© Libro N° 11983.
El Doncel De Don Enrique El Doliente. De Larra,
Mariano José. Emancipación. Diciembre 16 de 2023
Título original: ©
El Doncel De Don Enrique El Doliente. Mariano José De Larra
Versión Original: © El Doncel De Don Enrique El Doliente. Mariano
José De Larra
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Guillermo Molina Miranda
EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL DOLIENTE
Mariano José De Larra
El Doncel
De Don Enrique El Doliente
Mariano
José De Larra
CAPITULO PRIMERO
Mis arreos son las armas,
Mi descanso es pelear,
Mi cama las duras peñas
Mi dormir siempre el velar.
Cancionero general.
Antes de enseñar el primer cabo
de nuestra narración fidedigna, no nos parece inútil advertir a aquellas
personas en demasía bondadosas que nos quieran prestar su atención, que si han
de seguirnos en el laberinto de sucesos que vamos a enlazar unos con otros en
obsequio de su solaz, han menester trasladarse con nosotros a épocas distantes
y a siglos remotos, para vivir, digámoslo así, en otro orden de sociedad en
nada semejante a este que en el siglo XIX marca
la adelantada civilización de la
culta Europa. Tiempos felices, o infelices, en que ni la hermosura de las
poblaciones, ni la fácil comunicación entre los hombres de apartados países, ni
la seguridad individual que en el día casi nos garantizan nuestras ilustradas
legislaciones, ni una multitud, en fin, de refinadas y exquisitas necesidades
ficticias satisfechas, podían apartar de la imaginación del cristiano la idea,
que procura inculcarnos nuestro sagrado dogma, de que hacemos en esta vida
transitoria una breve y molesta peregrinación, que nos conduce a término más
estable y bienaventurado. Mis arreos son las armas
Mi descanso es pelear,
podían repetir con sobrada razón
nuestros antepasados de cuatro o
cinco siglos: nuestra nación, como las demás de Europa, no presentaba a la
perspicacia del observador sino
un caos confuso, un choque no
interrumpido de elementos heterogéneos que tendían a equilibrarse, pero que por
la ausencia prolongada de un poder superior que los amalgamase y ordenase,
completando el gran milagro de la civilización, se encontraban con extraña
violencia en un vasto campo de disensiones civiles, de guerras exteriores, de
rencillas, de desafíos, y a veces de crímenes, que con nuestras extremadas
instituciones mal en la actualidad se conformarían.
Una incomprensible mezcla de
religión
y de pasiones, de vicios y
virtudes, de saber y de ignorancia, era el carácter distintivo de nuestros
siglos medios. Aquel mismo príncipe que perdía demasiado tiempo en devociones
minuciosas, y que expandía sus tesoros en piadosas fundaciones, se mostraba con
frecuencia inconsecuente en su devoción, o descubría de una manera bien
perentoria lo
frívolo de su piedad, pues en vez
de arreglar por ésta su conducta, se le veía no pocas veces salir de los
templos del Altísimo para ir a descansar de las fatigas del gobierno en los
brazos de una seductora concubina, que usurpaba la mitad del lecho regio de su
consorte despreciada.
El caballero que volvía de
reconquistar
el santo sepulcro del Salvador, y
que llevaba ricamente bordado en el pecho el signo augusto de la redención,
aquel mismo cruzado que al entrar en el gremio de la Iglesia había depuesto en
las fuentes bautismales el vano deseo de venganza, adoptando y jurando, a
imitación del hombre Dios, el perdón de las injurias, sin el menor escrúpulo de
conciencia declaraba las muestras de su organización irascible, que a gala
tenía; a la menor sombra de pretendida ofensa corría lanza en ristre a partir
el sol del palenque y a abrir una ancha fuente de sangre
humana en el pecho de su
adversario, invocando a un tiempo, por una inexplicable contradicción, el
nombre santo de Dios y el nombre profano de la dama por quien moría. En vano la
religión se esforzaba en dulcificar las costumbres de los hijos de los godos,
excitados por la prolongada guerra con los sarracenos. Es verdad que ganaba
terreno, pero era con lentitud; entretanto se criaba el caballero para hacer la
guerra y matar. Verdad es que los primeros enemigos contra quien debía
dirigirse eran los moros; pero muchas veces lo eran también los cristianos, y
había quien matando dos de aquéllos por cada uno de estos últimos, creía lavado
el pecado de su espantoso error. Matar infieles era la grande obra meritoria
del siglo, a la cual, como al agua bendecida por el sacerdote, daban engañados
algunos la rara virtud de lavar toda clase de pecados.
Para los hombres el ejercicio de
las
fuerzas corporales, el fácil
manejo de la pesada lanza, el arte de domeñar el espumoso bridón, la
resistencia en el encuentro, y el pundonor falsamente entendido y llevado a un
extremo peligroso; y para las mujeres el arte de conquistar con las gracias naturales
y de artificio al campeón más esforzado, y ceñirle al brazo la venda del color
favorito, recompensa del brutal denuedo del vencedor del torneo, y el recato
sólo para con el caballero no amado, eran la educación del siglo. Dios y mi
dama, decía el caballero; Dios y mi caballero, decía la dama. En medio del
furor de guerrear que debía animar a todos en aquella época, algunos ministros
del Altísimo no dudaban acompañar las huestes, armados a la vez como los
guerreros, y aun cuando no desenvainasen en las lides la poderosa espada de
Damasco y de Toledo para herir con ella al enemigo, esta
costumbre arrastraba a algunos a
autorizar
trances de rebelión del soberbio
rico-hombre
contra la majestad de su rey y
señor natural.
Un corto número de espíritus más
pusilánimes, o acaso más
calculadores que sus
contemporáneos, poseía la corta
riqueza
literaria griega y romana que de
las ruinas del
Partenón y del Capitolio habían
podido salvar,
en medio de la devastación
desoladora de la
irrupción de los bárbaros,
algunas primitivas
comunidades monásticas.
El estudio todo que se hacía en
los
claustros estaba reducido, y
debía estarlo, a la ciencia eclesiástica, la única que podía y debía salvar,
como efectivamente salvó, a la Europa de su total ruina. Las bellezas
gentílicas de los Homeros y Virgilios debían reservarse para otros tiempos; y los
monasterios, conservando estos monumentos clásicos de la antigüedad, hacían a
la literatura todo el servicio que
podían hacerla.
Otros espíritus, no obstante, se
dedicaban fuera de aquellas
escuelas al estudio, y la ciencia que adquirían era sólo el medio criminal de
granjearse una consideración y una fortuna aún más criminales todavía.
Afectando la ciencia de los astros, o una misteriosa comunicación con el mundo
de los espíritus, sabían abusar de la insensata credulidad de los reyes y de
los pueblos, y convertir en propio y particular provecho suyo las luces que no
trataban de difundir, sino antes de conservar entre sí clandestina y
masónicamente, como un pérfido talismán que ejerciendo al cabo su irresistible
influencia sobre los espíritus débiles e ignorantes, libraba en las manos de
unos pocos empíricos solapados, la palanca poderosa con que movían y removían a
su placer cuantos obstáculos a sus dañadas intenciones se pudieran presentar.
A esta época, pues, y al trato
belicoso de
los nietos de las hordas del
norte, al centro de aquella informe sociedad, hija de padres tan contrarios
como los bárbaros de la fría Noruega y las cultas ruinas de la capital del
mundo, a esta época, a ese trato y a esa sociedad vamos a trasladar a nuestros
lectores.
No se crea tampoco por el cuadro
que rápidamente acabamos de bosquejar, que sea preciso entrar con horror a
desentrañar las costumbres de tan inexplicable época; lejos de nosotros esta
idea; también se ofrecen en ella virtudes colosales que no son por cierto de
nuestros días. El amor, el rendimiento a las damas, el pundonor caballeresco,
la irritabilidad contra las injurias, el valor contra el enemigo, el celo
ardiente de la religión y de la patria, llevado el primero alguna vez hasta la
superstición, y el segundo hasta la odiosidad contra el que nació en suelo
apartado, si no son
prendas todas las más adecuadas
al cristianismo, no dejan por eso de tener su lado hermoso por donde
contemplarlas, y aun su utilidad manifiesta, dado sobre todo el dato del orden
de cosas entonces establecido, las hacía tan necesarias como deslumbradoras. El
carácter, empero, más verda-
deramente distintivo de la época,
era la lucha establecida y siempre pendiente entre el príncipe y sus primeros
súbditos, una escala ascendiente y descendiente que constituía a los pecheros,
vasallos de vasallos, y a los reyes señores de señores, era el principal
obstáculo que impedía al poder ejercer a la vez su influencia igual y
equitativa por toda la extensión de sus dominios; el pechero, doblemente
súbdito, tenía dobles obligaciones (más bien que contraídas, impuestas) para
con su dueño inmediato, y para con el señor natural de todos. Por otra parte,
era de notar el poder
no reprimido de los orgullosos
magnates, sin cuya cooperación voluntaria hubiera sido una vana fantasma la
autoridad del monarca. Este en todo trance de guerra se veía poco menos que
precisado a mendigar los hombres de armas, que sólo podían proporcionarle para
las jornadas los ricoshomes que los sostenían a sus expensas, y por
consiguiente a su devoción, y que desigualaban a placer la fuerza recíproca de
los partidos con la más leve inclinación de su parte; el señorío absoluto (si
no de derecho, de hecho) de vidas y haciendas en sus inmensos dominios; sus
bien defendidos castillos feudales, de donde mal pudiera desalojarlos la
sencilla arcabucería y manera de guerrear de la época; su orgullo, nacido de
los grandes favores que en la continua reconquista contra moros les debía el
rey y la patria; y la remisión sobre todo de los agravios al duelo particular,
al paso que inutilizaban toda la
energía de un rey y sus buenas
intenciones, eran las causas, por entonces irremediables, de la impunidad de
los delitos; causas que perpetuaban la injusticia y el abuso de la fuerza de
los primeros hombres de la nación, que no había especie de ambición ni pasión
frenética de que no se dejasen torpemente arrastrar. Este era el estado de las
costumbres de
la Europa, y por consiguiente de
nuestra España, en la época a que nos referimos. En el año en que pasaba lo que
vamos a contar, hacía ya trece que don Enrique III, dicho el Doliente, y nieto
del famoso don Enrique el Bastardo, había subido a ocupar el trono, vacante por
la desastrosa muerte de su padre don Juan I, ocurrida en Alcalá de Henares de
caída de caballo. Y apenas habían bastado estos trece años para reparar los
daños que por su menor edad había acarreado a Castilla desvalida. El cisma
duraba en la Iglesia desde la
elección tumultuosa del arzobispo
de Bari, llamado Urbano VI, ocurrida el año 1378, después de la muerte de
Gregorio onceno. Habíanse reunido los cardenales en cónclave; pero sabedores
acaso los romanos de que la corte de Francia trataba de influir en la elección
de cardenal de Génova, ligado por parte de padre con los condes de Génova de la
casa de Oliveros, y por parte de madre con los condes de Boloña, parientes de
la casa real de Francia, se amotinaron, y precipitándose en el lugar del
cónclave, después de forzar las cerraduras, según en nuestras leyendas se
refiere, clamaron: ¡Error! No se encuentra el origen de
la referencia. , de cuya
infracción notable y sacrílega, resultó la elección del arzobispo, que se
coronó el día de Pascua de Resurrección. Varios cardenales, empero,
refugiándose en el lugar de Anania, y después en Fundi, proclamaron la
invalidez de la elección forzada,
y amparados de la corte de
Francia eligieron al cardenal de Génova, que tomó el nombre de Clemente VII, y
estableció la silla de su iglesia en Aviñón. Urbano y Clemente habían enviado
entrambos al rey de Castilla, a la sazón Enrique II, sus mensajeros, así como
los había enviado, en apoyo del último, Carlos V, rey de Francia; la corte de
Castilla permaneció por entonces indecisa hasta consultar en materia tan
delicada a sus varones más famosos. Posteriormente, en el año 1381, el sucesor
de don Enrique II, don Juan I, hallándose en Medina del Campo, y después de
haber reunido y consultado a sus prelados, ricoshombres y doctores, se decidió
por Roberto de Génova, negando la obediencia al intruso apostático Bartolomé,
como le llama en la carta que con fecha de Salamanca le escribió a Clemente
VII, prestándole homenaje como a único Papa verdadero. Más adelante murió en su
palacio de Aviñón el Papa
Clemente VII, a 26 de septiembre
de 1394, reinando en Castilla don Enrique III; y sus cardenales, deseosos de la
unión de la Iglesia, se propusieron elegirle un sucesor, jurando todos antes
sobre los santos Evangelios renunciar al papazgo inmediatamente después de
nombrados, si así fuese necesario, y en el caso de que se ciñese a hacer otro
tanto Urbano, para proceder unidos de nuevo todos los cardenales en Roma a la
elección válida y conforme de uno solo.
Fue elegido, pues, en Aviñón el
cardenal don Pedro de Luna,
aragonés de nación, y ricohombre de los de Luna; negóse al principio a admitir
la triple corona, pero una vez sentado en la silla apostólica, se resistió
enteramente a las solicitudes de sus cardenales y del rey de Francia, que le
envió a Juan, duque de Berry, y a Felipe, duque de Borgoña, sus tíos, para que
renunciase conforme había
jurado. Esto dio lugar a
continuos debates que se hallaban en pie todavía en el tiempo a que nos
referimos, habiéndose declarado en favor de Benedicto Francia, Castilla,
Navarra y Aragón, y por el Papa romano, el Emperador, la Inglaterra y la
Italia.
Con respecto a Portugal, Castilla
seguía defendiendo aunque débilmente, sus derechos: verdad es que desde la
infausta jornada de Aljubarrota, perdida por la impericia estratégica de los
jóvenes y acalorados caballeros del ejército de don Juan I, este mismo había
casi abandonado las esperanzas de recobrar aquel reino que indisputablemente le
pertenecería por su boda con doña Beatriz, hija y única heredera del muerto rey
don Fernando. El odio entre portugueses y castellanos, y el empeño sobre todo
de aquéllos en no ver nuevamente fundido en la corona de Castilla su suelo
independiente, había dado una
popularidad extraordinaria al
maestre de Avis; ayudado de ella se propasó a quitar la vida al conde de Orén
en el mismo palacio de la regente, y permitió a sus partidarios la muerte del
infeliz obispo de Lisboa, despeñado de la torre: erigióse rey en Coimbra con el
dictado de Juan I después de la resignación de la regente viuda Leonor, y
reclusión de ésta por nuestro rey en el monasterio de Otordesillas, como le
llaman nuestras crónicas contemporáneas. Ya don Juan I de Castilla, en su
testamento otorgado en Celórico
de la Vera, poco antes de la jornada de Aljubarrota, vacilando él mismo sobre
la legitimidad de sus derechos, al legárselos a su hijo y sucesor Enrique III,
le había legado también las dudas que acerca de tan delicada contienda en su
propio corazón albergaba. En la época de nuestra narración, era tan débil ya la
guerra que se sostenía contra Portugal, que más
parecía efecto de una obstinación
irrealizable, que una verdadera lucha que presentase síntomas de un término
definitivo. Ni apenas se hubiera dicho que semejante guerra existía entre las
dos naciones, si no lo hubiesen atestiguado las continuas treguas y largos
armisticios, que continuamente por una parte y otra se ratificaban.
Enrique III, al subir al trono a
los catorce años, para dar fin a la anarquía que en el Estado alimentaran sus
poderosos tutores, había ratificado las ligas hechas por su padre con don
Carlos VI de Francia y con los reyes de Aragón y de Navarra; y sólo con el rey
moro de Granada sostenía una guerra, muy semejante en su lentitud y en sus
largas treguas a la de Portugal.
Tal era también el estado
político de Castilla en la época de nuestra historia caballeresca, a que
daremos principio desde
luego sin detenernos más tiempo
en digresiones preparatorias, de poco interés para el lector, si bien hasta
cierto punto necesarias para la particular inteligencia de los hechos que a su
vista tratamos de exponer sencilla y brevemente.
Con respecto a la veracidad de
nuestro
relato debemos confesar que no
hay crónica ni leyenda antigua de donde le hayamos trabajosamente desenterrado;
así que, el lector perdiera su tiempo si tratase de irle a buscar comprobantes
en ningún libro antiguo ni moderno: respondemos, sin embargo, de que si no
hubiese sucedido, pudo suceder cuanto vamos a contar, y esta reflexión debe
bastar tanto más para el simple novelista, cuanto que historias verdaderas de
varones doctos andan por esos mundos impresas y acreditadas, de cuyo contenido
no nos atreveríamos a sacar tantas líneas de verdad, o por lo menos de
verosimilitud, como las que
encontrará quien nos lea en nuestras páginas, tan fidedignas como útiles y
agradables. CAPITULO SEGUNDO
De Mantua salió el marqués
Danes Urgel el leale,
Allá va a buscar la caza,
A las orillas del mare.
Con él van sus cazadores
Con aves para volare,
Con él van los sus monteros
Con perros para cazare.
Cancionero de romances.
A fines del siglo XIV estaba la
hoy coronada y heroica villa de Madrid muy lejos de pretender el lugar
preeminente que en la actualidad ocupa en la lista de los pueblos de la
Península. Toda su importancia estaba reducida a la fama de que gozaban sus espesos
montes, los más abundantes de Castilla en caza
mayor y menor: el jabalí, la
corza, el ciervo, hasta el oso feroz hallaban vivienda y alimento entre sus
altos jarales, sus malezas enredadas y sus silvestres madroñeros, que han
desaparecido después ante la destructora civilización de los siglos posteriores.
El implacable leñador ha derrocado por el suelo con el hacha en la mano la
erguida copa de los pinos y robles corpulentos para satisfacer a las
necesidades de la población, considerablemente acrecentada, y el hombre ha
venido a hollar la magnífica alfombra que la Naturaleza había tendido sobre su
suelo privilegiado; ha tenido fuerzas para destruir, pero no para reedificar;
la Naturaleza ha desaparecido sin que el arte se haya presentado a ocupar su
lugar. Inmensos arenales, oprobio de los siglos cultos, ofrecen hoy su desnuda
superficie al pie del caminante; al servir los árboles de pasto al fuego
insaciable del hogar, los manantiales mismos han torcido
su corriente cristalina o la han
hundido en las entrañas de la madre tierra, conociendo ya, si se nos permite
tan atrevida metáfora, la inutilidad de su influjo vivificador. Madrid, el
antiguo castillo moro, la pobre y despreciada villa, ciñó mientras fue olvidada
de los hombres la suntuosa guirnalda de verdura con que la Naturaleza quiso
engalanarle, y Madrid, la opulenta Corte de reyes poderosos, término de la
concurrencia de una nación extendida, y tumba de sus caudales inmensos y de los
de un mundo nuevo, levanta su frente orgullosa, coronada de quiméricos
laureles, en medio de un yermo espantoso y semejante al avaro que, henchidas de
oro las faltriqueras, no ve en torno de sí, doquiera que vuelve los ojos, sino
miseria y esterilidad.
Al famoso soto de Segovia, que se
extendía hasta el Pardo y más
acá, concurrían los reyes y los grandes de Castilla de todas
partes para lograr el solaz de la
cetrería y de la montería, placer privilegiado y peculiar de los feudales
señores de la época.
El sol, rojo como la lumbre,
despidiendo
sus rayos horizontales por entre
las altas copas de los árboles marcaba el fin próximo de uno de los más
hermosos días del mes de mayo: como a cosa dos leguas de Madrid una compañía de
cazadores, ricamente engalanados y vestidos, turbaba todavía la tranquilidad
del monte y de la selva: varias magníficas tiendas levantadas a orillas del
Manzanares eran indicio de haber durado aquel placer algunos días; acababa de
practicarse el último ojeo, y puestos los monteros en acecho, esperaban en las
encrucijadas a que asomase por alguna parte el animal para precipitarse sobre
él con el venablo aguzado y rendirle en tierra del primer golpe. Infinidad de
reses de todas especies, suspendidas fuera y dentro de las tiendas,
daban claras muestras de la
destreza de los monteros y de la bienandanza del día. En una de ellas
preparaban varios
manjares y daban vueltas a un
largo asador dos hombres, que así revolvían con sus brazos arremangados el
asador como atizaban la brasa, que iba dorando ya el engrasado lomo de la
víctima. Miraban tan interesante operación otros dos personajes: el uno representaba
tener a lo más treinta años; su aire no común, su rostro afable, aunque grave,
sus maneras francas y su traje, sobre todo, daban a entender que podía
pertenecer, si no al primer rango de la sociedad de aquel tiempo, a una buena
familia por lo menos; y de todas suertes se echaba bien de ver a la primera
ojeada, en todo su exterior, cierta libertad que sólo dan la satisfacción, la
holgura y la costumbre de frecuentar grandes personajes, ya que no se atreviera
el observador a asegurar que él lo
fuese. En frente de él se hallaba
otro que podría tener veinticinco años: su personal era bueno, y, sin embargo,
no sé qué expresión particular de siniestra osadía tenía su rostro; una sonrisa
asomada de continuo a sus labios le daba cierto aire de complacencia obligada
que suponía en él el hábito de vivir al lado de personas de categoría superior
a la suya; una voz verdaderamente seductora, sobre todo en sus modulaciones,
probaba que no descuidaba medio alguno para captarse la voluntad; sus ojos,
entre pardos y verdes, tenían no sé qué de talento y de misterio, y su pelo,
crespo y de un rojo muy subido, prestaba a la cara que debiera adornar cierta
aspereza y aun ferocidad rechazadora. Vestía un corto sayo pardo de montero,
sujeto en el talle por un cinturón de vaqueta verde, prendido con un gran
broche de latón; llevaba unos botines altos de paño del mismo color del sayo y
atacados hasta la
rodilla, un capacete adornado de
plumas blancas, y pendía de su cintura un largo cuchillo de monte.
En el momento en que su
conversación empezó a interesar a nuestra historia, decía el primero al
segundo:
-¿Puedo yo saber, Ferrus, cómo
habéis dejado un solo momento el lado del poderoso conde de Cangas y Tineo?...
-Pardiez, señor Vadillo, me gusta
más
ver al jabalí en la brasa que
entre la maleza: sobre todo desde que uno de ellos me rompió el año pasado
junto a Burgos un rico sayo de vellorí que me había regalado el conde mi amo.
Desde que me convencí, colgado de un roble, de que no había mediado entre su
colmillo y mi persona más espacio que el que separa mi ropa de mi cuerpo, juré
a todos los santos del paraíso no volver a ponerme en el camino de ningún
animal de esa especie. Son tan brutos,
que así respetan ellos a un
rimador favorito del pariente del rey como a un montero adocenado. ¿Y puedo yo
hacer la misma pregunta al señor Fernán Pérez de Vadillo, primer escudero de su
señoría?-Os habéis hecho harto curioso y preguntón, Ferrus. Respondedme antes a
otra pregunta, y después veré de responderos a la vuestra, si me place. ¿Habéis
visto un palafrén que acaba de llegar de Madrid cubierto de polvo y devorando
tierra no hace medio cuarto de hora? ¿Habéisle conocido?
-Es Hernando, criado del Doncel.
-¿Y a qué vino?
-No lo sé, aunque lo sospecho. Me
parece que su amo estaba
encargado por el conde de una comisión particular... El maestre de Calatrava
estaba en los últimos... -Cierto... acaso habrá terminado sus
días... -Tal vez...
-¿Y qué podría tener eso de común
con
la venida de Hernando?
-Mucho; me temo que don Enrique
de Villena anda hace tiempo acechando un maestrazgo.
-¿Sabéis que es casado?
-¿Puedo ignorarlo, señor Fernán
Pérez?
Pero puedo asegurar a todo el que
tenga interés en saberlo que don Enrique de Villena y su esposa doña María de
Albornoz no son dos amantes...
-¡Chitón!, Ferrus, no estamos
solos -dijo alarmado el primer escudero echando una ojeada de desconfianza
hacia el paraje donde daba vueltas todavía sobre la brasa el ciervo, impelido
del brazo del infatigable repostero. -Tenéis razón, señor escudero. Nunca
me acuerdo de que no es esa gente
el mejor consonante para mis trovas.
-¿Y qué queréis decir con la
proposición
que habéis aventurado? -dijo
acercándose a él
Vadillo y con tono de voz apenas
perceptible. -Sólo sabré deciros -contestó Ferrus con igual misterio- que
nuestros señores no duermen juntos...
-Brava ocasión para chanzas,
Ferrus...
-¿Chanzas, eh? Dígalo la señorita
Elvira, vuestra misma esposa, que no se separa un punto de la condesa...
-Coplero, ¿queréis hablar alguna
vez
con formalidad? ¿Y dejará de ser
casado porque no haga vida común con ella?
-Decís bien, pero como allá van
leyes...
No os enojéis, haré por enfrenar
mi lengua.
¿Sabéis la historia del rey don
Pedro?
-¿Y bien?
-Casado estaba con doña Blanca de
Borbón... y casó sin embargo con
la Padilla...
-¿Y queréis suponer?... ¿Don
Enrique
sería capaz de imitar al Rey
cruel?...
-¿No habría un medio de
compostura
sin necesidad de que muriese mi
señora doña María? ¿No hay casos en que el divorcio?... -Mucho sabéis.
-¿Pensáis que el rey Enrique III
podrá negar muchas cosas a su tío don Enrique de Villena?...
-No; el prestigio de que goza en
la Corte es demasiado grande.
-¿Y pensáis que el señor Clemente
VII se expondría a perder la amistad y protección de Castilla y Aragón en su
lucha con Urbano VI por tener el gusto de negar una bula de divorcio al conde
de Cangas y Tineo?
-Por San Pedro, Ferrus, que
tenéis cabeza de cortesano más que de rimador. -Muchas gracias, señor Fernán.
Algunos señores de la Corte que me desprecian cuando pasan delante de mí en el
estrado de Su Alteza y que me dan una palmadita en la mejilla diciéndome:
Adiós, Ferrus; dinos una gracia,
podrían dar testimonio de mi
destreza si supieran ellos..
-Entiendo; no estoy en ese caso.
-Yo estimo demasiado al primer
escudero de mi amo para
confundirle con la
caterva de cortesanos, cuyo
brillo me ofende y
cuya insolencia provoca mi
venganza.
-¿Y en qué estamos de Hernando y
de
su comisión? -interrumpió Vadillo
dándole la mano y apretándosela como para dar a entender que aquel apretón de
manos debía significar más que todas las frases vulgares que en semejantes
casos se dicen. -Ya he dicho que no sé sino que
sospecho que el conde quiere ser
maestre; que Hernando puede traer noticias de la salud de don Gonzalo de Guzmán
y que esta noche no se acostará don Enrique de Villena sin haber aligerado y
repartido la carga de su secreto, si tiene alguno; también quiero ser franco:
tal
puede ser él que no me sea lícito
confiarle ni a vos mismo. Pero atended. ¿No oís? -¿Qué es? -repuso el escudero
escuchando.
-Es la señal de haber salido la
pieza; ¿no
oís los ladridos de los sabuesos
y la gritería de los monteros?
-En efecto -dijo Vadillo-;
salgamos, si es
que no tenéis miedo también de
ver a esta
distancia la caza.
-Salgamos.
Pasaba efectivamente como a tiro
de ballesta un horrendo jabalí perseguido de una jauría de valientes canes; ya
dos de éstos habían probado sus agudas defensas, dando al viento su sangre y
sus entrañas palpitantes; más de un montero, a punto de dar el golpe que
hubiera terminado la ansiedad en que a todos los tenía la fiera, se había visto
arrebatado fuera del sendero que ésta seguía por su caballo
espantado. ¡Error! No se
encuentra el origen de
la referencia. , gritaban los
ojeadores, y más de diez cuernos, resonando en medio del silencio de la selva
habían dado aviso a los impacientes cazadores que en el llano se hallaban
guardando los pasos y salidas. Mucho menos tiempo del que hemos tardado en
describir esta maniobra tardó en desaparecer a los ojos de nuestros pacíficos
observadores por entre la espesura la encarnizada caterva, cuyos individuos
apenas podían percibirse ya a tal distancia y a aquellas horas.
Perdíanse en lontananza los
cazadores,
y el ruido también de sus voces y
sus bocinas, cuando salieron de la selva dos jinetes galopando a más galopar
hacia las tiendas donde se aderezaba el banquete para la noche, que empezaba ya
a convidar al descanso con sus frescas auras y sus tinieblas a los fatigados
perseguidores de las inocentes reses del soto de
Manzanares.
-¿No os dije yo -gritó Ferrus
estirando el cuello y abriendo los ojos para reconocer a los caballeros- que la
venida de Hernando nos traería novedades de importancia? Mirad hacia la derecha
por encima de ese ribazo, allí, ¿no veis? Entre aquellos dos árboles, el uno
más alto y el otro más pequeño... más acá, seguid la indicación de mi dedo...
ahí... ahí... -Sí, allí vienen dos galopando...
-¿No reconocéis el plumero
encarnado
del más bajo?
-Sí; él es...
-Hernando es el otro
-¿Qué apostáis a que desde este
momento se ha acabado ya la
partida de caza? -Sin embargo, sabéis que veníamos para cuatro días, y no
llevamos sino tres. -Enhorabuena: pues no vuelva yo a
hacer una estancia ni a probar
vino de Toro en
la copa de mi señor si dormimos
esta noche aquí... y voto va que si tal supiera diera principio a una pierna de
esa ánima en pena que está purgando en la brasa las corridas inútiles que habrá
hecho dar por el bosque a más de cuatro cazadores inexpertos -y lanzó un
suspiro clavando sus ojos en el asador, vuelto de espaldas al sitio de donde
venían los cabalgantes.
-¿Qué hacéis, Ferrus, ahí
distraído? Apartad, apartad -gritó Vadillo, sacudiéndole por un brazo y
desviándole del camino mal su grado. En esto llegaban los jinetes a las
tiendas, y mientras que el uno de ellos se adelantaba a apearse y tener de la
brida el caballo del otro, Ferrus, ambicioso de servir el primero al recién
llegado, ganó por la delantera al escudero y tomando el estribo con una mano,
mientras que con la otra descubría su cabeza roja y ensortijada, acogió con su
acostumbrada
sonrisa de deferencia una rápida
inclinación de cabeza y una ojeada de amistosa protección que le dispensó el
caballero.
-Ya veo, Ferrus -le dijo éste al
apearse-, que pudieras desempeñar ese oficio perfectamente si muriesen de
repente todos los dignos escuderos de mi casa -y arrojó al descuido una mirada
sardónica hacia el negligente Vadillo, que con el capacete en la mano e
inclinando el cuerpo, esperaba sin duda a que le dejase algo que hacer el
solícito poeta...
-No hay duda, señor -contestó
Vadillo, apreciando en su justo valor el ligero sarcasmo del caballero-, que la
costumbre de correr tras el consonante presta a los poetas cierta agilidad de
que nunca podrá gloriarse un escudero indigno, aunque hijodalgo.
-Aunque hijodalgo -dijo entre
dientes
Ferrus, pero de modo que pudo
oírlo el que era objeto de la consideración y respeto de
entrambos-, cada uno es hijo de
sus obras, y las mías pueden ser tan honradas como las del primer escudero de
Castilla.
-Paz, señores, paz -dijo el
caballero-; paz entre las musas y los hijosdalgo; en estos momentos he menester
más que nunca de la unión de mis leales servidores -y quiso repartir un favor a
cada uno para equilibrar el momentáneo desnivel de su constante amistad-
. Cubríos,
Vadillo; la noche empieza a refrescar y vuestra salud me es harto preciosa para
sacrificarla a una etiqueta cortesana. Ferrus, toma ese pliego y cuando estemos
en Madrid, me dirás tu opinión acerca de ese incidente que me anuncian; tú
sabrás si es fausto o desdichado para nuestros planes
Cogió Ferrus el pergamino y
guardóle
en el seno con aire de
satisfacción, echando una mirada de superioridad sobre el desairado escudero;
superioridad que efectivamente le
daba la confianza que en público
acababa de hacer de él su distinguido señor. Pero éste, atento a la menor
circunstancia que pudiera renovar el mal apagado fuego de la rivalidad de sus
súbditos, se apoyó en el brazo de su escudero y llevando a la izquierda al
ambicioso juglar y detrás a Hernando con entrambos caballos de las bridas,
penetró en una tienda, a cuya entrada quedó éste respetuosamente, esperando las
órdenes que ni debían de tardar mucho en comunicársele.
La tienda en que entraron,
inmediata a aquella donde hemos dicho que se aprestaban las viandas, se hallaba
sencillamente alhajada, una alfombra que representaba la caza del ciervo, y
alegórica por consiguiente a las circunstancias, ofrecía blando suelo a
nuestros interlocutores, cuatro tapices de extraordinaria dimensión decoraban
sus paredes o lienzos con las historias del sacrificio de Abraham, de la
casta Susana sorprendida en el
baño por los viejos, del arca de Noé y de la muerte de Holofernes a manos de la
valiente y hermosa Judit. Una mesa artificiosamente trabajada de modo que
pudiera armarse y desarmarse cómodamente para esta clase de expediciones y
varias banquetas de tijera fáciles de plegar completaban el ajuar de aquella
vivienda campestre y provisional; una cámara interior y reducida estaba ocupada
por un lecho con su cubierta de seda labrada de damasco. Algunos arcos y
ballestas suspendidas aquí y allí y varios venablos apoyados en los rincones,
daban a entender a la primera ojeada el objeto de la expedición que en el campo
detenía por aquellos días a su dueño. Una armadura completa que en el lugar
preeminente se veía suspendida, manifestaba que la seguridad personal no era
olvidada de los caballeros belicosos del siglo XIV ni aun entonces mismo
que se entregaban a los placeres
de una época pacífica y ajena de temores de guerra.
-Ferrus, partiremos
inmediatamente - dijo el caballero a su confidente. -¿Sin cenar, señor?
-¡Ferrus!
-Señor -interrumpió el juglar
volviendo
en si de la distracción y falta
de respeto a que había dado ocasión la mucha familiaridad que su amo le
consentía-, si tus negocios han menester de mi ayuno y si mi hambre puede en
algo contribuir a su buen éxito, marchemos...
-Naciste para comer, Ferrus; hago
mal en creer que tengo un hombre en ti...
-Pero, gran señor, tú propio
anduvieras acertado en restaurar tus fuerzas; el camino hasta Madrid es malo y
largo, la noche oscura y Dios sabe si malhechores o enemigos tuyos esperarán a
que pasemos para enviarnos en pos del maestre... si es que ha muerto -añadió
acercándosele al oído, como
presumo. ¿Qué mal puede haber en que nos pillen reforzados? -En buen hora,
bachiller, deja de hablar. Fernán Pérez, dispondréis que al rayar mañana el día
se recoja la batida, y marcharéis conmigo lo más pronto que pudiéreis. Ferrus,
haz que nos den un breve refrigerio. Seguiré tu consejo. No oye reo su indulto
con más placer
que el que experimentó Ferrus al
escuchar la revocación de la cruel sentencia, que a dos largas horas de hambre
le condenaba. En pocos minutos se vio cubierta la mesa de un limpio mantel
labrado y un opíparo trozo de exquisito morcón curado al fuego se presentó ante
los ávidos ojos de nuestros tres interlocutores. El hidalgo hizo plato a su
señor, que no quiso acelerar para su servicio el fin de la caza, ni se curó de
llamar a los dependientes, a quienes tales oficios de su casa estaban
cometidos, la situación de su ánimo, devorado al parecer de
secretas ideas y el deseo de
permanecer en la compañía libre y desembarazada de aquellos en quienes
depositaba su confianza, redujo a dos el número de sus servidores en tan
crítica situación. Luego que el hidalgo le hubo hecho plato y Ferrus servídole
la copa:
-Sentaos -dijo- y cenad, Fernán
Pérez,
que bien podéis poner la mano en
el plato de mi propia mesa-. Sentóse respetuosamente al extremo de la mesa
Vadillo y el favorito permaneció en pie a la derecha de su señor, recibiendo de
su propia mano los mejores bocados que éste por encima del hombro le alargaba,
como pudiera con un perro querido que hubiera tenido su estatura. Reíase
Ferrus, empero, muy bien de esta manera de recibir los trozos de la vianda, a
tal de recibirlos; sabía él además que lo que hubiera podido parecer desprecio
a los ojos de un observador imparcial era una distinción cariñosísima que le
colocaba
sobre todos los súbditos del
caballero. Sin mortificarle estas ideas dábase prisa a engullir morcón, sin más
interrupción que la que exigieron las dos o tres libaciones que con rico vino
de Toro, entonces muy apreciado, hacía de cuando en cuando el taciturno y
distraído personaje, cuyo nombre y circunstancias singulares no tardaremos en
poner en claro para nuestros lectores.
Acabóse la corta refacción sin
hablar
palabra de una parte ni de otra,
sirviéronse las especias y púsose aquél en pie. -Partamos.
-Paréceme, gran señor, que harías
bien
en armarte mejor de lo que estás,
porque ¡vive Dios que no quisiera que se quedase España sin tan gran trovador!
y...
-¡Chitón! Ponme en efecto esa
armadura.
Quitóse un capotillo propio de
caza,
púsose una loriga ricamente
recamada de oro sobre terciopelo verde: vistió una fuere cota de menuda malla;
ciñó una espada y calzó las botas con la espuela de oro, insignia de caballeros
de la más alta jerarquía. Prevínose también contra la intemperie envolviéndose
en un tabardo de velarte, y después que Ferrus se hubo armado, aunque más a la
ligera, montaron en sus caballos y se despidieron de Fernán Pérez, encargándole
sobre todo que en manera alguna dejase de estar a la mañana siguiente en la
cámara de Su Grandeza a la hora común de levantarse; prometiólo Vadillo,
besándole el extremo de la loriga, y al son de las cornetas de los cazadores
que daban ya la señal de recogida a los monteros desparcidos, picaron de
espuela nuestros viajeros seguidos de Hernando
Ya era a la sazón cerrada y
oscura la noche; no dicen nuestras leyendas que les
acaeciese cosa particular que
digna de contar sea. Ferrus trató varias veces de aventurar alguna frase
truhanesca, de aquellas que solían provocar el humor festivo de su señor; pero
el silencio absoluto de éste le probó otras tantas que no era ocasión de
bufonadas, y que la cabeza del caballero, sumamente ocupada con las revueltas
ideas a que había dado lugar el pliego que tan intempestivamente había venido a
arrancarle del centro de sus placeres, estaba más para resolver silenciosamente
alguna enredada cuestión de propio interés que para prestar atención a sus
gracias pasajeras. Resignóse, pues, con su suerte, y era tanto el silencio y la
igualdad de las pisadas de sus trotones, que en medio de las tinieblas nadie
hubiera imaginado que podía provenir de tres distintas personas aquel uniforme
y monótono compás de pies.
Dos horas habían transcurrido
desde su
salida de las tiendas, cuando
dando en las
puertas de Madrid, llegaron a
entrar en el cubo
de la Almudena, y dirigiéndose al
alcázar que a
la sazón reedificaba el rey don
Enrique III en
esta humilde villa, llegó el
principal de los
viajeros a su labio el cuerno,
que a este fin no
dejaba nunca de llevar un
caballero, e hizo la
señal de uso en aquellos tiempos;
la cual oída y
respondida en la forma
acostumbrada, no
tardaron mucho en resonar las
pesadas
cadenas, que inclinando el puente
levadizo,
dieron fácil entrada en el
alcázar a nuestros
personajes; dirigiéndose
inmediatamente a las
habitaciones interiores sin
interrumpir el
silencio de su viaje sino con el
ruido de sus
fuertes pisadas, cuyo eco
resonaba por las
galerías donde los dejaremos,
difiriendo para el
capítulo siguiente la prosecución
del cuento de
nuestra historia.
CAPITULO TERCERO
Ellos en aquesto estando
Su marido que llegó:
-¿Qué hacéis la blanca niña
Hija de padre traidor?
-Señor, peino mis cabellos
Péinolos con gran dolor,
Que me dejáis a mí sola
Y a los montes os vais vos.
Anónimo.
Hallábase concluida la parte
principal
del alcázar de Madrid y
habitábala ya el Rey con gran parte de su comitiva siempre que el placer de la
caza le obligaba a venir a esta villa, cosa que le aconteció algunas veces en
su corto reinado.Entre las habitaciones inmediatas a la de Su Alteza se
contaban algunas de las principales dignidades de su corte, pero distinguíase
entre todas la de don Enrique de Aragón, llamado comúnmente de Villena; este
joven señor, uno de los más poderosos y
espléndidos de la época, era tío
del rey don Enrique III y descendiente por línea recta de don Jaime de Aragón.
Su padre don Pedro, casado con doña Juana, hija bastarda de don Enrique II, y
reina después de Portugal, había muerto en la batalla de Aljubarrota.
Correspondíale de derecho a don Enrique el marquesado de Villena, que su abuelo
don Alfonso, primer marqués de este título, a quien le dio don Enrique II,
había cedido a su hijo don Pedro reservándose sólo el usufructo por toda su
vida. Pero habiendo el rey don Enrique
III en su menor edad invitado al marqués don Alfonso a que viniese a
ejercer su título de condestable de Castilla que le diera don Juan I, y
habiéndose él negado con frívolos pretextos a tan justa exigencia, se aprovechó
esta ocasión de volver a la corona aquellos ricos dominios, que como fronteros
de Aragón no se creía prudente que estuviesen en poder de un
príncipe de aquel reino. Diose en
compensación a don Enrique el señorío de Cangas y Tineo, con título de conde, y
su mujer doña María de Albornoz le había traído además en dote las villas de
Alcocer, Salmerón, Valdeolivas y otras; con todo lo cual podía justamente
reputársele uno de los más ricos señores de Castilla. No había pensado él nunca
en acrecentar sus Estados por los medios comunes en aquel tiempo de conquistas
hechas a los moros. Más cortesano que guerrero y más ambicioso que cortesano,
había desdeñado las armas, para las cuales no era su carácter muy a propósito,
y su afición marcada a las letras le había impedido adquirir aquella
flexibilidad y pulso que requiere la vida de Corte. Las lenguas, la poesía, la
historia, las ciencias naturales habían ocupado desde muy pequeño toda su
atención. Habíase entregado también al estudio de las matemáticas, de la
astronomía y
de la poca física y química que
entonces se sabía. Una erudición tan poco común en aquel siglo en que apenas
empezaban a brillar las luces en este suelo, debía elevarle sobre el vulgo de
los demás caballeros sus contemporáneos; pero fuese que la multitud ignorante
propendiese a achacar a causas sobrenaturales cuanto no estaba a sus alcances,
fuese que efectivamente él tratase de prevalecerse y abusar de sus raros
conocimientos para deslumbrar a los demás, el hecho es que corrían acerca de su
persona rumores extraños, que ora podían en verdad servirle de mucho para sus
fines, ora podían también perjudicarle en el concepto de las más de las gentes,
para quienes entonces como ahora es siempre una triste recomendación la de ser
extraordinario. No dejaba de ser notado en él, a más de su ambición, cierto
afecto decidido al bello sexo; y lo que era peor,
notábase también que nunca se
paró en los medios cuando se trataba de conseguir cualquiera de esos dos fines,
que tenían igualmente dividida su alma ardiente y que ocuparon exclusivamente
todo el transcurso de su vida.Hallábase ricamente alhajada la parte que en el
alcázar habitaba este señor; costosos tapices, ostentosas alfombras de Asia,
almohadones de la misma procedencia, cuanto el lujo de la época podían
permitir, se hallaba allí reunido con el mayor gusto y primor; ardían
lentamente en los cuatro ángulos del salón principal pebeteros de oro que
exhalaban aromas deliciosos del oriente, uso que habían introducido los árabes
entre nosotros. A una parte del hogar se veía una mujer joven y asaz bien
parecida, vestida con descuido a la moda del tiempo y sentada en una pesada
poltrona, notable por su madera y por el mucho trabajo de adornos y relieves
con que se había
divertido el artista en
sobrecargarla, descansaban sus pies en un lindo taburete, y se hallaba ocupada
en una delicada labor de su sexo. Ayudábala enfrente de ella a su trabajo y a
pasar las horas de la primera noche otra mujer todavía más sencilla en su traje
y poco más o menos de su misma edad. Todo lo que la primera le llevaba de
ventaja a la segunda en dignidad y riqueza, llevaba la segunda a la primera en
gracia y en hermosura. Tez blanca y más suave a la vista que la misma seda
estatura ni alta ni pequeña, pie proporcionado a sus dimensiones, garganta
disculpa del atrevimiento y fisonomía llena de alma y de expresión. Su cabello
brillaba como el ébano; sus ojos, sin ser negros, tenían toda la expresión y
fiereza de tales; sus demás facciones, más que por una extraordinaria pulidez,
se distinguían por su regularidad y sus proporciones marcadas y eran las que un
dibujante llamaría
en el día académicas o de
estudio. Sus labios algo gruesos daban a su boca cierta expresión amorosa y de
voluptuosidad a que nunca pueden pretender los labios delgados y sutiles, y sus
sonrisas frecuentes, llenas de encanto y de dulzura, manifestaban que no
ignoraba cuánto valor tenían las dos filas de blancos y menudos dientes que en
cada una de ellas francamente descubría cierta suave palidez, indicio de que su
alma había sentido ya los primeros tiros del pesar y de la tristeza, al paso
que hacía resaltar sus vagas sonrisas, interesaba y rendía a todo el que tenía
la desgracia de verla una vez para su eterno tormento.
En el otro extremo del salón
bordaban
un tapiz varias dueñas y
doncellas en silencio, muestra del respeto que a su señora tenían. Hablaba ésta
con su dama favorita, pero en un tono de voz tal, que hubiera sido muy difícil
a las demás personas, que al otro lado de la
habitación se hallaban, enlazar y
coordinar las pocas palabras sueltas que llegaban a sus oídos enteras de rato
en rato cuando la vehemencia en el decir o alguna rápida exclamación hacían
subir de punto las entonaciones del diálogo entre las dos establecido.
-Elvira -decía doña María de
Albornoz a
su camarera-, Elvira, ¡cuánta
envidia te tengo!
-¿Envidia, señora? ¿A mí?
-contestó
Elvira con curiosidad.
-Sí; ¿qué puedes desear? Tienes
un marido que te ama y de quien te casaste enamorada; tu posición en el mundo
te mantiene a cubierto de los tiros de la ambición y de las intrigas de la
Corte...
-¿Y es doña María de Albornoz, la
rica heredera y la esposa del ilustre don Enrique de Villena, quien tiene
envidia a la mujer de un hidalgo particular?...
-¿De qué me sirve ser la esposa
de ese
ilustre don Enrique si lo soy
sólo en el nombre? Mira lo que en este momento está pasando; tres días hace ya
que partió a caza de montería; en esos tres días Fernán Pérez de Vadillo ha
venido dos veces a ver a su mujer, y el conde de Cangas y Tineo prefiere a la
vista de la suya la de los jabalíes y ciervos del soto. Elvira, si se hicieran
las cosas dos veces, doña María de Albornoz no volvería a dar su mano a un
hombre cuyos sentimientos no le fuesen bien conocidos, ¡maldita razón de
estado!, a un hombre de quien no supiese con seguridad que había de ser el
mismo con ella a los tres años que a los tres días.
-¿Dónde está, señora, ese
caballero? - preguntó con distracción Elvira, lanzando un suspiro-. ¿Dónde
está?
-¿Dónde está? -repitió asombrada
la de Albornoz-. ¿Tan dificil crees encontrar un esposo que me ame más que don
Enrique?
-Si me lo permitís, diré que no
sería
difícil; pero desde que un esposo
os ame más que don Enrique hasta el hombre que buscabais hace poco hay la misma
distancia que hay desde la idea imaginaria que del matrimonio os habéis
formado, hasta la realidad de lo que es este vínculo en sí verdaderamente. -No
te entiendo, Elvira.
-¿Y me entenderíais si os dijera
que hace
tres años que me casé enamorada
con Fernán
Pérez de Vadillo, y que él no lo
estaba menos
según todas las pruebas que de
ello me tenía
dadas, y si os añadiese que ni yo
encuentro ya
en mi excelente esposo el amante
por más que
le busco ni él acaso encontrará
en mí a la Elvira
de nuestros amores?
-¿Qué dices?
-Acaso no podréis concebirlo. Es
la
verdad, sin embargo; estad
segura, empero, de que en Castilla difícilmente pudierais encontrar
matrimonio mejor avenido él me
estima, y yo no hallo en el mundo otro que merezca más mi preferencia. ¡Ah!
señora, no está el mal en él ni en mí; el mal ha de estar o en quien nos hizo
de esta manera o en quien exige de la flaca humanidad más de lo que ella puede
dar de sí...
Perdonadme, señora; no debiera
acaso hablar en estos términos, pero sólo a vos confiaría estos sentimientos
que quisiera mantener encerrados eternamente en mi corazón. La vida común, en
la cual cada nuevo sol ilumina en el consorte un nuevo defecto que la venda de
la pasión no nos había permitido ver la víspera en el amante, se opondrá
siempre a la duración del amor entre los esposos. En cambio una estimación más
sólida y un cariño de otra especie se establecen entre los desposados, y si
ambos tienen alternativamente la deferencia necesaria para vivir felices, podrá
no pesarles de haberse enlazado para siempre.
-¡Qué consuelo derraman tus
palabras
en mi corazón, Elvira! Si tú no
te consideras completamente dichosa, creo tener menos motivos para quejarme;
sin embargo, de buena gana te pediría un consejo que creo necesitar. Si tu
esposo te insultase diariamente con su frialdad y su indiferencia nada menos
que galantes, si tus virtudes no te bastasen a esclavizarle y contenerle en la
carrera del deber...-Redoblaría, señora, esas virtudes mismas; no sé si el
cielo me tiene reservada esa amarga prueba; pero si tal caso llegase, fuerzas
le pediría sólo para resistirla y para vencer en generosidad al mal caballero
que con tan negra ingratitud premiase mi cariño y mi conducta irreprensible.
-Basta, Elvira, basta; seguiré tu
consejo;
está en armonía con mis propios
sentimientos. Si, la paciencia v la resignación serán mis primeras virtudes.
¡Ah!, don Enrique, don
Enrique! ¡Y qué mal pagáis mi
afecto! ¡Y qué
poco sabéis apreciar la esposa
que tenéis!
-¡Tened, señora! ¿No oís la señal
del
conde? ¡No habéis oído una
corneta?
-Imposible; llevan sólo tres días
y fueron
para cuatro.
-No importa; no he podido
equivocarme; no, no me he
equivocado; ¿oís las pesadas cadenas del puente?
-¡Cielos! No le esperaba. ¡Ah!
estoy demasiado sencilla; Dios sabe si no será perdido el trabajo que emplee en
adornarme. -¿Qué decís?
-Sí; llama a mis dueñas.
Acercáronse dos dueñas de las que
en la extremidad de la sala bordaban a la indicación que Elvira les hizo
levantándose y prosiguió la condesa:
-Arreglar mis cabellos, pasadme
un
vestido con el cual pueda recibir
dignamente a
mi esposo; probablemente nos dará
lugar; nunca que viene de fuera deja de dirigirse primero a la cámara del Rey
para informarle de su llegada. Jamás me parecerá bastante todo el cuidado que
puedo tener en engalanarme y aparecer a sus ojos armada de las únicas ventajas
que nuestro sexo nos concede. Este mismo cuidado le probará el aprecio que hago
de su amor; acaso vuelva en sí algún día avergonzado de su conducta, y acaso no
se frustren estas esperanzas que ahora te parecen infundadas.
Llegaron dos doncellas que en el
menor espacio de tiempo posible recogieron sus hermosos cabellos sobre su
frente y los prendieron con una rica diadema de esmeraldas, sustituyendo
asimismo al sencillo vestido que la cubría otro lujosamente recamado de plata.
-Llegad, Guiomar -dijo a una de
sus
sirvientes doña María de
Albornoz-, llegad hasta el alabardero de la cámara del Rey y ved de inquirir si
es efectivamente don Enrique de Villena el caballero que acaba de entrar en el
alcázar, como tengo sobrados motivos para sospecharlo.
Inclinó Guiomar la cabeza y salió
a obedecer la orden que se le acababa de dar. -¿Puedes comprender, Elvira, la
causa
que me vuelve a mi esposo un día
antes de lo que esperaba? ¿Acaso habrá amenazado su vida algún riesgo
inesperado?
-No lo temas, señora. En el día y
en este punto de Castilla ningún miedo puede inspirarnos ni el moro granadino
ni el portugués, y por parte de los demás grandes, don Enrique está bien en la
actualidad con todos. Acaso el Rey le habrá enviado a buscar; algún asunto de
Estado podrá reclamar su presencia.
-Dices bien; me ocurre que la
llegada del caballero que a todo correr entró esta mañana en el alcazar pudiera
tener algo de común con esta sorpresa...
-¿Qué motivos tienes, señora,
para
presumir?...
-Motivos..., ninguno...; pero mi
corazón
me engaña rara vez; y aun si he
de creer a sus pensamientos, nada bueno me anuncia este suceso.-¿Pero sabes,
señora, quién fuese el caballero?
-Hanme dicho sólo que venía con
un su escudero de Calatrava.
-¿De Calatrava? ¿Y no sabes
más?...
-Dicen que es un caballero que
viene
todo de negro...
-¿De negro?
-Quien me ha dado estos detalles
ha dicho que no sabía más del particular; pero paréceme, Elvira, que te ha
suspendido esta
escasa noticia que apenas basta
para fijar mis ideas. ¿Conoces algún caballero de esas señas?...-No, señora...
son tan pocas las que me das... -Estás, sin embargo, inmutada... -Guiomar está
aquí ya -interrumpió
Elvira, como aprovechando esta
ocasión que la libraba de tener que dar una explicación acerca de este reparo
de la condesa-: ella nos dará cuenta de...
-Guiomar -dijo levantándose doña
María de Albornoz-, Guiomar, ¿es
mi esposo quien ha llegado?
-Sí señora, es don Enrique de
Villena.
-Elvira, nuestros esposos.
-No, señora, viene sólo con su
juglar y
con el escudero del caballero del
negro
penacho, que llegó esta mañana al
alcázar.
-Mi corazón me decía que tenía
algo de
común un suceso con el otro... ¿Y
por qué tarda
en llegar a los brazos de su
esposa, Guiomar?
-Señora, no puedo satisfacer a tu
pregunta: ni yo he visto a tu señor ni le han visto en la cámara del Rey
todavía. -¿No?
-Parece que se ha dirigido en
cuanto ha llegado a preguntar por la habitación del caballero recién venido de
Calatrava.
-¡Qué confusión en mis ideas!
Despejad vosotras, siento pasos de hombres; ellos son; Elvira, permanece tú
sola a mi lado. Oíanse, efectivamente, las pisadas
aceleradas de varias personas, y
se podía inferir que trataban andando cosas de más que de mediana importancia,
porque se paraban de trecho en trecho; volvían a andar y volvían a pararse,
hasta que se les oyó en el dintel mismo del gran salón. Las dueñas y doncellas
salieron a la indicación de su ama, y sólo la impaciente doña María y su
distraída camarera quedaron dentro con los ojos clavados en la puerta que
debía abrirse muy pronto para dar
entrada al esperado esposo.
-Podéis retiraros -dijo al entrar
don
Enrique de Villena a dos personas
de tres que le acompañaban, y saludándose unos a otros cortésmente, el conde
con su juglar se presentó dentro del salón a la vista de su consorte anhelante.
-Esposo mío -exclamó doña María,
previniendo las frías caricias de su severo esposo-. ¿Tú en mis brazos tan
presto? -¿Os pesan doña María? -contestó con risa sardónica el desagradecido
caballero. -¡Pesarme a mi de tu venida! Yo que no deseo otra dicha sino tu
presencia y que sólo para ti existo.
-Y que sólo para ti me engalano,
pudierais añadir, hoy que os encuentro tan prendida sabiendo que estoy en el
monte. -Y si sólo tu venida...
-Me es indiferente, señora...
-Indiferente... ¡Ah!... Venís a
insultar
como de costumbre a mi dolor y a
mi...
-Acabad...
-Sí, acabaré... a mi necedad...
-Basta, no estamos solos, señora.
-¡Elvira! -dijo la de Albornoz,
echando sobre su camarera una mirada de dolor. -Te entiendo, señora... te
esperaré en tu cámara.Salió doña Elvira del salón por una puerta que daba a
otra pieza inmediata, con rostro decaído, ora procediendo su abatimiento de la
prolongación imprevista de la ausencia de su esposo, o, lo que es más creíble,
de la esperanza chasqueada que de ver entrar al caballero de Calatrava había
alimentado inútilmente.
-Ferrus, vos también podéis iros
-dijo
don Enrique a su juglar-;
esperadme en mi cámara, pero haced retirar a todo el mundo;
que se acuesten mis donceles y
mis pajes; vos solo podéis quedaros... tenemos que tratar materias en que no
habemos menester testigos. -Serás obedecido -dijo el juglar, y salió dejando a
la de Albornoz retorciendo sus manos en medio de su desesperación y con los
ojos clavados en el conde con cierto asombro, nada de extrañar en quien estaba
como ella muy poco acostumbrada a tener con su esposo escenas solitarias como
la que al parecer de intento la preparaba.
-Ya estamos solos -exclamó don
Enrique levantándose-. Extrañaréis este paso sin duda, la de Albornoz.. -Al
llegar aquí calló como si no estuviera muy resuelto todavía a decir lo que
traía pensado, y empezó a pasearse a lo largo con pasos tendidos y acelerados...
-Perdonadme si no os he respondido
más pronto -contestó su esposa
después de una ligera pausa-; creí que ibais a seguir hablando.
¿Deberé alegrarme de esta
inesperada entrevista? ¿Por fin vuestro corazón, don Enrique, se ha rendido a
mi amor? ¿Habéis pensado ya decididamente volver la paz al pecho de vuestra
esposa y cortar de raíz las rencillas que han amargado hasta ahora nuestra
desdichada unión?
-¿Desdichada?, maldecida
debierais decir -murmuró entre dientes el conde, paseándose siempre sin volver
los ojos una sola vez a mirar a su afligida mitad.
-Si tal es vuestro intento
-continuó sin
oírle la de Albornoz-, ¿qué
tardáis en venir a los brazos de la mujer que más os ama y que no ha amado
nunca sino a vos?... Desechad esa dura indiferencia... Si algún rubor de
vuestra pasada frialdad os impide darme ese contento, yo os lo perdono todo.
-Perdón... -gritó fuera de sí el
conde al
oír esta palabra, que le sacó de
su letargo-.
Perdón. . vos a mí. ¿Y sabéis
antes si os perdono yo a vos?
-¡Santo cielo! ¡Qué palabras!
¿Pues en
qué pude yo ser culpable jamás?
¿En amaros demasiado, en sufriros?... ¡Ah! perdonad, pero soy vuestra esposa y
tengo derecho a vuestro amor, o por lo menos a vuestra consideración. -No se
trata ya de amor.
-¿Se ha tratado con vos alguna
vez? -Lo ignoro; sólo sé que ha llegado el caso de un rompimiento completo.
-¿Un rompimiento? ¡Desgraciada
María!... ¿Y qué causa podréis
alegar para tan indigna conducta?
-¡María! -gritó don Enrique.
-Sí, sacad el puñal todo; no os
contentéis con apretarle en vuestra mano; aquí tenéis el corazón criminal que
os ha querido bien; acabad de una vez con el único estorbo de vuestros
intentos... De otra manera, don
Enrique, jamás conseguiréis esa
separación; yo
quiero antes saber el motivo que
os conduce a...
-Ya lo podéis haber conocido; el
estudio que ocupa todas las horas de mi vida me impide que me entregue como
debiera a la contemplación de una belleza terrenal... los hondos arcanos de las
ciencias, el objeto importante de mis tareas misteriosas... -¿Vos pretendéis
embaucar como al
vulgo de las gentes a vuestra
misma esposa?...
¡Delirios!
-Bien, señora, pues que no os
satisface
esa respuesta, os diré secamente:
mi voluntad. -Para ese divorcio que pretendéis necesitáis de la mía.
-Y ésa es precisamente la que
vengo a pediros...
-¿Yo dar mi consentimiento?
-Vos..., sí.
-Jamás.
-¡María! ¿Conoces mi furor? Tú me
le
darás...-¡Ah!, vos ocultáis mal
vuestra perfidia; vos amáis a otra; no, no puede tener otro origen ese extraño
interés que manifestáis. -¿A otra mujer? -interrumpió rojo de
cólera don Enrique-. Cuando don
Enrique de Villena pueda volver al estado de la estupidez y de la ignorancia de
un ente que nace al mundo, entonces amará a una mujer... -¡Mentís, don
Enrique!...
-¿Mentís, María, habéis dicho?
¿Mentís?
-Nada temo ya; mentís como
fementido
caballero yo os he visto más de
una vez, yo os
he visto profanar con miradas de
iniquidad la
faz más pura acaso y celestial
que existe sobre
la tierra; yo he leído en
vuestros ojos el pecado,
no me lo ocultaréis...
-¡Silencio!
-Los ojos de una mujer que quiere
ven
más de lo que pensáis los hombres
insensatos e
ignorantes en medio de vuestra
sabiduría...
-¡Silencio, repito! -dijo con voz
ronca
don Enrique-. Oíd; quiero
conceder vuestras gratuitas suposiciones: ¿pretendéis, imagináis vencer mi
repugnancia a fuerza de amor? Si tanto sabéis, no podéis ignorar que vuestra
solicitud sería inútil...
-Lo sé; dad gracias, don Enrique,
a que
no de ahora lo sé, y a que he
llorado muchas lágrimas que han desahogado mi corazón; que de no, con mis
propias manos yo os hiciera pagar...-Teneos, María; y acabemos... Si lo sabéis,
y si ya de mucho tiempo habéis consentido en ello, de nada servirá vuestra
tenacidad; dadme vuestro consentimiento y retiraos a un monasterio. Los estados
de Salmerón, Alcolea y Valdeolivas que me trajisteis al matrimonio pagarán
espléndidamente vuestra dote.
-Nunca; lo sé, y sé que todos mis
esfuerzos serán inútiles; cederé,
si, cederé a la fuerza de los sucesos empero nunca pondré yo misma la primera
piedra para el edificio de mi deshonra. Haced, don Enrique, lo que gustéis;
pero puesto que queréis guerra, guerra os juro de muerte...
-María, es en vano; desprecio tus
balandronadas mira ese pergamino: tu firma hace falta al pie...
-Dejadme... Soltad...
-No os iréis sin firmarle.
-¿Cuál es su contenido?
-Una demanda de divorcio que
pedís
vos misma...
-¿Yo? Soltad.
-No -exclamó don Enrique
deteniéndola con una mano, mientras le enseñaba el pergamino extendido sobre la
mesa con la otra, en que relucía su agudo puñal.
-¡Nunca! ¡Socorro! ¡Elvira!
¡Elvira! -gritó
la desesperada condesa huyendo
hacia la cámara.-Callad o sois muerta -interrumpió con voz reconcentrada el
conde, fuera de sí, arrojándose delante de ella para impedirle la salida-;
callad o temblad este puñal.
Pero ya era tarde: la condesa
había llegado al colmo de su indignación, que estallaba en aquella coyuntura
con tanta más fuerza cuanto mayor tiempo había estado comprimida en el fondo de
su corazón. En vano procuraba taparla la boca su iracundo esposo imponiéndole
repetidas veces la mano sobre los labios; no bien la separaba, sonidos
inarticulados se escapaban del pecho de la condesa y resonaban por los ámbitos
del salón en balde trataba el conde de sujetarla a sus plantas, la condesa, de
rodillas conforme había caído al querer huir, hacía inconcebibles esfuerzos por
desasirse de aquellos lazos crueles que la detenían.
-¿No firmaréis? -repitió cuando
la tuvo más sujeta don Enrique-. ¿No firmaréis? En este momento se oyó una
puerta que, girando sobre sus goznes ruidosos, iba a dar entrada en el salón a
Elvira, que asustada acudía a las voces de su señora.
-Sí -gritó levantándose la de
Albornoz animada con el ruido de la puerta, que hacía perder asimismo su
posición opresora al conde-
, sí,
firmaré, firmaré -y añadiendo "pero de esta manera", y precipitándose
sobre el pergamino, lo arrojó al fuego inmediato, sin que pudiera evitarlo don
Enrique estupefacto, a quien había quitado la acción la inesperada vista de
Elvira. -¿Qué tenéis, señora, que dais tantos gritos? -preguntó azorada Elvira,
echando una mirada exploradora de desconfianza hacia el conde, que con los
brazos cruzados, pero sin pensar en esconder el puñal, parecía su propia
estatua enclavada en medio de su casa.
Arrojóse la condesa en brazos de
Elvira
sin tener aliento sino para
exhalar tristísimos ayes y profundos suspiros y regar con abundantes y
ardientes lágrimas el pecho de su camarera, donde ocultó su rostro avergonzado.
Volvió el conde al mismo tiempo las espaldas, sonriéndose con cierta expresión
sardónica de desprecio y de indignación, y sin proferir una sola palabra que
pudiese dar a Elvira la clave de lo que entre sus señores había pasado, anduvo
varios pasos, escondió su puñal en la vaina y al llegar a la pared apretó con
su dedo un resorte oculto en la tapicería, el cual cedió y manifestó una puerta
de la altura y ancho de una persona, secretamente practicada en aquella parte.
Por ella desapareció como un espectro que se hunde en una pared o que se borra
y desvanece al mirarle detenidamente; que no otra cosa hubiera parecido el
conde al espectador que le hubiera mirado estando
ignorante de la salida
misteriosa, la cual no
dejó después de su desaparición
la menor señal
de fractura, raya o llave, por
donde pudiese
conocerse que no era obra de
magia o de
encantamiento.
CAPITULO CUARTO
Este es aquel Albenzayde
Que entre todos tiene fama.
La cámara de don Enrique de
Villena,
adonde vamos a trasladar a
nuestro lector, era una rareza en el siglo xv. Una ancha y pesada mesa, que en
balde intentaríamos comparar con ninguna de las que entre nosotros se usan, era
el mueble que más llamaba la atención al entrar por primera vez en el estudio
del sabio. Varios voluminosos libros, de los cuales algunos abiertos
presentaban a la vista del curioso gruesos caracteres góticos estampados, o
mejor diremos, dibujados sobre pulidas hojas de pergamino; un reloj de arena;
un enorme
tintero, cuyos algodones hubieran
podido prestar zumo para varios tomos en folio; dos o tres lunas redondas, de
aquellas con que solía surtir la reina del Adriático entonces a las personas
ricas; algún espejo metálico girando sobre un eje a la manera de los modernos
tocadores de las damas; varios instrumentos groseros de matemáticas, que el
vulgo creía talismanes mágicos, y no pocos alambiques y redomas aplicables a
usos químicos, si así podemos llamar a las confecciones misteriosas de los que
en aquella época encanecían buscando la piedra filosofal o la esencia del oro;
crisoles y aparatos sencillos, si bien costosos, de física, eran los objetos
que cubrían la mesa que hemos procurado describir; veíanse a otra parte de la
habitación armas ofensivas y defensivas, que, según la estima que en aquellos
tiempos belígeros tenían, no dejaban nunca de verse en las cámaras de los
caballeros, una lámpara de
cuatro mecheros, suspendida del
artístico artesón, y otra manual y más pequeña colocada entre la confusión de
objetos que llenaban la mesa, iluminaban el laboratorio del conde de Cangas y
Tineo
Un enorme sillón de baqueta,
donde hubieran podido sentarse cómodamente más de dos personas, completaba el
ajuar del misterioso personaje de nuestros primeros capítulos.
En la noche a que nos referimos,
y a una
hora medianamente avanzada,
consideradas las costumbres del siglo, se hallaba en aquella pieza un hombre
solo, en quien el lector reconocerá al momento a Ferrus con sólo notar su
sonrisa maligna y el aire de importancia y franqueza con que paseaba a lo largo
y a lo ancho en una habitación de que ciertamente no era él el dueño. Después
de un momento de pausa: -Rui Pero -dijo en voz baja Ferrus-, Rui
Pero. A esta interpelación se
manifestó otro hombre en la cámara.
-¿Habéis llamado, señor Ferrus?
-Sí; ¿se ha recogido todo el
mundo? -Sólo queda en pie el ballestero de la parte exterior de la puerta.
-Bien.
-Y yo, que, como camarero de
nuestro amor, estoy aguardando su venida para prestarle los servicios de mi
cargo. -Es inútil; yo le serviré.
-Mirad que soy su camarero.
-Le serviré os he dicho; sé sus
intenciones.
-En ese caso me retiraré
-Es lo mejor que podéis hacer.
-Buenas noches, señor Ferrus.
-Esperad... decidme antes, ¿no
habría
algún paje cerca por si fuese
necesario después servirse de una tercera persona?...
-Jaime ha quedado conmigo; está
en la
antecámara.
-Llamadle.
-Está bien.
-Id con Dios. Ya se fue... No sé
por qué razón -dijo para sí luego que estuvo solo el juglar mirando a todas
partes-, no sé por qué razón he de tener miedo, cuando estoy solo en esta
cámara. Verdad es que nunca he podido comprender cómo hay hombres valientes, y
eso que en más de un encuentro me he hallado yo mismo con el enemigo, pero
puedo jurar que me da más miedo esta soledad que la compañía de diez moros y
veinte portugueses en un día de batalla. Estas voces que corren de que mi amo
es nigromante y este aparato... ¡Dios me valga! No tocaría a una redoma de ésas
por mil cornados... ¿Quién sabe cuántas legiones de demonios podrán caber en
cada una?... No será malo hacer la señal de la cruz y santiguarme...
¿Qué es esto?... ¡Ah!, no es
nada; es mi sobrecapote, lo estaba pisando; hubiera dicho que tiraban de mí...
Disimulemos el miedo; ya está aquí el paje: es preciso buscar un pretexto para
estar acompañado.
A esta sazón entraba ya un
pajecito que podría tener catorce o quince años todo lo más. -El camarero
dice...
-Sí, el camarero dice bien
-interrumpió Ferrus sin enterarse y sin saber todavía qué pretexto suponer para
justificar aquella intempestiva llamada-. ¿Dormías, Jaime? -Pesia mi alma si he
podido en mi vida
pegar los ojos en esta maldita
cámara. El miedo me tiene más despierto que una liebre. -¿El miedo?
-Pienso que puedo hablar
francamente
con el señor Ferrus y que no irá
a decir a su
señoría...
-Habla sin temor. ¡Error! No se
encuen-
tra el origen de la referencia.
-dijo para sí el ingenioso juglar.
-Si va a decir verdad, puedo
jurar por el
salto que dio el Cid sobre la
puerta de Burgos
estando un día a caballo, según
nos cuentan...
-Adelante.
-Puedo jurar que no veo sino
espíritus
del otro mundo... y a cada paso
se me antoja
que me arrebatan por los aires...
-¡Eh! -interrumpió Ferrus echando
una mirada a todas partes-. ¡Bah!, niñerías, Jaime, niñerías; yo te creí hombre
de más valor. ¡Qué valiente es uno -añadió para sí- cuando está con un cobarde!
-¿Niñerías? ¿Os parece, señor
Ferrus,
que cuando las gentes han dado en
hablar de la magia blanca o negra, que ni aun eso quiero saber, de nuestro amo,
no se lo tendrán bien sabido? Si hubierais de dormir, como yo, algunas noches
tabique por medio con nuestro
señor conde, ya me daríais
noticias de las niñerías; y si no decidme ¿con quién habla mi amo cuando no
habla con nadie? -Claro está, con nadie.
-Quiero decir cuando está solo.
-¿Y con quién puede hablar?
-¿Con quién ha de ser? Con el
diablo
que me lleve; ello es que habla,
y que a él nadie le responde, y que se pasa las noches de claro en claro
trabajando y afanado sobre esos cacharros que llama crisoles y rodeado de
llamas, y que anda un olor tal, que Dios me perdone si se me pasa por la imaginación
hacer conocimiento con el pomo de esencias de donde la saca... Venid aquí
-añadió el barbilampiño cogiendo de la mano inesperadamente a Ferrus, que se
estremeció al sentirse tocado en tan crítica circunstancia-; venid aquí,
decidme qué significan esos garabatos que escribe sobre ese papel, y si no
son signos diabólicos... ¡Mal año
para mí si quiero permanecer más tiempo al servicio del señor conde. .! No,
sino estéme yo aquí y lléveme el diablo mi alma una noche, sin tener arte ni
parte en los productos que sin duda le dará a nuestro amo por precio de la
suya. Os digo que no se pasarán tres días sin que me torne al servicio de mi
hermosa prima Elvira. A lo menos allí no hay más hechizos que los de sus
ojos.-¡Tate! señor paje, ¿con que se os entiende también a vos de esotros
hechizos? -Os aseguro que no estoy para aplaudir vuestras gracias. Mirad bien
esos caracteres. -Bien, paje, pero no hay necesidad de acercarse tanto; verdad
es que son raros; imagino, sin embargo -añadió el coplero afectando una
indiferencia que estaba muy lejos de sentir-, imagino que ésos pueden ser
versos, porque has de saber que el conde hace versos... y como ni tú ni yo
sabemos leer ni
escribir, acaso maliciemos...
-¡Voto va! ¡No sabéis escribir!
¿Pues no hacéis vos trovas también?
-Cierto que hago trovas, y las
canto, que es más; empero no las escribo.
-¿Eh? ¿No digo yo que ésos serán
encantos?... Mirad, Ferrus, os quiero porque nos soléis hacer reír en el hogar
con vuestras sandeces, quiero decir con vuestras sales... yo os aconsejaría que
imitarais mi ejemplo y os vinierais...
-Eso no, señor paje; paso, paso,
que
antes me dejaré llevar de todos
los espíritus que tengan el menor interés en especular con mis huesos que
abandonar a mi amo. Verdad es que no las tengo todas conmigo; pero todos los
caballeros de la Tabla redonda, incluso el rey Artus, que se volvió cuervo, ni
los doce de Francia, no me convencerán de que don Enrique de Villena es tonto,
y si él sabe más
que yo, quiero yo perderme cuando
él se pierda...-A la buena de Dios, señor Ferrus; mas ¿no oís pasos?
-¡Santo cielo! -exclamó Ferrus-.
¡Ah! sí, es don Enrique; sí, será don Enrique; vete retirando... poco a poco...
¡Jaime! Más despacio; pudiera ser que no fuese él... Miraba atento Ferrus a la
parte de
donde provenía el rumor, a tiempo
que el paje, de suyo poco inclinado a esperar aventuras de ninguna especie y
menos de aquella a que él se figuraba pertenecer la que se presentaba, se había
puesto ya en salvamento en la antecámara, donde le parecía que no estaba tan al
alcance de los perniciosos efectos de las maléficas redomas que tanto temor le
infundían. Santiguábase allí a su placer y dábase prisa a besar una santa
reliquia que en el pecho para tales ocasiones llevaba, con más fervor que
besaría un enamorado la blanca
mano de su Filis dejada al
descuido entre las suyas. Miraba atento Ferrus, y no esperaba nada menos que el
ver alguna desmesurada fantasma o ridículo endriago que viniese a pedirle
cuentas de su mal pasada vida. Abrióse, por fin, una puerta tan secreta como la
que en nuestro capítulo anterior hablando del salón dejamos descrita, y se
presentó a los ojos del espantado confidente la persona del mismo don Enrique,
a la cual daba cierto aire nada tranquilizador la escena que acababa de pasar
entre él y su desdichada esposa, la de Albornoz.
-¡Maldita tenacidad! -entró
diciendo con
voz iracunda el enojado conde,
sin reparar en su medroso confidente, ni menos acordarse de la orden que de
esperarle en su cámara le tenía anteriormente conferida-. Mal conoce a don
Enrique el desdichado que pretende atravesarse en el camino de sus planes
-añadió
acercándose a la mesa-; resiste,
infeliz, resiste mañana todavía, y conocerás bien pronto quién es don Enrique
de Villena.
-Señor, perdonadme si os he
ofendido - exclamó hincándose de hinojos el espantado Ferrus e interpretando
contra si el sentido de las últimas palabras del conde únicas que había oído
distintamente-. Perdonadme...
-¡Ah!, ¿estás ahí? -dijo don
Enrique volviendo en sí-. ¿Qué haces en esa postura? ¿Rezas, insensato?
-Sí, gran señor, insensato, pero
te juro que mi intención es buena.
-Alza, ¿has perdido el juicio?
Bien que nunca le tuviste. Alza, miserable, ¿no sabrás distinguir jamás cuándo
es ocasión de farsas y cuándo no?
-Dios me perdone -dijo
levantándose Ferrus-; Dios me perdone mis muchos pecados. Dame tus órdenes y te
probará tu esclavo si
desconoce la oportunidad de
servirte.
-¿Estás solo?, iba a decir el
intempestivo juglar, pero el gesto mal encarado de su amo le recordó lo que
acababa de decirle en aquel tono que tiene tanto prestigio sobre las almas
débiles.-Solo, señor -pronunció titubeando-. Jaime es el único que vela en la
antecámara. -Dale las señas de la habitación del caballero que ha llegado esta
mañana de Calatrava. Que llegue a ella, que dé tres golpes y que pronuncie mi
nombre en voz baja; nada más. Es señal convenida.
Salió Ferrus a obedecer la orden
de su
señor, y no tardó mucho en volver
a entrar con la noticia de que quedaba desempeñada su comisión con el mismo
celo de que tantas pruebas tenía dadas.
-En buen hora, Ferrus. Llégate
más cerca
y habla bajo. Conozco tu celo, y
tú conoces mi poder. Hasta la presente creo haberte
recompensado más allá de tus
esperanzas, y aún más allá de lo que tus méritos exigían. -Estoy harto pagado
con el honor de servirte -dijo el astuto juglar.
-Bien, dejemos lisonjas que tú no
crees ni yo tampoco; toma esas monedas; cada cornado que aceptas debe pesar más
que el plomo en tu bolsillo si piensas faltarme algún día; del plomo sabría
hacer oro si lo hubiese menester; pero también del oro sabré hacer fuego si tu
conducta...
-Ofendes a Ferrus, señor.
-Quiero creerlo así; escucha,
dame el pergamino que te he confiado. Bien. El maestre de Calatrava ha muerto;
esta es la nueva que aquí me dan.
-Dios le haya perdonado y tenga
su
alma... -Bien; ésas no son
cuentas nuestras. Atiende primero, luego le encomendarás; en el estado en que
está puede esperar mucho
tiempo; lo mismo es hoy que
mañana. Nadie sabe en la Corte todavía este importante suceso. El doncel
favorito de Enrique III ha llegado a darme este aviso, y no ha descansado desde
Calatrava hasta Madrid. Es preciso ser gran maestre de Calatrava antes que
nadie piense en pretenderlo.
-Tendrás, señor, por enemigo a
don Luis
Guzmán, sobrino del muerto.
-Despreciable enemigo; otro tengo
más
cerca, Ferrus, y más temible.
-¿Más temible y más cerca?
-Sí, más cerca y más temible. Soy
casado.-Cierto que es mal enemigo la mujer propia...-El instituto de la orden
exige voto de castidad.
-También es mal enemigo ese voto.
-Tregua a las chanzas, Ferrus. No
es el enemigo el voto, ni en eso pudiera yo pararme. Pero ¿cómo combinar ese
voto con mi estado?
-No serás el primero que se haya
divorciado; yo te citaré
ejemplos...
-Ninguno ignoro, y el paso ya le
he
dado, pero inútilmente; he
levantado la caza y he perdido el rastro. La de Albornoz ha dado en el más raro
desatino que se pudiera imaginar: ama a su marido y es constante. -Con todo, es
mujer.
-Desgraciadamente, como hay
pocas.
-¿Es posible?
-Y sin embargo es preciso buscar
un medio. -Quedóse un momento pensativo el conde, como hombre que busca en su
imaginación agotada algún arbitrio, o que espera en la inacción que la
casualidad le presente alguna idea luminosa que él se siente desesperado ya de
encontrar.
Ferrus discurría en tanto más de
prisa, y aun un buen fisonomista, al ver sus ojos inciertamente fijos en el
conde y sus labios
moverse por sí solos
maquinalmente hubiera conocido cuán importantes reflexiones ocupaban su cabeza,
que era en realidad mejor y más firme de lo que a él le convenía aparentar.
Bajo el velo de una lealtad ciega y de una estupidez atolondrada, ocultaban vastos
planes, que sin duda hubiera llegado a realizar Si la educación ignorante que
había recibido en la clase ínfima de la sociedad no le hubiera rodeado de
preocupaciones y supersticiones vulgares que continuamente se atravesaban como
obstáculos insuperables en el camino de su ambición. En una palabra, no era el
malvado bastante impío para las exigencias de su ambición. Ya hacía tiempo que
varias conversaciones que había tenido con el conde le habían iluminado acerca
de sus miras de alcanzar un maestrazgo; porque es de advertir que Villena,
acostumbrado a no ver en Ferrus sino un juglar grosero e incapaz de planes para
sí, lo tenía a su lado y en su
favor con preferencia a cualquier otro; contaba con que era bueno para
ejecutar, y a la par incapaz de penetrar los motivos de sus acciones, las
cuales no siempre los tenían tan buenos que pudiese él gustar de que por el conducto
de algún incauto o taimado confidente llegase el público a saberlos. Hacíase el
conde, además, la doble ilusión tan común en los hombres, y especialmente en
los de talento, de creer que era sumamente dificultoso escudriñar las causas de
sus acciones y encontrar el hilo de sus intrigas. Así que, en muchas ocasiones
en que no esperaba nada de la inventiva de su confidente, contábale, sin
embargo, sus cuitas y hablaba alto delante de él, depositando en el taimado
Ferrus sus más importantes secretos con la misma tranquilidad con que deja un
moro sus pecados en el agujero practicado para el descargo de su conciencia. Si
quería Ferrus
influir en las determinaciones de
su señor, soltaba las ideas que a su entender había de aprovechar; pero
soltábalas como ideas ocurridas al acaso, sin plan ni conocimiento y riéndose
él primero de su supuesto desatino; tenía de este modo la habilidad de hacer
que creyese don Enrique que eran suyas propias las ideas que más de una vez le
hacía él solo adoptar. Las más veces se contentaba con escuchar, afectando una
completa inmovilidad e indiferencia en sus facciones, actitud que le favorecía
mucho para no perder una sola palabra; y en estas ocasiones se hubiera creído
que don Enrique y su juglar eran un solo ente compuesto de dos personas: la una
sublime e inteligente que debía discurrir, hablar y proponer, y la otra
material y brutal encargada de escuchar.
En la circunstancia actual
revolvía
Ferrus aceleradamente en su
imaginación las
ventajas que de lograr Villena el
maestrazgo le podrían resultar, y cierto que no eran pocas. Don Enrique de
Villena era rico por si, es verdad, pero la pérdida de su marquesado de Villena
le había privado de un sinnúmero de castillos y vasallos, y su condado de
Cangas y Tineo estaba casi en su totalidad reducido a tener bajo su
jurisdicción dos o tres de los mejores montes de oso de toda España. Las
posesiones que su mujer le había traído en dote eran pingües, mas nunca había
querido contar con ellas como cosa suya, porque habiéndose llevado siempre mal
con la de Albornoz, conocía que tarde o temprano había de llegar entre ellos el
punto de una eterna separación, y el caso por consiguiente de restituir lo que
sólo en calidad de dote había recibido. Los maestres de las tres órdenes
militares de Santiago, Calatrava y Alcántara eran entonces tres potentados a
quienes sólo la corona faltaba
para poderse llamar reyes. Una
infinidad de riquezas, castillos y vasallos no reconocían otro dueño, y su
inclinación a cualquier partido hacía un contrapeso casi imposible de vencer
por el mismo Rey con todo su poder.
Todo esto sabía Ferrus, y bien se
le alcanzaba que cuanto creciese en gloria su señor crecería él en poder y aun
¿quién sabe si habría concebido entre sus miras ambiciosas la de ser armado
algún día caballero y verse alcaide de alguna fortaleza o clavero de la orden o
aun algo más, si el viento le soplaba en popa como hasta la presente le había
felizmente acontecido? Resolvió, pues, en su corazón poner de su parte cuantos
medios estuviesen a su alcance para derribar el obstáculo que la de Albornoz
presentaba a su futura grandeza, sin hacer escrúpulo alguno hasta de perderla
si fuese preciso recurrir a medios violentos, que al parecer no debía tener
adoptados todavía su
agitado esposo. Quiso, sin
embargo, explorar el campo y soltar alguna expresión por donde pudiera conocer
la firmeza del terreno en que iba a aventurar su pie mal seguro.
-Es preciso buscar un medio
-repitió don Enrique después de otra pausa de inútil reflexión.
-Si mi mujer, gran señor, se
empeñara
en estar casada conmigo a la
fuerza, o me
fingiría impotente...
-¿Estás loco? ¿Impotente?
-¿Crees, señor, que ella
resistiría a esa prueba?... o... hallaría algún medio para que se quitase ese
obstáculo por el mismo término que se nos ha quitado el obstáculo del maestre.
-¿Qué quieres decir?... -dijo espantado don Enrique.
-¡Eh! -dijo Ferrus, afectando una
risa estúpida-. Digo que si yo, hablo de mí no más, si yo supiera hacer del
plomo oro, como ha un
rato me has dicho, también sabría
hacer de los vivos muertos -y clavó sus ojos en los del conde para explorar el
efecto que había producido su expresión, bien como el muchacho, después de
haber tirado la piedra, anda buscando con los ojos en el espacio el punto que
debe marcarle el alcance de su tiro.
