© Libro N° 11988.
El Abeto. Andersen,
Hans Christian. Emancipación. Diciembre 16 de 2023
Título original: ©
El Abeto. Hans Christian Andersen
Versión Original: © El Abeto. Hans Christian Andersen
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Hans Christian Andersen
El Abeto
Hans
Christian Andersen
Allá en
el bosque había un abeto, lindo y pequeñito. Crecía en un buen sitio, le daba
el sol y no le faltaba aire, y a su alrededor se alzaban muchos compañeros
mayores, tanto abetos como pinos.
Pero el
pequeño abeto sólo suspiraba por crecer; no le importaban el calor del sol ni
el frescor del aire, ni atendía a los niños de la aldea, que recorran el bosque
en busca de fresas y frambuesas, charlando y correteando. A veces llegaban con
un puchero lleno de los frutos recogidos, o con las fresas ensartadas en una
paja, y, sentándose junto al menudo abeto, decían: «¡Qué pequeño y qué lindo
es!». Pero el arbolito se enfurruñaba al oírlo.
Al año
siguiente había ya crecido bastante, y lo mismo al otro año, pues en los abetos
puede verse el número de años que tienen por los círculos de su tronco.
"¡Ay!,
¿por qué no he de ser yo tan alto como los demás?" — suspiraba el
arbolillo—. Podría desplegar las ramas todo en derredor y mirar el ancho mundo
desde la copa. Los pájaros harían sus nidos entre mis ramas, y cuando soplara
el viento, podría mecerlas e inclinarlas con la distinción y elegancia de los
otros.
Le eran
indiferentes la luz del sol, las aves y las rojas nubes que, a la mañana y al
atardecer, desfilaban en lo alto del cielo.
Cuando
llegaba el invierno, y la nieve cubría el suelo con su rutilante manto blanco,
muy a menudo pasaba una liebre, en veloz carrera, saltando por encima del
arbolito. ¡Lo que se enfadaba el abeto! Pero transcurrieron dos inviernos más y
el abeto había crecido ya bastante para que la liebre hubiese de desviarse y
darle la vuelta. «¡Oh, crecer, crecer, llegar a ser muy alto y a contar años y
años:
esto es lo más hermoso que hay en el mundo!», pensaba el árbol.
En otoño
se presentaban indefectiblemente los leñadores y cortaban algunos de los
árboles más corpulentos. La cosa ocurría todos los años, y nuestro joven abeto,
que estaba ya bastante crecido, sentía entonces un escalofrío de horror, pues
los magníficos y soberbios troncos se desplomaban con estridentes crujidos y
gran estruendo. Los hombres cortaban las ramas, y los árboles quedaban
desnudos, larguiruchos y delgados; nadie los habría reconocido. Luego eran
cargados en carros arrastrados por caballos, y sacados del bosque.
¿Adónde
iban? ¿Qué suerte les aguardaba?
En
primavera, cuando volvieron las golondrinas y las cigüeñas, les preguntó el
abeto:
—¿No
saben adónde los llevaron ¿No los han visto en alguna parte?
Las
golondrinas nada sabían, pero la cigüeña adoptó una actitud cavilosa y,
meneando la cabeza, dijo:
—Sí, creo
que sí. Al venir de Egipto, me crucé con muchos barcos nuevos, que tenían
mástiles espléndidos. Juraría que eran ellos, pues olían a abeto. Me dieron
muchos recuerdos para ti. ¡Llevan tan alta la cabeza, con tanta altivez!
—¡Ah!
¡Ojalá fuera yo lo bastante alto para poder cruzar los mares! Pero, ¿qué es el
mar, y qué aspecto tiene?
—¡Sería
muy largo de contar! —exclamó la cigüeña, y se alejó. —Alégrate de ser joven
—decían los rayos del sol—; alégrate de
ir
creciendo sano y robusto, de la vida joven que hay en ti.
Y el
viento le prodigaba sus besos, y el rocío vertía sobre él sus lágrimas, pero el
abeto no lo comprendía.
Al
acercarse las Navidades eran cortados árboles jóvenes, árboles que ni siquiera
alcanzaban la talla ni la edad de nuestro abeto, el cual no tenía un momento de
quietud ni reposo; le consumía el afán de salir de allí. Aquellos arbolitos —y
eran siempre los más hermosos— conservaban todo su ramaje; los cargaban en
carros tirados por caballos y se los llevaban del bosque.
