© Libro N° 11984.
Dos Años De Vacaciones. Verne,
Julio. Emancipación. Diciembre 16 de 2023
Título original: ©
Dos Años De Vacaciones. Julio Verne
Versión Original: © Dos Años De Vacaciones. Julio Verne
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Julio Verne
Dos Años
De Vacaciones
Julio
Verne
JULIO
VERNE
DOS AÑOS
DE VACACIONES
2003 -
Reservados todos los derechos
Permitido
el uso sin fines comerciales
JULIO VERNE
DOS AÑOS DE VACACIONES
CAPITULO I
Esa noche del 9 de marzo las
nubes se confundían con el mar y limitaban el alcance de la vista. Sobre las
olas enfurecidas una leve embarcación huía a palo seco. Era un yate de cien
toneladas, un schooner, llamado Sloughi, aunque pretender leer el nombre
escrito en la tabla posterior de la nave hubiera resultado vano, puesto que un
accidente -golpe de mar o choque - la había prácticamente arrancado.
Eran las once de la noche. En
esta latitud las noches resultan cortas a comienzos de marzo.
El amanecer se insinúa a las
cinco de la mañana.
Sin embargo, ¿el peligro que
amenazaba al Sloughi sería menor cuando apareciese el sol?
¿No estaría la frágil embarcación
más a merced de las olas?
Lo mejor que se podía esperar era
que, calmada un tanto la vorágine, el naufragio no ocurriera en pleno océano,
lejos de tierra
En la popa del Sloughi tres
adolescentes, uno -de catorce años y dos de trece, además de un grumete de raza
negra de doce, se hallaban situados junto a la rueda del timón procurando
impedir que las embestidas del mar volcasen el yate. Rudo trabajo, porque la
rueda, girando a pesar de sus esfuerzos hubiera podido arrojarlos por encima de
los encordados.
Poco antes de la medianoche una
oleada se precipitó con tal violencia sobre un costado del yate que fue un
verdadero milagro que éste no se hubiera quedado sin timón. Los jóvenes,
derribados por el golpe, pudieron incorporarse enseguida.
-¿Aún obedece el timón, Briant?
–preguntó uno de ellos.
-Sí, Gordon -respondió el
interrogado regresando a su sitio y haciendo gala de gran sangre fría.
-¡Mantente firme, Doniphan, no
perdamos el coraje! Hay otros a quienes debemos salvar.
No estamos solos.
Estas frases habían sido
pronunciadas en inglés, si bien Briant, por su acento, revelaba su origen
francés. Volviéndose hacia el grumete preguntó:
-¿No te has hecho daño, Moko?
-No, señor -respondió el
grumete-. Procuremos mantener el yate de proa a las olas o nos iremos a pique.
En ese momento una puerta que
daba a la escalera que daba a la escalera que conducía al salón se abrió
repentinamente y dos pequeñas caras se asomaron a nivel del puente mientras un
cachorro hacía oír sus ladridos:
-¡Briant! ¡Briant! -gritó un
pequeño de nueve años ¿Qué sucede?
-Nada, Iverson, nada. ¿Me haces
el favor de bajar ya mismo con Dole?
-Es que tenemos mucho miedo
-añadió el otro niño, que parecía aún más pequeño.
-¿Y los otros? -preguntó
Doniphan.
-Los otros también -repuso Dole.
-Bueno -aconsejó Briant-. Bajen
de nuevo. Enciérrense, escóndanse bajo las mantas, cierren los ojos y no
tendrán más miedo. ¡No hay ningún peligro!
-¡Atención! ¡Una ola
grande!-gritó Moko y un impetuoso choque sacudió al yate. Por suerte el agua no
penetró por la puerta del salón, de lo contrario la embarcación hubiera
sucumbido.
-¡Entren de una vez! -gritó
Gordon-. ¡Entren antes de que me enoje.
-¡Vamos, niños, adentro! -agregó
Briant con tono más agradable.
Las dos cabecitas desaparecieron
en el momento en que otro chico se acercaba a preguntar:
-¿No nos necesitas, Briant?
-No, Baxter. Es mejor que Cross,
Webb, Service, Wilcox y tú permanezcan con los pequeños. Nosotros cuatro nos
bastamos.
Baxter cerró la puerta desde el
interior.
"Los otros también tienen
miedo" -había dicho Dole-. ¿No había acaso más que niños en aquel schooner
arrastrado por el huracán? ¡Sí, nada más que niños! ¿Cuántos eran a bordo?
Quince, contando a los cuatro mayores. Ya sabremos más adelante de las
circunstancias en que habían embarcado.
¿Ni siquiera un hombre sobre el
yate? ¿Un capitán para mandar o un marinero para realizar las maniobras? ¿Ni
siquiera un timonel para sortear la tempestad?
Así, nadie a bordo que pudiera
decir cuál era la posición del Sloughi sobre el océano más vasto de todos. ¡El
Pacífico!
¿Qué podía haber sucedido?
¿Habían desaparecido los demás pasajeros en alguna catástrofe? ¿Los habían
raptado los piratas de la Malasia? ¿De dónde venía la embarcación y cuál era su
destino?
A estas preguntas, que cualquier
capitán que los hubiera encontrado hubiese realizado los pequeños habrían
podido dar una respuesta acabada. Pero no había ningún navío en toda esa
inmensidad desierta. Y aunque hubiese habido alguno, ocupado él mismo en luchar
contra la terrible tempestad, poco hubiese podio hacer para auxiliar a los
pequeños.
Entretanto Briant y sus camaradas
luchaban lo mejor que podían para evitar que el schooner cayera hacia un lado o
el otro.
-¡Qué haremos! -exclamó Doniphan.
-Todo lo que sea posible, con tal
de salvarnos, con la ayuda de Dios -respondió Briant.
Y era un adolescente el que
pronunciaba estas palabras en momentos en que ni siquiera un adulto hubiera
podido conservar la esperanza.
En efecto, la tempestad redoblaba
su violencia y la embarcación había perdido gran parte de sus elementos
esenciales.
Después de cuarenta y ocho horas,
casi destrozado, con su gran mástil roto en cuatro partes, el barco seguía
navegando a palo seco. Los muchachos no habían podido colocarle una vela que
permitiera conducirlo con mayor seguridad. Quedaba apenas la central, y sujeta
a medias. Lo peor era que hasta el momento no había aparecido ni una isla, ni
siquiera un asomo de continente en el este.
Acercarse a la costa significaba
un terrible riesgo, pero los niños no lo hubieran temido más que a este
interminable y furioso mar.
Para ellos el litoral significaba
la salvación. Ansiosos, buscaban con sus ojos algún elemento que los ayudara a
orientarse. Nada aparecía en medio de esa profunda noche.
De pronto, hacia la una de la
madrugada, se oyó un terrible rechinar.
-¡El mástil central se ha roto!
-gritó Doniphan.
-¡No! -respondió el grumete-. ¡Es
la vela que se ha arrancado de sus cuerdas.
-Es necesario librarse de ella
-dijo Briant-. Gordon, permanece en el timón con Doniphan.
Tú, Moko, ven conmigo.
En un instante Briant y el
grumete habían saltado, dando pruebas de una capacidad notable. Estaban
resueltos a conservar la mayor parte posible de lona a fin de mantener al
velero viento en popa mientras durara la borrasca.
Consiguieron aflojar la driza y
dejar un tercio del paño al viento. Era un velamen reducido, pero permitiría al
schooner mantener la dirección que seguía.
Después Briant y Moko volvieron
junto a Gordon y Doniphan para ayudarlos en el timón.
En ese momento la puerta del
salón se abrió y volvió a asomarse una cabeza. Era Jacques, el hermano de
Briant, tres años menor que él.
-¿Qué quieres, Jacques? -preguntó
Briant.
-¡Ven! - respondió Jacques – ¡Hay
agua hasta en el salón!
-¿Es posible? -gritó Briant, y
descendió apresuradamente hacia allí.
El salón estaba confusamente
iluminado por una lámpara que se balanceaba con violencia. A su resplandor
podía verse una decena de niños echados sobre las cuchetas. Los más pequeños -y
los había allí de ocho a nueve anos apretados unos contra otros, estaban
aterrorizados.
-¡No hay ningún peligro! dijo
Briant, que ante todo quería serenarlos. Nosotros estamos allá. ¡No tengan
miedo!
Pero, silenciosamente, pudo
comprobar que cierta cantidad de agua corría de un lado a otro del yate.
Recorrió todos los
compartimientos y observó que el agua provenía del oleaje que había subido a la
cubierta. A ese respecto podían estar tranquilos
Después de tranquilizar a los
chicos, Briant retornó junto al timón. El schooner estaba sólidamente
construido y parecía ser capaz de resistir los golpes del mar.
A las dos de la mañana, en medio
de la oscuridad, el yate navegaba como bañado enteramente por el agua. En medio
del ruido de las olas se dejó oír un chirrido: la vela se había roto por
completo.
-¡No tenemos más vela! gritó
Doniphan. Y es imposible colocar otra.
-¡Qué importa! respondió Briant.
Así se reducirá la velocidad.
-¡Hermosa respuesta!- replicó
Doniphan. Si esa es tu manera de maniobrar...
-¡Cuidémonos de las olas de popa!
-advirtió Moko-.
-Es necesario que nos agarremos
bien fuerte o seremos arrastrados.
Apenas había acabado el grumete
de pronunciar la frase cuando toneladas de agua empezaron a invadir el puente.
Briant, Doniphan y Gordon fueron lanzados contra la escalera y dificultosamente
lograron asirse. El grumete, en cambio, había desaparecido.
-¡Moko! ¡Moko! gritó Briant tan pronto como pudo hablar.
-¿Habrá sido arrojado al mar?
-preguntó Doniphan.
-¡Hay que salvarlo! --gritó
Briant-. ¡Arrojémosle una cuerda!
Y con una voz que resonó
fuertemente durante algunos segundos de calma gritó de nuevo:
-¡Moko! ¡Moko...
-¡Aquí! ¡Aquí! -respondió el
grumete.
-No está en el mar -afirmó
Gordon-. La voz viene de proa.
-¡Yo lo salvaré! -gritó Briant
arrastrándose sobre el puente, y sorteando todos los peligros se dirigió hacia
él.
La voz del grumete atravesó de
nuevo el espacio, después todo fue silencio.
Briant, en tanto, había
conseguido llegar a la proa. Llamó. Ninguna respuesta.
¿Habría sido Moko arrastrado
nuevamente? No. Un grito más débil llegó hasta Briant, que se precipitó hacia
el cuerpo del pequeño enredado en una cuerda. Con su cortaplumas liberó al
grumete.
-Gracias, señor Briant, gracias.
Y retomó su sitio en el timón.
Pero esta vez los cuatro se ataron para resistir la furia de la tempestad
porque, contrariamente a lo que había creído Briant, la velocidad del yate
apenas había disminuido.
Hacia las cuatro y media comenzó
a verse un suave resplandor, a pesar de que las nubes, que se movían a una
velocidad increíble, dificultaban la visión. Los cuatro jóvenes presentían que
si la calma tardaba en llegar, la situación se tornaría desesperada. El Sloughi
no podía resistir veinticuatro horas más en tales condiciones.
En ese preciso momento Moko
gritó:
-¡Tierra! ¡Tierra!
Por entre las brumas, el grumete
había creído descubrir, hacia el este, los contornos de una costa.
-¿Estás seguro? -preguntó
Doniphan. -Sí, ciertamente.
Las brumas, que acababan de
entreabrirse, comenzaban a separarse del mar. Algunos instantes después el
océano aparecía en una amplia extensión.
-¡Sí! ¡Tierra! ¡Es la tierra!
-gritó Briant.
-¡Y una tierra muy baja! -añadió
Gordon, que acababa de observar atentamente el litoral.
En ese momento el viento cobró
mayor velocidad y el Sloughi, empujado como una pluma, se precipitó hacia la
costa.
Briant, entretanto, trataba de
encontrar un sitio favorable para el desembarco, pero presintiendo que el
choque contra los arrecifes sería inevitable llamó a todos sus compañeros para
que subieran al puente.
Al instante el perro, seguido por
una decena de niños, se dirigió a popa.
Poco antes de las seis de la
mañana el Sloughí había llegado a los peñascos.
-¡Ténganse fuerte, bien fuerte!
-gritó Briant despojándose de sus ropas para socorrer a sus amigos si el yate
se estrellaba contra las rocas.
Una primera sacudida indicó que
el Sloughi acababa de tocar fondo. Una segunda oleada lo llevó cincuenta pies
más adelante sin tocar las rocas. La embarcación, inclinada a babor, permaneció
inmóvil en medio de la resaca.
No estaba ya en alta mar, pero
tampoco se encontraba en tierra firme.
CAPITULO II
En ese momento no cabía más que
esperar. Los pequeños permanecían estrechamente agrupados.
-¡No tengan miedo! -les repetía
Briant-. El yate es sólido, la costa no está lejos... ¡Llegaremos a ella!
¡Esperemos un poco!
-¿Por qué esperar? -preguntó
Doniphan.
-Sí, ¿por qué? -insistió un
pequeño de doce años llamado Wilcox.
-Porque el mar está demasiado
agitado y nos estrellarla contra las rocas- respondió Briant.
-¿Y si la embarcación se rompe?
-preguntó Webb.
-No creo que hayamos de temer
eso, por lo menos mientras la marea baje. Si el viento cede trataremos de
desembarcar -explicó Briant.
Por sensato que pareciera este
criterio, Doniphan y otros dos o tres adolescentes no parecían dispuestos a
seguirlo. Ni él, ni Wilcox, ni Webb, ni Cross se entendían con Briant. Le
habían hecho caso en el mar, pues reconocían sus conocimientos de navegación,
pero estaban dispuestos a recobrar su libertad de acción apenas llegaran a
tierra.
Doniphan era un inglés muy
inteligente y se resistía a admitir la superioridad, en ciertos aspectos, del
francés Briant. Sin embargo, todos comprendían de alguna manera que sólo la
unión podía salvarlos en semejantes dificultades.
Entretanto, ¿qué tierra era ésa?
¿Alguna isla del océano Pacífico o algún continente? Estaban tan cerca de ella
que no podían tener una visión completa. Eso era lo que preocupaba a Briant.
Si se trataba de una isla, ¿de
qué modo se las arreglarían para abandonarla, sobre todo si el schooner no
podía reflotarse? Y si, además, estaba desierta, ¿cómo sobrevivirían cuando se
les agotaran las provisiones?
Un continente, en cambio,
ofrecería más esperanzas. Podría tratarse de América del Sur. En él, a través
de Chile o de Bolivia, había posibilidades de subsistir si se adentraban un
poco. Es cierto que los peligros sobre este litoral vecino a las pampas los
acecharían constantemente, pero, por el momento, lo que importaba era alcanzar
la tierra.
El tiempo se presentaba lo
suficientemente bueno como para permitir distinguir algunos detalles del
contorno. Inclusive Briant señaló la fértil desembocadura de un río, hacia la
derecha. La costa parecía inhabitada.
-No distingo el menor rastro de
humareda -comentó Briant bajando su largavistas.
-No se ve tampoco ni una sola
embarcación en la playa - aseguró Moko.
Entretanto la marea se retiraba
poco a poco, quizá a causa del fuerte viento. Había, pues, que estar atento
para el momento en que se abriera un camino entre los arrecifes.
Eran casi las siete y cada uno se
ocupaba en subir a cubierta los objetos más imprescindibles, esperando recoger
el resto más tarde. A bordo las provisiones eran
abundantes: conservas, bizcochos,
carnes saladas y ahumadas. Se hicieron paquetes, que llevarían los mayores en
el desembarco. De todos modos, éste sería posible sólo si el reflujo bastaba
para dejar libre el camino, ya que, por desgracia, las canoas de salvamento
habían sido barridas por la tempestad.
De pronto un grito interrumpió
las observaciones que Briant y Gordon hacían en ese sentido. Baxter acababa de
descubrir algo importante: el pequeño velero del schooner, que se creía
perdido, acababa de ser encontrado bajo los escombros del bauprés.
En él sólo podían entrar cinco o
seis personas, pero como estaba intacto podría ser utilizado en caso de que no
se pudiera llegar a pie a la costa.
De todos modos convenía esperar
aún un mayor descenso de las aguas, lo que suscitó una nueva discusión entre
Briant y Doniphan. En efecto, Doniphan y sus compinches, apenas descubierto el
velero, se aprestaron a utilizarlo. Cuando Briant los vio los increpó:
-¿Qué quieren hacer?
-Lo que nos conviene replicó
Wilcox.
-Sí –corroboró Doniphan-. Y no
serás tú quien nos lo impida.
-¡Sí, lo haré yo, y todos los que
tú quieres abandonar!
-¿Abandonar? ¿Qué es lo que
insinúas? Yo no pretendo abandonar a nadie. Una vez en la costa cualquiera de
nosotros traerá de nuevo el velero.
-¿Y si no puede retornar? ¿Si se
estrella contra las rocas? -Preguntó Briant, conteniendo apenas su ira.
-¡Embarquémonos! ¡Embarquémonos!
-gritó Webb, y ayudado por Wilcox y Cross levantó la embarcación a fin de
arrojarla al mar.
Briant lo sujetó.
-¡Ustedes no se embarcarán! -
dijo.
-¡Eso lo veremos! ¡Déjanos
tranquilos! -gritó Doniphan.
Los dos jóvenes estaban a punto
de lanzarse el uno contra el otro. Tras de ellos se agrupaban sus respectivos
simpatizantes.
Gordon, un norteamericano de
catorce años, respetado por su juicio equilibrado y por su sentido práctico
intervino entonces:
-¡Vamos! ¡Vamos! -dijo-. Un poco
de paciencia, Doniphan. Mira el mar está aún muy agitado y correríamos el
riesgo de perder el velero.
-Yo no quiero que Briant siga
mandando aquí - respondió rencoroso el muchacho, apoyado por Cross y Webb.
-Yo no soy ningún mandón -aclaró
Briant-. Pero no permitiré que se haga algo que vaya en contra de los intereses
de todos.
-Por favor, Doniphan -insistió
pacientemente Gordon -. Por desgracia aún no estamos salvados. ¿Por qué te
empecinas? Esperemos un poco más para bajar.
El impulso conciliador de Gordon
conformó por fin a los muchachos. Briant subió entonces a la parte más alta del
schooner y procuró recorrer el litoral con el largavistas. Se lo veía
completamente desierto.
Cuando bajó, decidieron que a las
once convendría intentar la aventura de llegar hasta la costa. ¡Pero cuánto
demoraban las aguas en bajar! Las horas parecían transcurrir con idéntica
lentitud.
-¡Qué desgracia no ser ya
grandes! -suspiró Briant-. Por lo menos sabríamos qué es lo que conviene hacer
en momentos semejantes.
-La necesidad nos enseñará
-respondió Gordon-. Lo importante es no desesperar, y actuar con prudencia.
-Sí, pero hagámoslo ya, Gordon
-insistió Briant-. Si no hemos abandonado el Sloughi antes de que retorne la
marea estaremos perdidos. Quizá pudiéramos intentar llevar un cable a la orilla
y atar con él el velero a alguna roca sólida.
-¿Quién llevaría el cable?
-Yo -respondió Briant.
-Yo te ayudaré -aseguró Gordon.
-No, lo haré solo -insistió
Briant-. Iré nadando.
Eran las diez y cuarto. Antes de
cuarenta y cinco minutos la marea había llegado a su punto más bajo. Si Briant
lograba alcanzar el cable antes que el mar reiniciara su subida se podrían atar
a él los objetos para transportar.
Briant eligió el cable que le
pareció más resistente y, tras quitarse las ropas, lo ató a su cintura.
-¡Pronto, todos aquí! - pidió
Gordon-. ¡Ayuden para que el cable se vaya desenroscando poco a poco! -Y todos,
aun Doniphan, Wilcox, Cross y Webb, acudieron al llamado.
En el momento en que Briant se
iba a arrojar al mar
Jacques, acercándose, le suplicó:
-¡Hermano! ¡Hermano!
-No temas, Jacques, no temas por
mí -lo consoló Briant.
Un instante después se lo veía
sobre la superficie del agua nadando con vigor, mientras el cable se
desenrollaba a sus espaldas.
Aun con el mar en calma la
operación era riesgosa, mucho más en tales circunstancias. Sin embargo, poco a
poco Briant se aproximaba a la costa. Con todo, era visible que sus fuerzas
disminuían. Frente a él se formaba un torbellino de olas contrarias. Si no las
evitaba sería su fin. Con un violento esfuerzo trató de esquivarlas por la
izquierda. Su intento resultó estéril y fue atraído hacia el centro del
torbellino
-¡Socorro! ¡Ayúdenme! -gritó
antes de desaparecer.
A bordo del yate el terror se
pintó en todos los rostros.
Tiren del cable, ¡pronto! -gritó
Gordon, y sus compañeros recogieron el cable a fin de arrancar a Briant de una
muerte segura.
En menos de un minuto Briant fue
subido a bordo sin conocimiento. Aunque en pocos minutos se recuperó.
La tentativa había, pues,
fracasado. Sólo cabía esperar. Pero ¿qué? ¿Un auxilio? ¿De dónde?
Era ya más de mediodía y la marea
se hacía sentir en su subida. Si el viento recomenzaba con su furia el schooner
se destrozaría sin remedio. Nadie sobreviviría al naufragio.
Todos, grandes y chicos, veían y
sentían como el mar iba creciendo a su alrededor y cómo el fuerte viento del
oeste los sacudía sin piedad. Sólo Dios podía salvar a los pequeños náufragos,
y sus plegarias se mezclaron con gritos de terror.
A las dos de la tarde el schooner
se sacudía enloquecido y los niños se aferraban unos a otros para no ser
arrastrados por el oleaje. En ese momento una gigantesca montaña que venía de
alta mar arrastró consigo al Sloughi y lo llevó hasta la tierra firme, casi
junto a la vegetación.
Y allí quedó inmóvil, mientras
las aguas se retiraban.
CAPITULO III
En esta época, el Colegio
Chairman era uno de los mejores de Auckland, capital de Nueva Zelanda. Contaba
con unos cien alumnos, pertenecientes a las mejores familias del país.
El 15 de febrero de 1860, el
centenar de niños, con rostros alegres, salía de la pensión acompañado por sus
parientes. Comenzaban las vacaciones. ¡Dos meses de independencia! ¡Dos meses
de libertad!
Para un grupo de estos alumnos
estaba la perspectiva de un viaje en el Sloughi, un yate que bordearía la costa
neocelandesa. En él se embarcarían alumnos de distintas edades, quince en
total, si contamos al grumete Moko, cuyas edades oscilaban entre los ocho y los
catorce años. Todos de origen inglés, exceptuando a los hermanos Briant y
Jacques, franceses, y a Gordon, de América del Norte.
Durante éste paseo de algunas
semanas el Sloughi se hallaría bajo el comando de su dueño, el padre de
Garnett, uno de los alumnos que se embarcarían en él. Era un marino
experimentado que había recorrido en esa misma embarcación infinidad de mares y
sorteado los peligros con seguridad.
La tripulación estaba compuesta
por un maestre, seis marineros, un cocinero y un grumete, el negrito Moko. Cabe
mencionar también a Phann, un hermoso perro de caza, que pertenecía a Gordon.
La partida había sido fijada para
el 15 de febrero, pero la tripulación no se encontraba a bordo la noche del 14,
cuando los muchachos ocuparon la embarcación. Ni siquiera su capitán, que había
ido a tierra por una diligencia.
Así, y de repente, sin que nadie
supiera qué había ocurrido, los quince muchachos se encontraron solos y a la
deriva. ¿Cómo pudo ser? Quizá nunca hubiera una explicación para ello. Lo
cierto fue que la amarra del Sloughi se desató por negligencia, o por maldad,
sin que nadie a bordo se diera cuenta.
