.
Veníamos
hablando de Ludovico Pío cuando nos sentamos, y continuó diciendo:
—He
recibido una carta de nuestro piadoso señor Luís7 en la que me advierte de que
sois un arribista que, sin ser poseedor de un título nobiliario usurpáis
puestos que le corresponderían a un príncipe. A la muerte de Reinaldo el Gordo
fuisteis margrave de la Marca bre-tona accidentalmente durante siete años, y en
este tiempo nuestro señor Carlomagno no os sustituyó por ningún noble, ¿podéis
decirme a qué obedecía tal muestra de confianza?
—Tal vez
esa confianza estuviera basada en que cuando murió Reinaldo sus capitanes me
eligieron uná-nimemente como su jefe, no solo sin que yo lo hubiera pedido,
sino aun resistiéndome a tal elección, o quizás se fundamentara su confianza en
que obré con la sen-satez que la ocasión exigía.
—Había
oído hablar de vos y de la habilidad de es-tratega que habéis demostrado tener
al rechazar todos los ataques que la Marca sufrió por parte de los breto-nes
mientras fuisteis su margrave; si no sois un noble caballero educado en el arte
de la guerra ni sois un gue-rrero profesional, ¿queréis decirme cómo habéis
adqui-rido esos conocimientos?
7 Ludovico Pío era conocido como Luís el
Piadoso.
142
—Mi
admirado conde Bera, no me habéis pregun-tado por qué llevo el mismo nombre con
el que su fa-milia y sus más íntimos amigos llamaban al conde Ro-land, si lo
hubierais hecho hubierais obtenido la res-puesta a vuestra pregunta. Orlando y
yo nos conocimos aquí, en Barcelona, y desde el primer día nació entre nosotros
una amistad que en muy poco tiempo se con-virtió en hermandad. Como bien
sabréis, Orlando era el mayor experto del reino en temas bretones y su
obse-sión era anexionar la Bretaña al reino franco; fueron aquellas larguísimas
conversaciones que sostuvimos sobre este tema las que me enseñaron todo cuanto
sé del problema bretón y, de paso, las explicaciones que me dio sobre el arte
de la guerra, como vos la llamáis, siendo este un apelativo que no comparto ya
que no considero que la guerra sea un arte sino más bien una manifestación del
diablo que todos llevamos dentro del cuerpo, también me convirtió en un buen
estratega.
—Es una
excelente justificación la que me acabáis de dar y empiezo a sospechar que
nuestro piadoso señor Luís no os conoce lo suficiente bien o ha sido mal
acon-sejado respecto de vos, pero aclaradme una duda que me asalta en este
momento: si el conde Roland murió en Roncesvalles hace treinta y seis años,
¿cómo es po-sible que fueseis amigos si vos aparentáis tener no más de treinta
o treinta y cinco?
Si no
fuera porque mi resucitación me dotó de un in-telecto privilegiado y de una
alta capacidad de reac-ción, aquella pregunta me hubiera dejado mudo, por no
143
saber qué
responder, pero no tuve la menor dificultad en improvisar una explicación
satisfactoria.
—Es una
buena pregunta, conde, pero la explicación es bien sencilla, os lo explicaré.
En primer lugar, habéis de saber que en la actualidad tengo setenta años
cum-plidos —comencé diciendo, provocando en el conde un elocuente gesto de
sorpresa e incredulidad—. Hace unos cuarenta años viajaba yo por Bengala
invitado por el rey Dharmapala a su casamiento —un nuevo gesto de sorpresa
apareció en el rostro del conde—. Es nor-mal que os extrañéis de mi edad y de
tan insólita invi-tación, pero encontraréis normal ambas cosas cuando oigáis mi
explicación. Resulta que, por entonces, tenía yo un hermano mayor, capitán de
una galera, que cierto día que navegaba por el golfo de Bengala un fuerte
ci-clón tropical hizo naufragar su embarcación. Puede pa-recer mentira, pero lo
cierto es que la mayoría de los marineros no saben nadar, razón por la que solo
mi her-mano y tres de sus marinos, que sí sabían nadar, fueron los únicos que
consiguieron alcanzar la costa y salvarse de morir ahogados. Fueron recogidos
por unos pesca-dores y trasladados por el río Meghna hasta Daca, donde fueron
presentados al rey Gopala I. Como quiera que mi hermano era un buen constructor
de barcos, el rey se interesó por sus servicios, le ofreció ser el jefe de sus
astilleros y aceptó gustoso el cargo. Cuatro años llevaba mi hermano siendo el
jefe de sus astilleros cuando en el año 770 el rey Gopala murió, siendo
su-cedido por su hijo Dharmapala quien, después de ser
144
coronado
emperador de Bengala, fijó la fecha de su boda para seis meses más tarde.
Habiéndole expresado yo a mi hermano en más de una ocasión cuánto me gus-taría
conocer esas lejanas tierras, le pidió permiso al rey para invitarme a su boda,
a lo que el soberano accedió de buen grado.
Cuando
recibí su mensaje con la invitación, me re-sultó tan exótica la idea de un
viaje a Bengala que me puse en marcha de inmediato. Diez días tardé en llegar a
las costas del Líbano en una birreme, tres semanas hube de emplear en cruzar el
árido desierto arábigo hasta llegar a la costa del golfo Pérsico, y otras tres
se-manas más en bordear por mar las costas occidental y oriental de la India
hasta alcanzar la de Bengala, donde desembarqué. Allí contraté los servicios de
unos lan-cheros y ascendimos bogando a contracorriente por el brazo más ancho
del delta que forma el río Meghna en su desembocadura, y cuando desembarcamos
en la confluencia con el río Ganges, al que los bengalíes lla-man Padma, para
continuar el viaje por tierra hasta Daca, nos vimos sorprendidos por un
fortísimo terre-moto que desbordaba las aguas del inmenso río, levan-taba las
tierras que lo circundaban y derribaba centena-res de árboles gigantescos.
Despavoridos, los animales salvajes salían de la foresta en estampida, y entre
los osos negros, los monos, los gibones y las mangostas, apareció un furioso
tigre que se nos echó encima. Nunca supe que fue de aquellos lancheros porque
quedé inconsciente. Lo cierto es que, cuando desperté
145
una
semana más tarde me encontraba en una pequeña aldea de nativos que,
curiosamente, todos ellos pare-cían ser adolescentes y hablaban una lengua
descono-cida para mí, pero como quiera que no era difícil de aprender, un mes
más tarde ya me entendía con ellos a la perfección y pude enterarme de que
aquella tribu era llamada de los asho y que su idioma solo lo hablaban un
puñado de aldeas de aquella zona. Me dijeron que aquel tigre casi me había
matado de un zarpazo y que me encontraron tirado en el suelo y cubierto de
barro, pero que ellos me trasladaron a su aldea y me recupe-raron dándome a
beber una poción que preparan a base de ciertas hierbas que recolectan en la
selva, y curaron mis heridas aplicando sobre ellas un emplasto hecho con las
mismas hierbas, que según me dijeron tienen la propiedad de sanar las heridas a
gran velocidad y sin dejar cicatriz alguna por muy grave que esta haya sido, y
si son bebidas en forma de infusión, también tienen la facultad, y esto es lo
verdaderamente asombroso, de alargar la vida durante bastantes años y detener
el en-vejecimiento de la piel, manteniendo a la persona con un aspecto joven
hasta el día de su muerte. Así que, mi querido conde, sabed que estoy destinado
a morirme de viejo después de haber vivido diez o quince años más de lo normal,
solo que, cuando me llegue la hora de rendir cuentas al Altísimo, me presentaré
ante Él con el aspecto de un joven.
—Es una
interesante historia, Orlando, permitidme que os llame por el nombre de aquel
que fue modelo de
146
caballeros.
Sé que os habéis comprado un palacete, que lo habéis amueblado con un gran
gusto y sin reparar en gastos y que habéis contratado un personal de servicio
entre el que cuentan un mayordomo de gran prestigio y el que tal vez sea el
mejor cocinero de Barcelona, por lo que he de suponer que pensáis permanecer en
Bar-celona bastante tiempo, ¿es así o me equivoco?
—No os
equivocáis, conde, creo tener aún mucha vida por delante y, aunque soy culo de
mal asiento, gra-cias a los asho creo poder aseguraros que durante los próximos
quince o veinte años me seguiréis teniendo en Barcelona a vuestra entera
disposición.
Después
de improvisar aquella historia para salir del paso, caí en la cuenta de que era
la versión perfecta para justificar tanto mi longevidad como mi ausencia de
en-vejecimiento, por lo que, a partir de aquel día, allá donde fuere, la fui
repitiendo una y otra vez, permitién-dome de esta manera permanecer algunos
años más en la ciudad donde estuviera viviendo.
—Os doy
las gracias por vuestro amable ofreci-miento y, aprovechándome de él, os haré
una proposi-ción que tal vez sea de vuestro agrado. Dado que el conde Hugo, que
como sabéis es el actual primer co-mandante de la Marca, se encuentra cada día
más bal-dado por la gota, hasta el punto de que ya ni siquiera puede montar su
caballo. Decidme, ¿os gustaría susti-tuirlo y así convertiros en el nuevo
primer comandante de la Marca Hispánica? Con vuestros conocimientos políticos y
militares podríais emular a aquel que fue
147
vuestro
mejor amigo y el más noble de los caballeros francos.
—Emular
sus actos significa tratar de igualarlos o incluso excederlos; me conformaré
tan solo con tratar de imitarlos. Acepto el cargo con gusto y espero que
quedéis satisfecho de mi labor.
Como
quiera que la sede episcopal de Barcelona se encontraba vacante desde la muerte
del obispo Laulfo, la misa que solemnizaba el cese del conde Hugo y el inicio
de mi mandato se celebró el 6 de abril, festividad del Jueves Santo, en la
iglesia catedral, pero oficiada por el canónigo magistral del templo. Tras la
misa ma-tinal, a lo largo de la mañana, estuve recibiendo las pre-sentaciones y
muestras de adhesión de las fuerzas vivas de la ciudad y, a mediodía,
aprovechando que hacía buen tiempo, me reuní con el casi medio centenar de mis
caballeros y capitanes más destacados para cele-brar juntos mi toma de posesión
con un almuerzo al aire libre.
Aquel año
de 814 transcurrió sin grandes sobresal-tos, se nos fue en rondas rutinarias a
lo largo de la fron-tera de la Marca; en escaramuzas con bandidos sarra-cenos
que asaltaban algunos villorrios cercanos a la frontera, a los que perseguíamos
adentrándonos en tie-rras musulmanas y matábamos sin contemplaciones cuando les
dábamos alcance, dejando sus cadáveres ti-rados en el campo para que sirvieran
de carroña a las alimañas; y alguna que otra incursión militar que ha-cíamos de
tarde en tarde con la intención de ganar para
148
nuestro
reino alguna aldea sometida al dominio del Ca-lifato, que estuviera
medianamente poblada y cercana a la frontera.
Durante
el invierno y la primavera de 815 fue más de lo mismo, pero acabada a finales
del mes de mayo la tregua de tres años que se pactó en 812, una mañana de
mediados de junio uno de los soldados vigilantes de la línea fronteriza entró
en Barcelona a galope tendido y vino a anunciarme que un ejército musulmán
proce-dente de Tarragona avanzaba en dirección a la ciudad condal. Un segundo
mensajero llegó dos horas más tarde confirmando que el ejército califal se
encontraba a dos jornadas de marcha, estimando que las fuerzas sarracenas
contaban con unos treinta mil hombres, que arrastraban unos doscientos grandes
carros donde por-taban sus máquinas de asalto, y que venían encabeza-dos por el
tío del emir Al-Hakam I, el prestigioso ge-neral Ubay Allah, conocido por todos
como Abu Mar-wan, que tenía en su haber un gran número de victorias militares.
El lunes
22 de junio había amanecido nublado y so-plando viento del norte, una
tramontana ya tardía, algo floja pero fría. Hacía ya bastante rato que las
campanas de la catedral habían anunciado la hora prima y no de-bía faltar mucho
para que tocaran a tercia cuando desde el adarve de la muralla sur un vigía dio
la voz de alarma: el ejército musulmán había llegado.
Por la
hora a la que arribaban era de suponer que de-bían de haber acampado aquella
noche a no más de un
149
par de
leguas. Tal como me anunció el mensajero, ve-nían bien pertrechados de máquinas
de asalto y debían sobrepasar con creces los treinta mil, casi todos de a pie
pues, a buen ojo, conté entre doscientos y doscientos cincuenta caballeros.
Esto quería decir que, como quiera que nuestras fuerzas no superaban los doce
mil infantes y doscientos jinetes, hacía imposible un en-cuentro a campo
abierto por estar en una gran inferio-ridad numérica. Así pues, tendrían que
ganar la plaza mediante un largo sitio que podía durar dos o tres me-ses, o si
no querían esperar tanto tiempo, habrían de re-currir a un asalto de las
murallas; que fuera de una u otra forma dependía de la decisión que tomara Abu
Marwan.
Durante
los tres primeros días no ocurrió nada de particular, pues estuvieron armando
sus catapultas y su torre de asalto, que superaba con mucho la altura de
nuestros muros. También se produjeron algunos movi-mientos de tropas que
tomaban posiciones y las carre-ras de varios jinetes que galopaban alrededor de
las mu-rallas a fin de encontrar en ellas algunos puntos débiles, haciéndolo
con una cierta impunidad ya que, aunque circulaban al alcance de nuestros arcos
y ballestas, que les disparaban sus flechas y virotes, al hacerlo sin dejar de
galopar se convertían un blanco móvil muy difícil de acertar.
El primer
asalto se produjo en la muralla sur al cuarto día de asedio; al parecer los
caballeros que du-rante tres días las habían estado inspeccionando habían
150
considerado
que este paño de la muralla sur era el más fácil de vencer. A eso de media
mañana, cuando el sol ya se había elevado un palmo sobre el horizonte, una
avalancha de unos tres mil sarracenos avanzó hacia la muralla y, mezclados
entre ellos, venían seis grandes grupos de soldados que portaban otras tantas
largas y robustas escaleras, que avanzaban protegidos de las fle-chas por otros
soldados que los cubrían con grandes es-cudos.
En mi
época de vida humana, cuando aún era el conde Roland, viajé a Constantinopla y,
entre las mu-chas maravillas que observé en ella, también descubrí algo que los
bizantinos habían guardado en el mayor secreto durante siglos, me estoy
refiriendo a la compo-sición de lo que ellos llamaban el «fuego griego», un
arma que aterrorizaba a sus enemigos, pues aquel fuego ardía incluso bajo el
agua, teniendo que ser apagado con orina, arena y vinagre. Allí vi cómo
utilizaban unos lanzadores portátiles de fuego griego, que podían ser manejado
por un solo hombre, siendo capaces tanto de hacer arder a un hombre como a un
barco. Unos meses antes de la llegada de Abu Marwan y su ejército, había yo
fabricado, personalmente y en secreto para que na-die conociera su composición,
una gran cantidad de fuego griego, así como también había mandado cons-truir
medio centenar de estos lanzadores e instruido a otros tantos soldados en su
manejo.
Con el
fin de reservarlo para usarlo en los momentos más graves de la refriega, no
mandé utilizarlo en aquel
151
primer
asalto, sino que defendimos la muralla a espa-dazos, puñaladas, flechazos,
disparos de ballestas y hasta con uñas y dientes. No fue hasta el tercer
intento de asalto en el que Abu Marwan decidió utilizar su to-rre de asalto,
que sobrepasaba en ocho o nueve pies la altura de nuestra muralla. Atado con
maromas, de las que tiraban cientos de soldados que caminaban prote-gidos por
los grandes escudos con los que los cubrían sus compañeros que iban a su lado,
la torre avanzó len-tamente hacia nuestra muralla y, cuando llegó a situarse a
la distancia de alcance de nuestros lanzadores, ordené fuego a discreción, no
solo de fuego griego, sino tam-bién de flechas incendiarias. El espectáculo
resultó in-fernal: en tan solo unos minutos, los cientos de ardien-tes impactos
que recibió la enorme torre de madera seca la hicieron arder por sus cuatro
costados y vimos cómo hombres ardiendo se arrojaban al vacío desde una al-tura
de cincuenta pies, prefiriendo morir estrellados contra el suelo antes que
abrasados por las llamas.
Tras
aquel desastre, Abu Marwan se decidió por si-tiar la ciudad y vencernos por el
hambre y la sed. Dos meses más tarde, cuando la población había agotado el
trigo y se alimentaba con las últimas existencias de avena y cebada, cuando ya
no quedaba ni un solo ani-mal de granja y se comenzaba a sacrificar a los
asnos, los mulos y los caballos, y se sospechaba que también habían empezado a
consumir los perros, pues cada día era más difícil ver a alguno de ellos por
las calles, pensé hacer uso de mis facultades.
152
Hacía
rato que las campanas habían dado la hora de vísperas y ya declinaba ya el sol
de la tarde cuando en-tré en el palacio condal. El margrave me esperaba para
analizar la situación una vez más.
—¿Qué
creéis que debemos hacer, Orlando? —me inquiría el conde Bera.
—Tenemos
dos opciones: o rendirnos y entregarle a Abu Marwan las llaves de la ciudad, o
elegir a un hom-bre valiente e intrépido que intente entrar en su campa-mento,
llegar hasta su tienda y matarlo.
—¿Pensáis
que esto último es posible?
—No lo
sé, pero se podría intentar.
—Hagámoslo
pues —fue su tajante respuesta. Naturalmente, aquel hombre al que me refería
era yo
mismo. En
cuanto salí del palacio condal me dirigí a mi casa sin pérdida de tiempo, donde
rápidamente me quité la cota de malla que durante todo el tiempo que ya duraba
el conflicto armado había llevado puesta in-necesariamente, tan solo para
disimular mi invulnera-bilidad, dado que, además de ser mi cuerpo invulnera-ble
e inmortal, la protección que me proporcionaba el traje biónico ya era muy
superior a la de la armadura. Hecho esto, vistiendo tan solo el traje biónico,
me con-centré en tele-portarme a la tienda de Abu Marwan.
Cuando me
materialicé al pie de su cama, levitando a dos o tres palmos del suelo, lo
encontré acostado y haciendo el amor con una de sus concubinas. Y, como quiera
que ella estaba montada sobre él y de espaldas a mí, fue Abu Marwan quien me
vio aparecer de la nada
153
a una
distancia de cuatro o cinco codos de los pies de su cama. Los rayos del sol,
que ya casi rozaba el hori-zonte de poniente, penetraban a través de los
respirade-ros de la tienda e incidían sobre mi traje biónico ha-ciéndolo
desprender destellos rojizos de luz. Al verme Abu Marwan aparecer de improviso,
con el cuerpo bri-llando por efecto de la luz solar y flotando en el aire, su
reacción fue la de darle a la mujer un gran empellón que la lanzó fuera de la
cama, levantarse de un salto felino y desenvainar del tahalí, a la velocidad
del rayo, la gumía que tenía a la mano colgada en la cabecera de la cama.
Luego, demostrando una agilidad impropia de su edad, se lanzó sobre mí
intentando arrollarme para derribarme al suelo, al tiempo que me asestaba una fe-roz
puñalada en el pecho, a la altura del corazón. El resultado de su intento fue
que tanto su arma como él mismo fueron rechazados violentamente por el campo de
fuerza de mi traje biónico, y mientras la gumía salía volando por los aires, él
iba a caer estrepitosamente de espaldas sobre la cama. Debió pensar que yo,
además de ser algún sicario que había burlado la guardia de la puerta de su
tienda y entrado en ella para matarlo, tam-bién debía ser un gran mago, pues su
primer gesto fue de sorpresa y asombro, si bien fueron seguidos de in-mediato
por una mueca de horror. Me hubiera gustado haber comprobado su expresión si,
en lugar de llevar puesto el traje protector, su gumía hubiera entrado en mi
pecho hasta llegar al corazón y, en lugar de verme caer muerto, me hubiera
visto extraerla con mi mano
154
tranquilamente
y devolvérsela. Aquellos expresivos semblantes que fui viendo aparecer en su
rostro no se me han olvidado en los mil doscientos años que han transcurrido
desde entonces.
—Un
mortal no puede tocar a un arcángel —le dije, y aún se acentuó más su gesto de
asombro.
—¿Quién…
quién… eres… tú? —me preguntó tar-tamudeando.
—Soy el
arcángel Mijaíl8, jefe de los ejércitos celes-tiales de Alá.
—Y…,
¿qué… es lo que… quieres de mí? —conti-nuó tartamudeando, impresionado por mi
presencia.
—Dios
protege a esta ciudad y me envía a decirte que retires tu ejército de sus
murallas.
—¿Cómo sé
que eres el arcángel Mijaíl? —me in-quirió ya algo más calmado y más dueño de
sí.
—¿No has
tenido prueba suficiente cuando has in-tentado apuñalarme, o tal vez quieras
que te lo demues-tre matando hasta el último de tus soldados para luego acabar
contigo?
Dicho
esto, me esfumé de su vista teleportándome de nuevo a mi casa, dejándolo con el
alma en vilo. A la mañana siguiente acudí muy temprano al adarve y en-contré
que se me había adelantado el conde Bera.
—Buenos
días, Orlando. Con las primeras luces del
8 En el Corán, el arcángel Miguel es llamado
Mijail o Mijal. Se le men-ciona como tal en la azora 2:98, mientras que en las
azoras 11:72 y 11:69 se dice que era uno de los tres ángeles que visitaron a
Ibrahim para anunciarle el nacimiento de Isaac y Jacob.
155
alba me
han avisado de lo que ocurría y acabo de subir al adarve; ahora os iba a mandar
aviso, pero decidme, ¿es cierto lo que están viendo mis ojos? —me dijo
asombrado, casi con incredulidad.
Aquella
amenaza que le lancé al general sarraceno la tarde anterior debió ser más que
suficiente para con-vencerlo, pues lo que veían los ojos del margrave era que
el campamento musulmán había sido desmontado, las catapultas desarmadas y
cargadas en los carros, y ya comenzaban a ponerse en marcha de vuelta a
Tarra-gona.
—Sí, lo
sabía, lo sabía —le respondí, fingiendo como si hubiese tenido una corazonada—.
Esta noche he soñado que el arcángel Miguel había bajado del cielo enviado por
Dios y le ordenaba a Abu Marwan que abandonara el sitio.
—Pues si
es cierto que habéis soñado tal cosa sois alguien especial que estáis tocado
por el dedo de Dios.
Y, para
más milagros, cuando desde la muralla ya perdíamos de vista al último de los
sarracenos de vuelta a Tarragona, vino un capitán a decirnos que mirásemos
hacia el horizonte del norte si queríamos ver algo sor-prendente. La sorpresa
era que se aproximaba un gran ejército de godos que había sido reclutado en
todo el país y acudía en nuestro auxilio.
Cuando en
noviembre de 816 el valí de Zaragoza viajó a Aquisgrán y negoció una nueva
tregua de otros tres años, que entró en vigor en febrero de 817, todos
156
los
condes de la Marca Hispánica se pusieron en contra de tal decisión, excepto el
conde Bera que la apoyaba. Los nobles deseaban la guerra, ya que consideraban
que la paz era contraria a los intereses del país. Se formó un partido
belicista encabezado por el hermanas-tro de Bera, el conde Gaucelmo de Rosellón
y de Am-purias, y por Bernardo de Septimania, el hermano pe-queño de este, que
consiguieron, en febrero de 820, convocar una asamblea general en Aquisgrán en
la que el conde Bera fue acusado de infidelidad y traición. Ante semejante
acusación formulada por Gaucelmo, en la que no se aportaba ninguna prueba
fehaciente, Car-lomagno se vio obligado a decretar que el asunto se sol-ventara
mediante un duelo judicial, es decir, una orda-lía9, en la que la derrota
significaba el reconocimiento de los cargos de los que era acusado y, por
tanto, con-llevaba la condena a muerte. Bera aceptó el reto y, mientras que él
había acudido a Aquisgrán solo, Gau-celmo lo había hecho acompañado de su
lugarteniente Sanila, un afamado guerrero muy hábil con las armas godas. Dado
que su contrincante era muy superior tanto en facultades físicas como en el
manejo de las armas, Bera fue derrotado, pero Carlomagno, que no conside-raba
que fuera un traidor, le conmutó la pena de muerte
9 La Ordalía, también llamada el Juicio de
Dios, era una prueba para com-probar la inocencia o la culpabilidad de un reo.
Consistía en enfrentar al acu-sado a un contrincante en un combate armado; si
el acusado vencía se le de-claraba inocente, en caso contrario era culpable.
Dado el carácter mágico e irracional de este medio probatorio, las ordalías
fueron sustituidas por la tor-tura a partir del siglo XII.
157
por la de
destierro en Ruan y nombró al conde Rampón como nuevo margrave de la Marca
Hispánica.
Como
quiera que fue el conde Bera quien me ofreció el puesto de primer comandante de
la Marca, en el mo-mento en que este fue depuesto por el emperador, me apresuré
en presentarle mi dimisión al conde Rampón antes de que me despidiera, pues lo
natural era que qui-siese nombrar para ese puesto a alguien de su entera
confianza. Y dado que toda la Marca llegó a conocer aquella historia inventada
que le conté a Bera, pude se-guir viviendo en Barcelona algunos años más hasta
que, tras la muerte el 28 de enero de 844 de mi herma-nastro y señor, el
emperador Carlomagno, tres semanas más tarde zarpé del puerto de Barcelona a
bordo de una urca de grandes dimensiones que iba cargada de odres de vino del
Ampurdán con destino a Roma. Había ele-gido para vivir la Ciudad Eterna sobre
todo porque en ella mi identidad pasaría más desapercibida y podría ocultarme
con más facilidad entre su elevado número de habitantes, lo que me permitiría,
con tan solo hacer correr la historia de aquel potingue antienvejecimiento que
me dieron a beber en Bengala y con mudarme de barrio cada quince o veinte años,
permanecer durante más tiempo que en cualquier otra ciudad que fuera me-nos
poblada.
158
9
Cuando a
finales de febrero del año 844 llegué a Roma, lo primero que hice fue comenzar
a buscar al-guna casa palacio que estuviera en venta, y a punto es-tuve de
comprarles una muy grande, de muy hermoso diseño, en la que abundaban los
mármoles de Carrara y quedaba situada bastante cerca de la basílica de San Juan
de Letrán, a los hijos del difunto Begón de Tolosa, el duque de Septimania, que
la habían heredado a la muerte del patriarca, encontrándose desde entonces
ce-rrada y deshabitada. Al final, cambié de opinión y desistí de su compra por
no querer llamar tanto la aten-ción viviendo en una casa palaciega, pues es
sabido que toda la población de una ciudad, por grande que esta sea, acaba
conociendo la vida y milagro de las familias nobles que viven en palacios o en
casas palaciegas y que, para vivir desapercibido, lo mejor es no hacer
os-tentación de riquezas. También lo hice porque por aquellas fechas ya
comenzaba yo a cansarme de tantos traslados, hasta el punto de que llegaron a
parecerme que Dios, al igual que hizo con Caín, me había conde-nado a deambular
errante por la Tierra al haber desobe-decido su mandato de «polvo eres y en
polvo te con-vertirás», sin caer en la cuenta de las muchísimas mu-danzas que
aún me quedaban por hacer a lo largo de mi eterna vida, y estando, por otra
parte, decidido a per-manecer en Roma el mayor número posible de años, opté por
la compra de una casa algo más modesta, eso
159
sí, que
fuese amplia y estuviese bien situada, en la se-guridad de que viviría más
tranquilo y pasaría más inadvertido del gran público romano, que tan dado era a
la crítica y al cotilleo.
Por
aquellos días Roma se encontraba convulsa, pues hacía menos de un mes que había
muerto el papa Gregorio IV y la nobleza romana había elegido como sucesor a
Sergio II, un aristócrata que era cardenal presbítero de la iglesia de San
Martín y San Silvestre, mientras que, al mismo tiempo y por aclamación, el
pueblo de Roma había elegido al arcediano Juan, que sería declarado antipapa y
condenado a muerte tanto por la nobleza en general como por aquellos obispos
que habían sido colocados por sus nobles familias en dichos puestos
principescos para aprovecharse de sus influencias, si bien le fue conmutada la
pena capital por la de exilio. Veintiocho años más tarde subiría al solio
pontificio y reinaría durante diez años como el papa nú-mero 107 de la Iglesia,
con el nombre de Juan VIII.
La casa
que compré también quedaba situada muy cercana a la basílica de San Juan de
Letrán. Presentaba al exterior una fachada de una sola planta y de unos veinte
pasos de anchura, mientras que la distribución de su interior era una imitación
de la parte delantera de una domus romana. Una vez pasado el vestíbulo, se
abría un amplio atrio con un estanque en su centro que, haciendo de impluvium,
recogía las aguas de las cuatro cubiertas de la galería soportada con columnas
que lo rodeaba a modo de compluviun, viéndose flanqueado
160
en su
frente y laterales por seis amplias habitaciones, y quedando cerrado al fondo
por una sala comedor de grandes dimensiones, una cocina con cuatro fogones y
una letrina.
Necesitando
emplear una gran parte de mi tiempo en hacer algo útil, organicé una academia
en las dos habi-taciones que quedaban a ambos lados del vestíbulo, en las que
me dediqué a enseñar a los jóvenes de las fami-lias nobles y de las más
acomodadas, además de gra-mática, aritmética y geometría, la koiné10 y el latín
clá-sico, dado que el uso del primero había quedado redu-cido exclusivamente a
la Grecia insular y peninsular, y el segundo relegado y alterado en forma de
una variante medieval, a las iglesias, a la Corte y a las escuelas, siendo
utilizado únicamente por los intelectuales.
Con el
fin de poder leer los textos originales de los poetas y filósofos griegos y
latinos, además de contar entre mis alumnos con una veintena de muchachos,
al-gunas de las jóvenes patricias romanas también acudían a mi academia
mostrándose exclusivamente interesa-das en aprender ambas lenguas, sin que les
prestaran la menor atención a las asignaturas de ciencias.
Después
de mi muerte dejé de celebrar mi cumplea-ños, pues nunca he sabido si debía
seguir haciéndolo el 16 de enero, día de mi nacimiento, o el 27 de agosto,
fecha en la que fui resucitado. Y fue precisamente
10 La koiné fue una variedad de la lengua griega
utilizada en el mundo helenístico, es decir, en el periodo que siguió a las
conquistas de Alejandro Magno. A esta lengua también se le ha llamado a veces
griego helenístico.
161
aquel
caluroso día del verano del año 845, en el que cumplía sesenta y siete años
como filsolis, habiendo asistido ya a siete asambleas decenales en la Luna y
llevando dieciocho meses con la academia abierta, que llegaron dos muchachitos,
llamados Adriano y Aurelio, a pedirme que les permitiera asistir a mis clases.
Eran dos jóvenes plebeyos, ambos de estatura media y de unos catorce o quince
años de edad. Adriano era de piel morena clara, ojos glaucos y cabellos de
color negro azabache, que tornasolaban cuando les daba directa-mente el sol;
Aurelio, en cambio, tenía la piel clara, los ojos celestes y sus cabellos eran
dorados, del color del hierro cuando está a punto de fundirse. Ambos eran tan
bellos de cuerpo, de alma y de rostro que podían ser tomados por dos ángeles
caídos del cielo, al tiempo que la dulzura y la exquisitez de su trato conquistaban
todos los corazones, siendo el mío uno más de los muchos que quedaron
prendados.
