© Libro N° 11985.
Edipo En Colono. Sófocles.
Emancipación. Diciembre 16 de 2023
Título original: ©
Edipo En Colono. Sófocles
Versión Original: © Edipo En Colono. Sófocles
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://www.elejandria.com/libro/edipo-en-colono/sofocles/1638
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del
texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
https://i.pinimg.com/564x/82/a5/78/82a578aba948f85432c8a4250f0cbc60.jpg
Portada
E.O. de Imagen original:
https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/7/79/Oedipus_at_Colonus.jpg
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Sófocles
Edipo En
Colono
Sófocles
EDIPO EN COLONO
SÓFOCLES
TRADUCTOR: JOSÉ ALEMANY Y BOLUFER
FUENTE: WIKISOURCE
EDIPO EN
COLONO
PERSONAJES
DE LA TRAGEDIA
EDIPO.
ANTÍGONA.
UN
EXTRANJERO.
CORO DE
ANCIANOS ATENIENSES.
ISMENA.
TESEO.
CREONTE.
POLINICES.
UN
MENSAJERO.
La escena
en Colono, aldea cerca de Atenas.
EDIPO.—Hija
de este anciano ciego, Antígona, ¿a qué región hemos llega-do? ¿Qué gente
habita la ciudad? ¿Quién hospedará en el dia de hoy al errante Edipo, que no
lleva más que pobreza? Poco, en verdad, es lo que pido y menos aún lo que
traigo conmigo, y sin embargo, esto me basta. Los sufrimientos, la vejez y
también mi indole propia me han enseñado a con-descender con todo. Pero, hija
mia, si ves algún asiento, ya sea en sitio pú-blico, ya en el bosque sagrado,
párate y siéntame hasta que sepamos el lugar en que nos hallamos; pues siendo
extranjeros debemos preguntar a los ciu-dadanos y hacer lo que nos indiquen.
ANTÍGONA.—Padre
mio, infortunado Edipo, las torres que defienden la ciudad se ven ahí delante,
algo lejos de nosotros. Este sitio es sagrado al pa-recer, pues está cubierto
de laureles, olivos y viñas, y muchos son los ruise-ñores que dentro de él
cantan melodiosamente. Reclina aqui tus miembros sobre esta rústica roca, pues
has caminado más de lo que conviene a un anciano.
EDIPO.—Siéntame,
pues, y ten cuidado del ciego.
ANTÍGONA.—Tanto
tiempo lo vengo teniendo, que no necesito que me lo recuerdes.
EDIPO.—¿Puedes
decirme en qué sitio estamos?
ANTÍGONA.—Sé
que estamos en Atenas, pero desconozco el sitio.
EDIPO.—Eso
nos han dicho todos los que hemos encontrado en el camino.
ANTÍGONA.—¿Quieres
que vaya a preguntar qué sitio es éste?
EDIPO.—Si,
hija mía, y mira si es habitable.
ANTÍGONA.—Habitable
lo es; y creo no tengo necesidad de alejarme, por-que veo un hombre cerca de
nosotros.
EDIPO.—¿Es
que viene en dirección hacia aquí?
ANTÍGONA.—Como
que ya lo tenemos delante. Pregúntale, pues, lo que deseas saber, que aquí lo
tienes.
EDIPO.—Extranjero,
enterado por ésta, cuyos ojos ven por ella y por mí, de que llegas muy a
propósito para informarnos de lo que necesitamos sa-ber, y decirnos...
EL
EXTRANJERO.—Antes de pasar adelante en tu pregunta, quitate de ese asiento.
Estás en sitio que no es permitido hollar.
EDIPO.—¿Qué
sitio es éste? ¿A qué deidad está consagrado?
EL
EXTRANJERO.—Sitio santo que no se puede habitar. Es posesión de las terribles
diosas, hijas de la Tierra y de la Tiniebla.
EDIPO.—¿Cuál
es su venerable nombre? Dímelo, para que pueda dirigir-les mi plegaria.
EL
EXTRANJERO.—Euménides, las que todo lo ven, es el nombre que les da la gente de
este pais. Tienen también otros, hermosos por todos conceptos.
EDIPO.—Que
reciban, pues, propicias a este suplicante, para que no tenga ya que salir del
asilo que me ofrece esta tierra.
EL
EXTRANJERO.—¿Qué significa eso?
EDIPO.—El
sino de mi destino.
EL
EXTRANJERO.—Pues no me atrevo a sacarte de aquí sin consultar antes con los
ciudadanos, para que me digan qué debo hacer.
EDIPO.—¡Por
los dioses, extranjero!, no desdeñes a este vagabundo, y contéstame a lo que te
suplico que me digas.
EL
EXTRANJERO.—Habla, que no te haré tal injuria. EDIPO.—¿Qué pais es este en que
nos encontramos?
EL
EXTRANJERO.—Todo cuanto yo sepa vas a oirlo de mi. Este campo es sagrado; lo
habita el venerable Neptuno y también el dios portador del fue-go, el titán
Prometeo. El suelo que pisas se llama la via de suelo de bronce de esta tierra,
fundamento de Atenas. Los campos próximos se envanecen de estar bajo la
protección de Colono; y todos llevan en común el nombre de este célebre
caballero, con el que son designados. Esto es lo que puedo decirte, extranjero,
acerca de estos sitios, no celebrados por la fama, pero mucho por el culto que
les dan mis conciudadanos.
EDIPO.—¿Y
hay quien habite en estos lugares?
EL
EXTRANJERO.—Sí; y llevan todos el nombre del dios. EDIPO.—¿Los gobierna un rey
o el acuerdo del pueblo?
EL
EXTRANJERO.—Por el soberano, que reside en la ciudad, son gobernados.
EDIPO.—¿Quién
es? ¿Ejerce su imperio con pruden cia y fuerza?
EL
EXTRANJERO.—Teseo se llama; es hijo y sucesor de Egeo
EDIPO.—¿Podría
alguno de vosotros llevarle un mensaje de mi parte?
EL
EXTRANJERO.—¿Con qué objeto? ¿Para darle alguna noticia o para de-cirle que
venga?
EDIPO.—Para
que me haga un pequeño favor y obtenga, en cambio, gran ventaja.
EL
EXTRANJERO.—¿Y qué ventaja se puede sacar de un hombre que no ve la luz?
EDIPO.—Cuanto
deba decirle, se lo diré todo con la mayor claridad.
EL
EXTRANJERO.—¿Estás cierto, ¡oh extranjero!, de que ahora no te equi-vocas? Y
puesto que eres noble, según parece, aunque desgraciado, espera aquí en donde
estás hasta que entere de todo a los habitantes de estos luga-res, sin
necesidad de ir a la ciudad. Ellos decidirán si debes permanecer aquí o
continuar tu camino.
EDIPO.—Hija
mia, ¿se ha ido ya el extranjero?
ANTÍGONA.—Si,
padre; y tanto, que puedes decir tranquilamente cuanto quieras, que sola estoy
a tu lado.
EDIPO.—¡Oh
venerandas deidades que intimidáis con vuestra mirada! Ya que vosotras sois las
primeras en cuyo sagrado bosque he descansado yo al entrar en esta tierra, sed
indulgentes conmigo y con Febo, quien, cuando me anunció todas mis desgracias,
me indicó también que el término de ellas lo hallaría después de largo tiempo,
cuando en llegando a lejana región en contrase asilo en mansión de venerandas
deidades, donde terminaría mi tra-bajosa vidă en provecho de los habitantes que
me dieran albergue y en cas-tigo de aquellos que, desterrándome, me expulsaron;
y además, que como señales que me indicaran el cumplimiento del oráculo,
acontecería un terre-moto, un trueno o un relámpago. Comprendo ahora que no es
posible que yo hubiera emprendido este camino sin que una secreta inspiración
de vues-tra parte me guiara por él a este bosque; porque de no ser así, no
habría po-dido suceder que yo, que no bebo vino, me encontrase en mi camino,
antes que con otras deidades, con vosotras, que no queréis vino en los sacrificios;
ni que me sentara en este rústico ni venerable poyo. Concededme, pues, ¡oh
diosas!, en conformidad con los oráculos de Apolo, el término de mi vida y
liberación de mis males, si os parece que ya he sufrido bastante, viviendo
siempre
sujeto a las mayores desgracias que han afligido a los mortales. Ve-nid, ¡oh
dulces hijas del antiguo Escoto!; ven también tú, que llevas el nom-bre de la
poderosa Palas, ¡oh Atenas!, la más veneranda de todas las ciuda-des; apiadaos
del miserable Edipo, que ya no es más que un espectro, pues nada le queda de su
anterior hermosura.
ANTÍGONA.—Calla,
que vienen unos ancianos a ver dónde estás sentado. EDIPO.—Callaré; pero sácame
del camino y ocúltame en el bosque hasta que me entere de lo que hablan; porque
en escuchar consiste la precaución
de lo que
se haya de hacer.
CORO.—Mirad.
¿Quién era? ¿Dónde está? ¿Dónde se ha ido, alejándose de aquí, el más temerario
de los mortales? Mirad bien, examinad, buscadle por todas partes. Un vagabundo,
vagabundo era el viejo, no nacido en esta región; pues jamás habría entrado en
este sagrado bosque de las inexorables virgenes, cuyo nombre no pronunciamos
por temor, y ante las cuales pasa-mos sin levantar nuestros ojos y sin proferir
palabra, enviándoles mental-mente las plegariasde nuestro corazón; mas ahora
corre el rumor de que sin ningún respeto ha entrado aquí un impío a quien yo no
puedo ver por este bosque ni saber dónde se oculta.
EDIPO.—Ese
a quien buscáis soy yo. En vuestra voz conozco lo que pre-dijo el oráculo.
CORO.—¡Ay,
ay! ¡Qué horror da el verle! ¡Qué es panto el oirle!
EDIPO.—No
me toméis por un malvado, os lo suplico.
CORO.—Júpiter
salvador, ¿quién es este viejo?
EDIPO.—Quien
no merece llamarse feliz por su anterior suerte, ¡oh guar-dianes de esta
región!, ya lo estáis viendo. De otra manera no necesitaria de ajenos ojos que
me guiaran; ni, si fuera poderoso, tendría necesidad de sos-tenerme en tal
débil apoyo.
CORO.—¡Aaah!
¡No tiene ojos! ¿Acaso, infeliz, eres ciego de nacimiento? Viejo estás ya,
según veo; pero mientras de mi dependa, no te dejaré añadir un sacrilegio a
tanta calamidad. Márchate, márchate. Pero para no caer en esa silenciosa y
verde cañada, por donde corre una fuente de abundante agua que mezclamos en los
vasos con la miel de las libaciones, ten mucho cuidado, desdichado extranjero;
a pártate, retirate. Mucha distancia nos se-pare. ¿Lo oyes, miserable
vagabundo? Si tienes que decirme algo sal de ese sitio prohibido, y cuando
estés en lugar público, habla; pero antes guarda silencio.
EDIPO.—Hija
mia, ¿qué pensaremos de esto?
ANTÍGONA.—Padre,
preciso es que obedezcamos a los ciudadanos y haga-mos de buen grado lo que nos
mandan.
EDIPO.—Cógeme,
pues.
ANTÍGONA.—Ya
te tengo.
EDIPO.—Extranjeros,
no me maltratéis, ya que os obedezco y salgo de este refugio.
CORO.—No
temas, anciano; que nadie te sacará de aquí donde estamos contra tu voluntad.
EDIPO.—¿Voy
más adelante?
CORO.—Ven
un poquito más.
EDIPO.—¿Bastante?
CORO.—Llévalo,
muchacha, más adelante, que tú ves bien.
ANTÍGONA.—Sigue,
padre, sigue, con tu cuerpo ciego, por donde te guío.
EDIPO.—..................................
ANTÍGONA.—..................................
EDIPO.—..................................
CORO.—Aprende,
desdichado extranjero, estando en tierra extraña, a abs-tenerte de lo que los
ciudadanos tengan por malo y a venerar lo que ellos estiman venerable.
EDIPO.—Guíame,
niña, adonde, guardando la debida reverencia, podamos hablar y oir. No luchemos
contra la necesidad.
CORO.—Párate.
No pongas el pie fuera del límite que te señala esa piedra. EDIPO.—¿Así?
CORO.—Está
bien, como te lo he dicho.
EDIPO.—¿Puedo
sentarme?
CORO.—Con
el cuerpo un poco inclinado hacia adelante, siéntate sobre esa piedra.
ANTÍGONA.—Padre,
eso me toca a mí; despacito y paso a paso apoya... EDIPO.—¡Ay, ay de mí!
ANTÍGONA.—tu
abatido cuerpo descansando en las manos de tu querida hija.
EDIPO.—¡Ay
de mi triste destino!
CORO.—¡Oh
malhadado! Ya que te has humillado a nuestro mandato, ha-bla. ¿Quién eres? ¿Qué
terrible desgracia te aflige? ¿Puedo saber cuál es tu patria?
EDIPO.—¡Oh
extranjeros! No tengo patria, pero no...
CORO.—¿Por
qué no quieres decirnosla, viejo?
EDIPO.—no,
no, no me preguntéis quién soy, ni de seéis inquirir más preguntando.
CORO.—¿Qué
es eso?
EDIPO.—Un
afrentoso nacimiento...
