© Libro N° 11989.
El Abuelo Del Rey. Miró,
Gabriel. Emancipación. Diciembre 16 de 2023
Título original: ©
El Abuelo Del Rey. Gabriel Miró
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Gabriel Miró
El Abuelo
Del Rey
Gabriel
Miró
Cubierta
Portada
Preliminares
El abuelo
del rey
NOTICIAS
DEL LUGAR Y DE ALGUNOS VARONES INSIGNES DE SEROSCA
I
II
III
TIEMPOS
ANTIGUOS. ABUELOS Y PADRES DEL HÉROE
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
EDAD
MEDIA. SEROSCA LA NUEVA. INFANCIA DE AGUSTÍN
I
II
III
IV
V
EDAD
MEDIA. JUVENTUD DE AGUSTÍN. DON LORENZO
I
II
III
IV
AGUSTÍN,
EL INVENTOR
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
TIEMPOS
MODERNOS. EL ABUELO DEL REY
I
II
III
SEROSCA
CONTEMPORÁNEA
Acerca de
esta edición
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AL DR.
AUGUSTO PI SUÑER
Quise
escribir este libro con holgura de tiempo, con serenidad humana y de estilo,
exento de todo afán que no fuese el que gustosamente nos comunica el mismo
trabajo. Esta es la deliciosa promesa que nos hacemos mientras atropellamos el
término de otros escritos, promesa que nunca tiene cumplimiento… Y aquí
sucedió… lo que siempre nos sucede: que este libro fué hecho como todos los
libros.
Se lo
ofrezco a un hombre que pasa entre las impaciencias y voracidades de todos los
cuidados; que siente, quizás, la aguda tristeza de los anhelos incumplidos, y,
sin embargo, siempre ostenta la serenidad de las cumbres. Es una evocación de
amplitud, de paisaje excelso; es una cordial enseñanza de harmonía luminosa de
vida.
En
Augusto Pi Suñer residen todas las perfecciones del sabio sin congestionar al
hombre sencillo.
Su
presencia y su palabra dejan descanso, confianza y claridad hasta en el mismo
dolor.
Sean para
él estas páginas.
GABRIEL
MIRÓ
NOTICIAS
DEL LUGAR Y DE ALGUNOS
VARONES
INSIGNES DE SEROSCA
I
ESTÁ
SEROSCA EN MEDIO DE UNA VEGA DE MUCHA ABUNDANCIA. TIENE HONDAS TIERRAS OLIVERAS
DE SANTÍSIMO REPOSO; HAY JOSAS UMBRÍAS Y almendrales que, cuando florecen,
visten todo el campo de blancura de una pureza y voluptuosidad de desposada. El
herreñal tierno, mullido, donde duerme el viento y se tiende el sol ya cansado
y se oye siempre un idílico y dulce sonar de esquilas, y los chopos finos,
palpitantes, de un susurro de vuelo, dejan en el paisaje una emoción de
inocencia, de frescura, de alegría tranquila. Pero los montes que pasan a la
redonda parece que aprieten y apaguen la ciudad. En los días muy abiertos y
limpios, desde las cumbres y las majadas de la solana, se
descubre
el azul inmenso del Mediterráneo. Los rebaños trashumantes, cuando llegan a los
altos puertos, se quedan deslumbrados del libre horizonte. Los pastores miran
la aparición de un barco de vela, un bello fantasma hecho de claridad. El barco
se pierde, se deshace como una ola; o, pasa la tarde, y sigue parado lleno de
resplandores; un vapor negro y codicioso se desliza por debajo y lo deja
obscurecido de humo. Se queda solo el blanco fantasma, hundiéndose dentro del
azul que parece todo mar o todo cielo. Llegada la noche, los astros bajan en el
confín, al amor de las aguas. El barco debe de estar recamado de estrellas,
como una joya de la Virgen de Serosca.
Tiene
esta comarca un lado o término abierto: el desportillo de un collado humilde;
por aquí asoma el genuino paisaje de Levante, del Levante escueto y ardiente,
desgarrado por ramblas pedregosas donde crece abrasándose la adelfa.
Junto a
las morenas masías se tuercen y descoyuntan las chumberas; sube una palma y
abre en el cielo su copa de color de bronce; los sembrados se crispan de sed
bajo un vaho de horno; la viña madura se va cuajando de miel; así como la miel,
de espeso y de dulce, es el zumo de sus racimos; los olivos y algarrobos
recruzan y trenzan sus raíces centenarias por el haz de los bancales; un aire
manso y cálido levanta tolvaneras de los barbechos y de las sendas, que se
pierden entre la encendida calina.
¿Qué hace
aquí Serosca?
Serosca
es frío, obscuro y silencioso; parece una ciudad vestida de hábito franciscano;
tiene viejos casones de blasón en el dintel y huertos cerrados.
Es como
un rancio lugar de la ribera del Adaja. Por la más leve mudanza del tiempo,
baja de los montes sus pañosas de nubes, y saca del hondo sus velos de nieblas
y se arrebuja cegando a los vencejos de las gárgolas y veletas de las dos
parroquias. Y llega hasta nevar. Son las suyas casi las únicas nevadas de la
provincia; unas nevadas virginales, purísimas y frágiles; el menos imaginativo
cree que se están deshojando y cayendo las flores de los almendros comarcanos.
Le quedan
a Serosca trozos de adarves, un castillo de tres cubos hendidos que parece un
candelabro de oro; y en la falda labrada del otero del hontanar, la reja
desentierra, todos los años, retajillos de cerámica, y algunas veces se quiebra
contra un capitel, contra una losa de tumba o de terma.
Los
arqueólogos han visto todo un pueblo floreciente, progenitor de Serosca, dentro
de las entrañas del otero, por cuya suave ondulación van ahora subiendo,
recogidos y tristes, los cipreses del Calvario.
Pero el
catedrático don César sostiene que la primitiva Serosca debió de hallarse más a
la izquierda.
II
PARÓSE
DON ARCADIO DELANTE DE UN VALLADO; TOCÓ CON MUCHA PRUDENCIA UNA PITA VALIENTE,
ERIZADA DE PUAS; Y MIRANDO LA LISERA, gruesa, alta, que reventaba de suco,
dijo:
—¡Qué
poderío de planta, María Santísima! ¡Y se trata de una pitera toda pinchosa y
colgada de telas de araña! ¿Me quieren decir ustedes para qué necesita tanta
fuerza?
Hablaba
el buen caballero con su nieto y con don Lorenzo, antigua amistad de la casa;
pero en sus preciosos hallazgos de observación y en todo advertimiento gustaba
de tratar de usted a los más allegados.
Su amigo
le repuso:
—Todo lo
creado tiene su gracia y razón de vida. La pitera guarda bien la heredad,
aparte de que me parece de un dibujo enérgico y hermoso sobre el cielo.
—Bueno.
¿Y por qué esa lozanía no ha de tenerla también esta pobre higuera? Hagan el
favor de palpar el tronco, blando, devorado por la carcoma, como un mueble
viejo; es de estopa; podríamos quebrarlo con los dedos. ¡Bien dicen que Nuestro
Señor maldijo ya este árbol!…
Volvióse
don Lorenzo, y murmuró:
—Lo dirán
precisamente por esa higuera seca; en cambio, repare usted en esta otra.
Era un
árbol ancho, tupido y fresco. Los pámpanos, velludos, ásperos, carnosos,
dejaban un denso olor de jugo, de leche vegetal; llevaba el fruto arracimado.
Verdaderamente había merecido la bendición divina.
Subieron
por la senda del otero del hontanar.
Desde lo
alto contemplaron la ciudad enrojecida de sol de ocaso. Dos ventanas
resplandecían como dos ascuas avivadas por un soplo; eran dos ascuas que
miraban. De pronto, se apagaron; y todo Serosca quedó ciego y triste.
Entonces,
don Lorenzo, dijo:
—¡Qué
hará aquí nuestro pueblo!
Don
Arcadio tendió su bastón hacia el noble lugar, y con pesadumbre, un puntillo
tribunicia, exclamó:
—¡Qué
hace aquí Serosca, se pregunta usted! Pues yo le respondo que lo único que ha
hecho nuestra desdichada ciudad es malearse con la presencia de los extraños,
esas gentes de la Marina, que han ido edificándose casas nuevas; mírelas, todas
aquellas…
Y
señalaba las fachadas modernas, pintadas o enlucidas cruda y vistosamente de
verde, de añil, de rojo, que se insolentaban entre la piedra arcaica, sufrida y
venerable.
—…
edificándose casas nuevas, y destruyendo la raza vieja, tan pura… ¡Serosca,
Serosca! ¡Otra pobre Jerusalén! ¿Se ríe?
—No, no;
no he llegado a reírme. Pero le juro que no me explico tanto aborrecimiento,
porque a mí todas las gentes me parecen iguales de buenas y de malas.
—¡María
Santísima, don Lorenzo! ¿Es lo mismo un indio que un europeo?
—Casi lo
mismo; no creo que se diferencien mucho; si acaso, en lo externo; por ejemplo:
en la piel; mejor piel la de los indios… Pero ¿es que son indios los señores de
la marina?
—¡Mejor
piel la de los indios! ¿Mejor? Don Lorenzo es usted imposible de tan frío;
usted no siente nada…
Don
Lorenzo sonrió con melancolía.
—Usted no
siente nada; yo, en cambio, yo tengo, como este cerro, un pueblo dentro; ¡qué
digo un pueblo: toda, toda una raza! ¡Yo he debido engendrar reyes! ¡Y ya vió
usted mi hijo: lo perdí y lo perdió Serosca aun antes de su muerte!
El nieto
se aburría, y pidióle el bastón a su abuelo.
El bastón
de don Arcadio era de caña de un color jilbo transparente, con seis nudos
semejantes a seis negros anillos; tenía el puño enorme, redondo, de hueso
amarillento, pulido, tomado de una pátina dejada por las palmas de muchas
manos, y debajo, dos agujeros, de los que antaño colgaría una oxidada cadenita.
Cuando el
nieto se cansaba de la plática de los viejos amigos, o de jugar solito en las
salas, tomaba el rancio bastón y, acercándoselo a los ojos, miraba por lo
horadado de la caña; y el cielo, los montes, los árboles lejanos, los rosales
de su huerto, la torre de Santa María, todo le presentaba nuevas hermosuras.
Don
Lorenzo lo notó, y dedujo: —A este chico le gusta lo distante. —¿Qué chico?
—preguntaba el abuelo. —Este, Agustín, su nieto.
—No; de
ninguna manera; el chico se aburre nada más.
Y la
frente de don Arcadio se nublaba.
Bajaron a
un eriazo todo pedregoso de las ruinas de un antiguo casal y sus corrales.
Entre los
rotos muros y los techos caídos, tres muchachos apedreaban a otros rapaces que
venían gritando por lo yermo.
Don
Arcadio, súbito y vehemente para todo movimiento de ánimo, se indignó, y les
reconvino con voces terribles.
Su amigo
quiso apartarle de aquella intervención, advirtiéndole:
—Déjelos,
porque estas criaturas no tienen la culpa. La tiene don César, nuestro sabio
catedrático de Historia, que los inflama, explicándoles con mucho regodeo
guerras, desafíos, querellas, pendencias… ¡Oigame, aguarde!… Don César alcanzó
del Municipio que se limpie y se custodie nuestro famoso castillo; los chicos
ya no pueden subir y apedrearse desde las torres; y ahora se apedrean en las
calles, donde pueden…
—¡Pues en
ninguna parte consiento yo…!
—¡Cállese
y vámonos! ¡Quién sabe si además de don César serán culpables de las pedreas
algunos de nuestros primeros padres, tan diestros en la honda!
—¡No
tengo ahora la flema de usted para acordarme de aquellos señores, ni…!
Interrumpió
al enconado caballero un terrón de aljezar que se le deshizo en su flaca
rodilla.
Entonces,
avanzó denodadamente, alzando sus brazos y sus gritos de amenazas.
—¡Sois
cafres, es decir, sois peores que los cafres; los cafres cumplirían con su
deber apedreándose! ¡No os da vergüenza!
Los
chicos le miraban asustados y socarrones, y se miraban los guijarros que traían
en el enfaldo del delantal.
—¡Tiradlos
en seguida al suelo! ¡Venga!
—¡Si es
que mos acosan a piedras todas las tardes!
—Apártese,
don Arcadio. ¡Mire que pueden revolvérsenos todos y descalabrarnos!
El nieto
quiso, también, acercarse a la contienda. Y don Lorenzo se desbrazaba por
impedirlo.
—¿Vuestros
padres son de aquí? —voceaba el abuelo a los rapaces.
—Sí,
señor, que son —contestóle el más grande—; nosotros somos los Corrioneros.
—¿Y los
de aquel bando?
—Allí
están los Gavina.
Mohínos y
hartos los Gavina de tan cansada tregua, y audaces por la protección de la
distancia y de los muros, rompieron el coloquio con una granizada de mendrugos
de argamasa.
Vacilaron
los corrioneros. Uno resbaló y rodó en la tostada grama del erial. Entonces,
don Arcadio cogió una piedra, caliente aún del sol, y preparándose con una
carrera de brincos menudos, disparó contra los de la escombra. ¡Verdaderamente
debía de arderle una raza entera, impetuosa y heroica en sus entrañas! Ciego,
delirante, arrancaba y arrojaba terrones y guijarros, desceñido el cuello de
pajarita, flotante la negra chalina, derribado el sombrero duro, castaño, de
copa cuadrada, desbordándole los puños almidonados, sin lustre… hasta que don
Lorenzo se le abrazó y le dijo:
—¡Y la
austeridad de la antigua raza, don Arcadio! ¿Es que todos somos gavinas? ¿Se
burlará usted ahora de nuestros primeros padres?
Y en
tanto que se lo decía, le ayudaba a componerse las ropas y enjugarse la sudada
cabeza.
A punto
de cerrar la noche entraban por los viejos arrabales de la ciudad.
La madre
del hondo río estaba cuajada de luces de las insignes tenerías y fábricas de
fieltros.
—¡Ya
hemos llegado a nuestro urbano recinto! —murmuró don Lorenzo.
Y al
pisar le subía el polvo de la calle, un polvo ardiente que hedía a estiércol.
—Este
hombre es seco —pensó don Arcadio—. Este hombre no quiere a Serosca; es un
descastado.
Y le dió
tanta lástima como la pobre higuera agotada de la maldición.
III
HABÍA UN
GRUPO DE VARONES EN QUIEN TODOS VEÍAN REFLEJARSE LA ANTIGUEDAD, LA VIEJA
SEROSCA.
Se sentía
por ellos la misma veneración arqueológica y la misma indiferencia que por el
castellar de las tres torres, entre cuyas piedras mutiladas subía la ternura de
una planta que llaman “trepadora de los fosos”. Es una mata briosa, de vástagos
trenzados, de hojas recias, pero tiene su verdor el melancólico apagamiento de
las ruinas donde vive.
Don
Arcadio, el catedrático don César y el señor Llanos, fabricante de sombreros,
eran como los tres macizos seculares del castillo; y don Lorenzo —un músico
triunfal y aventurero en su juventud—, la verdura jugosa del presente que aún
parecía lozanear sobre el antaño con una suave tristeza.
Componían,
además, los tres primeros y un serosquense del hábito de Santiago, que residía
en Orihuela, la patricia y religiosa orden de los varales del Palio, pues sólo
ellos y el juez y el corregidor podían llevar las doradas varas en los oficios
del Jueves Santo.
Del
industrial se sabe que estaba calvo, gordo y rico, y que casóse en edad
provecta.
Don César
era alto, seco, rendido de hombros y miope.
Esta
cortedad de sus pupilas todavía le doblaba más el arco de su espalda para leer,
para mirar su reloj, que consultaba con frecuencia, aunque no lo necesitase, y
hasta para oir, gustar y tocar.
Sin
embargo, más que por miope y brumado, acaso se inclinase para ver la Humanidad
que él siempre se fingía de una manera entomológica, una humanidad traspasada
por los agujones de la filosofía y guardada en las viejas vitrinas de la
Historia.
Explicaba
Historia de España, Historia Universal; y los lunes, miércoles y viernes, daba
las cátedras de Geografía y de Francés, entonces vacantes en el Instituto de
Serosca, y aún parece que llegó, algunos días, a suplir ausencias del profesor
de Agricultura.
Pasmábase
don Arcadio de tan copiosos estudios. Pero don
Lorenzo
solía tranquilizarle diciendo:
—Un
catedrático español es una máquina estupenda: se le echan doce o catorce mil
reales, y ya puede usted pedirle cuanto se le antoje.
En lo que
a don César se refiere, creemos que la zona más alumbrada y firme de su
sabiduría fué siempre la de la Historia. De la de España tenía escrito texto,
con laudatoria censura del Ministerio de Instrucción Pública. Y en la segunda
edición de esta obra, humildemente titulada “Apuntes para una Historia completa
y razonada de España”, después de un prefacio diciendo el éxito del primer
tiraje, se copiaba el oficio del Gobierno francés otorgando a su autor las
“Palmas Académicas”.
Escribió,
también, un rollizo volumen de monografías de antigüedades de Levante.
Para
nosotros, lo más necesario y curioso de sus peregrinas investigaciones se
contiene en un libro que todavía guarda la inestimada castidad de la ineditez,
y que se titula: “Compendio de las Hazañas de Serosca”.
No sólo
el nombre, sino el método, y algunas atildaduras de estilo recuerdan el
“Compendio de las Hazañas romanas”, de Lucio Anneo Floro, leído, marginado y
venerado en todo momento por el docto catedrático. Tal vez se le podía
reprochar lo pobre, vano y seco del asunto; pero injustamente, porque don César
no tenía la culpa de que Roma fuese Roma y Serosca, Serosca.
Como
Floro, comienza don César por la hermosa comparanza de las edades de Serosca
con las del hombre: infancia, adolescencia, virilidad, decrepitud.
Sigue la
“Etimología y Orígenes”, Capítulo I del libro I.
“...Para
el estudio de la Arqueología, de la Lingüística, de la Anticuaria y otras
ciencias polvorientas y apergaminadas, se necesita principalmente el impulso y
llama de la Fe. ¡Desgraciados de los nuevos Tomases que quieran hundir sus
dedos en las llagas divinas de la sabiduría!….
Después
de un macizo de prosa exaltada, emprende don César la disección etimológica del
nombre de la amada ciudad.
“… Serc,
significa en hebreo reposo; y osca, hace referencia a la naturaleza fosca de
nuestra tierra.
”Serosca
—reposo umbrío— debió de llamarse este lugar. ”Probablemente la C de la raíz
serc, se aglutinó, desapareció por
la
tendencia perezosa a suavizar los vocablos…”.
Y después
escribe:
“… Aunque
lo rechazamos con indignado ánimo, no queremos ocultar el origen que a nuestro
pueblo atribuye un erudito bárbaro, que para mengua de los indígenas ejerció
cargo de autoridad en esta comarca siempre dócil, abnegada y leal.
”Dice así
el malintencionado escritor: "Por antiguas fojas parroquiales y cédulas de
alcabalas y almojarifazgo averigüé la existencia de un apellido y casa
Serpcosca, que tuvo su primitivo solar en un hondo fragoso y cerril que se hace
al Noroeste del otero de las fuentes, llamado Soto de la coscoja. Era terreno
espeso de indomables carrascas y criadero de sacres o sierpes pequeñas, muy
ponzoñosas. Fundó aquel linaje un soldado enriquecido con el botín y rapacerías
de sus jornadas. Descendiente suyo sería Alonso Muro el Serp.
”Este
Serp fué ahorcado por facineroso, ladrón y abarraganado con una desventurada, a
la que mató de sueño obligándola a pasar las noches delante de su yacija,
desnuda, arrodillada y con los brazos en cruz…"”.
Aquí don
César deja el texto forastero, y exclama:
“El
sonrojo de nuestra alma y el temblor de nuestra pluma nos impiden seguir
copiando esas nefandas noticias. ¡No, no conocemos
ningún
Serp! Afanosamente buscamos en los archivos parroquiales, en el del Arzobispado
de Valencia, en los antiguos documentos del Fisco, y no aparecen esas fojas y
cédulas, que no dudamos en reputar de apócrifas.
”Afirmamos
con resolución que una densa niebla cubre los orígenes de Serosca”.
Cuando el
sabio catedrático leyó este Capítulo a sus amigos, recibió un aplauso de
entusiasmo, de respeto y de gratitud. Acabados los plácemes, le dijo don
Lorenzo:
—Yo no
creo que todos los cabeceros de razas y estirpes esclarecidas fueran santos
varones. Rómulo parece que fué un Caín. Por eso me tiene sin cuidado que aquel
bergante de la soldadesca sea nuestro abuelo, y aquel forajido de Alonso
nuestro hermano mayor.
El
catedrático, el industrial y don Arcadio le pidieron que no dijese tan grandes
blasfemias.
—¡No son
blasfemias! Yo digo que me tendría sin cuidado un parentesco que no hay ya por
donde cogerlo… Pero no somos parientes.
Don César
sintióse herido en sus fibras y entretelas de historiador, siquiera él también
repudiase la infame ascendencia. Pero ¿era lícito que un extraño a la sabiduría
rechazase sin ningún escrúpulo los datos que él había recogido en su libro,
aunque fuesen datos embusteros?
—No somos
parientes —insistía don Lorenzo—, o al menos no existen pruebas. Si el soldado
fué el primer poblador de nuestro solar, ¿es posible que estuvieran ya
esperándole las parroquias y el Fisco? ¿Quién vino antes: el párroco y el
alcabalero o el primer hombre?
El
historiador quedóse meditando; y sus amigos, que eran ya del parecer de don
Lorenzo, le aconsejaron que quitase la cita del soldado y de Alonso Muro.
Don
César, después de repasarla, la defendió angustiadamente; y como los demás
porfiasen, tuvo un grito que revelaba la ingenuidad del varón sabio, diciendo:
—Si
suprimo lo del Serp no queda del origen de Serosca más que lo de la niebla.
Y no lo
suprimió.
Acaba el
Capítulo I en la página quinta. Desde la cual, hasta la g , todo es un tesoro histórico y filosófico
que para nada nos interesa.
En cambio
es imposible prescindir de las páginas U H, F y G hasta la D , todas pertenecientes al Capítulo X del
Libro IV.
Después
del epígrafe: "Ultimos invasores", se pregunta don
César:
—¿Será
este capítulo el postrero de nuestra crónica?
—¡Sí que
lo es, sí que lo es! —dijimos nosotros, averiguando con pueril diligencia que
luego seguían el índice y el colofón en forma de cuña buida.
“¿Será
este capítulo el postrero de nuestra crónica?” era autopregunta no exenta de
melancolía y de elegancia de retórico.
No
trasladamos ya el texto de don César, sino que teniéndolo delante de nuestra
mirada, escogeremos las noticias más preciosas.
… Un don
Arcadio Fernández, abuelo del Arcadio que conocemos, trae de los Países Bajos y
de Francia algunos maestros de talleres, que introducen en las tenerías de
Serosca las perfecciones extranjeras. El nuevo sistema de goldrear las pieles
disminuye el coste de producción.
Meses
después estalla la primera discordia entre el capital y el trabajo. Creen los
serosquenses que con los adelantos, vino también la levadura de los peligros y
calamidades. El día de julio de H
amanecen pasados a cuchillo los copiosos rebaños de la casa
Fernández-Pons, y la hermosa tenería incendiada y saqueada.
Don
Arcadio, vestido de clérigo, su esposa, recién parida, con traje de aldeana, y
un viejo Pons, de arriero, huyen a Teruel.
Un año
más tarde regresan a la noble ciudad. La elocuencia de los teatinos, las
pragmáticas de las autoridades y los males padecidos, han domeñado a los
hombres. La casa Fernández-Pons va renaciendo de sus ahumados escombros. En los
jaqueles de su blasón de piedra, tosco y roído, determina don Arcadio que se
esculpa una torre entre llamas y un cordero degollado, cándido y dulce como el
del sacrificio de Abraham por Isaac. Es la domus aurea maestra, defensora y
mártir de la industria de Serosca.
Sucede un
largo periodo de quietud. Y en tanto que este lugar justifica la razón
etimológica de su nombre, los jubilosos pueblos de la ribera del Mediterráneo
gimen bajo el horror de la fiebre amarilla, y se defienden convulsos,
demacrados, de la invasión napoleónica. La epidemia y la amenaza de los navíos
franceses van dejando solitaria la costa. Gentes enriquecidas en los puertos,
buscan la tierra interior; rompen el silencio, el reposo, el arcaísmo de
Serosca. Con los dineros de su tráfico audaz y de sus logros mercan casas,
heredades, ganados. Pronto olvidan los trances penosos. Son gentes ligeras y
bulliciosas; hablan y se ríen con estruendo; van muy enjoyadas; visten ropas
claras, de galanía que no se avienen con las recias y pardales de los indígenas,
que parece que el frío aconseje traerlas de esas obscuras colores. Viven casi
todo el día en sus portales, en las esquinas, en las plazuelas, haciendo corros
divertidos y jaraneros.
Observa
don César que, antes, en llegando el verano, el suelo pedregoso de las calles,
aun de las más pasajeras, estaba todo negro y avivado de hormigas que
celebraban libremente sus ferias y acarreos desde los egidos.
La bulla
y el tránsito de los hombres costaneros, quitan la gustosa soledad, y las
hormigas faenan y viven en las casas...
Añade el
sabio catedrático que esas familias invasoras procedían de una mezcla de
vestigios de razas ibérica, fenicia, de viejos latinos y berberiscos; en tanto
que la raza serosquense, acaso por las naturales defensas de la orografía del
lugar, se mantuvo limpiamente ibera, y si de algo se entreveró fué de una
delgadísima mixtura judaica, pero purificada por las aguas del bautismo.
Y, sin
embargo, los montes no son bastantes para contener la invasión mediterránea. Es
verdad que los nuevos caminos suben a los puertos, bordean las laderas, se
deslizan por las hoces profundas.
Cuarenta
años más tarde, los lugareños parecen alborozados, maldicientes, con
exaltaciones y tibiezas incomprensibles. Es la fusión de la serranía y la
ribera.
Pero don
César presagiaba que nunca se perdería la línea divisoria de entrambas razas; y
esa línea sería fuerte como un muro secular y proceroso, lleno de gloria.
Por eso
dijimos: ¿Será éste el Capítulo postrero de nuestra crónica?”.
Así acaba
el libro.
Don
Arcadio abrazó al sabio catedrático en nombre de su antepasado y de toda la
estirpe.
Don
Lorenzo mostróse frío y escaso de elogios.
No estaba
mal la obra; pero le parecía demasiado vehemente; había en ella mucho fuego y
poca luz.
Don
César, muy pálido, le sonrió indulgentemente.
—Usted ha
viajado, sabe de música, de esas cosas de belleza; permítame que yo sepa de
Historia. Creo que me concederá…
—¡Sí, sí,
concedido!—le dijo el artista.—
Pero yo
no he tropezado en la piedra más menuda de esa muralla.
—¡Pues,
nosotros sí! —exclamó tosiendo y con aguda vocecita el fabricante de
sombreros—. ¡Nosotros la tocamos y la veneramos! Seremos los mantenedores de la
pureza de la raza.
—¡Y yo,
al frente de todos! —gritó don Arcadio.
