© Libro N° 12015.
Los Arqueros. Machen,
Arthur. Emancipación. Diciembre 23 de 2023
Título original: ©
The Bowmen, Arthur Machen (1863-1947)
Versión Original: © Los Arqueros. Arthur Machen
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Arthur Machen
Los
Arqueros
Arthur
Machen
Pasó
durante la Retirada de los 80 mil, y la autoridad de la censura es suficiente
excusa para no ser más explícito. Pero pasó durante el más terrible día de
aquella terrible época, el día en que la ruina y el desastre llegó tan cerca
que su sombra cayó sobre Londres; y, sin ninguna noticia certera, los corazones
de los hombres se angustiaron; como si la agonía de los ejércitos en el campo
de batalla hubiera ingresado en sus almas.
En este
amargo día, cuando trescientos mil soldados con sus artillerías se desbordaron
como una inundación contra la pequeña compañía inglesa, había un punto
específico en nuestra línea de batalla que estaba en peligro atroz, no de mera
derrota, sino de suprema aniquilación. Con el permiso de la Censura y de los
expertos militares, esa posición podía ser descripta como una saliente, y si
esa unidad que la defendía era aplastada y quebrada, entonces, todas las
fuerzas británicas serían despedazadas, y los Aliados deberían retroceder y se
perdería inevitablemente el Sedán.
Durante
toda la mañana los cañones alemanes habían tronado y desgarrado el área, y a
los cientos o más de hombres que la defendían. Los hombres bromeaban sobre los
cañonazos y encontraban nombres graciosos para estos, hacían apuestas y los
recibían con pequeñas canciones. Pero las balas seguían explotando y
desgarrando las extremidades de buenos ingleses, y a medida que las horas del
día avanzaban, también lo hacían los terribles cañonazos. Parecía que no había
auxilio. La artillería inglesa era buena, pero no había suficientes unidades
cerca y las que quedaban, habían sido rápidamente reducidas a chatarra por las
explosiones.
Hay
momentos en una tormenta en el mar en que la gente se dice entre sí:
—Esto es
lo peor; no puede ser más duro.
Y
entonces hay un trueno diez veces más fiero que todos los anteriores.
Así
estaban en esa trinchera los británicos. No había corazones más fuertes en el
mundo entero que los de aquellos hombres; pero igualmente se veían espantados
por esos mortíferos cañonazos alemanes que les caían encima y los aplastaban. Y
en un momento pudieron divisar desde sus cubrimientos, que una tremenda
muchedumbre se estaba movilizando hacia sus líneas. Los quinientos
superviventes que aún resistían pudiero divisar a lo lejos a la infantería
alemana que venía a presionarlos, columna tras columna, una hueste de hombres
grises, diez mil de ellos. No había mucha esperanza. Algunos de ellos se
chocaron las manos. Un hombre improvisó una nueva versión del canto de batalla:
—Adiós,
adiós a Tipperary —terminando con— y no volveremos más.
Todos se
comenzaron a despedir con rapidez. Los oficiales creían que esta sería una
buena oportunidad de ascenso; en tanto los alemanes avanzaban línea tras línea.
El humorista de Tipperary preguntó:
—¿Qué
precio tiene en Sidney Street?
Y un par
de ametralladoras hicieron lo mejor posible. Pero todos sabían que era inútil.
Los cuerpos grises seguían su avance en compañías y batallones, y otros se les
unían, y se expandían y avanzaban más y más.
—Mundo
sin fin. Amen —dijo uno de los soldados con cierta irrelevancia, mientras
apuntaba y disparaba.
Y luego
recordó, no podía saber el porque, un extraño restaurant vegetariano en
Londres, donde había ido una o dos veces a comer excéntricos platos de
coteletas hechas de lentejas y nueces que pretendían ser bistecs. Todos los
platos de ese restaurant tenían impresos una figura azulada de San Jorge, con
la consigna Adsit Anglis Sanctus Geogius, que San Jorge ayude a los ingleses.