CORO.—Habla.
EDIPO.—¡Hija!
¡Ay de mi! ¿Qué dire?
CORO.—¿De
qué sangre eres, extranjero? Di, ¿de qué padre?
EDIPO.—¡Ay
de mí! ¿Qué hago, hija mia?
ANTÍGONA.—Habla,
ya que te hallas en extremado apuro.
EDIPO.—Lo
diré, pues, ya que no puedo evitarlo.
CORO.—Mucho
tardas; dilo pronto.
EDIPO.—¿Tenéis
noticia de un hijo de Layo...
CORO.—¡Oooooh!
EDIPO.—de
la raza de los Labdácidas...
CORO.—¡Oh
Júpiter!
EDIPO.—del
desdichado Edipo?
CORO.—¿Acaso
eres tú?
EDIPO.—No
os asuste lo que os digo.
CORO.—¡Oooh,
cooh, malhadado, coooh!
EDIPO.—Hija
mia, ¿qué sucederá aqui?
CORO.—¡Fuera!
¡Lejos! ¡Márchate de este pais!
EDIPO.—Y
la promesa que me hicisteis, ¿qué haréis de ella?
CORO.—A
nadie le envía el hado fatal castigo por devolver la injuria que antes ha
recibido. El engaño correspondido con otro engaño, proporciona desprecio en vez
de reconocimiento. Levántate, quitate de ese asiento, aléja-te pronto de esta
tierra, no sea que con tu presencia atraigas sobre mi patria alguna nueva
desgracia.
ANTÍGONA.—¡Respetables
extranjeros! Ya que no podéis tolerar a mi an-ciano padre por haber oído la
relación de los actos que involuntariamente cometió, compadeceos al menos de
esta desdichada. ¡Os lo suplico, extran-jeros! Os lo pido en favor de mi infortunado
padre. Os ruego con los ojos fijos en vuestro semblante, como os lo pudiera
suplicar una hija de vuestra sangre, que respetéis a este miserable. En
vuestras manos, como en las de un dios, está nuestra suerte. Ea, pues,
concedednos esta inesperada gracia. Os lo suplico por lo que más querido os
sea: por vuestro hijo, por vuestra esposa, por vuestros más sagrados deberes y
por vuestros dioses. Conside-
rad y
veréis que ningún mortal, sea quien fuere, puede nunca resistir cuando es un
dios quien lo empuja.
CORO.—Sabe,
hija de Edipo, que nos compadecemos de tí lo mismo que de éste, por causa de su
infortunio. Pero por temor a la divina justicia, no podemos añadir nada a lo
que tenemos ya dicho.
EDIPO.—¿Qué
provecho puede uno prometerse de lo que diga la opinión, ni de la gloriosa fama
que falsamente corre, cuando dicen que Atenas es ciudad muy religiosa y la
única que puede salvar al extranjero desgraciado, y socorrerle en su
infortunio? ¿Dónde puedo yo ver esas virtudes, si me ha-céis levantar de este
asiento y me expulsáis sólo por temor a mi nombre? Pues lo cierto es que ni mi
cuerpo os inspira terror, ni tampoco mis actos. Porque de mis actos, más he
sido el paciente que el agente; cosa que com-prenderíais si pudiese hablaros de
los de mi padre y mi madre, por los que tanto horror șentis hacia mí. Esto lo
sé muy bien. ¿Cómo es posible que yo sea de índole depravada, si no he hecho
más que repeler el daño que sufría, de manera que aunque hubiese obrado con
pleno conocimiento no podría ser criminal? Sin conciencia, pues, de mis actos
llegué adonde he llegado; mientras que los que me hicieron sufrir, me perdieron
con pleno conoci-miento. Por todo esto, pues, os suplico en nombre de los
dioses, ¡oh extran-jeros!, que me salvéis como me lo habéis prometido; y que no
despreciéis a los dioses queriendo honrarlos. Pensad que ellos tienen siempre
fija la vista lo mismo en los hombres piadosos que en los impíos, y que ninguno
de és-tos puede eludir su justicia. Reflexionando sobre esto, no obscurezcáis
la fama de la gloriosa Atenas, creyendo que la honráis con obras impías; sino
que, como acogisteis al suplicante que en vosotros confió, defendedlo y
pro-tegedlo. No me desdeñéis al ver el aspecto horrible que os presenta mi
cara; pues llego aqui consagrado a los dioses y lleno de piedad, trayendo
además provecho, a los habitantes de este pais. Cuando venga vuestro soberano,
sea quien quiera el que os gobierna, se lo diré y lo sabréis. Mientras tanto,
no me maltratéis.
CORO.—Necesario
es, ¡oh anciano!, que respete tus deseos que me acabas de exponer con tan
graves razones. Bástame, pues, enterar de todo ello al soberano de la región.
EDIPO.—¿Y
dónde está el que gobierna este pais, extranjeros?
CORO.—Habita
en la capital, donde residieron sus padres. El mensajero que me hizo venir aquí
ha ido a llamarlo.
EDIPO.—¿Creéis
que hará algún caso de este ciego, o que se interesará hasta el punto de venir
aquí?
CORO.—Seguramente,
apenas oiga tų nombre.
EDIPO.—¿Y
quién podrá ir a decirselo?
CORO.—Largo
es el camino; las conversaciones de los caminantes se ex-tienden rápidamente
por todas partes, y asi que lleguen a sus oidos, vendrá en seguida, créelo;
porque tu nombre, ¡oh anciano!, ha penetrado ya por to-das partes; y aunque
ahora tarde en oirlo más de lo que conviene, en segui-da que lo oiga vendrá
corriendo.
EDIPO.—Venga,
pues, para la dicha de su ciudad y para la mia. ¿Quién hay que no desee su
propio bien?
ANTÍGONA.—¡Ay,
Júpiter! ¿Qué diré? ¿Qué llego a pensar, padre?
EDIPO.—¿Qué
es eso, hija mia, Antígona?
ANTÍGONA.—Veo
a una mujer que viene hacia nosotros montada en un ca-ballo del Etua; cubre su
cabeza un sombrero tésalo que la defiende del sol. ¿Qué digo? ¿Es ella? ¿No es?
¿Estoy delirando? Si es, no es; no sé qué de-cir. ¡Pobre de mí! Ella es; con
semblante alegre, me hace caricias asi que se va acercando, lo que me indica
que es mi hermana Ismena.
EDIPO.—¿Qué
dices, hija?
ANTÍGONA.—Que
veo a tu hija y hermana mia, a quien ya puedes conocer por la voz.
ISMENA.—¡Ay,
padre y hermana, dos nombres los más dulcisimos para mí! ¡Qué penas he pasado
para encontraros, y con qué pena os estoy viendo!
EDIPO.—¡Ay,
hija! ¿Has venido?
ISMENA.—¡Oh,
padre! ¡Qué pena me da el verte!
EDIPO.—¡Hija!
¿Estás aqui?
ISMENA.—No
sin grandes fatigas.
EDIPO.—Tócame,
hija mia.
ISMENA.—Os
toco a los dos a la vez.
EDIPO.—¡Ay,
hija y hermana mia!
ISMENA.—¡Ay,
dos vidas desdichadas!
EDIPO.—Te
refieres a la de ésta y a la mia?
ISMENA.—Y
también a la mia; a las tres.
EDIPO.—¡Hija!
¿Por qué has venido?
ISMENA.—Por
el cuidado que me inspiras, padre.
EDIPO.—¿Acaso
por añoranza?
ISMENA.—Y
para darte yo misma nuevas noticias, he venido con el único criado que me es
fiel.
EDIPO.—Y
tus dos jóvenes hermanos, ¿en qué se ocupan?
ISMENA.—Déjalos
dondequiera que estén; que terribles odios hay entre ellos.
EDIPO.—¡Ay
de ellos, que en su vida y carácter se parecen en todo a la manera de ser de
los egipcios! Allí los hombres permanecen en casa fabri-cando tela, y sus
consortes trabajan fuera, proveyendo siempre a las necesi-dades de la vida.
Asimismo, hijas mias, vuestros hermanos, que debían to-mar a su cargo los
cuidados que las dos tenéis, se quedan en casa como don-cellas; y vosotras
sufris, en lugar de ellos, las miserias de este desdichado padre. Ésta, pues,
desde que salió de la infancia y su cuerpo se vigorizó, siempre conmigo y
vagando sin ventura, me sirve de guia, errando por agrestes selvas, descalza y
hambrienta, expuesta a las lluvias y a los ardores del sol, prefiriendo a la
delicada vida de palacio el penoso placer de propor-cionar algún alimento a su
padre. Y tú, hija mia, sin que lo supieran los cad-meos, viniste antes a
anunciar a tu padre las profecías del oráculo acerca de mi cuerpo, y fuiste mi
fiel compañera cuando me expulsaron de la patria. Y ahora, Ismena, ¿qué noticia
vienes a traer a tu padre? ¿Cuál es el motivo que te ha hecho salir de casa?
Porque no vienes sin algún objeto, bien lo sé yo; y temo que me anuncies alguna
nueva desgracia.
ISMENA.—Las
penas que he sufrido, ¡oh padre!, bus cando el sitio en que podria encontrarte,
las pasaré en silencio; pues no quiero renovar mis sufri-mientos con la
relación de las mismas. La discordia que actualmente existe entre tus dos
malaventurados hijos es lo que vengo a anunciarte. En un prin-cipio tenían
ambos el mismo deseo de dejar el trono a Creonte y no ensan-grentar la ciudad,
considerando, con razón, que la ruina que de antiguo ani-quilaba a la familia,
amenazaba a tu desdichada casa. Mas ahora no sé qué deidad se unió a la
perversa intención de los mismos para infundir en los muy malaventurados la
funesta rencilla de apoderarse del mando y del su-premo poder; y tanto, que el
joven, y por lo mismo menor en edad, privó del trono al mayor, a Polinices, y
lo expulsó de la patria. Éste, según la noti-cia más autorizada que entre nos
otros corre, se fué a Argos, el de suelo quebrado, donde, con su reciente
casamiento, se ha procurado fieles aliados; de modo que pronto los argivos
someterán a su imperio la tierra cadmea, o serán causa de que la gloria de ésta
se eleve hasta las nubes. Éstos no son
solamente
vanos rumores, padre, sino hechos que aterrorizan. Ni puedo pre-ver dónde
pondrán los dioses el término de tus desgracias.
EDIPO.—¿Es
que tenías esperanza de que los dioses tuvieran algún cuida-do de mí, de modo
que algún dia me pudiera salvar?
ISMENA.—Si,
padre, según recientes oráculos.
EDIPO.—¿Cuáles
son? ¿Qué han profetizado, hija?
ISMENA.—Que
los tebanos te han de buscar algún dia, vivo o muerto, por causa de su
salvación.
EDIPO.—¿Quién
puede esperar beneficio de un hombre como yo?
ISMENA.—En
ti dicen que estriba la fuerza de ellos.
EDIPO.—¿Cuando
nada soy es cuando soy hombre?
ISMENA.—Ahora
te ensalzan los dioses; antes te abatieron.
EDIPO.—Inútil
es elevar al anciano que de joven ha sido derribado.
ISMENA.—Sabe,
pues, que por esto pronto vendrá a buscarte. Creonte, y no pasará mucho tiempo.
EDIPO.—¿Qué
se propone, hija? Explícamelo.
ISMENA.—Depositarte
cerca de la tierra de Cadmo, para tenerte en su pó-der sin que llegues a pisar
los límites del pais.
EDIPO.—¿Y
qué provecho han de sacar de mi permanencia cerca del pais? ISMENA.—Tu tumba,
si no obtiene los debidos honores, será gravosa para
ellos.
EDIPO.—Pues
sin necesidad del oráculo cualquiera sabe esto, sólo con la razón natural.
ISMENA.—Pues
por eso quieren tenerte cerca de la patria, para que no dis-pongas libremente
de ti mismo.
EDIPO.—¿Y
me enterrarán en suelo tebano?
ISMENA.—No
lo permite la sangre de tu misma familia, que has derrama-do, padre.
EDIPO.—Pues
de mi no mandarán jamás.
ISMENA.—Será,
pues, esto algún dia gran desgracia para los tebanos. EDIPO.—¿Por qué
contingencia, hija mia?
ISMENA.—Por
tu propia cólera, cuantas veces se pongan sobre tu sepultura.
EDIPO.—Todo
esto que me cuentas, ¿de quién lo sabes, hija?
ISMENA.—De
los hombres que fueron enviados a consultar al oráculo de Apolo.
EDIPO.—¿Y
eso es lo que Apolo ha dicho de mi?
ISMENA.—Así
lo afirman los que han llegado a Țebas.
EDIPO.—Y
alguno de mis hijos, ¿se ha enterado de esto?
ISMENA.—Los
dos a la vez, y lo saben muy bien.
EDIPO.—Y
los malvados, enterados de esto, ¿prefieren el trono a mi cariño?
ISMENA.—Me
aflijo al oír eso, padre, y sin embargo, te lo anuncio.