El
catedrático le miró con asombro y enojo. ¿Habría criado cuervos con aquella
generosa cita de la casa Fernández-Pons? Ese don Arcadio era de una petulancia
insoportable. Pero ocultó su herida, y dijo:
—Nuestro
grupo ha de ser como el vivero del que saldrán los legítimos árboles de la
vetusta heredad de Serosca.
—Algo
viejecitos resultan ustedes para ese reflorecimiento — apuntó el artista.
—¡No
importa! —repuso don César—. Tengo cerca de U años, y casi trae faldillas la
menor de mis hijas. Don Arcadio confía en su nieto…
—Y usted,
señor Llanos, no se apene —interrumpió don Lorenzo riéndose.— Las Santas
Escrituras nos cuentan muchos casos de senectud fecunda…
Y
salieron todos a pasearse por las huertas.
TIEMPOS
ANTIGUOS. ABUELOS Y PADRES DEL HÉROE
I
DON
ARCADIO Y DOÑA ROSA SE DESPOSARON MUY JÓVENES, CON LUCIDA CEREMONIA EN LA
PARROQUIA MAYOR DE Santa María. Desbordaba la muchedumbre por los viejos
canceles; y en la plaza quedó mucha gente artesana y labradora aguardando la
salida de la pareja nupcial.
Aunque
los novios pertenecían a las familias más rancias y hacendadas de Serosca, eran
bien conocidos y queridos de mozos humildes, porque, de chicos, fueron a la
misma escuela y costura. Por eso, al lado del parabién pulido y del rico
presente de joyas o prendas finísimas, oyeron palabras y estrecharon manos que
trascendían a legón húmedo y artesa, y recibieron el rudo agasajo de alguna
orza, de aceitunas aliñadas o una fuente de brescas que destilaban su dulce
oro.
Estaba la
novia hermosa con las galas de desposada y con las ropas sencillas de señorita
lugareña; y de todas maneras parecía triste, de una tristeza blanda y amable.
Decían
los amigos de los padres que ese mal de mohína se curaría luego del casamiento;
y, oyéndolo se engallaba el novio, que aunque menudo y quebrada color, fué
siempre don Arcadio enhiesto y de gentil soltura.
Más
serena y firme de lo que todos se prometían estuvo doña Rosa al empezar la
boda. Bajaba del órgano una música rizada, acaracolada, hecha de villancicos y
retazos de ópera y estudios de Eslava. Venían del altar unas ondas de intensos
olores de ramos frescos y de cera ardiente.
Y cuando
llegó el instante en que el viejo párroco enlazó las manos de los novios y les
puso los anillos, sucedió una maravilla en el órgano, porque, de súbito, la
melodía balbuciente y ligera,
compuesta
de remiendos y memorias de un buen hombre, trocóse en una armonía apasionada y
dolorosa, delirante y trágica
Todos se
volvieron, mirando hacia lo alto, y se dijeron: “¡Ese que ahora toca es el
demonio de don Lorenzo!”. Los sutiles nervios de la esposa tan fuertemente
vibraron, que todo su delicado cuerpo comenzó a derribarse desde el
reclinatorio a la alfombra. El cirio de velada cayóse encendido; la llamita
prendió en sus largos tules y en el cojín de grana de la madrina. Acudieron los
del cortejo para tomarla y socorrerla. El novio, emocionado por el dulce
trance, no advirtió el desvanecimiento de la amada, sino después de rodarle su
blando y aromoso peso por su hombro y su costado. Enmudeció el órgano como si
se hubiera despedazado repentinamente. Y un joven alto, desmelenado, brioso,
surgió entre las rojas empaliadas del presbiterio, y tomando las sagradas ampolletas
de la misa, bañó con el agua el blanco rostro de la novia.
En la
iglesia difundióse un murmullo que decía: “¡Es don Lorenzo, don Lorenzo, el
músico! ”
Aquella
mañana desaparecía don Lorenzo de Serosca.
Se
auguraron males de matrimonio que empezaba con esos sobresaltos; pero la vida
del nuevo hogar fué clara y sosegada, y a los dos años recibió la gracia
santísima de un hijo a quien pusieron de nombre Agustín. Hubo en la casa
alegrías y fiestas; y, sin embargo, la señora parecía tan mustia beldad de
casada como lo fuera en su doncellez. Don Arcadio creíase dichoso; decía que su
mujer era callada y triste, como él era enjuto y descolorido.
* * *
Pasó
tiempo; creció el hijo; y todo sucedió lo mismo que al comienzo de las bodas.
La madre, recogida en su sala de labor; el padre, seco, agarbanzado, siempre
leyendo libros de botánica y maldiciendo de las gentes de la Marina en los
paseos con sus amigos, el industrial y don César, que entonces iba a la
búsqueda de noticias y documentos para su preciosa Crónica.
Alguna
vez conversaban del amigo músico; recibían periódicos lejanos con nuevas de sus
triunfos. El historiador meneaba su pensativa cabeza; su mirada, su gesto, todo
su talante tenían la gravedad del aula, la duda melancólica del sabio:
“¡Los
aplausos, la consagración! La crítica y el público le parecían antojadizos como
mujeres malcriadas. Todo pasaba. Había que preocuparse de las obras perennes.
¡La Historia era eterna! ”
Y miraba
al fabricante de sombreros. El fabricante asentía, murmurando: —¡Don Lorenzo;
ese don Lorenzo!
Y la
tarde de un domingo de Carnaval, estando en las afueras por apartarse de los
escándalos y licencias del “antruejo de la villanía”, según llamaba el
catedrático a las pobres desenvolturas de mascarones y rapaces, olvidando
austeramente que en su mocedad aprendiera a tañer el cornetín, “requinto”, sólo
por holgarse en los bailes de Carnestolendas; en aquella tarde, oyeron a su
espalda una voz que decía:
—“¿Me
conocen ustedes?
Y,
volviéndose, hallaron a don Lorenzo, pero un don Lorenzo tan delicado y pálido
que parecía hecho de marfil, y su cabeza, de plata, de tan canosa.
¿De qué
lugares salía el aparecido? ¿Cuándo llegó? ¿Por qué venía al apartamiento de
Serosca el aclamado y deseado en las grandes ciudades, llenas de tentación y de
encantos que hacen la vida placentera?
A todo
fué contestando sobriamente el artista. Salía de su casa, después de reposar la
siesta, lo mismo que si estuviera en tarde estival; y aunque no le creyeran,
les decía que el júbilo que al verle mostró sentir la familia que le cuidaba, y
las tercas cabezadas en las rodillas y el vaho caliente en las manos, que le
diera su mastín viejo y ciego, le emocionaron más que los aplausos.
Y don
César insistía preguntándole cuándo llegara y por qué viniera.
Don
Lorenzo ofreció a la Historia una sutil sonrisa.
Llegó en
el carro cosario que aguardaba en Murta el tren de Valencia. Venía… ¿para qué
vendría, Señor?
Todos le
miraban.
Quince
años faltaba de su casa; no tenía mujer ni hijos ni otro amor que le alumbrase
la vida; si era verdad que gustó la gloria, parecióle muy solitaria y pálida,
con una luz fría de luna. Su mal era
de
cansancio de todos los nervios y de otros íntimos dolores que nunca confesó y
nunca bailaron alivio ni recompensa.
Ahora
sonreían menudamente el historiador y el señor Llanos. Siempre le creyeron un
veleidoso y desconfiaron de aquellos
súbitos
triunfos.
Sólo don
Arcadio tuvo fe en don Lorenzo, aunque nunca le comprendiese ni se cuidase de
averiguar sus méritos. Llevóle a su casa y le enseñó el retrato del hijo, que
ya seguía estudios en Madrid. Largo tiempo quedó contemplándolo el músico.¡Qué
hijo tan hermoso! —balbució enternecido; y después aspiró devotamente el
perfume de la orla de terciopelo labrada por la madre. Pasaron a la sala de la
señora. La voz del viajero había llegado al plácido retiro; y doña Rosa
sintióse dulcemente desventurada y desasida de la vida del suelo como la mañana
de sus desposorios, cuando en la parroquia cayó la lluvia de armonías del
órgano.
Calmados
los latidos de sus corazones, la señora volvió medrosamente sus ojos a la
quieta mirada del músico. Esforzóse; se creyó serena, y ahogándose, le dijo:
—¡Todo lo
deja, todo lo abandona para encerrarse aquí! ¿No es una locura, don Lorenzo?
¡Por qué lo hizo!
Palideció
el artista. Y su amigo, dando una sonora palmada sobre un arcaico bufetillo,
que tenía los escaques de ajedrez de un precioso embutido de nácar, gritó:
—¡Y no lo
adivinan ustedes!¡Es Serosca que atrae a sus hijos, la vieja raza serosquense
que le llama! ¡Sí, sí, aunque usted no lo crea!
Nada le
replicó don Lorenzo; miraba, a través de la vidriera, la callada tarde
campesina.
Pero, de
súbito, Volvióse:
—¡Yo creo
que sí que soy de Serosca!, ¿verdad?
Don
Arcadio se levantó espantado.
—¿Aún lo
duda, aún lo duda usted? ¡Por María Santísima!
II
TODAS LAS
NOCHES IBA DON LORENZO A LA NOBLE CASA DE DON ARCADIO. ALLÍ DESCOGÍA DEL DORADO
HUSO de sus memorias de artista, las amenas jornadas, las espirituales
andanzas. Y bajo la sutileza de una ironía, en el silencio de una pausa,
aleteaba dentro del pecho de la señora la inquieta paloma de la emoción. Y doña
Rosa, inclinando los turbados ojos, tomaba de nuevo la costura.
El esposo
leía una vieja revista agronómica. El músico emprendía un lento paseo sobre las
flores ajadas de la alfombra. Parábase, de pronto, delante del piano, y alzaba
la mirada al perfil en cobre de Mozart, que le regalaron en Viena y que él
ofreció a la dama. A poco, ella volvía a dejar en el cestillo la malla o el
lenzuelo, y don Arcadio se anotaba alguna curiosa fórmula insecticida.
Era que
el artista estaba tocando.
En
verano, venía Agustín, y recogido en su aposento del piso alto, devoraba libros
de ingeniería. En presencia de las doncellas más principales y hermosas del
pueblo, parecía distraído o porfiaba exaltadamente con don Lorenzo de las
óperas oídas en el Real, juzgándolas sólo como alumno de ingeniero. Las
señoritas hijodalgas se aburrían y fueron casándose con hijos de caballeros
de limpia
casta serosquense y de otros, entreverados de familias de la Marina. Don
Arcadio solía entrar enfurecido al cuarto de Agustín para aconsejarle y
reprenderle; pero el hijo le recibía entre libros y rollos de planos, y el
padre no osaba acercarse a las murallas de la ciencia, y se marchaba
engulléndose su santo enojo.
Acabó
Agustín los estudios; quedóse en Madrid un año; después una empresa poderosa
llevóselo a Barcelona; pronto tuvieron los padres noticia de haber roto con
aquella casa y de estar enamorado de una tiple cubana. Le escribió don Arcadio
con tronador estilo, recordándole que se debía a la raza; el hijo insistió en
pedirle su bendición, porque no podía dejar de casarse con su novia, que por él
había renunciado a sus ideales de artista apenas llegada a lo dulce y hermoso
de la vida.
Don
Lorenzo encareció el sacrificio de esta mujer; el padre renegó de hijo tan
descastado. Doña Rosa lloraba.
Y, al
cabo, Agustín se casó.
Y una
noche el artista, al entrar en la sala, halló a la señora con los ojos
enrojecidos por el llanto, y al marido con las manos crispadas sobre los
riñones, tropezando en los muebles, derribando los taburetes o escañuelos de
las butacas por la violencia de su paso.
—¡Ay, don
Lorenzo, qué disgusto tan grande tiene este hombre, y yo qué pena! —gimió doña
Rosa desmayadamente.
Don
Lorenzo sonrió, y dijo con dulzura:
—En eso
de sentirse enojado debe de haber algo de complacencia; será como una picadura
que nuestra misma mano irrita con el placer de calmarse el prurito. Yo, claro,
lo desconozco porque nunca tuve el gusto de enojarme; yo podré haberme sentido
morir de angustia, pero no me recuerdo incomodado o disgustado. En cambio, su
esposo ha merecido ese privilegio. La pena de usted, ya es distinto.
—Le
advierto que no entiendo nada de lo que usted va hablando —le respondió su
amigo, sin mirarle.
—¡No
importa, don Arcadio!. Yo digo que la mitad de los que se exaltan por un
agravio, dejarían de enojarse si les quitásemos ese deleite furioso de decir lo
que dicen, que torna a encenderles, y así
van
dándose la vuelta como una pescadilla frita mordiéndose la cola.
—¡ María
santísima! ¡Reventaríamos, don Lorenzo, si no hablásemos!
—Eso
usted lo imagina; pruebe a no comentar en alta voz su despecho, a no dañar con
amenazas y maldiciones a los que le rodean, y acaso se harte de estar enfadado.
Parece que el malhumor o mal genio obligue al grito del pensamiento para que
todos se enteren y padezcan, y que las alegrías se las guarde uno para su
regodeo.
—¡Don
Lorenzo! —prorrumpió el amigo todo encrespado de paternales iras—. ¡Usted no
sabe que llega mañana mi hijo y que trae a su mujer, a la criolla, o lo que
sea!
—¿Y eso
le enfada y le atormenta?
—¡Es que
quiere Rosa que salgamos a esperarles!
—Ustedes
y yo, si me dejan lugar en la galera. Viene Agustín, y viene con otra hija muy
necesaria en esta casa, demasiado grande y callada. Doña Rosa tendrá compañía,
nosotros también; después, a prepararnos para esperar al nieto, que por fuerza
ha de ser músico… ¡Y que murmure la catedrática y su sabio marido!
—¡Ah!
¿Usted cree que don César…?
Y don
Arcadio consultó su reloj.
Ya dieron
las once; había que prevenir muchos menesteres. ¿Se habría recogido el criado?
—¿Usted
cree que don César confiaba en que mi hijo se prendase de su mediana? ¿Qué se
figura don César? Sabio es y de antigua familia de Serosca, pero casarse
Agustín con Anita… ¡No, no! ¡Prefiero la cubana!
Y avisó
que preparasen la galera para ir a Murta muy temprano. Un sol de alegría doraba
el melancólico rosal del corazón de la
esposa.
III
NO SE
AVENÍAN LAS DAMAS DE LA CIUDAD A QUE CARLOTA, LA MUJER DE AGUSTÍN, FUESE DE
NUEVITAS. NI ELLAS ni los varones. Ni los legítimos serosquenses ni los
advenedizos. Aquéllos eran reposados hasta por la raíz etimológica de la
ciudad; y los de la Marina, horbachones hasta por herencia mediterránea. Iban
en mangas de camisa, los veranos, por las calles, como si todo Serosca fuese la
fresca entrada de sus casas. ¡Y ahora venía una forastera, delgada y
descolorida, a recordarles su quietud, su ocio, su poco mundo! Fantasiosa era
la pobre mujer. Carlota sería de Canarias o quizá de Mallorca. Y cuando la
gentil cubana recordaba con su dulce dejo las hermosuras y rarezas de la lejana
patria, las señoras que la escuchaban se miraban sonriendo, y, a la salida, se decían
que aquel hablar debía de ser fingido, y embuste cuanto refería, y que desde
luego vendría de Mahón, si acaso. Además, no tiritaba de frío ni estaba tendida
en hamacas; nada había en ella de país remoto o tropical; parecía también que
la hubiesen conocido de antiguo. No era ninguna belleza del otro mundo;
agraciada, pero frágil; menuda, morena, la frente chiquita, la nariz
gordezuela, la boca grande, siempre gozosa, los ojos negros, que entornaba
perezosamente para mirar. La catedrática dijo que se asemejaba mucho a la dueña
de una tahona que hubo en la plaza de Santa María. Y ya se convino, se decidió
que fuese mallorquina.
En
cambio, don Arcadio y doña Rosa sí que creyeron a su nuera de Cuba, y aun de
sitio más apartado, según costaba en llegarles al alma, y el vaho, la bruma de
distancia que cegaba su vida. Ella añoraba mucho, haciendo un plañido y regaño
de criatura —que el suegro no comprendía cómo pudiera hacerse a los veinticinco
años cabales—, la delicia de su baño al acostarse; toda el agua de olores, y
cuajado de olor caliente y dulce el viento de la profunda noche; pero de su
casa, de los suyos, sólo alguna vez nombraba llorando a un hermanito muerto; y
todavía sin enjugarse las lágrimas, se iba bajo los manzanos del jardín y
prorrumpía en una guajira azucarada, en cuyos versos se nombraban todos los
frutos y pájaros exóticos.
Don
Arcadio acercábase despacito a la celosía del balcón. Después volvía resoplando
nervioso, y cerca de la butaca de su esposa, se detenía, plegaba los brazos,
balanceaba su cabecita calva, haciendo crujir el escabel con un taconazo de su
zapatilla.
—¡Ya está
tu nuera fumando! ¡Si te parece que eso es decente y digno de Serosca!
Del
fatigado seno de la señora salía un lento suspirar, que equivalía a esta
resignación:
—¡Y qué
quieres que yo haga!
Tampoco
Agustín les contó de la prosapia de su mujer, ni se entretuvo en su historia.
La conoció en la Rambla de las Flores, comprando las que pudo, y
acariciándolas, aspirándolas todas como una abeja. No podía apartarse de
aquellos fragantes macizos de los quioscos. Iba con una señora flaca y amarilla
que traía una toca fúnebre de crespón, atada por una goma al rodete de cabello
postizo. Agustín llegóse a Carlota, atraído de su porte selecto, de su habla
mimosa, de sus puericias y alegría ante la feria de plantas. La seca guarda de
la joven hablaba en idioma extranjero. Escogiendo colores de jacintos
comenzaron a hablarse Carlota y el ingeniero como camaradas. Ella volvía de
Italia; era cubana y estaba huérfana. Sin acabar los estudios de canto, venía a
España buscando público del que recibir su bautismo de tiple; en seguida
recorrería su isla amada con una de esas farándulas brillantes que pasan a
América; quizá se quedase en La Habana, en algún lindo teatro que compraría de
sus ahorros.
Agustín
escuchaba embelesado ese cuento de aladas ilusiones. La enjuta aya les
avizoraba, toda erizada de recelos. Ese español no tenía trazas de galán
fastuoso como a las dos convenía. De sus coloquios no podía aguardarse más que
un casamiento: la vida lugareña en casa hidalga y aburrida, para Carlota, y la
cesantía para ella.
Agustín
habló también de sus afanes, de sus designios andariegos. Le atraía el mundo
joven, inmenso y fuerte de América; el amanecer glorioso de aquellos pueblos
habría de ser propicio a empresas estupendas, obras ciclópeas de ingeniería,
fabulosos negocios. Ahora había de reducirse a montar molinos de aceite en
algunos pueblos de Cataluña y Extremadura, solo y libre para confinarse, cuando
hiere su gusto, en su casa de Serosca, de honda paz, amiga del estudio.
Todo le
fué ofrecido a Carlota. Y la brava gallardía, el ímpetu y la nobleza del
ingeniero, la promesa de una familia y la de los viajes a la dulce patria,
derribaron los dorados alcázares de los sueños de gloria, y de tiple en ciernes
pasó la cubanita a nuera de don Arcadio.
Menos de
lo que aquí se refiere contó el hijo a sus padres. Es cierto que, por entonces,
recibió Agustín aviso de ir a
Alemania,
y tal vez no hubo vagar para un detenido relato. No bien pasaron quince días de
la llegada, salió el ingeniero de Serosca. A los tres meses volvió anunciando
que había de ir a Bélgica. Regresó pronto, y sin apenas descanso, tuvo que
partirse a Suiza. Este hombre cruzaba vertiginosamente toda Europa; y en sus
rápidos días de hogar no hablaba más que de sus viajes y construcciones.
Parecía traer los rumores, la emoción delirante de los pueblos cosmopolitas, el
fragor de las maquinarias, en cuyos recintos cabía Serosca con su melancólico
castillo roquero.
Veía don
Arcadio que Agustín se apartaba para siempre del augusto solar de su raza.
Cuando estaba en Serosca, no salía, no pedía saber de sus amigos de antaño, no
se interesaba ni por sus heredades donde jugara siendo chico. Nada suyo quedaba
en él. Y al preguntarle el catedrático, o el señor Llanos por su hijo, el
noble
varón exclamaba:
—¿Es eso
tener hijo? ¿Diría alguien que esa criatura es de Serosca?
Don César
y el industrial balanceaban sus cráneos amargamente. Y don Arcadio, herido de
aquella piedad, gritaba con altivez: —¡Les advierto a ustedes que sigo siendo
el mismo! ¡Tengo un
pueblo en
mi sangre!
—¡Ah, eso
desde luego! —exclamaban los otros. Y después el historiador le decía al
fabricante: —¿Usted cree eso del pueblo?
Brillaban
maliciosos los ojillos del señor Llanos; hundía sus manos velludas en las
faltriqueras de los pantalones, y murmuraba:
—¡Ya
verá, ya verá cómo acaba esta casa!
—¿Pero
usted cree…?
—Por lo
pronto, han cerrado la tenería a pesar de su fama y de su origen casi
histórico.
IV
JUAN
CRISÓSTOMO, WOLFANGO, TEÓFILO, MOZART, PERTL NACIÓ EN SALZBURGO EL / DE ENERO
DE ( . Sus padres fueron famosos por su
hermosura. Pero un biógrafo alemán dice que Wolfango no era de muy buen talle
ni de facciones gratas.
—¡Eso no
puede ser, don Lorenzo de mi vida! —protestó Carlota, descolgando la hoja de
cobre donde estaba grabado el busto del maestro—. ¡A mí me parece muy lindo
este hombre, diga lo que quiera ese señor alemán!
Don
Lorenzo sonrió con dulzura, y también contempló embelesadamente la cabeza del
genio.
—… Mozart
murió a los treinta y seis años, Carlota. Una tarde de abatimiento, de tristeza
de artista y de predestinado, se detuvo bajo sus ventanas una carroza negra. Un
hombre pálido, seco, frío, presentóse delante del músico, diciéndole: “Me envía
un admirador vuestro, poderoso y desventurado, para que le escribáis un
Requiem. Yo os ruego que dejéis en esa obra todo vuestro genio; será ofrecida a
la memoria de un muerto que él amaba mucho. ¿Cuánto tiempo necesitaréis para
escribirla?”.
Mozart,
estremecido y como traspasado por la mirada de aquel hombre, le respondió:
“¡Cuatro semanas; pero decidme quién os envía!”. El hombre pálido apartó la
mano del maestro, que pretendía retenerle; puso encima de la mesa cien ducados,
y murmuró: “Al cumplirse ese plazo, volveré”. Después, inclinóse sonriendo
heladamente, y desapareció.
La
impresión de aquellos dedos y de aquellos ojos penetraron en lo hondo de la
vida de Mozart.
Trabajó
con angustioso delirio. Se retorcía, se deshacía bajo su lámpara. Una noche,
Wolfango se vió en un espejo, y horrorizóse de su demacración, del fulgor de
calentura de su mirada, de la profundidad de sus órbitas. Se asemejaba al
hombre pálido de la sonrisa, pero ya muerto.
Y sonrió
trágicamente, murmurando: “¡Me estoy escribiendo mis funerales!”. Sus dedos de
cera no podían tener la pluma. Todo su cuerpo se doblaba rendido. Su mujer
había de consolarle y hablarle como a un niño enfermito. —“¡No acabaré la
obra!”—, gemía el maestro. Y pasado el plazo, Mozart se asomó vacilante a una
ventana, esperando la enlutada carroza. Parecía que el tiempo se hubiese parado
en el cauce de soledad y de silencio de la calleja dormida bajo el crepúsculo.
Y el maestro confió. De pronto, llamóle su mujer; y al volverse el enfermo vió
al hombre pálido que se le inclinaba. “¡No pude cumplir mi promesa, no pude!
¡Miradme cómo estoy!”. Y el desconocido le dijo: “¿Cuánto tiempo pedís para
acabar vuestro trabajo?”. Y él respondió: “Cuatro semanas más”. Contó el otro
cincuenta ducados, y los puso sobre la mesa. Entonces, Mozart se le acercó,
preguntándole su nombre. Y apartóse el desconocido, diciendo: “¡Vendré!”.
Mozart
quiso que le espiasen, para averiguar quién era. Un criado fué siguiéndole. A
poco, regresaba confesando que había perdido sus huellas.
El
maestro trabajó de nuevo arrebatadamente, atormentado por el recuerdo del
fantasma del hombre pálido. Padeció exaltaciones y desfallecimientos dolorosos.
Los últimos latidos de su corazón grabaron las notas postreras del Requiem .
Esta vez oyóse en la casa el pesado rodar de la carroza negra. Pero Mozart
estaba tendido, lívido, muerto, bajo un manto de crespones…
Carlota
dió un grito largo, de congoja y horror. Una sombra avanzaba por el hondo
pasillo. Despertóse don Arcadio y saltó de su butaca. —¡Esta criatura nos
matará!
Lloraba
doña Rosa, mirando a don Lorenzo, cuyos brazos acudieron a sostener el cuerpo
convulso de la cubana, más frágil
entonces
porque se acercaba a la maternidad.
La sombra
que la había crispado de miedo, avanzó trocándose en lumbre gozosa. Era Agustín
que de improviso se presentaba en Serosca. Le rodearon amorosamente. Llegaban
las fiestas de la Pascua; avisárale su mujer que iba a cumplirse el término de
su estado. Y allí le tenían.
Esto
sucedió en la velada del Domingo de Ramos.
V
ACABÁNDOSE
LA TARDE DEL MARTES SANTO, PARIÓ COSTOSAMENTE LA MUJER DE AGUSTÍN UN HIJO MUY
HERMOSO QUE PLAÑÍA TAN RECIO QUE A todos maravillaba.
Don
Arcadio y don Lorenzo se abrazaron junto a la vidriera de la alcoba.
—Yo le
juro —exclamó conmovido el abuelo— que nunca, ni siquiera al nacerme el hijo,
sentí la grande, la rara emoción de ahora. ¡Y debe de ser ese llanto, ese
llanto tan poderoso, que me parece que lloren todos los míos…!
Salió
Agustín llevando en sus brazos el recién nacido, arrebujado en una fazaleja
velluda.
Conteniendo
el aliento y oyéndose el corazón se le llegaron su padre y el artista. No
podían las manos del abuelo, de tan temblorosas, descoger el embozo de la
envoltura. Y al acercar las suyas el amigo, surgió entre los blandos pliegues
una manita de matiz y suavidad de flores, de plumón, de seda. Nadie osaba
tocarla ni besarla por si se deshacía. Apartóle don Lorenzo la toalla, y
apareció todo el desnudo corpezuelo con sus tiernas ajorcas de carne sonrosada,
la cabecita todavía sudada y brillándole de la grosura y de una graciosa pelusa
de oro.
Contemplábanle
con amoroso afincamiento; y parece que el infantico lo sintió, y abrió los
ojos. Entonces fué el reír, el gritar, el llorar, el pasmarse todos los que
estaban en la sala. Aquellos ojos no sólo veían ya, sino que miraban, y
resplandecían con malicias y luces de inteligencia.
Acudieron
los criados añadiéndose al placentero grupo. Camila, una sirviente antigua de
la casa, llevada de su inmenso júbilo cantó, brincó como pudo, festejó y hasta
fingió animales para divertir al nuevo señor.
