© Libro N° 12011.
Lo Que Necesita. Kuttner,
Henry Y Moore, Catherine L. Emancipación. Diciembre 23 de 2023
Título original: ©
What You Need, Henry Kuttner (1915-1958) Y Catherine L. Moore
(1911-1987)
Versión Original: © Lo Que Necesita.
Henry Kuttner Y Catherine L. Moore
Circulación
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Henry Kuttner
Y Catherine L. Moore
Lo Que
Necesita
Henry
Kuttner
Y Catherine L. Moore
Eso decía
el letrero. Tim Carmichael, que trabajaba para un periódico comercial
especializado en economía y ganaba un magro salario vendiendo artículos
exagerados y falsos a diarios sensacionalistas, no detectaba ninguna historia
en las letras invertidas. Le pareció un truco publicitario barato, algo
infrecuente en Park Avenue, donde los frentes de las tiendas se distinguen por
su dignidad clásica. Y se irritó. Refunfuñó en silencio, siguió caminando, de
pronto se volvió y regresó. No tuvo fuerzas para resistir la tentación de
descifrar la frase, a pesar de que su fastidio aumentaba. Se detuvo ante el
escaparate, miró hacia arriba y masculló:
—Tenemos
lo que necesita. ¿De veras?
Era una
frase en letras prolijas y pequeñas sobre una cinta pintada de negro que se
extendía a través de un panel de vidrio angosto. Abajo había uno de esos
escaparates de vidrio curvo e invisible. A través del vidrio Carmichael pudo
ver una profusión de terciopelo blanco, con unos pocos objetos dispuestos
cuidadosamente. Un clavo oxidado, un zapato para nieve y una tiara de
diamantes. Parecía un decorado de Dalí para Cartier o Tiffany.
—¿Joyeros?
—preguntó Carmichael en silencio—. ¿Pero por qué lo que necesita?
Imaginó
millonarias angustiadas por falta de un collar de perlas adecuado, herederas
sollozando desconsoladamente por carecer de unos cuantos zafiros. El principio
de la venta de artículos de lujo era manejar hábilmente la oferta y la demanda;
poca gente necesitaba diamantes. Simplemente los querían y no podían
costeárselos.
—O quizá
vendan lámparas de Aladino —concluyó Carmichael—. O varitas mágicas. Pero es el
mismo principio de una feria de diversiones. Una trampa para incautos. Anuncia
Lo-que-Sea y la gente pagará para entrar. Por dos centavos.
Esa
mañana estaba deprimido y disgustado con el mundo en general. La perspectiva de
un chivo emisario era atractiva, y la credencial de periodista le daba ciertas
ventajas. Abrió la puerta y entró. Sí, era típicamente Park Avenue. No había
exhibidores ni mostradores. Bien podía tratarse de una galería de arte, pues
había una serie de óleos interesantes expuestos en las paredes. Carmichael tuvo
la sensación de encontrarse en medio de un lujo abrumador, con la lobreguez de
un palacio deshabitado.
Por unos
cortinados del fondo salió un hombre muy alto de pelo blanco cuidadosamente
peinado, cara rojiza y saludable y ojos azules y penetrantes. Tendría unos
sesenta años. Vestía ropa de tweed cara pero descuidada, lo cual de algún modo
contrastaba con el decorado.
—Buenos
días —dijo el hombre, echando una rápida ojeada a las ropas de Carmichael, y al
parecer se sorprendió levemente—. ¿En qué puedo servirle? ¿Puedo serle útil?
—Tal vez
—Carmichael se presentó y mostró su credencial.
—Oh. mi
nombre es Talley. Peter Talley.
—He visto
el letrero.
—¿Oh?
—Nuestro
diario siempre está a la pesca de posibles artículos. No había visto antes esta
tienda...
—Hace
años que estoy aquí —dijo Talley.
—¿Es una
galería de arte?
—Bien...
No.
La puerta
se abrió. Un hombre rubicundo entró y saludó cordialmente a Talley. Carmichael,
reconociendo al cliente, sintió que su opinión de la tienda mejoraba
rápidamente. El hombre rubicundo era un Nombre, todo un personaje.
—Tal vez
me apresuré, señor Talley —dijo—, pero estaba impaciente. ¿Ha tenido tiempo de
conseguir...lo que yo necesitaba?
—Oh, sí,
Lo tengo. Un momento —Talley atravesó los cortinados y regresó con un
envoltorio pequeño y prolijo que entregó al hombre rubicundo.