—¿Sois
hermanos? —les pregunté al llegar.
—No, no
somos hermanos, pero vivimos como si lo fuéramos —me respondió Adriano—. Somos
dos fami-lias que convivimos juntos en una villa en las afueras de Roma, al
inicio de la Vía Ostiense.
—Pues,
observo en vosotros un cierto parecido; si no fuera porque los colores de
vuestros ojos y cabellos son distintos podríais pasar por ser hermanos.
—Sí, ya
lo sabemos, nos lo dicen todos —respondió Aurelio.
—Y, ¿me
decís que vivís en una villa?, ¿cómo os lo
162
podéis
permitir?, creí que erais plebeyos.
—Sí, lo
somos, pero nuestros padres son orfebres y ganan mucho dinero —contestó
Adriano.
—La villa
la han comprado entre los dos y en ella vivimos todos juntos —añadió Aurelio.
—Me
encantaría ver el taller de vuestros padres y sus obras de orfebrería.
—Podéis
venir a casa cuando gustéis —me dijo Adriano—, a cualquier hora que vengáis
siempre seréis bien recibido.
—Nos
encantaría que vinierais a casa; podréis ver obras preciosas —añadió Aurelio—.
Nuestra villa se encuentra a doscientos pasos de la Porta Ostiense, en la
margen derecha de la vía; la identificaréis enseguida porque junto a la puerta
de acceso hay una escultura de Hércules luchando con el león de Nemea.
—Gracias,
muchas gracias por vuestra invitación.
Tened por
seguro que lo haré.
Y así lo
hice. No había pasado mucho tiempo cuando un día, al terminar las clases de la
mañana, acompañé a los muchachos a su casa, donde conocí a sus padres y a dos
hermanos más pequeños.
—Os
agradezco, maese Benedetto y maese Fran-cesco, así como a vuestras virtuosas
esposas, Eleonora y Palmira, la excelente y hospitalaria acogida que me habéis
dispensado.
—Para
nosotros es un honor recibir la visita de un hombre tan instruido y sabio como
vos —me respondió Benedetto, el padre de Adriano.
163
—Y aún
mayor honor nos harías si aceptarais com-partir con nosotros el almuerzo del
día de hoy —añadió Francesco, el padre de Aurelio.
—Acepto
vuestra invitación con mucho gusto.
A
continuación, los dos hombres me invitaron a ver su taller y sus obras de arte,
la mayor parte de ellas de arte litúrgico.
Pude
admirar algunas obras de orfebrería de magní-fica factura, como tapas de libros
litúrgicos, cálices y crucifijos, un soberbio lampadario de siete brazos, al
que los judíos llaman menorá y lo usan como símbolo de adoración en el
tabernáculo, realizado por encargo de un rabino para su sinagoga y una luminosa
corona de oro con incrustaciones de esmeraldas de gran ta-maño para un duque
franco, así como un frontal de altar y algunos relicarios.
Teniendo
en cuenta que hice aquella visita sin previo aviso, es de suponer que aquellos
dos orfebres debían ganar bastante dinero con sus obras y tener su despensa
bien llena porque la casa estaba amueblada y decorada con muy buen gusto y
porque la comida fue espléndida y no faltó de nada. Por no faltar, hasta
disponían de los servicios de una pareja de eslavos africanos, hombre y mujer,
que debían tener unos nombres muy raros y ha-bían optado por llamarlos con los
apodos de Babú y Babá. También debieron mandar aviso a unos músicos pues,
cuando nos sentamos a la mesa, en el comedor ya estaban tres juglares provistos
de una cítara, una aja-beba y un pandero, entonando sus canciones al son de
164
sus
instrumentos. Con la ayuda de Babá, a la que su-puse sería la cocinera de la
casa por el gran delantal que llevaba puesto, Babú comenzó por desplegar sobre
la mesa una exhibición de frutas variadas de temporada acompañadas por dos
jarras de hidromiel; a las frutas les siguió un exquisito potaje de legumbres
del que, aún sin necesitarlo como alimento, no pude evitar saborear una buena
cantidad; y como plato fuerte, acompañado del mejor vino de Marsala, servido en
una magnífica bandeja de plata repujada se sirvió un cisne al horno, que ya
venía de la cocina presentado en su forma natu-ral, quiero decir con su cuello,
su cabeza levantados y su piel, con sus plumas intactas, sobrepuesta sobre la
carne asada, como acostumbraban a hacer los señores feudales para impresionar a
sus invitados en sus casti-llos y palacios. Luego supe que la familia hasta
dispo-nía de un pozo de hielo en el que conservaban las car-nes y los pescados.
La comida
discurrió en un ambiente de alegría y fra-ternidad, en la que abundaron las
risas y las frases in-geniosas, pero no fue hasta el final de la comida, cuando
ya estábamos todos algo achispados por el vino que habíamos bebido, cuando
observé que aquella fa-milia era algo especial. Reinó la alegría y todos
comen-zaron a bailar al ritmo alegre que marcaban los músi-cos. Todos se
acariciaban sus cuerpos sin importarles en qué partes del mismo colocaban sus
manos, se daban fuertes y prolongados abrazos y se repartían amantísi-mos besos
en la cara, en la frente, en los labios o en el
165
cuello; y
cuando digo todos me refiero que estos besos y caricias se los repartían
indistintamente entre sí tanto los dos hombres como las dos mujeres o los
cuatro ni-ños, sin tener en cuenta que fueran de su mismo sexo ya que estaban
exentos de erotismo. Con aquellos abra-zos y besos todos expresaban su alegría
y su cariño ha-cia los demás, ya fuera hombre o mujer. Allí se respi-raba
bondad y sinceridad; en aquellas caricias e inter-cambios de besos y abrazos no
había más sexualidad que el amor a la vida y al prójimo. Excuso deciros que
entre la familia y los músicos debía haber una clara connivencia, ya que, si
aquella sana alegría hubiera lle-gado a oídos del cura párroco, le hubiera
faltado tiempo para condenarla y hacerlo llegar al obispo, proponién-dole la
excomunión de todos ellos o tal vez algún otro castigo más duro.
El año
846 llegó con malas noticias: los árabes del norte de África volvían a las
andadas. Hacía varios me-ses que venían realizando incursiones por las costas
del Mediterráneo occidental y amenazaban con una nueva incursión en tierras
romanas. A pesar de la protección que le brindaba el Imperio carolingio, la
seguridad de Roma no era completa. Ya en el verano del año 830, los piratas
sarracenos habían asolado las zonas habita-das de la Campaña romana, habiendo
llegado hasta las basílicas de San Pedro y San Pablo, que fueron saquea-das, y
penetrando en Subiaco, donde destruyeron la ciudad y el monasterio de Santa
Escolástica.
166
De manera
similar a lo que sucedió en 830, una flota de piratas sarracenos, tras atacar y
saquear Civitave-chia, Ostia y Portus, el 24 de agosto de 846, remontaron el
Tíber has alcanzar las murallas aurelianas al noroeste de Roma. Lo primero que
hicieron al desembarcar fue asaltar por segunda vez las basílicas de San Pedro
y San Pablo, al seguir estando ambas iglesias sin defensa por quedar fuera de
las murallas, y saquear el mucho oro y plata que acumulaban en su interior. San
Pedro estaba defendida por una guarnición de soldados compuesta de francos,
lombardos, sajones y frisones que, a pesar de la feroz resistencia que
ofrecieron, fueron completa-mente exterminados. En las dos iglesias sustrajeron
to-dos los utensilios litúrgicos, tales como cálices de oro incrustados de
piedras preciosas, los sagrarios, también de oro, y los revestimientos de oro y
plata de los pres-biterios. Siendo aquellos templos los más importantes de la
Cristiandad, su pillaje obligó dos años más tarde al papa León IV a la construcción
de las Murallas Leo-ninas, que todavía hoy día rodean la basílica de San Pe-dro
y que, en parte, constituyen las fronteras del actual Estado de la Ciudad del
Vaticano.
Mientras
los piratas se dispersaban y llevaban a cabo sus correrías haciendo imposible
presentarles batalla y luchar contra ellos, el duque Guido I de Spoleto me
mandó llamar a su palacio.
—Me ha
llegado la noticia de que sois hombre de armas y que habéis obtenido algunas
victorias osten-tando durante unos años el título de margrave de la
167
Marca
Hispánica. Decidme, ¿es cierto o son habladu-rías?
—Es
cierto cuanto os han contado, mi señor —le afirmé, dándole el tratamiento de
«mi señor» como le correspondía.
—Olvidaos
del protocolo, Orlando, y llamadme Guido. El título de margrave que habéis
ostentado es similar al de príncipe, es decir, superior al de duque.
—Gracias,
Guido. Sí, es cierto. He sido margrave de la Marca Hispánica durante treinta
años y he tenido va-rios encuentros con bretones y britanos de los siempre he
salido victorioso.
—También
me han contado cierta historia de vos, que más que historia parece leyenda,
acerca de un ma-ravilloso bebedizo que os dieron a tomar en cierta na-ción
asiática que impide vuestro envejecimiento y os alarga la vida.
—Sí, así
es, Guido. No es leyenda, es historia real. Ocurrió en Bengala. En mitad de un
terremoto fui ata-cado por un furibundo tigre, provocándome gravísimas heridas
que fueron sanadas en un cortísimo espacio de tiempo mediante la aplicación de
un emplasto a base de cierta hierba que solo crece en aquella zona. Luego me
dieron a tomar ese bebedizo al que hacéis referencia. La hierba con la que se
elabora tanto el ungüento como la pócima, además de tener las dos maravillosas
facul-tades que habéis mencionado, de longevidad y antien-vejecimiento, tiene
la virtud de sanar las heridas, como os he dicho, en un corto espacio de tiempo
y sin dejar
168
señal ni
cicatriz alguna.
—Y,
¿podemos saber qué hierba es esa o es un se-creto?
—No,
Guido, no es ningún secreto. Los nativos que me curaron le daban el nombre de
rhastú, pero ninguno de los herbolarios a los que he consultado la conoce por
ese nombre.
—Lástima,
nos vendría muy bien en nuestras bata-llas contar con una hierba como esa.
—Muy
cierto. Por esa razón he estado buscándola durante todo este tiempo.
—Orlando,
además de comentar lo que hemos ha-blado hasta ahora, os he llamado para
pediros que me ayudéis en la batida que vamos a darle a los piratas en cuanto
vuelvan la espalda y se alejen de Roma dirigién-dose de nuevo a la costa. He
reclutado y armado una mesnada de más de tres mil hombres que saldrá en
per-secución de los musulmanes en cuanto se alejen de Roma. Hemos de darles un
escarmiento para que se le quiten las ganas de volver. ¿Estaríais dispuesto a
ser mi segundo?
—Creo que
tenéis de segundo al conde Harold. ¿Qué pasa con él?
—Es poco
castrense y no le interesa la guerra en ab-soluto. Acude a las batallas porque
no tiene más reme-dio que defender sus intereses económicos y su patri-monio,
pero lo hace sin ningún entusiasmo y, para colmo, su falta de interés se la
transmite a mis capita-nes. Oídme, Orlando, tened por seguro que las bodegas
169
de esos
barcos piratas deben estar repletas de monedas de oro y plata, si me ayudáis,
os llevareis una buena tajada del botín.
—Muy
bien, Guido, os ayudaré. Seré vuestro se-gundo brazo.
Como ya
habréis comprendido, no acepté aquella proposición encandilado por las monedas
de oro y plata que pudieran corresponderme en el reparto del botín pues, como
bien sabéis, me sobra el dinero al disponer de una faltriquera inagotable que
cada mañana contiene seiscientas sesenta y seis monedas de oro con un peso de
algo más de cinco libras, sino que lo hice guiado por un afán de justicia
frente a los saqueos llevados a cabo por los piratas y también porque, siendo
yo todavía por aquellas fechas un ciego creyente en los llamados mis-terios de
la doctrina cristiana, trataba de combatir a aquellos sarracenos infieles; hoy
no hubiera movido un dedo por evitar el despojo del oro de la Iglesia y mucho
menos para perseguir a alguien por ser musulmán o por ser judío.
Tan
pronto como los moros dieron la espalda a Roma para volver a la costa, el duque
Guido de Spoleto y yo, montando sendos caballos y encabezando la mesnada con
más tres mil hombres, salimos por la puerta os-tiense en su persecución
creyendo que se dirigían a Os-tia, si bien no tardamos en percatarnos que se
habían dirigido al noroeste, en dirección al puerto de Civitave-chia, a donde
habrían regresado sus naves después de haber penetrado en el Tíber, de haber
ascendido diez
170
millas
hasta Roma y haberlos desembarcado en un punto cercano a la basílica de San
Pedro.
Seguimos
sus huellas a marcha forzada y, tras reco-rrer diez leguas, les dimos alcance
al mediodía del ter-cer día, en el puerto de Civitavechia, cuando el grueso de
los piratas todavía no había embarcado en la urca y en las dos galeras birremes
que se encontraban amarra-das a los norayes de los muelles.
Gracias a
que los terrenos aledaños al puerto estaban elevados unos quince codos y
acababan en un talud que bajaba hasta la franja de terreno longitudinal, de
unos treinta pasos de anchura, que formaba la explanada del muelle, los tres o
cuatro mil sarracenos que se apiñaban en esta estrecha banda de terreno
esperando a que sus capitanes les dieran la orden de embarcar, no nos vie-ron
llegar. Avanzamos con sigilo, sin dejarnos ver, y una vez que hubimos llegado a
la línea de la cabecera del talud, el duque Guido me ordenó que mandara for-mar
las tropas en una hilera de unos cuatrocientos pasos de longitud, situando en
primera línea a los más de qui-nientos arqueros que llevábamos en nuestras
filas; y, a continuación, el duque dio la orden de disparar a dis-creción hasta
agotar los carcajes. Teniendo en cuenta que cada carcaj tiene capacidad para
unas treinta fle-chas, otras tantas nubes de flechas volaron sucesiva-mente
oscureciendo el cielo a la orden de ¡Disparad! Vine a calcular que debieron ser
más de quince mil las saetas disparadas en unos tres minutos, de las que unas
dos mil debieron hacer blanco pues, tras la desbandada
171
de los
piratas subiendo a los barcos para protegerse de la lluvia de dardos que los
estaban matando, el muelle quedó cubierto de heridos y cadáveres. Ya embarcados
en sus naves, al quedar a nuestra altura, pudieron res-ponder a nuestros
disparos, obligándonos a tener que cubrirnos con los escudos, mientras los
remos de las galeras ya batían sobre las aguas y se alejaban de los muelles. Y,
mientras el duque maldecía por parecerle que dos mil muertos era poco castigo,
yo arreé mi ca-ballo con disimulo y me alejé hasta llegar a unos tarajes en la
retaguardia, me apeé de la caballería, me desnudé y escondí mis ropas tras el
ramaje, quedándome vestido tan solo con el traje biónico. En aquel momento,
du-dando de mis fuerzas para lo que me había propuesto hacer, conecté
telepáticamente con Suriel pidiéndole consejo y ayuda, pero me dijo que los
uriatis tenían por norma no intervenir en los conflictos humanos y ense-guida
me convenció de que, con la ayuda del traje bió-nico, me sobrarían fuerzas
físicas para llevar a cabo lo que me proponía hacer. Así que, sin pensarlo más,
me tele-porté a la bodega de una de las dos galeras.
Al
materializarme en la bodega pude ver que se en-contraba ocupada por catorce o
quince cofres de gran-des dimensiones que estaban rodeados de cadenas y
candados, haciéndome sospechar que, tal como me ha-bía dicho el duque, aquellas
arcas debía ser parte del botín de los piratas; probablemente, el botín viajara
re-partido en las tres embarcaciones en previsión de que, si una de ellas
naufragaba, solo perderían una tercera
172
parte.
Haciendo uso de la fuerza sobrehumana que te-nemos los filsoliss, rompí la
cadena y arranqué de un tirón la tapa de uno de los cofres, pudiendo comprobar
que el duque estaba en lo cierto; se encontraba lleno de monedas de oro y
plata, entre las que brillaban las pie-dras preciosas, quedando entremezclados
entre ellas al-gunos objetos de culto, también de oro, procedentes de las
iglesias que habían saqueado. Contemplando aquel soberbio espectáculo, no pude
evitar tener que lamentar que todas aquellas riquezas, que podían haber sido
des-tinadas a hacer el bien, se iban a desperdiciar perdidas en el fondo del
mar. Aprovechándome de mi invulne-rabilidad a los golpes y de la protección que
me ofrecía el campo de fuerza de mi traje biónico, tan solo tuve que desear
mentalmente que el campo de fuerza se re-gulara a su máxima potencia y utilizar
mis puños para ir golpeando las cuadernas y el fondo del casco una y otra vez.
Cada uno de los golpes que fui descargando con mis puños, convertidos en
arietes por el campo de fuerza del traje biónico, hacía astillas la madera. No
tardé ni un minuto en abrir a lo largo de ambos lados de la quilla una docena
de grandes agujeros que se con-virtieron en otros tantos surtidores por los que
brotaba el agua formando torbellinos. Cuando, después de re-petir la misma
operación en la segunda galera, acabé de agujerear la urca, me tele-porté de
nuevo al taraje donde había dejado mi caballo y mi ropa, me vestí de nuevo,
monté en mi caballo y volví a ocupar mi puesto junto al duque. Y, como quiera
que no había tardado ni
173
de diez
minutos en llevar a cabo aquella destrucción, todo aquel que me hubiera visto
llegar hasta detrás del taraje, bajar del caballo y volver minutos más tarde de
nuevo a la formación, debía haber pensado que había ido hasta allí para dar de
cuerpo. Unos minutos más tarde, cuando las naves se habían alejado como una
me-dia milla de la costa, un gran clamor de asombro surgió de las gargantas de
nuestros tres mil hombres; todos pudieron contemplar cómo las tres naves se
hundían a la vez sin ninguna causa aparente y cómo, desde el du-que hasta el
último de los soldados, caían de rodillas en tierra, elevaban la vista al cielo
haciéndose cruces y re-zaban con fervor convencidos de que estaban siendo
testigos de un milagro.
El mar se
cubrió de hombres. La mayoría de ellos, que no sabían nadar, se hundieron a
plomo en las aguas, y a muchos otros, que sí sabían nadar, los vimos deba-tirse
en las aguas, agarrándose los unos a los otros, to-mándose mutuamente como
tabla de salvación en un intento desesperado e inútil por salvar sus vidas
pues, pese a sus esfuerzos por mantenerse a flote, se hundían una y otra vez
por el peso de sus armas y de sus empa-padas ropas. Unos minutos después se
hizo un pro-fundo y lúgubre silencio; las desgarradas voces en pe-tición de
auxilio se habían apagado y cientos de cadá-veres, de aquellos que iban más
ligeros de peso, flota-ban entremezclados con toda clase de objetos
naufra-gados.
—No cabe
lugar a duda de que esto no solo es una
174
prueba
fehaciente de que Dios existe —afirmó el du-que, alzándose y tomando las
riendas de su caballo—, sino que también nos ha hecho una demostración de su
justicia y de su gran poder.
—Sin
duda, Guido, sin duda. Esto ha sido un gran milagro —le respondí
condescendiente.
Tres años
más tarde, en el 849, supimos que los sa-rracenos estaban preparando una nueva
flota que pre-tendía atacar de nuevo a Roma y nos preparamos para recibirlos.
En esta ocasión solicitamos la ayuda de las ciudades de Gaeta, Nápoles, Amalfi
y Sorrento quienes pusieron a nuestra disposición sus barcos, llegando a
constituir una importante escuadra que se concentró en-tre Ostia y la
desembocadura del Tíber a la espera de la armada sarracena. Cuando las velas de
los barcos mu-sulmanes aparecieron en el horizonte, los cristianos no esperaron
a que llegaran a la costa italiana, sino que se lanzaron al ataque,
venciéndolos en una memorable ba-talla naval y haciendo numerosos prisioneros
que fue-ron vendidos como esclavos. Durante este encuentro naval, conocido como
la batalla de Ostia, muchos bar-cos sarracenos se fueron a pique y el resto,
sorprendi-dos por una repentina tormenta, comprendieron que Alá no estaba de su
parte y huyeron en retirada.
175
176
10
Catorce
años seguidos estuve siendo el segundo brazo del duque Guido I de Spoleto,
sustituyéndolo y asumiendo sus funciones en multitud de ocasiones, bien fuera
por encontrarse enfermo o por estar de viaje, hasta que la muerte se lo llevó
prematuramente durante el otoño del año 860, cuando solo contaba con cin-cuenta
y cinco años de edad. Durante este tiempo, fue-ron muchas las veces que tuve
que encabezar la tropa para hacer frente a alguna incursión musulmana o de
piratas berberiscos, o incluso a alguna que otra rebelión fuera de la ciudad,
en la díscola comarca del Lacio. Pero como al parecer yo no era santo de la
devoción de Lamberto, su primogénito y sucesor, cuando este fue nombrado duque
y tomó el poder del padre me susti-tuyó por Liborio, su mejor amigo, quien,
según afirma-ban algunas lenguas de doble filo, también era su amante; tanto en
aquella época como hoy, la homose-xualidad alcanzaba a todos los niveles
sociales; el ne-potismo estaba a la orden del día, y los amantes se ayu-daban a
escalar y copar los mejores puestos del poder. Así que, sin más, reabrí la
academia y volví a darle mis clases gratuitas a la plebe.
Llevaba
ya viviendo algo más de dieciséis años en Roma y la falsa historia del elixir
bengalí había corrido de boca en boca no solo por toda la ciudad sino también
por toda la comarca; pocos eran los que ignoraban que
177
disfrutaría
de una larguísima vida y que mi aspecto fí-sico se mantendría tan fresco como
el día que me sal-varon de morir a consecuencia de las heridas que me infligió
aquel tigre. La verdad es que llegué a sentirme como una atracción de feria,
pues cada día unos cuan-tos romanos, pero sobre todo romanas, y también
fo-rasteros que recorrían hasta veinte leguas, venían a verme a la academia tan
solo por conocerme y hacerme siempre la eterna pregunta de cuál era el nombre
de aquella hierba mágica y dónde podían encontrarla. Y, como quiera que yo aún
seguía aparentado tener unos treinta años de edad y nunca había confesado la
fecha de mi nacimiento, nadie sabía cuántos años cargaba ya sobre mis espadas;
si la gente hubiera sabido que ya hacía meses que había, no diré celebrado
porque la in-mortalidad no es cosa de celebrar, sino superado mi ciento
veinticuatro cumpleaños, seguro estoy de que muchos habrían pensado que no era
debido a ningún bebedizo mágico sino a un pacto con el Diablo.
Al año
siguiente, cuando ya finalizaba la primavera del año 861, llegó a Roma la
noticia de que, habiendo expirado la tregua con el emirato de Córdoba, un
ejér-cito musulmán al mando de Muhammad I había ata-cado Barcelona, asediándola
y llegando a conquistar al-gunos barrios, pero el conde Hunifredo, hábil
político y gran negociador, acordó con gran acierto la retirada del invasor y
una renovación de la tregua, que fue acep-tada por el califa. Aquella noticia
me trajo recuerdos de casi medio siglo atrás, cuando a mediados de junio de
178
815 tuve
que defender las murallas de Barcelona en-frentándome a las aguerridas tropas
de Abu Marwan, con el resultado que ya conocéis.
El 1 de
marzo fue el miércoles de ceniza del año 862, y desde el domingo, 26 de
febrero, se venía celebrando la fiesta de carnaval, a la que todavía por
entonces se le llamaba carnelevare11. Todavía por aquellos años el carnaval no
había adquirido las dimensiones que tiene en la actualidad, pero la gente sabía
divertirse igual o más que ahora. Ya, doscientos cincuenta años antes, San
Isidoro de Sevilla se quejaba de que, en los tres días anteriores a la
Cuaresma, los fieles celebraban fiestas disfrazados por las calles, incluso
vistiéndose con las ropas del sexo que no son, comiendo y bebiendo sin parar,
entregados durante estos tres días a una exal-tación colectiva y a toda clase
de excesos prohibidos el resto del año. Para los jóvenes era una ocasión para
di-vertirse a costa de los animales del pueblo, manteando perros, gatos y
gallos, o atándoles a la cola botes, latas, cencerros, cuernos y vejigas
hinchadas para luego per-seguirlos por las calles. Otro divertimento juvenil
del domingo de Carnaval, que era el primer día de la fiesta, consistía en
elegir a uno de los jóvenes como «el rey de los gallos», debiendo este presidir
una especie de torneo en el que los otros niños, armados de una vieja espada,
intentaban cortar la cabeza de un gallo
11 Nombre que procedía de la expresión latina
«carnem levare», que sig-nifica «quitar la carne», por la prohibición de comer
carne durante los cua-renta días de la Cuaresma.
179
colgado
por las patas de una cuerda que se bamboleaba de un lado al otro. Otros
enterraban el gallo, dejándole la cabeza fuera de la tierra y teniendo que
cortarla con los ojos vendados; y aquel que lo conseguía adornaba su gorro con
la cabeza decapitada del animal. Otro juego consistía en levantar un tablado y
poner sobre él un cántaro con un gallo vivo en su interior. Luego, de entre la
gente del pueblo, elegían a un rey y a una reina, con su corte de príncipes,
duques, condes y otros súb-ditos. El rey tenía el privilegio de ser el primero
en arro-jar una naranja contra el cántaro. Después lo hacían los que componían
su séquito, intentando romperlo para hacerse con el gallo como premio.
Tanto el
poder civil como el religioso se mostraron en contra del uso de disfraces y
sobre todo de caretas, aunque fueran permisivos a regañadientes en estas
fe-chas. El poder civil intentando que no se produjesen desmanes aprovechándose
del anonimato que propor-cionaba la máscara; y la Iglesia porque consideraba
que mostrar al ser humano como algo burlón, lascivo y falso, era una burla que
se le hacía a Dios, que había hecho al hombre a su imagen y semejanza. El
carnaval se celebraba en toda Europa, aunque de muy diversas maneras, pero
todos ellos tenían dos factores en común: el consumo desmedido de carne y la
práctica desenfre-nada del sexo durante esos tres días.
El
martes, 28 de febrero y último día del carnaval, pese a la desidia que me ya
empezaban a darme mis muchos años y más por ver divertirse a los demás que
180
por
divertirme yo, me dieron ganas de acudir a la Piazza del Popolo que, por ser la
más grande y la puerta de entrada a la ciudad para los viajeros que llegan del
norte por la Vía Flaminia, era también la más concu-rrida. Así que mandé un
criado a que me comprara la careta más diablesca y grotesca que encontrara en
al-guno de los muchos puestos ambulantes que las ven-dían en la calle, me la
calé, me miré en el espejo para comprobar que daba una imagen suficientemente
fea y salí a la vía pública cuando ya se ponía el sol.
Mi casa
se encontraba a menos de quinientos pasos de la plaza y no tuve que andar
demasiado para llegar a la plaza. Cuando llegué la encontré a rebosar de
gen-tes y, pese a que aún había luz crepuscular, ya se en-contraban encendidas
el centenar de antorchas que du-rante toda la noche iluminarían el jolgorio. El
olor dul-zón de los puestos que garrapiñaban almendras en grandes calderos de
cobre se mezclaba con el de las co-lumnas de humo que se elevaban en el aire de
los pues-tos que asaban castañas, impregnado el ambiente de un aroma cálido,
reconfortante y evocador del hogar, que contrastaba con el ambiente festivo,
alegre y desenfa-dado de aquella multitud disfrazados de fantoches; hombres
vestidos de mujeres, con sus caras pintarrajea-das imitando el maquillaje
femenino; mujeres que desafiaban la rígida moral medieval, enseñando partes de
sus cuerpos que la Iglesia les prohibía enseñar du-rante el resto del año, o
con cintas entrelazadas en el pelo y vestidas con estolas, con el bajo recogido
por un
181
lado y
luciendo desnudo uno de sus muslos, emulando a las antiguas matronas de los
tiempos del imperio; y niños disfrazados de animales fantásticos que
corretea-ban persiguiéndose por entre el bullicio. Una multitud enfebrecida que
reía, vociferaba y bailaba al son de las charangas callejeras que animaban el
festejo.
Hacía
buen tiempo, y hasta algo de calor para ser pri-meros de marzo. Si bien el
traje biónico me proporcio-naba una temperatura ideal, tenía sed —esta era la
única necesidad que se hacía sentir en mi cuerpo—, me acerqué a uno de los
puestos ambulantes y, en vez de pedir un vaso de agua fresca, tomé una limonada
en-friada con hielo traído de la cumbre del monte Livata que había sido
conservado envuelto en paja y guardado en profundos pozos de hielo; de esta
manera los roma-nos no se privaban de tomar bebidas frías durante todo el
verano.
Y fue
allí, en aquel puesto ambulante donde conocí a Livia. Tendría unos veinticinco
años y era esbelta, casi como yo de alta. Una abundante y negra cabellera,
recogida en la nuca, como se ve en las estatuas de Diana cazadora, y salpicada
de florecillas blancas entremez-cladas con cintas de varios colores, destacaba
en su ca-beza de diosa; un antifaz rojo que dejaba ver unos pre-ciosos ojos de
un intenso verde esmeralda; una nariz recta, ni grande ni pequeña, unos labios
sonrosados y carnosos, y una estola blanca que, algo levantada a pro-pósito por
su lado izquierdo, mostraba un hermoso y soberbio muslo que parecía haber sido
esculpido en el
182
más puro
y níveo mármol de Carrara por el mismísimo Miguel Ángel Buonarroti, completaba
su escultural cuerpo venusino.
—Que los
dioses sean contigo, diabólico hijo del averno —me dijo la entonces desconocida
Livia, tu-teándome como acostumbran hacer las prostitutas, al tiempo que me
dedicaba una encantadora sonrisa y fi-jaba su verde mirada en mi máscara—,
llevas la más-cara más fea y más grotesca que he visto en toda mi vida.
—Gracias
por el halago. Tú, sin embargo, tienes el rostro y el cuerpo más hermoso que yo
he visto en la mía —le respondí, sonriendo detrás de mi careta y algo
sorprendido.
—Oh, ¡que
galante! —me respondió, visiblemente afectada por mis palabras, quizás por no
estar acostum-brada a recibir requiebros—. El aspecto de tu cuerpo es el de un
joven, sin embargo, la galantería de tus pala-bras me ha sonado a que son las
de un hombre maduro. ¿Quién eres en realidad?
—Soy
Orlando y esa misma pregunta me hago yo sobre ti y tu belleza. Dicen que los
ángeles no tienen sexo, pero mirándote estoy seguro de que sí lo tienen, ¿de
qué cielo has bajado?
—Gracias,
hombre —me respondió riendo—, tu ga-lantería aumenta por momentos, pero estoy
muy lejos de ser un ángel.
—¿Qué
eres, entonces?
—En
cualquier caso, debo ser el ángel donde los
183
hombres
buscan el placer del amor carnal y desahogan sus penas. Me llamo Livia.
—Ya
entiendo, eres una prostituta.
—¿No te
gustaría hacer el amor conmigo? No soy demasiado cara.
—Dime una
cosa, ¿te dedicas a esto por gusto?
—¿Por
gusto? ¿Crees que puede haber en el mundo alguna mujer que le guste recibir los
insultos de un bo-rracho que en mitad de la madrugada te culpa a ti, en lugar
de al vino que ha bebido, de no conseguir tener una erección, o los de un hijo
de Satanás que después de haber recibido un buen servicio se niega a pagarte
diciendo que no lo has dejado suficientemente satisfe-cho y encima te golpea, o
las bofetadas de un proxeneta porque no has recaudado bastante dinero aquella
no-che?
