© Libro N° 12014.
Los Amigos De Los Amigos. James,
Henry. Emancipación. Diciembre 23 de 2023
Título original: ©
The Friends Of The Friends, Henry James (1843-1916)
Versión Original: © Los Amigos De Los
Amigos. Henry James
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Henry James
Los
Amigos De Los Amigos
Henry
James
Sé
perfectamente, por supuesto, que yo me lo busqué. Yo fui la primera persona que
le habló de ella: ni tan siquiera la había oído nombrar. Aunque yo no hubiera
hablado, alguien lo habría hecho por mí; después traté de consolarme con esa
reflexión. Pero el consuelo que dan las reflexiones es poco: el único consuelo
que cuenta en la vida es no haber hecho el tonto. Ésa es una bienaventuranza de
la que yo, desde luego, nunca gozaré.
—Pues
deberías conocerla y comentarlo con ella —fue lo que le dije inmediatamente—.
Sois almas gemelas.
Le conté
quién era, y le expliqué que eran almas gemelas porque, si él había tenido en
su juventud una aventura extraña, ella había tenido la suya más o menos por la
misma época. Era cosa bien sabida de sus amistades —cada dos por tres se le
pedía que relatara el incidente—. Era encantadora, inteligente, guapa,
desgraciada; pero, con todo eso, era a aquello a lo que en un principio había
debido su celebridad.
Tenía
dieciocho años cuando, estando de viaje por no sé dónde con una tía suya, había
tenido una visión de su padre en el momento de morir. Su padre estaba en
Inglaterra, a una distancia de cientos de millas y, que ella supiera, ni
muriéndose ni muerto. Ocurrió de día, en un museo de una gran ciudad
extranjera. Ella había pasado sola, adelantándose a sus acompañantes, a una
salita que contenía una obra de arte famosa, y que en aquel momento ocupaban
otras dos personas. Una era un vigilante anciano; a la otra, antes de fijarse,
la tomó por un desconocido, un turista.
No fue
consciente sino de que tenía la cabeza descubierta y estaba sentado en un
banco. Pero en el instante en que puso los ojos en él vio con asombro a su
padre, que, como si llevara esperándola mucho tiempo, la miraba con inusitada
angustia y con una impaciencia que era casi un reproche. Ella corrió hacia él,
gritando descompuesta:
—¿Papá,
qué te pasa?
Pero a
esto siguió una demostración de sentimiento todavía más intenso al ver que ante
ese movimiento su padre se desvanecía sin más, dejándola consternada entre el
vigilante y sus parientes, que para entonces ya la habían seguido. Esas
personas, el empleado, la tía, los primos, fueron pues, en cierto modo,
testigos del hecho —del hecho, al menos, de la impresión que había recibido—; y
hubo además el testimonio de un médico que atendía a una de las personas del
grupo y a quien se comunicó inmediatamente lo sucedido. El médico prescribió un
remedio contra la histeria pero le dijo a la tía en privado:
—Espere a
ver si no ocurre nada en su casa.
Sí había
ocurrido algo: el pobre padre, víctima de un mal súbito y violento, había
fallecido aquella misma mañana.
La tía,
hermana de la madre, recibió en el día un telegrama en el que se le anunciaba
el suceso y se le pedía que preparase a su sobrina. Su sobrina ya estaba
preparada, y ni que decir tiene que aquella aparición dejó en ella una huella
indeleble. A todos nosotros, como amigos suyos, nos había sido transmitida, y
todos nos la habíamos transmitido unos a otros con cierto estremecimiento. De
eso hacía doce años, y ella, como mujer que había hecho una boda desafortunada
y vivía separada de su marido, había cobrado interés por otros motivos; pero
como el apellido que ahora llevaba era un apellido frecuente, y como además su
separación judicial apenas era distinción en los tiempos que corrían, era
habitual singularizarla como ésa, sí, la que vio al fantasma de su padre.
En cuanto
a él, él había visto al de su madre, ¡qué más hacía falta! Yo no lo había
sabido hasta esta ocasión en que nuestro trato más íntimo, más agradable, le
llevó, por algo que había salido en nuestra conversación a mencionarlo y con
ello a inspirarme el impulso de hacerle saber que tenía un rival en ese terreno
—una persona con quien comparar impresiones—. Más tarde, esa historia vino a
ser para él, quizá porque yo la repitiese indebidamente, también una cómoda
etiqueta mundana; pero no era con esa referencia como me lo habían presentado
un año antes.
Tenía
otros méritos, como ella, la pobre, también los tenía. Yo puedo decir
sinceramente que fui muy consciente de ellos desde el primer momento —que los
descubrí antes de que él descubriera los míos—. Recuerdo haber observado ya en
aquel entonces que su percepción de los míos se avivó por esto de que yo
pudiera corresponder, aunque desde luego no con nada de mi propia experiencia,
a su curiosa anécdota. Databa esa anécdota, como la de ella, de una docena de
años atrás: de un año en el que, estando en Oxford, por no sé qué razones se
había quedado a hacer el curso largo.
Era una
tarde del mes de agosto; había estado en el río. Cuando volvió a su habitación,
todavía a la clara luz del día, encontró allí a su madre, de pie y como con los
ojos fijos en la puerta. Aquella mañana había recibido una carta de ella desde
Gales, donde estaba con su padre. Al verle le sonrió con muchísimo cariño y le
tendió los brazos, y al adelantarse él abriendo los suyos, lleno de alegría, se
desvaneció. Él le escribió aquella noche, contándole lo sucedido; la carta
había sido cuidadosamente conservada. A la mañana siguiente le llegó la noticia
de su muerte. Aquel azar de nuestra conversación hizo que se quedara muy
impresionado por el pequeño prodigio que yo pude presentarle.
Nunca se
había tropezado con otro caso. Desde luego que tenían que conocerse, mi amiga y
él; seguro que tendrían cosas en común. Yo me encargaría, ¿verdad? —si ella no
tenía inconveniente—; él no lo tenía en absoluto. Yo había prometido hablarlo
con ella en la primera ocasión, y en la misma semana pude hacerlo. De
inconveniente tenía tan poco como él; estaba perfectamente dispuesta a verle. A
pesar de lo cual no había de haber encuentro —como vulgarmente se entienden los
encuentros.
La mitad
de mi cuento está en eso: de qué forma extraordinaria se vio obstaculizado. Fue
culpa de una serie de accidentes; pero esos accidentes, persistiendo al cabo de
los años, acabaron siendo, para mí y para otras personas, objeto de diversión
con cada una de las partes. Al principio tuvieron bastante gracia, luego ya
llegaron a aburrir. Lo curioso es que él y ella estaban muy bien dispuestos: no
se podía decir que se mostrasen indiferentes, ni muchísimo menos reacios. Fue
uno de esos caprichos del azar, ayudado, supongo, por una oposición bastante
arraigada de las ocupaciones y costumbres de uno y otra.
Las de él
tenían por centro su cargo, su sempiterna inspección, que le dejaba escaso
tiempo libre, reclamándole constantemente y obligándole a anular compromisos.
Le gustaba la vida social, pero en todos lados la encontraba y la cultivaba a
la carrera. Yo nunca sabía dónde podía estar en un momento dado, y a veces
transcurrían meses sin que le viera. Ella, por su parte, era prácticamente
suburbana: vivía en Richmond y no salía nunca. Era persona de distinción, pero
no de mundo, y muy sensible, como se decía, a su situación. Decididamente
altiva y un tanto caprichosa, vivía su vida como se la había trazado. Había
cosas que era posible hacer con ella, pero era imposible hacerla ir a las
reuniones en casa ajena. De hecho éramos los demás los que íbamos, algo más a
menudo de lo que hubiera sido normal, a las suyas, que consistían en su prima,
una taza de té y la vista.