Este
último le entregó un cheque y se marchó. Carmichael tragó saliva cuando logró
atisbar la cantidad. El coche del hombre estaba frente a la puerta. Carmichael
se acercó para observar afuera. El hombre rubicundo parecía ansioso. El chofer
esperó con estolidez mientras el hombre abría el envoltorio con dedos
apresurados.
—No estoy
seguro de que me interese la publicidad, señor Carmichael —dijo Talley—:Tengo
una clientela selecta, cuidadosamente escogida...
—Quizá
nuestros boletines económicos semanales le interesen a usted.
Talley
trató de no reír.
—Oh, no
lo creo. Realmente no está en mi línea.
El hombre
rubicundo terminó de abrir el envoltorio y sacó un huevo. Por lo que Carmichael
podía ver desde la puerta, no era más que un huevo ordinario. Pero su poseedor
lo contemplaba casi con respeto, con tanta satisfacción como si la última
gallina de la Tierra hubiera muerto diez años atrás. Una especie de alivio
profundo afloró a la cara bronceada. Le dijo algo al chofer, y el coche arrancó
suavemente y desapareció.
—¿Tiene
algo que ver con granjas? —preguntó Carmichael a boca de jarro.
—No.
—¿Le
importaría decirme cuál es su especialidad?
—Más bien
temo decírselo —dijo Talley. Carmichael empezó a oler una historia.
—Desde
luego, podría averiguarlo a través de la Oficina de Negocios Exclusivos... No
podría.
—¿No?
Quizás a ellos les interese saber por qué un huevo vale cinco mil dólares para
un cliente.
—Mi
clientela es tan exigua —dijo Talley— que debo cobrar tarifas elevadas. Usted
sabrá que hubo un mandarín chino que pagaba miles de taels por huevos de
antigüedad incuestionable.
—Ese
fulano no era un mandarín chino —dijo Carmichael.
—Oh,
bien. Como le digo, no me interesa la publicidad.
—Yo creo
que sí. Estuve un tiempo en ese oficio. Escribir el letrero al revés tiene el
obvio propósito de atraer clientes.
—Entonces
es usted mal psicólogo —dijo Talley—. Simplemente puedo costearme los
caprichos. Durante cinco años miré ese escaparate todos los días y leía el
letrero al revés, desde dentro de la tienda. Me fastidiaba. Usted sabe que una
palabra empieza a parecerle rara si la mira detenidamente mucho tiempo.
Cualquier palabra. Se transforma en algo inhumano. Bueno, yo descubrí que ese
letrero me estaba poniendo neurótico. Al revés no tiene sentido, pero yo me
obstinaba en encontrarle alguno. Cuando empecé a repetir 'atisecen euq oí
somenet' y buscarle derivaciones filosóficas, llamé a un pintor de letreros.
Los interesados siguen viniendo.
—No
muchos —dijo taimadamente Carmichael—. Esto es Park Avenue. Y el decorado es
lujoso. Nadie con bajos ingresos, ni aun medianos, entraría aquí. Así que usted
posee una tienda exclusiva.
—Bien
—dijo Talley—. Así es.
—¿Y no me
dirá qué vende?
—Prefiero
no hacerlo.
—Tendré
que averiguarlo, entonces. Podría haber cosas ilegales.
—Muy
probable —concedió el señor Talley—. Compro joyas robadas, las oculto en huevos
y las vendo a mis clientes. O tal vez ese huevo estaba lleno de tarjetas
postales francesas microscópicas. Buenos días, señor Carmichael.
—Buenos
días —dijo Carmichael, y salió.
Se le
había hecho tarde para llegar a la oficina y sentía mucho fastidio. Había
jugado un rato al detective investigando el movimiento de la tienda de Talley,
y los resultados fueron más que satisfactorios...hasta cierto punto. Llegó a
saber todo, menos el porqué.
A la
tarde visitó nuevamente al señor Talley.
—Un
momento —dijo al ver la cara de poca amistad del propietario—. ¿Qué sabe usted?
Yo podría ser un cliente. Talley rió.
—Bien,
¿por qué no? —Carmichael frunció los labios—. ¿Sabe acaso el monto de mi cuenta
bancaria? ¿O quizá tiene una clientela restringida?
—No.
Pero...
—Estuve
investigando un poco —se apresuró a decir Carmichael—. Me he fijado en los
clientes suyos. En realidad los he seguido. Y he averiguado lo que compran.
Talley
cambió de expresión.
—¿De
veras?
