© Libro N° 12016.
Los Autómatas. Hoffmann, E.T.A. Emancipación. Diciembre 23 de
2023
Título original: ©
Die Automate, E.T.A. Hoffmann (1776-1822)
Versión Original: © Los Autómatas. E.T.A. Hoffmann
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
E.T.A. Hoffmann
Los
Autómatas
E.T.A.
Hoffmann
El Turco
parlante había causado tal sensación que la ciudad entera estaba en movimiento;
viejos y jóvenes, nobles y plebeyos acudían en masa desde bien temprano hasta
bien entrada la noche para oír los oráculos que susurraban al curioso los
labios secos de una extraordinaria figura que parecía un muerto viviente.
Realmente, el autómata estaba configurado de tal modo que la persona que le
viese notaba al punto la diferencia de su artificio con todos los artilugios
que, a menudo, suelen mostrarse en ferias y mercados, así es que se sentía
atraída.
En medio
de una habitación provista de los elementos imprescindibles, hallábase una
figura de tamaño natural, muy bien formada, vestida ricamente con un traje
turco, sentada sobre un taburete de tres patas, que el artista solía quitar a
petición de cualquiera que sospechase que pudiera haber alguna relación con el
suelo. Tenía la mano izquierda puesta sobre la rodilla, y la derecha, por el
contrario, estaba colocada sobre una mesita aislada. Como ya hemos dicho, la
figura entera estaba muy bien construida, pero sobre todo la cabeza era de una
rara perfección, y su fisonomía totalmente oriental y muy animada proporcionaba
al conjunto una vida que escasamente suele encontrarse en las figuras de cera,
cuando sus semblantes reproducen los seres humanos inteligentes.
Una
ligera barandilla rodeaba la artificiosa figura e impedía que los presentes se
acercasen, y únicamente podía aproximarse al artificio mecánico aquel que fuera
a preguntar, o tratase de ver de cerca la estructura, siempre que el artista lo
consintiese sin que se traicionase su secreto.
Cuando,
según la costumbre, se le musitaba al Turco la pregunta en la oreja derecha,
entonces éste volvía los ojos, y luego todo el cuerpo, hacia el que preguntaba.
Teníase, entonces, la sensación de sentir el aliento que salía de su boca, al
tiempo que una suave respuesta realmente provenía de su interior. Cada vez que
daba la respuesta, el artista metía una llave en el costado izquierdo de la
figura, y haciendo mucho ruido daba cuerda a un aparato de relojería. A
petición del interesado abría allí una ventanita, de modo que se podía ver en
el interior de la figura un artístico engranaje con muchas ruedas, que no tenía
la menor relación con el habla del autómata, aunque ocupaban tanto sitio que
era del todo imposible que en el resto de la figura cupiese algún hombre,
aunque fuese tan pequeño como el famoso enano Augusto, el que salía del pastel.
Después
del movimiento de cabeza que solía acompañar la respuesta, solía el Turco, a
veces, levantar el brazo derecho, y ora amenazaba señalando con el dedo, ora
rechazaba la pregunta con la mano. En el caso de que sucediese esto, al volver
a repetir la misma pregunta el interesado, recibía una respuesta ambigua o
desagradable, y al moverse la cabeza y el brazo podía comprobarse cómo
funcionaba el mecanismo, sin que interviniera para nada un ser humano.
La gente
se devanaba la cabeza para saber de qué medio se valdrían para la comunicación,
y registraban en vano las paredes, la habitación de al lado, los enseres, en
fin, todo. La figura y el artista, cuanto más eran observados por los ojos de
Argos de los más hábiles mecánicos, más tranquilos permanecían. El artista
hablaba y bromeaba desde los más alejados rincones de la habitación, con los
observadores, y dejaba a la figura sola, como un ser independiente, que no
tuviese ni necesitase la menor relación con él para sus movimientos y
respuestas; es más, no podía evitar una cierta sonrisa irónica cuando volvían y
remiraban por todos los lados el taburete y la mesita, y los golpeaban, incluso
hasta llegaban a mirar al trasluz a la figura, observándola con gafas y lupas,
hasta que cansados los mecánicos aseguraban que sólo el diablo sería capaz de
decir algo acerca de aquel maravilloso mecanismo.
Todo fue
en vano y la hipótesis de que el aliento que salía de la boca de la figura
podría ser producido por un ventilador escondido, y de que el mismo artista
fuese ventrílocuo y diese las respuestas, no tuvo aceptación, ya que el
artista, en el mismo momento en que el Turco daba una respuesta, permanecía
hablando en alto con un espectador.
No
obstante la perfecta estructura que tenía la artificiosa figura y lo
extraordinariamente enigmática que era, el interés del público habría decaído,
si no fuera porque el artista había sido capaz de atraer al espectador por otro
medio. Esto consistía en las mismas respuestas que daba el Turco observando,
con penetrante mirada, la personalidad del que preguntaba, que unas veces eran
secas, y otras ordinarias y burlonas, para transformarse en agudas y sabias, y
más de una vez hasta extrañamente dolorosas. A menudo sorprendía con la
proyección mística de su mirada en el futuro, pero lo más desconcertante era
saber cómo había podido penetrar en el interior del que preguntaba. Añádase a
esto que, a veces, cuando le preguntaban al Turco en alemán, y respondía en una
lengua extranjera que le fuese familiar al que preguntaba, al hacerlo se veía
que la respuesta no podía ser más concisa ni más precisa en ninguna otra lengua
más que en la elegida.
En
resumen, cada día que pasaba se hablaba más de las acertadas respuestas del
sabio Turco, y no se sabía qué admirar más: si la misteriosa relación de aquel
ser humano con la figura o la penetración de la individualidad del que
preguntaba, y sobre todo el singular espíritu de las respuestas.
De todo
esto se hablaba en la tertulia de la noche a la que acudían los dos amigos Luis
y Fernando. Ambos confesaron, avergonzados, que todavía no habían visitado al
Turco, no obstante ser de buen tono acudir a verle, para luego contar las
milagrosas respuestas que recibían a esas preguntas capciosas.
—A mí me
resultan sumamente desagradables —dijo Luis— todas estas figuras que no tienen
aspecto humano, aunque, sin embargo, imitan a los hombres, y tienen toda la
apariencia de una muerte viviente, o de una vida mortecina. Ya en mi más tierna
infancia, yo echaba a correr llorando cuando me llevaban al gabinete de las
figuras de cera, y todavía hoy no puedo entrar en uno de esos gabinetes sin que
me sobrecoja un sentimiento horrible y siniestro. Tendría que gritar las
palabras de Macbeth: «¿Qué miras con esos ojos que no ven?», cuando contemplo
fijas en mí las miradas muertas, quietas y vidriosas de todos esos potentados y
héroes famosos y asesinos y criminales. Estoy convencido de que la mayoría de
los hombres participan de este mismo sentimiento, aunque no en tan alto grado
como yo, no tenéis más que ver cómo la multitud desfila en silencio ante el
gabinete de figuras de cera y hablan en voz baja y no se oye una palabra
siquiera; ya comprenderéis que no lo hacen por respeto a los personajes
importantes, sino que se ven obligados a este pianissimo debido al efecto
siniestro y misterioso que reina allí. En resumen, me causan una impresión
fatal los movimientos mecánicos de estas figuras muertas que imitan a los
vivos, y estoy convencido de que vuestro extraordinario e ingenioso Turco me va
a obsesionar como si fuera un monstruo nigromante, sobre todo en mis noches de
insomnio. Sin embargo, no voy a irme, prefiero escuchar todo lo que contáis de
raro y extraño.
—Bien
sabes —dijo Fernando, volviendo a tomar la palabra— que todo lo que acabas de
decir acerca del tremendo poder imitativo de lo humano que tienen las figuras
de cera que tan vivas parecen me ha llegado al alma. Sin embargo, por lo que
respecta a los autómatas mecánicos, la cuestión es saber de qué modo el artista
ha concebido la obra. Uno de los autómatas más perfectos que he visto en mi
vida es el acróbata de Ensler, que da volteretas, pues así como sus poderosos
movimientos realmente imponen, la forma repentina de sentarse en la cuerda y su
amable inclinación de cabeza tienen mucho de burlesco, aunque nadie se ha
sentido sobrecogido por el sentimiento de malestar que, por lo general, tales
figuras inspiran a ciertas personas muy sensibles.
