© Libro N° 12022.
Historia De Uno Que Hizo Un Viaje Para Saber Lo Que
Era Miedo. Hermanos Grimm. Emancipación. Diciembre 23 de 2023
Título original: ©
Historia De Uno Que Hizo Un Viaje Para Saber Lo Que Era Miedo. Hermanos
Grimm
Versión Original: © Historia De Uno Que Hizo Un Viaje Para Saber
Lo Que Era Miedo. Hermanos Grimm
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://www.grimmstories.com/es/grimm_cuentos/historia_de_uno_que_hizo_un_viaje_para_saber_lo_que_era_miedo
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del
texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
https://image.isu.pub/140901170632-c3d1Ht6TLmpMc3xhN5euPZo5ecC4RJtfJrJu8/jpg/page_1.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
HISTORIA DE UNO QUE HIZO UN VIAJE PARA SABER LO QUE
ERA MIEDO
Hermanos Grimm
Historia
De Uno Que Hizo Un Viaje Para Saber Lo Que Era Miedo
Hermanos
Grimm
Un
labrador tenía dos hijos, el mayor de los cuales era muy listo y entendido, y
sabía muy bien a qué atenerse en todo, pero el menor era tonto y no entendía ni
aprendía nada, y cuando le veían las gentes decían: "Trabajo tiene su
padre con él." Cuando había algo que hacer, tenía siempre que mandárselo
al mayor, pero si su padre le mandaba algo siendo de noche, o le enviaba al
oscurecer cerca del cementerio, o siendo ya oscuro al camino o cualquier otro
lugar sombrío, le contestaba siempre: "¡Oh!, no, padre, yo no voy allí:
¡tengo miedo! Pues era muy miedoso." Si por la noche referían algún cuento
alrededor de la lumbre, en particular si era de espectros y fantasmas, decían
todos los que le oían: "¡Qué miedo!" Pero el menor, que estaba en un
rincón escuchándolos no podía comprender lo que querían decir: "Siempre
dicen ¡miedo, miedo!, yo no sé lo que es miedo: ese debe ser algún oficio del
que no entiendo una palabra."
Mas un
día le dijo su padre: "Oye tú, el que está en el rincón: ya eres hombre y
tienes fuerzas bastantes para aprender algo con que ganarte la vida. Bien ves
cuánto trabaja tu hermano, pero tú no haces más que perder el tiempo." -
"¡Ay padre!" le contestó, "yo aprendería algo de buena gana, y
sobre todo quisiera aprender lo que es miedo, pues de lo contrario no quiero
saber nada." Su hermano mayor se echó a reír al oírle, y dijo para sí:
¡Dios mío, qué tonto es mi hermano! nunca llegará a ganarse el sustento. Su
padre suspiró y le contestó: "Ya sabrás lo que es miedo: mas no por eso te
ganarás la vida."
Poco
después fue el sacristán de visita, y le refirió el padre lo que pasaba,
diciéndole cómo su hijo menor se daba tan mala maña para todo y que no sabía ni
aprendía nada. "¿Podréis creer que cuando le he preguntado si quería
aprender algo para ganarse su vida, me contestó que solo quería saber lo que es
miedo?" - "Si no es más que eso," le respondió el sacristán,
"yo se lo enseñaré: enviádmele a mi casa, y no tardará en saberlo."
El padre se alegró mucho, pues pensó entre sí: Ahora quedará un poco menos orgulloso.
El sacristán se le llevó a su casa para enviarle a tocar las campanas. A los
dos días le despertó a media noche, le mandó levantarse, subir al campanario y
tocar las campanas. Ahora sabrás lo que es miedo, dijo para sí. Salió tras él,
y cuando el joven estaba en lo alto del campanario, e iba a coger la cuerda de
la campana, se puso en medio de la escalera, frente a la puerta, envuelto en
una sábana blanca. "¿Quién está ahí?" preguntó el joven. Pero la
fantasma no contestó ni se movió. "Responde, o te hago volver por donde
has venido, tú no tienes nada que hacer aquí a estas horas de la noche."