La negra noche envolvía el puerto
y el golfo de Hanraki. El viento soplaba con fuerza y el schooner fue
arrastrado hacia alta mar. Cuando el grumete se dio cuenta iban a la deriva.
A los gritos de Moko, Gordon,
Doniphan, Briant y algunos otros saltaron de sus cuchetas y se lanzaron hacia
cubierta. Fue en vano que trataran de ubicar las luces del golfo. La
embarcación se había alejado ya más de tres millas de la costa.
Lo primero que trataron de hacer
los muchachos, por sugerencia de Briant, fue orientar el navío hacia la orilla.
No pudieron. El feroz viento los alejaba más y más y las perspectivas de ser
vistos, aun cuando llegara el día, se hacían cada vez más lejanas. Como única
posibilidad de salvación Moko colgó del palo mayor una lámpara, con la
esperanza de que su luz fuera divisada.
En cuanto al resto de los niños,
dormían tranquilamente en sus cuchetas ignorantes del peligro.
De vez en cuando la luz lejana de
algún barco hacía renacer sus esperanzas, pero el fulgor se extinguía con los
últimos gritos de socorro lanzados desde el Sloughi.
Para colmo de males el viento,
que arreciaba, arrancó y arrojó al mar la luz que había colocado Moko. Con ella
se perdió toda ilusión de que los vieran.
Ya en plena oscuridad el Sloughi
sintió un encontronazo. Un choque con otra embarcación más fuerte, que
prosiguió su rumbo sin haber notado nada en medio de esa terrible noche. Los
muchachos comprobaron que el impacto sólo había arrancado algunas maderas,
justamente las que llevaban pintado el nombre del schooner, dejando intacto el
casco.
Llevados por el viento, todos se
creían ya perdidos. Al despuntar el día el mar parecía un inmenso desierto. Ni
un solo barco se les cruzó mientras el sol permaneció en lo alto. Al caer la
nueva noche sólo trajo consigo un viento más violento y un mar cada vez más
agitado.
Fue en tales momentos cuando
Briant, ayudado por Moko, comenzó a desplegar una energía muy superior a sus
años, y ante la que todos, aún el mismo Doniphan, debieron inclinarse. Lo
primero que hizo fue orientar el barco hacia el oeste. No cerró sus ojos ni un
instante oteando la más mínima posibilidad de salvación. Tuvo inclusive la idea
de arrojar botellas al mar, dentro de las cuales mandaba mensajes.
Entretanto los vientos del oeste
empujaban la embarcación cada vez a mayor velocidad hacia alta mar. Y ya
sabemos el resto. Una tempestad de furia extraordinaria terminó por arrojar al
Sloughi a una tierra desconocida.
¿Qué iría a suceder ahora a estos
jóvenes estudiantes arrojados a más de ciento dieciocho leguas de Nueva
Zelanda? ¿De dónde les llegaría el auxilio que ellos no podían procurarse?
En todo caso, sus familias no
podían sino pensar que ellos se habían hundido con el Sloughi. ¿Por qué?
Simplemente porque apenas constatada la partida del schooner fueron
tomadas todas las medidas de
socorro. Dos pequeños vapores recorrieron el golfo y sus alrededores sin
resultado. Sólo hallaron, después de una búsqueda desesperada, las maderas que
llevaban pintado el nombre Sloughi -desprendidas del casco durante el breve
choque-, y lógicamente pensaron que ellas constituían la confirmación de la
tragedia.
CAPITULO IV
La costa, tal como había
observado Briant con su largavistas, aparecía desierta. Hacía una hora que el
Sloughi había tocado la arena y ningún indígena se había hecho presente. Ni una
casa, ni una cabaña, ni siquiera la huella de un pie humano se divisaba en los
alrededores.
-Ya estamos en tierra - dijo
Gordon-. Esto es algo, pero ¿en qué lugar estamos?
-Lo importante es que pueda
habitarse -respondió Briant. Tenemos provisiones y municiones para un tiempo.
Sólo nos falta un albergue, y hay que hallar uno. Al menos para los más
pequeños.
-Tienes razón –respondió Gordon.
-En cuanto a saber dónde nos
hallamos -siguió Briant-, tendremos tiempo de averiguarlo una vez que hayamos
solucionado lo más urgente. Si es un continente, podremos, quizá, recibir
ayuda. Si se trata de una isla, e inhabitada. ¡Bueno! ¡Ya veremos!... ¡Ven,
Gordon! ¡Vamos a descubrirla!
Y los dos se lanzaron hacia la
línea de árboles. Allí no vieron rastros ni huellas de paso humano. Hasta las
aves mismas se asustaban con la presencia de los dos muchachos.
Atravesado el bosque, hallaron
algunas rocas, pero ni una caverna capaz de brindar refugio a los muchachos
contra los vientos y el mar.
Durante casi media hora Gordon y
Briant caminaron hacia un lado y otro recorriendo la tierra nueva hasta que
desilusionados, regresaron al Sloughi.
Doniphan y algunos otros iban y
venían entre las rocas mientras los más chicos se entretenían en recoger
conchillas y piedras.
Reunidos los mayores, resolvieron
que hasta tanto no pudieran explorar la región en una mayor extensión, no
convenía abandonar al schooner como refugio, ya que lo habían
salvado con todo lo esencial. Ya
no era un barco pero si una vivienda que ofrecía garantías, por lo menos
mientras sus maderas no empezaran a pudrirse.
En el acto tendieron una escala
de cuerdas para subir y bajar de él, y Moko se instaló en la cocina para
prepara una comida que se consumió entre bromas. El único que permanecía
silencioso -y eso resultaba un tanto extraño porque siempre había sido un chico
travieso y bromista- era Jacques.
Finalmente, fatigados, todos
pensaron en dar a sus cuerpos un merecido reposo. Los pequeños se ubicaron en
las cuchetas, y algunos de los grandes los siguieron. Briant, Gordon y Doniphan
quisieron, sin embargo, hacer guardia toda la noche. ¿No correrían peligro de
que las fieras o alguna tribu salvaje los atacaran?
Nada, empero, sucedió, y la noche
transcurrió en calma. Cuando apareció el sol, después de una oración al Creador
todos se dedicaron a los trabajos que las circunstancias exigían.
Lo primero que hicieron fue el
inventario de las provisiones, armas, instrumentos, utensilios, ropas,
etcétera. Lo más importante era el alimento, pues la costa parecía desértica.
La caza y la pesca se presentaban como las única posibilidades de subsistencia.
Se decidió no usar los alimentos
conservados, salvo en casos extremos, y dedicarse a cazar y a pescar.
-Podríamos comenzar por juntar
moluscos para comer -sugirió Service.
-Sea - aprobó Gordon-. Que tres o
cuatro pequeños vayan con Moko a recogerlos.
Así partieron Jenkis, Dole,
Costar e Iverson con el joven grumete, saltando entre los arrecifes que el mar
acababa de dejar secos.
Apenas partieron los más chicos
los mayores continuaron con el recuento de todos los materiales que había a
bordo. La lista era lo bastante larga como para darles cierta seguridad en lo
que se refería a un futuro próximo. Pero, ¿y si la situación duraba indefinidamente?
Entre otros objetos hallaron
pluma, tinta y papel. Baxter fue el encargado de usarlos para redactar un
diario, en el que consignaría todo lo sucedido desde el momento en que se
encontraron en alta mar.
En suma, los sobrevivientes se
vieron con todo lo necesario para alimentarse, vestirse y defenderse durante
cierto tiempo, contando con que la naturaleza les fuera brindando medios para
economizar esas reservas. Porque si aquello era una isla estaban condenados a
vivir siempre en ella, salvo en el caso de que algún barco se acercara lo
bastante como para oír sus pedidos de socorro. En cuanto a la tarea de
reacondicionar el Sloughi para la navegación superaba sus fuerzas y
posibilidades. Tampoco podían, por otra parte, pensar en construir una nueva
embarcación.
Los chicos volvieron con las
manos repletas de mariscos y con la novedad de que en las rocas había pichones
de aves marinas.
Todos se entusiasmaron con la
perspectiva de una cacería, y Doniphan, Cross y Webb se prepararon.
-Les recomiendo especialmente-
observó Briant que no bajen demasiados pichones. Sabremos encontrarlos en caso
de necesidad y es importante que guardemos todas las municiones posibles.
- ¡Está
bien! -respondió Doniphan, aunque un poco molesto-. Después de todo no somos
novatos en materia de caza.
Una hora más tarde el almuerzo
estaba listo. Los mariscos, mezclados con las galletas y la carne de a bordo,
hicieron las delicias de todos, y aunque la mesa se inclinaba bastante a babor
nadie notó el detalle. El hombre no tiene ojos para lo superfluo.
La tarde estuvo empleada por los
mayores en la terminación del inventario y en la reubicación de los objetos.
Mientras tanto los pequeños se dedicaban a pescar en la costa, donde también la
suerte los acompañó.
Así pasó el primer día y la
primera noche en esa tierra del Pacífico.
Los muchachos estaban bien
provistos. Con lo que ellos tenían, hombres ya maduros hubieran salido airosos
de la emergencia. Pero se trataba de niños, el mayor de los cuales contaba tan
sólo catorce años. ¿Podrían aguantar largo tiempo en tan precarias condiciones?
¿Serían capaces de sobrevivir? Era de temer que no.
CAPITULO V
¿Isla o continente? Esto era lo
que preocupaba a Briant, Gordon y Doniphan, cuyos caracteres e inteligencia los
convertían en jefes del grupo. Una cosa era segura: por sus características,
esta tierra no pertenecía a los trópicos. Parecía aproximarse aún más que Nueva
Zelanda al polo austral. Se podía temer, por consiguiente, que el invierno
resultara riguroso.
- Por
algo yo no quería abandonar al Sloughi- comentó Briant ni que nos instaláramos
definitivamente en esta parte de la costa.
-Es lo que yo pienso -respondió
Doniphan-. Si esperamos la llegada del mal tiempo será demasiado tarde para
hallar un refugio habitable.
-¡Paciencia! Aún estamos a mitad
de marzo.- Sí, pero el buen tiempo puede durar hasta fin de abril y en seis
semanas se puede caminar mucho.
-Cuando hay camino -replicó
Briant.
-¿Y por qué no habría?
-Sin duda... Pero si hubiera
alguno, ¿sabíamos adónde nos conduciría?
-Yo sólo sé que sería absurdo no
abandonar el Sloughi antes de que llegue el invierno, con los fríos y lluvias.
No hay que estar siempre viendo dificultades.
-Es preferible verlas antes que
aventurarse como locos en un país desconocido -retrucó Briant.
-Es fácil - protestó con aspereza
Doniphan - llamar locos a los que no piensan como nosotros.
Por suerte, y antes de que
pasaran a mayores, intervino Gordon.
-De nada sirve discutir. Es mejor
que nos pongamos de acuerdo. Doniphan tiene razón y también la tiene Briant.
Por eso no nos conviene abandonar la nave antes de haber explorado la región.
-Yo estoy dispuesto a marchar en
misión de reconocimiento dijo Briant.
-Yo también se apresuró a afirmar
Doniphan.
-Todos estamos dispuestos terció
Gordon, pero como seria imprudente arrastrar a los pequeños en una aventura
extenuante, pienso que bastará con que salgan dos o tres de nosotros. Habría
primero que reconocer las proximidades yendo hacia el norte, Quizá ese pequeño
montículo que se ve allí nos permita divisar algo más desde su altura.
Se decidió poner en ejecución el
proyecto, pues era el que mejores perspectivas ofrecía, pese a la oposición de
Doniphan. Sin embargo, hubo que demorar durante cinco días la ejecución, pues
el tiempo, brumoso, impedía cualquier movimiento.
Estos cinco días no se perdieron.
Briant y Moko se ocuparon de los pequeños y de la ropa de abrigo, puesto que el
frío comenzaba a sentirse.
En todo momento los mayores se
preocupaban de buscar tareas para los más pequeños: recoger mariscos, pescar,
cuidar de algo. Era el mejor remedio para evitar que el recuerdo de sus seres
queridos los atormentara.
Todos trabajaban, todos estaban
alegres. Sólo el pequeño Jacques no participaba de ese estado de ánimo. Sólo él
no miraba de frente cuando se le hablaba. ¿Por qué ese cambio en él, que era
antes tan travieso y juguetón? Briant no podía evitar preocuparse al ver la
transformación operada en su hermano desde la partida del schooner. ¿Habría
cometido alguna falta que ni siquiera a él se atrevía a revelarle? ¿Estaría
enfermo? Briant le hacía preguntas y Jacques se limitaba a responder:
-¡No! ¡No! ¡Si no me pasa nada!
...
Finalmente el 15 de marzo el
tiempo pareció favorable para la concreción del proyecto de escalar el
montículo y Briant se dispuso a partir solo al amanecer del día siguiente. Once
o doce millas entre ida y vuelta no significaban mucho para este muchacho vigoroso.
En un día su cometido quedaría cumplido.
Partió, pues, al amanecer sin que
los demás se enterasen de nada, armado con un bastón y un revólver, además de
un poderoso largavistas y los alimentos indispensables.
Durante la primera hora Briant
pudo adelantar, rápidamente por la costa. Pero a medida que el terreno se
alejaba de los rompientes el avance se iba haciendo más difícil. La arena se
reducía, y las piedras rocosas, más frecuentes y resbaladizas, obstaculizaban
su avance.
"Es necesario que llegue al
montículo antes de que suba la marea se decía Briant, de lo contrario ella me
impedirá alcanzarlo."
Y el valiente muchacho se hizo
insensible a la fatiga que comenzaba a entumecer sus miembros. Descalzándose,
se metió entre las piedras y el agua, no sin sufrir peligrosos resbalones.
Durante ese viaje observó que la costa era allí mucho más rica en aves y
especies marinas. Inclusive se encontró con parejas de focas que le hicieron
notar algo que él jamás hubiera sospechado; esa costa estaba ubicada a una
latitud más al sur del archipiélago neozelandés. Su descubrimiento se confirmó
más aún cuando al llegar al promontorio descubrió una bandada de pingüinos,
habitantes de los parajes antárticos.
A las dos de la tarde Briant,
sobre una roca, protegido de la marea, que subía, decidió comer algo y reponer
sus fuerzas. Al mismo tiempo se puso a reflexionar sobre la situación de todos,
sobre la actitud de Doniphan y especialmente acerca de la extraña actitud de su
hermano Jacques. Durante una hora prolongó ese descanso, tras el cual se
decidió a emprender la subida al promontorio. La ascensión se hizo sumamente
dificultosa. Las rocas eran tan altas y resbaladizas que el muchacho corrió
varias veces el riesgo de precipitarse por ellas. Una vez arriba comenzó a
estudiar los alrededores con su largavistas. Primero lo enfocó hacia el este.
Hacia allá todo era llanura, primero rocosa y luego cubierta de vegetación. Era
imposible descubrir su extensión. Hacia el norte no veía Briant la extremidad
del litoral. Hacia el sur, detrás de otro promontorio, la costa corría de
nordeste a sudoeste delimitando
un pantano que contrastaba con las planicies desiertas del norte.
Por más que moviera Briant su
largavistas en todas las direcciones no pudo determinar si era aquello una isla
o un continente. Si se trataba de una isla era bien grande, y eso era todo
cuanto podía afirmar.
Volviéndose hacia el oeste, hacia
el mar, quedó paralizado. Allí, muy lejos, se veían tres navíos. ¿Era eso
realidad o ilusión óptica? Porque los tres puntos existían. Volvió a mirar.
Seguían inmóviles. Con amargura reconoció en ellos a tres pequeños islotes. Su
desilusión fue terrible.
A las dos de la tarde el mar
empezó a retirarse y Briant se dispuso a regresar.
Con todo, una vez más quiso
observar el este. Quizá la posición más oblicua del sol le permitiera descubrir
algo nuevo. En efecto, así ocurrió. A lo lejos, tras la espesura verde, vio
nuevamente el mar. ¡Sí! Aquella línea de agua era el mar. La tierra que pisaba
no era un continente sino una isla perdida en la inmensidad del Océano
Pacífico.
Como en rápida visión se le
presentaron todos los riesgos que esa revelación encerraba.
Su corazón latió con violencia,
pero comprendió que no debía dejarse abatir.
Un cuarto de hora después Briant
había descendido y retomaba el camino hacia el Sloughi, donde sus compañeros lo
esperaban impacientes.
CAPITULO VI
Ese mismo día, después de la
cena, Briant puso al tanto a los chicos mayores de sus descubrimientos nada
alentadores. Estaban en una isla y sin esperanzas de salir de ella, sin la
providencial llegada de algún navío salvador.
Sin embargo, ni Doniphan ni
Wilcox se dejaron convencer por él. Ellos querían convencerse por sí mismos de
que Briant se había equivocado.
-Es lo que haremos -corroboró
Gordon.
-Y sin perder tiempo; antes de
que llegue el invierno -añadió Baxter.
-Si tenemos buen tiempo, mañana
mismo iniciaremos una expedición que durará varios días -dijo Gordon-. Y nada
de discusiones, amigos. Somos tan solo niños. no nos hagamos los hombres.
Nuestra situación es bastante grave de por sí y cualquier imprudencia la
tornaría aún mucho más. No podemos aventuramos todos. Los pequeños deben quedar
aquí. Que Doniphan y Briant realicen la excursión y que los acompañen Wilcox y
Service. Cuatro muchachos son más que suficientes. No olviden que aquí está
nuestro campamento, nuestro hogar, y que sólo lo abandonaremos cuando estemos
seguros de que esto es un continente.
- ¡Estamos
en una isla! -respondió Briant- ¡Y es la última vez que lo digo!
- ¡Eso
está aún por verse!- replicó Doniphan.
Gordon, como siempre, terminó por
imponer su cordura, y todos admitieron que convenía explorar hacia el este,
único medio posible de vinculación con otras islas o con algún continente.
Sin embargo, el mal tiempo les
impidió moverse. La baja continua del barómetro anticipaba un período largo de
borrascas y hubiera sido temerario salir en tales condiciones. El éxito,
estuvieran en una isla o en un continente, radicaba en realizar la expedición
en época de días largos. Por consiguiente, no quedaba otro remedio que
permanecer en el Sloughi durante todo el invierno.
Mientras tanto, Gordon procuraba
localizar en un Atlas el sitio exacto en que se encontraban. Aparentemente todo
indicaba que habían naufragado en alguna de las islas vecinas de Chile o
próximas al Estrecho de Magallanes. Si el schooner había sido arrojado a sitios
tan deshabitados habría que recorrer centenares de millas para llegar a las
provincias habitadas de Chile o de la República Argentina.
Frente a tal eventualidad les
convenía ser cautos. Así pensaban Gordon, Briant y Baxter.
Doniphan y sus amigos terminarían
por admitirlo.
Sin embargo, seguía en pie el
proyecto de la expedición hacia el este, a pesar de que durante quince días
todos los chicos estuvieron confinados a bordo debido al espantoso tiempo
reinante.
En el Sloughi había siempre algo
que hacer. La embarcación sufría también los embates de los temporales y exigía
reparaciones. La borda comenzaba a partirse, y en ciertas partes la lluvia
penetraba a chorros. Cada vez ofrecía menos seguridades a sus habitantes y los
chicos tenían todo preparado para un posible e imprevisto éxodo hacia el este.
En los primeros días de abril se
evidenció que el tiempo empezaba a mejorar. Enseguida se pensó en dilucidar,
mediante una exploración, el antiguo problema. ¿Estaban en un continente o en
una isla?
-Pienso-dijo Doniphan- que nada
nos impediría partir mañana.
-Nada, espero yo - respondió
Briant-. Y convendría que estuviéramos listos a primera hora.
-Según dijiste -acotó Gordon-, la
línea de agua que divisaste al este se encontraba a seis o siete millas del
promontorio.
-Sí -respondió Briant-, pero no
sería extraño que estuviese algo más cerca.
-Entonces..., ¿ustedes podrían
estar de vuelta en veinticuatro horas?
-Sí, Gordon, sí. Si marchamos
siempre directamente hacia el este.
-Espero que así sea pues
cualquier demora me parecería fatal. Todos de acuerdo. Partimos mañana.
Los preparativos no tardaron en
realizarse. Con víveres para cuatro días, cuatro fusiles, cuatro revólveres,
dos pequeñas hachas, un largavistas poderoso y todos los elementos que juzgaron
indispensables acondicionaron las mochilas.
Gordon pensaba que su presencia
no hubiera resultado inútil entre Briant y Doniphan, pero juzgó más prudente
permanecer junto a los pequeños. Tomando aparte a Briant le arrancó la promesa
de evitar cualquier discusión o desacuerdo con Doniphan.
Gordon y sus compañeros, en
vísperas ya de la separación, sentían que su corazón se apretaba. ¿Que
acaecería durante una expedición sujeta a tantos riesgos? Mientras sus ojos se
elevaban al cielo, sus pensamientos evocaban a sus padres, a sus familias, a su
país, que quizá nunca volverían a ver.
Entonces los pequeños se
arrodillaron delante de la Cruz del Sur como lo hubiesen hecho ante la Cruz en
una iglesia. ¿No los incitaba ella a orar al Todopoderoso, creador de tantas
maravillas, y a colocar toda su esperanza en Él?
CAPITULO VII
A las siete de la mañana Briant,
Doniphan, Wilcox, y Service partieron del campamento y, un cuarto de hora más
tarde habían desaparecido tras los matorrales. Briant se preguntaba, inquieto,
si el pasaje hasta el acantilado estaría libre de la marea. Arriesgándose,
llegaron a él, y al instante Doniphan se puso a inspeccionar con el
largavistas.
-¿No ves nada? -le preguntó
Wilcox.
-Absolutamente nada.
-Déjame mirar a mí.
Doniphan entregó el largavistas a
su amigo, con vivas muestras de satisfacción en su rostro.
-Tampoco yo distingo la menor
línea de agua -comentó Wilcox.
-Quizá sea porque no existe
-ironizó Doniphan-. ¿Quieres Briant, mirar tú mismo y reconocer tu error?
-Es inútil –respondió éste-.
Estoy seguro de no haberme equivocado. Lo que sucede es que el acantilado es
menos elevado que el promontorio. Si estuviéramos sobre él veríamos la línea de
agua.
-Lo mejor es que vayamos hacia
nuestro objetivo después de haber comido algo -dijo Service.
En efecto, convenía que
recobraran sus fuerzas antes de partir. Así lo hicieron, y media hora después
reemprendían la marcha.
La primera milla fue recorrida
sin dificultad. El suelo facilitaba la marcha. Después se tornó dificultoso
andar a causa de los arbustos, las hierbas altas y los árboles caídos, que
obligaban a abrirse paso a fuerza de hachazos. No existía la más mínima señal
de que hubieran andado los hombres por aquellos lugares, y los pocos animales
que divisaron huían al verlos. Lo cual no impidió que Doniphan, como buen
cazador, se diera cuenta de que la región ofrecería buenas piezas para su
fusil, llegado el momento de tener que procurarse alimentos.
A las dos de la tarde hicieron
nuevamente un alto en medio de un pequeño valle atravesado por un límpido
arroyo.
Lo que más les llamó la atención
fueron unas piedras que parecían colocadas por una mano humana para cruzarlo.
Una simple impresión, nada más, pues ninguna otra señal indicaba la presencia
del hombre. Quizá se tratara simplemente de un capricho de la naturaleza.
El arroyo se dirigía al nordeste,
o sea, que corría hacia el mar entrevisto por Briant o hacia algún otro río más
grande, como sugirió- Doniphan.
Lo importante era seguir su curso
y constatar a dónde llevaba, cosa que pudieron hacer sin obstáculos, durante
largo rato.