»Por lo
que se refiere a nuestro Turco, mis reflexiones son otras. Según las
descripciones de todos los que le han visto, esta figura tan notable tiene, sin
embargo, algo subordinado, y la forma de mover los ojos y de volver la cabeza
está hecha de modo que atraiga nuestra atención, aunque no poseamos la clave de
su secreto. No sólo es posible, sino que es cierto que sale el aliento de la
boca del Turco, la experiencia nos lo demuestra; ahora bien, de ello no se
deduce que ese aliento proceda realmente de las palabras que profiere. No hay
duda alguna de que existe un ser humano que, no obstante estar oculto a
nuestras miradas, y estar fuera de nuestra percepción acústica y óptica, está
en estrecha relación con el que pregunta, y él ve y le oye y responde a sus
preguntas. El que nadie, ni siquiera nuestros más hábiles mecánicos, haya
podido descubrir la pista de cómo se establecen esas relaciones es buena prueba
de que la invención del artista creador es extraordinaria, y desde este punto
de vista su creación merece nuestra mayor atención. Ahora bien, lo que a mí me
parece maravilloso, y hasta cierto punto me atrae, es el poder espiritual de
ese ser humano desconocido, que le capacita para penetrar en lo más profundo
del interior del que pregunta, y le permite responder con tal fuerza y
penetración y, a veces, con tan estremecedora ambigüedad, que pueden
considerarse las respuestas como verdaderos oráculos, en el recto sentido de la
palabra.
»A este
respecto, he oído algunas cosas de varios amigos, que me han dejado asombrado,
así es que ya no voy a resistir más los deseos que tengo de poner a prueba a
ese extraordinario y profético vidente de lo desconocido, y he decidido que
mañana mismo, al mediodía, iré allí. Y a ti, querido Luis, te invito a que me
acompañes y depongas el miedo que sientes ante estos muñecos vivientes.
Aunque
Luis sentía gran preocupación, tuvo que ceder para que no le considerasen un
tipo estrafalario, ya que muchos de los amigos insistieron en que no se
apartase del divertido grupo, y al día siguiente formase parte de los que iban
a sondear al Turco milagroso.
Así pues,
Luis y Fernando fueron con un grupo de jóvenes muy alegres, que se habían
propuesto acompañarles. El Turco, al que realmente no podía atribuírsele
ninguna grandeza oriental, y cuya cabeza, como ya dijimos, estaba tan bien
configurada, causó un efecto bastante ridículo a Luis, apenas hizo su entrada,
y cuando el artista metió la llave en su costado y empezó a darle cuerda, le
pareció el asunto de tan mal gusto y tan vulgar, que instintivamente exclamó:
—Vean,
señores, vean, todos tenemos carne en el estómago, pero su Excelencia el Turco
debe tener dentro todo un asador automático.
Como
todos se echasen a reír, el artista, al que pareció no hacerle gracia la broma,
dejó de dar cuerda. Bien fuese porque no le gustase al sabio Turco la jovial
actitud del grupo, o bien fuese porque aquella mañana no estuviera de humor, lo
cierto es que todas las respuestas que dio a la mayor parte de las agudas e
ingeniosas preguntas fueron insustanciales, y sobre todo Luis tuvo la mala
suerte de que el oráculo no le entendiese nunca y le diese respuestas
equivocadas. Cuando, muy descontentos, ya parecían disponerse a dejar al
autómata y al artista, evidentemente malhumorados, se le ocurrió a Fernando
decir:
—En
verdad, señores, que todos estamos muy descontentos con el sabio Turco, pero de
seguro que la culpa es nuestra, pues probablemente nuestras preguntas no le
agradaban al hombre. Fijaos cómo mueve la cabeza y levanta la mano
(efectivamente, la figura lo hacía así), ¡parece confirmar mis palabras!... de
pronto no sé cómo se me ha ocurrido hacerle una pregunta, que si me contesta
acertadamente pondrá a salvo, de una vez para siempre, el honor del autómata.
Fernando
se acercó a la figura y le susurró unas palabras al oído; el Turco levantó el
brazo, como si no quisiera responder, Fernando no cejó, y entonces el Turco,
volviendo la cabeza, se inclinó hacia él... Luis notó que, repentinamente,
Fernando palidecía, aunque después de unos segundos, volvió a preguntar algo, y
al instante recibió la respuesta. Con sonrisa forzada, Fernando dijo a la
concurrencia:
—Señores,
por lo que a mí respecta, puedo aseguraros que el Turco ha salvado su honor,
pero como el oráculo debe ser un oráculo secreto, os suplico me dispenséis de
deciros lo que he preguntado y lo que ha contestado.
Por mucho
que hiciera Fernando para ocultar su emoción, sin embargo ésta se manifestaba
claramente en los esfuerzos que hacía para aparentar tranquilidad y alegría, y
como el Turco había dado acertada y extraordinaria respuesta, el grupo no se
sintió invadido por la siniestra sensación que se había apoderado de Fernando.
Aunque la alegría anterior había cesado, y en vez de aquella conversación
tumultuosa, sólo intercambiaban palabras sueltas, separándose todos en total
armonía.
Apenas se
quedó solo Fernando con Luis, comenzó a decir:
—¡Amigo
mío! No voy a ocultarte lo que me ha dicho Turco. Me ha emocionado tanto que no
puedo evitar el dolor que siento, hasta el punto que si el cruel oráculo se
cumple, será causante de mi muerte.
Luis miró
a su amigo, lleno de asombro y sorpresa, pero Fernando continuó:
—Bien sé
que el ser invisible que establece la comunicación con nosotros por medio del
Turco, de manera misteriosa, posee fuerzas suficientes para penetrar, con poder
mágico, en nuestros más secretos pensamientos, y quizá es poder extraño tenga
capacidad para ver claramente el germen del futuro, que yace en nuestro
interior, en una especie de mística unión con el mundo exterior, de tal modo
que pueda llegar a saber lo que nos suceda en días lejanos, lo mismo que a los
hombres les es dado el triste don de poder predecir la hora justa de su muerte.
—Debes de
haber preguntado algo muy notable —repuso Luis—, quizá consideres que en la
respuesta ambigua del oráculo resida toda la importancia, y por eso lo que sólo
el producto y el juego de una casualidad caprichosa hace que resulte
impresionante tú lo atribuyes a una fuerza mística de ese hombre ingenuo que se
manifiesta a través del Turco.
Entonces
Fernando, tomando de nuevo la palabra, repuso:
—En este
momento estás contradiciendo aquello en que solíamos estar de acuerdo, cuando
nos referíamos al azar. Así que para que sepas todo, y puedas juzgar con
acierto, te voy a contar algo de mi vida, que hasta ahora he callado.
»Hace ya
muchos años que regresé de B. desde las posesiones que mis padres tenían en la
Prusia Oriental. En K. encontréme con algunos jóvenes curlandeses, que
precisamente también regresaban a B., así es que emprendimos juntos el viaje en
la diligencia conducida por tres caballos de postas. Ya puedes imaginarte lo
que sería viajar por el ancho mundo, estando en los primeros años de la vida,
en plena efervescencia y con una bolsa bien repleta; la alegría de la vida
brotaba de nosotros a borbotones, casi con salvaje desenfreno. Las ocurrencias
más disparatadas eran recibidas jubilosamente, y todavía me acuerdo de que
cuando llegamos hacia eso del mediodía a M. se nos ocurrió coger la silla
extensible de la dueña de las postas, y sin tener en cuenta sus protestas, nos
dedicamos a dar vueltas con el robo, fumando tabaco por toda la casa, y
paseamos arriba y abajo entre un gran gentío, hasta que de nuevo el alegre
sonido del cuerno del postillón nos volvió a llamar. Con el más jovial talante
y la más estupenda disposición, llegamos a D., en cuya hermosa región teníamos
pensado pasar algunos días. Cada día hacíamos una excursión diferente y
entretenida; el primer día fuimos hasta finalizar la tarde a las montañas de
Karl, y recorrimos toda la región circundante, y cuando regresamos a la
hostería allí nos esperaba un oloroso ponche que habíamos encargado de
antemano, y al que hacíamos honor, animados por el aire del lago, sin que nunca
llegara a embriagarnos. Yo notaba que me latía el pulso y me palpitaban las venas,
y que la sangre, como un torrente de fuego, abrasaba mis nervios. Cuando, al
fin, llegué a mi cuarto, me tiré sobre la cama, pero a pesar del cansancio, mi
sueño fue más bien una dejadez somnolienta, a través de la cual seguía
percibiendo mi entorno. Tuve la sensación de que hablaban en voz baja en la
habitación de al lado, y finalmente pude oír la voz de un hombre que decía:
»—Ahora
procura dormir bien, para que estés preparado a la hora.