Este
soldado resultó que sabía latín y otras cosas inútiles, y en ese momento,
mientras disparaba a su hombre en la masa que avanzaba, a 300 yardas de
distancia, vociferó aquella pía frase vegetariana. Y siguió disparando hasta el
fin, y al final Bill, a su derecha, tuvo que abofetearlo alegremente para
obligarlo a detenerse, diciéndole que si seguía así, malgastaría las municiones
de Su Majestad y no podía desperdiciarlas en horadar pequeños parches de
alemanes muertos.
El
estudiante de latín, luego de pronunciar su invocación, sintió algo así como
una sensación de entre estremecimiento y shock eléctrico. El rugido de la
batalla se acalló en sus oídos y se trocó en un apacible murmullo, y en vez de
tal sonido, escuchó, según dijo luego, una gran voz, que resonaba como el
trueno:
—¡Formación,
formación, formación!
Su
corazón comenzó a arder como una brasa y luego se enfrió como el hielo, ya que
le pareció escuchar como un tumulto de voces respondía al llamamiento. Escuchó,
o creyó escuchar, a cientos que gritaban:
—¡San
Jorge, San Jorge!
—¡Ha!
Señor; ¡ha! ¡dulce Santo, sálvanos!
—¡San
Jorge por la feliz Inglaterra!
—¡Salve!
¡Salve! Monseigneur San Jorge, socórrenos.
—¡Ha!
¡San Jorge! ¡Ha! ¡San Jorge! Un fuerte y enorme arco.
—¡Caballero
del Cielo, ayúdanos!
Y
mientras el soldado escuchaba esas voces, vio frente a sí mismo, más allá de la
trinchera, una larga línea de formas, con aureólas resplandescientes a su
alrededor. Eran como hombres que llevaban arcos, y luego de un grito, lanzaron
su nube de flechas, silbando y zumbando a través del aire, hacia la masa de
alemanes. Los otros hombres en la trinchera seguían disparando. No tenían
esperanza; pero seguían apuntando como si estuvieran disparando en Bisley. De
pronto uno de ellos elevó su voz en inglés:
—¡Dios
nos ayuda! —gritó al hombre que estaba a su lado—. ¡Esto es maravilloso! ¡Mira
a aquellos hombres, míralos! ¿Los ves? No están cayendo por docenas, ni por
cientos; caen por miles. ¡Mira, mira, mira! Mientras te digo esto, ha caído un
regimiento.
—¡Cállate!
—dijo el otro soldado, tomando un blanco—. ¡Que estamos por ser gaseados!
Pero
luego de hablar tragó saliva del asombro, ya que era verdad que los hombres
grises estaban cayendo por miles. Los ingleses podían escuchar los gritos
guturales de los oficiales alemanes, el crepitar de sus revólveres al disparar
a los renuentes; y como línea tras línea, caían todos por tierra. En todo
momento el soldado cultivado en el latín escuchaba el grito:
—¡Salve,
salve! ¡Monseigneur, santo, rápido en nuestra ayuda! ¡San Jorge, ayúdanos!
—¡Sumo
Caballero, defiéndenos!
Las
zumbantes flechas volaban tan rápido y en espesas nubes que oscurecían el
cielo; la masa pagana se iba disolviendo frente a los soldados.
—¡Más
ametralladoras! —gritó Bill a Tom.
—No los
escuches —respondió Tom—. Pero, gracias a Dios, de todas maneras; hemos
triunfado.
De hecho,
hubo diez mil soldados alemanes muertos antes de llegar a esa saliente de la
tropa inglesa, y consecuentemente no alcanzaron Sedán. En Alemania, un país
regido por los principios científicos, el Alto Mando General decidió que los
indignos ingleses habían utilizado tanques que contenían un gas venenoso de
naturaleza desconocida, y no hallaron heridas reconocibles en los cuerpos de
los soldados muertos. Pero el hombre que había probado nueces que sabían como
bistec, supo que San Jorge había traído esos arqueros de Agincourt a auxiliar a
sus pares.
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Arthur
Machen (1863-1947)

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