Hacia las cinco y media Briant y
Doniphan se dieron cuenta con pena de que el arroyo continuaba su curso hacia
el norte. Ello podía, si lo seguían, desviarlos mucho de su ruta. Decidieron,
pues, abandonarlo, y marchar, directamente hacia el este.
Nuevamente la travesía se hizo
dificultosa por, causa de los enormes arbustos Y pastizales. La jornada tocaba
a su fin y la línea de agua no aparecía.
Con las primeras sombras
decidieron acampar entre los árboles, para permanecer ocultos ante cualquier
eventual enemigo. Por eso ni siquiera encendieron una hoguera, que si bien
hubiera ahuyentado a los animales también habría atraído la curiosidad de posibles
humanos.
En la semipenumbra Service
descubrió, en una espesura, un árbol que parecía hecho para dormir, pues sus
enormes ramas se arrastraban por el suelo y entre ellas se esparcían muchas
hojas que acolchaban el suelo. Allí se refugiaron todos y el sueño no tardó en
dominarlos. Inclusive el perro, Phann, encargado de vigilar, no tardó en imitar
a sus amos y apenas si gruñó una o dos veces en toda la noche.
Sólo alrededor de las siete de la
mañana Briant y sus compañeros despertaron. Los rayos oblicuos del sol
iluminaban aún vagamente su rincón.
Service fue el primero en salir
de él y sus gritos de sorpresa los hicieron correr a todos.
-¿Qué pasa? -preguntaron.
-¡Casi nada! ¡Fíjense dónde hemos
dormido!
En efecto, aquello era una cabaña
hecha de ramas, como esas que los indios llamaban "ajoupas". Se
trataba de una construcción antigua, pues estaba casi derruida y sólo se
mantenía en pie gracias a las ramas del árbol.
-Quiere decir que hay habitantes
-dijo Doniphan mirando a su alrededor con cautela.
-O que al menos los hubo -
comentó Briant-, ya que esta cabaña no puede haberse hecho sola.
-Esto explicaría la existencia de
las piedras en el arroyo -concluyó Wilcox.
-¡Tanto mejor! -exclamó Service.
Si hay habitantes son muy buenos, puesto que expresamente han construido esta
cabaña para nosotros.
Lo indudable era que los
indígenas frecuentaban, o lo habían hecho, esta parte de la foresta en una
época mas o menos lejana. Ahora bien, estos indígenas no podían ser sino
indios, si la región estaba unida al Nuevo Continente, o polinesios, y aun
caníbales, si se trataba de una isla cerca de Oceanía. Esta ínfima posibilidad
entrañaba mil peligros y la incógnita debía ser resuelta cuanto antes.
-Revisemos bien la cabaña
-sugirió Doniphan-. Quizá hallemos algo de interés que nos oriente.
Pero por más que revolvieron no
encontraron nada y, a las siete y media, los jóvenes reemprendieron la marcha.
Salvando los mismos obstáculos,
alrededor de las diez apareció en el horizonte una interminable hilera de
árboles, más allá de los cuales, hacia el este, se extendía una playa, en la
que morían las olas del mar entrevisto por Briant. Briant parecía el triunfador.
Sin embargo, lejos de alegrarse, compartió la tristeza de todos. La presencia
del mar probaba que se hallaban en una isla.
Comieron callados, y finalmente
Briant exclamó:
-¡Partamos ya!
Los cuatro se disponían a
emprender el regreso, cuando Phann echó a correr en dirección al agua, sin
atender a los llamados de sus amos. Una vez llegado a ella se puso a beber
ávidamente.
-¡Bebe! ¡Bebe! -gritó Doniphan, y
corrió también hacia el agua. Una vez llegado a ella la tomó en sus manos y la
acercó a sus labios. ¡Era dulce!
Se hallaban frente a un lago que
se extendía hasta los límites del horizonte hacia el este.
No era un mar.
CAPITULO VIII
El descubrimiento de ningún modo
revelaba la incógnita, pues bien, podía tratarse de un lago en medio de una
isla. Sin embargo, sus dimensiones eran tan grandes que bien podía pensarse que
la tierra aquella era un continente.
-Quizá hayamos naufragado frente
al continente americano -dijo Briant.
-Fue lo que yo creí -contestó
triunfante Doniphan.
Si realmente era así había más
esperanzas. De todos modos la exploración no podría realizarse durante el
invierno, que ya comenzaba; menos aún con todos los pequeños. Pero, por otra
parte, la situación en la bahía y en el schooner no podía prolongarse durante
mucho
más de fin de mes. Parecía, pues,
que por el momento, la costa del lago era la que mejores perspectivas
presentaba, y convenía explorarla un poco, aunque tal hecho retrasara su
regreso en uno o dos días. Así, pues, decidieron costear el lago hasta el sur,
lo que a la vez los acercaba al Sloughi.
La inspección se imponía, ya que
los restos de la cabaña y las piedras del arroyo obligaban a actuar con
prudencia y a no trasladar allí todo el campamento hasta contar con todas las
garantías de seguridad.
A las ocho y media, los cuatro se
pusieron en marcha, precedidos por el alegre trote de Phann.
Recorrieron varias millas sin
encontrar ningún indicio de la presencia de seres humanos. En cuanto a los
animales, la existencia de unas avestruces pequeñas (ñandúes) les hicieron
pensar que realmente se encontraban en América.
A las siete hicieron alto. Al día
siguiente, salvo los posibles imprevistos, dedicarían la jornada a retornar a
la que bautizaran bahía Sloughi.
Durmieron profundamente y, a las
siete de la mañana, Briant despertó a sus compañeros.
-Menos mal que ayer no nos
metimos en este riacho, hubiéramos caído en una ciénaga - comentó Wilcox.
-En efecto -respondió Briant-. Es
una zona fangosa que se extiende hacia el sur y cuyo fin casi no se ve.
-¡Miren! -gritó Doniphan-.
¡Cuántas bandadas de patos, cercetas y tantas otras aves! Podíamos instalarnos
aquí este invierno. Por lo menos no pasaríamos hambre.
-¡Ya lo creo! --respondió Briant.
-¡Miren eso! -exclamó Wilcox
mostrando una especie de dique.
No cabía duda. Aquello era obra
de seres humanos. La sorpresa fue aún mayor cuando descubrieron, atado a una
madera, un anillo de hierro.
Los aullidos de Phann los
llevaron junto a una vieja haya, sobre la corteza de la cual se leía:
F. B.
1807
Allí se hubieran eternizado
contemplando las iniciales grabadas si nuevos aullidos de Phann no los hubieran
sacudido y alarmado. Prestamente prepararon sus armas y avanzaron hacia el
sitio. En el trayecto Doniphan levantó del suelo una azada oxidada, de origen
americano o europeo.
El perro seguía inquieto y
marcharon a su encuentro. Fue así como llegaron a una caverna, oculta tras una
enramada, en la cual penetraron después de encender un leño de pino para
iluminarla.
Su sorpresa, entonces, no tuvo
límites. Sobre una mesa había un taburete de madera, utensilios de menaje, un
cuchillo, dos o tres anzuelos, una taza blanca. En la pared opuesta se veía un
baúl tosco, con jirones de ropa.
¿Quién y en qué época había
habitado esta cueva? ¿Habría en ella algún cadáver?
Desde afuera Phann los llamó con
sus característicos ladridos de angustia. Cuando llegaron hasta donde estaba,
el horror los paralizó. Allí, entre las raíces de un árbol, un esqueleto yacía
sobre el suelo.
¡Cuántas interrogaciones
planteaba aquel cadáver! ¿Quién era? ¿De dónde habría venido? ¿Qué hacía allí?
¿Por qué si estaba en un continente no había buscado refugio en algún pueblo o
ciudad?
Volvieron, pues, a la caverna,
seguros de que allí encontrarían la clave para muchas de estas preguntas. Ante
todo comprobaron la perfecta ubicación y habitabilidad de la cueva, de unos
veinte pies de ancho, treinta de largo y una orientación práctica. Ciertamente
servía para algo más que para pasar un invierno.
Una vez reconocida, Briant hizo
un inventario de lo que se encontraba en ella. Bien poco, comparado con los
elementos que ellos habían salvado de su naufragio.
Sin embargo, lo que hallaron los
sorprendió: un par de boleadoras, un reloj, cuyas agujas marcaban las tres
menos veinte minutos, y algo más: un nombre en el reloj: "Delpeuch.
Saint-Malo", el nombre y la dirección del fabricante francés.
Sin duda, pues, un francés había
sido el habitante desconocido que estuvo allí. Algo más aclaró el panorama: un
viejo cuaderno que halló Doniphan.
Estaba apenas legible; sin
embargo, podía distinguirse un nombre "Francois Baudoin", justo
coincidiendo con las iniciales grabadas en el árbol. El nombre del navío
también podía descifrarse: "Duguay-Trouin". Luego, una fecha, la
misma del árbol. No cabía duda: hacía cincuenta y tres años un francés había
llegado a esa región.
Todos esos indicios daban a
entender -Y con cuánto terror lo pensaron los jóvenes- que aquel hombre no
había hallado la manera de escapar de allí.
Y la sospecha se hizo realidad
cuando descubrieron un mapa de la región, dibujado por el hombre cuyo esqueleto
yacía a pocos metros de ellos. Ese mapa, que incluía a la bahía Sloughi y al
lago, se cerraba, rodeado por el mar.
Estaban entonces en una isla.
¡Ésa era la razón por la cual Francisco Baudoin había permanecido allí hasta el
fin de sus días! Pero ¿de qué isla se trataría? Imposible sospecharlo.
Una cosa era indudable. Aquella
cueva debería convertirse en morada definitiva para los náufragos del Sloughi.
El traslado tenía que ser realizado cuanto antes. Por eso, tras sepultar lo
mejor que pudieron al náufrago francés, emprendieron, un poco entristecidos, el
retorno a la bahía.
CAPITULO IX
Si su llegada fue recibida con
gozo, las noticias que los expedicionarios traían apenaron a todos. Por eso, el
5 de abril, mientras los pequeños dormían, los más grandecitos se reunieron
para decidir sobre su futuro. Después de pensar los pro y los contra decidieron
hacer el traslado a la gruta antes de que el invierno les cayera encima. Si
bien el espacio de que dispondrían no era grande, podían intentar ampliarlo,
más aún cuando poseían tantas herramientas de trabajo.
Urgía partir. El schooner estaba
cada vez menos habitable, y antes de marcharse convenía desmantelarlo para
utilizar todos los elementos que en él se encontraban, ya que la borrasca no
tardaría en destrozarlo.
Como semejante trabajo les
llevaría por lo menos un mes, Gordon pensó en la conveniencia de levantar
tiendas y vivir en ellas mientras fabricaban una balsa. Ello ofrecería, además,
la ventaja de realizar el traslado por agua hasta el lago aprovechando la marea
alta. Briant y Moko habían verificado ya la navegabilidad del riacho entre la
bahía Sloughi y la cueva del francés.
Los días siguientes fueron
empleados en levantar el campamento. Hacia el 15 de abril sólo quedaban a bordo
los elementos más pesados, y aun éstos poco a paco fueron trasladados hasta la
tienda. La tarea de desarmar el casco del Sloughi se iba haciendo pesada y
lenta, pero una borrasca vino a facilitar sus esfuerzos.
La armazón del yate fue echada
abajo por el temporal y la tablazón arrancada. Durante los días siguientes los
chicos estuvieron ocupados buscando hierros y metales entre las arenas.
El 28 de abril todo lo que
restaba de la embarcación había sido llevado ya al lugar de embarque.
-Mañana mismo comenzaremos a
armar nuestra balsa dijo Gordon.
-Construyámosla en la superficie
del riacho, aunque no resulte muy cómodo.
Trabajando todos sin darse ni un
minuto de reposo durante el día entero terminaron la armazón de la balsa.
Muertos de cansancio, cenaron con
envidiable apetito y se entregaron al reposo. Al día siguiente, 30 de abril, se
dedicaron a la construcción de una plataforma, sirviéndose de las maderas del
puente y de los costados del Sloughi.
Se afanaron, presurosos, porque
ya las aguas comenzaban asentir la acción del frío. En tres días más la balsa
estuvo lista. Con sumo cuidado cargaron en ella todas sus pertenencias. El 6 de
mayo, apenas despuntaba el sol cuando todos estaban ya en pie. Antes de las
siete se había dispuesto la plataforma con todo lo necesario para pasar a bordo
un par de días, si fuera preciso.
Cuando comenzó a subir la marea,
un crujido hizo sonar la armazón de la balsa.
-¡Atención! - gritó Briant.
-¡Atención! - respondió Baxter.
-¡Estamos listos! - respondió
Doniphan, apostado con Wilcox en la parte de adelante.
Cuando comprobaron que la marea
arrastraba a la balsa se dio la orden de largar. El maderamen, ya libre, empezó
a remontarse lentamente, arrastrando detrás a la canoa. Los chicos festejaron
con gritos de alegría esta marcha. Sus planes no habían fracasado.
Apenas habían transcurrido dos
horas desde la partida y la construcción armada por las manos de los niños,
había recorrido aproximadamente una milla. A eso de las once el reflujo se
llevó las aguas y los jóvenes se apuraron a amarrar la balsa.
Al acabar el día prefirieron no
seguir la marcha. Era peligroso hacerlo en tan terrible oscuridad. Decidieron
esperar hasta la mañana siguiente, para no poner en peligro ese cargamento, que
era todo lo que poseían.
A las nueve y media reanudaron la
navegación, tomando todas las precauciones. Un día más y arribarían felizmente
cerca de la caverna del francés.
CAPITULO X
El arribo al lago alegró a todos
los pequeños. Sólo Jacques se mantenía ajeno a la algarabía general, con gran
preocupación de su hermano, quien no lograba desentrañar el secreto de su
misterioso cambio de carácter.
El paso siguiente del programa
fue, para todos los niños, visitar la caverna y reacondicionarla para vivir en
ella.
Se ubicaron las cuchetas y
también la cocina del Sloughi. Por el momento era menester arreglarse como
pudieran. Antes de las siete todos estaban reunidos en su interior, saboreando
la deliciosa comida preparada por Moko. Luego el sueño os dominó. Antes de las
nueve cada uno dormía plácidamente en su cucheta.
Sólo Wilcox y Doniphan
permanecieron en guardia, alimentando a la entrada de la caverna una fogata
que, a la vez que ahuyentaba a las posibles fieras, mantenía el calor en el
interior del dormitorio-cocina.
Durante los tres días siguientes
el tiempo fue ocupado en transportar toda la carga de la balsa. El termómetro
descendió a cero grados y comenzó el frío persistente.
Como no todos los elementos
tuvieron cabida en la caverna se construyó una especie de hangar provisional,
que sirvió para, guarecer el valioso elemento transportado desde el Sloughi.
Luego Doniphan y sus amigos
empezaron a dedicarse a la caza, aunque, por indicación de Gordon, procuraban
economizar en lo posible las municiones. La presa más buscada por los jóvenes
fue el ñandú.
Pasados los primeros días de
aventuras, cacerías y juegos detrás de los ñandúes todos pensaron en, que la
vida de la colonia debía regularizarse. Gordon propuso, con la aprobación
general, continuar los estudios, ya que los libros traídos del Sloughi eran
muchos y muy variados.
También urgía agrandar la
caverna. Estas dos previsiones resultaban muy acertadas, teniendo en cuenta que
el invierno no les permitiría salir tanto.
Como las paredes de la vivienda
eran de piedra calcárea y podían ser cavadas con facilidad, se las ingeniaron
para abrir paso a una chimenea y para ensanchar la entrada, que cerraron con la
puerta del Sloughi.
Entretanto el tiempo fue
empeorando. Encerrados a la fuerza planearon un trabajo de ampliación más
completo. Con pico y azada trabajaron sobre una de las paredes, que luego
revistieron de madera.
En medio de ese trabajo, algo los
inquietó: un persistente ruido se dejaba oír sin poder ser identificado ni
ubicado. ¿Alguna corriente subterránea? ¿Alguna excavación paralela
preexistente? Y si era esto, ¿qué sucedía en ella?
Phann se mostraba inquieto y la
imaginación de los más pequeños comenzó a poblarse de terroríficas pesadillas.
Urgía, pues, esclarecer el fenómeno para bien de todos.
La ausencia de Phann y su
silencio ante los llamados de sus amos, movilizaron a los mayores, quienes en
vano Lo buscaron por todos los lugares imaginables.
Eran las nueve de la noche. Una
profunda oscuridad envolvía el acantilado y el lago y, tras la inútil búsqueda
del animal, todos regresaron tristes y preocupados a la caverna.
De pronto, en medio del silencio,
se escucharon fuertes aullidos de dolor.
-¡Vienen de allí! - gritó Briant
señalando el pasadizo.
Todos estaban de pie como si
esperasen una aparición.
-Es seguro que debe de haber una
excavación cuya entrada se halla al pie del acantilado - prosiguió Briant.
-Y en la que seguramente los
animales se refugian durante la noche -añadió Gordon.
-Debe de ser así -asintió
Doniphan-, mañana iremos a investigar.
La noche pasó y los aullidos no
se oyeron más. Al amanecer se inició la búsqueda y, por más que se examinó
todo, no lograron detectar absolutamente nada. Y, lo que es peor, Phann no
aparecía.
Briant y Baxter, por turno,
decidieron proseguir el interrumpido trabajo de excavación del pasadizo,
apoyando contra las paredes, de tanto en tanto, sus oídos, para tratar de
percibir el menor ruido.
Se habían tomado las precauciones
necesarias a fin de que nada sucediera a los pequeños, si algún golpe de azada
abría la comunicación con otra posible caverna y aparecía algún animal salvaje.
Los grandes estaban todos con sus armas en la mano.
A las dos de la tarde, Briant
lanzó una exclamación. Su pico, al golpear, dejaba al desnudo una enorme
abertura. Antes de que pudiera abrir la boca para explicar a sus compañeros lo
que ocurría vio aparecer a Phann por ella.
El perro se lanzó sobre un plato
y comió y bebió desesperadamente. Sin embargo, se lo veía tranquilo.
Fue así como hallaron una segunda
caverna, de aproximadamente el mismo tamaño que la primera, pero más profunda.
En su interior encontraron un chacal muerto, por obra, seguramente, de Phann.
¿Por dónde penetraban los
chacales? Y el mismo Phann, ¿por qué edificio había podido colarse allí? Era
menester ubicarlo, y, Briant, saliendo por la gruta primitiva, palpando y
golpeando las paredes, logró su objetivo. No sólo habían recuperado al perro sino
que, además, sin ningún esfuerzo especial, habían conseguido una nueva
habitación, que llamaron hall. El nombre estaba ciertamente justificado por sus
amplias dimensiones. Mientras esperaban abrir nuevas dependencias a los lados
del pasadizo trasladaron allí el material necesario para convertirla en
dormitorio y sala de labores, en tanto la primera cueva quedaba destinada a
cocina y comedor. Sin embargo, y como pensaban hacer de ella más adelante un
depósito general, Gordon propuso llamarla simplemente "almacén".
Allí trasladaron, entonces, las
literas, las estufas y los armarios. Después se dedicaron al ensanche de la
entrada que daba al lago para poder ubicar en ella otra de las puertas del
yate. A ambos costados de la puerta abrieron ventanas para permitir el paso de
la luz durante el día. Por las noches se alumbraban con un farol, sujeto a la
bóveda.
El día 10 de junio, después de
haber consumido la cena con el apetito habitual, se acomodaron todos al calor
de las estufas y comentaron que resultaría oportuno designar con nombres a los
principales accidentes geográficos de la isla.
-Sería útil y práctico dar un
nombre a cada uno –dijo Briant.
-¡Sí! -exclamó Iverson-. Y, sobre
todo, que esos nombres sean hermosos.
-¡Sea! -concedió Gordon-.
Actuemos como Robinson, ya que en realidad constituimos un verdadero pensionado
de Robinsones.
-Ya tenemos la bahía Sloughi, el
lugar en que naufragó nuestro yate -propuso Doniphan-, y creo que ese nombre
debe de ser respetado.
-De la misma manera conservaremos
el nombre de esta vivienda como Caverna del Francés, en memoria del hombre que
la habitó antes que nosotros.
-¿Y cómo llamaremos al río que
desemboca en el lago? -preguntó Wilcox.
-¡Zelanda, para que nos recuerde
a nuestra patria! -sugirió Baxter.
-¿ Y al lago? -quiso saber
Garnett.
-Ya que llamamos al río como a
nuestra patria, démosle un nombre que nos recuerde a los que dejamos allá.
-Dijo Doniphan-. A mí me parecería adecuado llamarlo Lago de la Familia.
Como todos estaban animados por
un mismo entusiasmo y coincidían en la elección siguieron buscando nombres. Así
se llamó al acantilado Colina de Auckland, y al cabo con que finalizaba, desde
el cual Briant creyó ver un mar situado hacia el este, Punta del Mar Falso.
Las demás denominaciones
propuestas y aprobadas por los muchachos con ruidosos vítores fueron: Bosque de
las Trampas, para la parte de la selva en la que descubrieron algunas de ellas;
Arroyo del Dique, a la corriente de agua cruzada por el paso de las piedras;
Costa del Naufragio, a aquella en que había encallado el yate, y Campo del
Deporte, al llano ubicado frente al hall que utilizaban para realizar
ejercicios físicos.
Finalmente, la isla en que
estaban fue bautizada por unanimidad con el nombre de Isla Chairman, en
recuerdo del pensionado que los cobijara.
Formaban una colonia, tenían una
isla para vivir, ¿faltaba algo más? Briant tomó la palabra para decir:
-¡Compañeros! ¿No convendría
también que eligiéramos un jefe que nos gobernara?
-¡Un jefe! -exclamó Doniphan.
-¡Justamente! -respondió el
muchacho -. Creo que todo marcharía mejor aquí si uno de nosotros tuviera
alguna autoridad sobre los demás.
-¡Sí! ¡Sí! -gritaron los
pequeños-. ¡Nombremos un jefe!
-Nombremos un jefe -asintió
Doniphan-. Pero con una condición. Que éste sea elegido por un período
determinado; un año, por ejemplo.
-Y que pueda ser reelecto -dijo
Briant.
-De acuerdo. ¿A quién
nombraremos? -preguntó Doniphan con ojos ansiosos, demostrando los celos que
tenía del francés.
-¿A quién nombrar? -sonrió
Briant-. Simplemente al mejor y más capaz de todos nosotros, a nuestro
compañero Gordon.
Un ¡hurra! brotado de labios de
todos corroboró sus palabras, y fue así como Gordon, pese a su resistencia,
asumió la jefatura de la isla.
CAPITULO XI
Desde el inicio de mayo el
invierno se instaló en la isla. ¿Cuánto duraría? ¿Cinco, seis meses? Todo
dependía de la latitud en que estuvieran.
Por las dudas, Gordon tomó todas
las precauciones para un largo invierno. Calculó que hasta octubre iba a
resultar muy difícil salir a explorar la región con detenimiento.
El flamante jefe no descuidó
precisamente por eso la organización interna de la colonia. Distribuyó las
responsabilidades y dividió el tiempo en horas de estudio, en las que los
mayores hacían de maestros; de lectura, de juegos.
Su meta estaba fijada. Quería que
aun los pequeños se hicieran verdaderos hombres de bien. Su lema: "Una
mente sana en un cuerpo sano".
El tiempo fue medido
escrupulosamente, gracias a los relojes llevados desde el Sloughi, y se inició
otro Diario con los principales acontecimientos de cada jornada.
El domingo, día de descanso, se
abría y se cerraba con especiales plegarias al Creador.
En junio, la temperatura era ya
de diez a doce grados bajo cero. Luego subió algo, y la nieve cubrió toda la
extensión que abarcaban los ojos, ocasión que los jóvenes aprovecharon para
dedicarse a los típicos juegos invernales. No faltaron los muñecos de nieve, ni
las pelotas, que, arrojadas de unos a otros, estuvieron a punto más de una vez
de romper la armonía del conjunto. Sobre todo en una ocasión en que Doniphan y
Briant se hallaron muy cerca de irse s manos a causa de un pelotazo dirigido
involuntariamente a Jacques por Cross. De no haber acudido Gordon
inmediatamente la rivalidad entre los dos primeros hubiera podido resultar
fatal.