»Una
puerta se abrió y luego volvió a cerrarse, hízose un profundo silencio, que
pronto se vio interrumpido por el suave acorde de un fortepiano. Bien sabes ¡oh
Luis! qué encanto encierran los acordes de la música cuando resuenan en la
noche. Tuve la sensación, entonces, de que en aquellos acordes me hablaba la
voz maravillosa de un espíritu. Me entregué a aquella placentera impresión,
convencido de que a continuación oiría alguna fantasía musical, pero cuál no
sería mi sorpresa cuando escuché la divina voz de una mujer que cantaba una
conmovedora melodía, cuyas palabras eran:
Mio ben
ricordati
s'avvien
ch'io mora
quanto
quest'anima
fedel
t'amó.
Lo se pur
amano
le fredde
ceneri
nel urna
ancora
t'adoreró!
»¿Cómo
podré expresar el sentimiento que me embargó para mí desconocido, ni siquiera
presentido, cuando oí la resonante melodía que iba en crescendo? Cuando aquella
melodía tan singular y nunca oída... ¡ay!, que parecía expresar la dulce
melancolía del amor más intenso, alcanzó el punte más alto de su cántico en
claros acordes, como si los tonos resonasen tal campanas de cristal, y luego
descendiese hasta lo más profundo del canto, hasta morir con el apagado suspiro
de una queja desesperada, entonces sentí un estremecimiento delicioso, como si
mi pecho vibrara por el dolor de un anhelo infinito, como si fuese a quedarme
sin respiración, y como si yo mismo desfalleciera presa del indecible y
celestial placer. No me atreví a moverme, toda mi alma y todo mi ser eran
oídos.
»Mucho
después de que los tonos cesasen, un torrente de lágrimas me anegó, rompiendo
así con la tensión que amenazaba aniquilarme. Finalmente el sueño debió de
apoderarse de mí, pues cuando me despertó el tono agudo del cuerno del
postillón, brillaba la luz del sol en mi cuarto, y fue entonces cuando me di
cuenta de que sólo en sueños había gozado aquella inmensa felicidad, la más
alta dicha que a mi parecer, se puede gozar en este mundo. Una hermosa y bella
joven había entrado en mi cuarto; era la cantante que, dirigiéndose a mí, con
voz dulcísima y maravillosa, me dijo:
»—¡ Así
es como has podido reconocerme, mi querido Fernando!
»Yo ya
sabía que sólo tenía que cantar para volver a revivir en ti, pues cada tono
estaba en lo más profundo de tu pecho, y al verme debería volver a resonar.
»¡Qué
indecible placer se apoderó de mí cuando vi que era la amada de mi corazón,
aquella que estaba grabada en mi alma desde mi más tierna infancia, de la cual
me había privado un destino enemigo, y que ahora ¡oh ser afortunado!, volvía a
recuperar. Así que mi intenso amor resonó justamente en aquella melodía de tan
profunda nostalgia, y nuestras palabras, nuestras miradas se unieron en
aquellos tonos espléndidos, que iban en crescendo y parecían desbordar como un
torrente de fuego. Cuando desperté, tuve que reconocer que ningún recuerdo de
tiempos anteriores tenía la menor relación con la maravillosa imagen de mis
sueños —era la primera vez que veía a la hermosa muchacha.
»En el
interior de la casa ya se oían voces, de un modo mecánico me repuse y me
apresuré a asomarme a la ventana; un hombre de edad, bien vestido, regañaba con
el postillón, que parecía haber roto algo del elegante carruaje. Finalmente,
cuando todo estuvo arreglado, el hombre gritó:
»—Todo
está en orden, salimos.
»Me di
cuenta, entonces, de que muy próxima a mi ventana estaba una jovencita, que se
apresuró hacia el coche, pero como llevaba una gran capota, no pude verle el
semblante. Cuando salió por la puerta de la casa, volvióse y me miró.
»¡Luis!
Era la cantante... Era la imagen de mis sueños...
»La
mirada de sus ojos celestiales se posó en mí y tuve la sensación de que
penetraba en mi pecho como el rayo de un tono de cristal, y hasta sentí un
dolor físico, de tal modo que todas las fibras de mi cuerpo y todos mis nervios
se estremecieron, y sentí que me paralizaba un indecible placer. Rápidamente
entró en el coche... el postillón tocó una alegre piececilla en tono
burlesco... En un instante desaparecieron en un recodo de la calle. Como en
sueños quedé apoyado en la ventana, los curlandeses entraron en la habitación
para llevarme a una excursión que teníamos preparada. No pronuncié palabra
alguna..., creyeron que estaba enfermo, ¡sentí que me era imposible comunicar
algo de lo que me acababa de suceder! Hice todo lo posible para informarme de
quiénes eran los forasteros que habían vivido junto a mí aunque tenía la
sensación de que, a medida que brotaban la palabras de labios extraños, se
desvelaba el dulce secreto de mi corazón. Decidí, desde ahora en adelante, no
dejar entrever nada de la que sería la eterna amada de mi corazón, aun que no
volviese a verla nunca más.
»¡Oh, tú,
amigo de mi corazón! Tú sí que podrás comprender el estado en que me
encontraba; no me reprendas; abandono todo para seguir las huellas de mi
desconocida amada.
»En aquel
estado de ánimo, la alegre compañía de los curlandeses me resultó muy
desagradable, así es que sin que se dieran cuenta, una noche me escapé,
dirigiéndome a B., siguiendo la corriente de mis pensamientos. Ya sabes que
desde muy pronto he dibujado perfectamente; en B., bajo la dirección de un
diestro maestro, empecé a pintar miniaturas, en poco tiempo progresé tanto que
pude realizar mi oculto objetivo, dibujar dignamente el retrato más fiel de la
desconocida. Secretamente, con las puertas cerradas, pinté el retrato. Ninguna
mirada humana la ha visto jamás, ya que hice que pintaran un retrato igual, del
mismo tamaño, y yo mismo coloqué el retrato de la amada debajo, y desde
entonces lo llevo sobre mi pecho desnudo.
»Por
primera vez en mi vida te he hablado del momento más importante de mi vida, tú
¡oh, Luis! eres el único al que he confiado mi secreto... ¡Pero hoy siento que
un poder extraño y enemigo ha penetrado en mi interior! Cuando me acerqué al
Turco le pregunté pensando en la amada de mi corazón:
»—¿Volveré
a vivir en el futuro unos instantes semejantes a los que viví y fui tan feliz?
»El
Turco, como ya recordarás, trató de no darme respuesta y finalmente, como yo no
cejase, dijo:
»—Mis
ojos están fijos en tu pecho, pero el oro reluciente que está enfrente ofusca
mi vista..., ¡vuelve el retrato!...
»No tengo
palabras para expresarte el sentimiento que se apoderó de mí, y qué
estremecimientos sentí. Ya puedes imaginarte en qué estado de emoción me
encontré. El retrato permanecía sobre mi pecho, vuelto, tal como el Turco había
dicho; sin querer le di la vuelta y repetí la pregunta, entonces la figura con
tono severo dijo:
«—¡Desgraciado!
¡En el mismo instante en que vuelvas a verla, la perderás!