EDIPO.—¡Pues
ojalá que los dioses nunca extingan la fatal discordia que hay entre los dos, y
que de mi dependa el fin de la guerra para la que se pre-paran y levantan
lanzas! Porque ni el que ahora tiene el cetro y ocupa el trono podría
mantenerse en él, ni el que ha salido de Tebas volvería a entrar en ella. Esos
que a mi, al padre que los ha engendrado, viendo tan ignomini-osamente echado
de la patria, ni me recogieron ni me defendieron, sino que ellos mismos me
expulsaron y decretaron mi destierro. Dirás que yo quería entonces todo esto y
que la ciudad no hizo más que otorgar me lo que pedía. Pero no es así; porque
aquel mismo dia, cuando hervia mi furor y me hubie-ra sido muy grata la muerte
y que me hubiesen destrozado a pedradas, no hubo nadie que me ayudara al
cumplimiento de mi deseo; pero tiempo des-pués, cuando ya todo el dolor se me
habia mitigado y comprendí que mi ira se habia excedido castigándome más de lo
que yo merecía por mis pasados pecados, entonces, después de tantos años, me
expulsó la ciudad violenta-mente de sus términos; y ellos, los hijos de este
padre, mis propios hijos, pudiendo socorrerme, nada quisieron hacer; sino que
por no decir ni siquie-ra una palabra en mi favor, desterrado de mi patria, me
obligaron a vagar mendigando mi sustento. En cambio, de estas dos doncellas, a
posar de la debilidad de sù sexo, recibo el sustento de mi vida, la seguridad
de mi al-bergue y los cuidados de familia. Ellos, menospreciando al padre que
los engendró, han preferido sentarse en el trono, empuñar el cetro y gobernar
el país; pero no crean quo me han de tener en su ayuda, ni tampoco que les ha
de ser provechoso el gobierno de la tierra de Cadmo. Sé muy bien todo esto, no
sólo por los oráculos que acabo de oir, sino también por los que recuerdo que
Apolo profetizó y cumplió referentes a mí. Envien, pues, si quieren en mi busca
a Creonte o a otro cualquier poderoso ciudadano; que si vosotros, joh
extranjeros!, queréis prestarme vuestro auxilio a la vez que estas vene-rables
diosas protectoras de vuestro pueblo, tendréis en mi un gran salvador de
vuestra ciudad y un azote para vuestros enemigos.
CORO.—Digno
eres, Edipo, de mi conmiseración, lo mismo que estas dos niñas; y ya que tú
mismo te manifiestas en lo que acabas de decir como sal-
vador de
esta tierra, quiero aconsejarte lo más conveniente.
EDIPO.—¡Oh
amabilisimo! Aconséjame, que he de hacer cuanto me digas. CORO.—Ofrece ahora un
sacrificio expiatorio a estas diosas, que son las
primeras
con que aqui te encontraste y cuyo suelo hollaste.
EDIPO.—¿De
qué manera lo he de ofrecer? Enseñádmelo, extranjeros.
CORO.—Primeramente
trae, cogiéndola con manos puras, de esa fuente
perenne,
agua para las sagradas libaciones.
EDIPO.—¿Y
cuando haya sacado la pura linfa?
CORO.—Vasos
hay, obra de hábil artista, de los cuales has de coronar los bordes y las asas
de dos bocas.
EDIPO.—¿Con
hojas o con lana, o de qué modo?
CORO.—Con
lana recién tonsurada de oveja joven.
EDIPO.—Está
bien; y después de esto, ¿qué debo hacer?
CORO.—Verter
las libaciones de pie, vuelto hacia la aurora.
EDIPO.—¿Con
esos vasos que me has indicado las he de verter?
CORO.—Si;
tres libaciones por vaso, y la última toda de un golpe.
EDIPO.—¿De
qué las llenaré? Dimelo.
CORO.—De
agua y de miel; no mezcles vino.
EDIPO.—¿Y
cuando la tierra de umbroso follaje reciba las libaciones?...
CORO.—Sobre
ella, con ambas manos, depositarás tres veces nueve ramos de olivo y
pronunciarás esta súplica...
EDIPO.—Deseo
saberla, pues es lo más importante.
CORO.—«
Como os llamamos Euménides, con benėvolo corazón aceptad a este suplicante que
se acoge a vuestra protección. » Haz tú mismo la ple-garia u otro por tí; pero
sin que se oigan las palabras ni llegue a articularse la voz. En seguida
retirate, sin volver la cara. Una vez hayas hecho esto, no tendré temor ninguno
de asistirte; que de otro modo, extranjero, temblaría por tí.
EDIPO.—Hijas
mias, ¿habéis oído a los extranjeros vecinos de esta región?
ANTÍGONA.—Los
hemos oído, y dispón lo que haya que hacer.
EDIPO.—A
mí no me es posible ir, falto como estoy de fuerzas y de vista. Vaya una de
vosotras y hágalo; pues creo que basta y vale tanto como diez mil una alma
piadosa que con fervor haga la expiación. Hacedlo, pues, pronto; pero no me
dejéis solo, porque abandonado y sin guía no puedo mo-ver mi cuerpo.
ISMENA.—Yo
iré a hacerlo; pero quiero saber el sitio en que encontraré todo lo necesario .
CORO.—Del
lado de allá del bosque, extranjera; si te falta alguna cosa, alli habita un
hombre que te lo dirá.
ISMENA.—·
A ello voy . Antigona, tú aqui cuida del padre; que los hijos
no deben
guardar memoria de las fatigas que pasen por el autor de sus dias .
CORO.—Terrible es, ¡ oh extranjero!, hacer revivir el dolor que de antiguo
duerme;
pero ya'es tiempo de que me entere ...
EDIPO.—¿De
qué?
CORO.—de
la desgracia afrentosa e irremediable en que caiste .
EDIPO.—No,
querido amigo; te lo suplico por la hos pitalidad que me has dado; no me hagas
revelar hechos ignominiosos.
CORO.—Del
rumor de tus infortunios que tan exten dido estå y no cesa de propalarse,
deseo, joh extranje ro!, oir una exacta información .
EDIPO.—¡
Ay de mi!
CORO.—Resignate,
te lo suplico .
EDIPO.—¡Huy,
huy!
CORO.—Obedéceme;
que yo te concederé todo lo que desees .
EDIPO.—Aguanté
horribles atrocidades, joh extran jeros!, las aguanté .
Dios lo
sabe; pero todas involunta riamente .
CORO.—¿ Y
cómo?
EDIPO.—En
criminal lecho, sin saber yo nada, me ató la ciudad con fatal himeneo .
CORO.—¿Es
verdad que de tu madre, según con ho rror he oido, gozaste el placer de amor?
EDIPO.—¡
Aayyy!, me mata el oir tal cosa, extranje ros; éstas, en efecto, mis dos ...
EDIPO.—EN
COLONO
CORO.—¿Qué
dices?
EDIPO.—hijas,
dos afrentas...
CORO.—¡
Oh Júpiter!
EDIPO.—han
nacido del seno de mi misma madre .
CORO.—¿Son
realmente hijas tuyas?
EDIPO.—Y
hermanas a la vez de su padre .
CORO.—iOoh!
EDIPO.—¡
Ooh, ciertamente!, y mil veces joh torbe llino de horrores! CORO.—Has sufrido .
He
sufrido dolores que nunca pueden olvi EDIPO.—darse .
CORO.—Pero
cometiste ...
EDIPO.—Nada
cometí .
CORO.—¿Cómo
no?
EDIPO.—Acepté
de la ciudad una recompensa que nunca, pobre de mi, debia haber aceptado .
CORO.—¿Cómo
no, infeliz? ¿Cometiste el asesinato ..., EDIPO.—¿Qué es eso? ¿Qué quieres
saber?
CORO.—de
tu padre?
EDIPO.—¡
Ay, ay! Segunda herida me infieres sobre la primera . CORO.—¿Lo mataste?
EDIPO.—Lo
maté; pero hay en mi disculpa ...
CORO.—¿Qué
cosa?
EDIPO.—cierta
parte de justicia .
CORO.—¿Cómo?
EDIPO.—Yo
te lo explicaré . Porque me debian de ha ber matado aquellos a quienes maté .
Yo, por el contra rio, puro y sin conciencia de lo que hacia, llegué a co meter
el crimen.
CORO.—Pues
aqui está ya nuestro rey Teseo, hijo de Egeo, que viene para lo que fué
llamado, según tus deseos .
TESEO.—Por
haber oido tantas veces en los pasados años la sangrienta pérdida de tus ojos,
ya tenia noti cia de ti, hijo de Layo; y ahora, por los ru-mores que he oido
durante el camino, me he convencido de que tú eres . Tus vestidos y desfigurada
cara me delatan efec tivamente quién eres; y compadecido de tu suerte ven go a
preguntarte, infeliz Edipo, qué auxilio vienes a implorar de esta ciudad y de
mi en tu favor y en el de esta desgra-ciada que te acompaña. Dimelo, que muy
dificil ha de ser el asunto que me expongas para que me abstenga de
complacerte, yo que nunca olvido que me crié en tierra extraña, como tú, y que
en el extran jero he sufrido como el que más, teniendo que afron tar los
mayores peligros, arriesgando mi existencia . De modo que a ningún extranjero,
como lo eres tú ahora, puedo dejar de proteger; pues sé que soy hombre y que el
dia de mañana no lo ten-go más seguro que lo pue das tener tú .
EDIPO.—;
Teseo!, tu generosidad me ha eximido en po cas palabras de la necesidad de un
largo discurso; pues ya me has dicho quién soy, quién el
padre que
me en gendró y la patria en que naci . Por lo tanto, no me que da más que
exponerte mis deseos, y discurso terminado .
TESEO.—Eso
mismo ahora dime, para que pueda saberlo .
EDIPO.—A
ofrecerte vengo mi desdichado cuerpo como regalo . No es agradable a la vista;
pero los bene ficios que de él obtendrás son mayores que la hermosu ra de su
aspecto .
¿Qué
beneficio crees que me traes con tu TESEO.—venida?
EDIPO.—Con
el tiempo podrás saberlo, no ahora.
TESEO.—¿Cuándo,
pues, ese beneficio tuyo se mani festará?
Cuando
muera yo y seas tú mi sepulta
EDIPO.—dor.
TESEO.—Por
las postrimerias de tu vida ruegas; pero tu estado actual, o lo tienes en
olvido o en nada lo estimas .
EDIPO.—Porque
en las postrimerias se sintetiza todo lo demás .
TESEO.—Pues
en poco consiste el favor que me pides .
Miralo
bien; no será pequeña, no, la con EDIPO.—tienda.
TESEO.—¿
Cuál? ¿A la de tus hijos o la mia te re fieres?
EDIPO.—Ellos
a que vaya allá me obligan .
TESEO.—Pues
aunque no quisieran, no te está bien vivir en el destierro.
EDIPO.—Pero
cuando yo queria no me dejaron .
TESEO.—¡
Ah, tonto! El orgullo en la desgracia no es conveniente .
EDIPO.—Cuando
me oigas, aconsėjame; mientras tanto, abstente.
TESEO.—Explicate,
pues; que sin formar juicio no debo hablar.
He
pasado, Teseo, penas horribles entre las EDIPO.—más horribles.
TESEO.—¿Acaso
a la antigua desgracia de tu fami lia te refieres?
EDIPO.—De
ningún modo; porque eso todos los griegos lo cantan .
TESEO.—¿Pues
qué desgracia mayor que la que pueda aguantar un hom-
bre
sufres?
EDIPO.—Mira
lo que me sucede . De mi tierra fui lanzado por mis propios hijos; y como
parricida, ya no me es posible volver.
TESEO.—¿Cómo,
pues, te han de hacer volver para no vivir en ella? EDIPO.—El divino oráculo
les obliga .
TESEO.—¿
Qué desgracia es la que temen, según ese oráculo?
EDIPO.—El
destino de ser batidos por los habitantes de esta tierra .
TESEO.—¿Y
cómo puede ser que entre nosotros y ellos surja la hostilidad?
EDIPO.—¡Oh
querido hijo de Egeo! Para solos los dioses no hay vejez ni muerte jamás; que
todo lo otro, lo destruye el omnipotente tiempo: se es-quilma la fuer za de la
tierra, se arruina la del cuerpo, muere la buena fe, nace la perfidia, y un
viento mismo no corre jamás entre amigos, ni de ciu-dad a ciudad . ( Para unos
ahora y para otros luego, lo dulce se vuelve amar-go y luego dulce otra vez . ]
Y con Tebas, si por ahora son amistosas y bue-nas tus relaciones, infinitas
noches y dias engen dra el infinito tiempo en su marcha, durante los cuales los
hoy concordes afectos se disiparán en guerra por un pequeño pretexto; y donde
durmiendo y sepultado se halle mi frio cadáver, se beberá la ardiente sangre de
aquéllos, si Júpiter aun es Júpiter, y su hijo Febo, ve raz. Pero como no es
bueno que diga lo que debe que dar en silencio, permiteme que no diga más, y
cuida de cumplirme la promesa; que nunca dirás que a Edipo como inútil huésped
recibiste en estos lugares, si es que los dioses no me engañan .
CORO.—Rey,
hace tiempo que éstas y semejantes pro mesas en provecho de esta tierra se
muestra este hom bre dispuesto a cumplir .