El té era
bueno; pero la vista nos era ya familiar, aunque tal vez su familiaridad no
alcanzara, como la de la prima —una solterona desagradable que formaba parte
del grupo cuando aquello del museo que ahora vivía con ella—, al grado de lo
ofensivo. Aquella vinculación a un pariente inferior, que en parte obedecía a
motivos económicos —según ella su acompañante era una administradora
maravillosa—, era una de las pequeñas manías que le teníamos que perdonar. Otro
era su estimación de lo que le exigía el decoro por haber roto con su marido.
Esta era extremada —muchos la calificaban hasta de morbosa—. No tomaba con
nadie la iniciativa; cultivaba el escrúpulo; sospechaba desaires, o quizá me
esté mejor decir que los recordaba: era una de las pocas mujeres que he
conocido a quienes esa particular posición había hecho modestas más que
atrevidas.
¡La
pobre, cuánta delicadeza! Especialmente marcados eran los límites que había
puesto a las posibles atenciones de parte de hombres: siempre estaba pensando
que su marido no hacía sino esperar la ocasión para atacar. Desalentaba, si no
prohibía las visitas de personas del sexo masculino no seniles: decía que para
ella todas las precauciones eran pocas.
Cuando
por primera vez le mencioné que tenía un amigo al que los hados habían
distinguido de la misma extraña manera que a ella, le dejé todo el margen
posible para que me dijera:
—¡Ah,
pues traéle a verme!
Seguramente
habría podido llevarle, y se habría producido una situación del todo inocente,
o por lo menos relativamente simple. Pero no dijo nada de eso; no dijo más que:
—Tendré
que conocerle; ¡a ver si coincidimos!
Eso fue
la causa del primer retraso, y entretanto pasaron varias cosas. Una de ellas
fue que con el transcurso del tiempo, y como era una persona encantadora, fue
haciendo cada vez más amistades, y matemáticamente esos amigos eran también lo
suficientemente amigos de él como para sacarle a relucir en la conversación.
Era curioso que sin pertencer, por así decirlo, al mismo mundo, o, según una
expresión horrenda, al mismo ambiente, mi sorprendida pareja hubiera venido a
dar en tantos casos con las mismas personas y a hacerles entrar en el extraño
coro. Ella tenía amigos que no se conocían entre sí, pero que inevitable y
puntualmente le hablaban bien de él.
Tenía
también un tipo de originalidad, un interés intrínseco, que hacía que cada uno
de nosotros la tuviera como un recurso privado, cultivado celosamente, más o
menos en secreto, como una de esas personas a las que no se ve en una reunión
social, a las que no todo el mundo —no el vulgo— puede abordar, y con quien,
por tanto, el trato es particularmente difícil y particularmente precioso. La
veíamos cada cual por separado, con citas y condiciones, y en general nos
resultaba más conducente a la armonía no contárnoslo. Siempre había quien había
recibido una nota suya más tarde que otro. Hubo una necia que durante mucho
tiempo, entre los no privilegiados, debió a tres simples visitas a Richmond la
fama de codearse con cantidad de personas inteligentísimas y fuera de serie.
Todos
hemos tenido amigos que parecía buena idea juntar, y todos recordamos que
nuestras mejores ideas no han sido nuestros mayores éxitos; pero dudo que jamás
se haya dado otro caso en el que el fracaso estuviera en proporción tan directa
con la cantidad de influencia puesta en juego. Realmente puede ser que la
cantidad de influencia fuera lo más notable de éste. Los dos, la dama y el
caballero, lo calificaron ante mí y ante otros de tema para una comedia muy
divertida. Con el tiempo, la primera razón aducida se eclipsó, y sobre ella
florecieron otras cincuenta mejores. Eran tan parecidísimos: tenían las mismas
ideas, mañas y gustos, los mismos prejuicios, supersticiones y herejías; decían
las mismas cosas y, a veces, las hacían; les gustaban y les desagradaban las
mismas personas y lugares, los mismos libros, autores y estilos; había toques
de semejanza hasta en su aspecto y sus facciones.
Como no
podía ser menos, los dos eran, según la voz popular, igual de simpáticos y casi
igual de guapos. Pero la gran identidad que alimentaba asombros y comentarios
era su rara manía de no dejarse fotografiar. Eran las únicas personas de
quienes se supiera que nunca habían posado y que se negaban a ello con pasión.
Que no y que no —nada, por mucho que se les dijera—. Yo había protestado
vivamente; a él, en particular, había deseado tan en vano poder mostrarle sobre
la chimenea del salón, en un marco de Bond Street. Era, en cualquier caso, la
más poderosa de las razones por las que debían conocerse, de todas las
poderosas razones reducidas a la nada por aquella extraña ley que les había
hecho cerrarse mutuamente tantas puertas en las narices, que había hecho de
ellos los cubos de un pozo, los dos extremos de un balancín, los dos partidos
del Estado, de suerte que cuando uno estaba arriba el otro estaba abajo, cuando
uno estaba fuera el otro estaba dentro; sin la más mínima posibilidad para
ninguno de entrar en una casa hasta que el otro la hubiera abandonado, ni de
abandonarla desavisado hasta que el otro estuviera a tiro.
No
llegaban hasta el momento en que ya no se les esperaba, que era precisamente
también cuando se marchaban. Eran, en una palabra, alternos e incompatibles; se
cruzaban con un empecinamiento que sólo se podía explicar pensando que fuera
preconvenido. Tan lejos estaba de serlo, sin embargo, que acabó —literalmente
al cabo de varios años— por decepcionarles y fastidiarles. Yo no creo que su
curiosidad fuera intensa hasta que se manifestó absolutamente vana. Mucho, por
supuesto, se hizo por ayudarles, pero era como tender alambres para hacerles
tropezar. Para poner ejemplos tendría que haber tomado notas; pero sí recuerdo
que ninguno de los dos había podido jamás asistir a una cena en la ocasión
propicia.
La
ocasión propicia para uno era la ocasión frustrada para el otro. Para la
frustrada eran puntualísimos, y al final todas quedaron frustradas. Hasta los
elementos se confabulaban, secundados por la constitución humana. Un catarro,
un dolor de cabeza, un luto, una tormenta, una niebla, un terremoto, un
cataclismo se interponían infaliblemente. El asunto pasaba ya de broma.
Pero como
broma había que seguir tomándolo, aunque no pudiera uno por menos de pensar que
con la broma la cosa se había puesto seria, se había producido por ambas partes
una conciencia, una incomodidad, un miedo real al último accidente de todos, el
único que aún podía tener algo de novedoso, al accidente que sí les reuniese.
El efecto último de sus predecesores había sido encender ese instinto. Estaban
francamente avergonzados —quizá incluso un poco el uno del otro—. Tanto
preparativo, tanta frustración: ¿qué podía haber, después de tanto y tanto, que
lo mereciera?
Un mero
encuentro sería mera vaciedad. ¿Me los imaginaba yo al cabo de los años,
preguntaban a menudo, mirándose estúpidamente el uno al otro, y nada más? Si
era aburrida la broma, peor podía ser eso. Los dos se hacían exactamente las
mismas reflexiones, y era seguro que a cada cual le llegaran por algún conducto
las del contrario. Yo tengo el convencimiento de que era esa peculiar
desconfianza lo que en el fondo controlaba la situación. Quiero decir que si
durante el primer año o dos habían fracasado sin poderlo evitar, mantuvieron la
costumbre porque —¿cómo decirlo?— se habían puesto nerviosos. Realmente había
que pensar en una volición soterrada para explicarse una cosa tan repetida y
tan ridícula.
Cuando
para coronar nuestra larga relación acepté su renovada oferta de matrimonio, se
dijo humorísticamente, lo sé, que yo había puesto como condición que me
regalara una fotografía suya. Lo que era verdad era que yo me había negado a
darle la mía sin ella. El caso es que le tenía por fin, todo pimpante, encima
de la chimenea; y allí fue donde ella, el día que vino a darme la enhorabuena,
estuvo más cerca que nunca de verle. Con posar para aquel retrato le había dado
él un ejemplo que yo la invité a seguir; ya que él había depuesto su terquedad,
¿por qué no deponía ella la suya?