Vinieron
don César y el señor Llanos y otros amigos con sus familias; y a todos les fué
mostrado el pequeño, que ya lloraba pidiendo el calor de la madre.
Y don
Lorenzo lo tomó y lo puso en el regazo de la abuela.
Quedó
lastimado de la extenuación y palidez de Carlota.
Desaparecía
su primoroso cuerpo en el blanco oleaje de la cama; y sobre aquel trono de su
dolorosa maternidad resaltaba la profunda negrura de sus ojos y de sus
cabellos. Toda la fuerza, toda la vida la dejaron sus entrañas en el hijo. La
voz, el gemido de la dulce mujer sonaban como si viniesen de un pecho lejano.
Gimiendo y sonriendo le pidió al músico que fuese el padrino. Sería madrina la
abuela.
La
marchita señora bajó su frente a la pureza del nieto.
Después
Carlota llamó al artista, y le dijo:
—¡Quiero
que lo haga usted músico! ¿Sabe?
Su blanda
vocecita se quebraba.
—¡Lo que
yo quiero —exclamó don Lorenzo con apariencia de firmeza— es que le dé usted
una teta a ese rapaz, que se está chupando los puños como si tuviese un año!
Oyóle el
catedrático desde el sofá de la sala, y le llamó. —¡Don Lorenzo, por Dios, los
recién nacidos no maman hasta
pasadas
veinticuatro horas; y entonces toman del pecho los calostros! Es verdad que la
Historia trae ejemplos de prodigios de lactancias…
El músico
apartósele sin aguardar la cita, buscando remedio para el hambre del ahijado.
Pronto
volvió fundiendo un grumo de azúcar en una copita de agua con azahar.
En tanto
se hablaba y prevenía todo para el bautizo.
Pidió la
madre que retrasasen la ceremonia hasta que ella pudiera levantarse y salir;
quería ver la cabecita tierna y desnudita sobre la pila; llevar agua templada;
enjugar bien a su hijo y arroparle, porque el Baptisterio de Santa María estaba
en el lugar menos abrigado de la iglesia. ¡Cómo se conocía que los capellanes
no eran más que padres de almas, y aunque fuesen como fuesen, no eran nunca
madres! Todo lo fué repitiendo el músico, y defendió los deseos de la parida.
Y no
hicieron caso de ella ni del padrino.
Tampoco
las cristianas costumbres de Serosca consentían esa espera.
En
Serosca se bautizaba a las criaturas al día siguiente de venir al mundo; y,
siendo posible, el mismo día. La tardanza era comentada muy ásperamente; y de
ese desabrimiento participaba el recién nacido, a quien apenas se le besaba, no
viendo en él sino un trozo de carne, y aún menos: un hereje, un hereje pequeño,
pero al fin un hereje hasta que recibía la purificación de la sal de sapiencia
y de las aguas de la gracia.
—Lo que
me parece una herejía —repuso don Lorenzo— es que se le saque y exponga al frío
del agua y del templo apenas salido a la vida del seno caliente y amoroso de la
madre.
—Y usted,
amigo mío —dijo gravemente el historiador— ¿usted se tiene por partidario del
baño, y encomia el amor al agua, creyéndolo un culto de los pueblos adoradores
de la belleza y de los pueblos modernos y fuertes?
—Yo soy
partidario muy devoto del baño dentro de la casa, con agua nueva para cada
cuerpo, y de que a los niños los bañe y los lave la madre. Por lo demás, no soy
un trozo de carne ni un renegado. Usted sí lo parece hablando de la higiene…
Acaso el
contento y la efusión de la paternidad hicieron rebrotar las secas raíces
étnicas del andariego Agustín, porque sin atender razones de su compadre ni
blandas querellas de su esposa, acomodóse a que el bautizo se hiciese a la
siguiente mañana, luego del ensayo del Miserere que había de dirigir el músico
en el oficio de Tinieblas.
Hablóse
después de los nombres del hijo. Carlota indicó el de Agustín, Wolfango y
Lorenzo.
—¡Wolfango,
Wolfango! —repetía pasmadamente don César—. ¿Pero es católico ese nombre? Hay
en Alemania un copioso linaje de Wolf, que huele a filósofo. ¿Con doble ve? Con
doble ve la Historia cita a Waldemaro I el Grande y Waldemaro II, III y IV de
Dinamarca; a Waldemaro de Suecia; a Wladimiro I y II de Rusia; a Wladislao de
Polonia; a Wenceslao de Polonia, otro de Hungría y otro de Bohemia; a Wenceslao
de Alemania, de la casa de Austria; todos después de Jesucristo. ¡Pero
Wolfango!
—¡No
escudriñe usted más! —dijo el padrino—. Sea trocado por Juan Crisóstomo, que
también llevaba Mozart este nombre.
Condescendió
Agustín, aunque porfiando que antes se le pusiera el del abuelo.
—¡María
Santísima, de ninguna manera! Bien que se llame como yo y como su padrino, y
aun como aquel señor que decían ustedes; pero su nombre principal ha de ser el
de mi padre y el suyo: Agustín. Quiero un Agustín muy mío.
Y don
Arcadio suspiró, añadiendo en los profundos de su alma:
“¡Agustín
III!”.
Eso
acordaban, cuando vino la vieja criada diciéndoles que matasen la lámpara y
mirasen por las vidrieras.
Quedó
obscura la sala; abrieron los postigos de los balcones, y apareció el huerto
todo blanco, sumiéndose en una nevada fina y silenciosa.
No, no
era posible acristianar al nieto… Lo comprendió malhumoradamente don Arcadio.
¡Cuán indiscretas algunas mujeres para el parto!: ¡en Semana Santa, y nevando!
¡No, no había ni que pensar por entonces en bautizo! ¡Qué diría Serosca, la
antigua Serosca! —que de la otra no se le daba un ardite al hidalgo.
VI
YA ESTABA
LA RANCIA LEVITA, DE RICO PAÑO FRISADO, AHUECADA EN EL RESPALDAR DE LA BUTACA,
EXHALANDO LA FRAGANCIA DE LA CAOBA del ropero. Después, don Arcadio sacó del
escriño la hermosa botonadura de gemas, y cuando iba a enjoyar la bordada
camisa, entró Agustín espantado, transido, con las manos rojas de sangre. Gritó
su padre al verle. Acudieron todos a la alcoba de la puérpera. Vino el médico,
y sólo pudo presenciar los últimos instantes de la cubana, que sonreía
enajenada, mirando a su hijo, blanca, transparente, exhausta de la hemorragia
torrencial. —¡Qué Jueves Santo! —exclamó don Arcadio, contemplando el
lecho
empapado de la desbordada vida.
Volvió a
su dormitorio; guardó las solemnes joyas familiares, y dijo que avisaran a don
Lorenzo para que asistiera por él en la parroquia a la procesión del Monumento.
Derretida
la nevada bajo el sol grande y bueno, la ciudad, los montes y el campo de
llanura y el cielo, todo se ofrecía luminoso, sereno, purificado y como vestido
de la pompa sagrada y melancólica del Jueves Santo.
En esta
Semana Mayor, era Serosca, para don Arcadio, la Jerusalén de la luna de Nisán,
y era la Serosca vetusta, cristiana y prócer.
Las
gentes devotas que pasaban traían las galas, con las arrugas de los arcaces, de
la misma época de su levita.
Asomado a
las rejas voladizas del escritorio, mirando la augusta mañana, fué abismándose
en sus recuerdos.
Se veía
sosteniendo la vara del recamado baldaquino; llevábala siempre lo mismo que su
padre, imprimiéndole una leve inclinación de reverencia; a su lado brillaba la
dalmática del diácono, cuyas manos recogían la punta de la capa pluvial del
arcipreste, rendido por humilde fervor y por la fastuosa pesadumbre del paño de
hombros. Los místicos humos del incienso nublaban las figuras del subdiácono,
del juez, del notario y de un viejo cruzado caballero santiaguista, de limpia
alcurnia serosquense, que casó en Orihuela y acudía todas las semanas santas
para empuñar su vara del palio, cayéndole el manto como un torrente de gloria.
Les envolvía el olor de riqueza de los tisús, el olor de panal de los cirios
encendidos y del romero hollado. Les rodeaban los cantores que iban dejando las
lentas estrofas del Pange lingua como otro humo sonoro que se perduraba
flotando sublimemente en las arquerías. Un hombre ancho, roblizo, gigantesco,
apodado Goliat, acompañaba el himno con el trueno de cobre, desgarrado y profundo
del serpentón que le subía por la espalda como un monstruo, se le retorcía por
el cuello, y allá en lo alto abría su boca desaforada. Don Arcadio, el señor
Llanos y el catedrático guiaban los varales de la diestra; ellos eran símbolo y
cifra de la varonía del abolengo de Serosca. ¡Lo sabían todos! ¡Oh ceremonia
excelsa, que hacía surgir, inmaculada y fuerte, la evocación de la antigua
raza! ¡La vieja Serosca daba guardia de honor a Jesús en la Eucaristía! Y este
año, un comandante de Carabineros, enriquecido y jubilado, sabedor de que el
cruzado caballero tuvo, al mediar la Cuaresma, un ataque de gota, osó pedir el
varal de la sacra seda por si aquél no viniere. Pero avisado el tullido juró
arrastrarse por las losas de Santa María antes que se bastardeara la orden
caballeresca del Santo Palio.
¡Y él, él
desertaba! ¡Oh, si faltase don Lorenzo!
De allá
muy hondo salía el gemido de su hijo. ¡Ese hombre tan disipado y brioso, cómo
lloraba! Hacía un aullido de viento de otoño. Acercóse a la alcoba de la
muerta. Agustín, con las manos aún ensangrentadas, acababa de amortajar a
Carlota. No consintió que
nadie la
tocase. El netezuelo dormía en el regazo de la abuela, que le iba lavando con
algodones húmedos, tibios, suavísimos, la sangre de la madre.
Volvió
don Arcadio a su aposento.
Comenzaron
a tocar las campanas, delirantes, inmensas, gloriosas.
Ese
clamor de triunfo y despedida del gozo de la Iglesia llegaría hasta las cumbres
de los montes, dejando en las abruptas soledades el latido de emoción del
cristianismo.
Estaba la
plaza desierta y dorada de sol. Los gorriones saltaban picando la verdura
recién nacida y las migas de la merienda de los chicos que, en la tarde pasada,
se holgaron con sus carracas de martillo.
El
campaneo traspasó de ternura toda la vida de don Arcadio. ¡Ahora se acercaría
la procesión al Monumento, tan delicado y oloroso de mayos, palpitante de
candelas encendidas! Avanzaría el
palio…
Y el buen
caballero avanzó haciendo el paso grave, magnífico, procesional como si oyese
el retumbo del helicón…
Callaron
las campanas. Y todo Serosca sumergióse en silencio, un silencio que parecía
caer de lo alto, de la infinita y azulada campana del cielo, muda ante el
comienzo de la Pasión del Señor.
Huyeron
despavoridos los gorriones porque se acercaba un pisar duro, presuroso.
Asomóse
don Arcadio a las vidrieras, y pálido, trastornado, gritó:
—¡María
Santísima, don Lorenzo! ¡Y la procesión arrodillada ante
el
Sagrario!
Entró el
amigo. En lo hondo de la casa seguía arrastrándose el gemido del viudo…
El músico
alzó los ojos a la augusta mañana del Jueves Santo. —¡Y en un día tan hermoso
se desangra una madre tan jovencita
que
parecía una virgen!
Quiso
verla. Pero don Arcadio le contuvo medroso y enfermo de ansiedad.
—¡No fué,
no fué usted a… Santa María!
—¡Yo qué
he de ir! Ahora supe la desgracia, ya en las afueras, que quería ver los
sembrados después de la nevada; allí vinieron a
contármela,
y aquí me tienen…
Y don
Lorenzo perdióse en las suaves penumbras del pasillo, mientras don Arcadio
murmuraba:
—¡Perdón,
Serosca, si el comandante, ese comandante, ha llevado mi vara!
VII
DESPUÉS
DEL MISERERE DIÓSE CUENTA DON LORENZO DE QUE SUS AMIGOS, POSTRADOS POR LA
REPENTINA desventura, nada le dijeron del entierro. Y marchóse diligentemente
en busca de don Arcadio.
Halló la
casa silenciosa, apagada. Sólo de las habitaciones del jardín salía la claridad
de las luces de la muerta. Las criadas parecía que caminasen descalzas;
respondían sigilosas y suspirando, y dentro, en la holgura de la cocina, de
tiempo en tiempo, sonaba una risa reprimida, una palabra rota, bullicio de
mozas y labradores que vinieron de las heredades para velar.
Don
Arcadio estaba paseando por la fosca sala cuando llegó el músico. El estrado,
la alfombra, todos los muebles, todo el recinto, olían a ropas, a mantillas
guardadas, a gente. Hasta familias enteras de escaso trato con los
Fernández-Pons, descansaron allí de la visita a los Sagrarios para saber y
dolerse de la desgracia. Y casi nadie conociera a Carlota. Solo estuvo don
Arcadio estrechando manos y repitiendo la súbita muerte. Doña Rosa cuidaba del
huérfano. El viudo se asomaba a la alcoba, salía al huerto; desde un retorcido
granado de las orillas de la alberca, miraba la ventana alumbrada; volvía junto
a ella; se iba; echado en el sofá comedor contaba los cuadros, los sillones,
las copas rizadas, antiguas, que le
miraban
resplandeciendo desde las arcaicas alacenas de roble. Un crujido, una pisada
hacíale acudir anhelante a la alcoba. Despabilaba los cirios y raía las
arandelas con las manos; los dedos le punzaban del latido de las quemaduras; se
le pegaban; y huía mordiendo una bola de cera…
Don
Arcadio pidió una lámpara, y respiró, complacido de la presencia de don
Lorenzo. ¡Oh, y qué harto de las gazmoñerías de las visitas y cuán cansado de
su soledad! ¡Aquella soledad le sobrecogía como si paseara dentro de su
sepulcro!
Hablóle
el amigo. Y de pronto le interrumpió gritando:
—¡María
Santísima! Pero ¿nada está hecho? ¿No se lo dijo Agustín? ¡Si es que yo
confiaba en usted! Me preguntaban, me preguntaban, y siempre decía lo mismo: Se
lo encomendamos todo a don Lorenzo. ¡Y mañana, Viernes Santo!…
Llamó el
artista que fuesen a la parroquia y buscasen a los funerarios.
Pasaron
al escritorio; sentáronse frente a la mesa. Don Lorenzo tomó pluma y papel.
Puso el nombre de la muerta. Y quedóse repitiéndolo:
—Carlota…
Carlota…
¿Cómo se
llamaría esta pobre criatura? Y lo preguntó tímidamente. También don Arcadio se
detuvo musitándolo:
—Carlota…
Carlota…— y se alisaba el canoso vellón de su barbilla; se estregaba los ojos;
se pellizcaba el labio con el pulgar y el índice, se lo mordía; tuvo tos…
—¡Carlota, Carlota, pero ¿Carlota qué? ¡No recordaba los apellidos, o no los
supo nunca!
Acucioso,
sobresaltado buscó en el bufete la cédula de la inscripción del nieto. La hizo
don Lorenzo; fué en papel procesal de una escritura caducada. La encontró y
decía: Agustín, Arcadio, Juan Crisóstomo, Lorenzo… Pero llegando aquí la nota,
se había abandonado el bautizo por la nevada, y no se pasó de estos nombres.
Llamaron
a Agustín. Sin mirarle, con apariencia de mucha presura y de estar con afanes
que disculparan un olvido que tanto había de afligirle, le preguntaron los
apellidos de Carlota.
El viudo
les miró con un aturdimiento que espantaba, y salió sollozando; postróse de
rodillas junto al lecho, y hundió la frente en
el
vientre hinchado del cadáver.
Pero
urgía disponerlo todo; y la mano del amigo tocó su hombro.
—¡Perdóname!
No queda tiempo; y nos aguardan.
Alzóse
Agustín; llevó a don Lorenzo por los tenebrosos corredores; atravesaron la sala
familiar de labor; fueron al huerto; llegaron bajo el granado. Y allí refugióse
en los brazos del músico.
Tan de
niño era su lloro, que don Lorenzo creía amparar al hijo. —¡No me consuele; no
me anime, que no es pena lo que ahora
tengo: no
me consuele…! —gemía Agustín retorciéndose, golpeándose—. ¡Tan ligeramente la
quise, fui tan distraído o criminal con ella, que yo no sé o he olvidado cómo
se llamaba Carlota!
—¡Que no
lo sabes; no sabes tú cómo se llamaba tu mujer! —¡Por Dios, don Lorenzo! ¡No lo
sé! ¡Maldito sea yo! ¡Si no me
acuerdo!
Acaso el primer apellido sea Enríquez; pero ¿y el segundo? Y tampoco; tampoco
recuerdo lo de Enríquez. La quise, ¡yo le juro que la quise sin fijarme en
ella, sin complacerme en ella!… Ahora es cuando me detengo amándola, y la veo
en todos sus instantes.
Y no pudo
seguir por la congoja. La imaginaba apacible y sumisa, sin quejarse de su vida
de abandono, ahogándose en una angostura de bondad y de indiferencia, y
ofreciendo a todos la delicia de su sonrisa. Ahora, ya muerta, ya perdida, se
le presentaba clara, cercana, toda la esposa palpitante de amor, con esa
belleza delicada, que sus ojos aturdidos no miraron, llena de gracia, de una
gracia sutil, invisible para los rudos y para los demasiado vehementes y los
demasiado buenos. ¡Señor, él la quería ahora, y la quería en la aflicción, en
la exaltada angustia de su muerte porque no supo amarla viva!
Salió el
padre buscándoles. El rumor de sus voces y de los sollozos le fué guiando entre
los árboles, cuyas ramas cimeras comenzaban a recibir una lumbre pálida, húmeda
y santa de la luna que alumbró la soledad del huerto de las Olivas.
Don
Arcadio pensó que le estallaba el cráneo y la garganta oyendo a su hijo.
—¡María
Santísima!¿Que no sabes los apellidos de Carlota? ¡Tú tampoco!
—¡Cállese,
por Dios! —le imploraba Agustín que se sentía arrebatado por el ansia dolorosa
de culpar al padre de desvío hacia la muerta.
—Pero ¿es
que no tenía… linaje?
El hijo
rugió:
—¡Nosotros
se lo quitamos; nosotros!
Y
arrepintióse de su impureza, de su injusticia acusando a otros:
—¡Yo solo
—balbució abrazándole—, yo sólo soy culpable y ruín!
—¡Si es
que además de todo eso que dices —insistía don Arcadio en su asombro—, no
entiendo, no me explico ese olvido tuyo, ni el nuestro!, ¡claro! ¿pero el tuyo?
Quejóse
el hijo; y don Lorenzo medió para mitigarle las heridas que, sin querer, le
desgarraba la simplicidad del padre.
—¡Déjeme,
don Lorenzo! aquí es preciso que razonemos. Cálmate Agustín. Vamos a ver: ¿no
tienes documentos, algo de tu matrimonio, papeles de Carlota que te enviarían
de Cuba?
—¡Qué me
importan esas cosas! ¡En mí, en toda mi vida debieran estar escritos! ¡Qué vale
la pérdida de unos documentos!
—Pero
¿los guardas, los tienes?
—¡Si no
lo sé, Señor! ¡Quizá los dejara en Barcelona, o estén en aquel cofre viejo de
mi cuarto de estudio!… ¡Carlota… Carlota Enríquez… Enríquez… debe ser Enríquez!
—Y se hincaba las uñas en la frente.
Había
entrado la luna llena en el huerto; y abrió la obscuridad de la alberca que
parecía un arca de plata colmada de joyas y de vestiduras blancas, purísimas,
de todas las esposas que murieron tristes.
Volvieron
a la casa. Quería don Arcadio que su amigo subiese al estudio del hijo para
escudriñarlo todo. Pero pasando junto a la alcoba, Agustín, desfallecido,
contuvo a don Lorenzo y le pidió:
—Venga
conmigo, ¡me da vergüenza pasar yo solo! ¡Que venga mi padre, que venga también
mi madre!
Apareció
doña Rosa con el nietecito dormido en sus brazos.
Todos
rodearon a la muerta, mirándola, mirándola.
En los
labios de Carlota quedaba una dolorida sonrisa de perdón para toda la noble
casa.
La veía
Agustín; la adivinaba don Lorenzo. La recogió también doña Rosa.
Y la voz
del catedrático, que entonces llegaba, dijo:
—Ha
quedado muy natural; parece que duerma. ¡Es lástima que le hayan apretado tanto
la boca para cerrársela!
Don
Arcadio llevóselo al escritorio. El sabio comenzó:
—Ningún
pueblo tuvo, como el egipcio, tan acabada idea de la eternidad. El
embalsamamiento de sus cadáveres, sus cenotafios, sus ceremonias funerarias…
Pero don
Arcadio no le escuchaba, repitiéndose:
—Enríquez,
de primer apellido…
Y
apresuróse a apuntarlo.
—¿Qué son
las pirámides, sino…?
El
huérfano lloraba.
VIII
POR
MANDATO DE AGUSTÍN QUEDÓ TODA LA ALCOBA COMO LA DEJARA LA MUERTA: LOS COLCHONES
TENDIDOS Y DESNUDOS; LAS ALMOHADAS, con la huella de la cabecita; la roja
cobertura de damasco desplegada y caída a los pies del lecho. De un perchero de
ciprés colgaba una camisa femenina, larga, amplia y cándida, como una casta
túnica; y al tocarla desprendía un leve perfume de cuerpo dormido. Bajo la
butaca de seda pálida, se veían juntitas las perezosas chinelas. En el tocador
brillaban, traspasados de sol, los pomos de esencias y copas de medicamentos;
dos frascos angostos, con los cepillitos levemente sonrosados de elíxir, como
si aún retuviesen la frescura de la boca; la jabonera de plata, abierta,
mostrándose la pella blanca y olorosa, adelgazada por los brazos y manos de la
amada. Hasta la luna del armario moderno, traído de Barcelona, parecía que
esperase la descuidada imagen de ella.
Agustín
paseaba sombrío, hastiado, por el huerto verde, rumoroso y abundante de los
favores del verano; subía a su cuarto, y miraba con odio la vieja ciudad
quemada de la lumbre estival; y la maldecía y la acusaba de seca, de no haberla
querido y llorado. Carlota le sonreía desde el azul, resignada y buena, lo
mismo que al arribar él de sus viajes, perdonándole sus ausencias y premiándole
la felicidad de sus rápidos momentos de amor.
Don
Arcadio le llamaba en la hora de las comidas. Apenas conversaban. Le daban
partidos los manjares; le escogían las frutas más sabrosas de los árboles de
casa. Le decían cuantas noticias de Serosca pudieran divertirle. Tornó don
Lorenzo a contar sus aventuras de artista viajero. Y Agustín permanecía frío y
hosco. Buscaba un retraído sillón de la sala donde su madre hacía labor con la
cunita del huérfano delante de sus ojos. Le seguían todos.
El padre
volvía a insinuar elogios de algunas familias. Y el viudo huía al dormitorio de
la muerta, y besaba enloquecido las ropas que ciñeron su carne, las cosas que
tocaron sus manos, inflamado de una tardía pasión desesperada, llena de sueños
deliciosos, de horror y lacerías.
Enfermó
de fiebres y deliquios. Una noche culpó a su hijo de la muerte de la madre, y
no quiso besarlo. Después, arrepentido, levantóse de la cama, lo tomó en sus
brazos cubriéndole de caricias y de lágrimas.
Sus
violencias, sus ternuras y su silencio atemorizaron a todos; sentían un miedo
ciego de infortunios, que parecía que ya anticipaban su sombra sobre el hogar.
Una
mañana pidió Agustín la galera; dijo que iba a Valencia. Y no volvió más.
Desde
Génova escribió despidiéndose a punto de embarcarse para Filipinas. No podía
vivir en Serosca. El reposo y el amor de su casa; la amorosa compañía del
músico; la sonrisa de su hijo, aquel sutil aroma del bien perdido y la emoción
de vida de la muerta, que al principio de su viudez le desgarraban, le hirieron
después con blandeza, y quizá acabasen por ungirle las llagas y curarle, como
se cura un enfermo que queda lisiado, y llegaría a ser doloridamente dichoso.
¡Y no quería serlo! Se hubiese despreciado viviendo en la quietud de Serosca,
manteniéndose de quimeras y recuerdos, no habiendo querido las mieles de la
realidad al lado de ella . Lo que no hizo en vida de su mujer no podía ahora
otorgárselo a sí mismo. Se apartaba de su hijo como una expiación de su pasado.
Huía; y en la huída se entregaría rudamente al trabajo. Adivinaba una lenta
decadencia de su hogar; y él ansiaba fortalecerlo por sus padres y por el
huérfano.
Mucho se
afligieron don Arcadio y doña Rosa. Nuevamente perdían al hijo; pero les
consolaba el artista diciéndoles que era preferible imaginarle afanoso en
países lejanos, que no tenerle cerca devorado por sus pensamientos.
Comentóse
también la carta delante del catedrático y del fabricante.
Ellos la
aprobaron como amigos leales; pero las luminarias de esperanza, otra vez
prendidas en el corazón de don César, que además de historiador era muy
casamentero de sus hijas, quedaron casi apagadas. Sin embargo, Agustín estaba
libre, y volvería.
Y habló
de su “Compendio” de Serosca. Asustaban sus macizos de datos. Para el último
Capítulo necesitaría los de los Fernández-Pons. Y don Arcadio ofrecióle la
casona de “El Almendral”, donde podía escribir con todo sosiego durante las
próximas vacaciones.
Ya en la
calle, el catedrático adolecióse de la soledad del amigo. —¡Qué lástima! Y ese
Agustín…
—¡Ese
Agustín —cortóle el señor Llanos— no puede estar quieto en ningún sitio; ni más
ni menos!
—Yo
estimo —afirmó don César— que Agustín es un temperamento eminentemente
histórico. Ese hombre triunfará.
* * *
Murió
Agustín al tercer año de su huída. Desde Cebú enviaron un recio atadijo de
revistas, planos, ropas y un arco indio. Eran los únicos bienes del ingeniero.
Lloraron
los padres y don Lorenzo, mientras el huérfano aplaudía gozosamente viéndose su
traje de luto, el primer traje de hombrecito.
La niebla
de tristeza de doña Rosa durmióse para siempre encima de su alma.
EDAD
MEDIA. SEROSCA LA NUEVA. INFANCIA DE AGUSTÍN
I
OIDA MISA
DE OCHO, HACÍA DON ARCADIO LA COMPRA, COSTUMBRE HEREDADA DE SU PADRE, QUE FUÉ
TAN entendido en eso de escoger y mercar los peces más delicados y la carne más
tierna, que parecía que sólo con el olor supiese el paraje del mar de donde
salió un lenguado y la hora precisa de su muerte, o la pastura que mantuvo en
vida a la res desollada. La uña y el vientre de vaca, o el seso y la criadilla
de cordero, y otras delicadezas y enjundias, tan raras en las mesas
serosquenses, porque el terrible fondista de “La Esperanza” las arrebataba para
sus viajantes, casi todos de casas catalanas, nunca faltaban en la de aquel
Fernández-Pons, sin costarle adehalas ni usar de arterías y adrollas como el
huésped.