-Lejos de mí semejante idea; si
la
separación es imposible, no seré
maestre; pero recurrir a una violencia, nunca, todavía no he manchado con
sangre mi diestra, si la intriga no basta, no llamaré al puñal ni al veneno en
mi socorro.
-¿La intriga? -repitió vagamente
el
juglar, convencido de que había
aventurado demasiado-. ¿Sabes, señor, que si me das licencia yo he de encontrar
de aquí a poco una intriga que te plazca? Tengo una idea; ya sabes que soy un
necio, o poco menos, pero acaso el espíritu que suele protegerte se valga de
este
medio grosero e indigno de tu
grandeza para poner en tus manos el deseado maestrazgo. -¿Tú, Ferrus?
-Yo, señor; repito que tengo una
idea..
-¿La impotencia de que me has
hablado?
Cierto que la impotencia es un
pretexto
excelente; en el último caso...
-dijo para sí don
Enrique-, ¿quién se atrevería a
probarme lo
contrario? ¿Es esa impotencia de
que has
hablado? ¿Ese medio que me
pondría en
ridículo y...?
-Mejor aún.
-¿Mejor? Habla, Ferrus, habla; te
lo mando: me debes tu existencia, tus ideas. -¿Y si me engañan mis
esperanzas?... ¿Si...? -Habla de todos modos.
-Si quieres que declare mi
proyecto necesito callar un momento y meditarlo. -¡Mentecato! ¡Necio de mí en
creer que de esa cabeza pueda salir una sola idea
luminosa!
-¡De esta cabeza! -repitió por lo
bajo Ferrus-. ¡Orgulloso conde! ¿Quién sabe si de ella saldrá un día tu rutina?
-y añadió en voz alta-: Si me concedes el permiso de callar, ilustre conde, y
el de retirarme en el acto, el maestrazgo es tuyo.
¿-Mío? ¡Imbécil! Y si estoy
siendo juguete de una ilusión y de una quimérica esperanza, juglar, si me haces
perder momentos preciosos, ¿qué castigo te sujetas a sufrir? -La caída de tu
gracia, el sentimiento de
no haberte podido servir; ¿te
parece tan ligero?
-contestó Ferrus con serenidad.
Este cumplimiento lisonjero del
hipócrita desarmó enteramente al
conde.
-Bien -dijo-, te doy permiso; una
sola
condición quiero imponerte:
supuesto que nada
me ocurre a mí propio que pueda
ser de
provecho en tan crítica
circunstancia, quiero
probar tu entendimiento. ¿Sabes
empero lo que es la vida? ¿Sabes lo que es mi honor? Respeta la primera en la
víctima y el segundo en tu amo; ¿te acomoda esta condición?
Una inclinación de cabeza
manifestó el asentimiento del juglar.
-En buen hora; adiós -dijo el
conde levantándose-. Ferrus, vida y honor; si infringes los tratados, tu sangre
me responderá de tu malicia o de tu ignorancia y pagarás cara tu loca
presunción; serás la primera víctima que podrá acusarme de haber borrado un ser
de la lista de los vivientes.
Otra inclinación de cabeza, su
elocuente silencio y la resolución con que Ferrus salió de la cámara,
tranquilizaron algún tanto al inquieto Villena, si bien poco o nada esperaba de
la inventiva del juglar. Volvióse a su sillón después de la
marcha del confidente, ora
calculando qué
esperanzas podía fundar en su
jactancia y
seguridad, ora queriendo adivinar
los
proyectos del loco, ora
disponiéndose, en fin, a
otra entrevista que debía tener
aquella noche
misma con un personaje nuevo, que
en el
siguiente capitulo daremos a
conocer a nuestros
lectores; entrevista que él creía
antes que todo,
y antes que el descanso de sus
miembros
fatigados, necesaria al buen
éxito de sus
ambiciosas intrigas.
CAPITULO QUINTO
De un ardiente amor vencido,
Dice: -De cuatro elementos
El fuego tengo en mi pecho,
El aire está en mis suspiros,
Toda el agua está en mis ojos,
Autores de mi castigo.
Romance del rey Rodrigo.
Hacia otra parte del alcázar de
Madrid,
y en un aposento que a su llegada
se había
secretamente aderezado por las
gentes de Villena, descansaba, reclinado en un modesto lecho, un caballero a
quien no permitía cerrar los ojos al sueño un amargo pesar, de que eran claros
indicios los hondos y frecuentes suspiros que del pecho lanzaba.
Algo apartado de él aderezaba una
ballesta con aquel silencio de
deferencia propio de un inferior, y a la luz de una mortecina lámpara que sobre
una mesa ardía, aquel mismo Hernando que tan intempestivamente había distraído
de la caza al conde de Cangas y Tineo, según en el primer capítulo de nuestra
verídica historia dejamos referido. A los pies de entrambos dormía un
soberbio can, de la familia de
los alanos, y su inquietud y sus sordos e interrumpidos ronquidos, único rumor
que en medio del profundo silencio variaba la monotonía de los suspiros de su
amo, daban lugar a sospechar
que soñaba acaso hallarse en
percusión de algún azorado jabalí en medio del monte enmarañado.
-Hernando -dijo por fin el
angustiado caballero-, mañana habremos de madrugar para partir con el alba;
recógete y descansa. -¿Y tú, señor? ¿No tañerás de acogida? - respondió
Hernando.
Debemos advertir para la más
fácil
inteligencia de nuestros diálogos
sucesivos, que Hernando, hijo de un montero de don Juan I, y montero él mismo,
sólo vivía en la caza y en el monte, y así pensaba él en hablar otro lenguaje
que el de la montería como por los cerros de Ubeda. No conocía más amistad que
la que con los venados del monte hacía tantos años tenía establecida, ni más
amor que el de su fiel Brabonel -tal era el nombre del poderoso alano que a sus
pies roncaba-, al cual distinguía de todos los demás perros que a la sazón en
la
corte de don Enrique tenían nota
de valientes, no sólo por su constancia en seguir y acosar días y noches
enteras a la res, sino también por el conocimiento extremado con que buscaba la
osera y escatimaba el rastro y levantaba al oso donde quiera que estuviese
escondido. Pagábale, en verdad, el leal Brabonel con usura su marcada afición,
y conocíase esto más que en nada en no querer recibir el alimento sino de la
propia mano del laborioso montero. Sólo se le conocía a Hernando un flaco, que
contrapesaba casi siempre con ventaja el cariño que a su perro tenía, a saber,
la fidelidad a su amo, único hombre a quien manifestaba respeto y deferencia, y
para quien moderaba y suavizaba la condición agreste que en los bosques se
había formado con no poco perjuicio de sus adelantos e intereses, pues solía
responder a un cumplimiento con palabras tan duras y ofensivas como la ballesta
que en la diestra llevaba las más
horas del día, en muestra de su pasión montaraz. Con esta pequeña digresión,
que en vista de su importancia nos perdonarán fácilmente nuestros lectores,
estarán más éstos dispuestos a interpretar la técnica jerigonza con que
entreveraba los más de sus discursos y conversaciones.
La pregunta que acababa Hernando
de dar por respuesta al taciturno caballero, no tardó en obtener una
contestación aclaratoria de la situación del espíritu de aquel a quien se
dirigía.-Nunca, Hernando, nunca -repuso el atribulado señor-, nunca encontrará
el reposo entrada en mis párpados desvelados. Mañana al lucir el día partiremos
de nuevo para Calatrava, si esta noche, como lo espero, queda concluida la
comisión que a Madrid nos ha traído ¡Si tú supieras cuánto me pesa la atmósfera
en la inmediación de!...
Al llegar aquí detuvo la lengua
el
caballero como si hubiera temido
haber dicho ya demasiado con respecto al secreto que tanto en su corazón
pesaba.
-¿Y hemos de seguir atados a la
traílla del conde? Por el soto de Manzanares te aseguro que no comprendo cómo
un caballero que ha seguido siempre el sonido de la bocina del buen rey Enrique
puede vivir contento andando al monte del nigromante de... -Silencio, Hernando;
haces mal en
ofender al conde de Cangas con
esas voces que el vulgo ha adoptado tal vez con sobrada ligereza. Verdad es que
soy doncel de Su Alteza; empero aceptando el encargo del conde, aprovechaba el
único medio que a la sazón tenía para desembarazarme de la confusión de la
Corte, que aborrezco.
-Solo desde que levantaste la
caza...
porque antes la amabas como yo
amo el monte.
-Como quieras; no por eso dejará
de ser verdad que en el día la aborrezco. La muerte es la que me espera en la
Corte; una estrella fija que la acompaña siempre y que luce en medio de ella
como Venus entre los demás planetas, deslumbra mis débiles ojos... La afición
que desgraciadamente me ha tomado el Rey no hubiera permitido que yo me
separase con ningún pretexto de esa Corte, donde he de encontrar mi perdición,
a no haberle alegado su mismo tío el de Villena, a quien nada puede negar, la
falta que de mi tenía. Supe que el conde necesitaba un emisario en Calatrava,
fingí adaptar mi carácter al suyo, y aceptó mis servicios. Y he pretendido que
esta venida se mantuviese oculta a todo el mundo, y así he exigido de don
Enrique, porque si el Rey supiera mi estancia en su propio palacio, no me sería
tan fácil volver al lugar apartado donde la distancia de la causa de mis penas
me pone a
cubierto de los peligros que su
inmediación me prepara.-Confieso, señor, que no entiendo tu manera de cazar.
¡Voto va! Cuando yo sé que hay venado en el monte, en vez de salirme de él,
cada vez me interno más en la maleza, y o perezco en la demanda, o salgo con la
res. -Bien, Hernando; pero el venado de los montes donde cazas es tuyo y de
todo el que tiene perros para levantarle.
-¿Tiene, pues, dueño el venado
que has
visto? Te asiste entonces sobrada
razón. Nunca he metido mis sabuesos en monte ajeno ni vedado. A quien Dios se
le dio, San Pedro se le bendiga. Pero en justa compensación, ¡ay del que
hiciera resonar una bocina en monte de mi señor! Mi fiel Brabonel, que duerme
ahora descansadamente, y la punta de mi venablo, le enseñarían la salida y le
sabrían obligar a tañer de sencilla.
-Hernando, calla, calla por Dios
y por
Brabonel.
No sabía el tosco montero, poco
cortesano, cuán adentro había
entrado en el corazón de su señor su última alegoría, más despedazadora que el
agudo acero de su mismo venablo.
-Callaré; pero antes he de decir
que el montero que pasa por monte vedado, si el diablo le tienta para escatimar
el rastro, ha de apretar los ijares al caballo e irse a monte suyo. ¡Voto va!
que hay venados en el mundo y no se encierra en un monte solo toda la caza de
Castilla. Yo quiero darte el ejemplo. ¿Te parece que no habrá sufrido Hernando
cuando ha oído esta tarde en medio del monte las bocinas de sus amigos, y
cuando en vez de aderezar la ballesta ha tenido que contentarse con sacar del
bolsillo un inútil pergamino, y volverse como perro cobarde con las orejas
agachadas y sin siquiera ladrar por obedecer a su amo?
-Seguiré tu consejo, Hernando
-repuso
el caballero lanzando un
suspiro-, le seguiré, y con la ayuda de Dios y de mi buen caballo, estaremos al
alba fuera de Madrid. Recógete, pues, Hernando, y descansa.
No había acabado aún de hablar el
resuelto caballero cuando levantándose Brabonel sobre sus cuatro patas, abrió
una boca disforme, lamióse los labios, agitó la cola, y sacudiendo las orejas,
acercóse a pasos lentos y mesurados a la puerta, como dando muestras de oír
algún rumor que reclamaba su atención
y vigilancia. No tardó mucho en
romper a ladrar después de haber imitado un momento por lo bajo el sordo y
lejano redoble de un tambor.-Brabonel -dijo Hernando acercándose y dándole una
palmada en el lomo-, vamos, ¿qué inquietud es esa? No estamos en el encinar.
¡Vamos, silencio!
Lamió las manos de Hernando el
animal, más tranquilo ya con el
tono seguro y reposado de su amo, y de allí a poco tres golpecitos iguales y
misteriosos sonaron en la puerta, que Hernando se acercó a abrir, preguntando
antes quién a semejante deshora venía a turbar el reposo de los caballeros que
habitaban aquella parte del alcázar.
-Don Enrique de Villena
-respondió en
tono algo bajo una voz mal segura
que delataba la corta edad del que la emitía.
-Abre, Hernando; es la señal
-dijo en oyéndola el caballero, y se levantó del lecho donde yacía vestido-;
abre y retírate. ¡Lléveme el diablo si no quiero reconocer esta voz, y si
comprendo por qué es éste el emisario de don Enrique!Abrió Hernando la puerta,
y Jaime el pajecillo, a quien enviaba el conde de Cangas y Tineo, entró en el
aposento, manifestando bien a las claras cuánto gusto tenía en poner término al
miedo que se había acrecentado en él al
recorrer las escaleras oscuras y
largos corredores poco alumbrados del espacioso alcázar de Madrid. Retiróse
Hernando, obediente a las indicaciones de su señor, y con él el terrible alano,
a cuya vista se había detenido algún tanto el azorado paje en el dintel de la
puerta. No bien hubieron desaparecido los dos inoportunos testigos, cuando
alzando la cabeza el caballero y alzándola el paje, entrambos a dos quedaron
inmóviles dudando aún de la identidad de la persona que cada uno de ellos en
frente de sí veía. Revolvía el primero en su cabeza mil ideas encontradas;
dudaba si sería aquél el emisario de don Enrique, y reflexionaba si podría
haber dado la señal convenida, sin saberla, por una casualidad posible, si bien
no probable. En este último caso pesábale de que aquél más que otro supiese de
su repentina llegada.
El paje fue el primero que volvió
del
estupor en que su agradable
sorpresa le había puesto, y arrojándose casi en brazos de su interlocutor:
-¿Vos en Madrid? ¿Sois vos, señor
Macías? -exclamó.
-¡Silencio, paje indiscreto,
silencio! -dijo
el caballero, separándole con
extraña frialdad, que cortó la manifestación de su alborozo-. Hay más gente que
nosotros en el castillo, y las paredes oyen, y oyen más que las mujeres. -¡Ah!
perdonad, señor... señor Ma... no
os sé llamar de otra manera; como
me daba tanto gozo pronunciar vuestro nombre, no creí que podría ser malo...
Pero ya veo que habéis mudado de amigos, y no sois el que antes erais. Bien
dice mi hermosa prima Elvira que no hay afecto que dure, ni hombre constante...
Me voy me voy.-Detente, paje; has hablado demasiado para no hablar más. ¿Dice
eso tu prima Elvira? ¿Cuándo? ¿A quién lo dice? ¡Habla! -repuso el
caballero, a quien llamaremos por
su nombre de aquí en adelante, supuesto que ya nos le ha revelado el imprudente
paje-; habla -repitió asiéndole fuertemente de un brazo, no pudiendo disimular
la vibración de la cuerda principal de su corazón, herida fuertemente por el
muchacho.
No sabía el paje si su antiguo
amigo,
como le había llamado, había
perdido el juicio; mirábale de alto abajo y sonriéndose por fin le contestó:
-Os preciáis de invencibles los
caballeros, y ved aquí que una
sola palabra de un pobre paje ha alterado toda la serenidad de un doncel tan
cumplido como el trovador M..., no tengáis miedo, no lo volveré a pronunciar.
Pero veo en el calor con que
habéis oído mis palabras -añadió maliciosamente- que tomáis todavía algún
interés por vuestras antiguas conexiones.
-¿Te complaces en atormentarme,
paje?
¿De parte de quién vienes? ¿Qué
te trae aquí? Si es quien tengo motivos para sospechar, dilo presto; nunca
enviado alguno habrá logrado una recompensa más brillante.
-Os equivocáis. Guardad la
recompensa para mejor ocasión.
-¡Cielos! -exclamó Macías-. Bien
que... -
añadió para sí-, ¿no ignora mi
venida? ¿Y no es mi voluntad que la ignore? ¿Te envía el infierno para abrir
mis heridas mal cicatrizadas? -Bien podéis decir que me envía el
infierno, porque vengo de parte
de su mayor amigo. -¿Estás loco?
-Del nigromante. ¿No me
entendéis? -¿Es posible que el conde no pueda destruir esa voz injuriosa que
corre de él y crece de día en día?
-Buenas trazas lleva de querer
destruirla, y ha alhajado su
gabinete por el
estilo del de el físico de Su
Alteza, el judío Abenzarsal, y se andan a la magia de mancomún...
-¡Silencio otra vez! Dejemos la
magia y
el judío y el nigromante.
Respóndeme, paje. ¿Y por qué te envía a ti don Enrique de Villena? No me había
dicho que serías tú su emisario. -Os lo diré si me soltáis este brazo, que
me va doliendo más de lo que es
menester; no os acordáis que tengo quince años. Si el brazo fuera de mi prima,
no os distrajerais de esta manera.
-Basta; habla, pues, la verdad;
con esa condición te suelto.
-Apuesto que me habéis hecho un
cardenal. -¿Quieres apurar mi
paciencia, paje?
Habla, o te hago otro en el otro
brazo
-Piedad de mí, señor caballero.
Pero no
dudéis que me envía don Enrique.
, me dijo
de su parte Ferrus, .
-Bien, lo sé, era la señal
convenida para anunciarme que le esperase. Pero ¿eres por ventura de su
familia?
-Sí soy; habéis de saber que don
Enrique, estando un día con
Fernán Pérez de
Vadillo...
-¿Fernán Pérez?
-Sí, el marido de Elvira, a quien
conocéis
como a mí...
-Prosigue, paje, y no me irrites
más con tus digresiones.
-Me vio en el cuarto de mi prima
y hube
de agradarle; díjome que si
quería servirle en clase de paje, y acepté a pesar de mi prima, que quería
tenerme a su lado porque como sólo conmigo podía hablar de... ¿Queréis que lo
diga? -Acaba, paje del infierno.
-De vuestra señoría -añadió el
paje
malicioso quitándose una especie
de birrete que en la cabeza traía y haciendo una profunda
cortesía.-¿De mí? ¡Ah! tiembla,
Jaime, si te diviertes a mis expensas.
-Os quiero demasiado para eso;
como os digo, entré a servirle, pero os juro que desde mañana me vuelvo al lado
de mi prima, porque he cobrado miedo a sus hechizos. Dicen que sabe alzar
figura y.. ¡Jesús!... yo me entiendo. -Paje, óyeme: nadie en el mundo
pudiera haberme hecho más feliz
con menos palabras; tú has renovado ideas que yo debiera haber abandonado hace
mucho tiempo; pero nadie puede más que su destino. Si en tu vida has sospechado
alguna cosa del mal que padezco, calla como la tumba; si nada has sospechado,
nada preguntes, nada inquieras. Sobre todo, vuelvas o no al lado de Elvira,
júrame no abrir tu boca para decir que me has visto en Madrid; toma -añadió
quitándose un anillo que en el dedo pequeño traía-, toma, y éste te recordará
la obligación en que quedas
conmigo y que el doncel de
Enrique III no olvida jamás a las personas que una vez quiso bien. Ahora parte
y calla. Nada has oído, nada has visto.
-Señor doncel, ignoro el valor de
estos diamantes, pero aunque fuera este anillo de hierro, bastaba para lo que
yo le quiero. Decidme sólo que no quedáis enojado conmigo. -¿Enojado, Jaime?
¿Enojado? ¡Dichoso, Jaime! Adiós. Si algún día necesitas del socorro de un
caballero, acuérdate del doncel de Enrique III. Adiós; a esta hora no me
convendría que te encontrase nadie en mi aposento, parte, Jaime, y si vuelves a
don Enrique, di que tu comisión ha quedado completamente desempeñada.
Acomodó el paje en el dedo en que
mejor ajustó el anillo del doncel, y despidiéndose afectuosamente, no tardaron
en oírse sus pasos por los corredores; de allí a
poco sus ecos fueron gradualmente
perdiendo sonido hasta desvanecerse y perderse del todo en la distancia.
La escena del diálogo inesperado
que acababa de sostener el desdichado doncel no era lo más a propósito para
tranquilizar su agitado espíritu. En cuanto dejó de oír los últimos ecos de los
pasos del mancebo, que había abierto casi inocentemente sus antiguas llagas y
había echado leña seca en el fuego que ardía, hacía poco al parecer
amortiguado, en su pecho, cerró su puerta y comenzó a pasear su pena por la
pieza con pasos tan vagos como sus ideas. Largo espacio de tiempo duró en aquel
estado de lucha consigo mismo, ora paseando aceleradamente, ora parándose de
repente como si el movimiento de su cuerpo se opusiese al de sus pensamientos.
Bien pudierais haberme hecho prendarme, que fue preciso que me entregaseis a
discreción de la
única tal vez de quien un
juramento sagrado y una unión mil veces maldecida para siempre me separan? ¡Yo
romperé esa ara, yo la destrozaré! ¡Yo hollaré con mis propios pies ese altar
funesto que nos divide!», concluía al cabo de un paseo más agitado.
Pero de allí a poco volvía la
reflexión a ocupar el lugar de la pasión y se le oía entre dientes:
En estos y otros soliloquios a
éstos semejantes le encontró el momento de la visita que esperaba. El conde de
Cangas y Tineo, envuelto en un sobrecapote de fino vellorí, y con una linterna
sorda en la mano para alumbrar sus pasos, se presentó llamando a su puerta.
Abrióle, y después de un corto y silencioso saludo, dieron principio al
importante coloquio que nos vemos precisados a dejar para otro capítulo.
CAPITULO SEXTO
Calledes, conde, calledes.
Conde, no digáis vos tale.
......................................
El conde desque esto oyera
Presto tal respuesta hace:
-Ruégote yo, caballero,
Que me quieras escuchare.
El conde Dirlos.
Cuando don Enrique de Villena
entró en
el aposento de Macías, éste le
arrimó un asiento, el cual ocupó sin hacerse de rogar, como hombre que se
reconoce superior en jerarquía al que guarda con él una consideración. Macías
se sentó en otro, colocándose de suerte que quedaba la mesa con la lámpara que
en ella ardía en medio de los dos; y lo hizo con el aire de un hombre que si
bien se cree en el caso de tributar atenciones a aquel con quien está en
sociedad, no se imagina de ninguna manera en posición de sostener de pie, con
él sentado, una larga conferencia. Colocados de esta manera, daba la luz de
lleno en el rostro de entrambos, y como creemos no haber dado hasta ahora idea
alguna de las fisonomías y exterior de estos dos principales personajes de
nuestra narración, aprovecharemos esta coyuntura favorable para describir lo
que en ellos hubiera visto o al menos creído ver cualquier observador que los
hubiera acechado, por pocos
progresos que hubiese hecho en el arte Lavateriano, posteriormente reglamentado
por el sabio abate, pero cuya existencia tiene tanta antigüedad como el dicho
vulgar, en todos los países y épocas conocido, de que los ojos son las ventanas
del corazón y la cara el traslado del alma.
Don Enrique de Villena era de
corta
estatura; sus ojos, hundidos y
pequeños, tenían
una expresión particular de
superioridad y
predominio que avasallaba desde
la primera
vez a los más de los que con él
hablaban; su voz
era hueca y sonora, calidades que
no
contribuían poco a aumentar en el
vulgo la
impresión mágica que en los
ánimos débiles
ejercía. Su nariz afilada y su
boca muy pequeña
le daban todo el aire de un
hombre sagaz
penetrante, vivo, falso y aun
temible. Sin
embargo, como ha podido inferir
el lector de su
diálogo con Ferrus no estaba tan
corrompido su corazón que no respetase todavía en la sociedad en que vivía una
porción de consideraciones, que su criado, por el contrario, atropellaba sin el
más mínimo escrúpulo de conciencia. De Ferrus dijimos que no era el malvado
bastante impío para sus fines, y de don Enrique podemos, por el contrario,
asegurar que no era el impío bastante malvado para los suyos. Naturalmente
afeminado y dedicado al estudio faltábanle el vigor y la energía de carácter
que corona las empresas aventuradas. Difícil nos sería decir si era o no
religioso; nos contentaremos con exponer a la vista del lector varios rasgos
que pueden caracterizarle cumplidamente bajo este dudoso punto de vista, y él
más que nadie podrá juzgar si era la religión para él un instrumento o una
preocupación.
El interlocutor que enfrente
tenía era un
mancebo que en caso de duda
hubiera podido atestiguar con su propia persona la larga dominación de los
árabes en Castilla. Su color era moreno, sus cabellos negros como el azabache;
sus ojos del mismo color, pero grandes, brillantes y guarnecidos de largas
pestañas; una sola vez bastaba verlos para decidir que quien de aquella manera
los manejaba era un hombre generoso, franco, valiente y en alto grado sensible.
Un observador más inteligente hubiera leído también, en su lánguido
amartelamiento, que el amor era la primera pasión del joven. Su frente ancha,
elevada y espaciosa, y su nariz bien delineada, denunciaban su talento, su
natural arrogancia y la elevación de sus pensamientos. Ornábale el rostro en
derredor una rizada barba que daba cierta severidad marcial a su fisonomía; su
voz era varonil, si bien armoniosa y agradable, su estatura gallarda.
-Macías -comenzó a decir don
Enrique
de Villena después de un breve
espacio en que pareció reunir todas sus fuerzas para determinarse a proponer
sus ideas-, vengo a daros la muestra que de gratitud os debo por la exactitud
con que habéis cumplido la delicada comisión que en vuestras manos confié.
Decidme si es posible que tenga alguien en la Corte noticia de la muerte del
maestre. -Señor -respondió Macías-, Hernando y
yo no hemos cesado de correr
desde Calatrava a Madrid y a nuestra salida del monasterio éramos los únicos
que en la villa sabíamos el infausto acontecimiento; en dos días lo menos no se
tendrá en Madrid más noticia que la que nosotros queramos esparcir.
-Ninguna. Dadme vuestra palabra.
-De caballero os la doy.
-Permitidme ahora que os pregunte
si habéis sospechado cuál puede ser mi objeto.
-Lo ignoro -respondió Macías,
asombrado de la pregunta.
-Sabedlo pues: creo no haberme
equivocado cuando he pensado en
vos para la
ejecución de mis planes; el paso
que,
conociendo ya mi carácter,
disteis en Calatrava,
me hace pensar que habéis formado
planes
para vos mismo análogos acaso a
los míos.
-Os juro que no tenía más plan
que el de
serviros.-¡Doncel! -dijo
sonriéndose don
Enrique-, en vuestra edad es
natural el rubor de
confesar ciertas intenciones...
-No os entiendo...
-No importa; si nuestros
intereses están unidos, y si os sentís con audacia para poner los medios que he
menester, guardad silencio, tanto mejor. Oídme, que acaso mi confesión
facilitará la vuestra. Intento ser maestre de Calatrava -añadió bajando la voz.
-¿Vos, señor?
-¿No lo habéis sospechado nunca?
Pues bien, si don Enrique de Aragón es algún día maestre de Calatrava, el
doncel Macías se llamará comendador. ¿Queréis ocupar otro puesto que os venga
mejor?
-Y tanto, príncipe generoso
-respondió
Macías inclinando respetuosamente
la cabeza y mirando con asombro al maestre futuro. -Dejad esa inoportuna
modestia;
imagino que entrambos nos
conocemos -dijo Villena apretando la mano del mancebo admirado-. ¿Estáis
sorprendido?
-Permitid que me confiese
asombrado.
Los vínculos sagrados del himeneo
os unen a una mujer, y no podéis ignorar que este es un obstáculo insuperable.
-Obstáculo sí; insuperable, ¿por
qué? - exclamó don Enrique, apoyado en la seguridad del plan que acaba de
inspirarle su juglar poco antes de venir a buscar al doncel, y que él había
abrazado con tanta más confianza
cuanto que su pérfido consejero había empleado para hacérselo adoptar los
acostumbrados recursos que arriba dejamos indicados. Verdad es que el plan era
diabólico, y tanto había admirado a don Enrique, que aquella había sido la
primera vez que había llegado a dudar si efectivamente el espíritu enemigo del
hombre tendría poder para sugerir ideas a sus fieles servidores. -¿Por qué?
-repitió Macías-; esperad;
sólo un medio entreveo:
¿consiente vuestra esposa en un divorcio ruidoso y...? -Jamás consentirá. En
balde la he
querido reducir.
-En ese caso...
-Oídme. Cuento con vos.
-Disponed de mis pocas fuerzas,
si el
honor y...
-Oíd y dejad a un lado esas
fórmulas de sentido, inútiles ya entre nosotros, para usarlas
con el vulgo que se paga de
ellas. Encendiéronse las mejillas de Macías, y bien hubiera querido interrumpir
a Villena para darle a conocer cuán lejos estaba de considerar el honor fórmula
vana; pero el conde, que interpretó a su favor el rubor del mancebo, prosiguió
sin darle lugar a hablar: -Doncel, mañana al caer del día procuraré que doña
María de Albornoz, mi respetable esposa, no interrumpa su costumbre diaria de
pasear por el soto, camino de El Pardo; acompáñala por lo regular en este paseo
diurno y solitario su camarera Elvira; cuando se haya separado largo trecho de
sus demás criados, un caballero, convenientemente armado y ayudado de los
brazos que creyese necesarios, arrebatará a la condesa de la compañía de
Elvira. ¿Qué tenéis?
-Nada; proseguid -repuso Macías
pudiendo contener apenas su indignación.
-Observaránse las precauciones
necesarias para que ella y el mundo entero ignoren eternamente su robador y su
destino. Guardados en tanto por mis gentes los pasos de los que pudieran venir
de Calatrava a dar la noticia de la muerte del maestre, sabré ganar tiempo para
que de ninguna manera coincida un acontecimiento con otro. Permitidme acabar:
me resta designaros el osado y valiente caballero que, robando a la condesa, ha
de dar el paso más difícil en tan importante empresa. Si una placa de
comendador de la orden no es suficiente recompensa para su ambición, él será el
verdadero maestre, y después de don Enrique de Villena nadie brillará más en la
Corte en poder y en riqueza que el doncel de don Enrique el Doliente.
-¿El doncel de don Enrique el
Doliente? -interrumpió el impetuoso mancebo levantándose y echando mano al puño
de su
espada-. ¿El doncel de don
Enrique el Doliente
habéis dicho, conde? ¡Santo
cielo! Bien merece
ese desdichado doncel el
injurioso concepto
que de él habéis indignamente
formado, si
tantos años de honor no han
bastado a impedir
que los hipócritas le cuenten en
su número
despreciable. Bien lo merece,
juro a Dios, pues
que su espada permanece aún atada
en la vaina
por miserables respetos, sin
castigar al osado
que mancilla su buen nombre y
espera de él
cobardes acciones.
-¡Doncel!
-exclamó asombrado,
levantándose también a este
punto, el conde de Cangas y Tineo. No le permitió pronunciar más palabras en un
gran rato la cólera que de él se apoderó al ver defraudadas tan inopinadamente
sus anteriores esperanzas. Deteníale, sobre todo, la vergüenza de haber
descubierto sus planes al mancebo sin más
fruto que su amarga reconvención,
y culpábase en su interior de no haber explorado más tiempo el terreno arenoso
sobre que había sentado el pie arriesgadamente.
-¡Doncel! -repitió ya en pie-,
¡vive Dios
que no comprendo vuestro loco
arrebato, ni esperé nunca en vos tal pago de mi indiscreta confianza!
-¿Y quién os indujo a presumir -
respondió el doncel- que un
caballero y que Macías había de poner cobardemente la mano sobre una mujer
indefensa? ¿Qué visteis en mí, señor, que os diese lugar a creer que tuviese
tan olvidados los principios y los deberes de la orden de caballería que para
acorrer a los débiles y a los desvalidos recibí del Rey y profeso? ¿No me
habéis visto vos mismo pelear con los moros y los portugueses? ¿En qué día de
batalla me visteis huir? ¡Oh rabia! ¡Oh vergüenza! ¡Oh buen rey Enrique III! He
aquí el
concepto que de tus mismos
grandes merecen tus donceles.
No veía don Enrique de Villena
los objetos que le rodeaban; tal eran la ira y el coraje que crecían por
momentos en su corazón. Algún tiempo dudó si, echando mano a la espada,
vengaría con sangre los ultrajes a su persona que por primera vez oía, y si sepultaría
para siempre en la tumba del impetuoso mancebo el secreto que imprudentemente
había descubierto, o hundiría en la suya propia su vergüenza y su afrentoso
desaire. Mirábale atento a sus acciones todas, para obrar en consecuencia; el
ofendido joven, y bien se veía en su semblante la resolución que tomada tenía
de responder con la espada o con la lengua a los desmanes del orgulloso
magnate. Reflexionó, empero, don Enrique que un lance ruidoso de esta especie a
aquellas horas, y en el alcázar mismo de Su Alteza, no podría tener en
ningún caso buenas consecuencias
para sus planes, determinó encomendar a la prudencia los yerros que por falta
de ella había recientemente cometido. Revistióse, pues, con asombrosa rapidez
la máscara hipócrita que en tantas ocasiones le había sido de conocida
utilidad, y envainando del todo con un solo golpe la espada, cuya hoja había
brillado ya en parte un corto instante a los ojos de su interlocutor:
-Macías -le dijo con voz serena y
aun afectuosa-, vuestros pocos años han estado a punto de perdernos a
entrambos. Confieso que he errado el golpe, y os devuelvo todo el honor que os
había quitado. No penséis, sin embargo, -añadió el astuto cortesano recogiendo
velas-, que era mi objeto llevar completamente a cabo el plan que os proponía;
tal vez quería conocer a fondo y vuestro carácter, y estoy completamente
satisfecho de vuestra laudable
conducta. Con respecto al objeto
de mi visita, ignoro si, después de haber pensado mejor los medios que tengo a
mi disposición para llegar a ser maestre, elegiré ése u otro. De todas suertes
no me sois útil; es concluido, pues, vuestro servicio en mi casa; excusáis
volver a Calatrava; mañana os devolveré a Su Alteza; pero como os supongo
bastante talento para conocer el mundo y los hombres, a pesar de vuestros pocos
años, espero que nos separemos amigos, como dos caminantes que han pasado una
mala noche en una misma posada y que al día siguiente, debiendo seguir cada uno
un sendero opuesto, se despiden cortésmente. Si sois el caballero que decís,
vuestro honor os dicta si debéis guardar el de otro caballero y los pactos que
estábamos hasta la presente convenidos; si creéis, sin embargo, de vuestro
deber dar a luz pública nuestro diálogo, sois dueño de hacerlo; pero...
acordaos -añadió afirmándose en los
talones con ademán de hombre
resuelto y dando en la mesa una palmada que resonó en gran parte del alcázar-
acordaos de que don Enrique de Aragón y Villena, conde de Cangas y Tineo, señor
de las villa de Alcocer, Salmerón, Valdeolivas y otras, nieto del rey don Jaime
y tío del rey don Enrique, no ha menester ser maestre de Calatrava para hacer
probar los tiros de su poderosa venganza a un doncel pobre y oscuro del Rey
Doliente, a quien una imprudencia ha puesto momentáneamente sobre él.-Deteneos
-dijo Macías más sosegado, asiéndole de la ropa al ver que se preparaba a salir
del teatro de su confusión-. Deteneos; puesto que habéis creído necesaria una
explicación antes de concluir nuestra entrevista, permítame vuestra grandeza
que con el respeto que debo a su clase, le exponga mis sentimientos sobre
frases nuevamente ofensivas que acabáis de proferir. Sé cuánto
debo al rango que ocupa don
Enrique de Villena en Castilla; sé que mi imprudente arrojo ha podido empañar
sus resplandores; sé que debiera haberme limitado a responder no sencillamente;
pero si vuestra grandeza es caballero, conocerá cuánto cuesta sufrir
cristianamente un ultraje a quien tiene sangre noble en las venas. Si exigís de
ello una satisfacción, en esto os la doy; si la queréis de otra especie, mi
lanza y mi espada están siempre prontas a abonar mis imprudencias. La amistad
que pedís, ni la busco ni la otorgo: vuestra protección no la necesito. Como
caballero observaré los pactos y guardaré los secretos que como caballero
prometí guardar. Nadie sabrá por mí la muerte del maestre. Con respecto a
vuestros planes, no me exigisteis palabra de ocultarlos...
-¿Cómo? -interrumpió don Enrique
de Villena, inmutado.
-Permitidme, señor, que hable. No
estoy obligado a guardarlos; os prometo, sin embargo, en consideración al
nombre ilustre que lleváis, y cuyo brillo no quisiera ver empañado, que no haré
más uso de lo que acerca de vuestras intenciones me habéis dicho que el
indispensable para salvar a la inocencia que queréis oprimir. Dadme licencia de
que os asegure que fuera tan criminal en consentirlo con vergonzoso silencio
como en cooperar al logro de la maldad. Mientras pueda salvar a la de Albornoz
sin hablar, callaré; mas si puede mi silencio contribuir a su ruina, hablaré. A
esto me obliga el ser caballero.
-Hablad en buen hora, hablad
-dijo don Enrique en el colmo del furor-, pero ¡temblad!... -Permitid, señor,
que os acompañe hasta
que os deje en vuestra estancia
-añadió Macías con respeto y mesura.
-No, estaos aquí; yo lo exijo; a
Dios
quedad.-Ved, señor, que no es esa
la salida; por allí saldréis mejor.
-Ciego voy de cólera -dijo para
sí al salir don Enrique de Villena, que en medio de su arrebato había
equivocado la puerta interior con la exterior.
Abrióle Macías la que daba al
corredor,
y asiendo de la lámpara que sobre
la mesa ardía, alumbróle hasta que comenzó a bajar los escalones, y cuando ya
se alejó lo bastante para que él pudiese retirarse:, dijo en voz alta
el comedido doncel. Un ligero
murmullo que confusamente llegó a sus oídos dio indicios de que había sido oído
su saludo y respondido entre dientes, acaso con alguna maldición, por el
irritado conde, que se alejaba premeditando los medios de venganza que a su
arbitrio tenía, y sobre todo la manera que debería observar para impedir los
efectos de la terrible amenaza que, al despedirse de él, le había hecho el
magnánimo doncel.
Volvióse éste a entrar en su
aposento, revolviendo en su cabeza la notable mudanza que había efectuado en su
situación la escena en que acababa de hacer un papel tan principal; determinóse
en el fondo de su corazón a no dejar perecer la inocente y débil oveja a manos
del tigre en cuya guarida se hallaba desgraciadamente presa. Después de haber
cerrado su puerta con cuidado, llegóse a la que daba a la cámara de Hernando y
llamólo en voz baja. -¿Quién pregunta? -dijo entre sueños el feliz montero-.
¿Tañen de andar al monte? -Si algo oíste, Hernando, esta noche -
dijo el doncel- haz como si nada
hubieras oído. Mañana no partiremos al alba; duerme, pues, y descansa, y deja
descansar a los caballos.
-Se hará tu voluntad -respondió
la voz gruesa del montero, y no tardó en oírse de nuevo el ronquido sordo de su
tranquilo sueño.
Bien quisiera imitarle el
desdichado doncel, pero no le dejaba el recuerdo de su ingrata señora ni el
deseo de buscar trazas que a los proyectos que preparaba para el día siguiente
pudiesen ser de pronta utilidad.
Don Enrique, en tanto, despechado
se dirigió a su cámara, donde encontró a su Ferrus. Allí trataron los dos, no
ya de llevar a cabo su proyecto tal cual primeramente le habían concebido, sino
con aquellas alteraciones que exigía la nueva posición en que los había puesto
la repulsa de Macías, y de la venganza y precauciones que deberían usar contra
el doncel antes de que pudiera perjudicar a sus pérfidas intenciones. Después
que hubieron conversado largo espacio, trató don Enrique de averiguar qué hora
podría ser. Mas fue imposible saberlo jamás por su reloj de arena, pues con la
agitación de las escenas de la noche, habíase descuidado volver el reloj al
concluírsele la arena; como buen
astrónomo, sin embargo, pasó a la cámara inmediata que tenía vistas al soto, y
reconoció que debía haber durado mucho su coloquio con Ferrus, decidiéndose en
vista de la hora avanzada, que él se figuraba por las estrellas ser la de las
cuatro, a entregarse al descanso de que tanto tiempo hacía ya que gozaban los
demás pacíficos habitantes del alcázar de Madrid. Iba ya a cerrar la ventana
para realizar su determinación, cuando le detuvo de improviso un extraño rumor
que oyó, el cual le pareció no poder provenir a aquellas horas de causa alguna
natural; empero, permítanos el lector que demos algún reposo a nuestro fatigado
aliento.
CAPITULO SÉPTIMO
Ya se parte el pajecito
Ya se parte, ya se va,
Llorando de los sus ojos
Que quería reventar.
Topara con la princesa;
Bien oiréis lo que dirá.
Rom. del conde Claros.
Cuando don Enrique de Villena,
volviendo silenciosamente la espalda a su esposa a la aparición de Elvira, que
había acudido con tanta oportunidad a atajar los efectos de su furor, la dejó
toda llorosa en brazos de su camarera, ignorante de cuanto había pasado, ésta
empleó cuantos medios estaban a su alcance para hacerla volver en si del estado
de estupor y de profunda enajenación en que la había puesto la desdichada
escena que con su injusto esposo acababa de tener. Sentóla en un sillón, donde
no daba muestras de vida la infeliz condesa, enjugó las lágrimas que habían
inundado en un principio su rostro, pero cuyo curso había detenido ya el exceso
del dolor; la aflojó el
vestido con que tan inútilmente
se había engalanado pocos momentos antes en obsequio del caballero descortés y
refrescó la atmósfera que la rodeaba con un abanico. Al cabo de algún tiempo
produjo la solicitud de Elvira
todo el efecto que deseaba;
comenzó la condesa a dar indicios de querer desahogar su pecho oprimido, y de
allí a poco rompió de nuevo a llorar amargas y copiosas lágrimas, exhalando
profundos gemidos acompañados de voces inarticuladas, las cuales producía a
trechos y a pedazos, en los huecos del llanto, con un acento convulsivo y un
tono de voz ora agudo, ora reconcentrado, que ninguna pluma de escritor
o de músico puede atreverse a
representar en el papel. Poco a poco fue perdiendo fuerzas su acceso de cólera,
como pierde impetuosidad el torrente si, una vez roto el dique que le
enfurecía, halla anchas y fáciles salidas a sus ondas por la tendida campiña;
mitigóse su
dolor, pero por largo espacio
conservó indicios del enojo anterior, como se echaba de ver en el movimiento de
elevación y depresión de su agitado seno, semejante al mar, cuyas olas, mucho
tiempo después de pasada la borrasca, conservan, aunque decreciente, la
inquietud que el huracán les imprimió.
Luego que estuvo en estado de
hablar
con más serenidad, refirió a
Elvira cuanto con el conde le acababa de pasar, y fueron inútiles todos los
consuelos que su fiel camarera trató de prodigarle. Revolvía en su cabeza mil
ideas encontradas: ora quería salir inmediatamente de aquella parte del alcázar
que le estaba destinada y refugiarse a sus villas; ora intentaba acogerse al
amparo del mismo Rey, esperando de su justicia que reprimiría los desórdenes de
su esposo y le impondría algún temor para lo sucesivo, pues pensar en que ella
consintiese en la separación que el conde
manifestaba desear, era sueño,
puesto que se había casado enamorada de Villena; verdad es que el trato y la
mala vida que la daba hubieran sido bastantes a hacer odioso al más perfecto de
los hombres; pero todos sabemos que la frialdad y el despego suelen ser
incentivos vivísimos del amor, y lo eran tanto más en la condesa cuanto que,
habiendo vivido siempre don Enrique apartado de ella después de su infausta
boda, no había dado jamás entrada al hastío que hubiera seguido a una larga y
tranquila posesión. Aguijoneaba además, a la infeliz condesa la saeta de los
celos; en varias ocasiones había sorprendido al conde de Cangas en conquista o
persecución de algunas bellezas, y aun una de las que había considerado siempre
como primer objeto de sus obsequios era aquella misma Elvira en quien tenía
puesta toda su confianza; mas como tenía pruebas de que ésta se había negado
constantemente a dar oídos a toda
proposición amorosa del de Villena, y en la seguridad en que estaba de que
cualquiera que a su lado viviese había de excitar los deseos de su esposo,
quería tener más bien por camarera aquella de cuya lealtad y odio a la persona
del conde no podía dudar en manera alguna. En esta ocasión se equivocaba la
condesa en sus temores porque no
un amor adúltero, sino la ambición era quien a tan descortés procedimiento a
don Enrique obligaba. Empero esta era la verdad: por una parte el amor, que a
pesar de los desdenes de Villena en su corazón duraba, y por otra la creencia
en que estaba de que sólo proponía aquel rompimiento para entregarse más a su
salvo a alguna nueva intriga amorosa, eran suficientes motivos para que nunca
hubiese ella prestado su consentimiento al propuesto divorcio.
Logró por fin persuadirla Elvira
a que se recogiese y tratase de poner un paréntesis a su pesar en el sueño
dejando para el día siguiente el resolver lo que debería hacerse. Hízolo así la
condesa, y Elvira se retiró a la cámara inmediata, en donde se proponía
esperar, al lado del fuego, a que su señora se hubiese entregado completamente
al descanso para seguir su acertado ejemplo. Sentóse cerca de la lumbre,
después de haber dado las Oportunas disposiciones para que durante la noche no
faltasen sus dueñas del lado de la condesa, y púsose a leer un manuscrito
voluminoso, que entre otros muchos y muy raros tenía don Enrique de Villena,
por ser libro que a la sazón corría con mucha fama y ser lectura propia de
mujeres. Era éste el Amadís de Gaula. Hacía pocos años que su autor, Vasco
Lobeira, había dado al mundo este distinguido parto de su ingenio fecundo, y
don Enrique de Villena, por
el rango que ocupaba en Castilla
y por su decidida afición a las letras y relaciones que con los demás sabios de
su tiempo tenía, había podido fácilmente hacer sacar de él una de las primeras
copias que en estos reinos corrieron. El carácter de Elvira simpatizaba no poco
con las ideas de amor, constancia eterna y demás virtudes caballerescas que en
aquel libro leía; hubiera dado la mitad de su existencia por hallarse en el
caso de la bella Oriana, y aun no le faltaba a su imaginación ardiente un
retrato de Amadís cuya fe la hubiera lisonjeado más que nada en el mundo; era
éste un mancebo generoso de la corte de Enrique III, a quien había conocido
desgraciadamente después que Fernán Pérez de Vadillo. Habíase casado, en
verdad, ciegamente apasionada del hidalgo; pero desde su boda hasta el punto en
que la encuentra nuestra historia, se había ensanchado considerablemente el
círculo de sus ideas.
Fernán Pérez, por el contrario,
era siempre el mismo que en otro tiempo había cautivado sin mucho trabajo el
inocente corazón de la niña Elvira; pero ésta no era ya la amante que se había
prendado de Fernán Pérez; su carácter se había desarrollado de una manera
prodigiosa, y un foco de sensibilidad y de fogosas pasiones creado nuevamente
en su corazón, había producido en su existencia un vacío de que ella misma no
se sabía dar cuenta. Se había formado en su cabeza un bello ideal, no hijo del
mundo real en que habitaba, sino de su exaltación; y se complacía en
personificar este bello ideal en tal o cual joven cortesano que sobre el vulgo
de los caballeros de la corte de Enrique III se distinguían. Uno entre todos
había avasallado ya su albedrío bajo esta personificación, y Elvira, juguete de
la Naturaleza, que puede más que sus criaturas, no sabía ella misma que iba
tomando sobre su
corazón demasiado imperio un amor
ilícito y peligroso. Por desgracia, su virtud misma era su mayor enemigo; la
confianza en que estaba de que nunca podrían faltarle fuerzas para resistir, la
hacía entregarse sin miedo, con criminal complacencia, a mil ideas vagas, que
cada día iban ganado más terreno en su imaginación. Encontrábase, en fin, en
aquel estado en que se halla una mujer cuando sólo necesita una ocasión para
conocer ella misma y dar a conocer acaso a su propio amante la ventaja que
sobre ella ha adquirido. Como un incendio que ha crecido oculto e ignorado en
la armazón de una casa vieja, que no ha menester más sino que descubriéndose
una pequeña parte de la techumbre que lo cubre, tenga entrada la más mínima
porción de aire; entonces estalla de repente como un vasto infierno
improvisado, se lanzan las llamas en las nubes, crujen las maderas y viene al
suelo el
edificio desplomado, sepultando
en sus ruinas al incauto y desprevenido propietario. No era, pues, la lectura
de Amadís la
que a la triste Elvira mejor
pudiera convenirle; pero era tanto más disculpable cuanto que en el siglo XIV
no había muchos libros en que escoger, y pudiera darse cualquiera por contento
con divertir las horas ociosas por medio del primero que en las manos caía.
Una tristeza vaga y sin causa
positivamente determinada era el síntoma predominante de la hermosa camarera de
la de Albornoz; y la soledad era el gran recurso de su imaginación deseosa de
empaparse sin reserva ni testigos en la contemplación de las seductoras
ilusiones que se forjaba; esta disposición de ánimo no era, ciertamente, la más
favorable para la virtud de Elvira en las escenas, sobre todo, en que aquella
misma noche, fecunda de acontecimientos, debían
colocarla.
Poco tiempo podría hacer que con
el
primer libro de caballería en
España conocido se entretenía la sensible Elvira, cuando sintió abrir la puerta
del salón, y una persona, que seguramente no esperaba, se presentó a su lado,
dándole las buenas noches con rostro alegre y maliciosa sonrisa.
-¿Qué buscas, Jaime, en estas
habitaciones y a estas horas? Ya
deben ser cerca de las diez; vuelve a la cámara del conde, si es que no te
envía como precursor, a anunciarnos nuevos pesares y desventuras.
-Hermosa prima mía -contestó
Jaime-, depón el enojo; de aquí en adelante puedes volverme a llamar tu querido
primo. -¿Qué novedades traes?
-Ninguna; pero he tenido miedo de
las cosas que se hablan de don Enrique, y esta noche misma le he suplicado que
me permitiese
volver al lado de mi amada prima.
¡Me acordaba tanto de ti!
Una lágrima de sensibilidad se
asomó a los ojos de Elvira oyendo la ingenua manifestación del medroso
pajecillo. -¿Y don Enrique te lo ha concedido? -Por más señas que no he
escogido la mejor ocasión, estaba tan distraído y tan ocupado en sus... mira...
se me figura que estaba en uno de aquellos ratos en que dicen que tienen los
hechiceros el enemigo... ¡Jesús! -¡Jaime! ¿Quién te ha enseñado a hablar así de
tu señor?
-Bien; no volveré a hablar, ahora
ya no
me importa. Ya estoy con mi
Elvira, que me confiará sus penas -añadió el paje tomando una de las manos de
la hermosa camarera.
-¿Qué anillo es ese? -exclamó
ésta dejando el voluminoso pergamino que hasta entonces había leído, para
examinar de cerca el
hermoso brillante que relumbraba
en un dedo del paje-. ¡Jaime!
-¡Ah! esto no se ve -gritó
puerilmente
Jaime, retirando y escondiendo su
mano-. ¡Esto no se ve! Es un regalito; a mí también me regalan, señora prima,
no es a vos sola a quien...-Vamos, ven acá, Jaime, y dime quién te ha dado ese
anillo; o si por ventura tienes que acusarte de algún...
-¡Chitón!, señora prima
-interrumpió el paje con indignación.
-¡Ah! ya le tengo -gritó Elvira
aprovechando para asirle la mano aquel momento en que la pundonorosa
irritabilidad del paje le había estorbado la precaución- ya le tengo.
-No, no me lastimes y te le daré
-dijo el paje viendo que se disponía la interesante Elvira, tan niña como él, a
valerse de la superioridad que le daban sus fuerzas para ver
a su salvo el anillo; quitósele,
en efecto, pero echando a correr en cuanto Elvira le hubo cogido-, no me
importa -añadió-; ¿qué veréis señora curiosa? Nada; un anillo; mas no por eso
sabréis quién me lo ha dado.
Equivocábase el inexperto paje;
la perspicaz Elvira, que al principio había sido inducida sólo por mera
curiosidad al reconocimiento de la alhaja, cuya posesión no creía natural en el
pajecillo, había fijado notablemente en ella su atención, y examinaba al
parecer alguna señal o particularidad por donde esperaba venir en conocimiento
de su procedencia.
-No hay duda -exclamó
sonrojándose como grana-, no hay duda; una letra pierdo; pero sería mucha
casualidad... esmeralda... e; lapislázuli... 1; brillante, b; rubí, r;
amatista, a. Y luego... una, dos, tres, cuatro, cinco, seis. No hay duda.
El paje, que había alborotado la
sala con
sus gritos y sus burlas al ver la
perplejidad de su prima, no se asombró poco al oír la extraordinaria y no
esperada explicación que daba a la sortija; y tanto más confundido quedó,
cuanto que creyó no haber sido en esta ocasión sino el juguete del doncel, que
se había valido de él para manifestar a Elvira aquel su amor, de que el
malicioso paje tenía ya no pocas sospechas.
Nada más común en aquel tiempo
que
estas combinaciones de piedras y
ese lenguaje amoroso de jeroglíficos en motes, colores, empresas y lazadas. Un
platero de Burgos había engarzado artísticamente, a ruego de Macías, en un
mismo anillo aquellas seis piedras, cuya traducción había acertado tan
singularmente Elvira por un presentimiento sin duda de su corazón. Había
perdido la significación de una piedra, cosa nada extraña,
no hallándose ella muy adelantada
en el arte del lapidario; pero en cambio había entendido la equivocación del
platero, que había significado la y con la b, inicial de brillante; ni el quid
pro quo del platero ni el acierto de Elvira tenían nada de particular en un
tiempo en que no sabían ortografía ni los plateros ni los amantes. El número,
sin embargo, de las piedras, y la colocación de las conocidas, no dejaba la
menor oscuridad acerca de la intención del que había mandado hacer la sortija.
Quedábale todavía a Elvira un resto de duda que a toda costa quería satisfacer:
en primer lugar no era ella la única Elvira que en Castilla se encerraba, y en
segundo, la alusión, que la había puesto en camino de sospechar, no le daba,
sin embargo, noticia cierta de quién fuese el que usaba con ella semejante
galantería. Deseaba por una parte saberlo; temía por otra oír un nombre
indiferente.
-¿Quieres cambiar este anillo,
Jaime, por otro mejor que yo te dé?
-¿Y qué diría -dijo el astuto
paje- el
caballero que me le ha regalado?
-¿Con que ha sido caballero?... -
interrumpió Elvira.
-Y de los mejores y más valientes
de la Corte de Su Alteza.
-¡Santo cielo! -decía Elvira
impaciente-. Jaime, yo te ruego que me des señas de él al menos, ya que no
quieres decir su nombre. -¿Señas?
-Espera; dime primero -exclamó
reflexionando un momento-, ¿cuándo te le ha dado y dónde?
Comprendió el paje al momento la
doble intención de esta pregunta,
y se sonrió malignamente viendo a Elvira cogida en su propio lazo, porque al
punto recordó que no podía saber la llegada del doncel
-Hoy y en el alcázar.
-¿Hoy y en el alcázar? -repitió
Elvira queriendo leer la verdad en los ojos del paje-. ¡Entonces no puede ser!
-dijo entre dientes, satisfecha ya al parecer toda su curiosidad, dejando caer
los brazos, inclinando la cabeza y saliendo, en fin, de la ansiedad y tirante
en que estaba como arco que se afloja. Siguió mirando pero más vagamente, el
anillo, haciendo con el labio inferior, que se adelantó al superior, un gesto
particular entre distraída y resignada. -¡Ah!, ¡ah! que no lo acierta -exclamó
en
su triunfo el paje, victorioso-;
escuchadme, señora adivina: es un caballero joven. -Bien; déjame -repuso ella,
sin prestar apenas atención a la voz chillona y triunfante del mozalbete.
-No, que lo has de acertar.
Cuando se trata de coger sortijas, ensarta con su lanza tantas como corazones
con su hermosa
presencia. Si monta a caballo, es
el más fogoso el suyo y lo domeña como un cordero; si se trata de correr cañas,
nadie le aventaja; y en un torneo sólo don Pero Niño...
-Jaime, él no puede ser más que
uno - exclamó levantándose Elvira.
-Cierto que no es más que uno
-repuso
el taimado paje, que se divertía
con su prima como el gato con el ratón.
-¿Ha venido? ¡Ah! Ahora recuerdo
que esta mañana un caballero...
-¿Quién? -contestó con cachaza el
paje fingiendo no entender.
-Mira, Jaime, vete de aquí y no
vuelvas - gritó furiosa Elvira-; marcha, huye si temes mí...
-Bien, primita, lo diré: ése
es...
-¿Quién? -preguntó la atormentada
belleza-. ¿Quién? acaba o...
-El doncel de...
-Basta. ¿Estás cierto?
Acordóse de pronto el imprudente
paje
del especial encargo que de
guardar secreto le había hecho el doncel, y no sabiendo las últimas mudanzas
que en la situación volvían infructuoso este cuidado, trató de reparar el
olvido de que la escena bulliciosa que con su prima traía era causa y efecto.
-No me habéis dejado acabar,
señora camarera. El rey don Enrique III no tiene un solo doncel. Sabed que no
os puedo decir más. Ni una palabra más.
Al oír el tono resuelto del
rapaz, bien
vio Elvira que no sacaría de él
más partido que una honrosa capitulación; lo más que pudo recabar de él fue que
le dejase el anillo hasta que ella adivinase como pudiese su procedencia;
dejósele el pajecillo y se acabó la contienda entre los primos, determinando
que por aquella noche Jaime dormiría vestido en
una cámara inmediata a la alcoba
donde, casi vestida también, trataba de reposar la infeliz Elvira, no
atreviéndose a desnudarse del todo por miedo de que hubiese menester la de
Albornoz sus consuelos en el discurso de la noche.
Bajóse para esto a su habitación,
que
debajo de la condesa caía,
después de haberse cerciorado de que ésta yacía profundamente dormida y de
haber dejado advertido a las dueñas que la avisasen a la menor novedad que
sintiese su señora o que en aquella parte del alcázar ocurriera. Echóse después
en su lecho, habiéndose despedido del paje, y en vano procuró imitar a éste en
la prontitud con que concilió el sueño reparador de las fuerzas perdidas.
Revolvía una y mil veces en su
cabeza las ideas del día y procuraba atarlas y coordinarlas entre sí; empero
agolpábanse
todas a su imaginación ferviente;
la condesa, la violencia de Villena, sus solicitudes, la ausencia de su esposo,
el Amadís, la indiscreta conversación del paje, las dudas que acerca del dueño
del anillo había dejado sin resolver después de su inquieto diálogo, todo esto
reunido y amasado junto de nuevo en su mente, en medio del silencio y de la
oscuridad de la noche, le representaba un cuadro fantástico, lleno de objetos
incoherentes, muy semejante en la confusión a esos lienzos que entre nuestros
abuelos tanto se apreciaban con el nombre de mesas revueltas. Pero a proporción
que el largo insomnio y el cansancio del día fueron rindiendo sus fuerzas y
entornando los párpados fatigados de Elvira, todas esas imágenes confusas
tomaron en su cerebro contornos informes y poblaron su sueño de escenas
parecidas a las que habían pasado por ella en el día, y de otras que, como
combinaciones nuevas del choque
de aquéllas, suelen producirse por sí solas en la imaginación cansada de un
calenturiento que duerme, o de una persona habitualmente agitada por
sensaciones extraordinarias y que pasa por una larga y fatigosa pesadilla. CAPITULO
OCTAVO
Helo, helo por do viene
El infante vengador,
Caballero a la jineta
En caballo corredor.
.......................................
Iba a buscar a don Cuadros.
...................................
El venado le arrojó.
Rom. del infante vengador.
Muy avanzada estaba la noche y
muy
en silencio todos los habitantes
de Madrid y de su fuerte alcázar. No todos, sin embargo, disfrutaban del sueño
y del descanso, como
hubiera podido cualquiera
figurarse. Podemos asegurar que don Enrique de Villena y Ferrus conversaban muy
animadamente en el laboratorio del hermético, como arriba dejamos dicho. El
enamorado doncel había tratado inútilmente de conciliar el sueño, y se había
entregado desesperado ya de conseguirlo, a la más profunda meditación, buscando
en su cabeza un arbitrio por medio del cual pudiese descubrir a la de Albornoz
el peligro inminente que la amenazaba. Bien conocía que el aviso urgía, pues si
antes de haber descubierto Villena su plan lo tenía aplazado para el día
siguiente, era probable que tratase de atropellar la ejecución de sus ideas
desde el momento en que había hecho partícipe de él al enemigo. El doncel
estaba determinado a dar su amparo a la de Albornoz, en primer lugar por
pertenecer a la orden de caballería que principalmente se
daba, como se lee en Amadís de
Grecia, como en el instituto de
la Banda, fundado por Alonso XI,
se contiene; orden, en fin, por la cual se advertía a los que la recibían, como
en el Doctrinal de caballeros consta al lib. I, tít. 3, que . Agregábase a
esta principal razón otra, si
bien menos generosa y obligatoria, más fuerte acaso que todos los institutos y
órdenes del mundo; a saber, cierta simpatía que con una persona ligada a la
suerte de la de Albornoz alimentaba Macías en todas sus acciones.
Pero si estaba decidido a
favorecer a las débiles víctimas del poder del ambicioso conde, no por eso
dejaba de conocer cuán dificultoso era, si no imposible, introducir a aquellas
horas un saludable aviso en la habitación de la condesa o de su camarera.
Después de largo rato de
discurrir, en
que desechó unas ideas, adoptó
otras, volvió a desechar éstas y a adoptar y desechar otras ciento, fijóse, por
fin, decididamente en una
que debió de parecerle la mejor y
la menos arriesgada de ejecutar si la fortuna le ayudaba. No quiso despertar a
Hernando, que sordamente roncaba, para no ser conocido en la expedición que
premeditaba si llegaba a sorprenderle fuera del alcázar la madrugada que a
largos pasos andando se venía; endosóse un basto sayo de montero de su criado,
su gorro de lo mismo, su tosco tabardo de paño buriel, ciñó la espada, y
tomando debajo del brazo un objeto que, como trovador, siempre llevaba consigo,
salióse pasito de su estancia y sin ser sentido llegó hasta la puerta exterior
del alcázar, evitando por corredores y patios conocidos de él las centinelas
interiores, que hubieran podido interrumpir su proyecto; pero, llegado allí,
estuvo tentado varias veces de volver a su aposento y desistir de su empresa,
cuando se oyó dar el ¿quien va? del ballestero encargado de la guardia de aquel
punto.
-Un caballero que desea salir.
-Atrás, ¡voto a Santiago! -le
respondió
una voz ronca del vino o del frío
de la noche-. Buena hora de salir a tomar el fresco, cuando está un cristiano
deseando el relevo para calentarse.
No había meditado el doncel este
inconveniente, no quedaba, sin embargo, más remedio que desistir y abandonar a
la condesa a su destino o descubrir su clase de doncel de Su Alteza, y como tal
lograr que se le abriesen las puertas. Calculando que de todas suertes habría
de saberse al día siguiente su entrada en el alcázar, puesto que ya no podía
por entonces pensar en volverse a Calatrava, decidióse al segundo partido
prontamente; hizo llamar al jefe del pequeño destacamento y no tardó en oír su
voz, que denotaba el mal humor de un hombre a quien se ha sacado
intempestivamente del sueño para cumplir con
un deber.
-Por la Virgen de Atocha, vive
Dios -
exclamó observando y dejando ver
su oblonga figura-, que he de escarmentar al borracho que a estas horas...
-Mirad lo que habláis
-interrumpió
Macías al oír hablar de sí, como
quien está debajo de una campana, a aquel amalgama de gordura, de bestialidad y
de sueño.
-¿Quién sois, voto va, el que
habláis tan
gordo? ¡Ah! -prosiguió
bostezando.
-Por Santiago, ya os debía haber
conocido en lo que tenéis de
común con los
jabalíes de El Pardo. ¿Sois vos,
Bernardo?
-¿Quién es, repito, por las
muelas de
santa Polonia quién es el que me
conoce tan a fondo? -Dejadme salir; soy un doncel de Su Alteza y voy a asuntos
del servicio del Rey... -¿Doncel? Metedme el dedo en la boca;
más traza tenéis que de doncel de
don villano -
repuso el ingenioso Bernardo a
caza del equivoquillo-. El vestido.
-¡Voto va, Bernardo, que os haga
arrepentir de vuestra insolencia
si insistís en faltar al respeto a!... Pero oíd -añadió acercándose a su oído-,
¿conocéis a Macías? Miradle aquí.
-¡Ballesteros!, echadme a ese
aventurero en un cubo de agua fresca; dice que es un hombre que está en
Calatrava. Voto va el santo patrón del sueño que, o ha trasegado de la botella
a su estómago mucho del tinto, o es hechicero.
No pudo sufrir ya más tiempo el
doncel el impertinente responder del ballestero; y asiéndole con mano vigorosa
del cuello, llevóle sin dejarle gañir, ni aun para pedir socorro a los suyos,
hacia un farol que cerca de ellos ardía, y enseñándole entonces su rostro
descubierto: -¿Conoceisme, don Bellaco, portero de
los infiernos y hablador que Dios
no perdone? ¿Conoceisme? ¿O habéis menester todavía que os abra yo los ojos con
el puño?
Abría el ballestero unos ojos
como tazas,
y no acababa de comprender cómo
podía salir del alcázar un hombre que no había entrado en él, pues lo creía en
Calatrava hubo, sin embargo, de convencerse, y tendiendo entonces la pierna
hacia atrás y descubriendo su cabeza, pidió mil excusas al doncel, y fue
preciso que éste pusiera treguas también a sus disculpas y cortesías como a sus
impertinencias, sin lo cual nunca se hubiera visto donde por fin se vio, es
decir, en medio del campo y recibiendo sobre sí una menuda lluvia que a la
sazón comenzaba a caer, lo cual, añadido a la persecución del cerbero del
alcázar, no era del mejor agüero para nuestro osado doncel, que dejaremos
rodeando los altos muros de la fortaleza para dar cumplimiento a sus
caballerescos
proyectos.
Mientras que los acontecimientos
paralelos de la conversación de
don Enrique con Ferrus y la salida del doncel se verificaban en el alcázar a
una misma hora, dormía inquietamente y luchando con los fantasmas que su
imaginación le representaba, la hermosa Elvira, que en su lecho, medio desnuda,
dejamos. Habíase quedado con sólo un vestido blanco; cubríale éste desde la
garganta hasta los pies, que, desnudos, parecían dos carámbanos de apretada
nieve; su cabello, tendido cuan largo era, velaba sus hombros, su seno, su
talle y por algunas partes su cuerpo entero; una mano pendía del lecho, y la
opaca claridad de la luna que penetraba por entre las nubes, no muy densas, y
sus ventanas, entreabiertas por el calor de la estación, la hacía aparecer un
verdadero ser fantástico, como la hubiera soñado un amante deseoso de una
ocasión.
Su seno y su respiración
interrumpida denunciaban la inquietud de su descanso y el trabajo de su
imaginación aun en el sueño. Fuese casualidad, fuese porque era el
que más había dormido, el paje
fue el primero que a un extraño rumor que en aquellas inmediaciones se oyó,
hubo de interrumpir el reposo en que yacía. Un laúd suave y diestramente
pulsado adquiría nueva dulzura del silencio de la noche; oyólo primero el paje
entre sueños, pero la realidad tomó en su fantasía la apariencia de una
representación ficticia y se creyó transportado a algún sábado de hechiceras,
que era la especie de gentes que él más temía. Había templado algún rato el
músico, para llamar la atención, pero sin ser oído de nadie; y cuando el paje
echó de ver la aventura, y cuando don Enrique había notado la música que le
había obligado a no cerrar su ventana, como arriba dejamos dicho, había
cantado ya con melodiosa voz, si
bien varonil,
las dos siguientes coplas, cuyos
ecos se llevó el
viento antes que fuesen para
nadie ( provecho a
que sin duda aspiraban:
En el almenado alcázar
Duerme Zaida sin cuidado.
Guarda, mora, que tus grillos
Te forja un conde cristiano.
Alza y parte, desdichada
Primero que veas relumbrar su
espada.
Vela tú, si Zaida duerme
Oh dulce señora mía.
¡Guar del conde que la acecha!
Que un caballero te avisa.
Alza y parte, desdichada
Primero que veas relumbrar su
espada. Al repetir estos dos últimos versos del estribillo fue cuando el paje,
elevando la voz, llamó a la hermosa Elvira. -¿Oís, discreta prima?
-¡Cielos! -exclamó Elvira
sentándose
sobre el lecho-. ¿A estas
horas?...
-No he podido entender la
letra...
-Oigamos, qué prosigue.
Volvía efectivamente a empezar de
nuevo el músico, despechado de no
advertir ninguna señal de inteligencia en las bellas a quienes advertía su
propio riesgo. Repitió, pues, la última copla, que hizo un efecto bien
diferente en el paje que en su alterada prima, que aún no había vuelto enteramente
en sí de su asombro, y en don Enrique y Ferrus, que prestando la mayor atención
desde su cámara escuchaban.
-Ferrus -dijo don Enrique a la
mitad de
la copla-, desde aquí no podemos
ver quién es el músico que tan delicadamente se viene a regalarnos los oídos a
deshoras de la noche; el ángulo saliente del alcázar nos impide reconocerle, y
aun su voz llega aquí tan
desfigurada que es imposible
entenderle. -¿Qué quieres, pues, señor? -contestó Ferrus.
-Importa a mis fines confirmar o
desvanecer mis sospechas; ¡voto a
Santiago que si fuese!... Escucha, Ferrus: baja al soto lo más de prisa que
pudieres...
-¿Yo, señor? -interrumpió Ferrus
con algún sobresalto.
-En el acto, Ferrus; ni una
palabra más,
y quiero darte instrucciones
acerca de lo que en todos casos deberás hacer.
No había medio de replicar a una
orden
tan positiva; oyó Ferrus las
instrucciones que le daban y se propuso no traspasar los límites del puente
levadizo sin llevar consigo a cierta distancia alguno que otro ballestero del
destacamento de la puerta para que le guardase las espaldas contra el músico,
que podía no gustar de que saliesen a escucharle al claro de
la luna.-¡Cielos! -exclamó la
agitada camarera saltando del lecho al oír las primeras palabras de la letra-.
Conozco la voz. ¿Es cierto, pues, que ha vuelto de Calatrava? ¿Sueño todavía?
Mas ¿qué sentido encierran esas
palabras? ¡El conde, un caballero te avisa! ¡Entiendo, entiendo!
El músico, que oyó aquel rumor en
la habitación donde sabía que habitaba Elvira, clavó los ojos en la ventana,
abierta ya de par en par: distinguió un leve contorno blanco, que parecía
salirse del mismo fondo de las tinieblas, como nos dicen que salió el mundo del
caos; olvidó la prudencia que debiera haber sido su norte y no pudo resistir a
la tentación de poner en su carta una posdata para sí. Volviendo a preludiar en
su
instrumento, añadió a las dos ya
cantadas la siguiente estrofa:
¡Pluguiera a Dios que pudiese
Librarse así el caballero
Que tienes, señora mía,
Entre tus cadenas preso!...
Al llegar aquí no pudo Elvira
contener
más tiempo el sobresalto y la
agitación que la ofuscaba: ¡Basta!, oyó decir el caballero, ¡basta, trovador
imprudente! a una voz que resonó en su oído como la campana de la población
inmediata en el del caminante perdido, y oyó en pos cerrar con un ¡ay! doloroso
la ventana. Mas no tardó mucho en volverse a abrir.
Cesó de pronto el laúd; el
músico, cuyo bulto había visto hasta entonces Elvira al pie de su ventana,
había mudado entretanto de sitio o había obedecido a la voz celestial; un ruido
como de voces ofensivas y alteradas se oyó un breve instante; sucedió un
confuso ruido de armas, el cual cesó de allí a poco; sacó Elvira la cabeza por
entre los hierros de la reja, como saca el cuello del agua el infeliz, asido de
una
tabla, que se siente ahogar en
medio del mar, un prolongado gemido se siguió al silencio, y retumbo el ruido
hueco y resonante de un cuerpo armado que cae en tierra cuan largo es. Helóse
la palabra en la garganta de la
infeliz Elvira, que era todo
oídos, pues nada alcanzaba a ver. Un momento después oyó el ruido de un hombre
que monta a caballo y parte aceleradamente.
-¡Infeliz! -exclamó Elvira
después de un
momento de pausa glacial; pero un
nuevo
rumor la obligó a prestar
atención.
-¿Dónde está? -dijo una voz de
hombre
que sobrevino de allí a poco.
-¡Qué sé yo! ¡Voto a tal? ¿No le
oísteis por aquí? -respondió otra. -Debió caer.
-Y también debió levantarse.
-O debieron levantarle; según yo
oí, no quedó muy bien parado.
-Volvamos, y el diablo le lleve.
-Llévele en buen hora. ¡Ah!
-¿Qué es eso? ¿Os caéis?
-Voto a tal que con el lodo está
el piso que parece mármol. Héme caído. -¿Con el lodo, eh? A ver, volveos;
poneos a la luz de la luna. Por el alma del cobarde, que es el diablo quien le
ha llevado o el hechicero, porque aquí ha dejado... toda... su... vida...
-¿Qué decís?
-¿No veis cómo os habéis puesto?
¿¿De qué? -¡De sangre, voto a tal! ¡Y que esto pase por alguna desvanecida!
El diálogo era en todas sus
partes destrozador para la infeliz Elvira, que por los antecedentes que tenía
no podía prescindir de ver claro en este desdichado asunto; cada palabra
retumbaba en su alma como el golpe del martillo que hace entrar a trozos la
cuña en
la madera; así entraba la
horrible realidad en el alma de Elvira. Pero al oír la palabra sangre un
estremecimiento involuntario la sobrecogió; la atmósfera pesó como plomo sobre
su cabeza al resonar en el aire el amargo reproche con que la frase concluyó;
un ¡ay! penetrante se escapó de su pecho desgarrado; dio consigo en tierra,
privada de sentido la triste camarera, sonando su cabeza sobre el pavimento
como piedra sobre piedra, y nada volvió a oír. Llegó el ay dolorido a los oídos
de los
dos que hablaban, y era,
efectivamente, tan penetrante e inexplicable, que no sólo en aquel siglo de
ignorancia, sino aun en éste, más de un valiente hubiera temblado al escucharle
a aquellas horas, en aquel sitio, sin ver de dónde saliese, y sobre el pedazo
de tierra que acababa de ser teatro de una muerte, según todas las apariencias.
-¿Has oído? -dijo uno al otro-.
¡Cuerpo
de Cristo! Aquí ha quedado su
alma para pedir venganza a todo el que pase; ese grito no es de persona;
huyamos.
-Huyamos -repuso el compañero, y
sonaron un momento sus pasos
precipitados al
rededor del muro. De allí a un
momento nada
se oía ni dentro ni fuera ni en
las inmediaciones
del funesto alcázar.
CAPITULO NOVENO
Ese caballero, amigo,
Dime tú qué señas trae.
Canción. de Rom.
La hora del alba sería cuando el
famoso caballero don Enrique de Villena, cansado de esperar inútilmente a su
juglar, a quien había comprometido, como sabe el lector, en el misterioso y
nocturno acontecimiento de la víspera, vacilando entre mil ideas confusas,
había entregado al descanso sus miembros fatigados. Ni el miedoso juglar había
vuelto, ni
él, desde el punto en que le
enviara a explorar quién fuese el músico, había tornado a oír más que el
confuso ruido de las armas de los desconocidos combatientes. No habiendo
querido dar sospechas a nadie en el alcázar de que pudiera tener la menor parte
en los sucesos que él se figuraba haber ocurrido, no se había determinado ni a
salir en persona a reconocer el estado de las cosas ni a despertar a ninguno de
sus pacíficos sirvientes. Habíale, entretanto, sorprendido el sueño en medio de
la encontrada lucha de sus opuestos pensamientos, y vestido como estaba, se
había reclinado en su rico lecho, determinado a esperar el día y con él la
aclaración de los acontecimientos de la noche. El sol, sin embargo, que a más
andar se venia, amaneciendo por las doradas puertas del Oriente, daba la señal
a caballeros y escuderos de tornar a las obligaciones diarias, porque en
la época de nuestra narración no
se había introducido aún la moda regalona de perder las gentes principales las
horas más hermosas del día en el mullido y caliente lecho.
La cámara principal del señor de
Cangas y Tineo, inmediata a su gabinete alquimístico (cuya entrada no era a
todos permitida), presentaba un aspecto imponente, tanto por el lujo y
afectación con que se hallaba alhajada como por las diversas personas que en
ella se veían reunidas, esperando a que se dignase recibir su acostumbrado
homenaje el ilustre pariente de Enrique III.
Gentileshombres, caballeros y
escuderos de su casa, oficiales de su servicio, donceles y pajes, conversaban
en diversos grupos, pendientes del menor ruido que pudiera anunciarles la
deseada presencia de su señor. Notábase sólo la falta de dos personas, y no se
oían más que preguntas misteriosas sobre su extraña
ausencia.
¿Qué era del primer escudero?
¿Qué del juglar? -¿Qué puede causar la tardanza de Fernán Pérez?
-Por el señor Santiago que es
cosa difícil
de comprender. Cuando volvíamos
anoche de la batida, él se adelantó con un solo montero y se separó de
nosotros. Desde entonces no le volvimos a ver.
-Si -reponía otro-, apostaría la
mejor pieza de mi arnés a que fue a ver bajo las ventanas de su amada esposa si
andaban moros en la costa.
-Bravo modo de decirnos que el
escudero es celoso.
-¡Dios me perdone! Como un moro.
-¡Oh! entonces -decía un tercero-
ya se explica su ausencia. Habrá tardado en conciliar el sueño... al lado de su
dama...
-¡Chitón! La puerta de la cámara
se ha
abierto.-Es el camarero.
-El camarero, el camarero
-repitieron
varias voces por lo bajo.
Fijáronse las miradas de todos en Rui Pero, quien con la mayor inquietud
preguntó:
-¿No ha venido aún Ferrus? Su
señoría pregunta por su juglar.
-Estará haciendo alguna trova o
pensando algún donaire -dijo el
más atrevido de los caballeretes.
-Cierto que comienza su tardaza a
inquietarme -dijo Rui Pero. Y acercándose a los principales personajes de
aquella corte-: Su Señoría no se ha desnudado esta noche; Fernán Pérez no
aparece, Ferrus tarda... -les dijo misteriosamente-; temo grandes novedades.
Voy a prevenir a Su Señoría -añadió en voz baja, y se entró.
Duraron otro rato las misteriosas
conversaciones de la cámara; pero no tardó
mucho en venir a interrumpirlas
la presencia del primer escudero.
-Dios nos dé su bendición -dijo
en entrando- al comenzar este día -y se santiguó devotamente.
-Dios nos la dé -repitieron los
circunstantes, e imitaron, como
en las cortes se usa, la acción del valido-. Bien venido sea el escudero de Su
Señoría -exclamaron después. -Bien venido, sí, y bien despierto; la trasnochada
me ha hecho ser indolente. Vuestras mercedes me darán licencia que entre a
tomar las órdenes de nuestro amo. Ya hace rato que debiera estar a su lado.
No le dio lugar, sin embargo, a
entrar la salida del conde en persona, a quien acompañaba su fiel camarero.
Hízose, como los demás, a un lado respetuosamente Fernán Pérez; y el conde, que
le habla visto antes que a otro alguno, disimulándolo sin embargo, como
para castigarle de su tardanza,
dirigió comedidamente la palabra a sus principales cortesanos, después de las
ceremonias y fórmulas de uso.
-Caballeros -dijo el conde-,
asuntos de
alguna importancia me obligan a
separarme de vuestras mercedes. Podréis esperarme en la antecámara de Su
Alteza, adonde no tardaré en seguiros. Fernán Pérez, quedaos.
Inclinaron la cabeza los
circunstantes, y hablando entre si por lo bajo, dejaron la cámara desocupada,
no muy contentos con el frío recibimiento del distraído conde de Cangas y
Tineo. -Y bien. Fernán Pérez -dijo a éste luego que quedaron solos-, supongo que
habéis encontrado en completa salud a la hermosa Elvira.
-Esa pregunta, señor...
-¡Oh! No, hacéis bien; no se
puede
vacilar entre el servicio de una
hermosa y el de
un conde. Voy viendo que os debo
de armar caballero, porque ya, sin serlo, cumplís perfectamente con la orden de
caballería. ¿A qué hora habéis entrado en Madrid? Rui Pero, dispondréis que se
busque dentro y fuera del alcázar a Ferrus. Su ausencia me inquieta. Ya estamos
solos, Vadillo. ¿A qué hora habéis entrado?
-Podrían ser las cuatro, si dicen
las horas las estrellas.
-¿Las cuatro? A esa hora... ¿no
habéis visto a la entrada a Ferrus?
-Ojalá, señor, que hubiera visto
a Ferrus; algo peor es lo que he visto. -¿Peor? Explicaos presto.
-Y peor lo que he oído.
-¿Habéis oído?
-Volvía, señor, de la batida como
me
dejaste mandado, a la cabeza de
los caballeros y monteros de tu casa; al llegar al alcázar
habíame adelantado algún tanto
para hacer la señal de que nos echaran el rastrillo, cuando creí oír hacia
cierto punto del alcázar, pero de la otra parte del foso, un laúd asaz bien
templado.
-Seguid, Vadillo.
-Parecióme mal que a tales horas
se
diesen serenatas hacia la parte
precisamente del
alcázar que habita...
-Seguid.
-Apreté los ijares al caballo;
cuando
llegué, la música había cesado;
pero un hombre
que rodeaba el muro exterior, y
que a la sazón
se hallaba debajo de las ventanas
de mi señora
la condesa.
-¡Vadillo!
-De Elvira, señor... Perdonad si
mi
lengua... ¡maldita sospecha!
ahora caigo en que... Aquel hombre, pues, no me pareció bien, y le acometí.
-Por Santiago que acertaste. ¡Es
mi hombre! ¿Era el músico?
-Sin duda, puesto que por allí
otro
alguno no se veía.
-¿Se defendió?
-Trató de defenderse y trató de
hablar;
pero mi venablo no le dio todo el
espacio que él quisiera. Le disparé y cayó.
-¿Cayó? Adelante, Vadillo. Tu
recompensa igualará tu servicio.
-Apeéme del caballo para
reconocerle,
pero fue imposible; había
llovido, y él cayó en
el fango; mi venablo le había
pasado por la
frente, y su cara estaba llena de
lodo y de
sangre; la oscuridad, además, y
mi turbación no
me permitieron conocerle.
Figuréme, sin
embargo, que no debía de estar
muerto aún,
pues latía su corazón y se
quejaba. Deseoso de
saber quién fuese el músico que a
aquellas
horas osaba comprometer el honor
de las
dueñas del alcázar, atravesélo en
mi caballo; sin embargo antes de entrar lo encomendé al cuidado del montero que
se había adelantado conmigo, respondióme de su seguridad. Fui a dar órdenes
para hospedar a la gente de la batida, y ahora sólo espero las tuyas, gran
señor para reconocer al insolente trovador -¡Ah! ¿No sabéis aún quién sea?
-Sólo sé que no está herido de
muerte,
pero el montero al anunciármelo
añadió que el maestro a quien había recurrido, al hacerle la cura, había
encargado que no se le viese ni hablase. Creí, pues, del caso esperar a la
mañana. Parecióme, sin embargo, joven y gallardo mancebo.
-El es, no hay duda. Te tengo en
mi
poder, mal caballero. Vadillo, es
preciso tenerle a buen recaudo.
-¿Conócesle tú entonces, gran
señor?
-Sí, le conozco; tú le conocerás
también.
Necesito sin embargo a Ferrus. A
esa misma hora de las cuatro le envié a reconocer al músico; de entonces acá ha
desaparecido. El villano cobarde ha tenido miedo sin duda acaso luego se
aparecerá y creerá desarmar mi enojo con alguna juglaría. Entretanto Rui Pero
está en el encargo de encontrármelo muerto o vivo. Sus orejas servirán de pasto
a mis lebreles si ha cometido villanía, por Santiago. Ahora, Vadillo, es
preciso no perder tiempo, supuesto que está en nuestro poder quien pudiera
únicamente desbaratar mis planes, dentro de una hora he de quedar servido.
Hernán Pérez, ¿tenéis valor y resolución? Dispón, señor, de mi vida.
-Venid conmigo; prontitud y
secreto. Dicho esto, salieron don Enrique y su primer escudero, y atravesando
apresuradamente las galerías del alcázar, se dirigieron a las caballerizas del
conde; dieron allí varias órdenes, al parecer de la mayor
importancia, y separáronse en
seguida. El primer escudero buscó y habló misteriosamente a algunos escuderos
de la casa de Su Señoría. El movimiento y el sigilo con que ciertos
preparativos se hacían, pronosticaban algún proyecto de la mayor importancia. Reuniéronse
de nuevo el conde y su primer escudero, y en otra secreta conferencia aquél
pareció dar a éste instrucciones de grave peso, después de las cuales se
dirigieron entrambos, seguidos de los escuderos y armados que para su plan
habían escogido, y desaparecieron entrándose por la cámara de don Enrique. Nada
se trasluce en las crónicas del objeto de aquellas ignoradas conferencias. El
lector, sin embargo, si presta un poco de paciencia, podrá tal vez adivinarlo
por sus prontos resultados. CAPITULO DÉCIMO
Mate el conde a la condesa,
Que nadie no lo sabría,
Y eche fama que ella es muerta
De un cierto mal que tenía.