Trató
Luis, con palabras animosas, de consolar al amigo, que permanecía sumido en
profundas reflexiones, cuando fue interrumpido por varios de los conocidos que
les acompañaban. Pronto se extendió por la ciudad el rumor de la respuesta que
había dado el sabio Turco, y todos se devanaban los sesos por saber qué
desgraciada profecía había podido desconcertar de ese modo a Fernando, siempre
tan despreocupado; asediaron a los dos amigos con preguntas, y Luis se vio
obligado, para salvar a Fernando de las exigencias que mostraba, de inventarse
una vulgar aventura, que halló buena acogida, precisamente porque estaba muy
lejos de la realidad.
Aquel
grupo de amigos que animó a Fernando a visitar al extraordinario Turco solía
reunirse una vez a la semana, así es que en la primera reunión volvió a
hablarse del Turco, y como consecuencia trataron de sacarle algo a Fernando
acerca de aquella aventura que le había dejado en un estado tan decaído, aunque
en vano él tratase de ocultarlo. Luis dábase cuenta del trastorno que sentía su
amigo al ver amenazado por un poder extraño y maligno el secreto de un amor
fantástico que guardaba celosamente en lo más profundo de su pecho; también él,
como Fernando, estaba convencido de que la penetrante mirada de aquel poder que
traspasaba el misterio tenía capacidad de revelar la misteriosa relación que
existe entre el futuro y el presente.
Aunque
Luis creía en lo dicho por el oráculo, sin embargo, al conocer la despiadada y
hostil revelación de un destino avieso que amenazaba a su amigo, concibió gran
antipatía contra aquel ser humano escondido que se manifestaba a través del
Turco. Frente a los innumerables admiradores de aquella obra de arte, se puso
abiertamente en la oposición, y como alguien afirmase que en los movimientos
naturales del autómata había algo especialmente imponente, lo que hacía que
fuese mayor el efecto de las respuestas del oráculo, él, por el contrario,
afirmó que encontraba algo ridículo en la forma que el honorable Turco tenía de
girar las órbitas y de volver la cabeza, lo que dio lugar a que, debido a unas
palabras de sorna que se le escaparon, el artista, que quizá era el mismo ser
que obraba en el interior, se pusiera malhumorado, y como consecuencia, las
respuestas que diera a continuación apenas si tuviesen sentido e interés
alguno.
—Tengo
que confesar —dijo Luis— que, nada más entrar, la figura me recordó por
completo a un artístico cascanueces que me regaló un primo mío el día de
Navidad, cuando era muy pequeño. El hombrecillo tenía un semblante de una
seriedad extraordinariamente cómica, y por medio de una clavija que tenía en la
cabeza, giraba los ojos, cuando cascaba una nuez dura, y al hacer esto, su
figura entera se animaba como si estuviera viva, de una manera tan cómica, que
yo me pasaba las horas enteras jugando con él, de forma que aquel enano entre
mis manos se convertía en una figura viva.
»A partir
de entonces todas las marionetas, por muy perfectas que fuesen me parecían como
tiesas y sin vida, en comparación con mi maravilloso cascanueces. Mucho había
oído hablar de los extraordinarios autómatas del Arsenal de Danzig, por lo que
no dejé de acudir para verlos cuando hace unos años tuve ocasión de estar en
Danzig. Apenas hube entrado en la sala, avanzó hacia mí un soldado teutónico y
disparó su fusil al aire, y el disparo resonó en las amplias bóvedas, y aún
hizo otros caprichosos juegos y divertimentos que realmente ya he olvidado, y
que me sorprendieron, hasta que finalmente me condujeron a la sala en que el
dios de la guerra, el temible Mavor, se encontraba rodeado de toda su corte.
»El mismo
Marte en persona, vestido de manera grotesca, hallábase sentado en un trono
adornado con armas de todas clases, rodeado de alabarderos y guerreros. Apenas
nos acercamos al trono, dos soldados comenzaron a tocar sus tambores y los
pífanos resonaron de un modo tan horrible, que era necesario taparse los oídos,
a causa de aquel alboroto cacofónico. Hice notar que el dios de la guerra tenía
una orquesta indigna de su Majestad, y me dieron la razón. Finalmente cesaron
los tambores y los pífanos... y entonces los alabarderos comenzaron a volver la
cabeza y junto con los guerreros, a marcar el paso, hasta que el dios de la
guerra, después de haber girado los ojos numerosas veces, levantóse de su sitio
y pareció que se dirigía hacia nosotros. Sin embargo, volvió a sentarse en su
trono. Otra vez tocaron los tambores y los pífanos, hasta que de nuevo todo
volvió a quedar como al principio, en un silencio absoluto.
»Después
de ver todos estos autómatas, dije para mis adentros, al marcharme:
»—¡Me
gusta más mi cascanueces!
Todos se
rieron mucho, aunque estuvieron de acuerdo en que las consideraciones de Luis
eran más divertidas que verdaderas, pues, haciendo caso omiso del singular ser
que la mayor parte de las veces respondía por el autómata, y también aunque no
fuese posible descubrir la relación del ser oculto con el Turco, que, no sólo
hablaba a través de él, sino que motivaba sus movimientos, había que reconocer
totalmente que el autómata era una obra maestra de la mecánica y de la
acústica.
El mismo
Luis tuvo que reconocerlo, y todos elogiaron unánimes al artista extranjero. A
todo esto, un hombre de edad que, por regla general, hablaba muy poco, y que
hasta la fecha no se había mezclado en la conversación, levantóse de la silla,
según tenía costumbre de hacer cuando quería decir dos palabras, que, por
cierto esta vez tenían relación con el asunto, y comenzó a decir así, de manera
muy cortés:
—Señores,
permitidme que os diga lo siguiente: Con gran acierto elogiáis la rara obra de
arte que tanto nos atrae; injustamente dais la denominación de artista a ese
hombre vulgar, que en realidad no tiene participación alguna en lo que tiene de
más perfecto la figura, ya que ésta es la obra de un hombre experimentado en
todas las artes, que desde hace muchos años se encuentra entre los muros de
nuestra ciudad, y todos nosotros le conocemos y le tenemos en alta estimación.
Quedaron
todos muy asombrados, y asediaron con preguntas al viejo, que continuó
diciendo:
—No es
otro, sino el Profesor X. El Turco llevaba aquí dos días, sin que nadie hubiera
tenido la menor noticia de él, cuando el Profesor X manifestó que todo lo
referente a los autómatas le interesaba muchísimo. Apenas oyó un par de
respuestas del Turco, que, tomando aparte al artista, le dijo al oído algunas
palabras. Éste, palideciendo, cerró la habitación en que estaba, para estar a
salvo de los pocos curiosos que hasta entonces allí se encontraban. Los
carteles de anuncio desaparecieron de las esquinas de las calles, y no se
volvió a saber más del sabio Turco, hasta que pasados catorce días, volvió a
verse un anuncio y apareció el Turco con una nueva y hermosa cabeza, y en la
disposición en que está en la actualidad, lo que para vosotros es un enigma indescifrable.
Desde entonces todas las respuestas son ingeniosas y profundas.
»No cabe
la menor duda de que todo esto es obra del Profesor X, ya que el artista
durante todo el tiempo que no mostró a su autómata, diariamente estaba con el
Profesor X, y por cierto durante varios días en el cuarto del hotel, donde
también estaba la figura. Por otra parte, señores míos, ya tenéis conocimiento
de que el propio Profesor X está en posesión de uno de los autómatas musicales
más preciosos que se conocen, y que desde hace mucho tiempo mantiene
correspondencia con el Consejero B. acerca de toda clase de artes mecánicas y
mágicas. Todo esto es suficiente para demostrar que sólo a él se debe la
capacidad de sorprender al mundo en el más alto grado. Él, sin embargo, trabaja
y crea en secreto, y sólo enseña su obra singular a quienes realmente se interesan
por ella.
En
efecto, todos sabían que la especialidad del Profesor X eran la física y la
química, y aunque luego empezara a ocuparse de obras de arte mecánicas, ninguno
del grupo pudo sospechar que tuviera influencia en el sabio Turco. Únicamente
conocían de oídas el gabinete artístico que había mencionado el viejo.