Muerto el
padre, y casado don Arcadio, quedóle como vinculado y honorífico el ministerio
de viandista; y cuando la vieja ama de llaves recogía en su cesta lo que su
señor pagó y apartó en puestos y garabitos, y después, en casa, se sabía el
precio todo eran zumbas de las mozas, murmuraciones de la dueña y lamentos de
la señora.
Pero don
Arcadio nunca se dejó persuadir de los avisos y protestas de las mujeres. Un
mandato íntimo le llevaba al mercado.
Solemnizaba
los domingos y santas festividades asistiendo también a la misa conventual.
Cantaba el Oficio Parvo y pertenecía a la Vela Nocturna de Caballeros.
Principalmente
era devoto de Nuestra Señora, pero de Nuestra Señora de Serosca, que hizo su
maravillosa aparición el de Octubre de U H , encima de un ciprés.
Probaba
el hidalgo su hiperdulía lugareña rezando el rosario antes de la cena. “¡Por la
señal!”, gritaba saliendo a los pasillos; y luego de persignarse, cruzaba las
manos a la espalda, pendiente el largo abalorio, y guiando el rezo con voz de
novena. Desde la sala, le
seguían
las oraciones doña Rosa, las fámulas y, a veces, las familias del señor Llanos
y don César, haciendo un rumorcito de místicas quejumbres.
Y cuando
el señor llegaba al Regina Sanctorum omnium, la cocinera escaldaba los huevos
en la sopa de patata y cebolla, de cebolla muy quemadita.
Iba
siempre don Arcadio a la parroquia arciprestal, cuyos muros de un hermoso color
tostado, con óvalos verdinegros de la lluvia de los tejaroces, tendían sus
sombras hasta la azotea de la patricia casona.
En esta
amada iglesia plateresca recibió el bautismo, le confirmaron, se desposó; hizo
cristianos a su hijo y a su nieto; en la frescura de su nave se refugiaba,
siendo muchacho, aburrido de jugar al herrón o a la peonza, y se divertía
mirando los ex-votos de cera y tablas que colgaban a racimos en el camarín de
la Patrona. Tres pinturas de milagros le emocionaban entre todas: la de un
molinero cayéndose a la presa espumosa, y en el trance horrendo de ser enrodado
invoca a la Virgen, y las muelas se paran súbitamente. Otra de un mercader de
ganado: un toro bermejo, enfurecido, espantoso, le acomete, lo levanta sobre su
cuerna descomunal; el pobre hombre reza una jaculatoria; el toro se amansa y
humilla, y le saca las astas del chaquetón y la camisa sin dejarle daño. El
tercer prodigio sucedió con un labriego perseguido por cuatro facinerosos en
las afueras de la ciudad. “¡Nuestra Señora me valga!”, dicen que dijo el
cuitado, y quedó libre de aquellos ruines. En todas las tablitas se ve a la
Virgen sentada en el blanco y rizado mullido de una nube.
Apareció
la milagrosa imagen en la rama de un ciprés, un ciprés que antes se erguía
fuera de sagrado, y ahora prorrumpe agudo y melancólico del recinto del
claustro, añadido al templo en O D .
Todavía
tiene descarnada la rama santísima saliendo entre el verdor espeso de todo el
árbol. Ni el filo de los años, ni el tumulto de los vendavales han quebrado el
dedo más sutil de esa mano de leña.
No se
cansaba don Arcadio de encarecer la perpetua maravilla de la entereza y muerte
de la rama, perteneciendo a un ciprés en lo demás lozano.
Igual
entusiasmo sentían sus amigos, aunque don Lorenzo les dijo:
—¡Que me
perdone el ciprés, pero debiera haber quedado viva y frondosa la rama donde se
sentó la Virgen, y seco todo lo que no tocó la imagen; y aún mejor me parecería
que hubiese escogido Nuestra Señora un árbol muerto para resucitarlo y cubrirlo
de flores.
—¡Me
llega el tufo del racionalismo! ¿Y a usted, amigo Llanos? — deslizó don César.
Llanos
dijo que desde luego, que también le llegaba.
* * *
Pues una
mañana de fiesta perdió don Arcadio la misa de ocho por la pesadumbre y
contienda que le trajo el hallar dos gotas de mancha de hierro en la pechera de
la camisa limpia.
Se la
quitó; y le dieron otra muy áspera de puños.
¡María
Santísima, quién planchaba en su casa!
Razonábale
doña Rosa; las criadas entraron las planchas para que las viese limpias y lisas
sin sospechas de descuido, y don Arcadio seguía porfiando.
En
resolución, el caballero salió de su portal a punto del último toque de la misa
de nueve.
Y ya
llegaba a la verja del templo, cuando ocurriósele subir los ojos, y vió que en
los gallones y hojarasca de la hornacina del hastial, colgaba la cola de
arrapiezos de una birlocha.
¡Esa
irreverencia, sin duda, la cometió algún muchacho de las gentes costaneras!
Y juró
averiguarlo.
A su lado
saltó los balaustres un mocito menudo. Había hecho un pasmoso volatín.
¿Qué era
aquello? ¿Qué usanza ésa de entrar en misa? No pudo contenerse, y le llamó.
—Dígame,
¿por qué ha brincado usted de ese modo?
El
saltarín le miraba, no entendiendo cómo un caballero tan grave y principal le
hablase de usted y de su brinco.
—¿Me ha
oído usted? Digo ¿que por qué saltó la verja?
—Es que
no me di cuenta —repuso encogidamente el muchacho —; me creo que lo habré hecho
por la costumbre; en mi casa entro
saltando
por los balcones; y si quisiera me subiría ahora mismo al campanario, sin
escalera ni nada, sólo agarrándome a los sillares.
—¡Sólo
agarrándose a los sillares! —repitió el señor, retrocediendo para ver toda la
torre.
Midió,
después, con la mirada al mozuelo, y preguntóle:
—Pero
¿usted es de circo?
—Yo, no,
señor; yo no he salido de Serosca. Lo que es que pasó lo menos dos años dando
brincos por la mesa y la cómoda y las ventanas de mi casa, y de árbol a árbol,
y haciendo corvetas y andando con las manos para que se riese una hermanica que
se murió mala del pecho.
—¡Lástima
de criatura! ¿Y se reía de verle?
—¡Pues si
se rió hasta en la agonía!
Don
Arcadio estaba conmovido y muy ganoso de que le contase más de su vida y de su
casa.
—¿Y ahora
con quién vive usted, que yo no le conozco? —¡Toma, pues con mi madre! Padre no
tengo, no, señor. —¿Eran los dos de Serosca?
—Sí,
señor, que eran; pero mi abuelo venía de la mar… —¡Ah, vamos! Ustedes son de la
Marina; he debido imaginarlo.
¡Esos
saltos, y tanto hablar! De seguro que la cola de la cometa la enganchó usted
ahí sin ningún respeto.
De
súbito, se vieron rodeados de los devotos que salían de la parroquia.
—¡María
Santísima! ¡Sin misa, sin misa mayor, y por culpa de un chicuelo de la raza
nueva!
II
SOLEÁBANSE
LOS PALOMOS ESPADAÑÁNDOSE Y PISANDO MUY GENTILMENTE POR EL ARIMEZ DE LA AZOTEA.
LOS más audaces volaban hasta las gárgolas de Santa María; y desde allí se
asomaban, volviendo la cabecita, con ligereza y donaire femeninos, a toda la
ciudad apretada y umbrosa.
Don
Arcadio no se cansaba de mirarlos. Su blancura dejaba un copo de alegría, de
ternura y de gracia en las viejas piedras. ¡Eran verdaderamente palomos de la
familia de Fernández-Pons! ¡Con qué elegancia y docilidad acudían apenas les
señoleaba! ¡Con qué gravedad se renovaban en las celdas de sus hormillas!
Después
de encerrarlos, vigilaba la firmeza y tupidez de los alambres de las
portezuelas, porque perdióse el sosiego de los palomares desde que los hombres
de la Marina se avezaron a soltar palomas a los halcones de Berna, la sierra
más excelsa y fragosa.
No podría
preciarse esa gente de que él y sus amigos hubieran participado de tan
aborrecible divertimiento.
Pasó
sobre la frente del hidalgo un palomo grande, azuloso, de buche grueso y
erizado, y la mirada encendida.
—¡Ese es
ladrón! —gritó furiosamente el caballero—. ¡Nunca hubo en Serosca buchones!
Un macho
de su palomar, blanco y calzado de plumoncito rizoso hasta los dedos, se
gallardeaba encima del acanto de una dovela de Santa María.
Agradada
la hembra, que era también blanca y fina con toquecillos de color de miel,
subió a la hoja de piedra del muro. Y ya se dejaba espulgar por el dulce pico
del esposo, cuando hizo su aparición, estrepitosa de alas, el palomo gordo y
rapaz, que dejó caer tiesamente la cola, ahuecó la plumajería de la garganta,
verde, con tornasoles siniestros, y moduló un lírico arrullo lleno de falacias.
Avisóles
los peligros el amo; pero el buchón no les dejaba aliento para volar. Repitió
la paternal llamada don Arcadio. Y el enemigo les rendía con insolencias y
embelecos.
Ya no
pudo contenerse don Arcadio, y arrancando una pedrezuela de la cornisa disparó
contra las aves. Escapó el ladrón; vino enloquecida la hembra, pero el palomo
familiar cayó a la honda plaza.
Desnuda
la cabeza, descalzándosele los bordados pantuflos, saltando escalones, bajó el
hidalgo; llegó a la Parroquia.
El pobre
palomo estaba muerto. La piedra le había herido en los ojos; se aplastó la
blanca pechuga contra las losas, y del pico entreabierto le salía una gotita
espesa de sangre.
Maldijo
el caballero el acierto de su mano; y la alzó crispada y trágica contra toda
Serosca la nueva.
* * *
Y una
tarde de febrero, de oro pálido y tibio, estando don Arcadio dirigiendo la poda
de un durazno de su huerto, sintió que el aire vibraba de alaridas de cuernos,
de bocinas y caracolas. Eran los avisos de que el gavilán de Berna había
agarrado la paloma.
Siempre
oyó don Arcadio estas señales paseando por el campo con sus amigos, o
conversando en una sala cerca del brasero, de copa resplandeciente, y nunca
quiso mirar ni saber un lance de estos vuelos feroces. El mismo don Lorenzo,
tolerante y zumbón en todas las cosas, dedicaba un silencio de desdén y lástima
a estas crueldades levantinas.
Pero esa
tarde, esa tarde le sorprendió solo y aburrido aquel tumulto. Pensó en su
palomar. ¿Estaría firme el cierre? ¿Le
atormentaba
la sospecha miedosa, y no remediaba un posible descuido? ¡María Santísima, si
estaba en su casa y nadie le veía!
Y subió.
¡Qué
contento tan ancho, tan leve y juvenil, sintió en la libertad de su azotea!
¡Qué azul tan pálido, tan inocente! Y allá dentro del azul, ¡qué hermosura!,
¡subiendo, subiendo… un blancor menudo y vivo! ¡La paloma, otra paloma
perseguida por el dardo del halcón!
Llegaron
a fundirse, a perderse en las llamas del ocaso. Bajaba un rizo de plumas; y
resonó un aplauso de triunfo, un
aplauso
que se oía como una lluvia torrencial sobre un bosque, y que calaba el pecho de
don Arcadio. Tan grande era su emoción, que olvidóse de todo recato, y se asomó
a la acitara. Y de improviso le golpeó los hombros, y cayó a sus pies la paloma
palpitante, victoriosa, con un surco abierto en la pechuga por el puñal de una
garra. Y apenas la tuvieron sus manos, y empezaba a incorporársele el temblor
de los latidos de la asustada vida, zumbó el aire junto a sus sienes por un
aletazo de fuego, y el gavilán, cegado del enfurecimiento de la persecución,
loco y horrendo, precipitóse, desplomóse hasta rasar los guijarros de la plaza
de Santa María.
La plaza
retembló de aullidos, de patadas, de golpes… Un tendero cojo, desgajó con su
muleta un ala del pobre gerifalte.
Entonces
el jubiloso vocerío traspasó toda la ciudad.
Una yunta
salióse de la besana, mientras el labrador miraba hacia Serosca.
Y don
Arcadio, congestionado, amando la paloma como si fuese suya, la mostraba desde
lo alto, y braceaba y gritaba.
Desde
otras azoteas aplaudían. Un caballero, tocado con gorrillo de borla, devoraba
por el cañón del larga-vista el oleaje de la muchedumbre. Otro, asomado a su
buharda pedía que le mostrasen el ala tronchada.
Y sucedió
que el del birrete, el de la lucera y don Arcadio se miraron.
Y los
tres hidalgos desaparecieron, porque eran el símbolo de la antigua raza
sorprendido en el pecado de solazarse con la raza nueva.
III
CUANDO
ALGUNA LABRIEGA O LUGAREÑA MENESTEROSA ENTRABA SUSPIRANDO EN LA VASTA COCINA,
LAS MOZAS O CAMILA, LA VIEJA CRIADA, mujer de toda la confianza y de todas las
llaves, le preguntaba:
—¿Viene
para hablar con la señora?
—¡Ay sí
que quisiera! —y se subía las puntas del delantal a sus lagrimales rojos y
húmedos.
Entonces
Camila, volviéndose a las otras, solía decir muy paso:
—¡Esto
nunca se acaba porque la señora es como es!
Después
se apartaba. Durante mucho tiempo se la oía “anda que andarás” por los
pasillos, abriendo y cerrando puertas.
La
artesana o labradora refería a las mozas sus calamidades; también mentaba a la
señora. ¿Verdad que debía ser desgraciada? Se reía a veces con una risa que
valiera más que no se riese. La señora tenía cara de santa, pero de santa ya
muerta que hubiese pasado una vida de amarguras, como casi todas las santas.
¡La muerte del hijo, la muerte de ese hijo!
Delante
de Camila se presentaba el nieto de los señores corriendo gozosamente.
Y todos
le miraban suspirando de compasión.
El niño
tiraba de las faldas de la pobre mujer:
—¡Anda,
que mamá Rosa está esperándote!
Mamá
Rosa, vestida lisamente de negro, y la cabeza como forjada de plata, lo mismo,
lo mismo que la cabellera de don Lorenzo, acogía con dulzura a la necesitada.
En seguida dejaba su labor y quedábase escuchando; pero parecía que pasaba
sobre ella un cristal, un humo que la nublase, que la alejase y la hiciese
misteriosa.
A veces,
cortaban el coloquio don Arcadio y don Lorenzo, que ahora solía venir de
mañana.
Luego
seguía el rumorcito apenado de la mujer. “¡Y cómo habíamos de pasarlo, con el
marido malo de dolores que ni podía resollar, y yo criando los mellizos, y en
la tienda negándome harina! Pues nueve huevos de pavo que le puse a la clueca,
los nueve que salieron; y cuando ya estaban que estaban criados que daba gloria
mirarlos se pusieron como aojados, y de nueve me quedaron dos; y una tarde bajó
el gavilán y desgarró a uno y se llevó al otro. Yo estaba en la acequia; y mi
marido oyendo el alboroto, y sin poder menearse… La chica, la Agustinica, que
la señora acristianó, no quiso salir de miedo, pero estuvo mirando desde la
falsa; dice que la clueca le daba con las alas al maldecío del pájaro,
embistiéndole desesperada, y que dió un salto y el gavilán se fue. Y cuando
pasemos al corral vimos a la gallina desangrándose, clavadica en un hincón de
la pared, de ésos donde se cuelgan los legones y los aparejos…”
Don
Arcadio le decía con los ojos a su esposa: Anda; socórrela pronto.
Y la
cuitada, aún con los dineros en el hueco de su mano abrasada y seca, proseguía
murmurando sus agobios.
El
nietecito huérfano corría entre los rancios muebles; y cuando pasaba por los
vanos de los balcones, y las hebras azules de sol tocaban su cabellera, se
producía en la sala un bello relámpago de oro.
Don
Lorenzo sentábase al piano; subía al niño sobre sus hinojos, y tomándole las
manitas, se las paseaba por el viejo marfil y con ellas tañía muy despacito,
muy dulcemente unas notas que parecían de cajita antigua de música donde hay
unas menuditas danzarinas
que
bailan una mudanza haciendo reverencias, y pellizcándose su hueco
guardainfante…
La señora
se hundía más en el damasco de su butaca, adelgazándose hasta semejar una
doncellita romántica, con el cabello empolvado. Después iba subiendo la mirada,
quedando prendida del dorado lóbulo de una cornucopia. Debajo brillaba el cobre
de Mozart de un perfil femenino y entristecido. ¿No se parecía a don Lorenzo,
Señor?
Y,
después, don Lorenzo aconsejaba al ahijadito:
—Tú serás
músico, ¿verdad? Mamá Rosa ¿qué te dice?
Y el
abuelo mediaba:
—No, no;
déjese de música; ha de ser magistrado muy sabio, y muy grave; y sus hijos
tendrán un óleo con un fondo de cortina encarnada, recogida por un cordón de
borlas; y en medio estará él, vestido de toga, la muceta más roja que la
cortina; una mano descansará sobre el bufete como si fuese a abrir un libro de
Leyes; la otra, cerca del pecho, brillándole este anillo ancho que yo traigo
ahora en el cordal. ¿No se ha fijado en el retrato que hay encima de mi
escritorio? Pues, lo mismo. Es de mi tío Alejandro Pons y Gumiel, hermano de mi
madre, descendientes de Pedro de Gumiel, maestro mayor de obras del Cardenal
Cisneros.
El
artista bajaba de sus rodillas al huérfano. —¡Con que con Dios, señora! —decía
aún la mujer
despidiéndose.
Don
Arcadio tosía, tropezaba en la rejuela de lumbre de los pies de doña Rosa,
golpeaba con los artejos en el fanal de la Virgen que estaba sobre la cómoda,
una cómoda olorosa hecha de una sabina gigantesca de su heredad de Murta, ya
vendida.
Y la
pobre mujer salía suspirando.
Entonces,
el caballero se llevaba las manos a su limpia calva, y así recorría todo el
aposento. De pronto se detenía y plegaba los brazos lamentándose:
—¡Te
matarán, Rosa! Te vas consumiendo de tantas desdichas de madres, de hijos, de
esposas. ¡Yo nunca te encontré sola! ¿Necesitan socorro? ¡Pues las remedias, si
puedes, y se acabó!
—¡Déjalas
que hablen, Arcadio! Vienen por esa expansión. —¡Vienen por lo otro! ¿Qué le
parece, don Lorenzo?
Y don
Lorenzo inclinaba la frente, y decía con timidez y amargura:
—El
decir, el contar nuestra vida consuela, alivia mucho. ¡El
silencio
del dolor es otra pena tan pesada!
Y la
señora volvía los ojos al horizonte campesino, y lo veía todo esfumado porque
en sus pestañas temblaba un rocío de lágrimas.
Mirábala
el nieto desde el rincón de sus juguetes; y trayéndole a don Lorenzo un cordero
descabezado o un molinito roto para que su amigo lo encolase, decíale riendo:
—Oye ¿por
qué llora la abuelita?
IV
"LA
COLOMBÓFILA" ERA MÁS RICA, MÁS NOMBRADA Y AMENA QUE EL MISMO CASINO VIEJO
DE SEROSCA. A buen seguro que nuestro parecer agraviaría a don Arcadio; pero
nos tenemos nosotros por más amigos de la verdad que de Platón, como diría don
César, si bien el docto profesor lo diría en latín.
Fundó La
Colombófila la gente nueva, la aborrecida de los claros caballeros del lugar,
y, sin embargo, casi todos pertenecían a su gremio desde la tarde que gustaron
del pasatiempo de aquella liza de gerifaltes y palomas.
Era tan
grato este solaz y tan gustosos los comentarios de sus lances que, aun a
trueque de mezclarse con los advenedizos, solía don Arcadio ir algún rato a sus
reuniones. Es cierto que siempre se rodeaba de los suyos.
—Eso de
dar palomos a los gavilanes —les decía don Lorenzo—, no se aviene con el título
de esta casa.
Y el
catedrático, sentido de no haberse fijado primero que todos en la etimología
doméstica, le replicaba:
—Le
advierto a usted que no se sueltan las palomas para que las devoren los
gavilanes, ni mucho menos, sino para que los venzan y sepan huir de los
peligros; y en esta enseñanza hay una manera de amor.
—¡Vaya
por tanto amor, y la que no sale comida, viene lisiada! Y una noche, el músico
fué solo al bureo de los socios
trasnochadores,
y les habló de los palomares de la Mancha. Daba alegría ver salir centenares de
palomos de los casales, y poblarse el cielo de alas, y perderse aquel júbilo
por el llano. Bajaban a comer en la sembradura; y antes de la puesta del sol se
recogían todos. Los dueños tan sólo habían de cuidarse de darles agua como si
fuesen rebaños; y de la palomina sacaban un caudal.
Aquellos
tornadizos meridionales se miraron, y en seguida decidieron granjear como los
de la Mancha; y para divertirse criarían palomas mensajeras.
El
artista sentía un íntimo contentamiento. ¿Cómo estallaban rebeldías y
contiendas entre los hombres, siendo tan dóciles y simples, que se les apartaba
de sus aficiones y designios más contumaces con sólo la miel de una promesa? He
aquí que por su mediación se acababan los angustiosos vuelos de las bellas
avecitas.
El
tesorero de La Colombófila, que había vivido en Calpe, dando una gran voz,
dijo:
—¡Hay que
matar todos los halcones de la sierra! En Calpe los acabamos subiendo a los
mismos nidales. ¡Da más gusto! Y cuando ya no hubo, matábamos gaviotas.
—¿Y los
cazabais a tiros? —le preguntó el secretario, macizo, reluciente, en cuya
corbata de raso colorado brillaba una libra esterlina, y de la soga de oro de
su reloj pendía una onza.
—¡A tiros
y con cepos!
El
entusiasmo fervorizaba la sangre levantina.
¡Eso
sería hermoso! Habían de llevar unas acémilas para el repuesto. Pedirían a
Valencia polainas, gorras felpudas de orejeras, cuchillos de fusil, armadijos,
escalas de cordeles…
Don
Lorenzo arrepintióse de su elogio a los palomares manchegos.
¡Señor,
estos hombres sencillos eran terribles!
Y quiso
defender a los gavilanes. Fueron ya baldías sus palabras. Era preciso
exterminarlos para criar palomas. Además, estaban aburridos de pasarse las
tardes en los tejados, como gatos al sol. Y recordaron gozosamente aquélla en
que el halcón bajó enardecido
hasta las
piedras de la plaza. ¡Qué golpe tan certero el del cojo! ¡El secretario dijo
que se quedó con una garra que sangraba y palpitaba caliente y viva!
* * *
Don
Arcadio miraba mustiamente la soledad de las azoteas. ¡Lo único divertido,
pintoresco, casi noble, pues de algún modo remedaba las jornadas de cetrería,
lo único que él admitiera de la nueva Serosca, había acabado! ¡Gentes más
ruines!
Y don
Arcadio abría las trampillas de su alcahaz. Brotaba un surtidor glorioso de
palomas; se espesaba, se deshacía en el callado azul. ¡Ni un grito, ni un
aplauso! Y cuando volvían amilanadas, dejando en el cielo como un gemidito de
plumajes rotos, heridos, pero venía todo el bando… nadie presenciaba aquel
triunfo, que don Arcadio estimaba como triunfo de su casa y de su limpio
linaje. Es decir, alguien lo veía: dos o tres figuras que aparecían en un
terradillo, en una solana; los viejos amigos que le enviaban su salutación
agitando su birrete, haciendo flamear su abundoso pañuelo de yerbas.
Y llegó
una tarde en que ni siquiera acudió el gavilán.
Bajó don
Arcadio congestionado de sol y de enojo. Al entrar en la salita de la esposa
salióle el nieto a besarle de retorno de la escuela, y dijo:
—¡Mira,
el señor maestro no sabe quién era Mozart!
Y parece
que el muchacho hizo alguna fisga o cantaleta. Entonces don Arcadio revolvióse
con toda la gravedad de un
antepasado;
alzó su estremecido índice, y le advirtió:
—¡Un
señor maestro lo sabe todo siempre, siempre y siempre! Y no es de buena crianza
lo que haces. Además, un señor maestro no está obligado a conocer los nombres
de todos los generales franceses.
Doña Rosa
le miró amargamente, y le dijo:
—¡Arcadio,
por Dios! ¿No recuerdas nada de lo que toca y de lo que cuenta don Lorenzo?
—Ese
señor Mozart —gritó el abuelo— fué un general francés, invasor, me parece…
—¡Ese fué
Murat! —dijo el niño riéndose.
—¡Bueno,
Mozart o Murat! ¡Y a los mayores no se les enmienda nunca, nunca!
Y don
Arcadio tomó su sombrero y su bastoncito, y marchóse a orearse por las afueras.
Pronto
juntóse con el señor Llanos y don César, que volvían de su paseo campesino.
Platicaron
del ya perdido pasatiempo de esas lides de aves que dieron lustre y fama a los
terrados de Serosca.
Más de
veintiséis duros le costaban las palomas de gavilán a don Arcadio.
El
ilustre profesor mostrábase también muy lastimado de que todo fuese menguando
en la noble ciudad; pero él no gastaba un maravedí en la ensalzada afición; y
esta tacañería exasperaba a don Arcadio, que le consultó de improviso:
—Ahora se
me ofrece una duda, con que el demonio de mi nieto quiso enredarme: ¿hubo un
músico o un general francés que se llamó Murat, o algo parecido?
—¡Claro
que lo hubo! —repuso el sabio catedrático le sonrió indulgentemente—. Ese
nombre de Murat trae siempre a la memoria la fecha épica del p de Mayo. Tengo
un trabajo premiado donde estudio a Murat, príncipe y gran duque de Berg.
Ominoso es su bando, por el que fueron arcabuceados hombres pacíficos que no
cometieron más crimen que traer en sus bolsillos unas tijeritas de uñas, un
monda-orejas, un corta-plumas.
¡Bando
draconiano, dice Lafuente, y no le falta razón!
¿Pero fué
músico,ese músico tan nombrado por don Lorenzo?— insistía don Arcadio
Quedóse
meditando el historiador. Después, dijo:
—Este
Murat, fué nombre ladino y cruel;de músico músico...yo no sé; aunque es posible
que también lo fuera, porque esos franceses son muy regalados. ¡Versalles!
¡Versalles perdurará en el espíritu de la Francia republicana, digan lo que
quieran!…
V
CUANDO EL
CABALLERO DE SEROSCA —BIEN MERECE LA ANTONOMASIA LA ACENDRADA FIDELIDAD DE DON
ARCADIO
— PASÓ A
LA SALA DE AJEDREZ y tresillo de La Colombófila, dispuesto a quitar su nombre
del índice plebeyo de los socios, llegaba también la gentil caravana cazadora
de halcones, que fué recibida con gritos triunfales y estruendo de cucharillas
y tacos de billar.
Tenían
los expedicionarios un talante guerrero y aun científico; parecían héroes,
sabios, exploradores camaradas del capitán Cook; todos con polainas, botas como
abarcas, tabardos de pana, cascos blancos argelinos, bastones ferrados. Daba
gusto y miedo de verlos. Pues en el portal quedaron dos mulas sudadas y
rendidas bajo el peso de los costales de municiones y de la mantenencia, y de
tiendas y menaje de campaña.