TESEO.—¿Quién,
pues, podrá rechazar la benevolen cia de un hombre como éste, con quien en
primer lugar he mantenido siempre reciproca hos-pitalidad, y que ahora, al
llegar aqui como suplicante de estas diosas, se nos ofrece como no pequeño
tributo a esta tierra y a mi? Lo cual respetando yo, nunca rechazaré el favor
de éste, y en mi pais como vecino le aposentaré. [Si, pues, aqui le es gustoso
al huésped morar, te ordeno que lo defiendas; y si le agrada más venirse
conmigo, de las dos cosas, Edipo, te doy a elegir la que quieras, que con ello
me conformaré . ]
EDIPO.—¡Oh
Júpiter! Concede tu favor a estos hom bres tan dignos.
TESEO.—¿Qué
deseas, pues? ¿Quieres venir a mi.casa?
EDIPO.—Si
me fuera permitido... Pero el sitio es éste ...
TESEO.—¿Qué
has de hacer en él? No te contrade ciré ...
EDIPO.—en
el cual triunfaré de los que me han des echado ...
TESEO.—si
me dijeres el gran provecho de tu per manencia .
EDIPO.—si
persistes hasta el fin en cumplirme lo que me has prometido .
TESEO.—Confia
en lo que de mi dependa; no temas que te haga traición .
EDIPO.—No
quiero obligarte con juramento, como si fueses hombre malo
.
TESEO.—Es
que no ganarias más que con mi simple promesa .
EDIPO.—¿Qué
harás, pues?
TESEO.—¿Qué
es lo que te tiene más intranquilo?
EDIPO.—Vendrán
hombres .
TESEO.—Pero
éstos cuidarán .
EDIPO.—Mira
que al dejarme ...
TESEO.—No
me digas lo que yo debo hacer.
EDIPO.—preciso
es que tema .
TESEO.—No
teme mi corazón .
EDIPO.—No
sabes las amenazas ...
TESEO.—Yo
sé que a ti ningún hombre te sacará de aqui contra mi volun-tad . Muchas
amenazas y muchas vanas palabras se profieren en un arrebato de ira; pero
cuando la razón recobra su imperio, se disipan esas arro gan-cias. Y a ellos
mismos, aun cuando hayan tenido la osadia de amenazarte con la repatriación, sé
yo que les parecerá demasiado largo y no navegable el mar que les separa de
aqui . Te exhorto, pues, a que confies, aun sin mi decisión de ayudarte, si
Febo te guió aqui . Y de todos modos, aunque yo no esté presente, sé que mi
nombre te defenderá de todo mal trato .
CORO.—Has
venido, ¡oh extranjero!, a la mejor resi dencia de esta tierra, región rica en
caballos, al blanco
CORO.—,
donde trina lastimeramente el canoro ruiseñor, que casi todo el año se halla en
sus verdes valles mo rando en la hiedra de color de vino, y en la impenetra ble
fronda de infinitos frutos consagrada al dios, donde no penetra el sol ni los
vientos de ninguna tempestad; donde el báquico Dioni-so anda siempre acompañado
de las diosas, sus nodrizas, y florece siempre, sin faltar un dia, bajo
celestial rocío, el narciso de hermosos raci mos, anti-gua corona de dos
grandes diosas, y también el dorado azafrán; y sin cesar corren las fuentes que
nunca menguan, surtiendo las corrientes del Cefiso, el cual, perennemente
dispuesto a fecundarlos con su lim pida agua, se des-liza por los campos de la
tierra de an cho seno; ni los coros de las Musas se le ausentan, ni tampoco
Venus, la de áureas riendas. También crece aquí, cual yo nunca lo he oído ni de
la tierra de Asia, ni tampoco de la gran ca isla de Pélope, el árbol que nunca
envejece, nacido espontáneamente y te-rror de enemigas lanzas; pues florece muy
bien en esta tie rra el olivo, de azulado follaje, educador de la infancia, al
cual ningún adalid, ni joven ni viejo, destruirá con su devastadora mano;
porque con la mirada siempre fija en él, lo defienden el ojo de Júpiter
protector y la de brillantes ojos Minerva
. Otra
alabanza puedo cantar también de esta metrópoli, y que es muy excel-
sa, como
regalo del gran dios y eminente gloria de esta tierra: es domadora de caballos,
posee buenos potros y navega felizmente por el mar. ¡ Oh hijo de Cronos! Tú,
pues, a esta gloria la elevaste, rey Neptuno, inventando el do mador freno de
los caballos, antes que en otra parte en esta ciudad, la cual, poseyendo
también buenos remos y manejándolos bien con sus manos, hace que la nave vaya
dando brincos por la llanura del mar, en pos de las Nerei-das, que tienen cien
pies .
ANTÍGONA.—¡
Oh tierra que con tantas alabanzas eres elogiada! Ahora es ocasión de
justificar tan mag nifico ensalzamiento .
EDIPO.—¿Qué
hay, hija, de nuevo?
ANTÍGONA.—Ahi
tienes a Creonte, que viene hacia nosotros, no sin escol-ta, padre.
EDIPO.—¡
Oh queridisimos ancianos! Ojalá por vos otros se me aparezca hoy el término de
mi salva ción .
CORO.—Confía;
aparecerá; que aunque viejo soy, el brio de mis manos no ha envejecido .
CREONTE.—¡Nobles
habitantes de esta tierra! Veo por vuestras miradas que de reciente temor
estáis llenos por causa de mi llegada; pero no temáis, ni lancéis tam poco
palabra de maldición . Vengo, pues, no con deseos de cometer violencia, porque
viejo soy ya, y además sé que llego a una ciudad muy poderosa, la primera de
Grecia. Pero por este hombre, a pesar de mi edad, se me ha enviado para
persuadirle a que me siga hacia el cadmeo sue-lo; y no vengo comisionado por
uno sólo, sino mandado por todos los hom-bres, por causa de que por el
parentesco que con él tengo, me toca a mi más que a otro ciudadano el
condolerme de su desgracia .
Pero, joh
infortunado Edipo!, obedéceme y ven a casa .
Todo el
pueblo de Cadmo te reclama con justicia, y más que todos, yo; por cuanto, como
no he sido un malvado entre los hombres, me duelo de tu desgracia, anciano, al
verte tan desdichado como eres en tierra extraña, siempre errante y careciendo
de recursos para mante nerte; vagando con ésta que sola te acompaña, la cual,
infeliz de mi, nunca hubiera creido que en tal afrenta habia de caer, como ha
caido la desdichada, por cuidar siem-pre de ti y de tu sustento con el alimento
que men diga, ni que habria llega-do a tal edad sin haber logrado la suerte del
himeneo, sino expuesta a que la rapte cualquiera que se le eche encima. ¿No es
esto oprobio vil, jay infeliz de mi!, que lanza su injuria sobre ti, sobre mi y
sobre toda la familia? Pero ya que bueno es ocultar las públicas infamias, tú,
por los dioses patrios, EDI-
PO.—,
créeme y ocúltalas, consintiendo en venirte a la ciudad y a palacio, a la
mansión de tus padres, salu dando antes amablemente a esta ciudad, que bien dig
na es; pero la patria, con más justicia debe ser vene rada, por ser la que te
alimentó en otro tiempo .
EDIPO.—¡
Ah de ti, que a todo te atreves y que de todo razonamiento sa-bes sacar algún
especioso artificio de aparente justicia! ¿Por qué vienes a tentarme con ese
razonamiento y quieres por segunda vez cogerme en los lazos que más sentiria
ser cogido? Porque antes, cuando gozaba yo en mis propias desgracias y me era
grato el ser desterrado de mi patria, no quisiste, que riendo yo, concederme
esa gracia . Mas cuando ya se habia colmado la ira de mi dolor y la vida en
palacio me era dulce, entonces me empellaste y me arrojaste, sin que a ti, el
parentesco ese que ahora invocas, en modo al-guno te fuera entonces grato; pero
ahora de nuevo, cuando ves que la ciu-dad ésta me acoge con be nevolencia, y
también toda su gente, intentas arrancar me con ese pérfido intento que tan
suavemente expo- .
nes . Y,
en efecto, ¿qué placer es ése de querer a quien no quiere? Es como si alguien,
al suplicarle tú con insis tencia lo que deseas obtener, no te lo diera, ni
quisiera complacerte; y luego, al tener ya satisfecho el corazón de lo que
necesitabas, entonces te lo concediera, cuan do ya la gracia ningu-na gracia te
haría: ¿acaso acep tarias ese inútil placer? Eso mismo es, pues, lo que tú me
propones: bueno de palabra, pero malo en realidad .
Y voy a
hablar a éstos para demostrarles que eres un malvado . Vienes para llevarme;
pero no para conducir me a palacio, sino para albergarme en los confines y
tener libre a la ciudad de los males que de esta tierra la ame-nazan. Pero eso
no lo obtendrás, y en cambio ten drás estotro: allí, entre vo-sotros, mi genio
vengador habitará siempre; y sucederá que los hijos mios obten drán en herencia
de mí tanta tierra cuanta necesiten para caer en ella muertos . ¿ Acaso no
estoy enterado de lo de Tebas mejor que tú? Mucho mejor en verdad, por cuanto
de mejores sabios lo sé: de Apolo y del mismo Júpiter, que de él es padre . Tu
lengua ha llegado aqui llena de embustes, aunque muy bien afilada; pero en lo
que hables, más daño obtendrás que beneficio . Y pues to que sé que no te he de
persuadir en esto, vete; a nos otros déjanos vivir aqui; que no vivimos
apenados, aun que nos hallemos asi, si en ello tenemos gusto .
CREONTE.—¿Acaso
crees, por lo que dices, que la desgracia en que yo es-toy por lo que a ti se
refiere, es mayor que la en que tú estás por ti mismo?
EDIPO.—Lo
más grato para mi es el que tú ni pue das convencerme a mi ni a éstos que están
cerca.
CREONTE.—¡
Ay infeliz! Ni con la edad aprenderás a ser prudente jamás, sino que vives
siendo oprobio de la vejez .
EDIPO.—Hábil
de lengua eres; pero yo no conozco ningún hombre justo que de todo hable bien .
CREONTE.—Una
cosa es hablar mucho y otra hablar a propósito.
EDIPO.—¡
Cuán breve y oportunamente lo dices tú ahora!
CREONTE.—No
ciertamente para quien piense lo mis mo que tú .
EDIPO.—Vete,
que te lo mando también en nombre de éstos; y no te preo-
cupes de
mi, pensando en el sitio en que yo deba habitar.
CREONTE.—Pongo
por testigos a éstos, no a ti, que ya conocerás las pala-
bras con
que respondes a los ami gos, si te cojo yo algún dia .
EDIPO.—¿Quién,
contra la voluntad de estos alia dos, me podrá coger?
CREONTE.—Ciertamente
tú, sin que te coja, lo sentirás .
EDIPO.—¿
Qué es eso con que me estás amenazando?
CREONTE.—De
tus dos hijas, a la una hace poco he dispuesto que se la lle-ven cautiva, y a
la otra me la llevaré pronto.
EDIPO.—¡
Ay de mi!
CREONTE.—Pronto
tendrás motivos para lanzar más ayes.
EDIPO.—¿
A la otra hija mía has cogido?
Y a ésta,
antes de mucho tiempo .
CREONTE.—EDIPO.—¡
Oh extranjeros! ¿Qué pensáis hacer? ¿ Aca so me traicionaréis y no arrojaréis a
ese impio de esta tierra?
CORO.—Vete,
extranjero; fuera pronto, pues ni lo que haces ahora es jus-to, ni lo que antes
has hecho .
CREONTE.—(
A los suyos.) La ocasión exige que os la llevéis por fuerza, si voluntariamente
no quiere seguir.
ANTÍGONA.—¡
Ay infeliz de mi! ¿Dónde me refugio?
¿De quién
obtendré auxilio? ¿De los dioses o de los hombres?
CORO.—¿
Qué haces, extranjero?
CREONTE.—No
tocaré a ese hombre; pero si a ésta, que es mia.
EDIPO.—¡
Oh principes de esta tierra!
CORO.—Extranjero,
injustamente procedes .
CREONTE.—Justamente
.
CORO.—¿Cómo
justamente?
CREONTE.—A
los mios me llevo .
EDIPO.—¡Ay
ciudad!
CORO.—¿Qué
haces, extranjero? ¿No la sueltas? Pron to a la prueba de mis manos vendrás.
CREONTE.—Abstente
.
CORO.—No
ciertamente de ti, mientras persistas en tal conato .
CREONTE.—Con
mi pueblo lucharás, pues, si en algo me perjudicas. EDIPO.—¿No os anunció eso
yo?
CORO.—Suelta
de tus manos a la muchacha pronto .
CREONTE.—No
mandes en lo que no imperas .
CORO.—( A
Antigona .) Que te sueltes te digo.
CREONTE.—Y
yo que sigas tu camino .
CORO.—: -
¡Corred aqui; venid, venid, vecinos! La ciu dad es atacada; nuestra ciudad, por
la fuerza . ¡Aco rrednos aqui!
ANTÍGONA.—¿Me
arrastran, pobre de mi! ¡ Oh extran jeros, extranjeros! EDIPO.—¿Dónde, hija, te
me vas?
ANTÍGONA.—·
A la fuerza me llevan .
EDIPO.—Alárgame,
¡ oh hija!, tus manos .
ANTÍGONA.—,
Pero no puedo .
CREONTE.—(
A su gente .) ¿No os la llevaréis?
EDIPO.—¡
Oh infeliz de mi, infeliz!