—De
veras. Todos tienen prisa por abrir los envoltorios. Eso me hizo interesar de
un modo especial. Hice más averiguaciones. Algunos se me escaparon, pero...vi
lo suficiente como para aplicar un par de reglas lógicas, señor Talley. Veamos:
sus clientes no saben lo que compran. Es una especie de caja de sorpresas. Un
par de ellos se asombró bastante. El hombre que abrió el envoltorio y encontró
un viejo recorte periodístico, por ejemplo. ¿Y las gafas de sol? ¿Y el
revólver? Probablemente ilegal, de paso, sin licencia. Y el diamante. Debía de
ser artificial, por el tamaño.
—Aja
—dijo el señor Talley.
—No me
creo muy listo, pero tengo olfato para las cosas raras. Casi todos sus clientes
son personajes importantes, de un modo u otro. ¿Y por qué algunos de ellos no
le pagaron, como el primero, el que entró esta mañana, cuando yo estaba aquí?
—Me
manejo ante todo con créditos —dijo Talley—. Es una cuestión de ética
profesional, de responsabilidad. Verá usted, vendo mis...mercaderías...con
cierta garantía. Sólo se pagan si el producto es satisfactorio.
—Bien. Un
huevo. Gafas de sol. Un par de guantes de amianto, creo. Un recorte de diario.
Un revólver. Y un diamante. ¿Cómo lleva el inventario?
Talley no
dijo nada. Carmichael sonrió.
—Tiene
usted un mandadero —continuó—. Lo envía afuera y él vuelve con paquetes. Tal
vez va a un almacén de Madison y compra un huevo. O a una casa de empeños de la
Sexta y compra un revólver. O...en fin, le dije que averiguaría cuál es su
negocio.
—¿Y lo
averiguó? —preguntó Talley:
—Tenemos
lo que necesita —dijo Carmichael—. ¿Pero cómo lo sabe?
—Sus
conclusiones son apresuradas.
—Me duele
la cabeza (¡no llevaba gafas de sol!) y no creo en la magia. Escuche, señor
Talley. Estoy hasta la coronilla de las tiendas raras que venden cosas
insólitas. Sé demasiado sobre ellas... He escrito sobre ellas. Un fulano va por
la calle y ve una tienda curiosa y el propietario no le atiende porque sólo
trabaja con chiflados o bien le vende un hechizo ambiguo. ¡Bah...
—Nimh
—dijo Talley.
—Todo el
nimh que usted quiera. Pero no puede escapar a la lógica. O bien tiene aquí
algo provechoso y sensato, o bien es una de esas tiendas mágicas para embaucar
incautos, y no lo creo. Porque no es lógico.
—¿Por qué
no?
—Por
razones económicas —dijo Carmichael sin rodeos—. Aceptemos la idea de que usted
tenga poderes misteriosos. Digamos que fabrica artefactos telepáticos. Muy
bien. ¿Para qué diablos iba a instalar una tienda para vender los artefactos y
hacer dinero y ganarse la vida? Simplemente se colocaría uno, leería la mente
de un corredor de bolsa y compraría las acciones adecuadas. Esa es la falacia
intrínseca de esos negocios exóticos. Si tiene el dinero suficiente para
proveer, equipar y dirigir semejante tienda, ante todo no necesita dedicarse a
eso. ¿Para qué tantas vueltas?
Talley
calló. Carmichael sonrió astutamente.
—A menudo
me pregunto qué compran los vinateros que valga siquiera la mitad de lo que
venden —citó—. Bien, ¿qué compra usted? Sé lo que vende: huevos y gafas.
—Es usted
un hombre inquisitivo, señor Carmichael —murmuró Talley—. ¿Ha pensado que puede
estar metiendo las narices donde no debe?
—Tai vez
sea un cliente —insistió Carmichael—. ¿Qué le parece?
Los ojos
azules de Talley relampaguearon. Una luz nueva los iluminó. Talley frunció los
labios y arrugó el entrecejo.
—No lo
había pensado —admitió—. Es posible. Dadas las circunstancias. ¿Me perdona un
momento?
—Por
supuesto —dijo Carmichael—. Adelante.
Talley
atravesó los cortinados. Afuera el tráfico se deslizaba perezosamente por Park
Avenue. Mientras el sol se hundía más allá del Hudson, la calle yacía en una
penumbra azul que trepaba imperceptiblemente por las barricadas de los
edificios. Carmichael miró el letrero: TENEMOS LO QUE NECESITA, y sonrió. En
una trastienda, Talley aplicó el ojo a una placa binocular y movió una perilla
calibrada. Lo hizo varias veces. Luego, mordiéndose los labios, pues era un
hombre sensible, llamó al mandadero y le dio instrucciones. Después se reunió
nuevamente con Carmichael.