Ya que
les vieron y palparon menudamente los que no salieron de la ciudad, y
contemplaron a su sabor dos gavilanes traspasados por una lercha de enebro,
sentados todos a la redonda del tesorero, pidiéronle que refiriese la cacería.
Llevaba
el varón de Calpe fajada la cabeza, clara reliquia de sus hazañas, y las vendas
de lienzo, recruzándose por la tostada piel, le daban una temerosa semejanza
egipcia.
Antes de
su relato, convidó a don Arcadio a llegarse y oir en sitio mejor del que tenía.
Y el buen hidalgo consintió, aunque sin enmelar la tirantez y dureza de su
gesto.
—… Lo que
más nos rindió fué el encontrar los nidales. Tres días caminamos
derrotadamente, como lobos, por todo ese monte de Berna, y ese Berna es un
infierno. Sólo nosotros lo sabemos. Ni los más antiguos de Serosca lo conocen.
Palideció
don Arcadio al oir estas retadoras palabras, y nada más pudo balbucir:
—El Berna
tiene novecientos ochenta y dos metros de altitud… —¡Bien está! Pero ¿usted lo
ha corrido por dentro, por sus
barrancos,
por sus hondos? ¡Pues si es más ancho que largo; si ese monte son treinta
montes amontonados! ¿Qué se creía?
Callóse
don Arcadio, quemado por el rubor regional. Nunca pisó más sierra que el otero
de los hontanares.
Y el
héroe proseguía:
—Ni con
ayuda de los cabreros averiguábamos la guarida de los falcones en aquella
inmensidad. Y ayer, por fin, dimos con uno…
El
silencio de la sala era como el silencio de las soledades del Berna; y sobre él
pasaba el resuello del secretario, que se había dormido.
Le
avisaron a codazos; le pisotearon las hinchadas botas de explorador.
Y el
“rapsoda” contó que el nidal estaba en la tendedura de un peñón colgado sobre
un abismo. Había que bajar. Y él bajó por una escala de cordeles embreados y
atándose la cintura con una soga que le tenían desde lo alto.
El
conserje salió al portal, donde aguardaban las acémilas, y trajo la soga y la
escalera. Todos las tocaron y las olieron.
El
caballero de Serosca removióse para mirar; en seguida, una mano —la de su
altivez— le contuvo.
Arrastrándose
dijo el héroe que entró en la cueva, lóbrega y hedionda; y cuando sus ojos se
avezaron a lo obscuro, distinguió, en un lecho de plumas y de támaras, una
costra de cabezas raídas y picudas, que se movían pesadamente, amenazándole con
un brío y gravedad que daba risa. Eran los polluelos de los gavilanes. Avanzó,
y palpando por un recodo, sintió que se le hundían las
manos y
las rodillas en un profundo osario. Pasaban de dos barchillas de huesos de
liebres, de perdices, de tordos, de palomas, lo que allí habría amontonado;
algunas patas casi devoradas, tenían aún el anillo de las palomas mensajeras…
El
bastoncito de don Arcadio, tan manso y caduco, dió un fiero golpe en la estera
de atocha reciamente trenzada, como los esterones de las iglesias.
—¡María
Santísima, hasta con esos abnegados animales se atreven! ¡Siga, siga!…
El hombre
de la cabeza vendada, gozoso de la emoción que sus palabras iban dejando en
todos los corazones, tosió, mondóse el pecho y contó a gritos:
—Me salí
de aquella caverna, de aquel antro…
Caverna y
antro lo pronunció de un modo tan grande, tan espeso, que el hidalgo le miró
con horror la boca, como si ella fuera la caverna y dentro rugiese un oso.
—… Me
salí para recoger de otra cuerda que me echaron un bote de bencina, pajuelas de
azufre y el atadijo de la estopa.
—¿Qué
pensaba usted hacer? —exclamó don Arcadio.
—¡Yo no
sé lo que pensaba entonces!… Es decir, sí que lo sé:
¡arrasar
el nido!
Y los
ojos del tesorero daban centellas de odio.
—Pero
¿traía usted un cuchillo entre los dientes y algún rifle atado a la espalda?
—le preguntó don Arcadio vibrante de satisfacción.
—¡Yo no
llevaba ni esto! —Y aquel hombre denodado mordióse la uña del pulgar, una uña
ancha, tostada y negra.
Todos se
quedaron contemplándola.
Y dijo
que tornó a hundirse en la desgarradura de la peña, y roció de bencina la roca,
la hierba y hasta el plumón de las crías, que le miraban aleando y asustadas,
abriendo el enorme pico, desollándose las blandas garras por huir.
Hizo del
ramaje travesaños para cerrar la salida, y les arrojó una pelota de fuego que
encendió la leña, la hojarasca y la desnuda carne de las pobres aves. Ellas
brincaban, se retorcían ardiendo, se arrastraban sobre su cama de lumbre… Todo
lo cegó el humo… Crepitaban los huesos, el musgo tierno, las plumas; se oía el
borbollar
de la grasa, el quejido de las vidas recientes que se fundían, que goteaban en
sus mismas ascuas.
Desde la
cumbre aplaudieron alborozados los amigos, y cuando ya trepaba el héroe, resonó
otro aplauso de alas siniestras… Los halcones padres, refugiados en lo más
fondo, habían roto la prisión, y al huir acometieron al hombre rasgándole con
fuego. Quedóse aquél colgando en la inmensidad. Tronaron los estampidos de los
fusiles. Le subieron; le tomaron la sangre de los aruños. Lejos caían,
llameando, muertos, los feroces pardales, y… allí delante los tenían.
Don
Arcadio abrazó al triunfador… ¡Ah, si don César y el señor Llanos se atreviesen
y le acompañasen! ¡Qué hermoso y qué necesario para el cabal esplendor de la
raza el que ellos fueran los arrojados caballeros matadores de alimañas! ¡A don
Lorenzo ni mentárselo siquiera; ese hombre parecía de la marina!
EDAD
MEDIA. JUVENTUD DE AGUSTÍN. DON LORENZO
I
GRADUÓSE
AGUSTÍN DE BACHILLER EN EL INSTITUTO ANTIGUO DE ALICANTE UNA MAÑANA DE
SEPTIEMBRE, tan clara, que se transparentaba todo hasta muy lejos.
En
seguida que tuvo el documento de su suficiencia sintió bullirle el ansia de
decírselo a otro, que no fuera el profesor lugareño que vino acompañándole, el
cual ya lo sabía, y como un penitenciario le brumó de máximas y avisos:
—Advierte
lo que ya eres; y piensa en lo que has de ser. Mira que ya se te presenta el
día de mañana con todos sus peligros. Ahora empiezas a sufrir; ya se acabaron
para ti los holgorios de los chicos. Como hombre has de comportarte. ¡Cuánto
has de llorar después si ahora yerras el camino!…
—Pero,
don Francisco, ¿yo qué he hecho?
—¡Bien
puedes cavilar en tu porvenir!¡Si la juventud no lo olvidase!
¡Señor, a
quién le diría que ya era bachiller!
Se lo
dijo a un viejo que estaba parado delante del portal y que vendía hacecicos de
regalicia, esportillas de madroños, de acerolas, de almezas con sus cañutillos
para disparar los huesos como por cerbatana. Pero este buen hombre, luego de
escucharle, le preguntó si le mercaba algo.
Agustín
quiso ir a los muelles, para ver de cerca la anchura magnífica del
Mediterráneo.
Desde el
faro volvió los ojos a la tierra. Muy remotas, camino de su pueblo, subían unas
sierras enlazadas y desnudas. La más excelsa se parecía al Berna, pero un Berna
tiernecito y azul, hecho de un jirón del cielo.
Se lo
dijo al profesor. ¡Válgame qué enojo tuvo el profesor!—¡Ay, si te oyese don
César, que tanto sabe! ¿Y tú, tú eres bachiller? Pues
no
recuerdas que el Berna está al sur de Serosca, y esa montaña que dices la vemos
al norte, la vemos… y sí que me parece el Berna; el norte de acá es el sur
allí… ¡como que es el Berna!
El mar
palpitaba bajo una lluvia gloriosa de sol, de gotas anchas que deslumbraban
temblando encima y dentro de los hoyuelos de la aguas. Algunas veces venían las
gaviotas, y descansaban sus buches en las deliciosas centellas, meciéndose y
holgándose todas juntas; se zambullían y se sacudían erizadas desgranando luz.
La llama blanca y cegadora de una barca de vela, las alzaba, y las aves se
cernían rodeándola hermosamente haciendo una guirnalda de vuelos y de gritos;
algunas hendían toda la paz de la dársena, y se alejaban hasta perderse en una
pulverización brumosa.
Allá, en
la lejanía, el tesoro de lumbre estaba rasgado por la escondida hoz del viento;
pero después resucitaba inmenso, derretido en una planicie, en una soledad
candente.
...Aquella
dorada lámina debía prolongarse hacia el rumbo que llevó su padre. Mamá Rosa le
dijo que si viviese semejarían hermanos; le contaba que fué muy gallardo, muy
impetuoso y tan desgraciado como su madre. Él se los fingía, los veía que le
miraban, pero sin hablarle, siempre tristes. ¿Cómo hablarían sus padres? ¡Qué
silencio en todo su pasado! Y quería el profesor que se cuidase del día de
mañana sin haber vivido infantilmente el ayer. ¡Qué solos sus pobres abuelos!
Mamá Rosa parecía sola aunque la rodeasen todos, y el abuelo, siempre inquieto,
un niño enfadado por cualquier antojo… “¡Si vienes bachiller —le ofreció con
toda la solemnidad de su figurita antigua—, recibirás mis regalos!”.
Era
encantador el abuelo. Llamaba tobinas a las americanas; se asombraba aun de lo
más menudo. “Eso de que los antiguos se quedarían turulatos si levantasen la
cabeza y viesen el telégrafo, la locomotora, y otros inventos, y que pensarían
en la intervención del Enemigo, eso todavía es poco o es mucho, porque yo, que,
gracias a Dios, no necesito levantar mi cabeza, me pasmo siempre que enciendo
un fósforo… ¿Han imaginado ustedes cuán grande es ese don de que acuda
dócilmente el fuego a nuestro capricho?”.
¡Cómo se
enternecía el sencillo varón leyéndole al nieto las cartas de su padre, el
primer Agustín, el bisabuelo, cartas amarillas arrugaditas por la vejez,
guardadas en el cofrecito de las joyas! Eran
de un
estilo ingenuo, patriarcal y pomposo. Cuando nombraba a su mujer, decía: “la
señora madre firmará para acreditar el firme estado de su salud”. Siempre se
despedía de esta guisa: “y dispón de los leales afectos de un padre que ama a
su Familia. —Agustín Fernández Pons de Quereda”.
Don
Arcadio miraba un rato los “leales afectos”. Después volvía a plegar la carta
reverentemente, y aspiraba conmovido el olor de la oblea marchita.
También
conservaba alguna de las suyas, de una dulce sumisión: “Queridos señores
padres” —se leía después de la cruz, y acababan todas: “… quedando como siempre
de ustedes afectísimo y humilde hijo—. Arcadio Fernández Pons y Gumiel”.
… Y el nieto, con la mirada esparcida en el
mar, sonreía, porque él tuteaba a sus abuelos, no comprendiendo que se hablase
de usted más que a don César, al señor Llanos y al preceptor.
II
HOY ES EN
VERDAD UN DÍA HISTÓRICO PARA ESTA FAMILIA! —REPETÍA DON CÉSAR SIN QUE NADIE LE
HICIERA CASO, AFANOSOS TODOS POR agasajar al viajero.
—¡Si tu
padre te viese! —le decía llorando la abuela.
Y don
Lorenzo nombró a la madre. Las miradas buscaron las vidrieras del dormitorio
solitario. Parecía surgir la pálida figura de la cubana, acostada en el enorme
lecho de columnas vestido de damasco rojo, que siempre evocaba una agonía llena
de sangre. Aquel recinto había perdido toda la blancura, el tibio perfume de
intimidad de la muerta. Se habían renovado las ropas, los muebles. Era ya uno
de esos aposentos que nadie pisa, que siempre está umbroso; algunas noches se
ve pasar como una sombra muy leve, muy blanda; parece que alguien haya
suspirado; y la cama roja, trágica y sagrada como una tumba, hacía volver los
ojos por un brillo húmedo que sacaba de la seda una onda de luna, fría y pálida
como las manos de Carlota la noche de luna de un Jueves Santo…
Agustín
recibía contento y aturdido los parabienes de las criadas, las caricias de la
vieja Camila, las preguntas y exhortaciones del señor Llanos, del catedrático,
y miraba su casa, después de tres semanas de ausencia, y hallábala más suya,
más grande y más amada…
—¡Tan
poco tiempo fuera, y qué alegría da ver todo lo mío! Otra vez le besaron sus
abuelos.
Don
Arcadio estaba radiante de felicidad.
—¡Esa
criatura siente la raza! ¿Lo negará usted, don Lorenzo? Don Lorenzo estuvo a
punto de negarlo. El bachiller parecía más nervioso que el mismo don Arcadio,
más vehemente que el padre; el
bachiller
era ya un acabado levantino.
Callóselo,
porque precisamente entonces el abuelo entregaba al nieto los prometidos
regalos: una bujeta trabajada primorosamente por los chinos, que el hijo envió
desde Cebú, meses antes de morir, y dentro un relojito de plata empañada con su
leontina de dados de ónix y amatistas. Mucho tiempo estuvo el bachiller
mirándolo; después lo sacó del bello estuche; sus dedos oprimieron el botoncito
de la cuerda y de las agujas, las cuales se movían obedeciendo la voluntad de
Agustín; pero las entrañas del reloj permanecían silenciosas. De nuevo hizo
crujir el resorte; zarandeó la esfera junto a su oído; y el reloj continuaba
quietecito y mudo.
—¡Pero
esto no anda, abuelo!
—Ni le
hace falta, hijo mío. Es el más precioso de todos los relojes del mundo, el
primero que llevó mi padre y el que yo usé a tu edad. Este reloj no es como los
otros, sino al contrario; mira: los relojes sirven para averiguar las horas que
pasan, para saber el momento del tiempo en que estamos cuando se nos ocurre
mirar sus saetas; pues éste, no, señor; éste señala las horas que han pasado, y
nace meditar más; es el Kempis de los relojes. Te prevengo que estoy
repitiéndote las mismas palabras que le pronuncié a tu padre y que me dijo el
mío; y para que me entiendas he de añadirte que este reloj no puede andar ni
debe hacerlo. Cuando salgas de casa o te dispongas a cumplir o hacer algo que
requiera estudio, meditación, etc., antes colocas las agujas en la hora que
entonces sea; ¿ya regresas o terminas el asunto?, pues bonitamente sacas tu
relojito, y sabes el tiempo que has invertido… Claro que necesitas otro reloj
que ande; pero, vamos, aquí, en la sala, tienes uno de consola, y en el comedor
otro de pesas, muy hermoso y seguro, que nunca necesitó que las manos de ningún
mecánico lo remendasen ni nada.
Atendía
el bachiller a su abuelo, pero no le miraba; miraba constantemente su reloj
ladeándolo, revolviéndolo.
Y añadió
don Arcadio:
—…
Catorce años tenía yo cuando me lo dió mi padre… Lo traje dos más.
Y en
tanto que lo decía contemplaba con avidez al nieto.
El cual,
como si hablase a solas, no hacía sino repetirse:
—… Para
poner la hora que sea al salir, y después mirar otro y saber el tiempo que
estuve fuera… Para mirar la hora parada… Y no anda… ¿Para mirar…?
Y Agustín
tornó a moverlo y escucharlo; y de súbito exclamó, entre risueño y malhumorado:
—¡Abuelo;
este reloj está roto! ¿De qué sirve?
Vióse que
el abuelo sufría, que se le mojaban los ojos, que miraba compasivamente al
bachiller, su nieto, en quien siempre se recreó su alma.
—¡Valiera
más que hubieses tenido la fe que yo tuve! Sí; ¡este reloj está roto! Dos años
me costó averiguarlo; dos años pasé atento a esas horas paradas que decías. ¡Y
aquella simplicidad de entonces hoy me procura el tiempo pasado que tú nunca
verás en el pobre reloj roto!
El señor
Llanos allegóse a don César, murmurando:
—Es un
reloj de doscientos reales si acaso; de modo que no me explico…
… Esa noche durmióse el peregrino bachiller
sin ninguna alegría de su título ni de sus recompensas… ¡Cuánto habían llorado
sus abuelos! ¡Qué tristeza en la frente y en la mirada de don Lorenzo! ¿Por qué
miraría tanto la cama roja? ¿Cómo hablaría su madre?
Dos veces
le despertó mamá Rosa para quitarle pesadillas. —¿Qué soñabas, qué soñabas?
Y no lo
dijo; pero vió una cabeza pálida y rubia como la suya reflejada en un espejo
que todo lo envejeciese; y la cabeza salía del mar para contemplarle y tornaba
a hundirse y aparecía más lejos, siempre mirándole desde las aguas llenas de
sol…
III
EL
MÚSICO, DON ARCADIO Y AGUSTÍN SALIERON POR LOS CAMPOS QUE ESTABAN VESTIDOS DE
LA DELICADA NIEBLA DE LAS FLORES DE ALMENDRO.
Agustín
le había cogido el bastón a su abuelo, y con el cuento rompía los cachos de las
almantas, que, al quebrarse, mostraban entre su miga, húmeda y fresca, las
tiernas simientes recién abiertas a la vida.
—¡Me
angustio cuando veo el almendral en flor! —decía el caballero de Serosca—. Yo
no sé para qué esa prisa, esa impaciencia de rebrotar, si después viene el
tramontana, el gigante de los vientos de estos parajes, o una escarcha de las
nuestras, y los abrasa y trae la perdición de todos. ¿A ustedes, no les da
lástima?
Don
Lorenzo se detuvo bajo un árbol grande, de ramaje negral y rugoso; su fortaleza
y vejez recibían la gracia de las rosas menudas y leves, tan místicas y
sensuales, rodeadas de abejas.
—No
piense usted ahora en hielos ni quebrantos de cosechas. Mire bien este
almendro; quizá tenga ochenta años…
—¡Tiene
muchos más…!
—Mejor.
Vea la piel de su tronco y de sus ramas que debe parecerse a la de algunos
santos varones del yermo; y ha bastado que un rústico le injertara unas púas
verdes, dulces y juveniles, para resucitar y engalanarse con esos primores.
¿Verdad que no se ponen en ridículo estos almendros viejos vestidos
femeninamente con esos briales de Pascua, junto a los almendritos tiernos? Yo
encuentro la vejez de las plantas y de algunas cosas más bellas que la de los
hombres…
—¡Nunca;
no diga usted filosofías!
—Se
acerca la primavera; y nosotros sólo probamos un género de alegría amarga; y si
a alguno de nuestra edad se le seca el meollo y quiere ataviarse más
vistosamente de lo que le permiten sus años, resulta una personilla ridícula
que merece el dictado de viejo verde… En cambio, mire usted estos árboles: en
cada arruga se han prendido una flor…
—¿Y qué
quiere usted que yo le haga, o qué pretende que deduzca?
—Al
menos, que admita usted las excelencias del injerto… —¡No seré yo quien lo
niegue!
—Las
excelencias del injerto en los vegetales y en todo. Un sabio cirujano, más
sabio que don César, aunque usted lo dude, descubrió ya el injerto de la carne;
sólo el de la sangre rejuvenece las razas, las familias… Por qué no abandonar
esa malquerencia quimerista y romántica contra esos señores de la costa, que ya
se han transfundido con nosotros…
—¿Con
nosotros? ¡Conmigo no!
Y pasado
su primer ímpetu, lamentóse el hidalgo de la escasa eficacia que tuvo para el
artista la reciente lectura del Compendio de las hazañas de Serosca. ¿No
sentía, no anhelaba nada? ¡Qué cansancio interior rendía a don Lorenzo! Y él
que era como el hervidero del hontanar, renaciéndole inagotablemente la vida de
los suyos. ¡Inquieto más que un mozo, y era mayor que su padre, María
Santísima! Recordaba a su padre de sesenta años, rasurado, con pantalón color
barquillo y levita entallada; y le parecía tan viejo como un patriarca; y él ya
le pasaba en siete años. ¡Qué enormidades sucedían! ¡Había para volverse loco
cavilando, cavilando!
El nieto
se había recostado en la raigambre de un almendro, colgada de un ribazo. El
hondo reposo de la mañana le traía muy claras las voces de los dos caballeros;
mirábales y sonreía de sus gestos recortados en el azul y tornaba al estudio de
la Influencia de las resistencias pasivas de un librillo de mecánica.
El blanco
rosal del árbol ponía un dosel a su figura delicada y patricia.
Llegaron
el abuelo y don Lorenzo contemplándole dulcemente. Y aquél dijo:
—¡Qué
solo mi tío Alejandro delante de la cortina encarnada, el del óleo!
Y don
Lorenzo profirió:
—¡Tú
serás músico, te dije siendo chiquito! Tú serías músico, Agustín…
Y miró al
árbol, allí donde se mostraba la venturosa herida del injerto.
IV
SERVIDOS
LOS POSTRES —LOS PREDILECTOS ERAN NUECES Y ALMENDRAS BAÑADAS DE MIEL DE LOS
PANALES de la heredad—, ocurriósele al hidalgo de Serosca preguntar por don
Lorenzo, que no acudía a las tertulias familiares. Y contó gravemente con los
dedos los días que pasaran sin verse.
—¡La
única ausencia en diez y ocho años lo menos! —¡En veintidós! —enmendóle
suavemente la esposa. —De seguro que a don Lorenzo le sucede algo grave… Y ella
le reconvino con dulzura. —¡Y lo temes y no fuiste a saberlo!
—No, no;
si no es sólo ahora; es siempre. Don Lorenzo apenas habla. Ya no le queda
sonrisa… ¿No lo notaste? Pues Agustín sí; Agustín me lo dijo cuando vino en las
pasadas vacaciones.
El
distraído caballero decía verdad: llegaba el amigo; sentábase en una sillita
baja de coser; cogía una prenda bordada por las manos de la señora, y quedábase
contemplándola y aspirándola como una flor. Era menester instarle con ahínco
para que abriese el piano; y se estaba mucho tiempo pasándose la diestra por la
frente, hundiéndose los dedos en su lacia y abundosa cabellera de plata.
Había de
despertarle don Arcadio de aquel embelesamiento.
—¡Qué
tiene usted! Es decir: ¿qué tienen ustedes? ¡Si parecen hermanos! ¡Lo mismo, lo
mismo son de mustios!
Y doña
Rosa y don Lorenzo sonreían y hablaban un poquito súbitos, alocados por la
sofocación…
—Y
Agustín viene, y se escapará de la Raza, lo perderemos como a su padre. Más que
nunca necesitamos ahora de don Lorenzo.
Y acabóse
la taza de tomillo y salió en su busca.
Sus
pisadas menuditas resonaban limpiamente en la quietud de la siesta.
Pasó la
calle de la Lonja, del Tinte, de Floridablanca, la plazuela de las Monjas…
Delante, iba un mocito enjuto y ágil, con traza de amanuense humilde, que se
deslizaba por las baldosas como si patinase por un lago cuajado; de trecho en
trecho daba retozos. Junto al portal de una tienda se hacinaban costales de
trigo, que infundían en el aire un olor de molino y de granja feraz; y aquel
oficialillo puso las manos en el saco de la cumbre, y los pasó todos de un
brinco descomunal; viéronse sus piernas campaneando sobre el cielo.
—¡Pero
este diablo es una cabra! —se dijo admirado el buen caballero.
Y se
detuvo en un cantón para buscar el nombre de otra calleja. Ésa debía de ser
donde vivía don Lorenzo, llamada Costanilla de la Cochura; y halló ser la de
Atalajes. Y siguió.
Costanilla
de la Cochura —pensaba—; quizá fuese el lugar más antiguo y, por tanto, el más
legítimo de Serosca; allí, aún no había llegado la edificación invasora con sus
cancelas vanas, las fachadas rojas o verdes con adornos apelmazados de
dulceros. Esas casas de crudos afeites y colores parecían las rameras de la
arquitectura de Serosca. En la calle de don Lorenzo todas las casas eran de
piedras desnudas, castas y morenas, con sus anchos balconajes de piso de tablas
y ventanas angostas. Algunos de estos casones estaban empotrados o fundados en
los históricos adarves… ¡Costanilla de la Cochura, sitio amadísimo y
venerable!… ¿Calle de la Santa Faz? ¡Pero la de la Santa Faz… con dos casas
modernas! ¡María Santísima! ¡Y cómo ansiaba entrarse por la noble Costanilla!…
¿Pero dónde estaba la Costanilla de la Cochura? ¡Señor, no lo sabía, no lo
recordaba! ¿Estaba loco o ciego?
Apareció
el joven saltarín, y como viese al caballero asomarse a las esquinas,
retroceder y vacilar, ofreciósele como vecino de la calle de la Santa Faz.
—¿Es
usted de Serosca o de los otros? —le dijo don Arcadio, sin reprimir el agravio
que contra sí mismo sentía.
—De
Serosca soy; y mis padres también; los otros, los otros no sé quién serán los
otros; mi abuelo era de la mar…
—De la
mar; ya me lo dijo usted; ahora lo recuerdo; ya me lo dijo usted una mañana. ¿Y
usted conoce a don Lorenzo el músico?
—Claro
que le conozco, que vive en la Costanilla de la Cochura… —y el descendiente de
advenedizos tendía el brazo hacia el camino que dejara atrás don Arcadio.
—Ando
buscándola, que Dios sabe el tiempo que no pasé por ella.
—Pues
venga que se la muestre.
¡Y el
caballero de Serosca tuvo que seguirle!
* * *
A punto
de subir el peldaño de la casa de su amigo, se detuvo don Arcadio mirando el
azulejo del número: un D gastado, descolorido, entre dos pomas amarillentas
como de greca de manises de refectorio… U ¡allí era!
En la
entrada había un viejo sofá y una Venus de yeso, descabezada.
Don
Arcadio sonrió, diciéndose: “¡Se le ha caído verdaderamente la cara de
vergüenza!”. Y después, sintiendo una blanda punzada de remordimiento se
añadió: “Yo nunca he venido, nunca he visitado a este hombre, y es tan bueno,
que no se queja; pasa los días conmigo, y, el H de agosto, día de San Lorenzo,
y en Navidad, come en casa; y qué tristeza tendrá cuando regrese, y se vea solo
en este zaguán, con esa señora decapitada y ese estrado donde parece que haya
muerto alguien, y lo tienen aquí para que se oree… ¡Nunca, nunca he venido!”.
Y don
Arcadio buscaba la borla de la esquilita. No había cordel en la cancela ni
aldaba en el portal.
¿Este don
Lorenzo sería capaz de no tener llamador? ¡María Santísima, y él que no podría
vivir si en su vestíbulo no colgase el hermoso cordón de borla azul, y si en
las puertas no brillasen de
limpias
las dos manazas de bronce con su sortija ciñendo el dedo anular y la bola de la
palma hendida de los golpes! ¡Este don Lorenzo, no sabía, no sabía vivir! Y él
tampoco sabía cómo llamar.
Al cabo
de grandes cavilaciones, golpeó la vidriera de una reja volada y polvorienta
que salía de un lado de la entrada.
Abrieron
un postigo. Una mujer lisa y vieja de color de ceniza le pidió que apagase la
voz, que no pisase recio.