CREONTE.—No
creo, pues, que ya jamás puedas ca minar apoyándote en estos dos báculos. Pero
ya que quieres triunfar de tu patria y de tus amigos, por man dato de los
cuales hago yo esto, aunque soy el rey, triunfa; que con el tiempo, bien lo sé,
tú mismo conoce rás que ni procedes ahora bien para contigo, ni proce diste
antes, a pesar de los amigos, por dar satisfacción a tu cólera, que es la que
siempre te ha perdido .
CORO.—Detente
ahi, extranjero .
CREONTE.—Que
no me toques te digo .
CORO.—No
te dejaré marchar sin que me devuelvas a ésas .
CREONTE.—Pues
mayor rescate impondrás pronto a la ciudad, porque no pondré mis manos sólo
sobre estas dos .
CORO.—Pero
gadónde te diriges?
CREONTE.—A
coger a éste para llevármelo .
CORO.—Tremendo
es lo que dices .
CREONTE.—Como
que pronto quedará hecho .
CORO.—Si
no te lo impide el soberano de esta tierra.
EDIPO.—¡
Oh lengua impudente! ¿ Te atreverás a to carme?
CREONTE.—¡Te
mando que calles!
¡ Pues
ojalá estas diosas no me dejen afóni
EDIPO.—co
antes de maldecirte, ya que, ¡ oh perverso!, violentą mente me arrancas el
único ojo que me quedaba, des pués de perder la vista! Asi, pues, a ti y a la
raza tuya ojalá el dios Sol, que todo lo ve, dé una vida tal cual yo tengo en
mi vejez .
CREONTE.—¿Veis
esto, habitantes de esta región?
EDIPO.—Nos
están viendo a mi y a ti, y piensan que maltratado yo de obra, me defiendo de
ti con palabras.
CREONTE.—Pues
no puedo contener mi cólera y me llevaré por fuerza a éste, aunque me halle
solo y pesa-, do por la vejez .
EDIPO.—¡Ay
misero de mi!
CORO.—¡Con
cuánta arrogancia has venido, ¡ oh ex tranjero!, si eso pien-sas llevar a cabo!
CREONTE.—Lo
pienso.
CORO.—Pues
a esta ciudad, ya no la tendré yo por tal .
CREONTE.—Con
la justicia, en verdad, el pequeño vence al grande. EDIPO.—¿ Ois lo que dice?
CORO.—Lo
que no podrá cumplir .
CREONTE.—Júpiter
puede saberlo, que tú no .
CORO.—¿
Eso no es ultraje?
CREONTE.—Ultraje;
pero hay que aguantarlo .
CORO.—¡
Oh pueblo! ¡ Oh jefes de esta tierra, venid de prisa, venid; por-que se
propasan éstos!
TESEO.—¿Qué
clamor es éste? ¿Qué sucede? ¿Qué miedo és ese por el que me impedis continuar
el sacri ficio que en los altares estaba ofreciendo al dios marino protector de
Colono? Hablad para que me informe bien de lo que me ha hecho venir aquí más de
prisa de lo que querían mis pies .
EDIPO.—¡
Oh queridisimo!, pues he conocido tu voz, he sufrido ultrajes de este hombre
ahora mismo.
TESEO.—¿Cuáles
son los ultrajes? ¿ Quién te ha ultra jado? Di.
EDIPO.—Creonte,
este a quien ves, acaba de arreba tarme a mis dos hijas, lo único que me
quedaba.
TESEO.—¿Qué
has dicho?
EDIPO.—Lo
que me ha pasado has oido .
TESEO.—Pues
en seguida que uno cualquiera de mis criados, corriendo hacia los altares, haga
que todo el pueblo, peones y jinetes, dejen el sacrifi-
cio y
corran a rienda suelta al sitio en que los dos caminos de los mer cade-res se
reunen, para que no pasen de allí las niñas y venga yo a ser objeto de risa
para ese extranjero si me subyuga a la fuerza. Corred como lo mando, a toda
prisa; que a éste, yo, si me dejara llevar de la cólera como él lo merece, no
dejaria escapar ileso de mis ma nos . Mas ahora vas a ser tratado con esas
mismas leyes con que aqui has venido, y no con otras; porque no sal drás de
esta tierra antes de que me pongas a las mucha chas aqui delante de mi, ya que
lo que has hecho es in digno de ti, de los padres que te engendra-ron y de tu
pa tria; pues habiendo venido a una ciudad que practica la justi-cia y nada
hace fuera de ley, con desprecio de las autoridades de esta tierra, te lanzas
así sobre ella y te llevas lo que quieres y lo retienes por fuerza: creias, sin
duda, que mi ciudad estaba despoblada o que era esclava de otra y que yo era lo
mismo que nada. Y en verdad que Tebas no te enseñó a ser malo, porque no suele
ella educar hombres injustos; ni te aplaudirian sus ciudadanos si supieran que,
menospreciando mis derechos y los de los dio-ses, te llevas a la fuerza a mi
serables suplicántes. Nunca yo, invadiendo tu tierra, ni aun cuando hubiera
tenido los motivos más justifi cados, sin la vo-luntad del soberano, fuese
quien fuese, robaria ni me llevaria nada de la re-gión; porque sabria cómo debe
portarse un extranjero con los ciudadanos.
Pero tú,
sin que ella lo merezca, deshonras a la ciu dad, a la tuya propia; y es que a
ti los muchos años, al par que te han envejecido, te han privado de la razón .
Ya, pues,
te lo dije antes y te lo repito ahora: a esas niñas, que las traiga aqui
prontamente alguien, si no quieres ser extranjero domiciliado en este país a la
fuerza y contra tu voluntad . Y esto te lo digo con el corazón lo mismo que con
la lengua .
CORO.—¿Ves
a lo que has llegado, extranjero? Pues por tu familia pare-ces justo, pero te
han cogido obran do mal.
CREONTE.—Yo,
sin decir que desierta se halle esta ciudad, ¡ oh hijo de Egeo!, ni falta de
consejo, como tú afirmas, hice lo que he hecho creyendo que ninguna rivalidad
se suscitaria entre éstos por causa de mis pa rientes, haste el punto de que
quisiesen alimentarlos contra mi voluntad . Y pensaba que a un hombre parri
cida e impuro no lo defenderian, y menos si sabian que habia contraido
incestuosas nupcias con su madre . Sa bia yo que entre vosotros existe el
Areopago, cuya sabiduria es tanta, que no permite que ta-les vagabun dos vivan
en esta ciudad . En él puse yo mi fe para echar mano a mi presa, cosa que,
además, no hubiera hecho si éste no me hubiese mal-
decido
con terribles maldiciones, a mi y a mi familia, herido por las cuales crei que
debía vengarme asi, porque la cólera nunca envejece si no es mu-riendo; que
sólo de los muertos no se apodera el rencor . Por lo tanto, tú ha-rás lo que te
plazca; porque el encontrarme solo, aun cuando tengo razón, me hace
despreciable; pero si me maltratáis, aunque tan viejo soy, procuraré
defenderme.
EDIPO.—¡
Oh atrevido impudente! ¿A quién crees in juriar con eso? ¿Acaso a mí que soy un
viejo, o ' a ti que por esa tu boca me echas en cara homicidios, bodas y
calamidades que yo en mi infortunio sufri contra mi voluntad? Asi, pues, lo
querían los dioses, que proba blemente estaban irri-tados contra la raza desde
anti guo . Porque en lo que de mi ha dependido, no podrás encontrar en mi
mancha ninguna de pecado por la cual cometiera yo esas faltas contra mi mismo y
contra los mios . Porque, dime: si tuvo mi padre una predicción de los oráculos
por la cual debia él morir a mano de su hijo, ¿cómo, en justicia, puedes
imputarme eso a mi, que aún no había sido engendrado por mi padre ni conce bido
por mi madre, sino que entonces aún no habia na cido? Y si luego, denunciado ya
como un malhadado, como lo fui, llegué a las manos con mi padre y le maté, sin
saber nada de lo que hacía, ni contra quien lo hacia, ¿cómo este involuntario
hecho me puedes en justicia im putar? Y de mi madre, miserable!, no tienes vergüen
za, ya que de las bodas, siendo hermana tuya, me obli gas a hablar, como
hablaré en seguida; pues no puedo callar, cuando a tal punto has llegado tú con
tu im-pia boca. Me parió, es verdad, me parió, jay de mi desgra cia!,
ignorándolo yo, e ignorándolo ella; y habiéndome parido, para oprobio suyo
engendró hijos conmigo.
Pero una
cosa sé muy bien, y es, que tú voluntaria mente contra mí y con-tra ella
profieres esas injurias; mientras que yo, involuntariamente me casé con ella y
digo todo esto involuntariamente; pero nunca, ni por esas bodas se me
convencerá de que he sido un crimi nal, ni por la muerte de mi padre, que
siempre me estás echando en cara, injuriándome amargamente. Una cosa sola
contéstame, la única que te voy a preguntar: si alguien, a ti que tan justo
eres, se te acercara aqui de repente con intención de matarte, ¿acaso
indagarías si es tu padre el que te quiere matar, o le castigarias al momento?
Yo creo, en verdad, que si tienes amor a la vida, castigarias al culpable sin
considerar lo que fuese justo . Ciertamente, pues, a tales crímenes llegué yo
guiado de los dioses; y creo que si el alma de mi pa dre viviera, no me
con-tradeciría en nada de esto . Pero tú no eres justo, ya que crees que
honesta-
mente
todo se puede decir, lo decible y lo indecible, cuando de tal manera me
injurias en presencia de éstos . Y encuentras bien adular a Teseo por su
renombre, y a Atenas por que tan sabiamente está gobernada; mas luego que los
alabas, te olvidas de que si alguna tierra sabe honrar con honores a los
dioses, a todas aventaja ésta, de la cual tú has intentado robar a este vie-jo
suplicante y le has robado sus hijas . Por lo cual yo ahora, invocando en mi
favor a estas diosas, les pido y les ruego en mis súplicas que vengan en mi
ayuda y auxilio, para que sepas qué tal son los hombres que defienden esta
ciudad .
CORO.—El
huésped, joh rey!, es honorable; sus des gracias funestísimas, y merece por
ellas que se le de fienda.
TESEO.—Basta
de palabras; porque los raptores lle van prisa y nosotros, los injuriados,
estamos quietos.
CREONTE.—Y
a un hombre débil, ¿qué le mandas hacer?
TESEO.—Que
me guies por el camino ése y vengas en mi compañía para que si tienes en algún
sitio a las muchachas, me las entregues tú mismo; pero si los for zadores
huyen, no es preciso fatigarnos . Otros hay que los persiguen, y no hay temor
de que se les escapen, ni que den gracias a los dioses por haber salido de esta
tierra. Pero anda delante y entiende que rap-tando has sido raptado, y que la
fortuna te cazó mientras caza bas; porque lo adquirido con engaño o con
injusticia no se conserva . Y no tendrás quien te ayude en esta empresa, aunque
bien sé que tú solo y sin preparativos no hu-bieras llegado a tal orgullo en la
osadia de que has hecho alarde ahora, sino que hay alguien en quien fiando tú
has hecho esto . Mas es preciso que yo lo vea, y no deje que esta ciudad pueda
menos que un hombre solo . ¿Com-prendes bien esto, o crees que te hablan in
útilmente lo mismo ahora que cuando todo esto maqul.
nabas?
CREONTE.—Nada
de lo que tú me digas estando aqui te reprocharė; pero en mi patria, también
sabré yo lo que deba hacer .
TESEO.—Ve
andando y amenaza mientras tanto. Tú, EDIPO.—, espera aqui tranquilo,
convencido de que si no muero yo antes, no desistiré hasta que te haga dueño de
tus hijas .
EDIPO.—Dichoso
seas, Teseo, por tu generosidad y tu justiciera benevo-lencia para conmigo.
CORO.—Ojalá
me hallara en el sitio en que los ata ques de enemigos hombres se confundirán
pronto en el broncineo estruendo de Marte, o junto
al templo
de Pi tio o en las llameantes riberas donde augustas diosas [Ceres y
Proserpina] apadrinan venerandas iniciaciones de los mortales a quienes oprime
la lengua áurea llave de sacerdotes eumolpidas. Alli, en esos luga-res, creo
que el belicoso Teseo y las dos compañeras de viaje, virgenes y hermanas,
trabarán pronto combate que las ha de libertar. Tal vez los en-cuentren al
occidente de la piedra nevada, fuera ya de los prados del Eta, per siguiendo
con los caballos o rápidos carros a los otros que huyen el combate . Será
vencido (Creonte] . Terrible es el valor guerrero de nuestros ciudadanos;
terrible el brio de las tropas de Teseo. Los frenos relampaguean por todas
partes; se lanza a rienda suelta toda la caba llería de los que vene-ran a la
ecuestre, Minerva y al dios marino que ciñe a la Tierra, querido hijo de Rea .