—Usted es
cliente, en efecto —dijo—. Bajo ciertas condiciones.
—¿Se
refiere a las condiciones de mi cuenta bancaria?
—No —dijo
Talley—. Le ofreceré tarifas reducidas; comprenda una cosa: tengo de veras lo
que usted necesita. Usted no sabe lo que necesita, pero yo sí sé, Y bien..., se
lo venderé por...digamos cinco dólares.
Carmichael
buscó la billetera. Talley le contuvo con un gesto.
—Págueme
después, si queda satisfecho. Y el dinero es sólo la parte nominal de la
tarifa. Hay otra parte. Si queda satisfecho, quiero que me prometa que no se
acercará otra vez a esta tienda y nunca se la mencionará a nadie.
—Entiendo
—dijo lentamente Carmichael; sus teorías habían cambiado ligeramente.
—No
tardará mucho... Ah, ahí está.
Un
timbrazo en la trastienda indicó el regreso del mandadero. Talley pidió excusas
y desapareció. Pronto volvió con un envoltorio muy prolijo que puso en las
manos de Carmichael.
—Llévelo
siempre con usted —dijo Talley—. Buenas tardes.
Carmichael
asintió. Guardó el paquete y salió. Llamó un taxi —pues se sentía con dinero— y
fue a un bar que conocía. Allí, en la penumbra de un rincón, abrió el paquete.
Un
soborno, dedujo. Talley le pagaba para que se calle la boca, fuera cual fuese
su negocio. Bien, vivir y dejar vivir. ¿Cuánto sería? ¿Diez mil? ¿Cincuenta
mil? ¿Será muy grande la organización? Abrió una caja de cartón oblonga.
Adentro, envueltas en papel de seda, había un par de tijeras, el filo protegido
por una funda de cartón plegado y engomado. Carmichael refunfuñó. Bebió el
whisky con soda y pidió otro, pero no llegó a probarlo. Miró la hora y pensó
que la tienda de Park Avenue habría cerrado y el señor Peter Talley se habría
ido.
—"...que
valga siquiera la mitad de lo que venden" —dijo Carmichael—. Tal vez son
las tijeras de Átropos. Bah —desenfundó las tijeras e hizo un par de cortes en
el aire.
No
ocurrió nada. Las mejillas levemente carmesíes, Carmichael envolvió de nuevo
las tijeras y se las guardó en el bolsillo del abrigo. ¡Lo habían engatusado!
Decidió
visitar al señor Peter Talley al día siguiente. Entretanto, ¿qué? Recordó que
había invitado a cenar a una chica de la oficina, se apresuró a pagar y salió.
Las calles ya estaban oscuras, y un viento frío soplaba hacia el sur desde el
Park. Carmichael se ciñó la bufanda alrededor del cuello y le hizo señas a un
taxi. Estaba bastante fastidiado. Media hora más tarde, un hombre delgado de
ojos tristes —Jerry Worth, uno de los dactilógrafos de la oficina— le saludó en
el bar donde Carmichael estaba matando el tiempo.
—¿Esperas
a Betsy? —preguntó Worth, cabeceando hacia el restaurante anexo—. Me pidió que
viniera a avisarte que no podía venir. Un trabajo urgente de última hora.
Disculpas
y demás. ¿Dónde estuviste hoy? Las cosas se embarullaron un poco. Bebe un trago
conmigo. Pidieron whisky. Carmichael ya estaba ligeramente rígido. El carmesí
opaco de las mejillas se le había vuelto encendido, y tenía una expresión
decididamente hostil.
—Lo que
necesita —comentó—. Estafador.
—¿Eh?
—dijo Worth.
—Nada.
Bebe. He decidido crearle problemas a un fulano, si puedo.
—Hoy casi
te creas problemas tú mismo. Ese análisis de los depósitos mineros...
—Huevos.
¡Gafas! Te he sacado de un brete...
—Cállate
—dijo Carmichael y pidió otra ronda. Cada vez que sentía el peso de las tijeras
en los bolsillos se ponía a murmurar.
Cinco
whiskies más tarde Worth dijo, quejumbroso:
—No me
molesta hacer buenas acciones, pero me gusta mencionarlas. Y tú no me dejas.
Sólo pido un poco de gratitud.
—De
acuerdo, menciónalas —dijo Carmichael—. Despáchate a gusto. ¿A quién le
importa? Worth pareció satisfecho.