Pero el sacristán continuó inmóvil, para que el joven creyese que era un
espectro. El joven le preguntó por segunda: "¿Quién eres? habla, si eres
un hombre honrado, o si no te hago rodar por la escalera abajo." El
sacristán creyó que no haría lo que decía y estuvo sin respirar como si fuese
de piedra. Entonces le preguntó el joven por tercera vez, y como estaba ya
incomodado, dio un salto y echó a rodar al espectro por la escalera abajo de
modo que rodó diez escalones y fue a parar a un rincón. En seguida tocó las
campanas, y se fue a su casa, se acostó sin decir una palabra y se durmió. La
mujer del sacristán esperó un largo rato a su marido; pero no volvía. Llena
entonces de recelo, llamó al joven y le preguntó: "¿No sabes dónde se ha
quedado mi marido? ha subido a la torre detrás de ti." - "No,"
contestó el joven, "pero allí había uno en la escalera frente a la puerta,
y como no ha querido decirme palabra ni marcharse, he creído que iba a burlarse
de mí y le he tirado por la escalera abajo. Id allí y veréis si es él, pues lo
sentiría." La mujer fue corriendo; y halló a su marido que estaba en un
rincón y se quejaba porque tenía una pierna rota.
Se le
llevó en seguida a su casa y fue corriendo a la del padre del joven.
"Vuestro hijo," exclamó, "me ha causado una desgracia muy
grande, ha tirado a mi marido por las escaleras y le ha roto una pierna; ese es
el pago que nos ha dado el bribón." Su padre se asustó, fue corriendo y
llamó al joven. "¿Qué mal pensamiento te ha dado para hacer esa
picardía?" - "Padre," le contestó, "escuchadme, pues estoy
inocente. Era de noche y estaba allí como un alma del otro mundo. Ignoraba
quién era, y le he mandado tres veces hablar o marcharse." -
"¡Ay!" replicó su padre, "solo me ocasionas disgustos: vete de
mi presencia, no quiero volverte a ver más." - "Bien, padre con mucho
gusto, pero esperad a que sea de día, yo iré y sabré lo que es miedo, así
aprenderé un oficio con que poderme mantener." - "Aprende lo que
quieras," le dijo su padre, "todo me es indiferente. Ahí tienes cinco
duros para que no te falte por ahora que comer, márchate y no digas a nadie de
dónde eres, ni quién es tu padre, para que no tenga que avergonzarme de
ti." - "Bien, padre, haré lo que queréis, no tengáis cuidado por
mí."
Como era
ya de día se quedó el joven con sus cinco duros en el bolsillo, y echó a andar
por el camino real, diciendo constantemente: "¿Quién me enseña lo que es
miedo? ¿Quién me enseña lo que es miedo?" Entonces encontró un hombre que
oyó las palabras que decía el joven para sí, y cuando se hubieron alejado un
poco hacia un sitio que se veía una horca, le dijo: "Mira, allí hay siete
pobres a los que por sus muchos pecados han echado de la tierra y no quieren
recibir en el cielo; por eso ves que están aprendiendo a volar; ponte debajo de
ellos, espera a que sea de noche, y sabrás lo que es miedo." - "Si no
es más que eso," dijo el joven, "lo haré con facilidad; pero no dejes
de enseñarme lo que es miedo y te daré mis cinco duros; vuelve a verme por la
mañana temprano." Entonces fue el joven a donde estaba la horca, se puso
debajo y esperó a que fuera de noche, y como tenía frío encendió lumbre; pero a
media noche era el aire tan frío que no le servía de nada la lumbre; y como al
aire hacía moverse a los cadáveres y chocar entre sí, creyó que teniendo frío
él que estaba al lado del fuego, mucho más debían tener los que estaban más
lejos, por lo que procuraban reunirse para calentarse, y como era muy
compasivo, cogió la escalera, subió y los descolgó uno tras otro hasta que bajó
a todos siete. En seguida puso más leña en el fuego, sopló y los colocó
alrededor para que se pudiesen calentar. Pero como no se movían y la lumbre no
hacía ningún efecto en sus cuerpos, les dijo: "Mirad lo que hacéis, porque
si no vuelvo a colgaros." Pero los muertos no le oían, callaban y
continuaban sin hacer movimiento alguno. Incomodado, les dijo entonces:
"Ya que no queréis hacerme caso, después que me he propuesto ayudaros, no
quiero que os calentéis más." Y los volvió a colgar uno tras otro.