También
ella me tenía que regalar algo por mi compromiso: ¿por qué no me regalaba la
pareja? Se echó a reír y meneó la cabeza; a veces hacía ese gesto con un
impulso que parecía venido desde tan lejos como la brisa que mueve una flor. Lo
que hacía pareja con el retrato de mi futuro marido era el retrato de su futura
mujer. Ella tenía tomada su decisión, y era tan incapaz de apartarse de ella
como de explicarla. Era un prejuicio, un entêtement, un voto —viviría y se
moriría sin dejarse fotografiar—. Ahora, además, estaba sola en ese estado: eso
era lo que a ella le gustaba; le otorgaba una originalidad tanto mayor.
Se
regocijó de la caída de su ex correligionario, y estuvo largo rato mirando su
efigie, sin hacer sobre ella ningún comentario memorable, aunque hasta le dio
la vuelta para verla por detrás. En lo tocante a nuestro compromiso se mostró
encantadora, toda cordialidad y cariño.
—Llevas
tú más tiempo conociéndole que yo sin conocerle —dijo—. Parece una enormidad.
Sabiendo
cuánto habíamos trajinado juntos por montes y valles, era inevitable que ahora
descansásemos juntos. Preciso todo esto porque lo que le siguió fue tan extraño
que me da como un cierto alivio marcar el punto hasta donde nuestras relaciones
fueron tan naturales como habían sido siempre. Yo fui quien con una locura
súbita las alteró y destruyó. Ahora veo que ella no me dio el menor pretexto, y
que donde únicamente lo encontré fue en su forma de mirar aquel apuesto
semblante metido en un marco de Bond Street. ¿Y cómo habría querido yo que lo
mirase?
Lo que yo
había deseado desde el principio era interesarla por él. Y lo mismo seguí
deseando —hasta un momento después de que me prometiera que esa vez contaría
realmente con su ayuda para romper el absurdo hechizo que los había tenido
separados—. Yo había acordado con él que cumpliera con su parte si ella
triunfalmente cumplía con la suya. Yo estaba ahora en otras condiciones —en
condiciones de responder por él—. Me comprometía rotundamente a tenerle allí
mismo a las cinco de la tarde del sábado siguiente.
Había
salido de la ciudad por un asunto urgente, pero jurando mantener su promesa al
pie de la letra: regresaría ex profeso y con tiempo de sobra.
—¿Estás
totalmente segura? —recuerdo que preguntó, con gesto serio y meditabundo; me
pareció que palidecía un poco.
Estaba
cansada, no estaba bien: era una pena que al final fuera a conocerla en tan mal
estado. ¡Si la hubiera conocido cinco años antes! Pero yo le contesté que esta
vez era seguro, y que, por tanto, el éxito dependía únicamente de ella. A las
cinco en punto del sábado le encontraría en un sillón concreto que le señalé,
el mismo en el que solía sentarse y en el que —aunque esto no se lo dije—
estaba sentado hacía una semana, cuando me planteó la cuestión de nuestro
futuro de una manera que me convenció.
Ella lo
miró en silencio, como antes había mirado la fotografía, mientras yo repetía
por enésima vez que era el colmo de lo ridículo que no hubiera manera de
presentarle mi otro yo a mi amiga más querida.
—¿Yo soy
tu amiga más querida? —me preguntó con una sonrisa que por un instante le
devolvió la belleza.
Yo
respondí estrechándola contra mi pecho; tras de lo cual dijo:
—De
acuerdo, vendré. Me da mucho miedo, pero cuenta conmigo.
Cuando se
marchó empecé a preguntarme qué sería lo que le daba miedo, porque lo había
dicho como si hablara completamente en serio. Al día siguiente, a media tarde,
me llegaron unas líneas suyas: al volver a casa se había encontrado con la
noticia del fallecimienco de su marido. Hacía siete años que no se veían, pero
quería que yo lo supiera por su conducto antes de que me lo contaran por otro.
De todos modos, aunque decirlo resultara extraño y triste, era tan poco lo que
con ello cambiaba su vida que mantendría escrupulosamente nuestra cita.
Yo me
alegré por ella, pensando que por lo menos cambiaría en el sentido de tener más
dinero; pero aún con aquella distracción, lejos de olvidar que me había dicho
que tenía miedo, me pareció atisbar una razón para que lo tuviera. Su temor,
conforme avanzaba la tarde, se hizo contagioso, y el contagio tomó en mi pecho
la forma de un pánico repentino. No eran celos —no era más que pavor a los
celos—. Me llamé necia por no haberme estado callada hasta que fuéramos marido
y mujer. Después de eso me sentiría de algún modo segura.
Tan sólo
era cuestión de esperar un mes más —cosa seguramente sin importancia para
quienes llevaban esperando tanto tiempo—. Se había visto muy claro que ella
estaba nerviosa, y ahora que era libre su nerviosismo no sería menor. ¿Qué era
aquello, pues, sino un agudo presentimiento? Hasta entonces había sido víctima
de interferencias, pero era muy posible que de allí en adelante fuera ella su
origen. La víctima, en tal caso, sería sencillamente yo. ¿Qué había sido la
interferencia sino el dedo de la Providencia apuntando a un peligro?
Peligro,
por supuesto, para mi modesta persona. Una serie de accidentes de frecuencia
inusitada lo habían tenido a raya; pero bien se veía que el reino del accidente
tocaba a su fin.
Yo tenía
la íntima convicción de que ambas partes mantendrían lo pactado. Se me hacía
más patente por momentos que se estaban acercando, convergiendo. Eran como los
que van buscando un objeto perdido en el juego de la gallina ciega; lo mismo
ella que él habían empezado a quemarse. Habíamos hablado de romper el hechizo;
pues bien, efectivamente se iba a romper —salvo que no hiciera sino adoptar
otra forma y exagerar sus encuentros como había exagerado sus huidas—. Fue esta
idea la que me robó el sosiego; la que me quitó el sueño —a medianoche no cabía
en mí de agitación—. Sentí, al cabo, que no había más que un modo de conjurar
la amenaza.
Si el
reino del accidente había terminado, no me quedaba más remedio que asumir su
sucesión. Me senté a escribir unas líneas apresuradas para que él las
encontrara a su regreso y, como los criados ya se habían acostado, yo misma
salí destocada a la calle vacía y ventosa para echarlas en el buzón más
próximo. En ellas le decía que no iba a poder estar en casa por la tarde, como
había pensado, y que tendría que posponer su visita hasta la hora de la cena.
Con ello le daba a entender que me encontraría sola.
Cuando
ella, según lo acordado, se presentó a las cinco me sentí, naturalmente, falsa
y ruin. Mi acción había sido una locura momentánea, pero lo menos que podía
hacer era tirar para adelante, como se suele decir. Ella permaneció una hora en
casa; él, por supuesto, no apareció; y yo no pude sino persistir en mi
perfidia. Había creído mejor dejarla venir; aunque ahora me parece chocante,
juzgué que aminoraba mi culpa. Y aún así, ante aquella mujer tan visiblemente
pálida y cansada, doblegada por la consciencia de todo lo que la muerte de su
marido había puesto sobre el tapete, sentí una punzada verdaderamente lacerante
de lástima y de remordimiento.
Si no le
dije en aquel mismo momento lo que había hecho fue porque me daba demasiada
vergüenza. Fingí asombro —lo fingí hasta el final—; protesté que si alguna vez
había tenido confianza era aquel día. Me sonroja contarlo —lo tomo como
penitencia—. No hubo muestra de indignación contra él que no diera; inventé
suposiciones, atenuantes; reconocí con estupor, viendo correr las manecillas
del reloj, que la suerte de los dos no había cambiado.