Rom. del conde Alarcos.
Cuando Fernán Pérez de Vadillo
hubo dejado su presa al cuidado del montero, se apresuró a desvanecer las
sospechas que en su alma comenzaban a nacer acerca de la dueña a quien podría
haber sido la serenata dedicada. Era evidente que el trovador se hallaba debajo
de las rejas de doña María de Albornoz; ¿rondaba, empero, a la condesa? ¿Era
acaso Elvira el objeto de tan intempestiva música? La conducta irreprensible de
la condesa y de su esposa las ponían en cierto modo a cubierto de cualquier
juicio temerario. Los maridos, sin embargo, que nos lean, no extrañarán que el
celoso escudero fabricase en el aire mil castillos fantásticos hasta la
completa aclaración, por lo menos, de sus terribles dudas.
El taimado pajecillo, entretanto,
al oír
saltar de su lecho a su hermosa
prima, se había levantado y había conseguido hacer que ella volviese en sí de
su aturdimiento, golpeando a su cerrada puerta y preguntándola si necesitaba
algún auxilio, y cuál era la causa de aquel ¡ay! doloroso y del extraordinario
ruido que acababa de oír.
Repúsose Elvira lo mejor que
pudo, y tranquilizando al paje, mandóle que se retirase a su lecho, y aun le
trató de visionario y de curioso impertinente. A lo de curioso tenía el pobre
Jaime que responder, pero en cuanto a lo de visionario, él sabía muy bien que
no había soñado lo que realmente había oído, y si obedeció por entonces, no fue
sin reservarse el derecho de averiguar todo el caso en amaneciendo. Elvira,
satisfecha con el silencio del paje, tornó a escuchar, pero no oyendo ruido
alguno que pudiese ponerla en camino de dar con la verdad de lo sucedido,
volvióse al
lecho también; de suerte que a la
venida inesperada del celoso escudero, pudo disimular convenientemente la
reciente turbación. Después de las primeras preguntas que entre los dos pasaron
acerca de aquella imprevista llegada, en balde trató Fernán Pérez de sondear
mañosamente el alma de su avisada esposa. Nada había oído, nada sabía de cuanto
a Vadillo traía inquieto. Hubo éste, pues, de conformarse y remitir a otra
ocasión más favorable la satisfacción de sus deseos. Concilió el sueño de que
tanta falta tenía, y cuando despertó se vistió apresuradamente, y despidiéndose
de su amada esposa, se dirigió a la cámara de don Enrique, como arriba dejamos
indicado.
No deseaba Elvira otra cosa; cada
vez
más inquieta acerca del oscuro
sentido de las trovas de la noche pasada, presagiaba ya mil próximas
desventuras; determinó dar aviso a la
condesa, quien había oído muy
confusamente los sucesos referidos. Antes, empero, de dar este importante paso,
llamó al paje y le dijo cómo era inútil que guardase por más tiempo el secreto
de la venida del caballero de Calatrava, puesto que ella lo había reconocido;
añadióle que importaba mucho a la seguridad de su señora la condesa saber cuál
había sido el desventurado lance de la noche, y hablar al caballero, si había
quedado de él con vida y libertad, para que le aclarase sus misteriosos avisos;
prometió el paje indagar cuanto hubiese en el asunto, tanto por dar contento a
su querida prima, como por el interés que en las cosas del caballero trovador
se tomaba. Salió, pues, en busca de él, resuelto a no volver mientras no diese
con él y no le indicase el deseo de la condesa, de agradecerle su fina amistad
e implorar al mismo tiempo su protección y amparo, si algo sabía que fuese en
contra de ella o de los suyos.
Más tranquila después de esta
primera diligencia, acudió la triste Elvira a la cámara de su señora, a quien
encontró levantada, pero no repuesta de las terribles escenas de la víspera. No
contribuyó a aquietarla lo que Elvira le refirió, y entrambas a dos
determinaron vivir con cautela, no dudando que las palabras del trovador
tuviesen alguna relación con los proyectos que el irritado conde había dejado
traslucir la noche antes en medio de su colérico arrebato contra su inocente
esposa. Bien quisiera la condesa penetrar el
arcano que las nocturnas trovas
encerraban, y aun más quisiera traslucir quién podía ser el caballero generoso
que tan bien informado se hallaba de las asechanzas que contra ella se
prevenían y que tan singular interés por su seguridad tomaba. No eran pequeñas,
por otra parte, las zozobras y la duda que a entrambas
nuestras heroínas agitaban acerca
de los resultados de la desgracia que al caballero le había acarreado su
generosidad.
Era para Elvira evidente que poco
después de haber callado el desventurado cantor, le había sobrevenido un trance
de armas; la caída de un cuerpo había resonado luego funestamente en sus oídos
y en su corazón, y el silencio y la duda habían sucedido a la catástrofe. Era
de presumir que el muerto o herido fuese el músico; pero era imposible saber
nada a punto fijo antes de la vuelta del paje. Corría entretanto el tiempo, si
bien no tan aprisa como al desgraciado que espera le suele comúnmente convenir,
y el paje no daba noticias de su persona.
Si nuestros lectores han esperado
alguna vez podrán formar una idea aproximada de la penosa agonía de la de
Albornoz y Elvira, porque idea exacta de ninguna manera la
podrán concebir.
-¿Has oído? -preguntaba en medio
del mayor silencio la condesa.
-¡Es Jaime! -respondía Elvira-;
mas no,
no suena nada -añadía después de
un momento de inútil expectación.
-Ahora... ahora sí -exclamaba de
allí a un rato la condesa.
-Sí; ahora; pasos son, y pasos
acelerados...
-De muchacho.
-Jaime, Jaime es... ahora sí...
-repetía Elvira atenta a la puerta, los ojos fijos en sus batientes hojas y
palpitándole el seno aceleradamente con el movimiento de las olas azotadas por
la brisa; veíala abrirse ya, se medio incorporaba en su asiento, entreabría los
labios para hablar a Jaime... La puerta, sin embargo, cerrada, fija, inmóvil
como una pared. Los pasos se alejaban, apenas se oían.
Nada ya.
-Sería algún criado que pasaba.
Una vez, en fin, la puerta se movió al
morir en ella el ruido de los
pasos; todavía no se podía ver al que iba a entrar; parecía sacudirse lo
bastante para dar paso al paje, que era sin duda el que iba a entrar, la
condesa y Elvira unánimemente inspiradas de uno de esos raptos del primer momento,
tan comunes e irreprimibles como inexplicables en las mujeres, habían gritado:
-¡Jaime!, entra, Jaime.
Abrióse por fin la puerta
enteramente y entró don Enrique de Villena. Hay una inclinación natural en el
que espera a creer que nadie puede venir sino el esperado; nada tienen, pues,
de particular el asombro y la repentina frialdad de la condesa y su camarera al
ver echado por tierra tan inesperadamente todo el aéreo castillo de sus
fantásticas
esperanzas. Miráronse una a otra
en el primer momento de estupor; el lector hubiera adivinado en sus semblantes
infinidad de ideas que bullían en sus imaginaciones y que por la vista se
cruzaban, se comunicaban, se hablaban, se refundían en un solo objeto de
entrambas comprendido sin más verbal explicación. Examinó un momento don
Enrique de
Villena las cambiantes fisonomías
de la señora y su camarera.
-Bien veo -dijo pausadamente
después
de un momento- bien veo, doña
María, que no esperáis a vuestro esposo. ¿Pudiera yo merecer vuestra confianza
hasta el punto de saber cuál interés os liga al imprudente paje que ha
abandonado de una manera tan imprevista mi envidiado servicio? ¿Calláis? ¿Me
conserváis rencor aún por la escena de anoche? Dijo estas palabras con tal
acento de
dulzura y de reconvención que no
pudo menos
la ilustre víctima de manifestar
a las daras en su semblante su singular asom-bro. Tenía, efectivamente, el de
Villena gran facilidad para revestir la máscara que a sus fines mejor convenía.
Nadie hubiera reconocido en sus modales y palabras al tirano esposo de la
vispera.-¿No queréis, señor, que extrañe tan singular mudanza en vuestras
acciones? ¿Debo creeros o prepararme para otra?...
-Basta, doña María; ¿es posible
que no acabéis de conocer los sentimientos de don Enrique de Villena? No negaré
que pudierais estar justamente ofendida; pero vengo a reclamar mi perdón. He
pensado mejor mis verdaderos intereses, he reconocido mi error; vuestras
virtudes me han hecho abrir los ojos; si sois la misma que habéis sido siempre,
Elvira puede ser testigo de nuestra reconciliación. -¡Don Enrique! -exclamó
alborozada la
de Albornoz. Miró, sin embargo, a
Elvira como
para preguntarla con los ojos si
podría creer en la sinceridad de las palabras del conde. Elvira bajó los suyos
y dejó sin respuesta la muda interrogación de su señora.
-Desechad las dudas, doña María.
Vengo a daros una prueba positiva de mi afecto. Espero que esta noche os
presentaréis brillante de galas y preseas en la corte de Enrique III. Quisiera
que vencieseis en esplendor a todas vuestras émulas, y que la corte toda, a
quien hemos dado harto motivo de murmuración con nuestras anteriores
contiendas, presenciase los efectos de nuestra nueva alianza. ¿Dudáis aún?
-Esta duda, señor -repuso la de
Albornoz-, puede seros garante del deseo que en mi alma abrigaba de veros, por
fin, esposo algún día. ¡Ah! si vuestro amor, si esta reconciliación fuesen una
nueva artería, si fuesen un lazo...
-¡María!
-Perdonadme; vos habéis dado
lugar a
mi desconfianza; si esta paz
aparente fuese sólo la calma precursora de nuevas borrascas, seríais bien cruel
y bien pérfido caballero. ¿Qué gloria podría prestarle al león el jugar con la
inocente y crédula oveja? Ved mi alma: yo os perdono, don Enrique; perdonémonos
entrambos. Oíd, empero. Si sólo intentáis divertiros a costa de mi loca
credulidad, Dios confunda al malsín, abandone la Virgen Madre al engañador de
las damas y el buen Santiago al mal caballero. Apodérese el ángel malo del alma
del traidor, y no le sean bastante castigo las penas todas de los condenados al
fuego eterno. He aquí mi mano y mi amor, don Enrique.
Las últimas palabras enérgicas
que la de Albornoz había pronunciado con toda la entereza de la virtud y el
entusiasmo de la inspiración habían hecho bajar los ojos al
imperturbable don Enrique; un
estremecimiento involuntario le había cogido desprevenido, y estrechó la mano
de la de Albornoz, diciendo balbuciente y confuso: -Ved aquí la mía; el cielo
sabe la verdad de mis palabras.
Abrazáronse los consortes en
presencia
de la asombrada Elvira, quien,
acostumbrada a la táctica de don Enrique, no hacía sino examinar su semblante
como buscando en sus facciones y en el más insignificante de sus gestos pruebas
contra sus palabras. La de Albornoz, deslumbrada por su mismo deseo y su amor
al conde, se entregaba más fácilmente a la esperanza de ver, por fin, su suerte
mejorada. ¿No era, por otra parte, muy posible que sus virtudes hubiesen hecho
realmente en don Enrique el efecto que éste acababa de suponer? Nada hay más
fácil que hacernos creer lo que con vehemencia deseamos. La de
Albornoz tragó, pues, el cebo y
el anzuelo.
-Repuesto don Enrique de su
primera
turbación, no perdonó medio
alguno de
inspirar confianza a su esposa;
las palabras más
tiernas fueron por él prodigadas
y las más
vivas protestas de amor y
fidelidad. Un amante
no hubiera dicho más que el
hipócrita marido.
Poco tiempo podía hacer que esta
escena duraba en la cámara de
doña María de Albornoz, cuando la puerta misma que el día antes había
proporcionado a don Enrique retirada, se abrió con admiración de los
circunstantes, y se aparecieron seis figuras fantásticas, que un hombre del
vulgo hubiera llamado entonces seis endriagos. Venían armados, al parecer, de
pies a cabeza, pero unas especies de sayos que sobre la armadura traían, y cuya
capucha cubría su cabeza y rostro, a manera de los que usaban los almogávares,
no permitían ver quiénes ni qué especie de
hombres fuesen.
Suspensas quedaron a tan extraña
aparición doña María y su
camarera; mirábanse alternativamente, y miraban luego con atención exploradora
a don Enrique, deseosas de reconocer en su fisonomía si se presentaban los
intrusos allí por su orden o si tendrían ellas motivo para temer algún nuevo
peligro.
-¡Vive Dios! -exclamó don Enrique
levantándose-; ¿quién es el osado que os envía? ¿Quién se atreve a interrumpir
de un modo tan incivil las conversaciones del conde de Cangas y Tineo? Salid
fuera y...
No le dieron tiempo a proseguir
los encubiertos; el que parecía ser el jefe de ellos desenvainó una espada, a
cuya señal se acercaron los demás con sendos puñales a las aterradas damas,
todo sin proferir una palabra. -¡Don Enrique! -exclamó la de Albornoz
arrojándose a sus pies y estrechando sus
rodillas; al paso que éste, con
el acero fuera ya de la vaina, parecía protegerla de todo extraño
acometimiento.
-Traición, señora -gritó Elvira-;
traición; ¡nos han vendido! -y quiso arrojarse hacia la puerta para demandar
socorro. No se lo consintieron dos de los fantasmas, que arrojándose a su paso,
la sujetaron fuertemente y pusieron término a sus alaridos cubriendo su boca
con un fino cendal y procediendo en seguida a sujetarla a una de las columnas
de la cámara. Don Enrique, entretanto, gritaba y maldecía.
-¡Por Santiago! he olvidado mi
silbato
de plata en mi cámara y ningún
criado me oirá aunque los llame. Pero venid -añadía al jefe de los invasores-;
llegad y arrancadme la vida antes que el honor. En vano trató la de Albornoz de
separar a su esposo del trance que le esperaba. Don Enrique la rechazó y cruzó
la
espada con la del desconocido, en
tanto que los compañeros de éste, apoderándose de la casi desmayada doña María,
vendaban su boca con su propio pañuelo, en cuyas puntas se veían ricamente
recamadas en oro las armas reunidas de su casa y la de Aragón; cubriéronla toda
con un largo manto negro, que de pies a cabeza la ocultaba, y comenzaron a
sacarla fuera de la cámara por la puerta secreta, sin que pudiese oponerles
resistencia alguna la consternada y ya enteramente enajenada víctima.
Combatía entretanto don Enrique
con el desconocido el cual, visto lo hecho por sus compañeros, se replegaba
defendiéndose con destreza. Miraba Elvira con atención el semblante de don
Enrique por ver si descubría en él alguna señal que manifestase estar mancomunado
con los traidores. Ofendía y se defendía éste, empero, con bizarría; voceaba
llamando a sus criados y persiguiendo siempre
al fuerte caballero que protegía
la retirada de los suyos con su presa, mas sin poder herirle; al llegar a la
puerta secreta el desconocido hizo su último esfuerzo para desembarazarse de su
molesto perseguidor, y tirándole un furibundo mandoble desarmó al conde. Bien
trató el al parecer irritado Villena de recoger su acero en cuanto vio que el
encubierto no se había aprovechado de su ventaja para rematarle, pero la acción
de don Enrique dio tiempo al fugitivo; lanzóse a la escalera cerrando tras sí
la puerta con el oculto cerrojo, de modo que cuando el conde, apoderado ya de
su arma, volvió a la carga, no halló más que una pared tersa e insuperable
delante de sí, procurando en vano tocar el resorte que solía abrir.
Volvióse atrás entonces el conde,
y no parando mientes en Elvira, que atada y amordazada permanecía, salió por la
puerta principal de la cámara llamando socorro y
armas contra los robadores, como
los llamaba, y malandrines que acababan de arrebatar a su cara esposa de entre
sus mismos brazos, allanando su propia habitación por arte sin duda de Luzbel y
con auxilio de todas las potestades del abismo, contra su robusto y valeroso
brazo.
-A la mina, mis escuderos, al
campo - gritaba-, al campo del moro, al Manzanares; allí los alcanzaremos; la
escalera secreta no tiene otra salida.
No tardó mucho en esparcirse por
el alcázar la noticia del extraordinario robo y desacato cometido en la persona
de la condesa de Cangas y Tineo; caballeros y escuderos acudían todos a la voz
del conde, y en menos de media hora estuvo éste en disposición de traspasar el
rastrillo en busca de los robadores. Quién enlazaba este acontecimiento con la
música oída la noche antes bajo la ventana de la
condesa, quién suponía que el
hecho era imposible, en vista de que sólo don Enrique poseía las llaves de los
candados que cerraban aquella salida al campo. Todos conjeturaban, todos
hablaban, nadie veía clara la verdad.
No era, sin embargo, menos cierto
que los robadores habían hallado el secreto de introducirse en la cámara de la
de Albornoz por la puerta que la unía con la del conde, y que tenía salida a la
escalera, y de allí a la larga mina no conocida de todos. Nada más frecuente en
los alcázares antiguos, y de construcción morisca sobre todo, que estas minas
secretas; hacíanse prudentemente con la mayor reserva y secreto, y solían parar
a una o dos leguas, a veces, del alcázar a que pertenecían. Varias puertas y trampas
de hierro, bien cerradas y puestas a trechos, impedían la entrada en ellas a
los enemigos, aun en el caso de ser su boca descubierta, cosa
de suyo poco menos que imposible,
y podían ser de mucha utilidad a los poseedores del alcázar, tanto para hacer
una salida imprevista como para introducir víveres, como también para salvarse
por ellas en una noche la guarnición del castillo en el caso de verse reducida
al último extremo por un ejército aguerrido y numeroso. Por una de estas minas,
pues, escaparon los encubiertos; de suerte que ya se hallaban muy lejos de
Madrid cuando pudieron llegar sus perseguidores a la boca de la mina,
habiéndoles sido preciso reunirse, armarse, salir del alcázar y dar un gran
rodeo para su objeto, pues perseguirlos por la misma mina era caso imposible,
puesto que habiendo sustraído y llevado las llaves de las diversas puertas los
encubiertos, era claro que habrían ido cerrándolas todas sucesivamente tras sí,
como con la primera de la cámara había hecho el jefe de ellos, con el prudente
objeto de
asegurarse las espaldas.
Dejemos a don Enrique a la cabeza
de
los oficiales de su casa
corriendo el Campo del Moro en busca de su robada Elena y pidamos al lector un
ligero descanso que, después de la pasada refriega y aventura extraordinaria
referida, habemos en gran manera menester. CAPÍTULO DÉCIMO
Cuando el conde aquesto vido
Fuérase para el palacio
Donde el rey solía estar,
Saludó a todos los grandes,
La mano al rey fue a besar.
Rom. del conde Grimaltos. Silva
de varios romances.
La pequeña corte de la antecámara
de don Enrique, que dejamos en anteriores capítulos descrita, era un imperfecto
y pálido remedo de la del muy alto y poderoso don Enrique III.
Veíanse lucir en ésta, a más de
los que
tenían los primeros oficios de la
real casa de Su Alteza, las principales dignidades de Castilla. Hallábanse en
derredor del trono a derecha e izquierda, y por el orden de su dignidad y
favor, el buen condestable don Rui López Dávalos, el almirante don Alfonso
Enríquez, don Fadrique, duque de Medinaceli, el conde don Juan Alfonso de
Niebla, los maestres de Santiago y Alcántara, el mariscal don Garci González de
Herrera, don Juan de Velasco, camarero mayor, Diego López de Stúñiga, justicia
mayor, Pero López de Ayala, chanciller mayor y del sello de la puridad, el
adelantado Pedro Manrique, donceles y caballeros principales, en fin, que a la
corte asistían. En el momento de nuestra narración llegaba Su Alteza a ocupar
su regia silla; acompañábanle al lado don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo,
don Juan Hurtado de Mendoza, su
mayordomo mayor, y sosteníanle
del brazo fray Juan Enríquez, su confesor, y don Mosén de Abenzarsal, su
físico. Don Enrique III, en medio de su juventud, tenía él natural aspecto
enfermizo que a su rostro prestaban sus habituales dolencias. Semblante pálido
y prolongado por la enfermedad, noble con todo, grave y lleno de majestad; sus
ojos eran hermosos; mezclábase en ellos cierta languidez y tristeza con la
penetración y la severidad; su andar era lento y su voz flaca.
Hasta el momento de la entrada de
Su
Alteza habíase tratado con raro
interés entre los palaciegos del robo singular de doña María de Albornoz, y
ninguno en consecuencia extrañaba la ausencia de don Enrique de Villena y de
los caballeros de su casa. Sucedió el mayor silencio a la entrada de Su Alteza,
y éste recorrió con la vista apresuradamente el círculo de sus cortesanos,
saludando a uno y
otro lado con su natural
sequedad.
-¿Y nuestro fiel pariente y
vasallo don Enrique de Villena? -preguntó Su Alteza-. Condestable, ¿creo que me
habéis dicho que ha vuelto de la montería del Real de Manzanares? -Señor -dijo
el buen López Dávalos inclinando su cabeza cana y despojada por el tiempo-,
cierto es lo que aseguré a tu Alteza: don Enrique volvió ayer de El Pardo.
-¡Por San Francisco! que no sabe
sus intereses mi primo cuando olvida presentarse a su Rey.-¡Es una omisión
imperdonable!... Pero, señor, hay causas a veces que... -¿Causas? Quiero
saberlas.
-Seis enmascarados han robado a
su esposa.-¿Robado? ¿Dónde? -En su cámara misma.
-¿En mi palacio? No puede ser,
condestable. Tal desacato
costaría la cabeza...
Explicaos.
-Nada hay más cierto, señor.
Aquí el condestable, amigo del
conde de Cangas y Tineo, refirió al Rey cuanto en el alcázar corría acerca de
tan extraño acontecimiento.
-Diego López de Stúñiga -dijo el
Rey levantándose cuando hubo oído la relación del caso-, el rey Enrique no
desmentirá jamás la fama que tiene granjeada de justiciero. Como justicia mayor
de mis reinos os cometo la averiguación del suceso. Compadezco a nuestro fiel
pariente y vasallo y quiero vengar la felonía cometida en la persona de mi muy
amada doña María de Albornoz. Antes de tres meses me habréis descubierto quién
sea el reo. Juro por las llagas de San Francisco que no le podré dar seguro
aunque me le pida. Inclinó respetuosamente la cabeza
Diego López de Stúñiga y volvió a
ocupar su lugar. -Vos, Pero López de Ayala, tendréis
entendido que quiero que se
extienda hoy mismo la cédula que os dije; es mi real voluntad que no paguen mis
reinos más monedas, a pesar de no haberse acabado aún la guerra con Granada.
¿Qué os parece, almirante?
-Paréceme, señor, que pudieran
recrecerse graves daños de la
supresión del tributo de las monedas -repuso el almirante-; si bien con eso
contestáis a los pecheros y hombres de afán, también si los moros vuelven a
hacer entrada...
-No me lo digáis -repuso el Rey-
estad cierto que tengo yo mayor miedo de las maldiciones de las viejas de mis
reinos que de cuantos moros hay de esta parte del mar. Calló el almirante, y
alto murmullo de aprobación acogió el paternal dicho de Enrique el Doliente.
Otra media hora pasaría en que el
rey
de Castilla despachó en medio de
su corte algunos negocios del gobierno de sus reinos; ya iba a dar la vuelta a
la cámara cuando se sintió ruido como de muchas personas armadas que se
acercan; volviendo todos las cabezas hacia el sitio por donde el rumor sonaba,
un faraute de Su Alteza llegando hasta el medio de la sala, hizo una
reverencia, otra a poca distancia, y hecha la tercera a los pies casi del
trono:
-Decid que entre a mi pariente y
leal vasallo.Retiróse el faraute con las mismas cortesías, sin volver jamás las
espaldas, y llegado a la puerta:
-Entrad -dijo con voz descomunal.
Dos farautes de don Enrique
precedían.
Don Enrique de Villena detrás,
con rostro a la par airado y pesaroso. Seguía a su lado su primer escudero y
detrás un caballero de su casa con el estandarte de sus armas, en que lucían
sobremanera las barras paralelas de
Aragón. El estandarte, pendiente
de una asta a la manera de los que aún se usan en algunas procesiones, era
ricamente recamado de oro y plata sobre campo azul. Venían después, armados
como su señor, los caballeros y escuderos vasallos del poderoso don Enrique.
Pedido y dado el permiso de hablar por
Su Alteza, tres veces reclamaron
los farautes de don Enrique la atención y silencio de los demás señores y
asistentes.
-Oíd, oíd, oíd el desacato y
felonía cometido en la persona de la muy noble e ilustre señora doña María de
Albornoz, esposa del muy noble e ilustre señor don Enrique de Aragón, y de que
en nombre de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y de la Bienaventurada Virgen
gloriosa, viene a pedir justicia y reparación.
Respondido hablad, tres veces
también, por el faraute de Su Alteza, comenzó don
Enrique, hincando en tierra una
rodilla, a hacer relación de cómo le había sido, en su misma cámara, robada su
muy amada esposa, y de cómo había salido en persecución de los robadores, entre
los cuales contábanse criados de su casa, cuya falta había notado al mismo
tiempo.-Alzad -le dijo el Doliente rey-, conde de Cangas y Tineo, y decid cuál
sea el fruto de vuestra expedición.
-No me levantaré, señor excelso,
mientras no acabe el cuento de mi
cuita y no esté seguro de que tu Alteza me otorga lo que a pedirte vengo.
Inútilmente he recorrido el campo en busca de los robadores; a haberlos
encontrado, señor, no hubiera menester pedirte justicia y porque mi espada me
la supiera dar muy suficiente Pero ¡oh dolor!, gran Rey, he hallado en vez de
la esposa o de la venganza que buscara, esos sangrientos despojos que sólo una
funesta catástrofe me pueden anunciar.
Adelantáronse, al llegar a decir
esto, dos escuderos, que tendieron a la vista del rey el manto y el velo de
doña María de Albornoz todos ensangrentados.
-¡Cielo santo! -exclamó
horrorizado el piadoso Rey. Un movimiento de horror circuló por la corte, y
todos apartaban la vista de los sangrientos restos.
-He aquí, señor -exclamó
sollozando el desdichado esposo-, ¡y ojalá no hubiera encontrado más pruebas de
mi desgracia! -¿Qué decís? Hablad -exclamó Enrique III.
-Un pastor, gran Rey, que es el
que ves y puede darte de ello testimonio, me ha asegurado que unas horas antes
de encontrar con estas ropas había visto pasar a unos armados con un cadáver de
una mujer, a su parecer hermosa y joven; mi esposa, señor Receláronse de él y
quisieron echarle mano
para impedir que su mal hecho se
supiese; mas el conocimiento que tiene del país, las quebradas de las peñas y
sus buenos pies le salvaron, por desdicha mía, para mi amargo desengaño.
-Pastor, llegad -dijo don
Enrique-; ¿vos habéis visto eso?
-Verdad dice su grandeza -repuso
el pastor con visible turbación, que achacaron todos al asombro de hallarse en
tal paraje-Llevábanla, sin duda, a enterrar en los sitios ocultos en donde los
vi.
-Justicia, pues, señor, justicia.
Otorgadme que me dé a buscar al
alevoso, y que donde quiera que le encuentre, pueda, sin duelo ni formalidad
alguna, castigar al que como villano se portó.
-Yo os juro, don Enrique,
justicia y
reparación. Alzad; ¿tenéis vos
indicios de quién pueda ser el robador?
-Ninguno
-respondió Villena
levantándose. -¿Sospecháis, por
ventura, si una
venganza o si una pasión?
-¡Ay de quien osare ofender la
memoria de mi esposa!..
-Nadie en mi presencia la
ofenderá,
conde de Cangas y Tineo.
Imposible me fuera concederos que os entreguéis a buscar al delincuente;
necesito vuestra asistencia en mi corte Pero los oficiales de mi justicia
apurarán la verdad y le hallarán donde quiera que se esconda. Os otorgo, sin
embargo, en nombre de Dios trino y uno, a quien en la tierra representan los
reyes ejercitando su justicia, que matéis al villano, si lo halláis, donde
quiera que lo halléis, armado o desnudo, solo o acompañado, por vuestra mano o
por la de villanos vasallos vuestros. Otorgo, otro sí, que quede privado de
cualquier gracia que pudiere
yo hacerle o le hubiere hecho sin
conocerle; mando a quien le encuentre, caballero, escudero, noble o pechero, y
le requiero que le castigue como su villanía merece, y al que le mate hágole de
su muerte salvo y perdonado. Alzad ahora, don Enrique
-No esperaba yo menos, gran Rey,
de tu recta justicia,
Adelantándose entonces don
Enrique el espacio que del trono le separaba, llegó con rostro apenado, y
doblando de nuevo la rodilla ante el rey Doliente, quitóse el yelmo, besóle la
mano, y dióle repetidas gracias por el favor singular que acababa de otorgarle
Retiróse en seguida a desarmar, con sus caballeros, por el mismo orden que
habían venido.
Quedaron los cortesanos
estupefactos de cuanto acababan de oír. ¿Qué motivo racional se podía,
efectivamente, dar a la extraordinaria muerte de doña María? Todos
discurrían y se hablaban al oído;
pero ninguno conjeturaba la verdad, si bien muchos dudaban del relato y de la
manera y forma de la muerte por don Enrique referida. Pero donde el Rey había
creído públicamente, no era lícito, ni aún a los mayores enemigos de don
Enrique, dudar del caso sino en secreto. Todos, por lo tanto, callaron, y el
físico de Su Alteza, que vio que la animada audiencia de la mañana y lo mucho
que Su Alteza había hablado, había alterado visiblemente su color, le advirtió
respetuosamente que le convenía tomar algún descanso. Oído esto por el Rey,
bajó del regio sillón, y despidiendo a sus cortesanos, entróse en su cámara con
aquellos mismos que le habían acompañado a su salida, menos don Pedro Tenorio,
el arzobispo de Toledo, que quedó en la sala de audiencia con los más grandes,
dando y tomando en la singular aventura del que, entonces más que nunca,
comenzó a aparecer verdadero
hechicero a los
ojos de los suspicaces cortesanos
de don
Enrique el Doliente.
CAPITULO DUODÉCIMO
Por dar al dicho don Cuadros
Dado ha al Emperador.
...............................
-¿Por qué me tiraste, infante?
¿Por qué me tiras, traidor?
-Perdóneme la tu Alteza,
Que no tiraba a ti, no.
Rom. ant. del Infante vengador.
No bien hubo llegado don Enrique
a su
cámara, despachó a sus caballeros
y sólo quedó a su lado su predilecto escudero; depuesta allí la falsa máscara
de la pena, cuando hubo quedado solo el intrigante conde con Fernán Pérez de
Vadillo, trabó con él una breve conversación.
-Fernán, nada tenemos que temer.
-Siempre tiene que temer quien no
obra
bien, señor.
-¡Fernán!
-Perdonadme, pero no apruebo lo
hecho. Y ahora que he obedecido
tus órdenes sin murmurar tengo algún derecho a descargar mi conciencia.
-Vadillo díjole al oído el
conde-, de nada tiene que acusarme la mía. -¿De nada?
-Bien; convengo en que el medio
ha sido violento pero era preciso ser maestre de Calatrava.
-Callo, señor; obedezco, pero no
lo
apruebo. Permíteme que te lo diga
por última vez.
-En buen hora; vuestro silencio y
vuestra obediencia es lo que
necesito. Y vamos a lo que más importa. Tiéneme inquieto el camino que habrán
tomado los armados.
-En cuanto a los que llevaron a
la
condesa, yo te respondo de su
silencio y de su fidelidad.
-Bien; ¿y Ferrus?
-¿Tanto sentís la pérdida del
juglar?
-¡Sí, la siento, Hernán! Aquél
nunca
desaprueba nada; su conciencia es
la del
estúpido; nada le dice nunca; yo
soy harto débil
y harto bueno todavía para no
necesitar tener a
mi lado en mis fines un hombre
honrado como
vos. Quiero un instrumento, no un
amigo. ¿Y el
trovador prisionero?
-Podemos verle.
-¡Podemos!... Es indispensable.
¿No os
dije yo que era él? Ved si ha
estado detrás del sillón del trono, como acostumbra hallándose en la corte. El
golpe nuestro será tanto más seguro cuanto que nadie tiene noticia de su
llegada. Habrá desaparecido del mundo, y quién sabe si alguien notará la
coincidencia de
su desaparición y de la condesa.
-Eso, señor, pudiera no
convenirte. -Conviéneme mucho ser maestre de Calatrava. Partamos. Guíame a
donde esté. Inquietos iban los dos acerca de la entrevista que con el nocturno
músico les esperaba. Al odio que contra él, por la denegación referida, abrigaba
don Enrique, agregábase cierto recelo de que hubiese en su conducta algo más
que ley de caballería y pura generosidad hacia la condesa; y aunque no amaba a
su esposa, como bien a las claras lo acababa de probar, irritábale, sin
embargo, la idea de que un simple caballero hubiese puesto los ojos en cosa
suya y en tan alta persona. Con respecto a Vadillo, no dejaba de tener alguna
inquietud, pues no estaba muy claro para él si daba serenata a la condesa o si
acaso su esposa... Imposible y horrorosa le parecía tan descabellada sospecha
de la virtud de Elvira;
pero la duda se había hecho lugar
en su corazón, y es huésped por cierto que, una vez alojado, no se arroja del
pecho a voluntad. A entrambos parecía cosa indisputable que el músico era
Macías, y nosotros, que desde la noche anterior nada sabemos de su existencia,
no podemos menos de abundar en la opinión de los que tal pensaban.
Llegaron, por fin, a una puerta
pequeña
que en el extremo de una
larguísima galería se encontraba.
-Alvar -dijo llamando Vadillo, y
se abrió
la puerta inmediatamente. Alvar
era el montero a quien en la noche anterior había confiado el escudero la
importante presa. Entraron en una pequeña habitación, cerrándose tras ellos la
puerta.-¿Y el preso? -preguntó Vadillo. -Descansa en la pieza inmediata; debía
no haber dormido en un mes, ronca
tranquilamente.
-¿Ronca? ¿No está, pues, herido
de peligro?-Más daño debió de hacerle el miedo que vuestro venablo, señor
escudero. Tiene algo arañada la cara de la caída y un brazo vendado; pero el
maestro que lo ha reconocido esta mañana asegura que podrá salir después del
medio día.
-Despertad a ese caballero
-repitió entre dientes Alvar.
-¿Qué respondéis en voz baja?
Despachad -dijo Fernán-. ¿Hase quejado de la violencia que con él se ha usado?
-Ayer noche todo era pedir que se
le conduiese a presencia de su amo el ilustre conde...-¿Su amo? -dijo el
conde-. El trovador ha perdido la cabeza.
-Voy a advertirle que vuestras
señorías...
-Presto, Alvar, presto.
Entróse Alvar en la inmediata
pieza,
mientras que don Enrique y Fernán
se preparaban a la extraña entrevista que iban a tener. No tardó mucho en
volver a salir Alvar, asegurando que había despertado al enfermo quien,
sintiéndose completamente reparado de fuerzas con el pasado sueño, metía sus
vestidos para salir a recibir a sus ilustres huéspedes. -¿Es segura esa puerta,
Alvar? - preguntó el conde.
-Las fuerzas de diez hombres
reunidos
no bastarían, señor, a
violentarla -respondió Alvar-. Además dos monteros le guardan conmigo y está
indefenso; de aquí no saldrá sino para donde vuestras señorías determinen. Pero
aquí está.
Salía, en efecto, el asombrado
prisionero, el cual, no bien hubo
visto al conde, cuando, acercándose a él, como quien ve a su libertador, se
echó a sus pies, y con lágrimas de gozo y de temor:
-Señor -exclamó besándoselos-,
¿en qué ha podido ofenderte para merecer tan dura prisión tu fiel Ferrus?
Dos estatuas de mármol parecieron
a
tan inesperada vista el conde y
su escudero. No sería mayor el asombro y la indignación del rústico pastor que
se viese torpemente cogido en el propio lazo que hubiera preparado para el
raposo.-¿Tú, Ferrus? -exclamó después de la primera sorpresa el furioso conde-.
¿Tú, Ferrus? Fernán, nos han vendido. Venid acá, don villano -añadió derribando
por tierra de un empellón al desesperado juglar-; venid acá vos, Alvar, ¿es
éste el preso que se os ha confiado? ¿Qué hicisteis, don bellaco, del doncel de
Su Alteza?Asíale de la garganta, y ahogárale sin remedio, si no se le pusiera
por medio Hernán, que más sereno comenzaba a vislumbrar la verdad del caso.
-¿Qué doncel, señor? -gritó
cuando
pudo Alvar-. Lleve mi alma el
diablo si tuve yo jamás en mi poder más preso que el que el señor escudero me
entregó, y si no es ése el mismo de que me encargué.
-¿Qué es esto, Hernán? -dijo don
Enrique soltando la presa.
-¡Qué ha de ser, señor! Que sin
duda debió de ser Ferrus el músico que yo cogí. -Negra fortuna mía -gritó don
Enrique-. ¡Qué músico habíais de coger, ni qué!... ¡Por Santiago! Venid acá,
Ferrus; ¿qué hicísteis vos de cuanto os encargué? ¿Quién era el músico, juglar?
Acabad o...
-Serénate, señor -respondió
temblando
el aterrado Ferrus-. Yo obedecí
tus órdenes ciegamente; yo rodeaba el muro y me acercaba ya al que tañía,
cuando él, echando de ver mi bulto, calló y hundióse precipitadamente en la
tierra; el diablo debía de ser sin duda que tomó la forma de músico para
perderme en tu
estimación...
-¿El diablo? Malandrín... -no
pudo
menos de sonreírse don Enrique al
oír la
simpleza de su juglar-. ¿El
diablo?
-Señor, lo jurara; lo cierto es
que yo no le
volví a ver más; y cuando, todo
ojos y orejas,
me acercaba al sitio donde le
había visto y
buscaba el boquerón que habría
dejado al
hundirse, sin saber por dónde
encontréme con
un caballo encima y un
caballero... Bien sabe
Dios que en aquel trance me
santigüé...
-Adelante, miserable, acaba.
-Por acabado, señor; desde aquel
punto
ni vi ni oí; cuando recobré el
uso de mi razón, halléme en ese camaranchón donde me curaban las heridas que el
mal enemigo me había hecho. -Calle el necio -interrumpió, no
pudiendo sufrir más, don
Enrique-. ¡Vive Dios que nada comprendo, Hernán!
-Yo infiero, señor -dijo Hernán-,
que el
músico debió ser, si no diablo,
muy ligero por lo menos, y yo debí tomar a Ferrus por el que tañía.
-Eso debió ser sin duda. Pero
¡voto a
Santiago! que todos los deseos
que de encontrar a Ferrus tenía no me pagan del pesado chasco. Alza, Ferrus, y
vente con nosotros. ¡Necio de mí que fui a escoger para tan delicada empresa al
mandria mayor que vio la tierra! ¿Enviéte yo para que cogieras al músico o para
que te dejaras coger por el primero que llegase? -Perdóname, señor -contestó
algo
repuesto Ferrus-; dijérasme lo
que había de hacer contra el diablo en viéndole... -¿Vuelves a mentar al
diablo,
menguado? ¿Dónde está el diablo,
mal
servidor? Enséñamele, desalmado.
-¡Jesús! Líbreme Dios. ¡Jesús!
-exclamó
Ferrus, santiguándose a más y
mejor.
-Vamos de aquí, Hernán. Juro no
abrir
libro ni hacer trova, y júrolo
por el apóstol
Santiago, hasta no tener en mi
poder al
insolente doncel que de tal
manera ha burlado
mi esperanza. Ahora está libre,
¡vive Dios! y
puede hacernos mucho mal. Alvar,
tu fidelidad
será recompensada.
Inclinóse Alvar, y nuestros tres
predilectos personajes salieron
silenciosamente a la galería; regocijado Ferrus de verse libre, en poder de su
señor legítimo, y disipado ya el nublado que sobre su cabeza tronaba desde la
noche anterior; disimulando Hernán la risa que en el cuerpo le retozaba al
recordar a sangre fría el chasco inesperado y mohíno por demás el desairado
conde, a cuya imaginación se agolpaba, entre otros peligrosos recuerdos, el del
secreto que había imprudentemente confiado al perseguido doncel, y dándole no
poco cuidado la reflexión de no haberle visto en la corte, siendo así que no
era la causa que él
había pensado la que podía
habérselo impedido.
CAPITULO DECIMOTERCERO
¿Qué es aquesto, mi señora?
¿Quién es el que os hizo mal?
Cancionero de Romances.
Largo tiempo hacía que Elvira,
atada a
la columna y sin poder pedir a
nadie auxilio a causa del pañuelo que le tapaba la boca, esperaba con
insufrible paciencia a que la casualidad o el transcurso del día le deparase un
libertador que de tan crítica situación la sacase. Por fin llegó el momento
deseado, y el paje que tanto había tardado en la averiguación de lo que se
encomendara a su cuidado, abrió las puertas de la cámara que de prisión servía
a la afligida hermosa. Miró en derredor y a nadie veía, hasta que, fijando los
ojos en la columna, ofrecióse a su vista el espectáculo de su aprisionada
prima. Asustóse primero y
exclamó:
-¡Santo Dios! ¿Qué ha ocurrido
aquí?...
Mal podía responderle Elvira sino
con
los ojos; pero cuando vio el
pajecillo que no parecía nadie, ni había asomos de peligro alguno, soltó la
carcajada, impertinente a la verdad en aquel momento, y comenzó a dar
brincos.-¿Quién os ha puesto así, mi señora Elvira? ¿Os ató el señor escudero por?...
Diole lástima al llegar aquí el
ver que su prima no parecía gustar de la prolongación de tan pesada chanza.
Llegóse entonces el atolondrado a Elvira y desató sus crueles ligaduras.
-¡Dios mío! ¡Dios mío! -exclamó
Elvira en viéndose libre-. Alguna desgracia está sucediendo a mi señora la
condesa. Corramos...
-¿Adónde vais tan de prisa?
-repuso el paje deteniéndola-. ¿Y quién me paga mi recado? ¿Quién escucha las
nuevas que traigo?
¿Quién, sobre todo, me cuenta lo
que os ha sucedido y la razón de haberos encontrado así mano a mano con esa
columna negra? -¿Traes nuevas? -preguntó Elvira olvidando todo lo demás-.
¿Traes nuevas?
-Y buenas -contestó el paje-. El
caballero de las armas negras era el que tañía... -Lo se... y...
-Pero sabed que le esperé
inútilmente dos largas horas, más largas que las del arenero...
-¿Inútilmente?
-Sí, pero por fin llegó.
-¿Llegó? ¿Con que no era él
el?... ¡Yo os bendigo, Dios mío!... Sigue. -¡Si le vierais qué agitado!
Descompuesto el cabello,
espantados los ojos, entró en su cámara y no me vio. ¡Negra suerte! -exclamó, y
despedazó con sus manos el laúd que traía cruzado sobre la espalda-. ¿No me
serviréis -dijo rompiendo las
cuerdas- sino de gemir eternamente? Viome en seguida. ¿Qué haces aquí? -me dijo
con voz terrible; pero al reconocerme templóse toda su ira-. Paje -me dijo
entonces con voz mesurada-, ¿tornas aún con nuevas demandas del hechicero?
-¡Ah! si supierais quién me envía
-dije entonces-; si supierais que una hermosa dama...
-Silencio -exclamó-, no
pronuncies su nombre.. ¿Es posible? Díjele entonces la comisión que me disteis
en nombre de la señora condesa; largo rato suspiró y miró al cielo sin hablar.
Paje -me dijo en fin-, no nos veremos más. He creído que mi brazo podía ser
útil a una inocente; pero si es fuerte contra los hombres, es impotente contra
los recursos de una ciencia misteriosa y maldecida. El infierno me envía
enemigos en medio de la soledad y la Madre de Dios me abandona. Un
acontecimiento extraordinario ha interrumpido
mis avisos. He rondado la noche
toda para volver a entrar en el alcázar; las órdenes más rigurosas, dadas no sé
por quién después de mi salida, me han impedido verificarlo. He debido esperar
a que entrase el día para que no fuese mi entrada sospechosa. Pero mañana el
alba me encontrará lejos, bien lejos de Madrid. Si alguna mujer necesita mi
amparo en cualquier ocasión, mal pudiera negársele un doncel de don Enrique.
Dígame qué puedo hacer, por mí lo ignoro. Adiós. Apretóme la mano de una
manera, prima, que yo creí que le atormentaban otros recuerdos que los de
nuestra amistad. Envolvióse entonces en su pardo gabán, y cubriéndose con él la
cabeza, oíle sollozar y salí. He aquí, prima, las nuevas. -Tristes, bien
tristes -dijo pensativa Elvira-. ¿Y de la condesa supiste?...
-¿La condesa? ¿Es su confidenta
la que me pregunta?
-Sí, ¿nada sabes?
-Pero, querida prima, ¿qué
tenéis?
Vuestra palidez, vuestra
agitación me asustan...
-¡Ah, Jaime!, la condesa es
víctima en
este momento de la más espantosa
villanía... Volemos a su socorro: no sé adónde me dirija; la menor imprudencia
mía puede comprometer su suerte y el éxito mismo de mis diligencias. Si
supiera... pero la más completa oscuridad reina en todas mis conjeturas.
Meditó un momento Elvira el
partido
que tomaría, mientras que hacía
nudos a uno
de los cordones, que de su
cintura pendía, el distraído paje. De pronto pareció que había
iluminado su entendimiento un
rayo de luz.
-No hay más recurso -dijo-, para
los
casos extremos son los remedios
violentos. Jaime..., deja ese cordón, déjale te digo... Vamos a buscar a mi
esposo; averigüemos primero qué voces corren de lo ocurrido y qué se cree en el
alcázar... Después, si eres prudente, si has de
ser callado, pero callado como la
muerte, tú, que sabes el camino, me guiarás adonde pienso ir.
-Puede que algún día pruebe Jaime
a su hermosa prima que no es tan atolondrado como le llaman.
Elvira apretó la mano del
inteligente pajecillo con expresión de gratitud, y ambos salieron de la cámara
que acababa de ser teatro de tan extraordinarias escenas. Buscó Elvira a su
esposo sin más
demora, porque si bien sospechaba
que don Enrique hubiera tenido parte en la pérfida desaparición de la condesa,
ni veía claro en esto ni menos lo podía asegurar. ¡Tan bien se había
representado por todos la farsa que dejamos descrita! Ni por otra parte, aunque
a pies juntillas hubiera creído la traición del conde, cabía en su imaginación
la menor sospecha acerca del extremado honor de su esposo,
sabíale ligado a los intereses de
su señor, pero que él hubiese tomado parte activa en el mal hecho no le era
lícito a Elvira imaginarlo siquiera.Así era la verdad: hidalga sangre corría
por las venas del escudero y hacía vanidad de honradez y de rectos sentimientos;
no era uno de los pocos hombres ilustrados de la época; no hubiera sostenido
una intrincada tesis con un teólogo; participaba de las preocupaciones de su
siglo; pero era en sus acciones hidalgo, y esto es por lo menos tan
recomendable como el talento. Alguna parte había tenido en el criminal proyecto
de don Enrique, pero sólo aquella que no había podido excusar en calidad de
escudero suyo; así que se había opuesto constantemente a las miras de su señor,
habíale afeado los medios y le había reconvenido después, como arriba dejamos
indicado; pero la misma probidad que le impulsaba a manifestar francamente sus
sentimientos en tan delicado
asunto, a riesgo de perder la
gracia del conde, le impedía oponerse de hecho a sus deseos; era forzoso
obedecer y callar por el propio honor del deslumbrado magnate; propúsose, pues,
ser completamente pasivo y guardar el más riguroso silencio. Sospechando sin
embargo, que la primera que había de poner a prueba su fidelidad había de ser
su esposa, no había vuelto a desatar las crueles ligaduras en que había quedado
presa, y de que había sido él la causa, pues desde luego había manifestado al
conde la imposibilidad de separarla de él y la dificultad que hubiera
encontrado para realizar su voluntad mientras Elvira pudiese obrar libremente
en los primeros momentos. Había, pues, dejado a alguna casualidad que no podía
tardar en sobrevenir el cuidado de su esposa, deseoso de retardar a cualquier
costa el instante de una explicación con ella, para la cual no tenía todavía
muy meditadas las respuestas.
Avínole mal, no obstante, pues
poco
tardó Elvira en presentarse ante
sus ojos con una agitación tal, que no le pudo quedar duda al infeliz del
objeto de su intempestiva venida. Hubiera él querido hallarse a cien leguas
entonces de su consorte y del mundo entero, en cuyas miradas creía ver a cada
paso otras tantas reconvenciones a su reservada y ambigua conducta. Repúsose,
con todo, lo mejor que pudo, y ni las preguntas sencillas de Elvira, ni sus
halagos, ni sus reconvenciones, lograron recabar de él la menor noticia que
pudiese dar luz sobre lo ocurrido a la desconsolada hermosa. Obstinóse en negar
constantemente la menor participación del conde en el robo de la condesa; en
una palabra, manifestó con toda entereza hallarse en la misma ignorancia que la
corte toda, y aun se indignó con notable aire de verdad a la menor idea de
sospecha presentada por Elvira. Comenzaban ya ésta a dudar si
serían sus juicios temerarios,
pero nunca pudo convencerse a sí misma; vio además a don Enrique y parecióle
que brillaban al través de su aparente dolor sentimientos de otra especie.
Difícil cosa es, por cierto, engañar la natural penetración de una mujer; la
inutilidad de los esfuerzos del de Villena para dar con los robadores y el
horrible atentado cometido en una mujer que a nadie había hecho daño, reunidos
a los antecedentes particulares que de aquel matrimonio desgraciado sólo ella
acaso tenía, la hacían ver más claro en tan atroz intriga que todos los demás.
Inexplicable fue su dolor cuando llegó a sus oídos la funesta nueva, que de
boca en boca corría por el alcázar, de la desdichada muerte de su señora;
afirmábanse al recordarla todas sus sospechas, ardía en deseos de venganza, y
la idea de la impunidad la hacía padecer tormentos imponderables. Resolvióse,
pues, a realizar el
plan que tenía meditado,
arriesgado en verdad, y delante del cual había retrocedido muchas veces. El
amor, en fin, que a la condesa había tenido, una voz superior y celestial que
creía oír continuamente, pidiéndole venganza y reparación, la hicieron creer
que el cielo mismo y que su conciencia la obligaban a volver por la inocencia,
y constituyóse entonces campeón de la ultrajada virtud. Seguida del inquieto
paje, que, tan asombrado como ella, lloraba también la desgracia de doña María
de Albornoz, entróse en su aposento, donde la dejaremos poniendo los medios que
más propios creía para dar cima a la importante empresa que sobre sí tomaba,
sin comprometer su honor por otra parte, su virtud y hasta su misma
tranquilidad.
CAPITULO DECIMOCUARTO
Contadme vuestros enojos
No toméis malencolía
Que sabiendo la verdad
Todo se remediaría.
Rom. del conde Alarcos.
En la misma postura que el paje
refería haber dejado al melancólico doncel, envuelto en su gabán hasta los ojos
y roto a sus pies el laúd, permanecía cuando se presentó delante de él
Hernando, diciéndole con su acostumbrada sequedad:
-¿Lloras, señor? Levanta la
cabeza y
mira, que o yo entiendo poco de
rastro o se te viene la res por sí sola a tiro de tu venablo. Alzó la frente el
consternado mancebo y
vio a pocos pasos de él una
figura envuelta en un ropón negro y cubierta la cara con la mascarilla que
usaban en aquel tiempo las damas cuando salían, sobre todo, de su casa o cuando
habían de hablar con caballeros desconocidos.
-¿De qué res hablas, Hernando?
¿Quién
es esta dama? -preguntó
desembozándose con enfado el doncel. Miróla entonces de alto abajo y reparando
que su silencio podía indicar que no venía a hablarle con testigos:
-Retírate, Hernando -dijo-; yo te
llamaré
cuando te haya menester -cogiendo
entonces de una mano a la dama hízola entrar en su cámara. Luchaban en su
fantasía mil encontradas ideas. -Señora- le dijo con voz mesurada y
tímida-, sola estáis; si alguna
revelación tenéis que hacerme, si alguna ocasión tenéis que proporcionarme en
que pueda seros útil mi débil brazo, hablad; no en vano os habéis dirigido a un
caballero de la corte del ínclito y poderoso rey de Castilla.
-Caballeros tiene la corte de don
Enrique que pudieran desmentir la
hidalguía de vuestras palabras -repuso la tapada con voz que desfiguraba
enteramente la mascarilla que cubría su rostro.
-Nombradlos, señora; si algún
caballero ha mancillado el nombre de una orden de caballería, él me dará razón
y satisfacción. -No os alteréis y oídme. Sí, caballeros hay, y cerca de
nosotros, que amancillan la clase a que pertenecen. Ni la sangre que corre por
sus venas, ni el nombre ilustre que ostentan, ni la dorada cuna en que se
mecieron, son rémora bastante a sus desenfrenados deseos. ¿Conocéis a la
condesa de Cangas y Tineo, a la ilustre doña María de Albornoz?... -¿Sería
posible? ¿Seríais vos, señora?...
-¡Pluguiese al cielo! Pero ni soy
la
condesa... ni...
-¿Quién sois, pues, vos, la que
en su
nombre?...
-Templad vuestro ardor, noble
caballero, y dadme palabra de
oírme y de no
indagar quién yo soy...
Latía violentamente en el pecho
el
corazón de Macías -miraba una y
otra vez a la desconocida; no osaba, sin embargo, afirmarse en sus sospechas.
-Con esa palabra proseguiré en mi
demanda -dijo la dama-. Contóle en seguida al caballero, que de todo estaba
ignorante, cuanto de la condesa se decía...
-¡Muerta la condesa! -exclamó
Macías al
llegar al funesto desenlace de
tan triste historia-
. ¡Y vive el conde todavía...
y!...
-¡Silencio! He aquí el objeto de
mi
venida. La tiranía, la injusticia
piden
reparación. Mañana una amiga de
la condesa se
arrojará a los pies del Rey y
denunciará la
traición. Acaso será preciso que
un caballero
salga fiador con su espada de su
acusación.
¿Estaréis mañana en la corte de
don Enrique?...
-¿Qué me pedís, señora? Cuando
pensaba alejarme de esa funesta corte... -¿Alejaros? -dijo con un movimiento de
sorpresa la dama-; ¿alejaros?
-repitió, lanzando un amargo suspiro.
-¡Ah!, señora, ¿ignoráis -repuso
el doncel con la mayor agitación- que mi tranquilidad depende acaso de mi
marcha precipitada?...
-¿Y dejaréis a la inocencia ser
presa de la
traición?...
-Jamás; pero...
-¿Y sabéis vos, por ventura, poco
generoso mancebo, lo que en este
momento sacrifica la que tenéis ante vuestros ojos, los respetos que atropella,
los riesgos a que se expone?...
-Acabad, santo Dios, ¿quién sois?
Vos, vos... no hay duda...
-Caballero, respetad mi silencio
y mi dolor. Acabemos; he procedido de ligero cuando he creído que...
-No, no; mañana estaré en la
corte de
don Enrique. Una sola gracia os
pido. Si he de ser vuestro caballero, dadme una prenda, señora, un color...
-¡Mi caballero! -interrumpió la
dama-. El caballero seréis de la inocencia: el mío es imposible...
-¡Imposible! Elvira, vos sois...
-Soltad, imprudente joven,
soltad. ¿Por dónde presumís que soy la esposa del escudero? Vuestra imaginación
os engaña, y acaso vuestro deseo...
-¡Me engaña!... Mi deseo, señora,
es de
servir a esa dama, que conozco,
como pudiera
conocer...
-Vuestra turbación os delata;
pero esa imprudencia permanecerá oculta en mi pecho. Conozco a esa Elvira, y su
honor me es harto caro... -Nunca podría padecer su honor... -Bien, ¿qué importa
Elvira? La prenda
que me pedís, si mañana, ante la
corte toda, el
Rey decreta el duelo y el juicio
de Dios, la
tendréis; pero ni os podréis
nombrar mi
caballero ni exigiréis de mí que
me descubra.
Básteos saber que conozco
demasiado a la
dama que nombrasteis y que sé,
doncel, que
ella no viniera a vos.
-¿Eso sabéis?
-Lo sé.
Dejó caer Macías al oír estas dos
palabras, pronunciadas con funesta tranquilidad, la mano con que tenía asida
una punta de la ropa de la tapada como para detenerla. Inclinando en seguida la
cabeza declaró que al día siguiente se hallaría en la corte de don Enrique, y
ofreció su mano a la desconocida; aceptóla ésta para salir, pero un notable
temblor la agitaba; oprimióla suavemente el doncel, como si quisiese tentar
este ultimo y desesperado recurso para salir de su terrible duda; un movimiento
involuntario y
convulsivo correspondió a su
indicación, y en el mismo momento la tapada, volviendo en sí, arrancó su mano
de la del doncel y se lanzó fuera de la estancia. Arrojóse en pos Macías; iba a
prosternarse a sus pies, iba a hablar, pero un ademán imperioso de la negra
fantasma le mandó apartarse, y más rápida en seguida que esas rojas
exhalaciones que surcan el espacio en una oscura noche de estío, desapareció a
sus ojos la aérea visión. Macías creyó ver un ser sobrenatural, la sombra acaso
de la misma condesa; permaneció con los brazos cruzados y la vista fija, corno
si quisiese ver más allá de la oscuridad y de la distancia. Entonces oyó un
suspiro lanzado a lo lejos, y parecióle que al desaparecer de sus ojos en el
confín del corredor, se había reunido la dama a otra figura más pequeña que
allí la estaba sin duda alguna esperando.
-Sé, doncel, que ella no viniera
a vos -
repitió un momento después Macías
con doloroso acento-. Yo también lo sé: nunca me amó. ¿No amaba a ese infeliz
escudero cuando se unió a él en indisolubles lazos? ¡Loco, insensato de mí! Ah,
quien quiera que seas la que vienes a implorar mi espada, ¡cuán poco conoces el
corazón del hombre! ¡Un amante correspondido, un mortal feliz es invencible; a
un miserable despechado y aborrecido un niño le vence!!!
CAPITULO DECIMOQUINTO
¿De dónde vino este diablo?
Rom. del Cid.
De vuelta don Enrique en su
cámara con su primer escudero y con su favorito juglar, revolvía en su cabeza
los medios de dar a su intriga la feliz conclusión que por tanto tiempo había
deseado. Estorbábale la idea de Macías, pero dejó al tiempo el cuidado de
iluminarle acerca de lo que de él podía temer. Despidió,
pues, a Hernán, cuya probidad le
incomodaba no poco para sus fines, y sólo el juglar, de cuya aparente estupidez
nada recelaba, entró con él al secreto laboratorio.
-Libres estamos ya de la condesa,
Ferrus -dijo-; pero merced a tu singular valor quédanos en campaña otro enemigo
no menos terrible...
-¿Eres ya maestre, señor?...
-Lo seré, Ferrus, o poco ha de
poder don Enrique de Aragón; acabo de recibir un aviso secreto de que ha sido
elegido papa en Aviñón don Pedro de Luna bajo el nombre de Benedicto XIV.
Esperaba este favorable acaecimiento de un momento a otro. Luna es aragonés,
como yo, y vínculos de amistad nos unen; la lucha que habrá de sostener además
con Urbano en este cisma de la Iglesia y la necesidad que tiene de Castilla y
Aragón, unida a la influencia que él sabe que ejerzo en estos
dos reinos, me aseguran su
provisión para el maestrazgo, la piedad, por otra parte, de don Enrique III no
podrá menos de pesar en la balanza en favor mío cuando éste sepa que mi
allegado, el ricohombre de Luna, ha ceñido a sus sienes la triple corona. Ahora
necesito sacar partido de la ignorancia en que de esta nueva está la Corte y de
la feliz tardanza de la noticia de la muerte del maestre de Calatrava.. -Tu
antecesor.
-Así lo espero, Ferrus. Tira el
cordón que corresponde al cuarto del astrólogo y retírate a esa cámara
inmediata. Hízolo Ferrus como se le mandaba.
Apenas había doblado tras sí las
batientes hojas de la puerta, oyéronse los vacilantes pasos de una persona de
edad que bajaba escalones con toda la prisa que sus cansados años le permitían.
-Entrad -dijo don Enrique, y se
presentó
en la habitación el físico de Su
Alteza, Mosén Abrahem Abezarsal, el mismo que en la corte de la mañana había
acompañado constantemente al Doliente rey. Su estatura era pequeña, su tez
pálida y macilenta; brillaban sus ojos en su oscuro semblante como dos
carbunclos en medio de las tinieblas de la noche, y era la expresión de toda su
persona malignidad y avaricia; su mano descarnada y su barba larga le daban
cierto aire de adusta gravedad. Su traje era un largo y amplio balandrán negro
cogido con una larga correa; ayudábale a andar un nudoso y retorcido báculo
semejante al bastón pastoral, y una toquilla con dos plumas malamente colocadas
encubertaba su calva zolloa.
-¿En qué puedo servir al ilustre
y
eminente?...
-Tregua a las lisonjas; nos
conocemos y entre nosotros no son necesarias.
-Sea en buena hora, conde -repuso
con humildad el físico-. ¿Habéis menester de mi ciencia y de las relaciones que
con el espíritu del ser conservo? ¿Queréis consultar el curso de las
estrellas?...
-En cuanto a las estrellas,
Abrahem, no
creo saber menos que vos. Dejemos
a los astros del cielo recorrer tranquilamente su carrera y no nos acordemos
más de ellos que ellos se acuerdan de nosotros. Otros astros más humildes que
cruzan sombríamente por esta esfera terrestre, haciendo sombra a mis vastos
planes, son los que os será preciso desviar y no consultar.
-¿Queréis que amolde una
semejanza de cera?... Señaladme la víctima: antes que la noche haya tendido sus
densas sombras sobre el alcázar de Madrid, veréisla concluida y atravesado el
pecho con punzante almarada; una lámpara arderá delante de ella; cuando
gustéis, una vez pronunciado el
funesto conjuro, vos mismo apagaréis el resplandor mortecino, y el que os haya
ofendido, bien pudiera estar en el apartado polo, caerá herido de invisible
mano...
-Tregua, viejo miserable, tregua
al torpe manejo de vuestra pérfida ciencia. ¿Creéis, por ventura, que tengo yo
mi tiempo libre para oír vuestras impertinencias? ¿Creéis que habláis con el
imbécil don Enrique el Doliente, a quien su débil contextura arroja como una
víctima inerme en vuestros groseros lazos? ¿Creéis que he pasado años enteros
sobre los triángulos y los crisoles, llamando inútilmente a ese espíritu de las
tinieblas, para dejarme deslumbrar de vuestra imprudente charlatanería? Guardad
para el vulgo esa necia ostentación y acordaos de que es más fácil oír que
adivinar. Temblaba el viejo de mal reprimido
coraje, pero no osaba arrostrar
la indignación
del impaciente Villena.
-Ea, Abrahem -dijo entonces don
Enrique, más sosegado con el
terrible efecto que en el réprobo habían hecho sus tonantes expresiones-,
¿cuánto oro habéis fabricado esta mañana?
-¿Oro? ¡Pluguiera al cielo! En
vano he intentado encerrar en el crisol un rayo de ese sol que nos alumbra; él
contiene la apetecida esencia del oro; pero el medio, el medio...
-¿No sabéis, pues, hacer oro con
vuestra ciencia?-Si supiera hacer oro, señor, ¿imagináis que fraguara, para
ganarle, mentiras que algún tiempo yo mismo creí, pero que la experiencia me
obliga en fin a desechar tristemente? -Bien, Abrahem; ahora os ponéis en la
razón, ahora habláis con el conde
de Cangas. Ved, yo soy mejor alquimista. Sin andar a caza de la esencia del oro
encerrada en un rayo del sol, yo hago ese precioso metal con los terrones
de mis estados. Tomad esas doblas
-añadió alargando al viejo, cuyos ojos brillaban ya de alegría, un repleto
bolsón de cuero-, ése es el mejor conjuro; a la voz de ése no hay espíritu en
el orbe que no responda.
-¿Y en qué puede serviros vuestro
criado?-Oíd: ¿sabéis qué os ha elevado al alto favor que en la corte de don
Enrique gozáis? -Con tu licencia, señor, mi padre
Abrahem Abenzarsal era ya físico
del rey don Pedro el Cruel.
-¿Y os sostendríais, Abenzarsal,
en ese lugar, que creéis arrogantemente haber heredado, si el nieto del célebre
y primer marqués de Villena quisiese patentizar a la corte entera que vuestra
existencia toda, vuestras palabras, vuestra misma persona no son más que una
prolongada impostura? -Pero ¿esas preguntas?...
-Quiero asegurarme vuestra
fidelidad.
Conozco a los hombres; son fieles
cuando tienen interés en serlo. Escuchad ahora. Quiero ser maestre de
Calatrava.
-¡Por Israel! Comprendo; un rayo
de luz
acaba de iluminarme, y la muerte
de la condesa
no es ya un enigma para...
-Pues os advierto, precisamente,
que debe serlo hasta para vos.
-En buen hora, señor; no digas
más: confieso que no lo entiendo. Pero hay ya un maestre, y no suele haber dos
en ninguna orden...-Precisamente eso es lo que todas las figuras cabalísticas
no os hubieran revelado nunca a vos antes que a los demás. No hay ninguno.
-¡Dios de Abraham! Dos muertos.
-Con respecto al maestre Guzmán
de Abraham que invocáis tuvo a bien vida. -¿Qué dices, señor?
-Ahora lo sabemos dos en Madrid.
Vos
y yo. -¿Y creéis que Clemente
VII...? -Clemente VII estará probablemente ahora donde el maestre...
-¡Qué de importantes noticias!
-Don Pedro de Luna ocupa la santa
silla
de Aviñón Ahora bien, ¿a qué hora
veréis a Su Alteza?-Debo asistir a su refacción de la noche. -¿Qué más
pudierais pretender?
Deslumbrad a la corte. Allí
podéis hacer uso de vuestra recóndita ciencia. Adivinad delante de Su Alteza
las noticias que acabo de daros y adivinad también que el maestre de Calatrava
ha de ser...
-Don Enrique de Villena.
-Justo. Mañana me ha de saludar
el Rey
en la corte con ese pomposo
título. Para el logro de nuestro fin es preciso que le conste al Rey que no nos
hemos visto.
-Nada más fácil. Ya sabes, señor,
que la quebrantada salud del joven Rey me obliga a
habitar, ciñéndome a sus mismas
órdenes, una
habitación inmediata a la suya y
que todos
ignoran que tengo una
comunicación abierta
con vuestro laboratorio. Su
Alteza juzga que
encanezco mejor ahora sobre los
crisoles, que
consulto las estrellas sobre el
éxito de la guerra
de Granada y que revuelvo a
Dioscórides
buscando remedio a sus dolencias.
-Perfectamente. Esperad. Dos
personas
más me estorban para mis fines...
-Ya sabéis que he recibido no ha
mucho
de Italia un pomo de aquella agua
clara, más cristalina que la que envían las sierras vecinas a esta villa, y que
el que la llega una vez a sus labios no vuelve en sus días a tener sed. -Basta,
Abenzarsal, basta. Si el estudio endurece de esa suerte el corazón del hombre,
quemaré mis libros, viejo empedernido en el pecado; soy ambicioso, pero creo
que hay un Dios, y juzgo que ya he hecho lo bastante hoy
para haberle de dar cuentas
largas y terribles el día que se digne llamarme a su juicio. -En ese caso...
-Oíd. La una persona es un doncel
de Enrique el Doliente, un mancebo valeroso; las armas no pueden nada con él...
pero es mozo de pasiones vivas; acaso manejándolas y volviéndolas contra él
mismo... -¿Se llama?
-Macías.
-¿Está en Calatrava?
-En el alcázar, por mi desgracia.
-Prosigue, señor: la otra...
-Elvira, la mujer de...
-Tranquilizaos. Vos ignoráis,
acaso,
algunas circunstancias que
derraman gran luz
sobre mis ideas. Mañana os he de
decir...
-No; hablad ahora.
-Bien; sabed que ese mancebo ha
estado fuera de la Corte por una pasión que le
domina...
-¿Qué decís? Yo creí que mis
servicios sólo... -Os equivocáis.
-¡Ah! ¡De esa ignorancia nació mi
error!
Proseguid.
-Es bizarro, pero preocupado,
supersticioso como los jóvenes
todos de esa
corte ciega y atrasada...
-Proseguid.
-En una ocasión halléle en mi
habitación; iba a consultarme
sobre su
horóscopo; examiné su
temperamento ardiente,
arrebatado; hícele varias
preguntas al parecer
indiferentes, pero un joven de
veinte años mal
hubiera pretendido encubrir su
flaco a un
hombre de mi experiencia. Díjome
sin querer
decirlo que amaba, y de sus
respuestas, que yo
aparentaba despreciar, inferí que
amaba a una
dama casada...
-¿Casada?
-Mi predicción fue vaga. Deseoso
de informarme mejor, tomé tiempo para responderle más claramente. Observéle
entretanto; de allí a pocos días un ramillete cayó del pecho de una dama desde
un corredor al patio de los leones de Su Alteza; recordaréis que un caballero
incógnito, armado y calada la visera, se precipitó a recoger el ramillete a
riesgo de su vida...
-Adelante, Abrahem. -El ramillete
era de Elvira; el caballero, Macías. En la corte, y entre los que no tenían
antecedente ni interés alguno en observarlos, esta anécdota sonó dos días y se
olvidó después. De allí a poco anuncié al mancebo que un astro fatal le
perseguía en la Corte. -¡Santo Dios!
-El crédulo mancebo me creyó y
desapareció. No me cabe duda: ama
a Elvira, y la ama como un frenético. Más, debe de ser correspondido; la dama
no pensó en recoger su
ramillete. Creedme, le he
examinado atentamente; es de aquellos hombres en quienes el amor es siempre
precursor de la muerte.-¡Qué descubrimiento! ¿Y pensáis que..? -Pienso que si
logramos poner en juego
esa pasión, pienso que si el
doncel no ha olvidado su amor, vuestros enemigos se destruirán por sí solos,
sin que necesitéis cargar vuestra conciencia con un crimen.
-Hacedlo, Abenzarsal, hacedlo
-gritó
don Enrique fuera de sí-,
quitaisme un peso horrible.-Un medio para reunirlos, una ocasión, y son
perdidos.
-Un medio, una ocasión... es más
fácil
decirlo que...
-No importa. Una ocasión.
-Y que Hernán Pérez...
-Sí, una vez impuesto Hernán
Pérez, su ruina es cierta; el escudero es osado, pundonoroso, valiente...
-¡Ah! pero me hacéis recordar...
Si ha de envolver su desgracia la de mi escudero... Mirad que me ha prestado
servicios... -Tranquilizaos, ilustre conde. ¿Qué mal
le podrá venir? ¿Haber de
encerrar a su mujer en una reclusión para toda su vida? Supongo que sabéis que
un esposo de tres años no se morirá de tristeza por tan terrible golpe... Vos
erais también esposo y...
-Abrahem, Abrahem, ya os he dicho
que
no consiento alusiones en esa
materia; dejadme tiempo a lo menos para reconciliarme conmigo mismo.-Señor...
-En buen hora, concluyamos en ese
asunto, pues vos me respondéis de mi inocencia y de la vida de mi escudero; de
consuno buscaremos un medio para reunirlos, y acaso la Virgen Santísima de
Atocha, de quien soy devoto, nos le proporcione presto. Si lo consigo, ofrezco edificarla
un santuario en la
mejor villa del maestrazgo...
-Besad este escapulario, señor,
que representa su efigie -dijo entonces el redomado físico, alargando el que
del cuello traía pendiente-, y ella y su Hijo os ayuden. -Amén -dijo
levantándose don Enrique,
con aquella incomprensible mezcla
de devoción y de imprudencia, de religión y de vicios, que distinguía así a los
hombres vulgares como a los más ilustrados de la época, sin que dejemos de
inclinarnos a creer que en hombres como nuestros dos interlocutores eran
aquellas prácticas exteriores hijas sólo de la costumbre-. Amén -repitió, y
apretando la mano del físico, separáronse con una afectuosa mirada de
inteligencia; volvió a subir el astrólogo la escalera escondida por donde había
bajado, para meditar en los medios de cooperar a los planes ambiciosos de don
Enrique, y éste cruzó su laboratorio alquimístico en busca de Ferrus,
que en la cámara impaciente le
esperaba.
CAPITULO DECIMOSEXTO
Viendo aquesto un moro viejo
Que solía adivinar...
Suspirando con gran pena,
Aquesto fue a razonar.
Canc. de Rom.
Inútil es decir a nuestros
lectores que el físico Abrahem Abenzarsal contó, en cuanto llegó a su aposento,
las relucientes doblas del de Villena, y que animado con su sonido vivificador,
y con la esperanza fundada de merecer nuevas confianzas de la misma especie,
coordinó sus ideas y estudió preventivamente el dificil papel que ante el rey
de Castilla había de representar de allí a poco. Llegada la hora, asistió como
tenía de costumbre a la mesa frugal de Su Alteza, ora previniéndole los platos
que debía comer y los que sólo debía gustar, ora dando pábulo con
sus bien estudiadas respuestas a
la conversación naturalmente seca y desabrida de Enrique III. Hubieron, empero,
de chocarle tanto a Su Alteza las misteriosas palabras con que salpicó la cena
su médico, que no pudo menos de hacerle entrar en su cámara, y a presencia sólo
del buen condestable Rui López Dávalos, que gozaba con él de la mayor privanza,
y era no poco afecto a supersticiones y hechicerías:
-Abrahem -le dijo-, tus palabras
encierran esta noche un sentido
que no acierto a comprender. Dime, por tu vida, si algún fausto acontecimiento
se prepara para estos reinos, o si alguna calamidad nos amaga, que podamos
evitar con el favor de nuestro padre San Francisco, a quien venero particularmente.
-Vana es ya la intención de los santos, señor, cuando es pasada la hora del
hombre. Paróse aquí el inspirado varón, arqueó
las cejas con siniestro mirar,
dio un golpe en el pavimento con su nudoso báculo y permaneció suspenso largo
espacio, insensible a las reiteradas instancias del asustado monarca, que
puesto en pie y descubierta su cabeza, pendía de su boca, ni más ni menos que
el reo que espera oír de la boca de su juez la temida sentencia. Llegándose
entonces el astrólogo judiciario a una rasgada y gótica ventana, y examinando
el cielo detenidamente: -No me engañaron -exclamó con voz
hueca y sonora, que salía como un
trueno de lo más hondo de su agitado pecho-, no me engañaron los infalibles
cálculos de mi cábala. El astro que ha presidido tan infausto día, velado entre
cenicientas y rojas nubes, acabó su diurna revolución y corrió a lanzarse en la
inmensidad de los mundos, dejando tras sí sangrientas huellas de su funesto
paso. ¡Oh rey! humilla tu frente soberbia; la Iglesia de tu Dios,
dividida y presa de un cisma
prolongado, va a caer su columna principal; el sublime vicario de su ungido
inclina la frente pálida, soltando sus sienes la triple corona que dignamente
llevó y sus débiles manos las llaves de Pedro y el anillo del Pescador.
-¡Dios mío! -exclamaron a un
tiempo el piadoso Rey y el asombrado condestable-. ¡Clemente VII!
-Sí, Clemente VII -continuó el
energúmeno- ha pagado a la tierra el tributo de que sólo un profeta de Israel,
arrebatado por el fuego del cielo, pudo eximirse. Pero, esperad; veo levantarse
sobre su asiento y calzar la sagrada sandalia a un ilustre aragonés; un
ricohombre de los de Luna es el elegido del Señor, a quien confía el timón de
su nave zozobrante... ¡Oh, Benedicto, catorce de este nombre! A alta misión has
sido llamado por el cielo. ¡Qué de lágrimas costará tu aragonesa
condición tu invencible tenacidad
a los fieles divididos! En ti habrán de estrellarse los esfuerzos conciliadores
de Urbano y del Sacro Colegio romano.
-¡Don Pedro de Luna! -exclamó,
vuelto
hacia el condestable) el
sorprendido Rey-. ¡Don Pedro de Luna! -y arrodillándose ante una venerada
estampa de las llagas de San Francisco-, ¡oh portento! -continuó-; libradme,
Señor, de todo mal, y purificad mi alma si estas predicciones son hechas por arte
de Vos
reprobado...
-Rey -interrumpió al oír este
escrúpulo religioso el solapado Abrahem-, el Dios del cielo y de la tierra no
reprobó nunca la ciencia, si bien quiso descubrir a pocos sus recónditos
arcanos. Los hechos que te refiero, además, no son prescripciones de incierto
porvenir, en cuya oscuridad no es dado siempre a los míseros mortales penetrar;
a la hora esta, si es cierto que hablan los astros a los que poseen el don de
entender su lenguaje sublime, Aviñón ha sido testigo ya de los grandes
acontecimientos que te anuncio. ¿Ves aquella estrella, cuyo incierto resplandor
parece querer apagarse con vacilantes oscilaciones, a la derecha de la Osa
menor, siguiendo la dirección de mi báculo? Parece lanzar sus mortecinos
reflejos a la parte de Calatrava...
-Abrahem, ¿qué nueva desdicha?...
-Una columna de la cristiandad
española yace derribada, el rayo
contra el moro de Granada se extinguió. Acaba de entregar su espíritu al
Señor...
-¿Guzmán? -preguntó con
precipitación el buen López Dávalos.
-Sí; ¿veis aquella parda y
manchada nubecilla que el viento del Norte impele violentamente hacia el
Mediodía? Miradla reunirse a los demás vapores que un resto del calor del día
levanta de la húmeda superficie de la tierra. El astro del virtuoso maestre se
ha eclipsado para no volver a lucir jamás. Al llegar aquí, un profundo silencio
sucedió a la tonante voz de
Abenzarsal, y don Enrique y el condestable oraron fervorosamente por el alma
del difunto maestre.-Si las señales de mi ciencia -continuó el físico- no han
de ser infalibles, sangre más ilustre ha de reemplazar la del piadoso maestre,
y el estandarte de Calatrava verá agregarse a su
cruz roja las barras de Aragón.
Otro aragonés llevará a la victoria a los valientes caballeros de Calatrava. El
cielo ensalza a los hijos de don Jaime y un nieto del primer condestable de
Castilla...
-Basta -interrumpió don Enrique
III con
voz desfallecida-, ¡basta,
Abrahem! Los altos
juicios de Dios son
incomprensibles, pero el
tiempo viene a justificarlos.
Ayer todo el voto
de la orden de Calatrava hubiera
apartado a ese
nieto del primer marqués de
Villena del alto
puesto a que está destinado. Un
acontecimiento
desgraciado, pero cuya causa,
escondida hasta
ahora, revelan tus palabras, ha
llevado a mejor
vida a mi muy amada doña María de
Albornoz,
y su afligido esposo ha quedado
desatado de
los lazos que le alejaban del
maestrazgo. Dios la
tenga en su santa gloria. ¡Adoro
tus fines, oh
Providencia! Abrahem, decid,
¿habéis visto hoy
al conde de Cangas?
-Señor -respondió con afectada
sorpresa el hipócrita charlatán-, tu Alteza sabe que el estudio absorbe las
horas de mi vida y desde esta mañana no he cesado de consultar mis pergaminos
en mi cámara inmediata a la tuya. Don Enrique, por otra parte, no se aparta de
su estancia en estos momentos de luto para su corazón. No he visto, pues, al
conde...
-¿No sabes, en ese caso -repuso
el rey-,
si está dispuesto a admitir el
alto cargo a que el cielo le destina?
-No creo que haya pensado en ello
siquiera, ni menos que pueda
saber nadie en el alcázar todavía la triste muerte de don Gonzalo...
-Dices bien, Abrahem. Por otra
parte, el nombre ilustre de mi pariente no puede menos de dar realce a la orden
de Calatrava, y sus caballeros no opondrían obstáculo a tan acertada elección.
-¡Hágase la voluntad del Señor! -
respondió el taimado físico con solemne entonación, e inclinando la cabeza, el
recogimiento en que quedó pareció anunciar el fin de sus predicciones.
-Condestable -dijo el Rey después
de
una ligera pausa-, mañana
dispondréis que la corte se reúna. Quiero recibir a los embajadores del
Tamorlán y del rey de Francia Abenzarsal, ayudadme a entrar en mi cámara; mis
fuerzas se debilitan, y después de la agitación de esta noche necesito que las
restaure un sueño reparador.
Llamó el condestable a los
camareros de Su Alteza, y abriéndose las puertas de la estancia en que dormía,
despidióse de él el primero; el Rey, de allí a poco, apoyado en el brazo de su
físico favorito, desapareció, volviéndose a cerrar las hojas de la puerta y
quedando aquella parte del regio alcázar
sumida en el más profundo
silencio.
CAPITULO DECIMOSÉPTIMO
Yo os repto, los zamoranos,
Por traidores fementidos;
Repto a todos los muertos,
Y con ellos a los vivos;
Repto hombres y mujeres,
Los por nacer y nacidos;
Repto a todos los grandes,
A los grandes y a los chicos,
A las carnes y pescados,
Y a las aguas de los ríos.
Canción. de Rom.
Aún no había conciliado el sueño
el poderoso rey de Castilla cuando ya el impaciente conde de Cangas y Tineo
sabía, palabra por palabra, el coloquio que en el anterior capítulo dejamos
descrito. A la mañana siguiente creyó ya del caso la llegada de la noticia de
la muerte del maestre de Calatrava;
tomó en consecuencia sus
disposiciones para que el enviado, que precisamente había llegado la víspera y
que él había sabido entretener, se presentase en la corte de aquel día, y
esperó tranquilo el resultado de su artificio. El salón principal del alcázar
donde
tenía corte Su Alteza se hallaba
ya ocupado en la mañana del día que tan fecundo prometía ser en notables
acontecimientos por algunos caballeros jóvenes, donceles del Rey, por varios
pajes de lanza y de estribo, y por los caballeros que guardaban las puertas,
como prevenía la etiqueta del tiempo. Algunos caballeros cortesanos, de los que
no acompañaban al Rey a la misa, que a la sazón oía, discurrían sobre las
noticias del día.
-¿Qué novedades -dijo un joven de
gallarda apostura y de pulido arreo, a otro caballero que paseaba con él a lo
largo del salón-, qué novedades habéis recogido para
vuestra corónica, señor coronista
Pedro López de Ayala?.
-La principal, señor don Luis de
Guzmán, es la que de Sevilla me
escribe el ginovés Micer Francisco Imperial.
-¿El de las trovas que comienzan
Gran sosiego e mansedumbre, a doña Angelina de Grecia, la princesa que ha
regalado a Castilla el gran Tamorlán, del botín que cogió al turco Bayaceto?
-El mismo. ¡Buen ingenio!
-¿Y qué os dice?
-Díceme que el ginebrino que
envió a
buscar Su Alteza a París para
componer el reloj de la torre de Sevilla halo compuesto a las mil maravillas, y
que da todas las horas como antes de haber caído el rayo hace un año. -Cierto
que es importante, porque no
había otro reloj tan maravilloso
en Castilla ni quien supiera componer aquella enredada
máquina. ¿Premiáronlo bien?
-Merece más de diez mil
maravedís.
¿Habéis oído, señor comendador,
que acaba de llegar un demandadero de Calatrava?
-Por la Virgen de Atocha que eso
me interesaría, porque mi tío el maestre estaba malo... -¿Sabéis que si
muriese, lo que Dios no quiera, podríais pretender?...
-Acaso. Pues nada oí; estuve
jugando a
las tablas...
-¡Ah!, vos bohordáis bien.
-Sí, ahora que no está aquí el
doncel
Macías; cuando está, nadie lanza
con más tino el bohordo, ni derriba más veces el tablero. Cobróle afición el
Rey sólo por eso.
-¿Y qué es de Macías? ¡Bravo
trovador y buen caballero!
-Desde que está en comisión del
hechicero, no se sabe de él.
¿Sabéis que ese hombre es el diablo y que todo el que se le llega
desaparece? Mirad ahora la
condesa.
-¡Bah! Como dice Rodríguez del
Padrón,
el trovador gallego, amigo de
Macías, ya se le podría hechizar a él con una buena lanza, porque sea dicho sin
ofenderle, se le entiende más de lais y virolais, que de achaque de encuentros
Ahora anda enseñando la gaya ciencia al marqués de Santillana
-Ése sí que es mancebo de sutil
ingenio.
El joven don Iñigo de Mendoza
gusta mucho de letras, y ha de hacer con el tiempo mejores trovas que el mismo
Alfonso Alvarez de Villasandino y que el judío Baena. A propósito, ¿cómo
lleváis vos vuestro rimado? -Téngolo suspendido, porque digo
grandes verdades en él, y ya
sabéis que en
palacio...
-¡Oh! la verdad nunca gusta a...