A fines de junio hubo que
renunciar a tales juegos. La nieve, de tres o cuatro pies de espesor,
imposibilitaba la marcha. Así, hubo reclusión general hasta el 5 de julio. En
ese tiempo se solucionó también el importante problema del agua, gracias a una
cañería tendida bajo el río congelado.
En cuanto a la iluminación, por
el momento, el material rescatado alcanzaba para un tiempo. Más adelante, con
la grasa que Moko iba recogiendo, fabricarían velas.
Tampoco ese invierno el alimento
constituyó un problema. Si bien la caza disminuyó, las provisiones conservadas
del Sloughi eran abundantes. A mediados de julio el viento sur
intensificó tanto el frío que
hizo pensar a Gordon y a Briant que su isla estaba ubicada mucho más abajo de
lo que hubieran podido pensar.
Afuera el termómetro señalaba
diecisiete grados bajo cero, pero los muchachos se veían en ocasiones obligados
a salir a buscar leña para el fuego. Era un trabajo sumamente pesado, pues el
transporte de ese elemento que les resultaba tan precioso debía realizarse a
mano, aunque Moko tuvo la original idea de hacer una especie de chata plana
que, arrastrada por cuatro chicos, por medio de cuerdas, cumplió una ímproba
labor durante cuatro días consecutivos.
El 19 de agosto el frío comenzó a
aflojar. Doniphan, Briant, Service, Wilcox y Báxter obtuvieron autorización
para ir hasta la bahía Sloughi. Se trataba de ver cómo andaba todo allí y de
dejar alguna señal que los ubicara con exactitud en el lago, ante la
eventualidad de que llegara algún barco.
El viaje les permitió detectar la
típica presencia antártica de pingüinos y focas.
La bahía era un desierto total, y
en la costa los jóvenes izaron sobre un mástil una bandera que habían llevado
consigo, después de lo cual regresaron a su casa. Estaban en el mes de
septiembre y comenzaba el buen tiempo. Hacía ya seis meses que el Sloughi había
encallado sobre los arrecifes de la isla Charmain.
CAPITULO XXI
Con el retorno del buen tiempo,
las inquietudes por conocer la exacta ubicación de la isla y las consiguientes
probabilidades de regresar a su país empezaron a pesar en el ánimo de los
jóvenes, quienes decidieron explorar a fondo la región. Si bien los mapas
dejados por Francois Baudoin señalaban en total soledad a su tierra, quizá ello
se debía a que el buen francés no dispuso, como los náufragos del Sloughi de
valiosos instrumentos de observación. El oeste, desde ya, quedaba descartado;
pero ¿los otros puntos cardinales?
Las excursiones, a medida que el
buen tiempo se acentuaba, fueron extendiéndose en duración y eficiencia. A
principios de noviembre se pensó en explorar la ribera occidental del lago,
hacia el norte. En un día recorrieron doce millas, descubriendo plantas y
animales que hasta entonces nunca habían visto, y se detuvieron a acampar.
No había señales que pudieran dar
un indicio del lugar en donde terminaba el lago. Sin embargo, Doniphan, al día
siguiente, provisto de un poderoso largavistas alcanzó a descubrir la otra
orilla. Ésta era árida y estaba cubierta de dunas. No se veían ni rastros de
la vegetación que estaban
acostumbrados a hallar en su sector. En seguida pensaron en darle un nombre y
ninguno les pareció más adecuado que el de Desierto de Arena.
Por más que se detuvieran mirando
hacia el norte no alcanzaban a ver otra cosa que dunas. Todo hacía suponer que
el mar, como indicaba el mapa, se encontraba a unas doce millas
aproximadamente.
Decidieron entonces emprender el
regreso por el mismo camino, a pesar de que Doniphan y Wilcox eran partidarios
de realizar el trayecto costeando el lago por su otra margen.
-¿Qué interés hay en recorrer lo
conocido? -decían-. Tarde o temprano deberemos explorarlo todo. ¿Por qué no
empezar ya?.
-Porque nos llevaría más días de
lo previsto. En la colonia cundirá la alarma, y, además, ¿estamos seguros de
poder atravesar la zona pantanoso del sur?
-Tú siempre tan prudente, Gordon
comentó Doniphan con ironía.
-Nunca se lo es bastante
-respondió simplemente el aludido.
Y emprendieron, ya calmos, el
regreso, no exactamente por el mismo camino sino cortando por donde les pareció
más directo. Ello les permitió descubrir la trulca.
Gordon se apresuró a tomar
algunos de sus frutos, pequeños y rojos, y a explicar que con ellos los indios
obtenían mediante su fermentación un licor.
Decidieron entonces recogerlos y
llevarlos a la caverna. Si conseguían obtener el licor les resultaría un
precioso recurso para cuando se agotara la provisión de aguardiente.
Más adelante encontraron vainas
de otro arbusto típico de América del Sur. El algarrobo, que producen, también,
por fermentación, un licor muy fuerte.
Finalmente fue realizado otro
hallazgo de no menor importancia. Cuando apenas faltaba un cuarto de milla para
llegar a la base de la colina de Auckland notaron que el aspecto del bosque se
modificaba. Los árboles estaban mucho más desarrollados, y bajo su amplio
ramaje multitud de pájaros trinaba ruidosamente.
Entre los árboles más hermosos
sobresalía el haya antártica, que conserva sus hojas suaves y verdes durante
todo el año. Había también invernales, cuya corteza reemplaza a la canela, que
permitirían al cocinero renovar el sabor de sus salsas, y la pernettia, o árbol
del té, cuyas hojas aromáticas dan por infusión una agradable bebida.
A las cuatro de la tarde habían
alcanzado la colina en su extremidad sur. Era allí menos elevada, pero se
alzaba casi verticalmente. Les bastaba ahora con seguirla en dirección al río
Zelanda.
Más allá escucharon el murmullo
de un torrente que brotaba de una garganta estrecha del acantilado y que les
resultó fácil de atravesar.
-Debe de ser el arroyo que lleva
al Paso de las Piedras. -Dijo Gordon-. Ya que tenemos que pasar una noche a la
intemperie, acamparemos aquí.
Una vez instalados, Gordon y
Baxter se alejaron un poco y tuvieron ocasión de ver un grupo de animales:
-¿Cabras? -preguntó Baxter.
-Por lo menos eso parecen. Vamos
a procurar atraparlas.
-¿Vivas?
-Sí, Baxter, vivas. Es una suerte
que Doniphan no esté ahora aquí. Con su arma mataría a una y haría huir a las
otras. Aproximémonos sigilosamente, sin dejarnos ver.
Cuando estuvieron cerca, Baxter
arrojó las boleadoras, que se enredaron en las patas de uno de los animales.
Las demás huyeron.
Al verla de cerca Gordon dijo:
-¡No son cabras! ¡Son vicuñas de
ésas que habitan en las pampas y en la zona de Magallanes!
Esa noche Doniphan hacía guardia
con su fusil junto al fuego. Hacia las tres de la madrugada se oyeron unos
rugidos feroces que despertaron a los expedicionarios.
-¿Qué es? -preguntó Wilcox. -Debe
de ser una manada de fieras que anda cerca
-Jaguares o canguros -dijo
Gordon. -Sea lo que fuere, nosotros estamos listos para recibirlos -exclamó
Doniphan.
Y como si eso fuera una orden
todos tomaron sus armas en las manos. La manada debía de hallarse muy cerca, a
juzgar por el furor de Phann, a quien Gordon trataba de sujetar.
De pronto, a menos de veinte
pasos, dos puntos luminosos y movedizos aparecieron entre las sombras. Al
instante se oyó una detonación. Doniphan había hecho fuego. Los rugidos
aumentaron. Todos estaban listos para emplear sus armas si las fieras se lanzaban
sobre el campamento.
Baxter, tomando un leño
encendido, lo arrojó con fuerza hacia el lado por el que habían aparecido los
ojos brillantes. Los animales huyeron.
-¡Han huido! -exclamó Cross.
-¡Buen viaje! -añadió Service.
-¿Volverán? - tornó a decir Cross.
-No creo -dijo Gordon -pero convendría que estuviéramos
alertas hasta el alba.
Al amanecer pudieron ver un
enorme charco de sangre. La fiera herida por Doniphan había huido, y, si Gordon
hubiese querido Phann habría dado pronto con ella. Sin embargo, el jefe del
grupo se contentó con que estuvieran todos sanos y salvos, sin entrar a
averiguar que especie de animal los había perseguido.
A las seis iniciaron la última
parte del trayecto, que fue tranquilo hasta las tres y media de la tarde. A esa
hora Doniphan, Webb y Cross, acompañados por Phann, marchaban a unos cien pasos
delante de los demás. Estos no podían verlos, pero de pronto oyeron unos
gritos:
-¡Cuidado! ¡Cuidado!
Sorpresivamente apareció un
animal enorme. Baxter, que acababa de desenrollar su lazo, lo arrojó por encima
de su cabeza y lo enlazó. El chico habría sido arrastrado si los demás no
hubieran acudido en su ayuda.
-¡Qué suerte! Exclamó Gordon –
Hemos atrapado vivo a un guanaco.
Decididamente la excursión había
sido fructífera. Hacia las seis de la tarde, con el guanaco arrastrándose de
mala gana detrás de la soga, los expedicionarios llegaron a su querido refugio,
la Caverna del Francés, y recibidos con algarabía por los restantes miembros de
la colonia.
CAPITULO XIII
Durante la ausencia de Gordon
todo había marchado bien en la colonia bajo la jefatura de Briant, a quien los
pequeños querían muchísimo. Sólo Doniphan y sus camaradas se negaban a
reconocer sus cualidades. Sin embargo, esto no preocupaba al joven francés. Lo
que sí importaba a Briant era comprobar que el carácter del pequeño Jacques se
tornaba cada vez más taciturno.
Mil veces le preguntó qué le
ocurría y otras tantas el pequeño respondió:
-¡Nada!... No me pasa nada.
Hasta que finalmente un día el
chico se sinceró:
-Tú me perdonarás -le dijo porque
eres mi hermano. Pero los otros no...
-¿Los otros? –exclamó Briant-.
¿Qué es lo que quieres decir, Jacques?
Las lágrimas rodaron por las
mejillas del pequeño, que sólo añadió:
-¡Más adelante lo sabrás! ¡Más
adelante!
La inquietud de Briant aumentó
con semejante media respuesta. Lo comentó con Gordon, cuando este regresó,
buscando consejo:
-No te preocupes -dijo el
americano-. Debe de ser alguna tontería. Con el tiempo se sabrá.
El mes de noviembre fue
consagrado casi por completo a reparar todos los depósitos de reservas y a
construir un galpón para los animales domésticos, o por domesticar, y para las
aves que, poco a poco, fueron siendo incorporadas. Iba surgiendo una verdadera
granja.
Sólo escaseaba el azúcar, pero
Gordon no tardó en descubrir varios arces. Estas son plantas que, realizada una
incisión en su tronco, secretan un líquido que, al condensarse, tiene sabor
azucarado. No era azúcar propiamente dicha pero al menos endulzaba.
Con las indicaciones de Gordon,
Moko fabricó licores de trulca y algarrobo. El té comenzó también a circular en
abundancia. En síntesis, que la isla Charmain otorgaba a sus moradores si no lo
superfluo, ciertamente sí lo necesario para subsistir.
Mientras pudo Gordon se opuso al
empleo de las armas de fuego. No quería gastar municiones si no resultaba
absolutamente necesario. A tal efecto encargó a Baxter la fabricación de arcos
y flechas.
Sin embargo, un día Doniphan le
dijo:
-Gordon, estamos infectados de
chacales y zorros. Vienen por las noches y destrozan nuestros graneros. ¡Hay
que terminar con ellos de una buena vez!
-¿No se podrán poner tramperas?
–dijo Gordon, adivinando el pensamiento de Doniphan.
-Para los chacales, tal vez; pero
los zorros se burlarían de ellas. Cualquier noche nos vamos a quedar sin
granja.
-Bien, ya que es menester,
concedo varias docenas de cartuchos para eliminarlos o ahuyentarlos
definitivamente. ¡Pero nada de desperdiciarlos!
Así fue cómo al llegar la noche
Doniphan, Briant, Wilcox, Baxter, Webb, Cross y Service se apostaron en una
hondonada para sorprender a los rapaces devastadores.
A medianoche, cuando todos los
zorros estuvieron agrupados una descarga cerrada cayó sobre ellos. Así durante
tres noches seguidas cayeron tantos animales que los demás huyeron
definitivamente.
Para el 15 de diciembre se fijó
una excursión general a bahía Sloughi, cuyo principal objetivo era la cacería
de focas, tan útiles para el aceite de las lámparas, que ya escaseaba.
Moko había almacenado gran
cantidad de las grasas que le proporcionaban las aves del corral, pero el gasto
diario iba agotando las reservas rápidamente.
La partida se efectuó al aparecer
el sol y durante las dos primeras horas no ofreció dificultad. Habían
confeccionado un carrito del que los guanacos, pacientemente adiestrados por
Garnett y Service, tiraban con trabajo.
Después de un tiempo Dole y
Costar empezaron a dar señales de cansancio. Briant intercedió para que se les
permitiera subir al carro mientras reparaban sus fuerzas. De esa manera la
marcha podía continuar.
Hacia las ocho de la mañana,
mientras el vehículo atravesaba penosamente una hondonada, los gritos de Cross
y Webb, que se habían adelantado, reclamaron la presencia de todos. Un enorme
hipopótamo se debatía mientras desaparecía tapado por el fango.
Sin otro inconveniente
prosiguieron la marcha hasta que, a las diez, desembocaron en la playa de la
bahía. Hicieron un alto en el mismo lugar en que habían establecido el primer
campamento. Allí se aletargaba más o menos un centenar de focas tomando el sol.
Los animales, poco habituados a la presencia del hombre, no dieron ninguna
señal de inquietud, pero los chicos tomaron todas las precauciones posibles
para no espantarlos.
El mar aparecía absolutamente
desierto. Pensaron en la posibilidad de establecer un puesto de observación por
aquellos lugares, pero llegaron a la conclusión de que la idea resultaría
impracticable, puesto que significaría permanecer demasiado tiempo alejados de
la caverna.
Después del almuerzo, los grandes
se dedicaron a la operación caza, mientras los pequeños permanecían con Moko
cuidando de Phann y vigilando a los guanacos.
Doniphan fue el encargado de
dirigir la maniobra, y a decir verdad, lo hizo con tanta habilidad que poco
después quedaban sobre la playa dos decenas de focas muertas o heridas.
Toda la tarde fue ocupada en un
trabajo no muy agradable pero provechoso: las focas debieron ser arrastradas
hasta el campamento, fraccionadas y colocadas al fuego en una enorme vasija
preparada por Moko.
Ese trabajo dejaba en el ambiente
un hedor insoportable, pero los chicos, alegres al ver cómo aumentaba la
cantidad de aceite, seguían impertérritos con él.
Cuando tuvieron varios galones de
aceite convinieron en que la cantidad era más que suficiente para asegurar el
alumbrado del próximo invierno. Al tercer día levantaron el campamento,
cargaron el carrito, y después de un último saludo a la bandera del Reino
Unido, que tremolaba sobre la cresta del acantilado, emprendieron el regreso.
El viaje de vuelta se realizó sin
incidentes. Los guanacos llenaron bien su cometido y los muchachos mayores se
mostraron lo suficientemente alertas en los pasos peligrosos. A las seis
entraban en la caverna.
Los días siguientes, después de
probar el aceite recientemente conseguido, que por cierto alumbraba bastante,
aunque no era de la mejor calidad, continuaron con los trabajos habituales.
Faltaba ya poco para la
celebración de Navidad. Gordon quiso que se diera a la fecha toda la solemnidad
posible, en recuerdo de sus familias y de la patria lejana. ¡Si ellos pudieran
gritar tan fuerte como para que sus desconsolados padres supieran que por lo
menos estaban vivos y gozaban
de buena salud!
Se decidió que el 25 y 26 de
diciembre habría asueto en la caverna. Service y Moko secreteaban
constantemente sobre la preparación del banquete. La despensa se hallaba lo
bastante provista para eso.
El día llegó al fin. Baxter y
Wilcox dispusieron artísticamente sobre la puerta del hall una serie de
gallardetes y banderines, que le daban un aire festivo.
Apenas hubo amanecido resonó
alegremente un disparo de cañón, cuyo eco fue repetido por las laderas del
acantilado.
Todos aparecieron vistiendo las
mejores prendas de que disponían y se saludaban afectuosamente deseándose una
feliz fiesta. Salieron todos a jugar con los elementos que habían traído desde
el Sloughi.
Los pequeños, al cuidado de
Briant, se divirtieron mucho, aunque, Jacques continuaba un tanto taciturno.
Doniphan y sus camaradas, como de costumbre, formaron un grupo aparte, a pesar
de las indicaciones de Gordon. Sin embargo, y como todos estaban de excelente
humor y tenían intenciones de pasar lo mejor posible el día, no hubo
rozamientos ni nada que empañara la alegría general.
A mediodía los esperaba una mesa
puesta con el mejor mantel y un pino circundado de ramas y flores. Moko se
esmeró en la preparación de un menú extraordinario que incluía hasta un budín
de Navidad con pasas de Corinto.
Antes de finalizar el almuerzo,
coronado con licores, té y café, Briant se puso de pie para brindar por Gordon
y Costar, y éste fue el momento más emocionante del día. Gordon se acercó a
Briant para agradecerle todos sus cuidados y el interés que ponía en procurar a
los pequeños las mayores comodidades.
Se oyeron muchas hurras en honor
al muchacho francés, quien se emocionó vivamente.
Todos estaban alegres, a pesar de
que esos vítores no hallaron eco en el corazón de Doniphan.
CAPITULO XIV
Hacía ya diez meses que los
náufragos del Sloughi habían encallado en aquella isla. La situación había ido
mejorando poco a poco. Las necesidades materiales fueron encontrando solución
durante ese tiempo, pero persistía aún la sensación de desamparo.
Los jóvenes no podían dejar de
pensar en ese socorro que tanto precisaban. ¿Llegaría al fin antes de que
debieran exponerse a los rigores de un nuevo invierno antártico?
Felizmente todos gozaban de buena
salud. Gordon era un muchacho prudente y no permitía que nadie corriera ningún
riesgo ni cometiera excesos. Pero, ¿no había que temer igual cualquiera de esas
afecciones que comúnmente atacan a los niños, sobre todo a los más pequeños?
Briant agotaba en su mente todas
las posibilidades de salvación. Sin embargo, debía resignarse. La bitácora no
permitía aventurarse a emprender una travesía que podía hacerse demasiado larga
si la isla no pertenecía a alguno de los grupos del Pacífico.
Todo lo que cabía hacer era
esperar y trabajar, para mejorar en lo posible las instalaciones de la caverna
y para procurarse las mayores comodidades para el invierno que se aproximaba.
Cuando el rigor de éste hubiera pasado, entonces sí podrían continuar con sus
tareas de reconocimiento del lugar.
Se procuraron bastante leña para
alimentar las estufas, mejoraron las condiciones del establo y prepararon una
considerable provisión de carne ahumada y salada.
Sin embargo, había una
exploración que no podía postergarse. La del este del Lago de la Familia. Quizá
hubieran allí recursos que no debían ser desaprovechados.
Cierto día, conversaban Briant y
Gordon sobre el tema, llegando a la conclusión de que convenía hacerlo con sólo
dos o tres de ellos.
-Moko puede guiar la bitácora
-opinaba Briant-.,Él conoce el manejo de la embarcación.
Si el viento nos ayuda puede
emplearse las velas, sino los remos.
-Es una buena idea -respondió
Gordon-. ¿Quién acompañará a Moko?
-Puedo hacerlo yo. No fui al
norte del lago. Ha llegado el momento de ser útil a mis compañeros.
-¿Útil, tú? ¡Si te has
sacrificado más que cualquier otro... ¡En fin!... ¿A quién elegirás como
compañero?
-A Jacques. Me preocupa mucho.
Está claro que algo lo atormenta. Quizá si se encontrara a solas conmigo se
decidiría a hablar.
-Tienes razón. Llévatelo. Inicia
ya los preparativos.
-No serán muchos. Con dos o tres
días nos bastará.
Ese mismo día Gordon anunció la
expedición. Doniphan se mostró descontento, pero no hizo mayores cuestiones.
Moko no cabía en sí de alegría al pensar que iba a cambiar sus funciones de
cocinero por las de capitán de la bitácora. Además, quería mucho a Briant, y la
idea de partir con él lo entusiasmaba. Por su parte Service se mostraba
encantado con la idea de guisar a su antojo. Jacques acogió la idea de partir
con indiferencia, aunque estaba convencido de que la compañía de su hermano le
haría bien.
El 4 de febrero partieron los
tres desde el dique del río Zelanda. El tiempo estaba hermoso y una ligera
brisa impulsaba a la embarcación, timoneada por Moko.
Hacia mediodía el viento dejó de
soplar, razón por la que Moko y Briant se vieron obligados a tomar los remos,
mientras Jacques se ocupaba del timón.
Una vez en el centro del lago,
que daba la sensación de un mar, escudriñaron el este, tratando de descubrir la
costa. Hacia las tres de la tarde el otrora grumete y ahora capitán de la
embarcación la avistó. Una hora más tarde aparecieron algunas copas de árboles
coronando una ribera muy baja.
Hacia las seis, después de haber
remado vigorosamente, pese al calor, Briant y Moko condujeron la bitácora hacia
un ribazo, costeándolo por espacio de media milla.
Encontraron un río que bautizaron
Río del Este, y desembarcaron para pasar allí la noche. Tenían el plan de
remontarlo a la mañana siguiente. Pasaron la noche bajo unos árboles, después
de haber cenado en abundancia, y a las seis de la mañana estaban nuevamente en
la bitácora en dirección hacia el río.
Este poseía una fuerte correntada
y en las orillas podían verse bosques de exuberante vegetación, con predominio
de encinas, alcornoques y pinos.
Aunque no estaba tan
familiarizado con la botánica como Gordon, Briant descubrió en las orillas una
planta que atrajo su atención.
- ¡Ese es el pino que da piñones!
-Detengámonos, entonces -pidió
Moko-. Vale la pena.
Enfilaron la bitácora hacia la
orilla, saltaron a tierra y regresaron poco después trayendo una buena cantidad
de piñones, que habrían de hacer las delicias de los golosos de la colonia.
Mientras continuaban la marcha
Briant no despegaba sus ojos de las orillas ni un momento. Vio así pasar
ñandúes y vicuñas, y aun una yunta de guanacos.
Hacia las once notaron que
algunos espacios de la espesura se iluminaban y que la brisa se impregnaba de
emanaciones salinas. Un poco más y aparecía en el horizonte una línea azulada.
Al acercarse a las rocas que se
erguían cerca de litoral Moko impulsó la embarcación hacia la orilla izquierda
y la amarró. Bajaron y se encontraron con una bahía muy distinta a la Sloughi.
Había en ella gran cantidad de rocas, en medio de las cuales hubiera podido
encontrarse más de una gruta. Las posibilidades hubieran sido muy distintas
para los náufragos si el yate hubiese encallado allí, puesto que habrían podido
refugiarlo en la desembocadura del Río del Este.
Briant contempló largamente el
mar. Estaba completamente desierto. No experimentó un gran desengaño por que en
realidad presentía ese aislamiento, pero creyó, sin embargo, lo más conveniente
dar a aquella abertura el nombre de bahía Decepción.