—Pues
¿qué pasa? ¿Y don Lorenzo?
—¡Don
Lorenzo se muere, se muere, madre mía!
—¿Que se
muere? ¿Quién, don Lorenzo? ¿Por qué se ha de morir? ¿Se muere, y no me envía
un simple recado? ¡No diga usted atrocidades!
Y miró de
terrible manera a la pobre mujer.
Desde
luego, no había estado nunca en aquella casa, ni supuso jamás que pudiera ser
tan enteramente distinta de la suya.
Se sabe
de don Arcadio que una de sus inocencias, de sus distracciones, era creer que
todos viviesen como él vivía, y que todas las casas fuesen en su interior y
menaje como su hogar, todas menos las de las gentes desdeñadas. De aquí que,
cuando su esposa le contaba el infortunio de los que acudían a su dádiva, don
Arcadio, aunque de condición liberal, quedábase muchas veces sorprendido y algo
malicioso, imaginando al necesitado mullido en el sillón de grana de su
escritorio. Y no comprendía esas miserias.
Los
quebrantos de su misma hacienda le fueron curando de estas simplicidades.
La casa
de don Lorenzo tenía un abandono irremediable. El matrimonio que le cuidaba, y
la hija, una doncellita de señoril belleza, que el artista negaba por chanza
que fuese hija de padres tan rudos, y decía que seguramente debieron bailarla o
traérsela envuelta en ricos pañales como la “ilustre fregona”; ellos, y más que
todos la gentil Loreto, no sosegaban aseando las habitaciones; pero la pereza y
la indisciplina del músico, malograban la afanosa solicitud de la familia
estanciera.
Los
libros y las ropas se amontonaban sobre los muebles; los armarios y alacenas no
podían cerrarse, henchidos de grabados, de retratos de músicos, de revistas,
libros, partituras y curiosidades de sus años de nómada.
Cuadros
colgaban de todas las paredes; lienzos obscuros, patinosos; y de estas
tenebrosas pinturas emergía la claridad de la carne desnuda, y carne de mujer;
brazos, senos, torsos y hasta muslos. ¡Muslos, muslos del todo! ¡Pero este don
Lorenzo no había transparentado tan briosas y verdes aficiones!
Estaba el
enfermo postrado en una vieja cama, ornamentada con un laberinto fabuloso de
flora y fauna de hierro.
Le caía
un torrente de luz de un ancho ventanal, por donde entraba un trozo de paisaje
de sierra ya apagada; y ardían como antorchas de sol los picos de las cumbres.
Eran las últimas lámparas del monte y de toda la tarde.
La
cabellera y las barbas de plata crecieron invasoras, consumiendo el rostro
huesudo del artista. Tenía una faz de santo, una cabeza de Cristo viejo, un
Jesús desclavado, mirándose tristemente las llagas.
Don
Arcadio también vió esta semejanza con el Cristo canoso y resignado. La única,
la única sagrada imagen que había en el dormitorio y en toda la casa.
Y la
imagen le miraba con ansiedad infinita y amarga; sus labios azules y sedientos
temblaban y sonreían.
Y el
amigo inclinóse para mirarle, y le dijo:
—Eso que
usted tiene debe de ser un catarro; ¡un catarro, sí, hombre! ¡Pero si este
invierno último apenas se puso usted el abrigo!
La cabeza
de Jesús se torció negando.
—Pues si
no es catarro, ¿qué quiere usted que sea?
Y rodaba
una rosetilla floja y gemidora del barandal de los pies.
Don
Lorenzo entornó los ojos, y anhelando, balbució:
—¡Es que
ya no me queda médula!
—¿Médula?
¿La médula es eso de los huesos? Entonces es una enfermedad larguísima. ¡Arriba
ese ánimo! ¡Le queda mucha vida; sí, ya sé que hay que vivir sufriendo, pero
eso… todos en este mundo…! ¿Que no?
—¡Mi mal
está acabando! —gimió don Lorenzo.
—¿Acabando?
¿Luego usted ya estaba enfermo? ¿Y no se le ha ocurrido a usted decírmelo
antes?
Y don
Arcadio, enojado como una criatura, comenzó a pasear por el grande dormitorio.
Desde la puertecita de un pasillo le llamaba la mano de Loreto.
—¡No le
hable usted así, por Dios, que se muere! ¡Lo ha dicho el médico!
El buen
hidalgo se estremeció. Había recibido entonces la emoción de la verdad oyendo
entre esas palabras un aliento duro, fatigoso, de estertor.
Fue
acercándose al amigo. Lo vió llorar calladamente; refulgían sus lágrimas por el
lívido surco de las ojeras, y luego se escondían en las secas mejillas, bajo la
blanca frondosidad de las barbas.
Acongojóse
don Arcadio de lástima y sintió un amoroso miedo de conturbar más al postrado.
Había de hablarle, de confortarle. Y le dijo, quitándose su llanto con los
dedos:
—¿Usted
llora, don Lorenzo, usted siempre tan frío y razonador? A mí, se lo confieso, a
mí ha llegado usted a darme grima por su frialdad y sus burlas; y ahora, ahora
llora usted, llora y se fatiga.
Y don
Arcadio ladeó la mirada ocultando su flaqueza. ¡Lloraba él también, María
Santísima!
Sobre el
silencio de la alcoba, parecía deslizarse el silencio de los campos, que pasaba
deshaciéndose sobre la frente de los afligidos como un humo oloroso.
Entró
Loreto y acercó una copa a los labios del enfermo. Y él la rechazó; no podía
tragar. Le resonaba la laringe con un ruido de vidrios rotos.
—¡Arcadio,
Arcadio!
Ese
nombre pronunciado solo, sin el tratamiento ceremonioso que en ellos resultaba
efusivo, tenía una grandeza y una sencillez desoladoras.
Don
Arcadio inclinóse para mirarle y oírle.
Los ojos
de don Lorenzo, velados por un telo de angustia y de misterio, le seguían con
un torpe ahínco.
Y sus
manos señalaron a la doncellita encomendándosela al amigo; después cayeron,
crispando las ropas.
—¡Arcadio,
Arcadio!… ¿No veré a Rosa?
—¿A Rosa,
a Rosa?
Y don
Arcadio llegó hasta sudar de pasmo, de perplejidad.
¡Qué
ocurrencia! ¡A Rosa! ¡Si hubiese sido a Agustín le habría avisado para que
anticipase su llegada! ¡Y todavía no le hablara nada del nieto!
—Don
Lorenzo… don Lorenzo —decíale don Lorenzo como antes; lo notaba y se lo
consentía a sí mismo—. Don Lorenzo, aún no lo dije, y le busqué con ese
propósito. El que viene pronto es Agustín.
—¿Y Rosa?
—exhalaba desde muy hondo el artista.
Oyéronse
las voces del catedrático, del fabricante de sombreros, de un clérigo viejecito
y travieso, que amaba la música sobre todas las cosas, y a don Lorenzo sobre
todos los músicos.
Y el
caballero de Serosca salió de la alcoba seguido por las pupilas veladas del
moribundo.
* * *
Alzóse
doña Rosa cuando apareció don Arcadio en la sala y le dijo la enfermedad del
amigo.
—¿Ha
muerto? —y le miraba con delirante fijeza. —No, no; ¡qué ha de morir!… Aún no
ha muerto… Se sentaron en las rancias butacas.
—¡Aún no
ha muerto!… Pero morirá… Arcadio, ¿morirá? No contestó el esposo.
Ella, muy
blanca y muy tenue, le dijo: —Debemos estar a su lado… —¿Tú también?
—Yo puedo
ser más necesaria que vosotros.
—¿Tú
también lo quieres?
—¿Es que
antes que yo lo quiso alguien? —Lorenzo me ha pedido que fueras… —¡Lo ha
pedido!
Y la
señora se redujo en sí misma; se le encendieron delicadamente las mejillas. Y
aguardó que el esposo le hablase.
Había de
decidirlo él. Don Arcadio se revolvía haciendo crujir la seda del respaldar.
¡Oh, no tener a su lado un don Lorenzo que le aconsejase! ¡Un don Lorenzo, qué
atrocidad!
Permanecieron
silenciosos sin mirarse, oyendo el cansado pulso de un venerable reloj de
péndulo enorme como una rodela.
A las
once retumbó la aldaba del portal.
Se
estremecieron espantados los viejos esposos. Gritó don Arcadio para que
abrieran, porque las criadas dormitaban en la cocina.
Después,
una voz jadeante subió desde la fosca rinconada de la plazuela. Y oyeron:
—… Que
don Lorenzo acaba de morir…
AGUSTÍN,
EL INVENTOR
I
SI TE
VIERA DON LORENZO! —DIJO LA SEÑORA CONTEMPLANDO, LLOROSA Y PALPITANTE DE
ALEGRÍA, A SU nieto, ya hombre fuerte y hermoso, con los rubios cabellos
encrespados y quizá demasiado largos.
Se lo
notó en seguida el abuelo.
—Te
sobran de tres a cuatro dedos… Al pobre amigo le hubiese agradado esa
abundancia; pero estas gentes se reirán de ti, no las nuestras, sino las otras;
y las nuestras también.
Agustín
les sonreía mirando el cuarto de estudio, midiendo la longura de sus paredes,
la altitud del techo.
—Yo
necesitaré derribar este tabique; porque todo el lienzo de muro ha de ser para
carpintería y torno de los modelos; el otro de la izquierda, que os parece tan
grande, no basta para mis telares de randas. Me ha ofrecido un ingeniero belga
venir cuando yo le avise. ¡Ya veréis esas máquinas de encajes! Parecen personas
discretas, trabajadoras, con primor y gracia de mujeres. Y eso y cuanto yo
imagino no ha de producir estrépito. Las invenciones modernas han de tener la
perfección del silencio. Ese alboroto y fragor de las maquinarias y de la vida
de las ciudades es preciso que se suavicen. Una apariencia de reposo, de
deliciosa serenidad, invita y mantiene el ahínco de la atención. Yo no puedo
resistir el estruendo de los talleres, las voces de las calles.
—Hijo,
con gentes como éstas de la Marina —le advirtió don Arcadio— no hay silencio ni
inventos de los que piensas. Fíjate, fíjate cómo gritan para vender unos pobres
altramuces, y oye el escándalo de ese hombre para decir que sabe apañar o lañar
los paraguas y lebrillos. Pues pasa también un viejo escandaloso que no me
explico cómo no se ha matado de tan de prisa que anda.
¡Qué
impaciencia y qué voces! ¡Y no vende más que números atrasados de periódicos!…
¡Mira, déjate de máquinas!
Agustín
nombró al amigo muerto.
Salióse
la señora buscando el retiro de su sala.
Don
Arcadio murmuró:
—Si don
Lorenzo tarda en morirse de la médula se hubiera muerto de hambre. A nadie
enojó, a nadie pidió ni agua. ¡Y claro, yo le creía con un pasar mediano! Y lo
había agotado todo. Es que yo no suelo enterarme de nada. Lo doy todo o casi
todo, pero han de pedírmelo. Ya ves; me encomendó la hija del matrimonio que le
asistía, y aquí nos la trajimos.
—¿Es la
que estaba cosiendo con mamá Rosa? ¿Ésa? ¡Pero si es muy gentil, muy delicada,
como si fuese hija de casa principal!
—Pues
todo se lo debe a don Lorenzo, que la fué puliendo. Hasta creo que toca el
piano. A ganarse la vida no la enseñaría. ¡Aunque con tantos primores, algunas
veces se le descubre la urdimbre de la casta, que has de saber que no pertenece
a la limpia calidad de Serosca, sino a familia de la ribera que gastó sus
ahorros en la holganza, y gracias a don Lorenzo comieron pan! Y ya que hablamos
de esta criatura, quiero decirte algo muy grave que nos pasa. Tu abuela, tu
abuela es la de siempre; tan blanda que se deshace; mira: vino Loreto a esta
casa —se llama Loreto la recogida —; pues vino Loreto, y tu abuela quiso que
comiera con nosotros, a nuestro lado, porque decía que había de continuar la
obra comenzada por don Lorenzo. ¡Ya ves! Yo consentí. Y ahora ¿qué? Ahora tu
presencia dispone otro sitio para los extraños. Es lo justo, lo decoroso,
porque la familia…
—¡No,
señor! —dijo Agustín riéndose—. Mi presencia no dispone nada. La justicia y el
decoro y la familia y yo estamos de acuerdo con mi abuela.
—¡María
Santísima! ¡Tú faltabas! Nada le he dicho a Loreto, pero ella lo adivina todo,
porque discreción y buena crianza no le faltan, y ya ha pedido que no la
sentemos a nuestra mesa. ¿No te parece que su boca debió ser la medida de
nuestro gusto? Pues ahora mi mujer se las da de terca diciendo que no quiere
que sufra Loreto viéndose quitada de la intimidad de antes; y sobre esto anda
con
rodeos
para hablarte. A ti, hijo, te toca convencerla de su engaño, de que no tiene
razón.
—¡Quien
no la tiene es la pobre Loreto, y claro que usted tampoco!
Y Agustín
prosiguió calculando el orden de sus talleres y de su estudio de inventor.
II
LA
COLOMBÓFILA SE HABÍA TROCADO EN CASINO REPUBLICANO. LAS PAREDES ESTABAN
ADORNADAS DE ROZAGANTES LAZOS DE LOS COLORES nacionales, entreverados con los
de la bandera de la República. Entre los tulipanes del gas, aparecían los
retratos de Thiers, Mac-Mahon, Ruiz Zorrilla, Figueras, y de todos los
presidentes de la junta del Casino. Encima del aguamanil del billar, y guardado
por un hermoso vidrio, había un cromo grande, rojo y alegórico, de la figura de
la matrona o Minerva republicana con un capacete encendido en vez del casco
olímpico, rodeada de una muchedumbre que trae divisas y letreros llenos de
consoladoras promesas.
Nadie se
acordaba ya de los gerifaltes y palomas; los designios políticos y una onda, un
fervor oratorio hinchaba los corazones de los socios. Eran comunicativos,
socarrones y fantásticos; murmuraban buenamente de todo. No sucedía lance ni
aventura de barraganía que no se supiese y celebrase; y, en punto a fisgas y
holgorios, nunca se saciaban ni bailaban círculo que pudiera imitarles. El
secretario entró una noche montado en su yegua pía para leer el acta de una
junta general.
Don
Arcadio, el catedrático, el señor Llanos, las familias graves y recogidas de
Serosca tenían siempre una frase de desprecio y
condenación
para esa casa de escándalo. Desde luego, el noble hidalgo ya no era socio.
En
cuaresma pasaban los tres mantenedores de la raza frente a la marquesina del
abominable círculo, de cuyas vidrieras pendía un nefando anuncio: “Todos los
viernes, baile; y el Viernes Santo, banquete de promiscuación”.
Y don
Arcadio y sus amigos lo miraban a hurtadillas, poseídos de santo despecho. ¿No
eran estas palabras una desgarradura horrenda en la raigambre cristiana de la
amada ciudad? Ellos se sentían escarnecidos. Y todas las tardes se renovaban
este vilipendio, pasando y leyendo el anuncio del pecado.
Desde las
rejas de la secretaría les acechaban los pecadores. Aquí fué donde más se habló
de la llegada de Agustín, de la brava
opulencia
de su cabellera, del misterio de sus trabajos.
Por las
noches, los últimos ociosos del círculo no se retiraban a sus hogares sin
rodear las albarradas del huerto de los Fernández-Pons, para verle bajo la
vieja lámpara de aceite.
Los que
conocieron al padre de Agustín, y los que de antiguo sabían de esta familia, le
señalaban entre todos por hombre raro, gallardo, hosco y aventurero, y añadían
fábulas a la verdad de su vida, que después de hincarse y de transfundirse en
la fe lugareña, volvían a los mismos fabulistas con todos los rumores del pasmo
de Serosca y el encanto sabroso de lo nuevo.
Estos
levantinos amaban y acataban la audacia y la leyenda de las figuras
desvanecidas por la distancia, pero no podían consentir que el heroísmo, lo
extraordinario residiese a su lado.
La
igualdad se había hecho carne en Serosca. Aquí todos eran unos. Las invenciones
geniales de Agustín fueron notadas en seguida del vicio de residencia, que se
daba de mano con el de la pobreza.
Esparció
las primeras noticias de las obras del ingeniero, un maestro de fundición, a
quien confiara sigilosamente el modelo de un engranaje infernal.
Creyóse
un sueño de embaucador cuanto Agustín prometía de su máquina de puntillas y
blondas; pero la venida del enviado de una casa belga hizo revibrar todo el
cordaje de los nervios de Serosca.
Luego fué
emblandeciéndose. Para ella, las maravillas del sabio habían de ofrecerse con
firmeza y pompa; quien se alzara sobre todas las frentes había menester la
pronta prueba y el crisma de esa excelsitud. Una dilación les fatigaba
demasiado, y como los prodigios de Agustín permanecieron bajo el silencio, y el
belga marchóse sin el telar de encajes, subió el renombre del padre y menguó la
fama del hijo. “Este sería tan pobre hombre como el abuelo”. Y hablóse mucho de
don Arcadio y recordóse entonces la grande amistad de don Lorenzo. Nadie osó
poner en ella un ápice de malicia ni de sospecha de desenvoltura para la noble
doña Rosa, que se iba adelgazando y secando como una flor guardada entre las
páginas de un libro. Pero es lo cierto que el nombre del músico muerto y el de
la honestísima señora anduvieron juntos en lenguas de malsines.
Don
Arcadio se asomaba al retiro del nieto.
Agustín,
envuelto en una blusa azul de mecánico, limaba, taladraba, combaba un acero,
leía sus gráficos, meditaba sobre su mesa de dibujo. Loreto, diligente y
graciosa, le ayudaba calladamente en lo primoroso de sus obras, acabadas ya
todas las haciendas de la casa.
Salía el
abuelo con don César y el fabricante al otero del calvario. El señor Llanos
preguntaba al historiador por las bodas de una de
sus
hijas, prometida a un rico hacendado de la Marina. Oyéndoles, tropezaba don
Arcadio en todas las pedrezuelas y
ramas de
los setos; trenzaba sus manos a la espalda, tosía, musitaba alguna letrilla… Y
una tarde no pudo domeñar su enojo y habló malhumoradamente de la apostasía del
sabio.
El sabio
le respondió de esta manera:
—La raza
es una cosa, amigo mío, y el hogar otra; y sin éste, sin la familia, no puede
producirse aquélla. ¡Ni quién soy yo para sacrificar a nadie! ¡La familia! ¡Si
usted supiera cuántas dolorosas abdicaciones nos presenta la Historia! Todavía
está muy apartado el ideal del individuo del ideal histórico. Entre el
sacrificio de la familia y el mío, prefiero austeramente el mío; yo me entrego,
me sacrifico yo, que además estoy jubilado desde el M de febrero. ¡Una
iniquidad española! Y si no, fíjense en Ortells, el de Matemáticas, que sigue
en su
cátedra, y hace pocas noches lo recogieron de la calle, en calzoncillos,
maquinando sobre los lados de no sé qué triángulo…
III
DESDE
MENS ESCRIBIÓ EL INGENIERO BELGA AL DE SEROSCA, AVINIÉNDOSE A COMPRARLE EL
PRIVILEGIO DE la “Encajera Fernández-Enríquez”. Es verdad que la oferta traía
toda la bellaquería y astucia del mercader ruin, pero el alborozo y la
confianza que sintió el inventor viéndose solicitado de gentes extrañas, le
arrebataba a la eminencia y pureza de la vida, velando los bajos caminos del
logro ajeno.
En
cambio, cuando don Arcadio oyó traducida la carta, no pudo contener su cólera;
maldijo al extranjero, y tanto oro dijo de pedir, que toda la sala parecía
resplandecer maravillosamente.
Aquietábale
el nieto contando las tribulaciones y angosturas de esclarecidos mecánicos,
como Arkwright, Peel, Heathcoat.
—¡Yo no
los conozco! —murmuraba don Arcadio con indiferencia. Loreto sorbía,
embelesada, la cálida palabra de Agustín, que
abría las
alas de la gloria sobre las amadas frentes.
—¡Te
falta estímulo, te falta ambición!
—¡Qué ha
de faltarme, abuelo! ¡Mira!
Y
descogió una cartulina. Y vieron un hermoso dibujo de verjas.
Se
miraron sorprendidos, sin entender, sin adivinar nada.
—Ahí
tenéis las verjas, con cierre imaginado por mí, que cercarán nuestro futuro
palacio. Porque tendremos palacio cuando acabe mis máquinas de la substitución
de la hélice y del movimiento continuo, esta última tan reída como la alquimia
de los cocedores de oro. ¡Y
yo, yo
—acabó diciendo inspiradamente—, yo coceré ese oro de este invento, porque mi
máquina andará siempre por la potestad que le ha sido dada al hombre!
Mamá Rosa
lloraba: don Arcadio brincaba en su sillón; la doncella recogía dentro de sus
ojos y de su vida la mirada de luz del ingeniero.
Pero la
raza antigua, simbolizada por el señor Llanos y don César, acogió con desvío
las nuevas de Mens.
La otra,
la mestiza las recibió en mangas de camisa, que era ya verano. Casi todas las
noches había algún santo que agasajar; y muchos portales se enjoyaban con
luminarias de aceite; sonaban guitarras y bulla de baile, y el manso viento
llevaba esta alegría al reposo del valle y lo subía a los montes, donde ardían
las hogueras de los apriscos.
Vendióse
al belga el telar de blondas. Don Arcadio lo consintió. Fue una mañana en que
el abuelo dobló humillado su cabeza delante de un hombre recio, oriundo de la
ribera, que le negó más
dineros
por una nueva hipoteca sobre El Almendral, la heredad prócer de los Pons.
Entonces reparó el hidalgo que traía rotas las suelas de fieltro de sus
bordados pantuflos y que su esposa vestía en su vida retirada las prendas de su
doncellez y de recién casada, de una tristeza tan íntima y tan grande, sedas
arcaicas, estrechas y mustias, de un señorío irónico vislumbrado al sol de los
corrales, que allí salía la dama a mudar el agua de las gavetas y colodras del
averío, porque ya no quedaba de servidumbre sino Camila, y Loreto había de
trabajar largamente en el taller de Agustín, llevada de una encendida ansia y
de la fuerza de ahorrar salarios.
Pulían
las manos de la doncella los rayos sutiles de una rueda de acero y de madera de
peral; otra, ya acabada, estaba tendida encima de un banco, y Agustín la iba
enredando de lienzas muy delgadas, revestidas de un unto gelatinoso. De cuando
en cuando, miraba el inventor el dibujo del artefacto, semejante a una azuda.
Por la
abierta ventana llegaba el fresco ruido del caño de la balsa y un rumor gozoso
de vuelo de palomos, de seis palomos viejos que aún cuidaba don Arcadio, y al
pasar bajo el sol hacían sus alas tirantes una cándida resplandecencia.
Entraban los densos olores de los bancales cortados por el riego, un olor
húmedo de ternura de
raíces
calentado por el vaho de la siesta; y a veces aparecía, con un temblor sonoro,
hondo, grave, la nota rubia y alada de una abeja todavía blanda y mojada de
volcarse dentro de las frutas y flores; cruzaba despacio la llanura de la mesa,
rasaba el yermo del encerado; se adelgazaba, se quebraba su murmuración porque
había encontrado una doladura de la madera del peral, que guardaba gusto de
árbol vivo; después subía vehementemente como enojada del engaño; asustaba a la
doncella volando enloquecida cerca de su boca; quedábase un instante en el
cuadro azul de la ventana, y, de súbito, se hundía en el dorado aire del
huerto. Entonces resaltaba el silencio del estudio, y los dos obreros se oían
el dulce fervor de la colmena de sus almas.
La mirada
de Loreto, humedecida por la fatigosa fijeza, se tendía hasta el claro confín
campesino; luego tornaba a su trabajo, doblando su cabecita de perfil sereno
sobre la línea casta y gallarda de su busto.
Si se
encontraban sus ojos, dábanse una mirada buena y animadora.
—¿La
tendrá terminada para mañana a las doce?
Ella le
sonrió diciéndole:
—¡Y ha de
sobrarme tiempo! ¡Es usted, Agustín, el que se duerme tejiendo esa malla!
—Yo le
digo que a mediodía, bajo el campaneo del Corpus, comenzará la prueba de
nuestra máquina.
—¡Pero
tanto vale que una cosa ande o se mueva seguidito, seguidito!
Levantóse
Agustín, y delirantemente fué nombrando y tocando serpentinas de hierro, tubos,
girándulas, cilindros, cajas que tenían inocencia y gracia de juguetes
infantiles; otros aparatos parecían monstruos mutilados, arañas feroces;
fragmentos y miniaturas de aperos agrícolas, de acumuladores de fuerza de una
dinámica estupenda. Todo aquello se transformaría en maravillas científicas
cuando les dejase en sus entrañas el precioso soplo de vida. ¡Y sin embargo,
todo yacía olvidado, preterido por dos ruedas que, siendo tan frágiles, habían
de realizar el más alto y afanoso pensamiento!
—¡Amiga
mía, pronto han de acabarse nuestros agobios!
Al otro
día, en la grande quietud de la mañana, oyóse la voz de Agustín, dándose
aliento para el remate de la obra. Su grito resonó augusto por todas las salas,
cayó en el sol de los patios; las gallinas ladearon sus cuellos, y quedáronse
mirando la ventana, con las inflamadas crestas torcidas. Tenían una insolencia
plebeya. Pero el ingeniero no lo advirtió. Sus manos parecían lanzaderas
pasando hilos, tramándolos entre las pinas. Articuló los goznes imanados con
los ejes de ponderación; lubricó y dió enlace a todo el mecanismo. Y cuando
comenzaban a tocar las campanas de las parroquias, cubierto de ese manto sonoro
de gloria que tendían las torres sobre la ciudad y el paisaje, avanzó el
inventor por los viales del huerto llevando delicadamente en sus brazos la
máquina recién creada, como un hijo chiquito.
Loreto le
seguía, mirando amorosa en su regazo los trebejos con que acabar de unir el
argadillo a la umbría de la balsa.
En la
lisa y resplandeciente haz de las aguas, se retorcían los menudos renacuajos;
patinaban los garapitos dudando siempre; los cínifes envolvían una piedra
musgosa. El viejo granado, que amparó el dolor del padre de Agustín, se miraba,
se espejaba entre pedazos de cielo hondo y magnífico; alguna vez se le caía una
frutilla con sus almenas menudas, y de dentro desbordaba la fresca pelusa de
fuego de la flor; el agua recibía la tierna corona rizándose en levísimos
círculos solitarios, hasta que acudía vibrante y gentil una libélula o se
asomaba socarronamente una rana gordezuela, con las ancas y las manos abiertas
como un bondadoso rentista tendido en su sofá; se deslizaban llameantes los
peces; y de improviso se sumergieron despavoridas hasta las más menudas
sabandijas, ante la aparición de Agustín y Loreto y el monstruo de las ruedas
hiladas.
—¡Hay que
hundirlas hasta los cubos! Estos hilos gelatinosos, mojándose y trenzándose
cuando bajen al agua, y secándose y templándose por el beneficio del aire,
cuando suban, imprimen y alimentan el impulso, que lo recoge serenamente esta
cámara apiñonada. Yo sé que esto es un ensayo de la futura máquina sublime…
sublime… un ensayo que ha de… de la sublime…
Dentro de
las viciosas ramas del árbol cantaba un pardillo gozosamente.