Entonces se echó al lado del fuego y se durmió, y a la mañana siguiente cuando
vino el hombre, quería que le diese los cinco duros; pues le dijo: "¿Ahora
ya sabrás lo que es miedo?" - "No," respondió, "¿por qué lo
he de saber? Los que están ahí arriba tienen la boca bien cerrada, y son tan
tontos, que no quieren ni aun calentarse." Entonces vio el hombre que no
estaba el dinero para él y se marchó diciendo: "Con este no me ha ido muy
bien."
El joven
continuó su camino y comenzó otra vez a decir: "¿Quién me enseñará lo que
es miedo? ¿quién me enseñará lo que es miedo?" Oyéndolo un carretero que
iba tras él, le preguntó: "¿Quién eres?" - "No lo sé," le
contestó el joven. "¿De dónde eres?" continuó preguntándole el
carretero. "No lo sé." - "¿Quién es tu padre?" - "No
puedo decirlo." - "¿En qué vas pensando?" - "¡Ah!"
respondió el joven, "quisiera encontrar quien me enseñase lo que es miedo,
pero nadie quiere enseñármelo." - "No digas tonterías," replicó
el carretero, "ven conmigo, ven conmigo, y veré si puedo
conseguirlo." El joven continuó caminando con el carretero y por la noche
llegaron a una posada, donde determinaron quedarse. Pero apenas llegó a la
puerta, comenzó a decir en alta voz: "¿Quién me enseña lo que es miedo?
¿quién me enseña lo que es miedo?" El posadero al oírle se echó a reír
diciendo: "Si quieres saberlo; aquí te se presentará una buena
ocasión." - "Calla," le dijo la posadera, "muchos
temerarios han perdido ya la vida, y sería lástima que esos hermosos ojos no
volvieran a ver la luz más." Pero el joven la contestó: "Aunque me
sucediera otra cosa peor, quisiera saberlo, pues ese es el motivo de mi
viaje." No dejó descansar a nadie en la posada hasta que le dijeron que no
lejos de allí había un castillo arruinado, donde podría saber lo que era miedo
con solo pasar en él tres noches. El rey había ofrecido por mujer a su hija,
que era la doncella más hermosa que había visto el sol, al que quisiese hacer
la prueba. En el castillo había grandes tesoros, ocultos que estaban guardados
por los malos espíritus, los cuales se descubrían entonces, y eran suficientes
para hacer rico a un pobre. A la mañana siguiente se presentó el joven al rey,
diciéndole que si se lo permitía pasaría tres noches en el castillo arruinado.
El rey le miró y como le agradase, le dijo: "Puedes llevar contigo tres
cosas, con tal que no tengan vida, para quedarte en el castillo." El joven
le contestó: "Pues bien, concededme llevar leña para hacer lumbre, un
torno y un tajo con su cuchilla."
El rey le
dio todo lo que había pedido. En cuanto fue de noche entró el joven en el
castillo, encendió en una sala un hermoso fuego, puso al lado el tajo con el
cuchillo, y se sentó en el torno. "¡Ah! ¡si me enseñaran lo que es
miedo!" dijo, "pero aquí tampoco lo aprenderé." Hacia media
noche se puso a atizar el fuego y cuando estaba soplando oyó de repente decir
en un rincón: "¡Miau!, ¡miau! ¡frío tenemos!" - "Locos,"
exclamó, "¿por qué gritáis? si tenéis frío, venid, sentaos a la lumbre, y
calentaos." Y apenas hubo dicho esto, vio dos hermosos gatos negros, que
se pusieron a su lado y le miraban con sus ojos de fuego; al poco rato, en
cuanto se hubieron calentado, dijeron: "Camarada, ¿quieres jugar con
nosotros a las cartas?" - "¿Por qué no?" les contestó,
"pero enseñadme primero las patas." - "Entonces extendieron sus
manos." - "¡Ah!" les dijo, "¡qué uñas tan largas tenéis!,
aguardad a que os las corte primero." Entonces los cogió por los pies, los
puso en el tajo y los aseguró bien por las patas. "Ya os he visto las
uñas," les dijo, "ahora no tengo ganas de jugar." Los mató y los
tiró al agua. Pero a poco de haberlos tirado, iba a sentarse a la lumbre,
cuando salieron de todos los rincones y rendijas una multitud de gatos y perros
negros con cadenas de fuego; eran tantos en número que no se podían contar;
gritaban horriblemente, rodeaban la lumbre, tiraban de él y le querían arañar.