¿Estarán
ya peleando o a punto de pelear? Según pre siente mi corazón, pronto serán
libertadores de las que tan terribles sufrimientos han pasado.y tan terribles
se los han proporcionado sus parientes. Hará, hará Júpiter algo en el día de
hoy . Adivino soy de prósperos com bates . ¡ Ojalá, como impe-tuosa paloma de
raudo vuelo, pudiera remontarme hasta las etéreas nubes para con templar con
mis ojos el combate! ¡ Oh Júpiter, monarca de lo dio-ses, omnividente!, concede
a los jefes de esta tierra, con la fuerza vencedo-ra, el acabar con buen éxito
la lucha que les haga dueños de la presa; y tú también, su venerable hija,
Palas Atene . Y al cazador Apolo y a su herma-na, perseguidora de abigarrados
ciervos de pies veloces, suplico a los dos que vengan en auxilio de esta tierra
y de sus ciudadanos . ¡ Oh extran jero errático!, no dirás que como falso
adivino me he equivocado en mi pronós-tico; pues veo las muchachas aqui cerca,
que vienen bien custodiadas .
EDIPO.—¿Dónde,
dónde? ¿Qué dices? ¿Qué cuentas?
ANTÍGONA.—¡Ay
padre, padre! ¡ Ojalá que algún dios te concediera el po-der ver a este excelso
varón que aqui a tu lado nos envia!
EDIPO.—¡
Oh hijas! ¿Ya estáis aqui?
ANTÍGONA.—Porque
las manos de Teseo nos salva ron, y también las de sus compañeros .
EDIPO.—Acercaos,
hijas, al padre; y dejadme abra zar ese cuerpo, que ya no esperaba que
retornase .
ANTÍGONA.—Pides
lo que obtendrás, pues con ale gria te concedemos esa gracia .
EDIPO.—¿Dónde,
dónde estáis?
ANTÍGONA.—Aqui
juntas nos acercamos .
EDIPO.—¡Oh
queridísimos retoños!
ANTÍGONA.—·
Al progenitor todo hijo le es querido .
EDIPO.—¡Oh
báculos de este hombre ...
ANTÍGONA.—:
-desgraciado, en verdad, y desgraciados!
EDIPO.—Tengo
lo que más estimo, y no sería del ome vosotras do Apo todo infeliz si muriera
asist yaos fuertemente, ¡ oh hijas!, una en cada costa-do, abra zando al que os
engendró; y aliviaos de la anterior so ledad
TRAGEDIAS
DE SÓFoctos desdichada correria . Contadme también lo que os ha sucedido; pero
muy brevemente, porque en vues tra edad es con-veniente hablar poco .
ANTÍGONA.—Aqui
está quien nos ha salvado; a éste debes oir, padre; y asi, entre tú y yo, breve
habrá sido la conversación .
EDIPO.—¡
Oh extranjero!, no te admires si por el pla cer de recobrar a mis hijas, que no
esperaba, alargo mi conversación . Pues sé perfectamente que la alegria que
ahora me proporcionan no me viene de otro sino de ti; porque tú las salvaste,
no otro hombre . ¡ Ojalá te pro vean los dioses, como yo de-seo, a ti y a
tu'tierra! Por que entre todos los hombres sólo en vosotros en-contré la piedad
y también la equidad y el no mentir. Y sa biendo esto, os correspondo con estas
palabras: tengo, pues, lo que tengo por ti y no por otro mortal; alárga me, joh
rey!, tu diestra para que la toque, y. bese tu fren-te si me es permitido . ¿
Pero qué digo? ¿Cómo al hijo de Egeo he de querer tocar yo, siendo él hombre en
quien no hay mácula de pecado? No te tocaré, pues, ni dejaré que me toques;
porque sólo con los hombres que hayan pa-sado por esto es permitido que uno
comparta su desgracia . Tú, pues, desde ahí mismo saludame, y en adelante cuida
de mi debidamente como hasta hoy .
TESEO.—Ni
de que hubieses tenido más larga con versación regocijándote con tus hijas me
hubiera admi rado, ni de que empezaras a hablar con ellas antes que conmigo . [
Por eso no tengo ningún disgusto); porque no con pa-labras deseo hacer ilustre
mi vida, sino con obras; y te manifiesto que de lo que te juré, no te he
faltado en nada, anciano . Por lo que se refiere a éstas, aqui me tienes
habiéndotelas traido vivas y libres de los peligros que las amenazaban; y en
cuanto a la manera como se trabó la lucha, ¿qué necesi-dad hay de que inútilmen
te me envanezca contándotela, si lo sabrás tú mis-mo de estas que en tu
compañia tienes? Pero en un rumor que hasta mi llegó hace poco, cuando venia
hacia aqui, fija bien tu atención, porque aunque en
pocas
pala bras está dicho, es digno de conşideración; y ninguna cosa debe el hombre
desestimar...
EDIPO.—:
- ¿Qué rumor es, hijo de Egeo? Dimelo, por que nada sé de eso que tú has oído.
TESEO.—Dicen
que un hombre que no es conciuda dano tuyo, pero sí pa-riente, se me ha echado
ante el altar de Neptuno, en el cual me hallaba yo celebrando un sacrificio
cuando me lancé a esta empresa.
EDIPO.—¿De
dónde es? ¿Qué pide con esa actitud su plicante?
TESEO.—No
sé más que una cosa: que de ti, según me dicen, pide una breve contestación de
no mucha importancia
EDIPO.—¿
Cuál? Porque esa asentada no es de poca importancia .
TESEO.—Dicen
que viene para tener contigo una conversación y poder retirarse con seguridad
por el camino que ha venido .
EDIPO.—¿Quién
puede ser el que está en esa actitud suplicante?
TESEO.—Mira
si en Argos tienes algún pariente que de ti desee alcanzar eso .
EDIPO.—¡
Oh queridísimo! No pases adelante .
TESEO.—¿Qué
te ocurre?
EDIPO.—No
me pidas ...
TESEO.—¿
Qué es lo que no te he de pedir? Habla.
EDIPO.—Ya
sé, por lo que he oído, quién es ese su plicante.
TESEO.—¿Quién
es, pues, y qué le puedo yo re prochar?
EDIPO.—Mi
hijo, ¡oh rey!, aborrecido, cuyas pala bras yo sentiria más oir que las de otro
cualquier hombre .
TESEO.—¿Y
qué? ¿No puedes oirle y no hacer lo que no quieras? ¿Qué molestia te ha de
ocasionar el escu charle?
EDIPO.—Muy
odiosa, joh rey!, llega la voz de ése a su padre; no me pon-gas en la necesidad
de acceder.
TESEO.—Pero'si
su actitud suplicante te obliga, con sidera si debes respe-tar la providencia
del dios.
ANTÍGONA.—Padre,
créeme, aunque soy joven para aconsejarte . Deja que este hombre de gusto a su
cora zón y al dios, como lo desea, y permite que nuestro her mano se acerque .
Porque a ti, ten ánimo, no te aparta rá por fuerza de tu determinación lo que él
te pueda decir y no te convenga . Pero en oir sus palabras, &qué daño hay?
Los asuntos malamente concebidos, con la sola exposición se denuncian . Tú lo
engendraste; de modo que, ni aun cuando te, tratara de la manera más despiadada
y cruel, te es permitido
devolverle
mal por mal . Déjalo, pues . También otros tienen malos hijos y vivos
resentimientos; pero aconsejados por la mágica palabra de los amigos, deponen
su ' enemistad . Conside ra tú ahora, no los males presentes, sino aquellos que
pasaste por tu padre y por tu madre; que si los con templas, bien sé yo que
conocerás cuán pernicioso es el resultado de funesta cólera, porque de ello
tienes no pequeña prueba al hallarte privado de la vista de tus ojos . Pero
accede a lo que te pedimos; que no es bueno que supliquen largo tiempo los que
piden lo debido; ni tampoco que el mismo que se ve bien tratado, acepte el
beneficio y no sepa corresponder .
EDIPO.—Hija,
con vuestros ruegos habéis vencido el - placer que me do-minaba . Sea como lo
queréis . Solamen te, joh extranjero!, si ése llega aqui, que nadie se apo dere
de mi persona jamás .
TESEO.—Con
una vez basta; no necesito oir dos ve ces la misma cosa, joh anciano!;
vanagloriarme no quie ro, pero sabe tú que estás salvo mientras me conserve
alguno de los dioses .
Quien
desea vivir más de lo debido, desde
CORO.—ñando
una módica edad, manifiesta ser muy torpe, se gùn mi opi-nión . Porque los
largos dias le colocan muy cerca del dolor, y el placer no se encuentra en
parte alguna cuando alguien cae un poco más allá de lo que se propone . Pero
viene en nuestro auxilio', cumpliéndo se igual en todos, la muerte, cuando la
parca del Orco se nos presenta sin himeneos, sin liras, sin danzas, en los
supremos momentos . No haber nacido es la suprema ra zón; pero una vez nacido,
el volver al origen de donde uno ha venido es lo que procede lo más pronto
posible .
Porque
cuando se presenta la juventud con sus ligeras tonterías, ¿quién se libra del
dolorosisimo embate de las pasiones? ¿Quién no se ve rodeado de sufrimientos?
Envidias,
sublevaciones, disputas, guerras y muertes ..
Y viene,
por último, la desdeñada, impotente, insocia ble y displicente vejez, en donde
los mayores males de los males conviven . En ella yace este desdichado, no sólo
yo; y como orilla batida por todas partes por el viento Norte que la azota con
tempestuoso oleaje, asi a éste las terribles desgra-cias, que no le abandonan
jamás, lo bambolean de alto abajo, rompiéndose contra él como olas que de todas
partes vienen, unas de donde se pone el Sol, otras de Levante, otras del
Mediodía y otras de los vientos del Norte .
ANTÍGONA.—Y,
con efecto, ahi tenemos, según pare ce, al extranjero, que solo, joh padre!, y
derramando abundantes lágrimas de sus ojos, camina ha-
cia aqui
.
EDIPO.—¿Quién
es?
ANTÍGONA.—El
que hace rato teníamos en el pensa miento; ya está aqui; Polinices es .
POLINICES.—¡Ay
de mi! ¿Qué hare? ¿Acaso, joh niñas!, lloraré mis pro-pias desgracias antes que
las de este anciano padre que estoy viendo? Al cual en extranje ra tierra,
junto con vosotras, encuentro aqui, arrojado, con ese vestido cuya desamable y
enranciada pringue lleva pegada al cuerpo consumiéndoselo, y en su cabe za sin
ojos, la cabellera despeinada flota a merced del viento; y hermanados con esto,
a lo que parece, serán los manja-res de su sufrido estómago . Desdichas que yo,
infeliz de mi!, demasiado tarde advierto, a la vez que me confieso por el más
perdido de los hombres que ven go para proveer a tus necesidades; que las mias,
no de otros, vas a saberlas [sino de mi] . Pero puesto que junto con Júpiter se
sienta Clemen-cia en el mismo trono, en todos los procesos, que te asista
también a ti, joh pa dre!; pues contra mis pecados remedio hay, aunque bo
rrarlos no és posi-ble ya . ¿Por qué callas? Dime, joh padre!, algo . No me
vuelvas la cara con horror. ¿No me responderás nada, sino que, despreciándome,
me des pacha-rás sin hablar ni exponerme siquiera los motivos de tu enfado? ¡
Oh hijas de este hombre y hermanas mias! Intentad, pues, vosotras mover la
intratable y terrible boca del padre, para que, suplicándoselo yo en nombre del
dios, no me deseche, asi, despreciado, sin contestarme ni una palabra.
ANTÍGONA.—Di,
joh malaventurado!, tú mismo el asunto por el cual has venido; pues los largos
discur -sos, tanto si agradan como si disgustan o mueven a compasión, dan voz
hasta a los mudos.
POLINICES.—Pues
hablaré, porque bien me aconsejas tú, invocando prime-ramente como defensor al
mismo dios de cuya ara me hizo levantar para ve-nir aqui el soberano de esta
tierra, permitiéndome hablar y escu char con éxito seguro . Y lo mismo, ¡ oh
extranjeros!, quisiera alcanzar de vosotros y de estas dos hermanas y de mi
padre . El asunto que aqui me ha traido te lo voy a decir, padre . De la tierra
patria he sido lanzado como un desterrado por causa de que pedia el derecho a
sentarme en tu soberano trono, por ser el mayor en edad . Por ese motivo,
Eteocles, siendo por su naci miento más joven, me expulsó de la tierra; no por
ha berme vencido con razones, ni por haber acudido a la prueba del valor y de
la fuerza, sino convenciendo a la ciudad . La única causa de todo esto es la
maldición que tú nos echaste, se-gún yo creo, y luego he oido tam bién de los
adivinos . Porque después que
llegué a
Ar gos el dórico, y tomé por suegro a Adrasto, junté conmi go, obligados con
juramento, a cuantos de la tierra de Apis son los primeros por su renombre y
más honrados por su lanza, para que, reuniendo con ellos una expe dición de
siete cuerpos de ejército contra Tebas, omue ra con toda hon-ra o arroje de la
tierra a los que de ella me echaron. Pues bien: ¿qué es en verdad lo que ahora
me ha traído aqui? Suplicarte humildemente, joh pa dre!, que te conmuevas en mi
favor y en el de mis alia dos, que ahora, con sus siete divisiones y siete
jefes, que sendas lanzas por insignia llevan, si-tian en torno todo el campo de
Tebas . Es el primero el lancero. Anfia rao, quien obtiene la preeminencia por
su lanza y tam bién por su arte de augu-rar; el segundo es el etolio Tideo,
hijo de Eneo; el tercero, Eteoclo, argivo de na cimiento; el cuarto;
Hipomedonte, enviado por su pa dre Talao; el quinto, que es Capaneo, se gloria
de minar la ciudad de Tebas, que ha de destruir con el fuego; el sexto,
Partenopeo, es arcadio por su origen, y se llama asi por haber nacido de madre
virgen hasta el tiempo del parto, y que para mi es hijo de Atalanta; y yo, que
lo soy tuyo, pero no tuyo, sino de la mala suerte, aun que me llamen tuyo,
mando contra Tebas el impávido ejér-cito argivo. Todos los cuales a ti, por
estas tus hijas y por tu alma, joh pa-dre!, te suplicamos, rogándote que
apartes tu grave cólera de este hombre que se lan za a vengarse de su propio
hermano, que le arrojó y ex pulsó de la patria . Porque si hay que creer a los
orácu los, aquellos a quienes tú ayu-des, de ésos, dicen, será la victoria; asi
que, por las fuentes y por los dioses de nuestra patria, te ruego que me creas
y te aplaques; pues yo soy pobre y desterrado, desterrado también tú; y
teniendo que halagar a otros vivimos tú y yo, que la misma suerte hemos tenido;
pero él, rey en palacio, joh, qué desdichado soy!, a la vez que de nosotros se
rie, vive con gran boato, el cual, si tú accedes a mis deseos, con poca pena y
breve tiempo disiparé; y asi te restableceré en tu palacio y me restableceré,
yo tam bién, echando a aquél violentamente . De esto, si tú accedes a mis
deseos, podré envanecer-me yo; pero sin - ti, ni siquiera podrá salvarme.
