© Libro N° 11990.
El Agua De La Vida. Los
Hermanos Grimm. Emancipación. Diciembre 16 de 2023
Título original: ©
El Agua De La Vida. Los Hermanos Grimm
Versión Original: © El Agua De La Vida. Los Hermanos Grimm
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© Edición,
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Los Hermanos Grimm
El Agua
De La Vida
Los
Hermanos Grimm
Erase una
vez un Rey que se puso muy enfermo. Sus tres hijos estaban muy tristes, pues
sabían que los médicos más eminentes no le daban esperanzas de vida.
Lloraban
los tres hermanos, sentados en un banco del jardín de palacio cuando se le
acercó un viajero y les preguntó qué les sucedía.
-Nuestro
padre, el Rey, tiene una enfermedad incurable y acabará muriendo -le
contestaron.
Hay algo
que puede devolverle la salud -respondió el ancianito-. Es el Agua de la Vida.
Si la bebe, se curará. Pero es difícil encontrarla...
-¡Yo iré
a por ella! -exclamó el hijo mayor, y fue a pedir permiso a su padre para el
viaje.
-Preferiría
morir antes de que te pase nada. Es peligroso lo que vas a intentar - dijo el
Rey enfermo-. Pero, ya que insistes, ve.
El
príncipe se puso en camino. "Si consigo el Agua de la Vida, el Rey me
preferirá a mi antes que a mis hermanos, y me regalará su reino", pensaba.
Al poco le salió al paso un hombrecillo enano, que le preguntó:
-¿A dónde
vas tan deprisa?
-¡Quítate
de mi camino o te aplastaré con mi caballo! ¡No te importa a dónde voy!
En enano
maldijo al príncipe, y éste siguió galopando y se metió sin darse cuenta por un
desfiladero. Las rocas que había a uno y otro lado, se fueron estrechando más y
más, hasta que llego un momento en que el caballo no podía avanzar ni
retroceder, y mucho menos dar la vuelta. El joven orgulloso se quedó allí
inmovilizado, sin poder desmontar siquiera.
Pasó
tiempo, y en el castillo desesperaron de que fuese a volver. El segundo hermano
pidió al Rey permiso para ir a buscar el Agua de la Vida, y, tras mucho
insistir, lo obtuvo. Así que salió una mañana montado en su hermoso corcel.
Pensaba: "Si consigo traer el Agua de la Vida y mi padre se cura, yo
heredaré la corona"
A las
pocas horas de cabalgar, se encontró con un enanito que le preguntó su destino.
Pero le contestó con la misma grosería que su hermano mayor y el enanito le
maldijo. El jinete se metió al poco en un desfiladero que se fue haciendo cada
vez más estrecho, y allí quedó atrapado también.
Pasó más
tiempo, y el hermano pequeño decidió salir él mismo a por el Agua de la Vida.
Así se lo dijo a su padre.
-Tus
hermanos no han regresado, hijo mío -dijo el Rey-, y temo por sus vidas. No
quisiera que tu desaparecieras también. Pero, si deseas ir, yo no te lo impido.
El más
joven de los tres príncipes, abandonó el palacio de mañana. Al rato se encontró
con el enanito.
-¿Dónde
vas tan deprisa? -le dijo.
-Voy en
busca del Agua de la Vida para mi padre enfermo -contestó el joven.
-¿Y sabes
dónde encontrarla?
-No, no
lo sé -admitió el muchacho.
-Eres
amable, y yo te voy a indicar el camino -dijo el enano-. Brota de una fuente
que hay dentro de un castillo encantado. Con esta barra de hierro y estos dos
panecillos podrás entrar en él. Con la barra golpearás en la puerta y, una vez
dentro, cuando te encuentres a dos fieros leones, les das un panecillo a cada
uno y te dejarán en paz. Luego buscarás la fuente,y ten cuidado de salir del
castillo con el agua antes de que den las doce, pues entonces se cerraran las
puertas y quedarías atrapado en él.
El
príncipe dio las gracias al enano y siguió su camino.
Cuando
encontró el castillo, todo se cumplió como le habían dicho.
Golpeó la
puerta con la barra de hierro, y la puerta de abrió de par en par. Los dos
fieros leones que le salieron al paso, se calmaron cuando les tiró los dos
panecillos. En la primera sala que cruzó, había varios jóvenes encantados; les
quitó los anillos y tomó también una de sus espadas y un pan que había en el
suelo. En la segunda sala le recibió una hermosísima joven.
-¡Gracias
a ti ya no seguiré aquí encantada! -le dijo, abrazándole-. Eres mi salvador.
Dentro de un año justo, si tú quieres, te estaré esperando para casarme contigo
y reinar en este país. Además, yo te diré ahora donde está la fuente que
buscas, pues son ya las once y no debes perder tiempo.
El
príncipe le dio las gracias por su información y prometió volver cuando pasara
un año.