Fernando
y Luis, al escuchar el informe que dio el viejo acerca del Profesor X, y sobre
su influencia y participación en el autómata extranjero, se sobresaltaron.
—No he de
ocultarte —dijo Fernando— que entreveo una débil esperanza y posibilidad de
hallar una huella del misterio que me atormenta tan cruelmente, si tengo la
oportunidad de entrar en contacto con el Profesor X.
»Incluso
hasta es posible que la suposición de que exista una relación maravillosa entre
yo mismo y el Turco, o mejor dicho la persona escondida que le utiliza como
órgano de sus sentencias proféticas, pueda servirme de consuelo y él llegue a
atenuar el efecto de la impresión que me han hecho las espantosas palabras.
Estoy decidido, con el pretexto de ver su autómata, a trabar conocimiento con
este hombre misterioso, y como sus obras de arte, ya lo has oído, son
musicales, creo que también será interesante que me acompañes.
—¡Cómo si
no fuera bastante la oportunidad que tengo de prestarte ayuda y consejo en esta
situación en que te encuentras! Precisamente hoy, al oír al viejo hablar de la
influencia que el Profesor X ha tenido en la máquina automática, se me han
pasado por la cabeza algunas ideas, y no voy a mentirte si te digo que sería
muy posible que por un medio indirecto lograse saber algo que nos interesa
mucho. Para tener la solución del enigma ¿no crees que podría haberse dado el
caso de que la persona invisible hubiera visto el retrato que llevas en el
pecho, y hubiera imaginado una afortunada combinación que tuviera todas las
apariencias de ser acertada? Con el cruel vaticinio, quizá se vengase de
nuestra petulancia, cuando nos burlamos de la sabiduría del Turco.
—Ya te he
dicho —repuso Fernando— que ningún ser humano ha visto el retrato, a nadie le
he contado el suceso aquel..., ¡así es que es imposible que el Turco se haya
informado de todo por un procedimiento normal!... quizá sea más fácil estar
próximos a la verdad por medio de un camino indirecto.
—Yo creo
—dijo Luis— que nuestro autómata, por mucho que hayamos afirmado lo contrario,
es uno de los más extraordinarios fenómenos que jamás se ha visto, y todo
demuestra que la persona que dirige todo este artificio es poseedor de
profundos conocimientos, más de los que pueden imaginar los papanatas que sólo
admiran el prodigio. La figura no es más que una forma inventada para
comunicarse, y no se puede negar que el aspecto y los movimientos del autómata
son de lo más apropiado para fijar la atención en lo misterioso que encierra, y
sobre todo para poner en tensión al que pregunta conforme a los deseos del que
responde.
»Es un
hecho comprobado que dentro de la figura es imposible que se esconda ningún ser
humano, así es que cuando creemos escuchar las respuestas de boca del Turco,
sin duda alguna que se debe a un efecto acústico; ahora bien, cómo se efectúa
esto, en qué posición se encuentra la persona que responde, qué le permite ver
al que pregunta, ésa es la cuestión, que me parece un enigma; es posible que
sólo dependa de unas buenas condiciones acústicas y mecánicas y de una agudeza
extraordinaria, o mejor dicho, puede ser la consecuencia de la agudeza del
artista que no ha desaprovechado ningún medio para embaucarnos.
»He de
confesar que la solución de este misterio me interesa menos que saber los
medios de los que se vale el Turco para penetrar y ver el alma del que
pregunta, y, sobre todo, como tú muy bien has dicho antes, para adentrarse en
lo más profundo de nuestro ánimo. Da la sensación de que el ser que responde,
valiéndose de un medio desconocido, ejerce una influencia psíquica sobre
nosotros, y es más, logra establecer una relación espiritual que se apodera de
todo nuestro espíritu y domina de tal forma nuestra personalidad que, no
obstante ser difícil que nuestro secreto se manifieste con claridad, logra
provocar una especie de éxtasis, una relación intensa con este extraño
principio espiritual que reside en nuestro interior, iluminándolo y haciendo
que se manifieste.
»Este
poder psíquico es el que hace vibrar las cuerdas que existen en nuestro
interior, y que apenas vibraban y resonaban, y es entonces cuando percibimos
claramente sus puros acordes; es posible que seamos nosotros mismos quienes nos
demos la respuesta, al despertar esa voz interna mediante el extraño principio
espiritual, y que los confusos presentimientos tomen forma en el pensamiento y
se conviertan en sentencias de oráculo, de igual modo que, a menudo, durante el
sueño, una voz extraña nos alecciona sobre algunas cosas que desconocemos o que
están dudosas, y esta voz nos parece que procede de un ser extraño, cuando en
realidad procede de nuestro interior y se manifiesta en palabras clarísimas.
»Por otra
parte, es evidente que el Turco —y al decir esto, como es natural, me refiero
al ser que se esconde dentro de él— no siempre tiene necesidad de establecer
una relación psíquica con el que pregunta. Más de cien de los que preguntan son
tratados superficialmente, como merece su personalidad, y a veces basta una
ocurrencia cualquiera para que la agudeza natural o la viveza espiritual del
ser que contesta llegue a la cumbre, aunque no sea excesivamente profunda la
pregunta.
»Cuando
el carácter del que pregunta es muy exaltado, el Turco se las arregla de tal
modo que encuentra los medios de establecer esa relación psíquica que da la
posibilidad de que la propia persona que pregunta se conteste a sí misma, desde
su interior. La indecisión de que da muestras, a veces, el Turco al responder a
las preguntas muy profundas quizá sea sólo un pretexto para ganar tiempo y
poder lograr los medios de que se vale. Ésa es mi opinión, de todo corazón te
lo digo, ya veis, pues, que el artificio no me resulta tan despreciable como
hoy trataba de haceros creer..., quizá es que tomo la cosa muy en serio...,
¡sin embargo, no quiero ocultarte que, aunque estés de acuerdo conmigo, no
habremos logrado nada para nuestra propia tranquilidad!
—Te
equivocas, amigo mío —repuso Fernando—, precisamente porque tus ideas
concuerdan con las mías y con lo que yace oscuramente en el fondo de mi alma,
me siento perfectamente tranquilo; ahora sé que esto es sólo cosa mía, y que mi
secreto no será desvelado, pues mi amigo lo guardará fielmente, como algo
sagrado. Sin embargo, voy a decirte ahora un detalle muy especial, que había
olvidado. Cuando el Turco pronunció las palabras fatales, tuve la sensación de
oír resonar la melodía: Mio ben ricordati s'avvien ch'io mora, en tonos
entrecortados... y luego creí oír un largo acorde de aquella voz divina que
escuché aquella noche.
—Entonces
no quiero ocultarte —dijo Luis— que, precisamente cuando escuchaste la
respuesta que te dio en voz baja, tenía yo, casualmente puesta la mano sobre la
barandilla que rodea el artificio mecánico; sentí que mi mano se estremecía y
yo también tuve la sensación de que algo musical, como una especie de cántico,
inundaba la habitación. No presté apenas atención, pues, como bien sabes, mi
fantasía está siempre henchida por la música, de aquí que puedan siempre
confundirse mis sentidos, aunque sí me sorprendió vivamente observar la
misteriosa relación que tenían aquellos tonos resonantes con el suceso de D.,
que te llevó a ver al Turco y a hacerle tu pregunta.
Fernando
consideró como una prueba de la relación psíquica que existía entre él y su
querido amigo el que también éste hubiese oído el mismo tono, y como siguiera
meditando acerca del misterio de las relaciones psíquicas y del principio
espiritual que daba resultados tan prodigiosos y vivos, finalmente viose libre
de la pesada carga que oprimía su pecho desde que recibiera la respuesta, y
sintió valor para enfrentarse con el destino: ¿Acaso puedo perderla —se decía—
si reina eternamente en mi pecho y su existencia se afirma de modo tan intenso,
que sólo podrá perecer con mi vida?
Con la
esperanza de encontrar la solución a las suposiciones que ambos consideraban
como verdaderas, fueron a ver al Profesor X. Encontráronse con un hombre muy
anciano, vestido a la antigua, de aspecto simpático, cuyos ojillos grises
miraban de un modo penetrante y molesto, y en cuyos labios se insinuaba una
sonrisa sarcástica. Cuando manifestaron su deseo de ver al autómata, les dijo:
—¡Vaya!