CORO.—A
este hombre, en consideración a quien te lo envia, contesta, Edipo, lo que
tengas por conve niente antes de despedirlo .
EDIPO.—Pues,
ciertamente, varones, si Teseo, el so berano de esta tierra, no fuese quien me
lo ha presen tado aqui, creyendo justo que le dé contesta-ción, nun ca mi voz
hubiera oido éste; mas ahora se irá con su merecido, después de escuchar de mi
respuesta que nunca jamás le alegrará la vida . Tú, ¡ oh pérfido!, que cuando
tenias el cetro y el trono que ahora tiene tu
hermano
en Tebas, tú mismo, a este tu mismo padre que aqui tienes, expul-saste y le
obligaste a vivir sin patria y a llevar estos harapos que ahora te arrancan
lágri mas al verlos, porque te hallas viviendo en la misma miseria y desgracia
que yo. No hay que llorar por estas cosas; pues yo las he de so-portar mientras
viva, acor dándome de ti como de un asesino; porque tú me obli 'gaste a vivir
en esta miseria; tú me echaste; por culpa tuya voy errante, y mendigo de otros
el cotidiano sus tento . Que si no hubiera yo engendrado a estas niñas que me
sustentan, ciertamente que ya no existiria por tu culpa. Pero éstas me han
salvado; éstas me alimen tan; éstas son hombres, no mu-jeres, para' sufrir
conmi go; que vosotros, como si os hubiera engendrado otro, no yo . Por esto la
Divinidad te está vigilando; pero no como luego, ya que esas divisiones se
mueven contra la ciudad de Tebas; porque no es posi-ble que a esa ciudad
destruyas, sino que antes, manchado en sangre, caerås, y tu hermano lo mismo .
Estas maldiciones contra vos otros ha tiempo lancé yo, y de nuevo las invoco
aho ra para que vengan en mi auxilio; para que sepáis que es justo reverenciar
a los progenitores y no menospre ciarlos, aunque el padre esté ciego y los
hijos sean cual vosotros; pero éstas no han procedido asi . Por lo tanto, del
sitio en que me estás suplicando y de tu trono se han apoderado ya [las
maldiciones), si es que la Justi cia, que de antiguo lo ha predicho, asiste al
lado de Júpiter con sus venerandas leyes . Anda, pues, enhora mala,
despreciado, sin reconocer en mi a tu padre, pér fido entre los más pérfidos y
cargado con estas maldi ciones que contra ti invoco, para que ni te apoderes
con tu lanza de la tierra patria, ni puedas volver al sinuoso Argos; sino que
con fratricida mano mueras y mates a ese por quien has sido desterrado . Así os
maldigo, invocando a la odiosa tinie-bla del Tártaro, donde yace mi padre, para
que de aqui te lleve; invoco tam-bién a estas diosas e invoco a Marte, que
infundió en vosotros ese terrible odio . Qido esto, vete y diles, cuando lle
gues, a todos los cadmeos y tam-bién a tus fieles aliados, el motivo por qué
Edipo reservó para sus propios hijos tales presentes .
CORO.—Polinices,
por el viaje que has hecho no ', puedo felicitarte, y ahora vete cuanto más
pronto de aqui.
POLINICES.—¡Ay
camino de mi malaventura! ¡ Ay de mis amigos! ¡ Y para este resultado me lancé
a la expe dición desde Argos, oh infeliz de mi!; pues tal es, que 'ni me es
posible manifestarlo a ninguno de mis amigos, ni hacerlos retroceder, sino que,
guardando silencio, debo correr con esa suerte . ¡ Oh niñas, hermanas mias!
A
vosotras, pues, ya que habéis oido . la crueldad del padre que así me maldice,
os ruego por los dioses que si las maldiciones del padre se cum-plen y vosotras
vol véis de algún modo a la patria, no me menospreciéis, sino sepultadme y
celebrad mis funerales; que vuestra gloria de ahora, la que tenéis por las
penas que pasáis por este hombre, se acrecentará con otra no menor por la
asistencia que me prestéis .
ANTÍGONA.—Polinices,
te suplico que me obedezcas . » POLINICES.—¡Oh queridisima Antigona!, ¿en qué?
Habla .
ANTÍGONA.—Haz
que vuelva el ejército a Argos lo más pronto posible, y no te pierdas a ti
mismo y a la ciudad .
POLINICES.—Pero
no es posible; pues cómo podria yo reunir de nuevo ese mismo ejército, una vez
me vean temer?
ANTÍGONA.—¿Qué
necesidad tienes ya, ¡ oh hijo!, de dejarte llevar del fu-ror? ¿Qué beneficio
te trae la des trucción de la patria?
POLINICES.—Vergonzoso
es huir, y que, siendo yo el mayor, asi me deje burlar de mi hermano.
ANTÍGONA.—¿Ves,
pues, cómo van derechamente hacia su término las profecias del oráculo que la
muer te de vosotros dos anuncia?
POLINICES.—Asi
lo ha dicho el oráculo; pero yo no puedo ceder .
ANTÍGONA.—¡
Ay infeliz de mi! ¿ Y quién se atreverá a seguirte si se en-tera de las
profecias de este hom bre?
POLINICES.—No
anunciaré yo augurios malos; que propio de un buen ge-neral es pregonar las
buenas no ticias y no las contrarias .
ANTÍGONA.—¿Asi,
pues, joh hijo!, estás decidido a ello?
POLINICES.—Y
no me detengas ya; que mi preocupa ción ha de ser este camino desdichado y
funesto a que me lanzan este padre y sus maldiciones. Que Júpiter os conceda la
felicidad si lo que os he dicho hacéis por mi (des-pués que muera; porque vivo,
' no me volveréis a poseer ). Dejadme mar-char y sed dichosas, que vivo no me
veréis ya más .
ANTÍGONA.—¡
Ay infeliz de mi!
POLINICES.—No
me llores .
ANTÍGONA.—¿Y
quién, cuando te lanzas hacia el infierno que delante ves, no te llorará,
hermano?
POLINICES.—Si
es preciso, moriré .
ANTÍGONA.—No
ciertamente, sino créeme.
POLINICES.—No
me aconsejes lo que no está bien .
ANTÍGONA.—¡
Desdichada de mi, si de ti quedo pri vada!
POLINICES.—Eso,
en manos del dios está el que sal ga de ésta o de la otra manera; por vosotras,
pues, suplico yo a los dioses que nunca lleguéis a su-frir tal desgracia; pues
no sois merecedoras, según todos con vienen, de nin-gún infortunio .
CORO.—Nuevos
son éstos; de nuevo caen sobre mi nuevos y gravísimos males por culpa de este
ciego ex.
tranjero,
si es que el hado no se cumple yà en alguno de ellos . Pues no puedo decir que
haya quedado sin cumplimiento ninguna determinación di-vina . Lo ve todo, lo ve
todo siempre el Tiempo, que un dia eleva a unos, y otro, a otros . Retumba el
cielo, ¡ oh Júpiter!
EDIPO.—¡
Ah hijas, hijas! ¿Cómo, 'si hay por ahi algún vecino, hará venir aqui al en
todo nobilisimo
TESEO.—?
/
ANTÍGONA.—Padre,
¿cuál es el objeto para el que lo llamas?
EĐIPO . -
Ese alado trueno de Júpiter me llevará al punto al infierno.
Llamadle,
pues, en seguida.
CORO.—Mirad
cuán estrepitosamente retumba el es truendo maravilloso que lanza Júpiter . El
miedo me pone erizados los pelos de la cabeza . Se llena de horror mi alma;
pues el celeste relámpago alumbra de nuevo .
¿Cuál
será el fin de esto? Yo temo, porque vanamente nunca lanza true-nos sin que
haya desgracias. ¡ Oh ex celso cielo!, ¡ oh Júpiter!
EDIPO.—¡
Oh hijas! Ha llegado para este hombre el profetizado fin de su vida, y ya no
hay evasión .
ANTÍGONA.—¿Cómo
lo sabes? ¿Cómo lo has conjetu rado, padre?
EDIPO.—.—
Bien lo he comprendido; pero en seguida, corriendo, cual-quiera, que me traiga
al rey de esta tierra .
CORO.—¡
Ah, ah! Mira cómo de nuevo resuena el pe netrante estruendo.
Sé
propicio, ¡ oh dios!, se propicio si llevas algo sombrio contra mi patria.
Ojalá te
tenga en mi favor, y no por haber visto a un hombre execrador
BDIPO EN
COLONO
se me
vuelva hoy funesta tu gracia . ¡Júpiter rey, te .
imploro!
EDIPO.—¿Pero
está cerca ese hombre? ¿Podrá, hijas, encontrarme vivo aún con mi cabal
conocimiento?
ANTÍGONA.—¿Qué
confidencia quieres depositar en su corazón?
EDIPO.—Por
los beneficios que de él he recibido, otorgarle cumplida la gracia que
oportunamente le prometi.
CORO.—¡
Oh, oh, hijo, ven, ven!, ... ( ), ya en una eminencia del suelo ce-lebres al
dios Neptuno en el ara sobre la que inmolas bueyes, ven; pues el extranjero a
ti, a la ciudad y a los amigos quiere conceder la me recida gra-cia por el bien
que ha recibido . Apresúrate, ven corriendo, joh rey!
TESEO.—¿Qué
clamor es éste que de nuevo resuena conjuntamente, según se ve, de parte de
vosotros, mis ciudadanos, y más manifiestamente aún de parte del extranjero?
¿Es por el rayo de Júpiter o por la sombria granizada que ha caido? Pues cuando
el dios está en borrasca, todo se ha de conjeturar
.
EDIPO.—¡
Rey!, te apareces a quien te esperaba; pues algún dios te puso con buena suerte
por este ca mino .
TESEO.—¿Qué
ha sucedido de nuevo, joh hijo de Layo!?
EDIPO.—El
momento supremo de mi vida . Y lo que te prometi a ti y a la ciudad, quiero
cumplirlo antes de morir.
TESEO.—¿
Y por qué indicios estás persuadido de tu muerte?
EDIPO.—Los
mismos dioses, como heraldos, me lo ( )
Laguna de
un par de palabras en el original .
anuncian,
sin faltar ninguna señal de las que prefi jaron .
TESEO.—¿Cómo
dices, ¡ oh anciano!, que han apare cido esas señales? EDIPO.—Los muchos y
continuados truenos, y los muchos centelleantes
rayos de
la invencible mano [me lo anuncian ).
TESEO.—Me
persuades, porque veo que has dado muchos vaticinios que no han resultado
falsos . Di, pues, lo que se ha de hacer. I
EDIPO.—Yo
te mostraré, hijo de Egeo, lo que exento de las injurias del tiempo habrá
siempre en esta ciudad ..