-¡El Rey! -repitieron dos
farautes que entraban ya, vestidos de ceremonia, por las
puertas del salón. Apartáronse
los caballeros, y don Enrique subió a su trono, rodeado de los principales
señores de Castilla, a cada uno de los cuales seguían los caballeros y
escuderos de su casa.Ocupaba don Enrique de Villena, como tío segundo que era
de Su Alteza, el lugar preeminente, si se exceptúa el del físico y el del
condestable Dávalos, que a uno y otro lado pisaban el primer escalón del trono.
Tenía el conde a su izquierda a su primer escudero y detrás al juglar, y
rodeábanle varios caballeros en cuyos pechos lucían las cruces de Calatrava, en
lo cual echará de ver el lector que no se había descuidado aquella mañana en
atraérselos con mercedes y distinciones para tenerlos favorables a sus miras.
Vestía luto, pero su semblante más anunciaba alegría que dolor, por más que
procuraba él disimularla. -Chanciller -dijo don Enrique cuando se hubo sentado
y saludado en derredor a sus
cortesanos-, ¿qué letras tenéis?
-Acábanse, señor, de recibir
éstas.
-¡Ah! de Otordesillas, de mi
esposa.
Díceme dona Catalina que está
próxima a su alumbramiento. ¿Paréceos, Abenzarsal, que tendrá Castilla que
jurar un príncipe de Asturias después de haber jurado solemnemente a la infanta
doña María, mi muy amada hija?
-Pudiera ser, señor. ¿Qué mal
habría en eso?
-Haced, condestable, que se
dispongan tiros, y avisad a los pueblos de aquí a Otordesillas que se hagan
grandes fogatas y ahumadas en las eminencias luego que las vean hacer en el
pueblo inmediato, empezando Otordesillas mismo en cuanto Su Alteza dé a luz un
príncipe. De esa suerte sabremos ese fausto acontecimiento pocas horas después;
dispondréis que no falten atalayas. ¿Hay mas?
-Señor, desea besar los pies de
tu Alteza el sublime Mahomat Alcagí, embajador del llamado gran Tamorlán.
-Que entre -dijo Su Alteza, y los
cortesanos todos volvieron las cabezas con ansiosa curiosidad hacia la puerta,
como quien iba a ver una cosa que no todos los días se veía. Entró,
efectivamente, el tártaro con
áspero continente al aviso de un
paje de antecámara. Acompañábanle al lado Payo Gómez de Sotomayor y Hernán
Sánchez de Pazuelos, embajadores del rey de Castilla al Tamorlán, que habían
vuelto con él después de haber recorrido vastas regiones, climas apartados y
diversas costumbres de países. Hablaba el bárbaro, y Sotomayor, que
en dos años que su larga embajada
había durado, había tenido ocasión de aprender algún tanto su lengua, le sirvió
de truchimán. -El rey Tamurbec el Honrado, Tabor
Bermacián, mi señor, me envía a
ti, Rey de las ciudades y lugares de Castilla y de León e España. Dure tu
tiempo y buena fama en noblezas generales y en gracias cumplidas. El Rey, mi
amo, noticioso de la grandeza de tu reino, acepta la amistad y buena correspondencia
que con tus embajadores le enviaste a ofrecer. El Profeta te sea en ayuda, te
dé sus salutaciones. En muestra de buena amistad, envíate el Rey mi señor el
presente de joyas y las dos hermosas damas que te traje para tu harem, que al
hijo de Osmín ha cogido en la gran victoria que le ha ganado. El Rey de los
Reyes ha humillado la soberbia condición del hijo de Osmín, y hoy, en una jaula
de hierro, sirve de estribo al poderoso Tamurbec, rayo de Dios.
-Recibo vuestra embajada,
valiente Mahomat Alcagí, y no os doy respuesta -dijo don Enrique-, porque
quiero que tornen
embajadores míos a vuestro amo y
señor el muy honrado Tamurbec, con mis cartas y presentes. Rui González de
Clavijo -añadió vuelto a este su camarero, que entre la turba de cortesanos
andaba oscurecido-, quiero que vos y fray Alonso Páez de Santa María, maestro
en Santa Teología, y Gómez de Salazar, mi guarda, hagáis este viaje como
embajadores míos. Adelantóse entonces Rui González de Clavijo, y poniendo en
tierra una rodilla: -Beso a tu Alteza los pies -dijo- por la
lisonjera distinción con que
honras a tu vasallo.
Retiróse el embajador de
Tamorlán, y
salieron con él algunos
caballeros, curiosos de
preguntarle y saber las varias
noticias que de
tan luengas tierras y afamadas
hazañas podía
darles. Entraron en seguida los
embajadores del
rey Carlos de Francia, sexto de
este nombre, los
cuales dijeron a Su Alteza,
después de las
primeras fórmulas de etiqueta,
cómo se hallaba
bastante malo el Rey su amo de
resultas de habérsele prendido fuego en un baile de máscaras a una piel de
salvaje de que iba vestido. Aseguraron después a los cortesanos, en confianza,
que lo que en Francia más se temía no eran las resultas de este accidente, sino
que corría el rumor de que el buen rey Carlos VI estaba a punto de perder la
razón; que se había observado ya muchas veces tal cual desatino en su conducta,
que pasaba los días enteros sin hablar y otras extravagancias de esta especie.
Estos embajadores trajeron en presente dos truenos grandes, como entonces se
llamaban, que fueron la admiración de los cortesanos, por haberse reducido ya a
tan cortos límites un arma que había empezado por no poderse usar sino en las
murallas de una plaza sitiada, que se había podido trasladar de un punto a otro
después por medio de una máquina convenientemente montada, y que ya
podía manejar y disparar casi un
hombre solo, si bien con trabajo. Apreció mucho este regalo el rey Enrique y
despachó a los embajadores los cuales volvieron para su tierra, no sin dejar
alguna moda de las de su traje en la corte del rey de Castilla, pues eran muy
galanos y venían lindamente ataviados. Al día siguiente salieron ya varios
jóvenes donceles con el pantalón muy ajustado y dos mangas perdidas recortadas
como las habían visto en los embajadores; moderaron la barba, que antes se
dejaban crecer en derredor de la cara, porque los embajadores no la traían, y
hubo quien sacó el zapato retorcido y puntiagudo, que entonces se llevaba, con
más de seis pulgadas de punta, ni más ni menos que el asta de un toro.
Presentóse, en seguida de los
embajadores franceses un
demandadero de Calatrava, el cual anunció a Su Alteza la infausta noticia de la
muerte del maestre
-La sabíamos -dijo el Rey-, y hoy
mismo le nombraré sucesor.
-Hernán Pérez -dijo el de Villena
dándole con el codo.
-Entiendo, señor -contestó el
taimado escudero
Apenas se había retirado el
demandadero, cuando se dejó ver en las puertas del salón, precedida de dos
dueñas vestidas de negro, una dama enlutada y con antifaz que le tapaba
completamente el rostro... Grande fue la sorpresa de los cortesanos todos;
examinaban detenidamente sus
contornos por
ver si descubrían quién fuese la
que de aquella
manera se presentaba. Llegóse la
tapada
lentamente hasta los pies del
trono y
prosternóse en actitud de esperar
a que Su
Alteza le diese licencia para
hablar.
-Condestable -dijo curioso y
admirado
don Enrique-, ¿por qué no me
habéis prevenido
que hoy nos las habíamos de haber
con fantasmas? Vive Dios que hubiera preparado mi alma a rehuirlas dignamente.
¿Sabéis quién sea esta dolorida?
-Ha burlado sin duda la
vigilancia de
los ballesteros; si su presencia
te incomoda, señor, harásela salir.
-Es mujer, condestable, y su
manera de presentarse encierra algún misterio que es fuerza aclarar. Alzad,
señora -prosiguió don Enrique-, alzad y declarad qué causa extraordinaria os
fuerza a venir de esta manera. -¡Justicia, señor, justicia! -exclamó con
doliente voz la arrodillada dama.
-Alzad y contad vuestras cuitas
-repuso Su Alteza-, nunca el Rey de Castilla negó justicia a nadie.
-Señor -prosiguió la dama
levantándose
y mirando en derredor con notable
inquietud, como si buscase a alguien que apoyase la
demanda que iba a hacer-; señor,
un crimen se ha cometido en tus dominios, en tu villa de Madrid, en tu propio
palacio. -¿Un crimen?
-Un crimen, y crimen destinado a
quedar impune. Los poderosos que
rodean insolentemente tu trono, validos de tu favor, son, señor, los que
infringen tu justicia y los que la arrostran. Doña María de Albornoz, la
ilustre condesa de Cangas y Tineo, ha sido asesinada...
-Lo sabemos, dueña -dijo don
Enrique-,
y ya hemos dado nuestras órdenes
para que se descubran los autores de tan horrible atentado. -¿Los autores,
señor? Uno hay no más, y
ése no corre los campos fugitivo
a esconder, como debiera, debajo la tierra su insolente rostro; ése se ampara
en tu misma corte. Ése nos oye.-¿En mi corte? -dijo don Enrique mirando dudoso
a todas partes. Agolpáronse al
oír estas palabras los cortesanos
para escuchar más de cerca a la atrevida acusadora. Don Enrique de Villena, de
cuyo semblante había desaparecido su natural serenidad desde el momento en que
había columbrado el sentido de las palabras de la dama, la miraba con ojos
indagadores, y afectando una curiosidad hija del interés que le convenía
aparentar por el descubrimiento del perpetrador del asesinato de su esposa.
-Hernán -dijo en voz baja a su
escudero durante la pausa que se siguió a las últimas palabras de la tapada-,
Hernán Pérez, ¿qué quiere decir esto?
Hernán Pérez estaba tan inquieto
como
el conde, por una parte creía que
la tapada no podía ser otra que una persona que muy de cerca le tocaba. Su voz,
aunque disfrazada, le había hecho un efecto singular; por otra parte no podía
concebir que se diese tal paso sin su
noticia.-Señor -contestó al
conde-, sea lo que fuere, tu escudero no desmiente nunca su fidelidad.
-En tu corte -prosiguió la dama-;
él nos oye y... él recibe tus beneficios...
-Nombradle -dijo el Rey-,
nombradle.
-Sí -añadió con voz trémula el de
Villena, echando el resto a su
mal sostenido disimulo-, ¿quién es?
-¡Vos! -respondió una voz
tonante-, ¡vos! -¿Yo? -preguntó don Enrique-. ¿Yo? -¡Don Enrique! -repitieron
en voz
confusa, casi a un mismo tiempo,
los señores todos que rodeaban el trono.
-¡Santo cielo! -exclamó el
agitado conde, volviéndose al Rey con ademán y gesto hipócrita-. ¿No me
bastaba, señor, que una fatal estrella me privase de mi esposa; era preciso que
la calumnia se uniese a la alevosía y que don Enrique de Villena se viese así
ultrajado en
la misma corte y en tu presencia
misma? Toma, señor, los honores que me has dado, recoge las distinciones con
que me has honrado; toma esta espada, acepta esa banda que mal pudiera llevar
con honor quien vio de esa manera el suyo atropellado...
-Serenaos, don Enrique
-dijo
tranquilamente, después de un
breve rato de meditación, el Rey justiciero-, serenaos; conservad esas
distinciones, que tan bien os están, y tened presente que la calumnia se embota
en el inocente como la punta de la lanza en el bruñido peto.
-¿La calumnia? -repitió mirando
de
nuevo en derredor la dueña
desconsolada. -Dueña -dijo don Enrique entonces con entereza-, ¿sabéis el
nombre que habéis tomado en boca y la persona a quien ultrajáis...? -La verdad
nunca puede ser ultraje.
-¿Sabéis a ciencia cierta lo que
dijisteis...?
-Juráralo si fuera menester.
-¿Qué caución dais de vuestras
palabras? ¿Quién sois? ¿Por qué
venís tapada a acusar al delincuente? La verdad trae la cara descubierta a la
faz del sol. La mentira es la que se esconde.
-¿Quién yo soy, señor? Si pudiera
decirlo no viniera de este modo.
¿No es posible que circunstancias personales me impidan descubrirme en público?
Tomad, señor -dijo entonces la tapada, presentando a Su Alteza un anillo que en
el dedo traía-. Ese anillo puede decir quién soy algún día.
Tomó Su Alteza el anillo y examinóle
detenidamente.
-¿Conocéis ese anillo,
Abenzarsal, o la seña que dice esa dama?
-Señor -dijo Abenzarsal al oído
de Su
Alteza-, las piedras forman un
nombre.
-Guardadle, pues.
-Además, señor, no trato de huir;
póngome bajo tu salvaguardia; sé
que desde el punto en que tomo sobre mí esta acusación, mil peligros me rodean.
-¿Y sabéis, incauta dueña, que la
pena del talión espera al impostor...?
-Sólo sé que el crimen debe
denunciarse
y desenmascararse al criminal.
-¿Sabéis que si os faltan
pruebas, o un
caballero que sostenga vuestra
acusación, seréis
puesta en tormento y...?
-¡En tormento! -dijo espantada la
dama, volviendo a mirar en derredor con inquietud-. ¡En tormento!
-A tiempo estáis de desdeciros...
-¡Desdecirme!... -exclamó la dama
enlutada, clavando en don Enrique
los ojos, que aparecían en medio de su antifaz como los
relámpagos que rasgan la negra
nube en medio de una noche tempestuosa-. ¡Jamás!
-En ese caso es forzosa la muerte
del delincuente o la vuestra.
-¡Nadie, nadie! -dijo entre
dientes la demandante mirando a las puertas, y escuchando con la mayor
ansiedad. ¿No hay un caballero -exclamó entonces con despecho, volviéndose a
los cortesanos todos-, no hay un cortesano siquiera del poderoso rey de Castilla
que sepa empuñar una lanza por la inocencia, que salga por una mujer?
Leve y susurrante murmullo corrió
por
la asamblea a esta invitación
desesperada. Pero lucían en los pechos y en los brazos de los más jóvenes
caballeros prendas del amor de sus damas; un caballero que tenía la suya no
podía adoptar otra. No era, además, seguro que la acusadora no hubiese perdido
el juicio, cuando con tan poco apoyo y favor osaba habérselas
con el más poderoso señor de
Castilla. ¿Quién la conocía? Nadie, ¿quién estaba seguro de no ser víctima del
rencor del de Villena si tomaba la defensa de la advenediza?
-¡Oh oprobio! ¡Oh mengua! ¡Oh
caballeros! -exclamó sollozando la desairada hermosa-. ¡He aquí la corte de don
Enrique III! Lo veo, aunque tarde: la inocencia no encuentra defensa entre los
hombres. ¡No importa! Insisto en la acusación.
-Faraute -dijo entonces Su
Alteza-,
haced vuestro deber.
Adelantóse un faraute, y en la
fórmula
del tiempo anunció tres veces en
alta voz la acusación hecha a don Enrique de Villena; preguntó si algún
caballero tomaba la demanda de la acusadora, y sucediendo a sus voces sepulcral
silencio, intimó a aquélla que en el plazo preciso de tres días había de
presentar un defensor o las pruebas de su acusación, y que
cumplido el plazo sin
presentarle, sería puesta en tormento y llevada al suplicio, donde le sería la
lengua cortada y arrojada a los canes; después de ello ajusticiada por
calumniadora. No pudo oír esta última parte de la intimación la desolada dama
sin exhalar un gemido de terror, y abandonándola sus fuerzas, dejóse caer en
brazos de una de las dueñas que la habían acompañado.
Movido a lástima el Rey al ver su
situación, alzóse en el trono y
puesto en pie:
-Don Enrique -dijo-, estoy seguro
de
vuestra inocencia, y el cielo en
todo caso saldrá por ella. Aflígeme, sin embargo, el estado de esa desgraciada,
y la administración de la justicia exige que yo satisfaga la vindicta pública.
Dadme, Abenzarsal, ese anillo. Quiero yo mismo requerir por última vez un
defensor. Ricoshombres, caballeros, ¿quién de vosotros toma esta demanda? El
caballero que se
proclame su defensor recibirá
este anillo como prenda de la dama que va a defender, y si sale con victoria de
la prueba a hierro y demuestra en el palenque, con el favor de Dios, la verdad
de la acusación, que no creemos, este anillo le servirá de seguro para los días
de su vida; la persona que me lo presente logrará la gracia que pida, y su
dueño será libre de toda pena en el momento de presentarlo. ¿Quién de vosotros
toma la demanda de la acusadora?
-¡Yo! -exclamó una voz estentórea
que
resonó fuera de la cámara
todavía.
-¡Él es! -gritó con penetrante
alarido la
enlutada, y el exceso de la
alegría, pudiendo
más en su alma que el pasado
dolor, la derribó
sin sentido en brazos de sus dos
dueñas.
Volvieron los ojos los cortesanos
a mirar
quién fuese el temerario que en
tan arriesgada
demanda se entremetía, y don
Enrique de
Villena, cuya alegría se había
manifiestamente
conocido por algunos instantes,
dirigió miradas de fuego y de incertidumbre hacia el advenedizo defensor de su
acusadora. Entraba éste ya por la cámara con
ademán resuelto y pasos
precipitados. Venía armado de pies a cabeza; su sobrevesta negra y su penacho
del mismo color que ondeaba funestamente sobre su capacete, parecían anunciar
la muerte a todo el que se opusiese a su bizarro valor.
-Yo -repitió con voz fuerte
entrando. Dirigiéndose en seguida hacia el trono, arrodillándose y pidió a Su
Alteza para tomar la demanda de la desconocida, fuese la que fuese. Mirábanse
unos a otros los circunstantes; no sabían qué pensar de las aventuras de la
mañana.
-Condestable -dijo el Rey
volviéndose a
Rui López Dávalos-, ¿será que hoy
no hayamos de conocer a ninguno de nuestros vasallos?
¿Qué decís, conde de Cangas, de
este defensor?
¿Le conocéis?
-No responderé nunca, señor, a la
acusación de dos enmascarados.
-¿Y responderéis a la mía?
-preguntó
alzándose la visera el denodado
mancebo.
-¡Macías! -exclamó el Rey.
-¡Macías! -repitieron asombrados
los
más de los que presentes estaban.
Don Enrique fue el único que, sobrecogido de la ira y del terror, ni acertaba a
pronunciar palabra ni osaba levantar los ojos del suelo, al cual se los habían
hecho bajar mal su grado la seguridad y la audacia de las miradas de Macías
-Perdóneme tu Alteza -prosiguió éste
vuelto a don Enrique el Doliente-
si me hallo en tu palacio sin haberme presentado antes a recibir tus ordenes;
tu Alteza conoce mi lealtad, y sólo poderosísimas causas pueden habérmelo
impedido.
-Sensible es a mi corazón,
doncel, que cuando os veo después de tan larga ausencia sea para declararos
contrario de mi muy amado pariente el conde de Cangas y Tineo y para defender
contra él una acusación que estimo calumniosa.
-El cielo, señor, puede sólo
decidir esta querella.
-Aquí, pues, tenéis -dijo el Rey
presentando a Macías el anillo de la tapada, que ya había vuelto en si de su
desmayo- la prenda de la dama que elegís.
-Perdóneme tu Alteza -exclamó la
dama arrojándose en medio del Rey y de Macías-, permite que no reciba de mi
mano ese anillo hasta el día en que haya de verificarse el combate. Yo
informaré a la persona de tu confianza que elijas, de mis circunstancias, y
quedaré hasta que las sepas en tu poder, si necesario fuese. Como prenda de que
os admito
por mi campeón, aceptad este
lazo, noble caballero.
Arrodillóse el mancebo, a quien
palpitaba violentamente el
corazón dentro del pecho, y mientras que su dama rodeaba su cuello con una
banda negra que tenía por lema estas dos palabras bordadas imposible, venganza:
-¿Será posible -le dijo en voz
baja- que insistáis en ocultaros de quien ha de ser vuestro caballero no sólo
acaso en la lid...?
-Imposible -repuso, por lo bajo
también, la tapada.
-¿Qué tenéis, pues, derecho a
exigir de mí?... -repuso Macías.
-Venganza -volvió a contestar la
dama, concluyendo de anudarle el lazo.
-Y bien, Macías, ¿tenéis que
pedirme gracia? -dijo el Rey.
-Ninguna -respondió el doncel-,
sino
que oiga tu Alteza y apruebe mi
desafío. Oíd, ricoshombres, caballeros y escuderos. Yo, Macías, doncel del
poderoso rey de Castilla don Enrique III, a ti, don Enrique de Aragón de
Villena, conde de Cangas v Tineo, tomamos por testigos a todos los aquí presentes,
te desafiamos de mal caballero, descortés y aleve, y te retamos a muerte como
matador de tu esposa la muy ilustre doña María de Albornoz, a ti y a todos los
caballeros de tu casa, a lanza o a espada, a pie o a caballo, mientras corra la
sangre en las venas, renunciando a la mía, y sobre esto Dios y la Virgen de
Atocha me ayuden. A ti solo o a varios.
Al decir estas palabras, arrojó
Macías su guante. Gran suspensión y silencio siguió a esta acción determinada.
-Conde de Cangas y Tineo -dijo el
Rey, volviéndose a alzar en el trono y comenzando a bajar los escalones-,
Macías, mi doncel,
ricoshombres, caballeros,
escuderos aquí presentes, yo don Enrique, rey de Castilla, concedo el juicio de
Dios a mi doncel Macías y a don Enrique de Villena para que en combate singular
riñan cuerpo a cuerpo, y declaro traidor y aleve y digno de muerte al que fuere
en la lid vencido, si saliere del vencimiento con vida. Dios sea en favor de la
inocencia y de la justicia. Conde, ¿qué hacéis? -añadió viendo que don Enrique
inmóvil, no recogía el guante que le había arrojado su contrario.
-Espero, señor, que no permitirás
que yo descienda de la clase en que el parentesco que nos une y los honores con
que me has distinguido me han colocado para rebatir cuerpo a cuerpo con un
simple doncel de tu Alteza una calumnia que desprecio y...
-Si os empeñáis -contestó el Rey
picado-,
igualaré al doncel Macías...
-No es necesario, señor -replicó
Hernán
Pérez, adelantándose a recoger la
prenda abandonada-, no es necesario, yo la alzaré por mi señor...
-Tenéos... -gritó Macías poniendo
un pie en el guante-: sois escudero.
-Le armaré -dijo el conde- y será
vuestro igual; y en tanto, Hernán, alzad el guante por mí. O yo o vos. Bastamos
cualquiera de los dos para castigar la insolencia del campeón de las damas
desconocidas.
Iba a responder Macías a este
sarcasmo,
pero el Rey, volviéndose a
entrambos:
-Conde -dijo-, espero que vos, o
un
caballero en vuestro lugar,
sostendréis vuestra
buena fama. Os hago maestre de
Calatrava;
espero que ni los caballeros de
la Orden ni Su
Santidad desaprobarán esta
elección que recae
en mi misma sangre.
-Señor -dijo inclinándose con mal
rebozada alegría el conde-, estoy pronto a
aceptar esta nueva honra si los
caballeros de la Orden...-¡Viva el maestre don Enrique! - clamaron
tumultuariamente varios de los presentes.
-Bien, señores, bien - dijo el
Rey-; no esperaba menos de mis leales caballeros de Calatrava. A vos, Macías,
os doy un hábito de Santiago, y os cubriré yo mismo. Habéis manifestado hoy
valor y cortesanía. Espero que entraréis en mi cámara en cuanto os desarméis.
Inclinóse Macías en señal de gratitud, y
el Rey se retiró diciendo al
condestable: -Rui, me recordaréis que debo fijar el día del combate. Vos,
Abrahem Abenzarsal, encargaos de esa dueña en vuestra cámara hasta que órdenes
posteriores mías os indiquen dónde puede permanecer durante el plazo que falte
para el combate.
El físico, en consecuencia,
intimó la
orden a la dama enlutada y la
encaminó con un
paje a su cámara. Retiróse el
Rey, y con su marcha desaparecieron en pocos momentos los más de los
cortesanos.
-No ha sido del todo feliz el día
-dijo Abenzarsal a don Enrique, que se retiraba con su escudero-; pero no
importa, son nuestros; haced por dirigir a la noche a Hernán Pérez a mi cámara.
-¿Habéis hecho algo? -preguntó
don Enrique.-Espero hacer.
Dicho esto se separaron por no
dar sospechas. Don Enrique y su escudero se fueron, departiendo cerca de los
muchos sucesos buenos y malos que habían pasado aquel día, y acerca de quién
podía ser la dama, si bien muy pocas dudas les quedaban, y ya se proponía salir
de ellas al momento el escudero. Entretanto rodeaban a Macías varios
caballeros, quién a darle la bienvenida, quién a preguntarle nuevas de
Calatrava. Entre los
muchos que se le acercaban tocóle
uno en el hombro con misteriosa familiaridad.
-¡Ah! sois vos, padre mío, buen
Abrahem -le dijo Macías con un estremecimiento involuntario, y una nube de
tristeza envolvió su frente. -Bien venido a la Corte.
-¡A la Corte!
-Sí; adiós, joven osado...
-Escuchad; esas palabras... me
dijisteis, es verdad... ¡Corte, Corte funesta! -Adiós.
-¿No podéis explicaros?
-Ahora imposible; si queréis
verme, al anochecer os esperaré en mi cámara. -¿Cierto, Abrahem? Esperadme.
Adiós. -Adiós.
Siguió el astrólogo con su
aparente prisa
la dirección de su cámara y
Macías, distraído, revolviendo mil confusas ideas en su
imaginación, quedó entre sus
curiosos amigos, a quienes ni contestaba ya acorde ni podía apenas atender.
¡Tal era la impresión que la palabra corte pronunciada por el físico, había
hecho en su imaginación!
-Macías ha perdido la cabeza
-iban
diciendo sus amigos al despedirse
de él-. Ese maldito hechicero, en cuyas comisiones ha andado, le ha turbado el
juicio. ¡Habéis visto qué desconcierto! ¡Qué distracción! O está enamorado o ha
perdido el seso. CAPITULO DECIMOCTAVO
Melisendra está en Sansueña,
Vos en París descuidado,
Vos ausente, ella mujer.
Harto os he dicho; miraldo.
Rom. de Gaiferos.
En cuanto había llegado a su
habitación
don Enrique de Villena se había
despedido de él el escudero, ansioso de saber definitivamente
si era su esposa la que, por
obsequio a la memoria de la condesa, se había presentado con tanta osadía en la
corte del rey de Castilla. Pesábale en gran manera que hubiese cabido en la
imaginación de su consorte tan heroica determinación, pero lo que con más
cuidado le traía era la circunstancia de haber llegado tan a punto el doncel
para tomar sobre sí su demanda, y la exclamación de la tapada al oír la voz de
su defensor, circunstancias entrambas que ligaba, mal que bien, con el músico
de la noche anterior a la desaparición de la condesa. Podía ser casual esta
coincidencia; podrían muy bien, su consorte por amistad a doña María de
Albornoz, y Macías por amor a esa misma, o por cortesanía de caballero ocioso,
encontrarse en el mismo camino. Esta reflexión, sin embargo, no bastaba a
aclarar sus dudas, y pensó en el partido que debería tomar si no encontraba a
Elvira en su cuarto.
Sucedióle, sin embargo, lo que no
pensaba. Llamó el escudero a su
habitación, y la primera persona con quien dio fue con el listo paje, el cual
con aire sumamente alegre: -Buenos días -le dijo-, señor Hernán
Pérez; bien hacéis en venir,
porque desde que la señora condesa ha desaparecido, no hay medio de alegrar a
mi prima. Venid, venid a consolarla; mis esfuerzos todos son inútiles.
-¡Vuestra prima, señor paje! -dijo con asombro y gravedad el escudero-. ¿Supongo
que no os queréis burlar de mí?
-¿Yo burlarme, señor escudero,
pesia mi alma? Para burlas estamos por cierto, y no se cesa de llorar hoy en
esta habitación. Entrad vos mismo y lo veréis.
Abrió Hernán Pérez la mampara
inmediata y quedóse como de
piedra cuando, contra todas sus esperanzas, vio levantarse, al presentarse él,
a Elvira, que con afectuosas
palabras:
-Esposo -le dijo-, cuán mal lo
hacéis
conmigo; vos tenéis secretos para
mí, vos pasáis los días enteros lejos de mí; hoy, sobre todo, me habéis dejado
sola, y sabéis que no tenía ya la compañía de la condesa...
-Perdonad, Elvira, si... yo... ya
sabéis que... -pero nunca pudo decir más el asombrado escudero. Su esposa
estaba vestida de negro, sí, pero su ropa no manifestaba haber salido aquella
mañana; por otra parte, la dama enlutada había quedado en palacio. -¿Qué
tenéis? ¿Traéis mala nueva?
-Sí por cierto -contestó más
repuesto
Fernán Pérez; os traigo la de que
me he vuelto
loco. -Muy cuerdo lo decís.
-Jurara que os había visto en
otra parte...
-Puede...
-¿Cómo? ¿puede?...
-Tantas veces me habéis dicho que
no
me separo un punto de vuestra
imaginación,
que me veis en todas partes tal
cual soy... Qué...
¿no es cierto?
-Sí -replicó mordiéndose los
labios el
desairado esposo-. Pero esta
mañana no os creí yo ver de ese modo. En fin, parece que estáis aquí... -¿Os
estorbo, Vadillo? Habladme con el corazón en la mano... ¿Queréis que salga
efectivamente...? -No, no es eso; es que me he vuelto loco, ya lo he dicho.
-Lindo humor traéis, esposo. Si
hubiérais perdido una amiga, si
os persiguiese una voz que os gritase continuamente en vuestro pecho: un crimen
se ha cometido y el criminal está impune...
-¿Qué decís? ¿Oís vos esa voz?
-Os digo que no puedo desechar de
mi imaginación que esa pobre condesa ha sido malamente muerta, y que una
persona... -¡Silencio! -gritó con terror Vadillo.
-¿Silencio, por qué? Esta noche
lo he
soñado.-¿Qué habéis soñado?
-Tonterías; pero cuando está una
afligida y prevenida por una
idea... no sé qué efecto...-Contad.
-Nada; soñé que había estado en
la corte no sé por qué accidente, y que una dueña enlutada se había aparecido a
pedir justicia... -Proseguid -dijo temblando Vadillo.
-Sus facciones eran las de la
condesa, su
voz la misma; arrojéme a
abrazarla y...
-¿Vos?
-Yo, y me rechazó: ¡Error! No se
en-
cuentra el origen de la
referencia. Un chorro,
entonces, pareció salpicarme
toda, y temblé...
Pero ¡Dios mío! vos tembláis
también.
-No.
-Sí.
-Bien, sí... Estoy mortal -añadió
para sí, levantándose, Vadillo-; ¿si habrá muerto
efectivamente la condesa? ¿sería
capaz el conde?... ¡Qué horror! Por otra parte, conociéndome, si lo hubiera
hecho, me lo hubiera ocultado... Yo le afeé... ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Yo he
sido cómplice de un asesinato? La dueña enlutada no podía ser sino la sombra
misma de la condesa. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Virgen Santísima! -gritó Vadillo fuera de
sí.
-Esposo, ¿qué es eso? ¿Sabéis que
empiezo a temer que sea cierta la pérdida de vuestra razón?... Contadme, por
Dios...
-Nada; imposible; en dos
palabras: ¿vos
no habéis salido?
-¡Qué pregunta!
-¿No saldréis?
-¡Qué aire!
-Adiós, Elvira, adiós. No me
esperéis hasta la noche. Asuntos de importancia me llaman al lado de don
Enrique...
-¿Os vais? ¿Para eso habéis
venido?
Mirad...-Bien sé que me queréis,
que me sois fiel; soy un loco... pero... la condesa... ya sabéis... Ahora
dejadme por Dios, dejadme, vuestra presencia me hace mal.
Separóse, al decir esto, casi por
fuerza de los brazos de su esposa, la cual quedó sollozando en un sillón con el
paje al lado. -Esto es mejor -dijo el paje-. ¿Lloráis de veras? -Jaime, sí.
Hace una tantas cosas contra su voluntad; las consideraciones del mundo...
-¿Cómo? ¿Lo decís porque tenéis
que agasajar y poner buen semblante a vuestro esposo?-¿Qué dices, Jaime?
-preguntó, lanzando un suspiro, Elvira-. ¿Quién te ha dicho eso? Es mentira,
mentira. Yo amo a mi esposo; ni pudiera amar sino a él; ¡es tan bueno! -Pues
entonces -dijo el paje- no os
entiendo; yo por mí, si no os
viera llorar, ahora me reiría, soltaría la carcajada.
-¿Por qué? ¿Porque una
circunstancia
desgraciada le ha puesto en el
caso bien triste de no poder distinguir la verdad del engaño? ¿Porque una mujer
tenga mil veces que parecer artificiosa con su esposo se habrá de deducir que
éste es risible? Ah, Jaime, en todo engaño ten lástima siempre del engañador,
que en realidad ése es el más risible, y ése es acaso realmente el engañado.
Después de esta pequeña
reprimenda no osó hablar el pajecillo.
-Mira, Jaime, si va lejos ya
Hernán Pérez. -Tan lejos que no le alcanzaría el mismo Hernando, que no hay
corza que no alcance. -Vamos, pues, paje; no hay tiempo que perder; ya tienes
tus instrucciones. Prudencia y silencio... como la muerte, ¿estás? Como la
muerte -respondió el paje. Dichas estas palabras, Elvira y el paje pasaron a
otra pieza, donde no nos es lícito penetrar con ellos. Fernán Pérez,
entretanto, recorría con
más terror que , los las inmensas
galerías del alcázar; cada pisada suya c parecía las de la condesa. Hay muchos
hombres valientes, temerarios contra un millar de enemigos armados en un día de
batalla y que perecen de terror ante la idea de un muerto y el recuerdo de una
fantasma, que treparían los primeros a la brecha y no subirían nunca solos una
escalera oscura. En aquel momento Hernán Pérez era de éstos; el menor ruido que
hubiera oído realmente, la menor sombra que se hubiera puesto delante de sus ojos,
le hubiera derribado por tierra sin sentido. Tal traía él la imaginación llena
de ideas de muertes y apariciones, de sombras y emplazamientos. Llegó, por fin,
a la cámara de don Enrique. Abrióla de golpe y precipitóse dentro con los
cabellos erizados y los ojos casi fuera del cráneo.-¿Qué traes, Vadillo? -dijo
levantándose don Enrique al ver el desorden de su escudero.
-Es su sombra, señor, es su
sombra - repuso Vadillo, mirando atrás todavía y procurando componer su
semblante. -¿Qué sombra? -replicó don Enrique-.
Será la que hace vuestro cuerpo
al pasar por delante de la lámpara de la galería. -No es eso, señor, no es eso.
-¿Qué es, pues? Explicaos.
-Mi esposa...
-¿Vuestra esposa es sombra? ¿Qué
decís? Temblaba ya Ferrus de pies
a cabeza con la explicación del escudero, y no sabía don Enrique qué creer de a
semejante asombro. -Digo, señor -concluyó Vadillo reponiéndose-, que la dueña
enlutada no es mi esposa, porque mi esposa está en su habitación, y mi esposa
no ha salido ni saldrá... -¿Estáis seguro?
-Como estoy vivo.
-¿Quién puede entonces?...
-No puede ser -dijo Ferrus-,
sino...
-La sombra de la condesa
-concluyó Vadillo.-¿La sombra de la condesa? ¡Esa es buena! -exclamó soltando
una estrepitosa carcajada don Enrique de Villena. -¿Te ríes, señor?
-¿No he de reírme, si habéis
perdido entrambos la cabeza?
-Ah, señor -repuso Vadillo-, veo
que si
yo contara un sueño.. En fin,
quiero que me hayáis referido de la condesa la pura verdad. ¿Estáis seguro de
que el encargado de...? -Deliráis, Vadillo, deliráis. Verdad es
que ahora pierdo yo el hilo de
mis observaciones y no sé.. Puesto que decís que estáis seguro de haber visto a
vuestra esposa, confieso que no entiendo... De todos modos, es necesario que
vayáis a buscar al astrólogo; os aguarda para darme una razón que espero con
ansia. ¿Os atreveríais, ya que vais, Vadillo, a
averiguar quién sea la tapada?
¿Tendríais resolución...?
-Manda, señor, a tu escudero.
-Bien, pues yo confío a vuestro
talento
esa intriga si el nigromántico lo
sabe, os lo dirá; si no, ved de tocar siquiera esa sombra, que como la toquéis,
y como ella ofrezca cuerpo y resistencia -añadió riéndose don Enrique-podéis
estar seguro, no quiero yo decir de que sea vuestra esposa, pero a lo menos,
sí, de que es persona; y a ser hombre, como parece mujer...-Entonces, señor, yo
os prometo que mi espada hiciera pronto la experiencia. Perdona si el
sobrecogimiento de una escena que he tenido tan rara, tan extraordinaria, me ha
hecho parecer a tus ojos, señor...
-Vadillo, os he visto pelear; sé
que tenéis valor. Conozco, por otra parte, a los hombres: son débiles y
miserables en todo. Una preocupación es más fuerte que cien caballeros.
Iba a despedirse el escudero para
la cámara del astrólogo, donde le esperaban acontecimientos más extraordinarios
cien veces que los pasados; pero don Enrique le detuvo para dar lugar, lo uno a
las intrigas que debía preparar el nigromante, y lo otro porque entonces, que
en realidad le engañaba, una voz interior le gritaba que debía tratarle con más
amistad y consideración que nunca. No debía faltarles tampoco que hablar desde
que don Enrique era maestre, desde que iba a ser Hernán Pérez caballero, y desde
que el singular duelo de la mañana había venido a complicar tan
extraordinariamente los negocios y los intereses de los principales personajes
de nuestra verídica historia. CAPITULO DECIMONOVENO
Y después de haber propuesto
Su intento y sus pretensiones
A los de guerra y estado
Que atento le escuchan y oyen,
En confuso conferir
La diversidad de voces.
Rom. de Bernardo del Carpio.
Cosa indudable es que don Enrique
de Villena, una vez adoptadas sus ambiciosas ideas de elevación, no perdonaba
medio alguno de llevarlas a cabo, ni daba punto de reposo a su imaginación,
buscando trazas para asegurarlas. El alto puesto que anhelaba era, sin embargo,
bastante apetecible para que se le ofreciesen naturalmente en el camino de sus
intrigas temibles maquinaciones de sus enemigos y poderosos contendedores. No
habrá olvidado el lector tan pronto, si es que ha llegado a tomar alguna
afición a los sucesos que le vamos con desaliñada pluma enarrando, aquel don
Luis de Guzmán, que paseaba el salón de la corte en la mañana de este mismo
día, hablando con el famoso cronista Pero
López de Ayala. Si no ha olvidado
a aquel caballero, y si recuerda el diálogo en que se le presentamos por
primera vez, tendrá presente, también, que el cronista le había designado como
sucesor probable de su tío don Gonzalo de Guzmán, último maestre de Calatrava.
Llamábanle, efectivamente a este alto puesto, en primer lugar su parentesco con
el difunto, su vida ejemplar e irreprensible conducta, el título de comendador
de la Orden y la confianza que inspiraba a los más de los caballeros. Era
generalmente querido, y en realidad más digno del maestrazgo que don Enrique de
Villena, en aquella época, sobre todo, en que el valor solía suplir todas las
demás cualidades; teníale don Luis en alto grado, y había dado de él
repetidísimas y brillantes pruebas en las guerras de Portugal y de Granada; al
paso que de don Enrique se podía sospechar fundamentalmente que no era su
virtud
favorita, pues nadie recordaba
haberlo visto jamás en ningún trance de armas. Había probado, además, don Luis
que conocía los deberes todos de buen caballero en las diversas justas y
torneos en que había sido mantenedor o aventurero; sabía manejar en todas
ocasiones con singular gracia un caballo, rompía una lanza con bizarría, corría
parejas con extrema donosura, cogía sortijas con destreza y disparaba cañas con
notable inteligencia. Don Enrique, por el contrario, empleaba todo su fuego en
semejantes circunstancias en hacer una trova muy pulida y altisonante, en que
cantaba las hazañas ajenas a falta de las propias. Pero era el mal que en la
corte de don Enrique no habían obtenido todavía las trovas aquel grado de
estima que en reinados posteriores llegaron a alcanzar; cosa en verdad que no
dejaba de ser justa, si se atiende a que las trovas servían sólo para matar el
fastidio
momentáneamente en un banquete de
damas y cortesanos, al paso que una lanza bien manejada derribaba a un enemigo;
y en aquellos tiempos belicosos eran más de temer los enemigos que el fastidio.
Las intrigas de don Enrique habían impedido que este mancebo generoso supiese a
debido tiempo la infausta nueva de la muerte de su tío. La primera noticia que
de ella tuvo fue la que en pública corte recibió, y en el primer momento la
sorpresa de no haber sido de ella avisado, circunstancia que no acertaba a explicarse
a sí mismo fácilmente, y el dolor, le embargaron toda facultad de pensar y
abrazar un partido prontamente. Sacóle, empero, de su letargo la elección que
hizo el Rey de su pariente para suceder en el maestrazgo, e indignóle, aún más
que semejante nombramiento, la bajeza con que se adelantaron varios caballeros
de su Orden a proclamar casi tumultuosamente al conde. Mal
podía, sin embargo, en aquella
circunstancia manifestar su agravio, ni menos oponerse a la dicha de su
competidor. Aunque lo hubiera intentado, hubiérale sido muy difícil pronunciar
una sola palabra, porque debemos añadir a lo que de su carácter llevamos
manifestado, que tenía tanto don Luis de cortesano como don Enrique de
Valiente. Todos sus conocimientos estaban reducidos a los de un caballero de
aquellos tiempos; habíanle enseñado, en verdad, a leer y escribir, merced a la
clase elevada a que pertenecía; pero cuando no tenía olvidado él mismo que
poseía tan peregrinas habilidades, que era la mayor parte del tiempo, no
comprendía por qué se habrían empeñado sus padres en hacerle perder algunos
años en aquellos profundísimos estudios, que no le podían ayudar, decía, a
rescatar una espuela ni el guante de su dama en un paso honroso. ¿Qué cota, por
débil que
fuera, qué almete por mal
templado, había cedido nunca a la lectura de un pergamino, por bien dictado que
estuviese, o al rimado de una trova, por armoniosa que sonase? Despreciaba,
asimismo, las galas del decir y el elegante artificio de la oratoria, porque
solía repetir que él llevaba la persuasión en la punta de su lanza; y
efectivamente había convencido con ella a más moros que los misioneros que iban
continuamente a Granada; éstos no solían sacar otro fruto de su peregrinación
cristiana que la palma del martirio, la cual podía ser muy santa y buena para
su alma, pero no daba un solo súbdito a la Corona de Castilla, sino antes se lo
quitaba.Bien se ve por este ligero bosquejo que era don Luis hombre positivo y
que no hubiera hecho mal papel en el siglo XIX. En esta candorosa ignorancia, y
en la fuerza de su brazo, consistía su popularidad, porque entonces, como
ahora, se pagaba y paga la
multitud de las cualidades que le
son más análogas y que le es más fácil tener; en ellas tomaba su origen el
carácter impetuoso y poco o nada flexible de don Luis; cuando oyó la elección
que había hecho el rey Doliente, miró a una y otra parte todo asombrado, como
si no pudiese ser cierta una cosa que no le agradaba, enrojecióse su rostro,
cerró los puños con notable cólera e indignación, miró en seguida al Rey, miró
al conde de Cangas, miró a los caballeros calatravos que le proclamaban,
encogióse de hombros y sin proferir una sola palabra salióse determinadamente
de la corte; acción que en otras circunstancias menos interesantes hubiera
llamado extraordinariamente la atención de los circunstantes. Nadie, sin
embargo, la notó, y el ofendido caballero pudo entregarse libremente al
desahogo de su mal reprimida indignación. Hubiera él dado su mejor arnés y su
mejor
caballo por haber sabido el golpe
que le esperaba en el momento aquél en que la acusadora de su rival había
apostrofado a los caballeros presentes en favor de su demanda. No hubiera sido
Macías entonces el que se hubiera llevado el honor de salir por la belleza;
porque es de advertir que la acusación, que, como a todos, le había parecido
inverosímil en el instante de oírla, comenzó a tomar en su fantasía todos los
visos no sólo de verosímil, sino de probable, y hasta de cierta, desde el punto
en que se vio suplantado por el que era objeto de la querella.
¡Error! No se encuentra el origen
de la referencia. Desde que hizo este raciocinio hasta el día de su muerte, don
Luis de Guzmán no pudo admitir jamás suposición alguna que no fuese en apoyo de
esta opinión; era evidente para él que don Enrique había matado a su esposa, y
aunque la hubiera vuelto a ver de
nuevo buena y sana, cosa que no
sabremos decir si era fácil ya que sucediese, hubiera dudado primero de sus
propios ojos que del delito de don Enrique. Así juzgan los hombres, y los
hombres exaltados sobre todo.
Llegado don Luis a su casa, llamó
a su escudero y le dio el encargo de convocar a los caballeros de Calatrava en
quienes más confianza tenía y que no habían asistido a la corte de aquel día.
Mientras que el escudero partió a desempeñar su delicada comisión, quedó don
Luis paseando a lo largo de su habitación y maquinando cómo podría asir la
dignidad que acababa de deslizársele entre las manos.De allí a poco comenzaron
a ir llegando los caballeros de Calatrava, llamados unos, de su propia voluntad
otros, al saber la escandalosa novedad que en la Orden ocurría. Varios entre
ellos tenían el mismo motivo de agravio que don Luis, es decir, que no podían
alegar más causa de su enemistad
a don Enrique que el haber éste conseguido lo que ellos para sí deseaban; estos
tales se hubieran reunido igualmente con Villena contra don Luis si hubiera
sido éste el afortunado. El amor propio ofendido y el deseo de derribar al
poseedor eran su único objeto al reunirse, cosa que sucede comúnmente en los
más de los conspiradores y descontentos. No sucedió, pues, en esta ocasión sino
lo que suele siempre suceder en casos semejantes; pero había una circunstancia
favorable para ellos esta vez, a saber: que Villena prestaba mucho campo a la
oposición, de suerte que en realidad no eran sus enemigos los que tenían
ventaja, sino él el desaventajado.
No tardaron mucho tiempo en
hallarse reunidos en la casa posada de don Luis de Guzmán más de veinte entre
caballeros y comendadores de Calatrava. Seguía
paseándose en silencio el
desairado candidato y solamente una seca inclinación de cabeza y un ademán más
seco todavía, con que hacía seña de ofrecer asiento, marcaban de cuando en
cuando la entrada de un nuevo concurrente. Al ver tan distraído y preocupado al
dueño de la casa, sentábase cada cual y esperaba con humilde resignación a que
tuviese por conveniente romper tan incómodo silencio; lo más a que se extendía
el atrevimiento en tan solemne reunión era a preguntar, en voz imperceptible,
alguno a su compañero y adlátere el objeto de aquella misteriosa asamblea.
Luego que le pareció a don Luis suficiente el número de sus oyentes, soltó la
rienda a su desnuda elocuencia con toda la seguridad de un hombre que está muy
lejos de imaginar que puedan reprochársele las frases que usa o vituperársele
los vocablos que para expresar sus ideas adopta.
-¡Por Santiago, caballeros de
Calatrava - exclamó-, que hoy luce un día bien triste para nuestra Orden! Día
de oprobio, día que no saldrá fácilmente de vuestra memoria. Un Rey débil, un
Rey enfermo, un Rey en cuya mano estaría mejor la rueca de una dueña que la
lanza de un caballero osa atropellar vuestros fueros y privilegios, y ¡voto va!
que no luce bien la cruz roja en un pecho dispuesto a sufrir humillaciones.
¿Sabéis lo que es honor, caballeros de Calatrava? -se interrumpió bruscamente a
sí mismo el comendador, parándose de pronto en su paseo, como hombre que ha
perdido el hilo de un largo discurso que trae mal estudiado y que se decide por
fin a reasumir en una sola frase enérgica y terminante todos sus cargos y
argumentaciones-. ¿Sabéis lo que es honor, caballeros de Calatrava?
A la primera enunciación de este
inesperado apóstrofe, dejóse
percibir sordo murmullo de desaprobación en el auditorio, y poniéndose en pie
uno de sus principales oyentes:-Duda es esa, señor don Luis de Guzmán -dijo-
que cada uno de los que aquí miráis reunidos a vuestro llamamiento sabría
desvanecer bien presto, a no ser vos el que la anunciáis. Ignoro los motivos
que podéis tener para haber llegado a darle entrada en vuestro corazón, pero yo
en mi nombre, y en el de todos los presentes, os ruego que os sirváis
exponernos brevemente la causa que a esta convocación os mueve y a declarar qué
habéis visto en los caballeros de la Orden que provoque tan alta indignación.
Espada tenemos todos, y en cuanto al valor, no será esta la primera ocasión en
que probemos que no estamos acostumbrados a sufrir ultrajes impunemente.
-Nunca dudé -contestó don Luis
con la
satisfacción de un hombre que ve
abundar a sus oyentes en sus mismas opiniones- nunca dudé de vuestro valor.
Como comendador más antiguo, como pariente de nuestro buen maestre, que acaba
de fallecer en Calatrava, he creído tener derecho a convocaros cuando se trata
de los altos intereses de la Orden y de evitar acaso su ruina.
-¿Su ruina? -exclamaron a una
todos los caballeros.
-Su ruina, sí -repitió Guzmán-;
su ruina.
Hoy ha llevado un golpe que tarde
o nunca se reparará. Varios de vosotros lo habéis oído. Escuchadlo los demás
con espanto y con indignación. No se espera ya a que los caballeros de la
Orden, reunidos en su capítulo, pongan a su cabeza, movidos de justas razones,
al caballero más perfecto, más experimentado en las lides, más prudente en los
consejos. No; un Rey por sí, atropellando nuestros más
sagrados derechos, eleva a la
dignidad que mil hechos heroicos, que una larga vida de virtudes bastan apenas
a merecer, ¿a quién? A un hombre cuyo penacho no sirvió nunca de guía a los
valientes en una batalla, a un hombre que nunca dio el primero ni oyó resonar
en torno suyo el grito de ¡Santiago y cierra España!; a un hombre que ha
trocado la lanza por la pluma, cuyo campo de batalla es una mesa cubierta de
inútiles pergaminos, que no ha vencido nunca sino las necias dificultades de lo
que llama él rimas; a un hombre, caballeros, de quien con fundada razón se dice
que tiene inteligencia con los espíritus y que... -¡Qué horror!
-Oídlo, sí, con escándalo, nobles
compañeros. Ése es el hombre que
nos destinan por maestre; un afeminado cortesano, un intrigante ambicioso, un
rimador, un nigromante en fin...
-¡Fuera, fuera! -gritaron a una
los
caballeros, cuyos ánimos iba
templando ya el calor comunicativo y la natural elocuencia de la pasión que
dominaba en el comendador. -¿Lo sufriremos? -continuó don Luis,
como una piedra que caída de una
altura
desmesurada sigue rodando largo
espacio
después, de llegada al llano-.
¿Lo sufriremos?
Yo por mi, nobles caballeros,
juro a Santiago de
no dormir desnudo y de no comer
pan a la
mesa mientras que vea la Orden a
su cabeza
al... al. . ¿para qué callarlo,
en fin? Al asesino de
su esposa.
No necesitaban ni tanto ya los
caballeros reunidos en casa del comendador para acabar de perder la poca sangre
fría que les quedaba. La última frase del orador produjo el efecto de una
chispa lanzada en medio de un montón de estopa seca. Veíase lucir en todos los
semblantes la misma animación que en el de
Guzmán; todos provocaban y
excitaban mutuamente su cólera con la relación de las ofensas que en aquel
momento se figuraba cada cual haber recibido o del rey Doliente o del intruso
maestre. Inútil es decir si se recapitularon largamente las calidades del conde
de Cangas. Había quien le había visto horas enteras evocando los manes de los
difuntos en un cementerio, en compañía del judío Abenzarsal; había quien le
había visto sepultarse en una larga redoma y desaparecer a los ojos de los
circunstantes, y hasta se llegaba a probar que había estado en más de una
ocasión en dos partes opuestas a un mismo tiempo, lo cual, como convinieron
todos, no podía obrarse sino por arte del demonio, si se atiende a que cada uno
suele tener en el mundo más que un cuerpo. Ahora bien: era cosa sabida que el
demonio no hace nada de balde, circunstancia que podría hacerle pasar
perfectamente por
escribano o agente de negocios,
de lo cual era forzoso inferir que don Enrique le habría vendido su alma, si
bien no había entre tanto ilustre caballero quien osase descifrar las ventajas
que al demonio le podían resultar de poseer el alma de don Enrique de Villena,
tanto más cuanto que a todo tirar no era realmente de las mejores.
Quedó, sin embargo, establecido
por
punto general, primero, que don
Enrique había sido, era y sería eternamente nigromante por pacto con el
demonio; segundo, que había sido asimismo, era y sería eternamente el asesino
de su esposa, lo cual había de ser irremisiblemente cierto, mas que no hubiese
tal demonio ni tal esposa muerta, cosas para nosotros, si hemos de decir
verdad, igualmente dudosas. Resueltos estos dos puntos principales,
era consecuencia forzosa el
resolver la deposición del maestre; esto, en verdad, ofrecía
más dificultades, pero la
imaginación las superó; convínose primeramente en que don Luis de Guzmán
quedaría en la Corte para exponer reverentemente a Su Alteza que los estatutos
de la Orden de Calatrava determinaban que sólo pudiese ser nombrado el maestre
por elección de los caballeros y comendadores reunidos en capítulo; y que para
ganar tiempo, mientras se recababa de Su Alteza la revocación del nombramiento
ilegal, saldrían varios de los caballeros presentes en calidad de emisarios a
los diversos puntos donde había fortalezas y castillos de la Orden para evitar
que se reconociese y prestase juramento de pleito homenaje al conde de Cangas.
Uno, sobre todo, debía ir y declarar al clavero de la orden, residente en
Calatrava, que era la voluntad del mayor número de los caballeros que siguiese
desempeñando las funciones de maestre; lo cual además, le
suplicaban rendidamente por el
bien de todos mientras que se procedía a la elección del que hubiese de ser
válida y legalmente nombrado. No perdieron, pues, instantes preciosos,
y antes de anochecer los
caballeros habían hecho voto solemne de llevar adelante su empresa mientras que
estuviese pegado el puño de la espada a la hoja y mientras que corriese una
gota de sangre por las venas; todos habían ofrecido al santo de su devoción el
don que les parecía más grato a sus ojos, y se habían separado, después de
conferidos poderes a cada uno de los emisarios en nombre de aquella junta, que
llamaron capítulo extraordinario, y
al cual supusieron igual poder
que al capítulo general, en vista de la urgencia y apuro de las circunstancias
en que se había celebrado. Verdad es que tampoco se había
dormido don Enrique de Villena, a
quien no se le ocultaba que podría encontrar una enérgica
oposición en los caballeros;
antes, disponiendo de varios de los que se habían pronunciado en su favor en la
corte de aquella mañana, tomó igual providencia, enviando a Calatrava, a Alhama
y a otros puntos, emisarios que le dieran a reconocer, que animasen a los
tibios con promesas de adelantamiento, ganasen a los descontentos con plazas
efectivas de comendadores y enardeciesen a los amigos para que no pudiese en
ningún caso ser contraria a la elección de Su Alteza la elección del capítulo,
que bien sabía él que se necesitaba para la tranquilidad e indisputable
posesión del apetecible maestrazgo.
Dejemos, empero, a los emisarios
de
uno y otro corriendo los campos
de Castilla, y llevando de una parte a otra órdenes contradictorias, y volvamos
a seguir el hilo de las maquinaciones de que era teatro la parte del alcázar
destinada a las habitaciones de Su
Alteza y de sus más allegados
servidores.
CAPITULO VIGÉSIMO
Quien esto vos aconseja,
Vuestra honra no quería.
Rom. de don García.
Empezaba a anochecer cuando el
astrólogo Abrahem Abenzarsal,
paseándose en su laboratorio con notable inquietud, parecía esperar a alguna
persona, o el éxito por lo menos de alguna de las muchas intrigas en que le
tenía embarcado a la sazón su desmedida avaricia.-¿Si habré cometido una
imprudencia? - decía-. ¡Oh, a mi edad sería imperdonable! ¡Los motivos que me
expuso fueron tan poderosos y tantas sus lágrimas, tan eficaces sus ruegos! ¡No
sé qué principio de condescendencia hay en el corazón del hombre, el más duro,
el más empedernido, el más viejo, para con una mujer, y una mujer hermosa y
joven que suplica!... Pero... alguien viene... ¡Ah! No cometí
imprudencia alguna. Señora, me
halláis en la
mayor inquietud... estaba
anocheciendo ya... -Os di mi palabra -respondió la dama que entraba- e
hicisteis mal en estar con cuidado. Pero os advierto lo mismo que esta mañana
os advertí: bien conocéis cuán difícil es que en mi posición pueda continuar semejante
enredo. Os he dicho ya que las razones que a ocultarme me obligaron nada tenían
de común con Su Alteza; muchas veces no se puede hacer una obra buena a cara
descubierta; las pasiones de la vida... En fin, ya me habéis comprendido.
Espero, pues, que si no habéis hablado a Su Alteza, le habléis cuanto antes os
sea posible. -Esta misma noche, señora, podréis
retiraros. Una vez que sepa Su
Alteza quién sois, ¿qué inconveniente podrá haber?...
-¡Qué agradecida debo estaros,
sabio Abrahem!
-Vuestra estancia aquí es ahora
indispensable. Su Alteza pudiera
querer veros, y sus órdenes han sido tan terminantes... Por otra parte, no es
de extrañar que quiera tomar con la acusadora de su querido pariente todas las
medidas que la prudencia indica, sobre todo cuando no presenta acusación tan
atrevida vislumbre alguno de verosimilitud.
-¿Vos también, Abenzarsal, vos
que
conocéis a don Enrique de
Villena?...
-Porque le conozco, señora, no le
creí
nunca capaz de un...
-De todo, Abrahem, de todo.
-Veo que os hace obrar, señora,
algún resentimiento particular... ¡Oh! Sabido es que el conde fue siempre
aficionado en demasía a las bellas...-De nada le hubiera servido esa afición
para conmigo...
-Conozco vuestra virtud..., pero
pudiera
muy bien...
-¿Sí? ¿Y qué? ¿Para qué negarlo?
Largo
tiempo duró su persecución; pero
si alguno de los dos puede aborrecer al otro por ese recuerdo, él es y no yo...
-Lo sé, señora.
-Por lo que a mí hace, me ha
movido la amistad que a la condesa, mi señora, siempre he profesado, y el
cielo, no otras consideraciones. Las que puedan moverle a él contra mí me
interesan poco, Abenzarsal. Hállome bajo la protección de las leyes, bajo la
salvaguardia de mi estado, bajo la custodia ahora de Su Alteza mismo. -Decís
bien, hermosa dama.
Perdonadme si no entro ahora
mismo a hablar por vos a Su Alteza; pero tengo para mí que ha de estar en su
cámara todavía su doncel favorito, cuya larga ausencia no podía menos de dar
lugar ahora a largas entrevistas. ¿Conocéis, supongo, al doncel Macías? ¡Pero
qué distracción! Es vuestro defensor.
-Sin embargo -respondió la dueña
cubriéndose el rostro con su
abanico morisco-,
nunca le hablé...
-¿No?
-Ya visteis que su presencia en
la Corte no tenía indicio de cosa premeditada de consuno. La casualidad sin
duda le trajo... a tiempo que ningún caballero de la corte de don Enrique
quería arrostrar por una débil mujer el poder del insolente Villena.
-Y su bizarro valor fue, en ese
caso, y su cortesanía lo que le obligó a...
-¡Oh! eso no es nada. Más es de
admirar la cobardía de los demás caballeros que su valor. Ese es deber.
-No seréis vos, sin embargo
-prosiguió
el astuto astrólogo-, la que
negaréis al único caballero que os ha librado del riesgo en que estabais las
brillantes y peregrinas dotes que Castilla toda le concede...
-Ciertamente, no. ¿Sabéis qué
hora es?
-Aquí tenéis el arenero... Un
solo defecto
suelen encontrarle...
-¿A quién?
-Al doncel.
-¿Y cuál -repuso la dama,
afectando una
indiferencia que por cierto no
sentía.
-Nada; dícese que nunca se le ha
conocido dama alguna; sin
embargo, tiene ya
edad de enamorarse...
-¿Quién sabe si lo estará
realmente? ¿Es forzoso decir a gritos?...
-No; pero sabéis que a su edad es
raro el caballero que no puede llevar un mal lazo, una banda, prenda del amor
de su dama. Hasta es desdoro. Como no sea que adore en secreto a alguna belleza
cuyo mote no puede llevar... -¿Qué decís?
-O es eso, señora, o es que el
doncel no
es sensible sino al aguijón de la
gloria. En ese
caso, su galantería sería pura
caballerosidad...
-¿Estará ya solo Su Alteza?
-interrumpió la agitada dama.
- Paréceme,
señora, que tenéis interés en interrumpir la conversación del doncel... ¿Sería
yo indiscreto al hablar delante de vos?
-¡Oh no, no, nada de eso; hablar
de él como pudierais de cualquier otro. Sólo me relaciona con él el vínculo de
la gratitud que recientemente me ha merecido.
-Sólo una cosa tenía que añadir,
en el supuesto de que esta conversación no os incomode... ¿Estáis inquieta?
-No, os he dicho que no; estoy
tranquila. ¿Por qué no habría de estarlo?
-Digo, pues, que acaso ahora con
ser vuestro caballero...
-¡Mi caballero!
-Forzosamente ha de serlo.
-Sí, mi campeón -repuso la
enlutada,
con un suspiro escapado del pecho
a su pesar.
-Como queráis. La posición en que
está
para con vos, ese misterio que os
empeñáis en guardar, la compasión que inspiráis y el entusiasmo al mismo tiempo
a que inclina el hermoso rasgo de amistad que habéis... -No me lisonjeéis y
acabad.
-Todo eso, pues, hará nacer acaso
en su imaginación ideas que no habrá tenido nunca tal vez, y en su corazón una
afición...
-Perdonad, Abrahem, si os
interrumpo; pero admiro vuestra penetración. ¿Habéis conocido antes en mi
rostro que me sentía incomodada?...
-¿Será cierto? Esta
conversación...
-No, la conversación no -repuso
la dama reclinándose-; pero la agitación del día, la precipitación, además, con
que he tenido que andar, no me ha permitido tomar alimento, y siento una
debilidad...
-¿No os decía yo? La palidez de
vuestro
rostro me lo anunciaba. Ved qué
necio, yo creía
que era la conversación. ¡Qué
tontería! Ya veo
que el día que habéis traído hoy
es más que
suficiente motivo...
-Decís bien.
-Ya sabéis que mi primera ciencia
es la
de curar; si queréis seguir mis
consejos...
-¡Ah! ¿Creéis que esta
debilidad...? -¿Queréis tomar algún alimento? -Me será imposible...
-Verdad es... Si quisierais una
bebida
cordial que os diese fuerzas...
-¿Tenéis?...
-Yo mismo os la prepararía.. Os
daría
descanso y fuerzas...
-Como gustéis, Abrahem.
-La tomaréis -dijo el físico
preparando
unas yerbas- y podréis descansar
un rato aquí mientras que paso a hablar a Su Alteza.
-Pero en vuestra ausencia...
-No temáis; nadie viene a mi
cámara; el estudio y el retiro en que vivo alejan de mí las visitas que
pudieran turbar vuestro reposo. Ningún sitio del palacio más seguro que éste;
su inmediación a la cámara del Rey, las muchas guardias que custodian las próximas
galerías... -No, no es que tema ningún peligro;
pero... -Perded miedo; por otra
parte tenéis
vuestro antifaz, que puede en
todo caso
guardaros de la indiscreción, y
vuestras dos
dueñas esperan vuestras órdenes
en mi
antecámara. A la menor voz, ellas
y los
ballesteros...
-Decís bien.
-Perdonad si vuestros mismos
intereses
me obligan a dejaros sola en mi
habitación; mi
ausencia será corta.
-Eso deseo.
-Tomad, pues, señora, esa bebida.
-Pero ¿me respondéis de su
eficacia?...
-Estoy seguro de ella; apuradla.
-Ya veis si tengo confianza en el
físico de Su Alteza; ni una sola gota he dejado. -Obrasteis como prudente
-repuso el empírico con una alegría que disimulaban mal sus ojos de fuego y de
esperanza-. Reclinaos ahora un momento.
-No, no hay necesidad.
-Presto conoceréis sus efectos;
es maravillosa la virtud de la bebida; al principio parecerá quitaros las
fuerzas; pero después... y obra con una rapidez...
-Sí; paréceme que siento como
pesadez...
-¿No os dije? Acaso os hará
dormir...
-¡Dormir, Dios mío! y aquí...
¡Abrahem!
-¡Señora!
-¡Santo Dios! ¿Por qué no me lo
habéis dicho? -Oh! será un momento... una hora. -¡Una hora, Abrahem! Quiero
marcharme... Me pondré el
antifaz...
-¿Qué decís? Si queréis, mi
lecho...
-¡Dios mío! ¡Dios mío!... ¡Qué
sueño,
Abrahem, qué pesadez! Es de plomo
mi cabeza.
. .
Abrahem, Abrah... ah... Bien. Apenas tuvo fuerzas para pronunciar
esta última palabra, a la cual no
podía ya dar la enlutada sentido alguno. Inclinóse su cabeza, dejó caer su
brazo lánguidamente, abrióse su mano y desprendióse de ella sobre su sitial el
hermoso pañuelo que bordado de su propia mano traía, y en que lucía su nombre
con gruesos caracteres góticos de oro y seda artificiosamente mezclados. El más
profundo letargo había sobrecogido a la enlutada, v el astrólogo conocía,
efectivamente, muy bien el maravilloso efecto de la narcótica bebida.
-¡Es mía! -dijo, después de un
momento de silencio, el físico-. ¡Es mía! -añadió levantando el antifaz con que
se había cubierto
la dueña la cara antes de
dormirse, y volviendo a dejarle caer sobre sus hermosas facciones luego que la
vio profundamente dormida-. Téngola segura aquí para hablar con Su Alteza, otra
para el desenlace de esta intriga infernal. Infernal, sí, pero pagada. Esta es
la circunstancia que han de tener las intrigas. Dichas estas palabras,
reconoció el astrólogo su habitación y las puertas de ella; cerró la
comunicación con la escalera secreta y salió con dirección sin duda a la cámara
de Su Alteza.
CAPITULO VIGESIMOPRIMERO
¿Cuyo es aquel caballo
Que allá bajo relinchó?
......................................
¿Cuyas son aquellas armas
Que están en el corredor?
......................................
¿Cuya es aquella lanza
Que desde aquí la veo yo?
Canc. de rom. Anónimo.
Más de una hora había pasado
desde que el intrigante viejo había sepultado en letargo profundo a la incauta
enlutada y no había alterado en aquel espacio el más mínimo ruido la
tranquilidad que en el laboratorio reinaba.Por fin dos hombres, vestido el uno
de rica y vistosa seda, de tosco buriel el otro, armado aquél simplemente con
una espada, balanceando éste en su diestra mano un agudo venablo, entraron en
la pieza inmediata a la del astrólogo.
-¿Con que está decidido? -dijo
Hernando- que vais a ver a ese astrólogo? -Citóme esta mañana Hernando -repuso
Macías-, y no ha mucho que le he visto en la cámara de Su Alteza.
-¡Plegue a Dios que no acabe el
judío de volverte el juicio, señor!
-¿Por qué, Hernando?
-Por el soto de Manzanares,
señor, que
otra vez le viniste a ver y nos
ha costado andar meses enteros perdiendo halcones en los montes de Calatrava,
que así sirven para los de Madrid como sirven los más de los perros del rey
Enrique para mi leal Brabonel.
-Así estaba escrito, Hernando; mi
negra estrella lo dispuso de esa suerte.
-Voto va, señor, que yo no tuve
nunca
más constelación que mi mano
derecha; y lo que sé decirte es que siempre está escrito que muera el venado
contra el cual disparo mi venablo.-¿Niegas tú, pues, la influencia de las
constelaciones?
-No niego nada, pesia mí; pero si
tienes enemigos, señor, y si quieres conjurarlos, ¿por qué no me dices:
Hernando, escatima el rastro de aquel oso que me incomoda? Mal año para
Hernando si antes de la luna nueva no habías
de poderte hacer una buena
zamarra con la piel de la bestia.
-Muchas veces, Hernando, conviene
cazar de otra manera. Puede más
el ingenio que la fuerza.
-Y qué, ¿no tiene ingenio un
montero?
No todo ha de ser tampoco dar
lanzada; pero maneras hay de cazar, si bien no se hicieron todas para monteros
de corazón. No gusto yo de ardides; pero por ti, válame Dios, que monteara yo
presto de todos modos. También yo estuve en tu tierra, allí en Galicia aprendí
la montería a buitrón, y más de un lobo he cogido al alzapié.
-Bien se trasluce, Hernando, que
se te alcanza más de ardides de montería que de intrigas de corte. Mira si
puedes esperar a mi salida, y dejemos para mejor coyuntura tus toscos lazos.
-Toscos, señor, pero seguros.
Aquí te
espero, y a la buena de Dios.
Quiera éste que no caigas tú en la hoya del adivino y salgas cazado pudiendo
cazar.
-No temas, Hernando, que en el
último apuro no ha de faltarme nunca una buena lanza, y eso es todo lo que
necesita un caballero. Entretanto, no tengo que temer del astrólogo, a quien
nunca hice mal, sino de mí mismo, y este peligro es el que vengo a prevenir,
que aquél prevenido está. -Como de esas veces sale la fiera de
donde menos se espera. El oso era
enemigo del hombre antes que el hombre supiera cazarle. Anda con Dios, señor,
mientras yo le quedo rogando que sea más feliz esta predicción del astrólogo
que la pasada.
Sentóse a un lado Hernando dichas
estas últimas palabras, y el
dudoso doncel entró en el laboratorio del judío, inquieto por sus propios
presentimientos, reforzados con las
palabras del montero y por el
objeto de su supersticiosa visita.
La luz que alumbraba la
habitación era
una lámpara de que sólo ardía un
mechero, y ése con pálido resplandor, porque el adivino no ignoraba cuán
favorable es a la osadía en el amor un débil reflejo que sirve de velo al pudor
y de capa al enamorado deseo. El doncel, por lo tanto, dirigió la vista a la
mesa a la que solía estar sentado trabajando el judío, y no vio a nadie. El
sitial, donde estaba la dama reclinada, caía del otro lado de la mesa, y el
aburrido caballero se creyó solo por consiguiente. -No está -dijo para sí-; le
esperaré.
No hacía mucho que se había
abandonado en un asiento a sus
melancólicas
imaginaciones, cuando le sacó de
su distracción
un ruido acompasado semejante al
que produce
el desigual aliento de una
persona que duerme
agitadamente. Miró a todos lados
y creyó que
su oído le engañaba, cuando un
profundísimo suspiro vino a confirmarle en su primera sospecha
-¿Quién hay aquí? -dijo
levantándose-, ¿quién? Alguien duerme en esta habitación. ¿Será que el judío,
rendido al poder del sueño?... Pero, Santo Dios, ¿qué veo? -añadió reparando en
la dormida, cuyo vestido se confundía en color con el fondo oscuro de los
muebles y de la habitación-. Una persona...: ella... ella es... La dama que
esta mañana... no hay duda. Yo te doy gracias, santo Dios, por esta ocasión que
me deparas propicio para averiguar lo que tanto anhelaba saber. ¡Oh! - añadió
acercándose con blando paso, temeroso de despertarla-. ¡Haced, Dios mío, que no
venga nadie ahora, nadie!
La postura que el abandono de su
letargo había hecho adoptar a la
dormida era tan elegante como puede serlo la de una
hermosa dormida: su ropa la
cubría enteramente; uno de sus pies adelantado indolentemente, y levantando el
extremo de su vestido, dejaba ver el toreando y ascendente contorno de una
pierna modelada por el deseo: no la hubiera hecho más perfecta la imaginación.
Reclinábase sobre la una mano su cabeza, y la otra, naturalmente caída, parecía
destinada a ser el objeto de la osadía de un amante arrodillado. Su extrema
blancura, que se destacaba del fondo negro del vestido sobre que descansaba, la
hacía semejante a esas pequeñas manchas de nieve que suelen verse todavía a
fines de la primavera, desde larga distancia, resaltando entre las quebradas de
una escarpada y oscura montaña. La agitación de su descanso marcaba a cada
sobrealiento la delicada forma de su seno, que se alzaba y deprimía como suelen
alzarse y deprimirse las leves ondas al blando impulso de la brisa
azotadora. Su aliento desigual
solevantaba de cuando en cuando el ligero antifaz de seda y dejaba descubierta
un instante la extremidad de su rostro, por la cual parecía poderse deducir
fundamentalmente la hermosura del resto que no se llegaba a ver; levantándose
alguna vez un poco más el antifaz, llegaba a descubrirse cerca de la boca la
huella de una fugitiva y vaga sonrisa; bien como un relámpago más prolongado
suele, en una noche tenebrosa, ofrecer por un instante a la vista del ansioso
espectador una porción del cielo que dejan a descubierto los intervalos de las
nubes o la lejana y suave superficie de un arroyo plateado. El doncel, cruzado
de brazos a su lado,
y sin atreverse a respirar ni
acercarse por no terminar él mismo con el más leve ruido la dicha de su
contemplación, esperaba el inmediato movimiento del antifaz, como si hubiese de
ir viendo cada vez más porción de
aquel tan deseado rostro, que la
importuna tela robaba a sus ansiosas miradas.
No era, sin embargo, el descanso
del
tierno objeto de su expectación
aquel que en la inmediación de la mañana tiñe en alegres imágenes la fantasía
de una bella; era el sueño fatídico de una horrible pesadilla producida por la
pena o por una bebida ponzoñosa y antinatural. Algún gemido se escapaba de
cuando en cuando del pecho oprimido; un ay oscuramente pronunciado moría al
nacer en sus trémulos labios, y la mano que pendía, moviéndose con dificultad,
parecía querer desviar de su dueño la fantástica figura que atormentaba sin
duda su intranquilo sueño. -Padece la infeliz, padece -dijo entre
dientes Macías-. ¡Ah! ¿Quién
puede ser sino ella? ¿Quién sino ella podría atar de esta manera mis acciones?
¿Quién producir este respeto y esta agitación que a un mismo tiempo
me dominan?
Un movimiento, en fin, más
marcado pareció anunciar que iba a despertarse -Dejadme, dejadme -dijo
confusamente-; huid. La muerte, la muerte...
-No -dijo Macías sin poderse
contener
por más tiempo-, no; la vida, la
vida a tu lado eternamente. ¿Quién se atreverá a ofenderte estando Macías a tu
lado?
Arrojóse entonces a sus pies, e
iba a
levantar con mano atrevida el
antifaz.
-Salgamos de una vez -exclamó- de
esta
penosa situación-. Recordó
entonces que en la
mañana del mismo día había
manifestado la
enlutada su deseo de no ser
conocida, y que él
la había empeñado su palabra de
no
descubrirla.
-¡Horrible tormento! -exclamó-;
pero respetaré tu voluntad, mujer cruel. Atrevióse entonces a llegar su mano a
la de la tapada, y
un fuego desconocido corrió por
sus venas.
-¡Dios mío! -gritó despertándose
la
dama, al sentir su mano oprimida
por la del
doncel-. ¿Dónde estoy? ¡Ah! ¿Qué
hacéis?
¡Abrahem! Pero, cielos, ¿qué veo?
¿Pierdo la
cabeza? ¿Quién sois? Soltad...
Guiomar,
Guiomar -añadió levantándose y
llamando a
una de sus dueñas que en la
antecámara la
esperaban.
-Callad, por Dios, callad
-exclamó Macías mirando a la puerta-. No llaméis a nadie; señora, ¿qué tenéis?
-¿Quién sois? ¡Ah! ¡Sois vos! ¿Me
engaña mi deseo?
-¿Tu deseo? ¿Has dicho tu deseo?
Repítelo otra vez, repítelo.
-No; no, caballero; no he dicho
mi deseo. Perdonad si... no sé lo que pronuncio; el sueño, la... Pero decidme
¿por qué estáis aquí? ¿Qué hacéis? Huid, huid, ahora que os conozco.
-¡Cruel! ¿Por qué?
-Soltad mi mano; soltadla, que no
es
vuestra...
-¡No es mía! ¡Mil rayos me
confundan! Perdonad si mi dolor... Pero ¿qué veo? Este anillo... ¡Santo Dios!
¡Ella es! ¡Ella es! ¿Quién sino ella pudiera tener este anillo? Es el mismo, le
conozco, es el mismo.
-¡Imprudente! -exclamó la dama
retirando y escondiendo
precipitadamente su
mano. -¡Elvira!
-¡Silencio!
-Vos sois, vos sois; no me lo
ocultéis por
más tiempo si no queréis que
muera a vuestros pies. -Y bien, yo soy -respondió la dama abalanzándose hacia
atrás para poner todo el espacio posible entre ella y el doncel-; yo soy,
puesto que fuera inútil negároslo por más tiempo. Y ¿qué queréis? ¿Qué exigís
de mí? -¿Qué exijo, señora, qué exijo? -preguntó
el doncel arrebatado de su loco
frenesí-. ¿Tengo derecho a exigir algo de vos?
-Huid, pues, y no turbéis por más
tiempo mi tranquilidad.
-¿Vuestra tranquilidad? Y la mía,
señora, ¿quién la turbó sino vos?
¿O no es nada por ventura mi tranquilidad? -¿Yo?
-¿Quién sino vos emponzoñó mi
existencia, antes feliz y
descuidada? ¿Quién sino vos me dijo: Macías, mírame y ama? -¿Yo?
-Vuestros ojos, vuestros ojos se
clavaron cien veces en los míos y bien claro lo dijeron. ¡Ah!, Elvira, yo he
aprendido bien a mi costa a leer en ellos.
-Santo Dios, ¿qué decís?
-¿Juzgáis, señora, por ventura,
que es
lícito mirar a un hombre y
elegirle con los ojos entre la multitud para abrasarle impunemente?
¿Creéis que no vale tanto un
hombre como una mujer? ¿Imaginasteis que su vida no es nada, que su existencia
es vuestra? Vuestra, sí, si la compráis; pero con una sola moneda, con la sola
moneda que la paga; ¡con amor! -Pero Macías, ¿deliráis?
-Sí, deliro, porque te veo,
porque te
hablo, porque esta era la
felicidad que anhelaba y que huía hace tres años. ¡Tres años, Elvira! Tú sabes
los días, los larguísimos días que encierran, cuando se pasan sin esperanza. He
huido yo también, pero no hay hombre más fuerte que su destino. Te amo, Elvira,
te adoro. Amame o mátame.
-Elegid, caballero, lo que
gustéis - exclamó Elvira fuera de sí y haciendo un esfuerzo sobrenatural-. ¡Vos
osáis ofenderme, vos abusáis de esa manera de mi loca confianza! ¿Quién os ha
dicho que os amé? ¿Olvidáis que no puedo ser vuestra nunca,
jamás? -¡Yo olvidarlo, señora!
¡Pluguiera al
cielo que me fuera dado
olvidarlo! ¿Quién más
dichoso entonces? Pero nunca creí
que vos
misma os complaceríais en
repetírmelo.
Añadidme ahora que amáis a ese
hidalgo
-¿Y si os lo dijera mentiría? Le
amo. .
-¡Silencio! El infierno, el
infierno se abre
en este momento ante mis ojos...
Necio de mí, que consumí una vida entera de amor en conquistar este
desengaño... pero, ¿qué veo? ¿Lloráis? Elvira, ¿lloráis? Nos entendemos; se
hablan nuestras almas a pesar de nosotros y de los obstáculos, confesadlo; es
imposible que no me améis. No se ama nunca con este amor que me abrasa para no
ser correspondido. Os comprendo. ¿Teméis? ¿Miráis a todas partes? Bien,
callaré, señora, callaré. Pero decidme os amo y nada más.
-Basta ya; ¡es imposible!
¿Paréceos que
la superchería que conmigo usáis,
y que este
encuentro, casual sin duda, en la
habitación del astrólogo, merecen de mi parte premio y galardón? Creedme, joven
imprudente, un mundo entero existe entre vos y entre mí; jamás le traspasaréis.
-¡Jamás!, ¡Dios míos!
-Y escuchad; si queréis evitar mi
odio, si
mi aprecio os interesa, jamás me
habléis de amor; os prohibo que os presentéis delante de mí, os prohibo que me
dirijáis trova ni canción alguna; os prohibo...
-Prohibidme el vivir, cruel, y
acabaréis más pronto -contestó el doncel con toda la amargura de la
desesperación. -Juradlo, Macías, juradlo si sois
caballero.
-¿Que jure yo no amarte? Jurad
vos no ser hermosa, jurad que vuestra voz no será dulce y penetrante, jurad que
vuestros ojos no me abrasarán en lo sucesivo y yo juraré
entonces...
-¡Silencio! Soy perdida. ¿No
sentís pasos? ¿No oís? ¡Abrahem, Abrahem! -Sí; pero esa puerta se cerrará...
-¿Qué hacéis? Teneos. ¿Queréis
hacerme delincuente cuando soy sólo desgraciada? -Señor Fernán Pérez -dijo a
este tiempo
la conocida voz del astrólogo en
la antecámara-, entrad en mi habitación y daré satisfacción a vuestras
preguntas.
-El es -exclamó Macías apretando
por
última vez la mano de Elvira, que
se desasió de él, y lanzando un ¡ay! agudo y penetrante, se dejó caer sobre el
sitial que detrás de si tenía. El lejano y repentino ruido de la
conocida tormenta no pone más
pavor en el corazón del asustado marinero que el que produjo en el pecho del
hidalgo la voz acongojada que en balde intentaba desconocer. -¡Santo cielo!
-gritó-; ¡esta voz es la suya!
-lanzóse en seguida en la
habitación como se abalanza el tigre al redil llamado por el tímido balido de
la inocente oveja.
Detúvole, empero, y acabó de
confundir
todas sus ideas la presencia del
doncel, que ya en pie, y echada la visera, parecía el ángel tutelar de la
enlutada, puesto allí delante de ella para defenderla de todo riesgo.
-Abrahem -dijo entonces vuelto
hacia el astrólogo-, ¿quién es esta enlutada? Fingía el judío hallarse en la
mayor agitación.
-Señor -le respondió por último-,
permitid que no descubra a nadie
este secreto
que se me ha encargado, y menos a
vos... -¿A mí?... Yo he de saberlo... Acercóse entonces resuelto, a la tapada,
con ánimo al parecer de descubrirla.
-¿Qué hacéis, hidalgo?...
-preguntó una
voz de trueno, deteniéndole al
mismo tiempo el
brazo del doncel.
Llegándose entonces el astrólogo
a la
dama, que se había arrojado de
rodillas como a implorar piedad ante el celoso marido, asióla de una mano, y
aprovechando el momento en que forcejeaba Hernán Pérez con el doncel, sacóla de
la cámara, diciéndola al oído precipitadamente:
-Me ha sido imposible evitarlo;
pero salvaos.-La he de seguir -exclamó el hidalgo. -No mientras esté yo aquí
-repuso el doncel-. Id, señora...
-¿Y con qué derecho?...
-Con el de la fuerza.
-¡Ah! os conozco, mis dudas se
desvanecen; ¿sois vos el doncel...? -Yo mismo. Sacad la espada... -¿Osado y
descortés? Sacadla.
-No en el alcázar -gritó el
astrólogo arrojándose entre los dos-. Imprudentes,
respetad mis canas. Macías, no
tenéis razón sino para envainar vuestro acero. Hidalgo, os deslumbra tal vez...
-¡Basta, pérfido astrólogo!
-gritó fuera de sí el irritado hidalgo-; ¡basta! Doncel, respetemos este lugar;
pero en otra parte tengo que hablaros: salgamos.
-Salgamos -repuso Macías echando
a andar tras el escudero-. ¡Tiempo hace que lo deseaba! -añadió en lo más
profundo de su corazón.-¡Oídme! -gritaba el astrólogo-. ¡Teneos! Pero de allí a
poco dejó de oír sus pasos precipitados. Mirando entonces hacia la puerta por
donde habían salido:
-¡Miserables -dijo cerrándola-,
os
preciáis de fuertes y de
entendidos y un torpe anciano juega con vosotros como con sus maniquíes!
-abriendo en seguida la comunicación que daba a la cámara de don Enrique, asió
de una lámpara y bajó silenciosa,
pero precipitadamente, la
escalera retorcida. Daba la luz en parte sólo de su rostro, merced a su mano
derecha, que interpuesta le defendía los ojos del resplandor. Sonaban sus
sandalias de escalón en escalón, y su larga ropa crujía barriendo el pavimento.
Parecía el genio del mal de aquel oscuro alcázar, que recorría sus más
recónditos rincones, buscando víctimas nuevas que sacrificar el día siguiente a
su insaciable furor.
CAPITULO VIGESIMOSEGUNDO
Cuando la noche cerró,
Ambos se fueron armare,
Cabalgaron a caballo,
Salieron de la ciudade,
Armados de todas armas
A guisa de peleare.
Rom. del marqués de Mantua.
