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© Libro N° 13005. Orlando Inmortal. Primera Parte. Paleteiro, Manuel. Emancipación. Septiembre 28 de 2024

 

Título original: © Orlando Inmortal. Primera Parte. Manuel Paleteiro

 

Versión Original: ©  Orlando Inmortal. Primera Parte. Manuel Paleteiro

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición  y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ORLANDO INMORTAL

Primera Parte

Manuel Paleteiro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Orlando Inmortal

Primera Parte

Manuel Paleteiro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EX LIBRIS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Editado en España

Abril de 2024

 

 

 

ORLANDO INMORTAL

 

 

Primera Parte

Manuel Paleteiro

 

 

 

Primera edición: abril de 2024

 

Depósito legal:

ISBN: 978-84-10232-22-8

Impresión y encuadernación: Imprimelibros.com

© Del texto: Manuel Paleteiro Ortiz

© Maquetación y diseño: Manuel Paleteiro Ortiz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ORLANDO INMORTAL

 

Primera parte

 

1

 

Han pasado casi trece siglos desde mi nacimiento en Burdeos allá por el año 736, y observo con gran tristeza que los hombres no solo que no han avanzado en nin-guna de las virtudes que deberían adornar a la Huma-nidad, sino que, muy al contrario, han retrocedido en generosidad, en solidaridad, en honestidad, en ingenio, en dignidad y en sentido de justicia, habiendo prospe-rado en gran medida su egoísmo, su agresividad y su desamor al prójimo.

 

Sí, has leído bien, amigo lector, tengo más de doce siglos de existencia. Yo soy aquel conde Roland que el monje normando Turoldo cantó en su famoso poema titulado El cantar de Roldán1. Soy aquel mismo Or-lando que, enamorado de la bella Angélica, enloqueció de furor cuando fue rechazado por la ingrata, tal y como os fue narrado por el poeta italiano Ludovico Ariosto en su poema épico titulado Orlando furioso. Soy aquel caballero que comandaba la retaguardia del ejército

 

 

 

1     Se ha considerado hasta hoy que el poema épico La chanson de Roland es de autor anónimo, si bien muchos estudiosos lo atribuyen al monje nor-mando Turoldo, basándose en que el último verso de la obra dice: Ci falt la geste que Turoldus declinet, entendiendo que en francés antiguo la palabra «declinet» puede traducirse por «entonar», «componer» o quizás «transcri-bir», «copiar», por lo que el verso puede traducirse como «Esta es la gesta que Turoldo compuso».

 

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franco carolingio cuando, una vez de regreso a Francia, un caluroso sábado, 15 de agosto del año 778, caí muerto en Roncesvalles combatiendo a pie firme con-tra una carga de quinientos vascones. Soy aquel que, tras sucumbir en el combate junto a mis entrañables amigos, el conde Oliveros y el arzobispo Turpin, em-puñando mi hasta entonces invicta espada Durandarte, me vi elevado al cielo de los héroes y cantado en las plazas públicas de todas las ciudades de Europa por los más afamados trovadores y juglares, después de que la fértil imaginación de Turoldo convirtiera aquel medio millar de vascones en un ejército de cuatrocientos mil feroces sarracenos y me adjudicara la falsa gesta de ha-ber abatido a un millar de enemigos antes de caer muerto, convirtiéndome así en el modelo a seguir por los caballeros medievales.

 

Pese a la asombrosa incongruencia que supone el que un cadáver pueda estar hablando de su propia muerte, el lector no tiene de qué alarmarse, ni mucho menos creer que le estoy dirigiendo estas palabras desde ultratumba ya que, mientras escribo estas líneas, estoy respirando el mismo aire que está respirando él, hoy 16 de enero de 2024, en el mundo de los vivos. Y, como quiera que pienso aclarar este misterio algo más adelante, le ruego encarecidamente al lector que conti-núe leyendo y tenga un poco de paciencia.

 

No solo que los no conozco a ciencia cierta, sino que ni tan siquiera sospecho quienes fueron mis progenito-res, pues todas las veces que he intentado desvelar el

 

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secreto de mi nacimiento me he encontrado con un muro de silencios y ocultaciones que lo ha hecho im-posible. Turoldo dice en su canto decimoquinto que soy sobrino de mi señor Carlomagno, pero tal cosa es de todo punto imposible, dado que yo nací seis años antes que mi rey y veintiún años antes que Gisela, la mayor de sus cuatro hermanas. Tan solo sé que me crie como hijo adoptivo en el palacio de una noble familia, junto con dos hermanastras que llegaron a este mundo des-pués que yo, recibiendo de mis padres adoptivos todo el amor que un hijo hubiera podido obtener de sus pa-dres naturales; lo más lejos que han llegado mis pes-quisas tan solo han alcanzado a averiguar, aunque sin demasiada garantía de certeza, que soy un vástago ile-gítimo de Pipino el Breve e hijo secreto y adulterino de una noble dama de la realeza cuyo nombre y pecado no se pueden revelar y, por tanto, nieto de Carlos Martel, Así pues, si todo esto resultara ser cierto, mi señor Car-lomagno y yo seríamos hermanastros, por lo que, ha-biendo nacido como bastardo en Burdeos el 16 de enero del año 736, soy franco aquitano por nacimiento, y como quiera que aunque sea ocultamente vengo a for-mar parte de la dinastía carolingia, creo poder afirmar que por mis venas corre sangre de reyes. Aunque mi verdadero nombre es Roland, que sería equivalente a Rolando, tan solo mi familia adoptiva y unos cuantos de mis más allegados amigos me estuvieron llamando Orlando durante el tiempo que estuve viviendo entre ellos en este mundo; y es por esto que, teniendo yo este

 

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nombre en gran estima, lo adopté hace ya muchísimo tiempo como mi nombre de pila en mi nueva vida in-mortal y lo llevo orgulloso allá donde quiera que voy, cambiando solo el apellido, si lo considero necesario, cada vez que me mudo de país.

 

Por increíble que pueda parecerle al lector, la histo-ria que me dispongo a contar es tan rigurosamente cierta como que en el momento en el que me encuentro escribiéndola son las diez y veinte de la mañana del 16 de enero de 2024, fecha esta en la que tendría que estar celebrando mi cumpleaños número mil doscientos ochenta y ocho. Sí, amigos lectores, os aseguro que tengo mil doscientos ochenta y ocho años cumplidos, y si mi edad os parece una exagerada cantidad de años, imposible de ser alcanzada por un ser humano, sabed que estoy totalmente de acuerdo con vuestra aprecia-ción, si bien he de aclarar dos cuestiones. La primera es que esta gran acumulación de tiempo que llevo vi-vido no es el feliz desenlace de haber tomado ningún elixir de vida eterna, ni tampoco es el resultado exitoso de alguna desconocida ciencia médica moderna, de-biendo añadir, además, que esta exagerada longevidad, llamada a convertirse en vida eterna, ni tan siquiera cuenta con mi complacencia y mucho menos con mi consentimiento. Lo segundo que os quiero comunicar es que no soy yo el único inmortal que deambula por los caminos del planeta Tierra; de hecho, somos ciento veintitrés los humanos inmortales que caminamos por este mundo, teniendo por imposible abandonarlo por la

 

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decisión unilateral que han tomado unos seres superio-res.

 

En los ciento veintitrés casos, sin excepción, nuestra común inmortalidad ha tenido el mismo origen. Somos cincuenta y siete hombres y sesenta y seis mujeres, to-dos con el denominador común de que somos adultos de joven y mediana edad, todos hemos fallecido de muerte violenta, y todos hemos pasado por el mismo proceso: después de ser enterrados, hemos sido resuci-tados por unos seres de aspecto humano que se hacen llamar uriatis y son de estatura media, cabeza y rostro lampiños y de apariencia andrógina, en cuyo rostro se alojan dos grandes ojos ovalados de color muy oscuro y brillantes, como los de las gacelas; visten un traje to-talmente ajustado al cuerpo, como una segunda piel, de un color tan blanco y tan brillante que les hacen parecer seres luminosos y, rodeando su cintura, llevan una an-cha y abultada faja de color negro.

 

Con el paso del tiempo, nosotros, los filsolis —así es como nos siguen llamando los uriatis desde que hace dos mil doscientos años los romanos nos dieron el nom-bre de filii solis, que en latín significa «hijos del sol»— hemos descubierto que estos seres han venido resuci-tando e inmortalizando a los humanos a razón de uno o dos cada siglo, siendo el más antiguo de nosotros una mujer siria llamada Alissar que cuenta con más de siete mil años de edad. A lo largo de los últimos siete mile-nios han ido inmortalizando a gentes de todos los con-tinentes y de todas las culturas, sin que el criterio de

 

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selección haya sido nunca el nivel cultural o de cono-cimientos que tuviera el individuo; con total seguridad, creo poder afirmar que los rasgos comunes de todos los elegidos han sido la inteligencia natural, su capacidad de raciocinio y, sobre todo, la bondad de su corazón. Me tengo por muy mal fisonomista y tal vez fuera esa la razón por la que, al principio, me sentía incapaz de distinguir los rasgos faciales de cada uno de nuestros resucitadores pues, al no ser cada uno de ellos ni más alto ni más bajo, ni más grueso ni más delgado que los demás, todos me parecían iguales; tuvo que pasar cierto tiempo para que comenzara a distinguir sus rasgos fa-ciales individualmente y comenzar a hacer amigos en-tre ellos. En aquellos primeros años me pareció extraño que, siendo yo una persona de carácter introvertido al que desde siempre le había costado mucho hacer ami-gos entre los humanos, ahora, en mi nueva vida de in-mortal, pudiera hacerlos con tanta facilidad entre los extraterrestres. Ser consciente de mi eterna juventud, me inhibía aún más en mis relaciones sociales al pensar que las amistades que hiciera no podían durar dema-siado tiempo, pues mientras mis amigos envejecieran yo me mantendría siendo tan joven como el día que nos conocimos. Llegué a la conclusión de que la facilidad que encontraba en hacer amistad con aquellos extrate-rrestres tenía que deberse a dos razones principales: la primera era que, dado que en la comunicación telepá-tica es imposible mentir y tampoco ocultar tus verda-deros sentimientos hacia la otra persona, en el primer

 

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diálogo que tienen dos uriatis o un uriati con un hu-mano, los dialogantes ya conocen los sentimientos que albergan el uno hacia el otro; si ambos sienten atracción mutua, el diálogo se convierte en una especie de decla-ración de amor y, a poco se la cultive, nacerá una buena amistad. La segunda razón es que, al ser ellos también inmortales, ambos sabemos de antemano que ese senti-miento amoroso que nazca entre nosotros, al que lla-mamos amistad para distinguirlo del amor erótico, será para siempre; si una amistad no nace con la vocación de ser eterna, no puede considerarse una verdadera amistad. Ambos sentimientos, el de amor y el de amis-tad, son hermanos y no hay verdadera amistad sin amor y no existe un verdadero amor, aunque este sea erótico, ya fuere homosexual o heterosexual, si en él no sub-yace un sentimiento de amistad hacia la persona amada. Que surja amor o amistad entre un humano y un uriati viene a demostrar que tanto la amistad como el amor son sentimientos universales.

 

Lo primero que pensé cuando vi a mi resucitador por primera vez fue que era el arcángel Gabriel, pero al verlo tan radiante y luminoso, dudé durante un instante si sería el propio Lucifer, dado que su propio nombre significa «el portador de la luz». Tuvieron que pasar veinte meses y llegar el equinoccio de primavera, en el mes de marzo del año 800, para acudir a una de sus asambleas y que un filsolis esquimal me confirmara que aquellos seres no eran de este mundo, sino entes extraterrestres procedentes de un lejano planeta de otro

 

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sistema estelar que seleccionaban humanos para que participarán en sus asambleas.

 

Todos los filsolis tenemos la facultad de comunicar-nos telepáticamente, si bien tenemos establecidas dos principales normas restrictivas; la primera es la de no inmiscuirnos mentalmente los unos en los asuntos de los otros ni invadir sin previo permiso ningún cerebro ajeno, ya sea este de humano mortal o inmortal; la se-gunda es la de reunirnos el día del equinoccio de pri-mavera de cada año cuyo número acabe en cero, es de-cir, cada diez años. Podrá parecerle al lector que desva-río si le digo que cada una de estas reuniones la lleva-mos a cabo en la Luna, sí, amigo lector, nos reunimos en el que siempre hemos considerado como nuestro sa-télite natural, aunque de natural no tiene nada, y en cada una de estas asambleas, además de debatir los asuntos del orden del día, tenemos ocasión de intercambiar de viva voz las nuevas experiencias y los conocimientos que cada uno ha ido adquiriendo en la última década, si bien lo hacemos dialogando en la lengua de los uriatis, que nos ha sido infundida en la mente de cada uno de nosotros en el momento que fuimos resucitados.

 

También he de deciros que no debéis tenernos envi-dia por nuestra inmortalidad. A todo aquel que piense que la vida es un maravilloso regalo que nos hace la Naturaleza, he de decirle que esa es una apreciación no pasa de ser la somera impresión que los humanos tene-mos de la vida durante los primeros cien años de nues-tra existencia, pues hasta el manjar más exquisito se

 

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vuelve repugnante si nos vemos obligados a comerlo todos los días de nuestras vidas. Naturalmente, esto es así siempre y cuando que no hayamos nacido en la in-digencia ya que, en tal caso, la aversión a la vida se manifiesta desde la más temprana niñez debido al tor-mento con el que los rigores del clima y el hambre cas-tigan nuestros cuerpos, así como por la tortura que la indiferencia y el desprecio de la sociedad producen en el alma del indigente, haciendo que su paso por este mundo les parezca que fuera la sentencia condenatoria dictada por un desconocido y poderoso ser superior que se la hace pagar como castigo por las faltas y los peca-dos cometidos en una existencia anterior. Por lo que he vivido en carne propia, os puedo afirmar que durante los dos primeros siglos de mi existencia todavía estaba en fase de aprendizaje y que, siendo la curiosidad el motor del alma humana, es precisamente este ilusio-nante noviciado que viví durante esos primeros dos-cientos años, al que tengo que añadirle las muchas ga-nas de aprender que mostraba y las satisfacciones que recibía en este aprendizaje, el que me mantenía des-pierto y atento a todo lo que ocurría a mi alrededor, ha-ciendo que la vida me resultase soportable. Y digo más, después de trescientos años de existencia aún conser-vaba alguna capacidad para ser gratamente sorprendi-dos por algo inesperado e, incluso, todavía era capaz de reír de tarde en tarde, ya que, a estas alturas, puede que todavía me quedasen algunas migajas del sentido del humor, del que tanto disfrutamos durante la juventud.

 

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Pero de lo que sí podéis estar plenamente seguros es de que, con tres siglos de vida a mis espaldas, apenas si me restaban ya algunos jirones de sentimientos de em-patía y de compasión por mis semejantes ya que, des-pués de haber amado a tantas personas y haber tenido que soportar el dolor de sus muertes, llegó el día en el que el amor comenzó a darme algo de grima. Cuando llegamos a cumplir nuestro quinientos aniversario, des-pués de andar deambulando durante cinco siglos de un lugar para otro, el mundo comienza a convertirse en una penitencia para muchos de nosotros; a estas alturas ya apenas aprendemos nada nuevo y la vida se nos ma-nifiesta como algo monótono, cansino y repetitivo; no podemos estar demasiado tiempo en el mismo sitio sin correr el riesgo de que nuestros vecinos descubran nuestro gran secreto al ver que no envejecemos, por lo que debemos mudarnos de barrio cada quince o veinte años, y de ciudad cada treinta o cuarenta. Con tantas y tan continuas mudanzas, cambiando constantemente no solo de ciudad sino también de país, la mayoría de no-sotros hemos aprendido a hablar decenas de idiomas, habiendo quien habla hasta más de un centenar de len-guas y dialectos, algunos de ellos de uso muy minori-tario. Aunque económicamente tenemos la vida re-suelta —más adelante os explicaré por qué—, todos so-lemos tener un trabajo que nos mantiene ocupados, o más de uno como es mi caso, pero como quiera que al-gunas veces nos vemos obligados a cambiar de trabajo cada vez que nos mudamos de ciudad, como resultado

 

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de tantísimos cambios muchos de nosotros hemos aca-bado por dominar a la perfección un gran número de profesiones distintas; en mi caso particular, he sido pro-fesor de gramática, de geometría y astronomía, de es-grima, de música, y hasta de latín y griego antiguo; du-rante unos decenios fui pintor, escultor y escritor, no muy bueno por cierto en estas últimas actividades, por lo que mis obras de arte no han trascendido y están per-didas. Es en el quinto o sexto siglo de existencia cuando uno ya se siente cansado de vivir y comienza a pensar en recurrir al suicidio como medida de liberación, o al menos fue entonces cuando a mí me pasó, pero para nuestra desgracia esa es una empresa imposible, dado que aquel que un día pareció bendecirnos dándonos la inmortalidad también nos privó de la posibilidad de suicidarnos, ya que resulta ser un intento inútil, pues nos condenó a vivir hasta que nuestro sol se agote y consuma con su fuego nuestro planeta en una apocalíp-tica explosión, si es que para entonces continuamos vi-viendo en él y no hemos emigrado a otro mundo habi-table; algo más adelante pienso dejarle claro al lector cómo y cuáles fueron las excepcionales circunstancias en las que, en mi caso particular, se produjo la supuesta «bendición» de mi inmortalidad. Pero bueno, ya está bien de aburrir al lector contándole mis cuitas y es tiempo de pasar a narrale los sucesos que me han traído hasta el momento actual, advirtiéndole que, dado que mi narración se extiende a lo largo de doce siglos, pro-curaré transmitirle con la mayor fidelidad posible los

 

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pensamientos que en cada momento pasaron por mi ca-beza y los sentimientos que afloraron a mi alma, expre-sados con la visión y la mentalidad con que los viví en cada momento histórico.

 

Cuando, a mediados del año 777, yo desempeñaba el puesto de margrave2 de la Marca de Bretaña, mi señor Carlos3 recibió una misiva de Sulayman ben al-Arabí, el valí de Barcelona, en la que le decía que habiéndose coligado con el valí de Zaragoza, Al-Husain al-Ansarí, ambos gobernadores le ofrecían la pleitesía de sus res-pectivas ciudades a cambio de su apoyo político y mi-litar para independizarse del Emirato de Córdoba. Este inesperado ofrecimiento trastocó los planes de mi se-ñor, cuya prioridad hasta entonces había sido la de ane-xionarse la siempre amenazante Sajonia y así dilatar su reino por el norte y ampliar la costa del mar del Norte hasta alcanzar la Marca danesa, ilusionándose tanto con la idea de una expansión por el sur del continente europeo que se olvidó por completo de los malvados y retorcidos sajones. Mi rey Carlos creyó ver con clari-dad cómo esta acción le facilitaría poder ejercer una presión sobre las fronteras del norte de Al-Ándalus y,

 

 

 

2     Margrave fue originalmente el título medieval del gobernador militar, con rango y tratamiento de príncipe, asignado para mantener la defensa de una de las provincias fronterizas del antiguo reino de los francos. Orlando se ocupaba de controlar y defender la frontera entre al reino franco y Bretaña.

 

3     Se refiere a Carlos I el Grande, rey de los francos, que veintitrés años más tarde sería coronado como el primer emperador de la dinastía carolingia y conocido históricamente como Carlomagno.

 

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sobre todo, por la oportunidad que se le ofrecía de ga-nar bastante terreno para la Cristiandad, desplazando a los musulmanes tanto como pudiera hacia el sur de la península ibérica. Así pues, dirigimos nuestro ejército al sur y a principios del verano del año 778 ya habíamos invadido una ancha franja al sur de los Pirineos y prees-tablecido la que más tarde sería una Marca Hispánica entre la frontera franco-pirenaica y la que por entonces era el límite norte de la Marca superior de Al-Ándalus. Con este inesperado golpe de suerte habíamos creado al sur de los Pirineos una barrera defensiva de unas veinte leguas de anchura que hacía de colchón entre el reino de los Omeyas y nuestro imperio Carolingio, ha-biéndonos anexionado de esta manera las comarcas de Cerdanya, Osona y Urgel, así como ciudades de la im-portancia de Barcelona, Gerona, Tarragona y Tortosa.

 

Llegado el día de recibir la pleitesía prometida por la musulmana Zaragoza, al llegar nuestro rey al frente del ejército frente a las murallas de la ciudad, recibió la inesperada sorpresa de que el valí había cambiado de opinión y se negó a cumplir el acuerdo que habíamos establecido con el valí de Barcelona, que en dicho pacto actuaba en su nombre y representación, mante-niendo cerradas sus puertas.

 

Dos días más tarde, cuando aún nos encontrábamos acampados al pie de las murallas de Zaragoza a la es-pera de una respuesta definitiva por parte del valí, mi señor recibió a un mensajero procedente de Aquisgrán, y aquella misma mañana de finales del mes de junio del

 

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año 778, después de haber escuchado las malas noticias de las que era portador aquel heraldo, Carlomagno nos convocó a los comandantes del ejército a una reunión en su tienda de campaña.

 

—Son dos problemas de naturaleza distinta, aunque de igual gravedad, que se encuentran separados por una distancia de más de doscientas leguas —nos comu-nicó—. Este mensajero me ha anunciado que, en mi au-sencia, por un lado, los malditos sajones han desatado un ataque contra nuestra frontera norte, y por otro lado, que un grupo de nobles aquitanos se han rebelado con-tra mi autoridad y amenazan mi reino. Y, como quiera que no podemos abatir ni escalar las murallas de Zara-goza por no disponer de catapultas ni de las máquinas de asalto necesarias ni de tiempo suficiente para cons-truirlas, dado que los conflictos que me han anunciado exigen mi intervención inmediata, debemos levantar el campamento y partir enseguida.

 

—Señor, tal vez podáis atajar esos problemas mar-chando con la mitad del ejército —le respondí yo—, creo hablar en nombre de todos vuestros comandantes y lugartenientes si os digo que nos comprometemos a tomar Zaragoza con la otra mitad.

 

Todos los reunidos, manifestando gran entusiasmo y ánimos de vencedores, asintieron efusivamente y se deshicieron en juramentos y promesas.

 

—Muchas gracias a todos —respondió—. Mi que-rido Roland, estoy seguro de tu capacidad y de la de todos los demás para llevar a cabo semejante hazaña;

 

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de empresas más duras y arriesgadas habéis salido vic-toriosos. Sé que trabajaríais día y noche para fabricar arietes, catapultas y torres de asalto, pero necesito a todo el ejército a fin de dividirlo en dos y truncar ambas amenazas simultáneamente. Comprendo que no que-ráis volver a casa con las manos vacías y que deseéis obtener de esta expedición un buen botín, por ello os propongo que nos olvidemos de Zaragoza, que levan-temos el campamento de inmediato y nos dirijamos de regreso a casa, pero pasando por Pamplona, la que po-dremos tomar y saquear sin demasiada pérdida de tiempo, yo diría que no tardaríamos en rendirla más de dos o tres jornadas. Estoy seguro de que el botín que obtengamos en la capital navarra no os decepcionará.

 

Seis días más tarde, en la noche del 5 de agosto, tras una fatigosa marcha y siendo ya noche cerrada, alcan-zamos las murallas defensivas de Pamplona, casi dos horas después de la puesta de sol. Aquella rápida mar-cha fue posible gracias a que en el cielo lucía una res-plandeciente media luna creciente que nos recordaba a las típicas estampas de paisajes nocturnos árabes, que suelen representarlos con una brillante media luna junto al lucero de la tarde, lo que sin duda hacía que aquella luna que nos alumbró durante todo el camino fuera más musulmana que cristiana. Pero al llegar al pie de las murallas pamplonesas nos encontramos con la sorpresa de que la ciudad estaba desierta y sus puertas se encontraban abiertas de par en par, invitándonos a pasar y servirnos cuanto quisiéramos sin impedimento

 

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alguno, si bien cuando entramos pudimos comprobar que, como quiera que todo ejército en campaña siempre marcha acompañando de un buen número de prostitu-tas, buhoneros, oportunistas y espías que van infor-mando a sus respectivos príncipes de los movimientos y proyectos de la fuerza expedicionaria, debiendo ha-ber sido los musulmanes pamploneses informados de nuestras intenciones, habían decidido unos días antes no presentar batalla y abandonar la ciudad, pero lleván-dose consigo todas sus pertenencias, sin que hubieran dejado en sus casas nada de valor que pudiera ser sa-queado por nuestro ejército, haciendo bueno el dicho de que no hay peor víctima de robo que aquella que se deja robar. Ante aquella desolación, la indignada reac-ción de mi señor Carlomagno no se hizo esperar y puso a trabajar a más de veinte mil soldados de su ejército en la demolición de cuantas casas pudiéramos derribar en los siguientes siete días, empezando por aquellas que fueran de los más ricos y, por tanto, las de mejor factura, así como a desmontar los mampuestos de las murallas defensivas para que los habitantes encontra-ran a su regreso una ciudad arrasada y sin protección alguna.

 

El día 14 de agosto iniciamos la marcha hacia el norte dejando a nuestras espaldas los restos esqueléti-cos de lo que una semana antes había sido Pamplona. Carlomagno quería cubrir en diez jornadas las cin-cuenta y dos leguas que separaban la capital navarra de Burdeos, la que por entonces era la capital de Aquitania

 

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y también mi ciudad natal. Nos pusimos en marcha al alba con un cielo despejado y una temperatura que, se-gún nos dijo nuestro hombre del tiempo, se mantendría agradable durante toda la jornada, y pese a que la cli-matología era benigna, aquel día, al igual que los ante-riores y los que siguieron, el pesado armamento y la abundante impedimenta con la que cargábamos nos im-posibilitó cubrir una distancia superior a las cinco le-guas, yendo a acampar el ejército aquella noche al pie de un bosque de robles, a no mucha distancia de una aldehuela que no contaba con más de media docena de casas.

 

Al día siguiente, 15 de agosto, cuando aún no había amanecido, después de oír misa a la luz de las antorchas por ser la festividad de la Asunción de Nuestra Señora, iniciamos la marcha con los primeros rayos del sol, sin llegar a sospechar ni por asomo lo que nos acontecería unas horas más tarde.

 

Ocurrió que, cuando hicimos la parada de dos horas que cada día hacíamos para almorzar y descansar, nos vimos sorprendidos por unos quinientos vascones que habían estado emboscados esperándonos y nos ataca-ron de improviso, tal vez en una justa venganza por la destrucción de la ciudad de Pamplona y de sus murallas defensivas. Éramos unos tres mil francos los que, for-mando la retaguardia, habíamos acampado en aquel lu-gar; la vanguardia y el resto del cuerpo del ejército ha-bían continuado su marcha habiéndose separado de no-sotros media legua hacia el norte con el fin de salir de

 

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aquella estrecha vaguada en la que nos encontrábamos y en la que no cabíamos todos. Los tres mil nos había-mos desperdigado formando pequeños grupos por entre los carromatos en los que transportábamos las vituallas, el armamento pesado y el resto de la impedimenta, sen-tados en el húmedo y resbaladizo suelo de la hondo-nada en forma de V que formaban las dos pendientes de la vaguada. Los caballos, libres de sus monturas, ha-bían quedado sueltos, trabados de manos y pastando a su aire por el terreno. Y, cuando ya nos disponíamos a almorzar, una lluvia de flechas cayó sobre nuestras ca-bezas matando o hiriendo a un centenar de nuestros sol-dados. El ensordecedor griterío del medio millar de vascones que nos llegó a continuación se mezcló con el silbido de las flechas que continuaban lloviendo y con el estruendo de los grandes peñascos que nos lanzaban desde ambos flancos rodando pendiente abajo y alcan-zando velocidades meteóricas cuando llegaban al fondo de la vaguada, arrollando y aplastando a decenas de nuestros soldados. Encontrándonos con la desven-taja de estar en una posición deprimida, como era el fondo de la vaguada, no podíamos responder al ataque, por lo que el número de bajas en nuestras filas crecía rápidamente. «Haz una llamada de socorro con tu oli-fante» —me dijeron mis amigos Oliveros y Turpín—, pero yo no quise hacerles caso pensando que al fin y al cabo nosotros éramos tres mil y ellos solo quinientos, que estábamos en una proporción de seis contra uno y que aun podíamos darle una respuesta eficaz a aquel

 

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ataque. Durante más de una hora estuvimos debatién-donos contra los vascones, pero a costa de un alto pre-cio, pues permutábamos la vida de cada vascón por las de cinco o seis de los nuestros; y cuando al fin me de-cidí a pedirle ayuda a nuestra vanguardia, con el sol ya sobrepasado de su cénit y declinando hacia poniente, y con más de un millar de valientes soldados francos que habían caído aplastados por las rocas o asaetados y des-pués degollados como corderos, soplé mi cuerno de guerra con tal fuerza y desesperación que a punto estu-vieron de estallarme las sienes, elevándose el estentó-reo e inconfundible sonido córneo de mi olifante sobre las rocosas escarpaduras pirenaicas de Roncesvalles. Y, cuando los ecos de mi desesperada llamada llegaron a los oídos de mi hermanastro y señor Carlomagno, la vanguardia ya se encontraba a más de una legua de dis-tancia, pues hacía ya rato que habían comido, descan-sado y reanudado la marcha. Cuando una hora más tarde el grueso del ejército llegó a la vaguada en nues-tro auxilio, encontraron que los vascones habían desa-parecido sin dejar rastro, llevándose todos los víveres y todo nuestro armamento, y el campo sembrado con los cadáveres de los tres mil francos que formábamos la retaguardia. Como si se tratara de un ritual, todos los cadáveres aparecían degollados, daba igual que el sol-dado hubiera muerto asaetado o aplastado por alguna de las grandes rocas que los vascones habían despe-ñado sobre nosotros, pero todos, sin excepción, había-mos sido degollados, como si se tratara de un rito que

 

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confirmaba la muerte de cada uno de nosotros con un profundo tajo de muerte en el cuello. Mi cadáver y los de Oliveros y Turpín estaban juntos y rodeados de una decena de enemigos muertos; los tres habíamos lu-chado con denuedo, espalda contra espalda, y habíamos sucumbido acribillados a flechazos después de haber abatido a aquellos vascones.

 

Tras dar sepultura en uno de los taludes a los algo más de tres mil soldados muertos en la refriega y dejar tirados, como pasto para los buitres, a los dos centena-res de cadáveres de los vascones que habían caído en la desigual pelea y sus compañeros habían dejado aban-donados en el campo de batalla, nuestros tres cuerpos fueron alojados en otros tantos ataúdes, rodeados de abundante paja y de hielo glacial pirenaico para ser conservados durante el viaje, cargados en uno de los carromatos y transportados hasta Blaye, a cinco leguas al norte de Burdeos, donde fuimos enterrados el vier-nes, 28 de agosto, en la iglesia de Saint-Romain, dán-dosenos un triduo de misas de difuntos que terminó el domingo, día 30.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Fui resucitado al filo de la media noche de aquel mismo domingo 30 de agosto, a los quince días de mi muerte, y en el momento de mi resucitación no pude darme una explicación de cómo aquel individuo —ya os he aclarado antes que se trataba de un uriati— pudo no ya hacer el milagro de resucitarme, pues todos sabe-mos cómo Jesús de Nazaret hizo posible resucitar a Lá-zaro después de llevar este tres días muerto, sino algo que a mí me pareció aún más incomprensible que el milagro de una resurrección, que al fin y al cabo solo es devolverle la vida a una carne muerta, sino que lo que más me admiraba en aquel momento era cómo pudo sacar mi cuerpo del sepulcro sin tan siquiera le-vantar la pesada losa que lo cubría, pudiendo observar que esta permanecía encastrada en su hueco y con su sellado perimetral intacto, poniendo de manifiesto que no había sido removida. Recuerdo bien que aquel día pensé que tan solo Dios y el Diablo debían tener el po-der necesario para hacer tal cosa. Aunque las facciones de aquel sujeto no parecían ser de este mundo y mucho menos se parecían a los bellísimos rostros y los estili-zados cuerpos de los seres alados que la Iglesia nos pre-senta en las imágenes de los templos y en las estampas religiosas como ángeles celestiales, si no fuera porque aquel traje que vestía, totalmente ajustado a su cuerpo, como si de una segunda piel se tratara, y de un color tan blanco, tan luminoso y tan radiante como el de la

 

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luna en una noche de plenilunio lo hacía parecerse a un ser celestial, hubiera llegado a tener mis dudas de si me encontraba en el Infierno y aquel individuo era el mis-mísimo Satanás que estaba engañándome con algún sortilegio o alguna de sus sutiles estratagemas, hacién-dome creer que estaba vivo ante el altar de la iglesia de Saint-Romain.

 

Algo más tarde supe que, aquello que aquel día me pareció ser una abultada faja que el uriati llevaba alre-dedor de su cintura, en realidad era el ingenio con el que me había tele-portado al exterior del sepulcro, de-sintegrando mi cuerpo en el interior del ataúd y vol-viéndolo a integrar al pie del presbiterio, en mitad de la nave central de la iglesia. Entonces comprendí que lle-vaba razón aquel inuit filsolis que os he mencionado antes cuando me dijo que eran seres extraterrestres que iban eligiendo humanos a lo largo del tiempo para ha-cernos participar en unas asambleas universales, sin que supiera yo por entonces por qué querían que parti-cipásemos en sus asambleas y con qué criterio nos ele-gían.

 

Lo cierto es que, en aquel momento en el que aca-baba de resucitar, tuve la sensación de que me acababa de despertar de un sueño, sabiendo que había estado soñando, pero sin conciencia de haber estado muerto durante quince días, y durante un instante llegué a pen-sar que me había levantado sonámbulo y me había des-pertado cuando me encontraba de pie a tan solo dos o tres codos de distancia de aquella desconocida persona,

 

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entidad alienígena o quien quiera que fuese, que me mi-raba muy fijamente a los ojos, pareciendo que me estu-viera leyendo el pensamiento, o tal vez estuviera infun-diéndome mentalmente ese extraño lenguaje con el que nos comunicamos los filsolis y los uriatis, formado por una mezcla de expresiones vocales, de algunos esporá-dicos signos corporales y de imágenes telepáticas, siendo inmensamente más descriptivo y preciso en la transmisión de pensamientos que cualquier idioma te-rrícola. Con toda seguridad, debió ser esto último que digo, porque cuando mi extraño resucitador rompió el silencio emitiendo algunos sonidos bucales, al tiempo que los acompañaba de unos movimientos de sus de-dos, lo entendí a la perfección. Y esto fue lo que me dijo:

 

—Bienvenido seas de nuevo al mundo de los vivos, Orlando. Me llamo Suriel y a partir de ahora seré tu tutor y asesor hasta que te familiarices con tu nueva existencia. Has de saber que ya no eres humano, dejaste de serlo el día que moriste, ahora eres un filsolis, es de-cir, un hijo del sol, uno de los elegidos, un inmortal que vivirá hasta el fin de los tiempos. Ningún arma podrá herirte y tu cuerpo estará libre de enfermedades. Nada podrá acabar con tu vida y ni siquiera el fuego podrá consumir tu cuerpo. A partir de este momento, podrás utilizar todas las potencialidades de tu cerebro, que hasta ahora tan solo las habías venido usando en no más de un diez por ciento. Estas facultades de tu cerebro te permitirán tele-portarte en el espacio-tiempo con tan

 

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solo desearlo, pudiendo desaparecer del lugar donde estés y aparecer instantáneamente en otro lugar que desees estar, por muy lejano que este se encuentre, y siempre podrás hacerlo acompañado de todo aquello que esté en contacto con tu cuerpo. Ahora tu capacidad de raciocinio se ha multiplicado por diez y tu cuerpo ha adquirido una fuerza física tan sobrehumana que serás capaz de sostener el peso de cinco hombres con una sola de tus manos. También serás insensible al dolor y no necesitarás de las siete u ocho horas de sueño diario que empleabas cuando eras humano, bastará con que durante una hora de cada día, ya sea en posición de pie, sentado o tumbado en una cama, cierres los ojos y te relajes dejando tu mente en blanco. Tampoco podrás tener sexo, pues la libido ha desaparecido para siempre de tu cuerpo. Asimismo, tampoco necesitarás alimen-tarte; a partir de ahora deberás tomar, como mínimo, ocho vasos de agua cada día. Tu cuerpo tomará de esa agua la energía que necesite y repondrá la que haya per-dido a través de la respiración, la sudoración o la orina. Podrás ingerir alimentos sólidos si lo deseas, pero al no necesitar tu cuerpo extraer sus nutrientes, los desinte-grará sin necesidad de excrementarlos. Por otra parte, tu espíritu ha dejado de pertenecer al colectivo humano y ha pasado a integrarse en el alma universal; a partir de este momento eres un inmortal llamado a tomar de-cisiones en aquellos asuntos que afecten a la totalidad del Universo por lo que deberás estar disponible en todo momento, quedando a la espera, junto con los

 

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otros filsoliss, a que os llamemos para participar en una asamblea universal cuando sea necesario. Salvo que se presente una emergencia, por sistema celebramos una asamblea cada diez años, concretamente aquellos años cuya cifra termina en cero.

 

Y, en diciendo esto, desapareció esfumándose en el aire sin despedirse y sin darme opción a pedirle algunas aclaraciones a sus palabras. Me quedé lleno de dudas, queriendo saber cuáles habían sido las razones por las que yo había sido elegido y, ahora que ya no era hu-mano, también hubiera querido saber en qué clase de ser me había convertido y cuál era mi nueva naturaleza. También me hubiera gustado preguntarle en qué lugar se celebran esas asambleas universales y de que natu-raleza son las decisiones se toman en ellas.

 

Era muy tarde, ya de madrugada, cuando salí de la iglesia de Saint-Romain. Conociendo bien las calles de Blaye, ya que esta ciudadela estaba a tan solo a dos ho-ras a caballo de mi Burdeos natal y había estado mu-chas veces en ella, encaminé mis pasos a la posada que se encontraba a la entrada de la población por el camino del sur, en la que conocía a Gilbert, el dueño, y a su hija, Jeanine, por haber pernoctado en ella varias veces. Fue entonces cuando caí en la cuenta de algunas cosas: la primera era que no podía ir por la ciudad vestido con mi atuendo de guerrero, como era la costumbre de amortajar y enterrar a los que mueren en batalla, pero cuando pasé junto al farol que iluminaba el portal de una casa y me miré vi que iba vestido con ricas ropas

 

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de calle que eran desconocidas para mí; lo segundo era que no podía presentarme en la posada diciendo que era el conde Roland porque todo el mundo en Blaye debía saber que había resultado muerto en Roncesvalles y que me habían enterrado en su iglesia de Saint-Romain hacía tres días, por lo que tendría que confiar en que con la oscuridad de la noche y su mala vista Gilbert no me reconociera; a Jeanine, que tenía buena vista, ya ve-ría lo que podría decirle, tal vez podrían tragarse que soy un hermano gemelo de Orlando que había venido a su entierro. La tercera cosa que recordé era que no es costumbre enterrar a nadie con la bolsa del dinero, lo que venía a significar que no debía llevar encima ni un mísero denier, pero cuando, al pensar en esto, llevé ins-tintivamente mi mano al lugar donde solía llevar mi bolsa, me llevé la sorpresa de que, no solo que colgaba una bolsa de mi cinturón, sino que además era bastante abultada y, aunque con la sorpresa y la emoción vividas hasta aquel momento no había notado su peso en mi cintura, cuando la sopesé con la mano descubrí que de-bía rondar sus buenas cinco libras de peso. Algo más tarde, cuando la abrí, pude comprobar que mi miste-rioso resucitador había estado en todo y, además de ha-berme adornado con ricas vestiduras, me había provisto nada menos que con seiscientas sesenta y seis monedas de oro, cantidad más que suficiente para comprar una casa grande con todos sus muebles, así como un mag-nífico carruaje y unas buenas caballerías y, tras ese gasto, aún seguiría siendo un hombre inmensamente

 

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rico. Aquella noche recordé que el Apocalipsis asocia el número 666 con el Diablo y lo llama el número de la Bestia, pero debo confesar que este descubrimiento no me preocupó en absoluto, tal vez debido a mi gran in-credulidad en materia de supersticiones o de religiones, que para mí no son más que un conjunto de narraciones fantásticas, oficializadas con un falso marchamo de au-tenticidad por los poderosos y los sacerdotes avispa-dos, viniendo a decirle a los indigentes y a los incautos de buena fe que deben compadecer a los ricos porque, antes de que ellos entren en el Paraíso, un camello de-berá poder pasar por el ojo de una aguja, y prometién-doles que, si se conforman e incluso alaban su pobreza, se asegurarán una segunda vida, que será eterna y es-tará llena de bendiciones, al mismo tiempo que los asustan con el fuego eterno de un infierno si no son su-misos y obedientes. Siempre me he negado a las creen-cias irreflexivas, sean o no sean religiosas, que solo sir-ven para embrutecer el alma.

 

Tan solo dos aldabonazos en el portón de entrada fueron suficientes para que un instante después chirria-ran los cerrojos y, empuñando una antorcha, Gilbert en-treabriera la puerta y asomara la cabeza para ver quién llegaba a horas tan tardías.

 

—Buenas noches, Gilbert —lo saludé, al tiempo que él acercaba la tea algo más a mi rostro para escudriñarlo y daba señales de no conocerme—. ¿No me recuerdas? Soy… —sin darme cuenta, iba a decir que era el conde

 

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Roland, pero rectifiqué a tiempo y, dado que era noche cerrada sin luna y aprovechándome de que Gilbert era algo corto de vista, aparté algo mi rostro de la luz con-fiando en que no me reconociese—. Soy Tomás Vives, un viajero de Barcelona que se alojó en esta misma po-sada hace tres años.

 

—Perdonadme, caballero, pero si estuvisteis en mi casa hace ya tres años, por no ser yo muy buen recono-cedor de caras es imposible que os recuerde, pero os ruego que paséis, pues a mí me da igual quién seáis y cuales sean vuestra nacionalidad y vuestros negocios siempre que traigáis buenos dineros para pagar mis ser-vicios; mi oficio es el de ventero y me es indiferente quien sea el que acude a mi casa a que le dé posada — me respondió, con su inconveniente sinceridad y su mala sombra de siempre.

 

De todas formas, por haberme visto varias veces en su posada, Gilbert debería conocer suficientemente mi rostro, por lo que quedé convencido que fueron su mio-pía y la poca luz ambiental las culpables de que no me hubiera reconocido; no pude evitar estremecerme al pensar si todos aquellos días que había pasado sumido en los brazos de la muerte habrían hecho irreconocibles las facciones de mi rostro.

 

—¿No portáis ninguna valija? —me inquirió Gil-bert, al tiempo que movía la antorcha de un lado al otro buscando con la vista algún bagaje a mi alrededor.

 

—No, no traigo nada. En el lugar de donde vengo no necesitaba de ningún equipaje.

 

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—Solo hay dos lugares en los que no se necesita equipaje, uno es la cárcel y el otro es la tumba; sabemos que del segundo jamás se vuelve, pero de donde quiera que vengáis vos no es cuenta mía. Siento no poder ofre-ceros algo de comer pues a esta hora duermen todos los servidores de la posada,

 

—No te preocupes, Gilbert, no tengo hambre nin-guna.

 

—Entonces seguidme, os acompañaré hasta vuestro cuarto.

 

Cuando entramos en la habitación noté un calor so-focante. Ya había pernoctado yo otras veces en aquel mismo cuarto y sabía que la única ventana con la que contaba se abría al exterior del edificio por la fachada de poniente, por lo que aquel calor procedía de que esta había sido caldeada durante toda la tarde por el incle-mente sol de finales de agosto. Gilbert encendió con su antorcha los dos candiles con los que contaba la habi-tación, y aunque la luz que emitían era algo pobre, al situar uno de ellos sobre la mesita de noche que se en-contraba situada junto al cabecero de la cama, y el otro colocado sobre una cómoda de cuatro cajones, fueron más que suficientes para iluminar bien el cuarto. Nece-sitando refrescarme la cara y, sabiendo que tras la hoja de la puerta de acceso había un palanganero con espejo, lo primero que hice cuando Gilbert se marchó fue diri-girme al lavabo. Tomé el aguamanil, vertí agua en la palangana, me enjuagué la cara y el cuello con ambas manos, para luego secarme con la toalla y asomarme al

 

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espejo. Tengo que confesar que retrocedí espantado y estuve a punto de desmayarme, teniendo que volver a dar un paso hacia delante y agarrarme al borde de la jofaina para no caer al suelo. La imagen que me devol-vió el espejo no era la de mi cara. Yo había muerto a los cuarenta y dos años, era de tez morena, barba y ca-bellos cortos, espesos, negros y sin una sola cana, ojos marrones y un lunar circular de un cuarto de pulgada de diámetro en la mejilla derecha; en cambio, las fac-ciones de aquella imagen aparentaban diez o doce años menos y tanto podían pasar por ser las de un hombre como las de una mujer: eran las de una cabeza de frente ancha, con una melena rubia que me caía hasta los hombros, ojos azules, labios carnosos y una cara total-mente lampiña que venía a recordar las de los ángeles que vemos pintados en las iglesias. Debo reconocer que, aunque aquel rostro no se correspondía con el de un hombre de cuarenta y dos años, sino más bien con el de un joven de treinta, resultaba bastante interesante, pudiéndose apreciar en él unas facciones nada vulga-res, que más bien parecían corresponder a la nobleza, así como una mirada intensa e inteligente. Ahora en-tendía que Gilbert no me hubiera reconocido.

 

Aquella noche tuve un sueño intranquilo. Durante toda la noche estuve soñando con seres enfundados en el mismo traje blanco y brillante que llevaba aquel que me resucitó, y que, aun careciendo de alas, se despla-zaban volando por el aire a lo largo de las inverosímiles calles de una ciudad que no parecía ser de este mundo,

 

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en la que las calzadas y las fachadas de las casas emi-tían luz propia iluminando el ambiente nocturno como si fuese de día, pero sin producir sombras; vi que sobre la ciudad circulaban vehículos voladores sin alas sin que emitieran ningún sonido, cosas que, aún hoy en día del siglo XXI en el que vivo, me parecen fantásticas, pero que en aquellas fechas pensé que eran artefactos diabólicos. También vi en mi sueño deliciosos parques arbolados, en el qu las ardillas correteaban por el cés-ped entre las gentes, y jardines muy bien cuidados que perfumaban el ambiente con sus flores, en los que de-cenas de niños jugaban a perseguirse revoloteando por los aires, como si fueran juguetones gorriones o ange-lotes de los que pintan los artistas en las iglesias, pero sin que tuvieran alas, y a madres que paseaban por los senderos arbolados del parque llevando a sus bebés en carritos sin ruedas que flotaban en el aire.

 

Cuando llegó la mañana, me vestí y bajé al salón co-medor de la posada, donde Jeanine se encontraba sir-viendo el desayuno a los huéspedes y, al verme sentado en una de las mesas, vino hasta mí para atenderme.

 

—¿Deseáis desayunar? —me preguntó, dirigién-dome la palabra en un tono ambiguo y una extraña mi-rada que quizás obedeciera a no saber si yo era un hom-bre o tal vez una mujer vestida con ropas de hombre, pues tal era mi dudoso aspecto de andrógino.

 

—Buenos días, Jeanine —la saludé dedicándole una sonrisa, si bien al oír el tono grave de mi voz pareció convencerse de que estaba hablando con un varón.

 

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—Buenos días nos dé Dios, caballero, ¿me conocéis por mi nombre?

 

—Te conozco desde que eras una niña, pero los años han cambiado mi rostro y por eso tú ya no me recono-ces —le respondí, echándole la primera mentira que se me ocurrió y dándome cuenta ya algo tarde de que lo que le dije era una estupidez que era poco creíble dado que mi rostro parecía representar poca más edad que la suya—. Jeanine, después de desayunar necesito alqui-lar un coche que me lleve a Burdeos, ¿podrías bus-carme a un cochero que esté disponible?

 

—Claro, señor. Para eso no hay que andar mucho, ¿ve aquel mozo que se encuentra sentado al fondo, en la mesa del rincón? Se llama Gastón, es cochero y es seguro que está libre, pero no sé si hoy domingo estará dispuesto a trabajar; tenemos un párroco que por menos de un pitillo te condena al fuego eterno del infierno, sobre todo por trabajar en domingo, excepto si trabajas para hacerle limpieza o alguna reparación gratis en su casa o en la iglesia. Le diré que venga a hablar con vos.

 

Cuando se levantó de la mesa y vino hacia mí, vi que aquel mozo era un muchacho fortachón, de unos vein-ticinco años de edad, de estatura media, con la barba y el cabello pelirrojos y, cosa extraña en un pelirrojo, te-nía los ojos de un verde intenso y brillante, como las hojas de la albahaca, que caminaba con las piernas se-paradas y algo torcidas, pareciendo que hubiera estado montando a caballo desde su más tierna infancia y se le hubieran deformado los huesos de tanto cabalgar.

 

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—Buenos días, señor, mi nombre es Gastón —me saludó, acompañando el saludo con una exagerada in-clinación de cabeza—. Me ha dicho Jeanine que nece-sitáis los servicios de un cochero.

 

—Sí, así es, Gastón. ¿Podías llevarme a Burdeos y permanecer allí durante unos días estando a mi servi-cio?

 

Lo de permanecer en Burdeos unos días a mi servi-cio era porque, al no poder volver a mi casa, lo necesi-taría todo el tiempo mientras me compraba una nueva vivienda y me acomodaba en ella.

 

—Sí, señor, puedo hacerlo. Soy soltero, no tengo ningún compromiso con ninguna mujer, y puedo faltar de casa de mis padres todo el tiempo que sea necesario.

 

—Y, ¿no te importa que el párroco te condene al in-fierno por trabajar en domingo?

 

—Él es quien tiene ganado el infierno con las por-querías que les hace a los niños pequeños —respondió poniendo cara de repugnancia—. Al parecer, el muy cerdo interpreta a su manera aquella frase de Jesucristo: «Dejad que los niños se acerquen a mí». Así pues, estoy dispuesto a iniciar el viaje a Burdeos cuando vos me lo ordenéis.

 

Aún no era mediodía cuando, después de cruzar los puentes sobre el río Dordoña y el caudaloso Garona, entrábamos en Burdeos por la puerta levantina de San Eloy. Aunque en aquel momento no veía la forma de poder abrazar a mi familia, le ordené a Gastón que me llevara a la que fue mi casa palaciega durante todo el

 

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tiempo que fui mortal, situada en pleno centro de la vi-lla, con su fachada principal mirando desde la orilla iz-quierda al gran meandro que forma el río Garona a su paso por la ciudad y al que llamábamos «Puerto de la Luna» por su forma de media luna abierta hacia el le-vante. Tenía grandes y fervientes deseos de ver y abra-zar a mi anciana madre adoptiva y a mis dos hermanas-tras, comprendía que eso iba a ser imposible ya que el conde Roland estaba muerto y enterrado, y ni siquiera podía presentarme como resucitado ya que ninguno de los rasgos de mi cara recordaba a mi antigua fisonomía y me tomarían por un loco o un impostor. Cruzamos la puerta de San Eloy sin prisas, con la caballería puesta al paso, y recorrimos las alegres calles bordelesas que, impregnadas del olor a vino que emanaba de sus nume-rosas bodegas, eran transitadas por una variopinta po-blación que parecía ser más mediterránea que atlántica y solía hacer vida de calle. Al llegar a la plaza principal pudimos contemplar cómo algún trovador ya había compuesto un poema sobre mi vida y mi muerte, y como un juglar lo cantaba acompañándose de una vieja cítola y rodeado de más de cien personas que lo escu-chaban con atención, entre las que se contaban más mu-jeres y niños que hombres, estas últimas enjugando los pañuelos con sus lágrimas, conmovidas por la gloriosa historia de mi muerte. Le ordené a Gastón que detu-viera el carruaje y durante el escaso tiempo que estuve oyendo la canción no pude por menos que asombrarme de la imaginación del trovador que la había compuesto,

 

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pues al igual que escribió el monje Turoldo trescientos años más tarde, había convertido los quinientos vasco-nes en cuatrocientos mil feroces musulmanes y antes de yo caer abatido por una lluvia de flechazos junto a mis amigos, el conde Oliveros y el arzobispo Turpin, había atravesado con mi espada los corazones de más de un millar de sarracenos que yacían muertos a mis pies. Cuando llegamos frente a la fachada de mi pala-cete, vi los tristes y lúgubres crespones negros que, en señal de luto, colgaban a ambos lados del pórtico fron-tal de la entrada y, haciéndoseme un nudo en la gar-ganta, me entristecí por el dolor que estaría sufriendo mi familia por causa de mi pérdida. Hubiera continuado la marcha en busca de una hospedería, donde me toma-ría los días que fueran necesarios para localizar y com-prar alguna casa de grandes dimensiones que fuese de mi agrado y estuviese en venta, así como para hacerle las reformas que considerase oportunas y amueblarla, pero eran tantas la ganas que tenía de ver y abrazar a mi madre y hermanas que me apeé del coche y avancé por el paseo de acceso, flanqueado por dos setos en los que se mezclaban geranios, begonias y petunias en flor, hasta alcanzar el portal de la casa. Me abstuve de llamar con dos aldabonazos, seguidos de una pausa y un ais-lado tercer golpe de aldaba, como era mi costumbre, por no reavivarles los dolorosos recuerdos de mi muerte, aunque tampoco tuve necesidad de hacerlo ya que mis hermanas Agnes e Irene debieron haberme visto avanzar por el camino a través de alguna de las

 

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ventanas de la casa y acudieron prestas a abrir la puerta.

 

—Buenos días, señoras —las saludé cuando abrie-ron el portal, mirándolas tiernamente y aguantándome las enormes ganas que tenía de darles un fuerte abrazo y cubrilas de besos—, por estos crespones negros veo que están de luto y les ruego encarecidamente que me perdonen si las importuno, pero desearía hablar con el conde Roland, ¿se encuentra en la casa? —pregunté, haciéndome pasar por un viajero al que aún no le había llegado la triste noticia de la muerte del margrave y he-roico comandante carolingio.

 

—Sentimos tener que deciros que el conde murió el pasado día 15 de agosto y fue enterrado hace cuatro días —me respondió mi hermana Agnes.

 

—¡Dios mío, que gran tragedia! —respondí, lleván-dome las manos a la boca y poniendo cara de circuns-tancias—. Créanme que lo siento muchísimo. Ustedes deber ser sus hermanas, Agnes e Irene, ¿es cierto?

 

—Así es, señor. Yo soy Agnes y mi hermana pe-queña es Irene —respondió Agnes, la mayor de las dos—. ¿Erais amigo de nuestro hermano?

 

—Sí, así es. Nos conocimos hace dos años en Barce-lona y trabamos una hermosa amistad. Y, ¿cómo ha su-cedido tan gran tragedia?

 

—Si gustáis pasar a la casa y daros a conocer a Louise, nuestra madre, con mucho gusto y también con gran tristeza os explicaremos los detalles de su muerte —añadió mi hermana Irene.