Ella se
sonrió ante esa visión de su suerte, pero su aspecto era de preocupación —su
aspecto era desacostumbrado—: lo único que me sostenía era la circunstancia de
que, extrañamente, llevara luto —no grandes masas de crespón, sino un sencillo
luto riguroso—. Llevaba tres plumas negras, pequeñas, en el sombrero. Llevaba
un manguito pequeño de astracán. Eso, ayudado por un tanto de reflexión aguda,
me daba un poco la razón.
Me había
escrito diciendo que el súbito evento no signifcaba ningún cambio para ella,
pero evidentemente hasta ahí sí lo había habido. Si se inclinaba a seguir las
formalidades de rigor, ¿por qué no observaba la de no hacer visitas en los
primeros días? Había alguien a quien tanto deseaba ver que no podía esperar a
tener sepultado a su marido. Semejante revelación de ansia me daba la dureza y
la crueldad necesarias para perpetrar mi odioso engaño, aunque al mismo tiempo,
según se iba consumiendo aquella hora, sospeché en ella otra cosa todavía más
profunda que el desencanto, y un tanto peor disimulada. Me refiero a un extraño
alivio subyacente, la blanda y suave emisión del aliento cuando ha pasado un
peligro.
Lo que
ocurrió durante aquella hora estéril que pasó conmigo fue que por fin renunció
a él. Le dejó ir para siempre. Hizo de ello la broma más elegante que yo había
visto hacer de nada; pero fue, a pesar de todo, una gran fecha de su vida.
Habló, con su suave animación, de todas las otras ocasiones vanas, el largo
juego de escondite, la rareza sin precedentes de una relación así. Porque era,
o había sido, una relación, ¿acaso no? Ahí estaba lo absurdo. Cuando se levantó
para marcharse, yo le dije que era una relación más que nunca, pero que yo no
tenía valor, después de lo ocurrido, para proponerle por el momento otra
oportunidad. Estaba claro que la única oportunidad válida sería la celebración
de mi matrimonio. ¡Por supuesto que iría a mi boda! Cabía incluso esperar que
él fuera también.
—¡Si voy
yo, no irá él! —recuerdo la nota aguda y el ligero quiebro de su risa.
Concedí
que podía llevar algo de razón. Lo que había que hacer entonces era tenernos
antes bien casados.
—No nos
servirá de nada. ¡Nada nos servirá de nada! —dijo dándome un beso de
despedida—. ¡No le veré jamás, jamás!
Con esas
palabras me dejó.
Yo podía
soportar su desencanto, como lo he llamado; pero cuando, un par de horas más
tarde, le recibí a él para la cena, descubrí que el suyo no lo podía soportar.
No había pensado especialmente en cómo pudiera tomarse mi maniobra; pero el
resultado fue la primera palabra de reproche que salía de su boca. Digo
reproche, y esa expresión apenas parece lo bastante fuerte para los términos en
que me manifestó su sorpresa de que, en tan extraordinarias circunstancias, no
hubiera yo encontrado alguna forma de no privarle de semejante ocasión.
Sin duda
podría haber arreglado las cosas para no tener que salir, o para que su
encuentro hubiera tenido lugar de todos modos. Podían haberse entendido muy
bien, en mi salón, sin mí. Ante eso me desmoroné: confesé mi iniquidad y su
miserable motivo. Ni había cancelado mi cita con ella ni había salido; ella
había venido y, tras una hora de estar esperándole, se había marchado
convencida de que sólo él era culpable de su ausencia.
—¡Bonita
opinión se habrá llevado de mí! —exclamó— ¿Me ha llamado —y recuerdo el trago
de aire casi perceptible de su pausa— lo que tenía derecho a llamarme?
—Te
aseguro que no ha dicho nada que demostrara el menor enfado. Ha mirado tu
fotografía, hasta le ha dado la vuelta para mirarla por detrás, donde por
cierto está escrita tu dirección. Pero no le ha inspirado ninguna demostración.
No le preocupas tanto.
—¿Entonces
por qué te da miedo?
—No era
ella la que me daba miedo. Eras tú.
—¿Tan
seguro veías que me enamorase de ella? No habías aludido nunca a esa
posibilidad —prosiguió mientras yo guardaba silencio—. Aunque la describieras
como una persona admirable, no era bajo esa luz como me la presentabas.
—¿O sea,
que si sí lo hubiera sido a estas alturas ya habrías conseguido conocerla? Yo
entonces no temía nada —añadí—. No tenía los mismos motivos.
A esto me
respondió él con un beso y al recordar que ella había hecho lo mismo un par de
horas antes sentí por un instante como si él recogiera de mis labios la propia
presión de los de ella.
A pesar
de los besos, el incidente había dejado una cierta frialdad, y la consciencia
de que él me hubiera visto culpable de una mentira me hacía sufrir
horriblemente. Lo había visto sólo a través de mi declaración sincera, pero yo
me sentía tan mal como si tuviera una mancha que borrar. No podía quitarme de
la cabeza de qué manera me había mirado cuando hablé de la aparente
indiferencia con que ella había acogido el que no viniera. Por primera vez
desde que le conocía fue como si pusiera en duda mi palabra. Antes de separanos
le dije que la iba a sacar del engaño: que a primera hora de la mañana me iría
a Richmond, y le explicaría que él no había tenido ninguna culpa. Iba a expiar
mi pecado, dije; me iba a arrastrar por el polvo; iba a confesar y pedir perdón.
Ante esto me besó una vez más.
En el
tren, al día siguiente, me pareció que había sido mucho consentir por su parte;
pero mi resolución era firme y seguí adelante. Ascendí el largo repecho hasta
donde comienza la vista, y llamé a la puerta. No dejó de extrañarme un poco el
que las persianas estuvieran todavía echadas, porque pensé que, aunque la
contrición me hubiera hecho ir muy temprano, aun así había dejado a los de la
casa tiempo suficiente para levantarse.
—¿Que si
está en casa, señora? Ha dejado esta casa para siempre.
Aquel
anuncio de la anciana criada me sobresaltó extraordinariamente.
—¿Se ha
marchado?
—Ha
muerto, señora.
Y
mientras yo asimilaba, atónita, la horrible palabra:
—Anoche
murió.
El fuerte
grito que se me escapó sonó incluso a mis oídos como una violación brutal del
momento. En aquel instante sentí como si yo la hubiera matado; se me nubló la
vista, y a través de una borrosidad vi que la mujer me tendía los brazos. De lo
que sucediera después no guardo recuerdo, ni de otra cosa que aquella pobre
prima estúpida de mi amiga, en una estancia a media luz, tras un intervalo que
debió de ser muy corto, mirándome entre sollozos ahogados y acusatorios.
No sabría
decir cuánto tiempo tardé en comprender, en creer y luego en desasirme, con un
esfuerzo inmenso, de aquella cuchillada de responsabilidad que
supersticiosamente, irracionalmente, había sido al pronto casi lo único de que
tuve consciencia. El médico, después del hecho, se había pronunciado con
sabiduría y claridad superlativas: había corroborado la existencia de una
debilidad del corazón que durante mucho tiempo había permanecido latente,
nacida seguramente años atrás de las agitaciones y los terrores que a mi amiga
le había deparado su matrimonio. Por aquel entonces había tenido escenas
crueles con su marido, había temido por su vida.
Después,
ella misma había sabido que debía guardarse resueltamente de toda emoción, de
todo lo que significara ansiedad y zozobra, como evidentemente se reflejaba en
su marcado empeño de llevar una vida tranquila; pero ¿cómo asegurar que nadie,
y menos una «señora de verdad», pudiera protegerse de todo pequeño sobresalto?
Un par de días antes lo había tenido con la noticia del fallecimiento de su
marido —porque había impresiones fuertes de muchas clases, no sólo de dolor y
de sorpresa—. Aparte de que ella jamás había pensado en una liberación tan
próxima: todo hacía suponer que él viviría tanto como ella.