«¿Adónde
irán éstos? —se preguntaba el abeto—. No son mayores que yo; uno es incluso más
bajito. ¿Y por qué les dejan las
ramas?
¿Adónde van?».
—¡Nosotros
lo sabemos, nosotros lo sabemos! —piaron los gorriones—. Allá, en la ciudad,
hemos mirado por las ventanas. Sabemos adónde van. ¡Oh! No puedes imaginarte el
esplendor y la magnificencia que les esperan. Mirando a través de los cristales
vimos árboles plantados en el centro de una acogedora habitación, adornados con
los objetos más preciosos: manzanas doradas, pastelillos, juguetes y centenares
de velitas.
—¿Y
después? —preguntó el abeto, temblando por todas sus ramas—. ¿Y después? ¿Qué
sucedió después?
—Ya no
vimos nada más. Pero es imposible pintar lo hermoso que era.
—¿Quién
sabe si estoy destinado a recorrer también tan radiante camino? —exclamó gozoso
el abeto—. Todavía es mejor que navegar por los mares. Estoy impaciente por que
llegue Navidad. Ahora ya estoy tan crecido y desarrollado como los que se
llevaron el año pasado. Quisiera estar ya en el carro, en la habitación
calentita, con todo aquel esplendor y magnificencia. ¿Y luego? Porque claro
está que luego vendrá algo aún mejor, algo más hermoso. Si no, ¿por qué me
adornarían tanto? Sin duda me aguardan cosas aún más espléndidas y soberbias.
Pero, ¿qué será? ¡Ay, qué sufrimiento, qué anhelo! Yo mismo no sé lo que me
pasa.
—¡Gózate
con nosotros! —le decían el aire y la luz del sol goza de tu lozana juventud
bajo el cielo abierto.
Pero él
permanecía insensible a aquellas bendiciones de la Naturaleza. Seguía
creciendo, sin perder su verdor en invierno ni en verano, aquel su verdor
oscuro. Las gentes, al verlo, decían: — ¡Hermoso árbol!—. Y he ahí que, al
llegar Navidad, fue el primero que cortaron. El hacha se hincó profundamente en
su corazón; el árbol se derrumbó con un suspiro, experimentando un dolor y un
desmayo que no lo dejaron pensar en la soñada felicidad. Ahora sentía tener que
alejarse del lugar de su nacimiento, tener que abandonar el terruño donde había
crecido. Sabía que nunca volvería a ver a sus viejos y queridos compañeros, ni
a las matas y flores que lo rodeaban; tal vez ni siquiera a los pájaros. La
despedida no tuvo nada de agradable.
El árbol
no volvió en sí hasta el momento de ser descargado en el patio junto con otros,
y entonces oyó la voz de un hombre que decía:
—¡Ese es
magnífico! Nos quedaremos con él.
Y se
acercaron los criados vestidos de gala y transportaron el abeto a una hermosa y
espaciosa sala. De todas las paredes colgaban cuadros, y junto a la gran estufa
de azulejos había grandes jarrones chinos con leones en las tapas; había
también mecedoras, sofás de seda, grandes mesas cubiertas de libros ilustrados
y juguetes, que a buen seguro valdrían cien veces cien escudos; por lo menos
eso decían los niños. Hincaron el abeto en un voluminoso barril lleno de arena,
pero no se veía que era un barril, pues de todo su alrededor pendía una tela
verde, y estaba colocado sobre una gran alfombra de mil colores. ¡Cómo temblaba
el árbol! ¿Qué vendría luego?
Criados y
señoritas corrían de un lado para otro y no se cansaban de colgarle adornos y
más adornos. En una rama sujetaban redecillas de papeles coloreados; en otra,
confites y caramelos; colgaban manzanas doradas y nueces, cual si fuesen frutos
del árbol, y ataron a las ramas más de cien velitas rojas, azules y blancas.
Muñecas que parecían personas vivientes —nunca había visto el árbol cosa
semejante— flotaban entre el verdor, y en lo más alto de la cúspide centelleaba
una estrella de metal dorado. Era realmente magnífico, increíblemente
magnífico.