¿Son ustedes acaso aficionados a los artificios mecánicos o quizá diletantes?
Entonces van ustedes a encontrar lo que no encontrarían en toda Europa, y ni
siquiera en el mundo entero.
La voz
del Profesor cuando hablaba de su artificio mecánico tenía algo muy
desagradable, era voz de tenor, con una disonancia chillona del estilo de los
charlatanes. Armando mucho ruido, sacó la llave y fue a abrir la suntuosa sala,
elegantemente adornada. En medio de ella había un gran piano de cola, al lado
del cual se hallaba la imponente figura de un hombre con una flauta en la mano;
a la izquierda una figura de mujer estaba sentada ante un instrumento parecido
a un piano, detrás del cual había dos niños con un gran tambor y un triángulo.
Al fondo pudieron ver los dos amigos la orquesta que ya conocían y a lo largo
de las paredes numerosos relojes.
El
Profesor pasó por delante de la orquesta y de los relojes, sin apenas rozar los
autómatas; luego sentóse al piano de cola y empezó a tocar pianissimo el
andante de una marcha. A la repetición, el flautista se puso la flauta en la
boca y tocó el mismo tema, luego el muchacho, llevando el compás, tocó
suavemente el tambor, mientras el otro agitó el triángulo muy ligeramente, de
modo imperceptible. Al instante, la joven prorrumpió en acordes al tiempo que
al tocar las teclas hacía sonar unos tonos parecidos a los de una armónica.
Cada vez
iba animándose más la sala, los relojes, uno tras otro, marcaban con una
precisión rítmica, el muchacho tocaba cada vez más fuerte el tambor, el
triángulo resonaba en la habitación, hasta que finalmente la orquesta resonó a
bombo y platillo un fortissimo, de tal modo que todo tembló y se estremeció,
hasta que el Profesor dio un acorde final en su piano.
Los
amigos dispensaron al Profesor los aplausos que parecía exigir con su astuta
mirada, sonriente y llena de satisfacción, y ya se disponía a tocar otras
producciones musicales del mismo estilo, y se acercaba a los autómatas, pero
los dos amigos, como si se hubiesen puesto de acuerdo, dieron como pretexto al
mismo tiempo un urgente negocio que les impedía permanecer más, abandonando,
pues, al mecánico y a sus máquinas.
—¿No te
parece que ha sido extraordinariamente artístico y bello? —preguntó Fernando,
pero Luis le interrumpió muy encolerizado diciendo:
—¡Maldito
Profesor... cómo nos ha engañado! ¿A ver, dónde está la solución que
buscábamos? ¿Qué se ha hecho de la conversación que pensábamos mantener con él,
para que el Profesor nos adoctrinase como a los discípulos de Sais?
—Bueno
—repuso Fernando—, pero entretanto hemos tenido ocasión de ver unos artificios
mecánicos, ¡y hasta incluso desde el punto de vista musical, ha sido
interesante! Evidentemente el flautista es la famosa máquina de Vaucason, y el
mecanismo que rige el movimiento de sus dedos es también el mismo que el de la
figura femenina que sabe sacar esos acordados sonidos a su instrumento.
Realmente el engranaje de las máquinas es extraordinario.
—¡Eso es
precisamente lo que me vuelve loco! —repuso Luis—. Ya me han vapuleado y
golpeado bien la música de todas esas máquinas, incluida la música que el
Profesor ha tocado al piano, y la tengo tan metida en los huesos que será
difícil que la olvide. Incluso la semejanza de los seres humanos con estas
figuras sin vida, que imitan sus movimientos y sus acciones, me resulta algo
horrible, siniestro e insoportable. Por supuesto que puedo imaginar la
posibilidad de que estas figuras se muevan por medio de un mecanismo interior
oculto que hasta les permita bailar artísticamente, y hasta darse el caso de
que bailen con seres humanos y den vueltas y hagan reverencias, y hasta que el
danzarín vivo enlace a la bailarina de madera y gire con ella. Pero, dime, ¿crees
tú que podrías resistir verlo más de un minuto sin que te sobrecogiera un
terrible espanto? Añádase a esto que la música mecánica me parece algo infernal
y espantoso, y que, en mi opinión, una buena máquina de hacer medias sobrepasa
con mucho al más perfecto y hermoso reloj de sonería.
»¿Crees
que es, acaso, solamente el aliento que sale de su boca, con el que sopla los
instrumentos de viento, y los ágiles dedos articulados que hacen brotar los
tonos de las cuerdas, con ese poderoso encanto que despierta en nosotros un
inefable y desconocido sentimiento, lo que nos hace presentir un mundo
espiritual en la lejanía, al que aspira todo nuestro ser ardientemente? ¿No
será, más bien, que ese espíritu se sirve de aquel órgano físico que es el
autómata, para que lo que existe en su interior salga a la luz del día y
resuene de forma que todos puedan oírlo, despertando al mismo tiempo idénticas
resonancias, y luego, en armoniosa música, descubran al espíritu ese reino
maravilloso, de donde proceden los acordes como encendidos rayos?
»Por
medio de válvulas, resortes, palancas, rodillos, y toda clase de piezas
mecánicas para lograr efectos musicales, se hace esta absurda experiencia de
tratar de lograr únicamente con objetos lo que puede lograrse por medio del
espíritu, que rige hasta los más mínimos movimientos. El mayor reproche que se
le hace al músico es que toca sin sentimiento alguno, por lo cual realmente
perjudica al espíritu de la música, o mejor dicho, anula la música en la
música, de lo que se deduce que siempre tocará mejor el músico más insensible
que la máquina más perfecta, ya que es de suponer que en algún instante logre
despertar una momentánea emoción, lo que, evidentemente, nunca sucederá con la
máquina.
»Los
esfuerzos del mecánico para imitar a los órganos humanos y lograr tonos
musicales por medio de mecanismos me parece que son una especie de guerra
declarada contra el principio espiritual, que resplandece aún más a medida que
se le oponen estas fuerzas; de ahí que prefiera una máquina construida conforme
a los principios mecánicos, bien sea la más perfecta o la peor, por ejemplo un
organillo, que se vale de un mecanismo para poner en movimiento lo mecánico,
antes que al flautista de Vaucason y a la tocadora de la máquina armónica.
—He de
reconocer que estoy de acuerdo contigo —dijo Fernando—, pues has expresado en
palabras, con gran claridad, lo que yo hace tiempo sentía, sobre todo hoy
cuando fuimos a ver al Profesor. Aunque no vivo y siento la música como tú, y
aunque no soy tan sensible a toda clase de faltas, sin embargo, siempre me ha
desagradado mucho lo muerto y lo rígido de las máquinas musicales. Todavía me
acuerdo, cuando era pequeño, del malestar que me provocó un gran reloj de arpa
(en casa de mi abuelo), cuando tocaba una musiquilla al dar la hora. Es un
lástima que estos hábiles mecánicos dediquen todos sus esfuerzos a estos
odiosos juguetes, en vez de emplearlos en el perfeccionamiento de los
instrumentos musicales.
—Es
cierto —repuso Luis— sobre todo por lo que respecta a los instrumentos de tecla
donde hay tanto que hacer, y que ofrecen un vasto campo a los mecánicos tan
diestros. Realmente es asombroso cuánto se ha progresado, por ejemplo en el
piano de cola, en cuya estructura tanto influjo tienen el tono y la forma de
tratarlo.
»Así
pues, ¿no será, acaso, el mejor mecánico musical el que escuche los sonidos
característicos de la Naturaleza, el que investigue los sonidos que pueblan los
más heterogéneos cuerpos, para luego tratar de fijar esta misteriosa música en
un órgano o instrumento que se adapte a la voluntad de los hombres y resuene a
su contacto? Todos los ensayos que se han hecho para lograr sonidos y
vibraciones por otros medios que los comunes, o sea mediante cilindros de
vidrio y de metal, y por hilos de cristal, por barras de mármol, me parecen
notables y dignos de consideración, y todos los progresos que se hacen en este
sentido para profundizar en los secretos acústicos que yacen escondidos en toda
la Naturaleza considero que más que ser un intento de ostentación o ansia de
dinero tienden hacia la búsqueda de la perfección, mediante una invención
lograda, lo cual es de alabar.