 

—Aunque me resulte doloroso escuchar el relato de

 

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la muerte de un gran amigo, os lo agradezco en lo más profundo de mi alma. Créanme que deseo con fervor poder expresarle mis condolencias a vuestra madre y al resto de la familia.

 

Hacía ya tres años que faltaba de Burdeos y, cuando crucé el umbral de la casa, los muebles, las baldosas del suelo, las vigas de los techos, los cuadros y los tapices que colgaban de las paredes, pero sobre todo el familiar olor de mi hogar, me llenaron de recuerdos y me enter-necieron el alma. En ese momento hubiera cambiado con gusto mi inmortalidad por vivir unos cuantos años en aquella casa rodeado de mi madre adoptiva, mis dos hermanastras y mis sobrinos. Y fue en aquel momento cuando, renunciando al nombre de Tomás que le había dado al posadero, adopté oficialmente el nombre de Or-lando para el resto de mi eternidad.

 

—Buenas tardes, señora. Mi nombre es Orlando Vi-ves, de Barcelona. Rendido a sus pies os transmito mis más sinceras condolencias por la muerte de vuestro hijo.

 

—¿Erais amigo suyo?

 

—Más que amigo, señora, éramos como hermanos. Con estas palabras saludé a mi madre y, resistiendo las ganas de darle un abrazo, tomé con delicadeza una de sus manos y la besé con fruición, pareciéndome que aquella pasión que puse en mi beso fuera captada por ella, pues me devolvió una amplia sonrisa acompañada de una tan tierna mirada maternal que por un momento creí que, pese a mi falta de parecido físico con su hijo,

 

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me había reconocido como tal y me daría un beso y un abrazo.

 

—Habéis dicho que os llamáis Orlando. Así era como llamábamos a mi hijo Roland los familiares y sus amigos más allegados.

 

—Sí, señora, lo sé, y le revelaré que ha sido en este mismo momento, al recibir la noticia de su muerte, que he decidido sustituir mi nombre de pila, que es Tomás, por el de vuestro hijo Orlando, a quien conocí hace tan solo tres años escasos en Barcelona —proseguí min-tiéndole—, pero como quiera que congeniábamos y coincidíamos en todos nuestros gustos y pensamientos, en muy poco tiempo nació entre nosotros una amistad tan intensa que aún superaba a la de amigos de toda la vida, era como si fuéramos hermanos.

 

—Oh, Orlando Vives, me habéis emocionado con vuestro generoso acto de amor y amistad —me respon-dió y, tomándome de las manos, me las besó, dándome la ocasión de devolverle aquel beso con otro en su me-jilla y darle un fuerte abrazo que me llenó el alma de gloria bendita.

 

Después de escucharles durante un buen rato la apa-sionadamente triste narración de mi muerte, descrita con las mismas exageraciones que cantaba el juglar, me despedí de ellas, anunciándoles que, siguiendo los con-sejos del propio Roland, había venido a instalarme en Burdeos para dedicarme al comercio de vinos durante unos años y pidiéndoles su permiso para poderlas visi-tar de vez en cuando, permiso que me fue concedido de

 

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mil amores. Por un momento creí que me iban a invitar a que me quedara alojado en la casa, pero enseguida comprendí que no lo estimaran conveniente pues, aun-que ya no eran jóvenes, siendo mi madre una anciana de setenta y dos años, Irene una soltera de veintiocho y Agnes una viuda de treinta y siete con dos hijos, no de-jaban de ser tres mujeres que vivían solas, por lo que alojar a un hombre joven significaba correr el riesgo de ser objeto de las habladurías de toda la ciudad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Diez días tuve a Gastón a mi servicio, durante los cuales me estuve hospedando en la fonda de mala fama de madame Mimí Falgout, la única en la que encontra-mos dos habitaciones libres; las otras tres posadas que había en la ciudad se encontraban llenas al completo de huéspedes por estar celebrándose en la ciudad un ciclo de torneos, al que habían acudido combatientes profe-sionales, no solo de toda Aquitania, sino hasta de partes tan alejadas como Borgoña, Alemania, Sajonia o Fran-conia, en busca del importante premio en metálico que se ofrecía al ganador. Los primeros cuatro días estuvi-mos recorriendo la ciudad a bordo del coche de Gastón, calle por calle y sin prisas, buscando una casa que es-tuviese en venta y que fuese de grandes dimensiones, que contase con dos o tres plantas y, a ser posible, que tuviese un espacioso jardín, sin que en esos días diése-mos con ninguna que fuese de mi gusto. La pesada bolsa con unas cinco libras de oro que, por no fiarme de dejarla escondida en la posada tenía forzosamente que llevarla atada a mi cinto, me estaba pidiendo a vo-ces que la aligerara de peso, sobre todo después del se-rio y trágico percance que por su causa tuve durante la madrugada del quinto día que dormía en la fonda. Esa noche, como en las cuatro anteriores, bajé al comedor y, como quiera que Sutiel me había dicho que podía tomar alguna cosa sólida o líquida que no fuera agua, a fin de disimular ante los demás huéspedes mi ausencia

 

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de la necesidad de alimentación y, por qué no decirlo, que a mí siempre me había gustado comer y aún no me había acostumbrado a la abstinencia a la que me some-tía mi nueva naturaleza de inmortal, tomé un plato de lo que madame Mimí Falgout llamaba sopa, pero que no era más que el agua donde había hervido las verdu-ras de la comida del mediodía, sin que hubiera pasado por la olla el menor rastro de jamón, de huevo de ga-llina o de hueso de vacuno que le diera algo de sustan-cia y consistencia. Durante el corto tiempo que estuve aquella noche en el comedor de la posada, pude obser-var por el rabillo del ojo cómo dos individuos de sos-pechosa catadura no dejaron de mirarme y de hacer en-tre ellos comentarios en voz baja todo el tiempo; así que, sintiéndome un tanto incómodo por tanta observa-ción y tantos cuchicheos susurrados al oído, cuando ter-miné de tomar la sopa me retiré a mi habitación. Cuando entré en el cuarto, después de encender los tres candiles que se encontraban repartidos por la habita-ción, recordé que era sábado cuando vi que madame Mimí había dispuesto junto a la cama la tina de agua caliente que le había pedido para darme mi baño sema-nal. Así que, para tener buena luz, puse dos candiles sobre la mesita de noche, me despojé de mis ropas, me metí en el barreño, me di una buena friega con jabón y, después de enjuagarme, siguiendo con la que solía ser mi costumbre, me dispuse a leer durante un rato, hasta que el agua se enfriara, a uno de mis escritores favori-tos, que por aquel entonces eran los bizantinos Hipólito

 

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de Tebas, Juan Damasceno y Teodoro el Estudita. Una hora más tarde, cerré el libro, lo dejé sobre la mesita, me sequé el cuerpo, me recosté desnudo en la cama y cerré los ojos. Había aprendido que la respiración pau-sada y profunda me facilitaba la relajación, me desco-nectaba del mundo que me rodeaba y me predisponía a la meditación profunda. No llevaba mucho tiempo en esta actitud relajada e intensamente meditativa cuando vino a sorprenderme un fuerte golpe que recibí en el pecho y otro en la garganta. Alarmado, abrí los ojos y pude ver a aquellos dos hombres que tanto me miraban en el comedor; uno de ellos con las manos llevadas a la cabeza y mirándome con asombro, y el otro empu-ñando un cuchillo de grandes dimensiones, de esos que usan los facinerosos, que son de grandes dimensiones y con doble filo. Por lo que pude colegir, aquellos dos hombres habían subido a mi habitación para asesi-narme y robarme la bolsa. Uno de ellos me había des-cargado con su daga un golpe en el pecho, clavándo-mela hasta la empuñadura en el corazón, y el otro me había degollado con la afilada hoja de su cuchillo. Así que, cuando vieron que me levanté de la cama y con dos dedos me extraje la daga del pecho sin que asomara por la herida ni una sola gota de sangre, y que tanto la llaga abierta del pecho como los labios de la herida del cuello no sangraban y se cerraban en pocos segundos sin dejar ningún rastro de herida, la reacción de uno de ellos fue la de correr hacia la ventana que asomaba a un patio interior y arrojarse por ella desde unos quince pies

 

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de altura, muriendo en el acto al romperse el cuello cuando se estrelló contra el pavimento, mientras que el otro caía de rodillas a mis pies, temblando como un azogado y con los brazos extendidos en el suelo hacia delante, en la actitud de quien adora a un ídolo; así que, haciendo uso de mi nueva y descomunal fuerza, lo aga-rré con una sola mano por el cogote, lo elevé a tres pies de altura sobre el suelo, lo saqué del cuarto y lo arrojé con desprecio al pasillo, como quien se desprende de un saco de basura. Lo más probable es que aquellos dos criminales me hubieran tomado por un ángel o por cualquier otra criatura celestial de mayor autoridad y prestigio que un ángel, tal vez creyendo que yo fuera un arcángel o un serafín.

 

Fue a la mañana siguiente de este trágico percance cuando, al venir Gastón a recogerme, me dio la noticia de que la tarde del día anterior había visto una preciosa casa de dos plantas, rodeada de un espacioso parterre, que según le habían dicho estaba en venta y que, ade-más, quedaba muy cercana a la del difunto conde Ro-land, la que habíamos visitado el primer día que llega-mos a Burdeos. Conociendo ya, después de todas las casas que llevábamos vistas, cuales eran mis gustos, me animó a que fuéramos a verla, convencido de que me gustaría.

 

La casa no era todo lo grande que yo hubiera querido que fuese, pero me gustó desde el momento en que Gastón me la señaló en la distancia y la estuve obser-vando a través de la ventanilla del coche a medida que

 

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nos aproximábamos a ella. Se trataba de una construc-ción aislada cuyos muros estaban compuestos de mam-puestos de piedra caliza de un color crema muy claro, casi blanco. La fachada principal tenía unos treinta pa-sos de longitud y estaba orientada al sur, disponiendo de una entrada muy señorial con un amplio porche de-lantero que sobresalía de la fachada y al que se accedía ascendiendo una escalinata con cinco anchos peldaños. El edificio contaba con dos plantas de unos quince pies de altura cada una, en las que asomaban cinco hermo-sos ventanales, y la cubierta era inclinada a varias aguas con tejas de pizarra, ofreciéndole al espectador una imagen alegre y sólida a la vez. En el exterior, un grueso murete de mampostería de unos sesenta pasos de longitud y dos pies de altura, coronado por una ar-tística verja de hierro fundido, con un cancel de dos ho-jas en su punto central, aislaba el terreno de la parcela que rodeaba la casa del acerado de la calle; un camino de entre quince y veinte pasos de longitud y unos cuatro de anchura que, empedrado y flanqueado a todo su largo por dos setos verdes, discurría desde el cancel hasta la escalinata de acceso al porche. Toda la parcela se encontraba ajardinada con un hermoso parterre, sal-picado de algunos bancos de piedra situados a la som-bra de espesas copas arbóreas, por el que serpenteaban algunos estrechos caminitos de tierra que invitaban al paseo y la reflexión.

 

Ya anochecido, el 30 de septiembre, a un mes justo de mi resurrección, sentado junto al propietario de la

 

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casa alrededor de una mesita en el porche y bañados en plata por los rayos de una luna creciente que vino a re-cordarme aquella otra que nos iluminó el camino a Pamplona, le aboné el importe de la compra del inmue-ble, mi bolsa sufrió una apreciable bajada del mucho peso que tanto había venido soportando mi cintura y su volumen se redujo a menos de la mitad, pero cuál no sería mi sorpresa cuando a la mañana siguiente, ya ves-tido y dispuesto a salir a la calle, al tomarla para colo-carla de nuevo en mi cinturón, noté que volvía a pesar lo mismo que el día anterior. Lleno de asombro y cu-riosidad, la abrí, la vacié sobre la cama, y no salía de mi estupor cuando, al contar de nuevo las monedas, constaté que su número había vuelto a ser el diabólico seiscientos sesenta y seis, es decir, que al parecer dis-ponía de una bolsa que cada noche reponía lo gastado el día anterior de forma misteriosa, incomprensible y hasta mágica me pareció a mí por entonces. Y, como quiera que aquella bolsa era el sueño de cualquier ni-gromante y me garantizaba disponer por toda la eterni-dad que duraría mi vida de una fortuna inagotable, al menos mientras el oro siguiese siendo el dios de la eco-nomía, le propuse a Gastón comprarle su coche y sus caballos a un precio tan inigualable que lo dejó asom-brado, así como también le expresé mi deseo de que fuera mi criado, ofreciéndole un magnífico salario que doblaba al que normalmente solía cobrar esta clase de servidor, propuestas que fueron aceptadas de mil amo-res.

 

 

 

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Durante el resto del año 778 y todo el 779, mi nueva vida de filsolis inmortal discurrió apacible y sin sobre-saltos en mi recién estrenada casa. Como quiera que el único cambio que había yo experimentado era el fiso-nómico, sin que mi inmortalidad hubiera afectado en nada a mi carácter ni a mi personalidad, sino tan solo a mi inteligencia, a mi fuerza física y a la forma de ver el mundo, cuando volví a acercarme a aquellos que fueron mis amigos durante mi vida anterior tuve ocasión de comprobar que, al no poseer ya un título de conde, ni ser el margrave de Bretaña, ni el segundo comandante del ejército carolingio, pude comprobar cómo, al no servirle ya para proteger sus intereses, la gran mayoría de los que proclamaban ser mis más sinceros amigos me rechazaban, pudiendo contar con los dedos de una mano los que volvieron a congeniar conmigo y de nuevo renació entre nosotros una relación de verdadera y sincera amistad.

 

Una vez instalado en mi nueva casa, comencé visi-tando un día a la semana a Louise, mi madre adoptiva, y a mis hermanastras, concretamente los sábados por la tarde. Durante una hora tomábamos una jarra de infu-sión de manzanilla, aromatizada con estrellas de anís y acompañadas de algunas pastas, y charlábamos de co-sas del pasado, casi siempre de su difunto hijo. Yo, al tiempo que le demostraba que Orlando me había reve-lado muchos secretos de la familia, también les ponía de manifiesto que aquella demostración de confianza por parte de su hijo se debía a que nuestra relación, más

 

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que amistad, había sido una hermandad. Fueron ellas tres las que un día, argumentando que disfrutaban mu-cho con mis visitas, me animaron a que las hiciera más frecuentes, a lo que yo, encantado de la vida, respondí visitándolas desde aquel momento tres días a la se-mana, los martes, jueves y sábados.

 

Estaba tan contento con Gastón, que cada día me de-mostraba ser hombre inteligente, serio y trabajador, que al poco tiempo acabé nombrándolo mayordomo de mi casa. También contraté a tres criadas, un cochero y un jardinero, por lo que vivía totalmente liberado de pro-blemas domésticos. Al no haber perdido mis costum-bres castrenses, me levantaba al amanecer, desayunaba en el porche cuando hacía buen tiempo y me daba un largo paseo de dos horas a paso de marcha militar re-corriendo en ambos sentidos la más de media legua de longitud que abarcaba el meandro del Puerto de la Luna. Como no tenía a quién escribirle cartas, le dedi-caba a la lectura las primeras tres o cuatro horas de la mañana o escribía algunos poemitas que se me ocu-rrían, aun sabiendo que no tenía alma de poeta y que no eran de muy buena factura; las restantes horas, hasta el mediodía, me las pasaba pajareando de aquí para allá, visitando a los amigos que, aunque escasos, sabía que eran sinceros, y aprovechando que el alcohol no me emborrachaba ni le causaba daño alguno a mi cuerpo, tomando con ellos algunas copas en sus casas o en las muchas tabernas que existían en Burdeos, que por eso la llamaban la Ciudad del Vino. Después de comer, tras

 

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un simulacro de siesta que consistía en sentarme en mi butaca de lectura y cerrar los ojos durante una escasa media hora, el resto de la tarde la empleaba en dar un paseo por el jardín o, si era día de visita a mi oculta familia, una pequeña caminata de quince minutos para acudir a mi antigua casa de cuando era humano y char-lar un par de horas con mi madre y mis hermanas. Luego volví a casa, cenaba y leía hasta que se acostaba el último de los criados. Finalmente, me refugiaba en mi dormitorio, donde pasaba la noche meditando hasta que comenzaban a cantar los gallos de la vecindad.

 

En la última visita que le hice a mi familia, ya mi hermanastra Agnes, que era la que se había encargado de seguir regentando nuestros viñedos, me había pre-guntado por aquel proyecto de dedicarme al negocio del vino que les anuncié en la primera visita que les hice, y dado que aquello resultó ser una mentira que me inventé sobre la marcha para salir del paso, tuve que decirle que había desistido de tal proyecto porque había descubierto que me gustaba más beberme el vino que criarlo. De todas formas, no pasó mucho tiempo para que sintiera la necesidad de hacer algo útil; así que arrendé un cobertizo, mandé adecentarlo, contraté a dos maestros y lo convertí en una academia. Durante cuatro o cinco horas diarias, me dediqué a darles enseñanza gratuita a los niños pobres de la ciudad, decisión que no fue muy bien vista por aquellos que regentaban pe-queños y medianos talleres artesanales, y mucho menos por la élite bordelesa adinerada, la que era dueña de los

 

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campos, de los viñedos, de las bodegas y de los grandes talleres artesanos; los primeros porque querían en sus pequeño talleres trabajadores analfabetos a los que po-der manipular, y no a individuos ilustrados que siempre les salían rebeldes, insolentes, exigentes y respondo-nes; los segundos por idéntica razón, pero sobre todo porque querían acaparar toda la cultura exclusivamente para sus hijos.

 

Dos semanas antes del equinoccio de primavera del año 800, el invierno había sucumbido ante una antici-pada elevación de las temperaturas que despertaron a los dormidos viñedos y cubrieron los campos bordele-ses de flores multicolores. El 7 de marzo, estando en la academia, cuando acababa de dar mi clase de geometría y ya comenzaba con la de astronomía, recibí una comu-nicación telepática convocándome a la reunión decenal de filsoliss. Más tarde supe que un Consejo formado por los diez inmortales más viejos, es decir, no los de mayor edad humana, sino los que más tiempo llevaban resucitados, era y sigue siendo quien cada diez años se encarga de convocarnos, uno por uno, a todos los de-más. Nunca supe muy bien cómo ocurrió, aunque re-cuerdo que les acababa de explicar a mis alumnos el teorema de Pitágoras y ya comenzaba a explicarles la teoría geocéntrica de Claudio Ptolomeo, según la cual la Tierra era un disco plano cubierto por siete semies-feras concéntricas y superpuestas, que formaban la bó-veda celeste que nos envolvía, en las que orbitaban la Luna, los planetas y las estrellas, pero recuerdo bien

 

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que cuando aquel miembro componente del Consejo de ancianos entró en mi cabeza para anunciarme la convo-catoria, en mi cerebro se hizo una repentina luz escla-recedora y de inmediato comprendí que la Tierra no era el centro del Universo, que no era plana, sino esférica como los demás astros del firmamento, y que la Luna no se encontraba tan cercana de la Tierra como para poder llegar volando hasta ella si Dios nos hubiera dado alas, sino que estaba a tan gran distancia que hubiéra-mos tardado muchísimos años en alcanzarla a base de aletazos, o al menos, así lo entendí yo por entonces. Por esta misma razón, mi asombro alcanzó límites de lo-cura cuando la voz que oí en el interior de mi cerebro me dijo que la asamblea se celebraría en la Luna y, sin saber cómo, en mi mente se formó la idea de que en la superficie lunar habría ciudades habitadas, y que los uriatis que nos habían resucitado debían ser selenitas. Supe que la asamblea no se celebraría en la superficie cuando aquella voz me aconsejó que, como quiera que tendría que trasladarme a la Luna haciendo uso de mi facultad para tele-portarme y dado que esta era la pri-mera vez que lo haría, que me sería más fácil si procu-raba hacerlo teniendo el astro de la noche a la vista y que concentrara mi pensamiento en trasladarme a la gran sala de reuniones situada en el interior del satélite, no es su superficie, concretamente en el centro físico de su esfera, y me animaba a que tuviera confianza, que era muy fácil y que lo haría perfectamente bien.

 

 

 

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Durante los días que faltaban para el equinoccio de primavera no hubo una sola madrugada que dejara de salir al jardín de mi casa y me quedara durante un buen rato embobado mirando al astro de la noche ya que, por un lado, tenía ilusión por conocer al resto de los inmor-tales de este mundo, los otros ciento veintidós filsoliss, y por otro lado, convencido de que el tiempo es el arma más dura que puede con todo y dudando de que el as-pecto juvenil del que yo disfrutaba se mantuviera incó-lume durante miles de años, me temía que algunos de ellos, sobre todo los más viejos, que ya habían vivido sobre la faz de la Tierra muchos miles de años de su vida inmortal, tuvieran una apariencia física tan decré-pita que diera miedo o desazón mirarlos, temores que el día de la reunión pude comprobar que eran infunda-dos ya que todos los filsoliss conservamos para siempre el mismo aspecto que teníamos cuando fuimos inmor-talizados. Me pasé aquellos días previos a la asamblea intentando dilucidar si aquellos que nos resucitaban, tan parecidos físicamente a nosotros, eran los selenitas o si eran seres venidos de otro mundo más lejano, y si los selenitas, pese a ser nuestros vecinos, tendrían cua-tro patas y rabo como nuestros animales; y cuando, no sé cómo, supe que en la Luna los cuerpos están some-tidos a una fuerza gravitatoria que es seis veces menor que la de la Tierra y por tanto todo pesa seis veces me-nos, imaginé que los selenitas debían ser seres gigan-tescos para que su gran peso les impidiera salir volando cuando caminan o corren, pero dado que por aquellos

 

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días andábamos de conversaciones telepáticas, algún filsolis debió oír mis pensamientos sobre los selenitas y tuvo a bien aclararme que en la Luna no había atmós-fera y por tanto no había selenitas; me contó que los uriatis eran una antigua civilización procedente de un sistema solar muy lejano, cuyos individuos son extre-madamente sabios y habían alcanzado la inmortalidad hace ya algunos eones; que le vaciaron una parte de su núcleo a la Luna y en ese hueco instalaron sus hanga-res, sus fábricas y sus ciudades, adecuándolas con una atmósfera y una gravedad artificial. También me dijo que la Luna había sido un pequeño planeta errante al que los uriatis le acoplaron un gigantesco motor de cur-vatura, convirtiéndolo en una inmensa nave interestelar esférica de naturaleza pétrea. Finalmente, hace ya de esto cuatro mil quinientos millones de años, pusieron esa enorme nave en órbita alrededor de la Tierra y a la distancia adecuada para que su masa provocara las ma-reas de nuestros mares, regulara nuestra velocidad de rotación, redujera la intensidad de nuestros vientos, es-timulara la producción de oxígeno de las plantas y sua-vizara la magnitud de nuestro campo magnético, creando así las condiciones más favorables para la vida. Debo reconocer que esta revelación me dejó absoluta-mente perplejo pues todo esto ocurría en el año 800, cuando el Antiguo Testamento era toda la ciencia que se nos enseñaba y aún hoy, en el siglo XXI, aún queda algún sacerdote que sigue diciéndonos que Dios creó el Universo hace tan solo seis mil años.

 

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El 20 de marzo del año 800 el cielo amaneció com-pletamente encapotado por una densa y espesa capa de nubarrones negros que descargaban una lluvia torren-cial acompañada de un intenso aparato eléctrico, con incesantes relámpagos que iluminaban el cielo y horrí-sonos truenos que parecían amenazar con desplomar el cielo sobre la Tierra. Aunque el momento en el que la Tierra cruzaría el equinoccio de primavera sería du-rante la madrugada, ese día la Luna estaría oculta por las nubes y sería invisible, por lo que no podría seguir el consejo que me dio aquel filsolis de que me tele-transportara teniendo el satélite a la vista para que me resultara más fácil. Un día antes, le había dicho a Gas-tón que los siguientes dos días los pasaría en casa de la condesa Roldán. Así pues, cuando llegó el momento de intentar la teleportación aún estaba lloviendo, aunque con menos fuerza, y en mitad de la madrugada, cuando a fin de que nadie fuera testigo de mi desaparición ins-tantánea me situé en mitad del patio trasero de la casa, miré al cielo aguantando la lluvia sobre mi rostro y aguardé con los ojos cerrados durante unos minutos a recibir alguna señal. Esta llegó cuando sentí en mi in-terior una especie de descarga eléctrica que me dijo que en ese preciso momento la Tierra estaba pasando por la imaginaria línea del equinoccio; así que abrí los ojos, fijé la vista en el cielo encapotado, mirando a un punto en el que supuse que podría encontrase la Luna, deseé con todas mis fuerzas encontrarme en el lugar de reunión de los filsolis, en el núcleo interno del satélite,

 

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y el milagro se produjo. Sentí un ligero vahído y en una fracción de segundo el patio desapareció de mi alrede-dor, siendo sustituido al instante siguiente por un nuevo escenario, tan extraño y tan onírico que pensé que es-taba soñando. Se trataba de una espaciosa sala, en la que el suelo, las paredes y el techo emitían una luz blanca lechosa que lo iluminaba todo sin producir som-bra alguna. Dos personajes, que eran físicamente idén-ticos a mi resucitador, vinieron hacia mí y ambos a la vez me hicieron un extraño gesto, que yo interpreté como de saludo, que consistió en, manteniendo el brazo izquierdo pegado al cuerpo, levantar el antebrazo y lle-var junto a la cara la palma de la mano abierta, con los dedos juntos y mirando al frente para, a continuación, abrir y cerrar los cuatro dedos de esa mano sobre el pul-gar hasta tres veces seguidas. A continuación, ambos se situaron a mis flancos y, tomándome cada uno de ellos de una mano, me condujeron en dirección a la pa-red del fondo de la sala; cuando nos faltaban para llegar a la pared unos cuatro o cinco pasos, una línea roja, como la de un láser, dibujó en ella la forma de una an-cha puerta ojival cuyo interior se vació de materia ins-tantáneamente, como por arte de magia, franqueándo-nos el paso a la sala contigua.

 

Debí ser de los últimos en llegar. El gran espacio diá-fano que había al otro lado de la puerta ojival era la antesala de una especie de teatro semicircular con cinco gradas escalonadas de asientos que se abría al fondo. Esta antesala se encontraba llena de personas que se

 

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encontraban de pie charlando amistosamente, siendo sus aspectos físicos tan variados que, a primera vista, me pareció que en aquel gentío estaban representadas todas las razas humanas de la Tierra. Los primeros que se acercaron a saludarme fueron un pequeño pigmeo del Congo que, vestido con un traje blanco luminoso idéntico al que llevaban puestos los uriatis, pero hecho a su reducida medida, conversaba con un altísimo ma-sái keniata vestido igualmente con el mismo traje, man-teniéndose levitando en el aire para así compensar su diferencia de estatura y así mantener su rostro incluso algo por encima del masái, quizás debido a una reac-ción de inferioridad por su baja estatura. A ambos hom-bres se les veía muy jóvenes.

 

—Sé bienvenido, Orlando —me dijo el pigmeo, lla-mándome por mi nombre y descendiendo un palmo hasta quedar a mi altura.

 

—Que el amor sea contigo, Orlando —fue el saludo del masái.

 

Entonces caí en la cuenta de que no solo entendía lo que ambos me decían, sino que también yo conocía sus nombres.

 

—Gracias, Aka, bien hallado seas —le respondí al pigmeo—. Gracias, Naserian, que también el amor sea contigo —le contesté al masái, al tiempo que les dedi-caba a ambos una respetuosa inclinación de cabeza.

 

—¿Qué te ha parecido tu primera teleportación?, ¿te has mareado? —me inquirió Aka.

 

—No, solo he sentido un ligero vahído durante un

 

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instante, pero decidme, ¿sois vosotros filsoliss de los más antiguos?

 

—Yo llevo resucitado casi mil años —me respondió Naserian—. Me mató un león el día que cumplía mi mayoría de edad. Ocurrió cuando, siguiendo nuestra ancestral costumbre ancestral de celebrar la ceremonia que llamamos Eunoto, fui a matar a un gran macho que era el jefe de una numerosa manada. Después de lan-cearlo y matarlo, cuando ya me disponía a cortarle una de sus garras como trofeo, un segundo león más joven, que debía estar escondido entre la maleza, pareció sur-gir de la nada y me atacó por la espalda. De un zarpazo me derribó al suelo y de una rápida dentellada me rom-pió el cuello, matándome instantáneamente. No llegó a devorarme gracias a que los que me acompañaban lo ahuyentaron corriendo hacia mí y dando grandes voces. Tras la ceremonia mortuoria, siguiendo nuestra cos-tumbre, dejaron mi cuerpo abandonado a la intemperie, algo alejado del poblado y embadurnado con grasa y sangre de buey para que fuera devorado por las fieras salvajes, pero el uriati que me resucitó llegó a materia-lizarse junto a mi cadáver antes de que el olor de la grasa atrajera a la primera alimaña.

 

—Yo no llevo tanto tiempo como Naserian, morí ahogado hace algo más de cincuenta años —añadió Aka—, persiguiendo a una gacela caí al río y las turbu-lentas aguas me arrastraron hasta que me despeñé con la catarata desde una altura de más de cien codos. El uriati que me resucitó rescató mi cuerpo del fondo de

 

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la catarata, donde había quedado enredado entre unas plantas acuáticas.

 

—¿Uriati? ¿Se llaman uriatis nuestros resucitado-res? —les inquirí, pues hasta entonces yo aún no había oído tal nombre.

 

—Sí, ellos son la raza humanoide que sembraron la vida sobre la Tierra y colocaron a la Luna satelizando la Tierra —me respondió Naserian—. Tienen una anti-güedad de varios miles de millones de años y alcanza-ron la inmortalidad hace muchísimo tiempo. Este traje blanco luminoso y este cinturón que llevamos puesto son los que nos regalan en la primera asamblea a la que acudimos, siendo idénticos a los que usan ellos y, tanto el traje como el cinto, cumplen funciones muy impor-tantes, destacando dos de entre todas ellas; la primera es que el traje es un respirador que introduce oxígeno en el torrente sanguíneo a través de la piel de quien lo lleva puesto, permitiéndonos poder permanecer bajo el agua por tiempo indefinido sin necesidad de respira-ción pulmonar; la segunda es la de ser el cinturón un potente tele-portador que potencia aún más nuestra ca-pacidad de teleportación, permitiéndonos viajar por el hiperespacio de forma instantánea hasta cualquier punto del universo con tan solo desearlo. El traje tam-bién regula la temperatura del cuerpo, manteniéndola constante sea cual sea la temperatura exterior; y si nos movemos por el vacío del espacio exterior, nos man-tiene sometidos a la misma presión atmosférica que la de nuestro planeta de origen; otra cualidad importante

 

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que posee es la de permitirnos caminar por la superficie de cualquier planeta, sea cual sea su fuerza de atracción de la gravedad, ya que posee un regulador gravitacional que aumenta o disminuye el peso de nuestros cuerpos hasta el nivel apropiado para nuestra musculatura, pu-diendo incluso eliminarlo totalmente a voluntad o in-cluso hacerlo negativo, permitiéndonos en este caso volar; y, por último, también es un escudo defensivo, capaz de generar a nuestro alrededor un intensísimo campo de fuerza que nos protege de golpes, repeliendo a todos aquellos objetos que lleguen hasta nosotros con una velocidad y una energía cinética tal que pudieran hacernos daño, siendo capaz de detener a un meteorito con una masa de hasta cinco libras sin que notemos en nuestro cuerpo la más mínima reacción ante el impacto.

 

—También tiene la facultad de poder mimetizarse a voluntad con el entorno que lo rodea, adquiriendo sus mismos color, textura y matices, cosa que a mí me re-sulta muy útil para cazar en mi selva —añadió Aka.

 

—¡Es increíble y maravilloso! Esta deber ser la ves-timenta de los dioses —recuerdo que exclamé admi-rado y también abrumado por tantas y tan maravillosas propiedades como se concentraban en aquel vestido mágico—. Y, por si fuera poco, todas estas maravillas han sido reunidas en un traje que no debe pesar más de cinco o seis libras. Pero decidme, ¿qué asuntos debati-remos en esta asamblea?

 

Y, en aquel preciso momento, antes de que pudieran darme una respuesta, la conversación fue interrumpida

 

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por una voz que sonó en el interior de nuestras cabezas invitándonos a ocupar los escaños en el graderío del teatro semicircular que ocupaba el fondo del gran salón en el que nos encontrábamos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Aunque, con el fin de conocer la opinión de los te-rrícolas, en la Asamblea solo tenían voto los filsoliss, también se veían repartidos por los asientos de las gra-das a algunos uriatis que hacían de consejeros a peti-ción de otros tantos filsoliss, calculando a buen ojo que debíamos ser alrededor de ciento cuarenta los asisten-tes que ocupábamos el graderío. Y, aunque yo no había solicitado la asistencia de ningún uriati, uno de ellos se sentó a mi lado. Tal vez fuera porque siempre he sido un mal fisonomista o porque aún no era yo capaz de distinguir sus facciones y todos ellos me parecían igua-les, no reconocí al que se sentó a mi lado, resultando ser Suriel, el mismo que me había resucitado. Una vez que se identificó, me aclaró que todo aquel que era de-signado para transformar a un humano en filsolis me-diante la resucitación, se convertía automáticamente en su tutor, razón por la que, siendo aquella mi primera asamblea, había decidido acompañarme con el ánimo de ayudarme en las dudas que me fueran surgiendo, de-talle que le agradecí con gran vehemencia, pues me en-contraba yo bastante preocupado temiendo no estar a la altura de las circunstancias.

 

El rumor de las conversaciones que reinaba en la sala cesó de improviso cuando un uriati apareció de la nada, materializándose justamente en el centro del semi-círculo que formaba el graderío, detrás de una especie de tablero cuadrado que parecía hacer las veces de atril,

 

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de unos dos codos de lado, y que se mantenía flotando ingrávido en el aire.

 

—Ese es Tehovás, el hijo de Rahvels —me dijo Su-riel, en el idioma uriati—. Él es nuestro líder y maestro en la Luna. Cuando termine la asamblea te llevaré a su presencia para que te dé la bienvenida y te haga la en-trega oficial de tu traje biónico. Ahora nos expondrá el objeto de la asamblea y nos dará dos días de plazo para que reflexionemos sobre la respuesta que debemos darle a la cuestión que nos plantee…

 

—Perdona que te interrumpa, Suriel, pero ¿quién es Rahvels? —le inquirí.

 

—Es la autoridad científico-administrativa a cuyas órdenes están sujetos los cuatro mil millones de androi-des científicos destinados a vigilar y controlar las cua-renta y cinco galaxias que forman nuestro grupo local, constituido por los sistemas de Andrómeda, la Vía Lác-tea y el Triángulo —me respondió—. También tiene a su cargo la observación y custodia de las más de cien civilizaciones humanas que habitan estos tres sistemas galácticos, encontrándose cada una de ellas en un dis-tinto grado de evolución, y de las que tan solo la nues-tra, la andromedana de los uriatis, ha alcanzado la in-mortalidad.

 

—Por simple curiosidad, Suriel, aclárame una cosa —le insistí, aprovechando que Tehovás aún cruzaba unas palabras con otro uriati, demorándose en iniciar su discurso—, ¿hay alguna razón por la que los nom-bres de Tehovás y Rahvels sean tan parecidos a los que

 

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nosotros le hemos venido dando a algunos de nuestros dioses, como el Jehová de los cristianos o el Yahvé de los judíos?

 

—Me congratulo de ver que eres un buen observa-dor, ya que esa es una de las virtudes que ha de tener un filsolis, y también de que, como ya te anuncié el día de tu resurrección, tu intelecto se se va intensificando con el paso del tiempo considerablemente —me res-pondió, pareciéndome observar por primera vez una in-sinuante sonrisa en el rostro de un uriati—. Sí, efecti-vamente la hay. Hace más de tres mil años, habiendo acudido Rahvels y Tehovás a una de las laderas del monte Sinaí a tomar una muestra de un raro mineral que habíamos detectado desde nuestro observatorio lu-nar, ambos fueron sorprendidos por aquel patriarca al que llamabais Moisés. Cuando regresaron a la Luna, los dos nos contaron que, al verlos brillar enfundados en sus trajes biónicos y desplazarse de roca en roca le-vitando por el aire, el tal Moisés los tomó por ser los dioses creadores de este universo y, arrodillándose ante ellos, los adoró. Hicieron que se levantara de suelo, les dieron sus nombres y cruzaron con él unas palabras. Eso fue todo lo que pasó, pero a partir de entonces, Moisés comenzó a escribir los cinco libros que voso-tros llamáis Pentateuco, como si fueran revelaciones que hubieran salido de las bocas de Rahvels y Tehovás, cuando la realidad es que no son más que una serie de increíbles historias ilusorias salidas de su fértil imagi-nación. Algunas de ellas son excesivamente infantiles,

 

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pues dada la limitada capacidad intelectual y de cono-cimientos de su época, Moisés intenta darle una expli-cación fantástica a la creación del mundo visible y de la especie humana a manos de un todopoderoso dios imaginario al que le asignó en su relato los nombres de Yahvé y Jehová, que son los de nuestros líderes, aun-que algo alterados, tal vez porque así los recordó él o porque…

 

Y, en aquel momento, Suriel se vio interrumpido por Tehovás, que dio inicio a su discurso verbal, al tiempo que también lo hacía telepáticamente, resultando ser transmitido con una claridad y una profundidad inigua-lables por ninguna lengua terrícola.

 

—Amigos uriatis y filsoliss, os deseo a todos que re-cibáis la paz del amor cósmico y que el alma universal os resulte plácida y benigna —fue su saludo inicial—. Después de haberlos estado observando durante treinta y dos siglos y de la visita oficial que les hicimos hace ciento dieciocho años terrestres, la civilización de los grelfos, habitantes del planeta Lungnok, el quinto de los ocho que orbitan la estrella Salf-1, en el décimo octavo cuadrante del brazo de Orión, ha solicitado ser admitida en la Confederación Galáctica de la Vía Láctea. Así pues, damos comienzo a esta Asamblea, cuyo único or-den del día es debatir y enjuiciar esta cuestión a fin de emitir nuestro voto justificado a favor o en contra de dicha admisión.

 

Tehovás se interrumpió durante unos segundos, ba-rrió con la mirada el amplio semicírculo que formaban

 

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las gradas y, después de comprobar mentalmente que contaba con la atención de todos, continuó.

 

—Con el fin de que tengáis los elementos de juicio necesarios para pronunciaros en esta asamblea, y con independencia de que en nuestros archivos tenéis a vuestra disposición cuanta información necesitéis so-bre el planeta Lungnok y la civilización de los grelfos que lo habita, abriremos a continuación un turno de preguntas a viva voz sobre sobre cuáles son las carac-terísticas fundamentales de dicha civilización. ¿Quién hará la primera pregunta?

 

—¿Cuán numerosa es su población y qué nivel tec-nológico han alcanzado? —preguntó Naserian, que se encontraba junto a Aka, ambos sentados en la grada in-mediata inferior, justo delante de mí y de Suriel.

 

—Se trata de una civilización humanoide constituida por una población de ciento dos millones de individuos, con un nivel tecnológico Alfa-8, es decir, tres niveles por debajo de la que actualmente tiene la civilización terrícola, o sea, el equivalente al que tenía la Humani-dad en el siglo XVIII —le respondió Tehovás—. Aca-ban de inventar dos motores que no son contaminantes, ya que uno de ellos toma la energía del agua y el otro la toma del aire. De todas formas, os recuerdo que el nivel tecnológico de una sociedad no es determinante para ser admitida en la Confederación Galáctica, mien-tras que sí lo es su grado de humanización, es decir, su ausencia de violencia y de agresividad, así como tam-bién su alto nivel de bondad, empatía y solidaridad con

 

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sus semejantes. ¿Siguiente pregunta?

 

—¿Tienen alguna religión? —esta vez la pregunta surgió de un uriati, que con toda seguridad conocía la respuesta, pero que posiblemente la hiciera porque de-bió parecerle interesante que la respuesta fuera de co-nocimiento general.

 

—Los grelfos son poco o nada fantasiosos y sus mentes se rigen por la razón y la lógica, siendo estas las principales causas por las que no creen en una segunda vida después de la muerte. A diferencia de los huma-nos, no tienen dioses ni santos que rijan sus vidas, y ni tan siquiera han creado a un dios imaginario al que le atribuyan la creación del Universo, si bien es cierto que, como quiera que lo único que ellos consideran sa-gradas son la Vida y la Naturaleza, practican algunos ritos naturalistas con los que exaltan a algunos elemen-tos naturales, tales como el agua de lluvia, la nieve, el calor del sol o los árboles, ya que entienden que todos ellos son dadores de vida.

 

—¿Cuál es su sistema de gobierno? —se oyó otra voz en el extremo opuesto a donde yo me encontraba, esta vez de un filsolis.

 

—Todos ellos tienen un alto sentido innato de la igualdad y la justicia, por lo que viven en un sistema ácrata, es decir, sin gobierno ni autoridad alguna ya que, al parecer, ellos consideran que ni les conviene ni lo necesitan. Asumen que todos son iguales y que nin-gún grelfo es superior a otro grelfo, si bien reconocen y aceptan la autoridad moral e intelectual de aquellos

 

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individuos que son más sabios y siguen sus consejos de buen grado, pero no aceptan imposiciones.

 

—¿Tienen guerras? —se elevó preguntando la voz de otro filsolis.

 

—No, ni las tienen ni nunca las han tenido, se lo im-pide el altísimo valor que ellos le otorgan a la vida, tanto a la propia como a la ajena. A diferencia de los terrícolas, que declaran la vida sagrada, pero incurren en el contrasentido de ensalzar las guerras y glorificar con medallas y honores a aquellos que han matado a muchos enemigos, o le quitan la vida a aquel que ha asesinado a otra persona, dando a entender que hay vi-das que son sagradas y otras que no los son, entre los grelfos jamás ha habido un crimen; nunca se pelean ni se levantan la voz unos a otros, y ni tan siquiera tienen discusiones que puedan considerarse violentas; sus disputas siempre son razonadas y discurren en un tono cordial.

 

—¿Y son egoístas? —preguntó otra voz que surgió del graderío y que también esta vez era de un filsolis—

 

,      quiero decir que si tienen el gen del egoísmo en su ADN.

 

—No, en absoluto, ellos carecen de este gen —res-pondió Tehovás—. La costumbre que tienen los terrí-colas de acumular riquezas en tales cantidades que les serían imposible consumir a lo largo de varias vidas, mientras que muchos de sus congéneres mueren de hambre, no sería entendida por los grelfos y, cierta-mente, tal cosa la verían como algo monstruoso y les

 

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causaría repugnancia. No conocen el dinero y ni si-quiera hacen trueques con los productos que cultivan o fabrican. Todos trabajan voluntariamente las horas que creen necesarias para producir todo aquello que precisa la sociedad de la comunidad en la que viven, siendo llevada la producción a almacenes públicos de los que cada uno toma solo aquello que realmente necesita para su vida diaria.

 

Estas y otras cien preguntas más, siendo todas ellas del mismo tenor, fueron respondidas por Tehovás, po-niendo de manifiesto con sus respuestas que la socie-dad de los grelfos estaba libre de las muchas rémoras que lastran a la sociedad terrícola.

 

Cuando se dio fin a la asamblea, me despedí de Aka y Naserian, dándonos los tres mutuamente permiso para comunicarnos telepáticamente siempre que nos surgiera algún problema y necesitáramos un consejo o una duda que resolver. Y, terminadas las despedidas y los votos de amistad eterna, el uriati Suriel me llevó ante Tehovás.

 

—Sé bienvenido, Orlando —me dijo—. He sentido en la asamblea la gran atención que le has dedicado a mis palabras, cosa que te agradezco, y veo que tu razo-namiento te lleva a votar a favor de la entrada de los grelfos en la Federación Galáctica, por lo que, tanto tu lógica cerebral como la bondad de tu corazón, responde a las expectativas que habíamos depositado en tu resu-rrección. Sou consciente de que tan solo ha pasado poco más de año y medio desde que te convertiste en

 

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un filsolis, pero dime una cosa, Orlando, en este tiempo ¿has echado de menos cosas de tu vida anterior, como la comida, el sueño o el sexo?

 

—No, en absoluto —le respondí—, pero no creo que eso suponga ningún mérito en mí pues nunca fui un glotón, ni perseguí a las mujeres más allá de lo que me dictaba la prudencia, ni tampoco fui un dormilón, sino más bien persona de sueño muy ligero.

 

—Eso dice mucho a tu favor y confirma el conoci-miento que teníamos de tu alma cuando vivías como humano. Eras reflexivo, honesto, justo, sincero y muy poco o nada apegado a los deleites carnales, virtudes que hacían que tuvieras una gran espiritualidad. Esos fueron los valores decisivos para tu elección como fil-solis.

 

—Gracias, Tehovás, gracias por esta nueva vida que me habéis regalado —le respondí con sinceridad—. Llevaré adelante mis cometidos lo mejor que pueda y sepa.

 

—Para que puedas llevar adelante tus misiones con mayor facilidad, es para lo que solemos darle a cada filsolis uno de nuestros trajes biónicos, pero ya leo en tu pensamiento que conoces sus características físi-cas…

 

—Sí, me las han explicado Aka y Naserian con todo detalle.

 

—Sí, ya lo leo en tu mente, aunque se han dejado atrás algunas de ellas, pero ya las irás conociendo con el uso y el tiempo. En cualquier caso, cuando necesites

 

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saber más sobre los usos del traje o sobre cualquier otra cuestión uriati preguntale a tu tutor Suriel. A fin de que estés permanentemente en contacto a nivel colectivo con nosotros y con tus compañeros filsoliss, deberás llevarlo siempre puesto. Se ajusta perfectamente y comprobarás que conservas el sentido del tacto en todo tu cuerpo, como si no llevases nada puesto y fuera una segunda piel; y no debes preocuparte por su limpieza ni por la de tu propio cuerpo, ya que está diseñado para que rechace cualquier clase de partícula foránea, ya sea esta sólida, líquida o gaseosa, así como para mantener tu cuerpo en perfectas condiciones de limpieza.

 

Dos días más tarde, cuando la asamblea se volvió a reunir, se votó por unanimidad que los grelfos eran me-recedores de ingresar en la Federación Galáctica de la Vía Láctea; también tendrían derecho a tener opción a adquirir los grandes conocimientos del universo que poseían los uriatis, y a poder participar en las grandes decisiones que cada día tomaba la Federación para el buen funcionamiento de nuestra galaxia.

 

La primavera fue cálida y no excesivamente llu-viosa, circunstancias estas que, en una zona vinícola como Burdeos, eran muy favorables para obtener una cosecha de uvas de la mejor calidad; así que, cuando a finales de mayo los viñedos se cubrieron de blancas flo-recillas y un multitudinario ejército de abejas acudió a libarlas, los corazones, no solo de los vinateros sino que también del resto de la población bordelesa, que en su

 

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mayoría vivía de la producción vinícola, se inflamaron con la promesa de una excepcional cosecha. Pero como quiera que Tique, la helénica diosa de la Fortuna, suele andar dormida casi todo el tiempo, cuando a mediados de septiembre las uvas habían madurado y comenzaban a pedir ser cosechadas, el hado de la mala suerte, que siempre anda suelto buscando alguna víctima a la que fastidiar, o tal vez fuera algún demonio que se oponía a que la cosecha cuajara, desató un repentino cambio de tiempo que aterrorizó a la población. La agradable temperatura veraniega que se había venido disfrutando hasta aquel día comenzó a bajar cuando un frente de negros nubarrones procedente de las islas británicas asomó por la costa bretona del noroeste, provocando el pánico general ante la amenaza de perder la cosecha. La temperatura bajó tanto y tan rápido que obligó a la gente a tener que abrigarse como si hubiera llegado el invierno y a los vinateros a encender cientos de brase-ros y repartirlos entre las vides de sus viñas, El frío y la amenaza de fuertes lluvias hizo que los pájaros aban-donaran los cielos y se refugiaran en sus nidos; que los insectos se ocultaran bajo tierra; que el obispo hiciera una misa suplicándole a toda la corte celestial que no lloviera; que a las mujeres más viejas de los labriegos les dieran fuertes retortijones de tripas; que a las más jóvenes se les adelantara la menstruación; y que tanto las viejas como las jóvenes se reunieran con urgencia formando corros para rezarle a Santa Bárbara.

 

Aquel día me encontraba yo en el campo junto a

 

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Remy, el capataz de la finca, a un par de leguas al norte de Burdeos, visitando el viñedo familiar que yo admi-nistraba cuando formaba parte del mundo de los vivos, y que ahora era explotado por mi madre adoptiva y mis hermanastras, sobre todo por Agnes, la mayor, que a mi muerte se destapó como una buena gestora, cuando vi-mos aquel amenazador frente nuboso que, acompañado de un gran aparato eléctrico, avanzaba hacia nuestros campos desde la desembocadura del Garona, al tiempo que soplaba un viento gélido que hacía descender la temperatura más y más a medida que se acercaba.

 

—En poco más de una hora lo tendremos sobre nues-tras cabezas —afirmó Remy—, y con seguridad va a ser una tormenta muy violenta y destructiva. Si sigue bajando la temperatura como hasta ahora, cuando las nubes lleguen aquí lo que descargarán será granizo, y adiós cosecha. En tan solo media hora granizando lo destruirá todo, no quedará ni un solo grano de uva apro-vechable.

 

Al oír aquello, no le respondí a Remy. En aquel mo-mento no supe que fue lo que sentí dentro de mi cabeza, si fue un chispazo de inspiración que tuve o si fue una idea inducida telepáticamente por alguno de mis ami-gos Aka o Naseran, me pareció una especie de zum-bido, hasta que oí la voz de Suriel en el interior de mi cerebro.

 

«No soy ninguno de tus amigos filsoliss, soy Suriel. He sentido tu preocupación, he mirado y he visto el problema. Si me lo permitís, puedo ayudaros» —fueron

 

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sus palabras.

 

«Naturalmente, Suriel. No solo te lo permitimos, sino que te lo rogamos y te quedaremos eternamente agradecidos si impides este desastre» —le respondí con el pensamiento.

 

No sé si sería por encontrarme muy absorto o porque se me hubiera dibujado en el rostro algún extraño gesto mientras cruzaba estos pensamientos con Suriel, que Remy se alarmó y, tomándome por un brazo, me za-randó preguntándome qué me pasaba y si me encon-traba bien. Lo cierto es que tres o cuatro minutos más tarde vimos surgir por el horizonte del sur una nubecilla muy blanca que parecía tener vida propia, avanzando absurdamente a una gran velocidad en dirección al norte y contraria al viento. Cuando la pequeña nube al-canzó al plomizo frente nuboso, vimos cómo penetraba en él y cómo, a medida que avanzaba hacia su interior las negras nubes se iban deshaciendo hasta desaparecer de la vista. Quince minutos más tarde el sol de septiem-bre volvía a lucir y Remy, asombrado y sin entender lo que había ocurrido, caía de rodillas al suelo haciéndose cruces y dando las gracias al Altísimo por tan maravi-lloso milagro. Aquel extraño fenómeno, que había sido visto por la casi totalidad de los vinateros bordeleses, que en aquel momento se encontraban en sus campos rezándole a todos los santos del cielo para que no llo-viese, fue considerado por todos como un milagro, por lo que, al día siguiente, el obispo organizó un acto de acción de gracias sacando en procesión la Custodia del

 

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Santísimo Sacramento, como si hubiera llegado el día de la fiesta del Corpus Christi, y dejándose felicitar muy ufano por la buena mano que había demostrado tener con Dios, la Virgen María y con todos los ángeles y los santos del cielo al haber sido escuchado su ruego en la misa del día anterior.

 

En el año 783 sufrí con gran dolor la muerte de mi madre adoptiva; quince años más tarde tuve que pasar por la pérdida de mi hermana Agnes y un año después por la de mi hermana Irene. Así que, después de veinte años viviendo en Burdeos, cuando ya todos, extrañados y con gran insistencia, me decían que mi rostro seguía tan fresco como el primer día que llegué a la ciudad, e incluso había llegado a mis oídos que en los mentideros de la ciudad se decía que yo había hecho un pacto con el Diablo para mantenerme siempre joven, tomé la de-cisión de hacer la primera de las setenta y cinco mu-danzas que llevo hechas en mi larga vida. El 6 de abril de 798 le regalé a Gastón mi casa con todos sus mue-bles como premio a su fidelidad hacia mi persona y les entregué, tanto a él como al resto de mis criados, una generosa cantidad de oro que dejó aquel día vacía mi bolsa mágica, en la seguridad de que la encontraría llena de monedas al día siguiente, convirtiéndolos a to-dos ellos en personas acaudaladas. Al día siguiente, después de despedirme de mi hermana Irene, que ya se encontraba achacosa por entonces, aunque no esperaba yo que se muriera a los pocos meses, y de los escasos

 

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amigos que ya casi anciano aún supervivían a los años, cargué mis libros, mi cómodo sillón de lectura y todas mis cosas personales en un carretón y me mudé a Van-nes, ciudad muy poblada y alejada sesenta y siete le-guas de Burdeos, donde difícilmente sería reconocido por cualquier viajero bordelés con el que pudiera cru-zarme algún día y que, además, era la capital de la Marca de Bretaña, en la que viví durante los años que fui su margrave. Y, a poco de llegar a Vannes, me com-pré una nueva casa muy parecida a la que había dejado en Burdeos.