Después,
aquella tarde, en la ciudad, manifiestamente había sufrido algún percance: algo
debió ocurrirle allí, que sería imperativo esclarecer. Había vuelto muy tarde
—eran más de las once—, y al recibirla en el vestíbulo su prima, que estaba muy
preocupada, había confesado que venía fatigada y que tenía que descansar un
momento antes de subir las escaleras. Habían entrado juntas en el comedor,
sugiriendo su compañera que tomase una copa de vino y dirigiéndose al aparador
para servírsela. No fue sino un instante, pero cuando mi informadora volvió la
cabeza nuestra pobre amiga no había tenido tiempo de sentarse. Súbitamente, con
un débil gemido casi inaudible, se desplomó en el sofá.
Estaba
muerta.
¿Qué
«pequeño sobresalto» ignorado le había asestado el golpe? ¿Qué choque, cielo
santo, la estaba esperando en la ciudad? Yo cité inmediatamente la única causa
de perturbación concebible —el no haber encontrado en mi casa, donde había
acudido a las cinco invitada con ese fin, al hombre con el que yo me iba a
casar, que accidentalmente no había podido presentarse, y a quien ella no
conocía en absoluto—. Poco era, obviamente; pero no era difícil que le hubiera
sucedido alguna otra cosa: nada más posible en las calles de Londres que un
accidente, sobre todo un accidente en aquellos infames coches de alquiler.
¿Qué
había hecho, a dónde había ido al salir de mi casa? Yo había dado por hecho que
volviera directamente a la suya. Las dos nos acordamos entonces de que a veces,
en sus salidas a la capital, por comodidad, por darse un respiro, se detenía
una hora o dos en el Gentlewomen, un tranquilo club de señoras, y yo prometí
que mi primer cuidado sería hacer una indagación seria en ese establecimiento.
Pasamos después a la cámara sombría y terrible en donde yacía en los brazos de
la muerte, y donde yo, tras unos instantes, pedí quedarme a solas con ella y
permanecí media hora. La muerte la había embellecido, la había dejado hermosa;
pero lo que yo sentí, sobre todo, al arrodillarme junto al lecho, fue que la
había silenciado, la había dejado muda. Había echado el cerrojo sobre algo que
a mí me importaba saber.
A mi
regreso de Richmond, y después de cumplir con otra obligación, me dirigí al
apartamento de él. Era la primera vez, aunque a menudo había deseado conocerlo.
En la escalera, que, dado que la casa albergaba una veintena de viviendas, era
lugar de paso público, me encontré con su criado, que volvió conmigo y me hizo
pasar. Al oírme entrar apareció él en el umbral de otra habitación más
interior, y en cuanto quedamos solos le di la noticia:
—¡Está
muerta!
–¿Muerta?
–La impresión fue tremenda, y observé que no necesitaba preguntar a quién me
refería con aquella brusquedad.
–Murió
anoche..., al volver de mi casa.
Él me
escudriñó con la expresión más extraña, registrándome con la mirada como si
recelara una trampa.
–¿Anoche...
al volver de tu casa? –repitió mis palabras atónito. Y a continuación me
espetó, y yo oí atónita a mi vez –¡Imposible! Si yo la vi.
–¿Cómo
que «la viste»?
–Ahí
mismo..., donde tú estás.
Eso me
recordó pasado un instante, como si pudiera ayudarme a asimilarlo, el gran
prodigio de aquel aviso de su juventud.
–En la
hora de la muerte..., comprendo: lo mismo que viste a tu madre.
–No, no
como vi a mi madre...; no así, no! –Estaba hondamente afectado por la noticia,
mucho más, estaba claro, de lo que pudiera haber estado la víspera; tuve la
impresión cierta de que, como me dije entonces, había efectivamente una
relación entre ellos dos, y que realmente la había tenido enfrente. Semejante
idea, reafirmando su extraordinario privilegio, le habría presentado de pronto
como un ser dolorosamente anormal de no haber sido por la vehemencia con que
insistió en la distinción–. La vi viva. La vi para hablar con ella. La vi como
ahora te estoy viendo a ti.
Es
curioso que por un momento, aunque por un momento tan sólo, encontrara yo
alivio en el más personal, por así decirlo, pero también en el más natural, de
los dos hechos extraños. Al momento siguiente, asiendo esa imagen de ella yendo
a verle después de salir de mi casa, y de precisamente lo que explicaba lo
referente al empleo de su tiempo, demandé, con un ribete de aspereza que no
dejé de advertir:
–¿Y se
puede saber a qué venía?
El había
tenido ya un minuto para pensar –para recobrarse y calibrar efectos–, de modo
que al hablar, aunque siguiera habiendo excitación en su mirada, mostró un
sonrojo consciente y quiso, inconsecuentemente, restar gravedad a sus palabras
con una sonrisa.
–Venía
sencillamente a verme. Venía, después de lo que había pasado en tu casa, para
que al fin, a pesar de todo, nos conociéramos. Me pareció un impulso exquisito,
y así lo entendí.
Miré la
habitación donde ella había estado –donde ella había estado y yo nunca hasta
entonces.
–¿Y así
como tú lo entendiste fue como ella lo expresó?
–Ella no
lo expresó de ninguna manera, más que estando aquí y dejándose mirar. ¡Fue
suficiente! –exclamó con una risa singular.
Yo iba de
asombro en asombro.
–O sea,
¿que no te dijo nada?
–No dijo
nada. No hizo más que mirarme como yo la miraba.
–¿Y tú
tampoco le dirigiste la palabra?
Volvió a
dirigirme aquella sonrisa dolorosa.
–Yo pensé
en ti. La situación era sumamente delicada. Yo procedí con el mayor tacto. Pero
ella se dio cuenta de que me resultaba agradable.– Repitió incluso la risa
discordante.
–¡Ya se
ve que «te resultó agradable»!
Entonces
reflexioné un instante: –¿Cuánto tiempo estuvo aquí?
–No
sabría decir. Pareció como veinte minutos, pero es probable que fuera mucho
menos.
–¡Veinte
minutos de silencio! –empezaba a tener mi visión concreta, y ya de hecho a
aferrarme a ella–. ¿Sabes que lo que me estás contando es una absoluta
monstruosidad?
Él había
estado hasta entonces de espaldas al fuego; al oír esto, con una mirada de
súplica, se vino a mí.
–Amor mío
te lo ruego, no lo tomes a mal.
Yo podía
no tomarlo a mal, y así se lo di a entender; pero lo que no pude, cuando él con
cierta torpeza abrió los brazos, fue dejar que me atrajera hacia sí. De modo
que entre los dos se hizo, durante un tiempo apreciable, la tensión de un gran
silencio.
VI.
Él lo
rompió al cabo, diciendo:
–¿No hay
absolutamente ninguna duda de su muerte?
–Desdichadamente
ninguna. Yo vengo de estar de rodillas junto a la cama donde la han tendido.
Clavó sus
ojos en el suelo; luego los alzó a los míos.
–¿Qué
aspecto tiene?
–Un
aspecto... de paz.
Volvió a
apartarse, bajo mi mirada; pero pasado un momento comenzó:
–¿Entonces
a qué hora...?
–Debió
ser cerca de la medianoche. Se derrumbó al llegar a su casa..., de una dolencia
cardíaca que sabía que tenía, y que su médico sabía que tenía, pero de la que
nunca, a fuerza de paciencia y de valor, me había dicho nada.
Me
escuchaba muy atento, y durante un minuto no pudo hablar. Por fin rompió, con
un acento de confianza casi infantil, de sencillez realmente sublime, que aún
resuena en mis oídos según escribo:
–¡Era
maravillosa!
Incluso
en aquel momento tuve la suficiente ecuanimidad para responderle que eso
siempre se lo había dicho yo; pero al instante, como si después de hablar
hubiera tenido un atisbo del efecto que en mí hubiera podido producir, continuó
apresurado:
–Comprenderás
que si no llegó a su casa hasta medianoche...
Le atajé
inmediatamente.