—Esta
noche —decían todos—, esta noche sí que brillará. «¡Oh! —pensaba el árbol—,
¡ojalá fuese ya de noche! ¡Ojalá encendiesen pronto las luces! ¿Y qué sucederá
luego? ¿Acaso vendrán a verme los árboles del bosque? ¿Volarán los gorriones
frente a
los cristales de las ventanas? ¿Seguiré aquí todo el verano y todo el invierno,
tan primorosamente adornado?».
Creía
estar enterado, desde luego; pero de momento era tal su impaciencia, que sufría
fuertes dolores de corteza, y para un árbol el dolor de corteza es tan malo
como para nosotros el de cabeza.
Al fin
encendieron las luces. ¡Qué brillo y magnificencia! El árbol temblaba de
emoción por todas sus ramas; tanto, que una de las velitas prendió fuego al
verde. ¡Y se puso a arder de verdad!
—¡Dios
nos ampare! —exclamaron las jovencitas, corriendo a apagarlo. El árbol tuvo que
esforzarse por no temblar. ¡Qué fastidio! Le disgustaba perder algo de su
esplendor; todo aquel brillo lo tenía como aturdido. He aquí que entonces se
abrió la puerta de par en par, y un tropel de chiquillos se precipitó en la
sala, que no parecía sino que iban a derribar el árbol; les seguían, más
comedidas, las personas mayores. Los pequeños se quedaron clavados en el suelo,
mudos de asombro, aunque sólo por un momento; enseguida se reanudó el alborozo;
gritando con todas sus fuerzas, se pusieron a bailar en torno al árbol, del que
fueron descolgándose uno tras otro los regalos.
«¿Qué
hacen? —pensaba el abeto—. ¿Qué ocurrirá ahora?». Las velas se consumían, y al
llegar a las ramas eran apagadas. Y
cuando
todas quedaron extinguidas, se dio permiso a los niños para que se lanzasen al
saqueo del árbol. ¡Oh, y cómo se lanzaron! Todas las ramas crujían; de no haber
estado sujeto al techo por la cúspide con la estrella dorada, seguramente lo
habrían derribado.
Los
chiquillos saltaban por el salón con sus juguetes, y nadie se preocupaba ya del
árbol, aparte la vieja ama, que, acercándose a él, se puso a mirar por entre
las ramas. Pero sólo lo hacía por si había quedado olvidado un higo o una
manzana.
—¡Un
cuento, un cuento! — gritaron de pronto, los pequeños, y condujeron hasta el
abeto a un hombre bajito y rollizo.
El hombre
se sentó debajo de la copa.
—Pues así
estamos en el bosque —dijo—, y el árbol puede sacar provecho, si escucha. Pero
os contaré sólo un cuento y no más. ¿Prefieren el de Ivede—Avede o el de
Klumpe—Dumpe, que se cayó por las escaleras y, no obstante, fue ensalzado y
obtuvo a la princesa? ¿Qué os parece? Es un cuento muy bonito.
—¡Ivede—Avede!
—pidieron unos, mientras los otros gritaban—:
¡Klumpe—Dumpe!
¡Menudo
griterío y alboroto se armó! Sólo el abeto permanecía callado, pensando: «¿y
yo, no cuento para nada? ¿No tengo ningún papel en todo esto?». Claro que tenía
un papel, y bien que lo había desempeñado.
El hombre
contó el cuento de Klumpe—Dumpe, que se cayó por las escaleras y, sin embargo,
fue ensalzado y obtuvo a la princesa.
Y los
niños aplaudieron, gritando: —¡Otro, otro!—. Y querían oír también el de
Ivede—Avede, pero tuvieron que contentarse con el de Klumpe—Dumpe. El abeto
seguía silencioso y pensativo; nunca las aves del bosque habían contado una
cosa igual. «Klumpe— Dumpe se cayó por las escaleras y, con todo, obtuvo a la
princesa. De modo que así va el mundo» —pensó, creyendo que el relato era
verdad, pues el narrador era un hombre muy afable—. «¿Quién sabe? Tal vez yo me
caiga también por las escaleras y gane a una princesa». Y se alegró ante la
idea de que al día siguiente volverían a colgarle luces y juguetes, oro y
frutas.
