© Libro N° 12013.
Los Amados Muertos. Lovecraft,
H.P. Y Eddy, Jr. C.M. Emancipación. Diciembre 23 de 2023
Título original: ©
The Loved Dead; H.P. Lovecraft Y C.M. Eddy, Jr.
Versión Original: © Los Amados Muertos. H.P. Lovecraft Y C.M.
Eddy, Jr.
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
H.P. Lovecraft
Y C.M. Eddy, Jr.
Los
Amados Muertos
H.P.
Lovecraft Y C.M. Eddy, Jr.
Es media
noche. Antes del alba darán conmigo y me encerrarán en una celda negra, donde
languideceré interminablemente, mientras insaciables deseos roen mis entrañas y
consumen mi corazón, hasta ser al fin uno con los muertos que amo.
Mi
asiento es la fétida fosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el envés de una
lápida caída y desgastada por los siglos implacables; mi única luz es la de las
estrellas y la de una angosta media luna, aunque puedo ver tan claramente como
si fuera mediodía. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas guardando
descuidadas tumbas, las inclinadas y decrépitas lápidas yacen medio ocultas por
masas de nauseabunda maleza en descomposición. Y sobre todo, perfilándose
contra el enfurecido cielo, un solemne monumento alza su austero capitel
ahusado, semejando el espectral caudillo de una horda fantasmal. El aire está
enrarecido por el nocivo olor de los hongos y el hedor de la húmeda tierra
mohosa, pero para mí es el aroma del Elíseo. Todo es quietud -terrorífica quietud-,
con un silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo espantoso.
De haber
podido elegir mi morada, lo hubiera hecho en alguna ciudad de carne en
descomposición y huesos que se deshacen, pues su proximidad brinda a mi alma
escalofríos de éxtasis, acelerando la estancada sangre en mis venas y forzando
a latir mi lánguido corazón con júbilo delirante. ¡Porque la presencia de la
muerte es vida para mí!
Mi
temprana infancia fue de una larga, prosaica y monótona apatía. Sumamente
ascético, descolorido, pálido, enclenque y sujeto a prolongados raptos de
mórbido ensimismamiento, fui relegado por los muchachos saludables y normales
de mi propia edad. Me tildaban de aguafiestas porque no me interesaban los
rudos juegos infantiles que ellos practicaban, o porque no poseía el suficiente
vigor para participar en ellos, de haberlo deseado.
Como
todas las poblaciones rurales, Fenham tenía su cupo de chismosos de lengua
venenosa. Sus imaginaciones maldicientes achacaban mi temperamento letárgico a
alguna anormalidad aborrecible; me comparaban con mis padres agitando la cabeza
con ominosa duda en vista de la gran diferencia. Algunos de los más
supersticiosos me señalaban abiertamente como un niño cambiado por otro,
mientras que otros, que sabían algo sobre mis antepasados, llamaban la atención
sobre rumores difusos y misteriosos acerca de un tío tatarabuelo que había sido
quemado en la hoguera por nigromante.
De haber
vivido en una ciudad más grande, con mayores oportunidades para encontrar
amistades, quizás hubiera superado esta temprana tendencia al aislamiento.
Cuando
llegué a la adolescencia, me torné aún más sombrío, morboso y apático. Mi vida
carecía de alicientes. Me parecía ser preso de algo que ofuscaba mis sentidos,
trababa mi desarrollo, entorpecía mis actividades y me sumía en una
inexplicable insatisfacción. Tenía dieciséis años cuando acudí a mi primer
funeral. Un sepelio en Fenham era un suceso de primer orden social, ya que
nuestra ciudad era señalada por la longevidad de sus habitantes. Cuando,
además, el funeral era el de un personaje tan conocido como mi abuelo, podía
asegurarse que el pueblo entero acudiría en masa para rendir el debido homenaje
a su memoria. Pero yo no contemplaba la próxima ceremonia con interés ni
siquiera latente.
Cualquier
asunto que tendiera a arrancarme de mi inercia habitual sólo representaba para
mí una promesa de inquietudes físicas y mentales. Cediendo ante las presiones
de mis padres, y tratando de hurtarme a sus cáusticas condenas sobre mi actitud
poco filial, convine en acompañarles. No hubo nada fuera de lo normal en el
funeral de mi abuelo salvo la voluminosa colección de ofrendas florales; pero
esto, recuerdo, fue mi iniciación en los solemnes ritos de tales ocasiones.