—Ese
análisis de minerales. Fue por eso. Hoy no estuviste en la oficina, pero lo
pesqué a tiempo. Cotejé nuestras listas y habías cometido un error con
Trans-Acero. Si yo no hubiese corregido las cifras, todo habría ido a imprenta.
—¿Qué?
—Trans-Acero.
Ellos...
—Imbécil
—rezongó Carmichael—. Ya sé que no coincidía con las cifras de la oficina. Me
proponía añadir una nota para hacerlas cambiar. Recibí mi información de buena
fuente. ¿Por qué no te ocupas de tus asuntos?
Worth
parpadeó.
—Trataba
de ayudar.
—Me
habría venido bien para un aumento de cinco dólares —dijo Carmichael—.Después
de todas las investigaciones que hice para obtener los datos auténticos...
Escucha, ¿lo habrán mandado ya a imprenta?
—No sé.
Tal vez no. Croft todavía estaba cotejando la copia.
—¡Bien!
—dijo Carmichael, manoteando la bufanda—. La próxima vez...
Saltó del
taburete y se dirigió a la puerta seguido por el confundido Worth. Diez minutos
más tarde estaba en la oficina escuchando a Croft, que le explicaba que la
copia ya había sido enviada a imprimir.
—¿Tiene
importancia? ¿Había... De paso, ¿dónde has estado?
—Bailando
en el Arcoiris —rugió Carmichael, y se marchó. Había pasado del whisky de
cebada a cócteles de whisky, y naturalmente el aire fresco no bastó para
despejarlo.
Tambaleando
y observando cómo ondulaba la acera cuando él parpadeaba, se detuvo y
reflexionó.
—Lo
siento, Tim —dijo Worth—. Pero ya es demasiado tarde. No habrá problemas.
Tienes derecho a guiarte por los datos de la oficina.
—Detenme
ahora —protestó Carmichael—. Entrometido —estaba furioso y borracho.
Impulsivamente
tomó otro taxi y se dirigió a la imprenta, siempre con el desconcertado Jerry
Worth a la rastra. Un golpeteo rítmico atronaba el edificio. El movimiento
acelerado del taxi había mareado a Carmichael; le dolía la cabeza, el alcohol
se le estaba filtrando en la sangre. La atmósfera caliente, con olor a tinta,
era desagradable. Las grandes linotipos pistoneaban y gruñían. Los hombres se
movían de un lado a otro. Todo era ligeramente pesadillesco, y Carmichael
encogió tozudamente los hombros y siguió adelante hasta que algo lo tiró hacia
atrás y empezó a estrangularlo.
Worth se
puso a chillar. Gesticulaba en vano, blanco de terror. Pero eso era parte de la
pesadilla. Carmichael alcanzó a ver lo que había ocurrido. Los extremos de la
bufanda se habían atascado en algún engranaje y él era inexorablemente
arrastrado hacia dientes metálicos que lo triturarían. Los hombres corrían. Los
clamores, golpeteos y zumbidos se apagaban. Carmichael tiró de la bufanda.
—¡...cuchillo!
—gritaba Worth—. ¡Córtenla!
La
alteración de valores relativos provocada por la embriaguez salvó a Carmichael.
Sobrio, habría sido paralizado por el pánico. En su aturdimiento, cada
pensamiento era difícil de apresar, pero claro y lúcido cuando atinaba a
identificarlo. Recordó las tijeras y se puso la mano en el bolsillo. Las hojas
se deslizaron fuera del cartón y Carmichael cortajeó la tela con movimientos
apresurados y vacilantes. La seda blanca desapareció. Carmichael se palpó el
borde deshilachado que le ceñía la garganta y sonrió con cierta rigidez. El
señor Peter Talley tenía esperanzas de que Carmichael no regresara.
Las
probabilidades habían indicado dos variantes posibles: en una, todo salía bien;
en la otra... La mañana siguiente Carmichael entró en la tienda y extendió un
billete de cinco dólares. Talley lo aceptó.
—Gracias,
pero no era necesario que se molestara. Podría haber enviado un cheque por
correo.
—Podría.
Sólo que eso no me habría aclarado lo que querría saber.
—No —dijo
Talley, y suspiró resignado—. Está...decidido, ¿verdad?
—¿Qué
haría usted? —preguntó Carmichael—. Anoche... ¿Sabe lo que ocurrió?
—Sí.
—¿Cómo?