Con feroz expresión de alegría
llegó Abenzarsal a noticiar al conde de Cangas y
Tineo el funesto resultado de su
bien
combinada intriga; gran parte
había tenido en
ella la casualidad; pero ni creyó
oportuno
declarárselo así al conde ni
acaso lo creería él
mismo. Regocijóse mucho don
Enrique de
Villena al principio de su
narración, pero fue
oscureciendo su rostro una nube
de
descontento cuando, llegando al
desenlace de
la escena referida en nuestro
anterior capítulo,
calculó que a la hora en que él
estaba
escuchando tranquilamente de boca
del
empedernido viejo la horrible
maquinación,
ésta podría estar costándole la
vida a uno de los
dos combatientes, pues no era
difícil inferir que
a pelear y no a otra cosa habían
salido en
aquella forma y a aquellas horas
del alcázar el
amoscado hidalgo y el impetuoso
caballero.
Parecióle de veras mal que pasase
la burla tan
adelante. Cuando había admitido
para este
asunto los auxilios del astrólogo
judiciario o se
había lisonjeado de que éste
Conseguiría colocar las cosas en cierto punto del cual no pasasen, y que
bastase, sin embargo, para poner fuera de combate a sus enemigos; o lo que es
más probable, no se había tomado el trabajo de reflexionar suficientemente que
:las pasiones no se manejan con la mano, y que el tino ha de estar en ver cómo
se ha de soltar el león de la jaula, porque una vez suelto, ni hay retroceder
ni hay calcular dónde y cómo habrá de parar el estrago. Como todos los hombres
débiles y faltos de energía, había procurado ahogar en un principio los latidos
de su conciencia, si se nos permite esta atrevida metáfora. En balde trató el
viejo redomado de tranquilizar su espíritu y embotar sus remordimientos
presentándole el caso menos arriesgado de lo que era y debía ser realmente; en
balde le citó mil ejemplos de desafíos empezados y no concluidos, y enumeró
infinidad de ellos terminados al
llegar al campo por miedo de uno o de los dos adversarios, o por cualquiera
extraña casualidad sobrevenida, o llevados a cabo, en fin, a costa sólo de
algunas heridas de poca importancia y gravedad. Para haber cedido a la
insinuante persuasión del físico era preciso no haber conocido el pundonoroso
espíritu del hidalgo, y haber ignorado completamente la fibra irritable y la
arrojada decisión del doncel. Luchaba el conde con mortales angustias entre el
deseo de ver perdido al doncel y el temor de que quedase envuelto en su ruina
su fiel escudero, cuyos leales servicios y cuya probidad, sólo cariño y respeto
le podían merecer. Si hubiera sido posible que por una causa ajena enteramente
de él hubiera desaparecido Macías y callado para siempre la importuna honradez
del hidalgo, hubiérase alegrado tal vez, pero la idea de que iba a recaer sobre
su cabeza la sangre de un
semejante suyo, no era bastante
malvado para arrostrarla. ¡Estado infeliz del hombre que ni puede llamarse
bueno ni malo completamente, en cuyo corazón domina todavía el conocimiento de
lo primero, sin el suficiente vigor para desechar lo segundo! El tiempo,
entretanto, corría, y era forzoso decidirse presto. -Abenzarsal -dijo por fin
Villena con la violencia que se hace el enfermo para pasar de un trago la
amarga medicina a que ha de deber mal su grado su salud-, Abenzarsal, me habéis
perdido. Nada habéis hecho por mí si muere alguno. Corramos a evitar una
catástrofe. ¡Ay de nosotros si llegamos tarde! No os mandé yo tanto -¿Qué
dices, señor? -repuso asombrado el astrólogo, que contaba todavía con la
indecisión del conde y con su propia elocuencia para acabarle de determinar-.
¿Pretender lograr tus planes con semejante cobardía? ¿Nada quieres sacrificar?
Nada, pues, lograrás. El
entendido maestro corta un brazo
para salvar los demás miembros. Los términos medios nada remedian. Dejémosles
correr su suerte. Si su constelación, por otra parte, es morir, ¿qué poder
tendremos para contrastar los astros? -¡Los astros!, ¡los astros! Acostumbrado
a ese pérfido lenguaje, queréis
deslumbraros a vos mismo. Si uno de ellos está pereciendo en este instante,
¿qué astro sino vuestra intriga les habrá perdido?
-Eso querrá decir, don Enrique,
que su constelación era que les perdiese mi intriga. -Basta, Abenzarsal -gritó
Villena
mirando al reloj-. Cada grano de
menuda arena que veis caer en la parte inferior de esa vasija es una gota de
sangre tal vez, y no encierran tantas gotas las venas de ningún hombre como
granos contiene ese arenero. Abenzarsal yo quiero que su constelación no ordene
su muerte; venid conmigo...
-¿Adónde? ¿Quién es capaz de
adivinar dónde han dirigido sus pasos en medio de las tinieblas de la noche,
dos locos, que...? -Locos, sí, locos; pero hombres, en fin,
que cuerdos o locos no tienen más
que una vida, y ésa la perderán si les dejamos.
-¿Y bien? ¿Serán los primeros que
hayan muerto víctimas de su necedad? ¿Soy yo, por ventura, quien les ha
persuadido de que vale tanto una hermosura pasajera como la vida del hombre? Si
no han aprendido a conocer a la mujer, ¿será nuestra la culpa de su muerte?
¡Insensatos! Los que consienten en morir por un ser pérfido no merecen que dé
nadie dos pasos para salvarles la vida. ¿Serán por ventura más felices cuando
la conserven para vivir esclavos y fascinados por el loco capricho de un sexo
envenenador, para creer gozar en una falsa sonrisa, para llorar lágrimas de
sangre ante un injusto desdén? Su muerte será acaso su
felicidad.
-¡Sofisma, Abenzarsal, bárbaro
sofisma!
-Es decir, pues -replicó el
viejo, batido
en sus últimos
atrincheramientos-, es decir...
-Es decir, viejo insaciable, que
no
consiento réplicas. ¿Cuánto oro
necesitas para ceder? ¿En cuánto aprecias la vida de dos hombres?
-Si por eso lo decís, en nada. De
balde les salvaré.
-Tomad, sin embargo -repuso
Villena arrojándole otro bolsón parecido al que poco antes le había dado-,
tomad y acallad con oro vuestra conciencia, si es que os remuerde de obrar bien
alguna vez. Vamos de aquí. ¡Quiera el cielo oír mis votos! Aseguraremos sus
vidas, y no nos faltarán medios después para deshacernos de ellos de un modo
menos culpable.
Al decir esto asió del brazo al
astrólogo,
que obedeció de mala gana a la
violencia que se le hacía.-¡He aquí el hombre! -salió diciendo entre dientes
detrás de Villena, que a pasos precipitados se lanzó fuera del aposento-.
Inventa recursos, Abenzarsal -añadió hablando consigo mismo-, imagina arbitrios
para engrandecer a un ser débil y de carácter indeciso, y él mismo derribará la
obra que hayas edificado. ¡Remordimientos, remordimientos dos hombres! Sin
embargo, si mueren por una hermosa, la hermosa al saber su muerte, la colgará
como trofeo en el altar de sus conquistas, y volverá los ojos a emponzoñar
tranquilamente con sus nuevas sonrisas y desdenes la existencia de un tercero.
¡Y nosotros, entretanto, con remordimientos! Mientras esto pasaba en la cámara
de
don Enrique de Villena, caminaban
hacia el soto de Manzanares con el mayor silencio nuestros dos competidores. El
hidalgo, al salir
por la puerta del cubo de la
Almudena, se había vuelto a Macías, que le seguía con la indiferencia y
serenidad de un hombre que nada espera y que está por consiguiente dispuesto a
todo, y le había dicho: ¡Error! No se
encuentra el origen de la
referencia. Al decir estas palabras, que fueron sin duda oídas, aunque no
contestadas, hizo un ademán con la mano dando a entender que debían seguir
algún trecho más adelante, camino de la casa de El Pardo que a la sazón edificaba
don Enrique el Doliente en medio del famoso soto. Macías manifestó su
asentimiento a tal proposición, siguiéndole a pocos pasos. Así anduvieron largo
trecho, conservando siempre entre sí igual distancia y el mismo silencio;
parecían en medio de la oscuridad dos troncos cortados a igual altura, que
movidos de impulso extraordinario, se trasladaban a otro punto, por entre sus
muchos lozanos
compañeros, que desafiaban a las
nubes con sus altas copas, por cuyas ramas pasaba, agitándolas y susurrando
tristemente, el viento de las vecinas sierras. Por fin, llegaron a una especie
de plazoleta formada por los leñadores, que habían hecho su carga en aquel
paraje derribando algunos arbustos y matorrales. Paróse al entrar en ella el
hidalgo, miró en derredor, y dando con el pie en el suelo y desembozando su
corto capotillo, -. Imitó el doncel su acción, y desenvainando su espada
sosegadamente, esperó a que le acometiera su contrario con resuelto continente.
Desenvainó la suya también el escudero, pero antes de proceder al combate cruel
que les esperaba: -No creo inútil -dijo al doncel- que
fijemos los pactos de nuestro
duelo. En primer lugar deseo preguntaros si tenéis noticia de una música que se
dio no hace muchas noches al pie de la ventana de mi señora la condesa de
Cangas y Tineo.
-Sí -contestó Macías secamente-.
Defendeos.
-Esperad. ¿Y sabéis quién era el
músico?
-No me creo obligado a
contestaros -
repuso Macías en el mismo tono,
volviendo a
hacer ademán de dar principio al
combate.
-¿Y queréis decirme quién era la
dama
enlutada que acusó esta mañana en
pública
corte a mi señor el conde?
-Los mismos datos tenéis para
conocerla
que yo.-¿Qué motivos tuvisteis
para abrazar su defensa?
-Los que creí justos.
-¿Cómo os he encontrado solo con
ella
en el laboratorio del judío?
¿Sabéis que soy su esposo?-He dicho una vez por todas que no me creo obligado a
responderos. No acostumbro a sufrir interrogatorios.
-No me podréis negar que una
entrevista de esa especie supone
relaciones que mi honor...
-Vuestro honor está ileso.
Vuestra
esposa, inocente.
-Probádmelo.
-Con la punta de mi espada, al
momento.
-¿No tenéis, pues, otras pruebas?
-Para hablar, hidalgo, no
necesitábamos
habernos apartado tanto de
Madrid.
-Decís bien -repuso el hidalgo,
en quien
la ira crecía más y más en el
corazón con cada respuesta del arrogante mancebo-: vengamos, pues, a los pactos
de nuestro duelo. El que venza...-El que venza -dijo Macías irritado ya por la
tardanza- enterrará al otro, o lo dejará, si le parece mejor, para pasto de los
cuervos de Castilla.-Si le venciese, empero, sin matarle, podrá imponerle...
-Os prevengo, hidalgo, que no me
venceréis sino matándome. Por lo
demás, recordad que no estáis armado caballero, y cuando me sujeto a reñir con
vos, no puede haber pacto por consiguiente entre nosotros. -No estoy armado,
pero soy hidalgo. Por
no haberla recibido no desconozco
la orden de
caballería...
-Probadlo, pues.
Bien vio el hidalgo que en balde
intentaría obtener de su adversario más amplias explicaciones. Meditó un
momento buscando en su imaginación algún medio que pudiera hacerle conocer si
era realmente tan culpada su esposa como él lo había imaginado o si habría
procedido de ligero; pero no hallando ninguno, y temiendo, por fin, que sus
dilaciones diesen motivo al doncel para dudar de su valor, púsose en actitud de
acometer sin proferir más palabras, y dentro de pocos instantes sonaban ya las
espadas cruzándose
con desapacible y temeroso ruido.
La oscuridad no permitía una defensa tan hábil como la exigía la seguridad de
cada uno; pero en cambio podemos decir que realmente entrambos a dos tiraban
más bien a ofender al contrario que a resguardar su propia vida del
contrapuesto acero. Por otra parte, los dos manejaban las armas y las conocían
perfectamente.
Imposible nos fuera enumerar y
describir los golpes que se
tiraron y las heridas que recibieron: nada dicen de esto las leyendas. Lo único
que podemos asegurar, como si lo hubiéramos visto, es que a poco rato de
encarnizada refriega, se hallaba ya tinto el suelo en más de un paraje con la
roja sangre de los combatientes. Ni una palabra se oía; ni una exclamación
involuntaria que exhalara alguno al sentirse herido o al conocer que su
estocada había dado en el cuerpo del contrario; y el
aullido de algún lobo, que al
ruido del hierro huía precipitadamente todo espantado del sitio del combate,
era el único rumor que en gran trecho a la redonda se percibía.
De allí a poco, parándose de
pronto el doncel y clavando en tierra la punta de su espada:-Hidalgo -dijo en
voz baja-, teneos; ¿no habéis oído algo?
-Nada -respondió el hidalgo,
cesando de pronto en el acometer.
-Imaginé haber oído pies de
caballos en
el camino inmediato, y aun si mi
oído no me engaña, pasos de alguna persona entre esos espesos matorrales.
-Alguna fiera que busca su
guarida.
¿Estáis cansado?
-De vivir y de que me resistáis.
Espero que no podré temer una emboscada ni... -¿Qué decís? ¿No hemos salido
juntos?
-Perdonad.
-¿Estáis herido?
-No -contestó Macías con voz que
reprimía el dolor, tal vez, de los golpes recibidos-. No es vuestra la herida
que me duele. -Ahora creo yo oír gente -dijo a su vez Fernán-; sintiera que nos
interrumpiesen. -¿Interrumpir, hidalgo? ¡Ea!, acabemos
de una vez. A buen tiempo llegan;
enterrarán al vencido.-Acabemos -respondió Fernán.
Y volvieron con nuevo furor al
interrumpido combate, no ya como hasta entonces batiéndose según las reglas de
la caballería, y atacando y respondiendo. Alzadas
a un tiempo mismo las espadas,
descargábanlas simultáneamente, sin cuidar más de la defensa que si tuvieran
dos vidas. Iban a acabarse muy presto uno a otro, pues que si bien Macías
llevaba indudablemente ventaja en el manejo de las armas, la oscuridad y su
rabia no le permitían usar de ella, y el hidalgo reñía con
celos. La casualidad, empero
quiso que Hernán Pérez, al arrojarse sobre su adversario pusiese el pie en un
paraje del suelo humedecido con la sangre que ambos habían perdido, y por tanto
resbaladizo; no bien le había sentado, cuando el mismo impulso que su cuerpo
llevaba le hizo venir a tierra a los pies del enfurecido doncel. Vencedor ya
éste, dirigió la punta de su espada al rostro del caído.
-¡Sois muerto! -le gritó; pero al
mismo tiempo una mano, más fuerte que las manos unidas de diez hombres, asiendo
del brazo del vencedor, no sólo le detuvo en su mortífero intento, sino que
levantándole en el aire, le apartó largo trecho del sitio de la pendencia, con
la misma facilidad que lleva el viento un ligero copo de nieve de una parte a
otra. No volvía el doncel de su aturdimiento, ni acababa de entender el caído
hidalgo cómo le duraba la vida todavía.
Oyóse al mismo tiempo gran ruido
de caballos que se abrían paso por entre la espesura de la selva.
-¡Aquí están -decían unos a
otros-, aquí!
Llegándose en seguida dos de los
jinetes, que para alumbrarse
traían teas en la mano, al que en el suelo yacía, y no debía de estar muy bien
parado según lo indicaba su extrema palidez; probó a levantarse al sentir sobre
sí aquella máquina de gentes extrañas, pero inútilmente; el terrible golpe que
acababa de llevar, cayendo cuan largo era, había abierto más sus heridas, y así
permaneció en tierra, esperando en silencio el desenlace de aquella
extraordinaria interrupción. Macías, en tanto, buscaba con los ojos, por todo
lo que alcanzaba a ver a la luz de las teas, al atrevido que había osado
apartarle de aquel modo, tan incivil como peregrino, de su ya conseguida
victoria; pero en cuanto los de las teas hubieron
reconocido al hidalgo y a su
contrario, matando las luces de repente:
-El caído es Fernán Pérez -dijo
el que parecía principal de ellos-; el otro el doncel. Y no bien hubo acabado
estas palabras, cuando precipitáronse tres jinetes sobre el doncel, que se
dirigía ya hacia ellos con el objeto de reconocer qué gente fuese, desenvainaron
las espadas y comenzaron a acometerle todos a una con la ventaja de los
caballos y con la de gente no cansada ya como él de pelear. Amparó Macías en
tan inminente peligro sus espaldas del tronco de un árbol, y defendíase como un
león acosado a la puerta de su caverna por una manada de hambrientos lobos.
-Date -le gritó uno de los tres-; no queremos tu vida, sino tu persona.
-Jamás, cobardes -les gritó
Macías defendiéndose con bizarría, y a los primeros golpes acertó a dejar a uno
desmontado,
hiriéndole peligrosamente el
caballo. Los compañeros, que vieron tan indeciso el combate, acudieron en
número de otros tres al auxilio; y era evidente que Macías no hubiera podido
resistir mucho tiempo a lucha tan desigual.
-Date -repitió el mismo que había
hablado al ver llegar el
socorro-, date o eres...
No pudo acabar la frase, porque
dio
consigo en tierra desde el
caballo, con no poca admiración del doncel, que entretenido con otro, no había
podido ofender al que hablaba. Igual suerte tuvo de allí a un momento el que
más acosaba a Macías.
-¡Mueren por sí solos mis
enemigos! - exclamó Macías-. Villanos -prosiguió cobrando ánimo con la
invisible protección que el cielo le daba-, rendíos, y decid quién sois, y qué
intento os ha traído. Si sois salteadores... -¡Muera! -dijo uno de los tres que
le
quedaban acometiendo-. ¡Muera! Yo
daré
cuenta de su muerte. El ha muerto
a tres de los
nuestros. Abalanzóse sobre él
Macías, pero
antes que su espada hubiese
llegado a tocarle-:
¡Cielos!, ¡soy muerto! -y cayó
cuan largo era.
Al oír esta exclamación tan
inesperada,
llenos de terror sus compañeros,
dieron a correr
gritando:
-¡Es hechicero! ¡Es hechicero!
¡El diablo le defiende!
Arrojóse tras ellos Macías, pero
conoció que sería vano intento querer alcanzarlos; detúvole en aquel punto la
misma mano que parecía haberle salvado aquel día de tantos peligros.
-¿Quién eres? -iba a decir Macías
a su invisible protector, cuando una voz ronca que parecía hablar sola en medio
de las tinieblas, dijo con reposado continente:
-¡Voto va! dejad ese venado, que
ni
sirven esas piezas para yantar,
ni menos para vestir. El montero de ley no ha de cazar nunca raposas, cuando
puede cazar venado más noble. -¡Cielos! -exclamó Macías-; ¿eres tú, Hernando?
¿Es a ti a quien debo esta noche la existencia acaso?...
-¡Por Santiago! Yo creí que ya
sabía mi
amo el doncel Macías que donde
está la fiera
allí está Hernando.
-¡Hernando!
-exclamó Macías
arrojándose en sus brazos.
-Vaya, dejemos eso. Si esta noche
me debéis la vida yo os la estoy debiendo todo el año, pues me mantenéis. ¡Voto
va!, ¿y qué pieza era ésa que estaba ahí tendida?
-Hernando, me recuerdas mi deber;
busquemos a ese desgraciado. Está vencido y debemos dar treguas al rencor.
Pusiéronse a buscar en seguida al
hidalgo, pero inútilmente.
-¡Esta es buena! -dijo Hernando-.
Los
pícaros lo han llevado. ¡Bella
presa! ¿No dije yo, señor, que no podía salir nada bueno de ese astrólogo? A mí
líbreme Dios de hombre que no caza. En su vida ha cogido un venablo.
-¡Ea! Hernando, esas reflexiones
son para otro lugar; puesto que el hidalgo no parece y que nosotros cumplimos
ya con nuestro deber, partamos. Necesito curar mis heridas...
-¿También eso? Vamos, señor;
¡vive
Dios! Hernando quiere que lo
manteen a él si vuelve a suceder, mientras estemos en esta maldita corte, que
se separe un punto de su amo y señor.
Concluida esta imprecación,
hicieron
otro rebusco por si a una parte u
otra podrían encontrar vivo o muerto al escudero. Y yendo apoyado Macías en su
fiel montero, por el dolor
que empezaban a causarle las
heridas, tomaron en seguida el camino de Madrid, por el cual ningún vestigio
habían dejado los de los caballos, si es que por él habían pasado. CAPITULO
VIGESIMOTERCERO
¿Qué mal tenéis, caballero?
¿Queredes me lo contare?
¿Tenéis feridas de muerte?
¿O tenéis otro algún male?
-Hame ferido Carloto,
Su fijo del emperante
Porque él requirió de amores
A mi esposa con maldade.
Porque no le dio su amor
Al en mí se fue a vengare.
Pensando que por mi muerte
Con ella había de casare.
Rom. del marqués de Mantua y
Valdovinos.
Cuando Elvira fue sacada de la
mano
por el astrólogo de su cámara, a
la inesperada entrada de Fernán Pérez de Vadillo, apenas tuvo tiempo aquél de
indicarla que habiendo informado ya a Su Alteza de sus circunstancias, la daba
éste licencia para restituirse a su habitación tranquilamente hasta el día en
que, realizándose el combate, hubiese de concurrir a sostener en el juicio de
Dios su acusación, por medio de sus pruebas o del esfuerzo del caballero que
había escogido por campeón. Pero por una parte, ella esperaba ya este
resultado, y por otra el sobresalto en aquel primer momento no podía dar lugar
a la reflexión; así que, huir debió ser su primer cuidado. En realidad, ninguna
de las acciones de Elvira era culpable; por un exceso de amistad poco común, y
animada del espíritu caballeresco y reparador de agravios que se dejaba sentir
tan generalmente en aquella época, se había lanzado a un acto de
generosidad que nadie podía
reprocharle con razón fundada. Conociendo que no podía vengar a la condesa, o
descubrir su suerte y paradero, sin ofender al conde, de quien al fin era
escudero su esposo, un principio de delicadeza le había inspirado la idea de
ocultarse, a lo cual se había añadido otra importante consideración: no conocía
en la corte de don Enrique caballero tan valiente ni generoso como Macías a
quien dirigirse para que amparase su debilidad contra el enemigo que iba a
granjearse; pero era demasiado perspicaz para no conocer cuán falsa era la
posición en que estaban uno respecto de otro, y demasiado virtuosa para no
tratar de huir de toda ocasión en que pudiese aventurar aquél verbalmente una
declaración que ya tantas veces le habían hecho sus ojos con elocuente
silencio. En este asunto no había, pues, en sus acciones otro delito ostensible
contra su esposo,
sino aquella especie de reserva
que con él había guardado; reserva tanto más disculpable, cuanto que a no haber
sido por la intriga del astrólogo, enteramente independiente de Elvira, y que
no podía por consiguiente haber entrado en sus planes, le hubiera salido a
medida de su deseo, puesto que sólo se hubiera sabido que era ella la
acusadora, del modo que sabemos haber estado en un baile de máscaras una
persona a quien creemos haber conocido, pero que no se descubrió nunca en él y
que niega constantemente su asistencia; lo cual no es saber las cosas, sino
dudarlas. El que su esposo la hubiese encontrado sola con el doncel en el
laboratorio del químico, ella sabía, y el lector sabe perfectamente, que no
podía ser argumento contra ella.
Pero el lector sabía acaso una
cosa que Elvira no sabía por lo visto, o que no había reflexionado bastante, y
es que no hay posición
más falsa que aquella en que se
pone una persona al guardar secretos para otra que tiene derecho a exigir una
total franqueza. El misterio hace aparecer culpables las cosas más inocentes, y
por otra parte es fuerza confesar que si las acciones de Elvira no eran
culpables, acaso no podía ella decir otro tanto de sus pensamientos, por más
que procurase sofocarlos de continuo; y cuando nosotros mismos nos reconocemos
culpados, de nada sirve para nuestra tranquilidad que nos tenga el mundo por
inocentes. Si sólo hubiera abrigado Elvira indiferencia con respecto a Macías,
no se hubiera creído perdida al ver entrar a Vadillo; de lo cual es forzoso
inferir: primero, que Elvira huyó de sí misma, creyendo huir de su esposo; y
segundo, que para ser malo es preciso serlo del todo; una mujer menos virtuosa
que Elvira, en todo este desgraciado asunto no hubiera comprometido ella misma
su seguridad,
porque hubiera calculado más y
dominado mejor sus emociones.
Su primer pensamiento fue huir
sin saber adónde; pero a poca distancia del aposento de Abenzarsal ofreciéronse
a su imaginación las reflexiones todas que hubieran debido ocurrírsele un
momento antes: era inocente; declararía a su esposo francamente su posición, y
esta franqueza la granjearía más y más su aprecio. ¿Y adónde podría dirigir sus
pasos sino a su habitación? Cualquiera otro partido hubiera sido indisculpable.
Llena de la idea de que en último resultado nada podía echársele en cara, pues
que había sabido resistir a las seductoras palabras del doncel y nada había en
su conducta verdaderamente reprensible, dirigióse a su departamento, no sin
luchar algún tanto, y aunque a su pesar desventajosamente, con el recuerdo
perseguidor del diálogo que acababa de tener
con un hombre más peligroso de lo
que ella pensaba para su tranquilidad. Habíanla seguido sus dueñas, inquietas
al notar su zozobra e indecisión.
Quitáronla el manto en cuanto
llegó y el antifaz, y pudo entregarse ya más libremente a reflexionar sobre su
verdadera posición.
La primera idea que entonces le
ocurrió fue el riesgo de un próximo rompimiento en que había dejado a Macías y
a su esposo. Segura, empero, e ignorante, al mismo tiempo, de las sospechas y
recelos que le atormentaban de algún tiempo a aquella parte, no creyó que lo
ocurrido pudiese ser motivo suficiente para comprometer su existencia; a lo
cual se agrega la reflexión de que a aquellas horas y en aquel sitio tan
inmediato a la cámara de Su Alteza, no era posible que se enredasen de palabras
hasta el punto de realizar sus temores; y para el otro día se prometía haber
desvanecido ya todo
género de duda en el corazón de
Vadillo con respecto a su conducta, porque en esta materia las mujeres suelen
contar siempre demasiado con los recursos que concedió el cielo a su sexo,
naturalmente fascinador y artificioso. Más serena con estas reflexiones, esperó
la llegada de su esposo con toda
tranquilidad que en su posición cabía, si bien sin hacer caso de las continuas
interrupciones con que el pajecillo cortaba de cuando en cuando el hilo de su
meditación. Viendo éste, por fin, que eran inútiles cuantos recursos empleaba
para distraer a la melancólica Elvira, y que tampoco estaba ésta por entonces
de humor de descargar en su pecho el peso de sus secretos, decidióse a guardar
silencio, esperando otra ocasión más propicia de averiguar las penas que debían
de afligir a su hermosa prima. Retiróse con mal humor a un rincón de la pieza
por ver si le llamaba al cabo de un rato de desvío; pero no
habiendo surtido tampoco efecto
alguno este inocente arbitrio, quedóse al cabo de un rato profundamente
dormido, con aquel sueño que tan fácilmente se toma como se deja en aquella
feliz edad de la vida que nuestro paje alcanzaba.
Mucho tardó en llegar el momento
tan deseado y temido, al mismo tiempo, de Elvira; pero cuando, por fin, después
de horas enteras de ansiosa expectativa, vio a su esposo, ¡cuán distinto le vio
de lo que esperaba! Abrióse la puerta de la cámara, y lo primero que se ofreció
a la vista de Elvira fue Fernán, llevado en brazos de dos siervos del conde de
Cangas y Tineo. Apenas creía a sus ojos; pero cuando no pudo rechazar por más
tiempo la horrible realidad, arrojóse hacia él exhalando un ¡ay! que salía de lo
más hondo de su corazón y que hizo abrir al herido los ojos lánguidamente, si
bien volvieron a cerrarse casi en el mismo
instante.-¡Vive, vive! -exclamó
la desdichada esposa reparando su movimiento, y llegando sus labios a los suyos
para reanimar su amortiguada vida.
Dirigió en seguida a los que le
traían mil preguntas, que se sucedían tan rápidamente unas a otras, que apenas
dejaban entre sí espacio para las respuestas.
-¡Dios mío! ¡Dios mío! -exclamó
medio informada ya de lo ocurrido-. ¡Fernán Pérez! ¡Querido esposo!
-estrechábale en sus brazos, regaba el pálido rostro de Vadillo con sus
ardientes lágrimas, cogía una de las manos del herido entre las suyas, acercaba
éstas otra vez a su corazón por ver si palpitaba todavía... En una palabra, en
aquel momento Macías entero había desaparecido de su imaginación; su esposo,
herido, bañado en su sangre, moribundo, acaso por su imprudencia, la ocupaba
toda. Toda lucha había desaparecido,
y el más débil, el más
necesitado, triunfaba entonces en su corazón de mujer. Dejémosla entregada a su
acerbo dolor y al tierno cuidado del doliente hidalgo; otros personajes de
nuestra historia reclamaban por ahora nuestra atención. Con respecto al caballero,
no había salido tan mal parado de la refriega, pero no dejaban de reclamar sus
heridas algún cuidado. Apoyado en el brazo de su tosco montero, llegó a las
puertas de Madrid y del alcázar poco después que su adversario. Introducido en
su cuarto, salió Hernando inmediatamente a buscar un maestro en el arte de
curar, como se llamaba entonces generalmente a esos seres de suyo carniceros
que llamamos en el día cirujanos, el cual maestro declaró que ninguna de sus
heridas era mortal con tanta seguridad y un tono tan decisivo, como si él
efectivamente lo supiera. Aplicóle las yerbas que más convenientes le
hubieron de parecer, y por esta
vez hubiera sido notoria injusticia dudar un solo momento de su ciencia.
Corrióse por la Corte al punto que el doncel favorito de Su Alteza, a quien
nadie conocía en lo distraído de su vuelta de Calatrava, había tenido un duelo
singular en el soto de Manzanares, de cuyas resultas debía guardar el lecho por
algunos días. Y en atención a que el escudero de don Enrique de Villena había
necesitado también los auxilios del arte, y se hallaba igualmente en cama, no
se dudó un momento que hubiese sido entre los dos el ruidoso duelo. Ahora bien:
sabido esto, no era dificil que la pública maledicencia añadiese alguna
particularidad notable a las circunstancias de la desavenencia y que tratase de
hallar el verdadero motivo de ella.
Algunos de los enemigos del conde
de Cangas no necesitaron más que asegurar que éste, cuya natural prudencia era
pública,
tratando de evitar la necesidad,
siempre desagradable, de responder a la acusación intentada contra él, y
sostenida por el doncel, había determinado a su escudero a acometer a aquél,
acompañado de otros varios, una tarde que había salido a halconear por el soto
de Manzanares; relación a que daba bastante verosimilitud la circunstancia de
haber vuelto Fernán en brazos de algunos siervos del de Villena. Otros, sin
embargo, de los amigos de Macías que habían notado su singular aislamiento, su
profunda tristeza y que habían creído interceptar en varias ocasiones algunas
miradas de rencor dirigidas por el doncel a Vadillo, y que recordaban con este
motivo una serenata dada cierta noche a los pies de la habitación de la
condesa, no se sabía por quién, tuvieron lo bastante para decir que el doncel
había puesto los ojos en cierta dama, cosa que no le había parecido bien, según
ellos, al
hidalgo, que aunque no era
caballero, era marido, y según malas lenguas un si es no es celoso A esta
versión daba algún peso tal cual sonrisa maligna que el judío Abenzarsal había
dejado escapar en algunos corrillos de la corte, donde se había referido el
duelo singular. El propalar estas especies no era, en verdad, servir
amistosamente la pasión de Macías ni hacer gran favor a la buena opinión y fama
de Elvira; pero hay autores que aseguran que la amistad no excluye la envidia,
de donde infieren que las conversaciones de los amigos no son siempre las más
favorables. Nosotros, que estamos lejos de participar en esta opinión
arriesgada, creemos más bien que algún amigo de Macías sospechó aquella
explicación como la más satisfactoria y natural sobre el lance ocurrido; éste,
en confianza, comunicaría su idea a algún otro amigo, quien la trasladaría a
otro bajo la misma fe del secreto, de cuyo modo fue
corriendo la noticia; y como
nosotros somos defensores acérrimos de los amigos, en los cuales creemos como
en nuestra salvación, nos atrevemos a asegurar que al repetirse sus conjeturas
de boca en boca, siempre irían acompañadas de aquellas expresiones cariñosas
tales como: «Pobre Macías! ¿Sabéis que el desafio fue por Elvira? ¿Qué decís?
Sí, no lo digáis; pero es indudable, está perdido de amores por ella, y es
lástima, ciertamente», y otras semejantes que descubren a cien leguas la más
pura amistad hacia el objeto de tales conversaciones.
Lo cierto es que esas voces
corrieron, y como fieles historiadores, nos creemos obligados a asegurar,
porque lo sabemos de buena tinta, que ni Macías ni el hidalgo pudieron dar
lugar a ellas. Aquél estaba harto interesado en guardar el más riguroso silencio
sobre punto tan delicado, y a éste no podía
convenirle en manera alguna poner
en claro la causa verdadera del desafío, pues tan de cerca tocaba al honor de
su esposa. El mismo Enrique
III tentó más de una vez el vado con Macías, usando de las
expresiones más afectuosas; pero nunca pudo recabar nada de él, y otro tanto
sucedió con el hidalgo, a quien quiso arrancar el conde de Cangas y Tineo la
confesión de aquello mismo que él sabia va demasiado bien por el astrólogo
judiciario.
Por lo que hace a éste y al
ilustre colaborador de su funesta intriga, ya habrá conocido el lector que,
después de los escrúpulos que habían atormentado, como arriba dejamos dicho, al
indeciso conde, habían salido ambos con varios criados en busca de los
desafiados, con el intento de salvar al escudero del peligro que le amenazaba
peleando con tan acreditado caballero como era Macías, y de hacer desaparecer a
éste de la Corte,
apoderándose de su persona, como
en aquellos tiempos solían practicarlo los poderosos con los débiles, y
encerrándole después en alguno de los castillos del conde, desde donde no
hubiera podido volver a oponer obstáculos en su vida a los planes del nigromántico,
como le llamaba el vulgo justa o injustamente.
Si este proyecto se había
malogrado, no había sido en verdad por culpa del intrigante maestre, ni de su
servicial consejero, sino merced al valor de Macías y a la desconfianza,
penetración y fuerza sobrenatural del montero Hernando, quien, luego que había
visto salir en aquella forma a su señor y al escudero, no había dudado un solo
momento en seguir sus pasos a lo lejos y en espiar todas sus acciones, como el
lector ha visto en nuestro capitulo anterior. Apenas había podido distinguir en
medio de la oscuridad cuál de los dos combatientes era su señor, pero luego que
notó
que uno de ellos había caído,
creyó que en todo caso lo más seguro era separarlos, y sólo al asir del que era
realmente su amo, le había conocido.
No sabemos si era su intención
favorecer, como favoreció, a su
enemigo, pero lo que no se puede dudar es que sin su destreza en herir a los
servidores del conde con los venablos arrojadizos de que se había provisto
antes de salir del alcázar, acaso se hubiera terminado nuestra historia mucho
antes de lo que nosotros mismos deseamos, y de lo que quisiéramos que desearan
también nuestros lectores.
CAPITULO VIGESIMOCUARTO
Todo le parece poco
Respecto de aquel agravio;
Al cielo pide justicia,
A la tierra pide campo,
Al viejo padre licencia,
Y a la horda esfuerzo y brazo.
Rom. del Cid.
Después del mal éxito que había
tenido
la tentativa de don Enrique de
Villena y del judío Abenzarsal para quitar de en medio el estorbo de Macías,
apenas les quedaba a éstos otro recurso que esperar el sesgo que quisiesen
tomar las cosas.
En realidad sólo podían temer ya
de él fundadamente el juicio de Dios, que acerca de la acusación quedaba
pendiente, porque las medidas que habían tomado para asegurar el maestrazgo
habían sido tales y tan buenas, que aunque quedaban declarados por la parcialidad
de don Luis de Guzmán gran número de castillos y lugares de la Orden, podía
contar el maestre, sin embargo, con la mayor parte. Estaban por él Alhama,
Arjonilla, Favera, Maella, Macalón, Valdetorno, la Frejueda, Valderobas,
Calenda y otras villas del
maestrazgo, con más infinitos
castillos, en los cuales había puesto ya alcaides a su devoción. Con respecto a
Calatrava, donde estaba el primer convento de la Orden y el clavero, hechura
todavía del maestre anterior, no se habían apresurado a prestarle el homenaje
debido, sino que habían respondido, tanto a él como a Su Alteza, que
convocarían el capítulo para elegir y nombrar, según los estatutos de la Orden,
al maestre. Lisonjeábase el clavero en su respuesta de que la elección de Su
Alteza hubiese recaído en un príncipe tan ilustre y de sangre real, y se
prometía que los votos todos unánimes de los comendadores y caballeros serían
conformes con los deseos del rey don Enrique; pero esto era, en realidad,
resistirse a la arbitrariedad y ganar tiempo con buenas palabras. El
artificioso conde no había creído oportuno, sin embargo, intrigar para que se
acelerase la reunión del capítulo, porque se
prometía acabar de ganar las
voluntades de sus enemigos en el ínterin, y sólo Luis de Guzmán era el que no
perdonaba medio de llevar a cabo cuanto antes sus intenciones. Presentóse en
consecuencia, a Su Alteza con una humilde demanda firmada por él y sus
parciales; en ella alegaba el derecho de la Orden de elegirse su maestre, y no
dejaba de apuntar el que creía tener a la dignidad de que estaba ya casi en
posesión el de Villena. No fue tan bien recibida esta moción de Su Alteza como
se esperaba; pero el rey Doliente era demasiado justiciero para atropellar
abiertamente los fueros de una Orden tan respetable, convencido, además, de que
el cielo había designado para maestre a su ilustre pariente, curábase poco de
creer en la posibilidad de otra elección, y así, fue su decisión que el
capítulo se reuniría en cuanto él recibiese las noticias que esperaba de
Otordesillas, que eran en realidad las que más
por entonces le ocupaban, pues
deseaba ardientemente que su esposa doña Catalina diese a luz un príncipe digno
de suceder en su corona, si bien estaba jurada ya princesa heredera por las
Cortes del reino la infanta doña María su primogénita. Más de un astrólogo de
los que en aquellos tiempos de credulidad y superstición vivían especulando con
la pública ignorancia, le habían lisonjeado con esperanzas conformes con sus
deseos. Quedó, pues, pendiente por entonces el litigio del maestrazgo, y cada
uno de los contrincantes procuró aprovechar aquel intervalo para engrosar su
partido. Don Enrique era, entretanto, el mejor librado, pues disfrutaba a buena
cuenta de las prerrogativas y de gran parte de las rentas y dominios del
maestrazgo, que la adulación de sus parciales se había adelantado a poner a su
disposición. Quedaba en pie, solamente, la otra
merced que en la mañana de la
acusación de Elvira había dispensado Su Alteza al adversario de Villena. Pero
no tardó mucho Macías en estar en disposición de concurrir de nuevo a la corte,
y de acompañar al Rey en sus partidas de cetrería, especie de caza de que
gustaba mucho Su Alteza, y en que su doncel sobresalía singularmente; afianzóse
más en ella la amistad que el Rey le profesaba; en consecuencia, de allí a poco
Su Alteza mismo quiso, como lo había prometido, poner el hábito de Santiago a
su doncel; esta ceremonia, con toda la solemnidad que de tal padrino podía
esperarse, se verificó en la iglesia de Almudena, con presencia del maestre de
la Orden y de todos los comendadores y caballeros santiaguistas que asistían a
la sazón a la corte; favor singular que hubiera lisonjeado singularmente el
amor propio de Macías si hubiese él podido desechar la funesta idea que le
perseguía siempre por
todas partes desde que por
primera vez había visto a Elvira, y en particular desde que la explicación
desgraciada que había tenido en la cámara del judío no había podido dejarle a
ella duda alguna acerca de su amorosa pasión. El doncel, desde aquella funesta
noche,
no había vuelto a ver al objeto
de su amor, que viviendo en el mayor retiro, y cuidando sólo de la salud de su
convaleciente esposo, evitaba toda ocasión de presentarse en público, fuese
porque la tristeza, que cada vez se arraigaba más en su corazón, la hiciese no
hallar gusto sino en la soledad fuese porque se hubiese afirmado en quitar al
doncel todo motivo de esperanza; fuese, en fin, por desvanecer en el ánimo de
Fernán Pérez de Vadillo todo género de duda acerca de su irreprensible
conducta. ¿De qué servía, empero, al doncel no ver personalmente a Elvira, si
un solo momento no se separaba su recuerdo de su ardiente
imaginación?
Entretanto se restablecía
diariamente el
hidalgo de sus heridas; el
cuidado de su esposa, la flaqueza que aún le quedaba y la ausencia del doncel,
si no habían bastado a aplacar su rencor, contribuían no poco a debilitar la
fuerza de sus sospechas y a embotar en gran manera sus primeros celos. Pero
conforme iba volviendo la serenidad al corazón de su esposo, conforme iba el
peligro desapareciendo, volvía a tomar imperio sobre Elvira el recuerdo de su
perdido amante. Le hubiera sido, además, imposible olvidarle del todo. En la
Corte ningún caballero hacía más papel que Macías, era raro el día que no tenía
que oír de sus mismos criados los elogios suyos que de boca en boca se
repetían. Ya había bohordado en la plaza con tal primor, que había dejado atrás
a los mejores jugadores de tablas; ya había compuesto una trova o una chanzón
tan tierna,
tan melancólica, que no había
dama que no la supiese de memoria, ni juglar que no la cantase al dulce son de
la vihuela de arco, instrumento de quien dice el arcipreste de Hita, autor
contemporáneo.
La vihuela de arco fas dulses de
balladas
Adormiendo a veces, muy alto a
las vegadas,
voces dulces, sonoras, claras, et
bien pintadas
A las gentes alegra, todas las
tiene
pagadas.
¿Y cómo resistir, sobre todo, a
este
mágico poder, si al leer la trova
o la chanzón, donde los demás no veían más que una brillante poesía, Elvira no
podía menos de leer un billete amoroso? Parecía que sus composiciones la
estaban mirando continuamente a ella, como los ojos de su autor.
Miraba a veces a su esposo, al
parecer, Elvira, y su imaginación solía estar muy lejos de él. Una lágrima
entonces, dedicada al doncel, solía asomarse a sus ojos. Vadillo, convaleciente
aún, la miraba absorto y enternecido: ¡Error! No se
encuentra el origen de la
referencia. Volvía en sí Elvira al oír esas palabras, un oculto sentimiento de
vergüenza teñía sus mejillas de carmín, y la despedazaba la idea de abusar, sin
querer, de la credulidad de su esposo.
En los primeros días había
esperado Elvira a que Fernán Pérez la hablase del acontecimiento que le había
reducido a aquel término; y lo había esperado con ansia y con temor, pero en
balde. El hidalgo, fuese por amor propio, fuese por no tener bastante seguridad
para emprender una explicación en que él no podía hacer todavía el papel de
acusador, guardó el más riguroso silencio. En vista de esta conducta, parecióle
a Elvira que lo
mejor que podía hacer era
aventurar alguna pregunta; pero igual suerte tuvo su arrojo que su expectativa.
No sólo no consiguió ninguna explicación satisfactoria en este punto, sino que
habiendo conocido que toda conversación relativa a la noche del duelo, alteraba
visiblemente a Vadillo, hubo de renunciar a su importuna curiosidad. Creyendo
el hidalgo, también, que su esposa le negaría haber sido ella la enlutada
encontrada en el cuarto del astrólogo, y que mientras no tuviese otras pruebas
irrecusables sería más bien espantar la caza que asegurarla el hablar del caso,
observaba sobre este particular la misma conducta que sobre el duelo,
reservándose, sin embargo, dos cosas, primero, el propósito de espiar más
escrupulosamente en lo sucesivo todos los pasos de Elvira; segundo, la
intención decidida de terminar cuanto antes, con cualquiera ocasión y pretexto
que fuese, el
suspendido duelo con el hombre
primero que había aborrecido en su vida, y que había aborrecido como se
aborrece cuando no se aborrece más que a uno.
Constante en estos propósitos, no
bien
estuvo Hernán Pérez restablecido,
dirigióse a la cámara de su señor el conde de Cangas. Su semblante dejaba ver
todavía la huella de la enfermedad.
-Hernán Pérez -le dijo don
Enrique con afabilidad-, ¿os han permitido ya dejar el lecho? Debierais
recordar, sin embargo, que vuestra salud es harto importante para vuestro
señor, y no exponerla con tan temerario arrojo a una recaída peligrosa.
-Las heridas del cuerpo, gran
príncipe, aquellas que hizo la lanza o la espada -repuso Vadillo con
reconcentrada tristeza- sánanse fácilmente, las que recibimos en el honor son
las que no se curan sino de una sola manera.
-¿Qué decís? ¿Será que, por fin,
os habréis decidido a abrirme francamente vuestro corazón? -contestó don
Enrique-. ¿Será que queráis explicarme los motivos de vuestra conducta, de ese
duelo singular, cuyos efectos, se ven todavía en vuestro rostro, y de esa
reconcentrada melancolía que deja diariamente en él huellas aún más indelebles
y duraderas? -Señor -contestó Vadillo-, ya creo haber manifestado a tu grandeza
en varias ocasiones que mi mayor pena es no poder confiarte las muchas que
agobian a tu escudero.
-Quiero no darme por ofendido -
contestó fríamente Villena- de vuestra inconcebible reserva.
-Perdónala, señor -dijo Vadillo,
hincándose de rodillas-, y
permite que puesto a tus plantas solicite tu escudero de tu grandeza una
gracia, que acaso nunca te hubiera propuesto sino en el campo de batalla, si
una
ofensa, y una ofensa mortal, no
le obligara a ello.
-Alzad, Vadillo, y decid la
gracia, que
yo os juro por Santiago que os
será concedida.
-No me levantaré, señor, mientras
que
no sepa que nadie en lo sucesivo
podrá decir impunemente a un hidalgo: ¡Error! No se en-
cuentra el origen de la
referencia. Armame, señor. Si mis largos servicios te fueron gratos; si pasando
de la clase de doncel, en que fui admitido a tu servicio, a la honrosísima que
ocupo hoy a tu lado, no dejé nunca de cumplir con esas sagradas obligaciones
que los más grandes señores no se desdeñan de ejercer; si desempeñé los deberes
de la hospitalidad con tus huéspedes y los de la mesa contigo; si fue siempre
la fidelidad mi primera virtud; si has tenido pruebas de mi valor alguna vez,
confiéreme, señor, esa orden tan deseada. Y si no bastan mis méritos, básteme
esa hidalguía,
de que en balde blasono, si puede
cualquiera deshonrarme impunemente como a villano pechero.-Alzad, Vadillo -dijo
don Enrique viendo que había acabado su petición el afligido escudero-. Por
mucho que me sorprenda vuestra demanda en esta coyuntura - continuó-, por mucho
que me dé que recelar, mal pudiera negaros una gracia, a que sois, Vadillo, tan
acreedor.
-Guarde el cielo, señor, tu
grandeza...
-Remitid, Vadillo, vanos
cumplimientos.
Os armaré; os lo prometí en
pública corte y no ha mucho tiempo, y torno a repetíroslo ahora. Pero decidme,
¿qué causa en esta ocasión más que en otra?...
-Tu honor y el mío. Has sido
calumniado, atrozmente
calumniado; por que
tú dijiste, señor...
-Calumniado, sí, Vadillo,
calumniado.
Pongo al cielo por testigo que
podéis, fiado en
la justicia de mi causa...
-Bástame tu palabra a desvanecer
mis dudas todas. Quiero, pues, que mi primer hecho de armas, en que gane mi
divisa, sea la defensa de mi señor. Yo alcé en tu nombre el guante que un
mancebo temerario arrojó públicamente en testimonio de desafío. Yo responderé
de él; si tu causa es justa, la victoria es segura.
-¿Cómo pudiera no aceptar vuestra
generosa oferta, Fernán Pérez?
Quédame, sin embargo, una duda; duda que, en obsequio vuestro, quisiera
desvanecer. Solos estamos; abridme vuestro corazón; decidme, ¿no tenéis alguna
otra causa que os mueva?... -Señor...
-¿Presumís que puede tenerse
noticia de vuestro encuentro con Macías en el soto... y del arrojo con que os
adelantasteis en la corte a alzar el guante, al punto que visteis ser él el
mantenedor de la acusación, sin
sospechar al
mismo tiempo que causas muy
poderosas?...
Hablad...
-Acaso las hay. No lo niego.
-Escuchad -añadió Villena en voz
casi
imperceptible-, ¿sería cierto que
tuvisteis celos?
-¿Celos, señor, yo celos?
-exclamó
Fernán con mal reprimido amor
propio-.
¿Quién pudo decir?...
-Nadie, Fernán, nadie; yo solo
soy el que
he creído en este momento...
-¿Vos solo? Si supiera...
-¿Y bien? ¿A mí por qué no
descubrirme?... ¿Vuestra esposa,
sin
embargo?...
-Basta, señor, no hablemos más de
eso.
¡Mi esposa Dios mío! ¡Mi esposa!
Si mi esposa
pudiese faltar...
-¿Qué es faltar, Vadillo?
-Si pudiese tan sólo con su
pensamiento empañar la más pequeña porción de mi honor, no necesitaría castigar
a ningún caballero; dagas tengo aún; la última gota de su sangre, la última, no
sería bastante indemnización de tan insolente ultraje. ¡Elvira, a quien amo más
que a mí propio! ¡Mi bien! ¡Mi vida!
-Sosegaos, Vadillo; nunca fue mi
propósito ofende ros; pero
pudierais, sin que Elvira hubiese empañado nunca vuestro honor...-Jamás, señor.
Si un atrevido hubiera osado poner sus ojos en mi esposa, ¿viviría aún,
viviría? -contestó el hidalgo pudiendo disimular apenas la lucha que existía
entre sus palabras y sus ideas.
-Entonces, pues, ¿qué ofensa?...
-Permite, gran señor, que la
calle. La
hay, lo confieso, y si alguien
pudiera vencerme
en la lid, si me pudieran vencer
todos, nunca Macías; un fausto presentimiento me dice que lavaré en su sangre
mis ofensas. Confiéreme la orden de caballería, y yo te respondo, gran señor,
de una victoria pronta y segura.
-Sea -contestó don Enrique- como
lo deseáis. Mañana os la conferiré. Mañana juraréis en mis manos defender la
fe, el honor y la hermosura.
Después de este breve diálogo, el
candidato besó las manos del
conde de Cangas y se retiró a esperar con mortal impaciencia el nuevo día, que
había de poner término a todas las esperanzas que contentaban por entonces su
ambición.
CAPITULO VIGESIMOQUINTO
Agua le echaron por el rostro
Para facerlo acordado,
Y vuelto que fuera en sí
Todos le han preguntado
Qué cosa fuera la causa
De verlo así tan parado.
Rom. del Cid.
A la mañana siguiente brillaban
con
fuego extraordinario los ojos de
Fernán Pérez. Leíase en su semblante la alegría que inundaba su corazón.
Efectivamente, la orden de caballería era en aquel tiempo la más alta dignidad
a que pudiese aspirar un hombre de armas tomar. Su virtuoso origen y sus fines,
aún más virtuosos, le daban tal prestigio, que los reyes se honraban con tan
honorífico dictado, y un caballero, sólo con serlo, tenía derecho a comer en su
mesa, honor que no disfrutaban ya ni sus mismos hijos, hermanos o sobrinos,
mientras no entraban en aquella noble cofradía. Era preciso ser hidalgo por
parte de padre y madre, y con la antigüedad por lo menos de tres generaciones;
era preciso haber dado pruebas de valor y gozar de una
reputación pura e inmaculada. A
muchos les costaba, además, pasar por el largo noviciado de paje y escudero
progresivamente. Los que habían entrado al servicio v a hacer prueba de su
persona con un rey o un príncipe de alta categoría, en calidad de pajes, se
llamaban donceles; Macías se había hallado con Enrique
III en este caso, y si se le llamaba todavía públicamente el doncel,
era porque habiéndole tomado Enrique III, con quien se había criado, más afecto
que a otro alguno, habíale conservado aquel nombre por modo de cariño, aun
después de haber recibido la orden de caballería.
En el mismo caso se había hallado
con don Enrique de Villena el hidalgo Fernán Pérez; habíale entrado a servir
primero en calidad de paje o doncel, y había pasado a ser su escudero. El cargo
de escudero, en estos tiempos, y hasta ese nombre, parecen sonar mal
a los oídos delicados. Podemos
asegurarles, sin embargo, que no sólo no tenía en aquel tiempo nada de
denigrante, sino que antes era tan honorífico, que muchísimos grandes, señores
y príncipes que habían llegado a ser caballeros por el orden regular de los
grados requeridos para ello en tiempos de paz, no se habían desdeñado de
ejercerlo. En la recepción de escudero, los padrinos o madrinas del paje
prometían en su nombre religión, fidelidad y amor, con la misma formalidad e
importancia que en la recepción de un caballero. Reducíase la obligación del
escudero a seguir por todas partes a su señor o al caballero con quien hacía
veces de tal, llevándole su lanza, su yelmo o su espada llevaba del diestro sus
caballos, en los duelos y batallas proveíale de armas, levantábale si caía,
dábale caballo de refresco, reparaba los golpes que iban dirigidos contra él
pero sólo en grandes peligros le era lícito tomar
armas por sí en las pendencias y
encuentros a que asistía. Sus deberes domésticos se ceñían a trinchar y
presentar las viandas en la mesa, y aun a ofrecer el aguamanil a los convidados
antes y después de comer. Pero estos cargos se desempeñaban con tanta más
dignidad, cuanto que los platos los recibía de mano del maestresala, que ya era
por si una dignidad, aunque más subalterna, y el agua de mano de los pajes, que
la tomaban ellos va de los domésticos inferiores. En público, y en los
banquetes en que reinaba toda etiqueta y ceremonia, no podía sentarse el
escudero a la mesa de su señor. Para probar que ni el oficio de doncel ni el de
escudero eran sino muy honoríficos, concluiremos diciendo que en las historias
francesas del siglo XIII hallamos designados estos donceles y escuderos con el
nombre de valets, más humillante aún en el día que los de damoiseau y écuyer,
que
corresponden a aquéllos en la
lengua francesa. Diremos que Villehardouin, en su historia, hablando del
príncipe Alexis, hijo de Isaac, emperador de los griegos, le llama en repetidas
ocasiones el valet (o escudero) de Constantinopla, porque aquel príncipe aunque
heredero del Imperio de Oriente, no había recibido todavía la orden de
caballería. Por igual causa son calificados con la misma designación por los
historiadores sus contemporáneos, Luis, rey de Navarra; Felipe, conde de
Poitou; Carlos, conde de la Mancha, hijo de Felipe, y otros infinitos. Entre
nosotros fue paje y doncel famoso y nobilísimo don Pero Niño, conde de Buelna,
y el mismo don Alvaro de Luna, célebre por su prodigioso favor como por su
ruidosa desgracia.
En tiempos de guerra, y en los
principios de la orden de
caballería, se confería ésta con menos pompa y formalidad; el rey o el
general creaba caballeros antes y
más comúnmente después del combate; en esos casos reducíanse todas las
ceremonias a dar la pescozada o espaldarazo dos o tres veces en el hombro del
candidato con el plano de la espada, diciéndole en alta voz: Os hago caballero
en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Solía ser otras veces el teatro
honroso donde se confería la orden de los valientes, leales y esforzados, un
torneo, un campo de batalla, el foso de un castillo sitiado o asaltado, la
brecha abierta ya de una torre o una fortaleza feudal. En medio de la confusión
y tumulto de la refriega, arrodillábase el escudero a las plantas del rey, del
general o de un caballero cualquiera acreditado ya por sus altos hechos de
armas. Cuando el famoso Bayardo, caballero sin tacha y sin reproche, confirió
de esa suerte la orden de la caballería al rey Francisco I:
Después, añade el historiador que
nos ha conservado este rasgo singular, dio dos saltos y envainó su espada.
En tiempos de paz, y cuando
posteriormente hubo llegado esta famosa institución a su más alto grado de
esplendor y a su verdadero apogeo, se solía aprovechar, para conferirla a los
escuderos que se habían hecho de ella merecedores, alguna solemnidad. Un día
grande de la Iglesia, el aniversario de una famosa victoria, la boda o
nacimiento de un príncipe o una coronación, eran las coyunturas más comúnmente
escogidas, y en tales casos hacíase la promoción con otra pompa y con más
minuciosas formalidades; las cuales complicaron más y más, sobre todo desde el
siglo XI, en que pareció tomar aquella orden un carácter nuevo con la mezcla de
ceremonias religiosas y profanas que para la admisión de los señores en esta
vasta cofradía se exigieron.
Fernán Pérez de Vadillo no podía
menos de dar a su nueva dignidad la importancia que en aquellos siglos tenían.
Todo aquel día empleó en los preparativos de la ceremonia solemne que se
preparaba para él. El condestable Ruy López Dávalos quiso ser su padrino, y
obtuvo que fuese madrina la noble esposa de don Juan de Velasco, camarero mayor
de Su Alteza. El conde de Cangas y Tineo era un personaje bastante calificado
para que la dignidad que iba a conferir a su escudero llamase la atención de la
corte. Su posición ventajosa, en aquel momento más que en otro alguno de su
vida, le granjeó la asistencia a aquel acto y la cooperación de las primeras
personas de Castilla. Don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, se brindó a
oficiar en la ceremonia, y el mismo rey don Enrique, al señalar para ella la
capilla de su regio alcázar, quiso presenciarla, también,
desde una tribuna a pesar de sus
dolencias. El candidato ayunó aquel día, conformándose con los usos
establecidos; revestido de una larga túnica cenicienta, verdadero traje de su
clase de escudero, asistió a la comida que dio don Enrique de Villena a los que
debían presenciar la ceremonia.
El candidato, colocado aparte en
una
mesa pequeña, mientras los demás
comían en la principal, permaneció en ella servido por donceles del conde su
señor; pero éste, escrupuloso observador de la etiqueta, le intimó al sentarse
que no podría hablar ni reír durante la comida, ni aun llegar bocado a los
labios. Concluida esta ceremoniosa comida, fue llevado el candidato por sus
padrinos, acompañado de los demás concurrentes y seguido de gran número de
juglares y ministriles, que tañían gran variedad de instrumentos y cantaban
baladas alusivas al
acto que se preparaba, a la
capilla del alcázar. Esperábale ya, custodiada por dos hombres de armas de
Villena, una hermosa armadura blanca sin mote ni divisa, de que le hacía merced
su señor. Separóse de él allí la concurrencia, y quedó Fernán Pérez de Vadillo
velando sus armas y en oración la noche entera, después de haberse despojado de
la túnica escuderil y haber vestido una cota, embarazado la adarga y empuñado
la lanza. Llegada la mañana, confesó
devotamente con fray Juan
Enríquez, confesor de Su Alteza. No sabremos decir si vuelto su corazón a Dios
hizo sacrificio ante el altar augusto de la penitencia del rencor y de los
sanguinarios proyectos de venganza que le habían determinado a armarse caballero.
Presumimos que así lo haría, y creemos que si luego, más adelante, la Historia
nos ha conservado algunos rasgos que podrían
oponerse a aquella concesión
cristiana, debe achacarse más bien esta inconsecuencia a la flaqueza del
corazón humano o a la mezcla extraordinaria de pasiones y religión que reinaba
en aquella época, que a la falta de verdadera contrición del noble hidalgo.
Hecha su confesión, y veladas ya las
armas, retiróse el candidato por
el mismo orden que había venido, y llegado a su habitación, vistió el traje de
caballero, más rico y adornado que el de escudero, que acababa de dejar para
siempre. Allí recibió las visitas y felicitaciones de sus deudos y amigos, y
varios señores allegados a don Enrique de Villena vistiéronle, sobre la cota de
menuda malla, una ancha loriga guarnecida de piel, adorno reservado sólo en
aquel tiempo a personas de categoría, y pusiéronle sobre los hombros un gran
manto, cortado a manera de manto real. En esta forma, y llevando colgada del
cuello la espada, llegó,
seguido de los padrinos, de los
convidados y de sus amigos, a la real capilla, donde esperaban el momento de
dar principio a la augusta ceremonia. Su Alteza en su tribuna, rodeado de
varios dignatarios, el arzobispo, que había salido al altar al verle llegar, y
gran número de damas. Distinguíase entre ellas la madrina del novel caballero,
ricamente ataviada, y a la derecha del buen condestable, arrodillados los dos
al lado de la epístola en ricos reclinatorios de terciopelo carmesí, en que se
veía recamado en oro el escudo de sus armas respectivas y de que pendían largos
borlones de aquel precioso metal. Algo detrás, y entre otras damas principales,
se veía a Elvira, esposa del hidalgo, cubierta con un velo, al través del cual
se traslucía, sin embargo, su hermosura, como suele verse al través de ligeras
nubecillas el resplandor del sol. A la otra parte se colocó el poderoso conde
de Cangas, acompañado de
algunos caballeros principales y
seguido de dos de sus pajes, con su yelmo el uno y el otro con las espuelas y
demás piezas de la armadura que debían revestirle a Vadillo en acto tan
solemne. El resto de la capilla estaba ocupado por la numerosa concurrencia que
la calidad de las personas había traído, y por bandas de ministriles que habían
seguido la comitiva, tañendo dulcemente sus instrumentos. Era gran gusto oír la
desacorde
confusión que producían, tocadas
a un tiempo, la átola sonora, la guitarra morisca, de las voces aguda e de los
puntos arisca, el corpudo laúd, el rabé gritador, el orabín, el salterio, la
adedura albardana, la dulcema e axabeba y el hinchado albogón, la cinfonia, el
odrecillo francés y la reciancha mandurria, cuyos ecos distintos se unían al
sonsonete de las sonajas de azófar y al estruendo de los atambores y atambales,
de las trompas y añafiles;
instrumentos todos con que se
verían tan apurados nuestros músicos del día para organizar una sola tocata
medianamente agradable, si se los trocaran de pronto con los que la
civilización música les ha perfeccionado, como se verán nuestros lectores para
formar una exacta idea de su figura y armónica melodía sin más datos que esta
breve enumeración, por más fidedigna que la constituya la autoridad del
trovador arcipreste a quien la robamos.
Establecido ya el silencio,
arrodillóse el hidalgo ante la reverenda persona del arzobispo, quien le quitó
del cuello la espada que traía suspendida y la colocó en el altar en que iba a
oficiar. Comulgó en seguida el candidato con edificante fervor. Después de un
momento de oración y recogimiento, principió el arzobispo los oficios, acabados
los cuales se levantó el candidato, e hincándose de hinojos
ante la persona de su señor
feudal, el poderoso conde de Cangas y Tineo, pidióle reverentemente que le
hiciese merced de conferirle la orden de caballería. Juró en seguida en manos
del ilustre maestre de Calatrava no excusar su vida ni sus bienes en defensa de
la santa religión católica, apostólica, romana, y guerrear hasta morir en toda
coyuntura y ocasión que se presentase contra los infieles de aquende y allende
el mar; fórmula en que se comprendían no sólo los moros que mantenían guerra
todavía con los reyes de Castilla, sino también los sarracenos que poseían a la
sazón el santo sepulcro, y contra los cuales se dirigían de todos los puntos de
Europa continuamente innumerables cruzados. Juró amparar y defender las viudas
y huérfanos que hubiesen recibido tuerto, y los desvalidos que a su fuerte
brazo recurriesen para deshacer sus agravios, no pudiendo de
otra manera los enderezar.
Prestado este noble juramento, leyéronsele los Evangelios, sobre los cuales le
repitió nuevamente.
Hecho lo cual, el arzobispo,
cogiendo la espada que había estado sobre el altar durante el oficio divino, la
bendijo y se la ciñó. Llegándose a él sus padrinos, calzóle la una espuela el
buen condestable don Ruy López Dávalos y la otra la esposa del noble don Juan
de Velasco, a quienes el novel caballero dirigió las más expresivas gracias por
la merced singular que le dispensaban. Uno de los principales señores que
acompañaban a don Enrique de Villena le ciñó la coraza antigua, compuesta del
peto y espaldar, dándole paz después. Don Enrique de Villena, adelantándose en
seguida, le dio tres espaldarazos con el plano de la espada, armándolo
caballero en nombre de Dios, de San Miguel y de Santiago. Recibióle después en
sus
brazos, y en seguida hicieron con
él igual ceremonia todos los demás asistentes, como para darle a entender que
se gozaban mucho de tener admitido en su gremio caballero que tan completo
prometía ser como el noble hidalgo. Alzóse entonces alegre estruendo de
todos los instrumentos,
proclamando al nuevo caballero. Entre los que debían dar la paz al recién
admitido, hallábase uno armado de pies a cabeza, que se había mantenido
constantemente inmóvil al lado del Evangelio y enfrente del sitio destinado a
las damas principales de la corte. Ni el oficio divino ni la larga ceremonia,
habían sido parte para sacarle de su asombrosa distracción. Parecía la estatua
del fundador de la capilla, como en aquellos tiempos solían verse algunas en
las más de las iglesias.Pero si se llegaba a presumir que era una persona y no
una estatua para comprender su perfecta inmovilidad y la fijación de sus ojos,
era preciso creer que un
maleficio particular ejercía sobre él una influencia funesta y le obligaba a
mirar a aquella parte con la misma irresistible fuerza con que un instinto
fatídico obligaba a la incauta mariposa a girar en torno de la vacilante llama
que la ha de acabar, y con que una atracción física llama hacia la serpiente
cascabel al mísero pajarillo, para hacerle víctima de su irresistible
voracidad. Causaba aquel embeleso una dama que no había podido menos de notarla
y que en balde había pensado ponerle término interponiendo su velo entre las
atrevidas miradas del caballero y su aciaga hermosura. Esta medida había
producido un efecto enteramente contrario al que esperaba. Si las miradas
habían sido antes continuadas, pero naturales, tomaron después un carácter de
investigación muy parecido al que tienen las de aquel que trata de leer durante
el crepúsculo o a la opaca luz de la luna. Apenas quedaba
concluido el acto, cuando deseosa
la dama de esconderse a tan imprudentes miradas, se había confundido y
desaparecido entre la multitud; los ojos, sin embargo, del caballero,
acostumbrados a ver en aquel punto su contorno, le seguían viendo gran rato después
de haber desaparecido, como le sucede al que se atrevió a mirar fijamente por
largo espacio al luminar del día. Horas enteras conserva su retina la impresión
indestructible, y por más que haya desviado ya los ojos de su deslumbrante luz,
por más que los cierre, en fin, ve el sol todavía donde no le hay. Al llegar
Vadillo al caballero, acababa
de levantarse la dama. Tendió el
hidalgo los brazos naturalmente a recibir de él, como de los demás, el beso de
ceremonia, e hizo la misma figura que el que fuese a abrazar un árbol o una
columna. No pudo menos de levantar la cabeza y de reparar en la especie de
estatua que
delante de sí tenía. Conociólo, y
su primera
acción fue volverse con la
rapidez del rayo a
seguir la visual del caballero y
ver en qué
objeto se paraba; si alcanzó a
ver algo todavía, o
si el punto a que las miradas se
dirigían bastó a
contestar a su muda pregunta, eso
es lo que no
sabemos. Diremos sólo que su
rostro se tiñó de
carmín, y que vertiendo fuego por
los ojos y los
poros de su encendido semblante,
sacudió con
una mano al distraído diciendo
por lo bajo,
pero con reconcentrada cólera:
¡Error! No se encuentra el origen de la referencia. A esta sacudida inesperada,
volvió en sí el caballero como quien despierta de un largo sueño.
Reconoció su imprudencia al
reconocer al que le hablaba, y no ocurriéndole nada que responder de pronto a
su rara interpelación, bajó los ojos y quiso enmendar su pasada distracción,
tendiendo entonces los brazos al hidalgo. Éste, empero, poniendo entrambas
manos en ellos:
-Dejad -le dijo- el abrazo para
ocasión en
que estéis menos ocupado, que yo
quisiera que el que nos diésemos fuese más estrecho y más largo. -Como gustéis,
hidalgo -repuso el caballero con arrogancia-, como gustéis. No había podido
menos de notarse por
la concurrencia esta pequeña
escena episódica lanzada en medio de aquel acto solemne; nadie oyó lo que se
dijeron, pero los más tuvieron algo que decirse al oído acerca de aquella rara
singularidad. Nosotros diremos, como fieles historiadores, que la dama, cuando
se creyó fuera ya del alcance de las miradas del importuno, volvió la cabeza y
alcanzó aún a ver algo, que fue lo bastante para despertar en ella ideas de
inquietud a que hacía ya algún tiempo que no había dado lugar en su corazón.
Acabada la ceremonia, retiróse cada
cual, y el novel caballero,
acompañado de sus
padrinos y de sus deudos, se
trasladó a la habitación del señor de Cangas y Tineo, donde esperaban ya a la
comitiva varias damas y convidados, y donde un magnífico banquete, dado por el
ilustre maestre, terminó con toda pompa, digna de tal solemnidad, un día
señalado en la vida de nuestro celoso hidalgo. CAPITULO VIGESIMOSEXTO
Mucho os ruego de mi parte
Me lo queráis otorgar,
Pues que de mi nigromancia
Es vuestro saber y alcanzar
Que me digáis una cosa,
Que yo os quiero demandar.
La más linda mujer del mundo
¿Dónde la podría hallar?
Rom. de Roldán y Reinaldos.
La situación de los principales
personajes de nuestra historia
era bien precaria. No hablemos de la infeliz condesa de Cangas, a
quien no pudimos menos de
abandonar a su triste suerte. Aun entre los que en el día ocupan nuestra
atención había más de uno que no tenía motivos para estar contento con su
estrella. Elvira, en primer lugar, llevaba continuamente clavado en el corazón
el dardo que se ahondaba más mientras más esfuerzos hacía por arrancarle, y
tenía no pocos motivos de inquietud y melancolía.
La falta de la condesa, a quien
echaba de menos entonces más que nunca, le recordaba sin cesar que tenía
pendiente una acusación, en el éxito de la cual se hallaba comprometida, no
sólo la vida del hombre a quien no podía menos de amar, sino la suya propia,
pues era condición de tales juicios que había de morir el acusador o el
acusado, si no en el combate, después de él. Elvira se hallaba libre en su
cámara; pero lo debía a la buena opinión que había merecido siempre en la
corte. Luego que
se había dado a conocer a
Abenzarsal, y éste había expuesto a Su Alteza sus circunstancias y las causas
particulares que la obligaban a guardar secreto, se le había dejado en libertad
bajo su palabra, con la única condición de haberse de presentar en el juicio,
como acusadora, el día que Su Alteza tuviese a bien señalar, día que se
retardaba ya demasiado, según lo que solía en tales casos practicarse. El vulgo
de las gentes, sobre todo, que
no había podido dar explicación
ninguna a la acusación y circunstancias de la tapada, no sabía a qué achacar
semejante tardanza, si no era a las brujerías de don Enrique de Villena.
Mientras tanto, no era menos cierto que Elvira debía estar en la más cruel
expectativa. La conducta de su esposo era incomprensible, al mismo tiempo, para
ella; nunca le había dicho una palabra del encuentro en la cámara del
astrólogo; semejante reserva, agregada a
aquella tristeza misteriosa que
le había dominado hasta el día en que había recibido la orden de caballería,
manifestaba que tenía oculto algún proyecto, idea que no podía menos de hacerla
temblar.
Hernán, por su parte, a quien
saben
nuestros lectores ocupado
únicamente en llevar a cabo su venganza contra el doncel, no era más feliz.
Había llegado a creer fijamente que Macías estaba prendado de su esposa, la
pequeña escena que había pasado entre los dos en la capilla del alcázar no le
podía dejar duda acerca de este particular; así, pues, esperaba con impaciencia
el momento de llegar a las manos entonces, que ya tenía permiso de su señor
para defender su parte en el juicio de Dios. Con respecto a su esposa, debía
estar seguro ya de que era la acusadora de don Enrique; pero justamente
resentido de ese paso, tampoco la había hablado de este asunto, y
como tan complicado con el otro
que en un mismo día había él de morir, o castigar al atrevido y al objeto de su
osadía, cuidábase ya poco de esto. No estaba seguro de que su esposa
participase de la culpable pasión de Macías, pero eran tan vehementes sus
sospechas, que ésta era la única razón por que no había temblado al considerar
que o había de morir en el combate o había de morir su esposa si él vencía.
Triste alternativa, por cierto, para otro a quien no hubieran tenido tan ciego
los celos como al hidalgo. Entretanto trataba con la mayor dulzura a su esposa,
porque creía que éste era, si había alguno, el medio de asegurar más la
aclaración de sus sospechas. No viendo ella en él ninguna señal alarmante, se
abandonaría más fácilmente y caería en el lazo que le tenía astutamente
tendido. Don Enrique de Villena no dejaba de
estar inquieto tampoco. Cuando la
fortuna se le
presentaba tan favorable, cuando
había conseguido romper los funestos cuanto incómodos vínculos que le unían a
su esposa, cuando tenía asido ya el apetecido maestrazgo, un doncel aventurero
y una dama extravagantemente heroica se habían atravesado en el camino de sus
planes; si él hubiera tenido maldad suficiente, nada más fácil que haber
quitado de en medio a toda costa tan importunos obstáculos como continuamente
le aconsejaba el judío; pero ya hemos visto que el indeciso conde creía tener
ya harta carga sobre su conciencia con la desaparición de doña María de
Albornoz.
El juicio de Dios le hacía
temblar, no precisamente porque él estuviese convencido de que si el cielo
tomaba cartas en el juego no podía estar nunca de su parte, sino porque
creyendo más, como creía, en el valor de los combatientes para semejantes
trances, que en la
participación de la justicia
divina, no podía menos de asustarle la idea de que el contrario era Macías, que
pasaba con razón entre las gentes por caballero mucho más perfecto y cumplido
que Hernán Pérez. Éste debía ser víctima probablemente de su temerario y
generoso arrojo; y en este caso don Enrique, vencido en la persona de su
campeón, tendría que recurrir a medios muy violentos, y que le repugnaban
sobremanera, para conservar, no sólo el maestrazgo, sino también la vida. Hasta
entonces había tenido la fortuna
de retardar el señalamiento del
día, pero esto no podía durar, porque la otra parte instaría, y porque la
acusación había sido demasiado pública y la sentencia demasiado terminante para
que pudiese sobreseerse en el asunto. ¿Habría algún medio de evitar que la
parte contraria compareciese el día aplazado? Esto era lo que formaba el objeto
por entonces de las
maquinaciones de don Enrique de
Villena, de su juglar confidente Ferrus y del astrólogo judiciario. En ese
caso, tanto Elvira como Macías serían declarados infames, y reputados culpables
de calumnia, y acreedores, por consiguiente, al castigo que habrán reclamado en
nombre de la ley contra el conde. Macías era de todos el menos inquieto,
y, sin embargo, el más
desgraciado. Él debía pelear por su amada; pero el que pendiese la vida de
aquélla del esfuerzo de su brazo, era para él una gloria, una fortuna
inapreciable, antes que un motivo de inquietud, fuese Villena, fuese otro más
valiente su contrario; y si Elvira no hubiera huido constantemente de sus
miradas, si no le hubiese quitado todas las ocasiones de verla y hablarla,
¿quién como él? Pero desde la mañana en que había sido armado caballero Fernán
Pérez, mañana en que había bebido tan copiosamente el veneno del
amor, Macías estaba en un estado
continuo de delirio y de fiebre que no le daba lugar a reflexionar que desde el
punto en que el hidalgo había llegado a concebir la más leve sospecha, sólo su
extremada circunspección podía excusar a la desdichada Elvira mortales
sinsabores. El mísero no veía al hidalgo, no veía el mundo que le rodeaba.
Ansioso de saber del astrólogo lo que le había querido decir la mañana de su
presentación en la corte, después de su llegada de Calatrava, con sus
misteriosas palabras, y no habiendo podido verificarlo por el funesto encuentro
que en la cámara del judío tuviera, había vuelto a visitar a éste después de su
curación. Abenzarsal, siguiendo el plan de enredar a los amantes en el
laberinto de su pasión, aun a pesar del ciego temor del conde, pues trataba de
salvar a éste mal su grado, no dudó en echar leña al mortecino fuego de su
esperanza.
-Decidme, padre mío, decidme -
comenzó Macías-, ¿cuál es el sentido de vuestras fatídicas palabras? Esa corte,
que me habéis anunciado siempre como un... -Sí -le contestó Abenzarsal-; la
primera
vez que os vi conocí que la corte
debía seros funesta.-¿Funesta, Abenzarsal? ¿Pero a qué llamáis funesta
vosotros? ¿Queréis decir que podrá acarrear mi muerte?... Porque eso,
Abenzarsal, no sería lo peor que pudiera sucederme. ¿Qué causa os conduce a pensar...
qué secreto mío?... Mucho me temo
que esa ciencia de que os jactáis sea vana y...
-Escuchadme, joven temerario -
interrumpió Abenzarsal-. Antes de soltar vuestra inexperta lengua, aprended a
respetar lo que no entendéis. ¿Pensáis que puedo vivir ignorante de vuestras
acciones, de vuestros deseos, de vuestros más secretos pensamientos? Decid, ¿os
acordáis del día en
que os dije que al anochecer
encontraríais en mi cámara la satisfacción de vuestras dudas? -Sí, sí; ¿cómo
pudiera no acordarme? Sin
el concurso de circunstancias que
impidieron entonces una entrevista entre nosotros, ésta sería acaso excusada.
-Y bien, ¿y qué encontrasteis en
mi cámara?-¡Cielos ¿Qué encontré? ¿Sería?...
-Joven incrédulo, ¿no
encontrasteis el verdadero astrólogo que buscabais? ¿Quién os podía dar razón
más satisfactoria de lo que intentabais preguntarme?
-Lo sabe todo, lo sabe todo -dijo
para sí Macías-. ¡Ah! tu ciencia es cierta. Yo nunca dije a nadie una palabra.
Abenzarsal, tomad ese oro; es cuanto traigo; satisfaced ahora a mis preguntas.
¿Me ama, adivino, me ama? ¡Calláis, santo Dios! ¡Oh! ¡Bien me lo temía! -¿Y qué
hicisteis que no se lo
preguntasteis? ¿A qué preguntarme
a mí lo que
ella debe saber mejor que yo?
-Viejo artificioso, ¿os burláis
de mi
dolor? ¿No habéis conocido nunca
una mujer? ¿Encontraréis una jamás que haya respondido sí, no, a vuestras
inconsideradas preguntas?
¿No sabéis que la ficción y el
silencio son el arte de las mujeres?
-Harto lo sé; estas canas de que
veis cubierta mi cabeza no nacen impunemente. -Y bien, si tanto sabéis,
respondedme:
¿me ama o me desprecia? ¿Son sus
miradas las peligrosas redes que las mujeres desvanecidas suelen tender a mil
amantes, que tal vez aborrecen, o son las de una hermosa incapaz de engaño y de
artificio? ¿Son sus ojos solos, o es su corazón también el que me mira? ¿Es
buena o es mala? ¿Quién pudo conocer jamás a una mujer? ¿Soy su juguete, por
ventura, soy sólo su trofeo, o soy, Abenzarsal, su vencedor? ¡Ah! cuanto poseo
es vuestro. ¡Si me ama,
decídmelo! Entonces la Corte no
puede serme nunca funesta, porque aun muriendo, si muero amado, seré dichoso.
Si no me ama, callad. Yo he oído decir que conocéis los hechiceros mil medios
que inspiran el amor. Enloquecedla, Abenzarsal, haced vos lo que debiera mi
mérito haber hecho; ámeme ella, y sea como quiera. ¿Qué condiciones son
precisas? ¿Cuál es el premio de vuestro trabajo?... ¡Oh, Elvira, Elvira, cuánto
me cuestas! ¿Necesitáis mi cuerpo, mi sangre? He aquí, herid y consultad mis
venas...
¿Necesitáis mi alma? ¡Maldición,
maldición! Haced que me adore, Abenzarsal, y tomadla bien. ¡Que me ame! ¡Que me
adore, y todo lo demás después!
-Moderaos, joven arrebatado. ¿Qué
motivos tenéis para tanta
desesperación? ¿No arde siquiera en vuestro corazón una chispa de esperanza?
-¿Y cuándo muere la esperanza en
el
corazón del hombre? Yo la he
visto mil veces; sus ojos me miraban y se detenían sobre los míos, como se
detienen los de una amante sobre los de su querido. Cuando se encuentran
nuestros ojos no hay fuerza que los desvíe. Nuestras almas se cruzan por ellos,
se hablan, se entienden, se refunden una en otra. Pero ¡ah!, Abenzarsal, que
huyen a veces, y su rostro airado...-¿Airado habéis dicho? ¿Y qué más fortuna
pedís? Cuando huyen sus ojos de los vuestros, entonces es cuando más os ama;
entonces, doncel, os teme. -¿Qué decís?
-No huye la indiferencia, ni se
enoja. ¿Y nunca la habéis hablado?
-¡Ah! por mi desgracia una vez...
-¡Por vuestra desgracia! ¿Le
dijisteis?...
-Menos de lo que siento, pero le
dije. .
-¿Y respondió?
-Mas ¡cómo respondió!
-¿Os respondió que no, que la
ofendíais... que huyeseis...
que?...
-¡Abenzarsal!
-¿De qué, pues, os quejáis?
¿Queríais, mozo inexperto y precipitado, que una mujer virtuosa, una mujer que
debe a su esposo?... -¡Abenzarsal! -gritó furioso Macías.
-Y bien. ¿Queréis que me ría en
vuestra cara de esa locura? ¿No os enojáis ahora porque?... Yo creí que teníais
muy sabido... -Sí, sabido, sí; pero ¡ay del que se
complazca en repetírmelo!
-En buen hora. ¿Queríais que esa
mujer, cuyas perfecciones adoráis?... -Entiendo, entiendo.
-Sed más confiado, señor, y menos
impaciente. Vos mismo la hubierais apreciado en menos y esto las mujeres lo
saben. Quieren ser premio de la victoria, pero de una victoria reñida, porque
cuando son vencidas, doncel,
ellas mismas hallan disculpa a su
flaqueza, disculpa que no encontrarían si no se defendiesen. Las menos
virtuosas, Macías, quieren parecerlo hasta a sus propios ojos. ¿Qué será, pues,
las que realmente lo son? -Sí, pero no confundáis a Elvira con...
-En buen hora, doncel. Si os
habéis prendado de un ángel, id a consultar ángeles; yo sólo conozco el corazón
humano. -Judío, ¿y qué me aconsejáis?
-¿Necesitáis consejos después de
lo que os he dicho?
-¿Es posible? Ah, padre mío, no
me
hagáis entrever la felicidad para
arrancármela después más amargamente de entre las manos. Si mi constelación...
-Las constelaciones, doncel,
mandan que tengamos frío en el invierno, y, sin embargo, si os sumergís en un
baño de agua caliente en el corazón de enero, ¿no hubierais
de sudar?
-¡Cierto!
-Andad, pues, y venced, si
podéis,
vuestra constelación. Ella se os
anunció funesta.
Hacedla vos venturosa.
-Explicaos más claro, padre
mío... ved que... -Doncel, os he dado cuantas explicaciones puedo daros.
Recapitulad mis palabras y partid. Sólo os añadiré, y ved que no os hablo más
en el asunto, que para vencer es fuerza pelear, por más que muchos que pelean
no venzan. Vuestra constelación es funesta; en vuestra mano está, sin embargo,
vencerla. Confianza y audacia. Adiós.
-¡Confianza y audacia! -salió
diciendo Macías-; ¡santo Dios! ¿Serás mía? ¿Será mía alguna vez? -dos lágrimas,
hijas de la terrible emoción y de la alegría que henchía su corazón, surcaron
sus encendidas mejillas. Desde entonces el audaz mancebo revolvió en su
cabeza cuantos medios podían
ocurrírsele para tener una entrevista con Elvira; desde entonces no vio más que
a Elvira en el mundo, y desde entonces pudiera haber conocido, quien hubiera
leído en su corazón, que Elvira o la muerte era la única alternativa que a tan
frenética pasión quedaba. CAPITULO VIGESIMOSÉPTIMO
Eres mujer finalmente.
Rom. de Zaide a Zaida.
-Jaime -decía una mañana Elvira a
su
paje, que sentado a sus pies la
miraba de hito en hito con ojos ora tiernos, ora indagadores-, Jaime, ¿te habló
hoy Fernán Pérez a ti? -¿A mí? Prima mía, ya sabéis que no soy
santo de su devoción; siempre que
me ve
hablando con vos más de lo
regular, hay
motivo bastante ya para que tenga
mala cara un
día entero. Sin embargo, nunca le
hice mal
alguno; antes le deseo mucho
bien, porque os le
deseo a vos. Con que si no os ha
hablado, lo que es a mí... -¡Ah! tampoco; no sé qué secreta melancolía le
devora desde la noche... -Sí, aquella noche en que...
-No la recuerdes; mi falta de
confianza acaso.. paso que di.. si llegó a cerciorarse de que era yo...
-Pudiera ser, pero me parece que
tiene
alguna cosa mas.
-¿Qué cosa?
-Yo he oído decir que los celosos
hacen
lo mismo que vuestro esposo...
el...