–¿Tuviste
mucho tiempo para verla? ¿Y cómo? –pregunté– ¿si no te fuiste de mi casa hasta
muy tarde? Yo no recuerdo a qué hora exactamente..., estaba pensando en otras
cosas. Pero tú sabes que, a pesar de haber dicho que tenías mucho que hacer, te
quedaste un buen rato después de la cena. Ella, por su parte, pasó toda la
velada en el «Gentlewomen», de allí vengo..., he hecho averiguaciones. Allí
tomó el té; estuvo muchísimo tiempo.
–¿Qué
estuvo haciendo durante ese muchísimo tiempo?
Le vi
ansioso de rebatir punto por punto mi versión de los hechos; y cuanto más lo
mostraba mayor era mi empeño en insistir en esa versión, en preferir con
aparente empecinamiento una explicación que no hacía sino acrecentar la
maravilla y el misterio, pero que, de los dos prodigios entre los que se me
daba a elegir, era el más aceptable para mis celos renovados. Él defendía, con
un candor que ahora me parece hermoso, el privilegio de haber conocido, a pesar
de la derrota suprema, a la persona viva; en tanto que yo, con un
apasionamiento que hoy me asombra, aunque todavía en cierto modo sigan
encendidas sus cenizas, no podía sino responderle que, en virtud de un extraño
don compartido por ella con su madre, y que también por parte de ella era
hereditario, se había repetido para él el milagro de su juventud, para ella el
milagro de la suya. Había ido a él –sí–, y movida de un impulso todo lo hermoso
que quisiera; ¡pero no en carne y hueso! Era mera cuestión de evidencia. Yo
había recibido, sostuve, un testimonio inequívoco de lo que ella había estado
haciendo –durante casi todo este tiempo– en el club. Estaba casi vacío, pero
los empleados se habían fijado en ella. Había estado sentada, sin moverse, en
una butaca, junto a la chimenea del salón; había reclinado la cabeza, había
cerrado los ojos, aparentaba un sueño ligero.
–Ya. Pero
¿hasta qué hora?
–Sobre
eso –tuve que responder– los criados me fallaron un poco. Y la portera en
particular, que desdichadamente es tonta, aunque se supone que también ella es
socia del club. Está claro que a esas horas, sin que nadie la sustituyera y en
contra de las normas, estuvo un rato ausente de la jaula desde donde tiene por
obligación vigilar quién entra y quién sale. Se confunde, miente palpablemente;
así que partiendo de sus observaciones no puedo darte una hora con seguridad.
Pero a eso de las diez y media se comentó que nuestra pobre amiga ya no estaba
en el club.
Le vino
de perlas.
–Vino
derecha aquí, y desde aquí se fue derecha al tren.
–No pudo
ir a tomarlo con el tiempo tan justo –declaré–. Precisamente es una cosa que no
hacía jamás.
–Ni fue a
tomarlo con el tiempo justo, hija mía..., tuvo tiempo de sobra. Te falla la
memoria en eso de que yo me despidiera tarde: precisamente te dejé antes que
otros días. Lamento que el tiempo que pasé contigo te pareciera largo, porque
estaba aquí de vuelta antes de las diez.
–Para
ponerte en zapatillas –fue mi contestación– y quedarte dormido en un sillón. No
despertaste hasta por la mañana..., ¡la viste en sueños!
Él me
miraba en silencio y con mirada sombría, con unos ojos en los que se traslucía
que tenía cierta irritación que reprimir. Enseguida proseguí:
–Recibes
la visita, a hora intempestiva, de una señora...; sea: nada más probable. Pero
señoras hay muchas. ¿Me quieres explicar, si no había sido anunciada y no dijo
nada, y encima no habías visto jamás un retrato suyo, cómo pudiste identificar
a la persona de la que estamos hablando?
–¿No me
la habían descrito hasta la saciedad? Te la puedo describir con pelos y
señales.
–¡Ahórratelo!
–clamé con una aspereza que le hizo reír una vez más. Yo me puse colorada, pero
seguí–: ¿Le abrió tu criado?
–No
estaba..., nunca está cuando se le necesita. Entre las peculiaridades de este
caserón está el que se pueda acceder desde la puerta de la calle hasta los
diferentes pisos prácticamente sin obstáculos. Mi criado ronda a una señorita
que trabaja en el piso de arriba, y anoche se lo tomó sin prisas. Cuando está
en esa ocupación deja la puerta de fuera, la de la escalera, sólo entornada, y
así puede volver a entrar sin hacer ruido. Para abrirla basta entonces con un
ligero empujón. Ella se lo dio..., sólo hacía falta un poco de valor.
–¿Un
poco? ¡Toneladas! Y toda clase de cálculos imposibles.
–Pues lo
tuvo,.. y los hizo. ¡Quede claro que yo no he dicho en ningún momento –añadió–
que no fuera una cosa sumamente extraña!
Algo
había en su tono que por un tiempo hizo que no me arriesgase a hablar. Al cabo
dije:
–¿Cómo
había llegado a saber dónde vivías?
–Recordaría
la dirección que figuraba en la etiquetita que los de la tienda dejaron
tranquilamente pegada al marco que encargué para mi retrato.
–¿Y cómo
iba vestida?
–De luto,
mi amor. No grandes masas de crespón, sino un sencillo luto riguroso. Llevaba
tres plumas negras, pequeñas, en el sombrero. Llevaba un manguito pequeño de
astracán. Cerca del ojo izquierdo –continuó– tiene una pequeña cicatriz
vertical...
Le corté
en seco.
–La señal
de una caricia de su marido –luego añadí–: ¡Muy cerca de ella has tenido que
estar!
A eso no
me respondió nada, y me pareció que se ruborizaba; al observarlo me despedí.
–Bueno,
adiós.
–¿No te
quedas un rato? –volvió a mí con ternura, y esa vez le dejé–. Su visita tuvo su
belleza –murmuró teniéndome abrazada–, pero la tuya tiene más.
Le dejé
besarme, pero recordé, como había recordado el día antes, que el último beso
que ella diera, suponía yo, en este mundo había sido para los labios que él
tocaba.
–Es que
yo soy la vida –respondí–. Lo que viste anoche era la muerte.
–¡Era la
vida..., era la vida!
Hablaba
con suave terquedad, yo me desasí. Nos miramos fijamente.
–Describes
la escena –si a eso se puede llamar descripción– en términos incomprensibles.
¿Entró en la habitación sin que tú te dieras cuenta?
–Yo
estaba escribiendo cartas, enfrascado, en esa mesa de debajo de la lámpara, y
al levantar la vista la vi frente a mí.
–¿Y qué
hiciste entonces?
–Me
levanté soltando una exclamación, y ella, sonriéndome, se llevó un dedo a los
labios, claramente a modo de advertencia, pero con una especie de dignidad
delicada. Yo sabía que ese gesto quería decir silencio, pero lo extraño fue que
pareció explicarla y justificarla inmediatamente. El caso es que estuvimos así,
frente a frente, durante un tiempo que, como ya te he dicho, no puedo calcular.
Como tú y yo estamos ahora.
–¿Simplemente
mirándose de hito en hito?
Protestó
impaciente.
–¡Es que
no estamos mirándonos de hito en hito!
–No,
porque estamos hablando.
–También
hablamos ella y yo..., en cierto modo –se perdió en el recuerdo–. Fue tan
cordial como esto.
Tuve en
la punta de la lengua preguntarle si esto era muy cordial, pero en lugar de eso
le señalé que lo que evidentemente habían hecho era contemplarse con mutua
admiración. Después le pregunté si el reconocerla había sido inmediato.
–No del
todo –repuso–, porque por supuesto no la esperaba; pero mucho antes de que se
fuera comprendí quién era..., quién podía ser únicamente.
Medité un
poco.
–¿Y al
final cómo se fue?
–Lo mismo
que había venido. Tenía detrás la puerta abierta y se marchó.
–¿Deprisa...,
despacio?