—Si no lo
haces por gusto, ¿cuál es entonces tu ne-cesidad?
—Querrás
decir cuáles son mis necesidades. Son dos hijos pequeños y una madre anciana
metida en la cama que necesita de los cuidados del médico y de las medi-cinas
del físico.
—¿Es que
no hay ningún hombre en tu familia que os proteja?
—Mi madre
también tuvo este mismo oficio, por lo que yo nunca llegué a conocer a mi
padre, y mis hijos, al igual que yo, tampoco conocen al suyo. Mis niños crecen
alejados de mí y sin recibir educación alguna, teniéndolos que dejar cada día
al cuidado de una de mis
184
vecinas.
Dime, ¿querrás ayudarme acostándote con-migo?
Su tono
de voz sincero y aquella pregunta me sona-ron a una petición de socorro, por lo
que decidí ayu-darla.
—Ven,
Livia, acompáñame, salgamos de la plaza — le dije, tomándola de un brazo.
—¿A dónde
me llevas?
—A mi
casa. No tengas cuidado, no te haré ningún daño.
—Sí, lo
sé. El tono de tu voz es el de una buena per-sona; si algo bueno aprendemos en
este oficio es a co-nocer a los hombres.
Después
de recorrer el corto camino hasta mi casa cogidos del brazo y charlando del
tiempo y de otras co-sas triviales, cuando llegamos frente a la fachada Livia
se paró en seco.
—Esta es
la casa de Orlando, el que fue primer co-mandante del difunto duque Guido —dijo
en tono de asombro, abriendo mucho los ojos y la boca, señalando la casa y
mirando a los ojos. ¿Acaso sois vos el primer comandante Orlando?
—Sí, así
es, soy aquel primer comandante del duque Guido —le respondí, al tiempo que me
apartaba la más-cara de la cara y le quitaba a ella el antifaz.
Hubo un
largo, aunque elocuente silencio; yo admi-rando embelesado la belleza de su
rostro y apreciando la nobleza de su mirada, mientras que ella me miraba con el
ceño algo fruncido, tal vez pensando a qué podía
185
deberse
que un encumbrado personaje como yo se re-bajaba a llevar a su casa una a
ramera callejera, pu-diendo costearme las prostitutas más hermosas, más ca-ras
y de mayor lujo de Roma.
Debí
acertar con los pensamientos de ella pues noté una cierta resistencia a
traspasar el portal de entrada.
—Pasa y
no tengas miedo, Livia, que todo tiene una explicación. Y sigue tuteándome, me
gusta más.
—Está
bien, Orlando, voy a confiar plenamente en
ti.
Cuando al
fin entró en casa, todo cuanto veía la ad-miraba, pareciendo tener una alta
sensibilidad al arte. Los muebles, los tapices que colgaban de las paredes, las
cortinas, las alfombras y todo aquello que tuviera alguna carga artística le
arrancaban exclamaciones de admiración.
—Orlando,
esta casa es digna de un rey, todo en ella es muy hermoso —me dijo,
visiblemente emocio-nada—. Yo, que vivo en una lúgubre habitación de una
ínsula12 rodeada de cuatro muebles desvencijados y que sufro de frío y goteras
en invierno porque se filtra por todos lados el aire y el agua de la lluvia,
viendo tanta belleza no sé si reír o llorar. Ojalá que Dios quiera algún día
apiadarse de mí y ayudarme, aunque solo sea un poco, lo justo para sacar a mis
hijos adelante.
—No
cuentes con Dios para eso. Nunca he visto que ayude a un pobre para sacarlo de
su miseria, sino todo
12 Así llamaban los antiguos romanos a un bloque
de viviendas colecti-vas, equivalente a lo que sería un corral de vecinos en la
actualidad.
186
lo
contrario; la pobreza tiende a reproducirse y es con-tagiosa. No tienes más que
mirar a tu alrededor para ver que Dios solo se ocupa de ayudar a que los ricos
au-menten sus riquezas a costa de que los pobres sean aún más pobres; cada
nuevo rico produce cien nuevos indi-gentes.
—Sí, es
cierto cuanto dices. Y también Dios ayuda a las cortesanas de lujo, que viven
en mansiones y cono-cen todos los secretos de sus clientes políticos y
rica-chones, haciéndolas cada vez más adineradas. No sé si conocerás a una tal
Mesalina, aunque ese no es su ver-dadero nombre, creo lo ha adoptado de otra
que se llamó así hace siglos, pues resulta que tiene una villa grandísima, con
algunos esclavos y más de diez cria-dos, y es tan adinerada que, según dicen,
hasta llega a prestarle dinero a sus clientes ricos.
—No la
conozco, pero creo lo que dices. Como tú bien sabrás por experiencia, muchos de
los hombres a los que les van mal sus negocios o que no son felices en su
matrimonio, buscan en vosotras un poco de con-suelo y un hombro sobre el que
llorar sus desdichas. Esas cortesanas a las que te refieres oyen en la cama de
boca de sus clientes cosas tan importantes que algunas de ellas son secretos de
Estado; esa es la razón por la que sus clientes les pagan lo que les pidan.
—Sí, lo
sé, pero a esas ya no se les puede llamar prostitutas, la mayoría de ellas son
políticos encerrados en cuerpos de mujeres. Pero, cambiando de tema, dime una
cosa, Orlando, he oído una cierta historia sobre ti
187
referente
a algo que tomaste que te devolvió la vida e impide que envejezcas. ¿Es cierta?
—Sí, es
cierta, mi aspecto físico es el mismo que te-nía cuando ocurrió aquel percance.
Aparento tener treinta años, pero tengo muchos más. Y también tenía aquel
bebedizo la virtud de alargarme la vida muchos años —le dije, sin querer
desvelarle mi edad real por no saber cómo reaccionaría.
Poco
después pasamos al comedor; dos criados nos sirvieron la cena y charlamos
mientras Livia comía con verdadera hambre atrasada. Yo me excusé diciendo que
no tenía hambre y solo probé unas uvas, unos dátiles y un poco de vino. Y, como
viera que yo no daba ningún paso para pedirle sexo, fue ella la que me
inquirió.
—¿Quieres
que pase toda la noche en la cama con-tigo?
—Sí, es
lo que quiero.
—Supongo
que será porque eres rico, pero veo que no me has preguntado cuál es mi precio
de estar toda la noche con un cliente. Espero que no te parezca caro.
—No debes
preocuparte por eso, te recompensaré generosamente.
Supongo
que el lector se estará preguntando con qué intención quería yo que pasase la
noche acostada con-migo si mi sexualidad había desaparecido tras mi
resu-citación. La razón era que llevaba más de ochenta años durmiendo solo y
había olvidado hasta el olor de una mujer en la intimidad. Mi intención no era
otra más que la de, además de su olor, sentir el calor de su cuerpo y
188
la
suavidad de su piel en contacto con la mía.
Cuando
llegamos al dormitorio, pensé inventarme una desafortunada historia para
justificar mi privación de sexualidad, pero no podía recurrir a decirle que fue
debido a una herida de guerra porque iba a verme des-nudo dentro de un momento
y comprobaría que mis ge-nitales estaban íntegros y que no tenía ninguna
cicatriz. Así que, como quiera que ella estaba al tanto de la his-toria de la
pócima, simplifiqué mi explicación.
—Debo
decirte que, pese a tu gran hermosura, no puedo tener sexo contigo. Aquel
bebedizo que me salvó la vida también destruyó mi libido. Desde aquel día no he
podido hacer el amor con ninguna mujer.
—Perdona,
pero no te entiendo. Dime, entonces, ¿para qué quieres que pase contigo toda la
noche en la cama?
—Para
acariciar tu cuerpo, para sentirlo en contacto con el mío, para recibir tu
calor, para respirar tu aliento, para velar tu sueño y para besarte de cuando
en cuando mientras duermes. ¿Te parece bien?
—Es la
primera vez que me ocurre una cosa así y no sé qué contestarte. Las palabras
que me has dicho me han parecido más propias de un esposo enamorado que del
cliente de una prostituta.
—Entonces
solo tienes que acostarte conmigo y comportarte como si fueras una esposa
enamorada que le da consuelo a un esposo impotente. Si en algún mo-mento deseas
besarme, bésame, y si te apetece hacerme una caricia, házmela, pero, si no te
apetece nada de eso,
189
no te
sientas obligada y duerme como si estuvieras en tu propia cama.
Creo que
Livia se sentía tan impresionada por el de-licado trato que recibía de mí y por
mi anormal com-portamiento, tan raro y extraordinario para quien está
acostumbrada a los malos tratos, que cuando nos des-damos uno frente al otro ni
siquiera se percató de cuando me quité el traje biónico, que tan extraño debía
haberle resultado para ella.
Después
de haberme llenado la boca de besos, mez-clando nuestras lenguas y nuestras
salivas, y de ha-berme cubierto el cuerpo de caricias, abrazada a mí, con sus
desnudas piernas entrelazadas con las mías, Li-via tuvo aquella noche un dulce
sueño, tal vez el más dulce y sosegado de los que hubiera tenido en muchos
años. A lo largo de toda la madrugada la vi sonreír va-rias veces, al tiempo
que cada vez que sonreía me re-galaba algunos tiernos besos, que supuse serían
más de agradecimiento por el trato que de amor, pero velando su sueño yo
disfruté como jamás en mi vida lo había hecho.
—Buenos
días, mi amor —me dijo al despertar a la mañana siguiente, rodeándome el cuello
con sus brazos y dándome un intenso y prolongado beso en la boca.
El
intenso beso y aquel amable saludo, bastante im-propio en una furcia, me hizo
la ilusión de que eran sin-ceros y me llenó de orgullo.
—Buenos
días, Livia, querida —le respondí, y una amplísima sonrisa se dibujó en su
rostro al tiempo que
190
se
desperezaba.
Tras el
desayuno, cuando ya se despedía para irse, le tomé una mano y le deposité en
ella una bolsa con cien monedas de oro.
—Con esto
no te estoy pagando ningún servicio — le dije—, tan solo es la contribución que
te hace un amigo para que soluciones tu problema económico.
Y cuando,
al notar el excesivo peso de la bolsa, la abrió, no daba crédito a sus ojos.
Miró alternativamente a la bolsa y a mí varias veces, sin poder articular
pala-bra alguna, hasta que al fin pareció recuperar el ánimo.
—¿Qué es
esto Orlando? Aquí hay oro para hacer rico a cualquier persona por muy exigente
que sea.
—Es para
ti. Eres una buena persona y no mereces la vida de carencias y de sinsabores
que llevas.
—No puedo
aceptar esto sin yo haberte dado nada a cambio, Orlando. Tal vez te parezca que
soy soberbia, arrogante, altanera o lo que quieras pensar de mí, pero soy dueña
de mi pobreza y quisiera erradicarla de mi vida habiéndome costado algún
esfuerzo y tenido algún mérito.
—Considéralo
un préstamo. Con este dinero podrás comprarte una casa, amueblarla, y te
sobrará para pagar todos los médicos y las medicinas que necesite tu ma-dre y
para darle una buena educación a tus hijos. Por cierto, tengo abierta una
academia en la que les doy cla-ses gratuitas a los plebeyos, a la que pueden
asistir tus hijos cada día a aprender de mis lecciones.
—Y
también me servirá para ayudar a algunos de
191
mis
vecinos que lo necesitan igual o más que yo. Or-lando, si todos los ricos
fueran como tú, no necesitaría-mos morirnos para ir al cielo, lo tendríamos
aquí mismo, y el mundo sería un remanso de paz.
—No
exageres, Livia, no exageres, todos tenemos nuestros más y nuestros menos. No
olvides que durante bastantes años he sido un guerrero, que he matado a muchos
hombres, y que he enviado a la muerte a mu-chos otros. Cuando Dios creó al
hombre, le metió en la sangre el veneno de la envidia, el egoísmo y la
violen-cia; hasta que nos libremos de esa lacra seguirán exis-tiendo el odio,
la avaricia y las guerras. Si miras bien cuáles son las razones que originan
una guerra, te darás cuenta que todas ellas son un robo a mano armada
dis-frazado de una falsa justicia patriótica.
—Pues,
¿sabes lo que te digo?, que los curas dirán de Dios que es infinitamente sabio,
bueno y poderoso, pero si es cierto que nos creó a su imagen y semejanza,
además de tener una cabeza, dos brazos y dos piernas como todos nosotros, no
debe ser tan bueno cuando permite que existan las guerras y deja morir de
hambre y de miseria a sus hijos más pobres sin el menor escrú-pulo ni
remordimiento.
Livia
salió de mi casa llorando de felicidad y no tardó mucho tiempo en intentar
devolverme el favor en la medida de sus fuerzas y haciendo lo que mejor sabía
hacer, utilizar sus armas de mujer.
Con el
oro que le di, Livia se compró un edificio, bastante cercano a mi casa, que era
lo suficientemente
192
grande
para que tuviera fachada a dos calles paralelas entre sí, y lo dividió en dos
casas con dos accesos inde-pendientes. Y, como quiera que era inteligente y
lle-vaba el buen gusto en la sangre, convirtió la parte más noble del edificio
en un refinado burdel de lujo, lo amuebló con encanto, amadrinó a una docena de
las jo-vencitas más bellas y más hermosas de Roma.
Dos años
más tarde se había hecho con una selecta clientela, contando entre sus clientes
más habituales con prácticamente todas las fuerzas vivas de la ciudad, a los
que, vestida con los más lujosos ropajes y abste-niéndose de coitar con
ninguno, les dedicaba las aten-ciones de una amable y experta anfitriona,
regalándoles aperitivos, bebidas y golosinas, habiendo conseguido hacer entre
ellos numerosos amigos y, de paso, también algún que otro enamorado, entre los
que se encontraba Liborio, el que fuera mi sustituto como primer coman-dante a
la muerte del duque Guido de Spoleto.
Lamberto
de Spoleto no se parecía ni física ni espi-ritualmente a su padre y, siendo su
madre, Itta, una hija bastarda del príncipe lombardo Sico de Benevento que
tenía fama de darse con facilidad a los hombres, eran muchos los que
sospechaban que no era hijo de Guido. Ya os he dicho antes que Lamberto no solo
que no me tenía ninguna estima, sino que se mostraba abierta-mente hostil hacia
mí, con una aversión tan desmedida que más bien parecía que fuera una obsesión,
lanzán-dome continuos sarcasmos e ironías cada vez que yo acudía a la corte y
haciendo reír a los cortesanos a mi
193
costa.
Llevaba
ya Lamberto cuatro años ocupando el trono ducal de Spoleto cuando el 17 de
septiembre de 864, como cada uno de los años anteriores, recibí la invita-ción
para acudir al almuerzo que cada año ofrecía para celebrar el aniversario de su
acceso al ducado de Spo-leto, invitación que rechacé por estar harto de
soportale tanta humillación con las puyas que me dedicaba, argu-mentando que me
encontraba indispuesto, pero Lam-berto, sabiendo que la verdadera razón era que
le des-preciaba la invitación, lo tomó como un insulto y me acusó de
insubordinación, diciendo que sus invitacio-nes eran órdenes. Tres días más
tarde los jueces me ci-taron y me sometieron a juicio, pero como quiera que yo
seguía insistiendo en que rechacé la invitación por encontrarme indispuesto,
los magistrados decretaron que una semana más tarde debía someterme a una
or-dalía para que, con el resultado, Dios decretara si decía la verdad.
Liborio, hombre robusto, muy fuerte y expe-rimentado con las armas, fue el
designado por Lam-berto para que ocupara su lugar y se enfrentara con-migo y,
aunque el combate no sería a muerte, yo estaba totalmente seguro de que
Lamberto le habría ordenado que me matase o que me dejase lisiado, para luego
ex-cusarse diciendo que había sido un accidente involun-tario. Esta ordalía me
obligaría a tener que separarme de mi traje biónico para evitar que al primer
golpe que me descargara, salieran volando por los aires tanto él como su arma,
despedidos por el campo de fuerza del
194
traje, y
a tener que exhibir públicamente mi fuerza so-brenatural de filsolis; y en el
improbable caso de que lograra herirme, todos verían como la herida se cerraba
de inmediato sin haber sangrado.
Habiendo
yo tomado la costumbre de visitar a Livia con bastante frecuencia, la visité
dos días antes de la ordalía y naturalmente salió a relucir el combate que
tendría que llevar a cabo frente a Liborio.
—Pues sí
que me preocupa mucho —me decía Livia refiriéndose a los riesgos de salir
herido en el com-bate—. Por si no lo sabes, te diré que Liborio está tan
enamorado de mí que está dispuesto, con la ayuda de Lamberto, a pedirle al papa
que anule su actual matri-monio para poder casarse conmigo. No es que yo esté
enamorada de él, pero es una buena persona y lo apre-cio mucho. Y a ti…, que
voy a decirte, a ti te adoro.
Que
Liborio estaba dispuesto a anular su matrimonio y casarse con Livia no lo
sabía, pero sí me constaba que se llevaba muy mal con su esposa desde hacía
años y que frecuentaba las casas de las cortesanas más caras de Roma. También
sabía que no se habían conocido con anterioridad, sino hasta que Livia abrió el
burdel, que se había enamorado perdidamente de ella y que se moría de ganas de
hacer el amor con ella. Sin embargo, el mismo día que puso en marcha el
prostíbulo, Livia renunció a ejercer la prostitución y se negó a acostarse con
ninguno de sus nuevos y ricos clientes, decisión que yo le aplaudí al verse al
fin liberada de tan ingrato oficio.
195
—Gracias
por tu preocupación, querida mía, pero yo también yo soy hombre de armas y
sabré defenderme.
—Ya lo
sé, mi amor, pero Liborio es un luchador profesional y sabe mucho de armas y de
trucos y ardi-des en los combates; es un campeón que gana muchos triunfos en
los torneos y es muy robusto, te sube a ti casi un palmo y es puro músculo.
¿Quieres que hable con él y lo convenza de que no se enfrente a ti? Le pe-diré
que se haga el enfermo el día del combate y que no se presente a la ordalía,
así los jueces tomarán su enfer-medad como que la voluntad de Dios es que no se
lleve a cabo la pelea, por lo que te declararían inocente. Na-die lo sabrá. Le
pediré a Liborio que me jure por Dios que no se lo dirá a nadie.
—No,
Livia, es suficiente con que lo sepa yo. Lo que me propones es bastante
deshonroso para mí —le res-pondí—. No debes preocuparte, habrá combate y ya
ve-rás como todo saldrá bien. No llegará la sangre al río.
Agradecí
aquel rasgo de preocupación de Livia, que yo interpreté como una demostración
más de su agra-decimiento y de su amor por mí.
196
11
La
ordalía habría de celebrarse en el patio de armas del palacio ducal, con la
asistencia de Lamberto y en presencia del juez que presidía el juicio, asistido
por otros dos jueces auxiliares, y una docena de nobles cor-tesanos que habían
sido requeridos para que actuaran como testigos y, tras el combate,
certificaran junto con los jueces la limpieza del mismo.
El día
señalado yo acudí sin vestir bajo mis ropajes el traje biónico, pues ambos
contendientes teníamos que desvestirnos delante de los jueces, mostrarles que
no llevábamos ninguna prenda o malla protectora bajo las ropas, volvernos a
vestir y, con la ayuda de dos es-cuderos, colocarnos nuestras cotas de malla
sobre ellas, armarnos y salir juntos al patio de armas; la costumbre de salir
juntos los contendientes estaba tomada de los antiguos gladiadores, cuando los
adversarios que iban a luchar a muerte salían hombro con hombro a la arena del
circo.
Además
del escudo y la cota de malla para cubrirnos el cuerpo y la cabeza, nos dieron
a elegir a cada uno dos armas de entre aquellas que eran las más clásicas entre
los francos, es decir, lanza, puñal, espada, hacha y mazo. Liborio eligió la
espada y el mazo; yo elegí la espada y el puñal.
Ya en la
sala donde los jueces revisaron nuestra in-dumentaria y comprobaron que
nuestras armas estaban en perfectas condiciones de uso, pude observar, en la
197
forma en
que me miraba Liborio, que aquello que me había temido era real. La mirada de
Liborio era tan elo-cuente y transparente que casi se le podía leer el
pensa-miento a través de ella; supe a ciencia cierta que Lam-berto le había
dado orden de matarme o, tal vez, en el mejor de los casos, lisiarme de por
vida. La cota de ma-lla nos protegía la cabeza, el torso y los muslos hasta las
rodillas, pero, a fin de poder manejar la espada y el puñal o el mazo con más
soltura, habíamos renunciado a ponernos los guardabrazos y las grebas, que nos
pro-tegerían los brazos y las piernas de rodillas para abajo. Y dado que el
combate no era a muerte, sino a primera sangre, era muy posible que Liborio,
siguiendo instruc-ciones de Lamberto, intentara lesionarme gravemente un brazo
o una pierna con el fin de dejarme manco o cojo para siempre.
A una
señal del duque Lamberto, quien con la corona real descansando sobre sus sienes
y sentado en un do-rado trono con dosel, que había sido elevado y situado sobre
tres tarimas superpuestas formando un graderío, imitaba la actitud hierática de
una estatua faraónica, los asistentes a la ordalía, que hasta entonces habían
per-manecido de pie, se sentaron. Los tres jueces ocuparon sus lúgubres
sillones de ébano con grandes respaldos situados al pie de las gradas del
trono; los tres escriba-nos que los acompañaban pertrechados de sus
respecti-vas escribanías se acomodaron como pudieron en otros tantos estrechos
e incómodos escabeles; la docena de testigos ocuparon sus también oscuras
sillas de ébano,
198
mientras
que Liborio y yo cruzábamos la puerta del ga-binete en el que nos habíamos
vestido y armado, avan-zábamos juntos hasta situarnos en el centro del patio y
quedábamos a la espera de que el duque nos diera la orden de comenzar el
combate.
Dada la
señal de comienzo por Lamberto, con un dis-plicente movimiento de su brazo,
Liborio adoptó una postura que recordaba a la de un felino en posición de
ataque y yo adopté una pose puramente defensiva. Co-menzó a rodearme paso a
paso, con lentitud, como es-perando una oportunidad para lanzarme su mazo y
romperme el escudo, como solían hacer los caballeros francos en los torneos y
en las batallas. Y así fue como lo hizo. Cuando lo creyó oportuno me lanzó su
martillo con tal ímpetu que, al pararlo con mi escudo, este se rompió en cuatro
trozos, quedándome asido al brazo un trozo tan escaso que solo me cubría una
pequeña parte del pecho. Me desprendí de ese resto del escudo arro-jándolo
lejos de mí y con la mano ya libre extraje la daga del tahalí. Ahora yo
lucharía con la espada en la mano derecha y el puñal en la izquierda, ambas
armas ofensivas, mientras que Liborio lo haría defendiéndose con el escudo y
atacando con la espada.
Fue él
quien tomó la iniciativa y, haciendo alarde de gran agilidad pese a su
robustez, me atacó a la veloci-dad del rayo enarbolando la espada, pero yo,
haciendo uso de mi facultad de tele-portarme, me moví instantá-neamente,
desapareciendo del lugar donde me encon-traba y apareciendo al instante dos
pasos a mi derecha,
199
siendo
percibido por los jueces y los testigos como un movimiento evasivo realizado
con tal rapidez que sus ojos habían sido incapaces de ver el desplazamiento, lo
que arrancó de sus gargantas un colectivo ¡Ooooh! de asombro y admiración.
Liborio pareció quedar descon-certado cuando me vio desaparecer al descargar el
golpe y el filo de su espada encontró el vacío. Habién-dose quedado estático
por la sorpresa durante un ins-tante, al darse cuenta de que su flanco
izquierdo estaba expuesto a un golpe de mi espada, se volvió con rapidez y me
presentó su escudo para protegerse. Y fue enton-ces cuando, haciendo gala de mi
fuerza filsolis y sin ánimo de lastimarlo, le descargué sobre el escudo tal
golpe de plano con la hoja de mi espada que, tanto la madera y el cuero del
escudo como el acero de mi es-pada se rompieron en mil pedazos y Liborio, con
el sen-tido perdido por la tremenda violencia del golpe, voló por el aire yendo
a parar rodando por los suelos a una distancia de diez pasos. Un grupo de
escuderos que también presenciaban la pelea se encargaron de levan-tarlo y
cargar con él hasta el interior del palacio para que lo atendiera el médico.
Cuando miré a los jueces y a los testigos pude ver sus caras el asombro y la
incre-dulidad ante lo que habían presenciado; en cambio, Lamberto tenía los
labios apretados, los ojos enrojeci-dos y el rostro lívido por la rabia.
La
noticia de lo ocurrido se extendió por toda Roma como reguero de pólvora, pues
tanto los jueces, los no-bles que hacían de testigos, los escuderos y muchos
200
criados
que habían estado observando la pugna ocultos tras las ventanas del palacio que
asomaban a la plaza de armas, se ocuparon de contárselo a todo el mundo con
admiración e incluso exagerando aún más lo suce-dido, pues una de las versiones
decía que yo había ven-cido a Liborio haciéndolo volar por los aires de un
so-plido, es decir, con tan solo la fuerza de mis pulmones, lo que me hizo
ganar una nueva fama de invencible, que venía a sumarse a las que ya tenía de
disfrutar de una larga vida y de una permanente juventud hasta el día de mi
muerte.
Tras
aquel suceso, Lamberto, durante los días que continuó en Roma se abstuvo de
hacer bromas a mi costa, no solo por la impresión que había recibido el día de
la ordalía, sino porque, habiendo sido vencido Libo-rio, que era reconocido por
todos como uno de los me-jores guerreros de Roma, sabía que toda la corte había
quedado tan conmovida por mi hazaña que me habían elevado al pedestal de un
héroe, por lo que ya no le reirían sus gracias ni los escarnios que dirigiera a
mi persona. Pasados unos días y ya repuesto del golpe, Li-borio vino a
visitarme.
—Me
inclino ante ti, Orlando. Nunca hubiera sospe-chado que eras poseedor de una
fuerza tan extraordina-ria. Dios te ha dotado de una capacidad física que yo la
calificaría de hercúlea y sobrehumana.
—Sí,
aunque mi aspecto físico no lo aparenta, siem-pre he tenido muy fuertes los
brazos.
—Además,
también quiero agradecerte que aquel
201
golpe de
espada sobre mi escudo lo dieras de plano, si lo hubieras dado de filo nos
habrías partido en dos al escudo y a mí.
—Lo di de
plano porque sabía que no eras mi enemigo, que no tenías nada personal contra
mí y que me enfrentabas obligado por una orden de Lamberto. No quería hacerte
daño; si hubieras llegado a sangrar por mi culpa nunca me lo hubiera perdonado.
—No solo
que no tenía nada personal contra ti, sino que desde siempre has gozado de mi
respeto y admira-ción. Aunque hemos hablado pocas veces, siempre te he tenido
por una gran persona.
—Gracias,
Liborio. Y dime, ¿es cierto que Lamberto te dio orden de lesionarme gravemente?
—Sí, así
fue. No te quiere y no te ve con buenos ojos. Me había dado la orden de
provocarte algún dalo per-manente y te pido perdón por haber intentado herirte,
pero le debo obediencia y lealtad y no tenía otra opción más que obedecer su
orden.
A partir
de aquel día, aun desafiando la prohibición de Lamberto, Liborio buscó mi
amistad, que fue cre-ciendo con el tiempo al demostrarme que era poseedor de
virtudes tan escasas como la inteligencia, la lealtad, la generosidad y la
nobleza de sentimientos.
Había
vivido en estado de filsolis durante veinte años en Burdeos, dieciséis en
Vannes y treinta en Barcelona, y aunque había concebido la idea de vivir en
Roma más tiempo del que había vivido en estas ciudades, después
202
de dos
décadas transitando por las calles romanas, co-mencé a dudar si debía mudarme
de ciudad, pues hacía tan solo unos días que, por segunda vez, me había
tro-pezado accidentalmente con dos barceloneses distintos que me conocían desde
hacía cuarenta años y, al reco-nocerme y observar que mi fisonomía se mantenía
tan fresca y lozana como el primer día que me conocieron, fue tal su
desconcierto que tuve que decirles que Or-lando había muerto y que yo era su
hijo. Sabía bien que esos encuentros habían sido dos raras casualidades que se
debían a que, siendo Roma la ciudad eterna y uni-versal, todo el orbe católico
quería visitarla al menos una vez en la vida, como hacen los musulmanes con La
Meca. También tenía en cuenta que la posibilidad de un nuevo encuentro fortuito
se reducía drásticamente a medida que pasaban los años, pues nadie que fuera de
Burdeos o de Vannes podría ya reconocerme porque todos aquellos que me
conocieron habrían muerto de viejos, y también sabía que en poco tiempo
ocurriría lo mismo con los que me conocieron en Barcelona. Tam-bién tenía en
cuenta que muchos en Roma se habían tragado la historia de mi longevidad y de
mi aspecto siempre joven en virtud de aquella pócima que dije que me hicieron
tomar en Bengala, y pese a que todos estos razonamientos debían haber
tranquilizado mis temores de ser descubierto como un inmortal filsolis, comencé
a pensar, como he dicho antes, en que, si no me mudaba de ciudad, tal vez fuera
conveniente que me fuera a vi-vir a otro barrio que estuviera bastante alejado
de mi
203
domicilio
actual. Finalmente, deseché estos pensa-mientos, pues llegué a la conclusión de
que si no me había mudado hasta ahora era porque no quería ale-jarme de Livia,
a la que amaba más cada día y a la que visitaba con más frecuencia que nunca.
Que la
Roma de finales del siglo IX, con sus poco más de cien mil habitantes, era tan
pueblerina como cualquier villorrio de provincias, lo demostraba el he-cho de
que, aunque en las que le hacía casi a diario a Livia me cuidaba de no entrar
nunca por el portal del burdel, sino que lo hacía por el que daba acceso
directo a su vivienda, que como dije más adelante estaba si-tuado en la fachada
opuesta de la manzana y en una calle diferente que no tenía la mala fama de via
forni-cationis que tenía la otra, aquellos encuentros dieron lugar a
habladurías y a que muchos llegaran a pensar de mí que era un obseso del sexo,
bulo que por aquellos entonces no solo que no me importaba lo más mínimo, sino
que, siendo tal vez una reacción visceral a mi im-potencia sexual, debo
reconocer que halagaba mi ego. Hoy, después de llevar doce siglos soportando
una vida sin más objetivo que el de seguir enseñando en mi aca-demia a los
niños y jóvenes más desfavorecidos y el de asistir a las asambleas de los
uriatis en la Luna para aconsejar soluciones a problemas generalmente
cos-mológicos, veo el sexo como lo que real y simplemente creo que es: el
señuelo que nos pone la Naturaleza para perpetuar la especie, siendo igual de
tentador y agrada-ble como pueda serlo una buena comida o una deliciosa
204
bebida,
pero con la diferencia de que es un placer que dura mucho menos tiempo. El
deseo sexual obsesivo o el disfrute que pueda proporcionarnos durante el
apa-reamiento un sentimiento de posesión o de dominación hacia el otro ya no
son cosas que nos proporciona la Naturaleza, sino perversiones que alimentamos
con nuestros comportamientos.