Desayunaron y luego se dedicaron
a recorrer las grandes arboledas, que avanzaban hasta el pie mismo de las rocas
y en cuyo seno parecían abundar las aves de caza.
Allí se topó Briant con una gran
cantidad de excavaciones, entre cuyas paredes no les hubiera resultado difícil
instalarse A tal punto abundaban que Briant empezó a preguntarse por qué el
francés no se había- ubicado en alguna de ellas. Era evidente que las conocía,
pues en su mapa figuraban. Después de analizar un rato la cuestión llegó a la
conclusión de que el náufrago había elegido la caverna no por casualidad sino
por considerarla menos expuesta a las borrascas.
Hacia las dos de la tarde Briant,
Jacques y Moko escalaron un macizo peñascoso, desde el que se dominaba
perfectamente hacia el oeste la selva y hacia el sur las dunas amarillentas
entre cortadas por los oscuros abetos. Hacia el este nada se divisaba. Sólo
cielo y mar.
Por espacio de una hora los tres
siguieron observando. Iban ya a bajar cuando el grumete extendió su mano hacia
el nordeste y preguntó:
-¿Qué hay allá abajo?
Encima de la línea del horizonte
resplandecía, en efecto, una gran mancha blanquecina, fácil de confundir con
una nube si el cielo no hubiera estado absolutamente limpio.
Después de un rato notaron que no
cambiaba de forma ni se movía.
-No acierto a decir qué es
-respondió Briant-. A menos que se trate de una montaña.
Aunque no tendría esa
apariencia...
Al descender el sol la mancha
desapareció. Regresaron al lugar donde permanecía amarrada la bitácora y
prepararon la cena.
Después de la comida Briant y
Jacques fueron a dar un paseo por la playa. Moko, por su parte, se dedicó a la
búsqueda de piñones. Cuando emprendía el regreso hacia la embarcación el
grumete creyó oír lamentos y voces de reproche. Escuchó mejor. Eran Briant y
Jacques. ¿Les habría sucedido algo? Corrió hacia ellos y cuando estaba por
alcanzarlos se detuvo de golpe.
Jacques se hallaba de rodillas
ante su hermano y lloraba. Parecía pedir perdón.
El grumete hubiera querido
ignorarlo todo. Pero ya no podía ser. Había escuchado la confesión del niño y
los reproches de su hermano:
-¿Tú? ... ¿Fuiste tú quien lo
hizo? Por eso te apartabas de tus compañeros. ¡Que no lo sepan!
Moko habría dado todo el oro del
mundo por no enterarse. Pero lo sabía y quería demasiado a Briant para fingir
ante él ignorancia. Por eso lo llamó aparte y le dijo:
-Señor Briant... Yo he oído...
-¿Qué? Tú sabes entonces que fue
Jacques...
-Sí, señor. Hay que perdonarlo.
-¿Acaso lo perdonarán los otros?
-Quizá... En todo caso es mejor
que no sepan nada... Yo sabré guardar el secreto...
-¡Gracias, Moko! -respondió
Briant estrechando la mano del grumete.
Durante horas Briant no cambió
con su hermano ni una palabra. Llegado el momento de embarcar, se acomodaron en
la bitácora. Briant y Moko tomaron los remos y avanzaron a la
luz de la luna hasta la
medianoche. Briant propuso entonces suspender el viaje hasta el amanecer.
A las seis continuaron la marcha
y a las nueve sintieron la brisa del Lago de la Familia.
Quedaba ya poco. Después de una
feliz travesía en la que ninguno de los dos hermanos pronunció más palabras que
las necesarias atracaban contra el dique, mientras Gordon les salía al
encuentro.
CAPITULO XV
Briant decidió mantener en
secreto la confesión realizada por su hermano, pero sus compañeros no dejaron
de notar que, a la vuelta de la expedición, su conducta cambió un tanto.
Continuaba trabajando con el
ahínco de siempre, pero ya no buscaba como antes la compañía de los demás
chicos. Se mostraba también él apartado y taciturno.
Por otra parte Gordon observó que
en cada ocasión en que se pudiera correr algún peligro o que fuera preciso
demostrar más coraje del acostumbrado Jacques era impulsado por su hermano a
ofrecerse, cosa que el pequeño aceptaba sin titubear.
Convencidos los jóvenes de que la
vida debía continuar como hasta el momento, ya que la expedición de Briant
confirmó que todo vestigio de civilización estaba demasiado lejos, se dedicaron
aún más a, preparar los elementos necesarios para el invierno.
Un descubrimiento de Wilcox
permitió a todos comprobar que en el lago había salmones. Hicieron buena
provisión de ellos, y para conservarlos realizaron varios viajes hasta la bahía
Sloughi, donde Briant y Baxter establecieron una pequeña salina.
En tanto, continuaban siguiendo
el reglamento que se habían trazado. Los mayores dictaban clases a los
pequeños, y dos veces por semana se celebraban conferencias en las que Doniphan
se complacía haciendo alardes de superioridad, cosa que no contribuía a hacerlo
simpático más que a sus secuaces.
Él abrigaba la esperanza de
suceder a Gordon en el gobierno de la isla. Creía que el mando le correspondía
por derecho propio.
Los otros chicos no parecían
estar dispuestos a elegirlo, aunque tampoco pensaban que Gordon conservaría su
puesto. El americano, por su parte, sabía bien que no convenía hacerlo. Su
severidad y su proceder duro, además de su espíritu eminentemente práctico, le
habían granjeado alguna enemistad.
Los pequeños reprochaban a
Gordon, además de su severidad, su economía exagerada, que los privaba de
postres y dulces, y sus reprimendas cada vez que volvían a la caverna con algún
desgarrón o con el calzado en malas condiciones. Siempre tenía que acudir
Briant a interceder por ellos.
Briant no se preocupaba por el
mando de la colonia. Trabajaba sin descanso ayudado por su hermano. Eran
siempre los primeros en empezar alguna faena y los últimos en dejarla.
Sin embargo, los días no estaban
íntegramente consagrados a la instrucción y al trabajo. Tenían algunas horas
dedicadas al esparcimiento, especialmente a los ejercicios gimnásticos. Tampoco
faltaban algunos juegos de moda, como el críquet y los discos.
Una tarde en que jugaban a este
último Doniphan, Webb, Cross y Wilcox en un bando, y Briant, Baxter, Service y
Garnett en otro, tuvo lugar un incidente que pudo perturbar para siempre la
vida de la colonia.
Doniphan acusó a Briant de haber
hecho trampas. Comprobado que la acusación era gratuita ambos muchachos
estuvieron a punto de irse a las manos.
Enseguida todos tomaron parte por
uno u otro y con sus gritos enardecieron aún más a los rivales, dispuestos ya a
la pelea.
Gordon se apresuró a intervenir
viendo el cariz que tomaban los acontecimientos y obligó a los contendientes a
encarar el asunto con serenidad y a separarse.
Briant se apresuró a obedecer,
comprendiendo que el jefe de la colonia llevaba la razón y que no convenía
agravar aún más la situación en que se hallaban. Sin embargo, Doniphan no tomó
la cosa así y reprochó duramente al americano una supuesta preferencia por
Briant.
Llegó el invierno, y como los
pájaros emigraban, a Briant se le ocurrió cazar unas cuantas golondrinas y
atarles un saquito al cuello que contenía un escrito detallando la situación
que atravesaban. Sabían que era muy difícil que fueran encontradas, pero no
convenía descuidar ni la más mínima posibilidad.
En mayo comenzaron las nevadas.
Sin embargo, no había nada que temer. El calor, la luz y los alimentos estaban
asegurados en la Caverna del Francés. Hacía un tiempo se habían distribuido las
ropas de abrigo y se cuidaba de que se cumplieran las medidas higiénicas
indispensables.
A medida que se iba acercando el
10 de junio, fecha en que terminaría el período para el que fue electo Gordon,
empezó a notarse cierta agitación entre los muchachos. Había secreteos y
conciliábulos en todos los rincones.
Doniphan se mostraba impasible,
pero sus amigos no dejaban de hablar a los pequeños de él. Gordon no parecía
dispuesto a aceptar una reelección, y Briant, por ser de otra nacionalidad, se
desentendía del asunto. Todo parecía indicar que la elección recaería sobre él.
Llegó el día esperado y, bajo la
presidencia de Gordon, se efectuó la votación con el siguiente resultado:
Briant...... 8 votos
Doniphan 3 votos
Gordon... 1 voto
Ni Doniphan ni Gordon habían
votado, y Briant lo había hecho por Gordon. El muchacho francés estuvo a punto
de rehusar, pero después miró a su hermano y levantó la cabeza como si se le
hubiera ocurrido una idea y dijo:
-Gracias, camaradas. Acepto.
En cuanto a Doniphan, no quiso ni
pudo disimular su desencanto e irritación.
Gordon, aun cuando previera que
esa elección aumentaría las disidencias entre Briant y Doniphan, no dejó de
felicitar al francés y de alegrarse de que éste fuera el nuevo jefe.
Jacques, por su parte, se mostró
sorprendido por la actitud de su hermano.
-¿Así que has aceptado? -preguntó
en cuanto se hallaron a solas.
-Sí. Tenemos que hacer más aún de
lo que hemos realizado para reparar el perjuicio que has causado.
-¡Gracias, hermano!
El invierno fue crudo. Briant
velaba constantemente para que el programa trazado el año anterior continuara
siendo respetado. Como no abusaba de su autoridad, lo obedecían con gusto.
Gordon era un verdadero ejemplo de sumisión, y ni aun Doniphan ni sus compañeros
dieron muestras de insubordinación.
Considerando que les interesaba
la caza, Briant los encargó de las trampas y los lazos, y no tenía motivos para
estar descontento con su comportamiento. Si bien los cuatro permanecían a
menudo aislados del resto de la colonia o cuchicheando entre ellos nadie
sospechaba nada de su actitud.
Briant se mostraba justo, salvo
en lo que a la designación del trabajo se refiere. Siempre reservaba lo más
pesado o desagradable para sí y para Jacques.
El pequeño, alentado por la idea
de que hacía algo por los demás, empezaba a sentirse más alegre. Gordon notó
enseguida la diferencia, y también Moko, que había sabido guardar celosamente
el secreto.
En una cosa difería
fundamentalmente la presidencia de Briant de la de Gordon. El muchacho francés
pensaba en todo momento en la repatriación. Lo preocupaba el recuerdo de
aquella mancha que percibiera desde la bahía Decepción. ¿Serían tierras?
¿Convendría construir una embarcación para llegar hasta ella?
-¡Ah! -decía-. ¿Por qué seremos
simplemente niños cuando debiéramos ser hombres?
Por más que las necesidades
estuvieran cubiertas, no dejaba de angustiarse. Quería que todos pudieran
volver a sus hogares, a sus familias, y su propia impotencia lo impulsaba a
seguir luchando, a seguir inventando nuevas maneras de lograrlo.
El Lago de la Familia estaba
completamente helado. Como Baxter había conseguido fabricar algunos pares de
patines con plantillas de madera y láminas de hierro, Briant quiso proporcionar
a sus compañeros la alegría de unas horas de patinaje.
El 25 de agosto, dejando a
Iverson, Dole y Costar bajo la custodia de Moko los mayores abandonaron la
caverna en busca de un lugar en que la capa de nieve presentara una extensión
lo suficientemente amplia como para ese deporte.
Después de remontar la orilla
durante un largo trecho encontraron una superficie solidificado.
Doniphan y Cross llevaban sus
fusiles con el fin de cazar algunas aves. Eran, sin lugar a dudas, y junto con
Jacques, los mejores patinadores del grupo.
Antes de darles la señal de
partida Briant les recomendó que se cuidaran. Les recordó que estaban en un
lugar en que cualquier accidente podía resultar fatal, dada la falta de medios
de que disponían.
Jacques hacía verdaderas
maravillas sobre sus patines. Los demás chicos lo aplaudían tanto que Doniphan
empezó a sentirse molesto. Atrajo la atención de Cross hacia una bandada de
patos y por seguirla se alejó de los límites señalados por Briant.
Briant y Gordon lo vieron
alejarse seguidos de cerca por Cross. El primero estuvo a punto de llamarlos,
pero después, para evitar una nueva tensión, los dejó ir.
A eso de las dos una cortina de
brumas ocultó el horizonte. Los dos chicos no habían regresado aún.
-Toca la corneta -sugirió Gordon.
El estridente llamado surcó los
espacios. Esperaron ansiosos el disparo de fusil que indicaría la posición de
Doniphan y Cross, pero nada quebró el silencio. La niebla se iba haciendo cada
vez más espesa. Todos los chicos se reunieron sobre la orilla y Briant expuso
su plan. Era necesario que uno de ellos marchara en la dirección en que lo
habían hecho sus compañeros haciendo sonar constantemente la corneta. Briant y
Gordon estaban dispuestos a hacerlo, pero Jacques suplicó que le permitieran ir
a él.
-Bien -respondió Briant-. Presta
atención, por si se oyen disparos de fusil. No olvides que la corneta dará a
conocer tu presencia.
El muchacho se perdió rápidamente
entre las brumas y todos se dispusieron a esperar los resultados.
Transcurrida media hora, Briant
ordenó dirigirse a la caverna. Allí había armas que con sus detonaciones
indicarían el camino que convendría tomar.
Hacia las tres y media ya habían
disparado dos veces el cañón con un cartucho lleno de hierbas, encima del cual
habían colocado un taco de hierbas empapado en grasa para hacer más estruendoso
el disparo.
Como no se obtuvieron resultados,
continuaron disparando. Eran las cinco cuando se oyeron a lo lejos algunos
disparos de fusil.
-¡Son ellos! -exclamó Service.
Poco después dos sombras se
dibujaban entre la niebla. Eran Doniphan y Cross. Briant experimentó una
terrible angustia al comprobar que su hermano no volvía con ellos. Estaba tan
preocupado que hasta olvidó reprender a Cross y a Doniphan.
-.¡Debí salir yo!... --repetía
constantemente, sin hacer caso de las palabras con que Baxter y Gordon trataban
de infundirle esperanzas.
Aguardaron un rato más y
comprobaron que las brisas empezaban a disipar la niebla. La superficie del
lago se despejaba. Pronto las tinieblas de la noche caerían sobre el lugar.
Todos comenzaron a amontonar leña para hacer una gran fogata, cuando la voz de
Gordon los detuvo.
-¡Un momento! ¡Me parece ver un
bulto! ¡Sí! ¡Es allá!...
Briant tomó tembloroso el
catalejo y miró a su vez.
-¡Alabado sea Dios! -exclamó- ¡Es
Jacques! Lo veo perfectamente.
Todos estallaron en gritos. Sin
embargo, el muchacho estaba aún muy lejos.
-¡No viene solo! -gritó de
repente Baxter.
-¡Lo siguen! ¿Serán hombres?
-preguntó Gordon.
-¡Son fieras! exclamó Doniphan, y
corrió hacia Jacques, disparando su fusil. Los animales, al oír las
detonaciones, huyeron despavoridos.
Con tranquilidad los miraron
huir. Eran osos. ¿Cómo habían podido llegar hasta allí? Nunca antes habían
visto uno. Cabía pensar que durante el invierno llegaban embarcados en los
témpanos. Era una circunstancia que había que estudiar. La presencia de los
osos podía significar que algún continente se hallaba más cerca de lo que
pensaban.
Briant corría a abrazar a
Jacques. El muchachito explicó después que se había visto también él envuelto
entre las brumas y que sólo había conseguido orientarse cuando escuchó los
disparos del cañoncito. En ese momento se encontraba a varias millas de la orilla
nordeste del lago.
Cuando ya estaba ubicado y
marchaba con toda la velocidad que le permitían los patines hacia la caverna se
encontró con que los dos osos lo seguían. Gracias a su habilidad y sangre fría
siguió corriendo a cierta distancia de ellos hasta que llegó Doniphan.
Briant, más tranquilo, se acercó
a Doniphan para decirle:
-Tu desobediencia pudo haber
causado una terrible desgracia. Sin embargo, tengo que agradecerte que hayas
salvado a mi hermano.
-Sólo he cumplido con mi deber
-repuso fríamente el muchacho, sin estrechar la mano que su compañero le
tendía.
CAPITULO XVI
Seis semanas después de este
acontecimiento cuatro muchachos se detenían en el extremo meridional del Lago
de la Familia. Eran Doniphan, Wilcox, Webb y Cross, que se habían separado del
resto de sus compañeros.
¿Por qué lo habían hecho?
Durante las últimas semanas del
invierno la situación entre Briant y Doniphan se había tornado muy tirante.
Este último, aunque no se había resistido a acatar las órdenes del jefe, las
ejecutaba de mala voluntad y a regañadientes.
Cross, Wilcox y Webb, cada vez
más solidarios con su conducta, llevaban prácticamente una vida aparte. Se los
veía conversar en voz baja durante horas en algún rincón cuando el tiempo no
permitía salir a cazar.
-Puedo asegurarte -dijo un día
Briant- que traman algo. Me inquieta no saber qué es.
-No será en contra tuya
-respondió Gordon-. Saben demasiado bien que todos estamos dispuestos a
defenderte.
-No sé por qué pienso que quieren
separarse de nosotros.
-No, Briant. Quizá ni se les haya
ocurrido -repuso Gordon.
-Sin embargo, he visto a Wilcox
copiando el mapa del francés.
-¿Ha hecho eso?
-Sí. A veces pienso que para
acabar con esto debería renunciar en favor tuyo o aun del mismo Doniphan.
-Pero entonces faltarías a tu
deber con todos aquellos que te han elegido -contestó Gordon.
Cuando Doniphan anunció su
decisión de dejar la caverna en compañía de sus tres amigos
Gordon se apresuró a preguntar:
-¿Quieres abandonarnos?
-No. Sólo tenemos el proyecto de
establecernos en otra parte de la isla.
-¿Por qué? -quiso saber Baxter.
-Porque queremos vivir a nuestro
antojo. Y porque estamos cansados de recibir órdenes de Briant.
-¿Tienes algo que reprocharme?
-pidió el aludido.
-Únicamente que seas el jefe. Ya
lo fue antes un americano, ahora un francés. Si seguimos así terminarán
eligiendo a Moko... Mis amigos y yo no aceptaremos esta situación.
-Bien -respondió Briant-. Tenéis
plena libertad y podéis llevaros la parte de los objetos que os corresponda.
-Ya lo sabíamos, Briant -repuso
orgullosamente-. Mañana mismo abandonaremos la caverna.
El plan concebido por los cuatro
amigos era el siguiente. Irían por la orilla del lago hasta su extremidad
meridional, continuarían por el curso del mismo, por entre la selva, hasta su
desembocadura. El recorrido resultaría largo, pero de esta manera evitarían
embarcar en la bitácora, cuyo manejo exigía más conocimientos náuticos de los
que poseían. La canoa de caucho que pensaban llevarse les alcanzaría para
cruzar el río del Este.
Esa primera expedición sólo
pretendía reconocer el litoral de la bahía Decepción y encontrar un sitio para
establecer la vivienda. Llevaron por eso sólo los utensilios necesarios y
algunas municiones. Los víveres se los procurarían ellos mismos cazando y
pescando.
Con las primeras luces del día
siguiente, procurando ocultar su emoción, se despidieron de sus conmovidos
compañeros y atravesaron el río Zelanda con la bitácora, que Moko se encargó de
regresar a la caverna. Lentamente siguieron su camino y aprovecharon para cazar
varias aves. Sin embargo, Doniphan se dio cuenta bien pronto de que convenía
ahorrar municiones, y se contentó con cazar lo necesario para el día.
A eso de las cinco de la tarde
habían recorrido cinco millas. Apenas alcanzada la extremidad del lago,
decidieron detenerse y pasar allí la noche, que se presentaba bastante fría. A
la mañana siguiente se aprestaron a seguir la marcha. Con paso acelerado y
deteniéndose solamente para aplacar el hambre y la sed, atravesaron el bosque
comprobando que existían más o menos las mismas especies que en el Bosque de
las Trampas. En cuanto a la fauna vieron guanacos, vicuñas, ñandúes, liebres y
tucutucos en abundancia.
Alrededor de las seis de la tarde
llegaron al río del Este y decidieron establecer el campamento en el mismo
lugar en que lo habían hecho Briant, Jacques y Moko, la vez anterior. Quizá
tuvieron ocasión allí de lamentar el paso dado al alejarse de aquellos a
quienes nunca debieron dejar. Sin embargo, Doniphan era demasiado orgulloso
para reconocer sus errores. Con las primeras luces del nuevo día decidió cruzar
el río. A las siete, rendidos por la fatiga, alcanzaron el límite del bosque.
Escucharon el rugido de las olas, pero no alcanzaron a ver el litoral. Las
tinieblas de la noche los envolvían nuevamente. Cenaron y pensaron que era más
conveniente mantener el fuego. Cross, Webb y Wilcox se durmieron, y Doniphan
permaneció velándolos toda la noche. No tenía valor para despertar a sus
camaradas, que tenían en los rostros las señales de la fatiga.
El día naciente les deparó
mayores satisfacciones. Exploraron cuidadosamente la costa y treparon a la
misma roca que Briant había escalado en su visita y denominado Puerto de la
Roca del Oso. Desde allí arriba examinaron detenidamente la bahía, aunque nada
pudieron distinguir al este, ni siquiera aquella mancha blanquecina de que
habló Briant.
Esa misma noche, después de la
cena, discutieron sobre la necesidad de trasladar hasta la caverna de la Roca
del Oso, que en adelante se constituiría en morada de los cuatro jóvenes, todos
los objetos necesarios. Después de muchos cabildeos convinieron en que ellos
tenían tanto derecho como los demás al uso de la bitácora y a los servicios de
Moko. Por lo tanto el traslado de todos los elementos se facilitaría mucho si
no había necesidad de hacerlo a pie.
Antes de volver a la Caverna del
Francés quisieron reconocer la parte norte de la isla. Con buen ánimo marcharon
en esa dirección y después de dejar atrás unas masas rocosas llegaron hasta un
arroyo, que llamaron Del Norte. Lo atravesaron utilizando el bote de caucho y
comenzaron a costear un bosque que se extendía a partir de la orilla izquierda.
La vegetación se desarrollaba en
él de manera asombrosa. Verdes masas se extendían hasta el infinito. Como había
un notable predominio de hayas, dieron al lugar el hombre de Bosque de las
Hayas.
Al caer la tarde habían recorrido
ya nueve millas. Dispusieron allí lo necesario para hacer noche, y cuando se
levantaron a la mañana siguiente reanudaron la marcha apresuradamente. El
viento del oeste había aumentado y las nubes amenazaban con dejar caer agua a
torrentes. El viento no podía amedrentar a unos muchachos tan valientes, pero
el agua los preocupaba seriamente. Tendrían que suspender toda investigación y
buscar refugio en la Roca del Oso. La jornada fue en realidad espantosa. La
tormenta se aproximaba. A eso de las cinco ya los truenos resonaban en medio de
feroces relámpagos. Los cuatro chicos, entusiasmados por la idea de que se
aproximaban a la meta, avanzaban corriendo. Querían ver la zona del Pacífico
antes de que las sombras de la noche la ocultaran por completo. ¿Sería un mar
ilimitado o simplemente un canal que separaba esa costa de otro continente?
Wilcox, que marchaba adelante, se
detuvo repentinamente señalando un bulto oscuro que se destacaba en la playa.
Era una embarcación acostada sobre la banda de estribor. Un poco más allá
pudieron divisar dos cuerpos tendidos sobre la arena. ¡Dos cadáveres!