Alzó
Loreto su cabeza para mirarlo, y en los ojos de color de miel de la doncella se
copió el cielo. Tenía risueños los labios; la garganta desnuda, y por su
blancura descendía el sol alumbrando los pálidos misterios del seno
estremecido. ¡Oh, Señor, que Loreto no era la misma belleza resignada, grave y
meditadora del estudio! A la sombra del granado, comunicada de la mañana
fragante y libre, su cuerpo se transfiguraba, su hermosura era fuerte y de
tentación con aromas de castidad; todos los encantos y delicias de la
Naturaleza se resumían y amaban en esta mujer.
Agustín
la contemplaba rendidamente. Ella dejó su mirada dentro de la suya; se
sonrieron señoreados de una íntima, de una inefable complacencia, sintiéndose
vestidos de luz y de gracia, sin cuidados ni memoria de nada; miraban el sueño
de la alberca y sólo vieron sus cuerpos felices y juntos; miraban los árboles y
una pomposa nube que viajaba en el azul del día, y ellos imaginaban que todo
había sido hecho para cobijarlos en su dicha. Y, durante un momento, quedáronse
bajo una obscuridad placentera; una obscuridad aterciopelada, dorada;
obscuridad de ojos entornados por el beso, un beso muy lento; y al abrirlos y
ver, bailaron sus figuras en la paz de las aguas, tan enlazadas como los ramos
del granado. Y no vieron el abandono y naufragio de las dos ruedas de la
máquina sublime, rodeadas de un mundo de pasmadas criaturas de la balsa; no lo
vieron porque habían sido poseídos de la verdad y del impulso perdurables de la
máquina excelsa del amor, que todo lo ata y mueve con sus cuerdas sutiles que
nunca han de quebrarse…
IV
SE BUSCAN
LOS QUE SE AMAN Y SE DESEAN; SE MIRAN EN LOS OJOS; SE CONTEMPLAN TODO EL CUERPO
Y PARECE que le expriman la delicia con la voracísima mirada; se solicitan el
tibio aire de sus bocas, como si sólo él pudiera traerles el de la vida;
piensan que besándose probarán todos los sabores de amor, si por su desventura
tienen vedado el poseerse; pero la llama que gustosamente les quema, salta de
los labios a los brazos y a toda la carne; y ya no hay reposo en sus vidas. No
lo tuvieron Loreto y Agustín después que se besaron. Ella recordaba sus
imágenes, abrazadas en el espejo de la alberca, y le ardían las mejillas de
rubor como si se hubiese visto desnuda.
Se
afanaban hasta dolorosamente por hallarse y mirarse; y se veían, y no se
curaban de la ansiedad.
Sorprendió
don Arcadio la ruina del invento una tarde de riego de un tablar de panizo.
Lastimado y abatido, subió al estudio para saber la razón del abandono de la
máquina.
Allí no
estaba la gentil protegida como antes, dejando un perfume de animación, de
alegría de trabajo, sino sólo Agustín, solo, apagado y ocioso.
Quiso
hablarle, y nada le preguntó, porque la actitud del nieto rechazaba todo
coloquio de intimidad. Era lo mismo que su padre
cuando le
poseían sus delirios. ¡Oh, raza malaventurada!
Durante
las comidas, y por las noches, sentados bajo el jazminero de los balcones del
comedor, Agustín hincaba sus ojos en los de la amada, que siempre los traía
tímidamente puestos en la tierra, temblándole los párpados.
No
hablaban, y así oían claramente deshilarse el caño de la alberca, y el limpio
sonecillo dejaba en el huerto la emoción de la mañana que se besaron.
Un día la
vió desde su reja salir furtiva y leve. Fue siguiendo las apariciones de su
blancura entre los árboles, hasta que ella se acercó al agua como una
cervatilla sedienta.
Gustar
Loreto de ese umbroso retiro era prenda firmísima de enamorada. Y el júbilo de
las campanas de aquel Corpus de su amor resonó hasta en la más íntima bóveda de
su alma.
Dejó el
estudio; bajó los venerables peldaños; toda la casa retumbaba de la loca
carrera. Y quebrando ramajes y hollando macizos, llegó al granado.
Pensó
Loreto evitarle y huir; pero él le tomó las manos que se rebullían de dulce
susto entre las suyas de ascuas deleitosas.
—¡Déjame
que te ciña, amiga mía, y que de esta manera te asome al espejo de nuestra
felicidad! ¡Por qué hemos de resignarnos a este sufrir, a no tener nunca
expansión ni en los ojos! Vivimos acechando nuestra alma, no tolerándola un
anhelo que todas han sentido y alimentan… ¡Yo, después del beso, no vivo sino
para recordarlo y quererte mía, toda mía! ¿No consentirás en quererme?
Loreto
elevó su frente y su mirada húmeda y dolorida con fijeza de plegaria. Confusa y
encendida le pidió que la dejase. Los dedos del amado le rodeaban la blancura
lechosa de sus muñecas. Y sintiéndose recostada encima de su pecho, le dijo:
—¡Si nos
vieran, si lo supieran se morirían de pesar! —Pero ¿no morirán también viendo
que me apago y me
consumo,
sin afanarme por levantar esta casa tan caída, porque yo estoy lleno de ti, del
deseo tuyo? ¡Bendita seas, y maldito mi egoísmo!
* * *
Pasaron
otros coloquios semejantes entre los dos enamorados, que ya acababan besándose
y ofreciéndose entrambos su sacrificio: ella el de aguardar el remedio de los
nobles viejos y el triunfo de sus ideales; él, de renunciar a todas las glorias
por trabajos humildes y fáciles.
De este
recatado idilio sólo sospechó la triste señora.
Las
miradas de adoración que se daban en las veladas familiares, que ahora se
tenían rodeando la mesita de labor, fueron las primeras heridas del sosiego de
la dama.
Y una
tarde que entróse con su librillo de rezos bajo el verde techado de las parras,
como una prelada en su claustro, no pudo terminar las oraciones, y se retiró
llorando para no sorprender toda la verdad junto a la alberca.
Nada
quiso decirles entonces. Confiaba que adivinarían su dolor, pero ciegos estaban
los de casa; agobios y amor conturbaban todos los corazones. Y ella, tan
apocada, tan indecisa, buscó al nieto, y le dijo:
—¡Ya que
de mí no te dueles porque ni me miras, apiádate del pobre abuelo! ¡Yo nada
necesito; es su pobreza la que me aflige, y tú sólo vives para lo que le
mataría antes que la misma ruina! ¡Agustín, Agustín!
Agustín
la abrazó; puso sus mejillas cerca de la marchita boca de la abuela; y ella se
las besó con santo gozo. Echóse, después, encima de la alfombra, descansando la
cabeza en el liso regazo de la señora, que le contemplaba y acariciaba
venturosamente.
—¡Antes
que de nadie he de ser vuestro! ¡Yo he de libraros de todo lo malo que os
aflige; lo juro!
—¿Y
Loreto? —susurró apenada la vocecita de mamá Rosa. —¡Loreto! ¡Loreto no es como
las demás mujeres! Recuerda que
un hombre
extraordinario modeló su espíritu… Loreto fortifica y esclarece mi alma. ¡Pero
si una mujer es un impulso divino para nosotros! ¿Tú no sabes cómo fué
inventada la máquina de medias? No lo sabes, pobrecita. Pues por el amor; mira:
Lee fué un inventor; Lee estaba enamorado de una señorita lugareña, retraída y
seca, que al verle tomaba sus agujas de tejer medias para no atenderle. Lee,
odió esa labor que le quitaba la mirada y la atención de la hacendosa señorita.
Tenía sabiduría y una voluntad inagotable. Y
decidió
vencer los maldecidos moldes. Resistió un seguido esfuerzo de algunos años, y
al cabo inventó la máquina urdidora de punto que hizo baldías las manos amadas.
¡Qué no lograré, mamá Rosa, no siéndome enemigas, sino ayudándome las manos de
Loreto!
—¡Si te
oyese don Lorenzo! —Y la señora sonrió y besó los cabellos de Agustín—. ¡Dios
mío, sería pecado sentirse un instante dichosa!
V
MIRABA EL
INGENIERO SUS OLVIDADOS TROZOS DE MÁQUINAS, QUE PARECÍAN HUNDIDOS EN UNA
LEJANÍA POLVORIENTA. ¡QUÉ PESADUMBRE, QUÉ rigidez de muertas cosas tenía lo que
meses antes iba tomando la forma dócil, cálida y viva de su pensamiento! Todo
lo tocaba con una fiebre de deseo, de las asperezas y herrumbes de los
armazones y círculos dentados, inquietadores como ingenios de suplicio.
Pero
cuando sus manos, sus ojos y su recuerdo llegaban a un punto que habían
recibido la gracia del esfuerzo, de la colaboración de la amada, entonces
tornábase la rudeza de la madera y del acero en algo leve, generoso, fácil y
vestido de la luz de la idea madre.
Tanto
ahínco, tanto poderío había en su mirada, que ya lo veía articularse, moverse,
tronándole dentro de su vida. Sentíase poseído de un impulso de acción, de una
voluntad infinita; pero al decidir aplicarla determinadamente y fijarla para
cada propósito, le atormentaba el dolor de la amputación de su quimera.
Le estaba
ya vedado hasta por sí mismo desfallecer y soñar. Volvióse. Don Arcadio se
había asomado cauteloso y tímido. Pero
don
Arcadio quedó maravillado de que su nieto le acogiese tan animoso, tan decidor.
¡Qué locura meditaría Agustín!
Agustín
le miraba como nunca. Su abuelo tenía setenta y cinco años; no había realizado
ninguna de sus ansiedades. Perdió el hijo, empobreció; y su cuerpecito cenceño,
nervioso, conservaba la presteza, el ímpetu de los tiempos de prosperidad y de
ideales; pero en sus pupilas había un apagamiento de tristeza.
Agustín
seguía contemplándole enternecido. ¡El pobre abuelo! —Todo esto —le dijo
guiándole por el estudio—, todo esto que parece inútil y de chanza, según dice
la gente, lo has de ver muy
pronto
cambiado en algo provechoso, práctico, como también dice la gente.
Don
Arcadio suspiró.
—¿Lo
dudas; tú también dudas de mí? Aquella máquina hundida en la balsa la haré de
hierro, pero de ella ha de salir, no lo que pensaba, sino un modelo de
carretilla para la vendimia de los altos viñares de las sierras, una carretilla
que substituya a los mulos, y que…
Don
Arcadio meneaba su cráneo negando.
—¡Son
mejores los mulos! Y aunque no lo fueran, nosotros preferiríamos los mulos.
Perdona, pero la terquedad es lo único que nos queda de la vieja raza; y lo
peor es que a la nueva tampoco le serviría tu invento. Perdóname que así te
hable; paso unos días horribles. No me aventuré a decirte nada, porque siempre
que me acercaba a esta puerta te sentía muy alejado de mí; y yo me preguntaba:
¡Es que cuando se tiene talento ya no se puede querer a nadie, ni siquiera al
abuelo!
Riéndose
se abrazaron. Y don Arcadio exclamó:
—¡Me he
reído, me he reído, y me muero de angustia pensando en nuestro Almendral! ¡Los
almendros de nuestro solar, Agustín! Cada uno de estos árboles es como un árbol
genealógico. Ya rebrotan, y si este año se hielan, la perdición sería tan
grande, que bien podría pegarme un tiro con la vieja pistola de un glorioso
antepasado que cita don César en su Compendio.
En los
ojos del nieto llameaba la ilusión; en sus labios pasaba el temblor de la
palabra; y permanecía callado.
—¡No me
atiendes, Agustín! ¿Me oyes? Estoy solo entre gentes que saben nuestra ruina y
quizá se complacen en ella. Yo todas las tardes voy a la heredad; miro los
almendros que se van cuajando de
brotes;
antes de cinco días se abrirán… ¡Y aún estamos en febrero, el febrero más
helado de mi vida!
—¡Esas
flores han de ser todas fruto!
—¡María
Santísima, tú qué sabes!
—¡Lo sé!
¡Yo lo quiero!
—¡Nunca
hizo el frío de hogaño!
—¡Qué me
importan todas las heladas del mundo! ¡Esas flores serán almendras!
Don
Arcadio vió a su nieto inflamado, transfigurado como un elegido en un rapto de
gracia. Y le creyó.
Después,
bajaron; y sentándose a la mesa, renovó Agustín la nueva jubilosa de la
abundancia. Tomó el pan cocido en el horno de casa; lo fué cortando, y dijo,
como si evocase el Eclesiastés:
—¡Tiempo
hay para soñar, y tiempo para realizar! Mamá Rosa y don Arcadio le escuchaban
con devoción.
La amada
le miró sumisa y casi sobrecogida, en tanto que recibía de su mano la orilla de
la torta, un trocito de rubia corteza y de miga enjuta, que era lo que más le
gustaba.
Los ojos
del inventor parecían traspasar las paredes y las distancias, y posarse sobre
un horizonte remoto, alumbrándolo con un haz del sol de su genio.
Los
recogió, después, a la inmaculada blancura de los manteles; bajó su frente, y
sirvióse de una opulenta col, lardeada con tropezones de tocino rancio, que
exhalaba un vaho humilde y generoso.
VI
AQUELLA
MISMA TARDE SALIERON EL ABUELO Y EL NIETO CAMINO DE EL ALMENDRAL, LA POSTRERA
HACIENDA DE su mayorazgo, y empeñada, por añadidura.
No había
en toda la comarca de Serosca árboles mejor criados y que llevasen más
esquilmo; árboles grandes, hermanados, nacidos en una hoya de tierra delgada y
de dulce tempero; pero esos mismos favores hinchaban las gemas que se abrían
tempranamente, y luego se veían desvalidas, desnudas, bajo los fríos y rosadas.
Don
Arcadio y Agustín se internaron por las almantas de la hermosa arboleda.
Don
Arcadio tocaba los troncos, los escuchaba, los hubiera abierto para contener
con sus manos la resurrección de la savia tan mal aconsejada.
Agustín
iba contando los árboles, medía los liños, el hondo de los alcorques, lo alto
de la horcadura; y todo lo anotaba en su cartera.
Un viento
duro, afilado, desolador, venía de los puertos y cumbres, y se tendía por el
llano y traspasaba gemidoramente el almendral.
Agustín,
sin cuidarse del abuelo, ya rendido, saltaba márgenes, se alejaba, volvía. Hizo
que le enseñasen las mosteleras, las cargas de
leña, los
almiares. Estuvo mucho tiempo conversando con los labradores. Ellos acudieron
al viejo señor, rezongando y quejándose de los mandados recibidos. Pero don
Arcadio les repuso que había de hacerse lo que a su nieto se le antojara.
Aquella
noche tornó solo el abuelo a Serosca.
Los
labriegos la pasaron acarreando paja, gavillas de sarmientos, costales de
encina y de enebros. Agustín corría toda la heredad con una tea ardiente, y su
sombra y la de los árboles y la de los leñadores danzaban locas y diablescas
sobre los sembrados y rastrojos endurecidos por la helada.
Otro día,
muy temprano, vieron las gentes de los postreros arrabales de Serosca que,
encima de la finca de don Arcadio, estaba parado un humo espeso de incendio que
cegaba el paisaje de todo aquel término.
Salieron
muchos para mirar de cerca la perdición. Y esto fue, cuando Agustín venía
cabalgando en una mula de la labranza, y a todos sonrió contento y sosegado.
Acudió
don Arcadio, ansioso de saber la locura del nieto. Le acompañaban el fabricante
y el docto catedrático, que, aunque jubilado, iba escogiendo de los archivos de
la Historia ejemplos de calamidades y cuitas que sirvieran de consuelo y
enseñanza.
Pero
apareció Agustín, gritándoles alborozadamente que el fuego que veían no era de
ruina, sino de promesa; que se apresurasen a presenciar cómo había triunfado
del peligro de los fríos, y al sabio don César enfriósele entre las manos la
masa de su erudición. Todos los héroes citados por gloriosos en el paso de
pesadumbres y adversidades, corridos y enojados, se le subían a las gafas,
pidiéndole cuenta por haberles removido baldíamente de sus doradas tumbas. ¡Tan
resignado que tenía ya a don Arcadio!
Estaba la
finca poblada y ruidosa de familias de los casales campesinos. Muchachos y
grandes rebullían junto a los ruedos de leña encendida que, como anillos de
brasas, ceñían el pie de los troncos. Los labriegos alimentaban la lumbre, la
hurgaban con almocafres y horcones, acomodándola redondamente en los hoyos. El
humo subía denso y aciago; y arriba se desplegaba, tejiendo una túnica sutil y
milagrosa que velaba los árboles, dejándoles el calor de la vida.
Lejos, en
las hitas de la heredad, quedaron solos dos almendros sin los cuidados de la
ardiente niebla; toda su desnudez se calaba en el azul de la mañana.
Arrancó
Agustín algunas flores y las puso ante los ojos del abuelo. Estaban arrugadas;
y en lo íntimo del seno se había congelado,
matándolas,
la gotita del rocío.
Penetró
después Agustín por un cerco de rescoldos; volvió con otras flores recién
abiertas; olían a incendio, pero dejaban en los dedos la ternura de sus jugos.
—¡María
Santísima! ¡Bendito sea ese fuego del Señor, bendita sea tu frente!
Y,
transportado del regocijo de la simple maravilla, amparóse don Arcadio en el
pecho del nieto y lo besó llorando.
VII
CUANDO EL
SEÑOR LLANOS ACABÓ DE REFERIR LAS AMARGURAS DE DON ARCADIO, Y DIJO CÓMO MEDIARA
él para consolarle, entonó la familia de don César un cántico de elogios.
La esposa
y las hijas doncellonas del historiador, que estrenaban vestidos primaverales,
comprados en Valencia por la hija, la casada, rodearon mimosamente a la mujer
del fabricante, y le dijeron:
—¡Nada,
nada; es preciso que nos lleven a la nueva heredad! Dicen que es de lo que no
hay; que la casa, los graneros, el lagar, las caballerizas, todo es de finca de
señores nobles. ¡Las lágrimas que habrá costado esa pérdida a la pobre de doña
Rosa!
—Mucha
compasión me da esa mujer —les respondió la de Llanos, que era arrugadita y
dura como una nuez ferrada—, mucha compasión, pero a veces es justo que Dios
humille el demasiado orgullo; porque ¡ustedes saben lo enhuecada que ha sido
esa señora! ¡Siempre en su sala, como una reina!
—¡Es de
veras! —confirmó la catedrática.
—Nosotros,
alabada sea la hora que lo digo… —quiso proseguir la otra, pero la del sabio le
interrumpió:
—Ella y
don Arcadio hicieron que esta hija mía… —y mostró a la mediana, enjuta,
descolorida y algo rendida de espaldas como su padre.
—Nosotros,
alabada sea la…
—… Que
esta hija mía penase tanto.
—Nosotros,
alaba…
—¡Porque
usted no puede imaginarse cómo estaba Agustín, el otro, el que se casó con
aquella mallorquina, que ni tan siquiera nombre tenía! Estaba como loco por
Anita antes de los estudios de ingeniero. Y aun en Madrid también; desde Madrid
le enviaba qué sé yo las cosas: programas de las óperas del Real, un álbum para
retratos… Y en las primeras vacaciones ya vino el estudiante encogido, que ni
intentaba mirarla. ¡Todas lecciones urdidas por los padres!
—Nosotros,
alabada sea la hora que lo digo —pudo ya decir la sombrerera—, nosotros jamás
caímos en la tentación de las grandezas. Bien que guardemos el decoro de vivir
según somos, pero dentro de la modestia ¿verdad?
La menor
de las doncellas, maciza, de ardientes ojos, se pasó la lengua por los labios,
que el industrial solía mirarle con indomable codicia; y, sonriendo, dijo:
—Pues
este Agustinito anda mucho con nuestro cuñado, y hablan de vapores; y antes no
salía a los portales de su casa.
—Ese
—revolvióse la madre—, ése estará ya harto de lo casero… —¿Cree usted que la…
recogida y él…? —insinuó escandalizada
la de
Llanos.
—¡Yo no
pondría las manos en el fuego!
—¡Ese es
fuego terrible, señora! —lamentóse don César—; ¡fuego que malogró a esforzados
varones!
Siguió
una pausa. Parecía que todos meditasen en esas llamas de condenación.
Refulgieron
las gafas del sabio, y añadió:
—En
cuanto a los inventores, afirmo que los considero una desdicha…
—Pero si
eso de rodear los almendros con lumbre viene ya en libros antiguos de
agricultura, y está rechazado por caro…
—¡Y a mí
me lo dice, amigo mío! Podría recitarle de memoria páginas enteras de la
gloriosa obra de Columela De re rustica; podría recordarle los cultivos
primitivos del almendro en la Tarraconense en la Baleárica, en la Bética…
La esposa
del catedrático contemplaba al matrimonio fabril desde el alto asiento de tanta
sabiduría, que ella incluía entre los bienes gananciales.
—Yo, de
esos puntos no sé, pero he leído que esa defensa del fuego nada más se hacía en
noches muy crudas; y Agustín lo encendió a todas horas, hasta agotar los
pajares y leñeras.
—¡Y como
éste es simple —comentó su mujer—, allá fué con sus dineros, y tuvo que
quedarse con la finca pagando la hipoteca y todo y sin leña!
—¡No se
arrepienta por amor de Dios! —dijo don César—. La Humanidad persiste y
persistirá en virtud de la abnegación de algunos elegidos. Podría citarle cien
nombres…
Se
repitieron los parabienes; pasaron otros comedimientos, y salió la visita.
—¿Qué os
parecen? —murmuró Anita. La madre dijo casi silbando de envidia: —Que son un
par de zorros.
El sabio
quedóse con los ojos vueltos a la Historia; la Historia podría, también,
depararle cien nombres…
Cruzaron
la plazuela de la iglesia Arciprestal. Por la esquina de la casona de los
Fernández asomaba el carro cosario de Murta. Dentro iba Agustín.
Don César
tendió su brazo, y compungido y tribunicio, profirió:
—¡Delenda
est domus amici Arcadii o Arcadi!… Arcadi, con una
i…
VIII
EN LA
UMBRÍA DEL VIEJO GRANADO, DONDE AGUSTÍN BESÓ A LORETO, COMO SI FUESE SU VELADA,
ALLÍ TAMBIÉN la besó con la amargura de la despedida. Allí le dijo sus
ambiciones para bien de todos. Le juraba que había de volver poderoso.
Su
quietud era ya ruindad. Los abuelos morirían de pena si él no les alzaba del
abatimiento de su pobreza. Vendría pronto, porque el ansia de hacerla dichosa
le prendía alas de águila en su vida.
Para el
pueblo ya sólo era el ingeniero regalado, el inventor de burlas que precipitaba
con delirios la perdición de su casa. Y él sentía dentro de su sangre una
levadura de quimeras, y el reposo, la fría serenidad del calculador. Su
renacimiento y su triunfo en España serían demasiado lentos. Cuanto más se
alejara, más merecería, que todo trabajo y sacrificio piden, atraen la
recompensa. Sabía de oídas o por lecturas, de cuyo origen no se acordaba, que
Bolívar, el Liberador, dijo: “Llamemos a las gentes europeas que nos traigan
sus artes, sus ciencias. Nos faltan mecánicos y agricultores”. Pues él, acabó
sonriéndose lo mismo que hubiera sonreído don Lorenzo, él como geórgico, como
agricultor, no buscaba acogida en la apartada América, pero veía resplandecer y
trepidar aquellos pueblos con la llama y el fragor de sus invenciones.
Loreto le
escuchó llorando, y sólo le dijo:
—Vete si
es preciso por remediar a los abuelos. No he de contenerte un instante; pero
cuando tengas para ellos, no te alejes
un paso
más por mí. Yo puedo trabajar, velando las noches, haciendo de criada y de
obrera.
Agustín
le selló la boca con la suya, le secó los ojos con sus besos, y la tuvo mucho
tiempo abrazada, recogiéndole todo el aliento que le subía estremecido de
sollozos.
Ella le
confesó su miedo de que no volviese, como contaban de su padre.
—¡Qué
martirio, por las noches, pensando en tu soledad, en que puedas sufrir, en que
puedas morirte tan lejos, madre de mi vida!
Nublóse
el alma del amante; un frío de augurio, una tristeza de predestinado abatían el
llamear de su fe. Pero le sonreía, grande y magnífica la mañana de primavera.
En todos los frutales, en lo más humilde y escondido del huerto, reventaban los
gérmenes, retallecían jugosamente los verdores de la promesa. Se tendían
graciosas encima del azul las curvas de los montes convidando a hollarlas y
traspasar distancias. Todo era bueno y hermoso.
Lo mismo
que con exaltación de enamorado dijera a Loreto, escribió también a los
abuelos. Dejó la carta en la mesita de labor de mamá Rosa, para evitar que
lágrimas y súplicas deshiciesen la entereza de sus designios de partir.
Se sabe
que, fuera de Serosca, pasó el héroe del carro ordinario a la galera de un
fabricante de curtidos, de los hombres de la Marina, que le alabó sus
intenciones y le admiró por su viaje aún más que por todos sus inventos. Era
preciso luchar, y descrismarse hasta “abrirse paso”. Y el buen curtidor se
frotaba las manos pensando en su casa abundante, en su regalada quietud.
Quizá
cuando se hundía bajo la bóveda umbrosa del camino de Murta, hallaban los
ancianos la carta del nieto.
—¡Es el
padre! —gritó don Arcadio—. ¡Como su padre huye!
¡Toda mi
vida pensando en la raza y los míos se me pierden!
—¡No
huye, no huye! —gimió Loreto.
—¡Tú lo
sabías! —le dijo llorando la abuela—. ¡Lo sabías, y no nos avisaste ni lo
impediste!
—¡Es que
se marchaba por ustedes!
La señora
la besó maternalmente, y sus corazones se escucharon juntos, en un mismo latido
de amor y congoja.
Apartóse
don Arcadio releyendo los párrafos del nieto.
… “Necesita aquel país que vayan gentes
europeas honradas que les lleven sus ciencias y sus artes. Yo iré…”.
—¡De modo
—se dijo el abuelo—, que mi nieto, un Fernández-Pons, es decir, un
Fernández-Enríquez, será allí como cualquiera de la Marina en Serosca! ¡Eso es
terrible, María Santísima!
… “Dejo en mi arqueta los dineros que pude
recoger vendiendo a mis amigos de Bruselas algunos modelillos y estudios de
aplicaciones eléctricas. No os apenéis por mí, que todavía me queda para el
viaje… Tengo una carta de presentación que me ha escrito el yerno de don
César”.
Don
Arcadio subió al cuarto de estudio; miró amorosamente los libros, los planos;
sentóse en la butaca donde Agustín descansaba de sus vigilias; besó las huellas
que dejaron sus codos en los brazos raídos del mueble; y miró el camino de
Murta, fresco y arbolado como un río… Terminaba la carta, diciéndoles:
“Me llevo
la vieja pistola rota y oxidada; ahora va en el fondo de mi bolso de viaje
forrado de alfombra; os la traeré en mi equipaje de príncipe; me llevo el
relojito que señala las horas del pasado, y el bastón del abuelo…
”¡Quered
mucho a Loreto, por Dios!…”.
