© Libro N° 12023.
El Fiel Juan. Hermanos
Grimm. Emancipación. Diciembre 23 de 2023
Título original: ©
El Fiel Juan. Hermanos Grimm
Versión Original: © El Fiel Juan. Hermanos Grimm
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Hermanos Grimm
Hermanos Grimm
Érase una
vez un anciano Rey, se sintió enfermo y pensó: Sin duda es mi lecho de muerte
éste en el que yazgo. Y ordenó: "Que venga mi fiel Juan." Era éste su
criado favorito, y le llamaban así porque durante toda su vida había sido fiel
a su señor. Cuando estuvo al pie de la cama, díjole el Rey: "Mi fidelísimo
Juan, presiento que se acerca mi fin, y sólo hay una cosa que me atormenta: mi
hijo. Es muy joven todavía, y no siempre sabe gobernarse con tino. Si no me
prometes que lo instruirás en todo lo que necesita saber y velarás por él como
un padre, no podré cerrar los ojos tranquilo." - "Os prometo que
nunca lo abandonaré," le respondió el fiel Juan, "lo serviré con toda
fidelidad, aunque haya de costarme la vida." Dijo entonces el anciano Rey:
"Así muero tranquilo y en paz." Y prosiguió: "Cuando yo haya
muerto enséñale todo el palacio, todos los aposentos, los salones, los
soterrados y los tesoros guardados en ellos. Pero guárdate de mostrarle la
última cámara de la galería larga, donde se halla el retrato de la princesa del
Tejado de Oro, pues si lo viera, se enamoraría perdidamente de ella, perdería
el sentido, y por su causa se expondría a grandes peligros; así que guárdalo de
ello." Y cuando el fiel Juan hubo renovado la promesa a su Rey, enmudeció
éste y, reclinando la cabeza en la almohada, murió.
Llevado
ya a la sepultura el cuerpo del anciano Rey, el fiel Juan dio cuenta a su joven
señor de lo que prometiera a su padre en su lecho de muerte, y añadió: "Lo
cumpliré puntualmente y te guardaré fidelidad como se la guardé a él, aunque me
hubiera de costar la vida." Celebráronse las exequias, pasó el período de
luto, y entonces el fiel Juan dijo al Rey: "Es hora de que veas tu
herencia; voy a mostrarte el palacio de tu padre." Y lo acompañó por todo
el palacio, arriba y abajo, y le hizo ver todos los tesoros y los magníficos
aposentos; sólo dejó de abrir el que guardaba el peligroso retrato. Éste se
hallaba colocado de tal modo que se veía con sólo abrir la puerta, y era de una
perfección tal que parecía vivir y respirar, y que en el mundo entero no podía
encontrarse nada más hermoso ni más delicado. Pero al joven Rey no se le escapó
que el fiel Juan pasaba muchas veces por delante de esta puerta sin abrirla, y,
al fin, le preguntó: "¿Por qué no la abres nunca?" - "Es que en
esta pieza hay algo que te causaría espanto," respondióle el criado. Mas
el Rey le replicó: "He visto todo el palacio y quiero también saber lo que
hay ahí dentro, y, dirigiéndose a la puerta, trató de forzarla." El fiel
Juan lo retuvo y le dijo: "Prometí a tu padre, antes de morir, que no
verías lo que hay en este cuarto; nos podría traer grandes desgracias, a ti y a
mí." - "Al contrario," replicó el joven Rey. "Si no entro,
mi perdición es segura. No descansaré ni de día ni de noche hasta que lo haya
contemplado con mis propios ojos. No me muevo de aquí hasta que me abras esta
puerta."
Entonces
comprendió el fiel Juan que no había otro remedio, y con el corazón en el puño
y muchos suspiros sacó la llave del gran manojo. Cuando tuvo la puerta abierta,
entró el primero con intención de tapar el cuadro, para que el Rey no lo viera.
Pero, ¿de qué le sirvió? El Rey, poniéndose de puntillas, miró por encima de su
hombro, y al ver el retrato de la doncella, resplandeciente de oro y piedras
preciosas, cayó al suelo sin sentido. Levantólo el fiel Juan y lo llevó a su
cama, pensando. con gran angustia: "El mal está hecho. ¡Dios mío! ¿Qué
pasará ahora?" Y le dio vino para reanimarlo. Vuelto en sí el Rey, sus
primeras palabras fueron: "¡Ay!, ¿de quién es este retrato tan
hermoso?" - "Es la princesa del Tejado de Oro," respondióle el
fiel criado. Y el Rey: "Es tan grande mi amor por ella, que si todas las
hojas de los árboles fuesen lenguas, no bastarían para expresarle. Mi vida
pondré en juego para alcanzarla, y tú, mi leal Juan, debes ayudarme a
conseguirlo."