-¡Jaime! ¿Será posible que Hernán
Pérez abrigase la menor duda acerca de la virtud de su consorte..?
-No digo eso; antes creo todo lo
contrario. Alguna vez le he
solido sorprender hablándose solo a sí mismo; acaso me tenga rencor por eso...
¡Error! No se encuentra el ori-gen de la referencia. , decía antes de ayer
cuando yo le encontré distraído,
¡Error! No se encuentra el origen de la referencia.
-¿Eso decía?
-Eso le oí.
-¡Dios mío! ¡Cuán ingrata soy! Y
en ese
caso, esos celos que dices...
-Esos celos puede tenerlos de
alguno,
aun sin pensar que vos...
-¿De alguno?
-Escuchad. Ayer en la corte miró
a un caballero, que conocéis, de una manera. ¡Ay! Si sus ojos hubieran sido
rayos, con la velocidad del relámpago hubiera sido reducido a cenizas el
caballero.
-¡Cielos! ¿Qué os hice para
merecer tanto rigor?
-Y como se dice que ya en una
ocasión
ha tenido algún lance con el
mismo caballero, y
que sus heridas...
-Basta, Jaime, no despedaces mi
corazón; tú que le conoces, tú
que sabes cuán inocente soy...
-¡Oh! Si yo fuera esposo de la
hermosa Elvira, ¡qué pocos cuidados me habían de dar los celos! ¡Cómo dormiría
a pierna suelta! ¿No es verdad, prima?
Un estremecimiento involuntario
fue la
única respuesta de Elvira, y un
profundo
silencio, indicio de la mayor
distracción.
-¿No es verdad, prima? -preguntó
de
nuevo el inexperto niño,
volviendo a aplicar el
dedo imprudentemente en la
llaga-. Ello, por
otra parte, a mí me da lástima.
-¿Qué te da lástima? -preguntó
Elvira. -Si vierais en qué estado está mi pobre amigo; el que solía llamar
así... -¿Qué amigo?
-¡Qué amigo queréis que sea! Si
vierais
qué rostro tan pálido... tan
desfigurado... Por fuerza está muy malo... Si el amor es capaz de
hacer tantos estragos, no quiero
nunca enamorarme.
-¿Qué dices, Jaime?
-Lo que oís; sólo que yo no lo
entiendo cuando oigo decir que Macías está así porque quiere bien. Yo os quiero
bien; no os podrá querer él más, y, sin embargo, vame bien de salud. A pesar de
eso, todos dicen que está enamorado.
-¿Lo dicen todos? ¡Imprudente!
-Un caballero tan aventajado,
tan...
-Jaime, te he prohibido que me
hables de él. ¡Por piedad!
-Bien, prima, bien; no os
aflijáis. En confianza... -añadió sonriéndose-, es lo último que voy a decir...
No tengáis cuidado... en confianza, se me figura que no estáis vos mejor que
él...Elvira se cubrió el rostro con su pañuelo y apretó involuntariamente la
mano del pajecillo, que continuó:
-Yo os aseguro que si le
vierais.. y le hablarais...
-Jaime -dijo volviendo en sí
Elvira y levantándose-, nunca, ni verle, ni hablarle... ni hablarme nada de él;
lo he dicho ya.
-¿Tan delincuente puede ser
porque os
ama?...-Porque es mi voluntad,
paje Callad.
-Pero haceos cargo de que si está
enamorado, según dicen, ¿cómo
puede él dejar
de amar, ni qué culpa tiene? Yo
no creía que
fuerais tan rencorosa. ¡Ah! Si de
ese modo
pagáis el cariño de los que os
quieren bien, os
dejaré yo de querer...
-No hay remedio, Dios mío, no hay
remedio -exclamó Elvira desesperada-. No he
de volver los ojos donde no le
vea. No he de oír hablar sino de él. Si no queréis, Dios mío, mi perdición,
empezad por apartar su imaginación de mis ojos, su recuerdo de mis oídos. Yo os
lo pido, y os lo pido de corazón. No quiero
sucumbir, no quiero
-Ved, prima mía, que siento
pasos, y que
si llega alguien y os ve de esa
manera, pensará que os he reñido yo a vos, en vez de reñirme vos a mí.
-Sí; voy a enjugar las lágrimas.
Jaime,
ríes, porque no conoces el mundo
todavía; no crezcas, ¡ay! no salgas nunca de tu dichosa edad. Dichas estas
palabras, que dejaron un tanto cuanto reflexivo y meditabundo al pajecillo, que
no veía muy claro qué peligro podría haber en crecer como todos habían crecido
antes que él, retiróse Elvira por no ofrecer su rostro descompuesto en
espectáculo a la persona que iba a entrar, si no engañaba el ruido de los
pasos, que cada vez se oían mas cerca. Apenas había desaparecido, cuando un
caballero, embozado en su capilla, entró mirando con espantados ojos a una y
otra parte. -Tampoco -dijo-, tampoco está aquí.
-¿Adónde vais, señor? -preguntó
el paje, asombrado del desorden que reinaba en su fisonomía y en toda su
persona-. ¿Adónde de esa suerte?
-Jaime, ¿eres tú? Pues bien, he
de verla.
-¿Habéis de verla? ¿A quién?
-¿A quién? ¿Hay otra en el mundo
por ventura? ¿Conoces tú otra? -¿Estáis loco?
-Sí. Lo estoy: estoy lo quieras
con tal que me la enseñes. Verla, no más verla. ¿Dónde está? -¡Desdichado! ¿Y
Hernán Pérez, señor? -¡Ah! Hernán Pérez no vendrá. Ahora halconeaba con el Rey
en la ribera. Me he perdido de propósito por encontrarla.
-¿Pero no veis cuán mal hecho es
lo que hacéis?-¡Mal hecho! ¡Mal hecho! ¡Siempre la reconvención, siempre el
deber y siempre la virtud! ¿Quién te ha dicho, paje, que estoy obligado a
hacerlo todo bien? ¡Peor hecho es ser
ella hermosa!
-¡Qué palabras! Pues advertid que
ver a mi prima es imposible.
-¿Imposible? -repitió con una
amarga doncel-. ¿Por ventura no está?
-Estar... -respondió con algún
embarazo
el paje-. Eso... Mirad: está;
pero si queréis
creerme, es como si no estuviera.
Para vos debe
ser lo mismo.
-¿Por qué?
-Porque está mala. ¡Ah, señor, si
la
vierais...! Tened compasión...
-¡Compasión! ¿La tiene ella de
mí? Pero,
Jaime, ¿qué mal, qué dolencia?...
-Yo no sé. Se entristece, no
duerme, no
come, llora...
-¿Llora? ¿Sufre?
-Ya veis, pues, que es imposible.
-Ahora más que nunca la he de
ver.
-¿Qué habláis? Yo creía que con
deciros...
-¡Ah! ¿con que me engañas,
paje?... ¿No
es cierto cuanto me dices?...
-Como el evangelio, señor
caballero;
pero.. en una palabra, díjome no
ha mucho. .
Mas, aguardad. Si no me engaño,
ella viene...
-¿Ella? ¿Elvira?
-Salid, pues; ved que no
gustará...
-¡Que salga! No, paje, no.
-Pero reparad... ¡Anda con Dios!
¡Allá os
avengáis! Yo no pude hacer más
-dijo el paje
encogiendo los hombros al ver que
Macías,
apartándole con brazo poderoso,
se dirigía
hacia donde sonaba el ruido de
los pasos.
-¿Qué altercado es ése, Jaime?
-salió
diciendo Elvira-. ¡Santo Dios!
-añadió en cuanto
vio al doncel, que arrodillado ya
a sus pies
parecía implorar el perdón de su
audacia y su
descortesía-. ¡Qué imprudencia,
señor, y qué
osadía! ¿Qué hacéis? ¿Vos en mi
habitación?
-Sí, bien mío -respondió Macías-.
Vana
es ya la porfía. Inútil la
resistencia; yo os amo, Elvira. -¡Ah! ¿qué intentáis? Alzad, señor, volveos.
-¿A dónde queréis, Elvira, que me
vuelva? -dijo Macías, levantándose y estrechando entre sus manos las de su
amante-. El mundo entero está para mí donde estáis vos. No hay más allá.
-¡Silencio! Si mi esposo...
-Elvira, no temáis...
-Salid. Os lo ruego, os lo mando.
-¡Delirio! ¿Os parece que cuando
me decidí a acción tan aventurada, cuando me expuse y os expuse a vos misma a
los riesgos de esta entrevista, fue para volverme después de lograda?
-Yo tiemblo, Jaime -dijo Elvira-,
si por
ventura oyeses...
-Perded cuidado, prima mía... -
respondió Jaime.
-Corre, sí; si le vieses venir...
-Jaime os probará fidelidad.
Dicho esto, salió el inteligente
pajecillo,
bien resuelto a ejercer la más
activa vigilancia para evitar que la locura imprudente del doncel acarrease a
su prima más funesta consecuencia que la de haber de convencerle de cuán
temerario era el paso que acababa de dar en aquel momento. Macías dirigió al
paje, que desaparecía, una mirada en que se podía leer claramente una larga
acción de gracias al cielo, que le proporcionaba por fin aquella secreta
ocasión de vencer el desdén de la señora de sus pensamientos.
-¡Ah!, Macías, si sois generoso,
si sois caballero, oíd mis ruegos por piedad. Idos. Soy mujer, y os lo ruego. A
vuestras plantas si queréis...
-¡Elvira! -gritó Macías fuera de
sí,
levantando a la hermosa Elvira-.
Oídme. Un momento no más. Oídme y partiré. Tres años, señora, hace que os vi la
vez primera; tres años os amé, y os amo, yo os lo juro, como nadie amó jamás;
igual tiempo callé. Mil veces fue a escaparse de mis labios la palabra fatal;
mil veces la sofoqué; la inmensidad de mi amor la ahogó en el fondo de mi
corazón. Mis ojos, sin embargo, os lo dijeron. ¿Cómo imponerles silencio? Ellos
hablaron a mi pesar. ¿Por qué los vuestros me respondieron? Callaran ellos y
muriese yo callando. Ellos me animaron, empero. Bien lo sabéis, señora. Mi amor
es obra vuestra.-¿Mía? ¡Ah! ¡Sed, doncel, más generoso! -¿Pedísme generosidad?
¿La usasteis
vos conmigo? ¿Vos me pedís
virtudes? Pedid amor, señora. Es lo único que os puedo dar; amor, y nada más.
Si es virtud el amar, ¿quién como yo virtuoso? Si es crimen, soy un monstruo.
-¡Silencio!
-¿Por qué? ¿Pensáis que la
Naturaleza
ha podido imprimir con caracteres
de fuego en el corazón del hombre un sentimiento sublime, un sentimiento de
vida, eterno, inextinguible, para que se avergüence de él? ¡Ah! No la hagáis
injuria semejante. Cuando lanzó la mujer al mundo, la amarás, dijo al hombre;
inútil es resistirla. Sus leyes son inmutables, su voz más poderosa que la voz
reunida de todos los hombres. Os amo, y a la faz del mundo lo repetiré; harto
tiempo lo callé...
-¿Pero podéis ignorar, Macías,
que mi
estado?...
-¿Vuestro estado? Preguntadle a
mi
corazón por qué latió en mi pecho
con violencia cuando os vi por la vez primera. Preguntadle por qué no adivinó
que lazos indisolubles y horribles os habían enlazado a otro hombre. Nada
inquirió. Yo os vi, y él os amó. ¿Por qué,
cuando dispuso también de vuestra
hermosura? Si sólo para un hombre habéis nacido, ¿por qué os dio el cielo
belleza para rendir a ciento?
-Vos deliráis, Macías.
-Si es delirio el amaros, deliro,
y deliro
sin fin. Si en mis acciones, si
en mis palabras echáis de menos por ventura la razón, vos la tenéis sin duda,
que vos me la robasteis. Vuestros son también mi locura y mi delirio.
-Falso es, Macías, lo que
habláis; es
falso. M vos me amáis ahora ni me
amasteis
jamás. ¿Dónde aprendisteis a amar
de esta
manera? Me veis, y vuestros ojos,
funestamente
clavados en los míos, están
diciendo a todo el
mundo: ¡Yo la amo! Corro al campo
a buscar la
tranquilidad que en vano me pide
mi corazón
en la ciudad, y allí Macías, allí
donde yo voy.
Veis a mi esposo, que al fin,
Macías, es mi
esposo, es cosa mía, y hacéis
gala de decir a las
gentes con vuestras miradas:
Porque ella es suya le aborrezco. ¿Y por qué, imprudente, no he de ser suya?
¿Qué hizo él acaso para merecer tanto odio? ¿Qué hacéis vos que él no haya
hecho, y antes, doncel? ¿Gustáis de mí, decís? También él lo decía. ¿Puede ser
en él crimen el amarme, y en vos?...
-Crimen, sí, crimen imperdonable,
que
sólo con mi sangre o con la
suya..
-Basta ya, temerario. ¿Y vos me
amáis,
doncel? ¡Y vos me lo decís! ¿Os
encuentra ese
esposo a mis plantas casi, no
hunde su acero en
vuestro corazón, como debiera sin
duelo
alguno, y vos le provocáis y
osáis contra él
alzar el insolente acero? ¿Eso es
amar, Macías?
Nadie hay en la corte que al
pronunciar vuestro
nombre no pronuncie el mío al
mismo tiempo.
¿Por qué esa unión fatal? Vuestra
imprudencia
acaso...-¡Mi imprudencia!
-Y no contento con perderme para
siempre, no contento con haber
llenado de luto mi corazón, con haber hecho de mis ojos dos fuentes de lágrimas
inagotables, ¿osáis aún, a riesgo de ser hallado, traspasar el dintel de mi
puerta, osáis comprometer mi vida..., mi honor?...
-¿Yo, Elvira? ¡Maldición sobre
mí! -¿Eso es, decidme, lo que debía yo prometerme de ese amor tan decantado?
¡Ah!, Macías, si os amara, ¡cuán infeliz sería! -¡Si me amara!
-¡Cuán infeliz! Vos mismo habéis
cavado entre los dos un abismo
insondable... -Abismo que se llenará, que yo traspasaré, o donde entrambos nos
hundiremos. Me amas, Elvira, me amas. Tu llanto, tus acentos, esa voz trémula y
agitada, la tempestad que anuncian tus palabras son señales harto ciertas que
descubren el volcán inmenso que arde en tu corazón. Si fui
imprudente, lo confieso, tú
tuviste la culpa.
¿Por qué no me inspiras una de
esas débiles
pasiones, un amor pasajero, de
esos que es
dado al hombre disimular, de esos
que no se
asoman a los ojos, que no hablan
de continuo
en la lengua del amante, de esos
que pasan y se
acaban y dan lugar a otros? ¡Ay!
Tú lo ignoras,
Elvira. Hay un amor tirano; hay
un amor que
mata; un amor que destruye y
anonada como el
rayo el corazón en donde cae, que
rompe y
aniquila la existencia, y que es
tan fácil de
encerrar, en fin, en lo profundo
del pecho,
como es fácil encerrar en una
vasija esos rayos
del sol que nos alumbra.
-Macías, ¡por piedad!
-No; sufre ahora, que yo sufrí
también, y
sin consuelo y sin indemnización
y sin premio. Una vez no más te hablo en la vida, pero me has de oír. ¿Temes el
mundo? Bien. Habla, es verdad, habla imprudente lo que sabe, lo que
no sabe, lo que existe y lo que
acaso jamás existirá. Témele tú en buen hora. Yo le aborrezco. Huyamos de él,
huyamos para siempre. Una lanza para mí y un caballo para los dos. Basta.
-¿Qué escucho? ¿Adónde queréis
llevarme?
-Donde no haya hombres, Elvira;
donde
la envidia no penetre. Una cueva
nos cederán los bosques, amor la adornará; tú misma con tu presencia. Sólo
nosotros hablaremos de nosotros. El león allí no contará a la leona, con
maligna sonrisa, que Macías ama a Elvira. Las fieras se aman también, y no se
cuidan como el hombre del amor de su vecino. El viento sólo lo dirá a los ecos,
que nos lo repetirán a nosotros mismos. Ven, Elvira, bien mío.
-Macías -dijo Elvira desasiéndose
de los opresores lazos del doncel-, vos os dejáis llevar de vuestro loco
arrebato. Vos me tuteáis...
-¿Y qué importa, señora, que no
se tuteen nuestros labios, si nuestros ojos se tutean?-¡Ea! partid, dejadme
-añadió Elvira con una emoción difícil de explicar-. Por la última vez,
dejadme.
-Decidme que me amáis y partiré.
Una
vez sola, una vez; decidme que he
de volver a
veros, que he de volver a
hablaros...
-Soltad; es imposible.
-Amadme, Elvira, ¡por piedad!
-¡Nunca! ¡Jamás! Os aborrezco.
-¿Me aborrecéis? ¿No hay en el
cielo
rayos? ¿No hay quien me mate?
¡Hernán Pérez!
-¿Qué hacéis?
-Llamarle. Lleve mi vida quien se
llevó mi dicha. ¡Hernán Pérez!
-¡Teneos! Macías. Bien; yo...
-Acaba, acaba.
-Yo os... imposible, jamás. Os
aborrezco.
-¿Y lo dices llorando? Tus
lágrimas
ardientes corren hasta mis manos.
Huyamos.
Los amantes son sólo, Elvira, los
esposos....
Inútil es la lucha...
-No, no. Macías, hay un Dios. Hay
un
Dios que nos ve. Mi deber es
primero. ¡Santo Dios! -exclamó prosternándose la desdichada Elvira-, dadme
fuerza y virtud. Sola no basto a resistir.-¿Qué escucho? ¡Es mía, es mía!
Macías estrechaba sobre su
corazón a la infeliz Elvira, que exánime y sin sentido no oponía a su loco
arrebato más resistencia que la pasiva inmovilidad del estupor y del asombro.
-Él viene -gritó de pronto una voz harto conocida a los oídos de Macías y de
Elvira-. Él viene -repitió de allí a un momento. Así resonó en el corazón del
doncel, como el eco lúgubre del bronce que anuncia al amante parado en la playa
la despedida del buque que lleva consigo el tierno objeto de sus ansias.
-¿Viene, Jaime?... -preguntó
Elvira fuera
de sí-. ¡Dios mío! Salid, señor,
salid. ¿Veis a qué extremidad me reduce vuestra imprudencia? -Decidme, pues
-contestó Macías deteniéndola aún-, decidme una palabra sola de consuelo.
-¡No, no! -contestó Elvira
mirando a todas partes con la mayor agitación. -Ved que no es tiempo ya
-repitió el pajecillo, mirando por entre los coloreados vidrios de una rasgada
y gótica ventana. -¡Mi honor, mi honor, Macías! -exclamó Elvira. -Hablad pues...
-Bien, sí; lo que gustéis diré,
pero
ocultaos.
-Sólo por ti...
-¡Hacedlo por mí! Sí. Ved ese
gabinete.
Armas es lo que hay dentro. Rara
vez llega a él.
Presto; ocultaos.
Echó Macías una ojeada de dolor a
Elvira y otra de despecho hacia
la puerta por
donde debía tardar muy poco en
entrar el hidalgo; impelido, sin embargo, por el brazo de Elvira, que
suplicante le rogaba con lágrimas en los ojos, que salvase su honor, ocultóse
en el gabinete y cerróse por sí misma tras él la pesada puerta.
-¡Dios mío! -exclamó Elvira-.
¡Perdón, perdón! ¡Vos veis, Señor, mi inocencia desde los cielos! ¡Dadme valor
para la amarga prueba que me falta!
No bien había acabado de decir
estas palabras y de enjugar precipitadamente las lágrimas que se habían
agolpado a sus ojos, rogó al pajecillo, no menos asustado que ella, que no se
separase de su lado en aquel crítico momento, en que necesitaba su serenidad
toda y la de un amigo además, para no revelar ante los perspicaces ojos de su
marido la terrible emoción que dominaba en su pecho. Poco después entró Hernán
Pérez. El lector nos
perdonará si dejamos para otro
capítulo la prosecución del cuento de las cuitas de la infeliz Elvira.
CAPITULO VIGESIMOCTAVO
E si por ventura quieres
Saber por qué soy penado,
Plácete, porque si fueres
Al tu siglo transportado,
Digas que fui condepnado
Por seguir damor sus vías,
E finalmente, Macías
En España fui llamado.
Don Enrique de Villena. Infierno
de los enamorados.
Suponemos de buena fe que pocas
de nuestras lectoras se habrán encontrado en la situación de Elvira, si bien no
nos atreveríamos a asegurar otro tanto de nuestros lectores con respecto a la
del encerrado doncel. Era, efectivamente, aquélla bastante extraordinaria.
En balde había dirigido la virtud
más rígida
todas las acciones y palabras de
Elvira; en balde
había resistido, a costa de los
mayores
tormentos, a la encendida pasión
de su
imprudente amante. Una
inexplicable fatalidad
pesaba sobre ella y sobre cuanto
la rodeaba.
Ella había inspirado
inocentemente una pasión
frenética, que sólo podía
emponzoñar su vida o
adelantar su muerte; pero
semejante a la abeja,
que se lastima al picar y deja
perdido el aguijón
en la herida que hace, Elvira no
había ganado el
corazón del doncel sino a costa
del suyo. Más
virtuosa como mujer, luchaba más
tiempo; pero
luchaba con un enemigo más fuerte
que ella, y
sólo la mano del Todopoderoso,
que acababa
de implorar, podía salvarla del
hondo
precipicio que ante sus pies
miraba Amaba a su
esposo por otra parte; y ¿cómo no
amarle? Era,
pues, tan inocente como
desgraciada.
La misma fatalidad que pesaba
sobre
Elvira había alcanzado al doncel.
Había bebido sin saberlo la ponzoña que corría por sus venas. Largo tiempo
había luchado también el deber con el amor; pero un concurso de circunstancias
no buscadas le habían venido a poner en tal estado, que así le era fácil
sacudir el yugo, como le es fácil a la débil paloma desasirse de las crueles
garras del sacre devorador.
La puerta del gabinete donde
Macías
había entrado era compuesta de
dos altas hojas, construidas según el gusto gótico, o por mejor decir, góticos
arabescos, que tenían entonces todos los adornos arquitectónicos. Pero en cada
una de sus hojas una ventanilla cerrada por una cruz de hierro, y puesta a la
altura poco más o menos de una persona, proporcionaba desgraciadamente al
caballero la deplorable facilidad de ver cuanto pasaba en la cámara donde los
dos esposos estaban, no pudiendo
ser él visto a causa de la
oscuridad en que se hallaba sepultado aquella especie de astillero o gabinete
de armas, que no tenía más luz que la que del salón inmediato recibía.
El semblante pálido y deshecho de
Elvira, sus ojos encendidos de llorar, una indefinible tristeza que oscurecía
sus facciones, como una nube oscurece el día, y cierta agitación particular,
hija del temor y del cuidado con que entonces estaba, la hubieran hecho
interesante a los ojos de cualquiera por indiferente que hubiera sido a los
tiros del amor. Hacía tiempo, por el contrario, que no había tenido Hernán
Pérez un día que tanto hubiese contribuido a disipar su natural melancolía.
Había cazado con Su Alteza y con don Enrique de Villena, que ambos a dos le
habían colmado de favores; aquella había sido la primera vez que se había
hallado en público en calidad de caballero, y el corazón del
hombre es harto débil para no
lisonjearse de semejantes distinciones. Deseaba partir con una persona querida
su satisfacción; y ¿con quién mejor que con su esposa? Dirigióse a ella con un
semblante más animado y franco de lo que comúnmente solía.
-He tardado, ¿no es verdad,
Elvira? -dijo acercándose a ella con un hermoso azor en el puño izquierdo-. ¿He
tardado?
-No, Hernán, antes paréceme que
habéis venido...-¿No me esperabais todavía? Esta es la suerte de los maridos.
Nunca se los espera. -¡Santo Dios! -dijo para sí Elvira, hasta
cuyo corazón había penetrado esta
casual alusión.-¿Estáis triste, Elvira? -continuó Hernán acariciando al pájaro
distraídamente-. Cualquiera diría que habíais cometido alguna acción de que
tuvieseis que avergonzaros. Si os hubiera sorprendido con un amante no
tendríais la cara más lastimosamente
melancólica. Si he venido a
haceros mala obra...
-¡Esposo mío! -exclamó Elvira,
destrozada en su interior-. Sabéis que ha tiempo que la debilidad de mi
cabeza...
-Tenaces son esos males de cabeza
y terribles -añadió Hernán-. También está triste este pájaro. Miradle, Elvira.
Su Alteza acaba de cambiármele por el mío; ha cazado tan bien esta mañana que
ha querido quedarse con él. Nos ha encantado a todos. ¿Queréis creer que
cuantas veces le ha soltado Su Alteza y don Enrique de Villena, otras tantas ha
vuelto con la presa? Sólo una vez que le solté yo se vino con las garras
vacías. Sobre eso quiso Su Alteza darme vaya. «Ea!, dijo, Vadillo, hoy no
estáis para cazar. Hoy no cogeréis pájaro ninguno...» ¿Qué tenéis, Elvira?...
Sobre eso fue tal la rabia que concebí, que se lo ofrecí al Rey, y de buena
voluntad. Efectivamente no era mi estrella cazar hoy. De allí a poco Su Alteza
se empeñó
en que le soltara su doncel
favorito... y también cazó; pero yo nada. Verdad es que Macías caza bien. Pero,
esposa, ¿os alteráis? Esa agitación, acaso... su nombre sólo os ofende. ¿Tanto
le aborrecéis? ¿Recordáis por ventura?... Pero veo que os incomoda demasiado.
Nunca hemos hablado de eso. No hablemos jamás ya. Volviendo a la caza, Elvira,
está visto que hoy no cazo. Diome, pues, este azor en cambio del mío, y
¡pardiez! que está triste. Acaso habrá dejado su compañera al venir a mi poder.
Los animales nos dan ejemplo de fidelidad, ¿no es verdad, Elvira? Capaz será de
morirse. ¡Azor!, ¡azor! Sólo por eso le quiero. Él no caza hoy, es verdad; en
eso se parece a mí; pero es fiel, y váyase lo uno por lo otro; porque en eso se
parece a vos.
Volvía Elvira la cabeza a una y
otra
parte; tosía, bostezaba; cubríase
el rostro con el pañuelo; pero la agitación que en su exterior se
notaba era, comparada con el
desorden de sus pensamientos y la lucha atroz de sus sensaciones, lo que es la
arrugada superficie del mar azotada por una blanda brisa, comparada con el
furor y embate de las montañas de agua que subleva y despide contra el cielo
una deshecha borrasca. Al pajecillo íbasele un color y vaníasele otro, que
aunque de corta edad, ni se le ocultaba el riesgo del encerrado mancebo ni el
de Elvira si llegaba a ser descubierto, ni la terrible simpatía que entre
aquella situación y el diálogo del hidalgo reinaba.
Comenzó éste a parar la atención
en el singular estado de su esposa.
-Os entiendo, Elvira -dijo
después de un momento de pausa-, os entiendo. Las conversaciones de dos esposos
que se aman no han menester testigos, y vos tenéis sin duda algún secreto que
fiarme.
-¿Yo? -preguntó azorada Elvira-.
¿De
qué inferís?...
-Sí; Jaime -continuó Hernán
Pérez-, yo te llamaré.-Ah, dejadle, señor; el paje no incomoda...
-No importa. Lleva este azor
adentro.
Que le cuiden. Que no se escape
sobre todo; era el favorito de Su Alteza, y tan ilustre huésped no puede sino
honrar mi casa.
Preciso le fue al paje obedecer.
La orden estaba dada de una manera muy positiva, y el haber insistido, por otra
parte, demasiado, sólo hubiera conducido a dar sospechas. Elvira hizo un
esfuerzo para levantarse,
y dirigiéndose al paje, bastante
separado ya de su esposo, aparentó acariciar al ave, pero díjole en realidad al
oído:
-Jaime, vuelve dentro de un
momento;
si he conseguido apartar de aquí
a Hernán Pérez, facilita la salida al caballero. ¡Y que no vuelva nunca, nunca!
-Bien, querida prima -respondió
el paje
en voz alta-, no es éste el
primer pájaro que he cuidado. Yo os aseguro de que se le tratará como merece
¡Azor! ¡azor! -se fue diciendo en seguida, y saltaba al mismo tiempo
aparentando con la mayor inteligencia el indiferente atolondramiento de su
alocada edad. -Pienso, Hernán Pérez -dijo Elvira acercándose a su esposo-, que
el aire libre me sentaría bien. Si quisierais, pudiéramos... -Esposa mía
-repuso Hernán Pérez,
cuyos deseos de conversar a solas
con Elvira irritaban más y más los obstáculos que se le querían oponer-, no lo
creáis. Se ha levantado un viento fuerte, que sólo podría perjudicaros. Venid y
sentaos a mi lado. No es mi carácter, Elvira, esa fatal reserva que
circunstancias desgraciadas me han hecho usar con vos de algún tiempo a esta
parte. El corazón del hombre se cansa del silencio; llega un caso, por
fin, en que necesita, como el
agua oprimida, un desahogo. Me es necesaria, Elvira, una larga explicación.
-¡Dios mío! -dijo Elvira para
sí-, ¡en vuestras manos me encomiendo! -resignada con esta breve oración
mental, sentóse trémula y agitada al lado de Hernán, que cogiéndole una mano y
oprimiéndosela cariñosamente, continuó, clavando tiernamente sus ojos en los de
ella:-Sí, Elvira, oídme. Si os creyese una mujer vulgar, una mujer capaz de
guardar secretos para vuestro esposo, no os abriría mi corazón. Pero ¡ah! vos
sois víctima también hace ya tiempo de esta fatal reserva que ha helado nuestra
existencia. Maldición sobre el ser impasible y yerto, que cerrado siempre para
sus semejantes, vive sólo dentro de sí y sólo para sí. Su consorte es un vivo,
condenado a vivir atado a un cadáver. -¿Qué decís?
-Sé que el destino ha arrojado
entre nosotros un ser desgraciado; sé que una inclinación a que disteis acaso
demasiado imperio sobre vuestro corazón...
-¡Hernán Pérez! -exclamó asustada
Elvira. -Sí, ¿a qué negarlo? Vos amabais a la condesa, más acaso de lo que la
misma amistad tiene derecho a exigir.
-Cierto que la amé siempre mucho
- interrumpió Elvira con más serenidad. -No culpo en vos ese sentimiento, si
bien pudiera estar celoso de él.
Nace de un
corazón generoso; pero...
-Permitidme que en ese punto no
dé
oídos, señor, a vuestras
reconvenciones... -dijo Elvira pensando más en abreviar el diálogo que en
meditar prudentemente sus respuestas. -¿Es posible, Elvira, es posible?
-He jurado guardar silencio...
-Pero ¿cuál misterio...?
-Permitidme que calle ahora;
algún día sabréis, y no está muy lejos tal vez, que esa misma amistad que me
echabais no ha mucho en cara os hace mirar a don Enrique bajo un aspecto falso.
Básteos saber que no he creído faltaros...
-Dejemos en buena hora ese punto,
si
tanto os incomoda. Vengamos a
otro. Sabéis, Elvira, que soy vuestro esposo... Hay un hombre, sin embargo...
-Esas palabras, señor... ¡Ah! soy
inocente
-exclamó Elvira precipitándose a
los pies de Hernán Pérez.
-¿Cómo pudiera yo dudarlo,
Elvira?
Sois inocente; pero ¿basta acaso
en el mundo en que vivimos ser inocente? ¿No es fuerza parecerlo también?
Oídme. Vos sabéis cuánto os amé; os conduje al altar, partí con vos mi lecho,
os entregué mi casa, porque os amaba, Elvira. Hay un hombre, sin embargo, que
ha
osado poner en vos los ojos.
-¡Ah!, señor, acaso os
deslumbre...
-Nada me deslumbra, Elvira. No os
haré cargo alguno. Vuestra palabra me basta. Mi honor está en vuestras manos.
Ese fue el depósito sagrado que al desposarme os entregué. ¿Le habéis guardado,
Elvira? -¡Señor! -exclamó Elvira ahogando sus sollozos y volviendo el rostro a
mirar con la mayor agitación el gabinete.
-La verdad, Elvira, y nada más.
Mirad;
yo os pedí vuestro corazón, no os
lo robé; yo no os dije seréis mi esposa, sino ¿queréis serlo? ¿Para qué
pensasteis que enlacé a mi suerte la de una mujer? Para hacerla feliz. No hago
trovas, Elvira, no es el talento la cualidad de que blasono. Empero la honradez
será siempre mi norte. Sed, Elvira, feliz. Decidme ahora cuáles son los medios
que para serlo exigís. Hoy es tiempo todavía; mañana no lo será tal
vez.
-¡Ah! -exclamó Elvira en el mayor
desorden-. ¿Vos habéis dudado, esposo? Si vierais, sin embargo, mi corazón, si
vierais cuánto ha padecido... ¡Piedad, piedad de mí! No mando en mí, Fernán, ni
sé quién soy. -No os turbéis, Elvira; tranquilizaos. Eso me basta ¿Me amáis?
-¡Si os amo! ¿Cómo pudiera no
amaros? -Basta, Elvira; de hoy más mis labios se sellarán vuestra palabra va a
guardar en lo sucesivo mi tranquilo, sueño. ¡Elvira, Elvira! Una larga escena
de silencio, pero de elocuente silencio, se siguió a esta enérgica exclamación.
Elvira, al oírla, miró dolorosamente al gabinete. Presentóse entonces a sus
ojos el amor, terrible presagio de sangre y de desgracia. Asustada cerró los
ojos, y no pudiendo resistir a la lucha interior que la devoraba y a la imagen
de cuánto debería sufrir
el que estaba condenado a ser
testigo de escena tan amarga, dejó caer su cabeza desmayada sobre el hombro de
Hernán Pérez. Un torrente de sus lágrimas inundó el pecho del hidalgo; de esas
lágrimas de hiel que se forman y corren lentamente, que manan con dolor, con
amarguísimo dolor, del mismo corazón.
-Ah, perdonadme, Elvira -dijo
arrebatado el hidalgo de ternura y de entusiasmo-, perdonadme si he podido
ofenderos con dudas ofensivas...
-¿Que os perdone, señor? -exclamó
Elvira-. ¿Yo a vos? Perdonadme vos a mí... Al llegar aquí anudáronse las
palabras
en la garganta de Elvira, y no la
dejaron sus sollozos proseguir. Un sentimiento profundo de vergüenza y
remordimiento, y una expansión espontánea de generosidad se habían apoderado de
ella. Un momento menos de reflexión, y la infeliz Elvira declaraba a los
pies de su suspicaz esposo su
deplorable estado; pero el doncel estaba en su casa todavía. La menor
imprudencia suya hubiera tenido funestas consecuencias. Alzó los ojos al cielo
Elvira y contentóse con llorar.
-¡Macías, Macías! -dijo para sí-.
¡Oh, quién pudiera aborrecerte!
-¡Me ama, me ama como el primer
día! - exclamó Hernán Pérez con loco frenesí; arrojándose en seguida en sus
brazos, estampó en su pura frente un ósculo conyugal. Elvira sintió su rostro
encenderse de rubor al contacto fatal. Bajó los ojos avergonzada, y hubiera
querido más bien ver con ellos el infierno todo que haber encontrado con los de
su esposo, tranquilos, entonces, serenos, confiados, como lo está el ignorante
pasajero que duerme con placer a la pérfida sombra del nogal. También el doncel
oyó el ósculo dado
en la frente de Elvira, que
resonó en su corazón
como la voz de la verdad en la
tumba. Helóse su sangre toda dentro de sus venas. Sus ojos, lanzados fuera de
su órbita, devoraban desde la oscuridad el rostro divino de la hermosura,
reclinada en brazos de otro. Sus manos, cerradas por sí solas y comprimidas,
sacudieron la cruz de hierro que cerraba la ventanilla, y si no bastaron a
romperla sus esfuerzos, torciéronla como un mimbre delicado.
-¡Se aman, se aman! -exclamó el
doncel
con voz ronca y apenas
inteligible-. ¡Maldición, maldición sobre ellos y sobre mí! -y una lágrima,
pero una lágrima sola, se abrió paso con dificultad a lo largo de su mejilla,
fría como el mármol.
CAPITULO VIGESIMONOVENO
Seis años fui de él servida,
Sin de mi alcanzar nada.
Él ofendió a mi marido
Y de ello yo fui la causa;
Y con todo esto le quiero,
Y le tengo acá en el alma.
Rom. de Gazul.
-¡Ah!, Vadillo -exclamó Elvira,
creyendo haber oído algún rumor en el gabinete-, ¡cuán desdichada soy!
-¡Elvira! -dijo escuchando un
momento
Fernán Pérez-. Diría que alguien
había hablado a nuestro lado.
-¿A nuestro lado? ¿Cómo? ¡Qué
fantasía!... ¿Quién pudiera?...
-Tiempo es el caballero,
Tiempo es de andar de aquí.
entró cantando a esta sazón con
voz descomunal el ato-londrado pajecillo, según las palabras de aquel antiguo y
famoso romance popular que se cantaba entre las gentes; entraba Jaime como
quien creía que habría tenido ya ocasión la bella prima de sacar de allí al
hidalgo.
-Sería el paje, señor, el que
aquel ruido metía -dijo Elvira aprovechando tan feliz coincidencia.
-¿Qué buscáis de nuevo aquí?
-preguntó Hernán Pérez con todo el mal humor de aquel a quien interrumpen en
una acusación agradable para la cual no ha menester testigos-. No haría yo mal,
¡vive Dios!, atolondrado, en cogeros de un brazo y encerraros en ese gabinete
oscuro hasta que hubieseis aprendido otra mesura y comedimiento.
-Perdonadle -gritó Elvira,
asustada.
-Ved que habrá sabandijas en ese
cuarto, señor hidalgo -repuso el pajecillo prontamente-; nadie entra en él
jamás.
-Vos seréis el bellaco y la
sabandija, mal
criado -contestó Hernán Pérez-
¡Ea!, salid.
-De buena gana; pero no será sin
deciros
que el azor no quiere comer, y
que es tan torpe
Alvar, el escudero que os habéis
echado desde que recibisteis la orden de caballería, que quiero yo que me
encerréis de veras si antes de un cuarto de hora no campa solo el pájaro por su
respeto sobre alguna torre del alcázar. ¡Pobre animalito! ¡ya se ve!, quiérese
escapar. Os digo que se escapará.
-¿Se escapará? ¡Voto va! Paje, a
vos os lo
di; si él se escapa, acordaros
habéis del pájaro de Su Alteza. Dejad, Elvira, que vea lo que hacen esos
necios. Tenedme ahí entretanto a buen recaudo a ese insolente. ¿Escaparse? No
se escapará, ¡voto a Santiago!
Diciendo y haciendo, salió
precipitadamente el hidalgo, y el paje, vuelto hacia la puerta por donde salía,
y poniéndose los puños en los ijares:
-Se escapará -dijo con donaire y
burlita sardónica-; sí, señor, se escapará. ¿Pero esperaros yo aquí, eh? Para
mi santiguada que
no haré tal; no estoy tan mal
avenido aún con mis orejas. Vaya, ¿qué hacéis, prima? Ved que el tiempo pasa, y
si le perdéis, saldráse con la suya el hidalgo, y el pájaro no se escapará.
-¡Santo Dios! ¿Con que es falso ese recado que nos habéis traído, Jaime? ¿Y no
tembláis?...
-Prima, todo el riesgo para mí es
perder
una oreja, v más perderíais vos
si...
-¡Querido Jaime, querido Jaime! -
exclamó Elvira estrechando al
paje entre sus brazos.-Luego, prima, luego -dijo Jaime mirando con cuidado
hacia la parte por donde acababa de separarse el hidalgo, y dirigiéndose en
seguida hacia el gabinete-: ¡Caballero - añadió abriendo-, caballero! ¡Vaya que
se ha dormido, mientras que nosotros hemos sudado por enmendar sus locuras!
¡Ay, Dios mío! - prosiguió todo asustado viendo salir al doncel. Parecía éste,
efectivamente, más bien un
espectro que una persona. El amor
y los celos luchaban aún en su semblante.
-¡Ingrata! -gritó fuera de sí,
dirigiéndose a la desdichada Elvira-. ¡Ingrata! ¿Qué pretendéis ahora de mí?
¿Sacaisme aquí a la luz por si no veo bien allí vuestras infernales caricias,
por si no oigo bien vuestros pérfidos juramentos? ¿Qué os hice yo para rigor
tan grande? ¿Le amáis, le amáis?
-¡Macías!, basta; huid, huid
-exclamó temblando de terror y echándose a sus plantas la infeliz-. No más
tiempo, no más; que ha de volver.-¡Vuelva! ¡Vuelva! Aquí mi pecho está. Máteme
luego.
-¡Vaya, señor -exclamó el paje-,
deje para otro día esa canción! Mire por Dios... -¡Ah, Jaime! ¡Me aborrece! -
le
interrumpió Macías.
-¿Qué os ha de aborrecer? -repuso
el paje
-¡Jaime! -gritó Elvira, tapando
con su
mano la boca del inocente-.
Macías... partid.
-No, no partiré. ¿A qué vivir, si
he de
vivir sin vos? Sea su triunfo
completo. Amadle sin rubor. ¡ Perezca sólo quien no debe gozar! -¡Por Dios!
¡Por mí, Macías!
-¡Cierto! Soy un testigo
importuno para
los placeres que os esperan -dijo
Macías con voz reconcentrada y toda la sangre fría de un hombre desesperado.
-¿Qué han de esperarme, ¡ay de
mí! sino tormentos? ¿Queréis que al fin lo diga? Huid y lo diré.-Elvira, ¿qué
dirás? -gritó Macías-. ¿Que le amas, otra vez?...
-No, nunca, no. ¿Qué pude hacer
delante de él? A ti amo: sólo a
ti...
-¿A mí? ¡Ah! ¿A mí? ¡Sueño,
deliro!
-¡Qué vergüenza, Dios mío! Pero
huye
ya, ;qué esperas? Ya lo oíste de
mi boca; por ese amor frenético que veo en tus ojos con placer,
por ese amor, Macías, ¡huye!
¡Huye por Dios! ¡y por piedad!
-¡Elvira! Elvira! -dijo Macías
palpitando
todo de amor y de felicidad-.
Huyo, sí, huyo.
Dime, empero, que volveré.
-Volverás si huyes ahora,
volverás. -¡Adiós, Elvira, adiós! -gritó con loco furor Macías, y se lanzó
fuera del cuarto. -¡Adiós -repuso con voz apagada Elvira-
, adiós!
-y cayó sin fuerzas y casi sin sentido sobre un sitial inmediato, escondiendo
con ambas manos su rostro descompuesto y avergonzado.
-Alzad, prima; no lloréis -dijo
Jaime acercándose a la hermosa desconsolada. -¿No he de llorar? -exclamó ésta
volviendo en sí y mirando a todas partes con temor de ver volver a su esposo-.
¿No he de llorar? ¿Qué le dije yo, Jaime, qué le dije? ¡Imprudente! ¿Y él
volverá, volverá? ¡No,
jamás! -Andad -añadió el paje-
templad vuestro dolor. ¿No habéis visto con qué facilidad hemos engañado al
buen hidalgo?
¡Ah! Yo necesitaba tener presente
cuán serio era el lance, prima mía, para no soltar la carcajada. ¿Habéis notado
que no ha dicho una palabra que no pudiera hacernos reír con fundado
motivo?-¡Hacernos reír, Jaime! Maldecida sea mi loca pasión. ¡Sí, dices bien!
Yo le hice risible. ¿Yo? ¿Yo pago de ese modo su cariño, su amor, su
condescendencia? ¿En qué era, pues, risible? ¿En amarme? Saetas eran sus
palabras para mí. ¿Por qué ha de ser risible, Jaime? Porque tiene una esposa
infiel, que olvidada de su deber, ha dejado crecer en su pérfido corazón un
amor odioso. ¿Y porque ella es ingrata, él es risible? ¡Dios mío! Confundidme.
He aquí el premio que doy a su cuidado. Porque ha partido su lecho conmigo,
porque me ha confiado su casa, porque me dio su corazón, porque quiso
llamarme madre de sus hijos, ¿por
eso le aborrezco? ¡Me horrorizo, Jaime! ¡Yo misma me doy horror! ¿Yo cubriré su
nombre de ignominia; yo destinaré a eterno oprobio el nombre de mi marido, que
es el mío? ¿Las gentes al mirarme le pronunciarán con befa y con maliciosa
risa? ¡Dios mío, Dios mío! ¡Yo pierdo la cabeza! ¿y cómo amarle, sin embargo?
¿Es mío por ventura mi corazón? ¡Macías, me has perdido! Oye, Jaime, si le ves
por acaso, dile que nunca, nunca torne a mi presencia. Que huya, que huya. Le
adoro, sí, le adoro. Díselo tú también; pero que huya. ¡Qué delirio el mío!
¡Qué locura! ¡Mi voz se ahoga! -Hermosa prima, Hernán Pérez vuelve. Serenaos.
-¡Vuelve, vuelve! ¡Ah! Evita su
furor. Déjame a mi; muera yo sola; ¡yo su castigo merecí!-¡Ah! No, no parto, si
lloráis así. -Parte. Sí, dices bien, no lloro ya -dijo
con interrumpidos sollozos
Elvira, enjugándose los ojos rápidamente, y empujando con una mano al paje-:
Parte, que no te llegue a ver. -¿Dónde está -gritó Hernán Pérez-,
dónde el insolente que osa jugar
con mi cólera y desafiarla?
-¡Adiós, Jaime! -dijo en voz baja
Elvira-; corre... Teneos, Hernán Pérez... -añadió arrojándose al paso de su
esposo. -¡Oh! Decidme vos si no -gritó el
hidalgo-, ¿hay en esto, señora,
otro misterio? ¿Qué significan vuestras lágrimas, vuestros sollozos, vuestra
confusión?...
-Jaime, señor, es inocente,
inocente,
nunca quiso jugar con vuestra
cólera. Todos os
amamos aquí y os respetamos,
todos; pero...
mirad... oíd...
-¡Elvira, Elvira! -exclamó con
voz descompuesta el hidalgo, que comenzaba a sospechar vagamente.
-¡Perdón! -gritó Elvira con voz
aguda y
ahogada por sus lágrimas y
sollozos-. Esposo
mío, ¡perdón! -y cayó de
rodillas, abrazando los
pies del hidalgo, y dando su
frente pura sobre
el suelo con asombro de aquél,
que cruzado de
brazos delante de ella, parecía
en la mayor
inmovilidad andar buscando en su
cabeza
alguna explicación de escena tan
extraordinaria.
CAPITULO TRIGÉSIMO
Estando en esto llegó
Uno que nuevas traía.
-Mercedes a ti, fortuna
De esta tu mensajería.
Rom. del rey Rodrigo
-Ya veis que en ningún caso puede
convenirme -decía agitado Villena al astrólogo un día-. Cuando tengo vencidos
casi los obstáculos todos que a la posesión de mi maestrazgo parecían oponerse;
cuando unos
ya, merced a mis beneficios y
promesas, han vuelto a entrar en la senda del deber; cuando otros, cansados del
poco fruto de la diligencia de don Luis de Guzmán, ceden en tan obstinada
demanda y dan al olvido su rencor, ¿querrán que yo exponga a los riesgos de un
combate el objeto de todas mis ansias y desvelos? ¡Qué bobería, Abenzarsal!
Fuerza es para suponer en mi semejante delirio no conocer cuánto he deseado ese
maldecido maestrazgo ¡Por cierto que puede ser dudoso el éxito del combate! No
quiero yo decir con esto que mi antiguo escudero Hernán Pérez carezca de valor
de ningún modo; pero una cosa es tener valor, y otra estar seguro de vencer a
Macías. Abenzarsal, el combate no puede verificarse sino para perder yo el
maestrazgo por lo menos; y no se verificará.
-No es tan fácil hacerlo como
decirlo -
dijo Abenzarsal sin mirar al
conde, y más bien
como quien habla consigo mismo
que como quien contesta a otro-; no es tan fácil hacerlo como decirlo. Porque,
al fin, ni el mismo Rey puede revocar ya la prueba por combate que tiene
decretada a petición de parte, ni fuera decoroso en vos solicitarlo.
-Abenzarsal, decirme a mí ahora
que
nada se puede remediar en el
asunto por los términos ordinarios, vale tanto como decirme que Madrid está en
Castilla; y por cierto que no tengo ni el tiempo hoy ni la cabeza para aprender
verdades de esa importancia. Si os consulto es porque presumo que pudiéramos
dar un golpe atrevido. ¿No hay algún arbitrio? ¿No os ocurre a vos nada? ¡Por
Santiago! Yo creí que ya habíais comprendido que yo quiero que os ocurra.
-Mi cuerpo, señor, viejo y feo
conforme
se halla, está a tu disposición;
del alma nada te quiero decir, porque no estoy seguro de si
puedo disponer de ella como cosa
mía, después de la tempestuosa y maliciosa vida que he traído. Dios me la
perdone. Pero en cuanto a mis ocurrencias, permite que te diga, señor, que sólo
conforme me vayan ocurriendo podré irlas poniendo a tu disposición.
-¡Maldito viejo! -refunfuñó
Villena entre dientes-. ¿Cuándo queréis acabar de fundirme esa cabeza de bronce
que ha de responder a todo el que la pregunte y que me habéis tantas veces
prometido? Yo os aseguro que si la tuviera en mi poder, como debiera, a la hora
esta ya la habría hecho decir cosas buenas y oportunas acerca del asunto. No
habría combate, yo os lo aseguro; no lo habría. Os juro que esa sería la mejor
cabeza de Castilla, sin contar la mía, Abenzarsal, se entiende. -Mientras la
mía, señor, esté sobre mis hombros que será todo el tiempo que yo pueda,
paréceme que la de bronce ha de estar de más.
-Veamos, Abenzarsal, esa
prodigiosa fecundidad de recursos. Ya imaginaba yo que no dejaríais de sacarme
de este molesto apuro. -¿Has visto alguna vez a tu juglar Ferrus desempeñar,
con singular destreza y maestría, el famoso juego de cubiletes que de Italia
han traído a España algunos juglares y juglaresas de Provenza?
-Adelante, Abenzarsal.
-Bueno; pues es necesario que
aprendas ahora de Ferrus tan peregrina habilidad, y esto sin remedio.
-¿Os volvéis loco, u os burláis
de mí? -Ni lo uno ni lo otro. Lo primero no me tiene cuenta a mí; lo segundo no
te la tiene, señor, a ti; sin embargo, afírmome en lo dicho; no tienes, conde,
otro remedio a no ser que quieras valerte del agua aquella que poseo que no
sería tan mal recurso. Pero has dado en apreciar la vida del hombre...
-¡Qué horror, Abenzarsal, qué
horror! ¿Habéis tomado a vuestro cargo endurecer mi alma y hacer de mí un
pícaro tan redomado como vos? ¿No tembláis el crimen? -¿Qué es el crimen? ¿Lo
que han
querido llamar tal los hombres?
Soy uno de ellos; tengo derecho a no adoptar sus definiciones.
-¿Me diréis que el quitar la vida
a otro
ser...? -¿Qué es quitar la vida,
don Enrique? ¿Puede el hombre, necio, insensato, quitar la vida a ningún ser?
¿Puede el hombre crear ni destruir? ¡Impotente! ¡Miserable! Aquel en quien
acaba el alma de separarse de: cuerpo,
deja de vivir a los ojos de los
hombres. A los ojos de Dios vive, porque muere a los ojos de
Dios; Él ha derramado la vida en
los seres todos; unos existen bajo unas condiciones, otros bajo otras. Si el
vivo vive de una manera que confesamos, vive también el muerto de otra manera
que no conocemos; a los ojos de Dios
las acciones todas son iguales;
no hay bien, no hay mal; no hay vida, no hay muerte; no hay virtud, no hay
crimen
-¡Blasfemia, blasfemia! -gritó
don Enrique-. Os complacéis en aventurar horribles paradojas en los momentos
críticos en que tenemos más necesidad de inventiva que de ergotismo
escolástico, y de confianza en el cielo que de heréticas impiedades.
-Como gustéis; dejemos en buena
hora a los hombres, viles gusanos de la tierra, imaginarse en su vanidad los
seres privilegiados de la creación; dejémosles creer orgullosos que para dar
vueltas alrededor de su mundo miserable ha lanzado al vacío el Hacedor millones
de mundos mayores; dejémosles pensar que son algo y que valen algo; dejémosles,
en fin, dar una incomprensible importancia a sus acciones míseras, al que
llaman su honor, a su supuesta
ciencia, a sus ridículas
pasiones, al ruido que hace la boca, que llaman aullido en el lobo, y en sí
mismos conversación.
-¿Acabaréis? ¡Por Santa María!
-Dejémosles en tan lisonjero
error; convencedle al hombre de que no es nada, y precipitado de la altura del
trono que sobre la Naturaleza se ha erigido, se afligirá como si el no ser nada
fuese algo.
-¡Por Santiago! -exclamó Villena
despechado-; tenéis razón, Abenzarsal. Tenéis razón en todo lo que habéis
dicho, y en lo que habéis pensado, y en lo que os habéis dejado por pensar y
por decir. Pero ¿y mi maestrazgo? Os suplico que no lo consideréis como cosa de
hombres, que yo os prometo probaros antes de mucho que si el hombre puede no
ser nada, un maestrazgo por lo menos es algo.
-Vengamos, pues, al maestrazgo
-dijo sonriéndose el astrólogo, a quien esta última
frase debió de parecer mejor que
el mundo y
sus míseros habitadores-. Ya he
dicho, señor,
que no queriendo hacer uso del
aqua mortis,
necesitáis aprender...
-Pero ¿qué significa?
-Significa que, así como el
juglar, y un
juglar cualquiera, hace
desaparecer entre los dedos la bola mágica, según la llama el vulgo de los
hombres, ése de quien yo os hablaba hace poco...
-¿Volvemos? -dijo Villena
desesperado, con lastimoso acento.
-No; tranquilízate, señor; así,
pues,
necesitas tú hacer desaparecer a
alguien de la
corte de don Enrique
-¿A quién? ¿Y cómo?
-Voy a decirte, ilustre conde. A
Elvira,
tu acusadora, es caso imposible,
porque está libre bajo mi responsabilidad, así como Macías y tú lo estáis bajo
la propia del Rey, tú por tu
clase, y él por su favor.
-Bien. Adelante. Elvira es,
además, mujer de Hernán Pérez.
-Cierto; pero a Macías no me
parece que podría ser difícil. Él está ahora más que nunca poseído de una
pasión frenética; pasión cuyos resultados, felices para nosotros, has cortado
tú mismo con tus incomprensibles escrúpulos. Sin embargo, puédenos servir
todavía. Entreveo un plan asequible tal vez. Necesitaremos de Ferrus. Si el
doncel cae en el lazo que le vamos a tender, no será él ciertamente quien venza
a Hernán Pérez.
-Abenzarsal, ¡cuánto os debo,
amigo mío! -dijo Villena estrechando sus manos. -Dame, empero, tu palabra,
señor, de no estorbar mis intentos, y dame con tu palabra a Ferrus. Sé las
escenas que han pasado entre los amantes recientemente, sé... Pronto lo sabrás
tú mismo. Ven en tanto, señor, conmigo... Oigo un
rumor extraño en la cámara de Su
Alteza. ¿Será acaso alguna novedad en la salud del Rey que debamos sentir
todos?
Al acabar el astrólogo estas
palabras,
dirigiéronse entrambos hacia la
cámara de Su
Alteza. Oíase desde ella un
prolongado y
confuso clamoreo, cuya causa no
tardaron en
adivinar. Su Alteza, rodeado ya
de algunas de
las primeras dignidades de
Castilla, preguntaba
a unos y a otros, y parecía
haberse hallado
largo rato en la misma duda que
los personajes
de nuestro último diálogo.
Brillaba, sin
embargo, en su semblante una
alegría desusada
en él y podíase conocer desde
luego que más
tenía de fausto que de infausto
el suceso que
producía en aquella ocasión tanto
movimiento.
-Venid, ilustre conde, mi
pariente, y vos,
Abenzarsal, venid -dijo don
Enrique el Doliente
saliendo al paso contra su
costumbre, con
notable olvido de su propia
dignidad, a los
personajes que entraban en su
cámara-. La Corona de Castilla tiene ya un heredero varón. -Señor -dijeron a un
tiempo Villena y el físico-, ¿es posible? ¿Ha llegado ya tan alegre nueva?-Sí
-dijo el Rey-; el enano que está de atalaya en la torre más alta del alcázar
acaba de ver las ahumadas que tenía mandadas disponer para este caso, y los
fieles habitantes de mi real villa de Madrid se han apresurado a felicitarme
sobre tan feliz acontecimiento
Oíanse, en efecto, ya más
distintamente los repetidos vivas con que de buena fe manifestaba el pueblo su
entusiasmo al saber que había nacido un Rey, y que no podría faltarle ya en
ningún caso quien le mandase. Salió Su Alteza a una de las fenestras de
su alcázar, como se llamaban
entonces las ventanas en castellano, sin que se pudiera achacar eso a
galicismo, pues no había entonces en la pobre villa de Madrid tantos
traductores
como en los tiempos que
alcanzamos de dicha y de ilustración; salió a una de las fenestras, como
dejamos dicho, y agradeció al pueblo con claras demostraciones y ademanes de
contento y satisfacción su inocente entusiasmo.
Vuelto en seguida a Stúñiga,
justicia mayor del reino:
-Diego López -le dijo Su Alteza-,
dispondréis que mañana sea la última audiencia que dé en esta villa a los
fieles habitantes de Madrid. Debemos marchar inmediatamente a Otordesillas,
adonde se trasladará la corte por ahora. Quiero que al separarme de esta mi
villa predilecta, puedan mis vasallos venir a implorar a los pies del trono la
justicia que puedan necesitar. Recuerdo, además, condestable -añadió
volviéndose al buen Ruy López Dávalos-, que
he suspendido en dos o tres casos
decisiones de grave interés, prorrogándolas hasta el
momento que tan felizmente ha
llegado. Inclináronse el condestable y el justicia mayor, y no puso tan buen
gesto como don Luis Guzmán el intruso maestre. Antes, llegándose al oído del
astrólogo:
-¿Habéis oído? -le dijo-. Mañana
dará
orden de que se reúna el capítulo
de Calatrava, y mañana acaso fijará el día de nuestro combate.
-No hay tiempo que perder -repuso
en voz baja también el judiciario.
Don Luis Guzmán y Macías echaron
cada uno por su parte una mirada
significativa de esperanza y desprecio al conde de Cangas y Tineo. El resto del
día se empleó en preparativos para el viaje que la corte disponía, y la noche
en músicas y en danzas, en que los ministriles y juglares divirtieron no poco a
todos con sus juegos y arlequinadas, farsas y bufonerías.
CAPITULO TRIGESIMOPRIMERO
Porque le vi ir huyendo
Muy malamente llagado,
que a la hora de agora,
Será muerto o cativado.
Rom. del rey Rodrigo..
Por ende quien me creyere
Castigue en cabeza ajena,
E no entre en tal cadena,
Do no salga si quisiere.
Marqués de Santillana. Querella
de
amor. Algunas horas hacía ya que
la noche había tendido sobre nuestro hemisferio su tenebroso velo. Ningún ruido
sonaba en la campiña ni en las solitarias y tortuosas calles de la villa de
Madrid. Sólo en el alcázar se veían brillar, en algunas habitaciones, más luces
de las que solían comúnmente arder a semejantes horas; oíase desde la calle un
rumor sordo y lejano, que se desprendía del altísimo edificio,
bien como se desprenden de la
tierra los vapores en una mañana clara de invierno. Un caballero acababa de
bajar triste y taciturno la escalera principal del alcázar; su traje indicaba
que salía del brillante sarao que arriba se oía; su desasosiego, sus pasos
vagos y sin dirección, indicaban el desorden y la indecisión de sus
pensamientos.
-Sí, volveré -decía hablando
consigo mismo-, volveré; ella misma lo decidió. ¡Importuna danza! ¡Ruido mil
veces más importuno! ¡Mientras más gente, más solo! Cativo de mi tristura,
De mí todos han espanto:
Preguntan, ¿cuál desventura
Hay que me atormente tanto?
¡Inútiles esfuerzos! ¡Talento
estéril! ¿De qué me sirves, de qué? ¡Ni mis palabras la vencen, ni mis trovas
la mueven! ¡Elvira! ¡Ah! Te place que mis días
Ya fenezca mal logrado,
Muy en breve,
Pues que al infeliz Macías,
Es tu pecho despiadado,
Tan aleve.
Después de repetir esta endecha
tristísima de una de sus composiciones, apoyóse el trovador desdichado contra
la alta muralla del alcázar donde se encerraban todos sus deseos. Poco tiempo
podía hacer que estaba sumergido en la más profunda meditación, ora recordando
las contradictorias pruebas que de cariño y odio le había dado su señora, ora
repitiendo vagamente y con profunda distracción fragmentos sueltos de las
chanzones que le había inspirado su desgraciado amor, cuando una mano se apoyó
sobre su hombro con extraña familiaridad.
-¿Quién eres -preguntó airado- el
que osas perturbar la meditación del que desea
estar solo?
-¡Quien os ha visto salir; quien
compadece vuestra pasión; quien os ha de consolar en ella; quien sabe de
vuestros asuntos tanto como vos, si no más! -repuso el desconocido.
-¡Ah! Judiciario -dijo Macías,
reconociendo al físico
Abenzarsal, que había salido tras él del bullicioso sarao-. ¿Qué se hicieron
tus predicciones, y qué tu vana ciencia? ¿Dónde está mi felicidad, dónde? -Más
cerca acaso de lo que presumes, hombre incrédulo.
-Qué decís? Explicaos. ¡Ah! si
alguna
vez os han engañad, si sabéis,
padre mío, lo que es esperar lo que nunca llega y creer lo que nunca sucede, no
os burléis de mi necia confianza. Ved que lo creo todo, porque todo lo deseo.
-¡Silencio! ¿Conocéis una reja alta que da sobre el terraplén y el foso, hacia
la parte del
alcázar que mira al soto del
Manzanares?
-¿Qué me queréis decir?
-Oíd. La reja se abre. He aquí su
llave.
-¿Su llave? ¿Para qué?
-¿Para qué preguntáis? ¿No os
sirve, pues? -¡Ah! Dadme, dadme acá. Decidme, ¿de quién, para quien la tenéis?
-No os importa. ¿Conocéis su
letra? -¡Desdichado! ¿De qué la habría de conocer? Si tanto sabéis y
adivináis... -Bien, no importa. Miradla aquí.
-Su letra, Abenzarsal. ¿Es magia
esto, es magia? ¿Deslumbráis mis sentidos, por ventura, con las artes de
vuestra pérfida profesión?
-Leed y callad -añadió el
astrólogo sacando de debajo de su ropa una linterna, cuya luz proyectó sobre un
pergamino que le dio al mismo tiempo.
-¡Dios mío! -dijo el doncel
acabando de
leer-. ¿Es ella, lo sabéis, es
ella la que escribe estas breves palabras?
-No, soy yo si os parece -dijo
afectando enojo el pérfido viejo-; adiós: puesto que no queréis ser feliz, no
os quejéis después. -¡Ah! no; venid, perdonad, señor, si el exceso mismo de mi
felicidad... ¿Es posible? -¡Ea! Dejad vuestras pueriles exclamaciones. El
tiempo corre. Partid. No convendría que nos viesen juntos. Sabéis que el
hidalgo está con Su Alteza. Adiós.
-Escuchad; teneos. ¡Un momento!
-dijo
Macías; pero hablaba solo ya: el
astrólogo había desaparecido con indecible presteza-. ¡Qué confusión!
-prosiguió el doncel-. ¡Tanta felicidad, Dios mío! Corramos; mas no. ¿Quién
sabe los sucesos que me esperan esta noche? Quiero buscar mi espada; con ella
al lado, nadie, nadie podrá estorbar mi felicidad. Dirigióse, dichas estas
palabras, el
animoso doncel a su habitación y
ciñó su espada, cubriendo con un tabardo oscuro de velarte su elegante vestido,
que no podía menos de haber llamado la atención de cualquiera que a aquellas
horas se lo hubiera notado en el paraje sobre todo donde él pensaba que podría
tener que esperar un instante propicio para su dicha. Volvía a bajar la
escalera del alcázar
para salir al campo lo más presto
posible, y antes que se hubiesen cerrado las puertas de la villa, cuando un
encuentro inesperado le detuvo, no tan a su pesar como podría parecerle a
primera vista al que no supiese que el que hacía variar de aquella manera su
primer pensamiento, era nada menos que el mismo, el mismísimo pajecillo Jaime,
a quien tan apurado y comprometido dejamos por causa del doncel en uno de
nuestros últimos capítulos, que acaso no habrá olvidado todavía el lector.
-¡Jaime! -dijo Macías.
-¡Señor caballero! -repuso el
paje no
menos admirado y satisfecho-.
Buena la
hicisteis la mañana pasada. ¡Ah!,
otra vez ved
de ser más prudente.
-¿Acaso Elvira?...
-Mirad, de eso nada sabré deciros
sino
que desde entonces esposo y
esposa se tratan de una manera... La señora pasa llorando los días y el señor
rabiando las noches... La casa es un infierno. Felizmente, a mí nada me tocó de
lo que merecía. Pero a propósito, gózome de encontraros. Díjome mi hermosa
prima... -Más bajo.
-No, no hay peligro.
-¿Qué te dijo?
-Que si volvíais alguna vez, como
habíais dejado prometido...
-¡Como ella misma!... querrás
decir...
-Sí, bien..., como gustéis.
-¿Y qué?
-Nada; no os aflijáis. Mirad: las
mujeres
son. . vos lo conocéis mejor que
yo...
-¿Qué hablas, pajecillo? Acaba.
-¡Ah! no, si os enfadáis...
Tranquilizaos y os diré...-¡Acaba, por Santiago! Juro por el infierno que estoy
tranquilo.
-Me dijo, pues -contestó el paje
aterrado
de la extraña tranquilidad del
doncel-, que si volvíais, se os dijera que no estaba.
-¿Eso dijo? ¡Perfidia! ¡Perfidia
sin igual!
¿Y no lloró al decirlo, no
tembló, miserable? Sed generoso con las damas; creed, creed un solo punto.
¡Salvad mi honor huid, y volveréis!, que os amo, dijo, ¡y todo fue mentira! ¿Y
yo salí y obedecí? ¡Necio! ¡Insensato! ¡Ah!, ¡maldecida generosidad! Paje, ¿me
engañas? -prosiguió después de una breve pausa, en la cual dio mil vueltas al
pergamino que le acababa de dar el astrólogo-. No pudo decir eso; tú burlas mi
dolor, y tú...
-¿Yo, señor, yo? Me obligaréis a
deciros
lo que añadió...
-¿Qué añadió, santo Dios?
-Pues mirad, añadió que se os
dijera a
vos mismo que ella había dado
aquella orden.
-¿Eso? ¡Ella! ¡Ella misma! ¡Oh
ultraje!
¡Oh rabia! Paje, ¿conoces tú su
letra?
-Poco, señor.
-¿Es ésa? -dijo Macías
acercándola a un
farol de la escalera inmediata.
-Paréceme que... sí..., cierto;
yo a lo
menos... Verdad es que yo no sé
escribir. Yo soy mal juez.
-¿Cuándo dijo lo que me acabas de
referir?-Aquel día mismo.
-¡Respiro! Algún objeto llevaría.
Vuela a
tu prima, Jaime; dile que me
diste ese recado y que espero sus motivos. Escucha. Con respecto a su cita,
dile antes de una hora...
-¿Cómo? ¿Os cita?
-¡Silencio!
-¿Y os quejabais vos? Decid
entonces
que el engañado he sido yo. Ya me
encargaré yo de esos recaditos en adelante, para que me cuesten una oreja el
día menos pensado, y que la señora luego... ¿Es posible, señor caballero, que
han de engañar las mujeres hasta a sus mayores amigos? ¡A todo el mundo,
señor.. , a todo el mundo!
-¡Ea! ¡Silencio! y separémonos.
Nada
digas, nada hables. En estos
asuntos, Jaime, la palabra escapada revuelve sobre el que la dijo, y las
imprudencias se pagan con la vida. ¡Adiós, adiós!
Dichas estas palabras continuó el
doncel su camino, pidiendo a su señora en su borrascosa imaginación mil
perdones por la ligereza con que la habían inculpado, en aquel momento mismo en
que acababa de darle,
según él, la prueba más singular
de su constancia y fidelidad.
Llegó el paje entretanto a Elvira
y
refirióle lo ocurrido. Mil ideas
se cruzaron en la imaginación de la desdichada. Deseosa, sin embargo, de
aclarar aquel misterio y bien decidida a no exponerse de nuevo al peligro que
no podía menos de correr con el arrebatado doncel:-¡Jaime -dijo-, quiero
salvarme a toda costa! Le amo, le amo con furor, y el infeliz lo sabe. No le
vea, no le hable. Mi honor es lo primero. Juzgue de mí lo que quisiere.
Escucha. Yo de mí misma desconfío y tiemblo. Sus ruegos pudieran vencerme...
Por otra parte, esa cita sólo puede ser un artificio... acaso una horrible
maquinación, un lazo que nos tienden. Mira: toma esa llave y ciérrame por
fuera; de esa manera no le podré yo abrir aunque sus ruegos me ablandaran.
Corre en seguida en su busca. ¿Dónde iba?
-Bajaba la escalera del alcázar.
-¡Soy feliz! Todavía no viene en
mucho tiempo. Búscale, Jaime, búscale. Dile que es inútil; que nunca le he
citado; que es mentira; que su vida peligra; que está Hernán conmigo...
Lo que quieras. Que no venga, y
lo demás no importa. ¿Que sería de mí si Hernán...? ¿Será él por ventura, será
él el que de esta suerte intenta? ¡Qué horrible maquinación! Hizo Jaime lo que
su hermosa prima le
rogaba con no poco miedo de verse
metido a su edad en tan gran laberinto de riesgos y de intrigas, pero con toda
la decisión al mismo tiempo de que es capaz la fidelidad.
¡Otra vuelta! -dijo Elvira al
paje, que cerraba ya por defuera-. Así; adiós. Si mi esposo viene, él tiene
otra llave. ¡Yo os doy gracias, Dios mío -añadió postrándose con cristiano
fervor-; yo os doy gracias, Señor, por el peligro de que me habéis librado!
Apenas había acabado de decir
estas palabras cuando se dejó sentir en la parte de afuera de su habitación un
rumor, extraño ciertamente a aquellas horas y en aquel sitio tan solitario.
-¿Qué oigo, Dios mío? ¿Qué oigo?
-¡Elvira! -dijo una voz que así
parecía bajar del cielo como salir de unas profunda cueva-. ¡Elvira!
-¿Quién me llama? -añadió la
asustada
dama corriendo hacia la puerta
para asegurarse de que estaba bien cerrada.
-¡Macías! -respondió la voz
sordamente,
y resonaron dos o tres golpecitos
dados con cierto misterio e inteligencia.
-¡No le ha encontrado el paje!
-exclamó Elvira-. ¡Ah! si Hernán... ¡Oíd..., doncel...! Nadie responde... y el
ruido continúa. ¡Cielos!, no es aquí; no es en la puerta. ¿Dónde, pues, dónde?
Aquí -exclamó llegando a la ventana-, en esta
parte están. ¿Qué intentan? Esta
reja se abre; pero la llave... La llave debe tenerla el alcaide del alcázar...
¡La abren, Dios mío! -continuó escuchando con la mayor ansiedad-. Huid, huid,
quien quiera que seáis.
-¡Bien mío! -respondió el doncel
abriendo completamente la reja y
dando con su espada en la madera, que quedaba cerrada todavía.-¡Ah, es él, es
él! Yo soy perdida. Yo misma me he encerrado -gritó Elvira arrojándose sobre un
sillón al tiempo mismo que la madera, destrozada por los furiosos golpes del
doncel, cedía a su irresistible fuerza. -Yo soy, Elvira, yo soy -dijo Macías
arrojándose a los pies de su amante-. Mil obstáculos he tenido que vencer; no
pensé alcanzar a la altura de esa reja, que he debido escalar con la espada en
la boca. Ya estoy en fin, aquí, bien mío, y a tus plantas. -¡Ah! no; salvaos
por piedad, y
salvadme a mí. Macías, cada
palabra que hablamos es una palabra de abominación; el tiempo es precioso y le
perdemos. -¿Perderle yo a tu lado? -Cesa ya y parte.
-¿Me llamas, señora, para
escuchar de nuevo tus rigores?
-¿Yo os llamé, Macías?
-¿Qué escucho? -dijo
levantándose-.
¿Cuya es, pues, esa letra?
-¿Esa letra? ¡Cielos! Los
traidores la han fingido.-¿La han fingido, señora? -Para perdernos, sí.
-¿No es vuestra? ¡Crédulo yo,
insensato!
¡Cierto es, lo que Jaime asegura!
-Todo sí, todo es cierto: huid;
no os
quiero ver: os aborrezco.
-¿Me aborrecéis? Pues bien, nos
perderán. Ya su triunfo es
completo. ¡Pérfida! - añadió después de haberla contemplado un
momento-. ¿De esta suerte pagáis
mi generosidad? Tres años de silencio. Hablo por fin, hablo, para ofreceros más
generosidad, mayor sigilo aún, amor más grande, ¡y no os ocurren en pago sino
pérfidos medios de engañarme! Sed noble, señora, hasta en la perfidia misma.
Medios hay aún de ser noblemente malo. ¿Sois veleidosa? ¿Por qué no me decís:
«Macías soy mujer! ¡Plúgome vuestro amor, mas hoy me cansa! No es para mí, que
es harto grande.» Yo agradecería vuestra nobleza entonces.
-Acabemos, Macías: no más
reconvenciones, no. Idos, y nunca
más volváis. Toda comunicación, todo vínculo es roto entre nosotros. Si prendas
teníais de mi amor, si insistís en creer que mis ojos, mi lengua, mis acciones
os prometieron algo, en buen hora, creedlo; devolvedme, empero, mi libertad...
-¿Que os la devuelva, señora? Volvedme
vos la dicha, volvedme la
confianza.
-¡Qué suplicio! Por piedad,
partid.
-¿Partir? ¡Qué delirio! Mi vida
hoy o mi
muerte. No os creo ya; nada
espero de vos.
Todo de mí. Oídme.
-Soltad mi mano.
-No, sois mía, y lo seréis.
-¿Y ese es amor tan grande? ¿Me
amáis vos, y me amáis comprometiendo mi honor y mi existencia?
-Sí, porque tú y yo no somos ya
más que uno. Los dos felices, o desgraciados ambos. Uniónos el amor: la muerte
sola nos separará. Volved los ojos hacia mí, volvedlos; inútil es retirarlos;
me veis, me veis donde quiera que los volváis; cerradlos, y aún me veréis.
Decidme que me amáis. Mentid, señora, si no es cierto; decidlo empero por
piedad, y salgo. -Jamás, jamás -profirió débilmente
Elvira, procurando en vano
desasirse de los
amantes lazos en que la tenía
presa el impetuoso doncel.
-¿Jamás decís? Pues escuchadme -
repuso Macías con el acento de la más profunda desesperación-. Yo había nacido
para la virtud. Vos me consagráis al crimen No hay sacrificio inmenso de que no
fuera mi corazón capaz, o por mejor decir, el amor era mi constelación.
Encontrando en el mundo una mujer heroica, era mi destino ser un héroe.
Encontrando una mujer pérfida, Macías debía ser un monstruo. Yo os di a elegir,
señora. Nuestra felicidad y el secreto y cuanto vos exigieseis, o el escándalo
y mi muerte. Vos elegisteis lo peor. Escrito estaba así. ¡Muerte y fatalidad!
-¡Ah! Silencio, silencio. No me
maldigas ya; ¡desventurada!
-Sí; todo es ya acabado entre
nosotros. Nuestra felicidad ha sido una borrasca;
formada como el rayo en la región
del fuego, debía destruir cuanto tocara. Ha pasado como el rayo, pero como el
rayo ha dejado la horrible huella de su funesto paso. Tu amor, tu amor, ¿quién
lo creyera?, era el único que no debía dejar más señales de su existencia en tu
corazón de hielo, que las que deja el ave que atraviesa rápidamente el cielo,
que las que deja sobre tu labio abrasador este ósculo de muerte, que recibes,
bien mío, a tu pesar.
-¡Ah! -exclamó Elvira, reluchando
inútilmente-; soy perdida, perdida para siempre.-Y mil y mil -añadió frenético
Macías-, prendas son todos de nuestra próxima muerte. Ellos son, Elvira la
agonía del amor. ¿No sientes el fuego inmenso que encienden en las venas? ¿No
percibes el tósigo? Bórralos jamás, olvídate si puedes, y olvídame después.
Venga la muerte ahora -añadió desasiendo a la infeliz Elvira, que, perdidos los
ojos en el techo y
pálido el semblante cayó
desprendida del doncel sobre el sitial inmediato. Un momento de pausa y de
silencio, semejante al que llena de misterioso terror al caminante después del
fragoroso estampido de la exhalación eléctrica, sucedió a las últimas palabras
del doncel. Arrodillado a las plantas de Elvira, imprimía todavía en una de sus
manos hermosas como el alabastro, sus trémulos labios; no lloraba ya Elvira, no
derramaba una lágrima Macías. En las grandes situaciones de la vida no halla
salida el llanto. La inmovilidad del mármol, el estupor de la postración, son
los caracteres de las emociones sublimes. El silencio entonces es elocuente,
porque no hay palabras en ninguna lengua ni sonidos en la Naturaleza que pinten
el amor en su apogeo, que expliquen el dolor en toda su intensidad.
-¡Elvira! -dijo por fin Macías-.
¡Cuán desgraciados somos!
-Partid, partid -profirió con
trabajo
Elvira-. ¡No queráis, señor, que
lo seamos aún más! Esta es la última vez que nos veremos. -¡La última, sí,
porque la muerte llega!
-¡Ah! No; no lo esperéis. Ya todo
se ha concluido entre nosotros; ahora es cuando os lo digo, sabedlo; os he
querido, señor, os he querido, como nadie volverá a querer. Salvadme ahora,
después de esta confesión. -¡Ah, lo decís por fin! Tiempo es aún...
Decid que ahora me queréis y
huyamos. Pero huyamos los dos.
-No es tiempo ya, no es tiempo.
Sed
generoso vos ahora; no apure el
vaso yo del
crimen y del deshonor. Nunca ya
nos
hablaremos, Macías...
-¿Nunca, señora?
-Desistid... ¡por Dios!
-Os juro que no desistiré.
-Ved que los asesinos se acercan
acaso
ahora... ¡Ah!, no me hagáis
aborrecer la vida; no me obliguéis a maldeciros.
-Sí, maldíceme ahora... mas ¿qué
rumor...?
-¡Ellos son, ellos son! -gritó
Elvira, precipitándose hacia la puerta-. ¡Los traidores! Oyóse efectivamente
ruido de armas y personas al pie de la reja.
-¡La puerta está cerrada -gritó
Elvira- y él sólo puede entrar!
-Dime que me amas -exclamó
Macías-; decídete, en fin, señora, a participar de mi suerte; dime que siempre
me amarás, y mi espada aún nos abrirá paso al través de los pérfidos asesinos.
-No, no, Macías; no muera
deshonrada -
gritó Elvira sin saber adónde
refugiarse-. ¡Dios mío, compasión! ¡Dios mío! Salvaos solo, Macías.-Contigo,
Elvira.
-Jamás -repuso Elvira abrazándose
a un
alto crucifijo de plata que sobre
una mesa lucía-
. El cielo maldice vuestro amor
y... yo. . -¡Silencio! Por última vez. Ved, señora,
que algún día diréis es tarde, es
tarde, y diréislo entonces con dolor. Ahora que es tiempo todavía...
-No, Macías, no; yo le maldigo
nuestro amor. -Elvira, pues, adiós. Mi muerte es tuya, como mi vida.
Al decir estas palabras Macías
cogió su espada, y poniéndola rápidamente sobre su rodilla, partióla en
desiguales trozos, que después de abrir de par en par las maderas de la ventana
lanzó contra los que ya trepaban por la reja. -¡Hernán Pérez! -gritó-. ¡Hernán
Pérez! Heme aquí sin defensa. La muerte os pido, la muerte.-¡Macías! -exclamó
Elvira desasiéndose del crucifijo y arrojándose hacia la ventana. Era tarde,
empero. Macías se había lanzado ya fuera de la reja.
-¡Es nuestro! ¡Es nuestro!
Retirarnos; ¡basta! -clamaron a un tiempo varias voces -¡Ah! -gritó Elvira con
una expresión difícil de pintar-. ¡Socorro! ¡Socorro!
Al mismo tiempo sonó la llave en
la puerta.-¡El es, él es! -gritó Elvira-. ¡Santo Dios! ¡Piedad de mí, piedad!
Un chillido agudo y espantoso
terminó
tan horrorosa escena. El que
entró se dirigió hacia la reja, mirando en derredor, y nada descubrió. Tendió
en seguida la vista por la
habitación y sólo vio en el suelo
el cuerpo de una hermosa privada enteramente de sentido.
CAPITULO TRIGESIMOSEGUNDO En
Castilla está un castillo Que se llama Rocafrida:
Tanto relumbra de noche
Como el sol a mediodía.
Rom. de Montesinos.
Existe a cinco leguas de Jaén una
población pequeña ahora, y pequeña en los
tiempos a que se refiere nuestra
narración, que tiene por nombre Arjonilla, ora por haber sido fundación de
algunos habitantes salidos de Arjona, ora por su inmediación a ésta o por las
relaciones que con ella pudo tener en lo antiguo. Pertenecía esta villa al
maestrazgo de Calatrava, y era una de las primeras que se habían declarado por
don Enrique de Villena, a causa de la influencia que le daban a éste en aquel
punto varias posesiones que en su territorio tenía. En el siglo xv presentaba
el aspecto que aún en el día suelen presentar muchos pueblos de nuestra patria.
Algunas casas que, más que viviendas de hombres, parecían cuevas de animales,
esparcidas aquí y allí, formaban irregulares callejones. No era, sin embargo,
tan pequeña su importancia que tuviesen que acudir sus habitantes a algún
pueblo vecino de mayor cuantía para cumplir con sus deberes espirituales.
Poseía una iglesia
parroquial, no muy grande en
verdad, pero que no dejaba por eso de bastar para su reducido vecindario, y que
se hallaba bajo la protección y advocación de Santa Catalina. En el día será
todo lo más si puede traslucirse su antigua grandeza en los restos míseros que
la constituyen en la humilde jerarquía de ermita; pero en el reinado de Enrique
III nos dice Jimena en sus anales eclesiásticos de Jaén, no sólo era la iglesia
parroquial, sino que era una obra moderna que no tenía más fecha que los años
que hacía que había sido reconquistado aquel país a los moros.
A cosa de un cuarto de legua del
pueblo, rivalizaba en grandeza
con la iglesia parroquial un castillo sombrío y viejo, que si no era de los más
fuertes y afamados de Castilla, no dejaba por eso de ser sólido y una de las
posiciones militares más ventajosas de la comarca. Edificado como todos los de
aquel
tiempo en una eminencia, mejor
diremos, en la punta de una peña, podía servir de reducto a un tercio militar
en retirada o de baluarte a un destacamento avanzado de un ejército invasor.
Tenía su doble muralla almenada, torres, foso, su contrafoso, puente levadizo,
en una palabra, cuanto hacía necesario en semejantes edificios la táctica
militar de ataque y defensa de aquella época belicosa y de perpetuo temor y
desconfianza. Crecía la hierba tranquilamente en derredor de las almenas,
prueba evidente de que hacía mucho tiempo que no oponían obstáculos las artes
de la guerra a su abundante vegetación. Un largo litigio que sobre la
pertenencia de tal castillo había sostenido contra la Corona de Castilla la
Orden de Calatrava, había sido ocasión de hallarse inhabitado algunos años, y
se habían adherido a él, como en aquellos tiempos de ignorancia solía
frecuentemente suceder, mil vagas
tradiciones, mil supersticiones
fabulosas, que habían consolidado algunos malhechores, cobijándose en él
secretamente y haciéndole cuartel general y centro de sus operaciones. Era fama
por el país que, en tiempos anteriores, un moro, mago si jamás los hubo, había
sido fundador del castillo, cuya construcción se perdía en los tiempos remotos
de la conquista y reconquista; opinión a que no daba poco realce el color
negruzco de la piedra y el aspecto todo venerable y misterioso de sus
antiquísimas murallas.
El mago había construido el
castillo,
según la más recibida opinión,
para satisfacción de odios y rencores propios suyos; en él había atormentado
durante su vida a muchas hermosas doncellas que no habían querido rendirse a
sus brutales deseos, pues todas las tradiciones convenían en que éste había
sido el flaco del moro encantador y descomunal.