Algo en
la estancia oscurecida, el ovalado ataúd con sus sombrías colgaduras, los
apiñados montones de fragantes ramilletes, las demostraciones de dolor por
parte de los ciudadanos congregados, me arrancó de mi normal apatía y captó mi
atención. Saliendo de mi momentáneo ensueño merced a un codazo de mi madre, la
seguí por la estancia hasta el féretro donde yacía el cuerpo de mi abuelo.
Por
primera vez, estaba cara a cara con la Muerte. Observé el rostro sosegado y
surcado por infinidad de arrugas, y no vi nada que causara demasiado pesar. Al
contrario, me pareció que el abuelo estaba inmensamente contento, plácidamente
satisfecho.
Me sentí
sacudido por algún extraño y discordante sentido de regocijo. Tan suave, tan
furtivamente me envolvió que apenas puedo determinar su llegada. Mientras
rememoro lentamente ese instante portentoso, me parece que debe haberse
originado con mi primer vistazo a la escena del funeral, estrechando
silenciosamente su cerco con sutil insidia. Una funesta y maligna influencia
que parecía provenir del cadáver mismo me aferraba con magnética fascinación.
Mi mismo ser parecía cargado de electricidad estática y sentí mi cuerpo
tensarse involuntariamente. Mis ojos intentaban traspasar los párpados cerrados
del difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi corazón dio un
repentino salto de júbilo impío batiendo contra mis costillas con fuerza
demoníaca, como tratando de librarse de las acotadas paredes de mi caja
torácica.
Una
salvaje y desenfrenada sensualidad complaciente me envolvió. Una vez más, el
vigoroso codazo maternal me devolvió a la actividad. Había llegado con pies de
plomo hasta el ataúd tapizado de negro, me alejé de él con vitalidad recién
descubierta.
Acompañé
al cortejo hasta el cementerio con mi ser físico inundado de místicas
influencias vivificantes. Era como si hubiera bebido grandes sorbos de algún
exótico elixir, alguna abominable poción preparada con las blasfemas fórmulas
de los archivos de Belial.
La
población estaba tan volcada en la ceremonia que el radical cambio de mi
conducta pasó desapercibido para todos, excepto para mi padre y mi madre; pero
en la quincena siguiente, los chismosos locales encontraron nuevo material para
sus corrosivas lenguas en mi alterado comportamiento. Al final de la quincena,
no obstante, la potencia del estímulo comenzó a perder efectividad. En uno o
dos días había vuelto por completo a mi languidez anterior, aunque no era la
total y devoradora insipidez del pasado. Antes, había una total ausencia del
deseo de superar la inactividad; ahora, vagos e indefinidos desasosiegos me
turbaban.
Hacia
afuera, había vuelto a ser el de siempre, y los maldicientes buscaron algún
otro sujeto más propicio. Ellos, de haber siquiera soñado la verdadera causa de
mi reanimación, me hubieran rehuido como a un ser leproso y obsceno.
Yo, de
haber adivinado el execrable poder oculto tras mi corto periodo de alegría, me
habría aislado para siempre del resto del mundo, pasando mis restantes años en
penitente soledad.
Las
tragedias vienen a menudo de tres en tres, de ahí que, a pesar de la proverbial
longevidad de mis conciudadanos, los siguientes cinco años me trajeron la
muerte de mis padres. Mi madre fue la primera, en un accidente de la naturaleza
más inesperada, y tan genuino fue mi pesar que me sentí sinceramente
sorprendido de verlo burlado y contrarrestado por ese casi perdido sentimiento
de supremo y diabólico éxtasis. De nuevo mi corazón brincó salvajemente, otra
vez latió con velocidad galopante enviando la sangre caliente a recorrer mis
venas con meteórico fervor. Sacudí de mis hombros el fatigoso manto de
inacción, sólo para reemplazarlo por la carga, infinitamente más horrible, del
deseo repugnante y profano. Busqué la cámara mortuoria donde yacía el cuerpo de
mi madre, con el alma sedienta de ese diabólico néctar que parecía saturar el
aire de la estancia oscurecida.
Cada
inspiración me vivificaba, lanzándome a increíbles cotas de seráfica
satisfacción. Ahora sabía que era como el delirio provocado por las drogas y
que pronto pasaría, dejándome igualmente ávido de su poder maligno; pero no
podía controlar mis anhelos más de lo que podía deshacer los nudos gordianos
que ya enmarañaban la madeja de mi destino.