—Nada
pierdo con decírselo —dijo Talley—. Lo averiguaría de un modo u otro. Es
indudable.
Carmichael
se sentó, encendió un cigarrillo y asintió.
—Lógica.
Usted pudo haber preparado ese pequeño accidente, por cualquier medio.
Betsy
Hoag decidió cancelar nuestra cita de ayer a la mañana. Antes que yo lo viera a
usted. Ese fue el primer eslabón de la cadena de incidentes que condujo al
accidente. Ergo, usted sabía de algún modo lo que ocurriría.
—Lo
sabía.
—¿Precognición?
—Mecánica.
Vi que la máquina lo trituraría...
—Lo cual
implica un futuro alterable.
—Por
cierto —dijo Talley, aflojando los hombros—. Hay innumerables variantes
posibles del futuro. Diferentes líneas de probabilidad. Todas dependen de los
resultados de diversas crisis que van surgiendo. Soy experto en varias ramas de
electrónica. Hace algunos años, casi por accidente, tropecé con la fórmula para
ver el futuro.
—¿Qué...?
—Ante
todo, implica una focalización personal del individuo. En cuanto usted entra en
este lugar —hizo un gesto—, entra en el haz de mi cámara. En mi trastienda
tengo la máquina. Haciendo girar una perilla calibrada, entreveo los futuros
posibles. A veces hay muchos. Como si por momentos ciertas emisoras no
transmitieran. Miro mi pantalla, veo lo que usted necesita...y se lo proveo.
Carmichael
soltó humo por la nariz. Observó las volutas azules con los ojos entornados.
—¿Sigue
usted toda la vida de un hombre, en triplicado o cuadruplicado o lo que fuere?
—No —dijo
Talley—. Tengo ajustado el aparato de modo que es sensible a las curvas
críticas. Cuando sobrevienen, las sigo más allá y veo qué líneas
probabilísticas se relacionan con la supervivencia y felicidad del sujeto.
—Las
gafas, el huevo y los guantes...
—El
señor...eh, Smith —dijo Talley— es uno de mis clientes regulares. Cuando supera
exitosamente una crisis, con rni ayuda, regresa para un nuevo examen. Localizo
su próxima crisis y le proveo de lo que necesitará para afrontarla. Le di los
guantes de amianto. Dentro de un mes se le presentará una situación en la que
tendrá que manipular una barra de metal al rojo vivo. Es artista. Sus manos...
—Entiendo.
Así que no siempre se trata de la vida...
—Claro
que no —dijo Talley—. La vida no es el único factor decisivo. Una crisis
aparentemente menor puede desembocar en...bueno, divorcio, neurosis, acciones
erróneas y pérdida de cientos de vidas, indirectamente. Aseguro la vida, la
salud y la felicidad.
—Es usted
altruista. ¿Pero por qué el mundo entero no llama a sus puertas? ¿Por qué
limita su trabajo a unos pocos?
—No tengo
tiempo ni equipo.
—Se
podrían construir más máquinas.
—Bueno
—dijo Talley—, casi todos mis clientes son ricos. Tengo que vivir.
—Podría
leer las cotizaciones de bolsa de mañana si quisiera plata —dijo Carmichael—.
Volvemos a la vieja cuestión. Si alguien tiene poderes milagrosos, ¿por qué se
contenta con ser dueño de una tienda?
—Razones
económicas. Yo...eh, no soy amante del juego.
—No sería
jugar —recalcó Carmichael—. "A menudo me pregunto qué compran los
vinateros..." ¿Qué gana usted con todo esto?
—Satisfacción
—dijo Talley—. Llámelo así.
Pero
Carmichael no estaba satisfecho. Barajó mentalmente las posibilidades.
—¿Y qué
dice de mí? ¿Habrá otra crisis en mi vida?
—Probablemente.
Bueno, no es forzoso que se relacione con peligros personales.
—Entonces
soy un cliente permanente.
—Yo...No...
—Escuche
—dijo Carmichael—. No trato de aprovecharme. Le pagaré. Le pagaré bien. No soy
rico, pero sé exactamente hasta qué punto me sería útil un servicio como éste.
Basta de preocupaciones...
—No
podría ser...
—Oh,
vamos. No soy un chantajista ni nada por e! estilo. No le estoy amenazando con
publicidad, si eso teme. Soy un hombre común, no un villano de melodrama. ¿Le
parezco peligroso? ¿De qué tiene miedo?
—Usted es
un hombre común, sí —admitió Talley—. Sólo que...