El la
tercera sala había una cama, y el joven se tumbó para descansar un rato. Pero
se quedó dormido, y no despertó hasta las doce menos cuarto. Fue corriendo a la
fuente que la princesa le había indicado, tomo agua en una cantimplora y se
dirigió a toda carrera a la puerta de salida con tan buena suerte que la cruzó
cuando daban las doce en punto. La puerta se cerró a sus espaldas con gran
estrépito, y le rompió un pico de la capa. El joven montó en su caballo y se
dispuso a regresar a su palacio con el Agua de la Vida.
Igual que
al ir, se encontró con el enanito, que le dijo lo siguiente:
-La
espada que has cogido, vence a todos los ejércitos. El pan que llevas ahí, se
multiplica hasta calmar el hambre del pueblo más numeroso. Utiliza las dos
cosas para el bien.
-Querido
enano -dijo el príncipe-, no quisiera volver a casa sin mis hermanos. ¿Sabes tú
dónde están?
-Yo les
he castigado, pero, en consideración a ti, les liberaré. Pero cuídate de ellos,
porque no son buenos.
Los tres
hermanos se volvieron a reunir y emprendieron el regreso juntos. El pequeño
contó a los otros dos todo lo que le había sucedido, y los hermanos mayores
rabiaban de envidia.
Cruzaron
reinos en los que había guerra y hambre, y el joven príncipe, usando su espada
y el pan mágico, vencía a los enemigos y saciaba la hambre del pueblo, por lo
cual en estos países fue considerado como un gran héroe.
Una
noche, mientras el joven dormía, sus hermanos le robaron la cantimplora del
Agua de la Vida, y la sustituyeron por otra agua del mar.
-Nosotros
le daremos el agua que cura al Rey, y nos preferirá a él -se decían-. En cuanto
a eso de que dentro de un año se va a casar con una princesa, habrá que
verlo...
Al llegar
al palacio de su padre, los tres le ofrecieron sus cantimploras. Bebió primero
de la del joven, y casi se muere, pues era agua del mar. Luego probó el agua de
la cantimplora que le ofrecían sus dos hijos mayores, y se curó al momento.
El Rey se
enfureció mucho con su hijo pequeño y le echó de su reino, mientras que los dos
malvados hermanos se hacían pasar por hijos piadosos.
Pasaron
muchos meses, y en el palacio se empezaron a recibir muchos regalos para el
hijo más joven.
Eran
presentes de los países a los que había ayudado, que estaban muy agradecidos y
le mandaban cofres llenos de joyas. Los emisarios de estos países hablaron al
Rey de la bondad de su hijo menor, que éste empezó a dudar.
-¡Ay,
Dios mío! -se decía el monarca-. ¿Me habré equivocado juzgando a mi hijo?
Tanto
pensó sobre ello, que decidió enviar mensajeros por todo el mundo para que
encontrasen a su hijo menor, y le hicieran volver a casa de su padre.
Mientras
tanto, había pasado el año. Los dos hermanos malvados, dispuestos a casarse con
la princesa si podían, se pusieron en camino hacia el castillo, cada uno por su
lado.
La
princesa desencantada había hecho construir un camino de oro puro que llegaba a
la puerta de su palacio. Luego dio órdenes a sus criados.
-El
caballero que llegue por el camino de oro será mi prometido y debéis dejarle
pasar. Pero si alguien se acerca por otros caminos al castillo, cerradle el
paso.
En esto
se aproxima el mayor de los hermanos. Cuando vio el camino de oro, le dio pena
que el caballo le estropease y torció para no pisarlo, acercándose al castillo
por otro camino. Cuando llegó a la puerta, los soldados le rechazaron y se tuvo
que ir.
No tardo
en llegar el segundo de los hermanos. Cuando iba a entrar en el camino de oro,
se dio cuenta y torció hacia el otro lado para no pisar tanta riqueza. ¡Vaya
derroche, tanto oro en el camino!
Como yo
voy a ser su dueño, será mejor que no lo estropee ahora, pisándolo con mi
caballo, pensó.
Grande
fue su asombro cuando, una vez en la puerta del palacio, los soldados le
impidieron el paso.
A las
pocas horas apareció a lo lejos el joven príncipe, que cabalgaba alegre al
encuentro de su novia. Tan ensimismado iba, pensando en ella, que ni siquiera
se fijó en la capa de oro que recubría el camino, y fue pisándolo hasta la
puerta principal del castillo, pues era el camino más derecho y más corto. Los
soldados le abrieron las puertas de par en par, y la princesa le recibió como a
su marido.
Aquel
mismo día se celebraron las bodas, y el príncipe y la princesa fueron coronados
como reyes de aquellas tierras.
En pleno
festín, llegaron regalos y mensajes del padre del príncipe, que estaba
arrepentido de su error y quería reconciliarse con su hijo. Los dos jóvenes
esposos viajaron para verle, y le contaron la verdadera historia del Agua de la
Vida, que sus hermanos mayores le habían robado.
El Rey
quiso castigar, pero ellos habían huido del país y no se les volvió a ver.
El Rey
quedó muy contento habiendo recuperado a su hijo pequeño, y vivió con él y su
esposa durante muchos años todavía.
* * *
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