Demasiado
bien sabía que, a través de alguna extraña maldición satánica, la muerte era la
fuerza motora de mi vida, que había una singularidad en mi constitución que
sólo respondía a la espantosa presencia de algún cuerpo sin vida. Pocos días
más tarde, frenético por la bestial intoxicación de la que la totalidad de mi
existencia dependía, me entrevisté con el único enterrador de Fenham y le pedí
que me admitiera como aprendiz.
El golpe
causado por la muerte de mi madre había afectado visiblemente a mi padre. Creo
que de haber sacado a relucir una idea tan trasnochada como la de mi empleo en
otra ocasión, la hubiera rechazado enérgicamente. En cambio, agitó la cabeza,
tras un momento de sobria reflexión. ¡Qué lejos estaba de imaginar que sería el
objeto de mi primera lección práctica!.
También
él murió bruscamente, por culpa de alguna afección cardíaca insospechada hasta
el momento. Mi octogenario patrón trató por todos los medios de disuadirme de
realizar la inconcebible tarea de embalsamar su cuerpo, sin detectar el fulgor
entusiasta de mis ojos cuando finalmente logré que aceptara mi condenable punto
de vista. No creo ser capaz de expresar los reprensibles, los desquiciados
pensamientos que barrieron en tumultuosas olas de pasión mi desbocado corazón
mientras trabajaba sobre aquel cuerpo sin vida.
Amor sin
par era la nota clave de esos conceptos, un amor más grande —por mucho— que el
que más hubiera sentido hacia él cuando estaba vivo.
Mi padre
no era un hombre rico, pero había poseído bastantes bienes mundanos como para
ser lo suficientemente independiente. Como su único heredero, me encontré en
una especie de paradójica situación. Mi temprana juventud había sido un fracaso
total en cuanto a prepararme para el contacto con el mundo moderno; pero la
sencilla vida de Fenham, con su cómodo aislamiento, había perdido sabor para
mí. Por otra parte, la longevidad de sus habitantes anulaba el único motivo que
me había hecho buscar empleo.
La venta
de los bienes me proveyó de un medio fácil de asegurarme la salida y me
trasladé a Bayboro, una ciudad a unos 50 kilómetros. Aquí, mi año de
aprendizaje me resultó sumamente útil. No tuve problemas para lograr una buena
colocación como asistente de la Corporación Gresham, una empresa que mantenía
las mayores pompas fúnebres de la ciudad. Incluso logré que me permitieran
dormir en los establecimientos, porque ya la proximidad de la muerte estaba
convirtiéndose en una obsesión.
Me
apliqué a mi tarea con celo inusitado. Nada era demasiado horripilante para mi
impía sensibilidad, y pronto me convertí en un maestro en mi oficio electo.
Cada
cadáver nuevo traído al establecimiento significaba una promesa cumplida de
impío regocijo, de irreverentes gratificaciones, una vuelta al arrebatador
tumulto de las arterias que transformaba mi hosco trabajo en devota dedicación,
aunque cada satisfacción carnal tiene su precio. Llegué a odiar los días que no
traían muertos en los que regocijarme, y rogaba a todos los dioses obscenos de
los abismos inferiores para que dieran rápida y segura muerte a los residentes
de la ciudad.
Llegaron
entonces las noches en que una sigilosa figura se deslizaba subrepticiamente
por las tenebrosas calles de los suburbios; noches negras como boca de lobo,
cuando la luna de la medianoche se oculta tras pesadas nubes bajas. Era una
furtiva figura que se camuflaba con los árboles y lanzaba esquivas miradas
sobre su espalda; una silueta empeñada en alguna misión maligna.
Tras una
de esas noches de merodeo, los periódicos matutinos pudieron vocear a su
clientela ávida de sensación los detalles de un crimen de pesadilla; columna
tras columna de ansioso morbo sobre abominables atrocidades; párrafo tras
párrafo de soluciones imposibles, y sospechas contrapuestas y extravagantes.
Con todo,
yo sentía una suprema sensación de seguridad, pues ¿quién, por un momento,
recelaría que un empleado de pompas fúnebres —donde la muerte presumiblemente
ocupa los asuntos cotidianos— abandonaría sus indescriptibles deberes para
arrancar a sangre fría la vida de sus semejantes?