Espantados, y sin pensar que
podía quedar en aquellos cuerpos algún hálito de vida, buscaron refugio bajo
los árboles. La tempestad se había desencadenado, los rugidos del viento se
confundían con el sordo rumor de las olas y los árboles se agitaban bajo la
fuerza del viento. Durante toda la noche los cuatro muchachos permanecieron
allí, apretados uno contra otros, sin conseguir cerrar los ojos. El frío los
hacía sufrir terriblemente, pero no se atrevieron a encender fuego por temor de
que el viento lo desparramara. La excitación, por otra parte, les impedía
dormir. ¿De donde venía aquella embarcación? ¿Esos náufragos provenían de algún
navío que acababa de zozobrar?
Los muchachos aprovechaban los
breves momentos de calma para charlar y ordenar sus ideas. Estaban arrepentidos
de haber cedido al espanto que se apoderó de ellos haciéndolos abandonar a
quienes podían haber necesitado su ayuda. Trazaban planes para llegar hasta
allí, pero se daban cuenta de que era imposible con semejante tormenta. Se
habían creído hombres y eran tan solo niños. Necesitaron hablar mucho para
ponerse de acuerdo sobre lo
que debían hacer. Finalmente
convinieron en que, tan pronto aclarara, bajarían a la playa y cavarían en la
arena una fosa para enterrar a los desdichados náufragos.
La noche se les hizo
interminable. Apenas los primeros resplandores del alba se insinuaron hacia el
este comprobaron que los nubarrones seguían siendo terribles. Luchando contra
la violencia del viento y sosteniéndose unos a otros se encaminaron hasta el
lugar donde estaba encallada la embarcación.
Miraron alrededor de ella y no
encontraron nada. Los dos cuerpos habían desaparecido. Ni siquiera había
huellas sobre la arena...
-¡Esos desdichados! – exclamó
Wilcox-. Debían de estar vivos, puesto que han podido levantarse.
-¿Dónde estarán? -preguntó Cross.
-¿Dónde? - repitió Doniphan
señalando el mar- Seguramente allí.
Con su anteojo observó
detenidamente la superficie de las aguas... ¡Nada!...¡Quizá los cuerpos de los
náufragos habían sido arrastrados mar adentro!
Volvieron todos a reunirse junto
a la embarcación. Era una chalupa de un buque mercante, casi destrozada. En su
popa, dos nombres escritos indicaban el navío a que había pertenecido
Severn. San Francisco.
CAPITULO XVII
Después que Doniphan, Cross, Webb
y Wilcox abandonaron la Caverna del Francés la vida de los que habían quedado
allí se tornó un poco triste. Briant parecía el más sentido y Gordon no dejaba
de animarlo.
Pensando como siempre en la
manera de encontrar alguna forma de comunicarse con algún posible navío se le
ocurrió al muchacho francés la idea de fabricar una gran cometa.
-Tenemos cuerda suficiente y tela
explicó a Baxter-. Si-logramos que salga bastante grande y planee bien alto...
Quizá hasta podríamos atarle uno de nuestros faroles que la hiciera visible
también durante la noche.
-Probemos -repuso Baxter.
Cuando los chicos conocieron el
proyecto lo aprobaron con entusiasmo. Los más pequeños, sobre todo, tomaron la
cosa como una forma de diversión. La idea de una cometa más grande que todas
las que hubieran visto hasta entonces los enloquecía de entusiasmo.
Dos días después de la partida de
Doniphan y sus compañeros empezaron a construirla. Baxter propuso dar a la
armazón forma octogonal y dotarla de una consistencia capaz de soportar los
efectos del viento durante un tiempo bastante prolongado. Sobre la armazón
Briant hizo colocar una tela liviana impregnada de caucho para hacerla
impermeable. La cuerda sería una línea de dos mil pies, muy fuerte y bien
retorcida, capaz de soportar la tensión sin dificultades.
El aparato, una vez terminado,
sería sostenido por una de las cabrías del yate, firmemente adherida al suelo
de la terraza de Deportes.
El 15 por la tarde estaba listo
ya el Gigante de los Aires. Sin embargo, la misma tempestad que sorprendiera a
Doniphan y a sus amigos en la bahía impidió que fuera remontada.
El 17 de octubre por la tarde,
como el tiempo se presentara propicio, se dispusieron todos los elementos sobre
la terraza de Deportes y ya se iban a iniciar los preparativos cuando Phann
comenzó a ladrar de una manera extraña.
-¿Habrá visto algún animal, o lo
habrá olfateado?
-No creo. Ladraría de otra
manera...
Service y Jacques corrieron hacia
la gruta y regresaron armados con dos fusiles. Briant y
Gordon se les unieron, y
anduvieron unos cincuenta metros. Allí se detuvieron de repente.
El perro estaba delante de un
cuerpo humano.
Era una mujer, tendida en el
suelo, inmóvil como una muerta, cuyos vestidos -una falda de paño grueso, una
blusa sencilla y un pañuelo de lana atado a la cintura- se encontraban en buen
estado. Su constitución era robusta, pero en su, rostro se marcaban huellas de
sufrimiento. Parecía agotada, quizá por la fatiga o por el hambre, pero un
pequeño movimiento aleteaba en sus labios.
-¡Respira! -exclamó Gordon-. ¡Han
sido el hambre y la sed!
Jacques corrió hacia la caverna y
volvió con aguardiente y galletas, que le dieron a la mujer. Pocos segundos
después parecía reanimada y les daba las gracias calurosamente.
Ayudada por los muchachos llegó
hasta la caverna y pudo contar su historia. Había embarcado junto con la
familia Penfield, de quienes era ama de llaves, en el Severn, un barco hermoso
que aseguraba una travesía tranquila. Pero el buque había caído en manos
de nueve tripulantes, quienes
después de asesinar a su capitán y a los pasajeros se apoderaron de él. De la
revuelta consiguieron salvarse tan sólo un marinero llamado Forbes, que se unió
a los piratas, el timonel, Evans, que les resultaba indispensable para
maniobrar el barco, y ella.
Pero ocurrió que se produjo un
terrible incendio. Tuvieron que abandonar el barco precipitadamente y embarcar
en una chalupa, que fue a destrozarse contra los acantilados, encallando luego.
De los ocho hombres se salvaron seis: Walston, Brandt, Rock, Forbes, Pike y
Cope, y entre todos dominaron a Evans.
Kate, que había sido arrojada por
encima del buque, y a quien los bandidos creyeron en el fondo del mar estaba
dispuesta a huir. Esperó sin ser vista que todos se marcharan y después se
encaminó, sin saber que existía allí una colonia de niños, hacia el extremo
meridional del Lago de la Familia.
Así llegó, abatida por el
cansancio y el hambre, y se dejó caer en el lugar en que la encontraron.
Del relato de la mujer se
desprendían noticias de suma gravedad. La isla en la cual los jóvenes habían
vivido con absoluta tranquilidad estaba ahora ocupada por siete forajidos de la
peor especie. Si llegaban hasta la gruta del francés, ¿qué resistencia podrían
oponer ellos si no eran más que niños?
Mientras Briant escuchaba a Kate
un solo pensamiento bullía en su mente. ¡Qué tremendos peligros acechaban a
Doniphan, Wilcox, Webb y Cross! Bastaba un solo disparo que hicieran para
descubrir su presencia...
-Hay que ir en su busca –dijo-. Y
prevenirlos.
-Tienen que volver -aseguró
Gordon-. Ahora importa más que nunca que estemos juntos.
-Dices bien -continuó Briant-. Yo
iré a buscarlos. Me embarcaré con Moko y recorreremos el río del Este como
aquella vez. Estoy seguro de hallarlos pronto.
-¿Cuándo partiréis?
-Esta misma noche.
Hasta que la noche estuvo bien
entrada nadie se movió de la caverna. El barrilete ya no podría ser
remontado... Además, Briant consideró conveniente quitar los mástiles y señales
colocados sobre el acantilado.
Los muchachos aprovecharon la
espera del momento de la partida para narrar a Kate todas las circunstancias
por las que habían atravesado. La mujer dejó de pensar en sí misma para hacerlo
en los niños. Si tenían que seguir viviendo en la isla ella cuidaría de esos
chicos como una madre.
Cuando todo estuvo listo las
sombras de la noche cubrieron el lago, Briant y Moko embarcaron. La noche era
lo bastante oscura como para favorecer sus planes. Navegando con el auxilio de
la brújula estaban seguros de alcanzar la orilla opuesta. Cuando llegaron al
lugar en que habían desembarcado la primera vez, Briant vio una hoguera apagada
a medias. Pidió a Moko que permaneciera en la bitácora, desembarcó. Llevaba un
cuchillo y un revólver, que se proponía no usar sino en caso de extrema
necesidad. El disparo podía atraer la atención de los bandidos.
Escaló el ribazo y se deslizó por
debajo de los árboles. De repente se detuvo. A pocos pasos vio una sombra que
se arrastraba. Antes de que tuviera tiempo de hacer nada escuchó un grito de
espanto y un rugido. Era la voz de Doniphan que se debatía desesperadamente
derribado por un jaguar.
Wilcox había acudido y se
aprestaba a disparar cuando Briant gritó:
-¡No tires!
Y se precipitó con su cuchillo
sobre la fiera, mientras Doniphan se levantaba de un salto.
Con habilidad Briant le asestó
una fuerte cuchillada al animal, y éste se desplomó herido en el preciso
momento en que acudían Cross y Webb.
Pero Briant debió pagar por su
victoria. Un terrible zarpazo cruzaba su espalda.
-¿Cómo estás aquí? -preguntó
Wilcox.
-Ya te explicaré. Vamos ahora -
respondió el muchacho. -No sin que antes te haya dado las gracias -repuso
Doniphan-. ¡Me salvaste la vida!
-Tú lo hubieras hecho por, mí.
Pero ahora vamos. No hay tiempo que perder.
Sin embargo, fue necesario vendar
la herida que sangraba abundantemente. En tanto Wilcox se ocupaba de hacerlo,
Briant contó a sus camaradas todo lo que ocurría.
-¡Vales mucho más que yo! -
exclamó Doniphan en cuanto terminó.
-No. Pero tienes que prometerme
que volverán con nosotros.
-¡Claro que sí! Y nadie te
obedecerá tan rápidamente como yo. Mañana mismo nos iremos.
¡Ahora, ya! Moko nos espera en la
bitácora.
Los seis muchachos se ubicaron
apretadamente en la embarcación y la travesía se efectuó sin preocupaciones.
Gordon y los demás los acogieron con extraordinaria alegría. Si nuevos peligros
amenazaban a la Caverna del Francés, al menos podrían afrontarlos todos juntos.
CAPITULO XVIII
Los muchachos estaban de nuevo
juntos y ya nunca más se enturbiaría la armonía. Doniphan se mostraba ahora
bondadoso y obediente, y sus compañeros habían imitado su ejemplo. Kate se
desvivía por atender a los chicos.
La Caverna del Francés estaba
amenazada. Los colonos se vieron obligados a adoptar una serie de precauciones,
tales como no alejarse del río Zelanda y no aventurarse
Briant indagó si Doniphan y sus
compañeros no habían notado señales de la presencia de los marineros del Severn
después de haberlos visto en la playa.
-No -respondió el muchacho-, pero
hay que tener en cuenta que no seguimos el mismo camino para el regreso.
Walston debió dirigirse hacia el Este por la costa.
-Temo que llegue a la
desembocadura del río del Este y descubra los restos del campamento -dijo
Briant-. Quizá se le ocurra seguir investigando.
-Pero si creen que la isla está
ocupada tratarán de ocultarse.
-No, si se dan cuenta de que
somos niños. ¿Tú, Doniphan, disparaste alguna vez?
-No. Ayer a la noche, cuando
Wilcox iba a tirar sobre el jaguar, llegaste tú.
-Bien, en adelante no usaremos
las armas y nos limitaremos a vivir con las reservas.
Pero pasó el mes de octubre y
todavía no había sido notada la presencia de los malhechores. Kate aseguraba
que no podían haber reparado la chalupa, porque no poseían elementos, de modo
que había que pensar que estaban en la isla.
Los colonos reorganizaron su
vida. Renunciaron a la caza y se contentaron con lo que les suministraban las
trampas de los alrededores. Gracias a los cuidados de Service Garnett se habían
multiplicado generosamente los animales en el corral y eso también ayudaba. Por
otra parte estaban bien provistos de aceite y de elementos para la cocina. Les
faltaba sólo la leña, que tendrían que acarrear de los bosques.
Kate descubrió el árbol
"vaca" en los alrededores. Una especie que proporciona, después de
efectuada una incisión en su corteza, un jugo lechoso que tiene las propiedades
y el sabor de la leche, apto, además, para la fabricación de queso.
Pasados los primeros días de
noviembre, Briant, Baxter, Wilcox y Doniphan conversaban sobre la posibilidad
de cerciorarse de la presencia de los asesinos en la isla. Kate los disuadió y
pidió ir ella en su lugar, pero los chicos creyeron que no debía exponerse de
ese modo.
Así como Briant había estado
obsesionado por la idea de hacer notar su presencia en la isla, lo estaba ahora
por encontrar el medio de averiguar lo que pasaba en ella.
Un día se le ocurrió que si una
mujer había sido elevada -como había sucedido- sostenida por una cometa, bien
podía serlo un muchacho. Ellos tenían un aparato bastante fuerte, si le daban
mayores dimensiones y aumentaban su solidez podrían aprovechar la oscuridad de
la noche para elevarse a cierta altura. Así podrían descubrir el brillo de
alguna hoguera, si es que existía.
Cuando los mayores se hallaban
reunidos habló de su proyecto. Todos lo aprobaron calurosamente, aunque Gordon
temía que pudiera resultar peligroso.
Realizaron un primer ensayo y con
la ayuda de Kate en los trabajos de costura pudieron, tras algunos tanteos,
establecer cuáles serían las medidas y la forma necesaria.
Para evitar que la caída del
aparato pudiera resultar mortal convinieron en remontarlo sobre el lago.
Una vez lista, la cometa resultó
de forma octogonal, en un radio de quince pies. Con la armazón sólidamente
construida y la tela impermeable no resultaba difícil que fuera capaz de
soportar un peso de alrededor de cien libras.
La barquilla destinada al
pasajero era una canasta de mimbre lo bastante alta como para que cualquiera de
los muchachos pudiera ocultar su cuerpo hasta el pecho y ancha como para que
tuviera libertad de movimientos y pudiera abandonarla rápidamente, si se daba
el caso.
El trabajo llevó dos días
enteros. La situación no había cambiado en lo más mínimo y se decidió hacer un
ensayo colocando en la canasta una bolsa de tierra de un peso equivalente al de
los chicos mayores.
Todo salió tal como se había
esperado. Convinieron en que el que subiera a la canasta llevaría un hilo tan
largo como el de la cometa, con una bala atravesada. Cuando deseara bajar a
tierra le bastaría con dejar que la bala se deslizara y llegara, bajando por el
hilo, a manos de sus compañeros.
Todos estaban dispuestos a volver
a la caverna una vez que el aparato hubo descendido normalmente, pero Briant
propuso hacer la operación definitiva esa misma noche.
Después de pensarlo serenamente
Gordon, Doniphan y Baxter se mostraron de acuerdo.
Todo había marchado a
satisfacción. La noche era buena y el viento favorecía sus planes.
Inmediatamente se ofrecieron para
subir.
-¡Yo debo hacerlo! -los
interrumpió Jacques. Soy yo quien debe exponerse.
-¿Por qué tú y no otro? –preguntó
Doniphan.
-Simplemente porque debo hacerlo.
-¿Debes hacerlo? -intervino
Gordon mientras observaban las facciones demudadas de Briant.
-Respóndeles, Briant -pidió
Jacques.
-Sí, Briant. Jacques dice que él
debe sacrificarse. ¿No tenemos todos el mismo deber?
-¡No! -gritó Jacques - Tengo que
confesarles... Yo... Si todos estáis aquí, tan lejos de nuestros hogares, es
por mi culpa... Yo quise hacer una broma... Solté las amarras... Cuando el yate
comenzó a derivar, perdí la cabeza... Tuve tiempo de llamar... ¡Perdón!
¡Perdón!
Y el pobre niño sollozaba en
brazos de Kate, que procuraba darle consuelo.
-Bien, Jacques -dijo Briant-.
Confesaste tu culpa y ofreces la vida para reparar en lo que puedas el mal que
hiciste.
-¡No es justo! -repuso Doniphan.
Él ha expuesto ya su vida muchas veces por ayudarnos. Ahora comprendo, Briant,
por qué lo enviabas siempre al lugar de mayor peligro. Nosotros te perdonamos,
Jacques. No hay culpa que purgar.
Todos los chicos rodearon a
Jacques y trataron de consolarlo. Sabían ahora por qué el niño más travieso del
colegio se había mostrado taciturno y apartado. Y por qué se ofrecía siempre a
correr los mayores riesgos. En cuanto se calmaron sus sollozos pidió:
-¿Ves, Briant? Tengo que ir yo.
¡Abrázame!
-Voy a abrazarte bien fuerte...
Yo voy a ir...
-¿Tú? -preguntaron a la vez
Jacques, Doniphan y Service.
-Yo. Es lo mismo que la falta sea
purgada por Jacques que por su hermano. Además, estaba dispuesto a subir desde
que se me ocurrió la idea.
Los chicos protestaron reclamando
el derecho de subir, pero Briant se introdujo en la canasta y ordenó elevar el
aparato.
En pocos segundos, el Gigante de
los Aires desapareció entre la niebla. Subía lentamente y con seguridad. Diez
minutos más tarde había alcanzado ya la altura perseguida. Con toda su sangre
fría Briant tomó el catalejo y comenzó a observar minuciosamente la isla. El
lago, las selvas y el acantilado aparecían sumidos en la más profunda
oscuridad. El cielo estaba nebuloso hacia el oeste, el norte y el sur, pero
hacia el este pudo percibir una claridad bastante intensa.
Recordó la mancha blanquecina que
había visto durante la expedición a la bahía Decepción.
-Sí -se dijo-. Es la misma
dirección. ¿Habrá alguna tierra próxima a la isla hacia el este?
Fijó nuevamente su anteojo y
llegó a la conclusión de que se trataba de alguna montaña ígnea que se
encontraba más o menos treinta millas. Después percibió otra mancha que
brillaba entre los árboles, al oeste del lago. No cabía duda. Era el fuego de
un campamento. Los bandidos estaban cerca de la Roca del Oso.
Concluida con cierta decepción su
investigación consideró necesario descender. Se aseguró que el hilo señalado
estuviera bien tendido y dejó deslizar la bala.
En seguida la cuerda del Gigante
empezó a arrollarse en la cabría. Mientras se efectuaba el descenso, Briant
volvió a mirar hacía la erupción y después hacia el campamento.
Doniphan, Baxter, Service, Wilcox
y Webb se apresuraban a enrollar la cuerda en la cabría. El viento soplaba con
mayor fuerza, y aunque el aparato estaba a unos cien pies sobre el lago, podía
resultar peligroso. De repente se sintió una violenta sacudida, que dio con
tres chicos en el suelo. La cuerda acababa de romperse. El nombre de Briant fue
repetido entre gritos de terror. Sin embargo, el muchacho saltaba un momento
después ágilmente sobre la playa y los llamaba.
-¡Hermano! -gritó Jacques
corriendo a abrazarlo. -¡Walston está aquí! Dijo al verse rodeado por sus
compañeros.
En el momento en que se rompió la
cuerda el muchacho había sido arrastrado en una caída suave y oblicua, puesto
que el aparato había oficiado de paracaídas.
Cuando estaba a punto de
sumergirse en el lago, Briant salió de la canasta. Buen nadador como era no le
costó mucho alcanzar la orilla mientras la cometa, aligerada de su peso, era
arrastrada por el viento.
CAPITULO XIX
Al día siguiente, después de
haber pasado Moko la noche montando guardia frente a la caverna, los pequeños
colonos comenzaron a considerar seriamente la situación peligrosa por la que
atravesaban.
Las salidas se limitaron, a
partir de ese momento, a lo estrictamente indispensable. Baxter procuró ocultar
las dos entradas y la empalizada bajo una manta de malezas y hierbas. Reducirse
a precauciones tan minuciosas era muy triste teniendo por delante todas las
dificultades de la situación.
Para colmo de males, Costar cayó
enfermo. Gordon se vio obligado a recurrir a la farmacia del yate, aunque con
el temor de cometer alguna equivocación. Felizmente estaba allí Kate, quien lo
cuidó con verdadero desvelo.
Sólo Dios sabe qué hubiera
sucedido al pobre niño de no estar allí la buena mujer. Ella había centrado
todas sus preocupaciones en el cuidado de los más pequeños. La angustiaba
comprobar que la ropa blanca estaba demasiado gastada después de veinte meses
de uso interrumpido. ¿ Y qué decir de los zapatos? Por mucho que se esmeraran
en su cuidado estaban en un estado lastimoso. Por más que trataban de andar en
lo posible descalzos en las temporadas buenas.
Durante esos días de ocio pasaban
muchas horas encerrados. Baxter, el encargado de llevar el Diario de la
colonia, exprimía su cabeza sin hallar noticias de interés para anotar.
El 24 de noviembre, cerca de las
nueve de la mañana, Briant y Gordon se trasladaron más allá del río Zelanda
para ver si convenía establecer una especie de malecón con el fin de cerrar el
estrecho sendero que existía entre el lago y el pantano.
Se hallaban a unos trescientos
pasos del riacho cuando Briant colocó su pie sobre un objeto, que aplastó. Iba
a continuar adelante, pero Gordon, que caminabas detrás, lo detuvo:
-Un momento, Briant. Espera...
-¿Qué te ocurre?
Gordon se inclinó y levantó el
objeto aplastado.
-¡Mira! Es una pipa. Como
nosotros no fumamos es evidente que ha sido perdida por...
-Sí, por alguno de los bandidos
de Walston. Siempre y cuando no haya pertenecido al náufrago francés.
La revisaron y comprobaron por el
tabaco que aún tenía adherido se trataba de un objeto perdido recientemente.
Volvieron a la caverna y la enseñaron a Kate, quien aseguró haberla visto en
manos de Walston. No cabía ya duda de que los malhechores habían alcanzado
aquella parte del lago.
Tres días más tarde grandes
nubarrones empezaron a cernirse sobre la isla mientras los truenos anunciaban
la próxima tempestad. Briant y sus compañeros habían regresado antes de lo
acostumbrado y habían tomado la precaución de arrastrar la canoa adentro del
almacén.
Alrededor de las nueve y media la
tormenta estaba en todo su apogeo. De tanto en tanto Briant, Doniphan o Baxter
se levantaban, abrían un poco la puerta y regresaban después de echar un
vistazo al exterior, casi cegados por los relámpagos. A eso de la medianoche la
tempestad comenzó a calmarse. Briant dio las indicaciones últimas y todos se
disponían a acostarse cuando notaron que Phann se levantaba sobre sus patas
traseras y se dirigía hacia la puerta dejando oír continuos y sordos gruñidos.
-¿Habrá olfateado algo? -preguntó
Doniphan mientras trataba de calmarlo.
-Antes de acostarnos tenemos que
averiguar qué significa esto dijo Gordon.
-Bien -respondió Briant -. Pero
que nadie salga y que todos estén listos para la defensa.
Cada uno se armó con un fusil y
un revólver. Después Doniphan se encaminó hacia la puerta del hall y Moko hacia
la del almacén. Apoyaron sobre ellas el oído, pero no alcanzaron a escuchar
ningún ruido proveniente del exterior, a pesar de que Phann continuaba ladrando
sin obedecer a los esfuerzos que hacía Gordon por tranquilizarlo.
De repente sonó una detonación.
Su ruido no podía confundirse con el de un trueno. No cabía la menor duda. Se
trataba de un disparo efectuado a menos de doscientos pasos de la caverna.
Todos los chicos adoptaron al
instante una actitud de defensa. Doniphan, Baxter, Wilcox y Cross, armados con
fusiles y apostados cerca de las puertas, permanecían listos para disparar
sobre quien intentara abrirlas. Los demás amontonaban piedras para formar
barricadas. De pronto se oyó una voz afuera:
-¡Socorro! ¡Socorro!