El fiel
criado estuvo cavilando largo tiempo sobre la manera de emprender el negocio.
pues sólo el llegar a presencia de la princesa era ya muy difícil. Finalmente,
se le ocurrió un medio, y dijo a su señor: "Todo lo que tiene a su
alrededor es de oro: mesas, sillas, fuentes, vasos, tazas y todo el ajuar de la
casa. En tu tesoro hay cinco toneladas de oro," manda que den una a los
orfebres del reino, y con ella fabriquen toda clase de vasos y utensilios, toda
suerte de aves, alimañas y animales fabulosos; esto le gustará; con ello nos
pondremos en camino, a probar fortuna." El Rey hizo venir a todos los
orfebres del país, los cuales trabajaron sin descanso hasta terminar aquellos
preciosos objetos. Luego fue cargado todo en un barco, y el fiel Juan y el Rey
se vistieron de mercaderes para no ser conocidos de nadie. Luego se hicieron a
la mar, y navegaron hasta arribar a la ciudad donde vivía la princesa del
Tejado de Oro.
El fiel
Juan pidió al Rey que permaneciese a bordo y aguardase su vuelta: "A lo
mejor vuelvo con la princesa," dijo. "Procurarás, pues, que todo esté
bien dispuesto y ordenado, los objetos de oro a la vista y el barco bien
empavesado." Se llenó el cinto de toda clase de objetos preciosos,
desembarcó y encaminóse al palacio real. Al entrar en el patio vio junto al
pozo a una hermosa muchacha ocupada en llenar de agua dos cubos de oro. Al
volverse para llevarse el agua que reflejaba los destellos del oro, vio al
extranjero y le preguntó quién era. Respondióle éste: "Soy un mercader,'
y, abriendo su cinturón, le mostró lo que contenía. "¡Oh, qué lindo!"
exclamó ella, y, dejando los cubos en el suelo, se puso a examinar las joyas
una por una. Luego dijo: "Es necesario que la princesa lo vea; le gustan
tanto las cosas de oro, que, sin duda, os las comprará todas." Y, cogiendo
al hombre de la mano, condújolo al interior del palacio, pues era la camarera
principal. Cuando la hija del Rey vio aquellas maravillas, se puso muy contenta
y exclamó: "Está tan primorosamente trabajado, que te lo compro
todo." A lo que respondió el fiel Juan: "Yo no soy sino el criado de
un rico mercader. No es nada lo que traigo aquí en comparación de lo que mi amo
tiene en el barco: lo más bello y precioso que jamás se haya hecho en
oro." Pidióle ella que se lo llevaran a palacio, pero él contestó:
"Hay tantísimas cosas, que precisarían muchos días y más salas que vuestro
palacio tiene." Estas palabras sólo sirvieron para estimular la curiosidad
de la princesa, la cual dijo al fin: "Acompáñame al barco, quiero ir yo
misma a ver los tesoros de tu amo."
El fiel
Juan, muy contento, la condujo entonces al barco, y cuando el Rey la vio,
parecióle que su hermosura era todavía mayor que la del retrato, y el corazón
empezó a latirle con tal violencia que se lo sentía a punto de estallar. Subió
la princesa a bordo, y el Rey la acompañó al interior de la nave; pero el fiel
Juan se quedó junto al piloto y le dio orden de zarpar: "¡Despliega todas
las velas, para que el barco vuele más veloz que un pájaro!" Entretanto,
el Rey mostraba a la princesa la vajilla de oro, pieza por pieza: fuentes,
vasos y tazas, así como las aves y los animales silvestres y prodigiosos.
Transcurrieron muchas horas así, y la princesa, absorta y arrobada, no se dio
cuenta de que el barco se había hecho a la mar. Cuando ya lo hubo contemplado
todo, dio las gracias al mercader y se dispuso a regresar a palacio, pero al
subir a cubierta vio que estaba muy lejos de tierra y que el buque navegaba a
toda vela: "¡Ay de mí!" exclamó. "¡Me han traicionado, me han
raptado! ¡Estoy en manos de un mercader! ¡Mil veces morir!" Pero el Rey,
tomándole la mano, le dijo: "Yo no soy un comerciante, sino un Rey, y de
nacimiento no menos ilustre que el tuyo. Si te he raptado con un ardid, ha sido
por el inmenso amor que te tengo. Es tan grande, que la primera vez que vi tu
retrato caí al suelo sin sentido." Estas palabras apaciguaron a la
princesa, y como ya sentía afecto por el Rey, aceptó de buen grado ser su
esposa.