»De aquí
resulta que, en tan poco tiempo, hayan surgido tantos instrumentos nuevos, con
nombres nuevos y ostentosos, los cuales en seguida desaparecen, cayendo en el
más absoluto olvido.
—La
mecánica musical de que hablas —dijo Fernando—verdaderamente es muy
interesante, aunque no acabe de comprender bien cuál sea el objetivo o la
finalidad de todos los esfuerzos.
—Todo
ello no tiene por objeto —repuso Luis— que el hallazgo del tono más perfecto;
por mi parte creo que el tono es más perfecto conforme se aproximan a los
misteriosos sonidos de la Naturaleza, que aún no han acabado de brotar de la
tierra.
—Aunque
yo no he profundizado en estos misterios —dijo Fernando—, te confieso que no te
comprendo bien.
—Déjame
que te lo explique un poco mejor —continuó diciendo Luis— tal como lo concibo.
»En los
tiempos aquellos en que la raza humana vivía en santa armonía con la
Naturaleza, y quiero servirme de la expresión de un inteligente escritor
(Schubert en sus «Ensayos sobre los aspectos nocturnos de las ciencias
naturales»), en la plenitud del don divino de la profecía y de la poesía,
cuando la Naturaleza dominaba el espíritu de los hombres, y no a la inversa, y
esta madre Naturaleza seguía alimentando desde lo más profundo de su existencia
al hijo extraordinario que había engendrado; entonces también le acunaba con la
sagrada música en eterno entusiasmo, y los maravillosos sonidos eran anuncio
del secreto de su eterna actividad.
»Un eco
de la misteriosa profundidad de aquellos tiempos es la legendaria creencia de
la música de las esferas que, cuando yo era pequeño y leí por primera vez el
sueño de Escipión, me llenaba de tan profundo recogimiento, que más de una vez
en las silenciosas noches iluminadas por la luz de la luna me ponía a escuchar
para ver si oía resonar los maravillosos acordes en las ráfagas del viento. Con
todo, aún no han desaparecido de la tierra esos sonidos de la Naturaleza, de
los que te acabo de hablar, pues ¿qué otra cosa es esa música aérea o las voces
diabólicas de Ceilán que mencionan algunos escritores y que tienen un influjo
tan grande sobre el ser humano, y hasta los observadores más tranquilos, cuando
la oyen, se sienten sobrecogidos por un profundo terror y una compasión
inmensa, al oír los sonidos que emite la Naturaleza, imitando los quejidos y
lamentos humanos? Para decir verdad, yo mismo pasé por una experiencia
semejante en mi juventud, en la proximidad de Kurisches Hoff en Prusia
Oriental. Era ya muy avanzado el otoño, cuando me detuve unos días en una
granja de aquella región, y en el silencio de la noche, al soplar suavemente el
viento, escuché con toda claridad apagados sonidos de órgano, y a veces el
sonido vibrante de campanas lejanas. A menudo podía diferenciar claramente el
fa y el do, y hasta escuchaba el mi bemol, de tal modo que el penetrante acorde
de la séptima alcanzaba tonos de la más profunda queja, y estremecía mi pecho
con el más terrible dolor, incluso con espanto.
»A medida
que nacen, van en aumento y se expanden esos sonidos de la Naturaleza, vemos
que hay algo que irresistiblemente se apodera de nuestro ánimo, y el
instrumento de que se vale tiene el mismo efecto sobre nosotros. Creo que la
máquina armónica es el instrumento que tiene mayor parecido con esos tonos;
además, precisamente este instrumento que imita de modo tan extraordinario los
sonidos que emite la Naturaleza y que obra un efecto tan poderoso sobre nuestro
ánimo no se deja sentir cuando hay ostentación y superficialidad, sino
únicamente cuando reina una sagrada sencillez. Desde este punto de vista
también hay que considerar el instrumento recién inventado que se llama
armonium que, en lugar de valerse de campanas, se vale de un misterioso
mecanismo que, sólo con apretar las teclas y dar vueltas a un cilindro, hace
vibrar y resonar las cuerdas. El que toca puede dominar, de este modo, mucho
mejor que con la máquina armónica, los sonidos que nacen, aumentan y se
expanden, y puede decirse que todavía no se ha encontrado un instrumento que
haya llegado con mucho a lo que puede hacer el armonium.
—He oído
hablar de este instrumento —dijo Fernando— y he de confesar que sus tonos me
han impresionado vivamente, a pesar de que el artista no lo tocaba muy bien.
Por lo demás, te comprendo, aunque no acabo de ver bien la relación que existe
entre esos sonidos de la Naturaleza, de los que hablas, con la música que
hacemos por medio de instrumentos.
—¿No
pudiera suceder, acaso —repuso Luis—, que la música que yace en el interior de
nuestro ser fuera diferente de la que se esconde en la Naturaleza como un
profundo secreto, y que únicamente resonase a través del órgano de los
instrumentos, como bajo la presión de un poderoso sortilegio, del que somos
dueños? Pero, únicamente cuando el espíritu obra en toda su pureza psíquica, o
sea en sueños, se rompe el hechizo, y entonces hasta podemos escuchar en los
conciertos de instrumentos conocidos esos sonidos de la Naturaleza y hasta
percibimos cómo se engendran en el aire y luego flotan ante nosotros y se
difunden y resuenan.
—Estoy
pensando en las arpas eólicas —dijo Fernando, interrumpiendo a su amigo—. ¿Qué
piensas de esa ingeniosa invención?
—El
intento de hacer brotar sonidos y tonos de la Naturaleza —repuso Luis— me
parece algo extraordinario y digno de admiración, únicamente creo que hasta
ahora sólo se le ha ofrecido un mezquino juguete, que la mayor parte de las
veces ella destroza en un momento de mal humor. He leído que están mucho mejor
ideadas las arpas del viento que todas las arpas eólicas, que, al dejar pasar
el viento, se convierten en una especie de juguete infantil. Las arpas del
viento consisten en gruesos alambres tendidos en extensos espacios, que se
ponen a vibrar al contacto con el aire, resonando poderosamente. Es aquí, sobre
todo, donde un buen físico o un buen mecánico pueden encontrar un campo
apropiado, es más, creo que con el avance que han experimentado las ciencias y
la investigación, penetrando en los sagrados misterios de la Naturaleza,
podremos llegar a percibir y ver a la luz del día las cosas que hemos
presentido.
De pronto
cruzó el aire un extraño sonido que, a medida que se hacían más poderosos sus
acordes, recordaba el tono de una máquina armónica. Los amigos se
sobrecogieron, y quedaron como pegados al suelo; luego, el mismo tono se
convirtió en la melancólica melodía de una voz de mujer. Fernando, cogiendo la
mano de su amigo, la apretó con una contracción sobre su pecho, pero Luis,
temblando, musitó en voz baja: «Mio ben ricordati s'avvien ch'io mora».
Encontrábanse, entonces, a las afueras de la ciudad, a la entrada de un jardín
rodeado de una alta empalizada y de árboles; justamente ante ellos estaba
sentada sobre la hierba una niñita muy mona que, dando un salto, dijo: «¡Ay,
qué bien ha vuelto a cantar la hermanita, voy a llevarle una flor, pues sé muy
bien que, en cuando ve los claveles, canta mucho mejor y más tiempo!».