Allí había un ser humano que
pedía ayuda. Quizá estuviera en peligro de muerte.
-¡Socorro! -repitió la voz, esta
vez a escasos pasos de la puerta.
Kate, que escuchaba junto a la
puerta, se limitó a decir:
-¡Sí! ¡Es él!
-¿Quién? -preguntó Briant.
-¡Abridle ya! – pidió la mujer.
Se abrió la puerta y un hombre
completamente empapado penetro en el hall.
Era Evans, el timonel del Severn.
Apenas hubo entrado se dio vuelta
y apoyó su oído en la puerta, que había cerrado de un golpe. Cuando se cercioró
de que nada se oía dio un paso hacia el centro del hall y miró a la luz del
farol al grupo infantil que lo rodeaba.
-¡Sí! ¡Niños! ... ¡Tan sólo
niños!
De pronto un destello de alegría
iluminó su mirada y sus brazos se abrieron:
-¡Kate! -exclamó-. ¡Kate, viva!
Y tomó sus manos como para
asegurarse de que en verdad era ella.
-¡Sí, Evans! Estoy tan viva como
tú. Dios me ha salvado como te ha salvado a ti para que acudieras en socorro de
estos niños.
El timonel recorría con su mirada
a los chicos.
-¡Quince! ¡Y apenas cinco o seis
lo suficientemente grandes como para defenderse! ¡No importa!
-¿Corremos peligro de que nos
ataquen, señor Evans? -preguntó Briant.
-No, hijo -respondió el hombre-.
Por lo menos no en este momento.
Los chicos estaban ansiosos por
escuchar al timonel. Sin embargo, convenía que el hombre se reconfortara con
algún alimento y cambiara sus ropas mojadas. Sin perder ni un segundo Briant lo
hizo pasar al almacén, Gordon le proporcionó un traje de marinero en buen
estado y Moko le colocó delante unos trozos de asado frío, pan y bastante té
caliente.
Un cuarto de hora después Evans
relataba lo ocurrido desde que los tripulantes del Severn llegaron a la isla.
-Momentos antes de que la chalupa
encallara, seis de los tripulantes y yo fuimos arrojados sobre las rocas, sin
sufrir heridas graves. Con dificultad debido a la resaca, a la oscuridad y a la
furia del mar, Walston, Brandt, Rock, Book, Cope y yo llegamos a un lugar que
resultaba inaccesible para las olas. Faltaban Forbes y Pike, que habían sido
depositados por las olas cerca de la canoa. En cuanto a Kate, no pensábamos ya
en volver a verla. Creímos que había sido arrastrada mar adentro.
Al día siguiente, y durante
varios días, volvimos al lugar donde se encontraba la chalupa procurando
carenarla. Como la única herramienta que poseíamos era un hacha no pudimos
repararla para posibilitar la navegación. Retiramos las provisiones, armas, municiones
y
otros elementos y nos dedicamos a
buscar un sitio donde acampar. Después de recorrer la costa a lo largo de unas
doce millas encontramos un pequeño río...
-¡Es el río del Este! -dijo
Service, explicándole a continuación cómo habían puesto nombres a las diversas
partes de la isla.
- Bien
-continuó Evans. Encontramos el río del Este. Allí en el fondo de una amplia
bahía...
-Bahía de la Decepción
-interrumpió Jenkins.
-En la bahía de la Decepción
-continuó el timonel sonriendo- hay entre las rocas un puerto...
-El puerto de la Roca del Oso
-dijo Costar.
-Bien. Digamos en la Roca del
Oso. Lo cierto es que consideramos indicado instalarnos allí y llevar la
chalupa para que no se hiciera pedazos en la playa apenas se desencadenara la
primera tormenta. Después buscaríamos la manera de repararla.
-¿Entonces la chalupa está ahora
en el Puerto de la Roca? -preguntó Briant.
-Sí. Y creo que no resultaría
difícil repararla si se poseen las herramientas necesarias.
-¡Nosotros las tenemos! -repuso
vivamente Doniphan.
-Eso fue lo que supuso Walston
cuando se enteró de que la isla estaba habitada por niños.
-¿Cómo lo supo? -preguntó Gordon.
-Hace ocho días -Walston, sus
compañeros y yo - nunca dejaban de vigilarme- efectuamos un reconocimiento en
el bosque. Después de tres o cuatro horas de marcha nos encontramos en las
márgenes de un gran fado. Imaginad la sorpresa que nos produjo encontrar un
singular aparato caído en la ribera. Era una armazón hecha con cañas y cubierta
con tela.
-¡Nuestra cometa! -exclamo
Doniphan.
-Sí, la cometa que cayó al lago y
que seguramente el viento empujó hasta allí.
-¿Era una cometa? No lo
adivinamos, pero el aparato nos intrigó mucho... Fuera lo que fuese había sido
construido en la isla. Eso era señal de que estaba habitada. ¿Quiénes serían?
-Aunque importaba averiguarlo, decidí en ese mismo momento que me escaparía. De
ningún modo los habitantes de la isla, aunque se tratara de salvajes, podían
ser peores que los asesinos del Severn. Sin embargo, desde ese momento, me
vigilaron aún más estrechamente.
-¿Cómo descubrieron la caverna?
-A eso iba. Walston no cejó en su
empeño de averiguar quienes habitaban la isla. Si eran indígenas quizá pudiera
llegar a entenderse con ellos. Sí, por el contrario, eran náufragos... cabía la
posibilidad de que tuvieran las herramientas que le hacían falta.
Comenzó la búsqueda, aunque con
muchas precauciones. Avanzamos poco a poco, explorando los bosques de la orilla
derecha del lago, para aproximarnos al extremo sur, sin descubrir ni un solo
ser humano. No se oía ni una detonación.
-Eso era porque no nos alejábamos
de la caverna y habíamos suspendido los disparos.
-En la noche del 23 al 24, uno de
los compañeros de Walston alcanzó a ver la caverna. La mala suerte hizo que
viera una luz que se filtraba al abrirse la puerta. Al día siguiente Walston
llegó hasta aquí y permaneció oculto bastante tiempo entre las hierbas altas, a
pocos metros del río...
-Lo sabíamos -dijo Briant.
-¿Cómo?
-Porque en ese lugar Gordon y yo
encontramos una pipa, que Kate reconoció como perteneciente a Walston.
-¡Es cierto Walston la perdió ese
día, lo que pareció molestarle bastante. Sin embargo, había logrado descubrir
que se trataba de una colonia de niños, porque vio ir y volver a varios. En
seguida comunicó la noticia a sus compañeros. No era más que un grupo de
muchachos que podía ser dominado con facilidad por siete hombres. Yo lo
sorprendí conversando con Brandt y por eso me enteré de lo que tramaban.
-¡Monstruos! -exclamó Kate-. No
sentir compasión por estos niños...
-Tampoco la tuvieron con el
capitán y los pasajeros del Severn. Tienes razón, Kate. ¡Son unos monstruos!
-Finalmente ha podido huir.
¡Gracias a Dios!
-Sí. Hace unas horas pude
aprovechar la ausencia de Walston y los demás. Había quedado bajo la custodia
de Forbes y de Rock. Eran cerca de las diez de la mañana y me lancé a correr
por el bosque... Cuando lo advirtieron Forbes y Rock me persiguieron con sus
fusiles. Yo no tenía más que la velocidad de mis piernas y mi cuchillo marino.
La carrera duró todo el día. Varias veces las balas pasaron silbando sobre mi
cabeza. ¡Dios mío! Recorrí quince millas en un solo día. Estaba a punto de
llegar a la orilla izquierda del riacho cuando un relámpago iluminó el espacio
y al instante sonó un disparo...
-¿Ése que oímos nosotros?
-El mismo. Una bala me rozó el
hombro. Di un salto y me arrojé al río. En pocas brazadas, nadé sumergido, lo
crucé, mientras Rock y Forbes conversaban en la otra orilla seguros de que me
habían alcanzado y me habían mandado al fondo. Poco después salí de la maleza,
donde me había ocultado, y corrí hacia el ángulo del acantilado. Oí unos
ladridos, llamé y aquí estoy. Ahora todos nosotros tenemos que hacer lo posible
por acabar con esos miserables.
Pronunció con tanta energía estas
palabras que los muchachos se pusieron bruscamente de pie, como si fueran a
seguirlo.
En seguida volvieron a tomar
ubicación y refirieron a Evans todo lo que había ocurrido desde el día en que
llegaron a la isla Chairman.
-¿Desde entonces no ha pasado
frente a la isla ningún barco?
-Nosotros no hemos visto ninguno
-repuso Briant.
-¿Pusieron alguna señal?
-Alzamos un mástil en la parte
más alta del acantilado.
-¿No ha sido visto?
-No -respondió Doniphan-. Pero
hace seis semanas lo sacamos para no atraer la atención de Walston.
-¡Bien pensado, muchachos! Pero
ahora él ya sabe todo. Hay que estar prevenidos.
-¿Por qué -preguntó Gordon-
tendremos que tratar con semejantes canallas? Si hubiera llegado gente buena la
hubiéramos ayudado de todo corazón. Ahora nos espera una lucha cruel con quién
sabe qué resultados.
-Dios los ha ayudado hasta ahora,
hijos míos -dijo Kate. Ahora ha llegado Evans...
-¡Evans! -gritaron los chicos-.
¡Hurra por Evans!
-Contad conmigo, hijos. Yo cuento
ahora con vosotros. Nos defenderemos bien, juntos.
-¿No podríamos evitar la lucha?
¿No aceptaría Walston irse de la isla si le ofreciéramos...? - preguntó Gordon.
-¿Qué quieres ofrecerle, Gordon?
-Las herramientas que necesitan
para que puedan arreglar su embarcación y se marchen.
Evans escuchó las palabras de
Gordon con mucha seriedad. El muchacho debía de ser el más sereno de todos. Su
proposición revelaba un gran sentido práctico.
-Tiene usted razón, señor Gordon
-respondió Evans-. Cualquier medio sería bueno, con tal de librarnos de ellos.
Pero no creo que sea posible fiarse de Walston. Una vez que entremos en tratos
con él aprovechará la ocasión para quitarnos todo. Entenderse con esos malvados
equivaldría a entregarse a sus manos.
-¡No! -exclamaron los muchachos a
coro-. ¡No nos entregaremos!
-¡No! –replicó Briant. Nosotros
no tendremos ningún negocio con esos bandidos.
-Por otra parte, no necesitan
sólo herramientas -añadió Evans. Pedirán municiones, exigirán víveres...
¿Estarían dispuestos a dárselos?
-¡Claro que no! -repuso Gordon.
-Intentarían tomarlos por la
fuerza. Lo único que ganaríamos sería aplazar el combate.
Tendríamos que librarlo de todos
modos y en condiciones menos propicias.
-Eso es verdad -concluyó Briant-.
Lo mejor será mantenernos alertas y esperar.
-Ha decidido usted bien -dijo
Evans--. Además, hay que tener en cuenta que un motivo muy poderoso nos impulsa
a esa espera.
-¿Cuál es?
-Presten ustedes atención.
Walston no puede salir de esta isla sino con la chalupa. Ahora bien, esa
chalupa es perfectamente reparable. Si Walston no la ha puesto en condiciones
de navegar ha sido por no tener herramientas. Si las tuviera ya se habría marchado.
-¡Ojalá lo hubiera hecho! -
exclamó Service.
-¡No! Si se hubiera ido, ¿de qué
modo saldríamos de aquí sin la chalupa?
-¿Cómo, señor Evans? ¿Con esa
embarcación piensa usted salir de la isla?
-¡Ya lo creo, señor Gordon!
-¿Atravesaría el Pacífico con
ella?
-No. Simplemente la usaría para
llegar a un punto cercano, en el que aguardaríamos la ocasión de llegar a
Auckland.
-¿Esa embarcación soportaría una
travesía tan larga?
-¿Llama usted larga a una
travesía de treinta millas?
-¿Treinta millas? -preguntó
Doniphan-. ¿No rodea la isla el océano?
-Sólo al oeste. Al sur, al norte
y al este hay canales que se pueden atravesar fácilmente en sesenta horas.
-¿No nos equivocábamos entonces
al suponer que hay tierra firma cerca?
-Por supuesto que no. ¿Dónde
creen que están? -preguntó el timonel.
-En una isla aislada del
Pacífico.
-En una isla, sí. Pero no
aislada. Pertenece a uno de los archipiélagos situados en la costa de América
del Sur. Y ya me informaron de los nombres de los ríos, cabos y bahías, pero
todavía no sé cuál es el de la isla. ¿Cómo la han llamado?
-Isla Chairman. Es el nombre de
nuestro pensionado- respondió Doniphan.
-Desde hoy en adelante esta isla
tendrá dos nombres. Con anterioridad se llamaba isla de Hannover.
Dieron por terminada la
conversación y prepararon en el hall una cama para Evans. Los pequeños colonos
se sentían impresionados por dos noticias: una que los esperaba la posibilidad
de una terrible lucha; la otra, que existía la manera de regresar a sus hogares.
CAPITULO XX
Evans había dejado para el día
próximo la explicación. Esa noche se limitó a señalar en un
Atlas la ubicación de la isla de
Hannover y después todos se fueron a acostar, mientras
Gordon y Moko montaban guardia.
La noche transcurrió sin ningún
acontecimiento que turbara la calma. Llegada la mañana del 23 de noviembre
Evans hacía ver en un mapa un canal de trescientas ochenta millas de longitud.
Era el Estrecho de Magallanes.
-Fíjense ahora en esta isla
situada más allá del estrecho y separada por simples canales de las islas
Cambridge, Madre de Dios y Chatam. Es la isla de Hannover, a la cual han dado
el nombre de Chairman y en la que han vivido durante veinte meses.
-¿Estamos separados de Chile
solamente por canales? -preguntó Gordon.
-Sí, hijos respondió Evans. Pero
hay que tener en cuenta que entre la isla de Hannover y el continente americano
hay otras islas tan vacías como éstas. ¡Quiera Dios que podamos irnos juntos de
aquí
-En el caso de que pudiéramos
apoderarnos de la chalupa y repararla, ¿hacia dónde la guiaría usted, timonel
Evans? -preguntó Gordon.
-No me dirigiría hacia el norte
ni hacia el este. Preferiría realizar el camino por mar. Con una buena brisa la
chalupa podría conducirnos a algún puerto chileno. Sin embargo, el mar es muy
bravío sobre las costas; en cambio, en los canales del archipiélago la marcha
resultará más fácil
-¿Podríamos encontrar allí los
medios necesarios repatriarnos? -preguntó Briant.
-No lo dudo. Basta con mirar el
mapa. ¿Adónde se llega por el canal Smith después de haber atravesado los pasos
del Archipiélago de la Reina Adelaida? Al Estrecho de Magallanes. Bien, casi en
la entrada del estrecho está situado el puerto de Tamar, perteneciente a tierra
de la Desolación. Allí estaremos ya en la ruta que nos debe conducir patria.
Pero, desgraciadamente, la
partida no podía efectuarse sino mediante el empleo de la fuerza. Tomando la
ofensiva o esperando el momento de defenderse. ¡No había o que hacer mientras
no terminaran con los tripulantes Severn!
Evans inspiraba a los muchachos
una enorme confianza. Era como un enviado del cielo.
En los momentos de angustia
había, por fin, un hombre entre tantos chicos.
La primera cosa de que se ocupó
Evans fue de la verificación de los recursos con que contaban para resistir.
El almacén y el hall estaban
adecuados a sus propósitos de defensa. El timonel aprobó la medida tomada por
Briant de amontonar todas las piedras necesarias para formar barricadas tras
las puertas, dado que los pequeños defensores se harían más fuertes si actuaban
desde adentro. No podía dejar de pensar en que seis muchachos de trece a quince
años debían de luchar contra siete hombres, y, añadidura, sujetos de la peor
calaña.
-¿Son muy temibles esos hombres,
timonel Evans? -preguntó Gordon.
-Sí, hijo mío. Son unos terribles
bandidos.
- ¡Menos
uno de ellos! --dijo Kate-. A mi modo de ver Forbes no está del todo perdido.
Él me salvó la vida.
--¿Forbes, dices? ¡Por mil
diablos! Sea por malos consejos o por miedo a sus compañeros ha tomado parte en
todos los crímenes del Severn. ¡Si le salvó la vida fue porque se dio cuenta
que esos bandidos aún la necesitaban!
En tanto, pasaron algunos días.
Evans se mostraba sorprendido porque no se advertía ninguna señal extraña. Como
tenía conocimiento de los propósitos de Walston se preguntaba por qué dejaba
transcurrir el tiempo sin dar muestras de su presencia.
Comenzó a pensar que el bandido
se proponía usar la astucia y no la fuerza para apoderarse de la caverna.
Reuniendo a Briant, Gordon, Doniphan y Baxter le comunicó su temor.
La mañana siguiente transcurrió
sin que hubiera ninguna novedad. Por la tarde, un rato antes de que el sol se
ocultara, hubo cierta agitación entre los habitantes de la caverna. Webb y
Cross, que permanecían apostados sobre el acantilado, bajaron apresuradamente y
anunciaron que dos hombres se aproximaban por la ribera meridional del lago, al
otro lado, del río Zelanda.
Kate y Evans entraron
inmediatamente en la caverna para evitar ser reconocidos y mirando a través de
una ventanilla identificaron a los que se acercaban: eran Rock y Forbes.
-Es seguro que intentan
presentarse aquí como náufragos -dijo Evans.
-¿Que vamos a hacer? -preguntó
Briant.
-Recibirlos bien -respondió
Evans.
-¿Recibir bien a esos miserables?
¡No! ¡Yo no podría hacerlo! -contestó el muchacho.
-Lo haré yo -se ofreció Gordon.
-Muy bien, señor Gordon. Tenga en
cuenta que no deben sospechar de nuestra presencia.
Evans y su compañera se ocultaron
en el pasillo y cerraron la puerta. Instantes después Gordon, Doniphan, Briant
y Baxter acudieron a la orilla del río Zelanda. Al verlo los hombres
demostraron gran sorpresa. Gordon respondió con idéntica extrañeza.
Cuando estuvieron cerca, el
muchacho notó que fingían gran cansancio. Sin esperar más preguntó:
-¿Con quiénes hablamos?
-Con unos pobres náufragos que
han llegado a esta isla en la chalupa del Severn.
-¿Son ingleses?
-No. Americanos.
-¿Y sus compañeros?
-Han perecido todos. Somos los
únicos sobrevivientes, y estamos al borde del agotamiento. ¿Quiénes son
ustedes?
-Los colonos de la isla Chairman.
-Rogamos a los colonos que tengan
piedad de nosotros y nos presten ayuda. Estamos sin recursos.
-Los náufragos siempre tienen
derecho a la asistencia de sus semejantes. ¡Bien venidos!
A una señal de Gordon, Moko saltó
a la canoa y con escasos golpes de remo cruzó a los marineros.
Si bien es cierto que Walston no
tenía mucho para elegir, el aspecto de Rock no hubiera engañado ni siquiera a
los niños. Por más que tratara de simular se veía a la legua que no se trataba
de un hombre honrado. Forbes, en cambio, presentaba mejor aspecto.
Ambos representaron con bastante
habilidad el papel de náufragos, aunque cada vez que se les formulaba alguna
pregunta evitaban responderla fingiéndose necesitados de descanso. Después de
algunos rodeos pidieron que se les permitiera pasar la noche en la caverna.
Una vez conducidos al interior,
no pudieron evitar que se descubrieran las miradas investigadoras que paseaban
sobre los objetos. Parecía sorprenderlos mucho la cantidad de material
defensivo acumulado allí y, más que nada, el cañoncito colocado a la entrada.
Los jóvenes colonos no tuvieron
que fingir demasiado tiempo. Los supuestos náufragos hablaron en seguida de su
necesidad de descanso y prometieron relatar sus aventuras al día siguiente.
-Con un poco de hierba nos
arreglaremos -dijo Rock-. No los molestaremos a ustedes. Si hubiera otra
habitación...
-Hay -respondió Gordon-. Es la
que nos sirve de cocina, y en ella pueden instalarse.
Los dos hombres entraron en el
almacén y de un vistazo observaron el interior, comprobando que la puerta se
abría hacia el río.
¡En realidad no era posible
recibirlos mejor! Los dos tránsfugas estarían quizá pensando en que les
resultaría más fácil reducir a los niños.
Después de saludar, Rock y Forbes
se tendieron en el almacén. Si bien ése era también el dormitorio de Moko, la
presencia del negrito no los preocupó demasiado. A la hora convenida con
anterioridad se limitarían a abrir la puerta del almacén. Walston, que esperaba
en la ribera con los otros cuatro, se apoderaría en contados segundos de la
caverna.
A las nueve los dos bandidos
parecían dormir. Moko entró en el almacén y se echó en su cama, listo para dar
la voz de alarma.
Briant y los demás chicos
permanecieron en el hall. En cuanto cerraron la puerta se les reunieron Kate y
Evans. Todo se había desarrollado de acuerdo con las previsiones del maestre,
que no haría dudado nunca de la presencia de Walston en los alrededores.
-¡Mantengámonos alerta! -dijo el
timonel.
Sin embargo, pasaron dos horas
sin novedad. Moko ya empezaba a preguntarse si los bandidos no habrían aplazado
sus planes cuando oyó un ligero ruido. A la luz del farol observó que Forbes y
Rock salían del rincón en que se habían tendido y se arrastraban hasta la
salida.
La puerta se encontraba trabada
por una barricada. Los hombres comenzaron a quitar lentamente las piedras,
apoyándolas contra la pared de la derecha. En contados minutos la salida quedó
expedita. Rock se hallaba a punto de quitar la barra que sostenía la puerta
cuando una mano lo sujetó por el hombro. Se volvió y reconoció al timonel, cuyo
rostro aparecía iluminado por el farol.
-¡Evans! ¡Evans aquí...!
-¡Adelante muchachos!-rugió el
timonel.
Briant y sus compañeros entraron
violentamente en el almacén. Entre cuatro tomaron a Forbes y lo redujeron a la
impotencia.
Rock, al ver cómo se desarrollaba
la situación, dio una ligera puñalada, que hirió a Evans en el brazo izquierdo,
y se lanzó afuera por la puerta abierta. No había caminado mucho cuando sonó un
disparo. Era Evans que acababa de hacer fuego sobre él. Sin embargo, la bala no
había alcanzado al fugitivo, porque éste no había proferido grito alguno.
-¡Diablos! ¡Fallé! Pero a este
otro... Siempre será uno menos.
Y con un cuchillo en la mano
levantó su brazo sobre Forbes.
-¡Piedad! ¡Piedad! –gritó el
miserable, mientras los muchachos lo retenían contra el suelo.
-Sí, Evans – pidió Kate,
colocándose delante de él- Perdónelo. Él me salvó la vida.
-¡Está bien! -dijo Evans. Lo
perdono, al menos por ahora.
Y Forbes, fuertemente atado, fue
encerrado en uno de los depósitos del pasillo. Después cerraron la puerta y
permanecieron en guardia hasta el día siguiente.
CAPITULO XXI
Por cansadora que hubiera podido
resultar la noche de guardia a nadie se le ocurrió tomarse al día siguiente ni
un minuto de descanso.
Desde que aclaró, Evans, Briant,
Doniphan y Gordon salieron del hall y permanecieron a la expectativa. Los
rastros indicaban que durante la noche Walston y sus compañeros habían seguido
el camino del río.
En la arena no quedaba ninguna
mancha de sangre, hecho que probaba que el disparo de Evans no había dado en el
blanco.
La situación continuaba siendo
alarmante. Preguntaron a Forbes dónde se encontraba Walston, pero el marinero
no quiso o no supo decirlo. El timonel pensó entonces en intentar un
reconocimiento del Bosque de las Trampas, aunque el proyecto podía parecer arriesgado.