«Mañana
no voy a temblar —pensó—. Disfrutaré al verme tan engalanado. Mañana volveré a
escuchar la historia de KlumpeDumpe, y quizá, también la de Ivede—Avede». Y el
árbol se pasó toda la noche silencioso y sumido en sus pensamientos.
Por la
mañana se presentaron los criados y la muchacha.
«Ya
empieza otra vez la fiesta», pensó el abeto. Pero he aquí que lo sacaron de la
habitación y, arrastrándolo escaleras arriba, lo dejaron en un rincón oscuro,
al que no llegaba la luz del día.
«¿Qué
significa esto? —se preguntó el árbol—. ¿Qué voy a hacer aquí? ¿Qué es lo que
voy a oír desde aquí?». Y, apoyándose contra la pared, venga cavilar y más
cavilar. Y por cierto que tuvo tiempo sobrado, pues iban transcurriendo los
días y las noches sin que nadie se presentara; y cuando alguien lo hacía, era
sólo para depositar grandes cajas en el rincón. El árbol quedó completamente
ocultado; ¿era posible que se hubieran olvidado de él?
«Ahora es
invierno allá fuera —pensó—. La tierra está dura y cubierta de nieve; los
hombres no pueden plantarme; por eso me guardarán aquí, seguramente hasta la
primavera. ¡Qué considerados son, y qué buenos! ¡Lástima que sea esto tan
oscuro y tan solitario! No se ve ni un mísero lebrato. Bien considerado, el
bosque tenía sus encantos, cuando la liebre pasaba saltando por el manto de
nieve; pero entonces yo no podía soportarlo. ¡Esta soledad de ahora sí que es
terrible!».
«Pip,
pip», murmuró un ratoncillo, asomando quedamente, seguido a poco de otro; y,
husmeando el abeto, se ocultaron entre sus ramas.
—¡Hace un
frío de espanto! —dijeron—. Pero aquí se está bien. ¿Verdad, viejo abeto?
—¡Yo no
soy viejo! —protestó el árbol—. Hay otros que son mucho más viejos que yo.
—¿De
dónde vienes? ¿Y qué sabes? —preguntaron los ratoncillos. Eran terriblemente
curiosos—. Háblanos del más bello lugar de la Tierra. ¿Has estado en él? ¿Has
estado en la despensa, donde hay queso en los anaqueles y jamones colgando del
techo, donde se baila a la luz de la vela y donde uno entra flaco y sale gordo?
—No lo
conozco —respondió el árbol—; pero, en cambio, conozco el bosque, donde brilla
el sol y cantan los pájaros —. Y les contó toda su infancia; y los ratoncillos,
que jamás oyeran semejantes maravillas, lo escucharon y luego exclamaron: —
¡Cuántas cosas has visto! ¡Qué feliz has sido!
—¿Yo?
—replicó el árbol; y se puso a reflexionar sobre lo que acababa de contarles—.
Sí; en el fondo, aquéllos fueron tiempos dichosos. Pero a continuación les
relató la Nochebuena, cuando lo habían adornado con dulces y velillas.
—¡Oh!
—repitieron los ratones—, ¡y qué feliz has sido, viejo abeto!
—¡Digo
que no soy viejo! —repitió el árbol—. Hasta este invierno no he salido del
bosque. Estoy en lo mejor de la edad, sólo que he dado un gran estirón.
—¡Y qué
bien sabes contar! —prosiguieron los ratoncillos; y a la noche siguiente
volvieron con otros cuatro, para que oyesen también al árbol; y éste, cuanto
más contaba, más se acordaba de todo y pensaba: «La verdad es que eran tiempos
agradables aquéllos. Pero tal vez volverán, tal vez volverán. Klumpe—Dumpe se
cayó por las escaleras y, no obstante, obtuvo a la princesa; quizás yo también
consiga una». Y, de repente, el abeto se acordó de un abedul lindo y pequeñín
de su bosque; para él era una auténtica y bella princesa.
—¿Quién
es Klumpe—Dumpe? —preguntaron los ratoncillos. Entonces el abeto les narró toda
la historia, sin dejarse una sola palabra; y los animales, de puro gozo,
sentían ganas de trepar hasta la cima del árbol. La noche siguiente acudieron
en mayor número
aún, y el
domingo se presentaron incluso dos ratas; pero a éstas el cuento no les pareció
interesante, lo cual entristeció a los ratoncillos, que desde aquel momento lo
tuvieron también en menos.