Transcurrieron
tres años, durante los cuales la amis-tad entre Liborio y yo había crecido
hasta el punto de que nos veíamos casi a diario. Acudíamos juntos a pre-senciar
los torneos cuando no era él uno de los partici-pantes; juntos festejábamos
nuestras onomásticas y cumpleaños; juntos íbamos a la palestra y practicába-mos
las artes castrenses los martes y los sábados; y con gran frecuencia comíamos
en mi casa, haciendo largas sobremesas en las que charlábamos de mil cosas
distin-tas. Me sentía a gusto a su lado. Liborio era limpio de corazón, sincero
en el decir, enemigo de la falsedad y del fingimiento, amante de la justicia y
un inteligente conversador.
El último
domingo de octubre del año 867, como tantos otros días, Liborio vino a mi casa
a mediodía para quedarse a almorzar. Lo estaba esperando sentado junto a un
velador del jardín con un aperitivo, una jarra de hidromiel y dos vasos. Lo vi
llegar contento y más sonriente que nunca, hice que se sentara en la otra silla
y no tardó ni un minuto en darme la noticia de que al fin había conseguido que
el papa Nicolás anulase su
205
matrimonio,
cuando ya el pontífice se encontraba ago-nizante en su lecho de muerte y el
óbito vino a suceder dos semanas más tarde, el 13 de noviembre. Me contó que al
fin se había liberado de una esposa que le había sido impuesta por su familia,
de la que nunca estuvo enamorado y a la que nunca había amado; una esposa que,
en los diez años que llevaban casados, no le había dado hijos y a la que muy a
su pesar había acabado de-testando. Hasta llegar a ese punto, todos sus
argumen-tos me parecieron justos y normales; era lógico que un matrimonio
impuesto, sin amor y sin unos hijos que lo alegraran, pudiera terminar en
aborrecimiento mutuo, pero cuando a renglón seguido me dijo que le iba a pe-dir
a Livia que se casara con él, algo se revolvió en mis tripas que hizo que me
subiera la bilis a la boca. Mi inmenso amor por Livia había podido aceptarla
como prostituta al alcance de cualquier hombre que quisiera comprar sus favores
sexuales, pero le costaba aceptarla como la esposa de alguien que gozara del
privilegio de disfrutar de esos favores en exclusiva, aunque ese al-guien fuera
Liborio. Hacía ya tiempo que, en una de nuestras largas sobremesas, le confesé
que aquel bre-baje que me salvó la vida en Bengala, al tiempo que me
proporcionó longevidad y aspecto juvenil, también acabó con mi sexualidad, si
bien mi capacidad anímica de sentir y de dar amor se mantenía intacta. También
le había hablado muchas veces en nuestras conversacio-nes de mi gran amor por
Livia, y aun sabiendo que ese amor mío no era un simple deseo sexual, sino que
salía
206
de lo más
profundo de mi corazón, no dudó en decirme que iba a pedirle que se casara con
él: debió haber su-puesto que darme la noticia de tal intención tendría que
causarme un gran dolor. El sentimiento de amistad que hasta entonces había
tenido hacia él se resquebrajó y pude sentir en el interior de mi pecho cómo se
rompía en mil pedazos. Mientras Liborio seguía contándome su nuevo proyecto de
vida acompañado de Livia, pude ver cómo, en mi imaginación, su cara, que antes
era de persona buena y honrada, ahora la veía transfigurada en la de un
bellaco, astuto y taimado. Aquel que un mo-mento antes me inspiraba una inmensa
confianza como para poner mi vida en sus manos, ahora se había con-vertido en
un adversario que me quería robar el amor de la persona que yo más quería de
este mundo.
Aquel
mismo día fingí haberme indispuesto para no tener que comer con él y lo despedí
con frialdad, sin que diera muestras de haberse percatado de mi enfado. Y,
aunque hoy día, casi doce siglos más tarde, me in-clino a creer que, al igual
que yo nunca le propuse a Livia matrimonio pensando que mi carencia de libido
sería un obstáculo y que tal vez él también pensara que amor y sexualidad eran
la misma cosa y que al faltarme esta última habría quedado incapacitado para
amar, por aquellos días comencé a ver a Liborio como un ladrón que, sin el
menor escrúpulo, venía a apropiarse de mi tesoro, si bien era cierto que yo me
consolaba dicién-dome que Livia estaba muy enamorada de mí y no lo aceptaría
por esposo.
207
Durante
la tarde de aquel domingo y todo el lunes y el martes no dejé ni un solo
momento de pensar en Li-borio y Livia. Los imaginaba cohabitando juntos,
ha-ciéndose carantoñas, besándose y riéndose de mí mien-tras hacían el amor.
Estos malos pensamientos me ha-cían subir la sangre a la cabeza, la sangre o lo
que quiera que circulase ahora por mis venas, pues ya había tenido ocasión de
comprobar que no recibía daño al-guno y ni tan siquiera sangraba cuando me
apuñalaban.
El
miércoles, una de mis criadas me anunció la visita de Liborio y, lejos de
ordenarle que le dijera que no estaba disponible, lo recibí como siempre,
aunque in-capaz de darle una cordial bienvenida y dedicarle una sonrisa.
—Te veo
muy serio, mi querido amigo —me dijo al entrar en la sala—. ¿Tienes algún
problema que te preocupa?
Aquella
pregunta me invitaba a confesarle mis celos y a reprocharle su falta de tacto y
de consideración ha-cia mi persona al anunciarme su intención de propo-nerle
casamiento a Livia sabiendo que yo la adoraba. Por un prurito de amor propio,
durante un breve ins-tante dudé si exponerle mi problema, pero al fin decidí
que hacerlo sería lo más conveniente para desnudar nuestras almas.
—Pues sí,
tengo un problema que, desde hace tres días, no para de rondarme por la cabeza.
—¿Tres
días con un problema dándote vueltas en la cabeza? ¿a ti, que eres puro
cerebro? ¿puedo saber de
208
qué se
trata?
—Sí, tres
días, desde que saliste de esta casa el do-mingo. Y el problema eres tú.
—¿Yo? No
te entiendo. ¿Qué es lo que ocurre con-migo?
—En más
de una ocasión te he confesado el gran amor que siento por Livia…
—¿No me
digas que es porque te dije que quiero pro-ponerle matrimonio? —me interrumpió.
—Sí, es
por eso. ¿Acaso te parece que es una peque-ñez o algo insustancial?
—Pues la
verdad es que sí me lo parece. Sé que los dos os amáis intensamente, y también
sé que lo que Li-via siente por mí tan solo es simpatía y que me profesa
bastante cariño, pero sin punto de comparación con el amor que siente por ti.
—Ahora el
que no entiende soy yo. ¿Cómo preten-des casarte con una mujer, no solo a
sabiendas de que no te ama, sino sabiendo que ama a tu mejor amigo?
—Porque
tanto Livia como yo sabemos quién eres en realidad.
—¿Qué
quieres decir?
—Que tu
amigo, Reinaldo el Gordo, el que fuera margrave de la Marca de Bretaña, tenía
un diario que, a su muerte, pasó a manos del emperador Carlomagno y, a la
muerte de este, pasó a su hijo Ludovico Pío, quien se lo legó al duque Guido de
Spoleto y ahora está en manos de Lamberto. En ese diario, Reinaldo había
revelado tu verdadera identidad; por él sabemos que
209
eres un
resucitado inmortal de la llamada Hermandad de los Hijos del Sol.
—Vaya,
¡que pequeño es el mundo! Yo, tratando de ocultar a toda costa mi naturaleza de
filsolis, y resulta que es de dominio público. Y dime, ¿tiene esto algo que ver
con el odio que me profesa Lamberto?
—Sí,
tiene que ver. Cuando supo lo que eres co-menzó por envidiarte, luego su
envidia se convirtió en rivalidad y finalmente acabo odiándote a muerte.
Lam-berto es valiente, pero no es muy inteligente que diga-mos y, aunque le he
jurado fidelidad y me debo por en-tero a sus órdenes, tengo que reconocer que
no es lim-pio de corazón; es perverso y es una mala persona.
—Y dime,
el hecho de que sepáis que soy un filsolis inmortal, ¿tiene algo que ver con mi
amor por Livia?
—Piénsalo
bien, Orlando, ¿cómo crees que se sen-tirá Livia viéndose envejecer cada día y
transformarse al cabo de los años en una vieja decrépita mientras que tú te
mantienes durante toda su vida con el mismo as-pecto joven y lozano que tienes
ahora? ¿No crees que Livia y el hombre que la acompañe en su vida deben
envejecer juntos y tener ambos la muerte como último destino?
—Sí, creo
que llevas razón. Te pido perdón por ha-ber dudado de ti. Tal vez el gran amor
que siento por ella me haya obnubilado el entendimiento.
—No creo
que sea eso. Estoy seguro de que en tu fuero interno has debido hacerte
inconscientemente esta misma reflexión en algún momento. Digo más,
210
creo que,
aunque no seas consciente de ello, esta debe ser la razón por la que tú nunca
le has propuesto que se case contigo. A ver, Orlando, aclaremos la situación.
Sigo siendo tu amigo, y no solo un amigo de visitas, de comidas, de tabernas y
de conversaciones, sino un amigo de estar dispuesto a dar mi vida a cambio de
la tuya si fueras mortal. Y, por si no lo sabes, Livia tam-bién sacrificaría su
vida en aras de la tuya. Creo que, al igual que la divinidad, somos uno en
esencia y trino en personas, un trio de amigos que comparten una única alma. Si
me acepta y me caso con ella, te prometo que podrás seguir amándola hasta el
mismo día de su muerte sin que yo interfiera entre vosotros en lo más mínimo.
No tengas la menor duda de que, aunque se convierta en mi esposa, podréis
conversar, abrazaros, besaros y dedicaros cuantas caricias deseéis. Es así como
yo entiendo la amistad en toda su pureza.
Livia
cerró el prostíbulo, se casó con Liborio, y dos años más tarde dio a luz un
hijo varón, al que pusieron por nombre Sebastiano. Los siguientes veinte años
transcurrieron felices para los tres hasta que, en julio de 889, Liborio murió
durante una descubierta que hizo con sus hombres para hacer frente a una
incursión de piratas berberiscos en la costa de Ostia. Su muerte no fue digna
ni gloriosa, como resultado del enfrenta-miento cuerpo a cuerpo con los
malhechores, sino que fue fruto de la mala suerte pues resultó que cuando, tras
dos días de persecución, se encontraron de cara con los piratas en la Isola
Sacra, estos habían atacado la villa
211
del rico
lombardo Calixto, que aquel día celebraba al aire libre la boda de su única
hija, Petra, en la extensa terraza que, pavimentada de grandes losas de mármol
rojo, se extendía a un lado del edificio. Un centenar de furiosos piratas
habían caído de improviso sobre los novios y sus invitados, habían degollado a
todos los hombres, y en aquel momento se encontraban divirtién-dose comiendo y
bebiendo las viandas del convite des-pués de haber violado a las mujeres. Al
verse sorpren-didos por las tropas de Liborio, los piratas acudieron con
rapidez a sus armas produciéndose a continuación un intenso cruce de disparos
de ballestas, con tan mala suerte que uno de los virotes disparados por los
sarra-cenos fue a hundirse en una de las axilas de Liborio, habiendo entrado a
través del hueco de una de las so-baqueras de su armadura en un instante en el
que se encontraba montado a caballo y con el brazo levantado, penetrándole tan
profundo en el pecho que fue a alcan-zarle el corazón provocándole una muerte
instantánea. Al fallecimiento de Liborio le siguió el casamiento y la
emancipación de Sebastiano y, al quedarse sola, Livia se vino a vivir conmigo.
Un mes más tarde, nos vimos obligados a casarnos para acallar las habladurías
de las gentes de misa diaria y librarnos de las amenazas de exclusión social y
de excomunión por parte del propio obispo, que nos condenaban por cohabitar
juntos en pe-cado mortal, aun siendo probable que el obispo cono-ciera mis
especiales circunstancias de inmortalidad y de impotencia sexual.
Transcurrieron veintisiete años
212
viviendo
juntos, que fueron de absoluta felicidad, hasta que mi adorada Livia fue
alcanzada por la muerte en abril de 916, expirando dulcemente en mis brazos a
la edad de setenta y nueve años, habiendo conservado hasta entonces su belleza
de rostro y de alma.
De todos
los tributos que tenemos que pagar los fil-solis por nuestra inmortalidad, como
son el tener que soportar durante toda una eternidad el sinsentido de la vida,
la repetición de los acontecimientos históricos por haber olvidado los ya
sufridos con anterioridad, o las consecuencias de la estupidez humana, llámense
gue-rras, hambrunas o crisis económicas, ninguno de todos estos es más duro de
sobrellevar que el dolor causado por la pérdida de los seres que vamos amando a
lo largo de nuestra existencia; esta y no otra es la razón de que, después de
pasar por algunos de estos malos tragos, los filsolis nos inclinemos a vivir
algo alejados de la socie-dad, procurando no intimar con nuestros vecinos ni
con ningún otro semejante, a fin de evitar que el amor anide de nuevo en
nuestros corazones.
Lamberto
I de Spoleto murió de una apoplejía du-rante el sitio de Capua en el año 880,
mientras trataba de asaltar sus murallas y apoderarse de la ciudad. El asedio
se prolongó durante demasiado tiempo, por lo que se supone que la impotencia y
la rabia que le des-pertó su impaciencia por el retraso debió acabar con su
vida. Le sucedió su hijo, Guido II, que solo reinó du-rante tres años,
demostrando en este corto espacio de tiempo no ser mejor persona ni mejor
gobernante que
213
su padre.
Tras la
muerte de Livia, aún seguí viviendo en Roma nueve años más, pero los
veintisiete años de conviven-cia con Livia, cargados de recuerdos agradables y
mo-mentos felices, me hacían verla en cada rincón de la casa y suspirar por su
ausencia, hasta que en el mes de agosto del año 925 decidí mudarme a Fráncfort,
la ca-pital de la Francia Oriental.
214
12
Pasar
desapercibido por el mundo ocultando mi na-turaleza de filsolis se presentaba
como una misión im-posible, y no era yo el único que tenía este inconve-niente,
pues en las asambleas decenales que celebrába-mos en la Luna había podido
comprobar que era un pro-blema bastante común entre nosotros. Dado que mi
in-ventada historia bengalí se había convertido en un re-lato que circulaba por
todas las cortes europeas y hasta servía de cuento que los padres les contaban
a sus hijos antes de dormir, mi fama de longevo y de no envejecer, así como la
que se extendió por todo el imperio franco a partir de aquella ordalía de ser
invencible en la lucha, la vida en Fráncfort me resultaba algo incómoda pues,
al haberme convertido en una leyenda, tenía que con-formarme y soportar el ser
casi una atracción de feria, ya que en cualquier otra ciudad europea a donde me
fuera a vivir tendría que pasar por lo mismo. Durante todos estos años estuve
dedicado a mi labor de ense-ñanza de los menos favorecidos y, además, abrí una
se-gunda academia en la que daba clases de materias tan dispares entre sí como
pueden serlo la esgrima y la mú-sica. También por aquellos años hice mis
pinitos como pintor y escultor, sin que llegara a destacar en ninguna de estas
dos actividades al no conseguir que mis manos, que estaban sobradas de fuerza,
hubieran llegado nunca a adquirir la sensibilidad y la delicadeza que son
nece-sarias en algunos trazos con el pincel, ni ese tajo genial
215
que la
gubia le imprime al rostro de un personaje en la talla en madera, ni la
precisión con la que es necesario aplicar algunos golpes de martillo sobre la
piedra para revelar un músculo o una vena del cuerpo humano.
Pasaron
casi treinta años sin que me hubiera visto obligado a tener que hacer ninguna
demostración de mis extraordinarios poderes hasta que, a finales de ju-nio de
955, el rey Otón regresó a Fráncfort, después de poner fin a una más de las
muchas rebeliones que ya llevaba sofocadas, habiendo esta última estado
encabe-zada por su propio yerno, Conrado de Lorena, apodado el Rojo, a quien no
solo le perdonó su insurrección, sino que además lo nombró duque de Franconia,
y siendo recibido a su llegada con la noticia de que un ejército húngaro con
treinta mil hombres había entrado por la frontera sur y avanzaba hacia el norte
en dirección a Augsburgo saqueando cada pueblo por el que pasaban. Fue entonces
cuando recibí a un lacayo real con una nota manuscrita por el propio monarca
requiriéndome acudir de inmediato a su presencia. Así pues, vestido tal como
estaba, con el traje biónico puesto y oculto por mis ropas de diario colocadas
sobre él, abandoné mi casa y seguí al sirviente hasta el palacio real.
Hacía ya
diecinueve años que los duques alemanes habían llegado por fin a un acuerdo y
habían elegido a Otón I como rey de la Francia Oriental. A fin de darle una
mayor solemnidad al acto de la coronación, esta fue a celebrarse en el mítico
palacio de Carlomagno, en Aquisgrán, el 7 de agosto de 936, con la imposición
del
216
título de
Rex et sacerdos13. Durante este tiempo, con la ayuda de los papas y de las
altas jerarquías de la Iglesia, que se había cuidado muy mucho de que todos
aqiellos puestos de responsabilidad que tomaban decisiones es-tuvieran en manos
de sus familiares y amigos, fue de-rrotando, uno a uno en diversas batallas, a
los señores alemanes que se le oponían hasta hacerse dueño y señor de toda
Europa oriental y la mitad norte de Italia.
—Soy
conocedor de dos historias que se refieren a vuestra persona —me dijo, cuando
al fin nos encontra-mos solos en su gabinete de trabajo—. Una es una le-yenda
popular que corre de boca en boca y la otra la he leído en el diario del
margrave Reinaldo y supera a la leyenda popular en fantasía. Decidme, Orlando,
¿son ciertas o han surgido de la fértil imaginación de trova-dores y juglares?
—Conozco
la que corre de boca en boca, que viene a ser una mezcla de ambas cosas —le
respondí, que-dándome con las ganas de contarle la verdad y confe-sarle que esa
leyenda era una invención mía—; la de Reinaldo no la he leído. ¿Qué historia es
la que ha es-crito de mí el difunto margrave de Bretaña?
—En su
diario, Reinaldo se refiere a vos como el más íntimo de sus amigos y, al igual
que la leyenda po-pular, no solo dice que no envejeceréis nunca, sino que
también añade que sois inmortal e invulnerable. Si esto fuera cierto, habiendo
muerto Reinaldo en al año 806,
13 Rey y sacerdote.
217
es decir,
hace ciento cuarenta y nueve años, ¿cuánto tiempo es el que lleváis deambulando
por este mundo? Me interesa mucho saber si es cierta esta segunda parte que
añade Reinaldo.
—¿Creeríais
que puede haber en este mundo alguien que sea inmortal e invulnerable?
—En mis
cuarenta y tres años de vida he visto de todo y ya nada me asombra.
Respondedme, ¿es o no es cierto?
El lector
habrá podido apreciar que aquella patraña que me inventé del brebaje bengalí no
era más que una versión algo descafeinada que, coincidiendo en algunos puntos
con mi verdadera historia, la enmascaraba a la perfección. Pero siendo Otón un
hombre de carácter que gozaba de una mirada y de un tono de voz
extraor-dinariamente persuasivos, no fui capaz de negar la ve-racidad de la
versión que Reinaldo había escrito en su diario, la cual, como ya os he contado
en páginas ante-riores, le había sido revelada por aquel otro filsolis que le
salvó la vida el día que se despeñó por un precipicio.
—Es
cierto cuanto dice Reinaldo —fue mi lacónica respuesta, omitiendo el
tratamiento debido a su majes-tad.
—¿Queréis
decir que sois el conde Roland, muerto en Roncesvalles y enterrado en Burdeos,
redivivo e in-mortalizado?
—Sí, así
es, mi señor.
—¿Y qué
nunca envejecéis, que podéis volar por los aires como un pájaro y que tenéis la
fuerza de diez
218
hombres?
—Sí, mi
señor.
—¿Y qué
más cosas extraordinarias podéis hacer?
—Puedo
moverme de un lugar a otro a tal velocidad que la vista no puede seguir el
movimiento —le con-testé, después de pensar durante una fracción de se-gundo
cuál era la mejor respuesta que podía darle a fin de que pudiera entender lo
que era una tele-portación.
—Vos, que
sois hombre de armas, ¿no os dais cuenta de que con vuestras extraordinarias
facultades sois ca-paz de derrotar a un ejército?
—Sí, mi
señor, lo sé.
—Y, ¿cómo
es que en tantos años no habéis utilizado esas maravillosas potencialidades en
vuestro propio provecho? Podríais crear un imperio que durara eterna-mente.
—No, mi
señor, no sería honesto, estaría jugando con ventaja al utilizar mis facultades
y, al gobernar un imperio durante siglos, correría el riesgo de conver-tirme en
un tirano. Pero, además, porque resulta que, cuando te has muerto y has vuelto
a resucitar, ves el mundo con otros ojos. Antes, cuando me encontraba en el
mundo de los vivos, yo amaba la guerra, pero ahora todas las guerras me parecen
un latrocinio en las que el vencedor desvalija al derrotado. La guerra, cuyo
único objetivo siempre es el botín, no es más que una forma de piratería con
barniz de legalidad. Si se le declara la guerra al país vecino es para
arrebatarle cuando menos una parte de su territorio, y si el agresor es quien
resulta
219
derrotado,
será el agredido, ya vencedor, quien le des-valije al atacante todo cuanto
posea. Y, si se trata de una guerra ideológica o de religión, el vencedor no se
conformará con imponerle sus ideas o su credo al per-dedor, sino que también le
arrebatará sus posesiones para enriquecerse a su costa.
—Es raro
que siendo como sois una persona opu-lenta y hombre de armas no estéis
interesado en asumir el poder y dirigir el destino de los hombres.
—Para eso
ya tenemos a Dios, ¿no os parece?
—Sí, eso
es cierto, pero es precisamente para mane-jar el destino de los hombres que
Dios nos elige a algu-nos como su instrumento.
—En tal
caso, de nada nos vale que nos mostremos interesados en ejercer un poder
terrenal si Dios no tiene intención de elegirnos como su instrumento.
—A veces,
hasta el mismo Dios necesita que le ayu-demos con nuestro entusiasmo y nuestra
voluntad, pero no os he llamado para que tengamos una discusión fi-losófica,
sino para haceros una petición.
—¿Una
petición…?
—Reinaldo
cuenta en su diario una hazaña que lle-vasteis a cabo en el barco que os
conducía a Ostia para asistir a la coronación de Carlomagno en Roma, y he
pensado que si sois capaz de transportaros de un barco a otro sin pisar el agua
y sin que nadie se percate de tal movimiento; si podéis con una sola mano
lanzar por los aires a un hombre robusto, como al parecer era aquel capitán
pirata, a más de cien codos de distancia; y si
220
podéis
agujerear el casco de un barco golpeándolo con vuestros puños hasta hundirlo,
también seréis capaz de ganar una batalla.
—Sí, así
es, si me lo propongo puedo acabar con la vida de decenas de miles de soldados
sin recibir ni un solo rasguño, pero mi resucitación también me ha con-vencido
de que la vida humana es sagrada y que solo Dios puede disponer de ella. El
quinto mandamiento de la Ley de Dios, que nos ordena «No matarás», así de
tajante y sin más distinciones, hace que la vida del ase-sino sea tan sagrada y
tan respetable como la de su víc-tima.
—Un
ejército de treinta mil húngaros ha entrado por nuestra frontera sur y avanza
hacia el norte en dirección a Augsburgo asesinando a nuestros hermanos y
sa-queando todo lo que encuentran a su paso en nuestro reino. Como bien sabéis,
Augsburgo es un nudo neu-rálgico de comunicaciones y punto de intersección de
las más importantes rutas comerciales, sobre todo de los principales pasos de
los Alpes que dan acceso a los mercados italianos, por lo que sería un
verdadero desastre si cae en manos de los húngaros, y para hacer-les frente tan
solo dispongo de ocho mil hombres, ¿no son estas razones más que suficientes
para que os deci-dáis a ayudarnos? Os lo pondré más fácil. No tendréis que
matar a nadie y ni siquiera habrá lucha si lleváis a cabo el plan que he
trazado.
—¿A qué
plan os referís?
—Cuando
tanto el ejército húngaro como el nuestro
221
nos
encontremos acampados, no tendréis más que ha-cer uno de esos movimientos
vuestros más rápidos que la vista y trasladaros durante la madrugada a la
tienda de campaña de Balcsú, el comandante magiar, donde lo sorprenderéis
durmiendo. Una vez lo hayáis sometido y lo tengáis en vuestro poder, utilizando
vuestra irresis-tible fuerza, lo sacaréis de su tienda y lo traeréis vo-lando
por los aires a nuestro campamento. La operación quedaría redonda si hacéis lo
mismo con sus dos lugar-tenientes, Lehel y Sûr, que también gozan de un gran
respeto y de la admiración del ejército. A la mañana siguiente obligaremos al
ejército húngaro a retirarse a cambio de la vida de sus jefes, liberando a los
lugarte-nientes para que conduzcan la retirada, pero reteniendo a Balcsú como
rehén durante un año. ¿Qué os parece la idea?
—Me
parece una idea excelente, mi señor. Está bien, os ayudaré.
Los
húngaros paganos del principado de Hungría, quienes desde su llegada a Europa
procedentes de Asia en el año 896 no habían parado de saquear e incendiar
multitud de aldeas de los Estados germánicos, habían infringido continuas
derrotas a los francos en inconta-bles batallas. Décadas de vandalismo de los
magia-res sobre Germania e Italia habían puesto de manifiesto la incapacidad de
los anteriores reyes carolingios de la Francia Oriental y de Italia para
contener al principado de Hungría. Después de invadir Baviera en el año 954,
222
los
magiares continuaron avanzando hacia el centro de Francia hasta alcanzar la
provincia de Aquitania. Por aquellas fechas, ante la ineficacia demostrada
frente a los magiares por el rey Lotario de la Francia Occiden-tal, Otón tomó
la iniciativa de hacer personalmente frente a la lacra que suponían los
húngaros y, utilizando esta incursión aquitana como pretexto, convenció a los
duques alemanes de que se reunieran bajo su estandarte para hacerles frente. En
aquel momento, Otón puso en pie un ejército, pero no llegó a tener ocasión de
enfren-tarse con los magiares.
En esta
ocasión, Otón se dispuso a enfrentar esta in-vasión húngara, pero tuvo que
dejar la mayor parte de sus tropas sajonas en su ducado de Sajonia al estar
pro-duciéndose aún algunas revueltas en el norte, entre los eslavos del Bajo
Elba. Así pues, terminó convocando a unos ocho mil hombres para luchar contra
la invasión de los treinta mil magiares, es decir, con una desventaja de seis a
uno. Dividió las tropas imperiales en ocho le-giones de caballería pesada, con
unos mil hombres cada una, de las cuales, tres eran de Baviera, dos de Suabia,
una de Franconia y una de Bohemia, esta úl-tima al mando del príncipe Boleslav.
La octava divi-sión, comandada por él mismo era algo más grande que las otras e
incluía a sajones, turingios y a su guardia personal. Dada la gran diferencia
que había en número de soldados entre ambos ejércitos, Otón prefirió una fuerza
más ligera y que tuviera una mayor rapidez en
223
los
movimientos para poder sorprender al enemigo, que disponer de un mayor número
de efectivos.
Cuando
nuestro ejército se puso en marcha y aban-donó Aquisgrán al amanecer del
viernes 1 de agosto, el ejército magiar ya acampaba frente a la puerta oriental
de las murallas de defensa de Augsburgo y había ini-ciado el asedio de la
ciudad, cuyas defensas estaban a cargo del obispo Ulrich. Nos encontrábamos a
una dis-tancia de más de setenta leguas y nos habíamos pro-puesto alcanzar
Augsburgo en tan solo ocho jornadas, haciendo marchas forzadas de doce horas y
nueve le-guas de recorrido diario.
Durante
los días de marcha estuve haciendo cada día, a la caída de la tarde, una
tele-portación diaria hasta un bosquecillo que quedaba cercano a las murallas
de Augsburgo, desde podía comprobar los movimientos que diariamente pudieran ir
haciendo los húngaros, con el fin de informar por la noche al rey y sus nobles
de los progresos que pudieran haber hecho ese día en su intento de tomar la
ciudad. En los seis primeros días de marcha no tuve nada de qué informar ya que
todos los ataques que los magiares llevaron a cabo fueron recha-zados por las
fuerzas defensoras del obispo Ulrich, si bien el quinto día pude observar que
los asaltantes es-taban a punto de terminar una torre de asalto en la que
habían estado trabajando desde que llegaron.
—Ya
tienen terminado el mástil de la torre y están terminando de construir en su
coronación el castillete de asalto y el puente levadizo —les informé—. Con
224
toda
seguridad estará terminada mañana por la tarde o pasado mañana a mediodía y la
pongan en marcha el viernes.
—¿Tienen
catapultas? —me inquirió Conrado el Rojo.
—¿Han
construido algún ariete para atacar la puerta de oriente? —me preguntó el
príncipe Boleslav I de Bohemia, al que todos llamaban el Cruel.
—No he
visto ninguna catapulta y no puedo ni negar ni afirmar que pudieran estar
construyendo un ariete. Es posible que lo estén haciendo y que aún no le hayan
colocado el tejadillo de protección, pues por su altura hubiera destacado y
quedado visible en la distancia.
—Debemos
forzar la marcha aún más y llegar antes de que pongan esa torre en movimiento
—ordenó Otón—. El obispo Ulrich es un buen defensor, pero no sabemos si haya
podido tener demasiadas bajas entre sus fuerzas en estos cinco días de asedio.
Si la torre está bien construida y bien protegida contra el fuego, cuando
llegue hasta la muralla es muy posible que los húngaros invadan el adarve.
—Si eso
ocurre, la ciudad estará perdida —concluí yo.
—Así es
—afirmó Otón—. Mañana y pasado ma-ñana haremos dos horas más de marcha. Es
importante impedir que esa torre se ponga en marcha.
—Creo que
no será necesario forzar la marcha, mi señor, yo me encargaré de destruir esa
torre esta misma noche, y si hubieran construido algún ariete también lo
225
destruiré
—afirmé.
—¿Es
posible que podáis hacer eso? —se admiró Conrado.
—Al menos
lo voy a intentar. Esta noche no tenemos Luna, esperaré a que sea madrugada
cerrada y estén to-dos bien dormidos para ir al campamento magiar.
—Si
conseguís eso, tendremos muchas posibilidades de ganar —concluyó el príncipe
Bolesvav—. Que Dios os ayude.
Cuando se
acabó la reunión, antes de ir a mi tienda, me dirigí a uno de los carromatos
que portaba las he-rramientas y me aprovisioné de la maza de hierro más grande
y pesada que encontré. Luego fui a mi tienda, les dije a los dos centinelas que
guardaban la puerta que se retiraran y que volvieran dentro de una hora, pues
no quería que me vieran esfumarme en el aire y tampoco que tuvieran necesidad
de entrar en la tienda y no me encontraran en el interior. Me desvestí de mis
ropajes, quedándome tan solo con el traje biónico, regulé men-talmente el campo
de fuerza a su máxima potencia en previsión de que al materializarme me viera
descu-bierto y atacado a lanzazos por los centinelas, y prefi-riendo hacer el
salto al aire libre, tomé la pesada maza, la eché sobre mi hombro y salí al
exterior. Teníamos luna nueva y la noche era oscura; la escasísima luz que
llegaba al suelo era la que procedía del negro cielo noc-turno que, limpio de
nubes, se veía tachonado de estre-llas; y la templada temperatura agosteña invitaba
al
226
canto a
los grillos y a las cigarras. Tras dar unos cuan-tos paseos arriba y abajo
mirando al cielo y aspirando el balsámico aire campestre que, cargado de las
esen-cias de las hierbas aromáticas, colmaba plácidamente mis pulmones, me
detuve en la puerta de la tienda y, cerrando los ojos, deseé encontrame el
interior de la to-rre de asalto magiar.