Abalanzóse,
con un gran ramo en la mano, hacia el jardín, dejando la puerta abierta, de
modo que los amigos pudieron mirar dentro. Pero cuál no sería su sorpresa, e
incluso un escalofrío les recorrió el cuerpo, cuando vieron allí al Profesor X,
que estaba en medio del jardín, a la sombra de un fresno. En lugar de aquella
sonrisa irónica que predisponía en contra suya, su semblante denotaba una
profunda melancolía y seriedad, y su mirada dirigida hacia el cielo parecía
contemplar beatíficamente el presentido más allá, que se escondía entre las
nubes, y del cual daban noticia aquellos maravillosos sonidos que traía el
hálito del viento a través del aire. De pronto, púsose a caminar a grandes
pasos arriba y abajo del sendero, y en todos sus movimientos había algo vivo y
animado. Por doquier resonaban notas de cristal refulgente, entre los oscuros
arbustos y entre la arboleda, y como en un torrente de llamas de fuego que se
extiende, aquel maravilloso concierto penetraba en su ánimo, encendiendo
deliciosos anhelos celestiales. Hízose de noche y el Profesor desapareció tras
de la empalizada, y los tonos fueron apagándose en un pianissimo. Entonces, en
profundo silencio, los amigos se encaminaron hacia la ciudad. Como Luis fuese a
despedirse de su amigo, Fernando, oprimiendo su brazo, le dijo:
—¡Ayúdame...,
ayúdame...! ¡Tengo la sensación de que hay en mi interior una fuerza extraña
que remueve las cuerdas ocultas de mi ser y las hace resonar a su antojo hasta
hacerme perecer! ¿Acaso esa odiosa ironía con que nos recibió el Profesor en su
casa no era la expresión del principio enemigo, y, acaso, no ha tratado de
despacharnos con sus autómatas, para evitar cualquier relación conmigo?
—Es
posible que tengas razón —repuso Luis— pues yo también tengo el presentimiento
de que en cierto modo, aunque para nosotros sea un enigma indescifrable, el
Profesor tiene parte en tu vida, o mejor dicho, en la misteriosa relación
psíquica que tienes con esa mujer desconocida. Quizá él mismo, en contra de su
voluntad, sea como un principio enemigo y sirva para combatir estas relaciones
vuestras, y de ahí que le resulten odiosas tus amistades, ya que te afianzan
contra tu fuerza psíquica y su voluntad, y más que nada te reafirman en tu
relación con ella.
Los
amigos decidieron no ahorrar ningún medio de aproximarse al Profesor para
desentrañar el enigma que afectaba tan profundamente la vida de Fernando. A la
mañana siguiente una segunda visita al Profesor X les llevó más lejos, pues
Fernando recibió, inesperadamente, una carta de su padre, en la que le decía
que se dirigiese, sin pérdida de tiempo, hacia B., así es que en pocas horas
éste salió apresuradamente en caballo de postas, no sin antes asegurar a su
amigo que nada le podría detener, y que regresaría a J. pasados catorce días.
Interesante
en alto grado le resultó a Luis que, después de irse Fernando de viaje, pudo
enterarse, por medio de aquel anciano que anteriormente había hablado de la
participación activa del Profesor X en el Turco, que el Profesor X hacía todos
estos artificios mecánicos por pura afición y capricho, pues realmente el
objetivo de todas sus investigaciones eran las ciencias naturales.
El
anciano elogió, sobre todo, las invenciones del Profesor referentes a la
música, aunque hasta ahora no se les había comunicado nada. Su laboratorio
secreto era un hermoso jardín, próximo a la ciudad, y a menudo quienes paseaban
por allá habían oído resonar extraños sonidos y melodías, como si el jardín
estuviera habitado por hadas y espíritus.
Pasaron
los catorce días, pero Fernando no regresó. Por fin, dos meses después, Luis
recibió una carta desde B. cuyo contenido era el siguiente:
«Lee y
asómbrate, y entérate de lo que quizá habrás sospechado después de haber
visitado al Profesor X, como me supongo que habrás hecho. En el pueblo de R,
mientras cambiábamos los caballos, permanecí insensible, contemplando el
paisaje. He aquí que pasa un coche y se detiene justamente ante la iglesia que
estaba abierta; desciende de él una damita vestida con sencillez, a la que
sigue un hombre joven y apuesto, con uniforme de cazador ornado de galones;
luego dos hombres descienden de un segundo coche. El dueño de las postas
comenta:
ȃsta es
la pareja forastera que hoy casa el pastor.
»De un
modo mecánico me dirijo hacia la iglesia y entro justamente cuando el clérigo
va a darles la bendición y termina la ceremonia. Miro y veo que la novia es la
cantante, ella me mira, palidece y se desmaya, el hombre que está detrás de
ella es el Profesor X.
»No sé
más, no sé lo que sucedió después, ni tampoco cómo llegué hasta aquí, podrás
saberlo por el Profesor X. Ahora siento en mi alma un bienestar y una alegría
inusitados. El fatal oráculo del Turco era una condenada mentira, engendrada
ciegamente a tientas, con falsas antenas. ¿Acaso la he perdido? ¿No será en el
interior de mi ser eternamente mía? Tardarás mucho tiempo en saber de mí, pues
me dirijo a K., y luego quizá vaya muy al Norte, hacia R».
Las
palabras de su amigo sirvieron a Luis para ver claramente en qué estado de
trastorno se encontraba su espíritu. Mucho más enigmático le resultó el resto,
cuando se enteró de que el Profesor X no había abandonado la ciudad. «¿Y si
fuera todo —pensó para sus adentros— el resultado del conflicto de extrañas
asociaciones psíquicas que tienen lugar entre varias personas, y que una vez en
nuestras vidas, atraen a su círculo algunos hechos independientes, de forma que
los sentidos engañados lleguen a considerar las alucinaciones como ajenas a él?
¡Espero, sin embargo, que la alegría de la vida que yo siento en lo más hondo
de mi ser quizá pueda servir de consuelo a mi amigo! El fatal oráculo del Turco
se ha cumplido, y posiblemente, al cumplirse, ha desviado a tiempo el golpe
aniquilador que le amenazaba».
—Y ahora,
¿qué? —dijo Otomar, cuando Teodoro se calló repentinamente—. ¿Esto es todo?
¿Ésta es la explicación que das? ¿Qué fue de Fernando, del Profesor X, de la
bella cantante, del oficial ruso?
—¿No os
he dicho de antemano que sólo era un fragmento lo que os iba a ofrecer? Aparte
de eso, me parece que la historia del Turco parlante ya desde el principio fue
esbozada de una manera fragmentaria. Quiero decir que la fantasía del lector o
del oyente, al recibir poderosos impulsos, puede desplegarse luego a su
voluntad. Pero, mi querido Otomar, si quieres quedarte tranquilo y saber cuál
fue el destino de Fernando, recuerda la conversación sobre la ópera que leí
hace poco. Es el mismo Fernando vivito y coleando el que aparece en escena, con
todo su alegre ímpetu; lo que aquí ha sucedido pertenece a un período anterior
de su vida, y sin duda alguna que todo le fue bien a este amante sonámbulo.
—A esto
deberá añadirse —continuó diciendo Otomar—que a nuestro Teodoro desde siempre
le ha gustado mucho avivar poderosamente nuestra fantasía con toda suerte de
extravagantes historias, para luego interrumpirlas bruscamente. Llegará un día
en que todos se quejarán de sus mixtificaciones. Hay que reconocer que desde
hace tiempo toda su obra aparece de modo fragmentario. A veces, lee segundas
partes sin preocuparse del principio ni del final, y en las representaciones
sólo ve el segundo y el tercer actos, y así por el estilo.
—Aún
conservo esta tendencia —dijo Teodoro—. No hay cosa que más me contraríe cuando
leo un relato o una novela que ver el suelo en el que se edifica ese mundo
fantástico, barrido al final, con una escoba histórica, que deja todo limpio,
sin un granito, sin una mota de polvo, que no hay posibilidad alguna cuando se
regresa a casa de sentir ni siquiera deseos de mirar entre las cortinas. En
cambio, el fragmento de una historia ingeniosa impresiona mi alma de tal modo
que da pie a la fantasía para tomar impulso, y el goce es más duradero. ¡A
quién no le habrá pasado eso con la joven morena de Goethe!... A mí, sobre
todo, ese fragmento de Goethe, del maravilloso cuento donde relata lo de la
mujercita que lleva al viajero en una cajita, ¡siempre me ha producido un
placer indescriptible!
—Basta
—dijo Lotario, interrumpiendo al amigo—, basta; no hablemos más del Turco
parlante, con esto ya está la historia terminada.
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E.T.A.
Hoffmann (1776-1822)

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