—¿Por qué
no? —insistió Carmichael—. No le molestaré. Pude superar una crisis, con la
ayuda de usted. En algún momento se presentará otra. Deme lo que necesito para
afrontarla. Cóbreme lo que quiera. De un modo u otro conseguiré el dinero.
Prestado, si es necesario. No le molestaré en absoluto. Todo lo que le pido es
que me deje visitarle cada vez que supere una crisis, para pertrecharme para la
próxima. ¿Qué tiene de malo?
—Nada
—dijo discretamente Talley.
—Bien,
pues. Soy un hombre común. Hay una chica; se llama Betsy Hoag. Quiero casarme
con ella. Irme a vivir al campo, criar niños y tener tranquilidad. Tampoco eso
tiene nada de malo, ¿verdad?
—Ya era
demasiado tarde cuando usted entró hoy en la tienda —dijo Talley.
Carmichael
lo miró fijo.
—¿Por
qué? —vociferó.
Una
chicharra zumbó en la trastienda. Talley atravesó el cortinado y regresó casi
inmediatamente con un paquete. Se lo dio a Carmichael.
Carmichael
sonrió.
—Gracias
—dijo—. Muchísimas gracias. ¿Tiene idea de cuándo se presentará la próxima
crisis?
—En una
semana.
—¿Le
importa si...? —Carmichael estaba abriendo el envoltorio; sacó un par de
zapatos con suela de plástico y miró a Talley desconcertado.
—¿Conque
necesitaré... zapatos, eh?
—Sí.
—Supongo...
—Carmichael titubeó—. Supongo que usted no me dirá por qué.
—No, no
se lo diré. Pero asegúrese de usarlos cada vez que salga.
—No se
preocupe por eso. Y...le enviaré un cheque. Tal vez tarde un poco en juntar el
dinero, pero se lo enviaré. ¿Cuánto?
—Quinientos
dólares.
—Le
enviaré el cheque hoy mismo.
—Prefiero
no aceptar el pago hasta que el cliente esté satisfecho —dijo Talley; tenía un
aire más reservado, los ojos azules lucían fríos y distantes.
—Como
prefiera —dijo Carmichael—. Saldré a celebrar. ¿Usted bebe?
—No puedo
abandonar la tienda.
—Bien,
adiós. Y gracias de nuevo. No seré un estorbo para usted. ¡Se lo prometo! —se
volvió.
Talley se
quedó mirándole con una sonrisa amarga y sombría. No respondió al adiós de
Carmichael. No, entonces. Cuando Carmichael salió, Talley fue a la trastienda y
entró por la puerta donde estaba la pantalla. Un período de diez años puede
abarcar una multitud de cambios. Un hombre con un poder tremendo a su alcance
se puede transformar, en ese lapso, de alguien que no se atrevía en alguien a
quien le importan un comino los valores morales.
La
transformación de Carmichael no fue acelerada. Habla en favor de su integridad
el hecho de que tardara diez años en olvidar cuanto se le había inculcado. El
día que visitó por primera vez a Talley había poca maldad en él. Pero la
tentación se intensificó semana tras semana, visita tras visita. Talley, por
razones personales, se contentaba con aguardar ociosamente a su clientela
ocultando las potencialidades inconcebibles de su máquina bajo un manto de
funciones triviales. Pero Carmichael no estaba satisfecho. El día tardó diez
años en llegar, pero al fin llegó.
Talley
estaba sentado en la trastienda, de espaldas a la puerta. Echado en una vieja
mecedora, enfrentaba la máquina. Había cambiado poco en el espacio de una
década. Aún cubría casi dos paredes enteras, y el ocular de la cámara relucía
bajo los tubos fluorescentes.
Carmichael
miró codiciosamente el ocular. Era la puerta abierta a un poder jamás soñado
por hombre alguno. Una fortuna inimaginable esperaba dentro de esa abertura
diminuta. Los derechos sobre la vida y la muerte de cada hombre. Y nada se
interponía entre ese futuro fabuloso y él mismo, salvo el hombre que estaba
sentado frente a la máquina. Talley no pareció oír los pasos sigilosos ni el
rechinar de la puerta a sus espaldas. No se movió cuando Carmichael levantó el
arma lentamente.
Cualquiera
habría dicho que jamás había sospechado lo que ocurriría, o por qué, o por
causa de quién, cuando Carmichael le perforó la cabeza. Talley suspiró y tiritó
e hizo girar la perilla. No era la primera vez que el ocular le mostraba su
cuerpo inerte al vislumbrar un panorama de probabilidades, pero jamás podía ver
cómo se desplomaba esa figura familiar sin sentir una ráfaga
indescriptiblemente fría que lo rozaba desde el futuro.