Ocurrió,
empero, mientras se hallaban aún en alta mar, que el fiel Juan, sentado en la
proa del barco tocando un instrumento musical, vio en el aire tres cuervos que
llegaban volando. Dejó entonces de tocar y se puso a escuchar su conversación,
pues entendía su lenguaje. Dijo uno: "¡Fíjate! se lleva a su casa a la
princesa del Tejado de Oro." - "Sí," respondió el segundo.
"Pero aún no es suya." Y el tercero: "¿Cómo que no es suya? Si
va con él en el barco." Volviendo a tomar la palabra el primero, dijo:
"¡Qué importa! En cuanto desembarquen se le acercará al trote un caballo
pardo, y él querrá montarlo; pero si lo hace, volarán ambos por los aires, y
nunca más volverá el Rey a ver a su princesa." Dijo el segundo: "¿Y
no hay ningún remedio?" - "Sí, lo hay: si otro se adelanta a montarlo
y, con una pistola que va en el arzón del animal, lo mata de un tiro. Sólo de
ese modo puede salvarse el Rey; pero, ¿quién va a saberlo? Y si alguien lo
supiera y lo revelara, quedaría convertido en piedra desde las puntas de los
pies hasta las rodillas." Habló entonces el segundo: "Todavía sé más.
Aunque maten el caballo, tampoco tendrá el Rey a su novia. Cuando entren juntos
en palacio, encontrarán en una bandeja una camisa de boda, que parecerá tejida
de oro y plata, pero que en realidad será de azufre y pez. Si el Rey se la
pone, se consumirá y quemará hasta la medula de los huesos." Preguntó el
tercero: "¿Y no hay ningún remedio?" - "Sí, lo hay,"
contestó el otro. "Si alguien coge la camisa con guantes y la arroja al
fuego, el Rey se salvará. ¡Pero eso de qué sirve! Si alguno lo sabe y lo dice
al Rey, quedará convertido en piedra desde las rodillas hasta el corazón."
Intervino entonces el tercero: "Pues yo sé más todavía. Aunque se queme la
camisa, tampoco el Rey tendrá a su novia. Cuando, terminada la boda, empiece la
danza y la joven reina salga a bailar, palidecerá de repente y caerá como
muerta. Si no acude nadie a levantarla enseguida y no le sorbe del pecho
derecho tres gotas de sangre y las vuelve a escupir inmediatamente, la reina
morirá. Pero quien lo sepa y lo diga quedará convertido en estatua de piedra,
desde la punta de los pies a la coronilla." Después de haber hablado así,
los cuervos remontaron el vuelo, y el fiel Juan, que lo había oído y
comprendido todo, permaneció desde entonces triste y taciturno; pues si
callaba, haría desgraciado a su señor, y si hablaba, lo pagaría con su propia
vida. Finalmente, se dijo, para sus adentros: "Salvaré a mi señor, aunque
yo me pierda."
Al
desembarcar sucedió lo que predijera el cuervo. Un magnífico alazán acercóse al
trote: "¡Ea!" exclamó el Rey. "Este caballo me llevará a
palacio." Y se disponía a montarlo cuando el fiel Juan, anticipándose,
subióse en él de un salto y, sacando la pistola del arzón, abatió al animal de
un tiro. Los servidores del Rey, que tenían ojeriza al fiel Juan, prorrumpieron
en gritos: "¡Qué escándalo! ¡Matar a un animal tan hermoso, que debía
conducir al Rey a palacio!" Pero el monarca dijo: "Callaos y dejadle
hacer. Es mi fiel Juan. Él sabrá por qué lo hace." Al llegar al palacio y
entrar en la sala, puesta en una bandeja, apareció la camisa de boda,
resplandeciente como si fuese tejida de oro y plata. El joven Rey iba ya a
cogerla, pero el fiel Juan, apartándolo y cogiendo la prenda con manos
enguantadas, la arrojó rápidamente al fuego y estuvo vigilando hasta que la vio
consumida. Los demás servidores volvieron a desatarse en murmuraciones:
"¡Fijaos, ahora ha quemado la camisa de boda del Rey!" Pero éste
dijo: "¡Quién sabe por qué lo hace! Dejadlo, que es mi fiel Juan."