A eso de las dos de la tarde se
organizó una columna bajo la dirección de Evans. Baxter, Jacques, Moko, Kate y
los pequeños permanecieron en la caverna, cuyas puertas quedaron bien cerradas,
pero no apuntaladas. Previendo un regreso de los expedicionarios, y el resto
comenzó a avanzar bordeando la base de la colina de Auckland.
Evans marchaba al frente. Cuando
el montículo que cubría los restos de Baudion quedó atrás le pareció mejor
cortar oblicuamente para aproximarse a la orilla del lago. Phann, al que Gordon
procuraba en vano retener, se puso en actitud de acecho. Olfateando el suelo
como si hubiera descubierto algo.
-¡Atención! -dijo Briant.
-Sí -respondió Gordon -. Vean la
actitud de Phann. No se trata de un animal.
-¡Deslicémonos por la hierba!
-ordenó Evans-. ¡Y usted, señor Doniphan, no mezquine balas si alguno de esos
bribones se le pone a tiro!
Al rato estaban todos cerca de
los primeros grupos de árboles. Allí, sobre el límite mismo del bosque, se
veían los restos de un campamento.
-Con toda seguridad han pasado
aquí la noche -observó Gordon.
-Quizá estaba aquí hasta hace
poco -dijo Evans -. Será mejor que regresemos al acantilado.
No había acabado de pronunciar
estas palabras cuando se oyó un disparo a su derecha. La bala rozó la cabeza de
Briant y se incrustó en el árbol en que se apoyaba.
Casi al mismo tiempo sonó otro
disparo acompañado de un quejido. Un hombre cayó a unos cincuenta pasos de
distancia. Doniphan había tirado hacia el humo producido por el primer
estampido.
El perro corrió hacia el hombre
caído, y Doniphan, sin darse cuenta de lo que hacía, se precipitó tras él.
-¡No lo dejemos solo! -gritó
Evans.
Un momento después estaban todos
junto a Doniphan, formando coro alrededor del cuerpo tendido sobre la hierba.
-¡Es Pike! -reconoció Evans-.
¡Está muerto!
-Los demás deben de andar cerca
-advirtió Baxter.
-Es verdad, hijos míos -ordenó
Evans-. ¡De rodillas todos!
Una tercera detonación
proveniente de la izquierda rozó la frente de Service.
-¿Estás herido? -preguntó Gordon
acercándose a él.
-No es nada, Gordon; sólo un
rasguño.
En ese momento era importante
conservarse unidos. Muerto Pike, quedaban aún junto a Walston cuatro hombres.
Evans y los muchachos se acurrucaron bien juntos, listos para la defensa.
-¿Dónde está Briant? -preguntó de
repente Garnett.
-No lo veo -respondió Wilcox.
Briant había desaparecido. Como
los ladridos del perro se hacían oír de una forma particular empezaron a temer
que el francesito estuviera peleando con algunos de los de la banda.
Imprudentemente los chicos se
lanzaron en busca de Briant sin que el timonel pudiera contenerlos. Uno de los
chicos gritó:
-¡Cuidado, timonel!
Evans inclinó instintivamente la
cabeza en el preciso momento en que la bala pasaba a unos centímetros sobre él.
Luego se enderezó bruscamente y
alcanzó a ver a uno de los compañeros de Walston que huía a través del bosque.
Era Rock, el mismo que el día anterior se le había escapado.
Hizo fuego y el hombre
desapareció. ¿Habría errado otra vez?
En seguida volvieron a oírse los
ladridos del perro. Instantes después la voz de Doniphan:
-¡Animo, Briant! Mantente firme.
Se lanzaron rápidamente en esa
dirección y vieron a Briant luchando con Cope.
El canalla había conseguido
derribar al muchacho y se disponía a clavarle su cuchillo cuando Doniphan,
llegado a tiempo para desviar la dirección de su mano, se lanzó hacia él antes
de sacar el revólver.
La cuchillada alcanzó entonces a
Doniphan en pleno pecho, que cayó al suelo.
Cope, viendo que Evans, Garnett Y
Webb intentaban cortarle la retirada, huyó. Mientras se escurría por entre el
ramaje varios disparos sonaron. Sin embargo, ni el mismo Phann consiguió darle
alcance.
Briant corrió hacia Doniphan
apenas se sintió libre y procuró reanimarlo.
Los demás se les reunieron. El
herido tenía los ojos cerrados y el rostro del color de la cera. Su pecho
aparecía cruzado por un tajo al parecer mortal.
Evans desgarró la camisa manchada
en sangre sobre el cuerpo del muchacho y miró. La herida tenía forma triangular
y se encontraba a la altura de la cuarta costilla izquierda.
Llevémoslo a la caverna –ordenó-.
Allí podremos ayudarlo.
Service y Wilcox construyeron una
especie de parihuela, con ramas y hojas, y en ella colocaron al herido. Estaban
a unos ochocientos o novecientos pasos de la misma cuando oyeron gritos cerca
del río Zelanda. Phann corrió en seguida en esa dirección. Era evidente que
habían atacado la caverna.
Más tarde supieron qué había
ocurrido.
Mientras Rock, Pike y Cope
entretenían a la tropa bajo los árboles del bosque, Walston, Brandt y Book
treparon al acantilado, recorrían la meseta superior y descendían
precipitadamente cerca de la entrada de la caverna. Una vez allí consiguieron
forzar la puerta y entrar.
¿Estaría Evans a tiempo de evitar
la catástrofe?
El timonel se decidió en seguida.
Mientras Cross, Web y Garnett se quedaban junto a Doniphan, él, con Briant,
Gordon, Service y Wilcox avanzó sobre la caverna. Al divisar la terraza de
Deportes quedaron inmóviles. Walston salía llevándose a rastras a un niño, a
pesar de que Kate se arrojaba sobre él intentando quitárselo de las manos. Era
Jacques.
Al instante vieron también salir
a Brandt llevándose a Costar. Baxter, lo mismo que Kate, trató de salvar a su
compañero, pero fue inútil. Un violento empujón lo precipitó hacia el suelo.
Los otros chicos no se veían.
¿Habrían muerto dentro de la caverna?
Walston y Brandt ya ganaban la
orilla del río. ¿Lo cruzarían a nado? No. Book se hallaba esperándolos allí con
la canoa, que había sacado del almacén. Habría que cortarles la retirada o
conseguirían llegar hasta la Roca del Oso llevándose a Jacques y a Costar como
rehenes.
Evans, Briant, Gordon, Cross y
Wilcox corrieron hasta quedar sin aliento para impedir que los niños fueran
llevados al otro lado del río. Era imposible disparar. A la distancia que se
hallaban correrían el riesgo de herir a los pequeños.
Sin embargo, Phann estaba allí,
acababa de saltar sobre Brandt y lo asía por la garganta. El bandido, para
poder zafarse, se vio obligado a soltar a Costar, mientras Walston corría hacia
la bitácora.
De pronto un hombre salió de la
caverna. Era Forbes.
¿Se uniría a sus antiguos
compañeros? Walston le gritó:
-¡Ven, Forbes, ven!
Evans estaba a punto de hacer
fuego, pero Forbes se arrojó sobre el jefe de los bandidos, quien dejó en
libertad a Jacques y sacó su cuchillo. El marinero no atinó a defenderse. La
primera cuchillada lo dejó tendido.
Todo se desarrolló tan
rápidamente que Evans, Briant, Gordon, Service y Wilcox no alcanzaron a
aproximarse.
Walston miró a Forbes tendido a
sus pies y quiso apoderarse nuevamente de Jacques para llevarlo a la canoa en
que Book lo esperaba con Brandt, libre ya del perro.
Sin embargo, no tuvo tiempo de
hacerlo. Jacques sacó el revólver y le disparó en pleno pecho. Herido de
gravedad, el jefe de la banda pudo apenas arrastrarse al lugar en que lo
esperaban sus compañeros, quienes lo empujaron hacia la embarcación.
En ese momento se oyó una fuerte
detonación y una lluvia de metralla cayó sobre el río. El grumete acababa de
disparar el cañoncito.
Excepción hecha de los dos
bandidos que habían desaparecido en el bosque, la isla se veía libre de los
asesinos del Severn. ¡Walston, Book y Brandt fueron arrastrados hacia el mar
por la correntada del Zelanda!
CAPITULO XII
Una nueva era empezaba en aquel
momento para los colonos de la isla Chairman. Después de la excitación
producida por la lucha se operó en ellos una reacción muy natural. Se sintieron
anonadados. El peligro pasado les parecía aún más grande de lo que había sido.
De más está decir que Briant,
después del cañonazo disparado por Moko, se apresuró a regresar al lugar en que
sus compañeros cuidaban del herido.
A pocos minutos Doniphan había
sido trasladado al hall de la caverna sin que hubiera recobrado el
conocimiento. Forbes, por otra parte, fue colocado en la litera del almacén.
Durante la noche íntegra Kate, el timonel y los muchachos mayores velaron a los
dos heridos.
Era evidente que Doniphan estaba
grave. Pero como su respiración era bastante regular cabía esperar que la
puñalada no hubiera interesado el pulmón. Para curar la lastimadura Kate
utilizó unas hojas que obtuvo de unos arbustos que crecían cerca del río Zelanda.
Eran hojas de helenio, eficaces para evitar la supuración interna.
En cambio, por Forbes, herido
gravemente en el vientre, era muy poco lo que se podía hacer. Él sabía que la
cuchillada era de muerte y cuando recuperó el sentido y vio a Kate prodigándole
sus cuidados, susurró:
-¡Gracias, bondadosa Kate! Pero
es inútil.
Y las lágrimas se deslizaban por
sus mejillas. ¿Había removido el arrepentimiento el fondo de bondad que quedaba
en su corazón? Al parecer, sí. Por seguir los malos ejemplos había participado
en la matanza del Severn, pero no había sido capaz de participar en la matanza
de los pequeños colonos. Por eso había ofrecido su vida para defenderlos.
-¡Espera, Forbes!-pidió Kate-.
Has expiado tus crímenes... Vivirás.
Pero el infeliz había de morir.
Pese a los esfuerzos desplegados en asistirlo su estado se agravó cada vez más.
Durante los intervalos de descanso que le dejaba el dolor volvía sus ojos hacia
Kate ..., hacia Evans. Había derramado sangre, pero ahora era la suya propia la
que corría para lavar sus culpas.
Hacia las cuatro de la mañana la
vida de Forbes se extinguió. Murió arrepentido, llevándose el perdón de los
hombres y el de Dios, que le evitó una larga agonía. Casi sin sentir el
sufrimiento exhaló su último suspiro.
Al día siguiente fue enterrado
muy cerca de la tumba del náufrago francés. Dos cruces señalaron la ubicación
de las fosas.
Pero, aún había una preocupación
para Evans y los jóvenes colonos; la presencia en la isla de Rock y de Cope.
El timonel decidió que convenía
acabar con ellos. Con Gordon, Briant, Baxter y Wilcox partió ese mismo día.
Llevaban también a Phann, pues contaban en su instinto para descubrir la pista
de los bandidos.
La búsqueda no resultó larga ni
difícil. Tampoco entrañó ningún peligro. Siguiendo el rastro de sangre hallaron
a Cope muerto entre unas matas. Había sido alcanzado por una bala. Encontraron
también el cadáver de Pike, muerto en los comienzos de la lucha. En cuanto a
Rock, que había desaparecido tan rápidamente como si se lo hubiera tragado la
tierra, Evans reveló prontamente el misterio. El canalla había hundido en una
de las cavidades hechas por Wilcox, al recibir el disparo. Los tres cadáveres
fueron enterrados en esa misma fosa convertida en tumba.
El timonel y sus compañeros
regresaron luego a la caverna con la buena noticia de que no había nada que
temer.
Si Doniphan no se hubiera hallado
herido, la alegría hubiera sido completa. Los pequeños corazones comenzaban a
abrirse a la esperanza.
Al día siguiente se reunieron y
hablaron sobre los proyectos que requerían una inmediata realización. Lo más
urgente era tomar posesión de la chalupa del Severn. Era menester llegar hasta
la Roca del Oso y permanecer allí el tiempo necesario para que la nave fuera
reparada.
Se convino, pues, que Evans,
Briant y Baxter se trasladarían por la ruta del lago y del río del Este.
La canoa que Walston había
llevado fue encontrada en un remolino del río. No había sufrido averías con el
disparo del cañón, porque la metralla le había pasado por encima. Embarcaron en
ella las herramientas, provisiones, armas y proyectiles y zarparon.
Atravesaron el lago en escaso
tiempo. A las once y media Briant mostró a Evans la caletita por donde se
volcaban las aguas del lago en el río del Este. Posteriormente la canoa ayudada
por el reflujo, bajó por entre las dos orillas.
Bastante cerca de la
desembocadura, la chalupa aparecía tumbada en seco sobre la arena de la playa.
Después de realizar en ella un
minucioso examen Evans anunció:
-Hijos míos, tenemos las
herramientas necesarias para hacer aquí la reparación, pero carecemos de tablas
y costillas. Como en la caverna están las del casco del Sloughi convendría
llevar la embarcación hasta el río Zelanda.
-¿Puede hacerse, timonel Evans?
Estoy seguro de que sí. Si la
chalupa pasó de la playa del Severn hasta la Roca del Oso, ¿por qué no iría
hasta el río Zelanda? En la caverna haríamos el trabajo con tranquilidad y
después partiríamos en busca de la bahía Sloughi. ¡De allí al océano!
Al día siguiente, al amanecer,
colocaron la chalupa a remolque de la canoa y partieron con la creciente.
Durante la travesía no se produjo
la más mínima novedad. Cuando aparecieron en el oeste las alturas de Auckland
se sintieron felices. A las cinco la bitácora y la chalupa entraban en el río
Zelanda y se iban a descansar blandamente en la pequeña ensenada. Alegres
hurras saludaron la llegada de Evans y sus compañeros.
Durante la ausencia, Doniphan
había empezado a mejorar. El muchacho pudo recibir y devolver los apretones de
mano de su camarada Briant. Sin duda la convalecencia habría de prolongarse,
pero poseía gran vitalidad, de modo que había que pensar en que la curación
absoluta sería sólo cuestión de tiempo.
A la mañana siguiente se comenzó
la reparación de la chalupa. Costó trabajo extraerla del agua, pero gracias a
las previsiones adoptadas por Evans lograron colocarla sobre la orilla.
El timonel era buen carpintero,
además de buen marino. Y Baxter habilidoso y dispuesto a ayudarlo. Los
materiales abundaban y las herramientas no faltaban. Con los restos del Sloughi
reconstruyeron las curvas rotas, las bordas separadas Una vez terminado,
calafatearon las junturas con estopa empapada en resina.
El puente de proa se prolongó
hasta su tercio, en previsión de abrigo para el mal tiempo. Con el mástil de
gavia del yate confeccionaron el palo mayor, y Kate cortó y cosió una vela de
mesana, una más pequeña y un foque para la proa.
Los trabajos estuvieron listos el
8 de enero. Faltaban aún algunos pequeños detalles, puesto que Evans quería
dejar la chalupa en condiciones para navegar sin inconvenientes.
Por aquella época se había
celebrado ya en la colonia la fiesta de Navidad con cierta pompa, lo mismo que
el comienzo del nuevo año, que los jóvenes esperaban no terminar en esas
tierras.
Doniphan estaba ya bastante bien.
A pesar de su debilidad abandonaba a ratos el hall para respirar aire puro.
Kate se ocupaba de que recibiera una alimentación adecuada para ir reponiendo
sus fuerzas. Sus compañeros habían decidido no partir hasta que él se hallara
en condiciones de soportar la travesía sin exponerse a una recaída.
La vida de la caverna había
recuperado su curso habitual, pero las lecciones se habían suspendido porque
los pequeños, participando de la alegría de los más grandes, se sentían como en
vacaciones.
Durante los seis últimos días de
enero Evans procedió a cargar la chalupa. Briant y sus compañeros hubieran
querido llevar todo lo que poseían, pero como resultaba imposible, dada la
falta de espacio, se realizó una selección de materiales.
Gordon guardó el dinero
encontrado en la chalupa calculando que podían necesitarlo. Moko embarcó
provisiones más que suficientes. Doniphan pidió que llevaran todas las armas,
incluido el cañoncito; Briant se ocupó de la ropa, los instrumentos de navegación,
y Wilcox eligió las mejores cañas de pesca y redes.
Sólo faltaba fijar el día de la
partida, siempre y cuando Doniphan asegurara que se hallaba lo suficientemente
bien como para emprender el viaje.
El chico afirmaba que se
encontraba ya en disposición de viajar. Por otra parte había realizado ya
paseos sobre la terraza apoyado en el brazo de Kate.
La partida fue fijada para el 5
de febrero. El día antes Gordon puso en libertad a todos los animales
domésticos, quienes, muy poco agradecidos, se apresuraron a huir.
Antes de embarcar en la chalupa
se reunieron todos ante las tumbas de Baudoin y de Forbes para recordar con una
oración a aquellos desventurados.
Una vez a bordo Doniphan se
colocó en la popa, al lado de Evans, encargado del timón. En la proa, Briant y
Moko asían las escotas, aunque la corriente del Zelanda los ayudaba más que la
brisa, interceptada por el acantilado.
Los demás, incluido Phann, se
acomodaron según su gusto.
Al partir saludaron con tres
hurras a la morada que los había cobijado durante tantos meses.
Mientras bajaba por el río
Zelanda la chalupa no podía avanzar más rápidamente que la corriente, que no
era muy veloz. Cuando llegó a la desembocadura del río era ya muy tarde y la
oscuridad no permitía maniobrar a través de los arrecifes. Evans, como marino
prudente, decidió esperar la llegada del nuevo día.
La noche fue muy tranquila. El
viento cesó y en la bahía Sloughi reinó un gran silencio.
La mañana se presentó estupenda.
Era necesario aprovecharla bien y recorrer al menos veinte millas. Evans ordenó
que las velas fueran izadas y así la chalupa, dirigida por mano segura,
abandonó el río Zelanda.
Todas las miradas se posaron en
las crestas del acantilado y después en las últimas rocas de la bahía, que
desaparecieron en cuanto doblaron el cabo América.
Un disparo de cañón, seguido por
tres alegres hurras, saludó por última vez esos parajes.
Mientras tanto la bandera del
Reino Unido flameaba en lo alto del mástil.
Después de ocho horas la chalupa
penetró en el canal de la isla de Cambridge, doblaba el Cabo del Sur y seguía
los márgenes de la isla Adelaida.
El último extremo de la isla
Charmain acababa de perderse en el horizonte.
CAPITULO XIII
No es necesario relatar aquel
viaje por los canales del archipiélago magallánico. No sucedió ningún incidente
y el tiempo se presentó bueno y parejo.
Todos aquellos canales aparecían
desiertos, y aunque algunas noches pudieron divisar algunas fogatas sobre las
islas, ningún indígena se vio sobre las playas.
El 11 de febrero, merced al
viento, siempre favorable, la chalupa desembocó en el estrecho de Magallanes.
Todo transcurría a bordo con normalidad; el aire marino parecía resultar
beneficioso para Doniphan que comía y dormía y se sentía con fuerzas suficientes
para desembarcar e iniciar nuevamente la vida de robinsones si era necesario.
El día 12, la chalupa llegó a la
vista de la isla Tamar, en la Tierra del Rey Guillermo, cuyo puerto aparecía
desierto en esos momentos. Por esa causa Evans prefirió no detenerse y tomar la
dirección sudeste a través del Estrecho de Magallanes.
Hacia un lado se extendían las
áridas costas de la Tierra de la Desolación, desprovista de la vegetación que
engalanaba a la isla Chairman; hacia el otro se encontraban las sinuosidades,
las quebradas y vertientes de la península Crooker. Por allí pensaba Evans
buscar los pasos del sur para doblar el cabo Forward y remontar la costa este
de la península de Brunswick hasta el establecimiento de Punta Arenas. Sin
embargo, no necesitó ir tan lejos.
En la mañana del 13, Service, que
se encontraba de pie en la borda, gritó:
-¡Humo a estribor!
-¿Es el humo de algún fuego de
pescadores? -preguntó Gordon.
-¡No! ¡Tengo la impresión de que
se trata del humo de un buque!
En efecto, en aquella dirección
las tierras se encontraban bastante alejadas como para que pudiera verse con
facilidad el humo de algún campamento.
Briant subió por las gavias hasta
la punta del mástil y exclamó:
-¡Un buque! -¡Un buque!
El barco no tardó en verse. Era
una embarcación de ochocientas a novecientas toneladas.
Los chicos prorrumpieron en
ruidosos gritos de saludo mientras disparaban los fusiles.
La chalupa había sido vista. Diez
minutos después los pequeños colonos estaban al lado del Grafton, que viajaba
hacia Australia.
En contados segundos, el capitán
del Grafton se enteró de la aventura de los viajeros del Sloughi. Como la
desaparición del yate había sido muy comentada tanto en América como en Europa
se mostró encantado de recibir á bordo a los náufragos. Más aún, se ofreció
para llevarlos directamente a Auckland, a pesar de que ello significaba
desviarse un poco de su ruta.
La travesía fue rápida y el 25 de
febrero el Grafton entraba en la rada de Auckland. Con algunos días de
diferencia habían transcurrido dos años desde aquel día en que los alumnos del
colegio Chairman fueron arrastrados a mil ochocientas leguas de Nueva Zelanda.
La alegría de las familias, a
quienes se les devolvían los hijos que creían perdidos para siempre en el fondo
del mar era indescriptible. No faltaba ni uno solo de los chicos empujados por
la tormenta hasta los parajes de la América del Sur.
La noticia de que el Grafton
repatriaba a los náufragos corrió por toda la ciudad. Todos los habitantes
acudieron a vitorear a los pequeños, que apenas llegados se precipitaron en los
brazos de sus padres.
¡Cuánto interés por conocer todo
lo que había sucedido en la isla Chairman! Sin embargo, no tardó en quedar
satisfecha tanta curiosidad. Doniphan pronunció algunas conferencias al
respecto, que tuvieron gran éxito y que lo enorgullecieron sanamente.
Por otra parte fue impreso el
Diario llevado por Baxter día tras día. Se vendieron miles de ejemplares y
resultó necesario traducirlo a todas las lenguas. En todas partes del mundo
crecía el interés por saber lo que había ocurrido con los ocupantes del
Sloughi.
Así fueron universalmente
admirados la prudencia de Gordon, el valor denodado de Briant, la intrepidez de
Doniphan y la resignación y buena voluntad de todos, mayores y menores.
Es inútil hacer hincapié en los
detalles de la recepción tributada a Kate y a Evans. ¿No habían consagrado sus
vidas a la salvación de aquellos niños?
Mediante una suscripción pública
fue adquirido un buque mercante, al que se bautizó Chairman y que le fue
regalado al valeroso timonel, constituido desde ese momento en capitán y
propietario, con la única condición de que siempre tuviese a Auckland como puerto
de partida.
Cada vez que volvía de uno de sus
viajes encontraba siempre una feliz acogida en las casas de las familias de
"sus muchachos".
Kate fue reclamada y disputada
por los Briant, los Garnett, los Wilcox y todos los demás.
Finalmente fijó su residencia en
casa de Doniphan, el muchacho que le debía la vida.
Lo que conviene que quede en las
jóvenes mentes después de leer este libro, es la certidumbre de que con orden,
celo y valor se sale airoso de las situaciones más peligrosas.
Nunca olvides, amigo lector,
cuando pienses en los jóvenes náufragos del Sloughi, madurados por pruebas tan
duras y forjados en el duro aprendizaje de la vida, que ellos, llegada la hora
del regreso, casi se habían convertido en hombres.
FIN
Digitalizado por la voluntaria
Andrea Viviana Luraschi

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