–Más bien
deprisa. Pero volviendo la vista atrás –sonrió para añadir–. Yo la dejé
marchar, porque sabía perfectamente que tenía que acatar su voluntad.
Fui
consciente de exhalar un suspiro largo y vago. –Bueno, pues ahora te toca
acatar la mía..., y dejarme marchar a mí.
Ante eso
volvió a mi lado, deteniéndome y persuadiéndome, declarando con la galantería
de rigor que lo mío era muy distinto. Yo habría dado cualquier cosa por poder
preguntarle si la había tocado pero las palabras se negaban a formarse: sabía
hasta el último acento lo horrendas y vulgares que resultarían. Dije otra cosa
–no recuerdo exactamente qué; algo débilmente tortuoso y dirigido, con harta
ruindad, a hacer que me lo dijera sin yo preguntarle. Pero no me lo dijo; no
hizo sino repetir, como por un barrunto de que sería decoroso tranquilizarme y
consolarme, la sustancia de su declaración de unos momentos antes –la
aseveración de que ella era en verdad exquisita, como yo había repetido tantas
veces, pero que yo era su «verdadera» amiga y la persona a la que querría
siempre–. Esto me llevó a reafirmar, en el espíritu de mi réplica anterior, que
por lo menos yo tenía el mérito de estar viva; lo que a su vez volvió a
arrancar de él aquel chispazo de contradicción que me daba miedo.
–¡Pero si
estaba viva! ¡Viva, Viva!
–¡Estaba
muerta, muerta! –afirmé yo con una energía, con una determinación de que fuera
así, que ahora al recordarla me resulta casi grotesca. Pero el sonido de la
palabra dicha me llenó súbitamente de horror, y toda la emoción natural que su
significado podría haber evocado en otras condiciones se juntó y desbordó
torrencial. Sentí como un peso que un gran afecto se había extinguido, y cuánto
la había querido yo y cuánto había confiado en ella. Tuve una visión, al mismo
tiempo, de la solitaria belleza de su fin.
–¡Se ha
ido..., se nos ha ido para siempre! –sollocé.
–Eso
exactamente es lo que yo siento –exclamó él, hablando con dulzura extremada y
apretándome, consolador, contra sí–. Se ha ido; se nos ha ido para siempre: así
que ¿qué importa ya? –se inclinó sobre mí, y cuando su rostro hubo tocado el
mío apenas supe si lo que lo humedecían era mis lágrimas o las suyas.
VII.
Era mi
teoría, mi convicción, vino a ser, pudiéramos decir, mi actitud, que aun así
jamás se habían «conocido»; y precisamente sobre esa base me pareció generoso
pedirle que asistiera conmigo al entierro. Así lo hizo muy modesta y
tiernamente, y yo di por hecho, aunque a él estaba claro que no se le daba nada
de ese peligro, que la solemnidad de la ocasión, poblada en gran medida por
personas que les habían conocido a los dos y estaban al tanto de la larga
broma, despojaría suficientemente a su presencia de toda asociación ligera.
Sobre lo que hubiera ocurrido en la noche de su muerte, poco más se dijo entre
nosotros; yo le había tomado horror al elemento probatorio. Sobre cualquiera de
las dos hipótesis era grosería, era intromisión. A él, por su parte, le faltaba
corroboración aducible –es decir, todo salvo una declaración del portero de su
casa, personaje de lo más descuidado e intermitente–, según él mismo reconocía,
de que entre las diez y las doce de la noche habían entrado y salido del lugar
nada menos que tres señoras enlutadas de pies a cabeza. Lo cual era excesivo;
ni él ni yo queríamos tres para nada. Él sabía que yo pensaba haber dado razón
de cada fracción del tiempo de nuestra amiga, y dimos por cerrado el asunto;
nos abstuvimos de ulterior discusión. Lo que yo sabía, sin embargo, era que él
se abstenía por darme gusto, más que porque cediera a mis razones. No cedía
–era sólo indulgencia; él persistía en su interpretación porque le gustaba más.
Le gustaba más, sostenía yo, porque tenía más que decirle a su vanidad. Ése, en
situación análoga, no habría sido su efecto sobre mí, aunque sin duda tenía yo
tanta vanidad como él; pero son cosas del talante de cada uno, en las que nadie
puede juzgar por otro. Yo habría dicho que era más halagador ser destinatario
de una de esas ocurrencias inexplicables que se relatan en libros fascinantes y
se discuten en reuniones eruditas; no podía imaginar, por parte de un ser
recién sumido en lo infinito y todavía vibrante de emociones humanas, nada más
fino y puro, más elevado y augusto, que un tal impulso de reparación, de
admonición, o aunque sólo fuera de curiosidad. Eso sí que era hermoso, y yo en
su lugar habría mejorado en mi propia estima al verme distinguida y escogida de
ese modo. Era público que él ya venía figurando bajo esa luz desde hacía mucho
tiempo, y en sí un hecho semejante ¿qué era sino casi una prueba? Cada una de
las extrañas apariciones contribuía a confirmar la otra. Él tenía otro sentir;
pero tenía también, me apresuro a añadir, un deseo inequívoco de no
significarse o, como se suele decir, de no hacer bandera de ello. Yo podía
creer lo que se me antojara –tanto más cuanto que todo este asunto era, en
cierto modo, un misterio de mi invención–. Era un hecho de mi historia, un
enigma de mi consistencia, no de la suya; por tanto él estaba dispuesto a
tomarlo como a mí me resultara más conveniente. Los dos, en todo caso, teníamos
otras cosas entre manos; nos apremiaban los preparativos de la boda.
Los míos
eran ciertamente acuciantes, pero al correr de los días descubrí que creer lo
que a mí «se me antojaba» era creer algo de lo que cada vez estaba más
íntimamente convencida. Descubrí también que no me deleitaba hasta ese punto, o
que el placer distaba, en cualquier caso, de ser la causa de mi convencimiento.
Mi obsesión, como realmente puedo llamarla y como empezaba a percibir, no se
dejaba eclipsar, como había sido mi esperanza, por la atención a deberes
prioritarios. Si tenía mucho que hacer, aún era más lo que tenía que pensar, y
llegó un momento en que mis ocupaciones se vieron seriamente amenazadas por mis
pensamientos. Ahora lo veo todo, lo siento, lo vuelvo a vivir. Está
terriblemence vacío de alegría, está de hecho lleno a rebosar de amargura; y
aun así debo ser justa conmigo misma –no habría podido hacer otra cosa–. Las
mismas extrañas impresiones, si hubiera de soportarlas otra vez, me producirían
la misma angustia profunda, las mismas dudas lacerantes, las mismas certezas
más lacerantes todavía. Ah sí, todo es más fácil de recordar que de poner por
escrito, pero aun en el supuesto de que pudiera reconstruirlo todo hora por
hora, de que pudiera encontrar palabras para lo inexpresable, en seguida el
dolor y la fealdad me paralizarían la mano. Permítaseme anotar, pues, con toda
sencillez y brevedad, que una semana antes del día de nuestra boda, tres
semanas después de la muerte de ella, supe con todo mi ser que había algo muy
serio que era preciso mirar de frente, y que si iba a hacer ese esfuerzo tenía
que hacerlo sin dilación y sin dejar pasar una hora más. Mis celos
inextinguidos –ésa era la máscara de la Medusa–. No habían muerto con su
muerte, habían sobrevivido lívidamente y se alimentaban de sospechas
indecibles. Serían indecibles hoy, mejor dicho, si no hubiera sentido la
necesidad vivísima de formularlas entonces. Esa necesidad tomó posesión de mí
–para salvarme–, según parecía, de mi suerte. A partir de entonces no vi –dada
la urgencia del caso, que las horas menguaban y el intervalo se acortaba– más
que una salida, la de la prontitud y la franqueza absolutas. Al menos podía no
hacerle el daño de aplazarlo un día más; al menos podía tratar mi dificultad
como demasiado delicada para el subterfugio. Por eso en términos muy
tranquilos, pero de todos modos bruscos y horribles, le planteé una noche que
teníamos que reconsiderar nuestra situación y reconocer que se había alterado
completamente.