 

Finalizaba ya el octavo siglo de nuestra era cuando mi señor Carlos, con cincuenta y cinco años ya cumpli-dos, sería coronado por el papa León III como primer emperador franco de la dinastía carolingia en la antigua basílica constantiniana de San Pedro de Roma. Como quiera que llevaba ya viviendo dos años en Vannes y había adquirido fama de ser poseedor de una gran for-tuna, habiéndome convertido en uno de los más desta-cados prohombres de las ciudad, aunque la realidad fuese que tal riqueza se limitaba a la bolsa que me pro-porcionó Suriel, mi resucitador uriati, conteniendo aquellas seiscientas sesenta y seis monedas de oro, en la que cada mañana se reponen las que hubiera gastado el día anterior, fui invitado a asistir al magno aconteci-miento por Reinaldo el Gordo, el que fuera mi sucesor como nuevo margrave de la Marca bretona tras mi muerte y que vivía ocupando el palacete que yo mismo

 

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habité durante los dieciséis años que ocupé dicho cargo, siendo apodado así porque antaño había estado excesivamente grueso, pero hacía ya algunos años que su figura era la de una persona apuesta y gentil, es de-cir, que no estaba ni gordo ni flaco. Tenía fama de ser un gran misógino, aunque se mostraba sensible como una mujer en asuntos del corazón; también era un afa-mado espadachín, amigo de duelos, cruel en la guerra y sin ningún escrúpulo a la hora de arrebatarle la vida a alguien; y también era de general conocimiento po-pular que sentía una gran debilidad por los jóvenes de bellos rostros y hermosos cuerpos. Había yo mantenido con Reinaldo un trato de amistad desde muchos años atrás, cuando aún contaba yo en el mundo de los vivos como el conde Roldán, sin que nunca se me hubiera insinuado con su más que evidente homosexualidad, quizás por no atreverse al ser yo un bastardo de sangre real, margrave de la Marca de Bretaña, comandante del ejército y hermanastro y valido del emperador en mu-chos negocios políticos. Se ve que, tras mi resucitación, mi nuevo aspecto físico y mi persona debieron llamar su atención y ser de su gusto pues continuamente me dedicaba una gran atención, siempre acompañada de sus mejores cumplidos, y también de siempre me había parecido que gozaba de un gran sentido intuitivo, di-ríase casi femenino, pues algo debió ver en mí que le recordara a su antiguo amigo, que le hizo sospechar quién era yo en realidad, aunque no pudiera aceptar se-mejante idea al saber a ciencia cierta que Orlando había

 

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muerto y que él en persona había acudido a su entierro. Un día llegó a decirme que me mostraba como un gran experto en los asuntos relativos a la Marca de Bretaña, con conocimientos que solo podía tenerlos un mar-grave, y que parecía como si el espíritu del fallecido conde Roldán se hubiera reencarnado en mí y hablara por mi boca, pues incluso usaba en la conversación idénticos giros y frases hechas que utilizaba Orlando. Por todo esto, con la excusa de que aprendía mucho conmigo, no paraba de hablarme de sus asuntos breto-nes, manteniendo largas conversaciones como pretexto para estar junto a mí, aunque sin dejar de intercalar en-tre frase y frase continuos toques de sus manos a mis muslos, brazos y pecho.

 

Dado que la coronación de Carlomagno tendría lugar el 25 de diciembre, día de la fiesta de la Navidad, y como quiera que haríamos el viaje juntos y él prefería hacerlo por mar con el fin de llegar al puerto de Ostia al atardecer del día 23 y poder disfrutar de todo el 24 en la Ciudad Eterna, embarcaríamos al amanecer del 11 de diciembre en una galera que permanecía amarrada y avituallada de forma permanente en el puerto de Don-ges, a unas doce leguas al sureste de Vannes, en el es-tuario del Loira. Así pues, el día 10 cubriríamos en una sola jornada, a postas de caballos, el trayecto por tierra de Vannes al puerto de Donges y, en una travesía de doce singladuras, cubriríamos las más de dos mil millas náuticas que nos separaban del puerto romano de Ostia. Además, dado que el título de margrave es equivalente

 

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al de príncipe, haríamos la travesía escoltados por diez soldados al mando de Bernard Grignon, un capitán de alabarderos, amigo y hombre de confianza de Reinaldo, de quienes en los corrillos de los mentideros bordeleses se decía que eran amantes desde hacía ya varios años. Así pues, iríamos bastante bien protegidos, ya que nuestros diez alabarderos de escolta, eran todos ellos hombres musculosos, de gran talla y bien entrenados en el manejo de la alabarda, la espada y la daga de doble filo, uniéndose a la veintena de soldados, también bue-nos espadachines y expertos ballesteros, que formaban la guarnición que por obligación había de llevar toda galera de guerra cuando navegara.

 

A mediodía del día 9, víspera del viaje y sin previo aviso, tal era su mala costumbre, recibí en mi casa la visita de Reinaldo, siendo esto algo que en él ya se ha-bía convertido en un hábito. Los jueves y los domingos solía acudir a la catedral de San Pedro para oír la misa de las doce, y a la salida venía derecho hasta mi casa, viéndome obligado, por ser la hora del almuerzo, a te-ner que invitarlo a sentarse en mi mesa y acompañarme en la comida, invitación que jamás rechazaba.

 

—El pasado día 27 de noviembre envié a un mensa-jero a caballo para que le anunciara nuestra llegada al conde Karl Mayer, que como bien sabes es el mayor-domo mayor de nuestro rey, a fin de que se encargue de enviar una carroza a recogernos en el puerto de Os-tia, así como de gestionar nuestro alojamiento en Roma —me anunció mientras tomábamos una copa de vino

 

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bordelés y un aperitivo—. Creo que haremos una buena travesía, pues mi hombre del tiempo dice que tendre-mos cielos despejados a lo largo de todo el camino, pero que debemos ir bien abrigados porque hará bas-tante frío.

 

—El frío es lo de menos, se combate con buenos abrigos; lo importante es que no tengamos que enfren-tarnos a una violenta tormenta. ¿No crees que partiendo el día 10 vamos muy justos de tiempo?, tan solo conta-remos con un día de margen en el caso de que algo nos retrase.

 

—No tenemos por qué preocuparnos, nada nos retra-sará, según mi hombre del tiempo, las aguas del mar estarán serenas. Bueno, y ¿qué me dices de Regina, la última concubina de nuestro futuro emperador?

 

—Que esta esta es la cuarta y que se está llenando de hijos ilegítimos.

 

—Sí, eso es cierto. La verdad es que a sus cincuenta y cinco años aún está hecho un buen semental y sus amantes ya le han parido tres bastardas. La primera fue Adeltruda, que ya ha cumplido los veintiséis años; la segunda, Rutilda, ya tiene veinticinco cumplidos, y la tercera, Alpaida, hace unos días que ha cumplido los seis.

 

—Sí, y a Regina ya la ha dejado preñada, por lo que dentro de unos meses le nacerá el cuarto bastardo.

 

—Bueno, el cuarto, que sepamos; igual tiene otros tantos desperdigados que nunca sabremos que existen; es tan enamoradizo que le da igual acostarse con una

 

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princesa que con una esclava.

 

— Yo creo que terminará por no saber dónde colo-carlos. Menos mal que hasta ahora solo le han nacido hembras y siempre hay un hueco en algún convento donde meterlas.

 

—Si son varones tampoco será un problema, sobran sitios donde colocarlos y, en caso necesario, no hay que preocuparse, él les creará nuevos puestos políticos que saldrán de la nada, que no servirán para nada y en los que sus bastardos no tendrán que hacer nada, pero sí que les procurarán buenas rentas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Me llamó la atención que la galera, una birreme de ciento cuarenta remeros, se llamara Eolo; tal vez la hu-bieran bautizado con el nombre del dios griego para que este la favoreciera con sus buenos vientos en las travesías. La mandaba el capitán Edmond Chartier, un marino avezado en más de una batalla naval, que ron-daba los cincuenta años de edad, si bien sus cabellos y barba, de un blanco níveo, y la piel de su rostro, curtida por el sol y la sal marina, le hacían aparentar tener diez años más, que fue grumete a los nueve años y ya lle-vaba más de cuarenta navegando por todos los mares conocidos. Tal como le había anunciado el hombre del tiempo a Reinaldo, el 11 de diciembre amaneció un día con un precioso cielo despejado y un sol radiante. Cuando zarpamos con la pleamar, el día ya alboreaba por el horizonte del levante y, como quiera que soplaba un mistral flojo, que no superaba los veinte nudos, bas-tante frío y muy seco, el capitán Chartier se abstuvo de ordenar a la tripulación que izaran las velas, mandó a la chusma remar a boga limpia, y al piloto que avanzara en dirección oeste por el curso del amplio estuario que forma el Loira en su desembocadura en el golfo de Viz-caya. Aún recuerdo vivamente aquel corto viaje por el estuario, pues el espectáculo de flora y fauna que nos ofrecía la campiña de Saint-Nazaire era de una belleza tan grande y sublime que tanto Reinaldo, el capitán Bernard Grignon y yo, como hasta el propio capitán

 

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Chartier, acostumbrado a verla con mucha frecuencia, no pudimos evitar que la emoción inflamara nuestros corazones, se nos hiciera un nudo en nuestras gargantas y que los ojos se nos humedecieran hasta hacer saltar alguna lágrima.

 

—¿Sabéis lo qué os digo? —manifestó de improviso Reinaldo, extasiado por tanta belleza— Que Dios debe ser un gran pintor paisajista y en esta tierra dibujó una obra maestra; todo en ella es hermoso.

 

—Me alegra oírte decir eso —respondió el capitán Grignon—, yo soy de un pueblecito de esta comarca, que a mí me parece la tierra más hermosa del mundo.

 

—Sí, sé que naciste en esta tierra y formas parte de su paisaje —le respondió Reinaldo, al tiempo que le dedicaba una tierna mirada, seguida de una sonrisa que nos la hizo extensiva a los dos—, lo de la belleza, la hermosura y la obra de arte maestra también iba por ti.

 

Esta respuesta de Reinaldo, pronunciada impruden-temente en mi presencia y expresada con la franqueza y la espontánea libertad que le otorgaba el saberse in-contestable por ser el margrave de Bretaña, hizo que el capitán enrojeciera y yo tuve la impresión de que iba dirigida a los dos, tal vez con el fin de dejarme claro, por si tenía alguna duda, de cuáles eran sus inclinacio-nes sexuales y de la atracción que sentía hacia mi per-sona.

 

Cuando una hora más tarde desembocamos en el in-menso golfo de Vizcaya y pusimos rumbo al sureste para bordear la costa, como quiera que ahora el mistral

 

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había aumentado de fuerza y nos soplaba de popa, el capitán ordenó izar las velas, que se hincharon de in-mediato y nos impulsaron a una velocidad de siete u ocho nudos, por lo que, al anochecer del día siguiente veríamos las luces de las barcas de los pescadores vas-cones de la Bella Easo4 faenando. Cuando la noche se nos echó encima y las luces del barco se encendieron, el capitán nos invitó a los tres a cenar en su camarote y, como quiera que Chartier era un ferviente admirador de Carlomagno, no hubo más tema de conversación du-rante la cena que la de su vida y sus triunfos. El capitán Chartier, hombre religioso y creyente conde los hu-biera, habló de cómo al suceder a su padre, Pipino el Breve, tuvo que reinar junto a su hermano menor Car-loman, con quien mantenía unas relaciones extremada-mente tensas, afirmando que Dios hizo que este mu-riera cuando solo contaba con veinte años con el fin de evitar una guerra entre ambos y que Carlos cumpliera su destino de llegar a ser el emperador Carlomagno. Reinaldo, a quien tal vez su homosexualidad lo obli-gaba a ser más religioso que guerrero, exaltó su perma-nente lucha contra los impíos pueblos eslavos y cómo, tras una larga campaña, logró someter a los sajones, obligándolos a convertirse al cristianismo, integrándo-los en su reino y allanando de este modo el camino para

 

 

 

 

4     Con este nombre es conocida San Sebastián, si bien esta denominación está fundada en la errónea creencia de que la capital guipuzcoana está edifi-cada sobre una antigua ciudad romana llamada Oiasso que, en realidad, se encontraba cercana a Irún.

 

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el establecimiento del imperio carolingio. Nuestro ca-pitán Bernard Grignon, guerrero por los cuatro costa-dos pese a su uranismo, ponderó sus grandes éxitos al expandir los distintos reinos francos hasta conseguir transformarlos en un imperio, al que incorporó Italia y una gran parte de Europa occidental. Yo, en cambio, no me privé de poner una nota negativa al recordar el su-ceso de Roncesvalles y la pérdida de los veinte mil sol-dados francos que formaban la retaguardia del ejército carolingio —naturalmente omitiendo que era yo quien los mandaba—, que cayeron degollados a manos de quinientos vascones, viniendo este suceso a empañar la gloria del emperador, si bien todos me respondieron a una exaltando con pasión la gloria del caballero Roldán y de sus fieles amigos, el conde Oliveros y el arzobispo Turpin, teniendo que aceptar la apasionada defensa y el enaltecimiento que hicieron todos ellos de los tres ca-balleros caídos —uno de los cuales era yo mismo—, como un velado reproche que me hacían por haber traído a colación aquel aciago episodio.

 

En las singladuras de las dos jornadas siguientes, abandonamos la costa baja francesa, cubierta de abun-dantes playas de arenas doradas; recorrimos la agreste costa vascona, de altos e irregulares acantilados; bor-deamos la abrupta costa cantábrica del reino astur y, tras haber recorrido setecientas millas con la ayuda del ya fuerte y persistente mistral que nos acompañó todo el tiempo, al amanecer del tercer día de navegación nos encontrábamos frente al estuario que forma el río

 

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Duero en su desembocadura, al pie de la ciudad de Por-tucale5. A partir de aquí, a lo largo de las seiscientas cincuenta millas que cubrimos en las siguientes tres singladuras hasta alcanzar el cabo de Gata, las costas que estuvimos contemplando eran las del Emirato Omeya de Córdoba, que por entonces ocupaba la tota-lidad de la península ibérica, excepto una franja de te-rreno, de unas veinticinco leguas de anchura, que reco-rría toda la cornisa cantábrica y la ladera sur de los Pi-rineos, extendiéndose desde la costa atlántica galaica hasta la mediterránea, en la que se refugiaron los con-dados catalanes y los reinos cristianos de Asturias y Navarra.

 

El séptimo día amaneció soplando un viento gregal frío y bonancible, que no superaba los quince o veinte nudos de fuerza, por lo que el capitán Edmond Chartier ordenó a la chusma una boga larga, y al piloto que na-vegara de bolina y bien ceñido al viento del noreste. Caía del cielo un molesto sirimiri que parecía que no mojaba, pero que si estabas mucho tiempo al descu-bierto te humedecía el rosto y te calaba la ropa hasta los huesos. Así que, mientras nuestro capitán Bernard Grignon concentraba en la cubierta tanto a sus hombres como a los de la guarnición del barco, todos ellos des-nudos y cubriéndose sus vergüenzas con taparrabos, exponiéndolos al frío y a la lluvia y sometiéndolos a

 

 

 

5     Portucale era el nombre dado a Oporto en la Edad Media. Significaba «Puerto de Cale», siendo Cale la primigenia ciudad fundada por los fenicios, dando origen al actual nombre del país, Portugal.

 

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una serie de ejercicios militares para mantenerlos en forma en el manejo de la alabarda, la espada y la ba-llesta, Reinaldo y yo nos poníamos a cubierto en el cas-tillo de popa, muy próximos a un brasero que nos qui-taba algo de frío, y jugábamos al ajedrez en un tablero especialmente diseñado para utilizarlo durante la nave-gación, en el que las piezas no se veían afectadas por los movimientos del barco al tener en sus bases una pe-queña espiga que quedaba encastrada en un agujerito que había en cada una de las casillas del tablero. No hacía mucho tiempo que la campana del barco había anunciado la hora sexta, cuando la potente voz del vigía anunció «barco a la vista por la proa». Aun estando nu-blado, la visibilidad era buena y todos, agolpados en la borda de proa, pudimos ver un punto oscuro en el hori-zonte de poniente, si bien la excelente vista del vigía y sus muchos años de experiencia en el avistamiento de barcos en el mar, hicieron que nos anunciara con total convencimiento que el barco que se nos acercaba era una galera de remos sencillos y dos grandes velas cua-dradas desplegadas, que avanzaba hacia nosotros con viento a favor y a muy buena marcha. Al oír el informe del vigía, el capitán, buen conocedor de la zona y rece-loso de que pudiera ser un barco pirata, ordenó detener la boga y poner el barco al pairo a fin de retrasar el en-cuentro.

 

—Si se trata de una galera comercial, se cruzará con nosotros, intercambiaremos algunos saludos y pasará de largo, pero es muy posible que sean piratas argelinos

 

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que interceptan los barcos que se dirigen a Constanti-nopla con armas y productos artesanos, o a los que re-gresan cargados con ricos brocados, especias orientales y esclavos africanos —nos dijo el capitán Chartier—. Todavía tardarán una media hora en llegar hasta noso-tros por lo que debemos prepararnos para lo peor.

 

—¿Cuántos guerreros creéis que serán? —le inquirió Reinaldo, a sabiendas de que la respuesta del capitán sería que en las galeras piratas todos cuantos navega-ban en ellas intervienen en la lucha, incluyendo a los grumetes y a los cocineros.

 

—Pueden ser unos doscientos, contando a los reme-ros y a la gente de cabo —le respondió el capitán.

 

—Doscientos contra tan solo una treintena que so-mos los que de entre nosotros sabemos manejar una es-pada representa una ventaja para ellos de siete a uno — dije yo.

 

—Muchos de nuestros remeros son galeotes conde-nados por crímenes de sangre, podemos soltarlos pro-metiéndoles la libertad a todos los que salgan con bien de esta; son facinerosos y gente de cuchillo que está bragada en la pelea —propuso el capitán Grignon.

 

—Si los soltamos a los galeotes para que luchen con-tra los piratas, aunque les prometamos la libertad, lo más probable será que deserten y se pasen al otro bando

 

—respondió el capitán Chartier—. Los restantes reme-ros no saben luchar; son hombres libres que se han en-rolado asalariados. Tenemos que elegir entre luchar por nuestras vidas o entregarles el barco y resignarnos a ser

 

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esclavizados o liberados a cambio de un fuerte rescate.

 

—Luchemos, pues —dijo el capitán Bernard Grig-non—. Si tenemos que morir, moriremos matando.

 

—Bien dicho, Bernard, si es que Dios nos está lla-mando a su seno le entregaremos nuestras vidas con la dignidad de caballeros que nos corresponde —le res-pondió Reinaldo.

 

—Lucharemos y venceremos, tenedlo por seguro — añadí yo, totalmente convencido de lo que les decía sin saber por qué, quizás intentando elevarles la moral de lucha, al tiempo que le daba vueltas a la cabeza en qué forma podía intervenir yo en aquel conflicto.

 

Cuando ya se encontraba a unos doscientos codos de nuestra proa, los remos de la aún desconocida galera dejaron de bogar y se alzaron inactivos sobre el agua, dejándose llevar tan solo impulsado por la fuerza que el viento ejercía en sus velas. A esa distancia ya pudi-mos saber con toda seguridad que nos enfrentábamos a una nave pirata, pues vimos cómo los remeros y las gentes de cabo subían a la cubierta armados todos ellos de espada y puñal, y también pudimos observar que ve-nían bien pertrechados de armamento, pues en la proa traían una catapulta ya tensada y cargada con una roca muy grande, que bien podía pesar trescientas libras, así como otras tres más pequeñas que se veían repartidas a lo largo de las bordas, todas ellas tensadas y cargadas de unas bolas de color negruzco que tal vez fueran de fuego griego. Y cuando la distancia entre ambas naves ya se había reducido a unos cincuenta codos, aquel que

 

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parecía ser el capitán, un individuo de gran talla al que le faltaba el antebrazo izquierdo, seguramente perdido en algún abordaje, pese a su mutilación, se encaramó ágilmente en el botalón de proa y, haciendo un alarde de equilibrio, se montó a horcajadas sobre el grueso palo sosteniéndose tan solo con las piernas abarcadas a su alrededor. Aquel descarado desplante del capitán pi-rata daba fe tanto de su confianza como de su seguridad en que ya había vencido sin necesidad de un abordaje y sin ni siquiera tener que disparar una sola flecha.

 

Por aquellos días, a algo más de dos años de mi re-sucitación, todavía mantenía yo en mis venas la ar-diente sangre del guerrero que fui durante mi vida hu-mana, por lo que, sabiéndome inmortal e invulnerable al llevar siempre puesto bajo mis ropajes el traje bió-nico que Tehovás me había regalado, vine a tomar la decisión de intervenir en la lucha utilizando los poderes del traje y las facultades sobrehumanas que los uriatis me habían otorgado al resucitarme y convertirme en un filsolis.

 

—Capitán —vociferó aquel pirata mutilado—, aho-rremos muertes inútiles. Somos superiores en número y en armamento y os necesito vivos; a la chusma, a los soldados y a la tripulación para venderlos en el mer-cado de esclavos, y a ti y a esos pasajeros que veo en la cubierta vistiendo ricas prendas y que parecen ser de alta alcurnia, para pedir por ellos un buen rescate. Así que, si rendís la embarcación, os prometo que no habrá muertos y así todos quedaremos contentos.

 

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Mientras el verborreico capitán pirata se regodeaba echando al aire su cínico discurso de triunfador y hu-millando a sus víctimas anticipándoles lo que pensaba hacer con ellas, aprovechando que todos estaban pen-dientes de sus palabras, yo me escabullí de la cubierta sin que se percatara nadie, llegué hasta mi camarote y, quitándome con rapidez la ropa, quedé vestido única-mente con el traje biónico. Luego rebusqué un trozo de carboncillo en el ya apagado brasero y, mientras me pintarrajeaba con él la cara hasta hacerla irreconocible, no paré de oír la recia voz del gigantesco capitán manco. Así que cuando acabé de pintarme, sin pensarlo dos veces, concentré mi pensamiento en tele-portarme hasta el botalón y al instante me materialicé, flotando en el aire, con los pies a un palmo sobre la verga y a dos codos de donde se encontraba sentado a horcajadas el pirata argelino quien, al verme aparecer de repente, fue tal su sorpresa que a punto estuvo de escurrírsele el trasero de su montura y caer de cabeza al agua. El siri-miri había cesado hacía ya rato y, casualmente, en el preciso momento en el que me materialicé, las nubes se abrieron y un rayo de sol incidió sobre mi blanco y re-luciente traje biónico volviéndolo aún más luminoso y reflectante de lo que ya era, lo que hizo que un rumor procedente de las tripulaciones de ambas galeras, mez-cla de asombro, admiración y sobre todo de supersti-ción, se elevara ante mi espontánea aparición. Me di cuenta de que las dos tripulaciones debían haberme to-mado por algún ser angelical enviado por Dios; los de

 

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nuestra galera, pensando que había venido a librarlos de las amenazas de aquel asalto, y los asaltantes cre-yendo que había llegado con el ánimo de hacer justicia y castigarlos, por lo que la mala conciencia de los pira-tas hizo que la cubierta de su galera se les quedara pe-queña cuando todos se arrojaron al suelo en actitud de sumisión y adoración hacia mi persona. Y, mientras miraba, distraído y algo asombrado, a aquella alfombra humana que formaban los piratas tendidos sobre la cu-bierta en posición decúbito prono, el gigantón manco, que al parecer era menos impresionable que los demás, de un ágil salto felino se puso de pie sobre el botalón y, extrayendo del tahalí su curva y afilada gumía, me des-cargó un terrible golpe dirigido al pecho. Todos vieron como el arma saltaba de sus manos al llegar la punta del cuchillo a un palmo de mi pecho, pareciendo que hubiera rebotado en un invisible muro de protección — como en realidad así era—, y cómo el arma se hundía para siempre en las aguas del mar. A continuación, to-dos presenciaron estupefactos cómo, con una sola mano y sin hacer el menor esfuerzo, agarraba yo al gi-gantón por las solapas de aquella especie de casaca que llevaba puesta, lanzaba por los aires su cuerpo, que bien podía superar las doscientas cincuenta libras de peso, a más de veinte codos de altura, pareciendo que estuviera lanzando una pequeña piedra, para acabar cayendo a las frías aguas mediterráneas a más de cien codos de dis-tancia de la embarcación. Cuando vi que aquel jayán no sabía nadar, pareciendo estar ahogándose, pues no

 

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paraba de dar boqueadas y manotazos sobre las olas, hundiéndose una y otra vez en las aguas con la boca y los ojos desmesuradamente abiertos por el miedo, to-dos fueron testigos de cómo volé por los aires, me su-mergí en el agua, lo saqué unos segundos más tarde su-jetándolo por un tobillo con una sola mano y de esta guisa lo transporté en un vuelo de regreso hasta la cu-bierta de su barco, donde lo solté hecho un guiñapo que en nada se parecía a aquel arrogante que hacía unos mi-nutos hablaba de victoria y poco menos que le pedía a sus víctimas que le rindieran pleitesía.

 

Así como durante el tiempo que duró este aconteci-miento la tripulación de la galera pirata se mantuvo ti-rada en el suelo, con sus frentes apoyadas sobre la cu-bierta y sumida en el leve murmullo que se elevaba de sus oraciones pidiéndole perdón a Alá por sus pecados, la tripulación cristiana de nuestra galera se mantuvo durante el espectáculo en un religioso silencio, conven-cidos de que estaban contemplando al arcángel Gabriel, el mensajero de Dios, impartiendo orden y justicia di-vina.

 

Cuando, después de tele-portarme de nuevo al cama-rote y volver a vestirme con mis ropas sobre el traje biónico, volví a la cubierta del Eolo y me situé en el mismo lugar en el que estaba cuando me marché, junto a Reinaldo, la galera pirata ya había puesto rumbo a la costa argelina y se alejaba remando a boga arrancada, como alma que lleva el Diablo.

 

—Creo que hemos sido testigos de un gran milagro,

 

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¿no crees tú lo mismo, Orlando? —me inquirió el mar-grave, volviendo su rostro hacia mí y evidenciando con su mirada que no se había percatado en ningún mo-mento de mi ausencia al haber estado todo el tiempo atento a lo que sucedía en la galera pirata.

 

—Sí, Reinaldo, también yo creo que hemos presen-ciado un milagro —le respondí con la mayor seriedad y convicción que fui capaz de fingir.

 

El resto de la travesía hasta el puerto de Ostia se desarrolló sin incidencias dignas de mención, excepto consignar que, durante esos tres últimos días de nave-gación, en el barco no se habló de otra cosa que de la ayuda divina que habíamos recibido al mandarnos Dios aquel arcángel.

 

—Cuando le cuente a nuestro señor Carlomagno el milagro que hemos presenciado, seguro estoy de que le pedirá al papa que diga una misa de acción de gracias en la basílica de San Pedro en Roma —me repetía por tercera vez Reinaldo—, aunque yo creo que ese com-portamiento tan caballeresco que el arcángel ha tenido con el pirata, salvándolo de morir ahogado, es más pro-pio de la nobleza de un guerrero que de la de un men-sajero, es por eso que más bien creo, mejor dicho, estoy convencido de que se trataba del arcángel San Miguel, el jefe de los ejércitos celestiales.

 

—Estoy seguro de que estás en lo cierto —le res-pondí, dándole la razón una vez más—, yo también lo creo así. La forma en que lo agarró y lo sostuvo en aire

 

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antes de lanzarlo al mar era propia de alguien que está acostumbrado a luchar cuerpo a cuerpo.

 

—Sí, efectivamente, eso es. Así es cómo lo he visto yo también —afirmó, plenamente convencido de que había presenciado la lucha entre el jefe de los ejércitos de Dios y un humano, si bien esta vez el arcángel había luchado con sus manos, es decir, sin sus sempiternas lanza y espada flamígera con las que siempre es repre-sentado en los templos.

 

Llevaba ya tres días oyendo decir a los marineros, a los soldados, a la tripulación e incluso a los galeotes, siendo estos últimos los menos impresionables, cosas realmente dispares; la mayoría de ellos decían que lo que habían presenciado era un milagro de Dios nuestro Señor, que había sido llevado a cabo con el auxilio del mensajero divino, el arcángel San Gabriel; otros decían que había sido el arcángel San Miguel, que había acu-dido desarmado al no tener que enfrentarse a un ejército y no necesitar ningún arma para vencer a esos piratas; y no faltaba quien afirmaba que aquel ser tan brillante y luminoso era el mismísimo Lucifer, que como su pro-pio nombre indica es el portador de la luz, que debía haberse desfigurado el rostro pintándoselo con alguno de los ardientes tizones del Infierno, habiendo acudido en auxilio de alguno de nuestros galeotes con quien ha-bría firmado con sangre algún pacto. Por aquellos re-motos días, todas estas versiones de lo sucedido que es-cuchaba me parecían ser de lo más normal, pues eran aquellos tiempos oscuros en los que el pueblo, sumido

 

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en el analfabetismo, la ignorancia y la superstición, creía a pie juntillas todo cuanto le contaban los curas desde el púlpito cuando les hablaban del Antiguo y el Nuevo Testamento; así pues aceptaban como ciertas fantasías tales como serpientes que hablan, vírgenes que quedan embarazadas sin haber tenido contacto con ningún varón y continúan siendo vírgenes después de parir y magos que abren las aguas del mar con su varita mágica para que todo un pueblo lo cruce caminando por el fondo, si bien, habiendo estado observando du-rante siglos el comportamiento de los hombres, he po-dido comprender que las ideas de lo milagroso y de lo divino nacen del miedo a lo desconocido y de la supina ignorancia a la que sistemáticamente ha sido sometida la Humanidad por los poderosos.

 

Cuando el 23 de diciembre atracamos en el puerto de Ostia, haciendo ya un buen rato que había amanecido con un cielo despejado de nubes, una agradable tempe-ratura y un sol radiante, impropios de la época, pare-ciendo ser un tiempo más primaveral que invernal, nos vimos sorprendidos de que, siendo un día laborable, los muelles estuvieran repletos de gentes bulliciosas, ves-tidas con ropas domingueras, que parecían haber acu-dido expresamente a darnos la bienvenida; luego supi-mos que, habiendo sido avisado de nuestra llegada por el mensajero que le había enviado Reinaldo el pasado día 27 de noviembre, el conde Karl Mayer, no solo ha-bía abandonado los muchos compromisos de su cargo

 

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de mayordomo mayor de Carlomagno para acudir per-sonalmente al puerto a recibirnos y conducirnos a Roma, sino que lo había hecho en una carroza real ti-rada por cuatro soberbios caballos alazanos, con dos cocheros uniformados ocupando el pescante delantero y dos lacayos en el trasero, escoltada además por veinte lanceros al mando de un capitán, y como culmen de su gran generosidad, había gastado de su propio peculio algunos miles de denarios en gratificar a una multitud popular, formada por más de quinientas personas de condición sencilla, para que se vistieran de domingo y nos ofrecieran una calurosa bienvenida dedicándonos vítores, aplausos y exclamaciones de alabanzas. Algo más tarde, cuando ya rodábamos en la carroza por la vía ostiense cubriendo las escasas cuatro leguas que se-paraban el puerto de Ostia de la Ciudad Eterna y fui testigo de las explayadas e inmoderadas muestras de cariño que, sabiéndose fuera de la vista de la escolta y sin tener en cuenta mi presencia, intercambiaron el conde Karl Mayer y el margrave Reinaldo en sus besos y abrazos de salutación, pude darme cuenta, con gran sorpresa, de que toda aquella generosidad y esplendor en el recibimiento obedecían a la íntima amistad que existía entre ambos hombres pues, aunque ya en mis tiempos de vida humana yo sabía que ambos se cono-cían desde hacía mucho tiempo y también conocía la exagerada exquisitez que el mayordomo empleaba en sus expresiones habladas y en sus amanerados gestos, que a veces rayaban en lo femenino, nunca sospeché

 

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que entre ellos hubiera algo más que una buena, aunque simple amistad. Realmente, fue por entonces, cuando mi capacidad de observación y mi intelecto se habían ampliado como resultado de mi inmortalidad, me per-caté de que el amor entre personas del mismo sexo es muchísimo más frecuente y abundante de lo que pode-mos apreciar a simple vista en nuestra actividad diaria.

 

Por el mayordomo real nos enteramos que aquella misma mañana se celebraría en el palacio de Letrán un juicio al papa por una serie de acusaciones que ciertos miembros de la nobleza romana habían hecho contra él y que dicho juicio estaba siendo presidido por Carlo-magno.

 

Y, cuando Reinaldo le contó a su amado Karl Mayer el milagro sucedido en el mar, protagonizado nada me-nos, según él, que por el mismísimo arcángel San Mi-guel, el mayordomo real concluyó que aquel prodigio de salvación estuvo exclusivamente dedicado al mar-grave y a mí, por ser las dos únicas personas nobles que viajábamos en el barco, evidenciando con diáfana cla-ridad que la voluntad de Dios era que ambos llegára-mos con buen fin a la coronación del emperador Carlo-magno y que, posiblemente, el Creador también nos tu-viera reservada alguna importante misión futura en de-fensa de la Cristiandad.

 

—Y, dime, querido Karl, ¿dónde has pensado alojar-nos? —le inquirió Reinado.

 

—En el palacio de Letrán —respondió con énfasis, mirándonos intermitentemente a los dos y mostrando

 

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un gesto en su rostro que parecía haber quedado a la expectativa de ver cuál era nuestra reacción.

 

—¿Has dicho en el palacio de Letrán?, ¿en la resi-dencia del papa León tercero?

 

—Sí, eso he dicho. El papa quiere conocer de pri-mera mano y por boca del margrave de la Marca bre-tona en qué estado se encuentran los esfuerzos políticos y militares que se vienen haciendo por integrar la Bre-taña al reino franco.

 

—Entonces, ¿dónde me alojaré yo? —le pregunté.

 

—También os alojareis en el palacio. Le he hablado al pontífice de vos y de vuestra gran fortuna, su res-puesta ha sido que estará encantado en recibiros. Os digo más: como quiera que el papa León conoció a Ro-land cuando era cardenal de Santa Susana y jefe del te-soro pontificio, y quedó tan gratamente impresionado por su personalidad, cuando le conté, según Reinaldo me decía en su misiva, que fuisteis tan gran amigo suyo que hasta parece que tenéis un alma gemela a la suya, el pontífice insistió aún más en conoceros. ¿No es esto una prueba más de que ambos estáis destinados a pres-tar un importante servicio al papado o tal vez a toda la Cristiandad?

 

Ante semejante conclusión a la que llegaba el ma-yordomo mayor, tan sorprendente como gratuita, no tuve más que sonreír y callar.

 

 

 

 

 

 

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Pasado ya el sol del mediodía cuando, después de llevar dos horas circulando con la carroza a muy buen paso por la bien pavimentada y muy transitada vía os-tiense, habíamos cubierto las casi cuatro leguas que se-paran el puerto de Ostia de Roma gracias a que durante todo el trayecto los alabarderos de escolta fueron des-pejando el camino a base de golpes dados sin conside-ración alguna, ya fuera con el pecho de sus caballos o con las astas de sus alabardas, en las espaldas de los agricultores para que apartaran sus lentos carros tirados por burros cansinos, abarrotados de las verduras que cada día transportaban a los mercados romanos; o en los traseros de los buhoneros que transportaban sus ba-ratijas de aldea en aldea empujando sus carrillos de mano; o apartando con desconsiderados golpes de los estribos de sus monturas a los pescadores que, llevando su carga en dos grandes cenachos colgados de los ex-tremos de una barra de madera atravesada a modo de yugo sobre la cerviz, iban vendiendo sus capturas en las muchas tabernas y posadas que jalonaban la carre-tera.

 

Entramos en Roma por la Porta Ostiensis y, calle-jeando las estrechas y malolientes calles del barrio an-tiguo, en las que las aguas fecales corrían por canaletas que discurrían por sus medianas, como en cualquier otra ciudad medieval, habiéndose perdido con el paso de los siglos la salubridad de la que gozaban en tiempos

 

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del Imperio, cuando estas aguas eran conducidas por un alcantarillado que ahora se encontraba abandonado e inservible, nos dirigimos directamente al palacio de Le-trán, el ya muy antiguo y majestuoso edificio que, junto con un hermoso baptisterio, mandó construir el empe-rador Constantino para que le sirviera de residencia a los papas y donde Carlomagno venía hospedándose desde hacía ya varios días. Recuerdo bien que nos reci-bió el camarlengo con fingidas y exageradas muestras de afecto y de respeto, al tiempo que nos informaba, mostrando por cierto y sin fingimientos bastante ansie-dad en sus palabras, de que los cardenales aún seguían reunidos en la basílica de San Pedro, por lo que era de suponer que el juicio del que nos había hablado el ma-yordomo aún debía continuar; luego nos llevó al come-dor, donde debíamos esperar la llegada del papa y de nuestro rey Carlos con los que íbamos a almorzar aquel día, haciéndonos circular por una red de interminables pasillos y de suntuosos salones cuyo esplendor, supe-rior al de cualquier palacio real, sobrecogía y nos hacía pensar en la inutilidad de tantas riquezas, que solo ser-vían para demostrar lujo y ostentación, mientras que el pueblo llano padecía de hambre crónica y se pudría en la miseria. Nunca he olvidado el gesto de sorpresa y de asombro que asomó a nuestros rostros ante la belleza del grandioso triclinio que el papa León había mandado construir recientemente para dar en él los banquetes oficiales que le exigían sus compromisos políticos. Se trataba de una amplia sala que podría dar cabida a más

 

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de doscientas personas, cuyas paredes estaban decora-das con frescos de motivos bíblicos y religiosos, y en cuyo fondo destacaba un hermoso ábside enmarcado por un arco de triunfo en cuyo interior se dejaba ver una bóveda semicircular con un gran mosaico represen-tando a Jesucristo en el momento en el que enviaba a sus once apóstoles —Judas aún no había sido sustituido por Matías— a evangelizar todos los pueblos del mundo. A la izquierda del arco de triunfo se veía a Cristo entronizado, entregándole con una mano las lla-ves de la Iglesia a San Silvestre y con la otra el lábaro a Constantino, y a la derecha, San Pedro, sentado en su cátedra, le entregaba un báculo a León III y el estan-darte de la Iglesia a Carlomagno. La simbología re-creaba con diáfana claridad las nuevas condiciones his-tóricas del momento, presentando a Carlomagno como si fuera un nuevo Constantino, benefactor y protector de la Santa Sede; y al poder temporal en una perfecta y total armonía con el poder espiritual, aunque supedi-tado al mismo, mostrándolo como el defensor de su mi-sión universal.

 

Como quiera que León III fue elegido papa y entro-nizado en la silla de San Pedro, con el voto unánime del clero y de todo el pueblo romano, al día siguiente de la muerte de su antecesor, Adriano I, sin darle tiempo a los parientes de este último a proponer como papa a un nuevo miembro de su familia para así asegurarse de no perder los privilegios que habían recibido a lo largo de los veintitrés años de reinado de Adriano, y no estando

 

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dispuestos a perder su poder y su influencia frente a un papa que se mostraba presto a poner fin a su insaciable codicia, iniciaron una campaña de desprestigio contra el nuevo pontífice mediante la invención de innumera-bles calumnias que hicieron circular por Roma, asegu-rándose de que llegaran a los oídos de Carlomagno en Aquisgrán; y no conformes con esto, promovieron un atentado en su contra el 25 de abril del año 799, fiesta de San Marcos. Ese día, yendo León a la cabeza del clero presidiendo la solemne procesión de las letanías mayores, cuando esta circulaba frente al monasterio de los Santos Esteban y Silvestre, fue atacado por un des-tacamento armado bajo las órdenes conjuntas del pri-micerio Pascual, del tesorero Cámpulo y de Mario Ne-pesino. El pontífice fue tirado por tierra, se le arrebata-ron los hábitos pontificales, fue golpeado y se le intentó arrancar los ojos y la lengua. Cubierto de sangre fue encerrado en una celda de dicho monasterio, de donde fue sacado aquella madrugada y llevado a rastras a San Erasmo, sobre el monte Celio. Afortunadamente, gra-cias a uno de sus guardianes, pudo ser rescatado por Albino y algunos otros de sus leales y trasladado a San Pedro, donde León pudo al fin recuperarse.

 

Al enterarse Carlomagno de lo sucedido, de inme-diato envió a Roma al arzobispo Aldeboldo de Colonia, al conde palatino Anscario y a su hijo, el rey Pipino de Italia, con el fin de oír la versión de boca del propio pontífice, si bien los enemigos del papa no permanecie-ron inactivos pues, además de saquear Roma, enviaron

 

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a Carlomagno una embajada presentando graves acu-saciones contra León. Llegados a este punto, los con-sejeros del rey franco recomendaron proteger al papa y hacerlo escoltar hasta Roma por una fuerza armada, pero también propusieron que se debían examinar los hechos ante un tribunal, si bien dejando muy claro que la Santa Sede no podía ser juzgada por ningún tribunal terrenal.

 

León III pudo regresar a Roma en el otoño de 799 sano y salvo, y un mes más tarde, en la mañana de aquel mismo 23 de diciembre del año 800, mientras nosotros recorríamos las cuatro leguas de camino que van de Os-tia a Roma, los obispos se reunían en asamblea y decla-raban que el papa era inviolable y por tanto no podían juzgarlo, tras lo cual el pontífice, siguiendo una antigua costumbre, juró delante de todos, desde el púlpito y so-bre el libro de los Evangelios, ser inocente de todos los cargos que inicuamente se le imputaban, lo que le valió ser declarado inocente. Los conspiradores fueron con-denados a muerte, pero a instancias del propio papa León les fue conmutada la pena capital por la de exilio.

 

Mucho debieron de haber conversado Carlomagno y León tras la justificación juramentada de este, pues cuando ambos acudieron al triclinio ya llevábamos Reinaldo y yo tanto tiempo esperando que estaba pró-xima la hora de laudes.

 

—Ya veo que es cierto cuanto me han contado de vos —me dijo el papa León cuando le fui presentado—

 

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,      aunque la fisonomía de vuestro rostro es totalmente distinta a la del difunto Roland, tenéis un aire e incluso algunos gestos que recuerdan a los suyos y, sobre todo, tenéis su misma mirada, limpia y directa, sin tener nada que ocultar.

 

Aquel reconocimiento del papa me venía a demos-trar que, o bien la transfiguración facial que me hizo Suriel al resucitarme y convertirme en un filsolis no fue todo lo completa que debiera haber sido, y tanto en mi rostro como en mis formas y maneras de expresión ha-bían quedado restos del desaparecido Roland, o las perspicacias que había demostrado tener tanto mi ma-dre adoptiva, como Reinaldo y el pontífice eran excep-cionales.

 

La parquedad en las viandas y las bebidas que se sir-vieron en aquel almuerzo contrastaba vivamente con el lujo y el esplendor de todo lo que nos rodeaba: un con-somé, un pescado asado y una fuente de frutas variadas que fue emplazada en el centro de una mesa redonda de tamaño mediano, así como una jarra de agua y otra de vino, fue todo lo que nos sirvieron los dos jóvenes frai-les que hicieron de camareros. Naturalmente, como quiera que mi cuerpo de filsolis no aceptaba más que un poco de pan, alguna pieza de fruta y algún líquido, tuve que dar la excusa de que no estaba bien del estó-mago y tan solo tomé el consomé, unas cuantas uvas y un par de vasos de agua.

 

—Y, además, da la casualidad de que tenéis el mismo nombre que él —me insistió el papa durante la

 

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comida, sin dejar de mirarme admirado de mi parecido, no físico, pero sí expresivo, con el conde Roldán—. Or-lando es como llamaban a Roland su familia y sus más íntimos amigos.

 

—Sí, así es, santidad, pero no es casualidad que lleve su mismo nombre —le mentí al pontífice—. Nos cono-cimos en Barcelona durante el verano del año 770 y desde el primer momento nos hicimos grandes amigos. Nuestras almas parecían ser gemelas pues nuestros pensamientos siempre coincidían en todo, fuese cual fuese el tema del que tratásemos, llegando a veces a adivinarnos el pensamiento mutuamente. Cuando cayó muerto en Roncesvalles, pese a la gran distancia que nos separaba, yo sentí su agonía en mi interior, y fue tanta mi pena que en aquel momento decidí adoptar su nombre e irme a vivir a Burdeos, su ciudad natal, para así estar cerca de las personas y las cosas que rodearon su vida, habiendo llegado a amar a su madre, a sus her-manas y a sus antiguos amigos bordeleses como si fue-ran de mi propia sangre. Lo amaba tanto que gustosa-mente hubiera cambiado mi vida por la suya; tal vez la razón de irme a vivir a Burdeos fuera que, en mi inte-rior, yo deseaba ser Orlando y vivir su vida.

 

—Es encantador esto que decís, Orlando —me res-pondió el papa—, porque ese sentimiento de entrega y sacrificio hacia otra persona es la verdadera naturaleza de la amistad y del amor, que nada tiene que ver con la atracción sexual entre dos personas.

 

—Así lo creo yo también, santidad. Era imposible no

 

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amar a Roland, pues Dios lo había adornado con virtu-des tan humanamente escasas como son la bondad de corazón, la rectitud y la honestidad en el comporta-miento, así como también con un alto sentido de la jus-ticia — observó Carlomagno, interviniendo en la con-versación—, y son estas bondades las que conquistaban los corazones tanto de hombres como de mujeres.

 

—Sí, así era Roland, pero como humano que era también tenía sus defectos —le respondí yo al sentirme aludido si bien, como quiera que la claridad mental de la que gozamos los filsoliss me hacía ver mis propios defectos, mi respuesta vino a ser una especie de exa-men de conciencia—. A veces era excesivamente exi-gente con el trabajo de los demás e intolerante con aquellas costumbres que se alejaban de las suyas. En ocasiones sufría o se airaba por motivos que podían pa-recer irrisorios, como podía ser la vestimenta estrafala-ria que pudiera llevar alguno de sus subordinados o por la vulgaridad de una frase que hubiera sido mal expre-sada por alguien de forma involuntaria. Otras veces, cuando discutía con alguien que le rebatía alguna afir-mación referente a algún asunto que él conocía a fondo, no podía evitar que sus palabras se vieran afectadas de un cierto barniz de soberbia que lo hacía parecer altivo e inmodesto.

 

—Sí, pero esos defectos no fueron óbice para el amor que le dedicaste —me observó Reinaldo—. To-dos tenemos pequeños defectos de personalidad que nos hacen distintos a los demás sin que eso signifique

 

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que somos malas personas.

 

—Efectivamente, esos defectos eran los que lo ha-cían humano —le respondí—. Tal vez, si no los hubiera tenido, lo hubiera considerado un santo y el amor que le dediqué no hubiera alcanzado las mismas cotas.

 

Tras los postres, el papa, mostrando auténticas an-sias de que la Bretaña se incorporara cuanto antes al reino franco, se interesó vivamente por los asuntos po-líticos y militares relativos a la Marca bretona y durante todo el tiempo que estuvo conversando de estos asuntos con el rey, con Reinaldo y conmigo, decidí abstenerme cuanto pudiera de dar mis opiniones, siendo yo un ex-perto en asuntos bretones por los muchos años que fui margrave de dicha Marca, a fin de evitar que tal vez el Santo Padre, que tenía fama de ser un gran supersti-cioso, lo interpretara como una prueba más de que el alma y los conocimientos del difunto Roland se habían reencarnado en mi cuerpo.

 

Terminado el almuerzo, el papa, tras darnos su ben-dición apostólica a Reinaldo y a mí, se retiró junto con Carlomagno a sus aposentos dejándonos en libertad para deambular por Roma hasta que el lunes acudiéra-mos a la coronación imperial de nuestro rey.

 

El día de Nochebuena, aprovechando que también amaneció soleado, que no hacía demasiado frío y que en Roma no nos conocía nadie, Reinaldo renunció a que nos acompañara ninguna escolta y dedicamos la mañana a pasear por aquellos sitios en los que aún per-duraba el recuerdo de la Roma imperial. Así pues,

 

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deambulamos por el monte Palatino donde, según la le-yenda, la loba Luperca cuidó y alimentó a Rómulo y Remo; fuimos al Coliseo y estuvimos sentados en sus gradas imaginando ser espectadores de las feroces lu-chas entre gladiadores o contra las fieras; en el Panteón de Agripa, donde aún quedaban en sus hornacinas las estatuas de algún que otro dios romano, pudimos admi-rar su magnífico pórtico soportado por inmensas co-lumnas corintias de granito y la gigantesca cúpula que cubre el templo; y en el arco triunfal de Tito pudimos rememorar sus grandes victorias, así como la destruc-ción de Jerusalén. En el Foro, imaginando cómo sería un día cualquiera en la vida cotidiana de los romanos, pudimos ver con los ojos de la fantasía a las matronas deambulando por el mercado, haciendo la compra del día de tenderete en tenderete, y vimos al político de turno dando un discurso a la plebe desde las escalinatas del edificio del Senado, al que los romanos llamaban la Curia Julia; en el teatro Marcelo nos reímos recordando la anécdota del día de su inauguración al romperse la silla del emperador Augusto y rodar este por el suelo en plena ceremonia; y en el Circo máximo soñamos que asistíamos a una emocionante carrera de cuadrigas.

 

Aquel día almorzamos en una de las tabernas de Campo Marzio, muy cercana al río, cuya planta alta era un burdel barato en el que podías tener sexo con hom-bres y mujeres adultas, así como con adolescentes de ambos sexos. Aquel día, mientras comíamos, una mu-chachita, no demasiado guapa, pero con un cuerpo tan

 

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escultural como el que pudiera haber lucido la diosa Venus, acompañada de un muchacho con el rostro de un ángel, ambos de unos catorce o quince años de edad, bajaron al comedor a ofrecerse a los comensales. Yo los rechacé a los dos pues, como ya os he contado antes, cuando el uriati Suriel me resucitó ya me anunció que la sexualidad había desaparecido de mi cuerpo, cosa que en cierto modo no vine a lamentar, pues cuando en días sucesivos, ante la vista de un cuerpo desnudo de mujer, pude comprobar que mi cuerpo no manifestaba ningún signo de erotismo; no hizo lo mismo Reinaldo que, en cuanto acabamos de consumir los postres, se apresuró a subir la empinada escalera de madera que subía a la planta alta en busca del muchacho, deján-dome esperándolo en la mesa. No habría pasado el tiempo de tres padrenuestros y dos avemarías cuando se oyó un gran alboroto en la planta de arriba. Sonaban golpes y pasos apresurados en el techo de madera del comedor, que servía de suelo a la planta superior, hasta que apareció un joven de unos veinte años trastabi-llando en el rellano de la escalera, con las dos manos en el pecho y el rostro lívido que, al ir a poner el pie en el primer escalón para bajar, puso los ojos en blanco y, desplomándose muerto, cayó rodando hasta llegar al pie de la escalera, donde quedó boca arriba, inmóvil, con la boca y los ojos muy abiertos, los brazos en cruz y una gran mancha circular de sangre en el pecho, pa-reciendo indicar que había sido apuñalado en el cora-zón. Tras él, enseguida asomó en el rellano Reinaldo

 

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empuñando aún su hermosa daga persa con empuña-dura de oro y un diamante engastado en el pomo, cuya brillante hoja de acero se había vuelto roja y goteaba sangre fresca. El margrave descendió por la escalera con lentitud, peldaño a peldaño y, sin ninguna prisa ni afectación, llegó al pie de la escalera, limpió la daga en la ropa del muerto y, mirándome fríamente a los ojos, como quien está acostumbrado a quitarle la vida a dia-rio a jóvenes veinteañeros, me dijo:

 

—A este ya no va a meter más la mano en la bolsa de alguien que está distraído.

 

—¿Qué ha ocurrido?, ¿te ha atacado? —le inquirí.

 

—No, estaba desarmado. Tan solo es un ladronzuelo que ha cometido el error de meter la mano en mi bolsa y he tenido que darle un escarmiento.

 

—Sí, ya lo veo. Has decidido que matándolo habrá escarmentado y aprendido la lección para siempre y que ya no lo volverá hacer nunca más.

 

—Así es, lo has explicado a la perfección.

 

Alguien debió avisar a los vigilantes de la puerta que hoy se llama Porta del Popolo, pero que por entonces era la Porta Flaminia, que se encontraba muy cercana a la taberna donde estábamos, por lo que no tardó mucho tiempo en presentarse un alguacil con dos guardias. Después de que Reinaldo se identificara como un prín-cipe franco y como margrave de la Marca de Bretaña, decirle que había acudido a la coronación de su señor Carlomagno, le contara su particular versión de lo su-cedido y le entregara de tapadillo una moneda de oro,

 

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el alguacil dio por buena la muerte de aquel muchacho y se marchó con sus dos asistentes sin hacer más averi-guaciones.

 

La tarde la pasamos en el palacio de Letrán char-lando y jugando al ajedrez con algunos de los nobles del séquito del rey. Y, a la noche, hicimos la cena de Nochebuena el triclinio del palacio de Letrán, junto a más de un centenar de personas, entre las que se encon-traban una gran parte de las autoridades y de la nobleza romana, que por motivos políticos o por intereses cre-matísticos habían preferido una cena colectiva con el papa antes que cenar en una noche tan señalada con sus familias en la intimidad de sus casas. En los doce siglos que llevo viviendo como filsolis, he podido comprobar que el Diablo es el gran triunfador, rey del mundo y dueño y señor del Poder y del Dinero, ante el cual el Dios de la Paz y la Justicia se inclina y le rinde pleite-sía, como el gran perdedor que ha resultado ser. El día de Navidad cambió el tiempo radicalmente y llegó el invierno, amaneciendo un día frío y gris, con un cielo plomizo y un viento gélido que soplaba de los Alpes. Parecía como si el cielo mostrara su desagrado por la ceremonia de coronación que se iba a llevar a cabo aquel día.

 

El acto comenzaría a la hora tercia con una misa pon-tifical, que sería oficiada por el papa, asistido por dos obispos. A esa hora, el intenso y penetrante olor a in-cienso, así como los cantos gregorianos que las varoni-les y monódicas voces monacales del coro entonaban,

 

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ya se extendían por toda la basílica de San Pedro; y cuando los tres ministros entraron en el presbiterio, el abundante oro de sus pesadas vestiduras sagradas cegó a los fieles allí reunidos; todos cambiaron la mirada conmiserativa que les estaban dedicando al ensangren-tado Jesús crucificado que presidía el altar por otra mi-rada más sórdida y avarienta al fijar sus ojos en aque-llos riquísimos ornamentos, ignorando a la multitud que, olvidando su hambre y sus miserias, había acudido a los alrededores de la opulenta basílica para ser espec-tadores de la llegada de las ricas carrozas y de las mag-níficas vestimentas que lucían los nobles asistentes a la coronación.

 

Los sagrados ritos de la misa pontifical se sucedieron uno tras otro y cuando, tras la comunión, el coro inició un Aleluya, el rey franco Carlos I avanzó por el pasillo central en dirección al altar vestido con la túnica, la toga pretexta púrpura y el calzado senatorial de un pa-tricio romano, dado que ostentaba el título de Patricius Romanorum, mientras que el papa y los dos obispos lo esperaban de pie delante del altar. Al llegar el rey al reclinatorio que se hallaba dispuesto al pie del presbi-terio, se arrodilló, inclinó la cabeza en actitud de ora-ción y acto seguido se puso en marcha la ostentosa pa-rafernalia que acompaña a todas las ceremonias de co-ronación real. Cuando León III colocó la corona sobre las sienes de Carlomagno, la multitud reunida en la ba-sílica prorrumpió por tres veces seguidas en la excla-mación: «Carolo, piisimo Augusto a Deo coronato,

 

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magno et pacificio Imperatori, ¡Vita et victoria!6.

La coronación de mi rey Carlomagno, de igual foma evidenciaba que la autoridad del obispo de Roma era superior a la de las demás sedes de la Cristiandad como que el prestigio y el poder del rey de los francos, como patricio y protector de la Iglesia, excedía al del resto de los príncipes cristianos. En lo sucesivo y a lo largo de unos cuantos siglos, la historia de Europa iba a quedar marcada por las relaciones entre el poder del papado y el del imperio.