Se
levantó, y luego se recostó en la mecedora. Miraba pensativamente un par de
zapatos de suela áspera que yacían en la mesa. Se quedó un rato sentado,
observando los zapatos, siguiendo con la mente a Carmichael, que caminaba calle
abajo hacia la noche, y hacia el día siguiente, y hacia esa crisis inminente
que dependería de que él pisara con firmeza el andén del metro cuando un tren
pasara al lado de Carmichael un día de la semana siguiente.
Esta vez
Talley había enviado al mensajero en busca de dos pares de zapatos. Había
titubeado mucho una hora antes, para decidirse entre el par de suela áspera y
el de suela lisa. Pues Talley era humano, y muchas veces su trabajo le
resultaba desagradable. Pero esta vez había terminado por entregarle a
Carmichael el par de suela lisa. Suspiró y se inclinó nuevamente ante el
ocular. Hizo girar la perilla para enfocar otra vez la escena que ya había
observado antes.
Carmichael,
de pie en un andén de la estación atestada que relucía como aceitoso,
humedecido tal vez por alguna filtración. Carmichael, con los zapatos
resbalosos que Talley le había elegido. Una conmoción en la multitud, un
tumulto en el borde del andén. Los pies de Carmichael que patinaban frenéticos
cuando el tren pasaba rugiendo.
—Adiós,
señor Carmichael —murmuró Talley; era la despedida que había callado cuando
Carmichael se marchó de la tienda. Fue una despedida triste, pues le daba
tristeza el Carmichael de hoy, que no merecía ese fin. Ahora no era un villano
de melodrama cuya muerte se pudiera presenciar con frialdad. Pero el Tim
Carmichael de hoy tenía que saldar la deuda del Carmichael de diez años
después, y había que arreglar cuentas.
No es
bueno tener poder de vida y muerte sobre el prójimo. Peter Talley sabía que no
era bueno. Pero ese poder le había caído en las manos. No lo había buscado. Le
parecía que la máquina había evolucionado casi por accidente mientras cobraba
forma gracias a sus dedos expertos y su mente experta. Al principio lo había
desconcertado. ¿Cómo utilizar semejante artefacto? ¿Qué peligros, que terribles
potencialidades yacían en ese Ojo que podía ver a través del velo del futuro?
La responsabilidad era suya, y lo preocupó bastante hasta que la respuesta se
hizo presente. Y después de saber la respuesta, bien, la preocupación se ahondó
más aún. Pues Talley era un hombre recto.
No podía
haberle dicho a nadie por qué razón era dueño de una tienda. Satisfacción, se
lo había dicho a Carmichael. Y a veces había realmente una profunda
satisfacción. Pero otras veces, como ésta, solamente había consternación y
humildad. Especialmente humildad. Tenemos lo que necesita. Sólo Talley sabía
que el mensaje no estaba dirigido a los individuos que entraban a la tienda. En
realidad era un mensaje impersonal, un mensaje referido al mundo; el mundo cuyo
futuro estaba siendo cuidadosa y afectuosamente remodelado bajo la guía de
Peter Talley.
El
alineamiento principal del futuro no era fácil de alterar. El futuro es una
pirámide que se construye lentamente, ladrillo por ladrillo. Y ladrillo por
ladrillo Talley tenía que alterarlo. Habían ciertos hombres que eran
necesarios, hombres que podían crear y construir, hombres que tenían que ser
salvados. Talley les daba lo que necesitaban. Pero inevitablemente había otros
cuyos fines eran malignos. A esos Talley les daba lo que el mundo necesitaba:
la muerte.
Peter
Talley no había solicitado ese poder terrible, pero le habían puesto las llaves
en las manos y no se atravía a delegar semejante autoridad en cualquier otro
hombre. A veces se equivocaba. Se sentía un poco más seguro desde que se le
había ocurrido el símil de la llave. La llave del futuro. Una llave que había
sido puesta en sus manos. Se reclinó en la mecedora al recordarlo y buscó un
libro viejo y gastado, que se abrió dócilmente en un pasaje familiar. Una vez
más los labios de Peter Talley se movieron en una nueva lectura del pasaje, en
el fondo de la tienda de Park Avenue:
Y en
verdad te digo que eres Pedro,
Y te daré
las llaves del Reino de los Cielos.
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Henry
Kuttner (1915-1958)
Catherine
L. Moore (1911-1987)

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