Él me
miró sin parpadear, valiente.
–¿Cómo
que se ha alterado?
–Otra
persona se ha interpuesto entre nosotros.
No se
tomó más que un instante para pensar.
–No voy a
fingir que no sé a quién te refieres –sonrió compasivo ante mi aberración, pero
quería tratarme amablemente–. ¡Una mujer que está muerta y enterrada!
–Enterrada
sí, pero no muerta. Está muerta para el mundo...; está muerta para mí. Pero
para ti no está muerta.
–¿Vuelves
a lo de nuestras distintas versiones de su aparición aquella noche?
–No
–respondí–, no vuelvo a nada. No me hace falta. Me basta y me sobra con lo que
tengo delante.
–¿Y qué
es, hija mía?
–Que
estás completamente cambiado.
–¿Por
aquel absurdo? –rió.
–No tanto
por aquél como por otros absurdos que le han seguido.
–¿Que son
cuáles?
Estábamos
encarados francamente, y a ninguno le temblaba la mirada; pero en la de él
había una luz débil y extraña, y mi certidumbre triunfaba en su perceptible
palidez.
–¿De
veras pretendes –pregunté– no saber cuáles son?
–¡Querida
mía –me repuso–, me has hecho un esbozo demasiado vago!
Reflexioné
un momento.
–¡Puede
ser un tanto incómodo acabar el cuadro! Pero visto desde esa óptica –y desde el
primer momento–, ¿ha habido alguna vez algo más incómodo que tu idiosincrasia?
Él se
acogió a la vaguedad –cosa que siempre hacía muy bien.
–¿Mi
idiosincrasia?
–Tu
notoria, tu peculiar facultad.
Se
encogió de hombros con un gesto poderoso de impaciencia, un gemido de desprecio
exagerado.
–¡Ah, mi
peculiar facultad!
–Tu
accesibilidad a formas de vida –proseguí fríamente–, tu señorío de impresiones,
apariciones, contactos, que a los demás –para nuestro bien o para nuestro mal–
nos están vedados. Al principio formaba parte del profundo interés que
despertaste en mí..., fue una de las razones de que me divirtiera, de que
positivamente me enorgulleciera conocerte. Era una distinción extraordinaria;
sigue siendo una distinción extraordinaria. Pero ni que decir tiene que en
aquel entonces yo no tenía ni la menor idea de cómo aquello iba a actuar ahora;
y aun en ese supuesto, no la habría tenido de cómo iba a afectarme su acción.
–Pero
vamos a ver –inquirió suplicante–, ¿de qué estás hablando en esos términos
fantásticos? –Luego, como yo guardara silencio, buscando el tono para responder
a mi acusación–. ¿Cómo diantres actúa? –continuó–, ¿y cómo te afecta?
–Cinco
años te estuvo echando en falta –dije–, pero ahora ya no tiene que echarte en
falta nunca. ¡Estáis recuperando el tiempo!
–¿Cómo
que estamos recuperando el tiempo? –había empezado a pasar del blanco al rojo.
–¡La
ves..., la ves; la ves todas las noches! –él soltó una carcajada de burla, pero
me sonó a falsa–. Viene a ti como vino aquella noche –declaré–; ¡hizo la prueba
y descubrió que le gustaba!
Pude, con
la ayuda de Dios, hablar sin pasión ciega ni violencia vulgar; pero ésas fueron
las palabras exactas –y que entonces no me parecieron nada vagas– que
pronuncié. Él había mirado hacia otro lado riéndose, acogiendo con palmadas mi
insensatez, pero al momento volvió a darme la cara con un cambio de expresión
que me impresionó.
–¿Te
atreves a negar –pregunté entonces– que la ves habitualmente?
Él había
optado por la vía de la condescendencia, de entrar en el juego y seguirme la
corriente amablemente. Pero el hecho es que, para mi asombro, dijo de pronto:
–Bueno,
querida, ¿y si la veo qué?
–Que
estás en tu derecho natural: concuerda con tu constitución y con tu suerte
prodigiosa, aunque quizá no del todo envidiable. Pero, como comprenderás, eso
nos separa. Te libero sin condiciones.
–¿Qué
dices?
–Que
tienes que elegir entre ella o yo.
Me miró
duramente.
–Ya –y se
alejó unos pasos, como dándose cuenta de lo que yo había dicho y pensando qué
tratamiento darle. Por fin se volvió nuevamente hacia mí–. ¿Y tú cómo sabes una
cosa así de íntima?
–¿Cuando
tú has puesto tanto empeño en ocultarla, quieres decir? Es muy íntima, sí, y
puedes creer que yo nunca te traicionaré. Has hecho todo lo posible, has hecho
tu papel, has seguido un comportamiento, ¡pobrecito mío!, leal y admirable. Por
eso yo te he observado en silencio, haciendo también mi papel; he tomado nota
de cada fallo de tu voz, de cada ausencia de tus ojos, de cada esfuerzo de tu
mano indiferente: he esperado hasta estar totalmente segura y absolutamente
deshecha. ¿Cómo quieres ocultarlo, si estás desesperadamente enamorado de ella,
si estás casi mortalmence enfermo de la felicidad que te da? –atajé su rápida
protesta con un ademán más rápido–. ¡La amas como nunca has amado, y pasión por
pasión, ella te corresponde! ¡Te gobierna, te domina, te posee entero! Una
mujer, en un caso como el mío, adivina y siente y ve; no es un ser obtuso al
que haya que ir con «informes fidedignos». Tú vienes a mí mecánicamente, con
remordimientos, con los sobrantes de tu ternura y lo que queda de tu vida. Yo
puedo renunciar a ti, pero no puedo compartirte: ¡lo mejor de ti es suyo, yo sé
que lo es y libremente te cedo a ella para siempre!
Él luchó
con bravura, pero no había arreglo posible; reiteró su negación, se retractó de
lo que había reconocido, ridiculizó mi acusación, cuya extravagancia
indefensible, además, le concedí sin reparo. Ni por un instante sostenía yo que
estuviéramos hablando de cosas corrientes; ni por un instante sostenía que él y
ella fueran personas corrientes. De haberlo sido, ¿qué interés habrían tenido
para mí? Habían gozado de una rara extensión del ser y me habían alzado a mí en
su vuelo; sólo que yo no podía respirar aquel aire y enseguida había pedido que
me bajaran. Todo en aquellos hechos era monstruoso, y más que nada lo era mi
percepción lúcida de los mismos; lo único aliado a la naturaleza y la verdad
era el que yo tuviera que actuar sobre la base de esa percepción. Sentí,
después de hablar en ese sentido, que mi certeza era completa; no le había
faltado más que ver el efecto que mis palabras le producían. Él disimuló, de
hecho, ese efecto tras una cortina de burla, maniobra de diversión que le
sirvió para ganar tiempo y cubrirse la retirada. Impugnó mi sinceridad, mi
salud mental, mi humanidad casi, y con eso, como no podía por menos, ensanchó
la brecha que nos separaba y confirmó nuestra ruptura. Lo hizo todo, en fin,
menos convencerme de que yo estuviera en un error o de que él fuera desdichado:
nos separamos, y yo le dejé a su comunión inconcebible.
No se
casó, ni yo tampoco. Cuando seis años más tarde, en soledad y silencio, supe de
su muerte, la acogí como una contribución directa a mi teoría. Fue repentina,
no llegó a explicarse del todo, estuvo rodeada de unas circunstancias en las
que –porque las desmenucé, ¡ya lo creo!– yo leí claramente una intención, la
marca de su propia mano escondida. Fue el resultado de una larga necesidad, de
un deseo inapagable. Para decirlo en términos exactos, fue la respuesta a una
llamada irresistible.
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Henry
James (1843-1916)

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