No era
una torre de asedio grande. Siendo su altura de unos treinta codos y su anchura
en la base de unos quince codos por cada lado y de ocho o nueve en el remate
superior, bien podía calificarse de mediana. Tan seguros estaban los húngaros
de que su torre de asedio no corría ningún peligro que no se habían molestado
en poner vigilantes a su alrededor, cosa que agradecí al no tener necesidad de
emplear la violencia para eliminar-los; tan solo un par de fogatas, ardían algo
alejadas ilu-minando una de sus caras. Así que me puse a trabajar enseguida.
Podía destruirla atacando su base y `provo-cando su caída, pero corría el
riesgo de que cayera so-bre alguno de los grupos de tiendas más próximos, así
que decidí destruirla empezando por su parte superior, si bien, dado que mi
traje biónico, al ser reflectante, me hacía demasiado visible, y aunque sabía
que el ruido que haría durante la destrucción me delataría, renuncié a subir
por la escala que estaba dispuesta en una de sus caras y también a hacerlo
levitando, sino que me tele-porté hasta la plataforma que la coronaba, en la
que se había dispuesto un puente levadizo por el que las tropas asaltarían el
adarve de la muralla formando un frente
227
de seis o
siete guerreros. Así que, una vez arriba, co-mencé arrancando los tirantes del
puente levadizo con las manos y, con la intención de no herir a nadie, em-pujé
al enorme tablero en su caída hacia el lado en el que no había plantada ninguna
tienda de campaña. El estruendo de la caída del tablero fue suficiente para que
en el campamento se diera la alarma. Mientras que de las tiendas comenzaron a
salir hombres armados yo continué mi labor destructiva, unas veces a mazazos y
otras a golpes de puños fui astillando montantes y ti-rantes a medida que iba
bajando. La destrucción avan-zaba a bastante velocidad, pero la luz de las
fogatas, al reflejarse en mi reflectante traje biónico, debía conver-tirme en
un blanco perfecto porque, cuando ya había destruido la mitad superior de la
torre, una lluvia de fle-chas y virotes de ballesta impactaron sobre el campo
de fuerza de mi traje siendo despedidas por ser de hierro, tanto las puntas de
las flechas como las varillas de los virotes, con la misma fuerza con la que
llegaron, hi-riendo a más de un tirador, obligándolos a tener que parapetarse
para eludirlas. Llegado a aquel punto y considerando que aquella destrucción
era más que su-ficiente para que no tuvieran tiempo de reconstruirla antes de
la llegada de nuestro ejército, abandoné el en-tramado de la torre, me lancé al
vacío e hice un vuelo rasante sobre las cabezas de los magiares. Ante aquella
visión, ocurrió lo que yo esperaba que ocurriera; que cuando los húngaros
vieron a una figura humana de un blanco brillante, refulgiendo a la luz de las
fogatas y las
228
antorchas,
que destacaba sobre la negrura del cielo noc-turno volando con los brazos
extendidos en cruz, como si de un águila se tratara, pese a que eran paganos,
todos ellos me tomaron por ser un ángel que nuestro Dios nos había enviado para
ayudarnos.
Las
vinculaciones de Otón con los papas, con los que mantuvo continuas alianzas, lo
llevó a hacer negocios con Juan XII desde el mismo día en el que ascendió al
trono de San Pedro aquel mismo año 955, sin impor-tarle que este papa fuera
tachado por todos como la per-sona más abyecta y despreciable que jamás se
había sentado en la silla del apóstol pescador. Juan XII era hijo ilegítimo de
Alberico II y, por tanto, nieto de Ma-rozia y bisnieto de Teodora. Ambas
mujeres, prostitu-tas y amantes del papa Sergio III, fueron
extraordina-riamente influyentes en el periodo conocido como de la «pornocracia
papal»14, siendo su pontificado consi-derado como uno de los más nefastos de la
historia de la Iglesia. El hecho de que este pontífice fuera apodado «el papa
Fornicario» por sus muchas amantes, da una idea de su catadura moral. Su nombre
era Octaviano de
14 Dicho periodo, conocido como Saeculum
obsculum (siglo oscuro) y tam-bién como «gobierno romano de las cortesanas», o
como «reinado de las pros-titutas», se inicia en el año 904 con la elección
como papa de Sergio III y finaliza en 964 con la muerte de Juan XII. Los papas,
a cuál más lujurioso, más corrompido y más depravado, que ocuparon la silla de
Pedro durante este periodo fueron: Sergio III, Anastasio III, Landón, Juan X,
León VI, Esteban VII, Juan XI, León VII, Esteban VIII, Marino II, Agapito II y
Juan XII, los cuales estuvieron marcados por la influencia ejercida por las
prostitutas Ma-rozia y su hija Teodora.
229
Túsculo y
en el momento de su elección tenía menos de dieciocho años de edad y una nula
formación, tanto mundana como religiosa. Dado su total desinterés por lo
espiritual, su enfermiza afición a los placeres grose-ros y a llevar una vida
disoluta y sin inhibiciones de ningún tipo, su apasionamiento por la caza y por
los juegos de dados, Juan XII estaba completamente co-rrompido. Convirtió en un
lupanar la residencia ponti-ficia de San Juan de Letrán, llenándola de
prostitutas, eunucos y esclavos, convirtiéndola en escenario de or-gías en las
que, unas veces vestido de pontífice y otras totalmente desnudo, se movía
fornicando por los luga-res sagrados de la Residencia y la Basílica como pez en
el agua. Por lo demás, era un hombre de expresio-nes soeces y tan inculto que
hasta ignoraba el latín. En su habitual jerga grosera juraba por Venus o por
Júpiter y brindaba hasta caer borracho por los amores del Dia-blo. Un día tuvo
el capricho de ordenar un diácono en una cuadra, y, en otra ocasión, consagró
obispo a un muchacho de diez años.
En el
960, el rey Berengario II de Italia intentó ex-tender su soberanía sobre
algunos territorios de la Iglesia lo que impulsó a Juan XII a solicitar la
ayuda de Otón, ofreciéndole como recompensa la corona im-perial. Otón penetró
en Italia, tomó Pavía y se dirigió inmediatamente a Roma donde fue coronado
empera-dor el 2 de febrero de 962, haciendo que tanto el Papa como el pueblo
romano les prestaran juramento de fi-delidad. Como detalle revelador de la
escasa confianza
230
que Otón
tenía en el papa y en los romanos en general, exigió que durante toda la
ceremonia de su consagra-ción su porta espada sostuviera el arma desnuda sobre
su cabeza para protegerlo de una eventual agresión. Con esta coronación renacía
el Sacro Imperio Romano Germánico.
Once días
más tarde, el 13 de febrero de 962, Juan XII y Otón I rubricaron su alianza en
un documento conocido como Privilegium Othonis por el cual el em-perador
confirmaba las donaciones territoriales hechas a la Iglesia desde el reinado de
Pipino el Breve a cam-bio de la aplicación de la conocida Constitutio Lotharii,
documento firmado en el año 824 por el papa Eugenio
II y el emperador Lotario I, en el que se
establecía que ningún papa sería consagrado hasta que su elección hu-biera sido
aprobada por el emperador de Occidente, así como que el emperador ejercía el
más alto poder judi-cial sobre Roma, y en el que también se prestaba jura-mento
de lealtad entre Roma y el Imperio. Este pacto se mantuvo sólo durante el
tiempo que Otón permane-ció en Roma, ya que en cuanto el emperador abandonó
Italia, el papa, rompiendo su juramento de fidelidad, buscó alianzas con los
bizantinos, los húngaros y los príncipes italianos para desembarazarse del
flamante emperador. A esta deslealtad, Otón reaccionó con una nueva marcha
militar sobre Roma y, naturalmente, Juan XII no esperó a que llegara, de
inmediato se dio a la fuga llevándose consigo el tesoro de la Iglesia y
guardándose muy mucho de comparecer ante el sínodo
231
imperial.
El emperador decidió entonces convocar un Concilio en San Pedro, en noviembre
de 963, en el que depuso al papa, acusándolo de vicios, pecados y delitos tan
graves como el incesto, el perjurio, el homicidio y el sacrilegio, y haciendo
jurar a los romanos que no ele-girían papa a nadie sin su autorización.
Inmediatamente
después, el 4 de diciembre del mismo año, Otón pronunció la deposición de Juan
XII y eligió para sustituirlo a su propio secretario, León, un seglar que
recibió las órdenes sagradas ese mismo día y que tomó el nombre de León VIII.
Considerando
que ya había puesto las cosas en or-den, el emperador regresó a Alemania, pero
el papa de-puesto sólo esperaba ese momento para organizar un ejército y
regresar a Roma en febrero de 964, logrando León VIII escapar de la muerte por
muy poco. En cam-bio, aquellos de los que estaban a su favor y no tuvieron esa
suerte lo pasaron muy mal; la venganza de Juan fue espantosa, pues ordenó que
les saltaran los ojos, les arrancaran las orejas o les cortaran la nariz.
Avisado Otón del desatino, una vez más se apresuró a ir a Roma, pero no tuvo
ocasión de castigar personalmente al cul-pable pues, al parecer, un marido que
había sorpren-dido a Juan en el lecho de su mujer le propinó tal paliza que
murió a los tres días, el 14 de mayo del 964, sin recibir los sacramentos.
232
13
Como os
he dicho antes, el ejército magiar llegó frente a las murallas de Augsburgo el
viernes 1 de agosto. Más tarde supimos que, a fin de amedrentar con su
presencia a los defensores y a la población, antes de ordenar acampar, Balcsú,
el comandante en jefe hún-garo, expuso a su ejército de treinta mil hombres
ha-ciendo una exhibición de fuerza y armamento frente a las murallas de
Augsburgo. A continuación, escoltado por seis jinetes que lo rodeaban con sus
escudos en alto, y también protegiéndose a sí mismo de un posible dis-paro de
ballesta con una rodela sujeta a su brazo iz-quierdo, avanzó con montado a
caballo hasta el pie de la muralla y, dirigiéndose al obispo Ulrich, defensor
de la ciudad, lo conminó a que se rindiera y entregara la plaza de inmediato,
prometiéndole que, si así lo hacía, respetaría su vida y la de todos los
defensores y ciuda-danos. Ante la negativa del obispo a rendirse, hizo acampar
al ejército frente a la puerta oriental de las mu-rallas y de inmediato ordenó
que iniciaran la construc-ción de una torre de asalto que, como sabéis, la
destruí yo cuando aún no estaba acabada del todo. Al día si-guiente dio
comienzo el asedio, si bien aquellos prime-ros ataques estuvieron más enfocados
a medir la fuerza de los defensores que a llevar a cabo un asalto defini-tivo.
Privados de la torre de asalto que les destruí, du-rante los días que tardamos
en llegar hasta ellos lleva-ron a cabo varias intentonas de asaltos simultáneos
con
233
varias
escaleras en distintos puntos del paño de muralla donde se centraba la puerta
oriental sin éxito ninguno, pudiendo comprobar los magiares que las murallas
eran defendidas valerosamente por la guarnición, provocán-doles severas
pérdidas en hombres y material, víctimas de los disparos de dardos, pero, sobre
todo, en las caí-das desde gran altura al ser derribadas las escaleras con los
garfios que les eran lanzados desde el adarve.
Llegó el
viernes día 8 y Balcsú, con la experiencia adquirida en los fracasos
anteriores, que vinieron a darle una idea de la capacidad de resistencia de los
de-fensores, ordenó un ataque masivo. Pero cuando ya se disponía a iniciarlo
con el empleo de cincuenta escale-ras y doscientos guerreros asignados a cada
una de ellas, con la intención de escalar las murallas en otros tantos puntos
distintos y alejados entre sí para así dis-persar las fuerzas de los alemanes,
un jinete explorador entró en su campamento a galope tendido y le anunció que
un ejército germano se dirigía hacia ellos, es decir, nuestro ejército.
Al
recibir la noticia, el comandante Balcsú suspen-dió el ataque, si bien mantuvo
el asedio, ordenó a sus ingenieros y zapadores que cruzaran el río Wertach, que
se une al río Lech al norte de Augsburgo, y que prepararan un campamento
fortificado en la orilla iz-quierda del río Lech, a una escasa legua al norte
de la ciudad. Luego, se reunió con sus lugartenientes, Súr y Lehel, e hicieron
planes para enfrentarnos.
234
Al
mediodía del sábado 9 de agosto nuestro ejército llegó a las cercanías de
Augsburgo y establecimos un campamento al norte de la ciudad. Por la tarde,
Otón nos convocó a sus nobles y a mí a una reunión para ha-cer planes,
anticipándonos a la importante batalla que tendría lugar al día siguiente.
—Llevamos
más de cinco décadas soportando el vandalismo de los húngaros —nos decía el
empera-dor—, es hora de escarmentar al principado de Hungría y, si es posible,
acabar con ellos de una vez por todas. Somos ocho mil y ellos treinta mil, es
decir que nuestra desventaja es de cuatro a uno, pero nuestra infantería está
mejor equipada que la suya y nuestra caballería es pesada mientras que la suya
es ligera, aunque superior en número. Estoy convencido de que, si acudimos a la
batalla con moral de victoria, venceremos.
—Balcsú
no es fácil de derrotar —le respondió su hermano Enrique, el duque de Baviera—,
es un gran estratega y un gran guerrero con experiencia en muchas batallas. En
su figura se concentran un gran número de tribus húngaras, todas ellas con fama
de buenos guerre-ros.
—Sí, eso
es cierto —confirmó Herman, duque de Suabia y primo de Conrado el Rojo—. No en
vano Fa-licsi, el Gran Príncipe de Hungría, lo nombró harka, que como sabéis es
el título de comandante de más alto rango que otorga el ejército del Principado
de Hungría.
—Y no
solo es un gran guerrero, también tiene unas grandes aptitudes como político
—añadió el duque
235
Conrado—.
Es un hábil negociador, amigo del empe-rador bizantino Constantino, al que ha
visitado en va-rias ocasiones. No hace más de seis o siete años, Balcsú y el
príncipe Tomás, el biznieto del príncipe Árpád, vi-sitaron a Constantino y en
esa visita, gracias a la asis-tencia del propio Bulcsú, se elaboró la obra
titulada Ad-ministratio Imperio, en la que quedaron registrados tanto los
orígenes como las distribuciones militares y tribales de los húngaros. En una
de estas visitas que Bulcsú le hizo a Constantino, obtuvo el título de «amigo
del emperador», lo cual lo situó en un lugar de gran prestigio ante los
bizantinos.
—Y sus
lugartenientes Lehel y Súr no le van a la zaga, sobre todo Lehel, un jefe
tribal de gran prestigio, reconocido en toda Hungría por su audacia y valentía
en las batallas —añadió el duque Conrado.
Cuando ya
daba fin la reunión, el emperador llamó mi atención diciéndome en tono
confidencial, pero que fue oído por todos:
—Orlando,
os recuerdo que esta es la noche en la que debemos poner en práctica el plan
que trazamos hace unos días, ¿no os parece?
—Me
parece bien, mi señor —le respondí—. Antes de que se ponga el sol, haré
previamente una incursión por el aire a gran altura para no ser visto y así
identifi-car la situación de la tienda capitana magiar y las de sus
lugartenientes.
Por los
cruces de miradas y las caras de extrañeza que pusieron los nobles allí
reunidos al oírnos hablar
236
en
aquellos términos, especialmente las del duque Con-rado el Rojo y la del
príncipe Boleslav, que eran los más allegados al rey, supe que Otón no los
había puesto al corriente, habiendo mantenido en secreto nuestro plan de
intentar evitar en enfrentamiento secuestrando a Balcsú, a Lehel y a Súr para
ser utilizados como rehe-nes. Cuando el rey dio por terminada la reunión, el
sol ya comenzaba a declinar, estando a dos horas de ocul-tarse por el horizonte
de poniente, tiempo más que su-ficiente para cenar y para que yo llevara a cabo
mi ins-pección aérea. Cenamos todos en la tienda capitana y, terminada la cena,
aún con casi una hora de luz del día por delante, nos fuimos a nuestras
respectivas tiendas a descansar y tratar de dormir temprano y estar bien des-cansados
para abordar el mal trago que nos esperaba mañana.
Así que
no perdí el tiempo. Como quiera que el cielo estaba despejado de nubes, en
cuanto llegué a mi tienda me envolví en una túnica de color azul celeste y me
elevé a una altura de unos quinientos codos convirtién-dome en un pequeño bulto
que apenas era apreciable a la vista al quedar mimetizado con el celeste del
firma-mento. Aunque la túnica que llevaba puesta me hacía pasar bastante
desapercibido, a fin de no llamar la aten-ción con el movimiento de mi
desplazamiento por el aire, volé con lentitud hasta el campamento magiar y
desde aquella altura pude distinguir con diáfana clari-dad las tiendas de los
tres jefes, que eran mucho más grandes que las restantes y de un color bastante
más
237
claro.
Aquella
noche la Luna brillaría en cuarto creciente, pero la luz lunar no me estorbaría
para lo que tenía que hacer. Conociendo ya la ubicación de cada una de las
tiendas de los jefes, me iría tele-portando a cada una de ellas, de una en una,
y reduciendo, desarmando y trans-portando a la tienda de nuestro emperador,
también de uno en uno, a cada uno de los tres cabecillas magiares. Por su
parte, el emperador había quedado en encargarse de tener preparada en su tienda
a una docena de guerre-ros de su guardia personal para ir haciéndose cargo de
ellos a medida que yo los fuera trayendo.
Esperé a
que se elevara la luna en el cielo hasta al-canzar su cénit y decidí que mi
primera visita sería para Balcsú. A fin de evitarme alguna sorpresa inesperada,
ya fuese que no estuviese solo en su tienda o que, sin-tiéndose intranquilo por
la batalla de mañana, no estu-viera durmiendo y hubiese salido a pasear por el
campo, no quise tele-portarme directamente desde mi tienda al interior de la
suya sin echar previamente un vistazo a su entorno. Así que, vestido tan solo
con el traje biónico, me elevé a unos cincuenta codos y volé hasta el
campamento magiar. La deslumbrante luz pla-teada de la luna bañaba el campo
dejándome ver con nitidez desde esa altura cada detalle del suelo. La tienda de
Balcsú era inconfundible; ya había visto en mi in-cursión diurna que, mientras
que las demás eran circu-lares, la suya era rectangular, teniendo su cubierta
la misma forma, elevada y puntiaguda, que tienen las que
238
usan los
nómadas del desierto, a la que llaman jaima, pero con una estrella roja de ocho
puntas dibujada al-rededor del respiradero central. Estaba guardada por seis
fornidos guardias, todos ellos armados de lanza y escudo; dos de ellos hacían
guardia en la puerta de ac-ceso, y los otros cuatro se encontraban plantados en
cada una de las esquinas de la tienda al objeto de tener permanentemente
vigilados sus cuatro costados.
En un
vuelo lento, llegué hasta la vertical de la tienda de Balcsú pasando totalmente
inadvertido, ya que tanto la lentitud con la que me desplazaba como luz
plateada de la luna que incidía en mi traje blanco me hacían muy poco visible.
Comprobé que en el exterior tan solo es-taban los mismos guardias que vi de
día, cada uno en su puesto y moviéndose en paseos cortos; a través de la clara
lona de la tienda se filtraba una débil luz del inte-rior, lo que parecía
evidenciar que el hanka estaría solo y durmiendo; así que, sin más, desde la
posición en la que me encontraba en el aire, me tele-porté al interior de la
tienda. Tal como había supuesto, un candil situado en el poste central
iluminaba tenuemente todo el espa-cio y Balcsú dormía en el catre cubierto por
una sábana. Me había preparado llevando unas cuerdas y una mor-daza con la idea
de reducirlo por la fuerza mientras dor-mía para después de amordazarlo y
atarlo de pies y ma-nos, cargar con él y salir volando a buena velocidad por la
puerta, sorprendiendo a los guardias sin darles tiempo a reaccionar. Para que
no se oyeran mis pasos, me elevé un palmo del suelo y avancé hacia el catre.
239
Balcsú no
roncaba, dormía en absoluto silencio, ni si-quiera oía su respiración. Me
acerqué, como digo, con sigilo a la cama y, preparando la mano derecha para
ponérsela en la boca a fin de evitar que gritara, con la izquierda aparté la
sábana de un tirón y, ¡Oh, sorpresa!, lo que encontré bajo la sábana fue una
almohada larga que simulaba ser su cuerpo. Los húngaros debían estar al tanto
de nuestro proyecto porque Balcsú no estaba en aquella tienda. Era imposible
que se tratara de algún traidor que tuviéramos en nuestras filas y que los
hu-biera avisado de nuestras intenciones porque tanto el emperador como yo
habíamos mantenido el plan en se-creto, así que debía ser que la fama de mis
poderes hu-biera llegado hasta sus oídos y hubieran previsto mi vi-sita, tal
vez creyendo que iría a asesinarlo. Después de aquella sorpresa imprevista,
supuse que los lugarte-nientes Súr y Lehel habrían hecho lo mismo y ya no me
molesté en visitarlos.
Estaba yo
enfrascado en estas disquisiciones, cuando de pronto los seis guardias
irrumpieron a la carrera en el interior de la tienda. Debían haber visto mi
sombra proyectada en la lona por la luz del candil. Me rodearon apuntándome con
sus lanzas y, como si me conocieran y estuvieran esperándome, sin preguntarme
quién era ni qué hacía allí, el que parecía ser el jefe me descargó una lanzada
dirigida al pecho. Naturalmente, la lanza salió despedida a la misma velocidad
con la que había entrado en el campo de fuerza de mi traje biónico, y su astil
fue a impactar en su cara, derribándolo. Al ver lo
240
sucedido
a su jefe, los demás, pareciendo comprender que sus armas eran inútiles,
arrojaron sus lanzas al suelo y vinieron hacia mí con los brazos abiertos con
la intención de sujetarme. Esa manera de actuar parecía indicar que alguien les
había advertido que era invul-nerable a las armas blancas y que la única forma
de lle-gar hasta mí sin ser rechazado era hacerlo con movi-mientos normales,
pues mi cuerpo rechazaba todo aquello que me llegara con una velocidad que
pudiera hacerme daño. Esta nueva forma de ataque me obligó a tener que emplear
mi fuerza de filsolis. Eran seis hom-bres robustos y todos ellos eran un palmo
más alto que yo. El primero que llegó hasta mí lo hizo por la espalda con
intención de estrangularme, pasándome el brazo derecho bajo la barbilla y
apretándome el cuello ha-ciendo presa con el brazo y tirando de él con la otra
mano. Salté hacia arriba en diagonal, saliendo del círculo de guardias y
llevando al atacante a mi espalda, y cuando me encontraba flotando en el aire,
hice varios giros de peonza, muy rápidos y violentos, y aquel que intentaba
asfixiarme salió despedido por la fuerza cen-trífuga de los giros yendo a
estrellarse contra el mástil de la tienda, que a punto estuvo de venirse abajo.
Ahora, al poner de nuevo los pies en el suelo, fueron tres los que se echaron
sobre mí para reducirme con el peso de sus cuerpos, pero me los quité de encima
dán-doles un empellón que los lanzó contra la lona de la tienda. A partir de
este momento todos se mostraron más cautos, seguían rodeándome, pero a una
distancia
241
prudencial,
fuera de mi alcance y sin saber qué hacer para agredirme o detenerme. Solo
aquel que parecía ser el jefe vino hacia mí despacio, en actitud amistosa, me
dio un abrazo con suavidad, acercó sus labios a mi cara pareciendo que me fuera
a darme un beso en señal de paz, y cuando sus labios ya rozaban la piel de mi
rostro, desvió su trayectoria y me dio un mordisco en el cuello con la
intención de desgarrarme la carne, destrozarme la carótida y matarme por
desangramiento. Muy a mi pesar, aquel hombre no me dejó más opción que
aga-rrale la cabeza con mis dos manos y dándole un fuerte tirón acompañado de
un violento giro, se la arranqué de cuajo del tronco. Cuando los demás me
vieron con la cabeza de su jefe en las manos, tirarla al suelo y botar dos veces
como si fuera una pelota, y a su cuerpo deca-pitado desplomarse al suelo, al
tiempo que dos surtido-res de sangre salían de su cuello elevándose en el aire,
con sus bocas muy abiertas y los ojos desencajados por el estupor, su reacción
fue la de echar a correr y salir de la tienda aterrorizados. Por la forma en
que me mi-raron antes de salir corriendo, creo que debieron pensar de mí que
era un demonio escapado de los infiernos.
Al
quedarme solo, me tele-porté a la tienda capitana de mi campamento, donde Otón
me esperaba con un grupo de soldados de su guardia personal. Al verme lle-gar
con las manos vacías se le arrugó el entrecejo y me dedicó un gesto de
sorpresa.
—¿Qué ha
ocurrido? —me interpeló.
—Ha
ocurrido que Balcsú no estaba en su tienda y
242
que en su
cama habían puesto una almohada simulando que era él durmiendo, lo que quiere
decir que me espe-raban. Así que, o bien alguien debía conocer nuestro plan y
ha advertido a los húngaros, o la fama de mis poderes se ha extendido hasta el
principado de Hungría y es de dominio público entre los magiares.
—Yo no he
hablado de nuestro plan con nadie — afirmó el emperador.
—Yo
tampoco —respondí.
—Entonces
debe ser la segunda opción que habéis mencionado, lo que elimina cualquier otro
plan que tra-cemos en el que intervenga la sorpresa.
El
domingo, 10 de agosto, amaneció cubierto de ne-gras nubes que amenazaban con
descargar una de las tormentas de verano que tan características y frecuentes
son en aquella zona boscosa. Levantamos el campa-mento y, como es costumbre
entre los guerreros, nos preparamos mental y anímicamente para la batalla. El
emperador formó en columna las ocho divisiones de nuestro ejército, poniendo en
la vanguardia a las tres divisiones de los bávaros, dado que, al estar
desarro-llándose aquellas maniobras militares en Bavaria, pensó que, al ser
esta su tierra natal, conocerían mejor el terreno; detrás de los bávaros
marchaba la división de Franconia, mandada por el duque Conrado el Rojo; detrás
suya iba la división real mandada por el propio emperador; y tras el rey marchaban
las dos divisiones de Suabia. En la retaguardia, cerraba la formación la
243
división
de Bohemia mandada por el duque Boleslav, a la que Otón le había encargado el
trabajo de custodiar el tren de bagajes del ejército.
Cruzamos
el río Lech al norte de Augsburgo y, si-guiendo una antigua vía romana que
conducía al sur, avanzamos hacia la ciudad entre los ríos Lech y Sch-mutter con
el fin de forzar el levantamiento del asedio. Cuando ya nos acercábamos a la
confluencia de los dos ríos, quise saber qué movimientos estaban haciendo los
húngaros y me elevé sobre el terreno a unos doscientos codos, pudiendo observar
con claridad que algo más adelante del bosque cerrado por el que transitábamos,
se extendía una llanura pedregosa de origen glaciar, lla-mada Lechfeld, que
dominaba las zonas norte y sur de Augsburgo, especialmente la comprendida entre
el río Lech y sus afluentes locales, el Wertach y el Schmutter. Pude ver cómo
el ejército magiar se había dividido en tres partes con parecido número de
soldados: una de estas partes seguía manteniendo el asedio en Augs-burgo; otra
estaba formaba en la llanura de Lechfeld esperando nuestra llegada; y la
tercera había avanzado hacia el norte ascendiendo por nuestro flanco
iz-quierdo, siguiendo el margen derecho del río Lech, y se encontraba a punto
caer por sorpresa sobre nuestra re-taguardia, sin tiempo ya para poder
enviarles un aviso y que se prepararan para recibir el ataque.
Continué
en el aire y, desde mi posición elevada, aún me fue dado observar cómo el
ataque de los húngaros fue tan repentino e inesperado, que los bohemios, que
244
como he
dicho antes escoltaban el tren de bagajes, rom-pieron filas y huyeron
abandonando nuestro equipaje militar en manos del enemigo. Vi cómo los famosos
ji-netes-arqueros magiares continuaron su destructivo ataque, galopando hacia
el sur y alcanzando a las dos divisiones suevas que afortunadamente opusieron
la re-sistencia suficiente para frenar su avance. Al encontrar esta fuerte
resistencia, los magiares eludieron la lucha y regresaron a la retaguardia,
comenzando a saquear el tren de bagajes y a tomar prisioneros, bien fuera para
pedir por ellos un rescate o para venderlos como escla-vos.
Cuando
avisé a Otón de lo que estaba ocurriendo en la retaguardia, ordenó a Conrado el
Rojo que acudiera de inmediato con su división y restableciera el orden. Al
llegar a la retaguardia las fuerzas de Conrado, los magiares, cogidos por
sorpresa al encontrarse en pleno saqueo, fueron ferozmente atacados, sumándose
al ata-que las divisiones de los suevos que ya se habían re-agrupado. El
resultado fue que, en tan solo una hora, un tercio del ejército magiar fue
masacrado.
Repelido
el ataque, Otón reorganizó la columna y continuamos nuestro avance. Cuando
salimos del bos-que y entramos en la llanura de Lechfeld, el sitio de Augsburgo
había sido levantado y los dos tercios del ejército húngaro ya estaba
desplegado en formación. Ahora la desventaja numérica había disminuido a algo
más de dos húngaros por cada germano. Y como quiera que los mensajes que Balcsú
había recibido de la fuerza
245
envolvente
que había atacado nuestra retaguardia eran que el tren de equipaje había sido
tomado y que los sue-vos y los bohemios se habían dispersado, este esperaba
encontrarse con una fuerza germana reducida, por lo que confiadamente había
desplegado su ejército en una simple formación de media luna, habiendo situado
a la infantería campesina y a los arqueros de a pie en el cen-tro, y a las
formaciones de sus jinetes-arqueros en las alas con la intención de envolvernos
y cosernos a fle-chazos.
Ya en el
campo de batalla, Otón ordenó nuevamente sus fuerzas en respuesta a la
formación magiar. Los bá-varos, con toda la infantería disponible, fueron
posicio-nados en el centro; Conrado el Rojo con sus jinetes ocupó el ala
izquierda; y el rey con sus nobles caballe-ros ocupó en ala derecha.
Justo en
el momento en el que nuestras alas comen-zaban a moverse, avanzado hacia la
formación enemiga y amagando con amenazantes movimientos envolven-tes, y que
los bávaros del centro comenzaban un lento avance lanzando fuertes gritos de
amenaza, un rayo cruzó los cielos acompañado de un potentísimo trueno que hizo
temblar la tierra. Todos pensamos que había sido el mismísimo Dios quien con el
trueno había dado el toque de llamada para el comienzo de la batalla y que con
el rayo nos anunciaba la mortandad que se aveci-naba. Un instante después
pareció que se hubieran abierto los ríos del cielo, comenzó a llover con tal
in-tensidad que los jinetes-arqueros magiares tuvieron que
246
guardar
sus arcos para protegerlos de la lluvia, un re-galo ocasional que aprovechó
Otón para dar la orden de cargar. Sabiendo que los alemanes estaban más
fuerte-mente protegidos y mejor armados que ellos, los arque-ros-jinetes
magiares retrocedieron en franca huida, y en su ciega y alocada fuga
desbarataron las dos alas de la media luna húngara, lo que provocó que su
infantería fuera totalmente exterminada al quedar apresada entre nuestra
caballería y nuestra infantería. Un último in-tento de la caballería húngara
para atraer a nuestra ca-ballería para perseguirlos y así dar a su infantería
una oportunidad de escapar, fracasó.