—¿Y no
sabe usted más que un cuento? —inquirieron las ratas. —Sólo sé éste —respondió
el árbol—. Lo oí en la noche más feliz
de mi
vida; pero entonces no me daba cuenta de mi felicidad. —Pero si es una historia
la mar de aburrida. ¿No sabe ninguna de
tocino y
de velas de sebo? ¿Ninguna de despensas?
—No
—confesó el árbol.
—Entonces,
muchas gracias —replicaron las ratas, y se marcharon a reunirse con sus
congéneres.
Al fin,
los ratoncillos dejaron también de acudir, y el abeto suspiró: «¡Tan agradable
como era tener aquí a esos traviesos ratoncillos, escuchando mis relatos! Ahora
no tengo ni eso. Cuando salga de aquí, me resarciré del tiempo perdido».
Pero ¿iba
a salir realmente? Pues sí; una buena mañana se presentaron unos hombres y
comenzaron a rebuscar por el desván. Apartaron las cajas y sacaron el árbol al
exterior. Cierto que lo tiraron al suelo sin muchos miramientos, pero un criado
lo arrastró hacia la escalera, donde brillaba la luz del día.
«¡La vida
empieza de nuevo!», pensó el árbol, sintiendo en el cuerpo el contacto del aire
fresco y de los primeros rayos del sol; estaba ya en el patio. Todo sucedía muy
rápidamente; el abeto se olvidó de sí mismo: ¡había tanto que ver a su
alrededor! El patio estaba contiguo a un jardín, que era una ascua de flores;
las rosas colgaban, frescas o fragantes, por encima de la diminuta verja;
estaban en flor los tilos, y las golondrinas chillaban, volando:
«¡Quirrevirrevit, ha vuelto mi hombrecito!». Pero no se referían al abeto.
«¡Ahora a
vivir!», pensó éste alborozado, y extendió sus ramas. Pero, ¡ay!, estaban secas
y amarillas; y allí lo dejaron entre hierbajos y espinos. La estrella de oropel
seguía aún en su cúspide, y relucía a la luz del sol.
En el
patio jugaban algunos de aquellos alegres muchachuelos que por Nochebuena
estuvieron bailando en torno al abeto y que tanto lo habían admirado. Uno de
ellos se le acercó corriendo y le arrancó la estrella dorada.
—¡Miren
lo que hay todavía en este abeto, tan feo y viejo! — exclamó, subiéndose por
las ramas y haciéndolas crujir bajo sus botas.
El árbol,
al contemplar aquella magnificencia de flores y aquella lozanía del jardín y
compararlas con su propio estado, sintió haber dejado el oscuro rincón del
desván. Recordó su sana juventud en el bosque, la alegre Nochebuena y los
ratoncillos que tan a gusto habían escuchado el cuento de Klumpe—Dumpe.
«¡Todo
pasó, todo pasó! —dijo el pobre abeto—. ¿Por qué no supe gozar cuando era
tiempo? Ahora todo ha terminado».
Vino el
criado, y con un hacha cortó el árbol a pedazos, formando con ellos un montón
de leña, que pronto ardió con clara llama bajo el gran caldero. El abeto
suspiraba profundamente, y cada suspiro semejaba un pequeño disparo; por eso
los chiquillos, que seguían jugando por allí, se acercaron al fuego y,
sentándose y contemplándolo, exclamaban: «¡Pif, paf!». Pero a cada estallido,
que no era sino un hondo suspiro, pensaba el árbol en un atardecer de verano en
el bosque o en una noche de invierno, bajo el centellear de las estrellas; y
pensaba en la Nochebuena y en KlumpeDumpe, el único cuento que oyera en su vida
y que había aprendido a contar.
Y así
hasta que estuvo del todo consumido.
Los niños
jugaban en el jardín, y el menor de todos se había prendido en el pecho la
estrella dorada que había llevado el árbol en la noche más feliz de su
existencia. Pero aquella noche había pasado, y, con ella, el abeto y también el
cuento: ¡adiós, adiós! Y éste es el destino de todos los cuentos.

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