Añadíase a esto que no había
faltado razón para ello, pues se refería de él la siguiente historia.El moro
había amado en sus lucidos abriles a una mora llamada Zelindaja, hija de un
reyezuelo de Andalucía; la cual había correspondido primero a su pasión, pero
le había dejado después, sin verdadero motivo, por otro y otros moros
sucesivamente, con la natural facilidad y ligereza de su sexo leal y
encantador. El moro, que debía de haber sido hombre de suyo sentado y poco
aficionado a mudanzas, había tomado la cosa muy a mal y el desaire muy a
pechos, y en vez de volver los ojos a otra Zelindaja mejor que la primera, lo
cual hubiera sido determinación de hombre prudente, había jurado vengarse
castigando en el sexo toda la culpa de uno de sus individuos. He aquí la causa
de su odio a las mujeres; para lograr sus fines habíase dado a la magia y a la
confección de bebidas y filtros amorosos. Con
ellos enquillotraba a las
doncellas, las cuales, al punto que apuraban a poder de engaños la pócima, así
quedaban del moro enamoradas como si en el mundo no hubiera habido otro hombre,
ni moro ni cristiano. Entonces entraba la parte de su venganza; entonces el
pícaro moro hacíase de pencas y dejábalas llorar y suplicar, suspirar y gemir
por los sus encantos, con lo cual íbanse consumiendo y acabando las
enquillotradas doncellas como bujía que se apaga. Conforme las iba el bribonazo
del encantador seduciendo, íbalas encerrando en el castillo, y era todo su
placer, cuando veía a una ya tan madura y encaprichada de él como juzgaba
necesario, hacerla testigo de los enamorados motetes y de las apasionadas
caricias que a otra fingía, usando después con ésta y con todas las sucesivas
de igual odioso manejo. Mesábanse los cabellos las infelices y decíanse
injurias y ternezas; pero el moro había
aprendido tan bien de su
Zelindaja, que hacía oídos de mercader, y no parecía sino que había nacido
hembra y mora más bien que varón y moro. Todo lo más que solía decirlas cuando
las veía presas en las redes de su pérfido amor era contestarlas como le había
contestado a él Zelindaja:
-Mi honor -les decía- no lo
consiente. -Cede, bien mío -replicaban ellas. -Imposible -reponía él con grave
remilgamiento y afectado pudor y compostura-. ¡Mi honor es lo primero!
-¿Y los juramentos, ingrato, y
las
promesas, falso? -solían
responderle.
-¿Yo juré nunca, prometí yo
acaso? -
añadía el moro haciendo el
olvidadizo.
-¿Y los placeres que gozamos?
-¡Insolente, qué osadía! ¿Cuándo,
en
dónde?-Ved que mi muerte, moro
mío, será
obra de tu rigor -acababan ellas.
-Podéis hacer lo que gustéis
-concluía entonces el redomado moro cogiendo un abanico e imitando con él y con
el desvío de sus ojos el antiguo sistema de su pérfida Zelindaja. Con lo cual
tenía a las perdidas doncellas en un infierno perpetuo, muy parecido al que
pasan voluntariamente en esta vida los incautos que dan en creerse de palabras
y juramentos, de prendas, en fin, y de ternezas de moras pérfidas y veleidosas.
No había parado aquí el rencor
del bribón del encantador. Efectivamente, incompleta hubiera sido su venganza
si no hubiese caído en sus lazos la misma Zelindaja. Tuvo modo el mágico de
engañar a una de sus doncellas, la cual le hizo beber, no se sabe a punto fijo
con qué sutil arbitrio, una buena pieza del filtro ponzoñoso; no bien se le
hubo echado a pechos Zelindaja, cuando sintió renovarse en sus venas el fuego
antiguo en que
había ardido por el moro; desde
entonces no perdonó medio alguno de anudar de nuevo sus rotas relaciones.
Hízolo tan bien el vengativo, que la obligó a que se decidiese a venir a hacer
vida común con él a su castillo, donde decía les esperaban delicias sin fin y
una vida entera de amor y fidelidad. Cayó en el lazo la incauta cuanto
enamorada Zelindaja; pero no bien hubo pasado el rastrillo de la encantada
fortaleza, cuando llamándose andana el astuto moro, dio dos zapatetas en el
aire, como potro que sale, roto el freno, a gozar al campo de la conquistada
libertad, sacudió el amor y comenzó a dar tal cual lección de sufrimiento a la
desvanecida hermosa, quien aprendió entonces lo que habrían sufrido sus
amantes. Lloraba ella y gemía, y volvía siempre al moro, pero decía él:
-¡Ay, mora mía, es tarde!
-¡Ay, moro! -le decía Zelindaja.
-Es tarde, ¡ay!, es tarde
-contestaba el moro, afectando dolor y sentimiento. Tal era la explicación que
se daba a un
gran rótulo, labrado en la misma
piedra sobre la puerta principal del interior del castillo, que decía
efectivamente en letras gordas arábigas y en árabe dialecto: es tarde.
No había querido el moro que
Zelindaja muriese como las demás a poder de sus desprecios; había decidido, por
el contrario, que Zelindaja viviese más que todas, y que a su muerte, la cual
él no podía evitar que sucediese algún día, quedase a lo menos su sombra
recorriendo perpetuamente los claustros y galerías del castillo, pidiendo a las
piedras la felicidad que tanta falta le había hecho en vida, y a los ecos su
esposo, como llamaba en su delirio al rencoroso moro.
De aquí la tradición misteriosa
de que se oía en el castillo, sobre todo en las crudas
noches de invierno, o en épocas
de tormentas, una voz de mujer que pedía a los elementos todos su esposo, y no
faltaba quien añadía haber visto con sus propios ojos, que habían de comer la
tierra por más señas, una sombra blanca, recorriendo, toda pálida y
desmelenada, con una antorcha en la mano, las altas bóvedas, como quien busca
efectivamente alguna cosa que no encuentra.
Excusado es, pues, decir que no
tendría el castillo muchos aficionados, porque era común opinión que el que
llegaba a poner el pie en él, hallándose enamorado, ya nunca había de oír más
consuelo ni esperanza amorosa que aquel fatal es tarde, que a la fundación y
suerte del castillo presidía.
Era igualmente aborrecido el moro
y maldecidos su nombre y su memoria en la comarca, porque no había amante
desairado que no creyese deberle aquel singular favor a la
influencia que ejercía todavía en
muchas leguas a la redonda aun después de su muerte. No había padre que no
creyese deberle la palidez de su hija, esposo que no imaginase obra suya el
despego de su esposa, y zagal enamorado que no le pidiese más de una vez, en
sus secretas oraciones, la revocación de la terrible suerte que había dejado en
herencia al país en que había vivido.
Nosotros, sin embargo, habremos
de
abogar por el moro, en primer
lugar porque no creemos que tenga en el día influencia alguna el tal mago sobre
nuestras mujeres, y, sin embargo, ni dejan de estar pálidas las incautas
jovencillas, ni dejan de dar su amor a todos los diablos los enamorados
zagales, ni se ha acabado el despego entre los esposos, ni deja de suceder con
las Zelindajas de que se compone el bello sexo, lo que con los hilos de las
sábanas de angeo de la venta de Puerto Lápice, de los
cuales decía Cide Hamete, que si
se quisieran contar no se perdería uno solo de la cuenta. Si no tenía
efectivamente otro delito el
moro que engañar a sus amantes,
enamorar primero para despreciar después, y variar de amor como de camisa, mal
haya si encontramos por qué reconvenirle, en unos tiempos, sobre todo, en que
cualquier mujer no necesitaba ser muy mora, ni muy hechicera por cierto, para
hacer otro tanto cada y cuando le ocurre, que suele ocurrirles siempre. Somos
demasiado defensores y amigos del bello sexo para hacer por ello inculpación
alguna al inocente moro. Enfrente del castillo, pero a más que respetable
distancia, se veía el tercer edificio notable, la tercera maravilla de
Arjonilla. Era ésta una casa no muy grande, comparada con la más pequeña de las
que adornan en el día la capital de todas las Españas posibles, pero
verdaderamente regia, puesta en parangón con
la más espaciosa de Arjonilla.
Una anchísima puerta, cuyo dintel presentaba al espectador la huella antigua y
honda de la rueda, y un espacioso corral, mitad con cobertizo, mitad con el
cielo por techo, hubieran indicado al caminante muy suficientemente que aquélla
era la posada, o parador, o venta, o como se quiera, de la importante villa por
donde transitaba, aun sin necesidad de reparar en un empolvado ramo que de una
reja baja salía, inclinando sus secas y marchitadas hojas sobre el camino.
Entrábase dentro del tal ventorrillo, y siguiendo un callejón, en el cual
servía la oscuridad de encubrir la poca limpieza, se llegaba a una cuadra,
pasábase de ésta a otra peor que la primera, y de allí a la gloria, como suele
comúnmente decirse, es decir, a la cocina, pieza principal de la casa. Un mal
hogar, coronado de una alta y piramidal chimenea, era
todo el mueblaje, si se exceptúan
dos
fementidas mesas, digámoslo así,
que
comparáramos de buena gana, en lo
largas y
estrechas, con el alma de un
vizcaíno, si
nosotros hubiéramos visto alguna;
estaban
clavadas y arraigadas casi ya en
el suelo, como
todas las cosas malas en el país.
Dos bancos,
remedos asaz perfectos en su
inestabilidad de
las cosas de esta vida, y que en
lo poco firmes
más que bancos parecían mujeres,
tenían
cogida en medio a cada mesa, y
hacía cada
mesa con sus dos bancos la misma
figura
precisamente que haría un galgo
grande entre
dos galgos chicos. La superficie
de cada mesa
era tan desigual como la
superficie del mar en
un día de tormenta; se
tambaleaba, además, y
cedía al menor impulso con la
misma
flexibilidad que un periódico
ministerial del
día. La construcción de los
bancos era un tanto
cuanto picaresca y maliciosa,
porque cuando se
sentaba una persona sola en una
extremidad, levantábase la otra irritada de la presión, como si fuera a hablar
con su huésped, y era preciso sujetar al rebelde si no quería dar consigo en
tierra el recién sentado, cualidad en que parecía cada banco una balanza.
La llama del hogar, oscilante y
tan
indecisa como un Gobierno del
justo medio, alumbraba a relámpagos los barbados rostros de unos cuantos
arrieros y trajineros que secaban en la brasa sus húmedas alpargatas, o
disponían su cena en ollas y sartenes, asaineteando su rústica conversación con
más votos y por vidas que palabras.
Pero como no podía bastar el
resplandor intermitente de la leña para iluminar debidamente a los que ya en
las mesas cenaban, el inteligente dueño del establecimiento, lleno de
previsión, había provisto a esta necesidad con un magnífico candil, cuya materia
no era
fácil adivinar al través del
hollín y grasa que le enmascaraban, el cual daba de sí más aceite que luz.
Pendíase unas veces de la misma pared, asegurando su gancho en un agujero
practicado sencillamente al efecto, colgábase otras en una cuerdecita embreada
de manchas de moscas; en el segundo caso columpiábase el luminar aquel de la
noche de tal suerte, que de buena gana le hubiera comparado un poeta del siglo
XVI con el aura meciéndose blandamente en las ondeantes hebras de oro de
Belisa, de Filis o de otra cualquiera no menos bella inspiradora. Había además
en la misma cocina, y como si dijéramos ocupando el estrado y sirviendo de
diván, un corpulento arcón que así era de paja como de cebada, y adonde acudía
no pocas veces el mozo de la posada, con detrimento notable de las ropas de los
concurrentes, a los cuales no podía favorecer gran cosa el polvillo que, al
cerner la cebada, del honrado harnero se
desprendía. En días de viento
tenía la cocina la singular ventaja de parecerse al Olimpo, mansión de los
dioses, en las densas y misteriosas nubes que formaba el humo oprimido y
rechazado en el cañón de la chimenea por las corrientes de aire que en la región
atmosférica discurrían.
Cenaban a un lado dos paisanos
que parecían, si no del pueblo, por lo menos de la tierra, y a otra parte solo,
enteramente solo, un individuo muy conocido nuestro y de nuestros lectores, a
quien parecía dedicar mil atenciones el dueño de la posada. Servíale
primeramente en persona, mientras que servía a los demás, o no los servía, una
robusta Maritornes, que nada tenía que envidiar a la de Cervantes si no es la
pluma de su historiador y cronista. En segundo lugar quitábase la montera cada
vez que aquél le dirigía la palabra, lo cual hacía éste siempre, preciso es
decirlo todo, con aire imperioso y
hablando como superior a
inferior. En tercer lugar reíase a la menor palabra que decía el forastero. Y
en cuarto le había sacado de las provisiones reservadas de su hostelería unas
aceitunas algo aventajadas, y cierto vino, no precisamente puro, pero en fin,
del que tenía menos agua en su bodega.
El forastero cenaba más bien como
un
gañán que como un señor; pero,
fuera de esto, era preciso confesar que entre todos los que formaban aquella
escogida reunión no había nadie que tuviese un exterior tan cortesano, ni que
más se apartase del tipo primordial del hombre de la Naturaleza, al cual
estaban demasiado cerca, en honor de la verdad, aquellos sencillos
Arjonillanos. De todo el comportamiento del huésped para con el forastero no
era preciso ser un lince para inferir que éste era hombre que disponía de más
que de medianas facultades, y que aquél se
prometía una lucida paga de sus
esmeradas y particulares atenciones.
-Traedme más vino -dijo el
forastero apurando la primera vasija que a su derecha había puesto el posadero.
-Como gustéis -dijo éste
riéndose, y no tardó un minuto en estar servido el huésped-. No se bebe mejor
señor caballero -dijo aquél-, en toda la tierra.
-El pan es el que es malo -dijo
el viajero. -¡Ah, sí, señor, como gustéis, muy malo!
-repuso riéndose obsequiosamente
el hostelero-
. ¡Ya
veis -añadió acercándose al oído-. Esta semana no se ha cocido en casa todavía,
y ha cargado tanta gente que he tenido que recurrir a un vecino...
-Bien, basta -dijo con tono
imperante el huésped.
-¡Eh! ¡eh! como gustéis -repuso
el hostalero.
-Parece que el tiempo está bueno
-dijo de allí a un rato el que cenaba.
-¡Ah! ¡ah! sí, como gustéis,
señor caballero -respondió con sonrisa agradable el amo. -¿Tenéis mucha
familia?
-¡Eh! sí, ¡eh! como gustéis,
señor caballero; como gustéis -dijo el flexible. -El hombre es categórico -dijo
para sí el preguntón-; no gusta por lo visto de quimeras ni de indisponerse con
nadie- y volvió a sepultarse en su distraído cuanto importante y misterioso
silencio.
-¿Y vendrá el señor huésped por
mucho tiempo? -se atrevió a preguntar el hostelero de allí a un momento, viendo
que había caído la conversación y creyendo hacer un obsequio a su huésped en
renovarla.
-Como gustéis -le contestó
secamente el forastero, encargándose a su vez de que no se diese de baja en el
diálogo la muletilla del
ventero.-Ya lo creo -repuso el
amo-. Vuestra señoría fue de los que llegaron ayer... - prosiguió luchando
entre el temor de parecer demasiado preguntón e indiscreto y la curiosidad
natural de su oficio-; de los que... es decir, de la casa del señor maestre de
Calatrava... -Como gustéis -respondió más secamente nuestro hombre,
levantándose y soltando en la mesa con desenfado una moneda de oro-. Esta noche
dormiré aquí. Me haréis disponer la cama.
-Como gustéis, señor; pero cama,
eso no habrá, porque vuesa merced...
-¿No habrá, bellaco? ¿Cómo diablo
tengo de gustar entonces? .. .
-Como gustéis, señor caballero;
pero es decir que vuesa merced sabe que en estas casas... -En estas casas...
¡Voto va! Queréis cenar, y os dicen: Se guisará lo que traigáis de vuestro
repuesto. ¿Queréis dormir? Traeréis
cama. ¿Qué hay, pues, posadero,
que Dios maldiga, en una posada?
-Lo que gustéis, señor, lo que
gustéis...
No siendo cosa de comer, ni de
cama, ni cuarto,
ni...
-¡M diablos que te lleven!
-Como gustéis, señor, ¡eh! ¡eh!
-repuso el hostalero sopesando en la mano la moneda de oro-. Lo más, señor
caballero, que puedo hacer por vos si urge...
-¿No me ha de urgir, pícaro?...
Mañana
por cierto no dormiré aquí; pero
en el castillo parece que están tan provistos como si fuera una posada. No
esperaban a nadie, y hasta mañana... Vamos, hablad: ¿no veis que escucho? ¡Voto
va!
-Como gustéis..., podéis dormir
en la cama de mi mujer. . .
-¡Por Santiago! Hereje... ¿es tu
mujer esa vieja? -Es decir, señor, que la cama de mi
mujer es la misma que la mía;
llámola así porque la trajo ella en dote, y gusto de dar a cada uno lo que es
suyo. ¡-Ah! de ese modo... porque de otro...
-Como gustéis, y nosotros
dormiremos como podamos.
-Ea, pues, guiad, que he menester
madrugar, y voto va que estoy cansado. -Como gustéis, señor caballero. Señores,
con perdón de ustedes -añadió el hostalero echando mano del candil que
alumbraba a los que cenaban en la otra mesa y atizándole con los dedos-. Bien
pueden vuesas mercedes cenar a oscuras, porque hoy no hay más que un candil en
la casa, contando con éste.
Dicho esto, echó a andar delante
del viajero con su risita y su natural sumisión, cuidándose poco de lo que
quedaban diciendo las gentes de baja ralea que hospedaba aquella noche en su
casa y a quienes con tan poco
comedimiento había devuelto al
caos y a las tinieblas de que el Hacedor supremo los había sacado al criarlos.
-¿Habéis visto, Peransúrez? -dijo
al otro uno de los que cenaban.
-He visto, he visto -repuso su
comensal-;
y pluguiera al cielo que siguiera
viendo.
-Decís bien, porque el bueno de
Nuño,
atraído sin duda por el color de
oro del pelo
ensortijado del forastero, nos ha
dejado ¡vive
Dios! como solemos quedarnos al
fin de los
sermones de nuestro buen párroco,
es decir, a
oscuras.-¿Y sabéis quién sea el
forastero?
-Nadie nos lo podrá decir mejor
que el
mismo Nuño, si es que él ve más
claro en ese
asunto que nosotros en nuestra
cena. Volvía a este tiempo Nuño, que así se llamaba el hostalero; después de
restituir el candil a su primitivo lugar y de haberse excusado lo mejor que
supo con sus huéspedes,
comenzó a restregarse las manos
con aire importante y misterioso, como de hombre que sabe raros secretos.
-Ya que habéis tenido por
conveniente,
señor Nuño -dijo Peransúrez-,
llevarnos la luz, que supongo no nos pondréis en cuenta, ¿no nos podríais dar
algunas luces, en cambio de la que nos correspondía, acerca de ese misterioso
personaje que albergáis en vuestro bien alhajado establecimiento?
-Alhajado o no, señores, como
gustéis,
es el mejor que de esta especie
se conoce, voto a Dios, en muchas leguas a la redonda. Con respecto al
forastero, no acostumbro a revelar...
-Vaya, señor Nuño, eche un trago
de lo bueno, y siéntese y hable, que no nos dio el Señor en su sabiduría la
lengua para callar las cosas que sabemos -dijo el más arriscado-; harto trabajo
tenemos con haber de callar por fuerza las que no sabemos. Ese será algún
pícaro.
-¡Chitón! -dijo el hostalero
apurando un vaso-. ¡Chitón!
-Dígolo porque en estos tiempos
anda el dinero por las nubes y no se cogen truchas -Como gustéis; pero ¡Dios me
libre de que se quite en mi casa la honra a nadie! Además, yo no suelo tratar
de pícaro a un hombre que se ha cenado en menos de un cuarto de hora media
despensa, y que paga... y que pagará...
-En hora buena, señor Nuño. ¿Y
qué
nuevas trae de la corte el hombre
honrado que
ha cenado media despensa?...
-Que a la hora esta estará ya la
corte en Otordesillas, adonde se traslada porque nos ha nacido un príncipe...
-¡Oiga! Tendremos mercedes.
-Si, algún impuesto nuevo para
sufragar
a los gastos de las funciones
-dijo uno de los huéspedes-. ¡Voto va! que para nosotros,
pecheros...
-Como gustéis, señores; pero
mirad que
mi casa...
-Voto a la casa, señor Nuño, que
hemos de hablar y no nos habéis de quitar la conversación como la luz. A
oscuras vemos aquí más claro que todos los hosteleros encandilados y por
encandilar de Castilla y Andalucía. Vaya, ¿qué más dice el forastero? Echa otro
trago, que aún queda luz en nuestros bolsillos para aclarar más de un punto.
-Parece que Su Alteza ha decidido que
en cuanto llegue a Otordesillas,
se reúna el
capítulo de Calatrava y elija
maestre.
-¡Voto va! Buena estará la
elección,
cuando ha elegido ya Su Alteza.
¿Y a quién,
señor, a quién? A un hechicero
más
nigromántico que el mismo moro
del castillo.
¿Y qué se le ha perdido al señor
pelo rojo en
Arjonilla?
-Más bajo señores -dijo el pobre
hostalero, que necesitaba vivir con todo el mundo.-Será de la pandilla que
llegó ayer y que esperó fuera del pueblo a que anocheciera, sin duda por no
enseñar algún punto que traería en las medias.
-Como gustéis -repuso el
hostalero-. Lo
cierto es que llegaron al
castillo, que pertenece en el día al de Villena; que les fueron abiertas las
puertas; que el maldecido alcaide que le guardaba ha cedido las llaves al señor
pelo rojo, como le llamáis, y que ha venido a hospedarse aquí, dejando en el
castillo a su gente. Con respecto a ese punto que decís, hay quien asegura que
han traído un prisionero. -¿Un prisionero?
-¡Chitón!
-Vendrá a hacer compañía a la
mora Zelindaja, que anda pidiendo su esposo a las paredes del castillo desde el
tiempo de
Abderramen...
-¡Bah! -dijo el otro comensal-,
¿vos os creéis también de moros encantados? -¡Chitón, señores, chitón! -repuso
el hostalero-. Lo que yo sé deciros es que no pasaría ni una hora después de
media noche, en el castillo Mirad: yo había oído contar a mi abuela muchas
veces la historia del moro mago y de la mora Zelindaja y del letrero árabe del
castillo; y lo que sé decir es que nunca le di un noven a mi abuela porque me
lo contase, ni sus padres de ella le dieron una blanca porque lo creyese; lo
cual digo para probar que nada se echaba ella en el bolsillo por la mayor o
menor certeza del caso. Pero como al hombre le tienta el diablo muchas veces
para que dude de las cosas que ve, cuanto más de las que no ve, ni ha visto, ni
verá, yo me tenía mis dudas, pesia a mí. Y era cierto que hacía ya algún tiempo
ni se oían ruidos de noche en el castillo, ni voz de
mora, ni de cristiana, ni...
-Adelante, Nuño, adelante.
-Como gustéis, pero hace cosa de
meses comenzó a decirse por el pueblo que se había oído una noche a deshora
rumor de gentes que habían entrado en el castillo, las cuales gentes no se han
visto salir; quién sabe si serían gentes de estas que se usan; ello es que
nadie los vio. Desde entonces ha tornado el run run de las cadenas y de las
voces y de los espantos nocturnos, y lo que sé decir es que yo me pasaba una
noche, no hace muchas, por el castillo, porque venía de trabajar la huerta que
tengo más allá: bien sabe Dios o el diablo que yo me traía conmigo todas mis
dudas; era tarde ya, y oí efectivamente yo mismo una voz lamentable que decía a
grandes gritos:
Mirad, aún se me hiela la sangre
en las venas; levanté los ojos, y en una de la ventanas más altas de la torre,
de donde parecían salir las
voces, se veía una luz, pero una
luz pálida y blanquecina que andaba de una parte a otra, y de cuando en cuando
parecía ponérsele por delante una sombra, más larga que una esperanza que no se
cumple.
-¿Vos lo visteis? -dijo
Peransúrez.
-¿No lo creéis? -preguntó el
hostalero, más espantado de la incredulidad de su huésped que del mismo caso
que refería. -Mirad -contestó Peransúrez-, toda mi vida tuve grandes deseos de
conocer a un encantado, y nunca pude ver la cara a ninguno; desde que fui
monacillo, y sacristán después, de la Almudena, tengo ese pío. ¿Sois hombre,
compañero, para apurar esta aventura y ver de hacer una visita a ese moro y a
esa señora Zelindaja?...
-¿Qué decís? -interrumpió Nuño-.
Como
gustéis, pero os suplico que
miréis...
-¡Quite allá, señor hostalero!
¿Qué decís
vos, comensal?
-La verdad, señor Peransúrez
-contestó
su compañero-, que en esas
materias... bueno es
mirar dos veces...
-Vaya, ya veo yo que vos no
servís para caballero andante y aventurero. ¡Voto va! ¡Que no tuviera yo aquí
en Arjonilla a mi amigo Hernando, el montero de Su Alteza!
-¿Para qué, señor monacillo y
sacristán después de la Almudena, ahora montero y guardabosques? -preguntó Nuño
con aire socarrón.
-¿Para qué, voto a tal? Desde que
me
hicieron guarda de los montes de
esta comarca por Su Alteza, no he vuelto a emprender una sola aventura de las
que solíamos acometer y vencer en nuestros abriles. Con Hernando al lado, ya me
curaría yo de moros y malandrines, de encantadas moras y cristianas. Yo
entraría en el castillo o quedaríamos en él entrambos
encantados, o desencantaríamos
con la punta de un venablo al mago y a cuantos magos nos fuesen echando a las
barbas...
-¿Entrar en el castillo decís,
eh?... - preguntó sonriéndose el hostalero. -¿Y por qué no?
-Más fácil sería entrar en vida
en el purgatorio, señor monacillo y sacristán, montero y guardabosques.
-Eso no, ¡voto va!, que para
entrar en el castillo no he menester yo a Hernando, ni a nadie. -¿Vos?
-preguntó de nuevo el hostalero, soltando la carcajada-; aunque supierais más
latín que todos los sacristanes juntos de Andalucía.
-Yo; apostemos -repuso
Peransúrez,
picado de la risa del amo y de
sus frecuentes alusiones a su sacristanía de la Almudena. -De buena gana
-contestó Nuño.
-Una cántara de vino y media
docena de
embuchados de jabalí para todos
los presentes - gritó Peransúrez dando una puñada en la mesa, que estuvo por
ella largo rato a pique de zozobrar.
Al llegar aquí la conversación
acalorada
del montero Peransúrez,
acercáronse todos los que en el hogar estaban.
-Señores, sean vuesas mercedes
testigos
-clamó Peransúrez-; Nuño y yo...
-¡Peransúrez! -dijo en voz baja
al oído
del montero exaltado un hombre de
no muy buena apariencia que había entrado no hacía mucho en el mesón, y en
quien nadie había reparado, tanto por su silencio, como por hallarse el amo de
la venta entretenido en la referida discusión-; ¡Peransúrez!
-¿Quién me interrumpe? -gritó
Peransúrez volviéndose
precipitadamente al forastero.
-Oíd -contestó éste apartándose
una
buena pieza de los circunstantes,
que quedaron chichisveando por lo bajo acerca de la apuesta, y de la
posibilidad de llevarla a cabo, y del valor de Peransúrez, y de la interrupción
del recién venido-. ¿Habláis seriamente, señor Peransúrez? -dijo éste tapando
todavía su rostro con su capotillo pardo.
-¿Cómo si hablo seriamente?
-gritó Peransúrez.
-Más bajo, que importa. ¿Insistís
en lo
que habéis dicho de aquel montero
vuestro amigo?-¡Sí, insisto, voto va! Cuando yo he dicho una cosa... una vez...
-¡Bueno! ¿Queréis montear con un
amigo?-Pero ¿a qué viene?...
-Mirad... -dijo el recién llegado
desembozándose parte de su cara.
-¿Qué veo? -exclamó Peransúrez-.
¿Es posible? ¿Vos?
-¡Chitón! Me importa no ser
conocido.
-Dejad, pues, que cierre mi
apuesta..., y
esperadme...
-No; ciad en la apuesta. El buen
montero
ha de saber perder una pieza
mediana cuando
le importa alcanzar otra mayor.
Si queréis
entrar en el castillo y
desencantar a esa mora,
nos importa el silencio.
-Pero ¿y mi honor?
-¡Voto va! por el Real de
Manzanares, algún día quedará bien puesto el honor de vuestro pabellón. En el
ínterin ved que nos ojean, y si no nos hemos de dejar montear, bueno será que
no escatimen nuestro rastro. Os espero fuera y hablaremos largo.
-En buen hora -repuso
Peransúrez-.
Señor Nuño -añadió volviéndose en
seguida a
los circunstantes-, un negocio
urgente me llama. Mañana, si os parece, cerraremos la apuesta -dijo, y salió.
-¿No decía yo? -repuso triunfante
Nuño-
; ¿no
decía yo? ¡Entrar en el castillo! ¡Entrar! Como gustéis -añadió volviéndose
hacia la puerta, por donde ya había salido Peransúrez con el desconocido-, como
gustéis, señor guardabosques; pero paréceme que haríais mejor en guardar
vuestra lengua para contar esos propósitos a un muñeco de seis años, y vuestro
valor para los raposos del monte. Una larga carcajada de la concurrencia acogió
benévolamente el chistoso destello de ingenio del triunfante posadero; en vano
quiso
el comensal de Peransúrez
defender a su amigo citando hechos de valor y atrevimientos suyos de bulto y
calibre. Quedó por entonces convencido que el que quisiera beber vino y comer
embuchados no debía aguardar a que
entrase Peransúrez en el
castillo, cosa reputada tan imposible realmente, como entrar en vida en el
purgatorio, según la feliz expresión del hostalero, que se repitió de boca en
boca y que hizo reír a todos a costa del montero, que había abandonado el campo
de la apuesta al enemigo, con notable descrédito de su honor y de su buena fama
y reputación.
CAPITULO TRIGESIMOTERCERO Bien
sabedes vos, señora, Que soy cazador real;
Caza que tengo en la mano
Nunca la puedo dejar,
Tomárala por la mano
Y para un verjel se van.
Rom. del conde Claros.
-¿Vos, Hernando, en Arjonilla?
-dijo Peransúrez en cuanto se vieron apartados del ventorrillo todo lo que
hubieron menester para no ser de nadie entendidos-. ¿Podéis
explicarme cómo habéis dejado el
lado del doncel Macías, a quien servíais no ha mucho, si mal no me acuerdo?
-Largo es de contar, amigo
Peransúrez - repuso Hernando deteniéndose en un ribazo enfrente del castillo,
desde el cual se descubría todo él perfectamente-. Pero si no tenéis prisa en
este instante, si podéis atender a la llamada de mi bocina, os referiré cosas
que os admiren, y veréis si tenemos montes y venado en abundancia, lo cual haré
con tanto más gusto, cuanto que me habéis prometido ayudarme en la montería que
me trae a este bendito lugar. Refirió en seguida el montero
Hernando, lo mejor que pudo y
supo, cuanto dejamos en nuestros capítulos anteriores relatado, o a lo menos
toda la parte que él sabía, que era lo muy bastante para poner al corriente a
cualquiera de los negocios del doncel. Al llegar al punto donde dejamos
nosotros a nuestros héroes al fin
de nuestro capítulo XXXI, prosiguió Hernando en la forma siguiente:
-Habéis de saber, Peransúrez, que
desde el ojeo que dieron a mi amo en el soto de Manzanares aquellos desalmados
siervos del conde, recelábame yo de cuanto nos rodeaba, y habíame propuesto no
soltar la oreja de mi amo el doncel Macías. Cuando llegó, sin embargo, la nueva
del alumbramiento de nuestra señora la reina doña Catalina, un maldecido sarao
hubo de darse. Ni podía entrar yo allí, ni mi leal Brabonel. Viendo, con todo,
que tardaba ya el doncel en demasía, salí a explorar el monte y a ojear los alrededores
del alcázar. En ese tiempo ¡voto va!, debió de volver mi amo a nuestra cámara
porque cuando yo regresé faltaba un tabardo de velarte que primero no llevara,
y su espada. Volví a salir, y cansado de no hallarle, ocurrióme que acaso fuera
de la villa y debajo
de las ventanas de Elvira, que
dan sobre la plataforma, podría estar el melancólico caballero tañendo su laúd
y cantando alguna balada a la señora de sus pensamientos. Dirigí hacia allá,
Peransúrez, mi jauría, y al llegar, ¡voto a San Marcos! hallé rastro. Un ruido
extraño me había llamado la atención a alguna distancia; conforme nos
acercábamos Brabonel y yo, habíamos oído algunas voces confusas y pasos luego
de caballos. Llegamos, y veíase abierta la reja de la cámara de Elvira. Dos o
tres piedras enormes, colocadas una sobre otra, parecían indicar que acababan
de servir de escala a algún atrevido caballero para alcanzar a la reja. A poco
rato de observación parecióme que andaba alguien en la habitación con una luz
en la mano; ocultéme debajo de la reja lo más arrimado que pude a la pared; el
que era se asomó, efectivamente, y al resplandor de la luz que llevaba en la
mano vi relucir en el suelo
dos trozos de una espada rota.
¡Ésta era la osera!, dije para mí; no bien se hubo apartado el de la luz, que
no pude ver quién fuese, reconocí los trozos; era la espada de mi señor. ¿Lo
habrían muerto? No porque estuviera allí su cuerpo, y porque le hubiera
olfateado mi leal Brabonel, y hubiera puesto en los cielos el aullido. ¿No es
verdad, Brabonel? -preguntó Hernando a su hermoso alano, que echado a su
izquierda parecía escuchar atentamente la relación del montero. Al oír esta
pregunta, alzóse Brabonel en las cuatro patas, lamió la mano que le acariciaba,
como si quisiese dar a entender a su dueño que no se equivocaba en el buen
juicio que acerca de su fidelidad acababa de emitir, dio una vuelta en derredor
sobre sí mismo, y volvió a colocarse, poco más o menos, como estaba antes de la
extraña interpelación-. ¡Brabonel! -dije entonces a mi alano-, ¡el rastro, el
rastro del doncel! Entendióme el animal,
Peransúarez; ¡admirable Brabonel!
No bien le hube dicho aquella breve exhortación, comenzó a olfatear la tierra,
y antes de dos minutos ya se había decidido por una senda. Quise probar, sin
embargo, la certeza de la huella, y aparenté ir por otra, gritando siempre: «El
doncel, el doncel!» Viéraisle entonces correr a mí, echar por la otra, ladrar,
aullar, tirarme, en fin, de la ropa con los dientes. ¡Ah! ¡Brabonel, Brabonel,
luz de mis ojos! -añadió el montero abarcando con la mano el hocico del animal
e imprimiendo en él un beso, más lleno de amor y de cariño que el primero que
da un amante al tierno objeto de su pasión-. ¡Brabonel! El que no ha tenido un
perro no sabe lo que es querer y ser querido. ¿Qué sirve la mujer? La mujer
equivoca siempre la senda, la mujer empieza por montear al venado de casa, y el
perro no engaña nunca como la mujer. ¡Brabonel, juntos hemos vivido, y juntos
moriremos!
-¿Y seguisteis la huella?
-preguntó Peransúrez impaciente por saber el fin del cuento, que Hernando había
interrumpido para acariciar al animal.
-¿Cómo si la seguí? A pasos
precipitados, con toda confianza
ya: dos leguas anduvimos. Allí encontramos un pueblo; tomamos lenguas; el
herrador nos dijo que acababa de pasar una partida de jinetes; que habían
hablado pocas palabras, pero que habían tenido que detenerse a herrar un caballo
desherrado; que caminaban de prisa; que debían llevar un preso, según las
señas, y que habían pronunciado en medio de su misterio la villa de Arjonilla.
¡Mía es la pieza!, dije yo entonces. Até cabos y dije:
Efectivamente, el mismo día se
había servido Su Alteza señalar el día quinceno para el combate que debía tener
con el doncel Macías. Más claro Peransúrez. Era fuerza, sin embargo,
asegurar mis dudas. ¿Qué hacía yo
hasta entonces? Y luego quise más fiar de mi brazo y de mi venablo el logro de
mi intento. Volví a Madrid, y supe que la corte salía al otro día; sabedor de
que don Luis de Guzmán era el que, por su posición con Villena, debía de
interesarse más por mi amo, vime con él y expúsele mis dudas; declaréle mi
intento, aprobó mi idea, y yo le confié el cuidado de llevar con su menaje a
Otordesillas las prendas de mi amo y mías; entre otras, la armadura mejor de
Castilla, que si se perdiera, nunca de ello me consolara; es, al fin, la que
tiene mi amo destinada por su buen temple para el aplazado combate. Armado
después de mi ballesta y dos aguzados venablos, seguido de mi leal Brabonel, y
disfrazado lo mejor que pude, púseme la misma noche en camino. Ayer parece
llegaron ellos. Hoy he
llegado yo. He aquí, Peransúrez,
la causa de mi
venida. En aquel castillo, no hay
duda, está el doncel. He aquí la presa que habemos menester rastrear. ¿Os
acordáis, amigo mío, de un juglar de don Enrique de Villena, que Dios maldiga,
hombre de pelo crespo y rojo...?
-¿Ferrus? Recuerdo su nombre;
pero él... -Ferrus, pues, está aquí, y ése es el guardián de mi amo. Le he
visto subir a un camaranchón de arriba cuando yo entraba en la venta. Por qué
duerme en esta encrucijada y no en su osera, eso no lo alcanzo. Lo que entiendo
sólo, Peransúrez, es que ese es el oso que hemos de montear. ¿ Insistís en
vuestro ofrecimiento, ahora que sabéis cuánto motivo puedo tener de guardar
silencio y sigilo, y cuán peligrosa sea la empresa? ¿Cómo si insisto? Hernando
-dijo Peransúrez levantándose del suelo en que estaban sentados-, no es esta la
primera montería en que hemos andado juntos. Amo el peligro como buen montero,
y osos
mayores que ése, amigo mío, me
han prestado amistosamente piel para más de una zamarra. Examinemos, si os
parece, la posición del castillo, discurramos el medio más prudente... -El
medio, Peransúrez, ¡voto va!, es
esperar aquí a ese perro de
juglar, a esa raposa cobarde y rapaz, y clavarle en tierra con un venablo, como
quien bohorda, más bien que como quien caza. ¿Merece siquiera los honores de
ser comparado con una fiera noble y denodada?
-Guardaos, amigo Hernando, de
ejecutar tan descabellado
propósito. Bien veo que seguís necesitando un consejero prudente que temple el
ardor de vuestra imaginación. Mataréis a Ferrus; pero ¿y luego? -Luego, voto
va, luego... Dirigidme,
pues, en hora buena. Brabonel y
yo estaremos atentos al ruido de vuestra bocina. Soy yo mejor, en verdad, para
obedecer que para
mandar. Pero voto a Dios que os
despachéis pronto, y nos digáis cuanto antes contra quién he de disparar el
venablo, que se me escapa él solo de las manos, y están ya los dientes de
Brabonel deseando hacer presa en el animal. -Ea, pues, venid, demos
disimuladamente la vuelta al
castillo; en seguida volveremos a Arjonilla; vendréis a tomar un bocado
conmigo; que el buen montero, riñón cubierto, y mañana amanecerá Dios, y con su
dedo omnipotente nos señalará el rastro de los malvados.
-A la buena de Dios -replicó
Hernando-. ¡Brabonel, Brabonel, vamos! Guiad vos, Peransúrez, que conocéis la
tierra. Dichas estas palabras comenzaron los
dos amigos su exploración, hecha
la cual se retiraron a concertar los medios de introducirse en el castillo por
más guardado que estuviera, y de salvar al doncel, que presumían hallarse
dentro, con no pocos visos y
fundamentos de verdad.CAPITULO TRIGESIMOCUARTO En una torre fue puesto Con
cadenas a recado.
............................
La condesa entrara dentro
Do está el conde aprisionado.
.............................
Ambos hablan en secreto
Y conciertan en celado;
Que por librar tal persona
A más que esto era obligado.
Rom. de Sepúlveda.
Cuando Ferrus, encargado por el
conde de Cangas y el astrólogo de la prisión del enamorado Macías, pensó
albergarse en la hostalería del complaciente Nuño, no fue ciertamente porque no
hubiese en el castillo albergue digno de él. Es fuerza remontarnos más al
origen de las cosas para explicar de un
modo satisfactorio esta
singularidad. Fácilmente comprenderá el lector, impuesto ya en los diversos
caracteres sobre que gira nuestra narración, que necesitando los dos autores de
esta intriga el mayor secreto, sólo podían fiar tan importante comisión al que
ya estaba forzosamente en él; el reparo de la falta de valor no podía tener en
este caso mucho peso, porque habían de acompañarle otros, los cuales sólo
sabían que debían prender a un hombre, sin saber quién fuese; y para mandar a
éstos y aprisionar con ellos a un caballero que salía descuidado de una cita
amorosa, no se necesitaba un gran fondo de arrojo y determinación.
Por otra parte, Ferrus era hombre
fríamente malo y cruel: ¿quién podía, pues, desempeñar mejor que él la
inexorable comisión que se le confiaba? Lográbase, además, de este modo la
ventaja de apartar de
la Corte al único hombre que
podría en un caso adverso comprometer al conde, y la de tener en el castillo un
ente capaz de cualquier acción determinada, si llegaba ocasión apurada en que
estorbase la existencia del preso. Combinadas estas diversas circunstancias,
sólo quedaba que pensar en ligar el interés de Ferrus al feliz éxito de la
expedición, de una manera que hiciese imposible toda traición. El conde para
esto creyó que no podría haber medios mejores que la gratitud por una parte y
la esperanza del premio por otra; así, decidió hacer libre a su siervo y loco
favorito. Quitóle el collar de metal que en seña de servidumbre llevaba, e
hízole de su siervo un vasallo.
Con extraordinario placer
renunció
Ferrus a su bonete de sonajas de
juglar y al molesto oficio de divertir con bufonadas a sus superiores; y sus
sentimientos de fidelidad llegaron a tocar en un acendramiento difícil de
explicar, ni menos de igualar,
cuando el conde le manifestó que le hacía libre entonces para confiarle la
alcaldía del castillo de Arjonilla; añadiéndole, que si desempeñaba fielmente
este importante cargo, no pararía en esto sólo su favor. Bien entrevió Ferrus,
por consiguiente, que toda su prosperidad futura dependía de que Villena
saliese con el maestrazgo, y siendo eso imposible si se llegaba a probar algún
día que don Enrique había muerto a su esposa, a hizo firme propósito Ferrus de
consentir primero que le hiciesen pedazos que en dejar la menor esperanza de
salvación al asegurado doncel. Su muerte, en último caso, a hubiera sido para
él una grandísima friolera puesta en balanza con su futura grandeza.
El lector sabe que, merced a la
tenacidad de Elvira, se había logrado la industria del astrólogo con más
felicidad aún que lo que él
podía nunca haber esperado si
bien había contado siempre con la ventaja que le ofrecía el haber de bajar el
doncel de la reja alta de una manera que impedía toda defensa. Llevó a
Arjonilla unas instrucciones del conde, severas sí, pero no sanguinarias, y
otras del judío aplicables a todas las circunstancias que pudieran ocurrir, y
un tanto menos escrupulosas, porque éste se hallaba ya tan interesado como
Ferrus en la grandeza del conde y sumamente ligado a sus intrigas por el
peligro que corría, si llegaba a descubrirse algún día la horrible maquinación
en que no había tenido él la menor parte.
No se había previsto, empero, una
circunstancia bien temible. El conde, que había tenido grande interés en que su
castillo de Arjonilla estuviese de algún tiempo a aquella parte bajo la
custodia de alguno de sus más allegados servidores, por razones que él se
sabía, y que algún día sabrán
nuestros lectores, había confiado su alcaldía a su camarero Rui Pero, de quien
no hemos vuelto a hablar por esta causa. Éste era hombre duro y fiel: por lo
tanto suspicaz e irascible. No pudo, pues, sentarle bien la orden que le intimó
Ferrus en nombre del conde, su común señor, ni menos el imperio y mal entendida
arrogancia con que se la oía prescribir a un hombre que acababa de salir de la
nada, a un siervo cuyo collar de metal acababa de romper su amo, y cuyas
sonajas de azófar y bonete de loco estaban todavía demasiado recientes en la
memoria del noble camarero para que le pudiese inspirar respeto ni estimación
el que venia a ocupar su mismo destino, con desdoro de su clase y
prerrogativas. Mandábale a decir el conde que siendo necesaria su asistencia a
su lado, sólo tardase en ponerse en camino para Otordesillas, donde debía
encontrarle para
hacer entrega del castillo al
nuevo alcaide, y enterarle de cuanto él se figurase que conducía a su mejor
servicio. Rui Pero, llevado de su mal humor, no perdonó medio alguno de
inspirar terror a Ferrus acerca de la responsabilidad que sobre si acababa de
tomar y de las dificultades que ofrecía la conservación del castillo de un
secreto tan inmediato a población, y en que si era fácil impedir la entrada a
los extraños, no lo era tanto estorbar que tuvieran los de dentro alguna
comunicación con los de fuera; insistió bastante, además, en la fama que de
encantado tenía el castillo y en lo que de él contaban los habitantes, cosa que
no contribuyó en nada a tranquilizar el ánimo de Ferrus, ya de suyo
naturalmente enemigo de encantos y prodigios. Deseoso de averiguar si debería
temer o
no cuanto en el particular Rui
Pero le refería, determinó dormir una noche en la hostalería del pueblo, así
para averiguar a punto fijo el
fundamento que podrían tener
aquellas
tradiciones, que cual telas de
araña se adhieren
siempre a los edificios viejos,
como para
escudriñar si se había traslucido
algo entre los
habitantes de Arjonilla acerca de
los
misteriosos secretos que
encerraba a la sazón la
antigua hechura del amante de
Zelindaja, y
acerca del objeto de a su propio
viaje. Ésta era
la verdadera causa de aquella
extravagancia.
No bien se había despertado
Ferrus, cuando tenía ya a la cabecera de su cama al complaciente Nuño con la
montera en la mano, y con un como gustéis siempre asomado a los labios para
salir a la menor indicación del huésped. Entablóse entre ambos, mientras que
Ferrus se vestía, un diálogo que por lo largo e inútil a nuestro propósito,
perdonamos a nuestros lectores con el interesado objeto de que nos perdonen
ellos a nosotros cosas de mayor monta y trascendencia. Baste decir que
por él pudo Ferrus formar una
exacta idea de su verdadera posición, y no le hubo de parecer tan mala como Rui
Pero se la había pintado, porque decidió volver inmediatamente a su castillo, y
aun hizo propósito de darse por encargado y enterado de todo lo más pronto
posible, pues bien se le alcanzaba que el disgusto y mal humor del camarero
sólo podían resultar en daño de la intriga de su amo. Tuvo el hostalero,
prevenido por Peransúrez en la madrugada del mismo día, el buen talento de no
hablar a Ferrus de la imprudente conversación tenida en público la noche
anterior en su cocina después de haberse él recogido, y Hernando, a quien
importaba no ser conocido, de Ferrus sobre todo, se mantuvo oculto hasta que
supo que había regresado al castillo el ex juglar, pagada ya la cuenta de su
gasto, aunque no tan opíparamente como el hostalero esperaba, cosa que se supo
porque al
despedirse Ferrus de él, díjole:
-Dios os prospere y os dé, buen
Nuño,
lo que más os convenga -y se notó
que Nuño no le había respondido el como gustéis de ordenanza. Esta observación
de los historiadores del tiempo, que hablan con toda profundidad del lance, es
tan justa, que cuando Nuño habló con Peransúrez después de la partida de Ferrus
no sólo no insistió en la apuesta, sino que se inclinó ya, por cierta antipatía
que había nacido en su corazón repentinamente contra Ferrus, a la parte del
emprendedor montero, diciéndole entre otras cosas que tendría un placer
singular en que se jugase una pasada que metiese ruido al señor alcaide nuevo
del castillo del moro, por su arrogancia y su petulante continente.
No echó Peransúrez en saco roto
esta buena predisposición al mal del hostalero, y reuniéndose a toda prisa con
Hernando,
procedieron a dar el paso que en
su deliberación de la noche anterior les había parecido más conducente y
atinado para el logro de su arrojado intento.
Entretanto era varia la posición
de los habitantes del castillo. En los patios interiores divertían sus ocios
tirando al blanco o bohordando hombres de armas, a quienes estaba confiada su
defensa y custodia; algún grupo de ballesteros o archeros pacíficos discurrían
más apartados acerca de la singular reserva que reinaba en todas las
operaciones de aquel edificio verdaderamente mágico, porque no eran todos
sabedores de lo que encerraban sus altas murallas. Algunos sí sabían que habían
traído ellos mismos un prisionero, por ejemplo, pero ni sabían quién era ni le
habían vuelto a ver. Tales habían sido y eran las precauciones observadas
sabiamente por los principales emisarios del conde.
Había sido colocado el nuevo
huésped
en una sala baja incrustada,
digámoslo así, en el corazón de una mole de piedra, que esto y no otra cosa era
cada paredón del castillo. No tenía más adornos que el que le proporcionaban
algunas telas de araña, indicio de la poca consideración con que al caballero
se trataba, y varios informes lamparones que dibujaba la humedad con caprichosa
desigualdad en las desnudas paredes de aquel calabozo.
Hacía más horrorosa la prisión un
rumor monótono y profundísimo, muy semejante al que produce el brazo de agua
que sale de la presa de un molino, que rompe por entre las guijas de una
cascada o que se desprende de un batán. El que haya tenido alguna vez la
desgracia de verse privado de su libertad en una oscura prisión oyendo día y
noche el acompasado golpeo de un reloj de péndola, será el único que pueda
apreciar la
situación del doncel, condenado a
aquel tristísimo son.
No recibía más luz aquel
cavernoso
nicho que la que le prestaba en
los días más claros del año un agujero redondo y cerrado con cuatro hierros
cruzados y practicado en la parte más alta del muro. Hallábase situado a orilla
de una zanja, hecha a lo largo de la muralla interior; por la zanja corría,
produciendo el rumor que hemos descrito, un residuo del torrente, que llenaba
con sus aguas el foso exterior del edificio, y entre la zanja y la muralla
interior había una ancha y espaciosa plataforma. Era preciso, pues, pasar la
zanja desde la plataforma para entrar en la prisión destinada al doncel; pero
esto sólo se podía verificar bajando el rastrillo que la cerraba sirviéndole de
puerta.
La rara colocación de aquella
cueva
indicaba que había sido
construida desde luego
para encerrar presos de
importancia, y a quienes se quisiese quitar la vida prontamente como represalia
en caso de hallarse ya tomado el castillo por el enemigo. La situación por otra
parte, su hondura y el ruido del torrente, impedían que pudiese ser oída en
ningún caso la voz del prisionero que en aquella caverna se encerrase. Casi
enfrente de ella venía a caer, entre las dos murallas, la torre principal de la
fortaleza. Mirando oblicuamente por el agujero conductor de la luz, que dejamos
descrito, divisábanse con trabajo algunas altas ventanas. Nada se podía ver de
día de lo que dentro de ellas pasaba; pero de noche, cuando reinaba la más
completa oscuridad, veía el doncel una luz arder en lo interior de una
habitación, moverse a ratos, mudar de sitio, desaparecer, y aun producir
sombras de diversos tamaños y figuras, bastantes a atemorizar en aquel tiempo
de superstición un corazón menos determinado
que el del doncel; sobre todo en
un castillo que hacían encantado las tradiciones más remotas del país, y cuyo
destino parecía ser real mente el de pertenecer siempre a seres nigrománticos
como le sucedía a la sazón, que era dueño de él el conde de Cangas, a quien
nadie tenía por menos mago que el amante de Zelindaja. De noche también, y
cuando se columbraban las temerosas sombras, era cuando solía mezclarse con el
silbido del viento y el ruido de la lluvia,
o el estruendo de la tempestad,
una voz aguda y dolorosa, que era la que tenía espantada la comarca, y la que
nuestro buen Nuño había oído la noche que se retiraba de su labor, como en
nuestro capítulo anterior dejamos dicho. Finalmente, otra entrada tenía la
prisión
del doncel. Una escalerilla de
caracol la ponía en comunicación con una larga galería interior del castillo;
pero una puerta de hierro sumamente pequeña y cerrada por defuera con
pesados cerrojos y candados,
cuyas llaves poseía sólo el alcaide, imposibilitaba por esta parte toda
esperanza de evasión. Un mal lecho había sido dispuesto a ruegos del prisionero
en la caverna, y había conseguido por favor singular que le dejasen el pequeño
laúd que a la espalda como trovador llevaba cuando su cita amorosa. Con él
divertía su amarga posición pulsándole blandamente, y regándole con sus acerbas
lágrimas, los ratos que no escribía en las paredes con un punzón alguna
tristísima endecha, dirigida a la ingrata señora de sus pensamientos, cuyo
rigor le había puesto en tan lastimero trance.
La habitación que por ser la
mejor y la
más espaciosa se había reservado
el alcaide, y que se habían repartido a la sazón Rui Pero y Ferrus, se hallaba
en el piso bajo de la torre de que hemos hablado. Un salón anchuroso, adornado
con varios trofeos y armas
suspendidas en las paredes, era
el departamento principal. Una larga mesa estaba clavada en medio; el hogar
ardía en la cabecera de la sala, y en el extremo opuesto un aparador o bufete
encerraba la vajilla estilada en aquel tiempo para el servicio de la mesa.
Al anochecer del día en que nos
encuentra nuestra historian dos hombres arrellanados en dos grandes poltronas
de baqueta española, la más apreciada entonces en Europa, conversaban
tranquilamente uno enfrente de otro y separados por la mesa como si hubieran
necesitado de un cuerpo intermedio para no reñir. Así parecía indicarlo su
gesto displicente. El uno era Ferrus. En su rostro brillaba la satisfacción de
un hombre que ha llegado a ocupar un destino superior a sus méritos y
esperanzas. El otro era Rui Pero. Su continente era el de un hombre, por el
contrario, herido en lo más delicado de su amor
propio por un disfavor no
merecido, y habíaselas con el emancipado juglar como podría habérselas un
general acreditado por sus servicios y conocimientos con un guerrillero a quien
hubiese igualado con él la fortuna.Una lámpara suspendida del techo iluminaba
los rostros de entrambos, y los iluminaba mejor una alta vasija, cuyo preñado
vientre vaciaba de cuando en cuando, en dos anchas copas, cierto jugo
vivificador que embaulaban nuestros dos interlocutores a tragos repetidos en su
cuerpo como en un cubo desfondado.
-¿Cuándo pensáis partir, señor
Rui Pero? -preguntó Ferrus después de uno de estos tragos, paladeando todavía
el licor de Baco. -¿Habéis tomado ya, señor juglar - repuso Rui Pero-, es
decir, señor Ferrus, alcaide del castillo de Arjonilla, las instrucciones que
habíais menester?
-Estoy tan apto, señor Rui Pero,
para desempeñar la alcaidía de este famoso castillo, como el mejor camarero de
Castilla -contestó Ferrus picado.
-En ese caso, señor tal alcaide,
pasado mañana al lucir el alba me pondré en camino para la corte, si no manda
otra cosa vuestra señoría.-Gracias, señor Rui Pero.
-¿Habéis mandado relevar las
centinelas exteriores de la muralla y las dos de las torres y de la galería
interior del preso?
-Bien sabéis -contestó Ferrus-
que no es
ese cargo mío mientras estéis vos
en el castillo. Y espero que no me comprometeréis con mi amo el señor conde ni
querréis faltar al deber...
-No acostumbro a faltar a mis
deberes, señor Ferrus y voy por tanto a disponer... -Esperad. Supongo que
seguís con el
cuidado de emplear en el servicio
de centinelas los ballesteros que ignoran completamente la
calificación de los prisioneros
De otra suerte...
-No habéis menester suponerlo
-dijo
apurando su copa Rui Pero-;
bastará con que lo creáis a pies juntillas. Además ya habréis conocido que
necesita habilidad para escaparse el preso que tal intente hallándose encerrado
en la prisión de la zanja.
-Sí, según me habéis dicho, no
conociendo el secreto del rastrillo, sólo la muerte sería el resultado de la
menor tentativa de evasión. Admirable construcción la de ese calabozo. ¿Y quién
construyó?...
-¡Silencio! -dijo Rui Pero al ver
entrar un tercero en la sala y gozoso de dar una lección de prudencia al
inexperto Ferrus-. ¿Qué queréis vos? -añadió dirigiéndose al extraño.
-Señor alcaide -respondió el
faccionario
que acababa de entrar-, han
llamado al castillo
dos caminantes fatigados...
-A nadie se da hospedaje -repuso
Rui
Pero malhumorado.
-Lo sé, señor alcaide. Pero
advierta vuestra merced que no son caballeros, ni hombres de guerra. Son dos
reverendos padres que piden albergue por esta noche.
-¿Y por qué no lo buscan en
Arjonilla?
-Parece, señor, que van
extraviados y
pasan a estas horas por el
castillo, ignorantes
del camino que guía a la
población. La copiosa
lluvia que ha engruesado el
torrente les obliga a
pedir albergue.
-¡Voto va! -dijo Rui Pero-. Lo
más que
por ellos podemos hacer es que
les enseñe el camino un hombre del castillo.
-Pero ése, señor, no los pasará
en hombros a través del torrente -repuso el ballestero, temeroso de ser él
elegido para aquella comisión.
-Por otra parte -añadió Ferrus, a
quien los vapores del vino daban confianza y
determinación-, ¿qué peligro hay
en albergar dos frailes? Dios sabe de dónde serán Esos padres suelen venir de
lejos e ir de paso; muy forasteros deben de ser, pues ignoran que el castillo
es encantado y nada hospitalario. Van de paso.-Sin embargo, si pudiesen pasar
el arroyo... -replicó Rui Pero. ¿Y queréis -dijo Ferrus, acercándose al oído
del camarero- que nos expongamos a que pase un hombre del castillo la noche
fuera de él y suelte la lengua más de lo preciso? Eso es peor...
-Peor, peor... -refunfuñó entre
dientes el camarero.
-Si gustáis, señor alcaide -dijo
el ballestero-, se les contestará que vayan a buscar albergue a otra parte.
Ello, la noche es terrible. -¿Terrible decís? -repuso Rui Pero asomándose a una
ventana-. Sí; parece que el cielo se derrite en agua. Sería una inhumanidad por
cierto.
-No podemos consentir -añadió
Ferrus-, que dos ministros del Altísimo queden a la intemperie en una noche...
-En buen hora; que entren -dijo
Rui Pero
al ballestero, quien se fue a
cumplir la orden. -¡Voto va! -añadió Ferrus-, éramos dos y seremos cuatro. Aún
queda vino en esa vasija para otros tantos, y los padres no se desdeñarán de
hacernos un rato de compañía, yendo sobre todo de camino. Todo el peligro que
podemos recelar de los santos varones, señor camarero, es que nos echen algún
sermón en latín que no entendamos, y así como así, dentro de un rato ya no nos
íbamos a entender nosotros dos, según la faena que damos a nuestras copas.
Una carcajada de Ferrus al
concluir
estas palabras probó que todavía
no había perdido la costumbre, que se había hecho en él naturaleza, de decir
bufonadas a todo trance, a
pesar de su nueva dignidad.
De allí a poco entraron
humildemente
en el salón dos reverendísimos
padres, cuyos hábitos derramaban a hilos el agua, como un paraguas expuesto por
gran rato a la lluvia y que se arrima a un rincón a medio cerrar. Saludáronles
cortésmente nuestros dos amigos; y después de los primeros cumplimientos les
invitaron a que se acercasen para secar sus hábitos al hogar, donde quedaron
mirándose unos a otros largo espacio los dos opuestos alcaides y los dos bien
avenidos frailes.
CAPITULO TRIGESIMOQUINTO
Mentides, frailes, mentides,
Que no decís la verdad.
...........................
Mató el fraile al caballero,
A la infanta va a librar:
En ancas de su caballo
Consigo la fue a llevar.
Rom. del conde Claros.
Al entrar los dos modestos
frailes en la
sala, no había dejado de
llamarles la atención el agradable pasatiempo en que entretenían sus ratos
perdidos el antiguo y nuevo alcaide. Habíanse mirado uno a otro como inspirados
de la misma idea, y este movimiento hubiera sido notado de los defensores del
castillo, a no ser que, no habiendo creído éstos que tendrían va visitas con
quien guardar ceremonia, habían menudeado en realidad del tinto más de lo que a
su prudencia convenía. Su misma posición les había excitado a beber, y aun hay
cronistas que aseguran que deseosos uno y otro de no tener compañero en el
mando, y demasiado confiado cada cual en su propia resistencia, se habían
animado recíprocamente a beber por ver si conseguían privar al colega; plan
que, merced a la igualdad de sus fuerzas, había resultado en
detrimento de la razón de
entrambos.
-¡Por San Francisco! Perdonen
vuestras reverencias -dijo Ferrus- si les han hecho esperar a la intemperie más
de lo que ese hábito que visten merece. Pero sepan que a él sólo deben esta
acogida, porque el castillo a que han llamado no es en realidad de los más
hospitalarios que pudieran haber encontrado en su camino.
-Pax vobiscum -dijo el menos
corpulento de los padres con voz grave. -Como gustéis, padres -repuso Ferrus-,
según el estribillo de mi huésped de ayer;
porque han de saber sus
reverencias que de dos dignos alcaides que tienen en su presencia ahora,
ninguno sabe latín.
-En ese caso, Te Deum laudamus -
repuso el padre, respirando como
aquel a quien le quitasen de encima una montaña.
-Gracias -contestó de nuevo
Ferrus, no
queriendo ser tachado de poco
político por dejar sin respuesta una lengua que no entendía-
. Dos
cosas debemos suplicar a vuestras reverencias -prosiguió; primera, que se
quiten esos hábitos que traen mojados...
-Et super flumina Babylonis, dice
el salmista; vetat regula, la regla nos lo impide. -Sea en buen hora; pero la
regla no impedirá a vuestras reverencias que hagan lo que vieren adonde quiera
que fueren; primera regla de hospitalidad entre caballeros -añadió Ferrus
derramando vino nuevamente en las copas y ofreciendo una al padre que había
llevado hasta entonces la palabra.
Miráronse los padres uno a otro
para consultar entre sí lo que deberían hacer. -¡Voto va! aquí se ofrece de
buena voluntad -añadió Ferrus viendo su indecisión-, ¿no es cierto, señor
camarero?
-Vos lo habéis dicho -repuso el
camarero
tomando una copa-. Pero si sus
reverencias no se atreven por respetos al cielo, nosotros, viles gusanos de la
tierra...
-Vinum laetificat cor hominis -
interrumpió el padre-. Nosotros
agradecemos a vuestras mercedes la buena voluntad; pero sólo beberemos en la
refacción, si tenéis por bien hacérnosla servir; vuestras mercedes beban, y
mientras, nosotros exultemos et laetemur. -A la buena de Dios -dijo Ferrus
vaciando su copa-. ¿Y este padre
que nada dice, es que no sabe latín, como si fuera alcaide? Miraban los dos
frailes a Ferrus, como buscando en sus ojos si encerraría alguna intención o
sospecha aquella pregunta, hecha de aquel modo, o si sería meramente casual e
hija de la poca aprensión del que la hacía. Parecióles en conclusión que no se
podía leer en los ojos de Ferrus sino la expresión del mosto, y no dudó en
responder con cierta
serenidad el mismo padre:
-Mi superior está achacoso; es
sordo además tanquam tabula...
-Sí, que es gran sordera -repuso
Ferrus, presumiendo que así se llamaba la enfermedad del padre.
-Y un tanto tierno de ojos, que
es la
razón de verle la capucha tan
sobre ellos como notarán vuesas mercedes. La humedad, sobre todo, de esta noche
debe de haberle perjudicado mucho. Benedictus qui venit... Venga o no venga
-añadió para sí el padre.
Efectivamente, no se le veía
apenas
rostro al padre que había
permanecido callado. Ocultábale el medio de abajo una larga barba blanca, y su
capucha le envolvía todo el medio de arriba.
-¿Y viajan siempre vuesas
reverencias
con esos mozos de estribo?
-preguntó Ferrus, reparando en un hermoso alano que casi detrás
del padre silencioso reposaba, y
que había entrado sin ser antes de ellos sentido. -¡Ah! -repuso el padre-. Dios
nos
perdone esos medios mundanos de
defensa. Aunque manet nobiscum Dominis, bueno es llevar además un amigo
consigo. Es el perro del convento; nuestro reverendo abad no quiso que en
nuestros tiempos de salteadores, ni el padre Juan ni yo, padre Modesto, como me
llaman, para servir a Dios y a vuesas mercedes, nos viniésemos sin ese corto
auxilio siquiera para nuestra seguridad, si bien Deus sigilat. -¿Y de dónde
bueno, padre mío? -
preguntó Ferrus con audaz
curiosidad.
-De Jaén, hijo -repuso con
extrema
serenidad el padre-; sí, hijo, de
Jaén. Llevamos
una comisión secreta, que bajo la
fe de la
obediencia no podemos revelar,
para el
reverendo prior del convento de
Andújar de
nuestra misma Orden, que es como
veis de San
Francisco, hijos míos; pensábamos
haber caminado toda la noche y haber llegado allí antes de la mañana; empero
Dios que nos ha enviado esta agua, y los achaques de mi compañero, nos han
obligado a pedir hospedaje. Introibo, dijimos, ad altare.
-Y bien dicho -habló por fin el
camarero,
que había estado hasta entonces
observando al silencioso fraile-, muy bien dicho, aunque nosotros no lo
entendamos. Pero lo dijo vuestra reverencia y basta: si les parece a sus
reverencias, que vendrán cansados -prosiguió el cortesano camarero-, harémosles
servir la refacción para que se retiren, señor Ferrus. -Amén -repuso el padre-,
tanto más
cuanto que mañana hemos de salir
a la madrugada, si dais orden de que nos abran temprano en el castillo.
-Daránse las órdenes todas que
fueren necesarias -repuso Ferrus, apartándose y
hablando al oído al camarero-.
Pero ved que las centinelas no se han relevado aún.
-Pudierais vos mudarlas -le
contestó Rui Pero-, mientras yo hago disponer la cena; estos buenos padres nos
dispensarán si les dejamos solos un instante por su propio servicio. -Ite,
missa est -replicó el padre, echando
una bendición gravísima a
entrambos alcaides, que se dieron el brazo mutuamente a pesar de sus interiores
rencillas, sin duda olvidándolo todo en momentos en que necesitaban tanto de
recíproco apoyo, y salieron de la sala. -¡Cuerpo de Cristo! Por vida de Diego
Gil y Martín Bravo, los más
famosos monteros de Castilla, que Dios perdone -exclamó el padre silencioso
soltando una carcajada algo reprimida por la prudencia-. ¡Voto va! que nunca
hubiera dicho, fray Juan o fray Peransúrez, que tañeseis de ladradura con tal
primor. Por mi venablo que se os entiende de
cazar en latín a las mil
maravillas.
-¡Prudencia, Hernando! Sepamos lo
que
nos hacemos, ya que yo no sé lo
que me digo. ¿No os previne de que fui monacillo y sacristán en cierto tiempo,
durante el cual, si mucho escatimé el rastro de las vinajeras de la Almudena,
no por eso dejé de oír las bocinas de los padres en el coro? Aprendí a tañer la
misa en latín como habéis visto, y alguna palabra entiendo, ¡voto a tal!, de
cada ciento que digo. -Pobre venado es éste, Peransúrez, es nuestro -dijo
Hernando-. Hace la señal del pezuño chica, y va en la redruña, ¡voto a tal! No
tardaremos en tañer de occisa. ¿Pondrémosle canes? -Ved no nos obliguen a tañer
de traspuesta, mirad que se levanta ya el venado a la ceba. Yo os avisaré el
momento. -Los tiempos nos dirán, conforme
vengan...
-Si; pero ved, Hernando, que no
es lo
dificil la entrada; mirad por la
salida. -Dios proveerá y mi venablo -repuso Hernando, componiéndose sus hábitos
y echando de nuevo su capucha-. Ya vienen hacia el buitrón.
Volvían en esto ya los dos
alcaides. No tardó mucho tiempo en cubrirse la mesa, a la cual se sentaron los
cuatro con la mayor armonía y fraternidad. Poco tiempo hacia que cenaban, con
imprudente abandono Rui Pero y Ferrus, con más reserva y comedimiento los
frailes, cuando llamó a las puertas del castillo un expreso que enviaba el
conde de Cangas y Tineo. Abriéronle inmediatamente, e introducido en la sala,
echóse de ver en su traza que había corrido mucho y que debía de ser en grande
manera interesante su mensaje. Tomó Rui Pero el pliego cerrado que para él
traía y apartándose un poco leyóle rápidamente, manifestando bien a las claras
en su rostro
cuánta sorpresa le infundía.
-Señor Ferrus, grandes novedades
-dijo después de haberle recorrido. -¿Qué decís? -preguntó Ferrus
tartamudeando.
-Nuestro señor el ilustre conde
de
Cangas y Tineo maestre de
Calatrava, se halla a
pocas leguas de aquí...
-¿Cómo? -exclamó Ferrus
levantándose. -Sí; parece que el día después de vuestra salida de Madrid llegó
a la Corte la nueva de los disturbios de Sevilla. Las cartas y pesquisidores
que envió Su Alteza a esa ciudad el mes pasado para poner en paz los bandos que
han estallado entre el conde de Niebla, su primo, y el conde don Pedro Ponce y
otros caballeros y veinticuatros, no surtieron efecto, y el mal se acrecienta
por momentos. Temeroso Su Alteza de los resultados de tan grave daño, hizo
suspender su viaje a Otordesillas; hase
contentado con expedir pliegos
anunciando a la reina doña Catalina que irá allá desde Sevilla y mandado
disponer para entonces las funciones reales y torneos que se preparaban en
solemnidad del nacimiento del príncipe don Juan. Hase traído consigo a los principales
señores de la corte, y esta noche debe dormir en Andújar.
-Gran novedad, por cierto -dijo
Ferrus.
-Añádeme su señoría que en ese
pueblo permanecerán tres días, por hallarse señalado para mañana la prueba del
combate. Encárganos con este motivo -añadió Rui Pero al oído de Ferrus- la
mayor vigilancia.
-¡Voto a tal! no hay cuidado
-dijo Ferrus
dando una carcajada-. No vencerá
el doncel. ¿Y piensa venir su grandeza por aquí?
-Parece que no, pues de Andújar
pasa
Su Alteza a Córdoba, desde allí
irá en la barca grande, el Guadalquivir abajo, a Sevilla, pues
que está Su Alteza muy doliente y
no le deja caminar a caballo su físico Abenzarsal. Pero en atención a todo
esto, yo partiré mañana de madrugada.
-Sea en buen hora, como gustéis
-repuso Ferrus-. Esto entretanto no altera el orden de nuestra cena. Podéis
retiraros, buen hombre - añadió Ferrus al emisario
-Que os den de cenar -dijo Rui
Pero al mismo -y disponeos mañana a venir conmigo a la Corte.Retiróse el
emisario, y siguieron cenando nuestros cuatro paladines, conversando acerca de
la determinación del Rey y del singular acaecimiento que los había acercado
tanto a la corte.
-Bueno fuera, señor alcaide -dijo
Peransúrez dirigiéndose a Ferrus, que era el más afectado del licor-, bueno
fuera que hubieseis de hospedar en este castillo a la corte... -¡Bah! -dijo
Ferrus-, no pasa por aquí, y
además, en un castillo
encantado...
-¡Encantado! Dios nos perdone
-dijo con afectado escrúpulo el padre.
-¿No ha oído hablar nunca el
padre de
la mora Zelindaja, Zelindaja la
mora...? -siguió Ferrus con dificultad, y riéndose a cada palabra con la
estúpida expresión de la embriaguez. -¡Hola!
-¡Voto va! pues la mora... Rico
vino es este, padre; ¿no bebéis?
-Proseguid -dijo el padre
haciendo con su mano un ademán de agradecer el ofrecimiento.
-La mora, pues... Vaya otro
trago, señor Rui Pero.
-¿Y la mora? -preguntó el padre.
-La mora... Zelindaja queréis
decir, la
que está encantada en la torre...
-¡En la torre?
-Sí; aquí arriba sobre nosotros.
¡Pero qué
vino! ¡Qué paladar! ¿Os dormís,
señor Rui Pero? ¡Voto va!
-¿Con que arriba? -preguntó el
padre. -Por ahí la llaman la mora, y dicen que aparece, y que... ¡Ah! ¡ah! ¡ah!
-añadió Ferrus soltando una carcajada y mirando el vino que contenía aún la
copa-. ¿Qué hacéis vos ahí - prosiguió vuelto en seguida a los que le servían
la mesa-, escuchando, espiando, a ver si se me escapa alguna imprudencia?
¡Belitres! Si esperáis a que yo os diga dónde está el preso...
Larga la lleváis. Fuera de aquí;
llamaremos cuando hayamos menester. Diciendo y haciendo, levantóse Ferrus con
trabajo y cerró la puerta después que hubieron salido los sirvientes,
espantados de las palabras del alcaide.
-¿Con que el preso...?, señor
alcaide - prosiguió Peransúrez, que así como su compañero no perdía una palabra
ni una acción
de las que se le escapaban al
imprudente mancebo.
-El preso no se escapará mientras
pendan de mi cintura las llaves todas del alcázar. ¡Ah! ¡ah! ¡ah! Notad, padres
míos, la figura que hace un camarero dormido - prosiguió Ferrus riéndose a
carcajadas y señalando con el dedo la boca abierta del buen Rui Pero, a quien
la hora, el vino y el cansancio tenían cabeceando sobre su poltrona-. ¡Ah! ¡ah!
¡ah!
Al llegar aquí, tocó Peransúrez
por bajo
de la mesa al pie de Hernando,
que de puro impaciente no hacia ya más que moverse había un gran rato.
Levantándose a un tiempo los dos, precipitóse cada uno sobre el que tenía al
lado. Tocóle a Peransúrez el dormido Rui Pero, que se halló ya maniatado y tapada
la boca antes de acabar de despertarse; a Hernando, Ferrus, cuyo asombro fue
tal al ver levantarse
de repente, y en aquella tan
inesperada forma, a los dos reverendos, que no fue dueño de gritar ni de oponer
la menor resistencia al montero, el cual así lo fajaba con sus poderosas manos
como si fuese un niño. Pusieron nuestros dos amigos a cada uno de los alcaides
un palo del hogar atravesado en la boca y sujeto con cordel que preparado
llevaban, a manera de mordaza, y atáronlos en seguida fuertemente de pies y
manos a sus mismas poltronas, dejándolos conforme se hallaban colocados, es
decir, uno enfrente de otro, con la mesa en medio y sus copas delante. Era cosa
de ver la figura que hacían, sin poderse mover ni remover, ambos con la boca
abierta, y mirándose con ojos aún más abiertos, sin acabar de comprender si
estaban encantados por el moro del castillo o si habrían dado hospedaje a dos
diablos del otro mundo que venían a castigar su descompuesta vida.
Hecho esto por nuestros dos
reverendos, y apoderados ya del
manojo de llaves que pendía del cinto de Ferrus, fue su primer cuidado
recapacitar lo que acababan de oír al ebrio alcaide.
Parecía por el misterio de sus
palabras
que la torre era el lugar del
castillo destinado al prisionero. Estaban en ella, pero era indispensable
hallar una subida, y si había dos, aquella en que estuviesen menos expuestos a
ser notados o a encontrar importunas centinelas. En punto a esto convinieron
que era preciso ponerse en manos de Dios, que veía sus intenciones y no dejaría
de favorecerlas, y echáronse a buscar una subida, que no tardaron en encontrar.
Probando llaves lograron abrir una puerta encubierta detrás del hogar por un
tapiz viejo; empujáronla, y una escalera oscura les probó que habían dado con
lo que necesitaban. Armado cada uno de un agudo
venablo, y llevando en la mano
izquierda Hernando, que iba delante, una linterna sorda de metal, diéronse a
subir con la mayor confianza en Dios, donde los dejaremos, ora trepando
escaleras, ora recorriendo largas y oscuras galerías, ora, en fin, probando
llaves en cada puerta que encontraban, todo con el mayor silencio por no dar la
alarma en el castillo.Hallábase colocado el cuarto, donde se divisaba la
misteriosa luz desde los alrededores de la fortaleza, en el extremo de una
galería, y comoquiera que las puertas fuesen todas de la mayor seguridad, no se
creía prudente establecer centinelas demasiado inmediatas. Al único que hacia
aquella parte se ponía, preveníasele de antemano que no se separase del extremo
de la galería más distante de la prisión. El que se hallaba a la sazón en aquel
punto era un mancebo profundamente ignorante acerca de las circunstancias de
los
presos que parecían custodiarse
con tanto interés en la fortaleza, pero que había oído hablar lo bastante del
encantamiento del castillo y de la voz nocturna, para no tenerlas todas consigo
en aquella incómoda facción. -Por Santiago -decía, apoyándose en su partesana,
que no entré yo al servicio del señor conde para habérmelas con brujas y
hechiceras; este instrumento, que bastaría para matar millones de moros, unos
después de otros se entiende, acaso no sería suficiente a hacer un ligero
rasguño en la mano del moro que fundó este maldito castillo. Dicen que la señal
de la cruz es grande arma contra las artes del demonio, añadía en otro paseo de
los que daba, sin apartarse mucho de su puesto como el que tiene miedo o frío,
y siendo esto cierto, ¿cómo es que hay cristianos hechizados? Cuerpo de Cristo,
si me hechizasen, tengo para mí que lo que más había de sentir había de ser
aquello del
no comer y del no dormir, ¡voto
va! En estas y otras reflexiones cogió entretenido al mancebo cierto profundo
gemido que salió al extremo opuesto de la galería.
-¡Santa María! -exclamó, dando
diente
con diente, el faccionario-.
Asunto concluido. ¿Si será la mora que viene a pedirme su esposo, según dicen
las gentes que lo pide todas las noches a los ecos? Sin embargo, no soy eco -
añadió lastimeramente como si quisiese conjurar el encanto con esta lógica
observación. Otro gemido más prolongado resonó de
allí a poco, y el ruido de una
cadena arrastrada por el suelo hasta el infinito en el oído del infeliz.
-¡Santo Dios! -decía el soldado, y persignábase tan de prisa como si fuese la
última vez que había de persignarse en su vida, sin apartar los ojos del punto
de donde él se figuraba que salía el ruido.
En esto estaba, a la orilla de la
escalera,
y vuelto de espaldas a ella,
cuando dos manos de hierro, apoderándose de sus piernas, le levantaron en alto.
-¡Perdón, señora Zelindaja,
perdón! -
clamó con voz medio ahogada el
miserable, y pasando por encima de la cabeza de un padre francisco, a quien no
tuvo siquiera tiempo de observar, cayó rodando de espaldas por la escalera,
hasta una puerta que habían cerrado tras sí nuestros aventureros, donde quedó
casi exánime y sin sentido.
-¿Hay más? -dijo Peransúrez
mirando a todas partes.
-No -repuso Hernando-; aquélla
debe ser su prisión: ¿no oís una cadena? -Él es; apresurémonos-. Sacando en
seguida el manojo y llegando a la puerta, comenzaron a probar llaves en la
cerradura. Abrió, por fin, una de las más gruesas y
entrambos se precipitaron dentro
de la prisión, igualmente impacientes de dar libertad al encadenado doncel.
Una lámpara mortecina lucía
siniestramente sobre un pedestal.
-¡Basta, crueles, basta ya!
-exclamó una
voz penetrante, arrojándose a sus
pies al mismo tiempo, con todo el desorden del dolor y de la desesperación, una
figura cadavérica vestida de negras ropas.
Difícil fuera pintar el asombro
de
nuestros dos reverendos al ver
venir sobre ellos aquella extraña sombra, que no era otra cosa lo que a su
vista se ofrecía, y el sobrecogimiento de la víctima luego que paró la atención
en sus nuevos huéspedes, de tan distinta especie que los dos hombres que hasta
entonces habían solido visitar su encierro para traerla el alimento.
-Religiosos, santo Dios,
religiosos -
exclamó ésta-. Habéis oído,
Señor, por fin mis oraciones, y el bárbaro me envía estos emisarios de vuestra
palabra divina para auxiliarme en los últimos momentos de esta vida miserable.
Lo acepto, Señor, lo acepto.
Un mar de lágrimas corrió de los
ojos hundidos de la encarcelada, que abrazaba con religioso fervor el hábito de
Hernando; éste, inmóvil en su puesto, no sabía qué interpretación dar a aquella
horrible escena. Todo el valor de Peransúrez le había abandonado; creíase,
efectivamente, delante de la encantada mora, y estaba ya a dos líneas de
maldecir en su corazón su osadía y su malhadada incredulidad. Repuesto algún
tanto Hernando de su primera sorpresa, hízose atrás cuanto pudo, desviando su
hábito del contacto de la infeliz. Ésta, levantando entonces la cabeza, y
sacudiendo sobre los hombros una larga cabellera, único resto de su antigua
hermosura, quedó mirando largo
rato a nuestros amigos sin atreverse a proferir una palabra.-Quien quiera que
seáis -dijo por fin animándose Hernando y descubriendo su rostro-, ser de este
mundo o del otro, mora o cristiana, hablad: ¿qué nos queréis? -Hernando, ¿sois
vos? -exclamó la
víctima levantándose, después de
haber mirado largo rato con la mayor duda y agitación al montero espantado-.
¡Ah! No -continuó-. ¡Hernando era montero! -y volvió a quedar en el mismo
estupor.
No pudo menos Hernando, al oírse
nombrar por la fantasma como un antiguo conocido, de fijar más en ella la
atención, y agarrando con una mano a Peransúrez, que a su derecha y un poco
detrás de él estaba: -¡Cielos! -exclamó sin apartar los ojos de la figura
negra-. Dejadme: ¿sería posible?
-¡Ah! conocedme, sí -gritó
levantándose
y asiendo la lámpara la infeliz-,
conocedme, si me habéis visto alguna vez; he aquí en mi rostro los efectos de
su barbarie; no soy la misma ya; no soy hermosa... El llanto, el dolor me han
afectado. Miradme bien, miradme - prosiguió acercando la luz a su semblante.
-¡Ella, ella es! Peransúrez, salvémonos - gritó Hernando retrocediendo.
-¿Adónde? No; ¿adónde? Deteneos.
Yo saldré también con vosotros.
-¡Vivís aún, señora! -exclamó
Hernando al sentirse detenido por la víctima-, ¿vivís? -Vivo, sí, vivo para
llorar y padecer; tocadme aún si lo dudáis.
-¿Es falsa vuestra muerte? ¿Sois
vos, señora?-¿Mi muerte decís? -preguntó la desdichada-. ¿El bárbaro la ha
propalado? ¡Justicia, Señor, misericordia! -añadió levantando los ojos al
cielo-. Por piedad - continuó-, ¿quién sois el que tanto os parecéis
al montero de don Enrique? ¿Qué
os trae a esta prisión?Hernando, sumido en el más profundo letargo, apenas
reconocía debajo de aquella palidez y cadavérico aspecto a la hermosa que
tantas veces había visto triunfante en el mundo de lujo y de belleza.
-¡Monstruo! -dijo por fin para
sí-,
¡monstruo, monstruo abominable!
-¿Quién sois? Acabad, y ¿qué
queréis? -
tornó a preguntar la encerrada-.
¿Venís a
prolongar mis males, a
remediarlos por
ventura?
-A salvaros, señora -repuso
Hernando-. Conocedme, ¡voto va! El montero Hernando, señora, os ha de sacar de
esta maleza. -¿Con que no me había engañado? ¡Ah! Decidme, ¿por qué feliz azar
os veo, y cómo en ese traje?
-El montero de ley, señora, no
caza
siempre del mismo modo; dejemos
para mejor
ocasión ese punto. Ved que
necesitamos salir del monte. ¡Ea! Venid con nosotros.
-¿Con vosotros? ¿Adónde? ¡Ah! no
me engañéis. Más fácil es que me matéis aquí. ¿Qué resistencia puedo oponeros?
Si sois tan crueles como todos los que hasta ahora he visto en este castillo.
-¿Qué habláis, señora? No
veníamos a salvaros; no presumíamos siquiera que vivieseis; el bárbaro que ha
osado reduciros a este extremo no se ha contentado con una presa. Sin embargo,
en el momento actual vuestra presencia nos hace más falta de todas suertes que
un ojo avezado al cazador. Vuestra presencia va a confundir la iniquidad y a
atajar acaso un torrente de sangre. Mucho tardaron Hernando y
Peransúrez en determinar a la
desdichada a que los siguiese; sus preguntas exigían larguísimas explicaciones,
que no podían darse
en aquel momento sin comprometer
la suerte de una expedición tan incierta y azarosa ya por sí. . A poder de
ruegos, en fin, y de observaciones, logróse de ella que dejase el satisfacer
sus dudas para mejor ocasión; el tiempo urgía; nuestros dos reverendos habían
pasado ya gran parte de la noche en dar con la prisión, y después de tantos
afanes, faltábales aún desempeñar la misión que en tal peligro les había
puesto.