Los jefes
magiares y sus respectivas escoltas, que es-taban mejor equipados, presentaron
una firme resisten-cia y solamente pudieron ser sometidos cuando el resto de su
ejército emprendió la huida. Muchos corrieron a refugiarse a las orillas del
río Lech, donde se ahogaron al haber subido el nivel del río por la repentina
lluvia, otros fueron hechos prisioneros durante la persecución que siguió a su
desbandada o bien cuando posterior-mente se retiraban en dirección a Hungría a
través de Baviera. Nosotros perdimos a unos tres mil hombres en la batalla, más
de un tercio de nuestro ejército, mientras que los magiares sufrieron una
pérdida similar en la ba-talla y otros tantos que murieron después de la
derrota, entre ahogados y fugitivos. Además, algunos grupos de húngaros que se
escondieron en los bosques y en algu-nas granjas, fueron exterminados a medida
que fueron siendo descubiertos por los agricultores locales, o bien
247
fueron
los campesinos los que dirigieron a nuestras pa-trullas hasta sus escondites.
Al final
de la batalla de Lechfeld, Conrado el Rojo, que había sufrido la rotura de una
pierna por un fuerte golpe recibido y una herida en el cuello por una flecha
perdida, hizo traer a su presencia a los líderes húngaros ya cautivos y,
sentado en una silla, con la pierna enta-blillada y el cuello vendado, les
preguntó por su última voluntad antes de ser ejecutados. Balcsú y Súr no
ma-nifestaron ningún deseo, pero Lehel lo amenazó afir-mando que los húngaros
serían la venganza de Dios contra los germánicos y le pidió que le permitiese
hacer sonar su cuerno de batalla por última vez antes de mo-rir. Conrado
accedió a esta petición y autorizó a que se le entregara de inmediato su cuerno
de batalla. Una vez que Lehel tuvo en sus manos aquella gigantesca y pe-sada
asta de uro, se acercó a la silla que ocupaba Con-rado y en vez de soplarlo le
asestó con el cuerno tan fuerte golpe en la cabeza que le fracturó el cráneo
ma-tándolo en el acto.
Los tres
líderes magiares fueron ahorcados en la plaza pública de Ratisbona, y a partir
de entonces cesa-ron las incursiones de los húngaros en Europa Occiden-tal,
aunque siguieron haciendo razias contra el Imperio bizantino.
Una
victoria húngara en Augsburgo hubiera abierto una nueva y peligrosa fase del
conflicto para el Sacro Imperio Romano Germánico, donde no estarían segu-ras
ninguna de las ciudades fortificadas del Imperio.
248
Mientras
luchábamos contra los húngaros, los esla-vos obodritas del norte se encontraban
en estado de in-surrección. El conde Wichmann el Joven, todavía ad-versario de
Otón por la negativa del rey a concederle el título de margrave en 936,
recorrió las tierras de los obodritas en la Marca Billunga, induciendo y
provo-cando la revuelta de los seguidores del príncipe eslavo Nakon, que llegaron
a invadir Sajonia dos meses des-pués de la batalla de Lechfeld, en otoño de
955, ma-tando a los hombres en edad de portar armas y esclavi-zando a las
mujeres y los niños. Así que, tras derrotar a los húngaros en Augsburgo, Otón
se precipitó a toda prisa hacia el norte de su territorio para sofocar la
insu-rrección. Después de pedirme que le ayudara como ha-bía hecho en Lechfeld,
y negarme a dicha petición di-ciéndole que ya no mataría a más hombres, dejó de
ser mi amigo, por lo que decidí abandonar Aquisgrán. Una embajada eslava le
ofreció pagarle un tributo anual a cambio de que se les permitiera
autogobernarse bajo el dominio alemán en lugar de ser gobernados directa-mente
por los alemanes, pero Otón se negó y ambos bandos se enfrentaron el 16 de octubre
en la batalla de Recknitz, en la que las fuerzas de Otón obtuvieron una
victoria decisiva; tras la batalla, cientos de eslavos cap-turados fueron
ejecutados y su líder, el príncipe Stoig-niew, fue decapitado por uno de los
caballeros de Otón. Y mientras esto sucedía, aprovechando su ausencia, yo me
mudaba en octubre de 955 a Colonia, donde viví treinta y dos años; y cuando me
cansé de Colonia me
249
mudé a
Bruselas, donde permanecí casi cuarenta años. En el año 1025 volví a la Francia
occidental, donde viví durante treinta y cinco años en Ruan y acabé a finales
del verano del año 1066 mudándome a Falaise, que por entonces era la capital de
Normandía.
Durante
estos últimos ciento diez años, tanto en Co-lonia como en Bruselas y en Ruan
viví en paz y tran-quilidad, alejado de las guerras e ignorando las fiestas y
los eventos sociales a mi alrededor, haciendo vida casi monástica, amando mi
soledad como si se tratara de una persona y disfrutando de la lectura, la
escritura, algunos pinitos en pintura y en talla escultórica y, sobre todo,
disfrutando de la enseñanza que les seguí impar-tiendo gratuitamente a los más
necesitados con el ánimo de liberarlos de la esclavitud que la ignorancia les
impone a los plebeyos, dejándolos a merced de la voluntad de los poderosos. Si
la felicidad consiste en que la vida no se convierta en una carga y que cada
nuevo amanecer te traiga la ilusión de tener que aco-meter algo nuevo que
tienes pendiente de hacer, este período fue uno de los más felices de mi vida.
250
14
Llegué a
Falaise el martes, 19 de septiembre de 1066, y como quiera que me había
precedido mi fama de que gozaba de unos poderes extraordinarios y de ser un
hombre tan longevo que tal vez Dios me hubiera he-cho inmortal, al duque
Guillermo II de Normandía, mostrando un gran interés por conocerme, le faltó
tiempo para enviarme un emisario para que me diera aviso de que acudiera el
miércoles 27 al puerto de Saint-Valery-sur-Somme15, donde había reunido una
flota para invadir Inglaterra.
Guillermo
era alto, fornido y rubicundo, un claro ejemplar descendiente de vikingos, y al
igual que sus ancestros escandinavos, tenía la costumbre de ir siem-pre armado.
En lugar de una daga como todo el mundo, solía llevar al cinto una espada corta
y ligera, que era una copia exacta de la Gram, la mítica espada de Sig-frido.
En cambio, la hoja de su tizona de guerra era larga y ancha en toda su
longitud, si bien el diseño de su guarnición, con una empuñadura, un pomo y una
cruz muy livianas, así como la acanaladura a lo largo de la hoja por ambas
caras, la aligeraba algo de peso, convirtiéndola en un arma magnífica para
aquella época.
Hacía ya
más de cinco años que, tras larga lucha, ha-bía al fin afianzado el poder
absoluto sobre Normandía,
15 Actualmente, el puerto de El Havre.
251
estando
ya totalmente consolidado y apoyado por toda la nobleza normanda, razón por la
que estaba pla-neando la conquista de la pérfida Inglaterra.
Desde el
domingo 24, estábamos soportando una bo-rrasca que no paraba de enviarnos
aguaceros que ha-cían los caminos casi intransitables, por lo que para cu-brir
con mi carroza las treinta y cinco leguas de distan-cia a las que se encontraba
el puerto de Saint-Valery-sur-Somme, tuve que salir de Falaise el sábado 23 por
la mañana y pernoctar cuatro noches en el camino.
Guillermo
me recibió a primeras horas del miércoles 27 en la nave capitana de la flota,
una galera birreme. Para mi sorpresa, se encontraba sentado a la cabecera de
una larga mesa con capacidad para doce personas, desayunándose una perdiz asada
que acompañaba con una jarra de vino, pero no se encontraba solo sino
acompañado de los cuatro grandes capitanes de su ejér-cito. A su derecha se
sentaban Alan Rufus, también lla-mado Alan el Rojo por ser su barba y sus
cabellos in-tensamente pelirrojos, que era hijo del conde de Pent-hiévre; y
Guillermo FitzOsbern, llamado Espíritu or-gulloso. A su izquierda estaban el
conde de Boulogne, Eustaquio II, al que todos llamaban El de los largos
mostachos; y el señor de Saint-Opportune-la-Mare, Norman Fitz Guillaume De la
Mare.
Durante
los más de dos minutos que estuvimos su asistente y yo aguardando en la puerta
del salón a que hiciera una señal para que avanzáramos hasta donde él se
encontraba, pude oír que hablaban de cruzar el Canal
252
de la
Mancha y establecer una cabeza de playa en la de un pueblo llamado Prevensey,
del que yo no había oído hablar nunca.
Cuando al
fin, sin tan siquiera mirarnos, hizo un gesto con su mano derecha para que
entrásemos, Gui-llermo les hizo señas a los nobles del lado derecho de la mesa
para que corrieran sus asientos y dejaran libre el que se encontraba más cerca
de él; al parecer, quería tenerme bien a la vista, tal vez para observarme con
mayor detalle, lo que hizo que por un momento me sin-tiera una vez más como
hacía ya tiempo que no me sen-tía en el largo retiro social que había vivido en
mis úl-timos cien años, quiero decir que volvía a sentirme como si fuera una
atracción de feria.
—Hace ya
tiempo que sé de vuestra asombrosa lon-gevidad, que no envejecéis por muchos
años que pasen por vos y también de vuestros extraordinarios y asom-brosos
poderes —me dijo, al tiempo que le lanzaba a su perro el hueso limpio de uno de
los muslos de la per-diz y se desengrasaba los dedos chupándoselos uno por
uno—. Y de igual modo, conozco de buena fuente al-gunas de vuestras hazañas. No
os voy a preguntar si sois un ser humano, o si sois un ser celestial que ha
ba-jado a la Tierra y está al servicio de Dios, o si tal vez procedéis del
averno y estáis a las órdenes del mismí-simo Lucifer, pero si son ciertas todas
las cosas que se cuentan de vos, decidme, Orlando, ¿estaríais dispuesto a poner
esos dones portentosos vuestros a mi servicio? Creo que no es necesario que os
diga que si aceptáis
253
seréis
espléndidamente recompensado.
—¿Aceptaríais
los servicios de un servidor del Dia-blo? —le inquirí, sabiendo que era un gran
defensor de la Cristiandad, aunque tenía la duda de si lo era por
convencimiento o por conveniencia.
—Si con
ellos consigo lo que deseo, no os quepa la menor duda —me respondió sin dudarlo
ni un solo ins-tante.
—Sí, mi
señor, son ciertas todas esas cosas que se cuentan de mí, pero creedme si os
digo que estos que vos llamáis dones portentosos no se los deseo ni a mi peor
enemigo —le respondí, tras meditar mi respuesta un par de segundos—. No es
ninguna bendición ser di-ferente, pues es muy difícil vivir en el mundo siendo
distinto a los demás. En cuanto a ponerlos a vuestro servicio, de todos es
sabido que estáis preparando una expedición contra Inglaterra y, si no os he
entendido mal, lo que me estáis pidiendo es que ponga mis pode-res al servicio
de vuestras futuras guerras, lo que signi-fica tener que matar hombres. Durante
cierto periodo de mi vida fui un guerrero que arrebató muchas vidas humanas,
pero cuando Dios me dio estos poderes tam-bién iluminó mi mente y mi corazón,
recordándome que Él fue el creador de la vida y, por tanto, al ser una creación
divina, la vida es sagrada. Ningún verdadero cristiano debería enarbolar un
arma contra uno de sus semejantes, sea cual sea la religión que este profese;
no tiene sentido que una religión como el cristianismo, que predica la paz y
aconseja a sus seguidores responder a
254
una
agresión «poniendo la otra mejilla», persiga a las personas de otras
confesiones para imponerles sus creencias por la fuerza de las armas. Al
adversario hay que convencerlo con argumentos y con buenas razones; matarlo es
ofender a Dios
—Sí, es
cierto cuanto decís, pero nosotros somos ca-tólicos, y el catolicismo es algo
que cambia por com-pleto el concepto de humanismo cristiano al intentar
compatibilizarlo con la política y la economía tan sal-vajes y tan
deshumanizadas que sostenemos en Europa y que son las culpables de que estemos
enfrentados en una incesante guerra. Nuestro señor Jesucristo nos pe-día que
fuésemos como él, puros y limpios de corazón, pero nos estaba pidiendo un
imposible ya que él no era de este mundo y carecía de defectos tan humanos como
la envidia, la ambición y el egoísmo; sí, ciertamente Je-sús nos amaba mucho,
pero se le olvidó liberarnos de estos defectos para que pudiéramos alcanzar su
gloria más fácilmente —afirmó, dejándome algo perplejo con esta respuesta—.
Pero no temáis, Orlando, no tendréis por qué asesinar a nadie, me bastará con
que, además de esa asombrosa velocidad en vuestros desplazamien-tos que según
dicen son más rápidos que la vista, utili-céis vuestra inteligencia y esa
portentosa fuerza física que tenéis para hacerme servicios de espionaje al
enemigo; habiendo sido un guerrero, sabéis la impor-tancia que tiene en la
guerra disponer de información que revele los movimientos y las intenciones del
opo-nente.
255
—Aun así,
sabiendo que la información que consiga en mis espionajes se puede traducir en
causarle un ma-yor número de bajas al enemigo, me sigue repugnando la idea.
—Hay otra
razón de peso para que me ayudéis —me contestó, adoptando su rostro una
expresión grave y se-vera—, y es que, si queréis vivir en paz en Normandía y
que ningún normando os haga el menor reproche, de-béis colaborar con el país
que es vuestro anfitrión, ayu-dándolo a conseguir sus objetivos.
—¿Me
estáis diciendo que si no os ayudo me expul-sareis de Normandía?
—No será
necesario que yo ordene vuestra expul-sión, bastará con que cada día sintáis en
vuestras carnes el repudio que los demás os demostrarán en vuestras relaciones
para que seáis vos mismo quien se marche.
—Veo que
jamás podré librarme de la esclavitud a la que me someten estos extraordinarios
poderes que Dios me ha dado. Está bien, mi señor, cómo me gusta tanto Normandía
y sé que a donde quiera que vaya me voy a encontrar con el mismo problema, os
ayudaré con la condición que vos mismo me habéis propuesto, quiero decir que no
me hagáis intervenir en acciones bélicas cruentas en las que pueda verme
obligado a te-ner que matar personas.
—Gracias,
Orlando, tened la plena seguridad de que así será; solo realizaréis operaciones
de inteligencia mi-litar —me aseguró—. Y ahora os voy a pedir que os quedéis
con nosotros pues, para que podáis hacer bien
256
vuestro
trabajo, necesitareis estar al tanto de todos cuantos movimientos de tropas
proyectemos llevar a cabo. Supongo que ya sabréis que mis derechos suce-sorios
al trono de Inglaterra han sido vulnerados por Haroldo Godwinson y estamos
planeando la invasión de la isla. ¿Dónde nos habíamos quedado? —preguntó a
continuación, dirigiéndose a sus capitanes.
—Habíamos
decidido que para llevar a cabo la cam-paña serán suficientes los ocho mil
setecientos hombres que hemos movilizado; habíamos establecido el nú-mero y las
clases de barcos que utilizaríamos para cru-zar el canal; también el armamento
y el bagaje que por-taremos en la expedición; y que el desembarco lo hare-mos
en Prevensey —le respondió Alan, el Rojo—. Por último, empezábamos a discutir
si hacíamos el desem-barco mañana, jueves 28, o lo aplazábamos al domingo 31.
—Bien, yo
me inclino por el domingo, aunque sea fiesta de guardar —respondió el duque de
Norman-día—. Precisamente, por ser día de fiesta creo que en-contraremos menos
resistencia, ¿qué opinas tú, tocayo? —le inquirió a Guillermo FitzOsbern.
—Hemos
guardado en secreto la fecha de esta reunión y no creo que nos esperen, por lo
que pienso que no encontremos resistencia alguna el día del des-embarco. Aparte
de esto, sabes bien que estoy firme-mente convencido de que Dios no nos
perdonará que iniciemos una campaña militar en domingo, siendo este día fiesta
de guardar, por lo que estoy seguro de que, si
257
lo
hacemos, será un fracaso y sufriremos un desastre total —le respondió
FitzOsbern, Espíritu orgulloso, al mismo tiempo que con su mano derecha oprimía
contra su pecho el crucifijo de oro de grandes dimensiones que colgaba de una
gruesa cadena del mismo metal alrede-dor de su cuello.
—Y tú,
Norman, ¿qué dices? —le inquirió el duque.
—Yo digo
que, pese a haber mantenido esta reunión en secreto, siempre se producen
filtraciones y es posi-ble que encontremos resistencia, aunque sería menor si
desembarcamos en domingo, pero aun así creo que no debemos tentar la suerte
ofendiendo a Dios con una ac-ción militar en un día de fiesta.
—Y tú, mi
querido Guillaume, ¿qué opinas?
—Que no
debemos jugar con estas cosas y mejor lo hacemos mañana jueves 28.
Sí,
queridos lectores, si os parece asombroso que un grupo de estrategas militares,
reunidos para planificar una invasión militar en la que iban a morir miles de
hombres, tomaran a la ligera decisiones tan determi-nantes como la de elegir
cuál sería el mejor día para dar comienzo a una campaña militar, basándose tan
solo en que si tal día ofendería más o menos a Dios y sin tener en cuenta
ningún otro factor, como pudiera ser la cli-matología, el estado del mar o el
tamaño del ejército de su enemigo y las posiciones que este ocuparía ese día,
sabed que esta forma de pensar era el resultado de los muchos siglos que
llevaba la Iglesia católica contrapo-niéndose a la lógica y a la razón,
habiendo conseguido
258
que la
idea de Dios presidiera todos cuantos proyectos se hicieran, ya fueran estos de
orden doméstico, econó-mico, político o militar; y lo mismo ocurría con cada
uno de aquellos inventos o descubrimientos que pudie-ran significar un avance
técnico o científico para la so-ciedad, si estos no concordaban con las
afirmaciones vertidas por Moisés en el Antiguo Testamento, que ha-bía sido
escrito hacía ya dos mil quinientos años con la mentalidad y los escasos
conocimientos propios de aquella época. Sin embargo, estos mismos militares,
que hablando en estos términos ponían en entredicho su buen juicio y su sentido
de la lógica, en las ideas que siguieron expresando en la reunión, manifestaron
po-seer un sentido de la honradez, del honor y de la digni-dad que desgraciadamente
hoy se ha perdido para siem-pre; si no, oíd lo que le dijo Alan el Rojo al
duque Gui-llermo y lo que este le respondió.
—Guillermo,
lleváis ya más de seis meses sufriendo el tormento de la gota en vuestras manos
y pies, ¿por qué no delegáis en nosotros la dirección de esta guerra y os
quedáis en Falaise descansando?
—Porque
me consideraría un cobarde y un indigno; moriría de vergüenza ante mi pueblo si
hiciera lo que me pides. Un soberano debe dar ejemplo encabezando a sus tropas
en la guerra acompañado de sus hijos ma-yores, que deben correr los mismos
riesgos que los hi-jos de sus súbditos; un caudillo debe permanecer en el campo
de batalla dirigiendo los movimientos de su ejército y, si es necesario,
también debe participar en
259
los
combates y batirse como un soldado más; y si muere combatiendo, su sucesor
deberá sustituirlo y continuar su lucha, y si este no existiere o no estuviese
presente en la batalla, será suplido por el más allegado de sus nobles
caballeros. Aquel gobernante que declara una guerra desde la seguridad de su
palacio y no acude a ella encabezando a sus tropas ni combate al enemigo
exponiéndose a los mismos peligros que sus soldados, es un cobarde y un
mentiroso que engaña a su pueblo en su propio beneficio. Una persona así no es
digna de respeto y mucho menos de dirigir los destinos de un pueblo.
La
reunión continuó analizando la delicada situación política que se había
producido en Inglaterra tras la muerte sin hijos, y por tanto sin ningún
sucesor, del rey Eduardo el Confesor el 5 de enero de aquel mismo año de 1066,
dando lugar a una pugna entre varios preten-dientes al trono.
La
asamblea de notables del reino, el llamado Wite-nagemot, nombró como sucesor al
cuñado del difunto rey, Haroldo Godwinson, conde de Wessex y el más rico y
poderoso de los aristócratas ingleses, siendo co-ronado por el arzobispo de
York al día siguiente del fa-llecimiento de Eduardo. De inmediato, Haroldo fue
desafiado por el duque Guillermo II de Normandía, quien afirmaba que su primo,
el difunto Eduardo, le ha-bía prometido el trono y que Godwinson había jurado
respetar su decisión. Por otra parte, el rey Harald Har-drada de Noruega
también reclamaba la sucesión al
260
trono
basándose en un acuerdo existente entre su pre-decesor, Magnus el Bueno y el
anterior rey inglés, Ca-nuto Hardeknut, en virtud del cual, si alguno de ellos
moría sin descendencia, el otro heredaría tanto el trono de Inglaterra como el
de Noruega. Por otra parte, Tostig Godwinson, el hermano de Haroldo, también
recla-maba para sí la mitad de Inglaterra.
Los
astrólogos ya anunciaron las desgracias que iban a sobrevenir cuando, a los
tres meses de la coronación de Haroldo, el 25 de marzo, hizo su aparición el
cometa Halley, que fue visible en toda Inglaterra y considerado por todos como
un mal augurio para el nuevo reinado que se iniciaba.
El mal
augurio comenzó a cumplirse cuando, con el fin de reconciliarse con su hermano,
que tres años antes había sido exiliado y declarado proscrito, Haroldo le
ofreció un tercio de Inglaterra, pero al preguntarle Tos-tig que cuánto le iba
a dar al rey de Noruega y respon-derle Haroldo diciendo: «Seis pies de terreno
son mu-chos más de los que él necesita, a pesar de que él es más alto que la
mayoría de los hombres». En aquel mo-mento, Tostig rechazó la oferta, volvió a
su exilio y atacó la costa sur de Inglaterra con una flota que le ha-bía
prestado su cuñado, Balduino V, rey de Flandes. La amenaza que suponía la flota
de Haroldo lo obligó a desplazarse al norte, donde asaltó Anglia Oriental y
Lincolnshire, pero al verse abandonado por la mayoría de sus seguidores, se
retiró a Escocia, donde pasó todo el verano reclutando más hombres. Cuando a
primeros
261
de
septiembre Hardrada invadió el norte de Inglaterra al frente de una flota de
trescientos barcos y unos quince mil vikingos, Tostig se sumó a la invasión con
las fuerzas que había conseguido reclutar hasta aquel momento en Escocia. Una
semana antes de la reunión que estaba teniendo lugar en la galera capitana de
la flota normanda, concretamente el pasado día 20 de aquel mismo mes de
septiembre, este ejército vikingo ,había vencido en la batalla de Fulford a un
ejército mal formado y peor preparado que Harold había improvi-sado
reclutándolo apresuradamente, si bien, cinco días más tarde, volvieron a
enfrentarse en una nueva batalla, esta vez en Stamford Bridge, cerca de York,
en la que el rey noruego y Tostig murieron en combate, dejando al rey inglés y
al duque Guillermo de Normandía como únicos contendientes por la corona.
Haroldo
permaneció durante la primera mitad de 1066 en la costa sur de Inglaterra con
un gran ejército y una poderosa flota esperando la invasión de Gui-llermo, pero
el 8 de septiembre se vio obligado a des-movilizar las milicias porque ya
llevaban cuatro meses de servicio y habían consumido todos sus suministros, al
tiempo que la flota real regreso a Londres. Cuando tuvo noticia de la invasión
noruega corrió hacia el norte, reclutó soldados por el camino y tomó por
sor-presa al ejército vikingo de Hardrada y de su hermano Tostig, a los que
derrotó y dio muerte en la batalla de Stamford Bridge el 25 de septiembre. Los
noruegos su-frieron pérdidas tan grandes que tan solo necesitaron
262
veinticuatro
de sus trescientos barcos para trasladar de regreso a Noruega a los
supervivientes. Sin embargo, fue los ingleses obtuvieron una victoria pírrica,
pues el ejército de Haroldo quedó diezmado y debilitado.
Al
amanecer del viernes, 28 de septiembre de 1066, con muy mal tiempo y un fuerte
viento de popa que soplaba del continente, silbaba en la jarcia y alargaba las
olas cubriendo sus crestas de borreguitos, la flota normanda partió del puerto
de Saint-Valery-sur-Somme, poniendo rumbo nornordeste y transportando a ocho
mil setecientos hombres, de los que casi seis mil eran infantes, setecientos
eran arqueros y ballesteros, y los seiscientos restantes eran caballeros que
montaban a otros tantos caballos de batalla. Y con aquel fuerte viento de popa,
en menos de seis horas la flota cruzó el Canal de la Mancha surcando las
sesenta millas de mar que la separaba de las playas de Prevensey.
Era ya
mediada la hora nona cuando la galera capi-tana en la que navegaba el duque
Guillermo de Nor-mandía tocó tierra inglesa y, cuando el sol ya se ponía, un
poco antes de que la campana del barco diera el to-que de la hora de
completas16, el ejército ya había des-embarcado con toda su impedimenta y se
había insta-lado en un campamento que había montado a unas cien yardas hacia el
norte, dejando despejada la playa.
Aquella
noche, tanto el duque como sus nobles y yo,
16 La hora «nona» era las 15:00, y la hora
«completas» eran las 21:00.
263
pernoctamos
en la galera capitana, y al día siguiente, dejando en Prevensey algunas
brigadas dedicadas a la construcción de una fortificación, el ejército avanzó
tres leguas siguiendo la línea de la costa hasta llegar a Hasting, donde
Guillermo ordenó la construcción de un fuerte de madera desde donde se
saquearon los alrede-dores.
Por su
parte, después de derrotar a su hermano Tos-tig y a Harald Hardrada en el
norte, el rey Haroldo dejó a gran parte de sus soldados allí y marchó con el
resto de sus tropas, unos siete mil quinientos hombres, hacia el sur para hacer
frente a la invasión normanda, dete-niéndose en Londres, donde permaneció
alrededor de una semana antes de dirigirse hacia Hastings. Durante su viaje
hacia el sur y su estancia en Londres, Haroldo nos envió varios emisarios con
el mensaje de negociar una salida al conflicto, pero Guillermo los fue
despa-chando uno tras otro sin darles respuesta alguna. A me-dia mañana del 13
de octubre, Haroldo llegó con su ejército y acampó en la colina Caldbec, a algo
más de dos leguas de nuestro fuerte en Hastings.
—El
usurpador ha llegado, es hora de saber a qué fuerzas nos enfrentamos, Orlando
—me dijo Gui-llermo—. Tendréis que visitar el campamento de nues-tro oponente y
evaluarlas. ¿Cómo pensáis hacerlo?, ¿esperaréis a que se haga de noche o lo
haréis hoy, a plena luz del día?
—Puedo
hacerlo tanto de día como de noche, pues la agudeza de mi visión nocturna y la
finura de mi oído
264
superan
en mucho a las de un búho y un gato juntos, pero para llevar a cabo la
inspección del armamento y un recuento de soldados es mejor hacerlo de día,
cuando todos están fuera de sus tiendas de campaña ocupados en la preparación y
limpieza de sus armas o dedicados a las labores cotidianas que son necesarias
en el acantonamiento. Iré a mi tienda ahora para prepa-rarme y dentro de una
hora os podré informar de cuanto haya visto y oído.
Así pues,
aprovechándome del sistema de invisibili-dad que me ofrecía el traje biónico,
me hice transpa-rente, volé hasta la colina Caldbec y me situé en un punto en
el aire, a unos cien pies de altura, sobre el cen-tro del campamento inglés,
desde donde gozaba de una panorámica completa. Después de obtener una visión de
conjunto, pude contabilizar unas setecientas tiendas de campaña, lo que me daba
una idea de que, a diez o doce hombres por cada tienda, el número de soldados
debía estar comprendido entre los siete mil y los ocho mil. Luego lo sobrevolé
con lentitud y pude observar que el ejército anglosajón estaba compuesto
principal-mente por infantería. Se veían muy pocos caballos; tal vez eran de
algunos aristócratas que se hubieran des-plazado hasta aquel lugar y que,
seguramente, en el mo-mento de la batalla lucharían a pie. El núcleo del
ejér-cito eran los huscarles17, soldados muy profesionales
17 Los huscarles fueron una tropa especial
encargada de la defensa per-sonal de los reyes escandinavos durante la Edad
Antigua y el Medievo, análo-gas a la guardia pretoriana de la Antigua Roma.
265
que
portaban casco cónico, cota de malla hasta las ro-dillas, lanza, espada y un
escudo, bien redondo, como una rodela, o con forma de cometa, con los que,
situa-dos en primera línea de batalla y juntándolos unos con otros, formaban
una especie de muro defensivo que bloqueaba las acometidas frontales del
enemigo. Mu-chos de ellos empleaban el hacha danesa a dos manos, así como
hachas arrojadizas más pequeñas, de las que se usaban para cortar madera. El
resto del ejército es-taba compuesto de levas del fyrd, una infantería no
pro-fesional y con armadura ligera.
Aquel
sábado 14 de octubre amaneció poco después de la hora prima18. El cielo estaba
despejado de nubes, la temperatura era agradable y, paradójicamente, pese a la
tragedia que se gestaba en la tierra, el día prometía ser día luminoso y
placentero. Haroldo mandó plantar su estandarte en el punto más alto de la
colina Caldbec y formó a sus tropas en la cumbre adoptando una posi-ción
defensiva. Situó a los huscarles en primera línea y les ordenó juntar sus
escudos hasta formar una barrera con sus gruesas maderas a fin de protegerse
del ataque. Aquel largo muro de más de setecientas yardas cubría la anchura de
la colina, quedando protegidos sus flan-cos por la arboleda del bosque que
rodeaba la elevación envolviéndola en semicírculo que cubría la ladera norte y
las laterales. En su base, la colina presentaba una zona
18 Las seis de la mañana.
266
encharcada
que nos entorpecería la subida, y su pen-diente era bastante empinada, lo que
la dificultaría aún más.
Nuestro
ejército, por su parte, había avanzado du-rante el último cuarto de la noche en
dirección al cam-pamento inglés y, poco después del amanecer, había-mos tomado
posiciones al sur de la formación enemiga, a unos seiscientos metros de
distancia. Lo primero que pudimos apreciar fue el acierto de Haroldo al haber
es-cogido aquel sitio pues, al quedar sus hombres en una posición más elevada,
nos llevaría ventaja en el enfren-tamiento.