Y yo
mismo ahora, sin que me dirija ningún guia, te guiaré hasta el sitio en que yo
debo morir . Y nunca digas a ningún hombre ni el lugar en que quede sepul tado
este (cuerpo mio), ni el paraje en que se halla, para que de este modo te
proporcione siempre, en con tra de tus vecinos, la fuerza que puedan darte
muchos escuderos y tropa extranjera . Y esto, que es un secre-to que no debe
remover la palabra, tú por ti mismo lo vas a saber cuando llegues alli solo;
porque ni puedo re velarlo a ninguno de los ciudadanos, ni a las hijas mias, a
pesar de que las amo . Pero tú guárdalo siempre; y cuan-do llegues al término
de la vida manifiestaselo a tu hijo mayor, y luego éste
que se lo
diga al que le su ceda. De esta manera gobernarás la ciudad inmu-ne de las
devastaciones de los tebanos . La mayor parte de las ciudades, aun cuando uno
las gobierne bien, fácilmen te se insolentan; pero los dioses ven ciertamente,
aun que sea tarde, al que despreciando las leyes divinas se en-trega al furor;
lo que tú, hijo de Egeo, debes procu rar que nunca te suceda . Verdad es que
estoy diciendo todo esto a quien ya lo sabe . Al sitio, pues me apre marchemos
ya mia ya la seña enviada por el dios EDIPO.—EN COLONO
.sin
pensar en otra cosa. ¡ Oh hijas!, seguid por aqui; pues yo voy a ser ahora
nuevo guia de vosotras, como vosotras lo habéis sido del padre; avan-zad y no
me to quéis, sino dejad que yo mismo encuentre la sagrada tumba donde, por mi
destino, he de ser sepultado en esta tierra . Por aqui, asi; por aqui, venid;
por aqui, pues me guian el conductor Mercurio y la diosa'infer nal . ¡ Oh luz
que no me alumbras!, antes si que me ilumi nabas; pero ahora, por última vez
vas a iluminar mi cuerpo: que ya voy llegando a lo último de mi vida para
ocultarme en el infierno. Pero ¡ oh tú el más que rido de los extranjeros, y el
pais éste y los súbditos tuyos!, felices seáis; y en la felici-dad acordaos de
mi que muero, siendo afortunados siempre.
CORO.—Si
me es permitido rogar con mis súplicas a la invisible diosa, y a ti, joh rey de
las tinieblas, Aido neo, Aidoneo!, te suplico que sin fatigosa ni muy do lorosa
muerte conduzcas al extranjero a la infernal lla nura de los muertos que todo
lo oculta, y a la estigia morada . Pues a cambio de los mu-chos sufrimientos
que has pasado, ya el dios justiciero te ( ) ayuda. ¡ Oh in fernales diosas e
invencible fiera que, echada en esas puertas por las que to-dos pasan, gañes
desde los antros, siendo indomable guardián del infierno, según te atri buye la
perenne fama! A ti, joh hija de la Tierra y del Tártaro!, te suplico que dejes
pasar libremente al ex tranjero que avanza hacia las subterráneas llanuras de
los muertos; a ti, en efecto, invoco, que duermes el sue ño eterno .
EL
MENSAJERO.—Ciudadanos, brevisimamente pue do deciros que Edipo ha muerto; pero
lo que ha ocurri
( )
A Edipo.
do, una
breve narración no puede contarlo, ni exponer tampoco los he-chos tal como han
sucedido, CORO.—¿Luego ha muerto el infeliz?
EL
MENSAJERO. -Sabe que ha dejado ya la vida esa que siempre ha vi-vido .
¿Cómo?
¿Acaso con divino auxilio y sin fati CORO.—ga murió) el infeliz? EL MENSAJERO .
Esto es
cosa muy digna de admi ración: el cómo partió de aquí – y tú que estabas pre
sente lo sabes sin que le guiara ningún amigo, sino dirigiéndo-nos él a todos
nosotros; y cuando llegó al umbral del abismo que con esca-lones de bronce se
afir ma en el fondo de la tierra, se paró en una de las vias que alli se
cortan, cerca del cóncavo cráter donde yacen las señales de eter-na fidelidad
de Teseo y Piritoo; y habiéndose parado alli, entre el cráter y la roca de To
riquio y un hueco peral silvestre y una tumba de pie dra, se sen-tó. En seguida
se quitó los pringosos vesti dos; y llamando a sus hijas, les mando que le
llevasen agua corriente para lavarse y hacer libaciones; y las dos, corriendo a
la colina de la fructifera Ceres que desde alli se divisa, cumplieron en breve
el mandato del padre, y le lavaron y vistieron según se hace (con los muertos)
. Y cuando todo lo que él había ordenado hicieron a su satisfacción y no
quedaba por hacer el más mínimo detalle de lo que ha-bía encargado, retum bó
Júpiter bajo tierra; las muchachas se horrorizaron, asi que lo oyeron; y
echándose a los pies del padre em pezaron a llorar, sin cesar de darse golpes
de pecho ni de exhalar prolongados lamentos . Él, al punto que oyó el
penetrante ruido, apretándolas entre sus brazos, les dijo:
« ¡Oh hijas! Ya no tenéis padre desde hoy,
pues ha muerto todo lo mio; y en adelante no llevaréis ya esa trabajosa vida
por mi sustento . Cuán dura ha sido, en verdad, lo sé, hijas; pero una sola
palabra paga to dos esos sufri-mientos, porque no es posible que tengáis de
otro más afectuoso'amor que el que habéis tenido de este hombre, privadas del
cual viviréis en adelante
. » Y
abrazados asi unos con otros, lloraban todos dando sollozos . Mas al punto que
cesaron de llorar y no se oia ninguna palabra, sino que había si-lencio, de
repente le llamó una voz, y de tal modo, que a todos el miedo nos puso en
seguida los pelos de punta; [pues le llamaba dios de muchas y dis-tintas
maneras ): ¡ Ce, tủ, tú, Edipo!, ¿qué esperas para venir? Hace tiempo ya que te
vas retra sando. Y él, en seguida que oyó que dios le llamaba, mando que se le
acercara Teseo, el rey de esta tierra; y cuando se le acercó, le dijo: « Oh
querido Teseo!, dame tu mano como garantia de antigua fideli-dad para mis
hijas; y vosotras, hijas, dådselas a él; y promete que jamás las traicionarás
voluntariamente, sino que harás todo cuanto en tu benevolencia llegues a pensar
que les ha de ser útil siempre . » Éste, como varón noble, sin vacilar le
prometió con juramento al huésped que asi lo haría . Y hecho
esto,
cogió en seguida Edipo con sus vacilantes manos a sus hijas, y les dijo: «; Oh
hijas!, es preciso que probando la nobleza de vuestra alma os alejéis de este
sitio, y no queráis ver lo que no está per mitido, ni escuchar nuestra
conversación, sino apar taos prontamente; quede aqui sólo el señor Teseo para
enterarse de lo que tiene que hacer . » Tales palabras le oimos decir todos; y
con muchas lágrimas, en compañía de las muchachas, gi-miendo nos apartamos .
Mas cuan do al poco tiempo de ir apartándonos volvimos la cabe za, advertimos
que el hombre aquel en ninguna parte se hallaba; y que nuestro mismo rey, con
la mano de lánte de la cara, se tapaba los ojos como señal de al gún terrible
espectáculo cuya visión no hubiese podido resistir. Sin embargo, después de
unos momentos, no muchos, le vi-mos que estaba adorando a la Tierra y también
al Olimpo de los dioses en una misma plegaria .
De qué
manera haya muerto aquél, ninguno de los mortales puede decir-lo, excepto el
rey Teseo; pues ni le mató ningún encendido rayo del dios, ni marina tem pestad
que se desatara en aquellos momentos, sino que, o se lo llevó algún enviado de
los dioses, o la escalera que conduce a los infiernos se le abrió benévolamente
desde la tierra para que pasara sin dolor. Ese hombre, pues, ni debe ser
llorado ni ha muerto sufriendo los dolores de la enfermedad, sino que ha de ser
admirado, si hay entre los mortales alguien digno de admiración .
Y si os
parece que no hablo cuerdamente, no estoy dis puesto a satisfacer a quienes me
crean falto de sentido .
CORO.—¿Y
dónde están las niñas y los amigos que las acompañaron? EL MENSAJERO.- Ellas no
están lejos, pues los claros gritos de su llan-
to
indican que hacia aqui vienen .
ANTÍGONA.—¡
Ayay! Ya tenemos, tenemos que llorar, no por esto ni por lo otro, sino por
todo, la execrable sangre del padre que ingénita llevamos las dos; las cuales,
si cuando él vivia teníamos grandes e incesan tes penas, las sufriremos, cual
no se puede pensar, en nuestra postrimeria, y mayores que las que hemos vis to
y padecido.
CORO.—¿Qué
hay?
ANTÍGONA.—Ya
se puede conjeturar, amigos.
CORO.—¿
Há muerto?
ANTÍGONA.—Como
tú quisieras alcanzar la muerte .
¿Cómo no,
si ni Marte ni el mar le han embestido, sino que las invisibles llanuras
infernales se lo llevaron arrebatado en muerte nunca vista? ¡Infeliz
de mi! A
nosotras, funesta noche se nos cierne sobre los ojos.
¿Cómo,
pues, errantes por lejanas tierras o borrascoso mar, podremos so-portar el
grave peso de la vida?
ISMENA.—No
sé. Ojalá, jinfeliz de mí!, el sanguinario Orco me hubiera arrebatado con el
padre;, que para mí, la vida que me espera ya no es vida.
CORO.—
¡Oh excelsa pareja de hijas! Lo que viene del dios honrosamen-te, no debéis
llorarlo tan sobremanera, pues murió de modo envidiable.
ANTÍGONA.—Hay,
en efecto, cierta complacencia en la desgracia; pues lo que de ningún modo es
querido, lo queria yo cuando lo tenía a él en mis manos. ¡Oh padre! ¡Oh
querido! ¡Oh tú, que en la perdurable y subterránea tiniebla te has sumergido!
Aunque ya no existas, ni por mí ni por ésta deja-rás de ser amado.
CORO.—¿Cumplió?
ANTÍGONA.—Cumplió
lo que queria.
CORO.—: -
¿De qué manera?
ANTÍGONA.—Murió
en el pais extranjero que deseaba; y lecho tiene bajo tierra, bien resguardado
para siempre, y no dejó duelo sin llanto; pues mis ojos por ti, ¡oh padre!,
lloran derramando lágrimas, y no sé cómo debo yo, infeliz, disipar esta tan
grave aflicción;...[1] privado moriste asi de mí.
ISMENA.—¡Oh
infeliz! ¿Qué suerte, pues, a mi...[2] espera, y a tí, ¡oh que-rida!, privadas
así del padre?
CORO.—Pero
ya que tan dichosamente resolvió el fin de su vida, joh que-ridas!, cesad de
llorar; que nadie está fuera del alcance de la desgracia.
ANTÍGONA.—Volvámonos,
hermana.
ISMENA.—¿Qué
hemos de hacer?
ANTÍGONA.—Un
deseo tengo.
ISMENA.—¿Cuál?
ANTÍGONA.—Ver
la tumba subterránea .
ISMENA.—¿De
quién?
ANTÍGONA.—Del
padre; ¡desdichada de mi!
ISMENA.—¿Pero
cómo puede sernos permitido eso?
¿Acaso no
ves?
ANTÍGONA.—¿Por
qué me reprendes?
ISMENA.—Porque
como ...
ANTÍGONA.—¿Por
qué, de nuevo, insistes?
ISMENA.—insepulto
cayó, y sin que nadie lo viera.
ANTÍGONA.—Llévame,
y mátame alli .
¡ Ayay, desdichadisima! ¿Cómo yo luego,
ISMENA.—asi privada de ti y sin tu auxilio, podré soportar tan infortunada
vida?
CORO.—Queridas,
nada temáis .
ANTÍGONA.—¿Pero
adónde huiré yo? CORO.—ANTÍGONA.—ya huiste ...
ANTÍGONA.—¿De
qué?
CORO.—De
que vuestras cosas sucedieran mal . ANTÍGONA.—Estoy pensando .
CORO.—¿Qué
es lo que piensas?
ANTÍGONA.—:
- Cómo volveremos a la patria; no lo sé . CORO.—Ni te preocupes .
ANTÍGONA.—El
dolor me oprime . CORO.—También antes te oprimia .
ANTÍGONA.—Entonces
era insuperable, y ahora lo es más . CORO.—Un mar de dificultades os ha tocado
en suerte . ANTÍGONA.—Verdad, verdad .
CORO.—Verdad,
digo yo también .
ANTÍGONA.—¡
Ayay! ¿Adónde iremos?, ¡ oh Júpiter! ¿Hacia qué destino me empuja ahora el
hado?
TESEO.—Cesad
de llorar, niñas; pues aquello en que hay regocijo común para todos, no se debe
llorar; por que es reprensible.
ANTÍGONA.—¡Oh
hijo de Egeo!, a tus pies te suplicamos. TESEO.—¿Porqué, hijas? ¿Qué deseáis
que haga? ANTÍGONA.—La tumba de nuestro padre deseamos ver. TESEO.—Eso no está
permitido.
ANTÍGONA.—¿Qué
dices, príncipe, soberano de los atenienses?
TESEO.—¡Oh
niñas! Él mismo me prohibió que ni me acercara a esos lu-gares, ni indicara a
ningún hombre la tumba sagrada en que yace; y me aña-dió que así viviría
felizmente, conservando siempre mi país exento de cala-midades. Esto, pues, lo
oyó el Genio de mi destino y también el omnipoten-te Juramento de Júpiter.
ANTÍGONA.—Pues
si así es, me basta conformarme con la voluntad de aquél; pero envíanos a la
veneranda Tebas, por ver si podemos detener a la muerte que avanza contra
nuestros hermanos.
TESEO.—No
sólo haré eso, sino también todo cuanto pueda hacer en pro-vecho vuestro y del
que acaba de descender al infierno, en bien del cual no debo sentir cansancio.
CORO.—Pues
descansad y no provoquéis más el llanto; que, de todos mo-dos, lo que se os
promete está sancionado.
________________________________
1. ↑ Faltan tres o cuatro palabras en el
original.
2. ↑ Faltan dos o tres palabras en el original.

No hay comentarios:
Publicar un comentario