 

Como quiera que residía en Aquisgrán de manera ha-bitual, Carlomagno la convirtió en capital administra-tiva del imperio y desde ella llevó a cabo la consolida-ción de sus muchas conquistas y de la civilización oc-cidental según el ideal cristiano, consiguiendo que, des-pués de cuatro siglos de invasiones bárbaras y de ines-tabilidad política, al fin Europa comenzara a reorgani-zarse, siendo en los planos de la cultura y de la educa-ción en los que su obra dejó huellas más perdurables, dado que durante toda su vida apoyó la difusión de los conocimientos a través de la escritura.

 

Me invadió una inmensa tristeza cuando murió Car-lomagno en enero de 814, y también sufrí de una pena muy honda cuando veintiséis años más tarde, en junio de 840, viendo su hijo y sucesor, Ludovico, a quien to-dos llamaban el Piadoso por su inclinación a la vida re-ligiosa, próxima su muerte y siguiendo la costumbre

 

 

 

6     A Carlos, piadosísimo Augusto, coronado por Dios magno y pacífico emperador, ¡Vida y victoria!

 

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franca de repartir la herencia entre todos los hijos varo-nes, nombró herederos a sus tres vástagos, que se en-frascaron en una guerra civil que duró casi tres años para conseguir los mejores territorios del imperio, cul-minando en agosto de 843 con la firma del tratado de Verdún, quedando el imperio dividido en tres reinos francos independientes: el occidental, que le correspon-dió a Carlos el Calvo; el central fue para Lotario y el oriental para Luís el Germánico.

 

Pese a la corta duración del imperio carolingio, no cabe duda de que mi señor Carlomagno fue un gigante de la Historia, merecedor del epíteto de Magno, que sentó las bases de una Europa moderna.

 

La galera Eolo y el capitán Edmond Chartier, que nos trajeron a Roma, así como el capitán Bernard Grig-non y sus alabarderos, que nos escoltaron, tuvieron que esperar tres días y divertirse durante este tiempo antes de zarpar para hacer la travesía de vuelta ya que, tras la coronación de Carlomagno, el papa decretó otros tantos días de fiestas populares y el emperador sufragó los gastos de las fiestas y las comilonas que durante esos tres días se dieron en el salón principal del palacio de Letrán para toda la nobleza romana, así como el de los músicos que animaron las verbenas que se organizaron en las plazas de Roma y el de las chucherías y golosinas que se repartieron entre la plebe.

 

 

 

 

 

 

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Mi vida en Vannes discurría más o menos como en Burdeos, pero con la salvedad de que, con mi nueva naturaleza inmortal de un filsolis disponía de las casi veinticuatro horas del día activas, ya que me ahorraba los tiempos de comer y de dormir. Aprovechándome de tanto tiempo libre, abrí una nueva academia con la in-tención de enseñar gratuitamente a leer y escribir a los plebeyos, así como darles clases de gramática y de cálculo aritmético, como había venido haciendo hasta ahora en Burdeos, con la esperanza de que con estos conocimientos los pobres pudieran defenderse de los engaños a los que de continuo eran sometidos por los grandes y opulentos señores terratenientes a los que servían. Durante los siguientes diez años también me dediqué a estudiar medicina con Gustav Arpin, un buen médico que gustosamente se ofreció a descubrirme los secretos de su ciencia cuando vio el gran interés que yo mostraba por aprender. Con Arpin estuve, durante va-rias horas diarias y hasta el mismo día en el que acon-teció su muerte, acompañándolo en sus visitas a los en-fermos y ayudándole en sus experimentos, incluyendo el robo de cadáveres para llevar a cabo el estudio de la anatomía humana mediante la disección de sus cuer-pos. «La religión, al impedir el avance de las ciencias, incluida la Medicina, se muestra como la peor y la más retrógrada de las supersticiones», solía decirme car-gado de buenas razones dado que, bajo la amenaza de

 

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encarcelamiento y excomunión, la Iglesia católica le impedía utilizar muchas de las pócimas con las que él había experimentado y comprobado su poder curativo; los santos padres consideraban que empleaba en ellas algunos elementos innobles, como el azufre, que era considerado como diabólico, así como le prohibía tocar con sus cuchillos de cirugía en ciertos órganos del cuerpo humano que, según decían los doctores de la Iglesia, debían mantenerse incólumes para el día del juicio final, sin que estos zopencos iletrados tuvieran en cuenta que, tras la muerte, el tiempo se encarga de pudrirlos, desintegrarlos y devolverlos a la tierra.

 

En los días que siguieron a la coronación de Carlo-magno, Reinaldo intensificó las visitas a mi casa; ahora no solo me visitaba y almorzaba en mi casa los jueves y los domingos después de oír misa, sino que añadió los sábados y, esporádicamente, algunos miércoles. No creí por entonces que sus visitas tan solo obedecieran a que pudiera estar enamorado de mí, como también lo estuvo cuando yo era el conde Roland, aun siendo diez años mayor que yo, sino que más bien me inclinaba a creer que, al ser un solterón que rondaba ya los sesenta, al no tener por familia más que a sus criados, y al estar su sexualidad en franco declive, lo que hacía que cada día estuviera más distanciado de sus amantes, tal vez fuera la soledad la que lo empujaba a buscar en mí una sincera amistad y la compañía que le faltaba a diario. Y no es que Reinaldo fuera un dechado de cultura y de

 

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amabilidad que hicieran de él un buen conversador, aunque tampoco era un ignorante, pero salvando los arranques de irascible crueldad que sufría de cuando en cuando, sobre todo con sus inferiores, tengo que reco-nocer en él algunas buenas cualidades, como eran su sensibilidad para las obras de arte, el buen gusto en su vestimenta y en la decoración de su casa, sus golpes de ocurrencias que hacían reír a la concurrencia y, como paradoja a su crueldad y a su aparente misantropía, te-nía frecuentes rasgos de generosa gratitud con aquellos que le habían prestado ayudada en algún momento. Po-siblemente fueran estas virtudes las que animaban las largas charlas que sosteníamos durante aquellos al-muerzos o sentados a la sombra de un roble centenario en un banco que había en mi jardín.

 

Ocho años llevaba yo viviendo en Vannes y ya se iniciaba el mes de mayo del año 806 cuando acudí a casa de Reinaldo para celebrar su sexagésimo cumplea-ños. Me había invitado a un almuerzo junto con algu-nos otros notables ciudadanos, así como las autoridades civiles de la ciudad y sus comandantes de la Marca bre-tona. Y, cuando se dio por finalizado el almuerzo y to-dos comenzaron a despedirse, Reinaldo me pidió que me quedara pues quería hablar conmigo de un asunto importante.

 

—Mi querido Orlando, creo estar seguro de que no pasará mucho tiempo antes de que Carlomagno, nues-tro señor, me sustituya como margrave de la Marca y

 

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no quisiera que tal cosa ocurriera sin haber dejado yo alguna huella histórica. Es por esto y porque me de-muestras cada día que eres un experto en los asuntos de Estado, que quiero pedirte, en aras a nuestra amistad, que me ayudes en mi empeño.

—¿A qué huella histórica y a qué ayuda te refieres?

 

—Como sabes, primero los merovingios y después nosotros, los carolingios, llevamos más de cuatro siglos queriendo integrar sin éxito la Bretaña en nuestro reino franco; recuerda que, siendo Carlomagno el mejor rey guerrero que los francos hemos tenido en toda nuestra historia, de las tres expediciones que ha organizado, la primera en el año 769, seguidas de una segunda en 787 y una tercera en 799, todas ellas fueron infructuosas. Orlando, amigo mío, ayúdame a ser yo quien consiga la anexión de Bretaña al reino franco.

 

—¿Sabes lo que estás diciendo, querido Reinaldo? Como margrave debes saber que los bretones cuentan con un gran ejército de duros guerreros que son exper-tos luchadores; sabes bien que, en varias ocasiones, los francos ya han sufrido esta cualidad bretona en sus pro-pias carnes. ¿Con qué fuerzas cuentas para semejante expedición?, pero, sobre todo, ¿sabe el emperador de esta intención tuya?

 

—No, no lo sabe, si se lo propusiera me lo prohibi-ría. De todas formas, ahora no se le puede hablar de nada de esto; se encuentra muy atareado con esa asam-blea de nobles que ha convocado para estipular la divi-sión del imperio entre sus hijos después de su muerte.

 

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Parece que las guerras contra los andalusíes y los sajo-nes lo han dejado agotado física y mentalmente, a lo que hay que añadir sus problemas de salud a causa de la gota que lo tiene baldado. Con todos mis respetos, he de reprocharle que como emperador no ha sabido crear un poder central fuerte y que el imperio se le va al ga-rete. Y, respondiendo a tu otra pregunta de con qué fuerzas cuento, te digo que tan solo cuento con tres mil soldados y doscientos veinte caballeros, pero sin duda son los más aguerridos de Francia.

 

—Sí, es cierto que son valientes y aguerridos, pero son muy pocos. Tu fuerza está dimensionada para lle-var a cabo una defensa de la frontera en caso de alguna incursión bretona, no para resistir a un ejército y mucho menos para llevar a cabo un ataque masivo a las pobla-ciones bretonas, todas ellas bien defendidas, y tampoco cuentas con las máquinas de guerra necesarias para po-nerles sitio o para asaltar sus murallas defensivas.

 

—Sí, es cierto, no tengo torres de asalto, pero tengo buenos ingenieros que me han construido veinte gran-des y potentes catapultas con las que podré destruir sus murallas o incendiar sus ciudades arrojándoles grandes bolas de asfalto encendido, obligándolos a salir fuera de sus muros y luchar en campo abierto. Soy un buen estratega y confió en la victoria.

 

—Y, ¿qué ayuda puedo prestarte yo?, sabes que no soy ningún guerrero.

 

—Sé muy bien quién eres, Orlando. Cuando era jo-ven conocí a un hombre extranjero que era como tú.

 

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—¿Qué era como yo?, ¿qué quieres decir?

 

—Sé que eres un inmortal.

—¿Qué estás diciendo, Reinaldo?

 

—Aunque aquel día disimulé aparentando no ha-berme dado cuenta de nada, vi desde la cubierta de la Eolo lo que hiciste con aquel capitán pirata.

 

—¿Lo que hice…? ¿Qué fue lo que hice?, estuve todo el tiempo a tu lado.

 

—Sí, Orlando, vi la proeza que hiciste. Deja de fingir conmigo, amigo. Aquel día no estuviste todo el tiempo a mi lado. El extranjero que conocí hace cuarenta años me salvó la vida cuando por accidente me despeñé por un acantilado. Y cuando caía al abismo, aquel hombre surgió de repente en el aire de la nada y, volando como un águila, pero sin abatir los brazos como hacen las aves con sus alas, me recogió en el aire, impidiendo que me estrellara contra las rocas del fondo, y me volvió a subir en volandas hasta depositarme en tierra firme, le-jos del precipicio por el que había caído al desprenderse una gran roca del borde en el momento en el que yo pasaba. Aquel hombre me explicó lo que era un filsolis.

 

No me esperaba aquello y quedé atónito. Reinaldo llevaba ocho años acudiendo a mi casa, sabiendo que yo era Orlando resucitado e inmortalizado, y no me ha-bía dicho nada, sin ni tan siquiera insinuármelo, ni yo haber detectado nunca en sus gestos o en sus palabras que fuera conocedor de mi oculta realidad. Fue enton-ces cuando me pareció entender el porqué, estando se-guro de que yo le gustaba mucho, nunca se me hubiera

 

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insinuado sexualmente; aquel filsolis que conoció de joven debió decirle que una de las cosas que sacrifica-mos a cambio de la inmortalidad es la sexualidad.

 

—Espero que sepas guardar mi secreto, es la condi-ción que te impongo para seguir siendo amigos; en caso contrario desapareceré de Vannes sin dejar el menor rastro. Y dime, ¿qué quieres que haga por ti?, ¿cómo quieres que te ayude? —le inquirí.

 

—Empleando tu gran poder —me respondió, acom-pañando sus palabras con un gesto de triunfo en el ros-tro que evidenciaba su satisfacción al parecerle haber conseguido que yo aceptara su propuesta—. Sé que tú puedes vencer a todo el ejército bretón, pero si quieres seguir ocultándole a los demás tu naturaleza, disfrázate de ángel, empuña una espada con la hoja pintada con el color del fuego, y yo diré que conseguí la victoria gra-cias a la ayuda del arcángel San Miguel. No conozco bien cuáles son las facultades que has adquirido en tu nueva y eterna vida, pero tú has sido un guerrero du-rante muchos años y sabrás que es lo que tienes que hacer para vencer a los bretones o, al menos, para de-bilitarlos y que podamos derrotarlos con nuestras esca-sas fuerzas.

 

—Está bien, te ayudaré. ¿Para cuándo piensas hacer esa incursión?

 

—Tengo las tropas y el armamento preparados y a punto desde hace un mes; tan solo estaba esperando el momento de poder planteártelo. Y ahora dime una cosa, Orlando, no todos los días tiene uno la ocasión de

 

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hablar con alguien que ha estado muerto y siento curio-sidad por saber qué se siente en el momento en que te mueres.

—¿Para qué quieres saber tal cosa?

 

—Para reconocer a la muerte cuando llegue mi hora y estar preparado.

 

—En los últimos instantes, desaparece el dolor, te invade una paz infinita, sueñas con tu vida pasada y re-cuerdas escenas de momentos que habías vivido, pero que tenías olvidados. Luego dejas de soñar y se hace un negro vacío. Cuando resucité doce días más tarde, fue como si me hubiera despertado después de haberme acostado la noche anterior; no tenía ningún recuerdo que no fuera el de la refriega que tuvimos con los vas-cones en Roncesvalles; los doce días que estuve muerto no existían en mi memoria. Cuando te llega la muerte ya no eres nada ni nadie, ya no estás en ninguna parte, el pensamiento se evapora, los sentidos se extinguen y ya no sientes miedo ni pena ni gloria; has pasado de ser a no ser. Bueno, cuando sabes que te estás muriendo sí que sientes algo de pena por tener que abandonar el es-cenario del mundo y dejar de ser el actor que has sido durante toda tu vida ya que, además de ser el intérprete de la obra que tú mismo vas escribiendo día a día, el acto de vivir se convierte en una adicción que vamos adquiriendo a lo largo de los años, y cuando llega el momento de la muerte duele desprenderse de ella. Y, sin embargo, para muchos es un consuelo pensar que con la muerte se extinguen todos sus problemas y todas

 

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sus preocupaciones, cesa el dolor y el sufrimiento, y desaparecen las pesadillas y los malos pensamientos.

 

—Entonces, ¿qué sentido tiene la vida, Orlando?

 

—Ninguno, créeme. Tanto nosotros como todo lo que nos rodea, incluso los acontecimientos que ocurren a nuestro alrededor, son puro azar. Dedícate a vivir, disfruta de todo cuanto de bueno te ofrece la naturaleza, la familia y la sociedad, y no te afanes en encontrarle un sentido a la vida porque puedes acabar suicidándote.

 

Durante la siguiente semana Reinaldo debió hablar de la incursión con sus capitanes y estos con sus sar-gentos, resultando que debió llegar a oídos de algún es-pía que tendríamos en nuestras filas porque de inme-diato supimos que las ciudades más próximas a la fron-tera habían empezado a reforzar sus fortificaciones y sus defensas.

 

Como quiera que el mes de abril había sido muy llu-vioso y los campos habían quedado embarrados, des-pués de que el radiante sol que tuvimos en mayo los secara, de que los caminos volvieran a ser transitables y de que el hombre del tiempo nos anunciara que el ve-rano llegaba adelantado y tendríamos un clima propicio para nuestras marchas y maniobras militares, el 4 de junio de aquel año 806, después de que el obispo ofi-ciara una misa castrense al aire libre, los tres mil solda-dos y los doscientos veinte caballeros francos cruzaron la frontera bretona con dirección a las ciudades de Quimperlé y Concarneau.

 

Al no tener que transportar una gran impedimenta,

 

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dado que el único material pesado que llevábamos eran diez grandes catapultas que viajaban desarmadas en ca-rros tirados por mulas, el primer día de marcha pudi-mos hacer un recorrido de seis leguas, que eran la mitad de la distancia hasta Quimperlé. Aquel día, a poco de terminar de montar el campamento ya se ponía el sol y unos momentos después se encendieron las primeras fogatas y se oyeron las primeras canciones de la solda-desca, casi todas ellas cargadas de tristeza y melancolía pues, salvo una pequeña cantidad de soldados profesio-nales, la mayoría de aquellos hombres eran campesinos que habían sido obligados a abandonar sus campos y sus familias, sabiendo que, sin tener la menor idea del lúgubre arte de la guerra, estaban destinados a ser carne de cañón.

 

Dado que hacía algo de viento, por razones de segu-ridad, sobre todo para el caso de que se originara un incendio y el viento hiciera saltar con facilidad las lla-mas de una lona a otra, y con el fin de que en el caso de que esto ocurriera el ejército no se quedara sin jefe, Reinaldo y yo nos alojamos en distintas tiendas, que-dando estas bastante separadas en la distancia, si bien cenamos juntos en la suya y hasta tuvimos tiempo de jugar un par de partidas de ajedrez antes de irnos a dor-mir. Ya en mi tienda, estuve leyendo a Horacio durante bastante rato y oyendo de cuando en cuando las voces de alerta de los centinelas. Debía ser pasada ya la mitad de la madrugada cuando unas fuertes voces me sacaron del ensimismamiento nocturno de una hora que era mi

 

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descanso diario. Salí a exterior y les pregunté qué ocu-rría a los dos soldados que montaban guardia en la puerta de mi tienda.

 

—No lo sabemos, mi señor —me respondió uno de ellos—, los gritos parecen venir del otro extremo del campamento, tal vez de la zona donde se encuentra la tienda del margrave.

 

Corrí hacia aquella parte y cuando llegué a la tienda encontré un revuelo de soldados, entre los que había dos capitanes, alrededor de la entrada. Al llegar yo se apartaron y pude ver que los dos soldados que hacían guardia en su puerta yacían en el suelo, degollados y sobre un gran charco de sangre.

 

—¿Qué ha ocurrido? —le pregunté a uno de los ca-pitanes.

 

—Además de a estos dos guardias, han matado a dos de los centinelas que rodean el campamento y han se-cuestrado al margrave —me respondió, visiblemente alarmado por las consecuencias que le acarrea a un ejército la falta de su líder—. Señor, vos sois el se-gundo en el mando y, según tenemos entendido sois un buen estratega, o al menos eso es lo que nos anunció Reinaldo, lo que quiere decir que estáis capacitado para liderar el ejército. Tomad el mando y conducidnos a la victoria.

 

—Los capitanes de Reinaldo tienen fama de ser bue-nos y aguerridos guerreros —le respondí con entera sinceridad porque esa fama era cierta—. Capitán estoy seguro de que entre vosotros debe haber uno que sea

 

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más merecedor que yo de este honor.

 

—Señor, creo habar en nombre de todos mis compa-ñeros de armas si os pido que toméis el mando y nos conduzcáis en esta expedición a la victoria.

 

—No, capitán, eso no es posible. Esta incursión era una decisión que había tomado el margrave bajo su res-ponsabilidad personal, sin que hubiera contado con la anuencia de nuestro rey para llevarla a cabo —le res-pondí, provocándole un gesto de sorpresa que venía a poner de manifiesto que Reinaldo no los había puesto en antecedentes.

 

—Pero debemos intentar liberarlo de las manos del enemigo

 

—Eso sí, por supuesto, capitán. Como lo más proba-ble es que lo hayan llevado a Quimperlé, a fin de dis-poner durante el mayor tiempo posible de luz diurna, mañana forzaremos la marcha para alcanzar sus mura-llas lo antes posible de la puesta de sol. Al llegar les exigiremos que lo pongan en libertad bajo la amenaza de pasar a cuchillo a toda la población y destruir la ciu-dad hasta sus cimientos. Si nos piden un rescate por su liberación, lo pagaremos y nos volveremos a Vannes; solo en el caso de que nos nieguen su libertad le pon-dremos sitio o asaltaremos sus muros.

 

Como quiera que los capitanes quedaron satisfechos de esta decisión, así lo hicimos. Aquella noche el cielo estaba despejado de nubes y una luna casi llena bañaba de plata los campos e iluminaba los caminos, por lo que no esperamos a que amaneciera para iniciar la marcha.

 

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Mandé a unos jinetes que se dispersaran y se adelanta-ran explorando el terreno por ver si descubrían alguna pista que nos confirmara que lo habían llevado a Quim-perlé, aunque pensábamos que no podía estar en otro sitio por ser esta ciudad la más cercana y quedar las demás excesivamente lejanas. Faltaba aún una legua para alcanzar las murallas de la ciudad bretona cuando amaneció el nuevo día y, cuando estábamos a media milla escasa de las murallas, uno de los exploradores llegó hasta nosotros a galope tendido.

 

—¿Qué ocurre? —le pregunté al jinete. —Una gran desgracia, señor. —¿Qué desgracia es esa?

 

—No sé cómo describirla, señor, será mejor que lo veáis vos mismo. Está a cinco minutos a caballo.

 

Cuando llegamos al sitio, pese a que después de toda una vida dedicada a la guerra yo estaba acostumbrado al macabro espectáculo de la muerte, la escena que con-templé me puso los vellos de punta.

 

A un centenar de pasos de la puerta real de Quim-perlé se encontraba Reinaldo empalado en un poste de madera de unos seis o siete centímetros de diámetro, cuyo extremo inferior había sido clavado en el terreno y la otra punta había sido afilada hasta convertirla en un puntiagudo punzón. Con las dos manos atadas a la espalda, su desnudo cuerpo se había quedado suspen-dido a mitad del poste después de que la afilada punta superior de la estaca hubiera penetrado por el ano, atra-vesado el tronco en toda su longitud, y salido por la

 

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boca. Del cuello le colgaba un gran cartel, que parecía haber sido escrito con su misma sangre, diciendo: «Este asesino de hombres honrados ha recibido su merecido, si bien, dada su inclinación a la práctica del pecado ne-fando pasivo, es posible que esta muerte le haya resul-tado placentera».

 

Ante aquella atroz e inhumana manera de quitarle la vida a un hombre, tanto a sus capitanes como a mí nos hirvió la sangre en las venas y decidimos castigar a la ciudad.

 

Después de liberar de su mortal espetón el cadáver de Reinaldo, amortajarlo, introducirlo en un improvi-sado ataúd y dedicarle una piadosa oración, ordené re-partir las diez catapultas a lo largo de todo el contorno de las murallas defensivas de Quimperlé, emplazándo-las fuera del alcance de sus ballestas, ordené cargarlas con piedras de unas quinientas libras de peso recubier-tas de una espesa capa de estopa impregnada en pez y, tras encenderlas con las antorchas, mandé dispararlas una y otra vez hasta que las voraces llamas se elevaron al cielo devorando por sus cuatro costados a la ciudad y llegaron entremezclados a nuestros oídos los aterra-dores lamentos de dolor de los pobladores ardiendo en aquel infierno. Dispuse frente a cada una de las tres puertas de la ciudad un grupo de veinte ballesteros que asaetaban a todo aquel que intentaba escapar por al-guna de ellas, sin distinguir si eran hombres, mujeres o niños; y a aquellos que huyendo del fuego se arrojaban desde el adarve que coronaba la muralla, algunos de

 

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ellos con las ropas en llamas, los rematábamos en el suelo a hachazos, si es que no habían muerto de la caída. Debo confesar con vergüenza que era tal mi ira y mi ánimo de venganza en aquellos momentos por la horrible muerte que le habían dado a mi amigo, que lle-gué a disfrutar con aquella dantesca exhibición de ho-rror y muerte.

 

Diez días más tarde, un mensajero llevó la noticia de lo ocurrido al palacio de Carlomagno en Aquisgrán. Al leer la misiva que yo mismo redacté, en la que le na-rraba punto por punto lo ocurrido, y responderle el mensajero al monarca de viva voz a todos cuantos de-talles del acontecimiento quiso conocer, el emperador debió quedar enterado hasta del último pormenor del suceso, no dudando ni un solo momento en despachar al mensajero con otra misiva dirigida a mí, ordenán-dome que ocupara de manera provisional el puesto que Reinaldo había dejado vacante, pareciéndome que era voluntad de Dios que, tanto siendo yo un mortal como un inmortal, mi ocupación debía seguir siendo la de margrave de la Marca de Bretaña. Pero, por otro lado, el tono familiar en el que Carlomagno me daba aquella orden, tal como acostumbraba a hacer cuando yo era su hermanastro Roland, me hizo sospechar si el empera-dor, que gozaba de una buena dosis de perspicacia, ha-bría reconocido las características singulares de mi le-tra y mi sobrio estilo literario, pudiendo haber llegado a pensar que el espíritu de su difunto hermanastro Or-lando se había encarnado en mí, ya que también tenía

 

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una buena dosis de supersticioso.

 

Siete años estuve desempeñando por segunda vez el cargo de príncipe de la Marca bretona, que venían a su-marse a los dieciséis que permanecí siéndolo cuando aún era el conde Roldán, y durante este tiempo tuve que sofocar media docena de incursiones, algunas de ellas de gran envergadura, pero que no llegaron a traspasar la línea de demarcación establecida como frontera con el reino franco.

 

En enero del año 814, a la muerte de mi hermanastro Carlos, dado que su hijo y sucesor, Ludovico Pío, rey de Aquitania, con quien el emperador ya cogobernaba el imperio desde hacía más de un año, me tenía por ser un advenedizo al no poseer yo título nobiliario alguno, decidí dejar el puesto de príncipe de la Marca bretona. Así pues, argumentando la necesidad de tener que vol-ver a mi casa con urgencia por graves asuntos familia-res que afectaban a mis posesiones en Cataluña, nom-bré a un margrave provisional, le envié una misiva de despedida a Ludovico, y me mudé a Barcelona.

 

Por aquellos años la ciudad condal andaba convulsa por sus continuos conflictos con los musulmanes de Al-Ándalus. Cuando catorce años antes, en abril de 797, Sadun al-Ruayni, el por entonces valí de Barcelona, al igual que hizo veinte años antes el valí Sulayman ben al-Arabí, se presentó en Aquisgrán y le ofreció a Car-lomagno entregarle la ciudad a cambio de mantenerlo en el gobierno y ayudarle en su lucha contra el emir de

 

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Córdoba, el emperador convocó una asamblea en To-losa en la primavera del año 800 en la que decidió en-viar a Barcelona a su hijo Ludovico al mando de un ejército capitaneado por varios nobles, entre los que se encontraban el conde Rostan de Gerona, Ademar de Narbona y Guillermo I de Tolosa. Partieron esperando la sumisión de la ciudad ofrecida por Sadun, pero el valí se arrepintió y no cumplió su palabra, negándose a entregarla y obligando a que los francos la asediaran. Después de un largo sitio, Sadun intentó escapar hacia Córdoba para pedir ayuda, pero fue capturado por los suyos, siendo depuesto y su lugar ocupado por el valí Harun. La población quedó tan afectada por el hambre y las penalidades del sitio que, finalmente, decidieron entregar a Harun y rendir la ciudad el 3 de abril de 801, entrando Ludovico en ella al día siguiente. No mucho después, Bera, el hijo de Guillermo de Tolosa, que ha-bía participado en la conquista junto a su padre, era in-vestido como conde y nombrado margrave de la Marca Hispánica.

 

Durante todos estos años, Ludovico y Bera estuvie-ron empeñados en la conquista de Tortosa, habiendo llevado a cabo hasta tres expediciones que resultaron infructuosas frente a la férrea defensa musulmana, ha-biendo incluso sido derrotados en la tercera expedición por el ejército cordobés encabezado por Abderramán II, hijo del emir Al-Hakam I, que acudió en defensa de Tortosa.

 

Ante todos estos fracasos, Carlomagno recibió en

 

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Aquisgrán un mensaje de Bera en el que le proponía negociar con los sarracenos una tregua por un plazo de tres años, propuesta que fue aceptada por el emperador aquel mismo año 812.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Cuando llegué a Barcelona el 7 de febrero de 814, aunque aún faltaba un año para que expirara la tregua, la actividad de las más de diez mil personas que estaban dedicadas a los reforzamientos de las defensas en las murallas era muy intensa; todos esperaban que, al fina-lizar la tregua, los sarracenos de Al-Ándalus atacaran la ciudad como respuesta a los ataques que ellos habían recibido de los francos de la Marca Hispánica. Y el 15 de abril, cuando ya había comprado un palacete en el que hoy se conoce como barrio gótico, y me encontraba totalmente instalado en él, recibí una nota manuscrita por el propio conde Bera en la que me invitaba a tener una entrevista con él en su palacio condal.

 

El día de la visita me había citado a la hora tercia, por lo que me dio tiempo de contemplar el precioso amanecer en el Mediterráneo, desayunar tranquila-mente y darme un largo paseo hasta el palacio condal. Un criado me pasó a un vestíbulo que se encontraba a la entrada y, en no más de dos o tres minutos, el mar-grave en persona vino a recibirme, demostrándome una especial atención. Después de saludarme con gran cor-dialidad, recorrimos charlando un pasillo, cruzamos un salón, entramos en su gabinete de trabajo, no muy grande, por cierto, pero de cuyo techo colgaba una im-presionante lámpara de hierro forjado con más de treinta bujías. Una mesa con sillón de respaldo alto y escabel, una estantería, dos taburetes y dos soberbios

 

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butacones con mullidos cojines, todos ellos tallados ar-tísticamente en negra madera de ébano, era el mobilia-rio de aquella estancia.

 

Veníamos hablando de Ludovico Pío cuando nos sentamos, y continuó diciendo:

 

—He recibido una carta de nuestro piadoso señor Luís7 en la que me advierte de que sois un arribista que, sin ser poseedor de un título nobiliario usurpáis puestos que le corresponderían a un príncipe. A la muerte de Reinaldo el Gordo fuisteis margrave de la Marca bre-tona accidentalmente durante siete años, y en este tiempo nuestro señor Carlomagno no os sustituyó por ningún noble, ¿podéis decirme a qué obedecía tal muestra de confianza?

 

—Tal vez esa confianza estuviera basada en que cuando murió Reinaldo sus capitanes me eligieron uná-nimemente como su jefe, no solo sin que yo lo hubiera pedido, sino aun resistiéndome a tal elección, o quizás se fundamentara su confianza en que obré con la sen-satez que la ocasión exigía.

 

—Había oído hablar de vos y de la habilidad de es-tratega que habéis demostrado tener al rechazar todos los ataques que la Marca sufrió por parte de los breto-nes mientras fuisteis su margrave; si no sois un noble caballero educado en el arte de la guerra ni sois un gue-rrero profesional, ¿queréis decirme cómo habéis adqui-rido esos conocimientos?

 

 

 

7     Ludovico Pío era conocido como Luís el Piadoso.

 

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—Mi admirado conde Bera, no me habéis pregun-tado por qué llevo el mismo nombre con el que su fa-milia y sus más íntimos amigos llamaban al conde Ro-land, si lo hubierais hecho hubierais obtenido la res-puesta a vuestra pregunta. Orlando y yo nos conocimos aquí, en Barcelona, y desde el primer día nació entre nosotros una amistad que en muy poco tiempo se con-virtió en hermandad. Como bien sabréis, Orlando era el mayor experto del reino en temas bretones y su obse-sión era anexionar la Bretaña al reino franco; fueron aquellas larguísimas conversaciones que sostuvimos sobre este tema las que me enseñaron todo cuanto sé del problema bretón y, de paso, las explicaciones que me dio sobre el arte de la guerra, como vos la llamáis, siendo este un apelativo que no comparto ya que no considero que la guerra sea un arte sino más bien una manifestación del diablo que todos llevamos dentro del cuerpo, también me convirtió en un buen estratega.

 

—Es una excelente justificación la que me acabáis de dar y empiezo a sospechar que nuestro piadoso señor Luís no os conoce lo suficiente bien o ha sido mal acon-sejado respecto de vos, pero aclaradme una duda que me asalta en este momento: si el conde Roland murió en Roncesvalles hace treinta y seis años, ¿cómo es po-sible que fueseis amigos si vos aparentáis tener no más de treinta o treinta y cinco?

 

Si no fuera porque mi resucitación me dotó de un in-telecto privilegiado y de una alta capacidad de reac-ción, aquella pregunta me hubiera dejado mudo, por no

 

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saber qué responder, pero no tuve la menor dificultad en improvisar una explicación satisfactoria.

 

—Es una buena pregunta, conde, pero la explicación es bien sencilla, os lo explicaré. En primer lugar, habéis de saber que en la actualidad tengo setenta años cum-plidos —comencé diciendo, provocando en el conde un elocuente gesto de sorpresa e incredulidad—. Hace unos cuarenta años viajaba yo por Bengala invitado por el rey Dharmapala a su casamiento —un nuevo gesto de sorpresa apareció en el rostro del conde—. Es nor-mal que os extrañéis de mi edad y de tan insólita invi-tación, pero encontraréis normal ambas cosas cuando oigáis mi explicación. Resulta que, por entonces, tenía yo un hermano mayor, capitán de una galera, que cierto día que navegaba por el golfo de Bengala un fuerte ci-clón tropical hizo naufragar su embarcación. Puede pa-recer mentira, pero lo cierto es que la mayoría de los marineros no saben nadar, razón por la que solo mi her-mano y tres de sus marinos, que sí sabían nadar, fueron los únicos que consiguieron alcanzar la costa y salvarse de morir ahogados. Fueron recogidos por unos pesca-dores y trasladados por el río Meghna hasta Daca, donde fueron presentados al rey Gopala I. Como quiera que mi hermano era un buen constructor de barcos, el rey se interesó por sus servicios, le ofreció ser el jefe de sus astilleros y aceptó gustoso el cargo. Cuatro años llevaba mi hermano siendo el jefe de sus astilleros cuando en el año 770 el rey Gopala murió, siendo su-cedido por su hijo Dharmapala quien, después de ser

 

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coronado emperador de Bengala, fijó la fecha de su boda para seis meses más tarde. Habiéndole expresado yo a mi hermano en más de una ocasión cuánto me gus-taría conocer esas lejanas tierras, le pidió permiso al rey para invitarme a su boda, a lo que el soberano accedió de buen grado.

 

Cuando recibí su mensaje con la invitación, me re-sultó tan exótica la idea de un viaje a Bengala que me puse en marcha de inmediato. Diez días tardé en llegar a las costas del Líbano en una birreme, tres semanas hube de emplear en cruzar el árido desierto arábigo hasta llegar a la costa del golfo Pérsico, y otras tres se-manas más en bordear por mar las costas occidental y oriental de la India hasta alcanzar la de Bengala, donde desembarqué. Allí contraté los servicios de unos lan-cheros y ascendimos bogando a contracorriente por el brazo más ancho del delta que forma el río Meghna en su desembocadura, y cuando desembarcamos en la confluencia con el río Ganges, al que los bengalíes lla-man Padma, para continuar el viaje por tierra hasta Daca, nos vimos sorprendidos por un fortísimo terre-moto que desbordaba las aguas del inmenso río, levan-taba las tierras que lo circundaban y derribaba centena-res de árboles gigantescos. Despavoridos, los animales salvajes salían de la foresta en estampida, y entre los osos negros, los monos, los gibones y las mangostas, apareció un furioso tigre que se nos echó encima. Nunca supe que fue de aquellos lancheros porque quedé inconsciente. Lo cierto es que, cuando desperté

 

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una semana más tarde me encontraba en una pequeña aldea de nativos que, curiosamente, todos ellos pare-cían ser adolescentes y hablaban una lengua descono-cida para mí, pero como quiera que no era difícil de aprender, un mes más tarde ya me entendía con ellos a la perfección y pude enterarme de que aquella tribu era llamada de los asho y que su idioma solo lo hablaban un puñado de aldeas de aquella zona. Me dijeron que aquel tigre casi me había matado de un zarpazo y que me encontraron tirado en el suelo y cubierto de barro, pero que ellos me trasladaron a su aldea y me recupe-raron dándome a beber una poción que preparan a base de ciertas hierbas que recolectan en la selva, y curaron mis heridas aplicando sobre ellas un emplasto hecho con las mismas hierbas, que según me dijeron tienen la propiedad de sanar las heridas a gran velocidad y sin dejar cicatriz alguna por muy grave que esta haya sido, y si son bebidas en forma de infusión, también tienen la facultad, y esto es lo verdaderamente asombroso, de alargar la vida durante bastantes años y detener el en-vejecimiento de la piel, manteniendo a la persona con un aspecto joven hasta el día de su muerte. Así que, mi querido conde, sabed que estoy destinado a morirme de viejo después de haber vivido diez o quince años más de lo normal, solo que, cuando me llegue la hora de rendir cuentas al Altísimo, me presentaré ante Él con el aspecto de un joven.

 

—Es una interesante historia, Orlando, permitidme que os llame por el nombre de aquel que fue modelo de

 

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caballeros. Sé que os habéis comprado un palacete, que lo habéis amueblado con un gran gusto y sin reparar en gastos y que habéis contratado un personal de servicio entre el que cuentan un mayordomo de gran prestigio y el que tal vez sea el mejor cocinero de Barcelona, por lo que he de suponer que pensáis permanecer en Bar-celona bastante tiempo, ¿es así o me equivoco?

 

—No os equivocáis, conde, creo tener aún mucha vida por delante y, aunque soy culo de mal asiento, gra-cias a los asho creo poder aseguraros que durante los próximos quince o veinte años me seguiréis teniendo en Barcelona a vuestra entera disposición.

 

Después de improvisar aquella historia para salir del paso, caí en la cuenta de que era la versión perfecta para justificar tanto mi longevidad como mi ausencia de en-vejecimiento, por lo que, a partir de aquel día, allá donde fuere, la fui repitiendo una y otra vez, permitién-dome de esta manera permanecer algunos años más en la ciudad donde estuviera viviendo.

 

—Os doy las gracias por vuestro amable ofreci-miento y, aprovechándome de él, os haré una proposi-ción que tal vez sea de vuestro agrado. Dado que el conde Hugo, que como sabéis es el actual primer co-mandante de la Marca, se encuentra cada día más bal-dado por la gota, hasta el punto de que ya ni siquiera puede montar su caballo. Decidme, ¿os gustaría susti-tuirlo y así convertiros en el nuevo primer comandante de la Marca Hispánica? Con vuestros conocimientos políticos y militares podríais emular a aquel que fue

 

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vuestro mejor amigo y el más noble de los caballeros francos.

 

—Emular sus actos significa tratar de igualarlos o incluso excederlos; me conformaré tan solo con tratar de imitarlos. Acepto el cargo con gusto y espero que quedéis satisfecho de mi labor.

 

Como quiera que la sede episcopal de Barcelona se encontraba vacante desde la muerte del obispo Laulfo, la misa que solemnizaba el cese del conde Hugo y el inicio de mi mandato se celebró el 6 de abril, festividad del Jueves Santo, en la iglesia catedral, pero oficiada por el canónigo magistral del templo. Tras la misa ma-tinal, a lo largo de la mañana, estuve recibiendo las pre-sentaciones y muestras de adhesión de las fuerzas vivas de la ciudad y, a mediodía, aprovechando que hacía buen tiempo, me reuní con el casi medio centenar de mis caballeros y capitanes más destacados para cele-brar juntos mi toma de posesión con un almuerzo al aire libre.

 

Aquel año de 814 transcurrió sin grandes sobresal-tos, se nos fue en rondas rutinarias a lo largo de la fron-tera de la Marca; en escaramuzas con bandidos sarra-cenos que asaltaban algunos villorrios cercanos a la frontera, a los que perseguíamos adentrándonos en tie-rras musulmanas y matábamos sin contemplaciones cuando les dábamos alcance, dejando sus cadáveres ti-rados en el campo para que sirvieran de carroña a las alimañas; y alguna que otra incursión militar que ha-cíamos de tarde en tarde con la intención de ganar para

 

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nuestro reino alguna aldea sometida al dominio del Ca-lifato, que estuviera medianamente poblada y cercana a la frontera.

 

Durante el invierno y la primavera de 815 fue más de lo mismo, pero acabada a finales del mes de mayo la tregua de tres años que se pactó en 812, una mañana de mediados de junio uno de los soldados vigilantes de la línea fronteriza entró en Barcelona a galope tendido y vino a anunciarme que un ejército musulmán proce-dente de Tarragona avanzaba en dirección a la ciudad condal. Un segundo mensajero llegó dos horas más tarde confirmando que el ejército califal se encontraba a dos jornadas de marcha, estimando que las fuerzas sarracenas contaban con unos treinta mil hombres, que arrastraban unos doscientos grandes carros donde por-taban sus máquinas de asalto, y que venían encabeza-dos por el tío del emir Al-Hakam I, el prestigioso ge-neral Ubay Allah, conocido por todos como Abu Mar-wan, que tenía en su haber un gran número de victorias militares.

 

El lunes 22 de junio había amanecido nublado y so-plando viento del norte, una tramontana ya tardía, algo floja pero fría. Hacía ya bastante rato que las campanas de la catedral habían anunciado la hora prima y no de-bía faltar mucho para que tocaran a tercia cuando desde el adarve de la muralla sur un vigía dio la voz de alarma: el ejército musulmán había llegado.

 

Por la hora a la que arribaban era de suponer que de-bían de haber acampado aquella noche a no más de un

 

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par de leguas. Tal como me anunció el mensajero, ve-nían bien pertrechados de máquinas de asalto y debían sobrepasar con creces los treinta mil, casi todos de a pie pues, a buen ojo, conté entre doscientos y doscientos cincuenta caballeros. Esto quería decir que, como quiera que nuestras fuerzas no superaban los doce mil infantes y doscientos jinetes, hacía imposible un en-cuentro a campo abierto por estar en una gran inferio-ridad numérica. Así pues, tendrían que ganar la plaza mediante un largo sitio que podía durar dos o tres me-ses, o si no querían esperar tanto tiempo, habrían de re-currir a un asalto de las murallas; que fuera de una u otra forma dependía de la decisión que tomara Abu Marwan.

 

Durante los tres primeros días no ocurrió nada de particular, pues estuvieron armando sus catapultas y su torre de asalto, que superaba con mucho la altura de nuestros muros. También se produjeron algunos movi-mientos de tropas que tomaban posiciones y las carre-ras de varios jinetes que galopaban alrededor de las mu-rallas a fin de encontrar en ellas algunos puntos débiles, haciéndolo con una cierta impunidad ya que, aunque circulaban al alcance de nuestros arcos y ballestas, que les disparaban sus flechas y virotes, al hacerlo sin dejar de galopar se convertían un blanco móvil muy difícil de acertar.

 

El primer asalto se produjo en la muralla sur al cuarto día de asedio; al parecer los caballeros que du-rante tres días las habían estado inspeccionando habían

 

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considerado que este paño de la muralla sur era el más fácil de vencer. A eso de media mañana, cuando el sol ya se había elevado un palmo sobre el horizonte, una avalancha de unos tres mil sarracenos avanzó hacia la muralla y, mezclados entre ellos, venían seis grandes grupos de soldados que portaban otras tantas largas y robustas escaleras, que avanzaban protegidos de las fle-chas por otros soldados que los cubrían con grandes es-cudos.

 

En mi época de vida humana, cuando aún era el conde Roland, viajé a Constantinopla y, entre las mu-chas maravillas que observé en ella, también descubrí algo que los bizantinos habían guardado en el mayor secreto durante siglos, me estoy refiriendo a la compo-sición de lo que ellos llamaban el «fuego griego», un arma que aterrorizaba a sus enemigos, pues aquel fuego ardía incluso bajo el agua, teniendo que ser apagado con orina, arena y vinagre. Allí vi cómo utilizaban unos lanzadores portátiles de fuego griego, que podían ser manejado por un solo hombre, siendo capaces tanto de hacer arder a un hombre como a un barco. Unos meses antes de la llegada de Abu Marwan y su ejército, había yo fabricado, personalmente y en secreto para que na-die conociera su composición, una gran cantidad de fuego griego, así como también había mandado cons-truir medio centenar de estos lanzadores e instruido a otros tantos soldados en su manejo.

 

Con el fin de reservarlo para usarlo en los momentos más graves de la refriega, no mandé utilizarlo en aquel

 

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primer asalto, sino que defendimos la muralla a espa-dazos, puñaladas, flechazos, disparos de ballestas y hasta con uñas y dientes. No fue hasta el tercer intento de asalto en el que Abu Marwan decidió utilizar su to-rre de asalto, que sobrepasaba en ocho o nueve pies la altura de nuestra muralla. Atado con maromas, de las que tiraban cientos de soldados que caminaban prote-gidos por los grandes escudos con los que los cubrían sus compañeros que iban a su lado, la torre avanzó len-tamente hacia nuestra muralla y, cuando llegó a situarse a la distancia de alcance de nuestros lanzadores, ordené fuego a discreción, no solo de fuego griego, sino tam-bién de flechas incendiarias. El espectáculo resultó in-fernal: en tan solo unos minutos, los cientos de ardien-tes impactos que recibió la enorme torre de madera seca la hicieron arder por sus cuatro costados y vimos cómo hombres ardiendo se arrojaban al vacío desde una al-tura de cincuenta pies, prefiriendo morir estrellados contra el suelo antes que abrasados por las llamas.

 

Tras aquel desastre, Abu Marwan se decidió por si-tiar la ciudad y vencernos por el hambre y la sed. Dos meses más tarde, cuando la población había agotado el trigo y se alimentaba con las últimas existencias de avena y cebada, cuando ya no quedaba ni un solo ani-mal de granja y se comenzaba a sacrificar a los asnos, los mulos y los caballos, y se sospechaba que también habían empezado a consumir los perros, pues cada día era más difícil ver a alguno de ellos por las calles, pensé hacer uso de mis facultades.

 

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Hacía rato que las campanas habían dado la hora de vísperas y ya declinaba ya el sol de la tarde cuando en-tré en el palacio condal. El margrave me esperaba para analizar la situación una vez más.

 

—¿Qué creéis que debemos hacer, Orlando? —me inquiría el conde Bera.

 

—Tenemos dos opciones: o rendirnos y entregarle a Abu Marwan las llaves de la ciudad, o elegir a un hom-bre valiente e intrépido que intente entrar en su campa-mento, llegar hasta su tienda y matarlo.

 

—¿Pensáis que esto último es posible?

—No lo sé, pero se podría intentar.

 

—Hagámoslo pues —fue su tajante respuesta. Naturalmente, aquel hombre al que me refería era yo

 

mismo. En cuanto salí del palacio condal me dirigí a mi casa sin pérdida de tiempo, donde rápidamente me quité la cota de malla que durante todo el tiempo que ya duraba el conflicto armado había llevado puesta in-necesariamente, tan solo para disimular mi invulnera-bilidad, dado que, además de ser mi cuerpo invulnera-ble e inmortal, la protección que me proporcionaba el traje biónico ya era muy superior a la de la armadura. Hecho esto, vistiendo tan solo el traje biónico, me con-centré en tele-portarme a la tienda de Abu Marwan.

 

Cuando me materialicé al pie de su cama, levitando a dos o tres palmos del suelo, lo encontré acostado y haciendo el amor con una de sus concubinas. Y, como quiera que ella estaba montada sobre él y de espaldas a mí, fue Abu Marwan quien me vio aparecer de la nada

 

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a una distancia de cuatro o cinco codos de los pies de su cama. Los rayos del sol, que ya casi rozaba el hori-zonte de poniente, penetraban a través de los respirade-ros de la tienda e incidían sobre mi traje biónico ha-ciéndolo desprender destellos rojizos de luz. Al verme Abu Marwan aparecer de improviso, con el cuerpo bri-llando por efecto de la luz solar y flotando en el aire, su reacción fue la de darle a la mujer un gran empellón que la lanzó fuera de la cama, levantarse de un salto felino y desenvainar del tahalí, a la velocidad del rayo, la gumía que tenía a la mano colgada en la cabecera de la cama. Luego, demostrando una agilidad impropia de su edad, se lanzó sobre mí intentando arrollarme para derribarme al suelo, al tiempo que me asestaba una fe-roz puñalada en el pecho, a la altura del corazón. El resultado de su intento fue que tanto su arma como él mismo fueron rechazados violentamente por el campo de fuerza de mi traje biónico, y mientras la gumía salía volando por los aires, él iba a caer estrepitosamente de espaldas sobre la cama. Debió pensar que yo, además de ser algún sicario que había burlado la guardia de la puerta de su tienda y entrado en ella para matarlo, tam-bién debía ser un gran mago, pues su primer gesto fue de sorpresa y asombro, si bien fueron seguidos de in-mediato por una mueca de horror. Me hubiera gustado haber comprobado su expresión si, en lugar de llevar puesto el traje protector, su gumía hubiera entrado en mi pecho hasta llegar al corazón y, en lugar de verme caer muerto, me hubiera visto extraerla con mi mano

 

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tranquilamente y devolvérsela. Aquellos expresivos semblantes que fui viendo aparecer en su rostro no se me han olvidado en los mil doscientos años que han transcurrido desde entonces.

 

—Un mortal no puede tocar a un arcángel —le dije, y aún se acentuó más su gesto de asombro.

 

—¿Quién… quién… eres… tú? —me preguntó tar-tamudeando.

 

—Soy el arcángel Mijaíl8, jefe de los ejércitos celes-tiales de Alá.

 

—Y…, ¿qué… es lo que… quieres de mí? —conti-nuó tartamudeando, impresionado por mi presencia.

 

—Dios protege a esta ciudad y me envía a decirte que retires tu ejército de sus murallas.

 

—¿Cómo sé que eres el arcángel Mijaíl? —me in-quirió ya algo más calmado y más dueño de sí.

 

—¿No has tenido prueba suficiente cuando has in-tentado apuñalarme, o tal vez quieras que te lo demues-tre matando hasta el último de tus soldados para luego acabar contigo?

 

Dicho esto, me esfumé de su vista teleportándome de nuevo a mi casa, dejándolo con el alma en vilo. A la mañana siguiente acudí muy temprano al adarve y en-contré que se me había adelantado el conde Bera.

 

—Buenos días, Orlando. Con las primeras luces del

 

 

 

 

8     En el Corán, el arcángel Miguel es llamado Mijail o Mijal. Se le men-ciona como tal en la azora 2:98, mientras que en las azoras 11:72 y 11:69 se dice que era uno de los tres ángeles que visitaron a Ibrahim para anunciarle el nacimiento de Isaac y Jacob.

 

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alba me han avisado de lo que ocurría y acabo de subir al adarve; ahora os iba a mandar aviso, pero decidme, ¿es cierto lo que están viendo mis ojos? —me dijo asombrado, casi con incredulidad.

 

Aquella amenaza que le lancé al general sarraceno la tarde anterior debió ser más que suficiente para con-vencerlo, pues lo que veían los ojos del margrave era que el campamento musulmán había sido desmontado, las catapultas desarmadas y cargadas en los carros, y ya comenzaban a ponerse en marcha de vuelta a Tarra-gona.

 

—Sí, lo sabía, lo sabía —le respondí, fingiendo como si hubiese tenido una corazonada—. Esta noche he soñado que el arcángel Miguel había bajado del cielo enviado por Dios y le ordenaba a Abu Marwan que abandonara el sitio.

 

—Pues si es cierto que habéis soñado tal cosa sois alguien especial que estáis tocado por el dedo de Dios.

 

Y, para más milagros, cuando desde la muralla ya perdíamos de vista al último de los sarracenos de vuelta a Tarragona, vino un capitán a decirnos que mirásemos hacia el horizonte del norte si queríamos ver algo sor-prendente. La sorpresa era que se aproximaba un gran ejército de godos que había sido reclutado en todo el país y acudía en nuestro auxilio.

 

Cuando en noviembre de 816 el valí de Zaragoza viajó a Aquisgrán y negoció una nueva tregua de otros tres años, que entró en vigor en febrero de 817, todos

 

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los condes de la Marca Hispánica se pusieron en contra de tal decisión, excepto el conde Bera que la apoyaba. Los nobles deseaban la guerra, ya que consideraban que la paz era contraria a los intereses del país. Se formó un partido belicista encabezado por el hermanas-tro de Bera, el conde Gaucelmo de Rosellón y de Am-purias, y por Bernardo de Septimania, el hermano pe-queño de este, que consiguieron, en febrero de 820, convocar una asamblea general en Aquisgrán en la que el conde Bera fue acusado de infidelidad y traición. Ante semejante acusación formulada por Gaucelmo, en la que no se aportaba ninguna prueba fehaciente, Car-lomagno se vio obligado a decretar que el asunto se sol-ventara mediante un duelo judicial, es decir, una orda-lía9, en la que la derrota significaba el reconocimiento de los cargos de los que era acusado y, por tanto, con-llevaba la condena a muerte. Bera aceptó el reto y, mientras que él había acudido a Aquisgrán solo, Gau-celmo lo había hecho acompañado de su lugarteniente Sanila, un afamado guerrero muy hábil con las armas godas. Dado que su contrincante era muy superior tanto en facultades físicas como en el manejo de las armas, Bera fue derrotado, pero Carlomagno, que no conside-raba que fuera un traidor, le conmutó la pena de muerte

 

 

 

9     La Ordalía, también llamada el Juicio de Dios, era una prueba para com-probar la inocencia o la culpabilidad de un reo. Consistía en enfrentar al acu-sado a un contrincante en un combate armado; si el acusado vencía se le de-claraba inocente, en caso contrario era culpable. Dado el carácter mágico e irracional de este medio probatorio, las ordalías fueron sustituidas por la tor-tura a partir del siglo XII.

 

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por la de destierro en Ruan y nombró al conde Rampón como nuevo margrave de la Marca Hispánica.

 

Como quiera que fue el conde Bera quien me ofreció el puesto de primer comandante de la Marca, en el mo-mento en que este fue depuesto por el emperador, me apresuré en presentarle mi dimisión al conde Rampón antes de que me despidiera, pues lo natural era que qui-siese nombrar para ese puesto a alguien de su entera confianza. Y dado que toda la Marca llegó a conocer aquella historia inventada que le conté a Bera, pude se-guir viviendo en Barcelona algunos años más hasta que, tras la muerte el 28 de enero de 844 de mi herma-nastro y señor, el emperador Carlomagno, tres semanas más tarde zarpé del puerto de Barcelona a bordo de una urca de grandes dimensiones que iba cargada de odres de vino del Ampurdán con destino a Roma. Había ele-gido para vivir la Ciudad Eterna sobre todo porque en ella mi identidad pasaría más desapercibida y podría ocultarme con más facilidad entre su elevado número de habitantes, lo que me permitiría, con tan solo hacer correr la historia de aquel potingue antienvejecimiento que me dieron a beber en Bengala y con mudarme de barrio cada quince o veinte años, permanecer durante más tiempo que en cualquier otra ciudad que fuera me-nos poblada.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Cuando a finales de febrero del año 844 llegué a Roma, lo primero que hice fue comenzar a buscar al-guna casa palacio que estuviera en venta, y a punto es-tuve de comprarles una muy grande, de muy hermoso diseño, en la que abundaban los mármoles de Carrara y quedaba situada bastante cerca de la basílica de San Juan de Letrán, a los hijos del difunto Begón de Tolosa, el duque de Septimania, que la habían heredado a la muerte del patriarca, encontrándose desde entonces ce-rrada y deshabitada. Al final, cambié de opinión y desistí de su compra por no querer llamar tanto la aten-ción viviendo en una casa palaciega, pues es sabido que toda la población de una ciudad, por grande que esta sea, acaba conociendo la vida y milagro de las familias nobles que viven en palacios o en casas palaciegas y que, para vivir desapercibido, lo mejor es no hacer os-tentación de riquezas. También lo hice porque por aquellas fechas ya comenzaba yo a cansarme de tantos traslados, hasta el punto de que llegaron a parecerme que Dios, al igual que hizo con Caín, me había conde-nado a deambular errante por la Tierra al haber desobe-decido su mandato de «polvo eres y en polvo te con-vertirás», sin caer en la cuenta de las muchísimas mu-danzas que aún me quedaban por hacer a lo largo de mi eterna vida, y estando, por otra parte, decidido a per-manecer en Roma el mayor número posible de años, opté por la compra de una casa algo más modesta, eso

 

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sí, que fuese amplia y estuviese bien situada, en la se-guridad de que viviría más tranquilo y pasaría más inadvertido del gran público romano, que tan dado era a la crítica y al cotilleo.