Guillermo
dividió sus fuerzas en tres grupos. En el ala izquierda puso a la mayoría de
los bretones y a los que procedían de Anjou, Poitou y Maine, todos ellos al
mando de Alan Rufus el Rojo. En el centro colocó a los normandos, que eran los
más numerosos y estaban bajo su mando directo. Finalmente, el ala derecha se la
reservó a los franceses y a los combatientes de Picardía, Boulogne y Flandes,
que eran los menos numerosos, poniéndolos al mando de Guillermo FitzOsbern y
del conde Eustaquio II de Boulogne. Las primeras líneas del centro estaban
formadas por arqueros y ballesteros normandos, a los que se sumaban algunos
honderos ba-leares; tras ellos formaban las líneas de infantes equi-pados con
lanzas y espadas. La caballería la dejó de re-serva en la retaguardia. Esta
disposición de fuerzas ya le indicó a Haroldo que Guillermo planeaba comenzar
la batalla con los arqueros, ballesteros y honderos, que
267
debían
diezmar al enemigo con una lluvia de flechas y piedras, para que después la
infantería se enfrascara en el cuerpo a cuerpo, creando huecos en sus líneas
por los que atravesaría la caballería para romper la formación inglesa y
perseguir a las tropas que huyeran.
Casualmente,
el inicio de la batalla coincidió con el lejano toque de la hora tercia19 que
se oyó en la distan-cia, seguramente dado por la campana de alguna ermita o
abadía aislada. En aquel mismo momento, Guillermo daba la orden de avanzar
hacia la colina Caldbec y, cuando alcanzamos su base, a la voz de «Disparad»,
la primera andanada de flechas disparadas por los arque-ros y ballesteros
normandos volaron colina arriba hacia el muro de escudos inglés, si bien,
debido al ángulo de la trayectoria y a la pendiente de la colina, muchas
fle-chas impactaron en los escudos de la primera línea y otra gran parte se
perdieron dispersas en el terreno. Aquellos proyectiles que se disparaban con
mayor án-gulo, acababan sobrevolando la formación inglesa y caían tras ella de
forma inofensiva. Paradójicamente, la falta de arqueros entre las fuerzas
inglesas fue un in-conveniente para los arqueros normandos, que no te-nían la
posibilidad de reutilizar las flechas del enemigo y solo contaban con un carcaj
en el que alojaban dos docenas de dardos. Tras las descargas de nuestros
ar-queros, Guillermo mandó a los lanceros a primera línea para proseguir el
ataque, pero al acercarse estos a la
19 Las nueve de la mañana.
268
formación
anglosajona, se encontraron con una lluvia de lanzas, hachas y piedras que les
eran arrojadas desde la posición elevada que cupaban. Ante la incapacidad de la
infantería para abrir brecha en las fuerzas de Ha-roldo, nuestra caballería
avanzó para prestarle apoyo, pero también sin éxito. En aquel momento, los
bretones del ala izquierda comenzaron una huida que contagió a resto
convirtiéndose en una huida general. Al parecer, entre los nuestros surgió el
rumor de que Guillermo ha-bía muerto, acentuando la confusión. Los ingleses
aprovecharon la situación y salieron en persecución de los nuestros, pero
Guillermo cabalgó de un extremo al otro del frente, mostrando su rostro y
gritando que se-guía con vida. A continuación, arengando a sus tropas normandas
y aprovechando que los ingleses habían roto su formación persiguiendo a los
nuestros, el duque lideró un contrataque que produjo muchas muertes en-tre los
ingleses, obligando a los supervivientes a rein-tegrarse a su formación.
A primera
hora de la tarde se hizo una pausa para descansar, comer y recomponer filas,
que Guillermo aprovechó para reunirnos a mía y a sus nobles, con el fin de
discutir la implementación de una nueva estrate-gia. Tal vez inspirado por la
fallida persecución em-prendida por los ingleses que les costó un buen número
de muertos, Guillermo propuso que nuestra caballería se acercara al muro de
escudos para después huir, apa-rentado estar despavoridos, y así atraer a los
ingleses en su persecución, en la confianza de que quizás así se
269
podrían
abrir brechas en su apretada formación. Todos estuvimos de acuerdo en aplicar
esta táctica y, cuando se reanudó la lucha, la usamos dos veces, pero sin
ob-tener los resultados apetecidos ya que, aunque en am-bas ocasiones muchos de
los huscarles que formaban el muro de escudos abandonaron la formación para ir
en persecución de los nuestros, encontraron la muerte bajo las flechas de
nuestros arqueros y ballesteros que los esperaban ocultos, los huecos que iban
dejando en la formación eran ocupados por los milicianos del fyrd y el muro de
escudos se mantenía. Nuestros arqueros vol-vieron a intervenir dos veces más,
antes y durante el asalto de la caballería y de la infantería, que fueron
li-derados por Guillermo, pero esta vez sus disparos fue-ron efectuados con un
ángulo muy alto para que las fle-chas cayeran tras el muro de escudos. Los
asaltos se estuvieron sucediendo toda la tarde, durante los cuales, a Guillermo
lo derribaron del caballo tres veces, siem-pre matando a su caballo.
No fue
hasta el final de la tarde, con las últimas luces del crepúsculo y el sol ya
oculto tras el horizonte, cuando una flecha, no se sabe si perdida o disparada
a propósito con buena puntería, puso fin a la batalla de-cidiendo el resultado
a favor del ejército normando. El rey Haroldo recibió un flechazo en un ojo.
Cuando el dardo penetró profundamente en su cerebro, el rey dio un ronquido y
se desplomó al suelo desde la monura de su caballo y a continuación, los sones
de los cuernos de guerra del ejército inglés llenaron el aire anunciando su
270
rendición.
En el
lugar de la batalla, Guillermo ordenó la cons-trucción de una abadía, a la que
le daría el nombre de abadía de Battle, estableciendo que el altar mayor de su
iglesia debería colocarse en el lugar exacto en el que cayó muerto Haroldo.
Después
de la batalla de Hasting aun seguí viviendo en Falaise veintiocho años más,
hasta que la gente ya llevaba algún tiempo mirándome como al bicho raro que
nunca envejece y, en diciembre de 1094, decidí mudarme a Clermont.
271
272
15
Tal como
llegué a Clermont, conocí a Pierre Bon-gard, un joven que tenía la misma edad
que yo aparen-taba tener, es decir, de unos treinta años, y que vivía en la
casa contigua a la que me compré frente a la basílica Nuestra Señora del
Puerto. Nos conocimos el mismo día que habité aquella casa, cuando acudió a
saludarme y a ofrecerse para todo cuanto necesitara. Extraña-mente, además de
ser un buen escritor también era gran lector, y digo que es extraño porque los
escritores sue-len ser grandes lectores hasta el día que se enfrascan en la
escritura; después, salvo algunas honrosas excepcio-nes, solo leen lo preciso
para llevar a cabo el trabajo literario que estén haciendo. A Pierre había que
que-rerlo, pues tenía un corazón tan grande, noble y leal como el de un perro,
y aunque mi inmortalidad me aconsejaba no hacer amigos para no sufrir el dolor
de sus muertes o las separaciones por mis frecuentes y obligadas mudanzas, no
pude evitar hacerme su amigo en muy poco tiempo. Nos veíamos a diario.
Intercam-biábamos nuestros libros; comentábamos sus escritos y, reconociendo él
en mí una mayor experiencia que la suya, continuamente me pedía consejos.
Solíamos pa-sear cada tarde hasta la puesta de sol y acudir juntos a los
eventos, tanto lúdicos como culturales, que se cele-braban en la ciudad.
Llevaba
ya viviendo más de nueve meses en Cler-mont y en este tiempo nuestra amistad
había crecido
273
hasta
rayar en hermandad, cuando una tarde de media-dos de octubre, tras el paseo
vespertino, Pierre y yo lle-gamos a mi casa y fuimos a sentarnos en la sala
biblio-teca con la intención de enseñarle un ejemplar de La peregrinación de
Carlomagno, una gesta escrita en versos alejandrinos referida a un imaginario
viaje de Carlomagno, acompañado de sus doce Pares, a Jerusa-lén y a
Constantinopla. Cuando ambos estábamos ad-mirando la bellísima caligrafía del
códice, oímos lla-mar a la puerta y, al abrirla una de mis criadas, sonaron
fuertes voces dadas por un hombre. A continuación, apareció en la puerta de la
biblioteca un enmascarado sosteniendo con un brazo a la criada por la cintura,
mientras que con la otra mano le amenazaba el cuello empuñando un cuchillo. Se
trataba de un ladrón, un asaltante que quería dinero o, en su defecto, algún
ob-jeto valioso que pudiera vender. Sorprendidos, Pierre y yo nos levantamos de
nuestros asientos al ver aquello y, estando yo dispuesto a darle lo que me
pidiese, me dirigí a él diciéndole que si soltaba a la criada le daría las dos
monedas de oro que llevaba en la bolsa, pero el ladrón no me creyó y me
respondió que primero le diera las dos monedas y luego la soltaría. Dado que
habíamos vuelto de la calle hacía tan solo unos minutos, y estando acompañado
además de Pierre, no me había cambiado de ropa y aún llevaba colgada al cinto
la bolsa pequeña que acostumbraba llevar cuando salía de casa; así que, cuando
fui a descolgarla, no sé cómo, la cinta de la bolsa se enredó en el puño de mi
daga y esta, saliéndose
274
del
tahalí, cayó al suelo. Me agaché instintivamente para recogerla y la empuñé
para devolverla a su funda, pero aquel individuo debió pensar que lo atacaría
y, soltando a la criada, dio dos pasos hacia mí y me des-cargó una cuchillada.
Ya sabe el lector lo que hubiera pasado si aquel cuchillo hubiera entrado en el
campo de fuerza de mi traje biónico, que hubiera salido rebo-tado y habría
volado por el aire, pero esto no llegó a ocurrir porque, cuando el brazo del
delincuente ya ini-ciaba su descenso para descargarme el golpe, Pierre se
interpuso y le ofreció al cuchillo del ladrón su propio pecho, como el perro
fiel que ofrece su vida por salvar la de su amo.
La
cuchillada no afectó a su corazón, pero la hoja penetró en el pecho de Pierre
hasta la empuñadura. Vi-vió lo suficiente para cogerme una mano, dedicarme una
sonrisa y despedirse de mí diciéndome que, si es cierto que después la muerte
tenemos algún sitio a donde ir, fuese cual fuese ese sitio y donde quiera que
estuviese, siempre me llevaría en su corazón. Fue tal el dolor que sentí en mi
alma que, a partir de aquel día, siempre procuré, sin demasiado éxito, por
cierto, no enamorarme ni estrechar ninguna amistad. Desde aquel día, el ejemplo
del sacrificio de Pierre que, por haber sido inútil resultaba ser aún más
grande, fue la medida de cómo debe ser una verdadera y auténtica amistad; si
dos amigos no están dispuestos a ofrecer sus vidas el uno por el otro, su
amistad no es auténtica y deja mucho que desear.
275
Aún no
llevaba un año viviendo en Clermont cuando el Papa Urbano II convocó en dicha
ciudad un Concilio el 27 de noviembre de 1095. Durante el largo sermón que
pronunció aquel día, que más que una prédica fue una arenga militar, convocó
una Cruzada contra los musulmanes con el fin de conquistar los territorios de
Oriente Medio que sirvieron de escenario a la vida de Jesús de Nazaret, a los
que llamó Tierra Santa. El men-saje, conocido como «La Indulgencia», iba
fundamen-talmente dirigido a los nobles caballeros auverneses, a los que les
prometía que, aquellos que peregrinaran a Tierra Santa y defendieran la
Cristiandad, se le perdo-narían todos sus pecados y sus almas recibirían la
re-compensa del Paraíso en la otra vida. A continuación, el Papa llevó a cabo
una gira de sermones por toda Francia en los que exageraba y mentía tan
descarada-mente que hasta se creía sus propias mentiras y lloraba cuando
afirmaba que los musulmanes estaban profa-nando las iglesias y los monumentos
cristianos, y que los creyentes eran perseguidos y torturados impune-mente. El
pontífice envió cartas y embajadores a todos los rincones de la Cristiandad.
Las iglesias principales de Francia, como las de Limoges, Angers y Tours, así
como muchas iglesias rurales y especialmente los mo-nasterios, sirvieron de
centros de reclutamiento de cru-zados. La llamada que Urbano hizo a «llevar la
cruz» bordada en el hombro para proclamar su compromiso de liberar Tierra
Santa, conmovió no solo a los prínci-pes y nobles guerreros de toda Europa, sino
a todo el
276
pueblo en
general. Movidos, unos por el fervor reli-gioso y la salvación del alma; otros
por la aventura de la peregrinación y de la guerra; y los más por el deseo de
enriquecimiento personal, los cruzados se fueron reuniendo a lo largo de 1096,
listos para embarcar hacia Jerusalén. La fecha de salida se estableció para el
15 de agosto de dicho año. Esta primera Cruzada estuvo for-mada por unos seis
mil caballeros y sesenta mil plebe-yos, la mayoría de ellos gente de muy baja
fortuna, ra-zón por la que fue llamada «la Cruzada de los pobres».
Al no
estar yo intoxicado de ideas pseudo-religiosas ni mucho menos sediento de
sangre musulmana como lo estaban los nobles católicos, o tal vez por ser
cono-cedor, gracias al contacto con los uriatis, de secretos del universo que
los demás ignoraban, como que el uni-verso que habitamos no necesitó de ningún
creador para formarse, durante los siguientes tres años estuve esquivando todas
aquellas ocasiones en las que corría el riesgo de que me propusieran sumarme a
la san-grienta expedición. Siempre me negué a participar en una matanza que
estaba movida exclusivamente por el mesianismo y por razones de índole
políticas, como eran la expansión de los turcos selyúcidas sobre terri-torio
bizantino que amenazaba la continuidad del Sacro Imperio y el fortalecimiento
del papado frente al mismo y frente a la Iglesia cristiana de Oriente, así como
la seguridad de la Europa cristiana, pero sobre todo respondía a la ambición
personal de los nobles y al espíritu aventurero y religioso que era
característico
277
de la
nobleza caballeresca medieval.
En el año
1000 se había cumplido el primer milenio de la crucifixión de Jesús de Nazaret,
pero el esperado mesías no había regresado. Durante el siglo XI los reyes más
belicistas de Europa se encontraban inactivos y el Papa Urbano II intentaba
enrolarlos pidiéndoles que hi-cieran algo por el mundo cristiano y animándolos
a en-trar en una guerra contra los musulmanes que les daría pingues beneficios.
En los
tres años siguientes, los cruzados crearon en la llamada Tierra Santa el reino
de Jerusalén, el princi-pado de Antioquía y el condado de Edesa, y en todas
estas conquistas hicieron notar su crueldad, especial-mente en la conquista de
Jerusalén. De camino a Tierra Santa, los cruzados diezmaron, violaron y
asesinaron a comunidades enteras, incluyendo al pueblo judío, al que le
dedicaron una especial inquina pese no solo a no haber recibido de ellos
agresión alguna, sino ni tan si-quiera alguna muestra de hostilidad. Un
ejército ale-mán compuesto por unos diez mil cruzados y dirigido por los nobles
Gottschalk, Volkmar y Emicho se diri-gió hacia el norte, siguiendo el curso de
Rin, en direc-ción opuesta a Jerusalén, con el único objeto de matar judíos llevando
a cabo una serie de pogromos. Les da-ban a las comunidades judías la opción de
convertirse al cristianismo o ser masacradas. Muchas de estas co-munidades se
negaron a la conversión y, a medida que se extendían las noticias de las
masacres, cuando llega-ban los cruzados a los pueblos, se encontraban las casas
278
llenas de
cadáveres de judíos que se habían suicidado en masa. Los de la cruz
justificaban todas estas masa-cres mediante el argumento de que el Papa Urbano
ha-bía prometido la recompensa divina a los que matasen a infieles, fuesen del
tipo que fuesen, sin importarles si estos eran judíos o musulmanes. Al
conquistar Jerusa-lén, los cruzados reunieron a varios cientos de hebreos, los
encerraron en una sinagoga y los quemaron vivos. A día de hoy, hay algunos que
dicen que en los corazo-nes de los yihadistas musulmanes aún arde la llama de
la venganza por aquellas matanzas que sufrieron de parte de los cristianos en
Tierra Santa y que, sin em-bargo, no ocurre lo mismo con los judíos, que nunca
han mostrado animadversión hacia el cristianismo, pero a mí me parece que en
los corazones de los he-breos también está vivo ese sentimiento y que se toman
su venganza llevándola a cabo a través de los altos in-tereses que nos cobran
por el dinero que nos prestan sus bancos. Yo diría que los primeros pogromos
contra los judíos fueron estos que llevamos a cabo los cristianos durante la
primera Cruzada. En los mil años siguientes, los cristianos hemos seguido
teniendo el deshonor de haber continuado asesinando a los judíos, acusándolos
de ser los culpables de la peste negra o de ser herejes a los que la Santa
Inquisición se encargaba de quemarlos vivos en la hoguera durante los autos de
fe, al mismo tiempo que les confiscaban todos sus bienes, dejando a sus
familias en la indigencia, y llegando esa tendencia criminal a su clímax con el
Holocausto a manos de los
279
nazis.
Parece, sin embargo, que en la actualidad el Es-tado de Israel ha asumido el
papel de los nazis y lleva a cabo un segundo Holocausto contra el pueblo
gazatí.
En la
primavera de 1099, concretamente el 4 de abril, ocurrió algo que estuvo a punto
de provocar una locura colectiva parecida a la vivida en Europa un siglo antes,
cuando el 31 de diciembre del año 1000 la gente creyó que había llegado el fin
del mundo. Resultó que ese día recibí un mensaje telepático de Suriel en el que
me anunciaba que Tehovás requería la presencia inmediata en la Luna de todos
los filsolis, citándonos para el do-mingo 13 de abril a las 10:00, hora
universal, convoca-dos a una asamblea extraordinaria para tratar de un
im-portante asunto que afectaba gravemente a nuestro mundo.
La
campana de la basílica de Nuestra Señora del Puerto acababa de dar la hora
tercia20 cuando me tele-porté a la sala de reuniones de los uriatis,
adelantán-dome a la hora de la cita porque tenía ganas de charlar con mis
amigos Aka, el pigmeo, y Naserian, el masái, a los que no veía desde la última
asamblea ordinaria cebrada el 21 de marzo de 1090, sabiendo además que ellos
también se adelantarían a la hora de la cita y que los encontraría en la gran
antesala de espera.
—¡Aka,
Naserian, es un gran placer veros y abraza-ros de nuevo! —los saludé, avanzando
hacia ellos con
20 La hora tercia eran las nueve de la mañana.
280
los
brazos abiertos.
—Para mí
también lo es, amigo mío —me respondió Naserian, teniendo que encorvarse como
un junco para corresponder a mi abrazo, dada su delgadez y su gigan-tesca
altura.
—Y para
mí también lo es —afirmó Aka, eleván-dose del suelo levitando hasta llegar a mi
altura y darme un abrazo.
—Estábamos
seguros de que vendrías antes de la hora —dijo Naserian—. Mira, te hemos traído
unos re-galos. Toma, este es el mío; es una eficaz medicina compuesta de una
milagrosa mezcla de la leche y la sangre de nuestros bueyes que le devuelve la
alegría al cuerpo. Tómala cuando te encuentres triste o decaído.
—Gracias,
Naserian.
—Toma mi
regalo, amigo Orlando —me dijo Aka, alargándome un tarro de barro sostenido con
sus dimi-nutas manos.
—¿Qué es
esto, Aka?
—Es un
tarro de la rica miel de nuestros bosques, que recolectamos en nuestros panales
de abejas.
—Gracias,
Aka, me encanta la miel. Seguro estoy de que la vuestra deber ser la mejor del
mundo. Yo tam-bién me he acordado de vosotros y os he traído estos dos
cuchillos del mejor acero. Aparte de su utilidad, mirad las empuñaduras, son de
asta de uro, están traba-jadas por el mejor artesano que tenemos en Clermont,
la ciudad donde vivo ahora, y llevan grabados vuestros nombres.
281
Algo iba
a responderme Aka cuando la conversación fue cortada por un aviso telepático
colectivo para que fuéramos ocupando nuestros escaños. Avanzamos ha-cia el
teatro que formaban los asientos de la sala en la que celebraban las grandes
reuniones y, cuando ya subía por las gradas, vi a Suriel sentado en el escaño
que siempre ocupa al lado del mío en todas las asam-bleas.
—Hola,
Orlando.
—Me
alegro mucho de verte, Suriel.
—La
asamblea de hoy será la más importante que hayamos celebrado desde el año uno
de vuestra era, cuando los uriatis tuvimos que desviar mínimamente la
trayectoria del cometa Halley para que no impactara contra la Tierra, teniendo
que devolverlo de nuevo a su órbita de siempre una vez pasado el peligro. Aquel
co-meta llegó a pasar tan cerca y se hizo tan aparatosa-mente visible que lo
tomasteis como una señal que os enviaba vuestro dios anunciando el nacimiento
del pro-feta Jesús de Nazaret.
—¿Acaso
me dices esto porque hoy se tratará un pro-blema parecido a aquel?
—Sí, así
es, pero de mucha más envergadura. Ahora lo explicará Tehovás.
Y,
efectivamente, cuando Tehovás anunció el orden del día, el problema resulto ser
que los uriatis habían detectado un planeta errante del tamaño de Venus cuya
trayectoria estaba en orden de colisión con la Tierra.
—Su
velocidad de desplazamiento no es muy alta,
282
tan solo
de algo más de treinta mil kilómetros por hora —nos anunció Tehovás—, y aunque
la distancia a la que se encuentra en este momento es de unos mil mi-llones de
kilómetros y la colisión no tendrá lugar hasta dentro de tres años y medio, es
importante que ahora tomemos una decisión sobre qué hacer con él. ¿Tenéis
alguna pregunta antes de empezar el debate?
—¿Qué
características físicas tiene ese planeta? — preguntó un filsolis de la última
grada.
—Es muy
semejante al nuestro —respondió Teho-vás—. Su masa y su gravedad resultan ser
parecidas a las de la Tierra. Tiene una gruesa atmósfera de unos cincuenta
kilómetros de espesor con una proporción de oxígeno y nitrógeno, también muy
parecida a la nues-tra, así como un núcleo metálico con una actividad nu-clear
que le proporciona un fuerte campo magnético que lo protege de las radiaciones
cósmicas, al tiempo que le genera el calor suficiente para que la temperatura
media en su superficie alcance unos agradables 18 ºC, lo que le permite
albergar vida. ¿Alguna otra pregunta?
—¿La
colisión será total o tan solo pasará muy cerca de nosotros y nos veremos
afectados por su gravedad?
—inquirió
otro filsolis cercano a donde nos sentábamos nosotros.
—Será
total, lo que significa que ambos planetas quedarán fusionados en uno solo. De
producirse, el im-pacto sería de tal magnitud que nos obligaría a los uria-tis
a tener que poner en marcha nuestro motor y alejar la Luna del ígneo planeta
resultante, ya que expulsaría
283
al
espacio una inmensa cantidad de material, que con el tiempo crearía un denso
anillo planetario de escombros que quedaría orbitando a su alrededor. El nuevo
planeta resultante de la fusión sería inhabitable al quedar incan-descente
durante millones de años.
—Entonces,
¿qué opciones tenemos para solventar el problema? —surgió otra voz al fondo de
las gradas, esta vez parecía ser de un uriati que querría abreviar el turno de
preguntas buscando una respuesta final.
—Barajamos
dos opciones —respondió Tehovás—, o desviar su trayectoria y que continúe su
marcha errante perdido por el espacio, o capturarlo, recondu-cirlo y tomarlo
como satélite que orbite a la Tierra a una distancia de un quinceavo de unidad
astronómica21, es decir, a diez millones de kilómetros. Esta segunda opción
cambiaría la vida sobre la Tierra. El nuevo sa-télite se contemplaría en el
cielo con un diámetro apa-rente parecido al de la Luna, a la que sumaría su
in-fluencia gravitatoria, intensificando el efecto de las ma-reas y de las
estaciones climáticas, pero a largo plazo, cuando los terrícolas hayáis
avanzado tecnológica-mente y podáis viajar por el espacio, os ofrecería la
ex-traordinaria posibilidad de disponer de un segundo pla-neta para podría ser
habitado en caso necesario.
Tras el
turno de preguntas se abrió un debate seguido de una votación en la que ganó la
mayoría más conser-vadora, que optaba por desviarlo de su trayectoria y que
21 La unidad astronómica es la distancia entre
la Tierra y el Sol, es decir, cinto cincuenta millones de kilómetros.
284
continuara
su curso errante vagando eternamente por el espacio. Los uriatis nos invitaron
a que todo aquel que estuviera interesado en conocer el astro de cerca y
pre-senciar las operaciones para desviar su trayectoria, po-dría acompañar al
equipo que se desplazaría a su en-cuentro. Yo fui uno, además de una treintena
de filsolis, de los que nos apuntamos a presenciar aquellas manio-bras, y
cuando nos citaron para dos días más tarde su-pusimos que tan solo ese escaso
espacio de tiempo era el que necesitaban los uriatis para hacer los
preparati-vos de una operación de tan enorme y trascendente en-vergadura.
Así pues,
el martes 15 de abril de 1099, treinta y tres filsolis acudimos voluntariamente
a embarcarnos en una de las más de cien naves uriatis que se encontraban en un
enorme hangar, excavado en la roca del mismí-simo centro de la Luna, cuyas
paredes se perdían de vista en la distancia, y en cuyo techo, situado a
ocho-cientos metros de altura, se veía un agujero circular que era la boca de
un tubo de doscientos metros de diámetro que ascendía hasta mil setecientos
kilómetros más arriba y terminaba asomando en el centro de uno de los
astroblemas de la superficie lunar.
No era la
primera vez que subíamos a una nave uriati y ya no nos asombraba la simplicidad
de sus mandos, pues todo funcionaba mediante las ondas cerebrales del
pensamiento de quien la conducía. Ni siquiera llega-mos a acomodarnos en los
escasos asientos de los que disponía, ya que, en distancias tan cortas como los
mil
285
millones
de kilómetros que íbamos a recorrer, las naves con motor de curvatura se
tele-transportaban casi ins-tantáneamente desde el punto de origen al de
destino. La luz ambiental parpadeó una decena de veces anun-ciando la inmediata
tele-transportación, tras los parpa-deos se atenuó su intensidad y unos
segundos más tarde volvió a lucir con la misma intensidad que antes. Ha-bíamos
llegado y dejado la Luna mil millones de kiló-metros atrás. Los costados de la
nave se volvieron transparentes y quedamos teniendo la sensación de que
estábamos flotando en el inmenso vacío cuajado de es-trellas. No pudimos ver al
planeta errante hasta que los cierres transparentes de los costados de la nave
se co-nectaron en modo infrarrojo. La imagen infrarroja que teníamos delante
era muy parecida a la que ofrece la Tierra, pero al no estar el planeta
iluminado por ningún sol y ser la temperatura de su atmósfera variable en
dis-tintos puntos de su superficie externa, la imagen que veíamos estaba
formada por manchas más o menos ro-jizas, sin que pudiéramos ver formas
concretas en su superficie. La nave había quedado estacionaria res-pecto al
planeta, siguiendo su movimiento a su misma velocidad y a una distancia fija de
unos mil kilómetros, y ya a esa distancia los sensores de la nave podían
de-tectar el calor que emitía su superficie. Habiéndole or-denado Tehovás a
Suriel que procediera de inmediato a hacer una visita de inspección al planeta,
este nos in-vitó a mí y a otros seis filsolis a que lo acompañáramos a bordo de
una pequeña nave de reconocimiento de
286
ocho
plazas. Cuando penetramos en su atmósfera, lo primero que hicieron los sensores
de la pequeña lanza-dera fue analizarla y una voz de autómata nos leyó los
datos: «sesenta y nueve por ciento de Nitrógeno; vein-tiocho por ciento de
oxígeno; uno con tres por ciento de argón; cero con dos por ciento de dióxido
de carbono y cantidades insignificantes de otros gases». Al aproxi-marnos al
nivel de la superficie pudimos ver por do-quier puntos luminosos que se movían,
la mayoría de ellos eran pequeños, pero había algunos otros que eran de un
tamaño considerable; un análisis biológico que realizó la nave descubrió que
eran seres vivos luminis-centes, algunos de gran tamaño, que se desplazaban por
el terreno. Al parecer, entre la fauna del planeta debía haber algunas especies
que producían su propia luz.
—Si
hubiéramos optado por capturarlo y convertirlo en un satélite de la Tierra,
seguramente toda esta fauna hubiera desparecido fulminada por la luz de nuestro
sol
—afirmó
Suriel—. Probablemente este planeta debió formar parte de un sistema solar y al
colapsar su estrella fue expulsado fuera de su órbita. Ante la falta de luz
solar, toda su flora cuya vida estuviera basada en la fun-ción clorofílica
habrá perecido y solo habrán sobrevi-vido aquellas que no necesitan la luz para
su creci-miento. Y con la fauna que tuviera cuando orbitaba al-rededor de su
estrella habrá pasado lo mismo que con las plantas, unas especies se habrán
extinguido y otras se habrán adaptado a la perenne oscuridad del cosmos, tan
solo iluminadas por la tenue luz de las estrellas.
287
Ahora
iluminaremos el terreno y echaremos un vistazo. Al decir esto, unos potentes
focos luminosos se en-cendieron, sin que Suriel hubiera accionado ningún mando,
ya que lo había hecho con su pensamiento, y un mundo gris se abrió ante nuestra
vista. Los suelos se encontraban cubiertos de una vegetación pobre, rala,
raquítica y grisácea, entre la que pudimos distinguir al-gunas especies de
animales voladores luminiscentes parecidas a las luciérnagas, pero de color
gris y del ta-maño de murciélagos zorros voladores de Filipinas que huían del
foco luminoso, y también otras criaturas del mismo idéntico color gris que se
movían por el suelo. En unos minutos, cuando uno de nuestros potentes fo-cos
iluminó de lleno a una criatura de seis patas, pare-cida a un escarabajo
gigante de más de dos codos de altura, pudimos entender por qué todas aquellas
criatu-ras huían de la luz; al incidir la luz sobre ella, su piel comenzó a
arder con llamas y el fuego la consumió en menos de un minuto. Visitamos una
decena de puntos de la superficie planetaria, separados entre sí por algu-nos
miles de kilómetros y en todos ellos encontramos el mismo color grisáceo. En
aquel planeta todo era gris, hasta el agua que encontramos formando grandes
ma-sas como la de nuestros mares, nos pareció que eran de color grisáceo,
aunque es posible aquel color se debiera a la ausencia de luz solar, y también
pudimos apreciar en aquellas aguas movimientos de criaturas natatorias. Se
trataba, por tanto, de un planeta oscuro y gris, pero
vivo.
288
—Este
planeta debería llamarse «el planeta Gris» — dije en tono de comentario.
—Sea pues
ese su nombre —respondió Suriel—. Acabas de bautizarlo con el nombre más
apropiado. A partir de ahora, aunque ya no lo veremos más y en su camino
errante puede que acabe precipitándose en al-guna estrella, este planeta se
llamará «Gris». Eres afor-tunado, Orlando; lo es todo aquel que tiene el honor
de darle nombre a un territorio, a alguna especie animal o vegetal, o a algún
astro del universo.
No lo
creeréis, pero todos los filsolis estuvieron de acuerdo con lo que dijo Suriel
y me dedicaron un fuerte aplauso.
—Qué
lástima que acabe ardiendo en el interior de una estrella, ¿es eso muy
probable, Suriel? —le pre-gunté.
—No es
muy probable, pero es posible. Tened en cuenta que el espacio está plenamente
ocupado por par-tículas elementales que lo llenan todo, pero práctica-mente
vacío de estrellas, lo que quiere decir que las dis-tancias entre ellas son tan
grandes que la posibilidad de caer en el campo gravitatorio de una de ellas es
muy pequeña.