Resolvióse unánimemente que
Hernando se despojaría del hábito
que sobre su traje traía, y que lo vestiría lo mejor que pudiese la recién
libre cautiva, porque si bien su estatura era muy diversa, también era de
advertir que habían entrado de noche, que iban a salir al rayar el alba, y que
probablemente no estarían a su salida de facción los mismos que lo habían
estado a su entrada. Dos frailes habían entrado, dos frailes salían; nada había
que decir, si durante la noche no
se descubría su acción, cosa difícil, pues habían quedado cerrados por dentro y
amordazados Ferrus y Rui Pero A la salida ningún obstáculo podrían encontrar
dos frailes, pues durante la cena se había dado la orden de abrirles el
rastrillo en cuanto se dejasen ver a la puerta al amanecer. Cortó, pues,
Hernando el hábito con su cuchillo de monte y dejóle más adaptado a la estatura
de la hermosa. Hecho lo cual, trataron de buscar, por la parte que no habían
recorrido aún, la prisión del doncel, dejando para después de encontrarla el
determinar la forma de sacarle y salir el mismo Hernando del castillo, cosa que
a éste le parecía sencillísima, pues todo se lo parecía cuando era hecho en
obsequio de su señor y cuando tenía en la mano su venablo y al lado su fiel
Brabonel el cual los seguía silenciosamente toda la noche, como si estuviera
penetrado de lo mucho que convenía
el sigilo en aquella peligrosa
tentativa.
CAPITULO TRIGESIMOSEXTO
Ya la gran noche pasaba
E la luna s'extendía:
La clara lumbre del día
Radiante se mostraba;
Al tiempo que reposaba
De mis trabajos e pena
Oí triste cantilena
Que tal canción pronunciaba.
D. Enr. de Villena. Querella de
amor de Mac. No bien hubieron tomado la determinación que dejamos referida,
echáronse a buscar otra salida, dispuestos siempre a hacer callar con sus
venablos a cualquier centinela imprudente que hubiese podido comprometer su
existencia. Felizmente no encontraron ninguno en dos escaleras que bajaron. Al
fin de ellas, una tronera les permitió reconocer la parte de la torre en que se
hallaban: estarían
como a diez varas del pie de la
muralla interior.
Fatigados de la faena que la
ignorancia de las llaves les acarreaba, y aún más del silencio y cuidado con
que les era indispensable proceder, tomaron allí algún descanso La cautiva, que
acababa de experimentar una emoción tan inesperada, y que en medio de su
debilidad se hallaba abrumada bajo el peso del hábito desusado, y combatido su
ánimo de mil dudas y esperanzas, por desgracia harto inseguras todavía; no
pudiendo resistir a tantos efectos encontrados, hubo de apoyarse un momento en
un trozo de columna, que felizmente encontró en la pieza en que a la sazón se
hallaban. Perdían ya nuestros paladines la esperanza de dar con la prisión del
doncel. Asegurábales, sin embargo, su compañera, que en la noche anterior y a
deshoras había creído oír un laúd débilmente pulsado, cosa que no le había
acaecido nunca
desde su llegada al castillo;
este dato convenía con la fecha de la prisión de Macías, y hubiera jurado, les
añadió, que salía el eco del pie de la torre. Esta advertencia sólo podía
animar a los generosos amigos del prisionero. Sacando, pues, nuevas fuerzas de
flaqueza, trataron de examinar qué hora podía ser. Sacó entonces Hernando la
cabeza por la angosta tronera, y pudo distinguir que el cielo se había
serenado; un viento fuerte de Norte lanzaba hacia las playas africanas algunas
nubes dispersas, restos de la pasada tormenta, y el pálido resplandor de la
luna en su ocaso advirtió a Hernando, así como la posición de algunas estrellas
que acertó a ver, que podría faltar una hora todo lo más para el alba. Al mismo
tiempo que hizo esta observación nada favorable, el ruido acompasado de los
pasos de un hombre le hizo sospechar que debajo de ellos debía haber, al pie de
la muralla, un soldado de facción. Esta
precaución le confirmó en la idea
de que debía caer hacia aquella parte del castillo la buscada prisión.
Resolviéronse, pues, a probar la aventura, poniendo el éxito en manos de Dios,
a quien fervorosamente se encomendaron. Hernando hizo voto a la Virgen de la
Almudena de una ofrenda proporcionada a sus cortos medios, y la cautiva
prometió edificarle un santuario suntuoso si la sacaba con bien de tan
peligroso trance. Iban ya a probar una nueva llave en la puerta que debía
conducirlos, según todas las probabilidades, al pie de la muralla, cuando el
rumor del laúd, que al punto reconocieron la hermosa y Hernando, los dejaron
suspensos.
-Él es! -dijeron a un tiempo los
dos, apoyándose con esperanza la blanda mano de la bella en la tosca y curtida
del montero-. Escuchemos.
Un ligero preludio del trovador
se
siguió a su suspensión, y de allí
a un momento una voz, harto conocida para ellos, entonó con lánguido acento una
cántica, de la cual pudieron percibir los fragmentos siguientes, en medio de
los sollozos que de cuando en cuando la interrumpían, y del monótono rumor del
torrente, que a los pies de la torre por la honda zanja se desprendía.
¿Será que en mi muerte te goces
impía,
Oh pérfida hermosa, muy más aún
ingrata?¿Así al tierno amante,
más fino, se trata?
¿Cabrá en tal belleza tan grande
falsía? ¡Llorad, ay, mis ojos, llorad noche y día! Mis tristes gemidos
levántense al cielo; Pues ya en mi tristura no alcanzo consuelo,
Dolor hoy se vuelva lo que era
alegría.
........................................................
La copa alevosa, que amor nos
colmó También heces cría, señora, en mi daño.
Sus heces son ¡ay! fatal
desengaño. La copa y las heces mi labio apuró. ¡Ay triste el que al mundo
sensible nació! ¡Ay Triste el que muere por pérfida ingrata!
¡Ay mísero aquél, que así amor
maltrata!
¡Ay triste el que nunca su dicha
olvidó! ¿Por qué, justos cielos, en pecho amador Tiranos me disteis una alma de
fuego? ¿Por qué sed nos disteis, si en tósigo luego, Bebido, en el pecho, se
torna el licor? Contempla, señora, mi acerbo dolor.
¡Ay! torna a mis brazos, ven
presto, mi Elvira: Ingrata, aunque sea, como antes, mentira,La dicha me vuelve,
me vuelve tu amor. No más a mis ruegos te muestres impía,
Oh pérfida hermosa, muy más aún
ingrata.No así al tierno amante, más fino, se trata. No quepa en tu pecho tan
grande falsía.
Dolor no se vuelva lo que era
alegría. Mas ¡ay! si en mi pena no alcanzo consuelo,
Si en vano mis quejas se elevan
al cielo,
¡Llorad ¡ay! mis ojos, llorad
noche y día!
Callaron al llegar aquí los
lúgubres
acentos de la cantinela, que
había arrancado
lágrimas de los ojos de aquellos
que
silenciosamente la habían oído.
Seguros de que habían llegado al
término de sus esperanzas,
diéronse prisa a abrir la puerta que les faltaba traspasar, y en pocos minutos
se hallaron al pie de la torre. El primero que salió fue el terrible alano, el
cual no bien se halló al aire libre, cuando comenzó a ladrar dirigiéndose a un
objeto que se hallaba arrimado a la pared.
-¡Brabonel! -dijo Hernando-.
¡Brabonel!
Vamos, silencio.
-¿Quién va? -preguntó con voz
ronca el
centinela, enderezando su
ballesta contra el montero, que salió primero a contener a su perro.
No tuvo lugar de preguntar
segunda vez el centinela.
-¡Ése es quien va! -respondió
Hernando lanzando su venablo, el cual fue recto a clavarse, silbando por el
aire, en el pecho del faccionario, que cayó por tierra sin voz y sin
aliento.-¡Ay! -gritó la compañera de nuestros aventureros, apartando rápidamente
los ojos del que acababa de caer.
-Silencio, señora, silencio -dijo
Peransúrez-; dejad la piedad para después. Plegue al cielo que no hayamos
alarmado ya algún otro centinela con este intempestivo ruido. -Venga en hora
buena -dijo Hernando, caliente ya el feliz éxito de su tiro certero. Inclinándose
en seguida sobre el cuerpo del caído, púsole un pie en el pecho y sacó de él su
venablo ensangrentado con la
diestra mano. El venablo, al salir del cuerpo, dejó libre el paso a un surtidor
de sangre que salpicó a Hernando, y a poco el infeliz había ya expirado.
Vencida esta primera dificultad
examinaron la posición, y no les
quedó duda de que el rastrillo que enfrente veían, servía de puerta a la
prisión del doncel; pero ¿cómo pasar la zanja? ¿Cómo soltar el rastrillo?
Perplejo Hernando miraba a una parte y otra, mordíase los dedos, y daba al
diablo todas las fatigas de la noche. Pensar en tomar el opuesto lado del
castillo, volviendo por donde había venido, para probar la entrada que debería
de tener forzosamente la prisión, era caso imposible, en vista sobre todo de la
hora avanzada.
-¡Voto va! -dijo por fin
Hernando-. Denme a mí la fiera en el campo; pero ¿encerrada? ¡Cuerpo de Cristo!
¿Y hemos de
quedarnos aquí para ser presa de
esos perros judíos que quedan en el castillo, en cuanto amanezca?
Su posición tenía más
dificultades de las que a primera vista habían creído encontrar. Sin embargo,
fue preciso deliberar, y por último, Hernando decidió que lo más acertado sería
probar a salir Peransúrez y la bella a favor de su disfraz, quedando él con su
alano en aquella posición. Oponíanse los otros a esta generosa determinación;
pero Hernando les convenció, probándoles que si a la mañana no había logrado
ponerse en comunicación con el doncel y salvarle, o saltaría la muralla y
pasaría el foso a nado con su perro, retrocediendo al salón de la torre se
haría rehenes y prenda de seguridad al mismo Ferrus, que probablemente debería
de permanecer en el mismo estado, pues no se había dado la alarma en el
castillo en toda la noche.
Fueron tales, por último, sus
ruegos y
sus amenazas, que fue preciso
ceder a ellas. Importaba mucho, en verdad, que saliese alguien del castillo;
fuera ellos, nada les sería más fácil que volver con socorro, y la presencia
sobre todo de la ilustre prisionera en la corte, debía de hacer variar
completamente la posición del doncel y de Hernando, aun dado caso que quedase
preso. Este, en fin, se aferró en decir que él no saldría del castillo sino
muerto o con su amo; lo más que pudo conseguir de él Peransúrez fue que,
quitándose su traje de montero, vistiese la ropa del muerto centinela y quedase
en su lugar. Si se le relevaba antes del alba, como era de pensar, acaso no
seria reconocido, y entretanto tenía aquella probabilidad más de salvación.
Hízolo así Hernando, y arrojando sus vestidos y el cuerpo del vencido en la
zanja con un pie, dio algunas instrucciones a Peransúrez acerca de lo
que debería hacer en saliendo del
castillo y en
llegando a la Corte.
Despidiéronse en seguida, como
aquellos que acaso no habían de
volver a verse. Peransúrez y su compañera, ocultando su rostro bajo su capucha,
siguieron la senda que debía conducirles forzosamente a lo largo de la muralla
hasta la puerta principal y puente del castillo, donde era más que probable que
no hallasen obstáculos a su salida, siendo como era ya la hora a que había
dejado advertido Ferrus la noche anterior que se abriese a los padres
descaminados, y donde los dejaremos para acudir a donde nos llamen otros
personajes, no menos interesantes, de nuestra historia. Sólo podemos añadir, para
sacar algún
tanto a nuestros lectores de la
incertidumbre en que los dejamos, bien a nuestro pesar, que hacía aquellas
horas, pero sin que hayamos podido averiguar si antes o después, el jefe del
destacamento, que guardaba la
puerta principal del castillo, creyó deber tomar órdenes del alcaide, de cuya
ausencia total durante la noche estaba no poco admirado. Subió, pues, al salón
que se habían reservado Rui Pero y Ferrus y en vano llamó repetidas veces.
Asombrado de esta circunstancia, no dudó en reunir algunos hombres, los cuales
quebrantaron con sus hachas de armas la cerradura y les dieron entrada en el
salón. Allí fueron en contrados amordazados, en la misma forma singular que los
dejamos, Ferrus y Rui Pero mirándose todavía, y sin dar otra respuesta a las
preguntas del jefe que un sonido desigual ronco y desapacible, muy semejante al
ruido gutural que produce un sordomudo para mover la pública conmiseración.
Desatóse a los alcaides, diose la
alarma,
y en pocos minutos era el
castillo todo un teatro de actividad difícil de pintar, corrían unos sin
saber adónde ni de qué enemigos
se habían de guardar; tocaban algunos bocinas en son de guerra; preparaban
otros sus armas, recorríanse las escaleras y galerías; oíanse votos y
juramentos, pésames y proyectos de venganza. Abríanse unas puertas, derribábanse
aquellas cuyas llaves habían echado por dentro nuestros atrevidos paladines...
en una palabra, era el castillo todo desorden y confusión. Nuestras leyendas,
empero, tan prolijas por lo regular en todos los pormenores de sus relatos,
parecen haberse descuidado sobremanera en esta ocasión; pues ni una sola
palabra dicen por la cual podamos inferir, sospechar o barruntar siquiera, si
cuando se dio esta alarma en el castillo habían salido ya al campo los
fugitivos o si fue ocasión de que su intento se malograse. Lo cual prueba,
además de otras muchas cosas que no son de este lugar, que no es tan fácil el
oficio de historiador y cronista como
generalmente se cree, sobre todo
si no ha de dejarse olvidada ninguna de las circunstancias que puede anhelar
saber el impaciente lector. CAPITULO TRIGESIMOSÉPTIMO
El rey moro de Granada
Más quisiera la su fin;
La su seña muy preciada
Entrególa a don Ozmín.
El poder le dio sin falla
A don Ozmín su vasallo,
Y excusóse de batalla
Con cinco mil de caballo.
Historia de Alonso XI, escrita en
coplas redondillas.
Dos mil vidas diera juntas
Por ser el desafiado.
Batalla de Rugero y Rodamonte.
Curiosos estarán nuestros lectores, si es que hemos sabido hacerles
interesantes los personajes de nuestra desaliñada narración, de
saber el estado de la desdichada
Elvira, a quien dejamos con la reja de su cámara abierta, ella desvanecida en
tierra, y abriéndose su puerta para dar entrada al pajecillo, o a su mismo
esposo, únicos poseedores de la llave. Mucho sentimos que la complicación de
sucesos que bajo nuestra pluma se aglomeran, no nos haya permitido sacarlos
antes de tan incómoda duda; pero todavía sentimos más que el tiempo, que todo
lo devora, nos prive aún ahora del placer de satisfacerlos completamente.
Recordarán, sin embargo, en disculpa nuestra, que cuando se abrió la puerta de
la cámara, Elvira estaba desmayada, y nada por consiguiente pudo ver de lo que
en torno suyo pasaba; el que entró nada contó nunca, razón que tenemos para
sospechar que fue Hernán Pérez, a quien no le podía convenir que nada de ello
se supiese; y el cronista de aquellos tiempos, el famoso Pero López de
Ayala, se hallaba en el sarao, y
nada trae tampoco, por consiguiente, en sus escritos de semejante escena. Por
los resultados que ésta tuvo, volvemos a repetir que debió de ser Hernán Pérez.
Hubo quien aseguró que había visto hablar al astrólogo con él mucho después de
haber vuelto a entrar éste en el alcázar, y como ya conocemos la mala intención
del judío, es de presumir que alarmase al marido acerca de lo que en su cámara
pasaba; la reja abierta, la puerta cerrada y el estado de Elvira debieron acabar
de abrir los ojos a Hernán Pérez acerca de lo que allí podía haber ocurrido.
Lo único que podremos afirmar es
que Hernán Pérez de Vadillo, de resultas sin duda de la violenta escena que
debió tener con su esposa, decidió aquella noche misma su separación; buscó a
Su Alteza y le expuso con voz trémula y agitada cómo sabía que su esposa era la
acusadora de don Enrique de
Villena. Añadióle que él había
recibido del conde de Cangas la rara prueba de confianza de que pudiese en su
nombre defender su parte en el combate; suplicóle en vista de ello que tomase a
su cargo la acusadora; y por más que hizo para averiguar la causa de tan
extraña conducta, sólo se pudo sacar en limpio de las cortadas razones de
Fernán Pérez que éste había tenido un rompimiento con su esposa; advirtióse
desde entonces que cuando hablaba eran palabras de aborrecimiento y execración,
y dirigidas a adelantar el plazo del combate, de resultas del cual debía él
morir o morir Elvira. El odio más reconcentrado y profundo había sucedido en su
corazón al amor conyugal. No se pudo negar don Enrique el Doliente a la justa
demanda del ofendido Hernán, y en consecuencia encargó al judío Abenzarsal de
la custodia de Elvira, la cual pasó a poder de éste, con su inseparable
pajecillo, aquella misma
noche. Decidióse, al mismo
tiempo, que se verificaría el combate, donde quiera que estuviese la corte, al
quinceno día, por cumplirse el plazo que había dado Su Alteza al justicia mayor
Diego López de Stúñiga para presentarle el reo de la muerte de doña María de
Albornoz. Si éste le presentaba con las pruebas legales del delito, excusaríase
la prueba del combate. De lo contrario, no quedando otro medio que recurrir al
juicio de Dios, sería aquél inevitable.
Con respecto a Elvira, sólo
diremos que desde aquella funesta noche en balde intentó tener con su esposo
una explicación; negóse éste a todas sus demandas, y la infeliz, sumida en la
mayor desesperación, esperó en un continuo llanto y congoja el día en que había
de desenlazarse tan terrible drama y en que había de verse expuesta a los
riesgos de un combate por causa suya, y por una imprudente
generosidad, que no era tiempo ya
de remediar, la vida de su desdichado amante, si es que éste no había perecido
ya, como tenía motivos para creerlo, en la funesta noche de su última
entrevista.
Puesta a recaudo como estaba, y
no permitiéndosele comunicación alguna sino con el paje, sólo pudo saber en el
particular lo que todo el mundo sabía, esto es, que el doncel había
desaparecido. No se le podía ocultar a Elvira que cualquiera que hubiera sido
la suerte del doncel, su tenacidad y el empeño con que a todo trance había
querido defender su moribunda virtud, había tenido gran parte en ella. No le
podía pesar de ello; pero era bien triste reflexionar cuán horrible premio daba
el cielo a su conducta. Ora pensando en su esposo, ora en su crítica situación,
ora en un amor desdichado que en vano había pretendido lanzar de su pecho por
todos los medios
posibles, pasábase la desgraciada
Elvira los días y las noches de claro en claro, sin dar reposo a la lucha de
encontrados sentimientos que tenían dividida su deplorable existencia.
La nueva que llegó a la Corte el
día mismo que debía haberse trasladado a Otordesillas, hizo variar de
determinación a don Enrique el Doliente, como ya saben nuestros lectores, y el
día del combate la cogió por tanto en Andújar.
Amaneció este día y nadie en la
Corte
pudo dar razón al Rey, cuidadoso
e impaciente, del ignorado paradero del doncel; don Luis Guzmán fue el único
que pudo exponer sencillamente cómo Hernando, fiel criado del doncel, le había
visitado en la noche del sarao manifestándole sus dudas y temores, y
encargándole el equipaje de su amo mientras él se dedicaba a averiguar su
paradero, de que tenía vagas sospechas. Pero afirmó en seguida
que desde entonces no había
vuelto a tener noticia alguna ni del doncel ni de Hernando. Todos los que
conocían, sin embargo, el pundonor caballeresco de Macías, no dudaban un punto
que se presentaría en la lid el día emplazado, tanto más cuanto que se habían
publicado los convenientes edictos y pregones; a no ser que hubiese muerto,
acontecimiento que nadie tenía motivos de sospechar. Muchos achacaron la
ausencia del doncel a alguna hechicería de don Enrique de Villena y del judío,
pero desde sospecharlo a saberlo había tanta distancia como hay de la mentira a
la verdad.Regocijábanse en tanto secretamente aquellos dos intrigantes del
feliz éxito de su manejo; sobre todo Villena, que había conseguido llevar a
cabo su proyecto sin necesidad de cargar su conciencia con el peso de sangre
ajena; descansando en la vigilancia de su emancipado juglar y en la fortaleza
de su
castillo, lleno todo de gentes a
su devoción, curábase poco ya del combate, que mal podía verificarse sin la
presencia del doncel. Verdad es que debía quedar condenada Elvira como
calumniadora, pero esperaba que su mucho valimiento, y el que debía aumentársele,
sobre todo, con el triunfo que el cielo le preparaba aquel día, le bastaría
para salvar la vida de la infeliz Elvira, cosa que intentaba pedir
inmediatamente a Su Alteza, proponiendo la conmutación de la pena que imponía
la ley en un encierro perpetuo. De esta manera conciliaba al buen don Enrique,
con el triunfo de sus intrigas, la tranquilidad de su conciencia, haciendo por
una y otra parte transacciones con su ambición y con la voz secreta que le
gritaba en el fondo de su corazón que no dejaba de ser culpable por haber
evitado la muerte de Elvira y del doncel. A pesar de la ausencia de éste,
anunciaron los farautes el
aplazado combate, y reunida la pequeña corte que llevaba consigo don Enrique el
Doliente, éste se constituyó en audiencia sentándose debajo del dosel regio
preparado para la ceremonia que debía verificarse.
Sentado Su Alteza, y rodeado del
buen condestable Rui López Dávalos, de su físico Abenzarsal, de su camarero
mayor, y de las demás dignidades de palacio, compareció ante el trono, llamado
por un faraute, el ilustre don Enrique de Villena, conde de Cangas y Tineo,
precediéndole dos farautes suyos y un escudero con el estandarte en que se veía
lucir su escudo de armas ricamente recamado; seguíanle numerosos caballeros y
escuderos de su casa, vasallos suyos. Requerido por el faraute de Su Alteza,
expuso brevemente la demanda que de justicia había hecho en otra ocasión sobre
la muerte de su esposa, la
condesa doña María de Albornoz.
Concluida esta ceremonia, pidió cuenta Su Alteza a su canciller mayor del sello
de la puridad de lo que en el asunto había determinado; recordó éste el cargo
que había dado Su Alteza de averiguar el hecho al justicia mayor, cometiéndole
el cuidado del castigo. Adelantóse entonces Diego López de Stúñiga, e hizo
breve relación de los pasos que había dado para la averiguación de aquel
horrendo crimen, el cual, sin embargo, había permanecido oculto, sin duda,
añadió, por los incomprensibles juicios de Dios que se reservaba el castigo de
tan gran maldad. Oído el justicia mayor, prosiguió el canciller relatando cómo
en ese tiempo se había presentado una acusadora del mismo don Enrique de
Villena, achacándole aquel propio crimen del que él había pedido satisfacción,
y lo demás ocurrido en el caso. Hizo entonces Su Alteza comparecer a
la acusadora, la cual, guiada de
Abenzarsal, a cuya custodia estaba confiada, pareció y expuso de nuevo, en la
misma forma que la había hecho, la funesta acusación, no sin acompañarla de
abundosas lágrimas, que manifestaban bien a las claras el estado en que se
hallaba. Tomósele de ella juramento, así como a
don Enrique de la denegación del
delito, el cual prestaron ambos sobre los santos Evangelios. Pidiéronse pruebas
en seguida a la acusadora, no pudiendo la cual presentarlas, recordó el
canciller que fundado en esto mismo, se había dignado Su Alteza ordenar la
prueba del combate.
Alzóse en seguida un faraute de
Su
Alteza, y en voz alta repitió que
era llegado el día en que aquél debía verificarse; lo cual hizo por medio de
largas fórmulas, de que nos dispensarán nuestros lectores.
El canciller, en seguida, pidió
los gajes
al acusado y acusadora, que le
entregaron, aquél el guante arrojado por Macías el día de la acusación, ésta el
anillo que en prenda de su persona había entregado al Rey en el propio día.
Recogidos ambos por el canciller, fueles preguntado a los dos si se hallaban
prontos para la prueba del combate que Su Alteza había ordenado: esta pregunta
estremeció a Elvira, que se vio sola en el mundo en aquel tremendo instante;
pero Villena respondió a ella con insolente sonrisa de triunfo y de
satisfacción. Requeridos a presentarse ante Su Alteza los combatientes o sus
campeones representantes, adelantóse el hidalgo Hernán Pérez de Vadillo, que se
había mantenido oculto hasta entonces en el grupo de caballeros de la comitiva
de don Enrique de Villena; Elvira, al verle, no fue dueña de sí por más tiempo,
lanzó un agudo chillido y ocultó su cabeza entre los brazos de una dueña que la
seguía. No se alteró el
implacable Vadillo; hincándose,
por el contrario, de hinojos ante su señor natural, pidióle la venia, dada la
cual anuncióse como el campeón de don Enrique.
Este golpe inesperado, y que
pocos en la corte sabían, hizo todo el efecto que el lector puede imaginar,
reflexionando como reflexionaron los presentes que iba a presentarse un caso
singular en semejantes combates. La mujer acusadora por una parte, y el marido
campeón del acusado por otra. Elvira, al recibir tan terrible golpe, se
precipitó a los pies del trono exclamando: -¡Santo Dios! ¡Rey justiciero, no lo
permitirás, señor...!
Era tarde ya, empero, para
deshacer lo hecho, y el faraute impuso silencio a la acusadora, con duro gesto
y ademán, separándola del trono.
Requirióse entonces a Elvira de
que
presentase su campeón, y a este
requerimiento se sucedió el más profundo silencio. Leíase en los ojos de Elvira
la ansiedad con que esperaba el fin de aquella ceremonia. En aquel momento
hubiera dado su existencia porque no compareciese el doncel. Temblaba a cada
ruido que se oía; todo era para ella preferible al espantoso espectáculo de ver
pelear por su causa a su esposo y a su amante. Por último, vino a sacarla de su
mortal
angustia el tercer requerimiento
del faraute.
Apenas había acabado éste de
pronunciarle, cuando
prosternándose Elvira y
elevando al cielo las manos y los
ojos:
-Nadie -exclamó con loca
alegría-, nadie.
¡Yo os doy gracias, Dios mío!
Señor -continuó dirigiéndose al Rey-, no tengo campeón; soy, pues,
calumniadora; ¡la muerte presto; la muerte!-Señor -se adelantó a decir el
canciller al Rey, que se levantaba para decidir en tan arduo
caso-, debo hacer presente a tu
Alteza que antes de declarar infame al doncel tu favorito, es fuerza esperarle
en el palenque todo el día de hoy; si entonces no compareciere, a pesar de los
pregones que habrán de repetirse en ese tiempo tres veces, la acusadora será
ejecutada.
-Ya lo oís, señora -continuó Su
Alteza-; dentro de una hora concurrirá la corte al sitio del combate.
Una nube de tristeza profundísima
enturbió la frente pálida de
Elvira, que quedó sumergida en el silencio de la desesperación. Don Enrique de
Villena triunfaba, y una mal reprimida sonrisa se dibujaba en sus labios.
Hernán Pérez de Vadillo parecía desesperado de no tener contrario y de la
inopinada tardanza.
-Señora -dijo don Luis de Guzmán,
que veía con despecho triunfar a su enemigo, llegándose al oído de la infeliz
acusadora-, si mi
brazo puede seros útil, ved que
diera mil vidas por ser el acusador.
-¡Ah! Señor -repuso Elvira
dirigiendo al caballero una mirada de agradecimiento-, dejad morir a una
desdichada -levantó entonces los ojos al cielo y añadió para sí con dolorosa
expresión-: ¡Él ha muerto también! ¡Y mi esposo me desprecia! -bajó en seguida
los ojos y dos farautes, notando el pequeñísimo diálogo que quisiera prolongar
don Luis de Guzmán, la separaron, advirtiendo a éste que la ley prevenía toda
incomunicación con la acusadora.
Bajó entretanto Su Alteza del
trono, y preparóse la corte a asistir al sitio del combate, donde debía
esperarse al campeón de Elvira. Don Luis de Guzmán vio salir a todos
con despecho reconcentrado. Su
silencio y su gesto manifestaban cuánto destrozaba su alma impetuosa el próximo
triunfo que esperaba a su
rival, y que él había tratado en
vano de impedir con su intempestiva y no aceptada generosidad.
CAPÍTULO TRIGESIMOCTAVO
Traidor sois, Payo Rodríguez,
El mayor que ser podía.
Yo vos faré conocer
Ser verdad lo que decía.
Entraré con vos en lid
Y en ella vos vencería.
-Mentides, Rui Paez Viedma,
Pai Rodríguez respondía,
Por eso sois vos reptado,
No yo que nada debía.
Diéronse luego sus gajes,
Y en el campo entrado habían.
Procuran de se matar;
Muy cruel batalla habían.
Sepúlveda, rom.
-¿Pararemos aquí, si os parece?
-decía,
deteniendo su mula a la puerta de
la hospedería de Andújar, un hombre de quien ya hemos dado una pequeña muestra
en la cena a oscuras que describimos en capítulos anteriores.
-Como gustéis -repuso su
compañero de viaje, a quien sólo por su muletilla favorita habrán conocido ya
nuestros lectores. -¡Ah, de la hospedería! ¡Buena gente!
-¿Quién es la buena gente?
-replicó una voz agria y descompasada, semejante al desapacible chirrido de una
chicharra, la cual salía del endeble cuerpo de una : vieja malhumorada que
acababa de asomarse a una fenestra-. No hay posada.
-Como gustéis -replicó,
apeándose, Nuño-; pero reparad, buena Beatriz, que somos, es decir, que soy
vuestro compadre el de Arjonilla...
-¡Si digo que está llena la casa!
No hay
posada, compadre -tornó a decir
la vieja.
-Como gustéis, Beatriz; pero ved
que no
la pido para mí, sino para esta
mi bestia, que es como sabéis la niña de mis ojos; no hay mula mejor en la
comarca, miradla despacio; es compra que le hice al prior del convento de
Arjonilla; miradla y compadeceos y hacedla un lugar en la cuadra.
-Os digo -replicó la vieja- que
como no queráis meterla conmigo en mi camaranchón, no hay dónde. Y no os
canséis, Nuño -concluyó la vieja; cerró, después, de golpe la ventana, y se
alejó con un gruñido prolongado, como se aleja tronando la tempestad.
-¡Buenas noches! -dijo soltando
una carcajada el compañero de viaje de Nuño. -¡Maldita vieja! -dijo Nuño-.
¡Cuerpo de Cristo! -Vaya, Nuño, no os desesperéis. Está visto que ha venido
media Andalucía a la fama del juicio de Dios que se celebra por la prueba
del combate en este pueblo que
Dios bendiga.
-Y ¿qué hacemos, señor montero?
¿Os
parece que nos recibirá en su
audiencia el señor
justicia mayor, con mulas y todo?
-Paréceme que no; pero pudieran
quedar con el mozo en las afueras
del pueblo. -Como gustéis -repuso el buen Nuño. Apeáronse nuestros viajeros, y
dejadas
las caballerías al mozo,
dirigiéronse hacia el palacio donde se hallaba la corte hospedada. -He aquí lo
que digo -iba refunfuñando
el montero-. Dad el pie y os
tomarán la mano. Ofrecíme a hacer un servicio a Peransúrez, y exigióme ciento.
¿No era bastante andar un día entero tras unos hábitos viejos de nuestro padre
San Francisco, que no fue poca fortuna las bestias encontrar, merced a muchas
liebres que regala uno al padre sacristán? No, sino veníos después con letras
para el señor Justicia mayor de no se que dueña o que doncella encantada...
¡Voto va! ¡Muchacho! -añadió el
montero deteniendo a uno que corría hacia la plaza del pueblo-, ¿nos daréis
razón del señor justicia mayor?-¡Ah, señor! En mala hora venís -repuso el
muchacho-; ya no dejan pasar los archeros y ballesteros hacia palacio; la corte
va a salir al palenque... ¡No veis cómo corre todo el mundo? Si venís a ver el
duelo, mejor haréis en llegaros a la plaza. Acaso podréis acercaros al señor
justicia mayor, que ha de estar allí -dijo el muchacho, y siguió corriendo.
Agrupábase la gente cada vez más por todas partes, y bien vieron nuestros
viajeros que no les quedaba más recurso que seguir el consejo del muchacho.
-¡Ea! Vamos -dijo Nuño-; si allí
le
podemos dar alcance, sea en buen
hora; si no, tenga Peransúrez paciencia, y acabada la fiesta haréis su
comisión. ¿Ha de correr tanta prisa? -Mucho me dijo que urgía, pero a la
buena de Dios. El hombre
propone...
Habíase construido un palenque de
ochenta pasos de ancho y de
cuarenta de largo; en una extremidad un cadalso se había levantado, ricamente
entapizado de paños negros; en él debían sentarse los jueces del campo. Hacia
el comedio de uno de los lados, un balconcillo de madera, forrado de paño color
de grana bordado de oro, debía servir para el Rey y su comitiva. Al uno y otro
lado del palenque, dos garitas semejantes a las que se construyen en el día
para los centinelas, estaban destinadas para dos hombres, que debían dar desde
ellas lanzas y armas nuevas a los combatientes, en el caso de romper las suyas
en los primeros encuentros, sin acabarse el duelo.Alrededor del palenque, y
donde habían dejado lugar para ellos las bocacalles, habían arrimado los
habitantes carros y carretas para ver más cómodamente el tremendo combate.
Coronaba ya la concurrencia los
puntos más altos de la plaza, y empujábanse las gentes unas a otras en los más
bajos para alcanzar puesto, cuando llegaron Nuño y su compañero. -¿Habéis oído
decir por qué es el duelo? -preguntaban unos.
-Sí -respondían otros-. El
nigromante de don Enrique de Villena, que hechizó a su mujer, es acusado por
ello.
-Bien hecho; no, sino que nos
hechicen
cada y cuando quieran esas gentes
que tienen pacto con el diablo.
-Callad, maldicientes -gritaba
una vieja-. ¿Qué sabéis vosotros de lo que decís? No la hechizó, sino que la
condesa desapareció, y aseguran que fue muerta por unos bribones pagados, a
causa de unos amores, lo cual se supo porque noches antes le habían dado una
serenata...
-¡Ah! ¡ah! ¡ah!, mirad la madre
Susana
con lo que nos viene -exclamaba
otro-. Matóla su marido, sí señor, y hay quien sabe el porqué. ¿Hubiera, si no,
una dama tan discreta y hermosa como la señora Elvira, muy amiga por cierto de
la condesa y que estaba en sus secretos, cometido la ligereza de...?
-Eso no, ¡pesia a mí!, maese
Pedro - interrumpió un mozalbete mal encarado-; que no ha menester una mujer
muchos motivos para cometer una ligereza.
-¡Calle el denlenguado! -gritaba
una doncella bien apuesta y ataviada para el combate como para una función-;
¿qué sabe él lo que son mujeres? Deje crecer sus barbas y hable de tirar
piedras.
-En hora buena -replicó el mozo-;
pero
lo que yo digo es que el combate
no se
verificará...
-¿No, eh?
-No, señor; porque el campeón de
la
acusadora no parece.
-Sí parecerá -repuso un recién
llegado-.
En alguna redoma.
-¡Oh y qué bien decís, voto a
tal! Hay
quien asegura que entre el
judío... Maldiga Dios
a los judíos.
-Amén.
-Amén.
-Amén.
-Pues sí; hay quien dice que
entre el
judío y el de Villena han echado
un conjuro al señor doncel, aquel caballero tan cumplido, y le tienen en una
redoma más larga que la cigüeña de la torre, donde ha menester cuarenta días
para convertirse luego en un cuervo, como el rey Artús.
-¡Otra tenemos! -gritó soltando
la carcajada un petimetre incrédulo de aquel tiempo- ¡Buena está la invención
de la redoma! El hecho de verdad es que ese caballero tan
cumplido andaba enredado en
amores con la dama acusadora; halos sorprendido el marido y...
-¡Jesús! ¡Jesús! ¡Dios nos
perdone, y qué cosas oye uno a los barbilampiños de estos tiempos! -exclamó una
dueña quintañona, hincando el codo para pasar, y mirando con ojos zainos a un
mancebito que parecía más reservado que el que tenía la palabra-. ¡He aquí por
tierra en un instante el honor de una dueña! -Vaya, madre, no se enfade -repuso
el
que había recibido la repasata-,
y cuide de su honra, sin andar enderezando la de nadie, que todos habemos
menester...
-¿Qué irá a decir el
desvergonzado? - interrumpió toda azorada y encendida la quisquillosa mogigata.
-¡Ea! ¡ea! -dijo Nuño-; dejen
esas cuestiones y miren a los trompeteros que se entran ya en el palenque.
Señor montero,
veníos hacia acá -continuó- y
veamos de dar vuelta a la plaza por si podemos llegar a dar esas letras que
traéis al señor justicia mayor. Acababan de entrar, efectivamente, en el
palenque dos trompeteros anunciando con fúnebre sonido el principio de la ceremonia
del combate. Venían detrás de las trompetas un rey de armas y dos farautes.
Seguían ministriles con instrumentos músicos, y varios ministros del justicia
mayor; dos notarios para testimoniar y dar fe de lo que acaeciese; los dos
jueces del campo elegidos por Su Alteza, que fueron el muy buen condestable don
Ruy López Dávalos y el juicioso y entendido en armas y letras don Pedro López
de Ayala. Detrás el justicia mayor Diego López de Stúñiga, vestido como los
demás de gala y ceremonia, cerraba la comitiva. Subió toda al cadalso revestido
de paño negro, en el cual se colocó según la preeminencia de puestos
debida al empleo de cada uno, y a
ella se agregaron dos persevantes. Entró en seguida en su balconcillo, o
mirador, Su Alteza, acompañado de su físico Abenzarsal, del arzobispo de
Toledo, de su confesor fray Juan Enríquez y de varias dignidades de palacio que
a semejantes oficios debían seguirle. Proveyeron los jueces la liza de gente de
armas que asegurase el campo, y fueron treinta buenos escuderos, con más
ballesteros y piqueros, de los cuales colocáranse unos en ala bajo el
balconcillo de Su Alteza y otros en varios puntos extremos de la liza.
Entró en seguida un eclesiástico,
y dirigiéndose hacia el extremo enfrente de los jueces, donde habían hecho
levantar éstos un altar con preciosas reliquias y ricos ornamentos, y en el
cual debía celebrarse el santo sacrificio de la misa.
Enfrente del balconcillo de Su
Alteza
habíanse levantado, bastante
apartados entre sí, dos pequeños cadalsos de tablazón revestidos de paños
negros bordados de oro; hasta el uno entró, conducida y custodiada por cuatro
archeros, una mujer joven cubierta de un velo negro que la tapaba toda; ocultaba
su blanca espalda y torneada garganta su cabellera, brillante como el ébano. No
era ya aquella perfecta hermosura fresca y lozana que había deslumbrado tantas
veces a la corte toda de don Enrique el Doliente. Su rostro pálido y prolongado
por la continua aflicción, sus ojos hundidos y rodeados de un cerco oscuro, su
frente mancillada por la adusta mano del dolor, su mano descarnada y trémula,
su paso vacilante y sus ardientes lágrimas manifestaban cuán grande era su
pesar. Seguíala al lado, vestido de gala, el pajecillo Jaime, que de ver llorar
a su prima lloraba también, y que la dirigía de cuando en cuando palabras de
consuelo, de las cuales no eran
contestadas unas, y otras ni siquiera oídas. Hasta el otro cadalso o tablado
entró el ilustre conde de Cangas y Tineo, ricamente vestido, alta la cabeza y
arrogante el paso. Llevaba rico jubón de raso negro columbiano, calzas justas,
un bohemio de paño negro guarnecido del mismo color, manga larga y angosta, con
capilla de buitrón; una jaqueta de raja recamada de oro le cubría apenas el
jubón; cinto tachonado de que pendía una rica limosnera; zapatos de seda
negros, abiertos y acuchillados; un camisón riquísimo de holanda, labrado, le
volvía sobre el pecho y hombros, y un riquísimo collar de piedras y oro, de que
pendía un San Miguel de este precioso metal, deslumbraba en su pecho al lado de
la cruz roja de Calatrava. El manto de la orden encima completaba su magnífico
arreo. Precedíanle farautes suyos, su estandarte con el escudo de sus armas y
la caldera de
ricohome, y le seguían escuderos,
donceles, pajes, caballeros y gentileshomes de su casa, vasallos suyos,
vestidos todos de ceremonia y paz como su señor. Un alto crucifijo de plata
reflejaba los rayos del sol a igual distancia de uno y otro cadalso, enfrente
mismo del balconcillo de Su Alteza, y detrás de él se veía sentado sobre un
banco, contiguo ya al palenque, un hombre vestido con un capotón de seda
encarnado y cubierta la cabeza de una gorra de lo mismo. Un tajo, a su lado, y
una afilada cuchilla declaraban aun a los que más de lejos le veían, que era
Mateo Sánchez, verdugo de Su Alteza, pronto a ejecutar a aquel de los dos que
quedase por el combate convencido o de calumniador o de reo. Dispuesta ya la
liza en esta forma, que hemos procurado describir todo lo más fielmente que nos
ha sido posible, mandaron los jueces al rey de armas y faraute dar una
grita o pregón anunciando el
combate, que iba a verificarse en comprobación del juicio de Dios a falta de
otras pruebas, y mandando comparecer a las partes o a sus campeones. Presentóse
en seguida a la puerta del palenque un caballero, alzada la visera, que todos
reconocieron ser el hidalgo Hernán Pérez de Vadillo; seguíanle dos pajes con
las libreas de Villena, llevando el uno la lanza y el otro un caballo de
respeto. Venía jinete en un soberbio alazán encubertado con paramentos negros
que le llegaban hasta los corbejones, con cortapisa de martas cebellinas,
bordados de muy gruesos rollos de argentería a manera de chapetas de celada, y
por divisa las armas de don Enrique de Villena. Traía Hernán Pérez vestido
sobre su arnés blanco, como de caballero novel, sin empresa ni mote, un falso
peto de aceituní vellud bellotado, verde brocado, con una uza de brocado
aceituní vellud bellotado azul,
calzas de grana italianas, una
caperuza alta de grana y espuelas de rodete italianas; llevaba sus arneses de
piernas y brazales con hermosa continencia. Su rostro era el único que estaba
en contradicción con la galana apostura de su arreo. Encendido como la lumbre,
lanzaba rayos de sus ojos y parecía medir con la vista el espacio del palenque,
como si viniera estrecho a su cólera y su coraje. Tres vueltas dio en derredor
con gracia y gentileza, saludando a cada vuelta él y su caballo al mirador de
Su Alteza y al conde su señor; dirigiendo, empero, una mirada de desprecio y de
ira, sentimiento que se confundía en la expresión de su semblante, hacia la
víctima infeliz de su propia virtud y generosidad.
Presente ya en la liza el
defensor del acusado, requirieron los farautes por pregón al campeón del
acusador por tres veces consecutivas, el cual no pareciendo, comenzó el
oficio de la misa.
Concluida ésta, requirieron de
nuevo al acusador; igual silencio sucedió, sin embargo, al segundo y tercer
pregón.
Elvira alzaba de cuando en cuando
los
ojos al cielo; no se podía
distinguir si le daba gracias por la ausencia de su campeón, que de ninguna
manera hubiera deseado ver entonces allí, o si lloraba la ya probable muerte
del doncel. Sin creer en ésta ¿cómo concebir que caballero tan generoso y enamorado
pudiese dejarla en tan amargo trance desamparada, donde la cuchilla del verdugo
esperaba su cabeza, si su campeón no venía?
Dos largas horas pasaron en tan
cruel expectativa. Impacientábase ya el concurso como si hubiera pagado el
dinero por su asiento y como si fuese aquella una función que estuviese ya Su
Alteza obligado a darle, sólo por el hecho de haber él concebido esperanzas
de presenciarla. Circunstancia
que prueba que el público de Andújar en el siglo xv se parecía a los públicos
de todas las épocas y países. Había consentido en recrearse con los furibundos
mandobles y reveses del combate; había contado con una diversión, porque
generalmente las calamidades particulares son diversiones públicas, y la
diversión no llegaba. Comenzaba a levantarse ya un sordo murmullo de
descontento y desaprobación; quién hablaba contra Macías, caballero aleve y
descortés que se había ofrecido al socorro de una dama para faltar después a su
palabra y su fe; quién se indignaba contra Villena achacando a sus cobardes
maleficios la desaparición del pundonoroso doncel.
Habían ganado terreno en este
tiempo Nuño y su compañero, portador de las letras que según propias
expresiones le había confiado Peransúrez para el justicia mayor; ora
sirviéndose de la persuasión; ora
de sus codos, habíanse abierto paso poco a poco hasta llegar a colocarse cerca
del tablado de los jueces, dando la vuelta al palenque. Atraído un faraute a
las voces de Nuño, no pudo menos de acudir a ver qué pretendía aquel palurdo;
expúsole entonces el montero cómo tenía dos palabras que comunicar a su señoría
el justicia mayor.
Miróle de alto a bajo el faraute,
y como le vio tan malparado:
-No es ocasión, villano -le
dijo-, de pedir justicia. Id mañana a la audiencia.
-Ved que no es justicia lo que a
pedirle vengo, ni son asuntos míos los que tengo que comunicarle.
-¡Calle el villano! -repuso el
faraute con enojo-. ¿Qué asuntos traerá él con su señoría, si no es alguna
querella contra el tabernero de la taberna del rincón?
-¡Voto va, señor faraute!
-replicó el
montero al verse tan injustamente
maltratado-,
que le enseñe yo a hablar antes
de mucho...
-¡Favor al Rey! -gritó el
faraute.
-¿Favor al Rey, pícaro? -contestó
el
montero montando en cólera-.
¿Sabes tú, jabalí del soto más que faraute, que lo que tengo que hablar a su
señoría interesa acaso al mismo combate que debía hoy verificarse, y vale de
seguro más que tú y todas las bestias feroces de tu especie?
Una carcajada del faraute y un
golpe
que con la vara de su insignia
dio al montero, acabaron de indignar a éste, e iba a precipitarse ya sobre su
antagonista, cuando un grandísimo rumor de voces y de aplausos resonó por toda
la plaza.-¡Dejadnos ver, dejadnos oír! -clamaron a un tiempo más de veinte
curiosos de los que hasta entonces se habían entretenido con la disputa del
faraute y del montero. A esta interrupción inesperada, se volvieron las
cabezas de todos hacia el paraje
donde sonaba el mayor alboroto.
Un caballero bien montado y
armado de todas armas acababa de entrar en la liza, y dirigiéndose hacia el
mariscal del campo, que preguntaba ya a Su Alteza si había de procederse a la
ejecución de la acusadora, le hablaba con voz agitada y resuelto continente.
Traía el caballero echada la visera; sus armas negras, el penacho negro que
sobre su reluciente almete ondeaba a la merced del viento, y más que todo una
divisa que en el brazo derecho llevaba ricamente obrada, y que decía en letras
de plata imposible, venganza, llamaron la atención general.
-¡Él es! ¡él es! -respondieron en
el acto
mil y mil voces confusas y
repetidas.
-¿Habráse salido Hernando con la
suya?
-dijo el montero a Nuño-. ¡Hase
salvado el
doncel!Proseguía, sin embargo, el
altercado del
caballero y del mariscal; llegó
éste al tablado de los jueces, y después de una corta explicación, pareció que
éstos habían decidido acerca de la duda que tenía el mariscal.
Grande fue el asombro de don
Enrique de Villena, y mayor aún su indignación. ¿Era posible que Ferrus hubiese
dado suelta al encerrado doncel? Conocióse su turbación en toda la plaza, y
hubo de parecer buen agüero a los que se inclinaban a la parte de la acusadora.
El rostro de Hernán Pérez, por el
contrario, brilló de un resplandor singular. Afirmóse en los estribos, registró
con su vista relumbrante a su contrario, y dando con el cuento de la lanza en
el suelo:
-¡Venganza, sí! -clamó-;
¡venganza! Dio en seguida vuelta a su caballo, y ocupó el lado izquierdo del
palenque en la terrible actitud ya de acometer.
Otro tanto hizo el recién venido,
y tomó
de mano de uno de sus dos pajes
una poderosa lanza. El rey de armas, acompañado de dos farautes, descendió
entonces del tablado; midieron en seguida el suelo, dividieron el sol e
indicaron su debido puesto a ambos combatientes.
Dirigiéndose en seguida Hernán
Pérez de Vadillo, conducido por el rey de armas, hacia el crucifijo, y
tocándole con la diestra mano, juró a fe de cristiano y de caballero, por su
alma y la vida que iba a perder acaso en aquel trance, que su demanda era justa
y buena, y que no traía sobre sí ni sobre su caballo armas ocultas, ni yerbas,
ni hechizos, ni piastrón, ni ventaja alguna de las reprobadas por la orden de
caballería. Vuelto a su puesto, igual juramento repitió, y en la misma forma,
el caballero de las armas negras, colocándose de nuevo en seguida al frente de
su adversario.
Al ver tan próximos al último
trance a entrambos combatientes, no pudo contenerse por más tiempo Elvira.
-¡Señor! -exclamó prosternándose
con los brazos abiertos y dirigidos en actitud suplicante hacia el mirador de
Su Alteza-, ¡basta! Quiero ser antes calumniadora. Lo soy, señor, lo soy!
Pero en aquel momento la atención
de todos se hallaba fijada en los gallardos combatientes, y una confusa
gritería de aplauso y de temor al mismo tiempo sofocó la débil voz de la
acusadora. Desanimada Elvira enteramente, dejó caer su cabeza sobre el pecho, y
enajenada desde entonces apenas vio ni oyó lo que en torno suyo pasaba. Al
punto los jueces del campo
mandaron al rey de armas y al
faraute dar una grida o pregón que ninguno fuese osado por cosa que sucediese a
ningún caballero a dar
voces o aviso, o menear mano ni
hacer seña, so pena de que por hablar le cortarían la lengua y por hacer seña
le cortarían la mano. Sucedióse a este pregón el más profundo silencio,
interrumpido sólo por un ligero murmullo que producía el montero irritado
todavía, profiriendo entre dientes algunos juramentos contra el faraute; ni
atendió pregón, ni pensaba sino en llevar a cabo la entrega de sus letras, más
bien por terquedad ya que por otra razón cualquiera. Aplacáronle, sin embargo,
algún tanto los que le rodeaban.
Al mismo tiempo mandaron los
jueces
sonar toda la música de
ministriles con grande estruendo y en tono rasgado de romper la batalla;
reconoció el rey de armas, acompañado del mariscal, las armas de los
desafinados, y hecha la señal soltaron los farautes la brida del bocado de los
combatientes, que tenían cogida, gritando a una voz:
-Legeres aller, legeres aller, e
fair son deber -según la fórmula provenzal introducida en duelos singulares,
justas y torneos. Arrancaron al punto los caballeros con
las lanzas en los ristres,
arremetiendo uno contra otro con singular furia y denuedo. General fue la
expectativa y el ansia al choque de los combatientes, que se encontraron entre
nubes de polvo en medio de su carrera. Rompieron entrambos sus lanzas. Fernán
Pérez encontró al caballero de las armas negras en el arandela,
desguarneciéndole el guardabrazo derecho, y éste encontró a Hernán en la babera
del almete. Vacilaron entrambos caballos de la sacudida, pero repuestos en el
mismo instante del súbito golpe, concluyeron su carrera airosamente. Tomaron
los caballeros lanzas nuevas, y en tres carreras sucesivas no se decidió la
ventaja por ninguna parte. Al fin de la tercera, furioso Hernán Pérez del poco
efecto
de las lanzas, quebró la suya
contra el suelo, y revolvió, desnudando la espada, sobre su contrario, que
vista la acción adoptó igual determinación. No daba Elvira, sumergida en el más
profundo estupor, señal de vida, y mudaba de colores don Enrique de Villena a
cada encuentro, como aquel cuya fortuna dependía del éxito del combate. A pesar
de las buenas muestras que daba de su persona el novel caballero, ponían todos
por el de lo negro, cuyos altos hechos de armas anteriores eran demasiado
conocidos para osar poner en duda su ventaja.
El que más animado parecía era
nuestro montero, a quien el coraje había acabado de acalorar; pero cuando no
pudo reprimirse fue cuando, después de un largo rato de incierta lucha, rompió
Hernán Pérez su espada en el almete del caballero de las armas negras, quedando
desarmado.
-¡A él! ¡a él! -gritó fuera de sí
el
aventajado de lo negro, que
descargó su acero sobre el indefenso, desguarneciéndole el brazo y haciéndole
una profunda herida a lo largo de él. Apartó Vadillo su caballo como buscando
una arma nueva, y tratando de evitar el segundo golpe con que su contrario le
amenazaba ya, acción que puso una pequeña suspensión en el combate, merced a la
habilidad con que logró, manejando su bridón, burlar repetidas veces la
intención del enemigo. Un faraute, entretanto, se apoderó del montero, y
llevado ante los jueces del campo, íbasele a imponer la pena que hubiera
sufrido, a no haber hecho presente que traía letras para el justicia mayor.
Abriólas éste y recorriólas rápidamente. No bien las hubo leído, cuando se alzó
en pie para mandar la suspensión del combate. Era tarde ya, sin embargo.
Convencido Vadillo de que podía durar muy
poco lucha tan desigual,
decidióse a echar el resto, y asiendo de su hacha de armas, detuvo su caballo y
esperó resuelto al contrario, que le acometió causándole de nuevo otra herida
en un costado. Aprovechándose Vadillo entonces del momento, soltó la brida del
caballo y alzando con ambas manos el hacha y clamando:
-¡Venganza! ¡Venganza! -descargó
tan furioso golpe sobre el caballero de las negras armas, sin darle tiempo de
revolver su caballo, que faltándole el almete, hízole dar con la cabeza en el
cuello del animal; aturdido de ambos golpes, el caballero abrió los brazos,
separáronse sus piernas del vientre del caballo y perdiendo ambos estribos vino
al suelo malparado.
-¡Victoria! ¡Victoria! -clamaron
a un tiempo los circunstantes, sucediendo a la aclamación el más profundo
silencio.
A ese tiempo Vadillo, habiendo
echado
ya pie a tierra, se precipitó
sobre el caído con ánimo de cortarle la cabeza, idea que llevara a cabo a no
detenerle un faraute que de orden de los jueces dio por concluido el combate.
Miró Vadillo al cielo despechado y descansó en seguida sobre su hacha de armas,
sin separarse empero de la víctima, y en la misma actitud en que nos pintan a
Hércules sobre su maza. Elvira, al oír el grito de victoria, alzó los ojos, vio
el éxito del combate, y cerrándolos horrorizada se lanzó en los brazos de
Jaime, ocultando en ellos su cabeza. Don Enrique de Villena, entretanto,
ostentaba en su semblante la alegría del triunfo que no había esperado
conseguir.
Mientras que el justicia mayor
había
llegado a Su Alteza seguido del
montero, y le hablaba cosas sin duda del mayor interés, el rey de armas se
adelantó hasta el vencido, y
poniéndole un pie sobre el pecho,
y tocándole con su maza:
-¡He aquí -clamó en voz alta-, he
aquí el juicio de Dios! Don Enrique de Villena es inocente. Elvira es
calumniadora. He aquí el juicio de Dios.
Un grito de horror resonó por
toda la concurrencia, que sabía bien la suerte que esperaba a Elvira.
Efectivamente, según las leyes de semejantes juicios, la acusadora debía ser en
el acto degollada; el campeón vencido, si había quedado con vida, debía ser
desarmado y desnudado; las diversas piezas de sus armas, esparcidas aquí y allí
en el campo de batalla; y permanecer él en tierra hasta que Su Alteza declarase
si quería ajusticiarlo o perdonarlo. Sus bienes habían de ser, además,
confiscados en favor del erario, después de reintegrado el vencedor de sus
costas y perjuicios; y si quedaba muerto, debía ser entregado al
mariscal del campo para ser
suspendido por los pies en un patíbulo.
Disponíanse los archeros a
conducir a
Elvira al suplicio, estaba ya en
pie el impasible verdugo y repetía por tercera vez el rey de armas su grida de
¡he aquí el d juicio de Dios! cuando se notó que Su Alteza hacía señal de
suspensión con el pañuelo. Alzado en pie entonces el justicia mayor:
-El combate nada puede probar ni
decidir -clamó en alta voz-. La condesa doña María de Albornoz vive, y don
Enrique de Villena es, sin embargo, culpado de felonía, si no de su muerte.
Estas terribles palabras, que
repetían los
que estaban más cerca a los que
no las habían oído, extendiéndolas como se extienden a lo lejos las ondas de un
estanque donde ha caído una piedra, produjeron la mayor expectativa en la
asamblea y fueron un rayo para don Enrique.
-¡Todo es perdido -clamó-, todo!
-Si -continuó Diego Stúñiga-. La Providencia es justa; ella ha salvado a la
condesa; he aquí sus letras, y presto, acaso, su llegada a Andújar confirmará
tan alegre nueva. No bien había acabado de hablar el
justicia mayor, se hendió la
multitud, que rodeaba una puerta de la liza, y se vio llegar a rienda suelta
una cabalgata que no tardó en entrar en el palenque.
-¿Es posible? -se preguntaban
unas a
otras mil voces confusas y
atropelladas-; ¿es posible? ¡La condesa! ¡La condesa! Doña María de Albornoz,
pálida como
la muerte, revestida aún del
negro cendal con que había salido de su prisión, y seguida de Peransúrez y de
varios armados, se dirigió a apearse ante Su Alteza, que la recibió en sus
brazos. Don Enrique, confundido, se ocultó entre sus caballeros, y Elvira,
luchando entre la
duda y la esperanza, permaneció
inmóvil, ora clavando los ojos con estúpido terror en el cuerpo del vencido,
que yacía en tierra todavía, ora queriendo descifrar si era, efectivamente, su
antigua amiga la que venía a librarla de la muerte que tanto había deseado.
Entretanto, llegando los jueces y el rey
de armas al caído, desenlazáronle
el almete; al respirar el aire libre pareció dar señales de vida, volviendo en
sí lentamente. Su Alteza, que había bajado de su balconcillo, se encaminó con
toda la corte hacia el sitio que había sido teatro de la batalla lleno del más
vivo interés por su doncel. La condesa, no menos animada del celo por su
defensor, arrastró a Elvira hacia el mismo paraje. La sangre que había vertido
el caballero por los oídos y las narices al recibir el golpe de Vadillo,
juntamente con el sudor y el polvo, impedían reconocer sus facciones. -¿Es
muerto? -gritó don Enrique el
Doliente a los que le reconocían.
-¿Es muerto? -preguntó la
condesa. -¡Macías! -gritó Elvira, devorando con
sus ojos las facciones del
caído-. ¡Ah, no es él! - exclamó con frenética alegría, después de un momento
de duda-. ¡No es él! -y se dejó caer en los brazos de la condesa, que la cubría
de cariñosos besos.
Efectivamente, limpióse el rostro
del
vencido: era el generoso don Luis
de Guzmán. Poseyendo la armadura del doncel, que Hernando le había dejado, se
había lanzado a la palestra en contra de Villena, logrando persuadir al
mariscal del campo y a los jueces de la identidad de su persona sin quitarse la
visera. CAPITULO TRIGESIMONOVENO Yo malo que obré el pecado,
Merecía haber la paga.
Mis ojos sean malditos
Que su hermosura miraran,
Que a no mirarla ellos
Todo este mal se excusaba.
No miréis, justo señor,
Su pecado; pues la paga
El cuerpo que lo tal hizo
A ella haced librada.
Rom. del rey Rod.
Luego que Fernán Pérez se hubo
repuesto algún tanto de su primer
asombro, volvió los ojos hacia su señor, y viendo lo malparado que estaba entre
los suyos, llegóse a él con aire resuelto.
-¿Qué es esto, señor? -le dijo-.
¿La
condesa aquí? ¿Y el doncel?
-¿Qué ha de ser, Vadillo? -repuso
Villena-. El infierno todo, que anda mezclado en mis asuntos. Mi castillo está
en manos de traidores. La fuga es nuestra salvación. Dichas estas palabras,
aprovechóse el
conde de Cangas de la confusión
general y salió
del palenque con Vadillo y sus
caballeros y vasallos antes que pensara nadie en impedírselo, armándose en
seguida y montando precipitadamente a caballo, tomaron a rienda suelta el
camino de Arjonilla, donde le pareció al conde que debía hacerse fuerte y esperar
el sesgo contrario o favorable que quisiesen tomar las cosas. En el camino hubo
de confesar toda su conducta el intruso maestre a Fernán Pérez. A pesar de su
nunca desmentida fidelidad, no pudo disimular éste un gesto de desprecio, hijo
de la consideración del carácter de aquel hombre, imperfecta mezcla de ambición
y pusilanimidad. No creyó, sin embargo, oportuno abrumarle con reconvenciones
en la hora de su desgracia; desesperado de no haber acabado como creía con el
hombre que le había ofendido en lo más delicado de su honor, y cuya muerte
había jurado, suplicó al conde le permitiese
adelantarse en su excelente
caballo para advertir su llegada al castillo y tomar disposiciones de defensa,
según le dijo, pero en realidad con ánimo de que no se escapase por esta vez a
su furor el doncel, si estaba todavía aprisionado, como debía de presumirse de
su ausencia en el combate.
Advertida de allí a poco en el
palenque la fuga del conde y de los suyos, fue tal la indignación de Su Alteza
al verse de esta manera burlado por su mismo pariente a quien tantos favores
había dispensado, que a pesar de los ruegos de doña María de Albornoz y de
Elvira pudieron más con él las sugestiones del pérfido judío Abenzarsal. Este,
para salvarse y no verse arrastrado en la ruina del conde, no halló otro
recurso que cortar el cable que unía su suerte a la del caído maestre, y como
buen palaciego, fue el primero que manifestó la mayor indignación contra
Villena. Despachó,
pues, el Rey en seguimiento del
conde al justicia mayor con numerosa comitiva de caballeros y hombres de armas,
dándole orden de traerle a su presencia vivo o muerto, y de salvar a toda costa
al doncel de su venganza, si existía en su poder todavía, como debía
sospecharse de las informaciones que dio sobre el caso Peransúrez.
Deseosa, sin embargo, la generosa
condesa de endulzar el rigor de
la ley por una parte, y por otra de cooperar a la libertad del doncel, que tan
noblemente había abrazado su causa desde un principio, y que por ello se veía
en inminente peligro, se decidió a seguir al justicia mayor a Arjonilla,
acompañándola Elvira, Jaime y Peransúrez; aturdida todavía aquélla con los
singulares y opuestos acontecimientos que habían pasado en aquel día, y fieles
los otros dos, como siempre, a la generosa empresa que habían abrazado. La
impaciencia que a los cuatro
animaba no les permitió esperar a la partida más lenta del justicia mayor y de
su tropa. Llevando, además, mejores caballos, ganáronles prontamente la
delantera.
En el castillo se había aplacado
entretanto el desorden y la confusión producidos por la fuga de la condesa.
Ferrus y Rui Pero se habían cerciorado con satisfacción que sólo uno de los
prisioneros se había escapado. Era, en verdad, el más importante; pero Rui Pero
se puso a la cabeza de unos cuantos hombres armados con no pocas esperanzas de
recobrar a los frailes fugitivos, que habiendo salido a pie, no podían haber
andado mucho. Hubieran logrado su intento a no haber tenido tiempo Peransúrez
para llegar a la venta de Nuño; pero una vez allí, desnudáronse su disfraz,
tomaron consigo unos cuantos monteros colegas de Peransúrez, y
rodeando por el monte y sonando
sus bocinas en son de caza, lograron burlar la vigilancia de los emisarios de
Rui Pero, que buscaban dos frailes franciscanos y no una compañía de cazadores.
La condesa creyó oportuno avisar
de su situación a Su Alteza por medio del mismo Nuño y de su compañero de
viaje, por si se frustraba su fuga o por si no podía llegar a Andújar tan
presto como era su intención, a pesar de la poca distancia que hasta allí
había. Nuestros lectores han visto cómo desempeñó Nuño su comisión, y pueden
figurarse que Rui Pero y los suyos recorrían todavía inútilmente los
alrededores de Arjonilla. Ferrus, poco militar todavía y aturdido con cuanto le
pasaba, no había pensado en relevar las centinelas, y habiéndose convencido por
una rejilla interior de la prisión del doncel de que existía en su poder,
permanecía Hernando en su puesto con
su alano, bien decidido a vender
cara su vida si no podía salvar a su señor; viendo que nadie se acordaba de él,
se determinó por último a abandonar su guardia y a buscar otra manera de salvar
a Macías. Echó a andar para esto a lo largo de la muralla, calada la visera de
la mala celada que había robado al difunto, y no le costó dificultad
introducirse en lo interior del castillo, que por lo desmantelado servía de
cuartel a los hombres de armas. No osaba preguntar por no delatarse a sí mismo;
pero calculando la forma del edificio, anduvo con aire resuelto como si fuese a
cosa hecha o llevase alguna orden y se acercó adonde caía efectivamente la
escalerilla que daba entrada a la prisión del doncel. Felizmente conservaba
todavía las llaves en su poder, y Ferrus con la mayor parte de su fuerza se
ocupaba en distribuir atalayas en las murallas y en examinar de continuo el
campo por ver de
divisar a Rui Pero, de quien no
dudaba que volviese con su presa.
Quedábale que vencer a Hernando
una dificultad. En lo alto de la escalera había un centinela a quien Ferrus
había encargado la vigilancia.
-¿Quién va? -preguntó éste a
Hernando, luego que le vio acercarse. -Compañero
-repuso Hernando,
tratando de ganarle por buenas, y
aun de relevarle, si podía-, ¿cae hacia esta parte la prisión?-Atrás. Parece
que es nuevo el compañero según la pregunta. Aquí cae; pero atrás. -Ved que os
vengo a relevar. ¡Voto va! podéis iros a descansar.
-¿A descansar, y hace un cuarto
de hora que estoy en esta facción?
-¡Malo! -dijo para sí Hernando.
-No conozco yo la voz de ese
compañero -dijo entre dientes el
centinela, armando su ballesta-. ¡Ea! atrás digo. -¡Cuerpo de Cristo! -exclamó
furioso Hernando, viendo que su astucia no había surtido efecto- ¡si no conoces
mi voz, jabalí, conocerás mi mano -dijo, y se abalanzó sobre el contrario.
Retrocedió éste gritando «Traición! ¡Traición!» y disparó su ballesta; recibió
Hernando la saeta en el brazo izquierdo; pero no haciendo más caso de ella que
de la picadura de un insecto, levantó su mano de hierro, y asiendo del
centinela por la garganta, alzóle del suelo, dióle dos vueltas en el aire con
la misma facilidad y desembarazo que da vueltas un muchacho a su honda, y
despidiólo contra la pared del corredor, donde produjo el infeliz un chasquido
hueco, semejante al de una inmensa vejiga que revienta, cayendo después al
suelo sin más acción que un costal o un haz de fajina. Arrancóse en seguida la
saeta del
brazo Hernando, y pasándola por
los talones del vencido, colgólo en la pared de una fuerte escarpia que servía
para suspender de noche una lámpara, donde le dejó cabeza abajo en la misma
forma que hubiera hecho con un venado. Sin reparar en la sangre que de su
herida corría, abalanzóse después Hernando con las llaves a la escalera, la
cual bajó con la misma priesa y ansiedad y latiéndole el corazón con la misma
fuerza que si le esperase abajo una querida que fuese a ver solo por primera
vez.
El desdichado doncel, que ningún
ruido había vuelto a oír desde su encierro en aquel subterráneo, si no era el
monótono rumor del torrente, que casi debajo de sus pies corría, paseaba
entretanto su estancia con paso largo y precipitado, indicio de la agitación de
su alma. -¡Elvira -decía hablando con su señora-, Elvira, he aquí el estado
infeliz a que ha
reducido tu obstinación a tu
amante desdichado! ¡Te lo predije! ¡No oíste mi voz! ¡No creíste mis palabras!
Goza ahora, goza tranquila en los brazos de tu esposo esa felicidad maldecida
que yo solo perturbaba. ¡Ah, traidor Villena! ¡Ah, fementido Hernán Pérez! ¡De
esta suerte me venceréis! ¡Yo siento su mano aún dentro de la mía! ¡Siento su
corazón latir fuertemente contra el mío; la veo, la oigo; sus lágrimas
ardientes corren aún a lo largo de mis mejillas! Su voz trémula y agitada, su
voz ronca de pasión, ahogada por el amor, pidiendo piedad y misericordia,
resuena aún en mis oídos. La estrecho entre mis brazos. Día y noche desde
entonces siento sobre mis labios la opresión dulcísima, el calor inmenso de los
suyos. ¿No lo sientes, Elvira, tú también? ¡Nunca se apagará este ardor y esta
memoria! ¡Es fuego, es fuego, es el amor entero, es el infierno todo sobre mis
labios desde entonces!
El mayor abatimiento sucedió a
este
corto extravío de la razón del
doncel. Una llave sonó de repente en la cerradura de su prisión, y un momento
después se hallaba en los brazos de Hernando. No acababa el prisionero de creer
a sus ojos.
-Ea, señor -dijo Hernando,
después de
una breve pausa-, conoce a tu
montero. Toma esta espada. No es la tuya, señor; es la de un villano; pero en
tus manos será la del Cid. A mí me basta un venablo. Salgamos.
-¿Adónde, Hernando...? ¿Quién te
trajo?
¿Dónde estoy?
-Después, después -repuso
Hernando mirando a todas partes con la mayor inquietud-
. El
grito del centinela puede haber dado la alarma y urge el tiempo.
-No, Hernando; déjame morir en
esta soledad -repuso el doncel con dolor-. No la veré al menos acariciando a
otro.
-Te ciega tu pasión, Macías
-contestó el montero-. Huyamos. Ven de grado, si no quieres venir a tu pesar.
Disponíase el montero a cumplir
su amenaza apoderándose a viva fuerza del doncel, proyecto que hubiera llevado
a cabo fácilmente, ayudado de su robusto brazo cuando un sordo estruendo de
armas se dejó oír en el corredor.
-¡Voto a tal! -exclamó Hernando
aplicando el oído-. Me han descubierto los traidores; vendámosles caras
nuestras vidas. Dichas estas palabras asió el montero de
un brazo del doncel y obligóle a
subir con él la escalera.-¡Traición! ¡Traición! -gritaban en lo alto de ella
varios soldados que se preparaban a impedir la evasión de los fugitivos. De
allí a poco se trabó un combate encarnizado en el corredor. Cargaba más gente
por momentos, y Ferrus, que había reconocido al montero,
animaba a los suyos con promesas
y amenazas.
-¡Ven, villano -gritaba Hernando
a Ferrus-, ven, juglar infame! Yo soy el que ha librado a la condesa, yo el que
había de librar a mi señor. Llega y probarás mi venablo. -¡A él, amigos a él!
-gritaba Ferrus sin
dar reposo a los suyos-; él es
traidor; ¡muera Hernando, muera!
Macías, animado con la pelea, se
defendía valientemente haciendo
prodigios de valor y derribando cuanto se ponía a su paso; pero era evidente
que hallándose como se hallaba desarmado, no podía resistir por mucho tiempo al
número de sus contrarios. Él y Hernando se vieron precisados, después de haber
derribado inútilmente a algunos de sus enemigos, a refugiarse hacia la prisión.
Acababa de entrar Macías en ella cuando se abrió por entre los que le acosaban
un caballero, gritando, con la espada desnuda:
-¡Ténganse todos! ¡Fuera,
villanos! ¡A
mí! ¡Dejádmele a mí! El doncel me
pertenece.
-¡Hernán Pérez! -gritó fuera de
sí el
doncel, cobrando nuevo valor y
dirigiéndose
hacia el enemigo que acababa de
llegar.
Suspendiéronse a la voz de
entrambos los combatientes, y Hernán Pérez solo se precipitó tras Macías en la
prisión. No pudo evitar esto Hernando, ni menos que Hernán Pérez, dentro ya con
su rival, corriese un enorme cerrojo que por dentro la cerraba. Agobiado por el
número de los que le rodeaban y querían rendirle, quedó en la escalera jurando
y blasfemando de su mala suerte, que le impedía ayudar a su señor. Haciendo
entonces el último esfuerzo, atravesó con el venablo a dos de los que más cerca
tenía y abrióse paso por entre los demás, aterrados de la muerte de sus
compañeros. Precipitóse en seguida sobre Ferrus, que huía despavorido por el
corredor
seguido de su alano, el cual
amenazaba con los dientes hacer presa en el primero que tocase a su amo, y
asiendo al juglar de la garganta:
-¡Villano -le gritó-, condúceme a
las cadenas del rastrillo de la prisión o eres muerto!No osaba llegar a
Hernando ninguno de los del castillo temerosos de que clavase el venablo en su
alcaide a la menor contradicción; Ferrus, entretanto, aterrado:
-¡Ah, señor! -exclamó-; si me
perdonáis
la vida, yo os llevaré donde
gustéis.
-Ea, pues, vamos -replicó
Hernando, y
llevándole siempre asido de la
garganta le
siguió adonde Ferrus todo trémulo
le guiaba.
Entretanto luchaban animados de
igual
furor Hernán Pérez y Macías,
cerrados en la
prisión. Pocos golpes habrían
dado y recibido,
cuando resonó por todo el
castillo el rumor de
varias trompetas y el estruendo
de muchas
gentes de armas que llegaban
nuevamente. Don
Enrique de Villena y los suyos
acababan de entrar en él. Casi al mismo tiempo llegó doña María de Albornoz y
Elvira, y al nombre de la condesa fuéles abierto el puente. Dirigiéronse los
primeros, informados
de cuanto ocurría, hacia la
prisión del doncel, y hallándola cerrada por dentro, mandó el conde que se
forzase la puerta, operación a que se dio principio con la mayor actividad.
Doña María de Albornoz y
Peransúrez, no conociendo más camino a la prisión del doncel que aquel que
ellos habían andado antes de la fuga, se dirigieron, por el contrario, entre la
muralla y la zanja, llegaron al frente de la prisión, oyeron el ruido de las
armas de los combatientes y el estruendo de los que por el opuesto lado
forzaban la puerta que había cerrado Vadillo; pero ¡cuál fue su sorpresa cuando
vieron el espectáculo que se ofreció a sus ojos! Hernando, asomado a una
galería
sobre la prisión, desde donde se
soltaban las cadenas del rastrillo, tenía asido aún al juglar y lo ahogaba casi
con su mano, intimándole que le ayudase a soltarlas. Ferrus, sin embargo, que
sabía el horrible secreto del rastrillo, por el cual no podía pasar nadie sin
caer en la zanja y hacerse pedazos en los muchos pinchos de hierro de que
estaba erizada, lleno de pavor quería explicarse porque no tomase luego
Hernando mayor venganza de la catástrofe que debía de seguirse a la bajada del
rastrillo. No concediéndole, empero, Hernando parlamento, y viéndose Ferrus
ahogar, hubo de ceder y ayudó a Hernando como pudo a soltar las
cadenas.-¡Sálvate, Macías, sálvate! -gritó desde arriba Hernando con voz que
retumbó en todo el castillo, y entonces se ofreció a los ojos de doña María y
de Elvira el horroroso combate. -¡Cielos! -exclamó Elvira-. ¡Bárbaros, teneos!
¡Tomad mi vida, tomadla! -precipitóse
Elvira hacia la prisión, y puesta
en el borde del abismo-: ¡Macías! -clamó sin podérselo nadie impedir-. ¡Hernán
Pérez! ¡Cesad, bárbaros, en tan cruel combate o este precipicio será mi
tumba!No volvió siquiera Hernán Pérez la cabeza, antes más encarnizado que
nunca al oír la que causaba su implacable rencor, redobló sus golpes. No
sucedió así al doncel -volvió la cabeza rápidamente, y al ver a orillas de la
zanja a Elvira, pronta a precipitarse en ella, desasióse del hidalgo, a tiempo
que caía hecha pedazos la puerta de la prisión con horrible fragor y que se
entraban dentro don Enrique y los suyos.
-¡Elvira! -gritó Macías saliendo
de la prisión-. ¡Elvira! -lanzóse en seguida al rastrillo. -¡Perdón! -gritó con
voz desesperada
Ferrus a Hernando, y al mismo
tiempo, cediendo la trampa del rastrillo al peso del caballero que la oprimía,
hundióse el doncel
súbitamente, y su cuerpo
destrozado llegó a lo profundo de la sima, dando de hierro en hierro y
profiriendo sordamente: -¡Es tarde! ¡Es tarde!
Un chillido agudo y desgarrador,
lanzado del pecho de Elvira,
resonó hasta el mismo corazón de los espectadores espantados. Un momento de
pausa y de terror se siguió. -¡Malvado! ¿Lo sabías? -gritó
únicamente Hernando desesperado,
y se precipitó sobre Ferrus, que exánime no le ofrecía resistencia alguna.
Asiéndole entonces de su cabellera roja-: ¡Brabonel! -gritó-,
¡Brabonel! ¡Al oso!, ¡al oso! -y
lanzó en medio de la galería al juglar que corrió un momento
huyendo del animal. Pero Brabonel
furioso se arrojó sobre él, y haciendo presa en su garganta, destrozólo en
minutos, al mismo tiempo que Hernando le animaba gritando-: ¡Pieza! ¡pieza! No
era digno el infame de morir por mi mano. ¡Pieza!, ¡pieza!
Quedó Hernán Pérez mirando
cruzado
de brazos a la profunda sima,
envidioso de que le hubiese robado la dicha de acabar con el doncel. Furioso
como aquel que no había satisfecho toda su ira, lanzóse por el borde que había
quedado en el rastrillo a uno y otro lado de la trampa hundida, bastante ancho
todavía para andar por él una persona. Elvira, en tanto, miraba la sima con
ojos vidriados, en que se veía la fijación del estupor y el extravío de la
demencia. Habíase secado ya para siempre el manantial de sus lágrimas.
-¡Hele ahí! -le gritó Hernán
Pérez
señalando la zanja- ¡hele ahí!
-¡Es tarde, es tarde! -repuso
Elvira
dando una horrorosa carcajada.
-¡Bárbaro! -gritó el pajecillo
echándose al paso de Hernán Pérez- ¡bárbaro! -y se dispuso a defender a su
prima con un denuedo ajeno de su edad. En aquel momento pareció
Elvira volver en sí para
reconocer a su esposo, y sobrecogida de terror, huyó despidiendo del pecho
agudos alaridos.
Precipitáronse los circunstantes
sobre el hidalgo, no pudiendo éste llegar a Elvira. -¡Maldición sobre ti y
desprecio! -la gritó-; ¡y entre nosotros eterna separación! Al mismo tiempo se
oyeron por el castillo voces de:
-¡Arma!, ¡arma! ¡Santiago!
De allí a poco las murallas eran
el teatro de un sangriento combate. Después de una hora de refriega y de muy
entrada la noche, replegáronse por fin las gentes de Villena, acaudilladas por
el hidalgo, que había peleado con desesperación, y el justicia mayor clavó el
pendón real en una almena.
Hernando, que había tomado a su
cargo
dañar a los sitiados en compañia
de Peransúrez para facilitar la entrada a las tropas reales y
defender a la condesa, peleó como
aquel que acababa de perder el único interés que le ligaba a la sociedad, y
logró mantener ilesa a doña María hasta el momento de la victoria. Restituida
aquélla al justicia mayor, no se volvió a ver a Hernando ni a su alano. Se
presume que privado de su amo, que era el único que podía hacerle soportable la
existencia en la corte, se hundió para siempre en los montes, y hay cronista
que afirma que años adelante murió a manos de un oso más feroz que él. Don
Enrique de Villena fue llevado ante el rey Doliente, y el imprudente medio de
que se valió para conservar, aun después de lo ocurrido, su maestrazgo,
diciéndose en público impotente, sólo contribuyó a dar a todos una idea más
clara de su baja ambición. Los ruegos, sin embargo, de la generosa condesa, que
se retiró a sus estados a llorar su desdichada boda y la suerte de Elvira,
salvaron la vida al conde,
quien desde entonces vivió en
retiro filosófico entregado a las letras, para las cuales había nacido, más
bien que para las armas o la corte. Es cosa sabida que, después de su muerte,
quedó hecho trozos en una redoma, como hechicero que había sido.
Don Luis de Guzmán, restablecido
de
sus heridas, fue elegido maestre
de Calatrava por el capitulo de la Orden.
Nadie, entretanto, había visto a
Elvira
desde el momento en que empezó el
combate y la confusión. Buscósela de orden de la condesa muchos días, porque el
rencoroso Hernán había jurado no volver a recordar nunca su nombre; fue
imposible, empero, dar jamás con ella; tanto, que el fiel pajecillo,
desesperado de la pérdida de su hermosa prima, no pudo resistir a su dolor y
tomó de allí a poco el hábito en una orden religiosa.
Es fama únicamente que durante el
combate se vio en diversos puntos
de la muralla, sin temor alguno ni a las armas, ni a los combatientes, ni a las
llamas que consumieron aquella noche el castillo sin saberse quién las hubiese
prendido, una mujer desmelenada, agitando con ademán frenético una antorcha en
medio de las tinieblas y gritando con feroz expresión.
-¡Es tarde!, ¡es tarde! -lema
antiguo del fatal castillo.
No faltó en la comarca quien
creyó que
sólo podía ser la mora encantada
la que parecía triunfar, con bárbaro regocijo, de la destrucción de su antigua
cárcel, repitiendo el fatídico: «Es tarde!»CAPITULO CUADRAGÉSIMO ¡Tarde
acordaste!!!...
Rom. del conde Claros.
Algunos años habían pasado ya
desde
los sucesos que dejamos
referidos. Ocupaba el trono de Castilla el señor don Juan II, hijo del
muy ínclito y poderoso rey don
Enrique el Doliente, y ocupábale en su menor edad, regido y dominado por unos y
otros bandos y parcialidades.
Dos caballeros, ricamente
ataviados y montados, pasaban una tarde por la plaza de Arjonilla. Brillaba en
el semblante del más lujosamente vestido la satisfacción que da el poder y la
riqueza; distinguíase en el ceño y en la oscura frente del otro la huella de
antiguos pesares.-Si no fuese detenernos mucho -dijo el primero al segundo-,
vería de buena gana qué turba es aquélla que se agita en el extremo de la
plaza. ¿Llegamos?
-Como gustéis, señor don Luis de
Guzmán -repuso secamente su compañero-; si bien yo no puedo parar mucho en este
pueblo maldito sin agravarse mis males. Llegáronse, efectivamente, al grupo.
Una infinidad de muchachos le
formaban, y
algunos habitantes de Arjonilla
con ellos. Una mujer en medio parecía querer huir de la importuna concurrencia.
Sus vestiduras se hallaban manchadas y rotas por diversas partes; su pelo
suelto y descuidado parecía haber sido hermoso; sus facciones flacas y
descompuestas debían de haber tenido en su juventud proporciones agradables.
Esto era todo lo que se podía decir. Sus ojos, hundidos en el cráneo, brillaban
con un fuego extraordinario y parecían querer devorar al que la miraba; sus
ojeras negras, sus mejillas descarnadas, su frente surcada de arrugas y sus
manos de esqueleto, manifestaban que alguna enfermedad crónica y terrible
consumía su existencia.
Arrojábanla pellas de barro los
muchachos y corrían tras ella.
-¡La loca! ,la loca! -gritaban-.
¿Cómo te
llamas? ¿Nos dices la hora que
es? ¡La loca! ¡la
loca! A toda esta algazara
respondía la desdichada con una feroz y extraviada sonrisa; parábase, escuchaba
un momento y soltando una estúpida carcajada:
-¡Es tarde! -gritaba con voz
ronca-; ¡es tarde!-. Despedazábase al mismo tiempo las manos y dábase golpes en
el pecho.
-¿Qué es eso? -preguntó don Luis
a un muchacho.
-¡Ah!, señor maestre -contestó el
muchacho, que parecía conocer al
caballero-, ¡es la loca!-Y ¿quién es la loca?
-Aquí -repuso el muchacho- sólo
por ese nombre la conocemos; de temporada en temporada se aparece por el
pueblo; otras veces vive por el monte, y dicen los pastores que gusta mucho de
pasar los días enteros mirando a los barrancos. No habla más que dos palabras.
No llora nunca; ¿oís esa carcajada? Eso es lo que hace; aquí siempre estamos
deseando que venga, porque es
para todo el pueblo una diversión.
-¡Infeliz! -dijo don Luis-; ¿no
queréis verla, señor Hernán Pérez?
-No; esos espectáculos me ponen
de mal humor. ¡Miserable! Será acaso alguna madre que haya perdido a su hija.
Vamos de aquí, señor don Luis.
-O alguna amante desdichada,
señor
Hernán Pérez -dijo riéndose con
indiferencia
don Luis, y picando espuelas a su
caballo. De
allí a poco ambos caballeros
desaparecieron,
apartándose la turba que seguía
hostigando a la
demente, la cual sólo respondía
de cuando en
cuando con su acostumbrada
carcajada y su
desdichado estribillo:
-¡Es tarde! ¡es tarde!
Pocos años después entró una
madrugada el sacristán de la parroquia de Santa Catalina de Arjonilla en la
iglesia y
parecióle ver un bulto
extraordinario al lado de un sepulcro. Efectivamente, era la loca.
-Loca -le dijo dándole con el
pie-. ¡Pues está bueno! Esta se quedaría aquí ayer en la iglesia cuando la
cerré. Vamos, buena mujer. ¡Estará borracha!
Dábale con el pie, pero el bulto
no se
movía. Acercóse el sacristán y
vio que la loca tenía un hierro en la mano, con el cual había medio escrito
sobre la piedra ¡Es tarde!, ¡es tarde! Pero ella estaba muerta. Sus labios
fríos oprimían la fría piedra del sepulcro. Un epitafio decía en letras gordas
sobre la losa: AQUI YACE MACIAS EL
ENAMORADO

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