 

Por aquellos días Roma se encontraba convulsa, pues hacía menos de un mes que había muerto el papa Gregorio IV y la nobleza romana había elegido como sucesor a Sergio II, un aristócrata que era cardenal presbítero de la iglesia de San Martín y San Silvestre, mientras que, al mismo tiempo y por aclamación, el pueblo de Roma había elegido al arcediano Juan, que sería declarado antipapa y condenado a muerte tanto por la nobleza en general como por aquellos obispos que habían sido colocados por sus nobles familias en dichos puestos principescos para aprovecharse de sus influencias, si bien le fue conmutada la pena capital por la de exilio. Veintiocho años más tarde subiría al solio pontificio y reinaría durante diez años como el papa nú-mero 107 de la Iglesia, con el nombre de Juan VIII.

 

La casa que compré también quedaba situada muy cercana a la basílica de San Juan de Letrán. Presentaba al exterior una fachada de una sola planta y de unos veinte pasos de anchura, mientras que la distribución de su interior era una imitación de la parte delantera de una domus romana. Una vez pasado el vestíbulo, se abría un amplio atrio con un estanque en su centro que, haciendo de impluvium, recogía las aguas de las cuatro cubiertas de la galería soportada con columnas que lo rodeaba a modo de compluviun, viéndose flanqueado

 

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en su frente y laterales por seis amplias habitaciones, y quedando cerrado al fondo por una sala comedor de grandes dimensiones, una cocina con cuatro fogones y una letrina.

 

Necesitando emplear una gran parte de mi tiempo en hacer algo útil, organicé una academia en las dos habi-taciones que quedaban a ambos lados del vestíbulo, en las que me dediqué a enseñar a los jóvenes de las fami-lias nobles y de las más acomodadas, además de gra-mática, aritmética y geometría, la koiné10 y el latín clá-sico, dado que el uso del primero había quedado redu-cido exclusivamente a la Grecia insular y peninsular, y el segundo relegado y alterado en forma de una variante medieval, a las iglesias, a la Corte y a las escuelas, siendo utilizado únicamente por los intelectuales.

 

Con el fin de poder leer los textos originales de los poetas y filósofos griegos y latinos, además de contar entre mis alumnos con una veintena de muchachos, al-gunas de las jóvenes patricias romanas también acudían a mi academia mostrándose exclusivamente interesa-das en aprender ambas lenguas, sin que les prestaran la menor atención a las asignaturas de ciencias.

 

Después de mi muerte dejé de celebrar mi cumplea-ños, pues nunca he sabido si debía seguir haciéndolo el 16 de enero, día de mi nacimiento, o el 27 de agosto, fecha en la que fui resucitado. Y fue precisamente

 

 

 

10   La koiné fue una variedad de la lengua griega utilizada en el mundo helenístico, es decir, en el periodo que siguió a las conquistas de Alejandro Magno. A esta lengua también se le ha llamado a veces griego helenístico.

 

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aquel caluroso día del verano del año 845, en el que cumplía sesenta y siete años como filsolis, habiendo asistido ya a siete asambleas decenales en la Luna y llevando dieciocho meses con la academia abierta, que llegaron dos muchachitos, llamados Adriano y Aurelio, a pedirme que les permitiera asistir a mis clases. Eran dos jóvenes plebeyos, ambos de estatura media y de unos catorce o quince años de edad. Adriano era de piel morena clara, ojos glaucos y cabellos de color negro azabache, que tornasolaban cuando les daba directa-mente el sol; Aurelio, en cambio, tenía la piel clara, los ojos celestes y sus cabellos eran dorados, del color del hierro cuando está a punto de fundirse. Ambos eran tan bellos de cuerpo, de alma y de rostro que podían ser tomados por dos ángeles caídos del cielo, al tiempo que la dulzura y la exquisitez de su trato conquistaban todos los corazones, siendo el mío uno más de los muchos que quedaron prendados.

 

—¿Sois hermanos? —les pregunté al llegar.

 

—No, no somos hermanos, pero vivimos como si lo fuéramos —me respondió Adriano—. Somos dos fami-lias que convivimos juntos en una villa en las afueras de Roma, al inicio de la Vía Ostiense.

 

—Pues, observo en vosotros un cierto parecido; si no fuera porque los colores de vuestros ojos y cabellos son distintos podríais pasar por ser hermanos.

 

—Sí, ya lo sabemos, nos lo dicen todos —respondió Aurelio.

 

—Y, ¿me decís que vivís en una villa?, ¿cómo os lo

 

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podéis permitir?, creí que erais plebeyos.

 

—Sí, lo somos, pero nuestros padres son orfebres y ganan mucho dinero —contestó Adriano.

 

—La villa la han comprado entre los dos y en ella vivimos todos juntos —añadió Aurelio.

 

—Me encantaría ver el taller de vuestros padres y sus obras de orfebrería.

 

—Podéis venir a casa cuando gustéis —me dijo Adriano—, a cualquier hora que vengáis siempre seréis bien recibido.

 

—Nos encantaría que vinierais a casa; podréis ver obras preciosas —añadió Aurelio—. Nuestra villa se encuentra a doscientos pasos de la Porta Ostiense, en la margen derecha de la vía; la identificaréis enseguida porque junto a la puerta de acceso hay una escultura de Hércules luchando con el león de Nemea.

 

—Gracias, muchas gracias por vuestra invitación.

Tened por seguro que lo haré.

 

Y así lo hice. No había pasado mucho tiempo cuando un día, al terminar las clases de la mañana, acompañé a los muchachos a su casa, donde conocí a sus padres y a dos hermanos más pequeños.

 

—Os agradezco, maese Benedetto y maese Fran-cesco, así como a vuestras virtuosas esposas, Eleonora y Palmira, la excelente y hospitalaria acogida que me habéis dispensado.

 

—Para nosotros es un honor recibir la visita de un hombre tan instruido y sabio como vos —me respondió Benedetto, el padre de Adriano.

 

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—Y aún mayor honor nos harías si aceptarais com-partir con nosotros el almuerzo del día de hoy —añadió Francesco, el padre de Aurelio.

—Acepto vuestra invitación con mucho gusto.

 

A continuación, los dos hombres me invitaron a ver su taller y sus obras de arte, la mayor parte de ellas de arte litúrgico.

 

Pude admirar algunas obras de orfebrería de magní-fica factura, como tapas de libros litúrgicos, cálices y crucifijos, un soberbio lampadario de siete brazos, al que los judíos llaman menorá y lo usan como símbolo de adoración en el tabernáculo, realizado por encargo de un rabino para su sinagoga y una luminosa corona de oro con incrustaciones de esmeraldas de gran ta-maño para un duque franco, así como un frontal de altar y algunos relicarios.

 

Teniendo en cuenta que hice aquella visita sin previo aviso, es de suponer que aquellos dos orfebres debían ganar bastante dinero con sus obras y tener su despensa bien llena porque la casa estaba amueblada y decorada con muy buen gusto y porque la comida fue espléndida y no faltó de nada. Por no faltar, hasta disponían de los servicios de una pareja de eslavos africanos, hombre y mujer, que debían tener unos nombres muy raros y ha-bían optado por llamarlos con los apodos de Babú y Babá. También debieron mandar aviso a unos músicos pues, cuando nos sentamos a la mesa, en el comedor ya estaban tres juglares provistos de una cítara, una aja-beba y un pandero, entonando sus canciones al son de

 

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sus instrumentos. Con la ayuda de Babá, a la que su-puse sería la cocinera de la casa por el gran delantal que llevaba puesto, Babú comenzó por desplegar sobre la mesa una exhibición de frutas variadas de temporada acompañadas por dos jarras de hidromiel; a las frutas les siguió un exquisito potaje de legumbres del que, aún sin necesitarlo como alimento, no pude evitar saborear una buena cantidad; y como plato fuerte, acompañado del mejor vino de Marsala, servido en una magnífica bandeja de plata repujada se sirvió un cisne al horno, que ya venía de la cocina presentado en su forma natu-ral, quiero decir con su cuello, su cabeza levantados y su piel, con sus plumas intactas, sobrepuesta sobre la carne asada, como acostumbraban a hacer los señores feudales para impresionar a sus invitados en sus casti-llos y palacios. Luego supe que la familia hasta dispo-nía de un pozo de hielo en el que conservaban las car-nes y los pescados.

 

La comida discurrió en un ambiente de alegría y fra-ternidad, en la que abundaron las risas y las frases in-geniosas, pero no fue hasta el final de la comida, cuando ya estábamos todos algo achispados por el vino que habíamos bebido, cuando observé que aquella fa-milia era algo especial. Reinó la alegría y todos comen-zaron a bailar al ritmo alegre que marcaban los músi-cos. Todos se acariciaban sus cuerpos sin importarles en qué partes del mismo colocaban sus manos, se daban fuertes y prolongados abrazos y se repartían amantísi-mos besos en la cara, en la frente, en los labios o en el

 

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cuello; y cuando digo todos me refiero que estos besos y caricias se los repartían indistintamente entre sí tanto los dos hombres como las dos mujeres o los cuatro ni-ños, sin tener en cuenta que fueran de su mismo sexo ya que estaban exentos de erotismo. Con aquellos abra-zos y besos todos expresaban su alegría y su cariño ha-cia los demás, ya fuera hombre o mujer. Allí se respi-raba bondad y sinceridad; en aquellas caricias e inter-cambios de besos y abrazos no había más sexualidad que el amor a la vida y al prójimo. Excuso deciros que entre la familia y los músicos debía haber una clara connivencia, ya que, si aquella sana alegría hubiera lle-gado a oídos del cura párroco, le hubiera faltado tiempo para condenarla y hacerlo llegar al obispo, proponién-dole la excomunión de todos ellos o tal vez algún otro castigo más duro.

 

El año 846 llegó con malas noticias: los árabes del norte de África volvían a las andadas. Hacía varios me-ses que venían realizando incursiones por las costas del Mediterráneo occidental y amenazaban con una nueva incursión en tierras romanas. A pesar de la protección que le brindaba el Imperio carolingio, la seguridad de Roma no era completa. Ya en el verano del año 830, los piratas sarracenos habían asolado las zonas habita-das de la Campaña romana, habiendo llegado hasta las basílicas de San Pedro y San Pablo, que fueron saquea-das, y penetrando en Subiaco, donde destruyeron la ciudad y el monasterio de Santa Escolástica.

 

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De manera similar a lo que sucedió en 830, una flota de piratas sarracenos, tras atacar y saquear Civitave-chia, Ostia y Portus, el 24 de agosto de 846, remontaron el Tíber has alcanzar las murallas aurelianas al noroeste de Roma. Lo primero que hicieron al desembarcar fue asaltar por segunda vez las basílicas de San Pedro y San Pablo, al seguir estando ambas iglesias sin defensa por quedar fuera de las murallas, y saquear el mucho oro y plata que acumulaban en su interior. San Pedro estaba defendida por una guarnición de soldados compuesta de francos, lombardos, sajones y frisones que, a pesar de la feroz resistencia que ofrecieron, fueron completa-mente exterminados. En las dos iglesias sustrajeron to-dos los utensilios litúrgicos, tales como cálices de oro incrustados de piedras preciosas, los sagrarios, también de oro, y los revestimientos de oro y plata de los pres-biterios. Siendo aquellos templos los más importantes de la Cristiandad, su pillaje obligó dos años más tarde al papa León IV a la construcción de las Murallas Leo-ninas, que todavía hoy día rodean la basílica de San Pe-dro y que, en parte, constituyen las fronteras del actual Estado de la Ciudad del Vaticano.

 

Mientras los piratas se dispersaban y llevaban a cabo sus correrías haciendo imposible presentarles batalla y luchar contra ellos, el duque Guido I de Spoleto me mandó llamar a su palacio.

 

—Me ha llegado la noticia de que sois hombre de armas y que habéis obtenido algunas victorias osten-tando durante unos años el título de margrave de la

 

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Marca Hispánica. Decidme, ¿es cierto o son habladu-rías?

 

—Es cierto cuanto os han contado, mi señor —le afirmé, dándole el tratamiento de «mi señor» como le correspondía.

 

—Olvidaos del protocolo, Orlando, y llamadme Guido. El título de margrave que habéis ostentado es similar al de príncipe, es decir, superior al de duque.

 

—Gracias, Guido. Sí, es cierto. He sido margrave de la Marca Hispánica durante treinta años y he tenido va-rios encuentros con bretones y britanos de los siempre he salido victorioso.

 

—También me han contado cierta historia de vos, que más que historia parece leyenda, acerca de un ma-ravilloso bebedizo que os dieron a tomar en cierta na-ción asiática que impide vuestro envejecimiento y os alarga la vida.

 

—Sí, así es, Guido. No es leyenda, es historia real. Ocurrió en Bengala. En mitad de un terremoto fui ata-cado por un furibundo tigre, provocándome gravísimas heridas que fueron sanadas en un cortísimo espacio de tiempo mediante la aplicación de un emplasto a base de cierta hierba que solo crece en aquella zona. Luego me dieron a tomar ese bebedizo al que hacéis referencia. La hierba con la que se elabora tanto el ungüento como la pócima, además de tener las dos maravillosas facul-tades que habéis mencionado, de longevidad y antien-vejecimiento, tiene la virtud de sanar las heridas, como os he dicho, en un corto espacio de tiempo y sin dejar

 

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señal ni cicatriz alguna.

 

—Y, ¿podemos saber qué hierba es esa o es un se-creto?

 

—No, Guido, no es ningún secreto. Los nativos que me curaron le daban el nombre de rhastú, pero ninguno de los herbolarios a los que he consultado la conoce por ese nombre.

 

—Lástima, nos vendría muy bien en nuestras bata-llas contar con una hierba como esa.

 

—Muy cierto. Por esa razón he estado buscándola durante todo este tiempo.

 

—Orlando, además de comentar lo que hemos ha-blado hasta ahora, os he llamado para pediros que me ayudéis en la batida que vamos a darle a los piratas en cuanto vuelvan la espalda y se alejen de Roma dirigién-dose de nuevo a la costa. He reclutado y armado una mesnada de más de tres mil hombres que saldrá en per-secución de los musulmanes en cuanto se alejen de Roma. Hemos de darles un escarmiento para que se le quiten las ganas de volver. ¿Estaríais dispuesto a ser mi segundo?

 

—Creo que tenéis de segundo al conde Harold. ¿Qué pasa con él?

 

—Es poco castrense y no le interesa la guerra en ab-soluto. Acude a las batallas porque no tiene más reme-dio que defender sus intereses económicos y su patri-monio, pero lo hace sin ningún entusiasmo y, para colmo, su falta de interés se la transmite a mis capita-nes. Oídme, Orlando, tened por seguro que las bodegas

 

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de esos barcos piratas deben estar repletas de monedas de oro y plata, si me ayudáis, os llevareis una buena tajada del botín.

 

—Muy bien, Guido, os ayudaré. Seré vuestro se-gundo brazo.

 

Como ya habréis comprendido, no acepté aquella proposición encandilado por las monedas de oro y plata que pudieran corresponderme en el reparto del botín pues, como bien sabéis, me sobra el dinero al disponer de una faltriquera inagotable que cada mañana contiene seiscientas sesenta y seis monedas de oro con un peso de algo más de cinco libras, sino que lo hice guiado por un afán de justicia frente a los saqueos llevados a cabo por los piratas y también porque, siendo yo todavía por aquellas fechas un ciego creyente en los llamados mis-terios de la doctrina cristiana, trataba de combatir a aquellos sarracenos infieles; hoy no hubiera movido un dedo por evitar el despojo del oro de la Iglesia y mucho menos para perseguir a alguien por ser musulmán o por ser judío.

 

Tan pronto como los moros dieron la espalda a Roma para volver a la costa, el duque Guido de Spoleto y yo, montando sendos caballos y encabezando la mesnada con más tres mil hombres, salimos por la puerta os-tiense en su persecución creyendo que se dirigían a Os-tia, si bien no tardamos en percatarnos que se habían dirigido al noroeste, en dirección al puerto de Civitave-chia, a donde habrían regresado sus naves después de haber penetrado en el Tíber, de haber ascendido diez

 

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millas hasta Roma y haberlos desembarcado en un punto cercano a la basílica de San Pedro.

 

Seguimos sus huellas a marcha forzada y, tras reco-rrer diez leguas, les dimos alcance al mediodía del ter-cer día, en el puerto de Civitavechia, cuando el grueso de los piratas todavía no había embarcado en la urca y en las dos galeras birremes que se encontraban amarra-das a los norayes de los muelles.

 

Gracias a que los terrenos aledaños al puerto estaban elevados unos quince codos y acababan en un talud que bajaba hasta la franja de terreno longitudinal, de unos treinta pasos de anchura, que formaba la explanada del muelle, los tres o cuatro mil sarracenos que se apiñaban en esta estrecha banda de terreno esperando a que sus capitanes les dieran la orden de embarcar, no nos vie-ron llegar. Avanzamos con sigilo, sin dejarnos ver, y una vez que hubimos llegado a la línea de la cabecera del talud, el duque Guido me ordenó que mandara for-mar las tropas en una hilera de unos cuatrocientos pasos de longitud, situando en primera línea a los más de qui-nientos arqueros que llevábamos en nuestras filas; y, a continuación, el duque dio la orden de disparar a dis-creción hasta agotar los carcajes. Teniendo en cuenta que cada carcaj tiene capacidad para unas treinta fle-chas, otras tantas nubes de flechas volaron sucesiva-mente oscureciendo el cielo a la orden de ¡Disparad! Vine a calcular que debieron ser más de quince mil las saetas disparadas en unos tres minutos, de las que unas dos mil debieron hacer blanco pues, tras la desbandada

 

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de los piratas subiendo a los barcos para protegerse de la lluvia de dardos que los estaban matando, el muelle quedó cubierto de heridos y cadáveres. Ya embarcados en sus naves, al quedar a nuestra altura, pudieron res-ponder a nuestros disparos, obligándonos a tener que cubrirnos con los escudos, mientras los remos de las galeras ya batían sobre las aguas y se alejaban de los muelles. Y, mientras el duque maldecía por parecerle que dos mil muertos era poco castigo, yo arreé mi ca-ballo con disimulo y me alejé hasta llegar a unos tarajes en la retaguardia, me apeé de la caballería, me desnudé y escondí mis ropas tras el ramaje, quedándome vestido tan solo con el traje biónico. En aquel momento, du-dando de mis fuerzas para lo que me había propuesto hacer, conecté telepáticamente con Suriel pidiéndole consejo y ayuda, pero me dijo que los uriatis tenían por norma no intervenir en los conflictos humanos y ense-guida me convenció de que, con la ayuda del traje bió-nico, me sobrarían fuerzas físicas para llevar a cabo lo que me proponía hacer. Así que, sin pensarlo más, me tele-porté a la bodega de una de las dos galeras.

 

Al materializarme en la bodega pude ver que se en-contraba ocupada por catorce o quince cofres de gran-des dimensiones que estaban rodeados de cadenas y candados, haciéndome sospechar que, tal como me ha-bía dicho el duque, aquellas arcas debía ser parte del botín de los piratas; probablemente, el botín viajara re-partido en las tres embarcaciones en previsión de que, si una de ellas naufragaba, solo perderían una tercera

 

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parte. Haciendo uso de la fuerza sobrehumana que te-nemos los filsoliss, rompí la cadena y arranqué de un tirón la tapa de uno de los cofres, pudiendo comprobar que el duque estaba en lo cierto; se encontraba lleno de monedas de oro y plata, entre las que brillaban las pie-dras preciosas, quedando entremezclados entre ellas al-gunos objetos de culto, también de oro, procedentes de las iglesias que habían saqueado. Contemplando aquel soberbio espectáculo, no pude evitar tener que lamentar que todas aquellas riquezas, que podían haber sido des-tinadas a hacer el bien, se iban a desperdiciar perdidas en el fondo del mar. Aprovechándome de mi invulne-rabilidad a los golpes y de la protección que me ofrecía el campo de fuerza de mi traje biónico, tan solo tuve que desear mentalmente que el campo de fuerza se re-gulara a su máxima potencia y utilizar mis puños para ir golpeando las cuadernas y el fondo del casco una y otra vez. Cada uno de los golpes que fui descargando con mis puños, convertidos en arietes por el campo de fuerza del traje biónico, hacía astillas la madera. No tardé ni un minuto en abrir a lo largo de ambos lados de la quilla una docena de grandes agujeros que se con-virtieron en otros tantos surtidores por los que brotaba el agua formando torbellinos. Cuando, después de re-petir la misma operación en la segunda galera, acabé de agujerear la urca, me tele-porté de nuevo al taraje donde había dejado mi caballo y mi ropa, me vestí de nuevo, monté en mi caballo y volví a ocupar mi puesto junto al duque. Y, como quiera que no había tardado ni

 

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de diez minutos en llevar a cabo aquella destrucción, todo aquel que me hubiera visto llegar hasta detrás del taraje, bajar del caballo y volver minutos más tarde de nuevo a la formación, debía haber pensado que había ido hasta allí para dar de cuerpo. Unos minutos más tarde, cuando las naves se habían alejado como una me-dia milla de la costa, un gran clamor de asombro surgió de las gargantas de nuestros tres mil hombres; todos pudieron contemplar cómo las tres naves se hundían a la vez sin ninguna causa aparente y cómo, desde el du-que hasta el último de los soldados, caían de rodillas en tierra, elevaban la vista al cielo haciéndose cruces y re-zaban con fervor convencidos de que estaban siendo testigos de un milagro.

 

El mar se cubrió de hombres. La mayoría de ellos, que no sabían nadar, se hundieron a plomo en las aguas, y a muchos otros, que sí sabían nadar, los vimos deba-tirse en las aguas, agarrándose los unos a los otros, to-mándose mutuamente como tabla de salvación en un intento desesperado e inútil por salvar sus vidas pues, pese a sus esfuerzos por mantenerse a flote, se hundían una y otra vez por el peso de sus armas y de sus empa-padas ropas. Unos minutos después se hizo un pro-fundo y lúgubre silencio; las desgarradas voces en pe-tición de auxilio se habían apagado y cientos de cadá-veres, de aquellos que iban más ligeros de peso, flota-ban entremezclados con toda clase de objetos naufra-gados.

 

—No cabe lugar a duda de que esto no solo es una

 

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prueba fehaciente de que Dios existe —afirmó el du-que, alzándose y tomando las riendas de su caballo—, sino que también nos ha hecho una demostración de su justicia y de su gran poder.

 

—Sin duda, Guido, sin duda. Esto ha sido un gran milagro —le respondí condescendiente.

 

Tres años más tarde, en el 849, supimos que los sa-rracenos estaban preparando una nueva flota que pre-tendía atacar de nuevo a Roma y nos preparamos para recibirlos. En esta ocasión solicitamos la ayuda de las ciudades de Gaeta, Nápoles, Amalfi y Sorrento quienes pusieron a nuestra disposición sus barcos, llegando a constituir una importante escuadra que se concentró en-tre Ostia y la desembocadura del Tíber a la espera de la armada sarracena. Cuando las velas de los barcos mu-sulmanes aparecieron en el horizonte, los cristianos no esperaron a que llegaran a la costa italiana, sino que se lanzaron al ataque, venciéndolos en una memorable ba-talla naval y haciendo numerosos prisioneros que fue-ron vendidos como esclavos. Durante este encuentro naval, conocido como la batalla de Ostia, muchos bar-cos sarracenos se fueron a pique y el resto, sorprendi-dos por una repentina tormenta, comprendieron que Alá no estaba de su parte y huyeron en retirada.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Catorce años seguidos estuve siendo el segundo brazo del duque Guido I de Spoleto, sustituyéndolo y asumiendo sus funciones en multitud de ocasiones, bien fuera por encontrarse enfermo o por estar de viaje, hasta que la muerte se lo llevó prematuramente durante el otoño del año 860, cuando solo contaba con cin-cuenta y cinco años de edad. Durante este tiempo, fue-ron muchas las veces que tuve que encabezar la tropa para hacer frente a alguna incursión musulmana o de piratas berberiscos, o incluso a alguna que otra rebelión fuera de la ciudad, en la díscola comarca del Lacio. Pero como al parecer yo no era santo de la devoción de Lamberto, su primogénito y sucesor, cuando este fue nombrado duque y tomó el poder del padre me susti-tuyó por Liborio, su mejor amigo, quien, según afirma-ban algunas lenguas de doble filo, también era su amante; tanto en aquella época como hoy, la homose-xualidad alcanzaba a todos los niveles sociales; el ne-potismo estaba a la orden del día, y los amantes se ayu-daban a escalar y copar los mejores puestos del poder. Así que, sin más, reabrí la academia y volví a darle mis clases gratuitas a la plebe.

 

Llevaba ya viviendo algo más de dieciséis años en Roma y la falsa historia del elixir bengalí había corrido de boca en boca no solo por toda la ciudad sino también por toda la comarca; pocos eran los que ignoraban que

 

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disfrutaría de una larguísima vida y que mi aspecto fí-sico se mantendría tan fresco como el día que me sal-varon de morir a consecuencia de las heridas que me infligió aquel tigre. La verdad es que llegué a sentirme como una atracción de feria, pues cada día unos cuan-tos romanos, pero sobre todo romanas, y también fo-rasteros que recorrían hasta veinte leguas, venían a verme a la academia tan solo por conocerme y hacerme siempre la eterna pregunta de cuál era el nombre de aquella hierba mágica y dónde podían encontrarla. Y, como quiera que yo aún seguía aparentado tener unos treinta años de edad y nunca había confesado la fecha de mi nacimiento, nadie sabía cuántos años cargaba ya sobre mis espadas; si la gente hubiera sabido que ya hacía meses que había, no diré celebrado porque la in-mortalidad no es cosa de celebrar, sino superado mi ciento veinticuatro cumpleaños, seguro estoy de que muchos habrían pensado que no era debido a ningún bebedizo mágico sino a un pacto con el Diablo.

 

Al año siguiente, cuando ya finalizaba la primavera del año 861, llegó a Roma la noticia de que, habiendo expirado la tregua con el emirato de Córdoba, un ejér-cito musulmán al mando de Muhammad I había ata-cado Barcelona, asediándola y llegando a conquistar al-gunos barrios, pero el conde Hunifredo, hábil político y gran negociador, acordó con gran acierto la retirada del invasor y una renovación de la tregua, que fue acep-tada por el califa. Aquella noticia me trajo recuerdos de casi medio siglo atrás, cuando a mediados de junio de

 

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815 tuve que defender las murallas de Barcelona en-frentándome a las aguerridas tropas de Abu Marwan, con el resultado que ya conocéis.

 

El 1 de marzo fue el miércoles de ceniza del año 862, y desde el domingo, 26 de febrero, se venía celebrando la fiesta de carnaval, a la que todavía por entonces se le llamaba carnelevare11. Todavía por aquellos años el carnaval no había adquirido las dimensiones que tiene en la actualidad, pero la gente sabía divertirse igual o más que ahora. Ya, doscientos cincuenta años antes, San Isidoro de Sevilla se quejaba de que, en los tres días anteriores a la Cuaresma, los fieles celebraban fiestas disfrazados por las calles, incluso vistiéndose con las ropas del sexo que no son, comiendo y bebiendo sin parar, entregados durante estos tres días a una exal-tación colectiva y a toda clase de excesos prohibidos el resto del año. Para los jóvenes era una ocasión para di-vertirse a costa de los animales del pueblo, manteando perros, gatos y gallos, o atándoles a la cola botes, latas, cencerros, cuernos y vejigas hinchadas para luego per-seguirlos por las calles. Otro divertimento juvenil del domingo de Carnaval, que era el primer día de la fiesta, consistía en elegir a uno de los jóvenes como «el rey de los gallos», debiendo este presidir una especie de torneo en el que los otros niños, armados de una vieja espada, intentaban cortar la cabeza de un gallo

 

 

 

11   Nombre que procedía de la expresión latina «carnem levare», que sig-nifica «quitar la carne», por la prohibición de comer carne durante los cua-renta días de la Cuaresma.

 

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colgado por las patas de una cuerda que se bamboleaba de un lado al otro. Otros enterraban el gallo, dejándole la cabeza fuera de la tierra y teniendo que cortarla con los ojos vendados; y aquel que lo conseguía adornaba su gorro con la cabeza decapitada del animal. Otro juego consistía en levantar un tablado y poner sobre él un cántaro con un gallo vivo en su interior. Luego, de entre la gente del pueblo, elegían a un rey y a una reina, con su corte de príncipes, duques, condes y otros súb-ditos. El rey tenía el privilegio de ser el primero en arro-jar una naranja contra el cántaro. Después lo hacían los que componían su séquito, intentando romperlo para hacerse con el gallo como premio.

 

Tanto el poder civil como el religioso se mostraron en contra del uso de disfraces y sobre todo de caretas, aunque fueran permisivos a regañadientes en estas fe-chas. El poder civil intentando que no se produjesen desmanes aprovechándose del anonimato que propor-cionaba la máscara; y la Iglesia porque consideraba que mostrar al ser humano como algo burlón, lascivo y falso, era una burla que se le hacía a Dios, que había hecho al hombre a su imagen y semejanza. El carnaval se celebraba en toda Europa, aunque de muy diversas maneras, pero todos ellos tenían dos factores en común: el consumo desmedido de carne y la práctica desenfre-nada del sexo durante esos tres días.

 

El martes, 28 de febrero y último día del carnaval, pese a la desidia que me ya empezaban a darme mis muchos años y más por ver divertirse a los demás que

 

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por divertirme yo, me dieron ganas de acudir a la Piazza del Popolo que, por ser la más grande y la puerta de entrada a la ciudad para los viajeros que llegan del norte por la Vía Flaminia, era también la más concu-rrida. Así que mandé un criado a que me comprara la careta más diablesca y grotesca que encontrara en al-guno de los muchos puestos ambulantes que las ven-dían en la calle, me la calé, me miré en el espejo para comprobar que daba una imagen suficientemente fea y salí a la vía pública cuando ya se ponía el sol.

 

Mi casa se encontraba a menos de quinientos pasos de la plaza y no tuve que andar demasiado para llegar a la plaza. Cuando llegué la encontré a rebosar de gen-tes y, pese a que aún había luz crepuscular, ya se en-contraban encendidas el centenar de antorchas que du-rante toda la noche iluminarían el jolgorio. El olor dul-zón de los puestos que garrapiñaban almendras en grandes calderos de cobre se mezclaba con el de las co-lumnas de humo que se elevaban en el aire de los pues-tos que asaban castañas, impregnado el ambiente de un aroma cálido, reconfortante y evocador del hogar, que contrastaba con el ambiente festivo, alegre y desenfa-dado de aquella multitud disfrazados de fantoches; hombres vestidos de mujeres, con sus caras pintarrajea-das imitando el maquillaje femenino; mujeres que desafiaban la rígida moral medieval, enseñando partes de sus cuerpos que la Iglesia les prohibía enseñar du-rante el resto del año, o con cintas entrelazadas en el pelo y vestidas con estolas, con el bajo recogido por un

 

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lado y luciendo desnudo uno de sus muslos, emulando a las antiguas matronas de los tiempos del imperio; y niños disfrazados de animales fantásticos que corretea-ban persiguiéndose por entre el bullicio. Una multitud enfebrecida que reía, vociferaba y bailaba al son de las charangas callejeras que animaban el festejo.

 

Hacía buen tiempo, y hasta algo de calor para ser pri-meros de marzo. Si bien el traje biónico me proporcio-naba una temperatura ideal, tenía sed —esta era la única necesidad que se hacía sentir en mi cuerpo—, me acerqué a uno de los puestos ambulantes y, en vez de pedir un vaso de agua fresca, tomé una limonada en-friada con hielo traído de la cumbre del monte Livata que había sido conservado envuelto en paja y guardado en profundos pozos de hielo; de esta manera los roma-nos no se privaban de tomar bebidas frías durante todo el verano.

 

Y fue allí, en aquel puesto ambulante donde conocí a Livia. Tendría unos veinticinco años y era esbelta, casi como yo de alta. Una abundante y negra cabellera, recogida en la nuca, como se ve en las estatuas de Diana cazadora, y salpicada de florecillas blancas entremez-cladas con cintas de varios colores, destacaba en su ca-beza de diosa; un antifaz rojo que dejaba ver unos pre-ciosos ojos de un intenso verde esmeralda; una nariz recta, ni grande ni pequeña, unos labios sonrosados y carnosos, y una estola blanca que, algo levantada a pro-pósito por su lado izquierdo, mostraba un hermoso y soberbio muslo que parecía haber sido esculpido en el

 

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más puro y níveo mármol de Carrara por el mismísimo Miguel Ángel Buonarroti, completaba su escultural cuerpo venusino.

 

—Que los dioses sean contigo, diabólico hijo del averno —me dijo la entonces desconocida Livia, tu-teándome como acostumbran hacer las prostitutas, al tiempo que me dedicaba una encantadora sonrisa y fi-jaba su verde mirada en mi máscara—, llevas la más-cara más fea y más grotesca que he visto en toda mi vida.

 

—Gracias por el halago. Tú, sin embargo, tienes el rostro y el cuerpo más hermoso que yo he visto en la mía —le respondí, sonriendo detrás de mi careta y algo sorprendido.

 

—Oh, ¡que galante! —me respondió, visiblemente afectada por mis palabras, quizás por no estar acostum-brada a recibir requiebros—. El aspecto de tu cuerpo es el de un joven, sin embargo, la galantería de tus pala-bras me ha sonado a que son las de un hombre maduro. ¿Quién eres en realidad?

 

—Soy Orlando y esa misma pregunta me hago yo sobre ti y tu belleza. Dicen que los ángeles no tienen sexo, pero mirándote estoy seguro de que sí lo tienen, ¿de qué cielo has bajado?

 

—Gracias, hombre —me respondió riendo—, tu ga-lantería aumenta por momentos, pero estoy muy lejos de ser un ángel.

—¿Qué eres, entonces?

—En cualquier caso, debo ser el ángel donde los

 

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hombres buscan el placer del amor carnal y desahogan sus penas. Me llamo Livia.

 

—Ya entiendo, eres una prostituta.

 

—¿No te gustaría hacer el amor conmigo? No soy demasiado cara.

 

—Dime una cosa, ¿te dedicas a esto por gusto?

 

—¿Por gusto? ¿Crees que puede haber en el mundo alguna mujer que le guste recibir los insultos de un bo-rracho que en mitad de la madrugada te culpa a ti, en lugar de al vino que ha bebido, de no conseguir tener una erección, o los de un hijo de Satanás que después de haber recibido un buen servicio se niega a pagarte diciendo que no lo has dejado suficientemente satisfe-cho y encima te golpea, o las bofetadas de un proxeneta porque no has recaudado bastante dinero aquella no-che?

 

—Si no lo haces por gusto, ¿cuál es entonces tu ne-cesidad?

 

—Querrás decir cuáles son mis necesidades. Son dos hijos pequeños y una madre anciana metida en la cama que necesita de los cuidados del médico y de las medi-cinas del físico.

 

—¿Es que no hay ningún hombre en tu familia que os proteja?

 

—Mi madre también tuvo este mismo oficio, por lo que yo nunca llegué a conocer a mi padre, y mis hijos, al igual que yo, tampoco conocen al suyo. Mis niños crecen alejados de mí y sin recibir educación alguna, teniéndolos que dejar cada día al cuidado de una de mis

 

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vecinas. Dime, ¿querrás ayudarme acostándote con-migo?

 

Su tono de voz sincero y aquella pregunta me sona-ron a una petición de socorro, por lo que decidí ayu-darla.

 

—Ven, Livia, acompáñame, salgamos de la plaza — le dije, tomándola de un brazo.

 

—¿A dónde me llevas?

 

—A mi casa. No tengas cuidado, no te haré ningún daño.

 

—Sí, lo sé. El tono de tu voz es el de una buena per-sona; si algo bueno aprendemos en este oficio es a co-nocer a los hombres.

 

Después de recorrer el corto camino hasta mi casa cogidos del brazo y charlando del tiempo y de otras co-sas triviales, cuando llegamos frente a la fachada Livia se paró en seco.

 

—Esta es la casa de Orlando, el que fue primer co-mandante del difunto duque Guido —dijo en tono de asombro, abriendo mucho los ojos y la boca, señalando la casa y mirando a los ojos. ¿Acaso sois vos el primer comandante Orlando?

 

—Sí, así es, soy aquel primer comandante del duque Guido —le respondí, al tiempo que me apartaba la más-cara de la cara y le quitaba a ella el antifaz.

 

Hubo un largo, aunque elocuente silencio; yo admi-rando embelesado la belleza de su rostro y apreciando la nobleza de su mirada, mientras que ella me miraba con el ceño algo fruncido, tal vez pensando a qué podía

 

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deberse que un encumbrado personaje como yo se re-bajaba a llevar a su casa una a ramera callejera, pu-diendo costearme las prostitutas más hermosas, más ca-ras y de mayor lujo de Roma.

 

Debí acertar con los pensamientos de ella pues noté una cierta resistencia a traspasar el portal de entrada.

 

—Pasa y no tengas miedo, Livia, que todo tiene una explicación. Y sigue tuteándome, me gusta más.

 

—Está bien, Orlando, voy a confiar plenamente en

ti.

 

Cuando al fin entró en casa, todo cuanto veía la ad-miraba, pareciendo tener una alta sensibilidad al arte. Los muebles, los tapices que colgaban de las paredes, las cortinas, las alfombras y todo aquello que tuviera alguna carga artística le arrancaban exclamaciones de admiración.

 

—Orlando, esta casa es digna de un rey, todo en ella es muy hermoso —me dijo, visiblemente emocio-nada—. Yo, que vivo en una lúgubre habitación de una ínsula12 rodeada de cuatro muebles desvencijados y que sufro de frío y goteras en invierno porque se filtra por todos lados el aire y el agua de la lluvia, viendo tanta belleza no sé si reír o llorar. Ojalá que Dios quiera algún día apiadarse de mí y ayudarme, aunque solo sea un poco, lo justo para sacar a mis hijos adelante.

 

—No cuentes con Dios para eso. Nunca he visto que ayude a un pobre para sacarlo de su miseria, sino todo

 

 

 

12   Así llamaban los antiguos romanos a un bloque de viviendas colecti-vas, equivalente a lo que sería un corral de vecinos en la actualidad.

 

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lo contrario; la pobreza tiende a reproducirse y es con-tagiosa. No tienes más que mirar a tu alrededor para ver que Dios solo se ocupa de ayudar a que los ricos au-menten sus riquezas a costa de que los pobres sean aún más pobres; cada nuevo rico produce cien nuevos indi-gentes.

 

—Sí, es cierto cuanto dices. Y también Dios ayuda a las cortesanas de lujo, que viven en mansiones y cono-cen todos los secretos de sus clientes políticos y rica-chones, haciéndolas cada vez más adineradas. No sé si conocerás a una tal Mesalina, aunque ese no es su ver-dadero nombre, creo lo ha adoptado de otra que se llamó así hace siglos, pues resulta que tiene una villa grandísima, con algunos esclavos y más de diez cria-dos, y es tan adinerada que, según dicen, hasta llega a prestarle dinero a sus clientes ricos.

 

—No la conozco, pero creo lo que dices. Como tú bien sabrás por experiencia, muchos de los hombres a los que les van mal sus negocios o que no son felices en su matrimonio, buscan en vosotras un poco de con-suelo y un hombro sobre el que llorar sus desdichas. Esas cortesanas a las que te refieres oyen en la cama de boca de sus clientes cosas tan importantes que algunas de ellas son secretos de Estado; esa es la razón por la que sus clientes les pagan lo que les pidan.

 

—Sí, lo sé, pero a esas ya no se les puede llamar prostitutas, la mayoría de ellas son políticos encerrados en cuerpos de mujeres. Pero, cambiando de tema, dime una cosa, Orlando, he oído una cierta historia sobre ti

 

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referente a algo que tomaste que te devolvió la vida e impide que envejezcas. ¿Es cierta?

 

—Sí, es cierta, mi aspecto físico es el mismo que te-nía cuando ocurrió aquel percance. Aparento tener treinta años, pero tengo muchos más. Y también tenía aquel bebedizo la virtud de alargarme la vida muchos años —le dije, sin querer desvelarle mi edad real por no saber cómo reaccionaría.

 

Poco después pasamos al comedor; dos criados nos sirvieron la cena y charlamos mientras Livia comía con verdadera hambre atrasada. Yo me excusé diciendo que no tenía hambre y solo probé unas uvas, unos dátiles y un poco de vino. Y, como viera que yo no daba ningún paso para pedirle sexo, fue ella la que me inquirió.

 

—¿Quieres que pase toda la noche en la cama con-tigo?

 

—Sí, es lo que quiero.

 

—Supongo que será porque eres rico, pero veo que no me has preguntado cuál es mi precio de estar toda la noche con un cliente. Espero que no te parezca caro.

 

—No debes preocuparte por eso, te recompensaré generosamente.

 

Supongo que el lector se estará preguntando con qué intención quería yo que pasase la noche acostada con-migo si mi sexualidad había desaparecido tras mi resu-citación. La razón era que llevaba más de ochenta años durmiendo solo y había olvidado hasta el olor de una mujer en la intimidad. Mi intención no era otra más que la de, además de su olor, sentir el calor de su cuerpo y

 

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la suavidad de su piel en contacto con la mía.

 

Cuando llegamos al dormitorio, pensé inventarme una desafortunada historia para justificar mi privación de sexualidad, pero no podía recurrir a decirle que fue debido a una herida de guerra porque iba a verme des-nudo dentro de un momento y comprobaría que mis ge-nitales estaban íntegros y que no tenía ninguna cicatriz. Así que, como quiera que ella estaba al tanto de la his-toria de la pócima, simplifiqué mi explicación.

 

—Debo decirte que, pese a tu gran hermosura, no puedo tener sexo contigo. Aquel bebedizo que me salvó la vida también destruyó mi libido. Desde aquel día no he podido hacer el amor con ninguna mujer.

 

—Perdona, pero no te entiendo. Dime, entonces, ¿para qué quieres que pase contigo toda la noche en la cama?

 

—Para acariciar tu cuerpo, para sentirlo en contacto con el mío, para recibir tu calor, para respirar tu aliento, para velar tu sueño y para besarte de cuando en cuando mientras duermes. ¿Te parece bien?

 

—Es la primera vez que me ocurre una cosa así y no sé qué contestarte. Las palabras que me has dicho me han parecido más propias de un esposo enamorado que del cliente de una prostituta.

 

—Entonces solo tienes que acostarte conmigo y comportarte como si fueras una esposa enamorada que le da consuelo a un esposo impotente. Si en algún mo-mento deseas besarme, bésame, y si te apetece hacerme una caricia, házmela, pero, si no te apetece nada de eso,

 

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no te sientas obligada y duerme como si estuvieras en tu propia cama.

 

Creo que Livia se sentía tan impresionada por el de-licado trato que recibía de mí y por mi anormal com-portamiento, tan raro y extraordinario para quien está acostumbrada a los malos tratos, que cuando nos des-damos uno frente al otro ni siquiera se percató de cuando me quité el traje biónico, que tan extraño debía haberle resultado para ella.

 

Después de haberme llenado la boca de besos, mez-clando nuestras lenguas y nuestras salivas, y de ha-berme cubierto el cuerpo de caricias, abrazada a mí, con sus desnudas piernas entrelazadas con las mías, Li-via tuvo aquella noche un dulce sueño, tal vez el más dulce y sosegado de los que hubiera tenido en muchos años. A lo largo de toda la madrugada la vi sonreír va-rias veces, al tiempo que cada vez que sonreía me re-galaba algunos tiernos besos, que supuse serían más de agradecimiento por el trato que de amor, pero velando su sueño yo disfruté como jamás en mi vida lo había hecho.

 

—Buenos días, mi amor —me dijo al despertar a la mañana siguiente, rodeándome el cuello con sus brazos y dándome un intenso y prolongado beso en la boca.

 

El intenso beso y aquel amable saludo, bastante im-propio en una furcia, me hizo la ilusión de que eran sin-ceros y me llenó de orgullo.

 

—Buenos días, Livia, querida —le respondí, y una amplísima sonrisa se dibujó en su rostro al tiempo que

 

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se desperezaba.

 

Tras el desayuno, cuando ya se despedía para irse, le tomé una mano y le deposité en ella una bolsa con cien monedas de oro.

 

—Con esto no te estoy pagando ningún servicio — le dije—, tan solo es la contribución que te hace un amigo para que soluciones tu problema económico.

 

Y cuando, al notar el excesivo peso de la bolsa, la abrió, no daba crédito a sus ojos. Miró alternativamente a la bolsa y a mí varias veces, sin poder articular pala-bra alguna, hasta que al fin pareció recuperar el ánimo.

 

—¿Qué es esto Orlando? Aquí hay oro para hacer rico a cualquier persona por muy exigente que sea.

 

—Es para ti. Eres una buena persona y no mereces la vida de carencias y de sinsabores que llevas.

 

—No puedo aceptar esto sin yo haberte dado nada a cambio, Orlando. Tal vez te parezca que soy soberbia, arrogante, altanera o lo que quieras pensar de mí, pero soy dueña de mi pobreza y quisiera erradicarla de mi vida habiéndome costado algún esfuerzo y tenido algún mérito.

 

—Considéralo un préstamo. Con este dinero podrás comprarte una casa, amueblarla, y te sobrará para pagar todos los médicos y las medicinas que necesite tu ma-dre y para darle una buena educación a tus hijos. Por cierto, tengo abierta una academia en la que les doy cla-ses gratuitas a los plebeyos, a la que pueden asistir tus hijos cada día a aprender de mis lecciones.

—Y también me servirá para ayudar a algunos de

 

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mis vecinos que lo necesitan igual o más que yo. Or-lando, si todos los ricos fueran como tú, no necesitaría-mos morirnos para ir al cielo, lo tendríamos aquí mismo, y el mundo sería un remanso de paz.

 

—No exageres, Livia, no exageres, todos tenemos nuestros más y nuestros menos. No olvides que durante bastantes años he sido un guerrero, que he matado a muchos hombres, y que he enviado a la muerte a mu-chos otros. Cuando Dios creó al hombre, le metió en la sangre el veneno de la envidia, el egoísmo y la violen-cia; hasta que nos libremos de esa lacra seguirán exis-tiendo el odio, la avaricia y las guerras. Si miras bien cuáles son las razones que originan una guerra, te darás cuenta que todas ellas son un robo a mano armada dis-frazado de una falsa justicia patriótica.

 

—Pues, ¿sabes lo que te digo?, que los curas dirán de Dios que es infinitamente sabio, bueno y poderoso, pero si es cierto que nos creó a su imagen y semejanza, además de tener una cabeza, dos brazos y dos piernas como todos nosotros, no debe ser tan bueno cuando permite que existan las guerras y deja morir de hambre y de miseria a sus hijos más pobres sin el menor escrú-pulo ni remordimiento.

 

Livia salió de mi casa llorando de felicidad y no tardó mucho tiempo en intentar devolverme el favor en la medida de sus fuerzas y haciendo lo que mejor sabía hacer, utilizar sus armas de mujer.

 

Con el oro que le di, Livia se compró un edificio, bastante cercano a mi casa, que era lo suficientemente

 

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grande para que tuviera fachada a dos calles paralelas entre sí, y lo dividió en dos casas con dos accesos inde-pendientes. Y, como quiera que era inteligente y lle-vaba el buen gusto en la sangre, convirtió la parte más noble del edificio en un refinado burdel de lujo, lo amuebló con encanto, amadrinó a una docena de las jo-vencitas más bellas y más hermosas de Roma.

 

Dos años más tarde se había hecho con una selecta clientela, contando entre sus clientes más habituales con prácticamente todas las fuerzas vivas de la ciudad, a los que, vestida con los más lujosos ropajes y abste-niéndose de coitar con ninguno, les dedicaba las aten-ciones de una amable y experta anfitriona, regalándoles aperitivos, bebidas y golosinas, habiendo conseguido hacer entre ellos numerosos amigos y, de paso, también algún que otro enamorado, entre los que se encontraba Liborio, el que fuera mi sustituto como primer coman-dante a la muerte del duque Guido de Spoleto.

 

Lamberto de Spoleto no se parecía ni física ni espi-ritualmente a su padre y, siendo su madre, Itta, una hija bastarda del príncipe lombardo Sico de Benevento que tenía fama de darse con facilidad a los hombres, eran muchos los que sospechaban que no era hijo de Guido. Ya os he dicho antes que Lamberto no solo que no me tenía ninguna estima, sino que se mostraba abierta-mente hostil hacia mí, con una aversión tan desmedida que más bien parecía que fuera una obsesión, lanzán-dome continuos sarcasmos e ironías cada vez que yo acudía a la corte y haciendo reír a los cortesanos a mi

 

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costa.

 

Llevaba ya Lamberto cuatro años ocupando el trono ducal de Spoleto cuando el 17 de septiembre de 864, como cada uno de los años anteriores, recibí la invita-ción para acudir al almuerzo que cada año ofrecía para celebrar el aniversario de su acceso al ducado de Spo-leto, invitación que rechacé por estar harto de soportale tanta humillación con las puyas que me dedicaba, argu-mentando que me encontraba indispuesto, pero Lam-berto, sabiendo que la verdadera razón era que le des-preciaba la invitación, lo tomó como un insulto y me acusó de insubordinación, diciendo que sus invitacio-nes eran órdenes. Tres días más tarde los jueces me ci-taron y me sometieron a juicio, pero como quiera que yo seguía insistiendo en que rechacé la invitación por encontrarme indispuesto, los magistrados decretaron que una semana más tarde debía someterme a una or-dalía para que, con el resultado, Dios decretara si decía la verdad. Liborio, hombre robusto, muy fuerte y expe-rimentado con las armas, fue el designado por Lam-berto para que ocupara su lugar y se enfrentara con-migo y, aunque el combate no sería a muerte, yo estaba totalmente seguro de que Lamberto le habría ordenado que me matase o que me dejase lisiado, para luego ex-cusarse diciendo que había sido un accidente involun-tario. Esta ordalía me obligaría a tener que separarme de mi traje biónico para evitar que al primer golpe que me descargara, salieran volando por los aires tanto él como su arma, despedidos por el campo de fuerza del

 

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traje, y a tener que exhibir públicamente mi fuerza so-brenatural de filsolis; y en el improbable caso de que lograra herirme, todos verían como la herida se cerraba de inmediato sin haber sangrado.

 

Habiendo yo tomado la costumbre de visitar a Livia con bastante frecuencia, la visité dos días antes de la ordalía y naturalmente salió a relucir el combate que tendría que llevar a cabo frente a Liborio.

 

—Pues sí que me preocupa mucho —me decía Livia refiriéndose a los riesgos de salir herido en el com-bate—. Por si no lo sabes, te diré que Liborio está tan enamorado de mí que está dispuesto, con la ayuda de Lamberto, a pedirle al papa que anule su actual matri-monio para poder casarse conmigo. No es que yo esté enamorada de él, pero es una buena persona y lo apre-cio mucho. Y a ti…, que voy a decirte, a ti te adoro.

 

Que Liborio estaba dispuesto a anular su matrimonio y casarse con Livia no lo sabía, pero sí me constaba que se llevaba muy mal con su esposa desde hacía años y que frecuentaba las casas de las cortesanas más caras de Roma. También sabía que no se habían conocido con anterioridad, sino hasta que Livia abrió el burdel, que se había enamorado perdidamente de ella y que se moría de ganas de hacer el amor con ella. Sin embargo, el mismo día que puso en marcha el prostíbulo, Livia renunció a ejercer la prostitución y se negó a acostarse con ninguno de sus nuevos y ricos clientes, decisión que yo le aplaudí al verse al fin liberada de tan ingrato oficio.

 

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—Gracias por tu preocupación, querida mía, pero yo también yo soy hombre de armas y sabré defenderme.

 

—Ya lo sé, mi amor, pero Liborio es un luchador profesional y sabe mucho de armas y de trucos y ardi-des en los combates; es un campeón que gana muchos triunfos en los torneos y es muy robusto, te sube a ti casi un palmo y es puro músculo. ¿Quieres que hable con él y lo convenza de que no se enfrente a ti? Le pe-diré que se haga el enfermo el día del combate y que no se presente a la ordalía, así los jueces tomarán su enfer-medad como que la voluntad de Dios es que no se lleve a cabo la pelea, por lo que te declararían inocente. Na-die lo sabrá. Le pediré a Liborio que me jure por Dios que no se lo dirá a nadie.

 

—No, Livia, es suficiente con que lo sepa yo. Lo que me propones es bastante deshonroso para mí —le res-pondí—. No debes preocuparte, habrá combate y ya ve-rás como todo saldrá bien. No llegará la sangre al río.

 

Agradecí aquel rasgo de preocupación de Livia, que yo interpreté como una demostración más de su agra-decimiento y de su amor por mí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La ordalía habría de celebrarse en el patio de armas del palacio ducal, con la asistencia de Lamberto y en presencia del juez que presidía el juicio, asistido por otros dos jueces auxiliares, y una docena de nobles cor-tesanos que habían sido requeridos para que actuaran como testigos y, tras el combate, certificaran junto con los jueces la limpieza del mismo.

 

El día señalado yo acudí sin vestir bajo mis ropajes el traje biónico, pues ambos contendientes teníamos que desvestirnos delante de los jueces, mostrarles que no llevábamos ninguna prenda o malla protectora bajo las ropas, volvernos a vestir y, con la ayuda de dos es-cuderos, colocarnos nuestras cotas de malla sobre ellas, armarnos y salir juntos al patio de armas; la costumbre de salir juntos los contendientes estaba tomada de los antiguos gladiadores, cuando los adversarios que iban a luchar a muerte salían hombro con hombro a la arena del circo.