—Y,
dinos, Suriel, ¿qué pensáis hacer para desviar la trayectoria de este planeta?
—le inquirió Iván, un fil-solis natural de la gran estepa asiática.
—Lo
haremos bloqueando la acción de los gravito-nes sobre una de las dos
semiesferas imaginarias del planeta. De esta manera su equilibrio gravitatorio
se
289
romperá,
ya que la otra media esfera se verá sometida a la atracción del universo que le
queda a su otro lado. Cuando hagamos el bloqueo veréis cómo la línea recta que
ha seguido su curso hasta ahora se irá curvando continuamente hasta que los
desbloqueemos y los gra-vitones vuelvan a ejercer su acción gravitatoria en
todo su alrededor, momento en el que su trayectoria dejará de curvarse y
volverá a ser recta.
—¿Qué son
los gravitones, Suriel? —le preguntó Tulok, otro filsolis, este era un inuit
del polo norte.
—Son
partículas bosónicas elementales que llenan todo el universo y son las
transmisoras de la interacción gravitatoria entre la materia. Es por esto que
nuestras naves llevan instalados bloqueadores gravitónicos que impiden que
seamos atraídos por la fuerza gravitatoria de cualquier objeto en general, ya
sea este un planeta, una estrella o un agujero negro. Y como quiera que
po-demos hacer un bloqueo negativo invirtiendo el efecto y convirtiendo la
atracción en repulsión, nos servimos de esto para impulsarlas.
Aunque no
comprendíamos nada de lo que nos decía Suriel, nos encantaba oírlo pronunciarse
en aquellos términos que tan extraños y enigmáticos eran para no-sotros,
admirándonos de la sabiduría de los uriatis.
Cuando
llegamos de vuelta a la nave nodriza, Teho-vás puso en marcha el proceso de
desvío del planeta Gris y, tal como nos anunció Suriel, en poco tiempo todos
pudimos ver cómo, habiendo estado nuestra nave hasta entonces estacionaria en
el espacio, siguiendo
290
una
trayectoria recta y a una distancia fija de mil kiló-metros del planeta
errante, este comenzó a modificar lentamente su curso y se iba separando
paulatinamente de nosotros hasta llegar a decuplicar la distancia inicial en
pocos minutos. La misión había sido cumplida. El planeta Gris era expulsado del
sistema solar y se per-dería para siempre en la inmensa negrura del espacio
sideral.
Nunca
supimos cómo pudo filtrarse la noticia de la entrada del planeta Gris en
nuestro cielo, pese a que este no era visible desde la Tierra cuando lo
desviamos, pero el caso fue que algunos astrónomos se dieron por enterados del
fenómeno y cada uno de ellos quiso ad-judicarse el privilegio de ser el primero
en anunciar que en poco tiempo sufriríamos la amenaza mortal de ver cómo se nos
acercaría y chocaría contra nosotros un mundo tan grande como el nuestro. La
amenaza del fin del mundo, según el Apocalipsis de San Juan, que se vivió cien
años atrás, no se refería a la destrucción del planeta sino a un cambio radical
en el mismo, al que sobrevivían los justos y los limpios de corazón; esta vez
la amenaza significaba la extinción total de toda clase de vida, ya fuera
animal o vegetal y la desaparición de los mares, cuyas aguas se evaporarían en
el colosal choque de ambos mundos.
Aquella
trágica notica volvió a aterrorizar al mundo, ya que al ser anunciada por
varios astrónomos resultó ser aún más creíble que si lo hubiera dicho solo uno,
al que con toda seguridad se le podía haber tomado por
291
un
lunático. Aún estaban vivos los ecos del horror su-frido por la Humanidad hacía
ya noventa y nueve años, cuando creyendo en la veracidad de la interpretación
que hizo del Apocalipsis el Beato de Liébana, el día 31 de diciembre del año
1000, habría llegado el final de los tiempos y se produciría el día del Juicio
Final. Aquel día, desde el amanecer las iglesias se llenaron de las gentes más
pobres, las que de verdad creían en otra vida después de la muerte que los
liberaría de la triste y agotadora vida de sufrimiento y necesidades que
ha-bían llevado en este mundo; las que de verdad creían en la existencia de un
cielo que los recompensaría de sus muchos sacrificios, y en un infierno
castigador de sus pecados; y mientras que los pobres rezaban para ganarse el
cielo, los ricos se daban un gran festín y or-ganizaban bacanales, disfrutando
de los placeres de los ricos manjares y del sexo, por si acaso era verdad que
se acaba el mundo que les cogiera disfrutando de lo me-jor de la vida.
Tampoco
supimos cómo el Papa Silvestre II pudo haber conocido la verdad de lo ocurrido
pues, sabiendo que el planeta errante no llegaría hasta nosotros y no habría
tal fin de los tiempos, aprovechándose de la his-teria general, quiso dejar
bien clara la íntima relación que mantenía con Dios, haciendo correr el bulo de
que había hablado en sueños con el Creador, y que este le había dicho que si le
había enviado este astro destructor a la Humanidad había sido para así castigar
sus muchos pecados, y que si los hombres querían que detuviera la
292
destrucción
de su Creación, todas las naciones de la Tierra debían abrazar la religión
católica y guardar obe-diencia y sumisión al Papa de Roma.
La
noticia y la consiguiente polémica llegó a Tierra Santa. Los musulmanes suníes
de Palestina decían que la Creación de Dios es eterna y sabían por los judíos
que, en ninguno de los libros del Antiguo Testamento se habla del fin del
mundo. Tan solo es mencionado en el libro de Enoc, que predice la llegada del
mesías y el fin del mundo, pero este libro fue descalificado y des-acreditado
por todas las Iglesias cristianas, siendo tan solo reconocido por las Iglesias
ortodoxas de Etiopía y Eritrea. Así que la trágica noticia, en vez de unir a
los contendientes por el fatal destino común que les espe-raba a todos, abrió
una nueva polémica entre las fuerzas cristianas y las musulmanas, lo que hizo
que los enfren-tamientos fueran aún más cruentos.
El 15 de
julio de 1099 se culminó la conquista de Jerusalén, dándose por finalizada con
este acto la pri-mera Cruzada, y dos semanas más tarde, el 29 de julio, murió
el Papa Urbano II.
Tras la
conquista de Jerusalén, los cruzados le ofre-cieron a Raimundo de Tolosa el
título de rey de Jerusa-lén, pero lo rechazó. Ante esta negativa, se lo
ofrecie-ron a Godofredo de Buillón, quien aceptó gobernar la ciudad, pero
rechazó ser coronado como rey, diciendo que no llevaría una corona de oro en el
lugar en el que Cristo llevó una corona de espinas, por lo que tomó el título
de «Protector del Santo Sepulcro». En la última
293
acción de
la Cruzada, Godofredo encabezó un ejército que derrotó a un ejército fatimí
invasor en la batalla de Ascalón, y más tarde, el 18 de julio de 1100, durante
el asedio de Acre, murió al ser alcanzado por una flecha. Lo sucedió su hermano
Balduino, que sí acepto el título de rey y reinó con el nombre de Balduino I de
Jerusa-lén.
Estos
tres años de masacres, muerte y destrucción llevada a cabo por los cruzados,
fue vista por el refi-nado y culto mundo musulmán de aquella época como una
invasión bárbara llevada a cabo por fanáticos reli-giosos, ignorantes y de un
bajísimo nivel cultural.
294
16
Durante
los casi tres años que duró la primera Cru-zada pude librarme de tener que
participar en ella, ale-grándome muchísimo, cada vez que recibíamos noti-cias
de Tierra Santa, de no haber estado allí viéndome obligado a tener que
participar en aquellas inhumanas masacres que los cruzados llevaban a cabo en
cada pue-blo que tomaban o cada batalla que ganaban, convir-tiendo sus triunfos
militares en asesinatos colectivos. Idiotizados por las promesas celestiales
del Papa Ur-bano, que les garantizaba un lugar en el Paraíso por el simple
hecho de haber participado en la Cruzada, pero afirmando que ese glorioso
puesto sería tanto más alto, más honorable y estaría más cerca de Dios cuantos
más infieles hubieran matado, tras vencer en cada batalla, los cruzados mataban
a los musulmanes vencidos con la misma saña y el mismo odio que si se trataran
de judíos, poseídos de una fiebre asesina que rayaba en la locura.
Y así
trascurrieron otros cuarenta y cinco años, du-rante los cuales fui feliz en
Clermont dedicado a la la-bor de seguir dándole una enseñanza a los más
igno-rantes y desfavorecidos. Con el fin de conseguir la li-beración de
aquellos que les servían de carnaza a los nobles y a los todopoderosos
terratenientes quienes, aprovechándose de su ignorancia, les pagaban salarios
tan miserables que solo les alcanzaban para no morir de
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hambre,
manteniéndolos en una permanente carencia de todo aquello que estuviera por
encima de vivir toda la familia en la habitación de una corrala de vecinos o en
una fría cabaña en mitad del campo; de un sayo lleno de parches y recosidos; de
unas alpargatas de esparto; y de un cocido hecho con cuatro yerbas del campo y
acompañado de un mendrugo de pan duro, era tanto mi empeño y la dedicación que
ponía yo en esta actividad docente, que se había convertido en mi pasión y en
el principal objetivo de mi vida. Durante los cuatrocientos años de existencia
que llevo ya a mis espaldas, no solo que no he llegado a aborrecer la vida,
sino que he se-guido amándola como cuando tenía veinte años. Los humanos
tendemos a buscarle un sentido a la vida, cuando, en sí misma, la vida es un
absurdo y un incon-gruente despropósito de la Naturaleza. La vida solo es
deseable y merece ser vivida si quien la vive ha sido capaz de darle algún
sentido y marcarse un propósito. Venimos a este mundo sin pedirlo y sin tan
siquiera desearlo, nos colocan en un escenario en el que desde hace cientos de
millones de años se está desarrollando una absurda obra de teatro que carece de
guion y de argumento. Unos por nacimiento y otros por vocación y falta de
escrúpulos, en este escenario destacan unos actores principales que, puestos
entre sí de mutuo acuerdo, se han adjudicado unos papeles que son
deter-minantes para que ellos luzcan como estrellas en sus actuaciones. El
resto de los intervinientes no pasan de ser meros actantes que son utilizados
por los actores
296
principales
que les van dictando en cada momento lo que deben hacer o lo que deben pensar.
Es por esto que, si no te ha tocado ser uno de estos actores principales, lo
mejor que puedes hacer para completar el desarrollo de tu papel en la obra
hasta el día que la directora, doña Naturaleza, decida que tu actuación ha
terminado y de-bes hacer mutis por el foro, es adjudicarte a ti mismo un papel
que esté lo menos vinculado posible a la ab-surda función, que te permita
apartarte de la trama a fin de que puedas interpretar el papel de un personaje
ais-lado que entra en escena cuando le apetece y sale cuando el guion no le
gusta, no porque se lo ordene al-guno de los principales, debiendo ser un papel
exclu-sivo que te permita tener al amanecer de cada día una nueva idea propia y
un objetivo a alcanzar que no te lo haya dictado ningún otro actor. En caso
contrario, la vida puede llegar a cansar hasta extremos de suicidio; lo veo en
algunos de mis colegas filsolis, que están can-sados de ser inmortales y, ante la
imposibilidad de qui-tarse la vida, a veces los encuentro extremadamente
cansados y hasta desesperados por tener que seguir vi-viendo.
Finalizaba
ya el año 1145 cuando ocurrió lo que viene ocurriendo desde que el hombre
cambiara su vida de familia en las cavernas, en la que vivía feliz, preo-cupado
tan solo de salir cada dos o tres días a cazar o a recolectar algunas verduras
salvajes, por una vida en sociedad que lo convirtió en ciudadano, que cuando
más a gusto me encontraba en Clermont, tuvieron que
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venir la
religión y la política a enturbiar mi felicidad. Mi desconsuelo comenzó cuando
el Papa Eugenio
III predicó la segunda Cruzada el 1 de diciembre
de 1145, un año después de que el condado de Edesa fuera reconquistado por los
turcos selyúcidas el día de la No-chebuena de 1144, y esta vez sí que me vi
envuelto en este nuevo desatino, que no fue ir a Europa central para hacer
pogromos contra los judíos ni a Tierra Santa a matar infieles, sino que fue a
la península ibérica donde fueron a parar mis inmortales huesos con la orden de
exterminar a cuantos musulmanes pudiera.
Resultó
que, tras la primera Cruzada de 1096 y otra menor que hubo en 1101, se
establecieron tres Estados en Oriente Medio: el reino de Jerusalén, el
principado de Antioquía y el condado de Edesa, y unos años más tarde, en 1109,
se creó un cuarto Estado: el condado de Trípoli. Y, siendo el condado de Edesa
el que se encon-traba más al norte, fronterizo con turcos y los armenios, y
siendo también el más débil y el menos poblado, desde el mismo día de su
establecimiento fue objeto de frecuentes ataques de sus vecinos hasta que, a
finales de 1144, el conde Joscelino II, que por entonces gober-naba el condado,
tuvo que abandonar Edesa con casi todo su ejército para ir en auxilio del
príncipe artúquida Kara Aslan en su lucha contra Alepo, ocasión que apro-vechó
el gobernador Zengi, de Mosul, para caer sobre la ciudad con treinta mil
soldados y destruirla por com-pleto, incendiando la ciudadela y quemando vivos
a los cristianos que se encontraban atrincherados en ella. Ya
298
de paso,
os diré que este Zengi era un mal bicho que vino a morir dos años más tarde, la
noche que un es-clavo cometió una falta mientras lo ayudaba a desves-tirse para
acostarse y le dijo que al día siguiente lo cas-tigaría con la muerte; así que,
sin nada que perder, el esclavo lo mató aquella misma noche, mientras dormía;
no sé qué sería de aquel esclavo, pero, por su audacia y valentía, merecía
haber seguido vivo, en libertad y glo-rificado, porque al haber defendido su
vida contra aquel malvado, salvó de la muerte y la esclavitud en el futuro a
muchos otros. A su regreso, el conde Joscelino in-tentó recuperar Edesa tras el
asesinato de Zengi, pero Nur al-Din, su sucesor, lo derrotó en noviembre de
1146.
Fue el
obispo Aimec Loubet quien, atendiendo a una consigna del Papa Eugenio para que
reclutara cruzados en Clermont, me llamó a su palacio a mediados de junio de
1147 y me «rogó» —acompañando el «ruego» de una velada amenaza de excomunión
por si acaso me negaba— que me incorporara a la expedición genovesa que
partiría por mar una semana más tarde con destino a Lisboa, ya que el Papa
Eugenio, además de tratar de reconquistar Edesa, también tenía objetivos
políticos en la península ibérica, razón por la que muchos de los cruzados que
tenían que haber viajado por mar a Oriente fueron enviados a Iberia. Como
quiera que la ruta marítima de Génova a Lisboa era mucho más rá-pida que la
terrestre, me vi obligado a tener que cubrir en mi carruaje las noventa leguas
que separan Clermont
299
de La
Superba22, teniendo además que transportar a otros tres nobles cruzados que no
eran personas de mi gusto y costear, por ser el más rico de los cuatro, los
gastos de una escolta de diez hombres armados con el fin de evitar que los
bandidos nos asaltaran por el ca-mino; al día siguiente embarcaríamos en una de
las ciento ochenta naves genovesas que formaban la flota que navegaría hasta
Lisboa para ayudar al rey Alfonso Enríquez a arrebatarle Lisboa a los
musulmanes, la que más tarde sería la capital del reino lusitano.
Después
que Alfonso fuera elegido como primer rey de Portugal, se había marcado como
principal objetivo la conquista de lo que es el actual territorio portugués.
Para conseguirlo, había iniciado su propia «guerra santa» contra los infieles,
comenzando la campaña por la margen izquierda del río Miño para seguir bajando
hacia el sur hasta la costa del Algarve. Lisboa represen-taba un baluarte
importante, no solo por tratarse de una ciudad grande y rica, sino también por
estar ubicada a orillas del Tajo, convirtiéndose en una difícil, pero
ne-cesaria, empresa para su afirmación como rey y tam-bién como conquistador en
nombre de la fe cristiana. Sabiendo que a lo largo de su costa estarían pasando
en dirección a Tierra Santa todas las embarcaciones de cruzados procedentes de
los países del norte de Europa, Alfonso comenzó a interceptarlas y contactar
con ellos pretendiendo obtener su ayuda para su conquista de
22 Apelativo dado a Génova durante muchos
siglos. En italiano significa «La Magnífica».
300
Lisboa.
Los primeros que captó fue un contingente pro-cedente de Flandes, a los que
interceptó el 14 de junio y los convenció para que lo ayudaran en el asedio a
cambio de participar en el saqueo de la ciudad y el con-siguiente reparto de
las mercancías, los dineros y el oro que obtuvieran tanto en las casas de los
pobres como en los palacios de los ricos, y en las ganancias que se
consiguieran vendiendo como esclavos a los prisione-ros que hicieran o pidiendo
rescates por los más impor-tantes.
A los
siguientes que persuadió fue a una flota inglesa que había partido de Darmouth
a mediados de mayo con un contingente compuesto por cruzados flamencos,
normandos, ingleses, escoceses y algunos alemanes. Ningún rey ni príncipe venía
dirigiendo a estas tropas ya que por aquellas fechas Inglaterra estaba dominada
por la anarquía. Hicieron escala en las costas gallegas y peregrinaron a
Santiago de Compostela, donde el 8 de junio celebraron la fiesta de
Pentecostés. Llegaron a Oporto el 26 de junio, y allí el obispo los convenció
para que continuasen hasta Lisboa, a donde ya había llegado el rey Alfonso I y
había sido informado de la llegada de la flota cruzada inglesa a su reino.
Cuando estos llegaron frente a las murallas de Lisboa, el rey Alfonso recibió a
sus capitanes en su campamento y los convenció para que se quedasen dándoles
los mismos argumentos crematísticos que a los flamencos; y es que, salvo
algunos idealistas que eran auténticos cre-yentes católicos que viajaban a
Tierra Santa dispuestos
301
a dar sus
vidas por la Cristiandad, la mayoría de los cruzados acudían a la llamada del
Papa con el ánimo de enriquecerse, sin el menor escrúpulo de tener que matar a
muchos hombres, mujeres y niños para conseguirlo.
Montamos
nuestro campamento junto a las grandes tiendas donde se guardaban los víveres,
los aperos de algunos oficios y algunos otros utensilios, a continua-ción del
campamento de los ingleses, terminando así de cubrir el flanco oeste de las
murallas de la ciudad, mientras que la muralla del sur fueron los barcos que se
encontraban en el Tajo los que se encargaron de si-tiarla; en el Levante
montaron su campamento los fla-mencos y los portugueses acamparon en el monte
de Santana.
El asedio
comenzó el martes 1 de julio con algunos inútiles intentos de derribar la
puerta principal de la ciudad a golpes de ariete. A los intentos de derribo de
la puerta le siguió un intento de minar la muralla en el punto que se consideró
como el más débil; a este le si-guió un bombardeo con catapultas y algunos
otros in-tentos de asaltar la muralla empleando una torre de asalto, resultando
ser todos ellos inútiles ante la férrea defensa morisca y con el resultado
negativo para nues-tros ejércitos de varios cientos de muertos y heridos, por
lo que, dado que las tropas del rey portugués se ha-bían presentado ante las
murallas de improviso, sin darle tiempo a los moriscos lisboetas a hacer
acopios de agua y alimentos, viéndose cercados cuando tan solo disponían de los
animales sucintos y de los granos que
302
en aquel
momento se guardaban en los silos guberna-mentales, la decisión que tomaron los
sitiadores fue la de vencerlos por hambre. Y así ocurrió que, pese a que todos
habían calculado que, como mucho, podrían re-sistir un mes, para sorpresa y
admiración general en los tres ejércitos sitiadores, cuatro meses más tarde la
po-blación aún continuaba resistiendo. A esto tengo la obligación de declarar
que yo fui el responsable de que la rendición de Lisboa sobrepasara con creces
el mes que habíamos estimado y que no se produjera hasta fi-nales del cuarto
mes de asedio. Y, como supongo que esta confesión no solo le habrá resultado
extraña al lec-tor, sino que tal vez piense que yo pudiera haber lle-vado a
cabo una traición a los ejércitos cristianos en favor de los musulmanes,
trataré de darle una explica-ción exponiendo con el mayor rigor los hechos que
acontecieron y que sea el propio lector quien juzgue si obré como un traidor o
como un ser humano que intenta ayudar en la desgracia a sus semejantes. Ocurrió
que, dos semanas después de que se cumpliera el primer mes de asedio, cuando ya
algunos comentaban entre ellos que habían calculado mal las reservas de
alimentos que pudieran tener almacenadas aquellos moriscos lisboe-tas, y otros
se admiraban de que eran unos auténticos héroes numantinos en lo que a
resistencia al hambre se refiere, el viernes 15 de agosto quise ver por mi
cuenta a qué se debía tan tenaz resistencia y cómo les iba a los asediados.
Esperé a que cayera la noche y, cuando ya todos estaban sus tiendas, dejé unas
almohadas bajo la
303
sábana de
mi litera que aparentaran ser mi cuerpo y me tele-porté al interior de la
ciudad. Cuando, al objeto de que nadie presenciara mi aparición, me materialicé
en una calleja de la periferia de Lisboa, alejada del centro y muy poco
transitada, me llegó un tufo a carne asada. De momento, bastante extrañado de
que a estas alturas todavía pudieran disponer de alguna res, pensé que tal vez
estuvieran asando algún animal doméstico, como pudiera ser un asno, un perro o
un gato con el que ali-mentarse. Seguí el rastro de aquel tufo y durante el
ca-mino me crucé con algunas personas, todas ellas famé-licas, que caminaban
miraban al suelo, pareciendo que iban buscando en la oscuridad algo que
llevarse a la boca, lo que me dio a entender que los alimentos que hubieran
tenido almacenados los sitiados habían sido mucho más escasos de lo que
habíamos pensado y que no les habían alcanzado ni tan siquiera para un mes. El
olor a carne asada me llevó hasta la plaza principal, y cuando vi lo que había
sobre la fogata tuve que pararme en seco y llevarme la mano a la boca, no sé si
para no gritar o para no vomitar, pues el contenido de la cena, que aún
persistía en mi estómago, se me subió a la gar-ganta. Sobre la fogata había una
parrilla de gran ta-maño, como las que usaban y aún siguen usando los moriscos
para asar corderos y terneros, y sobre ella se encontraba un cadáver humano que
había sido asado por ambas caras y que, por su tamaño, parecía ser el cuerpo de
un joven adolescente. Hasta aquí el espec-táculo no pasó de resultarme
únicamente desagradable
304
ya que
estaba acostumbrado a ver en las guerras mu-chos cuerpos de guerreros
carbonizados. Fue lo que vi alrededor de aquella parrilla lo que me levantó el
estó-mago, pues una veintena de personas, todas ellas en un aspecto de
desnutrición lamentable y a las que se les podía contar todos los huesos de sus
cuerpos, esgri-miendo un cuchillo cada una de ellas, extraían trozos de carme
del raquítico cuerpo de aquel desdichado mu-chacho y la devoraban con la avidez
de quien no ha co-mido nada durante varios días. Aquello fue suficiente para
mí, no quise ver más y me retiré de la plaza, des-anduve el camino que me había
llevada hasta ella, lle-gué al sitio donde me había materializado, y desde allí
mismo volví a tele-portarme a mi tienda del campa-mento. Como quiera que no
estaba solo en aquella tienda y cada noche tenía que simular que dormía para no
descubrir mi naturaleza insomne, me quedé en la cama como media hora, pero era
tal el sufrimiento in-terior que me provocaba el recuerdo de la imagen que
había presenciado, que me levanté y salí al exterior. Aunque aquella noche no
teníamos la presencia de la Luna en el cielo, me puse a pasear a la luz de las
estre-llas sin dejar de pensar en aquellas pobres gentes que se morían de
hambre; en muy pocos pasos llegué hasta una de las tiendas de la intendencia
que se encontraba apartada de las demás, y quedaba más próxima a nues-tro
campamento. Vi que el guardia que la vigilaba es-taba sentado en una piedra
grande que asomaba en el terreno, justo al lado de la puerta de la tienda, y
tenía
305
una forma
parecida a la de una silla con respaldo. Tra-tando de olvidarme de tan tristes
pensamientos, me acerqué hacia él con la intención de conversar durante un
rato, pero al llegar hasta donde se encontraba vi que estaba dormido. Tenía el
regatón de la lanza firme-mente clavado en el suelo terrizo y, agarrado con
am-bas manos al astil y apoyada la cabeza sobre sus ante-brazos, dormía tan
plácidamente que hasta roncaba. Fue entonces cuando lo pensé. Entré
subrepticiamente en la tienda y, en aquel momento, pese a los trescientos
setenta años transcurridos, recordé las palabras que me dirigió Suriel el día
de mi resucitación: «…Estas facul-tades de tu cerebro te permitirán
tele-portarte en el es-pacio-tiempo con tan solo desearlo, es decir, solo con
pensarlo podrás desaparecer del lugar donde estés y aparecer instantáneamente
en otro lugar que desees es-tar, por muy lejano que este se encuentre, y podrás
ha-cerlo acompañado de todo aquello que esté en contacto con tu cuerpo; ahora,
tu capacidad de raciocinio se ha multiplicado por diez y tu cuerpo ha adquirido
una fuerza tan sobrehumana que serás capaz de sostener el peso de cinco hombres
con una sola de tus manos». Y, tal como lo pensé lo hice. Puse en el suelo del
centro de la tienda una docena de sacos de trigo, me quité las ropas que
llevaba puestas, quedándome vestido tan solo con el traje biónico, y cubrí con
mi cuerpo cuantos sacos pude, extendiendo las piernas cuanto me fue po-sible y
poniendo los brazos en cruz para que mi cuerpo estuviera tocando el mayor
número de sacos posible.
306
Y,
estando en esta postura, deseé materializarme con toda aquella carga en el
mismo punto de la plaza lis-boeta desde el que había contemplado aquella
espeluz-nante e inhumana escena.
Cuando
aquellos que aún quedaban en la plaza prac-ticando aquella despiadada
antropofagia me vieron aparecer de la nada, brillando con mi blanco
luminis-cente traje biónico y tendido sobre una docena de sa-cos, rajar uno de
ellos con un simple pase de la uña de un dedo una de mis manos y contemplaron
el rubio y soñado cereal que se desparramó por el pavimento, no daban crédito a
sus ojos; y al ver cómo a continuación me elevaba en el aire y ascendía
levitando hasta alcan-zar los diez codos de altura sobre los sacos, mientras
que unos se arrodillaban y comenzaban a llorar de emo-ción, otros corrían con
los brazos extendidos hacia mí, pronunciando en tono de alabanza frases
religiosas, ta-les como «Alá es grande», «Alá nos ha enviado a uno de sus
arcángeles, «sea Alá por siempre bendito y ala-bado».
—Repartid
estos alimentos con amor y hermandad, como Dios os enseña —les dije desde el
aire.
Y, en
diciéndoles esto, deseé tele-portarme de nuevo a la tienda de la intendencia
para recoger mi ropa; y en el último segundo, antes de volatilizarme y
desaparecer de su vista, pude oír cómo algunos de aquellos muertos vivientes,
por enésima vez en mi larga vida, me con-fundían con el arcángel Gabriel.
Durante
un mes entero estuve repitiendo la misma
307
operación
cada vez que las circunstancias me lo permi-tían, unas veces colándome en la
tienda de intendencia aprovechando que el centinela dormitaba, y otras
acer-cándome hasta él e invitándolo a beber algún caldo que lo aliviara del
frio de la noche, al que previamente le había puesto un narcótico. Durante todo
un mes, no solo les estuve llevando granos de trigo y cebada, sino también
sacos de legumbres y de cecina de carnes y pescados. Tuve que dejar de hacerlo
cuando los huecos que dejaban los sacos extraídos se hicieron tan patentes y
visibles que tuvieron que poner a tres guardias en cada una de las tiendas
vigilando de cerca los víveres. Como he dicho antes, el lector juzgará si lo
que hice se puede considerar una traición o si, por el contrario, es algo digno
de ser elogiado.
A partir
de aquel día, en un par de semanas volvió por segunda vez el hambre a la
población lisboeta hasta que, estando ya casi cumplido el cuarto mes de asedio,
concretamente el 25 de octubre de 1147, la situación de hambruna era tan
terrible y habían muerto ya de hambre tantos lisboetas que los gobernantes
moriscos, al no poder resistir más la situación, acordaron la en-trega de la
ciudad.
El saqueo
total de la ciudad vino a continuación, y con el saqueo también llegaron los
insultos, los golpes, las violaciones y los asesinatos, todos ellos cometidos
en nombre de Dios, con el fin de ganar un puesto pre-ferente en su gloria.
El sábado
1 de noviembre, después de cinco días de
308
horrores
en Lisboa y renunciando a la parte que me co-rrespondía en el reparto del botín
tras el saqueo, apro-vechando que una pequeña caravana que salía con des-tino a
Aquisgrán, pasando por Carcasona, Clermont y Dijon, pedí permiso para viajar en
ella de regreso a casa. Partimos muy temprano, antes del amanecer, y cuando
llevábamos una hora de viaje, le dije al jefe de la caravana que no quería
continuar y que me volvía a Lisboa. Y, cuando los perdí de vista tras el
horizonte, lo que hice fue tele-portarme a mi casa de Clermont, dejando atrás
la miseria de la guerra, en la que yo me había revolcado como una bestia
salvaje durante los primeros cuarenta y dos años de mi vida mortal, ha-biéndole
dado la muerte a cientos de hombres. Afortu-nadamente, después de que Suriel le
aplicara a mi ca-dáver aquel proceso de resucitación y tele-portara mi cuerpo
al exterior de la tumba, una luz se hizo en mi interior, pareciendo que en el
sepulcro hubieran que-dado los restos de aquel hombre que fui y en el exterior
se hubiera materializado un hombre nuevo, con un es-píritu, limpio y renovado.
Y, también en aquel mismo momento, los recuerdos de la batalla de Roncesvalles,
que aún permanecían frescos en mi memoria, me pare-cieron inicuos, y el deseo
de darles muerte a mis seme-jantes, ya fuera por diferencias ideológicas o para
arre-batarles sus bienes, aparecieron en mi conciencia como la actividad más
inhumana de las que el hombre podía llevar a cabo; vi con diáfana claridad que
es en la guerra donde el hombre pierde su humanidad, convirtiéndose
309
en una
bestia innoble e irracional, y que todo aquel que glorifica las hazañas bélicas
de un soldado, elevándolo a la categoría de héroe, tan solo está haciendo un
pane-gírico del crimen y del expolio. Nada había más falso e incongruente que
llamar «Cruzada o Guerra Santa» a la lucha que estábamos librando contra los
musulmanes, cuando la realidad es que todas las guerras, sin excep-ción, son la
antítesis de la santidad y siempre son de-claradas por la avaricia, el egoísmo
y la ambición de poder.
Dos meses
más tarde, el lunes 15 de diciembre de 1147, abandoné Clermont y llevé a cabo
mi décima mudanza. Esta vez quise alejarme cuanto pudiera de la influencia del
Sacro Imperio Romano Germánico y elegí para vivir la vieja y soleada Mesina, en
el reino de Sicilia, por entonces bajo el reinado del angevino de la Casa de
Hauteville, Roger II.
FIN DE LA
PRIMERA PARTE
Impreso
en España
Abril de
2024

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