Planeaba
cada crimen con astucia demoníaca, variando el método de mis asesinatos para
que nadie los supusiera obra de un solo par de manos ensangrentadas. El
resultado de cada incursión nocturna era una extática hora de placer, pura y
perniciosa; un placer siempre aumentado por la posibilidad de que su deliciosa
fuente fuera más tarde asignada a mis deleitados cuidados en el curso de mi
actividad habitual. De cuando en cuando, ese doble y postrer placer tenía
lugar, ¡oh, recuerdo escaso y delicioso!
Durante
las largas noches en que buscaba el refugio de mi santuario, era incitado por
aquel silencio de mausoleo a idear nuevas e indecibles formas de prodigar mis
afectos a los amados muertos, los muertos que me daban vida.
Una
mañana, el señor Gresham acudió mucho más temprano de lo habitual. Llegó para
encontrarme tendido sobre una fría losa, hundido en un sueño monstruoso, con
los brazos alrededor del cuerpo rígido, tieso y desnudo de un fétido cadáver.
Con los ojos llenos de una mezcla de repugnancia y compasión, me arrancó de mis
salaces sueños.
Educada
pero firmemente, me indicó que debía irme, que mis nervios estaban alterados,
que necesitaba un largo descanso de las repelentes tareas que mi oficio exige,
que mi impresionable juventud estaba demasiado profundamente afectada por la
funesta atmósfera del lugar. ¡Cuán poco sabía de los demoníacos deseos que
espoleaban mi detestable anormalidad! Fui suficientemente juicioso como para
ver que el responder sólo lo reafirmaría en su creencia de mi potencial locura.
Resultaba mucho mejor marcharse que invitarlo a descubrir los motivos ocultos
tras mis actos.
Tras eso,
no me atreví a permanecer mucho tiempo en un lugar por miedo a que algún acto
abierto descubriera mi secreto a un mundo hostil. Vagué de ciudad en ciudad, de
pueblo en pueblo. Trabajé en depósitos de cadáveres, rondé cementerios, hasta
un crematorio: cualquier sitio que me brindara la oportunidad de estar cerca de
la muerte que tanto anhelaba.
Entonces
llegó la Guerra Mundial. Fui uno de los primeros en alistarme y uno de los
últimos en volver, cuatro años de infernal osario ensangrentado, nauseabundo
légamo de trincheras anegadas de lluvia, mortales explosiones de histéricas
granadas, el monótono silbido de balas sardónicas, humeantes frenesíes de las
fuentes del Flegeton, letales humaredas de gases venenosos, grotescos restos de
cuerpos aplastados y destrozados.
Cuatro
años de trascendente satisfacción.
Pero en
cada vagabundo hay una latente necesidad de volver a los lugares de su
infancia. Unos pocos meses más tarde, me encontré recorriendo los familiares y
apartados caminos de Fenham. Deshabitadas y ruinosas granjas se alineaban junto
a las cunetas, mientras que los años habían deparado un retroceso igual en la
propia ciudad. Apenas había un puñado de casas ocupadas, aunque entre ellas
estaba la que una vez yo considerara mi hogar.
El
sendero descuidado e invadido por malas hierbas, las persianas rotas, los
incultos terrenos de detrás, todo era una muda confirmación de las historias
que había obtenido con ciertas indagaciones: que ahora cobijaba a un borracho
disoluto que arrastraba una mísera existencia con las faenas que le
encomendaban algunos vecinos, por simpatía hacia la maltratada esposa y el mal
nutrido hijo que compartían su suerte. Con todo esto, el encanto que envolvía
los ambientes de mi juventud había desaparecido totalmente; así, acuciado por
algún temerario impulso errante, volví mis pasos a Bayboro.
Aquí,
también los años habían traído cambios, aunque en sentido inverso. La pequeña
ciudad de mis recuerdos casi había duplicado su tamaño a pesar de su
despoblamiento en tiempo de guerra. Instintivamente busqué mi primitivo lugar
de trabajo, descubriendo que aún existía, pero con nombre desconocido, ya que
la epidemia de gripe había hecho presa del señor Gresham, mientras que los
muchachos estaban en ultramar.
Alguna
fatídica disposición me hizo pedir trabajo. Comenté mi aprendizaje bajo el
señor Gresham con cierto recelo, pero se había llevado a la tumba el secreto de
mi poco ética conducta. Una oportuna vacante me aseguró el puesto.
Entonces
volvieron erráticos recuerdos sobre noches escarlatas de impíos peregrinajes y
un incontrolable deseo de reanudar aquellos ilícitos placeres. Hice a un lado
la precaución, lanzándome a otra serie de condenables desmanes. Una vez más, la
prensa amarilla dio la bienvenida a los diabólicos detalles de mis crímenes,
comparándolos con las rojas semanas de horror que habían pasmado a la ciudad
años atrás. Una vez más la policía lanzó sus redes, sacando entre sus
enmarañados pliegues.
Mi sed
del nocivo néctar de la muerte creció hasta ser un fuego devastador, y comencé
a acortar los períodos entre mis odiosas explosiones. Comprendí que pisaba
suelo resbaladizo, pero el demoníaco deseo me aferraba con tentáculos y me
obligaba a proseguir.
Durante
todo este tiempo, mi mente estaba volviéndose progresivamente insensible a
cualquier otra influencia que no fuera la satisfacción de mis enloquecidos
anhelos. Dejé deslizar, en alguna de esas maléficas escapadas, pequeños
detalles de vital importancia para identificarme. De cierta forma, en algún
lugar, dejé una pequeña pista, un rastro fugitivo, detrás, no lo bastante como
para ordenar mi arresto, pero sí lo suficiente como para volver la marea de
sospechas en mi dirección. Sentía el espionaje, pero aun así era incapaz de
contener la imperiosa demanda de más muerte para acelerar mi enervado espíritu.
Enseguida
llegó la noche en que el estridente silbato de la policía me arrancó de mi
demoníaco solaz sobre el cuerpo de mi postrer víctima, con una ensangrentada
navaja todavía firmemente asida. Con un ágil movimiento, cerré la hoja y la
guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Las porras de la policía abrieron grandes
brechas en la puerta. Rompí la ventana con una silla, agradeciendo al destino
haber elegido uno de los distritos más pobres como morada. Me descolgué hasta
un callejón mientras las figuras vestidas de azul irrumpían por la destrozada
puerta. Huí saltando inseguras vallas, a través de mugrientos patios traseros,
cruzando míseras casas destartaladas, por estrechas calles mal iluminadas.
Inmediatamente,
pensé en los boscosos pantanos que se alzaban más allá de la ciudad,
extendiéndose unos 60 kilómetros hasta alcanzar loa arrabales de Fenham. Si
podía llegar a esa meta, estaría temporalmente a salvo. Antes del alba me había
lanzado de cabeza por el ansiado despoblado, tropezando con los podridos
troncos de árboles moribundos cuyas ramas desnudas se extendían como brazos
grotescos tratando de estorbarme con su burlón abrazo.
Los
diablos de las funestas deidades a quienes había ofrecido mis idólatras
plegarias debían haber guiado mis pasos hacia aquella amenazadora ciénaga.
Una
semana más tarde, macilento, empapado y demacrado, rondaba por los bosques a
kilómetro y medio de Fenham. Había eludido por fin a mis perseguidores, pero no
osaba mostrarme, a sabiendas de que la alarma debía haber sido radiada. Tenía
remota la esperanza de haberlos hecho perder el rastro. Tras la primera y
frenética noche, no había oído sonido de voces extrañas ni los crujidos de
pesados cuerpos entre la maleza. Quizás habían decidido que mi cuerpo yacía
oculto en alguna charca o se había desvanecido para siempre entre los tenaces
cenagales.
El hambre
roía mis tripas con agudas punzadas, y la sed había dejado mi garganta agotada
y reseca. Pero, con mucho, lo peor era el insoportable hambre de mi famélico
espíritu, hambre del estímulo que sólo encontraba en la proximidad de los
muertos. Las ventanas de mi nariz temblaban con dulces recuerdos. No podía
engañarme demasiado con el pensamiento de que tal deseo era un simple capricho
de la imaginación. Sabía que era parte integral de la vida misma, que sin ella
me apagaría como una lámpara vacía. Reuní todas mis restantes energías para
aplicarme en la tarea de satisfacer mi inicuo apetito. A pesar del peligro que
implicaban mis movimientos, me adelanté a explorar contorneando las protectoras
sombras como un fantasma obsceno. Una vez más sentí la extraña sensación de ser
guiado por algún invisible acólito de Satanás.
Y aun mi
alma endurecida por el pecado se agitó durante un instante al encontrarme ante
mi domicilio natal, el lugar de mi retiro de juventud.
Luego,
esos inquietantes recuerdos pasaron. En su lugar llegó el ávido y abrumador
deseo.
Tras las
podridas cercas de esa vieja casa aguardaba mi presa. Un momento más tarde
había alzado una de las destrozadas ventanas y me había deslizado por el
alféizar. Escuché durante un instante, con los sentidos alerta y los músculos
listos para la acción. El silencio me recibió. Con pasos felinos recorrí las
familiares estancias, hasta que unos ronquidos estentóreos me indicaron el
lugar donde encontraría remedio a mis sufrimientos. Me permití un vistazo de
éxtasis anticipado mientras franqueaba la puerta de la alcoba. Como una
pantera, me acerqué a la tendida forma sumida en el estupor de la embriaguez.
La mujer
y el niño —¿dónde estarían?—; bueno, podían esperar. Mis engarfiados dedos se
deslizaron hacia su garganta.
Horas más
tarde volvía a ser el fugitivo, pero una renovada fortaleza robada era mía.
Tres silenciosos cuerpos dormían para no despertar. No fue hasta que la
brillante luz del día invadió mi escondrijo que visualicé las inevitables
consecuencias de la temeraria obtención de alivio. En ese tiempo los cuerpos
debían haber sido descubiertos. Aun el más obtuso de los policías rurales
seguramente relacionaría la tragedia con mi huida de la ciudad vecina. Además,
por primera vez había sido lo bastante descuidado como para dejar alguna prueba
tangible de identidad, las huellas dactilares en las gargantas de mis recientes
víctimas. Durante todo el día temblé preso de aprensión nerviosa. El simple
chasquido de una rama seca bajo mis pies conjuraba inquietantes imágenes
mentales. Esa noche, al amparo de la oscuridad protectora, bordeé Fenham y me
interné en los bosques de más allá. Antes del alba tuve el primer indicio
definido de la renovada persecución: el distante ladrido de los sabuesos.
Me
apresuré a través de la larga noche, pero durante la mañana pude sentir cómo mi
artificial fortaleza menguaba. El mediodía trajo, una vez más, la persistente
llamada de la perturbadora maldición y supe que me derrumbaría de no volver a
experimentar la exótica intoxicación que sólo llegaba en la proximidad de mis
adorados muertos. Había viajado en un amplio semicírculo. Si me esforzaba en
línea recta, la medianoche me encontraría en el cementerio donde había
enterrado a mis padres años atrás. Mi única esperanza, lo sabía, residía en
alcanzar esta meta antes de ser capturado. Con un silencioso ruego a los
demonios que dominaban mi destino, me volví encaminando mis pasos en la
dirección de mi último baluarte.
¡Dios!
¿Pueden haber pasado escasas doce horas desde que partí hacia mi espectral
santuario? He vivido una eternidad en cada pesada hora. Pero he alcanzado una
espléndida recompensa ¡El nocivo aroma de este descuidado paraje es como
incienso para mi doliente alma!
Los
primeros reflejos del alba clarean en el horizonte. ¡Vienen! ¡Mis agudos oídos
captan el todavía lejano aullido de los perros! Es cuestión de minutos para que
me encuentren y me aparten para siempre del resto del mundo, ¡para perder mis
días en anhelos desesperados, hasta que al final sea uno con los amados
muertos!
¡No me
atraparán! ¡Hay una puerta de escape abierta! Una elección de cobarde, quizás,
pero mejor —mucho mejor— que los interminables meses de indescriptible miseria.
Dejaré esta relación tras de mí para que algún alma pueda quizás entender por
qué hice lo que hice.
¡La
navaja de afeitar!
Aguardaba
olvidada en mi bolsillo desde mi huida de Bayboro. Su hoja ensangrentada reluce
extrañamente en la menguante luz de la angosta luna. Un rápido tajo en mi
muñeca izquierda y la liberación está asegurada: cálida, la sangre fresca traza
grotescos dibujos sobre las carcomidas y decrépitas lápidas; hordas fantasmales
se apiñan sobre las tumbas en descomposición, dedos espectrales me llaman por
señas, etéreos fragmentos de melodías no escritas, distantes estrellas danzan
en demoníaco acompañamiento, un millar de diminutos martillos baten espantosas
disonancias sobre yunques en el interior de mi caótico cerebro, fantasmas
grises de asesinados espíritus desfilan ante mí en silenciosa burla,
abrasadoras lenguas de invisible llama estampan la marca del infierno en mi
alma enferma...
No
puedo... escribir... más...
__________________________
H.P.
Lovecraft (1890-1937)
C. M.
Eddy, Jr (1896-1967)

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