Levantóse
el hidalgo. Ella y la esposa le buscaban.
Don
Arcadio enjugóse los ojos; quiso ser fuerte; invocó los bríos y austeridad de
la antigua Serosca para sellar tan hondas emociones con una frase definitiva.
Tosió cuan recio pudo, y temblándole la voz, dijo:
—¡Pero
esta criatura… ha debido comprarse un bastón nuevo!
TIEMPOS
MODERNOS: EL ABUELO DEL REY
I
De un
señor de la Marina al yerno de don César.
“³ de
Octubre…
ESCRIBÍ A
MI SOBRINO DE MONTEVIDEO HACIENDO LA RECOMENDACIÓN DE ESE señor Fernández, de
Serosca; y puse en mi carta más interés del que vi en la tuya; es verdad que tú
recomendabas tan sólo a un paisano… y para mí era un desconocido que me pareció
hasta pintoresco.
”Bueno;
ese señor Fernández no llegó en el barco que tú me anunciabas; y dice mi
sobrino que si algún día llega, aunque lo duda siendo de Serosca, y se le
disipan esos humos de inventor, acaso le busque sitio acomodado en sus
peleterías.
”Mi
sobrino se da a los diablos por tu flojedad. Me jura que no mediando yo, ni
hablaría del asunto de vuestro ingeniero. Motivo le sobra para su enojo, pues
el negocio o empresa que te propuso debiste siquiera agradecérselo. Dice que
ahí en Serosca te pudrirás como buen español hasta que tengas que curtir tu
piel y la de tus hijos, si el Señor te los concede, porque llegará día que no
quede ni una cabra ni un carnero, los cuales han de preferir morirse hartos de
pasturar las basuras de los muladares. Tú te ríes de estos augurios, y yo
también. Aquí no habrá prados o dehesas tan ricos y grandes como en otros
países, pero es donde más abunda o más fácilmente se mantiene el ganado.
”Paseando
por las afueras de Alicante he visto cabras que se regodeaban en unas tierras
secas, polvorosas, sin una mata; no había más que piedras, papeles pringosos,
desperdicios de la ciudad. ¿Qué comen estos animales? ¡Es lástima que no
saquemos provecho de su sobriedad y mansedumbre! ¡La leche misma! Yo tengo
mucha fe en la leche”.
(Suprimimos
por innecesarias las consideraciones y alabanzas que de la leche hace el señor
de la Marina).
* * *
“³ de noviembre…
“El muy
americano de mi sobrino ha comprado no sé cuántas leguas de pradería en la
Patagonia para ensanchar sus negocios, que comienzan a florecer. Me escribe que
está contentísimo no sólo por su prosperidad, sino porque imagina el coraje que
ha de roerte cuando tú lo sepas. Como ves, las alegrías americanas se parecen a
las nuestras.
”En mi
próxima te contaré algunos lances curiosos del arribo de vuestro paisano a
Montevideo, que al cabo llegó, y del cual asegura mi sobrino que se morirá de
hambre o será un hombre extraordinario”.
* * *
d de diciembre…
“¿Ahora
sale tu suegro con sus reparos históricos a que hay más ganado cabrío en España
que en otros países? Yo no lo afirmé dogmáticamente; no hice estadística. Ese
análisis que hace de los pastos será muy científico, pero ya te dije que
nuestras cabras comen con resignación todo cuanto nuestra tierra les depara;
quizá comen sólo tierra, y les parece hierba cencida.
”Lo del
señor Fernández resulta algo épico. ¡Ah, y antes de que se me olvide, quiero
que me facilites noticias de ese hombre que todos mis amigos encuentran de una
agradable rareza!
”Durante
el camino, cuentan que tuvo rasgos que interesaron a todo el pasaje; hasta
monseñor Rojas, obispo de Tucumán, un anciano rollizo y bondadoso, que fuera de
su ministerio sólo le preocupan las etimologías, abandonó su mesa privilegiada
y una raíz hebrea, y asomóse a la cámara de segunda por escuchar a vuestro
serosquense.
”Fondeó
el buque ya de noche, y muy apartado del puerto. Estaba la mar hinchada; llovía
recio. Y el vaporcito que acudió para el transporte de los viajeros a los
muelles daba unas costaladas horribles. Bajó el señor Fernández con su maletita
o bolso de alfombra; le siguieron otras gentes, todas humildes. Avisó el obispo
que le aguardasen. Pasaba tiempo; y la lluvia, el viento y la corriente
del Plata
atemorizaron al mismo patrón del barco, un napolitano
cobarde y
avaro. Subió vuestro paisano en busca de monseñor. Y monseñor empezaba su cena
y discutía con su familiar una licencia poética.
”—¿Pero
es que me esperaban?… ¡Pues, hijo, no puedo ir; no voy ahora! —le repuso
sonriendo.
”Cuando
el patrón lo supo echaba venablos, porque perdía el único pasajero que pudiera
ser dadivoso.
”Ya
lejos, solita la lancha vapora en medio de las aguas, pidió a cada uno dos
pesos por la travesía. Los hombres murmuraron, y lloraron algunas mujeres; pero
la garra del napolitano iba exigiendo el precio. Rebelóse un grupo a pagar el
escote. Dio un grito el patrón, y el vaporcito se detuvo. Sin gobierno y
parado, quedó a merced del oleaje y del hervor del gran río. La gente,
consternada, imploró a aquel hombre que siguiese; y él se reía y fumaba sentado
sobre una rosca de cuerdas. ¡O los dos pesos, o toda la noche allí!
”Entonces
el señor Fernández, empuñando una enorme pistola, le obligó a coger la rueda
del timón, y desde la escotilla se impuso bravamente al maquinista.
”Y el
barco avanzó.
”Todos le
rodeaban admirados y agradecidos de su arrojo.
”Y cuando
llegaron al muelle agarró al napolitano de la faja y lo puso en presencia de un
policía, que, por más señas —dice mi sobrino—, era negro. El agente ató los
pulgares del marino con una cadenita; y el señor Fernández alejóse impasible y
sencillo con su bolso, donde guardaba la heroica arma.
”¿Qué os
parece? ¿Y ese joven es un soñador apocado? Yo más le tengo por un aventurero
impetuoso, y no me explico cómo no triunfó en España”.
* * *
b de marzo…
“… Apenas
se sabe ya de él. Mi sobrino no pudo tenerlo en su casa. "Sabía tanto
—dice— que perdíamos el tiempo y la plata siguiendo sus cálculos y su humor; y
si le contrariábamos se ponía loco". Después pasó a la Argentina,
ingresando en la poderosa granja de Vockel y Compañía, de la que salióse muy
pronto. Sospechan que se ha internado en Chile, seguido de unos indios.
”Ya puede
citarme tu suegro toda la historia y hasta las actas del Concejo de Mesta. No
sabía yo que el nombre de España significase abundancia de conejos. Y no se
opone a lo que yo digo. Nada como España para la cría y granjería de los
ganados. La leche es, sin duda, uno de los negocios mejores de nuestra patria;
la leche de cabra, y hasta la de vaca, aunque te asombre. He decidido probar.
No necesito de prados. Nutriré mis ganados con pienso; y el pienso lo compraré
en la Argelia, que allí resulta más bajo de precio por la misma razón que les
resulta a los ingleses más barata la almendra de nuestros campos que a
nosotros. Es decir, no veo la razón. Yo creo haber acertado y reunido todos los
pormenores de este asunto, que no consiste sólo en la leche, sino que
principalmente depende de las lecherías. Hay que ofrecer la leche sobre un
fondo de blancura que recuerde la suya, y servirla siempre embotellada.
”Yo he
comenzado por siete vacas y diez y seis cabras…”.
(Sigue
hablando de la leche).
* * *
“³ de junio…
(Comienza
tratando de lo mismo).
Después
dice de Agustín:
“He aquí
lo último que he podido averiguar del señor Fernández: En la granja de Vockel y
Compañía trabajaban seis onas, que un gerente de la Casa en Punta Arenas quiso
traer a las excelencias de la civilización. Para estos humildes fueron las
mejores palabras, la solicitud, la ternera del señor Fernández, que les
desmenuzaba con paciencia de misionero las explicaciones de las cosas. Los
indios, que antes se arrastraban bajo los ojos y la voz de Vockel y Compañía,
empezaron a tener el sentimiento de su voluntad, de sus preferencias, porque
notóse que prescindían de la "razón social" y sólo buscaban el
someterse al señor Fernández. Le oían como si fuese un mago, y mirándole se les
mojaban los ojos, sobrecogidos de un gustoso pasmo. El señor Fernández les
hablaba con dulzura que ellos nunca habían catado.
”Una
tarde, los onas rompieron unas magníficas cribadoras mecánicas. Temblaban los
pobres indios aguardando la ferocidad de los capataces. En aquel punto pasaba
vuestro serosquense, y se
arrodillaron
diciéndole su horror. Alzóles riéndose el señor Fernández; se culpó a sí mismo
el daño, y se estuvo toda la noche trabajando en la máquina rota hasta dejarla
mejorada con nuevas perfecciones de su ingenio.
”Los onas
le besaban las manos y los pies con gratitud de mastines.
”Y no se
sabe si fué por ellos o porque vuestro paisano se hartó de la obediencia a
Vockel y Compañía, y de oficinas y horarios; pero lo cierto es que los indios y
el señor Fernández desaparecieron de la granja.
”Después
se dijo que se fueron juntos a la isla de Dawson; otros creen que a una isla
que me parece se llama la Georgia, y otros, que a otra.
”Lo
indudable para mi sobrino es que vuestro inventor está en algún punto apartado;
entre salvajes, desde luego.
”El
capitán de un buque que llega hasta Cabo de Hornos le afirmó categóricamente,
un día, en el escritorio, que hay cerca del Estrecho de Magallanes una isla muy
frondosa y rica gobernada por un sabio europeo.
”¿Será
español? ¿Será el señor Fernández, que quiere renovar desde la misma punta de
América nuestro pasado poderío?
”¿Qué te
parece? ¡Yo, la verdad, yo te confieso que no me asombraría que el señor
Fernández fuese rey!”.
II
LOS CINCO
FRAGMENTOS EPISTOLARES DE LOS QUE ANTES SE DA CASI UN PUNTUAL TRASLADO,
CORRESPONDEN a otros cinco movimientos del espíritu de Serosca, y son como un
vivo glosario de las cartas del levantino, y un claro espejo de los
serosquenses.
de Octubre…
“Lo que
en la carta de este día se refiere despierta y trae en volandas la memoria de
Agustín, que ya se esfumaba en la noble ciudad. Y todos murmuran:
”¿De modo
que Agustín, el señor Fernández, no había llegado de América? ¡Pero si hubo
tiempo hasta para haber naufragado!… ¡Ese ni se embarcó ni ya se embarca! ¡No
es el padre!
”La risa
de la burla pasa heladamente por las calles arcaicas y modernas de Serosca.
”Serosca
ha sido engañada.
”Mucho se
habló de Agustín los primeros días de su partida, y se le elogió por ella.
”Agustín
era serosquense, y su viaje, su apartamiento, probaba a todos que también ellos
serían capaces de salir de la “Capua de su sedentarismo y pereza”, según dijo
el catedrático en una de las
elegantes
conferencias que pronunció después de jubilado en el paraninfo del Instituto.
”Pasó
tiempo. El nombre de Agustín fué escondiéndose bajo un silencio melancólico. Y
si alguien lo recordaba añadía: “¡Como inventor, el pobre nada!… ¡Pero lleva
algo en su pecho!”.
”—¡Sí que
lo lleva! —confirmaban todos.
”Y
diciéndolo, diciéndolo, durmióse la memoria del héroe. Aunque con socarronería,
la carta del D de Octubre aviva y alumbra su recuerdo.
”Serosca
había sido burlada; y acaso se regocijó en su engaño…
* * *
c de noviembre…
“Dos días
después de esta fecha toda la ciudad prorrumpe:
”—¡Sí que
se fué y llegó! ¡Y ahora que manifestase su fuste y enjundia porque, para hacer
lo mismo que hizo aquí, bien pudo quedarse quieto aunque le hubiesen caído
encima los viejos artesones de su casa!
”Algunos
afirmaron que Agustín no se volvería sin tasajo.
”Otros
sonrieron. Pero todos decían:
”—¡Por lo
pronto, sí que se fue; se fué y llegó!
......
”Nótase
en Serosca el aumento del pastoreo. Muchas calles huelen a majada.
* * *
d de diciembre…
“Por la
noche y todo el día siguiente de cabo de año, el Casino viejo y el Círculo, las
tiendas, los portales, todo Serosca pronuncia el panegírico de las proezas de
su paisano.
”Principalmente
en el Círculo, donde el yerno del sabio historiador ha leído, declamándola, la
carta del amigo de la Marina, en el Círculo, los fervorosos comentaristas
traman sin advertirlo un segundo relato del arribo de Agustín a Montevideo.
”Parece
que el héroe llegó a disparar la pistola; que él solo guió el barco casi
hundido en las negras aguas, después de atar en la chimenea al patrón y
maquinista.
”Hablóse
con fisga y frases avanzadas de la gula y flema de monseñor Rojas, relacionando
al obispo de Tucumán con los males
de la
patria.
”El más
imaginativo y leído de los socios ve en Agustín un símbolo de la España
valerosa, manumitida, moderna, y en monseñor otro símbolo.
”Por
último, se reúne la Junta de gobierno, acordándose darle el parabién a don
Arcadio por la temeraria y feliz llegada de su nieto “a una de las antiguas
hijas de la madre España”.
”Esta
cortesía fué muy bien acogida de todo Serosca.
”Don
Arcadio la agradeció tiernamente.
* * *
b de marzo…
“La
ciudad duda. La ciudad desconfía y espera. Pasa un temblor de sonrisa y anhelo
haciendo ondular las almas como el aire sobre la mies.
”Agustín
queda lacio, obscuro, desceñido de todos los atributos y galas del héroe. Puede
abatirse al suelo ruín de una vencida criatura.
”Pero
pronto se oculta bajo las nieblas del misterio.
”Y la
mirada de Serosca se tiende insaciablemente encima de ese humo infinito y azul
de la distancia y de la quimera.
”¿Habrá
muerto?
”Serosca
contempla lastimada los cerrados balcones de la casona de los Fernández-Pons.
”Cuando
sale don Arcadio a misa, tan encorvadito y caduco, se quedan todos mirándole.
”¡Este
pobre abuelo!
......
”El señor
Llanos abre una magnífica lechería, dotada de todos los progresos higiénicos.
”Tiene en
El Almendral cuatro vacas y veinte cabras.
* * *
c de junio…
“Apenas
el yerno de don César lee la carta de este día, busca atropelladamente a su
mujer. La leen juntos; entran al despacho del historiador, que les recibe con
el volumen III del Viaje de Anacharsis.
”—¿Qué
tenéis? —les pide asustado el padre.
”—¡Agustín,
el nieto de don Arcadio, es rey!
”—¡Rey!
¿Rey, cómo? ¿Rey?… ¿Pero rey de dónde?
”—¡Rey!
¡Rey de una isla de indios!
”Y le
entregan la carta del señor de la Marina. Don César no la despliega. Clío sopla
en los rescoldos de su erudición de catedrático.
”—¿De
indios? Indios hay muchos: tenemos los Pampas, los Tuelchus, los Puelches, los
Aucas, que adoran a Antu y le rezan con palabras semejantes a algunas del Pater
noster de nosotros, que dicen, si mal no recuerdo: Tuva che malvin bemuelo
aenfil ante sloin enchinichemo: me daréis de comer hoy a mí y a mi gente…
etcétera. Tenemos los Onas…
”—¡Onas!
Esos: ¡los onas! —gritaron los hijos.
”—Pues
los onas suelen ser de natural blando, pero cuando se enfurecen son todo lo
contrario. Traen vestidos de guanaco…
”—¡Ésos
son, papá!
”Y salen
a decirlo. Desde las rejas del comedor se lo gritan al señor arcipreste, que
viene de celebrar en Santa María.
”—¡Pero,
don César, qué opina! —exclama aturdido el piadoso varón.
”—Papá
conoce a esos indios; sabe todas, todas sus costumbres. ”La nueva se derrama
por Serosca. Las gentes se juntan en
corros.
”Confiesa
la ciudad que presentía algo estupendo de ese hombre. ¡Hijo de padre! Es decir,
¡bastante más que el padre!
”Una voz
exclama altivamente:
”—¡Yo le
llevé en mi galera hasta la estación de Murta!
”Y los
otros le miran con reverencia como los indios a Antu. ”Entretanto don César ha
leído la carta del señor de la Marina. Y
cavilando
se acerca a la librería de manuscritos, y alcanza de un vasar una carpeta
rebultada, en cuyo tejuelo hay unas letras diminutas, seniles, que parecen
hormiguitas, y dicen: Compendio de las hazañas de Serosca.
”Toda la
mesa de trabajo gime bajo el mazo de glorias y los codos de don César. Su
diestra traza en el blancor purísimo de una cuartilla: Apéndice XV.
”Durante
un momento vacila aquella mano. Después escribe:
“Jamás
sintió Serosca el cansancio de sus entrañas. Cuando los siglos semejaban haber
secado las fuentes de su generosa maternidad, ofrece a su crónica una página
espléndida. Mi trabajada pluma recibe el mandato de…”.
”—¡Papá,
papá, que está todo ya frío! —le avisa desde el comedor su hija la mediana, la
doncellona enjuta y triste, que fué enamorada del padre del héroe.
”¡Ella!
¡La elegida para reina-madre! ¡Y que una de Mahón se interpusiera!
”Y la
docta mano crispa la comenzada página. Y la rasga.
”La
Historia ha callado. Perdonemos su silencio. La voz y la mano del pueblo
enaltecerán el nombre de un rey y lo grabarán en el oro eterno de la leyenda…
III
MURIÓ LA
PÁLIDA DOÑA ROSA ANTES DE LA EXALTACIÓN DE SU NIETO. TUVO UNA MUERTE
BIENAVENTURADA, sin agonía; expiró mirando el grabado de Mozart.
Desde su
viudez fué secándose la vida del hidalgo. Apenas salía de su dormitorio. Allí
le servía filialmente Loreto, blanca, lisa, dolorida de pensar.
Por las
tardes rodeaban a don Arcadio los amigos, amigos nuevos y amigos del pasado,
que a todos acogía con la misma sonrisa paternal y triste, que parecía
descender de un trono.
—¿Todo
igual? —insinuaba alguien de los llegados.
—Todo
—repetía el caballero.
De tiempo
en tiempo, un recuerdo de intimidades, de un episodio infantil, referido
menudamente por el abuelo, acercaba la figura del héroe.
Se sentía
el paso de Agustín entre el grupo de levantinos, un tránsito alado, una
aparición de encantamiento.
—Si
queríamos verle brincar de alegría no teníamos más que darle ciruelas
confitadas, pero confitadas por Camila…
—¡Ciruelas!
Y se
miraban; y a poco quedaba acordado que no había dulce más delicioso y digestivo
que el de ciruelas.
—¡Con
esta pluma escribió su ultima carta, la de despedida! Y la pluma recorría todas
las manos del ruedo. —Ésta es la carta…
Y leían
todos la firma.
—La t de
Agustín —dijo un antiguo intérprete de puerto— es exacta, exactamente igual a
la de un comandante de Marina que se llamaba Cortés, y descendía del otro
Cortés tan célebre: Hernán Cortés, me parece. Y el comandante la copió de un
pergamino que me creo que está en Madrid en un arca.
Todos
volvieron a mirar la t de la firma.
Don
Arcadio sentíase mecido en el regazo de Serosca, y se dormía. Entonces salían
las amistades, y entraba Loreto para desnudarlo y acostarlo.
* * *
Y sucedió
que, una tarde, recibió la doncella una carta muy sellada. Traía en el sobre un
letrero, un membrete azul:
“Compañía
Anónima Chilena de Importación y Exportación”. Desconocía los trazos
manuscritos, pero le punzaron como
abejitas
en el alma. ¡Era la carta para ella! Y palpitando refugióse en la solitaria
sala de costura.
Allá
dentro, en la tertulia, repetían:
—¡Y esa
compota de ciruelas que ustedes le daban!…
Y
también:
—El
entrecejo, y la pronunciación, y aquel levantar la mano…
Loreto
abrió el sobre y leyó:
“¡Qué
pensarán mis abuelos; qué pensarás tú, Loreto mía, de mí! No quise escribiros
por no mentir disfrazando mis sufrimientos.
”Y esta
carta, que aún puede sobresaltar a nuestros viejecitos, va para ti con letra
ajena en el sobre; y te pido que no se la des a ellos si temes que la rápida
confesión de mis trabajos pueda entristecerles mucho.
”He
estado enfermo; me sentí desamparado; y una noche de sed de fiebre me vi dentro
del agua clara de la alberca, me vi lívido, ahogado…
”…Ahora
ya tengo pan; ya lo tenéis vosotros; me paso el día detrás de mi escritorio
horrible de “jefe de envases”. También recorro a caballo las estancias. ¡Soy un
centauro! Tengo un criado
indio que
me cree un dios; lo llevaré a nuestra casa. Por las noches estudio idiomas; y
descanso de mi faena con mis inventos. He inventado un precinto de cajas y un
lacre de legitimidad para frascos.
”Me
ofrecen mil pesos. La dirección todavía no ha podido estudiarlo; me esperaré
algún tiempo antes de vender el privilegio a otra gente. Las direcciones son
iguales en todos los países… Estoy contento; quiero que tengáis también
vosotros esta alegría de la fe. ¿Llora mucho mamá Rosa? ¿Y tú, Loreto, y tú?
Iré… Todas las mañanas, al levantarme, me ciego el ojo izquierdo para mirar por
los agujeritos del bastón de mi abuelo, y veo cerca el cielo de las tardes
campesinas de Serosca, la torre de Santa María, nuestros árboles, todo lo que
me gustaba mirar así para verlo lejano. Y por las noches abro el relojito de
bachiller, que es ya de oro pálido, descolorido, y en sus horas paradas
contemplo mi casa, mi infancia, toda mi vida… ¡Y decía mi abuelo que no podría
verlas porque, siendo chico, averigüé que estaba roto el pobre reloj!”.
… Salían los amigos de don Arcadio, y la
llamaban. El enfermo apenas les atendiera aquella tarde.
Pasó
Loreto llevando la carta sobre el temblor tibio y fragante de su seno.
Nunca le
pareció el anciano tan postrado. Tenía la mirada caída, blanda y obscura; los
brazos rígidos, sarmentosos, muy largos, muy largos, y las piernas se le
retorcieron cuando quiso alzarse de la butaca y pisar.
Fue la
primera noche que se notó sola para subirlo a la cama. Y tuvo miedo. Se le
escapaba; la rendía. Colgaba una mano del enfermo; golpeaba su cabeza contra
las columnas de los velos de la cama.
—¡Ayúdese
por Dios, ayúdese, que no podré subirlo! Don Arcadio se reía, y daba frío la
mueca de su risa. Y
tartamudeó:
—¡Si es
que no sé subir; estoy todo enganchado; soy un alambre de una máquina del rey
mi nieto!
—¡Por
Dios, no hable, que aún se cansa más!
—¡Soy un
esqueleto vivo, un esqueleto vivo que se ha roto! ¡Mira por dónde se me ha ido
un brazo! ¡Cógeme los pies!
Sonaba su
risa entre un hervor de saliva, de espuma de su boca morada. Le crujió un
hueso.
Ella
cegóse toda de horror. Y empujaba ansiosamente aquel cuerpo derribado, duro, de
garfios… Se sentía exaltada por la soledad, bajo el dominio de la muerte o de
la locura.
La carta
de Agustín dejó una caricia en su costado, un aleteo dichoso; y pudo seguir y
tender y abrigar al pobre enfermo.
Latían
sus respiraciones y su pulso tan sonoramente que parecían repercutir en todo el
recinto.
Don
Arcadio abrió los ojos y Loreto quiso reanimarle, y le dijo: —¡Y si
recibiésemos noticias suyas muy pronto; si nos escribiese! —¡María, María
Santísima! ¡Calla, mujer, mujer! Un rey no
escribe…
¡Vendrá un enviado!
Quedóse
inmóvil. Y apagadamente murmuraba:
—Agustín
III… Agustín I… Primero… ¿de dónde?
Estuvo
seis días en una quietud rígida, con los ojos siempre abiertos, muy tirantes,
alzados. De rato en rato se le meneaban las quijadas; parecía que mascase un
pan amargo; y le salía un hilo de voz y de espuma.
Loreto le
enjugaba las sienes, siempre sudadas, y los ásperos labios.
—Primero…
primero… ¿de dónde?
La sexta
noche sufrió convulsiones y náuseas; abrió la boca hasta torcer la mejilla
izquierda; se desgarró un labio.
La
enfermera gritó.
En el
escritorio velaba el cazador de Calpe; y cuando pasó, recibióle la mirada
blanca de dos pupilas dilatadas de cadáver.
Los
labios de don Arcadio quedaron fijos en alto redondos, naciendo, dibujando una
o interrogadora; tenía la lengua pegada a las encías.
Acudieron
gentes viendo entornado el portal. Y preguntaron.
Asomóse
el hombre de Calpe y les dijo:
—El
abuelo del rey ha muerto ahora mismo.
Había
luna. La noche parecía de jazmines.
SEROSCA
CONTEMPORÁNEA
NO ES
POSIBLE NEGAR LOS PROGRESOS URBANOS DE SEROSCA.
EN 1 SE DERRIBAN LOS trozos de murallas que aún
ceñían los arrabales del Norte. Las calles de la Santa Faz, de Atalajes, del
Tinte, de la Lonja y de la Costanilla de la Cochura, desbordan sus edificios
recientes en el frescor de las primeras huertas expropiadas.
En Q queda aprobado un definitivo plan de
ensanche.
El primer
kilómetro de la calzada de Murta pasa a las pulidas manos del Municipio, que
tala todos los árboles, olmos centenarios, de las orillas o cunetas, porque el
camino mide de anchura siete metros, y la nueva calle, que seguramente ha de
llamarse “Avenida de Sandalio Mora”, alcaide entonces, ha de tener de ancho ,
R.
En Q , otro corregidor culto, moderno, codicioso
de la policía, de la belleza de la ciudad, publica un bando de revoque de
fachadas. Y bastan cuatro meses para que Serosca se levante del apagamiento de
su vetustez y surja toda clara, envesada de colores.
El yerno
de don César elige para su nueva casa un enlucido verde, de un tono tierno de
manzana.
Adquirió
esta finca en la subasta judicial que promovieron los acreedores de don
Arcadio. Es la noble casona de los Fernández-Pons.
Debajo
del flamante mirador hay un rótulo, cuyas letras de un ocre intenso parecen de
relieve, y no son de relieve, donde se lee:
“La
Marina. —Consignaciones y Tránsitos”.
Pero en
los escritorios de las tenerías y de todas las fábricas de tegidos y fieltros,
en las mismas oficinas municipales, todo Serosca, para indicar y referirse a
“La Marina”, siempre, siempre dice: la casa del abuelo del rey.
Loreto,
enlutada, dulce, muy pálida, cuida de una señora devota; labra randas con
mundillo, borda ajuares.
Su voz y
su sonrisa parecen venir inspiradas de lo lejano.
Nada se
sabe del rey.
Y esto es
para Serosca la más segura prueba de la verdad de su reinado y de su gloria.
FIN

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