Los miró un rato con la mayor tranquilidad, y así que se incomodó cogió su
cuchillo, exclamando: "Marchaos, canalla." Y se dirigió hacia ellos.
Una parte escapó y a la otra la mató y la echó al estanque. En cuanto concluyó
su tarea se puso a soplar la lumbre y volvió a calentarse. Y apenas estuvo
sentado, comenzaron a cerrársele los ojos y tuvo ganas de dormir. Miró a su
alrededor, y vio en un rincón una hermosa cama. "Me viene muy bien,"
dijo. Y se echó en ella. Pero cuando iban a cerrársele los ojos, comenzó a
andar la cama por sí misma y a dar vueltas alrededor del cuarto. "Tanto
mejor," dijo, "tanto mejor." Y la cama continuó corriendo por
los suelos y escaleras como si tiraran de ella seis caballos. Mas de repente
cayó, quedándose él debajo y sintiendo un peso como si tuviera una montaña
encima.
Pero
levantó las colchas y almohadas y se puso en pie diciendo: "No tengo ganas
de andar." Se sentó junto al fuego y se durmió hasta el otro día. El rey
vino a la mañana siguiente, y como le vio caído en el suelo creyó que los
espectros habían dado fin con él y que estaba muerto. Entonces dijo: "¡Qué
lastima de hombre! ¡tan buen mozo!" El joven al oírle, se levantó y le
contestó: "Aún no hay por qué tenerme lástima." El rey, admirado, le
preguntó cómo le había ido. "Muy bien," le respondió, "ya ha
pasado una noche, las otras dos vendrán y pasarán también." Cuando volvió
a la casa le miró asombrado el posadero: "Temía," dijo, "no
volverte a ver vivo; ¿sabes ya lo que es miedo?" - "No,"
contestó, "todo es inútil, si no hay alguien que quiera enseñármelo."
A la
segunda noche fue de nuevo al castillo, se sentó a la lumbre, y comenzó su
vieja canción: "¿Quién me enseña lo que es miedo?" A la media noche
comenzaron a oírse ruidos y golpes, primero débiles, después más fuertes, y por
último cayó por la chimenea con mucho ruido la mitad de un hombre, quedándose
delante de él. "Hola," exclamó, "todavía falta el otro medio,
esto es muy poco." Entonces comenzó el ruido de nuevo: parecía que
tronaba, y se venía el castillo abajo y cayó la otra mitad. "Espera,"
le dijo, "encenderé un poco el fuego." Apenas hubo concluido y miró a
su alrededor, vio que se habían unido las dos partes, y que un hombre muy
horrible se había sentado en su puesto. "Nosotros no hemos apostado,"
dijo el joven, "el banco es mío." El hombre no le quiso dejar sentar,
pero el joven le levantó con todas sus fuerzas y se puso de nuevo en su lugar.
Entonces cayeron otros hombres uno después de otro, que cogieron nueve huesos y
dos calaveras y se pusieron a jugar a los bolos. El joven, alegrándose, les dijo:
"¿Puedo ser de la partida?" - "Sí, si tienes dinero." -
"Y bastante," les contestó, "pero vuestras bolas no son bien
redondas." Entonces cogió una calavera, la puso en el torno y la redondeó.
"Así están mejor," les dijo, "ahora vamos." Jugó con ellos
y perdió algún dinero; mas en cuanto dieron las doce todo desapareció de sus
ojos. Se echó y durmió con la mayor tranquilidad. A la mañana siguiente fue el
rey a informarse. "¿Cómo lo has pasado?" le preguntó. "He jugado
y perdido un par de pesetas," le contestó. "¿No has tenido
miedo?" - "Por el contrario, me he divertido mucho. ¡Ojalá supiera lo
que es miedo!"
A la
tercera noche se sentó de nuevo en su banco y dijo incomodado: "¿Cuándo
sabré lo que es miedo?" En cuanto comenzó a hacerse tarde se le
presentaron seis hombres muy altos que traían una caja de muerto.