Celebróse la boda, y empezó el baile. La novia salió a bailar; el fiel Juan no
la perdía de vista, mirándola a la cara. De repente palideció y cayó al suelo
como muerta. Juan se lanzó sobre ella, la cogió en brazos y la llevó a una
habitación; la depositó sobre una cama, y, arrodillándose, sorbió de su pecho
derecho tres gotas de sangre y las escupió seguidamente. Al instante recobró la
Reina el aliento y se repuso; pero el Rey, que había presenciado la escena y
desconocía los motivos que inducían al fiel Juan a obrar de aquel modo, gritó
lleno de cólera: "¡Encerradlo en un calabozo!" Al día siguiente, el
leal criado fue condenado a morir y conducido a la horca. Cuando ya había
subido la escalera, levantó la voz y dijo: "A todos los que han de morir
se les concede la gracia de hablar antes de ser ejecutados. ¿No se me concederá
también a mí este derecho?" - "Sí," dijo el Rey. "Te lo
concedo." Entonces el fiel Juan habló de esta manera: "He sido condenado
injustamente, pues siempre te he sido fiel." Y explicó el coloquio de los
cuervos que había oído en alta mar y cómo tuvo que hacer aquellas cosas para
salvar a su señor. Entonces exclamó el Rey: "¡Oh, mi fidelísimo Juan!
¡Gracia, gracia! ¡Bajadlo!" Pero al pronunciar la última palabra, el leal
criado había caído sin vida, convertido en estatua de piedra.
El Rey y
la Reina se afligieron en su corazón. "¡Ay de mí!" se lamentaba el
Rey. "¡Qué mal he pagado su gran fidelidad!" Y, mandando levantar la
estatua de piedra, la hizo colocar en su alcoba, al lado de su lecho. Cada vez
que la miraba, no podía contener las lágrimas, y decía: "¡Ay, ojalá
pudiese devolverte la vida, mi fidelísimo Juan!" Transcurrió algún tiempo
y la Reina dio a luz dos hijos gemelos, que crecieron y eran la alegría de sus
padres. Un día en que la Reina estaba en la iglesia y los dos niños se habían
quedado jugando con su padre, miró éste con tristeza la estatua de piedra y
suspiró: "¡Ay, mi fiel Juan, si pudiese devolverte la vida!" Y he
aquí que la estatua comenzó a hablar, diciendo: "Sí, puedes devolverme a
vida, si para ello sacrificas lo que más quieres." A lo que respondió el
Rey: "¡Por ti sacrificaría cuanto tengo en el mundo!" - "Siendo
así," prosiguió la piedra, "corta con tu propia mano la cabeza a tus
hijos y úntame con su sangre. ¡Sólo de este modo volveré a vivir!" Tembló
el Rey al oír que tenía que dar muerte a sus queridos hijitos; pero al recordar
la gran fidelidad de Juan, que había muerto por él, desenvainó la espada y
cortó la cabeza a los dos niños. Y en cuanto hubo rociado la estatua con su
sangre, animóse la piedra y el fiel Juan reapareció ante él, vivo y sano, y
dijo al Rey: "Tu abnegación no quedará sin recompensa," y, cogiendo
las cabezas de los niños, las aplicó debidamente sobre sus cuerpecitos y untó
las heridas con su sangre. En el acto quedaron los niños lozanos y llenos de
vida, saltando y jugando como si nada hubiese ocurrido. El Rey estaba lleno de
contento. Cuando oyó venir a la Reina, ocultó a Juan y a los niños en un gran
armario. Al entrar ella, díjole: "¿Has rezado en la iglesia?" -
"Sí," respondió su esposa, "pero constantemente estuve pensando
en el fiel Juan, que sacrificó su vida por nosotros." Dijo entonces el
Rey: "Mi querida esposa, podemos devolverle la vida, pero ello nos costará
sacrificar a nuestros dos hijitos." Palideció la Reina y sintió una terrible
angustia en el corazón; sin embargo, dijo: "Se lo debemos, por su
grandísima lealtad." El rey, contento al ver que su esposa pensaba como
él, corrió al armario y, abriéndolo, hizo salir a sus dos hijos y a Juan,
diciendo: "¡Loado sea Dios; está salvado y hemos recuperado también a
nuestros hijitos!" Y le contó todo lo sucedido. Y desde entonces vivieron
juntos y felices hasta la muerte.
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