© Libro N° 12025.
El Músico Prodigioso. Hermanos
Grimm. Emancipación. Diciembre 23 de 2023
Título original: ©
El Músico Prodigioso. Hermanos Grimm
Versión Original: © El Músico Prodigioso. Hermanos Grimm
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
El Músico
Prodigioso
Hermanos
Grimm
Había una
vez un músico prodigioso que vagaba solito por el bosque dándole vueltas a la
cabeza. Cuando ya no supo en qué más pensar, dijo para sus adentros: "En
la selva se me hará largo el tiempo, y me aburriré; tendría que buscarme un
buen compañero." Descolgó el violín que llevaba suspendido del hombro y se
puso a rascarlo, haciendo resonar sus notas entre los árboles. A poco se
presentó el lobo, saliendo de la maleza. "¡Ay! Es un lobo el que viene. No
es de mi gusto ese compañero," pensó el músico. Pero el lobo se le acercó
y le dijo: "Hola, músico, ¡qué bien tocas! Me gustaría aprender." -
"Pues no te será difícil," respondióle el violinista, "si haces
todo lo que yo te diga." - "Sí, músico," asintió el lobo, "te
obedeceré como un discípulo a su maestro." El músico le indicó que lo
siguiera, y, tras andar un rato, llegaron junto a un viejo roble, hueco y
hendido por la mitad. "Mira," dijo el músico, "si quieres
aprender a tocar el violín, mete las patas delanteras en esta hendidura."
Obedeció el lobo, y el hombre, cogiendo rápidamente una piedra y haciéndola
servir de cuña, aprisionó las patas del animal tan fuertemente, que éste quedó
apresado, sin poder soltarse. "Ahora aguárdame hasta que vuelva,"
dijo el músico y prosiguió su camino.
Al cabo
de un rato volvió a pensar: "En el bosque se me va a hacer largo el
tiempo, y me aburriré; tendría que buscarme otro compañero." Cogió su
violín e hizo sonar una nueva melodía. Acudió muy pronto una zorra,
deslizándose entre los árboles. "Ahí viene una zorra," pensó el
hombre. "No me gusta su compañía." Llegóse la zorra hasta él y dijo:
"Hola, músico, ¡qué bien tocas! Me gustaría aprender." - "No te
será difícil," contestó el músico, "sólo debes hacer cuanto yo te
mande." - "Sí, músico," asintió la zorra, "te obedeceré
como un discípulo a su maestro." - "Pues sígueme ordenó él." Y
no tardaron en llegar a un sendero, bordeado a ambos lados por altos arbustos.
Detúvose entonces el músico y, agarrando un avellano que crecía en una de las
márgenes, lo dobló hasta el suelo, sujetando la punta con un pie; hizo luego lo
mismo con un arbolillo del lado opuesto y dijo al zorro: "Ahora, amiguito,
si quieres aprender, dame la pata izquierda de delante." Obedeció la
zorra, y el hombre se la ató al tronco del lado izquierdo. "Dame ahora la
derecha," prosiguió. Y sujetóla del mismo modo en el tronco derecho.
Después de asegurarse de que los nudos de las cuerdas eran firmes, soltó ambos
arbustos, los cuales, al enderezarse, levantaron a la zorra en el aire y la
dejaron colgada y pataleando. "Espérame hasta que regrese," díjole el
músico, y reemprendió su ruta.
Al cabo
de un rato, volvió a pensar: "El tiempo se me va a hacer muy largo y
aburrido en el bosque; veamos de encontrar otro compañero." Y, cogiendo el
violín, envió sus notas a la selva. A sus sones acercóse saltando un lebrato:
"¡Bah!, una liebre," pensó el hombre, "no la quiero por
compañero." - "Eh, buen músico," dijo el animalito. "Tocas
m y bien; me gustaría aprender." - "Es cosa fácil," respondió
él, "siempre que hagas lo que yo te mande." - "Sí, músico,"
asintió el lebrato, "te obedeceré como un discípulo a su maestro."
Caminaron, pues, juntos un rato, hasta llegar a un claro del bosque en el que
crecía un álamo blanco. El violinista ató un largo bramante al cuello de la
liebre, y sujetó al árbol el otro cabo. "¡Ala! ¡Deprisa! Da veinte carreritas
alrededor del álamo," mandó el hombre al animalito, el cual obedeció. Pero
cuando hubo terminado sus veinte vueltas, el bramante se había enroscado otras
tantas en torno al tronco, quedando el lebrato prisionero; por más tirones y
sacudidas que dio, sólo lograba lastimarse el cuello con el cordel.
"Aguárdame hasta que vuelva," le dijo el músico, alejándose.
Mientras
tanto, el lobo, a fuerza de tirar, esforzarse y dar mordiscos a la piedra,
había logrado, tras duro trabajo, sacar las patas de la hendidura. Irritado y
furioso, siguió las huellas del músico, dispuesto a destrozarlo. Al verlo pasar
la zorra, púsose a lamentarse y a gritar con todas sus fuerzas: "Hermano
lobo, ayúdame. ¡El músico me engañó!" El lobo bajó los arbolillos, cortó
la cuerda con los dientes y puso en libertad a la zorra, la cual se fue con él,
ávida también de venganza. Encontraron luego a la liebre aprisionada,
desatáronla a su vez, y, los tres juntos, partieron en busca del enemigo.
En esto
el músico había vuelto a probar suerte con su violín, y esta vez con mejor
fortuna. Sus sones habían llegado al oído de un pobre leñador, el cual, quieras
que no, hubo de dejar su trabajo y, hacha bajo el brazo, dirigióse al lugar de
donde procedía la música. "Por fin doy con el compañero que me
conviene," exclamó el violinista, "un hombre era lo que buscaba, y no
alimañas salvajes." Y púsose a tocar con tanto arte y dulzura, que el
pobre leñador quedóse como arrobado, y el corazón le saltaba de puro gozo. Y he
aquí que en esto vio acercarse al lobo, la zorra y la liebre, y, por sus caras
de pocos amigos, comprendió que llevaban intenciones aviesas. Entonces el
leñador blandió la reluciente hacha y colocóse delante del músico como
diciendo: "Tenga cuidado quien quiera hacerle daño, pues habrá de
entendérselas conmigo." Ante lo cual, los animales se atemorizaron y
echaron a correr a través del bosque, mientras el músico, agradecido,
obsequiaba al leñador con otra bella melodía.
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