 

Además del escudo y la cota de malla para cubrirnos el cuerpo y la cabeza, nos dieron a elegir a cada uno dos armas de entre aquellas que eran las más clásicas entre los francos, es decir, lanza, puñal, espada, hacha y mazo. Liborio eligió la espada y el mazo; yo elegí la espada y el puñal.

 

Ya en la sala donde los jueces revisaron nuestra in-dumentaria y comprobaron que nuestras armas estaban en perfectas condiciones de uso, pude observar, en la

 

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forma en que me miraba Liborio, que aquello que me había temido era real. La mirada de Liborio era tan elo-cuente y transparente que casi se le podía leer el pensa-miento a través de ella; supe a ciencia cierta que Lam-berto le había dado orden de matarme o, tal vez, en el mejor de los casos, lisiarme de por vida. La cota de ma-lla nos protegía la cabeza, el torso y los muslos hasta las rodillas, pero, a fin de poder manejar la espada y el puñal o el mazo con más soltura, habíamos renunciado a ponernos los guardabrazos y las grebas, que nos pro-tegerían los brazos y las piernas de rodillas para abajo. Y dado que el combate no era a muerte, sino a primera sangre, era muy posible que Liborio, siguiendo instruc-ciones de Lamberto, intentara lesionarme gravemente un brazo o una pierna con el fin de dejarme manco o cojo para siempre.

 

A una señal del duque Lamberto, quien con la corona real descansando sobre sus sienes y sentado en un do-rado trono con dosel, que había sido elevado y situado sobre tres tarimas superpuestas formando un graderío, imitaba la actitud hierática de una estatua faraónica, los asistentes a la ordalía, que hasta entonces habían per-manecido de pie, se sentaron. Los tres jueces ocuparon sus lúgubres sillones de ébano con grandes respaldos situados al pie de las gradas del trono; los tres escriba-nos que los acompañaban pertrechados de sus respecti-vas escribanías se acomodaron como pudieron en otros tantos estrechos e incómodos escabeles; la docena de testigos ocuparon sus también oscuras sillas de ébano,

 

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mientras que Liborio y yo cruzábamos la puerta del ga-binete en el que nos habíamos vestido y armado, avan-zábamos juntos hasta situarnos en el centro del patio y quedábamos a la espera de que el duque nos diera la orden de comenzar el combate.

 

Dada la señal de comienzo por Lamberto, con un dis-plicente movimiento de su brazo, Liborio adoptó una postura que recordaba a la de un felino en posición de ataque y yo adopté una pose puramente defensiva. Co-menzó a rodearme paso a paso, con lentitud, como es-perando una oportunidad para lanzarme su mazo y romperme el escudo, como solían hacer los caballeros francos en los torneos y en las batallas. Y así fue como lo hizo. Cuando lo creyó oportuno me lanzó su martillo con tal ímpetu que, al pararlo con mi escudo, este se rompió en cuatro trozos, quedándome asido al brazo un trozo tan escaso que solo me cubría una pequeña parte del pecho. Me desprendí de ese resto del escudo arro-jándolo lejos de mí y con la mano ya libre extraje la daga del tahalí. Ahora yo lucharía con la espada en la mano derecha y el puñal en la izquierda, ambas armas ofensivas, mientras que Liborio lo haría defendiéndose con el escudo y atacando con la espada.

 

Fue él quien tomó la iniciativa y, haciendo alarde de gran agilidad pese a su robustez, me atacó a la veloci-dad del rayo enarbolando la espada, pero yo, haciendo uso de mi facultad de tele-portarme, me moví instantá-neamente, desapareciendo del lugar donde me encon-traba y apareciendo al instante dos pasos a mi derecha,

 

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siendo percibido por los jueces y los testigos como un movimiento evasivo realizado con tal rapidez que sus ojos habían sido incapaces de ver el desplazamiento, lo que arrancó de sus gargantas un colectivo ¡Ooooh! de asombro y admiración. Liborio pareció quedar descon-certado cuando me vio desaparecer al descargar el golpe y el filo de su espada encontró el vacío. Habién-dose quedado estático por la sorpresa durante un ins-tante, al darse cuenta de que su flanco izquierdo estaba expuesto a un golpe de mi espada, se volvió con rapidez y me presentó su escudo para protegerse. Y fue enton-ces cuando, haciendo gala de mi fuerza filsolis y sin ánimo de lastimarlo, le descargué sobre el escudo tal golpe de plano con la hoja de mi espada que, tanto la madera y el cuero del escudo como el acero de mi es-pada se rompieron en mil pedazos y Liborio, con el sen-tido perdido por la tremenda violencia del golpe, voló por el aire yendo a parar rodando por los suelos a una distancia de diez pasos. Un grupo de escuderos que también presenciaban la pelea se encargaron de levan-tarlo y cargar con él hasta el interior del palacio para que lo atendiera el médico. Cuando miré a los jueces y a los testigos pude ver sus caras el asombro y la incre-dulidad ante lo que habían presenciado; en cambio, Lamberto tenía los labios apretados, los ojos enrojeci-dos y el rostro lívido por la rabia.

 

La noticia de lo ocurrido se extendió por toda Roma como reguero de pólvora, pues tanto los jueces, los no-bles que hacían de testigos, los escuderos y muchos

 

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criados que habían estado observando la pugna ocultos tras las ventanas del palacio que asomaban a la plaza de armas, se ocuparon de contárselo a todo el mundo con admiración e incluso exagerando aún más lo suce-dido, pues una de las versiones decía que yo había ven-cido a Liborio haciéndolo volar por los aires de un so-plido, es decir, con tan solo la fuerza de mis pulmones, lo que me hizo ganar una nueva fama de invencible, que venía a sumarse a las que ya tenía de disfrutar de una larga vida y de una permanente juventud hasta el día de mi muerte.

 

Tras aquel suceso, Lamberto, durante los días que continuó en Roma se abstuvo de hacer bromas a mi costa, no solo por la impresión que había recibido el día de la ordalía, sino porque, habiendo sido vencido Libo-rio, que era reconocido por todos como uno de los me-jores guerreros de Roma, sabía que toda la corte había quedado tan conmovida por mi hazaña que me habían elevado al pedestal de un héroe, por lo que ya no le reirían sus gracias ni los escarnios que dirigiera a mi persona. Pasados unos días y ya repuesto del golpe, Li-borio vino a visitarme.

 

—Me inclino ante ti, Orlando. Nunca hubiera sospe-chado que eras poseedor de una fuerza tan extraordina-ria. Dios te ha dotado de una capacidad física que yo la calificaría de hercúlea y sobrehumana.

 

—Sí, aunque mi aspecto físico no lo aparenta, siem-pre he tenido muy fuertes los brazos.

 

—Además, también quiero agradecerte que aquel

 

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golpe de espada sobre mi escudo lo dieras de plano, si lo hubieras dado de filo nos habrías partido en dos al escudo y a mí.

 

—Lo di de plano porque sabía que no eras mi enemigo, que no tenías nada personal contra mí y que me enfrentabas obligado por una orden de Lamberto. No quería hacerte daño; si hubieras llegado a sangrar por mi culpa nunca me lo hubiera perdonado.

 

—No solo que no tenía nada personal contra ti, sino que desde siempre has gozado de mi respeto y admira-ción. Aunque hemos hablado pocas veces, siempre te he tenido por una gran persona.

 

—Gracias, Liborio. Y dime, ¿es cierto que Lamberto te dio orden de lesionarme gravemente?

 

—Sí, así fue. No te quiere y no te ve con buenos ojos. Me había dado la orden de provocarte algún dalo per-manente y te pido perdón por haber intentado herirte, pero le debo obediencia y lealtad y no tenía otra opción más que obedecer su orden.

 

A partir de aquel día, aun desafiando la prohibición de Lamberto, Liborio buscó mi amistad, que fue cre-ciendo con el tiempo al demostrarme que era poseedor de virtudes tan escasas como la inteligencia, la lealtad, la generosidad y la nobleza de sentimientos.

 

Había vivido en estado de filsolis durante veinte años en Burdeos, dieciséis en Vannes y treinta en Barcelona, y aunque había concebido la idea de vivir en Roma más tiempo del que había vivido en estas ciudades, después

 

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de dos décadas transitando por las calles romanas, co-mencé a dudar si debía mudarme de ciudad, pues hacía tan solo unos días que, por segunda vez, me había tro-pezado accidentalmente con dos barceloneses distintos que me conocían desde hacía cuarenta años y, al reco-nocerme y observar que mi fisonomía se mantenía tan fresca y lozana como el primer día que me conocieron, fue tal su desconcierto que tuve que decirles que Or-lando había muerto y que yo era su hijo. Sabía bien que esos encuentros habían sido dos raras casualidades que se debían a que, siendo Roma la ciudad eterna y uni-versal, todo el orbe católico quería visitarla al menos una vez en la vida, como hacen los musulmanes con La Meca. También tenía en cuenta que la posibilidad de un nuevo encuentro fortuito se reducía drásticamente a medida que pasaban los años, pues nadie que fuera de Burdeos o de Vannes podría ya reconocerme porque todos aquellos que me conocieron habrían muerto de viejos, y también sabía que en poco tiempo ocurriría lo mismo con los que me conocieron en Barcelona. Tam-bién tenía en cuenta que muchos en Roma se habían tragado la historia de mi longevidad y de mi aspecto siempre joven en virtud de aquella pócima que dije que me hicieron tomar en Bengala, y pese a que todos estos razonamientos debían haber tranquilizado mis temores de ser descubierto como un inmortal filsolis, comencé a pensar, como he dicho antes, en que, si no me mudaba de ciudad, tal vez fuera conveniente que me fuera a vi-vir a otro barrio que estuviera bastante alejado de mi

 

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domicilio actual. Finalmente, deseché estos pensa-mientos, pues llegué a la conclusión de que si no me había mudado hasta ahora era porque no quería ale-jarme de Livia, a la que amaba más cada día y a la que visitaba con más frecuencia que nunca.

 

Que la Roma de finales del siglo IX, con sus poco más de cien mil habitantes, era tan pueblerina como cualquier villorrio de provincias, lo demostraba el he-cho de que, aunque en las que le hacía casi a diario a Livia me cuidaba de no entrar nunca por el portal del burdel, sino que lo hacía por el que daba acceso directo a su vivienda, que como dije más adelante estaba si-tuado en la fachada opuesta de la manzana y en una calle diferente que no tenía la mala fama de via forni-cationis que tenía la otra, aquellos encuentros dieron lugar a habladurías y a que muchos llegaran a pensar de mí que era un obseso del sexo, bulo que por aquellos entonces no solo que no me importaba lo más mínimo, sino que, siendo tal vez una reacción visceral a mi im-potencia sexual, debo reconocer que halagaba mi ego. Hoy, después de llevar doce siglos soportando una vida sin más objetivo que el de seguir enseñando en mi aca-demia a los niños y jóvenes más desfavorecidos y el de asistir a las asambleas de los uriatis en la Luna para aconsejar soluciones a problemas generalmente cos-mológicos, veo el sexo como lo que real y simplemente creo que es: el señuelo que nos pone la Naturaleza para perpetuar la especie, siendo igual de tentador y agrada-ble como pueda serlo una buena comida o una deliciosa

 

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bebida, pero con la diferencia de que es un placer que dura mucho menos tiempo. El deseo sexual obsesivo o el disfrute que pueda proporcionarnos durante el apa-reamiento un sentimiento de posesión o de dominación hacia el otro ya no son cosas que nos proporciona la Naturaleza, sino perversiones que alimentamos con nuestros comportamientos.

 

Transcurrieron tres años, durante los cuales la amis-tad entre Liborio y yo había crecido hasta el punto de que nos veíamos casi a diario. Acudíamos juntos a pre-senciar los torneos cuando no era él uno de los partici-pantes; juntos festejábamos nuestras onomásticas y cumpleaños; juntos íbamos a la palestra y practicába-mos las artes castrenses los martes y los sábados; y con gran frecuencia comíamos en mi casa, haciendo largas sobremesas en las que charlábamos de mil cosas distin-tas. Me sentía a gusto a su lado. Liborio era limpio de corazón, sincero en el decir, enemigo de la falsedad y del fingimiento, amante de la justicia y un inteligente conversador.

 

El último domingo de octubre del año 867, como tantos otros días, Liborio vino a mi casa a mediodía para quedarse a almorzar. Lo estaba esperando sentado junto a un velador del jardín con un aperitivo, una jarra de hidromiel y dos vasos. Lo vi llegar contento y más sonriente que nunca, hice que se sentara en la otra silla y no tardó ni un minuto en darme la noticia de que al fin había conseguido que el papa Nicolás anulase su

 

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matrimonio, cuando ya el pontífice se encontraba ago-nizante en su lecho de muerte y el óbito vino a suceder dos semanas más tarde, el 13 de noviembre. Me contó que al fin se había liberado de una esposa que le había sido impuesta por su familia, de la que nunca estuvo enamorado y a la que nunca había amado; una esposa que, en los diez años que llevaban casados, no le había dado hijos y a la que muy a su pesar había acabado de-testando. Hasta llegar a ese punto, todos sus argumen-tos me parecieron justos y normales; era lógico que un matrimonio impuesto, sin amor y sin unos hijos que lo alegraran, pudiera terminar en aborrecimiento mutuo, pero cuando a renglón seguido me dijo que le iba a pe-dir a Livia que se casara con él, algo se revolvió en mis tripas que hizo que me subiera la bilis a la boca. Mi inmenso amor por Livia había podido aceptarla como prostituta al alcance de cualquier hombre que quisiera comprar sus favores sexuales, pero le costaba aceptarla como la esposa de alguien que gozara del privilegio de disfrutar de esos favores en exclusiva, aunque ese al-guien fuera Liborio. Hacía ya tiempo que, en una de nuestras largas sobremesas, le confesé que aquel bre-baje que me salvó la vida en Bengala, al tiempo que me proporcionó longevidad y aspecto juvenil, también acabó con mi sexualidad, si bien mi capacidad anímica de sentir y de dar amor se mantenía intacta. También le había hablado muchas veces en nuestras conversacio-nes de mi gran amor por Livia, y aun sabiendo que ese amor mío no era un simple deseo sexual, sino que salía

 

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de lo más profundo de mi corazón, no dudó en decirme que iba a pedirle que se casara con él: debió haber su-puesto que darme la noticia de tal intención tendría que causarme un gran dolor. El sentimiento de amistad que hasta entonces había tenido hacia él se resquebrajó y pude sentir en el interior de mi pecho cómo se rompía en mil pedazos. Mientras Liborio seguía contándome su nuevo proyecto de vida acompañado de Livia, pude ver cómo, en mi imaginación, su cara, que antes era de persona buena y honrada, ahora la veía transfigurada en la de un bellaco, astuto y taimado. Aquel que un mo-mento antes me inspiraba una inmensa confianza como para poner mi vida en sus manos, ahora se había con-vertido en un adversario que me quería robar el amor de la persona que yo más quería de este mundo.

 

Aquel mismo día fingí haberme indispuesto para no tener que comer con él y lo despedí con frialdad, sin que diera muestras de haberse percatado de mi enfado. Y, aunque hoy día, casi doce siglos más tarde, me in-clino a creer que, al igual que yo nunca le propuse a Livia matrimonio pensando que mi carencia de libido sería un obstáculo y que tal vez él también pensara que amor y sexualidad eran la misma cosa y que al faltarme esta última habría quedado incapacitado para amar, por aquellos días comencé a ver a Liborio como un ladrón que, sin el menor escrúpulo, venía a apropiarse de mi tesoro, si bien era cierto que yo me consolaba dicién-dome que Livia estaba muy enamorada de mí y no lo aceptaría por esposo.

 

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Durante la tarde de aquel domingo y todo el lunes y el martes no dejé ni un solo momento de pensar en Li-borio y Livia. Los imaginaba cohabitando juntos, ha-ciéndose carantoñas, besándose y riéndose de mí mien-tras hacían el amor. Estos malos pensamientos me ha-cían subir la sangre a la cabeza, la sangre o lo que quiera que circulase ahora por mis venas, pues ya había tenido ocasión de comprobar que no recibía daño al-guno y ni tan siquiera sangraba cuando me apuñalaban.

 

El miércoles, una de mis criadas me anunció la visita de Liborio y, lejos de ordenarle que le dijera que no estaba disponible, lo recibí como siempre, aunque in-capaz de darle una cordial bienvenida y dedicarle una sonrisa.

 

—Te veo muy serio, mi querido amigo —me dijo al entrar en la sala—. ¿Tienes algún problema que te preocupa?

 

Aquella pregunta me invitaba a confesarle mis celos y a reprocharle su falta de tacto y de consideración ha-cia mi persona al anunciarme su intención de propo-nerle casamiento a Livia sabiendo que yo la adoraba. Por un prurito de amor propio, durante un breve ins-tante dudé si exponerle mi problema, pero al fin decidí que hacerlo sería lo más conveniente para desnudar nuestras almas.

 

—Pues sí, tengo un problema que, desde hace tres días, no para de rondarme por la cabeza.

 

—¿Tres días con un problema dándote vueltas en la cabeza? ¿a ti, que eres puro cerebro? ¿puedo saber de

 

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qué se trata?

 

—Sí, tres días, desde que saliste de esta casa el do-mingo. Y el problema eres tú.

 

—¿Yo? No te entiendo. ¿Qué es lo que ocurre con-migo?

 

—En más de una ocasión te he confesado el gran amor que siento por Livia…

 

—¿No me digas que es porque te dije que quiero pro-ponerle matrimonio? —me interrumpió.

 

—Sí, es por eso. ¿Acaso te parece que es una peque-ñez o algo insustancial?

 

—Pues la verdad es que sí me lo parece. Sé que los dos os amáis intensamente, y también sé que lo que Li-via siente por mí tan solo es simpatía y que me profesa bastante cariño, pero sin punto de comparación con el amor que siente por ti.

 

—Ahora el que no entiende soy yo. ¿Cómo preten-des casarte con una mujer, no solo a sabiendas de que no te ama, sino sabiendo que ama a tu mejor amigo?

 

—Porque tanto Livia como yo sabemos quién eres en realidad.

 

—¿Qué quieres decir?

 

—Que tu amigo, Reinaldo el Gordo, el que fuera margrave de la Marca de Bretaña, tenía un diario que, a su muerte, pasó a manos del emperador Carlomagno y, a la muerte de este, pasó a su hijo Ludovico Pío, quien se lo legó al duque Guido de Spoleto y ahora está en manos de Lamberto. En ese diario, Reinaldo había revelado tu verdadera identidad; por él sabemos que

 

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eres un resucitado inmortal de la llamada Hermandad de los Hijos del Sol.

 

—Vaya, ¡que pequeño es el mundo! Yo, tratando de ocultar a toda costa mi naturaleza de filsolis, y resulta que es de dominio público. Y dime, ¿tiene esto algo que ver con el odio que me profesa Lamberto?

 

—Sí, tiene que ver. Cuando supo lo que eres co-menzó por envidiarte, luego su envidia se convirtió en rivalidad y finalmente acabo odiándote a muerte. Lam-berto es valiente, pero no es muy inteligente que diga-mos y, aunque le he jurado fidelidad y me debo por en-tero a sus órdenes, tengo que reconocer que no es lim-pio de corazón; es perverso y es una mala persona.

 

—Y dime, el hecho de que sepáis que soy un filsolis inmortal, ¿tiene algo que ver con mi amor por Livia?

 

—Piénsalo bien, Orlando, ¿cómo crees que se sen-tirá Livia viéndose envejecer cada día y transformarse al cabo de los años en una vieja decrépita mientras que tú te mantienes durante toda su vida con el mismo as-pecto joven y lozano que tienes ahora? ¿No crees que Livia y el hombre que la acompañe en su vida deben envejecer juntos y tener ambos la muerte como último destino?

 

—Sí, creo que llevas razón. Te pido perdón por ha-ber dudado de ti. Tal vez el gran amor que siento por ella me haya obnubilado el entendimiento.

 

—No creo que sea eso. Estoy seguro de que en tu fuero interno has debido hacerte inconscientemente esta misma reflexión en algún momento. Digo más,

 

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creo que, aunque no seas consciente de ello, esta debe ser la razón por la que tú nunca le has propuesto que se case contigo. A ver, Orlando, aclaremos la situación. Sigo siendo tu amigo, y no solo un amigo de visitas, de comidas, de tabernas y de conversaciones, sino un amigo de estar dispuesto a dar mi vida a cambio de la tuya si fueras mortal. Y, por si no lo sabes, Livia tam-bién sacrificaría su vida en aras de la tuya. Creo que, al igual que la divinidad, somos uno en esencia y trino en personas, un trio de amigos que comparten una única alma. Si me acepta y me caso con ella, te prometo que podrás seguir amándola hasta el mismo día de su muerte sin que yo interfiera entre vosotros en lo más mínimo. No tengas la menor duda de que, aunque se convierta en mi esposa, podréis conversar, abrazaros, besaros y dedicaros cuantas caricias deseéis. Es así como yo entiendo la amistad en toda su pureza.

 

Livia cerró el prostíbulo, se casó con Liborio, y dos años más tarde dio a luz un hijo varón, al que pusieron por nombre Sebastiano. Los siguientes veinte años transcurrieron felices para los tres hasta que, en julio de 889, Liborio murió durante una descubierta que hizo con sus hombres para hacer frente a una incursión de piratas berberiscos en la costa de Ostia. Su muerte no fue digna ni gloriosa, como resultado del enfrenta-miento cuerpo a cuerpo con los malhechores, sino que fue fruto de la mala suerte pues resultó que cuando, tras dos días de persecución, se encontraron de cara con los piratas en la Isola Sacra, estos habían atacado la villa

 

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del rico lombardo Calixto, que aquel día celebraba al aire libre la boda de su única hija, Petra, en la extensa terraza que, pavimentada de grandes losas de mármol rojo, se extendía a un lado del edificio. Un centenar de furiosos piratas habían caído de improviso sobre los novios y sus invitados, habían degollado a todos los hombres, y en aquel momento se encontraban divirtién-dose comiendo y bebiendo las viandas del convite des-pués de haber violado a las mujeres. Al verse sorpren-didos por las tropas de Liborio, los piratas acudieron con rapidez a sus armas produciéndose a continuación un intenso cruce de disparos de ballestas, con tan mala suerte que uno de los virotes disparados por los sarra-cenos fue a hundirse en una de las axilas de Liborio, habiendo entrado a través del hueco de una de las so-baqueras de su armadura en un instante en el que se encontraba montado a caballo y con el brazo levantado, penetrándole tan profundo en el pecho que fue a alcan-zarle el corazón provocándole una muerte instantánea. Al fallecimiento de Liborio le siguió el casamiento y la emancipación de Sebastiano y, al quedarse sola, Livia se vino a vivir conmigo. Un mes más tarde, nos vimos obligados a casarnos para acallar las habladurías de las gentes de misa diaria y librarnos de las amenazas de exclusión social y de excomunión por parte del propio obispo, que nos condenaban por cohabitar juntos en pe-cado mortal, aun siendo probable que el obispo cono-ciera mis especiales circunstancias de inmortalidad y de impotencia sexual. Transcurrieron veintisiete años

 

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viviendo juntos, que fueron de absoluta felicidad, hasta que mi adorada Livia fue alcanzada por la muerte en abril de 916, expirando dulcemente en mis brazos a la edad de setenta y nueve años, habiendo conservado hasta entonces su belleza de rostro y de alma.

 

De todos los tributos que tenemos que pagar los fil-solis por nuestra inmortalidad, como son el tener que soportar durante toda una eternidad el sinsentido de la vida, la repetición de los acontecimientos históricos por haber olvidado los ya sufridos con anterioridad, o las consecuencias de la estupidez humana, llámense gue-rras, hambrunas o crisis económicas, ninguno de todos estos es más duro de sobrellevar que el dolor causado por la pérdida de los seres que vamos amando a lo largo de nuestra existencia; esta y no otra es la razón de que, después de pasar por algunos de estos malos tragos, los filsolis nos inclinemos a vivir algo alejados de la socie-dad, procurando no intimar con nuestros vecinos ni con ningún otro semejante, a fin de evitar que el amor anide de nuevo en nuestros corazones.

 

Lamberto I de Spoleto murió de una apoplejía du-rante el sitio de Capua en el año 880, mientras trataba de asaltar sus murallas y apoderarse de la ciudad. El asedio se prolongó durante demasiado tiempo, por lo que se supone que la impotencia y la rabia que le des-pertó su impaciencia por el retraso debió acabar con su vida. Le sucedió su hijo, Guido II, que solo reinó du-rante tres años, demostrando en este corto espacio de tiempo no ser mejor persona ni mejor gobernante que

 

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su padre.

 

Tras la muerte de Livia, aún seguí viviendo en Roma nueve años más, pero los veintisiete años de conviven-cia con Livia, cargados de recuerdos agradables y mo-mentos felices, me hacían verla en cada rincón de la casa y suspirar por su ausencia, hasta que en el mes de agosto del año 925 decidí mudarme a Fráncfort, la ca-pital de la Francia Oriental.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Pasar desapercibido por el mundo ocultando mi na-turaleza de filsolis se presentaba como una misión im-posible, y no era yo el único que tenía este inconve-niente, pues en las asambleas decenales que celebrába-mos en la Luna había podido comprobar que era un pro-blema bastante común entre nosotros. Dado que mi in-ventada historia bengalí se había convertido en un re-lato que circulaba por todas las cortes europeas y hasta servía de cuento que los padres les contaban a sus hijos antes de dormir, mi fama de longevo y de no envejecer, así como la que se extendió por todo el imperio franco a partir de aquella ordalía de ser invencible en la lucha, la vida en Fráncfort me resultaba algo incómoda pues, al haberme convertido en una leyenda, tenía que con-formarme y soportar el ser casi una atracción de feria, ya que en cualquier otra ciudad europea a donde me fuera a vivir tendría que pasar por lo mismo. Durante todos estos años estuve dedicado a mi labor de ense-ñanza de los menos favorecidos y, además, abrí una se-gunda academia en la que daba clases de materias tan dispares entre sí como pueden serlo la esgrima y la mú-sica. También por aquellos años hice mis pinitos como pintor y escultor, sin que llegara a destacar en ninguna de estas dos actividades al no conseguir que mis manos, que estaban sobradas de fuerza, hubieran llegado nunca a adquirir la sensibilidad y la delicadeza que son nece-sarias en algunos trazos con el pincel, ni ese tajo genial

 

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que la gubia le imprime al rostro de un personaje en la talla en madera, ni la precisión con la que es necesario aplicar algunos golpes de martillo sobre la piedra para revelar un músculo o una vena del cuerpo humano.

 

Pasaron casi treinta años sin que me hubiera visto obligado a tener que hacer ninguna demostración de mis extraordinarios poderes hasta que, a finales de ju-nio de 955, el rey Otón regresó a Fráncfort, después de poner fin a una más de las muchas rebeliones que ya llevaba sofocadas, habiendo esta última estado encabe-zada por su propio yerno, Conrado de Lorena, apodado el Rojo, a quien no solo le perdonó su insurrección, sino que además lo nombró duque de Franconia, y siendo recibido a su llegada con la noticia de que un ejército húngaro con treinta mil hombres había entrado por la frontera sur y avanzaba hacia el norte en dirección a Augsburgo saqueando cada pueblo por el que pasaban. Fue entonces cuando recibí a un lacayo real con una nota manuscrita por el propio monarca requiriéndome acudir de inmediato a su presencia. Así pues, vestido tal como estaba, con el traje biónico puesto y oculto por mis ropas de diario colocadas sobre él, abandoné mi casa y seguí al sirviente hasta el palacio real.

 

Hacía ya diecinueve años que los duques alemanes habían llegado por fin a un acuerdo y habían elegido a Otón I como rey de la Francia Oriental. A fin de darle una mayor solemnidad al acto de la coronación, esta fue a celebrarse en el mítico palacio de Carlomagno, en Aquisgrán, el 7 de agosto de 936, con la imposición del

 

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título de Rex et sacerdos13. Durante este tiempo, con la ayuda de los papas y de las altas jerarquías de la Iglesia, que se había cuidado muy mucho de que todos aqiellos puestos de responsabilidad que tomaban decisiones es-tuvieran en manos de sus familiares y amigos, fue de-rrotando, uno a uno en diversas batallas, a los señores alemanes que se le oponían hasta hacerse dueño y señor de toda Europa oriental y la mitad norte de Italia.

 

—Soy conocedor de dos historias que se refieren a vuestra persona —me dijo, cuando al fin nos encontra-mos solos en su gabinete de trabajo—. Una es una le-yenda popular que corre de boca en boca y la otra la he leído en el diario del margrave Reinaldo y supera a la leyenda popular en fantasía. Decidme, Orlando, ¿son ciertas o han surgido de la fértil imaginación de trova-dores y juglares?

 

—Conozco la que corre de boca en boca, que viene a ser una mezcla de ambas cosas —le respondí, que-dándome con las ganas de contarle la verdad y confe-sarle que esa leyenda era una invención mía—; la de Reinaldo no la he leído. ¿Qué historia es la que ha es-crito de mí el difunto margrave de Bretaña?

 

—En su diario, Reinaldo se refiere a vos como el más íntimo de sus amigos y, al igual que la leyenda po-pular, no solo dice que no envejeceréis nunca, sino que también añade que sois inmortal e invulnerable. Si esto fuera cierto, habiendo muerto Reinaldo en al año 806,

 

 

 

13   Rey y sacerdote.

 

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es decir, hace ciento cuarenta y nueve años, ¿cuánto tiempo es el que lleváis deambulando por este mundo? Me interesa mucho saber si es cierta esta segunda parte que añade Reinaldo.

 

—¿Creeríais que puede haber en este mundo alguien que sea inmortal e invulnerable?

 

—En mis cuarenta y tres años de vida he visto de todo y ya nada me asombra. Respondedme, ¿es o no es cierto?

 

El lector habrá podido apreciar que aquella patraña que me inventé del brebaje bengalí no era más que una versión algo descafeinada que, coincidiendo en algunos puntos con mi verdadera historia, la enmascaraba a la perfección. Pero siendo Otón un hombre de carácter que gozaba de una mirada y de un tono de voz extraor-dinariamente persuasivos, no fui capaz de negar la ve-racidad de la versión que Reinaldo había escrito en su diario, la cual, como ya os he contado en páginas ante-riores, le había sido revelada por aquel otro filsolis que le salvó la vida el día que se despeñó por un precipicio.

 

—Es cierto cuanto dice Reinaldo —fue mi lacónica respuesta, omitiendo el tratamiento debido a su majes-tad.

 

—¿Queréis decir que sois el conde Roland, muerto en Roncesvalles y enterrado en Burdeos, redivivo e in-mortalizado?

 

—Sí, así es, mi señor.

 

—¿Y qué nunca envejecéis, que podéis volar por los aires como un pájaro y que tenéis la fuerza de diez

 

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hombres?

 

—Sí, mi señor.

—¿Y qué más cosas extraordinarias podéis hacer?

 

—Puedo moverme de un lugar a otro a tal velocidad que la vista no puede seguir el movimiento —le con-testé, después de pensar durante una fracción de se-gundo cuál era la mejor respuesta que podía darle a fin de que pudiera entender lo que era una tele-portación.

 

—Vos, que sois hombre de armas, ¿no os dais cuenta de que con vuestras extraordinarias facultades sois ca-paz de derrotar a un ejército?

 

—Sí, mi señor, lo sé.

 

—Y, ¿cómo es que en tantos años no habéis utilizado esas maravillosas potencialidades en vuestro propio provecho? Podríais crear un imperio que durara eterna-mente.

 

—No, mi señor, no sería honesto, estaría jugando con ventaja al utilizar mis facultades y, al gobernar un imperio durante siglos, correría el riesgo de conver-tirme en un tirano. Pero, además, porque resulta que, cuando te has muerto y has vuelto a resucitar, ves el mundo con otros ojos. Antes, cuando me encontraba en el mundo de los vivos, yo amaba la guerra, pero ahora todas las guerras me parecen un latrocinio en las que el vencedor desvalija al derrotado. La guerra, cuyo único objetivo siempre es el botín, no es más que una forma de piratería con barniz de legalidad. Si se le declara la guerra al país vecino es para arrebatarle cuando menos una parte de su territorio, y si el agresor es quien resulta

 

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derrotado, será el agredido, ya vencedor, quien le des-valije al atacante todo cuanto posea. Y, si se trata de una guerra ideológica o de religión, el vencedor no se conformará con imponerle sus ideas o su credo al per-dedor, sino que también le arrebatará sus posesiones para enriquecerse a su costa.

 

—Es raro que siendo como sois una persona opu-lenta y hombre de armas no estéis interesado en asumir el poder y dirigir el destino de los hombres.

—Para eso ya tenemos a Dios, ¿no os parece?

 

—Sí, eso es cierto, pero es precisamente para mane-jar el destino de los hombres que Dios nos elige a algu-nos como su instrumento.

 

—En tal caso, de nada nos vale que nos mostremos interesados en ejercer un poder terrenal si Dios no tiene intención de elegirnos como su instrumento.

 

—A veces, hasta el mismo Dios necesita que le ayu-demos con nuestro entusiasmo y nuestra voluntad, pero no os he llamado para que tengamos una discusión fi-losófica, sino para haceros una petición.

—¿Una petición…?

 

—Reinaldo cuenta en su diario una hazaña que lle-vasteis a cabo en el barco que os conducía a Ostia para asistir a la coronación de Carlomagno en Roma, y he pensado que si sois capaz de transportaros de un barco a otro sin pisar el agua y sin que nadie se percate de tal movimiento; si podéis con una sola mano lanzar por los aires a un hombre robusto, como al parecer era aquel capitán pirata, a más de cien codos de distancia; y si

 

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podéis agujerear el casco de un barco golpeándolo con vuestros puños hasta hundirlo, también seréis capaz de ganar una batalla.

 

—Sí, así es, si me lo propongo puedo acabar con la vida de decenas de miles de soldados sin recibir ni un solo rasguño, pero mi resucitación también me ha con-vencido de que la vida humana es sagrada y que solo Dios puede disponer de ella. El quinto mandamiento de la Ley de Dios, que nos ordena «No matarás», así de tajante y sin más distinciones, hace que la vida del ase-sino sea tan sagrada y tan respetable como la de su víc-tima.

 

—Un ejército de treinta mil húngaros ha entrado por nuestra frontera sur y avanza hacia el norte en dirección a Augsburgo asesinando a nuestros hermanos y sa-queando todo lo que encuentran a su paso en nuestro reino. Como bien sabéis, Augsburgo es un nudo neu-rálgico de comunicaciones y punto de intersección de las más importantes rutas comerciales, sobre todo de los principales pasos de los Alpes que dan acceso a los mercados italianos, por lo que sería un verdadero desastre si cae en manos de los húngaros, y para hacer-les frente tan solo dispongo de ocho mil hombres, ¿no son estas razones más que suficientes para que os deci-dáis a ayudarnos? Os lo pondré más fácil. No tendréis que matar a nadie y ni siquiera habrá lucha si lleváis a cabo el plan que he trazado.

 

—¿A qué plan os referís?

—Cuando tanto el ejército húngaro como el nuestro

 

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nos encontremos acampados, no tendréis más que ha-cer uno de esos movimientos vuestros más rápidos que la vista y trasladaros durante la madrugada a la tienda de campaña de Balcsú, el comandante magiar, donde lo sorprenderéis durmiendo. Una vez lo hayáis sometido y lo tengáis en vuestro poder, utilizando vuestra irresis-tible fuerza, lo sacaréis de su tienda y lo traeréis vo-lando por los aires a nuestro campamento. La operación quedaría redonda si hacéis lo mismo con sus dos lugar-tenientes, Lehel y Sûr, que también gozan de un gran respeto y de la admiración del ejército. A la mañana siguiente obligaremos al ejército húngaro a retirarse a cambio de la vida de sus jefes, liberando a los lugarte-nientes para que conduzcan la retirada, pero reteniendo a Balcsú como rehén durante un año. ¿Qué os parece la idea?

 

—Me parece una idea excelente, mi señor. Está bien, os ayudaré.

 

Los húngaros paganos del principado de Hungría, quienes desde su llegada a Europa procedentes de Asia en el año 896 no habían parado de saquear e incendiar multitud de aldeas de los Estados germánicos, habían infringido continuas derrotas a los francos en inconta-bles batallas. Décadas de vandalismo de los magia-res sobre Germania e Italia habían puesto de manifiesto la incapacidad de los anteriores reyes carolingios de la Francia Oriental y de Italia para contener al principado de Hungría. Después de invadir Baviera en el año 954,

 

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los magiares continuaron avanzando hacia el centro de Francia hasta alcanzar la provincia de Aquitania. Por aquellas fechas, ante la ineficacia demostrada frente a los magiares por el rey Lotario de la Francia Occiden-tal, Otón tomó la iniciativa de hacer personalmente frente a la lacra que suponían los húngaros y, utilizando esta incursión aquitana como pretexto, convenció a los duques alemanes de que se reunieran bajo su estandarte para hacerles frente. En aquel momento, Otón puso en pie un ejército, pero no llegó a tener ocasión de enfren-tarse con los magiares.

 

En esta ocasión, Otón se dispuso a enfrentar esta in-vasión húngara, pero tuvo que dejar la mayor parte de sus tropas sajonas en su ducado de Sajonia al estar pro-duciéndose aún algunas revueltas en el norte, entre los eslavos del Bajo Elba. Así pues, terminó convocando a unos ocho mil hombres para luchar contra la invasión de los treinta mil magiares, es decir, con una desventaja de seis a uno. Dividió las tropas imperiales en ocho le-giones de caballería pesada, con unos mil hombres cada una, de las cuales, tres eran de Baviera, dos de Suabia, una de Franconia y una de Bohemia, esta úl-tima al mando del príncipe Boleslav. La octava divi-sión, comandada por él mismo era algo más grande que las otras e incluía a sajones, turingios y a su guardia personal. Dada la gran diferencia que había en número de soldados entre ambos ejércitos, Otón prefirió una fuerza más ligera y que tuviera una mayor rapidez en

 

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los movimientos para poder sorprender al enemigo, que disponer de un mayor número de efectivos.

 

Cuando nuestro ejército se puso en marcha y aban-donó Aquisgrán al amanecer del viernes 1 de agosto, el ejército magiar ya acampaba frente a la puerta oriental de las murallas de defensa de Augsburgo y había ini-ciado el asedio de la ciudad, cuyas defensas estaban a cargo del obispo Ulrich. Nos encontrábamos a una dis-tancia de más de setenta leguas y nos habíamos pro-puesto alcanzar Augsburgo en tan solo ocho jornadas, haciendo marchas forzadas de doce horas y nueve le-guas de recorrido diario.

 

Durante los días de marcha estuve haciendo cada día, a la caída de la tarde, una tele-portación diaria hasta un bosquecillo que quedaba cercano a las murallas de Augsburgo, desde podía comprobar los movimientos que diariamente pudieran ir haciendo los húngaros, con el fin de informar por la noche al rey y sus nobles de los progresos que pudieran haber hecho ese día en su intento de tomar la ciudad. En los seis primeros días de marcha no tuve nada de qué informar ya que todos los ataques que los magiares llevaron a cabo fueron recha-zados por las fuerzas defensoras del obispo Ulrich, si bien el quinto día pude observar que los asaltantes es-taban a punto de terminar una torre de asalto en la que habían estado trabajando desde que llegaron.

 

—Ya tienen terminado el mástil de la torre y están terminando de construir en su coronación el castillete de asalto y el puente levadizo —les informé—. Con

 

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toda seguridad estará terminada mañana por la tarde o pasado mañana a mediodía y la pongan en marcha el viernes.

 

—¿Tienen catapultas? —me inquirió Conrado el Rojo.

 

—¿Han construido algún ariete para atacar la puerta de oriente? —me preguntó el príncipe Boleslav I de Bohemia, al que todos llamaban el Cruel.

 

—No he visto ninguna catapulta y no puedo ni negar ni afirmar que pudieran estar construyendo un ariete. Es posible que lo estén haciendo y que aún no le hayan colocado el tejadillo de protección, pues por su altura hubiera destacado y quedado visible en la distancia.

 

—Debemos forzar la marcha aún más y llegar antes de que pongan esa torre en movimiento —ordenó Otón—. El obispo Ulrich es un buen defensor, pero no sabemos si haya podido tener demasiadas bajas entre sus fuerzas en estos cinco días de asedio. Si la torre está bien construida y bien protegida contra el fuego, cuando llegue hasta la muralla es muy posible que los húngaros invadan el adarve.

 

—Si eso ocurre, la ciudad estará perdida —concluí yo.

 

—Así es —afirmó Otón—. Mañana y pasado ma-ñana haremos dos horas más de marcha. Es importante impedir que esa torre se ponga en marcha.

 

—Creo que no será necesario forzar la marcha, mi señor, yo me encargaré de destruir esa torre esta misma noche, y si hubieran construido algún ariete también lo

 

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destruiré —afirmé.

 

—¿Es posible que podáis hacer eso? —se admiró Conrado.

 

—Al menos lo voy a intentar. Esta noche no tenemos Luna, esperaré a que sea madrugada cerrada y estén to-dos bien dormidos para ir al campamento magiar.

 

—Si conseguís eso, tendremos muchas posibilidades de ganar —concluyó el príncipe Bolesvav—. Que Dios os ayude.

 

Cuando se acabó la reunión, antes de ir a mi tienda, me dirigí a uno de los carromatos que portaba las he-rramientas y me aprovisioné de la maza de hierro más grande y pesada que encontré. Luego fui a mi tienda, les dije a los dos centinelas que guardaban la puerta que se retiraran y que volvieran dentro de una hora, pues no quería que me vieran esfumarme en el aire y tampoco que tuvieran necesidad de entrar en la tienda y no me encontraran en el interior. Me desvestí de mis ropajes, quedándome tan solo con el traje biónico, regulé men-talmente el campo de fuerza a su máxima potencia en previsión de que al materializarme me viera descu-bierto y atacado a lanzazos por los centinelas, y prefi-riendo hacer el salto al aire libre, tomé la pesada maza, la eché sobre mi hombro y salí al exterior. Teníamos luna nueva y la noche era oscura; la escasísima luz que llegaba al suelo era la que procedía del negro cielo noc-turno que, limpio de nubes, se veía tachonado de estre-llas; y la templada temperatura agosteña invitaba al

 

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canto a los grillos y a las cigarras. Tras dar unos cuan-tos paseos arriba y abajo mirando al cielo y aspirando el balsámico aire campestre que, cargado de las esen-cias de las hierbas aromáticas, colmaba plácidamente mis pulmones, me detuve en la puerta de la tienda y, cerrando los ojos, deseé encontrame el interior de la to-rre de asalto magiar.

 

No era una torre de asedio grande. Siendo su altura de unos treinta codos y su anchura en la base de unos quince codos por cada lado y de ocho o nueve en el remate superior, bien podía calificarse de mediana. Tan seguros estaban los húngaros de que su torre de asedio no corría ningún peligro que no se habían molestado en poner vigilantes a su alrededor, cosa que agradecí al no tener necesidad de emplear la violencia para eliminar-los; tan solo un par de fogatas, ardían algo alejadas ilu-minando una de sus caras. Así que me puse a trabajar enseguida. Podía destruirla atacando su base y `provo-cando su caída, pero corría el riesgo de que cayera so-bre alguno de los grupos de tiendas más próximos, así que decidí destruirla empezando por su parte superior, si bien, dado que mi traje biónico, al ser reflectante, me hacía demasiado visible, y aunque sabía que el ruido que haría durante la destrucción me delataría, renuncié a subir por la escala que estaba dispuesta en una de sus caras y también a hacerlo levitando, sino que me tele-porté hasta la plataforma que la coronaba, en la que se había dispuesto un puente levadizo por el que las tropas asaltarían el adarve de la muralla formando un frente

 

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de seis o siete guerreros. Así que, una vez arriba, co-mencé arrancando los tirantes del puente levadizo con las manos y, con la intención de no herir a nadie, em-pujé al enorme tablero en su caída hacia el lado en el que no había plantada ninguna tienda de campaña. El estruendo de la caída del tablero fue suficiente para que en el campamento se diera la alarma. Mientras que de las tiendas comenzaron a salir hombres armados yo continué mi labor destructiva, unas veces a mazazos y otras a golpes de puños fui astillando montantes y ti-rantes a medida que iba bajando. La destrucción avan-zaba a bastante velocidad, pero la luz de las fogatas, al reflejarse en mi reflectante traje biónico, debía conver-tirme en un blanco perfecto porque, cuando ya había destruido la mitad superior de la torre, una lluvia de fle-chas y virotes de ballesta impactaron sobre el campo de fuerza de mi traje siendo despedidas por ser de hierro, tanto las puntas de las flechas como las varillas de los virotes, con la misma fuerza con la que llegaron, hi-riendo a más de un tirador, obligándolos a tener que parapetarse para eludirlas. Llegado a aquel punto y considerando que aquella destrucción era más que su-ficiente para que no tuvieran tiempo de reconstruirla antes de la llegada de nuestro ejército, abandoné el en-tramado de la torre, me lancé al vacío e hice un vuelo rasante sobre las cabezas de los magiares. Ante aquella visión, ocurrió lo que yo esperaba que ocurriera; que cuando los húngaros vieron a una figura humana de un blanco brillante, refulgiendo a la luz de las fogatas y las

 

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antorchas, que destacaba sobre la negrura del cielo noc-turno volando con los brazos extendidos en cruz, como si de un águila se tratara, pese a que eran paganos, todos ellos me tomaron por ser un ángel que nuestro Dios nos había enviado para ayudarnos.

 

Las vinculaciones de Otón con los papas, con los que mantuvo continuas alianzas, lo llevó a hacer negocios con Juan XII desde el mismo día en el que ascendió al trono de San Pedro aquel mismo año 955, sin impor-tarle que este papa fuera tachado por todos como la per-sona más abyecta y despreciable que jamás se había sentado en la silla del apóstol pescador. Juan XII era hijo ilegítimo de Alberico II y, por tanto, nieto de Ma-rozia y bisnieto de Teodora. Ambas mujeres, prostitu-tas y amantes del papa Sergio III, fueron extraordina-riamente influyentes en el periodo conocido como de la «pornocracia papal»14, siendo su pontificado consi-derado como uno de los más nefastos de la historia de la Iglesia. El hecho de que este pontífice fuera apodado «el papa Fornicario» por sus muchas amantes, da una idea de su catadura moral. Su nombre era Octaviano de

 

 

 

 

14   Dicho periodo, conocido como Saeculum obsculum (siglo oscuro) y tam-bién como «gobierno romano de las cortesanas», o como «reinado de las pros-titutas», se inicia en el año 904 con la elección como papa de Sergio III y finaliza en 964 con la muerte de Juan XII. Los papas, a cuál más lujurioso, más corrompido y más depravado, que ocuparon la silla de Pedro durante este periodo fueron: Sergio III, Anastasio III, Landón, Juan X, León VI, Esteban VII, Juan XI, León VII, Esteban VIII, Marino II, Agapito II y Juan XII, los cuales estuvieron marcados por la influencia ejercida por las prostitutas Ma-rozia y su hija Teodora.

 

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Túsculo y en el momento de su elección tenía menos de dieciocho años de edad y una nula formación, tanto mundana como religiosa. Dado su total desinterés por lo espiritual, su enfermiza afición a los placeres grose-ros y a llevar una vida disoluta y sin inhibiciones de ningún tipo, su apasionamiento por la caza y por los juegos de dados, Juan XII estaba completamente co-rrompido. Convirtió en un lupanar la residencia ponti-ficia de San Juan de Letrán, llenándola de prostitutas, eunucos y esclavos, convirtiéndola en escenario de or-gías en las que, unas veces vestido de pontífice y otras totalmente desnudo, se movía fornicando por los luga-res sagrados de la Residencia y la Basílica como pez en el agua. Por lo demás, era un hombre de expresio-nes soeces y tan inculto que hasta ignoraba el latín. En su habitual jerga grosera juraba por Venus o por Júpiter y brindaba hasta caer borracho por los amores del Dia-blo. Un día tuvo el capricho de ordenar un diácono en una cuadra, y, en otra ocasión, consagró obispo a un muchacho de diez años.

 

En el 960, el rey Berengario II de Italia intentó ex-tender su soberanía sobre algunos territorios de la Iglesia lo que impulsó a Juan XII a solicitar la ayuda de Otón, ofreciéndole como recompensa la corona im-perial. Otón penetró en Italia, tomó Pavía y se dirigió inmediatamente a Roma donde fue coronado empera-dor el 2 de febrero de 962, haciendo que tanto el Papa como el pueblo romano les prestaran juramento de fi-delidad. Como detalle revelador de la escasa confianza

 

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que Otón tenía en el papa y en los romanos en general, exigió que durante toda la ceremonia de su consagra-ción su porta espada sostuviera el arma desnuda sobre su cabeza para protegerlo de una eventual agresión. Con esta coronación renacía el Sacro Imperio Romano Germánico.

 

Once días más tarde, el 13 de febrero de 962, Juan XII y Otón I rubricaron su alianza en un documento conocido como Privilegium Othonis por el cual el em-perador confirmaba las donaciones territoriales hechas a la Iglesia desde el reinado de Pipino el Breve a cam-bio de la aplicación de la conocida Constitutio Lotharii, documento firmado en el año 824 por el papa Eugenio

 

II     y el emperador Lotario I, en el que se establecía que ningún papa sería consagrado hasta que su elección hu-biera sido aprobada por el emperador de Occidente, así como que el emperador ejercía el más alto poder judi-cial sobre Roma, y en el que también se prestaba jura-mento de lealtad entre Roma y el Imperio. Este pacto se mantuvo sólo durante el tiempo que Otón permane-ció en Roma, ya que en cuanto el emperador abandonó Italia, el papa, rompiendo su juramento de fidelidad, buscó alianzas con los bizantinos, los húngaros y los príncipes italianos para desembarazarse del flamante emperador. A esta deslealtad, Otón reaccionó con una nueva marcha militar sobre Roma y, naturalmente, Juan XII no esperó a que llegara, de inmediato se dio a la fuga llevándose consigo el tesoro de la Iglesia y guardándose muy mucho de comparecer ante el sínodo

 

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imperial. El emperador decidió entonces convocar un Concilio en San Pedro, en noviembre de 963, en el que depuso al papa, acusándolo de vicios, pecados y delitos tan graves como el incesto, el perjurio, el homicidio y el sacrilegio, y haciendo jurar a los romanos que no ele-girían papa a nadie sin su autorización.

 

Inmediatamente después, el 4 de diciembre del mismo año, Otón pronunció la deposición de Juan XII y eligió para sustituirlo a su propio secretario, León, un seglar que recibió las órdenes sagradas ese mismo día y que tomó el nombre de León VIII.

 

Considerando que ya había puesto las cosas en or-den, el emperador regresó a Alemania, pero el papa de-puesto sólo esperaba ese momento para organizar un ejército y regresar a Roma en febrero de 964, logrando León VIII escapar de la muerte por muy poco. En cam-bio, aquellos de los que estaban a su favor y no tuvieron esa suerte lo pasaron muy mal; la venganza de Juan fue espantosa, pues ordenó que les saltaran los ojos, les arrancaran las orejas o les cortaran la nariz. Avisado Otón del desatino, una vez más se apresuró a ir a Roma, pero no tuvo ocasión de castigar personalmente al cul-pable pues, al parecer, un marido que había sorpren-dido a Juan en el lecho de su mujer le propinó tal paliza que murió a los tres días, el 14 de mayo del 964, sin recibir los sacramentos.

 

 

 

 

 

 

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Como os he dicho antes, el ejército magiar llegó frente a las murallas de Augsburgo el viernes 1 de agosto. Más tarde supimos que, a fin de amedrentar con su presencia a los defensores y a la población, antes de ordenar acampar, Balcsú, el comandante en jefe hún-garo, expuso a su ejército de treinta mil hombres ha-ciendo una exhibición de fuerza y armamento frente a las murallas de Augsburgo. A continuación, escoltado por seis jinetes que lo rodeaban con sus escudos en alto, y también protegiéndose a sí mismo de un posible dis-paro de ballesta con una rodela sujeta a su brazo iz-quierdo, avanzó con montado a caballo hasta el pie de la muralla y, dirigiéndose al obispo Ulrich, defensor de la ciudad, lo conminó a que se rindiera y entregara la plaza de inmediato, prometiéndole que, si así lo hacía, respetaría su vida y la de todos los defensores y ciuda-danos. Ante la negativa del obispo a rendirse, hizo acampar al ejército frente a la puerta oriental de las mu-rallas y de inmediato ordenó que iniciaran la construc-ción de una torre de asalto que, como sabéis, la destruí yo cuando aún no estaba acabada del todo. Al día si-guiente dio comienzo el asedio, si bien aquellos prime-ros ataques estuvieron más enfocados a medir la fuerza de los defensores que a llevar a cabo un asalto defini-tivo. Privados de la torre de asalto que les destruí, du-rante los días que tardamos en llegar hasta ellos lleva-ron a cabo varias intentonas de asaltos simultáneos con

 

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varias escaleras en distintos puntos del paño de muralla donde se centraba la puerta oriental sin éxito ninguno, pudiendo comprobar los magiares que las murallas eran defendidas valerosamente por la guarnición, provocán-doles severas pérdidas en hombres y material, víctimas de los disparos de dardos, pero, sobre todo, en las caí-das desde gran altura al ser derribadas las escaleras con los garfios que les eran lanzados desde el adarve.

 

Llegó el viernes día 8 y Balcsú, con la experiencia adquirida en los fracasos anteriores, que vinieron a darle una idea de la capacidad de resistencia de los de-fensores, ordenó un ataque masivo. Pero cuando ya se disponía a iniciarlo con el empleo de cincuenta escale-ras y doscientos guerreros asignados a cada una de ellas, con la intención de escalar las murallas en otros tantos puntos distintos y alejados entre sí para así dis-persar las fuerzas de los alemanes, un jinete explorador entró en su campamento a galope tendido y le anunció que un ejército germano se dirigía hacia ellos, es decir, nuestro ejército.

 

Al recibir la noticia, el comandante Balcsú suspen-dió el ataque, si bien mantuvo el asedio, ordenó a sus ingenieros y zapadores que cruzaran el río Wertach, que se une al río Lech al norte de Augsburgo, y que prepararan un campamento fortificado en la orilla iz-quierda del río Lech, a una escasa legua al norte de la ciudad. Luego, se reunió con sus lugartenientes, Súr y Lehel, e hicieron planes para enfrentarnos.

 

 

 

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Al mediodía del sábado 9 de agosto nuestro ejército llegó a las cercanías de Augsburgo y establecimos un campamento al norte de la ciudad. Por la tarde, Otón nos convocó a sus nobles y a mí a una reunión para ha-cer planes, anticipándonos a la importante batalla que tendría lugar al día siguiente.