"¡Ay!" les dijo, "este es de seguro mi primo, que ha muerto hace
un par de días." Hizo señal con la mano y dijo: "Ven, primito,
ven." Pusieron el ataúd en el suelo, se acercó a él y levantó la tapa;
había un cadáver dentro. Le tentó la cara, pero estaba fría como el hielo.
"Espera," dijo, "te calentaré un poco." Fue al fuego,
calentó su mano, y se la puso en el rostro, pero el muerto permaneció frío.
Entonces le cogió en brazos, le llevó a la lumbre y le puso encima de sí y le
frotó los brazos para que la sangre se le pusiese de nuevo en movimiento. Como
no conseguía nada, se le ocurrió de pronto: "Si me meto con él en la cama,
se calentará." Se llevó al muerto a la cama, le tapó y se echó a un lado.
Al poco tiempo estaba el muerto caliente y comenzó a moverse. Entonces, dijo el
joven: "Mira, hermanito, ya te he calentado." Pero el muerto se
levantó diciendo: "Ahora quiero estrangularte." - "¡Hola!"
le contestó, "¿son esas las gracias que me das? ¡Pronto volverás a tu
caja!" Le cogió, le metió dentro de ella y cerró; entonces volvieron los
seis hombres y se le llevaron de allí. "No me asustarán, dijo; aquí no
aprendo yo a ganarme la vida."
Entonces
entró un hombre que era más alto que los otros y tenía un aspecto horrible,
pero era viejo y tenía una larga barba blanca. "¡Ah, malvado, pronto
sabrás lo que es miedo, pues vas a morir!" - "No tan pronto,"
contestó el joven. "Yo te quiero matar," dijo el hechicero.
"Poco a poco, eso no se hace tan fácilmente, yo soy tan fuerte como tú y
mucho más todavía." - "Eso lo veremos," dijo el anciano,
"ven, probaremos." Entonces le condujo a un corredor muy oscuro,
junto a una fragua, cogió un hacha y dio en un yunque, que metió de un golpe en
la tierra. "Eso lo hago yo mucho mejor," dijo el joven. Y se dirigió
a otro yunque; el anciano se puso a su lado para verle, y su barba tocaba en la
bigornia. Entonces cogió el joven el hacha, abrió el yunque de un golpe y clavó
dentro la barba del anciano. "Ya eres mío," le dijo, "ahora
morirás tú." Entonces cogió una barra de hierro y comenzó a pegar con ella
al anciano hasta que comenzó a quejarse y le ofreció, si le dejaba libre, darle
grandes riquezas. El joven soltó el hacha y le dejó en libertad. El anciano le
condujo de nuevo al castillo y le enseñó tres cofres llenos de oro, que había
en una cueva. "Una parte es de los pobre, la otra del rey y la tercera
tuya." Entonces dieron las doce y desapareció el espíritu, quedando el
joven en la oscuridad. "Yo me las arreglaré," dijo. Empezó a andar a
tientas, encontró el camino del cuarto y durmió allí junto a la lumbre. A la
mañana siguiente volvió el rey y le dijo: "Ahora ya sabrás lo que es
miedo." - "No," le contestó, "no lo sé; aquí ha estado mi
primo muerto y un hombre barbudo que me ha enseñado mucho dinero, pero no ha
podido enseñarme lo que es miedo." Entonces le dijo el rey: "Tú has
desencantado el castillo y te casarás con mi hija." - "Todo eso está
bien," le contestó, "pero sin embargo, aún no sé lo que es
miedo."
Entonces
sacaron todo el oro de allí y celebraron las bodas, pero el joven rey, aunque
amaba mucho a su esposa y estaba muy contento, no dejaba de decir: "¿Quién
me enseñará lo que es miedo? ¿quién me enseñará?" Esto disgustó al fin a
su esposa y dijo a sus doncellas: "Voy a procurar enseñarle lo que es
miedo." Fue al arroyo que corría por el jardín y mandó traer un cubo
entero lleno de peces. Por la noche cuando dormía el joven rey, levantó su
esposa la ropa y puso el cubo lleno de agua encima de él, de manera que los
peces al saltar, dejaban caer algunas gotas de agua. Entonces despertó
diciendo: "¡Ah! ¿quién me asusta? ¿quién me asusta, querida esposa? Ahora
sé ya lo que es miedo."
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario