© Libro N° 12012.
Los Agujeros De La Máscara. Lorrain,
Jean. Emancipación. Diciembre 23 de 2023
Título original: ©
Les Trous Du Masque; Jean Lorrain (1855-1906)
Versión Original: © Los Agujeros De La Máscara. Jean Lorrain
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Jean Lorrain
Los
Agujeros De La Máscara
Jean
Lorrain
El
encanto del horror sólo tienta a los fuertes (A Marcel Schwob)
—Quiere
verlo —me había dicho mi camarada De Jacquels—, bien, consiga un dominó y un
antifaz, un dominó elegante, de satén negro, póngase unos escarpines, y, por
esta vez, medias de seda negra también, y aguárdeme en su casa el martes hacia
las diez y media; iré a buscarle.
El martes
siguiente, envuelto en los susurrantes pliegues de una larga esclavina, con una
máscara de terciopelo, barba de satén atada detrás de las orejas, esperaba a mi
amigo De Jacquels en mi piso de la calle Taitbout, calentando mis pies
irritados por el contacto de la seda, en las brasas del hogar; fuera: bocinas,
gritos espantosos de una noche de carnaval.
Resultaba
curioso, e incluso inquietante, aquella solitaria velada de un enmascarado
sentado en un sillón, en la penumbra de un piso atiborrado de objetos, aislado
por los tapices, con la llama de una lámpara de petróleo y el vacilar de dos
velas blancas, esbeltas, funerarias, reflejadas en los espejos que pendían del
muro. ¡Y De Jacquels no llegaba! Los gritos de las máscaras estallando a lo
lejos empeoraban la hostilidad del silencio; las dos velas ardían tan rectas
que, impaciente y turbado, me levanté para apagar una.
En ese
momento se abrió una cortinas y entró De Jacquels.
¿De
Jacquels?
No había
oído golpear la puerta, tampoco abrir. ¿Cómo había entrado? He pensado a menudo
en ello, luego; De Jacquels estaba allí. ¿De Jacquels? Es decir un largo
dominó, una forma grande, sombría, enmascarada, como yo:
—¿Está
listo? —preguntaba su voz, que no reconocí— Mi coche está aquí, nos vamos.
Su coche,
no lo había escuchado rodar ni detenerse ante mis ventanas. ¿A qué pesadilla,
sombra y misterio había empezado a descender?
—Es su
capucha la que tapa sus oídos; no está habituado a la máscara —pensaba en voz
alta De Jacquels, que había penetrado mi silencio.
Tenía
pues, aquella noche, el poder de adivinar, y levantando mi dominó se aseguraba
de la finura de mis medias de seda y de mi ligero calzado. Aquel gesto me
tranquilizó, era De Jacquels y no otro quien hablaba. Cualquier otro no hubiese
seguido la recomendación que De Jacquels me había hecho hacía una semana.
—Nos
vamos —ordenaba su voz, y, en un murmullo de seda y satén, nos hundimos en la
cochera, similares, creo, a dos enormes murciélagos, con el vuelo de nuestras
esclavinas, repentinamente levantadas por encima de los dominós.
¿De dónde
venía aquel viento, aquel soplo desconocido? ¡La temperatura de aquella noche
de carnaval era a la vez tan húmeda y blanda!
¿Hacia
dónde íbamos, hundidos en la sombra de un carro de caballos fantásticamente
silencioso, cuyas ruedas no levantaban más ruido que los cascos del caballo
sobre el pavimento? ¿Hacia dónde íbamos a lo largo de muelles desconocidos,
iluminados apenas por la luz borrosa de un farol? Ya habíamos perdido de vista
la mágica silueta de Nôtre Dame, perfilándose al otro lado del río en un cielo
de plomo. El Quai de Saint Michel, el Quai de la Tournelle, el Quai de Bercy
incluso, estábamos lejos de la Opera, de las calles Drouot, Le Peletier, y del
centro. Ni siquiera íbamos a Bullier, donde los vicios lamentables se dan cita
y, evadiéndose bajo la máscara se arremolinan casi demoníacos y cínicamente
confesados la noche de carnaval; y mi compañero callaba.
Al borde
de aquel Sena taciturno y pálido, bajo los puentes cada vez más escasos, a lo
largo de aquellos muelles planeados, de grandes árboles delgados, bajo el cielo
lívido, como los dedos de un muerto, me sobrecogía un miedo insensato, un miedo
agravado por el implacable silencio de De Jacquels; llegué a dudar de su
presencia y a creerme junto a un desconocido. La mano de mi compañero había
tomado la mía, y aunque blanda y sin fuerza, la tenía sujeta en un torno que me
trituraba los dedos. Aquella mano de poder, de voluntad, me clavaba las
palabras en la garganta, y sentía bajo su opresión fundirse y deshacerse en mí
toda veleidad de rebelión; rodábamos ahora fuera de las fortificaciones y por
grandes caminos bordeadas de hayas y de lúgubres tenderetes de vendedores de
vino, merenderos de las afueras cerrados hacía tiempo; desfilábamos bajo la
luna, que por fin acababa de perfilar su masa flotante de nubes, y parecía
derramar sobre aquel paisaje una capa de sal; en ese instante me pareció que
los cascos de los caballos sonaban en el terraplén de la carretera, y que las
ruedas del coche, dejando de ser fantasmas, chirriaban en la grava y en los
guijarros del camino.
—Aquí es
—murmuraba mi compañero—, hemos llegado, podemos bajar.
—¿Dónde
estamos?
—En la
Barrera de Italia, fuera de las fortificaciones. Hemos seguido el camino largo,
pero el más seguro, volveremos por otro mañana por la mañana.
Los
caballos se detuvieron, y De Jacquels me soltaba para abrir la puerta y
tenderme la mano.
Una gran
sala, alta, de muros revocados con cal, contraventanas interiores cerradas, a
lo largo de toda la estancia, mesas con cubiletes de hojalata blanca sujetos
con cadenas. Al fondo, sobre una elevación de tres escalones, la barra de cinc,
atestada de licores y de botellas con etiquetas coloreadas; allí dentro silbaba
el gas alto y claro: la sala, en suma, si no más espaciosa y más limpia, de un
tabernero de las afueras con una buena clientela, cuyo negocio iba bien.
—Sobre
todo, ni una palabra. No hable, ni siquiera conteste. Verían que no somos de
los suyos, y podríamos pasar un mal rato. A mí, me conocen. —y De Jacquels me
empujaba hacia la sala.
Algunos
enmascarados bebían, dispersos. Al entrar, el dueño del local se levantaba, y,
pesadamente, arrastrando los pies, venía hacia nosotros, como para cerrarnos el
paso; sin una palabra, De Jacquels levantaba el bajo de nuestros dominós y le
mostraba nuestros pies calzados con finos escarpines: era sin duda el ¡Ábrete,
Sésamo! de aquel extraño establecimiento. El patrón se volvía hacia la barra y
noté, cosa curiosa, de que él también llevaba una máscara, pero de un tosco
cartón, burlescamente pintado, imitando un rostro humano.
Los dos
camareros, dos colosos con las mangas arremangadas, deambulaban en silencio,
invisibles, ellos también, bajo la misma espantosa máscara. Los escasos
disfrazados que bebían sentados en las mesas llevaban máscaras de terciopelo y
de satén. Salvo un enorme coracero de uniforme, una especie de truco de
mandíbula pesada y bigote rojizo, sentado junto a dos elegantes dominós de seda
malva y que bebía con el rostro descubierto, los ojos azules, vagos, ninguno de
los seres que allí se encontraban tenía rostro humano. En un rincón, dos
figuras con blusas y gorras de terciopelo, enmascaradas de satén negro,
resultaban intrigantes por su sospechosa elegancia, pues su blusa era de seda
azul pálido, y del bajo de sus pantalones demasiado nuevos asomaban finos pies
de mujer enguantados de seda y calzados con escarpines; y, como hipnotizado,
contemplaría aún aquel espectáculo si De Jacquels no me hubiera arrastrado al
fondo de la sala hacia una puerta de cristal, cerrada por una roja cortina.
Entrada al baile estaba escrito sobre la puerta con letra de aprendiz de
pintura; un guardia municipal junto a ella. Era, al menos, una garantía; pero,
al pasar y chocar con su mano me di cuenta de que era de cera, de cera como su
cara rosa erizada de bigotes postizos, y tuve la horrible certeza de que el
único ser cuya presencia me habría tranquilizado en aquel lugar de misterio era
un simple maniquí.
Cuántas
horas hacía que erraba solo en medio de máscaras silenciosas, en aquel sitio
abovedado como una iglesia, y era una iglesia, en efecto; una iglesia
abandonada y secularizada, de amplia sala de ventanas ojivales, la mayoría
medio tapiadas, entre sus columnas adornadas y encaladas con una espesa capa
amarillenta donde se hundían las flores esculpidas de los capiteles.
¡Extraño
baile en el que no se bailaba y en el que no había orquesta! De Jacquels había
desaparecido, y estaba solo, abandonado en medio de la muchedumbre desconocida.
Una vieja araña de hierro llameaba alta, suspendida en la bóveda, iluminando
las losas polvorientas, algunas de las cuales, ennegrecidas por las
inscripciones, cubrían quizá tumbas; al fondo, en el lugar donde ciertamente
debía reinar el altar, se encontraban a media altura en el muro pesebres y
comederos, y en los rincones había arreos y ronzales olvidados: el salón de
baile era una cuadra. Aquí y allá grandes espejos enmarcados con papel dorado
se devolvían de uno a otro el silencioso paseo de las máscaras, es decir, ya no
se lo devolvían, pues todos se habían sentado ahora alineados, inmóviles, a
ambos lados de la vieja iglesia, sepultados hasta los hombros en las viejas
sillas del coro.
Permanecían
allí, mudos, como alejados en el misterio bajo largas cogullas de paño
plateado, de una plata mate, de reflejo muerto; pues ya no había ni dominós, ni
blusas de seda azul, ni Colombinas, ni Pierrots, ni disfraces grotescos; pero
todas aquellas máscaras eran semejantes, enfundadas en el mismo traje verde, de
un verde descolorido, como sulfatado de oro, con grandes mangas negras, y todas
encapuchadas de verde oscuro con los dos agujeros para los ojos de su cogulla
de plata en el vacío de la capucha. Se hubiera dicho rostros de leprosos de los
antiguos lazaretos; y sus manos enguantadas de negro erigían un largo tallo de
lis negro de pálidas hojas, y sus capuchas, como la de Dante, estaban coronadas
de flores de lis negras.
Y todas
aquellas cogullas callaban en una inmovilidad de espectros y, sobre sus
fúnebres coronas, la ojiva de las ventanas recortándose en claro sobre el cielo
blanco de luna, las cubría con una mitra transparente. Sentía mi razón hundirse
en el espanto. ¡Lo sobrenatural me envolvía! ¡La rigidez, el silencio de todos
aquellos seres con máscaras! ¿Qué eran? ¡Un instante más de incertidumbre y
sería la locura! No aguantaba más y, con la mano crispada de angustia,
avanzando hacia una de las máscaras, levanté bruscamente su cogulla.
¡Horror!
¡No había nada, nada! Mis ojos despavoridos sólo encontraban el hueco de la
capucha; el traje, la esclavina, estaban vacíos. Aquel ser que vivía sólo era
sombra y nada.
Loco de
terror, arranqué la cogulla del enmascarado sentado en la silla vecina: la
capucha de terciopelo verde estaba vacía, vacía la capucha de las otras
máscaras sentadas a lo largo del muro. Todos tenían rostros de sombra, todos
eran la nada.
Y el gas
llameaba más fuerte, casi silbando en la sala; a través de los cristales rotos
de las ojivas, el claro de luna deslumbraba, casi cegador; entonces, un horror
me sobrecogía en medio de todos aquellos seres huecos, de vana apariencia de
espectro, una horrible duda me oprimió el corazón ante todas aquellas máscaras
vacías. ¡Si yo también era semejante a ellos, si yo también había dejado de
existir y si bajo mi máscara no había nada, sólo la nada! Corrí ante uno de los
espejos. Un ser de sueño se erigía ante mí, encapuchado de verde oscuro,
coronado de flores de lis negras, enmascarado de plata. Y aquel enmascarado era
yo, pues reconocí mi gesto en la mano que levantaba la cogulla y, boquiabierto
de espanto, lanzaba un enorme grito, pues no había nada bajo la máscara de tela
plateada, nada bajo el óvalo de la capucha, sólo el hueco de tela redondeada
sobre el vacío: estaba muerto y yo...
—Y tú has
vuelto a beber éter —gruñía en mi oído la voz de De Jacquels—. ¡Curiosa idea
para distraer tu aburrimiento mientras me esperabas!
Me
encontraba tumbado en medio de mi habitación, el cuerpo en la alfombra, la
cabeza apoyada en el sillón, y De Jacquels, vestido de gala bajo una túnica de
monje daba órdenes a mi atolondrado sirviente, mientras las dos velas
encendidas, llegado su fin, hacían estallar sus arandelas y me despertaban...
¡Por fin!
_________________________
Jean
Lorrain (1855-1906)

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