 

—Llevamos más de cinco décadas soportando el vandalismo de los húngaros —nos decía el empera-dor—, es hora de escarmentar al principado de Hungría y, si es posible, acabar con ellos de una vez por todas. Somos ocho mil y ellos treinta mil, es decir que nuestra desventaja es de cuatro a uno, pero nuestra infantería está mejor equipada que la suya y nuestra caballería es pesada mientras que la suya es ligera, aunque superior en número. Estoy convencido de que, si acudimos a la batalla con moral de victoria, venceremos.

 

—Balcsú no es fácil de derrotar —le respondió su hermano Enrique, el duque de Baviera—, es un gran estratega y un gran guerrero con experiencia en muchas batallas. En su figura se concentran un gran número de tribus húngaras, todas ellas con fama de buenos guerre-ros.

 

—Sí, eso es cierto —confirmó Herman, duque de Suabia y primo de Conrado el Rojo—. No en vano Fa-licsi, el Gran Príncipe de Hungría, lo nombró harka, que como sabéis es el título de comandante de más alto rango que otorga el ejército del Principado de Hungría.

 

—Y no solo es un gran guerrero, también tiene unas grandes aptitudes como político —añadió el duque

 

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Conrado—. Es un hábil negociador, amigo del empe-rador bizantino Constantino, al que ha visitado en va-rias ocasiones. No hace más de seis o siete años, Balcsú y el príncipe Tomás, el biznieto del príncipe Árpád, vi-sitaron a Constantino y en esa visita, gracias a la asis-tencia del propio Bulcsú, se elaboró la obra titulada Ad-ministratio Imperio, en la que quedaron registrados tanto los orígenes como las distribuciones militares y tribales de los húngaros. En una de estas visitas que Bulcsú le hizo a Constantino, obtuvo el título de «amigo del emperador», lo cual lo situó en un lugar de gran prestigio ante los bizantinos.

 

—Y sus lugartenientes Lehel y Súr no le van a la zaga, sobre todo Lehel, un jefe tribal de gran prestigio, reconocido en toda Hungría por su audacia y valentía en las batallas —añadió el duque Conrado.

 

Cuando ya daba fin la reunión, el emperador llamó mi atención diciéndome en tono confidencial, pero que fue oído por todos:

 

—Orlando, os recuerdo que esta es la noche en la que debemos poner en práctica el plan que trazamos hace unos días, ¿no os parece?

 

—Me parece bien, mi señor —le respondí—. Antes de que se ponga el sol, haré previamente una incursión por el aire a gran altura para no ser visto y así identifi-car la situación de la tienda capitana magiar y las de sus lugartenientes.

 

Por los cruces de miradas y las caras de extrañeza que pusieron los nobles allí reunidos al oírnos hablar

 

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en aquellos términos, especialmente las del duque Con-rado el Rojo y la del príncipe Boleslav, que eran los más allegados al rey, supe que Otón no los había puesto al corriente, habiendo mantenido en secreto nuestro plan de intentar evitar en enfrentamiento secuestrando a Balcsú, a Lehel y a Súr para ser utilizados como rehe-nes. Cuando el rey dio por terminada la reunión, el sol ya comenzaba a declinar, estando a dos horas de ocul-tarse por el horizonte de poniente, tiempo más que su-ficiente para cenar y para que yo llevara a cabo mi ins-pección aérea. Cenamos todos en la tienda capitana y, terminada la cena, aún con casi una hora de luz del día por delante, nos fuimos a nuestras respectivas tiendas a descansar y tratar de dormir temprano y estar bien des-cansados para abordar el mal trago que nos esperaba mañana.

 

Así que no perdí el tiempo. Como quiera que el cielo estaba despejado de nubes, en cuanto llegué a mi tienda me envolví en una túnica de color azul celeste y me elevé a una altura de unos quinientos codos convirtién-dome en un pequeño bulto que apenas era apreciable a la vista al quedar mimetizado con el celeste del firma-mento. Aunque la túnica que llevaba puesta me hacía pasar bastante desapercibido, a fin de no llamar la aten-ción con el movimiento de mi desplazamiento por el aire, volé con lentitud hasta el campamento magiar y desde aquella altura pude distinguir con diáfana clari-dad las tiendas de los tres jefes, que eran mucho más grandes que las restantes y de un color bastante más

 

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claro.

 

Aquella noche la Luna brillaría en cuarto creciente, pero la luz lunar no me estorbaría para lo que tenía que hacer. Conociendo ya la ubicación de cada una de las tiendas de los jefes, me iría tele-portando a cada una de ellas, de una en una, y reduciendo, desarmando y trans-portando a la tienda de nuestro emperador, también de uno en uno, a cada uno de los tres cabecillas magiares. Por su parte, el emperador había quedado en encargarse de tener preparada en su tienda a una docena de guerre-ros de su guardia personal para ir haciéndose cargo de ellos a medida que yo los fuera trayendo.

 

Esperé a que se elevara la luna en el cielo hasta al-canzar su cénit y decidí que mi primera visita sería para Balcsú. A fin de evitarme alguna sorpresa inesperada, ya fuese que no estuviese solo en su tienda o que, sin-tiéndose intranquilo por la batalla de mañana, no estu-viera durmiendo y hubiese salido a pasear por el campo, no quise tele-portarme directamente desde mi tienda al interior de la suya sin echar previamente un vistazo a su entorno. Así que, vestido tan solo con el traje biónico, me elevé a unos cincuenta codos y volé hasta el campamento magiar. La deslumbrante luz pla-teada de la luna bañaba el campo dejándome ver con nitidez desde esa altura cada detalle del suelo. La tienda de Balcsú era inconfundible; ya había visto en mi in-cursión diurna que, mientras que las demás eran circu-lares, la suya era rectangular, teniendo su cubierta la misma forma, elevada y puntiaguda, que tienen las que

 

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usan los nómadas del desierto, a la que llaman jaima, pero con una estrella roja de ocho puntas dibujada al-rededor del respiradero central. Estaba guardada por seis fornidos guardias, todos ellos armados de lanza y escudo; dos de ellos hacían guardia en la puerta de ac-ceso, y los otros cuatro se encontraban plantados en cada una de las esquinas de la tienda al objeto de tener permanentemente vigilados sus cuatro costados.

 

En un vuelo lento, llegué hasta la vertical de la tienda de Balcsú pasando totalmente inadvertido, ya que tanto la lentitud con la que me desplazaba como luz plateada de la luna que incidía en mi traje blanco me hacían muy poco visible. Comprobé que en el exterior tan solo es-taban los mismos guardias que vi de día, cada uno en su puesto y moviéndose en paseos cortos; a través de la clara lona de la tienda se filtraba una débil luz del inte-rior, lo que parecía evidenciar que el hanka estaría solo y durmiendo; así que, sin más, desde la posición en la que me encontraba en el aire, me tele-porté al interior de la tienda. Tal como había supuesto, un candil situado en el poste central iluminaba tenuemente todo el espa-cio y Balcsú dormía en el catre cubierto por una sábana. Me había preparado llevando unas cuerdas y una mor-daza con la idea de reducirlo por la fuerza mientras dor-mía para después de amordazarlo y atarlo de pies y ma-nos, cargar con él y salir volando a buena velocidad por la puerta, sorprendiendo a los guardias sin darles tiempo a reaccionar. Para que no se oyeran mis pasos, me elevé un palmo del suelo y avancé hacia el catre.

 

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Balcsú no roncaba, dormía en absoluto silencio, ni si-quiera oía su respiración. Me acerqué, como digo, con sigilo a la cama y, preparando la mano derecha para ponérsela en la boca a fin de evitar que gritara, con la izquierda aparté la sábana de un tirón y, ¡Oh, sorpresa!, lo que encontré bajo la sábana fue una almohada larga que simulaba ser su cuerpo. Los húngaros debían estar al tanto de nuestro proyecto porque Balcsú no estaba en aquella tienda. Era imposible que se tratara de algún traidor que tuviéramos en nuestras filas y que los hu-biera avisado de nuestras intenciones porque tanto el emperador como yo habíamos mantenido el plan en se-creto, así que debía ser que la fama de mis poderes hu-biera llegado hasta sus oídos y hubieran previsto mi vi-sita, tal vez creyendo que iría a asesinarlo. Después de aquella sorpresa imprevista, supuse que los lugarte-nientes Súr y Lehel habrían hecho lo mismo y ya no me molesté en visitarlos.

 

Estaba yo enfrascado en estas disquisiciones, cuando de pronto los seis guardias irrumpieron a la carrera en el interior de la tienda. Debían haber visto mi sombra proyectada en la lona por la luz del candil. Me rodearon apuntándome con sus lanzas y, como si me conocieran y estuvieran esperándome, sin preguntarme quién era ni qué hacía allí, el que parecía ser el jefe me descargó una lanzada dirigida al pecho. Naturalmente, la lanza salió despedida a la misma velocidad con la que había entrado en el campo de fuerza de mi traje biónico, y su astil fue a impactar en su cara, derribándolo. Al ver lo

 

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sucedido a su jefe, los demás, pareciendo comprender que sus armas eran inútiles, arrojaron sus lanzas al suelo y vinieron hacia mí con los brazos abiertos con la intención de sujetarme. Esa manera de actuar parecía indicar que alguien les había advertido que era invul-nerable a las armas blancas y que la única forma de lle-gar hasta mí sin ser rechazado era hacerlo con movi-mientos normales, pues mi cuerpo rechazaba todo aquello que me llegara con una velocidad que pudiera hacerme daño. Esta nueva forma de ataque me obligó a tener que emplear mi fuerza de filsolis. Eran seis hom-bres robustos y todos ellos eran un palmo más alto que yo. El primero que llegó hasta mí lo hizo por la espalda con intención de estrangularme, pasándome el brazo derecho bajo la barbilla y apretándome el cuello ha-ciendo presa con el brazo y tirando de él con la otra mano. Salté hacia arriba en diagonal, saliendo del círculo de guardias y llevando al atacante a mi espalda, y cuando me encontraba flotando en el aire, hice varios giros de peonza, muy rápidos y violentos, y aquel que intentaba asfixiarme salió despedido por la fuerza cen-trífuga de los giros yendo a estrellarse contra el mástil de la tienda, que a punto estuvo de venirse abajo. Ahora, al poner de nuevo los pies en el suelo, fueron tres los que se echaron sobre mí para reducirme con el peso de sus cuerpos, pero me los quité de encima dán-doles un empellón que los lanzó contra la lona de la tienda. A partir de este momento todos se mostraron más cautos, seguían rodeándome, pero a una distancia

 

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prudencial, fuera de mi alcance y sin saber qué hacer para agredirme o detenerme. Solo aquel que parecía ser el jefe vino hacia mí despacio, en actitud amistosa, me dio un abrazo con suavidad, acercó sus labios a mi cara pareciendo que me fuera a darme un beso en señal de paz, y cuando sus labios ya rozaban la piel de mi rostro, desvió su trayectoria y me dio un mordisco en el cuello con la intención de desgarrarme la carne, destrozarme la carótida y matarme por desangramiento. Muy a mi pesar, aquel hombre no me dejó más opción que aga-rrale la cabeza con mis dos manos y dándole un fuerte tirón acompañado de un violento giro, se la arranqué de cuajo del tronco. Cuando los demás me vieron con la cabeza de su jefe en las manos, tirarla al suelo y botar dos veces como si fuera una pelota, y a su cuerpo deca-pitado desplomarse al suelo, al tiempo que dos surtido-res de sangre salían de su cuello elevándose en el aire, con sus bocas muy abiertas y los ojos desencajados por el estupor, su reacción fue la de echar a correr y salir de la tienda aterrorizados. Por la forma en que me mi-raron antes de salir corriendo, creo que debieron pensar de mí que era un demonio escapado de los infiernos.

 

Al quedarme solo, me tele-porté a la tienda capitana de mi campamento, donde Otón me esperaba con un grupo de soldados de su guardia personal. Al verme lle-gar con las manos vacías se le arrugó el entrecejo y me dedicó un gesto de sorpresa.

 

—¿Qué ha ocurrido? —me interpeló.

—Ha ocurrido que Balcsú no estaba en su tienda y

 

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que en su cama habían puesto una almohada simulando que era él durmiendo, lo que quiere decir que me espe-raban. Así que, o bien alguien debía conocer nuestro plan y ha advertido a los húngaros, o la fama de mis poderes se ha extendido hasta el principado de Hungría y es de dominio público entre los magiares.

 

—Yo no he hablado de nuestro plan con nadie — afirmó el emperador.

 

—Yo tampoco —respondí.

 

—Entonces debe ser la segunda opción que habéis mencionado, lo que elimina cualquier otro plan que tra-cemos en el que intervenga la sorpresa.

 

El domingo, 10 de agosto, amaneció cubierto de ne-gras nubes que amenazaban con descargar una de las tormentas de verano que tan características y frecuentes son en aquella zona boscosa. Levantamos el campa-mento y, como es costumbre entre los guerreros, nos preparamos mental y anímicamente para la batalla. El emperador formó en columna las ocho divisiones de nuestro ejército, poniendo en la vanguardia a las tres divisiones de los bávaros, dado que, al estar desarro-llándose aquellas maniobras militares en Bavaria, pensó que, al ser esta su tierra natal, conocerían mejor el terreno; detrás de los bávaros marchaba la división de Franconia, mandada por el duque Conrado el Rojo; detrás suya iba la división real mandada por el propio emperador; y tras el rey marchaban las dos divisiones de Suabia. En la retaguardia, cerraba la formación la

 

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división de Bohemia mandada por el duque Boleslav, a la que Otón le había encargado el trabajo de custodiar el tren de bagajes del ejército.

 

Cruzamos el río Lech al norte de Augsburgo y, si-guiendo una antigua vía romana que conducía al sur, avanzamos hacia la ciudad entre los ríos Lech y Sch-mutter con el fin de forzar el levantamiento del asedio. Cuando ya nos acercábamos a la confluencia de los dos ríos, quise saber qué movimientos estaban haciendo los húngaros y me elevé sobre el terreno a unos doscientos codos, pudiendo observar con claridad que algo más adelante del bosque cerrado por el que transitábamos, se extendía una llanura pedregosa de origen glaciar, lla-mada Lechfeld, que dominaba las zonas norte y sur de Augsburgo, especialmente la comprendida entre el río Lech y sus afluentes locales, el Wertach y el Schmutter. Pude ver cómo el ejército magiar se había dividido en tres partes con parecido número de soldados: una de estas partes seguía manteniendo el asedio en Augs-burgo; otra estaba formaba en la llanura de Lechfeld esperando nuestra llegada; y la tercera había avanzado hacia el norte ascendiendo por nuestro flanco iz-quierdo, siguiendo el margen derecho del río Lech, y se encontraba a punto caer por sorpresa sobre nuestra re-taguardia, sin tiempo ya para poder enviarles un aviso y que se prepararan para recibir el ataque.

 

Continué en el aire y, desde mi posición elevada, aún me fue dado observar cómo el ataque de los húngaros fue tan repentino e inesperado, que los bohemios, que

 

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como he dicho antes escoltaban el tren de bagajes, rom-pieron filas y huyeron abandonando nuestro equipaje militar en manos del enemigo. Vi cómo los famosos ji-netes-arqueros magiares continuaron su destructivo ataque, galopando hacia el sur y alcanzando a las dos divisiones suevas que afortunadamente opusieron la re-sistencia suficiente para frenar su avance. Al encontrar esta fuerte resistencia, los magiares eludieron la lucha y regresaron a la retaguardia, comenzando a saquear el tren de bagajes y a tomar prisioneros, bien fuera para pedir por ellos un rescate o para venderlos como escla-vos.

 

Cuando avisé a Otón de lo que estaba ocurriendo en la retaguardia, ordenó a Conrado el Rojo que acudiera de inmediato con su división y restableciera el orden. Al llegar a la retaguardia las fuerzas de Conrado, los magiares, cogidos por sorpresa al encontrarse en pleno saqueo, fueron ferozmente atacados, sumándose al ata-que las divisiones de los suevos que ya se habían re-agrupado. El resultado fue que, en tan solo una hora, un tercio del ejército magiar fue masacrado.

 

Repelido el ataque, Otón reorganizó la columna y continuamos nuestro avance. Cuando salimos del bos-que y entramos en la llanura de Lechfeld, el sitio de Augsburgo había sido levantado y los dos tercios del ejército húngaro ya estaba desplegado en formación. Ahora la desventaja numérica había disminuido a algo más de dos húngaros por cada germano. Y como quiera que los mensajes que Balcsú había recibido de la fuerza

 

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envolvente que había atacado nuestra retaguardia eran que el tren de equipaje había sido tomado y que los sue-vos y los bohemios se habían dispersado, este esperaba encontrarse con una fuerza germana reducida, por lo que confiadamente había desplegado su ejército en una simple formación de media luna, habiendo situado a la infantería campesina y a los arqueros de a pie en el cen-tro, y a las formaciones de sus jinetes-arqueros en las alas con la intención de envolvernos y cosernos a fle-chazos.

 

Ya en el campo de batalla, Otón ordenó nuevamente sus fuerzas en respuesta a la formación magiar. Los bá-varos, con toda la infantería disponible, fueron posicio-nados en el centro; Conrado el Rojo con sus jinetes ocupó el ala izquierda; y el rey con sus nobles caballe-ros ocupó en ala derecha.

 

Justo en el momento en el que nuestras alas comen-zaban a moverse, avanzado hacia la formación enemiga y amagando con amenazantes movimientos envolven-tes, y que los bávaros del centro comenzaban un lento avance lanzando fuertes gritos de amenaza, un rayo cruzó los cielos acompañado de un potentísimo trueno que hizo temblar la tierra. Todos pensamos que había sido el mismísimo Dios quien con el trueno había dado el toque de llamada para el comienzo de la batalla y que con el rayo nos anunciaba la mortandad que se aveci-naba. Un instante después pareció que se hubieran abierto los ríos del cielo, comenzó a llover con tal in-tensidad que los jinetes-arqueros magiares tuvieron que

 

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guardar sus arcos para protegerlos de la lluvia, un re-galo ocasional que aprovechó Otón para dar la orden de cargar. Sabiendo que los alemanes estaban más fuerte-mente protegidos y mejor armados que ellos, los arque-ros-jinetes magiares retrocedieron en franca huida, y en su ciega y alocada fuga desbarataron las dos alas de la media luna húngara, lo que provocó que su infantería fuera totalmente exterminada al quedar apresada entre nuestra caballería y nuestra infantería. Un último in-tento de la caballería húngara para atraer a nuestra ca-ballería para perseguirlos y así dar a su infantería una oportunidad de escapar, fracasó.

 

Los jefes magiares y sus respectivas escoltas, que es-taban mejor equipados, presentaron una firme resisten-cia y solamente pudieron ser sometidos cuando el resto de su ejército emprendió la huida. Muchos corrieron a refugiarse a las orillas del río Lech, donde se ahogaron al haber subido el nivel del río por la repentina lluvia, otros fueron hechos prisioneros durante la persecución que siguió a su desbandada o bien cuando posterior-mente se retiraban en dirección a Hungría a través de Baviera. Nosotros perdimos a unos tres mil hombres en la batalla, más de un tercio de nuestro ejército, mientras que los magiares sufrieron una pérdida similar en la ba-talla y otros tantos que murieron después de la derrota, entre ahogados y fugitivos. Además, algunos grupos de húngaros que se escondieron en los bosques y en algu-nas granjas, fueron exterminados a medida que fueron siendo descubiertos por los agricultores locales, o bien

 

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fueron los campesinos los que dirigieron a nuestras pa-trullas hasta sus escondites.

 

Al final de la batalla de Lechfeld, Conrado el Rojo, que había sufrido la rotura de una pierna por un fuerte golpe recibido y una herida en el cuello por una flecha perdida, hizo traer a su presencia a los líderes húngaros ya cautivos y, sentado en una silla, con la pierna enta-blillada y el cuello vendado, les preguntó por su última voluntad antes de ser ejecutados. Balcsú y Súr no ma-nifestaron ningún deseo, pero Lehel lo amenazó afir-mando que los húngaros serían la venganza de Dios contra los germánicos y le pidió que le permitiese hacer sonar su cuerno de batalla por última vez antes de mo-rir. Conrado accedió a esta petición y autorizó a que se le entregara de inmediato su cuerno de batalla. Una vez que Lehel tuvo en sus manos aquella gigantesca y pe-sada asta de uro, se acercó a la silla que ocupaba Con-rado y en vez de soplarlo le asestó con el cuerno tan fuerte golpe en la cabeza que le fracturó el cráneo ma-tándolo en el acto.

 

Los tres líderes magiares fueron ahorcados en la plaza pública de Ratisbona, y a partir de entonces cesa-ron las incursiones de los húngaros en Europa Occiden-tal, aunque siguieron haciendo razias contra el Imperio bizantino.

 

Una victoria húngara en Augsburgo hubiera abierto una nueva y peligrosa fase del conflicto para el Sacro Imperio Romano Germánico, donde no estarían segu-ras ninguna de las ciudades fortificadas del Imperio.

 

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Mientras luchábamos contra los húngaros, los esla-vos obodritas del norte se encontraban en estado de in-surrección. El conde Wichmann el Joven, todavía ad-versario de Otón por la negativa del rey a concederle el título de margrave en 936, recorrió las tierras de los obodritas en la Marca Billunga, induciendo y provo-cando la revuelta de los seguidores del príncipe eslavo Nakon, que llegaron a invadir Sajonia dos meses des-pués de la batalla de Lechfeld, en otoño de 955, ma-tando a los hombres en edad de portar armas y esclavi-zando a las mujeres y los niños. Así que, tras derrotar a los húngaros en Augsburgo, Otón se precipitó a toda prisa hacia el norte de su territorio para sofocar la insu-rrección. Después de pedirme que le ayudara como ha-bía hecho en Lechfeld, y negarme a dicha petición di-ciéndole que ya no mataría a más hombres, dejó de ser mi amigo, por lo que decidí abandonar Aquisgrán. Una embajada eslava le ofreció pagarle un tributo anual a cambio de que se les permitiera autogobernarse bajo el dominio alemán en lugar de ser gobernados directa-mente por los alemanes, pero Otón se negó y ambos bandos se enfrentaron el 16 de octubre en la batalla de Recknitz, en la que las fuerzas de Otón obtuvieron una victoria decisiva; tras la batalla, cientos de eslavos cap-turados fueron ejecutados y su líder, el príncipe Stoig-niew, fue decapitado por uno de los caballeros de Otón. Y mientras esto sucedía, aprovechando su ausencia, yo me mudaba en octubre de 955 a Colonia, donde viví treinta y dos años; y cuando me cansé de Colonia me

 

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mudé a Bruselas, donde permanecí casi cuarenta años. En el año 1025 volví a la Francia occidental, donde viví durante treinta y cinco años en Ruan y acabé a finales del verano del año 1066 mudándome a Falaise, que por entonces era la capital de Normandía.

 

Durante estos últimos ciento diez años, tanto en Co-lonia como en Bruselas y en Ruan viví en paz y tran-quilidad, alejado de las guerras e ignorando las fiestas y los eventos sociales a mi alrededor, haciendo vida casi monástica, amando mi soledad como si se tratara de una persona y disfrutando de la lectura, la escritura, algunos pinitos en pintura y en talla escultórica y, sobre todo, disfrutando de la enseñanza que les seguí impar-tiendo gratuitamente a los más necesitados con el ánimo de liberarlos de la esclavitud que la ignorancia les impone a los plebeyos, dejándolos a merced de la voluntad de los poderosos. Si la felicidad consiste en que la vida no se convierta en una carga y que cada nuevo amanecer te traiga la ilusión de tener que aco-meter algo nuevo que tienes pendiente de hacer, este período fue uno de los más felices de mi vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Llegué a Falaise el martes, 19 de septiembre de 1066, y como quiera que me había precedido mi fama de que gozaba de unos poderes extraordinarios y de ser un hombre tan longevo que tal vez Dios me hubiera he-cho inmortal, al duque Guillermo II de Normandía, mostrando un gran interés por conocerme, le faltó tiempo para enviarme un emisario para que me diera aviso de que acudiera el miércoles 27 al puerto de Saint-Valery-sur-Somme15, donde había reunido una flota para invadir Inglaterra.

 

Guillermo era alto, fornido y rubicundo, un claro ejemplar descendiente de vikingos, y al igual que sus ancestros escandinavos, tenía la costumbre de ir siem-pre armado. En lugar de una daga como todo el mundo, solía llevar al cinto una espada corta y ligera, que era una copia exacta de la Gram, la mítica espada de Sig-frido. En cambio, la hoja de su tizona de guerra era larga y ancha en toda su longitud, si bien el diseño de su guarnición, con una empuñadura, un pomo y una cruz muy livianas, así como la acanaladura a lo largo de la hoja por ambas caras, la aligeraba algo de peso, convirtiéndola en un arma magnífica para aquella época.

 

Hacía ya más de cinco años que, tras larga lucha, ha-bía al fin afianzado el poder absoluto sobre Normandía,

 

 

 

15   Actualmente, el puerto de El Havre.

 

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estando ya totalmente consolidado y apoyado por toda la nobleza normanda, razón por la que estaba pla-neando la conquista de la pérfida Inglaterra.

 

Desde el domingo 24, estábamos soportando una bo-rrasca que no paraba de enviarnos aguaceros que ha-cían los caminos casi intransitables, por lo que para cu-brir con mi carroza las treinta y cinco leguas de distan-cia a las que se encontraba el puerto de Saint-Valery-sur-Somme, tuve que salir de Falaise el sábado 23 por la mañana y pernoctar cuatro noches en el camino.

 

Guillermo me recibió a primeras horas del miércoles 27 en la nave capitana de la flota, una galera birreme. Para mi sorpresa, se encontraba sentado a la cabecera de una larga mesa con capacidad para doce personas, desayunándose una perdiz asada que acompañaba con una jarra de vino, pero no se encontraba solo sino acompañado de los cuatro grandes capitanes de su ejér-cito. A su derecha se sentaban Alan Rufus, también lla-mado Alan el Rojo por ser su barba y sus cabellos in-tensamente pelirrojos, que era hijo del conde de Pent-hiévre; y Guillermo FitzOsbern, llamado Espíritu or-gulloso. A su izquierda estaban el conde de Boulogne, Eustaquio II, al que todos llamaban El de los largos mostachos; y el señor de Saint-Opportune-la-Mare, Norman Fitz Guillaume De la Mare.

 

Durante los más de dos minutos que estuvimos su asistente y yo aguardando en la puerta del salón a que hiciera una señal para que avanzáramos hasta donde él se encontraba, pude oír que hablaban de cruzar el Canal

 

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de la Mancha y establecer una cabeza de playa en la de un pueblo llamado Prevensey, del que yo no había oído hablar nunca.

 

Cuando al fin, sin tan siquiera mirarnos, hizo un gesto con su mano derecha para que entrásemos, Gui-llermo les hizo señas a los nobles del lado derecho de la mesa para que corrieran sus asientos y dejaran libre el que se encontraba más cerca de él; al parecer, quería tenerme bien a la vista, tal vez para observarme con mayor detalle, lo que hizo que por un momento me sin-tiera una vez más como hacía ya tiempo que no me sen-tía en el largo retiro social que había vivido en mis úl-timos cien años, quiero decir que volvía a sentirme como si fuera una atracción de feria.

 

—Hace ya tiempo que sé de vuestra asombrosa lon-gevidad, que no envejecéis por muchos años que pasen por vos y también de vuestros extraordinarios y asom-brosos poderes —me dijo, al tiempo que le lanzaba a su perro el hueso limpio de uno de los muslos de la per-diz y se desengrasaba los dedos chupándoselos uno por uno—. Y de igual modo, conozco de buena fuente al-gunas de vuestras hazañas. No os voy a preguntar si sois un ser humano, o si sois un ser celestial que ha ba-jado a la Tierra y está al servicio de Dios, o si tal vez procedéis del averno y estáis a las órdenes del mismí-simo Lucifer, pero si son ciertas todas las cosas que se cuentan de vos, decidme, Orlando, ¿estaríais dispuesto a poner esos dones portentosos vuestros a mi servicio? Creo que no es necesario que os diga que si aceptáis

 

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seréis espléndidamente recompensado.

 

—¿Aceptaríais los servicios de un servidor del Dia-blo? —le inquirí, sabiendo que era un gran defensor de la Cristiandad, aunque tenía la duda de si lo era por convencimiento o por conveniencia.

 

—Si con ellos consigo lo que deseo, no os quepa la menor duda —me respondió sin dudarlo ni un solo ins-tante.

 

—Sí, mi señor, son ciertas todas esas cosas que se cuentan de mí, pero creedme si os digo que estos que vos llamáis dones portentosos no se los deseo ni a mi peor enemigo —le respondí, tras meditar mi respuesta un par de segundos—. No es ninguna bendición ser di-ferente, pues es muy difícil vivir en el mundo siendo distinto a los demás. En cuanto a ponerlos a vuestro servicio, de todos es sabido que estáis preparando una expedición contra Inglaterra y, si no os he entendido mal, lo que me estáis pidiendo es que ponga mis pode-res al servicio de vuestras futuras guerras, lo que signi-fica tener que matar hombres. Durante cierto periodo de mi vida fui un guerrero que arrebató muchas vidas humanas, pero cuando Dios me dio estos poderes tam-bién iluminó mi mente y mi corazón, recordándome que Él fue el creador de la vida y, por tanto, al ser una creación divina, la vida es sagrada. Ningún verdadero cristiano debería enarbolar un arma contra uno de sus semejantes, sea cual sea la religión que este profese; no tiene sentido que una religión como el cristianismo, que predica la paz y aconseja a sus seguidores responder a

 

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una agresión «poniendo la otra mejilla», persiga a las personas de otras confesiones para imponerles sus creencias por la fuerza de las armas. Al adversario hay que convencerlo con argumentos y con buenas razones; matarlo es ofender a Dios

 

—Sí, es cierto cuanto decís, pero nosotros somos ca-tólicos, y el catolicismo es algo que cambia por com-pleto el concepto de humanismo cristiano al intentar compatibilizarlo con la política y la economía tan sal-vajes y tan deshumanizadas que sostenemos en Europa y que son las culpables de que estemos enfrentados en una incesante guerra. Nuestro señor Jesucristo nos pe-día que fuésemos como él, puros y limpios de corazón, pero nos estaba pidiendo un imposible ya que él no era de este mundo y carecía de defectos tan humanos como la envidia, la ambición y el egoísmo; sí, ciertamente Je-sús nos amaba mucho, pero se le olvidó liberarnos de estos defectos para que pudiéramos alcanzar su gloria más fácilmente —afirmó, dejándome algo perplejo con esta respuesta—. Pero no temáis, Orlando, no tendréis por qué asesinar a nadie, me bastará con que, además de esa asombrosa velocidad en vuestros desplazamien-tos que según dicen son más rápidos que la vista, utili-céis vuestra inteligencia y esa portentosa fuerza física que tenéis para hacerme servicios de espionaje al enemigo; habiendo sido un guerrero, sabéis la impor-tancia que tiene en la guerra disponer de información que revele los movimientos y las intenciones del opo-nente.

 

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—Aun así, sabiendo que la información que consiga en mis espionajes se puede traducir en causarle un ma-yor número de bajas al enemigo, me sigue repugnando la idea.

 

—Hay otra razón de peso para que me ayudéis —me contestó, adoptando su rostro una expresión grave y se-vera—, y es que, si queréis vivir en paz en Normandía y que ningún normando os haga el menor reproche, de-béis colaborar con el país que es vuestro anfitrión, ayu-dándolo a conseguir sus objetivos.

 

—¿Me estáis diciendo que si no os ayudo me expul-sareis de Normandía?

 

—No será necesario que yo ordene vuestra expul-sión, bastará con que cada día sintáis en vuestras carnes el repudio que los demás os demostrarán en vuestras relaciones para que seáis vos mismo quien se marche.

 

—Veo que jamás podré librarme de la esclavitud a la que me someten estos extraordinarios poderes que Dios me ha dado. Está bien, mi señor, cómo me gusta tanto Normandía y sé que a donde quiera que vaya me voy a encontrar con el mismo problema, os ayudaré con la condición que vos mismo me habéis propuesto, quiero decir que no me hagáis intervenir en acciones bélicas cruentas en las que pueda verme obligado a te-ner que matar personas.

 

—Gracias, Orlando, tened la plena seguridad de que así será; solo realizaréis operaciones de inteligencia mi-litar —me aseguró—. Y ahora os voy a pedir que os quedéis con nosotros pues, para que podáis hacer bien

 

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vuestro trabajo, necesitareis estar al tanto de todos cuantos movimientos de tropas proyectemos llevar a cabo. Supongo que ya sabréis que mis derechos suce-sorios al trono de Inglaterra han sido vulnerados por Haroldo Godwinson y estamos planeando la invasión de la isla. ¿Dónde nos habíamos quedado? —preguntó a continuación, dirigiéndose a sus capitanes.

 

—Habíamos decidido que para llevar a cabo la cam-paña serán suficientes los ocho mil setecientos hombres que hemos movilizado; habíamos establecido el nú-mero y las clases de barcos que utilizaríamos para cru-zar el canal; también el armamento y el bagaje que por-taremos en la expedición; y que el desembarco lo hare-mos en Prevensey —le respondió Alan, el Rojo—. Por último, empezábamos a discutir si hacíamos el desem-barco mañana, jueves 28, o lo aplazábamos al domingo 31.

 

—Bien, yo me inclino por el domingo, aunque sea fiesta de guardar —respondió el duque de Norman-día—. Precisamente, por ser día de fiesta creo que en-contraremos menos resistencia, ¿qué opinas tú, tocayo? —le inquirió a Guillermo FitzOsbern.

 

—Hemos guardado en secreto la fecha de esta reunión y no creo que nos esperen, por lo que pienso que no encontremos resistencia alguna el día del des-embarco. Aparte de esto, sabes bien que estoy firme-mente convencido de que Dios no nos perdonará que iniciemos una campaña militar en domingo, siendo este día fiesta de guardar, por lo que estoy seguro de que, si

 

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lo hacemos, será un fracaso y sufriremos un desastre total —le respondió FitzOsbern, Espíritu orgulloso, al mismo tiempo que con su mano derecha oprimía contra su pecho el crucifijo de oro de grandes dimensiones que colgaba de una gruesa cadena del mismo metal alrede-dor de su cuello.

 

—Y tú, Norman, ¿qué dices? —le inquirió el duque.

 

—Yo digo que, pese a haber mantenido esta reunión en secreto, siempre se producen filtraciones y es posi-ble que encontremos resistencia, aunque sería menor si desembarcamos en domingo, pero aun así creo que no debemos tentar la suerte ofendiendo a Dios con una ac-ción militar en un día de fiesta.

 

—Y tú, mi querido Guillaume, ¿qué opinas?

 

—Que no debemos jugar con estas cosas y mejor lo hacemos mañana jueves 28.

 

Sí, queridos lectores, si os parece asombroso que un grupo de estrategas militares, reunidos para planificar una invasión militar en la que iban a morir miles de hombres, tomaran a la ligera decisiones tan determi-nantes como la de elegir cuál sería el mejor día para dar comienzo a una campaña militar, basándose tan solo en que si tal día ofendería más o menos a Dios y sin tener en cuenta ningún otro factor, como pudiera ser la cli-matología, el estado del mar o el tamaño del ejército de su enemigo y las posiciones que este ocuparía ese día, sabed que esta forma de pensar era el resultado de los muchos siglos que llevaba la Iglesia católica contrapo-niéndose a la lógica y a la razón, habiendo conseguido

 

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que la idea de Dios presidiera todos cuantos proyectos se hicieran, ya fueran estos de orden doméstico, econó-mico, político o militar; y lo mismo ocurría con cada uno de aquellos inventos o descubrimientos que pudie-ran significar un avance técnico o científico para la so-ciedad, si estos no concordaban con las afirmaciones vertidas por Moisés en el Antiguo Testamento, que ha-bía sido escrito hacía ya dos mil quinientos años con la mentalidad y los escasos conocimientos propios de aquella época. Sin embargo, estos mismos militares, que hablando en estos términos ponían en entredicho su buen juicio y su sentido de la lógica, en las ideas que siguieron expresando en la reunión, manifestaron po-seer un sentido de la honradez, del honor y de la digni-dad que desgraciadamente hoy se ha perdido para siem-pre; si no, oíd lo que le dijo Alan el Rojo al duque Gui-llermo y lo que este le respondió.

 

—Guillermo, lleváis ya más de seis meses sufriendo el tormento de la gota en vuestras manos y pies, ¿por qué no delegáis en nosotros la dirección de esta guerra y os quedáis en Falaise descansando?

 

—Porque me consideraría un cobarde y un indigno; moriría de vergüenza ante mi pueblo si hiciera lo que me pides. Un soberano debe dar ejemplo encabezando a sus tropas en la guerra acompañado de sus hijos ma-yores, que deben correr los mismos riesgos que los hi-jos de sus súbditos; un caudillo debe permanecer en el campo de batalla dirigiendo los movimientos de su ejército y, si es necesario, también debe participar en

 

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los combates y batirse como un soldado más; y si muere combatiendo, su sucesor deberá sustituirlo y continuar su lucha, y si este no existiere o no estuviese presente en la batalla, será suplido por el más allegado de sus nobles caballeros. Aquel gobernante que declara una guerra desde la seguridad de su palacio y no acude a ella encabezando a sus tropas ni combate al enemigo exponiéndose a los mismos peligros que sus soldados, es un cobarde y un mentiroso que engaña a su pueblo en su propio beneficio. Una persona así no es digna de respeto y mucho menos de dirigir los destinos de un pueblo.

 

La reunión continuó analizando la delicada situación política que se había producido en Inglaterra tras la muerte sin hijos, y por tanto sin ningún sucesor, del rey Eduardo el Confesor el 5 de enero de aquel mismo año de 1066, dando lugar a una pugna entre varios preten-dientes al trono.

 

La asamblea de notables del reino, el llamado Wite-nagemot, nombró como sucesor al cuñado del difunto rey, Haroldo Godwinson, conde de Wessex y el más rico y poderoso de los aristócratas ingleses, siendo co-ronado por el arzobispo de York al día siguiente del fa-llecimiento de Eduardo. De inmediato, Haroldo fue desafiado por el duque Guillermo II de Normandía, quien afirmaba que su primo, el difunto Eduardo, le ha-bía prometido el trono y que Godwinson había jurado respetar su decisión. Por otra parte, el rey Harald Har-drada de Noruega también reclamaba la sucesión al

 

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trono basándose en un acuerdo existente entre su pre-decesor, Magnus el Bueno y el anterior rey inglés, Ca-nuto Hardeknut, en virtud del cual, si alguno de ellos moría sin descendencia, el otro heredaría tanto el trono de Inglaterra como el de Noruega. Por otra parte, Tostig Godwinson, el hermano de Haroldo, también recla-maba para sí la mitad de Inglaterra.

 

Los astrólogos ya anunciaron las desgracias que iban a sobrevenir cuando, a los tres meses de la coronación de Haroldo, el 25 de marzo, hizo su aparición el cometa Halley, que fue visible en toda Inglaterra y considerado por todos como un mal augurio para el nuevo reinado que se iniciaba.

 

El mal augurio comenzó a cumplirse cuando, con el fin de reconciliarse con su hermano, que tres años antes había sido exiliado y declarado proscrito, Haroldo le ofreció un tercio de Inglaterra, pero al preguntarle Tos-tig que cuánto le iba a dar al rey de Noruega y respon-derle Haroldo diciendo: «Seis pies de terreno son mu-chos más de los que él necesita, a pesar de que él es más alto que la mayoría de los hombres». En aquel mo-mento, Tostig rechazó la oferta, volvió a su exilio y atacó la costa sur de Inglaterra con una flota que le ha-bía prestado su cuñado, Balduino V, rey de Flandes. La amenaza que suponía la flota de Haroldo lo obligó a desplazarse al norte, donde asaltó Anglia Oriental y Lincolnshire, pero al verse abandonado por la mayoría de sus seguidores, se retiró a Escocia, donde pasó todo el verano reclutando más hombres. Cuando a primeros

 

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de septiembre Hardrada invadió el norte de Inglaterra al frente de una flota de trescientos barcos y unos quince mil vikingos, Tostig se sumó a la invasión con las fuerzas que había conseguido reclutar hasta aquel momento en Escocia. Una semana antes de la reunión que estaba teniendo lugar en la galera capitana de la flota normanda, concretamente el pasado día 20 de aquel mismo mes de septiembre, este ejército vikingo ,había vencido en la batalla de Fulford a un ejército mal formado y peor preparado que Harold había improvi-sado reclutándolo apresuradamente, si bien, cinco días más tarde, volvieron a enfrentarse en una nueva batalla, esta vez en Stamford Bridge, cerca de York, en la que el rey noruego y Tostig murieron en combate, dejando al rey inglés y al duque Guillermo de Normandía como únicos contendientes por la corona.

 

Haroldo permaneció durante la primera mitad de 1066 en la costa sur de Inglaterra con un gran ejército y una poderosa flota esperando la invasión de Gui-llermo, pero el 8 de septiembre se vio obligado a des-movilizar las milicias porque ya llevaban cuatro meses de servicio y habían consumido todos sus suministros, al tiempo que la flota real regreso a Londres. Cuando tuvo noticia de la invasión noruega corrió hacia el norte, reclutó soldados por el camino y tomó por sor-presa al ejército vikingo de Hardrada y de su hermano Tostig, a los que derrotó y dio muerte en la batalla de Stamford Bridge el 25 de septiembre. Los noruegos su-frieron pérdidas tan grandes que tan solo necesitaron

 

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veinticuatro de sus trescientos barcos para trasladar de regreso a Noruega a los supervivientes. Sin embargo, fue los ingleses obtuvieron una victoria pírrica, pues el ejército de Haroldo quedó diezmado y debilitado.

 

Al amanecer del viernes, 28 de septiembre de 1066, con muy mal tiempo y un fuerte viento de popa que soplaba del continente, silbaba en la jarcia y alargaba las olas cubriendo sus crestas de borreguitos, la flota normanda partió del puerto de Saint-Valery-sur-Somme, poniendo rumbo nornordeste y transportando a ocho mil setecientos hombres, de los que casi seis mil eran infantes, setecientos eran arqueros y ballesteros, y los seiscientos restantes eran caballeros que montaban a otros tantos caballos de batalla. Y con aquel fuerte viento de popa, en menos de seis horas la flota cruzó el Canal de la Mancha surcando las sesenta millas de mar que la separaba de las playas de Prevensey.

 

Era ya mediada la hora nona cuando la galera capi-tana en la que navegaba el duque Guillermo de Nor-mandía tocó tierra inglesa y, cuando el sol ya se ponía, un poco antes de que la campana del barco diera el to-que de la hora de completas16, el ejército ya había des-embarcado con toda su impedimenta y se había insta-lado en un campamento que había montado a unas cien yardas hacia el norte, dejando despejada la playa.

 

Aquella noche, tanto el duque como sus nobles y yo,

 

 

 

16   La hora «nona» era las 15:00, y la hora «completas» eran las 21:00.

 

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pernoctamos en la galera capitana, y al día siguiente, dejando en Prevensey algunas brigadas dedicadas a la construcción de una fortificación, el ejército avanzó tres leguas siguiendo la línea de la costa hasta llegar a Hasting, donde Guillermo ordenó la construcción de un fuerte de madera desde donde se saquearon los alrede-dores.

 

Por su parte, después de derrotar a su hermano Tos-tig y a Harald Hardrada en el norte, el rey Haroldo dejó a gran parte de sus soldados allí y marchó con el resto de sus tropas, unos siete mil quinientos hombres, hacia el sur para hacer frente a la invasión normanda, dete-niéndose en Londres, donde permaneció alrededor de una semana antes de dirigirse hacia Hastings. Durante su viaje hacia el sur y su estancia en Londres, Haroldo nos envió varios emisarios con el mensaje de negociar una salida al conflicto, pero Guillermo los fue despa-chando uno tras otro sin darles respuesta alguna. A me-dia mañana del 13 de octubre, Haroldo llegó con su ejército y acampó en la colina Caldbec, a algo más de dos leguas de nuestro fuerte en Hastings.

 

—El usurpador ha llegado, es hora de saber a qué fuerzas nos enfrentamos, Orlando —me dijo Gui-llermo—. Tendréis que visitar el campamento de nues-tro oponente y evaluarlas. ¿Cómo pensáis hacerlo?, ¿esperaréis a que se haga de noche o lo haréis hoy, a plena luz del día?

 

—Puedo hacerlo tanto de día como de noche, pues la agudeza de mi visión nocturna y la finura de mi oído

 

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superan en mucho a las de un búho y un gato juntos, pero para llevar a cabo la inspección del armamento y un recuento de soldados es mejor hacerlo de día, cuando todos están fuera de sus tiendas de campaña ocupados en la preparación y limpieza de sus armas o dedicados a las labores cotidianas que son necesarias en el acantonamiento. Iré a mi tienda ahora para prepa-rarme y dentro de una hora os podré informar de cuanto haya visto y oído.

 

Así pues, aprovechándome del sistema de invisibili-dad que me ofrecía el traje biónico, me hice transpa-rente, volé hasta la colina Caldbec y me situé en un punto en el aire, a unos cien pies de altura, sobre el cen-tro del campamento inglés, desde donde gozaba de una panorámica completa. Después de obtener una visión de conjunto, pude contabilizar unas setecientas tiendas de campaña, lo que me daba una idea de que, a diez o doce hombres por cada tienda, el número de soldados debía estar comprendido entre los siete mil y los ocho mil. Luego lo sobrevolé con lentitud y pude observar que el ejército anglosajón estaba compuesto principal-mente por infantería. Se veían muy pocos caballos; tal vez eran de algunos aristócratas que se hubieran des-plazado hasta aquel lugar y que, seguramente, en el mo-mento de la batalla lucharían a pie. El núcleo del ejér-cito eran los huscarles17, soldados muy profesionales

 

 

 

17   Los huscarles fueron una tropa especial encargada de la defensa per-sonal de los reyes escandinavos durante la Edad Antigua y el Medievo, análo-gas a la guardia pretoriana de la Antigua Roma.

 

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que portaban casco cónico, cota de malla hasta las ro-dillas, lanza, espada y un escudo, bien redondo, como una rodela, o con forma de cometa, con los que, situa-dos en primera línea de batalla y juntándolos unos con otros, formaban una especie de muro defensivo que bloqueaba las acometidas frontales del enemigo. Mu-chos de ellos empleaban el hacha danesa a dos manos, así como hachas arrojadizas más pequeñas, de las que se usaban para cortar madera. El resto del ejército es-taba compuesto de levas del fyrd, una infantería no pro-fesional y con armadura ligera.

 

Aquel sábado 14 de octubre amaneció poco después de la hora prima18. El cielo estaba despejado de nubes, la temperatura era agradable y, paradójicamente, pese a la tragedia que se gestaba en la tierra, el día prometía ser día luminoso y placentero. Haroldo mandó plantar su estandarte en el punto más alto de la colina Caldbec y formó a sus tropas en la cumbre adoptando una posi-ción defensiva. Situó a los huscarles en primera línea y les ordenó juntar sus escudos hasta formar una barrera con sus gruesas maderas a fin de protegerse del ataque. Aquel largo muro de más de setecientas yardas cubría la anchura de la colina, quedando protegidos sus flan-cos por la arboleda del bosque que rodeaba la elevación envolviéndola en semicírculo que cubría la ladera norte y las laterales. En su base, la colina presentaba una zona

 

 

 

18   Las seis de la mañana.

 

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encharcada que nos entorpecería la subida, y su pen-diente era bastante empinada, lo que la dificultaría aún más.

 

Nuestro ejército, por su parte, había avanzado du-rante el último cuarto de la noche en dirección al cam-pamento inglés y, poco después del amanecer, había-mos tomado posiciones al sur de la formación enemiga, a unos seiscientos metros de distancia. Lo primero que pudimos apreciar fue el acierto de Haroldo al haber es-cogido aquel sitio pues, al quedar sus hombres en una posición más elevada, nos llevaría ventaja en el enfren-tamiento.

 

Guillermo dividió sus fuerzas en tres grupos. En el ala izquierda puso a la mayoría de los bretones y a los que procedían de Anjou, Poitou y Maine, todos ellos al mando de Alan Rufus el Rojo. En el centro colocó a los normandos, que eran los más numerosos y estaban bajo su mando directo. Finalmente, el ala derecha se la reservó a los franceses y a los combatientes de Picardía, Boulogne y Flandes, que eran los menos numerosos, poniéndolos al mando de Guillermo FitzOsbern y del conde Eustaquio II de Boulogne. Las primeras líneas del centro estaban formadas por arqueros y ballesteros normandos, a los que se sumaban algunos honderos ba-leares; tras ellos formaban las líneas de infantes equi-pados con lanzas y espadas. La caballería la dejó de re-serva en la retaguardia. Esta disposición de fuerzas ya le indicó a Haroldo que Guillermo planeaba comenzar la batalla con los arqueros, ballesteros y honderos, que

 

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debían diezmar al enemigo con una lluvia de flechas y piedras, para que después la infantería se enfrascara en el cuerpo a cuerpo, creando huecos en sus líneas por los que atravesaría la caballería para romper la formación inglesa y perseguir a las tropas que huyeran.

 

Casualmente, el inicio de la batalla coincidió con el lejano toque de la hora tercia19 que se oyó en la distan-cia, seguramente dado por la campana de alguna ermita o abadía aislada. En aquel mismo momento, Guillermo daba la orden de avanzar hacia la colina Caldbec y, cuando alcanzamos su base, a la voz de «Disparad», la primera andanada de flechas disparadas por los arque-ros y ballesteros normandos volaron colina arriba hacia el muro de escudos inglés, si bien, debido al ángulo de la trayectoria y a la pendiente de la colina, muchas fle-chas impactaron en los escudos de la primera línea y otra gran parte se perdieron dispersas en el terreno. Aquellos proyectiles que se disparaban con mayor án-gulo, acababan sobrevolando la formación inglesa y caían tras ella de forma inofensiva. Paradójicamente, la falta de arqueros entre las fuerzas inglesas fue un in-conveniente para los arqueros normandos, que no te-nían la posibilidad de reutilizar las flechas del enemigo y solo contaban con un carcaj en el que alojaban dos docenas de dardos. Tras las descargas de nuestros ar-queros, Guillermo mandó a los lanceros a primera línea para proseguir el ataque, pero al acercarse estos a la

 

 

 

19   Las nueve de la mañana.

 

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formación anglosajona, se encontraron con una lluvia de lanzas, hachas y piedras que les eran arrojadas desde la posición elevada que cupaban. Ante la incapacidad de la infantería para abrir brecha en las fuerzas de Ha-roldo, nuestra caballería avanzó para prestarle apoyo, pero también sin éxito. En aquel momento, los bretones del ala izquierda comenzaron una huida que contagió a resto convirtiéndose en una huida general. Al parecer, entre los nuestros surgió el rumor de que Guillermo ha-bía muerto, acentuando la confusión. Los ingleses aprovecharon la situación y salieron en persecución de los nuestros, pero Guillermo cabalgó de un extremo al otro del frente, mostrando su rostro y gritando que se-guía con vida. A continuación, arengando a sus tropas normandas y aprovechando que los ingleses habían roto su formación persiguiendo a los nuestros, el duque lideró un contrataque que produjo muchas muertes en-tre los ingleses, obligando a los supervivientes a rein-tegrarse a su formación.

 

A primera hora de la tarde se hizo una pausa para descansar, comer y recomponer filas, que Guillermo aprovechó para reunirnos a mía y a sus nobles, con el fin de discutir la implementación de una nueva estrate-gia. Tal vez inspirado por la fallida persecución em-prendida por los ingleses que les costó un buen número de muertos, Guillermo propuso que nuestra caballería se acercara al muro de escudos para después huir, apa-rentado estar despavoridos, y así atraer a los ingleses en su persecución, en la confianza de que quizás así se

 

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podrían abrir brechas en su apretada formación. Todos estuvimos de acuerdo en aplicar esta táctica y, cuando se reanudó la lucha, la usamos dos veces, pero sin ob-tener los resultados apetecidos ya que, aunque en am-bas ocasiones muchos de los huscarles que formaban el muro de escudos abandonaron la formación para ir en persecución de los nuestros, encontraron la muerte bajo las flechas de nuestros arqueros y ballesteros que los esperaban ocultos, los huecos que iban dejando en la formación eran ocupados por los milicianos del fyrd y el muro de escudos se mantenía. Nuestros arqueros vol-vieron a intervenir dos veces más, antes y durante el asalto de la caballería y de la infantería, que fueron li-derados por Guillermo, pero esta vez sus disparos fue-ron efectuados con un ángulo muy alto para que las fle-chas cayeran tras el muro de escudos. Los asaltos se estuvieron sucediendo toda la tarde, durante los cuales, a Guillermo lo derribaron del caballo tres veces, siem-pre matando a su caballo.

 

No fue hasta el final de la tarde, con las últimas luces del crepúsculo y el sol ya oculto tras el horizonte, cuando una flecha, no se sabe si perdida o disparada a propósito con buena puntería, puso fin a la batalla de-cidiendo el resultado a favor del ejército normando. El rey Haroldo recibió un flechazo en un ojo. Cuando el dardo penetró profundamente en su cerebro, el rey dio un ronquido y se desplomó al suelo desde la monura de su caballo y a continuación, los sones de los cuernos de guerra del ejército inglés llenaron el aire anunciando su

 

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rendición.

 

En el lugar de la batalla, Guillermo ordenó la cons-trucción de una abadía, a la que le daría el nombre de abadía de Battle, estableciendo que el altar mayor de su iglesia debería colocarse en el lugar exacto en el que cayó muerto Haroldo.

 

Después de la batalla de Hasting aun seguí viviendo en Falaise veintiocho años más, hasta que la gente ya llevaba algún tiempo mirándome como al bicho raro que nunca envejece y, en diciembre de 1094, decidí mudarme a Clermont.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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15

 

Tal como llegué a Clermont, conocí a Pierre Bon-gard, un joven que tenía la misma edad que yo aparen-taba tener, es decir, de unos treinta años, y que vivía en la casa contigua a la que me compré frente a la basílica Nuestra Señora del Puerto. Nos conocimos el mismo día que habité aquella casa, cuando acudió a saludarme y a ofrecerse para todo cuanto necesitara. Extraña-mente, además de ser un buen escritor también era gran lector, y digo que es extraño porque los escritores sue-len ser grandes lectores hasta el día que se enfrascan en la escritura; después, salvo algunas honrosas excepcio-nes, solo leen lo preciso para llevar a cabo el trabajo literario que estén haciendo. A Pierre había que que-rerlo, pues tenía un corazón tan grande, noble y leal como el de un perro, y aunque mi inmortalidad me aconsejaba no hacer amigos para no sufrir el dolor de sus muertes o las separaciones por mis frecuentes y obligadas mudanzas, no pude evitar hacerme su amigo en muy poco tiempo. Nos veíamos a diario. Intercam-biábamos nuestros libros; comentábamos sus escritos y, reconociendo él en mí una mayor experiencia que la suya, continuamente me pedía consejos. Solíamos pa-sear cada tarde hasta la puesta de sol y acudir juntos a los eventos, tanto lúdicos como culturales, que se cele-braban en la ciudad.

 

Llevaba ya viviendo más de nueve meses en Cler-mont y en este tiempo nuestra amistad había crecido

 

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hasta rayar en hermandad, cuando una tarde de media-dos de octubre, tras el paseo vespertino, Pierre y yo lle-gamos a mi casa y fuimos a sentarnos en la sala biblio-teca con la intención de enseñarle un ejemplar de La peregrinación de Carlomagno, una gesta escrita en versos alejandrinos referida a un imaginario viaje de Carlomagno, acompañado de sus doce Pares, a Jerusa-lén y a Constantinopla. Cuando ambos estábamos ad-mirando la bellísima caligrafía del códice, oímos lla-mar a la puerta y, al abrirla una de mis criadas, sonaron fuertes voces dadas por un hombre. A continuación, apareció en la puerta de la biblioteca un enmascarado sosteniendo con un brazo a la criada por la cintura, mientras que con la otra mano le amenazaba el cuello empuñando un cuchillo. Se trataba de un ladrón, un asaltante que quería dinero o, en su defecto, algún ob-jeto valioso que pudiera vender. Sorprendidos, Pierre y yo nos levantamos de nuestros asientos al ver aquello y, estando yo dispuesto a darle lo que me pidiese, me dirigí a él diciéndole que si soltaba a la criada le daría las dos monedas de oro que llevaba en la bolsa, pero el ladrón no me creyó y me respondió que primero le diera las dos monedas y luego la soltaría. Dado que habíamos vuelto de la calle hacía tan solo unos minutos, y estando acompañado además de Pierre, no me había cambiado de ropa y aún llevaba colgada al cinto la bolsa pequeña que acostumbraba llevar cuando salía de casa; así que, cuando fui a descolgarla, no sé cómo, la cinta de la bolsa se enredó en el puño de mi daga y esta, saliéndose

 

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del tahalí, cayó al suelo. Me agaché instintivamente para recogerla y la empuñé para devolverla a su funda, pero aquel individuo debió pensar que lo atacaría y, soltando a la criada, dio dos pasos hacia mí y me des-cargó una cuchillada. Ya sabe el lector lo que hubiera pasado si aquel cuchillo hubiera entrado en el campo de fuerza de mi traje biónico, que hubiera salido rebo-tado y habría volado por el aire, pero esto no llegó a ocurrir porque, cuando el brazo del delincuente ya ini-ciaba su descenso para descargarme el golpe, Pierre se interpuso y le ofreció al cuchillo del ladrón su propio pecho, como el perro fiel que ofrece su vida por salvar la de su amo.

 

La cuchillada no afectó a su corazón, pero la hoja penetró en el pecho de Pierre hasta la empuñadura. Vi-vió lo suficiente para cogerme una mano, dedicarme una sonrisa y despedirse de mí diciéndome que, si es cierto que después la muerte tenemos algún sitio a donde ir, fuese cual fuese ese sitio y donde quiera que estuviese, siempre me llevaría en su corazón. Fue tal el dolor que sentí en mi alma que, a partir de aquel día, siempre procuré, sin demasiado éxito, por cierto, no enamorarme ni estrechar ninguna amistad. Desde aquel día, el ejemplo del sacrificio de Pierre que, por haber sido inútil resultaba ser aún más grande, fue la medida de cómo debe ser una verdadera y auténtica amistad; si dos amigos no están dispuestos a ofrecer sus vidas el uno por el otro, su amistad no es auténtica y deja mucho que desear.

 

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Aún no llevaba un año viviendo en Clermont cuando el Papa Urbano II convocó en dicha ciudad un Concilio el 27 de noviembre de 1095. Durante el largo sermón que pronunció aquel día, que más que una prédica fue una arenga militar, convocó una Cruzada contra los musulmanes con el fin de conquistar los territorios de Oriente Medio que sirvieron de escenario a la vida de Jesús de Nazaret, a los que llamó Tierra Santa. El men-saje, conocido como «La Indulgencia», iba fundamen-talmente dirigido a los nobles caballeros auverneses, a los que les prometía que, aquellos que peregrinaran a Tierra Santa y defendieran la Cristiandad, se le perdo-narían todos sus pecados y sus almas recibirían la re-compensa del Paraíso en la otra vida. A continuación, el Papa llevó a cabo una gira de sermones por toda Francia en los que exageraba y mentía tan descarada-mente que hasta se creía sus propias mentiras y lloraba cuando afirmaba que los musulmanes estaban profa-nando las iglesias y los monumentos cristianos, y que los creyentes eran perseguidos y torturados impune-mente. El pontífice envió cartas y embajadores a todos los rincones de la Cristiandad. Las iglesias principales de Francia, como las de Limoges, Angers y Tours, así como muchas iglesias rurales y especialmente los mo-nasterios, sirvieron de centros de reclutamiento de cru-zados. La llamada que Urbano hizo a «llevar la cruz» bordada en el hombro para proclamar su compromiso de liberar Tierra Santa, conmovió no solo a los prínci-pes y nobles guerreros de toda Europa, sino a todo el

 

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pueblo en general. Movidos, unos por el fervor reli-gioso y la salvación del alma; otros por la aventura de la peregrinación y de la guerra; y los más por el deseo de enriquecimiento personal, los cruzados se fueron reuniendo a lo largo de 1096, listos para embarcar hacia Jerusalén. La fecha de salida se estableció para el 15 de agosto de dicho año. Esta primera Cruzada estuvo for-mada por unos seis mil caballeros y sesenta mil plebe-yos, la mayoría de ellos gente de muy baja fortuna, ra-zón por la que fue llamada «la Cruzada de los pobres».

 

Al no estar yo intoxicado de ideas pseudo-religiosas ni mucho menos sediento de sangre musulmana como lo estaban los nobles católicos, o tal vez por ser cono-cedor, gracias al contacto con los uriatis, de secretos del universo que los demás ignoraban, como que el uni-verso que habitamos no necesitó de ningún creador para formarse, durante los siguientes tres años estuve esquivando todas aquellas ocasiones en las que corría el riesgo de que me propusieran sumarme a la san-grienta expedición. Siempre me negué a participar en una matanza que estaba movida exclusivamente por el mesianismo y por razones de índole políticas, como eran la expansión de los turcos selyúcidas sobre terri-torio bizantino que amenazaba la continuidad del Sacro Imperio y el fortalecimiento del papado frente al mismo y frente a la Iglesia cristiana de Oriente, así como la seguridad de la Europa cristiana, pero sobre todo respondía a la ambición personal de los nobles y al espíritu aventurero y religioso que era característico

 

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de la nobleza caballeresca medieval.

 

En el año 1000 se había cumplido el primer milenio de la crucifixión de Jesús de Nazaret, pero el esperado mesías no había regresado. Durante el siglo XI los reyes más belicistas de Europa se encontraban inactivos y el Papa Urbano II intentaba enrolarlos pidiéndoles que hi-cieran algo por el mundo cristiano y animándolos a en-trar en una guerra contra los musulmanes que les daría pingues beneficios.

 

En los tres años siguientes, los cruzados crearon en la llamada Tierra Santa el reino de Jerusalén, el princi-pado de Antioquía y el condado de Edesa, y en todas estas conquistas hicieron notar su crueldad, especial-mente en la conquista de Jerusalén. De camino a Tierra Santa, los cruzados diezmaron, violaron y asesinaron a comunidades enteras, incluyendo al pueblo judío, al que le dedicaron una especial inquina pese no solo a no haber recibido de ellos agresión alguna, sino ni tan si-quiera alguna muestra de hostilidad. Un ejército ale-mán compuesto por unos diez mil cruzados y dirigido por los nobles Gottschalk, Volkmar y Emicho se diri-gió hacia el norte, siguiendo el curso de Rin, en direc-ción opuesta a Jerusalén, con el único objeto de matar judíos llevando a cabo una serie de pogromos. Les da-ban a las comunidades judías la opción de convertirse al cristianismo o ser masacradas. Muchas de estas co-munidades se negaron a la conversión y, a medida que se extendían las noticias de las masacres, cuando llega-ban los cruzados a los pueblos, se encontraban las casas

 

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llenas de cadáveres de judíos que se habían suicidado en masa. Los de la cruz justificaban todas estas masa-cres mediante el argumento de que el Papa Urbano ha-bía prometido la recompensa divina a los que matasen a infieles, fuesen del tipo que fuesen, sin importarles si estos eran judíos o musulmanes. Al conquistar Jerusa-lén, los cruzados reunieron a varios cientos de hebreos, los encerraron en una sinagoga y los quemaron vivos. A día de hoy, hay algunos que dicen que en los corazo-nes de los yihadistas musulmanes aún arde la llama de la venganza por aquellas matanzas que sufrieron de parte de los cristianos en Tierra Santa y que, sin em-bargo, no ocurre lo mismo con los judíos, que nunca han mostrado animadversión hacia el cristianismo, pero a mí me parece que en los corazones de los he-breos también está vivo ese sentimiento y que se toman su venganza llevándola a cabo a través de los altos in-tereses que nos cobran por el dinero que nos prestan sus bancos. Yo diría que los primeros pogromos contra los judíos fueron estos que llevamos a cabo los cristianos durante la primera Cruzada. En los mil años siguientes, los cristianos hemos seguido teniendo el deshonor de haber continuado asesinando a los judíos, acusándolos de ser los culpables de la peste negra o de ser herejes a los que la Santa Inquisición se encargaba de quemarlos vivos en la hoguera durante los autos de fe, al mismo tiempo que les confiscaban todos sus bienes, dejando a sus familias en la indigencia, y llegando esa tendencia criminal a su clímax con el Holocausto a manos de los

 

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nazis. Parece, sin embargo, que en la actualidad el Es-tado de Israel ha asumido el papel de los nazis y lleva a cabo un segundo Holocausto contra el pueblo gazatí.

 

En la primavera de 1099, concretamente el 4 de abril, ocurrió algo que estuvo a punto de provocar una locura colectiva parecida a la vivida en Europa un siglo antes, cuando el 31 de diciembre del año 1000 la gente creyó que había llegado el fin del mundo. Resultó que ese día recibí un mensaje telepático de Suriel en el que me anunciaba que Tehovás requería la presencia inmediata en la Luna de todos los filsolis, citándonos para el do-mingo 13 de abril a las 10:00, hora universal, convoca-dos a una asamblea extraordinaria para tratar de un im-portante asunto que afectaba gravemente a nuestro mundo.

 

La campana de la basílica de Nuestra Señora del Puerto acababa de dar la hora tercia20 cuando me tele-porté a la sala de reuniones de los uriatis, adelantán-dome a la hora de la cita porque tenía ganas de charlar con mis amigos Aka, el pigmeo, y Naserian, el masái, a los que no veía desde la última asamblea ordinaria cebrada el 21 de marzo de 1090, sabiendo además que ellos también se adelantarían a la hora de la cita y que los encontraría en la gran antesala de espera.

 

—¡Aka, Naserian, es un gran placer veros y abraza-ros de nuevo! —los saludé, avanzando hacia ellos con

 

 

 

20   La hora tercia eran las nueve de la mañana.

 

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los brazos abiertos.

 

—Para mí también lo es, amigo mío —me respondió Naserian, teniendo que encorvarse como un junco para corresponder a mi abrazo, dada su delgadez y su gigan-tesca altura.

 

—Y para mí también lo es —afirmó Aka, eleván-dose del suelo levitando hasta llegar a mi altura y darme un abrazo.

 

—Estábamos seguros de que vendrías antes de la hora —dijo Naserian—. Mira, te hemos traído unos re-galos. Toma, este es el mío; es una eficaz medicina compuesta de una milagrosa mezcla de la leche y la sangre de nuestros bueyes que le devuelve la alegría al cuerpo. Tómala cuando te encuentres triste o decaído.

—Gracias, Naserian.

 

—Toma mi regalo, amigo Orlando —me dijo Aka, alargándome un tarro de barro sostenido con sus dimi-nutas manos.

 

—¿Qué es esto, Aka?

 

—Es un tarro de la rica miel de nuestros bosques, que recolectamos en nuestros panales de abejas.

 

—Gracias, Aka, me encanta la miel. Seguro estoy de que la vuestra deber ser la mejor del mundo. Yo tam-bién me he acordado de vosotros y os he traído estos dos cuchillos del mejor acero. Aparte de su utilidad, mirad las empuñaduras, son de asta de uro, están traba-jadas por el mejor artesano que tenemos en Clermont, la ciudad donde vivo ahora, y llevan grabados vuestros nombres.

 

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Algo iba a responderme Aka cuando la conversación fue cortada por un aviso telepático colectivo para que fuéramos ocupando nuestros escaños. Avanzamos ha-cia el teatro que formaban los asientos de la sala en la que celebraban las grandes reuniones y, cuando ya subía por las gradas, vi a Suriel sentado en el escaño que siempre ocupa al lado del mío en todas las asam-bleas.

 

—Hola, Orlando.

—Me alegro mucho de verte, Suriel.

 

—La asamblea de hoy será la más importante que hayamos celebrado desde el año uno de vuestra era, cuando los uriatis tuvimos que desviar mínimamente la trayectoria del cometa Halley para que no impactara contra la Tierra, teniendo que devolverlo de nuevo a su órbita de siempre una vez pasado el peligro. Aquel co-meta llegó a pasar tan cerca y se hizo tan aparatosa-mente visible que lo tomasteis como una señal que os enviaba vuestro dios anunciando el nacimiento del pro-feta Jesús de Nazaret.

 

—¿Acaso me dices esto porque hoy se tratará un pro-blema parecido a aquel?

 

—Sí, así es, pero de mucha más envergadura. Ahora lo explicará Tehovás.

 

Y, efectivamente, cuando Tehovás anunció el orden del día, el problema resulto ser que los uriatis habían detectado un planeta errante del tamaño de Venus cuya trayectoria estaba en orden de colisión con la Tierra.

—Su velocidad de desplazamiento no es muy alta,

 

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tan solo de algo más de treinta mil kilómetros por hora —nos anunció Tehovás—, y aunque la distancia a la que se encuentra en este momento es de unos mil mi-llones de kilómetros y la colisión no tendrá lugar hasta dentro de tres años y medio, es importante que ahora tomemos una decisión sobre qué hacer con él. ¿Tenéis alguna pregunta antes de empezar el debate?

 

—¿Qué características físicas tiene ese planeta? — preguntó un filsolis de la última grada.

 

—Es muy semejante al nuestro —respondió Teho-vás—. Su masa y su gravedad resultan ser parecidas a las de la Tierra. Tiene una gruesa atmósfera de unos cincuenta kilómetros de espesor con una proporción de oxígeno y nitrógeno, también muy parecida a la nues-tra, así como un núcleo metálico con una actividad nu-clear que le proporciona un fuerte campo magnético que lo protege de las radiaciones cósmicas, al tiempo que le genera el calor suficiente para que la temperatura media en su superficie alcance unos agradables 18 ºC, lo que le permite albergar vida. ¿Alguna otra pregunta?

 

—¿La colisión será total o tan solo pasará muy cerca de nosotros y nos veremos afectados por su gravedad?

 

—inquirió otro filsolis cercano a donde nos sentábamos nosotros.

 

—Será total, lo que significa que ambos planetas quedarán fusionados en uno solo. De producirse, el im-pacto sería de tal magnitud que nos obligaría a los uria-tis a tener que poner en marcha nuestro motor y alejar la Luna del ígneo planeta resultante, ya que expulsaría

 

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al espacio una inmensa cantidad de material, que con el tiempo crearía un denso anillo planetario de escombros que quedaría orbitando a su alrededor. El nuevo planeta resultante de la fusión sería inhabitable al quedar incan-descente durante millones de años.

 

—Entonces, ¿qué opciones tenemos para solventar el problema? —surgió otra voz al fondo de las gradas, esta vez parecía ser de un uriati que querría abreviar el turno de preguntas buscando una respuesta final.

 

—Barajamos dos opciones —respondió Tehovás—, o desviar su trayectoria y que continúe su marcha errante perdido por el espacio, o capturarlo, recondu-cirlo y tomarlo como satélite que orbite a la Tierra a una distancia de un quinceavo de unidad astronómica21, es decir, a diez millones de kilómetros. Esta segunda opción cambiaría la vida sobre la Tierra. El nuevo sa-télite se contemplaría en el cielo con un diámetro apa-rente parecido al de la Luna, a la que sumaría su in-fluencia gravitatoria, intensificando el efecto de las ma-reas y de las estaciones climáticas, pero a largo plazo, cuando los terrícolas hayáis avanzado tecnológica-mente y podáis viajar por el espacio, os ofrecería la ex-traordinaria posibilidad de disponer de un segundo pla-neta para podría ser habitado en caso necesario.

 

Tras el turno de preguntas se abrió un debate seguido de una votación en la que ganó la mayoría más conser-vadora, que optaba por desviarlo de su trayectoria y que

 

 

 

21   La unidad astronómica es la distancia entre la Tierra y el Sol, es decir, cinto cincuenta millones de kilómetros.

 

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continuara su curso errante vagando eternamente por el espacio. Los uriatis nos invitaron a que todo aquel que estuviera interesado en conocer el astro de cerca y pre-senciar las operaciones para desviar su trayectoria, po-dría acompañar al equipo que se desplazaría a su en-cuentro. Yo fui uno, además de una treintena de filsolis, de los que nos apuntamos a presenciar aquellas manio-bras, y cuando nos citaron para dos días más tarde su-pusimos que tan solo ese escaso espacio de tiempo era el que necesitaban los uriatis para hacer los preparati-vos de una operación de tan enorme y trascendente en-vergadura.

 

Así pues, el martes 15 de abril de 1099, treinta y tres filsolis acudimos voluntariamente a embarcarnos en una de las más de cien naves uriatis que se encontraban en un enorme hangar, excavado en la roca del mismí-simo centro de la Luna, cuyas paredes se perdían de vista en la distancia, y en cuyo techo, situado a ocho-cientos metros de altura, se veía un agujero circular que era la boca de un tubo de doscientos metros de diámetro que ascendía hasta mil setecientos kilómetros más arriba y terminaba asomando en el centro de uno de los astroblemas de la superficie lunar.

 

No era la primera vez que subíamos a una nave uriati y ya no nos asombraba la simplicidad de sus mandos, pues todo funcionaba mediante las ondas cerebrales del pensamiento de quien la conducía. Ni siquiera llega-mos a acomodarnos en los escasos asientos de los que disponía, ya que, en distancias tan cortas como los mil

 

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millones de kilómetros que íbamos a recorrer, las naves con motor de curvatura se tele-transportaban casi ins-tantáneamente desde el punto de origen al de destino. La luz ambiental parpadeó una decena de veces anun-ciando la inmediata tele-transportación, tras los parpa-deos se atenuó su intensidad y unos segundos más tarde volvió a lucir con la misma intensidad que antes. Ha-bíamos llegado y dejado la Luna mil millones de kiló-metros atrás. Los costados de la nave se volvieron transparentes y quedamos teniendo la sensación de que estábamos flotando en el inmenso vacío cuajado de es-trellas. No pudimos ver al planeta errante hasta que los cierres transparentes de los costados de la nave se co-nectaron en modo infrarrojo. La imagen infrarroja que teníamos delante era muy parecida a la que ofrece la Tierra, pero al no estar el planeta iluminado por ningún sol y ser la temperatura de su atmósfera variable en dis-tintos puntos de su superficie externa, la imagen que veíamos estaba formada por manchas más o menos ro-jizas, sin que pudiéramos ver formas concretas en su superficie. La nave había quedado estacionaria res-pecto al planeta, siguiendo su movimiento a su misma velocidad y a una distancia fija de unos mil kilómetros, y ya a esa distancia los sensores de la nave podían de-tectar el calor que emitía su superficie. Habiéndole or-denado Tehovás a Suriel que procediera de inmediato a hacer una visita de inspección al planeta, este nos in-vitó a mí y a otros seis filsolis a que lo acompañáramos a bordo de una pequeña nave de reconocimiento de

 

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ocho plazas. Cuando penetramos en su atmósfera, lo primero que hicieron los sensores de la pequeña lanza-dera fue analizarla y una voz de autómata nos leyó los datos: «sesenta y nueve por ciento de Nitrógeno; vein-tiocho por ciento de oxígeno; uno con tres por ciento de argón; cero con dos por ciento de dióxido de carbono y cantidades insignificantes de otros gases». Al aproxi-marnos al nivel de la superficie pudimos ver por do-quier puntos luminosos que se movían, la mayoría de ellos eran pequeños, pero había algunos otros que eran de un tamaño considerable; un análisis biológico que realizó la nave descubrió que eran seres vivos luminis-centes, algunos de gran tamaño, que se desplazaban por el terreno. Al parecer, entre la fauna del planeta debía haber algunas especies que producían su propia luz.

 

—Si hubiéramos optado por capturarlo y convertirlo en un satélite de la Tierra, seguramente toda esta fauna hubiera desparecido fulminada por la luz de nuestro sol

 

—afirmó Suriel—. Probablemente este planeta debió formar parte de un sistema solar y al colapsar su estrella fue expulsado fuera de su órbita. Ante la falta de luz solar, toda su flora cuya vida estuviera basada en la fun-ción clorofílica habrá perecido y solo habrán sobrevi-vido aquellas que no necesitan la luz para su creci-miento. Y con la fauna que tuviera cuando orbitaba al-rededor de su estrella habrá pasado lo mismo que con las plantas, unas especies se habrán extinguido y otras se habrán adaptado a la perenne oscuridad del cosmos, tan solo iluminadas por la tenue luz de las estrellas.

 

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Ahora iluminaremos el terreno y echaremos un vistazo. Al decir esto, unos potentes focos luminosos se en-cendieron, sin que Suriel hubiera accionado ningún mando, ya que lo había hecho con su pensamiento, y un mundo gris se abrió ante nuestra vista. Los suelos se encontraban cubiertos de una vegetación pobre, rala, raquítica y grisácea, entre la que pudimos distinguir al-gunas especies de animales voladores luminiscentes parecidas a las luciérnagas, pero de color gris y del ta-maño de murciélagos zorros voladores de Filipinas que huían del foco luminoso, y también otras criaturas del mismo idéntico color gris que se movían por el suelo. En unos minutos, cuando uno de nuestros potentes fo-cos iluminó de lleno a una criatura de seis patas, pare-cida a un escarabajo gigante de más de dos codos de altura, pudimos entender por qué todas aquellas criatu-ras huían de la luz; al incidir la luz sobre ella, su piel comenzó a arder con llamas y el fuego la consumió en menos de un minuto. Visitamos una decena de puntos de la superficie planetaria, separados entre sí por algu-nos miles de kilómetros y en todos ellos encontramos el mismo color grisáceo. En aquel planeta todo era gris, hasta el agua que encontramos formando grandes ma-sas como la de nuestros mares, nos pareció que eran de color grisáceo, aunque es posible aquel color se debiera a la ausencia de luz solar, y también pudimos apreciar en aquellas aguas movimientos de criaturas natatorias. Se trataba, por tanto, de un planeta oscuro y gris, pero

 

vivo.

 

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—Este planeta debería llamarse «el planeta Gris» — dije en tono de comentario.

 

—Sea pues ese su nombre —respondió Suriel—. Acabas de bautizarlo con el nombre más apropiado. A partir de ahora, aunque ya no lo veremos más y en su camino errante puede que acabe precipitándose en al-guna estrella, este planeta se llamará «Gris». Eres afor-tunado, Orlando; lo es todo aquel que tiene el honor de darle nombre a un territorio, a alguna especie animal o vegetal, o a algún astro del universo.

 

No lo creeréis, pero todos los filsolis estuvieron de acuerdo con lo que dijo Suriel y me dedicaron un fuerte aplauso.

 

—Qué lástima que acabe ardiendo en el interior de una estrella, ¿es eso muy probable, Suriel? —le pre-gunté.

 

—No es muy probable, pero es posible. Tened en cuenta que el espacio está plenamente ocupado por par-tículas elementales que lo llenan todo, pero práctica-mente vacío de estrellas, lo que quiere decir que las dis-tancias entre ellas son tan grandes que la posibilidad de caer en el campo gravitatorio de una de ellas es muy pequeña.

 

—Y, dinos, Suriel, ¿qué pensáis hacer para desviar la trayectoria de este planeta? —le inquirió Iván, un fil-solis natural de la gran estepa asiática.

 

—Lo haremos bloqueando la acción de los gravito-nes sobre una de las dos semiesferas imaginarias del planeta. De esta manera su equilibrio gravitatorio se

 

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romperá, ya que la otra media esfera se verá sometida a la atracción del universo que le queda a su otro lado. Cuando hagamos el bloqueo veréis cómo la línea recta que ha seguido su curso hasta ahora se irá curvando continuamente hasta que los desbloqueemos y los gra-vitones vuelvan a ejercer su acción gravitatoria en todo su alrededor, momento en el que su trayectoria dejará de curvarse y volverá a ser recta.

 

—¿Qué son los gravitones, Suriel? —le preguntó Tulok, otro filsolis, este era un inuit del polo norte.

 

—Son partículas bosónicas elementales que llenan todo el universo y son las transmisoras de la interacción gravitatoria entre la materia. Es por esto que nuestras naves llevan instalados bloqueadores gravitónicos que impiden que seamos atraídos por la fuerza gravitatoria de cualquier objeto en general, ya sea este un planeta, una estrella o un agujero negro. Y como quiera que po-demos hacer un bloqueo negativo invirtiendo el efecto y convirtiendo la atracción en repulsión, nos servimos de esto para impulsarlas.

 

Aunque no comprendíamos nada de lo que nos decía Suriel, nos encantaba oírlo pronunciarse en aquellos términos que tan extraños y enigmáticos eran para no-sotros, admirándonos de la sabiduría de los uriatis.

 

Cuando llegamos de vuelta a la nave nodriza, Teho-vás puso en marcha el proceso de desvío del planeta Gris y, tal como nos anunció Suriel, en poco tiempo todos pudimos ver cómo, habiendo estado nuestra nave hasta entonces estacionaria en el espacio, siguiendo

 

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una trayectoria recta y a una distancia fija de mil kiló-metros del planeta errante, este comenzó a modificar lentamente su curso y se iba separando paulatinamente de nosotros hasta llegar a decuplicar la distancia inicial en pocos minutos. La misión había sido cumplida. El planeta Gris era expulsado del sistema solar y se per-dería para siempre en la inmensa negrura del espacio sideral.

 

Nunca supimos cómo pudo filtrarse la noticia de la entrada del planeta Gris en nuestro cielo, pese a que este no era visible desde la Tierra cuando lo desviamos, pero el caso fue que algunos astrónomos se dieron por enterados del fenómeno y cada uno de ellos quiso ad-judicarse el privilegio de ser el primero en anunciar que en poco tiempo sufriríamos la amenaza mortal de ver cómo se nos acercaría y chocaría contra nosotros un mundo tan grande como el nuestro. La amenaza del fin del mundo, según el Apocalipsis de San Juan, que se vivió cien años atrás, no se refería a la destrucción del planeta sino a un cambio radical en el mismo, al que sobrevivían los justos y los limpios de corazón; esta vez la amenaza significaba la extinción total de toda clase de vida, ya fuera animal o vegetal y la desaparición de los mares, cuyas aguas se evaporarían en el colosal choque de ambos mundos.

 

Aquella trágica notica volvió a aterrorizar al mundo, ya que al ser anunciada por varios astrónomos resultó ser aún más creíble que si lo hubiera dicho solo uno, al que con toda seguridad se le podía haber tomado por

 

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un lunático. Aún estaban vivos los ecos del horror su-frido por la Humanidad hacía ya noventa y nueve años, cuando creyendo en la veracidad de la interpretación que hizo del Apocalipsis el Beato de Liébana, el día 31 de diciembre del año 1000, habría llegado el final de los tiempos y se produciría el día del Juicio Final. Aquel día, desde el amanecer las iglesias se llenaron de las gentes más pobres, las que de verdad creían en otra vida después de la muerte que los liberaría de la triste y agotadora vida de sufrimiento y necesidades que ha-bían llevado en este mundo; las que de verdad creían en la existencia de un cielo que los recompensaría de sus muchos sacrificios, y en un infierno castigador de sus pecados; y mientras que los pobres rezaban para ganarse el cielo, los ricos se daban un gran festín y or-ganizaban bacanales, disfrutando de los placeres de los ricos manjares y del sexo, por si acaso era verdad que se acaba el mundo que les cogiera disfrutando de lo me-jor de la vida.

 

Tampoco supimos cómo el Papa Silvestre II pudo haber conocido la verdad de lo ocurrido pues, sabiendo que el planeta errante no llegaría hasta nosotros y no habría tal fin de los tiempos, aprovechándose de la his-teria general, quiso dejar bien clara la íntima relación que mantenía con Dios, haciendo correr el bulo de que había hablado en sueños con el Creador, y que este le había dicho que si le había enviado este astro destructor a la Humanidad había sido para así castigar sus muchos pecados, y que si los hombres querían que detuviera la

 

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destrucción de su Creación, todas las naciones de la Tierra debían abrazar la religión católica y guardar obe-diencia y sumisión al Papa de Roma.

 

La noticia y la consiguiente polémica llegó a Tierra Santa. Los musulmanes suníes de Palestina decían que la Creación de Dios es eterna y sabían por los judíos que, en ninguno de los libros del Antiguo Testamento se habla del fin del mundo. Tan solo es mencionado en el libro de Enoc, que predice la llegada del mesías y el fin del mundo, pero este libro fue descalificado y des-acreditado por todas las Iglesias cristianas, siendo tan solo reconocido por las Iglesias ortodoxas de Etiopía y Eritrea. Así que la trágica noticia, en vez de unir a los contendientes por el fatal destino común que les espe-raba a todos, abrió una nueva polémica entre las fuerzas cristianas y las musulmanas, lo que hizo que los enfren-tamientos fueran aún más cruentos.

 

El 15 de julio de 1099 se culminó la conquista de Jerusalén, dándose por finalizada con este acto la pri-mera Cruzada, y dos semanas más tarde, el 29 de julio, murió el Papa Urbano II.

 

Tras la conquista de Jerusalén, los cruzados le ofre-cieron a Raimundo de Tolosa el título de rey de Jerusa-lén, pero lo rechazó. Ante esta negativa, se lo ofrecie-ron a Godofredo de Buillón, quien aceptó gobernar la ciudad, pero rechazó ser coronado como rey, diciendo que no llevaría una corona de oro en el lugar en el que Cristo llevó una corona de espinas, por lo que tomó el título de «Protector del Santo Sepulcro». En la última

 

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acción de la Cruzada, Godofredo encabezó un ejército que derrotó a un ejército fatimí invasor en la batalla de Ascalón, y más tarde, el 18 de julio de 1100, durante el asedio de Acre, murió al ser alcanzado por una flecha. Lo sucedió su hermano Balduino, que sí acepto el título de rey y reinó con el nombre de Balduino I de Jerusa-lén.

 

Estos tres años de masacres, muerte y destrucción llevada a cabo por los cruzados, fue vista por el refi-nado y culto mundo musulmán de aquella época como una invasión bárbara llevada a cabo por fanáticos reli-giosos, ignorantes y de un bajísimo nivel cultural.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Durante los casi tres años que duró la primera Cru-zada pude librarme de tener que participar en ella, ale-grándome muchísimo, cada vez que recibíamos noti-cias de Tierra Santa, de no haber estado allí viéndome obligado a tener que participar en aquellas inhumanas masacres que los cruzados llevaban a cabo en cada pue-blo que tomaban o cada batalla que ganaban, convir-tiendo sus triunfos militares en asesinatos colectivos. Idiotizados por las promesas celestiales del Papa Ur-bano, que les garantizaba un lugar en el Paraíso por el simple hecho de haber participado en la Cruzada, pero afirmando que ese glorioso puesto sería tanto más alto, más honorable y estaría más cerca de Dios cuantos más infieles hubieran matado, tras vencer en cada batalla, los cruzados mataban a los musulmanes vencidos con la misma saña y el mismo odio que si se trataran de judíos, poseídos de una fiebre asesina que rayaba en la locura.

 

Y así trascurrieron otros cuarenta y cinco años, du-rante los cuales fui feliz en Clermont dedicado a la la-bor de seguir dándole una enseñanza a los más igno-rantes y desfavorecidos. Con el fin de conseguir la li-beración de aquellos que les servían de carnaza a los nobles y a los todopoderosos terratenientes quienes, aprovechándose de su ignorancia, les pagaban salarios tan miserables que solo les alcanzaban para no morir de

 

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hambre, manteniéndolos en una permanente carencia de todo aquello que estuviera por encima de vivir toda la familia en la habitación de una corrala de vecinos o en una fría cabaña en mitad del campo; de un sayo lleno de parches y recosidos; de unas alpargatas de esparto; y de un cocido hecho con cuatro yerbas del campo y acompañado de un mendrugo de pan duro, era tanto mi empeño y la dedicación que ponía yo en esta actividad docente, que se había convertido en mi pasión y en el principal objetivo de mi vida. Durante los cuatrocientos años de existencia que llevo ya a mis espaldas, no solo que no he llegado a aborrecer la vida, sino que he se-guido amándola como cuando tenía veinte años. Los humanos tendemos a buscarle un sentido a la vida, cuando, en sí misma, la vida es un absurdo y un incon-gruente despropósito de la Naturaleza. La vida solo es deseable y merece ser vivida si quien la vive ha sido capaz de darle algún sentido y marcarse un propósito. Venimos a este mundo sin pedirlo y sin tan siquiera desearlo, nos colocan en un escenario en el que desde hace cientos de millones de años se está desarrollando una absurda obra de teatro que carece de guion y de argumento. Unos por nacimiento y otros por vocación y falta de escrúpulos, en este escenario destacan unos actores principales que, puestos entre sí de mutuo acuerdo, se han adjudicado unos papeles que son deter-minantes para que ellos luzcan como estrellas en sus actuaciones. El resto de los intervinientes no pasan de ser meros actantes que son utilizados por los actores

 

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principales que les van dictando en cada momento lo que deben hacer o lo que deben pensar. Es por esto que, si no te ha tocado ser uno de estos actores principales, lo mejor que puedes hacer para completar el desarrollo de tu papel en la obra hasta el día que la directora, doña Naturaleza, decida que tu actuación ha terminado y de-bes hacer mutis por el foro, es adjudicarte a ti mismo un papel que esté lo menos vinculado posible a la ab-surda función, que te permita apartarte de la trama a fin de que puedas interpretar el papel de un personaje ais-lado que entra en escena cuando le apetece y sale cuando el guion no le gusta, no porque se lo ordene al-guno de los principales, debiendo ser un papel exclu-sivo que te permita tener al amanecer de cada día una nueva idea propia y un objetivo a alcanzar que no te lo haya dictado ningún otro actor. En caso contrario, la vida puede llegar a cansar hasta extremos de suicidio; lo veo en algunos de mis colegas filsolis, que están can-sados de ser inmortales y, ante la imposibilidad de qui-tarse la vida, a veces los encuentro extremadamente cansados y hasta desesperados por tener que seguir vi-viendo.

 

Finalizaba ya el año 1145 cuando ocurrió lo que viene ocurriendo desde que el hombre cambiara su vida de familia en las cavernas, en la que vivía feliz, preo-cupado tan solo de salir cada dos o tres días a cazar o a recolectar algunas verduras salvajes, por una vida en sociedad que lo convirtió en ciudadano, que cuando más a gusto me encontraba en Clermont, tuvieron que

 

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venir la religión y la política a enturbiar mi felicidad. Mi desconsuelo comenzó cuando el Papa Eugenio

 

III    predicó la segunda Cruzada el 1 de diciembre de 1145, un año después de que el condado de Edesa fuera reconquistado por los turcos selyúcidas el día de la No-chebuena de 1144, y esta vez sí que me vi envuelto en este nuevo desatino, que no fue ir a Europa central para hacer pogromos contra los judíos ni a Tierra Santa a matar infieles, sino que fue a la península ibérica donde fueron a parar mis inmortales huesos con la orden de exterminar a cuantos musulmanes pudiera.

 

Resultó que, tras la primera Cruzada de 1096 y otra menor que hubo en 1101, se establecieron tres Estados en Oriente Medio: el reino de Jerusalén, el principado de Antioquía y el condado de Edesa, y unos años más tarde, en 1109, se creó un cuarto Estado: el condado de Trípoli. Y, siendo el condado de Edesa el que se encon-traba más al norte, fronterizo con turcos y los armenios, y siendo también el más débil y el menos poblado, desde el mismo día de su establecimiento fue objeto de frecuentes ataques de sus vecinos hasta que, a finales de 1144, el conde Joscelino II, que por entonces gober-naba el condado, tuvo que abandonar Edesa con casi todo su ejército para ir en auxilio del príncipe artúquida Kara Aslan en su lucha contra Alepo, ocasión que apro-vechó el gobernador Zengi, de Mosul, para caer sobre la ciudad con treinta mil soldados y destruirla por com-pleto, incendiando la ciudadela y quemando vivos a los cristianos que se encontraban atrincherados en ella. Ya

 

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de paso, os diré que este Zengi era un mal bicho que vino a morir dos años más tarde, la noche que un es-clavo cometió una falta mientras lo ayudaba a desves-tirse para acostarse y le dijo que al día siguiente lo cas-tigaría con la muerte; así que, sin nada que perder, el esclavo lo mató aquella misma noche, mientras dormía; no sé qué sería de aquel esclavo, pero, por su audacia y valentía, merecía haber seguido vivo, en libertad y glo-rificado, porque al haber defendido su vida contra aquel malvado, salvó de la muerte y la esclavitud en el futuro a muchos otros. A su regreso, el conde Joscelino in-tentó recuperar Edesa tras el asesinato de Zengi, pero Nur al-Din, su sucesor, lo derrotó en noviembre de 1146.

 

Fue el obispo Aimec Loubet quien, atendiendo a una consigna del Papa Eugenio para que reclutara cruzados en Clermont, me llamó a su palacio a mediados de junio de 1147 y me «rogó» —acompañando el «ruego» de una velada amenaza de excomunión por si acaso me negaba— que me incorporara a la expedición genovesa que partiría por mar una semana más tarde con destino a Lisboa, ya que el Papa Eugenio, además de tratar de reconquistar Edesa, también tenía objetivos políticos en la península ibérica, razón por la que muchos de los cruzados que tenían que haber viajado por mar a Oriente fueron enviados a Iberia. Como quiera que la ruta marítima de Génova a Lisboa era mucho más rá-pida que la terrestre, me vi obligado a tener que cubrir en mi carruaje las noventa leguas que separan Clermont

 

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de La Superba22, teniendo además que transportar a otros tres nobles cruzados que no eran personas de mi gusto y costear, por ser el más rico de los cuatro, los gastos de una escolta de diez hombres armados con el fin de evitar que los bandidos nos asaltaran por el ca-mino; al día siguiente embarcaríamos en una de las ciento ochenta naves genovesas que formaban la flota que navegaría hasta Lisboa para ayudar al rey Alfonso Enríquez a arrebatarle Lisboa a los musulmanes, la que más tarde sería la capital del reino lusitano.

 

Después que Alfonso fuera elegido como primer rey de Portugal, se había marcado como principal objetivo la conquista de lo que es el actual territorio portugués. Para conseguirlo, había iniciado su propia «guerra santa» contra los infieles, comenzando la campaña por la margen izquierda del río Miño para seguir bajando hacia el sur hasta la costa del Algarve. Lisboa represen-taba un baluarte importante, no solo por tratarse de una ciudad grande y rica, sino también por estar ubicada a orillas del Tajo, convirtiéndose en una difícil, pero ne-cesaria, empresa para su afirmación como rey y tam-bién como conquistador en nombre de la fe cristiana. Sabiendo que a lo largo de su costa estarían pasando en dirección a Tierra Santa todas las embarcaciones de cruzados procedentes de los países del norte de Europa, Alfonso comenzó a interceptarlas y contactar con ellos pretendiendo obtener su ayuda para su conquista de

 

 

 

22   Apelativo dado a Génova durante muchos siglos. En italiano significa «La Magnífica».

 

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Lisboa. Los primeros que captó fue un contingente pro-cedente de Flandes, a los que interceptó el 14 de junio y los convenció para que lo ayudaran en el asedio a cambio de participar en el saqueo de la ciudad y el con-siguiente reparto de las mercancías, los dineros y el oro que obtuvieran tanto en las casas de los pobres como en los palacios de los ricos, y en las ganancias que se consiguieran vendiendo como esclavos a los prisione-ros que hicieran o pidiendo rescates por los más impor-tantes.

 

A los siguientes que persuadió fue a una flota inglesa que había partido de Darmouth a mediados de mayo con un contingente compuesto por cruzados flamencos, normandos, ingleses, escoceses y algunos alemanes. Ningún rey ni príncipe venía dirigiendo a estas tropas ya que por aquellas fechas Inglaterra estaba dominada por la anarquía. Hicieron escala en las costas gallegas y peregrinaron a Santiago de Compostela, donde el 8 de junio celebraron la fiesta de Pentecostés. Llegaron a Oporto el 26 de junio, y allí el obispo los convenció para que continuasen hasta Lisboa, a donde ya había llegado el rey Alfonso I y había sido informado de la llegada de la flota cruzada inglesa a su reino. Cuando estos llegaron frente a las murallas de Lisboa, el rey Alfonso recibió a sus capitanes en su campamento y los convenció para que se quedasen dándoles los mismos argumentos crematísticos que a los flamencos; y es que, salvo algunos idealistas que eran auténticos cre-yentes católicos que viajaban a Tierra Santa dispuestos

 

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a dar sus vidas por la Cristiandad, la mayoría de los cruzados acudían a la llamada del Papa con el ánimo de enriquecerse, sin el menor escrúpulo de tener que matar a muchos hombres, mujeres y niños para conseguirlo.

 

Montamos nuestro campamento junto a las grandes tiendas donde se guardaban los víveres, los aperos de algunos oficios y algunos otros utensilios, a continua-ción del campamento de los ingleses, terminando así de cubrir el flanco oeste de las murallas de la ciudad, mientras que la muralla del sur fueron los barcos que se encontraban en el Tajo los que se encargaron de si-tiarla; en el Levante montaron su campamento los fla-mencos y los portugueses acamparon en el monte de Santana.

 

El asedio comenzó el martes 1 de julio con algunos inútiles intentos de derribar la puerta principal de la ciudad a golpes de ariete. A los intentos de derribo de la puerta le siguió un intento de minar la muralla en el punto que se consideró como el más débil; a este le si-guió un bombardeo con catapultas y algunos otros in-tentos de asaltar la muralla empleando una torre de asalto, resultando ser todos ellos inútiles ante la férrea defensa morisca y con el resultado negativo para nues-tros ejércitos de varios cientos de muertos y heridos, por lo que, dado que las tropas del rey portugués se ha-bían presentado ante las murallas de improviso, sin darle tiempo a los moriscos lisboetas a hacer acopios de agua y alimentos, viéndose cercados cuando tan solo disponían de los animales sucintos y de los granos que

 

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en aquel momento se guardaban en los silos guberna-mentales, la decisión que tomaron los sitiadores fue la de vencerlos por hambre. Y así ocurrió que, pese a que todos habían calculado que, como mucho, podrían re-sistir un mes, para sorpresa y admiración general en los tres ejércitos sitiadores, cuatro meses más tarde la po-blación aún continuaba resistiendo. A esto tengo la obligación de declarar que yo fui el responsable de que la rendición de Lisboa sobrepasara con creces el mes que habíamos estimado y que no se produjera hasta fi-nales del cuarto mes de asedio. Y, como supongo que esta confesión no solo le habrá resultado extraña al lec-tor, sino que tal vez piense que yo pudiera haber lle-vado a cabo una traición a los ejércitos cristianos en favor de los musulmanes, trataré de darle una explica-ción exponiendo con el mayor rigor los hechos que acontecieron y que sea el propio lector quien juzgue si obré como un traidor o como un ser humano que intenta ayudar en la desgracia a sus semejantes. Ocurrió que, dos semanas después de que se cumpliera el primer mes de asedio, cuando ya algunos comentaban entre ellos que habían calculado mal las reservas de alimentos que pudieran tener almacenadas aquellos moriscos lisboe-tas, y otros se admiraban de que eran unos auténticos héroes numantinos en lo que a resistencia al hambre se refiere, el viernes 15 de agosto quise ver por mi cuenta a qué se debía tan tenaz resistencia y cómo les iba a los asediados. Esperé a que cayera la noche y, cuando ya todos estaban sus tiendas, dejé unas almohadas bajo la

 

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sábana de mi litera que aparentaran ser mi cuerpo y me tele-porté al interior de la ciudad. Cuando, al objeto de que nadie presenciara mi aparición, me materialicé en una calleja de la periferia de Lisboa, alejada del centro y muy poco transitada, me llegó un tufo a carne asada. De momento, bastante extrañado de que a estas alturas todavía pudieran disponer de alguna res, pensé que tal vez estuvieran asando algún animal doméstico, como pudiera ser un asno, un perro o un gato con el que ali-mentarse. Seguí el rastro de aquel tufo y durante el ca-mino me crucé con algunas personas, todas ellas famé-licas, que caminaban miraban al suelo, pareciendo que iban buscando en la oscuridad algo que llevarse a la boca, lo que me dio a entender que los alimentos que hubieran tenido almacenados los sitiados habían sido mucho más escasos de lo que habíamos pensado y que no les habían alcanzado ni tan siquiera para un mes. El olor a carne asada me llevó hasta la plaza principal, y cuando vi lo que había sobre la fogata tuve que pararme en seco y llevarme la mano a la boca, no sé si para no gritar o para no vomitar, pues el contenido de la cena, que aún persistía en mi estómago, se me subió a la gar-ganta. Sobre la fogata había una parrilla de gran ta-maño, como las que usaban y aún siguen usando los moriscos para asar corderos y terneros, y sobre ella se encontraba un cadáver humano que había sido asado por ambas caras y que, por su tamaño, parecía ser el cuerpo de un joven adolescente. Hasta aquí el espec-táculo no pasó de resultarme únicamente desagradable

 

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ya que estaba acostumbrado a ver en las guerras mu-chos cuerpos de guerreros carbonizados. Fue lo que vi alrededor de aquella parrilla lo que me levantó el estó-mago, pues una veintena de personas, todas ellas en un aspecto de desnutrición lamentable y a las que se les podía contar todos los huesos de sus cuerpos, esgri-miendo un cuchillo cada una de ellas, extraían trozos de carme del raquítico cuerpo de aquel desdichado mu-chacho y la devoraban con la avidez de quien no ha co-mido nada durante varios días. Aquello fue suficiente para mí, no quise ver más y me retiré de la plaza, des-anduve el camino que me había llevada hasta ella, lle-gué al sitio donde me había materializado, y desde allí mismo volví a tele-portarme a mi tienda del campa-mento. Como quiera que no estaba solo en aquella tienda y cada noche tenía que simular que dormía para no descubrir mi naturaleza insomne, me quedé en la cama como media hora, pero era tal el sufrimiento in-terior que me provocaba el recuerdo de la imagen que había presenciado, que me levanté y salí al exterior. Aunque aquella noche no teníamos la presencia de la Luna en el cielo, me puse a pasear a la luz de las estre-llas sin dejar de pensar en aquellas pobres gentes que se morían de hambre; en muy pocos pasos llegué hasta una de las tiendas de la intendencia que se encontraba apartada de las demás, y quedaba más próxima a nues-tro campamento. Vi que el guardia que la vigilaba es-taba sentado en una piedra grande que asomaba en el terreno, justo al lado de la puerta de la tienda, y tenía

 

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una forma parecida a la de una silla con respaldo. Tra-tando de olvidarme de tan tristes pensamientos, me acerqué hacia él con la intención de conversar durante un rato, pero al llegar hasta donde se encontraba vi que estaba dormido. Tenía el regatón de la lanza firme-mente clavado en el suelo terrizo y, agarrado con am-bas manos al astil y apoyada la cabeza sobre sus ante-brazos, dormía tan plácidamente que hasta roncaba. Fue entonces cuando lo pensé. Entré subrepticiamente en la tienda y, en aquel momento, pese a los trescientos setenta años transcurridos, recordé las palabras que me dirigió Suriel el día de mi resucitación: «…Estas facul-tades de tu cerebro te permitirán tele-portarte en el es-pacio-tiempo con tan solo desearlo, es decir, solo con pensarlo podrás desaparecer del lugar donde estés y aparecer instantáneamente en otro lugar que desees es-tar, por muy lejano que este se encuentre, y podrás ha-cerlo acompañado de todo aquello que esté en contacto con tu cuerpo; ahora, tu capacidad de raciocinio se ha multiplicado por diez y tu cuerpo ha adquirido una fuerza tan sobrehumana que serás capaz de sostener el peso de cinco hombres con una sola de tus manos». Y, tal como lo pensé lo hice. Puse en el suelo del centro de la tienda una docena de sacos de trigo, me quité las ropas que llevaba puestas, quedándome vestido tan solo con el traje biónico, y cubrí con mi cuerpo cuantos sacos pude, extendiendo las piernas cuanto me fue po-sible y poniendo los brazos en cruz para que mi cuerpo estuviera tocando el mayor número de sacos posible.

 

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Y, estando en esta postura, deseé materializarme con toda aquella carga en el mismo punto de la plaza lis-boeta desde el que había contemplado aquella espeluz-nante e inhumana escena.

 

Cuando aquellos que aún quedaban en la plaza prac-ticando aquella despiadada antropofagia me vieron aparecer de la nada, brillando con mi blanco luminis-cente traje biónico y tendido sobre una docena de sa-cos, rajar uno de ellos con un simple pase de la uña de un dedo una de mis manos y contemplaron el rubio y soñado cereal que se desparramó por el pavimento, no daban crédito a sus ojos; y al ver cómo a continuación me elevaba en el aire y ascendía levitando hasta alcan-zar los diez codos de altura sobre los sacos, mientras que unos se arrodillaban y comenzaban a llorar de emo-ción, otros corrían con los brazos extendidos hacia mí, pronunciando en tono de alabanza frases religiosas, ta-les como «Alá es grande», «Alá nos ha enviado a uno de sus arcángeles, «sea Alá por siempre bendito y ala-bado».

 

—Repartid estos alimentos con amor y hermandad, como Dios os enseña —les dije desde el aire.

 

Y, en diciéndoles esto, deseé tele-portarme de nuevo a la tienda de la intendencia para recoger mi ropa; y en el último segundo, antes de volatilizarme y desaparecer de su vista, pude oír cómo algunos de aquellos muertos vivientes, por enésima vez en mi larga vida, me con-fundían con el arcángel Gabriel.

 

Durante un mes entero estuve repitiendo la misma

 

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operación cada vez que las circunstancias me lo permi-tían, unas veces colándome en la tienda de intendencia aprovechando que el centinela dormitaba, y otras acer-cándome hasta él e invitándolo a beber algún caldo que lo aliviara del frio de la noche, al que previamente le había puesto un narcótico. Durante todo un mes, no solo les estuve llevando granos de trigo y cebada, sino también sacos de legumbres y de cecina de carnes y pescados. Tuve que dejar de hacerlo cuando los huecos que dejaban los sacos extraídos se hicieron tan patentes y visibles que tuvieron que poner a tres guardias en cada una de las tiendas vigilando de cerca los víveres. Como he dicho antes, el lector juzgará si lo que hice se puede considerar una traición o si, por el contrario, es algo digno de ser elogiado.

 

A partir de aquel día, en un par de semanas volvió por segunda vez el hambre a la población lisboeta hasta que, estando ya casi cumplido el cuarto mes de asedio, concretamente el 25 de octubre de 1147, la situación de hambruna era tan terrible y habían muerto ya de hambre tantos lisboetas que los gobernantes moriscos, al no poder resistir más la situación, acordaron la en-trega de la ciudad.

 

El saqueo total de la ciudad vino a continuación, y con el saqueo también llegaron los insultos, los golpes, las violaciones y los asesinatos, todos ellos cometidos en nombre de Dios, con el fin de ganar un puesto pre-ferente en su gloria.

 

El sábado 1 de noviembre, después de cinco días de

 

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horrores en Lisboa y renunciando a la parte que me co-rrespondía en el reparto del botín tras el saqueo, apro-vechando que una pequeña caravana que salía con des-tino a Aquisgrán, pasando por Carcasona, Clermont y Dijon, pedí permiso para viajar en ella de regreso a casa. Partimos muy temprano, antes del amanecer, y cuando llevábamos una hora de viaje, le dije al jefe de la caravana que no quería continuar y que me volvía a Lisboa. Y, cuando los perdí de vista tras el horizonte, lo que hice fue tele-portarme a mi casa de Clermont, dejando atrás la miseria de la guerra, en la que yo me había revolcado como una bestia salvaje durante los primeros cuarenta y dos años de mi vida mortal, ha-biéndole dado la muerte a cientos de hombres. Afortu-nadamente, después de que Suriel le aplicara a mi ca-dáver aquel proceso de resucitación y tele-portara mi cuerpo al exterior de la tumba, una luz se hizo en mi interior, pareciendo que en el sepulcro hubieran que-dado los restos de aquel hombre que fui y en el exterior se hubiera materializado un hombre nuevo, con un es-píritu, limpio y renovado. Y, también en aquel mismo momento, los recuerdos de la batalla de Roncesvalles, que aún permanecían frescos en mi memoria, me pare-cieron inicuos, y el deseo de darles muerte a mis seme-jantes, ya fuera por diferencias ideológicas o para arre-batarles sus bienes, aparecieron en mi conciencia como la actividad más inhumana de las que el hombre podía llevar a cabo; vi con diáfana claridad que es en la guerra donde el hombre pierde su humanidad, convirtiéndose

 

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en una bestia innoble e irracional, y que todo aquel que glorifica las hazañas bélicas de un soldado, elevándolo a la categoría de héroe, tan solo está haciendo un pane-gírico del crimen y del expolio. Nada había más falso e incongruente que llamar «Cruzada o Guerra Santa» a la lucha que estábamos librando contra los musulmanes, cuando la realidad es que todas las guerras, sin excep-ción, son la antítesis de la santidad y siempre son de-claradas por la avaricia, el egoísmo y la ambición de poder.

 

Dos meses más tarde, el lunes 15 de diciembre de 1147, abandoné Clermont y llevé a cabo mi décima mudanza. Esta vez quise alejarme cuanto pudiera de la influencia del Sacro Imperio Romano Germánico y elegí para vivir la vieja y soleada Mesina, en el reino de Sicilia, por entonces bajo el reinado del angevino de la Casa de Hauteville, Roger II.

 

FIN DE LA PRIMERA PARTE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Impreso en España

Abril de 2024

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